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FFAD La Esposa Selkie

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The Selkie Wife

Historia original de:


Lissa Bryan

Traducida por:
Summary

Establecido durante el reinado de "Bloody Mary" Tudor. Bella es capturada por Edward
para criar a su hija. Él promete liberarla un día, ¿pero lo hará? intrigas de la corte y el
peligro en cada esquina. ¿Podrán ellos, y su amor recién descubierto, sobrevivir?
Capítulo 1

Traductora: Salem Fabian (FFAD)


Beta: Ariana Mendoza (FFAD)

Inglaterra, 1553.

H abía muchos que creían que Edward, Duque de Cullen, se había vuelto

loco desde la muerte de su esposa. Ciertamente, su comportamiento había


puesto en marcha una oleada de rumores. Él había desatendido la mayor parte
de su casa y cerró sus puertas a los visitantes. Su casa de campo estaba
prácticamente vacía. Su gran sala, antes utilizada para sonar con risas y la
música del trovador en las fiestas nocturnas, ahora solo hacía eco con los
sonidos de sus pasos solitarios.

Especialmente curioso es su hábito de caminar. Sus arrendatarios dijeron


haberlo visto por todas sus tierras, solo, a pie. Que un miembro de la nobleza
fuera a alguna parte sin vigilancia era extraño, pero, ¿a pie? No estaba cazando.
No examinaba sus tierras. Él andaba vagando sin rumbo, con los ojos en el
suelo, perdido en cualquier pensamiento. Eso era lo que le atormentaba.

Edward no estaba loco, pero era casi obligado. Cuando los recuerdos se
abalanzaban sobre él como aves furiosas que protegen su nido, lo único que
podía hacer era caminar.

Había perdido a su esposa, Mary, hacía dos años en el parto. Habían estado
casados desde poco tiempo después de su decimoquinto cumpleaños; un
matrimonio por amor poco común. Él sabía desde edad temprana que estaba
comprometido con Mary, y la primera vez que la vio fue en la boda, pero él
sabía que iba a amar a esa mujer hasta el día de su muerte. Durante los diez
felices años que habían estado juntos, el único punto oscuro fue la incapacidad
de Mary para darle un heredero. Él se había resignado a que no iban a tener
hijos, que Emmett, y los hijos que tuviera, iban a heredar el título.

Mary sufrió de abortos involuntarios tras abortos involuntarios. Podía ver la


forma en que se debilitaba, y trató de abstenerse de su cama, pero Mary era una
mujer cariñosa y muy... convincente en ese sentido. Y milagro de milagros,
finalmente su embarazo se había retenido. Ellos iban a ser bendecidos,
finalmente, con un heredero. Su alegría era ahora un recuerdo amargo. Nunca
debería haberla tocado.

Dos días después del nacimiento de su hija, Mary había muerto de fiebre, y por
lo tanto también su corazón.

El bebé era una niña. Edward era el destinatario de mucha lástima. Que su
esposa hubiera muerto era triste, pero era peor que su bebé fuera una niña. Una
niña no era más que una fuga en una familia, que tendría que vestir de acuerdo
a su estación y ofrecer una dote para casarla. La única manera de que una chica
podría beneficiar a la familia era si su matrimonio llevara conexiones útiles.

Edward había sostenido a su hija por primera vez después del funeral, y estuvo
tentado a odiarla, a echarle la culpa por la muerte de su madre, pero él
simplemente no podía. Elizabeth era tan dulce y encantadora. Se veía como
Mary, pero en lugar del pelo rubio de Mary, o castaño de Edward, la pequeña
Elizabeth lo tenía marrón, rizado; probablemente heredado de su abuela, al
igual que Emmett. Ella estaba envuelta en sus pañales, bien envuelta en un paño
blanco para asegurarse de que ella creciera con extremidades rectas, y todo lo
que pudo ver de ella era la carita, una réplica de la de su madre. ¿Cómo no iba a
amarla?

El administrador de Edward, James, ya tenía una nodriza contratada para el


bebé. (Incluso si hubiera vivido, Mary no habría amamantado a su propia hija.)
A menudo, la gente enviaba al bebé a vivir con la nodriza hasta que el niño
tuviera edad suficiente para ser destetado, pero Edward negó a la sugerencia.

Rosalie venía de una buena familia, la hija de un lord menor que había jugado
toda su riqueza y dejado a su familia empobrecida. El marido de Rosalie y su
hijo recién nacido, habían muerto en el incendio de su casa, dejándola sin hogar
e indigente, y profundamente agradecida por la posición de atender a Elizabeth.
Edward había pensado que era una excelente opción, especialmente porque su
hijo había sido un niño. La leche de las mujeres que tuvieron varones se decía
que era más fuerte.

Pero algo faltaba. La pobre Elizabeth se aferró a su padre cuando él fue a


visitarla en el cunero. Rosalie no era de la clase maternal y Elizabeth estaba
hambrienta de cariño.

Él debería volver a casarse. Su joven primo, el rey, había tratado de arreglarle


matrimonios a Edward hasta el día en que murió, hacía ya un mes. Edward era
rico, muy cerca del trono por sangre, y no tenía heredero varón, una situación
que no se podía permitir que continuara. Pero Elizabeth necesitaba una madre,
y él no tendría un frío y calculado matrimonio arreglado.

Había recibido noticias de ayer de que la hermana del joven rey, Mary, había
depuesto a Jane Grey. Era lo que Edward había esperado que sucediera. Jane era
una desconocida para el pueblo y tenía poco apoyo. La mayoría de la gente
sentía que Mary era la heredera legítima y que el joven rey nunca debería haber
tratado de desheredar a sus hermanas y dejar el trono a su primo. El joven rey
muerto había estado preocupado de que Mary diera al traste con todas sus
reformas protestantes, y tenía razón. Pero no tenía derecho legal a nombrar a
Jane como su heredera, ya que su padre, Enrique VIII, había establecido la
sucesión a través de una ley del Parlamento que no podía ser revocada por una
simple voluntad. A pesar de que la gente estaba recelosa con respecto al
catolicismo ferviente de Mary, sentían que tenía un derecho moral al trono, y
elevó a su llamada cuando se marchó a Londres, con un ejército de campesinos
armados con horcas y guadañas.

Edward suspiró. A él le gustaba Jane. Ella había sido una vez propuesta como
una esposa para él, pero la madre de Jane tenía mayores ambiciones que un
Duque. Jane era tranquila y estudiosa, con profundas convicciones protestantes,
por lo que el joven rey había tratado de dejarle su trono en vez de a su hermana.
Ella no tenía mucho sentido del humor, pero la vida le había dado a Jane Grey
muy pocos motivos para sonreír. Sus padres, su madre sobre todo, eran
abusivos, y Edward estaba bastante seguro de que el nuevo marido de Jane
también lo era. Se había obligado a la niña a aceptar la corona, pero lo que no se
esperaba era que una vez que Jane la tomara, ella reafirmara su independencia
al negarse a coronar a su marido como rey.

Ahora, ella estaba en la Torre, prisionera de Mary. Mary había escrito a Edward
que ella no tenía ninguna intención de ejecutar a Jane porque entendía muy bien
que ella se había negado a seguir con la traición. Ella la mantendría encarcelada
en la Torre hasta que las cosas se resolvieran y se calmaran, luego le devolvería
su libertad para volver a su vida en el país con sus amados libros.

Edward había escogido cuidadosamente su camino por el empinado sendero


hasta la playa, uno de sus lugares favoritos en la finca. Había algo en la
constante e ingobernable naturaleza del mar, que calmaba su alma. Los hombres
andaban alrededor, preocupados por sus pequeños problemas, y al mar no le
importaba lo más mínimo. Había estado allí durante miles de años antes de su
tiempo, y estaría allí miles de años en el futuro, las olas seguirían rompiendo en
la orilla.

Se quedó inmóvil en su lugar cuando se escuchó algo. Él ladeó la cabeza. Sí, ahí
estaba otra vez. El sonido de una risa. ¿Piratas?, se preguntó. La piratería y el
contrabando siempre han sido un problema en esta parte de la costa. Edward
pasó la mano por su cintura y apretó la enjoyada empuñadura de su cuchillo.

Siguió el hilo tenue del sonido. Había una pequeña península que se adentraba
en el agua, con rocas altas en el centro. Edward se deslizó hasta el final y echó
un vistazo alrededor. El shock hizo caer su mandíbula, lo congeló en su lugar.

Dos mujeres desnudas estaban tomando el sol en las rocas, su piel cremosa
brillaba en la luz del sol caliente. Edward no podía apartar la mirada de la
fascinante vista. Él nunca había visto a su mujer completamente desnuda. La
menor de las dos tenía el pelo largo, de color marrón oscuro, la otra mujer lo
peinaba para ella.

Mientras observaba, una foca gris salió del agua, dejando caer su cuerpo torpe
sobre la piedra al lado de las mujeres. Para su sorpresa, la foca parecía dividida
por alguna costura invisible y apareció otra mujer desnuda.

¡Selkies! Edward había escuchado las historias, por supuesto, pero nunca había
imaginado ver a una. Si hubiera nacido unos pocos cientos de años más tarde,
Edward habría puesto en duda su cordura en lo que estaba viendo, pero él vivía
en una época en la que se aceptaba la existencia de brujas, demonios, monstruos
del mar, fantasmas y hadas, ampliamente.

El reino de los selkies se suponía que era mucho más al norte de aquí, en los
fríos mares, frente a las costas de Irlanda y Dinamarca. Los selkies eran
metamorfos, algunos decían que eran las hadas del mar, otros dijeron que eran
las almas de los que se había ahogado. Se supone que eran inmortales, que
nunca envejecían una vez que alcanzaban la madurez. Sus pieles eran lo que
permitía la transformación. Si su piel se perdiera o fuera destruida, el o la selkie,
quedarían atrapados en forma humana, y si fuera robada, ellos quedarían en
deuda con su captor, hasta que le fuera devuelta voluntariamente su piel.
Hermosos, cuando estaban en su forma humana, se dice que tienen un gran
poder de seducción sobre los mortales. Los hombres se supone que eran
amantes increíbles, la respuesta a las oraciones de muchas esposas insatisfechas
y solitarias solteronas, convocados por el derramamiento de siete lágrimas en el
mar. Las mujeres se decía que eran excelentes esposas y madres, debido a su
naturaleza amable, pero para ambos, hombres y mujeres, su primer amor
siempre será el mar, y que podían consumirse de pena si se mantenían
atrapados en la tierra durante demasiado tiempo.

Extraño, pensó, que los seres que podrían vivir para siempre, podían morir de
pena. El tiempo y la enfermedad no podía hacerlos caer, pero podían morir por
sus emociones.

La recién llegada tenía el pelo gris moteado de negro, a juego al pellejo que
llevaba como foca. Sostuvo colgando la piel en una mano, mientras saludaba a
las otras mujeres. Él la observó mientras ella dobló cuidadosamente la piel y la
metió en una grieta en las rocas.

Las mujeres se abrazaron, charlando con entusiasmo. La que tenía el pelo


oscuro echó hacia atrás la cabeza, con una expresión soñadora en su cara.
Edward se sintió cautivado por su belleza, su exuberante figura redondeada, y
pelo oscuro que se filtraba por la roca debajo de ella. Una de las mujeres señaló
a la playa e hizo un gesto a las otras, que se pusieron de pie y echaron a correr
con ella a jugar en la orilla de la playa, tan inocentes y desinteresadas en su
desnudez como debió de ser antes de la Caída de Adán y Eva.

Un pensamiento hizo eco en la mente de Edward. Excelentes esposas y madres.


Se le cortó la respiración. Esta podía ser la solución. Podía capturar una esposa
selkie para cuidar de Elizabeth y ya no tendría que encontrar una manera de
rechazar cortésmente las ofertas de matrimonio. Cuando Elizabeth tuviera la
edad suficiente, podría liberar a la mujer selkie y afirmar que ella había muerto,
dejándoles un viudo elegible una vez más. El corazón le latía de emoción.

Se acercó más al lugar donde había visto a la mujer de pelo gris esconder su
piel, manteniendo un ojo puesto en las mujeres retozando, para que no lo
cogieran en el acto. Él encontró la grieta y sacó la piel de color gris. Una
pequeña parte de él tenía la esperanza de encontrar la que pertenecía a la mujer
de pelo oscuro, y en la parte inferior de la pila, vio una piel que hacía juego con
su pelo. Era increíblemente ligera y pequeña, y tan caliente como un ser vivo. Él
no pudo resistirse a acariciar el pelo de seda suave con los dedos. Una cosa tan
pequeña, no mucho más grande que una servilleta. ¿Cómo pudo caber dentro
de ella? Magia, se supone, la magia de las hadas.

Hizo las otras hacia atrás y puso la piel parda oscura dentro de su jubón. Se
deslizó con cuidado por entre las rocas y se sentó en la arena para verlas jugar.
Les envidiaba. Tenían la inocencia despreocupada de los niños, jugando en el
sol de la tarde. ¿Cuándo había sido la última vez que disfrutó realmente algo? Él
no recordaba haber jugado como lo hacían, porque, incluso de niño pequeño,
había sentido el peso de sus responsabilidades.

Las mujeres se persiguieron y se estrellaron una con la otra, riendo, buceando y


rodando en las olas grises, destellos de piel cremosa en el agua gris. Las gaviotas
volaron en círculo y gritaron, cayendo a participar en sus juegos. La mujer de
pelo oscuro saltó y atrapó a una, soltándola con una sonrisa cuando se le
colgaba de sus brazos. El ave despegó de nuevo, elevándose hacia el cielo para
descender y bucear en ella. Ella se hundió bajo las olas y saltó en una explosión
de agua. Se desvió en el último segundo y cayó de nuevo en el agua, riendo.
¡Qué hermoso sonido que era el de su risa!

El sol se estaba asentando bajo el cielo cuando finalmente se cansaron y


volvieron a las rocas para recuperar sus pieles. Una de las mujeres lo vio y
exclamó, señalándolo. En un instante, las pieles fueron arrancadas de sus
escondites y se las pusieron. Dos focas se metieron en el mar, pero la mujer de
pelo oscuro se quedó atrás. Ella buscaba frenéticamente su piel, acariciando el
interior de la grieta y la buscaba por debajo de las rocas, sus enormes ojos
negros lo miraron con recelo mientras se acercaba. La cabeza de una foca
rompió en el agua unos metros hacia mar adentro, un grito desgarrador salió de
ella al ver a su amiga aún de pie sobre las rocas, una mirada de pánico llenó sus
rasgos.

Edward se acercó lentamente, con las manos a los costados.

—No temas, selkie. No voy a hacerte daño.

Dejó escapar un gemido y redobló sus esfuerzos de búsqueda, sus manos


escarbando en la roca como si pudiera abrirla para revelar la seguridad.

—Tengo tu piel —anunció.

Ella se hincó como si se hubiera rendido.

—Por favor —susurró—. Por favor, devuélvemela —sus ojos grandes y oscuros
suplicaron también.

—No, yo no lo creo —él la miró por un momento.

—Voy a hacer lo que me pidas —dijo—. Por favor, solo devuélvemela.

Él negó con la cabeza y las lágrimas se agolparon en sus ojos.


—Yo necesito de ti —dijo.

Ella miró a su jubón, como si pudiera ver su piel oculta, pero ni siquiera él sabía
que ella no era capaz de tomarla de nuevo. Una vez que había sido robada por
un mortal, la piel tenía que ser devuelta voluntariamente por el que la tomó.

— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó.

Ella pareció confundida por un momento.

—Yo no tengo un nombre de palabra.

¿Cómo podían comunicarse sin tener los nombres?, se preguntó.

—Te llamaré "Bella" —afirmó, porque ella era hermosa, al igual que el indómito
mar, de donde vino. Isabella había sido el nombre de la madre de la reina
Katherine, recordó. Él simplemente podía decir que era italiana o española.

—Sígueme —le ordenó. Él la llevó a la base del acantilado por debajo de su casa
y se quitó el jubón, dejando al descubierto la camisa suelta de lino blanco que
llevaba debajo. Ella dio un leve grito cuando vio su piel, pero mantuvo un firme
control sobre ella. Le entregó el jubón— Ponte esto, Bella —no podía llevar a
una mujer desnuda a la casa. Ella lo miró con confusión, así que él lo tomó y lo
colocó sobre sus hombros, sus brazos enroscados a través de sus mangas, y lo
sujetó a los alamares dorados de la parte delantera. El jubón llegaba únicamente
a los muslos y de alguna manera parecía más desnuda que cuando no llevaba
nada más que su piel. Sus brazos fueron tragados por las mangas y el cuello alto
asomó arriba más allá de la barbilla. Parecía una niña asustada y él sintió una
punzada extraña de culpa, que apartó a toda prisa.

Él tomó el viaje de regreso a casa en etapas, ocultando a su nueva esposa selkie


detrás de los árboles, las puertas, un carreta estacionada, para tratar de evitar
ser visto desde la casa. Abrió la puerta de servicio lateral y le dio un empujón a
su interior después de comprobar que el camino estaba despejado. Él la llevó
por unas escaleras estrechas, tirando de su mano cada vez que se detenía a
mirar a los objetos desconocidos. ¿Habría estado alguna vez en una casa antes?,
Edward se preguntó.
Él la llevó a las cámaras de la dama, las salas que su esposa había ocupado.
Polvorientas y abandonadas, las habitaciones tenían un aire sombrío, olvidadas.
Fue al baúl en la esquina y utilizó la llave de su cinturón para desbloquearlo.
Tuvo que tomar una respiración profunda y cerrar los ojos por un momento
cuando vio uno de los vestidos de Mary, su favorito, doblado sobre la capa
superior. Fue uno de terciopelo verde musgo, el corte del corpiño era bajo,
actualmente de moda, pero se tendrían que hacer arreglos hasta que pudiera
vestir correctamente a Bella. Le guardó las mangas separadas hacia dentro del
tronco. Él no tenía ninguna dama de compañía para arreglarlo y nunca le pasó
por la cabeza hacerlo por sí mismo.

—Ponte esto —le ordenó, empujando el vestido en sus manos. Abrió el segundo
baúl, que contenía los fondos, los corsé, y las medias, de espaldas a Bella para
permitir su modestia. Ella estaría indebidamente desnuda debajo del vestido,
pero no la quería abrumar, ni tenía que jugar a la dama de compañía para
asistirla.

Se dio la vuelta en pocos minutos, y vio que ella se había puesto el vestido al
revés y tiraba con una mueca de la tela de constricción en el pecho.

Suspiró.

—Pon los brazos dentro —dijo, y tiró alrededor de su cuerpo hasta poner el
vestido en la dirección correcta. Mary había sido más grande que Bella y el
vestido le quedaba muy suelto, y se le amontonaba a los pies.

—Quédate aquí —le ordenó—. No toques nada.

Ella asintió con la cabeza, las lágrimas volvieron a aparecer en esos oscuros y
cristalinos ojos. Sintió otra oleada irracional de culpa que le hizo azotar la puerta
detrás de él cuando salió. Fue en busca de su hermano menor, Emmett,
deseando, pero sin esperar encontrarlo en casa. Por lo general, Emmett estaba
fuera, bebiendo y fornicando en ese momento del día. Edward suspiró. Era algo
que realmente debería abordar, pero simplemente no había tenido la energía.
Emmett siempre había tenido una vena salvaje, pero desde la muerte de Mary, y
el posterior abandono de su hermano, el comportamiento de Emmett se había
vuelto mucho peor.

Se puso contento cuando Emmett abrió la puerta de su dormitorio después de


que llamó, pero no tan encantado de encontrar a Emmett tambaleándose sobre
sus pies en una nube de vapores alcohólicos.

—Tengo algo que mostrarte —dijo Edward.

—Ah, ¿sí? —dijo Emmett, sin mucho interés. Cerró la puerta detrás de él
mientras salía al pasillo.

—He encontrado alg… alguien —dijo Edward, corrigiéndose a sí mismo en


medio de la frase—. Una chica.

Ahora, Emmett estaba interesado.

—Es bueno ver que regresas a tu antiguo yo —comentó—. He estado


preocupado por ti.

—No es eso —dijo Edward, con impaciencia—. Voy a hacerla mi esposa.

Emmett parpadeó.

–Felicitaciones. ¿Quién es ella? ¿La hija del conde de Hale? Sé que ha estado
presionándote para que la aceptes.

—No, ella es... —Edward vaciló—. Ella es una doncella selkie.

Emmett se echó a reír.

—Me hiciste caer por un segundo, no. Es bueno escucharte bromear otra vez.
Estaba empezando a preocuparme de que hubieras enterrado tu sentido del
humor con tu esposa.

—Lo digo en serio.

Emmett parpadeó.

—Tal vez debería empezar desde el principio.


Edward le habló de cuando localizó a las mujeres desnudas en la playa.

—No me extraña que les gusta caminar allí —dijo Emmett, con el aire de
alguien que ha resuelto un misterio irritante.

—Esta es la primera vez que he visto eso —dijo Edward. Tiró de la piel del
interior de su chaqueta y se la entregó a su hermano. Emmett la acarició,
girándola una y otra vez en sus manos, y Edward sentía un extraño brote de
celos que él más o menos aplacó.

—Parece una piel normal —comentó Emmett.

–Sí, y una pequeña —convino Edward—. Sin embargo, lo vi con mis propios
ojos. Las otras mujeres se pusieron sus pieles y se convirtieron en focas justo
enfrente de mí. Esta es la que pertenecía a Bella.

— ¿Bella?

—Es como la estoy llamando. Ella no tiene otro nombre, o al menos eso dice.

Emmett lo considero.

—He oído que a las hadas no le gusta decir a los demás sus nombres, porque
dicen que da poder a otros sobre ellas.

Eso tenía más sentido que el no tener uno. La pobre muchacha estaba ya en su
poder, así que tal vez tenía miedo de darle algo más para sostener sobre su
cabeza.

— ¿Qué sabes de los selkies? —le preguntó a su hermano. Se dirigieron por el


pasillo hacia las cámaras de la señora, Emmett seguía sigzagueando debido a su
excesivo consumo de cerveza.

—Se supone que son de buen corazón y son excelentes esposas —recitó
Emmett—. Y tienen grandes poderes para tentar a un hombre con su carne.

Edward lo consideró. Sin duda se había sentido atraído por ella antes de
siquiera saber qué estaba viendo. Si ella centró intencionadamente su poder
sobre él... Él encontró que no se oponía exactamente a la idea y se sorprendió
ligeramente. No había tenido el apetito de un hombre desde que Mary había
muerto.

Abrió la puerta de las cámaras de la señora y se encontró a Bella exactamente


donde la había dejado, con las manos entrelazadas alrededor de sus brazos. Ella
estaba temblando, aunque la habitación no estaba fría. Ella miró de él a Emmett,
con los ojos cada vez más grandes, incluso más cuando ella vio a su hermano.
Edward sabía que ver a Emmett a veces podía ser desconcertante. Su tamaño era
suficiente para intimidar, incluso sin la cicatriz que se extendía en su mejilla.
Emmett estaba mirando con atención a otro lado. Había aprendido a no ver la
reacción inicial de la gente a su apariencia.

—Bella, este es Emmett, mi hermano —le dijo—. Si no estoy aquí, lo tienes que
obedecer como a mí.

—No puedes dejarla aquí —dijo Emmett, pasando sus ojos por la sombría
habitación—. Necesitas limpiar y airear la cámara.

Edward se sintió irritado. Eso significaba que tendría que quedarse en su


habitación, ya que ninguna de las otras estaban preparadas para recibir a los
invitados. Esto ya estaba resultando ser más problemático de lo que esperaba.

—Sígueme —le dijo a Bella, y se dirigió a su propia cámara. Ella se quedó


paralizada en el umbral de la puerta, sus ojos enormes y redondos.

—Vamos —le ordenó, gesticulando para que entrara.

Ella sacudió la cabeza, llevándose la mano a la garganta.

—Tiene miedo —dijo Emmett.

—No voy a hacerte daño —Edward tomó su brazo (¡su piel es tan suave!) y trató
de tirar de ella al interior. Bella apretó las manos alrededor del marco de la
puerta y se negó a moverse, sus ojos tenían el mismo aspecto que la cierva que
había matado durante su último viaje de caza—. ¿Qué pasa? —preguntó.

Ella estaba mirando a la chimenea. Trató de ver qué era lo que la alarmó así,
pero nada parecía fuera de lo normal para él.

— ¡Fuego! —dijo Emmett, aplaudiendo cuando la respuesta se le ocurrió—. Los


selkies tienen miedo del fuego. Se me había olvidado.

—Está contenido —dijo Edward, con impaciencia—. No te hará daño —puso


sus brazos alrededor de ella y la arrastró en su interior. El suave y cálido cuerpo
de Bella se agitó contra el suyo, despertando apetitos que no había tenido por
años, por lo que la dejó en libertad tan pronto como le fue posible. Ella se
atornilló a la puerta—. ¡Por los dientes de Dios! —murmuró Edward. ¿Qué iba a
hacer ahora? ¿Atarla a la cama? (Esa era una interesante posibilidad que él no
había considerado antes).

—No te preocupes, pequeña selkie —dijo Emmett con alegría, y se apoderó de


la jarra de agua, arrojando el contenido a las llamas. La sala se oscureció y Bella
se relajó visiblemente.

—Vas a tener que acostumbrarte a estar en torno al fuego —le advirtió


Edward—. Esta vieja piedra conserva el frío por la noche, y no voy a vivir en la
oscuridad solo para complacerte.

—Es posible que tengas que hacerlo —dijo Emmett, bajando la voz hasta un
nivel que solo Edward tenía la intención de escuchar—. Es más estrés que el que
ya siente por su nueva vida, más probable será que decaiga por el mar. Ella
podría morir.

— ¿Su gracia? —Rosalie, la nana de Elizabeth, llamó a la puerta—. La cena ha


sido… —se cortó, mirando fijamente a la recién llegada.

—Esta es Lady Cullen —dijo Edward—. Mi nueva esposa.

Rosalie parpadeó.

—Sí, nos casamos de pronto —balbuceó Edward, tratando de llegar con una
mentira en el acto—. Había estado esperando a que ella llegara de su patria para
anunciar nuestro matrimonio.

—Su Gracia —dijo Rosalie, postrándose en una reverencia.


Bella la miró fijamente.

—Ella... ah, tiene costumbres diferentes a las nuestras —explicó Edward.

Rosalie no dijo nada.

—Ella, um, es del Nuevo Mundo —dijo Edward, cuando una idea rápidamente
se formó en su mente—, traída en uno de los barcos españoles. En su tierra, ella
es una princesa —esto último fue un momento de inspiración. Él no quería que
su nueva esposa llegara a ser objeto de burlas, si la gente sentía que no era de un
rango lo suficientemente alto, ella se salvaría al menos de algunas de ellas. En
un momento en que una carta puede tardar meses en llegar a su destino, sería
difícil, si no imposible, para que cualquiera pueda ser capaz de desmentir su
historia. Ha habido casos de personas que pretendían ser de la realeza durante
años, antes de que alguien los descubriera, y la intención de Edward era
mantener a su nueva esposa selkie escondida de los ojos de la opinión pública
tanto como sea posible.

—Vamos a ir a cenar, ¿me permites? —dijo Edward, extendiendo el brazo a


Bella. Ella lo tomó, mirando tímidamente a Rosalie a través de sus pestañas. Por
extraño que parezca, Rosalie parecía asustarla más que Emmett.

— ¿Su Gracia?

Edward miró a Rosalie, quien miró fijamente a los brazos desnudos de Bella.

— ¡Oh!, sí, tal vez deberías ayudar a Su gracia.

Rosalie no estaba contenta con eso, pero ella tomó las mangas cuando Edward
las recuperó para ella y las unió con rapidez, murmurando todo el tiempo
acerca de la escandalosa falta de ropa interior de Bella. Era por debajo de la
dignidad de un duque reconocer el murmullo de un sirviente, y Rosalie
utilizaba con frecuencia este método para ventilar sus puntos de vista. Bella
estaba tan quieta como una estatua. Edward creyó que ella no respiraba. Tan
pronto como terminó Rosalie, se agarró a Edward, como si le ofreciese algún
tipo de seguridad.
La mesa principal en la gran sala se había dispuesto como todas las noches, con
los invitados o no, con la más fina plata de Edward. Al lado de su plato estaba la
copa de oro que había sido un regalo de boda de su tío, Enrique VIII. El asiento
a su derecha se había establecido con la copa favorita de Emmett, que Edward
rápidamente cambió para su izquierda, el asiento que ocuparía Emmett ahora
que Edward tenía una nueva esposa para tomar la posición de honor.

Sacó la silla de Bella y le indicó que se sentara. Ella obedeció, pero se veía muy
incómoda, como si nunca viera un uso práctico en la utilización de muebles tan
extraños. Ella miró boquiabierta la pieza central de la mesa, una montaña de
flores en la que estaba sentada una jaula dorada de pájaros, que contenía dos
aves vivas. Bella parecía simpatizar con su situación.

Los sirvientes trajeron el primer plato, un anca de carne de ternera que se había
empapado durante la noche en la sal y las especias. Estaba cubierto con una
salsa dulce de granada con ciruelas jugosas. Uno de los favoritos de Edward.
Acompañada con una tarta de anguila, un pavo real asado cubierto de dorados,
con sus plumas artísticamente sustituidas, y un pollo asado que había sido
rellenado con una paloma, que a su vez, se rellenaba de una alondra. Edward
tenía un hábil trinchador, podía entregar una porción que contuviera la carne de
los tres pájaros.

—Mmm, ¡brewet! —dijo Emmett, cuando un plato de carne en rodajas finas


caramelizadas en la canela se presentó.

—Será mejor tener una porción ahora —informó Edward a Bella—. Emmett ha
sabido comer el plato entero por sí mismo.

A través de los tres cursos de la comida, más de veinte platos se sirvieron. Los
nobles tomaban un pequeño fragmento de cada uno de sus favoritos, algunos de
los platos se fueron sin tocar. Después de que la familia había terminado de
comer, los funcionarios de más alto rango tienen su comida en ella, y las sobras
siguen pasándose hacia abajo hasta que toda la casa hubiera comido, para
terminar con las "carnes rotas" que se distribuyen a los pobres que hacían fila en
la puerta de la cocina con la esperanza de una comida.
Un pez grande fue traído, muy bien posado en aspic (gelatina salada) azul, sus
escamas doradas y su boca llena de higos. El servicio se puso en la mesa delante
de Bella, cuyo rostro se fue poco a poco horrorizando. Dejó escapar un grito
ahogado, presionando sus manos sobre su boca. Las lágrimas brotaron de sus
ojos. Ella se levantó y cogió el pescado del plato y corrió hacia la puerta. Los
sirvientes se quedaron mirando su partida, luego inclinaron la cabeza para
susurrar. Edward apretó los dientes. Esta era la razón que había reducido su
personal.

Emmett se echó a reír.

—Tal vez fue un amigo —jadeó.

—Esto no es divertido, Emmett, —dijo Edward, aumentando las ganas de


seguir a su pequeña extraña esposa. La culpa regresó, y con ella vino un extraño
deseo de proteger a esa pobre criatura de la angustia. Él ya había hecho
suficiente daño con lo que había hecho, robándola de su vida, de su familia. Un
pensamiento terrible se le ocurrió: ¿y si ella tenía un marido selkie? ¿Niños? Él
no había preguntado.

Pero, ¿por qué debería importarle? Ella no era una persona. Probablemente ni
siquiera tenía un alma. Desde luego no era cristiana, porque ninguna mujer
cristiana juega desnuda en el oleaje en una playa. Eso sería algo que tenía que
corregir y rápido. La Reina Mary había obligado regresar a la Iglesia Católica de
vuelta a Inglaterra y estaba deseosa de acabar con la herejía.

Siguió a Bella por un camino empinado, hasta la playa. La encontró de rodillas,


llorando, enterrando el pescado asado en la arena. Se agachó junto a ella
mientras ella le dio unas palmaditas al montículo de arena sobre la pequeña
tumba.

—Bella, ¿puedes explicarme por qué te molestó tanto?

—Todas las cosas muertas —susurró—. Cosas muertas por todos lados.
Decoradas. Y te las ibas a comer.

— ¿Tú no comes carne?


Ella sacudió la cabeza.

—Seguramente ves las criaturas del mar que se comen los demás.

Ella contempló la extensión de agua con el anhelo escrito en sus ojos.

—Sí, ese es el ciclo de la vida, pero no... las disfrazan y desfilan con las pobres
cosas.

Podía ver que ella estaba luchando por encontrar las palabras adecuadas para
expresar lo que la había molestado. Fue la presentación macabra, festiva de los
platos, las aves re-adornadas con sus plumas, frutas rellenas en la boca.

—Voy a tener que decirle a mi cocinero que preparare más platos de verduras
para ti —dijo Edward—. Siento que te haya molestado, pero esto es algo a lo
que simplemente tendrás que acostumbrarte. Yo soy un duque. ¿Entiendes lo
que eso significa?

—Un poco.

—Bueno, que implica una gran cantidad de espectáculo, pompa, incluso


cuando como solo con mi familia. Y, además, ser un noble significa una gran
cantidad de personas que ven todos tus movimientos. No puedes hacer algo
como esto otra vez, Bella. Las personas perdonan un poco de excentricidad,
porque creen que eres de una tierra lejana, con costumbres diferentes, pero hay
que tratar de adaptarse a la vida aquí.

—Tú no me dejas ir —dijo en voz baja, sus ojos todavía pegados al mar.

—No, te necesito. Tengo una hija, Elizabeth, que necesita urgentemente una
madre. Es por eso que te tomé por mi esposa —la culpa estaba de vuelta y lo
hizo difícil—. Yo... Yo voy a tratar de ser un buen marido para ti, trataré de
hacerte feliz —ofreció—. No voy a hacer... es decir, no voy a forzar a mis... Ah...
atenciones en ti.

— ¿Pero me dejaras ir? —ella insistió.

—Después de Elizabeth tenga la edad suficiente para no necesitar una madre —


él acordó.

— ¿Lo juras? —preguntó ella. Sus ojos se dirigieron desde el mar hasta
encontrase con los suyos, y tenía la sensación de que no se trataba de ninguna
promesa ordinaria. Ella se estaba atando a él en una promesa. La columna
vertebral de Edward hormigueó en alerta. Una promesa hecha a un hada no
debía ser tomada a la ligera.

—Lo juro —dijo, y sintió una fuerte brisa volando su cabello.


Capítulo 2

Traductora: Valentine Flesar (FFAD)


Beta: Ariana Mendoza (FFAD)

E dward condujo a Bella de vuelta a la casa. Subir el sendero fue duro para

ella debido a sus demasiado largas faldas, y se tropezaba frecuentemente, por


tanto, Edward sujetó su brazo para salvaguardarla de caer. Tocar su brazo fue
suficiente para despertar sus sentidos otra vez, recordando como de suave se
había sentido su piel cuando intentó tirar de ella hasta sus aposentos, y él se
preguntó si ella estaba poniendo en práctica su magia selkie en él.

— ¿Tienes hambre? —le preguntó a ella cuando entraron a la casa por la misma
puerta que él había usado la primera vez que la trajo aquí. Probablemente, la
mesa había sido despejada para entonces, pero él estaba seguro que podía
ordenarle algo de la cocina.

—No —le dijo. Ella dejó caer sus faldas. El dobladillo estaba mojado y cubierto
de arena, probablemente arruinado. Él sintió un momento de dolor por el
vestido, ya que siempre había amado la mirada de su esposa en el.

—Bella, cuando me hables en público, debes dirigirte a mí adecuadamente.

Ella miró alrededor del vacío vestíbulo, como buscando al público que él había
mencionado.

—Los oídos de los sirvientes están en cualquier parte —explicó—. En cualquier


sitio en el que estemos fuera de nuestros aposentos, o alrededor de gente, debes
dirigirte acorde a mi rango. Si no, la gente pensará que eres grosera e
irrespetuosa.

— ¿Qué digo? —preguntó ella. Su tono era resignado, pero él estaba contento
por su disposición a obedecer.

—Tienes que llamarme "Su Gracia", o "Milord esposo" —dijo. E increíblemente,


él se encontró a sí mismo añadiendo—: Pero cuando estemos en nuestros
aposentos, solos, puedes llamarme Edward — ¿por qué ofreció eso? ¿Y por qué
de repente él quería oír el sonido de su nombre en los labios de ella?

—Sí, milord esposo —ella repitió, probando la frase.

Él le sonrió.

—Muy bien, milady esposa. Vamos a visitar a nuestra hija —la condujo por el
pasillo donde estaba la guardería de Elizabeth. Cuando alcanzaron la puerta, él
oyó gritar a Rosalie.

— ¡Tú, pequeña y terca diablilla! —acompañado por el sonido de una bofetada.


Él abrió la puerta y encontró a Rosalie estando todavía sobre Elizabeth, su mano
otra vez hacia atrás para propinarle otro golpe.

Su tímida pequeña esposa selkie se convirtió en una leona.

Con un gruñido indignado, Bella se abalanzó hacia delante, golpeando a


Rosalie contra la pared de piedra, su antebrazo presionado contra la garganta de
Rosalie. Ella era mucho más pequeña que Rosalie, pero la diferencia de tamaño
fue bien recompensada por su agresión. Sus ojos estaban lanzando chispas de
furia y Edward estaba embelesado de su belleza feroz. En ese momento, en su
fuego, Bella estaba magnífica.

— ¿Te atreves a pegar a la niña de milord esposo? —gruñó Bella.

Rosalie dio un grito ahogado y balbuceó, tirando ineficazmente del brazo que
cortaba sus reservas de aire. Le lanzó una mirada suplicante a Edward, el cual
aún seguía clavado en su sitio.
—Si alguna vez golpeas a esa niña otra vez —dijo entre dientes, Bella—, te
pegaré hasta que no seas nada más que pudin.

Rosalie se estaba poniendo morada. Bella quitó su brazo y la mujer cayó sobre
sus rodillas, jadeando en grandes gritos roncos. Elizabeth, quien estuvo
observando el incidente con los ojos abiertos de satisfacción, corrió hacia su
nueva partisana, sus brazos levantados.

El corazón de Edward tirado por la mirada de ella. Elizabeth llevaba una


pequeña replica de uno de los vestidos de su medre, terciopelo marrón,
ricamente bordado con hilo de oro forrado y cubierto con dispersas semillas de
perlas. Debajo de el, llevaba el mismo tipo de corsé que una mujer adulta y su
cabeza estaba cubierta de un gorro de lino conocido como biggin1.

Bella le sonrió gentilmente y cogió a la niña en sus brazos. Con una amenaza
del puño hacia Rosalie, se marchó de la habitación. Edward la siguió, aturdido.
Bella se dirigió hacia la alcoba de él, pero se detuvo en la puerta cuando vio que
el fuego había sido re-encendido.

—Tiene que haber fuego —dijo Edward—. No querrás que la niña se resfríe,
¿verdad?

Bella se estremeció, pero dio un paso dentro. Eligió estar en la parte más alejada
del fuego de la habitación, tomando asiento en la cama de Edward. Era una de
las más opulentas piezas de mueble de la casa, con su grueso colchón de plumas
y cortinas bordadas de terciopelo, suspendidas por varillas colgando desde el
techo. La manta, el tapiz de detrás de la cama, estaba ricamente bordado con el
emblema de la familia. No había ninguna almohada; esas que eran usadas
únicamente por el enfermo o débil. Edward esperó a que Bella mirara
impresionada a su grandiosidad, pero toda su atención estaba centrada en
Elizabeth. Ella se sentó en el borde de la cama y posicionó a la niña en su regazo.

Elizabeth le estaba parloteando a su nueva amiga y Bella estaba escuchando con


aparente interés, aunque Edward no pudiese seguir lo que estaba diciendo.
Mientras que la atención de Bella estaba ocupada, él se levantó, fue hacia su
1
Biggin, es como el tipo de gorro blanco que llevan las mujeres Amish.
armario y sacó una llave de un bolsillo interior de su jubón. Lo abrió y escondió
la piel de Bella dentro, cerrando con llave las puertas. Le dio un tirón a estas
para estar seguro de que estaban aseguradas. Sabía que Bella no podía robarse
su piel, aunque la pusiese sobre una mesa al aire libre. Tenía que ser devuelta de
buen grado. Pero él tuvo la necesidad de cerrarlo de forma segura con llave...
solo por si acaso.

Bella realmente parecía estar disfrutando de la charla con su hija. A pesar de su


amor por ella, Edward pasaba poco tiempo con Elizabeth, así como hacían la
mayoría de los padres de su clase. Él planeó visitarla una vez al día,
normalmente por las noches después de cenar. Ella le haría una reverencia y le
recitaría la lección que había aprendido ese día. A pesar del consejo de Rosalie y
sus amigos, no podía evitar darle cariño, aunque había sido avisado de que eso
la malcriaría.

Los niños en su palabra eran tratados más como pequeños adultos y educados
severamente, no sea que cayesen en el pecado o se conviertan en malcriados
debido a demasiada indulgencia. Edward había visto a sus propios padres
solamente una o dos veces por semana cuando ellos estaban en la residencia, lo
cual no sucedía a menudo, ya que ellos seguían a la corte cuando se movía de
palacio a palacio. Él sería vestido en sus mejores prendas y llevado a ellos para
recitarles sus lecciones y recibir su bendición. Todavía recordaba el miedo que
siempre sentía de ser inmovilizado bajo la fría mirada de su padre, miedo que
hacía que sus palabras tropezaran y tartamudeara como no hacía en otras
ocasiones.

Débil y permisible como podía ser, Edward no quería que Elizabeth le tuviera
miedo. Ella tenía una dulce, obediente naturaleza y él sintió que no necesitaba
añadir el miedo para mantenerla por el buen camino. Rosalie era la severa
disciplina de su vida. Lo cual le llevó hasta su actual problema: ¿Qué hacer con
la interferencia de su pequeña esposa selkie? Había estado demasiado aturdido
en el momento de su abrupto cambio de conducta para decir algo, pero tenía
que intentar explicarle que esta era la manera en la cual los niños eran educados
en su mundo. Ellos tenían que mantenerse estrictamente en el camino. Bella
probablemente no entendió. Los niños selkies no tenían el mismo nivel de
responsabilidad que los humanos. Ellos no tenían que estar preparados para
gobernar un Estado cuando alcanzaran la madurez. No tenían la necesidad de
aprender latín o italiano para ser capaces de entender una conversación en la
corte. No tenían que ser capaces de tocar un instrumento, o bailar
apropiadamente o ninguno de los cientos de cosas que conllevaban criar a una
persona de sangre noble.

Pero este era el porqué él había traído a Bella, para tener una madre a la que
amar y cuidar de su hija. Criticar sus métodos ahora podía provocar mucho
daño. Decidió esperar por un momento, para ver cómo manejaba Bella sus
deberes como madre antes de sacar a colación otra vez la disciplina. Por lo que
sabía, las selkies tenían sus propios, igual de efectivos, métodos. Y por su mente,
una imagen le enseñó a Bella golpeando a Elizabeth en medio de los nudillos
con un pez, y rio sonoramente.

Elizabeth paró a mitad de una palabra, sus ojos yendo hacia el sonido.
Únicamente en raras ocasiones había oído la risa de su padre y eso la asustó.
Bella se congeló también, pero por otra razón. Ella le apartó el gorro a Elizabeth
y estaba peinando sus rizos marrones con los dedos.

— ¡Piojos! —gritó ella, tan horrorizada como que había encontrado un agujero
en la cabeza de Elizabeth.

— ¿Otra vez? —Edward suspiró—. Traeré el aceite de lavanda y el peine de


Rosalie —piojos, pulgas y otros bichos eran un aspecto inevitable de la vida.
Mucha gente llevaba una pieza de pelo al lado de su piel porque la plaga estaba
atraída por la densidad de pelo, y podían ser desechados.

— ¡No, duele! —chilló Elizabeth, levantando las manos para taparse la cabeza.

—Te prometo que no lo hará —dijo Bella, retirándolas gentilmente—. Y si te


sientas sin hacer ruido, te contaré una historia.

Edward volvió en un momento, con la botella del aceite de lavanda y el peine


de dientes muy finos. Al final resultó que ese había sido el motivo que causó
que Rosalie golpeara a Elizabeth. Pero ella se sentó encantada frente a Bella
cuando esta empezó a frotar el aceite entre sus rizos. Edward tomó asiento al
lado del fuego, apoyando sus pies encima de la rejilla.

—Una vez, hubo una preciosa princesa llamada Mary —empezó Bella.
Elizabeth aplaudió.

— ¡Ése es el nombre de mi madre!

—Es cierto. Tu madre pudo haberse llamado así por la princesa. Bueno, el
hermano de la princesa vio que ella era muy guapa y brillante. Podía bailar
como una hoja en el viento, y cuando cantaba, era como escuchar el canto de los
pájaros en las mañanas de primavera. Él empezó a buscar un marido para la
princesa Mary, y sabía que podía conseguir un buen partido para ella. Pero la
princesa ya le había entregado su corazón a uno de los hombres de la corte de su
hermano.

Los pies de Edward se cayeron de la rejilla, y se sentó en su silla cuando se dio


cuenta de que Bella le estaba contando a Elizabeth sobre su propia madre.
¿Dónde había oído ella esta historia? Se preguntó. ¿Es que acaso los selkies
contaban historias sobre la gente de la tierra, la manera en la que los humanos
contaban cuentos sobre los fae-folk?

—Su hermano nunca lo consideraría un buen partido porque él era codicioso —


continuó Bella. Pasó el peine por el cabello de Elizabeth, desenredando
gentilmente los nudos antes de ponerse manos a la obra con sus mechones.
Elizabeth, de lo enganchada que estaba, no pareció notar lo que ella estaba
haciendo—. Él sabía que podía conseguirle a su hermana más que lo que el
hombre que ella amaba podría proporcionarle jamás. El hombre que él eligió
para ella era un viejo y enfermo anciano, rey de unas tierras lejanas. La princesa
Mary lloró cuando supo las noticias, pero le dijo a su hermano que obedecería
sus deseos, si le hacía una promesa a ella: que podría elegir a su próximo esposo
después de que el anciano rey muriera. Su hermano aceptó, y Mary se alejó en
un barco, sin saber el tiempo que pasaría hasta que regresara.

—Eso es triste —se quejó Elizabeth.


—Se va poniendo mejor —prometió Bella—. El viejo rey no vivió mucho
después de su matrimonio. Mary fue a quedarse en un convento en lo que su
hermano mandaba a alguien a por ella.

En realidad, ella se había instalado en el convento para esperar los tradicionales


40 días para así estar segura que no estaba embarazada con un heredero para la
corona, y para aislarla de cualquier hombre que inmediatamente pudiese hacer
alguna falsa reclamación.

— ¿Qué es un convento? —preguntó Elizabeth.

—Es una casa donde viven monjas —dijo Bella, y Edward estaba otra vez
sorprendido de que ella supiera tanto sobre la vida en la tierra—. Sin saberlo la
princesa, su hermano ya estaba planeando casarla con otro rey. Él nunca había
intentado mantener su promesa. Mandó a uno de los hombres de su corte a
recuperar a su hermana, ¿y sabes quién fue?

— ¿Quién? —preguntó Elizabeth, con ansia.

— ¡Era el hombre del que se había enamorado la princesa! El hijo del viejo rey
averiguó sobre lo que Mary sentía por el hombre y les ayudó a encontrarse en
secreto. ¡Ella le propuso matrimonio y él aceptó!

Edward todavía recordaba la copia de la carta que su padre, Charles Brandon,


le había enviado a Enrique VIII, esperando el perdón del Rey. Charles sabía que
Enrique se pondría furioso por haber perdido a su hermana como un peón en su
mercado de matrimonio real, pero había sido incapaz de resistirse a ella. "Lloró,"
escribió Charles. "Nunca he visto llorar tanto a una mujer". Antes de que supiera
bien lo que estaba sucediendo, Mary lo tenía enfrente de un párroco, recitando
los votos. Él confesó en su carta, "Lo digo claramente- Me he casado con ella y me he
acostado con ella de todo corazón, de tal modo que me temo que pueda estar esperando
un niño", intentando asegurar que Enrique no intentaría anular el matrimonio.

Tratando de calmar el enfado de su hermano, la princesa Mary guardó una


parte considerable de las joyas de la corona francesa, los cuales se suponía que
tenía que devolver ya que no le pertenecían. En su lugar, se los dio como regalo
de consolación a su hermano. Una de las gemas era tan grande que tenía su
propio nombre: El espejo de Nápoles2. El nuevo Rey de Francia estaba bastante
disgustado por esto, y probablemente se sintió un poco traicionado, ya que él
había ayudado a que la princesa Mary y Charles se encontraran. Le escribió al
Rey Enrique, demandando la vuelta de las joyas. En respuesta, el Rey Enrique le
había enviado algunas pequeñas piezas de poco valor, gesto cargado de insulto
implícito, como si dijera que las joyas de la corona francesa estuvieran
compuestas por baratijas, y después mandó pintar un retrato suyo llevando El
espejo de Nápoles de manera prominente en su jubón.

Enrique nunca perdonó totalmente ni a su hermana ni a su esposo. Él había


impuesto una multa de mil libras por año durante veinticuatro años, una suma
enorme, y cuando la princesa Mary hubo muerto, Charles se vio forzado a
casarse con otra mujer inmediatamente después, debido a su dote para poder
pagarlo. Se casó con una chica a quien Emmett había sido prometido, una
baronesa de catorce años, y Edward se encontró con una madrastra de su misma
edad.

— ¿Sabes quién era esa princesa? —le preguntó Bella a Elizabeth—. ¡Era tu
abuela!

¿Cómo sabía eso? Se volvió a preguntar Edward. Elizabeth suspiró.

—La abuela y el abuelo están en el cielo —dijo solemnemente.

Edward pensó en corregirla, porque de acuerdo con las enseñanzas de la


Iglesia, no había matrimonio en el cielo, pero decidió no hacerlo. Dejemos3 creer
a la niña en sus felices cuentos tanto como pueda.

Después de terminar de limpiar el pelo de Elizabeth de las liendres, Bella lo


lavó en un barreño con agua aromatizada. Elizabeth había gemido porque

2
Originalmente lo ponen como "the Mirror of Naples"
3
En el original, ponía solamente "Let the child believe..."
odiaba tener que lavarse el pelo, pero Bella insistió gentilmente, y Elizabeth se
encontró, para su sorpresa, con que era una experiencia agradable. Bella no le
metía jabón en los ojos o agarraba su cabello violentamente y tiraba si se
retorcía. Bella tumbó a la niña en una mesa y puso el barreño debajo de su
cabeza en una silla, usando una taza para verter el agua a través del pelo de
Elizabeth, lo cual le hizo pensar a Edward que era bastante inteligente de su
parte.

—Necesitas sentarte frente al fuego hasta que se seque —le dijo Edward a
Elizabeth. El pelo mojado era peligroso. Podía dar lugar a toda clase de malos
humores y enfermedad. Por esta época, la gente de este tiempo no se bañaba a
menudo. Según el doctor Andrew Boorde, a quien Edward correspondía
frecuentemente con temas sobre la salud, bañarse "permitió entrar los aires
venenosos y destruir los espíritus vivos en el hombre y debilitar el cuerpo." Cada día,
Edward era lavado por sus criados, usando un barreño de agua aromatizada y
jabón castill4 perfumado, hecho de aceite de oliva en vez de la grasa de animal.
El cura de la familia, el padre Jacob, lo reprobó por ello, diciendo que eso
denotaba una pecaminosa vanidad del cuerpo, pero Edward era sensible a los
olores. Se tomaba un baño una vez al mes, excepto en invierno.

Elizabeth saltó de la mesa y trotó obedientemente hasta su padre, dejándose


caer a pies del hogar. Bella negó con la cabeza, esos enormes, cristalinos ojos
selkie rogándole que no la forzara a acercarse más a la cosa que ella tanto temía.
Edward suspiró y fue a su arcón para traer un peine normal y se sentó en un
taburete para peinar el cabello de su hija hasta que se secó. Siguió rememorando
las palabras de Emmett sobre tratar de evitar de inquietar a Bella. La había
convencido para que entrara a una habitación con fuego. Era suficiente estrés
por un día.

Mientras él peinaba, Elizabeth habló sobre su día. Estaba aprendiendo a hacer


sus cartas ahora, la educación comenzaba muy pronto en su clase social. (La

4
Castill soap: mejor conocido como Castile soap, es cualquier tipo de jabón duro hecho a partir de
aceite (lo más usual, de oliva) y de grasas.
reina Mary había aprendido a tocar el virginal5 antes de los cuatro). Pronto,
tendría que contratar a un tutor para ella. Decidió escribirle a Roger Ascham por
una sugerencia. Él había sido el tutor de la princesa Elizabeth, la prima de
Edward, y era ampliamente reconocida como una de las mujeres más educadas
de Inglaterra.

Rosalie golpeó la puerta entreabierta de su alcoba.

— ¿Su Gracia? Ya ha pasado el tiempo de irse a la cama de Lady Elizabeth —


mantuvo la mirada inclinada para evitar la peligrosa mirada de Bella.

Edward le habló a su hija.

—Vete ya, tesoro. Te veré mañana.

— ¿Traerás a mi nueva madre? —preguntó Elizabeth con avidez. Rosalie debió


haberle explicado la posición de Bella.

—Sí, lo haré —dijo, acariciando su cabeza—. Te bendigo, cariño, y duerme bien.

Cuando ella se hubo ido, Bella preguntó suavemente.

— ¿Ahora podemos apagar el fuego?

—No te va a hacer daño —dijo Edward—, está en el hogar.

— ¿Dormirías confortablemente si supieras que había una serpiente "contenida"


por allí?

Él reconoció el punto. Cogió el barreño con el agua que ella había usado para
lavar el pelo de Elizabeth y lo usó para apagar las llamas. Quizás podía
aclimatarla a ello lentamente, con el tiempo. De una manera o de otra, ella tenía
que aprender a aceptarlo antes del invierno o se congelarían.

5
Virginal: tipo de clave, clavicémbalo o espineta pero más pequeño, de forma diferente (obolonga o
rectangular) y con un solo teclado a lo largo del instrumento, no en un extremo. Usado durante el
siglo XVI y XVII y revivido en el XX para ejecutar la música antigua.
La habitación estaba mucho más oscura ahora, con solo unas pocas velas para
iluminar. Apagó cada una de ellas y ella se vio visiblemente relajada.

— ¿Cómo sabías la historia de mi madre? —preguntó Edward.

—A los selkies les encanta esa historia —respondió Bella—.

Se la contamos a nuestros bebés.

Él respiró fuerte.

—Bella, ¿tienes niños?

—Ninguno mío —dijo.

— ¿Tienes marido? —continuó él, con la mandíbula apretada.

Ella negó con la cabeza.

— ¿Un amante?

—Oh, sí, mucho de esos – dijo asintiendo con entusiasmo.

Edward no entendió los sentimientos que crecieron en él por su respuesta. Ira,


celos y por extraño que parezca, dolor. Se pellizcó el puente de la nariz. Sabía
que ella no tenía la misma educación moral que él, pero no podía ser un
cornudo.

—Escúchame atentamente, Bella. No puedes tener más amantes mientras estés


conmigo. ¿Entiendes? —ella asintió.

—Lo sé. Los humanos son celosos. No tienes que preocuparte. No puedo ir a
visitar a nadie porque tienes mi piel.

—Podrías conocer a alguien nuevo, a alguien aquí —era extrañamente difícil de


moler esas palabras. Necesitaba reflexionar para intentar entender esas
emociones.

Sus ojos se ablandaron.


—No, Edward, no lo haría. Me has tomado como esposa y yo te seré fiel —ella
parecía estar considerándolo a lo largo de los límites de un matrimonio
concertado, algo no buscado, pero que ella debía aceptar. Se encontró a sí
mismo sorprendido por su falta de resentimiento.

—Bien, bien —habló entre dientes—. Es tarde. Deberíamos ir a la cama.

Ella descorrió la manta de su cama y empezó a subirse.

— ¡No! —dijo él, más bruscamente de lo que pretendía.

Ella paró y se le quedó mirando, parpadeando esos largos, oscuros ojos en


confusión.

—No puedes dormir aquí —dijo él—. Haré que los criados preparen la cama de
la alcoba de la dama.

— ¿Tengo que dormir sola? —preguntó, su voz sonó horrorizada. Él se aclaró la


garganta.

—Yo, Bella, er... No pretendo acostarme contigo —ella parecía decepcionada.

— ¿Cómo tendremos bebés, entonces? —él negó con la cabeza.

—No quiero más niños por ahora. Elizabeth es suficiente para mí —una
pregunta se le ocurrió—. ¿Nuestros hijos serían selkies?

—No, solo dos selkies pueden tener un bebé selkie. Nuestros bebés serían
humanos —ella sonaba nostálgica.

Maldijo interiormente, si llamaba a los criados para hacer la cama de ella, todo
el mundo sabría que no estaba durmiendo con su nueva esposa. El chisme se
extendería a través de las filas de sus criados y entonces a las fincas vecinas y
pronto, todo el campesinado estaría hablando sobre ello.

—Puedes dormir aquí —dijo—. Solo dormir, ¿entendido?

Él tiró del cordón dos veces por su criado y cuando entró, sin decir nada
Edward levantó los brazos para ser desvestido. El hombre le dio una mirada
peculiar cuando Edward le dijo que dejara puesta su camiseta de lino, ya que
Edward dormía desnudo normalmente. Miró a Bella, quien estaba sentada en la
cama, mirándole mientras era desnudado. Él sintió que se sonrojaba. Aquí había
un problema. Ella no tenía ninguna criada que la desvistiera y, desde luego,
Edward no iba a salir voluntario para hacer la tarea. Esperó hasta que su criado
había salido antes de decirle:

—Duerme así como estás —Bella miraba confundida.

— ¿Con ropa?

—Sí, usando tu ropa.

Ella se subió a la cama y se tumbó rígidamente. Edward hizo lo mismo en el


otro lado. La cama del duque era enorme y podían dormir perfectamente seis
personas a través de su colchón de plumas, pero esa noche se sentía
incómodamente estrecho. La cercanía de Bella le torturaba. Su mente
amablemente le proporcionó imágenes de lo que podía hacer, y lo empeoraba la
sospecha de que ella no rechazaría sus insinuaciones.

Suspiró. Las selkies eran criaturas extrañas.

Ella se agitó y volteó, tirando de su corpiño como si estuviera asfixiándola e


intentó patear con sus pies libres el enredo de faldas. Ella suspiró. Se retorció un
poco más. Suspiró, dio una vuelta y entonces se retorció otra vez. Tiró del
corpiño. Se retorció. Él gimió silenciosamente, sabiendo que nunca sería capaz
de dormir así.

—Bella, puedes quitarte el camisón —dijo.

Se puso en pie y tiró de el sacándoselo por la cabeza, con las mangas cosidas y
todo.

Él intento no mirar. Intentó muy duramente no mirar.

Miró.

Sus pechos eran exuberantes y llenos con capullos rosas como pezones. El
cuerpo de él reaccionó, mayormente muerto en los últimos dos años, volvió
plenamente despierto y en posición de firmes.

Ella suspiró feliz y se tumbó, apoyándose sobre su estómago, la sábana


cubriéndole la cintura. Apoyó su cabeza en las manos.

Él intentó no quedarse mirando. Intentó muy duramente no quedarse mirando.

Se quedó mirando.

Su espalda era como una piscina de crema, lisa y sin manchas. La sábana cayó
tan bajo que le podía ver la curva superior de su suntuoso trasero y una pista de
la hendidura que había entre. La lujuria le atravesó, caliente, necesitado,
hambriento.

No era un pecado desear a la esposa de uno mismo, pero Edward se sentía


culpable. Lo siento, Mary, pensó. Nunca se había acostado con otra mujer que
con su esposa, debido a que la había amado desde el momento en el que la
conoció y jamás nadie podría compararse. Su amor había sido torpe en un
principio, pero habían aprendido el cuerpo del otro a lo largo de los años y
cómo darse mutuamente placer.

Su pequeña esposa selkie dormía pacíficamente, inconsciente de la mirada


caliente de su marido a su lado, inconsciente de lo mucho que él la quería.

Apartó los ojos de ella, pero cada vez que los cerraba, su imagen parecía inscrita
en la parte posterior de sus párpados. Intentó pensar en escrituras para hacer
que se fueran, pero su mente se llenó de La canción de Salomón. Maldijo en
silencio y se levantó para ir a la privacidad de su guardarropa, pero cuando
volvió, el cuerpo que pensó que pecaminosamente había saciado, volvió a su
estado de agónica excitación.

Suspiró y se volvió a tumbar. Iba a ser una noche larga.

.
.

Se despertó con los brazos llenos de una cálida, desnuda selkie. Gimió y ella se
despertó, sus suaves, oscuros ojos soñolientos parpadeando hacia él. Ella sonrió
y se acurrucó otra vez contra su pecho. Ella dio un ruido de protesta cuando él
se escabulló.

Él se paró para comprobar que su camiseta estaba tirada hacia abajo para
taparse.

—Enviaré a una de las mucamas para que haga de tu doncella hasta que
encontremos una adecuada —dijo, y corrió a tirar del cordón de la campana—.
Ponte el vestido hasta que mi hombre haya acabado de vestirme.

Él tomó su daga enjoyada de su sitio en la mesa de al lado de la cama y se


pinchó un dedo, dejando caer sangre sobre las sábanas blancas. La frente de
Bella se arrugó en confusión.

— ¿Qué estás haciendo?

—Pasaste la noche como mi esposa en mi alcoba —dijo—. Si no hay sangre en


las sábanas, habrán chismes —su confusión menguó.

— ¿Por qué habría sangre? —Edward se sonrojó. Bajó la daga y se lamió el


dedo.

—Er... porque... ¿No sangraste la primera vez que te acostaste con un hombre?
—ella negó con la cabeza.

—No —él suspiró. Realmente no quería explicarle sobre el himen a ella.

—Las mujeres humanas, si —dijo sin rodeos y se dio la vuelta cuando su criado
entró en la habitación.

Edward se saltó su lavado matutino porque estaba muy consciente de que su


nueva esposa estaba en la otra parte de las cortinas de la cama. No lo haría para
que ella pudiese echar un vistazo.
Tan pronto como estuvo vestido, huyó, dando órdenes de que alguien fuera
mandado para ayudar a Bella. Para desayunar había pan, queso y cerveza
esperándole en la habitación fuera de su alcoba. Edward se tomó de un trago la
cerveza y, de repente, estar borracho todo el día, como Emmett, no le parecía
una mala idea después de todo.

—Hermano, tengo que hablar contigo —dijo Emmett desde la entrada. Edward
hizo un gesto para que pasara dentro y tomaron asiento en la pequeña mesa.
Emmett miró la jarra de cerveza y Edward se la pasó silenciosamente. Emmett
recuperó una taza de la repisa de la chimenea y la llenó—. Creo que deberías
casarte con ella —dijo—. En al Iglesia, públicamente.

—La llamé mi esposa enfrente de testigos —dijo Edward—. Eso es suficiente


para hacer legal el matrimonio —era, después de todo, lo que le había dado
motivos al rey Enrique VIII de anular su matrimonio con su quinta mujer,
Kathryn Howard, antes de ejecutarla por adulterio. Kathry tuvo una vez un
amante a quien llamó "esposo" enfrente de algunos amigos. Eso fue suficiente
para hacerla, legalmente la esposa de Francis Dereham, y que su matrimonio
con el rey se invalidara. Nadie, aparentemente, fue suficientemente valiente
como para señalarle que si ella nunca había estado legalmente casada con el rey,
no podía haber cometido adulterio. Usar la lógica con el rey Enrique, un hombre
quien podía decir "Dios y mi conciencia están en perfecto acuerdo" con cara seria,
con suerte era una proposición arriesgada. Emmett asintió.

—Eso es cierto, ¿pero has pensado en lo que dirá la reina Mary?

Edward gimió. No lo había hecho, realmente. Por una vez en su vida, el


protocolo real no había guiado sus actos. Su sangre real hizo su matrimonio un
asunto de Estado. Mary debería haber hecho peticiones antes de que los planes
de la boda fuesen discutidos. Ella podía insistir en anular el matrimonio a no ser
que estuviesen formalmente casados ante sus ojos, y eso significaba una boda
católica.

—En mi caso, ahora ya no puedo hacerlo —dijo él, bajando su voz por si algún
criado estaba espiando—. Bella no es cristiana. Ningún párroco nos casaría.
—Será mejor que hagas algo con eso —dijo Emmett—, y pronto. La reina Mary
está obligada a tratar de volver a poner a Inglaterra bajo la fe católica, y a pesar
de ese anuncio que ella hizo público sobre no forzar a nadie a volver a la Iglesia,
creo que el Papa la instó a purgar la herejía sobre sus tierras.

—Bella no es una hereje —dijo Edward—. Ella nunca ha sido cristiana, por
tanto, no ha podido cometer una ofensa en contra de la fe.

—Tienes que enseñarle —contestó Emmett—. Tiene que por lo menos ser capaz
de fingir o nos puede llevar a todos al peligro —Edward suspiró y bebió otra
taza de cerveza—.

Y, hablando de eso, será mejor que restauremos la capilla —dijo Emmett.

Cuando el joven Rey estuvo en el trono, aprobó muchas reformas de la Iglesia


inglesa, y Edward se había conformado de buen grado, ya que él mismo tenía
inclinaciones protestantes. El capellán del Estado, el padre Jacob, era el primo de
la esposa de Edward, lo cual era la única razón por la que no le había
despedido. Siempre le había disgustado y sentía que el párroco no era más que
un loco. Mary, sin embargo, siempre había insistido en que ellos le ofrecieran un
lugar en su casa, y Edward había tenido que soportar durante muchos años las
largas diatribas de las misas de los domingos.

Una vez que las reformas hubieron pasado (aparentemente modernizadas cada
año con nuevos cambios), Edward había montado una capilla protestante con
un segundo capellán y guardó una católica para Jacob. Edward siempre había
pensado que algún día, el enérgico reclamo de Jacob en contra de la emergente
fe protestante lo metería en problemas, pero ahora que la reina Mary estaba en
el trono, la opinión de fuego y acero de Jacob acerca de los protestantes
probablemente estaría a su favor otra vez.

Edward se pasó las manos por el pelo. Tenía un Estado que gobernar, una reina
a la que apaciguar, y una esposa selkie a la que convertir en una cristiana mujer
inglesa.

Y se imaginaba que lo último sería probablemente lo más difícil.


Ѫ

La autora se ha tomado libertades con la historia del relato. Los Tudorphiles 6


probablemente notarán que Edward debería ser el duque de Suffolk, y que
Frances Grey debería ser su hermana. Sin embargo, no podía soportar que esa
horrible mujer fuera la hermana de Edward en esta historia., por tanto
consideren a Frances como una de las hijas de otro hermano desconocido de
Enrique VIII. También hay algunos debates sobre si el matrimonio de Kathryn
Howard fue realmente anulado, o si simplemente le quitaron el título. Fue
condenada por traición bajo la ley que el Rey Enrique VIII aprobó rápidamente,
la cual hacía ilegal para una mujer con la que el rey quería casarse el ocultar su
anterior vida sexual de él, o de "incitar" a un hombre a cometer adulterio con la
reina.

6
Tudorphiles: es un foro dedicado a películas, televisión, libros, etc., sobre la época de los Tudor.
Capítulo 3

Traductora:Isa Beatriz Mella Romo (FFAD)


Beta:Ariana Mendoza (FFAD)

E lla se sentó en el borde de la cama de Edward y esperó. Él había dicho que

enviaría a alguien para vestirla, por lo que se supone, debía estar agradecida,
porque estas ropas eran tan confusas. Cuando había pasado por última vez en
tierra, los vestidos habían sido simples y sueltos.

Bella. Tenía que empezar a pensarse a sí misma como Bella. Ella había puesto
muchos nombres y palabras que le dieron aquellos que conoció cuando ella jugó
en la tierra, pero se iba a tener que recordar este. Parecía que iba a estar aquí
mucho tiempo. Afortunadamente, su nuevo marido parecía ser amable. Ella
sabía de selkies que habían sido capturados por los hombres que gritaban y
golpeaban. Su hija era adorable, y Bella esperaba que fuera a llegar a pasar más
tiempo con ella. Tenía que concentrarse en los aspectos positivos de su
situación.

Todo aquí era tan duro, fuerte, seco, y el aire lleno de olores extraños. La cama
en la que se sentó olía a pájaros muertos. Ella se levantó y se acercó a la ventana.
Había pequeños cristales de vidrio cubiertos con diamante, por lo que ni
siquiera podía entrar una bocanada de aire fresco. Ella podía vislumbrar el mar
a través de los árboles. Ella presionó sus dedos contra el cristal, con ganas de
bailar bajo las olas.

Dos mujeres jóvenes entraron con los brazos llenos de ropa. Más de la ropa de
la esposa de Edward. No era raro para una nueva esposa heredar la ropa de la
primera esposa, especialmente prendas valiosas de materiales suntuosos como
estos.

Otra mujer la arrastró detrás con un tazón de agua hirviendo. Todos ellos
hicieron una reverencia a Bella y ella les asintió con la cabeza, como Edward le
había instruido. Se despojó del vestido verde, desabrochándole las mangas. La
mujer que había llevado el cuenco agarró el vestido por encima de sus brazos y
se lo llevó.

Una de las mujeres sumergió un paño en el agua y comenzó a frotar a la nueva


duquesa como una mesa. Bella lo soportó en silencio, pero ella no entendía por
qué tenía que lavar tan a fondo. Tenía un poco de sal en la piel por jugar en el
océano con sus amigos, pero ella no estaba sucia.

Bella suspiró por dentro. Los seres humanos son criaturas extrañas,
especialmente su nuevo marido. Él la quería, se podría decir. Cuando se había
despertado con ella en los brazos esta mañana, él se había levantado, pero no la
tocó. Ella no podía entender eso. Y entonces él dijo ¡que no quería ningún tipo
de bebés! Cada selkie que Bella conocía que había sido tomada como esposa en
la tierra tenía bebés con sus nuevos esposos. Ella había estado esperándolo
como uno de los consuelos de su cautiverio.

Cuando había sido frotada con una toalla y declarada limpia, las mujeres
dejaron caer suavemente sobre su cabeza una túnica de lino blanco. Las mangas
eran totalmente largas, sujeta a las muñecas con un brazalete.

— ¿Cómo se llama esto? —preguntó Bella.

Las doncellas se miraban entre ellas, pero respondió la de la izquierda.

—Es su camisón, su gracia.

—Gracias. ¿Cuál es tu nombre?

Ella debe haber cometido un error en preguntar, porque las criadas


intercambiaron otra mirada, la sorpresa en sus rostros.

—Joan, si fuere del agrado de su gracia —ella inclinó la cabeza.


— ¿Y tú?

—Anne, su gracia.

Ellas volvieron a sus tareas. Levantaron las piernas de Bella una a una y tiraron
hasta arriba unos tubos de tela.

—Medias, su gracia —dijo Joan cuando le preguntó. Estaban atadas por la


rodilla con cintas.

Después, Joan nombró cada prenda a medida que se la puso. La siguiente fue
llamada "un par de cuerpos", y era una prenda de vestir sin mangas con una
estructura tejida en el interior con docenas de pequeños canales. Se extendía
hacia abajo en la parte frontal, que llegaba casi hasta el hueso púbico de Bella.
Anne le tiró los cordones hasta que estuvo tan apretado, que Bella apenas podía
respirar. Su pecho se había aplastado a la curva plana de moda y los hombros
fueron obligados a retroceder. Joan deslizó un pedazo de madera triangular,
llamado busk, en el interior de un bolsillo en la parte delantera.

Dejaron caer un lazo adornado en falda blanca sobre su cabeza y lo ataron en la


espalda. Bella miró hacia abajo y pensó que era un conjunto muy bonito, aunque
un poco incómodo. Pero no habían terminado.

Bella casi se rio por la siguiente prenda que le iban a poner. Era la primera vez
que había visto un farthingale1, una enagua con aros de mimbre cosidos en su
interior. Bella pensó que parecía una jaula de pájaros. Sin embargo, sobre ella
pusieron otras dos enaguas.

Bella ya estaba cansada de esto, incrédula ante las múltiples capas de ropa que
se suponía que debía llevar. ¿Las mujeres de la tierra hicieron esto todos los
días?

Le pusieron el corpiño del vestido. Era sin mangas y con un corte pasado de
moda, el cuello forrado con perlas grandes, sin el cuello alto que era la moda. (A
Bella le gustaban las perlas. Ella y sus amigos las recogían y las usaban para
jugar.) Era de terciopelo color carmesí —el color y material que solo puede ser
usado por aquellos que estaban por encima del rango de barón— bordado con
hilo de plata gruesa. Se abrió en la parte delantera y un panel de tela que
coincidía con el resto del vestido, llamado corsé, se sujetaba sobre el con alfileres
de oro.

La siguiente fue la túnica de tela de plata, puesta sobre la falda de terciopelo


rojo, dividida por la mitad para revelar la parte delantera de la falda y luego las
mangas fueron cosidas. Eran de doble capa; de terciopelo rojo en la tela superior
y gran cantidad de volantes de plata con ranuras en el borde inferior. Joan
utilizó un pequeño gancho para tirar la camisa de Bella a través de ellos.

Bella se tambaleaba por el peso de toda esta ropa. No podía levantar los brazos
más arriba de las costillas, no podía doblar la cintura, ni podía tomar una
respiración profunda. El vestido en sí era demasiado grande y demasiado largo,
siendo necesario que las mujeres se apresuraran en coser el dobladillo, pero
todo lo demás era apretado y restringido. ¿Por qué, oh, por qué no podía haber
sido capturada por un granjero pobre?

Anne cepilló el pelo largo de Bella y luego lo amarró en un moño en la parte


posterior de su cabeza. Le pusieron una malla bien apretada sobre el moño y
luego un sombrero, que parecía como si hubiese sido aplastado; plano en la
parte superior y sobresaliendo en las esquinas superiores. Un velo oscuro bien
colgado de la corona, fluía por la espalda de Bella.

Los zapatos, al menos, eran cómodos, hechos de cuero negro y suave, con un
punta cuadrada. Bella, por supuesto, prefería los pies desnudos, pero a ella no le
importaba esto, suave y flexible como estaban.

— ¿Le gustaría desayunar, su gracia?

Bella sacudió la cabeza. Ella no tenía hambre. Sabía que tenía que tener, ya que
no había comido nada desde ayer por la mañana cuando había tenido una
merienda de jugosas algas marinas antes de dirigirse a la costa para reunirse con
sus amigos.

— ¿Podemos volver a encender el fuego, su gracia?

— ¡No! —Bella dijo con rapidez. Demasiado rápido, a juzgar por sus
expresiones.

Las dos criadas fueron a hacer la cama e intercambiaron miradas significativas


al ver la mancha de sangre que Edward había creado mediante un pinchazo en
el dedo. Se preguntó qué había querido decir cuando dijo que las mujeres
humanas sangraban la primera vez que estaban con un hombre.

Luego de que las criadas se fueran, Bella volvió a la ventana para mirar el mar.
Se preguntó cómo su familia había recibido la noticia de que ella era ahora una
mujer de la tierra. Ellos habían estado yendo al Mar Frío hace unos días. ¿Su
familia podría seguir adelante sin ella o habrían querido quedarse, para estar
cerca?

—Bella —oyó su nuevo nombre y se volvió para ver a Edward dando grandes
zancadas por la puerta. Se detuvo en seco cuando la vio disfrazada de mujer de
la tierra y se quedó con la boca ligeramente entreabierta.

—Mi señor esposo —ella dijo, dándole una reverencia. Cuando se puso de pie,
se pisó el dobladillo de su falda, perdiendo el equilibrio. Edward cruzó la
habitación rápidamente y puso sus manos en los hombros para sostenerla.

—Te ves... Te ves... muy hermosa, Bella —un rubor apareció en sus mejillas.

—Gracias, Edward —respondió ella—. Tú también estás muy apuesto —y él


también se sonrojó por su elogio.

—Bella, tengo que hablar contigo. Por favor, siéntate —hizo un gesto a uno de
las grandes sillas de madera tallada enfrente de la chimenea oscura.

Ella se contoneaba y se balanceaba a su manera hacia él y se sentó. La parte


frontal de su farthingale voló y golpeó en la barbilla. No le dolió, pero fue una
sorpresa. Edward se rio y ella se rio un poco de sí misma.

—Hay que sostener la parte de atrás de la falda cuando te sientes —demostró, y


Bella se rio por su tonta actitud. Ella luchó para levantarse de la silla, pero
estaba muy rígido y pesado, no podía mirar sus pies. Agarró una de sus manos
extendidas y la levantó. Ella agarró la falda en las caderas, como le había
demostrado. y lo intentó de nuevo, esta vez con éxito. La rigidez de su traje no
le permitía sentarse, estaba apoyada como una tabla contra la pared.

—Las damas no permiten que sus espaldas toquen la parte posterior de la silla
—dijo Edward. Se inclinó hacia delante, sentada con la espalda recta, incapaz de
encorvarse.

Él le sonrió.

—Perfecto. Bella, ¿cuánto sabes sobre el cristianismo?

—Yo fui bautizada —sugirió. Uno de sus amantes, un sacerdote irlandés, había
insistido en ello. No tenía ni idea por qué ser sumergidos en agua podría lavar
los pecados más que nadar en el mar, pero parecía que la ceremonia era de
mucha importancia.

Su respuesta pareció agradar a Edward en gran medida.

— ¿Sabes del catecismo? —preguntó.

Ella sacudió la cabeza. Esa palabra aún no era familiar.

Suspiró.

— ¿Tú… Los selkies tienen religión?

—Sí, sí, pero difiere de la tuya.

— ¿Cómo sabes?

—Yo solía visitar a un sacerdote. Él me dijo mucho acerca de su Jesús.

Él frunció el ceño.

— ¿Visita?

—Él era mi amante —Bella aclaró. ¿Por qué se ve tan molesto por ese hecho?—.
Pero eso fue hace más de cien años —agregó—. Murió hace mucho tiempo.

Edward parecía ligeramente calmado.


—Bell, nunca debes hablar de él a los demás. O cualquiera de tus otros amantes.
O de estar vivo por más de una vida humana. ¿Entiendes?

—Haré lo que me pides —dijo Bella, en voz baja.

Parecía frustrado.

—Voy a arreglar para que un sacerdote te dé instrucción religiosa. Mi prima, la


reina Mary, es muy... ferviente en sus creencias. Es importante que no la ofendas
o parezcas una hereje.

—Aprenderé —prometió ella.

— ¿Hay alguna posibilidad de que te puedas convertir? —él parecía triste


mientras lo decía, y se preguntó si, al igual que su padre, él creía que ella iría al
infierno por no ser cristiana.

Ella sacudió la cabeza.

—Me gusta mi propia religión —en su fe, el infierno estaba reservado para las
personas que fueran crueles con los demás, y no había reglas interminables y
confusas que regían su comportamiento. El Dios de Bella deseaba que sus
criaturas fueran felices, y sonreía al verlos jugar. De lo que sabía de los seres
humanos, ellos no jugaron mucho y su Dios parecía enojado con ella.

Ella suspiró. Ahora parecía que también debía aprender todas esas reglas, junto
con todos los usos y costumbres de la gente de Edward. No iba a ser una tarea
fácil. Un pozo de tristeza llenó su interior mientras comparaba esto con su
simple vida como una selkie, persiguiendo a sus amigos a través de los bosques
de algas marinas; su piel de cuero era la única cosa que tenía que llevar y la
única regla para recordar era ser amable con los demás. Las lágrimas le picaban
los ojos.

—Por favor, no llores —dijo en voz baja—. Yo te ayudaré, Bella. Sé que estoy
pidiendo mucho de ti, pero te prometo que voy a tratar de hacerte feliz mientras
estés aquí.

Ella esperaba que fuera posible.


.

—Ella no está comiendo —dijo Emmett.

— ¿Hmm? —Edward había estado escuchando a su músico tocando la lira y


cantando una canción de amor triste.

—Dije, ella no está comiendo —repitió Emmett. Él inclinó la cabeza en dirección


a Bella.

Ella se sentó en silencio, con las manos en el regazo y los ojos clavados en el
plato delante de ella. Una criada se arrodilló junto a ella, sosteniendo una
servilleta y un cuenco de agua sucia. Su propósito de mantener un trapo delante
de Bella era por si necesitaba escupir cuesco o un hueso.

—Ella no ha comido en todo el día y ayer tampoco —Emmett se balanceaba en


su silla, ya borracho a la hora del mediodía, y probablemente siguiera así. Al
parecer, sin embargo, su capacidad de observación no se había visto disminuida
por su casi constante embriaguez.

Edward se inclinó y le habló a Bella, quien saltó por el sonido de su voz.

— ¿La comida no es de tu agrado, mi señora esposa?

—Por favor, perdón, mi señor esposo —respondió Bella, y él sintió una


punzada de orgullo por su cortesía—. No tengo hambre.

—Mi señora, debes comer —dijo—. Vas a caer enferma si no lo haces —miró a
su alrededor y vio un plato de higos azucarados. Hizo un gesto y el servicio lo
trajo de inmediato—. Prueba estos. Estoy seguro de que te van a gustar.

Bella obedientemente tomó un higo pinchándolo con su cuchillo de comer y lo


puso en su boca. Ella masticó y tragó, su rostro impasible.

—Muy bien, mi señor.


— ¿Quieres otra? —persuadió.

—Perdóname, pero no puedo —dijo en voz baja.

Él suspiró y se recostó en su silla. Debía afeitarse para hablar con su


mayordomo y garantizar que más platos de verduras fueran presentados a ella.
Con suerte, podría encontrar algo que tentaría a su apetito.

— ¿Podría excusarme, mi señor? —preguntó ella.

Él asintió con la cabeza y ella se escabulló, sus aros alarmantemente oscilando


alrededor de sus piernas. Ella aún no había aprendido la marcha adecuada de
pasos cortos para evitar que se balanceara como una campana. Sin embargo, era
otra de las miles de cosas que necesitaban enseñarle.

Ella se veía tan hermosa esta mañana que su corazón le dolía al verla, aunque
una pequeña parte de él pensaba que se veía aún más hermosa cuando era un
animal salvaje, escondido por el atuendo de una duquesa. Le hubiera gustado
poder permitirle usar algo sencillo y cómodo, pero desafiaba el orden social.
Algunas personas lo consideran francamente pecaminoso, ya que el orden social
había sido ordenado por Dios y todo el mundo tiene que vivir de acuerdo a su
posición en la vida.

—Ella está sufriendo —advirtió Emmett.

Él tenía miedo de eso, pero no sabía qué hacer para detenerlo, ¿cómo hacerla
feliz con su nueva vida? Un pensamiento se le ocurrió y lo iluminó. Sí, eso era lo
que debía hacer.

Después de la cena subió las escaleras y encontró a Rosalie sentada en el asiento


de la ventana del vestíbulo

— ¿Qué noticias hay? —preguntó bruscamente. ¿Dónde estaba su hija?

—Su gracia, me despidió —dijo Rosalie hoscamente—. Ella está jugando con la
niña.

Edward abrió la puerta de la habitación y encontró a Bella sentada en una mesa


pequeña con Elizabeth, jugando nueve hombres de Morris2. Ella se reía
mientras Elizabeth formaba una fila de tres de sus piezas, permitiéndole escoger
una de las de Bella. Elizabeth se rio y aplaudió, pero ofreció la pieza de la
espalda a ella, amable por su victoria. Edward dio un paso adelante y sintió un
poco de dolor cuando la risa de Bella se extinguió cuando lo vio.

—Por favor, continúa —dijo, y se sentó en una silla cercana a mirar. No pasó
mucho tiempo antes de que volvieran a la risa. Mientras jugaban, Elizabeth
parloteaba sin pausa, contándole a Bella sobre su progreso en el aprendizaje de
sus cartas, que su maestro de música la había alabado por la canción que ella
había aprendido en el virginal y de la rana que había encontrado en el jardín por
la mañana en su caminar, la cual Rosalie no le permitió conservar. Él aprendió
más acerca de su hija mientras las veía jugar un juego que él había aprendido en
los últimos seis meses juntos.

—Rosalie tenía razón al no perimir que te quedaras con la rana. Es una cosa
salvaje y las cosas salvajes deben ser libres para ser felices.

Edward se estremeció y se alegró de que Bella no estaba mirando en su


dirección.

Elizabeth estaba pasando un buen momento que ni siquiera le importaba que


hubiera ganado. Ella empezó a agarrar las piezas con sus manos regordetas.

— ¡Otra vez! —dijo.

—No puedo —dijo Bella, con pesar—. Su señor padre desea mi ayuda para la
empresa.

Él le ofreció una mano para ayudarla. Elizabeth se mordió el labio inferior, pero
se levantó e hizo una reverencia cortés, merecedora de un palmadita en la
cabeza de su padre. Pasaron por delante de Rosalie y la mujer todavía no podía
encontrarse con los ojos de Bella. Ella se escurrió dentro de la guardería y cerró
la puerta.

Edward llevó a Bella a su dormitorio, a la mesa que sostenía la caja que había
recuperado de su fuerte habitación.
—Esto es para ti —dijo, esperando con expectación por su grito de alegría.

Bella la abrió y miró al interior los collares, pulseras, broches y todos los
llamativos brillantes.

—Estas son las joyas de la duquesa —dijo. Ella no parecía entender—. Ahora
son tuyas.

Cogió un collar de rubíes y lo colgó alrededor de su cuello. Cada gema de color


rojo sangre era tan grande como un huevo de codorniz, rodeado de diamantes.
Él se dirigió a su armario y lo abrió, quitando el precioso espejo de cristal. Lo
sostuvo en alto para ella y luego se quedó sin aliento, llegando a tocar la
superficie del espejo y luego su propio rostro. Estiró el cuello y miró a la parte
de atrás, cubierto con un marco de madera dorada y luego de nuevo su reflejo.

—Yo quería que miraras el collar —dijo en un tono irónico. Los espejos eran
caros y raros, pero el collar era el tesoro de un rey y que apenas había mirado.

Ella puso sus ojos hacia abajo para ver el reflejo de las gemas y asintió con la
cabeza.

—Gracias por las piedras brillantes.

Él quería tirar las manos en alto por la derrota, pero también reír.

— ¿Puedo volver a jugar con Elizabeth, ahora? —preguntó ella.

Él asintió con la cabeza y ella brincó.

¿Elizabeth era la clave? Bella parecía más feliz cuando la había visto en
compañía de Elizabeth y la niña, al parecer, la adoraba. Tal vez debería animarla
a pasar tiempo con su hija, y si ella todavía estaba presente en las comidas en la
guardería, quizá podría convencerla para que comiera allí. Con ese pensamiento
en mente se fue a responder algunas de sus cartas hasta la hora de cenar.

.
.

—No me gusta —se quejó Elizabeth cuando Bella trató de darle de comer una
cucharada de puré de puerros.

—Sin embargo, su nueva madre se los come —dijo Edward—. ¿Ves?

Bella amablemente se comió cucharada por sí misma.

Él era cautelosamente optimista. De esta manera, había conseguido manipular


algo de comida en el estómago de Bella. Todavía no había comido lo suficiente,
pero era una mejora.

Elizabeth puso mala cara, pero se zampó los puerros en la boca. Ella acababa de
ser destetada, los niños de Tudor fueron criados en ocasiones hasta la edad de
cinco años, pero Edward pensó que debería comenzar a ser introducida a los
alimentos sólidos. Rosalie protestó por la idea, pero tenía la sensación de que
era más el miedo de perder su posición que la preocupación por Elizabeth.
Estaban sentados alrededor de una mesa pequeña en la guardería. Esta fue la
primera vez en la vida adulta de Edward que había cenado sin la pompa y
circunstancia de una docena de sirvientes preparando, sirviendo, tallando y
presentando los platos. Dos sirvientes fueron colocados junto a la puerta, uno
con una jarra de vino. Edward encontró que más bien le gustaba la sencillez. No
podía comer aquí todas las noches, por supuesto, pero podría hacer un cambio
refrescante de vez en cuando.

Después de la cena, Bella y Elizabeth jugaron otra vez mientras Edward miraba.
Él no podría haber explicado por qué se encontraba tan fascinado al ver a Bella,
pero no podía apartar los ojos de ella. Cada vez que ella reía, su corazón se
aceleraba y le quedaban ganas de escucharla de nuevo.

Jugaron un juego de tablero llamado Fox y los gansos3 hasta que Rosalie entró
en la sala y anunció que era la hora de dormir de Lady Elizabeth. El puchero de
Elizabeth amenazó con convertirse en un ataque en toda regla, mas Bella
calmada pero firme insistió en que debía obedecer. Besó a Elizabeth, quien
corrió hacia Edward, que lo miraba con ojos suplicantes para rescatarla de la
hora de acostarse.

—Bendiciones, muñeca —dijo, dándole en la parte superior de la cabeza un


beso—. Anda.

Elizabeth suspiró dramáticamente, pero se fue.

—Mi señora, ¿quieres que te acompañe a tu habitación? —Edward preguntó,


ofreciendo el brazo a Bella después de que él la ayudara a salir de su silla.

— ¿Mi habitación? —repitió ella con voz débil.

—Sí, hoy tuve a las criadas limpiando y ventilando la habitación de la señora


para ti.

Bella lo miró con esos ojos oscuros y cristalinos que hicieron que algo dentro de
él se derritiera cada vez que los veía.

— ¿Ahora tengo que dormir sola?

—Sí —dijo con firmeza.

Su labio inferior temblaba.

— ¡Los dientes de Dios! —Edward murmuró. Ella está sufriendo, dijo Emmett. Se
detuvo en la puerta de la habitación en lugar de caminar por el pasillo a la suya.
Su sirviente ya estaba acostado junto a la puerta mientras ellos pasaban por ahí,
pero se escabulló rápidamente para inclinarse. Edward la llevó a su dormitorio
y tomó nota de que ya no parecía como si estuviera a punto de llorar.

—Voy a llamar a tus sirvientas —dijo—. Para mantener tu habitación.

— ¿Edward? —ella se retorcía las manos nerviosamente.

— ¿Sí, Bella?

— ¿Por qué no te acuestas conmigo?

Miró a lo lejos.
—No puedo.

Parecía herida.

— ¿Esto no funciona?

Él soltó una carcajada.

—No, no funciona muy bien. Y-yo todavía estoy de luto por mi esposa, Bella.

—La amabas —era una afirmación, no una pregunta.

—Lo hice —se sentó en una silla, pasando una mano por su pelo.

— ¿Y ella te amaba?

—Sí.

— ¿No crees que ella quiere que seas feliz? Me gustaría que el hombre al que
amé bailara, cantara y tuviera un montón de bebés.

—Se siente como si yo estuviera siendo infiel —confesó Edward.

Bella lo miró pensativa por un momento y luego se acercó. Más cerca. Ella dio
un paso entre sus rodillas. Más cerca. Hasta que él podía sentir el calor
irradiando desde su cuerpo. Su aliento atrapado en su garganta. Esos ojos
oscuros, que lo capturaron. Ella envolvió sus brazos alrededor de su cuello, la
punta de los dedos en el borde de su cabello. Su corazón latía con fuerza.

Lentamente, muy lentamente, bajó su rostro al suyo, hasta que estuvieron a solo
una pulgada de distancia. Tenía que ser sus magias selkie, porque estaba
congelada en su lugar mientras sus labios bajaron.

Suave... Cristo, eran tan suaves. Él gimió suavemente, terminando el empuje


hacia abajo sobre su regazo y la besó en secreto, de la forma en que había
querido desde el momento en que la vio en la playa. Arrancó la boca de
inmediato.

—Bella, no puedo.
—Tú puedes —dijo. Ella se quitó el sombrero y lo puso en el brazo de la silla, le
dio la espalda un poco y extendió la mano para tirar de los cordones. Su boca se
le secó. Lujuria. No era un pecado, se recordó, no cuando era hacia su esposa,
pero, oh Dios, ardía dentro de él con una intensidad repentina y terrible. Tenía
que tenerla.

