El Patrimonio Cultural La Memoria Recupe
El Patrimonio Cultural La Memoria Recupe
El patrimonio cultural:
la memoria recuperada
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INTRODUCCIÓN
Decía Leopoldo Alas, Clarín, que «lo primero que hace falta para decir lo nuevo es conocer
bien lo viejo». Pues bien, cuando hablamos sobre el patrimonio cultural es preciso partir de esta
premisa de Clarín y reconocer que, si pretendemos descubrir el valor que dicho patrimonio
posee en nuestros días, habrá que conocer mejor cómo se fue originando a lo largo de la
historia. Sabemos que la humanidad siempre ha tratado de expresar sus sentimientos y as-
piraciones a través de los monumentos y obras de arte que, con el tiempo, se han convertido en
un auténtico patrimonio cultural que había que proteger y conservar para salvaguardar la
memoria colectiva de los pueblos. Los monumentos se convierten en auténticos documentos
patrimoniales que testimonian cómo se ha ido conservando la memoria histórica, al tiempo que
nos invitan a poner todo nuestro empeño en seguir conservándola. Habrá, pues, que evitar por
todos los medios que el patrimonio cultural, tanto material como inmaterial, se pierda para
siempre y, con él, gran parte de la memoria de las gentes que lo hicieron posible.
Precisamente porque pensamos que los bienes patrimoniales constituyen la memoria sobre
la que se ha de reconstruir la propia historia, dedicamos el primer capítulo a analizar el origen
del concepto de patrimonio y cómo este ha ido evolucionando a lo largo de los siglos. Partiendo
de su carácter religioso, donde los templos ocuparon un lugar privilegiado como protectores y
defensores de importantes tesoros y reliquias, se va repasando la función que el patrimonio fue
adquiriendo con los reyes, papas, humanistas, anticuarios e historiadores hasta llegar al
despertar de una nueva sensibilidad con el advenimiento de la Revolución francesa.
Si hasta ese momento, tanto la realeza como el papado han tratado de enriquecer el acervo
cultural con grandes monumentos y objetos artísticos y mediante la creación de excelentes
museos capaces de acoger infinidad de obras de arte, ahora surgirá un gran movimiento
revolucionario que tendrá como objetivo destruir todos aquellos monumentos que hicieran
referencia a la realeza y al clero. Se trataba, por tanto, de hacer desaparecer un patrimonio que,
lejos de sentirlo como parte integrante de la memoria del pueblo, se consideraba, más bien,
fruto de una historia cargada de despotismo y tiranía, que nada tenía que ver con la vida de los
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ciudadanos corrientes, que preferían no ligarse ni tan siquiera al mero recuerdo de todos
aquellos elementos artísticos que tuvieran que ver con la realeza, la aristocracia y la Iglesia.
En consecuencia, fueron muchas las obras que desaparecieron a causa de su carácter re-
ligioso y simbólico. Una corriente de marcado significado vandálico recorrió toda Francia a
partir de 1789 y puso en grave peligro de desaparición numerosos objetos sagrados y escul-
turas religiosas. Cualquier obra que tuviera un significado religioso estaba expuesta a ser
destruida para siempre. Pero esta corriente amenazadora de las obras de arte dio origen a
una reacción de defensa contra un vandalismo sin sentido, y abrió paso a una toma de con-
ciencia colectiva que trata de defender sus monumentos públicos, considerados como autén-
tico patrimonio de los ciudadanos. Surgió, por tanto, un nuevo concepto de patrimonio.
Llegamos al siglo XIX y experimentamos cómo va aceptándose de forma plena el monumento
histórico, de manera que este siglo va a dar origen a una toma de conciencia social y sensibi-
lización del público respecto al patrimonio. Habrá, por supuesto, aciertos, errores y contradic-
ciones, pero el siglo XIX nos ofrece un panorama general, amplio y enriquecedor, de lo que este
representó para el patrimonio histórico en general y para el español en particular. Es el hilo
conductor del segundo capítulo.
Partimos del hecho de que en España, durante el siglo XIX, no contábamos con una legis-
lación que regulara de manera eficaz la custodia y conservación del patrimonio histórico. Esto
provocó una situación de indigencia y desolación que facilitó el deterioro y la pérdida de nu-
merosas obras de arte y la desaparición de monumentos de gran relevancia histórica y artística.
Y si la invasión napoleónica o las leyes desamortizadoras contribuyeron a la desaparición de
dichas obras, muchas de ellas a causa de robos realizados durante la guerra de la Indepen-
dencia, también contribuyeron a que el arte español fuera descubierto y apreciado por la gran
mayoría de los países europeos. Mientras muchos extranjeros miraban con codicia nuestras
numerosas joyas artísticas y trataban de exportarlas a sus respectivos países, los diferentes
gobiernos que España fue experimentando a lo largo del siglo, se debatían entre diversos
intentos de llevar a cabo unas desamortizaciones que ponían en grave peligro el patrimonio
monumental y artístico, y el deseo de dar un destino adecuado a los bienes del clero.
No obstante, el acontecimiento de mayor relevancia respecto al patrimonio español tendrá
lugar, en 1844, con la creación de las comisiones de monumentos. Su misión no era otra que
inventariar y catalogar los monumentos y el patrimonio mueble, así como la denuncia de las
demoliciones y enajenaciones que pasaban a manos de particulares, para convertir dichos
monumentos en canteras con las que construir nuevos edificios. Además, habrían de potenciar
la creación de museos provinciales donde depositar aquellos objetos arqueológicos e históri-
cos que se hubieran recuperado y no hubieran sido entregados a la Real Academia de la
Historia. Especial protagonismo desarrollaron las revistas románticas españolas en la con-
servación del patrimonio cultural y en la recuperación de la memoria histórica a través de
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numerosos artículos que trataban de sensibilizar al pueblo del valor y del significado que el
patrimonio tenía como un medio de recuperar parte de su pasado y reconocerse en él para
poder transformarlo en el futuro. Todo este contexto contribuiría también al reconocimiento de
la arqueología prehistórica y a la creación de sociedades y asociaciones arqueológicas que
pondrían todo su empeño en evitar que nuestro patrimonio fuera expoliado.
Si ya existe una especial sensibilidad respecto al patrimonio, que se manifiesta en el interés
por conservarlo y transmitirlo a las generaciones futuras, ahora se plantea la necesidad de
elaborar una normativa que oriente a la hora de saber qué se ha de proteger y cómo se ha de
llevar a cabo. Estamos ya dentro del capítulo tercero. La situación en la que se encontraba el
patrimonio histórico español durante el siglo XIX exigía la aprobación de una normativa jurídica
que ofreciera un marco general capaz de potenciar la protección y conservación de dicho
patrimonio. Las leyes, decretos y normas sobre el patrimonio van a ejercer la función de fijar y
consolidar cada parte del pasado que se ha ido encarnando en el patrimonio cultural español y
que es preciso transmitir a las generaciones futuras como una parte fundamental de su me-
moria histórica. Porque no se puede perder la memoria colectiva de lo que ha constituido la
identidad del pueblo español, las leyes que, a lo largo de los siglos XIX y XX, se irán elaborando,
nos ofrecen unas pautas para poder conocer los diversos intentos que se han realizado con el
objeto de reagrupar la memoria de forma concisa y sistemática.
La aprobación de la ley de excavaciones arqueológicas, en 1911, coincide con un momento
de auge de los estudios arqueológicos en España, que se verá enriquecida con el
real-decreto-ley de 1926 sobre Protección y Conservación de la Riqueza Artística que tiene
como objetivo evitar la pérdida de dicho patrimonio y procurar que sea admirado y conocido por
todos los ciudadanos. Sin embargo, la ley de 1933, conocida como la ley del Tesoro Artístico,
será considerada como una de las más progresistas al destacar que la sociedad tiene derecho
a disfrutar de las obras de arte y de la cultura que nos han sido transmitidas en el pasado y que
configuran la realidad del patrimonio nacional, al que todos tenemos derecho. Será tal la im-
portancia de esta ley, que permanecerá en vigor hasta la publicación, en 1985, de la ley del
Patrimonio Histórico Español y, en consecuencia, su aplicación será de gran importancia para
la protección del patrimonio en momentos tan críticos como la guerra civil o la posguerra.
Con la ley de 1985 se proclama que todos los ciudadanos tienen derecho a acceder a la
contemplación y disfrute de la memoria colectiva, al tiempo que tiene lugar la descentralización
de la gestión del patrimonio histórico, dando paso a la distribución de competencias entre el
Estado y las comunidades autónomas. Además, se amplía la concepción del patrimonio, se
definen los distintos niveles de protección, que se concretan en diversas categorías de bienes,
y se hace mención a los patrimonios especiales que incluyen el patrimonio arqueológico,
etnográfico, documental y bibliográfico. Todos ellos serán el reflejo vivo de la memoria plural de
un pueblo que posee unas características peculiares, cargadas de diferencias que enriquecen
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y dan fisonomía propia a cada uno de sus países y regiones.
Elaboradas las leyes que han de proteger el patrimonio de cualquier peligro que pueda
suponer su deterioro o desaparición, es preciso analizar cómo se ha de gestionar para que sea
rentable y no se le considere como una pesada carga que no hay más remedio que sobrellevar
y que, además, exige la inversión de enormes cantidades de dinero para conservarlo de forma
adecuada. Nos adentramos en el capítulo cuarto. A partir de la década de 1980, el patrimonio
cultural comienza a ser percibido no solo en su dimensión histórica y cultural, sino también
como una fuente de riqueza y de desarrollo económico.
El Consejo de Europa ha sido el gran promotor del estudio de las implicaciones que para el
patrimonio conlleva el hecho de aceptar la relación que existe entre la economía y la cultura.
Por esa razón, ha creído que es urgente definir el concepto de gestión del patrimonio y analizar
las estrategias que se han de seguir a la hora de ponerlo en práctica. Y será el gestor del
patrimonio quien lleve a cabo dicha labor de planificación, organización, comunicación y control
que haga posible la consecución de una mayor rentabilidad económica y social de los recursos
patrimoniales existentes. Es una labor que, por otra parte, supone poseer una amplia formación
interdisciplinar y un buen bagaje de conocimientos relativos a las técnicas de administración de
empresas, dirección de recursos humanos y de marketing cultural.
El auge de las fundaciones culturales y científicas ha dado paso a una nueva forma de ges-
tión del patrimonio ya que, por su carácter privado y no lucrativo, tienen como objetivo priori-
tario la realización de actividades de interés general. Todas ellas contribuyen a fomentar la
cultura, la investigación y la conservación de las obras de arte, facilitando su conocimiento y
difusión, y colaborando, de forma positiva, para que se dé una mayor participación privada en
la financiación del patrimonio. Ahí está la ley de Fundaciones española, que trata de dar res-
puesta a este nuevo sentir de la sociedad y pretende dar mayor impulso a la actividad privada
en aquellas actividades no lucrativas que prestan atención especial a la conservación y res-
tauración del patrimonio cultural.
Pero esta labor de conservación y restauración ha de insertarse dentro de un nuevo con-
cepto que ha dado en llamarse desarrollo sostenible y que no es otra cosa que el intento de
armonizar la dinámica que siguen la economía, la ciencia y la técnica con el respeto que se ha
de prestar a los recursos disponibles y al medio ambiente. De este modo, cualquier uso que se
haga del patrimonio cultural como recurso ha de estar dentro del proceso de planificación de un
desarrollo sostenible que sea sumamente respetuoso con su carácter de bien no renovable y,
que, en consecuencia, ha de procurar que se conserve su memoria. Modelos culturales signi-
ficativos de desarrollo sostenible los encontramos en las exposiciones de las Edades del
Hombre, en las escuelas taller, en el proyecto Alba Plata y en la promoción de las ciudades
históricas. Todos ellos han puesto de relieve cómo es posible combinar de forma adecuada el
uso de los bienes culturales con la obtención de ventajas económicas.
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Eso significa que el uso y disfrute del patrimonio cultural puede y debe ser rentable. Que el
objetivo primordial del patrimonio sea dar a conocer, para su disfrute el patrimonio cultural y
natural de un pueblo no significa que no haya que contribuir a su protección y conservación
mediante la obtención de beneficios económicos. Resulta imprescindible cambiar los antiguos
esquemas que veían la imposibilidad de compaginar el arte y la cultura con los intereses
económicos y comenzar a descubrir que, si bien el patrimonio posee una clara dimensión
cultural, que hemos de preservar con sumo cuidado, también cuenta con una dimensión social
y económica que nos indica la posibilidad de desarrollar una política de conservación integrada,
capaz de dar respuesta a las exigencias de una sociedad interesada en su uso y disfrute. La
nueva conciencia social frente al patrimonio se siente responsable de su conservación, pero
asume también el riesgo de apostar por su puesta en valor.
Una buena gestión del patrimonio implica asumir la tarea de investigar, conservar y difundir
los bienes culturales que se poseen. Por este motivo, tratamos aquí el tema de la conservación
del patrimonio y su evolución desde el siglo XIX hasta nuestros días. Será el contenido del
capítulo quinto. El conjunto de factores que acompañan a la contemplación de los monumentos
históricos, ya sean estos de carácter ideológico, literario o pintoresco, influirán de manera
decisiva en su difusión, revalorizando el interés que poseen como documentos históricos y
promoviendo su recuperación y restauración. Si, por una parte, Eugène Viollet-le-Duc puede
ser considerado como el defensor de la restauración estilística que trata de eliminar cualquier
rastro de deterioro que una obra pueda presentar para devolverle su apariencia primitiva, por
otra, John Ruskin será el defensor más decidido de la doctrina de la «no intervención», en un
intento desesperado por conservar la autenticidad del monumento sin ningún tipo de aditivo
que pueda falsificar la memoria histórica que nos transmite en su estado actual. Ambos autores,
con profesiones y actividades distintas, aúnan el gusto estético y la preocupación por los
monumentos, al tiempo que abren un debate sobre si es más conveniente restaurarlos, inter-
pretarlos, crearlos de nuevo o, simplemente, dejarlos como están y disfrutarlos desde la con-
templación de la belleza que encarna su ruina. En España, los partidarios de una y otra escuela
tratarán de difundir sus ideas aplicándolas a los numerosos edificios que necesitaban que se
les prestara un poco de atención y bastante más interés, debido al estado lastimoso en que se
encontraban muchos de ellos.
Serán, sin embargo, Camilo Boito y Gustavo Giovannoni quienes, a partir de las ideas de
Viollet-le-Duc y Ruskin, pongan las bases de la que se denominará escuela moderna de la
restauración, dando paso a la «restauración científica». Adentrados ya en el siglo XX, la so-
ciedad toma conciencia de que es preciso conservar el patrimonio histórico y que, para ello, la
preocupación social e institucional por el tema ha de estar en la base de cualquier intervención
y se ha de plasmar en la publicación de documentos internacionales que avalen las futuras
actuaciones en dicho campo. A partir de la Carta de Atenas, publicada en 1931, serán nu-
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merosos los documentos que se publiquen exponiendo los principios generales que se han de
observar en la conservación y restauración del patrimonio histórico. Su protección ha de con-
tribuir a la salvaguarda de la memoria histórica y de la identidad cultural de los pueblos que se
han visto enriquecidos con su presencia.
La abundancia de cartas relacionadas con la conservación del patrimonio histórico contri-
buirá a la creación de una serie de institutos de restauración que tratarán de definir y unificar los
criterios de intervención que se han de aplicar en los bienes culturales, así como de exponer las
líneas maestras de las materias que han de impartirse en la formación de los profesionales de
la restauración. Además, se dará gran relevancia a la conservación preventiva o integrada del
patrimonio inmueble, que trata de poner en práctica aquellas medidas que garanticen su
conservación dentro de un respeto riguroso a su entorno, y teniendo presentes, al mismo
tiempo, las necesidades de la sociedad que lo conserva. De este modo, se llegan a publicar
unos criterios actuales de restauración que, basándose en los principios básicos descritos en
las Cartas del Restauro italianas, ofrecen unas pautas de conducta que tienen como objeto
recuperar al máximo todos los aspectos y detalles de lo que constituye la memoria histórica de
un monumento, conscientes de que el monumento constituye, en sí mismo, parte de esa me-
moria.
De poco serviría la restauración y conservación del patrimonio si este no se difunde y llega a
ser ampliamente conocido por la sociedad. De ahí que sea necesario utilizar todas las estra-
tegias disponibles para hacer que el patrimonio sea más conocido y mejor comprendido. Esto
constituirá la reflexión del capítulo sexto y último. Uno de los instrumentos que han contribuido
más eficazmente a la difusión del patrimonio ha sido, sin duda alguna, la aparición del turismo
cultural. Basta con hacer un recorrido a lo largo de la historia del turismo para darnos cuenta de
que ya en las civilizaciones más antiguas se recurría al viaje para visitar templos y monumentos
de ciudades y pueblos desconocidos. Sin embargo, será a partir del siglo XX cuando la relación
entre el viaje y el patrimonio cultural se vaya estrechando cada vez más con motivo de la
invención del motor a vapor y del ferrocarril, que permitirán a Thomas Cook organizar sus
viajes turísticos por Europa, Estados Unidos y Tierra Santa. Dicha tendencia turística llegará a
hacerse masiva a partir de la segunda guerra mundial y conocerá su culmen en nuestros días a
través de la creación de los itinerarios culturales que la Comisión Europea ha promocionado
con tanto acierto como efectividad.
La estrecha relación que se da entre turismo y patrimonio produce una serie de conse-
cuencias positivas y negativas sobre este último, que es preciso tener en cuenta. Entre el
derecho que el público tiene a disfrutar del patrimonio cultural y el respeto que se ha de tener al
entorno cultural y natural existe una línea divisoria que nadie está llamado a traspasar. El
derecho que una persona posee a tener acceso al patrimonio se ve limitado por la obligación y
exigencia a respetarlo y conservarlo. Desde esta perspectiva, no tenemos nada que objetar a
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que el turismo pueda ser considerado como una forma de consumo de aquellas realidades que
hacen referencia al patrimonio de los pueblos, en un intento de conocerlos mejor y gozar con su
contemplación. Los diversos países, conscientes de la riqueza de su legado cultural, han de
formar equipos de especialistas que estén en condiciones de asumir una serie de pro yectos
interdisciplinares de investigación que potencien, a un mismo tiempo, la conservación del
patrimonio, el turismo y el desarrollo sostenible y procuren ser sumamente respetuosos con
dicho patrimonio.
Pero la difusión del patrimonio también puede efectuarse a través de su presentación in situ,
tras elaborar un proyecto integral que contemple, simultáneamente, la investigación, la con-
servación y la presentación. La preocupación por los monumentos y los conjuntos históricos se
ha de reflejar en el interés por recuperar sus características originales y su identidad cultural a
través de una serie de actuaciones que las hagan más comprensibles a los visitantes. De igual
modo, tanto los centros de interpretación como los sitios arqueológicos necesitan ser dise-
ñados partiendo de sus propias peculiaridades, como una forma de hacer accesible el patri-
monio a un público cada vez más exigente que pide participar activamente en las interven-
ciones que se llevan a cabo por doquier.
Inmersos en una sociedad abierta, de par en par, a las nuevas tecnologías electrónicas de la
comunicación mediante su adhesión a la realidad virtual y a Internet, nos preguntamos cómo
podrán llegar a tener una visión amplia del patrimonio los jóvenes de la denominada «gene-
ración punto-com» y de qué manera serán capaces de experimentar un auténtico gozo cuando,
tal vez, la única forma de acercarse a un monumento u objeto de arte sea a través de su acceso
a la red. Mucho tienen que decirnos a este respecto los programas de formación y sensibili-
zación del público y, en especial, de los jóvenes que, a través de una auténtica pedagogía del
patrimonio, han de aprender a valorarlo y respetarlo.
Si las generaciones actuales acceden a las experiencias culturales sirviéndose de las
nuevas tecnologías, hemos de hacerles comprender que dichas experiencias forman parte de
la memoria histórica que ellos han heredado y que están llamados a transmitir íntegramente.
Ser testigos de la historia pasada, convertirla en parte de nuestra memoria actual y conser-
varla con esmero para poderla compartir con otros pueblos y otras gentes en el futuro, es la
tarea que tienen encomendada las personas que dedican su tiempo a la enseñanza del p a-
trimonio cultural en las aulas. Fruto de ese empeño, a lo largo de varios años, es la realización
de este libro que no pretende otra cosa que despertar del sueño la memoria de un pasado
cultural que para muchos es poco conocido y menos valorado, pero que necesita ser rec u-
perado, protegido y reconocido como el mejor regalo que las generaciones pasadas nos
dejaron en testimonio de lo que constituyó su único legado: la memoria imperecedera del
significado que para ellas tuvieron las cosas y los lugares.
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INTRODUCCIÓN
Al analizar la historiografía sobre el patrimonio histórico del siglo XIX observamos cómo el
pasado ha gozado de una cierta actualidad, hasta el punto de que, como señala Gascó
(1994:9), en un determinado momento la historiografía trata de recuperar una parte de su
pasado con el propósito de reconocerse en él y asumirlo hasta llegar a identificarse plenamente
con lo que aquel significa. Desde el presente se recibe el legado entregado por los antepa-
sados y se pretende recuperarlo, conservarlo y protegerlo para convertirlo en patrimonio de
todo un pueblo. De ahí su afán por volver al pasado y descubrir en él sus propias raíces como
ciudadanos que intentan revalorizar el presente, partiendo de un pasado que se pensaba y
creía deslumbrante y enaltecedor. Si se ve la urgencia de recuperar toda clase de vestigios
materiales e inmateriales como antigüedades, murallas, ritos, creencias y fiestas no es sino
porque se intenta explicar que una ciudad o un pueblo son importantes debido a su pasado
glorioso o porque, aun no gozando hoy de gran relevancia social, podría conseguirla apo-
yándose en lo que fue anteriormente y ahora no es, pero desea llegar a ser.
No es de extrañar que en la dinámica de los falsos cronicones se tratara de inventar una
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serie de inscripciones que otorgaran a una ciudad la base para cimentar su pasado ilustre. Para
ello, anticuarios, falsarios, historiadores y personas devotas procurarán reconstruir, al margen
de las fuentes literarias y arqueológicas, sus orígenes grecolatinos o cristianos basándose en
leyendas y fábulas, fruto de la imaginación y fantasía desbordantes. Todo servirá para explicar
la solidez de un pasado que siempre fue más noble y grandioso que el presente mediocre y
falto de imaginación y creatividad, incapaz de recrearlo y renovarlo.
Hemos de reconocer que este intento de apropiarse del pasado y de buscar toda clase de
elementos antiguos hizo posible que, poco a poco, fuera surgiendo una conciencia de su propio
patrimonio (Gascó, 1994:22). Si cada ciudad poseía un pasado, más o menos glorioso, del que
no podía desligarse fácilmente, aquella se veía en la obligación de inventariar y recopilar todos
los objetos que eran expresión de dicho pasado y que se habían convertido en parte funda-
mental de su patrimonio. Ahí tenemos la obra de Juan Agustín Ceán-Bermudez (1832), titulada
Sumario de las antigüedades romanas que hay en España, en especial las pertenecientes a las
Bellas Artes, en un intento de plasmar una práctica que hiciera posible la catalogación y pre-
servación del patrimonio. El pasado clásico de una ciudad es concebido como el argumento
más eficaz para fundamentar todo tipo de privilegios e idear nuevos proyectos de cara al
futuro, en un afán incesante de renovación y transformación. Al mismo tiempo, la obra de
Ceán-Bermudez representa el concepto vago e indefinido que se tiene en el siglo XIX sobre el
patrimonio. Términos como arqueología, bellas artes y Arquitectura se utilizan, a veces, con el
mismo significado.
Podemos afirmar que el siglo XIX representó una toma de conciencia social sobre el patri-
monio a pesar de ocurrir toda una serie de acontecimientos con consecuencias negativas
(Álvarez, 1997:20), aunque nosotros pensamos que también fue un momento histórico positivo
en el que se gestaron las primeras medidas de protección del patrimonio, se realizaron im-
portantes estudios y se llevó a cabo una intensa difusión del mismo a través de los medios de la
época. Entre dichos acontecimientos, podemos destacar los siguientes:
a) El expolio del patrimonio histórico español por las tropas napoleónicas.
b) La destrucción de gran parte del patrimonio inmueble y la desaparición del patrimonio
mueble como consecuencia de la desamortización.
c) Las transformaciones urbanísticas de las ciudades llevadas a cabo en la segunda mitad
del siglo XIX.
d) La creación de archivos, bibliotecas, museos e instituciones que ayudaron a conservar
una parte importante del patrimonio mueble.
e) La salida de España de colecciones de pintura, de documentos, libros y piezas arqueo-
lógicas como la Dama de Elche o el tesoro de Guarrazar.
f) La adopción de una serie de medidas de protección del patrimonio.
g) La creación de una nueva sensibilidad y concienciación de los ciudadanos respecto al
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patrimonio.
El análisis de todos estos aspectos, con sus aciertos, errores y contradicciones, nos acercará
a un mejor conocimiento de lo que el siglo XIX representó para el patrimonio histórico español.
Parece ser que el término «monumento histórico» aparece por primera vez en la obra que
Aubin-Louis Millin escribe, en 1790, con el título de Antiquités nationales. El contexto revolu-
cionario en que se encuentra Francia va a favorecer, en cierto sentido, la consolidación de
dicho concepto y la toma de conciencia de que es necesario preservarlo para el futuro (Choay,
1992; Babelon y Chastel, 1994). Aquí el término «monumento» se extiende no solo a los edi-
ficios, sino también a todos aquellos objetos —tumbas, estatuas, vidrieras— que hagan refe-
rencia a la historia nacional (Rücker, 1913:180).
Trece años más tarde, en España encontramos la expresión «monumentos antiguos» en el
capítulo primero de la real cédula de 6 de julio de 1803 que, posteriormente recogerá la Noví-
sima Recopilación (1805), con el mismo significado. Así, podemos saber que «por monu-
mentos antiguos se deben entender las estatuas, bustos y babillas relieves, de qualesquiera
materias que sean, templos, sepulcros, teatros, anfiteatros, circos, naumachias, palestras,
baños, calzadas, caminos, aqüeductos, lápidas ó inscripciones, mosaycos, monedas de qua-
lesquiera clase, camafeos, trozos de arquitectura, colunas miliarias; instrumentos músicas,
como sistros, liras, crótalos; sagrados, como preferículos, símpulos, lituos, cuchillos sacrifi-
catorios, segures, aspersorios, vasos, trípodes; armas de todas especies, como arcos, flechas,
glandes, carcaxes, escudos; civiles, como balanzas, y sus pesas, romanas, reloxes solares ó
maquinales, armilas, collares, coronas, anillos, sellos; toda clase de utensilios, instrumentos de
artes liberales y mecánicas; y finalmente qualesquiera cosas, aun desconocidas, reputadas por
antiguas, ya sean púnicas, romanas, cristianas, ya godas, árabes y de la baxa edad».
Como fruto de la reflexión que tiene lugar después de los acontecimientos vandálicos de la
Revolución francesa con respecto a los monumentos, surge el concepto moderno de conser-
vación y restauración como una necesidad de preservarlos de futuras destrucciones. Las ex-
cavaciones arqueológicas de Pompeya y Herculano adquieren un carácter científico y en la
misma ciudad de Roma se comienzan algunas restauraciones a partir de las excavaciones
realizadas. En 1802, el papa Pío VII recupera el cargo de inspector general de Bellas Artes, que
León X había concedido a Rafael, y se lo ofrece al escultor Antonio Canova, al tiempo que firma
un edicto presentado por el cardenal Doria-Panphili con el objeto de proteger las antigüedades y
Bellas Artes. Más tarde, en 1821, dicho edicto se reforma con otro que refuerza y potencia la
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protección y conservación de los monumentos.
En Francia, a partir del Concordato firmado por Napoleón, en 1801, con la Santa Sede, tiene
lugar la devolución de las iglesias profanadas, aunque la propiedad siguiera siendo del Estado.
Esto supuso que muchos templos, en estado ruinoso, fueran demolidos o vendidos a particu-
lares, por lo que desaparecieron numerosas iglesias y monasterios. Con la restauración de la
monarquía se recupera el interés por los monumentos antiguos y tiene lugar un estudio deta-
llado de los edificios que se encuentran en peores condiciones, con el objeto de ver qué se
puede hacer con ellos. Comienzan las demoliciones y restauraciones de las iglesias góticas
que los arquitectos, muy influidos por las ideas neoclásicas, no están en condiciones de rea-
lizar siguiendo unas líneas que respeten la idea original y dando paso a numerosas arbitra-
riedades. Ejemplos significativos los tenemos en la restauración de la iglesia de Saint-Denis,
cuya aguja y torre izquierda tuvo que ser demolida porque su reconstrucción se hizo con mate-
riales muy pesados que hacían- bastante probable su derrumbamiento, la demolición de las
torres de la abadía de Saint-Germain-des-Prés o el derribo de la torre norte de la colegiata de
Notre Dame de Nantes con el objeto de construir otra igual a la catedral de Rouen, que había
sido destruida por un rayo (Morales, 1996:112).
Sin embargo, en opinión de Choay (1992:98), será el año 1820 el que señale la consolida-
ción de una nueva mentalidad, que rompe con los esquemas defendidos por los anticuarios y
por los partidarios de la Revolución francesa, dando paso a la aceptación plena del «monu-
mento histórico». El punto de arranque serán dos «textos simbólicos y complementarios» que,
en contextos y países distintos, contribuirán a la consagración de dicho término. El primero de
ellos, de carácter oficial y administrativo, lo tenemos en el informe que el ministro del Interior
francés, M. Guizot, presentó al rey el 21 de octubre de 1830, instándole a crear la figura del
inspector general de monumentos históricos. El otro, de significación más contestataria y
poética, tiene lugar cuando el inglés John Ruskin publica, en 1854, un panfleto sobre La
apertura del palacio de Cristal examinado desde el punto de vista de sus relaciones con el
porvenir del arte.
Una vez que Guizot presentó su informe, Ludovic Vitet es nombrado primer inspecteur gé-
néral de monuments historiques. Es el primer cargo administrativo que se crea con el propósito
de que el inspector recorra Francia haciendo un inventario del patrimonio monumental que
necesita ser conservado, así como de los medios de que disponen las distintas regiones para
realizar los trabajos necesarios. A Vitet le sucede, en 1834, Prosper Mérimee quien, desde su
puesto de diputado, se esforzará por promover una política favorable a la conservación de los
monumentos mediante la concesión de presupuestos por parte del Estado para esta misión,
que irán aumentado de forma progresiva.
En 1834 se crea la Sociedad para la Conservación de los Monumentos Históricos, al tiempo
que Guizot instituye el Comité de Trabajos Históricos y Científicos que ha de realizar el in-
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ventario de los monumentos de la nación (Charmes, 1866). Pero en septiembre de 1837 surge
la Comission des Monuments Historiques, por decreto del ministro del Interior, que estará
compuesta por el inspector general, dos arquitectos del Conseil des Bâtiments Civils y cuatro
miembros más, que realizan una serie de trabajos importantes que sacarán a la luz los múlti-
ples problemas con los que se encuentran a la hora de realizar su cometido (Bercé, 1979).
Estos son consecuencia de su centralización, que perjudicará de manera considerable a las
sociedades locales de anticuarios y arqueólogos que habían sido creadas recientemente por
Arcisse de Caumont, como la Societé des antiquaries de Normandie (1823) o la Societé fra-
nçaise d’archéologie (1834). Además, aparecen los conflictos que se crean entre la comisión y
el Conseil des Bâtiments Civils, debido a que este estaba formado por arquitectos clasicistas y
académicos, del que dependerá hasta enero de 1840, y las que surgen con el Comité des Arts
et Monuments, que se vio forzado a dejar sus tareas de carácter administrativo para dedicarse
solo a la investigación arqueológica (González- Varas, 1996:108).
Tendrán que pasar cincuenta años para que se promulgue, el 30 de marzo de 1887, la pri-
mera ley sobre protección de monumentos históricos, que será completada con el reglamento
de 1889 y adquirirá su forma definitiva al ser sustituida por la nueva ley del 13 de diciembre de
1913, al tiempo que presenta los rasgos fundamentales de la legislación existente en nuestros
días (Audrerie, 1997; Dussaule, 1974). De este modo, la legislación francesa referente a los
monumentos históricos se consolidará en su carácter centralista, al contrario de lo que sucede
en Alemania e Italia, de tradición más descentralizadora e incluso Inglaterra que, solamente
después de la publicación, en 1882, del Ancient monuments protection Act, fue, poco a poco,
aceptando la centralización administrativa (Boulting, 1976). En España sucederá otro tanto con
las primeras medidas que el Estado toma sobre la protección del patrimonio, otorgando a la
Academia de Bellas Artes de San Fernando la potestad de supervisar todos los monumentos
con la consecuente centralización administrativa que, después, asumirán las comisiones de
monumentos en 1844.
A lo largo del siglo XIX, España adolecía de una legislación que regulara eficazmente la
custodia, conservación y vigilancia del patrimonio artístico, provocando una situación de indi-
gencia y desolación que facilitó el deterioro y la pérdida de muchas obras de arte, tanto mue-
bles como inmuebles. Todo ello, como consecuencia de la situación que se había creado
durante la primera mitad de siglo.
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2.2.1. La invasión napoleónica y sus consecuencias para el patrimonio
Varias fueron las causas que hicieron posible esta situación tan nefasta para el patrimonio.
La primera fue debida a la invasión de Napoleón que, en su intento de expandir la idea de una
nueva sociedad revolucionaria, dejará que su ejército destruya todos aquellos monumentos y
emblemas que hagan referencia a la monarquía, a la aristocracia y al clero. Si el ideal revolu-
cionario francés consistía en hacer desaparecer el pasado totalitario de las clases poderosas,
era preciso que todos sus símbolos fueran destruidos definitivamente.
Contando con el apoyo de los ilustrados españoles, Napoleón trató de poner en marcha su
programa de renovación mediante dos reales decretos de 4 de diciembre de 1808, uno por el
que se suprimía la Inquisición, pasando sus bienes a manos de la Corona, y otro por el que
disponía la reducción de los conventos existentes en España a un tercio, con la consiguiente
nacionalización de sus bienes, que serían destinados a garantizar la deuda pública y a sufragar
los gastos del ejército francés. Aunque el clero tenía una gran influencia sobre el pueblo du-
rante la guerra de la Independencia, el viajero Sébastian Blaze (1977: II, 84-86) señala que la
reacción de la gente del pueblo ante la abolición de los conventos, decretada por Napoleón, no
fue de condena sino de aprobación, porque estaba cansado de mantener tantas personas que
no contribuían al bien común.
El encargado de llevar a ejecución dicho real decreto será José I, quien publicará un real
decreto de 18 de agosto de 1809, por el que suprime las órdenes regulares monacales, men-
dicantes y clericales. Se apoyaba en el rechazo que los religiosos mantenían frente a su go-
bierno y decretó que sus bienes fueran incautados para amortizar la deuda pública y los gastos
de la guerra. Todas las provincias sometidas dieron cumplimiento al decreto, encargando a los
intendentes su realización bajo la supervisión de los comisarios regios. La colaboración pres-
tada por muchos de los clérigos que estaban influidos por las ideas jansenistas y por los afran-
cesados, como Juan Antonio Llorente, consejero y director general de los Bienes Nacionales
(Mercader Riba, 1983:455), facilitó la tarea desamortizadora. Sin embargo, no puede decirse
que la gestión del patrimonio cultural incautado fuera muy acertada, sino que, por el contrario,
contribuyó a que muchas obras de arte se perdieran para siempre. Esto dio paso, según Bello
(1997:34), al comienzo del expolio de los bienes artísticos de los monasterios, conventos e
iglesias, como un preludio de las futuras desamortizaciones, aún más demoledoras, que lle-
garán a su culmen con la de Mendizábal.
José I tenía en su mente la idea de crear un museo nacional con las obras recabadas de los
conventos. Con tal motivo, publicó el real decreto de 20 de diciembre de 1809, por el que se
establecía la fundación de dicho museo en Madrid para poder «disponer de la multitud de
cuadros, que separados de la vista de los conocedores se hallaban hasta aquí encerrados en
los claustros» (Gaceta de Madrid, 21/12/1809). Pero, además, desea satisfacer los deseos de
15
Napoleón I, quien pretendía adquirir una importante colección de la pintura española más
representativa. Por esa razón, el artículo segundo del real decreto indica que «se formará una
colección general de los pintores célebres de la escuela española, la que ofreceremos a
nuestro augusto Hermano el Emperador de los Franceses, manifestándole al propio tiempo
nuestros deseos de verla colocada en una de las salas del museo de Napoleón» (Gaceta de
Madrid, 21/12/1809).
El proyecto de museo nacional quedó abortado debido a la salida de España de José Bo-
naparte. Finalmente, el 19 de noviembre de 1819, y a iniciativa real, se inaugura el Museo Real
de Pintura, ubicado en el edificio de Juan de Villanueva, junto al paseo del Prado. Pero, con
anterioridad, muchas fueron las obras que salieron de España con la colaboración de desta-
cadas personalidades, como Federico Quilliet, que fue acusado de realizar «actividades poco
honestas en la administración y custodia del patrimonio artístico» (Antigüedad, 1987:72), o el
mismo Joaquin Murat, duque de Berg, quien era un entusiasta de los cuadros de Correggio y
no tuvo ningún problema en llevarse, prácticamente, todos los que había en España (Gaya
Nuño, 1958:17).
Calvo Serraller (1981:23) opina que mientras el «memorialismo bélico» no contribuyó de-
masiado, ni siquiera literariamente, a desarrollar el «mito romántico de España», sí podemos
afirmar que los continuos robos de obras de arte perpetrados durante la guerra por Soult,
Sébastiani, Lejeune, Murat, Dupont, Mathieu de Fabvriers, Merlin, Lery, Belliard, Coulaincourt,
Eblé, Desolle y otros, contribuyeron a que el arte español fuera descubierto y se popularizara
por toda Europa. Ejemplo que seguirá el barón Taylor (1826) quien, en sus tres visitas reali-
zadas a España, entre 1820 y 1835, publica su Voyage pittoresque en Espagne, en Portugal et
sur la Côte d’Afrique de Tanger à Tetouan, colaborando en la difusión de las ideas románticas
españolas, al tiempo que contribuye al expolio de obras españolas cuando, delegado por el rey
Luis Felipe, compra diversas obras de arte de nuestro país y otras, simplemente, se las lleva
con el visto bueno de algunos especialistas españoles como Federico de Madrazo y Eugenio
Ochoa, quienes nunca llegaron a imaginar las verdaderas intenciones del Barón.
Cuando George Borrow (1956:180) se encuentra viajando por Andalucía en 1842, coincide
con el barón Taylor y le pregunta: «Pero, dígame, ¿qué le trae a España, a Andalucía, el último
lugar donde habría esperado ver a usted?». A lo que le responde el Barón: «¿Y dónde sino, mi
muy respetable Borrow? ¿No es España la tierra de las artes, y no es Andalucía, de toda España,
la región que produjo los monumentos más nobles en excelencia artística e inspiración? Segu-
ramente me conoce usted ya lo suficiente para saber que las artes constituyen mi pasión, que
soy incapaz de imaginar goce más exaltado que el contemplar con arrobamiento una hermosa
pintura. ¡Vamos, acompáñeme! Porque usted tiene un espíritu apto para apreciar lo bello y
sublime. Venga conmigo y le enseñaré un Murillo». Borrow es consciente del interés que el Barón
tiene por las bellas artes, pero no se le escapan tampoco las verdaderas intenciones que le
16
mueven cuando afirma: «No obstante, ha prestado servicios a la ilustre casa con la que se dice
está emparentado, en más de una misión importante y delicada, tanto en el este como en el
oeste, servicios que han sido coronados con el éxito total. Ahora coleccionaba obras maestras de
la escuela de pintura española, que irían destinadas a las salas de las Tullerías».
Significativo es, igualmente, el ejemplo de Nicolás Deiudonné Soult, conocido como mariscal
Soult, que fue general de los ejércitos del mediodía y comandante de Andalucía, quien, a su
vuelta de la guerra se llevó consigo «una de las más impresionantes y nutridas colecciones
privadas de pintura española» (Hempel, 1981:49). Y el mismo general Foy contaba cómo
«nuestros soldados demolían edificios construidos hace medio siglo, para construir con sus
ruinas edificaciones que no debían durar más que un día» (Hernando Pertierra, 1997:83-84.).
Finalizada la guerra, muchas obras de arte valiosas fueron devueltas a España, pero otras
permanecieron en Francia y pasaron de mano en mano a través de las continuas subastas de
arte que tenían lugar en ese momento. El hecho más destacado del expolio del patrimonio es-
pañol, realizado por los franceses, fue la difusión y valoración que se hizo de la pintura española
en Francia y en otros países europeos.
Si bien el conde Toreno había propuesto el 11 de agosto de 1811 la extinción de las cuatro
órdenes militares —Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa—, con el propósito de recabar su
patrimonio y que este sirviese para subvencionar la orden militar nacional de San Fernando,
que acababa de ser creada, aquella no tuvo lugar hasta dos años más tarde. Será con el
decreto de 13 de septiembre de 1813, cuando sean incluidos sus bienes dentro del patrimonio
nacional, añadiendo además los de la orden de San Juan de Jerusalén (Tomás y Valiente,
1989:63).
El decreto de mayor trascendencia, en cuanto a lo que se refiere al clero regular, fue el de 17
de junio de 1812, por el que se ordena el secuestro de los bienes que pertenecían a estable-
cimientos «eclesiásticos o religiosos extinguidos, disueltos o reformados por resultas de la
insurrección o por providencias del gobierno in-truso», en clara referencia al gobierno de José I.
Sin embargo, este decreto manifiesta, en su artículo séptimo, que dicho secuestro tenía un
carácter provisional, por cuanto se consideraba la posibilidad de que los bienes fueran resti-
tuidos a las comunidades religiosas siempre que estas restablecieran su vida comunitaria con
normalidad.
Que las Cortes de Cádiz tenían en la mente la intención de convertir los bienes eclesiásticos
en nacionales es algo evidente, aunque no se llegara a formalizar tal deseo de manera legal.
Pero, a pesar de todo, podemos decir que, a partir de ese instante, dos cuestiones quedaron
17
unidas entre sí por primera vez: la reforma de las ordenes regulares y la desamortización de
todos sus bienes (Artola, 1975:605).
Será, por tanto, durante el trienio liberal (1820-1823) cuando sería posible poner en práctica
las reformas proyectadas en Cádiz. Sabemos que durante el trienio la deuda pública seguía
siendo alta y que el déficit aumentaba a causa de los gastos ocasionados por el ejército. Para
subsanar dicho déficit, las Cortes promulgaron el decreto de 9 de agosto de 1820, por el que se
ordenaba la venta en pública subasta de todos aquellos bienes nacionales que fueran afectos a
la extinción de la deuda pública. Pese a que los resultados obtenidos de dichas medidas no
fueron muy positivos para la recuperación de la deuda, al venderse los bienes rústicos con una
cotización bastante baja y favorecer a las clases pudientes, que se apropiaron de las tierras
para volver a arrendarlas con una renta más alta, el proceso de desamortización continuó su
itinerario sin separarse ni un ápice del proyecto trazado.
La política desamortizadora mirará directamente hacia el patrimonio del clero regular, que se
verá afectado de manera significativa con el decreto de 1 de octubre de 1820. En su artículo
primero se decía que se suprimían «todos los monasterios de las órdenes monacales; los
canónigos regulares de San Benito, de la congregación claustral tarraconense y cesaraugus-
tana; los de San Agustín y los premostratenses; los conventos y colegios de las órdenes mili-
tares de Santiago, Calatrava, Montesa y Alcántara; los de San Juan de Jerusalén, los de San
Juan de Dios y los betlemitas, y todos los demás hospitales de cualquier clase». El resto de las
órdenes regulares quedaban bajo la autoridad de los obispos ordinarios (art. 9), aunque se
prohibiría fundar nuevos conventos y profesar a los novicios ya existentes (art. 12). Al mismo
tiempo, se protegería la secularización de los religiosos regulares que lo solicitasen (art. 13).
Según los artículos 16 y 17, en cada pueblo solo podía existir un convento de la misma or-
den, siendo necesario que la comunidad reuniese al menos 24 religiosos ordenados. En caso
de que esto no fuese así, deberían unirse a la comunidad de la misma orden que estuviese más
cercana y solo podrían subsistir las comunidades con 12 religiosos, siempre que estas fueran
el único convento existente en el pueblo. Todo ello conducirá a considerar los bienes de dichos
conventos como pertenecientes al patrimonio nacional y objeto de desamortización, tal como
se señalaba en el artículo 23: «Todos los bienes muebles e inmuebles de los monasterios,
conventos y colegios que se suprimen ahora o que se supriman en lo sucesivo […] quedan
aplicados al crédito público».
La cantidad de bienes enajenados durante el trienio liberal tuvo que ser bastante elevada,
pero, a pesar de ello, no parece que respondiera a las esperanzas que se habían puesto en la
18
desamortización, tanto desde el punto de vista económico como social, puesto que la deuda
siguió desequilibrada y los labradores no lograron que las tierras les fueran redistribuidas, tal
como se les había prometido (Bello, 1997:40). Por otra parte, desde el punto de vista del
patrimonio monumental y artístico de la Iglesia, la desamortización supuso un duro golpe para
su conservación, puesto que se vio inmerso en el abandono más absoluto y envuelto en la
especulación más descarada por parte de los grupos sociales que, de repente, se vieron
enriquecidos. El expolio, las ventas fraudulentas, las especulaciones, las destrucciones de
inmuebles y las pérdidas irreparables que el patrimonio religioso sufrió, junto con la supresión
de las órdenes religiosas, supusieron un golpe mortal para el patrimonio.
No es casual que una real orden circular de 24 de abril de 1834 intentase cortar radicalmente
dichos atropellos señalando que entre los horrores de las guerras está la destrucción de los
objetos científicos, literarios y artísticos y la usurpación, por parte de los extranjeros, de nues-
tras propias ruinas monumentales para llevárselas a sus museos. Para evitar estos hechos, la
reina Isabel II, basándose en la real orden circular de 16 de octubre de 1779, reproducida el 14
de ese mismo mes de 1801 y los de 2 y 4 de octubre de 1833, en el que se prohíben extraer
pinturas y objetos artísticos antiguos, ordena que no se permita sacar de la península para el
extranjero pinturas, libros y manuscritos antiguos de autores españoles, sin autorización real.
Con todo, podemos decir que en la España isabelina de la primera mitad del siglo XIX, los
viajeros románticos, españoles y extranjeros, encuentran, salpicados por los campos de la
península, castillos, fortalezas, conventos y torres abandonados a su suerte y, muchas veces,
en situación de amenazante ruina. Así nos lo cuenta Juan Cortada (1947:152-153) en su Viaje
a la isla de Mallorca en el estío de 1845, al señalar que pueden contemplarse magníficas ruinas
de castillos, que han sido provocadas por el paso del tiempo y por obra de los hombres, que las
han utilizado para su servicio o las han modelado según su capricho y que hoy son raramente
visitadas, por cuyo motivo, solo sirven para que las ovejas se cobijen bajo sus muros.
El bienio 1835-1836, presidido por los ministerios del conde de Toreno y de Mendizábal, dio
lugar a un proceso revolucionario que desembocaría en un ataque sin precedentes contra el
clero. Así, el 4 de julio de 1835, el Ministerio de Gracia y Justicia, presidido por García Herreros,
promulgaba un decreto por el que se suprimía la orden de los jesuitas y sus bienes pasaban a
contribuir a la extinción de la deuda pública, a excepción de aquellos objetos artísticos y cul-
turales que debían ser entregados a los institutos de ciencias y artes para su conservación
(arts. 3 y 5). Un mes después, el 13 de julio de 1835 se publicó una instrucción en la que se
detallaban los pormenores necesarios para efectuar la ocupación de los conventos y la usur-
19
pación de sus bienes. Unos días más tarde, se promulga el real decreto de 25 de julio de 1835,
por el que se suprimen los conventos y monasterios de religiosos que no contasen con un
mínimo de 12 frailes profesos, quedando exentas de la aplicación del decreto las casas de
clérigos regulares de las escuelas pías y los colegios de misioneros para las provincias de Asia.
Las razones que el decreto aducía para llevar a término la supresión se basaban en «el au-
mento inconsiderado y progresivo de monasterios y conventos, el excesivo número de indi-
viduos de los unos y la cortedad de los otros, la relajación que era consiguiente en la disciplina
regular, y los males que de aquí se seguían a la religión y al Estado». Así mismo, el artículo
seis señalaba que las parroquias dependientes de los monasterios y conventos suprimidos
debían pasar a la condición de seculares, conservando todos los derechos que hasta ese
momento poseían-.
Pero será el artículo siete el que tenga mayor importancia, por cuanto declaraba la nacio-
nalización de los bienes de los conventos suprimidos, con el objeto de que contribuyeran a la
reducción de la deuda pública. No obstante, se exceptuaban de dicha contribución «los ar-
chivos, bibliotecas, pinturas y demás enseres que puedan ser útiles a los institutos de ciencias
y artes, así como también los monasterios y conventos, sus iglesias, ornamentos y vasos
sagrados». La medida, que fue publicada en La Gaceta el mismo día 25 de julio, no se aplicó en
las provincias hasta mediados de agosto, momento en el que estaban formándose las juntas de
gobierno las cuales, presionadas por los grupos revolucionarios, tomaron sus propias medidas
contra las órdenes regulares, destacándose, por su virulencia, Cataluña (Bello, 1997:64).
Después de los innumerables saqueos, incendios y asesinatos, la Contaduría de Amortiza-
ción comunicó a la Dirección General de Amortización que se encontraban cerrados los con-
ventos, colegios y casas regulares a consecuencia de los acontecimientos que tuvieron lugar,
al igual que sucede con todos los de Cataluña. Lo sucedido en Barcelona se extenderá muy
pronto a Zaragoza y a las demás capitales de provincia, donde se fueron suprimiendo los
conventos, independientemente de que se hubieran dado en ellas o no revueltas populares en
contra de las órdenes regulares. El ambiente era propicio para llevar adelante una reforma en
profundidad que hiciese posible la política desamortizadora ya comenzada.
El nuevo gobierno de Mendizábal, apoyado por Gómez Becerra en la cartera de Gracia y
Justicia y por Martín de los Heros en la de Gobernación, firmes defensores de la desamorti-
zación y de la política anticlerical, se comprometerá a crear nuevas fuentes de riqueza, sir-
viéndose para ello de la desamortización de las tierras y bienes de la Iglesia. Mediante el real
decreto de 11 de octubre de 1835, se procede a la supresión de las órdenes monacales. Los
motivos vienen expuestos en el preámbulo de dicho decreto, en el que se afirma que los dis-
tintos representantes de las provincias le piden que, al ser desproporcionado el número de
conventos que aún existen y resultando inútiles e innecesarios para la asistencia espiritual de
los fieles, así como lo gravosa que resulta la amortización de las fincas que poseen, les ex-
20
propien de las mismas con el objeto de aumentar los recursos del Estado y procurar nuevas
fuentes de riqueza.
Una de las primeras medidas tomadas fue la creación de una Junta encargada de incautar
los bienes artísticos de los conventos suprimidos. Por la real orden de 31 de diciembre de 1837,
se aprueba la fundación de un museo nacional con obras procedentes de los conventos de
Ávila, Segovia, Toledo y Madrid. Como sede de dicho museo se eligió el convento de la Tri-
nidad, inaugurándose precipitadamente el 24 de julio de 1838, antes de realizar una serie de
reformas que estaban programadas. Se abrió al público definitivamente el 2 de mayo de 1842.
A pesar de las importantes colecciones que contenía, la vida de este museo estuvo abocada al
fracaso desde sus orígenes, suprimiéndose en 1872 al pasar sus fondos al Museo del Prado.
No obstante, sirvió de referencia para la creación de otros museos de Bellas Artes en distintas
ciudades españolas como Sevilla, Cádiz o Valencia.
Con la puesta en práctica de este primer decreto de 1835 puede decirse que la mayor parte
del patrimonio de las órdenes regulares se encontraba ya en poder del Estado. Si todos los
edificios conventuales habían pasado a ser bienes nacionales, no existía ningún impedimento
para que aquellos pudieran ser puestos en venta. Tal es el propósito del real decreto de 19 de
febrero de 1836, por el que se declaran en venta todos los bienes de las «comunidades y cor-
poraciones extinguidas» (fig. 7). Aquí debemos destacar el artículo dos, donde se señala que
deben quedar exentos de la venta «los edificios que el Gobierno destine para el servicio público,
o para conservar monumentos de las artes, o para honrar la memoria de hazañas nacionales».
Y para que no exista duda alguna, el Gobierno se compromete a publicar «la lista de los edificios
que con estos objetos deban quedar excluidos de la venta pública», cosa que no consta se
hiciera efectiva en los años sucesivos.
Este artículo pone las bases para la creación de un futuro régimen especial que proteja
aquellos edificios que, poseyendo un singular valor artístico o histórico, han de ser conside-
rados como bienes nacionales. Pero, según señala Ordieres (1995:26), será necesario que
pasen algunas décadas para que dicha distinción se concrete en una figura de categoría
jurídica que sea tenida en cuenta como una realidad beneficiosa por todos los estamentos
competentes. Mientras tanto, solo unos pocos más sensibilizados ante las obras de arte, se
preocuparán por conservar y proteger aquellos monumentos que, por tantos motivos, se en-
contraban expuestos a sufrir grandes desperfectos e incluso llegar a desaparecer en su tota-
lidad.
Por el real decreto de 8 de marzo de 1836, Mendizábal regulaba más exten-samente el tema
de la desamortización, al suprimir no solo los conventos masculinos sino también las comu-
nidades femeninas, por lo que pasan sus bienes a contribuir a la extinción de la deuda pública
(art. 20), aunque se indica que los religiosos han de percibir una pensión diaria que ha de salir
de los bienes nacionales integrados por los de los conventos suprimidos del clero regular. El
21
Gobierno insiste en la necesidad de articular una adecuada regulación del patrimonio monu-
mental desamortizado y pone especial interés en que los bienes artísticos sean conservados
adecuadamente. Tal es el propósito del artículo 25 cuando señala que también se aplicará
dicha regulación a los archivos, libros, cuadros y otros objetos que han de entregarse a los
Institutos de ciencias y artes, a las bibliotecas provinciales, museos, academias y demás
establecimientos de instrucción pública. Con estas medidas se están poniendo las bases de
una regularización de carácter jurídico en favor de la creación de bibliotecas y museos na-
cionales que sean los instrumentos apropiados para recoger y conservar todos aquellos mo-
numentos y obras de arte que, de otro modo, estarían condenados a su destrucción y desa-
parición. No en vano, los gobernantes recordaban las consecuencias que en Francia tuvo la
revolución de 1789 con respecto al patrimonio nacional.
Con todo, Mendizábal publicará una segunda ley desamortizadora el 29 de julio de 1837,
bajo el ministerio de Calatrava, por la que se suprimen todos los conventos y monasterios
masculinos y femeninos, aunque en esta ocasión el objetivo no será tanto contribuir a la ex-
tinción de la deuda pública cuanto a la reforma tributaria y a la dotación que se había de dar
para el mantenimiento de los gastos del culto y clero (Tomás y Valiente, 1989:85).
Pero, dado que se planteaba un serio problema sobre quiénes debían decidir qué objetos de
arte o monumentos tenían que ser enajenados y conservados y dónde debían guardarse, el
gobierno publicó un real decreto de 13 de septiembre de 1836, por el que se regulaban las
normas que debían observar las juntas de enajenación de los edificios religiosos y sus objetos
muebles. Dichas juntas estarían compuestas por un intendente con cargo de presidente, dos
vocales de la delegación provincial y del personal de la Junta de armamento y defensa, un
procurador síndico del Ayuntamiento constitucional y del contador de Arbitrios de Amortización.
La reiterada preocupación del Gobierno por recopilar y conservar los bienes muebles artís-
ticos e históricos hace que, ante los numerosos problemas que obstaculizan dicha tarea, se
dicte una real orden de 27 de mayo de 1837, por la que se crean las comisiones científicas y
artísticas, que han de estar presididas por un representante de la Diputación Provincial o del
Ayuntamiento, con la colaboración de cinco personas especialistas en literatura, ciencias y
artes, nombradas por el jefe político. Dichas comisiones tendrían como objetivo reunir los
inventarios particulares para, en un segundo momento, elaborar un inventario general en el que
solo se recogerían las obras artísticas y literarias más representativas que se considerara
necesario conservar, al tiempo que deberían ser trasladadas a las capitales, dando paso a la
22
creación de los museos y bibliotecas provinciales.
Desde el primer momento, comenzaron a surgir protestas ante la destrucción incontrolada de
muchos edificios y bienes eclesiásticos que habían sido requisados con motivo de las leyes
desamortizadoras. Será la Academia de San Fernando quien levante su voz ante el Gobierno
para que no lleve a cabo dichas medidas, y elaborará una exposición sobre la conservación de
monumentos y las riquezas artísticas de los conventos suprimidos, que presentó el 27 de fe-
brero de 1836. En ella se expresa primero su sorpresa ante tales hechos, al constatar que la
supresión repentina de los conventos y monasterios de España estaba causando un efecto
demoledor en las artes, al no contar con las medidas necesarias para evitar su desaparición,
causa por la que se dirige a la reina Isabel II, exponiéndole sus proyectos.
Después se afirma que la Academia siempre ha tratado de impedir la desaparición de las
obras de arte esparcidas por España, objeto de codicia para los españoles y de sagacidad para
los extranjeros que intentan llevárselas. El mismo Gobierno aconseja que se conserven y
recojan, creando museos en las provincias. A pesar de ello, son innumerables las protestas
que publican los periódicos denunciando la pérdida de pinturas y la desaparición de otras obras
importantes. Pero, sobre todo, fueron las noticias de la próxima destrucción de varios con-
ventos las que motivaron a hablar a la Real Academia, para que no se interpretase su silencio
como aceptación de unos hechos que, aun obteniendo buenos resultados, no podrían justifi-
carlos ante la Corte ni ante los españoles o extranjeros cultos.
La Academia desea decir lo que piensa aunque no se le haya pedido su opinión, y lo hace
convencida de su misión concienciadora de la nación, porque ella no puede mirar con indife-
rencia la suerte que van a correr muchos monasterios donde se conservan grandes recuerdos
históricos y, además, ellos mismos constituyen una verdadera historia de las artes. Sería pre-
ciso que tales monumentos fuesen conservados encargando de su custodia, hasta que se vea
qué destino darles, a los propios religiosos que habitan los conventos.
No falta la alusión hecha al interés que, en otros países, prestan a su propio patrimonio,
cuando se señala que en dichos países extranjeros, los anticuarios y eruditos recorren muchos
kilómetros para contemplar una catedral o las ruinas de una abadía. Y, si en España tenemos
la suerte de conservarlos todavía, no podemos perderlos por seguir unos intereses particulares
que se contraponen a los intereses nacionales.
Al mismo tiempo, se hace hincapié en no dejar los monumentos en manos de gente sin
cultura que podría contribuir a su destrucción, ya sea quemando las maderas o arrancando las
piedras de los muros para utilizarlas en nuevas construcciones. Es necesario conservar todos
los objetos preciosos para no tener que llegar a preguntarnos si de ellos no llegará a quedar
sino el recuerdo de sus vaciados de yeso, que los mismos extranjeros sacan antes de que
hagamos desaparecer los originales, para llevarlos a los gabinetes de Londres, París o Moscú.
Pero, ¿por qué se mueve la Academia? Sencillamente, porque si no hablara faltaría a su
23
misión, que no es otra que la de conservar los monumentos públicos de pintura, escultura y
arquitectura que existen en nuestra nación, a pesar de las circunstancias del momento. Y se
opone con todos su medios a que las pinturas salgan de España, solicitando la creación de
museos y la designación de personas entendidas para que las recojan y pongan a cubierto,
evitando que personas sin escrúpulos expolien las riquezas de los templos y conventos.
Cierto que la Academia no ha actuado sola, sino que ha sido ayudada por el Ministerio de la
Gobernación y por los gobernadores civiles, pero es necesario que se la tenga informada y se
le dé capacidad de intervención no solo en los edificios de Madrid, sino también en los de toda
España. Del mismo modo, confía en que, cuando se lleven a cabo demoliciones, estas solo
tendrán lugar porque exista una gran necesidad, que ha de ser revisada por la Academia y por
las comisiones y supervisada por arquitectos o académicos. Y siempre se ha de cuidar la
conservación de los grandes edificios, designando personas que estén capacitadas para
vigilarlos y para prestar otros servicios compatibles con su conservación y custodia.
Hasta qué punto los deseos de la Academia eran tenidos en consideración por el Gobierno
no era difícil de saber, puesto que constatamos cómo, por una parte, dicta leyes favoreciendo
la venta de los edificios o su demolición y, por otra, da normas que pretenden salvar el patri-
monio arquitectónico, cayendo así en una auténtica contradicción al desoír las continuas ad-
vertencias que la Academia le hacía para que no llevase a cabo la demolición de los conventos
más importantes que habían en la capital del reino. Prueba de ello es la exposición que la
Academia de San Fernando hace a las Cortes el 6 de noviembre de 1836, nueve meses
después de la primera, en la que se trata de evitar la demolición de aquellos edificios con-
ventuales madrileños que poseían un alto valor arquitectónico.
La Academia nos vuelve a recordar que se ve en la imposibilidad, a pesar de sus reclama-
ciones, de impedir las demoliciones de los edificios más significativos de la Corte, que han de
tener graves consecuencias tanto fuera como dentro de España, en un momento en que otras
naciones prestan sumo cuidado en conservar sus restos antiguos. Por esta razón, se dirige a
las Cortes para que, como tutores de los bienes nacionales, dicten las medidas legislativas
correspondientes a favor de los monumentos.
También se recuerda al Gobierno que no hace falta repetir que destruir los monumentos es
muy fácil, pero edificar resulta más difícil, hecho que contribuirá a que, una vez destruidos
muchos edificios, el espacio libre dejado por estos pueda permanecer durante mucho tiempo
sin construir, contribuyendo a crear un espacio insalubre y poco cómodo, por lo que aconseja
que no se realice ninguna demolición si antes no se tiene en proyecto reemplazarla con un
nuevo edificio.
Pero, además, la Academia pide que se le comuniquen las decisiones tomadas por el Go-
bierno, lamentándose de que no siempre se la avisa y tiene que contemplar con dolor cómo,
después de algunos meses de detención de las demoliciones, se vuelve a la tarea eliminando
24
edificios muy valiosos sin que se le haga la más mínima consulta. Esto nos demuestra la
ambivalencia que presentaba la actuación del Gobierno respecto al tema. Si, por una parte, la
academia insiste en la poca efectividad que han tenido las subastas de los conventos demo-
lidos en cuanto a los escasos medios económicos recabados, por otra, considera conveniente
alquilarlos con el objeto de sacar más dinero o instalando en ellos oficinas y organismos pú-
blicos. Y, en todo caso, confía en que den órdenes de suspender las demoliciones que hayan
sido acordadas y que, en el futuro, no se tomen medidas sin contar antes con la Academia.
2.2.6. Las disputas entre los partidos progresista y moderado sobre el destino de los
bienes del clero
Las disputas entre los partidos moderado de Narváez y progresista de Espartero sobre el
destino de los bienes del clero secular tendrán lugar a partir de los años cuarenta y cincuenta
del siglo XIX (Tomás y Valiente, 1989). Es evidente que las dificultades experimentadas a la
hora de vender los edificios de conventos y monasterios y la urgencia que el Gobierno tenía por
recoger dinero, hicieron posible que la venta de los mismos no solo se hiciera a los organismos
públicos sino también a los particulares, mediante el pago de un canon anual del tres por ciento
sobre el valor capital de los edificios. Con todo, muchos edificios se vieron abocados a un
abandono y deterioro cada vez mayores. Si tal era la situación creada, no se podía permanecer
inactivo por más tiempo, sino que urgía encontrar una solución que sirviese para aprovechar
eficazmente todos aquellos edificios que el Gobierno tenía a su cargo y evitar, así, que supu-
sieran una nueva carga al erario público, ya de por sí bastante precario.
Durante el año 1840, el Gobierno hace diversas llamadas a los ayuntamientos para que, a
través de las diputaciones provinciales, reclamen al Ministerio de Hacienda aquellos edificios
que pertenecen al Estado y que pueden ser utilizados para funciones públicas. Y todos aque-
llos que no fuesen reutilizados deberían ser vendidos. De hecho, el 16 de diciembre de 1840 es
suprimida la Junta Superior de Enajenación de Edificios y Efectos de Conventos Suprimidos y
sus funciones son desempeñadas desde entonces por la Junta de Ventas de Bienes Nacio-
nales, con la obligación de informar al Ministerio de Hacienda de los resultados finales de las
ventas realizadas.
Una y otra vez se piden listas de edificios disponibles para ser vendidos, con el objeto de
publicarlas en la Gaceta de Madrid, aunque sin mucho resultado. Finalmente, ante la urgencia
de consolidar los intereses de la deuda, se vuelve la mirada a los bienes del clero secular que
ya habían sido enajenados en 1837. Durante su regencia, Espartero no duda en imponer una
nueva enajenación de dichos bienes con la publicación de la circular de 2 de septiembre de
1841. Incluía no solo los bienes del clero secular, sino también los pertenecientes a las cate-
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drales y cofradías, que podían ser puestos en venta, a excepción de los edificios de las iglesias
catedrales, parroquiales, ermitas y santuarios anejos a las mismas.
Durante el año 1842 el número de ventas y cesiones de los conventos expropiados es
bastante alto, pero, a pesar de ello, se constataba que no resultaba fácil enajenar dichos
edificios porque apenas se podían dedicar a un uso práctico. Si su valor capital sobrepasaba a
su producto en renta y, además, su reparación y conservación exigían un gasto excesivo del
que no se disponía, era preciso dar salida a los edificios que amenazaban ruina, incluso
aceptando el pago a largo plazo. En estas condiciones, los recursos obtenidos no podían ser
muchos y el Estado se vio en la obligación de promulgar alguna real orden, como la de 30 de
septiembre de 1842, sobre la enajenación de los edificios ruinosos que poseía, en la que se
disponía que, si no se vendían una vez tasados, podían ser derribados y sus solares puestos
en venta.
Tres años estuvo vigente la ley de Espartero de 2 de septiembre de 1841, puesto que, al subir
al poder el partido moderado de Narváez, promulgará un decreto el 26 de julio de 1844, por el
que se suspendían las ventas de los bienes del clero secular y de las comunidades religiosas
de monjas, aplicando las rentas de los mismos al mantenimiento del clero y del culto. A partir de
ese momento, va tomándose conciencia de la necesidad de elaborar una política que favo-
rezca la conservación de los monumentos. La primera medida ya estaba tomada al suspender
la venta de los edificios. La segunda se plasmará en la creación de las comisiones de mo-
numentos.
1.º Adquirir noticia de todos los edificios, monumentos y antigüedades que existen en su respectiva
provincia y que merezcan conservarse.
2.º Reunir los libros, códices, documentos, cuadros, estatuas, medallas y demás objetos preciosos
literarios y artísticos pertenecientes al Estado que estén diseminados en la provincia, reclamando los
que hubiesen sido sustraídos y puedan descubrirse.
3.º Rehabilitar los panteones de reyes y personajes célebres o de familias ilustres, o trasladar sus
reliquias a paraje donde estén con el decoro que les corresponde.
4.º Cuidar de los museos y bibliotecas provinciales, aumentar estos establecimientos, ordenarlos y
formar catálogos metódicos de los objetos que encierran.
5.º Crear archivos con los manuscritos, códices y documentos que se puedan recoger, clasificarlos e
inventariarlos.
6.º Formar catálogos, descripciones y dibujos de los monumentos y antigüedades que no sean
susceptibles de traslación, o que deban quedar donde existen, y también de las preciosidades artís-
ticas que por hallarse en edificios que convenga enajenar, o que no puedan conservarse, merezcan ser
transmitidas en esta forma a la posteridad.
7.º Proponer al Gobierno cuanto crean conveniente a los fines de su instituto, y suministrarle las
noticias que les pida.
En cuanto al modo de financiación de las comisiones, el artículo cuarto señala que los gastos
ocasionados por estas han de ser asumidos y satisfechos por los fondos provinciales, aunque
no especifican cómo se ha de llevar a cabo tarea tan importante. Pero para cualquier operación
que deseen realizar o gasto que se necesite pagar, las comisiones han de dirigirse al Gobierno,
a través de su jefe político, quien ha de dar antes su visto bueno (artículos seis y siete). Cada
tres meses, las comisiones han de entregar al ministerio de la Gobernación un resumen de los
trabajos realizados, especificando los resultados que se han alcanzado (art. ocho). Se con-
templa la necesidad de que exista en Madrid una Comisión Central, que ha de estar presidida
por el ministro de la Gobernación, y la han de formar un vicepresidente y cuatro vocales
nombrados por S. M. (art. nueve).
Sus atribuciones han de ser las de impulsar y regularizar los trabajos de las comisiones
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provinciales, proponer al Gobierno las medidas apropiadas para conseguir sus objetivos,
elaborar los informes que le pida el Gobierno y redactar anualmente una memoria en la que se
expliquen los resultados de su trabajo, con el objeto de que se publique (art. diez). Gracias a
esta última disposición, poseemos una interesante fuente documental que nos informa sobre
los primeros pasos que se dieron en este sentido y que encontramos en la redacción realizada
por Amador de los Ríos en 1845. Esa había sido la misión de la Comisión Central de Monu-
mentos que estaba compuesta por el presidente, cuyo cargo recaía en el ministro de la Go-
bernación, un vicepresidente, el secretario de estado del Despacho de la Gobernación, que en
ese momento era Serafín María de Soto, conde de Clonard, y un secretario general, que fue
Amador de los Ríos, organizador y coordinador de todo el trabajo, y unos vocales designados
por real orden.
