Sebastián Vera Guzmán
Título Texto: “La cristiandad y el concepto de cruzada” -Las primeras cruzadas-
Título Original: “La chrétienté et l'idée de croisade” -Les premieres croisades-
Autor(es): Paul Alphandéry y Alphonse Dupront
Año edición: 1959
Editorial: Unión Tipográfica Editorial Hispano Americana
Resumen segunda parte (desde cap. II, parte II)
Parte Segunda: “La primera Cruzada”, Cap II: Visiones y Profecías.
El capítulo parte señalando una serie de milagros acontecidos durante el período en el cual el
ejército cruzado se dirige a Jerusalén, y asu vez está próximo al asedio de Antioquía. De entre
estas podemos destacar en primer lugar la visión de sacerdote Esteban al cual se le ha
aparecido Jesucristo, brindándole una profunda confianza en la empresa cruzada llevada a
cabo. Según el autor, dicha primera visión divina se hace presente producto de la necesidad
intensa del ejército de una manifestación divina, lo más concreta posible para recuperar el
aliento y el ánimo y continuar con la empresa. Así vamos descubriendo un conjunto de
acontecimientos dentro de los cuales observamos también el descubrimiento de la “Santa
Lanza” que atravesó a Cristo en la cruz, los cuales irán marcando la evolución interior del
espíritu de Cruzada. En resumen, el autor establece una secuencia que nos permitirá
comprender de mejor manera la manifestación de estas visiones providenciales: “Hay una
transición del acto al símbolo y del símbolo al acto”, frase del autor que nos permite
vislumbrar la elaboración colectiva de símbolos y signos divinos, los cuales repercuten en la
acciones llevadas a cabo posteriormente por el colectivo cruzado.
A continuación comienza otra etapa en la historia interna de la Cruzada, dentro de la cual se
comenzarán a desarrollar rivalidades entre los jefes, ya sea por cuestiones prácticas o por
cuestiones sobrenaturales (interpretación de las señales divinas). Es importante entender
también como se va gestando una sensibilidad popular dentro del colectivo que marcha hacia
Tierra Santa, el cual siente y percibe de maneras especial los cambios que se van
aconteciendo con el curso de la marcha. De esta manera se van gestando nuevas etapas y
nuevos fracasos, visiones reaparecen, se suceden nuevos signos providenciales y la
comunidad cruzada, sobre todo fruto de la necesidad popular por estos signos, se mantiene
fiel a su gran esperanza de llegar a Jerusalén.
Una vez tomada Jerusalén, los éxitos, nombramientos y la conquista en si, son atribuidos a la
voluntad divina que ya se venía expresando en las visiones y gestos proféticos que se hicieron
presentes en el camino. Un ejemplo es el caso de Godofredo, coronado como rey de la ciudad
santa. Según él, su triunfo y coronación estaban decididos por Dios, desde toda la eternidad,
tal como las supuestas visiones y revelaciones se lo habrían anunciado. Por otra parte se hace
necesario mencionar como esta primera cruzada crea un complejo de unanimidad dentro de
sus filas; ricos y pobres se confunden y las divisiones sociales se dispersan. Además se hace
presente un sentimiento religioso común, necesidad de acción de gracias y de penitencia,
pues es Dios quien ha otorgado la victoria.
El autor introduce un concepto importante: la cruzada de la pobreza, la cual manifiesta la
importancia del elemento popular en cuanto a las decisiones y caminos llevados a cabo por el
ejército cruzado, el cual requiere de signos ante cualquier evento que se desarrolle. Serán los
primeros los primeros en partir hacia Jerusalén, será esta masa sin disciplina y vibrante de
supersticiones y de ritos, el complejo social que le dará vida a las nuevas manifestaciones
religiosas que van surgiendo en el curso de la empresa. Es este mismo grupo el que
caracterizará a la Cruzada con un profundo sentido escatológico, el cual hace referencia a la
salvación y redención de aquellos que emprendieron la cruzada, por ende esta presente de
manera permanente en la sensibilidad popular la constante interpretación de signos de
salvación (se aproxima el fin de los tiempos-interpretación apocalíptica-).