Ella no podía desvestirse, pero estaría condenado si quería llamar a un sirviente


ahora. Él apartó su corsé, volando alfileres y le tiró de los cordones, y sus dedos
lo hicieron a toda prisa, torpe, enredando los cordones en nudos. Edward dio un
gruñido de impaciencia y sacó la daga de su cinturón, cortando limpiamente,
dejando caer los pedazos en el suelo a su paso. Su falda, enaguas y el farthingale,
obtuvieron el mismo tratamiento. Se puso de pie delante de él, gloriosa en su
desnudez. Él gimió, tirando de su jubón, arrancando botones. Se lo quitó y lo
dejó caer al suelo, tirando de su camisa de lino sobre su cabeza.

Él tiró abajo las medias y arrancó su calzoncillo, ahora tan desnudo como ella.
Bella no era tímida. Ella examinó su cuerpo, sus ojos tan brillantes y calientes
con el deseo como los suyos debían de estar. Él la recogió y la llevó a su cama,
quitando la colcha a un lado con una mano y la dejó sobre las sábanas blancas.
Ella levantó sus brazos para él y él con entusiasmo fue a ellos, besándola
profundamente.

Su esposa siempre había sido una compañera de cama tímida, dulce y


vergonzosa. Bella estaba ansiosa y conoció su agresión con la suya,
conduciéndolo a un frenesí mayor. Besó, lamió y chupó el fondo de su cuerpo.
Cuando llegó a su meta, él la miró por el permiso. Él nunca había hecho esto
antes, pero Emmett había sido muy explícito en las descripciones de sus
conquistas. Dijo que condujera a la mujer loca de deseo, y así es como él quería a
Bella. Ella simplemente lo miró como si le preguntara qué estaba esperando.

Emmett tenía razón, pensó aturdido. Él escuchó atentamente sus gemidos y


suspiros que lo guiaron a lo que le dio más placer. Sus muslos apretaron contra
su cabeza con tanta fuerza que pensó que podría romperla como una nuez. Tiró
de él hasta que cedió y se deslizó por su cuerpo.

—Tu turno —dijo, sus ojos oscuros y malvados.


Otra cosa que Emmett le había descrito, pero en este caso, había pensado que
tenía que estar exagerando. Sus ojos en blanco por el placer casi agonizante de
su boca caliente sobre él. Tenía que parar. Era demasiado. Nunca iba a durar. Él
le dio la vuelta sobre su espalda y se colocó encima de ella. Deslizó una mano
hacia abajo para asegurarse que estaba lista y gimió cuando él descubrió cómo
estaba lista. Cuidadosamente empezó a empujar su camino dentro de ella,
empujado por sus respiraciones jadeantes contra su oreja. Poco a poco, lentamente,
con cuidado...

Bella maldijo y lo empujó, volteándolo de un tirón sobre su espalda. Él sabía


muy bien lo que estaba sucediendo, había empujado hacia abajo, envolviéndolo
hasta la empuñadura en su calor. Su pelo se había soltado de las horquillas y
cayó alrededor de sus caderas, una cortina oscura que envolvió a los dos cuando
ella se inclinó para besarlo. Ella comenzó a moverse y él perdió completamente
su débil control, golpeando frenéticamente hasta dentro de ella. La oyó gritar y
las contracciones de placer le enviaron las suyas.

Ella se dejó caer sobre su pecho, todavía jadeante, su carne brillante de sudor,
como la suya.

— ¿Te he herido? —preguntó, cuando sus poderes de discurso habían


regresado.

—No, en absoluto —le aseguró ella, apretándose contra él con un suspiro de


satisfacción.

Solo había logrado resistir a su esposa selkie por una noche. ¿Mary se sentiría
decepcionada de él, o Bella estaba en lo correcto sobre que él encontrara de
nuevo la alegría en la vida? Todavía estaba reflexionando sobre este punto
cuando se quedó dormido, con Bella estrechada en sus brazos.

Ѫ
NOTAS HISTÓRICAS
El catecismo de la Iglesia Católica no se estableció hasta el Concilio de Trento en
1566, y no fue pensado originalmente para el laico, más bien un manual de
instrucciones para el clero. El Catecismo de la Iglesia Anglicana fue escrito en
1537, y parece que ha sido fuertemente influenciado por la que Lutero escribió
en 1529.

Una falda de aro o marco para la expansión de la falda de una mujer, usado en
los siglos 16 y 17.

Cada jugador dispone de nueve piezas, u "hombres", que se mueven en el


tablero entre veinticuatro intersecciones. El objetivo del juego es dejar al
oponente con menos de tres piezas o sin movimiento posible.

Un jugador dispone de 13 piezas blancas: los Gansos; el otro una ficha negra: el
Zorro. Para iniciar el juego, se colocan las fichas como indica el dibujo. Todas las
piezas mueven de la misma forma: un paso en cualquier dirección, a lo largo de
una línea, hacia un punto adyacente vacío.
Capítulo 4

Traductora: Carla Liñan Cañamar (FFAD)


Beta: Ariana Mendoza (FFAD)

E dward se levantó como lo había hecho la mañana anterior, con sus brazos

llenos de un cálido, suave y desnudo selkie. Su espalda estaba contra su pecho,


la cabeza recargada contra su brazo, y su otro brazo estaba enrollado alrededor
de su cintura. Incapaz de resistirse, acarició su piel de seda.

—Mmm —dijo, y rodó sobre sus brazos para encararlo, con una dulce y
adormilada sonrisa en el rostro.

—Parece que aplicas tus trucos selkies incluso cuando duermes —dijo Edward
con una sonrisa.

Ella rio.

— ¿Cuáles trucos?

Se detuvo.

—Quieres decir que… tú no… ¿No tienes poderes sobre humanos para hacer
que te deseen?

Ella se acurrucó contra él.

—Si los tuviera, habría estado aquí desde hace mucho tiempo.
Edward se tumbó, asombrado, viendo al techo radiante y con paneles. Si no
había sido su brujería, aquella ola de lujuria que había cargado con él había
venido desde adentro. Descubriendo un aspecto desconocido de la personalidad
a la avanzada edad de veintisiete, era más que un poco perturbador.

Sentía como si debiera arrepentirse de lo que había sucedido, que debía sentir
culpa por cuán feroz había sido, o haberse acostado con otra mujer que no era
su Mary, pero no sentía nada de eso. Se sentía... feliz. Era tan extraño, que tenía
dificultades para identificar en un principio qué sentimiento era.

— ¿Aquí habrá un niño? —le preguntó.

Ella sacudió su cabeza.

—Tengo que desearlo para que suceda, y tú dijiste que no querías otro niño más
que a Elizabeth.

Él se sintió extrañamente decepcionado y no podía entender por qué. Tal vez él


debería darle un niño. Después de todo, ella había cedido ante él y los cambios
drásticos que él había pedido, y ciertamente le debía algo, pero se estaría
estancando en el mismo problema que tenía con Elizabeth: un hijo sin una
madre.

Ella se estiró lujuriosamente y él tomó la oportunidad para mirar su cuerpo. Sus


largos y pálidos brazos estaban alzados sobre su cabeza, levantando sus ya
despiertos y firmes pechos. Unos pequeños mechones de cabello debajo de cada
brazo combinaban con el color de cabello de sus —Edward no podía ni pensar
en la palabra que Emmett había dicho para describirlas— partes-femeninas.
Bella se percató de su mirada y torció un dedo hacia su dirección, con sus ojos
oscuros llenos de deseo.

Alguien se aclaró la garganta desde afuera de las cortinas.

— ¿Su Gracia?

—Después —dijo Edward.

—Pero, Su Gracia...
Apretó sus manos en el cuerpo suave y cremoso de su esposa, explorando las
áreas en donde mantenía cierta fascinación.

— ¡Dije que más tarde! —siseó. Los labios de Bella encontraron un punto
sensible y jadeó. Que los sirvientes esperaran. Que todo el mundo esperara.

La vida de los nobles dejaba muy poco espacio para la privacidad. Los
sirvientes normalmente dormían en el mismo cuarto que sus amos o señoras; la
única privacidad que podían permitirse el esposo y la esposa era la que
provenía de las cortinas de la cama. Por eso, no era difícil para Edward saber
que los sirvientes estaban parados a unos cuantos pies de donde él le había
hecho el amor a su esposa, y eso no le ocurrió a Bella, quien había pasado la
mayor parte de su vida al aire libre, y ser avergonzada por algo que era, para
ella, tan natural como respirar.

Ambos salieron casi una hora más tarde, aún ruborizados y un poco sudorosos
por sus actividades. Los dos fueron aseados por sus sirvientes y Bella tuvo que
soportar el largo e incómodo proceso de ser vestida. Envidiaba a Edward, quien
había terminado en la mitad del tiempo y tenía ropa mucho más cómoda. Besó
su mano alargada y se sorprendió por la calidez en sus ojos.

El mayordomo habló.

—Le ruego su perdón, Su Gracia, pero los demandantes han llegado.

Edward suspiró.

— ¿Qué significa eso, milord esposo? —preguntó Bella.

—Hoy es mi día en la corte, cuando escucho casos y demandas de mi gente —


explicó Edward. Era un sistema de gobierno regimentado y jerárquico. Los
terratenientes locales parecían apelar a los barones, los barones a los condes, los
condes a los duques, y cada uno tenía su propia corte, conformada por aquellos
bajo su tutela. Aparentemente, cualquiera en las tierras de Edward podía
pedirle directamente una reparación de daños, pero en realidad, fuera o no un
caso de todas formas era escuchado, dependiendo de cuán dispuesta estuviera
la persona de sobornar a los mayordomos de Edward, así como su
determinación de ser escuchados.

— ¿Romperías el ayuno conmigo, milady esposa? —preguntó Edward, después


de que el proceso de Bella para vestirse estuvo completo. El desayuno era la
comida más informal del día, una que él podía tomar solo en sus aposentos. Una
jarra de cerveza había sido colocada en la mesa, acompañada de una canasta de
pan manchet, y una selección de quesos y carnes frías. A Bella no le permitían
tocar esta última, él sabía, así que le ofreció el queso y el pan, con una taza de
cerveza inglesa.

Le dio un mordisco al pan.

—Bella, come, por favor —dijo Edward en voz baja.

—Lo estoy intentando —contestó—. Es solo que no tengo apetito.

Suspiró.

— ¿Hay algo que suene bien para ti?

—Algas frescas —dijo abruptamente—. Un poco de frescas y jugosas algas —se


relamió los labios y un rayo de lujuria lo atravesó, a pesar de que consideró el
problema que le estaba presentando. Tal vez podía enviar a Emmett en un
pequeño bote... suspiró de nuevo. No podía hacer eso. El tonto borracho
probablemente se ahogaría a sí mismo.

Bella estaba hermosamente envuelta en un traje de seda azul, con diamantes


cosidos en un patrón de constelaciones. Se había establecido como una moda en
la corte de Edward, cuando su esposa lo había usado; las Condesas y Baronesas,
quienes danzaban en atenciones, esperando por una cita como damas de
compañía para sus hijas, o tal vez un lugar en la familia de Edward para sus
hijos, se apresuraron en ordenar vestidos con diseños similares, en materiales y
piedras que podían permitirse pagar.

Los nobles eran las celebridades en esos días, y todo lo que hacían era
observado ávidamente y envuelto en chismes. Su ropa y corte de cabello se
convirtieron en modas, los cuales eran copiados por las personas, con lo mejor
que podían con sus habilidades financieras. Incluso cómo pronunciaban una
palabra se convertía en un estilo. Hoy, la habitación estaba llena de gente que
quería ver a la nueva Duquesa, quien se rumoreaba que era una mujer salvaje
del Nuevo Mundo.

En la gran sala, Bella estaba sentada en el sillón junto a Edward, en una silla
ligeramente más pequeña. El cuarto estaba repleto de gente, sus voces sonando
por encima de las vigas. Algunos estaban bien vestidos, de sangre noble; otros
eran de la alta burguesía local y hacendados, e incluso había un puñado de
campesinos quienes se veía que venían directamente de los campos. Algunos
vinieron a observar, otros en un intento de solicitar algo, y otros vinieron para
ver y ser vistos. Los aromas de los adinerados competían con el hedor de los
cuerpos sin lavar, la esencia de madera quemada y velas derretidas. Fueron
llamados para saludar a los viejos conocidos y con argumentos estridentes sobre
los méritos en los casos que iban a ser presentados a Edward. Cuando este solía
cenar en el estrado, no se les permitía a ellos sentarse en la mesa, sino que veían
a la audiencia en la sala a lo largo de cada lado de la habitación.

El mayordomo pidió orden en la sala, y un silencio reverente cayó sobre la


multitud. Se formó una línea instintivamente, de acuerdo al rango: los pobres
iban hasta atrás del cuarto, en donde tenían que estirar sus cuellos y levantarse
de puntas para ver. Los demandantes esperaban y anhelaban que el sirviente
anunciara su nombre, para que así pudieran dar un paso al frente y presentar su
caso.

Las peticiones fueron bastante interesantes para Bella, enfocadas


principalmente a asuntos relacionados a los negocios que se manejaban en el
estado. Dejó que su mente viajara durante las discusiones sobre los métodos de
procesar la lana y si Edward debía o no expandir su negocio de cría de caballos.

Para ser un Duque, Edward era notoriamente democrático. Ordenaba a su


mayordomo que permitiera que algunos casos de los campesinos se presentaran
ante él.

El caso correspondía a un hombre que había rentado su toro como semental


para otro aldeano. Mientras estuvo en calidad de renta, el toro enfermó y murió.
El propietario insistía en que el arrendador no se había ocupado
apropiadamente del toro, lo que lo orilló a su muerte, y precisamente por eso
debía hacerse responsable de su reemplazo.

Edward discrepaba, y decía que el animal enfermó de manera natural por


razones que solo Dios sabía, y que el arrendador no debía tener ninguna
responsabilidad.

—Pero, milord, yo dependo de las ganancias del semental para mantener a mi


familia durante el invierno, hasta que haya trabajo en los campos otra vez —el
propietario protestaba desesperadamente.

Bella apoyó una mano en el brazo de su esposo.

—Disculpe usted, milord esposo —susurró—. Pero, ¿me permite hablar?

Edward observó su interrupción, pero sabiendo que era inusual en Bella este
tipo de procedimientos, decidió permitirlo.

—Su Gracia, no puedo evitar sentir pena por este hombre —dijo suavemente—.
Su sustento se ha desvanecido por algo que no ha sido su culpa, y su familia
dependerá de la caridad de Su Gracia para sobrevivir al invierno. ¿No podemos
reemplazar a su toro? El costo no será grande para nosotros, pero para este
hombre, esa pérdida representa pobreza. Seguramente el costo de apoyar a su
familia por medio de la caridad durante todo el invierno será igual, sino es que
más alto.

Edward observó a su esposa. Tenía razón, por supuesto. El costo de reemplazar


al toro sería menor que el gasto en un nuevo par de botas para montar, y podía
alejar al hombre de ser un dependiente de los recursos de la caridad.
Simplemente nunca había pensado en lo mucho que el campesino se vería
afectado por la muerte del toro; para él, un toro o dos era irrelevante. Su mente
corría a toda velocidad. Por el lado práctico, el resultado de la buena voluntad
por el reemplazo del toro valdría tres veces su precio, y desde un punto de vista
humanitario, sería una atención que mantendría a una familia lejos del
sufrimiento por el hambre por una temporada.
Bella se removió incómoda en su asiento, ante la mirada de Edward, y
preocupada de haber sobrepasado sus límites, pero de repente, él sonrió y
palmeó su mano.

—Eres sabia y con un corazón bondadoso, milady esposa —dijo. Alzó su voz
para que pudiera ser escuchado en toda la enorme habitación—. No hay culpa
en la muerte del toro, pero no tendrás que sufrir por ello, buen hombre. Veré
que te den otro toro de mis rebaños.

La boca del hombre se abrió abruptamente ante este inesperado regalo. Cayó
sobre sus rodillas, viendo adelante y atrás desde el Duque hasta Bella, y después
estalló en ruidosas lágrimas de agradecimiento. — ¡Gracias, Su Gracia!

Edward estaba encantado con esta respuesta. La historia de su generosidad se


regaría por todas sus tierras, alzando su popularidad con la gente de manera
considerable. Podía imaginar que estaría reemplazando un poco, unos cuantos
pollos y cerdos ante el aumento de peticiones una vez que supieran los demás,
pero sabía que su gratitud daría como resultado un aumento en el rendimiento
del trabajo y una mayor honestidad. ¿Por qué nunca había pensado en algo
como eso anteriormente? Agradeció silenciosamente a Dios por su nueva
esposa, quien le había abierto los ojos hacia un mundo de posibilidades. Bien
podía ser frío y calculador para sus inversiones, y ella sería su corazón.

Le sonrió a Bella y otra capa de hielo que cubría su corazón empezó a


derretirse.

Edward estaba hambriento para cuando se sentaron a cenar, e impaciente con la


ceremonia con la que presentaban la comida. Bella movía los vegetales de su
plato con la cuchara, y Edward suspiró. Le hizo una seña al sirviente, quien
estaba de pie con una jarra de vino.

—Tráeme la comida.

— ¿La comida, Su Gracia? —mientras el Duque debía enviar instrucciones o


peticiones a los cocineros por medio de otros sirvientes, eran raras las ocasiones
en que un sirviente de la cocina podía estar frente a los ojos de Su Gracia.
—Sí, la comida —repitió. Arrojó su cuchara al plato de un golpe.

En unos cuantos minutos, el cocinero estaba trabajando, sudando de ansiedad.


Estaba usando un delantal limpio, puesto a toda prisa por conocer a tan alta
personalidad. Se puso de rodillas enfrente de la mesa del Duque y esperó que se
dirigiera a él.

— ¿Tienes algo de algas en las cocinas? —preguntó el Duque.

— ¿S-su Gracia? —tartamudeó—. ¿Algas?

—Sí, algas. Planta del mar.

El cocinero pensó por un momento, y entonces se le iluminó el rostro.

—Tenemos, Su Gracia. Las usamos para empacar los barriles en donde se


guarda el pescado para comercializarlo.

Edward sacudió la cabeza.

—No, me refiero a algas frescas. ¿Está en alguno de los otros platillos?

—Los pobres la usan para producir laver7, Su Gracia. Se seca y se tritura en


pequeñas partes hasta formar una pasta, la cual puede comerse cruda o freída.

Edward suspiró.

—Eso es todo.

Agitó su mano para despedir al hombre. El cocinero rozó sus pies, y caminó
hacia afuera de la habitación, haciendo reverencias en todo momento.

Se giró hacia Bella.

7
Laver: es un alga comestible con un alto contenido en sales minerales, especialmente yodo e hierro.
El laver puede tomarse frío como ensalada con cordero. Una receta simple es calentarlo y añadir
mantequilla y zumo de limón o naranja agria. Puede calentarse y servirse con panceta.
—Acompáñame a caminar esta tarde, milady esposa —tal vez podía encontrar
algo en la playa que ella pudiera comer.

Los sirvientes se miraron unos a otros. Pensaron que el Duque se había cansado
de su bizarro hábito de caminar solo, pero ahora parecía llevar a la Duquesa
hacia su pequeña locura.

Más tarde, esa misma tarde, fue a la habitación de Elizabeth, en donde sabía
que encontraría a Bella, y notó que la niña estaba preparándose para la siesta.
Bella estaba contándole una historia, que era su soborno para que Elizabeth se
durmiera tranquilamente sin hacer una rabieta.

—Había una vez un hombre llamado Noé —empezó, jalando las cobijas hasta la
barbilla de Elizabeth—. Él era amigo de todos los animales del bosque. Tomaba
largas caminatas en el monte para conocer, hablar y jugar con ellos. Un día,
mientras visitaba a su amigo el oso, Noé mencionó que una vez había navegado
en el mar, en donde el oso jamás había estado. El oso estaba muy curioso, así
que Noé decidió construir un bote, para que así pudiera llevar a su amigo hacia
las olas. El oso dijo que le gustaría ir, pero que quería que su esposa fuera con él.
Así que Noé construyó un bote más grande, para que así pudiera ir la esposa del
oso. Mientras lo estaba construyendo, su amigo el lobo se acercó a ver lo que
estaba haciendo. El lobo nunca había visto las Aguas Sin Fin, tampoco, así que
Noé lo invitó a que los acompañara. Pero el lobo dijo que no podía ir sin su
compañera, así que Noé hizo que el bote fuera más grande, para que pudieran
entrar los dos. Y mientras trabajaba, más de sus amigos animales se acercaron y
le pidieron que los dejara acompañarlos a su viaje, así que Noé tuvo que hacer
que el bote fuera lo suficientemente grande para que dos de cada especie en el
bosque pudieran entrar. Todos los amigos animales de Noé hicieron lo que
pudieron para ayudar. Los lobos trajeron madera que encontraron en el bosque.
Los pájaros carpinteros hicieron agujeros para los clavos. Los castores
masticaron los troncos hasta hacerlos tablas y los osos hicieron el trabajo pesado.
Incluso las abejas ayudaron en hacer una mezcla para poner entre las tablas. Y
cuando Noé terminó de construir su enorme barco, entre todos lo arrastraron
hasta el puerto y navegaron hacia el viento y las olas.
Así que, así era como los selkies interpretaban la historia de El Arca de Noé, pensó
Edward. Su versión era un cuento mucho más gentil, sobre la amistad y la
cooperación, mejor que la historia Bíblica de Dios ahogando a todos los
pecadores.

Bella besó la frente de Elizabeth y se puso de pie. Ella ya estaba medio dormida
y con su cabeza metida en sueños felices sobre animales ayudando a Noé a
construir su barco.

Bella siguió a Edward lejos del cuarto de la niña, ignorando a Rosalie, quien
había redescubierto su coraje y le lanzaba miradas a la Duquesa intrusa. Edward
le ofreció su brazo y ella lo tomó.

—Me gustaría preguntarte algo, Edward —dijo Bella en cuanto salieron por la
puerta principal—. ¿Estás interesado en aumentar la producción de lana?

—Es el negocio más rentable —contestó. Iba a ordenar que los campos se
abrieran la próxima primavera.

Bella suspiró.

—Vi lo que pasó cuando otro terrateniente del mar hizo esto. Los campesinos
no pudieron hacer crecer sus cultivos en esa tierra, lo que provocó que la
comida se volviera más cara y los campesinos perdieran su trabajo como
granjeros. No pudieron pagar más sus rentas, así que tuvieron que dejar sus
hogares. Se volvieron pobres mendigos. Los conventos y monasterios, que se
encargaban de cuidar del desvalido, de alimentarlos, vestirlos y atenderlos
cuando se enfermaban, ahora están cerrados. ¿A dónde fueron?

Como siempre, se sorprendió de su conocimiento sobre la vida en la tierra.

Había existido una Ley para Pobres, la cual había sido aprobada el año anterior,
y que intentaba hacer un censo a los pobres para descubrir el verdadero alcance
del problema, y autorizó a los que alojaban a los militares de manera local, para
que "gentilmente" recaudaran fondos de cada hombre y mujer que cruzaban las
puertas de la iglesia los domingos. Edward empleó a su propio trabajador social
para que distribuyera una suma establecida de dinero anualmente a los pobres.
Edward no tenía idea de qué había hecho con eso; había dejado ese tipo de
supervisiones a su mayordomo, pero tal vez debía poner más atención a cómo
su caridad estaba siendo distribuida.

— ¿No eres lo suficientemente rico, Edward? —preguntó Bella.

Había tomado a Edward con la guardia baja con esa pregunta. Se suponía que
lo era, pero había aprendido desde su juventud que su deber era hacer que los
estados fueran más lucrativos. El destino de los campesinos en las tierras nunca
había cruzado su mente.

Desde su nacimiento, Edward había sido enseñado que Dios había puesto el
orden social en su mundo. Él había sido elegido para ser el Duque, así como los
campesinos habían sido elegidos para ser pobres, principalmente por alguna
falta moral o falta de facultades. Él brindaba su caridad, ya que así se esperaba
que lo hiciera, pero si un campesino pasaba hambre o era golpeado por una
enfermedad, su sociedad decía que era más que nada porque estaban siendo
castigados por Dios.

En años recientes, ideas peligrosas, como la igualdad para todos los hombres,
habían empezado a circular en las sectas religiosas cercanas. Henry VIII había
puesto una Biblia Inglesa en las iglesias, encadenada al púlpito, en donde el
texto podía ser leído por todos los hombres, pero estaba horrorizado cuando
escuchó que esas personas discutían y debatían sobre lo que habían leído, y
venían con sus propias conclusiones, en lugar de aceptar la interpretación
aprobada por la Iglesia.

Edward sacudió la cabeza. A veces parecía que todo el mundo había sido
inclinado desde el día de sus padres. Y ahora, aquí estaba él, considerando
quedarse con una granja menos lucrativa, para evitar el empobrecimiento de los
campesinos. Su padre se habría reído.

Avanzaron hasta la playa, y Bella corrió por la arena, alzando sus pesadas
faldas en alto. Se detuvo en la orilla del agua, con sus ojos buscando de manera
hambrienta entre las olas.
— ¿Puedo nadar, milord?

Él sacudió su cabeza.

—Bella, las damas nobles no nadan. Te traje aquí esperando encontrar algo de
algas para ti —no pudo seguir viéndola, para encontrar decepción en su mirada.

Se sentó en un tronco y la observó viajar de arriba a abajo por la orilla, viendo el


agua como un pordiosero en la ventana de la panadería. No tocó la pila de
plantas de mar que estaban sembradas aquí y allá.

— ¿No es de tu agrado?

Ella arrugó la nariz.

—Está muerta y pegajosa.

—Bella, no hay mucho que pueda hacer.

—Si me dejaras nadar, podría recolectar por mi cuenta —dijo.

— ¿Podrías ahogarte en tu forma humana?

Sacudió la cabeza.

—No puedo ahogarme. Puedo respirar en el agua, al igual que en el aire.

—Bella, las damas no nadan. Lo siento, pero no puedes. Si alguien te ve... —no
terminó la oración—. Vamos. Es tarde y debemos regresar a casa.

Lo siguió obedientemente, pero su cabeza estaba agachada con tristeza.

Edward se encontró con su asistente social después de cenar. Habría preferido


que Emmett lo hiciera, pero Emmett se había ido otra vez, probablemente
desmayado en la cama de alguna moza de taberna.

—Me gustaría ver los registros de cómo mis recursos han sido distribuidos —
dijo.

El hombre palideció, lo cual fue inmediatamente sospechoso para Edward.


—Milord, no llevo registros escritos de los desembolsos.

—Entonces, eres indisciplinado en tus deberes —siseó Edward—. Dime,


entonces, si no puedes mostrármelos.

El hombre cayó sobre sus rodillas.

—Su Gracia, yo, uh... he dado bastante al hospicio de la parroquia.

— ¿Quién es el dueño de allí?

—Peter de Lansby, milord.

Edward rebuscó en su mente, a pesar de la complicada genealogía debido a que


gran parte de la sociedad Tudor estaba establecida.

— ¿No es él tu primo?

—Lo es, Su Gracia.

Edward movió su mano.

—Estás despedido.

Pudo haber indagado en esta situación. Algo parecía extraño. Se preguntó si el


Padre Jacob sabría algo al respecto, pero decidió ir contra sus pensamientos
sobre él. No estaba de humor para una conferencia sobre su poca asistencia a la
capilla.

Quería ver a Bella. Es lo que quería. No había estado en la cena. Su mayordomo


había dicho que estaba tomando sus alimentos en su cámara. Edward había
estado tentado de enviarle una orden para que se uniera a él, pero optó por no
hacerlo.

Pero había otro mensajero esperando por él. Aceptó la carta y la abrió,
reconociendo la escritura instantáneamente. Era del Padre Jasper. Le escribía a
Edward para informarle que regresaba de Inglaterra.

Jasper era el tercer hijo del Conde de Hale. Como en muchas familias, el primer
hijo era el heredero. El "repuesto" se había ido al servicio militar y el tercero
estaba dedicado a la iglesia desde temprana edad. Afortunadamente, había sido
una vocación la que había envuelto a Jasper, y él era muy feliz en el sacerdocio.
Él y Edward habían sido amigos desde niños, y Edward estaba bastante
contento de que regresara del exilio después de todos esos años. Jasper había
sido firme en su fe y había dado un sermón de los sacramentos (la iglesia
Católica reconocía siete, la Anglicana solo dos) el cual había enfurecido al Rey
en cuanto lo escuchó. Jasper consideró necesario dejar Inglaterra, si es que
deseaba que su cabeza permaneciera pegada a su cuerpo.

Edward decidió que Jasper sería perfecto para enseñar a Bella sobre la fe
Católica. A pesar de la firmeza de sus creencias, Jasper tenía un corazón amable
y no se ofendería por todas las preguntas de Bella. Le escribió una nota rápida,
pidiéndole a Jasper que viniera a la Mansión Cullen tan pronto como fuera
posible y envió de regreso al mensajero.

Con su trabajo finalmente terminado, o al menos habiéndolo detenido en un


punto aceptable, Edward se levantó y fue en busca de la persona que más quería
ver. Encontró a Bella en la cama de su aposento (la cual se había convertido
también en suya), sentada en uno de los sillones junto a la oscura y vacía
chimenea, cosiendo arduamente.

— ¿Qué estás haciendo? —preguntó. Sea lo que sea, tenía forma humana.

—Una muñeca para Elizabeth —contestó Bella—. No tiene una.

¿Su hija no tenía una muñeca? Pensó al respecto, y se dio cuenta de que no
recordaba haberle comprado ningún juguete. Por supuesto, ella tenía muy poco
tiempo durante el día para jugar, pero ella debía tener algo. Silenciosamente,
bendijo a Bella por corregir su equivocación.

— ¿Dónde aprendiste a coser? —preguntó.

—Solía visitar un convento. Tenían un orfanato allí, y disfrutaba jugar con los
niños. Las monjas me enseñaron a coser y bordar.

—Lo dices en tiempo pasado. ¿Por qué dejaste de ir?


—Tu tío, el Rey Henry, confiscó el convento y sus tierras valiosas durante la
Disolución, el cual le dio a un cortesano para comprar su lealtad. El nuevo
dueño desalojó a las monjas y a los huérfanos. Las monjas trataron de cuidar a
los niños, pero sin una casa... —suspiró—. No tenían a donde ir, y en el hospicio
local no les dieron asilo —sacudió la cabeza—. No sé qué les pasó a ellos. No
estoy segura de querer saberlo.

Era una historia que se había repetido en toda Inglaterra. Casi ochocientos
monasterios fueron cerrados, y las tierras vendidas, las construcciones fueron
derribadas. Los abades y abadesas que fueron capturados y que reconocieron al
Rey Henry como la cabeza de la iglesia, en lugar del Papa, les otorgaron
pensiones o licencias para continuar como antes. Aquellos que se opusieron, se
encontraron sin hogar o a veces ejecutados como traidores, si su influencia era
grande.

—No voy a cambiar respecto a la crianza de las ovejas —anunció. Había salido
de su boca antes de darse cuenta de que había llegado a una decisión. Pero era
lo correcto. Bella le estaba enseñando la compasión. Él había pensado en
cambiarla cuando la había capturado. Nunca se imaginó que él sería el
cambiado.

Bella lo miró.

—Eres un buen hombre —dijo.

Estaba sorprendido. ¿Él era bueno? Ciertamente quería serlo, pero sus
emociones habían estado encerradas por tanto tiempo... se sentía como un
hombre que recién despertaba de un profundo sueño. Y todo esto había sido por
Bella.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
-Los castores murieron en Inglaterra hace 500 años, a pesar de que es posible
que una pequeña población haya sobrevivido hasta el siglo 18, en algunas partes
del norte.

-A pesar de que en algunas culturas antiguas como la Romana y la Egipcia, las


mujeres afeitaban su vello, la práctica no se volvió común en las naciones del
Oeste sino hasta 1915, cuando las compañías de las navajas vieron la manera de
incrementar las ventas de las cuchillas. Tuvieron éxito debido a la idea de
decirles a las mujeres de que el cabello en las axilas y las piernas era
antihigiénico y antiestético, y toda una industria nació con ello.

-Pronunciación como moda: Georgiana, Duquesa de Devonshire, empezó una


tendencia de pronunciar las palabras en modas extrañas. Como "gould" para
"gold" (oro), "cowcumber" para "cucumber" (pepino) y "whop" para "hope" (fe,
esperanza, expectativa), lo cual era ávidamente copiado por la clase alta.
Capítulo 5

Traductora: Silvana Olvera (FFAD)


Beta: Ariana Mendoza (FFAD)

-T
opción.
ienes que sacudirla por esto, Edward —dijo Emmett—. No tienes

Estaban parados en la colina detrás de la casa, mirando hacia abajo a las dos
figuras en la playa.

Emmett había llegado a la oficina de Edward esta mañana, o bien ya borracho


antes de que la mayoría de las personas tomaran su desayuno, o aún intoxicado
por la noche anterior. Había levantado sus ojos agotados y dijo una palabra.
"Problema". Había explicado el problema mientras Edward lo seguía al exterior
y Edward había estallado en furia.

¡Específicamente le prohibí esto!

—Esto no es algo que puedas dejar pasar sin un buen sermón —declaró
Emmett—. Te desobedeció deliberadamente y a la vez puso a Elizabeth en
peligro.

Edward miró alrededor y vio la mitad de la casa a lo largo de la cima de la


colina, boquiabierto ante el espectáculo de abajo.

—Regresen a su trabajo —gritó Edward, y ellos se escabulleron. Frotó una


mano sobre su rostro. Esto era malo. Era muy malo.

Él y Emmett bajaron por el sendero. Emmett perdió el equilibrio y Edward


evitó ser golpeado haciéndose a un lado mientras Emmett caía. Estaba sentado
al final del sendero cuando Edward llegó ahí, luchando por levantarse con algo
de dignidad. Edward le lanzó una mirada de disgusto y Emmett tuvo la gracia
suficiente para parecer avergonzado de sí mismo.

Elizabeth y Bella estabas vestidas solo con sus enaguas, salpicándose y


persigiéndose la una a la otra entre las olas. El cabello húmedo de Bella le caía
en ondas sobre la espalda y parecía que encima llevaba una corona de algas,
tejida en forma de cadena por pequeñas y torpes manos. Se estaba riendo y sus
ojos brillaban como Edward no los había visto desde ese día en que ella y sus
amigas selkie estaban jugando en el oleaje. Captó la mirada de su enfurecido
marido y su cara cayó. Elizabeth se estrelló contra sus piernas y levantó la
mirada por la confusión, y luego la dirigió a su padre, quien caminaba hacia
ellas, su cara enojada. Ella se escondió detrás de las piernas de Bella y lo miró
con sus ojos muy abiertos y llenos de miedo.

— ¡Bella! —gritó Edward—. ¿Qué, en el nombre de Dios, crees que estás


haciendo?

—Jugando —dijo Bella en voz baja.

— ¿Dónde están sus ropas?

Bella parpadeó con confusión, mirando hacia su enagua mojada que se pegaba
a su cuerpo, tan reveladora que lo mismo daría que estuviera desnuda.

—Sus ropas exteriores —dijo Edward.

—Nos fuimos antes de que nuestras doncellas nos vistieran. Nosotras…

Edward tomó su brazo brucamente y la arrastró hacia el camino.

—Elizabeth, ¡síguenos! —ladró Edward.

Elizabeth corrió hacia su tío Emmett, quien siempre había sido muy amigable y
amable con ella. Emmett tomó su mano.

—Estás un poco desaliñana, ¿no, Muñequita? —le sonrió, y ella inmediatamente


se sintió más segura.

— ¡Edward! —chilló Bella, tropezando y cayendo, solo para ser levantada


toscamente—. ¿Qué va mal?

Él no respondió. Llegaron a la parte superior del sendero y Edward las llevó a


la puerta lateral. Rosalie estaba parada ahí, esperando, con una expresión de
satisfacción en su rostro. Había sido ella quien había encontrado a Emmett y le
había dicho lo que Bella había hecho, llevarse a la niña a jugar a la playa al
amanecer.

—Toma a la niña y báñala, después ponla en la cama con un ladrillo caliente —


ordenó Edward. Elizabeth empezó a protestar por el baño y ser regresada a la
cama justo después de que acababa de salir de ella, pero una mirada al rostro de
su padre fue suficiente para silenciarla. Rosalie le sonrió con suficiencia a Bella a
espaldas de Edward y se dirigió a las escaleras, la mano de Elizabeth apretada
cruelmente entre la suya.

—No creas que he olvidado tu parte en todo esto —le dijo Edward a Rosalie por
encima de su hombro.

—Pero, su Gracia…

—No trataste de detenerla, ¿o sí?

Rosalie asumió una expression remilgada e inocente.

—No soy quién para decirle a su señoría qué hacer o qué no hacer.

—En vez de ir directamente a mí, alertaste a mi hermano después de haberlo


informado a la mitad de la casa para que pudieran ir a embobarse viéndola —
los ojos verdes de Edward destellearon—. Y discutiremos eso después de que
hable con mi esposa.

Con eso, Edward se volteó y arrastró a Bella por las escaleras hasta sus
aposentos. Las doncellas estaban hacienda la cama y alzaron la mirada con
alarma.

— ¡Fuera! —dijo Edward. Ellas huyeron, dejando caer la ropa de cama en


donde habían estado paradas.

—Edward, ¿qué va mal? —preguntó Bella de nuevo. Ella retrocedió con miedo
mientras él se acercaba, y una parte de Edward odió que ella le tuviera miedo.

—Me desobedeciste deliberadamente —dijo bruscamente—. Y en el proceso


pusiste a mi hija en peligro.

—Pero no te desobedecí. ¡No estábamos nadando! —protestó Bella—. Solo


estábamos jugando y salpicándonos.

—Pusiste a Elizabeth en peligro.

— ¡No! No había peligro. Dioses y peces, Edward, ¿crees que dejaría que la
dañara cualquier cosa del mar?

—Ella está mojada —siseó Edward—. Quizás se enferme por esta tontería. Ella
no es una bebé selkie, Bella. Es humana y los bebés humanos se enferman por
mojarse. Aparte del peligro, te dije que nuestras mujeres no nadaban —él
levantó una mano para acallar su protesta incluso antes de que comenzara—. Ni
jugaban entre las olas —pasó sus manos entre su cabello. Bella miró al piso,
agua goteando de su camisa.

—Ve y arrodíllate cerca de la cama —ordenó Edward. Él esperó hasta que ella
obedeció y se dirigió a su baúl para sacar un cinturón. Eligió uno de cuero
plano, sin gemas ni clavos o botones.

Regresó para pararse detrás de ella, alejando su cabello del camino. Rasgó su
camisa hasta la espalda baja, y ella chilló por el miedo, enterrando su cara entre
sus brazos recargados contra un costado de la cama.

Se quedó mirando la extensión de su cremosa espalda, apretando el cinturón


entre su mano. Él tenía que hacer esto, se dijo a sí mismo. Tenía que hacerlo por
el beneficio de ella y por el de Elizabeth también. Era su labor como marido,
como cabeza de la casa.

Todo lo que alguna vez le habían enseñado, todo en su cultura, le decía que
necesitaba golpearla. Su deber como esposo y padre era mantener a su esposa e
hija a salvo de los errores, corregirlas cuando se salieran del camino de lo
correcto. Se resumía en la frase del día, Aquel que evita el castigo, odia a su hijo. Lo
mismo se aplicaba para las esposas, quienes eran consideradas como simples
niños. A menos que un marido corrigiera el comportamiento de su esposa, esta
fácilmente podía incurrir en una desaprobación social e incluso poner en riesgo
su alma inmortal.

El padre Jacob estaba totalmente de acuerdo en golpear a la esposa de uno si lo


necesitaba o no, para mantenerla con una mente sumisa, pero Edward nunca
había golpeado a su primera esposa. Nunca había tenido que hacerlo porque
Mary había sido muy obediente y sumisa por naturaleza. Su padre tampoco
había golpeado nunca a su madre, porque ella era una princesa con sangre real;
en vez de eso, había golpeado a su doncella favorita. Edward no tenía
experiencia previa en esto, y estaba nervioso. ¿Qué tal que la golpeaba
demasiado fuerte y le hacía daño?

Bella temblaba, lágrimas corrían por sus mejillas. Se hizo para atrás para dar el
primer golpe y se congeló. No pudo hacerlo. Simplemente no pudo hacerlo. Se
reprendió por ser débil, por fallar en su deber, pero no podia obligarse a dejar el
cinturón pasar por la espalda de ella, a marcar su suave y cremosa piel, a
escucharla llorar de dolor. Con un gemido de frustración, lanzó el cinturón a la
esquina. Se arrodilló al lado de Bella y tomó sus manos entre las suyas.

—Escúchame —dijo, y esperó hasta que sus grandes, oscuros ojos, húmedos por
las lágrimas, se encontraron con los suyos—. Bella, tienes que prestar atención a
mis palabras. No puedes hacer cosas como esta. Las personas perdonarán
pequeños deslices porque creen que eres de una tierra lejana, pero lo que hiciste
hoy será visto como malo y anticristiano. He tratado de explicarte cuán
importante es que te acoples a nuestra reigión, pero parece que no entiendes qué
tan gravemente serio es esto. Si ellos piensan que eres una hereje, te quemarán,
Bella. ¿Lo entiendes? Te pondrán en una hoguera y te quemarán hasta que
mueras.

Bella lo miró congelada por el horror, sus ojos llenos de miedo.

—Pero... pero tú eres el Duque...

—Puedo protegerte hasta cierto punto —dijo—, pero no si la Reina ordena que
seas aprehesada por herejía. Si ellos te examinan- haciéndote muchas preguntas-
sabrán que no eres Cristiana.

—Fui bautizada —protestó Bella.

—Eso de hecho, lo empeora —dijo Edward—. Si fueras solamente ignorante de


la fe, serías perdonada. Pero aceptaste el bautizo, lo que te hace Cristiana a los
ojos de la iglesia. Si no tienes los puntos de vista adecuados, entonces eres una
hereje, y los herejes son quemados vivos en esta tierra.

Bella jadeó, temblorosamente. Él odiaba espantarla de esa manera, pero tenía


que saber el riesgo al que se estaba exponiendo. Ella puso su mano en sus
brazos y sollozó, y él sintió como si después de todo, sí la hubiera golpeado.
Incapaz de soportar el sonido de su llanto, se levantó y salió de la habitación,
dirigiéndose a su oficina, donde encontró a Emmett esperándolo.

— ¿Lo hiciste? —preguntó Emmett.

—No.

Emmett se quedó en silencio por un momento — ¿Quieres que lo haga por ti?

—No —Edward se sentó en su escritorio y recargó su frente en sus manos—.


No, ella es mi esposa y la disciplinaré como crea necesario.

—Creo que estás cometiendo un error. Tu suave corazón…

Edward lo interrumpió con enojo.

— ¿No hay cerveza que necesite ser bebida o alguna puta por ahí para follar?

Emmett apretó su mandíbula y dejó la habitación, azotando la puerta detrás de


él. Edward suspiró. Se arrepintió de sus duras palabras tan pronto como las
había dicho. Emmett solamente estaba tratando de ayudar, y tenía razón en
cuanto a Edward, diciéndole que tenía un corazón suave. Solamente esperaba
que Bella no fuera la que sufriera por eso.

Bella no bajó ni a comer, y Edward estuvo demasiado ocupado con la


administración de sus propiedades como para ir a ver cómo estava. Le había
dado a Rosalie tal reprimenda que esta terminó llorando, y le dijo que cualquier
otro incidente de ese tipo daría lugar a su despido. Después, se levantó para ir
con Bella, pero un mensajero llegó. Y luego otro. Y luego el jefe de caballería
necesitaba hablar con él sobre una yegua que había llegado desde el continente
y que se había puesto enferma.

Edward detuvo a una de las doncellas que pasaban delante de su puerta abierta
y le preguntó por el paradero de su esposa.

—En cama, su excelencia. Quizás se está sintiendo mal por su paseo en el mar.

Ni ella ni Emmett se aparecieron para la cena. Subió y la encontró acostada en


la cama, mirando a la distancia.

— ¿Bella?

Ella no dijo nada, pero sus ojos se desplazaron hasta él.

—Tus doncellas dicen que no comiste de nuevo —Edward dejó el tazón que
llevaba en la mesa junto a ella—. Quiero que bebas esto —era sopa que había
ordenado en la cocina, caldo de verduras. Obedientemente se sentó y engulló el
contenido del tazón antes de volver a acostarse. Se sentía un poco mejor,
sabiendo que había hecho que comiera un poco. Él hubiera preferido darle un
nutritivo caldo de carne, pero sabía que ella no lo aceptaría.

—Bella, por favor no estés triste —pidió. Miró a los sirvientes que estaban
parados cerca de la pared y bajó su voz—. Lamento haber sido tan frío contigo
esta tarde, pero estaba... estaba enojado, pero era por la preocupación por ti y
por mi hija.
No dijo nada.

—Elizabeth se ve bien —dijo él —. Me detuve a verla antes de venir aquí.


Quiere que le cuentes otra historia.

Bella agitó su cabeza.

Edward suspiró y levantó sus pies.

—Desvístanme —ordenó, y sus sirvientes se acercaron para quitarle la ropa. Se


metió en la cama con Bella, cerrando las cortinas detrás de él. Ella no resistió
cuando él la apretó contra su cuerpo—. Bella, he estado pensando —dijo—.
Quizás deberíamos tener un hijo.

Él había tomado esa decision en la tarde. Era algo que sabía que ella quería, y
quizás tener un hijo, juntos, la ataría a él de alguna manera. En todas las
leyendas, las esposas selkie abandonaban a sus familias y regresaban al mar una
vez que sus pieles les eran devueltas, pero él no podía imaginar a Bella haciendo
eso. Seguramente ella querría quedarse. Si ella se iba una vez que su piel le fuera
devuelta, advertían las leyendas, no podría regresar en siete años. Como madre,
ella no podría dejar a su hijo por tanto tiempo, había decicido él, sin importar lo
mucho que añorara el mar.

Ella no había dicho nada en respuesta a su oferta.

— ¿Te gustaría un bebé? —preguntó—. Podríamos hacer uno esta noche, si


quieres.

Ella se mantuvo en silencio. Frustrado, se inclinó sobre ella y la besó, poniendo


cuidadosamente su palma sobre su pecho y frotando su pezón como a ella le
gustaba. Pasó un rato antes de que ella empezara a excitarse. Empezó a gemir
suave y entrecortadamente cuando él se deslizó hacia abajo y empezó a lamer y
chupar sus pliegues. Se deslizó por su cuerpo y, poco a poco, suavemente, entró
en su suave y húmedo calor.

—Un bebé, Bella —susurró—. Nuestro bebé —sus piernas se enroscaron alredor
de las de él mientras se movía a su ritmo, pero aún veía la lejanía en su mirada.
Le tomó un esfuerzo hacerla llegar al clímax, pero él sabía que era necesario que
se liberara la 'semilla' de la mujer para que se encontrara con la suya.

— ¿Pasó? —preguntó, mientras se recostaba al lado de ella, tratando de


controlar su respiración.

Ella agitó su cabeza.

— ¿Por qué no?

—No hay vida en tu simiente.

Edward estaba aturdido.

— ¿Qué?

Ella lo miró con miedo y él se obligo a calmarse.

— ¿A qué te refieres, Bella?

—Puedo sentirlo. Me abrí a la concepción, pero no es posible. Tú semilla no


puede formar un hijo

Él agitó su cabeza lentamente.

—Pero, Bella, tengo a Elizabeth. Mi esposa estuvo embarazada varias veces.

Ella lo miró pensativamente.

— ¿Has tenido alguna lesion o enfermedad desde tu nacimiento?

—No, nada.

Ella agitó su cabeza.

—Entonces no puedo explicarlo. Solo que ahora no hay vida en tu simiente. No


habrá ningún hijo —se dio la vuelta sobre su costado y se quedó mirando las
cortinas de la cama, con esa horrible lejanía de nuevo en su mirada.

Edward miró fijamente el techo, su mente hecha un lío de pensamientos.


¿Cómo podia ser? ¿Bella podría estar equivocada? Él nunca había escuchado
que un hombre pudiera ser infértil. Solo las mujeres eran declaradas estériles.
¿Podría haber sido su culpa que Mary hubiera tenido tantos problemas
concibiendo? ¿Y todos los niños que había perdido? ¿Habría sido porque él
tenía algún tipo de debilidad o desequilibrio? Quería consultar a un doctor,
pero, ¿qué diría? "Mi esposa selkie dice que ella pede decir que mi simiente no
tiene vida. ¿Se podría solucionar?"

Si ella tenía razón y no había manera de arreglarlo, Emmett sería el único


heredero, lo que significaba que Emmett tendría que encontrar una esposa,
rápido.

La mañana siguiente mandó a traer a Emmett. Pasó un rato antes de que él


llegara, oliendo a perfume rancio y licores fuertes. Se paró ante el escritorio de
Edward en vez de tirrarse en una silla, como solía hacerlo, y no se encontró con
la mirada de Edward.

—Emmett, siéntate por favor —dijo Edward. Se paró y se movió hasta la parte
frontal del escritorio, inclinándose contra el borde. Emmett se sentó, pero no
encontró los ojos de Edward.

—Primero, quiero disculparme —dijo Edward—. Te ofendí diciéndote lo que te


dije, y lo siento.

Emmett asintió, su mirada fija en el piso.

Edward fue hasta la puerta y la cerró antes de sentarse en la silla al lado de


Emmett.

—Hay algo más que necesito discutir contigo —dijo—. Bella me dijo... Ella dijo
que mi… —Edward luchó para encontrar las palabras—. No puedo engendrar
un hijo —soltó finalmente.

Emmett palideció. Sus ojos se encontraron con los de Edward, abiertos, con algo
muy parecido al pánico en sus profundidades.

—Veo que estás consciente de las implicaciones. Tú serás mi heredero, al


parecer. Sé que has dicho que no tienes deseo de casarte, pero si Bella tiene
razón, ahora es imperativo que lo hagas.

La expresión de Emmett era rara. ¿Había algo de... alivio?

—Necesitamos empezar las negociaciones lo más pronto posible —continuó


Edward —. ¿Tienes alguna preferencia? Había pensado en alguna de las hijas
del conde de Hale…

Emmett ladró una humorística risa.

—No, no tengo ninguna preferencia. La única mujer con la que hubiera deseado
casarme está muerta.

Edward lo miró fijamente.

—Emmett, nunca supe... —de repente, el gusto de Emmett por la bebida y las
prostitutas se veían distintos, como las acciones tratando de perderse en el
olvido, la autodestrucción de un conrazón roto.

—Emmett, ¿por qué no me lo dijiste? —reprendió gentilmente Edward—. Sé


como se siente perder a alguien a quien amas.

—No quería que supieras —dijo Emmett.

Edward asintió.

—Paz, hermano. Respetaré tu privacidad y no te cuestionaré en el future sobre


el asunto. Pero eso no cambia nuestra situación. Si yo no puedo engendrar un
heredero, tú debes.

Emmett se levantó.

—Elabora los esponsales con el conde. Me casaré con la mayor, Kathryn. Es


linda y de temperamento sereno. Tiene una prima joven, Alice, puede servir
como doncella de Bella.

Edward asntió.
—Así será. Hermano, yo…

—Por favor no expreses simpartía hacia mí —dijo Emmett—. No puedo


soportarla —y con eso, Emmett dejó la habitación, cerrando la puerta detrás de
él.

Bella estaba muriendo.

Edward se sentó a su lado. Ella estaba acostada en la cama, pálida y desgastada,


mientras murmuraba y decía cosas como si estuviera alucinando o en un sueño
febril. Habían pasado tres días desde que él había conseguido que ella bebiera
cualquier tipo de caldo y una semana desde que había dejado la cama. Ella se
estaba Desvaneciendo ante sus ojos, y ningún poder terrenal podía detenerlo. El
médico la había sangrado esta mañana, pero no parecía haber ninguna mejoría.
Solo estaba más débil.

Era tarde, y todos los sirvientes estaban en cama. Él no había dormido en dos
días, temiendo que cuando despertara la encontraría muerta, que se hubiera ido
mientras estaba inconsciente.

—Por favor, Bella —susurró—. Por favor... no me dejes.

Estaba avergonzado de que le había tomado perderla para entender cuánto


significaba ella para él. Ya no ódía imaginarse un future sin ella. Lágrimas
escocían sus ojos. No podría poner su cuerpo en una fría tumba, donde su
anterior esposa y sus antepasados descansaban. No podría ponerla ahí y luego
regresar a su vida.

—Te necesito —le dijo—. Nunca me di cuenta. Nunca vi cuán vacía estaba mi
vida, hasta que tú llegaste a ella. Bella, sé que te tomé como mi esposa contra tu
deseo, pero sé que podemos ser felices juntos. Creo que quizás con el tiempo me
amarás. Quizás ya lo haces, un poco. Mis sentimientos por ti… —se detuvo por
un momento, buscando las palabras—. Mi corazón duele tan fuertemente por
perderte que sé que debo amarte. De otro modo, perderte no se sentiría como
una herida abierta en mi pecho.

Se levantó y la alzó de la cama, alarmado por cuán ligera se sentía entre sus
brazos. Iba a tratar la única cosa que creía que podia salvarla.

La cargó fuera de la habitación y bajó las escaleras. Uno de los lacayos roncaba
en su jergón junto a la puerta. Edward pasó por encima de él y abrió la puerta,
saliendo a la luz de la luna. Cuidadosamente, caminó hacia la playa. Se metió
entre las olas hasta que estas eran tan profundas que cubrían hasta sus caderas,
y luego bajó a Bella dentro del agua. Jadeó y tragó el agua marina que había
entrado a su boca. Sus ojos se abrieron.

— ¿E- Edward?

—Sí, amor —deslizó sus brazos debajo de ella y la dejó flotar. Ella miró alredeor
con confusión.

—Nada —dijo él—. Nada, Bella —se deslizó de regreso a la playa y se sentó en
la arena para ver.

Ella lo hizo, lentamente al principio, débil por su enfermedad y su hambre, y


luego más fuertemente, como si el simple toque de las olas estuviera
mejorándola, como él había esperado. Vio a su oscura cabeza hundirse entre las
olas, mirando ansiosamente por destellos de su pálida piel contra los oscuro del
mar. Ella se sumergió y él contuvo la respiración cuado ella no salió en un largo
rato, incluso sabiendo que era imposible que ella se ahogara. Reapareció con un
trozo de una planta en su mano, el que devoró antes de sumergirse por más.

Él tenía que arriesgarse. Era una elección entre enfrentar posibles acusaciones, o
perderla por su muerte por Desvanecimiento. Él no podia verla morir ante sus
ojos. No cuando podia evitarlo. Se maldijo a sí mismo por su terquedad, por
permitirle llegar hasta este punto. Debió haber encontrado una manera en que
ella consiguiera lo que necesitaba, en vez de tratar de forzarla a ser quien no era.
Era lo mismo que atar un halcón a una percha y no dejarlo utilizar sus alas, iba
contra su naturaleza. ¿Era extraño que no pudiera vivir de esa manera?

Él la había lastimado tanto, solo esperaba que ella fuera capaz de perdonarlo.

Mientras el cielo comenzaba a aclararse por los pálidos destellos del amanecer,
ella emergió de las olas, su camisa pegada a su cuerpo. Caminó hasta él y se
arrodilló a su lado en la arena. Aún estaba pálida y demacrada, pero se veía
mucho mejor, como si la fuerza de su vida hubiera sido rejuvenecida con el mar.

—Gracias —susurró.

—No me agradezcas, Bella —dijo—. No lo merezco.

—Vamos —dijo ella, extendiendo una mano—. Vámonos a casa antes de que
alguien nos vea.

Casa. Había dicho casa. Su duro corazón se aligeró un poco.

Caminaron, con sus manos unidas, de regreso a la casa. Caminaron de nuevo


por encima del aún lacayo roncando, y Edward pensó con ironía que era una
buena cosa que tuvieran tan diligente seguridad en su casa.

Subieron a la alcoba y Bella se quitó la empapada enagua, poniéndola en el


respaldo de una silla para que se secara, y Edward se quitó su propia ropa, sin
importarle que la fina tela estuviera arruinada. La única cosa que le importaba
en ese momento era la mujer que estaba a su lado y que había puesto sus brazos
a su alrededor.

—Lo lamento tanto, Bella —dijo—. Ruego porque me perdones.

—Te perdono —dijo—. Solo no lo entiendes.

Ella lo besó y lo llevó hasta la cama, poniendo las cortinas a su alrededor,


creando su propio y privado mundo. Se acurrucó contra él y bostezó, su cabello
suelto y húmedo sobre el colchón de plumas.

— ¿Bella? —empezó.

— ¿Hmm?

— ¿Crees... crees que algún día podrás... amarme?

—Solo si puedes abrir tu corazón para mí, en regreso —replicó.

Él entendió. Y sabía que su corazón estaba abriéndose. Las bisagras estaban


oxidadas y chirriaban en protesta, y la puerta era pesada, pero él se las había
arreglado para empujarla y abrirla un poco. Y de alguna manera, Bella se las
había arreglado para deslizarse dentro.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS

-Puntos de vista médicos que prevalecían en esta época, aceptan la teoría de


Galeano de que la 'semilla' de la mujer era necesaria para la concepción. De una
guía médica de la época: "Las semillas se mantienen cerradas y en la matriz, pero la
semilla del hombre dispone y prepara la 'semilla' de la mujer para recibir a la perfecta,
forma del alma..." y es por eso que la sangre menstrual de la mujer era el
'material' del cuerpo del niño. La desventaja de esta creencia, radica en que una
mujer que concibe cuando fue violada, debía haber tenido un orgasmo, y por lo
tanto haber estado dispuesta. La vision aristotélica de que los hombres son los
únicos implicados en la concepción se había convertido lo suficientemente
universal que fue incluído en la obra de Shakespeare Sueño de una Noche de
Verano.
Capítulo 6

Traductora: Paulii Aguilar (FFAD)


Beta: Ariana Mendoza (FFAD)

B ella salió del mar, vistiendo solo la luz de la luna sobre su piel. Edward

pensó en la leyenda antigua del nacimiento de Venus, creada a partir de la


espuma de mar y que, seguramente, tenía que haber venido de un momento
como este. Con su cabello colgando libremente alrededor de sus brazos y
cintura, el agua recorriendo su suave piel de plata bajo el resplandor de la luna,
Bella era una diosa.

Esta era la tercera vez que la había acompañado en la playa para uno de sus
baños de medianoche. No lo hacía muy seguido, le había dicho. Solo necesitaba
reconectarse con su elemento de vez en cuando para ser feliz y saludable. Y lo
era. Su vitalidad había vuelto, y había recuperado el peso que había perdido
respirando. Ahora comía con él en las comidas, solo platos de verduras, por
supuesto. (Él le había explicado esto al personal, diciendo que Bella se abstenía
de comer carne no solo los viernes, sino todos los días de la semana, y ellos
difundieron su compasión).

Bella colocó sus manos en los hombros de Edward y se arrodilló, a horcajadas


sobre sus caderas.

—Edward, si te dijera que puede haber una forma de que tengamos un bebé, ¿te
gustaría intentarlo?

— ¿A qué te refieres? —preguntó él—. ¿Alguna clase de brujería?


Ella se echó a reír.

—No, nada de eso, pero aquellos que no lo entienden puede que lo llamen así.

— ¿Qué tendría que hacer?

—Has pedido a tu dios que te sane y dijo que no. Ahora, deberíamos, tal vez,
pedirle a mi dios —ella se levantó y lo jaló para ponerlo de pie—. Quítate la
ropa y acompáñame al agua.

—No puedo nadar —dijo Edward.

Ella rio, el sonido era suave y melodioso.

—No necesitas saber nadar. Todo lo que necesitas hacer, ya lo sabes.

Lo ayudó a quitarse sus prendas, las cuales él tiró sin cuidado sobre la arena.
Nunca había estado desnudo al aire libre, y la sensación de la brisa sobre su piel
era emocionantemente extraña y terrible. Bella lo llevó al agua, hasta que el
agua le llegó a sus caderas.

—Toda la vida vino del agua, nosotras las selkies creemos —dijo Bella. Trazó
un dibujo en el pecho de Edward—. Hace mucho, mucho tiempo, Dios creó el
agua, pero parecía vacía sin nada en ella. Así creó las algas, pero crecieron y
crecieron hasta llenar el agua; por lo que Dios creó criaturas que la comieran y la
mantuvieran bajo control.

Bella bajó más sus manos, hacia el estómago de Edward, donde continuó
dibujando en las gotas de agua.

—Pero el mundo solo con agua lucía muy plano para Dios, así que creó lo
contrario, tierra seca. Y en ella, él puso plantas como las que crecen en el mar.
Un día, uno de esos peces tenía curiosidad y quería ver cómo lucían esas
plantas, así que se arrastró hasta la playa. Pronto, más criaturas marinas
comenzaron a hacer lo mismo, aunque tenían que contener la respiración y no
podían ir muy lejos porque no podían respirar aire seco.

Bella acarició las caderas de Edward y él reprimió un gemido.


—Dios vio que a algunas criaturas les gustaba la tierra, así que les dio piernas.
Las selkies no podían decidirse, así que les dio ambos mundos. Y a lo largo de
los años, esas criaturas cambiaron, les crecieron piernas en vez de aletas débiles
para empujarse. Las selkies empezaron a tener bebés que no tenían pieles, que
tuvieron que vivir en la tierra. Y es así como nosotros decimos que tu clase llegó
a ser.

Se acercó a él, su piel a un pelo de la suya. Él contuvo el aliento, ardiendo en


deseo. Jadeó mientras su mano lo acariciaba. Algo había estado en su mente, en
la punta de su lengua, pero se desvaneció en la urgencia repentina. La levantó
para que sus labios estuvieran a la par y ella envolvió sus piernas alrededor de
sus caderas.

Olvidó todo de tal manera que había olvidado lo que había querido decir.
Olvidó todo excepto su anhelo de unirse a ella, su ansia de tocar y ser tocado, de
besar y ser besado. La fuerza y fiereza de Bella eran igual al a la suya, y Edward
nunca hubiera imaginado lo emocionante que sería ser compañeros iguales,
tener una mujer a la que no le preocupaba que pudiera asustar o herir con la
intensidad de su pasión, quien le respondiera con igual ardor.

Cuando se unió a ella, sintió un cosquilleo profundo y caliente en él, que no


vino de su lujuria o del agua que lo rodeaba, una sensación que se extendió
desde su interior y por todo su ser. Ella se movía a su par, usando los hombros
de él para sostenerse, y ambos tiraron su cabeza hacia atrás, gritando a la luna
cuando llegaron a su punto máximo.

Luego, ella lo ayudó a ponerse sus prendas, riéndose un poco ante su


taparrabos mientras se vestía.

—Lo siento —dijo—, pero es ridículo.

—Son muy convenientes —dijo Edward—. Emmett guarda su billetera en el


suyo.

— ¡No!

—Sí —y entonces se unió a ella porque su risa era muy contagiosa.


— ¡Ahora, cada vez que lo vea, voy a imaginarlo manoseándose por ahí por una
moneda! —jadeó Bella, y ambos se rieron muy fuerte al imaginárselo que
tuvieron que sentarse en la arena.

— ¿Pasó? —preguntó Edward, después que se calmaron.

Bella lo besó, acurrucándose en su pecho.

—Sí. Vas a ser padre, Edward.

Le inundó alegría. La aferró a él fuertemente.

— ¿Hay algo que necesites?

Ella negó con la cabeza.

—Solo tu amor —dijo ella.

—Lo tienes —dijo suavemente, y sabía que era verdad. No estaba seguro de
cuándo había pasado exactamente. Había sabido durante su enfermedad que,
simplemente no podía perderla, pero había aumentado poderosamente el
último mes.

—Y el mío es tuyo —susurró ella.

—Bella, las selkies no… no puedes morir de esto, ¿no? —puso su mano sobre su
abdomen, deseando poder sentir la pequeña vida dentro de ella mientras podía.

Ella negó con la cabeza.

—No somos tan frágiles como las mujeres mortales.

—Oh, gracias a Dios —dijo con fervor—. Mi Dios o el tuyo, quién sea que deba
recibir la alabanza.

—Creo, tal vez, son los dos en uno —dijo ella.

—Pequeña herética —dijo él suavemente—. Tendré que hablar con tu instructor


—Jasper había llegado dos días atrás y había pasado tiempo con Bella,
simplemente conversando con ella de esa manera tranquila y gentil suya, lo que
instruyó incluso aunque la persona no se daba cuenta hasta después de cuánto
él o ella había aprendido.

Había sido difícil dejar que Jasper supiera el secreto de Bella, pero Edward supo
que tenía que contárselo, así Jasper entendería y perdonaría cualquier cosa que
Bella dijera.

—Una doncella selkie —dijo Jasper con asombro, una vez que había entendido
que Edward no estaba bromeando—. ¡Hay mucho que puedo aprender de ella!

—Se supone que tienes que enseñarle sobre nuestra fe, no la de ella —Edward
había contestado—. Necesita aprender nuestras costumbres lo más rápido
posible. Con la nueva devoción de la Reina, temo el retorno de las
persecuciones.

—Las persecuciones nunca pararon —respondió suavemente Jasper—.


Simplemente cambiaron a la persecución de los que se quedaron con la vieja fe,
como el pobre Thomas.

Edward bajó la mirada. Jasper tenía razón, por supuesto. El rey Henry había
aprobado una ley que hace ilegal 'privar' al rey de uno de sus títulos, y hubo
muchos ejecutados por la 'traición' de negarse a reconocer al rey como Jefe
Supremo de la Iglesia de Inglaterra en lugar del Papa. Uno de ellos había sido
un gran amigo de Jasper, Sir Thomas More. Había sido una de las mentes más
brillantes de la época, y había escrito un libro sobre la sociedad perfecta titulado
Utopía, que todavía sería leído por cientos de años en el futuro.

Solía ser que un hombre podría ser considerado como fiel al simplemente
permanecer en silencio sobre un tema, (concepto conocido como 'el que calla
otorga'), pero Henry escuchó sermones que se daban en contra de su poder para
conceder la anulación de Jefe Supremo, y los rumores de insultos susurrados
hacia la nueva Reina Anne. La exreina y la hija que había declarado bastarda
todavía tenía mucho apoyo entre la gente. El rey Henry había temido que no
podrían reconocer que los hijos que tuvo con Anne deberían ser sus herederos.
Como consecuencia, había decidido a obligar a todos en Inglaterra a hacer un
juramento de que su matrimonio con Anne era legalmente correcto y solo sus
hijas de esa unión eran legítimas, y que él era Jefe Supremo de la Iglesia de
Inglaterra. Thomas había sido un hombre profundamente religioso, que se
rehusaba a negar lo que él vio como la autoridad de Dios para ser Papa, y por
eso había terminado en el Patíbulo, una terrible pérdida para el mundo. Jasper
había sido uno de los que habían hablado y que había huido del país, en lugar
de prestar juramento en contra de su creencia.

El rey Henry siempre se había visto como católico en todo, menos en algunos
asuntos 'menores', y se había alarmado de que sus acciones habían dado lugar al
Protestantismo en Inglaterra. Tanto los protestantes y católicos de la vieja
escuela se negaron a desmentir que el Papa se fue al patíbulo o la estaca bajo el
reinado del rey Henry. Después de su muerte, el joven rey fue gobernado por
un consejo intensamente protestante, que detuvo las persecuciones de los
católicos. El joven rey había incluso amenazado a su propia hermana, Mary,
tratando de obligarla a cumplir con las nuevas leyes religiosas.

Ahora que la reina Mary estaba en el trono, los católicos como Jasper estaban de
nuevo a favor y los protestantes eran los que sufrían persecución. Jasper, uno de
los 'mártires' que se había mantenido firme en la fe, probablemente sería
recompensado en el nuevo régimen. Edward, que tenía inclinaciones
protestantes, esperaba como el infierno que la reina Mary nunca descubriera
que había "conformado" durante el reinado de su hermano y le había restaurado
su capilla a su opulencia católica, donde el Padre Jacob ahora estaba ofreciendo
misa tres veces al día.

El Padre Jacob despreciaba a Jasper, lo veía demasiado débil en áreas


relacionadas con la herejía y el pecado, y estaba profundamente ofendido de
que Jasper hubiera sido nombrado confesor personal de Bella en vez de él
mismo.

Bella y Jasper habían pasado los últimos dos días en la alcoba de ella y Edward,
discutiendo profundamente sobre la fe católica. Edward estaba seguro que Bella
saldría bien de esto, al menos fingiendo ser una cristiana, si no se convertía en
realidad.

Ahora se volvió hacia Bella y tomó su mano para ayudarla a subir por el
empinado sendero. Lo reconsideró y la levantó en sus brazos para llevarla, así
no tropezaría y caería. Bella se rió suavemente ante su exceso de preocupación,
pero lo permitió, enrollando sus brazos alrededor de su cuello y atrayéndolo
cerca para un beso.

— ¿Puedes decirme si es un niño? —preguntó Edward.

Bella negó con la cabeza.

—Todo lo que puedo sentir es la vida que crece dentro de mí. No estarás
decepcionado si es una niña, ¿verdad?

Él sonrió.

—Voy a ser feliz sin importar qué, pero creo que es un niño.

Bella sonrió y lo besó.

Ninguno de los dos notó la cara en la ventana.

En la cena de la noche siguiente, Edward anunció que su esposa estaba


esperando un heredero. Para su sorpresa, Emmett no parecía feliz con la noticia.
Estaba pálido y enfermizo, y casi no tocó nada de la comida, aunque había
algunas de sus favoritas. Apuró su cerveza y pidió otra copa, mirando fijamente
a la mesa.

—Ahora podemos retrasar tu matrimonio, si quieres, —le dijo Edward, con la


esperanza de animarlo un poco.

Emmett se encogió de hombros. Levantó un dedo para sostener la cerveza, y


vació su copa, sosteniéndola para que la rellenaran.

—De cualquier manera, es de poca importancia para mí —sus palabras fueron


arrastradas, por lo que Edward apenas pudo entender. Él había visto a Emmett
borracho con frecuencia en los últimos años, pero esto era extremo, incluso para
él. Cuando se levantó para dejar la mesa, se cayó y ni siquiera pareció
importarle. No se disculpó o dio quejas alegres de que el suelo era desigual.
Simplemente se levantó, empujando lejos las manos de aquellos que lo habían
ayudado y salió de la habitación.

—Pocas veces lo había visto así —Edward le dijo a Bella, que estaba terminando
una comida abundante de nabos y coles.

—Tiene el corazón dolorido —respondió Bella—. Me da lástima por su dolor.

Jasper, al extremo de la mesa, dejó la cuchara y miró por donde se había ido
Emmett, pensativo.

—Su gracia, ¿puedo? —hizo un gesto hacia la puerta por la que Emmett se
había ido tambaleando.

—Sí, por favor, ayúdalo en todo lo que puedas.

Esa noche, mientras estaba siendo desnudado para la cama, Bella entró en sus
aposentos luciendo pálida y agitada.

— ¿Qué pasa? —preguntó Edward alarmado—. ¿Es el bebé? —había pasado


por esto muchas veces con su esposa Mary, ver su emoción al saber que estaba
esperando, solo para verla devastada cuando perdía el niño.

—No, nuestro hijo está bien —Bella miró a los sirvientes—. Déjenos, todos.

Los criados retrocedieron obedientemente, saliendo por la puerta después de


una reverencia a los duques. Estarían justo detrás de la puerta, esperando que se
les permitiera volver a entrar.

Edward solo llevaba una camisa, que llegaba hasta sus muslos. Bella le invitó a
que se sentara a su lado en la cama y le puso una manta sobre sus piernas
desnudas, como si temiera que cogiera un resfrío.

—Edward, escuché algo que no debería haberlo hecho.

— ¿Qué quieres decir?


Ella tomó una respiración profunda.

—Venía de la cámara de Elizabeth después de arroparle en la cama, y oí voces


procedentes de la alcoba de la señora. Sabía que nadie debería estar ahí, así que
fui y me asomé por la puerta. Era Emmett, hablando con Jasper.

— ¿Se estaba confesando? —preguntó Edward—. Si lo estaba, debes


permanecer en silencio sobre cualquier cosa que has escuchado.

Bella negó con la cabeza.

—No sé si se estaba confesando o no. Sonaba como una conversación normal,


no lo que Jasper me mostró ayer. No escuché ningún Lastin.

—Latín —corrigió Edward—. Bella, ¿qué has oído? ¿Por qué luces tan alterada?

—Jasper le dijo a Emmett que no podía pedir completo perdón hasta que no te
confesara lo que había hecho, y Emmett dijo que nunca podría decírtelo, así que
el pecado se quedaría con él siempre, una mancha en su alma.

— ¿Qué es lo que no podría decirme?

Bella tomó las manos de Edward en las suyas.

—Era Mary. La mujer a la que amaba era tu esposa.

Edward sintió como si le hubieran dado un puñetazo. La habitación giraba a su


alrededor y se alegró de que estuviera sentado.

—B-Bella, ¿estás segura? ¿Muy segura?

Lágrimas llenaron los ojos de Bella y ella asintió. Edward se levantó,


agarrándose a la pata de la cama para apoyarse.

— ¿Estás segura? —preguntó de nuevo—. ¿Estás segura de que eso es lo que


has escuchado?

Bella asintió y dejó caer las lágrimas por sus mejillas.


—Lo siento, Edward, sé cómo ustedes los humanos sienten sobre compartir.

— ¿Compartir? —repitió él.

—Compartir sus cuerpos —aclaró Bella—. Nosotras las selkies amamos a


nuestros hijos sin importar quién era el padre, pero sé…

Edward se sentó otra vez y Bella cortó lo que fuera que había estado a punto de
decir. Lo miró ansiosamente, mordiendo su labio.

Él se pasó las manos por su cabello.

—Bella, ten mucho cuidado de ser clara conmigo. ¿Me estás diciendo que Eli…?
—tuvo que parar y tomar una respiración profunda—. ¿Me estás diciendo que
Elizabeth es la hija de Emmett?

Bella asintió con la cabeza.

—Te dije que no había vida en tu semilla, no hasta anoche cuando…

— ¿Estás segura? —repitió de nuevo, incapaz de aceptar lo que estaba oyendo.


Tenía que haber un error. Bella debió haber entendido mal.

—Emmett dijo que Mary nunca tuvo un hijo hasta que comenzaron… —ella se
sonrojó—. Bueno, él usó una de esas palabras que me dijiste que no debía decir,
pero él quiso decir hasta que comenzaron a tener relaciones sexuales.

— ¿Follar? —exigió Edward—. ¿Dijo que estaba follando a Mary?

Bella asintió, mordiéndose el labio con tanta fuerza que aparecieron pequeñas
gotas de sangre.

Edward se desplomó, dejando caer la cabeza entre sus manos. Todo parecía
distante y vacío, como si estuviera teniendo una pesadilla, pero esto era real, y
lo hacía sentirse horrible. Se puso de pie otra vez.

— ¿A dónde vas? —preguntó Bella.

—Tengo que hablar con él —dijo Edward—. Tengo que hablar con Emmett.
Los ojos negros y expresivos de Bella estaban preocupados.

—Edward, tal vez deberías esperar hasta la mañana.

Él negó con la cabeza.

—Tengo que saberlo de él.

Bella lo ayudó a vestirse, sus manos rápidas y capaces de la práctica. Edward


caminaba como un anciano a la recámara de Emmett. La puerta estaba
entreabierta y entró en silencio. Emmett se dejó caer en una silla frente al fuego,
tenía una taza de cerveza apoyada en su estómago.

Edward tomó la silla frente a él y cogió la jarra de cerveza del suelo al lado de
Emmett, tomando un trago abundante. Era la primera vez en su vida que había
bebido de un recipiente que no fuera de un oro fino o copa de plata. Supuso que
había una primera vez para todo, incluyendo el descubrimiento de que tu
esposa y tu hermano te habían traicionado.

—Al fin te diste cuenta, ¿verdad? —Emmett dijo, con la voz apagada.

—Bella escuchó tu conversación con Jasper.

Emmett no dijo nada. Tomó un trago.

— ¿Cómo pudiste? —Edward preguntó—. Mi propio hermano...

—Yo la amaba y ella a mí —dijo Emmett.

A Edward le atravesó un agudo dolor, como si su corazón hubiera sido cortado


con una navaja.

—Pensé que ella me amaba.

—Ella lo hizo. Pero ella me amaba también. Era difícil para los dos, sabiendo
que te traicionamos, sabiendo cómo te lastimaría si te enterabas.

—Pero no lo suficiente para detenerlo —dijo Edward.


—No, no tanto.

Edward cerró los ojos.

— ¿Cuánto tiempo?

— Cinco años, más o menos. La amé desde el día que la trajiste aquí, pero me
resistí siempre que podía. ¿Te acuerdas cuando fuiste a cortejarla por última
vez?

Edward lo recordó. Había sido a finales del verano de 1548. Le habían pedido
que venir y apoyar al joven rey, porque el consejo había estado en un torbellino.
Thomas Seymour, tío del joven rey, se había casado con la última de las esposas
del rey Henry, Katherine Parr. Todos los hijos del rey Henry la habían amado y
la Princesa Elizabeth vivió con ella después de la muerte de su padre. Katherine
estaba embarazada cuando ella se encontró a Thomas intentando seducir a la
princesa de catorce años y había muerto al dar a luz poco después, algunos
dijeron de angustia. Entonces, Thomas había intentado conseguir que Elizabeth
aceptara casarse con él, pero ella sabiamente dijo que tenía que tener el permiso
del consejo. El consejo alarmado había empezado entonces a buscar en los
asuntos de Thomas y encontraron acusaciones, aunque poca evidencia real, para
que haya malversación de las riquezas.

Thomas, dándose cuenta de que estaba en un mundo de problemas, había


irrumpido en los aposentos del joven rey con un arma, con la idea de que
conseguiría que el joven rey escuchara su versión de los hechos. Le disparó a
uno de los perros de Edward, que había intentado morderlo para defender a su
amo del intruso. El ruido alertó a los guardias, quienes lo detuvieron y lo
enviaron a la Torre, y fue ejecutado poco después.

El bebé por el cual la reina Katherine había muerto al traer al mundo debería
haber sido bien mantenido siempre, pero el testamento de Katherine había
dejado todo a su marido extraviado. Cuando se le acusó de traición a la patria,
su fortuna fue capturada por la corona. La pobre bebé se quedó en la miseria y
fue enviada a familiares, que resentían tener el enorme gasto de cuidarla de
forma adecuada. Como hija de una reina, la niña tenía que ser vestida
apropiadamente como una princesa y tener un hogar con sus propios sirvientes.
Edward no estaba sorprendido cuando escuchó que la niña había muerto de
repente.

—Ahí fue cuando comenzó por primera vez — le dijo Emmett—. Ella vino a mí
en medio de la noche.

—Sus criados deben haber sabido —dijo Edward, su voz tan baja que podría
haber estado hablando para sí mismo.

—Ellos pensaron que esa era la razón por la que los habías despedido después
de que Mary murió.

Edward negó con la cabeza lentamente. Volvió a beber de la jarra.

— Ella perdió el bebé—continuó Emmett—. Los dos estábamos en dolor por


ella, aunque yo pensaba que era un castigo de Dios por nuestros pecados. Pero
no podía parar, y Mary quería tanto un bebé. Traté de resistir, Edward. Juro que
lo hice.

—Yo también intenté —dijo Edward—. Vi lo débil que la hacían los abortos
involuntarios.

—La maté —dijo Emmett—. La maté con mi debilidad y mi deseo.

Edward, que había pensado lo mismo de sí mismo, entendió.

—Traté de suicidarme después, sabes —dijo Emmett, con voz indiferente—.


Quería ir al infierno, como lo merecía. Fui al establo y salté desde el pajar con
una cuerda atada alrededor de mi cuello. La cuerda se rompió. Perdí el valor
para intentarlo de nuevo.

Edward recordaba a Emmett tener un dolor de garganta y permanecer en la


cama durante una semana tras el funeral de Mary. Había estado demasiado
triste como para prestar atención en el momento.

—No voy a pedirte que me perdones —Emmett apuró su taza y tomó la jarra de
las manos flojas de Edward y se sirvió otra—. Al ser cristiano, te sentirás
obligado a hacerlo, pero te comería como el océano erosiona la piedra. Me voy,
voy a mis propias tierras —Emmett, como segundo hijo, había heredado el título
secundario de su padre, el vizconde de Lisle, y las fincas que habían venido con
él.

Edward asintió con la cabeza.

—Eso sería lo mejor —se puso de pie con piernas temblorosas y se dirigió a la
puerta—. Elizabeth es mi hija —dijo, con los ojos brillando peligrosamente
mientras desafiaba a que Emmett estuviera en desacuerdo.

—Sí que lo es —contestó Emmett, mirando el fuego mientras bebía de su


copa—. Felicidades por tu próximo hijo. Sabía que la magia selkie de Bella sería
capaz de sanarte.

—Maldito seas —dijo Edward—. Maldito seas. Apréndete esto: No tengo


ningún hermano.

Emmett asintió.

—Adiós, Edward. Dios esté con ustedes.

Edward cerró la puerta detrás de él. Bella estaba en la sala, y Edward había
estado tan cegado por la ira, que se encontró con ella antes de verla. La miró a
los ojos tiernos y compasivos y su rabia se evaporó.

—Perdón, Bella. No te había visto ahí.

—Vamos a la cama—imploró.

Él negó con la cabeza.

—No sería capaz de dormir. Deseo caminar.

—Entonces voy a caminar a tu lado —dijo—. Donde pertenezco.

—Gracias —dijo Edward, y la tomó del brazo.

Muchas cosas tenían sentido ahora. No era de extrañar por qué Mary había
estado tan ansiosa por confesarse antes de morir. Había odiado estar lejos de
ella por un momento mientras se iba cada vez más lejos, pero había cedido a sus
súplicas. Había pasado solo unos minutos después de que volvió cuando
falleció, y él había resentido perder esos preciosos minutos con ella, pero le
había permitido morir en paz.

Y Emmett, él se había quedado en el pasillo fuera de su habitación, mientras


que Mary exhaló su último aliento. En ese momento, Edward había sido tocado
por la vigilia de su hermano, pensando que era para él. Ahora, lo veía diferente.
Era el mismo lugar que él mismo habría ocupado si fuera al revés. Edward
sintió un poco de placer al saber que debió ser un tormento para Emmett al serle
negado estar al lado de ella cuando era su marido el que debía. La pequeña voz
dentro de él que siempre lo impulsaba hacia el bien, protestó, pero la silenció
con saña.

Si hubiera sabido entonces, ¿habría odiado a Elizabeth cómo había estado tan
tentado? ¿Nunca la habría sostenido y sentido todo el amor que había florecido
en su corazón cuando él había visto a su hija, como el pensaba que era, por
primera vez? Y entonces se habría perdido de toda alegría que trajo a su vida. Se
había adaptado a ella, incluso cuando nunca había podido ser tan cariñoso con
ella cuando era necesario. Ahora cuando la viera, ¿iba a ver las características de
Emmett en su cara? No, decidió. No lo haría. No permitiría que las revelaciones
de Emmett mancharan su relación con su hija. No la amaba menos, ella era suya
por declaración, no por la sangre.

La mirada preocupada de Emmett cuando Edward había descubierto que no


podía tener niños... Emmett no se había preocupado por ser heredero de
Edward y todo lo que conlleva. Él había estado preocupado de que Edward se
diera cuenta de que había sido infértil todo el tiempo.

— ¿Edward? —era Jasper, viniendo por el pasillo hacia él.

Edward suspiró.

—Jasper, por favor, no estoy de humor para soportar una conferencia sobre la
familia y el perdón.
— Bien, porque no estoy de humor para entregar una —dijo Jasper—. Quería
comprobar que estabas… Bueno, francamente estaba preocupado de que
pudieras matarlo.

Edward negó con la cabeza.

—Él se está matando a sí mismo bastante bien con la bebida. Tengo en mente
dejarlo seguir su curso.

—Se siente muy mal —dijo Jasper, caminando al lado de ellos.

—Debería —dijo Edward sin rodeos.

—Edward, escúchame —dijo Jasper—. Me temo que hay una tormenta que se
avecina. No sé cómo será, pero me temo que estamos en tiempos oscuros.
Necesita tantos aliados como puedas conseguir. No envíes lejos a Emmett, por el
bien de tu propia familia, si no es por el tuyo.

Edward gimió.

—Jasper, no creo que pueda soportar mirarlo cada día en la mesa del comedor.

—Entonces, le diré que tome sus comidas en sus habitaciones.

—Jasper…

—Edward, si nunca has escuchado otra cosa que dije, presta atención a lo que
digo ahora. Está llegando el tiempo en que lo necesitas a tu lado.

— ¿Cómo lo sabes? —Edward preguntó con suspicacia.

Jasper sacudió la cabeza.

—No lo sé. Solo sé que lo siento en mis huesos.

—Está bien, lo concedo —dijo Edward—. Habla con él. Dile que se quede fuera
de mi camino.

Jasper parecía aliviado. Asintió con la cabeza y dio un paso a un lado, dejando
que Edward y Bella caminaran solos. Edward continuó su camino errante a
través del patio de la casa, a través de los campos. Tomó la mano de Bella.
Siempre había encontrado poco consuelo en sus paseos, pero ahora nunca
tendría que caminar solo.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
* Un taparrabos era algo así como una bragueta moderna, usado sobre la
cadera. Al principio, eran solo una cubierta para los genitales, pero durante el
reinado de Henry VIII, se convirtieron en enormes y fálicos, que sobresalen
hacia fuera o hacia arriba. El de la armadura de Henry es francamente
alarmante.

* Un confesor era un sacerdote personal de un noble, podían confesar


caprichosamente sus pecados en privado y pedir consejo sobre asuntos
religiosos.

* Sir Thomas More es uno de mis personajes favoritos de la historia de los


Tudor. Era un hombre verdaderamente brillante, hijo de un abogado, y muy
bien educado para su época. En momentos en que la educación femenina era
todavía algo limitado para los nobles, se aseguró que sus hijas fueran muy
educadas. Su Utopía era un salto increíble de imaginación y creatividad,
conteniendo conceptos cientos de años antes de su tiempo. Es una novela en la
que la gente vive en una nación de la propiedad comunal, la educación
igualitaria para ambos sexos, una meritocracia que elige gobernantes sobre la
base de los logros educativos, la atención médica gratuita y la tolerancia
religiosa (aunque no para los ateos). Inventó un alfabeto para ellos, la poesía, un
nuevo código criminal, y la cultura. Sirvió más como canciller de Henry VIII,
quien lo respetaba y estaba encariñado con él, aunque no fue suficiente para
salvarlo cuando More se negó a tomar el Juramento de Supremacía, negando la
autoridad del Papa. El rey, sin embargo, fue lo suficientemente misericordioso
para conmutar la pena de ser descuartizado a decapitación simple. Las últimas
palabras de More fueron que murió fiel servidor del rey, pero Dios estaba
primero.
Capítulo 7

Traductora: Diana Méndez (FFAD)


Beta: Ariana Mendoza (FFAD)

E l padre Jacob se levantó en posición vertical de la cama con un grito, y echó

una rápida mirada por la habitación para asegurarse de que estaba solo. Un
sueño. Sólo un sueño.

Estaba atrapado en hojas pegajosas y nuevamente pegó un gemido. ¡Maldita


esa bruja! Cualquiera que fuera el conjuro que había puesto en él, era potente.
Nunca, desde su juventud, había estado tan afligido por esos sueños carnales.

Él había orado. Había ayunado. Se había impuesto penitencias, con heridas


causadas flagelándose a sí mismo, pero por alguna razón, Dios estaba
permitiendo que esta maldición de la bruja se quedase con él. Su tarea era ahora
determinar por qué, ¿qué lección Dios quería que aprendiera o que tomara?

Irónicamente, había comenzado con la oración. Jacob había estado en la


habitación de la torre norte, la que daba al mar. Probablemente era la única
persona que había estado dentro de ella en las últimas décadas, lo que la hacía
perfecta para sus plegarias privadas. Él había estado la mayor parte de la noche
en la fría piedra, con los brazos extendidos mientras oraba. Dios una vez le
había enviado una visión, y ahora buscaba otra. El alma inmortal del Duque
estaba en juego, y Jacob no sabía cómo llegar a él.

Él había visto a Edward inclinarse cada vez más a la herejía protestante. Pronto,
sería demasiado tarde para llegar a él. Estaría perdido. Ni siquiera estaba
asistiendo a los servicios protestantes y cuanto más el padre Jacob intentara
suplicarle entrar en razón, el Duque más se distanciaba.

Jacob sabía que debía su posición aquí por su prima, Mary. Ella había insistido
en que Edward le nombrara capellán y aun así, él sabía que Edward sería un
reto. Él mostró poco interés en asuntos espirituales. ¡Y mira lo que había sido el
resultado de su poca fe! Mary, le confesó los pecados detestables en su lecho de
muerte y Edward ahora estaba casado con una bruja pagana. En lugar de
nombrar a alguien —así como él— que pudiera darle forma a su mujer como
temerosa del Dios cristiano, Edward había nombrado a ese tonto, al padre
Jasper como su confesor.

Cuando el padre Jacob se levantó del suelo de piedra, vio hacia la ventana
abierta: una visión de Eva, pero no la inocente Eva del jardín. Era la Eva
después de la caída, su desnudez lo intentó incitar a la lujuria, por todo lo que le
vio. La nueva Duquesa estaba desnuda en la playa, descarada, desvergonzada.
Al principio, el padre Jacob había pensado que sus ojos le habían engañado,
pero era verdad. Había conseguido una mejor visión de ellos cuando habían
regresado a la casa. Con la distancia, no era capaz de ver todos los detalles de
sus formas, pero sí lo suficiente para hacer sus sueños dolorosamente realistas.
Y para su sorpresa, el Duque se había reunido con ella en el agua, y sus cuerpos
se unieron en la danza sensual, tan antigua como la humanidad misma.

Había algo antinatural en esa mujer, pero el padre Jacob no sabía lo que era. Él
rara vez tuvo la oportunidad de interactuar con ella y estudiarla. Parecía que le
temiera como un acosado por los demonios debe temer de un hombre de fe
pura. ¿Cómo había convencido a Edward de participar en el rito pagano del que
había sido testigo? Aunque Edward se había desviado del camino, él debió
reconocer la brujería cuando lo vio, y sabía que ningún cristiano digno llevaría a
cabo las relaciones carnales al aire libre y bajo la luna.

Pero ahí estaba el problema. Si él la denunciaba por herejía, el Duque entraría


en ello también, y a pesar de los lapsos de Edward, el padre Jacob creía que era
aún rescatable, si pudiera hacerle ver sus graves errores. Pero no a la mujer.
Cuanto más tiempo durara el hechizo, el padre Jacob más se convencía de que
ella no era más que una hereje pagana: ella tenía el demonio.

Hasta que él no pudiera destruir a ese demonio, tendría que combatirlo por su
cuenta. Él debía permanecer puro y santo, fortaleciendo su espíritu con el ayuno
y mortificando su desobediente carne. Tal vez debería emprender una
peregrinación. Su corazón se iluminó ante la idea. Él volvería más fuerte para
esto, dispuesto a dar la batalla por las almas de todos los que habitaban en esta
finca.

Dios le había preservado de las persecuciones en el reinado del joven Rey, a


pesar de que había hablado con valentía contra las reformas. (El padre Jacob no
culpaba al pobre joven Rey, sino a sus malos consejeros que habían gobernado
por él, y el niño era demasiado pequeño para entender, sin haber estado
expuesto a la verdadera fe). El año pasado, el maléfico arzobispo Cramner había
reescrito el Libro de Oración Común, que había pervertido a las masas en algo
irreconocible, negando la presencia literal de la sangre y el cuerpo de Cristo en
la comunión. Estaba seguro de que la reina Mary, una mujer buena y santa,
hubiera quemado a Cramner por sus malas obras, y hubiera restablecido la
verdadera fe en Inglaterra.

Él esperaba el momento oportuno. La mano de Dios estaba en el trabajo y


pronto su camino se volvería claro.

Edward se quedó mirando la carta que tenía en la mano, y la leyó por tercera
vez hasta que su mano temblaba tanto, que las palabras se volvían borrosas en
la página que tenía delante.