Las pretensiones del gobierno acusan falta de realismo y pecan de un excesivo optimismo,
pensando que la tarea que se ha de realizar será posible gracias a la buena voluntad de los
encargados de llevarla a cabo. Máxime, cuando estos ni poseían una preparación adecuada, ni
contaban con el personal suficiente y, sobre todo, con las fuentes de financiación necesarias
para poder soportar los gastos que tal empresa suponía.
Apenas cuarenta días más tarde, el 24 de julio de 1844, se aprueban las instrucciones que
han de observar las comisiones provinciales de monumentos, que se publican en la Gaceta de
Madrid el 28 de julio de ese mismo año. Divididas en tres capítulos, el primero trata de la or-
ganización de las comisiones, el segundo de los trabajos de las secciones y el tercero de las
obligaciones de los alcaldes de los pueblos respecto a las comisiones de monumentos. El
objetivo fundamental de las comisiones ha de ser, según las instrucciones, dividirse en tres
secciones distintas: bibliotecas y archivos, esculturas y pinturas y arqueología y arquitectura.
La primera sección se ocupará de «la formación de los archivos y de las bibliotecas, cui-
dando de aumentarlos con los manuscritos y obras que vayan adquiriéndose» (art. 3). La
segunda se encargará de «la inspección de museos de pintura y escultura», proponiendo
aquellas mejoras que crea oportuno introducir en los mismos (art. 4). Esta sección ha de evitar
por todos los medios que se continúe indefinidamente el estado de abandono y deterioro en
que se han encontrado las obras de arte (art. 13), mediante el control aduanero (art. 18). La
tercera tenía como misión «promover excavaciones en los sitios donde hayan existido famosas
poblaciones de la Antigüedad, excitando el celo y patriotismo de los eruditos y anticuarios». Al
mismo tiempo, tratará de recoger monedas, medallas, noticias y otros objetos que vayan
apareciendo, clasificándolas debidamente y, finalmente, se preocupará de la conservación de
aquellos edificios que, por su valor histórico y artístico, merezcan ser conservados (art. 5). En
esta sección se establecen las bases de la futura tramitación de los expedientes de los mo-
numentos, tal como se especifica en el artículo 25: «Cuando un edificio se encuentre en mal
estado y sea importante conservarlo, propondrán las comisiones los medios para repararlo y se
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comunicará al Gobierno a través del jefe político». Ahora bien, dichas reparaciones han de
hacerse bajo la dirección de la sección tercera, que ha de contar con algún profesor de arqui-
tectura, aunque sin desviarse del dictamen de la comisión (art. 26).
Las comisiones deberían celebrar las sesiones semanalmente y siempre que sea necesario.
Del mismo modo, uno de sus miembros debía realizar la visita anual a los pueblos de las
respectivas provincias para vigilar la conservación de los monumentos, de manera que no sean
destruidos (art. 30). En el mismo artículo se indica que las comisiones han de señalar cuáles
han de ser los honorarios que reciban las personas que se dediquen a esta tarea durante el
tiempo que dure su visita. Por otra parte, siempre se apela al carácter patriótico de estas
misiones en lugar de esforzarse por crear un cuerpo profesional que, bien pagado, pudiera
realizar su trabajo de forma sistemática y con una cierta estabilidad y garantía.
El artículo 31 señala que una forma de estimular el patriotismo de los amantes de las artes es
la mención honorífica que se hará en la memoria anual de aquellas personas que hayan de-
mostrado su interés por colaborar en los trabajos de las comisiones. Y el artículo 32 prosigue
diciendo que, siempre que los servicios prestados merezcan ser premiados de cualquier otro
modo, el Gobierno no tendrá ningún inconveniente en hacerlo. Sin embargo, parece que la sola
mención honorífica no era la mejor forma de potenciar la eficacia de las comisiones provin-
ciales, las únicas que, por otra parte, podían llegar a aquellos rincones de la península a los
que la Academia de la Historia se veía imposibilitada a acercarse. Pero, como señala Rodríguez
Pascual (1914:386), nacieron viciadas en su origen, dado que, al ser nombrados sus miembros
por los jefes políticos y por las diputaciones, sin exigirles otra cosa que ser personas inteli-
gentes y celosas, se convirtieron en un engranaje más de la maquinaria administrativa y su
efectividad práctica fue nula porque el interés y la competencia de sus vocales brillaba por su
ausencia.
El capítulo tercero de las instrucciones especifica cuáles han de ser las obligaciones de los
alcaldes de los pueblos respecto a las comisiones de monumentos. En primer lugar, han de
suministrar aquellas noticias que le pida la comisión, «asociándose para desempeñar este
cometido a los curas párrocos (de cuyo celo espera mucho el Gobierno de S. M.)» (art. 33.1).
Además, han de auxiliar en las obras de traslado y embalaje a los encargados de las comi-
siones, recoger todos los objetos antiguos que encuentren y vigilar para que se conserven
tanto los edificios como los cuadros y esculturas que se encuentran en las iglesias de los
conventos que han sido rehabilitados como parroquias. Igualmente, se les pide que estimulen a
las personas preparadas que residen en los pueblos para que trabajen en este campo, re-
cordándoles que, tanto unos como otros, serán recompensados mediante menciones honorí-
ficas. Sin embargo, parece ser que la colaboración por parte de los ayuntamientos no fue ni
muy frecuente ni excesivamente entusiasta, llegando hasta el punto de mostrarse hostiles ante
los miembros de las comisiones, como lo atestiguan las constantes reales órdenes que el
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Gobierno publicaba con el objeto de obligar a los alcaldes a respetar los monumentos y con-
ventos, cuyos ejemplos más significativos son las publicadas el 24 de junio de 1824 y el 7 de
diciembre de 1849 (González-Varas, 1996:117, nota 47).
La labor de las comisiones tuvo un éxito muy desigual según las distintas provincias, y se vio
muy limitada por la excesiva burocracia que le impedía llevar a cabo su labor de catalogación y
conservación de los monumentos y objetos artísticos. Pero, en un momento en el que los efectos
vandálicos de la desamortización se hacían sentir con fuerza, las comisiones de monumentos
lograron evitar muchas de las ventas de obras de arte que se realizaban a particulares y favo-
recieron la creación de archivos y bibliotecas donde poder conservar los libros y manuscritos que
habían sido requisados en 1836. En opinión de González-Varas (1996:103), uno de los mayores
logros de las comisiones fue que estas hicieron posible el «despegue de la política Guberna-
mental para la restauración en España». Aunque la tramitación de los expedientes de restaura-
ción de monumentos no tuvo lugar hasta la década de los cincuenta, el Gobierno destinó una
pequeña cantidad de dinero para que la Comisión Central de Monumentos lo pudiera invertir en
la conservación y restauración de los mismos.
Mientras tanto, la labor de las comisiones se centró en el inventario y catalogación de los
monumentos y del patrimonio mueble y en la denuncia de las demoliciones y enajenaciones
que pasaban a manos de particulares, quienes no tenían inconveniente en utilizar los monu-
mentos como canteras para construir sus propios edificios. Por este motivo, el 4 de mayo de
1850 se publicó una real orden en la que se prohibía la realización de cualquier tipo de obra en
los edificios públicos sin antes consultar a las comisiones de monumentos históricos y artísti-
cos. En ella se dice que, al enterarse la Reina de la denuncia que la Real Academia de San
Fernando había formulado sobre la destrucción de algunas fachadas de edificios antiguos con
revoques y demoliciones, para que no desaparezcan los monumentos más representativos de
las artes españolas, decidió que, en lo sucesivo, antes de comenzar una demolición, revoco u
otra clase de obra en los edificios públicos, se hubiera de consultar a la Comisión de Monu-
mentos Históricos y Artísticos, que elaboraría un informe después de escuchar a la Academia
de Bellas Artes de su provincia o, en su defecto, a la Real Academia de San Fernando. Esta real
orden fue confirmada y reforzada por la real orden del 14 de septiembre del mismo año, por la
que se acordaba que no se hiciesen alteraciones en los edificios de mérito artístico, y por la ley
de Instrucción Pública del 9 de septiembre de 1857, en cuyos artícu-los 161 y 164 se enco-
mienda a la Real Academia de San Fernando la conservación de los monumentos del reino.
33
2.2.10. La reorganización de las comisiones de monumentos en 1854
Pero volvamos al primer año del bienio progresista, en el que tiene lugar la reorganización de
las comisiones de monumentos mediante el real decreto de 15 de noviembre de 1854, publi-
cado en la Gaceta de Madrid el 17 de noviembre de ese año. El objetivo que se pretendía al
reorganizar las comisiones era que la Comisión Central, además de ejercer su función de
asesoramiento en cuanto institución erudita, sirviese como auténtico apoyo de la Administra-
ción, protegiendo y vigilando la conservación de los monumentos y presentando las medidas
necesarias para evitar su destrucción, tanto en el presente como en el futuro. Por esta razón,
en la exposición a S. M. se dice que el Estado en que se encuentran los edificios públicos que
se trata de conservar y las reparaciones que se han de realizar para preservarlos de la ruina
demuestran que la Comisión Central tiene que ser, a la vez, un cuerpo facultativo y un cola-
borador directo del Gobierno, convirtiéndose en un verdadero cuerpo auxiliar de la Adminis-
tración pública.
«Esencialmente conservadora», la Comisión Central ha de investigar el estado en que se
encuentran los monumentos y ha de procurar que se reparen y mejoren proponiendo los me-
dios más eficaces. Pero sus funciones no han de limitarse a la «simple discusión» y a «re-
clamaciones estériles», sino que necesita tener poder de ejecución y atribuciones propias, así
como comunicación directa con los gobernadores provinciales y contar con el apoyo de las
comisiones provinciales. Pero, al mismo tiempo, estas corporaciones han de escuchar sus
consejos y, en ningún caso, han de tomar decisiones de forma unilateral a la hora de calificar
las demoliciones o reparaciones de los monumentos, como a veces lo han hecho.
La Comisión Central estará formada por el presidente, que recae en el ministro de Fomento,
un vicepresidente, un secretario con voz y voto y una dotación anual de 12 000 reales, un oficial
con el sueldo de 7000 reales y siete vocales de carácter honorífico y sin sueldo, que eran
elegidos a propuesta de la Comisión Central y «en terna de dependientes de su Secretaría».
Por su parte, las comisiones provinciales se compondrán de «cinco vocales que, a su reco-
nocida afición a las bellas artes y a los estudios arqueológicos, reúnan un celo ya acreditado
por el bien público» (art. 21). La presidencia corresponde a los gobernadores de provincia,
quienes eligen al vicepresidente entre sus vocales que, a su vez, son elegidos por la comisión
central, siendo uno de ellos el arquitecto titular de la provincia (arts. 22 y 23). La frecuencia de
sus reuniones será semanal y siempre que lo requiera la urgencia de los temas a tratar (art.
26).
Entre las atribuciones de la Comisión Central, de carácter eminentemente práctico, el ar-
tículo 12 señala las siguientes:
1.º Indagar el paradero de los objetos históricos y artísticos que se hayan extraviado y pertenezcan al
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Estado.
2.º Promover la restauración de aquellos edificios, propiedad de la nación o de los pueblos, que se
encuentren en estado ruinoso, y sean de un verdadero precio para las artes y la historia.
3.º Dar unidad y dirección a los trabajos de la comisiones provinciales, auxiliándolas con sus luces.
4.º Cooperar al mejor éxito de sus tareas alentando su celo, y procurando remover los obstáculos
que puedan tropezar en el ejercicio de sus funciones.
5.º Contribuir eficazmente a la mejor organización de los museos, bibliotecas y archivos que estas
han creado.
6.º Promover ante el Gobierno aquellas gestiones que crea necesarias para evitar las restauraciones
inoportunas de las fábricas monumentales, y el mal uso que de ellas pueda hacerse con perjuicio de su
buena conservación.
7.º Denunciar los abusos cometidos en el disfrute de estos edificios al concederse para usos de
utilidad pública.
8.º Hacer las oportunas reclamaciones cuando sin conocimiento de su importancia histórica y artís-
tica se pretenda enajenarlos o demolerlos.
En el artículo 13 se indica que, por motivos justificados, y después de realizar los informes
debidos, la Comisión Central puede suspender de sus funciones a los miembros de las comi-
siones provinciales, previa notificación al Gobierno. Cada año, la comisión presentará al Go-
bierno una memoria detallada de sus trabajos, «proponiéndole las medidas que crea más
oportunas para el mejor desempeño de sus funciones y la más pronta restauración de los
monumentos públicos confiados a su custodia» (art. 15). De igual manera, se propondrá «la de
aquellos edificios que en el mal estado de conservación sean de una verdadera importancia
para las artes o la historia» (art. 16). Los costes de las restauraciones que se traten de realizar
podrán ser acordados por la Comisión Central si no exceden de los 10 000 reales. En caso
contrario, ha de solicitar la autorización del ministro de Fomento (art. 17). En ambos casos tiene
la obligación de rendir cuentas anualmente (art. 18).
El artículo 28 expone cuáles han de ser los deberes de las comisiones provinciales:
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y sobre todo, la formación de los índices de las bibliotecas, archivos y museos puestos a su cargo.
Séptimo. Reconocer frecuentemente el estado de los monumentos públicos, y dar parte desde luego
al gobernador y a la central de los deterioros que en ellos advirtiesen, procurando su pronta reparación.
Octavo. Indicar al Gobierno por conducto de la comisión central aquellas investigaciones y diligen-
cias que creyesen oportunas para el descubrimiento de cualquier objeto de la propiedad del estado que
pueda interesar a las artes o a la historia.
Noveno. Dirigir los trabajos y exploraciones que tengan por objeto recobrar los documentos, lápidas,
libros, estatuas y esculturas que correspondieron a las casas religiosas suprimidas, y que hayan podido
extraviarse.
Décimo. Reclamar ante el Gobernador contra aquellas restauraciones que desfiguran el carácter y
las formas de las obras monumentales, propiedad del Estado o de los pueblos.
Undécimo. Vigilar la buena conservación de los panteones de nuestros reyes y de los hombres
ilustres, y promover la restauración de los que se hallasen en estado ruinoso, o necesiten reparaciones
importantes.
El artículo 29 dispone que los gobernadores de provincia y alcaldes de los pueblos presten
su apoyo, tanto a la Comisión Central como a las provinciales, poniendo a su disposición todos
los datos que posean y facilitando los medios necesarios para que no encuentren ninguna
dificultad en su tarea. Las oficinas de Hacienda les proporcionarán aquellos documentos per-
tenecientes en otro tiempo a las comunidades religiosas suprimidas que puedan serles de
utilidad para ilustrar la historia de los monumentos (art. 30). Significativos son los artículos 31 y
32 en los que se indica que los fondos que han sido consignados en sus presupuestos no pueden
ser destinados «a las excavaciones arqueológicas», tal vez, porque estas no corrían- ningún
peligro inmediato, mientras que los edificios religiosos desamortizados sí estaban en una
situación real de peligro de ruina o desaparición.
Por tal motivo, los fondos debían invertirse exclusivamente «en la conservación de los edi-
ficios monumentales, en sus restauraciones, y en el mantenimiento de los museos, bibliotecas
y archivos que se hayan establecido». Solo en caso de haber satisfecho estas atenciones
podían las comisiones emplear el dinero sobrante en las investigaciones arqueológicas y,
esto, siempre con la previa autorización del Gobierno. Una década más tarde, veremos cómo,
debido al desarrollismo de las ciudades, se tienen que invertir los términos, potenciando la
arqueología con el objeto de documentar los yacimientos que, durante siglos, permanecían
enterrados y podían desaparecer para siempre si no se tomaban medidas urgentes.
Allí donde no existan museos provinciales y no se prevea la posibilidad de crear-los, aque-
llos objetos arqueológicos e históricos que se hayan reunido han de entregarse a la Real
Academia de la Historia que, a través de la Comisión Central, planteará la conveniencia de
crear un museo arqueológico general en Madrid (art. 33). Por último, las comisiones se
ocuparán, además de sus tareas propias, de la «formación de un catálogo razonado de
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aquellos edificios públicos de sus respectivas provincias que se recomienden», ya sea debido
a su carácter histórico o artístico.
1.º La conservación y restauración de los monumentos históricos que fueren de propiedad del Es-
tado.
2.º El cuidado, mejora, aumento o creación de los museos provinciales de Bellas Artes.
3.º La dirección de las excavaciones arqueológicas que en cada provincia se conceptuaren nece-
sarias para la ilustración de la historia nacional.
4.º La creación, aumento y mejora de los museos de antigüedades.
5.º La adquisición de cuadros, estatuas, lápidas, relieves, medallas y cualesquiera otros objetos que
por su mérito o importancia artística e histórica merezcan figurar, tanto en los museos de bellas artes,
como en los arqueológicos.
6.º La investigación, adquisición o compra de códices, diplomas, manuscritos y cualquier otro do-
cumento que pueda contribuir al esclarecimiento de la verdad histórica, así en lo artístico como en lo
político, religioso, etc.
7.º El examen de los archivos existentes aún en las oficinas de la Hacienda Pública, ya con el
propósito de señalar los documentos que deben pasar al Archivo Nacional formado por la Real Aca-
demia de la Historia, ya con el fin de ilustrar la de los monumentos artísticos confiados a su custodia.
8.º El reconocimiento facultativo y arqueológico de los monumentos públi cos con el intento de
precaver su ruina y evitar al propio tiempo que se hagan en ellos restauraciones impropias de su ca-
rácter y que menoscaben su mérito artístico.
9.º La custodia y decorosa conservación de los sepulcros y enterramientos de nuestros reyes,
príncipes y hombres ilustres, y la traslación o restauración de los que, por haber sido enajenados los
edificios donde existan o por su mal estado de conservación, lo exigiere.
10.ºLa intervención en las obras públicas que se hicieren, ya con fondos municipales o provinciales,
ya a expensas del estado, en despoblados antiguos, en las inmediaciones de las grandes vías romanas
o en otro cualquier lugar que ofrezca indicio de construcciones respetables, a fin de evitar la pérdida o
sustracción de los objetos artísticos o arqueológicos que pudieran descubrirse.
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aquellos, tienen la responsabilidad de emitir los informes que la Academia crea conveniente, de
presentarle a examen y aprobación los proyectos de restauración, de enviarle anualmente los
presupuestos y los gastos de inversión en la conservación de monumentos y en los museos
de Bellas Artes, de consultarle sobre la creación de nuevos museos- y las adquisiciones de
fondos para los mismos. Y, por último, de enviarle cada tres meses un resumen de los trabajos
realizados.
La Real Academia de la Historia, como inspectora de todas las antigüedades descubiertas y
que se descubrieran en el reino, recibe de las comisiones de monumentos las propuestas de
excavaciones y los descubrimientos que en ellas tuvieran lugar, así como la identificación de
cualquier descubrimiento fortuito que se realizara o los que se hallaren en cualquier obra
pública. Se insiste en que todas las excavaciones que se lleven a cabo han de ser aprobadas
por la Real Academia de la Historia y su financiación correrá a cargo de las comisiones, así
como las adquisiciones o compras de códices, diplomas, lápidas o cualquier otro objeto ar-
queoló-gico. La conservación y restauración de los monumentos y el mantenimiento de los
museos de Bellas Artes correrá a cargo de los presupuestos provinciales de las comisiones de
monumentos, de los presupuestos generales destinados a estos fines y de los que el Gobierno
de su majestad concediera de manera extraordinaria a la Academia de Bellas Artes.
El capítulo III está dedicado a los trabajos académicos de las comisiones provinciales de
monumentos. Además de los trabajos administrativos, deben elaborar un catálogo de los
edificios de valor histórico y artístico existentes en cada una de las provincias, otro catálogo de
los despoblados y memorias o monografías de las colecciones arqueológicas y artísticas de los
museos con una descripción y gráfico de cada uno de ellos. Estos estudios se completarían
con biografías de los pintores, escultores y arquitectos más sobresalientes en cada una de las
provincias. El resultado de todas estas tareas científicas deberá ser aprobado por ambas
academias, pudiendo ser objeto, incluso, de premios especiales.
El capítulo IV trata de los museos provinciales. Desde 1844 se vienen potenciando estas
instituciones. Se insiste en el incremento de sus fondos a través de las donaciones de las
corporaciones o de los particulares, de fondos provinciales y estatales y de excavaciones.
Todos estos museos estarán dirigidos por un conservador, nombrado por las reales acade-
mias de la Historia y de San Fernando a propuesta del gobernador provincial, bien se trate de
un museo arqueológico o de Bellas Artes. También se establece que el día de visita será el
domingo.
El capítulo V contempla las disposiciones generales e insiste en la colaboración que los
gobernadores provinciales y los alcaldes deben de prestar a las comisiones en cuanto a la
vigilancia de los monumentos, adquisición de fondos y en todo lo relacionado con el patrimonio.
Los gastos ordinarios de las comisiones correrán a cargo de las diputaciones que financiarán
los trabajos de restauración de los monumentos provinciales más destacados, mientras que los
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ayuntamientos se encargarán de restaurar los edificios destinados a utilidad pública.
Este nuevo reglamento, aunque intenta que las comisiones tengan una mayor independen-
cia del poder político, no logra obtener los resultados deseados. La actividad de las comisiones
no fue demasiado significativa porque, siendo una institución de carácter honorífico, con fre-
cuencia solían hacer caso omiso de las circulares que la Academia les enviaba y el escaso
dinero que recibían para realizar obras de conservación y restauración no se llegaba a gastar
por no haber enviado antes el correspondiente informe. La mayoría de las comisiones sufrían
de una falta de iniciativa que les impedía llevar adelante las tareas que les habían sido en-
comendadas. Este carácter honorífico de las comisiones va a perdurar en la organización
administrativa del patrimonio hasta nuestros días, perdiendo eficacia y rigor científico todas sus
actuaciones.
Sin embargo, hemos de reconocer que tanto las comisiones como las academias juegan un
importante papel a la hora de presentar los informes previos a la formación de los expedientes
para la declaración de los monumentos nacionales. Aunque también es verdad que esto no
supuso una mayor sintonía entre ambas instituciones, sino que, más bien, cada una siguió su
camino por separado, actuando con gran independencia, como se demuestra en el hecho de
que ambas llegaban a informar por separado sobre un mismo monumento (Ordieres, 1995:86).
Poco a poco, se asiste a una mejor definición del contenido del patrimonio y mientras la Aca-
demia de Bellas Artes de San Fernando se preocupa, principalmente, por el patrimonio ar-
quitectónico y por los museos de Bellas Artes, la Academia de la Historia centrará su atención
en el descubrimiento y conservación de las antigüedades, así como en los museos arqueoló-
gicos.
En este último nivel estarían los estudios universitarios y las Nobles Artes. El regreso de
Fernando VII, en 1814, abortó todas estas iniciativas y el programa docente de la Academia de
Nobles Artes de San Fernando continuó vigente de una manera rutinaria y sin ningún tipo de
rigor científico. Será con el real decreto de 25 de septiembre de 1844 cuando se apruebe el plan
de enseñanza de los estudios de Bellas Artes de la Real Academia de San Fernando; y el 28 de
septiembre de 1845 se aprobó, por real orden, el reglamento que regulaba el real decreto de
1844. Este nuevo proyecto docente organizaba los estudios de Bellas Artes incluyendo en ellos
la pintura, la escultura, el grabado en dulce y el grabado en hueco y la arquitectura. Igualmente
se establecía la existencia de materiales para la realización de prácticas como el coleccionismo
de dibujos, minerales, madera, modelos humanos, edificios, así como de colecciones propias
de pintura, escultura y pintura (Navarrete, 1999:32).
Todos los profesores que impartían estas enseñanzas serían nombrados por el Gobierno a
propuesta de la Academia. Esta reforma docente tuvo sus consecuencias prácticas, puesto
que, en 1846, se publicó el primer número del Boletín Español de Arquitectura, dirigido por
José Amador de los Ríos y Antonio de Zabaleta. La ley de Instrucción Pública de 1857, más
conocida como ley Moyano, reestructura todo el sistema español de enseñanza. El título III,
capítulo II, establece la reforma de las escuelas especiales, elevándolas a escuelas superiores.
Entre otras, afecta a la Escuela de Bellas Artes, que incluirá las asignaturas de pintura y es-
cultura, arquitectura y música, estudios que, con diversas reformas, se van a desarrollar du-
rante la segunda mitad del siglo XIX.
La fundación, en 1845, de la facultad de Filosofía y Letras no incluía en sus planes de
estudio ninguna asignatura relacionada con el arte ni con la arqueología. La desamortización
de Mendizábal aportó un rico y variado patrimonio bibliográfico y documental a la Academia
de la Historia, procedente de las enajenaciones de conventos y monasterios suprimidos. Por
ello, la necesidad de contar con personas adecuadas para leer e interpretar este patrimonio
condujo a elaborar un proyecto que contemplaba la creación de cátedras para la enseñanza
de las Antigüedades, en el seno de la Academia de la Historia. Una iniciativa que dará lugar,
años más tarde, a la escuela de Diplomática, siguiendo el modelo de L’Ecole des Chartes de
París. Finalmente, el día 7 de octubre de 1856, se aprueba un real decreto por el que se
creaba la Escuela de diplomática de Madrid. Su inauguración oficial tuvo lugar el 21 de
noviembre de 1856, y tenía como sede el edificio de la Real Academia de la Historia. Su
primer director fue el académico Modesto Lafuente y las enseñanzas comprendían los s i-
41
guientes temas:
• Paleografía general.
• Paleografía crítica y literaria.
• Latín de los tiempos medios y conocimientos del antiguo romance castellano, del lemosín
y gallego.
• Clasificación de archivos y bibliotecas.
• Historia de España y de sus instituciones en la Edad Media.
• Arqueología y numismática.
En 1857, al igual que la escuela de Bellas Artes se transformó en escuela superior, con las
mismas enseñanzas que venía impartiendo hasta ese momento. Al año siguiente, por real
decreto de 17 de julio de 1858, se crea el Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, al que se
añadiría, en 1867, la sección de Anticuarios (R. D. de 12 de junio de 1867), pasando a deno-
minarse Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios, que se encargaría de
algunas de las instituciones patrimoniales como los archivos, las bibliotecas y los museos. En
su casi medio siglo de existencia, la escuela sufre una serie de transformaciones internas,
entre las que se encuentra el incremento de las disciplinas relacionadas con la arqueología.
Así, el real decreto de 15 de julio de 1863 amplió los estudios de arqueología con la creación de
tres cátedras:
• Numismática general y especial de España
• Epigrafía y Geografía antigua y de la Edad Media
• Historia de las Bellas Artes en los tiempos antiguos, Edad Media y Renacimiento.
De todo ello se deduce que los cambios en las enseñanzas fueron constantes hasta finales de
siglo. Tal vez conviene recordar la fecha del decreto de 25 de septiembre de 1884, en el que se
reconocía, de una manera institucional, la separación de las disciplinas de arqueología y de la
historia de las Bellas Artes (Peiró y Pasamar, 1989-90:15). La renovación de la enseñanza en
1900 con el plan de García Alix, condujo a la incorporación de las cátedras de Arqueología e
Historia de las Bellas Artes en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de
Madrid.
Podemos afirmar que, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, se va definiendo de
manera gradual el campo específico de la arqueología y el de las Bellas Artes, lo que supondrá
«el inicio de una compartimentación del saber en disciplinas diferentes, realizado a través de la
profesionalización» (Díaz-Andreu, 1995:153). Será en las últimas décadas del siglo cuando, de
una manera más palpable, se observe esta diferenciación que se verá reflejada en la aparición,
en 1872, de la revista Museo Español de Antigüedades, que puede considerarse como la
primera revista de contenido exclusivamente arqueológico, o de los cursos impartidos por Juan
42
de Vilanova y Piera en el Ateneo sobre la ciencia prehistórica.
El mismo proceso se seguirá en las Bellas Artes. Durante el curso 1884 -1885, el Ateneo
incluye la sección de Bellas Artes o artes plásticas, coincidiendo con algunas conferencias
sobre este tema, como la de Ceferino Araujo bajo el título Observaciones sobre el concepto
del arte. Sin embargo, el proceso de configuración de ambas disciplinas será lento hasta
conseguir el reconocimiento científico y académico tan necesario a la hora de formar a unos
profesionales que van a jugar un papel importante en el estudio y valoración del patrimonio
cultural español.
De todas ellas, la redacción de la revista promete dar cuenta en los sucesivos números que
se publiquen, cosa que no llegaron a cumplir porque no consta en ninguno de los que se
publicaron durante 1838.
La revista No me olvides se hace eco de la creación de otra cátedra de arqueología. Salas y
Quiroga (1837:7-8), en una nota, anuncia la próxima creación de una cátedra de arqueología «(ó
54
sea estudio de antigüedades)», en el cole-gio de Humanida-des, que se encuentra situado en la
calle de Fuencarral y está diri-gido por Sebastián de Fábregas. Dicha cátedra también esta-rá a
cargo de Basilio Sebastián Castellanos, anticuario de la Biblioteca Nacional, cuyos artículos de
arqueología habían sido publicados por diver-sos periódicos. Se congratula de que sea así
porque, según señala, no conoce que se dé en Madrid ningún curso de este género, cosa que
no es cierta porque, como ya hemos indica-do más arriba, se había creado una cátedra en el
Ateneo Científico y Literario.
En todo caso, aprueba que Castellanos comience dicho curso con la numis-mática y dacti-
lografía porque considera que la única forma de estudiar el pasado es a través del examen de
las medallas y piedras grabadas, que han de aportar datos suficientes para comprender
nuestra historia, al servirse de dichos objetos en los que los antepasados perpetuaron la
memoria de sus hazañas. Confía el autor en que Castellanos favorecerá el conoci-miento de
las litografías de Montfaucon, Hamilton y Nan-di-ni, así como las procedentes de las excava-
ciones de Hercu-lano y de otros museos italianos y franceses. Según parece, Caste-llanos
impartirá, después de presentar las características gene-rales de dicha ciencia, unas lecciones
aplicando aquella a la realidad de España, haciendo ver el valor de sus antigüe-dades. Hemos
de destacar también cómo en la nota que la nueva redac-ción de El Liceo artístico espa-ñol
dirige al público (1838:7), entre las secciones que ya existían —Bellas Artes, Litera-tura, Fi-
losofía, Biblio-grafía, Viajes, Crónica contempo-ránea, Misce-lánea y Correspondencia artís-
ti-ca—, se añade una nueva sobre «arqueolo-gía, principalmente española».
También es necesario recordar al Semanario pintoresco español como portavoz de la
Acade-mia Española de Arqueología. El 4 de abril de 1837 tiene lugar la creación de la So-
cie-dad Numismática Matritense, promovida por Basilio Sebastián Castellanos que, en ese
momento, era conservador del museo de Antigüedades y Medallas de la Biblioteca Na-cional.
Dos años más tarde, el 4 de diciembre de 1839, y gracias al empeño demos-trado por Caste-
llanos, aquella pasará a denominarse Sociedad Arqueológica Matritense y Central de España y
sus Colonias. Pero el objetivo último del presidente es que se convierta pronto en real aca-
demia y, para ello, se dirige a la reina Isabel II con el propó-sito de que nombre una comisión
que estu-die la solicitud presentada. De este modo, una real orden de 5 de abril de 1844, la
declarará Academia Española de Arqueolo-gía, esta-bleciéndose en el número 35 de la calle
del Olivar, en Madrid.
Su objetivo será difundir el estudio científico de las antigüedades, buscar y publicar las obras
inéditas de autores españoles que traten sobre arqueología e historia, evitando la destrucción
de los monumentos antiguos. Y, cuando esto no fuera posible, describirlos, dibujarlos y gra-
barlos para que puedan pasar a la posteridad. También ha de fomentar la arqueología entre los
entendidos y establecer un lenguaje arqueológico universal, así como elaborar una estadística
monumental europea y la promoción del progreso de las ciencias arqueológicas (Madoz, 1850:
55
tomo X).
Para llevar adelante dicha tarea, la Academia se pro-pone servirse de la creación de cáte-
dras de arqueología y de la prensa. No es de extrañar que, por este motivo, aque-lla publi-que
en el Semanario pintoresco español (1845a:8) un comuni-ca-do firmado por el secretario de
Gobierno, Nico-lás Fernández, el día 20 de diciembre de 1844, anunciando que, mientras se
decide la publicación del Boletín arqueo-lógico, tal como viene refle-jado en el reglamento, el
pe-riódico oficial que represente a la Academia será el Sema-nario pintoresco español. En él se
publicarán aquellos acuerdos de interés general que hagan refe-rencia a las diputaciones
arqueológicas provinciales y a las secciones espa-ñolas en el extranjero. Sin embargo, no llegó
a publi-car ningún acuerdo y el 19 de diciembre de 1845 aparece una nueva nota en el mismo
semanario (1845b:396) en la que se comunica que «por acuerdo de la Academia, cesa, desde
este día, de ser periódico oficial de la misma, el Semanario pinto-resco español».
Al mismo tiempo, se indica que más adelante se informa-rá a los corresponsales de las
diputaciones provinciales, de las colonias y del extranjero cuál será el «periódico literario» en el
que se comuniquen las decisiones y acuer-dos de la Acade-mia, mientras estos no puedan
publicarse en el Boletín Arqueo-lógico, tal como se indica en las Consti-tuciones. Dicha nota
viene firmada por el secretario de la Academia, Tomás de Velan-dia y por el secretario de
Gobier-no, Nicolás Fernández. Que no se llegase a publicar ningún comunicado nos lleva a
pensar que la Academia tenía entre sus proyectos inmediatos crear el Bole-tín Arqueo-lógico
donde poder comunicar sus acuerdos, aunque debieron de surgir algunas dificultades que
retrasaron su apari-ción. No obs-tante, el deseo de servirse de los periódicos lite-rarios como
medio de comunicación es una de las ideas más sig-nifi-cativas de la Academia.
Las distintas disposiciones desamortizadoras aprobadas por los gobiernos progresistas van
a reforzar su ideario político, al tiempo que van a colaborar en la creación de una clase bur-
guesa que se pondrá al servicio de este liberalismo político. La adquisición de los edificios
religiosos enajenados por esta nueva burguesía será un hecho común en todas las ciudades
europeas. Se producirá la compra-venta de edificios y la especulación del suelo dará lugar a un
importante mercado inmobiliario que tiene que abastecer la intensa demanda de viviendas,
consecuencia del crecimiento demográfico que se observa en ciudades como Madrid y Bar-
celona. Tanto los edificios religiosos como las viviendas particulares comienzan a derribarse
para conseguir, sobre estos solares, la construcción de nuevas casas para la burguesía.
En Madrid, una de las primeras consecuencias de la desamortización será la demolición de
56
una serie de conventos como el de la Merced, San Basilio, Capu-chinos de la Paciencia y San
Felipe el Real (Ruiz, 1976:105), iniciativas que continuarán, sobre todo, en la segunda mitad
del siglo. Estas reformas urbanísticas tendrán como referencia el Plan Haussmann, elaborado
por Napoleón II para París y que tiene un efecto decisivo en las distintas capitales europeas,
con la salvedad de que en Europa se tendrá un mayor respeto por la conservación de los
monumentos históricos que en España.
En 1846, Mesonero Romanos publica el Proyecto de mejoras generales para Madrid y
propone la renovación de algunos de sus barrios, aunque las principales reformas isabelinas se
iniciarán con posterioridad. Se trata de la reforma de la Puerta del Sol y la del Ensanche. La
primera tiene lugar entre 1853 y 1862 y se se pretende crear un espacio amplio que articule
algunas de las principales vías de comunicación de la ciudad, sanear toda la zona dotándola de
las infraestructuras necesarias y crear unas condiciones adecuadas de habitabilidad y de
desarrollo de las actividades comerciales. Es decir, convertir este punto en el centro neurálgico
de la ciudad.
En 1859, Ildefonso Cerdá presenta el Proyecto de reforma y ensanche de Barcelona, que
servirá de modelo para las ciudades de Tarragona, San Sebastián y Madrid, entre otras.
Concretamente, en esta última ciudad se aprueba el plan Castro, en 1860, aunque su puesta
en marcha no siguió siempre el proyecto original. El plan consistía en derribar las cercas del
siglo XVII, abrir la ciudad y buscar comunicaciones viarias a través de rondas. Al mismo tiempo,
contemplaba su expansión hacia el norte mediante un trazado en damero, orientando así la
política urbanística por seguir en los años siguientes.
Tras los acontecimientos revolucionarios de 1868, Ángel Fernández de los Ríos intenta llevar
a cabo una reforma en la ciudad de Madrid, proyecto que publicó en varios periódicos locales,
pero que no pudo ponerse en práctica debido a problemas económicos. En 1869 se proclama
la nueva constitución y se elige a Amadeo I como rey de España, pero pronto surge el levan-
tamiento carlista que le obligará a abdicar en 1873, proclamándose la primera República.
Durante estos años se intensificaron las demoliciones de conventos, unas veces motivadas por
las reformas urbanísticas y otras por el anticlericalismo del pueblo (Ordieres, 1995:87). Con-
cretamente, en Madrid, a comienzos de 1869, tuvo lugar la demolición de varias iglesias,
destacando las de Santa Cruz, San Millán y Santa María y los conventos de San Martín, Santo
Domingo y Maravillas. Con estas actuaciones se pudo diseñar la plaza de la Independencia
junto a la Puerta de Alcalá (Ruiz, 1976:383).
Ante esta situación, que se repite en otras ciudades españolas, la Academia de San Fer-
nando exige a las comisiones provinciales de monumentos un informe sobre aquellos edificios
que, debido a las reformas urbanísticas o a que han sido afectados por la desamortización, se
encontraran en peligro de ser demolidos o enajenados y merezcan ser conservados por su
valor histórico o artístico. Pero ante la pasividad de las comisiones de monumentos, el Go-
57
bierno aprueba una serie de medidas legislativas orientadas a la protección y conservación de
los edificios enajenados, puesto que ni él mismo contaba con suficientes recursos para su
mantenimiento.
Especial relevancia posee el decreto de 16 de diciembre de 1873, que el gobierno de la
República publicó como consecuencia de la exposición que la Academia le había dirigido el 10
de diciembre sobre la demolición incontrolada de edificios monumentales (Cámara, 1874). El
decreto estaba firmado por Emilio Castelar, presidente de Gobierno, y por Joaquín Gil Bergés,
ministro de Fomento. Este documento supone uno de los manifiestos ideológicos más impor-
tantes del siglo XIX, al ser la primera vez que una ideología de izquierdas era capaz de des-
vincular la idea de monumento de cualquier carácter político o religioso, favoreciendo la apa-
rición del concepto de bien nacional (Ordieres, 1995:33). El preámbulo es significativo al
afirmar que el gobierno de la República ha visto los numerosos derribos de monumentos
artísticos, dignos de respeto, no solo por su belleza intrínseca, sino también por los recuerdos
históricos que encierran. Es más, constata cómo un ciego espíritu de devastación se ha
apoderado de algunas autoridades populares que, movidas por un excesivo celo y empujadas
por un fanatismo político, no dudan en sembrar de ruinas todo el suelo español.
Por todo ello, el Gobierno ordena que siempre que los ayuntamientos o diputaciones pre-
tendan destruir algún edificio público que pueda ser considerado como monumento, los go-
bernadores provinciales han de suspender inmediatamente la ejecución de derribo. Y si los
gobernadores no lo hicieren, podrán hacerlo las comisiones, las academias, los rectores de las
universidades o los directores de los institutos(1). Una vez recibida la noticia oficial, se pedirá
un informe a la Academia de San Fernando y, si este es favorable a la conservación, se
anulará la orden de derribo dada por el Ayuntamiento o Diputación Provincial (2). Si algunos
monumentos han sido derribados por las corporaciones populares infringiendo la ley hasta la
publicación de este decreto, en el caso de que puedan ser reedificados, lo serán a cargo de la
corporación que ordenó su destrucción (3). Están obligados a vigilar el cumplimiento de este
decreto tanto los gobernadores provinciales, como las comisiones, academias, rectores de
universidades y directores de institutos (4).
En esta ocasión, el gobierno atiende con suma rapidez los deseos de la Academia al ex-
ponerle la necesidad de que tanto las diputaciones provinciales como las corporaciones mu-
nicipales traten de paralizar «los tristes efectos de ese funesto afán de destruir» que se ha ido
extendiendo por doquier y que ha contribuido a la desaparición de numerosos monumentos
artísticos y amenaza con destruir los que todavía quedan. Una vez más, la Academia insiste en
que esta situación de deterioro es consecuencia directa de la autonomía que disfrutan las
diputaciones y ayuntamientos, compuestos, generalmente, «por personas raramente extrañas
a los estudios artísticos y arqueológicos», y muy poco sensibilizadas ante la belleza de las
obras artísticas.
58
Finalmente, la Academia hace votos para ver pronto realizada la idea que le preocupa desde
antiguo y que no es otra que «la promulgación de una ley hecha en Cortes, que asegure la
permanencia y la conservación de todos los monumentos nacionales». Pues bien, el 7 de fe-
brero de 1874, el Ministerio de la Gobernación, en respuesta a la solicitud de la Academia,
presenta una comunicación anunciando su intención de presentar a las Cortes un proyecto de
ley sobre conservación de monumentos (Cámara, 1874). Sin embargo, dicho proyecto no pudo
realizarse porque, ya el 3 de enero de 1874, el general Pavía había dado un golpe de estado y,
con él, daba por finalizada la República. Ciertamente, la ley no fue publicada, pero algo fue
cambiando en la manera de ver el patrimonio cultural. Desde ese momento, cualquier mo-
numento artístico e histórico será reconocido como tal, independientemente de su origen
ideológico. Habrá que esperar a la segunda República para ver nacer lo que hasta ese mo-
mento solo se quedó en un proyecto de ley de Protección del Patrimonio Histórico.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX se respira un ambiente cultural que propiciará el
reconocimiento oficial de la prehistoria científica. La difusión de las ideas evolucionistas y el
reconocimiento de la antigüedad del hombre serán algunas de las bases sobre las que se
asiente la prehistoria. En España, uno de los pioneros será el geólogo Casiano del Prado
quien, con la publicación, en 1864, de la Descripción física geológica de la provincia de Madrid,
fruto de las observaciones geológico-paleontológicas realizadas en las excursiones a San
Isidro en las terrazas del Manzanares durante 1862, se convierta en el defensor de la ar-
queología prehistórica en nuestro país. El interés científico por la prehistoria va a estar estre-
chamente vinculado a las investigaciones que se llevaban a cabo en el Museo Nacional de
Ciencias Naturales, coincidiendo con los descubrimientos de Boucher de Perthes en Francia.
Por su parte, Juan de Vilanova y Piera desea documentar estos mismos hallazgos en Es-
paña. Con este fin realiza visitas a diversos yacimientos del río Manzanares, sobre todo al de
San Isidro. En estas excursiones iba acompañado de sus alumnos del curso «El origen del
Hombre» que impartía en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid. Al mismo tiempo,
Vilanova emprende una serie de trabajos arqueológicos, entre los que destacan los de la Cueva
de Parpalló y Cova Negra de Bellús en Valencia y los de el Cerro Muriano en Córdoba. De este
modo, se confirma el carácter científico e interdisciplinar de la Prehistoria, como quedará
reflejado en su libro Origen, naturaleza y antigüedad del Hombre, publicado en 1872 (Fig. 11).
Vilanova, junto con Tubino, asistirá, en 1868, al Congreso Internacional de Arqueología de
Norwich y, al año siguiente, al de Copenhague. Años más tarde, en 1874, Vilanova participará
en el Congreso de Arqueología Prehistórica de Estocolmo y, a su regreso a España, impartirá
59
en el Ateneo una serie de Con-ferencias sobre la ciencia prehistórica. En ellas defendía la
concordancia entre ciencia y religión.
Otros grandes defensores de esta nueva ciencia son Tubino, quien en 1872 escribe un ex-
tenso artículo titulado «Historia y progresos de la Arqueología Prehistórica» y Manuel de
Góngora (1868), con su obra Antigüedades prehistóricas de Andalucía. Dentro de este con-
texto se crearon los museos arqueológicos (R. D. de 20 de marzo de 1867), estableciendo que
en Madrid se funde el Museo Arqueológico Nacional con todos los objetos arqueológicos y
numismáticos de la Biblioteca Nacional, los del Museo de Ciencias Naturales, los de la Escuela
Especial de Diplomática y todos aquellos que, en el futuro, sean propiedad del Estado. El
artículo 2 define el contenido de estos museos al incluir los objetos «pertenecientes a la anti-
güedad, a los tiempos medios y al renacimiento».
A lo largo del siglo XIX son constantes las noticias que se tienen acerca del expolio del pa-
61
trimonio cultural español. Inmediatamente después de las primeras medidas desamortizado-
ras, surgen voces sobre la salida de España de bienes muebles de todo tipo: cuadros, tapices,
manuscritos, etc., al tiempo que se buscan soluciones para detener estas actuaciones. Como
ya hemos comentado, Eugenio de Ochoa (1836) escribió un duro artículo en la revista El artista
denunciando la situación en que se encontraba el patrimonio español y cómo era objeto de
continuos expolios. La idea de fundar museos está presente en todos los intelectuales de
la época como un medio de proteger y conservar el patrimonio. Sin embargo, por diversas
razones, sobre todo económicas, será un proceso lento que no influyó en una toma de con-
ciencia social sobre la necesidad de preservar el patrimonio de la nación. Esto explica que se
fueran sucediendo hechos similares, lamentándose cuando ya no había remedio. El Tesoro de
Guarrazar es un buen ejemplo de ello. En 1859 se tiene conocimiento de la venta al Gobierno
francés de un tesoro aparecido en la localidad de Guadamur (Toledo). A partir de este mo-
mento, el Gobierno español intenta reclamar dicho tesoro por vía diplomática. Se inicia un largo
proceso que dura hasta 1861, aunque la devolución no se ejecutará hasta 1941 (Viñas, 1997).
Otro de los ejemplos es el de la Dama de Elche. Su descubrimiento tuvo lugar el día 4 de
agosto de 1897, junto a la loma de Alcudia, a unos dos kilómetros al sudeste de Elche, en la
finca del doctor Manuel Campello. Por esas fechas se encontraba en este lugar el arqueólogo
P. Paris, quien, después de una serie de negociaciones, adquirió el busto el día 18 de agosto,
pagando al doctor la cantidad de 4000 francos. En el mes de diciembre de 1897, el busto de la
dama es expuesto en el museo del Louvre, en las salas del departamento de Antigüedades
Orientales. Junto a ella llegaron al museo el Thymiterion céltico de Calaceite y los fragmentos
de la diadema de Rivaleo. Estos, junto con otras piezas que ingresaron a comienzos del siglo
XX, como los relieves de Osuna, fueron devueltos al Estado español en el año 1941. También
en este lote regresaron la Inmaculada de Murillo, las coronas de Guarrazar y los documentos
conocidos como «legajos de Simancas» (García y Bellido, 1943).
La facilidad con que podían salir los bienes del patrimonio español fuera de nuestro país, por
falta de una legislación adecuada, hizo que fueran muchas las obras que siguieron este camino
y que, además, se perdieran para siempre. Y esto sucedía cuando otros países europeos
estaban siguiendo una política totalmente contraria, con el fin de incrementar los fondos de los
museos nacientes, en los que se quería presentar las obras artísticas del patrimonio tanto
nacional como universal.
65
3
EVOLUCIÓN DE LA LEGISLACIÓN SOBRE EL PATRIMONIO HISTÓRICO ESPAÑOL
INTRODUCCIÓN
66
el único objetivo de preparar una ley de Antigüedades en nuestro país (Barrero, 1990:51). Al
mismo tiempo, algunas personalidades del momento denuncian la situación y reclaman la tan
solicitada ley de Antigüedades (Navarro Ledesma, 1897), dado que la mayoría de los países
europeos ya contaban con su propia norma: Italia (1871, 1873, 1902), Inglaterra (1882),
Francia (1887) y Grecia (1893) (Rodríguez, 1914:391). Para este autor, el término antigüe-
dades se refiere a todas aquellas obras y restos que son el fruto del trabajo y del ingenio de
generaciones anteriores, de cualquier naturaleza, pero siempre que en ellos se pueda des-
cubrir el rostro de la cultura, del arte y de la vida de las personas que los crearon. No hay que
olvidar que los tres pilares en los que se apoyaba la protección jurídica del patrimonio en el
siglo XIX y comienzos del XX eran el valor de antigüedad, el valor histórico y el valor artístico
(Barrero, 1990:51). Aunque esta autora no explica el significado de cada uno de estos valores,
podemos remitirnos a la obra de Riegl (1987), donde aparece desarrollado cada uno de dichos
conceptos aplicados a los monumentos.
El comienzo del siglo XX va a experimentar cambios importantes. Uno de ellos será la crea-
ción del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes (R. D. de 18 de abril de 1900), que
asumirá las funciones que dependían del Ministerio de Fomento. A partir de ahora, la Dirección
General de Bellas Artes se encargará de todo lo relacionado con el patrimonio. Un segundo
cambio tendrá lugar con la apertura de España al extranjero. A través de diversas instituciones
se iniciarán una serie de intercambios entre investigadores. En concreto, la Junta de Ampliación
de Estudios ofrecerá a los universitarios españoles la posibilidad de completar su formación en
distintos países europeos como Francia, Italia y Alemania.
La aprobación de la ley de Excavaciones Arqueológicas, de 7 de julio de 1911, se produce en
un momento en el que los estudios arqueológicos en España están adquiriendo una gran
importancia y atraen a los más prestigiosos investigadores europeos. Prueba de ello son los
contactos que, desde finales del siglo XIX, se vienen manteniendo con los arqueólogos fran-
ceses, sobre todo, a partir del descubrimiento de Altamira en 1879. Esta colaboración fran-
co-española se consolida con la creación, en París, del Instituto de Paleontología Humana en
1910, patrocinado por el príncipe Alberto de Mónaco.
Los trabajos de cooperación se plasmaron en varias publicaciones, como La Cueva de Altamira
(1906) y Las cuevas de la región Cantábrica (1912), así como en el comienzo de las excavaciones
en la Cueva del Castillo (Santander), realizadas entre 1910 y 1914. Estos trabajos supusieron un
hito en los estudios del paleolítico, puesto que su potente estratigrafía, de unos 20 metros, per-
mitía conocer una secuencia bastante completa de todas las etapas desde el paleolítico hasta el
aziliense.
La primera guerra mundial llevó a paralizar los trabajos y gran parte de la documentación y de
los descubrimientos se llevaron a Francia, donde han permanecido hasta los años setenta. En
1912 se crea en Madrid la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Según
67
De la Rasilla (1997), entre sus objetivos pueden destacarse los siguientes:
a) Descubrir los yacimientos, investigarlos e interpretarlos.
b) Conocer, recuperar y estudiar el arte prehistórico de las cuevas y abrigos peninsulares,
realizando calcos y copias para su mejor estudio.
c) Intercambio y colaboración en todos estos trabajos de investigadores españoles y ex-
tranjeros.
También van a surgir en otros ámbitos peninsulares instituciones que impulsarán la arqueo-
logía. En Cataluña, el movimiento de la renaixença, iniciado por la burguesía, dará lugar a la
creación del Instituto de Estudios Catalanes (1907) y del Servicio de Investigaciones Arqueo-
lógicas (1917) bajo la dirección de Pedro Bosch Gimpera. Con posterioridad, en 1927, se
inaugura el Servicio de Investigación Prehistórica (SIP), patrocinado por la Diputación Provincial
de Valencia.
Este gran interés por la actividad arqueológica, iniciado desde finales del siglo XIX, desem-
boca necesariamente en la aprobación de la ley de 7 de julio de 1911, con el único objetivo de
regular dicha actividad. Su elaboración es fruto de varios proyectos que han quedado refle-
jados en el estudio exhaustivo realizado por Rodríguez Pascual (1914; 1916).
La ley está estructurada en trece artículos y el reglamento en dos capítulos: el primero con-
tiene veintiséis artículos y el segundo diecinueve. El capitulo primero apenas aporta novedad
alguna, puesto que se limita a reiterar los mismos artículos de la ley, mientras que el segundo
establece la organización administrativa para su cumplimiento. Aunque en ninguna de las
ediciones de la ley aparece el preámbulo de la misma, este fue publicado en la Gaceta de
Madrid el día 8 de junio de 1911, comentado recientemente por Ana Yañez (1997). A conti-
nuación vamos a destacar el contenido de la misma.
Una de las primeras medidas de protección del patrimonio es conocer su existencia. Para
ello, el artículo 3 establece la elaboración de un inventario o registro de las ruinas y de las
antigüedades, labor que será realizada por personas especializadas, pertenecientes a las
academias, a las universidades y al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Ar-
queólogos. Además, ha de impedir la realización de reformas que pongan en peligro la con-
servación de las ruinas y antigüedades (reglamento, art. 4), así como el deterioro intencionado
de las mismas (reglamento, art. 3).
Están obligadas a realizar un inventario todas aquellas personas que, antes de la aprobación
de la ley, se encuentren en posesión de antigüedades. La ley ratifica este derecho de propiedad y,
en consecuencia, podrán realizar transmisiones de las mismas y exportarlas, previo pago del
diez por ciento de su valor. El Estado se reserva el derecho de tanteo y de retracto en el caso de
que se pusieran a la venta (art. 9).
Una segunda medida es el control de las actuaciones. Se consideran excavaciones lícitas las
que están autorizadas por el Estado a través de la Junta Superior de Excavaciones Arqueo-
lógicas. Pero, ¿quiénes pueden dirigir excavaciones? El Estado, las corporaciones oficiales,
los particulares y las sociedades científicas españolas y extranjeras. En primer lugar, el Estado
puede hacer excavaciones en cualquier propiedad particular, bien indemnizando al propietario
por los daños y perjuicios que se le ocasionen, bien adquiriéndolos por expediente de utilidad
pública. En el caso de la indemnización se hará una tasación legal y se pagará antes de iniciar
los trabajos (art. 4). En segundo lugar, se establece que tanto las corporaciones como los
particulares y las sociedades científicas podrán realizar excavaciones en terrenos públicos o
privados, bajo la inspección del Estado (art. 7). Cuando los trabajos se lleven a cabo en terrenos
particulares tendrán las mismas obligaciones que las determinadas por el Estado.
Por el contrario, se consideran excavaciones ilícitas aquellas que se realizan sin la autori-
69
zación del Estado. A las personas que realicen esta actividad se les impone un castigo: in-
demnizar al Estado mediante un pago en metálico o el decomiso de los descubrimientos. Esta
misma pena se aplica a los que oculten, deterioren o destruyan ruinas o antigüedades (art. 10).
El capítulo segundo del reglamento está orientado a regular toda la gestión administrativa. El
responsable máximo es el ministro de Instrucción Pública que estará apoyado por el inspector
general de Bellas Artes y, sobre todo, por la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades.
Se regula la composición de la Junta y de sus funciones. Entre otras, hay que destacar la
concesión de los permisos de excavación. Previamente es necesario presentar una solicitud en
la que consten los datos del excavador, el plano del yacimiento, los objetivos y un breve pro-
yecto. Si la solicitud es aprobada, el excavador recibe una autorización que representa el
documento del reconocimiento de la propiedad de los objetos hallados. Los excavadores
deben presentar a la Junta, durante el mes de enero, una memoria de los trabajos realizados a
lo largo del año.
En opinión de Barrero (1990), los términos de la ley son «confusos» y «poco claros», ma-
nifestando, además, un gran respeto al derecho de la propiedad privada, idea que mantiene
García de Enterría (1983), para quien la ley estableció la supremacía de la propiedad privada
sobre el interés público. Otros autores (Álvarez, 1977), piensan que determinadas actuaciones
permitidas por la ley imponen ciertas limitaciones a los propietarios, como el derecho del Es-
tado a realizar excavaciones en propiedades particulares (art. 4), y también de las corpora-
ciones, los particulares y las sociedades científicas españolas y extranjeras (art. 7).
Por su parte, García Fernández (1987) destaca la importancia que tuvo esta ley al propor-
cionar unos instrumentos eficaces en la actividad arqueológica. A pesar de ello, critica dos
aspectos de la misma. El primero coincide con el señalado por García de Enterría, es decir, la
prioridad de la propiedad privada sobre la pública en el caso de los hallazgos. Y el segundo el
hecho de que toda la gestión administrativa descansaba sobre cargos honoríficos y no profe-
sionales, lo que resta eficacia al cumplimiento de la ley.
Todas estas reflexiones nos llevan a pensar que esta importante norma jurídica no llegó a
satisfacer las anheladas pretensiones que de ella se esperaban. Faltaban los medios econó-
micos y humanos para hacerla cumplir e, incluso, fue calificada por los contemporáneos como
una «ley inspirada en un verdadero espíritu centralizador y burocrático» (Tramoyeres,
1917:104). Otro de los grandes problemas que planteó fue su larga vigencia. Escasamente
modificada por la ley de 1933, no se deroga hasta 1985, creando verdaderos problemas de
aplicación ante los numerosos casos prácticos que, a lo largo de setenta y cuatro años,
fueron plan-teándose.
71
3.2. REAL DECRETO-LEY, DE 9 DE AGOSTO DE 1926, SOBRE PROTECCIÓN
Y CONSERVACIÓN DE LA RIQUEZA ARTÍSTICA
Este real decreto-ley consta de tres títulos. El primero, con un único artículo, contempla la
definición del concepto de tesoro artístico nacional. El segundo, con 21 artículos, trata sobre
«la protección y conservación de la riqueza arquitectónica histórico-artística de España y del
carácter típico de sus pueblos y ciudades». Y el tercero, contiene 16 artículos sobre «la riqueza
mueble y exportación de obras de arte».
En el preámbulo se destacan los motivos por los que se ha elaborado este real decreto-ley:
evitar la pérdida de dicho patrimonio y procurar que sea admirado y conocido. Al mismo tiempo,
se reconoce la ineficacia de las leyes anteriores, la desproporción existente entre los medios
financieros y la riqueza artística y la necesidad de una intervención directa del Estado en la
protección del patrimonio. Por tanto, esta norma va a representar una nueva etapa en el or-
denamiento jurídico español con una concepción más extensa del tesoro artístico nacional,
definido como «el conjunto de bienes muebles e inmuebles dignos de ser conservados para la
nación por razones de arte y cultura» (art. 1), basada en criterios artísticos y culturales. En
consecuencia, se establece un concepto bastante amplio del patrimonio artístico nacional.
El título II está dedicado a los bienes inmuebles. Se consideran como tales, según el artículo
2, los siguientes:
a) Todos los monumentos ubicados en España, hayan sido ya declarados monumentos
histórico-artísticos nacionales o monumentos arquitectónico-artísticos, así como los que
se declaren en un futuro del tesoro artístico nacional, sea cualquiera su propiedad.
b) Las edificaciones o conjuntos de ellas, sitios y lugares de reconocida y peculiar belleza,
siempre que su conservación permita mantener los aspectos más típicos, artísticos y
pintorescos de España.
c) Los yacimientos y objetos de interés paleontológico y prehistórico, las cuevas, abrigos y
peñas, con pinturas rupestres y los monumentos prehistóricos.
Todos estos inmuebles quedan sujetos a una serie de medidas de protección, entre las que
destacamos las contenidas en el artículo 8:
• No podrán ser demolidos sin autorización del Ministerio de Instrucción Pública.
• No podrán ser exportados, total o parcialmente.
En cambio, los inmuebles de titularidad particular pueden ser enajenados y transmitidos li-
bremente (art. 10), exigiéndose únicamente comunicarlo a la Dirección General de Bellas
Artes.
Se establece el mecanismo de declaración como monumento histórico-artístico o pintoresco
72
del tesoro nacional. Para ello, es necesario incoar un expediente por parte de los organismos
públicos que hayan sido autorizados. Lo más novedoso de la ley es que no se contempla el
monumento aislado, sino que tiene en cuenta el entorno. En este aspecto, es importante el
artículo 21 donde se establece que las ciudades y pueblos, total o parcialmente declarados, o
que, en el futuro se declaren monumento histórico-artístico, deberán cumplir una serie de
requisitos. Se obliga a los ayuntamientos a realizar planos topográficos con indicación de la
zona afectada. En ella no se podrá construir sin la correspondiente autorización y quedarán re-
flejados los edificios artísticos o históricos, lugares, calles, plazas y barriadas pintorescas. Los
propietarios de los edificios declarados tienen la obligación de conservarlos, no pudiendo
alterar su estructura sin el permiso de la Administración competente. En el caso de que no
gozaran de un buen estado de conservación, los dueños de los inmuebles deberán realizar los
trabajos necesarios en un plazo determinado. De lo contrario, el Estado podrá llevarlos a cabo
o expropiar el edificio (artículo 12).
Igualmente, se obliga a los ayuntamientos, diputaciones provinciales, arquitectos de Ins-
trucción Pública y arquitectos e ingenieros catastrales a enviar, a través de las comisiones de
monumentos, una lista detallada de todos los inmuebles que hubiera en su jurisdicción (art. 17).
A pesar de que no tengan el reconocimiento formal de monumento histórico-artístico, se les
aplicarán las mismas limitaciones que a aquellos (art. 18). Así mismo, contempla que los
pueblos y ciudades declarados como tesoro artístico nacional «deberán llevar a sus orde-
nanzas municipales preceptos obligatorios y especiales de conservación de sus monumentos
típicos y en las edificaciones modernas de los elementos y detalles propios y distintivos de la
antigüedad, dignos de ser conservados por su originalidad y carácter» (art. 22). Según Ramón
Fernández (1978:19), todas estas medidas iban encaminadas a unir lo artístico con lo urbano.
Los bienes muebles pertenecientes al tesoro artístico nacional tendrán la condición de im-
prescriptibles e inalienables (art. 27). Por tanto, no podrán ser exportados sin la autorización
exigida. Solo podrán exportarse aquellos objetos que no causen daño al tesoro artísti-
co-histórico, arqueológico y documental de España. En estos casos, se impone como requisito
elevar una solicitud al ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. En ella deben constar
todas las características del objeto. La concesión del permiso dependerá del informe de las
comisiones de valoración de objetos artísticos, aunque la decisión última corresponde al mi-
nisterio. Existe un consenso unánime en valorar muy positivamente esta nueva ley, por cuanto
supuso una visión amplia del patrimonio inmueble y su contexto. Sin embargo, no tuvo un
desarrollo y actualización posteriores, tal y como se esperaba que lo hiciera la ley de 1933.
73
Y REGLAMENTO DE 16 DE ABRIL DE 1936
74
La ley concede competencia exclusiva en materia de patrimonio a la Dirección General de
Bellas Artes, atribuyéndole «cuanto atañe a la defensa, conservación y acrecentamiento del
patrimonio histórico artístico nacional» (art. 3). Para su cumplimiento se creó un organismo
colegiado, la Junta Superior del Tesoro Artístico, de la que, a su vez, dependían las inspec-
ciones de monumentos (art. 7). Para un mejor funcionamiento, la Junta se estructura en seis
secciones (art. 8):
• Bienes Inmuebles.
• Excavaciones.
• Reglamentación de exportaciones.
• Museos.
• Catálogos e inventario.
• Difusión de la cultura artística.
El punto de partida sobre las medidas de protección es la unificación que esta ley hace
respecto a los términos utilizados anteriormente, al realizar la declaración formal de monu-
75
mento. A partir de ahora, se utilizará el concepto de monumento histórico-artístico y tendrá un
carácter nacional. Dicha declaración se hará por decreto, con el informe favorable y justificado
de las academias o de la Junta Superior del Tesoro Artístico (art. 14).
La declaración de un monumento histórico-artístico impone una serie de límites a sus pro-
pietarios que pueden resumirse en los siguientes:
• No pueden derribarse ni realizar ningún tipo de intervención en ellos.
• Los trabajos de consolidación y conservación serán iniciados por la Junta Superior del
Tesoro Artístico.
• Se prohíbe realizar cualquier tipo de reconstrucción.
• Se considerarán monumentos públicos.
• Los propietarios tienen la obligación de permitir su contemplación, estudio y reproducción
fotográfica y gráfica cuatro veces al mes en días y horas, previamente fijados.
• El Estado tendrá el derecho de tanteo en la venta de estos monumentos.
• El Estado podrá expropiar por causa de utilidad pública los edificios y propiedades que
impidan la contemplación del monumento histórico-artístico o que planteen problemas de
conservación al mismo.
• Se prohíbe la exportación total o parcial de inmuebles de más de cien años de antigüe-
dad.
• Contempla la libre transmisión de un edificio declarado monumento histórico-artístico con
la única obligación de comunicarlo a la Dirección General de Bellas Artes.
• Todas estas limitaciones establecidas para los monumentos histórico-artísticos serán
aplicadas a los conjuntos urbanos y rústicos.
• La Junta Superior del Tesoro Artístico se encargará de elaborar una lista de ciudades,
villas y pueblos de interés artístico, relación que se publicará cada dos años en la Gaceta
de Madrid, con datos de su ubicación y el nombre del propietario.
• Los monumentos que no tienen un gran interés, pero que deben ser conservados, han de
figurar en un catálogo.
3.3.4. Excavaciones
Una de las primeras instrucciones fue dejar vigente la ley de 7 de julio de 1911, mientras no
se publicase una nueva ley (art. 37). Los tres artículos restantes sobre esta materia añaden
poca luz a lo establecido en la ley de 1911. Aunque el artícu-lo 38 intenta diferenciar las ex-
cavaciones subvencionadas por el Estado de las subvencionadas por otras instituciones pú-
blicas, en la práctica, tanto en uno como en otro caso, se les impone el requisito de ser con-
troladas por la inspección que nombre la Junta.
Una novedad respecto a la ley de 1911 la representa el artículo 40 al establecer un trata-
miento igual para los hallazgos fortuitos y los realizados por particulares en excavaciones
autorizadas. La Junta del Tesoro Artístico «podrá conceder el disfrute de lo hallado al descu-
bridor». Mientras que, en la ley de 1911, al descubridor de un hallazgo fortuito se le indemni-
zaba con la mitad de su valor, a los particulares que se les concedía autorización para realizar
excavaciones, se les reconocía la plena propiedad de los objetos descubiertos y no solo el
disfrute de ellos. Además, está en contradicción con el artículo 60 del reglamento que vuelve a
confirmar la propiedad de los descubrimientos a los particulares que hayan sido autorizados
para realizar excavaciones.
Se da, por tanto, una contradicción entre la ley y el reglamento. En opinión de Mariano del Amo
(1983), el artículo del reglamento no tuvo otra intención que la de aclarar el artículo 40 de la ley,
pero al ser esta de rango superior obliga a acatar este criterio que, por otra parte, es opuesto
también a la ley de 1911 que seguía en vigor.
El reglamento regula todo lo referente a la gestión y administración de las excavaciones.
Dirigirán las mismas los académicos, los catedráticos de universidad o de centros docentes
que tenga relación con las excavaciones, los directores de los museos del Estado y los facul-
tativos del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos o cualquier persona de reco-
nocida competencia. Una de las obligaciones de los directores será la presentación de una
memoria con un inventario de los hallazgos oficiales, y si estos se han depositado en un museo
oficial irán firmados por el director del mismo.
La autorización para excavar se hará mediante una solicitud a la que acompañará un plano
del yacimiento y el nombre del propietario del terreno. La concesión del permiso durará un año
y podrá renovarse. Se creará una secretaría técnica, encargada de registrar las excavaciones
que se vayan realizando, siguiendo un criterio cronológico y especificando las distintas auto-
rizaciones: Estado, corporaciones públicas, sociedades españolas y extranjeras y particulares.
77
3.3.5. Bienes muebles
Sobre los bienes muebles, por sus propias características, resulta más difícil ejercer una
política de protección. Aquellos que son de propiedad particular apenas se les puede llegar a
conocer y, en general, no presentan demasiadas dificultades a la hora de enajenarlos y ex-
portarlos. Cuando el propietario de los bienes muebles es el Estado o cualquier organismo
público, estos no se pueden cambiar, vender o donar a particulares ni a entidades mercantiles.
En cambio, sí podrán hacerlo entre ellas, aunque se intenta fomentar la cesión y depósito de
dichos bienes en cualquier museo público.
Cuando pertenecen a un particular, siempre que sea dentro del territorio español, podrán
realizarse ventas, donaciones, cesiones, etc. La única excepción es si su valor supera la can-
tidad de 50 000 pesetas, en cuyo caso la transmisión se hará mediante escritura pública que
obliga al pago de los derechos reales. Cuando se pretenda llevar a cabo la transmisión de una
colección artística perteneciente a un particular, cuyo propietario haya dado facilidades para su
estudio y reproducción, este puede pedir la exención del pago de los derechos reales.
El comercio de antigüedades puede realizarse libremente, pero si el precio supera las 50 000
pesetas deberá comunicarse a la Junta Superior del Tesoro Artístico, concediéndose al Estado
el derecho de tanteo. Las mayores limitaciones se imponen en la exportación. Cualquier objeto
histórico-artístico requiere para su salida de España el permiso de la Sección de Exportaciones
de la Junta. Si se concede la autorización, se pagará una tasa proporcional al valor asignado. Si
es denegada, el Estado podrá adquirirlo por el valor declarado. En toda exportación, venta
pública, subasta, etc., de bienes muebles, el Estado se reserva el derecho de tanteo. La impor-
tación de este tipo de bienes, cualquiera que sea su época, queda libre de impuestos. El re-
glamento regula todo lo relacionado con la exportación.
3.3.6. Museos
La primera impresión que se tiene, tras una minuciosa lectura de los once artículos de que
consta, es bastante pobre dado que ni siquiera establece una definición de qué es un museo y
qué funciones debe desarrollar. Se limita a enumerar el omnímodo poder que la Junta va a
ejercer en estas instituciones, como es:
• Promover la creación de museos públicos y cooperar en la organización y mejora de los
existentes.
