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Genette. El Diario, El Antidiario.

Este documento resume y analiza un artículo escrito por Roland Barthes sobre si debería llevar un diario y publicarlo. Barthes dice que nunca llevó un diario formalmente, pero a veces comenzaba uno y luego lo abandonaba rápidamente. El autor argumenta que Barthes mantenía esta contradicción intencionalmente para cuestionar si realmente había llevado un diario o no. Además, discute que todo diarista es intermitente en cierta medida y que lo que realmente define a un diarista no es la constancia sino mantener el proyect

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Genette. El Diario, El Antidiario.

Este documento resume y analiza un artículo escrito por Roland Barthes sobre si debería llevar un diario y publicarlo. Barthes dice que nunca llevó un diario formalmente, pero a veces comenzaba uno y luego lo abandonaba rápidamente. El autor argumenta que Barthes mantenía esta contradicción intencionalmente para cuestionar si realmente había llevado un diario o no. Además, discute que todo diarista es intermitente en cierta medida y que lo que realmente define a un diarista no es la constancia sino mantener el proyect

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EL DIARIO, EL ANTIDIARIO1

Gérard Genette

Uno de los últimos textos publicados de Roland Barthes fue esa “Deliberación” sobre
el diario (“íntimo”) que apareció en noviembre de 1979 en Tel Quel. Texto que no pretende
ser una reflexión sobre el género (“ya hay libros sobre eso”), sino sólo “una deliberación
personal, destinada a permitir una decisión práctica: ¿debo llevar un diario con vistas a
publicarlo? ¿Puedo hacer del diario una ‘obra’?”.
Todavía más que su último libro, La cámara lúcida –aunque no sin relación con él,
al menos temática–, aquel texto me parece inseparable de su muerte (tan cercana) y de aquello
que, personalmente, yo siento al respecto. La razón más inmediata es que, en nuestro último
encuentro –que tuvo lugar a principios de diciembre de 1979– habíamos hablado de ese
artículo. Ciertamente, debería decir más bien que yo apenas si farfullé algunas frases que él
escuchó con paciencia y a las que respondió con algunas palabras evasivas, habiendo por su
parte agotado el tema en ese texto mismo y pasado a otra cosa. En todo caso, no voy a intentar
reconstruir aquí esa “conversación”, pero sí quisiera articular mi impresión sobre ese texto
un poco mejor de lo que lo hice ese día –era una tarde calurosa, estábamos en la parte trasera,
y más fresca, de un café de la plaza Saint-Sulpice–.
La primera frase de aquella deliberación incluye una anomalía del discurso, leve y
casi imperceptible: “Nunca llevé un diario, o más bien nunca supe si debía llevar uno”. La
anomalía se encuentra evidentemente en el correctivo o más bien, que conecta dos oraciones
cuya relación no es del orden de la corrección: se esperaría “más bien” un ya que explicativo,
o un e incluso de acentuación, o aun un correctivo de enunciación del tipo ¿qué dije? –la
figura misma de la corrección retórica que introduce siempre un refuerzo semántico– o, en
fin (aunque en este caso sería necesario que la segunda oración, sin dejar de designar la

1
Traducción: Nicolás Garayalde. Publicación original: « Le journal, l’antijournal », Poétique, Nº 47
(septiembre de 1981), Seuil, pp. 315-322.
misma situación de pensamiento, fuese formulada en un modo ya no negativo sino positivo),
un vínculo adversativo como y sin embargo: “Nunca llevé un diario, y sin embargo me he
preguntado con frecuencia si no debería llevar uno”. Respecto a todas estas fórmulas
hipotéticas, la de Roland Barthes presenta la particularidad de que el o más bien reformula la
primera oración no por insuficiente sino por inexacta.