Primo, me maravilla mucho8 la noticia que me ha llegado de tu matrimonio, pues yo

8
Me maravilla mucho" era una expresión que todos los Tudor parecen haber recogido de la abuela del
rey Enrique, Margaret Beaufort, la utilizó con frecuencia en sus cartas. Ella sólo tenía doce años
cuando se casó con Edmund Tudor, y tuvo su primer y único hijo, Enrique Tudor (Enrique VII) a la
edad de trece años. Ella era una estudiante brillante que fundó dos universidades en Cambridge. Se
casó dos veces más, pero con su último esposo, ella hizo un voto de castidad y se trasladó a un
convento. Se desempeñó como regente cuando su hijo murió antes de que Enrique VIII tuviera la edad
suficiente para reinar por sí mismo, un testimonio de respeto de los nobles de Inglaterra que tenían
para ella.
hubiera pensado que tu temperamento no habría dado a dicha acción, audaz y
apresurada.

Esto no se ponía mejor desde ahí. Mary lo regañó por tomar ventaja de la
"confusión" de la muerte del joven Rey y el corto reinado de Jane Grey, y le
recordó que su proximidad al trono hizo de su matrimonio un asunto de Estado.
Ella le exigió presentarse a sí mismo con su nueva esposa en el Palacio de
Westminster, para que pudieran examinar el asunto más a fondo. Edward dejó
caer la carta y cayó al suelo, doblándola de nuevo a lo largo de sus pliegues,
dejando visible solo la firma "La reina Mary". Se sentó pesadamente en su silla,
con el rostro entre las manos. ¿Qué iba a hacer?

El mensajero real esperó afuera por una respuesta. Y Edward tendría que dar la
única respuesta posible a la "invitación" de la Reina. Tendría que llevar a Bella a
la corte. Podría comprar un poco de tiempo, tal vez una semana o algo así, y
entonces tendría que salir y llegar a Londres a tiempo para la coronación de la
Reina. Ella quería conocer a Bella, la supuesta princesa del Nuevo Mundo. ¿Qué
iba a hacer? Bella se marchitaría en la corte. Era una vida que había nacido para
él y la encontró a sí mismo sofocante.

Bella entró a su oficina después de tocar a la puerta.

—Milord esposo, ¿quería usted verme?

—Cierra la puerta, Bella —le ordenó en voz baja. Lo hizo con una expresión de
confusión en su rostro. Se levantó, cruzó la habitación y la tomó en sus brazos.
Su cuerpo estaba duro e inflexible, debido a que ella llevaba un sombrero y le
impedía enterrar la cara en su cabello como él quería hacerlo, pero aun así, la
sujetó con fuerza, temblando.

—Edward, ¿qué pasa? ¿Qué está mal?

Él la miró a la cara, a sus ojos grandes y suaves. Ella había estado haciéndolo
tan bien. Tenía el aspecto vibrante y saludable que había tenido cuando le
capturaron, y el embarazo parecía bien con ella. Ella no tenía nada de la
enfermedad que había acosado a su esposa con todo… Empujó el pensamiento
de su mente. Se negó a pensar en su primera esposa, nunca más.

Había llorado su matrimonio durante ese paseo con Bella después de su


enfrentamiento con Emmett. Había llorado la muerte de una ilusión, el
matrimonio feliz que pensó que había sido muy afortunado de tener, no era más
que una mentira. Y en brazos de Bella, sentada sobre un tronco caído, había
llorado sus amargas lágrimas finales.

Otro golpe en la puerta y entró Emmett. Edward se puso rígido. Emmett había
sido una presencia invisible en la casa durante las últimas semanas, evitando a
Edward como lo solicitó. En la mano de Edward vio una carta con la misma
letra como la que acababa de recibir, y miró a Emmett con temor.

—Ella me trata como Vizconde de Lisle y exige saber por qué no le informé de
tu matrimonio —dijo Emmett—. Creo que está incluso más enojado conmigo de
lo que ella está contigo.

— ¿Quién? —Bella preguntó, sus ojos iban como dardos, de ida y vuelta entre
ellos, mientras trataba de entender lo que estaba mal.

—La Reina exige que aparezcamos en la corte, Bella. Nosotros tres.

—Oh. —Bella se sentó en una silla, con los ojos muy abiertos.

Emmett se sentó en la otra silla con un suspiro.

—Ella exige saber por qué no hablé de tu matrimonio en la carta que le escribí
pidiéndole permiso para el matrimonio de lady Kathryn, la hija del Conde de
Hale. Yo ni siquiera recuerdo haberle escrito una carta a ella.

—Tal vez tu memoria sería mejor si no bebieras en un estupor cada día —dijo
Edward sin rodeos. Se pasó las manos por el pelo, haciéndolo levantarse aún
más violentamente de lo habitual—. Yo sabía que me iba a encontrar tarde o
temprano. Ella no tiene las extensas redes de espionaje de la princesa Isabel,
pero este tipo de noticias viajan muy rápido. Aliento de Dios, ¿cómo me podré ir
a la corte y frente a ella?
—Escríbele a ella y dile que tu esposa está embarazada y no puede viajar —
sugirió Emmett.

—Su madre hizo la guerra contra Escocia durante el embarazo —dijo Edward—
. Dudo que lo acepte, y solo la hará enfadar más si piensa que estamos evitando
su llamada.

—Entonces vamos a ir —declaró Bella.

—Bella, nunca has ido a la corte, por lo que no entiendes lo que te estás
comprometiendo a hacer. Está llena de gente sucia, ruidosa y el mar está a
millas y millas de distancia. No querrás languidecer de nuevo.

—No lo haré. —Sus ojos se posaron en Emmett—. Vamos a hablar de ello más
tarde, esposo, pero te aseguro que voy a estar bien.

—No sé cuándo ella nos dejen salir —advirtió Edward. No le dijo a Bella de la
posibilidad de que pudieran ser lanzados en la Torre de los traidores. No creía
que la reina Mary lo atendería por ese lado suave y sentimental que tenía
cuando llegó a la familia, pero no podía garantizar nada. Su gobierno no estaba
estabilizado todavía.

Bella asintió con la cabeza.

—Entiendo.

Él suspiró.

—No, no creo que lo hagas, pero lo harás.

La casa estaba patas arriba con los preparativos para el viaje. Los vestidos de la
corte que habían pertenecido a la primera esposa de Edward tuvieron que ser
modificados para adaptarse al menor marco de Bella y reflejar las modas
actuales. Un ejército de costureras trabajaban y Bella pasó interminables horas
en su instalación.

Lo que molestó más a Bella acerca de ir a la corte fue que Elizabeth no iba a
viajar con ellos. Edward trató de explicarle que todo el mundo sabía que la corte
no era saludable para los niños, pero fue en vano. Bella había llorado, y luego
bufado, y entonces lloró un poco más, pero Edward se mantuvo firme en su
negativa. La Corte no era un lugar para un niño, y de todos modos, Bella tendría
poco tiempo para estar con ella.

Los contratos de matrimonio de Emmett aún se estaban negociando, pero la


prima más joven de su prometida ya había llegado ante la doncella Bella, justo a
tiempo para el viaje a la corte. Lady Mary Alice Brandon era una prima lejana
de Edward (casi todos los nobles de Inglaterra estaban relacionados de una
manera u otra) y había servido como dama de honor a la reina de Francia,
Catalina de Médicis. Como ella tenía una madre y una hermana llamada Mary,
ella fue por su segundo nombre, Alice.

Era tan diferente a su primo, Jasper, ya que era posible serlo. Mientras que él
era alto, rubio y de una actitud calmada, Alice era pequeña, oscura y
apasionada, una criatura duendecillo, con el pelo muy corto debido a una fiebre
que había sufrido en Francia. (Esa enfermedad era lo que había llevado a su
padre a llamarla a casa). En el tiempo al servicio de la Reina francesa, Alice
había dado un pulimento continental. Ella era tan elegante y de moda como una
mujer francesa, y capaz de entrenar a Bella en las danzas de boga, y asesorarla
sobre los estilos de ropa y cabello. Ella tenía un carácter agradable, entusiasta y
a Bella inmediatamente le agradó.

Los apartamentos de la Corte no fueron proporcionados, por lo que la familia


del duque empacó todo, desde las alfombras hasta los cubiertos. La gran cama
del duque fue desmontada y embalada en uno de los múltiples vagones
necesarios para transportar las toneladas de pertrechos necesarios para los
apartamentos de un duque. Como en su casa, todo en los apartamentos tenía
que mostrar la riqueza y grandeza de los ocupantes y ser adecuada para un
hombre de sangre real. Los vagones cargados eran demasiado pesados para que
los caballos tiraran, así que los equipos de bueyes fueron a ellos, esforzándose
cuando los vagones, con frecuencia, se hundían en los caminos fangosos.

Las carreteras inglesas eran muy malas. Aparentemente, se suponía que debían
ser mantenidas por el propietario de la tierra por la que pasaban, pero pocos lo
hicieron realidad. Cualquier persona que viajaba podría esperar retrasos, pues
los vagones se hundían en el barro, y los ejes se quebraban por los agujeros.

Edward y Bella se montaron en una litera, un vehículo ornamentado en forma


de caja que tenía por debajo unos postes, soportados por caballos en la parte
delantera y trasera. Un sirviente caminaba a su lado y sostenía la brida de cada
caballo. En el interior, la caja estaba llena de cojines de terciopelo, y las cortinas
a lo largo podían ser recogidas de nuevo si los ocupantes deseaban que fueran o
no, ser vistos por los campesinos que abandonaban sus trabajos y corrían a la
línea de la carretera a ver pasar el desfile esplendoroso. Emmett cabalgaba junto
a ellos en uno de sus caballos favoritos, tambaleándose un poco en la silla
mientras bebía de una botella de coñac.

Alice viajaba en una camioneta con los otros siervos de alto estatus. Bella estaba
preocupada por ella, porque los siervos eran intensamente celosos de cualquier
favoritismo, y si uno de ellos, indistintamente sentía que debería haber
conseguido la posición de la mujer codiciada por la doncella, Alice podría ser
objeto de hostilidad o maldad absoluta. Pero si Alice estaba teniendo un
momento difícil, nunca diría nada al respecto a Bella cuando se detuvieron en la
noche.

Un ejército de guardias armados subieron a lo largo del lado del convoy. Los
bandidos siempre fueron una amenaza y los vagones del Duque contenían la
suficiente riqueza para financiar un pequeño país. De hecho, era más rico que la
corona en el presente. Enrique VIII había llegado al trono como uno de los
monarcas más ricos en Europa debido a las políticas fiscales cuidadosas de su
padre. Pero Enrique había dilapidado la riqueza en la construcción de palacios,
en guerras de vanidad y en su corte opulenta. En el momento en que él disolvió
los monasterios y confiscó sus bienes y diezmos, estaba en la desesperada
necesidad de dinero. Pero incluso esa asombrosa afluencia de riqueza no era
suficiente. Cuando murió, Inglaterra estaba en la ruina, y ahora la reina Mary
tenía serios problemas fiscales frente a ella. Era otra de las razones de por qué
Edward temía su ira sobre su matrimonio. Tendría que ser tentador para ella,
declararle traidor y apoderarse de sus tierras para que la nación fiscalmente se
solventara, por lo menos durante un tiempo.
En el camino, se quedaban en albergues. Cada noche, una parte de las
pertenencias de Edward se desempaquetaba y se utilizaba para que las
habitaciones de la posada fueran aceptables para su ocupación. Cualquier
persona que había alquilado las habitaciones fue desalojada a toda prisa cuando
el Duque llegó. Los cerdos y el ganado que estaban siendo engordados para el
invierno fueron sacrificados para alimentar al gran séquito de sirvientes. Los
pollos y gansos fueron capturados por los vecinos, pagado por el mayordomo
de Edward a tasas bajas, que hicieron que los residentes se quejaran en voz baja
detrás de las puertas cerradas. Cuando la caravana se trasladó, el área se quedó
sin alimentos, aunque a las personas se les daba un poco de dinero para
reemplazar lo que se había consumido. (Edward, por supuesto, no tenía idea de
cuánto era lo que su mayordomo estaba pagando).

Fue un viaje largo, lento, y para cuando llegaron a Londres, Bella estaba harta
de viajar. Edward la miró con ansiedad, pero Bella le aseguró que no iba a caer
débil otra vez. Las magias poderosas protegían a una selkie cuando llevaba a un
bebé, y los efectos persistían durante al menos un año, mientras ella lo
amamantaba. Eso, en sí mismo, era una zona de cierta contención entre ellos.
Las damas de clase como Bella no amamantaban a sus propios hijos, pero Bella
se negó a considerar siquiera la posibilidad de una nodriza. Edward dejó caer el
asunto, con la esperanza de que después de que naciera el bebé, Bella estaría
más dispuesta.

Llegaron a la Torre cerca a la hora de cenar, donde Mary llevaría a su Corte


hasta después de su coronación. Los siervos llegaron a descargar los vagones
del duque y a arreglar sus cámaras, y los sirvientes que habían viajado con ellos
fueron a encontrarse en una comida. El mayordomo de la Reina se reunió con
ellos cuando entraron, declarando simplemente que Su Majestad deseaba verlos
de inmediato. Edward intentó rebatirlo, indicando que él y su esposa estaban
llenos del polvo del viaje y no estaban debidamente vestidos para conocer a la
Reina, pero el mayordomo insistió. Emmett se desmontó de su caballo, pero el
mayordomo se lo impidió.

—Ella va a hablar con usted más tarde.


Emmett tragó saliva.

Edward y Bella se dirigieron a la habitación que estaba siendo utilizada como


cámara privada de la Reina. La Torre servía como una prisión y palacio. Lady
Jane Grey y su marido estaban todavía alojados en el interior, y Jane fue capaz
de observar las idas y venidas de la Corte desde su ventana. Era costumbre que
el nuevo monarca pasara al menos una noche antes de su coronación en los
lujosos apartamentos reales de la Torre, pero Mary había decidido dejar su base
de operaciones hasta que fuera coronado. Sin mencionar el hecho de que la torre
fue lo más seguro y defendible de las residencias reales.

Encontraron a la reina Mary sentada bajo un paño de mando, cenando sola. Los
siervos se mantenían de pie detrás de su silla, por si la reina necesitaba algo
mientras comía. Uno de ellos sostenía una jarra de vino para volver a llenar su
copa después de cada sorbo, y otro se arrodilló a su lado con una servilleta y un
tazón de decantación. En todas partes se hablaba abiertamente delante de los
siervos, incluso sobre cuestiones de confidencialidad. Ellos simplemente se
olvidaban que estaban ahí, como si fueran parte del mobiliario. Si uno quería
aprender los secretos de otro noble, sobornar a uno de sus sirvientes casi
siempre tenía éxito.

Edward y Bella se arrodillaron delante de la Reina, con la cabeza gacha.


Edward esperó, pero la reina Mary no les dio permiso de levantarse. Ella siguió
comiendo, apuñalando su cuchillo en la carne en el plato. Después de unos
cuantos bocados más, y con movimientos escuetos, le espetó:

— ¿Qué dices, primo?

—Yo digo primero que mi corazón se alegra de verte de nuevo, y que te


encuentres bien —dijo Edward. No había visto a la reina Mary durante unos
años, y vio que los años no habían sido particularmente amables con ella. Tenía
treinta y siete ahora, y se le notaban. Su rostro mostraba los fantasmas de su
dura vida, su piel cetrina con las líneas pellizcadas alrededor de la boca. Su pelo
había sido del mismo color rojo y rubio como la princesa Elizabeth, pero ella se
había oscurecido en los últimos años a la sombra misma del café oxidado de
Edward, y ahora llevaba un par de rayas grises.
La reina Mary había crecido en lo que ella recordaba como un reino de cuento
de hadas. En sus años más jóvenes, sus padres tuvieron un matrimonio
amoroso, su padre de vez en cuando sorprendía a su madre, con gestos
románticos. Había estado juguetón con ella, se vestía como un aldeano para
"atormentar" a la Reina y exigir que ella bailara con el guapo desconocido y la
reina Catalina había siempre fingido que no lo reconocía hasta que se quitaba la
máscara.

Pero cuando ella cumplió los dieciséis años, todo había cambiado. Su padre se
había convertido en un enfadado por su falta de un heredero varón y Ana
Bolena había aparecido y había engañado a su madre con ella. De pronto
decidió que su matrimonio largo y feliz, relativamente había sido maldecido por
Dios porque él se había casado con la viuda de su hermano. Él envió a la reina
Catalina lejos, a un castillo mohoso, húmedo y olvidado en su mayoría, muy
lejos de su hija. Nunca volvería a verla de nuevo. La madre de la princesa Mary
murió antes de que pudiera convencer a su padre de que le permita ver a su
madre por última vez.

Mary había reaccionado ante el estrés de caer enferma, durante y la mayor


parte del resto de su vida, ella sería enfermiza, luchando contra las migrañas,
cólicos menstruales intensos y períodos irregulares, dolores de estómago,
palpitaciones y ataques de pánico.

El Papa se negó a conceder la anulación que su padre quería, lo que podría


haber tenido algo que ver con el hecho de que Roma acababa de ser invadida y
conquistada por el sobrino de la reina Catalina, el emperador Carlos. Durante
siete años, Enrique luchó contra las autoridades religiosas para obtener la
anulación que quería, y cuando finalmente el Papa se negó a concederla, su
padre decidió que él era el jefe de la Iglesia inglesa y no el Papa, y obligó al
arzobispo Cramner a declarar sus veinte años de matrimonio como inválidos. El
rey Enrique declaró a su hija bastarda, haciéndola intocable en el mercado del
matrimonio real.

Durante mucho tiempo, la princesa Mary había resistido, negándose a admitir


que el matrimonio de sus padres fuese inválido. Durante tres años, nunca ella y
su padre se hablaron. Él la tenía anteriormente mimada y consentida, pero
ahora él respondía con un tratamiento cada vez más duro, tratando de obligarla
a ceder y admitir que fue el producto de una unión ilegítima. Los parientes
católicos de la princesa Mary en el continente, la instaron a permanecer firme en
su negativa, e incluso tramaron unos planes fallidos para "rescatarla" a ella y
llevarla al extranjero. Pero Mary lo había admitido finalmente, había firmado un
documento admitiendo que era una bastarda y negaba la autoridad del Papa
sobre la Iglesia inglesa. Después de eso, su padre le aceptó, pero su relación
nunca sería tan cercana y cariñosa como lo era antes.

Cuando Ana Bolena tuvo una hija, la princesa Isabel, Mary fue enviada como
una de las criadas de Isabel, una humillación deliberadamente cruel para Mary,
otra princesa orgullosa. A pesar de todo, la princesa Mary amaba al pequeño
bebé que la había suplantado en el corazón de su padre. Su relación fue siempre
mordaz políticamente, a menudo debido a los designios de otros, pero Mary
aún amaba a la pequeña niña pelirroja, tal como ella quería a su hermano, el
príncipe Edward, cuando nació en sustitución de Ana Bolena. El príncipe
Edward había devuelto el sentimiento, una vez escrito para ella que la amaba
más que a todos sus parientes.

Pero Enrique VIII había muerto antes de que el príncipe Edward estuviera
completamente desarrollado y había sido criado por un Consejo de Regencia
que era intensamente protestante, que había prohibido esencialmente el
catolicismo con una serie de nuevas reformas religiosas. La relación del joven
Rey con su hermana se había vuelto tensa debido a que la princesa Mary se
negó a abjurar de su fe católica. Él detuvo a algunos de sus servidores (aunque
no a la misma princesa Mary) para asistir a las misas que tenía en su capilla
privada, y una vez la hizo llorar delante de toda la corte con un reproche —
agudamente redactado— por su incumplimiento de la ley.

La princesa Mary se había referido a sí misma como la "dama infeliz de la


cristiandad", y la tristeza había dejado su huella en ella. Lo que más deseaba era
devolver a Inglaterra, lo que había sido durante su infancia mágica, una nación
feliz y próspera, no un país fracturado y en la miseria que había heredado.
Ahora ella se volvió hacia Bella.

— ¿Qué has dicho?

—Nada más que saludos y felicitaciones a Su Majestad —dijo Bella, con sus ojos
pegados al suelo.

La reina Mary se volvió hacia Edward.

—He oído muchas cosas extrañas de ella, ¿es ella una princesa del Nuevo
Mundo? ¿Es eso verdad?

Edward vaciló. La difusión del rumor entre la gente era una cosa, pero mentir a
la cara de la Reina era otra muy distinta.

—Ella habla Inglés muy bien —dijo Mary secamente—. Mi santa madre, la
Reina, vivió en Inglaterra durante treinta años y nunca perdió su acento
español. —Ella suspiró y tiró la cuchara y el cuchillo—. Si fue un matrimonio
por amor, Edward, solo dilo.

—Lo fue —confesó Edward—. Y ahora, mi querida esposa está embarazada.

Los ojos de la reina Mary se suavizaron. Ella tenía una vena romántica. Pero su
tono se mantuvo firme.

—Yo podría tirarlos a dos de ustedes a la cárcel —dijo.

—Sí, mi señora —respondió Edward—. Pero yo ruego por su misericordia.

Ella suspiró.

—Ven aquí, Bella.

Bella se sorprendió de que la Reina hubiera usado su nombre, pero aun así, se
puso de pie y caminó obedientemente cerca de la mesa, haciendo una reverencia
cuando llegó ante ella. La reina Mary le tenía en mala vista y entornó los ojos a
Bella, dándose golpecitos con el dedo en su barbilla. Finalmente se volvió hacia
Edward.
—Ella es encantadora. ¿Tiene ella algo de sangre noble?

—Nada, Su Majestad.

—Es una pena —dijo la reina Mary —. ¿Quién es su familia?

Edward había preparado una mentira para esta posible sesión de


interrogatorios y había entrenado a Bella en lo que tenía que decir si se le
preguntara.

—Ella es una pariente lejana de los polacos —dijo Edward. La reina Mary había
querido a lady Margaret Pole, la Condesa de Salisbury, que había sido una de
sus institutrices cuando era niña. Ella había sido separada del servicio de la
princesa Mary, después de que Mary se había declarado ilegítima y con su
hogar roto.

Margaret Pole tuvo un hijo con el nombre de Reginald, que se había dedicado a
la Iglesia a una edad temprana. Se había convertido en un teólogo muy
conocido, y el rey Enrique le había ofrecido el cargo de arzobispo de York, si él
apoyaba el procedimiento de anulación. Reginald lo había rechazado y había
escrito un tratado teológico denunciando las posiciones del Rey. Desde
entonces, Reginald estaba en un exilio, impuesto en el extranjero, a salvo de la
ira de Enrique, Enrique detuvo a su madre, Margaret Pole, por cargos
inventados de traición. Llevada a la ejecución, la frágil anciana Margaret se negó
a apoyar la cabeza en el bloque, pues decía que era solo para los traidores, y ella
no era traidora. El verdugo y sus ayudantes tuvieron que perseguirla alrededor
del andamio y tratar de forzarla a bajar su cabeza sobre el bloque. El verdugo
había sido sacudido por el giro inesperado de los acontecimientos, generalmente
nobles, pronunció un discurso muy bonito y pidió a los testigos para que oraran
por ellos. No por Margaret. Cuando los asistentes finalmente la obligaron a
bajar, él nerviosamente blandió su hacha en el cuello de Margaret y falló, le
cortó un hombro. Tardó diez golpes adicionales antes de que fuera capaz de
decapitarla.

— ¿Y tu familia? —la reina Mary preguntó a Bella.


Bella negó con la cabeza.

—Yo soy todo lo que queda.

La reina Mary suspiró.

—Usted tiene una familia ahora, querida. Pero no puedo permitir que se quede
sin castigo por esto, Edward. Mil libras.

Edward se sentía débil por el alivio.

—Voy a tener que enviarle a usted inmediatamente.

La reina Mary movió su mano hacia ellos.

—Ahora vete, permíteme comer en paz. Edward... me alegro de que pudieras


estar aquí para mi coronación.

Edward le sonrió.

—Como yo lo estoy.

—Espero verte en la misa esta noche —dijo la reina Mary, con un tono
apuntado.

—Vamos a estar allí —prometió Edward. Mary asistió en masa cinco veces al
día, y todo el mundo espera en su casa a hacer lo mismo. Edward esperaba que
una vez al día fuera suficiente para satisfacerla.

Mary sonrió, un poco de nostalgia.

—Deseo tener mi familia conmigo otra vez. Una familia amorosa.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
La flagelación era la práctica de golpearse uno mismo con un látigo como una
forma de penitencia o de devoción (replicando las heridas de Cristo). Hubo un
movimiento de culto dentro de la Iglesia en el siglo XIV en la que miles de
personas solían caminar por las calles, dándose ellos mismos azotes mientras
caminaban. Una camisa de pelo, también conocido como un cilicio, era un
vestido corto, sin mangas, hecho generalmente de pelo anudado de cabra o de
caballo, destinado a ser picoso y espinoso contra la piel.
Capítulo 8

Traductora: Mentxu Masen (FFAD)


Beta: Ariana Mendoza (FFAD)

B ella y Edward se fueron a sus habitaciones después de que la reina Mary

los despidiera, y Edward se sentía como un hombre que había conseguido un


aplazamiento de último minuto en el patíbulo. La reina Mary no estaba contenta
con él, pero al menos no iba a apoderarse de sus tierras o a encarcelar a Bella.
Tenía la intención de dar un sincero agradecimiento a Dios cuando fueran a
misa esta noche.

Bella envió por Alice.

—Necesito algo apropiado para la misa con la Reina —le dijo Bella. Alice y una
criada ayudaron a quitar todas las capas de ropa de Bella, dejándola en su
enagua. Otras sirvientas se llevaron las prendas lejos. La mayoría de la ropa fina
de la época no podía ser lavaba. Las manchas podían ser frotadas con salvado
de trigo y después las prendas podrían ser empolvadas con polvo de olor dulce
antes de ser guardadas.

Una de las sirvientas le trajo un tazón de agua perfumada, así Bella podía ser
lavada para quitarle el polvo y el sudor del viaje. Bella suspiró agradecida. Los
seres humanos no parecían lavarse mucho, aunque afortunadamente, Edward
era inusualmente exigente y se lavaba al menos una vez, a menudo dos, por día.

Antes de que Bella se volviera a vestir, hizo un rápido viaje al ropero de la


habitación, llevando solo su enagua. Era una habitación pequeña y estrecha, con
una ventana flecha de hendidura para ventilación, construida para sobresalir
desde ese lado del edificio, como un dispuesto fijado a la pared. Había un
asiento de madera plano y llano con un agujero cortado en él. A su lado, una
pequeña cesta que contenía trozos de papel, como viejas cartas, para limpiar.
Los residuos caían a través del agujero al piso de abajo, aunque en algunas
casas, simplemente corría por el muro inferior, dejando una fea mancha.

El embarazo parecía hacer a Bella necesitar aliviar su vejiga con mayor


frecuencia, lo cual requería ayuda de una sirvienta para sostener las pesadas
faldas si necesitaba ir cuando estaba totalmente vestida. Ella fue adentro sola, y
cerró la puerta tras ella. El hedor del lugar siempre le hacía arrugar la nariz,
pero el olor era la razón por la que la ropa se almacenaba allí. Se creía que el
olor evitaba que polillas y otros insectos infectaran la ropa. Antes de que se
usara, la ropa se mantenía en incienso o se rociaba con perfume para ocultar el
hedor.

Cuando regresó, Alice le trajo a Bella un vestido de terciopelo color escarlata


con una enagua de tela de oro, ricamente bordada y decorada con perlas.
Mientras Alice le apretaba el corsé, Bella se preguntó en voz alta cuánto tiempo
sería capaz de llevarlos antes de que el bebé protestara por estar siendo
aplastado.

— ¿Cuánto tiempo tienes? —preguntó Alice. Bella le había pedido el prescindir


de los aburridos 'su gracia' que salpicaba la mayoría de las conversaciones. Alice
tenía una amabilidad agradable que Bella todavía no había encontrado en
ninguna otra mujer y eso hacía un placer el hablar con ella. Al principio, Alice
había intentado reprimirlo, temiendo que Bella la encontrara demasiado
familiar, pero Bella echaba de manos la casual camaradería que solía tener con
sus amigas selkie y que entusiasmadamente la animaban. Alice le recordaba a
Bella a un pequeño pájaro brillante, siempre parloteando, revoloteando de un
lugar a otro, siempre alegres. Era una chismosa entusiasta (aunque solo de
noticias positivas y agradables), y Bella aprendía más sobre los miembros de la
corte en unos pocos minutos en su compañía que estando en las habitaciones
privadas de la Reina por horas.
—Solo unas pocas semanas —dijo Bella—. Pasará algún tiempo todavía. —Los
embarazos Selkie generalmente tendían a alargarse y podían durar un par de
semanas más que los usuales nueve meses.

— ¿Cómo puedes decir que estás embarazada? —preguntó Alice. No había


pruebas de embarazado en esos días. El embarazo era diagnosticado por una
combinación de síntomas, y tomaba varios meses el saberlo con un cierto grado
de certeza.

—Puedo sentirlo —dijo Bella simplemente. Alice no sabía su secreto, pero como
ya habían anunciado que Bella estaba embarazada, tuvo que dar algún tipo de
explicación.

—Eres afortunada —suspiró Alice—. Tenía una tía gorda que no se dio cuenta
que estaba embarazada hasta que entró en labor. Pero respondiendo a tu
pregunta, las mujeres generalmente llevan sus corsés hasta que entran en trabajo
de parto.

Alice ató una pesada cruz enjoyada alrededor del cuello de Bella. Tenía una
pequeña perla de cristal en el centro que supuestamente contenía una astilla de
la Vera Cruz. Las reliquias de este tipo habían sido suprimidas durante la última
parte del reinado del rey Henry y la de su hijo. Edward lo había escondido
debajo de una piedra suelta en la chimenea antes de arriesgarse a que fuera
confiscado. Había pertenecido a su madre y pudo haber sido parte de las joyas
de la corona francesa que ella había traído de vuelta a Inglaterra. Alice insistía
que ahora que ella estaba en la corte, Bella necesitaba llevar más joyería. Ella
abrió el cofre y sacó anillos, un par de brazaletes y un cinturón (girdle*)
enjoyado.

—Deberíamos perforar tus orejas —le dijo Alice a Bella—. Tienes hermosas
piezas que podrían ser usados como pendientes si les ponemos unos ganchos.

Bella sacudió su cabeza. La idea de hacer agujeros a su cuerpo para llevar


incluso más joyas, era extraña.

Como si todas esas rocas brillantes en su persona no fueran suficientes, Alice


trajo de uno de los baúles un libro de oraciones pre-reforma. Su cubierta era de
joyas y el interior estaba maravillosamente iluminado. Era tanto un accesorio
como un texto.

Alice cuidadosamente decoró el cabello de Bella, aunque podía ser escondido


debajo de uno de esos ridículos sombreros que estaban de moda. Bella pensaba
que todos parecían haber sido pisados antes de ser llevados. Eran planos en la
parte superior y sobresalían por los lados de la cabeza, volando alrededor de las
orejas, lo que era el porqué los pendientes en las mujeres se estaban poniendo
de moda después de décadas en las que las orejas eran escondidas debajo del
vuelo del triángulo de la capucha.

Bella y Edward se encontraron con la Reina en la puerta de la capilla. San Peter


de Vincula había sido construido por el padre de Mary alrededor de 1520, y dos
de sus reinas decapitadas habían sido enterradas bajo el piso. Edward se
preguntó mientras entraban si Mary había tenido algún tipo de placer al
celebrar las misas como Reina sobre los huesos de Ana Bolena.

La misa vespertina era una de las más largas del día, durando más de una hora.
Edward estaba encantado de ver que el tutelaje de Jasper parecía haber valido la
pena porque Bella la interpretó perfectamente, repitiendo las frases con el resto
de los fieles y arrodillándose en los momentos apropiados. Ella miró a su libro
de oraciones la mayoría de los servicios, admirando las pinturas, pero la Reina
lo tomó como un gesto de su devoción que había estudiado tan intensamente y
estaba encantada.

Ellos se colocaron de pie junto a la Reina, un alto honor que les ganó unas
miradas envidiosas. La capilla no tenía bancas o asientos; los fieles permanecían
de pie durante todo el servicio cuando no estaban arrodillados. Más abajo en la
fila, estaba otro primo de la Reina, Edward Courtenay, conde de Devon. Había
sido encarcelado en la Torre por quince años antes de que Mary le hubiera
liberado durante su ascenso, su único crimen había sido el tener sangre
demasiado cercana al trono. Era el heredero de las reclamaciones de Yorkist y
muchos creían que él era la elección de la Reina para ser su marido. Él desde
luego ya se comportaba como si fuera rey. Edward había siempre secretamente
despreciado a Courtenay, quien pensaba era arrogante y pomposo. Courtenay
estaba irritado al haber sido colocado al final de la fila por la llegada de Edward
y Bella, y él lanzó varias miradas de rebelión a Edward cuando la Reina no
estaba mirando.

Cuando los servicios habían terminado, la Reina se puso de pie después de


terminar sus oraciones. Se giró y besó la frente de Bella.

—Creo que me gustaría que fueras una de mis damas de honor —anunció.

Los ojos de Bella se ampliaron.

—Su majestad, me honra, pero me temo que no soy apta. Odiaría traer
cualquier vergüenza sobre su corte por mi falta de conducta adecuada.

—Tus modales son encantadores —dijo Mary, agitando una mano para
descartar los temores de Bella.

—Su majestad, no habíamos pensado quedarnos mucho tiempo en la corte —


dijo Edward a la Reina, su tono suave y ligeramente vacilante.

La mandíbula de la Reina Mary se tensó.

—Te dije, deseaba que mi familia estuviera conmigo de nuevo. Ahora, estoy
segura de que están cansados de sus viajes. Vayan, retírense. Espero verlos en la
misa del amanecer.

Edward y Bella no pudieron hacer otra cosa, excepto hacer una reverencia
mientras la Reina se alejaba por el pasillo, una manada de aduladores ansiosos a
sus talones.

Edward y Bella no dijeron nada hasta que estuvieron en su dormitorio, después


de haber sido desnudados por sus sirvientes, varios de los cuales dormían en
camastros preparados alrededor de la pared. El siervo de Edward tenía un lugar
de honor, durmiendo en el suelo a los pies de la cama. Edward corrió las
cortinas de la cama y se tumbó junto a su mujer.

—No sé qué hacer, Bella —confesó—. Si intentamos declinar tu nombramiento


de su familia, ella se sentirá ofendida y Mary se enfada cuando sus sentimientos
son heridos.

—No quiero estar aquí. Quiero ir a casa, con Elizabeth.

—Lo sé. Quizás podamos visitar en unos pocos meses…

— ¡Visitar! Se supone que soy su madre.

—Nuestra clase a menudo envía a sus hijos a sus propios hogares y los visitan
quizás una o dos veces por año —dijo Edward.

Bella sintió lágrimas picar en sus ojos.

—No podría soportar verla con tan poca frecuencia.

—Mary es muy blanda cuando se trata de la familia —le aseguró Edward—.


Ella recuerda cuán duro fue estar separada de su propia madre. Seguramente
nos dará permiso para visitarla más a menudo. Y si quieres, puedo hacer que
Elizabeth se mude un poco más cerca, quizás dentro de la distancia a caballo de
la ciudad.

— ¿Mudarla no puede ser perjudicial para ella?

Edward se encogió de hombros.

—Está acostumbrada. Normalmente nos mudamos cada pocos meses, así la


casa puede ser limpiada y aireada. Duerme ahora, Bella. Necesitas descansar.

Te necesito más —susurró ella, trazando una mano por su pecho desnudo.

— ¡No podemos! —le espetó.

— ¿Qué quieres decir con no podemos?

—Estás embarazada. Es peligroso, y es un pecado. —Sin quererlo, la mente de


Edward se fue al pecado que había cometido con su primera esposa, un pecado
que él nunca había confesado aún. Se había acostado con ella mientras estaba
embarazada y había perdido al bebé dos días después.
Bella sonrió.

—No es peligroso. No para mi clase, de todos modos. ¿Por qué sería un


pecado? El padre Jasper me dijo que Dios nos dio los placeres de la cama de
matrimonio para promover la armonía entre el hombre y su mujer.

Jasper siempre tenía una extraña filosofía.

—Siempre me enseñaron que acostarse con una mujer era solo hecho para hacer
niños, así que disfrutar mientras ella es incapaz de concebir es un pecado.

—Puedes confesarte en la misa de mañana —dijo Bella, y su cabeza desapareció


entre las sábanas. No tomó mucho tiempo el convencerle.

La coronación se estableció para una semana después de que Edward y Bella


llegaran a la corte, el 1 de octubre. Toda la ciudad estaba ocupada con los
preparativos y no había una habitación en la posada para ser ocupada por
cualquier suma de dinero. Los fuegos de la cocina de las residencias reales
rugían día y noche mientras los cocineros preparaban los siete mil ciento
veintidós platos que se servirían en el banquete, y el concejal de la ciudad estaba
acumulando los barriles de vino y cerveza que saldrían por las fuentes de la
ciudad. En toda la ciudad, la gente ensayaba para los concursos que se
celebraban mientras la corte procesional de la Reina hacía su camino a la Abadía
de Westminster.

El día de la coronación de la reina Mary amaneció brillante y hermoso, un día


perfecto que muchos tomaron como un presagio de que el reinado de la Reina
sería feliz. Dios seguramente estaba sonriendo sobre ella. Mientras la procesión
empezaba, las campanas de iglesia repicaban por toda la ciudad y los cañones
eran disparados desde lo alto de la Torre.

La nueva Reina viajaba en una litera abierta tirada por seis caballos blancos, su
cabello rojo oscuro suelto y disperso por sobre sus hombros. Llevaba un velo de
oro fino sobre él y una corona de joyas tan pesada que tensaba los músculos de
su cuello y hombros. Detrás de ella caminaban varios nobles de alto rango que
llevaban el cetro, el orbe y la espada ceremonial de Mary.
Bella y Edward estaban sentados en el carruaje detrás de la Reina, y en el
carruaje detrás de ellos, montaba Anne de Cleves. Ella era la última esposa
superviviente del rey Henry VIII. Había estado casado con ella por solo unos
pocos meses cuando pidió la anulación, que probablemente tuvo que ver con
que él estaba deseando a Kathryn Howard en ese momento. Anne había sido
inteligente. Ella estuvo de acuerdo, sin embargo, fingió estar con el corazón roto
por la pérdida de él como marido. Debido a su cooperación, el rey Henry le
premió ricamente, concediéndole fincas y una pensión generosa. Ella era la
única de las reinas de Henry que había vivido una larga y feliz vida.

Tras ellos estaban interminables filas de nobles vestidos con sus mejores galas.
Las calles estaban cubiertas densamente con los aplausos de los plebeyos,
quienes venían para ver el espectáculo, beber el vino, y celebrar el comienzo de
un nuevo reinado. Era lo mismo con cada coronación; la gente siempre esperaba
que ese nuevo monarca haría sus vidas mucho mejor.

Las calles estaban tan llenas que la procesión tuvo problemas para pasar a
través de la multitud. Bella nunca había vista tanta gente de una vez. Estaba
asombrada por el espectáculo de miles de caras entusiastas, gente lanzando
flores al camino de la procesión, los edificios sostenían banderolas y pancartas.
La gente también animó cuando veían sus nobles favoritos y Bella fue el
destinatario de algunos de los gritos de bendiciones. Ella agitó la mano y sonrió
con timidez.

La procesión paró a la largo de la ruta para ver los desfiles. El alcalde de


Londres entregó a Mary las llaves de la ciudad. Hubo un par de jugadas muy
alegóricas que comparaban a Mary de Deborah, la Jueza descrita en la Biblia y
Judith, la "salvadora" de los Israelitas. Algunos de los comerciantes de la ciudad
habían erigido un arco y un joven vestido como una reina era llevado en un
trono por "gigantes", y había otro espectáculo memorable de un ángel vestido de
verde Tudor suspendido de un enorme arco tocando una trompeta. Algunos
dieron sus reglaos, como una bolsa llena de monedas y un corazón de oro con la
inscripción 'El Corazón de la Gente', o un pergamino ornamental alabando sus
virtudes. A través de todos los discursos, canciones y pantallas, Mary
permaneció atenta y amable, alabando los esfuerzos de su gente. Bella casi se
dormía de aburrimiento, a pesar del ruido, y Edward tenía que golpear su codo
para mantenerla despierta.

En el Temple Bar, se encontraron con la Princesa Elizabeth, sentada en un


caballo enfrente del ejército de miles de partidarios, todos ellos vestidos con los
colores Tudor, blanco y verde. Los ojos de Mary se ampliaron cuando vio su
número y se quedó sin palabras en ese momento. Elizabeth desmontó de su
caballo, se inclinó profundamente y dio un pequeño discurso sobre su alegría
por el ascenso de su hermana y prometió que ella era leal servidora de la reina
Mary. Mary la dejó de rodillas durante un momento más de lo estrictamente
necesario y luego le ofreció levantarse y besarla. La multitud rugió su
aprobación en esa muestra de afecto familiar. No podía ver la forma en que la
boca de la reina Mary se apretaba o cómo sus ojos se volvieron más fríos.

Elizabeth volvió a montar su caballo y lo golpeó con los talones, dirigiéndose a


caminar al lado del carruaje de Edward y Bella.

— ¡Saludos, primo! —dijo ella—. Y a tu adorable nueva esposa.

—Oh, Bess, Bess. ¿Por qué has hecho eso? —murmuró Edward, sus ojos sobre
las tropas que se unieron a la procesión de guardias de honor.

—Para demostrar que podía —dijo simplemente Elizabeth.

Edward nunca había sido políticamente astuto, pero ni siquiera él entendía el


significado. En la superficie, fue un gesto muy bonito, un resabio de los tiempos
del feudalismo, el dar al monarca un ejército talmente equipado era un regalo
magnífico. Per Elizabeth estaba también demostrando a su hermana la Reina
que ella no estaba sin sus propios partidarios. Ella era actualmente la heredera
al trono, siempre una posición difícil de mantener, y ella quería que Mary
supiera que tenía sus tropas para defenderla, si era necesario.

Llegaron a la Abadía y Mary cuidadosamente hizo su camino al escenario que


se había colocado para que la gente pudiera ver las ceremonias de coronación.
Sus vestidos de coronación eran tan pesados que no podía caminar sin ayuda.
La Duquesa de Norfolk, otra acérrima católica que había sido liberada de
prisión, y Bella llevaban su cola.

Elizabeth, detrás de ellos, llevaba una de las coronas que Mary llevaría durante
la ceremonia. Ella murmuró al Duque de Noallis sobre lo pesada que era.

—Imagino que se sentirá más ligera cuando descansa sobre tu propia cabeza —
respondió él. Elizabeth mantuvo sus ojos estrictamente hacia delante, fingiendo
que no había oído el comentario, aunque una pequeña sonrisa tiró de sus labios.
Era traición imaginar la muerte del monarca, lo cual era la única manera de que
la corana pudiera ser llevada por ella.

Cuando alcanzó la parte delantera de la Abadía, Mary se arrodilló en los cojines


aterciopelados que esperaban por ella enfrente del altar. Bella y la Duquesa de
Norfolk dejaron la cola del vestido abajo y se apartaron a un lado, su parte
completada de momento. El Obispo rezó sobre Mary y luego le preguntó si sería
capaz de defender las leyes de Inglaterra. Mary se había preocupado de que la
redacción la forzara a obedecer las reformas protestantes, así que lo cambió,
jurando defender solo lo "justo e ilícito" de las leyes de la nación.

El coro cantó un himno en Latín de alabanza, y entonces Mary se puso de pie,


asistida por Bella y la otra Duquesa, y todos ellos fueron de vuelta a la iglesia
donde la pantalla había sido erigida. Allí, cambiaron a Mary a uno de sus
vestidos consagrados, un simple vestido morado de terciopelo con un escote
bajo. El morado era el color favorito de Mary y ella lo llevaba a menudo (como
monarca, ella era la única que tenía derecho a usarlo), pero nadie tuvo el valor
de decirle que desentonaba horriblemente con su pálida y amarillenta
complexión.

Cuatro Caballeros de la Jarretera salieron y mantuvieron una tela sobre ella, y el


obispo Gardiner (recientemente salido de prisión por orden de Mary) le untó
con el aceite santo en la frente, la sien, el pecho y los hombros. Mary había
declinado el usar el aceite que se mantenía en las iglesias Inglesas, el cual ella
sentía que estaba contaminado con la herejía protestante, por lo que ella había
enviado a buscar un poco proveniente de un país sólidamente Católico. Regresó
a la pantalla y Bella y su anciana, pero fornida compañera, le volvieron a vestir
con el traje de ceremonia. Mary entonces se puso de pie delante del trono,
donde la espada ceremonial estaba atada alrededor de su cintura, y una capa
escarlata adornada con armiño estaba sobre sus hombros. Le fue entregado el
cetro y el orbe de estado y luego se sentó en el trono de madera tallada de San
Edward. Primero fue coronada con la antigua corona usada por San Edward el
Confesor, luego la corona Imperial (para gobernar más de un país), y luego con
la corona más pequeña y ligera que habían hecho específicamente para ella.

Mary devolvió el orbe al Obispo y tomó en su mano el cetro de la Reina, más


pequeño que el del Rey, con una paloma de oro en la parte superior. Era la
primera monarca femenina de Inglaterra, a no ser que uno contara el corto y
desastroso reinado de Matilda (y la mayoría no lo hacía), así que ella mantenía
la regalía de ambos Rey y Reina.

Bella estaba cansada de la ceremonia y, sin embargo, siguió hablando y


hablando. El coro cantó, el clérigo predicó y oró. El público, cuando se le
preguntó, gritó sí, ellos tenían a Mary por su Reina. Una completa misa Católica
fue realizada, y Bella intentó duramente no inquietarse. Podía notar que las
horas se habían pasado por el barrido de los rayos de sol a través del piso de la
iglesia. Intentó hacer un pequeño juego de él, ¿alcanzaría el rayo de sol a la
dama de vestido azul antes de que el Obispo terminara de hablar?

Uno por uno, los nobles se acercaron a prometer su lealtad. Elizabeth, como
heredera, era la primera, seguida por Edward y Bella. Mientras se arrodillaba,
Edward de repente se dio cuenta de que él era tercero en la línea por el trono, un
pensamiento que lo desconcertó mucho. Era algo de lo que se tenía que haber
dado cuenta antes, pero no tenía ninguna ambición hacia el trono, así que no era
un asunto al que le dedicó mucho pensamiento. No era extraño que sus cámaras
hubieran tenido tantos visitantes en la última semana. Y las mujeres habían sido
tan amables y amigables con Bella, admirando su piedad en abstenerse en comer
carne durante toda la semana. Algunas incluso le habían copiado.

No abandonaron la Abadía hasta el banquete después de las cinco. Los pies de


Bella le dolían y tenía hambre, pero estaba preocupada de que el banquete no
tendría muchos platos de verduras para ella. Estaban sentados en la mesa
principal con la Reina. El obispo Gardiner tomó el asiento a su derecha, la
princesa Elizabeth estaba a su izquierda, aunque a cierta distancia de la mesa.
Edward y Bella se sentaron con Elizabeth, lo cual Bella disfrutó porque
Elizabeth era una conversadora ingeniosa y podría ser muy encantadora. Ella
aparentemente creía que teniendo a Edward a su lado sería beneficioso, y por
eso era amable y gentil con él, y muy amable con Bella, quien estaba sentada
silenciosamente, escuchando la charla de su marido y su primo. Elizabeth sacó
un anillo de su dedo y se lo pasó a Bella como un "recuerdo" de la ocasión.
Edward tenía tiempo para pensar, Oh, por favor no dejes que ella le agradezca a
Elizabeth por la 'brillante roca' antes de que oyera a Bella expresar educadamente
su gratitud. Ella deslizó el anillo en su dedo y sonrió, elevando su mano para
admirarlo.

Durante el segundo curso, un caballero montó su caballo en el vestíbulo y


arrojó el guante, demandando saber si alguien desafiaba el derecho de Mary al
trono. Nadie habló. Como era costumbre, Mary le envió su copa enjoyada llena
de vino. Eso fue, en opinión de Bella, la cosa más interesante que había ocurrido
en horas. Oh, ¿cuándo terminaría esto?

El banquete se extendía más y más en la noche, plato tras plato fue presentado.
Bella, con el estómago lleno de puerros y chirivías, empezó a dormirse. Edward
se inclinó hacia la Reina.

—Su majestad, ¿puedo retirarme? La condición de mi mujer le hace cansarse —


Mary sonrió tiernamente a Bella, cuya cabeza se inclinaba a un lado como una
flor marchita—. Eres un buen marido, primo —dijo—. Sí, toma a la pobre niña a
la cama.

Tan pronto como se levantó, llevando a una dormida Bella de pie a su lado,
Courtenay se deslizó por la mesa hacia Elizabeth y comenzó a coquetear con
sutileza, cuidando no ser obvio y ofender a Mary. Si no podía casarse con la
Reina, podía intentarlo con la heredera de la Reina. Edward rodó sus ojos.
Elizabeth coqueteaba de vuelta, aunque Edward sabía que ella despreciaba a
Courtenay. Pero Elizabeth ya había aprendido que podía ganar valiosos aliados
temporales fingiendo que podría estar interesada en casarse con ellos. La
política como de costumbre.
Cuando alcanzaron el vestíbulo, Edward cogió a Bella en brazos, con cuidado, y
llevó a su dormida esposa durante el resto del camino.

—Así que, mi pequeña selkie —dijo suavemente—. ¿Qué pensaste de la


coronación?

—Ha sido larga —dijo Bella.

Edward se rio.

—Era algo para ver, sin embargo, ¿o no? Es una historia que puedes contar a
nuestros niños algún día, que viste a una Reina consagrada y coronada.

Bella bostezó.

—Supongo que tienes razón. Es algo que será recordado cientos de años en el
futuro. ¿Será Mary una buena reina, Edward?

—Eso espero —dijo Edward—. Creo que tiene buenas intenciones. Me dijo ayer
que no tenía intenciones de forzar a nadie de vuelta a la fe Católica. Dijo que su
siguiente paso es intentar encontrar un marido.

Un sirviente se situó en la puerta de su habitación, y abrió la puerta para ellos


cuando vio a Edward aproximarse. Otro esperaba en el interior con una vela
encendida. Incluso en esta última hora, ninguno de ellos podía permitir ser
encontrado durmiendo por el Duque. Ellos desvistieron a Bella y Edward
rápidamente, y él los despidió.

Se acurrucaron juntos en la cama. Bella apoyó la cabeza en el hombro de


Edward.

— ¿Por qué Mary se quiere casar a su edad? —preguntó Bella.

—Ella quiere tener un heredero que no sea Elizabeth —dijo Edward sin
rodeos—. Un heredero Católico. —Besó la frente de Bella—. Ve a dormir ahora,
amor. Necesitamos estar a tiempo para la misa del amanecer. —Luego se echó a
reír, porque Bella ya estaba dormida.
Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
Un "cinturón (girdle)" era un cinturón de piedras preciosas incrustadas que se
colocaba en la cintura y tenía una cola larga que colgaba en la parte delantera
del vestido. Si buscas en Google por "retrato de la joven Elizabeth I", encontrarás
una imagen de una joven princesa Elizabeth en un vestido rojo, sujetando un
libro y llevando un cinturón de perlas incrustadas.

-He eludido la línea de tiempo un poco en lo que respecto a la coronación. El


encuentro con Elizabeth fue en realidad cuando Mary entró a Londres, pero su
significado era el mismo. A Mary también se le da el corazón de oro cuando
entró por primera vez en Londres. Ella residió en el palacio de San James la
mayoría del tiempo antes de su coronación, trasladándose a la Torre la noche
anterior, como era tradicional para los monarcas la noche anterior a su
coronación.

-El comentario del Duque de Noallis es apócrifo.


Capítulo 9

Traductora: Carla Liñam (FFAD)


Beta: Jocelynne Ulloa (FFAD)

H ubo una buena cantidad de quejas cuando la Reina Mary nombró a

Edward como su consejero. Fueron muchos los que sintieron que sus familias
debieron haber recibido el honor, ya que la Duquesa de Cullen había sido
nombrada como una dama de honor, y a los otros concejales les preocupaba que
eso indicara que ella los reemplazaría con sus propias elecciones, en lugar de
aceptar al consejo como estaba, heredado por el reino de su hermano. Y más que
eso, muchos de ellos habían firmado los documentos que habían proclamado a
Jane Grey como Reina.

Pero Mary estaba determinada a empezar su reino con una nota de


reconciliación. Declaró un indulto general para aquellos que había apoyado a
Jane Grey, para el gran alivio de los concejales, especialmente para los
Protestantes, quienes habían esperado un cargo por traición.

Por los siguientes días, Edward y los otros concejales estuvieron ocupados
estableciendo el nuevo gobierno, nombrando a los oficiales favoritos de Mary
para diferentes cargos y posiciones. Bella pasó la mayor parte del día con la
Reina, y Edward la extrañaba terriblemente. Se había acostumbrado
rápidamente a tenerla a su lado y se encontró a sí mismo, un par de veces cada
día, recalcando algo y dándose cuenta de que no estaba con él. Las únicas veces
que se veían era a la hora de la comida y cuando se iban a la cama, y a menudo
estaban tan cansados para hacer algo más que acurrucarse juntos y caer en un
sueño exhausto.

Cuatro días después de la coronación, Mary llamó a su primer Parlamento. Una


de las primeras acciones era declarar que el matrimonio de los padres de Mary
era válido y que Mary era legítima. Era un tema delicado con muchas
implicaciones; el más importante, que Mary era legítima, mientras que la
Princesa Elizabeth no lo era. Edward había imaginado que Elizabeth estaría un
tanto molesta cuando escuchara al respecto, pero una vez más, ella
probablemente ya sabía que Mary había planeado esto. Elizabeth pensaba como
un experto en ajedrez: siempre cuatro movimientos delante de sus oponentes,
con planes de emergencia para cada movimiento que pudieran hacer.

Estaba sorprendido y molesto por la siguiente parte de la legislación: eliminar


todas las reformas de los Protestantes de su hermano y regresar la Iglesia
Inglesa a lo que había sido debajo de su padre. Edward se sintió traicionado;
Mary le había dicho que había intentado dejar la Iglesia cuando lo descubrió. Se
puso de pie y salió de ahí antes de escuchar siquiera que el debate había
empezado. Ella ganaría, por supuesto. Era raro que se negaran a un monarca.

Fue a buscar a Bella, quien se había convertido rápidamente su refugio para


todas las tormentas de la vida. La encontró afuera de las cámaras del
Parlamento, esperando con las otras damas de compañía a que la Reina volviera
de sus aposentos. Se detuvo y la observó por un momento, con el orgullo
brotando dentro de él. Era hermosa, perfectamente ataviada como una noble
mujer inglesa, compartiendo un gran aro para bordar con Susan Clarencieux,
otra de las damas de compañía favoritas de Mary. Ninguna culpa podía
encontrarse en sus modales o su conducta, y por lo tanto, la corte había
aceptado sus pequeñas "excentricidades". Esta adorable mujer era suya, y por
algún milagro, ella lo amaba tanto como él a ella. Era un hombre afortunado,
pensó.

—Bella —la llamó. Alzó la vista y lo vio, y una sonrisa iluminó su rostro. Se
puso de pie y caminó hacia él, y él la besó ligeramente en la boca, la manera
inglesa de saludar a un amigo, esposa o igual.

— ¿Qué va mal? —dijo suavemente.


—Nada —respondió—. Demos una caminata por los jardines. La Reina estará
en el Parlamento por un rato más. Tengo uno de los localizadores para
alertarnos cuando te necesite nuevamente.

Bella le contó sobre su día mientras caminaban por los pasillos del Palacio
Westminster hasta la puerta. Había ido a misa tres veces con la Reina, y después
Susan había leído de El espejo de un alma pecadora, un poema en prosa de la Reina
Margaret de Navarre. Era un austero y triste derrame de auto-degradación de
una mujer que se veía a sí misma como una pecadora desdichada. Bella fue feliz
cuando decidieron cambiarlo por música, escuchando a Thomas Tallis, uno de
los músicos de la Capilla Real, quien tocó y cantó su nueva composición, Puer
Natus Est, una pieza que todavía no estaba completa, pero que había escrito en
honor a la Reina Mary.

Llegaron a los jardines y a la relativa privacidad, a pesar de que varios


sirvientes se divisaban, con su respectiva distancia. Siempre y cuando
mantuvieran sus voces bajas, no serían escuchados. Edward, con una voz que
mostraba su enojo, le dijo a Bella sobre la propuesta de legislación por parte de
la Reina.

Bella no parecía sorprendida. —Edward, debías haber esperado esto.

Sacudió su cabeza.

—Ella me mintió. Hace menos de cuatro días, me dijo que no iba a forzar a nadie
a ir a misa, y aquí la tienes, intentando restablecer la vieja Iglesia.

— ¿Y qué hay de la supremacía Papal? —preguntó Bella.

Edward parecía impresionado. Jasper o los chismosos de la corte habían


informado a Bella tan bien sobre los asuntos religiosos.

—No tocarán ese asunto. Los Lords están tan preocupados de que Mary nos
regrese a la autoridad del Papa, que van a regresar todas las riquezas y las
tierras que habían confiscado cuando el monasterio se disolvió.

Bella rió suavemente.


—Así que no es sobre religión, sino de dinero.

—Eso, y el hecho de que los ingleses tenemos una intrínseca aversión a ser
reinados por el extranjero. A una buena parte de los Católicos en este país no les
molesta que la monarquía sea la cabeza de la Iglesia. Regresar al estilo en donde
estaban bajo su padre es un compromiso.

Bella estuvo quieta por un momento.

—Siento tanto que estés herido, Edward.

—Es solo que no entiendo por qué no me dijo la verdad.

Bella tomó su labio inferior entre sus dientes.

—Tal vez quiera dar a entender que está restableciendo los servicios a la
costumbre Católica, pero no obligará a nadie para ir con ellos si no quieren
hacerlo.

Edward detuvo su paso y tomó la mano de Bella entre las suyas.

—Esa es una de las razones por las cuales te amo tanto. Siempre tratas de
pensar en lo mejor de las personas.

—No estoy acostumbrada a mentir y a los mentirosos —confesó Bella—. Los


Selkies no podemos mentir. ¿Se supone que es sencillo mentir con los labios
pero cómo puede mentir uno con la mente?

— ¿Puedes ver en las mentes de otros?

Asintió.

—Es como nos comunicamos. Cuando nos tocamos, abrimos nuestras mentes
mutuamente. Es por eso que no necesitamos nombrar las cosas; vemos las
imágenes —trazó un pequeño corazón en la muñeca de él con su dedo—.
Desearía poder ver en tu mente, pero está bloqueada para mí.

— ¿Es solo conmigo, o es con todos los humanos?


Sonrió con tristeza.

—Puedo ver en la mente de tu hija, y es una mente interesante la suya. Parece


que soy capaz de leer a los niños, pero cuando crecen y se convierten en
adultos… creo que se detiene una vez que la gente empieza a acumular secretos.
Construyen muros para mantenerlos apartados, muros en donde se esconden.

—Lo siento —dijo, porque fue en todo lo que pudo pensar para decir. Tenía
secretos y muros que había empezado a adquirir a una terrible temprana edad.
No recordaba cómo se sentía ser despreocupado e inocente, si es que alguna vez
lo fue.

Llegaron hasta la orilla del río. Bella miró el agua y sus ojos se entristecieron.

— ¿No es como el mar, verdad? —remarcó.

Ella sacudió la cabeza.

—Es tan sucio.

El Támesis daba vuelta desde las alcantarillas, donde la gente vaciaba sus
bacinicas, hasta el Río Fleet, el cual desembocaba en el Puente Blackfriar. El Fleet
era impasable por los barcos, por la cantidad de basura que tiraban desde las
casas, curtiembres y carnicerías a lo largo de la orilla, y su hedor sobrepasaba la
esencia del incienso de las iglesias cercanas. Los animales muertos, e incluso las
personas muertas, terminaban en esas tenebrosas profundidades.

—Cuando dijiste que había un río cerca del Palacio, pensé en nadar —dijo
Bella—. Ahora entiendo por qué dijiste que no querría hacerlo. ¿Por qué la gente
le hace eso al agua?

—Les permite deshacerse de sus menudencias —explicó Edward—. Supongo


que cada hombre piensa que una bacinica no contaminará tal cantidad de agua,
pero cuando muchos hombres piensan lo mismo…

—Si yo fuera la Reina, haría una ley en contra de contaminar el río —dijo Bella.

Edward se acercó y la tomó por los hombros. Miró a su alrededor para


asegurarse de que nadie la había escuchado.

—Bella, nunca debes decir eso.

— ¿Por qué?

—Porque es una traición imaginar la muerte de la Reina, y la única manera de


que puedas tener el trono es que ambas, la Reina Mary y la Princesa Elizabeth,
mueran.

Comprensión y algo parecido al horror hizo que los ojos de Bella se ampliaran.

— ¿Tu eres el tercero? ¿En serio? ¿Estamos así de cerca?

La voz de Edward era siniestra.

—Soy el hijo de la hermana mayor de Enrique VIII. La sucesión va de Mary a


Elizabeth, luego a mí y a mi hija, y después a las hermanas Grey: Jane Grey,
Catherine Grey y Mary Grey. Después de eso, supongo que a Courtenay —se
estremeció—. Aunque pienso que preferiría que Inglaterra fuera arrasada hasta
dejar la Tierra vacía y fijarla con sal antes que ver a ese arrogante vanidoso
siquiera cerca del trono.

—Algo me dice que Mary lo tomará como su esposo.

Edward sacudió la cabeza. —No se casará con un inglés. Mostrar tal


favoritismo por una familia sobre la otra podría causar una rebelión, y Mary no
ensuciaría su sangre real casándose con alguien que esté debajo de ella. "La
sarga será un rey cuando ella se case, sin duda".

—Pero eso causará un conflicto también —dijo—. Me has contado cómo los
ingleses no pueden ser reinados por un extranjero.

Edward asintió.

—Ha habido mucho rumor al respecto. Pero el Consejo siente que ella debe
casarse. La idea de una mujer reinando sola es absurda.

Bella inclinó la cabeza hacia un lado.


—¿Por qué?

—Porque… porque… —balbuceó—. Una mujer necesita de la guía de un


esposo. Además, no es saludable para una mujer permanecer soltera. Es por eso
que Mary ha estado reportando muchas migrañas y problemas femeninos.

Bella rió suavemente.

—La gente de tu pueblo tiene unas ideas tan extrañas.

— ¿Altezas? —un joven escudero se acercó y después de que miraron en su


dirección se arrodilló—. Su majestad ha dejado la cámara del Parlamento y
llama por sus damas.

—De vuelta al trabajo —dijo Edward, dándole a Bella una sonrisa tenue. Tomó
su mano nuevamente y dibujó un corazón, justo como el que ella había hecho en
su muñeca. Eso la hizo sonreír mientras ambos se dirigían de vuelta a sus
deberes.

Courtenay era considerado secretamente por muchos como el cretino más


grande de Inglaterra. Se pavoneaba, se jactaba y tenía una mala actitud, pero lo
más problemático era esa vena vengativa que tenía. Buscaba venganza de cada
cosa que le habían hecho a él o a su familia, y tenía una creciente multitud de
seguidores que lo trataban como si ya tuviera el mundo y el cetro en sus manos.
Y un matrimonio parecía cada vez más conveniente desde que Mary apremió
sus años de leal servicio (o mejor dicho, su leal Catolicismo) con el título de
Conde de Devonshire, y dándole un enorme diamante de la colección de joyas
de su padre.

Bella estaba asustada de él. La arrinconó una vez en la galería y le dijo algunas
cosas que ella no pudo entender, pero sabía que habían sido obscenas por su
expresión. No la había tocado, pero Bella se había sentido babosa cuando sus
ojos pasaron por su piel. Había algo bastante malo en ese joven hombre, y si
Mary no dejaba en claro que no tenía interés en casarse con él, iba a tener que
decirlo. Nunca le había dicho a Edward sobre el incidente, porque sabía que eso
lo incitaría a una furia, y que no podría hacer nada al respecto, pues eso
disgustaría a los nobles y posiblemente a la misma Mary.

Algunos excusaban el comportamiento de Courtenay. Después de todo, había


estado en prisión desde que tenía doce años, y a pesar de sus numerosos
defectos, había muchas personas en el consejo que presionaban a Mary para
tomarlo como esposo. Era el último de los Plantagenets, el "último brote de la
rosa blanca". Mary ya le había escrito a su primo, el Emperador Charles,
pidiéndole su consejo sobre con quién debería casarse, pues siempre se había
inclinado hacia los parientes de su madre por un consejo. Pero enfrentaba la
presión por ambos miembros del consejo y de la madre de Courtenay, una de
las damas de compañía, y quien dormía en la cama con Mary. Y no solo eso,
sino su propio amado y muy estimado Canciller Gardiner estaba presionándola
para que se casara con Courtenay, puesto a que él no concebía la idea de que se
casara con un forastero.

Se rumoraba que Elizabeth estaba conspirando con Courtenay, información que


le habían llevado ansiosamente las damas de Mary, ya que a muchas de ellas no
les gustaba Elizabeth desde un principio, viéndola como un peligroso rival para
el trono de Mary. Ella no se inclinaba a creerlo. Quería ser capaz de querer a su
hermana menor, incluso si Elizabeth parecía que a veces lo hacía difícil.

Elizabeth había "rechazado" ir a Misa con la Reina Mary, a pesar de las


numerosas invitaciones de la Reina. Asistió a la corte con un vestido blanco y
negro, de una devota dama Protestante, con un libro de oraciones siempre en
sus manos. Las concesiones de su estatus estaban en la riqueza de la tela de sus
túnicas, y que dejaba que su cabello cayera libre, flotando sobre sus hombros
hasta sus caderas, como un río de oro derretido; un estilo asociado con la
juventud, virginidad y… realeza. Elizabeth estaba altamente consciente de la
imagen que proyectaba.

Como Mary lo veía, la unión familiar no podía llevarse a cabo si Elizabeth se


mostraba a sí misma como un tipo de ícono Protestante, una alterna a la Reina
Católica. Mary se estaba frustrando, y sus sentimientos estaban heridos, y como
siempre, los sentimientos heridos llevaban al enojo. Bella trató de intervenir lo
más gentil que pudo, pero Mary estaba firme: Elizabeth debía ir a Misa, o se
enfrentaría al enojo de Mary.

Elizabeth se enteró de esto, y voló hasta la cámara privada de Mary,


arrojándose al piso frente a la Reina, sollozando con fuerza, y dejando que su
cabello rubio rojizo cayera como cortina alrededor de ella. El enojo de Mary se
evaporó y atrajo a su hermanita a sus brazos.

— ¿Elizabeth, qué problema te acongoja?

—Estás enojada conmigo —gimoteó Elizabeth.

—Estoy tratando de mantenerme paciente, Elizabeth, pero quiero a mi familia


conmigo en la Misa.

El labio inferior de Elizabeth tembló.

—Y yo tengo… ¡no sé qué hacer!

— ¿A qué te refieres?

—No sé qué hacer en Misa —lágrimas frescas recorrieron las mejillas de


Elizabeth—. No fui criada bajo la vieja religión, hermana. No sé nada sobre ella.

—Oh, Elizabeth… —dijo suavemente. Limpió las lágrimas de sus mejillas con el
pañuelo que tenía en la manga—. Oh, pobrecilla…

—Sé que quieres que vaya contigo, ¿pero, cómo puedo ir a un servicio de
adoración de una fe que no comparto? Sería un problema para mi consciencia
tener que pretender.

—Entiendo —dijo Mary, sonriéndole y apartando el cabello rubio rojizo de la


frente de su hermana.

— ¿Podrías tú… tal vez… traerme algunos libros para leer? —preguntó
Elizabeth tímidamente—. ¿Para ver si mi consciencia me permitirá
convencerme?

— ¡Claro que puedo, querida! Y veré que recibas educación también. Tal vez
con el Padre Jasper. Bella habla tan bien de él, y de lo mucho que le ha enseñado
a ella sobre la fe.

—Gracias, hermana —balbuceó. Se puso sobre sus pies y prácticamente brincó


de la habitación. Vio a Bella cerca de la puerta y le dio un guiño.

Bella sacudió la cabeza. Qué actuación. Cuando le contó la historia a Edward,


esa noche, él rió sinceramente.

—Bess es bastante astuta —dijo—. Pero Bella, por favor, no te involucres entre
ellas. Deja que Elizabeth peleé sus propias batallas. No te gustaría que Mary
pensara que estas poniendo a Elizabeth en contra de ella.

Bella suspiró.

—No puedo evitarlo, Edward. No quiero ver que Mary haga daño, y me agrada
Elizabeth. Creo que a veces hace enojar a Mary sobre ciertas cositas que pueden
ser explicadas si hablan frente a frente, en lugar de hablar por otras personas.

—Créeme que Elizabeth sabe exactamente lo que está haciendo —dijo Edward—.
No se pone las medias en la mañana sin pensar en tres formas de convertirlo en
su ventaja política. La verdad es que no envidio la tarea de Jasper de tratar de
convertirla a la antigua fe. Te apuesto un chelín a que ella terminará por
convertirlo a él.

Unos cuantos días después, Edward obtuvo el permiso de la Reina Mary de


visitar a Jane Grey en la Torre. Por lo que había escuchado, la pobre chica tenía
pocos visitantes. Incluso su propia madre estaba ocupada congraciándose a sí
misma con la Reina, y prácticamente había arrojado a su hija a los lobos con tal
de salvar su propio pellejo, y había sido ella quien había forzado a su hija a
aceptar la corona desde el principio. Edward odiaba a Frances Grey, quien era la
clase de persona que hacía preguntarse a uno por qué Dios permitía que
algunas personas tuvieran hijos.

Tomaron una barca por el río hasta el puerto de la Torre, y caminaron por los
pasillos. Bella se estremeció cuando vio, lo que parecía para ella, los dientes
irregulares de algún monstruo importante, devorando a cualquiera que pusiera
un pie adentro. Suponía que era cierto. Había unos cuantos que entraban de
manera voluntaria, y unos cuantos que salían con vida.

Bella se había preparado para ver a Jane en una celda húmeda, pero la
habitación en donde la Reina-por-nueve-días se hospedaba era bastante
agradable. Tenía una enorme ventana, por la cual entraba bastante luz natural,
muebles propios de su nivel, y una pila de libros. De hecho, Jane estaba bastante
contenta.

—Debería, tal vez, agradecerle a la Prima Mary —Jane le dijo a Edward, con
tono sardónico—. Nunca antes había tenido tanto tiempo para leer.

Edward miró alrededor del pequeño cuarto, y se percató de un reloj colocado


en cada superficie plana. Jane los coleccionaba, a pesar de que Edward siempre
se preguntaba de dónde sacaba los ahorros para comprar artículos tan
increíblemente caros. Inclusive estaba usando uno; uno pequeño, plano, con la
base enjoyada, con la forma de un libro, que tenía un pequeño reloj adentro.

— ¿Te encuentras bien, Jane? —Preguntó Edward— ¿Hay algo que más que
pueda traerte?

—No. Tengo todo lo que necesito. Mucho más de lo que merezco. El Amo
Partridge es amable conmigo, y tengo a mi nodriza Ellen aquí también —señaló
a la mujer mayor, quien estaba tejiendo tranquilamente en una esquina—.
Incluso me han enviado a dos sirvientas, la Señora Tilney y la Señora Jacob, y
han sido muy buenas conmigo.

Miró a Bella curiosamente.

— ¿Ella es tu nueva esposa, Edward? Escuché que te has vuelto a casar.

—Ella es Bella, Jane, mi esposa.

Jane sonrió, iluminando su simple rostro.

— ¡La amas! —anunció—. Puedo decirlo.

—Y vaya que sí —contestó Edward, tomando la mano de Bella y dándole una


pequeña sonrisa.
Jane suspiró.

—Los envidio a ambos —su esposo, Guildford, era un niño mimado y


petulante; la clase de persona que sigue siendo infantil hasta que su cabello se
ponga blanco con la edad. Cuando Jane se había negado a coronar a su esposo
como Rey, la furiosa madre de él había ordenado que Guildford dejara de visitar
la cama de Jane, a pesar era un misterio que ninguno de ellos pensara que eso
fuera un castigo.

— ¿Eres de la verdadera fe? —le preguntó a Bella.

— ¿Uhm… de cuál? —respondió.

Edward suspiró. Respuesta incorrecta. Jane se sumergió en una lectura sobre los
errores de la Iglesia Católica, y trató de que Bella aceptara un libro de la religión
Protestante, el cual Bella, afortunadamente, rechazó.

—Puedo leer, pero no muy bien —confesó—. Me temo que me tomará hasta
que suene la Última Trompeta para poder terminar un libro tan grueso.

—Edward puede leértelo —insistió Jane.

—La vida en la Corte nos tiene bastante ocupados como para leer, Jane —dijo
Edward—. Tal vez en otro momento.

Jane pareció decepcionada, pero le agradeció a Edward y a Bella por su visita.

—Reza, Bella —le dijo—. Dios te mostrará el camino verdadero hasta su Gracia.

—Esa pobre chica —dijo Bella, después de que llegaron al exterior del Green.
Miró sobre su hombro y vio a Jane en la ventana, y le dio un pequeño saludo,
recibiendo uno a cambio—. Su fe es la única pasión que tiene en la vida.

—Y la única que sentirá si sigue casada con ese imbécil —Edward miró sobre el
Green, hasta la torre Beauchamp, en donde se quedaba Guildford.

— ¿Podemos enviarle algunos libros? —preguntó Bella—. Creo que eso sería lo
más amable que podemos hacer por ella.
Edward lo consideró.

—Primero tenemos que mostrarle nuestra selección a Mary —dijo.

Subieron a la embarcación, de regreso al palacio.

—Tenemos el resto del día libre —le recordó Edward—. ¿Qué te gustaría hacer?

—Quisiera pasarlo en tus brazos, si es que puedo elegir —dijo suavemente.

—Eso puede arreglarse —sonrió Edward.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS

-Autenticidad de Mary (o falta de ella). Cuando Enrique VIII aceptó finalmente


de que no tendría más hijos, restableció a Elizabeth y a Mary como sucesoras,
pero nunca restableció la legitimidad en el testamento. Ambas eran,
técnicamente, bastardas. Enrique había anulado su primer matrimonio con la
madre de Mary, Katherine de Aragon, y entonces anuló su matrimonio con su
reemplazo, Anne Boleyn, antes de fuera decapitada. (Lo cual llevaba al mismo
punto interesante de lo que sucedió con Kathryn Howard: si la mujer no era
reconocida legalmente como esposa del Rey, ¿cómo podía ser ejecutada por
adulterio?). Algunos sabios creen que la "gentileza" de Enrique de importar un
espadachín francés para decapitar a Anne, en lugar de usar al verdugo de la
Torre, fue porque ella accedió la anulación.

-La Pobre Mary (o Marie) Grey fue considerada como la mujer más fea de la
corte. Era bajita con la espalda torcida. Ambas, ella y su hermana Catherine,
enfurecieron a la Reina Elizabeth cuando se casaron con hombres por debajo de
su nivel sin su permiso. Mary fue puesta bajo arraigo domiciliario con su
esposo, hasta que él murió cinco años más tarde. El esposo de Catherine fue
enviado lejos del pueblo por un asunto sin relación, y no confesó sobre el
matrimonio hasta que estuvo embarazada de ocho meses. Desafortunadamente,
el único testigo de su matrimonio había fallecido, y ella había "perdido" toda la
documentación que probaba que estaba, en efecto, legalmente casada. (Uno se
pregunta si en realidad fue robada por alguien que quería eliminarla como
potencial heredera al trono). Elizabeth encarceló a Catherine y a su esposo en la
Torre, pero los carceleros fueron amables con la pareja y permitían que se
encontraran en privado. Elizabeth estuvo realmente enojada cuando Catherine
se embarazó de nuevo. Separó a la pareja, llevándose consigo al nuevo bebé, y
anuló el matrimonio de Catherine contra su voluntad, haciendo que el niño
fuera ilegítimo, y fuera inelegible a la sucesión (irónico, viniendo de una mujer
que llegó al trono después de haber sido rechazada por su propio padre).
Catherine murió cinco años después, sin haber visto de nuevo a su esposo. Esta
historia de dolor ilustra cuán amable y generosa fue la Reina Mary cuando
descubrió que Edward se había casado con Bella.

-Una "migraña" era usada para describir una migraña como dolor de cabeza y
como ataques de depresión. Las cuales sufrió la Mary durante toda su vida.

- Lady Jane Grey en realidad tuvo su colección de relojes en los cuarteles de la


Torre: cinco relojes de mesa, incluyendo un reloj "alarma", y tres de bolsillo que
le fueron entregados "por mandato".
Capítulo 10

Traductora: Paulii Aguilar (FFAD)


Beta: Constanza Moreno Inostroza (FFAD)

— T engo una sorpresa para ti —susurró Edward al oído de Bella.

Se había escabullido en la recámara privada de la reina casi sin ser detectado y


se acercó detrás de su esposa e inclinó sobre ella para susurrarle. Bella saltó
dando grito ahogado.

— ¡Oh, Edward! —Ella se giró y le sonrió, contenta de verlo como siempre, pero
él no se dio cuenta del brillo en sus ojos.

Las dos últimas semanas han sido cada vez más difíciles para Bella. Extrañaba
el mar, aunque sea solo su aroma en el aire o ver desde su ventana las olas
grises agitándose. Extrañaba el llamado de las aves marinas. Extrañaba a
Elizabeth, y estaba preocupada que haya sido dejada al cuidado insensible de
Rosalie. Y extrañaba a Edward, porque parecía que la única vez que lo veía era
cuando paseaban por los pasillos o tarde en la noche, cuando por fin iba a la
cama, muy cansado como para hacer otra cosa que darle un rápido beso antes
de caer en un profundo sueño, sin sueños, solo para repetir el ciclo del día
siguiente.

Bella, como una de las damas de la reina Mary, estaba siempre de guardia para
atender a su majestad. Se dirigía a las habitaciones de la Reina antes del
amanecer para ayudar a vestirse, un proceso ridículamente largo que
participaban varias personas que estaban encargadas de la entrega de una sola
prenda a los que tenían el honor de ponerla realmente en el cuerpo de la Reina.
Incluso sus funciones corporales más íntimos se realizaban con público y la
asistencia de los sirvientes.

Entonces a misa. Después a la recámara privada de la Reina, donde asistía a los


negocios del reino, sus damas tocaban música agradable de fondo o leían o
bordaban tranquilamente cuando tenía una reunión con el funcionario o algo
así. Y luego, a la misa de nuevo. Si no fuera por el estrés, Bella podría haber
muerto de aburrimiento.

Las tensiones fueron creciendo en la corte. La Reina Mary creía que las
verdades del Catolicismo eran tan obvias que cualquiera que se presentara ante
ellos se convertiría fácilmente, y así se enojó más mientras la Princesa Elizabeth
continuaba ausente por semanas después de que le habían dado los libros y
clases particulares con el Padre Jasper, el cual como Edward había predicho,
había manejado los debates sobre las cuestiones de teología tan
enigmáticamente que Edward no podía seguir las descripciones que Jasper daba
sobre ellos. Jasper, que casi había perdido la esperanza de hacer una conversión,
estaba disfrutando inmensamente de pasar tiempo con Elizabeth, pero tenía que
informar a Mary que había progresado, cosa que sin duda no le gustaba.

Edward estaba cansado y de mal humor debido a las cargas de sus funciones
municipales. Mary estaba imponiendo nuevos aranceles comerciales a fin de
tratar de mejorar la economía Inglesa, pero los nobles que poseían el monopolio
sobre esas importaciones eran resistentes y seguían tratando de pasar las tarifas
de descuento en los demás. Se sentía como Sísifo, le admitió a Bella,
eternamente empujando una roca cuesta arriba solo para verla rodar hacia abajo
cuando se acercaba a su objetivo.

— ¿Una sorpresa? —repitió ella—. ¿Qué tipo de sorpresa?

Él le dio una sonrisa y se inclinó para susurrarle al oído.

—Solo tendrás que seguirme y averiguarlo, ¿o no?

Bella se puso de pie y se quitó su bastidor. No se perdió la sonrisa cómplice que


hubo entre la Reina y Edward, y se alegró de que los dos parecieran estar de
nuevo en términos amigables. La Reina Mary había notado cierta frialdad de
Edward hacia ella y su formalidad exagerada que indicaba su distancia
emocional después de haber introducido la legislación religiosa y al final, lo
había mandado a llamar.

— ¿Por qué tu enojo hacia mí? —preguntó ella, y la mandíbula de Edward se


había abierto en asombro porque pensaba que ella estaba fingiendo ignorancia,
cosa que era algo que no sabía si Mary haría.

—Usted me mintió —respondió—. Usted me dijo que tenía intención de dejar la


religión como estaba y no iba a forzar a nadie en contra de su conciencia.

Mary se retorcía las manos.

—Eso fue antes de que supiera lo mal que estaban las cosas, Edward. No me
entiendes. Es terrible. Hay tanta confusión. El sacerdote de una iglesia puede
decir una cosa y el sacerdote de la parroquia de al lado dice otra. La gente no
sabe qué creer. Están haciendo sus propias decisiones, a pesar de que no fueron
enseñados como los de nuestra iglesia. ¿Qué clase de Reina sería si dejo a mi
pueblo perderse y en peligro de perder sus almas inmortales? Yo no te mentí,
Edward, lo juro. Simplemente no tenía conocimiento exacto de la situación.

— ¿Y Elizabeth? —Edward preguntó con gravedad—. Usted dijo que no


obligaría a nadie en contra de su conciencia, pero arrastra a Elizabeth estando
enferma para asistir a la misa en su capilla.

Hace unos días, el tribunal había discutido el espectáculo de Elizabeth


caminando lentamente a la misa, en voz alta quejándose todo el camino que se
sentía mal y pidiendo a una de sus damas que frotara su estómago. Se calmó
durante la ceremonia en sí, pero tenía la expresión de un mártir triste todo el
tiempo. La historia se extendió por sus partidarios protestantes, que Elizabeth
había sido finalmente obligada a asistir a la misa como su hermana ordenó, pero
le resultó tan desagradable que estaba mal del estómago.

—No estaba enferma —argumentó Mary—. ¡Envié mis propios médicos a verla
y no pudieron encontrar nada malo en ella!

— ¿Y los médicos siempre son capaces de diagnosticar una enfermedad, su


majestad? —Él arqueó una ceja, ya que Mary había sufrido muchas
enfermedades que sus médicos simplemente culpaban a la histeria.

Los ojos de Mary se estrecharon.

—Tú no eres tonto, Edward. Tú sabes que ella no se quiere convertir.

—Sí, lo sé. Pero también creo que el estrés de su descontento podría ser la causa
de sus problemas estomacales. Estoy dispuesto a darle el beneficio de la duda,
como te lo dieron una vez.

Mary se estremeció. Estaba siendo influenciada por los partidarios Católicos


que le susurraban rumores constantemente al oído, y ella lo sabía.

Ahora, le sonrió suavemente a Edward y su novia, con los ojos un poco


nostálgicos mientras observaba el vínculo y afecto evidente entre ellos. Había
llevado una hora de discusión, pero ella y Edward habían llegado finalmente a
un acuerdo, y la 'sorpresa' de Bella era parte de su acuerdo.

— ¿A dónde vamos? —preguntó Bella, mientras la conducía por los pasillos del
palacio. Se encontraron con Alice, que estaba esperando cerca de la puerta, con
la cara estirada en una sonrisa maliciosa. Alice sabía el secreto, pero no iba a
hablar. —Traidora —le dijo Bella y Alice rio.

—Ya verás —fue todo lo que le dijeron en respuesta a sus preguntas.

Afuera había tres caballos ensillados, los frenos de cada una sostenida por un
mozo de librea, y más mozos esperaban a un lado para escoltarlos. Dos de ellos
ayudaron a Bella y Alice en sus sillas de montar. Bella todavía se ponía nerviosa
alrededor de los caballos, pero unos cuantos paseos por la tarde con Edward en
las últimas semanas le había enseñado cómo sostener su asiento en la silla de
amazona en esta plácida yegua marrón. Edward golpeó sus talones para un
montaje más espiritual, que mantuvo a raya cuando podía haberse estallado a
correr alegremente, y se pusieron en marcha, charlando amigablemente
mientras cabalgaban. Edward incluyó a Alice en su conversación y parecía que
le gustaba tanto como Bella. Bella se mantuvo en busca de pistas en cuanto a su
destino, pero Edward solo le daba esa pequeña sonrisa misteriosa.

La ciudad se redujo, cada vez había menos edificios y, a continuación, se


encontraban en el campo.

— ¿Dónde estamos ahora? —preguntó Bella.

—Hampstead Heath —respondió Edward—. Detente aquí por un momento. —


Sacó un paño de la manga y lo ató alrededor de los ojos de Bella—. He tomado
tus riendas —dijo—. Solo espera.

Bella se aferró a las astas. El movimiento del caballo parecía peor, sin ser capaz
de ver, pero se aferró a él como un chicle. Unos minutos más tarde, Edward
detuvo los caballos, y sus manos eran suaves mientras le quitó la venda de los
ojos.

—Mira —dijo en voz baja. Ella siguió la dirección de su mirada y vio una casa
frente a ellos al final de un carril. Una hermosa casa solariega de piedra gris, no
tan grande como la que está frente al mar, pero todavía grande e imponente con
un amplio jardín. Edward levantó a Bella de la silla—. Es nuestra, amor. Mary
ha dado su permiso. Vamos a vivir aquí, en lugar del palacio y viajar a la ciudad
todas las mañanas.

Bella se quedó sin palabras. Miró a su alrededor en el campo, e inhaló una


profunda bocanada de aire fresco con olor a hierba. Las lágrimas brotaron de
sus ojos y esperaba que Edward pudiera ver en su cara lo feliz que la hacía
porque las palabras simplemente no venían.

—Y aquí viene la mejor parte —le dijo Edward.

La puerta se abrió y una figura pequeña salió corriendo, chillando de alegría.

— ¡Padre! ¡Bella! ¡Padre!

— ¡Elizabeth! —gritó Bella. Echó a correr y tomó a la niña en sus brazos,


girándola a su alrededor hasta que estaba mareada, y se tumbaron, riendo.
Edward se les unió, sentándose en la hierba al lado de su esposa que reía y
lloraba y su hija que parloteaba. Elizabeth se arrastró sobre su regazo y él
ahuecó su mejilla con la mano, mirando a sus ojos dulces y sinceros. Su
sombrero se había torcido y estaba inclinado sobre una oreja, sus rizos
alborotados escapaban. Se parecía tanto a su esposa que su corazón le dolía por
un momento, pero no permitió que su mente siguiera con los pensamientos que
revoloteaban.

Los sirvientes se reunieron a una respetuosa distancia, mirando el extraño


espectáculo de un Duque sentado en la hierba con su Duquesa y su hija.

—Ve a mostrarle el resto —le dijo Alice a él—. Yo llevaré a Elizabeth adentro y
esperaremos por ti.

Edward ayudó a Bella a ponerse en pie (con su vestido incómodo, no había


manera de que pudiera levantarse por su cuenta). Él tomó su mano entre las
suyas y Bella pudo haber saltado de alegría.

—Edward, esto es... No tengo las palabras. Estoy tan feliz. Es hermoso aquí
afuera.

—Mira. —Edward apuntó a lo lejos y Bella pudo ver la torre de Old St. Paul.

—Estamos tan cerca de la ciudad, pero se siente como estar en el medio del
campo —dijo Bella en voz baja.

Caminaron por la parte trasera de la casa y Bella jadeó suavemente. Un jardín


ornamental se ubicaba allí, pero lo que atrajo a sus ojos era el río que bordeaba,
sus aguas claras y brillantes. No era muy profundo, ni ancho, pero sin embargo
se trataba de un río. Bella dejó escapar un sollozo y apretó los dedos contra sus
labios.

— ¿Y puedo...? —comenzó con la voz cortada por lágrimas.

—Sí, Bella, es posible nadar aquí si te place. —Vaciló por un momento—. No


estaba seguro de si tenías que nadar en agua salada para ser feliz, y sé que
ningún quelpo crece en el río, pero…
Bella lo interrumpió con un beso apasionado, envolviendo sus brazos alrededor
de su cuello con tanta fuerza que casi lo estrangula. Estaba llorando libremente
ahora, las lágrimas corrían por su rostro y su cuerpo se sacudía por los sollozos.

—Si alguna vez lo dudaba, esto me demuestra lo mucho que me amas —


finalmente logró decir.

—He tenido tanto miedo por ti —confesó él—. Sé que dijiste que tu embarazo te
protege con magia poderosa, y que no te haría daño, pero aún podrías estar
triste. Quiero que seas feliz, Bella.

—Estoy feliz —dijo. Incluso si el río no era tan grande como hubiera querido, el
hecho de que él se preocupaba tanto por sus deseos y necesidades llenaba su
corazón. No podía haber pedido un mejor esposo. Incluso los selkies no eran
por lo general así de considerados, porque tienden a ser un poco ensimismados
y se distraían fácilmente—. Gracias, Edward. Nunca seré capaz de agradecértelo
lo suficiente.

—Gracias a la Reina también —dijo Edward—. Le dije que anhelabas el campo


y esta fue su solución. Esta casa fue un regalo de ella.

—Oh, Edward —Bella suspiró—. Ella realmente te ama, aunque no siempre lo


demuestre.

Él sonrió. —Ella también te quiere, Bella. Ella dice que tienes un buen corazón.

—Ella lo tiene, también. Todas sus damas la quieren.

Mucho más tarde, Edward meditaría sobre esas palabras y reflexionaría sobre la
contradicción de una mujer muy querida por los que la rodeaban, que era capaz
de causar tanto dolor y destrucción. Pero por el momento, él y Bella podían ser
felices, seguros en el cariño de la Reina, con su familia amorosa a su lado como
la Reina deseaba que fuera la suya.

Regresaron a la casa juntos, tomados de la mano. Alice estaba esperando en el


vestíbulo, sentada en un banco, Elizabeth subida en su rodilla. Elizabeth gritó de
nuevo cuando vio a Bella y corrió hacia ella, saltando, con los brazos extendidos
en el lenguaje universal de un niño exigiendo ser recogidos.

— ¡Esta es nuestra nueva casa! —le dijo a Bella—. ¡Y puedes vivir aquí
conmigo! Alice lo dice.

—Bueno, si Alice lo dice, debe ser cierto —respondió Bella, y besó las mejillas
suaves de Elizabeth. Elizabeth se rio y escondió su rostro en el cuello de Bella.
Llevaba un pequeño vestido azul de brocado, con mangas cubiertas de rosetas
que llevaban un zafiro en el centro. En su corsé, tenía pegado un broche, un
broche que llevaba un retrato en miniatura de su madre, y el adorno de perla en
el sombrero coincidía con el de sus faldas.

—Creo que has crecido treinta centímetros desde la última vez que te vi, y tu
peso aumentó por lo menos cinco kilos —declaró Bella.

Elizabeth rio de nuevo y luego dio unas palmadas.

— ¡Vamos a ver mi habitación!

—Tu padre quiere mostrarnos toda la casa —dijo Bella—. Vamos a llegar a tu
habitación pronto, lo juro.

En la planta baja, el piso era de piedra lisa y azulejos de colores con esteras y
alfombras preciosas e incluso algunos dispersos aquí y allá, en lugar de los
juncos sueltos que aún se utilizan en algunos hogares. La primera habitación a
la que entraron era la sala, donde largas mesas con bancos fueron ubicados para
la cena. La mesa principal estaba encaramada en una tarima y había espacio
para veinte personas a lo largo, la cual estaba cubierta por un enorme mantel
tejida en detalles de hojas de vid. Las sillas de Edward y Bella estaban ubicadas
bajo un dosel pequeño y cuadrado bordado con el escudo de armas de Cullen.
Más allá de la sala estaban las cocinas, la despensa, la bodega y todas las otras
áreas donde los sirvientes trabajaban para hacer la vida de sus amos más
cómoda. Edward no se ofreció a mostrárselos a Bella, aunque ella sentía
curiosidad e hizo una nota mental para explorar con Alice más tarde.

A la izquierda, se encontraba la sala de estar con una gran chimenea y


aparadores donde se mostraban las vajillas de oro y de plata del Duque cuando
no estaban en uso. Los huéspedes podían encontrarse y mezclarse en esta
habitación después de la cena. A unos pocos pasos, una silla grande para
Edward y una más pequeña para Bella estaban al frente, bajo un dosel que
coincidía con el del pasillo. Una pequeña área filtrada a su izquierda era donde
los músicos tocaban, y había espacio para bailar si así lo deseaba el Duque.