• La labor de inspección sobre todos los museos, proporcionándoles medios económicos y
técnicos.
• Organización de cursos prácticos para formar conservadores de museos.
78
El reglamento contempla los aspectos concretos en que puede colaborar la Junta, siempre
que estos servicios les sean solicitados.
De acuerdo con el artículo 66, se iniciará la formación de un Inventario del patrimonio artís-
tico nacional. Para ello, será necesario consultar los catálogos monumentales y el Fichero de
arte antiguo. Al mismo tiempo, se establece que todas las instituciones civiles y eclesiásticas
envíen, en un plazo máximo de seis meses, un inventario completo de los bienes muebles e
inmuebles que se encuentren bajo su propiedad. Irán acompañados de dibujos, fotografías y
del mayor número de datos posibles. El reglamento añade escasas novedades a las pres-
cripciones de la ley, excepto que propondrá las medidas prácticas para la formación definitiva
del inventario y redactará las papeletas y las relaciones que se utilizarán como modelo.
79
como el incendio de iglesias y conventos en todo el territorio español. Aunque estas
manifestaciones públicas son obra de pequeños grupos incontrolados, procedentes
generalmente de organizaciones sindicales, suelen ser refrendadas por el Gobierno repu-
blicano, e inicia un proceso de incautación de edificios religiosos y civiles a través de la
promulgación de diversos decretos (27 de julio y 11 de agosto de 1936).
Hasta tal punto se sucedieron el número de incautaciones que la Dirección General de
Bellas Artes no podía llevar un control de las mismas. Es por ello por lo que surge la idea,
a partir de un grupo de intelectuales de la Alianza, de crear una Junta con el fin de or-
ganizar esta ingente labor. En el preámbulo del decreto de 23 de julio de 1936 se justi-
fican los motivos de su fundación señalando que, al haber sido ocupados algunos pala-
cios en los que se contiene una importante riqueza artística e histórica, se debería pro-
ceder con rapidez a su intervención, trasladándola en caso necesario a lugares que
permitan tanto su instalación como su conocimiento por las gentes para que adquieran
mayor educación y cultura.
El decreto de 1 de agosto de 1936 va a perfilar las funciones denominándose a la Dirección
General, a partir de entonces, Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico. La
labor desarrollada por la Junta ha quedado reflejada en la entrevista que su presidente,
Timoteo Pérez Rubio, concedió a La Semaine de Ginebra el día 2 de junio de 1939. En ella
se explica cual será su objetivo, que no puede ser otro que salvar los tesoros artísticos de
España y preservarlos contra todo tipo de daños o robos (Colorado, 1991:31).
La ejecución de las instrucciones provocó problemas de competencias entre los diversos
ministerios. Esto, unido a la aparición de juntas de incautación por todo el territorio es-
pañol y al margen de la Dirección General de Bellas Artes, obligó a tomar medidas
conducentes a fortalecer el poder del Estado.
b) La serie de acontecimientos que se desarrollaron durante los primeros meses del a l-
zamiento darán lugar a una nueva política más centralizada a partir del Minis terio de
Instrucción Pública. Así, el decreto de 9 de enero de 1937 potenciará la labor de la Di-
rección General de Bellas Artes sobre las diversas comisiones revolucionarias provin-
ciales o regionales. Se organizan sus servicios mediante la creación del Consejo Central
de Archivos, Bibliotecas y Museos y la Junta Central del Tesoro Artístico. Sin embargo,
este intento de centralizar y controlar el tesoro artístico resultó infructuoso, pues se si-
guieron llevando a cabo actuaciones por parte de otros ministerios y organismos que no
deseaban renunciar a determinadas prerrogativas que venían ejerciendo.
c) La tercera etapa se inicia en 1938. El decreto de 9 de abril de 1938 contempla que la Junta
Central del Tesoro Artístico dependerá del Ministerio de Hacienda. Con posterioridad, las
juntas delegadas estarán controladas por los gobernadores civiles de cada provincia. Al
finalizar este año, la preocupación principal será la evacuación de los bienes muebles más
80
representativos, entre los que figuran las obras del museo del Prado (Vaamonde, 1978).
El tema de la evacuación de los bienes muebles es una preocupación constante desde los
primeros momentos de la guerra. Hasta tal punto era así que siguieron el mismo itinerario que
el Gobierno, pues este deseaba tener un control sobre los mismos. El mayor problema se
produjo cuando se planteó la salida de los bienes al extranjero. Para ello se creó un comité
internacional que se encargara del salvamento de los tesoros de arte españoles. En él parti-
cipaban representantes de Francia, Gran Bretaña y Suiza, siendo su presidente David Weill, a
su vez, presidente del Conseil des Musées Nationaux.
El comité tenía una doble misión: pactar con el Gobierno republicano el traslado de las obras
desde el norte de Cataluña hasta Ginebra, para que, una vez allí, fueran depositadas en te-
rreno neutral en el Palacio de las Naciones, disolviéndose después el Comité (Colorado,
1991:85). La evacuación se realiza en diversas fases y el día 19 de febrero de 1939 se firma el
acta de depósito de las obras en el Palacio de las Naciones. Será ya el Gobierno de Franco el
que autorice la exposición en Ginebra de las obras del Prado, inaugurándose la exposición el
día 1 de junio y permaneciendo abierta hasta el día 31 de agosto. El 9 de septiembre regresan
nuevamente a España.
Toda esta preocupación del Gobierno republicano por proteger el tesoro artístico quedó
igualmente reflejada en una gran labor de propaganda que tuvo sus repercusiones en la prensa
internacional a través de diversas actividades como exposiciones, conferencias, viajes de
personalidades importantes, etc. En general, transmitió una imagen de mayor preocupación
por el patrimonio que el Gobierno nacional (Chacel, 1980:104-110) (fig. 13).
Tampoco puede olvidarse el interés de la Oficina Internacional de Museos por la situación en
que se encontraba el patrimonio español. Prueba de ello son los estudios publicados sobre la
protección del patrimonio en tiempos de guerra (Foundoukidis, 1936; Vischer, 1936). A ellos
habrá que añadir los trabajos que tratan de manera específica el problema español (Sánchez
Cantón, 1937; Renau, 1937; Kenyon, 1937).
A los incendios e incautaciones promovidos desde la zona republicana hemos de añadir los
bombardeos aéreos que se produjeron desde la parte sublevada. Estos afectaron indiscrimi-
nadamente a edificios militares y civiles. Igualmente, desde los inicios de la guerra, los su-
blevados van tomando una serie de medidas para proteger el patrimonio. Por ejemplo, en
Andalucía se crean juntas conservadoras del tesoro artístico, siendo una de las primeras que
se fundaron la de Sevilla, el día 8 de agosto de 1936. Será el antecedente de las juntas de
cultura histórica y del tesoro artístico. Paralelamente, actúan otros organismos como los
Servicios de Arte de Falange.
Una de las primeras normas que se aprueban es el decreto de 6 de diciembre de 1936 que
regula el comercio de obras de arte. Unos días después, el 23 de diciembre, se aconsejaba la
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creación de las juntas de cultura en cada una de las provincias, que eran presididas por los
gobernadores civiles. El objetivo principal era la elaboración de un inventario de todos los
bienes muebles e inmuebles que hubiera en el territorio conquistado. A medida que se iban
ocupando las ciudades, la Comisión de Cultura y Enseñanza, de la que dependían las juntas de
cultura, creó el Servicio Artístico de Vanguardia, que tenía como misión salvar los edificios y
recoger los objetos artísticos en las zonas recién liberadas. Este servicio estaría en estrecho
contacto con las juntas de cultura histórica y del tesoro artístico.
A pesar de las buenas intenciones, la eficacia de estos organismos fue muy escasa, como
manifiesta reiteradamente Alicia Alted Vigil (1984) en un amplio estudio sobre el tema. Las
causas se deben, sobre todo, a la falta de medios económicos, siendo uno de los principales
problemas el transporte, sin el cual era difícil llevar adelante esta labor. A comienzos de 1937,
la Comisión de Cultura y Enseñanza aconseja a las juntas que ayuden a las iglesias a resta-
blecer en los templos los altares, las imágenes y otros objetos de culto, hecho que provocó
problemas de competencias con los obispos. Quizás lo más destacado sea la militarización del
Servicio Artístico de Vanguardia.
En 1938, con el primer gobierno presidido por Franco, se aprueba el decreto de 22 de abril por
el que se centralizan todas las funciones de recuperación, protección y conservación del pa-
trimonio, así como la inspección provincial de enseñanzas artísticas. Se crea la Jefatura Na-
cional de Bellas Artes que asumirá todas las competencias de la Junta Superior y Delegados del
Tesoro Artístico. De ella dependía un organismo ejecutivo constituido por una comisión general
y nueve comisarios de zona, presididos estos últimos por jefes y oficiales del Ejército. También
tenía un organismo consultivo, compuesto por corporaciones académicas y todas las juntas y
comisiones de carácter general, provincial y local. Otro de los proyectos del nuevo gobierno
consistió en elaborar una nueva ley de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional, que quedó en
un anteproyecto que nunca se aprobó.
En 1939 se inició una política de recuperación del tesoro artístico. Por una parte, se llevó a
cabo la identificación y devolución de las obras de arte requisadas a sus propietarios. Por otra,
el Gobierno se preocupó porque las obras que hubieran sido evacuadas regresaran a España.
Respecto a la labor de propaganda fue menor que la que desarrolló el Gobierno republicano.
Sin duda, el Gobierno nacional estuvo más interesado por sus acciones militares, a las que
dedicó todos los recursos humanos y materiales, que por sus intervenciones en la recuperación
y conservación del patrimonio histórico.
En consecuencia, a pesar de que uno y otro bando intentaron justificar sus acciones en re-
lación con la protección y conservación del patrimonio histórico, es cierto que los tres años de
guerra supusieron una merma importante para el mismo. Tusell (1986) opina que las pérdidas
fueron aún mayores que las provocadas por la desamortización.
82
3.5. LA POSGUERRA Y LA APLICACIÓN DE LA LEY DE 1933
Como ya hemos comentado, por el decreto de 22 de abril de 1938, se creó la Jefatura Na-
cional de Bellas Artes, que vino a sustituir a la Junta Superior del Tesoro Artístico. Al seguir
vigente la ley de 1933 y al encontrar problemas en su aplicación, fueron aprobándose nuevas
normas que regulaban los problemas concretos que se iban planteando. El decreto-ley, de 12
de junio de 1953, ratificaba la existencia de algunos organismos que se habían ido creando en
el seno del Ministerio de Educación para la defensa del patrimonio artístico. Entre otros, la
Comisaría General del Servicio de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional, el Patronato de
Jardines Artísticos y Parajes Pintorescos, la Comisión Valoradora de Exportaciones Artísticas y
la Comisaría General de Excavaciones Arqueoló-gicas, esta última fundada en 1940.
La fecha del 12 de junio de 1953 es importante porque, además, se aprueban sendos de-
cretos que regulan la formalización del inventario del tesoro artístico nacional y el comercio y
exportación de obras de arte de carácter histórico. La gran novedad será que se contempla
ahora, por primera vez, una ampliación del patrimonio incluyendo en el inventario del tesoro
artístico los bienes «inmuebles u objetos muebles de interés artístico, arqueológico, histórico y
etnológico o folclórico». Más tarde, por decreto 1938/1961, de 22 de septiembre, se establece
el Servicio Nacional de Información Artística, Arqueológica y Etnológica dentro del Ministerio
de Educación.
Una nueva normativa sobre bienes inmuebles es el decreto de 22 de julio de 1958, sobre
monumentos provinciales y locales. Además de los de carácter nacional, contemplados en la
legislación anterior, se crea una nueva categoría: los monumentos provinciales de interés
histórico-artístico. De esta manera, por orden ministerial se amplía la protección a determi-
nados bienes inmuebles como iglesias, ermitas, torres, rollos, etc. Cualquier intervención que
se haga en estos inmuebles correrá a cargo de la diputación o ayuntamiento que haya solici-
tado la declaración. Muchas otras normas fueron aprobándose para cubrir los vacíos existentes
en la ley de 1933.
El concepto de patrimonio ha sido un tema muy debatido dentro del derecho civil. En este
sentido, la titularidad es un elemento esencial a la hora de analizar la noción de patrimonio,
asociándose este con la persona, mientras que, para el derecho público, el patrimonio viene
configurado como aquel conjunto de bienes y derechos cuya titularidad corresponde a una
administración pública (Barrero, 1990:135). Es desde este concepto desde donde se explica el
carácter de «dominio público» que alcanza este tipo de patrimonio, al ser considerado de uso o
83
servicio público. De esta forma pierde el carácter subjetivo y se convierte en un elemento
objetivo, con un estatuto jurídico propio. Pues bien, será sobre esta base conceptual, conce-
bido como dominio público, sobre la que se apoye toda la doctrina actual del patrimonio.
A partir del punto de vista anterior cobra toda su fuerza el artículo 46 de la Constitución
española cuando afirma que «los poderes públicos garantizarán la conservación y prom o-
verán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España
cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad». Se observa, por tanto, cómo este
precepto constitucional recoge las transformaciones que se han sucedido en este campo. Por
una parte, el hecho de que la protección del patrimonio no esté vinculada a la propiedad o
titularidad del mismo, significa un importante avance respecto a las anteriores legislaciones.
Por otra, contempla un concepto más extenso del patrimonio que abarca no solo los términos
tradicionales de objetos históricos o artísticos, sino también todo tipo de testimonios materiales
o inmateriales que suponen cualquier tipo de manifestación, propia de la cultura de un pueblo.
Por poner un ejemplo, el patrimonio etnográfico es considerado en la ley actual como un pa-
trimonio especial, no contemplado anteriormente. Sin duda, estamos asistiendo a lo que algu-
nos autores califican como el fenómeno de «patrimonialización» por el que cualquier elemento,
producto de la actividad del hombre o de la naturaleza, debe ser protegido, conservado y dis-
frutado por la sociedad actual y futura. Igualmente, la Constitución garantiza la existencia de una
pluralidad de culturas que, según Sáinz Moreno (1992:29), «lleva al reconocimiento de que
tanto los poderes públicos de los diversos pueblos de España como el mismo Estado están
llamados a garantizarlas de forma conjunta y nunca exclusiva». La distribución de competencias
entre el Estado y las Comunidades Autónomas aparece determinada en los artículos 148 y 149
de la Constitución. De ellos, debemos destacar el artículo- 149.1.28, donde se establece la
competencia exclusiva por parte del Estado en la «defensa del patrimonio cultural, artístico y
monumental español contra la exportación y la expoliación, museos, bibliotecas, archivos de
titularidad estatal, sin perjuicio de su gestión por parte de las Comunidades Autónomas». Al
mismo tiempo, el artículo 148.1.15 establece la competencia autonómica sobre los museos-,
archivos y bibliotecas de interés para las comunidades autónomas.
Puede observarse que ambos artículos, al tratar de las competencias del Estado y de las
comunidades autónomas en materia de museos, archivos y bibliotecas, ofrecen visiones con-
trapuestas basadas en criterios diferentes, planteando problemas de interpretación (Barrero,
1997:85). También es importante el artículo 149.2 que manifiesta que «sin perjuicio de las
competencias que podrán asumir las Comunidades Autónomas, el Estado considerará el
84
servicio de la cultura como deber y atribución esencial y facilitará la comunicación cultural entre
las Comunidades Autónomas, de acuerdo con ellas».
Existe unanimidad entre los autores en relacionar el nuevo concepto de patrimonio español
(García Fernández, 1997:57; Prieto, 1998:11; López Bravo, 1999:11) con el de los bienes
culturales elaborado en Italia por la Comisión Franceschini, cuyo resultado es un corpus que
contiene 84 declaraciones. La primera propone una definición jurídica unitaria y amplia de los
bienes culturales: «Pertenecen al patrimonio cultural de la Nación todos los bienes que hacen
referencia a la historia de la civilización […] y cualquier otro bien que constituya un testimonio
material y posea valor de civilización» (Alibrandi y Ferri, 1985:11).
A partir de las conclusiones de esta comisión, Massimo Severo Giannini, en un interesante
trabajo titulado I beni culturali (1976), elabora un concepto jurídico de bien cultural destacando,
sobre todo, el derecho de todos los ciudadanos a disfrutar y gozar de estos bienes. Esta teoría
es una referencia obligada a la hora de elaborar nuestra ley de Patrimonio, puesto que con-
sidera el bien cultural como un bien público, no en cuanto a su propiedad o titularidad, sino
respecto a su fruición (García de Enterría, 1983). Al mismo tiempo, se amplía el concepto de
patrimonio a todos aquellos bienes que hagan referencia a la historia de la civilización que
incluye cualquier manifestación, actividad o testimonio del hombre y de la naturaleza.
3.7. LA LEY 16/1985, DE 25 DE JUNIO, DEL PATRIMONIO HISTÓRICO ESPAÑOL Y EL REAL DECRETO 111/1986,
DE 10 DE ENERO, DE DESARROLLO PARCIAL DE LA LEY 16/1985
Antes de analizar la ley conviene detenerse en su preámbulo con el objeto de conocer las
líneas fundamentales que han orientado a los legisladores a la hora de elaborar los principios
básicos de dicha norma. La ley de 1933, a pesar de ser muy progresista en su momento,
resultaba bastante anacrónica a la hora de ser aplicada cincuenta años después de su
aprobación. A lo largo de esos años se habían- ido aprobando normas para casos concretos,
al tiempo que las convenciones y recomendaciones internacionales proponían nuevas orien-
taciones en la protección y conservación del patrimonio, fruto de una mayor experiencia sobre
el mismo.
Desde nuestro punto de vista, las características principales que definen esta ley son las
siguientes:
• La descentralización en la gestión del patrimonio histórico. A partir de la Constitución y de
85
los estatutos de autonomía se da una distribución de competencias entre el Estado y las
comunidades autónomas.
• Ampliación conceptual del patrimonio, al tiempo que este se configura con un carácter
más unitario que en las legislaciones anteriores.
• Definición de distintos niveles de protección, que se concretan en diversas categorías
legales.
• El acceso de todos los ciudadanos a la contemplación y disfrute de la memoria colectiva
de un pueblo.
La ley se estructura en el título preliminar con una serie de disposiciones generales y nueve
títulos. A ella hay que añadir las disposiciones adicionales, transitorias, final y derogatoria. Se
regula por el real decreto 111/1986, de 10 de enero de desarrollo parcial de la ley 16/1985, de
25 de junio, por el real decreto 620/1987, de 10 de abril y por el real decreto 64/1994, de 21 de
enero, por el que se modifica el real decreto 111/1986, de 10 de enero.
Los preceptos constitucionales sobre la conservación y enriquecimiento del patrimonio his-
tórico español y las competencias del Estado en dicha materia, dentro del marco constitucional
de las Autonomías, plantearon una serie de problemas al aprobarse y publicarse la ley de 25 de
junio de 1985. De hecho, el Consejo Ejecutivo de la Generalitat de Cataluña, la Xunta de
Galicia, el Gobierno Vasco y el Parlamento de Cataluña iniciaron una serie de recursos de
inconstitucionalidad contra algunos de los preceptos de la ley de 1985. Finalmente, la sen-
tencia del Tribunal Constitucional, de 31 de enero de 1991, reconoció la constitucionalidad de
la ley y la competencia del Estado y de las comunidades autónomas en el procedimiento de
declaración de bien de interés cultural.
Dicha sentencia llevó a modificar el artículo 11 del real decreto 111/1986, que quedó re-
dactado en el real decreto 64/1994, de 21 de enero. De ella se deduce que la declaración de
bienes de interés cultural es compentencia de las comunidades autónomas, excepto en el caso
de aquellos bienes que se encuentran adscritos a servicios públicos gestionados por la Ad-
ministración general del Estado, o formen parte del patrimonio nacional. Sin embargo, la in-
clusión de un bien en el Inventario general sería facultad del Gobierno de la nación, aunque las
comunidades autónomas también están capacitadas para crear una institución parecida. Del
mismo modo, ante la posible exportación o expoliación de un determinado bien, el Estado
puede intervenir de forma eventual y subsidiaria siempre que la comunidad autónoma en la que
se encuentra dicho bien no haya adoptado las medidas de protección necesarias para evitar su
exportación o expoliación. Se corrobora, por tanto, que el patrimonio histórico español es
contemplado como competencia concurrente entre el Estado y las comunidades autónomas
(Pérez de Armiñán, 1997; Barrero, 1995).
86
3.7.1. La legislación autonómica del patrimonio histórico
Tanto los bienes de interés cultural como los del inventario general tienen, en la práctica, el
mismo nivel de protección. Por ello, en opinión de Alonso Ibáñez (1991: 353), esta distinción
«carece de sustrato objetivo que las fundamente y que, a su vez, les sirva de diferenciación».
La sentencia 17/1991 del Tribunal Constitucional ha supuesto una gran novedad respecto a
la declaración de bienes de interés cultural y, aunque salva la constitucionalidad del artículo 9
de la ley 16/1985, este debe ser interpretado como de competencia estatal y autonómica. Los
procedimientos para la incorporación de un Bien de Interés Cultural, se reducen, fundamen-
talmente, a dos:
a) Por ministerio de la ley. Se incluyen todos los «bienes que con anterioridad hayan sido
declarados histórico-artísticos» (disposición adicional primera), así como «[…] las cuevas,
abrigos y lugares que contengan manifestaciones de arte rupestre» (art. 40.2).
b) De forma individualizada. Es la vía más frecuente, cuyo proceso se inicia con la incoación
y tramitación de un expediente administrativo.
La incoación del expediente requiere tener en cuenta una serie de requisitos (R. D. 64/1994,
art. 12):
• Describir para su identificación el bien cultural. Si se trata de un inmueble es obligatorio
delimitar la zona afectada.
• Si el inmueble contiene bienes muebles será necesaria una breve descripción de ellos.
89
• Se notificará a los interesados cuando se refiera a expedientes sobre bienes muebles,
monumentos y jardines históricos, y también a los ayuntamientos donde se encuentren
ubicados.
• Se publicará en el Boletín Oficial del Estado y de cada Comunidad Autónoma y se co-
municará al Registro General de Bienes de Interés Cul-tural. La inscripción en el registro
es un requisito imprescindible a la hora de fijar las obligaciones y los beneficios que
comportan a los titulares de estos bienes.
A) MONUMENTOS
Se entiende por monumento «aquellos bienes inmuebles que constituyen realizaciones ar-
quitectónicas o de ingeniería y obras de escultura colosal, siempre que tengan interés histórico,
artístico, científico o social» (art. 15.1). Se observa, pues, una importante evolución en el
concepto de monumento, al incluir las obras realizadas durante el desarrollo industrial que
representan los avances científicos y sociales del momento. La declaración de un monumento,
considerado Bien de Interés Cultural, conlleva unas limitaciones (art. 19.1):
• La prohibición de realizar cualquier tipo de obra en el interior o exterior, sin autorización
de los organismos competentes.
• Es necesaria una autorización para la colocación de rótulos o cualquier otro tipo de se-
ñalización.
• La prohibición de colocar cables, antenas y conducciones, así como la publicidad co-
mercial.
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B) JARDINES HISTÓRICOS
En el artículo 15.2 de la ley se definen como «el espacio delimitado producto de la ordena-
ción por el hombre de elementos naturales, a veces complementado con estructuras de fábrica
y estimado de interés en función de su origen o pasado histórico o de sus valores estéticos,
sensoriales o botánicos». Tiene las mismas limitaciones que los monumentos.
C) CONJUNTOS HISTÓRICOS
De acuerdo con el artículo 15.3 de la ley, «conjunto histórico es la agrupación de bienes in-
muebles que forman una unidad de asentamiento continua o dispersa, condicionada por una
estructura física representativa de la evolución de una comunidad humana, por ser testimonio de
su cultura o constituir valor de uso o disfrute para la colectividad». El decreto-ley de 1926 co-
mienza a acuñar este nuevo concepto que representa el paso de la contemplación del monu-
mento aislado hacia una visión más amplia donde se articulan diversas estructuras que han
surgido diacrónicamente, pero que forman un conjunto armonioso que testimonia la evolución
cultural de un pueblo. En la ley de 1933 se les denomina conjunto histórico-artístico.
Es interesante destacar la concepción que algunos tienen del conjunto histórico, conside-
rándolo ya sea como un núcleo urbano completo o como un núcleo individualizado de inmue-
bles comprometidos en una unidad superior (Benavides, 1994:29). Sin embargo, para este
autor no puede compararse un conjunto histórico con un centro histórico ni por su significación
ni por su contenido. De hecho, un centro histórico no es más que un planeamiento técnico sin
connotaciones legales. Así, en el Coloquio de Quito, organizado por la Unesco en 1977, se
definió como «todo aquel asentamiento humano, vivo, fuertemente condicionado por una
estructura física proveniente del pasado, reconocible como representativo de la evolución de
un pueblo». Mientras que un conjunto histórico es considerado como un concepto legal para
identificar a un núcleo urbano de inmuebles, completo o individualizado, que forma parte de
una unidad superior.
D) SITIOS HISTÓRICOS
La ley define los sitios históricos como «el lugar o paraje natural vinculado a acontecimientos
o recuerdos del pasado, a tradiciones populares, creaciones de la cultura o de la naturaleza y a
obras del hombre, que posean valor histórico, etnográfico, paleontológico o antropológico» (art.
15.4).
91
E) ZONA ARQUEOLÓGICA
Se define como «el lugar o paraje natural donde existen bienes muebles o inmuebles sus-
ceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica, hayan sido o no extraídos y tanto si
se encuentran en la superficie, en el subsuelo o bajo las aguas territoriales españolas» (art.
15.5).
En consecuencia, la declaración de un conjunto histórico, sitio histórico o zona arqueológica
como Bien de Interés Cultural conlleva necesariamente la redacción de un plan especial por el
municipio o municipios afectados. Su aprobación requiere el informe favorable de la adminis-
tración competente (art. 20).
Aunque los ayuntamientos, según el artículo 6 de la ley, no son «organismos competentes
para la ejecución de la ley», sí se les atribuye una serie de funciones subsidiarias establecidas
en el artículo 7, entre las que pueden citarse, según García y Bellido (1988:4), las siguientes:
• Cooperar en la conservación y custodia de los bienes.
• Adoptar las medidas para evitar el deterioro, pérdida o destrucción de los bienes.
• Notificar las amenazas, daños o perturbaciones de la función social de los bienes y las
dificultades y necesidades que tengan.
• Las demás funciones específicas que la propia ley les atribuye expresamente y que se
encuentran en diversos artículos de la misma.
Sin duda, una de las funciones más importantes de los ayuntamientos es la de redactar y
financiar un plan especial a la hora de declarar un conjunto histórico, un sitio histórico y una
zona arqueológica. Este hecho le compromete a someter a autorización previa de la Comu-
nidad Autónoma el permiso de obra para la intervención en cualquiera de estos conjuntos
declarados Bien de Interés Cultural (arts. 42 y 43). En este sentido, una de las aportaciones de
la ley es el establecimiento de una estrecha relación y coordinación entre la legislación urba-
nística y la del patrimonio histórico. Así, en el sistema legal de la ordenación territorial y urba-
nística se contempla la regulación de los planes especiales de protección para la conservación
y valoración del patrimonio histórico y artístico de la nación y bellezas naturales (Parejo, 1998).
Dentro de los instrumentos de planeamiento de los conjuntos históricos se contempla la
elaboración de catálogos, conforme a lo establecido en la legislación urbanística «de los
elementos unitarios que conforman el conjunto, tanto inmuebles edificados, como espacios
libres exteriores o interiores, u otras estructuras significativas, así como de los componentes
naturales que lo acompañan, definiendo los tipos de intervención posible. A los elementos
singulares se les dispensará una protección integral. Para el resto de los elementos se fijará, en
cada caso, un nivel adecuado de protección» (art. 21.1).
Autores como García y Bellido (1988) observan la existencia de una cierta desvinculación
92
entre el catálogo urbanístico y la ley de Patrimonio Histórico, pues mientras la legislación
urbana establece tres niveles de protección —integral, estructural y ambiental—, la ley de
Patrimonio solamente considera la protección integral, y para los demás elementos determina
«un nivel adecuado de protección». El mismo autor (1988:13) diferencia los siguientes regí-
menes:
• Los monumentos o jardines declarados BIC y catalogados como de protección integral por
el plan. Son los que disfrutan de todos los efectos de la ley de Patrimonio y de la legis-
lación urbana.
• Los edificios que no tendrán ni siquiera protección singular.
• Los edificios que estarán catalogados como de protección estructural o ambiental por el
plan. Aparecerán en el registro de las comisiones de urbanismo sin ningún tipo de ven-
tajas, ni siquiera fiscales, en la ley de Patri-monio.
• Edificios catalogados por el plan como de protección integral con acceso a las comisiones
provinciales de urbanismo. Serán considerados como inscritos en el registro BIC a efectos
fiscales, pero no participan de los restantes beneficios y deberes de la ley.
La figura legal de BIC representa una aportación importante de la ley 16/1985 al poseer un
«contenido más complejo y ambicioso» que los sistemas de protección de las anteriores le-
gislaciones (López Bravo, 1999:11). Al mismo tiempo, ha sido uno de los puntos más polé-
micos en el recurso de inconstitucionalidad de la ley planteado por las comunidades autóno-
mas de Cataluña, Galicia y País Vasco. Recordamos que la sentencia del Tribunal Constitu-
cional 17/1991 dejó claro que el Estado tiene la potestad de declarar BIC solamente aquellos
bienes «adscritos a los servicios públicos gestionados por la Administración del Estado o que
formen parte del patrimonio nacional», mientras que las comunidades autónomas pueden
ejercer libremente la competencia para la declaración de un Bien de Interés Cultural dentro de
su territorio.
Por tanto, la declaración de BIC ha sido asumida por las comunidades autónomas, apre-
ciándose diversos modelos:
a) Comunidades autónomas que han asimilado plenamente el BIC estatal al carecer de ley de
Patrimonio Histórico: Castilla y León, La Rioja, Murcia y Navarra. También se incluyen las
comunidades de Castilla-La Mancha, Extremadura y Madrid que han incorporado esta ca-
tegoría a su propio derecho autonómico.
b) Comunidades autónomas que han creado una categoría propia, aunque intentan asimilarla
al BIC estatal: Andalucía, Aragón, Asturias, Canarias, Cantabria, Cataluña, Galicia, Islas
Baleares y Comunidad Valenciana. Cada una de ellas presenta ciertas matizaciones. Por
ejemplo, Cataluña los califica como Bienes Culturales de Interés Nacional e incluye los
bienes muebles e inmuebles más relevantes de dicha comunidad. Una vez declarados, se
93
inscriben en el Registro de Bienes Culturales de Interés Nacional y se comunica al Registro
General de BIC del Ministerio de Educación y Cultura. Andalucía crea una nueva figura: los
bienes inscritos de forma específica en el Catálogo del Patrimonio Histórico Andaluz,
también denominados bienes objeto de inscripción específica. Concretamente, el artículo
13 de la ley 1/1991, intenta asimilar los BIC a los estatales. Así, cuando sean inscritos en el
Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz seguirán el régimen de la ley andaluza
«en todo cuanto sea compatible con la legislación del Estado» (López Bravo, 1999:14).
c) El País Vasco constituye la única excepción al crear una categoría de protección propia:
los bienes calificados, aquellos que poseen mayor relevancia y singularidad. Una vez
realizada su declaración, es necesario comunicarlo al Registro de la Propiedad, afectando
este acto a la planificación urbana y a la realización de evaluaciones de impacto. Se ins-
cribirá en el Registro de Bienes Culturales Calificados, elaborado por el Centro del Patri-
monio Cultural Vasco, no existiendo ningún tipo de relación con el Registro General del
Estado.
La gran mayoría de bienes muebles se incluyen en la segunda categoría de bienes y son los
que tienen singular relevancia y pueden ser incluidos en el inventario general. El real decreto
111/1986, en su artículo 24 los define como «los bienes muebles integrantes del patrimonio
histórico español, no declarados de interés cultural, que tengan singular relevancia por su
notable valor histórico, arqueológico, artístico, científico, técnico o cultural». La ley dedica a los
bienes muebles los artículos 24 al 34 y el título II del real decreto 111/1986 regula la organiza-
ción y funcionamiento del Inventario General. Este estará adscrito a la Dirección General de
Bellas Artes y Bienes Culturales y dentro de ella a la Subdirección General de Protección del
Patrimonio Histórico que tiene, entre otras funciones, la formación del Registro de Bienes de
Interés Cultural y del Inventario General de Bienes Muebles.
Una novedad que presenta la ley es que, además de la iniciativa pública, se contempla
95
también la iniciativa privada para la instrucción del expediente de inclusión en el inventario de
los bienes muebles de singular relevancia. Son los particulares quienes pueden presentar la
solicitud ante la administración competente para que se inicie el proceso de su inclusión en el
inventario general. La resolución administrativa sobre dicha solicitud no sobrepasará el plazo
de cuatro meses. Cada bien que se inscriba en el inventario general tendrá un código de
identificación y todos sus datos, la fecha de inclusión, las transmisiones por actos inter vivos o
mortis causa y los traslados de estos bienes.
El real decreto 64/1994, por el que se modifica el real decreto 111/1986, incorpora un nuevo
apartado por el que «las Comunidades Autónomas colaborarán con el inventario general a los
efectos previstos en este artículo» (art. 24.6). Cada una de las comunidades autónomas ha
regulado y adaptado esta segunda categoría de protección a su ordenamiento jurídico. Algunas
de ellas siguen el modelo estatal: Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura, La Rioja,
Madrid, Murcia y Navarra. Otras han creado su propia figura, adoptando, en general, el nombre
de Bienes Catalogados, que incluye los bienes muebles e inmuebles. Andalucía los denomina
bienes inscritos de forma genérica en el Catálogo General del Patrimonio Histórico de Anda-
lucía. Aragón contempla los bienes catalogados para los muebles y, para los inmuebles, mo-
numentos de interés local. Canarias establece el Inventario de Bienes Muebles y para los
inmuebles el Catálogo Arquitectónico Municipal. Cataluña considera los bienes catalogados
muebles cuya resolución es competencia del Consejero de Cultura y los bienes catalogados
inmuebles, declarados bienes de interés local. En el caso de los municipios de más de 5000
habitantes, la declaración corre a cargo del pleno del Consejo Comarcal. La Comunidad Va-
lenciana los declara bienes inventariados y en ellos incluye los bienes inmuebles de relevancia
local, los bienes muebles y los inmateriales. Galicia y las Islas Baleares establecen la figura de
bienes catalogados, inscribiéndolos en sus respectivos catálogos y en el Inventario General del
Patrimonio Histórico. En el País Vasco se declaran como bienes inventariados y se inscriben
en el Inventario General del Patrimonio Cultural Vasco.
Según la ley 16/1985, la inclusión de los bienes muebles en el inventario general no es
obligatoria. En cambio, sí obliga a los propietarios a comunicar a la administración competente
la existencia de estos bienes cuando se vayan a vender o a realizar la transmisión a terceros. El
artículo 26 del real decreto 111/1986, modificado por el real decreto 64/1994, establece las
distintas categorías de bienes de acuerdo con su naturaleza y valor económico. El hecho de
que para los objetos etnográficos se fije la cantidad de 400 000 pesetas y para los arqueo-
lógicos 1 000 000 de pesetas, induce a pensar que una gran mayoría de bienes catalogados
pueden ser producto de comercio y de cualquier otro tipo de enajenación, teniendo en cuenta
más su valor económico que científico y cultural. Es una obligación que se extiende a las
personas o entidades que ejercen el comercio con bienes muebles pertenecientes al patri-
monio histórico español. Deberían tener un libro de registro donde figuren todas las transmi-
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siones que lleven a cabo. Los bienes muebles declarados BIC o incluidos en el inventario
general, que sean propiedad de las instituciones eclesiásticas, solo podrán ser enajenados o
cedidos al Estado, a entidades de derecho público o a otras instituciones eclesiásticas.
Las obligaciones que contraen los propietarios de los bienes inventariados son las siguien-
tes:
• Permitir la inspección de la administración competente.
• Facilitar el estudio a los investigadores.
• Permitir la visita pública.
• Prestarlos para exposiciones temporales a los organismos competentes.
El inventario general, en principio, es un buen sistema y una vieja aspiración desde co-
mienzos de siglo, cuyo fin es conocer, tanto cuantitativa como cualitativamente, nuestro patri-
monio histórico mueble. Precisamente por sus características de bien mueble es más difícil de
controlar y de proteger que el inmueble. En este aspecto, la ley intenta establecer unas me-
didas orientadas a la conservación y acrecentamiento del patrimonio y, de una manera especial,
evitar que salga del territorio español.
La facultad otorgada a las comunidades autónomas para crear sus propias categorías de
protección puede plantear problemas a la hora de aplicar un criterio unificado a los bienes
integrantes del patrimonio histórico español. Y esto porque, como muy acertadamente comenta
Barrero (1997:81), un bien de características semejantes puede ser declarado BIC en algunas
comunidades, mientras que en otras puede ser objeto de inscripción en una categoría propia.
Se incluyen en este apartado aquellos bienes del patrimonio histórico que no han sido de-
clarados bienes de interés cultural ni incluidos en el inventario general o en los correspon-
dientes catálogos. La ley 16/ 1985, aunque no los menciona de una manera específica, ga-
rantiza su protección y conservación. Algunas comunidades autónomas han creado una ter-
cera categoría de protección. Por ejemplo, Aragón la de bienes inventariados, que incluye los
bienes muebles de los museos y los del patrimonio documental y bibliográfico. Todos ellos
quedarán inscritos en el Inventario del Patrimonio Aragonés. Este, junto con los bienes de
interés cultural, los bienes catalogados y los monumentos de interés local configuran el Censo
General del Patrimonio Cultural Aragonés. Cantabria incluye los bienes inventariados que se
inscriben, a su vez, en el Inventario General del Patrimonio Cultural de Cantabria que mantiene
una estrecha relación con los catálogos urbanísticos municipales. Por su parte, la Comunidad
Valenciana hace una alusión genérica a los bienes no inventariados, mientras que Galicia
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contempla esta tercera categoría de bienes inscritos en el Inventario General del Patrimonio
Cultural de Galicia. Y, por último, Asturias establece los catálogos urbanísticos de protección
de bienes integrantes del patrimonio cultural.
Para que un bien pueda ser exportado debe de reunir las siguientes condiciones (art. 45.2):
• Que esté incluido en el inventario general o que tenga incoado expediente para su in-
clusión.
• Que cuente con cien o más años de antigüedad.
• Igualmente, se contempla la exportación temporal de los bienes muebles inexportables,
incluso declarados BIC. El trámite a seguir para su autorización es el mismo que para la
exportación definitiva, pues aunque no se aplicaba el derecho de adquisición preferente
que tiene el Estado sobre estos bienes, el artículo 50.1 del real decreto 111/1986 en la
nueva redacción del real decreto 64/1994, establece la posibilidad de ejercer ese derecho
en los casos de autorización de salida temporal «con posibilidad de venta en el extran-
jero». Tampoco se gravan con la tasa que para la autorización de exportación definitiva a
países no comunitarios exige la ley. Cuando se trate de bienes de titularidad pública, se
adjuntará un informe del representante del centro sobre los motivos que aconsejan la sa-
lida del bien, así como una descripción de sus características. Corresponde a la Junta de
Calificación, Valoración y Exportación poner las condiciones de retorno y de conserva-
ción del bien.
La ley, a pesar de establecer todos estos criterios, deja sin resolver una serie de problemas que
se plantean, sobre todo, al carecer de un inventario completo que sirva de referencia para conocer
las características específicas de cada uno de los bienes patrimoniales y que son determinantes a
la hora de iniciar el proceso para su exportación.
Además de la legislación nacional, hemos de tener en cuenta las normas emanadas de la
Unión Europea en esta materia. Entre ellas, hay que destacar el reglamento n.º 3911/92 del
Consejo de 9 de diciembre 1992 relativo a la exportación de bienes culturales y la directiva
93/7/CEE del Consejo de 15 marzo 1993 relativa a la restitución de bienes culturales que hayan
salido de forma ilegal del territorio de un Estado miembro (Martín, 1994).
3.8.7. La expoliación
El artículo 149.1.28 de la Constitución fijaba como competencia del Estado para la defensa
del patrimonio histórico español la expoliación y la exportación. De acuerdo con el artículo 4 de
la ley del Patrimonio Histórico, se entiende por expoliación «toda acción u omisión que ponga
en peligro de pérdida o destrucción todos o algunos de los valores de los bienes que integran el
patrimonio histórico español o perturbe el cumplimiento de su función social». Tras la sentencia
del Tribunal Constitucional sobre la ley de Patrimonio histórico español , de 31 de enero de 1991,
ha quedado claramente definida la competencia concurrente entre el Estado y las comunidades
autónomas. Este hecho ha motivado la aprobación del real decreto 64/1994 por el que se mo-
difica el real decreto 111/1986, de 10 de enero, de Desarrollo Parcial de la ley 16/1985, al
tiempo que ha permitido desarrollar el artículo 4. En este aspecto, se ha añadido un nuevo
capítulo III al título III, que trata «de la expoliación del patrimonio histórico español». Consta del
artícu-lo 57 bis y en él se contempla que cualquier denuncia o información que el Ministerio de
Cultura reciba acerca de un bien que reúna las características indicadas en el artículo 4 de la
ley 16/1985, puede ser trasladada a cualesquiera de las instituciones consultivas de la Admi-
nistración General del Estado sobre patrimonio histórico español.
Una vez que se tiene la seguridad de que un bien está siendo expoliado o se encuentra en
peligro de serlo, el Ministerio de Cultura, de oficio o a propuesta de cualquier persona física o
jurídica, y oída la Comunidad Autónoma, puede declarar por orden ministerial la situación en
que se encuentra el bien citado y las medidas conducentes a evitar la expoliación. La ejecución
de las medidas declaradas en la orden ministerial corresponde al titular del bien o, subsidia-
101
riamente, a la Administración competente, a la que se requerirá a tales efectos, si la expoliación
no pudiera evitarse, entretanto se dicta la orden ministerial. El Ministerio de Cultura podrá
reclamar del órgano competente de la Comunidad Autónoma la adopción con urgencia de las
medidas conducentes a evitar la expoliación, expresando plazo concreto.
Si el requerimiento fuera desatendido, el Ministerio de Cultura podrá ejecutar las medidas
urgentes con la colaboración de los entes públicos competentes. De todo ello se dará cuenta a
la Comisión de la Comunidad Europea. El hecho más destacado de este artículo es que, a
pesar de las plenas competencias de la Administración del Estado en este campo, su postura
es la de no intervención, siempre y cuando las comunidades autónomas adopten las medidas
oportunas para evitar la expoliación.
La ley dedica varios artículos, del 67 al 74, a este tema, que aparecen regulados en el real
decreto 111/1986 en los artículos 58 al 66. Entre las medidas más importantes se encuentran:
a) El acceso al crédito oficial. El artículo 67 establece que el Gobierno adoptará las medidas
necesarias para la financiación de las obras de conservación, mantenimiento y rehabili-
tación, así como de las prospecciones y excavaciones realizadas en bienes de interés
cultural a través de créditos oficiales.
b) El conocido 1 % cultural del presupuesto de todas las obras públicas que sean finan-
ciadas parcial o totalmente por el Estado. Se destinará a financiar los trabajos de enri-
quecimiento y conservación del patrimonio histórico español, así como a fomentar la
creatividad artística. Existen dos excepciones: las obras que no excedan el presupuesto
de los 100 millones y aquellas que afecten a la seguridad y defensa del Estado (art. 68).
Será el Ministerio de Cultura, oído el Consejo del Patrimonio Histórico, el que elabore los
planes anuales de conservación y enriquecimiento del patrimonio y de fomento de la
creatividad artística, que serán financiados con este presupuesto. En la práctica, la dis-
tribución del 1 % cultural es, según López (1996:58), bastante arbitraria y no responde al
espíritu de la ley, puesto que el Ministerio de Cultura no recibe la totalidad de la recau-
dación del 1 % cultural, beneficiándose otros ministerios. Se deduce, por tanto, que las
inversiones no se destinan a los fines establecidos: el fomento y la conservación del
Patrimonio Histórico.
c) Impuestos locales. Igualmente, se contemplan diversas medidas de fomento para los ti-
tulares de bienes inscritos en el registro general o en el inventario general. Entre ellas
están las exenciones fiscales del impuesto de bienes inmuebles y del impuesto extraor-
dinario sobre el patrimonio de las personas físicas. El primero no alcanza a todos los
102
bienes. Así, en las zonas arqueológicas solamente están exentos los que tienen una
especial protección y en los conjuntos y sitios históricos los que tienen una antigüedad
superior a los 50 años. Es decir, los que gozan de una protección integral en el registro del
planeamiento urbanístico. También quedarían exentos de los restantes impuestos locales
los propietarios de bienes de interés cultural que hayan realizado obras de conservación,
mejora o rehabilitación en dichos inmuebles.
d) Impuestos estatales. Respecto a los impuestos estatales, hay que mencionar el impuesto
sobre la renta de las personas físicas y el impuesto de sociedades. La ley de Funda-
ciones ha mejorado los beneficios fiscales establecidos en la ley 16/1985 de patrimonio
histórico español e, incluso, ha beneficiado el trato de las personas jurídicas en relación
con las personas físicas:
• En el impuesto sobre la renta de las personas físicas podemos diferenciar la donación
de bienes y la donación de cantidades. En cuanto a la primera, se fija la reducción en
la cuota del 20 % del valor de los bienes incluidos en el Registro de Bienes de Interés
Cultural o en el inventario general, teniendo como límite el 3 % de la base imponible.
También se amplía la donación a los bienes que sean obras de arte de calidad ga-
rantizada y se hagan a instituciones museísticas o de difusión del patrimonio. La Junta
de Calificación, Valoración y Exportación se encargará de reconocer la calidad de la
obra. Este hecho puede plantear problemas a las donaciones que se realicen en las
distintas comunidades autónomas, al tener que hacer la valoración la Junta de Cali-
ficación, adscrita al Ministerio de Educación. Por su parte, en la donación de canti-
dades ha quedado fijada en el 20 % la deducción de las donaciones destinadas a las
actividades de conservación, reparación y restauración de los bienes inscritos en el
Registro General de los Bienes de Interés Cultural o los incluidos en el inventario ge-
neral.
• En el impuesto de sociedades también pueden diferenciarse las donaciones de bie-
nes BIC o incluidos en el inventario general o las obras de arte de calidad garantizada.
La deducción tiene como límite el 3 % de la base imponible o el 3 ‰ del volumen de
ventas. Las donaciones de cantidades destinadas a la conservación, reparación y
restauración de obras de arte que estén inscritas en el registro general de BIC o in-
cluidas en el inventario general, pueden tener deducciones cuyo límite es del 15 % de
la base imponible.
• Otra de las novedades de la ley es la posibilidad que ofrece de pagar la deuda tri-
butaria del impuesto de sucesiones, del impuesto sobre el patrimonio y del impuesto
sobre la renta de las personas físicas mediante la entrega de bienes que formen
parte del patrimonio histórico español (art. 73). Este artículo aparece modificado en la
ley 30/1994, de 24 de noviembre, de Fundaciones y de Incentivos Fiscales a la Par-
103
ticipación Privada en Actividades de Interés General, quedando como sigue: «El pago
de la deuda tributaria del impuesto sobre sucesiones y donaciones, del impuesto
sobre el patrimonio, del impuesto sobre la renta de las personas físicas y del impuesto
sobre sociedades podrá realizarse mediante la entrega de bienes que formen parte
del patrimonio histórico español que estén inscritos en el registro general de Bienes
de Interés Cultural o incluidos en el inventario general, en la forma que reglamenta-
riamente se determine. No se someterán al impuesto sobre la renta de las Personas
Físicas ni al de Sociedades los incrementos o disminuciones que se pongan de ma-
nifiesto en el momento de la entrega de los anteriores bienes, como dación en pago
de cualesquiera de los impuestos citados». Se introduce la posibilidad de que las
sociedades puedan también acogerse al sistema de dación para el pago de sus im-
puestos.
• Todas las valoraciones que se hagan a la hora de aplicar las diversas medidas de
fomento se realizarán por la Junta de Calificación, Valo-ración y Exportación de
Bienes del Patrimonio Histórico Español. Dicha valoración no tendrá un derecho
vinculante, puesto que el interesado podrá efectuar el pago en metálico.
Podemos afirmar que estas medidas representan una gran novedad, puesto que no apare-
cían contempladas en las legislaciones anteriores. Sin embargo, aunque la norma es positiva,
su eficacia dependerá de cómo se lleve a cabo su aplicación en cada uno de los casos con-
cretos que se vayan presentando.
La ley dedica el título IX a las sanciones por infracciones contra el patrimonio histórico. Estas
pueden ser por vía penal o por vía administrativa. No obstante, determinadas infracciones
pueden ser castigadas por ambas vías, si bien el artícu-lo 76 de la ley 16/85 establece que la
aplicación de la ley penal tiene preferencia sobre la administrativa.
Entre las infracciones administrativas, uno de los delitos más frecuentes es la exportación
ilegal de bienes muebles pertenecientes al patrimonio histórico, bien sean bienes de interés
cultural o inscritos en el inventario general. La valoración de dichos bienes la realizará la Junta
de Calificación, Valoración y Exportación de Bienes del Patrimonio Histórico Español (art. 75).
Siguiendo a García-Escudero y Pendás (1986:225), pueden diferenciarse tres tipos de infrac-
ciones:
a) Infracciones leves
Se incluyen el incumplimiento por parte de los propietarios o de los titulares de derechos
104
reales de una serie de obligaciones que la ley les atribuye, tales como:
• Permitir la inspección, estudio y visita de los BIC (art. 13).
• Facilitar el examen de los bienes muebles para su declaración como inventariables a
la administración competente (art. 26.2).
• Comunicar la existencia de estos bienes a la Administración antes de venderlos o
transmitirlos (art. 26.4).
• Permitir la inspección y estudio y facilitar el préstamo, así como comunicar cualquier
tipo de modificación en la situación de los bienes muebles (art. 26.6).
• Colaborar en la ejecución de los planes nacionales de información (art. 35.3).
• Conservar, mantener y custodiar los bienes muebles o inmuebles integrantes del
patrimonio histórico, así como utilizarlos sin poner en peligro los valores que acon-
sejan su conservación (art. 36.1 y 2).
• Enajenar un bien mueble e inmueble sin previa notificación a la administración
competente (art. 39).
• Realizar cualquier tipo de tratamiento o intervención sin permiso de la administración
competente (art. 39):
• Comunicar los descubrimientos arqueológicos (art. 44).
• Permitir el examen de los bienes integrantes del Patrimonio Documental y Bibliográ-
fico (art. 51.2).
b) Infracciones graves
Entre las infracciones graves se encuentran las siguientes:
• El otorgamiento de licencias para la realización de obras que no cumplan los requi-
sitos establecidos en el artículo 23.
• La realización de obras en sitios históricos o zonas arqueológicas sin la autorización
exigida en el artículo 23.
• La realización de cualquier tipo de obra o intervención que sea contraria a lo dispuesto
en los artículos 16, 19, 20, 21, 25, 37 y 39.
c) Infracciones muy graves
Entre ellas, destacamos las siguientes:
• El derribo, desplazamiento o remoción ilegales de cualquier inmueble afectado por un
expediente de declaración de Bien de Interés Cultural.
• La exportación ilegal de los bienes a que hacen referencia los artículos 5 y 56.1.
• El incumplimiento de las condiciones de retorno fijadas para la exportación temporal
legalmente autorizada.
• La exclusión o eliminación de bienes del patrimonio documental y bibliográfico que
contravenga lo dispuesto en el artículo 55.
105
A estas infracciones les corresponden unas sanciones. Las sanciones penales contra las
infracciones llevadas a cabo en perjuicio del patrimonio cultural tienen una base firme en el
artículo 46 de la Constitución española de 1978 al afirmar que «los poderes públicos garanti-
zarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y
artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su
régimen jurídico y su titularidad. La ley penal sancionará los atentados contra este patrimonio».
En este sentido, es importante tener en cuenta el nuevo Código Penal de 1995 que desarrolla,
más ampliamente que los anteriores, los preceptos relacionados con el patrimonio cultural. En
opinión de Rodríguez Núñez (1998: 135), estos preceptos son «normas penales en blanco que
deben ser contempladas por conceptos extraídos de la ley 16/1985». Y es precisamente este
hecho el que puede llegar a plantear una serie de problemas a la hora de aplicar estas normas
como, por ejemplo, concretar el objeto material del delito, puesto que los bienes culturales
gozan de diversos niveles de protección.
Para un estudio más detallado, remitimos a la obra de Salinero (1997). Concretamente, el
capitulo 5 está dedicado a «el patrimonio cultural en el Código Penal de 1995». No obstante,
podemos destacar los delitos que afectan al patrimonio cultural, como son el hurto (art. 235), el
robo (art. 241), la estafa (art. 250), la apropiación indebida (art. 253), la sustracción de cosa
propia a su utilidad social o cultural (art. 289), los daños (arts. 319, 321, 323, 324, 613, 614) y la
malversación (arts. 432 y 435) (Rodríguez Núñez, 1998:137).
Como ejemplo ilustrativo queremos destacar la sentencia 69/94 de la Audiencia Provincial de
Palma de Mallorca, del 29 de marzo de 1994, que tuvo lugar con anterioridad a la aprobación
del nuevo código penal, por daños al yacimiento arqueológico de Can Partit (isla de Ibiza) en la
que se condenaba a los autores responsables del delito a «la pena de cuatro años de prisión
menor, a las accesorias de suspensión de cargo público y derecho de sufragio durante el
tiempo que dure la condena; a que indemnicen al Estado en la cantidad de 350 millones de
pesetas, y al pago, cada uno de ellos de una cuarta parte de las costas procesales» (Benítez de
Lugo, 1995: 692). Sin embargo, pensamos que en la mayoría de los casos los autores de estos
delitos salen absueltos por falta de sensibilidad y conocimiento de los jueces respecto al valor
económico, social, cultural y científico del patrimonio.
La ley dedica los títulos V, VI y VII a los patrimonios especiales, que incluyen el patrimonio
arqueológico, el patrimonio etnográfico y el patrimonio documental y bibliográfico. El patrimonio
arqueológico había sido ya objeto de estudio por la ley de 7 de julio de 1911 y por la ley de 1933
que le había dedicado algunos artículos. En cambio, el patrimonio etnográfico es la primera vez
106
que aparece contemplado en la legislación española. El patrimonio documental y bibliográfico
había sido tratado en la ley específica 26/1972, de 21 de junio, para la Defensa del Tesoro
Documental y Bibliográfico de la Nación.
La ley, en su título V, dedica al patrimonio los artículos 40 a 45. Además de esta ley, hemos
de tener en cuenta las legislaciones internacionales, ratificadas por España, así como la re-
gulación de cada una de las comunidades autónomas, quienes tienen la obligación de apli-
carlas en sus respectivos territorios.
La ley presenta una acepción amplia del patrimonio incluyendo «los bienes muebles o in-
muebles de carácter histórico, susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica,
hayan sido o no extraídos y tanto si se encuentran en la superficie o en el subsuelo, en el mar
territorial o en la plataforma continental. Forman parte, así mismo, de este patrimonio, los
elementos geológicos y paleontológicos relacionados con la historia del hombre y sus orígenes
y antecedentes» (art. 40.1).
Establece, pues, el mismo concepto que para el patrimonio cultural en general. El único
matiz que introduce es que sean estudiados con metodología arqueológica, independiente-
mente de su criterio cronológico, elemento definidor en las leyes de 1911 y 1933. Una singula-
ridad de la ley es la declaración de bienes de interés cultural de «las cuevas, abrigos y lugares
que contengan manifestaciones de arte rupestre» (art. 40.2).
La aplicación concreta de este marco jurídico va a realizarse a través de las excavaciones
arqueológicas, de las prospecciones arqueológicas y de los hallazgos casuales. Se entiende
por excavaciones arqueológicas «las remociones en la superficie, en el subsuelo o en los
medios subacuáticos que se realicen con el fin de descubrir e investigar toda clase de restos
históricos o paleontológicos, así como los componentes geológicos con ellos relacionados»(art.
41.1). Mientras, las prospecciones arqueológicas son «las exploraciones superficiales o
subacuáticas, sin remoción del terreno, dirigidas al estudio, investigación o examen de datos
sobre cualquiera de los elementos a que se refiere el apartado anterior» (art. 41.2). Y, final-
mente, los hallazgos casuales se refieren a «los descubrimientos de objetos propios del pa-
trimonio histórico español, se hayan producido por azar o como consecuencia de cualquier otro
tipo de remociones de tierra, demoliciones u obras de cualquier otra índole» (art. 41.3).
Dentro del concepto de patrimonio arqueológico, hemos de incluir una nueva figura no esta-
107
blecida legalmente hasta ahora: la zona arqueológica. Esta viene definida como «el lugar o
paraje natural donde existen bienes muebles o inmuebles susceptibles de ser estudiados con
metodología arqueológica, hayan sido o no extraí-dos y tanto si se encuentran en la superficie,
en el subsuelo o bajo las aguas territoriales españolas» (art. 15.5). Estas zonas pueden ser
declaradas bienes de interés cultural (BIC) por la Administración competente y supone aplicar
unos sistemas de protección como son la redacción de un plan especial, la prohibición de
cualquier tipo de publicidad, así como la instalación de cables, antenas, etc.
La gran novedad que aporta esta ley respecto a las anteriores es la declaración de dominio
público de «todos los objetos y restos materiales que posean los valores que son propios del
patrimonio histórico español y sean descubiertos como consecuencia de excavaciones, remo-
ciones de tierra u obras de cualquier índole o por azar» (art. 44.1). El único requisito exigido es
que el hallazgo se comunicará a la administración competente en un plazo máximo de 30 días y,
si se trata de un hallazgo casual, se realizará inmediatamente de que se produzca el descu-
brimiento. Por tanto, la titularidad de estos bienes podrá recaer en la Administración del Estado
o en la Comunidad Autónoma o en el organismo local donde se encuentre el hallazgo arqueo-
lógico. Aunque la ley no define con exactitud la titularidad, la interpretación que se ha dado es
designar a la Comunidad Autónoma como la titular de los bienes arqueológicos (Sáinz Moreno,
1992:40). A ella le corresponde determinar el destino o depósito definitivo de dichos hallazgos.
En consecuencia, no pueden quedar en manos particulares y son inalienables e imprescripti-
bles.
Los propietarios de objetos arqueológicos con anterioridad a la ley 16/1985, tienen la obli-
gación de declararlos. Al mismo tiempo, se les prohíbe su destrucción, estando sometidos a la
inspección de la Administración y tendrán la obligación de permitir su estudio.
C) HALLAZGOS CASUALES
Todo objeto que se descubra por azar, si contiene las características de un bien cultural,
estará sometido a la legislación del patrimonio histórico. Si el descubrimiento casual fuera un
«tesoro oculto», según el Código Civil, pertenece al dueño del terreno en que se hubiera ha-
llado, si él mismo lo descubriera. En el caso que el descubrimiento lo realizara otra persona,
recibirá la mitad y la otra mitad corresponderá al dueño (art. 351 del Código Civil). La ley actual
define con claridad qué se entiende por hallazgo casual: «Los descubrimientos de objetos y
restos materiales que, poseyendo los valores que son propios del patrimonio histórico español,
se hayan producido por azar o como consecuencia de cualquier otro tipo de remociones de
108
tierra, demoliciones u obras de cualquier índole» (art. 41.3).
Además, se les confiere el carácter de dominio público. Su descubridor tiene la obligación de
notificarlo inmediatamente a la administración competente (art. 44.1). Por tanto, el dueño del
inmueble no es el propietario, tal como figura en el artículo 351 del Código Civil. Sin embargo,
la ley le reconoce el derecho a un premio en metálico al igual que a su descubridor. A ambos se
les asigna solamente la mitad del valor, que se distribuirá a partes iguales; es decir, tocarán a
un cuarto del valor real del bien cultural.
D) EL CONTROL ADMINISTRATIVO
Existen algunos casos en los que las excavaciones se encuentran en propiedades privadas
cuyos dueños no conceden el permiso. Si existe un gran interés, la Administración podrá
realizar una declaración de interés público y seguir el procedimiento establecido en la ley de
Expropiación forzosa para las ocupaciones temporales.
Por su parte, el excavador tiene la obligación de entregar todos los objetos a la institución
109
pública —museo— que indique la administración competente. Se acompañarán de un inven-
tario de los objetos, comprometiéndose a entregar una memoria científica con el fin de publicar
las investigaciones. A partir de la ley 16/1985, cada una de las comunidades autónomas co-
menzará a regular la actividad arqueo-lógica a través de diversas normas: órdenes, decretos,
etc., que, posteriormente, han ido incorporando a su propia legislación de patrimonio histórico y
cultural. Junto a una serie de aspectos comunes como el régimen de autorización de las in-
tervenciones, la titularidad de los hallazgos, la solicitud del permiso, etc., algunas comunidades
han creado figuras propias como las de Parque Arqueológico y Parque Temático de la Co-
munidad de Canarias. Andalucía, en el desarrollo de su ley de Patrimonio Histórico, ha apro-
bado el decreto 32/1993, que reglamenta las actividades arqueológicas.
113
3.10. ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA DEL PATRIMONIO HISTÓRICO ESPAÑOL
A lo largo del texto de la ley 16/1985 nos encontramos constantemente con la alusión a los
organismos competentes, encargados de ejecutar la ley. Dichos organismos son, por una parte,
la Administración del Estado y, por otra, las comunidades autónomas. A pesar de la descen-
tralización en la gestión del patrimonio, no podemos olvidar que existen una serie de referen-
cias jurídicas que establecen la colaboración de todos los poderes públicos en la conservación
del mismo. Uno de los primeros documentos es el artículo 46 de la Constitución española, al
afirmar que «los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriqueci-
miento del patrimonio histórico».
Este mismo principio de colaboración entre las distintas administraciones públicas aparece
reflejado en la ley 30/1992, de 26 de noviembre, de Régimen Jurídico de las Administraciones
Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, en este caso, aplicable a todos los
campos, idea que se repite en el artículo 2.2 de la ley 16/1985, cuando señala que «la Admi-
nistración del Estado adoptará las medidas necesarias para su colaboración con los restantes
poderes públicos y la de estos entre sí». Uno de los instrumentos de colaboración más utili-
zados entre la Administración del Estado y las comunidades autónomas es la firma de con-
venios para llevar a cabo proyectos comunes, siendo uno de los más frecuentes el de res-
tauración de los bienes culturales. A su vez, los ayuntamientos cooperan con las comunidades
autónomas en la conservación del patrimonio histórico que se encuentre en su municipio (art.
7).
Veamos, ahora, cómo están organizados y qué competencias tienen cada uno de estos
organismos.
Dentro de la Administración del Estado, toda la política cultural depende del Ministerio de
Educación y Cultura (real decreto 1887/1996), cuyo eje principal es la Dirección General de
Bellas Artes y Bienes Culturales, un organismo que viene ejerciendo esta misión desde 1900.
De ella dependen cuatro unidades con nivel orgánico de Subdirección General:
a) Subdirección General de Protección del Patrimonio Histórico, con las siguientes funcio-
nes:
• La formación del Registro de Bienes de Interés Cultural y del Inventario General de
Bienes Muebles.
• La propuesta de adquisición de bienes del patrimonio histórico español y de las me-
didas que deban adoptarse frente a la expoliación y exportación ilícita del mismo.
114
• La coordinación con las unidades del Ministerio que intervengan en la gestión de
bienes del patrimonio histórico español, así como con los demás departamentos mi-
nisteriales y, en su caso, con las demás administraciones públicas.
b) Subdirección General de Museos Estatales, a quien le corresponde gestionar los museos
de titularidad estatal adscritos al departamento y el asesoramiento respecto de los mu-
seos de titularidad estatal dependientes de otros ministerios, salvo que dicha gestión sea
objeto de convenio con las comunidades autónomas.
c) Subdirección General del Instituto de Patrimonio Histórico Español, que desarrolla las
siguientes funciones:
• La elaboración y ejecución de los planes para la conservación y restauración de los
bienes inmuebles del patrimonio histórico, así como la cooperación con otras admi-
nistraciones públicas y entidades públicas o privadas para el desarrollo de dichos
planes y su seguimiento.
• La elaboración y ejecución de los planes para la conservación y restauración de los
bienes muebles del patrimonio histórico, así como de los fondos que constituyen el
patrimonio documental y bibliográfico y la cooperación con otras administraciones
públicas y entidades públicas o privadas para el desarrollo de dichos planes y su
seguimiento.
• El archivo y sistematización de los trabajos realizados y de la documentación dispo-
nible sobre patrimonio histórico; la investigación y estudio sobre criterios, métodos y
técnicas actualizados para la conservación y restauración del mismo, así como la
formación de técnicos y especialistas en conservación y restauración de los bienes
inmuebles y muebles integrantes de dicho patrimonio.
d) Subdirección General de Promoción de las Bellas Artes. Tiene como único objetivo la
promoción de la creación artística y de las exposiciones y cualesquiera otras actividades
de difusión de las artes plásticas.
Estas instituciones consultivas tienen como función principal asesorar e informar, siempre
que les sea solicitado, a cualquier organismo encargado de la protección del patrimonio, ya sea
la Administración del Estado o las comunidades autónomas.
117
Las comunidades autónomas, a través de la Constitución y de sus Estatutos de Autonomía,
gozan de total libertad para establecer sus propios modelos organizativos. Así, aunque en
principio podemos encontrar una gran diversidad de sistemas, en general siguen el modelo de
la Administración del Estado, siendo una dirección general el órgano que vertebra las restantes
estructuras administrativas. Uno de los problemas que ha estado siempre presente en la Ad-
ministración española es que esta ha descansado más en comisiones de carácter consultivo
que en verdaderos cuadros de técnicos y profesionales.
El verdadero órgano ejecutivo de cada una de las comunidades autónomas es la dirección
general, quien asume todas las competencias relacionadas con el patrimonio cultural y se
encarga de estrechar las relaciones con las distintas instituciones que, de una manera u otra,
colaboran en este campo, como es el caso de los ayuntamientos. En algunas comunidades, la
dirección general se complementa con las delegaciones provinciales de cultura, tal y como
ocurre en Andalucía (Barrero, 1995:61 ss.) y que se definen como «meras unidades de in-
formación y apoyo a la dirección general». A su vez, de la dirección general dependen una
serie de servicios del patrimonio histórico.
Un elemento común a la mayoría de las comunidades son las comisiones u órganos ase-
sores. Tienen un carácter consultivo para todos los temas relacionados con el patrimonio
histórico (Querol y Martínez, 1996: 187ss.). La composición de las mismas puede variar de
unas a otras, tratándose siempre de cargos honoríficos, que restan eficacia a dicha labor.
Algunas comunidades cuentan con comisiones específicas de arqueología, cuyo objetivo prin-
cipal es elaborar la programación anual de las actuaciones arqueológicas, la concesión de
permisos de excavación y el control de los trabajos (fig. 14).
Otras comunidades cuentan con instituciones técnicas, repitiendo el modelo del Instituto
de Patrimonio Histórico del Ministerio de Educación y Cultura, como ocurre con el Instituto
Andaluz de Patrimonio Histórico, orientado a la conservación del patrimonio, a la formación
de los profesionales y a la difusión a través de la publicación de un boletín. También p o-
demos citar el Ins--ti-tuto Cántabro para la Conservación del Patrimonio Histórico y M o-
numental y el Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Galicia. De
contenido más específico es el Centro de Arqueología Subacuática de Cataluña, que puede
considerarse como el único centro de España orientado a la protección, investigación y
difusión del patrimonio arqueológico sumergido.
Dentro de este marco organizativo estatal y autonómico que, como ya hemos comentado,
no supone ninguna novedad en la Administración española al representar una línea cont i-
nuista de la tradicional Dirección General de Bellas Artes, podemos destacar algunos as-
pectos positivos y otros que podrían haberse mejorado. Respecto a los positivos, debemos
resaltar el interés de las comunidades autónomas por conocer y estudiar su propio pasado y
por buscar su propia identidad cultural. Se han hecho verdaderos esfuerzos por recuperar y
118
actualizar una parte de su patrimonio que estaba casi olvidado y a punto de desaparecer
como las fiestas, las costumbres, los ritos, los cultos y el folklore que representan la m e-
moria viva de un pueblo. De igual modo se ha intentado conservar una parte importante del
patrimonio inmueble a través de una adecuada intervención y de dar un nuevo uso o función
a determinados edificios. También debe valorarse el interés que han mostrado todas las
comunidades autónomas por difundir su patrimonio a través de diversas publicaciones como
guías, folletos y monografías o a través de la valoración y presentación in situ del patrimonio.
Entre los aspectos que podían haberse mejorado se encuentran los relacionados con los
medios materiales y humanos. Se observa una ausencia de profesionales cualificados en
distintos puestos de la administración cultural que están dirigidos, o bien por cargos políticos
que ocupan los principales puestos, o por funcionarios administrativos sin ninguna cualificación
profesional. Aquí volvemos a recordar el peso que sigue ejerciendo la tradición, puesto que
dentro de los profesionales del patrimonio se sigue reconociendo, tanto a nivel estatal como
autonómico, el Cuerpo Superior de Facultativos de Museos, de Archivos y de Bibliotecas y en
algunas comunidades existen los conservadores o técnicos de patrimonio.
Los medios materiales o financieros con los que se cuenta tampoco son muy abundantes. A
ello se suma una mala gestión de dichos fondos al primar más los proyectos que buscan una
mayor rentabilidad política que cultural. Las comunidades autónomas tenían que haber incen-
tivado más la participación privada mediante la adopción de diversas medidas fiscales.