Esta forma de enunciación no tiene en sí nada de anormal (“Nunca vi a Pierre, o más
bien, sólo lo vi una vez, y de lejos”), y sin embargo esa frase de Barthes en particular es
evidentemente anormal porque la retracción introducida implícitamente por la locución
conjuntiva es contradictoria con la segunda oración: en la “buena lógica”, o en la sabiduría
popular (“ante la duda, abstenerse”), cuando no sabemos si debemos hacer una cosa, entonces
no la hacemos; por ello, hay una aparente falta de lógica al decir o sugerir que “nunca llevé
un diario, o más exactamente nunca supe si debía llevar uno”. Advirtamos, sin embargo, que
esta última frase se vuelve más “aceptable” si se desarrolla su implicancia bajo una forma
como la siguiente: “Nunca llevé un diario, o más exactamente llevé un diario, pero nunca
supe si debía hacerlo”. Más aceptable, sin duda, gracias al pero que confiesa, y por lo tanto
asume la falta de lógica o la paradoja, como en todas las frases explícitamente concesivas:
“Si bien nunca supe si debía tener un diario, me ha pasado de llevar uno” o “Nunca supe si
debía llevar un diario, y sin embargo me ha pasado de llevar uno” (por lo que se sobrentiende:
“sí, sé que es ilógico, pero es un hecho, soy así, son cosas que pasan, etc.”).
Pero estas redacciones normalizantes son evidentemente infieles a la enunciación
barthesiana, cuyo rasgo es aquí precisamente no evacuar la contradicción declarándola sino,
al contrario, mantenerla al ocultarla –siendo el (muy leve) velo el empleo del equívoco o más
bien–. Porque Barthes escribe correctamente, y no sin razón, que nunca llevó un diario, y
hasta ahora la única razón para dudar de que lo haya hecho es el más exactamente que
creemos tener que leer bajo su más bien. Queda entonces la cuestión de saber si llevó o no
un diario, y a falta de poder extraer otros indicios de esta primera frase, debemos recurrir a
su contexto, es decir a la continuación.
De hecho, la frase siguiente basta para aclarar el asunto y, de cierta manera, para
levantar la contradicción: “A veces comienzo y después, rápidamente, abandono –y sin
embargo, más tarde, recomienzo”. Roland Barthes inició entonces varias veces su diario, y
(pero) cada vez lo abandonó rápidamente. Según las definiciones, eso podría o no llamarse
“llevar un diario”. Para Barthes, la respuesta es negativa; pero, más o menos secretamente,
siente que según otros la respuesta podría ser positiva. De ahí el compromiso que le
conocemos, y que voy a glosar ahora burda pero también, creo, fielmente: “Nunca llevé un
diario, al menos en el sentido que le doy a esta locución, porque cada que vez que comienzo,
abandono muy rápido, a falta de saber si debo continuar”.
Podríamos comparar esta práctica intermitente (la tercera frase comienza así: “Son
unas ganas leves, intermitentes…”) con uno de esos sistemas automáticamente regulados por
un termostato o un flotador de nivel: el deseo (las “ganas”) diarista desencadena la escritura
que, rápidamente, lo desanima o lo desmotiva y produce una detención de la escritura para
luego, otra vez, producirse un aumento del deseo, etc. En el absoluto (es decir, en la ausencia
de todo desgaste interno o intervención exterior), este mecanismo podría funcionar
indefinidamente sobre el modo de una intermitencia asumida, incluso reivindicada: “Llevo
mi diario cuando me place, es decir, para ser precisos, cada tanto”. ¿Se podría llamar a eso
llevar un diario?