Parte Tercera: “Duración y decadencia de la Cruzada”, Cap. I: El establecimiento de la
Cruzada. Necesidades militares y ritos de penitencia.
Una vez conquistada Jerusalén ciertas facciones del grupo cruzado cree haber llegado al final
del recorrido. Es por ello, que algunos se preparan para marcharse, tal como representa el
gesto de Raimundo de Saint-Guilles, el cual realiza una serie de ritos de peregrinación, tales
como coger palmas en Jericó o el bautismo en el Jordán, gesto repetido por una gran cantidad
de jefes del ejército cruzado. Todas aquellas acciones emprendidas ya señaladas representan
un rito especial de purificación; ya han conquistado tierra santa, y la salvación prometida es
parte ya de su meta cunmplida. Es a partir de fines del siglo XI que gran número de soldados
empiezan a abandonar la ciudad y esta queda privada de un número considerable de
defensores. A la meta cumplida también se suma el profundo cansancio y agotamiento del
ejército cruzado, el cual deja sentir su malestar y desencanto. Sin embargo también se
distingue una fracción del conjunto que tanto por sus carencias materiales y medios para
volver a sus ciudades de origen, no pueden pensar en el regreso, pues la esperanza parúsica
de la salvación colectiva los mantiene en aquella tierra santa, no les queda más oportunidad
que quedarse a defender Jerusalén a la espera de la salvación. También podemos observar
como los jefes de la cruzada que llegan a sus tierras parecen utilizar el regreso como una
especie de garantía que les concede una serie de beneficios espirituales, en función de los
propios méritos individuales.
Por otra parte observaremos una evolución en la actitud occidental hacia la Cruzada. Esta
actitud compleja se verá reflejada por una parte en la creciente indiferenci de algunos con
respecto a la gran expedición de salvación, y por otra las continuas salidas hacia Tierra Santa,
estos movimientos descubrirán la psicología inestable de occidente, dentro de la cual
encontraremos el establecimiento normal de la Cruzada. La actitud ya señalada vendrá
acompañada de una pérdida del valor simbólico de los prodigios, de esta manera las señales y
fenómenos observados no se vincularán de manera alguna con los hechos y hazañas del
ejército cruzado en Oriente. Lo señalado viene sucedido de una pérdida de fervor por la
Cruzada, incluso desde el papado se observa una actitud poco proactiva hacia las necesidades
que los hombres que estaban en Jerusalén reclamaban, actitud que se le será reprochada, pues
según el espíritu contemporáneo el Papa (Urbano II) debía hacerse cargo de aquel
llamamiento inicial a conquistar Tierra Santa, el cual por su parte se justifica por estar
combatiendo las herejías que se han ido esparciendo por Occidente.
A continuación el autor observa un cambio profundo en la idea de Cruzada: “La idea de la
salvación escatológica es cosa terminada: el reino de Dios se les promete a los que comienzan
por hacer penitencia. El mérito espiritual de la Cruzada ya no es el fruto necesario de una
expedición tumultuosa y ferviente a la liberación de la Tumba del Salvador”. En función de
lo anterior, podremos observar como aquel principio fundamental de la empresa cruzada ha
cambiado, la instancia fundamental de salvación ya no será necesariamente la expedición
hacia Tierra Santa. sino el acto penitencial, mediante el cual el caballero sigue participando
espiritualmente de la Cruzada. En este ámbito adquieren real importancia las reliquias, las
cuales dan cuenta de la profunda espiritualidad y fe colectiva de Occidente frente a un legado
traído de Oriente, de esta manera “va a nacer a partir de los tiempos que siguen a la primera
cruzada, una de las devociones orgánicas de la Edada Media”. Las reliquias simbolizan
cercanía con la empresa en Tierra Santa y además de reflejar la sensibilidad y espiritualidad
de Occidente, establecerán una relación afectiva entre ambos mundos (Oriente y Occidente),
la cual enriquecerá la vida religiosa y generará además estabilidad en las relaciones con
Oriente.