Como reflexión final, hemos de señalar que la ley 16/1985 ha representado un marco válido
de protección para el patrimonio histórico, aunque somos conscientes de que adolece de la
misma dificultad que las leyes anteriores, que no es otra que el incumplimiento y la no aplica-
ción de la misma en la práctica. El problema no reside tanto en lo que la ley dice, cuanto en que
no se aplica. Nos encontramos, por tanto, ante la situación de la tutela del patrimonio histórico
que carece de técnicas adecuadas y de una estructura administrativa con capacidad real para
hacer cumplir la ley. Difícilmente podrá darse un cambio de la situación actual si no existe
voluntad política de poner en práctica las normas existentes no solo por la Administración
central, sino también por las corporaciones locales y por las comunidades autónomas. Sin unas
administraciones más ágiles y flexibles, capaces de buscar fórmulas de coordinación entre sí,
resultará muy difícil que aquellas lleguen a ser eficaces y seguirán existiendo problemas de
competencias entre las distintos responsables del patrimonio.
El concepto unitario y amplio del patrimonio que proclama la ley 16/1985 se está rompiendo
debido a las diversas legislaciones autonómicas porque, en lugar de completarla, está siendo
119
sustituida en sus elementos esenciales. El hecho de que cada Comunidad Autónoma pueda
legislar o elaborar su propia ley de patrimonio histórico constituye un serio problema para la
política de tutela del mismo, porque los problemas que se observan en la ley no han sido
contemplados ni resueltos en la elaboración de los textos de las comunidades autónomas. Este
hecho ha dado paso a que existan ya muchas enmiendas a la ley. Además, siguen existiendo
problemas de coordinación entre la legislación del patrimonio y el ordenamiento urbanístico, a
causa de que la protección del patrimonio histórico inmueble es un factor importante de la
ordenación del territorio.
Por otra parte, la exportación y expoliación del patrimonio son competencia del Estado, pero
la expoliación plantea problemas de aplicación al ser un concepto vago o, en otras palabras, un
«concepto jurídico indeterminado». En cuanto a los diversos niveles de protección que vienen
contemplados en la ley —declaración de BIC e inscripción en el inventario general—, no han
dado los frutos esperados porque son pocos los declarados, especialmente los bienes muebles,
no se ejerce una verdadera tutela sobre ellos y están desprotegidos al carecer de las técnicas y
medios necesarios.
A pesar de la ley de mecenazgo, aún no se da el marco adecuado que estimule a una mayor
participación privada en la protección y conservación del patrimonio y, en consecuencia, mu-
chas obras de patrimonio mueble no se declaran BIC por motivos fiscales, al igual que sucedió
con el impuesto de sucesiones. Dentro de las medidas de fomento, el 1 % cultural ha servido
para colaborar en la realización de determinadas intervenciones de restauración, en la ela-
boración de inventarios y en la adquisición de obras de arte, aunque existen serias dudas de
que se aplique al patrimonio histórico el presupuesto total recaudado mediante el 1 % cultural.
A todo ello, hemos de añadir que los problemas con que se cuenta, a la hora de aplicar la ley,
tienen que ver directamente con la escasez de recursos técnicos, humanos y financieros y con
la falta de una buena gestión que permita optimizar dichos recursos. Habrá que potenciar
aquellos y tratar de mejorar la aplicación de la ley, con el objeto de preservar la memoria, para
que nuestro patrimonio se vea siempre inmerso en un proceso de enriquecimiento y valoración
que permita poder transmitirlo, en su integridad, en el futuro.
120
LA GESTIÓN DEL PATRIMONIO CULTURAL
INTRODUCCIÓN
Nos hemos habituado a pensar que el patrimonio cultural no debía entremezclarse con la
economía y que, en todo caso, correspondía al Estado preocuparse de la gestión del primero
dejando en un segundo lugar la economía. El patrimonio cultural era visto como una pesada
carga que había que sobrellevar debido a su carácter espiritual y cultural, heredado de gene-
raciones pasadas, pero que poco o nada contribuía, como fuente de ingresos, a sanear la
economía que se veía gravemente afectada por las enormes cantidades de dinero que había
que destinar a la restauración de dicho patrimonio. De hecho, las administraciones públicas se
han mostrado, en muchos casos, incapaces de gestionar adecuadamente los bienes culturales
122
y se han visto sobrepasadas por el incremento de los gastos que su conservación exigía.
Pero, poco a poco, a partir de los años ochenta, se va despertando una nueva sensibilidad
respecto a la forma de concebir el patrimonio cultural que, sin renunciar a su carácter espiritual
e histórico, comienza a ser percibido como una fuente de riqueza y de desarrollo económico
para la comunidad que es depositaria del mismo. Esta nueva sensibilidad respecto a la cone-
xión que ha de darse entre la cultura y la economía se refleja ya en el preámbulo de la Consti-
tución española de 1978, al señalar que es tarea de la nación española «promover el progreso
de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida». Esto significa
que el patrimonio cultural, además de valores espirituales y estéticos, ha de generar también
recursos económicos, contribuyendo a una mejor calidad de vida de los ciudadanos. En esta
línea se sitúa la Asociación Española de Gestores de Patrimonio Cultural quien, en su Do-
cumento sobre el Gestor Profesional de Patrimonio Cultural, explica que el fin de la asociación
no es otro que colaborar en la conservación, difusión y reconocimiento del patrimonio cultural
español, fomentando la gestión del mismo a través de la aplicación de unos criterios técni-
co-científicos y de una metodología que garantice, a un mismo tiempo, la preservación del
patrimonio y su «aprovechamiento social como recurso, tanto económico como cultural».
La primera Conferencia de Ministros Responsables de la Salvaguarda y Rehabilitación del
Patrimonio Cultural Inmobiliario, celebrada en Bruselas en noviembre de 1969, hace referencia
en su resolución primera al valor que posee el patrimonio cultural inmobiliario, «tanto desde el
punto de vista cultural como desde el humano, social y económico». Y señala que la toma de
conciencia del valor social del patrimonio «le confiere una dimensión nueva que impone su
conservación e integración activa en el modo de vida de los hombres». Por este motivo, re-
comienda poner todos los medios posibles para conservar el patrimonio, ya sea destinando
mayores recursos públicos para financiar las obras que se han de salvaguardar y rehabilitar, ya
sea adoptando medidas fiscales y administrativas que estimulen a los propietarios privados a
asumir la conservación. Además, la Conferencia propone un año dedicado a la conservación
del patrimonio cultural, que tendría lugar en 1975.
Fruto de esta celebración será la Carta Europea del Patrimonio Arquitectónico, que fue
adoptada en septiembre de 1975 por el Comité de Ministros del Consejo de Europa, celebrado
en Amsterdam, al considerar, en su tercer principio, el patrimonio arquitectónico como «un
capital de valor espiritual, cultural, social y económico insustituible», cuya utilización no debe
verse como un «lujo» sino como un «bien económico» para la comunidad. Dicho capital re-
presenta, por tanto, la posibilidad de obtener una serie de beneficios que se derivan de su
conservación y valoración y que es preciso evitar su pérdida, ya sea a causa de su deterioro o
por su destrucción. Si queremos conservar de manera efectiva el patrimonio, hemos de aceptar
la dimensión económica como un aspecto fundamental que ha de contribuir a la mejora del
mismo. Y en el principio octavo se añade que, dada la insuficiencia de los medios técnicos, es
123
preciso favorecer la «formación e incrementar las perspectivas de empleo para gestores,
técnicos y artesanos».
En octubre de ese mismo año tiene lugar el Congreso sobre el Patrimonio Arquitectónico
Europeo que da lugar a la Declaración de Amsterdam (1975). Esta, al hablar en el punto quinto
sobre la conveniencia de que la conservación integrada cuente con medios financieros
apropiados, no dudará en afirmar que es fundamental «fomentar todos los recursos de fi-
nanciación privados, especialmente los que procedan de la industria». Pero también tiene
presente que, para resolver los problemas económicos de la conservación integral, es preciso
contar con una legislación que contemple la evaluación de los costes añadidos que vienen
ocasionados por los programas de conservación, las ventajas financieras y fiscales para la
conservación de los edificios históricos y la creación de fondos de rotación u operativos qu e
proporcionen el capital necesario para que puedan financiar sus actuaciones, tanto las ad-
ministraciones locales como las asociaciones no lucrativas.
Ahora bien, según la resolución relativa a la adaptación de los sistemas legislativos y re-
glamentarios a los requisitos de la conservación integrada del patrimonio arquitectónico,
adoptada por el Comité de Ministros del Consejo de Europa el 14 de abril de 1976, al hablar de
las medidas financieras señala que las políticas de conservación integral requieren unos me-
dios económicos considerables que solo podrán estar disponibles en la medida que se dé una
verdadera «intervención conjunta de los diferentes departamentos ministeriales responsables
de la protección del patrimonio cultural, la ordenación territorial y urbana, la vivienda y el tu-
rismo».
Más tarde, el Convenio para la Salvaguarda del Patrimonio Arquitectónico de Europa, ce-
lebrado en Granada el 3 de octubre de 1985, presenta entre las medidas complementarias (art.
6.2) la posibilidad de recurrir a «medidas fiscales» que favorezcan la conservación del pa-
trimonio. Además, al hablar de la participación y asociaciones (art. 14.2), los estados miem-
bros se comprometen a «promover el desarrollo del mecenazgo y de las asociaciones no
lucrativas» que se mueven en el campo del patrimonio. Y en su artículo 17.3 se manifiesta que
las partes se comprometen a intercambiar información sobre sus políticas de conservación en
lo que se refiere a «los métodos de gestión y promoción del patrimonio». Ese mismo año tiene
lugar la segunda Conferencia de Ministros responsables del Patrimonio Arquitectónico
quienes, en su resolución número dos, relativa a la promoción del patrimonio arquitectónico en
la vida sociocultural como factor de calidad de vida (4.c), recomienda desarrollar una acción
común entre los poderes públicos, empresas privadas y asociaciones, en relación al patri-
monio «impulsando la acción de la iniciativa privada y de las asociaciones al servicio del
mantenimiento y la gestión del patrimonio, mediante incentivos jurídicos, financieros o fisca-
les».
Será en la resolución tercera relativa al impacto económico de la conservación del patrimonio
124
donde, por primera vez y de forma explícita, se hable de conceptos que, hasta ese momento,
parecía que nada tenían que ver con el patrimonio. Entre los más significativos, podemos
destacar los siguientes:
a) La rentabilidad económica que suponen para la sociedad las inversiones, tanto públicas
como privadas, que se destinan a la conservación del patrimonio. Estas dan lugar al
desarrollo de actividades que generan nuevos puestos de trabajo y, en consecuencia, se
convierten en un factor de desarrollo económico.
b) Un análisis económico global que ha de determinar cuáles han de ser los criterios de
selección a la hora de realizar las estrategias de restauración, teniendo siempre presente
que es preciso combinar el valor cultural de los bienes con los costes y beneficios de su
conservación.
c) Una correcta evaluación de la dimensión económica del patrimonio que, sin olvidar la
prioridad de los criterios culturales, proponga los métodos más apropiados para analizar
tanto el valor económico de los elementos integrantes, como los beneficios directos e in-
directos de los trabajos de mantenimiento o el «impacto del patrimonio sobre el conjunto del
circuito económico».
d) Una adecuada política de información y educación que trate de concienciar a la sociedad
del carácter de «inversión productiva» de los recursos que se emplean en la conserva-
ción del patrimonio.
e) Una política activa de encargos públicos y de incentivos financieros que fomenten las
iniciativas de los particulares con relación a los trabajos de conservación y restauración,
considerándolos como un elemento de desarrollo económico, especialmente en las re-
giones menos desarrolladas.
Eso significa que el Consejo de Europa va teniendo en cuenta el desarrollo que ha experi-
mentado el concepto de gestión del patrimonio y lo aplica a las distintas categorías de patri-
monio cultural, ya sean espacios abiertos, sitios culturales o patrimonio técnico e industrial. La
recomendación relativa a las medidas apropiadas para promover la financiación de la con-
servación del patrimonio arquitectónico, adoptada por el Comité de Ministros el 11 de abril de
1991, al definir la conservación explica que esta no solo se refiere al «coste de la ejecución
material del mantenimiento y restauración, sino también a los costes de explotación, gestión y
reutilización».
Esta recomendación expone en sus considerandos que es necesario que se dé un «consi-
derable incremento de las inversiones» para llevar a cabo las numerosas intervenciones en el
patrimonio porque los recursos públicos, con que cuentan las administraciones públicas, no
son suficientes y tampoco se utilizan todas las posibilidades que ofrecen el mecenazgo y el
patrocinio. Por eso es preciso «atraer- mayores recursos de origen privado», creando las
condiciones favorables para que se impliquen más activamente en la conservación del patri-
monio. Además, aporta como novedad la justificación de aquellas medidas fiscales especiales
con exención de impuestos, con el objeto de que las personas particulares dediquen más
recursos económicos a obras de carácter cultural que, de otra forma, correspondería asumir al
Estado.
De todo ello se deducen las siguientes conclusiones:
1) Cualquier política de ordenación y desarrollo urbano ha de tratar de conciliar las exi-
gencias culturales de la conservación con la rentabilidad económica de los proyectos.
Eso significa que la valoración del patrimonio puede considerarse como un elemento de
promoción económica.
126
2) La necesidad de designar gestores que traten de dar respuesta a los problemas admi-
nistrativos y financieros que puedan surgir a la hora de realizar cualquier obra de con-
servación.
3) La elaboración de un programa de evaluación financiera para los proyectos de restau-
ración, sirviéndose de las técnicas modernas de gestión de obras y situándose dentro del
marco económico propio del mercado.
4) La propiciación de políticas de incentivos fiscales que traten de hacer más rentables las
inversiones realizadas en los edificios históricos.
5) La conservación de los bienes inmuebles ha de integrarse en una utilización económi-
camente rentable.
El Consejo de Europa ha sido sensible a los debates que se han producido durante las tres
últimas décadas, a consecuencia de la relación que se da entre la economía y la cultura, y esto
ha llevado a considerar la urgencia de definir el concepto de gestión del patrimonio, dado que
todo patrimonio cultural necesita de un soporte material que aporte los medios económicos
necesarios para su conservación, sin olvidar, al mismo tiempo, que dicho patrimonio también
ha de generar beneficios económicos. El Consejo de Europa es consciente de que el patri-
monio no puede ser gestionado, como tradicionalmente se ha venido haciendo, solo con cri-
terios administrativos e históricos, sino que la conservación integral requiere contar con los
medios jurídicos, administrativos, financieros y técnicos necesarios, tal y como lo especifica la
Carta de Amsterdam de 1975 en su principio octavo.
No podemos olvidar que el patrimonio es una realidad sociológica que se desarrolla dentro
de un contexto determinado, que posee un valor cultural de gran relevancia, que necesita de un
estatuto jurídico-administrativo y que posee una clara dimensión económica que no hemos de
soslayar. Todos aquellos elementos propios del patrimonio han de considerarse como bienes
128
económicos que son capaces de producir riqueza. No nos ha de extrañar, por tanto, que el
patrimonio sea utilizado como fuente de recursos económicos y que se trate de rentabilizar su
uso y disfrute acudiendo, incluso, a la financiación del sector privado. Tener como objetivo la
explotación del patrimonio para obtener unos rendimientos económicos que, a su vez, reper-
cutan en su mejor conservación y, al mismo tiempo, sirvan para generar parte de sus propios
recursos, es una tarea que está llamada a tener un gran protagonismo en el futuro. Esto será
posible si estamos dispuestos a buscar una nueva metodología que nos ayude a plantearnos la
gestión del patrimonio como una fuente de desarrollo y progreso social y económico. Pero
siempre a condición de que el gestor del patrimonio no trate de considerarlo como un elemento
exclusivamente empresarial y no olvide su carácter científico y artístico, único e irrepetible y, en
consecuencia, no renovable (Greffe, 1990).
Habrá que trabajar para que se cree una nueva sensibilidad social que comience a consi-
derar el patrimonio como un valor espiritual que conduce a la experiencia estética, descubre la
propia identidad y proporciona una aproximación más completa a la memoria histórica, al
tiempo que se convierte también en una posible fuente de recursos económicos. Eso signifi-
caría que estamos dispuestos a asumir la dimensión social y económica del patrimonio sin
dejar de lado aquellos valores culturales que van asociados, indefectiblemente, al turismo.
En España, al igual que en la mayoría de los países europeos, el Estado y las distintas
administraciones públicas —centrales, autonómicas, locales— se encargan de diseñar las
políticas culturales, incluyendo en ellas todo lo relacionado con el patrimonio. La gestión de
estas políticas está condicionada por una serie de factores que tienen que ver con los recursos
materiales, técnicos, humanos, burocráticos y económicos que hacen difícil que se lleve a cabo
una gestión ágil, eficaz y flexible, tal y como se aplica en cualquier empresa privada. En este
aspecto, lo que se está haciendo es administrar el patrimonio más que gestionarlo. Por ello,
cada vez más se buscan nuevas fórmulas de colaboración de las empresas privadas con las
distintas administraciones públicas para realizar proyectos integrales sobre los sitios patrimo-
niales. Pero puede ocurrir que el patrimonio se convierta en un producto o en una mercancía
más y, para evitarlo, se ha de tener muy claro que es un recurso no renovable en cuya gestión
deben de participar profesionales o especialistas que primen los criterios científicos sobre los
puramente mercantilistas. La constitución de un equipo interdisciplinar y la utilización de unas
adecuadas estrategias de gestión ayudarán, sin duda, a cumplir los objetivos y la finalidad del
patrimonio.
Aunque el Consejo de Europa es el primero en hablar de gestión del patrimonio, no ofrece,
129
sin embargo, una definición precisa de la misma. Por esta razón es necesario partir de una idea
clara de qué entendemos por gestión del patrimonio para analizar cuáles han de ser las téc-
nicas que se han de aplicar para responder a las necesidades del mercado, y cuáles los sis-
temas de control que se han de llevar a cabo. Partimos, por tanto, del concepto de gestión del
patrimonio considerado como una serie de estrategias de intervención que, sirviéndose de las
nuevas técnicas de planificación y de una adecuada administración de los recursos patrimo-
niales, humanos y económicos, tienen como objetivo conseguir el desarrollo de la conservación,
investigación, difusión y disfrute de dicho patrimonio. Esta gestión ha de contar con los re-
cursos necesarios, así como con la información y el marketing imprescindibles para que sea
posible el diálogo entre la sociedad y la cultura. Y para ello se necesita la presencia de nuevos
profesionales de la gestión del patrimonio, que son los gestores.
A la hora de poner en práctica una serie de estrategias que ayuden a conseguir una mayor
rentabilidad económica y social de los recursos patrimoniales disponibles habrá que tener en
cuenta cuáles pueden ser las que mejor se adapten a los objetivos propuestos. Entre otras,
destacamos la planificación, la organización, la comunicación, el control y la evaluación.
4.3.1. La planificación
Acercarse al concepto de planificación supone descubrir que, a lo largo del tiempo, se han
dado diferentes versiones o enfoques sobre qué se entiende por tal. En un primer momento se
comenzó a hablar de la planificación racional comprensiva (Sonnenberg, 1994) como un
conjunto de procedimientos que servían a quien planifica para clarificar los objetivos, esta-
131
blecer criterios de elección y ejecutar y controlar los resultados. Durante los años sesenta se
hablará de la planificación participativa (Barranco, 1993) como un intento de tener en cuenta
las ideas y necesidades de los ciudadanos que son los que, en definitiva, están llamados a
convertirse en verdaderos «clientes» y consumidores de los bienes culturales. Para este autor,
los sistemas de dirección participativos han de contar con la colaboración de los trabajadores
en las decisiones de la empresa y han de fomentar el trabajo en equipo garantizando un óptimo
desempeño de sus funciones. La consulta y participación de los empleados ha de ser la base
de la acción de cualquier directivo, procurando que se sientan involucrados en los proyectos de
la empresa, potenciando la capacidad y la eficacia de sus equipos con el fin de conseguir los
objetivos. En nuestros días se habla de la planificación estratégica (Mintzberg, 1993; Marcé,
1994; Campillo Garrigós, 1998; Kotler y Kotler, 2001) como la aplicación de un proceso de
análisis, comparación y selección de estrategias de actuación que, desde una perspectiva de
futuro, trata de tomar una serie de decisiones con el propósito de conseguir los objetivos
propuestos que, en nuestro caso, no son otros que la investigación, conservación, difusión y
disfrute de los bienes culturales. Está claro, por tanto, que el patrimonio cultural puede utilizar
las herramientas propias de la planificación estratégica con el propósito de alcanzar sus obje-
tivos, sin que, por ello, tenga que olvidar su contenido y significado más propio. A través de la
planificación los responsables del patrimonio pueden organizar, planificar y ejecutar sus planes,
así como los proyectos que pretenden ofrecer a la sociedad hacia la que dirigen todos sus
esfuerzos.
Toda planificación estratégica ha de realizarse siguiendo las siguientes etapas:
a) Análisis de la situación.
Antes de dar comienzo a un proceso de planificación es preciso tener una visión global de
la problemática que puede existir en nuestro entorno. Por ello, la planificación estratégica
ha de tener en cuenta el análisis preliminar de las necesidades y demandas de la so-
ciedad respecto al uso y disfrute de los bienes culturales para formular unas metas u
objetivos técnicamente posibles y políticamente aceptables para quienes dirigen y apo-
yan el proyecto.
b) Definición de los objetivos.
Se han de definir tanto los objetivos generales como los específicos para cada una de las
áreas culturales que se pretende desarrollar. Dentro de los generales que, además, son
comunes para todos los bienes culturales, están la investigación, la conservación y la
difusión. En cuanto a los específicos, varían- en los distintos proyectos, pudiendo figurar
entre ellos la creación de actividades de animación y la ayuda al desarrollo de las co-
munidades mediante la potenciación del turismo y la creación de puestos de trabajo.
Dichos objetivos han de ser claros, breves, concisos y evaluables, pero también han de
ser razonables porque han de coincidir con las políticas y realidades seguidas por la
132
Administración y, además, realizables en cuanto que posibles. Es importante saber qué
se pretende hacer en el futuro para potenciar el desarrollo del patrimonio cultural, dónde
se ha de incidir con mayor insistencia y qué ventajas se pueden obtener en el futuro. A la
hora de proponer los objetivos es necesario ser realistas y saber que aquellos han de ser
viables y operativos, siempre en consonancia con las posibilidades del contexto social,
político, institucional y humano para el que fueron concebidos y elaborados (Ander-Egg,
1989:104).
c) Establecimiento de procedimientos y estrategias.
Establecer cuáles han de ser los procedimientos y las estrategias que se van a seguir
para que sea posible alcanzar los objetivos, ya sea a largo, medio o corto plazo, es
fundamental sobre todo si se piensa obtener una rentabilidad económica y social del
patrimonio cultural que favorezca su desarrollo. Partiendo de unas premisas que esta-
blecen el marco desde donde se pretende llevar a cabo la planificación, fruto de una
investigación intensiva y de la propia experiencia, se elegirán las líneas de actuación que
la hagan posible y clarifiquen cuáles pueden ser los aspectos que mejor se adaptan a
cada caso concreto y cuáles se han de evitar para que no contribuyan negativamente en
el proceso de realización. Aquí habrá que resaltar la importancia de utilizar una cierta
flexibilidad a la hora de llevar adelante un determinado plan, evitando cualquier clase de
rigidez que impida adaptarse a las nuevas situaciones que pueden exigir corregir de-
terminados aspectos del plan previsto.
d) Medios y recursos disponibles.
Los medios o recursos que se van a emplear para conseguir los objetivos han de ser
estudiados con detenimiento, ya sean estos políticos, económicos y humanos. El estudio
político y técnico del proyecto que se pretende realizar, así como el estudio de los pre-
supuestos que se necesitan para financiar su ejecución o los medios humanos que se
van a poner a disposición del plan proyectado, son requisito necesario para que este
llegue a realizarse en su totalidad. De ahí la importancia de que se cuente con los re-
cursos necesarios para que puedan llevarse a cabo todas aquellas actividades que es-
taban previstas. Si no se tienen los recursos humanos, financieros y técnicos que se
necesitan para conseguir los objetivos, resultará muy difícil poner en práctica cualquier
plan que se proponga. Por ello, una buena gestión ha de conducir a la consecución de
dichos recursos.
e) Control del plan.
Un elemento clave en la evolución del proyecto es la realización del control sobre el
cumplimiento o no de los objetivos, así como el análisis de las variaciones más desta-
cadas que se han dado y las dificultades que se han presentado a la hora de poner en
práctica dicho proyecto. Se ha de tener presente que los objetivos han de conseguirse
133
dentro del marco que se había establecido y que, por tanto, habrá que detectar todos
aquellos aspectos que puedan ser un impedimento para su consecución.
De ello, se deduce que todo proceso de planificación no puede ser, según señala Barranco
(1993:212), fruto de la intuición o de la mera casualidad, sino que ha de estar fundamentado en
una estructura bien organizada y sistematizada que cuente con unos objetivos que se han de
conseguir a corto, medio y largo plazo y que tiene presente el entorno en que se mueve y las
perspectivas de futuro que se presentan. Habrá, por tanto, que establecer unos determinados
tiempos y ritmos para que dichos objetivos se vayan consiguiendo, sin olvidar que aquellos se
verán afectados de forma directa por las metas propuestas y por los recursos de que se dis-
pone, así como por resistencias que pueden presentar determinados grupos o sectores que
vean afectados sus intereses, hecho que suele suceder cuando se trata de un bien tan com-
plejo como el del patrimonio cultural.
Pero si pretendemos que la planificación sea eficaz, es preciso, según Ander-Egg (1989:17),
tener en cuenta una serie de elementos que pueden contribuir positivamente a su desarrollo. En
primer lugar, se ha de disponer de un plan que sea la expresión de un proyecto privado o público.
Si el desarrollo del patrimonio cultural no está inserto en un verdadero plan general, que sea
fruto de un consenso entre diversas personas o entidades privadas o públicas, difícilmente
podrá tener un futuro esperanzador y cualquier iniciativa que se plantee estará llamada al fra-
caso.
Dicho plan ha de basarse en unos objetivos que sean alcanzables, partiendo siempre de los
recursos con que se cuenta y de los condicionamientos de tipo político, económico, social y
cultural que pueden existir. Pretender conseguir unos objetivos que estén desconectados o que
ignoren los recursos existentes puede llevar a un desajuste entre lo que se pretende y lo que, en
realidad, es posible conseguir.
Por otra parte, los medios elegidos han de asegurar la consecución de los objetivos con la
mayor eficacia y el menor coste financiero, humano y social. En una época de crisis económica
difícilmente se podrá contar con grandes presupuestos económicos para potenciar la con-
servación del patrimonio, por lo que habrá que tratar de evitar los costes excesivos, al tiempo
que se consiguen llevar a cabo los objetivos de forma positiva y eficaz.
La planificación ha de reflejar un proceso continuado de etapas diversas que vayan confir-
mando la estrategia seguida. Eso significa que se está en disposición de asumir todos los
planes que a largo, medio y corto plazo se vayan realizando y se eviten, de ese modo, los
posibles problemas de desajuste y desequilibrio en la realización del plan. Pretender ir dema-
siado deprisa en el campo del patrimonio cultural, sin analizar y estudiar las exigencias con-
cretas de cada etapa, puede conducir a que los objetivos propuestos no lleguen a realizarse
nunca o se vean abocados a quedarse a medio camino.
134
Pero el plan ha de contribuir a un cambio de la situación anterior. Los proyectos tratan de
mejorar los aspectos relacionados con el patrimonio cultural, ya sea su conservación, difusión o
disfrute. Se trata de potenciar sus posibilidades y de conseguir que la sociedad lo asuma,
reconozca, aprecie y conserve, consciente de que es un bien que precisa ser transmitido a las
generaciones futuras en las mejores condiciones posibles. Eso ha de suponer que los ciuda-
danos han de estar al tanto de dichos planes y que, en determinadas circunstancias, podrán
expresar sus valoraciones positivas o negativas. Resulta obvio que cuanto mayor sea la im-
plicación de los ciudadanos en su preocupación por el patrimonio cultural, tanto más se verá
este reforzado y valorado en nuestra sociedad.
4.3.2. La organización
4.3.3. La comunicación
Cualquier proyecto que haya sido planificado necesita ser controlado mediante un proceso
en el que se analicen los objetivos, metas y planes propuestos en un comienzo, se supervisen
las actividades que tratan de ponerlas en marcha y se midan los resultados que se van obte-
niendo, con el objeto de corregir las desviaciones que se hayan producido hasta ese momento,
mediante la toma de decisiones adecuadas.
a) Analizar los objetivos, metas y planes.
Resulta imprescindible estudiar si los objetivos, previamente establecidos, se han cum-
plido en su totalidad o solo de manera parcial. Eso supone elaborar una metodología de
observación y medición de los resultados para conocer en profundidad qué es lo que se
ha conseguido y qué aspectos, contemplados en los planes, no han podido realizarse.
Puede suceder que los objetivos hayan sido cualitativamente bien definidos y, sin em-
bargo, no haber acertado a la hora de traducirlos cuantitativamente en unas metas muy
concretas. Pongamos, por ejemplo, el proyecto elaborado a partir de un estudio científico,
con el propósito de evitar la ruina de un monumento importante. Dicho proyecto puede
estar muy bien definido y sus objetivos pueden ser muy claros y precisos, pero se ne-
cesita, además, que se nos especifique cuáles son las metas que nos vamos a ir pro-
poniendo para salvarlo y que nos han de indicar en qué etapas se realizarán los trabajos,
con qué medios vamos a contar y quiénes lo llevarán a cabo.
b) Supervisar las actividades y trabajos realizados.
Aquí se han de examinar las estrategias y operaciones que se han realizado para con-
seguir los objetivos. Si después de poner en práctica una serie de actividades, sirvién-
dose de las herramientas disponibles, no se ha llegado hasta el final, eso significa que es
necesario cambiar de estrategia y revisar las actividades realizadas hasta ese momento.
140
De nada sirve insistir en utilizar los mismos recursos, si observamos que resultan inefi-
caces y poco prácticos para nuestros propósitos. Puede darse el caso de que estemos
utilizando una serie de medios que resultan poco adecuados para conseguir los objetivos.
Habrá que potenciar la capacidad de adaptación a las circunstancias que nos propor-
cionen el entorno y fomentar la creatividad para buscar aquellos aspectos y herramientas
que mejor se adapten a los objetivos del proyecto presentado. En cualquier proyecto de
patrimonio cultural será necesario modificar, siempre que lo requiera la salvaguarda del
sitio patrimonial, aquellos medios o instrumentos que puedan ponerlo en peligro.
c) Medir los resultados para corregir las desviaciones.
Si se miden los resultados sabremos hasta qué punto se han logrado los objetivos, si
estos han sido eficaces y si han contribuido a mejorar la calidad del proyecto analizado.
Habrá que ver si los presupuestos eran los más adecuados, si las técnicas utilizadas han
sido las más apropiadas y si el personal ha sido eficiente. En caso contrario, será preciso
analizar las causas o factores que han contribuido a distorsionar los planes para poner los
medios necesarios que logren corregir las desviaciones producidas. Todo proyecto que
se esté realizando sobre el patrimonio necesita un control que ofrezca la información
necesaria sobre la rentabilidad o no del mismo, evitando los gastos inútiles y potenciando
aquellas medidas o instrumentos que lo hacen más eficaz. Dicho control permite des-
cubrir los errores que se han cometido, facilitando el análisis y la interpretación del pro-
yecto, su rentabilidad real, la calidad y eficacia de los servicios que se están prestando a
los usuarios y su grado de competencia, demostrando si, realmente, se han alcanzado
los resultados previstos y ofreciendo una información exhaustiva sobre los mismos. El
gestor de cualquier proyecto cultural se verá empujado a actuar decididamente cuando
sea necesario corregir aquellos aspectos que se hayan manifestado contrarios a la idea
original y no dudará en poner en práctica aquellas decisiones que sean más adecuadas
para resolver los problemas detectados.
d) Evaluar el grado de cumplimiento del proyecto.
Cuando se ha elaborado un proyecto es necesario utilizar todos los procedimientos que
se tengan al alcance para ver si, realmente, se han conseguido o no los objetivos pro-
puestos. Dicha evaluación ha de ser progresiva, prestando gran atención a la fase inicial
del proyecto porque en ella se ponen las bases del posterior desarrollo del mismo.
Después habrá que analizar la fase intermedia de realización del proyecto, supervisando
las dificultades que han ido apareciendo en cada una de las fases recorridas hasta ese
momento, para pasar, finalmente, a la fase última donde se ha de constatar si los re-
sultados obtenidos coinciden con los que se habían proyectado. Se trata, por tanto, de
una evaluación continua, crítica y global en la que se han de tener presentes tanto los
objetivos generales y específicos como los procedimientos utilizados, la oportunidad o no
141
de las medidas adoptadas en cada fase del proyecto, el modelo administrativo que se ha
escogido para llevarlo a cabo, la opinión del público sobre el grado de aceptación del
mismo y el análisis de los resultados finales.
Una de las formas de gestión del patrimonio la encontramos en las fundaciones, cuyo de-
recho de creación para fines de interés general viene reflejado en el artículo 34 de la Consti-
tución española (1978). Estas fundaciones han ido experimentando un gran cambio a lo largo
del tiempo, pasando de las famosas fundaciones laborales, recogidas en el decreto 446/1961,
de 16 de marzo, y en la orden de 25 de enero de 1962, que poseían un carácter eminentemente
asistencial y benéfico, a las fundaciones culturales y científicas como la de Juan March, en los
años setenta, o a las de potenciación del coleccionismo como la del Banco Central-Hispano o
144
La Caixa en los ochenta.
Hoy podemos decir que España cuenta con más de cinco mil fundaciones, aunque la in-
mensa mayoría carecen de la actividad más elemental y solo unas pocas manifiestan una
existencia cargada de significado para la sociedad, haciéndose sentir a través de sus múlt i-
ples actividades. Será a partir de la publicación de la ley 30/1994, de 24 de noviembre, de
Fundaciones y de Incentivos Fiscales a la Participación Privada en Actividades de Interés
General, cuando se acomode la regularización de las fundaciones a la Constitución y a las
actuales competencias que poseen, tanto el Estado como las comunidades autónomas.
Ya en el Consejo de Europa, en su recomendación 91 sobre Medidas Apro-piadas para
Promover la Financiación de la Conservación del Patrimonio Ar-quitectónico, adoptada por el
Comité de Ministros el 11 de abril de 1991, al hablar sobre las Medidas Específicas para
promover el Patrocinio, señala en su punto 4.3 que se ha de fomentar la constitución de fun-
daciones que se dediquen a la conservación del patrimonio arquitectónico mediante la con-
cesión de una serie de ventajas fiscales especiales a quienes hagan sus donaciones. Pero,
veamos qué es lo que dice la ley española de Fundaciones.
En el artículo 1 de dicha ley se define a las fundaciones como aquellas «organiza ciones
constituidas sin ánimo de lucro que, por voluntad de sus creadores, tienen afectado de modo
duradero su patrimonio a la realización de fines de interés general».
De dicho artículo hemos de destacar, según Rebollo (1994:11), cuatro características
fundamentales que han de poseer las fundaciones:
a) La ausencia de ánimo de lucro, que no supone la prohibición de que los rendimientos
vuelvan a la fundación y sean empleados para conseguir los fines de interés general.
b) Su carácter duradero, que no quiere decir que las fundaciones han de ser perpetuas, sino
que han de estar en sintonía con el interés de los fines elegidos y con los recursos
económicos necesarios para conseguirlos.
c) Su razón de ser, que no es otra que la realización de fines de interés general, y que nada
tienen que ver con el concepto ampliamente utilizado por el derecho romano con las
operae piae, con las obras asistenciales de la Iglesia medieval o de los gremios o con la
ley General de Beneficiencia del 20 de junio de 1848.
d) La ruptura del vínculo de carácter jurídico existente entre el fundador y el patrimonio
afectado a la realización de los fines que las asociaciones se han propuesto, dando paso
a una persona jurídica.
145
2. MEDIDAS FISCALES DE LA LEY DE FUNDACIONES
En el artículo 42 de la ley de Fundaciones se especifica que los requisitos para que estas
puedan disfrutar del régimen fiscal previsto, son los siguientes:
a) Tratar de conseguir una serie de fines que tengan que ver con la asistencia social, ser-
vicios cívicos, educativos, culturales y científicos y otros muchos que resulten de interés
general.
b) Que se destine a la realización de dichos fines, «al menos el 70 % de las rentas netas y
otros ingresos que se obtengan por cualquier concepto», deduciéndose, no obstante, los
impuestos que correspondan a las mismas a partir de los tres años de su obtención.
c) Cuando se sea titular, tanto directa como indirectamente, de participaciones considera-
bles en sociedades mercantiles, las fundaciones tendrán que acreditarlo ante el Ministe-
rio de Economía y Hacienda, mientras que las asociaciones de utilidad pública lo harán
ante el Ministerio de Justicia e Interior.
d) Será preciso rendir cuentas, anualmente, al organismo de protectorado en el caso de las
fundaciones, mientras que las asociaciones de utilidad pública lo harán, antes del 1 de
julio de cada año, ante el Ministerio de Justicia e Interior.
e) Cuando, por la causa que fuere, las fundaciones se disolvieran, su patrimonio tendría que
invertirse en la realización de los fines de interés general que se habían propuesto.
Sin embargo, para que las fundaciones y entidades sin fines de lucro puedan disfrutar de los
beneficios fiscales será necesario, según el artículo 46, que se personen, acreditando su
condición, ante la delegación de la Agencia Estatal de la Administración Tributaria situada en la
circunscripción donde se encuentra su domicilio fiscal y registrándose como tales. De igual
modo, para el disfrute de los beneficios fiscales en los tributos locales, dichas instituciones han
de solicitarlo en los respectivos ayuntamientos. Perderán, por tanto, los beneficios fiscales
quienes incumplan los requisitos antes citados (art. 47).
A pesar de que las fundaciones y asociaciones de utilidad pública pueden considerarse como
sujetos pasivos del impuesto sobre sociedades, aquellas gozarán de exención siempre que
cumplan los requisitos previstos. Dicha exención estará referida a los resultados obtenidos en el
ejercicio de las actividades que forman parte de su objetivo social y a todos los incrementos
patrimoniales que se deriven de las adquisiciones y transmisiones a títulos lucrativos, siempre
que se obtengan o realicen como consecuencia del cumplimiento de los mismos objetivos (art.
48.1).
146
Como complemento de lo anterior, el artículo 49 especifica cuáles son los ingresos que
gozan de la exención:
a) Las cuotas satisfechas por los asociados.
b) Las subvenciones que se obtengan de los distintos estamentos sociales, siempre que no
se destinen a financiar la realización de explotaciones económicas.
c) Los derivados de adquisiciones a título lucrativo para colaborar en los fines de la entidad.
d) Los obtenidos por medio de los convenios de colaboración en actividades de interés
general, contemplados en la presente ley.
e) Los rendimientos obtenidos en el ejercicio de las actividades que constituyan su objeto
social o finalidad específica en los términos contemplados en el artículo anterior.
4. DEDUCCIONES EN LA CUOTA POR LAS APORTACIONES EFECTUADAS POR PERSONAS FÍSICAS A LAS FUNDACIONES Y
ASOCIACIONES
Los artículos 59 y 60 de la ley de Fundaciones establecen que los sujetos pasivos del im-
puesto tendrán derecho a deducir de la cuota del impuesto el importe de los donativos que
realicen a favor de las fundaciones y asociaciones de la siguiente manera:
a) El 20 % de las donaciones de bienes que formen parte del patrimonio histórico español,
siempre que se encuentren inscritos en el Registro General de Bienes de Interés Cultural
o incluidos en el inventario general.
b) Entre los bienes susceptibles de donación deducible se incluyen, con igual porcentaje del
20 %, las donaciones de obras de arte de calidad garantizada a favor de entidades que
tengan entre sus fines la realización de actividades museísticas y el fomento y difusión de
nuestro patrimonio cultural, siempre que estén dispuestos a exponer dichas obras al
público.
c) También se incluye el 20 % de las donaciones de bienes que deban formar parte del
activo material de la entidad donataria y que contribuyan a la realización de sus fines. Si
el bien donado ha sido producido por el propio donante, su valoración se realizará te-
niendo en cuenta su coste de producción, debidamente acreditado, no pudiendo ser
147
superior al valor del mercado.
d) Otra deducción en la cuota, del 20 %, siempre que las cantidades sean donadas para la
conservación, reparación y restauración de los bienes que formen parte del patrimonio
histórico español que se encuentren inscritos en el Registro General de Bienes de Interés
Cultural o incluidos en el inventario general.
5. DEDUCCIONES EN LA CUOTA POR LAS APORTACIONES EFECTUADAS POR PERSONAS JURÍDICAS A FAVOR DE LAS
FUNDACIONES O ASOCIACIONES
Tanto las personas físicas como las personas jurídicas están obligadas, según el artículo 66,
a justificar sus donativos si desean acogerse al derecho de las deducciones mediante la pre-
sentación de una certificación que ha de ser expedida por la entidad donataria en la que se
harán constar los datos siguientes:
a) Número de Identificación Fiscal y datos de identificación personal del donante y de la
entidad donataria.
b) Mención expresa de que la entidad donataria se encuentra incluida entre las entidades
sin fines de lucro.
c) Fecha de importe del donativo cuando este se haya realizado en dinero.
148
d) Documento público u otro documento auténtico que acredite la entrega del bien donado
cuando no se refiera a donativos en dinero.
e) Destino que la entidad donataria dará al objeto donado para cumplir con el fin propuesto.
f) Mención expresa del carácter irrevocable de la donación.
7. ACTIVIDADES DE MECENAZGO
Según el artículo 68, se entiende por convenio el acuerdo por el que las entidades sin fines
de lucro, acogidas al régimen fiscal especial, se comprometen por escrito, a cambio de una
ayuda económica para la realización de las actividades que propongan, a difundir la partici-
pación del colaborador en las mismas, sin que en ningún caso dicho compromiso pueda con-
sistir en la entrega de porcentajes de participación en ventas o beneficios.
Las cantidades satisfechas serán consideradas como gastos deducibles en las entidades
colaboradoras con el límite del 5 % de la base imponible o del 0,5 ‰ del volumen de ventas. En
el caso de empresarios y profesionales, el conjunto del límite del 5 % se efectuará sobre la
porción de base imponible correspondiente a los rendimientos netos derivados de la actividad
respectiva.
Tendrá la consideración de partida deducible, como señala el artículo 69, el valor de adqui-
sición de las obras de arte que se hayan adquirido con el objeto de donarlas al Estado, a las
149
comunidades autónomas, corporaciones locales, universidades públicas, Instituto de España y
reales academias oficiales integradas en el mismo, las instituciones con fines análogos a la
Real Academia Española en las comunidades autónomas con lengua oficial propia, los entes
públicos y organismos autónomos administrativos determinados reglamentariamente y las
entidades acogidas al régimen fiscal especial de las fundaciones y asociaciones.
Se entenderá por obras de arte «los objetos de arte, antigüedades y objetos de colección
definidos en la normativa reguladora del impuesto sobre el valor añadido que tengan valor
histórico o artístico». Las cantidades deducibles serán iguales al coste de adquisición del bien o
el valor de tasación fijado por la Admi-nistración, cuando esta sea inferior. En este caso, la
entidad podrá, si lo estima conveniente, retirar la oferta de donación realizada. Para disfrutar de
deducción, la oferta de donación ha de cumplir las siguientes condiciones:
a) Que exista el compromiso de transmitir el bien a las entidades donatarias dentro de un
período máximo de cinco años a partir de la aceptación definitiva de la oferta.
b) La oferta de donación ha de llevarse a cabo durante el mes siguiente a la compra del
bien.
c) Durante el período de tiempo que transcurra hasta que el bien sea transmitido, este úl-
timo deberá permanecer disponible para su exposición pública e investigación en las
condiciones que determine el convenio.
d) Durante dicho período de tiempo, las entidades donantes no podrán practicar dot a-
ciones por depreciación referente a los bienes incluidos en la oferta.
e) En caso de liquidación de la entidad, la propiedad de la obra de arte será adjudicada a la
entidad donataria.
f) No podrán acogerse a este incentivo las ofertas de donaciones efectuadas por sus aso-
ciados, fundadores, patronos, gerentes y los cónyuges o particulares, hasta el cuarto
grado inclusive, de cualquiera de ellos. Para Rebollo (1994:187), esta condición no le
parece adecuada porque se discrimina a quienes tienen más interés por potenciar la
fundación y, en todo caso, lo que habría que hacer sería pedir que sea una verdadera
donación exigiendo que se haga a costa del patrimonio del donante y no enmascarar una
compra hecha a las personas presentadas por las entidades que figurarán a continuación
como donatarias.
El artículo 70 de la ley explica la posibilidad que existe de deducir de la base imponible del
impuesto sobre sociedades, y en el caso de empresarios profesionales en régimen de esti-
mación directa, sobre la renta de las personas físicas, las cantidades empleadas en la reali-
150
zación de actividades de tipo asistencial, educativo, cultural, científico, de investigación, de-
portivo, de promoción de voluntariado social o cualesquiera otros de interés general de natu-
raleza análoga. También se puede dar dicha deducción en la realización de actividades de
fomento y desarrollo del cine, teatro, música y danza, edición de libros, vídeos y fonogramas,
en las condiciones que se determinen reglamentariamente.
El importe a deducir se fija en el 5 % de la base imponible o, alternativamente, a elección
del sujeto pasivo, en el 0,5 ‰ de su volumen de ventas sin que, en ningún caso, la aplicación
de este porcentaje pueda determinar una base imponible negativa. Cuando se trate de
empresarios y profesionales, el conjunto de dicho límite se efectuará sobre la porción de
base imponible correspondiente a los rendimientos netos derivados de la respectiva act i-
vidad empresarial o profesional ejercida. A pesar de que son escasos los años de exp e-
riencia de la aplicación de la ley de Fundaciones, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro
(Servimedia, 2001:39) ha mandado elaborar dos nuevas leyes sobre fundaciones y mec e-
nazgo, con las que se pretende dar un mayor impulso a la colaboración privada e n activi-
dades no lucrativas, eximiéndolas de tributar en su gran mayoría y mejorando las dedu c-
ciones del IRPF y del impuesto de sociedades.
En España contamos con la Asociación Hispania Nostra, constituida el año 1976 como
entidad privada sin ánimo de lucro, con ocasión de la celebración del «Año del Patrimonio
Europeo», organizado por el Consejo de Europa y en sintonía con los objetivos perseguidos
por la Organización Europa Nostra y por el Consejo de Europa. Sin em bargo, en noviembre
de 1997 se constituyó la Fundación Hispania Nostra para la Conservación del Patrimonio a
partir de la Asociación Hispania Nostra, con el objetivo de defender, conservar, promocionar y
valorar el patrimonio cultural. Hemos de resaltar que esta da un trato especial a la colabora-
ción pública-privada como el medio más adecuado para conseguir una mayor eficacia en
aquellas actuaciones que se realicen a favor del patrimonio cultural.
Una de las fundaciones españolas más recientes es la Fundación del Patrimonio Histórico de
Castilla y León, constituida al amparo de la ley 30/1994, de 24 de noviembre, de fundaciones y
mecenazgo, como una fundación cultural privada. Dicha fundación fue aprobada por una orden
de la consejería de Presidencia y Administración Territorial de la Junta de Castilla y León, de 5
de marzo de 1997. Ante la importancia del patrimonio histórico que posee dicha Comunidad
Autónoma, la Junta y las seis cajas de Castilla y León (Caja España, Caja Duero, Caja de
Ahorros Municipal de Burgos, Caja de Ahorros del Círculo Católico de Burgos, Caja de Ahorros
de Segovia y Caja de Ahorros de Ávila), suscribieron, el 6 de noviembre de 1996, un protocolo
151
para la creación de la fundación, firmando la escritura de constitución el 24 de enero de 1997.
Entre sus objetivos se encuentran:
• Contribuir a la restauración de los bienes que forman parte del patrimonio histórico de la
Comunidad Autónoma de Castilla y León, facilitando su conocimiento y difusión y pro-
moviendo todas aquellas actividades que favorezcan los fines de la fundación.
• Promover la colaboración con el sector privado empresarial en aquellas iniciativas que
proponga la fundación, coordinando la realización de proyectos conjuntos.
• Realizar actividades mercantiles, incluso industriales, con el objeto de obtener rentas e
ingresos con los que poder financiar la realización de los proyectos e incrementar la
dotación fundacional.
En cuanto a los recursos, el patrimonio de la Fundación estará constituido por los fondos que
figuran como dotación inicial, así como con las cantidades que aportarán las entidades fun-
dadoras y las aportaciones, subvenciones, bienes y derechos que la fundación reciba. Las
donaciones o colaboraciones económicas que se realicen a dicha fundación gozarán del ré-
gimen fiscal para las sociedades y para los particulares, cuyas ayudas a la fundación gozarán
de una deducción de hasta el 35 % en la cuota del IRPF.
En 1989 se constituye la Fundación Banco Hispano, mediante el acuerdo del Consejo de
Administración del Banco Hispano, que ya desde 1985, había realizado diversas exposiciones
para dar a conocer las obras de arte que forman parte de su gran colección particular. La
fundación tenía como objetivo principal coordinar todas las tareas de mecenazgo que com-
portan las diferentes actividades culturales que el banco lleva a cabo, así como fomentar la
cultura, la investigación y la ciencia y gestionar la colección, restaurándola y catalogando sus
obras.
Hoy, tanto las empresas y los bancos, como las fundaciones y asociaciones han tomado
conciencia de la importancia que tiene invertir en cultura porque esto supone prestigio, buena
imagen, promoción y genera beneficios para dichas instituciones. Pero, además, están con-
tribuyendo a que todas las personas tengan acceso a la cultura. A través de las actividades de
mecenazgo y patrocinio, se puede tener, gratuitamente, a disposición del gran público una
serie de productos culturales que, de otra manera, serían de más difícil acceso (fig. 15).
Según Luis Monreal (1992:36), director general de la Fundación La Caixa, habría que dis-
tinguir bien entre patrocinio y mecenazgo. En efecto, mientras que el patrocinio puede enten-
derse como una actividad que tiene en cuenta las estrategias de marketing, propias de la em-
presa, y persigue vender sus servicios y productos sirviéndose del patrocinio en lugar de la
publicidad, el mecenazgo, por el contrario, se interesa por llevar a cabo una serie de actividades
culturales de carácter no lucrativo con el objeto de socializar la cultura haciendo posible su
acceso a toda la sociedad (fig. 16). No obstante, tal vez no haya que ver una diferencia dema-
152
siado estricta entre mecenazgo y patrocinio en el hecho de que uno estuviera menos interesado
que el otro en conseguir beneficios económicos, sino en la necesidad que el patrocinio tiene de
experimentar una recuperación económica rápida y un tanto efímera frente al mecenazgo, que
pone sus objetivos a medio plazo y no trata de verificar sus resultados en términos de mercado
(Bartolomei, 1992:69)
Antes de comenzar este apartado, hemos de explicar qué entendemos por desarrollo
sostenible. Según Moreno de Barreda (1999:514), el desarrollo sostenible consiste en saber
armonizar la evolución económica, técnica y científica con una toma de conciencia que sea
respetuosa con los recursos disponibles y con el medio ambiente.Otros autores lo definen
como una serie de actividades humanas que tienden a mejorar la calidad de vida de las
personas y su capacidad de acción e innovación (Ghafouri, 1998). Este autor trata de ver
hasta qué punto la dimensión cultural y, en especial, las actividades de conservación y puesta
en valor del patrimonio son fundamentales a la hora de elaborar una política de desarrollo
sostenible a nivel local. Por otra parte, cualquier intervención que se realice en un sitio o
monumento debe respetar el espíritu del lugar y ha de tener presente que el patrimonio no
constituye una realidad inamovible, que forma parte de la memoria congelada de los pueblos,
sino que se encuentra arraigada en un determinado territorio que cambia con el tiempo y que,
por tanto, está sometido a un continuo devenir, aun transmitiendo siempre la continuidad de
los valores adquiridos en el pasado (Viel, 1998).
El Consejo de Europa ha aplicado dicho concepto al ámbito del patrimonio cultural y en el
apéndice de la Recomendación relativa a la Conservación de los Sitios Culturales Integrada
en las Políticas del Paisaje, publicada en 1995, se afirma que las políticas del paisaje han de
basarse en los principios del desarrollo sostenible y han de contar con las medidas neces a-
rias que posibiliten la compatibilidad entre el control de la evolución del paisaje y los cambios
económicos y sociales que influyen de forma determinante en la transformación del entorno.
Sin embargo, será en la Conferencia de Helsinki, en 1996, donde se utilice de manera más
específica el concepto de desarrollo sostenible en relación con el patrimonio cultural. En su
declaración final se dice que «la utilización del patrimonio cultural como recurso debe inte-
grarse en el proceso de planificación de un desarrollo sostenible, respetando aquellas res-
tricciones que se aplican al uso de los bienes no renovables». Y está convencida de que,
cuando conservamos el patrimonio cultural, estamos contribuyendo a definir de una manera
más clara y precisa «los sistemas sostenibles de producción y consumo, contando con una
gestión sensata del espacio y de los recursos, con un ahorro de energía y con el reciclaje de
153
materiales y deshechos».
La misma conferencia, en su resolución número dos, sobre el patrimonio cultural como factor
de desarrollo sostenible, expone los aspectos fundamentales que se han de tener en cuenta si
se quiere entrar en el proceso de desarrollo del mismo. Y, entre otros, se encuentra la pro-
moción de una estrecha cooperación entre instituciones publicas, organizaciones de volunta-
rios, empresas privadas y comunidades locales que estén dispuestas a poner los elementos
necesarios que hagan posible el desarrollo sostenible. Además, la resolución dice que sería
conveniente preparar una recomendación dirigida a los Estados miembros donde se partiese
de unos principios base en los que el convencimiento de que el turismo contribuye positiva-
mente al mejor conocimiento del patrimonio cultural y que sus ingresos pueden convertirse en
nuevos recursos para su mantenimiento y conservación fueran la idea motriz. Por otra parte,
las políticas que se lleven a cabo han de tener presente que la utilización del patrimonio y la
visita a los sitios culturales deben permitirse siempre que no se sobrepase el nivel aceptable
para que estos no sean vulnerados, evitando, sobre todo, que en cualquier política sostenible
de turismo cultural se dé una explotación excesiva del mismo, dado que se trata de recursos no
renovables que están sometidos a un deterioro o pérdida, pudiendo destruir la misma razón de
ser del turismo.
Pero entonces, ¿cuál ha de ser el objetivo principal del desarrollo económico sostenible en
relación con el patrimonio natural y cultural? Este no puede ser otro que facilitar que se dé una
estrecha relación entre las necesidades que manifiesta la sociedad, la utilización que se hace de
los recursos naturales y culturales y la organización de las actividades humanas que se han de
realizar en un lugar determinado.
En cuanto a las estrategias sostenibles que se han de seguir respecto al turismo cultural, la
cuarta Conferencia de Helsinki indica que el crecimiento experimentado por el turismo cultural
puede estar en condiciones de contribuir al desarrollo de las regiones donde este se encuentra,
a pesar de que también puede crear tensiones al afectar a la conservación del patrimonio
cultural y a la calidad de vida de los ciudadanos. Para ello, opina que se han de buscar aquellas
políticas de turismo cultural que mejor se adapten a un uso equilibrado y sostenible del pa-
trimonio que garantice la posibilidad de transmitirlo a las generaciones futuras y se desmarque
de los esquemas propios del turismo de masas (fig. 17).
Según la Carta sobre el Uso de los Lugares Clásicos de Espectáculo adoptada en el Colo-
quio Internacional de Verona, en 1997, entre los recursos que pueden ser objeto de desarrollo
local se encuentran los edificios de espectáculo, puesto que se convierten en foco de atracción
turística, con la consiguiente generación de beneficios económicos dentro de las propias ciu-
dades o regiones. Habría que pensar, por tanto, en utilizar el patrimonio que existe en dichos
lugares y hacer que se integrase en un verdadero proceso de desarrollo sostenible.
Pero esta gestión sostenible de los sitios de espectáculo ha de estar apoyada por un con-
154
senso entre todas las instituciones a la hora de programar un plan de gestión que ponga sobre
la mesa cuáles han de ser los objetivos que se pretende conseguir y cuáles las tareas que cada
parte ha de desarrollar, buscando siempre un punto de equilibrio entre las exigencias del
turismo cultural y la saturación en que pueden encontrarse los monumentos. Esto llevaría a
ofrecer alternativas, dirigiendo el turismo hacia otros sitios que se encuentren en fase de
desarrollo y sean menos conocidos.
Del mismo modo, la resolución número cuatro sobre los Itinerarios Culturales del Consejo de
Europa, adoptada por el Comité de Ministros en mayo de 1998, en la 623 reunión de los de-
legados de ministros, al hablar del turismo cultural y desarrollo cultural sostenible, invita a
prestar atención especial a la protección del patrimonio dentro del desarrollo sostenible del
territorio, sin olvidar la diversificación que puede darse tanto en la oferta como en la demanda,
que facilite la crea-ción de un turismo de calidad de ámbito europeo.
Otro de los temas a tener en cuenta es la importancia de la valoración del patrimonio cultural.
Ya la primera Conferencia Europea de Ministros Responsables de la Salvaguarda y Rehabili-
tación del Patrimonio Cultural Inmobiliario, celebrada en Bruselas durante 1969, resaltaba en
su resolución número uno el valor que el patrimonio inmobiliario posee, ya sea considerado
desde el punto de vista cultural, humano, social o económico, avisando sobre las amenazas
que pesan sobre él. Por su parte, la Convención de Granada, en 1985, reconoce la importancia
que tiene el conseguir un acuerdo a la hora de precisar los principios fundamentales que han
de regir la política común capaz de garantizar la conservación, promoción y puesta en valor del
patrimonio arquitectónico como característica que este presenta tanto en la cultura, en el
medioambiente o en la ordenación del territorio.
El texto de la segunda Conferencia Europea de Ministros responsables del Patrimonio Ar-
quitectónico, celebrada también en Granada ese mismo año, proclama su intención de que la
cooperación intergubernamental para la salvaguarda y valoración del patrimonio histórico eu-
ropeo siga adelante. Eso significa, según la resolución número dos, que se está dispuesto a
promover la integración de la valoración del patrimonio arquitectónico dentro de una política
cultural global, que trate de sensibilizar a la población para que tome parte en la salvaguarda del
patrimonio local y que intente utilizar el patrimonio cultural como un recurso para el desarrollo
equilibrado del turismo mediante la selección de lugares y de obras artísticas que se encuentren
más olvidadas. La resolución tercera, por su parte, insiste en la necesidad de promover el
mantenimiento y desarrollo de empresas que traten de conservar las habilidades técnicas
tradicionales necesarias para la conservación del patrimonio, el aprovechamiento del patrimonio
arquitectónico como un elemento de desarrollo económico en aquellas regiones que más lo
necesitan y la creación de industrias culturales que promuevan el interés por aquellos monu-
mentos históricos que favorezcan el empleo del sector turístico.
Con la recomendación relativa a la Protección y Puesta en valor del Patrimonio Arquitectó-
155
nico Rural, de 1989, se subraya que dicho patrimonio constituye un factor importante de
desarrollo local. Y la Recomendación relativa a la Protección y Puesta en valor del Patrimonio
Arqueológico en el contexto de operaciones de ordenación Urbana y Rural, del mismo año,
insiste en subrayar la importancia que tiene para el desarrollo cultural, turístico y económico el
tratar de conservar y aprovechar el patrimonio arqueológico. Del mismo modo, la tercera
Conferencia Europea de Ministros Responsables del Patrimonio Cultural, celebrada en Malta
durante 1992, insiste en resaltar la importancia de la salvaguarda y valoración del patrimonio a
la hora de analizar cómo estas influyen en el desarrollo cultural, económico y social y en la
calidad de vida.
La Conferencia de Helsinki, en 1996, subraya la misma idea y asegura, en su primera re-
solución, que sería bueno elaborar un sistema que salvaguarde y valore el patrimonio inmueble
y los sitios arqueológicos como expresión de la diversidad cultural que se ha dado en los
pueblos a lo largo de la historia. En la resolución número dos, al hablar sobre el patrimonio
cultural como un factor de desarrollo sostenible, se redacta un punto sobre la necesidad de
preparar una recomendación que ponga en relación directa las estrategias sostenibles del
turismo cultural con la valoración del patrimonio. En ella se hace hincapié en que cualquier
estrategia que se proponga de cara al turismo cultural ha de ayudar a la valoración de los
diferentes bienes culturales. Además, se ve la conveniencia de aplicar una parte de los re-
cursos que se obtengan del turismo para la conservación y valoración del patrimonio. La se-
gunda Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, reunida en Estrasburgo durante 1997,
estableció en su Declaración final un plan de acción en el que uno de sus apartados tenía como
título la puesta en valor del patrimonio europeo, que debía celebrarse en 1999, apoyando la
diversidad cultural.
Las diversas fases de Las Edades del Hombre, gestionadas por una fundación y desarro-
lladas en la Comunidad de Castilla y León, constituyen uno de los eventos culturales más
importantes que han tenido lugar en nuestro país durante los últimos años, como lo demuestra
el alto grado de visitantes —más de tres millones en las celebradas en Valladolid, León y
Salamanca— que han acudido a contemplarlas. Por otra parte, estas exposiciones han con-
tribuido a la revalorización del turismo cultural y han puesto de manifiesto que este sí resulta
interesante cuando algunos de sus recursos son presentados con originalidad y buen gusto
(García Zarza, 2000:155). A partir de este acontecimiento singular, todo el rico y diversificado
patrimonio natural y cultural de la Comunidad Autónoma de Castilla y León se ha dado a
conocer a un amplio sector de público, tanto nacional como internacional, y ha favorecido el
156
interés por su conservación y restauración con el objeto de exponerlo y transmitirlo a las
generaciones futuras (fig. 18).
El proyecto, que pretende presentarse dentro de un marco didáctico-cultural, no deja al
margen su carácter religioso, sino que este se convierte en el eje central de todas las exposi-
ciones, pretendiendo recuperar el diálogo que las obras de arte iniciaron con sus admiradores
creyentes en el momento en que fueron proyectadas. El interés cultural suscitado por Las
Edades del Hombre ha favorecido también el desarrollo socioeconómico de la región a través
del sector turístico que se ha visto fortalecido con la revalorización del patrimonio cultural y que
ha sido apoyado por el presidente de Caja Duero, Sebastián Battaner, y por el episcopado de la
Comunidad que no ha dejado de impulsar esta iniciativa del que fuera responsable de la
Pastoral Diocesana de Valladolid, José Velicia.
El mismo García Zarza insiste, más adelante, en que un estudio socioeconómico de Las
Edades del Hombre pone de manifiesto las numerosas repercusiones que ha tenido sobre
Castilla y León. Si, por una parte, se ha puesto de manifiesto la gran riqueza histórico-artística
que posee la región y que se encontraba medio olvidada, por otra se han ido redescubriendo
los diferentes recursos turísticos, tanto naturales como culturales, despertando el interés por su
conservación y recuperación y apostando por un rápido aprovechamiento de los mismos.
Además, la gran afluencia de público de otras partes de España ha supuesto una importante
fuente de ingresos para el sector hotelero y turístico que, según datos obtenidos de algunos
estudios realizados, pueden haber alcanzado la cifra de 30 000 millones de pesetas durante las
cinco fases primeras. También se ha visto favorecido el sector urbanístico, al sentirse obligado
a construir nuevos edificios o a reformar los ya existentes en las ciudades-sede, así como la
restauración de las catedrales donde tenían lugar las exposiciones.
De todo ello se deduce que la región ha experimentado un incremento importante en el
desarrollo del turismo, convirtiéndose en uno de los sectores más dinámicos, que trata de
promocionar sus recursos naturales y culturales, potenciando el turismo interior en una de las
regiones españolas donde era tradicional el abandono en que se tenía el abundante patrimonio
cultural. Gracias a Las Edades del Hombre, el turismo cultural se ha promocionado y desarro-
llado, explotando una serie de recursos que no habían sido aprovechados desde el punto de
vista turístico. Esto ha hecho posible diversificar y mejorar las ofertas del turismo alternativo,
en las que se puede disfrutar de los espacios naturales protegidos existentes en la región y
de la abundante oferta del turismo rural, así como de la recuperación de las vías tradicionales
de comunicación en las que las cañadas y senderos sirven para realizar recorridos culturales,
arqueológicos y paisajísticos, favoreciendo el respeto al medioambiente como complemento al
inmenso patrimonio histórico y cultural que se ofrece en cada una de las fases de este gran
evento cultural.
157
4.5.2. Las escuelas taller
162
4.5.3. El proyecto Alba Plata
Si, como ya hemos indicado más arriba, el patrimonio cultural de nuestras ciudades es un
bien escaso que es requerido por el público, cada vez con mayor insistencia, tendremos que
plantearnos cuáles van a ser las estrategias que vamos a seguir a fin de concienciar a la
sociedad de que urge poner todos los medios disponibles para conservarlo de forma ad e-
cuada. Cada una de las ciudades históricas busca su propio protagonismo y se presenta ante
la sociedad como un bien único e irrepetible que hemos de proteger y conservar, evitando
aquellos factores de riesgo que pueden ponerlo en peligro. Pero, ¿cómo concienciar a la
sociedad de que posee un valioso patrimonio cultural que han de cuidar y mantener? Sin
duda, la manera más eficaz es a través de la educación. De hecho, hoy ha adquirido una
importancia relevante la pedagogía del patrimonio como tarea de sensibilización de los
jóvenes ante el fenómeno del patrimonio cultural. Pero no hemos de olvidar que la pedagogía,
formación y sensibilización respecto al patrimonio cultural no ha de dirigirse solo a los j ó-
venes, sino que también ha de estimular a toda la sociedad porque su supervivencia solo
será posible, según la Carta Europea del Patrimonio Arquitectónico, cuando se ga-ran-tice
que la gran mayoría de los ciudadanos estén convencidos de que es necesario protegerlo.
Tanto la Carta del Turismo Sostenible, elaborada por la Conferencia Mundial de Turismo
Sostenible durante el mes de abril de 1995 en Lanzarote, como la Carta Internacional sobre
167
Turismo Cultural redactada, en 1999, por el ICOMOS y el Comité Científico Internacional de
Turismo Cultural, celebrada en México, coinciden en señalar que el turismo puede conside-
rarse como una «realidad ambivalente» en tanto que es capaz de ofrecer ventajas socioeco-
nómicas y culturales, pero también de contribuir a la degradación medioambiental y a la pér-
dida de la propia identidad local. El ejemplo de ciudades como Toledo, Segovia, Santiago de
Compostela o Granada, en España, o de Venecia y Florencia, en Italia, por poner solo unos
ejemplos muy particulares, están indicando que, si bien el turismo puede convertirse en un
motor de desarrollo, también puede perjudicarlas significativamente. Por esta razón, la Comi-
sión Europea de Medio Ambiente Urbano, expone, en su Informe sobre Ciudades Europeas,
redactado en Bruselas el año 1996, que la planificación del turismo cultural ha de integrarse
dentro de una política regional que tenga en cuenta tanto la incidencia de los aspectos eco-
nómicos y sociales como los ambientales y culturales.
Dentro de las estrategias de gestión del turismo cultural se han de tener presentes algunos
aspectos que, por su importancia, repercuten positiva o negativamente en el desarrollo de los
centros históricos. Si, por una parte, el turismo genera riqueza y empleo, desarrollando los
sectores de la hostelería, restauración, comercio y servicios de ocio y revitalizando económi-
camente las ciudades históricas, por otra, la afluencia masiva de visitantes puede llegar a
modificar las formas de vida y el comportamiento de sus habitantes, alterando de forma consi-
derable su ritmo diario y comprobando cómo, en muchas ocasiones, las administraciones lo-
cales dirigen todas sus inversiones a infraestructuras que favorecen el desarrollo turístico y se
olvidan de dar solución a los problemas con que se encuentran sus propios habitantes.
Como indica Troitiño (2000:76), la afluencia masiva de turistas supone una amenaza para las
ciudades históricas y sus conjuntos históricos que requiere planificar de forma adecuada la
manera de gestionar su capacidad de acogida física, social, funcional y medioambiental. Será
preciso diseñar una serie de estrategias de gestión que fijen unos «límites de tolerancia»
respecto a la capacidad real de acogida que cada ciudad posee porque, si no se tiene en
cuenta esta realidad, puede llegarse a una situación que resulte realmente insostenible. Pero si,
como indica el resumen del Informe sobre Ciudades Europeas Sostenibles, elaborado en
Bruselas el año 1996 por el grupo de expertos en Medio Ambiente Urbano de la Comisión
Europea, es importante analizar los «indicadores de sostenibilidad física», no lo es menos
detenerse en el estudio de los «indicadores de la disponibilidad de opciones de estilo de vida»
que han de favorecer el desarrollo del bienestar social de las personas que habitan las ciu-
dades históricas. Es una tarea que implica el diseño de una adecuada gestión de los recursos
naturales, de los aspectos socioeconómicos, de la accesibilidad y de la planificación espacial
sostenible.
168
4.6. LA RENTABILIDAD DEL PATRIMONIO
Durante mucho tiempo, en nuestro país se ha tenido la falsa idea de que invertir en la con-
servación del patrimonio suponía un gasto extraordinario y excesivo que jamás podía verse
rentabilizado y que, en consecuencia, era considerado como la dilapidación innecesaria de un
capital que, más bien, debía ser destinado a potenciar otros proyectos mucho más rentables.