En sentido estricto, o al menos etimológico, es evidente que no, a menos que el ritmo
de intermitencia sea precisamente diario –lo que no es claramente aquí el caso–: llevar un
diario es anotar cada día lo que hemos vivido y pensado. Pero hay muchos diaristas que son
indiferentes a esta disciplina cotidiana que los llevaría, con demasiada frecuencia quizás, a
un ridículo RAS2, al grado cero “existencialista” de Roquentin: “Martes: Nada. Existí”; o a
este mínimo autorreferencial: “Hoy, escribí esta frase”. Así, podemos tranquilamente llevar
un diario según un ritmo menor al cotidiano (o bien, inversamente, mayor), semanal o
mensual, o bajo la forma, como en el CNRS, de un balance (“informe”) anual (lo que de por
sí no estaría mal), o, desde luego, sin frecuencia o periodicidad determinada. Esta hipótesis
no respeta demasiado el sentido fuerte del verbo llevar [tenir], que no implica que se
“abandone”; pero ninguna otra hipótesis le hace justicia a ese sentido, salvo por aquella,
sterniana o borgeana, de una escritura rigurosamente constante e ininterrumpida. Incluso si
dejamos de lado las dificultades físicas, la imposibilidad lógica de tal práctica salta
inmediatamente a los ojos: un diarista que pasase frente a (o detrás de) su diario todo el
tiempo libre que le permita la necesidad del sueño y de la subsistencia (sin abandonarlo
incluso durante los tiempos intermedios) no tendría gran cosa para consignar, salvo detallar

2
RAS: Interjección francesa coloquial que resulta de un acrónimo con el sentido de “Nada para decir” (“Rien
á signaler”). [N. del T.]
sus sueños, sus comidas, etc., y debería rápidamente desplazarse hacia alguna forma de
ficción o de mediación algo ajenas a las normas temáticas del género.
Digamos entonces que la práctica del diarista es por definición intermitente, y nadie
podría determinar sin pedantería la frecuencia óptima, ni siquiera la mínima. Entonces, ¿qué
es lo que excluye del campo de esta práctica la conducta, de tipo barthesiana, que consiste en
comenzar cada tanto para después “abandonar” un diario? Desde el punto de vista externo,
probablemente nada; y suponiendo que Barthes haya conservado y dejado en orden la
totalidad de las huellas escritas de sus tentativas sucesivas, nada impediría en principio
publicarlas bajo el título de Diario, o a fortiori y según una costumbre establecida: Páginas
de diario. Entonces, la exclusión es completamente interna, y no tiene que ver con una
decisión práctica como la de destruir un cuaderno o prohibir su publicación: tiene que ver
con el hecho de que el diarista intermitente (es decir, quitando el pleonasmo, no aquel que
sólo lleva un diario de manera intermitente –pues es un atributo de todo diarista– sino aquel
que sólo asume por intermitencias el proyecto diarista), cada vez que “abandona” su diario,
cree que lo hace definitivamente y porque se ha convencido (nuevamente), por medio de una
(nueva) tentativa diarista, de la vanidad de esta práctica –por lo que le concierne–. Al dejar
la pluma después de algunas páginas (algunos días), no es un diarista que se interrumpe
(provisoriamente), sino un diarista que renuncia (definitivamente) y, así, no solo deja sino
que también niega, quizás legítimamente, haber sido alguna vez diarista: “Nunca llevé un
diario”. Lo que define al diarista es menos la constancia de su práctica que la de su proyecto.
Escribí “quizás legítimamente” porque permanecen aquí una duda y una dificultad:
un hombre que haya llevado su diario durante diez o veinte año para luego abandonarlo un
día sin pretensiones de retomarlo (hay casos y ejemplos, supongo), ¿se excluiría por eso
mismo de la clase de los diaristas? Entonces, ¿es necesario para ser diarista, no tanto llevar
un diario sin intermitencia, sino sin otra interrupción final que la muerte? Condición sin duda
tan absurda como la precedente, o por lo menos igualmente exorbitante: no se deja de haber
sido diarista por dejar de serlo, y no se es diarista por esencia intemporal, aun si algunos
(como es el caso, creo, de Amiel) no han escrito, durante toda su vida, otra cosa que no sea
un diario. Y muchos escritores han sido a la vez diarista y, por ejemplo, novelistas (Gide, por
supuesto); así como otros han alternado la práctica del diario con otros géneros u otros tipos
de escritura, siendo a veces diaristas ocasionales. La frontera entre el diarista y el no-diarista
no es por lo tanto muy fácil de establecer, y la primera oración –pronto retractada, y sin
embargo enunciada por Roland Barthes–, “Nunca llevé un diario”, no parece estar todavía
completamente justificada.