Detrás de esa habitación había una más pequeña que se conocía como la sala de
invierno. Más fácil de calentar, sus paredes estaban empapeladas y cubiertas de
tapices, esta habitación era para que la familia se relajara, así como cenar en
privacidad cuando así lo preferían. La ventana estilo Tudor daba sobre el río.

En el otro extremo había una capilla pequeña de piedra que contenía las tumbas
de la familia que había vivido allí anteriormente. Su grandeza Católica ya había
sido restaurada con algunos de los muebles de la capilla de la casa de Edward.
Le trajo a la mente una pregunta y la mirada de Bella se posó en Edward, pero la
pregunta fue respondida de inmediato cuando entró una figura en un traje
negro. Padre Jacob.

Él la asustaba. Bella no podría ser capaz de leer la mente de los adultos, pero no
se necesitaba de ningún sentido especial para detectar la malicia que emanaba
de él.

—Sus majestades —dijo él, sus ojos clavados en Bella. Ella quería agacharse
detrás de Edward y esconderse, pero se mantuvo firme, pero seguía con su
rostro apartado.

—Padre Jacob, confío en que se encuentra bien —dijo Edward con cortesía.

—Lo estoy, su Majestad. Espero ver más de ustedes en esta nueva capilla que
en la antigua. Ahora que la Verdadera Fe se ha restaurado, deberíamos
celebrarlo abiertamente. Le estaba diciendo al Obispo Gardiner el otro día que
de verdad vivimos en tiempos bendecidos.

Edward inmediatamente entendió el punto que el Padre Jacob quería dar a


entender. Conocía a Gardiner e informaría a su falta de asistencia, y Gardiner, a
su vez, informaría a la Reina.
—Sí, bendecidos —respondió Edward. Tomó el brazo de Bella—. Estamos
cansados por el viaje y nos uniremos a ti para la misa de la mañana.

—Tenía la esperanza de que podría tener el placer de su compañía en mi


despacho para la cena —dijo el padre Jacob. No miró a Bella con fin de no
incluirla en la invitación.

—Por desgracia, estamos tan exhaustos que tenemos la intención de cenar en


nuestras habitaciones y retirarnos temprano por la tarde, pero tal vez en otro
momento.

—Es extraño, ¿no es así, que incluso un viaje tan corto puede uno cansarse? —
dijo el Padre Jacob, con un tono irónico.

—Mmm. Sobre todo cuando uno ha sido asediado por negocios del consejo —
respondió Edward, con un deje en sus palabras.

El Padre Jacob lo sabía bien cuando lo veía.

—Sí, muy cierto. Los dejaré para su descanso. Sus majestades. —Hizo una
reverencia y salió de la habitación, pero antes de cerrar la puerta tras de sí, sus
ojos se clavan en Bella, una vez más y ella sintió el cabello de su nuca erizarse.

Edward sacudió la cabeza como si estuviera teniendo escalofríos también.

—Cuervo viejo y parlanchín —murmuró—. Si no fuera por esa promesa que le


hice a Mary...

Bella puso una mano sobre su brazo.

—No dejes que eso te moleste. Vamos, volvamos a explorar nuestro nuevo
hogar. No quiero sombras para oscurecer este día feliz.

Edward le sonrió.

—Sígueme, mi amor.

Arriba estaban los dormitorios, al final del pasillo estaba la gran habitación del
Duque con la cama enorme de Edward ya instalada. Bella jadeó de placer de
verla allí, y todos sus muebles ya instalados, incluyendo el cofre cerrado de
Edward que sostenía su piel. Debió de haber mandado a trasladar todo en
secreto y deprisa esta mañana después que habían partido para cumplir sus
respectivos deberes.

La habitación era incluso más cómoda que su casa junto al mar. Sus paredes
tenían paneles, que ayudaban a mantener la habitación caliente en el invierno, y
tenía un par de ventanas que se abrían, haciendo que la brisa pueda entrar en el
verano. La chimenea estaba sin llamas, aunque ella se estaba acostumbrando a
pequeñas hogueras en la corte. Simplemente no podían estar allí sin una en
aquellos lugares que eran para chismosear. Las 'excentricidades' de Bella no
necesitaban destacarse más de lo que puede parecer un alma pecadora con
miedo al fuego.

En lugar de un retrete, la habitación tenía un pequeño armario en el cual había


un taburete. Era una silla adornada con un agujero en su asiento, destacando
sobre un orinal grande. El asiento estaba relleno con terciopelo rojo y puntas
doradas en los bordes de la tapicería. Bella realmente estaba ansiosa de usarlo,
solo por el puro sentimiento de lujo que la experiencia puede proporcionar.

A Emmett le habían dado una habitación al final del pasillo, a pesar de que aún
no había llegado. Bella sonrió suavemente a Edward cuando él se lo informó, y
se sentía orgullosa de él por ser capaz de permitir a su hermano en su casa,
incluso aunque él no estaba preparado para dejarlo entrar de nuevo en su
corazón.

La recámara de Elizabeth estaba cruzando el pasillo de ellos, lo que Bella


apreciaba, sin comprender la costumbre de colocar a los familiares en otras alas
de la casa. Bella se detuvo en seco cuando vio a Rosalie arrodillada delante del
cuarto de baño de Elizabeth, desechando algunas camisas recién lavadas.
Rosalie la miró a los ojos con una mirada hosca y les dio una reverencia más
bien poco entusiasta. Bella le fulminó con la mirada, e hizo otra nota mental
para hablar con Edward sobre encontrar una institutriz adecuada para Elizabeth
una vez que estuvo completamente mejor. Niños tudor eran amamantados
hasta la edad de cinco años, pero Elizabeth parecía estar adaptándose bien a los
alimentos sólidos y no veía motivo para retrasarlo y darlo por finalizado
completamente.

La muñeca que Bella había hecho para Elizabeth tenía un lugar de honor en su
cama. Vio otros cuantos juguetes repartidos por todo el cuarto y le sonrió a
Edward, que debió haberlos ordenado por ella una vez que vio que la niña no
tenía juguetes. Bella sabía que los niños nobles no tenían el mismo tipo de
juventud despreocupada como los selkies, pero ella quería que Elizabeth tuviera
por lo menos un poco de tiempo para jugar. No podía soportar la idea que
Elizabeth creciera para ser como la pobre y triste Jane Grey.

Elizabeth les mostró todas las características de su nueva habitación,


incluyendo el nuevo taburete detrás de la pantalla en la esquina. Se sentó
encima de ella para demostrar su uso, moviendo sus talones contra el frente
cuadrado.

— ¿Qué piensas, Padre? —preguntó ella, saltando fuera del taburete y


corriendo hacia Edward.

—Pienso que si te gusta la casa, vamos a permanecer aquí mucho tiempo —dijo
Edward solemnemente.

Elizabeth lo consideró y luego su rostro floreció con una sonrisa.

— ¡Me gusta eso!

—Está decidido, entonces. Ahora, Poppet, creo que se debes dormir la siesta.

Elizabeth se quejó, pero Edward estaba ligeramente firme. Bella la desvistió


para cambiarse y la metió en su gran cama, con su muñeca en su brazo.

—Había una vez un ratón que quería ir a la Luna —dijo Bella, y Elizabeth se
acurrucó para escuchar una historia con ojos muy abiertos que crecían más y
más fuerte, a pesar de su lucha por permanecer despierta hasta el final. Se
quedó dormida poco después que el ratón hubiese reunido semillas para pagar
el gorrión para que lo llevase hasta allí.

Bella cuidadosamente se levantó de la cama y metió las mantas hasta la barbilla


de Elizabeth y cerró sus cortinas de cama.

—Eres tan buena con ella —se maravilló Edward—. Rosalie nunca puede
hacerla dormir la siesta sin una pequeña rabieta.

Rosalie no dijo nada acerca de esto, sus ojos glaciales mientras miraba al suelo.
Edward tomó el brazo de Bella.

—Ven, mi señora esposa. Tengo algo más que debo mostrarte.

—Oh, ¿dónde está? —Bella lo siguió por el pasillo.

Edward se dio la vuelta y caminó hacia atrás, atrayéndola hacia la puerta al otro
lado de la de Elizabeth.

—Está en nuestra recámara —dijo.

—Estoy ansiosa por verlo —dijo Bella, sus ojos brillaban de amor por este
hombre, un amor tan grande que sentía que su corazón se estiraba al doble de
su tamaño calentando todo su ser.

Él se apoyó en la puerta, mirándola con los ojos entornados.

— ¿Debo llamar a Alice para que me desnude? —preguntó Bella tirando poco a
poco, burlona, a sus cordones.

—No —dijo él, jalándola contra sí—. Todavía tengo mi cuchillo si la necesidad
se presenta. —Y entonces tomó su boca con hambre apenas contenida. Bella
gimió, enredando los dedos en su pelo salvaje, presionando su cuerpo a él lo
más cerca que pudo. Se agachó y tiró de su falda con la mano enterrándose
debajo de los pesados pliegues de material para encontrar sus suaves pliegues.
Ella jadeó contra sus labios, sus caderas moviéndose involuntariamente para
que siga moviendo sus dedos.

—No puedo esperar —se quejó. Él los giró, levantando su vestido hasta la
cintura mientras la levantaba del suelo. Bella envolvió sus piernas alrededor de
sus caderas, jadeando de emoción. Sus bocas se encontraron violentamente en
una pelea de labios y lenguas y los dientes pellizcando. Metió la mano entre sus
cuerpos y empujó hacia abajo su malla y taparrabos, embistiendo en ella con un
golpe duro, brusco, que la hizo gritar.

—Oh, Cristo, ¿te lastimé? —se quedó sin aliento.

—No, más —gruñó ella—. ¡Más!

Edward decidió en ese momento que cualquiera cosa que su querida esposa
selkie quería, lo tendría.
Capítulo 11

Traductora: Salem Fabian (FFAD)


Beta: Constanza Moreno Inostroza (FFAD)

L a luz de la luna brillaba sobre el agua como un lecho de diamantes. El

oscuro cabello de Bella salió a la superficie y Edward dejó escapar el aliento que
estaba conteniendo y se empañó con el aire frío. Él sabía que no podía ahogarse
pero cada vez que ella se zambullía, esperaba ansiosamente a que ella
reapareciera. Era finales de octubre y había escarcha en la hierba. Edward se
maravilló de la tolerancia de Bella para el agua fría, nunca parecía darse cuenta
del frío. Durante el verano, justo después de que habían comprado la casa había
ido al agua con ella unas cuantas veces, Bella le había enseñado a nadar, pero se
había visto obligado a parar cerca de un mes atrás, incapaz de soportar el frío.
Ahora estaba sentado en el banco y esperando, como hacía siempre, con ropa
seca y una manta que era más por su comodidad que la de ella.

Ella salió del agua, mascando una raíz de una enea*, ella decía que estaba casi
tan sabrosa como algas marinas. Edward le trajo una camisa seca, se la puso por
encima de su cabeza, y luego la envolvió con la manta. En silencio, se acercaron
de puntillas a la casa, moviéndose sigilosamente por las escaleras de vuelta a la
seguridad de sus cámaras sin ser vistos.

Edward se estremeció un poco cuando se desnudó hasta la camisa, acercándose


para calentarse frente a la chimenea que mantenían baja para no molestar a
Bella, que todavía prefería permanecer en el otro lado de la habitación. Se sentó
en la cama y comenzó a peinar su cabello largo y oscuro. Edward se alejó de la
chimenea, ya no estaba interesado en calentarse, se sentó a su lado. Cogió el
peine y reanudó el trabajo él mismo. Si alguien le hubiera dicho hace un año que
iba a encontrar un gran placer en peinar el pelo de una mujer, él les habría dicho
que estaban locos.

Metió la mano en torno a la parte delantera de su cuerpo, sosteniendo su


abdomen ligeramente distendido. —Espero que no le des a nuestro bebé un
enfriamiento.

Ella volvió la cabeza y le sonrió. —No temas, que él está a salvo y caliente.

— ¿Él?

Ella se encogió de hombros. —O ella.

—Oh —dijo después de un momento—. Pensé que tal vez lo sabías.

Ella negó con la cabeza. —En ese sentido, estamos en igualdad con las mujeres
humanas. Sabemos que solo después de que nazca el niño. —Ella alzó una mano
sobre la suya—. Sé que si quiero un niño, se supone que debe permanecer en el
camino de los alimentos frescos y húmedos, como frutas y ensaladas.

Edward se rio entre dientes. —Creo que estamos condenados a tener una niña
entonces.

— ¿Eso te perturba?

Lo que le preocupaba era la idea de que ella no podía quedarse con él para
siempre, pero al menos tendría esta parte de ella, un niño de su propio amor. —
No si ella se parece a ti —dijo a la ligera.

—Creo que me gustaría que nuestro hijo heredara tu pelo rojo Tudor.

—Siempre y cuando tenga tus ojos —respondió—. Bella, ¿hay alguna


posibilidad de nuestro bebé podría ser un selkie?

Ella negó con la cabeza. —Solo dos selkies pueden tener un hijo selkie, Edward.

—Recuerdo que me decías eso, pero nos metimos en el agua...


—Eso no iba a cambiar lo que eres, más de lo que yo esté en la tierra cambia lo
que soy.

No sabía si se sentía aliviado o decepcionado.

Cuando ella había descrito la infancia selkie, parecía tan idílico, jugando bajo
las olas, despreocupado e inocente, consentida y querida por todos los adultos,
no como su propia educación estricta y fría, la mayoría de su infancia la pasó
sentado en un escritorio, aprendiendo las distintas lenguas de países a los que
nunca viajaría, a sabiendas de que podía ser golpeado por malos resultados.
Trazó el contorno de un corazón en el estómago de ella. Bella había cambiado
tanto su punto de vista. Él había deseado una relación más cálida con su hija,
pero no había conocido el camino hasta que ella se lo mostró, hasta que ella
había derretido el hielo alrededor de su corazón.

Ahora animaba a su hija pero no le exigía. La dejó jugar y descubrieron que


mejoraba su progreso académico. Y la amorosa guía de Bella hizo a Elizabeth
más obediente que el temor al castigo físico. Ahora quería complacer a su padre
porque ella lo amaba, no le temía.

Bella le había abierto un nuevo mundo ante él, uno que había estado allí todo el
tiempo pero él había sido demasiado ciego para ver.

La siguiente tarde, Bella no había regresado en el momento que Edward había


salido de la reunión del Consejo, donde se debatía sobre los interminables
candidatos al matrimonio con la Reina, con pocos avances. Todo el mundo
defendía sus candidatos favoritos y los argumentos fueron vueltos en círculos
hasta Edward quería sacar su espada.

Edward estaba desilusionado, tenía ganas de pasar la tarde con Bella. Él había
pensado que ya estaría en casa desde que la Reina dijo a la corte que estaba
enferma y no iba a recibir visitantes ese día. En realidad no era cierto, la Reina se
había preocupado por problemas de estómago y palpitaciones del corazón.

Una nota llegó con un mensajero poco después de que entró en su sala,
entregando sus guantes de montar a un sirviente que esperaba para llevárselos a
limpiar el polvo de ellos. Abrió el papel doblado y la cera de sellado para
encontrar garabatos apenas legibles de Bella. Ella escribía fonéticamente, como
la mayoría de la gente de su época, pero combinado con su caligrafía torpe, se le
hizo difícil de leer.

"Edward, Dvke de Culyn

El mio Lor y marido, yo kedo con su Majesta la Reyna, que estaba resando en su capilla
y fue su desseo ke ninguno de nosotros debería partir asta que ella lo halla echo. No hay
más queeso hasta ahora , my amado, por lago de tiempo, aunque yo estoy desiando estar
en tus dulses brasos. Escribido esto mierkoles en St Iames a las viij las ocho en punto.
Tuia siempre por lo que my vida perdure, Bela Culyn."

Él suspiró y dejó el papel. María estaba orando acerca de la propuesta que había
recibido de su primo (a quien le había sido prometida una vez), el Emperador
Carlos, ella debía casarse con su hijo, Felipe de España. Por mucho que pudiera
protestar tímidamente que estaba feliz de vivir su vida de una virgen, dedicada
a su pueblo, María siempre había deseado un esposo e hijos. En el aspecto
personal, el problema que planteaba este partido en particular, era que su
marido sugerido era once años más joven que la Reina y se rumorea ser
sexualmente promiscuo, después de haber engendrado una serie de hijos
bastardos. María estaba preocupada por su lujuria, aunque trató de expresarlo
con delicadeza. Las discusiones de los "deberes conyugales" de su madre había
sido siempre expresadas en términos de las atenciones al marido por el bien de
la nación, y aunque su madre le había enseñado a cerrar los ojos y hacer caso
omiso de ellas, María no quería un marido que mantendría amantes y rivales en
su propio campo.

Sus lavanderas se hicieron ricas ya que fueron sobornadas por todos, desde
hombres de a pie hasta embajadores para revelar si la Reina todavía tenía
menstruación y por lo tanto tenía derecho a casarse. Incluso Edward y Bella
habían sido tentados, pero Bella era indiferente a las "piedras brillantes"
ofrecidas por su perspicacia y Edward estaba indignado porque se les pidiera
espiar. Todo el mundo desde las lavanderas, las doncellas que cambiaban las
sábanas y los médicos que cuidaron de ella juraron que ella todavía tenía sus
cursos, aunque un poco irregular. A pesar de que podría explicarse por
permanecer soltera a una edad tan avanzada. Su delicado sistema simplemente
no estaba destinado a una vida de celibato.

La mayor reflexión de María sobre el matrimonio era que parecía gustarle la


idea. Bella mirando con asombro como ella se volvió menos la solterona real y
más de un revoloteo, riendo como niña. Un retrato de Felipe, hecho por el
renombrado artista Tiziano, había sido enviado a ella y ella había pasado días
en la luna y suspirando. Estaba medio enamorada de él sin ni siquiera poner los
ojos en el hombre.

Bella privadamente pensaba que el príncipe no era tan guapo como decía
María. Él estaba de pie delante de una mesa cubierta de rojo, medio vestido con
su armadura. Su tez era pálida y tenía una barba rala que recubría la parte
inferior de la mandíbula y los labios rojos regordetes bajo un bigote fino. Su
taparrabos era fálico, que sobresale hacia arriba desde debajo del peto de
armadura. Bella tenía que estar de acuerdo con María en una cosa: el hombre
tenía las piernas muy bonitas bajo su suave color crema de la media(pantalones
o medias usadas en esa época).

Antes de que hubieran entrado en la capilla esa tarde noche, María había
llamado a Bella aparte, espantando al resto de sus damas a través de la puerta, a
pesar de que sin duda se esforzaban por oír. Bella había abierto una vez una
puerta y un montón de señoras habían caído encima de ella, ya que habían
estado apoyadas en ella con las orejas pegadas a la madera.

—Bella, ¿puedo hacerle unas preguntas... de... bueno... de carácter personal? —


El rostro cetrino de la Reina era alarmantemente teñido con manchas de rojas
agitado—. Tú eres mi pariente más cercano de las mujeres, después de todo,
aparte de Jane Grey, y, obviamente, no puedo ir a hablar con ella sobre esto. —
María torció el pañuelo entre sus manos.

Bella esperó.

—Es solo que... a mi madre no le gustaba mucho hablar de... ciertos aspectos del
matrimonio conmigo. —La voz de María se redujo a un susurro.
Bella no podía entender por qué los humanos encuentran que el sexo sea un
tema tan incómodo y embarazoso. —Puedes confiar en mi discreción —Bella le
aseguró.

—No es eso, es solo que... Bella, yo soy vieja. Soy una vieja reseca, soltera y él es
un hombre joven en su mejor momento. ¿Qué pasa si... me rechaza?

—María, tu cuerpo sigue siendo el de una mujer joven —dijo Bella con
honestidad—. No hay nada que pueda repeler a un hombre. —María estaba
delgada en un momento en que las mujeres con curvas son el estilo más
favorecido de la belleza, pero ella seguía siendo más firme y joven que la
mayoría de las mujeres de su edad que habían dado a luz a varios hijos y sus
figuras mostraban el desgaste.

—Él tiene experiencia —susurró María, como si se tratara de una tragedia—. Él


ha estado casado antes y hay ciertas historias que me han contado.

— ¿Por los que quieren que te cases con Courtenay? —Bella dijo con
sequedad—. Estoy segura de que ellos se han asegurado de que cada fragmento
de los chismes llegara a tus oídos sea verdad o no.

La voz de María bajó tanto que Bella tuvo que esforzarse para oírla. — ¿Qué se
siente? —Su rostro había superado la fase de rojo y ahora era casi tan púrpura
como su vestido.

—Con un buen hombre, es una alegría —respondió Bella—. Pero, su majestad,


no se puede ser tímida con él. Tenéis que decirle lo que quiere y hacer un
esfuerzo para darle gusto también. Si usted muestra entusiasmo y la buena
voluntad de complacer, es más probable que él le ofrezca lo mismo y usted
encontrará mucho gozo en su cama de matrimonio.

María asintió con la cabeza, pensativa. —El embajador español dice que él es
amable y gentil de naturaleza.

Bella pensó que el embajador español le habría dicho a María que él era un
centauro si pensaba que era lo que ella quería oír. Ningún hombre podría,
posiblemente, estar a la altura del dechado de virtudes que se había acumulado
en su mente.

—Tengo que rezar —dijo María, retorciendo su pañuelo nuevo. Se dirigieron a


las puertas de la capilla, que dos lacayos abrieron para ellas, haciendo una
reverencia cuando la Reina pasó. Se arrodilló sobre un cojín frente al altar e
inclinó la cabeza sobre sus manos entrelazadas. Bella se sentó sobre un cojín por
su cuenta, mentalmente se prepara para una larga espera. La oración era otra
cosa que ella no entendía. En la religión de los selkies, el dios del mundo
escucha todos sus pensamientos y que no era necesario hacer una pausa y
asumir una pose especial para que le escuchen. Le adoraban al jugar bajo el sol y
las olas, bailando y haciendo el amor, por su alegría hicieron a su dios feliz. Los
servicios de sus tierras parecían muy austeros en comparación.

La Reina levantó la cabeza y finalmente llamó a uno de sus criados, para que
fuera a buscar el embajador español. Un murmullo pasó por los espectadores,
preguntándose lo que la Reina había decidido. Cuando llegó, María se puso en
pie y colocó una mano sobre el altar delante del tabernáculo que contiene las
hostias y solemnemente juró que se casaría con Felipe de España.

En casa, Edward se estaba preparando para poner a su hija en la cama, después


de haber decidido no esperar más por Bella. Él no pidió por Rosalie. En su lugar,
le hizo señas a la criada que había estado poniendo los juguetes y los libros de
Elizabeth en orden. Ella comenzó a desvestir a la niña. Elizabeth esperaba
pacientemente, con los brazos extendidos.

Mientras ella estaba desnuda, charlaron sobre su día. Elizabeth había aprendido
una nueva melodía en los virginales y Edward sonrió, orgulloso que estaba
aprendiendo muy rápido. —Eres una buena chica.

—Yo no soy una niña buena —dijo Elizabeth con tristeza—. Yo hago llorar a mi
madre en el cielo.

Edward se sobresaltó. ¿De dónde diablos habría venido con una idea como esa?
— ¿Qué quieres decir, Elizabeth?

—Porque quiero a mi nueva madre, Bella. Eso hace que mi madre esté muy
triste porque yo solo debo quererla a ella. —Elizabeth cogió el retrato en
miniatura clavado en la parte delantera del corpiño y la inclinó hacia arriba para
que pudiera mirar hacia abajo en la cara de su madre. —Lo siento, mamá. No
estés triste.

— ¿Quién te dijo eso, muñeca?

—La institutriz me lo dijo —dijo Elizabeth—. Ella dijo. . . —Elizabeth se llevó


una mano a la boca, como si de repente se acordara de que no tenía que revelar
esta parte.

— ¿Qué es eso? —Edward preguntó, manteniendo su voz tan suave como sea
posible, aunque por dentro estaba furioso con Rosalie por lo que había hecho—.
Tú puedes decirme todo. Ya lo sabes, ¿no? Te juro que no me enojaré contigo.

Esas últimas palabras fueron como quitar la tapa de un barril. La palabra


Elizabeth brotaba con tanta rapidez que caían unas sobre otras. —Ella dijo que
tú la estabas poniendo triste. Porque si amas a Bella, no quieres a mi madre y
Bella es mala por hacernos amarla en su lugar.

Edward había dicho siempre que los adultos deben presentar un frente unido
con los niños, nunca contradecirse entre sí o socavar la autoridad de los demás,
pero apenas podía contener su rabia. —La institutriz está mal, muñeca. Tu
madre no se sentiría triste porque amas a tu nueva madre. Ella quiere que seas
feliz y quiere que Bella cuide bien de ti, de la misma manera que ella lo haría si
estuviera aquí.

Elizabeth lo miró escéptica, pero se había criado bien y nunca estarían en


desacuerdo con las declaraciones de su padre.

—Me casé con tu madre y yo la conocía mejor que nadie. La institutriz Rosalie
nunca la conoció.

Eso sorprendió a Elizabeth. — ¿La institutriz nunca conoció a mi madre? —


repitió ella, la confusión en guerra con la esperanza. Quería creer de verdad que
sus emociones eran aceptables.
—Elizabeth, te juro que tu madre sería feliz si tienes otra madre a la cual amar.
La institutriz está equivocada —Edward dijo con firmeza y la pequeña cara de
Elizabeth se iluminó con una gran sonrisa. Ella le echó los brazos alrededor del
cuello de su padre.

—Que duermas bien, Muñequita —dijo él, besándola en la mejilla regordeta. Él


levantó las mantas para que Elizabeth se metiera debajo.

— ¿Be… madre estará para contarme una historia?

—No esta noche. Ella todavía está en la capilla de la Reina, pero estoy seguro de
que ella te dirá una mañana antes de tu siesta.

Eso pareció satisfacer ala niña y ella se acurrucó en sus mantas hacia abajo,
sujetando su muñeca. Edward le dio un beso y salió de la habitación. Su cuerpo
se estremeció con el esfuerzo de contener su ira. Cerró la puerta de la habitación
de su hija en silencio y se dirigió a Rosalie, que estaba sentada en el pasillo,
bordado por la luz de una sola vela. —Estás despedida del servicio de mi hija —
dijo en breve—. Quiero que te vayas por la mañana.

Ella ni siquiera lo mira. —No puedo dejarla, su gracia. —Una sonrisa pequeña
apareció en sus labios y tuvo que reprimir el impulso de golpear su cara.

—Yo te daré tu salario del año —respondió Edward. —Tendrás más que
suficiente para contratar un carro para ir a casa de tus padres.

—No, su gracia. Llevo al heredero de su hermano. Tenemos la intención de


casarnos tan pronto como asegure el permiso de la reina.

Edward encontró a Emmett en el gran salón, sentado junto a la chimenea, con


los pies apoyados en la parrilla. Edward hizo un gesto a uno de las sillas en
forma de X que había a lo largo de la pared y un sirviente se apresuró en
acércalo para él al lado de su hermano. Edward se sentó pesadamente como el
sirviente se retiró a pie por la pared. —Acabo de hablar con Rosalie —dijo.

— ¿Ella te dijo, entonces? —Emmett tomó un trago de la botella de coñac


francés que sostenía.
—Por el aliento de Dios, Emmett. ¿Rosalie?

Emmett se encogió de hombros. —Estaba borracho y ella estaba dispuesta. Ella


vino a mi habitación poco después que nos mudamos a esta casa.

—"El que va borracho a la cama engendra pero una chica" —recitó Edward—. ¿Por
qué en la tierra tienes que casarte con ella?

—Estoy tratando de hacer lo que es correcto —dijo Emmett—, como siempre


me incitas a hacer. Despojé a una virgen de buena familia y está encinta. Es justo
que yo la tome por esposa.

Edward se pasó una mano por la cara. — ¿Has hablado con la Reina?

Emmett hizo una mueca. —Ayer. Ella no estaba muy complacida.

—Debo imaginarlo —respondió Edward—. ¿Ella te dio permiso?

—Sí. Vamos a casarnos la próxima semana. Rosalie no está tan por debajo de
nosotros. Su abuelo era un conde, y su madre era una dama de honor con Jane
Seymour.

Edward suspiró. — ¿Y cuándo pensabas decírmelo?

—Cuando estuviera hecho.

— ¿Y el Conde de Hale?

—Yo le he escrito para poner fin a las negociaciones. Él no debería tener


problemas para encontrar otro marido para su hija.

—Si toma a Alice de Bella, ella va a tener el corazón roto —dijo Edward.

—Esto tenía que suceder pronto de todos modos. —Emmett dejó la botella
vacía en el suelo junto a su silla—. He oído que encontró una pareja para ella, el
Barón Tyler.

Edward se estremeció. —Pobre chica. —Barón Tyler ya había pasado por tres
mujeres, todas ellas muertas al año de casarse con él, la primera en el parto, la
segunda de fiebre y la tercera en un extraño accidente de equitación. Y se dijo
que todas ellas estaban contentas de morir para escapar de él, porque él era un
hombre rudo y cruel que le gustaba golpear a sus sirvientes, sus perros y sus
caballos casi tan frecuentemente como a sus esposas.

— ¿Estás seguro de que es lo que quieres? —Edward preguntó.

—No —respondió Emmett—. Pero es lo que debo hacer.

—Te deseo lo mejor, entonces, hermano —dijo Edward—. Pero no voy a tenerla
al cuidado de Elizabeth por más tiempo. Ella ha llenado la cabeza de la niña con
la tontería de que… —se cortó, incapaz de decir el nombre de su esposa en
presencia de su hermano—. Ella dijo que la madre de la niña está llorando en el
cielo porque Elizabeth ama a Bella.

—Cuando ella sea mi esposa, voy a mantener a raya su lengua, te lo aseguro —


prometió Emmett.

Oyó un ruido y se volvió para ver a los criados abriendo la puerta a Bella. Llegó
al final del pasillo, quitándose los guantes cuando otro criado tomó su abrigo.
Alice siguió al interior y se llevó el manto, llevándola hasta la cámara de Bella
para ser almacenado. —Lo siento estoy tan retrasada —Bella dijo a Edward
mientras se acercaba a ella para darle un beso.

El siervo que había traído la silla de Edward acercó otra para Bella, quien sonrió
y asintió con agradecimiento. Vio las brasas anaranjadas bajas en la chimenea y
acercó su silla un poco más. —La Reina finalmente llegó a su decisión —dijo
Bella Edward—. Ella se ha comprometido ante el altar que se casará con Felipe
de España.

—Va a haber otra boda —dijo Edward—. Emmett y Rosalie se casarán en la


próxima semana.

—Oh. —Bella parpadeó—. ¿Felicidades? —A partir del conjunto sombrío de los


rostros de los hombres, no estaba segura de cual era la reacción adecuada.

Emmett asintió. —Gracias.


Edward decidió no decirle a Bella sobre el Barón Tyler, no hasta que Alice lo
supiera. Dejaría que las dos disfrutan lo que les quedaba tiempo juntas sin la
nube que se cernía sobre el horizonte. Además, las negociaciones del contrato
podrían fracasar, sobre todo si el Barón Tyler se encontrara con un panorama
con una dote más grande.

—Rosalie se ha despedido de nuestro servicio —dijo Edward a su esposa—. Ella


le dijo a Elizabeth que amarte hacía llorar a su madre en el cielo.

Bella jadeó suavemente. —Esa pobre niña. Me preguntaba por qué había vuelto
a llamarme por mi nombre de pila en lugar de "madre".

—La Reina ha ofrecido tenerla como una dama de honor —dijo Emmett—. Y
me ha dado un puesto en el Consejo de Greencloth***, aunque creo que era más
para mantener un ojo sobre mí que por mi honra.

—No puedo imaginar por qué —dijo Edward secamente—. De todos modos, te
deseo felicidad, Emmett. —Se levantó y le tendió una mano a Bella y la atrajo
levantándola de su asiento.

Emmett soltó una carcajada sin humor. —La felicidad —dijo, sacudiendo la
cabeza—. Yo no la merezco ni la espero.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS

*Enea son lo que los americanos llaman junco o cola de gato. Sus raíces y tallos
inferiores son comestibles, y muy sabroso, me han dicho.

*La escritura en letra de Bella viene directamente de las cartas transcritas de


Isabel I, Ana Bolena, Howard Kathryn, Enrique VIII, María y yo las letras "i" y
"j" eran intercambiables, al igual que las letras "v" y "u". Traducido a la
ortografía moderna, carta de Bella dice: "El mío propio señor esposo, me quedo
con su majestad la reina, que está rezando en la capilla y es su deseo es que
ninguno de nosotros debe salir hasta que ella lo halla hecho. Ya mas que tu en el
presente mi querido, por falta de tiempo, aunque me estoy deseando estar en los
brazos de mi amado. Escrito el St. James a las 8 en punto. " Y sí "pato"(dvck) fue
una ortografía utilizada para "duque", lo creas o no. Mire el retrato de Henry
Fitzroy, hijo ilegítimo de Enrique VIII. Pintado en el fondo son las palabras "El
off Dvck [sic] Richemod [sic]". Los Tudor nunca conocí a una palabra que no
podían explicar de manera extraña. Pero un aspecto interesante de esto es que
nos da información valiosa sobre cómo las palabras fueron pronunciadas (como
ejemplo, "estoy" aparentemente rimaba con "manso") y lo que el acento habría
sido como en aquellos días. Como un erudito Tudor decirlo, probablemente
habría sonado mucho a un grupo de nuevos ricos que tratan de falsos acentos
ingleses.

*El Consejo de Greencloth era esencialmente la oficina de finanzas de la Reina y


su nombre fue tomado del mantel verde que tradicionalmente cubría la
superficie donde trabajaban. Todavía existe hoy en día como una parte de la
casa real y aún se reúne en una mesa cubierta de color verde.
Capítulo 12

Traductora: Sarita Martínez (FFAD)


Beta: Constanza Moreno Inostroza (FFAD)

U na tormenta se avecinaba. Bella lo sentía en sus huesos.

Mientras las noticias de la elección de esposo de Mary se expandían, ella había


perdido mucha de la buena voluntad que tenía de su ascenso. Las personas
odiaban la idea de un español reinando sobre ellos, una de las cosas en la que
los Protestantes y los Católicos podían concordar. Los ingleses eran algo
xenofóbicos y había numerosas personas que estaban dispuestas a apoyar el
sentimiento. Hace unos años, un escándalo anti-extranjeros estalló en Londres,
los "extraños" fueron culpados de todo, desde la falta de empleo hasta de
expandir la plaga.

Los ingleses podían tolerar que un rey se casara con una princesa extranjera por
el poder y aliados que ella traería a sus tierras, pero el esposo de Mary no traería
asociación alguna. Por la ley Inglesa, un esposo tomaba posesión de todas las
propiedades de su esposa. La misma Inglaterra sería la propiedad de Mary.

La abuela de Mary, Isabella, había gobernado autónomamente al lado de su


esposo, Ferdinando, pero esto había sido olvidado por la gente que creía que
sería Phillip quien gobernaría. Puede que él incluso eligiera ejercer su "tiranía
marital" y llevarla de vuelta a España para gobernar desde ahí, e Inglaterra se
convertiría en nada más que una provincia de España. Mary, por su edad
avanzada, podía morir en parto, dejando el reino para ser gobernado en el
nombre de su hijo por Phillip.
Quizás si Phillip fuera conocido por ser de un carácter más noble, el
matrimonio podría haber sido tolerable para los ingleses, pero lo que habían
escuchado de Phillip no era prometedor. Se decía que era pomposo y un patán,
y los ingleses estaban seguros que con sus caminos lujuriosos, despreciaría a su
Reina haciendo alarde de mujeres ante ella. Un panfleto con un título algo
pesado, comenzó a circular: Una advertencia para el Continente de Inglaterra de las
horribles prácticas del rey de España en la cúpula de los reyes de Nápoles y las miserias
que el real noble se trajo. Para que todos los hombres Ingleses puedan entender la plaga
que se encenderá sobre ellos si el rey de España obtiene el dominio en Inglaterra.

El Parlamento aún trabajaba en la legislación propuesta por Mary y cuando ella


se apareció ante ellos, le pidieron que reconsiderara. Ella debía casarse, por
supuesto, porque una mujer no podía soportar la labor de la monarquía sola,
pero seguramente Courtenay, un inglés y el último de los Plantagenets, sería
una mejor elección.

Mary estaba furiosa. El Parlamento nunca había intentado interferir en la


elección de esposo de su padre, ella respondió, e incluso las mujeres más bajas
en el reino tenían la elección de con quién iban a casarse.

A esto, todas las mujeres en la galería intercambiaron miradas. La mayoría de


ellas habían sido casadas a hombres de la elección de sus padres y no tenían de
otra más que obedecer. La pobre Jane Grey había sido golpeada cuando trató de
negarse a desposarse con Guildford Dudley, una no inusual ocurrencia cuando
las mujeres trataban de ejercer la "elección" que Mary creía que tenían.

La Reina se volvió algo histriónica mientras hablaba, jurando que si se veía


forzada a desposar a un hombre fuera de su elección, moriría en tres meses,
dejando al país mucho peor de lo que estaba ahora, sin un heredero (excepto por
Elizabeth, a la cual no mencionó.) Se fue con altivez de la cámara, seguida por
Bella y sus otras damas. El Obispo Gardiner, el canciller de Mary, llegó a sus
aposentos poco después que Mary y le pidió que reconsiderara casarse con
Courtenay.

Mary estaba exasperada. — ¿Por qué es tan partidista suyo?


—Fuimos aprisionados en la Torre juntos —dijo Gardiner—. Pasamos mucho
tiempo juntos y llegué a conocerlo bien. Es un buen joven y haría de un
excelente esposo para usted.

Mary movió sus manos. — ¿Quiere que despose a un hombre solo porque se
llevó bien con él en la prisión?

—Conozco su carácter y sería un buen rey. Él…

Mary lo detuvo. —Él está por debajo de mí. No me casaré debajo de mi


estación. —Su voz era firme, resoluta y Gardiner bajó su cabeza en derrota.

—Como desee, su majestad —dijo quietamente y partió, con una expresión


pensativa en su rostro.

—Él sería un rey terrible —soltó Bella. Al instante, se arrepintió de su desliz.


Courtenay podría escuchar lo que había dicho y buscar venganza. Él no era de
los que dejaba una leve, real o imaginaria, pasar sin tomar acciones al respecto.

Mary se rio. —Tengo que concordar. En todo caso, mi corazón está en Philip.

No solo hablaba de su determinación, pensó Bella. Su expresión soñadora era la


de una mujer en las emociones de su primer amor. Bella hizo una oración
silenciosa en esperanzas de que no terminara con un corazón roto. La Reina
necesitaba enormemente a alguien para amar, alguien que la amara de regreso.

Mary había esperado encontrar eso en Elizabeth, pero les cosas iban mal entre
ellas. Elizabeth pensaba primero en la política, no en sus emociones, y Mary era
su polo opuesto. En vez de pasar su tiempo en los aposentos de su hermana,
Elizabeth siempre estaba afuera en alguna corte, cultivando amistades, haciendo
alianzas y construyendo su apoyo entre los lords Protestantes. Y a pesar de los
hermosos vestidos y el rosario de joyas que Mary le había mandado, Elizabeth
aún se vestía en el sobrio blanco y negro de una doncella Protestante, su
brillante cabello como el único toque de color.

Por la ventana, Bella captó un vistazo de la Princesa Elizabeth caminando en el


jardín como solía hacer. Bella se acercó a la Reina. —Su majestad, ¿puedo ser
excusada por un momento?

Mary movió su mano, dándole permiso, y Bella se apresuró hacia la puerta. Un


criado le tendió su capa y Bella la colocó alrededor de sus hombros. Alice se
apresuró después de ella.

— ¡No llegue tarde para la misa, su gracia! —la llamó Mary.

— ¡No lo haré, su majestad! —llamó Bella de regreso. Trotó por los corredores
del palacio tan rápido como sus estancias se lo permitían y salió al jardín. La
Princesa Elizabeth caminaba a lo largo de uno de los caminos, leyendo un libro
mientras caminaba. Sus damas la seguían detrás de ella, charlando entre ellas
silenciosamente. Bella aceleró por el camino hasta que estuvo al lado de
Elizabeth y se inclinó en una reverencia. —Su majestad.

Elizabeth sonrió e hizo una reverencia. —Su gracia. —Una vez hechas las
reverencias, Elizabeth bajó su voz—. He querido hablar contigo. ¿Por qué no nos
sentamos por un momento?

Llevó a Bella a una banca debajo de un pequeño árbol y giró su mano hacia sus
damas, señalándoles que se alejaran unos pasos para dar la ilusión de
privacidad. Bella miró a Alice y alzó una mano. Las damas de Elizabeth
examinaron a Alice críticamente, preguntándose si valía la pena hacer amistades
con ella, considerando la relación de Lady Cullen con la Reina. ¿Su estrella se
alzaba o caía? La Princesa Elizabeth parecía apreciar a Lady Cullen, pero nunca
se podía saber con Elizabeth. Era amigable incluso a los que odiaba porque uno
nunca sabía cuando una relación podía ser útil.

—No he tenido oportunidad de visitarte en un tiempo —dijo Bella—.


Raramente vienes a los aposentos de Mary.

—A la preferencia de la Reina, me imagino —dijo Elizabeth. Bajó su libro a la


banca a su lado.

—Te extrañé —dijo Bella.

Elizabeth le sonrió a la pequeña Duquesa, por la sinceridad que brillaba en esos


grandes ojos oscuros de ella. —También te he extrañado, pero sentí que era
mejor que… me ausentara por un tiempo.

Se acercó un poco más a Bella. Cuando habló, su voz era tan baja que Bella
apenas podía escucharla. —Bella, voy a decirte algo y no debes cuestionarme
nada. ¿Entiendes?

Bella asintió.

—Creo que deberías irte por un tiempo. Urge a tu esposo para que te lleven a ti
y a tu pequeña hija lejos de Londres. Regresa a la Mansión Cullen o a otro de
sus estados. Mientras más lejos, mejor. Dile a la Reina que hay un problema en
sus estados que necesita tu guía personal. Dile lo que quieras. Solo toma a tu
familia y vete. —Elizabeth se puso de pie y sonrió brillantemente. —Es hora de
ir a misa, su gracia.

Bella se levantó y la siguió del jardín de regreso al palacio. Su estómago estaba


hecho nudos. ¿Qué sabía Elizabeth? ¿Por qué necesitaban dejar Londres? ¿La
Reina estaba en peligro? Bella mordió su labio para aguantarse de decir las
preguntas que había en su mente.

Mientras caminaban a la capilla, Elizabeth charló agradablemente sobre


banalidades. Bella supuso que era interesante porque Elizabeth siempre era una
conversadora inteligente, pero no podía poner su mente en eso, porque su
mente se encontraba turbulenta en el momento.

El pasillo fuera de la capilla estaba lleno y el criado de Elizabeth, que se les


había unido a la entrada del palacio, tenía que gritar para aclarar un camino y
usar a su personal de oficina para alejar a esos que se acercaban demasiado a la
princesa.

— ¡Traición! —alguien gritó.

Elizabeth se congeló, y el color desapareció de su cara. Se tambaleó como un


árbol en el fuerte viento y sus damas inmediatamente se acercaron para sujetarla
si se desmayaba.
— ¿Quién dijo eso? —demandó el criado de Elizabeth en el silencio que había
caído. Un momento largo pasó antes de que uno de los cortesanos diera un paso
al frente. Se veía avergonzado—. Lo lamento, su alteza. Esa fue solo una broma
dirigida a mi criado por su olvido.

Elizabeth inhaló buscando aire, temblando violentamente.

—Llévenla a sus aposentos —ordenó Bella a las damas de Elizabeth—. Necesita


recostarse.

Vio mientras las damas de la Princesa Elizabeth la medio-cargaban por el


corredor.

Esa noche, le dijo a Edward acerca de la advertencia de Elizabeth. Su rostro se


oscureció. —Te mandaré a ti y a mi hija de regreso a la Mansión si así lo deseas,
pero no puedo irme. Tengo responsabilidades aquí y no puedo abandonarlas, ni
a Mary, si va a necesitarme.

—Y mi lugar es a tu lado.

Edward guardó silencio por un momento. —Al menos hemos sido advertidos.

— ¿Pero advertidos sobre qué?

Edward suspiró. —Desearía saber. Me temo que vamos a saberlo pronto.

La boda de Emmett estaba programada para el mediodía y ya estaba ebrio para


cuando Bella y Edward fueron a encontrarlo después de desayunar en sus
aposentos con una comida ligera de pan, queso y cerveza inglesa.

—Emmett, ¿estás tomando tan temprano? —lo regañó Bella.

—De hecho, no he parado desde anoche —contestó Emmett. Se levantó y estiró


sus brazos, tambaleándose un poco, y sus sirvientes comenzaron a colocarle sus
galas de boda sobre la camisa y medias que ya vestía.

—Parece que vas a una ejecución, no a una boda —comentó Edward—. Vamos,
no será tan malo. No son la primera pareja que tiene que aprender a llevarse
bien. Muchos matrimonios felices han comenzado así.

—No tengo elección —dijo Emmett, como si se lo recordara él mismo—. Tomé


su inocencia y puse un bebé dentro de ella.

Bella lo miró. — ¿Qué? Emmett, Rosalie no era virgen —dijo Bella—. No sé de


dónde sacaste esa idea, pero ella es una nodriza. Una vez se casó y tuvo un bebé,
¿no te acuerdas? —Sabía que los hombres trataban de evitar el tema de las
funciones corporales de la mujer, y evitaban todo lo relacionado al nacimiento
por ser "asunto de mujeres", pero seguramente él sabía qué hacía que las
mujeres produjeran leche.

Emmett pasó sus manos por su cabello, un gesto tan parecido al de su hermano
que el corazón de Bella se apretó un poco. —No… supongo que no estaba
pensando. Ella dijo…

— ¿Qué dijo?

—Dijo que dolió —dijo Emmett, sus mejillas ruborizándose con culpa.

Bella lo consideró. —Si no ha estado con un hombre en años, puede que haya
sido algo incómodo para ella.

Edward sacudió su cabeza. Dejaría el comentario de Emmett sobre desflorar a


una virgen pasar sin pensarlo y ahora él mismo estaba algo confuso. Culpaba al
hecho de que tenía demasiado en su mente. —Últimamente, no importa. Es de
una buena familia, y si Emmett va a tener un hijo con ella, está bien que la
despose.

Siguieron a un aparentemente miserable Emmett por el pasillo hacia la capilla.


Bella no podía evitar pensar en todo lo que había dicho. ¿Rosalie pretendía
aprovecharse de su estado de ebriedad para hacerlo comprometerse a algo que
tendría que hacer incluso cuando su mente estuviera lo suficientemente clara
para considerarlo? Decir que pretendías casarte con alguien enfrente de testigos
se consideraba una forma de unión matrimonial legal, que era casi tan grande
como el mismo matrimonio. Una unión previa que no había sido consultada por
la iglesia para anularlo. Era la excusa que Henry VIII había usado para
deshacerse de varias de sus esposas.

Rosalie esperaba en la capilla con el Padre Jacob, sus cabezas unidas en una
conversación. Estaba usando sus mejores ropas, un vestido de lana rojizo con un
escote cuadrado que había sido alterado con un inserto de tela para crear el
elegante cuello alto. Emmett no la miró, pero su expresión mientras miraba al
Padre Jacob era una de puro desagrado.

El padre Jacob leyó los votos del Libro de Oración Común.

— ¿Aceptas a esta mujer como tu legítima esposa, para vivir juntos después de
la ordenanza de Dios en el santo estado del matrimonio? ¿Prometes amarla,
confortarla, honorarla y mantenerla, en la salud y en la enfermedad? ¿Y
abandonando todo lo demás, serle fiel, hasta que la muerte los separe?

Hubo una larga pausa antes de que Emmett dijera: —Acepto.

— ¿Aceptas a esta hombre como tu legítimo esposo, para vivir juntos después
de la ordenanza de Dios en el santo estado del matrimonio? ¿Prometes
obedecerle y servirle, amarlo, honorarlo y mantenerlo, en la salud y en la
enfermedad? ¿Y abandonando todo lo demás, serle fiel, hasta que la muerte los
separe?

Rosalie no lo dudó. —Acepto.

— ¿Quién entrega a esta mujer para casarse con este hombre?

—Yo lo hago —contestó Edward, quien había sido involucrado en este servicio
simplemente porque no había nadie más que lo hiciera. Edward tomó la mano
de Rosalie en la suya y se la ofreció al Padre Jacob, quien tomó la mano de
Rosalie de la de Edward y la puso en la de Emmett. Emmett se giró a su novia y
recitó, en una muerta y monótona voz:

—Yo te tomo a ti, Rosalie, como mi legítima esposa, para tenerte y protegerte de
hoy en adelante, para bien o para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la
enfermedad y en salud, para amarte y respetarte hasta que la muerte nos separe,
según la santa ordenanza de Dios, y a esto pongo en ti mi fe.
Ella repitió los votos, sonriendo mientras lo hacía.

No hubo tiempo para comprarle a Rosalie un anillo de bodas, pero uno era
necesitado para el servicio. Reluctantemente, Edward había abierto el joyero que
había sido de su primera esposa y escogió un pequeño y simple anillo con un
rubí en el centro. A Bella no le importaba si Edward daba una de las pequeñas
piedras brillantes, pero él parecía perturbado por eso.

Ahora, Emmett puso el anillo de Mary en el dedo de Rosalie y recitó: —Con


este anillo te desposo, con mi cuerpo te culto, y con todos mis bienes te doto. En
el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Escuchar "Amén" usualmente señalaba que los servicios religiosos habían


terminado. Bella se irguió mientras el Padre Jacob los pronunciaba marido y
mujer, pero entonces se puso a recitar dos salmos y dar un sermón acerca de los
propósitos y el simbolismo del matrimonio. Bella movió sus pies adoloridos
debajo de la falda que los ocultaba. ¿Esto ya iba a terminar?

Emmett y Rosalie tomaron comunión y entonces, finalmente, todo acabó.


Emmett soltó la mano de su esposa como su estuviera en llamas y dejó la
capilla, probablemente buscando soledad y una botella. Rosalie miró a Bella, su
barbilla alzada y una sonrisa de triunfo retorciéndose en sus labios. Bella quería
gruñirle, pero Rosalie ahora era parte de la familia y tenía que ser tratada como
tal.

Bella apretó sus dientes pero le dirigió una sonrisa agradable. Parecía que la
vida en la tierra iba a presentar nuevos desafíos continuamente.

La Navidad en el palacio ese año era un asunto tenue, pero en la casa del
Duque de Cullen, todo era festivo y brillante. Era la primera Navidad de Bella y
Edward quería que fuera un tiempo mágico para ella. Toda la casa estaba
decorada con ramas de pinos y los cocineros se superaron con cada plato de
delicias navideñas. Para las personas de la era Tudor, las festividades
comenzaban en Nochebuena y continuaban hasta la Doceava Noche. Aunque
algunas tradiciones como los "Chico Obispo" y el "Lord del Mal Gobierno"
habían desaparecido, aún mantenían costumbres como el tazón wassail y el
Tronco de Yule.

Bella y Edward salieron al bosque cerca de su hogar para buscarlo. Tenía que
ser un tronco lo suficientemente grande para que quemara por toda la
temporada, desde Navidad hasta la Doceava Noche, y era tradicional que todas
las personas de la casa salieran por los bosques hasta que el tronco perfecto
fuera encontrado. Aunque Bella, había insistido en que era demasiado frío para
que Elizabeth saliera y Rosalie y Emmett no habían dejado sus aposentos desde
la boda. Elizabeth estaba decepcionada de no poder ir, pero había sido calmada
por la promesa de Alice de que podía ayudar a decorarlo con listones de colores
cuando lo trajeran. Bella las había dejado sentadas en el suelo de sus aposentos,
estilizando listones de satín en decoraciones festivas.

Bella esperó hasta que la espalda de Edward se giró y tomó un puñado de nieve
que lanzó a su cabeza. Él se volteó, mirándola en shock por un momento, una
mirada que lentamente se convirtió en una sonrisa cuando fue incapaz de
resistir la picardía en su cara. Los sirvientes que los seguían, sujetando
antorchas, solo podían mirar boquiabiertos a su atrevimiento.

— ¡Te enseñaré a asaltar a tu esposo! —le rugió y tomó un puñado de nieve.

—¡Me rindo, me rindo! —gritó Bella.

—No es suficiente. ¡Debes ser castigada por su insolencia! —Le sonrió


significativamente, juntando más nieve en la bola que sujetaba.

Bella dio la vuelta y corrió tan rápido como sus estancias y su vestido se lo
permitían. Se había puesto el vestido más simple para este viaje al bosque, pero
aun así no estaba diseñado para correr en los bosques nevados.

Edward fue tras de ella, gritando que cuando la atrapara, le haría cosquillas
hasta que gritara. Los sirvientes se movieron y se miraron, ya que no sabían si
debían seguirlos o no. El Duque y su esposa habían mostrado un
comportamiento extraño por meses. Al menos una vez al mes, los sirvientes
eran ordenados fuera de los aposentos del Duque y los mandaban a llevar sus
tarimas a la habitación de su hija. Todos ellos se preguntaban qué planeaban él y
su esposa que no querían que los sirvientes supieran, y las especulaciones a
veces eran salvajes.

Bella se tropezó con una raíz escondida debajo de la nieva y cayó de cara en un
banco de nieve. Edward estaba a su lado en un instante, levantándola con
cuidado. — ¡Bella! Santo Dios, ¿estás bien?

—Perfectamente bien —ella le aseguró y lo tumbó a su espalda, sentándose


encima de él con una sonrisa torcida en su rostro—. Ahora te tengo donde te
quiero —ronroneó—. Ahora que te he capturado, humano, debes pagar una
multa para ser liberado.

— ¿Joyas? —él ofreció.

Ella negó con la cabeza.

— ¿Tierras?

Ella negó de nuevo.

Edward suspiró. —Todo lo que me queda es mi humilde persona.

—Eso bastará —Bella susurró y se inclinó para besarlo.

— ¿Su gracia?

Sus cabezas se giraron para encontrar a su mayordomo a unos metros de


distancia, sus manos nerviosamente apretadas.

Bella se levantó, sacudiendo la nieve de sus faldas. —Yo me… eh… caí —
murmuró Bella—. Su gracia estaba revisando si tenía heridas.

—Gracias a Dios no encontré ninguna —dijo Edward piadosamente.

—Ed… Mi lord esposo, ¡mira! —dijo Bella señalando.

Un enorme tronco se encontraba unos metros detrás de donde habían caído en


la nieve.
— ¡Perfecto! —declaró Edward—. Regresemos a la casa, mi lady esposa, antes
de que te dé un resfriado. —Los sirvientes se apuraron a recoger la elección de
Bella, y el mayordomo los guió de regreso a la casa, su antorcha haciendo que la
nieve tuviera un brillo dorado.

A su regreso a la casa, Bella llamó por Alice para que la ayudara a cambiar su
vestido, pero no estaba en ningún lugar a la vista. Confundida, Bella se puso a
buscarla, y la encontró en el gran salón, sentada con Jasper enfrente de la
chimenea. Estaban tan entretenidos en su conversación que ninguno notó a Bella
acercándose. —Buenas noches —ella dijo.

—Buenas noches, su gracia —respondió Jasper tranquilamente, pero Alice saltó


y se mostró culpable.

—Alice, necesito ayuda con este vestido mojado —dijo Bella. Podría haber
llamado a otra dama para que la asistiera, pero estaba intensamente curiosa de
por qué Alice reaccionó como si hubiera sido descubierta haciendo algo malo. Se
suponía que Alice iba a hablar con Jasper, después de todo. Alice había sido
criada como Protestante (igual que Bella, así le dijeron a la Reina) y Jasper le iba
a dar instrucción en la fe Católica.

El rostro de Alice permaneció rojo todo el camino a los aposentos de Bella y


Edward. Comenzó a jalar las cintas del vestido de Bella sin ninguna palabra.

—Alice, ¿qué pasa? —Bella tenía que preguntar.

—N-nada —tartamudeó Alice.

Bella esperó.

—Oh, está bien, te diré, pero tienes que prometer que no dirás nada.

—Lo juro.

—Tengo algo de... afecto por el Padre Jasper.

—Pero él es…
—Sí, lo sé —dijo Alice.

La religión Protestante debajo del joven rey había permitido que los sacerdotes
se casaran, pero Mary había reinstituido el celibato clerical y expulsó de la
iglesia a cualquier sacerdote que se negara a renunciar a su esposa e hijos. Ver a
ex clérigos sin hogar rogando por comida para sus hijos era una imagen
desgarradora que era muy común.

—Es un hombre tan amable, Bella —dijo Alice con suavidad—. Nunca conocí a
un hombre que pudiera ser tan bueno. ¡Y con una mente tan brillante! No puedo
esperar para nuestras lecciones porque nunca podría cansarme de hablar con él.
Solo desearía… — se detuvo porque no había uso en desear por cosas que no
podían ser cambiadas.

Bella suspiró. —Desearía tener una solución para ofrecerte.

La puerta se abrió y varias damas entraron, esperando para tomar el vestido


mojado de Bella. Alice silenciosamente terminó de desatarlo y lo alzaron sobre
su cabeza. Estaba arruinado, era de esperarse. El material no era para mojarse.
Bella se preguntó si podría mandar a hacer "vestidos para jugar", vestidos con
los que pudiera esforzarse y que no requiriera estancias. En ese aspecto, las
campesinas eran afortunadas.

La cena esa noche fue una ocasión festiva. Bella estaba agradecida de que Mary
la hubiera dejado quedarse en casa, Elizabeth tuvo permiso de comer en el salón
esa noche y se sentó en el regazo de Bella, aplaudiendo con sus manos al
espectáculo. Gritó por un pie que tenía forma del niño Cristo descansando en un
pesebre, y encontró la cabeza de jabalí azada muy graciosa.

Edward había contratado a un bufón que bailaba, hacía malabares y decía


bromas; y un juglar, que los dirigía en los villancicos de Navidad. (Bella no se
sabía las palabras, así que ella y Elizabeth simplemente miraban con silenciosa
apreciación). Resultó que su esposo tenía una buena voz de barítono que hizo a
Bella temblar y prometer que haría que cantara para ella de nuevo – en privado.

Al final de la comida, todos en la casa comieron rebanadas de un gran pastel


que tenía un solo frijol adentro. Quien encontrara el frijol en su rebanada de
pastel iba a tener todo un año de buena suerte, y fue Edward quien lo encontró,
casi lastimándose un diente cuando lo mordió. Todos festejaron cuando lo
mostró después de tomarlo detrás de la servilleta que un sirviente le había dado.

Esa noche, después de haber sido desvestidos y cerrado las ventanas, Edward
buscó debajo de su almohada y sacó algo escondido en su mano. —Es la
costumbre dar los regalos el día de Año Nuevo —él dijo—. Pero te lo estoy
dando hoy porque no puedo esperar más.

Puso el objeto en la mano de Bella. Era un óvalo dorado con un gran diamante
en el centro, unido a un perno que se veía como un moño, cubierto en rubíes.
Edward notó que ella no sabía qué era, así que lo tomó y lo abrió por ella.

Adentro había dos pequeños retratos pintados en un fondo de azul brillante. El


retrato de Edward ocupaba el lado derecho, y el de su hija ocupaba el izquierdo.
Elizabeth sujetaba la muñeca que Bella había hecho para ella.

—Fueron pintadas por Hans Holbein —dijo Edward—. Él fue el artista de la


corte que pintó los retratos del Rey Henry y los de sus esposas.

— ¿Era?

Edward asintió. —Murió por la plaga el mes pasado. Estos fueron


probablemente los últimos trabajos que pintó.

— ¡La plaga! —Bella estaba alarma—. Pensé que solo venía en los meses de
verano.

—En verano es más común, pero puede ocurrir en cualquier tiempo.

Bella se estremeció, pensando de los afortunados que eran Edward y Elizabeth


por no haber sido infectados. Este grupo de miniaturas podrían haber sido su
último recuerdo de ellos.

—Gracias —dijo ella suavemente—. Son hermosos y los atesoraré siempre.

— ¿Te sentarías por un retrato para mí? —preguntó Edward.


Bella parpadeó. — ¿Yo?

Él se rio. — ¡Sí, tú, mujer!

—Si quieres —accedió.

—Preferiría tener a la real, pero un retrato sería… —Edward se detuvo. No


quería decir en voz alta la razón por la que quería el retrato. Ni siquiera quería
pensarlo, pero un instinto profundamente enterrado le decía que su tiempo
juntos podría ser corto.

Emmett apareció con Rosalie para la misa de Navidad, y Bella notó que la Reina
les lanzó una mirada de sospecha. Bella inclinó su cabeza y se preguntó por qué
podría ser. Parecía estar rodeada de mil misterios pequeños como este cada día
y uno nunca sabía cuando una pequeña incongruencia podría convertirse
después en un gran problema.

Rosalie se inclinó profundamente y le dio a la Reina una dulce sonrisa que la


Reina no regresó. Mary ofreció el más mínimo de cortesías y entonces se fue,
con sus labios apretados. Bella se cuestionó por qué Mary le había dado a
Rosalie una posición como dama-en-espera si no le agradaba, pero suponía que
iba con la línea de pensamientos que había tenido después de la boda. Rosalie
ahora era parte de la familia de la Reina Mary y había unos cuantos preciosos de
ellos

Cuando llegaron a los aposentos de la Reina, Bella notó algo en el suelo, una
hoja de papel que había sido doblada en un pequeño cuadrado. Ella lo desdobló
y jadeó suavemente.

— ¿Qué es eso, Lady Cullen? —preguntó Mary.

Bella arrugó el papel en su puño. —Nada, su majestad.

—Déjame verlo. —Mary extendió su mano.

—Por favor, su majestad —suplicó Bella—. No lo mire. Es… horrible.

Mary chasqueó sus dedos, su mano aún extendida. Bella puso el papel en su
mano reluctantemente. Mary lo aplanó y jadeó. Era un crudo (en cada sentido
del término) dibujo con palabras amenazantes al efecto de que los Ingleses no
tolerarían a un rey Español y que habría una revuelta de ser necesario para
evitarlo. Tenía que ser doloroso verse a sí misma retratada como una vieja y
esquelética bruja que solo sería fornicada por Phillip si extendía un mapa de
Inglaterra sobre su cuerpo primero. Bella podía ver lágrimas juntándose en los
ojos de Mary, pero ella era una Reina y sacó su faz de dignidad con esfuerzo.

— ¿Dónde encontró esto, Lady Cullen?

—Estaba en el suelo, su majestad.

— ¿A quién pertenece esto? —demandó Mary, pero claro, nadie respondió.


Mary marchó hasta la chimenea y lanzó el papel adentro. Las llamas brillaron en
sus lágrimas.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS

* Durante el reinado de Elizabeth, hubo escándalos anti-extranjeros en 1563,


1571, 1576, 1584, 1586, 1592 y 1595. Uno en 1517 fue provocado por un orador
cuyo sermón decía que Dios había marcado las fronteras de todas las naciones y
se quejó.

* Algunos de ustedes habrán notado que he llamado a Elizabeth Tudor


"Princesa Elizabeth" en esta historia, aunque su título a este tiempo era sólo
"Lady Elizabeth", y lo fue desde que su padre decretó que era una bastarda. La
volvió a incluir en la sucesión cuando notó que no tendría más descendientes,
pero nunca restauró su legitimación o le devolvió su título. Pensé que sería más
fácil para distinguir entre las Elizabeth en esta historia llamándola "Princesa", ya
que la hija de Edward también es "Lady Elizabeth."

* "Chico Obispo" y el "Lord del Mal Gobierno" eran dos personas de bajo estatus
elegidos para ser un obispo y un rey, respectivamente. El Chico Obispo
conducía ceremonias de la iglesia (Henry VII ilegalizó esta práctica, pero
algunas iglesias aún la mantienen) y el Lord del Mal Gobierno se volvía el jefe
del personal por el día, durante el cual jugaba bromas, hacía extravagantes
demandas a su "corte" y generalmente causaba un ligero caos. La Reina Mary no
lo permitía en su propia corte.

* Hans Holbein murió en 1543, pero he extendido su vida por diez años por esta
historia porque era un asombroso artista de retratos y me gusta imaginar cómo se
vería un retrato del Duque de Cullen y su hija. Holbein probablemente no murió
por la plaga; seguramente fue alguna otra infección que lo mató.

* Los votos matrimoniales son del Libro de Oración Común de 1559.


Capítulo 13

Traductora: Mentxu Masen (FFAD)


Beta: Constanza Moreno Inostroza (FFAD)

L a Reina estaba tomando un baño esta noche antes de la fiesta de la Noche

de Reyes. Las mucamas sacaron una bañera redonda de madera y la colocaron


delante de la chimenea. La bañera estaba llena de hojas y baldes de agua
caliente perfumada traía desde las cocinas. Mary se acercó a la bañera, llevando
la enagua que debería mantener mientras estaba en el agua, por amor a la
modestia. Fue solo después de que Mary se hubiera metido a la bañera, que
Susan Clarencieux se dio cuenta que nadie había traído las toallas que se usaban
para secar a la Reina después de que terminara. Bella salió al pasillo para llamar
a una de las criadas cuando vio las toallas puestas en una silla. Ella las cogió y se
dio la vuelta para volver a la habitación de la Reina cuando se encontró con
Courtenay.

Bella jadeó suavemente y retrocedió un paso. —Perdón, señor. No te vi allí de


pie.

Él estaba callado, sus ojos brillando con malicia.

—Por favor, perdone —susurró Bella e intentó pasar en torno a él para llegar a
la puerta. Él se acercó rápido para bloquear su camino.

Bella se congeló, temblando. —Déjeme pasar, Lord Devon.

—Creo que no —dijo arrastrando las palabas—. Han hecho un poderoso


enemigo, su gracia.

Ella inclinó su barbilla. —Pero he hecho incluso amigos más poderosos.

Sus ojos se estrecharon. — ¿Cuánto tiempo cree que el marido de usted iba a
durar en el consejo si hablo en contra de él?

¿Se atrevió a amenazar a su Edward? LasSelkies eran criaturas naturalmente


apacibles por naturaleza y tendían a ser tímidas, pero amenazar a un niño o a
un ser querido en su presencia haría que pasaran de ovejas a leones. —Más de lo
que duraría usted si le diera una paliza que se merece —susurró Bella.

Courtenay estaba en shock. Había esperado reducir a la Duquesa hasta las


lágrimas. La última vez que le había arrinconado, ella se había enrojecido y
retirado, lo cual le dijo que sería un blanco fácil para intimidar. Había esperado
ser capaz de coaccionarla para que le ayudara en sus nuevos planes, pero ella
permanecía delante de él, sus ojos brillantes, amenazándole como lo haría un
hombre. No podía haber estado más sorprendido si de repente le hubiera salido
otra cabeza.

—Se va a quitar de mi camino, o le quitaré yo, y no prometo ser suave al


respecto. —La voz de Bella era baja y amenazante y Courtenay sintió un dardo
de miedo. Se hizo a un lado, con la mandíbula colgando en algún lugar cerca de
su pecho.

La vio pasar a la habitación de la Reina, cerrando la puerta firmemente en su


cara. Permaneció allí por un momento, preguntándose una y otra vez si eso
había realmente pasado. ¿Podía Edward Courtenay, Conde de Devon,
realmente haber sido superado por una mujer? La rabia ardía en sus entrañas.
Ella iba a lamentar este día, se prometió.

Bella dejó caer el montón de toallas en los brazos de Susan Clarencieux y se


retiró a la ventana, mirando hacia el cielo naranja del atardecer, respirando
profundamente para calmarse. Tenía que contarle a Edward sobre esto, y
esperaba que él no se enfadara por la forma en la que ella le había hablado a su
primo. Ella sabía que a Edward nunca le había gustado Courtenay, pero ella no
ayudaba a la situación al perder su temperamento. Si ella se hubiera calmado y
hubiera pedido disculpas, habría sido capaz de apaciguarlo. En lugar de eso,
ahora tenía un declarado enemigo. La estrella de Courtenay podría estar ahora
en decadencia desde que Mary había elegido para casarse con Phillip, pero él
todavía tenía muchos aliados.

El entretenimiento de la tarde comenzó con un baile de máscaras. Eran obras de


teatro organizados por los miembros de la corte con elaborados trajes y
conjuntos, ligeros en la trama y pesados en la alegoría. La mascarada de este
año, escrita y dirigida por el Maestro de Fiestas, George Ferrers, era
Abundancia, Generosidad y Superación sobre Hambre, Necesidad y Deseo.
Bella, como dama de más alto rango de Mary (por detrás de la Princesa
Elizabeth, quien no había participado) tenía el codiciado papel de Plenitud.
Tenía un traje bordado con las armas de la Reina en el corpiño y cornucopias
desbordantes de los frutos de la tierra en la falda. Iba a haber un simulacro de
batalla entre las fuerzas de la pobreza y las fuerzas de la riqueza, las cuales por
supuesto, terminaría con el simbolismo de mano dura del triunfo del reino de
Mary sobre las dificultades y traer de vuelta un tiempo de abundantes cosechas
y alegría para toda la tierra.

Bella no envidiaba al pobre George Ferrers. Era un caballero bondadoso, un


escritor cuya creatividad era gastada en estos pequeños shows, encargado con la
exasperante tarea de pastoreo de las damas risueñas de la corte, más atentas en
los chismes que en la dirección de sus roles. Cada ensayo había parecido más
caótico que el anterior, pero cuando se trataba de la actuación real, todo fue
como la seda, y el papel terminó con Bella siendo coronada con una corona de
trigo con pequeños trozos de cera alrededor de su perímetro, y llevada en una
silla por mujeres cantando.

La corte aplaudió cortésmente cuando los actores salieron de la habitación, solo


para volver momentos después, todavía en sus trajes, para disfrutar del
banquete. El Maestro Ferrers había contratado a un acróbata, que bailó sobre un
alambre tendido entre las vigas del techo y realizó cómicos trucos que hicieron a
la Reina Mary reír hasta que se agarró los costados.
Entre bocados de espinacas y col, Bella se inclinó sobre Edward y le susurró la
historia de su confrontación con Courtenay. Él mantuvo su cara
cuidadosamente en blanco, porque ellos estaban siendo observados, pero Bella
podía ver el rubor de enfado a lo largo de sus pómulos.

—No estás enfadado conmigo, ¿no? —preguntó ella.

—No, Bella, no estoy enfadado contigo, aunque, como has notado, esto no ha
mejorado la situación —suspiró—. Era inevitable, supongo. Courtenay me
quería para que le apoyara con la Reina y yo me negué. En su mente, si no eres
su partidario, eres su enemigo. Simplemente vamos a tener que estar atentos y
vigilar cualquiera de sus maquinaciones. Afortunadamente para nosotros, la
sutiliza nunca ha sido su camino.

Cuando terminaron de comer, la corte salió afuera a la tienda levantada sobre la


pista de tenis, calentada por braseros esparcidos por todas partes. Varias
pequeñas plataformas con sillas de terciopelo fino, acolchadas con telas doradas
habían sido colocadas para los más altos rangos de nobles. Edward dirigió a
Bella a uno de los cuales llevaba su escudo de armas. Sus sirvientes, incluyendo
a una excitada Alice, estaban sentados en sillas alrededor de la plataforma.

— ¿Qué es un cebo de oso? —preguntó Bella a Edward. Alice le había contado


lo que iban a ver pero Bella no había tenido oportunidad de preguntar sobre
esto antes de que se sentaran.

—Espera y ve —dijo Edward en broma.

Mientras hablaba, un oso fue conducido ante la corte y Bella gritó. Esperaba que
después de ese evento, tuviera oportunidad de ir a acariciarlo; le gustaban los
osos. Por desgracia, no quedaban ya muchos por los bosques de Inglaterra. La
mayoría estaban en cautividad ahora, pero Bella podía recordar un tiempo en
que ella se los encontraba a menudo jugando en el bosque.

El hocico del oso estaba cubierto con una jaula metálica, atado en torno a la
parte trasera de su cabeza, y sus enormes patas habían sido cubiertas con
guantes acolchados. El controlador colocó una pesada cadena en su collar
metálico y sujeto una estaca de madera en el medio del patio antes de que le
quitara los guantes y la jaula del hocico. El controlador se alejó y el oso se puso a
dar vueltas sin hacer nada, exprotando tanto como su cadena se lo permitía.

Bella oyó el ladrido constante que se hacía más fuerte y observó como un par de
criados uniformados entraron en la tienda, llevando a rastras a los perros que se
esforzaban en contra de sus correas. Levantaron una barrera y quitaron las
correas y los excitados perros se apilaron sobre ella, esforzándose para llegar al
confuso oso. Una trompeta sonó y la barrera fue tirada. Los perros cargaron
sobre el oso, ajustando, gruñendo, embistiendo. Atacaron desde todos los lados,
el oso girando en círculos, deslizando sus garras a los perros con un rugido.

Bella dio un pequeño grito de horror y se llevó la mano a la boca. Alice reía y
aplaudía. Uno de los perros salió volando y la audiencia dio un colectivo ¡ooh!

— ¿Bella?— Los ojos de Edward estaban preocupados. Ella apartó la mirada de


él, dirigiéndose a la Reina, quien claramente encontraba las luchas del pobre oso
siendo hecho trizas divertidísimo.

—No puedo —dijo Bella, y luego se puso de pie. Huyó corriendo de la tienda
tan rápido como su pesado y ajustado vestido se lo permitía.

— ¡Bella! —Edward la seguía—. ¿Estás enferma? ¿Es el bebé?

Alice estaba detrás de ellos, la preocupación luchando contra la decepción en su


rostro. Sentía perderse el espectáculo.

—No puedo ver eso —susurró Bella—. ¡Ese pobre oso! Esos pobres perros,
también.

Edward parpadeó, sacudiendo un poco su cabeza en confusión. —No entiendo.

¿Cómo podría hacerle entender? Él había crecido en un mundo donde no podía


pensar más en el dolor de un animal que en los sentimientos que podría tener
una piedra que pisaba. Uno de los perros gritó, y Bella hizo una mueca,
presionando sus manos sobre sus oídos.

—No puedo —se atragantó.


Un sirviente llevando el uniforme de la Reina salió desde la tienda y se inclinó.
—Su gracia, la Reina desea saber si la Duquesa está enferma.

—Sí —dijo Edward—. Ella no se encuentra bien y pido a su majestad perdón,


pero tengo que llevarla a casa. —Teniendo cuidado del miriñaque de Bella, la
tomó en sus brazos y se dirigió a la puerta del palacio, donde generalmente se
encontraba su transporte—. Busca una litera —le ordenó a Alice, quien ahora
miraba alarmada la palidez de Bella. Corrió a buscar a un lacayo.

La propia litera de la Reina fue traída tras ellos, sus barras a cargo de doce
hombre de a pie, tres en cada uno. —La Reina le envía su propia litera —les dijo
el lacayo mientras se inclinaba, el tono de voz contenía suficiente asombro para
informarles, en caso de que ellos no fueran conscientes de ello, que esto era un
gran honor.

—Denle a su majestad mi agradecimiento por su amabilidad —dijo Edward,


depositando a Bella en el interior sobre unas almohadas de terciopelo. Él y Alice
subieron tras ella. Bella luchó contra una oleada de vértigo mientras la litera se
elevaba.

—Lo siento —dijo Bella suavemente, consciente de los doce pares de oídos a su
alrededor—. No podía ver eso. Era horrible. —Podía decir que Alice y Edward
no entendían, pero Edward estaba dispuesto a complacerla. Una mujer
embarazada tenía antojos, después de todo, los maridos estaban advertidos de
que debían evitar que sus mujeres se molestaran para no dañar al niño que
llevaban.

Ella no podía dejar de pensar en esos pobres animales. Las lágrimas se


deslizaban silenciosamente por sus mejillas.

—Por favor, no llores, Bella —dijo Edward. Le tomó la cara con las manos,
usando sus pulgares para alejar las lágrimas—. Por favor… desgarra mi corazón
el verlo.

Luchó para tragarse las lágrimas, parpadeando fuerte.

—Piensa en esto: Pasaremos la tarde con Elizabeth. Jugaremos a los Nueve


Hombres de Morris. ¿Te gustaría eso?

Bella sonrió. Puede que él no entendiera porque ella estaba enfadada, pero le
estaba ofreciendo lo que sabía que ella más disfrutaba, pasar tiempo con su hija
—la de ambos— para intentar hacerla sentir mejor. ¿Cómo eso no podía hacerle
reír?

A la mañana siguiente, ellos estaban tomando su desayuno en la habitación


cuando uno de los sirvientes anunció que la Princesa Elizabeth había venido de
visita. Bella tragó el resto de su cerveza y todavía llevaba un mendrugo de pan
mientras descendían las escaleras. (El apetito de Bella había crecido en gran
medida debido a su embarazo.)

La Princesa Elizabeth estaba en la gran sala, permaneciendo junto a la chimenea


cuando ellos entraron. Llevaba un austero traje negro de equitación, su cabello
atado bajo un pequeño alegre sombrero. —Buenos días, sus gracias —dijo
mientras ellos se inclinaban.

—Buenos días, su alteza —dijeron simultáneamente Bella y Edward.

Elizabeth se rio entre dientes. — ¡Ah! ¡El matrimonio! Comparten todo, incluso
su discurso. —Se sentó en una de las sillas y Bella se vio obligada a sentarse más
cerca del fuego de lo que le hubiera gustado, aunque Edward era lo
suficientemente considerado para ponerse entre ella y las llamas. Edward les
señaló a los sirvientes para que se alejaran y todos ellos se amontonaron en el
otro lado de la habitación.

La formalidad se abandonó tan pronto como ya no podían ser escuchados.

—Estaba montando esta mañana y pensé en parra y ver qué tal estabas, Bella.
—Elizabeth hizo girar distraídamente su fusta por sus largos y blancos dedos.
Elizabeth era muy vanidosa sobre sus preciosas manos y a menudo las mantenía
en exhibición de esta manera.

—Mucho mejor, gracias.

—La Reina se ha ofrecido para enviar a su médico personal para atenderte —


dijo Elizabeth.

—No es necesario —dijo Bella rápidamente—. Solo un poco de malestar en el


estómago, común en las mujeres embarazadas, me han dicho.

Elizabeth asintió. —Se lo diré cuando regrese. —Se paró por un momento—.
Creo que debería permanecer en casa hoy, solo para estar seguros que no vuelva
a ocurrir.

Edward se inclinó hacia adelante, porque él sabía que eso no era por la salud de
Bella. — ¿Qué noticias?

—La Reina está publicando los contenidos de su tratado de matrimonio hoy —


dijo Elizabeth—. Ella espera que haciendo los términos públicos, la gente será
menos… interesada. Los rumores están en los alrededores sobre que Phillip está
ya de camino con un ejército de diez mil españoles, con ocho mil alemanes más
siguiéndolo.

Edward no había sido parte del equipo especial de embajadores que negoció el
tratado, pero sabía que Elizabeth tenía espías en todos sitios y probablemente
había conocido los términos acordados antes que la propia Reina. — ¿Cuál es el
acuerdo?

—Phillip será Rey y él firmará la legislación y las proclamas conjuntamente con


la Reina, sin embargo, él no tiene poder sobre la armada Inglesa o nuestros
tesoros, así que no puede arrastrarnos a su ruinosa guerra con Francia. Si la
Reina muere sin hijos, el reinado de Phillip termina. Si hay un niño, tiene
prohibido llevarse al niño o a Mary del país sin el expreso consentimiento del
Parlamente, y tú sabes la probabilidad de eso.

—Pero el niño puede heredar el trono de España —dijo Edward.

—Él tendría que gobernar desde aquí, al menos hasta su mayoría de edad —
dijo Elizabeth—. El Emperador Charles envió a Mary un bonito diamante como
regalo de compromiso como Phillip debería haber hecho, pero he oído que está
haciendo pucheros sobre los términos del tratado.
Se quedó en silencio mientras un sirviente se acercaba con copas de cerveza.
Una copa con joyas incrustadas del más fino oro de Edward, la cual le había
sido dada como regalo de matrimonio por el padre de Elizabeth, fue dada a la
princesa, la más fina usada por la persona de mayor rango. —Es preciosa —
comentó.

—Gracias. —Edward tomó copas más humildes de plata para Bella y para sí
mismo.

Tan pronto como estuvieron solos de nuevo, Elizabeth giró su atención a Bella.
— ¿Cuáles eran tus planes para hoy?

—Iba a ir a la Torre para tomar algunos libros de Jane Grey, y luego ir al


palacio. ¿Por qué preguntas?

—Hablé con la Reina esta mañana e hice una petición que ha aceptado. —
Elizabeth tomó de su cerveza y volvió sus ojos hacia Edward—. Primo Edward,
estoy pidiendo que confíes en mí ahora.

Edward asintió.

—Me estoy retirando a Hatfield House y me voy a llevar a Bella y a la pequeña


Elizabeth conmigo.

Bella se quedó sin aliento y giró hacia Edward con protestas temblando entre
sus labios.

—Bess... —dijo él tomando la mano de Bella entre las suyas.

—Es lo mejor. —Elizabeth lo miró a los ojos directamente. Una larga mirada
pasó entre ellos antes de que Edward suspirara y asintiera.

Se giró a Bella. —Ve con Bess, Bella. Lleva a Alice y a nuestra hija.

— ¿Qué? No entiendo. ¿Por qué?

— ¿Recuerdas sobre lo que te conté en el jardín acerca de hacer preguntas?—


dijo suavemente Elizabeth—. No quiero mentirte, Bella, pero si insistes en hacer
preguntas, lo haré. ¿Entiendes?

—No quiero ir. No te ofendas, Elizabeth.

—No hay problema —respondió secamente Elizabeth—. No será por mucho


tiempo, Bella, lo prometo. —Se puso de pie—. Marcharemos en la mañana. Haz
tu visita con Jane, pero ven a casa después. Ven a mi encuentro sobre las diez
mañana. —Dio a ambos, Edward y Bella, un suave beso en los labios y se fue,
llamando a su criado al pasar por la puerta.

Bella se giró hacia Edward, sus ojos llenos de lágrimas. —No quiero ir —repitió.

—Bess no te habría pedido ir si no fuera importante, Bella. Tienes que ir. Por
favor.

— ¿Estarás en peligro? —preguntó.

Edward la tomó en sus brazos. —No te preocupes por mí. Estoy tan seguro
como cualquier hombre puede estar en estos días.

Pero eso no era seguro en absoluto.

Bella había cambiado de opinión sobre querer ir a visitar a Jane, pero Edward
había insistido en que fuera y le había coaccionado para asegurarse de que
fuera: —La pobre chica probablemente no tenga visitas en Navidad —dijo.

Bella empacó los libros que había comprado para Jane. Ya se los había mostrado
a la Reina Mary, quien había dado su aprobación. Había algunas textos
matemáticos, científicos y uno que estaba segura Jane iba a amar sobre el
funcionamiento interno de los relojes.

Desde que Edward no quería que Bella montara a caballo debido a su


embarazo, Bella tenía que tomar una litera hasta el río y después una barca
hasta la Torre, un irritante y largo viaje cuando ya estaba impaciente por llegar a
casa. El guardián de la Torre, Master Partridge tenía que examinar los libros
antes de que Bella se los llevara a Jane, lo que quería decir que él tenía que
hojear cada página para asegurarse que ninguna carta había sido insertada o
algún mensaje escrito en los márgenes. Bella golpeaba su pie mientras esperaba.
Cuando finalmente se le permitió subir a la habitación de Jane, la chica parecía
encantada de verla.

— ¿Cómo lo lleva, su gracia? —preguntó.

—'Prima' es el único título que quiero que utilices —le dijo Bella, dándole el
acostumbrado beso en los labios de Jane y abrazándola levemente. Bella era
pequeña para una humana, pero Jane era prácticamente del tamaño de un niño.

—Prima Bella es, entonces —acordó Jane—. ¿No te sentarás?

Bella se sentó en una silla y dejó la caja en frente de Jane. —Feliz Navidad,
aunque es un poco tarde.

—El tiempo significa poco aquí —dijo Jane. Ella abrió la caja y dio un grito de
alegría juvenil—. ¡Oh, Bella! ¡Gracias! —Sujetó el libro de relojes y suspiró de
placer—. Eres muy considerada. Dime, ¿cómo están Edward y la pequeña
Elizabeth?

Eso recordó a Bella el viaje que debía tomar mañana y su cara cayó.

— ¿Qué va mal? —preguntó Jane alarmada—. ¿Están enfermos?

—No, nada de eso —dijo Bella—. Es solo que estoy siendo enviada fuera de la
ciudad por un tiempo.

—Hasta que tu bebé nazca —asintió Jane—. No tienes que estar triste, Bella. Es
mucho más sano el campo. Todo el mundo lo sabe. Y una vez que tu
confinamiento haya terminado, puedes volver a casa.

Ella no corrigió a Jane con respecto a la razón. —Echaré de menos tanto a


Edward.

Jane sonrió, sus ojos suaves y soñadores. —Verdaderamente te envidio, Bella.


Tienes todo lo que es valioso y precioso. Dios debe favorecerte en gran medida.

—Tal vez cuando Guildford sea mayor... —la voz de Bella se fue apagando
porque no se sentía bien para ofrecer falsas esperanzas. Por lo que había oído de
Guildford, él no era una persona agradable y probablemente nunca lo fuera.

Jane dio unas palmaditas a la mano de Bella. —Eres muy amable por intentarlo
—dijo—, pero no creo que pueda esperar felicidad en este mundo. Mi
recompensa será dada en el cielo.

Ninguna mujer de dieciséis años debería mirar hacia la muerte. —Lo que pasa
sobre la vida es que siempre cambia —dijo Bella.

—Es verdad. He oído que la Reina Mary intenta enviarme al campo pronto,
también. —Los labios de Jane se torcieron en una risa irónica—. Aunque mi
señor esposo se presentará por separado.

—Ella probablemente quiere evitarte que se realicen más solicitantes por el


trono.

—Un sentimiento con el que estoy totalmente de acuerdo —dijo Jane—. No


quisiera traer nunca otro niño a esta familia.

—Lo siento, Jane —dijo Bella. Como la mayoría de selkies, ella creía que la
maternidad era una alegría y lamentaba que Jane no pudiera experimentarla
nunca.

—Yo no. —Jane hizo un gesto a sus estantes de libros, sus relojes que
avanzaban en silencio, marcando los tranquilos momentos de su vida. Bella
miró a través de la ventana el sol de invierno dulce filtrándose a través de los
esqueléticos árboles. Los cuervos, habitantes de la Torre, picoteaban la hierba.
¿Cómo sería para Jane, que no podía correr y jugar bajo el árbol si le venía el
impulso? Su mundo se reducía a esas habitaciones y ella decía que estaba
contenta, ¿pero no había una parte de ella que no quisiera ser una joven chica
normal, riendo, bailando, flirteando? ¿Era "satisfecho" con lo que te
conformabas si no habías tenido alegría?

Después de que se fuera, Bella no se fue directa a casa como Elizabeth le había
dicho. En su lugar, se fue al palacio y encontró a la Reina escribiendo cartas en
su oficina. —Lady Cullen —dijo con una sonrisa—. Estoy encantada de ver que
está bien.
—Gracias, su majestad.

— ¿Cómo fue su visita con Jane?

—Bastante bien, su majestad. Estaba bien y cómoda con sus libros y con ganas
de una vida tranquila en el campo.

—Usted está fuera del campo —comentó la Reina—. Mi hermana está dejando
la corte y preguntó por usted, específicamente, para ir con ella y permanecer en
Hatfield.

Bella suspiró. —Eso me ha dicho.

La Reina sacó una pluma del tintero. —Ven aquí, Bella —dijo suavemente. Hizo
un gesto a un taburete a su lado y Bella se sentó en él después de una cuidadosa
organización de sus faldas. Como una duquesa, generalmente le daban una silla,
así que no tenía práctica en moverse el traje para acomodarse en un asiento más
pequeño—. Tengo que preguntarle algo, algo que estoy segura no querrás hacer,
pero es necesario. —Suspiró y se frotó los ojos como si le dolieran, y como
miope que era, tal vez le dolieran—. Elizabeth es... Elizabeth es el objetivo de los
conspiradores.

—Ella no está en peligro, ¿no? —preguntó alarmada Bella.

—No más que cualquier otro de sangre real. El conspirador busca ascenderla,
no hacerle daño.

—Oh —dijo Bella—. ¡Oh! Quiere decir...

—Sí, quieren verla en mi lugar. Lo que necesito que hagas, Bella, es que vigiles
por mí. Cuéntame quién le visita, quién le escribe. Cualquier cosa que parezca
sospechoso. ¿Entiendes?

El corazón de Bella se hundió. —Sí, su majestad.

—Gracias, Bella. —Mary sonrió y besó su frente—. Puedes irte. Estoy segura
que tienes muchos preparativos por hacer.
Alice era un manojo de nervios cuando Bella regresó a casa. Estaba dirigiendo a
los sirvientes para decirles qué vestidos, qué joyas, qué capas tenían que
empacar para la Duquesa y para su hija. Y ella estaba infeliz. Jasper no podría
acompañarles a Hatfield. Alice lo llamó "estar enterrado en el campo" y era
miserable al perder tanto el brillo de la corte como su profunda "amistad" con el
confesor de Bella. Bella intentó ser comprensiva, pero ella simplemente quería
que todos se fueran de su habitación, así ella podría pasar tiempo con Edward,
unos pocos preciosos momentos antes de ser separados por una temporada
indeterminada de tiempo.

Ella no durmió esa noche y pensó que él tampoco lo hizo. Se sostenían el uno al
otro en la oscuridad, ambos anhelando las palabras para confortar al otro pero
no encontrando ninguna.

Intentó no llorar cuando la litera de Elizabeth llegó delante de su larga fila de


equipaje y muebles. Intentó no aferrarse a él cuando le dio el último abrazo.

—Te veré pronto, Bella —dijo él, con lágrimas brillando en sus ojos—. Te lo
prometo.

Ella le besó. —Te amo.

—Y yo te amo. Ten cuidado. —Le ayudó a subir a la litera y sus manos se


entrelazaron por un momento antes de que la litera partiera.

La pequeña Elizabeth estaba jugando con su muñeca, imperturbable al mudarse


a otra casa, algo que había hecho demasiadas veces en su corta vida. Alice, a su
lado, se veía tan sombría como un portador de féretros. Solo la Princesa
Elizabeth, descansando al lado de Bella, parecía alegre.

—Por los dientes de Dios, si estar apartados es tan depresivo, me alegro de no


haberme enamorado nunca —dijo.

—Probablemente no lo harás —dijo Alice brevemente—. Eres demasiado


egoísta.

Elizabeth la miró boquiabierta por un momento y después se echó a reír. —


Creo que debo mantenerte —dijo—. Eres como el hombre a quien Cesar tenía
detrás de él en el carro durante su desfile de triunfo susurrándole una y otra
vez, 'Recuerda, tú eres mortal.' —Se rio por un momento antes de que mirara a
Bella—. ¿Cómo fue tu visita a la Reina?

— ¿Cómo sabes esas cosas? —preguntó Bella, un poco irritada.

—Tengo mis métodos —respondió Elizabeth alegremente—. Así que, se te


asignó el deber de espionaje, ¿no? Te dije que no fueras. No hubiera podido
haberte preguntado si hubieras ido directa a casa como te dije.

Bella parpadeó con asombro. —No había nadie cerca cuando me dijo eso.
¿Cómo lo sabes?

Elizabeth se rio. —Porque es lo que yo haría.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
* El baile de máscaras de la primera Navidad del reinado de Mary no está bien
descrito en los registros existentes. Lo he reconstruido un poco usando la trama
de otros similares bailes.

* El cebo de oso era celebrado en realidad en Hatfield para la diversión de la


Princesa Elizabeth.

* El tratado de matrimonio se hizo público en realidad el 14 de enero.