Sin embargo, hoy nadie pone en duda que una buena gestión del patrimonio implica que este
sea rentable no solo desde el punto de vista social y cultural, sino también económico. Eso
supone considerar el patrimonio, mueble e inmueble, como un verdadero capital del que dis-
ponemos y de cuya conservación y valoración podemos alcanzar una serie de beneficios que
redunden en provecho del mismo y de la comunidad que lo custodia y protege. En conse-
cuencia, su deterioro o destrucción supone la pérdida de un recurso económico considerable
que influirá negativamente en los proyectos de conservación, al no disponer de los medios
necesarios para llevarlos a cabo, medios que, hasta hace poco tiempo, casi siempre estaban
subvencionados a cargo de los presupuestos generales del Estado.
La tendencia está cambiando y todos los gastos que se invierten en la conservación y res-
tauración del patrimonio están siendo considerados, dentro de la economía del mercado, como
una inversión productiva en la que juega un papel determinante la iniciativa privada (Moreno de
la Barreda, 1997:215). Están surgiendo, por tanto, unas nuevas relaciones entre la economía y
la cultura en las que al patrimonio, lejos de ser considerado una carga económica, se le con-
templa como uno de los principales factores de desarrollo económico. De ahí la nueva valo-
ración de su uso y formas de disfrute que han dado paso a la adopción de diferentes políticas
culturales. Conscientes de esta nueva realidad, no se duda en recalcar la importancia que tiene
el diseño o la creación de nuevas formas de cooperación entre el sector público y privado en
torno a cómo gestionar el patrimonio cultural desde una perspectiva integradora. De este modo,
se ha pasado de una concepción del patrimonio ajena a todo tipo de comercialización a otra en
la que la gestión de los recursos patrimoniales es considerada como una realidad compatible
con el desarrollo económico y la comercialización.
Si es verdad que, hasta ahora, la gestión de los recursos patrimoniales era asumida, casi
exclusivamente, por la administración pública, hoy han entrado con fuerza en dicho campo los
mercados del turismo y las industrias culturales de carácter privado, haciendo una fuerte
competencia con sus ofertas de conservación y restauración, pero también de ocio y tiempo
libre e, incluso, educativo. Dentro de la rentabilidad del patrimonio, tanto el sector público como
el privado, han de tratar de analizar la dimensión económica que supone la conservación y el
uso y disfrute de los recursos culturales por parte de los individuos. Y, aunque el objeto fun-
damental del patrimonio no sea conseguir mayor beneficio económico con los menores costes
posibles, sino dar a conocer, para su disfrute, el patrimonio cultural y natural de un pueblo o de
169
una nación, habrá que aceptar el hecho de que la conservación integral de esos bienes también
puede contribuir a su protección y conservación a través de su función económica. El patri-
monio ha de ser conocido, valorado y protegido para que pueda ser disfrutado sin que corra
peligro de degradarse o de desaparecer. Nos encontramos ante el uso social del patrimonio,
que tiene presente su planificación, gestión y disfrute y que contribuye, de manera efectiva, al
desarrollo sostenible de un sitio o monumento.
Como ya hemos señalado al comienzo de este capítulo, esta nueva concepción del pa-
trimonio, que lo pone en relación directa con la dimensión económica, ha sido formulada por
las diferentes recomendaciones que el Consejo de Europa ha elaborado a lo largo de estos 30
últimos años en relación con la conservación del patrimonio arquitectónico. Pero será en la
segunda Conferencia Europea de 1985 donde dedique la resolución tercera a reflexionar sobre
el impacto económico que está provocando la conservación del patrimonio. En ella se parte de
un presupuesto básico: es necesario aprovechar al máximo la rentabilidad económica que las
inversiones públicas o privadas, destinadas al patrimonio, suponen para la sociedad. Esta
rentabilidad puede traducirse en la creación de nuevos empleos y servicios y en una fuente de
ingresos para el Estado y las diferentes administraciones. A este propósito, la Conferencia de
Sintra, celebrada en 1987, indica que la tasa de empleo relacionada con el patrimonio cultural
estaría en torno al 3 y 4 % de la población activa, mientras que su contribución al PIB nacional
se situaría entre el 3 y el 5 %.
Después será preciso determinar los criterios de selección que, desde un análisis global,
permitan acordar las estrategias de conservación, rehabilitación y restauración, teniendo en
cuenta que se ha de combinar el valor cultural de los bienes con los costes y beneficios que
conllevan su conservación. Por otra parte, aun teniendo presente que los criterios culturales
son prioritarios, se ha de contar con una metodología que permita evaluar la dimensión eco-
nómica del patrimonio con el objeto de poder estudiar cuál es el valor económico de los
elementos que lo integran, cuáles son los beneficios directos e indirectos de los trabajos de
mantenimiento, restauración y gestión y cuál es el impacto estimable del patrimonio sobre el
conjunto del circuito económico. Mientras tanto, se ha de disponer de una política de informa-
ción y educación que contribuya a que, tanto los agentes económicos como la opinión pública,
tomen conciencia de que los recursos empleados en la conservación del patrimonio es una
inversión productiva y, por tanto, eficaz y enriquecedora.
Y, en último lugar, se ha de crear una política de inversión pública y de incentivos financieros
que sea capaz de crear y mantener empresas de mano de obra que aporten los recursos
necesarios para conservar las técnicas tradicionales, ofrecer nuevas perspectivas profesio-
nales a los jóvenes, la valoración del patrimonio como un elemento de desarrollo económico
para las regiones más empobrecidas y la creación de industrias culturales que promuevan el
interés por el patrimonio. Todo ello ha de ir acompañado de la potenciación de la iniciativa
170
privada, de una política activa de readaptación de edificios antiguos para nuevos usos y de
ayudas de fondos públicos a los propietarios particulares.
La nueva forma de ver el patrimonio, que no se reduce solo a su mera conservación, nos está
diciendo que este ha adquirido una dimensión integral hasta el punto de identificarse con el
entorno social, el lenguaje, las tradiciones y las diversas formas de vida que han contribuido a
dotarlo de un valor utilitario. El patrimonio se inserta, así, en la vida social y económica del
entorno, gracias a que está siendo objeto de un intenso reconocimiento por parte de los ciu-
dadanos que lo valoran y solicitan como un elemento más de disfrute y de goce hasta
desembocar en lo que ha venido en llamarse uso social del patrimonio.
Siguiendo a Greffe (1999:49), podemos preguntarnos en qué sentido es correcto plantearse
el patrimonio como un bien económico. Sabemos que en economía todo capital está en con-
diciones de producir una determinada renta. La consideración del patrimonio como un capital
que puede convertirse en una posible fuente de servicios, capaces de satisfacer las necesi-
dades culturales de los consumidores, nos lleva a aceptar su capacidad de generar beneficios,
ya sea a través del pago directo del servicio mediante una entrada, de subvenciones del Estado
o de incentivos indirectos en cuanto que ofrece formación a los más jóvenes de la sociedad.
El valor económico del patrimonio viene fundamentado por su dimensión estética, artística,
histórica y de memoria, pero también por su capacidad de crear nuevos servicios que resulten
productivos y de ofrecer a la sociedad diferentes canales de información y comunicación que
les estimule a conocer mejor los elementos culturales que existen a nuestro alrededor. En-
tender el patrimonio cultural como una actividad comercial que hace frente a la demanda del
mercado, exige tener presente que aquella trata de obtener una serie de beneficios que, a su
vez, se transforman en servicios que se ofrecen a los usuarios. Eso implica la existencia de
una demanda de servicios y necesidades que el mercado ha de ofertar, facilitando los re-
cursos necesarios, mediante una adecuada administración de los mismos y una estrategia de
planificación financiera, capaz de afrontar los problemas que conlleva su comercialización,
para llegar a convertirse en un servicio a la comunidad. Y el objetivo fundamental de la gestión
del patrimonio no puede ser otro que producir una serie de bienes y de servicios para la
comunidad que generen beneficios suficientes para promocionar y potenciar dicho patrimonio.
Este uso social del patrimonio ha de enmarcarse dentro de una dinámica de desarrollo
sostenible que compagine la experiencia positiva del visitante, al hacerle una oferta cultural de
calidad, con el sumo cuidado que se ha de poner para evitar, al mismo tiempo, que se deteriore
su conservación y la calidad de vida de los habitantes donde este se encuentra (Shouten,
1998). Por eso, todo turismo cultural ha de ser de calidad, si se pretende que el uso del pa-
trimonio contribuya a su protección y conservación. No obstante, sabemos que el turismo de
masas puede repercutir negativamente en el patrimonio y en su entorno, hasta llegar a pro-
vocar la huida de los propios residentes. Se necesita, por tanto, crear unas políticas culturales
171
que favorezcan la dinámica de estructuras que lleven adelante la gestión del patrimonio, como
un elemento clave del desarrollo social y económico, que entra dentro de una planificación
global, en la que es fundamental la conservación integral del mismo. Para eso se necesita
contar con un equipo interdisciplinar en el que no falten los gestores de instituciones relacio-
nadas con los centros históricos, museos, centros de interpretación, monumentos, parques
temáticos, archivos y bibliotecas, diseñadores, galeristas y especialistas en audiovisuales.
Todo programa de gestión cultural ha de basarse en un plan preestablecido que trate de
conseguir unos determinados objetivos y que realice las diferentes actividades de forma
coherente y coordinada. Ante las demandas de la sociedad, el equipo ha de estudiar las
orientaciones y respuestas que ha de dar para que el disfrute sea cada vez mayor. El patri-
monio nos muestra su dimensión cultural, pero, junto a ella, también nos indica la dimensión
social y económica, que tienen algo que decir a la hora de intervenir en la conservación del
patrimonio y de gestionarlo, para mejorarlo cada vez más. Pero los responsables de la gestión
no han de olvidar que dicho programa ha de ser elaborado dentro de una política cultural que
tenga presente los diversos modelos de intervención, su planificación y los sistemas de se-
guimiento y de evolución que se van a tener presentes. Además, han de tener en cuenta la
planificación de estrategias, el análisis de las posibles competencias, los recursos humanos,
las formas jurídicas de empresas, el plan de viabilidad del proyecto, los presupuestos, las
amortizaciones y la contabilidad. Como indica Sanz (1996:145), comunicar un monumento o un
sitio supone saber gestionarlo, realizar un análisis del mismo, saber qué ofertas se va a hacer a
los visitantes y qué medidas se van a tomar para cuidarlo y conservarlo, sin olvidar su propio
entorno.
Estamos a tiempo de adentrarnos en un proceso que nos permita analizar el patrimonio
cultural dentro de una dimensión económica que, sin minusvalorar otros aspectos que le son
inherentes, nos lleve a desarrollar una política de conservación integrada, capaz de dar res-
puesta a los planteamientos que la sociedad actual se hace respecto al uso y disfrute del
patrimonio. Conscientes de que el patrimonio cultural ocupa un lugar privilegiado en la vida de
las comunidades urbanas y rurales, urge poner todos los medios disponibles para conseguir
ofrecérselo en unas condiciones de calidad que se traduzcan en mejoras constantes y signi-
ficativas. Para que una actividad sea rentable es preciso hacer una valoración entre el beneficio
obtenido al ponerlo en práctica y los costes que comporta. De la misma manera, hemos de
afirmar que la rentabilidad del patrimonio será directamente proporcional al beneficio que se
obtenga del uso y disfrute, partido por los costes que conlleva su conservación debido al de-
terioro que puede sufrir al tratarse de un bien no renovable.
Ciertamente, existe el peligro de que el patrimonio, al ser un bien escaso, sea también
susceptible de sufrir una pérdida irreparable. Pero, si partimos de una nueva conciencia social
que se siente responsable de su conservación, tendremos que asumir el riesgo de apostar,
172
desde una actitud de racionalidad social, cultural y económica, por su valoración, convencidos
de que, cualquiera que sea la inversión que se realice en su conservación y promoción, re-
vertirá positivamente en beneficio de la misma sociedad. Solo hace falta un poco de imagina-
ción y un mucho de creatividad en constante tensión dinámica hacia el futuro. Sin estos in-
gredientes básicos e imprescindibles, nuestro patrimonio estará abocado a seguir por el ca-
mino incierto que, diseñado desde épocas ya superadas, ofrecía una visión miope y alicorta de
las posibilidades reales que, para la sociedad, tiene su uso y disfrute responsables.
5
LA CONSERVACIÓN DEL PATRIMONIO HISTÓRICO: CRITERIOS INTERNACIONALES
INTRODUCCIÓN
A lo largo del siglo XIX la visión que de la historia tienen el movimiento romántico e idealista
dará como fruto la práctica de la restauración del patrimonio histórico, considerada como una
disciplina científica. Al igual que otras ciencias, como la filología, la geología, la anatomía o la
paleontología, utilizaban el método científico, la restauración ni quería ser menos ni estaba
dispuesta a renunciar a su carácter científico. Por eso, después de las devastaciones expe-
rimentadas durante la Revolución francesa, la reacción del espíritu romántico pone su punto de
interés en la restauración de los monumentos medievales como símbolo del patrimonio artís-
tico que se ha de recuperar.
Una vez que es restaurada la monarquía francesa, se experimenta una vuelta a lo antiguo y
un interés por recuperar los monumentos medievales mediante una serie de intervenciones
que no siempre resultaron exitosas debido a la falta de preparación de los arquitectos neo-
clásicos que habían recibido su formación en la Academia de Francia en Roma, a través del
estudio de los monumentos de la Antigüedad, y no eran capaces de comprender cuál era el
mecanismo constructivo que regía en los monumentos medievales. Esto explica los trabajos
ejecutados por Cellerier y Francoise Debret en Saint-Denis, donde se tuvieron que derribar la
aguja y la torre izquierda en 1846. También se demolieron las torres de la abadía de
173
Saint-Germain-des-Près, mientras que en la colegiata de Notre-Dame de Nantes se derribó la
torre norte. En Rouen se reconstruyó la aguja de la catedral con hierro y se derribaron las torres
románicas de la iglesia de Saint-Ouen porque al arquitecto Henry Grégoire le parecían de un
estilo poco puro. Contra dichas demoliciones y reconstrucciones se alzaron escritores e inte-
lectuales desde la revista Annales Archéologiques, como Ghillhermy y Dridon, o el mismo
Víctor Hugo con su famoso escrito de 1825 titulado Gerre aux démolisseurs.
La estrecha relación que se va a dar entre el carácter ideológico que presentan los monu-
mentos históricos, los libros de viajes y repertorios pintorescos que tratan de difundir el interés
por los mismos y el valor de testimonio histórico que se les otorga, harán posible el deseo de
recuperar el patrimonio a partir de un nuevo concepto de monumento. El Estado comienza a
organizar las artes y estimula la creación de inventarios artísticos, al tiempo que surgen las
primeras teorías sobre restauración, cuyos artífices más señalados serán Eugène Vio-
llet-le-Duc y John Ruskin quienes, en distintos años, participaron en el Grand Tour.
Al hablar de la conservación del patrimonio histórico es preciso hacer referencia a la res-
tauración como un aspecto más que contribuye a hacer posible que dicho patrimonio pueda
transmitirse a las futuras generaciones en un estado de mayor integridad posible. No obstante,
estos dos términos significan realidades distintas, aunque complementarias, porque cuando un
bien mueble o inmueble se ha alterado o deteriorado de forma considerable, no puede darse
una verdadera conservación sin una aplicación correcta de las técnicas de restauración. Por
eso, antes es necesario definir cada una de las técnicas para clasificar cuáles son sus com-
petencias y objetivos. Si por una parte, la restauración puede definirse como aquellas actua-
ciones que son necesarias para hacer que un bien cultural deteriorado recupere su valor his-
tórico y sea mejor comprendido, por otra, la conservación se refiere, más bien, al conjunto de
medidas encaminadas a mantener y preservar en el futuro dicho bien. A lo largo del siglo XIX
estos dos conceptos fueron defendidos de forma diferente por Viollet-le-Duc y por Ruskin. Si
para el primero no existe ninguna causa que pueda impedir la restauración de un monumento
que se encuentra alterado o seriamente dañado, para el segundo es preferible dejar el mo-
numento tal como está y que, solo en el caso extremo de que peligre su conservación, se
intervenga lo mínimamente necesario.
Viollet-le-Duc, que contaba con el apoyo de Prosper Mérimée y con la confianza de Napo-
león III, y Jean-Baptiste Lassus (1807-1857) pondrán las bases de lo que será la restauración
arqueológica durante el siglo XIX, aunque la temprana muerte del primero hará que sea Vio-
llet-le-Duc quien se encargue de llevar a cabo el proyecto de restauración de Notre-Dame de
París, así como las restauraciones de la ciudad de Carcassone y del castillo de Pierrefonds.
Entre los muchos seguidores de Viollet-le-Duc destacan Anatole de Baudot (1834-1915), quien
restauró diversos edificios y construyó la flecha de la catedral de Clermont-Ferrand, y Paul
Abadie (1812-1884) que acometió la restauración de Saint-Front de Périgeux de manera tan
radical que no tiene inconveniente en reinventarse las cúpulas suplantando las líneas históricas,
o la catedral de Saint-Pierre de Angulema a la que aplica el principio de «unidad estilística»,
entablando una fuerte polémica con Verneilh al defender este último la necesidad de imponer la
ciencia arqueo-lógica a la restauración estilística.
España, que en el siglo XIX había experimentado la destrucción de sus monumentos a causa
de las guerras napoleónicas, de las leyes desamortizadoras y del vandalismo revolucionario,
también adolecía de los conocimientos necesarios sobre los principios constructivos que re-
gían los monumentos medievales, hecho que condujo al patrimonio a una situación de
desamparo que solo se verá remediado por el «arqueologismo romántico» defendido por una
serie de eruditos como Manuel de Assas, Rafael Mitjana de las Doblas, José Amador de los
Ríos, Valentín Carderera, Francisco Pi i Margall, Federico de Madrazo o José María Quadrado.
Pero, sobre todo, el desarrollo de la arquitectura española tomará forma a partir de 1848
cuando José de Caveda y Nava publique su Ensayo histórico de los diversos géneros de
arquitectura empleados en España, dando paso a que numerosos arquitectos, historiadores y
arqueólogos comiencen a tomarse en serio la restauración de los monumentos.
176
Como no podía ser de otro modo, España asume con rapidez las teorías de Viollet-le-Duc,
cuyos escritos fueron traducidos por Antonio de Zabaleta, que los publicó en el Boletín Español
de Arquitectura, de cuya escuela era director. Además, los escritos de Elías Rogent, Eduardo
Mariátegui, Juan Bautista Lázaro y, en especial, de Juan de Madrazo y Demetrio de los Ríos,
relativos a la restauración de la catedral de León o de Adolfo Fernández Casanova respecto a la
de Sevilla, son un ejemplo de dichas influencias violletianas. Pero si las actuaciones de Juan de
Madrazo y Demetrio de los Ríos en la catedral de León obedecían a un estricto seguimiento de
los principios doctrinales expuestos por Viollet-le-Duc, cuyo pensamiento era bien conocido por
ambos, no puede decirse lo mismo de otros arquitectos de la Real Academia de San Fernando
que, no poseyendo un conocimiento de los mecanismos propios del funcionamiento de los
monumentos medievales, al seguir anclados en las teorías del «sistema clásico», solo podían
conducir a actuaciones que produjeron significativos desequilibrios estructurales. Tal es el caso
de las intervenciones realizadas en la catedral de Palma de Mallorca bajo la dirección de Juan
Bautista Peyronnet, en la iglesia de San Jerónimo el Real de Madrid debidas a Narciso Pascual
y Colomer o en la catedral de León por Matías Lavina Blasco.
Otra serie de actuaciones, siguiendo los principios de la restauración estilística, fueron rea-
lizadas en los monumentos románicos como la iglesia del monasterio de Santa María de Ripoll,
la iglesia palentina de San Martín de Frómista o la basílica de San Vicente de Ávila, así como
en algunos edificios emblemáticos del arte hispanomusulmán, entre los que destacan la
mezquita de Córdoba o la Giralda de Sevilla.
Al contrario que Viollet-le-Duc, el inglés John Ruskin (1819-1900), sin ser arquitecto ni de-
dicarse a la restauración, era un poeta, un sociólogo y un crítico de arte que, aunando el gusto
estético y la sensibilidad ética, se convertirá en un filósofo de la teoría de la conservación. Su
actitud contemplativa ante el monumento, cargada de connotaciones espirituales y religiosas,
le hacía sentirse incapaz de infligirle el mínimo cambio que pudiera alterar su estado de con-
servación, limitándose a contemplarlo y mantenerlo tal y como había llegado hasta él. La
conservación de los monumentos es una tarea cargada de responsabilidad moral y estética
que el amante del arte no puede ignorar, hasta el punto de que para Ruskin, quien trata de
conservar la «autenticidad» del objeto histórico, está garantizando la conservación y transmi-
sión de sus «cualidades morales». Por supuesto, el contexto en que se movía Ruskin, propio
de la época victoriana, no tenía nada que ver con la época del tercer imperio francés, puesto
que en Gran Bretaña tiene lugar, ya desde comienzos del siglo XVIII, el revival del gótico que se
preocupa por restaurar sus catedrales y monumentos medievales.
177
Cuando James Wyatt interviene, durante la segunda mitad del siglo XVIII, en las catedrales de
Salisbury, Lichfield, Hereford y Durham, inmediatamente reacciona la Society of Antiquaries of
London, a través del obispo John Milner y del diseñador John Carter, y se abre un debate sobre
las diversas formas de intervención en los monumentos medievales que se plasmarán en los
artículos publicados en el periódico The Gentelman’s Magazine. Por otra parte, la Cambridge
Camden Society asumió, tras su fundación en 1839, las ideas que Augustus W. W. Pugin tenía
sobre la arquitectura gótica (Pevsner, 1972), así como las del movimiento conservador Oxford
Movement o tractiano, cuyo representante John Keble, se preguntaba sobre cuál debía ser el
significado del anglicanismo, y cuyas conclusiones publicó en The Ecclesiologist (White, 1962).
Sin embargo, también se dio en Inglaterra la «restauración estilística», cuyo representante y
defensor más importante fue Georges Gilbert Scott quien, aparte de otras muchas restaura-
ciones, intervino en la de Saint Mary’s Stafford, donde puso de manifiesto sus criterios sobre
restauración en los que justificaba sus alteraciones y adiciones, criticadas por John Louis Petit
y que aquel rebatió en The Builder’s Magazine.
El pensamiento de Ruskin, aunque no es de carácter sistemático sino que se expresa a
través de aforismos, donde pone de manifiesto sus ideas sobre la conservación y restauración,
siempre está en estrecha relación con su concepto sobre el arte, la cultura y la historia. Entre
sus obras se encuentra The Poetry of Ar-chitecture (1837), aunque las dos más importantes
son The Seven Lamps of Architecture (1849) y The Stones of Venice (1851-1853). Pero donde
mejor expresa qué entiende por conservación es en la Lámpara de la memoria, a través de
algunos de sus aforismos.
a) Restauración significa destrucción.
Para Ruskin la restauración supone «la destrucción más completa que pueda sufrir un
edificio» (aforismo XVIII), puesto que cada vez que se intenta devolver a un monumento su
estado original perdido, caemos en la trampa de querer reinventarlo, sin darnos cuenta
que, en realidad, lo que estamos haciendo es perderlo para siempre. Por eso, la res-
tauración no solo supone la destrucción del monumento, sino que esta va acompañada
también de «una falsa descripción del monumento destruido». En el fondo, se cae en una
falsificación al sustituir la obra original por una copia de escaso o nulo valor.
b) No es posible restaurar.
Ruskin tiene claro que restaurar es imposible, «tan imposible como resucitar a los
muertos», por lo que no puede estar de acuerdo con la «restauración estilística» porque
esta borra los vestigios históricos del monumento, perdiéndose su memoria y su alma, al
tiempo que supone un atentado contra su belleza porque lo que «constituye la vida del
conjunto, el alma que solo pueda dar los brazos y los ojos del artífice, no se puede jamás
restituir» (aforismo XVIII). Y, en todo caso, habría que admitir que, cada vez que se res-
taura un monumento, estaríamos cambiando su propia naturaleza, dado que serían otros
178
los valores de los que sería portador, cambiando su significado y su valor histórico. Pero
en el caso en que, debido a su estado de degradación, no se pudiera conservar el mo-
numento en su estado de autenticidad material, hemos de reconocer que, al intervenir
sobre él, le estamos dando una nueva vida y ya sabemos que «otra época podría darle
otra alma, más esto sería un nuevo edificio».
c) Es necesario cuidar y mantener los monumentos.
Cuidar los monumentos es, para Ruskin, una tarea primordial hasta el punto de que
aconseja con gran vehemencia: «Cuidad de vuestros monumentos y no tendréis luego la
necesidad de repararlos» (aforismo XIX). Es preciso cuidar las piedras como se hacía con
las «joyas de una corona». Y, si en un momento concreto de la vida del monumento,
surge la necesidad de intervenir en él, antes que reconstruirlo de forma fraudulenta, es
preferible «unirlo de forma preventiva con hierro cuando se disgregue» o contenerlo,
consolidándolo «con vigas cuando se hunda» porque «más vale una muleta que la pér-
dida de un miembro». Todo monumento posee unas características materiales propias
que han de conservarse como expresión de su autenticidad y originalidad, al tiempo que
se convierte en un documento histórico que hay que conservar «con ternura, con respeto,
con una vigilancia incesante» porque, así, muchas generaciones futuras vivirán y morirán
«a la sombra de sus muros».
d) La ruina y el fin del monumento.
Como toda obra de arte, el monumento tiene un proceso de vida que se va desarrollando
de forma uniforme a partir de su creación, expresándose a través de la función que
desempeña y del uso que se hace de él, hasta experimentar la necesidad de ser con-
servado. Pero, por su propia naturaleza, el monumento está llamado fatalmente a reco-
rrer un camino que le conduce a su desaparición: «Su última hora sonará finalmente, pero
que suene abierta y francamente, y que ninguna sustitución deshonrosa y falsa venga a
privarlo de honores fúnebres del recuerdo» (aforismo XIX). Si el monumento, a partir de su
propia naturaleza material, posee un ciclo vital determinado que lo conduce hacia su
decadencia y muerte, la labor de conservación solo puede pretender prolongar su vida
por un espacio de tiempo mayor, pero siendo conscientes de que, al final, su destino será
la ruina. Puede afirmarse, sin más, que el monumento está abocado a un final irreme-
diable. Muchos serán los que expresen su desacuerdo con dicha teoría para apostar por
una inteligente reconstrucción que evite la desaparición total de un monumento en estado
de deterioro o de inminente ruina.
e) El monumento y su valor de antigüedad.
La arquitectura adquiere su esplendor «en la pátina dorada de los años», dice Ruskin en
su aforismo X. Cuanto más reflejan los monumentos los avatares de la historia y sus
consecuencias en el deterioro de sus muros, tanto más su existencia, que sobrepasa la
179
mera duración natural de los elementos, «se ve por completo dotada de lenguaje y de
vida». La pátina es sinónimo de antigüedad y hace referencia a que nos encontramos
ante un monumento cuya autenticidad nos manifiesta la razón de lo que fue y está lla-
mado a ser: fuente de belleza y admiración para quien sepa contemplarlo con respeto y
veneración.
f) El monumento como manifestación de la memoria.
Ruskin está convencido de que conservar los monumentos antiguos «no es una simple
cuestión de conveniencia o de sentimiento» (aforismo XX). Es algo más profundo, porque
en cada uno de ellos se conserva la memoria de un pueblo que supo transmitirnos, de
forma gráfica, su sentir y su pensar. Por eso, «no tenemos el derecho de tocarlos» y «no
nos pertenecen». Nosotros, simplemente somos transmisores de un legado que, en todo
caso, pertenece «en parte a los que los construyeron y en parte a las generaciones que
han de venir detrás». No nos resta, por tanto, sino disfrutarlos, contemplar su deterioro y
extasiarnos ante la belleza de su ruina que, en sí misma, posee un valor artístico. Pero, no
la toquemos y dejemos que el tiempo vaya modelándola hasta convertirse en un lugar más
de la memoria colectiva.
Las ideas de Ruskin serán seguidas por William Morris (1834-1896) quien, viendo cómo te-
nían lugar numerosas intervenciones que seguían la «restauración estilística», reunió a un
grupo de intelectuales en torno a los cuales se creó, en 1877, la Society for the Protection of
Ancient Building (SPAB) que pretendía diseñar un amplio programa de protección de los mo-
numentos antiguos. Su acción se extendió pronto por Venecia, donde Gianbatista Maduna
estaba dirigiendo las intervenciones en la basílica de San Marcos y a la que se opuso el mo-
vimiento antirestaurador que promovía Morris (La Regina, 1974), provocando múltiples con-
troversias, así como por el resto de Europa. Su lema será «sustituir la restauración por la tutela»,
poniendo los medios necesarios de mantenimiento para evitar el deterioro, siempre atentos a no
manipular la estructura del monumento ni a cargarle con excesivos ornamentos. Mientras tanto,
en los años ochenta del siglo XIX, aparece en Italia el método histórico-analítico que trata de
matizar las ideas de Viollet-le-Duc, propugnado por el milanés Luca Beltrani que restauró el
castillo Sforzesco de Milán, apoyándose en documentos escritos y gráficos y por el lisboeta
Alfredo D’Andrade que intervino en diversas restauraciones de monumentos ubicados en Ligu-
ria, Piamonte y Valle de Aosta. En España el método histórico será seguido especialmente por
Ricardo Velázquez Bosco quien, basándose en las fuentes documentales de que disponía,
realizó diversas intervenciones en la ermita de Santa Cristina de Lena, en la Alhambra de
Granada y en la mezquita de Córdoba.
180
5.3. ITALIA Y LA ESCUELA MODERNA DE RESTAURACIÓN: CAMILLO BOITO
Y GUSTAVO GIOVANNONI
Escritor prolífico, figura política relevante y crítico de arte, Camillo Boito (1836-1914) dedicó
gran parte de sus reflexiones y estudios al análisis del tratamiento de los monumentos antiguos,
en un intento de formular una serie de principios básicos que sirvieran para actuar de cara a la
administración del estado, al tiempo que favorecían la creación de una mentalidad de respeto
en el tratamiento de las obras de arte dentro de la sociedad de su tiempo. Consciente de la
necesidad de tener una legislación adecuada para conservar los monumentos antiguos, Boito
escribe un artículo en la revista Nuova Antologìa (1885) sobre el tema y, posteriormente,
también se detiene en el análisis de los problemas teóricos que plantea la restauración (1886 y
1893), tratando de conciliar las doctrinas de Viollet-le-Duc y las de John Ruskin, en un intento de
síntesis y eclecticismo. La nueva vía que propone se mueve entre la defensa de la consolidación
de los elementos originales existentes y la condena de la reconstrucción arbitraria por una parte,
y el alejamiento del excesivo conservacionismo que se recrea en la irreversibilidad de la ruina.
Para Boito el monumento ha de ser interpretado como un auténtico documento donde hemos
de desentrañar las características propias que lo definen dentro de una época y de un estilo
determinados, al tiempo que nos testifica las diferentes transformaciones que ha ido sufriendo
a lo largo del tiempo. Todos los elementos que aporten noticias sobre su constitución y sus
características artísticas constituyen la base documental que ha de facilitar el proceso de
consolidación de un monumento en situación de deterioro. Y, en consecuencia, se ha de
conservar tal como ha llegado hasta nosotros, evitando cualquier derribo de los añadidos que ha
ido recibiendo a través de su historia y procurando consolidar los restos que aún subsisten y no
caer en ningún tipo de «reconstrucción» arbitraria. Es preferible «dejar incompleto e imperfecto
todo lo que se encuentra incompleto e imperfecto», así como renunciar a rectificar las desvia-
ciones que un monumento haya experimentado porque son elementos que forman parte de su
historia y nos proporcionan los criterios arqueológicos que nos llevan a descubrir su estilo.
Con Ruskin coincide en la idea de la prevención, consolidación y mantenimiento del mo-
numento porque siempre será mejor «conservar» que «restaurar», pero no está de acuerdo en
aceptar que tengamos que dejar que el monumento muera definitivamente cuando se ha
convertido en ruina. Al contrario, piensa, más bien, que hemos de tratar de salvarlo para que no
desaparezca definitivamente. De hecho, cuando interviene en el Congreso Nacional de Inge-
nieros y Arquitectos celebrado en Roma el año 1883 y en la Exposición Nacional de Turín, que
se celebró en 1884, expone dos principios fundamentales que había que considerar: el de la
«intervención restricta» y el de la «discriminación moderna de los añadidos». En el primero,
manifiesta que es necesario hacer todo lo que esté de nuestra mano «para conservar en el
monumento su viejo aspecto artístico y pintoresco». Y en el segundo, aconseja que, cuando las
181
integraciones sean indispensables y los añadidos inevitables, siempre «muestren no ser obras
antiguas, sino ser obras de hoy». Dicha conferencia se publicó en Florencia con el título I
restauratori y ha sido considerada como la primera Carta del restauro, donde expone los
principios que han de seguirse para poner de manifiesto cuáles son los añadidos actuales que
se encuentran en un monumento:
1. Diferencia de estilo entre lo nuevo y lo viejo.
2. Diferencia de materiales de fábrica.
3. Supresión de siluetas y de ornatos.
4. Exposición de los fragmentos antiguos eliminados, en un lugar junto al monumento.
5. Incisión en cada fragmento renovado de la fecha de la restauración o de un signo con-
vencional.
6. Epígrafe descriptivo inciso en el monumento.
7. Descripciones y fotografías de los diversos períodos del trabajo, depositadas en el edifi-
cio o en lugar próximo al mismo, o bien descripción publicada por escrito.
8. Notoriedad.
Para Boito existen tres métodos de restauración —arqueológico, pictórico y arquitectónico—
según tres clasificaciones cronológicas —Antigüedad, Edad Media y Renacimiento—, que
responden a tres valores —importancia arqueológica, apariencia pintoresca y belleza arqui-
tectónica—. En la primera, cada uno de los fragmentos de que se componía el monumento
adquiría una gran importancia, en cuanto que se han convertido en auténticos documentos que
testimonian su autenticidad. En la segunda, se decide a defender la apariencia pintoresca del
monumento que suele estar cargada de connotaciones ambientales propias de su carácter
romántico. Una vez reconstruida la estructura interna, con sus arcos y bóvedas, allí donde
amenaza ruina, será preciso solidificar aquellos elementos ornamentales que restablezcan al
monumento su carácter original. En la tercera, considera la belleza arquitectónica como una
«unidad formal y compositiva» donde los «fragmentos individuales, salvo excepciones, dis-
minuyen su valor arqueo-lógico e histórico».
Boito pone el fundamento de sus reflexiones arquitectónicas en un principio que es básico: la
necesidad de conservar la autenticidad histórica del monumento, considerado en su integridad,
es decir, teniendo en cuenta aquellas partes que son originales y las que han sido añadidas o
modificadas. Aunque no duda en afirmar que se pueden suprimir de un edificio algunos ele-
mentos añadidos siempre que estos desvirtúen o enmascaren las partes más significativas y
notables del mismo, tal como señala en el artículo número 5 del «Voto» de 1883. Esto significa
que Boito es consciente de los conflictos que pueden darse cuando se enfrentan entre sí los
diferentes puntos de interés que manifiestan el arte y la historia de los monumentos, dando
prioridad al valor artístico ante el valor histórico, cuando no es posible llegar a un acuerdo a la
hora de realizar cualquier intervención. La restauración ha de ser aceptada siempre que su-
182
ponga un medio para mejorar la capacidad interpretativa o legibilidad del monumento y con-
tribuya a restablecer la unidad artística del mismo. Pero cualquier otra práctica que favorezca el
«falso histórico» ha de ser rechazada porque está adulterando la parte material del monumento
original.
Gustavo Giovannoni (1873-1947) fue quien mejor supo transmitir y actualizar las teorías
sobre restauración que había heredado de Boito. La primera tarea en la que se va a implicar,
trabajando con rigor y coherencia, será en la formulación teórica de la «restauración científica»,
cuyos principios tratará de difundir a través de la Escuela de Arquitectura de Roma, fundada en
1820, y en la que ostentó la cátedra de Historia de la Arquitectura y Restauración de Monu-
mentos. Al igual que Boito, rechaza el ripristino como una falsificación, en cuanto que trata de
recuperar el estado original de un monumento. Para Giovannoni (1903:5), tratar de reedificar
un edificio, como el templo de Dióscuros, «del que permanecen solo los fundamentos y tres
columnas elevadas, sería un absurdo», puesto que solo contamos con un conjunto de ruinas
que pueden recrear nuestra fantasía y nada más. También insiste en afirmar que «la restau-
ración de un monumento completo» no debe aceptarse jamás, aunque eso no impida realizar
algunas restauraciones en aquellos monumentos que aún se conservan vivos y completos,
con el fin de restituirles su armonía. En 1931 Giovannoni participa activamente en la redacción
de la Carta de Atenas, que se convertirá en la primera normativa internacional sobre con-
servación y restauración de monumentos y obras de arte. Dicha carta servirá como base de la
Carta italiana del restauro, que se publicará en 1932.
Por otra parte, a lo largo de las dos décadas (1922-1944) que duró el régimen fascista, tienen
lugar numerosas restauraciones arqueológicas que se atienen a un estricto método filológico,
aunque no renuncien tampoco a realizar los famosos sventramenti y a manipular ideológica-
mente el significado de las ruinas imperiales. Dos de los autores más representativos de este
momento serán Antonio Muñoz y Gino Chierici, con sus numerosas intervenciones en Roma y
en la Campania, respectivamente.
Durante la segunda mitad del siglo XX se cuenta con innumerables destrucciones de mo-
numentos provocadas a lo largo de la segunda guerra mundial, que plantean serios problemas
de reconstrucción resultando, a veces, muy difícil poder aplicar los principios científicos que
regían en ese momento. Además, aparece la teoría de la estética idealista de Benedetto Croce
que es asumida con suma rapidez por la restauración, dando paso a nuevos planteamientos
teóricos y metodológicos que van más allá de las teorías proclamadas por Boito y Giovannoni.
Se trata de la teoría del restauro difundida por Cesare Brandi que, dentro de los principios de la
teoría del restauro crítico se convertirá en el punto de referencia para la restauración de
nuestros días (González-Varas, 1999; Martínez Justicia, 2000).
Formulado por Roberto Pane y Renato Bonelli, el restauro crítico es un intento de revisión
crítica del restauro científico, que se basa en la consideración que se ha de dar al valor artístico
183
de una obra, más allá de sus valores históricos y documentales. El objetivo fundamental de la
restauración no es otro que el de «restituir las verdaderas obras de arte» (Bonelli, 1947), en un
intento de recuperar la «unidad figurativa» y no tanto su «unidad estilística». Esto supone la
aceptación de principios metodológicos diferentes hasta los entonces utilizados, que pueden
llevar a la «necesidad de eliminar aquellas superposiciones y añadidos, incluso considerables y
de mérito lingüístico y testimonial, que puedan atacar o dañar la integridad arquitectóni-
co-figurativa» (Bonelli, 1963).
Ahora bien, si este reconocimiento del valor artístico de una obra es un «acto crítico», no deja
de ser también un «acto creativo» que nos demuestra cómo la restauración es también «una
creación artística» (Bonelli, 1960). Esto no quiere decir que, porque sea un valor artístico
singular, la restauración crítica no posea sus límites a la hora de cualquier intervención. Al
contrario, toda actuación sobre una obra de arte que intente ser verdadero «restauro crítico»,
ha de evitar por todos los medios caer en un «falso estético histórico, cultural y documental»
(Bonelli, 1987) porque empobrecería nuestro espíritu y nuestra conciencia.
Pero quien mejor ha elaborado una teoría sobre la restauración ha sido Cesare Brandi
(1906-1986). A partir de la teoría del restauro, publicada en Roma en 1963, sus ideas sobre el
restauro crítico se extenderán por toda Italia y se verán reflejadas en la Carta italiana del res-
tauro de 1972. Nombrado primer director del Istituto Centrale del Restauro, Brandi recurrirá a
restauradores como Pelliccioni, Pigazzioni o Arrigoni para que impartan la formación debida a
los nuevos restauradores. Para Brandi (1988), la restauración es «el momento metodológico de
reconocimiento de la obra de arte, en su consistencia física y en su doble polaridad estética e
histórica, en vista de su transmisión al futuro». Según esta definición, para llevar adelante
cualquier restauración se ha de partir del hecho fundamental que supone el reconocimiento de
la obra de arte. Y, una vez hecho esto, tomar conciencia de que lo que está en juego en la
restauración es la misma materia de la obra de arte, cuya «unidad potencial» se ha de tratar de
conseguir a partir de las instancias histórica y estética, evitando caer tanto en la falsificación
artística como en la histórica, que puedan borrar cualquier huella que la obra de arte haya
dejado a lo largo del tiempo.
Al igual que muchos países europeos, después de la segunda guerra mundial, tuvieron que
dedicarse a la reconstrucción de numerosos monumentos devastados, en España sucedió lo
mismo tras la guerra civil de 1936-1939. Haciendo un breve repaso de la restauración en
España, observamos cómo, a partir del primer tercio del siglo se dan dos tendencias o escuelas
distintas: la escuela restauradora y la escuela conservadora (Muñoz Conde, 1989; Gonzá-
184
lez-Varas, 1999; Martínez Justicia, 2000).
La escuela conservadora o antirestauradora fue defendida en España durante esa época por
Leopoldo Torres Balbás, Jeroni Martorell y Joseph Puig i Cadafalch. Torres Balbás (1888-1960)
ya expresaba en 1918 que la teoría conservadora iba progresando en nuestro país, a pesar de
185
que todavía habría que realizar muchos esfuerzos para evitar que los viejos edificios sean
restaurados radicalmente o completados, perdiendo así su valor arqueológico y la belleza
adquirida con el tiempo (1918:229).
Critica a Viollet-le-Duc porque, aun reconociendo su gran labor como historiador del arte, no
deja de resaltar que su trabajo como restaurador fue bastante negativo al convertir muchos
edificios franceses en «teorías, sin vida» (1920a:206). Al mismo tiempo, se opondrá a Vicente
Lampérez y condenará de forma radical la restauración identificada con la reconstrucción
porque falsea los monumentos que se ven sometidos a ella y trata de borrar la acción del
tiempo que lo enriquece (1933:1). Y si hay que intervenir en algún momento, habrá que ha-
cerlo siendo conscientes de que estamos llamados a conservarlo tal como ha llegado hasta
nosotros, evitando su ruina y consolidándolo, respetando la obra antigua y sin caer en la
tentación de completarlo o rehacer las partes que falten (1920b:180). Pero dicha intervención,
cuando resulte inevitable, ha de realizarse utilizando los materiales modernos siguiendo los
principios de la Carta de Atenas (1931).
Dentro de Cataluña destacarán Jeroni Martorell i Terrats (1876-1951) y Joseph Puig i Ca-
dafalch (1867-1956). Martorell formó parte del movimiento que surgió en Cataluña en defensa
del patrimonio histórico y participó activamente en la Sección de Arquitectura del Centro Ex-
cursionista de Catalunya, ejerciendo el cargo de jefe del Servei de Catalogació durante 37 años
(González-Moreno y Navarro, 1997). Significativa fue su intervención en el Ateneo de Madrid
donde dio una conferencia explicando cuál debía ser la metodología seguida en la protección
de los monumentos intervenidos.
Para Martorell (1919a:150), los medios que se han de emplear para conservar los monu-
mentos de carácter artístico no pueden ser otros que los de «prevenir la ruina que ocasiona el
tiempo» y tratar de «prevenir las alteraciones inconvenientes» que deliberadamente se han
producido en los mismos. En sintonía con las ideas de Torres Balbás, se negará a aceptar la
«unidad de estilo» (1919b:41) como criterio de cualquier restauración porque aquella se basa
en el principio de que los «estilos diferentes no armonizan» y, en consecuencia, contribuye con
su aplicación a la desaparición de numerosas obras del pasado. Actuaciones realizadas en la
consolidación de la torre de Santa Catalina en Torroella de Montgrí y del muro del Foro de
Tarragona, ambas en 1919, serán una buena prueba de otros muchos proyectos llevados a
cabo más adelante como la consolidación del arco romano del puente del Diablo en Castell-
bisbal o la del teatro romano de Sagunto.
Al igual que Martorell, Joseph Puig i Cadafalch (1867-1956), basándose en su extraordinario
conocimiento de la arquitectura medieval catalana, dedicará sus esfuerzos a restaurar mo-
numentos tan singulares como la iglesia de Sant Martín de Sarroca en el monasterio de San
Juan de las Abadesas, la iglesia de San Pedro de Tarrasa, junto con Martorell, y la de Santa
Cecilia de Montserrat, además del proyecto de restauración para la Seo de Urgell. Sus proyectos
186
de restauración van más allá del simple «sostener y reparar» un determinado monumento
porque, como recuerda Antonio González-Moreno (1993:47), Puig i Cadafalch siempre estará
dispuesto a llevar adelante una verdadera restauración si así lo exigen las condiciones del
monumento que se pretende restaurar.
Pero, en todo caso, la presencia de Torres Balbás, Jeroni Martorell i Terrats y de Joseph Puig
i Cadafalch dentro de la dinámica restauradora ofrecerá la oportunidad de que en España se
introduzcan los nuevos principios que harán posible una intervención adecuada y precisa,
atenta siempre a las exigencias concretas que requieran los monumentos cuando necesitan
ser reparados. Para ellos, el monumento se convertía en el documento más valioso que tes-
timonia las huellas del pasado y ante el cual se debía manifestar un gran respeto antes de
elaborar cualquier proyecto de restauración. Cuando Torres Balbás presenta en Atenas su
conferencia sobre la Evolución del criterio respecto a la restauración de monumentos en la
España actual, no hace otra cosa que testimoniar la presencia de unos principios modernos
sobre restauración que van calando, poco a poco, en nuestro país y muestran cómo la doctrina
restauradora de Viollet-le-Duc va cediendo paso a las nuevas ideas, más en consonancia con
el talante cultural propio de las corrientes romántica y positivista.
Se abre paso, así, el período de la segunda república española (1931-1936) que favorecerá,
desde el punto de vista institucional, el desarrollo de las ideas de la escuela conservadora y
desembocará en la publicación de la ley del Patrimonio Histórico-Artístico de 1933 como
aportación más significativa de esta época, aunque su vigencia y efectividad fue escasa debido
a las consecuencias vandálicas que sufrió el patrimonio artístico y monumental de la Iglesia. No
obstante, los criterios doctrinales de Torres Balbás sobre la conservación de los monumentos
siguen vigentes y, como hemos visto más arriba, son numerosas las restauraciones que se
llevan a cabo.
Pero, una vez más, las consecuencias de la guerra civil española (1936-39) impedirán el
desarrollo de una política de conservación y restauración que se verá, además, perjudicada por
las innumerables destrucciones de iglesias y conventos en las que llegarán a desaparecer
importantes obras de arte. Solamente a partir de 1939 se comenzará la ardua tarea de re-
construcción del patrimonio histórico español llegando hasta 1960, pero siempre contando con
medios bastante escasos y sin un planteamiento renovador propio de las nuevas disciplinas de
la restauración (fig. 22). Habrá que esperar, entonces, hasta finales de los años setenta cuando,
debido al cambio político que inaugura la democracia en España, tenga lugar una toma de
conciencia sobre la importancia del patrimonio. Y, ya entrados en los ochenta, se experimen-
tará un profundo cambio del marco administrativo, relativo a la tutela y conservación del pa-
trimonio, que se verá reflejado en la aplicación de los nuevos criterios de restauración.
187
5.5. DOCUMENTOS INTERNACIONALES DE ÁMBITO EUROPEO
SOBRE LA SALVAGUARDIA DEL PATRIMONIO HISTÓRICO
Considerada como el primer documento de carácter internacional que expone los princ i-
pios generales sobre la conservación y restauración de los monumentos, la Carta de Atenas
fue redactada como fruto de las conclusiones que sacó la Conferencia de Expertos para la
Protección y Conservación de Monu-mentos de Arte y de Historia, bajo los auspicios de la
Oficina Internacional de Museos, celebrada en Atenas durante los días 21 a 30 de octubre de
1931. Los principios emanados de dicho documento son expuestos en diez capítulos y
constituyen el exponente internacional de la doctrina sobre la «restauración científica» que
había sido defendida por Gustavo Giovannoni desde comienzos del siglo XX. No en vano,
Giovannoni coordinó la conferencia en la que participaron figuras relevantes de otros países,
entre las que destaca el español Leopoldo Torres Balbás. Dentro de los principios más
importantes podemos señalar los siguientes:
a) La necesidad de una cooperación internacional para proteger los monumentos. Dado que
«la conservación del patrimonio artístico y arqueológico de la humanidad interesa a todos
188
los Estados guardianes de la civilización» (artículo 1), todos ellos han de contribuir a la
misma y prestarse mutua colaboración. Y si la colaboración entre las naciones es ne-
cesaria, no resulta menos imprescindible la colaboración de los «conservadores de los
monumentos y de los arquitectos con los representantes de las ciencias físicas, químicas
y naturales» (art. 6), así como la difusión de sus ideas a través de la Oficina Internacional
de Museos y sirviéndose de las diversas publicaciones periódicas que se editen en los
distintos países.
b) Importancia de la conservación, mantenimiento y restauración de los monumentos. A la
hora de tratar la conservación de los monumentos, el artículo 2 constata que la tendencia
general se inclina por «abandonar las restituciones integrales» o «restauración en estilo», en
un intento de evitar cualquier riesgo mediante la creación de unos «servicios de manteni-
miento regulares y permanentes» que sean eficaces a la hora de «asegurar la conservación
de los edificios», al tiempo que se aconseja la «utilización de los monumentos para asegurar
su continuidad vital». Por esta razón, cuando sea indispensable efectuar una restauración
debido al estado de degradación o destrucción de un determinado monumento, siguiendo
los principios de Boito, Giovannoni y Torres Balbás, será necesario realizarla, pero recor-
dando que resulta imprescindible «respetar la obra histórica y artística del pasado sin
proscribir el estilo de cada época», lo que significa que ningún estilo artístico debe ser su-
primido o minusvalorado.
c) Proclamación de los principios y técnicas que se han de seguir en la restauración de
monumentos. Una vez aceptado que la restauración es posible, la Carta de Atenas pasa
a enumerar los principios y técnicas que han de regir toda restauración. De este modo, el
artículo 4 señala que «cuando se trata de ruinas, se impone una conservación escru-
pulosa», legitimándose la anastilosis o restitución de los elementos originales encon-
trados, pero teniendo presente que «los materiales nuevos necesarios para este fin
deberán ser siempre reconocibles». En la base de estas afirmaciones se encuentran los
principios de Boito que aconsejan una intervención restringida que respete los elementos
antiguos del monumento, al tiempo que permite añadidos e integraciones, siempre que
estas resulten indispensables. Pero dejando bien claro que se trata de añadidos mo-
dernos y no de obras antiguas y que él denomina «discriminación moderna de los aña-
didos». Pero, ¿qué materiales modernos pueden ser utilizados para consolidar los mo-
numentos antiguos? El artículo 5 especifica que los expertos «aprueban el empleo jui-
cioso de todos los recursos de la técnica moderna, y muy especialmente del cemento
armado». Sin embargo, a lo largo del tiempo se ha demostrado que la utilización de los
nuevos materiales no siempre ha sido positiva y, por este motivo, se ha discutido mucho
sobre la conveniencia o no de su uso. También advierte que es conveniente que los
medios de refuerzo empleados traten de «ser disimulados para no alterar el aspecto y el
189
carácter del edificio que hay que restaurar».
d) Recomendación de respetar el ambiente o entorno de los monumentos. Otro de los
principios que se ha de resaltar es la invitación a respetar el entorno de los monumentos,
tal como venía recomendando Gustavo Giovannoni años antes. Por este motivo, la carta
indica, en su artículo 7, que la conferencia recomienda que se respete el carácter y la
fisonomía de la ciudad, siempre que se proceda a construir nuevos edificios y, espe-
cialmente, cuando esto suceda cerca de los monumentos antiguos. De la misma manera,
pide que se respeten las perspectivas pintorescas. Esta toma de conciencia de que es
preciso respetar el entorno del monumento supone un punto de arranque, aunque bas-
tante restringido, para el posterior desarrollo de la protección de los centros históricos y
no solo de los lugares pintorescos y ornamentaciones vegetales que los rodean. Además,
se recomienda suprimir toda publicidad y la superposición abusiva de postes telegráficos
y de industrias ruidosas.
e) Sistemas de documentación, difusión y acción educativa. La conferencia cree necesario
que se elaboren sistemas de documentación a través de la publicación de inventarios de
los monumentos históricos nacionales que vayan acompañados de fotografías y otros
datos de interés que faciliten la comprensión de los mismos, tal como se explica en el
artículo 8. Los Estados han de crear archivos capaces de conservar todos los docu-
mentos relativos a los monumentos históricos y la Oficina Internacional de Museos ha de
estudiar cuáles son los sistemas más adecuados para conservar los monumentos y di-
fundir todos sus datos de carácter arquitectónico, histórico y técnico.
Pero para conseguir un mejor conocimiento y una más amplia difusión del patrimonio ar-
quitectónico y su conservación es necesario, según se dice en el artículo 10, que se fomente el
«afecto y el respeto del pueblo», para lo que se requiere una acción educativa por parte de los
educadores que han de empeñarse en habituar a la infancia y a la juventud, para que eviten
toda acción que pueda degradar los monumentos, se eduquen en la comprensión de su signi-
ficado y se interesen en la protección de los testimonios que la civilización nos proporciona.
Hasta aquí el contenido de la Carta de Atenas, cuya repercusión internacional adquirirá
dimensiones extraordinarias porque marcará las pautas de posteriores documentos interna-
cionales como la Carta italiana del restauro de 1932, redactada por el Consiglio Superiore delle
Antichità e Belle Arti, y donde se exponen los principios que han de regir el restauro scientifico
vigentes en nuestros días. También influyó de forma positiva en la ley de 13 de mayo de 1933
sobre la Defensa, Conservación y Acrecentamiento del Patrimonio Histórico-Artístico Español,
considerada como la primera ley nacional del patrimonio histórico. La Carta de Atenas hizo
posible, por tanto, que sus principios sobre la conservación del patrimonio histórico se hicieran
universales y fueran tenidos en cuenta por todos los países, quienes comenzaron a tomar
medidas para que aquel no desapareciera para siempre.
190
5.5.2. La Carta de Venecia (1964)
Los principios de la Carta de Atenas habían intentando sensibilizar a todos los países para
que prestasen atención al estado de conservación de los monumentos, habiéndose compro-
metido a ponerlos en práctica desde el primer momento de su publicación. Pero dicho propósito
no pudo llevarse a cabo durante mucho tiempo al comenzar, muy pronto, la segunda guerra
mundial. Como consecuencia de esta última, fueron innumerables los monumentos que que-
daron completamente destruidos o en estado de ruina y que necesitaron ser reconstruidos. Por
esta razón, los arquitectos ven necesario revisar los principios de la «restauración científica»
para adaptarlos a las nuevas necesidades, dando paso a una nueva teoría de la restauración
crítica o restauro critico. La creación de la Organización de Naciones Unidas potenciará la
colaboración entre los países y se convocarán algunos congresos para estudiar el estado de
los monumentos históricos, llegando a la conclusión de que es necesario elaborar un nuevo
documento de carácter internacional que regule las actuaciones de restauración y conserva-
ción, actualizando los principios de la Carta de Atenas.
Durante los días 25 a 31 de mayo de 1964 tiene lugar, en Venecia, el segundo Congreso
Internacional de Arquitectos y Técnicos de los Monumentos Históricos, cuyas conclusiones dan
origen a la Carta de Venecia o Carta Internacional para la Conservación y Restauración de
Monumentos. Dicho documento pretende ser una prolongación de los principios de la Carta de
Atenas que, no obstante, necesitan ser revisados y profundizados para que sean más opera-
tivos y respondan mejor a los «problemas cada vez más complejos y variados» que la sensi-
bilidad y el espíritu crítico van detectando.
La Carta de Venecia, en su prólogo, parte de la afirmación que «las obras monumentales de
los pueblos» han de ser consideradas como «patrimonio común» y la humanidad ha de sen-
tirse responsable de su salvaguardia con el objeto de «transmitirlas en su completa autenti-
cidad». Esta es la razón por la cual urge formular, a nivel internacional, una serie de princ i-
pios que regulen la conservación y restauración de los monumentos. Al igual que la Carta de
Atenas, la de Venecia acepta como norma los postulados de la restauración científica y
asume las aportaciones metodológicas que habían sido propuestas por Roberto Pane y Piero
Gazzola, como participantes en la comisión redactora de la Carta junto a otras personalidades
internacionales. Organizada en siete secciones temáticas, consta de dieciséis artículos en los
que se exponen las ideas básicas del documento:
Sin olvidar los postulados de la «restauración científica», la Carta de Venecia considera que
la conservación y restauración de los monumentos no tiene otra finalidad que la de «salva-
guardar tanto la obra de arte como el testimonio histórico» (artículo 3) respetando así la doble
dimensión histórico-artística del monumento. Pero esto no es posible si no se cuenta con la
ayuda de las ciencias y técnicas que sean capaces de contribuir «al estudio y a la salvaguardia
del patrimonio monumental» (artículo 2). Ahora bien, ¿qué se entiende por conservación? Ante
todo, consiste en realizar un «mantenimiento sistemático» (artículo 4) de los monumentos para
que puedan utilizarse en funciones que resulten eficaces hoy para la sociedad, pero procu-
rando no «alterar la distribución y el aspecto del edificio» (artículo 5) ni sus «condiciones am-
192
bientales»(artículo 6). Y, en ningún caso, ha de «ser separado de la historia de la que es
testimonio, ni del ambiente en que se encuentra» (artículo 7). Solo en casos muy justificados
podrá cambiarse una parte o el todo de un monumento que se encuentre dentro del mismo, como
pueden ser «aquellos elementos de escultura, pintura o decoración» que forman parte de un
determinado monumento (artículo 8).
En cuanto a la restauración, el artículo 9 la define como «un proceso que debe tener un
carácter excepcional». Su finalidad no puede ser otra que la de «conservar y poner en relieve
los valores formales e históricos del monumento», fundamentándose en el «respeto a los
elementos antiguos y a las partes auténticas». Se trata, por tanto, de valorar al mismo tiempo el
carácter formal e histórico de cualquier monumento respetando siempre «los elementos anti-
guos y las partes auténticas» y teniendo como base el «estudio arqueológico e histórico del
monumento», porque toda restauración ha de «detenerse allí donde comienzan las hipótesis».
Con ello se pretende respetar al máximo la dimensión histórica de un monumento a la hora de
hacer cualquier intervención.
Por este motivo, cuando se pretenda consolidar un monumento y las técnicas tradicionales
no sirvan, habrá que recurrir a aquellas técnicas modernas siempre que su eficacia «haya sido
demostrada por datos científicos y garantizados por la experiencia» (artículo 10). Las diversas
fases de restauración de un monumento deben respetar todas las aportaciones que definen la
configuración actual del mismo, de cualquier época que sean porque se ha de tener presente
que la «unidad de estilo» no es el fin último de la restauración (artículo 11). Esto no significa,
según el mismo artículo 11, que, si fuere necesario, no se deje de efectuar la supresión de una
de las etapas superpuestas, pero esta solo se justifica de forma excepcional y siempre que los
elementos eliminados sean poco significativos, que la composición arquitectónica recuperada
constituya un testimonio de gran valor histórico, arqueológico o estético, y que se considere
suficiente su estado de conservación. Y siempre debe quedar claro que cuando se añade un
elemento, este ha de «distinguirse del conjunto arquitectónico y deberá llevar el sello de
nuestra época» (artículo 9) porque cualquier elemento que esté destinado a reemplazar una
parte que falte ha de «integrarse armoniosamente en el conjunto», a la vez que se distingue de
las partes originales, de modo que «la restauración no falsifique el monumento, tanto en su
aspecto artístico como histórico» (artículo 12).
El artículo 15 está dedicado a los trabajos de excavación que han de realizarse teniendo en
cuenta las normas científicas y las recomendaciones adoptadas por la Unesco en 1956. En
cuanto a la utilización de las ruinas, se aconseja asegurar debidamente todas las medidas que
resulten imprescindibles para que los elementos arquitectónicos y los objetos descubiertos
193
puedan conocerse y protegerse de forma permanente. Todas las iniciativas que favorezcan la
adecuada comprensión del monumento descubierto han de aceptarse de buen grado teniendo
en cuenta que, en ningún caso, han de desnaturalizar su significado. Al mismo tiempo, se ha
de excluir a priori cualquier trabajo de reconstrucción, aunque se sigue aceptando la anasti-
losis, pero recomendando que aquellos elementos que se integren han de ser reconocibles y
reducirse al mínimo necesario para que se asegure la conservación del monumento y se
restablezca la continuidad de sus formas.
El patrimonio cultural está integrado por tres grupos de bienes, según se expone en el ar-
tículo 1:
Por otra parte, el patrimonio natural abarca también tres grupos de bienes, que se detallan en
el artículo 2:
— Los monumentos naturales constituidos por formaciones físicas y biológicas o por grupos de esas
formaciones que tengan un valor universal excepcional desde el punto de vista estético o científico.
—Las formaciones geológicas y fisiográficas y las zonas estrictamente delimitadas que constituyan
el hábitat de especies animales y vegetales amenazadas, que tengan un valor universal excepcional
desde el punto de vista estético o científico.
— Los lugares naturales o las zonas naturales estrictamente delimitadas, que tengan un valor uni-
versal excepcional desde el punto de vista de la ciencia, de la conservación o e la belleza natural.
Una vez definido cada uno de los patrimonios, corresponderá al Comité del Patrimonio
Mundial elaborar una Lista del Patrimonio Mundial donde se expongan detalladamente los
criterios que cada uno de ellos han de seguir para formar parte de dicha lista.
195
La convención, en sus artículos 4 a 7, pasa a exponer la obligación que cada uno de los Es-
tados partes tiene de «identificar, proteger, conservar, rehabilitar y transmitir a las generaciones
futuras el patrimonio cultural y natural» que poseen en sus respetivos territorios. Y se servirán
para ello, si es necesario, de la cooperación internacional, tanto en los aspectos financieros, como
artísticos, científicos y técnicos (artículo 4). Pero para poder garantizar que esto sea así, cada uno
de los países se compromete a asumir una política de protección del patrimonio cultural y natural
que venga considerada dentro de un programa de planificación general y que sea integrado en la
vida real de la colectividad. Además, ha de crear los servicios de protección, conservación y
revalorización del mismo con la aportación del personal y de los medios adecuados, así como
favorecer el desarrollo de la investigación, perfeccionar los métodos de intervención y adoptar las
«medidas jurídicas, científicas, técnicas, administrativas y financieras adecuadas para conseguir
los objetivos»(artículo 5).
Respetando la soberanía propia de cada Estado, todos reconocen que el patrimonio cultural
y natural «constituye un patrimonio universal en cuya protección la comunidad internacional
entera tiene el deber de cooperar». Por eso, cada uno de los Estados está obligado a colaborar
en la identificación, protección y conservación del patrimonio y a no tomar medidas que, directa
o indirectamente, puedan causar algún daño a dicho patrimonio (artículo 6). El artículo 7 deja
bien claro que la protección internacional del patrimonio mundial no es otra cosa que el «esta-
blecimiento de un sistema de cooperación y asistencia internacional», que cada país ha de
poner en práctica.
El Comité del Patrimonio Mundial está compuesto por 15 o más estados miembros ele-
gidos por los Estados firmantes que han de garantizar «la representación equitativa de las
diferentes regiones y culturas del mundo» (artículo 8.2). También pueden asistir a las s e-
siones del comité un representante del Centro Internacional de Estudios para la Conserva-
ción y Restauración de los Bienes Culturales (Centro de Roma), un representante del Co n-
sejo Internacional de Monumentos y Lugares de Interés Artístico e Histórico ( ICOMOS) y un
representante de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y sus Re-
cursos (UICN) y, si lo piden los estados miembros, también representantes de otras organ i-
zaciones intergubernamentales o no gubernamentales con los mismos objetivos (artículo
8.3).
Cada uno de los estados miembros ha de presentar al comité un inventario de los bienes del
patrimonio cultural y natural con que cuente en su territorio, con la consiguiente documentación
sobre el lugar donde se encuentran y sobre su interés (artículo 11.1). Sobre esta base, el Comité
196
publicará la «Lista del Patrimonio Mundial» que ha de ser revisada cada dos años (artículo 11.2),
siendo necesario el consentimiento del Estado interesado para que figuren aquellos bienes del
patrimonio cultural y natural que estén en serio peligro de desaparición y se detallará en ella el
coste que suponen las operaciones de conservación y restauración (artículo- 11.4). Es el
comité quien ha de fijar el orden de prioridad de sus intervenciones, después de realizar una
valoración de qué bienes han de ser protegidos y cuál es la urgencia de dichos trabajos (artículo
13.4). Para facilitar la tarea el comité contará con una secretaría nombrada por el director ge-
neral de la Unesco.
La convención pretende crear el Fondo del Patrimonio Mundial, cuyos recursos se han de
basar, fundamentalmente, en dos fuentes principales: las contribuciones obligatorias y volun-
tarias de los estados miembros y las aportaciones de otros estados u organismos públicos y
privados (artículo 15). En cuanto a la contribución obligatoria de los Estados miembros, esta
«no podrá exceder en ningún caso del 1 % de la contribución al presupuesto ordinario de la
Unesco» (artículo 16.1.). Y si algún Estado miembro se retrasa o no paga su contribución
obligatoria o voluntaria, queda excluido de la elección para ser miembro del Comité del Pa-
trimonio Mundial (artículo 16.5). Los Estados también pueden favorecer la crea-ción de fun-
daciones o asociaciones nacionales, públicas y privadas, que promuevan con su ayuda la
protección de dicho patrimonio (artículo 17) y colaborarán en las campañas internacionales con
el fin de recoger fondos (artículo 18).
Dado que todo Estado miembro puede solicitar la asistencia internacional para los bienes del
patrimonio que posee en su territorio, ha de entregar, al hacer su petición, la documentación
exigida (artículo 19). El comité es quien determina el procedimiento que se va a seguir en el
estudio de cada caso solicitado, previo el estudio del proyecto por realizar, la evaluación de los
costes y las causas que impiden al Estado interesado hacer frente a los gastos que se re-
quieren (artículo 21.1). La asistencia del Comité puede realizarse ya sea a través de estudios
sobre los problemas artísticos, científicos y técnicos, servicios de técnicos y expertos, forma-
ción de especialistas, suministro de equipos, préstamos a interés reducido o concesión de
subvenciones no reintegrables (artículo 22). No obstante, se recuerda que la financiación de
los trabajos solo incumbe parcialmente a la comunidad internacional y que, en consecuencia,
ha de ser el Estado que reciba la ayuda quien contribuya con la mayor parte del gasto, salvo
que no disponga de los recursos necesarios (artículo 25).
197
6. PROGRAMAS EDUCATIVOS
Se insiste en la necesidad de que todos los Estados pongan los medios a su alcance para
que, mediante programas de educación e información, estimulen el respeto y el aprecio del
patrimonio en las gentes de su tierra (artículo 27.1), informando al público de las posibles
amenazas a que está expuesto el patrimonio y las actividades que se realizan para protegerlo
(artículo 27.2). Además, se han de tomar las medidas necesarias para que todos lleguen a
conocer la verdadera importancia de los bienes que se pretenden proteger y el papel que han
desempeñado en la historia del país (artículo 28). Las cláusulas finales abarcan los artículos 30
a 38 y hacen referencia a aspectos más bien burocráticos sobre cómo ha de ser sometida la
convención a ratificación de los estados miembros de la Unesco, cuándo ha de entrar en vigor
y la facultad de denunciarla cuando se crea necesario.
A partir de esta convención, una de las líneas que mayor desarrollo ha tenido es el acto de
declaración de un Bien Patrimonio de la Humanidad, adquiriendo, con ello, un reconoc i-
miento universal. Dicho acto exige unos requisitos previos que aseguran su protección y
conservación en el futuro. Solamente pueden iniciar el procedimiento de declaración de
Patrimonio de la Humanidad los estados que han ratificado la Convención. Los sujetos de
declaración pueden ser diferentes: un monumento como la catedral de Burgos o un lugar o
zona arqueológica como Las Médulas de León. Sin embargo, el mayor número de declara-
ciones suele tener lugar sobre las ciudades vivas o muertas como Alcalá de Henares o la
ciudad prehistórica de Tectihuacán (México). El número de declaraciones del Patrimonio Na-
tural es muy inferior respecto al Cultural, constituyendo uno de los ejemplos más representa-
tivos de España el Parque Natural de Doñana.
Tanto el Consejo de Europa como la Unión Europea han manifestado su interés y preocu-
pación por la defensa y conservación del patrimonio cultural que se ha visto reflejado, como ya
hemos señalado más arriba, en las numerosas recomendaciones de la Asamblea Parlamen-
taria y en las resoluciones tomadas por su Comité de Ministros. Cuando la Convención Cultural
Europea tiene lugar en París durante el mes de diciembre de 1954, los gobiernos miembros del
Consejo de Europa firman las conclusiones que en ella se han formulado y que hacen refe-
rencia a la política que los países europeos han de seguir en materia cultural y, de modo
especial, en lo que respecta a la conservación del patrimonio cultural. Para ello, el Comité
encargó, en 1960, a la Comisión Cultural y Científica del Consejo la elaboración de un informe
198
sobre la defensa y valoración de los sitios urbanos y rurales, sin olvidar los conjuntos históri-
co-artísticos. Este informe será conocido como el Informe Weiss y dará origen a una serie de
recomendaciones y resoluciones, entre las que destaca la recomendación número 365 relativa
a la defensa y valoración de los sitios (urbanos y rurales) y de los conjuntos histórico-artísticos,
que fue aprobada por la Asamblea Parlamentaria en 1963.