Pero me parece que se justifica perfectamente si se tiene en cuenta, de nuevo, la
segunda frase de Barthes, que sitúa la frontera más allá de los puros criterios factuales de
frecuencia o duración, y que hay que leer ahora como una glosa de la primera: “Nunca llevé
un diario en el sentido de que nunca supe si debía llevar uno”. Esta segunda oración, o más
bien esta segunda forma de la primera, no es para nada retractada después, ni siquiera por las
palabras “son unas ganas leves, intermitentes…”. Las ganas no son un sentimiento del deber
o de la justificación: puedo tener ganas y después –especialmente después de haberlas
satisfecho– contradecirme, o simplemente constatar que esas ganas no eran un motivo
suficiente. Volveré luego sobre esto. Digamos ahora que el rasgo verdaderamente distintivo
del diarista sería así que no pone en duda la legitimidad de la práctica diarista en general, o
al menos la suya en particular. Puede dejar provisoriamente, incluso definitivamente, de
llevar su diario, pero no deja sin embargo de justificar esa práctica pasada. En resumen, el
diarista es menos aquel que lleva un diario que aquel que cree en la virtud del diario. Se
podría, yendo más lejos (demasiado lejos, sin duda), definir el diarismo no como una
actividad, sino como una opinión (una certeza): la que consiste en no dudar de la virtud del
diario. Seríamos diaristas así como somos bautizados o taoístas –sin ser necesariamente
practicantes, y eventualmente sin haber practicado nunca.
Ahora bien, Roland Barthes nuca dejó de dudar del diario, al menos de su diario.
Dudar, por supuesto, denota aquí no una certeza negativa (una incredulidad positiva), sino
una simple incertidumbre: como él mismo lo dice muy bien, se trata de una “duda insoluble”.
Pero no es una incertidumbre respecto a lo que llamé intencionalmente, para posponer las
distinciones necesarias, la virtud del diario, sino sólo respecto a una de sus virtudes posibles:
“el valor de lo que escribimos en el diario”. Y la segunda frase de Barthes precisa sin ninguna
ambigüedad (ya lo hemos visto) la clase de valor del que se trata aquí: el valor literario, el
valor del diario como “obra”. Las comillas son de Barthes, y expresan la modestia, o más
exactamente (o más bien) algo así como una mezcla de pudor e ironía respecto a su propia
ambición, o nostalgia, y al sistema de valores, quizás condenable o ridículo, que ella implica.
Pero la naturaleza de esta ambición, o más bien de esta exigencia, es clara: es una exigencia
estética. Barthes duda del valor literario de su eventual diario como “obra”; lo que
periódicamente reforzaba su duda era, me atrevo a decir, la lectura (la “relectura”) de algunas
páginas resultantes de esas tentativas abortadas de diario.
El valor literario (estético) es sólo una de las “virtudes” posibles del diario, y supongo
que numerosos diaristas (y los más ilustres entre ellos), nunca pensaron en eso, incluidos
quizás los que cita Barthes, sobre los que medita y reflexiona: Tolstoi, Gide, Kafka. El diario
puede (cercano aquí a las Memorias) cumplir una función documental para los demás, para
una posteridad no de admiradores sino de curiosos: “¿acaso no se siente un gran placer al leer
en el diario de Tolstoi la vida de un señor ruso durante el siglo XIX” o en el diario de Pepys
la vida de un burgués inglés del siglo XVII? Pero Barthes no se consideraba a sí mismo un
personaje representativo, ni especialmente interesante, de su época o de su medio. O catártico
en sí mismo: “por ejemplo, Kafka llevó un diario para ‘extirpar su ansiedad’ o, si se prefiere,
‘encontrar su salud’. Este motivo no me resulta natural, o al menos constante. Lo mismo
ocurre con los objetivos que tradicionalmente se le atribuyen al diario íntimo: no me parecen
más pertinentes. Se los vincula a los beneficios y al prestigio de la ‘sinceridad’ (decirse,
aclararse, juzgarse); pero el psicoanálisis, la crítica sartreana de la mala fe, la crítica marxista
de las ideologías, han vuelto vana la confesión: la sinceridad no es más un imaginario en
segundo grado”. Tales son, para Roland Barthes, las funciones prácticas posibles del diario,
a las que recusa entonces sucesivamente, sea ya en general (mito de la “sinceridad” y del
examen de consciencia), sea ya en particular (no estoy lo suficientemente angustiado, mi vida
no es interesante). Para agregar entonces: “No, la justificación de un Diario íntimo (como
obra) sólo podría ser literaria, en el sentido absoluto, incluso nostálgico, de la palabra”.