El autor distingue un elemento esencial para comprender la continuidad de la Cruzada, y lo
que cuenta, en efecto, desde el punto de vista del sentimiento religioso que se ha ido gestando
con el curso del tiempo, es la continuidad del impulso, con ello la Iglesia recobra, anima y
fomenta la Cruzada, la cual llegará a convertirse en una forma de vida religiosa en la Edad
Media.
En conjunto con el resurgimiento del ideal de Cruzada, podremos observar como esta
adquiere un sentido específico, una peregrinación que es preciso hacer con tropas bien
armadas, perdiendo el carácter heroico singular de antaño. De esta manera la expedición ha
de limitarse cada vez más a gente de guerra. Así mismo Jerusalén pierde su sentido original,
ya no será más un lugar común de expiación y de designación divina, “ha terminado aquella
elección singular que hacía de Jerusalén el lugar hacia el cual debía tender la cristiandad
entera.
En último lugar, se hace referencia a la orden del Temple, el cual se constituye como un
doble movimiento religioso y social, el cual muestra la complejidad de la evolución del
concepto de Cruzada que se va gestando. Así la sensibilidad de Occidente tiende a establecer
reglas religiosas sobre lo que antes fuera aventura de expedición hacia el santo sepulcro. De
esta manera se constituye un grupo, los “Templarios”, los cuales tenían como fin último la
defensa de los caminos de peregrinación que conducían hacia la tumba del Señor, deber al
cual estaban religiosamente ligados por su voto. Se observa también el ideal de pobreza al
cual atiende el caballero en pos del ideal de pobreza, latente en la espiritualidad de la primera
Cruzada. De esta manera el servicio del Temple tiene un valor de purificación, y con ello la
Cruzada comenzará a organizarse lentamente como una prueba de penitencia (cambio en el
sentido original).
Cap. II: La escatología en la disciplina del orden político.
Este capítulo prestará especial atención a los sucesos acontecidos en la segunda Cruzada,
dentro de la cual los autores intentarán comprender la sensibilidad religiosa y los nuevos
aspectos de la vida espiritual que se va gestando en la sociedad occidental siempre en
referencia al mundo de la Cruzada. Se comienza por enfatizar el llamado de socorro que
realiza el Papa Eugenio III a mediados del siglo XII, a partir del cual surge la siguiente
pregunta: “¿sobre qué fondos de sensibilidad religiosa podía repercutir este llamamiento?”,
en otras palabras, lo que intentan explicarse los autores es sobre qué base espiritual está
sentada la sociedad europea occidental a la hora de realizar este llamamiento. Es claramente
identificable que desde la primera Cruzada hasta la fecha la vida religiosa de Occidente se
había transformado, y esto se evidencia en la evolución que experimentó el eremitismo
durante aquellos años. Por su pobreza y su fuerza espiritual, estos ermitaños errantes
conmueven y marcan religiosamente las poblaciones de un país, los cuales empiezan a formar
monasterios y por ende centros estables de vida religiosa, templos que alimentaras la piedad y
la devoción (sensibilidad) popular. Dentro de estos centros de vida religiosa con importante
influencia en la devoción popular la obra pía de penitencia tiende a hacerse habitual y a
manifestarse de manera pública, sobre todo inspirada en la construcción de iglesias, la
llamada “Cruzada monumental”. Los penitentes de la Cruzada monumental, atestiguan un
espíritu de organización colectiva, nada distinto a lo que ya se venía dando desde el siglo XI,
la diferencia es que ahora se hace necesaria la elección de líderes que guíen esta ofrenda
penitenciaria, de esta manera se empieza a manifestar ya una realidad política en la
organización de los grupos de penitencia, fenómeno que también se manifestará en
Normandía en una suerte de comunalismo fundando en reglas que determinarán el rito
colectivo.