Consciente de la importancia que tiene el patrimonio europeo, opina que la salvaguardia del
mismo ha de ser una de las tareas primordiales de las naciones europeas. Y recomienda al
Comité de Ministros convocar una conferencia europea en el marco del Consejo de Europa
para salvaguardar y revalorizar los sitios y conjuntos histórico-artísticos con el objeto de
plantearse un programa de actuación común. Además, se debía analizar la conveniencia de
crear un organismo que tratase de proteger los monumentos europeos, inventariando los más
importantes y creando un centro de estudios y documentación. Este informe supuso un gran
revulsivo, dando origen a numerosos simposios, como los celebrados en Barcelona y Viena
(1965), Bath (1966), La Haya (1967) y Avignon (1968). Desde ese momento, los expertos
europeos comparten información y trabajo sobre cómo realizar los inventarios, proteger los
monumentos, ordenar el territorio y concretar una determinada política de rehabilitación de los
centros históricos.
Cuando, en 1975, se celebre el Año Europeo del Patrimonio Arquitectónico, en un intento de
considerar la conservación del patrimonio histórico europeo como una de las prioridades prin-
cipales en el contexto de la planificación urbana y territorial, se está tratando también de definir
la política europea de ordenación del territorio que se ha de seguir a partir de ese momento. No
en vano, en 1974 se había firmado la Carta de Brujas o Declaración de Principios del Convenio
Cultural Europeo (CCE) sobre los problemas del ambiente, en la que se proponen una serie de
medidas respecto a la política ambiental que se ha de seguir y los problemas que se pueden
originar. Pues bien, es en este contexto donde hemos de situar la Carta Europea del Patrimonio
Arquitectónico y la Declaración de Amsterdam. Ambos documentos adquieren gran importan-
cia por las repercusiones que tendrán en documentos posteriores y por su capacidad de in-
terpelación respecto al debate que se creará sobre la conservación y restauración de los
bienes culturales ambientales a nivel europeo.
La Carta Europea del Patrimonio Arquitectónico es publicada por el Comité de Ministros del
Consejo de Europa el 26 de septiembre de 1975 y parte del reconocimiento de que el patri-
monio arquitectónico europeo, al ser expresión de la «riqueza y diversidad de la cultura eu-
ropea», se ha de considerar también como «herencia común de todos los pueblos» y, en
consecuencia, necesita, para poder conservarse, de la «solidaridad efectiva» de todos los
Estados miembros. Estructurada en diez principios, trata de exponer dos aspectos importantes:
la definición y el valor del patrimonio arquitectónico y las características de la «conservación
integrada»:
199
1. Definición y valor del patrimonio arquitectónico europeo.
Según la Carta Europea, el patrimonio arquitectónico europeo está constituido «no solo
por nuestros monumentos más importantes, sino también por los conjuntos que consti-
tuyen nuestras ciudades y nuestros pueblos tradicionales en su entorno natural o cons-
truido» (principio 1). Eso supone que ya no se habla del monumento aislado sino, más
bien, del conjunto histórico, dándose una evolución del primero. Y esto es así porque el
patrimonio arquitectónico no es sino el testimonio de la presencia histórica en nuestra
vida. Por otra parte, se afirma que «la encarnación del pasado en el patrimonio arqui-
tectónico constituye un entorno indispensable para el equilibrio y la expansión del hom-
bre» (principio 2). De ahí que forme parte esencial de la memoria de nuestro tiempo y
necesite ser transmitida a las generaciones futuras porque, de otro modo, la humanidad
se vería privada de una parte importante de la conciencia de su propia existencia.
Resulta obvio que el patrimonio arquitectónico supone un «capital espiritual, cultural,
económico y social» (principio 3), con unos valores que en ningún caso deben ser re-
emplazados. Además, se ha de reconocer que la «estructura de los conjuntos históricos
favorece el equilibrio de las sociedades» (principio 4), contribuyendo al buen reparto de
las distintas funciones y a la integración plena de las diferentes poblaciones. Dado que el
patrimonio arquitectónico posee un «valor educativo determinante» (principio 5), es pre-
ciso sensibilizar a los jóvenes para que sepan valorar la necesidad de protegerlo y
conservarlo para el futuro. Porque no hemos de olvidar que el patrimonio está en peligro
y sigue amenazado «por la ignorancia, por la vetustez, por la degradación bajo todas sus
formas, por el abandono», así como por la «tecnología mal aplicada», por las «restau-
raciones abusivas» y por la «especulación territorial e inmobiliaria» (principio 6).
2. El concepto de «conservación integrada» y sus implicaciones.
Por «conservación integrada» se entiende «el resultado de la acción conjunta de las
técnicas de restauración y de la investigación de las funciones apropiadas» (principio 7).
Dado que los centros degradados de las ciudades y los pueblos abandonados son, en
muchas ocasiones, resultado de la evolución histórica, su restauración ha de ser reali-
zada con un «espíritu de justicia social», impidiendo el éxodo de sus habitantes econó-
micamente más modestos. Es evidente que la conservación integrada «no excluye la
arquitectura contemporánea en los barrios antiguos», sino que ha de ser sumamente
respetuosa con las «proporciones, la forma, y la disposición de los volúmenes, así como
con los materiales tradicionales».
Según el Principio 8, la conservación integrada, para ser efectiva, necesita que los es-
tados europeos estén dispuestos a poner los «medios jurídicos, administrativos, finan-
cieros y técnicos» necesarios. A nivel jurídico será preciso utilizar las leyes existentes y,
cuando estas no sean suficiente para los fines propuestos, será conveniente comple-
200
tarlas o crear los instrumentos jurídicos necesarios, tanto en el ámbito nacional como en
el regional y local. Las estructuras administrativas que mejor se adecuen a las exigencias
de una conservación integrada han de ir acompañadas también de las ayudas financieras
y fiscales necesarias, procurando que abarquen no solo a la construcción de edificios
nuevos, sino también y, en la misma medida, a la restauración de los barrios antiguos.
Contar con medios técnicos implica favorecer el desarrollo de la formación de artesanos y
técnicos capaces de realizar las restauraciones necesarias. Todos los ciudadanos están
llamados a colaborar para que la conservación integrada sea efectiva a través de una
completa información y de una invitación a participar en las decisiones que afectan a su
vida (principio 9), sin olvidar que el patrimonio europeo es un bien común que pertenece a
todos y que, por este motivo, los estados miembros han de promover la solidaridad
(principio 10).
Los principios expuestos en la Carta Europea del Patrimonio Arquitectónico son asumidos y
reafirmados en la declaración final del Congreso sobre Patrimonio Arquitectónico, celebrado
en Amsterdam del 21 al 25 de octubre de 1975. En la primera parte de la declaración, el
amplio prefacio firmado por Georg Kanh-Ackermann, Secretario General del Consejo de
Europa, afirma que la Declaración de Amsterdam consolida uno de los momentos más i m-
portantes de la evolución del pensamiento europeo en lo que respecta a la conservación del
patrimonio arquitectónico. En él se exponen algunas ideas sobre la ampliación del concepto de
monumento y sobre la protección que se ha de dar, de forma global, a todos los conjuntos
arquitectónicos:
1. Ampliación del concepto de monumento.
Frente al concepto limitado de monumento, la Carta de Amsterdam ofrece una ampliación
del patrimonio arquitectónico que «abarca hoy todos los conjuntos construidos que
aparezcan como una entidad, no solamente por la coherencia de su estilo, sino también
por la huella de la historia de los grupos humanos que allí han vivido durante genera-
ciones». Esto supone que su conservación ha de integrarse dentro del «marco de una
política global y democrática del medioambiente». En ella no hay cabida para dar pre-
ferencia a unos conjuntos considerados de mayor interés frente a otros menos significa-
tivos, porque todos son igualmente valorados, en cuanto que forman parte de la historia
del pueblo.
Por eso, la conservación de las características de los monumentos y conjuntos históricos
ha de ir estrechamente unida a una «política social del hábitat» que tenga en cuenta los
derechos de las personas que los habitan tradicionalmente y que suelen estar dentro del
ámbito de los económicamente débiles. De ahí la conveniencia de rehabilitar los con-
juntos urbanos antes que reconstruir otros nuevos, hasta convertir la conservación en un
201
«instrumento indispensable de una política de cambio con rostro humano» que modere
el crecimiento descontrolado de la ciudades mediante la reutilización de los recursos ya
existentes. Esto supone que se ha de contar con la opinión pública que ha de estar vi-
gilante para que no se perpetre ninguna clase de atropellos y, al mismo tiempo, se ha de
disponer de las medidas apropiadas. Y la misión del Consejo de Europa no puede ser
otra que la de catalizar y coordinar el esfuerzo de los estados miembros en la línea
emprendida.
Definido el jardín histórico como «una composición arquitectónica y vegetal que, desde el
punto de vista histórico o artístico, presenta un interés público» que puede ser equiparado a un
«monumento» (artículo 1), está compuesto por un material vegetal, vivo y como tal, «susceptible
de deterioro y renovación» (artícu-lo 2). El jardín es, sobre todo, una «composición» cuyos
elementos básicos más relevantes son «su planta y los diferentes perfiles del terreno; sus
masas vegetales, sus esencias, sus volúmenes, su juego de colores, su distribución espacial y
sus respectivas alturas; las aguas en movimiento o estancadas, reflejo del cielo» (ar-tícu-lo 4).
Para los autores de la Carta de Florencia el jardín histórico es identificado con una imagen
idealizada del mundo o «paraíso» en el sentido metafórico del término que, no obstante, y dada
su dimensión de bien cultural, puede considerarse también como «testimonio de una cultura, de
un estilo, de una época y esencialmente de la originalidad de un creador» (artículo 5). Además,
se insiste en afirmar que el jardín histórico no se puede concebir «separado de su entorno
ambiental, urbano o rural, artificial o natural» (artículo 7) y que, si queremos salvaguardarlo para
la posteridad es preciso identificarlo e inventariarlo (artículo 9).
204
2. MANTENIMIENTO, CONSERVACIÓN, RESTAURACIÓN, RIPRISTINO
Dadas las peculiares características de los jardines históricos, cuya composición vegetal
puede verse afectada por un fácil deterioro, no es de extrañar que el mantenimiento y con-
servación vayan íntimamente unidos y que, si queremos que perduren en su estado natural,
será preciso realizar «algunas sustituciones puntuales» y «renovaciones cíclicas» que pueden
suponer la sustitución periódica de algunas especies de «árboles, arbustos, plantas y flores»
(artículo 12). Sin embargo, aquellos elementos arquitectónicos o escultóricos han de conser-
varse tal como están, siempre que no corra peligro su conservación o sea necesario restau-
rarlos (artículo 13). También se presta especial atención al entorno ambiental del jardín histó-
rico y se indica que cualquier modificación del ambiente físico que perjudique el equilibrio
ecológico ha de evitarse siempre (artículo 14).
La alusión a la restauración y al ripristino de un jardín histórico supone que estas pueden
utilizarse siempre que, con anterioridad, se haya realizado un «profundo estudio que contemple
desde la excavación a la recogida de toda la documentación concerniente al jardín y a los
jardines análogos, para asegurar el carácter científico de la intervención» (artículo 15). Pero el
debate sobre el ripristino que, según el artículo 9, «se puede recomendar eventualmente»,
surgirá inmediatamente y el comité para el estudio y la conservación de los jardines históricos,
instituido en 1983, propondrá la inmediata supresión de dicho término (Dezzi Bardeschi, 1991).
En cualquier caso, la restauración que tenga lugar ha de ser sumamente respetuosa con la
evolución del jardín que sea sujeto de la intervención y, en principio, no se debe privilegiar una
época sobre otra, salvo que la degradación o el deterioro de algunas partes exijan un «ripris-
tino» basado en el estudio de los vestigios y de los documentos existentes (artículo 16). Pero
cuando un jardín ha llegado a desaparecer por completo o solo se poseen algunas ideas sobre
su propia evolución, el ripristino es inadmisible (artículo 17) y si se lleva a cabo, la obra ad-
quiriría, más bien, los «caracteres de la evocación o de la creación».
La Carta de Florencia cree necesario que el acceso al jardín histórico sea regulado teniendo
en cuenta su extensión y su fragilidad, de manera que su razón de ser y su mensaje cultural
sean preservados siempre (artículo 18). Al mismo tiempo, asume que el jardín histórico, por
naturaleza y vocación, es un «lugar tranquilo que favorece el contacto, el silencio y el escuchar
la naturaleza» (artículo 19) y, por tanto, será necesario «definir las condiciones de visita» y
cuidar de que las fiestas que en ellos se celebren de forma excepcional, favorezcan resaltar el
espectáculo del mismo jardín. Lo que no se podrá permitir, en ningún caso, es que cualquier
demanda social de utilización del jardín para juegos perjudique su conservación (artículo 20).
205
El mantenimiento y la conservación serán considerados como actividades prioritarias frente a
las «necesidades de uso» (artículo 21).
Durante los años ochenta del siglo XX el Consejo de Europa trata de profundizar en las po-
líticas de protección del patrimonio arquitectónico y ambiental, procurando intercambiar las
experiencias entre los diversos países. Se abre, así, un debate que será estudiado en las
distintas ciudades y cuyo tema base será el renacimiento de la ciudad y la mejora de la vivienda
urbana. A partir de ahí, otros muchos aspectos relacionados con las políticas de mejora de la
calidad de vida, de la rehabilitación de edificios y barrios antiguos, de equipamientos sociales,
culturales y educativos, y del papel que han de tener los poderes locales serán tratados en La
Haya, Aix-le-Chapelle, Swansea, Madrid, Delfos o Viena. Pero será en Berlín donde, en marzo
de 1982, se celebre la Conferencia General de Berlín y donde en su anexo II se recojan las diez
exigencias «para fundar unas ciudades para vivir» como conclusiones que vienen a reforzar,
más que a innovar, los principios de los documentos de años anteriores.
Sin embargo, el documento que más resonancia ha tenido durante esta década ha sido la
Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Arquitectónico de Europa o Convención de
Granada, celebrada en 1985. Más que una carta de principios o de intenciones, es un convenio
con el que los países firmantes, entre los que se encuentra España, que la ratificó el 27 de abril
de 1989, se ven en la obligación de adoptar una serie de medidas legislativas, administrativas,
financieras y técnicas que regulen y favorezcan la protección del patrimonio arquitectónico. El
206
texto de la convención consta de un prólogo y 27 artículos distribuidos en diez capítulos.
En el prólogo se recuerda que es imprescindible transmitir «un sistema de referencia cul-
tural» a las generaciones jóvenes, mejorar la calidad de vida en las ciudades y pueblos y
favorecer el desarrollo económico, social y cultural de todos los países miembros, al tiempo
que se ponen de acuerdo en la política común a seguir en la protección y valoración del pa-
trimonio arquitectónico. En los diez capítulos siguientes se exponen la definición del patrimonio
y los compromisos y medidas que se han de tomar respecto a la protección del mismo:
Al ser una convención con carácter vinculante para todos los países que la ratifican, es lógico
que se adopten una serie de medidas legales, administrativas, políticas y sociales que se van
especificando a lo largo del extenso contenido del documento. En primer lugar, se trata de la
identificación de los bienes que hay que proteger (art. 2). Identificar los monumentos, conjuntos
y sitios supone que cada país está dispuesto a elaborar un inventario para contar con una
documentación completa de cada uno de ellos. En cuanto a los procedimientos legales de
Protección (art. 3-5), los estados se comprometen a crear un régimen legal que garantice su
protección y a asegurar que los compromisos se cumplan. Para ello, se aplicarán los «proce-
dimientos de control y de autorización de los trabajos evitando que los bienes protegidos sufran
modificaciones o, incluso, demoliciones», que se han de traducir en la aplicación de una serie
de controles por parte de la autoridad competente respecto a todos los proyectos, pudiendo
207
prohibir la realización de determinados trabajos e, incluso, llegando a expropiar un bien pro-
tegido o a impedir que un monumento protegido sea trasladado.
También se contemplan medidas complementarias (artículo 6-8) en las que se ha de prever,
dentro de los presupuestos, una contribución económica para los trabajos de mantenimiento y
restauración de los monumentos arquitectónicos, incluso recurriendo a medidas fiscales que
favorezcan su conservación y alentando cualquier iniciativa privada en este sentido. No obs-
tante, se han de emprender medidas que traten de mejorar la calidad del ambiente, así como
sostener la investigación científica para detectar los efectos nocivos de la contaminación y
tomar las medidas apropiadas para reducirlos. Respecto a las sanciones (artículo 9), han de ir
encaminadas a obligar a demoler cualquier edificio nuevo que haya sido construido de forma
irregular. Las políticas de conservación (artículo 0-13) suponen poner entre los objetivos
esenciales de la ordenación del territorio y de autorización de obras la protección del patrimonio
arquitectónico, promoviendo programas de restauración y mantenimiento y la aplicación y
desarrollo de las técnicas y materiales tradicionales. Se tendrá en cuenta que los bienes pro-
tegidos han de utilizarse adaptándolos a los nuevos usos, facilitando su acceso al público a
través de una coordinación de su organización política y administrativa que facilite dichos
objetivos.
En la participación y asociación (art. 14) se pretende dar a conocer cuáles han sido los
medios de información, consulta y colaboración entre el Estado y otras instituciones, así como
favorecer el desarrollo de las asociaciones no lucrativas. La información y formación (art. 15-16)
han de insistir en la valoración de la conservación del patrimonio por parte de la opinión pública
mediante la promoción de políticas de información y sensibilización que utilicen técnicas mo-
dernas de difusión y animación, haciendo especial hincapié en la formación de escolares, al
tiempo que se haga ver la importancia de la unidad del patrimonio cultural y su relación con «la
arquitectura, las artes, las tradiciones populares y los modos de vida». También se ha de
favorecer la formación de los profesionales que trabajan en la conservación del patrimonio
arquitectónico.
La coordinación europea de las políticas de conservación (art. 17-21) hace referencia, de
manera especial, a la necesidad de intercambiar informaciones sobre las políticas de con-
servación respecto a los métodos de inventario, protección y conservación de los bienes, los
medios que permitan conciliar la protección con las necesidades de la vida económica, social y
cultural, las posibilidades de aplicación que ofrecen las nuevas tecnologías de restauración,
investigación y modos de gestión y animación, y los medios que sean capaces de promover la
creación arquitectónica de nuestros días.
También se comprometen a prestarse asistencia técnica, favorecer acuerdos internacionales
e intercambios europeos de especialistas en conservación. Para ello, se instituirá un comité de
expertos encargado de informar al Comité de Ministros del Consejo de Europa sobre las me-
208
didas que se han de tomar, tras las consultas realizadas y las decisiones acordadas. Final-
mente, las cláusulas finales (art. 22-27) enumeran una serie de medidas que hacen referencia
a los instrumentos de ratificación, aceptación o aprobación de los principios de la convención
por parte de los estados miembros, dado su carácter vinculante. De esta manera, se ha con-
solidado una unificación de doctrina que se ha visto reforzada con la cuarta Conferencia Eu-
ropea de Ministros Responsables del Patrimonio Cultural, celebrada en Helsinki del 30 al 31 de
mayo de 1996.
Es evidente que aquí se está entendiendo la conservación como una realidad integradora
que ha de abarcar todo el conjunto urbanístico y social que componen la base estructural de
nuestras ciudades, a pesar de que el término no sea utilizado explícitamente. Por esta razón,
se afirma que la conservación será realmente válida cuando esta esté integrada «en una
política coherente de desarrollo económico y social» y siempre que se tome en consideración
«en el planteamiento del territorio y del urbanismo en todos sus niveles» (art. 1).
En cuanto a los objetivos propuestos, se pretende conservar una serie de valores que ex-
pliquen el carácter histórico de la ciudad o conjunto, así como todos aquellos elementos, tanto
materiales como espirituales, que configuran su imagen, como son: «a) la forma urbana defi-
nida por la trama y la parcelación; b) la relación entre los diversos espacios urbanos, edificios,
espacios verdes y libres; c) la forma y el aspecto de los edificios (interiores y exteriores) defi-
nidos a través de su estructura y volumen, estilo, escala, materiales, color y decoración; d) las
relaciones entre la ciudad y su entorno, bien sea natural o creado por el hombre; e) las diversas
funciones de la ciudad, adquiridas en el curso de la historia» (art. 2). Si estos valores no son
respetados, la autenticidad de la ciudad histórica estará en peligro. Por eso, resulta impres-
cindible «la participación y el compromiso de los habitantes» en la tarea de conservación de las
ciudades históricas (art. 3). Sin esta toma de conciencia, difícilmente serán efectivas las me-
didas adoptadas que, en todo caso, deberán realizarse «con prudencia, sensibilidad, método y
rigor», lejos de todo dogmatismo que no tuviera en cuenta los aspectos propios de cada caso
particular.
3. MÉTODOS E INSTRUMENTOS
Pero, ¿cómo llevar a cabo la tutela de las ciudades y barrios históricos? La Carta de Toledo
propone la creación de un «plan de conservación» que, basado en un estudio interdisciplinar
de los datos «arqueológicos, históricos, arquitectónicos, técnicos, sociológicos y económicos»,
trate de orientar las «acciones que han de llevarse a cabo en el plano jurídico, administrativo y
financiero» y que cuenta con el apoyo y la adhesión de sus habitantes (art. 4). Si no existiera un
plan de conservación, cualquier actividad que se realice debido a la urgencia de su conserva-
ción, ha de hacerse teniendo en cuenta los principios y métodos expuestos en esta Carta y en
la de Venecia (art. 6).
Toda actividad encaminada a la conservación de las ciudades y barrios históricos ha de
contar con una serie de prioridades como son el «permanente mantenimiento de las edifica-
ciones» (art. 7), la compatibilidad de las nuevas funciones con el «carácter, vocación y es-
tructura» de la propia ciudad (art. 8), siempre que se intente realizar determinados añadidos,
210
tratando de que «no perturben la armonía del conjunto» (art. 10), el favorecer las investiga-
ciones arqueológicas urbanas y la publicación de sus resultados (art. 11), la reglamentación del
tráfico en el interior de las ciudades y la ubicación de las áreas de estacionamiento (art. 12), la
prohibición de construir grandes carreteras dentro de las ciudades históricas (art. 13) y la
adopción de «medidas preventivas contra las catástrofes naturales» y las perturbaciones
producidas por la contaminación y las vibraciones (art. 15), así como la formación especiali-
zada de todos los profesionales que trabajan en este campo (art. 16). Se trata, por tanto, de
una Carta que aplica a las ciudades históricas los principios que la Carta de Venecia proponía
para los monumentos singulares y puede decirse que no supone un progreso con respecto a
los principios emanados de la Carta de Nairobi en 1976, sino que, más bien, se queda por
detrás de la misma.
Aunque la Unesco había publicado en 1956 una recomendación sobre principios aplicables a
las excavaciones arqueológicas, mostrando ya desde entonces su preocupación por el patri-
monio arqueológico, será en 1990 cuando publique la Carta para la Protección y Gestión del
Patrimonio Arqueológico que fue adoptada por la Asamblea General del ICOMOS. Consta de una
introducción y nueve artículos.
En su introducción hace referencia a la Carta de Venecia en cuanto que muchos de los
elementos del patrimonio arqueológico están integrados dentro de estructuras arquitectónicas
y han de ser protegidos conforme a los criterios que en ella se exponían. Además, establece
una serie de principios y recomendaciones que se han de aplicar al patrimonio arqueológico:
Por patrimonio arqueológico entiende «la parte de nuestro patrimonio material para la cual
los métodos de la arqueología nos proporcionan la información básica. Engloba todas las
huellas de la existencia humana y se refiere a los lugares donde se ha practicado cualquier
tipo de actividad humana, a las estructuras y los vestigios abandonados de cualquier índole,
tanto en la superficie, como enterrados o bajo las aguas, así como al material relacionado con
los mismos» (art. 1).
211
La carta, en su artículo 2, considera el patrimonio arqueológico como una «riqueza cultural
frágil y no renovable» y, en consecuencia, ve urgente que se creen unas políticas de protección
del mismo que estén «sistemáticamente integradas en las de la agricultura y la utilización,
desarrollo y planificación del suelo, así como en las relativas a cultura, medio ambiente y
educación», tanto a escala internacional y nacional como regional y local. Además, dichas
políticas deben contar con la «participación activa de la población» que ha de tener acceso a la
información que se obtenga de los trabajos realizados.
3. LEGISLACIÓN Y ECONOMÍA
4. LOS INVENTARIOS
5. INTERVENCIONES IN SITU
Para conocer a fondo un yacimiento es necesario realizar una intervención científica sobre el
mismo, ya sea a través de exploraciones no destructivas, excavaciones integrales o sondeos y
toma de muestras. Pero existe un «principio indiscutible» en toda actuación arqueológica en el
que se afirma que la recopilación de información «solo debe causar el deterioro mínimo in-
212
dispensable de las piezas arqueológicas que resulten necesarias para alcanzar los objetivos
científicos o de conservación previstos en el proyecto» (art. 5). Por este motivo, se han de
potenciar los «métodos de intervención no destructivos», como la observación aérea, in situ,
subacuática, análisis de muestras, catas y sondeos. Cualquier excavación, al poner en peligro
la conservación del yacimiento y de su información, ha de ser objeto de un estudio profundo
antes de llevarse a cabo y, cuando este se realice, se escogerán los sitios o monumentos que
se vean más amenazados por el desarrollo, el uso del suelo, el pillaje o el deterioro natural. Sin
embargo, cuando dicha amenaza no exista, podrá realizarse la excavación con el objeto de
poder interpretar los yacimientos y presentarlos al público, previa elaboración de un informe
que se ha de presentar a la comunidad científica.
6. MANTENIMIENTO Y CONSERVACIÓN
8. CUALIFICACIONES PROFESIONALES
El artículo 8 señala que una buena gestión del patrimonio arqueológico necesita, a nivel
213
académico y científico, de la colaboración de distintas disciplinas. De ahí que sea preciso
formar a un buen número de profesionales cualificados en cada uno de sus campos. Respecto
a la formación arqueológica que se ha de impartir en las universidades, esta ha de «tener en
cuenta en sus programas el cambio operado en las políticas de conservación, menos preo-
cupadas por las excavaciones que por la conservación in situ. De igual modo, se ha de prestar
atención al estudio de la historia de los pueblos indígenas puesto que resulta imprescindible
para conservar y comprender su patrimonio arqueológico y monumental. La protección de
dicho patrimonio ha de ser considerado como un proceso en constante evolución, por cuyo
motivo, a los especialistas se les exige la puesta al día en las nuevas teorías de protección y
gestión.
9. COOPERACIÓN INTERNACIONAL
Puesto que el patrimonio arqueológico constituye una «herencia común de toda la huma-
nidad», si se pretende que los criterios de gestión del mismo sean respetados y asumidos, es
necesaria la cooperación internacional a través de la creación de una serie de mecanismos que
posibiliten el intercambio de información y experiencias entre los diversos profesionales in-
ternacionales de la gestión de dicho patrimonio. El ICOMOS se compromete a apoyar todos
aquellos programas que promuevan la actualización de los principios y criterios de conserva-
ción y gestión del patrimonio arqueológico, así como de todos aquellos congresos, seminarios
y talleres que se organicen sobre el mismo.
214
«todos los vestigios, bienes y otras huellas de existencia de la humanidad en el pasado» que, al
ser protegidos y estudiados, nos ayudan a comprender mejor el desarrollo de la humanidad y
su relación con el entorno natural, y que sus fuentes de información sean las excavaciones y
descubrimientos localizados dentro del ámbito europeo. Además, quedan incluidos dentro de
dicho patrimonio «las estructuras, construcciones, conjuntos arquitectónicos, sitios ya desa-
rrollados, objetos muebles, monumentos con otro carácter, así como su contexto, ya estén
situados sobre la tierra o bajo el agua».
Entre los compromisos adquiridos por los estados miembros, pueden destacarse, en relación
con la conservación integrada, según el artículo 5, los siguientes:
Que exista una coordinación entre las necesidades de la arqueología y los planes de desarrollo.
Para ello, los arqueólogos han de participar en la elaboración de las políticas de planificación y en
las fases de realización de los programas de desarrollo.
215
• Que se potencie la consulta entre arqueólogos, urbanistas y responsables de ordenación
del territorio con el fin de modificar los planes de desarrollo que influyan negativamente
en el patrimonio arqueológico y ofrecer los medios para el estudio científico del sitio y la
publicación de los resultados.
• Que se supervisen los estudios sobre el impacto medioambiental y que sus resultados
tengan en cuenta los sitios arqueológicos y su contexto.
• Que los elementos del patrimonio arqueológico encontrados puedan ser conservados in
situ.
• Abrir al público los sitios arqueológicos y garantizar que la visita no resulte perjudicial
para ellos ni para su entorno.
Según el artículo 6, los poderes públicos —centrales, regionales o locales— han de apoyar
financieramente la investigación arqueológica, al tiempo que han de tratar de incrementar los
recursos materiales para que sea posible realizar una arqueología preventiva. Para ello, to-
marán las medidas que prevean tener en cuenta, en todo proyecto de desarrollo, los costes que
suponen los trabajos arqueológicos que sea necesario realizar. Además, en los presupuestos
de dichos trabajos han de ir incluidos las prospecciones y los estudios arqueológicos previos,
así como los informes científicos y su publicación.
Todas las acciones educativas que traten de despertar y desarrollar en la gente la toma de
conciencia del valor que posee el patrimonio arqueológico para conocer la historia y el peligro
216
que corre en nuestros días, se ha de apoyar de forma continua y constante. Además, se ha de
favorecer el acceso del público al patrimonio arqueológico y a los sitios, facilitando la exposición
de sus elementos (art. 9).
Para prevenir la circulación ilícita de parte del patrimonio arqueológico, los estados miem-
bros se comprometen, según el artículo 10, a:
• Intercambiar información entre los poderes públicos y las instituciones científicas sobre
las excavaciones ilícitas de las que se tenga conocimiento.
• Informar a las autoridades del Estado de origen, de los ofertas que se realicen y se
sospeche que proceden de excavaciones ilícitas o de usurpación o uso indebido de las
excavaciones oficiales.
• Los museos y otras instituciones han de tomar las medidas necesarias para no adquirir
elementos arqueológicos «sospechosos de proceder de descubrimientos incontrolados,
excavaciones ilícitas o de una ilegalidad cometida en excavaciones oficiales».
• En aquellos países, cuya política de compras no esté sometida al control del Estado, a los
museos y a otras instituciones se les enviará el texto del presente convenio y se ase-
gurará que respeten los principios establecidos sobre las medidas que se han de tomar
con respecto a los elementos sospechosos por su procedencia.
• Reducir, en cuanto sea posible, el traslado de aquellos elementos arqueológicos que
procedan de excavaciones ilegales, fomentando la educación, información, vigilancia y
cooperación.
Según el artículo 12, los estados se comprometen a prestarse la asistencia técnica y cien-
tífica a través de intercambios de profesionales y de experiencias sobre el patrimonio ar-
queológico y a impulsar los intercambios entre especialistas de la conservación que facilitarán
el desarrollo de la formación continua y la puesta al día en las técnicas modernas (art. 12). El
artículo 13 trata sobre el control de la aplicación del convenio y los artículos 14 a 18 especi-
fican una serie de aspectos técnicos que vienen reflejados en las cláusulas finales.
217
Los documentos de ámbito hispanoamericano que tratan sobre la protección del patrimonio
cultural tienen como finalidad responder de manera sistemática y conjunta a los problemas que
se han ido creando en el propio continente. Convencidos de la necesidad de ir creando unas
políticas de tutela y conservación del patrimonio que se ajustaran a la realidad concreta de
estos países, se han puesto a la tarea de ir respondiendo a las exigencias que una nueva toma
de conciencia sobre la importancia del patrimonio ha despertado en la población. A pesar de
las dificultades económicas y la escasez de recursos humanos, los países hispanoamericanos
tratan de asumir los principios de la restauración proclamados en la Carta de Venecia, adap-
tándolos a su propia realidad socio-política y cultural, en un intento de que su patrimonio cul-
tural no se pierda irreparablemente.
Ya en junio de 1965 tuvo lugar, en San Agustín de la Florida (Estados Unidos), la cel e-
bración del Simposio Panamericano de Preservación y Restauración de Monumentos His-
tóricos, en un intento de comenzar a dar los primeros pasos en la prevención del patrimonio
cultural americano. Pero será en diciembre de 1967 cuando se celebre, en Quito, organizado
por el Consejo Cultural Inter-americano de la Organización de Estados Americanos ( OEA), la
Reunión para la Conser-vación y Utilización de Monumentos y Sitios de Valor Histórico y
Artístico, cuando se refuerce el interés por la conservación de dicho patrimonio. En efecto, la
Carta de Quito, o Normas Técnicas de Quito 1967, supondrá para el patrimonio cultural
hispanoamericano un verdadero respaldo y apoyo, que dará paso a los principios que ya se
estaban poniendo en práctica a comienzos de los años sesenta.
Estructurada en diez artículos o principios sobre medidas técnicas, comienza manifestando
que la mejora de un monumento o área urbana «es el resultado de un proceso eminentemente
técnico» (principio 1). Por esta razón, cada proyecto de mejora necesita una solución ade-
cuada al problema específico que presenta (principio 2). La asistencia técnica de expertos
resultará imprescindible para realizar cualquier proyecto (principio 3). Sin embargo, se afirma
también que la prioridad que se dé a los proyectos va a depender, principalmente, «de los
beneficios económicos» que se piensa conseguir para la región donde se lleven a cabo,
aunque sin olvidar el valor del monumento que se ha de restaurar y su estado de conservación
(principio 4).
Todo proyecto que trate de mejorar la calidad de un monumento implica una serie de pro-
blemas de tipo económico, histórico, técnico y administrativo que es preciso tener en cuenta
para darles una solución adecuada (principio 5). Pero cuando se ha tomado la decisión de
intervenir en un monumento, se ha de ser sumamente respetuoso con él siguiendo las infor-
218
maciones que se tienen (principio 6). Si bien se han de definir los límites y la valoración que los
trabajos de mejora de un área medioambiental conllevan (principio 7), una vez evaluados será
necesario realizar un estudio sobre su futuro uso, las inversiones que se han de realizar en
infraestructuras, el sistema de adaptación de los edificios nuevos a los ya existentes, la regu-
lación de las áreas adyacentes y el estudio del mantenimiento de dicha área (principio 8). Dado
que no se dispone de fondos económicos demasiado amplios, será preciso elaborar un pro-
yecto piloto en el que se realicen los cálculos sobre su posible realización (principio 9). Y,
además, tendrá que ser planificado en varias fases que respetarán, no obstante, las fases de
catalogación, investigación e inventario (principio 10).
5.6.2. Conclusiones del Coloquio sobre la Preservación de los Centros Históricos ante
el Crecimiento de las Ciudades Contemporáneas. Quito, (1977)
El Coloquio de Quito, haciéndose eco de las formulaciones conceptuales que existían en ese
momento, define como centros históricos a «todos aquellos asentamientos humanos vivos,
fuertemente condicionados por una estructura física proveniente del pasado, reconocibles
como representativos de la evolución de un pueblo». Estos centros son contemplados tanto en
su valor cultural como económico y social y son considerados no solo como patrimonio cultural
de la humanidad, sino también como un patrimonio que pertenece a todos y cada uno de los
sectores sociales que los habitan.
219
blemas que repercuten tanto en su estructura física como en la socioeconómica. Entre otros,
destacan la inmigración masiva desde las zonas rurales, la segregación social y el hacina-
miento que llevan al abandono de estas áreas y que se ponen de manifiesto en «la progresiva
absolecencia física y funcional de los inmuebles».
Las numerosas obras públicas que se llevan a cabo de manera inadecuada, los sistemas de
transporte y la galopante expansión de las actividades terciarias conducen a la degradación de
la calidad del hábitat propio y a la ruptura de la relación armónica de los hombres entre sí y con
el medio ambiente. Alerta también del uso puramente especulativo de los inmuebles que puede
afectar no solo a las viviendas, sino también a los monumentos «en un proceso de tuguriza-
ción» que se manifiesta tanto en los centros históricos como en las áreas periféricas de las
grandes ciudades.
Sin embargo, se constata que existía una toma de conciencia de que había que preservar los
centros históricos debido a su valor histórico y turístico, que los gobernantes y las organiza-
ciones no gubernamentales tradujeron en un esfuerzo por revitalizar la restauración y con-
servación, aunque siempre guiados por razones turísticas, políticas y conmemorativas o de
desastres naturales. Y, en todo caso, «aplicando criterios limitados que van desde la conser-
vación de monumentos aislados hasta “maquillajes escenográficos”», pero que, en ningún
caso, abordan la problemática de los conjuntos urbanos de una forma global y sin orientarlos a
«procurar el bienestar de la comunidad que los habita». Que se manifieste una cierta sensibi-
lidad respecto a que cualquier actividad de conservación de los centros históricos esté orien-
tada al bienestar de sus habitantes es un dato muy positivo que, tanto la Carta de Atenas como
la de Venecia o las mismas Normas de Quito, no habían conseguido que su aplicación práctica
resultara satisfactoria y suficiente.
Es evidente que el tiempo transcurrido entre las Conclusiones de Quito (1977) y la Carta de
Veracruz ha influido positivamente en la renovación de la terminología a la hora de definir el
centro histórico como «un conjunto urbano de carácter irrepetible en el que van marcando su
huella los distintos momentos de la vida de un pueblo», en el que podemos distinguir «sus
señas de identidad y su memorial social». Esto le convierte en un «bien patrimonial» que es
necesario conservar y transmitir a las generaciones futuras.
Si hace 50 años ciudad y centro histórico podían identificarse como una misma realidad, no
puede decirse lo mismo a partir del desarrollismo surgido en los años sesenta. Y hoy, cuando
ya hemos flanqueado las puertas del siglo XXI, constatamos cómo el 72 % de la población
iberoamericana vive concentrada en las grandes ciudades, con el consiguiente despobla-
miento de las zonas rurales y la creación de un gran cinturón de miseria que rodea a las ciu-
dades contribuyendo a que los centros históricos, «no obstante su riqueza patrimonial», hayan
pasado «a convertirse en las áreas donde se localizan el mayor número de edificios en ruina y
una población con profundos problemas sociales».
Nos encontramos, por tanto, ante un verdadero proceso de degradación de los centros histó-
ricos de las ciudades hispanoamericanas, hecho que se da también en las ciudades de otros
continentes, que necesitan de una toma de conciencia para elegir las medidas apropiadas res-
pecto al patrimonio que lo conviertan en un «instrumento socialmente útil y rentable», en tanto
que contribuye «al bien de la colectividad» y hace posible «una mejor calidad de vida y un re-
nacimiento de la ciudad». Los organismos responsables de gestionar los bienes patrimoniales no
pueden contentarse solo con asociar patrimonio y cultura sin aportar las ayudas económicas
necesarias para su conservación, sino que han de entender el concepto de patrimonio como un
221
«capital social» que ha de ponerse al servicio de la comunidad, que tiene derecho a utilizarlo y
disfrutarlo, pero también el deber de conservarlo y transmitirlo. Deberes y derechos que los
gobiernos e instituciones han de prever cuidadosamente.
Todo centro histórico necesita estar legalmente amparado por un marco jurídico que lo
proteja y consolide. Eso supone que cualquier política que trate de llevarse a cabo en el centro
histórico ha de partir de que este, además de los problemas que rodean al conjunto urbano,
cuenta también con «el peso excepcional de su contenido histórico, cultural y su papel simbó-
lico de centro». La recuperación de un centro histórico es responsabilidad no solo de los or-
ganismos que están a cargo de la cultura, sino de todas aquellas personas que dirigen su
acción a mejorar la calidad de vida de la ciudad. Los mismos organismos son responsables de
la financiación de todas las actuaciones que se realicen en el centro histórico y han de cuidar
de que los presupuestos anuales contemplen sus necesidades.
4. MODELO DE GESTIÓN
Las jornadas de trabajo que tuvieron lugar en Pavía (Italia), desde el 18 al 22 de octubre de
1997, trataron sobre la «tutela del Patrimonio Cultural: hacia un perfil europeo del restaurador
de bienes culturales», y estuvieron organizados por la Asociación Giovanni Secco Suardo en
colaboración con la Unión Europea-DGX, Ministerio de Bienes Culturales y Congreso Nacional
de Investigación Italianos, la Universidad de Pavía, la Unesco, el ICCROM y la European Con-
222
dereration of Conservater-Restores Organisation (ECCO). Entre los puntos a destacar, pueden
señalarse los siguientes:
Puede decirse, por tanto, que el ICOMOS se ha preocupado por organizar numerosos en-
cuentros y congresos donde se han tratado temas relacionados con la protección del patri-
monio cultural, tanto a nivel de conservación y restauración de los bienes culturales, como
aquellos que hacen referencia a los barrios urbanos históricos, al turismo y a los jardines
históricos. Resalta su intento de aplicación de la Carta de Venecia a través de la elaboración de
documentos que reflejen su doctrina, siempre teniendo en cuenta el marco evolutivo de la
noción de patrimonio. Además, se ha preocupado vivamente por despertar el interés de la
población por el patrimonio sirviéndose de los medios de comunicación y proponiendo la ce-
lebración del Día Internacional de los Monumentos y Sitios Históricos, asignando para ello el
día 18 de abril.
228
El Instituto Getty de Conservación, que en se encuentra en California (Estados Unidos), es
uno de los centros más prestigiosos y más comprometidos con la preservación del patrimonio
mundial. En él se combina la investigación con el trabajo de campo y, para ello, dispone de
numerosos recursos económicos que facilitan el intercambio de información y la toma de
conciencia sobre la importancia de conservarlo para el futuro. En su programa de conservación
se tienen en cuenta tanto los objetos y colecciones existentes en los museos, como los yaci-
mientos arqueológicos y los monumentos urbanos. A través de propuestas multidisciplinares
intenta que especialistas de las artes y de las ciencias trabajen juntos en la tarea de la con-
servación del patrimonio.
Fundado en Londres durante 1950, el Internacional Institute for Conservation of Historic and
Artistic Works o Instituto Internacional de Conservación (IIC), se proponía promover el estudio
científico y técnico de los materiales, los métodos de fabricación y las aplicaciones que de ellos
se derivaban de cara a la conservación y restauración del patrimonio cultural. Si en un primer
momento, el número de restauradores era muy elevado, hoy puede decirse que se ha incre-
mentado el de los especialistas en el campo de la química y de las nuevas tecnologías que
favorecen el estudio de la degradación de los bienes culturales y las posibilidades que se
presentan para su conservación. Con más de tres mil miembros, distribuidos en 65 países, la
representación más significativa la protagonizan, sin embargo, Inglaterra y Estados Unidos,
seguidos de Italia, Alemania y Francia, siendo muy escasa la presencia de países iberoame-
ricanos y casi nula la de países africanos. Una tarea primordial del Instituto Internacional de
Conservación es la publicación de sus famosos Abstracts o resúmenes que aparecen publi-
cados en los volúmenes titulados Art and Archaelogy Technical Abstracts y la revista Studies in
Conservation donde se tratan temas sobre documentación, métodos arqueológicos, conser-
vación arquitectónica, historia de la tecnología, análisis y tratamiento de obras de arte y en-
señanza de la conservación.
A partir de los años setenta, los responsables de los museos tomaron conciencia de que urgía
229
poner todos los medios disponibles para potenciar la conservación del patrimonio cultural de que
eran depositarios. Influidos por el despertar de una nueva sensibilidad frente a la importancia
que posee la conservación del medio ambiente y su protección, descubrieron que también ellos
estaban implicados en la tarea de proteger y conservar el patrimonio mueble para poder trans-
mitirlo, en su integridad, a las generaciones futuras. Para ello, convocaron el primer Coloquio
sobre Conservación Preventiva organizado en París por la Association des Restaurateurs d’Art
et d’Archéologie de Formation Universitaire, que tuvo lugar en 1992 y, dos años más tarde, se
celebró otro coloquio en Ottawa, convocado por The International Institute for Conservation of
Historic and Artistic Works.
Sin embargo, serán los Países Bajos quienes tomen la iniciativa en el campo de la conser-
vación preventiva a partir de la creación del Plan Delta para la Protección del Patrimonio Cul-
tural, promovido en 1990 por el Ministerio de Bienestar Social, Salud Pública y Asuntos Cul-
turales. Su desarrollo ha contribuido notablemente a sensibilizar al personal de los museos y a
hacerle valorar la importancia de la protección del patrimonio histórico y cultural (Kirby Talley,
1999)). Hoy son numerosos los autores que tratan el tema en relación con los museos (Gui-
chen, 1999; Krebs, 1999; Kissel, 1999) y se proponen definir el significado de términos como
«restauración», «conservación curativa» o «conservación preventiva», que manifiestan di-
versas formas de actuar con los objetos y su entorno.
Dado que los factores humanos y naturales pueden contribuir al deterioro del patrimonio
mueble, la postura del restaurador-conservador se ha visto revalorizada y se le han asignado
una serie de funciones que tienen que ver con el estado de conservación de los objetos y su
posible deterioro, las mejoras que aportaría la modificación de su entorno y los procedimientos
que se podrían aplicar para reducir los riesgos de alteración debidos al clima, al acondicio-
namiento indebido o al modo de transporte y exposición (Kissel, 1999:36). Al mismo tiempo,
tendrá que cuidar de que los objetos se mantengan en un clima estable, con una humedad
relativa apropiada, protegiéndolos de la luz y del calor y colocándolos en vitrinas apropiadas
para que no sufran deformaciones. Pero, sobre todo, se ha de prestar una atención continuada
y detallada a la forma en que dichas medidas son aplicadas (Jaoul, s. a.)
Pero si la figura del restaurador-conservador es importante, no lo es menos la de los arqui-
tectos y educadores que han de asumir la parte de responsabilidad que les compete respecto a
la conservación preventiva. Todos ellos reconocen que si un objeto cualquiera se encuentra en
peligro de sufrir un deterioro considerable o, lo que es peor, de desaparecer, habrá que poner
en práctica los métodos propios de la conservación preventiva para que su significado pueda
transmitirse en el futuro (Guichen, s. a.). De todo lo expuesto hasta ahora podemos deducir que
cuando estamos hablando del patrimonio mueble se está haciendo referencia siempre a la
conservación preventiva. Pero, ¿qué sucede cuando nos referimos al patrimonio inmueble?
Sabemos que este, con el paso del tiempo, también puede sufrir degradaciones debido a
230
múltiples factores como la polución atmosférica, la climatología —lluvia, viento, cambio brusco
de temperatura— o el vandalismo —pintadas, graffitti—. Por este motivo, los restaurado-
res-conservadores han de utilizar los medios adecuados para evitar dicho deterioro mediante el
mantenimiento constante del patrimonio inmueble, ya sea utilizando la limpieza o la consoli-
dación antes que intervenir de forma directa en él, la reducción del tráfico rodado o, en el caso
de los elementos decorativos como fuentes y esculturas en piedra o bronce, realizar repro-
ducciones de las mismas como se ha hecho con algunas esculturas de Roma o con las fuentes
del paseo del Prado de Madrid.
Sin embargo, para hablar de la conservación del patrimonio inmueble no se utiliza el término
conservación preventiva, sino, más bien, el de conservación continua e integrada. Tanto en la
Carta Europea del Patrimonio Arquitectónico como en la Declaración de Amsterdam, ambas
redactadas en 1975, se hace alusión a las medidas que se han de tomar de cara a la protección
y conservación integrada del patrimonio inmueble. Pero será en la resolución de 1976, relativa a
la Adaptación de los Sistemas Legislativos y Reglamentarios a los Requisitos de la Con-
ser-vación Integrada del Patrimonio Arquitectónico, donde se explique qué se entiende por tal.
En ella se afirma que la conservación integrada del patrimonio cultural inmobiliario consiste en
poner en práctica todas aquellas medidas que tratan de garantizar la conservación de dicho
patrimonio, manteniéndolo dentro de un entorno adecuado y adaptándolo a las necesidades de
la sociedad.
Dichas medidas han de estar dirigidas a potenciar la conservación de los monumentos,
conjuntos arquitectónicos y sitios mediante la salvaguarda y conservación física de sus ele-
mentos constitutivos, la restauración cuando esta sea necesaria y la valoración de los mismos.
Pero también han de asumir y aceptar la integración de los monumentos dentro del entorno
físico con el objeto de revitalizarlos, asignándoles una función social y rehabilitando aquellos
edificios que pueden ser destinados a vivienda. Eso significa que los principios de la política de
conservación integrada han de fundamentarse en que esta ha de ser uno de los elementos
básicos de la ordenación territorial y urbana. Corresponderá a todos sus ciudadanos y a los
poderes públicos, tanto a nivel nacional como regional y local, asumir su especial responsabi-
lidad en este campo.
Estos principios se verán reforzados por el Convenio para la Salvaguarda del Patrimonio
Arquitectónico de Europa, publicado en 1985, al hacer hincapié en el tema dentro del artículo
10. En él se indica que la protección del patrimonio ha de ser el objetivo fundamental de toda
planificación urbana y rural, que se ha de promover cualquier programa de restauración y
mantenimiento del patrimonio inmueble, se ha de hacer de la conservación un elemento im-
portante de la política cultural y se han de conservar y utilizar los edificios de valor dentro del
entorno, así como fomentar la aplicación de técnicas y materiales tradicionales.
Respecto al patrimonio arqueológico, será el Convenio Europeo para la Protección del Pa-
231
trimonio Arqueológico, redactado en 1992, el que, en su artícu-lo 5, haga referencia a la ne-
cesidad de llevar a cabo una conservación integrada, que ha de suponer la conciliación de las
necesidades de la arqueología con los planes de ordenación, la confirmación de las consultas
entre arqueólogos, urbanistas y encargados de la ordenación territorial, la verificación de que
los yacimientos arqueológicos y su entorno son tenidos en cuenta cuando se estudia el impacto
ambiental, la conservación in situ de los elementos del patrimonio arqueológico encontrados en
las obras realizadas y garantizar la visita del público a los sitios arqueológicos sin que estos se
vean perjudicados. El artículo 6, por su parte, aconseja incrementar los recursos materiales
para la arqueología preventiva.
En cuanto al término «conservación continua», este no aparece hasta 1997, fecha en la que
el Consejo de Europa publica la recomendación relativa a la Conservación Continua del Pa-
trimonio Cultural contra el Deterioro Físico debido a la polución y a otros factores similares. Sin
dar una definición de qué se entiende por conservación continua, en sus considerandos ex-
pone que, en nuestros días, resulta difícil encontrar medios capaces de tratar y proteger los
monumentos históricos de forma duradera y que, por tanto, solo podemos asegurar su con-
servación mediante un mantenimiento regular. Eso significa que urge hacer un análisis de los
riesgos que corre el patrimonio para realizar un tipo de gestión del mismo, que se fundamente
en un seguimiento sostenido y en una conservación continua, capaces de evitar las causas de
su deterioro, ya sean climáticas, contaminantes —tráfico rodado excesivo— o humanas
—destrucción deliberada o construcciones nuevas inadecuadas—.
El apéndice de la recomendación da una serie de directrices que han de seguirse, al tiempo
que expone la necesidad de crear un marco jurídico y administrativo capaz de llevar a cabo
unas medidas concretas de organización y programación. Entre otras, destaca el desarrollo
de la investigación a largo plazo, la recopilación de la información sobre la evolución del
proceso de deterioro y la evolución de los métodos seguidos en su conservación y mante-
nimiento. También tienen presentes las estrategias seguidas en el análisis y la gestión de los
riesgos, el seguimiento continuo y la observación permanente de los fallos de las estructuras,
de los materiales y de las funciones, la sensibilización del público, la formación de especi a-
listas y la cooperación europea a través de la asistencia científica y técnica.
Especial importancia se está dando, en nuestros días, a la contaminación visual como un
factor más que puede contribuir negativamente en la conservación del patrimonio cultural. Ha
sido la recomendación relativa a la Conservación de los Sitios Culturales Integrada en las
Políticas del Paisaje, adoptada en 1995 por el Consejo de Europa, la que ha estudiado con
detenimiento este aspecto novedoso que tiene mucho que ver con la conservación integrada.
La recomendación parte del presupuesto de que resulta imprescindible elaborar una serie de
estrategias encaminadas a integrar el control de la evolución del paisaje y la conservación de
los sitios culturales dentro del marco de una política global que proteja, al mismo tiempo, los
232
intereses culturales, estéticos, ecológicos, sociales y económicos de un determinado territorio.
Se define la contaminación visual como un proceso de degradación del entorno, hasta el punto
de convertirla en ofensiva para la vista. Y puede estar producida por la acumulación de equi-
pamientos técnicos —paneles, rótulos y otros objetos publicitarios— o por construcciones y
plantaciones inadecuadas —torretas de los repetidores de telefonía móvil, casas con un ex-
cesivo número de plantas en altura— (fig. 23).
La recomendación afirma, además, que pueden darse diferentes fenómenos que intervienen
en la relación del individuo con su entorno capaces de producir la degradación física e, incluso,
la contaminación visual del mismo, llegando a convertirse en algo irreversible. Entre otras
posibles causas, destacan la explotación excesiva de los recursos naturales, el desarrollo
descontrolado de los sectores industrial, energético, turístico y de ocio, la agricultura y defo-
restación intensivas, el desarrollo urbano mal gestionado, la implantación de grandes cons-
trucciones o infraestructuras de transporte y la insensibilidad respecto al valor de los sitios
culturales a causa de la falta de información y de formación. Pero también pueden adoptarse
medidas de conservación y evolución controlada que ralenticen y eviten el deterioro de los
sitios culturales, mediante la consideración de estas como recursos socioeconómicos que
contribuyan al desarrollo local, el fomento de usos más apropiados que se vean incentivados
con subvenciones y préstamos, a bajo interés, y el fomento del acceso del público a través de
una gestión equilibrada de las visitas.
Para concluir, podemos decir que la conservación, ya sea preventiva, integrada o continua,
es una dimensión esencial para el patrimonio cultural, que necesita potenciarse a través de una
campaña de información y sensibilización dirigida a todos los sectores sociales y profesionales.
Se ha de servir de los medios disponibles, porque en ello nos estamos jugando el futuro de
unos bienes que, al no ser renovables, han de utilizarse siguiendo unas pautas que hayan sido
adecuadamente planificadas, de modo que su integridad y carácter propio se conserven y
puedan ser transmitidas para que, en el futuro, otras personas gocen de su contemplación.
Para Cesare Brandi (1988:15 y 17) la restauración «constituye el momento metodológico del
reconocimiento de la obra de arte en su consistencia física y en su doble polaridad estética e
histórica, en orden a su transmisión al futuro». Pero también la aceptación de aquellos principios
básicos que deben dirigirse al «restablecimiento de la unidad potencial de la obra de arte,
siempre que esto sea posible sin cometer una falsificación artística o una falsificación histórica,
y sin borrar huella alguna del transcurso de la obra de arte a través del tiempo». Por este motivo,
los profesionales de la conservación han de estar abiertos a las aportaciones que las ciencias
233
auxiliares —física y química, historia, radiología, macrofotografía, ultravioletas, infrarrojos,
rayos X, microbiología, etc.— han introducido en el campo de la restauración y que han hecho
posible que, a través de la realización de análisis científicos previos, se puedan conocer mejor
aquellos factores que contribuyen a la degradación de los materiales y, en consecuencia, se
adopten las medidas o tratamientos más adecuados para evitarla o detenerla.
A través de los equipos interdisciplinares, los conservadores y restauradores van conven-
ciéndose de que su tarea es primordial para asegurar el futuro de los bienes culturales, me-
diante la documentación exhaustiva de todos los procesos de tratamiento que aquellos expe-
rimentan a lo largo de su investigación. De esta se deduce que los elementos materiales
nuevos que se utilizan han de garantizar su inalterabilidad físico-química, y que resulten to-
talmente reversibles e inocuos para los objetos que se pretende proteger. Por otra parte, los
criterios climatológicos, de luminosidad y de adecuación medioambiental (Amitrano, 1985:30),
han de favorecer la consolidación de los objetos, dando paso a la formulación de unos criterios
básicos sobre los que puedan regirse las actividades de conservación, preservación y res-
tauración del patrimonio cultural.
No es otra la tarea del conservador para quien, según Sanz y Cabrera (1984:446-447), toda
intervención no es sino un verdadero «acto de interpretación crítica», cuyo objetivo no puede ser
otro que restablecer la continuidad formal de un objeto que ha sido interrumpida, pero que aún
existe de una manera u otra. Se ha de tener en cuenta que dicha intervención ha de realizarse
como una «hipótesis crítica» y, por tanto, capaz de ser modificada y reemplazada por otra mejor
siempre que esto sea posible con el paso del tiempo. El restaurador, como técnico especiali-
zado, ha de respetar la identidad del objeto que llega a sus manos, evitando cualquier acción
que pueda alterar su originalidad, en la convicción de que su soporte material ha de sustentar,
en la medida de lo posible, su contenido histórico y social.
Pero, ¿cuáles han de ser los criterios de actuación que se han de seguir hoy en la restau-
ración de los bienes culturales? Partiendo del principio de que no existe un criterio único de
actuación cuando nos enfrentamos ante la necesidad de restaurar una obra de arte, es preciso
señalar algunos criterios básicos que puedan ayudarnos a la hora de actuar sobre un objeto
determinado. Y el fundamento de dichos criterios lo encontramos en los principios básicos
formulados en las cartas del restauro Italianas, entre los que destacamos los siguientes:
Sirviéndose de las ciencias auxiliares, será preciso determinar cuál es la naturaleza físi-
co-química de que está compuesto el bien cultural, cuáles son las causas de su alteración y, en
consecuencia, ver qué tratamiento es el más adecuado para detener el proceso de descom-
posición. Una vez analizada la obra de arte, será preciso efectuar una labor de limpieza y
234
estabilización que vaya acompañada de una óptima conservación medioambiental. Todo ello
ha de ser ilustrado y justificado mediante un informe técnico en el que se describan todos los
aspectos arriba mencionados.
No es otra cosa lo que dicen las cartas del restauro de 1972 y 1987 en sus artículos 5 y 8,
respectivamente. En ellos recomiendan que cualquier intervención que se realice sobre las
obras de arte ha de ir acompañada de un informe técnico. En este se han de reflejar los pro-
blemas de conservación que tiene la obra, el estado actual en que se encuentra, la naturaleza
de las intervenciones que son necesarias y el coste económico que supone. Todo ello ha de ir
acompañado de una documentación fotográfica de las distintas fases de la intervención
—antes, durante y después de la misma— y de una documentación de las investigaciones y de
los análisis que se hayan realizado con la ayuda de otras ciencias, como la física, la química o
la microbiología.
Partiendo del principio de que ningún tratamiento puede considerarse como definitivo, sino
que ha de estar abierto a las posibilidades que ofrezcan los nuevos avances tecnológicos, será
necesario tener presente que cualquier proceso de tratamiento ha de llevarse a cabo con
materiales reversibles. Ha de procurarse siempre que el material extraño no repercuta en la
pieza original, alterándola en lugar de protegerla. El grado de reversibilidad puede ser absoluto
en cuanto que se utiliza el pegado, las reintegraciones o las aproximaciones cromáticas, o bien,
puede ser relativo al efectuar consolidaciones definitivas mediante la recocción de tablas de
arcilla o de limpiezas de viejos barnices.
A este respecto, las cartas del restauro de 1972 y 1987, en su artículo 8, insisten en que toda
intervención sobre una determinada obra ha de llevarse a cabo utilizando aquellas técnicas y
materiales que garanticen que, en el futuro, se podrán realizar nuevas intervenciones de
conservación y de restauración.
Cuando un objeto carece de alguna de sus partes, lo que impide su legibilidad integral, el
restaurador puede completar las formas perdidas utilizando otros materiales distintos con el fin
de dejar claras las diferencias existentes entre las partes originales y los añadidos posteriores,
aunque, siempre que sea posible, ha de prevalecer la conservación preventiva frente a la
restauración. Esto significa que no se deben realizar, en ningún caso, añadidos, veladuras,
repintes o recreaciones que suplanten a las zonas originales y puedan conducir a interpreta-
ciones erróneas y a falsificaciones de la obra de arte. Pero la utilización de añadidos o la
235
reconstrucción de lagunas estarán permitidos siempre que, tratando de que el original recupere
la forma perdida, se utilice un material de relleno que sea fácilmente distinguible del original, al
tiempo que se evita que el objeto pierda su efecto estético global. Esto se consigue a través de
distintas técnicas, ya sea utilizando diferentes texturas, o mediante el uso de «regatinos» para
reintegrar colores a través de la vibración cromática.
Al mismo tiempo, habrá que respetar todos aquellos indicios culturales que la obra de arte
lleve consigo, como pueden ser las manchas de óxidos, los restos de telas u otros elementos
que nos aporten más datos sobre la dimensión cultural del objeto. Pero podemos preguntarnos
hasta qué punto se pueden permitir o no las reintegraciones en una obra de arte. La respuesta
de los especialistas es que estas son posibles siempre que la obra de arte necesite ser con-
solidada, porque se encuentre muy fragmentada y su cohesión corra peligro o cuando la ac-
tuación pretenda rellenar aquellas lagunas que afecten de forma significativa al objeto en
estudio. En ningún caso se reintegrarán formas si no contamos con la documentación sufi-
ciente que avale la posibilidad de realizarlas. Así, si a una talla de madera le falta una mano, no
es preciso tallarla de nuevo porque esa falta ya ha pasado a ser parte de la historia de la propia
obra y, en ningún caso, va a impedir su lectura real. Siempre se ha de tener en cuenta la
importancia de una reintegración si la obra de arte está destinada a cumplir una función di-
dáctica, mientras que no lo será tanto si dicha función se dirige al estudio por parte de los
especialistas.
Respecto a este punto de los añadidos, las cartas del restauro de 1972 y 1987, en su artículo
7 exponen que, en la restauración de una obra, pueden admitirse las siguientes operaciones:
• Los añadidos de determinadas partes estáticas o las reintegraciones de pequeñas partes
que hayan sido verificadas desde el punto de vista histórico, pero siempre dejando bien
claro cuáles son las adiciones y reintegraciones, utilizando un material diferente, aunque
acorde con el contexto, y marcándolo y fechándolo de forma discreta.
• La limpieza de pinturas y esculturas policromadas, evitando que se llegue a los pig-
mentos del color y respetando la pátina o los barnices antiguos. Cualquier limpieza sobre
estas obras debe evitar llegar a la superficie desnuda de la materia, salvo cuando, en
especial en el caso de la arquitectura, el mantenimiento de algunas superficies degra-
dadas pudiera constituir un peligro para la conservación de todo el contexto.
• La anastilosis que está documentada con toda seguridad, la recomposición de obras
fragmentadas y la sistematización de algunas obras con lagunas, siempre que se re-
construyan los intersticios poco significativos con técnicas claramente diferenciables o
con zonas neutras colocadas en un nivel diferente al de los originales o dejando visible el
soporte original, pero nunca integrando ex novo zonas figuradas o insertando elementos
que pudieran afectar a lo figurativo de la obra.
• Las modificaciones y nuevas inserciones con el objeto de estabilizar y conservar la es-
236
tructura interna o de sostenerla y soportarla, siempre que su aspecto no se vea afectado
en el cromatismo ni en la materia visible en la superficie.
• La nueva ambientación o colocación de una obra cuando el ambiente original o la sis-
tematización tradicional hayan desaparecido o cuando las condiciones de conservación
exijan su traslado.
Sin embargo, las cartas del restauro, en su artículo 6, exponen que en cualquier proceso de
restauración y conservación se han de prohibir las siguientes operaciones:
• Las adiciones de estilo o analogías, por simples que estas se presenten, y aun en el
supuesto de que se cuente con documentos gráficos y plásticos que pudieran ofrecernos
una visión sobre cómo era la obra de arte al estar terminada. Se podrán admitir, de forma
excepcional, en las restauraciones arquitectónicas siempre que sean necesarias para la
protección estática de la fábrica, en especial en zonas con riesgos sísmicos, y para
asegurar el correcto desagüe de la aguas de lluvia.
• Las remociones o demoliciones que puedan ocultar el paso de la obra a través del
tiempo.
• Las remociones, reconstrucciones o traslados a emplazamientos diferentes a los origi-
nales, siempre que su conservación no lo exija.
• Las alteraciones o remociones de las pátinas, siempre que estas no afecten de forma
directa a la alteración del material superficial según el análisis hecho con anterioridad.
• Las alteraciones de las condiciones ambientales en las que la obra de arte ha llegado
hasta nosotros.
Partiendo de dichos presupuestos, las cartas del restauro ofrecen una serie de anexos
donde se detallan las instrucciones que se han de seguir a la hora de conservar y restaurar las
antigüedades, cómo se han de realizar las restauraciones arquitectónicas, de pintura y de
escultura, cómo se han de tutelar los centros históricos y las precauciones que se han de tomar
a la hora de intervenir en la restauración de las pinturas murales y de las obras escultóricas, de
las artes plásticas, de los libros y de los archivos.
Cada vez que una obra de arte ha de ser restaurada, es fundamental elaborar una docu-
mentación lo más amplia posible que posibilite recuperar, cuando sea necesario, los testigos
materiales que la historia ha ido dejando en un determinado objeto. A través de las técnicas de
fotografía —macrofotografía, ultravioleta, infrarrojos y rayos X— que facilitan el estudio del
estado en que se conserva una obra, se puede descubrir si, en el caso de una talla de madera,
237
existen xilófagos, clavos o intervenciones anteriores, así como conocer el estado actual de la
policromía, descubriendo si existen repintes o lagunas. Muchos restauradores opinan que es
necesario dejar «testigos» o zonas sin restaurar en un objeto puesto que, al limpiar la suciedad,
se pueden eliminar también elementos que forman parte del ser del objeto, como pueden ser
las escamaciones en los objetos de vidrio o las pátinas en los metales. Al final de la restaura-
ción de una obra se ha de elaborar un informe del estado inicial en que aquella se encontraba,
así como sobre el proceso de restauración y sobre el resultado final de la misma.
6
LA DIFUSIÓN DEL PATRIMONIO
INTRODUCCIÓN
Se entiende por difusión las estrategias que se utilizan para hacer más comprensible el
patrimonio y que este pueda ser conocido por un mayor número de personas. Martín Gu-
glielmino (1996) ha definido la difusión como la gestión cultural que hace posible la proyección
social del patrimonio, hecho que permite establecer una estrecha interacción entre este y la
sociedad. Aunque dicho autor lo ha aplicado a la arqueología, puede extrapolarse a todo tipo
de patrimonio. Por otra parte, si bien la difusión puede realizarse a través de distintos medios,
como la prensa, televisión, CD-Rom, o las publicaciones de guías y monografías, nadie duda
que es el museo la institución más adecuada y accesible al gran público y el único medio que
permite el contacto directo entre el visitante y el patrimonio mueble.
En este sentido, el mejor medio de comunicación que tiene el museo es la exposición, tema
que hemos tratado ampliamente en otro lugar (Hernández, 1998). En cambio, aquí vamos a
desarrollar una de las tendencias actuales como es la presentación in situ del patrimonio. De
238
acuerdo con la definición dada por el ICOM en 1982, un museo de sitio es aquel que está
«concebido y organizado para proteger un patrimonio natural y cultural, mobiliario e inmobiliario,
conservado en su lugar de origen, allí donde este patrimonio ha sido creado o descubierto».
Las presentaciones in situ son muy atractivas al relacionar el patrimonio dentro de su entorno
natural, bien sea en un contexto urbano o rural. Así, monumentos, conjuntos históricos, par-
ques naturales y yacimientos arqueológicos, son objeto de una valoración con el único objetivo
de que puedan ser admirados y disfrutados por el gran público.
La gestión cultural del patrimonio consiste en la elaboración de proyectos integrales que
contemplen una seria y rigurosa labor de investigación y conservación del mismo como paso
previo a su presentación y comunicación al público. Sin duda, estas presentaciones in situ
hemos de ponerlas en relación con el desarrollo creciente que está teniendo en nuestros días
el turismo cultural, que demanda la posibilidad de disfrutar de la variedad y riqueza que ofrece
el patrimonio, considerado como signo de identidad cultural de los pueblos.
Mientras que en Francia ya se hablaba, en 1980, del turismo cultural (Garay, 1980), en
España poco se ha hecho hasta ahora sobre este tema, a pesar de la importancia que tiene
analizar las nuevas relaciones que han surgido en nuestros días entre patrimonio y turismo.
Podemos decir que hoy contamos con un gran número de museos, sitios arqueológicos y
conjuntos monumentales que nos proponen ofertas diversificadas donde poder acudir, según
las preferencias culturales que se tengan. Desde la visita a los sitios arqueológicos hasta el
interés por las ciudades de carácter histórico con sus monumentos religiosos y civiles, pasando
por la preocupación o interés por conservar y disfrutar del patrimonio industrial, rural y etno-
gráfico, percibimos que algo está cambiando en la sensibilidad de la sociedad actual que
reivindica la recuperación del paisaje natural para convertirlo en un elemento cultural más.
Esta nueva sensibilidad ha hecho posible que tanto los objetos como los lugares adquieran,
en opinión de Valéry Patin (1997:5), una dimensión cultural de carácter más antropológico, que
ha llevado, a su vez, a cambiar la forma de gestión de los bienes culturales y naturales, puesto
que muchos de sus monumentos y espacios han adquirido tal relevancia que era preciso
protegerlos y revalorizarlos. Todo ello ha dado paso a la transformación del turismo cultural en
una auténtica cultura turística.
239
A lo largo de los siglos, el hecho de viajar, motivado por la necesidad, el placer, la curiosidad
o la religiosidad, ha llevado a muchas personas a ir de un sitio a otro descubriendo gentes,
paisajes y costumbres nuevas. Los antiguos semitas eran nómadas y, para ellos, el camino era
un elemento fundamental que configuraba de alguna manera su propia vida. No es de extrañar
que Abraham, primer patriarca de Israel, salga de Ur de los caldeos para dirigirse a la tierra de
Canaán (Génesis 11, 31), según le había dicho Yahveh: «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la
casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Génesis 12, 1). Es el comienzo de la aventura
religiosa de un pueblo que se fía de su Dios y se pone en camino hacia una tierra que le es
totalmente desconocida.