Se advierte aquí la sorprendente omisión de una de las funciones más claras, y más
reconocidas, del diario, que es la de su rol de ayuda memoria. Tanto más sorprendente en
cuanto Barthes (sin por cierto lamentarse por ello) calificaba su propia memoria como débil
y “brumosa”. Debo precisar aquí, para explicarme mejor, que es una discapacidad que
comparto con él. Pues me han ocurrido en otro tiempo, o incluso hasta hace poco, dos o tres
cosas importantes, que aún me importan, y que sin embargo apenas si podría designarlas con
una fórmula vaga o abstracta. Incluso a partir de un intenso esfuerzo de reconstitución
voluntaria, sólo podría elaborar un escenario pobre y bastante sospechoso, penosamente
ilustrado por algunas imágenes erráticas, azarosas y contingentes. Y en cuanto a la memoria
“involuntaria”, no todo el mundo tiene los dones milagrosos del narrador proustiano. Cuando
me pasa que evoco esas cosas importantes, siento muy intensa y dolorosamente la pobreza
de mis archivos (cartas tiradas, fotos perdidas o bien nunca tomadas), y la falta absoluta de
lo que un diario –aunque no sea más de media página por día (¡qué prolífico!)– me ofrecería
en detalles hoy irremediablemente perdidos, y que no interesarían, afortunadamente, a nadie
más que a mí –es decir, testimonios, o habría más bien que decir pruebas de existencia–.
Tangencialmente, pero con énfasis, Barthes evoca esa “falta del sujeto” que es no ni más ni
menos que una “falta de existencia”: “Lo que el diario plantea no es la pregunta del Loco
(¿Quién soy?) sino la pregunta cómica, la pregunta del Aturdido: ¿Soy?”. El hombre sin
memoria es este aturdido cómico. El del amnésico, como el del sordo o del miope, es un rol
cómico (mientras que el del ciego es, como lo llegó a comprender Sófocles, un rol trágico),
y el amnésico sin archivos es como el Profesor Tournesol sin audífonos o Mr. Magoo sin
anteojos. El diario es una prótesis, pero una prótesis preventiva cuya necesidad sólo se
advierte retroactivamente, es decir demasiado tarde para quien no se ha tomado el trabajo (o
no le ha agarrado el gusto) a tiempo. Ahora bien, el trabajo del diario, por una de esas ironías
que la realidad no escatima, estuvo muy presente entre aquellos que menos lo necesitaban
(los no-amnésicos), como el dinero va siempre a los ricos y el agua al río –a menos que el
ejercicio diarista sea en sí mismo a la vez un sustituto y un aditivo: un suplemento de
memoria, el hecho de anotar cada noche el acontecimiento de la jornada fijándolo no sólo
sobre el papel, sino también en el recuerdo–. En fin, en todo caso y a efectos prácticos,
deberíamos adiestrar desde muy pequeños a los niños a llevar sus diarios, y procurar, tanto
como se pueda, que nunca pierdan el hábito. Nulla dies sine linea: este precepto de poeta
debería ser una máxima universal. Porque el diario no se limita a plantear la pregunta ¿soy
yo? También la responde, y afirmativamente.