Capítulo 14

Traductora: Valentine Flesar (FFAD)


Beta: Constanza Moreno Inostroza (FFAD)

B ella se deslizó cual ladrón a través de la oscuridad de la casa,

estremeciéndose cada vez que el suelo crujía. A través de la ventana pudo


observar los primeros rayos del amanecer. Los sirvientes se despertarían pronto
y tenía que darse prisa por entrar en su habitación antes de que nadie la viera.
Volvió a hacer una mueca cuando otra tabla chirrió. No había estado el
suficiente tiempo en Hatfield como para aprender donde estaban las porciones
estropeadas para así poder evitarlas. Subió por las escaleras lentamente,
permaneciendo lo más pegada a la pared, mordiéndose el labio. Casi allí…

A lo largo de la última semana, había estado explorando las tierras de Hatfield


y encontró un estanque que no quedaba muy lejos de la casa. No era ni muy
largo ni muy hondo, pero satisfacía su deseo de nadar una vez rompió la capa
de hielo que lo cubría.

Pasó por la puerta de su habitación y suspiró aliviada. Alice todavía estaba


dormida en su camastro —la chica parecía muerta de lo adormecida que
estaba— y la pequeña Elizabeth todavía estaba acurrucada en la cama, su pulgar
metido en la boca. Bella pasó de puntillas al lado de Alice hacia su armario para
ponerse algo seco.

— ¿Dónde has estado?


Bella saltó y casi gritó.

— ¡Santo cielo, Bess! —dijo entre dientes, su voz baja para que no despertada a
Alice o Elizabeth—. Casi se me ha salido el corazón del pecho.

Elizabeth elevó una ceja. Sus ojos se pasearon por el mojado pelo de Bella y el
atuendo casi transparente.

— ¿Qué has estado haciendo, Bella?

Bella arrastró los pies.

— ¿Te acuerdas cuando me contaste que no te hiciera preguntas porque no


querías mentirme? —Elizabeth suspiró.

—Dime algo, ¿mi primo sabe algo de esto? —Bella asintió, aliviada.

—Si le dijeras lo que has visto esta noche, te diría que sabe lo que estuve
haciendo y que lo aprueba. De todas maneras, ¿por qué estabas aquí?

—Ha venido un mensaje —dijo Elizabeth—. Hay un levantamiento en Kent.

— ¿Un levantamiento? ¿Quieres decir una rebelión? —Los ojos de Bella se


empequeñecieron y tuvo que sentarse en la cama porque sus rodillas parecía
que habían perdido todas sus fuerzas.

—Thomas Wyatt ha creado una fuerza de más de cuarto mil hombres —dijo
Elizabeth de forma grave—. El duque de Norflok fue enviado con un
contingente de las tropas de Mary para parar el avance, pero Norflok se retiró a
la capital cuando la mayoría de sus tropas desertó para unirse a Wyatt.

Bella gimoteó y el terror convirtió su cara en una máscara blanca. Ella había
estado en Escocia durante el "Rough Wooing"9 cuando Enrique VIII intentó
forzar a Escocia a no querer que la infanta reina de los escoceses fuera educada
en Inglaterra y casada con el hijo de Enrique. Nunca olvidaría el hedor a las

9
Rough Wooing: literalmente "Áspero galanteo".
casas quemadas, los gritos de las mujeres mientras eran violadas, los lastimeros
lloros de los niños que corrían por la cruel brizna. Miró a la pequeña niña que
dormía, y a la cual consideraba como su hija, e intentó desesperadamente
pensar dónde podría llevársela para mantenerla a salvo.

—Bella, para —dijo Elizabeth rápidamente—. Hatfield está a salvo.

¿Es por eso por lo que Elizabeth la había traído aquí? ¿Había sabido lo que
estaría a punto se suceder?

Elizabeth levantó una mano.

—No preguntes. Solo que sepas que tú y Edward están a salvo.

— ¿Quién es Thomas Wyatt y por qué está haciendo esto?

—Es el hijo del hombre que solía escribirle a mi madre poemas de amor —dijo
Elizabeth suavemente—, él pasó tiempo en España y sabía cómo era la
Inquisición Española. Está preocupado de que Felipe lo traiga a nuestra orilla.

Bella había evitado España desde que la abuela de la reina Mary, Isabel de
castilla, hubo expulsado a todos los judíos del país, prohibiéndoles coger el
dinero o las propiedades de valor cuando se marcharon. A aquellos que estaban
dispuestos a convertirse al catolicismo se les permitía quedarse, pero los
conversos10 eran los objetivos favoritos de la Inquisición. Las selkies se referían a
España como "Las tierras incendiadas" y se la eludía. Podía entender porqué
Wyatt tendría miedo de que lo mismo sucediera en Inglaterra, pero ciertamente
Mary no permitiría que algo así sucediera. Por supuesto…

—Se supone que deben haber levantamientos simultáneos en otras zonas, pero
esas han fallado. Courtenay ha sido arrestado.

Bella jadeó.

10
Conversos: dicho en español.
— ¿De verdad? —Esa era la mejor noticia que Bella había oído en meses.

—Iba a encontrarse con alguno de los líderes de los rebeldes. Gardiner aprendió
de la conspiración y le preguntó a Courtenay sobre ello y este le confesó todo.
Su plan era destronar a mi hermana a mi favor y forzarme a casarme con él.

Bella se estremeció.

—Dios lo impida. Oh, Bess, ¿qué hacemos?

—Esperar —respondió Elizabeth—. Es lo que mejor se me da.

Edward siguió a la reina desde Guildhall, donde acababa de dar un


emocionante discurso en el que rogaba a la gente que defendieran su reinado.
Les había dicho que no se casaba por la lujuria del cuerpo, pero que podía dejar
tras ella un heredero que reinase cuando ya no estuviera. Si pensó por un
momento que su matrimonio podía herir a su gente, ella juró, moriría virgen.
Juró que no huiría de Londres, pero que derramaría su sangre en defensa de las
personas a las que amaba tanto como una madre ama a sus hijos.

Era magnífico. Edward pudo ver la dura fuerza de voluntad heredada de su


madre y de la generación de reinas antes de ella. No cedería. No se rendiría. No
tenía miedo porque sabía que era la gobernante elegida por Dios, la que llevara
de vuelta a Inglaterra a los brazos de la Iglesia y nada en este mundo podría
detenerla.

La gente en el pasillo gritó: ¡Dios salve a la Reina Mary!

Ahora caminaron a Westminster. Edward le había rogado a Mary que fueran a


la Torre pero tenía fe en sus tropas. Mary quería que la gente la viera, que vieran
que no tenía miedo y segura sobre su lealtad. Edward no estaba tan seguro.
Había doblado el número de guardaespaldas, pagando de su propio bolsillo
mientras el resto del consejo estaba demasiado ocupado para reunir los fondos
ya que estaban más interesados en montar un escándalo a los culpables de la
agitación: Gardiner por la nueva policía religiosa, o los consejeros quieres
habían apoyado a Mary en su decisión de casarse con Phillip.
Mantuvo su mano en su espada mientras andaba. La gente se alineó en las
calles para aclamar y dar bendiciones a su Reina, pero Edward vio muchas caras
serias y enfadadas en la multitud. Esta rebelión, la primera vez que el ejército
había alcanzado las puertas de Londres desde el tiempo medieval, era un
símbolo de un profundo trasfondo de insatisfacción, algo que Edward dudaba
que la Reina escuchara, pero ella estaba empeñada en su camino y no vacilaría.

Ella expidió una proclamación mediante la cual se decía que en la rebelión se


daría clemencia a aquellos que soltaran sus armas y volvieran a sus casas dentro
de veinticuatro horas. Edward no pudo evitar recordar una proclamación
similar de su padre, el cual entonces mató a los rebeldes que se entregaron ante
él. ¿Se acordarían también los rebeldes y creerían que su única esperanza de
sobrevivir era conseguir derrocar a la Reina?

Los cañones en la cima de la Torre estaban situados hacia el área de la ciudad


por la cual entraron los rebeldes, pero Mary rehusó permitirles dar fuego, por
miedo a herir a ciudadanos inocentes. Alrededor de la ciudad, los puentes
levadizos estaban arriba, las puertas cerradas y las barricadas construidas. La
población corrió al interior de sus casas y un inquietante silencio cubrió
Londres, como si se hubiera helando en el frío febrero.

Edward estaba enteramente agradecido de que Bess hubiera llevado a Bella a


Hatfield. De otra manera, hubiera estado en el grupo de las aterrorizadas damas
de la Reina, las cuales temblaban y oraban por la salvación. Edward no sabía
todavía en lo fuerte que esta rebelión se convertiría. Si Wyatt consiguiera
convencer a la gente de la ciudad a se levantaran contra Mary, Edward se vería
con el deber de protegerla con su propia vida.

A la hora los rebeldes se encontraban más cerca y Westminster se extendió por


el buen camino. Cuando una flecha golpeó a uno de los defensores de las
afueras de sus líneas, uno de los capitanes de Mary no esperó más pérdidas
antes de cargar contra la habitación de la Reina. Edward lo siguió, ya que
siempre había posibilidades de haber traidores en sus propias filas.

Él irrumpió en la habitación de la Reina gritando que estaban bajo un ataque.


— ¡A la barcaza! ¡Tenemos que sacar a la Reina!

Mary ni siquiera parpadeó, aunque sus damas gritaron de terror y se abrazaron


unas a las otras en brazos temblorosos.

— ¡Rezad! —ordenó Mary—. ¡Todas vosotras! Orad y pronto oiremos mejores


noticias.

Las lloronas mujeres cayeron sobre sus rodillas, cerrando sus manos.

—Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo…

¿Estaba el Señor con la María que llevó a las damas a orar? Edward también
hizo cruces y bajó solo sobre una rodilla en caso de que de repente tuviera que
levantarse a proteger a la Reina. Pero su oración era por Bella.

—Mantenedla a salvo, por favor Señor, mantenedla a salvo.

— ¡Han cogido a Wyatt! —gritó alguien—. ¡Se acabó! ¡Ha sido capturado!

Edward se levantó rápidamente.

— ¿Qué noticias? —demandó.

Wyatt había avanzado hasta Ludgate, pero no pudo pasar por la defensa. Sus
tropas renunciaron, dejando a un alicaído Wyatt sentado frente a una posada,
con solo un puñado de leales tropas con él. Se rindió cuando lo alcanzó el
hombre de la Reina. La rebelión se acabó antes de que empezara, con muy poca
sangre derramada. Wyatt fue arrestado y transportado a la Torre. Con él estaba
Henry Grey, el padre de Jane Grey, el cual había guardado esperanzas de volver
a poner a Jane en el trono tras haber derrocado a Mary, pero que hubiera
aceptado a Elizabeth si sus compañeros conspiradores probaban ser intratables.
Fue en su caso el primer lugar en el que los líderes se encontraron. Cuando llegó
la noticia de que Wyatt había empezado el levantamiento, él salió rápidamente a
sus fincas en el campo, y cuando la investigación llevó a él, coaccionó al
cuidador del parque para que le ayudara a esconderse. Pasó tres días en el
hueco de un árbol antes de que el cuidador lo entregara por la creciente
recompensa.
Ese es el problema de depender de los rebeldes, pensó Edward. No tienen
ninguna lealtad.

Fue a sus aposentos, los aposentos que Bella y él compartían cuando estaban
demasiado cansados como para cabalgar hasta casa. Se tumbó sobre la cama,
completamente desvestido, y puso su cabeza sobre la parte de ella. Le gustó que
todavía detectara débilmente su esencia, fresca, limpia esencia de océano que
parecía aferrarse a su sedosa piel. Pronto, se prometió a sí mismo, y cayó en un
profundo sueño, con sueños en los que Bella volvía a sus brazos.

—Courtenay ha implicado a una de sus damas, Su Majestad —el ministro de


Hacienda Gardiner le dijo a la Reina la siguiente tarde—. Lady Cullen. —Inclinó
la cabeza como si estas noticias lo estuvieran preocupando, pero no lo hacían.
Nunca le había gustado Lady Cullen y estaba enterado sobre su creciente
influencia sobre la reina.

— ¿Lady Cullen? —repitió Mary, sus ojos anchos y en shock—. Eso no es


posible, milord. Esa chica no tiene ni una pizca de astucia.

—Su cuñada, Rosalie, la vizcondesa de Lisle, confirmó que Lady Cullen se ha


encontrado con él dos veces en lugares apartados.

—No lo creo —dijo Mary rotundamente—. Y no confío en Lady Rosalie. He


oído muchas cosas que no la benefician.

—Su Majestad, sabe lo apropiadas que son Lady Cullen y la princesa


Elizabeth… —Gardiner fue bajando el tono como si esta pequeño trozo de
información fuera suficiente para inclinarla a ella.

— ¿Y qué pasa con Elizabeth? —demandó al Reina—. ¿Se ha encontrado alguna


evidencia?

—Courtenay no la implica a ella, pero sabe que él estaba enamorado de ella, por
tanto por supuesto que intentaría protegerla. —Gardiner estaba intentando
duramente minimizar la participación de Courtenay, como si este hubiera
aportado voluntariamente importante información. Él quería que esto fuera
pintado como un levantamiento protestante para poner a Elizabeth en el trono—
. Le interceptamos una carta de Wyatt a la princesa, contando sus planes.

— ¿Admite Wyatt su participación? —preguntó al Reina inmediatamente.

—Lo hará —respondió Gardiner con voz grave.

Pero él no lo hizo. Gardiner utilizó las más crueles torturas que tenían, pero
Wyatt todavía rehusaba a implicar a la princesa en la conspiración. Gardiner
estaba frustrado por ello, pero le insistió a Mary que únicamente la carta era
prueba suficiente de que Elizabeth conocía el complot.

Mary suspiró.

—Le pediré que vuelva a Londres.

—Si no lo hace, sabrá que ella fue la causante de todo este problema —dijo
Gardiner.

Bella y Elizabeth estaban en su aposento bordando el forro de un libro para


Mary. Elizabeth tenía talento con la costura y a menudo da regalos utilizando
esta técnica a sus amigas y familia. Ellas hablaron mientras trabajaban y la
pequeña Elizabeth se sentó en un almohadón a los pies de ellas y al lado de
Alice, y jugó con algunos de los muñecos de la princesa, los cuales habían sido
traídos del ático.

— ¿Qué es eso? —preguntó Elizabeth—. ¿Oyes eso?

Bella inclinó su cabeza.

—No, yo no… ¡Espera! Sí, lo oigo. —Parpadeó hacia Elizabeth—. ¿Soldados?

Eso era lo que parecía, decenas de botas marchando en formación.

—Mierda —dijo Elizabeth. Saltó sobre sus pies y comenzó a quitarse su


vestido—. ¡Ayúdame Bella!

Bella así lo hizo, aunque no tuviera idea de porqué Elizabeth se estaba


desvistiendo. Empujó el vestido y su verdugado11 en el armario y cerró la puerta
de golpe.

— ¡Kat! —vociferó Elizabeth. Kat Ashley había sido la institutriz de la princesa


Elizabeth desde que eran una niña, y ahora era su más leal sirviente y amiga.
Kat era una rolliza, amigable mujer, fieramente protectora con "su bebé" y una
vez supo que Bella era una verdadera amiga para Elizabeth, puso a Bella bajo su
amparo también.

Kat se quedó sin respiración por haber corrido cuando emergió por las puertas
del cuarto.

—Bess, aquí están…

—Lo sé. Trae un cuenco con agua y ropa, rápido. Estoy terriblemente enferma.
—Elizabeth empujó su brazo en una bata, se metió en la cama y tiró de las
sábanas hasta llegar a su barbilla.

Kat hizo la cosa más extraña. Metió sus manos entre algunas de las cenizas de la
hoguera y cuidadosamente las extendió por la piel de Elizabeth. Cuando estuvo
terminado, Elizabeth parecía pálida y demacrada, y si Bella no lo supiera mejor,
pensaría que Elizabeth estaba a las puertas de la muerte.

— ¡Siéntate, Bella! —siseó Elizabeth y Bella volvió rápidamente a su silla,


cogiendo el forro del libro en el que habían estado trabajando. Intentó hacer una
puntada, pero sus manos temblaban demasiado.

Los fuertes pasos entraron en la casa y Bella mantuvo la respiración. Kat se


apuró de nuevo en la habitación con el cuenco y la ropa, tendiendo la húmeda
prenda sobre la frente de Elizabeth y posando su amplio trasero en la silla junto
a la cama de Elizabeth.

Tres hombres entraron en los aposentos de Elizabeth sin llamar o anunciarse.

11
Verdugado: tipo de saya acampanada que llevaron las mujeres del SXVI.
—Princesa, soy Sir Aro. —Era alto y anguloso, y aparentaba ser sin duda
antipático ya que hizo una muy corta reverencia.

—Sir Riley —dijo un segundo hombre. Era joven, con un suave color castaño y
un tenue intento de bigote cubría la parte de su labio superior. Él se inclinó
educadamente, y también con gracia.

El tercero se inclinó brevemente y dijo:

—Sir Laurent. —Y para Bella, este parecía el más aterrador, ya que sus ojos eran
tan fríos como el Mar del Norte, despiadado y cruel.

—Estamos aquí para escoltarla de vuelta a la Reina, cuanto antes —declaró Aro.

—Saludos, milord —graznó Elizabeth. Parecía que se esforzaba por dejar salir
las palabras. Se relamió los labios y Kat los palmeó gentilmente con el paño
húmedo—. Me encantaría ir a ver a mi amada hermana, pero estoy demasiado
enferma para viajar.

— ¡Oh, mi pobre bebé! —gimió Kat. Tiró su delantal sobre la cara y lloriqueó en
él.

—Trae a un médico —le ordenó Si Aro a Riley—. Trae dos.

Él se sentó en una de las sillas que Elizabeth había ocupado con solo unos
minutos antes. Miró hacia el bordado que estaba en las manos de Bella con una
pequeña sonrisa suficiente, y después hacia la niña que jugaba felizmente,
inconsciente del bullicio que provocaron los adultos de su alrededor. Bella
estaba en shock por su irrespetuoso comportamiento, sentándose en le presencia
de una princesa sin ser invitado a hacerlo, la escasa inclinación, el bajo nivel de
las personas enviadas a recoger a la princesa.

La pequeña Elizabeth le ofreció un juguete, el cual él no cogió. Se la quedó


mirando fijamente pero Elizabeth no estaba intimidada.

—La princesa está muy enferma —dijo ella.

—Eso veo —respondió Aro, una pizca de sarcasmo tras sus palabras.
La habitación se silenció. Kat limpió la frente de la princesa y murmuró
palabras para calmarla. Cada pocos minutos, la princesa movía sin energía
debajo de las sábanas y daba un pequeño quejido de malestar. Kat intentaría
calmarla, mantenerla quieta.

Sir Riley volvió a entrar, flaqueado por dos hombres con maletas. Ambos
fueron directamente hacia la chica de la cama e hicieron reverencias.

— ¿Su Alteza? ¿Podemos atenderla?

Elizabeth lamió sus labios y su voz era agrietada y áspera cuando habló.

—Sí.

En unos momentos, uno dijo que su humor estaba desequilibrado y por lo tanto
necesitaba que la cortasen para que sangrara. El otro decretó que una ampolla
(nota histórica) y purga estaban a punto de salir del veneno nocivo que acababa
de absorber. Ambos, sin embargo, constataron que era capaz de viajar. Elizabeth
los miró y rehusó la opinión del segundo médico, aunque sí permitió que le
hicieran un pequeño corte en la frente y que le drenaran alrededor de una taza
de sangre y en un bol de plata.

Kat protestó que tenían que empaquetar. No podían llevar de vuelta a palacio a
Elizabeth sin muebles o su ropa. Sir Aro dejó salir un suspiro de irritación, pero
aceptó.

Kat podía moverse más lento que un caracol cuando quería, y tenía una muy
convincente excusa por cada retraso. Para la siguiente tarde, el proceso de
empaquetado todavía no estaba completo. Sir Aro perdió su paciencia y ordenó
a Sir Laurent que llevara a la coja princesa a la camilla que la esperaba afuera;
los sirvientes podrían acabar de empaquetar y seguirlos.

Elizabeth estaba alarmantemente pálida cuando Sir Laurent la tumbó en la


camilla. Bella subió a su lado y cogió su mano.

—De verdad pareces enferma —comentó.

—Lo estoy —dijo Elizabeth—. No espero que este viaje tenga un final
agradable.

— ¿Por qué? No has hecho nada malo. He hecho lo que la Reina me dijo y te he
vigilado y no hay nada que reportar. Vas a misa a tu capilla por lo menos una
vez al día. Juegas con la pequeña Elizabeth y cotilleas con Alice. Eso es todo lo
que haces.

Elizabeth se rio entre dientes.

—Me haces parecer muy aburrida.

—Lo aburrido es bueno —dijo Bella—. Lo aburrido es seguro.

Alice se subió a la camilla con ellas, abrazando a la pequeña Elizabeth con un


brazo y la maleta de joyas de la princesa en otra. Ahí estaba la sensación de
vértigo mientras los sirvientes levantaban las varas y empezaron a andar, sus
pies golpeando fuerte rítmicamente en la congelada tierra. Las damas
mantuvieron las cortinas cerradas y tenían una gran manta de piel para
cubrirlas, pero siguieron tiritando.

Bella no podía evitar sentirse un poco feliz por el viaje. Pronto podría volver a
ver a Edward. Pero la felicidad la hizo sentirse un tanto desleal. Elizabeth estaba
asustada. Bella pensaba que seguramente se estaba haciendo sentir mal con todo
el miedo y la preocupación.

—Mary te quiere —dijo.

—Quiere a su multitud y a su Iglesia incluso más —respondió Elizabeth—. No


dudará ni un momento si piensa que la estoy amenazando.

La distancia era de tan solo dieciocho millas, 12 pero el viaje duró seis días.
Elizabeth tenía que levantarse de la camilla para que así pudiera salir corriendo
fuera y vomitar. Cuando estuvo tan débil que ya no podía salir fuera, Bella la
ayudó para que cojeara. Tenía un aspecto horrible. Su piel tenía una apariencia
cerosa y sus ojos desganados y desanimados.

12
Dieciocho millas: veintinueve kilómetros.
—Bess, no podemos seguir haciendo esto —le dijo Bella cuando Elizabeth
demandó que pararan a media mañana en una posada porque el movimiento de
la camilla la hacía enfermar hasta no poder continuar con el viaje. Bella estaba
exasperada, aunque intentaba duramente ser paciente. Aro parecía que tenía
que contenerse para no pegar a Elizabeth, e incluso el educado Sir Riley
empezaba a ponerse tenso con los constantes retrasos.

—Bella, si tu vida está alguna vez en peligro, me entenderás —dijo Elizabeth—.


Harás todo lo necesario para tener un día más… una hora más… y solo un
minuto más.

¿Creía Elizabeth que ellos tenían pruebas de su participación en la rebelión?


Bella deseaba preguntar con todas sus fuerzas, pero no podría. Quería ser
honesta cuando dijera que no había visto u oído nada sospechoso, nada que
implicara a Elizabeth.

—Gardiner me desprecia —dijo Elizabeth—. ¿Sabes que me siguió hasta mis


aposentos después de que le pidiera permiso a la Reina para marchar? Me dio
un severo discurso sobre mis fallos morales, y dijo que sabía que mi conversión
no era sincera.

—No creo que haya nada que puedas hacer para convencerle.

Elizabeth se sentó en la cama. Era la mejor habitación que la posada podía


ofrecer pero era muy simple. Una angosta cama en el centro, sus garrapatas
disecadas con heno. Elizabeth les había ordenado a sus sirvientes (los cuales los
habían alcanzado fácilmente con las abarrotadas carrozas que pertenecían a
Elizabeth) que no montaran su cama en esa habitación porque temía que las
garrapatas se infestaran con pulgas. Bella y ella dormirían en el colchón lleno de
bultos con la pequeña Elizabeth entre ellas, y Alice y Kat Ashley en un camastro
situado en el suelo al lado de ellas.

—Les dije que estaba considerando el emitir una declaración pública de que mi
conversión e ida a misa estaban libres de coacción y completamente voluntarias.

— ¿Lo harás?
Elizabeth resopló.

—No. —Golpeó una pulga que había aterrizado en su brazo—. Renard también
me odia.

El embajador español. Mary tomó muy enserio su consejo, viéndole como una
conexión con sus familiares españoles y ahora a su prometido.

—Bueno, yo no te odio y Edward tampoco. La Reina toma en cuenta nuestras


opiniones también.

—Probablemente porque eres la única persona que sabe que no quieres nada de
ella. No tierras, no títulos, no arreglos políticos…

— ¿Tú qué quieres? —preguntó Bella, sentándose a su lado y rascándose la


picadura de una pulga en el dorso de su mano.

—Quiero vivir tranquila en el campo —dijo Elizabeth.

— ¿Con nada intrigante? —se rio Bella—. Te congelarías y te llevaría el viento.

Elizabeth jugó con un anillo en su dedo.

—Algunas veces me pregunto cómo son las cosas para las campesinas. Su
preocupación es conseguir la suficiente comida para su familia. Muy simple,
claro y conciso. La mía es conseguir que mi cabeza siga sobre mis hombros
mientras calmo a mis partisanos pero no ofendiendo a aquellos que tienen el
poder de decidir sobre mi vida. ¿Te acuerdas de aquel acróbata que Mary tuvo
en la Noche del Veinte, el que bailó en el fuego? Me siento así. No es que me
guste, Bella. Es lo que tengo que hacer para sobrevivir. Y por primera vez en un
tiempo, sueño sobre una vida donde mi supervivencia se trate de un simple
trozo de pan.

Llegaron al palacio en la tarde noche. Alice levantó a una dormida pequeña


Elizabeth y dijo que la llevaría a la habitación de Bella y Edward hasta que ellos
estuvieran listos para irse a casa.

Para la sorpresa de Bella, Elizabeth no fue conducida a sus opulentos cuartos.


Sino a una pequeña, contraída habitación con igual cama, y mesa con sillas de
madera, y le dijo que esperara por "el gusto de Su Majestad". Elizabeth se
balanceó ante aquellas palabras y Bella la ayudó a sentarse en una silla. Oyó la
puerta cerrarse, pero no el sonido de una llave al cerrar.

—Ve, Bella —dijo Elizabeth cuando recuperó las fuerzas para hablar—. Sé que
quieres ir a ver a Edward.

— ¡No te puedo dejar así! —protestó Bella.

—Kat estará conmigo. —Elizabeth movió la mano en señal de que se fuera —.


Ya, ve. Habla con Edward y habla con la Reina. Cuéntale lo que viste en
Hatfield.

—Lo odio, Bess —dijo Bella—. Odio estar entre vosotras dos. Os quiero a
ambas.

—Yo también. Ahora ve a ver a ese marido tuyo.

Bella abrió la puerta. Allí habían dos guardias, uno a cada lado, pero casi no le
dieron ni una mirada cuando pasó por su lado. Se preguntó si se le permitiría
volver y eso esperaba.

Fue directamente a la habitación de la Reina y encontró a Mary sentada en su


amplia mesa, firmando documentos.

— ¡Lady Cullen! —exclamó. Bella se inclinó en una profunda reverencia y Mary


la levantó con el tradicional beso en la frente—. ¿Cómo has estado, querida? El
campo parece estar de acuerdo contigo. —Ella dirigió la mirada hacia el
gentilmente abombado vientre de Bella y un poco de anhelo cruzó rápidamente
su expresión—. Por favor, siéntate. —Indicó una silla al lado de la mesa y Bella
así lo hizo—. Debes estar exhausta por los viajes. ¿Aún no has visto a Edward?

—No, Su Majestad. Esperaba que usted pudiera decirme dónde encontrarlo.

—Me temo que se encuentra en una sesión del consejo, pero estoy segura de
que vendrá a mí tan pronto como este termine. —Dobló sus manos y observó
cuidadosamente a Bella—. ¿Cómo te lo pasaste durante tu estancia con mi
hermana?

—Muy bien, pero los cuartos en los que está alojada ahora…

Mary levantó una mano.

—Por favor, cuéntame sobre qué viste en Hatfield.

—No vi nada —dijo Bella, tratando de mantener el calor de su voz—. Jugamos a


las cartas. Tejimos. Jugamos con mi hija. Fuimos a misa. Cotilleamos sobre
trivialidades. En ese tiempo, recibió dos cartas, una del padre Jasper, para ver
cómo había progresado en sus estudios religiosos y otra de usted.

—Sabía que la estarías observando —dijo Mary.

—Por supuesto que sí, pero no había nada que esconder. Estuve en su
compañía desde el amanecer hasta el anochecer y no vi nada que pudiera
ofenderla o herirla.

Mary se frotó los ojos.

—Recibió cartas de los conspiradores, Bella.

— ¿Les escribió? —preguntó Bella.

Mary negó con la cabeza.

—No que nosotros sepamos, pero las letras podían haber sido destruidas.

Las puertas de la habitación de la Reina se abrieron y Edward apareció por


ellas, sus ojos flameando fuego. Vio a Bella y se suavizaron un poco. La cogió
entre sus brazos mientras se dirigía a la Reina.

—No va a hacerlo, ¿verdad?

La Reina parecía saber exactamente de lo que él estaba hablando.

—Renard dice que Phillip no vendrá a mi reino hasta que el peligro de otros
demandantes del trono desaparezca.
Edward soltó a Bella y bajó sobre sus rodillas.

—Su Majestad, le ruego que no haga esto. Castigar a aquellos que trataron de
echarla del trono. Mándelos al exilio. Pero por favor, no ejecute a Jane.

Bella jadeó.

— ¡No!

Las lágrimas se formaron en los ojos de la reina Mary.

—Si hubiera cualquier otra forma de evitar que ella sea una amenaza, no lo
haría.

Edward pensó rápidamente.

— Si ella se convierte, si ella ya no fuera un símbolo del gobierno protestante,


¿pararía usted?

Mary se paró a pensar y tras un momento asintió. —Si puedes hacerlo Edward,
salva la vida y el alma de la niña.

Edward suspiró y se puso de pie. Puso sus brazos alrededor de Bella y puso su
cara en su cuello. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Edward.

—Vámonos a casa —dijo Bella—. Vámonos a casa.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
—La historia guarda dos versiones diferentes del discurso de María en
Guildhall. Uno documentado por John Proctor, un testigo, el cual escribió un
libro sobre la rebelión un año más tarde; y otro de John Foxe. Los historiadores
tienden a favor del primero.
—En realidad Elizabeth estaba en Ashridge en aquel momento, pero a mí me
gusta más Hatfield. Demando licencia artística.

—Sangrar, purgar y abrasar eran usados hasta el siglo XX. Se creía que los
humanos tenían cuatro humores, sustancias producidas por el cuerpo: bilis
negra, bilis amarilla, mucosidad y sangre. Si alguno de ellos se producía en
exceso o escasez, el paciente caería enfermo. Los físicos tenían que dar con cuál
de las cuatro sustancias era y prescribir una "cura" que volviera a equilibrar su
cuerpo. Una "ampolla" era una gruesa pasta que contenía agentes irritantes en él
y la cual podría causar la salida de ampollas en la piel, y gracias a esto se creía
que volvía al equilibrio natural. Una "purga" era un brebaje que causaría al
paciente vómitos y diarrea, con el mismo objetivo que la ampolla.

—El cuento de que María accedió a no ejecutar a Jane si ésta se convertía es


probablemente apócrifo. Sabemos que envió a su confesor (en esta historia, es el
padre Jasper) a intentar convertir a Jane, pero probablemente esto sería un
intento de María por salvar a Jane de ser quemada en el infierno, como pensaba
que era el destino de cualquier no católico. Aunque en el caso de que Jane
hubiera sido convertida, su destino probablemente ha sido el mismo.
Capítulo 15

Traductora: Miranda Pattinson (FFAD)


Beta: Constanza Moreno Inostroza (FFAD)

A lice y la pequeña Elizabeth se quedaron dormidas en la camada de camino

a casa pero Bella y Edward no habían dormido en absoluto. Bella sintió como si
hubiera masticado una nuez de Betel, aunque Edward no sabría lo que era eso si
ella hubiera tratado de describirlo.

— ¿Por qué? —Bella rogó—. No lo entiendo. Mary estaba diciendo


recientemente que iba a enviar a Jane al pueblo.

Edward se apretó el puente de la nariz, un hábito cuando estaba estresado. —


Gardiner quiere la rebelión para que parezca como una revuelta Protestante
contra las reglas Católicas, una rebelión con el objetivo de poner a Jane de nuevo
en el trono. Ahora que Mary ha anunciado públicamente su matrimonio, el
consejo y Gardiner lo han apoyado, por lo que ellos no quieren admitir que las
personas, tanto católicos como protestantes, estaban rebelándose para detenerlo.

— ¿Pero por qué tiene que ser ejecutada Jane? —Bella bajó la voz, siempre
consciente de los servidores externos que llevaban los polos de la camada.

—Porque ella es un símbolo —dijo Edward, y su voz era aburrida y cansada—.


Ella representa las reglas Protestantes, pero más importante, ella tiene algunos
partidarios. Ella es un chivo expiatorio, Bella. La más inocente de todos
nosotros, sin embargo, ella tiene que morir por lo que su padre y otros han
hecho.
— ¿Quería Phillip decir realmente que no quiso venir a Inglaterra a menos que
Mary ejecutara Jane?

Edward movió su mano en el aire. —Renard sabe que Mary quiere a Phillip
para que la manipulara. Ese hombre es un fanático y él piensa que Mary ha sido
demasiado indulgente. Si el reino era realmente inestable, sin él querer venir,
pero el país no es inestable, al menos no de alguna manera que la muerte de
Jane vaya a arreglarlo.

—Edward, ¿qué vamos a hacer? Jane es tan fanática como Mary cuando se trata
de su fe. Ella no se va a convertir solo para salvar su vida.

—Ella es una chica de dieciséis años de edad —dijo Edward—. Ella no quiere
morir.

—Yo no estoy tan segura —respondió Bella—. La última vez que la vi, ella me
contaba sobre cómo ella no encontraría la felicidad en esta tierra, solo en el cielo.

—Podemos ganar algo de tiempo, de todos modos. —Edward se pasó las


manos por el pelo—. Tal vez Mary pueda cambiar de opinión.

Bella suspiró. —Edward, ¿has sabido alguna vez de Mary cambiando de


opinión en algunacosa?

—No —admitió Edward—. Pero hay una primera vez para todo. Ahora,
háblame de lo que está sucediendo con Elizabeth.

Bella lo hizo, comenzando la historia con la petición de Mary para que ella
espiara a Elizabeth. No podía recordar si se lo había dicho o no antes de su
partida, pero por su expresión, dedujo "no".

—Ella no debió pedirte eso de ti —dijo Edward, y su tono era un poco


indignado.

Ella le contó de su viaje, y se sorprendió de que ella había estado en el rango


bajo de los cortesanos enviados a buscar a Elizabeth, así como la manera grosera
en que había sido tratada. Cuando ella le habló de los cuarteles que Elizabeth le
había dado en el palacio, él casi detuvo la camada y ordenó a los portadores dar
la vuelta.

—Edward, detente. —Bella lo mantuvo en su lugar gentilmente—. No hay nada


que puedas hacer esta noche. La Reina probablemente ya está en cama y se
enojará si se le despierta para esto.

—Bella, está mal —protestó—. Ella es una princesa de sangre real. Incluso los
prisioneros en la Torre gozan de mejor trato.

—Escuché a Mary decir a Jane Dormer la semana pasada que Elizabeth se


parecía a su padre, Mark Smeaton.

Edward rodó sus ojos. —Ella hace eso cuando está irritada con Elizabeth.
Cualquiera que tenga ojos puede ver que ella es Henry VIII. Bess se ve más
como él que Mary.

—Vamos a trabajar sobre estos temas en la mañana —declaró Bella—. Pero esta
noche, quiero a mi marido solo para mí.

Edward no discutiría acerca de eso.

Pero en la mañana, Mary se negó a hablar sobre su hermana. Edward trató de


abordar el tema dos veces y las dos veces fue rechazado cuando la Reina declaró
que no quería hablar de ello y le dio a Edward una mirada fría y arrogante.
Gardiner, cual serpiente, se inclinó y le susurró al oído de la Reina, sin apartar
los ojos de Edward y la mirada de la Reina se hizo aún más fría. Edward había
salido de sus aposentos después de eso, irritado, decepcionado y disgustado.

Se reunió con Bella fuera de sus aposentos. La besó y miró a su alrededor—.


¿Dónde está el Padre Jasper? —Se suponía que él iba a ir con ellos a visitar a
Jane Grey. Después de haber hecho un buentrabajo con la conversión de
Elizabeth, Edward pensó con amargura, y él no estaba a la vista. Vio a su
séquito de sirvientes, una mujer que sostenía una pila de libros para Jane, otra
llevando una túnica de piel gruesa para cubrir a la duquesa por si le daba frío
mientras estaba en la camada o en la barcaza, y otra con una cesta de golosinas
para la duquesa por si le daba hambre durante en el viaje. (El apetito de Bella
estaba aumentando a pasos agigantados mientras su embarazo avanzaba.)
Bella se ruborizó y tartamudeó.

— ¿Bella?

—Él está... um... Está con Alice.

Edward frunció el ceño en confusión—. ¿Ella tenía que confesarse?

—No, no lo creo —respondió Bella, sus palabras lentas y vacilante.

—Bella, ¿qué significa eso? —Edward comenzó a sentirse un poco impaciente.


Había demasiados secretos en su vida y él no quería tener alguno entre su
esposa y él mismo.

Bella puso su voz baja para evitar ser escuchada por los sirvientes quienes les
miraban con ávido interés. —Ellos… Edward, ellos no han hecho nada malo. Es
importante que tú entiendas eso. Pero hay un… afectoentre ellos.

— ¡Él es un sacerdote! —Edward estaba en shock.

—Él es un hombre, en primer lugar —dijo Bella suavemente.

Edward negó con la cabeza. —Bella, no lo entiendes. Si la Reina se entera de


esto...

— ¡Ellos no han hecho nada malo! —Bella insistió tercamente—. Ellos se


encuentran. Ellos hablan. Eso es el alcance de todo.

— ¿Con qué frecuencia?

—Las noches todos los días —admitió Bella—. Él cabalga a Hatfield para
visitarla a menudo.

Mientras Edward no podía ver a su esposa, Jasper había estado libre como un
pájaro para viajar a Hatfield y cortejar a una de las doncellas de Bella. Él sintió
una chispa de resentimiento que desechó. Ambos tenían sus estaciones en la
vida, se recordó. — ¿Dónde están?

—En nuestro aposento privado.


Él gimió, apretando las palmas de sus manos contra sus ojos. Él tenía un
secreto, también, y Bella también podría oírlo al mismo tiempo que Alice y el
Padre Jasper.

Bella siguió a Edward adentro, retorciendo sus manos, un hábito nervioso que
había adquirido de la Reina. Encontraron a Alice y Padre Jasper sentados frente
a la chimenea, con las rodillas casi tocándose mientras inclinaban sus cabezas
conversando. Alice se puso en pie cuando vio que se acercaban y se sumergió en
una profunda reverencia. —Su majestad —chilló ella.

Jasper se levantó e hizo una reverencia, su aura de calma imperturbable. —Qué


agradable verte de nuevo. Edward, ¿verdad? —Inclinó la cabeza y entrecerró los
ojos como si no pudiera recordar—. Ah, sí, ahora lo recuerdo. Yo era un
confesor de un joven que se parece un poco a ti. Sin embargo, ha pasado un
tiempo desde que lo vi en esa condición.

—Simplemente no he tenido suficientes pecados como para molestarle con


confesarlos —dijo Edward con una sonrisa.

—Entonces usted no está viviendo la vida al máximo —dijo Jasper. Se volvió


hacia Bella y se inclinó sobre su mano extendida—. Su majestad, tan hermosa
como siempre.

—Gracias, Padre Jasper —dijo Bella.

—Tengo una noticia que afecta a todos —dijo Edward, y todos ellos se
congelaron en su lugar y contuvieron el aliento. Anuncios como estos rara vez
eran buenas noticias. Ellos esperaron, mirándolo expectante.

—He escuchado que tu padre está negociando un casamiento para ti, Alice.

El rostro de Alice se puso blanco, como lo hicieron los nudillos de la mano que
agarraba la parte de atrás de la silla. Jasper, por su parte, aparentemente no tuvo
reacción alguna. — ¿Con quién? —preguntó él.

— Barón Tyler.

Alice se sentó, o para ser más exacto, cayó en la silla. Un grito estremecedor fue
el único sonido que ella hizo. Bella se agachó a su lado, tomando una de sus
manos entre las suyas. — ¿No sabía de esto?

Los labios de Alice estaban de un terrible color gris azulado. —Mi padre no ha
escrito sobre eso, no. —Bella entendió lo que Alice no había agregado: su padre
no le había escrito durante todo el tiempo que ella había estado al servicio de
Bella, aunque Alice le escribía todas las semanas a él como debía hacerlo.

— ¿Quién es el Barón Tyler? —Bella preguntó—. No creo que lo haya conocido.

—No lo has hecho —dijo Edward.

—Por eso usted debe estar agradecida, Bella —dijo Jasper—. Por todos los
santos, yo preferiría verla comprometida con el mismo diablo.

Edward y Alice jadearon ante esta blasfemia pero Bella simplemente lo miró
con simpatía. —Edward, eres el Duque. Encuéntrale una pareja más adecuada,
rápido, antes de que su padre la de a ese deplorable... espécimen.

—Haré lo que pueda —dijo Edward—, pero no puedo prometer que él estará
de acuerdo.

Se abrió la puerta y Emmett se quedó de pie allí. Edward levantó una ceja ante
la falta de anuncio, pero asintió con la cabeza en saludo. Él y Emmett no habían
vuelto a la relación cálida y estrecha que habían tenido antes de que Edward se
enterara de la traición de Emmett, y tal vez nunca lo harían, pero al menos eran
capaces de comunicarse sin rencor por parte de Edward.

—Hermano, ¿tienes un momento? —preguntó Emmett.

Edward suspiró. — ¿Más malas noticias?

Emmett lo consideró. —No estoy seguro.

Edward movió una mano impaciente por el aire. —Sácalo fuera, hombre.

—Gardiner ha estado hablando con el Padre Jacob. No estoy seguro por qué,
pero no puede ser para nuestro beneficio, eso es seguro.
Edward gimió. — ¿Cuándo fue la última vez que asististe a misa, Emmett?

Emmett lo consideró. —No lo recuerdo. ¿Mi boda cuenta?

Edward gimió de nuevo. —Emmett, por el bien de todos nosotros, tienes que
hacer esto.

—No soy un Papista —dijo Emmett, arrastrando los pies—. No puedo fingir tan
bien como tú, Edward. Uhh, lo siento Padre Jasper.

Jasper se rio entre dientes. —No hay ofensa, hijo.

—Rosalie va a misa todo el tiempo —ofreció Emmett—. ¿Eso cuenta?

Edward cerró los ojos. Señaló al Padre Jasper y luego a Emmett. —Tú, regresa
luego. Tú, ve a misa. —Caminó hacia la puerta.

— ¿Ahora?

Edward se dio la vuelta sobre sus talones.

— ¡Ya lo tengo! —chilló Bella. Ella se subió en la silla vacía y golpeó a Emmett
en la parte posterior de la cabeza y volvió a bajar.

— ¡Ay! —se quejó Emmett.

Bella envolvió su brazo con el de Edward y se dirigieron hacia la puerta del


palacio. Tenían que darse prisa, o se iban a perder la marea en el Támesis y
tendrían que tomar una camada mucho más lenta a la Torre.

— ¿Has pensado en lo que vas a decirle? —Bella preguntó a Edward mientras


abordaban la barcaza.

—Voy a decirle la verdad —dijo Edward—. Ella necesita saber lo terrible de su


situación. Vamos a darle un día o dos para pensarlo y apuesto que a nuestro
regreso, ella estará más dispuesta a conversar.

Encontraron a Jane sentada a la mesa con los funcionamientos internos de uno


de sus relojes extendidos delante de ella, su libro sobre relojes en su codo. Ella
sonrió a Edward y Bella. — ¡Primos! —dijo—. Qué agradable sorpresa. —Ella
ignoró completamente al Padre Jasper, quien se sentó en un taburete junto a la
chimenea y observó.

—No es tan agradable como parece, Jane —respondió Edward, dándole un


ligero beso en los labios antes de que Bella hiciera lo mismo—. El asunto es
grave, por cierto.

Jane soltó un bufido. Luego soltó una risita. Luego se echó a reír en una risa
enloquecedora y tuvo que dejarse caer en su silla, con lágrimas por la risa
corriendo por sus mejillas mientras Bella y Edward la miraban perplejos.

—Yo-yo lo s-siento —ella jadeó—. Es solo que... ejecución, ¡un asunto grave! —Y
estalló en carcajadas otra vez.

— ¿Entonces te dijeron? —Edward dijo en voz baja. Él se movió a un lado de


una pila de papeles y se sentó en la silla con brazos (lo hizo sin pensar,
automáticamente buscando los muebles que mejor se adaptan a su rango, tal
como había sido programado desde su nacimiento). Bella se sentó a su lado en
una silla más baja. Trató de ponerse cómoda a sí misma. Su creciente vientre
hacía que sentarse fuera molesto, una tortura.

—Sí, me dijeron —dijo Jane. Ella no parecía perturbada por la noticia.

—No tienes que morir, Jane. —Edward se inclinó hacia adelante y apoyó sus
brazos sobre las rodillas—. Voy a hablar con la Reina sobre dejar la corte.
Podrías venir a vivir con Bella y conmigo y disfrutar de tus libros. La residencia
Cullen tiene una gran biblioteca y yo puedo tener libros enviados en…

—Gracias, primo. Eso suena bonito. Pero no puedo negar mi fe para prolongar
mi vida unos pocos años.

— ¡Unos pocos años! Jane, ¡eres al menos seis y diez! Podrías vivir hasta tres
veces ese número antes de recibir la primera cana.

—Estás exagerando un poco, supongo.

Edward suspiró. —Siento que mi primer cabello gris está llegando ahora, como
una cuestión de hecho. ¿Podrías al menos hablar con el Padre Jasper?

Jane sonrió. —Si eso te hace feliz, primo, haré lo que me pides. Pero entiende
que yo no he elegido mi fe por ignorancia de su contraparte.

—Yo quiero salvarte, Jane, ¿no lo entiendes? Tú apenas has vivido y aun así
desperdicias tu vida.

Jane se levantó y puso la mano en su hombro. —Yo no hago esto a la ligera,


primo. Entiendo lo que echaré de menos. Cada vez que te miro a ti y a tu esposa,
sé lo que voy a extrañar.

Edward se estremeció. Incluso si la Reina pudiera ser convencida de perdonar


la vida de Jane, las posibilidades de que ella alguna vez tenga un feliz, amoroso
matrimonio eran casi nulas. La Reina nunca permitiría a Jane a casarse de nuevo
después de que ella ejecutó a Guildford. Ella nunca se arriesgaría a la creación
de un niño que pudiera ser otro reclamante para su trono.

Eso fue suficiente para sacar a Edward fuera de su camino por un momento.
¿Qué estaba él guardando para Jane? ¿Una vida de arresto domiciliario con solo
sus libros de compañía mientras escuchaba a sus numerosos relojes marcar los
segundos a secas? Se podría atraer a Jane ya que el tiempo de lectura silenciosa
era el único tipo de felicidad que ella había conocido en su vida, pero al corazón
de Edward le dolía su vacío.

Con desesperación, Edward dijo: —Jane, incluso la Reina Mary se retractó


cuando su vida estuvo en juego.

Jane inclinó la cabeza. — ¿Debería yo respetar eso, Edward?

Él no tenía respuesta para eso.

Jasper habló en el silencio. —Lady Jane, su fe y la mía no son tan diferentes.


Ambos rezamos al mismo Jesús, de quien proviene nuestra salvación. Todo lo
demás son tonterías.

Jane negó con la cabeza. —Esas "tonterías" son idolatría pecaminosa.


Edward de pronto se echó a reír. — ¿Te acuerdas de aquel verano en Newhall,
Jane? Tú estabas caminando por el pasillo detrás de Lady Wharton y le
preguntaste por qué ella hizo una reverencia al pasar la puerta de la capilla.

Los ojos de Jane brillaron. —Sí, lo recuerdo. Le pregunté si la Princesa Mary


estaba dentro y me dijo: "No, me inclino ante aquel que me hizo".

—Ella se refería a la Hostia —explicó Jasper cuando Bella se veía confundida.

—Los Papistas creen que Dios está físicamente presente en el pan —dijo Jane
con desdén—. Le pregunté cómo el pan podía ser Él que nos hizo a todos si el
panadero lo había hecho.

Edward no pudo evitar reírse un poco con el recuerdo—. ¡Oh, cuán ofendida se
sintió Mary al oír eso!

—Ella me dio un collar de granate la Navidad anterior. La siguiente Navidad,


tuve un par de guantes. —Jane reprimió una sonrisa.

Edward tomó una de las manos de Jane en la suya. —Por favor, Jane. Considera
lo que el Padre Jasper tiene que decir. Prométemelo.

Jane asintió con la cabeza. —Te prometo que lo voy a considerar. —Pero
Edward pudo ver la negación de sus ojos y suspiró y lanzó una mirada a Bella—
. ¿Quieres quedarte a cenar?

—Estaríamos encantados de hacerlo —respondió Edward.

La comida fue servida en la pequeña habitación contigua. La mesa estaba


cubierta con una sofisticada alfombra turca y Jane tenía tres sirvientes que la
atendían como si ella aún fuera la Reina. Su criado exclusivo se encargó de
servir y cortar la comida. Los alimentos eran probablemente más sencillos de lo
que Jane estaba acostumbrado a tener, pero estaban bien sazonados y deliciosos.
Bella comió un cúmulo de porciones de puerros y nabos, sus favoritos actuales.

—Pero no has tomado nada de carne —protestó Jane cuando vio el contenido
del plato de Bella—. Necesitas carne para el bebé. Quieres tener un niño sano,
¿no?
Edward se encogió de hombros. —Ella anhela verduras —dijo—. Y es peligroso
no cumplir los antojos de una mujer embarazada.

Jane se rio en voz baja. —Tú probablemente tienes edad suficiente para
recordar la historia de la tercera esposa del Rey Henry, Jane, que quería manteca
de codorniz cuando ella estaba embarazada del príncipe.

Edward asintió con la cabeza. —Él tuvo que enviar todo el camino a Francia por
ellos y la Reina Jane no dejaba de quejarse de que no eran bastante gordas. Debo
alabar a Dios de que todos los anhelos de mi Bella son por verduras.

—Hasta que se vuelvan más difíciles de conseguir según se avecine el frío —


advirtió Jane.

Edward no había pensado en eso. Aún había restos de verduras conservadas de


la cosecha, pero mientras el invierno avance, serían más difíciles de obtener.
Tendría que enviar al Continente por ellos, pensó. Una idea se le ocurrió: él
podría enviar por algunos Portingales. Por lo que él sabía, Bella nunca los había
comido y eso parecía como algo que le podría gustar.

— ¿Para cuándo se espera el bebé? —preguntó Jane.

—He concebido en septiembre, así que cuenta tres meses atrás y yo diría que en
algún momento alrededor de junio o principios de julio, creo —respondió Bella.

—Espero poder verlo —dijo Jane en voz baja.

—Lo harás —declaró Edward, su voz firme y decidida.

Ellen, la enfermera de Jane, se echó a llorar y salió corriendo de la habitación, su


rostro oculto en su delantal.

—Ella había esperado ser la enfermera de mis propios hijos —dijo Jane a nadie
en particular—. Edward, ¿podrías por favor ver por lo que ella necesite si...?

Jane no pudo acabar la frase. Ella no tenía que hacerlo.

—Lo haré —dijo Edward con firmeza—. Tanto mi pequeña Elizabeth y nuestro
nuevo bebé van a necesitar un cuidador amoroso.

—Gracias —susurró Jane. Ella parpadeó para alejar las lágrimas y el manto de
serena calma se apoderó de ella otra vez. No iba a llorar por su propio destino,
sino por el de su querida enfermera el que la hizo luchar para no llorar.

Edward perdió el apetito. Él bajó la mirada hacia su plato hasta que Bella se
acercó y le tomó la mano. Esperanza, articuló ella.

Mary les dio solo una semana, y luego declaró la situación sin esperanza. Jane
no se convertiría y tanto Renard como Gardiner estaban presionándola para
llevar a cabo la sentencia.

Edward le rogó. De rodillas, le suplicó, pero Mary no se inmutó. Jane estaba


entre Mary y el matrimonio que ella tan desesperadamente quería, y ella
aparentemente se había convencido de que la rebelión era solamente la obra de
Protestantes unidos en torno a Jane.

—Tiene que ser hecho —le dijo a Edward, aunque las lágrimas brillaron en sus
ojos—. No tengo otra opción. No puedes neutralizar su amenaza mediante la
conversión de ella. Jane ha firmado esta sentencia de muerte antes de que el
papel llegara a mis manos. —Mary sacó su pluma y escribió Marye, la Reynay los
hombros de Edward se hundieron. Estaba hecho. No había nada más que él
pudiera hacer.

Se fue a casa esa noche, derrotado, llorando ya por su joven prima. Bella lo
sostuvo sin decir una palabra en su cama. Ninguno de los dos durmió esa
noche.

Ellos se fueron de la casa en las horas previas al amanecer, ambos vestidos


sombríamente, como correspondía al evento que estaban a punto de asistir.
Padre Jasper les esperaba fuera de la camada. Hasta los pájaros estaban callados
esa mañana, notó Bella, la mañana congelada en un profundo, misterioso
silencio mientras entraban a la camada. Ladrillos calientes envueltos en franela
había sido colocado en la camada para su comodidad y Edward prestó atención
a las túnicas que cubrían a Bella, preocupado de que pudiera resfriarse. Bella,
quien podría romper el hielo de un estanque para nadar sin ser demasiado frío,
lo dejó. Era algo que él podía arreglar y ella pensó que él lo necesitaba en estos
momentos.

Llegaron a la Torre de madrugada y tan pronto como entraron por la puerta,


inmediatamente se enfrentaron a la vista de los carpinteros ocupados trabajando
muy duro, mientras construían la tarima. Una paca de heno estaba junto a ellos.
El piso de la tarima sería cubierto con él para absorber la sangre, pero las tablas
estaban ya teñidas de las muchas vidas que se habían perdido sobre ellas. Sobre
ellas, habían muerto Anne Boleyn y Kathryn Howard. Bella se estremeció
cuando pasó y miró hacia la ventana de Jane para verla allí de pie, mirando la
construcción. Ella sonrió y saludó con la mano cuando vio a Bella.

Jane estaba vestida con un sencillo vestido negro, la recatada doncella


Protestante hasta lo último. Ella besó a Bella y a Edward y luego volvió a
sentarse a la mesa para terminar la inscripción que estaba escribiendo en su
libro de oraciones. —Bella, voy a darte esto a ti... afuera. Les pido que velen
porque le sea entregado a mi padre.

—Lo haré —prometió Bella.

—Trajeron el cuerpo de Guildford de vuelta aquí —dijo Jane, su pluma rayando


afanosamente—. Él fue ejecutado en la madrugada en la colina Tyburn. Ayer
por la noche, pidió a verme una vez más, y ellos le dieron permiso, pero pensé
que sería mejor negarme. Él fue muy emotivo, según lo que he escuchado.

Jane terminó de escribir y colocó la pluma de nuevo en su tintero. Ella usó su


agitador de arena para secar la tinta y luego suavemente sopló sacando la arena
de las páginas. Cerró el libro y acarició su cubierta. Miró a Bella y Edward, sus
ojos llenos de compasión. —No estén triste, primos, por favor. Un momento de
dolor y voy a ser feliz para siempre. Nos reuniremos en el cielo, lo sé. Dios te
perdonará por conforte, Edward. Tu corazón es fiel a nuestra fe.

—Jane, todavía hay tiempo —dijo Jasper—. Todavía te podemos salvar. Una
nota a la Reina...
Ella sonrió gentilmente hacia él. —Gracias, Jasper. Has sido muy amable
conmigo durante la pasada semana, y mi fe se ha fortalecido por ti. ¿Pero no ves
que estoysiendo salvada? Estoy siendo salvada de mis días tristes y enviada a las
recompensas del Cielo. Mi casa en el cielo será una mansión de muchas
habitaciones, porque mi fe nunca vaciló.

—Por favor permítenos a Bella y a mí construir un cobertizo contra las paredes


cuando lleguemos —bromeó Edward, aunque su voz era contenida y sus ojos
brillaban con lágrimas no derramadas.

Jane se rio y tomó sus manos entre las suyas. —Los amo a los dos por lo que
han tratado de hacer por mí. Bella, quiero que tengas mis relojes, y Edward, por
favor, añade mis libros a tu biblioteca. Me gusta la idea de tu hijo
descubriéndolos algún día en los estantes.

Edward estuvo de acuerdo, aunque sabía que muchos de ellos serían quemados
después de su muerte, los que contenían ideas "heréticas", la Biblia Inglés de
Jane, su Libro de Horas, impreso antes de que Mary retrocediera el reloj y
ordenara que el de su padre fuera puesto en uso de nuevo. Ni siquiera estaba
seguro de que Bella pudiera ser capaz de cumplir su promesa de tomar el libro
que Jane le encomendó para su padre.

Jane miró más allá de ellos por la ventana. Una multitud se había congregado
alrededor de la tarima terminada y el verdugo estaba ocupado esparciendo paja
sobre las tablas. Terciopelo negro había sido clavado alrededor de sus bordes,
una cortesía por el rango de Jane, aunque su familia había sido despojada de sus
títulos nobles. Por derecho, ella debía ser ejecutada en Tyburn como Guildford,
pero Mary le había concedido la pequeña misericordia de una ejecución privada
en la Torre. Edward pensó que era más probable que su intención fuera
mantener algún discurso protestante que Jane pudiera hacer limitados a un
público más pequeño, pero sin embargo, Edward sabía que sus palabras se
extenderían a lo largo y ancho.

—Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir, y el día de nuestra muerte es
mejor que el día de nuestro nacimiento. —Jane tomó el libro de oraciones y observó
al guardia de la Tower, Sir John Bridges, cruzar el verde hacia sus aposentos—.
Los dos han sido verdaderos amigos para mí, y rezo para que Dios envíe sus
bendiciones sobre ustedes.

Bridges entró, y su rostro contó la historia de que Jane había hecho muchos
amigos entre los guardianes de la Torre. — ¿Estás lista, mi lady? —preguntó con
voz suave.

—Lo estoy —dijo Jane con una sonrisa—. Le doy las gracias por sus muchas
bondades para conmigo, Sir John.

Edward tomó el brazo de Jane, y Bella caminó a su otro lado. La señora Ellen y
las otras doncellas que habían servido a Jane les siguieron, amortiguando su
llanto en pañuelos.

Jane leía de su libro de oraciones, mientras caminaban, pero nunca pasó la


página y Edward pensó que sus ojos estaban simplemente fijados a las palabras
de modo que ella no tenía que mirar la tarima por más tiempo de lo necesario.
El verdugo estaba en el centro de la tarima por el bloque. Vestía pantalones de
cuero y una chaqueta de cuero negro sobre una camisa. Una capucha negra
cubría su rostro, con dos agujeros para los ojos. El hacha que usaría descansaba
a sus pies. Le tendió una mano a Jane cuando se acercaba a la orilla de la tarima
para ayudarla a subir el escalón. Edward levantó a Bella a la parte superior y
luego se subió después de ella, dándole al Padre Jasper una mano a causa de la
dificultad de sus vestiduras, luego se quedó para ayudar a la enfermera Ellen y
las otras doncellas que habían servido a Jane en la Torre. El público apreciaba la
vista del Duque de Cullen, el noble de más alta jerarquía en la tierra, ayudando
a criadas de bajo nivel, pero las mujeres de por sí no eran competentes del
honor. Todos ellos sollozaron en voz alta en el silencioso, frío aire.

Edward llevó a Bella a la parte posterior de la tarima con los otros. Jane se
quedó sola al frente del bloque. Ella se estremeció, tal vez por el frío, tal vez un
poco de miedo, pero su rostro era tan tranquilo y sereno como si estuviera en la
iglesia. El verdugo se arrodilló ante ella. — ¿Me perdonas? —preguntó.

—Sí, señor, lo hago, de muy buena gana —dijo Jane—. Te ruego que me
despaches rápidamente. —Ella hizo un gesto a Ellen, quien se acercó para
entregarle una pequeña bolsa de monedas, el tradicional velo que se da para
asegurar una muerte rápida.

Ella se volvió hacia el público y su pequeña, dulce voz resonó en el silencio: —


Gente buena, he venido aquí para morir y por una ley estoy condenada
justamente. Los actos de traición contra la Alteza Reina fueron ilegales y accedí
a aceptar el trono. Pero nunca lo busqué o deseé y por eso me lavo las manos en
la inocencia. Ante Dios y ante ustedes, buenos cristianos, ruego que todos
ustedes sean testigos de que yo muero como una verdadera mujer cristiana, y
que espero sean salvos por medio nada menos que la misericordia de Dios, en
los méritos de la sangre de su único hijo, Jesucristo. Y confieso que, cuando hice
conocer la palabra de Dios, me olvidé de lo mismo, amándome a mí misma y al
mundo, y por lo tanto, me merezco este castigo por mis pecados. Y sin embargo,
doy gracias a Dios por su bondad que me ha dado tiempo para arrepentirme. Y
ahora buenas personas, mientras estoy viva, les pido que me ayuden con sus
oraciones.

La última línea subrayaba la fe protestante de Jane, que rechazaba la idea del


purgatorio y las oraciones por los muertos. Se volvió hacia Sir Bridges y le
preguntó: — ¿Puedo decir un salmo?

Él asintió y Edward se dio cuenta de que sus ojos estaban húmedos.

Jane abrió su libro, pero ella no tenía necesidad de leer el texto mientras recitaba
el Salmo cincuenta y uno en Inglés. —Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu
misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones…

Su voz se apagó después de las últimas palabras, y por un largo momento, se


veía como la joven asustada, perdida y sin esperanza que fue. Jasper dio un
paso adelante y repitió el Salmo en latín, y de alguna manera, eso pareció dar a
Jane la fuerza que necesitaba. —Gracias, Padre Jasper —murmuró—. Espero que
nos volvamos a encontrar en el cielo.

Ella se volvió y le entregó las pocas cosas que llevaba a sus amigos en la tarima.
Apretó el libro en la mano de Bella y le susurró: —Hasta que nos volvamos a
encontrar. —Antes de pasar a Ellen, la enfermera que había estado con ella toda
su vida y ahora volvería a verla hasta el final. Le entregó a Ellen su pañuelo,
Ellen quien tanto lo necesitaba en esos momentos, y dio los guantes que llevaba
a la señora Jacob, una de las mujeres que la habían atendido.

Ella volvió al centro de la tarima y comenzó a quitarse su vestido, la ropa de los


ejecutados era otro tradicional pago para el verdugo. La parte posterior del
vestido había sido atada flojamente para facilitar su extracción, pero las manos
temblorosas de Jane todavía luchaban con él. El verdugo se acercó para
ayudarla y Jane perpleja lo dejó. Una leve, lejana sonrisa vino a sus labios, como
si ella sintiera que estaba desvistiéndose ante el mundo con el vestido. Lo último
que se quitó fue su tocado de terciopelo negro, cubierto de cuentas de azabache.
Debajo de ella, su cabello había sido atado en lo alto de la cabeza para dejar a su
pequeño cuello desnudo. Se quedó temblando en su camisón y las enaguas, el
blanco níveo un sorprendente contraste con el gris de la mañana lúgubre.

Bella dio un paso adelante con la ropa que había sido dada por Sir John cuando
la atención de Jane estaba en otra parte. Debería haber sido Ellen quien hiciera
esta tarea para ella, pero Ellen no estaba en condiciones de hacer nada más que
llorar. Bella sonrió a Jane, y Jane cerró los ojos antes de que Bella suavemente
colocara la ropa sobre ella y lo atara detrás de su cabeza. Bella se consoló algo al
saber que la última visión de Jane sería de una sonrisa amorosa de una de sus
amigas. Dio un paso atrás a su lugar junto a Edward y él puso un brazo
alrededor de su cintura.

Jane oyó el crujido del cuero mientras el verdugo se trasladaba a su lugar y se


congeló. — ¿Quiere… quiere quitarlo antes de caer? —preguntó con un hilo de
voz, temblorosa.

—No, mi lady —prometió el verdugo.

En su intercambio, Jane había hecho olvidar dónde estaba en la tarima. Se


arrodilló dónde estaba de pie, en lugar de dar un paso adelante para arrodillarse
delante del bloque. Ella extendió las manos a ciegas, en busca de ella. — ¿Dónde
está? ¿Qué debo hacer? ¿Dónde está? —Su voz, que había sido constante y
fuerte hasta este punto, se rompió y tembló.
Edward se lanzó hacia adelante. —Te tengo, Jane —susurró. Ella dejó escapar
una explosión de aire que sonó como un sollozo—. Muévete hacia adelante,
hacia mí. —Edward indicó y Jane obedientemente fue hacia delante sobre sus
rodillas, haciendo crujir la paja, hasta que Edward pudo poner sus manos en el
bloque. Ella soltó otra explosión de aliento cuando lo tocó, mitad sollozo, mitad
alivio, tal vez incluso se reía en parte. Edward dio un paso atrás y tomó la mano
de Bella en la suya, apretando más fuerte de lo que pensaba, pero Bella no hizo
ningún sonido de reprobación.

Las pequeñas manos blancas de Jane se movieron a través de la forma del


bloque y luego se inclinó sobre él, colocando su barbilla en la depresión. —
Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Señor, en tus manos encomiendo
mi espíritu… —Quitó sus manos como si con un esfuerzo y extendió sus brazos
de par en par, la señal al verdugo de que estaba lista. Sus palabras se
aceleraron—. Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Señor, en tus
manos…

El hacha cayó. Los brazos de Jane cayeron lánguidamente a la tarima.

Bella se dio la vuelta, escondiendo su rostro en el pecho de Edward. Él la


abrazó, frotando círculos suaves en su espalda, sus ojos paralizados en el cuerpo
de su pequeña prima. Su torso se desplomó hacia un lado, bombeando sangre
sobre la paja, y escurriéndose entre las tablas a paso ligero, una lluvia macabra,
sobre la piedra de abajo.

El verdugo levantó la cabeza de Jane por el pelo. —Así perezcan todos los
enemigos de la Reina. He aquí la cabeza de un traidor —recitó sus esperadas
líneas, pero sus palabras carecían de convicción.

—Dios salve a la Reina Mary —dijo Sir Bridges, pero la multitud se quedó en
silencio—. Dios salve a la Reina Mary —repitió, más fuerte, y ellos lo
murmuraron de regreso.

—Por favor, ¿podemos irnos? —susurró Bella—. ¿Por favor?

—Sí, podemos —dijo Edward. Bajó de la tarima, evitando el charco de sangre.


La multitud se apartó para ellos. Encontraron a Alice en el rellano, esperando al
lado de la barcaza, con los ojos firmemente fijos en el río. Ella no había podido
ver. Ella no conocía bien a Jane, pero su tierno corazón no podía soportar ser
testigo de su muerte.

—Recuerda lo que has visto aquí hoy —dijo Edward a Bella—. Recuérdalo bien.
Un día, Mary te preguntará acerca de él, y quiero que le digas acerca de cada
momento. Quiero que lo describas tan bien que queme en su memoria. Y espero
que lo lleve con ella para el resto de su vida.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
* Mark Smeaton fue uno de los hombres acusados de adulterio con la madre de
Elizabeth, Anne Boleyn. Siendo el único plebeyo entre los supuestos amantes de
Anne, Mark fue probable torturado. También fue el único que confesó, pero su
confesión pudo haber sido probada falsa pues nadie había estado interesado en
la verdad del asunto. Él "admitió" dormir con la Reina en ciertos lugares y
fechas cuando pudo demostrarse que ella había estado en otro lugar, y una de
las fechas fue correcta después de que Anne hubiera dado a luz. Probablemente
debido a su "cooperación" en la confesión, Mark fue decapitado en vez de recibir
la muerte al traidor tradicional de arrastrar y despedazar.

*La observación de Jasper acerca de "tonterías" está basada en algo que


Elizabeth dijo después de haber tomado el trono: "Solo hay un Cristo, Jesús, una fe.
Todo lo demás es una disputa por tonterías..."

*"Portingales" eran naranjas dulces. Naranjas amargas, importados de Sevilla,


eran comúnmente hechas en caramelos. Las portingales eran importadas de
Ceylon por los comerciantes portugueses, de ahí su nombre.

*Un "velo" es lo que podríamos llamar una "propina".


*Jane recitación del salmo es la versión de la Biblia Tyndale.

*He traducido el discurso de Jane en Inglés moderno. Pueden encontrar la


versión original en el britannia(punto)com/history/ladyjane/address(punto)html

*Cuando Jane no pudo encontrar el bloque, sus sirvientes y amigos se quedaron


inmóviles, sin saber qué hacer. La historia registra que un miembro de la
audiencia saltó a la tarima y la ayudó. Ella había atado su propia venda de los
ojos porque sus sirvientes no estaban en condiciones para ayudarla. Debe de
haber tomado una gran cantidad de valor para permanecer tan serena frente al
colapso emocional de sus amigos. En esta historia, he dado a Edward y Bella el
ayudarla, la clase de amigos que yo quisiera que la pobre muchacha hubiera
tenido.
Capítulo 16

Traductora: Diana Méndez (FFAD)


Beta: Xarito Herondale (FFAD)

B ella estaba tranquila y moderada, cuando ella y Alice se fueron a la corte a

la mañana siguiente. Edward se había negado rotundamente a ir y le dijo a Bella


que diera la excusa de que él estaba enfermo si se les preguntaba por qué él
estaba ausente. No era una mentira. Estaba enfermo del corazón, enfermo del
alma sobre lo que le había sucedido a su pobre pequeño primo en nombre de la
conveniencia política.

Bella no fue a la recámara de la Reina cuando ella entró en el palacio, pero en su


lugar decidió ir a ver a la princesa Elizabeth, que había sido mantenida
prisionera en la habitación, una pequeña, más exactamente, desde que fue traída
de vuelta al palacio. En el tiempo que había pasado tratando de salvar a Jane,
Bella no había tenido tiempo para visitar a Elizabeth y se sentía bastante
culpable por ello.

Ella y Alice doblaron la esquina y dos jadeos se les escaparon. Elizabeth era
conducida por el pasillo, por un numeroso grupo de guardias de la Torre. Tenía
la cabeza en alto, aunque su cara era tan blanca como la leche y sus ojos miraban
a lo lejos, trazando camino sobre Bella sin un atisbo de reconocimiento.

Kat Ashley siguió al grupo, las lágrimas corrían por sus mejillas sin control. —
¡Kat! —gritó Bella, agarrando su brazo.
Kat parpadeó y pareció notar a Bella por primera vez. —Su gracia —dijo ella,
dejándose caer en una reverencia.

—Kat, en nombre de Dios, ¿qué está pasando? ¿A dónde llevan a Elizabeth?

—A la Torre, mi señora —replicó Kat.

Bella sintió como si hubiera sido golpeada. —No —dijo ella en voz baja.

—Ellos trataron de tomarla el día anterior, pero Bess citó la ley de que todas las
personas nobles acusadas de traición a la patria tienen derecho de petición a su
soberano. La Reina se negó a verla, al igual que lo ha estado haciendo cada vez
que Bess la preguntó esta semana. Así que le iban a escribir una carta a la Reina,
pero les tomó tanto tiempo, que cuando la terminaron, la marea había cambiado
y no podían llevarla a la Torre ese día. Ellos dicen que la Reina estaba
enfurecida por el retraso.

Al igual que Elizabeth, Bella pensó, y recordó lo que Elizabeth le había hablado
sobre exprimir un día más, una hora más...

— ¿Por qué no por tierra, si estaban tan ansiosos? —Bella preguntó.

—Tienen miedo de que las multitudes la vean pasar por la calle de camino a la
Torre y, posiblemente, inicien otro levantamiento —Kat dijo con voz sombría y
baja. Ella vio a los guardias y a Elizabeth salir de las puertas del palacio—. Mi
señora, tengo que irme.

—Yo voy contigo —dijo Bella.

— ¡No! —Alice gritó—. ¡No, Bella, no lo hagas!

—Vete a tu casa —Bella le indicó—, lo más rápido que puedas, y dile todo a
Edward —dijo Bella rápidamente.

— ¡No, Bella! —Alice intentó aferrarse a Bella pero ella arrancó suavemente las
manos lejos de Alice.

— ¡Anda, ve a donde Edward!


Ella y Kat se fueron por el pasillo después de los guardias de la puerta, saliendo
a tiempo para ver a Elizabeth, que fue levantada por uno de los guardias en la
barcaza cuando se negó a caminar.

— ¡Quita tus manos de la mismísima princesa Elizabeth! —Kat gritó,


sorprendida y furiosa de que un plebeyo se había atrevido a tocar a una
princesa de sangre real. Se dirigió a la guardia en cuestión y le golpeó en la
cabeza con su abanico. Parecía aturdido, pero trató de responder:

—Señora Ashley…

— ¡Ni siquiera me hables, John Knollys! —Kat gritó—. Conozco a tu madre y


puedes estar seguro de que va a oír hablar de tu comportamiento escandaloso,
¡oh sí, lo haré!

Elizabeth sonrió y Knollys bajó la cabeza tímidamente.

—Entra —ordenó Kat a Bella, y Bella obedeció, al reconocer la voz de autoridad


cuando lo oyó. Ella dio un paso hacia abajo en la barcaza solo para ser detenida
por Knollys.

—Se me instruyó para que solo la princesa Elizabeth y sus damas.

Bella se irguió en toda su estatura y lo miró a la cara. —Yo soy la duquesa de


Cullen. ¿Cómo te atreves a presumir dónde puedo ir?

Y para su sorpresa, funcionó. Fue inmediatamente afligido. Cayó de rodillas,


inclinando la cabeza.

—Mis disculpas, su gracia. Yo no la conocía. Perdóneme por favor, su gracia.

Bella sonrió con dulzura. —Por supuesto que te perdono. —Y él se sonrojó


como un chico atrapado cuando mira a una chica bonita.

Ella fue a sentarse al lado de Elizabeth, pero Elizabeth le dio un golpecito con el
codo y le susurró: —Retrocede, Bella, quiero que la gente sea capaz de verme
desde todos los lados. —Por lo que Bella se retiró a un asiento bajo el dosel al
lado de Kat, que extendió un manto de piel pesado sobre Bella, metiéndolo
hacia arriba alrededor de sus hombros.

—Usted no debe tomar un resfrío —murmuró Kat.

Bella aceptó este alboroto por procuración. Si Kat no podía mimar a Elizabeth,
ella agarraría al objetivo más cercano.

Un hombre en el fondo de la barca comenzó a golpear un tambor, el sonido


amortiguado intencionalmente era para evitar llamar la atención. Los remeros
que recubren el lado empezaron a tirar los remos al tiempo con ella. Las armas
reales fueron pintadas en los costados de la barca, y no habría ninguna duda de
la figura que estaba sentada sola en el centro, con la espalda tan recta como una
tabla y la barbilla en alto, su brillante pelo rojo dorado que brillaba en la luz del
sol que logró abrirse paso más allá de los nubarrones. La gente señalaba y
bajaba corriendo a la orilla del río para ver pasar la barcaza.

—Tal vez, mi señora, usted debería moverse bajo el dosel —Knollys declaró.
Había sido específicamente instruido para ser lo más discreto posible, y
Elizabeth era tan visible como podría ser, con el pelo brillante como una llama
que atrajo los ojos de todos los que pasaban.

—Me siento cómoda aquí —dijo Elizabeth en su tono altivo y él se sintió


nuevamente en derrota.

—Gardiner la ha interrogado —murmuró Kat, manteniendo su tono de voz baja


para que los guardias no pudieran oír—. Él ha estado con ella día y noche para
tratar de conseguir que admitiera que es parte de la rebelión. Él ha torturado a
Wyatt hasta que el hombre estaba a punto de morir, pero no consiguió que
dijera que Elizabeth tenía nada que ver con el levantamiento.

—No puedo creer que haya llegado a esto —dijo Bella en voz baja.

—Yo puedo —replicó Kat—. Mary siempre ha creído lo peor de Bess.

Bella negó con la cabeza. —Ella la ama.

— ¿Al igual que ella amaba a Jane?


Bella miró hacia otro lado. Vio a la gente en las orillas saludando a las barcazas
y pidiendo débiles bendiciones de la princesa.

—Eso, por ahí, es lo que tanto la condena y la salva al mismo tiempo —dijo Kat,
asintiendo con la cabeza a la gente agitada.

Se acercaron a la Torre, y la masa gris sombría pasaba de la línea de flotación.


Las nubes oscuras de tormenta se revolvieron encima y la lluvia empezó a
tamborilear sobre la cubierta de la barcaza.

— ¡Espera! —Elizabeth lloró—. ¡Usted me está llevando a la Puerta del Traidor!


—Su comportamiento tranquilo y real comenzó a resquebrajarse y empezó a
temblar.

—Es solo la puerta de las Aguas —dijo Bella con dulzura—. Edward y yo la
usamos ayer cuando llegamos.

—No soy una traidora —Elizabeth gritó—. ¡No voy a entrar en ese camino! ¡No
quiero!

Los remeros no le prestaron atención, dirigiendo la barcaza a través del arco. La


lluvia, que caía cada vez más pesadamente, dejó a Elizabeth empapada hasta los
huesos, tiritando de frío y miedo. Tenía el pelo pegado a la cabeza y el agua
chorreaba por la cara. Si hubo lágrimas, estaban ocultas.

—Su madre murió en estas paredes —dijo Kat con suavidad—. Ella ha tenido
pesadillas de ser arrastrada a este lugar como una prisionera desde que era una
bebé.

Ellos remaron hasta tierra y más guardias ayudaron a amarrar la barcaza en su


lugar. Un hombre vestido de terciopelo negro se adelantó. —Su Alteza.

— ¡Sir John! —Bella exclamó.

Bridges parpadeó y sonrió ligeramente a Bella.

—Nunca pensé verla de nuevo tan pronto, su gracia. —Él hizo una profunda
reverencia a la princesa, que estaba congelada en su lugar, en el centro de la
barcaza, y luego a Bella.

—Venga, Bess —dijo Kat, y su enérgico y sensato tono consiguió a Elizabeth a la


altura de sus pies. Sir Bridges tomó de la mano y más o menos le tiró de la
barcaza a la pasarela de losa. Las rodillas de Elizabeth cedieron y ella se dejó
caer pesadamente en las escaleras que conducían a la planta baja.

—Aquí la tierra dice la verdad, nunca antes habían caído en estas escaleras.
Ante Dios, no lo hablo.

La lluvia caía sobre ella y Bella pensó que nunca había visto un espectáculo tan
lamentable como este, una princesa de Inglaterra, sentada afuera en la lluvia
como un cachorro abandonado.

Bridges se agachó frente a ella. —Es mejor que entre, su Alteza. Le va a hacer
mal, sentada aquí.

—Es mejor aquí que adentro, porque Dios sabe a dónde voy una vez que entre.

Bella se estremeció porque sabía que Elizabeth se estaba refiriendo a las


cámaras de tortura en los oscuros recovecos debajo de la Torre, con sus paredes
viscosas y llenas de ratas...

Bridges levantó la vista. —Señora Cullen, ¿usted cree que soy un hombre
honesto?

—Sí —dijo Bella—. Fuiste amable con la pobre Jane.

Bridges le tendió la mano a Elizabeth. Elizabeth cogió la mano y le permitió


atraerla a sus pies. Se tomó su propia capa y la colgó de los hombros. Elizabeth
le dio una pequeña sonrisa de agradecimiento y la condujo hacia su habitación.
Elizabeth se congeló en seco cuando vio que el andamio sobre el que había
muerto la pobre Jane, seguía en su sitio, el mismo andamio sobre el que su
madre había perdido la vida. Elizabeth palideció y se tambaleó, pero Kat la
agarró del brazo antes de que pudiera desmayarse.

—Sostente, Bess —susurró—, hay gente que te está mirando.


Con esfuerzo, Elizabeth tragó su terror.

Los guardias de la Torre había alineado su fila, no por órdenes, sino porque
querían ver a la princesa. Estaban de pie bajo la lluvia para pagar su tributo con
su presencia y el corazón de Bella se calentó con su bondad.

— ¡Dios guarde a vuestra Alteza! —Una vez que había sido expresado por un
alma valiente, el canto fue considerado por toda la línea. Elizabeth entró en su
habitación de la Torre de la Campana bajo una lluvia de bendiciones tan pesada
como la lluvia que caía del cielo.

Elizabeth no tenía de qué preocuparse. Sus cuartos eran pequeños, pero


cómodos, cálidos y secos, con una gran chimenea y tres ventanas. Ocupó el
primer piso de la Torre de la Campana, pues la forma de la habitación era
circular. Un fuego crepitaba en la chimenea y Bella tuvo que aplacar su deseo de
huir. Los muebles y otras pertenencias que a Elizabeth no se le habían permitido
tener en su celda en el palacio, se había establecido aquí, así que Elizabeth al
menos tenía el consuelo de sus propias cosas a su alrededor. Su cama grande y
suave se quedó esperándola, frente a la chimenea, y los estantes estaban llenos
de libros.

Elizabeth estaba casi azul y sus dientes castañeteaban. Kat inmediatamente fue
al armario a buscar ropa seca y las otras dos sirvientas empezaron a quitarle la
ropa empapada a Elizabeth.

—Tú también, Bella —ordenó Kat, y una de las criadas se separó de Elizabeth
para comenzar a desnudar a la duquesa.

—No tengo cosas secas conmigo —protestó Bella.

—Puedes usar algunas de mis ropas —ofreció Elizabeth.

Bella se rio. —Tú mides medio pie más alto que yo —dijo.

—Vas a ser una enana bien vestida, entonces —dijo Elizabeth y Bella sintió una
oleada de alivio al ver que Elizabeth se había calmado lo suficiente para
molestar.
Bella le devolvió la sonrisa y permitió que las damas le quitaran la ropa y
volvieran a la vestirla con ropa de Elizabeth. Kat había guardado algo de los
vestidos de Elizabeth de cuando era niña y se encontraron con un ajuste perfecto
en el vestido que Elizabeth se había puesto para el retrato que ella había hecho a
su hermano, a pesar de las faldas eran todavía demasiado largas para las
piernas cortas de Bella.

Bella escuchó una conmoción fuera y miró por la portilla pequeña en la puerta.

—Es Edward —ella suspiró con alivio.

Bella abrió la puerta y se dirigió a los guardias que bloqueaban su camino. —


Déjenlo entrar.

Los guardias se inclinaron hacia ella, pero no se movieron de sus ejes cruzados.

—Lo siento, su gracia, pero se nos ordenó que la princesa no debería tener
visitantes.

—Yo no soy un visitante. Estoy en el negocio de la Reina —dijo Edward. Sus


sirvientes se lanzaron hacia delante, con las manos en las espadas que llevaba en
la cintura.

—Abran paso al mensajero de la Reina —dijo Edward.

Entre la amenaza de los funcionarios de Edward, su rango y su mirada


imperiosa, los guardias pobres fueron superados. Se movieron sus ejes y Bella
salió corriendo a los brazos de su marido.

—He venido tan pronto como he oído. —Él la apretó con fuerza—. ¿Por qué has
venido aquí, Bella?, ¿por qué? Por el amor de Dios... —Bella le condujo al
interior de la puerta de la lluvia y reanudaron su abrazo—. Quiero darte una
paliza y también quiero besarte —dijo en su pelo, que estaba unido y que fluía
por su espalda.

—No puedes hacer las dos cosas al mismo tiempo —dijo Bella—. Así que
sugiero que elijas uno.
Él eligió el beso.

—Saludos, mensajero de la Reina —dijo Elizabeth mientras el beso siguió y


siguió, con un tono irónico—. ¿Estoy equivocada en mi suposición de que
podría haber algún tipo de... bueno... mensaje para mí?

Edward se apartó con esfuerzo. —No es una buena noticia, Bess. Ella te
mantiene aquí, indefinidamente. Quería enviarte a una casa en el país para ser
observada por un cortesano fiel, pero nadie se ofrecería voluntariamente para el
trabajo, a excepción de mí mismo, y ella rechazó mi oferta.

—Le daré palabra de esto a Felipe —dijo Elizabeth.

— ¿Felipe? ¿El Felipe de Mary? —Edward repitió.

—Sí, el príncipe español. Obtendré palabra con él de esto, lo más rápido que
pueda. —Elizabeth se sentó en un taburete frente al fuego y Kat comenzó a
cepillarle el pelo.

—Gardiner está tratando de impulsar un proyecto de ley ante el Parlamento


para desheredarla a usted.

— ¿Puedes detenerlo?

—No por mucho tiempo. Renard dice que tiene pruebas de que tenía intención
de fortalecer Donnington y que ha colocado depósitos de armas allí para ayudar
en la rebelión.

— ¿Donnington? —Elizabeth repitió—. ¿Dónde?

—Es uno de los estamentos, menor de edad, que yo dudo que he visitado.

Elizabeth negó con la cabeza. —Yo ni me acuerdo de ser dueña de una casa.

—Bueno, usted lo hace, y Renard dice que estaban planeando mudarse allí
desde Hatfield.

Elizabeth lanzó al aire las manos. —Incluso si lo fuera, ¿qué? ¿No soy libre para
moverme a cualquiera de mis casas como me parezca? ¿No dice Mary que la ley
de la traición debe ser una acción, y no pensamientos o palabras? ¿Qué medidas
pueden ser probadas en mí?

—Ninguna, hasta ahora —dijo Edward.

— ¡Edward! Lo dices como si fueran a encontrar algo.

—La definición de "prueba" depende mucho de las creencias y los deseos de


aquellos que buscan en ella. —Miró alrededor de la habitación—. Lamento que
te deje en tales asuntos calamitosos, Bess, pero llevaré a mi esposa a casa
conmigo.

—Pensé que lo harías —coincidió Elizabeth—. Visítame como puedas.

—Voy a hacer lo que me pediste, y todo lo que esté en mi mano para sacarte de
aquí pronto
—prometió Edward.

Elizabeth le sonrió con nostalgia. —Lo sé, pero, Edward, no arriesgues tu


propia vida por la mía.

—Ella no te va a ejecutar —dijo Edward—, sé que no lo hará.

Bella deseaba poder creer eso.

Su camada esperó fuera de la puerta principal y se metió adentro, temblando en


el frío de la noche. Bella tenía que caminar más alto de lo habitual a causa de los
dobladillos largos de la falda. Una vez dentro, Edward tiró de las cortinas
cerradas y tomó a su esposa en sus brazos con pasión feroz. La besó hasta que
Bella quedó aturdida y sin aliento.

—Eres una niña tonta, tonta —dijo él, salpicando su cara de besos—. Estoy muy
enojado contigo ahora mismo.

Beso. Beso.

—Lo siento, Edward, pero yo no podía dejarla ir sola. Ella tenía tanto miedo.

Beso.
—Por favor, perdóname.

Beso.

—Te perdono. —Beso—. No puedo evitarlo. —Beso—. Tú eres una criatura leal
de corazón. —Beso—. Pero tienes que pensar en nuestra nena, Bella. —Beso—.
¿Qué sería de ella si no te hubiera dejado salir de la Torre? —Beso.

Sus manos se deslizaron hasta los tobillos y comenzó a recorrerle hasta la falda.
Bella se mordió el labio para no gemir. Sus ojos estaban calientes, de color verde
brillante, y buscando en ellos. Envió un rayo a través de ella por el lugar en que
su mano acababa de llegar.

—Edward —ella dijo.

—Shh —respondió. Le tapó la boca con la suya—. Te necesito ahora mismo,


Bella. —Levantó su cuerpo sobre ella, hurgando entre ellos para abrir su propia
ropa. En el proceso, su mano rozó sus partes sensibles y entonces él la estaba
frotando en círculos lentos, mientras que disminuyó en el interior de ella, y ella
se arqueó, con la boca abierta en un grito que no se atrevió a liberar.

—Shh —susurró de nuevo—. Tenemos que ser muy tranquilos y muy quietos.
No hagas ningún sonido, o me voy a detener.

La mente aturdida de Bella tenía conocimiento suficiente para admitir hasta qué
punto su correcto y formal Edward había llegado, de prudencia excesivamente
suave para hacer el amor en una camilla en movimiento. Era la primera vez para
ella y ella no tenía ninguna duda de que era la primera vez para él, también. Su
respiración se enganchó y se detuvo.

—Ese fue un sonido —susurró con sus labios en su oreja—. La próxima vez,
voy a parar.

Se movía lentamente, profundamente, manteniendo ese ritmo constante con la


mano. Bella mordió en el hombro de su chaqueta como un orgasmo, tan
profundo y lento como sus embestidas, pulsaba a través de ella. Dio un pequeño
grito de asombro, incapaz de durar a través de la sensación de su cuerpo
alrededor de su apretón, y se dejó caer lánguidamente sobre ella por un
momento. Él se echó hacia atrás lo suficiente para mirarla a los ojos.

—Te amo, Bella.

—También te amo —dijo Bella—. Con todo mi corazón, te quiero.

—No me dejes —le susurró—. Por favor, Bella, prométemelo.

Ella vaciló. Ese no era el tipo de promesa que no se podía hacer.

—No importa —dijo, dejando caer los párpados sobre los ojos para ocultar el
dolor y rodando sobre su espalda. Volvió a organizar su ropa y tiró hacia abajo
falda de Bella.

—Edward…

—Por favor —dijo—. Mejor no hables de ello. No puedo soportarlo ahora.

Ella se quedó en silencio, pero se dio la vuelta para que su cabeza apoyada en
su pecho. Ella escuchó el latido constante de su corazón mientras le acariciaba el
pelo.

Thomas Wyatt fue ejecutado en la mañana. Bella y Edward no asistieron. En su


discurso en el cadalso, juró ante Dios que la princesa Elizabeth no tenía nada
que ver con la rebelión. El rumor fue aprobado, por eso, la noche antes de su
ejecución, su esposa fue enviada a suplicarle que implicara a Elizabeth, a cambio
de una pensión para ella y sus diez hijos. Wyatt se negó, tal como lo había
rechazado cuando lo torturaron.

Después de su muerte, su cuerpo fue descuartizado y los pedazos fueron


clavados en torno a la ciudad como una advertencia a los demás. Su cadáver fue
acompañado por lo de los oficiales que habían desertado cuando fueron
enviados al encuentro de las fuerzas de Wyatt. Ellos fueron sacados de sus casas
y ahorcados en horcas improvisadas junto a sus propias puertas delanteras. Se
ha dicho en todo Londres que apestaba a carne podrida esa primavera.

Por fin, el Consejo decidió que no podía librarse de Elizabeth sin un juicio y
simplemente no había suficiente evidencia, incluso para los estándares de los
laxos del día, para condenarla, especialmente teniendo en cuenta la instauración
de Mary de que la ley que la traición tuviera que ser una acción manifiesta. Y
así, Elizabeth esperaba en el limbo hasta que, o bien podría llegar a suficiente
(tanto Renard y Gardiner insistieron en que ya tenía más que suficiente) para
tratar de ella o de un cortesano fiel dispuesto a asumir como "invitado" en su
casa.

Mary fue tan vertiginosa como una niña. Felipe estaba por llegar pronto, y
después de todo este tiempo, finalmente le había enviado una carta y un regalo
de compromiso de una gran perla en forma de lágrima con un alfiler enjoyado.
Al mismo tiempo, él había escrito al Consejo (arrogantemente firmó como Felipe
Rex, como si ya fuera el rey), pero nunca se había tomado la molestia de escribir
a su prometida, a quien todavía le llama su "tía" cuando él escribió a su padre.
Mary había fastidiado repetidamente a Renard para que le enviara mensajes a él
para que le diera a ella la bienvenida en una carta, pues ella sentía que era
inadecuado escribirle a él primero.

Cada mañana, ella suspiró sobre su retrato. Bella, viendo esto, estaba
avergonzada y enojada con la Reina. Mientras suspiraba sobre el retrato de su
futuro esposo, su hermana se sentaba en la Torre con miedo genuino por su
vida.