Más tarde, Jacob saldrá de Siquem, siguiendo la indicación de Yahveh que le dice: «Le-
vántate, sube a Betel y te estableces allí, haciendo un altar al Dios que se te apareció cuando
huías de tu hermano Esaú» (Génesis 35, 1). Allí permanecerá hasta que, con su hijo José, baje
de Berseba a Egipto. Cuando los israelitas caen en desgracia ante los egipcios, será Moisés
quien libere al pueblo de la esclavitud de Egipto y le guíe por el desierto, camino de la tierra
prometida (Éxodo 13, 17-22), aunque será Josué el que lidere el paso del Jordán y haga po-
sible la conquista de Canaán (Josué 3,14; 11, 23). El camino, el viaje, la marcha por el desierto
se convierte para el pueblo israelita en su propia seña de identidad hasta el punto de que no
dejará nunca de recordarlo en la solemne celebración de la Pascua. En el siglo VI a. de C. será
deportado a Babilonia por el rey Nabucodonosor, donde permanecerá durante largos años
hasta que Yahveh lo libere (Baruc 6, 1-2) y pueda volver a su tierra y reconstruir el templo de
Jerusalén. Es verdad que para este pueblo el viaje no resultó ser una gira turística, sino un
largo camino hacia la conquista de una tierra prometida que tuvo que conseguir con esfuerzo y
sufrimiento. Pero también le sirvió como forma de enriquecimiento y de descubrimiento de
otros pueblos y de otras culturas.
Donde sí se constata la existencia de un cierto turismo cultural es en las culturas griega y
romana, como prueban algunos escritos y guías de viajes. Así, Herodoto, en su Libro I de las
Indagaciones (178-181) habla de la ciudad de Babilonia y la describe como una ciudad mo-
numental donde se encuentra, además, la famosa torre de Babel. El mismo Pausanias ( VIII, 33,
3) describía a Babilonia como «la ciudad mayor que el sol iluminó nunca sobre la tierra».
Durante la época helenística se desarrolla el gusto por lo exótico y lo maravilloso, dando lugar
a la creación de las siete maravillas del mundo, entre las que destacan el Faro de Alejandría, el
Coloso de Rodas, el Mausoleo de Halicarnaso, la estatua de Júpiter en Olimpia, el templo de
Diana en Éfeso, las Pirámides de Gizeh y los Jardines Colgantes de Babilonia. Al mismo
tiempo, se descubre la existencia de pueblos fabulosos, ciudades riquísimas como Ofir o las
islas Afortunadas, descripciones que se inspiran en la obra del Pseudo-Calixto, el Romance de
Alejandro (s. IV a. de C.).
También abundan en Grecia las guías de la Vía Sagrada, la de los tesoros de Delfos y de los
240
Propileos. Sin embargo, es Pausanias, geógrafo y viajero griego, quien, a mediados del siglo II
a. de C., nos ofrece en diez libros la elaboración de un muy completo circuito de Grecia, de-
nominado la Periégeses o Descripción de Grecia. En sus descripciones enumera numerosos
monumentos griegos y pinturas como la de Polignoto de Tasos en Delfos y otros cuadros de
pintores griegos que tuvieron gran importancia en su época. Más tarde, dicha descripción tuvo
una gran influencia en los viajeros romanos que trataron de servirse de ella para encontrar sus
propios orígenes.
Estrabón (s. I a. de C.) fue un gran viajero que recorrió el camino desde el mar Negro hasta
Abisinia y desde Armenia hasta Cerdeña (Geografía II, 5, 11) y gozó, para ello, de las ventajas
que le proporcionó la pax romana. Esto le facilitó, según Roig (1980: XIII), poder visitar como
geógrafo las ciudades, ruinas y monumentos más célebres de ese tiempo, preguntándose por
su significado y descubriendo el valor que las relaciones comerciales tenían entre los diversos
pueblos. De este modo, une su interés geográfico al histórico hasta el punto de afirmar que los
poetas no dudan en poner como ejemplo de prudencia a los héroes que «viajaron por muchos
lugares y que anduvieron errantes» porque, para ellos, era de gran importancia «el ver las
ciudades y conocer las costumbres de muchos hombres» (Geografía I, 1,16).
Según Couliano (1993: 125), la tradición literaria occidental nos presenta a Homero (s. VIII a.
C.) como el autor que dio origen, con el poema de La Odisea, a las peregrinaciones o viajes
marítimos que solían conducir a unas tierras milagrosas y ultramundanas, a las que también
hacen referencia las imrama o narraciones de navegaciones celtas.
La importancia de los santuarios donde se consultaban los oráculos, como el de Delfos, o
donde se recurre para ser curados, como Éfeso o Pérgamo, se constata en la gran cantidad de
peregrinos que acuden a ellos, contribuyendo a que se cree a su alrededor una importante
actividad comercial. Si los enfermos se desplazan a los santuarios para ser curados, lo hacen
convencidos de que los dioses les van a ser propicios y les sanarán de sus dolencias. Esto
conlleva la creación de una serie de infraestructuras capaces de acoger a gran cantidad de
personas que allí se acercaban para ser curadas y para celebrar sus fiestas. De ahí que, en el
siglo V a. de C., los santuarios sean considerados no solo como lugares de sanación, sino
también de descanso y de reencuentro a los que se recurre para recuperar fuerzas y, al mismo
tiempo, para depositar las ofrendas, a veces de gran riqueza, y visitar los monumentos que
forman parte de su tradición cultural. Multitud de exvotos y ofrendas se realizan en los san-
tuarios que se ven urgidos a crear sus famosos tesoros donde se recogen objetos preciosos,
obras de arte y toda clase de reliquias que contribuyen a su enriquecimiento progresivo. Esto
lleva a afirmar a André y Baslez (1993:19) que el turismo de los griegos fue, desde sus orí-
genes, un turismo sagrado debido a que las ciudades enviaban a sus emisarios para que
realizasen sus consultas a los dioses en los santuarios más importantes de Grecia.
Entre los romanos también se aprecia el valor del viaje como medio de satisfacer la curio-
241
sidad por conocer los lugares exóticos y sorprendentes, en un momento en el que las vías de
comunicación existentes comenzaban a facilitar la movilidad de los ciudadanos más pudientes,
como puede verse en la Historia Natural (libros III-IV) de Plinio el Viejo. Pero también las gue-
rras de conquista y las misiones diplomáticas servirán al ejército romano para realizar viajes de
placer y de carácter religioso, iniciándose en los misterios de Samotracia como hizo Germánico,
o acudiendo a consultar el oráculo de Venus en Pafos que efectuó Tito, según nos relata Tácito
en su Historia (I, 2). Es obvio que los romanos frecuentaban los templos y santuarios, alter-
nando estas visitas con las fiestas y los baños termales que poseían en sus grandes villae y
que el mismo Ovidio cita en su obra Ars amandi.
Durante la Edad Media tiene lugar la revalorización del viaje religioso a través de la evan-
gelización del cristianismo y de las peregrinaciones a los Santos Lugares, aunque también son
importantes las del islam y el budismo. Numerosos viajeros describirán con todo tipo de deta-
lles los monumentos históricos, las costumbres y las prácticas religiosas, abriendo sus miste-
rios a las gentes que quedan sorprendidas ante la diversidad de datos novedosos que se le
ofrecen.
Sin embargo, serán los lugares relacionados con la historia del cristianismo los que sean
más frecuentados y comentados con un fin didáctico y doctrinal. Roma, Constantinopla, Ca-
padocia, Antioquía, Jerusalén, Egipto, la Tebaida, Alejandría y cuantos lugares bíblicos existen,
son objeto de sus viajes con el propósito de visitar los martirya o sepulcros de los apóstoles y
patriarcas. Para poderse mover han de contar con el apoyo de las licencias diplomáticas y con
las ayudas económicas que hagan posible la supervivencia y el intercambio comercial. Si
desde el siglo II d. de C. los cristianos intelectualmente mejor preparados ven la necesidad de
acudir en peregrinación a Tierra Santa, para poder conocer más de cerca el origen del cris-
tianismo, a pesar de las dificultades que podían encontrar, no será hasta comienzos del siglo IV
d. de C., una vez que el Imperio lo adoptó como religión oficial, cuando comience el turismo a
Tierra Santa y los peregrinos acudan sin cesar hasta que los árabes conquisten Jerusalén en el
siglo VII d. de C. De sus viajes han dejado numerosas narraciones que han sido editadas por
Wilkinson (1977 y 1981), siendo los monjes irlandeses y rusos quienes mejor recojan sus
impresiones.
La erección de santuarios tan importantes como el de San Martín de Tours, Santa María
Magdalena de Vézelay, San Lázaro de Autun, San Marcos de Venecia o Santiago de Com-
postela, hará posible el desarrollo de las peregrinaciones y el culto de las reliquias, cuyo ca-
rácter milagroso será ensalzado por los escritores. Célebre es el libro escrito, en 1356, por
Jean de Mandeville, titulado Viaje alrededor de la Tierra.
Pero si los cristianos realizaron sus viajes y descripciones, también lo hicieron los musul-
manes y budistas. Entre los primeros, hemos de considerar que, a finales del siglo VI d. de C.,
La Meca era el centro de una gran actividad comercial donde todas las caravanas tenían su
242
punto de llegada y de encuentro y donde los peregrinos se dirigían como culmen de su largo
caminar y en el que, al llegar, podían comprar en las ferias comerciales y, al mismo tiempo,
participar en las celebraciones religiosas. Los musulmanes son invitados por el Corán a parti-
cipar en la peregrinación: «¡Llama a los hombres a la peregrinación para que vengan a ti a pie
o en todo flaco camello, venido de todo paso ancho y profundo[…]!» (Sura 22, 27). Ya entre los
místicos sufistas sobresale Abenarabi de Murcia (1164-1240) por su vocación de peregrino,
haciendo de su vida un constante viaje a través de las ciudades musulmanas que existían en
Occidente y en Oriente «aprendiendo, enseñando y discutiendo» (Asín Palacios, 1981: 55).
También podemos destacar a Ibn Battûta, que escribió sus Viajes y periplos escogidos u
obsequio para aquellos que aman reflexionar sobre las curiosidades de las villas y maravillas
de los viajes. Battûta fue un viajero infatigable que recorrió el mundo conocido entre 1325 y
1354. Entre los segundos, es digno de mencionar el peregrino budista, de origen chino, Hi-
nantsang, quien en el siglo VI d. de C. viajó a la India y escribió Las memorias sobre las re-
giones occidentales. Es bien sabido cómo en el budismo popular existían relatos literarios que
hacen referencia a los viajes a otros mundos donde, de forma alegórica, se alude al intento del
hombre de acercarse a Dios (Couliano, 1993:111).
Si recorremos la literatura medieval vemos cómo en los Cuentos de Canterbury, de Godo-
fredo Chaucer (1340-1400), se narra el relato de la mujer de Bath quien, en su intento de
conocer los lugares santos, viajó por el mundo entero visitando Jerusalén, Roma, Santiago de
Compostela, Colonia y Bolonia. Pero ya antes Dante Alighieri (1265-1321) en La divina co-
media nos describe su viaje por el infierno y purgatorio hasta llegar al paraíso guiado por su
amada Beatriz. Y el mismo Giovanni Boccaccio (1313-1375) nos cuenta en su Decamerón
cómo un grupo de caballeros y damas se ponen en camino, desde Florencia, huyendo de la
peste que se había propagado en 1348, hacia las quintas campesinas que poseían fuera de la
ciudad y deciden contar cuentos.
A su vez, muchos serán los escritores occidentales que se pongan a viajar y a escribir el
resultado de sus experiencias. Marco Polo en La vuelta al mundo, Gervais de Tilburg en Otia
Imperialia, Odorico de Pordenone en su Viaje a Asia y Jean de Mandeville en el libro antes
citado, describen los diferentes lugares, pueblos, costumbres, animales y otras realidades
extrañas que adornan con tintes, a veces, más fruto de la imaginación que de la realidad
contrastada. Digno de destacar es Jacques de Voragine por la Leyenda dorada, en la que se
recurre a la exposición de los mirabilia para contar los numerosos milagros que realizaron los
santos, dando lugar a la creación de la literatura hagiográfica.
En opinión de Patin (1997:13), el papel que los peregrinos juegan desde el punto de vista
económico es importantísimo porque convierten a los creyentes en potenciales «consumido-
res» de un producto cultural que facilitará el comercio y contribuirá a la financiación y cons-
trucción de iglesias y monasterios, así como albergues y hospederías para acoger a los pe-
243
regrinos. Además, se da origen a la creación de los diferentes oficios artesanales que surtirán
de objetos religiosos el mercado.
Con la aparición del Renacimiento, durante la segunda mitad del siglo XV, el interés por la
Antigüedad vuelve la mirada hacia los textos de geógrafos e historiadores antiguos, así como
hacia los libros de viajes que se habían escrito al final de la Edad Media. Se editan la Geografía
de Ptolomeo, la Historia natural de Plinio, la Geografía de Estrabón, el Libro de las maravillas
del mundo de Marco Polo y el Viaje alrededor de la Tierra de Mendeville. Significativo será
Ciriaco Pizzicolli de Ancona que recorre Italia y Grecia durante los años 1434 y 1435, esta-
bleciendo listas epigráficas, recogiendo croquis de los monumentos, bajorrelieves y esta-
tuas.Todos ellos complementarán las fuentes religiosas tradicionales contenidas en la Biblia y
en los libros hagiográficos. Sin embargo, los primeros relatos de los viajes a América, más que
detenerse en los restos arqueológicos y en los monumentos artísticos, tratan de describir con
toda clase de detalles las costumbres y formas de vida de los nuevos pueblos descubiertos.
Serán los administradores y los religiosos quienes, al evangelizar a los nativos, en sus rela-
ciones describan los monumentos religiosos y civiles construidos por las culturas del nuevo
continente.
En el siglo XVI se dieron descubrimientos arqueológicos, tan significativos como la Domus
Aurea de Roma, que favorecieron el desarrollo de un determinado tipo de viaje cultural en
estrecha relación con los anticuarios. Se trata de viajar para conocer y estudiar los lugares
descritos en los textos latinos y griegos, al tiempo que se recogen las obras de arte que pa-
sarán a formar parte de sus colecciones particulares.
Durante el siglo XVIII el viaje será considerado en estrecha relación con el patrimonio cultural.
La aparición del Grand Tour, entendido como la visita realizada, por aristócratas británicos, a
los lugares históricos, artísticos y naturales más destacados del continente europeo abrirá la
puerta a lo que hoy denominamos recorridos turísticos culturales, como consecuencia de las
primeras excavaciones científicas y de los primeros museos abiertos al público. Towner
(1996:96) opina que el Grand Tour supuso uno de los acontecimientos más significativos de la
historia del turismo.
La primera guía del Grand Tour apareció en Londres en 1743, firmada por Thomas Nugent,
en la que se describen los diversos itinerarios, las formas de transporte y de hospedaje. Sin
embargo, hemos de destacar el carácter aristocrático de estos viajes, que solían durar entre
dos y tres años, y que suponían poner medios económicos y conocimientos literarios sufi-
cientes para poder llevar a cabo dichos viajes, convirtiéndose, de alguna manera, en auténticos
viajes iniciáticos. Si, en un principio, las rutas más visitadas incluían Francia, Italia, Alemania y
Países Bajos, en las que se podían elegir diversos itinerarios con sus capitales más impor-
tantes, más tarde serán Roma y Grecia los objetivos principales debido a la atracción que los
visitantes sentían por la cultura clásica. El deseo de conocer los monumentos de la Antigüedad
244
griega y romana llevará a la aristocracia del norte de Europa a visitar Grecia y Roma en busca
de las antigüedades que allí se encontraban, no solo para contemplarlas, sino también para
coleccionarlas. De este modo, arqueo-logía y Grand Tour estarán estrechamente relacionados
(Bahn, 1996:58) hasta el punto de que los museos de Inglaterra, Francia y Alemania recibirán
muchas de las esculturas clásicas que constituirán la base principal de sus colecciones.
Además, se adoptará el estilo neoclásico en la arquitectura de las ciudades y los poetas des-
cribirán con admiración las maravillas descubiertas en Herculano y Pompeya.
Pero será Winckelmann quien, en 1764, al publicar su Historia del Arte de la Antigüedad, a
raíz de los descubrimientos de Herculano y Pompeya, dé paso al estudio científico y artístico
de la arqueología y del patrimonio. Ahora se tratará de conservar y organizar los restos
arqueológicos antiguos encontrados con el objeto de preservar la memoria y poder estudiarla
de manera sistemática y científica. Se estudian las obras de Italia, Grecia y Egipto y se
reproducen en libros cargados de láminas y dibujos, elaborados, sobre todo, por artistas
franceses y británicos. El abbé de Saint-Non escribió, entre 1781 y 1786, La description des
royaumes de Napoles et de Sicile, el conde de Choiseul-Gouffier, entre 1782 y 1823, escribió
Le voyage en Grèce, James Stuart y Nicholas Revett, entre 1782 y 1816, escribieron Las
antigüedades de Atenas, el conde de Volney, en 1787, escribió Le voyage en Egypte et en
Syrie y el abbé Barthélémy escribe, en 1788, Le voyage du jeune Anacharsis en Grèce. No es
de extrañar que, ante tal cantidad de ilustraciones iconográficas los neoclásicos no duden en
recurrir al Catalogue des monuments antiques d’Herculanum, de Winckemann, editado en
nueve tomos, para inspirarse en sus dibujos e incluso para copiarlos. Esta obra se convierte,
así, en la idea mater de lo que ha de ser un viaje cultural esencialmente patrimonial, co n-
cebido por los artistas sin que estos tengan ninguna referencia concreta de la vida diaria de
los pueblos a los que pertenecen dichos monumentos.
A lo largo del siglo XIX la relación entre el viaje y el patrimonio se va haciendo cada vez más
estrecha. Se abren nuevos museos, lugares significativos de la historia nacional y sitios na-
turales para que sean visitados por el público. Con los descubrimientos del motor a vapor y del
ferrocarril el turismo de masas toma cuerpo y Thomas Cook emprende los primeros viajes
organizados de forma sistemática y presenta su libro Gran viaje circular al continente, aparecen
las grandes colecciones de guías de viajes y el concepto de patrimonio abarca nuevos objetos,
sobre todo, etnológicos. Francia e Inglaterra tratarán de adquirir la mayor cantidad posible de
aquellas antigüedades más significativas por su carácter artístico. En 1841 Thomas Cook
fundará la empresa de viajes Thomas Cook and Sons y, en 1859, el estadounidense Henry
Wells creará la American Express Company. Ambos contribuirán al desarrollo de los viajes
turísticos. En opinión de Acerenza (1991:63), la aportación más significativa que Thomas Cook
hizo al turismo fue la introducción del concepto de «excursión organizada» y que hoy se de-
nomina «paquete turístico», con el que grandes masas de población pueden acceder a unos
245
viajes que les sirvan de descanso y entretenimiento.
Esto explica que, entre 1801 y 1805, lord Elgin realice un expolio importante del Partenón,
llevándose la mayor parte de sus esculturas y que, un poco más tarde, los franceses repitieran
la odisea en Olimpia. Napoleón Bonaparte no dudará en llevarse todas aquellas obras de arte
que puede recoger en los países que conquista. Sin embargo, junto a esta realidad expoliadora,
surge también el acercamiento científico al patrimonio, como lo prueba la obra de Vivan Denon,
quien, en colaboración con un equipo de especialistas, publicó entre 1809 y 1830, la Descrip-
tion de l’Egypte en 22 volúmenes. Por otra parte, Blouet dirige los trabajos sobre L’expédition
de Morée, en la que describe las antigüedades, fauna, flora y geología de Grecia. Todo ello
hace que el número de museos se amplíe considerablemente en Europa.
Surge de nuevo el interés por los viajes a los lugares culturales, a los monumentos, yaci-
mientos arqueológicos y sitios más importantes, dando lugar a los viajes literarios como Los
paseos alrededor de Roma de Stendal, en 1829, iniciador del realismo en pleno romanticismo,
a los libros de viajes que tratan de ofrecer toda clase de consejos prácticos y se publican las
famosas guías de Johanne, las guías azules y verdes y las guías de Baedeker. El primer
crucero turístico sobre el Nilo tiene lugar en 1898. El patrimonio monumental egipcio es con-
templado como un elemento de atracción turística que se ha de ofrecer a un público cada vez
más amplio y variado.
Si a finales del siglo XVIII los lugares más visitados eran Grecia y Egipto, ahora el punto de
mira se dirigirá al Medio Oriente y África del norte. Libros como L’Itinéraire de Paris à Jerusalem,
de Chateaubriand (1811) o Le voyage en Oriente, de Lamartine (1835), servirán de inspiración
a la pintura de Delacroix y a los orientalistas. Al mismo tiempo, surgen los libros de viajes, como
Voyages pittoresques et romantiques dans l’ancienne France, del barón Justin Taylor y Charles
Nodier, publicados entre 1820 y 1857, con ilustraciones de Géricault, Isabey, Ingres o Vio-
llet-le-Duc. También puede destacarse el Voyage en terre Sainte, en Syrie, en Egypte et en
Nubie, publicado por David Robert entre 1842 y 1849, en el que aparecen 241 litografías que
ilustran las obras y monumentos más importantes de Egipto.
Hemos de destacar los efectos destructivos de la industrialización con respecto al medio
natural, hecho que llevará a la burguesía más preparada a luchar para evitar tal deterioro. Para
ello, no dudarán en potenciar el deporte y los viajes, poniendo sumo cuidado en la protección
de la estética de los sitios. Numerosas son las asociaciones que se crean en Inglaterra, Francia
y España para proteger el medio ambiente, como el Alpine Club inglés (1854), el Club alpin
françés (1874) y la Associació Catalanista d’Excursions Cientifiques (1876) que, dos años más
tarde, se escindirá formando la Asociació d’Excursions Catalana. Posteriormente, se crea la
Sociedad de Excursiones de Sevilla (1887) y la Sociedad Española de Excursiones (1892).
Todas ellas pretenden conocer, estudiar, conservar y difundir las bellezas naturales y artísticas,
así como las tradiciones y las costumbres de las personas que habitan dichos parajes.
246
Será, pues, en el siglo XX cuando se desarrolle más ampliamente el turismo, poniéndolo en
relación con el patrimonio, como una forma de afirmar su propia identidad. Sobre todo, después
de la segunda guerra mundial, se da un proceso masivo de turismo en busca de sol y playa que
se convierte en un fenómeno social, económico y cultural imparable en el que los turistas y
empresarios son considerados como sujetos activos, mientras que el patrimonio cultural y la
naturaleza son vistos como sujetos pasivos. A medida que va surgiendo el interés por los sitios
antiguos y naturales, se ve la necesidad de ir creando infraestructuras hoteleras que acojan la
gran afluencia de visitantes y los estados toman conciencia del papel que han de desempeñar
en el desarrollo del turismo cultural.
En una época en la que Europa comienza a estimular y potenciar la sociedad de consumo,
como fruto de la ruptura social y económica que tuvo lugar en los años 60, no es de extrañar
que la noción de patrimonio cultural se vaya enriqueciendo cada vez más, integrando no solo
los paisajes naturales y los sitios arqueo-lógicos, sino también los antiguos edificios indus-
triales. Todo ello, hará posible que el patrimonio vaya adquiriendo una función económica
importante y que el turismo cultural se convierta en un medio fundamental a la hora de pre-
sentar las diferentes ofertas hechas al visitante.
Hoy, cada vez más, se ve la necesidad de que exista una estrecha colaboración interna-
cional que haga posible la identificación y valoración de las características culturales y na-
cionales que definen la identidad de los pueblos, así como el redescubrimiento del patrimonio
histórico y cultural que les une en una misma dirección. El Consejo de Europa, a través del
Programa de Itinerarios Culturales, se propuso, en 1987, lanzar un programa con el título
Cultural Routes Programme, a iniciativa del Consejo para la Cooperación Cultural. Su objetivo,
según Hill (1995: 364) no era otro que:
• Hacer más visible la identidad histórico-cultural común a todos los pueblos de Europa
para que pueda ser revalorizada, confrontada y compartida en aquellos aspectos coin-
cidentes.
• Proteger y resaltar los aspectos materiales del patrimonio cultural europeo con el objeto
de potenciar la calidad de vida de los ciudadanos, al tiempo que se convierte en un re-
curso eficaz para la educación y el desarrollo sociocultural y económico.
• Ofrecer al público nuevas posibilidades de gastar satisfactoriamente su tiempo libre,
dando una gran importancia al papel desarrollado por el turismo cultural y las actividades
asociadas al mismo.
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Es indudable que se da una gran relevancia a los elementos de identidad europeos que son
comunes a lo largo de la historia y que ahora se pretende recuperar a través de diversos
itinerarios, reales o imaginarios, que han de ser ofrecidos a los ciudadanos para que puedan
recorrerlos a través de una secuenciación de temas regionales de carácter artístico, religioso,
etnológico y científico-tecnológico.
La política del Consejo de Europa no es otra que la de despertar en los europeos el sentido
de su «común identidad cultural» y esto a través de un turismo cultural de calidad que propicie
la creación de determinados itinerarios que, teniendo en cuenta varias naciones o regiones,
estén organizados alrededor de un tema de interés histórico, arqueológico, artístico, social o
científico-tecnológico de carácter europeo. Aunque son numerosos los itinerarios culturales
que existen en Europa, pueden destacarse algunos que, por su importancia y frecuentación,
tienen mayor aceptación y gozan de un reconocimiento internacional, como son la ruta de los
vikingos, la influencia monástica, la ruta del barroco, la ruta de la seda, los parques y jardines,
las ciudades de los grandes descubrimientos, la red europea del textil, el arte gótico, el legado
andalusí o el camino de Santiago, declarado por el Consejo de Europa, en 1987, como el
Primer Itinerario Cultural Europeo por su valor antropológico, cultural e histórico, así como por
el inmenso valor artístico de su patrimonio monumental, sin olvidar la importancia de su ca-
rácter religioso.
Con la aparición de las nuevas tecnologías interactivas multimedia, el Consejo para la
Cooperación Cultural no dudó en adoptarlas en 1992 como un medio más de potenciar la pu-
blicación y difusión de la información cultural y patrimonial. Sirviéndose de los diversos soportes
audiovisuales, los multimedia hacen uso de la fotografía, filmes, video, música, sonidos y pala-
bras, gráficos sobre soporte de papel, ordenadores y textos convencionales, que facilitan el
acceso inmediato a los datos que la tecnología nos ofrece para adentrarnos en un mundo virtual
e interactivo.
Según Hill (1995:367), la primera publicación multimedia que se realizó a partir de un itine-
rario cultural fue The World of the Vikings. Compuesta por un video-disco interactivo, fue co-
financiada por el York Archaeological Trust del Reino Unido y por el Museo Nacional de Di-
namarca, aunque la edición realizada en 1993 fue patrocinada por la Past Forward Ltd., firma
británica especializada en la presentación de temas relacionados con el patrimonio cultural,
como parte integrante del programa para los itinerarios culturales del Consejo de Europa.
El video-disco fue editado en inglés y danés y consta de más de 3500 imágenes fotográficas
fijas, a todo color, alrededor de 25 minutos de video y numerosas figuras gráficas, además de
248
20 minutos de audio. La abundante cantidad de información que se ofrece está organizada en
11 capítulos temáticos, fruto de las aportaciones de más de 50 museos e instituciones aca-
démicas que se encuentran ubicados dentro del ámbito de lo que fue el mundo de los vikingos.
En otoño de 1993 se llevó a cabo una versión en CD-Rom, preparada para un soporte Ap-
ple-Macintosh y, en 1994, otra para soporte IBM-PC.
La existencia de circuitos muy variados —clásicos, especializados, de aventura, de cruceros,
libres, temáticos—, así como las breves estancias y las excursiones de media jornada o de un día
entero pueden crear una cierta confusión a la hora de definir las rutas o itinerarios culturales.
Podemos decir que a estos últimos, por su contenido, se les puede considerar en la misma
línea que los circuitos temáticos, pues tienen como objetivo acercar al público a los sitios,
monumentos y ciudades que, en un momento determinado de su historia, han compartido una
misma visión religiosa, comercial o industrial o han acogido a personajes ilustres (Patin,
1997:27). El camino de Santiago, las ciudades de la Hansa, la ruta de la seda o el itinerario de
Mozart, son ejemplos que pueden ilustrar lo que acabamos de decir. En todo caso, es preciso
distinguir los itinerarios culturales de aquellos otros «productos turísticos» en los que en el
precio va todo comprendido y son simples sugerencias de visitas, pero no auténticos pro-
gramas organizados teniendo en cuenta unas prestaciones turísticas de alojamiento, anima-
ción y restauración.
El camino de Santiago había sido abandonado durante mucho tiempo y había sufrido di-
versas modificaciones, convirtiéndose algunos tramos en carreteras y abandonando las anti-
guas cañadas, unas debidas a fines utilitarios y otras de tipo cultural y político. Esta tendencia
destructiva del camino se ha detenido gracias a la celebración del Año Jacobeo y a las ayudas
de la Comunidad Económica Europea que lo ha declarado Ruta Mundial el 21 de octubre de
1987. Esta declaración propone revitalizar uno de los caminos que conducía a Santiago de
Compostela, por su carácter altamente simbólico en el proceso de la construcción de Europa. Y
propone tomar una serie de medidas para que se pueda conservar en el futuro, entre las que
destacan:
• Tratar de seguir identificando los diferentes caminos de Santiago dentro del ámbito eu-
ropeo.
• Proponer un sistema de señalización de los principales puntos del camino, utilizando el
logotipo propuesto por el Consejo de Europa.
• Llevar a cabo una labor de coordinación sobre restauración y valoración del patrimonio
arquitectónico y natural que se encuentra situado a lo largo del c amino.
249
• Realizar programas culturales con el objeto de redescubrir el patrimonio histórico, literario,
musical y artístico que tuvo su origen en la peregrinación a Santiago.
• Promover los intercambios entre las ciudades y regiones que forman parte del camino.
• Estimular la creación artística y cultural de nuestros días para revitalizar esta tradición y
testimoniar el valor perenne de la identidad cultural europea.
De este modo, se han realizado programas de recuperación de muchas partes del camino,
reparando y señalizando aquellos tramos que habían desaparecido y construyendo hospede-
rías para dar cobijo a los peregrinos. Todo ello ha facilitado la recuperación del conjunto del
camino como un patrimonio que está aún vivo y que puede generar recursos económicos.
Respecto al camino, Macua (1996:72) opina que al arzobispo Gelmírez había que no m-
brarlo patrón del turismo porque ya en su tiempo vislumbró la importancia de lo que hoy
llamamos turismo cultural. Ante la posibilidad de que Roma arrastrara a un mayor número de
peregrinos y visitantes por el hecho de contar con los cuerpos de los apóstoles Pedro y Pablo,
Gelmírez tratará de defender la importancia del apóstol Santiago. Este había sido enterrado
sin cabeza y el arzobispo ordenó buscarla, pero a pesar de que el cuerpo apareció con
cabeza, la leyenda no funcionó porque era mentira. Sin embargo, se encontró otra cabeza,
esta vez de Santiago el Menor, llamado Alfeo, que se venerará en una cripta realizada debajo
de la de Santiago el Mayor. De este modo combinó ambos hechos y convirtió el camino en un
núcleo importantísimo de peregrinación, rivalizando con Roma. Puede decirse que poseía un
auténtico sentido del poder de la imagen, de la publicidad y un gran talento para atraer a los
visitantes.
Podemos decir, con Hernández (1996:159), que Santiago de Compostela ordena su desa-
rrollo como capital de Galicia recuperando su propio modelo según el camino de Santiago. La
rehabilitación de la ciudad antigua es concebida como un intento de facilitar el equilibrio entre la
vida y su estructura física, urbanizando los barrios viejos y concediendo un carácter monu-
mental a los nuevos al conservar aquellos elementos permanentes que hacen posible la re-
construcción urbana y facilitando las transformaciones que sean necesarias para la habitabi-
lidad de la ciudad.
A ello ha contribuido el hecho de que, en el 2000, Santiago de Compostela haya sido de-
clarada por el Consejo de Europa ciudad de la Cultura junto con otras ocho ciudades más
(Reykiavik, Bergen, Helsinki, Bruselas, Cracovia, Praga, Bolonia y Aviñón). Este hecho ha
supuesto que se hayan invertido en infraestructuras y equipamientos culturales un total de
6260 millones de pesetas, que han sido financiadas por la Administración pública, los patro-
cinadores empresariales y la Unión Europea (Martínez Sáiz, 2000).
250
6.2.3. La ruta maya
En la costa norte del Perú tuvo lugar, entre los siglos I y VI de nuestra era, el desarrollo de la
251
cultura de los mochicas, que se organizaba en los oasis y eran los señores del desierto pe-
ruano mediante el desvío de los ríos que bajaban de la montaña andina hacia el Pacífico.
Dentro de esta zona norte destaca la región de Lambayeque, en la que se encuentran nu-
merosos yacimientos que han sido saquea-dos en busca del oro de sus tumbas. Uno de los
más destacados es el santuario de Sipán, compuesto por dos pirámides truncadas a las que se
accede mediante un sistema de rampas, delante de las cuales se situaba una plataforma
funeraria denominada mausoleo real de Sipán. Según Alva (1996:227), durante seis años se
han ido realizando diversas excavaciones que han hecho posible el hallazgo de la tumba del
señor de Sipán, en la que se encontraron un total de 1137 vasijas con ofrendas, numerosos
ornamentos y objetos de oro y plata y el sarcófago de madera del monarca, casi desintegrado.
Semejante hallazgo atrajo rápidamente a los turistas locales, compuestos por más de cuatro
mil campesinos, que deseaban contemplar los hallazgos de la tumba que ha llegado a con-
vertirse en el símbolo de la identidad de los habitantes de la región de Lambayeque, al tiempo
que han ido tomando conciencia de la revalorización de su patrimonio cultural. Pero la afluencia
masiva del turismo local e internacional ponía en peligro la conservación del santuario, por lo
que se programó construir cuanto antes una réplica de la tumba en el mismo lugar donde esta
se encontró. La reproducción, lo más fidedigna posible al original, fue construida sin muchos
recursos económicos, así como un museo con una estructura prefabricada, que ha sido ubi-
cado delante de la pirámide, con material devaluable y reversible, de carácter informativo,
monotemático y contextual.
Debido a que los monumentos están construidos en barro, urge protegerlos y detener la gran
afluencia de público e, incluso, prohibir su acceso a ellos. Ahora bien, Sipán es uno de los
cincuenta monumentos que existen en la región, hecho que debe llevar a las autoridades a
protegerlos y conservarlos, aun a sabiendas de que se han de convertir también en centros de
desarrollo emergente a través del turismo. Compaginar los intereses culturales con los eco-
nómicos será una tarea difícil que necesitará de la ayuda y apoyo de todos los ciudadanos.
Con motivo del 900 aniversario de la muerte del Cid en Valencia, se está pensando en crear
la ruta del Cid, convirtiéndola en un itinerario de interés cultural europeo (Burgos y Pascual,
1999:2-3). El proyecto, todavía en ciernes, partiría de Burgos donde comenzaron sus avatares
históricos tras el destierro ordenado por el rey Alfonso VI, como consecuencia de las acusa-
ciones infundadas que le hicieron los cortesanos. Además, pasará por Soria, Guadalajara,
Zaragoza, Teruel, Castellón, Valencia y Alicante. Todas estas provincias ofrecen una síntesis
histórica y un mapa con los topónimos mencionados en el poema. La ruta está concebida como
252
un camino literario en el que se siguen los cantares del Poema de Mío Cid.
Otro de los proyectos culturales y turísticos de gran importancia es la ruta del legado an-
dalusí, en el que se pretende ofrecer al público una visión global de la cultura y del patrimonio
andaluz surgida del encuentro entre cristianismo e islam, como puede verse en Granada,
Sevilla o Córdoba, al tiempo que presenta una oferta alternativa de turismo natural donde se
puede practicar el deporte del esquí en Sierra Nevada. Todo ello va acompañado de una serie
de rutas históricas alternativas, en las que se muestra la riqueza cultural de casi 350 pobla-
ciones. El proyecto puso en marcha, en 1995, una serie de publicaciones sobre los descu-
brimientos científicos del islam medieval, sobre el Libro de agricultura de Ibn Bassal y sobre las
representaciones románticas de Andalucía como el viaje de Washington Irving, así como
diversas guías sobre recorridos de las ciudades más importantes. También ha participado en la
creación del Museo de la Civilización Andaluza, acondicionado en el palacio circular de Carlos
V, junto a la Alhambra de Granada. Al mismo tiempo, se ha presentado un programa que tiene
en cuenta la creación de alojamientos rurales y de restauración que hacen posible recorrer las
poblaciones en las que existe un interesante patrimonio rural compuesto por fuentes, aljibes y
redes de irrigación. Hace ya algunos años, la Unesco apoyó el proyecto de las Rutas de
al-Andalus y, en 1998, firmó un convenio de colaboración con la Fundación El legado andalusí.
Fruto de este acuerdo es la publicación del Itinerario cultural de almorávides y almohades.
Magreb y península ibérica (1999) (fig. 25).
Según Páez López (2000), el legado andalusí ha de ser considerado como un proyecto tu-
rístico-cultural y como una iniciativa cultural y política que desea resaltar la importancia que
tuvieron los caminos de al-Andalus y el papel que España desempeñó en su desarrollo. Para
ello, se han diseñado tres itinerarios culturales: el de los almorávides y almohades corres-
pondiente a la civilización hispano-magrebí, el de los omeyas que explica la relación entre el
Este y el Oeste y cómo los omeyas llegaron a España dando paso a la civilización hispanoá-
rabe, y el del mudéjar que resalta las huellas que de su paso quedaron en la península ibérica
y su relación con Iberoamérica.
Hoy los consumidores de turismo dan un valor muy importante a los viajes a la hora de elegir
posibilidades de disfrute, cosa que ha llevado a la industria turística a ofrecer una atención más
personalizada, separándose de la dinámica de los paquetes tradicionales, a los que se identi-
fica y define como de baja calidad.
A) TURISMO ECOLÓGICO
255
B) TURISMO CULTURAL
La Organización Mundial del Trabajo define el turismo cultural como la posibilidad que las
personas tienen de adentrarse en la «historia natural, el patrimonio humano y cultural, las artes
y la filosofía, y las instituciones de otros países o regiones». Y la consultora Lord, de Estados
Unidos, basándose en la OMT, precisa aún más su idea de heritage tourism (turismo del pa-
trimonio) al asociarlo con las «visitas de personas no pertenecientes a la comunidad anfitriona,
motivadas total o parcialmente por el interés en el patrimonio cultural que ofrece una comu-
nidad, región, grupo o institución». Calidad, oferta personalizada y componente cultural son las
características de este tipo de viajes, apostando por un turismo activo que no se limita a una
determinada estación, sino que está abierto a cualquier momento disponible y procura delei-
tarse con la contemplación de los museos- y monumentos, así como con el contacto con las
gentes y sus tradiciones.
En cuanto al turismo cultural y la defensa del patrimonio monumental, el ICOMOS publicó, en
1976, una Carta sobre el Turismo Cultural, que posteriormente revisó y publicó en 1999 como
la Carta Internacional sobre Turismo Cultural redactada en México por el Comité Científico
Internacional de Turismo Cultural, en la que se dice, entre otras cosas:
• El turismo se ha convertido en un fenómeno social, cultural y económico de gran rele-
vancia, que influye sobre los monumentos y sitios arqueológicos.
• Dado que el número de visitantes aumenta cada día, es preciso tratar de evitar los
efectos negativos que sobre el patrimonio histórico y natural tiene dicha afluencia.
• El deseo de contemplar y conocer el patrimonio cultural ha de impulsar a los ciudadanos
a protegerlo y conservarlo para que sea visitado sin que se deteriore.
• Dicha afluencia masiva e incontrolada, a veces, puede ocasionar serios problemas para
la conservación del patrimonio, por lo que habrá que poner las medidas necesarias para
impedir su deterioro. Ante la práctica utilizada de permitir indiscriminadamente el acceso del
público o limitar su entrada de forma progresiva, habría que crear itinerarios especiales de
circulación de visitantes con el objeto de minimizar el impacto que puede sufrir la inte-
gridad del sitio, tanto en su aspecto físico como cultural.
• Esto debe llevar a las administraciones nacionales y locales al fomento de un turismo
sostenible que tenga en cuenta la gestión de todos los recursos que han de estar desti-
nados a satisfacer las necesidades económicas, sociales y estéticas de aquellas comu-
nidades que son depositarias de dichos bienes. Comentando este punto, Garrido (1996:58)
insiste en la necesidad de no olvidar la conveniencia de mantener la integridad cultural, los
procesos ecológicos, la diversidad biológica y aquellos sistemas de protección de los
seres vivos y del patrimonio histórico cultural de los pueblos. La gestión de la conservación
del patrimonio ha de estar presente en todas las actividades turísticas y se ha de procurar
256
que estas proporcionen beneficios económicos, sociales y culturales que reviertan en el
desarrollo de la comunidad que las promociona.
Es preciso realizar un estudio sobre la capacidad de recepción que poseen los lugares tu-
rísticos más destacados para después poder realizar una planificación y un control que sean
eficaces, fruto de la colaboración conjunta entre la Admi-nistración pública y el sector privado.
Estos dos entes han de delimitar el número de instalaciones turísticas que se han de crear
según la capacidad que posean las ciudades o zonas, sin que se ponga en peligro su patri-
monio. Han de garantizar que todas las infraestructuras y servicios públicos que se realicen en
la zona sean de calidad y estén coordinadas con las instalaciones turísticas, promocionando la
comercialización de los productos y creando otros nuevos que contribuyan a la mejora del
lugar.
Durante las vacaciones no se busca solo descansar, sino realizar una serie de actividades
alternativas que hagan salir de la rutina diaria. Por eso, la Organización Mundial del Trabajo
define las vacaciones activas como un tiempo durante el cual se pretende realizar una actividad
cultural, artesanal o recreativa que favorezca el desarrollo y perfeccionamiento de la persona.
Así, mientras unos prefieren el mar y la playa para practicar las actividades náuticas, otros
eligen la naturaleza, los deportes de invierno y montaña, la cultura, arte o artesanía e, incluso,
la vida social como medios para disfrutar de las vacaciones. En consecuencia, el turismo
temático es un turismo especializado que ofrece una serie de circuitos en función de los in-
tereses que manifiestan los visitantes.
La distancia física ya no supone, como en el pasado, un problema para que los turistas
257
puedan visitar otros continentes. Se tiene presente el precio del viaje, preferido más que el
excesivo número de horas que se utilizan para llegar a un lugar determinado. Se eligen des-
tinos de larga distancia.
El turismo cultural se nos manifiesta como una forma de consumo de aquellas realidades que
hacen referencia al patrimonio de un pueblo, una nación o un continente, que se desean co-
nocer y comprender para poder gozar con su contemplación y significado. Unos lo practicarán
movidos por motivaciones personales de carácter educativo, formativo y de investigación,
mientras que otros lo realizarán como simple atracción de ocio y de entretenimiento. Según un
estudio efectuado en Francia (Greffe, 1999:15), existen tres tipos de turistas culturales:
a) Los especialistas: son los que viajan sistemáticamente y con bastante regularidad. Ge-
neralmente, se da una relación entre sus actividades profesionales y las prácticas turís-
ticas que realizan. Representan entre el 10 y el 15 % de los visitantes.
b) Los turistas «muy motivados»: la motivación principal de su viaje es la cultural, aunque
puede estar unida a otras causas. Son el 30 o 40 % de los visitantes.
c) Los turistas «ocasionales»: son aquellos que al disfrutar de sus vacaciones de sarrollan
actividades culturales de manera irregular, desplazándose como máximo a unos 50 km.
Constituyen entre el 45 y el 60 % de los visitantes.
También habría que señalar la importancia que tiene educar a los jóvenes para el placer y el
disfrute del patrimonio. Creemos que no basta con enseñar cosas, sino que es necesario
enseñar a aprender a gozar. Porque, como señala Macua (1996:80), el aprendizaje del placer
hace posible que la inteligencia recurra a los sentidos para adquirir la información necesaria
que le proporcione el placer de ver las cosas, de saber leerlas y escucharlas, de reconocer su
mensaje y recordar su olor o su imagen. Es preciso que sea el visitante quien busque, descubra
y encuentre aquellas sensaciones que le lleven a experimentar el placer de conocer y poseer los
bienes culturales, no a través de un orden previamente impuesto, sino dejando plena libertad
para hacer el recorrido, puesto que existen muchas maneras de ver, de sentir y de situarse de
cara al patrimonio.
Sería bueno analizar cómo debería ser el desarrollo del turismo cultural y en qué tendría que
basarse. Según Seguí (1996:105), dicho desarrollo ha de fundamentarse en los siguientes
aspectos:
a) La visión del turismo como un sector de servicio terciario avanzado y un factor de cuali-
ficación del desarrollo de una zona determinada.
258
b) La defensa del turismo integrado ya se trate de un recinto histórico o de un lugar o sitio
arqueológico.
c) Ser conscientes de que el problema con que se encuentra hoy el turismo no es su ca-
pacidad de crecimiento, cuanto la oferta cualificada que ha de presentar al público.
d) La toma de conciencia de que para regular el desarrollo turístico en los centros históricos
es necesario primar la planificación frente al mercado.
e) Que el turismo es una de las posibilidades para revalorizar el patrimonio cultural y natural
de las ciudades y pueblos.
Si queremos que las ciudades históricas se conviertan en lugares de uso y disfrute, no so-
lamente para sus habitantes sino también para quienes las visitan, es urgente conservarlas
para que gocen de ellas utilizando sus servicios y sus espacios, participando activamente en su
dinámica de cambio y mejoramiento. Tratar de conservar la ciudad histórica implica que todos
sus habitantes van a trabajar para rehabilitarla y para mejorar su calidad de vida. Para ello, sus
habitantes han de conocer su historia con el objeto de poder valorarla y amarla y, así, poder
mostrarla a quienes se acerquen a visitarla.
Como lugar de encuentro intercultural, se ha de convertir en un espacio o ámbito relacional
donde sea posible valorar la tolerancia y la paz como elementos fundamentales de la cultura. Si
las ciudades históricas poseen un valor cultural importante, estas atraerán a una gran masa
turística que ha de contribuir a aumentar los recursos económicos de sus habitantes, colabo-
rando en su propia conservación, en su mejora de calidad de vida, en la instalación de diversos
servicios y en el apoyo y desarrollo de sus tradiciones, artesanías y modos de vida, sin que
tengan que perder su autenticidad.
De ahí la necesidad de proteger y conservar los bienes patrimoniales, culturales y nat u-
rales de los pueblos rurales y de las naciones en vías de desarrollo para que estos sean el
motor del desarrollo humano sostenible, al tiempo que se garantiza su supervivencia y
mejoramiento. Pero, para ello, es preciso tomar conciencia de las implicaciones que el
progreso indiscriminado del turismo puede tener en la conservación del patrimonio y de las
tradiciones de sus habitantes.
Muchos son los que piensan que es necesario invertir en turismo cultural ante la demanda
turística incesante que se está experimentando en nuestros días a nivel mundial. Las pers-
pectivas económicas que la respuesta comercial a dicho fenómeno trata de dar resultan bas-
tante prometedoras y han convertido el turismo cultural en una mercancía más que se puede
259
vender en el mercado, poniendo en peligro, incluso, su propia supervivencia e identidad. Es
evidente que, ante esta situación, urge elaborar planes de desarrollo sostenible del turismo
cultural que se traduzcan en proyectos concretos —como la ruta del Císter en Cataluña o el
camino de Santiago en Galicia— y que se fundamenten en unos presupuestos sólidos. Se
necesita contar con una óptima utilización de los recursos humanos y tecnológicos que favo-
rezcan el conocimiento y la estima por la conservación del patrimonio, con la ayuda de dife-
rentes entidades financieras que estén dispuestas a responder a la gran demanda cultural y
con el convencimiento de que es necesario alentar el respeto y el aprecio por dicho patrimonio,
por parte de las enormes masas turísticas que visitan los monumentos.
Hervé Barré (1997:5), en la introducción a los debates sobre el Decenio Mundial por el
Desarrollo Cultural 1988-1997, señala que estamos asistiendo a un cambio en el desarrollo de
las ciudades mediante la creación de una serie de condiciones que están haciendo posible que
los recursos provenientes del turismo se inviertan en la misma localidad a través de proyectos
culturales, turísticos, educativos, sanitarios y de desarrollo. Dichos proyectos han de potenciar
la conservación del patrimonio natural y cultural de cara al futuro mediante una cuidadosa
planificación de la promoción del mismo, evaluando su capacidad de extensión y fijando cuáles
han de ser los objetivos cuantitativos y cualitativos del turismo. Pero, además, se ha de partir
del principio que el «turismo no existe sin cultura» porque la cultura se ha convertido en una de
las causas principales del desplazamiento de un lugar a otro y porque el turismo está contri-
buyendo a que se cree un auténtico «efecto cultural» en los visitantes y turistas.
Pero si el turismo puede convertirse en una grave amenaza para el patrimonio, también
puede servir como medio para que la sociedad asuma su propia identidad cultural, ofreciendo a
los visitantes un mejor conocimiento de sus características y contribuyendo a la protección del
derecho que cada pueblo posee a preservar su peculiar contribución a la cultura universal.
Todo ello significa que el lugar de la cultura ha de jugar un papel importante a la hora de
plantear qué políticas turísticas se han de desarrollar en el futuro.
Según Cazes (1997:26), el turismo mundial se ha desarrollado de tal manera en las cuatro
últimas décadas que está dando lugar a una verdadera industria turística en la que, de acuerdo
con la World Travel and Tourim Council, en 1995 las inversiones mundiales dentro del sector
del turismo internacional ascendieron al 11 %, alcanzando hasta el 10,9 % del producto mun-
dial bruto, el 10,7 % del empleo total y el 20 % del comercio mundial de servicios, llegando a
567 millones de turistas. Todo ello ha servido para que las relaciones internacionales hayan
aumentado, contribuyendo al encuentro entre las civilizaciones y culturas, a un mejor enten-
dimiento y a una cooperación más estrecha con los países pobres, aunque también ha sido
objeto de incertidumbre ante los riesgos que se pueden correr debido al terrorismo y las
agresiones por parte de algunos sectores marginales de los países visitantes.
Cualquier país que posea monumentos históricos y arqueológicos y tome conciencia de la
260
riqueza de su legado cultural, ha de contar con especialistas capaces de asumir proyectos
interdisciplinares de investigación que potencien la conservación del patrimonio, el turismo y el
desarrollo sostenible a un mismo tiempo y que, además, sean respetuosos con dicho patrimonio.
Porque, si bien este supone una estupenda fuente de ingresos para la economía de un país,
implica también un coste para los monumentos en cuanto a su deterioro y desaparición. La
gran afluencia de público en determinados monumentos cerrados ha contribuido a su deterioro
debido a la falta de vigilancia, siendo objeto de manipulaciones y pinturas en sus muros, de
numerosas fotografías realizadas con flases y del dióxido de carbono producido por la respi-
ración de los visitantes y de la humedad que, con frecuencia, suele darse dentro de los mismos.
Un caso muy significativo lo tenemos en la Gran Pirámide de Egipto, donde el nivel de hu-
medad ha llegado a subir hasta el 95 % y la temperatura en el interior de la cámara funeraria
era insoportable, favoreciendo la aparición de sales eflorescentes sobre los muros lo que,
según Hawass (1997:33), ha aconsejado presentar un plan especial de administración y
conservación de la Meseta de Gizeh.
Habrá que plantearse si no es necesario contar, cuanto antes, con un código deontológico
que exponga con detalle cuáles han de ser las responsabilidades que en el desarrollo del
turismo cultural han de asumir tanto las comunidades locales como los turistas que las visitan,
en un intento de preservar el patrimonio a través de unas normas capaces de crear una con-
ciencia social, cultural y ética nueva en las que puedan moverse las jóvenes generaciones.
Solo así iremos tomando conciencia, poco a poco, de que es necesario proteger el contenido
histórico, artístico, social y ético de que es portador el patrimonio cultural. Y nuestras ciudades,
monumentos, sitios naturales y arqueológicos comenzarán a ser respetados por los turistas
que sabrán apreciar su valor simbólico e histórico y procurarán, con su comportamiento res-
ponsable, que no se deterioren físicamente a causa de manipulaciones inadecuadas o de
abusos incontrolados. Pero también tendremos que aceptar, con Périer-D’Ieteren (1998:8), que
una demanda turística excesiva de monumentos y obras de arte que visitar puede crear, con el
tiempo, una presión tal sobre los responsables institucionales que se vean obligados a inter-
venir con rapidez, renovando o reconstruyendo monumentos, antes que dedicarse a conser-
varlos o restaurarlos.
Entre los factores que pueden producir efectos, tanto positivos como negativos, en relación
con el turismo y el patrimonio natural y cultural podríamos destacar algunos más relevantes,
pero siempre haciendo una reflexión serena y equilibrada. Así, a la hora de analizar los efectos
negativos que el turismo provoca en el patrimonio es preciso destacar que no siempre el turismo
es el único responsable de dichos efectos, sino que, con frecuencia, suelen ser también el
resultado de una falta de planificación o de una no adecuada realización en su desarrollo.
Porque, si por una parte se está dando la destrucción de la flora y de la fauna que está provo-
cando alteraciones serias en el medioambiente, estas suelen darse debido a la ausencia de
261
unos sistemas de control previsto que favorezcan el uso racional de los espacios naturales y no
solo al fenómeno turístico. Es más, el turismo ha servido en muchos casos para que el público
tome conciencia de que es necesario conservar las áreas naturales y el entorno en que se
encuentran determinados monumentos.
Otro tanto puede pasar con el desarrollo descontrolado de las poblaciones turísticas que se
ven obligadas a dar respuesta a una demanda de infraestructuras de las que no disponen. Pero
aquí también habría que resaltar que, muchas veces, la causa de ese desarrollo descontrolado
se encuentra en la ausencia de una reglamentación precisa por parte de las autoridades lo-
cales que suelen preocuparse más por obtener los beneficios económicos que el turismo
produce, sin tener en cuenta que es preciso invertir en infraestructuras si se quiere potenciar el
turismo (fig. 26).
Que el turismo puede convertirse en un agente de cambio medioambiental es un dato que ha
de llevar a las instituciones a plantearse la necesidad de incorporar en sus estudios y proyectos
el papel que el turista cultural puede desempeñar como instrumento de dicho cambio. El tu-
rismo implica afluencia de público, congestión del tráfico y contaminación medioambiental,
pero también contribuye a subvencionar la conservación y restauración de los monumentos y
recursos naturales (Mathieson y Wall, 1990; Acerenza, 1991). Habrá, por tanto, que tratar de
resolver los problemas del posible deterioro que el turismo causa en los monumentos y en el
medioambiente, ya sea motivado por el desgaste producido por la masificación, por las acciones
vandálicas de personas descontroladas o por la comercialización desmesurada e, incluso, por la
posible alteración de la razón de ser o espíritu original de los sitios y monumentos (Merchav y
Killebrew, 1998).
Así lo confirma la Declaración de Manila sobre el Turismo Mundial, de 1980, al señalar que
son muchas las limitaciones que pueden afectar al desarrollo del turismo y que urge analizarlas
y estudiarlas con detenimiento con el objeto de adoptar una serie de medidas que eviten, en lo
posible, los aspectos negativos del mismo. Pero, al mismo tiempo, expone los efectos positivos
que el turismo ha de tener al colaborar en la protección y mantenimiento de los lugares histó-
ricos, culturales y religiosos. Promueve, además, el desarrollo económico de las regiones y
países implicados, al tiempo que desempeña un papel de cooperación y solidaridad entre los
pueblos. Resalta los elementos espirituales que han de primar como la realización de la per-
sona, la contribución a la educación, la igualdad de los pueblos, la liberación de las personas
respetando su propia dignidad e identidad y la afirmación de que existen culturas con su propia
originalidad cuyo patrimonio moral ha de ser respetado. También expone la necesidad de
educar a los jóvenes en la práctica del turismo como forma de favorecer un clima donde pueda
consolidarse la paz y la convivencia, al tiempo que se aprende a valorar y respetar el patri-
monio natural y cultural.
262
6.6. LA PRESENTACIÓN IN SITU DEL PATRIMONIO
Una de las tendencias actuales en la difusión del patrimonio es la valoración del patrimonio
cultural que incluye todo tipo de patrimonio: monumentos, centros históricos, sitios arqueo-
lógicos y naturales, paisajes culturales, bienes muebles, etc. Este hecho supone adoptar una
serie de medidas encaminadas a la investigación, conservación, y presentación en su con-
texto original de dicho patri-monio. Uno de los objetivos es convertir esta forma de presenta-
ción en una oferta cultural que satisfaga las expectativas del público que busca compaginar,
simultáneamente, el tiempo de ocio con el disfrute de la cultura.
El estudio del entorno de los diversos bienes patrimoniales adquiere gran importancia al
ampliar y completar el propio lugar o sitio patrimonial, sobre todo cuando este entorno nos
permite una mejor comprensión del patrimonio y estar en contacto con la naturaleza, practicar
el senderismo y disfrutar de otras tantas actividades ecológicas. Todo este marco justifica el
interés por esta nueva forma de concebir y difundir el patrimonio. En este aspecto, podemos
afirmar que las distintas políticas culturales deben ir orientadas a valorar el patrimonio en aras
de una rentabilidad cultural, social y económica. Deben ser el resultado de un estudio y análisis
previos, realizados a diversos niveles administrativos y ámbitos geográficos, cuyos resultados
pueden ser importantes a la hora de seleccionar aquellos elementos patrimoniales que se van
a revalorizar.
Puesto que es imposible presentar al publico todo el patrimonio, hemos de tener en cuenta
unos criterios claros a la hora de elegir el lugar, teniendo presente el grado de conservación, el
interés histórico, artístico o científico, la situación y el significado cultural. Igualmente, se ha de
disponer de los medios humanos y económicos adecuados. Una vez elegido el sitio patrimonial,
se elabora un proyecto integral que contemple simultáneamente la investigación, la conser-
vación y la presentación (fig. 27).
6.6.1. La investigación
6.6.2. La conservación
Sin embargo, la realidad demuestra que cada sitio presenta unos rasgos singulares y, por
tanto, el grado de intervención deberá ser distinto en cada uno de ellos. Más adelante, se
265
exponen algunos ejemplos en los que se han dado diferentes soluciones.
Para la exposición propiamente dicha es necesario tener en cuenta una pedagogía y ex-
plicación del sitio para hacerlo comprensible al gran público. Será imprescindible diseñar unos
itinerarios donde se indiquen los puntos de mayor interés, con paneles explicativos que
ofrezcan la información adecuada para interpretarlo y comprenderlo. Actualmente, estos es-
pacios museográficos buscan crear nuevas relaciones entre el visitante y el patrimonio, donde
la escenografía y las reconstrucciones virtuales juegan un papel fundamental a la hora de
transmitir sensaciones y nuevas experiencias que enriquecen la dimensión cultural de la visita.
Además, estas están preparadas para ser guiadas por animadores o mediadores culturales o
por audioguías que permiten hacer el itinerario con total libertad, pudiéndose seguir en varios
idiomas. También pueden ayudarse por medio de guías escritas adaptadas al itinerario pro-
puesto (fig. 28). Como complemento de la visita, algunos lugares patrimoniales desarrollan
diversas actividades, como talleres, representaciones teatrales y animaciones variadas.
Una de las finalidades de la presentación al público del patrimonio arqueológico es la de
divulgar los conocimientos científicos y cumplir la verdadera función social que tienen asignada.
Pero el mero acto de la presentación no debe ir dirigida únicamente a permitir el contacto
directo entre público y patrimonio, sino que el primero alcance una mejor comprensión y co-
municación de lo que se expone. En este aspecto, la presentación «se ha de hacer de forma
atractiva, estimulando visualmente y provocando la reflexión, al tiempo que se mantiene la
exactitud histórica y se respeta la integridad de las ruinas» (Silvan, 1997:52). Un elevado
número de yacimientos ofrecen un paisaje en ruina, incomprensible para el gran público.
Razón por la que, a veces, resulta difícil transmitir o comunicar la lectura o lecturas del sitio.
Tras una primera imagen que el espectador se hace del lugar, es incapaz de interpretarlo per
se, puesto que es necesario ilustrar, explicar y valorar las ruinas mediante un discurso que
debe desarrollarse espacialmente (fig. 29).
En primer lugar, hemos de destacar las características físicas y medioambientales del ya-
cimiento. El entorno ha de ofrecer una imagen agradable y atractiva para los visitantes y
cualquier intervención que se realice, como la creación de infraestructuras —aparcamiento,
centro de visitantes, museo del sitio o el propio vallado o cerramiento—, tiene que ser muy
respetuosa con el medio, de forma que estas estructuras no interfieran en los restos arqueo-
lógicos.
La primera percepción o contacto del visitante con el lugar consistirá en una visión general de
lo que va a ver a través de un gran panel donde figurará una fotografía o gráfico, el nombre del
266
lugar y el logotipo. A partir de este punto, que puede coincidir con el centro de visitantes o de
acogida, se le ofrecerá toda la información necesaria para realizar la visita, pudiéndose utilizar
para su preparación maquetas, dioramas, multimedia, folletos y guías turísticas. Esta se
iniciará por la entrada principal, siempre que sea posible, y continuará por el itinerario pro-
puesto siguiendo las correspondientes señalizaciones. Es importante seleccionar los puntos
de información en los lugares adecuados, teniendo en cuenta que los soportes y paneles
deben ser los apropiados para resistir los efectos de los factores metereológicos. Las expli-
caciones existentes en los puntos de información son fundamentales para la interpretación de
los restos arqueológicos y pueden estimular al visitante interesado no tanto por el impacto de
los elementos arquitectónicos, cuanto por conocer a las personas que allí vivieron y dejaron
sus testimonios.
Pero, ¿cómo debe ser la información que se ofrece? La información puede presentarse en
diversos tipos de registros: textos escritos, gráficos e ilustraciones. Se logra una mayor co-
municación cuando se integran textos e imágenes, hasta tal punto que el éxito en la transmi-
sión del mensaje depende del grado de articulación que tengan los distintos medios informa-
tivos. Se aconseja seleccionar muy bien los textos, que estos se presenten jerarquizados y que
la calidad gráfica o fotográfica sean buenas (Zifferero, 1999). En definitiva, los paneles deben
ser discretos, concisos y atractivos. Uno de los ejemplos que queremos resaltar es el poblado
de Maleta del Remei (Tarragona) (Gracia y otros, 2000). La información sobre el yacimiento se
presenta en dos tipos de paneles. Unos generales, en los que se explican las características de
la cultura ibérica, ubicados en la plataforma central del yacimiento, sobre soportes de hierro y
placas de metacrilato. Y otros específicos, que hacen referencia a los restos arquitectónicos.
En ellos se combina la información escrita y gráfica, distribuidas en distintos puntos a lo largo
del itinerario. Además, se ofrece al visitante un folleto orientativo de la visita. Todo ello se
complementa con un CD-Rom donde se explican todos los procesos relacionados con la vida
material y espiritual de la sociedad que habitó ese poblado.
A) PROMOCIÓN
Una vez que se ha acondicionado el sitio es necesario darlo a conocer y hacer una difusión lo
267
más amplia posible del mismo. Uno de los medios más utilizados es la publicación de itinerarios
o rutas turísticas diversificadas y de distintas áreas geográficas. Estos recorridos pueden
reflejar una variedad de lugares patrimoniales o sitios temáticos en sentido amplio: ruta de
castillos, de iglesias románicas, de yacimientos prehistóricos, de parques naturales, etc.
Los puntos de información turística pueden ser referencia a la hora de proporcionar toda la
información posible a través de folletos, planos, guías, posters y cualquier otro elemento de
difusión. También pueden utilizarse todos los medios de comunicación: prensa, TV, Internet.
Conviene, pues, aplicar las técnicas de marketing a la hora de realizar la publicidad y la pro-
moción del lugar.
B) SEÑALIZACIÓN
Las indicaciones a lo largo de las vías de comunicación, con las señalizaciones colocadas
repetidamente y a distintas distancias, son una buena invitación a la visita. Estas señales
deben presentarse en paneles con una información bastante completa sobre la indicación del
lugar y un breve texto de identificación, la ubicación exacta con los diversos accesos y la
presentación del logotipo correspondiente al sitio patrimonial. Es importante tener en cuenta
que la distribución de este tipo de señales, a lo largo del recorrido, no puede ofrecer la menor
duda ni confusión del trayecto ni de los accesos al mismo.
La valoración del patrimonio conlleva la realización de una serie de infraestructuras que ayu-
dan a ofrecer una imagen agradable y atractiva para los visitantes. Esta primera impresión puede
condicionar, incluso, el resultado final de la visita. En el espacio de acogida tiene lugar el primer
contacto entre el visitante y el patrimonio, que no solo representa un punto de encuentro físico,
sino también debe expresar el deseo de ofrecer una cálida acogida. En él se ofrecerán la
orientación e información necesarias para realizar la visita además de las actividades que se
ofrecen.
Además, debe contemplarse el aparcamiento, los distintos medios de transporte públicos, si se
trata de un patrimonio urbano, así como una serie de servicios como cafetería-restaurante, tienda,
teléfono, sanitarios y guardarropa. Cuando el sitio patrimonial se encuentra ubicado en una zona
rural, debe tenerse en cuenta que estos edificios de acogida estén perfectamente contextuali-
zados en el entorno y deben situarse a una cierta distancia del sitio patrimonial, de manera que
no interfieran en la percepción visual del mismo, ni en la carga simbólica o en el espíritu del lugar.
268
6.7. LOS MONUMENTOS
La ley 16/1985, de 25 de junio, define los monumentos como «aquellos bienes inmuebles
que constituyen realizaciones arquitectónicas o de ingeniería, u obras de escultura colosal
siempre que tengan interés histórico, artístico, científico o social» (art. 15). Por su parte, el
Consejo de Europa, en la resolución relativa a la Adaptación de Sistemas Legislativos y
Reglamentarios a los requisitos de la Conservación Integrada del Patrimonio Arquitectónico,
adoptada en 1976, define los monumentos como «obras arquitectónicas concebidas a pe-
queña o gran escala, incluidos los bienes culturales muebles que deben considerarse como
inmuebles por sus características o su ubicación, así como a las obras escultóricas monu-
mentales de interés histórico, arqueológico, artístico, científico, cultural o social» (Moreno de
Barreda, 1999:588).
A lo largo de la historia, los monumentos han sufrido una serie de cambios y transforma-
ciones que han afectado tanto a su propia estructura como a su uso y función. Cada monu-
mento representa un caso singular a la hora de abordar su protección, conservación y valora-
ción. A continuación vamos a presentar algunos ejemplos.
Cada vez que se plantea el tema de la restauración de las ruinas, una de las primeras
preguntas que surgen es la conveniencia o no de restaurarlas. Es evidente que toda ruina ha
de ser protegida haciendo que su vida se prolongue indefinidamente, pero también es nece-
sario hacerla comprensible y legible, buscando que no pierda su dimensión simbólica. Si se
pretende conservar íntegra la autenticidad de la ruina, es preciso actuar con rigor científico y,
como señala Boiret (1991:70-71), que se tenga en cuenta qué se quiere expresar, qué se
puede hacer y cómo es posible realizarlo.
Respecto a qué se pretende transmitir al público, no es lo mismo tratar de que se conserve la
ruina y, con ella, su carácter simbólico y documental como medio de ofrecer un mensaje, que
intentar transmitir solo su dimensión poética, fruto de una escenografía bien presentada o
utilizar la ruina para fines turísticos como un valor social que, pese al coste que supone su
conservación, se convierte en una fuente de ingresos y de valor y uso social. Uno de los
ejemplos más conocidos es el Partenón.
Es este un monumento que ha sufrido diversas intervenciones. Hasta el siglo XVII se ha
conservado casi de forma íntegra debido, entre otras causas, al interés y admiración que había
despertado, así como a la utilización ininterrumpida del uso religioso al que ha estado dedicado.
De hecho, pasó de ser un templo pagano a una iglesia cristiana, después mezquita musulmana
269
y, finalmente, polvorín turco, causa esta última de que se convirtiera en ruina al ser bombar-
deado, en 1687, durante el asedio de los venecianos. A comienzos del siglo XIX, los emisarios
de lord Elgin saquean la mayor parte de la decoración plástica que se conservaba hasta ese
momento, contribuyendo así a la mutilación total del monumento.
Durante el siglo XVIII, el Partenón fue conocido en toda Europa como una ruina y a partir del
siglo XIX será considerado como un monumento que, poco a poco, se irá convirtiendo en
símbolo de la perfección clásica y en paradigma de la ruina sublime, objeto de atención de los
relatos pintorescos. Será Leo Von Klenze, arquitecto de la corte de Luis de Baviera, quien, en
1834, diseñe las líneas de lo que ha de ser la intervención en el gran monumento del Partenón,
ateniéndose a la teoría purista que en esos momentos imperaba. Para ello, se derriban y
eliminan las piedras de los restos de las fases postclásicas y se reconstruye el edificio con la
ayuda del material antiguo que aún subsistía, conservando su carácter de ruina.
Entre 1842 y 1845 se llevan a cabo los trabajos de restauración organizados por la Sociedad
Arqueológica de Atenas, se reconstruyen algunas partes que suscitaron diversas críticas y
contribuyeron a acrecentar la dimensión romántica del Partenón. Si cada anastilosis supone,
según Mallouchou-Tufano (1991:180), recuperar una parte del contorno que el monumento
tenía en su origen y la regularidad de sus espacios, no hemos de olvidar que esta puede poner
en peligro la belleza de la propia ruina.