Por otra parte, observamos en el curso del siglo XII inestabilidad en lo social y económico, lo
cual gestará una atmósfera de inestabilidad e inquietud que desarraiga a los hombres y los
prepara para las expediciones de la segunda Cruzada. A partir de lo anterior y de la creciente
inseguridad se demuestra nuevamente con fuerza el espíritu escatológico que había
menguado en el período posterior a la primera Cruzada. Nuevamente se difunden los rumores
que previenen el fin del mundo, y los impulsos de antaño recobran su fuerza. De esta manera
vuelve a hacerse posible en el Occidente cristiano una nueva partida, pero esta vez sobre un
fondo de vida religiosa que tiende a organizarse según formas colectivas estables como ya lo
hemos visto.
Una vez visto el espíritu que impulsa esta nueva cruzada (deseo de salvación ante la
inseguridad e inestabilidad interpretada como señal de la cólera divina, por ende el único
medio de redención es la penitencia que brinda el recorrido hacia Tierra Santa), observaremos
como la preparación y la consecuente predicación de diversos personajes será clave para
entender el desarrollo de esta segunda expedición. Tomando lo referido por los autores, ante
la inminente Cruzada se hace necesario la consagración oficial de la Iglesia en pos de esta
nueva campaña, y por ende el pronunciamiento del Papa, figura responsable del llamado a la
primera empresa cruzada referente al siglo XI. Por otra parte la Iglesia también se hace
importante pues define las intenciones espirituales de la Cruzada y garantiza la recompensa a
aquellos que participen en la misma: la remisión de los pecados. Un elemento novedoso
también se introduce en la predicación de la Cruzada. Entre los predicadores que anuncian a
las multitudes encontramos a San Bernardo de Citeaux por una parte y al fraile Raúl por otra.
El primero significa la organización estable y canónica, el segundo sigue siendo el predicador
inflamado del siglo XI (primera Cruzada), predicando una Cruzada apocalíptica, levantando
el furor popular, proclamando nuevamente el drama escatológico que se resuelve con el
combate al infiel, al sarraceno, a partir del cual se obtendrá en definitiva la salvación ante el
inminente fin de los tiempos, porque todo el medio eremítico está imbuido en la idea
escatológica.
Ante todas las alteraciones producidas producto de la predicación ya señalada, el arzobispo
de Maguncia llamó a San Bernardo para apaciguar a la multitud. Bernardo es el “hombre de
los nuevos tiempos”, de la estabilidad doctrinal y de la sensatez del siglo. De esta manera el
santo reformula el llamado a la siguiente Cruzada e introduce una nueva concepción de la
misma, en relación a lo referido por los autores acerca de la labor llevada a cabo por San
Bernardo se puede señalar que “ya no es la promesa apocalíptica, sino la salvación en el día
del juicio por la adquisición de méritos, porque la cruzada en el pensamiento del santo, se
convierte esencialmente en una ocasión y una obra de penitencia”. Así la Cruzada se
convertirá en un medio de purificación.
A continuación los autores dejan en claro que lo esencial no será la historia de la segunda
Cruzada, sino la vida interna de aquellos que participaron en esta encrucijada, es decir, la
significación religiosa y la repercusión moral de los hechos acontecidos.
Breve descripción de la segunda Cruzada (exterior de la Cruzada):
En mayo de 1147 Conrado (Alemania) y Luis VII (Francia) emprenden su viaje hacia
Constantinopla con una cantidad aproximada de 200.000 hombres. Manuel, el basileus no los
recibe y ambos ejércitos comandados por los dos soberanos siguen su camino hacia Tierra
Santa. Los ejércitos pasaron a Asia Menor, y mientras que los franceses prefieren el paso por
el Oeste, los alemanes se dirigían a Iconium y son posteriormente derrotados por los turcos en
octubre de 1147. Conrado vencido, decide volver a Constantinopla para evitar su humillación
frente al Rey Luis VII. Por su parte el francés es sorprendido por los turcos rumbo a Atalia.