Para las primeras semanas, Mary le negó el permiso a Bella para visitar a
Elizabeth y parecía malhumorada y resentida de que Bella siguiera
preguntando. Bella se negó a jugar. Mary debería saberlo por ahora acerca de
ella. El hecho de que Elizabeth estaba actualmente fuera de favor con la Reina,
no era ninguna razón, en opinión de Bella, para que ella la abandonara a un
destino solitario. No iba a ser como uno de esos aduladores insinuantes que
cambió lealtades con cada estado de ánimo de la Reina.

Por último, Mary se lo concedido. —Está bien, vete —le espetó ella—, pero
dime todo lo que dice.

Bella se sorprendió, pero ella no iba a discutir.


Encontró a Elizabeth con la moral relativamente buena. Bridges fue amable con
ella y le dio tanta libertad dentro de los terrenos de la Torre como podía
permitirlo. Se le permitió caminar afuera, alrededor del perímetro de las
paredes. Cada día, un niño aparecía en la puerta a darle las flores, y se había
hecho amigo de Robert Dudley, el hermano de Guildford. Tenía todo el encanto
y la gracia que no tenía Guildford, y de la forma en que hablaba de él, Bella
sospechaba que la princesa había desarrollado un pequeño flechazo hacia él.

Bella pensó de que Mary estaría agradecida de que su hermana lo estaba


haciendo bien y no fue sino hasta después de que ella le había informado a la
Reina que descubrió lo insignificante que Mary podría ser. Las caminatas diarias
de Elizabeth fueron abolidas y el niño que traía flores fue detenido e
interrogado en cuanto a sus motivos y si había utilizado alguna vez las flores
como una forma de pasar contrabando de mensajes a la princesa.

Bella se horrorizó cuando se enteró de esto (se le negó el permiso para visitar a
Elizabeth y otra vez la noticia le llegó solo a través de rumor).

—Su majestad, ¿por qué? —le preguntó una tarde, cuando finalmente llegó a
Mary a hablar de ello. Durante la última semana, se había cambiado el tema
airadamente cuando el nombre de Elizabeth entró en la discusión, pero hoy en
día, Bella había oído a regañadientes el nombre de su hermana en las oraciones
que ella había dicho en la capilla.

—Ella me traicionó —dijo Mary—. Quería amarla como a una hermana, pero
ella me traicionó. Todo el mundo me dijo que no confiara en ella. Es demasiado
parecida a su madre, todo el mundo lo decía, intrigante, mentirosa, una Judas.
Pero yo no les creía. Bueno, ¡he aprendido mi lección! Esa chica no es sino una
serpiente en la hierba, esperando para atacar.

—Oh, majestad, no... —Bella trató de protestar.

Los ojos de Mary se estrecharon.

—Me han dicho algunas cosas sobre... sobre ti, también, su gracia.

Interior de Bella se convirtió en hielo. Trató de hablar, pero las palabras no


venían.

Fueron interrumpidos por un mensajero en la puerta. —Su majestad, una carta


ha llegado para usted.

Los ojos de Mary se iluminaron.

— ¿Del príncipe Felipe?

—Sí, su majestad.

La Reina gritó como una niña y premió al mensajero con creces. Ansiosa,
rompió el sello y sus ojos recorrieron las palabras. Bella vio cómo su alegría se
desvaneció para cambiar al desconcierto, y luego a la ira. Por fin dejó caer la
carta en su regazo.

—Majestad, ¿qué pasa?

—Ella manipuló para atrapar a Felipe en sus condenables redes —dijo Mary. Su
voz se quebró y las lágrimas en sus ojos aumentaron—. Él me escribe para
instruirme en que debo ponerla en libertad de inmediato. Esta es la única carta
que me ha enviado en dos meses. Él no me escribe, y luego, cuando lo hace, se
trata de Elizabeth. —Ella escupió la última palabra y arrugó la carta en su puño.

—Su majestad, lo siento.

—Déjame —dijo Mary en voz baja.

—Su maj…

— ¡Dije, déjame! —Mary se quebró. Se quedó mirando el retrato de Felipe como


si contuviera algún tipo de respuesta. Bella se levantó y de nuevo hizo una
reverencia a Mary y lentamente se dirigió a las cámaras reservadas para ella y
Edward en la corte.

Edward llegó poco después de que Bella entrara en su dormitorio y se acostó en


la cama, completamente vestida. Ella le había enviado un mensaje podía porque
estaba realmente pérdida en cuanto a lo que debía hacer. Cuando llegó, él se
acostó a su lado y le contó lo que acababa de ocurrir en las cámaras de la Reina.

—Ella es celosa —dijo Edward—. Su popularidad está disminuyendo mientras


que la de Elizabeth se incrementa cada día. Ella quiere ser amada, Bella, y
piensa que Elizabeth le roba ese amor, le roba el afecto de su pueblo, de ustedes.
Y ahora, Felipe le ordena liberar a Elizabeth.

— ¿Por qué lo hace? ¿Era por eso que Elizabeth nos contactó con él?

Edward asintió con la cabeza. —Él sabe que es poco probable que Mary tenga
un heredero, e incluso si lo hace, puede morir mientras esté en parto. Elizabeth
sigue siendo heredera del trono, y él ve la sabiduría de cultivar una relación con
ella. Renard deben rechinar los dientes.

—Ella está actuando como una niña mimada —dijo Bella.

Edward suspiró. —Ella está en la agonía de su primer amor y no está pensando


claramente en estos momentos. Nada se está convirtiendo en la forma en que
ella había esperado. Felipe no juega a los novios amorosos, la gente está
quejándose sobre sus reformas religiosas y hostiles a su matrimonio. Ella cree
que su hermana la ha traicionado, pero por alguna razón, todo el mundo la
quiere. Mary no lo entiende.

—No me gusta esto —dijo Bella. Se dio la vuelta y apoyó la cabeza sobre el
pecho de Edward—. Lo odio todo aquí. No entiendo estos juegos que tengo que
jugar. ¿No podemos ir a casa?, ¿al hogar Cullen?

—Lo intentaré, Bella, pero no creo que nos dejen ir. —Puso sus brazos
alrededor de ella y Bella se dio cuenta de que era el único lugar donde se sentía
segura por más tiempo.

Ѫ
NOTAS HISTÓRICAS
- La carta que Elizabeth escribió a Mary es conocida por los historiadores como
"La Carta de la marea". En la parte posterior, por debajo de su mensaje a su
hermana, Elizabeth dibujó líneas en el papel para que nadie pudiera forjar una
confesión por encima de su firma.

- El soldado en realidad gritó: "Dios salve a su gracia." Su gracia era un título


usado por la realeza, entre ellos, el monarca. El rey Enrique VIII fue el primero
en usar "su majestad".

- Sir John Bridges era el teniente de la Torre, no su alguacil, pero estoy


combinando varios hombres diferentes en un solo personaje.

- El retrato que me refiero es el de Elizabeth cuando era una adolescente, en el


que llevaba un vestido rojo y, posiblemente, el famoso collar de su madre en "B".

- La perla que Felipe le dio a Mary es conocida como "La Peregrina", y la última
vez perteneció a la actriz Elizabeth Taylor, que le dio a su esposo Richard
Burton, que lo compró para ella al precio de unos treinta y siete mil dólares. El
15 de diciembre de 2011, lo vendió a un comprador desconocido por más de
once millones de dólares. Los fondos fueron a una organización benéfica contra
el SIDA, ya que su voluntad lo indicaba.
Capítulo 17

Traductora: Sasita Llerena (FFAD)


Beta: Constanza Moreno Inostroza (FFAD)

B ella fue a la Torre unos días después de recibir el permiso a regañadientes

de María. Su ira hacia Elizabeth se había enfriado un poco, y a Bella le gustaba


pensar que tal vez ella y Edward habían sido parte del motivo. Bella y Edward
tuvieron unas pocas cenas privadas con la Reina ("Privado" era un término
relativo ya que había como 20 sirvientes en la habitación) en la que ellos
sutilmente empujaban a María a perdonar a su hermana, a pesar que ella estaba
totalmente segura de la culpabilidad de Elizabeth. Ella era solo una niña de 20
años, que durante toda su vida solo tuvo consejeros protestantes. Ella no había
tenido el beneficio de la educación de María.

Uno de los mayores defectos de María era que ella era incapaz de ver las cosas a
través de la perspectiva de otros. Para ella la verdad era tan obvia que
cualquiera que no es. Uno de los mayores defectos de María era que ella era
incapaz de ver las cosas desde el punto de vista de los demás, por lo que
cualquiera que no estuviera de acuerdo era porque era demasiado obstinado o
porque estaba con el demonio. Las nuevas monedas que María había diseñado
estaban siendo emitidas. Ellas llevaban el lema en latín que María había elegido
para sí misma: Veritas, Temporis Fila "Verdad. La hija del tiempo". Era una
encapsulación perfecta de sus creencias, las verdades de la religión católica, la
sabiduría de su matrimonio, todo lo que ella creía, sería revelado como
verdades en el tiempo.
Bella tenía permiso para ir y venir a su antojo en la Torre. Siempre sonreía a
Bridges cuando lo veía. Ella sabía que él estaba haciendo todo lo que estaba en
su poder para hacer del cautiverio de Elizabeth más cómodo.

Por la tarde, se fue primero a la capilla de San Pedro ad Vincula, donde Jane
había sido enterrada. Edward se había mostrado renuente a darle todos los
detalles del entierro de Jane, y una vez que los escuchó, Bella entendió porqué.
No había habido ningún funeral, él finalmente le dijo. Pobre del cuerpo de Jane
había yacido en el patíbulo donde había caído, vestida solo con su camisa y
enaguas, durante cuatro horas mientras intentaban averiguar lo que debían
hacer con sus restos. No se han dado instrucciones. ¿Era su madre, el único
miembro de la familia aún en libertad? ¿Iban a tomar de nuevo a Jane para
enterrarla en su casa de la infancia de Bradgate? ¿Deseaba María que ella fuera
enterrada de acuerdo a su rango? Se suponía que debía ser enterrada en la
capilla con las otras almas desafortunadas que habían perecido aquí, el permiso
especial tuvo que ser obtenido de María, quien todavía era el jefe de la iglesia, a
pesar de que ella despreciaba el título. La capilla era católica, una vez más y Jane
era una protestante que no podía ser enterrado en tierra consagrada. Al final,
nadie había reclamado sus restos. A sus damas finalmente se les fue concedido
el permiso para cuidar de su cuerpo y fue colocada dentro de una caja de
madera y enterrada cerca del altar en la capilla.

Bella había traído una flor para cada una de las personas que descansaban bajo
el suelo con Jane: Anne Boleyn, Kathryn Howard, Thomas Moore, Margaret
Pole... Ella puso una flor a cada uno de ellos, en una fila ordenada. Bella pensó
que Jane estaba en buena compañía con Thomas Moore y le gustaba
imaginarlos, sentado en el más allá y discutiendo sobre teología como Jane solía
hacerlo con Jasper.

Había traído una pequeña bolsa de arena para esparcirla encima de las tumbas,
una tradición selkie. Se suponía que era para ayudar a mantener la conexión de
la muerte con el mar, el origen de toda vida. Y porque nadie había honrado a
Jane con oraciones o escrituras cuando había sido enterrada, Bella dijo una
oración por su cuenta. Ella esperaba que Jane entienda la sinceridad que había
en su intención, aunque no sea dirigida al Dios que ella tanto había adorado,
pero los selkies creían que la muerte liberaba al alma de las cadenas terrenales,
sus nociones preconcebidas, sus perjuicios y conceptos. Jane tal vez podría ver
lo que había dentro de su corazón.

Bella vertió la arena de la bolsa en su mano y sopló suavemente enviando los


granos a lo largo de los adoquines por todo el altar. Sonrió y se volvió para irse,
pero vio a Sir Bridges en la puerta que la miraba de manera extraña. Se quedó
inmóvil por un momento. ¿Había visto cuando dispersó la arena? Bella no
estaba segura de cómo podría explicarlo, tal ves que era un ritual que la gente
hacía en las tierras lejanas del Nuevo Mundo, pero ¿y si él lo vio como anti-
cristiano?

Terminó diciendo nada, simplemente asintió con la cabeza cortésmente al pasar


a su lado mientras que él le daba una cortés inclinación, y eso fue todo. Bella
dejó escapar un suspiro tembloroso y se dirigió directamente hacia la Torre de la
Campana, donde se alojaba la princesa Elizabeth. Estaba tan concentrada en su
misión que no se dio cuenta hasta el momento en el que choco con un hombre
que caminaba por el pasto.

—Oh, ruego su perdón —Bella jadeó—. No lo vi, milord.

Era joven y guapo con ojos oscuros y cabello rizado. Le dio una sonrisa
desenfadaba. —No, la única cosa que estaba viendo era la punta de sus
zapatillas. Robert Dudley, a su servicio, madame. — Se quitó el sombrero de la
cabeza e hizo una elegante reverencia, como si estuviera a punto de pedirle un
baile.

—Oh, el hermano de Guilford —dijo, e instantáneamente quiso que las palabras


volvieran a su boca. ¿Bella nunca vas a aprender a controlar tu lengua?

Él sonrió. —Lo soy, pero espero que ese hecho no esté en mi contra. ¿Y quién es
usted?

—Oh, soy Bella, la Duquesa de Cullen.

Su sonrisa se ensanchó. —Ohhh, la princesa del nuevo mundo con la que el


primo Edward se casó.
Bella se sonrojó.

Su sonrosa maliciosa se suavizó cuando se percató que ella estaba


genuinamente nerviosa. —Le pido perdón, pequeña Duquesa. Suelo entrenar
con Bess pero creo que eso no me ha ayudado a guardar mis garras.

— ¿Bess? —ella repitió con un poco de incredulidad—. Usted es un familiar.

Él rio. —Mi padre dice que mi impertinencia me va a costar la cabeza uno de


estos días. Si es así, que al menos sea por estar delante de una hermosa chica.

—Yo… yo tengo que irme —Bella dijo y caminó alrededor de él.

Él se interpuso fácilmente en su camino, como si estuviera bailando con ella. —


Espere solo un momento por favor pequeña Duquesa. Me gustaría que llevara
un mensaje a la princesa de mi parte.

Bella dudó. María tenía a Elizabeth bastante vigilada para evitar que mensajes
lleguen a ella. Confiaba en que Bella obedecería sus reglas y es por eso que le
había dado un permiso tan amplio. (María también pensaba que Bella podría ser
una buena influencia para Elizabeth)

—Solo es un verso —dijo encogiéndose de hombros despreocupadamente.

—Oh, está bien — ¿Qué daño puede haber en eso?

—Dígale que: "No soy más que un siervo, acechando su madera de principios
de verano, las probaría si es que pudiera."

Bella repitió las palabras una y otra vez en su cabeza. —De acuerdo, que tenga
un buen día mi Lord. —Esta vez cuando lo rodeó para seguir su camino, él solo
miro como se alejaba con una sonrisa en sus labios.

Ella saludo con una sonrisa a los guardias los cuales abrieron la puerta para
ella. Entró en la casa, parpadeando para tratar de ayudar a sus ojos se
acostumbraran a la luz más tenue en el interior.

— ¡Bella! —La Princesa Elizabeth estaba acurrucada en una silla, leyendo, con
los pies metidos a su lado en el asiento. Se levantó cuando Bella entró en la
habitación y la besó suavemente en los labios—. ¿Cómo te va? Dios mío, te
engordan cada vez que te veo.

Bella se rio. —Con esa lengua de plata, llegarás lejos, Elizabeth.

—Siéntate, siéntate —Elizabeth ofreció. Volvió a su silla, metiendo un dedo


entre las páginas de su libro para mantener su lugar—. ¿Cómo está mi hermana?

—Aún sigue en la luna con lo de Felipe. Y la gente se está molestando al


respecto, por lo que ella está susceptible a los insultos. Escuché que ayer un
grupo de niños estaban actuando "La Reina contra Wyatt" y había uno de los
niños que hacía del Príncipe Felipe, al final de la obra, lo capturaron y lo
ahorcaron.

—Todo en broma, estoy segura.

—Por supuesto, pero el pobre chico casi fue ahorcado en el proceso porque el
lazo falso no era tan falso que digamos. Pero ese no es el punto. María escuchó
sobre eso y arrestó al pobre niño y a sus padres además que lo azotó. —Y por
azotado no quiere decir que solo fue golpeado. Un largo látigo trenzado y
anudado en las puntas fue el que se usó con el niño. Probablemente llevará las
cicatrices por el resto de su vida, en caso de que no haya muerto en la celda por
una infección.

—Ella no lo hizo —dijo Bess indignada.

Bella asintió con la cabeza.

Bess frotó su frente. —He tratado de hablar sobre esto con ella. Pero ella no
entiende que un monarca tiene que ganarse el amor de la gente. No puedes
simplemente demandarlo como si fuera su deber dárselo o simplemente
castigarlos si es que la desafían.

—Hay un montón de cosas que he intentado explicarle —Bella confesó—. Pero


ella está más tolerante ahora. Tal ves si tú…

—No voy a mentir por ella, Bella —Bess dijo bruscamente—. No hice nada malo
y no voy a pedir perdón por faltas que no cometí. Dios sabe que tengo
suficientes reales. Ella dice que si las confieso me acogerá como una hermana de
nuevo, pero Bella, ella está mintiendo. No sé si solo me está mintiendo a mí o si
se está mintiendo a ella misma también. Pero si confieso ella se abalanzará sobre
mí y pensará: "ven, sabía que tenía razón todo el tiempo". Ella no me va a
perdonar. Ella lo va mantener encima de mi cabeza por el resto de mis días
como una excusa para que yo no vuelva a ver la luz del sol de nuevo. Ella lo
publicará delante de todas las cortes extranjeras, probablemente hasta haga
panfletos para que todos los de Inglaterra lo lean, y probablemente se auto
convencerá que lo está haciendo para que la gente lo misericordiosa que es con
alguien que confesó haber cometido traición, pero todo esto es solo porque ella
tiene el deseo oculto, muy dentro de ella, de verme sometida a ella, así como ella
estuvo sometida a nuestro padre, denegando la autoridad del Papa para escapar
del arresto domiciliario y ser tomada de vuelta dentro de la monarquía. Y ella lo
hará para tratar de mandar lejos mi popularidad. Pero podría volverse en su
contra y terminaría más confundida y enojada que antes.

Bella negó con la cabeza. —Nunca deja de sorprenderme cómo puedes ver
tantas capas de intriga en un solo momento.

—Todos tenemos nuestros talentos —Bess dijo con una sonrisa—. Puedo
traducir poesía griega también

—Oh, eso me recuerda. Casi lo olvido —Bella chasqueó sus dedos—. Tengo un
mensaje para ti de Robert Dudley.

La sonrisa de Elizabeth se congeló. — ¿De verdad?

—Oh, es solo un verso de una poesía —Bella dijo—. Tú sabes lo tontos que son
los hombres cuando están cerca una mujer hermosa

Bess afirmó con la cabeza. —Sí. Sí, lo sé. ¿Qué dijo?

Bella repitió la frase que le habían dicho. —No reconozco el poema —dijo.

Elizabeth miraba concentrada al fuego. —Yo tampoco. De cualquier modo,


¿cómo está tu espo…? —Se paralizó, sus ojos se abrieron cuando un terrible
sonido llegó a sus oídos: el zapateo rítmico de las botas, el tintineo de los
cinturones con espadas y el ruido metálico de las armaduras, volviéndose más
fuerte cada vez que se acercaban.

Elizabeth se levantó, su rostro perdió todo el color, sus ojos oscuros enormes en
su rostro anguloso. Bella pensó que nunca se había parecido tanto su madre
Anna Bolena, como en este momento. Sus ojos recorrieron a Bella. —Reza por
mí —dijo—. Creo que esta noche voy a morir.

Kat Ashley se levantó y dejó caer su bordado. Dejó escapar un gemido y se


retorció las manos, y Alice me miraba como si quisiera arrastrarse debajo de la
mesa.

— ¡No! —Bella atrapó a Elizabeth en un abrazo como si pudiera protegerla con


su pequeño cuerpo.

Se abrió la puerta, las bisagras crujieron. —Princesa Elizabeth, orar, ven


conmigo.

Elizabeth susurró al oído de Bella: — ¡Consigue a Edward! —Y la empujó. Ella


cuadró sus delgados hombros y salió por la puerta, con la cabeza en alto, tan
regia como una reina, la cual nunca había pisado estos caminos.

Pero ellos no estaban llevando a Elizabeth al calabozo. La estaban llevando


fuera de la torre. Fuera de las puertas le presentaron a Sir Henry Bedingfield,
quien había sido mayordomo de la madre de María, Catalina de Aragón, por lo
que tenía impecables credenciales de fidelidad. Había traído una litera para su
comodidad. Cuando Kat empezó a subir detrás de su ama, ella fue detenida. Su
habitación había sido requisada y panfletos anti-católicos habían sido
encontrados. La habían despedido para el servicio de la Princesa.

Bella nunca había visto a Elizabeth llorar, pero mientras Kat se alejaba, la mujer
que la había criado como a una hija, y había permanecido a su lado a través de
todas las tribulaciones, ella lloró. Ella lloró como si su corazón se rompiera pero
fue lo suficientemente fuerte para volver a mantener la compostura unos
momentos después.
—Ve con Bella —le instruyó a Kat, sonriéndole a través de sus lágrimas—. Ella
es alguien que necesita ser cuidada. Ella es lo suficientemente boba como para ir
a visitar a traidores que están en la torre.

Bella pensó irónicamente que su casa se estaba convirtiendo en hogar de


sirvientes caprichosos. Ellen, la niñera de Jane, se había mudado ahí y había
tomado a su cargo el cuidado de la pequeña Elizabeth, y la pequeña ya la
amaba. Y para Ellen educar a una niña que es brillante y feliz (como solía serlo
Jane) la estaba ayudando a lidiar con su dolor.

María había ordenado que la princesa Elizabeth debía ser cuidadosamente


vigilada pero tratada como alguien de la realeza, como lo que era. Y así,
Elizabeth partió a su viaje a Woodstock, una casa de campo real, con toda la
pompa de un progreso real. Bella los miró partir con un suspiro, se giró hacia
Kat: —Vamos a casa.

Alice y Kat se miraron con recelo entre sí. — ¿Usted no va a la corte hoy? —
preguntó Alice.

Bella negó con la cabeza. —Solo quiero ir a casa.

Los nobles nunca hacían su propio equipaje. Ellos simplemente dejaban una
casa y cuando llegaban a la otra encontraban todas sus cosas ya en sus lugares.
Los cientos de sirvientes que tenían hacían que toda la magia sucediera detrás
de escena. Kat, aunque no era una noble en si misma, tenía pertenencias que
rápidamente empacó y las llevó a la casa del Duque y la Duquesa de Cullen.

— ¿En qué estabas pensando con los folletos, Kat?— preguntó Bella

A Kat se le llenaron los ojos de lágrimas. —No eran anti-católicos. Solo eran
panfletos protestantes.

—Todo lo que no es católico es anti-católico en estos días —dijo Alice.

—Mi pobre bebé, por ahí sola... —Kat susurró—. Yo solo quería un poco de
consuelo para mi fe. Quise quemarlos una vez que había terminado de leerlos.

—Tienes suerte de que no estamos frente a cargos por herejía —Alice le dijo—.
Después de que Felipe venga, las cosas se van a poner peor para los
protestantes. Al menos eso es lo que el Padre Jasper dice.

Bella tenía curiosidad. — ¿Por qué dice eso?

Alice sacudió la cabeza. —Probablemente fue uno de sus… —cortó su


declaración y miró a Kat.

—No te preocupes, dilo. Kat es como una estatua de piedra cuando se trata de
guardar secretos.

—Él tiene estos… presentimientos —le dijo Alice a Kat—. Y casi siempre tiene
razón.

Kat no parecía perturbada en lo más mínimo por la idea de un sacerdote que


podía ver el futuro. —Conocí a un hombre como él cuando era niña —comentó
Kat—. Él me dijo que mi bebé iba a ser la Reina de Inglaterra. Me reí por
supuesto, pero... tal vez él no se refería a un bebé de mi carne, pero si al bebé de
mi corazón.

Los portadores detuvieron la litera justo en frente de la casa, pero todavía


tenían que lanzarse a través de la lluvia para entrar. Parecía que iba a ser una
primavera muy húmeda. Bella esperaba que pronto dejara de llover para lo que
los agricultores puedan plantar sus cultivos. Entró en la casa y dijo a la criada
joven que le quitó la capa que encuentre una habitación para Kat.

—Bess va a estar bien —Bella le dijo y le dio un beso en la mejilla—. La


educaste bien. Ella es fuerte y astuta. Apuesto a que va a poner a Bedingfield
patas arriba y atado de pies y manos antes de que él lo sepa.

Kat le dio una pequeña sonrisa y dijo con sinceridad: —Gracias, su gracia.

—Descansa un poco —ordenó Bella—. Lo necesitará si usted está planeando


ayudar a la tocaya de su señora.

Cuando entró en su habitación, se encontró con Ellen y Elizabeth jugando con


sus joyas. Ellen le enseñaba matemáticas a Elizabeth simplemente
preguntándole cuántos collares llevaba puestos. —Y si quitamos uno, ¿cuántos
serían?

— ¡Cinco! —exclamó la pequeña Elizabeth.

Bella se congeló por un momento. Ella no se preocupaba de que ellas jugaran


con sus joyas. Lo que le preocupaba era que su joyero estaba en el gabinete de
Edward, el que mantenía bloqueado. El que contenía su piel.

Se acercó hacia él rápidamente y abrió la puerta, dejó escapar un gemido


ahogado cuando no la vio. — ¡Señorita Ellen! —la llamó. Trató de mantener la
voz calmada y uniforme—. Había un trozo de piel aquí. ¿Usted lo tomó?

Ellen pensó por un momento. —Oh, sí, Elizabeth quería usarlo para hacer una
capa para su muñeca.

—No lo cortaron, ¿verdad? —Bella susurró, sin color en su rostro. Su piel no


tenía protecciones sobrenaturales. Cuando estaba fuera de su posesión, era
simplemente una pequeña pieza de piel, tan vulnerable a los daños como
cualquier otra.

Ellen finalmente se dio cuenta que Bella estaba muy preocupada. —Oh, no, su
gracia. No hubo ningún daño. Voy a buscarla inmediatamente.

Bella se sentó en el taburete que Ellen había dejado vacante. Sus rodillas se
sentían tambaleantes. Elizabeth abandonó las joyas por su nuevo pasatiempo,
frotar el vientre redondo de Bella. Su embarazo estaba lo suficientemente
avanzado por lo que ahora podía ir por ahí con vestidos flojos y mucho más
cómodos.

— ¡Buenas noches, bebé! —Elizabeth le dijo al vientre de Bella. Ella esperó y en


un momento, se vio recompensada con un golpe en contra de sus manos. Gritó
de alegría.

— ¿Cuánto tiempo falta antes de que pueda ver al bebé? —le preguntó a Bella,
lo hacía casi a diario. Elizabeth aún se confundía un poco con el concepto del
tiempo.

—Aún falta un poco —Bella dijo.


Elizabeth lo pensó. — ¿Mañana?

Bella negó con la cabeza. — ¿Un poco más que eso?

Ellen regresó con la piel de Bella en sus manos. —Lo siento si se preocupó, su
gracia —dijo—. No sabía que era algo importante.

—Oremos, póngala de vuelta en el gabinete —Bella ordenó. Aún no la podía


tocar hasta que sea voluntariamente devuelta. Si lo intentaba, sus manos
pasarían a través de ella, como si la piel solo fuera humo. Ellen la metió en el
armario.

—Se trata de una piel hermosa, su gracia —dijo Ellen—. ¿Va a hacer algo con
ella? ¿Un sombrero, tal vez?

Bella forzó una sonrisa. —Tal vez.

— ¿Dónde están mis dos chicas favoritas? —Edward llamó desde la puerta.
Elizabeth gritó y corrió hacia su padre, con los brazos en alto. Él la alcanzó y la
besó con una sonrisa. Bella se levantó del taburete y se dirigió hacia Edward
(quizás contoneándose es más preciso). Besó a Bella—. Tengo una sorpresa para
ti —dijo—. Hablé con la Rei… —se detuvo cuando se dio cuenta que la puerta
del armario estaba abierta y los tantos collares de piedras preciosas que tenía su
hija.

Él miró a Bella, con una extraña expresión en el rostro. — ¿Has abierto el


gabinete?

—No, mi señor esposo. Cuando llegué a casa, ya estaba abierta y la pequeña


Elizabeth estaba jugando con las joyas.

Ellen estaba horrorizada. Hizo una profunda reverencia. —Le pido perdón, su
gracia. Yo no sabía que a la niña no se le permitía jugar con las piedras
preciosas.

—No estoy enojado —Edward le aseguró—. Solo deseo saber cómo sucedió.
¿Estaba abierta cuando entraron?
—El gabinete estaba entreabierto, mi señor. Elizabeth bajó la caja y empezó a
jugar con las joyas, me pareció que tenía permitido hacerlo o de lo contrario no
sería tan audaz.

Edward sonrió a su hija. — ¿Te gusta jugar con las joyas de tu madre?

— ¡Sí! —Elizabeth dijo con énfasis. Cogió uno de los collares y lo sostuvo en
alto para que se reflejara la luz—. ¡Son bonitas!

—Sí, son muy bonitas. ¿Con quién jugaste con ellas la última vez?

Elizabeth puso un colgante de perlas en su boca y lo mordió por un momento.


—Nana —dijo finalmente—. Nana y yo jugamos.

—Ah —dijo Edward como si le hubieran dado la respuesta a un gran misterio—


. Eres una buena chica, muñeca. Pero es mejor que te los quites antes de que
alguien te confunda con la Reina y te lleven a Whitehall.

Elizabeth se rio, pero permitió que Ellen le quitara la masa de joyas y llevarla a
su habitación.

—Rosalie tiene la llave de mi cofre —dijo Edward—. Probablemente, ella se la


robó a Emmett.

— ¿Por qué iba a usarlo para que la pequeña Elizabeth jugara con las joyas?

—Probablemente para mantenerla ocupada mientras Rosalie buscaba algo más.


Lo que estaba buscando, no lo sé.

—Panfletos, ¿iguales a los que se encontraron en la habitación de Kat?

Debe haber sido un tema en el consejo porque él ya sabía a qué se refería. —Tal
vez. Mi primer paso sería preguntarle a mi hermano cuándo extravió las llaves.

Él estaba horrorizado. —Está bien, ¿no?

El corazón de Bella se derritió. El Edward que había conocido el primer día de


su cautiverio podría haber estado preocupado por su hija siendo corrompida
por magia anti-cristiana o algo por el estilo. Pero ahora su preocupación era por
la seguridad de la piel, y por extensión, su dueño. Él debe tener la intención de
devolvérsela a ella algún día, o de lo contrario no estaría tan preocupado que
permaneciera ilesa. Si Bella no lo amara, su preocupación podría haberla
empujado al borde de derrumbarse, enamorándose perdidamente.

Uno de los amigas selkie de Bella, años atrás, había sido capturada por un
hombre que quemó su piel. Estaba atrapada en una vida en la tierra, aunque fue
misericordiosamente breve. Había languidecido en tan solo unos meses.

—Está bien —le aseguró—. Te amo, Edward.

Él sonrió suavemente. —Te amo demasiado, Bella, y siempre lo haré. —Le


sonrió y luego parpadeó—. Los dientes de Dios, casi se me olvida mi sorpresa
para ti.

— ¿Cuál es?

Se agachó hasta que su nariz tocó la de ella. —Nos vamos a casa.

Bella contuvo el aliento. — ¿Qué quieres decir...? —empezó.

—Quiero decir que estamos dejando la corte y que iremos a Cullen Hall. La
Reina ha dado su permiso para que nos vayamos hasta su boda. Probablemente,
podrías mantener la mentira en casa y…

Bella dejó escapar un grito de entusiasmo juvenil y echó sus brazos alrededor
de su cuello. — ¡Nos vamos a casa! ¡Nos vamos a casa!

Él se rio y la levantó para que su rostro estuviera al nivel de la suya. —Sí, mi


amor. Vamos a casa.
Capítulo 18

Traductora: Carla Liñán Cañamar (FFAD)


Beta: Vero Beta Ffad (FFAD)

B ella estaba enojada con Edward, y él no podía encontrar la manera de

arreglar la situación.

El tiempo que habían pasado juntos durante el último mes y medio, desde que
regresaron de la corte, había sido el más feliz de su matrimonio. No había
reasumido el funcionamiento de los estados cuando volvieron, dejando todo en
las manos de su administrador. (Se recordó a sí mismo que necesitaba ver qué
había sido descubierto respecto a su limosnero, y rápidamente lo olvidó de
nuevo).

Su padre se había indignado, pero eso no le importó a Edward. Pasaba los días
con su esposa e hija, retozando y jugando como nunca lo había hecho, incluso
cuando era niño. Nunca había conocido una vida despreocupada. Bella estaba
mostrándole cómo era y descubrió que le gustaba mucho, en realidad.

Bella le enseñó a divertirse, a ver cualquier objeto como un prospecto de


juguete. Una sábana podía convertirse en un castillo cuando la colgabas entre
dos sillas. Bella podía ser la princesa con una cuchara de madera como cetro y
una corona de papel sobre su cabeza, y Edward podía ser el rugiente dragón,
que era vencido exitosamente por Elizabeth, en una valiente pelea, y quien
cargaba una escoba como una lanza.
Pensó con tristeza que los sirvientes probablemente pensarían que se había
vuelto loco, pero cada vez que escuchaba a Elizabeth chillando de risa y veía el
brillo en los ojos de Bella, sabía que valía la pena. Y a pesar de que no lo
admitiría, estaba creando memorias. Bella le había prometido que dar a luz no
era tan peligroso para las Selkies como para las mujeres humanas, pero no podía
evitar ese miedo profundamente arraigado en su corazón, el miedo de que
pudiera perderla, como había perdido a su primera esposa. Tenía pesadillas de
él, yendo al funeral de Bella, de verla acostada en la cama con fiebre y sabiendo
que no había nada que él pudiera hacer para salvarla. Ella tenía el sueño ligero y
lo levantaba cada vez que empezaba a sacudirse y a gimotear, pero después de
todo, lo único que podía hacer era aferrarse a ella y enterrar su rostro en su
espeso cabello. Decirlo en voz alta era encarar una terrible realidad a la que no
podía aguantar.

Pasaban la mayor parte del tiempo en sus aposentos, porque la lluvia seguía
sintiéndose constantemente, casi todos los días. Era la primavera más húmeda
en la historia y los días que quedaban para el verano no dejaban una brecha en
el clima que dejara a los agricultores algo de tiempo para cosechar. El miedo de
los campesinos crecía día con día, aumentaba como las inundaciones que se
extendían por el pueblo. Sabían que esa pobre cosecha significaba la hambruna
para los suyos.

Bella persuadió a Edward para que comprara un gran almacén de grano, el cual
permanecía escondido en los graneros, para que así no hubiera hambre en sus
tierras. Rió cuando pensó en cómo reaccionaría su padre ante eso. El hombre
todavía no estaba en su tumba, y probablemente habría caído en su lápida de
una apoplejía por la idea de que Edward gastara dinero alimentando a
campesinos desafortunados. Habría aprobado lo de comprar el grano, pero solo
para mantenerlo y que así pudiera extorsionar los precios altamente inflados
cuando la gente viera a sus hijos llorar del hambre. Ese era otro cambio que
Bella había forjado en él: ver el dinero como una manera de mejorar las vidas de
todos en sus tierras, en lugar de que significara aumentar la gloria de una
familia con exhibiciones de riqueza.

La noche anterior, se habían deslizado hasta la playa, bajo el manto de la


oscuridad, para que Bella pudiera zambullirse en el mar, la primera vez que lo
hacía desde que había llegado a casa. Tan felices como estaban juntos, Edward
supo ella aún añoraba aquel lugar que ella llamaba las Aguas Sin Fin. A veces, la
encontraba junto a las ventanas, viendo las olas de color gris acero, y con sus
ojos distantes y tristes.

Edward la esperó en la playa, miserable bajo la lluvia constante que empapaba


a través del manto mojado que sostenía sobre su cabeza, pero sonreía cada vez
que veía cuán feliz era Bella jugando en las olas. Su embarazo la hacía lenta y
torpe en tierra, pero en el agua era elegante y rápida. La observó, con sus ojos
esforzándose en la oscuridad y con el viento llevándole un par de sonidos: un
rugido del mar y el llanto de alegría de Bella. Edward se puso pie y se quitó la
lluvia de los ojos. Una cabeza irrumpió en la superficie, cerca de la de ella,
pequeña y de contorno liso como de una foca. Bella puso sus manos en esa
cabeza y cerró los ojos. Edward sintió un arranque de celos. Quería meterse al
agua y apartarla de ahí, correr a la casa con ella en brazos, y gritarle a todo el
que encontrara que ella era suya y nadie iba a apartarla de él.

El momento entre ellas fue largo. Bella abrió los ojos y acarició la lisa cabeza. La
foca recargó su cuerpo contra el de ella, un gesto que incluso para Edward fue
interpretado como de afecto, y después desapareció entre las olas.

Bella miró por uno momento y después se giró hacia la playa, hacia su nuevo
hogar en la tierra. Emergió del agua, su cuerpo de alabastro brillando bajo la luz
de la luna, con su estómago redondo y fuerte.

— ¿La has visto? —preguntó, con sus enormes y oscuros ojos brillando. Su
sonrisa era brillante y él se sintió pequeño e insignificante por envidiar tal
alegría.

—Lo hice. ¿Una amiga tuya? —Edward forzó las palabras. Estaría feliz por ella,
decidió, incluso si eso lo mataba.

—Mi hermana —dijo Bella—. Todos han estado preocupados por mí. Han
estado regresando a esta playa, esperando verme, y ver cómo estoy.
— ¿Qué les has dicho? —preguntó.

Bella sonrió y acarició su mejilla. —Que soy feliz. Que tengo un esposo que es
bueno y cariñoso.

—Estaba celoso —admitió—. Estaba asustado de que, de alguna manera, te


apartara de mí.

Sonrió suavemente. —No puedo irme —le recordó.

Miró hacia otro lado. No quería sentirse como si estuviera reteniéndola a la


fuerza. Quería pretender que ella estaba con él por su propia voluntad. ¿Pero
esa era la verdad, cierto? No la soltaría porque le asustaba que eligiera apartarse
de él, y regresar a su primer amor: el mar.

Ella brincó y soltó un pequeño jadeo. Tomó su mano y la colocó contra su


vientre desnudo. —Siente. El bebé está pateando.

—Tu hora ya debe de estar cerca —dijo. Era la primera semana de Junio, y una
mujer humana debía saber cuándo estaba lista para dar a luz.

Ella sacudió la cabeza. —Todavía faltan como tres semanas.

Él estaba sorprendido. — ¿Puedes saber eso con precisión?

Sonrió. —Sí, por supuesto.

Sacudió la cabeza. —Las mujeres humanas no pueden decirlo.

— ¿De verdad? No deben prestar atención a lo que les dice su cuerpo.

Suspiró. —Ya no puede evitarse. Debes ir a tu confinamiento.

— ¿Confinamiento? ¿Qué quieres decir? —preguntó.

Suspiró. No le iba a gustar esto. —Vamos a nuestra habitación y te lo explicaré.

Una vez que se secaron y se tumbaron en la cama, trató de soltar las noticias lo
más gentil posible. Cerca de un mes antes del alumbramiento, la mujer
supuestamente era "llevada a su aposento", en donde ella y sus doncellas
vivirían en aislamiento hasta después del nacimiento y de su "purificación".

Las mujeres se mantenían tan cercanas como lo decían las reglas que estableció
Margaret Beaufort, la bisabuela de Edward, y como lo permitían sus
circunstancias económicas. Los ricos seguían las instrucciones al pie de la letra
con un celo supersticioso, por debajo del tamaño, número y relleno de las
almohadas de la cama. Él ya había ordenado que se preparara la alcoba de la
señora y, si Bella hubiera notado el ajetreo en la habitación sin usar, ella jamás
habría dicho nada.

Las paredes, e incluso el techo, estaban cubiertos con tapices elegantes, unos
con alegres y románticos escenarios, puesto a que una mujer embarazada no
debía confrontar figuras feas o tristes, para que no dañaran al niño. Hasta el ojo
de la cerradura estaba cubierto, para dejar fuera el mundo exterior. Solo el tapiz
de una ventana fue dejado suelto, para que la mujer pudiera jalarlo y tener luz si
así lo deseaba. Los pisos estaban cubiertos espesamente por alfombras, y el
edredón estaba relleno por lana fina, con un sobre-atiborrado colchón debajo de
él. Cuatro almohadas fueron añadidas al a cama, dos grandes y dos cuadradas.
Un altar fue colocado para sus oraciones, y una pila bautismal fue traída, en
caso de que el niño estuviera muriendo y necesitara de un bautismo inmediato.
Ningún hombre tenía permitida la entrada a la alcoba una vez que las mujeres
estuvieran adentro.

— ¿Debo quedarme ahí por un mes y no podrás ni siquiera visitarme? —jadeó.

—Puedo mandarte notas —ofreció.

— ¡No lo haré! —siseó Bella.

—Bella, tendrás a Kat y a Alice para que te acompañen, además de libros y


música. Se supone que debe ser placentero, y un tiempo de descanso para
prepararte para el alumbramiento.

— ¡No lo haré! —repitió.

—Bella, debes hacerlo.


— ¡No! —salió como un gimoteo, y Bella cubrió su rostro y sollozó.

En esta ocasión, no dejó que sus lágrimas le afectaran. Hubo una pequeña
ceremonia afuera de la puerta de la cámara contigua. El Padre Jacob ofició la
Misa y después le dieron a Bella una copa con vino sazonado. Hizo una mueca
por el sabor y levantó la vista para encontrar a Rosalie viéndola fijamente
mientras se termina los contenidos. El Padre Jacob recitó después una oración
para que Dios le envíe a Bella un "buen tiempo", y después las mujeres entraron,
para no ser vistas hasta que el niño fuera entregado. Bella se aferró a la mano de
Edward tanto como fue posible. Dibujó un corazón en su palma y cerró sus
dedos sobre él. Alice la llevó consigo a la habitación y cerró la puerta.

— ¿Cómo te sientes, Bella? —le preguntó Rosalie.

—Bien, gracias —contestó, con voz un tanto inestable—. ¿Y, cómo te está
yendo? —el rumor que corría entre los sirvientes, según lo que Alice le había
contado, era que Emmett había golpeado a Rosalie cuando descubrió que había
robado sus llaves, aunque había sido cuidadoso de no lastimarla y menos al
niño que cargaba. Rosalie no fue vista por varios días después de eso, y cuando
salió, era dulcemente educada con Bella. Ella nunca supo qué amenazas o
incentivos había usado Emmett, pero era un alivio no tener la mirada con odio
de Rosalie cada vez que miraba en dirección a la mujer.

Bella era de buen corazón por naturaleza, y no guardaba rencores hacia Rosalie.
Deseaba que al menos pudieran llevarse bien. Tenía suficientes enemigos entre
los miembros de la corte. No necesitaba otro en casa. Trató de ser amigable
siempre que le era posible, pero hasta ahora, Rosalie había rechazado fríamente
sus esfuerzos.

—Estoy bien —contestó Rosalie—. ¿Podemos jugar al Noddy? ¿Lady Alice, le


importaría tocar para nosotros el laúd, para que así podamos tener algo de
música mientras jugamos?

A Bella no le gustaban los juegos de cartas, pero accedió porque era la primera
vez que Rosalie la había invitado a cualquier interacción con ella.
Aparentemente, Rosalie pensaba que Bella estaba enferma o cerca de la fecha de
dar a luz en cualquier momento porque seguía preguntándole a cada momento
cómo se sentía y la expresión en sus ojos le hacía pensar a Bella que estaba
esperando algo. Cuando se retiraron a la cama esa tarde, Rosalie se veía
decepcionada.

A la mañana siguiente, Edward envió una nota con el desayuno. Y al final de


ésta, había dibujado un corazón. Bella rompió en llanto. Se negó a comer y,
durante el día, sucumbió a ataques de llanto de cualquier cosa que pudiera
distraerla. Lloró tanto y tan fuerte, que las mujeres empezaron a alarmarse. Iba a
hacerle daño al niño si no se calmaba.

—Trae a Edward —ordenó Kat.

— ¡Pero se supone que él no puede entrar aquí! —protestó Alice.

—Va a llorar hasta ponerse enferma si no lo hacemos. Tráiganlo hasta la cámara


privada, no a donde está la cama.

—Si algo le sucede al bebé, recaerá en tu cabeza —advirtió Rosalie.

Kat odiaba a Rosalie. Bella no le había preguntado al respecto, pero venía desde
la primera vez que se habían conocido y la enemistad había surgido entre ellas.
—Que así sea —le escupió—. Vaya a buscar al marido de Su Alteza.

Rosalie se erizó. —Envíe a una de las mucamas.

Kat le sostuvo la mirada. —La estoy enviando a usted. Vaya ahora o ya verá.

Rosalie bajó la mirada y se puso de pie. Se deslizó fuera de la habitación sin


decirle otra palabra y Bella miró a Kat con una admiración sin disimular.

Después de unos cuantos minutos, escuchó la voz de Edward en el cuarto de al


lado y corrió hacia él, con las lágrimas cayendo libremente.

—No puedo hacerlo, Edward —gimoteó—. Lo siento, pero no puedo irme por
tres semanas sin verte, sabiendo que estás en la misma casa, pero encerrada lejos
de ti en este cuarto acolchado.
—Lo siento, Bella —dijo—. A veces te pido demasiado. Necesito poner mejor
atención a tus palabras.

Bella trepó hasta su regazo y recargó su cabeza contra su pecho. Inhaló


profundamente, saboreando esa esencia que era única de Edward y los brazos
que le daban el confort que solo él podía proveer.

Esa tarde, él y Bella se separaron con mayor facilidad, ya que ella tenía la
promesa de que iba a regresar por la mañana. Le había traído algo para que
comiera durante la cena, pero su Bella nunca sería ordinaria.

—Quiero crema de avena —declaró—. Un gran y humeante tazón de crema de


avena.

El sirviente de Edward que tomaba la orden lo miró como si él le hubiese


pedido un tazón lleno de lodo. — ¿Crema de avena, Su Alteza?

—Sí, crema de avena —repitió—. Ella tiene ganas de eso y es lo que tendrá.

El propio cocinero pidió ver a Edward, y se encontró con él en el pasillo,


cerrando la puerta de la alcoba de Bella detrás de él. — ¿Hay algún problema?

—Yo… sólo quería confirmar… lo que… me dijeron…

—Ella quiere crema de avena —dijo Edward—. ¿Sabe cómo prepararla, cierto?

—Pero, Su Alteza, es una comida de campesino.

—Me importa un carajo. Ella quiere eso. Tráigaselo o busque una nueva familia
para servir.

Ahora se reía al respecto, pero en su momento había sido bastante frustrante.

Estaba en su habitación, siendo preparado para la cama por sus sirvientes,


cuando Emmett entró, con su frente fruncida con preocupación. —Hermano,
necesito hablar contigo. A solas.

Edward envió fuera a los sirvientes y se sentó en la orilla de su cama. Nunca


había visto a Emmett, excepto cuando había un problema, una situación que el
mismo Edward había concebido, pero estaba cansado de asociar a su hermano
con problemas. — ¿Qué sucede?

—Después de que me dijeras que Rosalie había robado mis llaves, decidí buscar
en nuestras alcobas mientras ella está confinada con Bella, para ver si había
tomado algo más. Encontré esto.

Sostuvo en alto un retorcido papel pardusco. Edward lo examinó. Parecía como


los que usaban los boticarios para embalar. Edward solía comprar polvos para el
dolor de cabeza del boticario que servía al palacio, y ellos usualmente lo
repartían en trozos de papel como ese, retorcidos al final para evitar que se
derramaran los contenidos. Había rastros del material de una planta verde en
los pliegues de éste.

—Mira este lado, en la escritura —dictó Emmett.

Edward no se había dado cuenta de la escritura, tan arrugada como el papel.


Cuando la vio, se quedó helado de la impresión. Pennyroyal. Era una hierba
conocida principalmente por causar un aborto.

— ¿Estaba tratando de deshacerse ella misma de su bebé? —le preguntó a


Emmett.

—No lo sé —dijo con seriedad—. Pero, ten por seguro, cuando salga de la
habitación de Bella, lo voy a averiguar.

Bella estaba en lo correcto sobre la fecha del alumbramiento. Cada día, Edward
iba a visitarla y terminaba quedándose todo el día. Eso causó un pequeño
escándalo y la palabra se había regado rápidamente por todo el sureste de
Inglaterra. Recibió bastantes cartas de los nobles que conocía, reprendiéndolo
por romper la tradición, y una severa lectura del Padre Jacob, pero no podía
permanecer apartado. Usaba la excusa de que Bella se ponía desconsolada y que
era más saludable para el infante si él la complacía, pero en realidad, él era el
afligido.

¿Qué solía hacer todo el día antes de que llegara Bella? Se preguntó. Había
vuelto a regañadientes a tomar las riendas del estado, pero no había mucho que
requiriera de su atención. Los campos estaban inundados, así que no había
cultivos para plantar. La mayoría de la gente se quedaba dentro de sus casas,
como él lo estaba haciendo, preguntándose la razón del mal tiempo. Algunos
dijeron que era el desagrado de Dios por el próximo matrimonio de la Reina.

En el día veintidós que pasaba en su habitación, Bella levantó la vista del juego
de backgammon que estaban jugando y declaró que el bebé venía en camino.
Después de eso, todos los demonios del infierno no pudieron arrastrarlo fuera
de su lado, ni siquiera pensó en las mujeres que estaban asombradas de tener a
un hombre en la habitación de alumbramiento. Era la primera vez para
cualquiera de ellos que escuchaban tal cosa.

Bella fue desnudada hasta la cintura y la partera colocó la silla de


alumbramiento. Estaba inteligentemente diseñada para doblarse y trasladarla, y
tenía un agujero en el asiento. Bella se sentó y se puso cómoda. La partera
colocó aceite en sus dedos y se movió hacia el agujero, debajo del asiento. Bella
se retorció ante su toque, y Edward apretó su mano para confortarla.

—Casi listo, Su Alteza —dijo la partera—. Parece que será un parto rápido.

Bella juntó las manos sobre su estómago para esperar. Todos la estaban viendo,
cada vez más y más asombrados mientras el tiempo pasaba. Se preguntó que
estaba haciendo que era tan increíble. Deseó tener un libro para leer.

—Es anticristiano —siseó Rosalie—. El dolor del alumbramiento es un castigo


por el pecado de Eva. ¿Qué clase de brujería es esta?

— ¿Tiene usted… dolores, Su Alteza? —preguntó la partera.

Lo pensó. Podía sentir las contracciones extendiéndose a través de ella, pero no


podía llamarlas dolorosas.

Edward, con el pretexto de ajustar su silla, susurró en su oído. —Sí, diles que sí.
Las mujeres humanas tienen partos muy dolorosos. Bella, debes llorar y gemir.

—Oh, sí, terribles dolores —dijo Bella.

—Yo nunca lo he soportado con tal entereza —se maravilló la partera. Se colocó
bajo el asiento nuevamente—. ¡Es hora! Puje, Su Alteza. ¡Puje!

Bella se puso un poco tensa. Cuando empezó a empujar, gimió y gritó, y debió
ser convincente porque hasta Edward empezó a verse preocupado.

— ¡Puedo ver la cabeza! ¡Solo un poco más, Su Alteza!

Un aumento de peso pasó por ella y sintió que algo se deslizaba de su cuerpo.
Lloró de sorpresa, he hizo eco con el lloriqueo de su bebé. La partera levantó al
niño en sus brazos y revisó su pequeño cuerpo rápidamente.

— ¡Es un niño! —anunció. Se giró hacia Edward, radiante—. Tiene un hijo, Su


Alteza. Un hermoso, sano y fuerte hijito.

Bella rió, a pesar de que las lágrimas llenaban sus ojos. La partera lavó al bebé
en un recipiente de cálido vino rojo, mientras Alice y Kat se ocupaban de Bella.
Fue lavada y le pusieron un nuevo cambio, y la llevaron a la cama. Edward se
tendió junto a ella, con sus ojos llenos de lágrimas de alegría.

—Gracias, mi amor. Desde lo más profundo de mi ser, y de las alturas de mi


alma, gracias —la besó gentilmente, y sus labios eran como un suave toque de
alas de ángeles sobre ella.

La puerta azotó y Bella se sobresaltó. Rosalie había salido sin decir una palabra.
Bella deseó que solo estuviera apurada por contarle a Emmett las noticias, pero
temía que Rosalie estuviera enojada. Este bebé significaba que ella nunca sería la
Duquesa.

Edward acunó su rostro. —No le prestes atención —ordenó—. Éste es un día de


alegría.

La partera terminó finalmente de atenderlo y el bebé fue puesto en los brazos


de Bella. Había heredado el cabello de su padre, rojo de Tudor e indomable, y
los enormes ojos oscuros de Bella. Ella pensó que no había visto algo más
hermoso. Una ola de amor feroz la invadió, tan poderoso como la marea del
océano. Miró hacia Edward y supo que él se sentía de la misma manera. Sus
manos se encontraron y se cerraron sobre la pequeña criatura que descansaba en
los brazos de su madre; un voto silencioso, una declaración sin palabras.

NOTAS HISTÓRICAS
- "Noddy" es uno de los juegos de cartas más antiguos, y hay una infinidad de
variaciones. Esencialmente, los jugadores tienen tres cartas en cada mano y
tratan de combinarlas en secuencia para acumular puntos. El ganador es el
jugador que alcanza los 31 puntos.

- La idea de que un bebé pudiera ser dañado en el útero por imágenes


perturbadoras vistas por su madre fue sostenida por toda la época Victoriana.
Las deformaciones de Joseph Merrick, "El Hombre Elefante", se le adjudicaron a
su madre por haber visto un elefante en un circo cuando estaba embarazada de
él.

- La pila bautismal era un mal necesario: cerca de un cuarto de los infantes


morían poco después de nacer, y otro cuarto nunca pasaba la temprana infancia.

- El aborto por medio de hierbas como el pennyroyal y rue13 era legal hasta el
"despertar" o la primera vez que se podían sentir los movimientos del infante.
Antes del despertar, era comúnmente considerado como para purgar el útero y
"provocar las reglas" (periodos menstruales).

- La autora sugiere que pueden encontrar imágenes de las personas y lugares


mencionados en "La Esposa Selkie" en su página de Facebook. Los links están en
su perfil o en tinyurl (punto) com/ 7ohnbzk

13
Pennyroyal, en español es Menta Poleo y Rue es Ruda.
Capítulo 19

Traductora: Salem Fabian, FFAD.


Beta: Lore Cullen, Betas FFAD

E dward y Bella cayeron en un sueño ligero, y el bebé se puso en la cama entre

ellos. Ambos se despertaron cuando este empezó a hacer pequeños sonidos


gimiendo. Bella lo cogió y tiró del lazo de su camisón. Guió su pezón a la boca
del bebé y este se aferró ávidamente. Edward solo podía mirar con asombro el
hermoso cuadro, un momento tan fundamental y primitivo, tan íntimo, que no
tenía palabras para describirlo. Ni siquiera podía expresar los sentimientos que
brotaban en su interior. Quería llorar, reír y besar a Bella, pero también caer
hincado a sus pies en señal de adoración. Había estado tan equivocado cuando
él había insistido en una nodriza, tan equivocado de tratar de privarla de esa
dulce unión.

Bella lo miró y le sonrió con ternura. Le hizo un gesto para que se acercara. Él se
incorporó y pasó un brazo por detrás de sus hombros. Alargó la mano para
tocar al bebé, la miró rápidamente, ya sea por permiso o para darse valor, no
sabía porqué. Cuando ella asintió, él pasó un dedo por la mejilla de su hijo,
maravillándose de la suavidad de su piel.

El bebé agitó sus bracitos regordetes, recordó que tenía que ser envuelto tan
pronto como sea posible, a fin de que sus miembros crecieran rectos. Y luego
estaban los anuncios que se necesitaban emitir y un bautizo para organizar...
tantas cosas que hacer. Pero en este momento, él disfrutaría de su esposa e hijo.
Cogió uno de sus brazos en su mano y examinó la manito del bebé, maravillado
por sus pequeños dedos. Cuando tocó la palma de éste, la mano del bebé se
cerró alrededor de su dedo, en un apretón sorprendentemente fuerte.

Bella cambió al bebé al otro pecho. Él se aferró y bebió lentamente, con tragos
más largos y lentos, mientras parpadeaba somnoliento.

— ¿Está recibiendo suficiente? —preguntó Edward preocupado—. Me dijeron


que el bebé no debe beber la leche delgada, porque no le nutre adecuadamente.

Bella rio en voz baja.

—Tu gente tiene ideas extrañas. —Ella acarició la suave cabeza del bebé y le dio
un beso allí. El amor en sus ojos era poderoso.

—Bella, es mejor no encariñarse demasiado —dijo a regañadientes—. Él no


podría... —Hizo una pausa, no quería siquiera expresar sus temores.

—Él no está enfermo o débil —respondió Bella—. Él es un buen bebé.

—Sí, pero muchos niños no... —Casi la mitad de los niños de Tudor morían
antes de llegar a la edad adulta.

Bella negó con la cabeza.

—Nosotros, los selkies tenemos bebés fuertes y sanos, protegidos por la magia
de nuestra especie. Pero no voy a confiar su cuidado a otra persona.

—Bella...

—Él es mío —dijo ella con fiereza—. Kat y Alice me pueden ayudar, pero no lo
voy a enviar lejos como la mayoría de tu gente. Donde él va, yo voy.

Edward se rindió. Solo podía esperar que la Reina lo entendiera, pero incluso si
no lo hacía, ningún poder terrenal podría quitar a este niño de los brazos de
Bella.

El bebé terminó de mamar y Bella lo pusó en su hombro. Ella le acarició la


espalda con suavidad, hasta que dio un sorprendentemente fuerte eructo.
— ¡Bien hecho, hijo mío! —dijo divertido—. Tu tío, el Rey Enrique, habría
quedado impresionado.

— ¿Quieres cogerlo? —preguntó Bella.

Edward sintió un poco de pánico ante la idea. Había sostenido una vez a
Elizabeth cuando ella era un bebé, pero ella había estado bien fajada y
cuidadosamente envuelta en mantas. Su hijo solo llevaba un pañal de tela y
parecía muy frágil y vulnerable.

Bella se sentó y cuidadosamente colocó al bebé en los brazos de Edward. Él le


miró la cara pequeña y los grandes y oscuros ojos que lo observaban
solemnemente y se sintió abrumado, asombrado de que él y Bella hayan creado
este pequeño ser increíble.

Decidieron llamarlo Edward, pero su bautizo fue la única vez que el nombre
fue utilizado. Su hermana, la pequeña Elizabeth, le dio el nombre que usaría
toda su vida, mucho tiempo después de haber sido olvidado que había venido
por ella. Elizabeth, por alguna razón, tenía problemas para pronunciar su
nombre y lo llamó "Eh'ward", con el tiempo dejaron de usar la primera sílaba
para llamarlo "Ward". Pronto, toda la familia tomó ese nombre y en "Ward" se
convirtió.

Más de 200 personas asistieron al bautizo, celebrado en el Gran Salón. Bella no


pudo asistir, ella no había ido a la "iglesia" todavía, una ceremonia que marcaba
el reingreso de una mujer en la sociedad, la purificación del parto. Estaba
decepcionada. Las mujeres campesinas se purificaban tan pronto como se
sentían lo suficientemente bien como para estar en pie, pero el padre Jacob le
había castigado por su "prisa indecorosa" e insistió en esperar las habituales dos
semanas.

Antes de el mismo bautizo, Bella tuvo su sentada*. Ella estaba vestida con un
vestido de noche de terciopelo rojo intenso, adornado con piel y se recostó
contra un montículo de almohadas, con el cabello oscuro cayendo suelto sobre
los hombros. Ward fue colocado en una cuna llena de almohadones de
terciopelo, bajo un manto de raso adornado con tela de oro (esto había
ocasionado una pequeña discusión porque Bella sintió que la tela de oro era
demasiado rasposa para estar cerca de cualquier lugar de la piel de su niño,
pero en esta ocasión Edward no cambió su decisión, el niño era el bisnieto de un
rey). Así ataviado, las puertas de la cámara se abrieron para recibir el flujo de
visitantes y los regalos que trajeron para celebrar esta feliz ocasión. Cada noble
del ducado de Edward vino a rendir homenaje y prometer solemnemente su
lealtad al nuevo heredero.

La Princesa Elizabeth había enviado su vestido de bautizo para ser utilizado, a


Edward y Bella les pareció muy conmovedor, aunque a la Reina Mary le
molestó un poco que no le hubieran pedido usar el de ella. El regalo de la Reina
Mary por el bautizo fue un gran gesto. Ella dio a Ward el condado de Portland,
que había estado vacante desde que el viejo conde murió sin un heredero, su
título y las tierras volvieron de nuevo a la corona. En la nota que se envío junto
con la patente de letras insinuó fuertemente que le gustaría que ella y Phillip
sean nombrados padrinos, por lo que eran. Sus representantes hicieron las veces
de ellos en la ceremonia de bautizo en sí.

La carta de la Reina Mary también contenía la noticia de que su boda se


celebraría a finales de julio y que esperaba que Edward y Bella estuvieran de
vuelta en la Corte antes de esa fecha. Era de un tono mucho más feliz que el
tono de la carta de Elizabeth enviada junto con el vestido de bautizo, la primera
letra que se le había permitido escribir a sus primos desde que fue liberada de la
Torre.

Ella había sido llevada a Woodstock, un pabellón de caza real, que había sido
casi olvidado desde la época de Enrique VIII. Había caído en tan mal estado que
Elizabeth no podría ocupar la mansión en sí. Tuvo que vivir en la casa del
guarda, dijo que le hizo recordar su alojamiento en la Torre de la Campana con
cariño. Ella escribió con humor y ligereza, pero Edward sabía leer entre líneas,
ella era miserable. Ella terminó su carta con una línea de poesía sobre la
constancia en la adversidad, con lo que Bella sacudió la cabeza otra vez.

—Ella y Robert, siempre citando poemas oscuros.

Edward, que había estado soplando frambuesas en el vientre de su hijo


mientras el bebé pateaba y arrullaba, la miró con curiosidad.

— ¿Qué quieres decir?

—Cuando lo vi en la Torre, él me pidió que relataran una línea de poesía a


Elizabeth, pero estaba demasiado oscuro incluso para ella.

— ¿Te acuerdas?

Bella pensó durante un largo momento.

—Yo no soy más que un ciervo, acechado en su madera. Granadas a principios


del verano, me gustaría probar si pudiera.

Edward se rio.

—No era un poema, Bella, era un código. Acechado en la madera... Woodstock.


Él debe haber escuchado que sería movida. Él estaba tratando de tranquilizarla,
que no iba a ser perjudicada. Eso sí, no me lo habría imaginado, que ya supiera
donde iba a ser llevada.

— ¿Qué pasa con las granadas?

—Las granadas son el símbolo de España. Él decía, Felipe llegaría a principios


de verano. ¿Cómo lo sabía en la Torre? Está más allá de mí porque él era
esperado en mayo, y solo se enteró de su retraso después.

—¿Y me gustaría probar?

Edward sonrió.

—Podría ser que él estaba diciendo que él deseaba poder asistir a la boda, o
podría ser que él la estaba cortejando, o podría haberse referido a Perséfone
atrapada en el Inframundo para comer las semillas de granada. No lo sé.

Ella negó con la cabeza.

—Apuesto a que Elizabeth comprendió una veintena de diferentes matices de


significado. Robert fue muy astuto, engañándome a mí para llevar un mensaje
de esa manera. Me alegro de que nunca lo mencioné delante de la reina. Tendría
mi cabeza en una canasta.

—La Reina está demasiado preocupada por la llegada de Phillip para


preocuparse por su hermana —dijo Edward y Bella suspiró.

—Ojalá no tuviéramos que volver. Hemos sido muy felices aquí. Ni siquiera
podemos volver a nuestra casa en Hampstead Heath.

La reina había sido convencida por sus ministros de que podría ser bueno tener
su boda fuera de Londres. Tan impopular era que las personas que parecían que
podrían ser de origen español estaban siendo atacadas en las calles. Por lo tanto,
la reina se iba a casar en la catedral de Winchester y el tribunal debía residir en
el palacio de Wolvesey.

—He llevado a cabo la búsqueda de una casa adecuada, para alquilar para
nosotros —ofreció Edward.

Ella le dio un beso en la mejilla.

—Hombre dulce, no vamos a estar allí el tiempo suficiente para eso.

—Si vamos a llevar a nuestro hijo con nosotros, debemos alojarnos fuera de la
corte. Podría caer enfermo de la miasma* que persiste en las habitaciones. —
Bella podía ver que Edward iba a ser un padre sobreprotector y su preocupación
haría que tuviera el cabello gris si no tenía cuidado, pero estaba comprometido,
lo que le permitía mantener a su bebé con ellos. Por lo que tendría que ser
flexible también y tomar todas las precauciones necesarias, pensó.

—Quería preguntarte sobre algo —dijo—. No sé cómo te sentirás al respecto.

— ¿Qué es?

—Sé que has estado preocupada por el posible compromiso de Alice al barón
Tyler. Estoy pensando en pedir a la reina permiso para desposarla con Ward.

— ¿Alice y Ward? Pero es casi veinte años mayor que él. No podríamos seguir
adelante con el matrimonio —dijo Edward—. Simplemente sería para darle
nuestra protección. Ward, puede pedir una anulación cuando sea mayor de
edad. Significaría que Alice probablemente nunca se casaría, porque ella sería
tan mayor como la reina es ahora cuando su compromiso matrimonial fuese
disuelto, a menos que, por supuesto, si ella encuentra un candidato adecuado
entre tanto y quiere ser puesta en libertad. Quería preguntarle su opinión antes
de acercarme a la Reina.

—Oh, Edward, creo que es una idea maravillosa.

—Habla sobre esto con Alice, ve qué es lo que piensa. Voy a preguntárselo a la
reina después de la boda, cuando esté de buen humor.

—Espero que sea feliz —dijo Bella—. Me preocupa lo que sucederá cuando
llegue Phillip. ¿Cómo va a reaccionar con una novia tan vieja como para ser su
madre, y a la que siempre ha considerado como una tía?

—Él va a querer complacer a su padre. Así que lo más seguro es que él la trate
decentemente, estoy seguro.

—Mary quiere que él la ame como ella ya lo ama.

La cara de Edward se ensombreció.

—Temo por Inglaterra si ella se siente decepcionada.

Edward se sentó a cenar esa noche con una disposición algo más alegre de lo
que había venido mostrando últimamente. Esta fue la última noche que tendría
que comer sin Bella a su lado. Ella se purificaba por la mañana antes de partir
hacia Winchester. Su mayordomo había encontrado una casa adecuada, le había
costado una fortuna. Toda la ciudad de Winchester estaba llena, a rebosar con
los nobles, la gente que quería ver el desfile pequeño en la Catedral, y los
comerciantes que traían sus mercancías para vender a la gente. Una ciudad de
carpas se había erigido en la periferia, pero Edward se había negado a
considerarlo siquiera, no importaba lo lujosas que las tiendas estaban. Su hijo
tendría que estar en la seguridad de paredes, lejos de los vapores peligrosos del
aire por la noche.

Emmett se acercó a la mesa y se sentó, haciendo un gesto para el portador de


vino antes de que se sentara. Levantó un dedo para indicar al portador del
recipiente que esperara, resoplando la primera copa y se la rellenó. Edward hizo
una mueca interiormente. Así que iba a ser una de esas noches.

—Rosalie me preguntó si ella puede usar la habitación de la señora por su


descanso —dijo Emmett.

Edward se encogió de hombros.

—No veo por qué no. A Bella no le importa, estoy seguro. Ella nunca usa para
ella esa habitación. Entonces, ¿tú y Rosalie tienen la intención de permanecer
aquí hasta que ella de a luz?

—Sí —dijo Emmett—. Ella siente que es un poco justo ya que el parto le impidió
ir a la boda de la reina.

— ¿Le preguntaste acerca de... lo que has encontrado? —Edward preguntó,


consciente de las orejas de los sirvientes.

—Lo hice —respondió Emmett y chasqueó los dedos para que le rellenaron otra
vez la copa—. Ella dice que era algo que ella consideraba antes de... bueno, antes
de que hiciera la situación correcta. Ella dice que tiró la hierba en el fuego.

— ¿Tú le crees?

—Yo no creo nada de lo que dice la mujer. —Emmett dijo rotundamente—.


Pero no puedo probar lo contrario. Ella sigue con el niño.

— ¿Estás seguro de eso?

Emmett asintió.
—La veo desnuda casi todas las noches. —Entonces, casi para sí mismo dijo—,
en ese sentido, por lo menos, nos llevamos.

Edward aún tenía muchas de sus viejas costumbres tan correctas y formales,
por lo que se sonrojó un poco ante esa declaración. Un pensamiento se le
ocurrió.

— ¿Podría haber sido destinado para utilizar en otra persona?

Emmett se encogió de hombros.

—Una de las sirvientas ¿tal vez? Yo no había oído chismes de que cualquiera de
ellas estaba en cinta, pero supongo que es posible. Sirvientes tratando de que
este tipo de noticias no lleguen a los oídos de sus empleadores, después de todo.
Una "inmoral" sierva que tiene una hinchazón del vientre puede ser arrojada a
la calle.

Después de la cena, él ayudó a Emmett a regresar de nuevo a sus apartamentos


porque Emmett no podía llegar por sus propios medios.

—Esto tiene que parar, hermano —dijo.

Emmett tropezó con su gabinete por otra botella y la dejó caer en la silla junto al
fuego.

—No tengo nada más —respondió—. Tú... tienes a Bella, una buena mujer que
te ama. No tengo a nadie, no hay nada para seguir adelante, y nada que esperar
en el futuro. —Él sonrió ligeramente—. Adelante. No te preocupes por mí. No
me lo merezco, ni quiero.

—Quiero que sepas algo, Emmett. Te perdono.

La botella cayó de las manos de Emmett y se hizo añicos en la chimenea, pero él


no se movió. Miró a Edward, congelado.

—Te perdono porque ahora entiendo lo que debe haber sido para ti —dijo
Edward—. Si Bella fuera la esposa de mi hermano... Yo no sé si yo hubiera
tenido la fuerza para resistirme a ella. —Se dio la vuelta y salió de la habitación
y cerró la puerta detrás de él silenciosamente.

Iría para arriba a ver si Elizabeth todavía estaba despierta, decidió. Se había
quedado cenando más tarde de lo habitual, y vio un juglar entretenido en lugar
de volver a su cama fría y vacía. Suponía que era una pequeña muestra de lo
que Emmett sintió, y tal vez eso fue lo que finalmente le había dado el empujón
definitivo que necesitaba perdonar a su hermano.

—Mi señor, ¿puedo hablar un momento? —El Padre Jacob salió de las sombras
y Edward casi le da un ataque de apoplejía. Tenía la cara blanca que parecía
flotar en la oscuridad donde sus túnicas negras se mezclaban con las sombras—.
Perdón —murmuró—, no fue mi intención asustarle.

—Está bien —dijo Edward, tratando de aquietar su corazón que latía con
fuerza—. ¿Qué pasa, Padre?

—Necesito hablar con usted acerca de Señora Cullen. ¿Podríamos ir a la capilla


donde podemos tener un poco de privacidad? —miró por encima del hombro a
los sirvientes que seguían a Edward a una distancia discreta. Edward habría
preferido que le sacaran un diente, pero sabía que debía mantener alejado al
padre Jacob lo más que pudiera. Si todavía le correspondía con Gardiner, su
asistencia a la misa laxo y su falta de interés en las cosas espirituales podían
llegar a oídos de la reina. Se obligó a sonreír y siguió al sacerdote.

El anfitrión fue hacia el altar y por lo que estaba iluminado por velas. El joven
sacerdote de la capilla se arrodilló en el suelo de piedra delante de él,
manteniendo vigilia. Se puso de pie, se santiguó y salió de la habitación tan
pronto como vio el padre Jacob y Edward entrar. Había un banco en una
pequeña alcoba junto a la tumba de los padres de Edward y Jacob, el padre, le
indicó que tomara asiento. Edward contempló las efigies esculpidas de su
madre y su padre, estatuas de mármol, situada en la parte superior del
sarcófago, ambos con sus manos juntó como si estuviera rezando. Pensó que la
imagen de su padre tenía poco parecido con el hombre mismo, aunque el
escultor había hecho un trabajo maravilloso con la imagen de su madre, al
menos era lo mejor que Edward pudiera recordar. Se estaba convirtiendo en
nada más que una sombra en su mente mientras pasaban los años. No la había
conocido cuando estaba viva, y ahora no había buenos recuerdos que podía
recordar de ella, solo las reuniones de la tarde cuando iba a ser llamados ante
ellos para recitar sus lecciones, sus palmas húmedas de sudor ansioso.

—He querido hablar con usted por algún tiempo —dijo el padre Jacob—. Ahora
que hay un niño impresionable involucrado, es necesario para mí decir lo que
pienso sobre este asunto. No creo que la Señora Cullen sea una madre adecuada
para su hijo.

—¿Qué? —soltó Edward—. Eso es absurdo ¿Por qué dice tal cosa?

—Ella es una mujer de carácter moral pobre, mi señor, por mucho que me duela
decirlo.

—Eso no es cierto —espetó Edward—. Bella es de buen corazón, cariñosa e


inteligente, exactamente las cualidades que yo desearía que mi hijo tuviera.

—La primera cualidad que debe desear de un hijo es que él sea un hombre
cristiano —replicó el sacerdote—. Toda la bondad en el mundo no va a salvar a
un alma pagana en el Día del Juicio. Su primer deber como padre, es ver a la
instrucción moral de su hijo. La bondad lo convertirá en un ser perezoso,
intemperante, preocupado solo con los placeres de la carne. Su propio padre…

—No es como quiero ser —finalizó Edward—. La influencia de Bella me ha


hecho un hombre más cristiano de lo que era antes. Mejor para los que me
rodean, mejor para la gente que depende de mí, más caritativo.

Padre Jacob negó con la cabeza.

—Usted se ha confundido. A modo de ejemplo, el grano que ha adquirido…

—La idea de Bella —afirmó Edward.

—No me cabe duda —dijo el padre Jacob con desdén—. Ella te tienta a ignorar
el orden social ordenado por Dios. Si un campesino pasa hambre, es la voluntad
del Señor, que instruya a través del sufrimiento. Comprar comida para ellos que
les permitirá evitar su justo castigo y les anime a ser perezoso. ¿Por qué trabajar,
si van a ser alimentados independientemente?, tú los traerás a la ruina
espiritual. El dinero que se desperdicia en grano que hubiera sido objeto de un
mejor aprovechamiento de la Iglesia.

—Oh, sí, otro candelabro de oro para el altar sin duda ayudará a aliviar el
sufrimiento de los pobres —espetó Edward y entonces sintió que su estómago
se enfriaba. No debería haber dicho eso. Querido Dios, no debería haber dicho
eso. Él mismo llamó un millar de clases de tonto por perder los estribos.

Pero el padre Jacob no lo denunció furiosamente. Su expresión se suavizó y su


voz se hizo más suave y persuasiva.

— ¿No te das cuenta? Esta es la confusión que ha traído a nuestra iglesia, es la


casa de Dios y debe ser digna de él. La belleza interior puede dibujar un pecador
para entrar y oír el mensaje, y por lo tanto que el oro candelero no puede llenar
el vientre de un hombre pobre, pero puede llegar a salvar su alma. Salvar almas
es mucho más importante que aliviar el sufrimiento temporal. Los condenados
sentirán dolores mucho más graves en el mundo por venir, te lo aseguro.

— ¿Eso es todo? —dijo Edward.

—No, pero sí debería ser suficiente para usted, saber que debe enviar a su hijo
lejos de su influencia. También sé de ciertas... inmodestias. Del cual yo sé que es
consciente.

Él no sabía nada acerca de los baños de medianoche de Bella. —Eso era lo único
que podía ser posible alusión.

—No sé lo que quieres decir.

—Mi señor, vi…

—Si usted está viendo cosas, Padre Jacob, tal vez es usted el que necesita
purificación espiritual. —Edward se levantó—. No vamos a hablar de esto otra
vez.

—Pero, su Gra…

—No vamos a hablar de esto otra vez —gruñó Edward.


El Padre Jacob lo agarró del brazo y su desesperación era evidente en atreverse
a poner sus manos sobre la persona de Edward.

—Mi señor, hay acusaciones de ciertos actos... no naturales. Ella no sintió


dolores en el parto. Solo una bruja…

— ¿Cómo te atreves? —dijo Edward, su voz llena de truenos y hielo—. ¿Se


olvida de quién está hablando? Si dices esa palabra con respecto a mi esposa,
haré que se arrepienta de su calumnia. Estuve con mi esposa cuando ella dio a
luz. Sufrió como cualquier mujer normal, pero tenía una mayor tolerancia al
dolor, nada más.

—Eso de que estabas allí, habla de su influencia natural sobre ti. Ella le está
promoviendo a comportarse de manera extraña, mi señor. Soy reacio a la ira
suya, pero alguien tiene que decir estas cosas, alguien tiene que hacerle ver lo
que le ha sucedido a usted, antes de que sea demasiado tarde.

—Tenga en cuenta su deber a este respecto está descargado completamente —


dijo Edward fríamente—. Usted se quedará aquí cuando mi familia regrese a
Londres. No voy a enviarlo lejos por las promesas que hice a mi primera esposa,
pero no tientes a la ira de nuevo, Padre Jacob, porque no voy a ser tan generoso
en el futuro.

Cuando el duque se había retirado, el Padre Jacob cayó de rodillas ante el altar.

— ¿Cuándo me he equivocado? —pidió—. ¿Qué hago ahora?

No pasó mucho tiempo antes de que la respuesta viniera a él.

La Reina besó y abrazó a Bella cuando la vio.

—Te he echado de menos. ¿Cómo está tu bebé?


—Sano y salvo, su majestad —dijo Bella.

—Alabado sea Dios.

—Sí, y él te puede enviar lo mismo —respondió Bella. Era lo que Mary más
quería en el mundo, no solo para mantener un católico en el trono, si no para
tener una familia. Un esposo amoroso, un hijo amoroso, tal y como recordó su
propia infancia antes de que "la bruja" Ana Bolena lo hubiera destruido todo.

Felipe estaba por llegar la noche siguiente, Mary había cambiado de opinión
tres veces sobre qué ropa ponerse. Todos sus selecciones eran en su color
preferido, morado, aunque Bella trató de dirigir suavemente hacia el rojo o
rosado, más halagador para su cutis. Bella estaba a su lado en la plataforma que
había sido construida fuera del palacio de Wolvesey. Ella tomó la mano de la
reina, estaba helada, temblando—. Respire profundamente, su Majestad —
susurró Bella. Lo último que necesitaba era que la Reina se desmayara.

Oyeron a los caballos antes de que los vieran. La mayor parte del séquito de
Felipe venía por separado. Él había sido advertido por su padre para ser lo más
discreto posible, por lo que sólo estaba trayendo nueve mil nobles, criados y
soldados con él, y los caballos, sobre ciento veinticinco barcos. No era de
extrañar que los ingleses se sintieran como si estuvieran siendo invadidos,
aunque los soldados, de acuerdo con el tratado del matrimonio, no podían
llegar a tierra.

Ya habían tenido algunos conflictos. Los españoles podían ser tan arrogantes y
xenófobos como los ingleses, muchos de ellos se resentía a su "exilio" a esta isla
pequeña y fría que ellos veían como un remanso del mundo. Los choques
culturales son inevitables. El conde de Derby estuvo a punto de causar un
incidente internacional cuando trató de besar a la duquesa de Alba en señal de
saludo.

Mary dejó escapar un pequeño gemido.

—Oh, Bella, está aquí. Ya está aquí.

Felipe cabalgaba al frente del largo desfile, en lo alto de un caballo blanco, como
un príncipe de cuento de hadas. (El caballo era tranquilo, pero él montaba mal,
la armadura era ornamental porque él también era malo para las justas.) Los
ojos de Mary brillaban y temblaba de pies a cabeza. Éste era el comienzo de su
propio cuento de hadas, ella estaba convencida. Tendría un amante de la familia
y de Inglaterra volvería la verdadera fe y el reino sería tan feliz y próspero como
lo fue en esos recuerdos dorados de su infancia.

Felipe se apeó y se acercó a la reina. Era pálido, rubio y tenía una cabeza
desproporcionadamente grande, para su cuerpo más bien pequeño. Su
mandíbula de Habsburgo sobresalía más allá de lo que su retrato había
indicado, pero por la mirada de ella, él era el hombre más guapo que Mary
había visto en su vida.

Se inclinó con torpeza, pero Mary estaba encantada. Si en algún modo se sintió
decepcionado por su apariencia, había suficiente gracia para ocultarlo. Él le
habló en español y ella respondió en una mezcla de latín y francés. Había
aprendido español en la cuna de su madre, pero no lo había usado en tantos
años que carecía de la confianza para intentarlo. Bella hablaba muchas lenguas
humanas y lo entendió a él perfectamente, pero ella no había ofrecido sus
servicios de traducción. Edward había dicho que no tenía manera de explicar
cómo llegó a conocerlo.

Felipe y Mary entraron y se sentaron debajo de la tela de los bienes, charlando


lo suficiente amigablemente. Los nobles se quedaron atrás para dar la ilusión de
vida privada, y Bella caminó entre ellos, en busca de Edward. Él no había estado
con los concejales que se reunieron con Felipe en la Isla de Wight durante unos
días después de tomar tierra, antes de partir para reunirse con su novia en
Winchester. Mary quería que su primo se quedara con ella. Tenía muchas
preguntas sobre el matrimonio y lo que un hombre buscaba en una mujer y
Edward respondió a sus preguntas lo más honestamente que pudo. Era lo que
Bella llegó a llamar "el aspecto físico del matrimonio", algo que todavía la hacía
sentirse muy nerviosa.

Vio una cabeza con pelo de color cobrizo en la esquina de la habitación y


suspiró feliz. Edward. Se volvió un poco y se apoyó en un pilar de piedra, y por
un momento, se quedó donde estaba, simplemente admirando la vista. Ella no
era la única mujer en la sala que se dio cuenta de lo guapo que era. Ella sonrió
mientras una mujer se acercó a él cansada de coquetear solo para ser rechazada.
Suyo. Suyo solamente, al igual que ella pertenecía únicamente a él. Se abrió paso
entre la multitud hacia él y cuando él la vio, su cara se calentó con una sonrisa
que se agrandó cuando ella se acercó. Se besaron dulcemente, suavemente,
deteniéndose solo un momento más largo que el normal de saludo.

— ¿Cómo les va? —le preguntó, señalando con la cabeza a Felipe y Mary. Sabía
que Bella tenía el oído más agudo que el de un humano y que probablemente
había oído toda la conversación entre el Príncipe y Mary.

—Tan bien como se puede esperar, supongo —dijo Bella—. Ella estaba tratando
de enseñarle a decir "Buenas noches, todos mis Lords" en inglés cuando me fui.

Como si fuera una señal, Felipe se levantó y dijo: "Dios ni golpear."

Fueron las únicas palabras que alguna vez habló en inglés.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
- El calostro o "leche fina" que es la leche que se produce por primera vez por
una madre lactante, está lleno de anticuerpos que con la cual se construye el
sistema inmunológico de un niño. La sabiduría convencional en ese momento
era que debería ser descartada hasta que la mujer fuera "leche real"

- El punto de vista oficial de la Iglesia Católica siempre ha sido la "purificación"


No era una ceremonia de acción de gracias, sino que se pensaba en el momento
en que el parto era algo "sucio" y que una mujer necesitaba ser purificado
ritualmente después.

*Sentada Upsitting Ceremonia antigua en la que la mujer después del parto


recibía visitas.
*Miasma era una teoría mas que una enfermedad, se creía según la teoría
deThomas Sydenham16241689 y Giovanni María Lancisi (1654-1720) los miasmas
eran el conjunto de emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras, eran la
causa de enfermedad. Sería un poco como los microbios pero esta teoría es
obsoleta, era una de las causas más comunes de muerte.
Capítulo 20

Traductora: Carla Liñán C., FFAD.


Beta: Lore Cullen, Betas FFAD.

E n un mundo perfecto, la mañana del día de la boda de la Reina debía

amanecer brillante y soleada para reflejar su emoción y alegría, pero como en los
últimos meses, la lluvia caía regularmente. Mary estaba impávida y un toldo fue
colocado de manera apresurada. Sus caballeros lo llevarían mientras ella
caminaba a través de la breve distancia hacia la catedral. Aún cuando la gente
que había venido a ver el espectáculo no se inmutaba. Ya habían rodeado la
calle, totalmente empapados, esperando dar un vistazo a la Reina. Los
vendedores circulaban entre la multitud, vendiendo nueces rostizadas,
recuerditos y baratijas.

Eran las siete de la mañana y Mary ya portaba el vestido blanco y morado que
debía usar para la boda. La noche anterior, le había enviado a Philip un traje de
bodas hecho con terciopelo blanco, bordado en oro, y le recordó que no debía
usar ningún tipo de joyería con eso. Le dio a Bella un cofre de madera tallada,
que contenía un enorme broche de rubí y diamantes y le dijo que se lo llevara al
príncipe.

Bella avanzó por los corredores, con Alice a cuestas, dirigiéndose a la entrada
del palacio. El Príncipe se había presentado en la casa del decano, a unas
cuantas puertas de la casa que Edward y Bella rentaban. Mientras caminaba, su
mente estaba en Ward, tratando de pensar en si sería capaz de liberarse por
unos cuantos minutos para regresar a su casa de renta y cuidarlo. Sus pechos ya
le dolían, lo cual le indicaba que su bebé debía estar hambriento. Decidió que
enviaría el prendedor y se liberaría por unos minutos con su bebé.
Probablemente, la Reina ni siquiera se daría cuenta de que iba a estar fuera por
más tiempo del necesario.

Forzando el desorden a través de la multitud como si estuviera nadando. Bella


sintió pena por los pobres mensajeros que tenían que gritar y empujar. Los
gritos de "¡Hagan espacio para la Duquesa!", no podían escucharse por encima del
murmullo emocionado del gentío. Alice se encogió por el desorden; la
muchedumbre como esta la asustaba. Finalmente, llegaron a la casa del decano,
y Bella esperó hasta que el chambelán abriera la puerta, antes de que ella y Alice
se deslizaran dentro.

Arriba, encontró que la habitación de Phillip estaba ligeramente entreabierta.


Husmeó alrededor de la puerta y vio que estaba en el último escalón, siendo
vestido por su mozo.

—Se ve más vieja de lo que me dijeron —comentó—. Más bien, más fofa de lo
que esperaba, también. No está gorda, pero se le hunde la carne. ¿Has notado
que no tiene cejas?

—Resista, Su Majestad —dijo uno de sus caballeros—. Esto no es tan malo como
pudo haber sido.

Phillip miró hacia abajo, hacia su traje de bodas, con disgusto.

—Espero que este sea el último traje que me envíe. La mujer tiene un gusto
terrible. Ninguna Reina debería estar tan mal vestida, incluso aunque sea
Inglesa.

El caballero soltó una risita por ese comentario. Aquellos en el Continente


amaban bromear con la moda Inglesa.

Bella golpeó la puerta. Uno de los caballeros abrió. Bella hizo una reverencia y
explicó en inglés que tenía un regalo para el Príncipe, de su novia. El Príncipe le
lanzó una mirada.
—Es esa la pequeña criatura que sostenía la mano de la Reina ayer cuando
llegué. Otra vez, ¿quién es ella?

—La Duquesa de Cullen, Su Majestad. Creo que su nombre cristiano es Isabella,


como su Santa abuela.

— ¿Tú qué opinas, Reynard? ¿Debo hacer el intento con ella? Necesitaré de una
querida o dos para que me saquen a flote hasta que regrese a la civilización.

Bella mantuvo sus ojos fijos en la puerta y luchó contra la ira que amenazaba
con subir por sus mejillas. Estaba agradecida de que Alice no entendiera el
español.

El Embajador Español la estudió críticamente y se giró hacia el Príncipe.

—A ella no. Su esposo tiene un rango demasiado alto. Su padre insiste en que
sea discreto, Su Majestad.

—Lástima —comentó el Príncipe—. Tiene ese aspecto que dice que debe ser una
cosita salvaje bajo las sábanas. De todas formas, abre el cofre. Veamos lo que mi
adorable novia me ha enviado.

Uno de los caballeros abrió la tapa y presentó el enorme rubí, rodeado de


diamantes, colocado en una cama de terciopelo blanco. Bella pensó que parecía
una gota de sangre fresca y se estremeció.

Phillip le echó un vistazo.

— ¿Debo usarlo, no lo crees? Había planeado usar ese juego de diamantes que
compré antes de partir.

—Eso probablemente sería prudente —advirtió Renard.

—Está bien —dijo Phillip con mala gana, sin disimular—. Envía a la pequeña
Duquesa de vuelta con algún tipo de mensaje sobre cuán agradecido estoy
¿Reyes te dijo lo que quería la Reina para su anillo de bodas? Una banda lisa de
oro. Dijo que quería que su anillo fuera como los de las "doncellas de antaño" o
alguna cosa sin sentido.
Los caballeros rieron.

Reynard le escribió a Bella en inglés:

—Su Alteza desea comunicar su gratitud por la bellísima joya, la cual usará
cerca de su corazón por el amor que le tiene a la Reina.

Bella hizo una reverencia.

—Le diré a Su Majestad. Gracias, Mi Lord.

Se retiró de la habitación, con Phillip, ya esperando ser tratado como un Rey, y


se encaminó al pasillo. Su corazón dolía por la pobre Mary, quien no encontraría
el amor que buscaba por aquí.

En lugar de regresar al desorden en la poca distancia a la casa que ella y


Edward estaban rentando, Bella y Alice caminaron, una propuesta más difícil de
lo que uno imagina. Habían sostenido sus pesadas faldas para tratar de no
meterlas al lodo, y brincaron de piedra en piedra para tratar de mantener sus
zapatillas limpias. Bella se reprendió a sí misma por olvidar traer un par de
sandalias. Se sintió victoriosa cuando finalmente llegaron hasta la casa.

Edward seguía en casa, y lo encontró en su habitación con el bebé. Estaba


tumbado de su lado con Ward apoyándose en una almohada junto a él,
enfrascados profundamente en un juego del escondite con las manos. Kat
insistía que cuando Ward sonreía, era solo por algún gesto por un gas. Decía
que los bebés eran ciegos hasta que cumplían unos cuantos meses, una teoría
que Bella no podía entender, ya que cualquiera que prestara atención podía ver
cómo los ojos del bebé los seguía.

Él sonrió cuando vio a Bella en el marco de la puerta.

—Creo que Ward ya ha descubierto de qué va este juego. Nuestro hijo es muy
inteligente.

Bella se sentó en la cama y removió los broches de su pechera y abrió su


corpiño. Edward levantó gentilmente a Ward y lo pasó a manos de Bella, una
vez que tuvo su atuendo abierto. Ella suspiró de alivio cuando el bebé empezó a
alimentarse.

—Desearía tener una pintura tuya justo así —dijo Edward—. Una Virgen y su
hijo. Hay una belleza y serenidad en esto que parece casi sagrado.

Bella cambió al bebé hacia el otro pecho y Edward deslizó su dedo a una de las
manos del bebé. El agarre fuerte de Ward siempre le aseguraba a su padre que
estaba fuerte y sano. Tenía tanto que perder ahora, y la idea le asustaba.

— ¿Dónde está la pequeña Elizabeth? —preguntó Bella—. Esperaba verla antes


de que tuviera que volver al palacio.

—Tomando una siesta —dijo Edward de manera agradecida—. Podríamos


despertarla.

—No, déjala dormir.

Edward le dio una larga y curiosa mirada.

—Pareces triste por algo.

—Escuché al Príncipe hablándole a sus caballeros esta mañana. Dijo algunas


cosas poco amables sobre la Reina.

—Dale tiempo, Bella. Es posible que el afecto crezca entre ellos.

—Eso espero —dijo Bella—. Mary lo necesita, bastante.