Entre 1885 y 1890 P. Karvalias realiza excavaciones sistemáticas que conducen a la pérdida
de la imagen pintoresca que el monumento proyectaba, eliminando algunos restos añadidos.
Posteriormente, entre dos fases distintas que discurren entre 1898-1902 y 1922-1930, Nicolaos
Balanos (1938) realiza una serie de anastilosis que darán lugar a la imagen actual que la
Acrópolis presenta como una verdadera «ruina artificial» (Schmidt, 1997:figs 6-7). Para ello, se
sirve de la reconstrucción de determinadas partes del monumento con el material antiguo que
se encontraba en la Acrópolis. Pero, dado que Balanos no era arqueólogo sino ingeniero,
muchos de los fragmentos del Partenón no supo identificarlos y no pudieron ser aprovechados.
Con la creación, en 1975, del Ministerio de Cultura, el Comité para la Con-servación de los
Monumentos de la Acrópolis ha llevado a cabo una serie de trabajos que, según Mallou-
chou-Tufano (1991:180-181), pueden concretarse en los siguientes puntos:
• La creación de un comité interdisciplinar en el que colaboran arqueólogos, arquitectos,
ingenieros civiles y químicos, que garantiza el control global de los estudios y trabajos
realizados.
• La realización de estudios y trabajos encomendados a científicos y técnicos especiali-
zados.
• La publicación de una serie de estudios para la restauración de los monumentos antes de
su intervención.
• La documentación de todos los estudios y trabajos que se llevan a cabo.
270
• La creación de controles múltiples con el objeto de que las decisiones que se tomen sean
lo más objetivas posibles.
• La promoción de la investigación en el campo de la tecnología y arqueología que garan-
tice un mejor conocimiento de los monumentos antes de cualquier intervención.
• La aceptación de los principios de la Carta de Venecia como base teórica de los trabajos
y las aportaciones de Ch. Bourras basadas en la preservación máxima de la reversibili-
dad de las intervenciones, la limitación de las intervenciones a las partes del monumento
ya restauradas y el intento de alterar lo menos posible el aspecto que los monumentos
poseen.
• Todo ello se realiza con el propósito de reforzar la estabilidad del monumento.
Con las investigaciones de M. Korrés (1989) se han podido recuperar numerosos bloques
antiguos del monumento que se creían perdidos y que podrían facilitar la ejecución de la
anastilosis de determinadas partes del monumento, con el fin de contribuir a la mejor com-
prensión del mismo por parte de un público más amplio y menos especializado (Fig. 30).
La restauración del teatro romano de Mérida ha tenido lugar en tres fases distintas, que han
contribuido a que el monumento llegue hasta nosotros en las mejores condiciones posibles. La
primera, tuvo lugar apenas comenzadas las excavaciones en 1910, y fueron sus directores
José Ramón Mélida y Maximiliano Macías, quienes trataron de consolidar las partes del mo-
numento que se encontraban más deterioradas. Esta tarea fue acompañada por la recons-
trucción de la escena, dirigida por el arquitecto Aurelio Gómez Millán, siguiendo los principios
de la reintegración estilísta que ya estaban abandonados, por obsoletos, aunque se utilizaba el
material que habían proporcionado las excavaciones arqueológicas.
Más adelante, ya en la década de los cuarenta, tendrá lugar una segunda intervención, esta
vez a cargo del arquitecto Félix Hernández Gutiérrez, quien pretende consolidar los restos de
los vomitorios altos y de los graderíos, así como restaurar la fachada de la escena, labor que no
pudo llevar a cabo porque se veía en la necesidad de derribar lo que ya había construido Aurelio
Gómez Millán. Pero será en la década de los sesenta cuando el teatro experimente su definitiva
fase de restauración realizada por el arquitecto José Menéndez Pidal, después de haber ela-
borado un serio estudio y una amplia recopilación del material que se encontraba disperso
dentro del mismo. Desde el primer momento tuvo muy claro el criterio de intervención que
consistía en un gran respeto al valor histórico del monumento, diferenciando las partes origi-
nales de las añadidas (Menéndez-Pidal, 1976:201).
271
En el desarrollo del proyecto pueden diferenciarse, según Terrón (1993), varias etapas:
• En primer lugar, Menéndez-Pidal se propuso realizar un minucioso estudio del edificio
antes de llevar a cabo ningún tipo de intervención. Además, trató de recopilar todos
aquellos materiales originales que se encontraban dispersos, clasificándolos con objeto
de utilizarlos para la recomposición de la estructura de la escena. Como el monumento
había experimentado diversas etapas en su construcción y había sufrido diferentes re-
formas, la tarea se presentaba dificultosa y era preciso hacer una selección que estuviese
apoyada en una base rigurosamente científica. La anastilosis que se pretendía realizar
era posible gracias a que se conservaban las basas y capiteles, así como la cornisa del
primer orden y parte de la segunda. En palabras del propio arquitecto (1976:202), «se
practicó, siempre que ello fue posible, la reposición en su lugar de los elementos arqui-
tectónicos constructivos y decorativos originales, anastilosis, siempre que su colocación
fuese evidente y segura, reconstruyendo las piezas fragmentadas, como se ha dicho,
antes de su remontaje».
• Un segundo momento consistió en restituir aquellas piezas antiguas que habían desa-
parecido por otras nuevas, principalmente en los vomitorios y graderíos. Para dicha res-
titución se utilizaron piedras artificiales que se habían- fabricado teniendo en cuenta la
textura y el desgaste de las originales, labrándose en los casos más urgentes sillares de
granito. Una de las precauciones que se tomaron fue la conservación de los testigos
originales siempre que se podía y, solo excepcionalmente, se restituyeron aquellas
piezas en que lo exigía su estado de deterioro. Se trataba de hacer visible la intervención,
pero teniendo presente que en ningún caso se pretendía falsear la naturaleza del mo-
numento.
• El siguiente paso consistió en desmontar la fachada de la escena con el propósito de
realizar una anastilosis significativa. Siguiendo los principios de la Carta de Venecia de
1964, Menéndez-Pidal es consciente de que no le está permitido realizar una recons-
trucción total del monumento, sino que ha de realizar los añadidos mínimos que asegu-
rasen su conservación y restablecer la continuidad de sus formas. Se trataba de levantar
la fachada de la escena con la menor intervención posible y que, al mismo tiempo, per-
mitiese una lectura adecuada del mismo. Dado que la intervención realizada por Aurelio
Gómez presentaba varios errores, era necesario desmantelar el entablamiento del primer
orden para poder reconstruirlo en un segundo momento, una vez realizado el estudio de
la resistencia de los materiales antiguos que se habían de utilizar sin que tuvieran que ser
adulterados. Se aplicaron resinas sintéticas para sustituir el hormigón, así como almas
metálicas para consolidar las columnas. Y, sobre estas, se reconstruyeron los arquitrabes
utilizando el hormigón.
• En último lugar, se procedió a colocar los relieves antiguos allí donde se encontraban
272
originariamente, adornando los arquitrabes, frisos y podios, al tiempo que se construían
otros con piedra artificial fácilmente identificables. Se colocaron algunas réplicas de es-
culturas en los intercolumnios de la escena con piezas originales, sustituyendo lo que fal-
taba con ladrillo visto. Todo ello para hacer más comprensible el monumento. De igual
modo, se procuró colocar los graderíos de poliester con objeto de rehabilitar el monumento
y hacer posible su rentabilidad social. La restauración de este monumento ofrece la po-
sibilidad de celebrar anualmente los festivales de teatro con diversas representaciones
de obras clásicas.
Es interesante destacar que, desde 1993, a iniciativa del Consejo de Europa, se ha creado la
Red Europea de los Lugares Clásicos de Espectáculo (teatros, anfiteatros y circos). Dicha red
pretende conseguir una estrecha colaboración entre los profesionales que trabajan en la va-
loración de este patrimonio, con el fin de conservarlo, protegerlo y difundirlo. Han desarrollado
diversos proyectos, entre los que se encuentra la Carta sobre el Uso de los Lugares de Es-
pectáculo, adoptada en el Coloquio Internacional de Verona, en 1997. Entre los aspectos que
contempla, hemos de mencionar el uso de estos lugares para su revalorización, sugiriendo que
la organización de espectáculos debería resaltar las características del monumento así como
su significado histórico y simbólico. Al mismo tiempo, aconseja cómo deben integrarse los
distintos dispositivos técnicos de seguridad, iluminación, escenografía o medios acústicos
durante la celebración de los festivales.
Una de las restauraciones que más polémicas ha suscitado en España durante los últimos
años ha sido la realizada en el teatro de Sagunto por los arquitectos Giorgio Grassi y Manuel
Portaceli. Basándose en el hecho de que, en el pasado ya se habían efectuado otras restau-
raciones no siempre acertadas, los arquitectos han defendido su intervención contra aquellos
que se oponían enérgicamente a cualquier actuación arbitraria. A pesar de que han insistido
continuamente en que el proyecto ha sido elaborado a partir de un profundo estudio del mo-
numento y respetando al máximo su estructura original, muchos han sido los que han puesto
de relieve que esto no ha sido así.
Antonio Almagro (1993) opina que no se ha respetado el monumento en su integridad, como
puede comprobarse en el hecho de haber cortado algunas fábricas romanas mediante el disco
de carbonudo con el objeto de abrir huecos en los que poder sustentar muros de nueva cons-
trucción que no existían en su origen, o en el intento de revestir estructuras que eran fácilmente
comprensibles antes de la intervención y que, después, han quedado ocultas tras una re-
construcción poco clara y menos fiel al original.
De igual modo, critica el diseño tosco de los graderíos que se han reconstruido utilizando
piedra blanca, cuando la local es de color gris, colocándolos sobre un relleno de piedra y
mortero de cemento que se confunde con la estructura original y dándole un volumen superior
273
al que tenía. También chirría el intento de anastilosis que se ha realizado con la ornamentación
del frons scenae, así como la disposición de las columnas que pierden su esbeltez o la falsa
altura que se ha dado al edificio escénico. Almagro piensa que el visitante se encuentra ante un
monumento reconstruido en el que más de tres cuartas partes no son restos originales y se
pregunta hasta qué punto hoy se han de justificar intervenciones de este tipo en cualquier
monumento histórico.
Dicha actuación fue denunciada ante los tribunales de Justicia, pero recientemente el Tri-
bunal Supremo ha desestimado el recurso del Ayuntamiento de Valencia que anuló, en 1993, el
proyecto de restauración del teatro (Viadel, 2000:53). El alto tribunal argumenta que la re-
construcción se basa en presupuestos «plenamente defendibles en el plano artístico o aca-
démico, pero enfrentados a un criterio normativo, el del artículo 39.2 de la ley de Patrimonio
Histórico, que es el que debe vincular a la Administración pública».
Como ejemplo, hemos elegido dos ciudades que, a nivel funcional, presentan unas diferen-
cias muy marcadas, como son Cáceres y Toledo.
El conjunto monumental de Cáceres puede considerarse como una pequeña ciudad cuya
evolución se ha detenido hace dos siglos, manteniéndose viva toda su carga histórica y
simbólica. El visitante puede percibir este ambiente en un paseo por sus calle s y pequeñas
plazas, sobre todo si este se realiza por la noche. Su origen se debe a la creación de la
colonia Norba por los romanos en el siglo I a. de C. De esta época se conservan algunos
lienzos de la muralla y la puerta del Arco del Cristo. La impronta visigoda puede apreciarse en
las proximidades de la puerta de Santa Ana. A la herencia árabe se debe casi toda la fort i-
ficación del conjunto monumental. De las treinta torres albarranas que tenía, se conservan
únicamente unas doce, como la Mochada, la del Horno, la de la Hierba o la de Bujaco.
En el interior del recinto se alzan edificios religiosos y un elevado número de pala-
cios-fortalezas de los siglos XV al XVIII, habitados por la nobleza hasta tiempos bastantes
recientes. Desde antiguo, las únicas intervenciones que se realizaron se centraron en la
limpieza de las fachadas monumentales y de los espacios públicos. Será a partir de 1970
cuando se inicie una política orientada a la rehabilitación de edificios con el fin de darles un
nuevo uso. Así, el convento de la Com-pañía de Jesús, del siglo XVIII, se ha adaptado para
centro cultural. El palacio de Ulloa, de los siglos XIV a XVI, para Escuela de Bellas Artes, el
palacio del Comendador de Alcuéscar, de los siglos XIV a XVII, para Parador de Turismo. El
palacio de Moctezuma, del siglo XVI, alberga el Archivo Histórico, y la casa de las Veletas, de
los siglos XII a XVI, acoge el Museo Provincial (fig. 31).
Gradualmente, este conjunto histórico ha perdido su función de habitabilidad y se ha trans-
formado en un gran espacio destinado a actividades culturales y, sobre todo, turísticas, cambio
que ha mantenido el espíritu original de la ciudad y que evoca, por todos los rincones, la me-
moria del pasado. Uno de los factores que más ha influido para recrear este ambiente ha sido la
ausencia casi total del tráfico rodado. Tanto es así que ha servido de escenario en el que se
han recreado algunas películas de época como la que se hizo sobre Santa Teresa de Jesús.
277
Aunque nunca ha sido un ámbito urbano multifuncional, su valoración como atractivo turístico
requiere diseñar una política adecuada orientada a la investigación, conservación y difusión de
este patrimonio.
La adecuación de este conjunto histórico para su visita requiere la creación de infraestruc-
turas relativas a la organización de los accesos, la erección de un centro de visitantes, la
colocación de señalizaciones, de paneles explicativos y el diseño de itinerarios alternativos
como el de la ronda de las murallas y otros que confluyen en las cuatro plazas: Santa María,
Caldereros, San Mateo y las Veletas.
Entre los conjuntos históricos que pueden servir de paradigma se encuentra el de la ciudad de
Toledo, que goza de una situación privilegiada al estar situada sobre un cerro y adaptarse
perfectamente a la topografía. Se halla rodeada por sus lados sur, este y oeste por el río Tajo,
mientras que por el norte está protegida por una muralla. Su tejido urbanístico se ha ido confi-
gurando a lo largo de los siglos, aunque la estructura viaria medieval ha condicionado en gran
medida el actual trazado de la ciudad. Uno de los rasgos más destacados es la impronta dejada
por las culturas judía, musulmana y cristiana en los edificios monumentales civiles y religiosos,
en las viviendas privadas y en sus calles y plazas. Por ello, la valoración de este rico y variado
patrimonio está orientada a conservar sus rasgos originales y a hacerlos compatibles con las
características de una ciudad contemporánea.
Las primeras actuaciones se han centrado en la restauración y rehabilitación de algunos
edificios para nuevos usos. Sin duda, la elección de Toledo como sede del gobierno auto-
nómico de Castilla-La Mancha ha potenciado estos trabajos. El palacio de Fuensalida está
destinado a la Presidencia del Gobierno de Castilla-La Mancha, las Cortes regionales se han
instalado en el convento de San Gil y otros edificios se han dedicado a actividades culturales,
como el hospital de Tavera que alberga el Archivo de la Nobleza, el del Alcázar que se destina
a biblioteca y la iglesia de San Marcos que se ha transformado en un centro cultural.
Hasta una fecha reciente el centro histórico de Toledo conjugaba su carácter histórico con el
de habitabilidad. Sin embargo, se está produciendo un éxodo gradual de sus habitantes a las
zonas periféricas donde se han configurado nuevos barrios que ofrecen mejores condiciones
tanto de servicios e infraestructuras como de ventajas económicas. En este sentido, los datos
son alarmantes puesto que, en los últimos cincuenta años, el casco histórico ha perdido 29 000
habitantes que suponen un descenso de población del 70 %. En la actualidad, solo vive un
10 % del total de la población de la ciudad. Ante esta situación, se han marcado unos objetivos
que consisten en conseguir unos 15 000 o 17 000 habitantes (Martín, 2000:11).
278
La constitución del Real Patronato de la ciudad de Toledo el día 2 de octubre de 2000, bajo la
presidencia del Rey Juan Carlos I, ha impulsado la rehabilitación del casco antiguo (Lucas,
2000:59). Por su parte, el Ayuntamiento y la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha han
puesto en práctica el Plan Especial que cuenta con un presupuesto de 5600 millones de pe-
setas. Los objetivos del plan son rehabilitar unas 700 viviendas. Al mismo tiempo, se han
contemplado algunas medidas para solucionar el intenso tráfico rodado y peatonal que soporta
la ciudad diariamente. Una de estas medidas ha sido la construcción de una escalera mecá-
nica proyectada por José Antonio Martínez Lapeña y Elías Torres (2000), instalada en el
desnivel que separa la ciudad antigua y el paseo de Recaredo. A pesar de las críticas, ha
quedado muy bien contextualizada en el entorno y esta nueva vía de comunicación permite a
los usuarios dejar sus vehículos en el aparcamiento construido junto a la escalera y acceder a
pie a la ciudad. Está prevista la construcción de un segundo acceso mecánico junto a la puerta
de Toledo, cuyo proyecto llevará a cabo Moneo en la nueva entrada a la ciudad (Acuña,
2000:21).
La ciudad de Toledo cuenta con una afluencia anual de 1 700 000 visitantes, concentrándose,
sobre todo, durante los fines de semana. Sin embargo, en opinión de Troitiño (2000:80), se da
una utilización muy limitada del potencial cultural que posee la ciudad respecto al turismo. Uno
de los aspectos positivos que puede destacarse es el interés de las autoridades por mantener y
potenciar el carácter multifuncional y dinámico de la ciudad. Hecho que, al mismo tiempo,
conlleva otros problemas como el de la intensidad de tráfico que soporta cualquier ciudad
actual. En este aspecto, a la hora de organizar la visita a la ciudad y de canalizar el flujo turís-
tico hemos de tener en cuenta una serie de requisitos, entre los que se destacan los siguientes:
• Evitar el tráfico rodado mediante la creación de aparcamientos para mejorar la circulación
peatonal.
• Proponer diferentes accesos con itinerarios alternativos para no masificar las visitas.
• Crear centros de visitantes en los accesos, cuya misión sería la de ofrecer un espacio de
acogida proporcionando información escrita, planos y trípticos con los distintos itinerarios.
Además, se daría una explicación del papel que ha jugado la ciudad a lo largo de la
historia y que propició la coexistencia de las tres culturas. Para ello, se utilizarían audio-
visuales y exposiciones con gráficos, fotografías y maquetas.
Pensamos que es interesante el plano de la ciudad editado por Toledo ciudad de Congresos,
donde figuran cuatro itinerarios diferentes que ofrecen un conocimiento bastantes completo de
la ciudad (fig. 32). Estos son los siguientes:
a) El itinerario de la Judería, al que se accede por la puerta del Cambrón.
b) El itinerario árabe-mozárabe y mudéjar, que se inicia en la puerta de Al-fonso VI.
c) La ruta del Renacimiento, que comienza en el hospital de Tavera y sigue por la puerta de
Bisagra.
279
d) La ruta de la Catedral con entrada por la puerta de Alfonso VI.
Para una gran mayoría de autores, el concepto de interpretación tuvo su origen en la mu-
seología de los sitios naturales, idea que surge en América del norte y Canadá a partir de los
parques naturales. El objetivo principal de estos centros es sensibilizar a la población mediante
el método particular de la interpretación. Se han dado muchas definiciones a partir de Tilden.
Así, la Asociación para la Interpretación del Patrimonio de Québec concebía la interpretación,
en 1980, como «un proceso que pretende comunicar al público la significación así como el
valor del patrimonio natural y cultural, implicando directamente al individuo con los fenómenos,
para hacerle consciente del lugar que ocupa en el espacio y en el tiempo».
Montpetit (1998:180) explica la diferencia que existe entre los centros de interpretación y los
museos tradicionales. Los primeros son lugares específicos organizados para acoger los
280
medios y las actividades de interpretación y se diferencian de los museos en su génesis y
porque tienen como objetivo fundamental iniciar a un amplio público sobre un sitio que le es
propio, informándole sobre su historia, e incluso se le prepara para que pueda apreciar sus
principales atractivos. Cuando se presentan colecciones, apoyan el objetivo principal. Sin
embargo, el museo tradicional se construye en torno al artefacto y la colección. Para él, el
centro de interpretación parte de un concepto, de una intención, de un objetivo. Es una idea
que se articula y se estructura alrededor de un mensaje, pero, ante todo, es el lugar de un
discurso puesto que, en definitiva, busca presentar un sitio y no una colección.
Quizá, una de las mejores definiciones que se han dado sobre la interpretación es la de Al-
dridge (1989:64), quien la considera como el «arte de explicar la significación de un lugar a las
personas que lo visitan, con el objetivo de transmitir un mensaje de conservación». En este
sentido, la fórmula del centro de interpretación puede adaptarse, según Montpetit (1998:181), a
cualquier museo de sitio, bien se trate de un sitio ecológico, etnológico, arqueológico o histórico.
Pensamos, por tanto, que la interpretación debe ser entendida como un proceso de comuni-
cación entre el patrimonio y el público con un mensaje muy claro: transmitir el significado y el
valor del patrimonio natural y cultural.
Este concepto ha tenido varias aplicaciones, siendo uno de los primeros modelos europeos el
Centre of Environmental Interpretation, creado en Manchester en 1980, con unos objetivos muy
claros: potenciar la formación de los jóvenes en este campo e impulsar la creación de estos
centros tanto en el Reino Unido como en el resto de los países europeos. Durante estos últimos
años se han puesto de moda en España las exposiciones interpretativas, utilizándose este
concepto de manera indiscriminada. No dudamos, sin embargo, que pueda aplicarse a una
gran diversidad de lugares patrimoniales, como queda reflejado en la monografía de Morales
Miranda (1998), aunque los primeros centros surgieron en los parques naturales (Benayas y
otros, 1995) (fig. 33). Recientemente se están creando algunos centros de interpretación que
intentan sustituir la visita a determinados sitios para evitar la degradación de los mismos como
sucede en el Centro de Interpretación de la Cueva de Maltravieso, situado al lado de la cueva
original, y que, por razones de conservación, no puede ser visitada. Sin embargo, la cueva de
Candamo (Asturias) permanece abierta durante los meses de julio y agosto, pero su acceso
queda restringido a veinticinco personas diarias. Al mismo tiempo, se ofrece la alternativa de
poder visitar, durante todo el año, el centro de interpretación ubicado en un edificio en el cer-
cano pueblo de San Román de Candamo.
Otros centros, como el de Cancho Roano en Zalamea de la Serena (Celestino, 2000), o el de
la iglesia de Santa Eulalia en Mérida (Fernández del Castillo, 1998), ambos en la provincia de
Badajoz, intentan ajustarse a la idea original procurando explicar primero el significado del
lugar, para después entrar en contacto directo con el sitio patrimonial. Sin embargo, centros de
estas mismas características, existentes en la Comunidad de Castilla y León, se denominan
281
aulas arqueológicas cuando se aplican a yacimientos arqueológicos y son definidos como
«espacios destinados a potenciar su conservación y difusión, así como favorecer la participa-
ción de particulares y entidades en la gestión del patrimonio» (Fernández y Val, 1999: 75).
Estos autores resaltan, entre los objetivos de las aulas arqueológicas, que se ha de asegurar la
rentabilidad social y cultural de los yacimientos y convertirlos en factor de un gran desarrollo
turístico de la zona. Pueden citarse muchos otros ejemplos, entre los que destacan el de la
cueva de los Enebralejos en Prádena (Segovia), el yacimiento romano de Uxama (Soria) y el
castro de Yecla de Yeltes (Salamanca).
Como consecuencia de todo lo dicho hasta ahora, pensamos que las instituciones públicas y
privadas encargadas de gestionar el patrimonio deben tener unos criterios claros a la hora de
crear y potenciar proyectos orientados a la difusión del patrimonio. Por tanto, deben ser el
resultado de programas de gran rigor científico, cuyo soporte material ha de resaltar, igual-
mente, dicho carácter científico, debiendo estar presente en cualquiera de los recursos utili-
zados en la divulgación del patrimonio.
La presentación in situ de los yacimientos arqueológicos ha pasado de ser una vieja aspi-
ración a convertirse en una realidad en todos los países del mundo. La Organización de las
Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, en su novena Reunión, celebrada
en Nueva Delhi del 5 de noviembre al 5 de diciembre se 1956, ya contemplaba la conservación
in situ de los vestigios. El artículo 21 establece que la autorización para realizar excavaciones
«Debería especialmente prever la custodia, el mantenimiento y el acondicionamiento de los
lugares, así como la conservación, durante los trabajos o al fin de ellos, de los objetos y mo-
numentos descubiertos». Es una idea que va a estar presente en otros documentos poste-
riores como en la Carta Internacional para la Gestión del Patrimonio Arqueológico, adoptada
por ICOMOS en 1990 y cuyo artículo 6 determina cómo la conservación in situ de monumentos
y conjuntos debe ser el objetivo principal de la conservación del patrimonio arqueológico.
Dicho patrimonio no debe estar expuesto a los riesgos después de la excavación, sin una
garantía previa de financiación que asegure su adecuado mantenimiento y conservación.
Una de las últimas referencias que tenemos es el Convenio Europeo para la Protección del
Patrimonio Arqueológico (revisado), aprobado en La Valette el 16 de enero de 1992. En él se
insiste en desarrollar políticas de planificación orientadas a la protección, conservación y
puesta en valor de los sitios que poseen un interés arqueológico y garantizar que la apertura al
público de los sitios arqueológicos no afecten al carácter científico de estos lugares y de su
entorno (art. 5). En la actualidad, podemos afirmar que las políticas culturales de los distintos
282
países están orientadas a potenciar, conservar y presentar en su contexto el patrimonio ar-
queológico para conseguir una mayor difusión. Hasta hace unos años, a pesar de las reco-
mendaciones internacionales, las distintas administraciones españolas con competencia en
este campo carecían de una planificación sobre la protección integral de los yacimientos,
impulsándose exclusivamente la realización de excavaciones arqueológicas sin que se plan-
teara, a posteriori, una labor de conservación y mantenimiento constante de los descubri-
mientos.
Esta situación llevó a algunos responsables a adoptar posturas críticas en las que se de-
fendían diversas teorías, entre las que podemos destacar las siguientes:
a) La defensa de la no intervención en un yacimiento si no iba acompañada de medidas de
protección.
b) La defensa de volver a enterrar los restos descubiertos, una vez que se hubieran do-
cumentado. Esta opción es seguida por muchos investigadores de distintos países y en
Grecia está considerada como uno de los métodos de protección mas eficaces (Doumas,
1998:9).
c) Existe una tercera vía que defiende la posibilidad de llevar a cabo un proyecto de
planificación para la presentación y valoración de los sitios arqueológicos, de forma
que puedan cumplir plenamente su función social.
La decisión de presentar un sitio puede depender de varios factores. Algunos de ellos están
basados en criterios científicos, históricos, técnicos, grado de monumentalidad, emplazamiento,
etc. Otros están en función de decisiones políticas, independientemente de sus propios valores
culturales. Por ello, pensamos que el acuerdo de presentar un sitio arqueológico debe ser el
resultado de un riguroso estudio y de un proceso de reflexión en el que, contrastando todos sus
valores, la determinación final tenga en cuenta su impacto sobre el público y su rentabilidad
cultural. Los sitios que «per se» han resultado más atractivos han sido los de carácter mo-
numental, frecuentes en los países mediterráneos, así como algunos sitios urbanos y deter-
minados monumentos aislados.
No hemos de olvidar que la filosofía que subyace en la presentación de los sitios arqueoló-
gicos obedece a la carga simbólica de las propias ruinas en cuanto que representan la recu-
peración de la memoria histórica de un pueblo y son una constante fuente de emociones y de
reflexión. El grado de conservación de las ruinas, unido a su carácter monumental, ejerce una
atracción especial sobre los visitantes, siendo uno de los paradigmas más destacados las
ruinas de Egipto, Grecia y Roma que, desde el siglo XVIII, no han perdido su valor de evocación,
suscitando desde entonces un vivo interés para todos aquellos que se sienten fascinados por
un pasado que se muestra de manera grandiosa e imaginativa. Es frecuente que existan otros
sitios patrimoniales que no participen de esta espectacularidad, pero que representan una
283
referencia de nuestro pasado histórico y, como tal, debe hacerse presente para todas aquellas
personas que deseen experimentar el acontecimiento cultural.
A continuación vamos a describir algunas intervenciones que se han realizado en diversos
yacimientos, y comprobaremos que las soluciones adoptadas varían de unos a otros:
Uno de los primeros ejemplos que hemos seleccionado es el del campamento romano de
Saalburg, situado sobre el limes en el Taunus al noroeste de Bad Homburg v.d. Höhe. La idea
de restaurar este lugar fue ya debatida por los arqueó-logos en la segunda mitad del siglo XIX,
después de haber realizado una serie de excavaciones sistemáticas a partir de 1856. En 1897,
Guillermo II, conocido por su pasión y mecenazgo de la arqueología, anunció la reconstrucción
del campamento. Esta actuación fue realizada siguiendo el proyecto de Louis Jacobi y resul-
taba bastante novedoso para la época. Se intentaba presentar a un público amplio el resultado
de las excavaciones y de la investigación científica a través de la reconstrucción del campa-
mento. En su conjunto, el complejo ofrece una visión plástica de los castra militares sobre el
limes de la Germania superior que, hasta su caída en el 259-260 d. de C., constituyeron una
defensa eficaz de los confines del Imperio contra los germanos.
Antes de la primera guerra mundial, fue uno de los sitios más visitados por adultos y esco-
lares, resultando muy atractivos no solo los edificios reconstruidos, sino también los modelos
de máquinas militares y de armas de todo tipo, además de los objetos originales descubiertos
durante las excavaciones (Von Hase, 1999). Recientemente se ha renovado el museo con
nuevas técnicas de exposición (Guerra, 1996), ofreciéndose visitas guiadas en varios idiomas
e incluso organizando «jornadas romanas» en las que se presentan grupos de legionarios
romanos armados, simulando ataques y otras acciones guerreras. Conviene recordar que estas
actividades, que hoy están de moda, no son un invento reciente, sino que cuentan con una cierta
tradición.
Eketorp se encuentra en la isla de Öland, al este de la Suecia continental. Este sitio ar-
queológico fue excavado entre 1946 y 1973 y, gracias a estos trabajos, se pudieron docu-
mentar tres asentamientos denominados Eketorp I, II y III. Eketorp I era el más antiguo, estaba
rodeado por una muralla de 57 metros de diámetro y constaba de unas 20 casas con una plaza
abierta en el centro. Todo ello fue construido en el siglo IV d. de C. Eketorp II se encontraba
delimitado por una muralla de mayores dimensiones, cerca de 80 metros de diámetro y en su
interior había diversas construcciones: viviendas estables, almacenes y otras estructuras. Fue
284
abandonado en el siglo VII d. de C. Eketorp III es un asentamiento de finales del período vikingo
y de comienzos de la Edad Media. Se transforman las estructuras internas y se adapta la
muralla, añadiéndose un nuevo lienzo defensivo en la cara exterior del ya existente. Su ocu-
pación tuvo lugar entre los siglos XI y XIII. Una vez finalizadas las excavaciones en 1974, se
inició la restauración del sitio, teniéndose en cuenta, según Edgren (1998:11), los siguientes
criterios:
• Las reconstrucciones debían ofrecer una visión global de los dos últimos asentamientos.
• A los visitantes se les debía ofrecer información sobre el proceso de las excavaciones,
sobre el contexto de los objetos y sobre la base científica de las reconstrucciones.
• Cuando no existiese demasiada documentación, se podían hacer referencias a paralelos
etnográficos, e incluso las reconstrucciones debían considerarse aportaciones al propio
debate científico.
• La fortaleza debía contribuir a una mayor comunicación entre los científicos y el público.
• Todas las intervenciones debían respetar los valores naturales y culturales del sitio.
Se han reconstruido unas tres cuartas partes de la muralla y varias viviendas de las dos úl-
timas ocupaciones (fig. 34). Para estos trabajos se han utilizado materiales de la isla: piedra
caliza, roble, juncos y turba. El público, además de hacer el recorrido por la fortaleza y las
viviendas, puede visitar el museo donde se exponen las piezas originales halladas en la ex-
cavación, así como participar en distintos talleres de cerámica, textiles e instrumentos musi-
cales.
El poblado debió de ser fundado durante el siglo VI a. de C., y experimentó una etapa de
expansión entre los siglos V y III a. de C. que desembocaría, a partir del II, con la presencia
romana, en un período de decadencia hasta su abandono definitivo. Los resultados de las
excavaciones han documentado la presencia de elementos significativos como los hábitat
domésticos, el sistema defensivo, la residencia de alguien importante, los centros de culto,
algunos talleres y numerosas piezas de la cultura material —ánforas, vajillas e instrumentos de
pescar y tejer— (Santacana, 1996). El poblado, con una extensión cercana a los 4000 metros
cuadrados, fue reconstruido totalmente en 1995, apoyado en el resultado de las excavaciones
realizadas por los arqueólogos Joan Sanmarti y Joan Santacana, con la colaboración del
Ayuntamiento y otras instituciones catalanas.
En el proyecto colaboran arqueólogos, arquitectos, antropólogos, pedagogos, alfareros y
albañiles de la tierra, que aportan los conocimientos prácticos necesarios para realizar las
reconstrucciones de los edificios a base de barro, paja y cal. Por las callejas pueden verse
285
cestos y tinajas, mientras que al entrar en el interior de las viviendas se observan reproduc-
ciones de telares, molinos rotativos, vasijas de barro, desperdicios de algunos animales sacri-
ficados o cenizas de un hogar. También se aprecian lanzas, escudos y cascos de hierro o
azadas, horcas y hoces, al tiempo que un sistema olfativo y auditivo reproduce las sensaciones
que nos sitúan en la época prehistórica. La misma forma de reconstrucción se ha seguido en el
poblado de la Edad del Hierro de Castell Henllys, al oeste de Gales (Pascual, 1999:7).
Un ejemplo de cómo las ruinas pueden llevar al visitante a interrogarse sobre el contexto en
que han surgido los diversos vestigios lo tenemos en el sitio arqueo-lógico de Glanum, donde
se ha tratado de restaurar las ruinas de un templo construido en el siglo VI a. de C., que estaba
dedicado al dios Glan. Poste-riormente, este lugar fue ocupado por una villa helenística en el
siglo II a. de C. y, hacia la mitad del siglo I, por un poblado galo-romano (Jacob, 1991:140). Los
responsables del proyecto creyeron conveniente no restituir la fachada entera del templo y
conservar el edificio, contemplado en su globalidad, en estado de ruina. Siendo conscientes de
que mucha gente concibe la gestión de los sitios arqueológicos desde el punto de vista del
consumo que el turismo demanda como lugares de espectácu-lo y de que existen muchas
personas que exigen la reconstrucción incondicional, optaron, no obstante, por colocar sola-
mente tres columnas y los inicios de algunos muros y escaleras (Dufois, 1991; Roth, 1999). En
286
consecuencia, no se ha tratado tanto de reconstruir el templo en su totalidad, cuanto de sugerir
con un mínimo de montaje la totalidad del monumento, tal como señala el artículo seis de la
Carta de ICOMOS (1990). El edificio ha de ser traducido de tal manera que el visitante pueda
entenderlo y llegue a adquirir una plena comprensión del mismo (fig. 35).
Otros yacimientos, como el de la Maleta del Remei (Gracia y otros, 2000), han experimen-
tado una intervención mínima, reducida a la consolidación de las estructuras y a la elevación
parcial de los muros para una mejor interpretación del poblado. De este modo, la elevación
máxima de los muros no debía superar el doble de su anchura, diferenciándose perfectamente
la parte original de la añadida, siguiendo los cánones de la técnica constructiva tradicional.
La Villa Adriana, en Tivoli, es un ejemplo de las diversas intervenciones que pueden llevarse
a cabo en un yacimiento tan extenso y de características tan diversas. La villa se encuentra
situada en Tivoli, a unos 28 km. de Roma. Fue mandada construir por el emperador Adriano en
una amplia meseta de 120 hectáreas de superficie, en las laderas de los montes Tiburtini. Se
trata de un gran conjunto monumental con bastantes edificios, perfectamente contextualizados
e integrados en la naturaleza, hecho que le confiere su singularidad.
Las excavaciones han documentado los restos de una villa republicana, datada entre finales
del siglo II y comienzos del siglo I a. de C., que estaría situada al sur del patio de las bibliotecas
y, además, la famosa villa Adriana, construida en el siglo II d. de C. en varias fases. Incluso se
ha documentado la existencia de caminos subterráneos, unos para los carros y otros para las
personas. Después de una época de esplendor, la villa fue abandonada y ha servido de cantera
para otras construcciones próximas. Será a partir del siglo XV cuando se despierte el interés de
viajeros y coleccionistas, hecho que explica que mosaicos, esculturas y otros elementos ar-
quitectónicos y decorativos formen, hoy día, parte de las colecciones de los museos vaticanos
y del Capitolio.
La valoración de este conjunto monumental y natural debía ser objeto de un ambicioso
proyecto que, además de recuperar los edificios, incluiría los jardines, las avenidas, las fuentes
y paseos con sus plantas y arbustos de olivos, pinos y cipreses. Según Lolli (1991), los trabajos
llevados a cabo fueron los siguientes:
• Mantenimiento constante de la villa a través de la limpieza de todo este gran complejo,
evitando el crecimiento de la vegetación, la consolidación de los muros y el reintegro de
lagunas en mosaicos o en cualquier otro tipo de suelo para evitar su desintegración.
• La aplicación de intervenciones ligeras como las «capas de sacrificio» sobre las super-
ficies de los muros para impermeabilizarlas mediante materiales naturales. También se
han colocado escaleras de madera para evitar el uso y desgaste de las antiguas y se han
287
recuperado los muros para reducir los efectos de la humedad por capilaridad.
• Otras de las actuaciones pueden considerarse como duras. Destacan, entre ellas, la
colocación de cubiertas fijas sobre los mosaicos de la plaza D’Or o las encaminadas a
conservar algunas estructuras cuya estabilidad estaba en peligro. También son impor-
tantes las que se llevan a cabo con fines didácticos para hacer más comprensible, los
monumentos. Entre las reconstrucciones destacan las del pórtico del Canopo o el templo
de Venus. Concretamente, la intervención en el Canopo es una de las mejor valoradas
por los visitantes. Se han incorporado reintegraciones y copias de las esculturas cuyos
originales se encuentran en el museo. El mismo criterio se ha seguido en la reconstruc-
ción del teatro marítimo. Una y otra estructura transmiten una de las imágenes más
evocadoras del mundo clásico (Storch, 1999).
290
6.10.2. Los lugares alternativos o arqueositios
En estos últimos años se está desarrollando una nueva vía de presentación de los yaci-
mientos arqueológicos. Se trata de proyectos culturales basados, principalmente, en la ar-
queología experimental y en la etnoarqueología, como resultado de un programa de investi-
gación iniciado a partir de excavaciones rigurosas y sistemáticas y con un doble objetivo:
divulgar estos trabajos para que puedan llegar al gran público y proteger los yacimientos de la
masificación de los visitantes, evitando su degradación.
La arqueología experimental puede definirse como el estudio científico orientado a conocer
los procesos culturales de las sociedades del pasado que intenta verificar hipótesis relativas a
aspectos técnicos, funcionales, económicos o a la formación de un depósito arqueológico. Esta
arqueología se encuentra con dos problemas fundamentales: la destrucción irreversible que
supone la excavación y la extrema pobreza de algunos restos, dado que los materiales orgá-
nicos o, no se conservan, o si se conservan, su estado es muy deficiente. Por ello, se dice que
la arqueología no puede ser totalmente experimental y el trabajo del arqueólogo ha de ser
considerado como un proceso activo a la hora de realizar sus investigaciones arqueológicas.
Sabemos que la etnoarqueología estudia los patrones de comportamiento de las sociedades
vivas y su cultura material, ayudando a interpretar, a través de la analogía, los registros ar-
queológicos de las sociedades del pasado. Cuando existe continuidad cultural entre las po-
blaciones antiguas y las actuales se da una mayor seguridad científica. Así, uno de los modelos
más utilizados al estudiar la prehistoria africana, es buscar paralelismos etnográficos con los
bosquimanos. En la etnoarqueología, el arqueólogo tiene una actitud pasiva, puesto que es
ayudado por el estudio de las sociedades vivas.
Los arqueositios son concebidos como presentaciones o museos al aire libre basados en
reconstrucciones que, con frecuencia, van acompañados de animaciones a través de demos-
traciones activas o pasivas, consideradas como un medio de comunicación destinado a ex-
plicar las investigaciones científicas de los arqueó-logos al gran público. Según el estudio de
Barrois y otros (1993), las experiencias llevadas a cabo sobre la reconstrucción de estructuras
arqueológicas, basadas en los datos aportados por las excavaciones, se vienen desarrollando
desde hace más de treinta años.
Los países anglosajones, pioneros en este tipo de reconstrucciones artificiales, tratan de dar
a conocer su pasado sirviéndose de los workshops, talleres y aulas de patrimonio, con el objeto
de instruir a los visitantes, al tiempo que les divierten y estimulan su curiosidad por conocer
nuevas formas de vida mediante su implicación directa en actividades programadas. Entre
ellas, se incluyen algunas de carácter oral como la Storytelling o narración de historias, con las
que el museo St. Fagan, del País de Gales, intenta divulgar el patrimonio entreteniendo y
despertando la curiosidad y el interés del público, que se involucra en la actividad y va tomando
291
conciencia de la importancia del patrimonio. Otra iniciativa interesante es el Butser Ancient
Farm Research Project, donde se reconstruyó una granja creada por Reynolds (1976) en
Hampshire. En ella se ha recreado un conjunto de la Edad del Hierro de Gran Bretaña con el
propósito de analizar los métodos de trabajo de las sociedades prehistóricas. En cuanto a la
reproducción de construcciones del siglo XI, se ha de destacar el yacimiento arqueológico del
Museumsdorf Düppel, en Berlín. Por otra parte, el centro Lejre Historisk Arkaelogisk For-
seo-gcenter, fundado en 1964, pretende recrear la vida de las primeras sociedades agrícolas
de Dinamarca y The Hunt Museum de Graggaunowen (Irlanda) ha reconstruido un poblado
celta sobre una isla artificial del parque.
Uno de los arqueositios más antiguos es el D’Asparn-Undex-Zaya, en Austria, que muestra
reconstrucciones de hábitat del neolítico antiguo hasta el final de la Edad del Hierro. Existen
otros muchos sitios de época prehistórica, como el de Biscupín en Paluki (Polonia), donde se
han reconstruido algunas calles, casas y un lienzo de muralla, el Prehistorich Openluncht
Museum en Eindhoven (Países Bajos) o el Viking Centre Jarvik en York (Inglaterra), por citar
solo algunos de los numerosos lugares existentes en Europa.
Todos estos centros, donde tienen lugar las reconstrucciones alternativas, son conscientes
de que estas solo han de construirse cuando el original se encuentra en serio riesgo de dete-
rioro acelerado, debido a la afluencia del turismo, y con el objeto de limitar el acceso a un
número determinado de visitantes para frenar su destrucción y la de su propio entorno. Pero
también están muy presentes en la mente de los promotores, a la hora de reconstruir las
réplicas, la finalidad experimental, turística y didáctica (Santacana y Hernández, 1999: 162).
Como ejemplos más significativos, destacamos los siguientes:
El Parque de Arte Prehistórico está situado cerca de los Pirineos franceses, al norte de An-
dorra. Se trata de una zona donde se encuentran 12 sitios con cuevas de arte paleolítico y otros
yacimientos importantes. Dada la riqueza arqueológica existente en ese lugar, el Consejo Ge-
neral de Ariége decidió, en 1986, crear el parque prehistórico con el fin de acercar este patri-
monio al público. Con este propósito, el Consejo General de Ariége encargó la dirección cientí-
fica a Jean Clottes, por entonces conservador general del patrimonio del Ministerio de Cultura
francés, quien coordinó a un grupo de especialistas para la elaboración del proyecto científico.
El parque se encuentra ubicado en una zona de grandes recursos naturales y consta de un
edificio destinado a la acogida de visitantes, donde se ofrecen diversos servicios: restaurante,
tienda-librería y sala de exposiciones temporales. Debajo de él se encuentra el gran salón,
donde se desarrolla el discurso expositivo. El objetivo principal es explicar la vida del hombre
paleolítico y ser un punto de atracción turística de la región (Ripoll, 1998). La visita puede
seguirse con las orientaciones proporcionadas por un casco infrarrojo que se entrega a la
entrada con explicación en varios idiomas. La exposición contiene una serie de elementos
293
diversos, destacando entre ellos los multimedia. Consta de las siguientes secuencias:
• El espacio que simula la galería de una cueva, donde el visitante va obteniendo una serie
de informaciones a lo largo del itinerario a través de maquetas, películas, diaporamas y
réplicas o reproducciones a tamaño natural, destacando la réplica de uno de los paneles
de la cueva de Niaux. También se presentan objetos de arte mueble y otros elementos
culturales que dan un mejor conocimiento de la cultura paleolítica magdaleniense, vitrinas
con pigmentos y útiles para la realización de las pinturas.
• En otra zona subterránea del parque se ha proyectado una sala circular donde se pre-
senta un diorama a gran tamaño y una voz en off y un juego de luces van explicando una
jornada de caza. Existen diversos talleres para niños y adultos.
No cabe la menor duda que todos estos espacios han nacido con un clara función divulgativa
y participativa orientada al gran público, y son una alternativa a la visita de los sitios originales
que, en un momento posterior, pueden ser visitados por las personas interesadas en tener un
contacto directo con el patrimonio, evitándose así el problema de un turismo masificado que
provoca la degradación de los lugares arqueológicos. Según Cheviot (1998), la misión del
parque arqueológico de Beynac (Dordoña), extensible a todos los sitios de este tipo, cumple la
triple misión de:
• Vocación científica que descansa sobre una investigación arqueológica experimental.
• Vocación pedagógica con talleres y demostraciones.
• Animación turística destinada al gran público.
En España, el ejemplo más ilustrativo que tenemos es la réplica exacta de la cueva de Al-
tamira, situada a unos 100 metros de la original. El trabajo ha sido realizado por Múzquiz y
Saura (2000) siguiendo las mismas técnicas y materiales que la de las pinturas paleolíticas y ha
sido denominada por ellos mismos como neo-cueva. Esta ocupa unos 270 m. y se integra en
un gran museo de 3000 metros cuadrados, diseñado por Juan Navarro Baldeweg, con salas de
exposiciones y audiovisuales, una biblioteca, un almacén, una cafetería, un restaurante y una
tienda. Cumple, por tanto, con las funciones propias de un museo presentando piezas origi-
nales, al tiempo que desarrolla las funciones que le son propias. Pero, sobre todo, es consi-
derado como un centro de investigación. El proyecto, iniciado en 1997, fue inaugurado el 17 de
julio de 2001. Ha sido financiado por diversos organismos públicos y privados, entre los que se
encuentran el Ayuntamiento de Santillana, la Fundación Botín, el Gobierno regional de Can-
tabria, el Estado y la Unión Europea a través de los fondos FEDER.
La existencia de estos lugares alternativos cuestiona, en cierto modo, el valor social del pa-
294
trimonio, es decir, el derecho de todos los ciudadanos a disfrutar del patrimonio y la obligación
de conservarlo para el disfrute de las generaciones futuras. Es una disyuntiva que presentan
muchos lugares patrimoniales, dadas sus características físicas y su carácter frágil a la hora de
su conservación, teniendo en cuenta que es un recurso único y no renovable. La solución ideal
pasaría por satisfacer a los diferentes tipos de visitantes constituidos por la gran masa de
consumidores culturales que se conforman con la reproducción o la réplica y por los visitantes
que desean entrar en comunicación con el patrimonio auténtico, ofreciéndoles esa oportunidad
(fig. 38).
De la misma manera que la presentación in situ , al permitir el contacto directo entre el vi-
sitante y los sitios y monumentos, ayuda a divulgar el patrimonio entre el gran público, existen
también otros medios, como la televisión, la prensa, la radio y las nuevas tecnologías, que
contribuyen de forma positiva a hacerlo más asequible. Todos ellos coinciden, sin embargo, en
el hecho de que, al ser una comunicación de masas, ofrecen una visión unidireccional, al
desconocerse cuál será la respuesta del público. No obstante, son numerosos los temas que
pueden tratar y diversas las maneras de situarse frente a ellos, teniendo en cuenta que se
dirigen a un público muy amplio cuyos conocimientos sobre temas relacionados con el patri-
monio cultural suelen ser muy variados.
A) LA PRENSA
Considerada como uno de los medios de mayor difusión general, intenta presentar las noti-
cias sobre temas muy diversos de manera inmediata, clara y comprensible para un público
amplio y bastante heterogéneo. Por este motivo, cuando la prensa —periódicos, revistas—
tratan sobre temas de patrimonio, gene-ralmente, con motivo de exposiciones que se inau-
guran, intervenciones que se realizan en monumentos, descubrimientos que tienen lugar,
robos que se efectúan en iglesias o museos o problemas de degradación de monumentos y de
obras de arte que se deterioran, lo hacen con intención de llamar la atención del público sobre
la importancia de estos temas. El impacto que producen estas noticias en la opinión pública
suele ser mayor si van acompañadas de imágenes en color y de titulares sorprendentes,
aspectos que no suelen dejar indiferente al lector, quien se siente empujado y animado a
conocer con mayor detención el texto que se le ofrece. Para ello, el texto ha de incluir toda la
información crítica que se posea sobre el tema, siguiendo un esquema que esté estructurado a
partir de unos contenidos que han de explicar quiénes son los protagonistas, qué se está
295
contando y cuándo, dónde y porqué ha tenido lugar un determinado suceso.
El objetivo de toda noticia no es otro que informar a los lectores para que estos adquieran
una mayor sensibilización respecto a los asuntos del patrimonio y se sientan motivados para
conocerlos más directamente. Nos estamos refiriendo a que la prensa no hace otra cosa que
divulgar, a través de sus noticias y comentarios, los temas relacionados con el patrimonio y que
esta labor ha de llevarla a cabo de forma clara, asequible y rigurosa. Pero, ¿realmente esto es
así o hemos de poner en duda su credibilidad a la hora de enjuiciar el contenido de las noticias
que se nos ofrecen en los periódicos y revistas? Diversos artículos relacionados con el papel
que desempeñan los medios de comunicación españoles respecto a la difusión del patrimonio
arqueológico en particular (Lavín Berdonces, y otros, 1996; Ruiz Zapatero, 1996) intentan
hacer una somera valoración sobre el tema, llegando a manifestar un cierto pesimismo. No
obstante, si bien es verdad que algunos periodistas, al tratar determinadas noticias, sean estas
de carácter cultural o no, pueden prescindir de informarse adecuadamente sobre el estado en
que se encuentra la investigación científica del tema por tratar, existen otros muchos que son
excelentes profesionales que se han especializado en un campo determinado sobre el que han
de informar al público y lo hacen con bastante conocimiento de causa y de forma objetiva y
crítica.
Hemos de reconocer, por tanto, que, afortunadamente, cada vez son más las noticias y los
temas tratados sobre patrimonio y que todos hemos de contribuir para que las relaciones entre
periodistas y profesionales del patrimonio sean más fluidas y favorezcan el encuentro y en-
tendimiento mutuos. Esto significa que han de delimitarse las tareas propias de cada uno y ser
lo suficientemente flexibles como para saber qué se puede exigir a los periodistas en el campo
de la información y qué pueden mejorar los especialistas del patrimonio, sobre todo en relación
con la presentación y el lenguaje utilizado que, en ocasiones, resulta bastante difícil de en-
tender para las personas no especializadas. Habrá que mirar en la misma dirección y evitar
enfrentamientos y acusaciones que en nada contribuyen a potenciar el conocimiento de
nuestro patrimonio cultural, tan necesitado de ser, cada día, mejor conocido y más respetado.
B) LA RADIO Y LA TELEVISIÓN
Tanto la radio como la televisión son excelentes medios de comunicación que llegan a un
amplísimo número de personas, superando, incluso, a la prensa, puesto que esta requiere
mayor tiempo y concentración para leer el contenido de sus artículos. Hoy cualquier noticia o
programa que se dé en la radio y, sobre todo, que se emita en la televisión adquiere de forma
inmediata una gran resonancia y es conocida por un gran número de personas. Inmersos en un
mundo mediatizado, la televisión juega un papel extraordinario como instrumento de propa-
gación del patrimonio, al poner delante de la vista del espectador numerosas imágenes que
296
invitan a conocer de forma directa aquellos lugares o monumentos que se nos están presen-
tando (Patin, 1997; Selwin, 1996), ya sea en forma de documentales o de películas que nos
acercan al mundo del patrimonio cultural. Ahí tenemos algunos ejemplos, como la serie de
documentales que televisión española emitió, hace algunos años, sobre los grandes museos
del mundo, las ruinas de España o el tráfico de antigüedades y grandes figuras de la arqueo-
logía egipcia, por citar solo los referidos al patrimonio histórico y que fueron transmitidos en una
franja horaria bastante asequible.
Las nuevas tecnologías han dado paso a enormes posibilidades en la difusión del patri-
monio, al permitir la incorporación de textos, imágenes y sonidos que ofrecen una lectura
multidireccional de las informaciones. A través de la interactividad, los usuarios pueden m a-
nejar libremente dicha información, sirviéndose del CD-Rom, CD, CDI y DVD, disponiendo de
una gran base de datos en los que poder concentrar la mayor parte de los resultados de los
trabajos realizados en el campo del patrimonio general o específico. Así, el CD-Rom sobre el
yacimiento de Atapuerca contiene 60 vídeos, más de 400 fotografías y 25 fichas técnicas y
está organizado en diferentes secciones: industria lítica, fósiles humanos, historial del yac i-
miento, fauna y evolución (fig. 39). Toda esta información se ha integrado también en la gran
red world wide web de Internet a través de conexiones on line y off line, permitiendo a multitud
de personas acceder a numerosos servidores con los que poder intercambiar textos e im á-
genes con suma facilidad.
Podemos afirmar, siguiendo a Jeremy Rifkin (2000:269), que el ordenador ha revolucionado
de tal manera el sistema de comunicaciones, que ha llegado a convertirse en un instrumento
excelente con el que podemos enfrentarnos a una economía fundamentada en las diferentes
relaciones de acceso y en el marketing de recursos culturales y experiencias personales. En la
era de la comunicación electrónica, el hipertexto sustituye al libro tradicional y se convierte en
un proceso de información que se va expandiendo cada vez más hasta crear una red infinita de
comunicaciones mediante nuevos textos.
Estamos asistiendo, por tanto, a la aparición de una tecnología hipermedia, concebida como
una «plataforma digital» que se sirve de diferentes medios, relacionándolos a través de una
serie de «enlaces asociativos hipertextuales» que se crean en un software único (Castro Mo-
rales, 1997: 150) y que ofrecen numerosas posibilidades de conseguir informaciones sobre los
temas elegidos, según las necesidades de cada persona. Pero, al mismo tiempo, el soporte
electrónico que reciben el texto, la imagen y el sonido, facilita una lectura multidireccional, fruto
de una selección elaborada por quien se acerque al mundo del libro electrónico. Es evidente,
por tanto, que los medios de comunicación y las nuevas tecnologías posibilitan la ampliación de
297
la memoria histórica, contribuyendo a un mejor conocimiento del patrimonio cultural y a una
actitud más predispuesta a poner todo el esfuerzo posible en su conservación.
Hoy todos los países del mundo, tanto europeos como de otros continentes, son con s-
cientes de la enorme riqueza que constituye su patrimonio cultural, pero también saben que
este es objeto de una preocupante degradación y que son muchos los pelig ros que lo
amenazan. Por este motivo, también son sabedores de las múltiples razones culturales,
económicas y sociales que justifican el continuo esfuerzo que se ha de hacer para protegerlo
y conservarlo. No es de extrañar, por tanto, que el Consejo de Eur opa haya otorgado una
gran importancia a la enseñanza del patrimonio cultural y que en todos sus documentos haya
dedicado un espacio a hablar sobre la pedagogía, formación y sensibilización del mismo. En
ellos se parte del convencimiento de que el patrimonio cultural posee un valor educativo de
primer orden, al proporcionar unos materiales extraordinarios como instrumentos que fac i-
litan la explicación sobre el sentido de las diferentes formas y estilos arquitectónicos o pi c-
tóricos. En un mundo en el que la experiencia visual y directa es considerada como un
elemento fundamental en la educación, urge mantener vivo el testimonio de los diferentes
estilos y escuelas. De ahí la gran importancia que se da a la pedagogía del patrimonio como
tarea de sensibilización de los jóvenes ante el fenómeno del patrimonio cultural.
La resolución número 5 sobre la pedagogía del patrimonio, adoptada por el Consejo de
Europa en 1998, define aquella como una forma de educación que, basándose en el patrimonio
cultural, trata de integrar los diferentes métodos activos de enseñanza, asumiendo la liberación
de disciplinas y fomentando la estrecha colaboración entre educación y cultura a través de las
diferentes formas de expresión y comunicación. En cuanto al marco de aplicación de dicha
pedagogía señala que, al ser esta eminentemente interdisciplinaria, ha de promoverse dentro
del marco escolar, abarcando todos los niveles de enseñanza. A este respecto, hace mención
de la «clase europea de patrimonio» como una forma peculiar de pedagogía del mismo que
conlleva una serie de intercambios escolares internacionales, que tienen como base un pro-
yecto común sobre temas relacionados con el patrimonio cultural. Esta tiene lugar durante el
curso escolar y se desarrolla fuera del marco habitual de la escuela, trasladando a los jóvenes
sobre el terreno para que puedan descubrir las riquezas del patrimonio en su contexto y per-
ciban su dimensión europea. Pero, para que esto sea posible, es preciso que la participación
en las actividades pedagógicas se haga accesible a cualquier joven europeo o no, indepen-
dientemente de su situación familiar y económica.
298
Si el fin de toda educación es formar a los jóvenes en los aspectos fundamentales de la vida,
como son el respeto a las diferentes culturas, la conciencia de ser ciudadanos y la necesidad
de vivir en democracia, la pedagogía del patrimonio cultural ha de considerarse también como
un factor importante de tolerancia, convivencia pacífica e integración social. Se necesita
desarrollar programas pedagógicos en los que se fomente la sensibilización de los jóvenes
ante el patrimonio y su implicación en el respeto y conservación del mismo. Para ello, serán de
gran utilidad la creación y potenciación de los departamentos pedagógicos en los que sea
posible preparar, aplicar y hacer el seguimiento de todos aquellos proyectos que estén rela-
cionados con el patrimonio, contribuyendo positivamente a su difusión. Proyectos, cuyos
gastos de organización han de estar subvencionados por las respectivas administraciones.
Ya la Conferencia de Helsinki, celebrada en 1996, indicaba que la pedagogía del patrimonio
ha de resaltar aquellos valores históricos, artísticos y éticos que se encuentran representados
en el patrimonio cultural y ha de enseñar a respetar las diferentes culturas y a potenciar el
desarrollo de la tolerancia y la eliminación de cualquier desigualdad y exclusión que pueda
darse dentro de la sociedad. Además, resalta que la calidad del mensaje pedagógico está
estrechamente relacionado con los valores que posean las personas que han de interpretar
dicho patrimonio. También señala que es preciso difundir toda la información existente sobre
las políticas de patrimonio de forma permanente a través de una red europea de información
sobre el patrimonio que pueda estar disponible, tanto para profesionales, investigadores y
pedagogos, como para las diferentes administraciones. E insiste en la promoción de actua-
ciones pedagógicas encaminadas a sensibilizar al ciudadano y al turista sobre el respeto del
entorno y de las diferentes culturas, a partir de proyectos que ya están en marcha, como son
las jornadas europeas del patrimonio, los itinerarios culturales europeos o las clases europeas
del patrimonio.
Pero, si existe una pedagogía del patrimonio, también puede darse una sensibilización que
haga posible la recuperación del mismo y la toma de conciencia de que es preciso valorarlo y
conservarlo. El Consejo de Europa, a través de sus documentos, insiste, una y otra vez, en la
importancia de que la opinión pública se sensibilice ante el valor de la conservación del pa-
trimonio como un elemento de identidad cultural y como fuente de inspiración y creatividad.
Esta sensibilización se ha de traducir en la adopción de un conjunto de iniciativas, que han de ir
encaminadas a favorecer la toma de conciencia del valor y de la pluralidad de formas en que el
patrimonio se manifiesta a lo largo de la historia. Entre otras iniciativas, pueden destacarse las
siguientes:
• Los programas educativos, impartidos dentro y fuera del aula, en la línea de la pedagogía
del patrimonio, con el objeto de fomentar el conocimiento y la comprensión del patrimonio
cultural.
• Las campañas de animación para que la población participe activamente en la conser-
299
vación, protección y puesta en valor del patrimonio local.
• La invitación a los propietarios de los monumentos y sitios para que los abran y pongan a
disposición del público.
• La conversión del patrimonio cultural en un recurso para el turismo.
• La utilización de modernas técnicas multimedia, audiovisuales y publicitarias como
pueden ser el material de información general de gran difusión —tarjetas postales y fo-
lletos ilustrados—, vídeos y mensajes publicitarios, obras de información general, expo-
siciones, conferencias y seminarios, nuevas técnicas de información y comunicación,
manuales técnicos de carácter general y especializados, etc.
• La difusión de un mensaje ético relacionado con los valores del patrimonio, que invite a
respetarlo y conservarlo.
• El fomento de actividades que centren su atención sobre el daño visual que pueden
producir la suciedad y la contaminación medioambiental en los monumentos y espacios
abiertos.
• La organización de concursos, exposiciones y debates para despertar el interés de las
administraciones públicas y del público en general hacia la conservación del patrimonio
cultural, tanto urbano como rural.
• La presentación y divulgación de las experiencias pedagógicas que hayan tenido lugar
y que sirvan como punto de referencia para nuevas actuaciones.
De todo ello se deduce que la dimensión cultural es un aspecto importante de la vida de las
personas, que estas han de integrar de forma positiva y que ha de provocar en su interior una
nueva sensibilidad capaz de crear nuevos hábitos en relación con el respeto al patrimonio y su
entorno. Una sensibilidad que ha de ser el resultado de una educación más abierta a la di-
mensión cultural presente en nuestras ciudades y pueblos. Y una educación que se ha de
transmitir asumiendo las directrices que nos proporcionan las teorías pedagógicas del apren-
dizaje significativo y que pueden traducirse en los diferentes programas de formación.
Actualmente, todos los países necesitan contar con excelentes programas de formación que
favorezcan la puesta al día y la cualificación del personal que ha de trabajar en la conservación
y protección del patrimonio cultural. Sin estos programas de formación resultará muy difícil
atraer el interés de la juventud hacia aquellos trabajos que tienen que ver con patrimonio y su
conservación. Pero se necesita contar con un equipo de profesionales y técnicos especiali-
zados que pongan en práctica los programas necesarios dirigidos a formar jóvenes arquitectos,
urbanistas, ingenieros y artesanos en aquellas técnicas y oficios que, en muchas ocasiones,
corren el riesgo de desaparecer para siempre. Las recomendaciones del Consejo de Europa de
1980, 1981 y 1986 insistirán en la formación especializada, en el apoyo a los oficios en peligro
de desaparición y en la promoción de los oficios artesanales que tienen que ver con la con-
300
servación del patrimonio arquitectónico. Y recuerdan que esta formación ha de iniciarse ya
desde la enseñanza primaria y secundaria, fomentando en los alumnos el sentido de la ob-
servación, la percepción del espacio, el espíritu crítico, la creatividad, el aprecio por los valores
del pasado, el respeto por el entorno y la dimensión ética que ha de estar en la base de toda
actuación relativa al patrimonio.
A pesar de que, hasta la Conferencia de Malta, en 1992, no se da una definición del concepto
de formación, entendida como aquellas enseñanzas que se dirigen no solo a la promoción de la
formación profesional y a la iniciación de los jóvenes en la apreciación y el respeto de los
valores del patrimonio, sino también a la sensibilización de las autoridades responsables y de
cualquier clase de público que entre en contacto con aquel, las pautas de dicha formación ya
habían sido expuestas en la recomendación sobre la protección de los oficios artesanales de
1986. Aquí se insiste en que la formación que se ha de dar en dichos programas ha de com-
binar los aspectos teóricos y prácticos porque, si importante es la formación teórica, los tra-
bajos prácticos llevados a cabo en las obras de restauración y conservación resultan indis-
pensables en el inicio de dicha formación. A través de cursos de enseñanza especializada,
dirigida a arquitectos urbanistas, conservadores y técnicos de la construcción, y de la creación
de centros de formación para los oficios artesanales, se estará contribuyendo a la revaloriza-
ción del patrimonio como un factor importante de desarrollo local.
La formación de especialistas en la conservación y restauración del patrimonio ha de ser uno
de los objetivos fundamentales de las administraciones públicas, porque con ella se preparan
los nuevos profesionales para adquirir los conocimientos y las habilidades prácticas que les
capaciten para diseñar y planificar aquellos proyectos que mejor puedan responder a las
exigencias sociales, culturales y económicas de los pueblos. Cuanta mayor sea la formación de
los profesionales y artesanos, tanto mejor será su cualificación para comprender los problemas
que ocasionan el deterioro y la conservación de los monumentos y cuáles han de ser las
medidas más apropiadas para resolverlos de modo satisfactorio. La presencia de estos nuevos
especialistas dentro de los departamentos responsables del patrimonio cultural, que siempre
han de contar con los recursos científicos, técnicos y financieros suficientes, ha de facilitar la
creación de verdaderos equipos de profesionales capaces de dirigir y realizar los proyectos
relacionados con la conservación del patrimonio, que les sean presentados por las autoridades
correspondientes.
Facilitar a los especialistas la realización de una formación continua e interdisciplinar ha de
ayudar a mejorar la situación de nuestro patrimonio porque, con ello, estaremos garantizando
su profesionalidad a la hora de intervenir en la solución de los problemas que vayan surgiendo
en las tareas encomendadas. La inversión que se haga en relación con la formación ha de
repercutir de forma positiva en la conservación del patrimonio y, con él, de la memoria de los
pueblos que han sido sus más fieles depositarios. Pero si la formación se deja de considerar
301
como uno de los objetivos prioritarios para promocionar y valorar el patrimonio, este correrá el
peligro de caer en el abandono y la desidia, incapaz de convertirse en testimonio de la historia
de los pueblos. Y, entonces, habremos perdido la capacidad de recordar nuestro pasado para,
desde él, poder comprometernos con el futuro que, entre todos, hemos de construir para hacer
posible la creación de un nuevo humanismo capaz de dar sentido a nuestra historia y de
mantener vivo el testimonio de aquellos que nos precedieron en el camino.
ÍNDICE
Introducción 5
302
2.1. El siglo XIX y la aceptación plena del monumento histórico 81
2.2. Situación del patrimonio en España durante el siglo XIX 84
2.2.1. La invasión napoleónica y sus consecuencias para el patrimonio [84]. 2.2.2. Las Cortes de Cádiz y su intento de
desamortización [87]. 2.2.3. El trienio liberal y la nacionalización del patrimonio religioso [87]. 2.2.4. El bienio
1835-1836 y la desamortización de Mendizábal [89]. 2.2.5. La creación de las comisiones científicas y artísticas y la
Real Academia de San Fernando ante las medidas tomadas por el Gobierno [93]. 2.2.6. Las disputas entre los par-
tidos progresista y moderado sobre el destino de los bienes del clero [96]. 2.2.7. La creación de las comisiones de
monumentos [98]. 2.2.8. El concordato de 1851 y las consecuencias para el patrimonio eclesiástico [103]. 2.2.9. El
bienio progresista y la ley de Desamortización de Madoz [105]. 2.2.10. La reorganización de las comisiones de
monumentos en 1854 [106]. 2.2.11. Incorporación de la Comisión Central a la Real Academia de San Fernando en
1957 y el reglamento de las comisiones provinciales de 1865 [110]. 2.2.12. Los primeros profesionales del patrimonio
[114]. 2.2.13. La visión romántica del patrimonio [117]. 2.2.14. Consecuencias de la desamortización en las reformas
urbanísticas de las ciudades [135]. 2.2.15. El reconocimiento de la arqueología prehistórica [138]. 2.2.16. La creación
de sociedades y asociaciones [140]. 2.2.17. El patrimonio expoliado [142]. 2.2.18. El período de la restauración al-
fonsina (1874-1885) y los diversos intentos de elaborar un inventario general [143].
303
3.10.1. La organización de la administración del Estado [204]. 3.10.2. La organización administrativa de las comu-
nidades autónomas [208].
3.11. Balance sobre la ley 16/1985 210
Capítulo 4: La gestión del patrimonio cultural 213
Introducción 213
4.1. El Consejo de Europa y la dimensión económica del patrimonio 215
4.2. Definición de gestión del patrimonio 223
4.2.1. La nueva figura del manager o gestor [224].
4.3. Estrategias de gestión del patrimonio 225
4.3.1. La planificación [225]. 4.3.2. La organización [229]. 4.3.3. La comunicación [231]. 4.3.4. El control y la eva-
luación [235].
4.4. El Consejo de Europa y la participación privada en la financiación
del patrimonio 237
4.4.1. La ley española de fundaciones [240]. 4.4.2. Ejemplos de fundaciones españolas [248].
4.5. El desarrollo sostenible: Algunos modelos culturales 251
4.5.1. Las exposiciones de Las Edades del Hombre [255]. 4.5.2. Las escuelas taller [258]. 4.5.3. El proyecto Alba
Plata [263]. 4.5.4. Las ciudades históricas y el turismo como motor de la economía urbana [267].
4.6. La rentabilidad del patrimonio 271
Bibliografía 441
Capítulo 1 [441]. Capítulo 2 [444]. Capítulo 3 [448]. Capítulo 4 [450]. Capítulo 5 [452]. Capítulo 6 [454].
305