Diezmado el ejército, Luis VII decide embarcarse a dicha ciudad con tan solo una parte de las
tropas, dejando el resto a la suerte de desierto y de los turcos. En Jerusalén vuelven a
encontrarse ambos soberanos, y persuadidos por el rey de Jerusalén Balduino III, aceptan
marchar sobre Damasco en julio de 1148 con 50.000 hombres. El sitio y asedio de la ciudad
se hizo inútil y ambos ejércitos deciden volver a sus países, de manera que después de
quedarse un tiempo en Jerusalén y visitar los lugares santos, Luis VII decidió volver a su
reino después de la pascua de 1149, con una mínima parte de su ejército.
Es importante señalar para explicar todo el proceso acontecido, que la misma multitud que se
había levantado en un hermoso movimiento de entusiasmo, aquel pueblo en seguimiento de
sus jefes hacia Jerusalén, de pronto se manifestó como un obstáculo a los rápidos progresos
del ejército cruzado. Movido por sus instintos y pasiones violentas, el pueblo que participaba
de esta Cruzada era incapaz de someterse por mucho tiempo a la autoridad del jefe legítimo.
Con el tiempo la impaciencia popular se hizo decididamente ciega a toda prudencia
estratégica, por lo cual aquellos con verdadera calidad guerrera eran la única garantía de
eficacia de la empresa. Un ejemplo manifiesto es el abandono de Luis VII de sus tropas más
pobres y cuyos ánimos eran difíciles de encauzar para la guerra. De esta manera el abandono
se entiende por parte de rey y de sus nobles y aristócratas más aptos para la guerra, como una
purificación necesaria del ejercito para llegar a complir la meta de llegar a Tierra Santa. Así
se manifiesta el fin de la “Cruzada popular”, los reyes vuelven a encontrarse simples
peregrinos con sus amigos y sus hombres, van a Jerusalén a hacer sus devociones
(peregrinación colectiva). Con el abandono y matanza de los humildes, la Cruzada pierde su
significación universal, para ser una expedición reservada a quienes poseen la fuerza y la
virtud. Sin embargo se produce un fenómeno interesante, sin el elemento popular, y por ende
sin la presencia de aquellos de sensibilidad y piedad popular creadora, no se observan ni
nuevos ritos, ni nuevas prácticas religiosas, ni nuevos milagros favorables a la empresa
cruzada, sólo se manifiestan simples restos de la liturgia tradicional, el colectivo de hace
incapaz de nuevas creaciones sin el fervor de la piedad popular de aquellos que han sido
abandonados en el curso de esta segunda Cruzada. A partir de lo anterior se levantarán
numerosas acusaciones contra los grandes señores, a los cuales en definitiva se les
responsabilizará por el fracaso de esta segunda Cruzada, sin embargo esta derrota no hará
disminuir la necesidad religiosa y la continuidad de movimientos hacia Jerusalén, si bien el
fracaso fue evidente, se hace necesario partir de nuevo, pero esta vez de otro modo.
También se hace necesario el estudio de algunos rasgos que también se hacen esenciales en el
análisis de esta segunda expedición hacia Oriente. En primer lugar podremos observar como
no existe una unanimidad en la partida hacia la Cruzada en cuanto al fin último de esta, pues
por parte de los soberanos, esta no es más que una peregrinación, una expiación y
cumplimiento de un voto piadoso que no pasa de ser personal, y los otros peregrinos no son
más que compañeros y testigos de este acto de penitencia regia. Por otra parte, para el pueblo
y para la efervescencia religiosa de la época, es una expedición mística, una conquista de los
últimos días con todas las promesas escatológicas que involucra. “No hay ningún acuerdo
entre los jefes y las masas, y existe una verdadera confusión en cuanto al objeto mismo de la
expedición: ¿cruzada o peregrinación?”. Con lo anterior distinguimos como la unidad
cristiana y el propósito unánime de cruzada se ha destruido. Las naciones también se van
distinguiendo unas de otras, con lo cual se produce una profunda “incoherencia orgánica” tal
como lo señalan los autores, formándose una multitud de remolinos espirituales en torno a los
cuales giran distintos propósitos y nociones religiosas, obteniendo preponderancia los
motivos particulares por los cuales se realiza tal o cual empresa religiosa, haciéndose cada
vez menos presente el ideal de universalidad.