Si mal no recuerdo (!), es sobre este punto que había intentado, en ese diciembre
doblemente crepuscular, hacer tambalear la duda de Roland Barthes, al predicar la causa
diarista, creyendo en ella aunque sin practicarla: poco importa el valor literario, llevar un
diario es un ejercicio saludable y una necesidad, quizás una condición de existencia.
Vagamente arrastrado por el topos voluntarista (había en él una suerte de fascinación semi-
nostálgica respecto a toda ascesis –no es por nada que escribió sobre los Ejercicios
espirituales– y cada tanto iniciaba gustosamente alguna reforma moral, una vita nova, un
nuevo régimen, un nuevo horario de trabajo, etc.), jugó un instante con esta sugerencia, con
el tiempo de “realizar” que llegaba un poco tarde –ninguno de nosotros sospechaba, espero,
hasta qué punto– porque ya no respondía para nada a su pregunta: “¿debo llevar (ahora) un
diario con vistas a publicarlo? ¿Puedo hacer del diario una obra?”.
Porque se trata, lo pensaba entonces y lo sigo pensando, de una verdadera pregunta,
quiero decir, una pregunta que en ese texto planteaba a sus lectores y no sólo a sí mismo.
Prueba de ello es el tono dialógico que pone en escena una imagen interior de otro en la
siguiente frase: “La pregunta que me hago (¿debo llevar un diario?) se ve inmediatamente
contestada, en mi cabeza, por una respuesta desagradable: qué nos importa; o más
psicoanalíticamente: es su problema”. Y por más fuera de lugar (al lado de la pregunta) que
haya estado mi respuesta, creo –espero– que le habrá al menos demostrado que alguien, entre
otros, podía responderle otra cosa.
Pero, en fin, “su problema” no era el mío, aunque yo haya tratado ingenuamente de
pasárselo. Por su parte, el diario no le interesaba en realidad ni como documento (Tolstoi) ni
como instrumento (Kafka), sino más bien como “obra”, es decir como monumento. Y veía
tres vicios insalvables que imposibilitaban esta monumentalización: la contingencia subjetiva
(“No puedo dedicarme a un diario como lo haría con una obra única y monumental que me
fuera dictada por un deseo loco”); la inesencialidad objetiva (ninguna página del diario es
indispensable para el conjunto, el diario es por ello un texto “suprimible hasta el infinito”);
finalmente, y sobre todo quizás, la inautenticidad: la escritura diarista (frases nominales,
abreviaciones, etc.) no es sin duda la más codificada pero si la más contradictoriamente
codificada: “informar un estado de ánimo en el lenguaje codificado del Inventario de los
Estados de ánimo…”. Práctica insostenible que nos devuelve constantemente, como un
espejo indiscreto, la imagen pálida y vagamente obscena de una escritura desnuda –no es por
azar que empleo aquí un vocabulario sartreano: el malestar retrospectivo de Barthes frente a
su propio diario es una versión atenuada de La náusea, y ese hastío de la contingencia se basa
en él, como en Roquentin, en una valoración del Arte como imperio de la necesidad, y por lo
tanto de la justificación (su Some of These Days era, por excelencia, la obra de Schumann).
El aspecto estéticamente negativo del diario (su anti-valor literario) era para Barthes
tan disuasivo y su virtud práctica tan insignificante que podemos preguntarnos por qué
permanecía en él tan viva la fascinación, o más bien la tentación –constante probablemente
desde su primer texto publicado, “Notas sobre André Gide y su diario”, que apareció en
Existences en 1942–; tentación aparentemente creciente en los primeros años, marcados
como se sabe por obras (Roland Barthes por Roland Barthes, Fragmentos de un discurso
amoroso, y también en cierta manera El placer del texto, sin contar las crónicas de Le Nouvel
Observateur, que interrumpió en un movimiento manifiestamente semejante al que despliega
en “Délibération”) muy cercanas al modelo diarista, tanto formalmente (por la escritura
fragmentaria) como temáticamente (por el egotismo declarado –aunque, señala justamente
aquí: “del egotismo, ya he tenido suficiente”).