Dejamos a Ward al cuidado de Kat. A pesar de su intento de animarse, un


comportamiento poco absurdo, se derritió cuando pusieron al bebé en sus
brazos. Le arrulló y le hizo cosquillas bajo la barbilla, para ver ese "gesto por los
gases". Bella y Edward intercambiaron una sonrisa secreta a sus espaldas.

Juntos, regresaron al palacio. La Reina estaba en un frenético arreglo de último


minuto, con su color en alto y sus ojos brillando de emoción. Como Bella
esperaba, no se percató siquiera de cuánto le había tomado a Bella regresar de
su encargo. Bella repitió las graciosas palabras de agradecimiento que le habían
dado por el regalo de la Reina y ésta se ruborizó de placer.
—Él es todo lo que espero —gesticuló Mary. Ella, quien en algún momento se
llamó a sí misma la "mujer más infeliz en la Cristiandad", finalmente obtenía el
príncipe de cuentos de hadas que tanto había esperado. Todas las piezas estaban
cayendo en su sitio por ella.

Se ha dicho que cada novia es hermosa el día de su boda, y Mary no era la


excepción. El rosado rubor de sus mejillas y el brillo en sus ojos la hacían casi
una década más joven en ese momento. Bella cargó su cola, mientras entraban a
la Catedral, y el Conde de Derby caminó frente a ella, llevando la espada del
monarca. Del otro lado, se encontrarían con Phillip. Uno de los nobles españoles
estaba parado junto a él, con un enorme pergamino, llevando el sello del
Emperador. El contenido se leería en voz alta durante la asamblea: el
Emperador le estaba dando a su hijo los reinos de Nápoles y Jerusalén, así Mary
podía casarse con un igual, un rey de sus propias tierras.

El Obispo Gardiner, el ministro de Mary, efectuó la ceremonia. Con su padre


fallecido, Edward fue uno del trío de nobles que llevaron a la novia a favor de
toda Inglaterra. Mary se apartó de las condiciones acordadas por el contrato
pre-matrimonial y se comprometió a ser "complaciente y obediente" hacia
Phillip en cuerpo y mente, y lo dotó con todos sus bienes sofisticados. La gente
se preguntaría más adelante si hubo un error de traducción, pero Phillip
simplemente se comprometió a dotarla con sus bienes en muebles. Y así se hizo.
Phillip se convirtió en Rey de Inglaterra, y Mary se convirtió en la Reina de
Nápoles y Jerusalén, reinos que ella nunca vería.

Bella y Edward se deslizaron del banquete de la boda tan pronto como fue lo
más decente posible. No tenían interés en ir a la ceremonia de la habitación, la
cual sabían que sería incómoda para la pobre Reina. Entre menos testigos
hubiera, mejor, según la opinión de Edward.

Dijeron sus adioses y Mary besó la frente de Bella cuando ella hizo su
reverencia. Bella tuvo que sonreír en respuesta. La Reina lucía feliz, algo que
Bella nunca había visto. Ella esperaba que al menos durara.

Edward declaró al día siguiente que lo reservaría para pasarlo con su familia.
La Reina no iba a asistir a la Corte; ella pasaría varios días en retiro. Había
sucedido un incidente menor esa mañana, cuando el contingente de nobles
españoles se había presentado en la puerta de su habitación. Las damas habían
estado en shock, y decían que no era correcto visitar a una mujer en la mañana,
después de su noche de bodas. Los nobles trataron de explicarles que era una
costumbre en España saludar al Monarca y a su cónyuge en su cama la mañana
después de la boda, pero ellos no hablaban inglés, y las damas no podían
entender sus abundantes acentos, cuando trataron con otros idiomas.

Phillip había salido temprano, según lo que Alice había escuchado de los
chismorreos del viñedo. Se había levantado a las siete y trabajó desde su
escritorio hasta la misa (la cual había atendido dos veces ese día), y estaba
recorriendo los lugares históricos de Winchester, incluyendo una visita para ver
la mesa redonda del Rey Arturo. Edward probablemente debió ir con él, pero
estaba más interesado en pasar el tiempo con su familia que adular al nuevo
marido de Mary.

Ward descansaba en una sábana en el piso, entre ellos, usando solo un pañal.
Elizabeth jugaba con él a lo que el par había inventado. Mantenía sus manitas
frente a él, para que las golpeara y chillara con alegría cuando hacían contacto.
Edward descansaba apoyado contra unas almohadas y Bella estaba recargada
contra él, con sus manos enterradas en su cintura.

—Sigo pensando que deberíamos envolverlo —dijo él—. Sus extremidades no


crecerán derechas, de otra forma.

—De ninguna manera —dijo Bella—. Él es perfecto como está. Si estuviera


envuelto, no sería capaz de hacer los ejercicios como los está haciendo ahora.

Eso era cierto. Los bebés envueltos tenían sus miembros enrollados
ceñidamente y estaban confinados a una apretada sábana. Incluso sus cabezas
estaban aseguradas en su lugar con una banda de lino.

Edward sacudió su cabeza. Bella tenía unas extrañas ideas sobre la maternidad,
como aquellas que permitían al niño estar tumbado en una sábana, desnudo,
excepto por un pañal flojo, el cual decía ella que prevenía los sarpullidos que
invadían a los bebés y que a veces causaban infecciones fatales. Tenía que
admitir que hasta ahora, Ward parecía mucho más feliz y saludable que la
pequeña Elizabeth, cuando había tenido esa edad.

Debido al extraño comportamiento que habían tenido a su alrededor, Edward


había sido cuestionado sobre las "prácticas paganas" un par de veces por sus
colegas. La opinión general era clara: Bella estaba arriesgando la vida de su bebé
por lavarlo todos los días, dejarlo desnudo al aire y dejando que sus
extremidades crecieran de manera descontrolada. Kat era su acérrima
defensora, a pesar de que le preguntaba en secreto al sentido común sobre qué
estaba haciendo Bella. Insistía en que los miembros de Ward estaban en perfecto
estado y que no necesitaba de la ayuda de envolverlo, como los bebés de otras
personas, claramente inferiores, lo hacían.

La impactante insistencia de Bella por alimentar al bebé ella misma llegó hasta
una sorprendida devota: la mismísima Reina. Había atraído al lado sentimental
en ella. Había declarado que las "esposas de antaño" habían alimentado a sus
hijos y que Bella debía ser elogiada por la dedicación que tenía por su hijo.
Después de todo, todos sabían que los vicios de una nodriza y los defectos en su
carácter, podían pasarse a través de la leche, así como que era posible transmitir
una enfermedad.

La corte regresó a Londres una semana después de la boda. Los últimos días
habían estado ocupados con festines, mascaradas, torneos y bailes, a los cuales
Bella y Edward habían faltado por su cuenta. La distraída Reina estaba
apasionadamente enamorada de su nuevo esposo, que probablemente no había
notado si la corte entera había asistido.

Desafortunadamente, la casa en Hampstead Heath estaba lejos de ser


conveniente para que Bella regresara a alimentar a Ward, así que el bebé sería
llevado al palacio durante el día. Kat supervisó que los sirvientes limpiaran y
preparan un cuarto para él. Las paredes, pisos e incluso el techo fueron tallados
con vinagre, el cuarto estaba fumigado y posteriormente tendido con tapicería,
para mantener fuera a cualquier tipo de contaminación. Edward incluso había
llevado al Padre Jasper para bendecirlo. ("Solo por si acaso", dijo tímidamente).
Nadie excepto Kat y Alice tenía permitido entrar a ese cuarto.
Bella amó esa habitación. Se convirtió rápidamente en su tranquilo lugar de
retiro, en el cual podía escapar del ruido y de los dramas insignificantes de la
corte, y acurrucarse con su bebé. Cada vez que Edward podía escapar de sus
obligaciones, se unía a ella y se tumbaban con su niño en su seguro y tranquilo
capullo, donde nada importaba excepto su familia.

Unas semanas después de la boda, Bella regresaba de alimentar a Ward y


encontró a la Reina en su habitación, llorando frente a su altar.

— ¡Su Majestad! ¿Qué va mal?

—Nada está mal —susurró Mary. Se giró hacia Bella y tomó su mano—. Quiero
que seas la primera en saberlo. Creo que estoy de encargo.

Bella jadeó. Las sobornadas lavanderas habían informado a la corte que la Reina
no había menstruado, pero que siempre había sido irregular con sus periodos.
Las últimas dos mañanas, se había levantado con náuseas, pero eso era de
esperarse después de los lujosos festines de cada tarde. Los rumores volaban,
pero Bella sabía mejor que debía creerlos a partir de ahora.

—He consultado con mis médicos hoy —confesó Mary—. Ellos también lo
creen. Oh, Bella, yo… —rompió en llanto y Bella actuó como una amiga, no
como un sujeto. Tomó a la Reina en sus brazos y la sostuvo mientras ella
sollozaba de alegría.

Esa mañana, Mary decidió tener una cena privada con su familia en sus
cuarteles. Phillip declinó la invitación porque tenía una reunión con sus
consejeros, o eso había dicho. Edward tomó la oportunidad para traer a colación
los prospectos de matrimonio de Ward.

—He elegido una esposa para él, con el permiso de su majestad, por supuesto
—dijo.

Mary terminó de masticar y su sirviente limpió sus labios. Levantó su copa de


vino.

— ¿Oh? ¿A quién tienes en mente?


—Alice Brandon. Es la hija de la media hermana del Conde de Hale.

— ¿La dama de Bella? —La Reina bajó su copa sin darle un trago—. ¿Por qué?

—Es de una buena familia —contestó Edward—. Su padre tiene tierras junto a
las mías en el norte. Sería unir a nuestras dos familias.

— ¿Por qué no una de las hijas del Conde? Su esposa acaba de tener a otra.

—Me he encariñado con Alice, y creo que sería una buena esposa para él.

— ¡Esta cerca de tener veinte años más que él! —La Reina, once años mayor que
su propio esposo, dijo con tono de desaprobación.

Edward no pudo decirle que el compromiso era solo una farsa para proteger a
Alice del Barón Tyler. Mary sentía que el matrimonio era un compromiso
sagrado y que estaría terriblemente ofendida por la idea de que alguien lo usara
de una manera tan insensible.

—Su madre dio a luz a un hijo cuando tenía cuarenta y dos —dijo Edward. No
mencionó que había muerto en el proceso—. Si casamos a Ward con ella cuando
tenga quince, ella sólo tendrá treinta y cinco.

—No, Edward, esto es absurdo. Si quieres unir tus estados con el Conde, elige a
una de sus hijas más jóvenes, no a una prima que pasará su juventud esperando
a que él crezca.

—Prima…

—No —su voz era firme. Edward se sentó de nuevo en su silla, derrotado.

Alice estaba esperando con Ward en sus brazos, mientras ellos dejaban la
habitación de la Reina, esa tarde.

— ¿Le has dicho? —preguntó Edward, manteniendo su voz baja para evitar ser
escuchados a escondidas.

Bella sacudió su cabeza.


—Con todo lo que ha sucedido, lo olvidé.

—Bien —dijo Edward—. Eso solo la decepcionaría ahora. Por Dios, Bella, no sé
qué hacer ahora. Había pensado sin parar en esto y no puedo pensar en otra
pareja adecuada para ella.

Alice se encontró con ellos a la mitad de la habitación, y pasó cuidadosamente a


Ward a los brazos de Bella. Ambos, madre y padre, besaron su pequeña y suave
cabeza.

—Bella —la Reina llamó desde el pasillo—. Tráelo acá, por favor. No he
conocido al miembro más reciente de mi familia.

Bella llevó a Ward hasta la Reina, quien lo sostuvo en brazos. Bella estaba
ligeramente alarmada porque nunca había visto a Mary cargando un bebé,
especialmente uno que no había sido fajado, pero Mary lo levantó en brazos y
apoyó su cabeza como una experta.

—No estés tan inquieta —le dijo a Bella—. Cuidé de mi hermana pequeña,
Elizabeth. ¿Recuerdas?

Ward tomó La Paragrina, la perla que Phillip le había dado a Mary como regalo
de compromiso, y se la metió a la boca. Mary rió suavemente. Sus ojos estaban
nublados con anhelo.

—Oh, cómo desearía que fueras mío, hermoso niño —dijo.

—Tendrás el tuyo dentro de poco —le dijo Edward.

Mary sacó la perla de la boca del bebé.

—Lo haré —dijo—. Dios me recompensará por hacer su voluntad,


restableciendo este reino a lo que debe ser, y trayendo a Inglaterra de vuelta a la
Verdadera Fe. Estoy verdaderamente bendecida. —Besó la parte superior de la
cabeza del bebé, y lo tendió de vuelta a Bella. Las lágrimas brillaban en sus
ojos—. Se avecinan difíciles pero felices tiempos para nosotros, y rezo a Dios por
ello.
La húmeda primavera cambió abruptamente a un caliente y seco verano. Los
pocos cultivos que habían plantado, se marchitaron bajo el despiadado Sol. La
cosecha había sido una de las peores en la historia. La ansiedad era presa en la
gente de Inglaterra, y los precios de la comida se dispararon por la anticipación
del hambre que se aproximaba.

En Noviembre, Mary estableció oficialmente a Inglaterra en la Orden Católica


para alcanzar esa reunificación, los oficiales de la Iglesia aceptaron que los
nobles mantuvieran las tierras y propiedades que alguna vez pertenecieron a la
Iglesia, antes de que el Rey Henry disolviera los monasterios. El Cardenal
Reginald Pole, hijo de la querida amiga de Mary, Margaret, regresó a Inglaterra
después de que el Parlamento levantara la multa en su contra, y fungió como
legado papal, recibiendo la sumisión de Inglaterra y absolviendo al pueblo por
sus pecados.

Conoció a Mary y a Phillip, en las escaleras del palacio Whitehall, y la saludó


con las palabras:

— Salve, eres muy bendecida, el Señor está contigo: bendita eres entre las
mujeres.

—Fue entonces cuando lo sentí por primera vez —Mary siempre decía, cuando
le contaba esta historia a otros—. Sentí al niño moviéndose en mi seno —los
símbolos bíblicos no pasaban desapercibidos para quienes escuchaban,
tampoco.

—Espero fervientemente que no llame Jesús al niño —dijo Edward esa tarde,
mientras estaban acostados en su cama.

— ¡Edward! —jadeó Bella, casi riéndose mientras colocaba una mano sobre su
boca. Incluso ella podía reconocer eso como una herejía—. ¡Shh! ¡Los sirvientes
escucharán!

—No tengo duda de que no soy el único que ha pensado en eso —dijo Edward,
y entonces tumbó a Bella sobre su espalda con una sonrisa—. Eres una malvada
y desobediente mujer, por tratar de callar a tu marido. Debería castigarte.
—Por favor —jadeó Bella, mientras sus manos bajaban lentamente por su
cuerpo.

—Esa es una buena chica —ronroneó—. Acepta tu sanción, que podrías


beneficiarte de él. —Tomó sus manos y las colocó a ambos lados de su cabeza—.
No debes moverte. Ni retorcerte, ¿de acuerdo?

Ella parpadeó. Tuvo que resistir la urgencia de asentir.

—Oh, tu eres una buena niña —dijo, con aprobación—. Creo que mereces una
recompensa por ello —su cabeza se hundió entre las sábanas y Bella mordió su
labio. No podía diferenciar entre un castigo y una recompensa; ambas eran un
delicioso placer.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
—Los títulos completos de Mary y Phillip eran: Phillip y Mary, por la Gracia de
Dios, Rey y Reina de Inglaterra, Francia, Nápoles, Jerusalén e Irlanda, Defensores de la
Fe, Princesa de España y Sicilia, Archiduques de Austria, Duques de Milán, Borgoña y
Brabante, Condes de Habsburg, Flandes y Tirol. (Incluso aunque su padre había roto
con la Iglesia Católica, él seguía manteniendo su título de Defensor de la Fe,
otorgado por el Papa, cuando escribió un tratado teológico que argumentaba
contra las posiciones de Martin Luther, incluyendo una acalorada defensa de la
autoridad Papal. Henry nunca descubrió que el Papa no debía tener autoridad
sobre su ámbito, hasta que el Papa le dijo "no" a algo que él quería). La
reclamación de Francia era ancestral, con datos desde los tiempos de Juana de
Arco. Calais era la única parte del territorio inglés que fue dejado en Francia.

—La ceremonia de la cama involucraba desvestir a la pareja hasta dejarla en


cambios y playera (en el caso de Mary y Phillip, también usaban una libra de
joyería) y ayudarles a ir a la cama. Un cura debía ser llamado para bendecir la
cama y pedirle a Dios que el matrimonio fuera fructífero y rociarla con agua
bendita. Entonces, debían ser dejados solos para consumar el matrimonio (o tan
solos como pudieran los nobles, de todas formas). Dependiendo de la gente que
se involucraba, la ceremonia de la cama podía involucrar a un montón de
festividades, vino y gestos obscenos, pero Mary habría tenido una ocasión
mucho más solemne y respetuosa. Aún así, como Edward pensó, sólo habría
sido bastante vergonzoso para la naturaleza modesta de Mary.

—Las zapatillas eran zapatos de plataforma que se usaban sobre las sandalias.

—Pueden ver algunas imágenes de ropa para fajar a los bebés, y una imagen de
las zapatillas en la página de Facebook de la autora.
Capítulo 21

Traductora: Sarita Martínez (FFAD)


Beta: Marta Salazar (FFAD)

E mmett llegó a la casa en Hampstead Heath en medio de noviembre. Con él

estaba su hija infanta, llamada Margaret por la madre de Rosalie. Rosalie no iba
con él.

—Tuvo un parto difícil —dijo Emmett cuando los saludos habían sido
intercambiados y todos estaban en la cámara privada de Edward y Bella. Los
dos bebés estaban recostados en la gran cuna de Ward cerca de la chimenea,
dormidos. Emmett había acostado al bulto envuelto al lado de Ward y Ward
había tocado curiosamente las mantas cubriendo todo excepto su rostro antes de
dormirse a su lado.

—Casi muere —continuó Emmett—. Pasaron dos meses antes de que pudiera
salir de la cama y después, algo había cambiado. Sentía… melancolía, supongo.
No sé cómo más describirlo. Cuando le dije que iba a regresar a la corte, dijo que
quería quedarse en la Sala Cullen. La Reina dio permiso, y no pensé que ustedes
tuvieran problema si no estaba aquí. —Emmett se inclinó en su silla y miró la
cuna para vigilar a su bebé por doceava vez.

—La primera vez que vi a Margaret, finalmente entendí —dijo Emmett


suavemente—. Pensaron que iba a estar insatisfecho porque era una niña. Casi
tenían miedo de decirme, pero entonces la partera me la dio y… —Emmett se
detuvo, claramente sin palabras.
—Te ves bien, hermano —dijo Edward—. Te ves… feliz.

—Estoy feliz —contestó Emmett—. Y estoy bien. No he tenido ni una gota de


bebida desde que sujeté a mi bebé en mis brazos por primera vez.

Edward quedó boquiabierto.

— ¿En serio?

—En serio. Estaba enfermo… enfermo a morir, pensé. El Padre Jacob me dio
extremaunción.

— ¿Por qué no mandaste por mí? —preguntó Edward.

Emmett sacudió su cabeza. —No deseaba que me vieras así, que vieras qué tan
bajo me había dejado mi pecado. Pero Dios fue misericordioso, y ahora tengo a
mi Maggie.

—Es hermosa —comentó Edward.

—Es mi milagro —Emmett dijo—. No puedo explicarlo. Miré su pequeño rostro


la primera vez que la sujeté y sentí una gran pena por en qué me había
convertido. Quería ser digno de ella, de ser el padre que ella merece. Sé que no
me creerán, y ciertamente entiendo eso, porque probablemente yo mismo lo
desacreditaría, pero todo ha cambiado para mí, Edward.

Edward guardó silencio por un largo momento. El hombre sentado ante él era
uno que no había visto desde hace casi tres años. Los ojos de Emmett estaban
brillantes e inteligentes, no nublados y apagados. Sus manos ya no temblaban y
la esencia del alcohol ya no permanecía alrededor de su persona. Se veía…
despierto por primera vez en años.

—Te creo, hermano, y estoy feliz de tenerte de vuelta.

— ¿Qué hay de Rosalie? —preguntó Bella.

—No lo sé. —Emmett pasó su mano por su cabello, que estaba más largo de lo
que Bella hubiera visto, una oscura greña de rizos—. Algo cambió para ella
también, el día que Maggie nació. Todos los adivinos que había contratado
juraron que traía a un niño. Después de su largo y terrible parto, fue una niña la
que nació y eso pareció romperla en una forma en la que el dolor y la fatiga no
habían hecho. No la cargó, ni siquiera quiso verla. Lo intenté. Pensé que si veía
lo perfecta y hermosa que era Maggie cambiaría de opinión, pero sólo se alejó.
Quería que mandara a Maggie a vivir con una nodriza, pero me negué, y ella me
dijo que mantuviera a Maggie lejos de ella. Incluso quemó todas las ropas
hermosas que había bordado para el bebé, porque dijo que era para nuestro hijo.
Era como si pensara que Maggie le había quitado a ese hijo.

—Algunas mujeres tienen una tristeza en el alma después de que nace su bebé
—dijo Bella—. Quizás Rosalie es una de ellas. Puede que mejore. Sé de algunas
hierbas que pueden…

—Sí tiene una enfermedad del alma, pero no es por causa del bebé —replicó
Emmett secamente—. Le dije antes de irme: usará mi anillo y mi nombre, pero
no quiero tener nada que ver con ella. No soy cruel y no la haré a un lado, pero
no seré un esposo para ella.

— ¿Cambió algo después de que la golpeaste? —preguntó Bella.

— ¿Golpearla? Nunca la golpeé —respondió Emmett, perplejo—. ¿Ella dijo que


la golpeé?

—Escuché unos rumores de los sirvientes…

Él negó con la cabeza. —Amenacé con cortar sus fondos y quitarle sus joyas y
ella lloró por días pero juro que nunca le puse una mano encima. Creo que ella
hubiera preferido que la hubiera golpeado en vez de amenazar con quitarle su
dinero. —Emmett sonaba disgustado con la avaricia de Rosalie—. Lamento
haberla traído a nuestra familia, Bella.

—Estoy segura que debe haber una razón por la que ella…

Edward se rio suavemente. Llevó a su esposa de su silla a su regazo y la abrazó.

—Esa es mi Bella, siempre tratando de pensar lo mejor de las personas.


—Creo que está triste y asustada —dijo Bella—. Eso puede hacer que una
persona haga cosas que ordinariamente no haría.

— ¿Como lo que la Reina le hizo a la Princesa Elizabeth? —cuestionó Edward


con voz lúgubre. Aún no había perdonado a Mary por mandar a Elizabeth a
Woodstock. Ella se negaba a leer las cartas de Elizabeth o escuchar sus quejas
sobre la condición en la que se encontraba, se negaba a discutir la situación con
Edward. Estaban en un estancamiento: Mary dijo que no aceptaría a Elizabeth
de regreso en la corte a menos que admitiera su culpa y pidiera perdón, y
Elizabeth no confesaría algo que decía no haber hecho.

—Bess va a regresar a la corte pronto —habló Bella—. Quería decírtelo antes,


pero lo olvidé por la emoción de la llegada de Emmett. Phillip le dijo a Mary
que trajera a Bess de vuelta para que pudiera estar presente en el nacimiento del
bebé.

Emmett y Edward intercambiaron miradas. — ¿Qué dijo Mary?

—No se alegró mucho, pero va a obedecer los deseos de su esposo. —Eso era
hablando ligero. Después de que Phillip dejó el cuarto, Mary se había soltado a
llorar y Bella y Susan Clarencieux hicieron todo lo posible para calmarla,
temiendo que hiciera daño al niño que llevaba dentro. Phillip rara vez iba a las
cámaras de la Reina y ahora que lo hacía, era para ordenarle que regresara a
Elizabeth a la corte, justo como su carta había sido sobre ella. Bella y Susan le
dijeron a Mary que era natural para un esposo querer arreglar problemas en la
familia de su esposa, pero Mary no estaba aceptando trivialidades
tranquilizadoras.

—Piensa que es bueno tener a la heredera del trono a la mano en caso de que
Mary muera en el parto —dijo Edward. Y Bella temió que esa era la conclusión
que la Reina también había sacado.

Un grito llegó desde la cuna, y los oídos maternos de Bella detectaron


inmediatamente que no era Ward. Fue a la cuna mientras Emmett levantaba a
Margaret y la movía gentilmente en sus brazos mientras le murmuraba, pero
Margaret gritó más fuerte.
—Tiene hambre —le dijo Bella. No conocía la voz de Margaret tan bien como la
de su hijo. Ella podía decir cuándo los llantos de Ward significaban que tenía
hambre, o necesitaba un cambio, o sólo quería ser sujetado. El grito de Margaret
sonaba como un grito de "aliméntame" para ella.

—Alice, trae a su nodriza —comandó Emmett. Alice, quien estaba al fondo del
cuarto, hablando quietamente con el Padre Jasper, se levantó e hizo una
reverencia, incluso si su expresión estaba algo malhumorada por haber
interrumpido su apreciado tiempo con Jasper.

—No, Alice, no te molestes —le dijo Bella—. Yo puedo alimentar a Margaret.

Todos se veían sobresaltados por la idea. Bella se rio.

— ¿Por qué no? Tengo suficiente.

—Eres una duquesa, no una nodriza —le dijo Edward.

Bella se resistió de rodar sus ojos. Las mujeres Selkie a menudo dejaban sus
bebés en cuidado de otra madre mientras iban a nadar, y si el bebé tenía
hambre, esa mujer lo alimentaba, igual como lo haría con su propio hijo; y si una
madre Selkie se perdía, otra mujer con un bebé tomaba al niño para alimentar y
criar como si fuera suyo. Estas personas tenían costumbres tan raras cuando se
trataba de la lactancia. Contrataban a una extraña para darles leche a sus bebés,
pero si un relativo lo hacía era sorprendente.

—Me conoces mejor que a la nodriza —Bella le dijo a Emmett—. Sabes que
estoy saludable y que no tengo vicios que pasar al bebé.

Edward sonrió y susurró en su oído. —Quizás uno o dos.

Ella se rio y besó su mejilla.

En los brazos de Emmett, Margaret seguía llorando. Ward se movió y se


preparó para soltar un llanto de simpatía. Bella tomó a Margaret de los brazos
de Emmett y se fue a una esquina quieta y oscura. Primero destapó al bebé de
sus capas de mantas y colocó una encima de ellos sobre su hombro por modestia
mientras se soltaba su corpiño. Margaret se pegó rápidamente. Emmett aún
estaba ansioso cerca de la cuna.

—Sé que Bella sería mejor que la nodriza, pero parece…

—Lo sé —dijo Edward—. Pero si quiere hacerlo, entonces no veo nada malo.

Antes de que Bella regresara a Margaret a su padre, revisó el pañal del bebé y
notó que tenía una rozadura terrible. —Oh, pobrecilla. —Fue a su cómoda y
sacó la crema que había hecho en caso de que Ward tuviera una rozadura, hecha
de consuelda y manzanilla, y la aplicó a la roja piel del bebé.

—No puede usar esto —Bella dijo, jalando las bandas que envolvían las
extremidades de la niña.

—Es mejor no llevarle la contraria en eso —aconsejó Edward cuando Emmett


abrió su boca.

— ¡Pero quedará torcida! —protestó Emmett. Margaret hizo ruidos y movió sus
extremidades libres en el aire.

—Ward no lo ha usado y parece crecer correctamente.

—No quieres que tenga rozaduras, ¿o sí? —demandó Bella—. ¡La pobrecilla
debe de estar ardiendo debajo de todas esas cubiertas!

Emmett se rindió, justo como Edward había hecho, en parte porque estaba
encantado por la alegría de Margaret en libertad y en parte porque conocía el
corazón de Bella, y sabía sin ninguna duda que nunca haría algo que dañara a
su hija. Vio los ojos de Emmett, sonrió gentilmente y entonces miró a los bebés,
y Emmett supo que Margaret se había ganado otra madre.

— ¿Su Gracia?

Bella apenas se había ido de la ceremonia de acción de gracias dada en St. Paul's
en celebración de la vivificación de la Reina, y estaba dirigida a su lecho, a
cuidar a los bebés, cuando la voz detuvo su progreso. No reconoció al hombre
que se arrodilló enfrente de ella. El viento soltaba hojas marrones sobre los
adoquines a su alrededor y temblaba levemente, pero ella no pensaba que fuera
por el frío.

— ¿Sí? —dijo con simpleza.

—Su Gracia, soy Edward Askew. El esposo de mi hermana, Thomas Kyme, es el


capellán de su lord esposo.

Bella reconoció vagamente el nombre, pero nunca había conocido al capellán de


su esposo, que vivía en la villa cerca de la Sala Cullen. —Ya veo. ¿Qué necesitas
de mí?

—Mi hermana, Anne, ha sido expulsada de su hogar por su esposo. No tiene a


dónde ir, así que vino a mí, pero yo vivo en uno de los hostales cerca de la corte
y el dueño no dejará que tenga a una mujer en mis cuartos, ni siquiera mi
hermana. Esperaba que pudiera tomarla a su servicio. Es una mujer honesta y
trabajadora que le servirá bien y con lealtad.

— ¿Por qué su esposo la expulsó?

Askew dudó. —Ellos… tienen diferente fe, su gracia. Anne es una reformista.
Por favor, su gracia. No tome su fe contra ella. El Padre Jacob sugirió que
hablara con usted. Dice que es una mujer amable y que sus puertas están
abiertas a cualquiera en necesidad.

Bella estaba sorprendida; nunca había escuchado decir al Padre Jacob nada
bueno sobre ella y le sorprendía más que le ofreciera asistencia a una
protestante. —Estos son tiempos peligrosos para aquellos que no se conforman
—dijo Bella suavemente.

—Por favor, su gracia —rogó él—. Ha perdido su hogar, sus hijos.

El corazón de Bella dolió. Una mujer no tenía derechos sobre sus hijos. Si Kyme
quería, podía prohibirle a Anne de ver a sus hijos. Bella trató de imaginar el
dolor que sentiría si Edward le quitara a Ward y sus ojos se llenaron de
lágrimas. —La ayudaré —dijo—. Llévala a nuestro hogar mañana y habla con
Kat Ashley por una posición para ella. Y haré que mi lord esposo hable con
Kyme.

—Gracias, su gracia —dijo Askew. Una lágrima resbaló por su mejilla—. No


sabe lo agradecido que estoy.

Bella le sonrió y continuó su camino a los cuartos. Quería darle un beso extra a
su bebé y uno a Edward también. Cada día, algo le recordaba de lo
extraordinario que era con ella. Alice y ella caminaron tranquilamente, ambas
perdidas en sus pensamientos, y probablemente por eso Phillip y sus caballeros
no las notaron.

—Al menos no tienes que compartir la cama de la vieja perra ahora —uno de
ellos dijo y Phillip se rio.

—Te digo, toma la fuerza del mismo Dios el beber de esa copa —respondió
Phillip con un temblor exagerado.

Las lágrimas ardieron en los ojos de Bella. Cuando estaba en presencia de Mary,
Phillip siempre era educado. Incluso de vez en cuando decía una frase
romántica. Mary pensaba que él la amaba, y que él era feliz en su matrimonio.

Bella esperaba que nunca se enterara de cómo Phillip se burlaba de ella a sus
espaldas.

Alice notó por la expresión de Bella que el Rey debió de decir algo terrible, pero
tuvo el tacto de no preguntar. Abrió la puerta de la cámara de Bella y Bella
corrió dentro a su refugio, el cálido y seguro mundo que compartía con su bebé.
Encontró a Kat sentada en la cama con Ward y Margaret, moviendo un collar de
joyas sobre los bebés para que jugaran con él. Se veía que Ward estaba
disfrutando este juego porque estaba gritando con alegría, y Margaret se veía
contenta de observar, en trance por el brillo de las gemas.

— ¿Estás bien? —le preguntó Kat a Bella.

Bella cargó a Ward y besó sus pequeñas mejillas. —Estoy mejor ahora —
contestó. Desprendió su corsé y abrió su par de corpiños con un suspiro de
alivio. Sus pechos le dolieron todo el día por estar presionados por la dura tela.
Acunó a Ward en su brazo y él comenzó a alimentarse vorazmente. Fue algo
raro tener a Margaret en el otro brazo, pero lo logró, y Margaret no necesitaba
ayuda para prenderse.

Kat anduvo alrededor, buscando rastros de polvo en los muebles. Estaba


tomando su posición como ama de llaves muy seriamente y tenía a las pobres
sirvientas con miedo de dejar algo sucio.

—Una sirvienta nueva se va a unir al personal de la casa —dijo Bella—. Su


nombre es Anne, y es la cuñada de Kyme.

—He escuchado de ella —dijo Kat y Bella se sorprendió.

— ¿En serio?

—Sí, una de las sirvientas en la cocina es su prima o algo parecido. Hace unos
días les estaba diciendo a las otras chicas acerca de la pobre de Anne. Su
hermana era su prometida y cuando murió, Anne fue forzada a casarse con él en
vez de su hermana. Dijo que Kyme es tan fanático que hace que Mary se vea
como una apóstata. Cuando Anne se negó a dejar de asistir a sus reuniones
bíblicas, la expulsó, esperando que recuperara el "sentido". En vez de eso ella
vino a Londres. Las chicas de la cocina dicen que está buscando un divorcio.

— ¿Un divorcio? —Bella estaba espantada—. ¡Askew no dijo nada de eso!

—Probablemente pensó que vendría a nada. Los eclesiásticos casi no lo aceptan.


No tiene razones.

Bella se sentía inquieta. —Quizás no debí haber aceptado darle un lugar. ¿Crees
que Edward se enojará conmigo?

Kat negó con la cabeza. —El personal es jurisdicción de la esposa. Contratas a


quien quieres. No pasa nada. Estará abajo. Es probable que incluso no la veas.

Fue más tarde esa noche antes de que Edward regresara de sus deberes del
consejo. Bella bajó a saludarlo e hizo que los sirvientes llevaran el plato que
debió de quedar caliente en la estufa de la cocina. Se sentó en la mesa en su
cámara y comió como si no hubiera visto comida en todo el día. Al terminar, se
enderezó, satisfecho. —Gracias, Bella. ¿Cómo están los niños?

—Elizabeth estuvo algo difícil esta noche. Quería esperar por ti, pero la acosté a
la hora regular.

— ¿Y los bebés?

Bella sonrió. —Ambos están bien. Margaret está en su cuna en la cámara de


Emmett y Ward está durmiendo en nuestra cama por el momento. Se veía tan
adorable acurrucado en su almohada que no pude moverlo.

— ¿Estás segura que cuidar a ambos bebés no es una carga para ti? —preguntó
ansiosamente.

—Estoy segura. Estoy muy bien.

La jaló a su regazo. —Me preocupo por ti.

—Lo sé. Pero Edward, te prometo, estoy bien. Te diría si no lo estuviera.

Él acarició su cuello. —¿Has ido a nadar recientemente? ¿Te gustaría ir esta


noche?

Eso sonaba muy bien, pero sus ojos estaban cansados. —Quizás mañana —dijo
ella.

— ¿Cómo estuvo la ceremonia de acción de gracias? —le preguntó.

—Larga —contestó Bella, y él se rio.

—Ninguno de los vestidos de la Reina se cerraba sobre su vientre, así que fue a
la iglesia atada flojamente. Fue un escándalo menor, pero creo que a la Reina le
gusta mostrar su gran vientre.

—Se ve mejor que antes —comentó Edward—. La gordura le queda y su color


es bueno.
—Está feliz —dijo Bella—. Eso hace que cualquier mujer sea más linda. Sólo
deseo…

— ¿Qué deseas?

—Phillip no es el Príncipe perfecto que ella cree que es.

—Lo sé —dijo Edward malhumorado—. Por eso llegué tan tarde esta noche. El
Parlamento confirmó la reunificación con Roma. El Papa es de nuevo el jefe de
la Iglesia de Inglaterra, aunque los nobles tuvieron la precaución de añadir una
cláusula que asegura que ninguno de ellos tendrá que regresar las tierras y
propiedades que consiguieron después de que el Rey Henry destruyó los
monasterios. La Corona regresará la porción que aún controla, lo cual es una
pérdida en ingreso que podemos sobrellevar. Todo hecho rápidamente, pero
Gardiner quería una cláusula que hacía a Phillip regente en caso de que Mary
muera en el parto. El Consejo y el Parlamento finalmente aceptaron pero Phillip
tiene que ir, meterse en el asunto y pedir una coronación.

— ¿Quiere ser coronado? Pensé que el tratado de matrimonio…

—En efecto.

Bella gruñó. —Mary no dijo nada de esto. Debe de estarla molestando con eso.

— ¿Cuándo? A duras penas la visita, o eso dicen en la corte.

—Está muy ocupado —dijo Bella automáticamente. Y era verdad. Phillip estaba
actuando como el co-gobernante de Mary. Firmaban las leyes juntos, y Phillip la
ayudaba con sus tareas administrativas, aunque Mary era la que hacía todas las
decisiones al final. Incluso creó nuevas monedas que tenían ambos perfiles en
ella, en vez de sólo la suya.

—El Consejo está fuera de control —dijo Edward planamente—. Facciones


luchan por el predominio, peleando constantemente y apuñalando por la
espalda. Me sorprende que algo de trabajo se esté realizando. Y regresar la
autoridad del Papa no ha sido una movida popular. El Emperador le está
urgiendo a Phillip que tome el control, pero que se asegure que Mary parezca
ser la que tiene todo el poder. Y Pole está insistiendo que ahora que Inglaterra
ha sido restaurada a la Iglesia, necesitamos reintegrar las leyes de herejía.

Bella palideció. — ¿Tiene el apoyo que necesita?

—Podría pasar —admitió Edward.

—Hablaré con Mary —dijo Bella—. Sé que no querrá lastimar a las personas.
Seguramente no dejará que eso pase.

—Espero que tengas razón —le respondió Edward—. Con todo mi corazón y
alma espero que tengas razón.
Capítulo 22

Traductora: Mentxu Masen (FFAD)


Beta: Xarito Herondale (FFAD)

Ahora cantamos, ahora primavera, nuestra preocupación se exilia.


Nuestra virtuosa Reina se acelera con el niño.

Ahora Inglaterra está feliz, y feliz de hecho,


que Dios en su bondad haga prosperar su semilla:
Por lo tanto, vamos a rezar, nunca se ha necesitado tanto,
Dios prospere su alteza, Dios le envió a ella buena aceleración.

Cuánta buena gente se desesperaba mucho,


que esta pequeña Inglaterra debe carecer de un correcto heredero:
Pero ahora las dulces aguas de caléndula en feria,
Esos triunfos de Inglaterra, sin ningún tipo de atención.

Nuestras dudas se resolvieron, nuestras fantasías contentas,


el matrimonio es alegre, lo que muchos lamentan:
Y tanta es la envidia, como los locos se han arrepentido,
los errores y terrores, que ellos se han inventado.

Dios prospere su grandeza en todas las cosas,


su noble esposo, nuestro afortunado rey:
Y esa flor noble que se planta en primavera,
amen dulce Jesús, cantamos de todo corazón.
B ella aplaudió junto con el resto de la audiencia cuando la balada terminó.

La reina Mary, sentada en su trono junto a Phillip, se ruborizó y agachó la


cabeza, orgullosa, pero tímida del homenaje musical. La balada se estaba
haciendo popular entre la gente, o eso es lo que le habían contado a Bella, y el
impresor había hecho una buena suma con la venta de las copias.

Mary estaba sentada en el trono a la derecha, una situación que había creado
una acalorada discusión entre los sirvientes de Mary y los de Phillip. Él era el
rey, argumentaron los partidarios de Phillip, y él debería estar sentado en el
asiendo tradicional del rey. Mary era reina por derecho, replicaron sus
partidarios, y Phillip era el consorte. La discusión había finalizado cuando Mary
hizo acto de presencia en la habitación y se colocó en el trono a la derecha sin
más trámite.

Ahora ella se lanzó a sus pies, el hinchado vientre haciendo su forma difícil de
manejar. —Buenas noches mis señores, mis señoras. —Ella inclinó su cabeza y la
habitación se inclinó al unísono. Bella la siguió desde la habitación, a través de
la cámara privada y hasta la cámara de la Reina. Tan pronto como la privacidad
(tanta privacidad como la Reina podía tener, de todas formas) se había
alcanzado, Mary suspiró pesadamente—. Estoy cansada y deseo retirarme—
dijo. Ella tendió sus brazos para ser desvestida.

—Su majestad lleva esos zapatos de tacón alto de nuevo —regañó Bella—. Sus
pobres tobillos deben doler intensamente.

Mary se rio un poco, como siempre hacía cuando Bella le increpaba de alguna
manera. Mary no había tenido a alguien que se preocupara por su bienestar
personal por un tiempo. Cada vez que tenía a una institutriz para cuidarla o una
doncella, su padre había encontrado una causa para sacarla, o incluso, en el caso
de la Condesa Pole, ejecutarla. Mary ahora tenía sus amigos a su alrededor, pero
la mayor parte del tiempo, estaban demasiado asombrados por su condición de
reina como para regañarla como hacía Bella.

—Prometo que no lo haré de nuevo —dijo Mary enfáticamente y levantó sus


pies para que le quitaran las zapatillas—. Creo que finalmente aprendí mi
lección.

Mary tenía una pasión por la ropa bonita y de moda, pero poco gusto. Parecía
que operaba bajo la creencia de cuanto más brillante y más adornada de joyas,
mejor. Los estilos y colores se llevaban mejor en las mujeres jóvenes y los kilos
de joyas pusieron a Bella en mente cuando la pequeña Elizabeth jugó en su
pecho enjoyado. Bella se había rendido en intentar gentilmente guiarla en ropa
más suave y adecuada. Si Mary supiera cómo Phillip y el resto del contingente
español se burlaba de su armario, ella se habría derrumbado.

El tratado había prohibido a Phillip de nombrar a algún sirviente español en su


casa. Todas esas posiciones se habían dado a los hombres ingleses católicos,
pero Phillip había traído de todas formas a una gran comunidad de sirvientes
españoles y ahora estaba luchando por pagar dos comitivas masivas. Había
empezado a dar a entender a Mary que él prefería tener regalos de dinero en
lugar de las ropas que ella le enviaba. Esta noche, Mary le había enviado un
doblete de joyas que él había "olvidado" llevar. Si Mary había estado
decepcionada cuando él llegó con otra ropa, ella no había dado señales de ello.

Eso era de lo que se trataba el ser reina, pensó Bella. Reír amablemente incluso
cuando estabas con dolor. Mary había aprendido estas lecciones muy bien de su
madre, Katherine de Aragón, quien había sido educada con Anne Boleyn, la
mujer por la que su marido quiso divorciarse después de veinte años de
matrimonio. Ella había tratado a Anne igual que a cualquier otra mujer, incluso
cuando su corazón se rompía.

—Su majestad, el Rey está aquí —anunció uno de los sirvientes.

— ¡Oh! —Mary se acarició el pelo y miró hacia abajo, horrorizada de que


estuviera solo en su vestido y sus enaguas—. Ore, dígale que espere un
momento. —A sus damas, ella dijo—: Encontrad mi bata rápidamente.

La bata de satén fue sacada de su armario y puesta sobre Mary rápidamente.


Para una Reina, era una prenda simple, color amarillo verdoso de raso bordado
con flores sobre una tela gris. Mientras Mary era vestida, Bella cogió un cepilló y
rápidamente lo recorrió sobre el pelo de Mary, admirándolo mientras lo hacía.
Mary todavía tenía un pelo maravilloso, castaño oscuro con reflejos rojos sin
canas que echaran a perder su belleza. Colgaba más allá de sus caderas en ondas
suaves. Tan pronto como Mary tuvo abotonada su bata, dijo tranquilamente:

—Puede dejarle entrar. —Pero su color era alto y emocionado.

Phillip hizo una reverencia y Mary la respondió: —Mi señor —dijo—, qué
amable que venga a visitarme.

—Vine con noticias de mi padre —dijo Phillip—. La guerra con Francia está
aumentando rápidamente. —Él sostuvo una carta y Mary la leyó.

—Ya veo —fue todo lo que dijo.

—He ordenado un barco desde España a mi disposición. Mi intención es salir


en la primavera tan pronto como el tiempo me permita navegar. Voy a liderar
las tropas de mi padre en la batalla.

La cara de Mary empalideció.

— ¿Tiene que ir? —susurró—. No estará aquí para el nacimiento de nuestro


heredero.

—Le debo a mi padre el deber de un hijo —dijo Phillip—. Confieso que por
algunos años he estado deseoso de dirigir una campaña militar. Será mi primera
oportunidad para adquirir o perder prestigio. Todos los ojos se fijarán en mí.

—Ya veo —repitió Mary.

—Eso es todo —dijo Phillip. Él le dio una corta reverencia y se marchó.

Mary se sentó pesadamente en una silla cercana. Sus ojos vidriosos por la
impresión y ella temblaba violentamente. —Dejadme —ordenó.

—Su majestad… —comenzó Bella, su voz gentil y persuasiva.

—Dije, dejadme —Mary repitió en una voz que no admitía argumento. Bella y
las otras damas hicieron una reverencia y se dirigieron a la puerta de la
habitación privada. Bella miró hacia atrás, a la Reina, quien de repente parecía
una década mayor, encorvada con sus brazos envueltos a su alrededor. Dejó
escapar un gemido de dolor suave y Bella cerró la puerta sin hacer ruido. Mary
necesitaba su privacidad porque ahora mismo, ella era una mujer angustiada,
no una reina.

Fue un invierno brutalmente fuerte ese año y el frío y el hambre hizo mella en
la gente. Nadie llevaba la cuenta de cuántos muertos de hambre, de cuántos
bebés muertos debido a que sus madres hambrientas no tenían leche, de cuántos
estaban débiles y sucumbieron a la enfermedad. Oraciones eran enviadas a
Dios: ¿Por qué estaban siendo castigados? ¿Qué pecado cometió Inglaterra que
disgustó al Señor? ¿Por qué había maldecido a la nación?

Hacía tanto frío que el río detrás de la casa en Hampstead Heath se congeló.
Parecía que Edward se preocupaba más de que Bella no pudiera nadar que ella.
Bella sentía como si casi no lo necesitara, tan feliz mientras estaba con Edward y
los bebés. Emmett, ahora que estaba sobrio, era juguetón y divertido. Podía
aligerar el estado de ánimo de cualquiera en la habitación. Su hija parecía haber
sanado un poco la grieta de su alma. Y él era tan bueno con los bebés que eso
dio a Edward y Bella bastante tiempo "a solas" en su habitación.

Una tarde, Bella se despertó de la siesta y encontró a una chica desconocida en


su habitación, quitando el polvo del gabinete de la esquina donde se guardaba
la piel de Bella. Ella siempre sentía una oleada de alarma cuando alguien estaba
cerca de ella y debió haber hecho ruido porque la chica saltó y se giró.

—Oh, siento haberla despertado, su gracia. —Se hundió en una profunda


reverencia y echó una mirada rápida a la cara de Bella con una expresión de
ansiedad.

—No se preocupe —dijo Bella. Se sentó y se desperezó—. Es probablemente


tiempo de que me levante de todas formas. ¿Qué hora es?

La chica miró el reloj sobre la repisa de la chimenea, que había pertenecido a


Jane Grey. —Solo las cuatro, su gracia.
¿Cuatro? ¡Oh mierda! Bella saltó de la cama.

—Se supone que solo me iba a echar por un rato. ¿Cuál es tu nombre?

—Anne, su gracia. Anne Askew.

— ¡Oh! —Bella la estudió cuidadosamente. Así que esta era la chica que había
sido despachada de su casa debido a sus creencias. Bella le había mencionado a
Edward y pedido que él hablara con su marido, Kyme, para ver qué podía
hacerse. Edward había golpeado su frente cuando ella lo mencionó debido a que
había intentado recordarse de hablar con Kyme sobre su salario y como ellos lo
estaban distribuyendo. Él había escrito una carta y enviado ayer. Deberían
escuchar de vuelta en una semana o así, siempre que el mensajero no se
encontrara nieve en alguna parte del camino.

Anne retorció el trapo que tenía en sus manos. La curiosa mirada de Bella le
había puesto nerviosa.

—Me gustaría agradecerle, su gracia, por su bondad al darme un lugar en su


hogar —dijo Anne.

—Estaba sufriendo por usted cuando oí que su marido no le permitía ver a sus
hijos —dijo suavemente Bella—. No puedo imaginar el daño que sentiría si
estuviera en una situación similar.

Anne enderezó sus hombros y levantó su barbilla. —Estoy sufriendo por mi


dedicación a Jesús —dijo—, y Él me recompensará en el cielo.

Bella bajó la voz, consciente de que las paredes tenían oídos en las casas de los
nobles.

— ¿No tiene miedo? Es ilegal ahora acudir a cualquier otro servicio que la misa.

Los ojos de Anne brillaron. —Oh, su gracia, si tenemos que sufrir por nuestra
fe, así sea. Nuestro destino está en manos de Dios.

—Anne, tengo que advertirle, se va a poner peor —dijo Bella.


Ayer, ella había estado en la habitación de Mary cuando el cardenal Pole y el
obispo Gardiner fueron de visita. Alguien los había convocado, pensando que
podría haber una manera de revivir los espíritus de la Reina, para sacarla de la
depresión en la que se había hundido después del anuncio de Phillip. Ahora,
ella estaba también preocupada por la inminente llegada del bebé. Había una
posibilidad muy real de que muriera en el proceso. Ella se preguntaba qué clase
de reino le dejaría a su hijo.

En lugar de crear un orden pacífico y uniformidad en la fe como Mary tenía


intención, el regreso del seno del Papa a Inglaterra parecía haber fortalecido la fe
de los protestantes. Los servicios protestantes se llevaban a cabo en áticos y
sótanos. Grupos de estudio de la Biblia, como al que Anne pertenecía, estaban
por todas partes.

Ya en tiempos de Henry VIII, el rey había pensado que sería buena idea el
publicar la Biblia en inglés, así estaría disponible para toda la gente, no solo para
aquellos estudiosos del latín. Para su horror, la gente comenzó a formar sus
opiniones sobre lo que la interpretación de la Biblia tenía que ser y tuvo que
derogar la ley y reemplazarla con otra en la que decía que nadie con el rango
por debajo de caballero podía leer la Biblia, ni las mujeres de ningún rango. Pero
la nueva ley de Henry fue inútil, se fue apagando como si fuera una vela
después de que hubiera empezado un incendio. Las Biblias en inglés fueron
copiadas, impresas en secreto, y distribuidas de contrabando al extranjero,
muchas más cada año a medida que pasaban a pesar de los intentos de
detenerlos.

El obispo Gardiner le frunció el ceño a Bella y se alejó de su reverencia. Bella no


sabía qué había hecho para ofender a Gardiner, pero él parecía detestarla y
había rechazado sus propuestas amistosas. Edward le había informado que el
obispo le trataba de la misma manera en las reuniones del consejo. En el caso de
Edward, él pensó que era debido a que había argumentado en contra de la
reactivación de las leyes contra la herejía y Edward sugirió que tal vez a
Gardiner no le gustaba Bella por asociación.

El cardenal Pole le tendió la mano a Mary y le besó el anillo. Hizo la señal de la


cruz sobre ella en bendición antes de que ella se levantara.

—Su majestad, me entristece verle en tal estado —dijo, agitando su mano.

—Todo se está cayendo a pedazos —dijo Mary—. No lo entiendo. Justo ayer oí


sobre un ataque contra un sacerdote por un grupo de disidentes. Ellos le
cortaron la nariz, Padre. Ellos echaron mano a un hombre de Dios y lo hicieron
con violencia.

—Habéis permitido que las malas hierbas ahoguen el jardín que habíais
plantado —dijo Pole—. Cuando Inglaterra se unió de nuevo a la Iglesia, puse
sus pecados en el Mar del Olvido. Todo el mundo tuvo la oportunidad de
comenzar de nuevo. En lugar de eso… los disidentes han vuelto a su pecado
como un perro a su vómito.

Mary se encogió ante la metáfora bíblica. Estaba teniendo nauseas estos días.

—Dios le dio la corona con un propósito, su majestad. Su vida se salvó de traer


a Inglaterra de vuelta a las manos de la Iglesia, de vuelta a la luz de la
Verdadera Fe. No puede ser un mejor trabajo de iniquidad en contra de la
nación, que la labor de esa gente, y no hay ningún tipo de traición a la patria en
comparación a la de ellos: Al socavar la base misma de esta nación, ellos crearon
una puerta de todo tipo de vicios y maldad.

—Usted vio qué ocurrió cuando los protestantes se rebelaron bajo Wyatt
—añadió Gardiner—. ¡Colgaron a trescientos sacerdotes!

Bella había escuchado esta historia, también, pero nadie tenía un nombre de
ninguno de los sacerdotes que supuestamente habían sido colgados.

—Dios no va a enviar a esta nación prosperar hasta que usted erradique al mal
—dijo Pole—, por esa razón, Dios le conserva a través de los días peligrosos. Su
abuela, Isabella, vio el peligro que suponen los herejes. Y a través de sus
esfuerzos, España se ha convertido en una nación poderosa bendecida por Dios,
próspera y segura.

Mary miró hacia atrás y hacia adelante entre los hombres. Bella había
escuchado una vez que Pole describía a Mary como una mujer con poca fuerza
de voluntad, como todas las mujeres, y aquí en la cara de Gardiner y Pole, ella
parecía estar insegura. —Debo orar al respecto —dijo.

—Su hermana es todavía una amenaza —advirtió Gardiner—. Los protestantes


podrían elevarse a su favor si ellos continúan creciendo fuertes. —Era una
amenaza puntual: se esperaba que Elizabeth llegara en cualquier momento.

—Oraré al respecto —repitió Mary. Por su firmeza en el tono, los dos hombres
sabían que su audiencia había terminado. Y mientras ellos se iban, Bella había
visto la cosa más aterradora en los ojos de Mary: esperanza.

Ahora, ella estaba advirtiendo a la chica que había sido expulsada de su casa
por su distancia religiosa.

—Van a revivir las leyes contra la herejía —le dijo a Anne—. Gardiner
encabezará una comisión especial para encontrar y tratar herejes.

—No tengo miedo —contestó Anne—. Oh, si solo pudiera hacerle entender, su
gracia. Aquellos que viven con Jesús en sus corazones no tienen miedo.
Pregúntele al señor hermano de su marido. Él le contará.

— ¿Emmett? —soltó Bella—. ¿Emmett es un protestante?

—Sí, su gracia. Él recibió el estudio de la Biblia en Cullen Hall. ¿No lo encuentra


un hombre cambiado respecto a como usted le conoció una vez?

—Sí, pero pensé… Su hija…

Anne asintió. —Eso lo comenzó, su gracia. El Señor trabaja de formas


misteriosas, y en ese caso, Él trabajó a través de una niña para hacer despertar a
un hombre que se había ahogado en el pecado y el vicio.

Bella se sentó en su cama, aturdida. Tenía que hablar con él, pensó. Tenía que
advertir a Emmett sobre lo que se venía.

—Si quisiera atender, su gracia, hay una reun…


— ¡Pare! —gritó Bella—. No me diga. Anne, soy una de las damas de la Reina.
Si ella me pregunta, no puedo mentir.

—No se lo pediría —dijo gentilmente Anne—. El Señor tendrá cuidado de


nosotros, su gracia.

En Anne, Bella vio a una mujer tan ferviente en sus creencias como Mary lo
estaba de las suyas. Cuando el hierro se encuentra con otro igual de fuerte. ¿Qué
ocurre? Uno se rompería.

Edward no sabía si fue valentía o estupidez, pero cuando Edmund Plowden se


puso de pie y preguntó: "¿Quién está conmigo?" Edward se había encontrado a
sí mismo de pie y sus labios habían formado las palabras, "Yo" antes de que su
mente tuviera una oportunidad de ponerse al día.

Oyó el sonido de cientos de personas jadeando. ¿El Duque de Cullen se había


lanzado con Plowden? ¿El propio primo de la Reina, quien era tan cercano para
ella como un hermano? Frenéticos susurros se dispararon. Edward los ignoró.
Su corazón latía con tanta fuerza que apenas y podía oírles.

Plowden le dio una sonrisa de agradecimiento. Él había arriesgado su cuello


hoy, y ambos todavía podrían acabar en el cadalso, pero ambos habían
permanecido por lo que ellos pensaban que era lo correcto.

La legislación de herejía de la reina Mary se presentó antes en el Parlamento y


Plowden se había puesto de pie delante de ellos y declarado con firmeza, que él
se rehusaría a votar. Plowden era un ferviente católico, pero pensaba que las
leyes de herejía estaban equivocadas, tanto legal como éticamente. Antes de
convertirse en miembro del Parlamento, Plowden había sido abogado, y
Edward pensó que tenía que haber sido uno muy bueno al juzgar por su
apasionado y conmovedor discurso. Y al final, él hizo la única cosa que podía
hacer para pararlo, al menos temporalmente: rehusarse a votar. Edward había
admirado tanto su valor como sus convicciones. El hombre se estaba tirando a la
espada, posiblemente literalmente. Y luego cuando él preguntó quién estaba con
él, Edward se levantó. Él no era un miembro del Parlamente, pero al menos
podía prestar apoyo simbólico.
Hubo un largo silencio después de que Edward se levantara y por un momento,
pensó que solo él y Plowden estarían en contra de la voluntad de la Reina. Y
luego otra voz anunció: "¡Yo!". Después de eso, más voces se unieron a ellos,
hombres levantándose por toda la habitación. Al final, treinta y ocho de ellos se
levantaron. El Fiscal General gritó que los iba a mantener a todos en el
desprecio, pero todavía ellos permanecían de pie, silenciosos, incondicionales.

La citación para ver a la Reina llegó antes de lo que Edward esperaba. Había
entrado justo al palacio cuando un mensajero se presentó delante de él de
rodillas. Se dirigió a su siervo y le dijo: —Si no vuelvo, dígale a mi esposa que la
amo.

Se quitó su Collar de Esses, la gruesa cadena de oro en forma de D de enlaces


que denotaba su puesto. Había pertenecido a su padre, recordó, que le había
sido otorgado por sus servicios al rey, mucho antes de que se hubiera fugado
con la hermana del rey. Edward lo había heredado, pero nunca lo había usado
hasta que se unió al consejo de Mary. Ahora, cuando entró a la habitación de la
Reina, él la dejó en la mesa.

—Renuncio —dijo.

Las lágrimas brotaban de los ojos de Mary. —Oh, no, Edward, ¡por favor! No
tiene que hacer eso. Estoy enfadada por lo que ha sucedido esta tarde en la
sesión del Parlamento, pero no tan enfadada. Entiendo por qué lo hizo. Usted y
Bella son gente de corazón blando.

—No puedo hacer esto —Edward le dijo—. No lo haré. ¿Recuerda a Thomas


Moore, Mary?

—Por supuesto que lo hago —dijo Mary—, él fue el canciller de mi padre..

— ¿Qué le dijo cuando puso su propio collar?

Las lágrimas se derramaron por sus ojos y sus mejillas. —Él dijo, "Soy servidor
leal al rey, pero primero de Dios".

—Prima… Mary… No puedo poner mi sello en lo que creo que está mal.
Mary cogió la cadena. —Entiendo. Más que nadie, lo entiendo. Podemos estar
en desacuerdo, primo, pero respecto que tengas esa creencia. —Apretó la
cadena en su mano—. Mantén esto, por favor. Para tu hijo. Perteneció a su
abuelo y debería tenerlo. —Se enjuagó las lágrimas y le dio una sonrisa
temblorosa—. ¿Permitirás que Bella me sirva?

—Al menos hasta que tu bebé nazca —prometió Edward—. Y luego


regresaremos a casa por un tiempo, con la venia de su majestad.

Ella asintió. Edward le dio un suave beso en la mejilla y después le hizo una
reverencia.

Se fue a casa. Se fue a la única persona que quería ver, a los brazos que
necesitaba para sostenerle. Recogió su caballo de los establos de palacio y lo
instó a trote. Una vez que dejó las calles de la ciudad, le dio al caballo en la
cabeza y estalló en una carrera sin cuartel. Personas se asomaban por entre
cortinas de ventanas abiertas para ver quién era el que hacía tanto ruido en el
camino como si los perros del infierno estuvieran en sus talones. Frenó un poco
al llegar a casa, tanto para que el caballo se enfriase como para evitar alarmar a
Bella.

Ella debería estar lista para la cama, pensó. Estaría en su bata y primero pondría
a Elizabeth en la cama con una de sus historias selkie (nunca parecía quedarse
sin ellas) y luego iría a la habitación de Emmett para comprobar a Maggie, quien
era tan buen bebé que dormía toda la noche, y luego se tumbaría en su cama con
el pequeño Ward en sus brazos, y allí esperaría por Edward, alguna vez
quedándose dormida antes de que él llegara, pero siempre saludándolo con una
dulce sonrisa que él amaba.

La encontró, como esperaba, en su cama, pero no estaba sosteniendo al bebé y


no estaba en bata. Estaba gloriosa y deliciosamente desnuda, con solo su cabello
cubriéndole. Le puso el pelo detrás de la oreja y la besó en el cuello,
mordisqueando su piel suave y dulce.

—Edward —suspiró. Sonrió y se dio la vuelta. Abrió sus brazos y esa era una
invitación que no podía resistir. Generalmente tomaba sobre quince minutos o
así a los sirvientes de Edward el desnudarlo. Con la ayuda de su mujer, estuvo
tan desnudo como ella en menos de un minuto.

La sensación de su suave y caliente piel contra la suya… nada podría


compararse a eso, y mirando a los enormes y oscuros ojos sentía que podía ver
el camino hasta el fondo de su alma, el camino por su cuenta. Su beso fue teñido
con desesperación, pero ella pareció entender. Fue rápido y salvaje, primitivo.
Cuando él sintió su pulso en torno a él, fue enviado sobre el borde de la pura
felicidad que solo ella podía darle.

Él les dio la vuelta así que ella se tumbó sobre él. Ambos estaban intentando
respirar cuando él dijo: —Renuncié al consejo.

Le contó la historia de cómo se había puesto de pie junto a Plowden y la mezcla


de alegría y terror que le habían barrido, sabiendo que él estaba declarando más
que la desaprobación de leyes contra la herejía.

—Estoy orgullosa de ti —le dijo simplemente—. ¿Qué ocurrirá con esos treinta
y ocho hombres?

—El Fiscal General hizo ruido sobre despreciarles, pero dudo que lo intenten.
Plowden renunció también; no sé si alguien más lo siguió en ese sentido.

—Tu levantamiento por esto es correcto —dijo Bella. Ella se giró por lo que se
quedó mirando a sus ojos como antes había hecho él con los de ella—. Pase lo
que pase, ambos podemos estar orgullosos de eso.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
- La balada del principio de la historia, titulada La balada de la alegría, fue escrita
por William Ryddaell entre noviembre de 1554 y agosto del 1555, y fue
transcrita en su totalidad en el blog "Mary Tudor: Renacimiento de una Reina".
Incluiré el link en mi página de Facebook.
- La prenda que Phillip "olvidó" usar: esto ocurrió de hecho en el banquete de la
boda de Mary, cuando ella envió a Phillip un sobreveste hecho en estilo francés,
de tela de ora (hilo de oro fino torcido alrededor del hijo y tejido en tela) con
diseños de símbolo de granadas de España y el símbolo de rosas de Inglaterra
hechas de perlas y abalorios de oro. Tenía dieciocho botones de diamantes
gigantes. El príncipe no lo usó, dejándolo en su habitación. Años después, fue
incluido en un inventario de la ropa del Príncipe. Hizo una nota en el margen
junto a ello: "Esto me fue dado por la reina para llevarlo por la tarde en el día de
nuestra boda, pero no pensé usarlo porque me parecía recargado."

- Edmund Plowden realmente se levantó junto a 38 miembros del Parlamento


contra los estatutos de herejía de Mary y renunció en protesta cuando las leyes.
Él no fue un abogado brillante, pero fue a la escuela de medicina (tal como lo
fue en aquel entonces) y se clasificó para tanto médico como cirujano. Cuando
Elizabeth fue reina, ella lo quería para que sirviera al Señor Chancellor, pero
declinó porque tenía que convertirse a la fe anglicana y se negó a ser parte de
una administración en la cual los miembros eran perseguidos por su propia
religión. Elizabeth respetó eso.
Capítulo 23

Traductora: Carla Liñán Cañamar (FFAD)


Beta: Marta Salazar (FFAD)

N/A: Los lectores sensibles están advertidos de que el siguiente capítulo contiene
escenas gráficas y perturbadoras sobre ejecución por quemaduras, los cuales empezarán
después de la tercera división del capítulo.

E l verano llegó lentamente ese año, como si el invierno estuviera reacio a

dejar su agarre en la tierra. Bella sintió que su espíritu se elevaba, cuando las
flores empezaron a asomarse sobre la hierba. Parecía que, para ella, el invierno
nunca iba a terminar, y que todo el mundo iba a quedar atrapado en el hielo.

Estuvo encantada cuando la Princesa Elizabeth regresó al palacio y vino a


visitarlos a Edward y a ella a su recámara la mañana posterior a su arribo.
Estaba alarmantemente pálida, no como esa palidez de quien pasa meses
encerrada en el interior, sino además por enfermedad.

—Bess, es bueno verte de nuevo —dijo Edward. Ella esbozó una pequeña
sonrisa y extendió sus brazos para un abrazo. Edward la abrazó y colocó un
ligero beso en sus labios.

Bella hizo lo mismo, estudiándola de manera crítica. —No te ves bien.


—Veo que es algo bueno que haya regresado —dijo Elizabeth—. Pasas mucho
tiempo con esa descortés niña Brandon.

— ¿Estás bien, Bess?

—Mejor de lo que estaba —contestó—. Esa casa era fría, con muchas corrientes
de aire, y húmeda. Ni una sola ventana cerraba correctamente, y creo que cada
puerta se colgaba con el mayor flujo de aire posible. La chimenea no encendía
como debía, tampoco, así que el fuego era pequeño y ahumado. Ugh. No era
digno para un hombre o una bestia.

— ¿Te trataron bien? —preguntó Edward. Su tono tenía una nota de dureza que
Elizabeth no pasó desapercibida. Su tono era cuidadosamente ligero cuando
contestó.

— Sir Henry Bedingfield es un buen carcelero. Si llegara a tener prisioneros en


mi poder, intentaría enviarlos a él para mantenerlos a raya, déjenme decirles. Él
seguía sus instrucciones al pie de la letra, pero era bueno conmigo cuando se lo
permitían. Tenía a sus sirvientes tratando de hacer reparaciones, y, oh, ¡qué
espectáculo fue ese! Creo que la mayoría de ellos no tenía idea de qué lado del
martillo había que usar. —Sonrió—. Ahora, ¿dónde está ese bebé suyo?

Bella la guió hasta la recámara, donde Ward y Margaret estaban acostados en la


cama para su siesta de mediodía. Elizabeth inclinó la cabeza. —No sé si sepas
esto, pero hay dos de ellos.

Bella rio. —La que está a la derecha es mi sobrina, Margaret.

—Oh, es verdad. La esposa de Emmett tuvo un bebé. Debería escribirles para


felicitarlos.

—Puedes decírselo en persona —le comentó Edward—. Dijo que iba a venir a la
corte esta mañana para verte.

Elizabeth levantó una ceja. — ¿Lo hará?

—Sí, lo hará. Dejó a un lado la botella. Es un hombre nuevo, Bess. No lo creerás


cuando lo veas.
Elizabeth se sentó en la cama y miró a los niños.

—Puedes cargarlo, si quieres —ofreció Bella.

—Oh, no. No necesito hacer eso —dijo Elizabeth rápidamente.

—A Bess no le gustan los niños. —Edward le dijo a Bella.

—No es que no me gusten —protestó Elizabeth—. Es solo que… no soy buena


con ellos.

La tocaya de Elizabeth fue llevada por la puerta por Kat. Los ojos de Elizabeth
se llenaron de lágrimas cuando vio a Kat y se puso de pie. Se quedó ahí por un
momento, en silencio, y después corrió para arrojarse a los brazos de Kat.
Sollozó como un bebé mientras Kat hacía círculos reconfortantes en su espalda.

La pequeña Elizabeth estaba viendo este drama con un poco de alarma,


preguntándose si había algo por lo que ella también debería estar llorando. Su
labio tembló. Bella fue hasta ella y la tomó de la mano.

— ¿Recuerdas a tu prima, Elizabeth? —preguntó—. ¡Ella es una princesa!


¿Sabías eso?

— ¿Una princesa de verdad? —la pequeña Elizabeth repitió, viendo a la mujer


llorosa con un poco de duda.

—Una princesa real —confirmó Bella. Elizabeth se apartó de Kat y se limpió la


cara con un pañuelo que le tendió Kat. Le dio a la pequeña Elizabeth una sonrisa
acuosa. La pequeña Elizabeth, quien había sido entrenada en etiqueta por Ellen
y Kat, hizo una reverencia.

Bess tomó ambos lados de su falda y se inclinó en una pequeña reverencia. —


Mis saludos para usted, Lady Elizabeth —dijo.

—Tenemos el mismo nombre. —La pequeña Elizabeth anunció, totalmente


ofendida.

—Sí, lo tenemos —dijo Bess.


—Ese es mi hermano —le dijo la pequeña Elizabeth, señalando a Ward—.
Algún día será un duque.

—Bueno, esperemos que ese día tarde mucho en llegar —dijo Bess—. ¿Puedo
llevarme a Kat para que me sirva?

La pequeña Elizabeth frunció el ceño. — ¿Ella te pertenece?

Bess suprimió una sonrisa. —Sí, yo la tuve primero. La he tenido desde que
tenía tu edad. Pero me fui y tuve que dejarla atrás, y la extraño mucho.

—Entonces está bien —dijo la pequeña Elizabeth. Se giró hacia Kat—. Irás con
la Princesa, ahora.

—Sí, mi Lady —contestó Kat, e inclinó su cabeza.

— ¿Puedo conservar a Ellen? ¿Y a Alice? —La pequeña Elizabeth miró a su


padre como confirmación.

—Sí, puedes conservar a Ellen y a Alice.

Bess, Bella y Edward regresaron a la habitación privada para que la pequeña


Elizabeth pudiera recostarse en su camastro para una siesta. A la pequeña
Elizabeth no le gustaba la idea de que la dejaran con los bebés mientras la gente
interesante dejaba la habitación, pero fue tranquilizada con la promesa de Bella
de contarle la historia de cómo llegó a ser el invierno (Perséfone y las tres
semillas de granada), y la pequeña Elizabeth se dejó llevar a la cama.

—Las noticias eran escasas —confesó Bess después de que todos tomaron
asiento (y si Bess se preguntó por qué no había fuego en la fogata, no comentó al
respecto)—. Incluso mi ropa sucia era revisada para ver si había notas que
pudieran estar de contrabando para mí.

—Pero estoy seguro de que las recibías de otra manera —dijo Edward.

Bess apretó sus labios remilgadamente. —Si lo hice, nunca diré cómo.

Edward rio. —Cómo te extrañé, Bess. Eres un soplo de aire fresco.


—He escuchado que alguien más anhela respirar aire fresco —contestó Bess.

—Es correcto, Phillip quiere irse en la primavera —dijo Bella—. Para pelear en
la guerra de su padre contra los franceses.

—Es un niñito que quiere jugar a la guerra —se mofó Bess—. Su padre no es un
tonto. Probablemente, lo más cerca que estará de comandar un ejército será
perforando soldados en el patio trasero del palacio.

— ¿Ha dicho perforando? —ofreció Kat.

Elizabeth se ruborizó y cubrió su boca con la mano. — ¡Kat! Aleja tu mente del
desagüe, mujer.

Bella miró a Edward sin comprender, lo cual hizo que todos rieran más fuerte.
—Te lo explicaré más tarde —le prometió.

—Mi hermana debe tener el corazón roto —comentó Bess.

—Lo tiene —confirmó Bella, con su voz suave y triste. Más que nada, ella
quería que el esposo de Mary fuera capaz de regresarle su amor. Años después,
se preguntaría si las cosas hubieran sido diferentes para Inglaterra si él hubiera
hecho eso.

— ¿Le está sentando bien el embarazo?

—Tan bien como se esperaría —dijo Bella—. Se cansa con facilidad y lucha con
las náuseas. Ha sido un invierno duro para ella. Está… melancólica.

—Al igual que todos —replicó Bess—. La nueva Ley de Herejía puso
melancólicas a muchas personas. Emmett debe cuidar mejor sus pasos. Está
atrayendo la atención de la gente equivocada.

Edward se estremeció. — ¿Qué?

Bella le había dicho lo que Anne Askew había comentado sobre los grupos de
estudio de Biblia de Emmett, pero Edward no lo había tomado en serio. Su
hermano había dejado los intereses efímeros en el pasado, así que asumió que la
escuela de Biblia sería otra de sus fantasías pasajeras.

–Sé que ese Gardiner mantiene un ojo en él —prosiguió Bess—. No creo que le
haya contado a la Reina, pero será mejor decirle a Emmett que hay un Judas en
su grupo. Es un colega y su copia de la Biblia está en latín, así que no ha hecho
nada todavía que viole la ley, pero es mejor que se guarde esa lengua.

La puerta se abrió y entró Emmett. Estaba usando una túnica con solapas de
piel. Unas gotas de lluvia brillaban como diamantes en ella.

— ¿Dónde está mi Bessie? —vociferó Emmett.

La Princesa Elizabeth soltó una risita como una niña pequeña y corrió hacia él.
Él la apretó en sus brazos y la hizo girar en un círculo, con sus faldas y su
cabello rojo-dorado flotando. Elizabeth rio y lo besó.

— ¡Oh, Emmett, pareciera como si hubieran pasado años!

—Así se sintió —confirmó Emmett—. Bess, lo juro, creces más hermosa cada
vez que te veo. ¿Te casarías conmigo?

—Ya estás casado —le recordó Bess.

—Oh, maldición. —Emmett chasqueó los dedos—. ¿Te puedo reservar en caso
de que mi esposa me deje, así como lo merezco tanto?

—Nuestros niños podrían destruir la Tierra —rio Bess.

—Más o menos —acordó Emmett—. Tomaré eso como un "sí".

—Si es que no te queman en la hoguera primero —dijo Edward—. Emmett,


¿sabías que Bess escuchó de tus actividades mientras cumplía con su cadena en
Woodstock?

Emmett parpadeó. —Ah, yo… uh…

—Primo, debes ser más prudente —le dijo Bess—. Mi amor por ti me obliga a
decirte que estarías mucho más seguro si te conformaras.
Emmett sacudió su cabeza. —No puedo. No puedo negar…

—Detente —ordenó Edward—. No digas nada más, nada por lo que podamos
ser cuestionados más adelante. Que me mataría tener que dar testimonio contra
mi propio hermano.

Emmett asintió. Edward solo esperó que el mensaje fuese entregado y que
Emmett lo tomara en serio, como debía de ser. Con la resignación de Edward
frente al Cónsul, retiró de manera efectiva cualquier motivación de Gardiner
para buscar desacreditarlo, pero Emmett necesitaba vigilar sus pasos y no atraer
la atención del Obispo.

—Hasta ahora, Mary ha sido sabia para impresionar solo a aquellos que hablan
más fuerte —dijo Bess—, pero temo que no se detendrá ahí, especialmente no
desde que el "problema" está creciendo. —Sacudió su cabeza—. Mi hermana
dice que preferiría morir por su fe y rezar por los santos mártires, pero no
entiende que otros prefieren vivir su fe fortaleciéndose por la misma cosa.

La Misa de Pascua en la Catedral de Saint Paul tenía una vieja tradición de


colocar la hostia en el copón, durante el sepulcro del Viernes Santo, y sacarla la
mañana de Pascua, acompañada por llantos de "¡Él ha resucitado! ¡Él no está
aquí!". Pero cuando el sacerdote lo abrió para revelar la hostia en el interior, las
palabras se convirtieron en una sorpresiva realidad: alguien había robado la
hostia. El Padre miró el copón vacío, estupefacto. Alguien en la audiencia reía
nerviosamente. Una risita de otra voz se unió y entonces las paredes hicieron
eco con la risa de la congregación.

Mary estaba indignada cuando lo escuchó y Gardiner no trató de calmarla. —


¿Ves las atrocidades que estás dejando que crezcan en tu reino?

Mary mordió su labio. —En cuanto a los herejes, me gustaría que se les diera la
oportunidad de arrepentirse y que se reconcilien ante laVerdadera Iglesia, pero si
permanecen obstinados, su castigo vendrá rápidamente, pero sin crueldad, e
imparcialmente. Deberá ser visto por la gente, de que no serán condenados solo
porque sí. He decidido que un miembro del Consejo deberá presenciar cada
ejecución y deseo que estén acompañados por un buen apostolado.
—Como desee, su Majestad —dijo Gardiner con una sonrisa. Hizo una
reverencia y partió. Bella, quien recién había entrado al cuarto llevando a Ward
en sus brazos, retrocedió ante el flamante odio en la mirada que él le otorgó.

— ¡Ahí está mi pequeño sobrino! —chilló Mary. Había decidido llamarlo así, a
falta de una mejor palabra para describir al hijo de uno de sus primos—. Gracias
por traerlo, Bella. ¿Lo has cargado tú?

Bella sonrió. —Descubrí que prefiero que esté en mis brazos a los de una nana
—dijo.

Mary le sonrió de vuelta. Supo de la devoción de Bella por el toque de su hijo.


Le recordaba a ella y a su propia madre, quien, a pesar de que nunca había
cargado o cuidado a un infante, era muy afectiva con Mary.

— ¡Se está volviendo tan grande! —exclamó. Bella lo recostó en la cama y Mary
se sentó junto a él, y soltó una risita cuando Ward inmediatamente metió su pie
en la boca para roer sus dedos cubiertos por el calcetín.

—Hagamos un retrato de él en esta pose —sugirió Mary—. Cuando sea hora de


que se case, podemos enseñárselo a su futura novia.

—Lo colgaremos en el salón principal —aceptó Bella con una sonrisa.

Las dos rieron, y Ward se unió con su gorgoteo desdentado. Era un bebé
regordete y feliz y la Reina estaba claramente cautivada por él. —Se parece
mucho a su padre, cuando él era un bebé —comentó Mary—. Su madre, mi tía,
lo trajo a Ludow para verme unas cuantas veces. Oh, Bella, no puedo esperar
para tener el mío.

—El verano vendrá pronto, su Majestad —dijo Bella.

Mary acarició su barriga, algo que hacía de manera inconsciente durante el día.
—Desearía que Phillip estuviera ahí cuando mi bebé llegue. Sería capaz de pasar
por el dolor de alumbrar muchísimo mejor si supiera que él está bajo el mismo
techo, y si… algo sucediera… que él estuviera ahí para proteger a mi hijo.

—Majestad, sabe que Edward protegerá a su hijo con su propia vida si fuese
necesario. Él nunca estará sin protección, incluso si Phillip no esté presente.

—Solo necesito intentar con más fuerza —murmuró Mary—. Tratar con más
fuerza para complacer a Dios y a mi esposo.

Edward supo que cuando Mary lo mandó llamar, unos días después, no sería
para nada bueno. El ambiente en el reino era oscuro, incluso aunque la dulce
belleza de la primavera floreciera a su alrededor. El Sudor Inglés14 estaba
surgiendo, y el pueblo, debilitado por el hambre, estaba muriendo en masas.

Fue llevado a su habitación privada, donde estaba sentada, escribiendo en su


escritorio. Sus damas estaban dispersas por el cuarto. Una tocaba el laúd,
mientras Susan Clarencieux leía en voz alta El espejo de la alma pecadora.

—Señoritas, déjenos —ordenó Mary. Se pusieron de pie inmediatamente e


hicieron una reverencia, dirigiéndose a la sala de audiencia para esperar a que
les permitieran volver adentro.

—John Hooper se niega a retractarse —dijo Mary, mientras metía su pluma de


vuelta al tintero.

—Hooper… ¿No es el Obispo de Gloucester?

—En el reino de mi hermano —contestó Mary—. Fue despojado de su


episcopado después de que puse las leyes en la Iglesia. Se negó a dejar a un lado
a su esposa, y rechazó reconocer la hostia como el verdadero cuerpo de Cristo.

Eso fue suficiente como para tener que quemarlo por herejía. Edward tomó
asiento, a lo que ella hizo un gesto, y frotó el punto tenso entre sus cejas.

—Pensé que lo habías arrestado por malversación de fondos —dijo Edward. Lo


que había escuchado era que Hooper se negaba a pagar los diezmos al Papa, y

14
La autora utiliza el término "The Sweat", que en español sería "El Sudor Inglés", y fue una
enfermedad muy contagiosa y mortal que afectó a Inglaterra, cuyo principal síntoma era la sudoración
excesiva (de ahí el nombre).
en lugar de eso gastar el dinero en los pobres de su distrito.

Hooper había sido un obispo popular, quien tomó en serio sus deberes. Para su
sorpresa, encontró un nivel alarmante de ignorancia entre los sacerdotes de la
parroquia: menos de la mitad de ellos podían nombrar los Diez Mandamientos
o recitar el Padre Nuestro en inglés, una situación que él mismo quiso rectificar,
a pesar de que había algo de amargo resentimiento de aquellos que tenían que
conocer sus difíciles y estrictos estándares de educación. Además, para completa
sorpresa de todos, tomó los votos de pobreza en serio y usó el ostentoso palacio
del Obispo como algo similar a un restaurante para los pobres, sirviendo
comidas en turnos, hasta que cada persona hambrienta que llegara a sus puertas
estuviera alimentada, y como la pobreza en Gloucester era una línea de
necesitados, era algo continuo.

—Tenemos testigos de los sermones que predicaba negando las doctrinas de la


Iglesia —continuó Mary—. Su juicio fue… polémico. —Las palabras de Mary
eran un eufemismo. Sus respuestas a las preguntas puestas frente a él eran una
elocuente defensa de un fanático protestante, y se convirtió en un debate sobre
la doctrina, en lugar de un juicio formal. Se volvió tan intenso, que el otro clero
en la sala gritó para callar sus respuestas heréticas. Después de haber sido
encontrado culpable (el resultado del juicio nunca estuvo en duda), fue
sentenciado a ser enviado de regreso a Gloucester para ser quemado frente a
quienes él había asistido como obispo.

—He ordenado que un miembro del Consejo esté presente en las ejecuciones —
dijo Mary—. Me gustaría que tú fueras y me lo reportaras. Deberías llevar a
Bella contigo, si quieres. Podría hacerles bien estar fuera de la Corte por un rato.

—Renuncié a mi puesto —le recordó Edward—. Y recuerdas por qué lo hice.

—Edward, por favor, esto es importante —pidió Mary—. Es el primero. Quiero


que alguien en quien confío me reporte los verdaderos resultados. Mire a la
audiencia y estudie su comportamiento para ver si se ha hecho la impresión
correcta.

Edward se arrodilló, inclinando su cabeza frente a ella. —Prima, te ruego que


no hagas esto. Te costará el amor de tu gente.

—Yo sirvo a Inglaterra, pero primero sirvo a Dios —dijo, parafraseando las
palabras de Thomas More—. ¿Le probaría a mi país que tengo el amor de mi
gente si les permito caer en la herejía y el error? Un padre no puede contenerse a
reprender a su hijo por temor a perder su amor. Si lo hace, el chico caerá en un
pecado grave. Su alma estará perdida por la cobardía del padre.

—Hay otras formas…

—No. —Mary sacudió su cabeza—. Le han dado más de una oportunidad para
retractarse. Quiero que te hagas cargo de esto. —Le tendió el pergamino que
recién había firmado para él—. Este es mi perdón real. Dáselo cuando llegue a la
hoguera. Tal vez él aproveche la última oportunidad para salvar su alma.
¿Edward, no lo ves? ¿Qué son unos cuantos momentos de dolor terrenal en
comparación a una eternidad en las llamas del infierno? ¡Él amenazó no solo su
alma, sino la de toda la gente que atendió sus sermones cuando usó las prendas
de un obispo!

Edward se puso de pie. —Puedo decirte desde ahora cuál será la reacción,
prima.

—Ve y mira —dijo Mary—. Por favor, Edward. Hazlo por mí. No lo pediré de
nuevo.

¿Debía creer eso, cuando ella se ha retractado en tantas promesas antes? Quiso
recordarle que ella había empezado con su reinado con la promesa de no obligar
a nadie a ir a misa. Edward hizo una reverencia y salió de la habitación.
Encontró a su esposa en su cuarto, alimentando a su hijo. Ella vio la expresión
en su rostro y se alarmó.

— ¡Edward! ¿Qué ha pasado?

Bella puso al bebé en la cama y se levantó. Lo jaló a sus brazos en un abrazo


apretado y él soltó una temblorosa exhalación.

Gloucester estaba cerca de cien millas lejos de Londres. Bella y Edward no


viajaron con toda su gente; solo los acompañaban Alice, el Padre Jasper y uno
de los sirvientes de Edward, quien además fungía como chofer. Tuvieron que
llevar a los bebés, principalmente por la ansiedad de Edward. Encontrar una
nodriza con tan poca anticipación iba a ser extremadamente difícil, y Bella
estaba preocupada que su leche se secara si no amamantaba en un largo tiempo.
Edward estaba casi arrancándose el pelo por el estrés, preocupado porque el
rebote y traqueteo de su vehículo sobre las ásperas carreteras pudiera lastimar a
los niños de alguna manera, o que pudieran estar expuestos al Sudor Inglés que
se propagaba por el país. De todas formas, los bebés, uno sentado en el regazo
de Bella, y el otro en el de Alice, parecían disfrutar el viaje. Observaban el
escenario que pasaba por las ventanas abiertas. Bella jugó al cucú con Ward, un
juego del que nunca parecía cansarse.

En el camino, Alice charló con el Padre Jasper y él la escuchó con extasiado


interés. La primera noche, cuando se fueron a su habitación en la posada de la
carretera, Bella le dijo a Edward: — ¡Ahora sé por qué ella dice que es un gran
conversador! Él solo escucha su tintineo.

—Él dice más cuando cree que nadie lo escucha —dijo Edward.

Bella inclinó su cabeza. — ¿Oh?

—Sí, "Oh", de hecho —dijo Edward—. Está colado por ella. Lo he conocido toda
mi vida y es la primera vez que lo he visto así de cerca de alguien. Será
terriblemente difícil para él cuando ella se marche.

— ¿Su padre continúa con las negociaciones?

Edward asintió. —Lo siento, Bella. Sigo intentándolo, pero no puedo encontrar
una pareja para ella, una que su padre acepte. Tiene que estar en el mismo
rango que el Barón Tyler, o en uno mejor, y tiene que estar dispuesto a aceptar
su pequeño dote. Si ella estuviera en un rango más alto, sería capaz de hacerlo.
Por el amor de Dios, incluso he considerado sobornar a alguien, pero no puedo
encontrar a nadie que sea adecuado.

Bella suspiró. —Lo entiendo. ¿Qué tan pronto crees que sea?
—Dentro del próximo año, seguramente.

Bella gimoteó. —Sigue intentándolo —rogó—. Incluso uno de los nobles


españoles de la corte de Phillip sería mejor.

—Lo haré —prometió Edward.

La mañana que arribaron a Gloucester, era fría y ventosa. Era la mañana de la


ejecución y ellos apenas llegaron a tiempo pues una de las ruedas de su carruaje
se había roto. Edward intentó tomar una habitación en la posada y dejar a Bella
ahí mientras él atendía la ejecución por su cuenta. No podía pedirle a Bella que
observara su temor más grande.

Pero la multitud ya estaba reunida alrededor de la hoguera y el alguacil local,


Lord Chandois, estaba leyendo los cargos en voz alta para la audiencia. Más
tarde se estimaría que había alrededor de siete mil personas presentes, pero
seguramente sería una exageración. Aún así, era celebrado en un día de
mercado, lo cual incrementaba la audiencia, y la gente siempre viajaba desde
kilómetros a la redonda para ir a una ejecución.

La enorme audiencia que se aglomeraba alrededor de la hoguera era un grupo


alegre. Era una atmósfera de carnaval, ya que las ejecuciones siempre eran
entretenidas, consideradas una diversión para toda la familia. Los niños
pequeños se lanzaban alrededor de las piernas de los adultos, como conejos en
el bosque, riendo y chillando. Los vendedores paseaban entre la multitud
ofreciendo sus mercancías: castañas asadas, pasteles de carne, bebidas de malta
(servidas en una enorme copa y consumidas en el lugar); y programas impresos
que contenían las acusaciones en contra, y la confesión del acusado.

Se pensaba que las ejecuciones públicas impedían la actividad criminal similar,


pero nunca parecía funcionar de esa manera. Un criminal con una vena de
valentía podía convertirse en un héroe local, especialmente los criminales
"románticos", como los piratas y los hombres de carretera. Las baladas a veces se
componían en su honor, a pesar de la angustia de las autoridades. Y cada año, el
mismo número de crímenes subía constantemente.
El conductor gritó y la gente hizo espacio para el Duque y la Duquesa de
Cullen, inclinándose mientras el carruaje hacía su camino hasta el frente de la
multitud. El chofer aparcó cerca del escenario, donde los ocupantes pudieran
tener una vista clara de los procedimientos.

Edward se giró hasta su esposa y dijo rápidamente. —Ve a la posada. Quédate


ahí hasta que vaya por ti.

Bella sacudió su cabeza. —Mi lugar es a tu lado.

—Bella, no deberías ver esto. Es… terrible. —Él todavía recordaba la primera
quema de una persona que había visto, de una mujer que había matado a su
esposo con veneno. Escuchó los gritos en sus pesadillas por años. Eso había
causado una profunda impresión en él, y él no había tenido el intenso miedo al
fuego que tenía ella.

—Mi lugar es a tu lado —dijo con firmeza. Con su mirada baja y sus ojos
brillantes, la amó incluso más (si es que era posible tal cosa) por su valentía y su
lealtad. Ella sabía que él estaba angustiado por tener que atender esto, por poner
silenciosamente el sello de aprobación del Duque de Cullen en las procesiones, y
no lo dejaría sufrir por su cuenta.

Edward dejó el carruaje y se paró en el escenario. Hizo una reverencia al Lord


Chandois. —Mi Señor, el perdón de la Reina, por si él recapacita. —Había
guardado el pergamino en una caja de madera grande y rectangular, en caso de
que se estrellara o se hiciera cualquier otro daño durante el viaje. Lord Chandois
colocó la caja en el taburete, en la base de la hoguera.

El Obispo fue llevado al escenario. No tenía permitido hacer un discurso


público, por temor a que usara esta última oportunidad para esparcir más de su
herejía. Tenía permitido rezar y se arrodilló en el escenario, con sus manos
cerradas. El alguacil vio a un hombre en la audiencia, escribiendo sus palabras
para la posteridad, y uno de los guardias se lo llevó lejos después de tomar su
papel.

Un hombre dio un paso delante de la multitud y Bella lo reconoció como Sir


Bridges, de la Torre. Se acercó al escenario y se arrodilló a la orilla de este. —
¿Me recuerda? —le preguntó al Obispo. Y para sorpresa de Bella, las lágrimas
corrían por las mejillas del hombre.

El Obispo sonrió. —Sí. Fuiste llevado ante mí, hace años, con cargos de
adulterio.

—Así es —dijo Bridges, y su voz se rompió un poco—. Me regañó duramente,


Su Excelencia. E hizo de mí un hombre nuevo desde ese día. Quería decirle eso.

—Gracias —dijo gentilmente el Obispo.

Lo obligaron a despojarse de su camisola y sus calzas. Se paró frente a la


multitud, este hombre que una vez usó las vestiduras de un obispo, portando
sólo su playera, tratando de no temblar por la fría brisa ni para que fuera
tomado como miedo. Lo llevaron hasta la hoguera. La caja de madera que
contenía el perdón de la Reina descansaba en la parte de arriba de ahí. Lord
Chandois abrió la caja para mostrarle el pergamino que estaba dentro. —Son
solamente unas cuantas palabras las que debes decir —dijo cruelmente.

—Si usted tiene piedad por mi alma, haga lo suyo —dijo, girando su cabeza,
como si un vistazo de eso fuera una enorme tentación. Alzó la mirada hasta
Edward, y vio la expresión en el rostro del Duque. Asintió, y después Edward
dio una sonrisa gentil. Edward tomó la caja y la metió en la parte de atrás del
vagón, sin importarle dónde cayera. Volvió a subir en el interior, junto a Bella, y
puso su brazo alrededor de su cintura. Bella puso su mano sobre la de él.