En último curso, el concepto de mérito individual introducido por San Bernardo de Citeaux,
que se encontrará en definitiva por sobre el colectivo y será también el que impulse la
segunda Cruzada, será aceptado por la Iglesia. Esto se traspasará a los reyes y señores
feudales que van a emprender la Cruzada; en consecuencia el pueblo será relegado, se
perderá aquella sensibilidad popular creadora de ritos y de mitos, se perderá el sentido
escatológico y mesiánico de la cruzada, y se introducirá la penitencia cuyo fin último es la
purificación y no la salvación ante el inminente apocalipsis como fue antaño para las masas
populares.
Conclusión: Las fuerzas de continuidad
Fruto del legado anterior, la Cruzada se concibe como una obra de penitencia en procura de la
salvación individual, abandonando el sentido grupal. Casi inmediatamente después de los
fracasos de la segunda Cruzada, el patriarca de Antioquía y Balduino de Jerusalén dirigían
una nueva llamada a Francia. El poder musulmán crecía en Oriente y el espanto invadía a los
jefes del reino cristiano. Así en 1187 Saladino derrota al ejército cristiano y recobra
Jerusalén. Después de la derrota se realizan esfuerzos por volver a congregar a un ejército
dispuesto para la reconquista de Tierra Santa, entre ellos el Papa Alejandro III hizo vanos
esfuerzos por avivar el fervor casi extinto de la cristiandad occidental. A partir de lo sucedido
se intenta reavivar la sensibilidad occidental, en un intento por recobrar la unidad perdida.
Por su parte Oriente alimenta la sensibilidad popular occidental, principalmente mediante las
reliquias traídas de aquellas tierras, y las figuras de santos piadosos. Desde entonces la vuelta
hacia Oriente sobrepasa en mucho la vieja obsesión de Jerusalén, a la vez que se estabiliza y
se amplía la necesidad de Cruzada, está amplía su foco de atención y este se abre a Oriente y
no es exclusivo de la ciudad santa. Por otra parte, a pesar de todos los procesos acontecidos,
la sensibilidad popular aún se mantiene, ella es la que mantiene -según los autores- con sus
imágenes simples y dinámicas, la idea de la de defensa cristiana de los Santos Lugares; ella
es la que permaneces dispuesta a ganarlo todo, su salvación, sin perder nada, su vida terrena
(entiéndase que para la época el fin último del ser humano es la salvación, la vida eterna lo es
todo, la vida terrenal es algo dispuesto a sacrificar por aquel gran regalo divino).
Para terminar, dos citas del autor que creo resumen muy bien su propósito final:
“En la historia de la Cruzada los pobres, abandonados no hacía mucho sobre los caminos de
Jerusalén, afirman su independencia espiritual y su fuerza secular; en la vida de la sociedad
feudal, por primera vez, con la resolución de su fe cristiana, manifiestan una conciencia de
clase” (explica evolución de la sensibilidad popular que le da vida a la Cruzada).
“La derrota de los grandes aviva el fervor de los humildes. Estos van a experimentar su poder
religioso en la nueva experiencia de una tercera Cruzada” (la vida religiosa y la sensibilidad
de este grupo se proyectara hacia una tercera Cruzada -idea de la continuidad-).
CRUZADAS
PRIMERA CRUZADA SEGUNDA CRUZADA TERCERA CRUZADA
“de toda la cristiandad…” “de los grandes…” “de los humildes…”