Una razón inmediata que explicaría esa tentación, y cuyo peso no podemos
menospreciar en un escritor perpetuamente atormentado por la cuestión retórica de la
inventio, está indicada en ese mismo texto de Barthes: “En un primer momento, cuando
escribo la nota (cotidiana), siento cierto placer: es simple, es fácil. No vale la pena sufrir para
encontrar qué decir: el material está ahí, enseguida; es como una mina a cielo abierto, sólo
hay que descender”. Pero el precio a pagar de esta “facilidad” es aparentemente el débil placer
de lectura: habría allí como una ley de hierro de la economía (libidinal) textual. Sin embargo,
no se trataba sólo de la facilidad de escritura o de un sustituto de una inspiración defectuosa;
se trataba más bien de una manera (la única, quizás) de eliminar la cuestión misma de la
invención, es decir del “tema”, y de efectuar la famosa (y problemática) “intransitividad” de
la escritura literaria, siendo el diario la forma más cercana del libro sobre nada.
No obstante, creo percibir otra razón más oscura, y más emblemática, en el hecho
mismo (en apariencia paradójico) de publicar allí, enmarcadas en la deliberación que
conocemos, algunas páginas, performances típicas de una práctica de escritura cuya
publicabilidad es el objeto mismo de esa deliberación –de esa incertidumbre. A la pregunta
planteada públicamente –¿puedo publicar esto?–, podría haberse contestado con una
respuesta molesta (y quizás todavía más descortés que el “qué nos importa” previsto –y
prevenido–) cuya forma podría ser algo así: “Pregunta tardía e hipócrita, porque usted acaba
de hacerla”. Esta respuesta en sí misma habría sido sofisticada, pretendiendo interpretar
literalmente un “¿Puedo publicar esto?” que significaba evidentemente “¿Puedo continuar
publicando este tipo de textos?”. Quizás Roland Barthes esperaba frente a esta pregunta una
respuesta cruelmente saludable que podría haber sido, por ejemplo, la siguiente: “Por esta
vez pasa, pero no vuelvas hacerlo”. Sin dudas, es la respuesta que se daba a sí mismo,
considerando in fine como única salida (por lo alto) de este impasse un nuevo tipo de obra
(¿un nuevo género literario?) que no quiero describir en otros términos que no sean los suyos:
“Habría que concluir, sin dudas, que puedo salvar el Diario con la condición de trabajarlo
hasta la muerte, hasta el extremo de la fatiga, como un texto más o menos imposible al
término del cual es posible que el Diario así llevado ya no se parezca para nada a un Diario”.
Si se puede definir el diario por la facilidad de lo banal cotidiano, ese Texto (respetemos la
mayúscula) casi imposible y trabajado hasta la muerte ya no es para nada un diario (más allá
de que conserve, sin dudas, la materia, o la ausencia de materia del diario), sino una suerte
de inversión del modelo genérico quizás comparable a lo que apuntaba Malraux al bautizar
sus Memorias como Anti-memorias. Ese diario casi imposible y mortalmente difícil hubiera
sido como un anti-diario. ¿Es demasiado ese casi? No cedamos a la fácil tentación de erigir
el accidente en símbolo, y soñemos por nuestra parte sobre este sueño interrumpido. E
interpretemos bajo su luz (porque los sueños, y la muerte misma, tienen también su luz) el
propósito paradojal de esta última deliberación. Volvamos a la primera y enigmática frase de
la que partimos, y releámosla un poco al revés: “Llevo un diario para saber si debo llevar un
diario –es decir, si puedo hacer de él un anti-diario”. Singular reversión de ese problema
característico de cierta literatura moderna (Flaubert, Proust, Kafka) que Barthes nunca dejó,
ansiosamente, de interrogar: “Escribo para saber si puedo, si debo escribir”.

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