El hombre que llevaba la antorcha, se arrodilló frente a él y pidió por su perdón.

— ¿Sobre qué? —Preguntó el Obispo.

—Soy aquel que encenderá el fuego, Su Excelencia —dijo con voz ronca.

—No has hecho nada que me ofenda —respondió el Obispo—. Dios te perdona
por tus pecados. Haz tu trabajo, y yo rezo porque termines conmigo
rápidamente.

El Obispo tomó un puñado de astillas y las besó antes de volverse a la base de


la hoguera. Tomó dos leños, los puso bajo sus brazos y trepó sobre las pilas de
madera que estaban colocadas a su alrededor y puso su espalda en la estaca.
Una banda de acero estaba cerrada sobre su pecho. Mientras los verdugos lo
aseguraban, él dio instrucciones a aquellos que ponían la leña, señalando los
espacios que se habían saltado. Tres bolsas pequeñas de pólvora fueron
colocadas en su cuerpo, una entre sus piernas, y otras dos en los leños bajo sus
brazos. Su intención era misericordiosa, que explotaran cuando el fuego los
alcanzara y terminara con el sufrimiento de la persona que estaba siendo
quemada.

Al fondo, Bella escuchó el jadeo de Alice y el murmullo gentil de Jasper. Bella


sintió que las lágrimas picaban sus ojos.

El Obispo rezaba en voz alta, con sus manos apretadas bajo su barbilla. Bella
vio un pequeño temblor en esas manos, pero su voz era firme. Las antorchas
bajaron hasta los montones de madera. El humo se alzó, era demasiado humo.
La leña estaba húmeda y la brisa soplaba el fuego lejos del Obispo. Otra ráfaga
de viento y las pequeñas e hinchadas flamas se apagaron. Colocaron otra carga
de madera, pero no era suficiente. Cuando la encendieron, el Obispo empezó a
rezar nuevamente.

Las flamas crecieron, comiendo su camino hacia él. Empezó a repetir la misma
línea una y otra vez: — ¡Señor Jesús, ten piedad de mí! ¡Señor, recibe mi espíritu!
—Más fuerte y más rápido, mientras las flamas crecían alrededor de sus piernas.
El viento siguió soplándolas lejos de él, y su voz fue cruda y con agonía,
mientras sus piernas eran rostizadas por el fuego, el cual empezaba a morir
nuevamente en lugar de crecer. El horrible hedor de carne quemada flotó en el
aire. Alice soltó un pequeño gemido, callado mientras colocaba una mano sobre
su boca. Bella se sintió tan enferma, tan débil, tan absolutamente horrorizada,
que no podía hacer otra cosa que pegarse a Edward como si la Tierra se hubiera
abierto debajo de ella y él fuera su único soporte.

Hubo un siseo, mientras la bolsa de pólvora entre los muslos del Obispo se
encendía, pero apenas se quemó, en lugar de explotar, y el viento jalaba las
flamas lejos de su cuerpo. — ¡Por el amor de Dios, buena gente, denme más
fuego! —gritó—. Oh, Señor Jesús, ten piedad de mí…

Más leña fue arrojada al fuego, llevadas rápidamente por los aldeanos locales,
ramas de árboles caídos, y todo lo que pudiera quemarse. Un granjero local
empezó a llevar montones de paja de su carreta y los arrojó al fuego. La gente se
apresuró a ayudarle. Las antorchas se colocaron una vez más y las flamas
crecieron altas y calientes. Él siguió repitiendo su oración, más y más fuerte
hasta llegar a alzar la voz, todavía más fuerte hasta gritarla, hasta que su voz fue
silenciada por una garganta quemada y una lengua hinchada; pero seguía
formando las palabras, incluso aunque su rostro estaba ennegrecido y sus labios
se despellejaban hasta sus encías, dejando una sonrisa horripilante en su lugar.
Sus brazos se levantaron y golpearon con ímpetu su pecho como si tratara de
forzar a su terco corazón para que dejara de latir. Golpeaba su puño contra el
pecho hasta que se rompió el brazo, y entonces alzó el otro, pero cuando chocó
contra su pecho, se pegó a la banda de acero que sujetaba su cuerpo a la barra.
Se desplomó hacia delante, con su tormento finalmente finalizado.

Edward miró a la multitud, muchos de ellos estaban llorando abiertamente.


Cuando fue la quema por la envenenadora, la gente había celebrado y
abucheado con los gritos de la mujer, pero él no vio nada de alegría en ese
momento. La gente estaba tan silenciosa que el siseante crujir de las llamas
podía escucharse. Los niños se colgaban de las piernas de sus madres. Los
programas de recuerdo fueron arrojados a la hoguera, hacia las flamas.

El Sacerdote, quien había estado involucrado para hablar en este evento, se


puso de pie y empezó un sermón de las herejías del Obispo, sus severos errores
en su doctrina, y la multitud empezó a dispersarse. Viendo que estaba
perdiendo su audiencia, el Padre alzó la voz y se puso más animado, con
palabras más alarmistas; pero uno por uno, le dieron la espalda y simplemente
se alejaron.

De vuelta en el carruaje, Alice sollozaba. Bella le dio un vistazo y la vio en los


brazos de Jasper. Él la sostenía y mecía, con sus ojos cerrados. Mientras Bella
observaba, él se inclinó y presionó sus labios en la parte superior de su cabello,
justo frente al ala de su sombrero.
—Vámonos —le dijo Edward al conductor—. Solo… vámonos.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
—Un carruaje15 es un tipo de vehículo, uno de los pocos disponibles en la
Inglaterra de los Tudor. Los ricos montaban a caballo o en camillas la mayor
parte del tiempo. El primer carro hecho en Inglaterra fue para Earl de Rutland,
en 1555. La Reina tuvo uno hecho en 1556, y la Reina Elizabeth tuvo un carro
adornado, hecho para ella ocho años más tarde. Pueden ver una imagen del
carruaje en la página en Facebook de la autora, en el álbum de "Selkie Wife" (La
esposa selkie). La liga está en el perfil de ella.

—El hombre que habló con el Obispo sobre los cargos de adulterio era en
realidad Sir Anthony Kingston, quien era un policía de la Torre, pero la autora
combinó su personaje con Bridges en la historia.

—El Obispo Hooper fue quemado en febrero, no tan cercano a la primavera


como en la historia. Desafortunadamente, los horribles detalles de su ejecución
son verídicos, tomados de una transcripción del reporte de un testigo.

—El brote más grande de Sudor Inglés ocurrió en 1551 (el reinado de Mary vio
varias y diferentes epidemias por la fiebre), pero la autora usó esta para la
historia porque es un tema interesante. Los historiadores modernos y científicos
siguen sin saber su causa. Muchas enfermedades diferentes se han propuesto,
pero ninguna encaja exactamente con los síntomas. De manera bizarra, parecía
afectar solo a los ingleses, al menos en su primera media docena de brotes.
Durante el brote de 1528, se esparció por el continente, matando a miles. Ese
año, Ana Bolena lo contrajo y murió rápidamente. Imagínense cuán diferente
hubiera sido la historia si ella la hubiese contraído.

15
En inglés es "whirlicote", pero no tiene traducción al español. La palabra más cercana era "carruaje".
Capítulo 24

Traductora: Diana Méndez (FFAD)


Beta: Lore Cullen (FFAD)

N/A: Este capítulo contiene otra escena de ejecución, así que a algunos lectores sensibles
podría causarles molestias. Está después del tercer divisor del capítulo.

B ella se despertó gritando por una pesadilla esa noche. Edward se incorporó

y la tomó en sus brazos donde ella lloraba de miedo y horror. Él sabía que esto
probablemente ocurriría, y por eso los dos bebés habían sido puestos en la cama
de la habitación de Alice, pero el ruido había despertado al posadero y a su
mujer, que golpearon la puerta.

― ¡Su Gracia! ¡Su Gracia!

Edward se desenredó de los brazos de Bella suavemente y le dijo que nada más
sería un momento. Se puso la bata y se fue a abrir la puerta. Por la preocupación
en sus voces, los dueños no se irían hasta que hubieran visto a Bella con sus
propios ojos y se aseguraran de que estaba bien. La mujer del posadero llevaba
una vela, con la mano ahuecada en la parte superior para proteger la llama
mientras caminaba. Ella la dejó sobre la mesa junto a la cama.

― ¿Se encuentra bien, Su Gracia? ―le preguntó.


Bella seguía llorando pero asintió.

―Era nada más que una pesadilla, querida. Pido perdón por perturbar su
descanso.

― ¿Es que le perseguirán a menudo, Su Gracia? ¿Quiere que le busque un


somnífero?

Bella se limpió las mejillas.

―No… Y…Yo vi al obispo Hooper quemado hoy.

El posadero y su esposa se miraron.

―Fue una cosa terrible ―murmuró el posadero. Decidió que había dicho
demasiado y le hizo señas a su esposa―. Vamos a salir, Sus Gracias, para que
regresen a sus camas.

―Di una oración ―aconsejó su esposa a Bella―. Es la mejor herramienta para


alejar los malos sueños.

―Lo haré, gracias ―respondió Bella.

Cerraron la puerta tras de sí y la habitación estaba una vez más a oscuras, salvo
por la luz de la luna plateada que entraba por la pequeña ventana. Edward se
quitó la bata y la dejó caer en el suelo. Se deslizó de nuevo en la cama, tomó a
Bella contra su pecho, no sólo para su comodidad, sino también para la suya,
pues necesitaba la sensación de su piel caliente contra la suya. Ella se acurrucó
contra él. Las lágrimas aún rodaban por sus mejillas, brillando en la luz tenue, y
ella resopló suavemente.

―Soñé que eras tú ―dijo ella. Edward la besó en la frente. Así que Bella temía
perder a sus seres queridos, más de lo que temía por sí misma. Cada lágrima
derramada de ella, era como una aguja en su corazón.

―Siento que hayas tenido que presenciar eso hoy ―dijo Edward.

―Siento que tuvieras que ser testigo de ello también ―respondió ella―. Nadie
debería tener que ver una cosa así, porque tal cosa nunca debería haber
ocurrido. Mary debería haberlo visto. Si lo hubiera hecho, nunca firmaría otra
orden de ejecución de un hereje.

Él suspiró.

―Probablemente ella diría que Dios prolongó sus sufrimientos como una
advertencia para aquellos que creen en él.

―No entiendo por qué ―protestó Bella―, sus almas querrían ser castigadas o
recompensadas. ¿Por qué es importante para ella?

―Me dijiste lo que escuchaste decir a Gardiner y a Pole. La herejía es un crimen


contra el orden social, que fue ordenado por Dios. Es un crimen contra el
Estado, así como contra el alma.

―Tengo tanto miedo, Edward. ―Bella tembló tan fuerte que el marco de la
cama traqueteaba. Él trató de calmarla lo mejor que pudo, pero ¿qué podía
decirle? No podía decirle que estaba a salvo, que su familia estaba a salvo.
Gardiner los odiaba. Él estaba un poco seguro de que el afecto de la Reina hacia
Bella la mantendría protegida, al menos de las acusaciones externas en su
contra, y Bella iba a retractarse rápidamente, que era lo que la Reina dijo que
buscaba. Pero no podía mentirle, incluso para calmar sus temores, no le diría
que la sombra de la estaca nunca caería sobre ellos.

Pensó en su piel16, resguardada de forma segura en el gabinete de la casa de


Hampstead Heath (para mayor seguridad, la había colocado en el interior de un
cofre más pequeño, del cual solo él tenía la llave). Si el espectro de la estaca cada
vez se cernía en el horizonte, le devolvería su piel, decidió. Mejor perderla en el
mar durante siete años que perderla para siempre. Y como su esposa temblaba
lentamente en el sueño, él le hizo una promesa silenciosa: nunca la quemarían.
Incluso si tuviera que poner fin a su vida él mismo, no la dejaría sufrir de esa
manera. Era un pensamiento horrible que envió terribles imágenes a su mente

16
La piel Selkie de Bella
que le daban ganas de llorar, pero no podía dejar que ese destino sobreviniera a
su dulce Esposa Selkie.

Cuando subieron a bordo del Whirlicote por la mañana, se encontraron con


Alice y Jasper sentados lejos. Alice miró por la ventana, como si encontrara un
espectáculo fascinante ver a las gallinas picoteando en el huerto, y la expresión
de Jasper era un motivo de preocupación y desconcierto. Su pequeña cara estaba
como una perla blanca y sus ojos eran rojos, como si hubieran sido frotados con
arena; pero su mandíbula tensa, como si hubiera llegado a una decisión que
estaba decidido a seguir adelante.

El viaje fue muy silencioso, con cada uno de ellos ocupados en sus propios
pensamientos. Bella y Edward hablaban un poco, y entretuvieron a los niños lo
mejor que pudieron, pero el ambiente en el Whirlicote fue de dolor. Algo se
había perdido en este viaje, y ninguno de ellos sabía cómo identificarlo, ni si se
podría recuperar.

Edward y Bella estaban solemnes cuando regresaron a la corte, y fueron juntos


a enfrentarse a la Reina, cada uno de ellos necesitaba la fuerza del otro.
Encontraron a Mary jugando a las cartas con sus damas, con pilas de monedas y
pedazos de papel de créditos para las grandes sumas, en el centro de la mesa. A
Mary le encantaba jugar y era mala en ello. En los días en que ella era una
princesa que vivía del tacaño presupuesto asignado por su enojado padre, había
perdido hasta un tercio de sus ingresos en el juego. Ella reía ahora, ya que todos
esperaban la vuelta de una tarjeta que debía poner en manifiesto al ganador.
Afortunadamente, Mary era una buena perdedora. Ella se rio cuando Frances
Grey rastrillaba sus ganancias.

Edward odiaba a pocas personas, no estaba en su naturaleza el llevar rencores y


era de un carácter amable, pero sinceramente odiaba a Frances Grey. Ella era la
madre de Jane, no, la mujer que había dado a luz a Jane. No había ningún
instinto maternal o emocional en Frances. Tanto su marido y su hija, habían sido
ejecutados después de la rebelión de Wyatt, y Frances había pasado el tiempo
salvando su propio pellejo. Ella había lanzado alegremente a su hija a los lobos,
la hija que había golpeado e intimidado para que primero la aceptara Guildford
y luego la coronara, y ahora se contaba entre las aduladoras jefas de Mary.
Edward ni siquiera reconocería su existencia, así que él se inclinó ante la Reina.

―Su Majestad, mi señora esposa y yo hemos vuelto a hacer el informe.

―Esta noche, más tarde, tal vez ―dijo Mary, distrayéndose con el siguiente
reparto―. Bella, ¿te quedarás a jugar?

―No, Su Majestad ―respondió Bella―. Me temo que soy mala en los juegos de
cartas.

―Eso haría una excelente adición a nuestra mesa. ―Frances rio entre dientes.

―Si Su Majestad no necesita más de mí, me retiraré ―dijo Bella.

―Concuerdo con ustedes ―dijo Mary con una sonrisa―. Estoy segura de que
están cansados de sus viajes. Te veré mañana en la misa.

Bella y Edward se inclinaron y retrocedieron de la habitación. El rostro de


Edward era tenso y su piel se había sonrojado en un alarmante rojo. Se pasó una
mano por el pelo y Bella vio que temblaba. Cuando la bajó, ella lo cogió en su
regazo y la apretó.

―Ella no estaba preocupada por las impresiones de la gente ―dijo Edward con
amargura―. Quería que fuera, para que mi presencia le dijera a la gente que el
Duque de Cullen lo apoyó.

―Lo sospechabas ―Bella le recordó. Él lo había mencionado en el viaje y


consideraba asistir anónimo, vestido con atuendo simple como un caballero
rural, pero el retraso causado por la rueda rota había eliminado esa opción. El
Whirlicote con su escudo pintado en el lado se había colocado justo al lado del
escenario. El primo de la Reina, el representante de la Reina.

Edward miró a su esposa con enormes ojos oscuros y su ira se desvaneció.

―Vamos a ir a casa ―dijo. A casa, donde podían pretender por solo un tiempo
que el resto del mundo no existía. Él la tomaría esta noche nadando, decidió;
para luego traerla de vuelta a su habitación, donde podía besar el agua de su
piel y bloquear todo, menos a ellos dos.

―Casa ―coincidió Bella.

Salieron del palacio por una de las puertas laterales, la que conducía al jardín.
Bella vio a la princesa Elizabeth caminando con sus damas, leyendo un libro.
Mientras miraba, un grupo de hombres se encontraron con ella, españoles por el
aspecto de su ropa. El que estaba a la cabeza se dirigió resueltamente a caminar
al lado de Elizabeth. Él inclinó la cabeza hacia ella y Bella se quedó sin aliento al
ver su rostro: Phillip.

Tanto ella como Edward lo miraron fijamente. Elizabeth inclinó la cabeza y


sonrió con coquetería a cualquier cosa que Phillip dijera, y luego agachó la
cabeza, ruborizándose suavemente, moviendo los ojos hacia él, los hermosos
ojos café oscuro de Ana Bolena.

―Vamos a casa ―repitió Bella y le dio la espalda a la vista. A casa.

Alice estaba vistiendo a Bella en la mañana, cuando se produjo un golpe en la


puerta de su recámara. Aunque era todavía una hora antes del amanecer, Bella
esperaba que fuera Ellen con la pequeña Elizabeth. No había tenido la
oportunidad de verla la noche anterior, porque el niño ya se había dormido
cuando llegaron a casa. En cambio, fue Anne la que preguntó:

―Su Gracia, ¿puedo hablar con usted?

―Entra ―dijo Bella. Alice hizo una pausa en la costura de las mangas de Bella
y le dio una mirada extraña, que Bella no podía interpretar.

Anne se inclinó profundamente.

―Su Gracia, quería preguntarle, desde que fue testigo… ¿Vio usted retractarse
al obispo Hooper? ―Bella negó con la cabeza.

―No, nunca lo hizo. ―Anne la miró aliviada.

―Pensé que debía ser nada más que un rumor para desacreditarlo. Es que se
dice que se retractó la noche anterior, por temor a las llamas, pero luego volvió
a… ―Ella miró a Alice y modificó las palabras que había estado a punto de
decir―: Volvió a sus herejías a la mañana siguiente.

―No puedo hablar de sus acciones la noche anterior, pero nada se dijo de
cualquier retractación mientras yo estaba presente ―dijo Bella.

―Sufrió mucho ―reflexionó Anne, y sus ojos brillaban como si el obispo


Hooper se hubiera convertido en uno de sus héroes durante la noche.

―Sí, lo hizo ―dijo Bella sin rodeos. Ella renunció a toda pretensión―. No tengo
palabras para describirlo. Te lo ruego, no hagas nada que te ponga en una
situación similar.

Anne suspiró.

―Su Gracia… Bella, no lo entiende. Dios le ha premiado con la corona del


martirio. Las recompensas de sus pocos minutos de sufrimiento en la Tierra
están más allá de nuestra imaginación. Él está en este momento en la mano
derecha de Jesús, y se le ha dicho las palabras que cada cristiano a su tiempo
debe escuchar: ¡Bien hecho, siervo bueno y fiel! ¿Cuántas almas se salvarán de las
llamas eternas del infierno a causa de sus dolores terrenales?

Bella sintió lágrimas en sus ojos.

―Si lo hubieras visto, no volverías a tomar un camino que pudiera conducir a


ello.

Anne sonrió suavemente y le entregó a Bella un pañuelo limpio.

―Entonces, tal vez lo mejor es que no lo haga.

Después de que ella se fue, Alice fue al lecho de Bella para seleccionar sus joyas
para el día. Ella se pasó a través de ellas con indiferencia, lo que le dijo a Bella
más que cualquier otra cosa que algo andaba mal. Alice usualmente se deleitaba
en la clasificación de las joyas de Bella. Alice sacó un broche, aparentemente al
azar. Su rostro estaba pálido y cansado, y sus dedos decayeron cuando llegaron
al centro del cuerpo de Bella.
―¿Estás bien, Alice? ―preguntó Bella.

Alice le dio una sonrisa, que sin intención era más una mueca que una sonrisa.

―Estoy bien, Bella.

―Hablaste poco en el viaje de regreso ―presionó Bella―. Y no hablaste con el


padre Jasper en absoluto.

La respuesta de Alice era tan baja que ni siquiera el oído selkie de Bella podría
cogerlo.

―¿Qué?

―Dije que no lo puedo poner en peligro ―repitió Alice―. Bella, sé que lo que
estamos haciendo está mal. No estamos hablando de mi bienestar espiritual.
Estábamos hablando del uno al otro, pasar tiempo con los otros, porque hay…
sentimientos entre nosotros. Nunca he hablado de él, pero sé que él siente lo
mismo por mí que yo por él, y no es algo que un sacerdote deba sentir. Estoy
tentándole. Estoy tentando a un pecado que puede acabar con él con bandas de
hierro y una estaca ardiente. Lo vi, Bella. Cuando el Obispo estaba ardiendo, vi
al padre Jasper en su lugar.

―Alice ―dijo Bella. Ella la tomó en sus brazos. No podía decirle a Alice que
estaba equivocada.

Alice apoyó la cabeza en el hombro de Bella.

―Lo amo demasiado como para ponerlo en peligro.

Bella no dijo nada. Sostuvo a Alice con más fuerza.

―Mi padre me escribió ―dijo Alice con voz apagada―. Me voy a casar en
otoño.

Bella cerró los ojos. Buscó algo positivo que decir, algo para tratar de que Alice
se sintiera mejor, pero no había nada. Nada en absoluto.

Después de la misa en la capilla de la reina, Edward y Bella se reunieron en


privado con la Reina en su recámara privada.

―Se ve un poco mal, Su Majestad ―dijo Edward.

La pluma de Mary se detuvo en los documentos que firmaba.

―¿Ah?

―Era un espectáculo terrible, Su Majestad, y no estoy seguro de que el público


haya recibido el mensaje que usted deseaba enviar.

Ahora estaba interesada.

―¿Qué sucedió?

Edward describió la ejecución de principio a fin, con voz tranquila y


desapasionada. Él había elegido ayer por la noche las palabras que diría,
trabajando en ellas en su cabeza hasta que Mary quedara satisfecha y entendiera
la crueldad y el horror.

―Tres cuartos de hora estuvo en las llamas, antes de que él muriera ―dijo
Edward―. La gente lloraba por él, Su Majestad.

Mary tamborileó con los dedos sobre el escritorio.

―Tal vez fue un error al devolverlo a Gloucester, donde fue tan popular
―reflexionó ella.

―Su Majestad, sus sufrimientos habrían hecho llorar los ojos de una gárgola de
piedra ―subrayó Edward―. No habría cambiado si se hubiera hecho aquí en
Londres.

― ¿Y el sermón? ―le preguntó.

―Yo no sé ―respondió Edward―. La multitud se dispersó antes de que


comenzara.

Mary hizo una nota en una hoja de pergamino fresco. Edward estaba frustrado.
Bella intervino para ayudar.
―Fue horrible, lo más horrible que he visto.

―Oh, Bella ―dijo la Reina―. No puedes dejar que tu mente sea gobernada por
tu corazón gentil. Ojalá nadie tuviera que sufrir como lo hizo, pero la fuerza de
mi mano… ¡Si tan solo se hubiera retractado y rechazado su herejía! Todos
podemos alegrarnos juntos como hermanos y hermanas de Cristo. ―Miró el
reloj en su escritorio―. El tiempo es corto. Me reuniré con mi hermana en unos
minutos.

Bella se sentía frustrada de que la conversación terminara antes de que


pudieran hacer que Mary entendiera, pero estaba tan contenta de que ella
hubiera accedido a ver a Elizabeth de nuevo después de tanto tiempo.

―Me alegro de que le haya dado una audiencia. Sé que ella la extraña, Su
Majestad.

La Reina frunció los labios pero no dijo nada. Bella ayudó a la Reina a pararse, y
ella y Edward la siguieron a la cámara de presencias17, donde se sentó en su
trono. Había una cortina cerca del estrado del trono que ocultaba una puerta
que daba al pasillo fuera de la cámara privada de la reina. Bella la vio temblar y
notó los dedos de un par de zapatos asomarse por debajo y se puso rígida en
alarma. ¿Era un asesino? ¿Un espía? Ella le dio un codazo y se apoderó de la
cortina a un lado para echar un vistazo. Para su sorpresa, encontró a Phillip,
pero él no la vio. Parecía estar escuchando con atención a los murmullos de la
multitud de cortesanos que se reunían, cada uno esperando que pudieran tener
una audiencia con la Reina. Bella se alejó, hasta unirse a Edward en la parte
delantera de la audiencia.

―Phillip se esconde allí ―le susurró Bella.

―¿Qué? ―Edward se rio y negó con la cabeza.

17
El término original "thepresencechamber" es la habitación donde la realeza recibía a las visitas o
asambleas.
Una voz gritó en voz alta:

―La princesa Elizabeth.

La sala quedó en silencio y la gente se inclinó cuando Elizabeth pasó. Estaba


vestida con sencillez, como siempre, en su sobrio traje de soltera protestante, su
pelo brillante colgando alrededor de su espalda. Se detuvo al final del pasillo, a
una distancia respetuosa del trono, y cayó de rodillas. Mary no le hizo gesto
para levantarse.

―Dios guarde a Vuestra Majestad ―dijo Elizabeth.

Los ojos de Mary se estrecharon. Su terrible miopía hizo que su mirada


penetrante pareciera, y sin querer, intimidar a las personas.

―Me gustaría poder creer que querías decir eso.

―Sí ―protestó Elizabeth―. Estoy sujeta a la fidelidad y lealtad ante Su


Majestad, como otros puedan decir.

―No vas a confesar tu culpa, pero la verdad va a salir ―advirtió Mary.

―Y cuando nada salga, yo todavía preguntaré nada de ti, ni perdón ni favor.


―Elizabeth miró a los ojos de su hermana e inclinó de nuevo la cabeza cuando
ella vio nada de hostilidad―. Solo deseo que me restablezcas en tu corazón,
como tu hermana que te quiere.

―Probablemente, te quejas de que te estoy castigando injustamente.

―No, Su Majestad. Ni siquiera te lo diría a ti. He soportado el peso de tu ira y


desconfianza y voy a seguir soportándolo si no puedo convencerte de que soy
una persona verdadera y leal y lo seré hasta el día en que muera. ―Las lágrimas
brillaron en los ojos de Elizabeth y se dejó caer sobre sus mejillas―. Y soy tu
hermana que te quiere, incluso si no vas a creer eso, tampoco.

Mary cerró los ojos. Bella vio su garganta que se movía como si estuviera
tratando de tragar un gran bulto. Se levantó, poniéndose en pie de manera
tambaleante, y se marchó sin decir nada más. Cuando la puerta se cerró detrás
de ella, Elizabeth se levantó de sus rodillas, con una expresión pensativa en su
rostro.

Bella sabía que debía seguirla al igual que las otras damas lo hacían, pero ella se
quedó atrás. Phillip) abrió la puerta detrás de la cortina, y a juzgar por la forma
en que la barrió, voló en círculos alrededor de la entrada principal de la cámara
de presencia, como si acabara de llegar. Fue directamente por el pasillo hacia
donde estaba Elizabeth, ahora rodeada de un puñado de cortesanos. La mayoría
de las personas copiaban lo que el monarca hiciera: aquel a quien había caído en
desgracia fue condenado al destierro, pero habían corrido la voz de que Phillip
estaba tratando de hacer que Mary volviera a aceptar a Elizabeth de nuevo en la
corte y unas cuantas almas valientes que creían que el Rey podía influir en la
Reina con ese fin, fueron ahora provisionalmente amistosos con la Princesa una
vez más. Elizabeth no se dejaba engañar por la adulación o el interés repentino,
pero era lo suficientemente sagaz como para usarlo a su favor.

Ella dio a Phillip una sonrisa dulce y tímida, y el corazón de Bella se hundió en
el interés sincero de su expresión, ¿era meramente político, cortejar a la princesa
que tomaría el trono si el heredero y Mary murieran en el parto? ¿O estaba
realmente atraído por Elizabeth? Bella no lo sabía, y supuso que no tenía
importancia. Confiaba en que Elizabeth no iría lejos, Elizabeth era demasiado
inteligente como para seguir provocando la ira de su hermana pero usaría su
interés a su favor, sin lugar a dudas.

Ese interés no pasó desapercibido para los demás cortesanos, tampoco. Bella vio
las manos en alto para ocultar susurros y ojos agudos después de cada
movimiento de la Princesa. Más rumores serían flor de este encuentro, Bella lo
sabía. Phillip se estaba ganando la reputación de mujeriego, pero si era verdad,
era lo suficientemente inteligente como para mantener sus actividades lejos de
las damas de la corte. El Inglés despreció este aparente gusto por las
mujerzuelas y tuvo algún pensamiento mañoso de volver a estar en Mary, por
negarse a cederle a Phillip su ansiada coronación. Una pequeña rima había
circulado: "La hija del panadero en su mejor vestido es mejor que la reina Mary sin la
corona."
Bella pensó que Mary había permanecido ignorante de estos rumores, pero no
podía estar segura. Susan Clarencieux probablemente que lo vería como su
deber el informar a la Reina, en la creencia de que una mujer tenía derecho a
saber de las actividades de su marido. Bella solo podía esperar a que esto no se
hubiera extendido tan lejos y que la palabra de la coquetería de Elizabeth con su
marido llegara a sus oídos, que su fe en Phillip lo haría desestimarlo. De lo
contrario, Elizabeth podría terminar en un lugar que le hizo pensar en
Woodstock, con buenos recuerdos.

Bella y Edward habían tenido un pequeño grano de esperanza de que la


historia de la horripilante muerte del obispo Hooper detendría las hogueras,
pero la lección que Mary había tomado de ello era que el sermón se debía dar
antes de la quema, para que la gente estuviera ahí para oír y no se fueran a otros
sitios. Los herejes que se arrepintieron fueron empleados en la recolección de la
leña, y en ocasiones, se vieron obligados a usar a su propia familia para ayudar
en la recolección para quemar a las personas que amaban.

Se distribuyeron panfletos sediciosos, en honor al valiente martirio de los


ejecutados y condenando a la Reina. Esto solo hacía que Mary estuviera más
decidida a acabar con la herejía infectando su tierra de la misma manera que la
propagación de una epidemia.

Cuando regresaron de una misa un par de días después de la reunión de Mary


con Elizabeth, Mary encontró uno de los panfletos que metían en la puerta de su
dormitorio; estaba situado estratégicamente de tal manera que fuera obvio que
estaba destinada a encontrarlo. Mary lo leyó y luego silenciosamente se lo
entregó a Bella. Contenía el informe de una hoguera en Guernsey, la quema de
una madre y sus dos hijas adultas. Una de las hijas había informado de una
mujer de la localidad como responsable de un robo, y en represalia, el ladrón la
había acusado de herejía. Las autoridades locales examinaron no solo a la
acusada, sino a su madre y su hermana también, y las hallaron culpables del
cargo. Ellas fueron quemadas juntas. Una de las hijas había estado embarazada,
y como ella se quemó, dio a luz. Uno de los espectadores corrió hacia adelante y
rescató al bebé de las llamas antes de que el niño pudiera estar herido, pero el
Sheriff le arrebató al niño de los brazos y tiró al bebé al fuego. El texto termina
con una oración para que los ojos de la reina Mary se abrieran, o de que Dios
podría acortar sus días.

Bella dejó caer el folleto, y se cubrió la cara con las manos. Pensó en el pequeño
Ward. ¡No! Obligó a su mente a estar lejos de eso.

―Lo sé ―dijo Mary, compadeciéndose con el horror de Bella―. Se atreven a


imaginar la muerte de la Reina, a orar por ello.

―Ese pobre niño ―susurró Bella.

Mary le dio un golpe al folleto con la punta del pie. ―No deben culparme por
eso.

― ¡Él no era un hereje, sin duda! ―gritó Bella.

―No habría sido quemada si confesaba su embarazo ―dijo Mary―. Ellos


habrían esperado hasta después de que el niño naciera, aunque era ilegítimo. Su
muerte es culpa de su madre.

―Pero el Sheriff…

―Fue la voluntad de Dios que quemara a su madre, de lo contrario habría


nacido antes de ser ejecutada.

Bella sintió su aliento como un soplo, como si le hubieran dado un puñetazo. Se


tambaleó sobre sus pies y el mundo se volvió gris por un momento.

― ¡Cójanla! ―Mary lloró y sus damas se apresuraron a la ayuda de Bella―. Se


debe acostar. Pónganla en mi cama. Alguien busque a un médico.

Alguien desprendió su peto y aflojó los cordones del cuerpo de Bella.

―¿Dónde está mi esposa? ―Bella oyó la voz de Edward y el alivio se extendió


a través de ella.

―Se desmayó, Su Gracia ―dijo Susan Clarencieux.

Oyó la voz de Mary que venía.


―Edward, ¿es posible que ella esté embarazada? Eso explicaría por qué ella ha
estado actuando de manera extraña desde la semana pasada.

Edward no respondió. Llegó al lado de Bella y se sentó en la cama junto a ella.


Él tomó su mano entre las suyas.

―Bella, amor…

―Edward, has venido… estoy bien. Espero que no te alarmara.

―No es por lo que he venido ―dijo Edward―. Bella… Es Ward…

―¿Qué? ¿Qué pasa con él? ―Bella se quedó sin aliento.

El rostro de Edward estaba sombrío, matizado con el dolor que sentía que se
avecinaba.

―Bella… tiene la epidemia.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
- El encuentro entre Mary y Elizabeth se produjo a las diez de la noche, no
durante la tarde como lo he descrito. Elizabeth estaba asustada por la citación
repentina y suplicó a sus damas orar por ella antes de salir a visitar a la Reina,
una visita de la que tenía miedo de nunca poder regresar. Se encontró con Mary
en su dormitorio, y, sí, Phillip estaba escondido detrás de las cortinas.

- La historia de la quema de Guernsey es lamentablemente cierta. Durante el


reinado de Elizabeth, el Sheriff fue llevado ante ella después de haber sido
declarado culpable de asesinato por arrojar al bebé en el fuego. Dijo que el bebé
compartía la herejía de la madre mientras ella estaba dentro de su cuerpo.
Elizabeth lo perdonó. Hay algunos enlaces con más información en mi página
de Facebook: www.facebook.com/lissa.bryan
Capítulo 25

Traductora: Carito Iturriagaz (FFAD)


Beta: Esmeralda Cullenn (FFAD)

—¡ É l no puede estar enfermo! —Bella protestó mientras cabalgaban a casa—.

¡Él debe estar protegido por mi magia!

Los mozos en el establo del palacio le habían dado a Edward un caballo


diferente al que había montado hasta allí. Ese caballo estaba cubierto de sudor,
sus francos agarrotados de agotamiento. Éste era fresco y con ganas de correr.
Edward lo golpeaba con los talones y apretó aún más fuerte para aumentar la
velocidad. Rogó a Dios que nadie saliera delante de ellos, porque nunca sería
capaz de desviarse a tiempo.

Un toque cálido golpeó la parte trasera de su mano. Las lágrimas de Bella. Pero
no tenía tiempo para consolarla, estaba concentrado en exprimir al máximo la
velocidad de su montura. Galopó por el camino a su casa y desmontó, tirando
las riendas a un mozo de espera. Bajó a Bella de la silla y le dio al caballo una
palmada de agradecimiento antes de tomar la mano de Bella y correr a la casa.
Sus piernas cortas no eran lo suficientemente rápidas, así que la levantó en
brazos y la llevó por las escaleras, subiendo de tres en tres. Abrió la puerta y la
depositó en el suelo junto al niño acostado en su cama.

Bella se sentó a su lado, poniendo una mano en su frente. Su pobre bebé estaba
empapado en sudor, pálido y sacudiéndose débilmente en el delirio. Bella
apartó las mantas en las que había estado envuelto y apretó su oreja al pecho del
niño. Su corazón latía rápido, demasiado rápido, revoloteando como las alas de
un pájaro atrapado.

—El médico debería estar aquí pronto —dijo Ellen—. Envolverlo de nuevo, mi
señora. Usted no debe dejar que coja un resfriado.

—Dame una bañera de agua fría —ordenó Bella, haciendo caso omiso de sus
consejos.

Ellen miró al duque para su confirmación.

—Todo lo que ella diga. — Edward le dijo—. Hazlo, rápidamente.

—Échale un poco de agua al vino de allí —pidió Bella a Edward—. Hasta que
sea de color rosa pálido. Y voy a necesitar un paño limpio.

Se dirigió a la jarra de vino e hizo lo que le pedía, trayendo de vuelta una copa
llena y como paño, uno de sus pañuelos recién lavados. Bella mojó un poco del
mismo en el vino aguado y lo puso en la boca del bebé. Tan pronto como tocó
los labios, comenzó a chupar con avidez del paño húmedo. Bella lo sacó y lo
rehumedeció, volviendo a la boca una vez más.

—El pobre niño tiene tanta sed —murmuró.

Ellen regresó con una criada, que llevaba la bañera de agua fría. Bella quitó la
ropa de Ward y lo sumergió lentamente en el agua. Ellen se quedó sin aliento,
del horror.

—Tenemos que lograr que su temperatura baje —explicó Bella—. Está ardiendo
de fiebre.

—Pero el shock... —Ellen protestó—. Tomar un baño cuando uno está tan
enfermo. ¡No puede ser seguro!

Bella negó con la cabeza.

—Es lo mejor para él. Ve, Ellen, ve a ver a Elizabeth.

—Pero…
—Ve —ordenó Edward, con más dureza de lo que pretendía y Ellen abrió
mucho los ojos. Ella se balanceaba en una reverencia apresurada que él no vio y
corrió hacia la puerta.

—No entiendo esto —comentó Bella, ahuecando el agua en la mano y dejando


caer el goteo sobre la cabeza de Ward. Sus sacudidas habían cesado ahora que
estaba en el agua fría, pero él gimió suavemente, un sonido que apuñaló el
corazón de Edward.

—Él debía estar protegido. Esto no debería haber ocurrido. Incluso Margaret
debería... —Su voz se apagó y nuevas lágrimas corrían por sus mejillas.

—¡Has sido tan infeliz durante la última semana! —aseguró Edward—, cerca de
enfermarte de ansiedad y miedo.

Él tomó otro de sus pañuelos y se lo dio a Bella. Ella le lanzó una mirada de
agradecimiento y lo sumergió en el agua, poniéndolo sobre la cabeza de Ward.

—Tal vez tu magia es más débil cuando estás bajo estrés, tan lejos del mar...

Ella sacudió la cabeza con perplejidad.

—Nunca he oído hablar de tal cosa. —Tomó el paño caliente de la cabeza del
niño y lo sumergió de nuevo en agua fresca.

—¿Alguna vez has oído hablar de un selkie en la corte? ¿Un selkie que vio a un
hombre quemarse?

—No —admitió—. No lo he hecho.

Ella sabia cuán peligroso podía ser el duelo y el miedo para su especie. ¿Podría
el horror de la situación haber provocado que su magia fallara de alguna
manera? ¿Fue su culpa?

Se oyó un estrepitoso ruido de cascos sobre la grava. Edward miró por la


ventana.

—Ese debe ser el médico.


—¿Pueden tus médicos hacer algo para esta enfermedad?

Él negó con la cabeza. La pena ensombreciendo su rostro. Esto era por lo que él
se había advertido una y otra vez, no llegar a ser demasiado apegado a su hijo,
pero su corazón no había escuchado a la cabeza.

—¿Sabes de una curandera? —Bella preguntó.

—Yo la puedo encontrar. Seguramente hay una en la aldea.

—Dile que necesito corteza de sauce blanco.

—¿Para qué? —La miró desconcertado.

—Hace bajar la fiebre —respondió Bella—. Por favor, Edward. Date prisa.

La besó y luego al bebé, para salir corriendo por el pasillo. Se estrelló contra una
de las criadas. "Perdón, Su Gracia", exclamó la chica, a pesar de que la culpa
había sido suya.

—Niña, corre a la aldea y consigue un poco de corteza de sauce de la curandera.


—Le ordenó—. Ve ahora, lo más rápido que puedas. —Sacó unas monedas de la
bolsa que llevaba en su chaquetilla y las dejó caer en sus manos, sin preocuparse
de sus obligaciones pendientes.

—Sí, Su Gracia —respondió ella e hizo una reverencia rápida antes de partir a
cumplir sus órdenes.

Volvió a donde Bella y el bebé, donde más quería estar.

—Envié una sirvienta —explicó cuando ella le dio una mirada inquisitiva.

—Bella, ¿va a morir? —preguntó, con voz baja y ronca por el dolor.

—Si puedo mantener la fiebre baja, podrá vivir —aseguró Bella.

—¿Qué puedo hacer? —Edward preguntó. La impotencia que sentía no hacía


sino aumentar su angustia.
—Estar aquí para mí —respondió Bella. Las lágrimas estaban en sus ojos—.
Necesito tu fuerza.

Él no sabía lo fuerte que era. Quería romper en llanto, para arrojarse al suelo y
rogarle a Dios que no se llevara a su hijo, gritar y arrancar su cabello por la pena
anticipada. Pero si Bella lo necesitaba para ser fuerte, él lo iba a ser. Él haría lo
que fuera para sacarla fuera de esta crisis.

La criada regresó con más rapidez de lo que esperaba, con una taza en la mano.

—Su Gracia, me adelanté e hice el té de acuerdo con las instrucciones de la


curandera —anunció.

—Gracias a ti, Anne —dijo Bella con gratitud. Ella lo probó para comprobar la
temperatura y la encontró suficientemente tibia para que el bebé la bebiera.

—He añadido miel para cubrir el sabor —continuó la muchacha.

¿Anne?, se preguntó.

—¿Tu nombre es Anne?

—Sí, Su Gracia, Anne Askew.

Ah, ahora la recordaba: su limosnero, la esposa de Kyme, la mujer que había


sido expulsada por sus creencias protestantes. Vagamente, recordó que aún no
había recibido una respuesta a su carta.

—Gracias, señora Askew —dijo. Mojó el paño en el té rojo y se lo dio al bebé.


Pequeño Ward hizo una mueca, pero tenía sed suficiente para tomarlo.

El médico llegó poco después y se horrorizó al ver a su paciente sentado en una


tina de agua. —Por todos los santos, mujer, ¡lo vas a matar! —Le espetó antes de
recuperar su sentido del decoro—. Su Gracia —dijo—. No está bien que lo
empape así. Abrirá los poros para todo tipo de suciedades. Él tiene que estar en
cama. ¡Y no debería darle algo de beber! ¿Qué es eso? —Cogió la taza antes de
que Bella pudiera detenerlo y olió su contenido. Hizo una mueca y retrocedió.
—Es té de corteza de sauce —replicó Anne Askew—. Reduce la fiebre.

—¡Ridículo! —gritó el médico—. Es probable que envenene al niño con el


brebaje inmundo de alguna bruja, ¡mujer!

Bella no le dio un solo vistazo.

—Enviad al médico de vuelta por su camino. Sus artes no pueden hacer nada
bueno aquí.

—Lo vas a matar —advirtió el médico—. Marque mis palabras, Su Gracia. Si


sigue por este camino, él morirá por la noche. ¡Las hierbas y baños en lugar de la
medicina conocida!

Sacudió la cabeza con incredulidad y se volvió hacia Edward para obtener


ayuda.

—Su Gracia, yo sé que la duquesa es nueva en la civilización, pero no se puede


arriesgar la vida de su hijo con estas prácticas paganas.

—¡Vete! —Bella le espetó—. O voy a llamar a un lacayo para que te echen.

El doctor la miró, groseramente insultado por el trato irrespetuoso. Pisó fuera


de la habitación y Anne Askew cerró la puerta detrás de él.

—Su Gracia —ella le dijo a Bella—. Es posible que desee agregar el vino al agua
del baño también. Hará que se sienta más fresco.

—Una excelente sugerencia —dijo Bella. Edward fue a buscar el jarro y lo tiró
en la bañera.

—Es el baño más caro que nunca tendrás, hijo. —Le cantó al bebé—. ¡Lavado en
el mejor vino francés disponible!

Bella apretó los labios a la frente de Ward.

—Él está más fresco.

—Alabado sea Dios —susurró Edward. Tenía miedo a la esperanza. Durante


todo el camino a la corte, había tratado de prepararse para lo peor. El sudor no
siempre era mortal, pero cuando los bebés lo cogían, sus posibilidades eran
escasas.

La cabeza de Ward se dejó caer mientras dormitaba.

—¡No lo dejes dormir! —Edward advirtió, acariciando las mejillas del bebé para
despertarlo—. Si los que tienen el sudor logran conciliar el sueño, nunca se
despiertan.

—Edward, creo que le hará bien —susurró Bella—. La fiebre está más baja y
necesita el descanso para sanar.

Ella lo sacó de la bañera y lo envolvió en una sábana seca de lino. Se sentó en


una silla cercana y mantuvo al bebé en sus brazos, mientras le tarareaba en voz
baja. Cuando se despertó, ella lo engatusó para amamantar un poco, pero él
parecía muy cansado y débil para tomar mucho.

Durante toda la noche, Bella y Edward atendieron a su bebé, enfriándolo en el


baño de vino y agua cuando su temperatura subió de nuevo, y otra vez le
dosificaron el té. Las velas ardían hasta convertirse en protuberancias y fueron
reemplazadas por Anne, quien permaneció a su lado durante toda esa horrible
noche sin fin. Trajo lo que se necesitaba y se pasó el tiempo de inactividad en la
oración.

Al amanecer, la fiebre cedió y Edward se dejó caer de rodillas en oración


agradecida, sollozando de alivio. Él iba a vivir. Su hijo viviría. Se repitió en su
mente como una letanía alegre.

Bella cuidó a Ward y se acostaron en su cama con su bebé entre ellos. Edward
no podía contener las lágrimas.

—Pensé que lo iba a perder —confesó.

—Tal vez mi magia todavía lo protegía hasta cierto punto —dijo Bella,
olvidando que Anne Askew estaba todavía en la habitación. Edward miró a la
mujer, pero ella no pareció haber oído. Ella estaba recogiendo los objetos que
habían utilizado durante la noche. Tiró el contenido de la bañera por la ventana
y se llevaron las telas y las tazas en el mismo.

—Gracias, Anne —dijo Edward—. Gracias por su ayuda y sus oraciones.

—Yo estaba feliz de ser útil, Su Gracia. Usted y su esposa me dieron un hogar
cuando no había nadie que me ayudara. —Les sonrió y se dejó caer en una
reverencia—. Sé que no son de mi fe, pero usted es un hombre verdaderamente
cristiano, Su Gracia.

—Gracias —dijo de nuevo—. Ve y descansa un poco, Anne.

Después de que la puerta se cerró detrás de ella, Edward se inclinó y besó a su


esposa. La besó con amor, con gratitud y alegría. Él le acarició el lado de su cara
con el dorso de sus dedos.

—Tenemos que irnos —dijo—. Debemos ir a casa. Llevarte a ti y a Ward de


vuelta a Cullen Hall, donde ambos pueden estar saludables y ser felices.

—Pronto —prometió—. La Reina entra en confinamiento la próxima semana y


después de que el príncipe o la princesa hayan nacido, nos podremos ir.

—No puede llegar lo suficientemente pronto. —Se lamentó.

La corte se trasladó a Hampton Court Palace, donde la Reina había decidido


tener su confinamiento. Ella había querido ir a Windsor, pero se consideró muy
lejos de Londres, aunque las razones para ello eran tácticas. Si Mary muriera, el
rey Phillip quería tener el control de la capital, el peligro de disturbios en el país
estaba creciendo. En la última quema, la multitud había gritado a los
magistrados y se volvió tan agitado que éstos temían por sus vidas. Las tropas
fueron levantadas y armadas y Mary envió por cortesanos leales para llevar a
sus ejércitos privados, como su hermana Elizabeth había hecho una vez en su
coronación.

Phillip estaba tratando alejarse de la quema tanto como le era posible, aparte de
la preocupación de que si los españoles eran acusados, podría empezar otra
rebelión en toda regla. Él tenía a su capellán predicando un sermón
denunciando las quemas y no era el único en tratar de pasar de la culpa.
Gardiner un día escribiría que no era obra suya y que había sido castigado por
ser demasiado indulgente y el obispo Bonner, que logró el apodo de "Bloody
Bonner" por presidir Londres, donde se llevaron a cabo la mayoría de los juicios,
afirmaba que sólo estaba siguiendo órdenes.

Hampton Court no era sólo uno de los palacios más bellos y propiedad de la
corona, era también uno de los más modernos. Había sido construido por el
cardenal Wolsey bajo el Reinado del padre de Mary, pero cuando el rey Enrique
lo vino a visitar, estaba tan abiertamente envidioso de su esplendor que el
cardenal consideró prudente ofrecérselo al rey como un "regalo".

Las ceremonias tradicionales se llevaron a cabo fuera de la cámara de la Reina y


ella bebió una copa de vino con especias antes de la partida al interior con sus
damas, Bella incluida, para comenzar la espera del bebé. A las damas se les
habían dado instrucciones estrictas del médico de no hablar de cualquier cosa
desagradable o molesta para la Reina. Mientras ella miraba fuera de la única
ventana no cubierta de la cámara de Mary, Bella se preguntó si se daría cuenta
de la columna de humo que salía de la ciudad por la quema, cuando ahora se
producía casi a diario.

Los días se deslizaban con agonizante lentitud. A Bella se le permitió ir a casa


por las noches, ya que tenía un bebé que aún se estaba recuperando del sudor.
(Ella pudo haber minimizado su recuperación un poco porque Ward estaba
ahora muy bien, de vuelta al bebé sano y feliz que había sido antes de que
cayera enfermo.) Y aunque ella no lo sabía, Phillip se sentía igual: que cada día
era como mil años. Estaba impaciente por marcharse, pero su padre le había
instado a esperar hasta que el heredero hubiera nacido. Si él estaba en el
extranjero cuando Mary tuviera a su bebé y ella no sobreviviera al nacimiento
del mismo, sería incapaz de aferrarse a su gobierno.

Los médicos habían estimado que la Reina daría a luz la última semana de abril,
pero la semana designada vino y se fue sin que Mary estuviera de parto. Los
médicos anunciaron que la Reina, una mujer "mundana", debió de haber
cometido un error sobre cuando había concebido. El bebé podría llegar a finales
de mayo o principios de junio. Misas diarias se decían por su parto seguro y las
procesiones de los ciudadanos que rezaban, marcharon hacia el palacio. Mary
los vio pasar desde su ventana, pero en vez de hacerla feliz en su conmovedora
demostración de afecto y lealtad, ella estaba melancólica. Nadie lo admitiría en
su presencia, pero tenía el sentimiento profundo e inquietante de que algo
andaba mal. Ella confesó en privado a Bella que no había sentido a su hijo
moverse en semanas. Bella había palidecido ante esta noticia, no podía mentirle
a Mary y ofrecer tópicos calmantes como las otras mujeres hacían. Ella había
simplemente abrazado a la Reina mientras lloraba y se comprometió a orar por
ella.

Mary pasó la mayor parte de sus días sentada en un cojín en el suelo, con las
rodillas hasta el pecho. No quería oír música, dijo. No quería leer, chismear, o
incluso rezar en su altar. Frances Grey ni siquiera podía conseguir que apostara.
Bella se sentó al lado de la Reina en el piso y le ofreció el más simple desahogo
de todos. Ella tomó la mano de la Reina. Y esperaron.

El 30 de abril, corrió el rumor de que la Reina había dado a luz un príncipe sano
y todo Londres se volvió loco, rompiendo los barriles de vino que habían sido
establecidos para tal efecto y las hogueras. A pesar de la impopularidad reciente
de Mary, toda Inglaterra podía regocijarse por el nacimiento de un príncipe.
Como Elizabeth había dicho a Bella, la gente adora el sol naciente, no uno en
retirada. Con cada nuevo heredero se pensaba que era un nuevo comienzo, un
comienzo fresco, una nueva oportunidad para Inglaterra para ser restaurada a
sus días de gloria y prosperidad. Pero entonces, el palacio corrigió las noticias.
La Reina no había parido aún. Las personas, privadas de la diversión y de su
esperanza, se fueron a sus casas refunfuñando.

Afuera, la lluvia empezó de nuevo, como las tuvieron el verano pasado y el


tiempo era extrañamente frío. Los campesinos lloraban mientras veían sus
campos inundados para otra temporada de siembra.

En el interior del palacio, los cortesanos esperaban. En varias ocasiones, Mary


dijo que sentía dolores y los médicos y las parteras eran convocados a toda prisa
sólo para irse unas horas más tarde, cuando las molestias se apagaron sin
ningún tipo de trabajo. Phillip envió solicitudes a toda Europa para conseguir
préstamos con qué financiar sus planes militares contra Francia, pero los
encontraron pocos dispuestos a prestarle dinero y los que querían, acordaban
hasta el veinticinco por ciento de interés. Mary pasaba horas en su escritorio,
escribiendo cartas anunciando el nacimiento de su hijo, dejando la fecha y el
sexo del niño en blanco para ser llenados más tarde. Ella escribió una al cardenal
Pole, que decía que Dios le había añadido el nacimiento de un príncipe a todas
las otras bendiciones que Él había conferido sobre ella. Las puso sobre el
escritorio, a la espera de ser enviadas una vez que el milagro ocurriera
finalmente.

Y los incendios continuaron. En Londres, corrió el rumor de que la Reina Mary


había declarado que su hijo no nacería hasta que se hubieran quemado a todos
los herejes. Había planes para un levantamiento, pero el Rey y el Consejo
enviaron rápidamente a las tropas y rompieron cualquier reunión en las calles.

Mayo pasó. El vientre hinchado de Mary empezó a desinflarse, a lo que las


parteras le dijeron que era una señal segura de que estaba a punto de dar a luz.
En una rara tarde soleada, Mary miró por la ventana y vio a Phillip caminar con
la princesa Isabel por el jardín. Sus cabezas estaban inclinadas una hacia la otra.
Hacían una hermosa pareja, ambos jóvenes, vibrantes y saludables. Mary dejó
caer el tapiz y se acostó en su cama, ordenando que las cortinas se cerraran a su
alrededor. Bella lo hizo por ella. Puso una mano en el brazo de la Reina y la
miró con angustia desnuda en sus ojos.

Los médicos dijeron que a finales de junio debía ser cuando la Reina pariera. El
espíritu de Mary se hundió aún más bajo. Ella pasaba horas llorando en su libro
de oraciones; sintiendo cómo el estómago se aplanaba y los pechos dejaban de
producir leche. Su embarazo se marchitó como los pocos cultivos en los campos
yermos de Inglaterra.

Y luego decían que a finales de julio.

Los rumores abundaban y Edward se los contaba a Bella cuando llegaba a casa
por las noches. Se dijo que Mary había dado a luz a un trozo de carne
inanimada, o que el niño había muerto y que estaban buscando un reemplazo al
que podrían pasar por el heredero. Bella lloraba por la mañana porque tenía que
regresar a esa triste habitación con su cuna vacía todavía preparada para
atesorar al niño de Mary. La desconsolada Reina estaba empezando a darse
cuenta de que había algo terrible… terriblemente mal.

En agosto, Hampton Court apestaba a basura acumulada y a desechos


humanos. La corte tuvo que mudarse cada pocos meses debido a la
acumulación de suciedad y desperdicios de tantas personas, sobre todo en
verano, por lo que el palacio sería "edulcorado" entre usos. Una tarde, Gardiner
y Polo aparecieron en la puerta de la de cámara de la Reina y Mary se reunió
con ellos después de decirles a todas sus damas que salieran. El que a los
hombres se les permitiera estar en la cámara de confinamiento, incluso a los
sacerdotes, fue impactante. Algo debía estar pasando. Las señoras cuchicheaban
entre sí, tratando de decidir qué era. Varias se acercaron a Bella, la confidente de
la Reina, pero ella no tenía nada que ofrecerles.

Cuando se hubieron marchado, las damas se deslizaron lentamente de nuevo a


la cámara privada, preocupadas por lo que pudieran encontrar. Los ojos de
Mary estaban rojos, pero lo único que dijo fue: "haced las maletas", porque se
iban, irían a Oatlands. La mayor parte de la corte no sería capaz de seguirlos
porque era una casa pequeña, una forma cómoda de deshacerse de los
numerosos parásitos que habían llegado a los tribunales para esperar el
nacimiento. Bella aprovechó la oportunidad para pedir permiso para ir a su casa
en Cullen Hall.

—¿Puede… puedes hacer el favor de traer a Ward a verme antes de irte? —


Mary preguntó, su voz agrietada.

Ella lloraba cuando lo abrazaba, reía entre lágrimas, su pelo rebelde de color
rojo-marrón (tan parecido al de su padre). Lo puso en la cuna que había sido
diseñada para el príncipe de Inglaterra. Una placa de plata en la cabecera
llevaba el poema:

The child which thou to Mary, O Lord of might

hast send,
To England's joy, in health preserve-keep and

defend!*

Mary lo meció, cantando en voz baja, una canción de cuna española que podría
haber aprendido de su propia madre.

—¡Ward! — Le susurró, agitando los brazos regordetes. Él tendría un año el


próximo mes. Tres días antes, había dado sus primeros pasos en casa con
Edward y Alice presentes; Bella se había resentido con Mary por mantenerla
aquí, haciendo que ella se perdiera algo tan importante. Pero ahora, ese
resentimiento se desvaneció. Vio a una mujer desconsolada besar a su bebé y
levantarlo de la cuna. Lo ciñó a ella por un momento más antes de entregarlo de
nuevo a Bella, las lágrimas desapercibidas corrían por sus mejillas. Mary había
llorado un mar de lágrimas durante los últimos meses. Bella se sorprendió que
le quedara alguna.

—Me está dejando, Bella —dijo Mary—. Phillip se marcha a finales de mes y no
puedo conseguir que responda cuándo volverá. Quédate conmigo, por favor,
¿hasta que él se haya ido? Puedo soportarlo mejor si tengo a mi familia
conmigo. —Se presionó una mano contra su vientre plano—. Susan Clarencieux
y una de las comadronas me han dicho que tengo que estar sólo seis meses más
y el niño nacerá en noviembre.

—Su majestad, no hay bebé —dijo Bella con tristeza.

—Son todos unos aduladores. Ahora me doy cuenta de que eres la única que es
auténtica conmigo, Bella. —La Reina se levantó y la besó en la frente—. Quédate
conmigo sólo por un poco de tiempo y entonces podrás ir a casa, a Cullen Hall.

A pesar de todo, Bella no se podía negar. Ella abrazó a Mary y se fue a su hogar
en la casa de Hampstead Heath para contarle a Edward. Él se sentía frustrado
por el retraso, por supuesto, pero ¿qué podía hacer? Insistir ahora heriría los
sentimientos de Mary y ella se enojaría, porque así es como ella siempre
reaccionaba al dolor emocional.

La Princesa Elizabeth vino a ver a Bella el día antes de que todos se fueran.
—Me voy a casa, a Hatfield —dijo—. La Reina finalmente me ha dado permiso.

Sin nacimiento inminente, (y sin peligro para la Reina), era seguro permitir que
Elizabeth se fuera.

—Es lo mejor —dijo Bella. Vio a Phillip, de pie ante una de las ventanas,
mirando a Elizabeth.

Elizabeth movió sus ojos hacia él.

—Tienes razón, lo es —acordó. Abrazó a Bella—. Voy a echarte de menos. ¿Por


qué no, tú y Edward vienen y se quedan conmigo en Hatfield este verano?

—No, Bess, queremos ir a casa —respondió Bella.

Elizabeth asintió.

—Está bien, lo entiendo. Escríbame, ¿promesa?

—Te lo prometo. —Bella le dijo y con un último abrazo, Elizabeth había


desaparecido.

La última semana de agosto, siguieron a la Reina de nuevo a Londres, donde


tenía previsto subir a una barca que la llevarla río abajo hasta Greenwich. A
partir de ahí, Phillip abordaría su propio barco. La multitud se precipitó para
escudriñar la llegada de Mary cuando ella fuera llevada por las calles, porque
había habido rumores de que ella estaba realmente muerta y Phillip la estaba
ocultando hasta que pudiera asegurarse de que su dominio de Inglaterra se
consolidaba. Mary sonrió a quienes la aplaudieron o decían bendiciones, pues a
pesar de todo, seguía siendo su Reina.

Gardiner tuvo una respuesta diferente. Las multitudes quedaron en silencio a


su paso, ni aclamaron muchos a la cruz llevada delante de él y eso le enfurecía.
Bella le oyó dar órdenes a sus sirvientes.

"¡Marcad esa casa! Ese hombre, llevadlo ante los examinadores. Tal cantidad de
herejes que nunca vi. Ninguna inclinación ante la cruz o algún grito de ¡Viva el
rey y la Reina! Bueno, voy a enseñarles a hacer las dos cosas, ¡lo juro por mi
vida! "

Ella cerró los ojos. ¿No tenía suficiente con quemar herejes sin tener que escoger
personas al azar en la calle?

Phillip convenció a Mary de que ella no debería tomar la barcaza a Greenwich


con él, porque ya estaba luchando para mantener la compostura frente a la
multitud. Él le besó la mano y subió a la barca. Mary podría haber protestado,
pero su garganta estaba atascada con lágrimas no derramadas.

"Su majestad, vamos a llevarte adentro, lejos de las miradas indiscretas," Bella le
instó.

Mary hizo un sonido suave, inarticulado por la pena y se dejó llevar como un
niño hacia el interior del palacio, a sus aposentos. Corrió a la ventana para una
última mirada y Phillip pudo haberla visto, porque se quitó el sombrero y lo
agitó en su dirección. Ahora que estaba fuera de su camino, podía ser galante,
Bella pensó con amargura. No había pasado un momento de intimidad con
Mary desde que la llevo a su cámara, en abril. No había discutido la repentina
desaparición de su embarazo con ella, parecía querer fingir que nunca había
sucedido y una desconcertada Mary tomó su señal.

—¡Él me saludó! —exclamó alegremente.

—Sí, su majestad, lo hizo —dijo Bella, con el corazón dolorido porque un


pequeño gesto de su marido podía hacer feliz a la Reina. Pero entonces, la
barcaza desapareció de la vista y Mary cayó en su silla como una marioneta
cuyos hilos han sido cortados. Lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas.

Ella abrazó a Mary; era impreciso saber cuándo iba a volver a la corte, pero
Mary estaba tan absorta en su dolor que Bella no creía que ella lo notara. Le dio
un beso en la mejilla y salió del palacio a su cámara de espera. Al salir del
edificio, se sentía más ligera, como si un manto oscuro y pesado de tristeza y
miedo se hubiera caído de sus hombros. Podría haber cantado, saltado, bailado
en las calles.

¡Estaban volviendo a casa! Volver a la orilla del mar donde estaría cerca de su
elemento, lejos de la corte sofocante, con sus envidias y puñaladas por la
espalda y miles de reglas desconcertantes.

Los vagones estaban siendo cargados al llegar a la casa de Hampstead Heath.


Edward se quedó afuera. Alice estaba a su lado, con Ward en sus brazos. Su
boda era en dos semanas y Alice había perdido peso en el último mes o así, el
peso que no podía darse el lujo de perder. Parecía que una brisa fuerte pudiera
llevársela. Tal vez una vez que estuvieran en casa Cullen Hall, Bella podría
ayudarla... de algún modo.

Edward sonrió a Bella y la levantó en sus brazos. Delante de todos los


sirvientes, la besó profundamente y Bella se rió.

—¡Vamos a casa! —Le dijo. Y fueron las palabras más dulces que Bella había
escuchado en meses.

*"El niño al cual Dios ha enviado a través de Mary,

Para la alegría de Inglaterra,

Debe ser cuidado y defendido".

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
- La corteza de sauce contiene ácido salicílico, un ingrediente de la aspirina. Se
sigue utilizando hoy en día por los entusiastas de remedios naturales. No debe,
por supuesto, ser utilizado por alguien menor de dos años de edad, pero en la
situación de Bella, no había otros medicamentos conocidos que redujeran la
fiebre. El vino en el agua era la única manera de purificarla. La esterilización era
desconocida y los pozos estaban contaminados a veces por basura, aguas
residuales y vertederos (en algunos casos, ¡cementerios!), cercanos. El alcohol
podría matar al menos algunas de las bacterias y hacer que fuera más seguro
para beber. La existencia de los gérmenes era todavía desconocida, pero el vino
aguado para los niños era común en la época, conocido por ser más segura que
el agua sola, aunque no entendían por qué.

- El Libro de oraciones de Mary, sobrevive. Cuando se abre, la página que lleva


la oración para la espera segura de una mujer embarazada, se ve muy maltrecha
y manchada de lágrimas.

- Mary pudo haber sufrido de cáncer de ovario o bien de un embarazo fantasma


(pseudociesis). Las mujeres que sufren de esta condición tienen todo el aspecto
de estar embarazadas. Sus niveles hormonales pueden ser tan elevados que
hasta pueden engañar a una prueba de embarazo. Sus abdómenes se hinchan
como si estuvieran llevando un niño, los senos pueden producir leche y tres
cuartos de las mujeres que la padecen afirman haber sentido los movimientos
del bebé dentro de ellas.
Capítulo 26

Traductora: Pauu Aguilar (FFAD)


Beta: Xarito Herondale (FFAD)

R osalie Cullen, vizcondesa de Lisle, yacía en su cama y escuchaba la caída de

la lluvia. No había dejado la cama hace… ¿eran días o semanas ahora? Ya no


estaba segura. Pasaba cada día como el anterior: escuchaba la lluvia y jugaba
distraídamente con las joyas dispersas en las sábanas. Una vez, ella había
deseado, anhelado y codiciado su riqueza, pero ahora era su castigo, su marca
de Caín. Era por esas cosas por las que había vendido su alma.

Durante el parto, ella pensó que moriría, y ahora deseaba haberlo hecho.
Parecía preferible morir, sin confesión, e ir al infierno como lo merecía a vivir
cada día del resto de su vida con esa culpa carcomiendo su alma. Cuando había
mirado el rostro de su hija, había sentido una ola de terror y la magnitud real de
lo que había hecho, lo que fue el motivo por el cual mandó a que se llevaran a la
bebé. No podía mirar a esos ojos inocentes y poder tocar algo tan puro con sus
manos sucias. Era mejor que Emmett tomara a la bebé y se fueran. Nada bueno
podría salir de ella como madre, eso estaba seguro.

Anhelaba la absolución, pero no podía confesarse. Sus pecados no eran algo


que merecían algunas plegarias extras y una noche de ayuno. Si ella le contaba
al padre Jacob lo que había hecho, la entregaría a los tribunales eclesiásticos y
ardería, y aunque fuera horrible vivir con el pensamiento que estaba destinada a
las llamas del infierno, ella no tenía deseo de vivirlo aquí en la Tierra.
Tomó un collar de diamantes y lo agitó entre sus dedos. Este brilló en la luz, la
poca que entraba por la ventana en un día nublado, centellando fuego y hielo.
Por esto, te has condenado a ti misma, pensó.

Era todo lo que ella pensó querer cuando era una niña vestida con ropas
harapientas, demasiado pequeñas para ella. Su padre, que sin duda estaba
ardiendo en el infierno, había apostado cada centavo que ganaba y, cuando se
había terminado, había vendido los dotes de su madre y, cuando este se acabó,
había vendido todas las tierras que no habían sido vinculadas y, cuando eso se
acabó, pidió préstamos.

Su pobreza aumentaba con cada año. Todos sus sirvientes, excepto por la
enfermera de su madre que se había quedado por amor, se fueron por falta de
pago. El castillo estaba cada vez más sucio y se derrumbó por falta de
mantenimiento, hasta que solo la planta baja era habitable. La madre de Rosalie
una vez había sido una dama de honor para la hermana del rey Henry, antes de
su matrimonio. El padre de Rosalie había tomado las perlas y joyas de los trajes
de su madre, uno por uno, y luego vendió la tela. Uno de ellos, había sido
cortado por su madre para hacer un vestido para Rosalie, cuyos vestidos habían
sido agrandados todas las veces posibles para así caber en su cuerpo en
desarrollo, pero ahora parecían partirse. Su padre había golpeado a su madre
por el "derroche", tanto que esta había muerto por el dolor después de dos
semanas, y entonces él mismo había muerto al caerse borracho por las escaleras
en un burdel unas semanas después, dejando a su hija en la miseria.

Uno de los hombres a los que su padre debía dinero se ofreció a perdonar la
cuenta si se casaba con él. Rosalie, desesperada, había escrito cartas a la familia
de su madre, familia que nunca había conocido, rogando por poder vivir en sus
casas, pero no había tenido respuesta. Ella aceptó su propuesta. Era eso o la casa
pobre. No pasó mucho tiempo hasta que ella deseó haber escogido la casa.

Su marido había sido un hombre brutal, igual de tacaño como su padre había
sido, y le reprochaba cada centavo que gastaba en alimentarla, dinero que podía
haber gastado en vino, putas y juegos de cartas. Ella había pensado que se
volvería valiosa y productiva al quedar embarazada, que él la trataría mejor por
el bien del niño, pero no lo hizo.

El niño -cuyo nombre Rosalie ni siquiera podía pensar- había sido el único
pedacito de felicidad en su matrimonio. Rosalie lo había amado intensamente
desde el momento en que lo vio. Obviamente, su esposo no iba a pagar por una
nodriza, así que ella misma lo había alimentado, un proceso que tuvieron que
aprender juntos, así mismo tuvo que aprender todos los aspectos del cuidado de
un bebé mediante ensayo y error ya que no podía tener amigos para poder
aconsejarle. A pesar de su cuidado torpe, el niño había prosperado y ella había
pensado que Dios al fin había sido misericordioso con ella, al darle un punto de
luz en la triste oscuridad de su vida.

Ella nunca tuvo intención de encender el fuego. Se había despertado en la noche


escuchando un ruido extraño y encendió una vela para descubrir que el patán
borracho había aplastado al bebé que estaba dormido. Su niño estaba muerto.
Sus manos perdieron fuerza por el shock y la vela cayó al piso. Cuando golpeó
en los juncos, secos y llenos de basura ya que se rehusó a pagar por unos
nuevos, el fuego se había extendido tan rápido que apenas tuvo tiempo a salir
por la puerta, pero no para despertar al hombre inconsciente que seguro la
golpearía a muerte por ser tan descuidada con la vela.

La esposa del sacerdote local (esto fue en los días del Rey Protestante joven) la
había acogido, a la viuda sin hijos que no tenía nada más que un vestido roto.
Fue a través de sus esfuerzos que Rosalie pudo vender la única mercancía que
tenía: su leche. Al principio, ella había amamantado a los niños del pueblo por
unos cuantos peniques, y sí que los había odiado, resintiendo sus mejillas
regordetas y saludables y la forma en que sus madres podían dominar a Rosalie
y se daban aires de grandeza por cómo había caído bajo. Fue ese resentimiento
lo que hizo que Rosalie empezara a vender otras partes de su cuerpo a los
esposos de esas mujeres, y había ganado mucho más que al amamantar a sus
mocosos.

Alguien la había denunciado con el sheriff local. Por su sangre noble, no la


arrestaría por prostitución, pero sí le contó al sacerdote, quien la había
reprendido y forzado a confesar su "obsceno y travieso" comportamiento a su
congregación y realizar actos de penitencia. A Rosalie no le importó mucho,
porque se le había refregado a las esposas bajo la excusa de buscar perdón y
sacado gran provecho de aquello.

El sacerdote había pensado que lo mejor era sacarla de la comunidad antes que
la multitud de mujeres enojadas le hagan algo. Le había rogado a su esposa para
que use sus conexiones para encontrarle lugar a Rosalie en una casa noble,
cuánto más lejos mejor. Su esposa era pariente lejana al mayordomo del duque
de Cullen y supo que estaban buscando una nodriza de buen pasado. Rosalie no
sabía lo "buena" que había sido su familia, pero sus lazos de sangre eran, por lo
menos, aceptables.

La esposa del sacerdote la había abrazado mientras que se preparaba para salir
y le dijo que eso era el comienzo de una nueva vida. Rosalie había decidido que
sí, lo era, y que nunca volvería a ser pobre otra vez, no importaba lo que tuviera
que hacer. No importa qué.

Originalmente su intención había sido ser la amante del Duque, pero él estaba
tan entumecido por el dolor de la muerte de su esposa que no la hubiera notado
ni que se apareciera desnuda en su cama. Había empezado a odiar el sonido del
nombre de esa santa esposa porque esa mujer había tenido todo lo que Rosalie
hubiese soñado tener: seguridad financiera, un titulo, vestidos y joyas de reina.
Había esperado que en un año o dos se le hubiera pasado el dolor, pero antes
que pareciera recuperado para que ella siguiera con sus planes, una nueva
Duquesa había aparecido de la nada, y cuando ocurrió su primer encuentro,
cuando Rosalie había estado tan enojada por ello que se había desquitado con la
niña, había aprendido que esa pequeña mujer, con ojos grandes y oscuros, no
era alguien con quien se pudiera competir.

Por lo que puso sus ojos en algo más bajo, en el hermano borracho del Duque.
Le tenía miedo, aunque la bebida no parecía hacerlo malo. Había escuchado a
algunas criadas riéndose mientras charlaban de sus atributos masculinos.
Aparentemente, era un amante generoso. A Rosalie no le importaba los placeres
de la carne, pero sí sobre los puñados de monedas que se decía que les daba a
las mujeres que lo complacían.
La primera vez que habían estado juntos, el vizconde había sido tan rudo como
el patán borracho de su marido, y Rosalie había estado aterrorizada. Después, él
se mostró arrepentido, y cuando supo que estaba embarazada, unas semanas
después, ella pensó que le daría dinero para deshacerse de él. En cambio, le
había sorprendido al pedirle casamiento. Rosalie pensó que la vida no podía
sorprenderla más, pero esto sí. Le dijo que tendría que obtener el permiso de la
Reina antes así ella lo consideraría. No pensaba terminar con un pobre marido
en la Torre de nuevo.

Y entonces, Rosalie tenía todo lo que quería. Tal vez Dios realmente escuchaba
las plegarias de las mujeres después de todo. Emmett era rico, con titulo, y
dispuesto a darle todo lo que ella quisiera. Incluso el aspecto "deberes de
esposa" había mejorado y Rosalie nunca había esperado disfrutarlo. Compró
joyas, lo que parecía ser una buena inversión. Riqueza portátil, fácil de ocultar,
si es necesario. Si era cuidadosa, podría vivir de las ganancias de la venta de
solo algunas de esas piezas por el resto de su vida, pero nunca parecía ser
suficiente. No importaba cuántas monedas guardaba en su escondite debajo de
las tablas del suelo, ni cuántas joyas en su cuello, los recuerdos de una barriga
vacía y habitaciones sin calefacción se burlaban de ella, y ella tenía que tener
más. Más, barrera entre ella y la pobreza.

Rosalie odiaba a la nueva duquesa de Edward, la odiaba con la misma


intensidad que a su padre y esposo. Aunque ella sabía, en alguna parte de su
mente, que sus sentimientos eran infundados, sentía que Bella la mantenía lejos
de la seguridad que ella tanto necesitaba.

Había intentado crearle tanto problema como sea posible, incluso acusándola
con el sacerdote acerca de los hábitos extraños de la Duquesa. Había pensado
que secretamente ella era protestante, basada en las preguntas que había
escuchado preguntarle al padre Jasper, pero no había sido capaz de encontrar ni
un maldito libro en el dormitorio del Duque cuando había revisado
secretamente.

No sabía cómo Emmett se había enterado, pero él había estado furioso de


aquello y sabía bien cómo infundirle miedo a su corazón: le había amenazado
con quitarle sus ingresos y sacarle sus joyas. Rosalie había llorado por días, con
mucho miedo de que terminara de la misma manera que su madre.

No podía evitar pensar cómo estaría incluso más segura si Emmett se


convirtiera en Duque. Nunca lo haría, si esa pequeña esposa de Edward diera a
luz a un niño. Se había disfrazado lo mejor que pudo e ido al pueblo para
comprar lo que necesitaba. Le había dado más a la Duquesa de lo que la mujer
de la hierba le dijo que necesitaba (había tenido la esperanza que la Duquesa
muriera rápidamente con el bebé), pero nada pasó, y, por supuesto, el bebé fue
un niño. Algunas mujeres, como la madre de Rosalie, trataron por años y con
muchos embarazos antes de poder tener un niño, y esta mujer lo hizo en el
primer intento.

Durante el tiempo entre el parto de Bella y el suyo, había conspirado y trazado


planes, pero, ni bien llegó su propio bebé, todo se había desvanecido y le dio
paso a la vergüenza. Se cernía sobre ella como una manta, una enfermedad de la
que no podía curarse. Con gusto ella hubiera dado las joyas, su dinero, cada
prenda y volver a la vida de pobreza y hambre si así pudiera quitarse la agonía
de la culpa. Pero no había perdón para ella. No para los de su clase.

El viaje de regreso de Bella y Edward al Cullen Hall fue largo e incómodo. Los
caminos eran casi intransitables. Cada día, los vagones se hundían en el lodo y
todo el convoy se detenía y esperaba a que los bueyes adicionales ayudaran a
liberarse.

Seguía cayendo lluvia sobre la tierra ya mojada y estaba inusualmente frío. Esto
sería conocido como "El año sin verano" por las siguientes décadas. Bella y
Edward se acurrucaron juntos dentro de su cama. Las cortinas fueron
reemplazadas con hule, pero las ráfagas de viento seguían soplando la lluvia
hacia dentro. El mayordomo de Edward había sugerido que debían buscar una
posada y quedarse allí hasta que el tiempo mejore, pero Edward había
respondido que si hacían eso, seguramente esperarían por siempre.

—Dios ha puesto una maldición en Inglaterra —dijo el mayordomo, y luego sus


ojos se abrieron grandemente cuando se dio cuenta que tal vez había hablado de
más.

Pero el mayordomo no era el único con esos pensamientos. Por todo el país la
gente discutía y debatía cuál era el mensaje que Dios les enviaba. La Reina
entendió que no había hecho lo suficiente para acabar con la herejía. Y los
protestantes decían que el tiempo era una prueba de Dios desaprobando el
reinado de Mary.

Bella no era de las que buscaban mensajes místicos en eventos de la naturaleza.


Su preocupación era la gente en las tierras de Edward. Él había comprado más
grano en la primavera, pero ¿sería suficiente para mantener su gente lejos de la
hambruna? Incluso el número de vacas y ovejas estaban disminuyendo, ya que
los animales hambrientos no habían producido a principios de la primavera.

Y se preocupaba por Alice, quien parecía estar cada vez más enferma con cada
milla que se acercaban al Cullen Hall y su destino como novia del barón Tyler.
La boda iba a tener lugar allí y el Barón había insinuado a Edward que él sería
más susceptible con su esposa quedándose al servicio de Bella si a él se le fuera
dado un lugar alto en la casa de Edward. Edward se estremeció de tan solo
pensarlo, pero aceptaría al hombre si hacía feliz a Bella el tener a Alice con ella.

Las dos mujeres tomaron los preparativos de la boda de Alice como si se tratara
de un funeral y ensombrecía su regreso a casa. El corazón de Edward se elevó
cuando vio la casa junto al mar. No se había dado cuenta cuánto le gustaba ese
lugar hasta que estuvo lejos de allí por la corte. La primera noche de su regreso,
Bella fue a nadar a sus amadas Aguas Interminables. Le había insistido a
Edward para que se quedara dentro, donde estaba cálido y seco, y volvió
rebosando de salud y felicidad, una felicidad que duró hasta la mañana
siguiente cuando vio el rostro pálido y enfermo de Alice. A los dos días, Alice
estaba demasiado enferma para salir de la cama, y Edward escribió al Conde de
Hale que la boda debía ser pospuesta. El Conde respondió, con una posdata en
la parte inferior escrito por el Barón mismo, que la boda seguiría como lo
planeado incluso si el sacerdote tenía que estar al lado de la cama de la novia
para escuchar sus votos.
La mañana de la boda de Alice era sombría y fría, con una lluvia que
tamborileaba contra las ventanas. En un cambio de roles, Bella ayudó a Alice a
vestirse en uno de sus propios vestidos, que había sido modificado para que
quedara en el diminuto cuerpo de Alice, el vestido constelación, que había
empezado como una tendencia cuando había sido usado por la primera esposa
de Edward. Alice nunca podría haberse permitido algo tan grande y que todos
vieran que ella era honrada por la Duquesa al serle dado tan buen vestido de su
propio guardarropa.

Alice lloró constantemente desde el momento en que se levantó. Bella sostuvo


el precioso espejo de Edward así Alice pudiera verse y tocar su rostro pálido en
shock. Ella no se había dado cuenta del efecto que su enfermedad tenía en su
cuerpo. —Me veo como un fantasma —dijo.

—Tonterías —dijo Bella firmemente—. Estás hermosa, Alice.

Alice trató de sonreír, pero, al contrario, rompió en sollozos. Ella había ido a las
habitaciones de su padre (que había llegado para quedarse en Cullen Hall la
noche antes de su boda) para rogarle que lo reconsidere, pero su mayordomo
había abierto la puerta y fríamente le informó que su padre no estaba en ánimos
de recibir visitas.

Caminaron juntas hacia la capilla y Bella recordó su caminata con Jane Grey al
andamio. Alice se había cuadrado de hombros igual que Jane lo había hecho y
caminó con la misma dignidad tranquila. Ella ya había derramado sus lágrimas.
Ahora era momento de enfrentar su deber.

Toda la nobleza local, y nobles habían venido a ver la boda. Vestidos con sus
mejores prendas, estuvieron en filas de acuerdo con un rango. Bella miró a su
alrededor pero no vio a Rosalie. Nadie la había visto desde que regresaron. Ella
nunca salió de su habitación, y Emmett todavía tenía que visitarla allí. Bella
había tocado a su puerta la noche anterior y le dijo a la criada que respondió que
Rosalie era bienvenida a ir a ver en la mañana la ceremonia, pero la criada solo
le dio un pequeño sacudón de cabeza, aunque le dijo que se lo haría saber a
Rosalie.
Bella había sabido que no le gustaría el barón Tyler, pero aunque ella nunca
escuchó sobre su crueldad brutal, lo habría odiado por la mirada que le dio a su
prometida, como si estuviera chequeando que sea la correcta antes de apartar la
mirada. Alice caminaba firmemente, pero su rostro estaba blanco como papel.
Mantuvo su mirada en el padre Jasper, como si fuera lo único que la mantenía
en pie. Y tal vez lo era.

Él comenzó con la ceremonia, su rostro tan tranquilo e impasible, aunque sus


ojos brillaban extrañamente. Habló de la finalidad y el simbolismo del
matrimonio con voz suave y segura, pero entonces, algo extraño sucedió.

—Por lo tanto, si cualquier hombre puede mostrar… —El padre Jasper se


detuvo, aunque su voz se trabó en su garganta. Puso su puño en sus labios y
aclaró su garganta—. Por lo tanto, si cualquier hombre puede mostrar cualquier
causa justa… —Se calló y cerró los ojos. Sus siguientes palabras llegaron como si
fueran a la fuerza—… por lo que no deben ser unidos…

Todo el mundo en la capilla se quedó mirando. Algunas empezaron a


murmurar.

El padre Jasper tambaleó por un momento y Edward se adelantó para tomarlo


por si caía, pero el padre Jasper pronto recuperó su compostura. Su rostro
cambió, como si el sol había salido dentro de él. Se acercó al altar y se quitó la
estola. La besó y la bajó suavemente. Luego extendió la mano y se sacó su collar.
La abrazó fuertemente con una mano antes de soltarla también.

Ahora todos murmuraban. ¿Qué estaba pasando?

— ¿Padre Jasper? —dijo Edward.

—Solo "Jasper" ahora. —Y con eso, Jasper se lanzó hacia delante. Tomó a la
novia, la tiró sobre su hombro y corrió como el infierno.

Los invitados de la capilla se quedaron mirando estúpidamente el uno al otro


por un momento. Entonces, el barón Tyler dejó escapar un grito y corrió tras
Jasper y Alice. Bella dio un paso hacia delante como si fuera a correr tras ellos y
el barón Tyler tropezó con el pie, cayendo por el pasillo, gruñendo.
— ¡Oh, perdón, mi señor! —jadeó Bella, llevándose una mano a la boca como si
estuviese horrorizada, pero en realidad escondía una sonrisa.

El padre de Alice gritó su nombre y se fue. Saltó por sobre el Barón y corrió por
la casa. Los invitados de la boda salieron rápidamente tras él, siguiendo el
espectáculo con ávido interés.

Había un caballo en el frente, sostenido por un cuidador. Jasper saltó a la silla y


dejó caer a Alice en su regazo. Tomó las riendas con una mano y curvó la otra
alrededor de la cintura de Alice, sujetándola firmemente a él. Y luego se inclinó
y la besó antes de golpear los costados del caballo. Este echó a correr.

Bella y Edward se movieron hasta detenerse frente a la casa justo cuando Jasper
y Alice llegaban a la calle. El padre de Alice estaba allí, boquiabierto, con la boca
como si fuera un pez fuera del agua.

— ¡Deténgalos! —rugió el barón Tyler.

— ¿Cómo? —dijo Edward suavemente.

— ¡Busquen otro caballo! —gritó el barón Tyler—. ¿De quién es ese caballo?

—Mío —dijo Edward—. Y es el más rápido que tengo.

El barón Tyler lo miró boquiabierto. — ¿Y qué hacía allí, bajo la lluvia?

—Tenía la intención de montarlo después de la boda —dijo Edward.

— ¿Bajo la lluvia?

Edward se encogió de hombros. —No me molesta.

— ¿Ese era Volvo? —preguntó Emmett. En su mano sostenía un pedazo de


torta de la boda y estaba comiéndolo mientras veía.

—Sí —dijo Edward.

Emmett sacudió su cabeza. —Nunca lo atraparán, entonces. Es una lástima. —


Le dio una palmada al hombro del Barón—. Mejor se busca una nueva esposa.
—Y con eso, se volvió a la casa.

— ¿Dónde está mi caballo? —gritó el barón Tyler—. ¿Dónde está mi caballo?

Bella trató de no sonreír, aunque sus ojos brillaban alegremente.

— ¿Sabías que esto pasaría? —le preguntó a Edward en voz baja.

Él sonrió. —No, pero lo esperaba. Y puede que haya mandado a dejar al caballo
allí, esperando, por si acaso, y las alforjas puede que tengan dinero y una carta
de introducción del Duque de Cullen.

— ¿Adónde irán? —preguntó Bella.

—Tendrán que dejar el país —dijo Edward y, ante esto, su voz contenía un poco
de tristeza—. Tal vez a Alemania u otro país protestante.

—La extrañaré —dijo Bella—. Pero estoy feliz por ella.

Edward besó a su esposa y ella murmuró:

—Gracias.

Mientras caminaban de regreso a la casa, Bella levantó la vista y vio a Rosalie


mirando por la ventana. Tan pronto como vio a Bella mirando hacia ella, se
retiró.

Ѫ
NOTAS HISTÓRICAS
-Lo que le pasó al bebé de Rosalie en esta historia era común en esos días. Las
familias pobres a menudo dormían todos en una sola cama. El calor era la
mayor razón. Las fogatas eran comúnmente evitadas por la noche para evitar
que una chispa errante pusiera en llamas la casa y para ahorrar combustible. En
el invierno, hacía mucho frío en las casas. En segundo lugar, tener algo como
una cuna y mantas/ropa de cama era solo algo para familias ricas que podían
permitírselas. A finales de 1894, 1000 niños morían por año en Londres por ser
sofocados por un adulto los aplastaba en la cama. Los investigadores modernos
creen que al menos algunas de esas muertes eran atribuibles a SUID (Síndrome
de muerte súbita), pero los números son un tema de debate.
Capítulo 27

Traductora: Sol Lopez (FFAD)


Beta: Marta Salazar (FFAD)

E l verano continuó triste, frío y húmedo, pero para los habitantes del Cullen

Hall era el verano más feliz que recordaran. Edward y Bella pasaron los días
juntos, con sus hijos y para mejorar las condiciones de sus propiedades.

Una de las primeras cosas que hizo Edward a su regreso, fue buscar a Thomas
Kyme, su limosnero. La expresión de Kyme, fue una de culpa y hostilidad desde
el principio. —No voy a llevarla de vuelta —espetó en cuanto tomó la silla que
le había ofrecido Edward.

Edward arqueó la ceja. —¿Disculpe?

—Discúlpeme, su Alteza —murmuró—. No quise faltarle al respeto.

Edward no había advertido su falta de honoríficos. —Estaba hablando de su


esposa, Anne?

—Sí, Anne Askew, como se llama a sí misma. La mujer voluntariosa se negó a


tomar mi apellido cuando nos casamos. —Obviamente era un tema delicado
para él—. Pero le advierto, su Excelencia, que el carácter de esta mujer no es
buena influencia para la Duquesa.

—Parece una mujer temerosa de Dios, decente… —dijo Edward.


Kyme negó con la cabeza. —Es una hereje, su Majestad, y una mujer terca y
desobediente. Temía por su influencia en mis hijos.

Edward entendió lo que quería decir Kyme con eso. Una esposa desobediente,
una hereje, era una violación del orden social, una mujer que rechaza el
fundamento mismo de la vida cristiana. —Es una cosa dura, el mantener a una
madre separada de sus hijos.

Kyme frunció el ceño. —Es lo que merece por su desplante.

Edward había sospechado que el mantener a sus hijos lejos de Anne era un
castigo y no por temor a lo que podría hacer su influencia en ellos, y las palabras
de Kyme simplemente lo confirmaron. —Quizás una visita supervisada por
usted —intentó.

—No —interrumpió Kyme—. Ella solo los verá si se somete a mí y se arrepiente


de su maldad.

Edward suspiró para sus adentros. No había nada más que pudiera hacer.
Kyme tenía todo el derecho de hacer con sus hijos lo que quisiera, y Edward no
podía intervenir. En su casa, un hombre era el rey y su mandato era la última
palabra. —Ahora, en cuanto al negocio para el cual usted llamó… ¿Recibió
usted mi carta?

— ¿No ha recibido mi respuesta? —Kyme preguntó, y Edward sabía que estaba


mintiendo. No podía haber dicho lo que era, tal vez un sutil cambio en su
comportamiento, pero él sabía que Kyme estaba siendo deshonesto y tenía
miedo de ello.

—No lo hice.

—Mis disculpas, su Alteza. Quizás el mensajero… —murmuró Kyme.

—No importa —cortó Edward—. Tal vez era mejor tratar este asunto en
persona.

Kyme tocó el borde de su jubón. —Ciertamente, su Alteza. —Eso también era


una mentira, notó Edward con un poco de diversión.
— ¿Tiene los documentos que le solicité?

Kyme se había pegado a su historia, que le había dado mucho de caridad de


Edward a la casa de trabajo parroquial, operado por su primo, Peter de Lansby.
Edward había pedido una explicación de cómo se gastaron los fondos y los dos
hombres parecían muy reacios y nerviosos.

—Es una simple pregunta —dijo Edward suavemente.

—Nunca me solicitó tal cosa, su Alteza. —Si Kyme no paraba de torcer su jubón
tan fuertemente, lo arruinaría.

—Sí, bueno, lo estoy pidiendo ahora. Es una cuestión simple. ¿Cómo fueron
utilizadas mis limosnas?

— Er… Um… De diversas maneras, su Excelencia. Gastos, y similares.

— ¿Qué gastos? —presionó Edward.

—Yo no lo sé —estalló Kyme—. Estoy seguro que mi primo utilizó los fondos
de buena manera.

—Envié a mi hermano a visitar la casa de trabajo. Dijo que era una vergüenza.
—Emmett se había aparecido, de hecho. No había suficientes camas, el espacio
del suelo no alcanzaba ni para paletas, y muchos de los residentes tuvieron que
dormir sentados en posición vertical en los bancos. Estaba sucio, y Emmett dijo
que el hedor de éste se podía oler desde el otro lado del pueblo. Las ventanas
cubiertas de mugre, había cristales rotos rellenos de trapos y el techo goteaba
sobre las cabezas de sus miserables habitantes.

Kyme había graduado ya en torsión de los bucles borla en los botones, llamadas
"ranas", en la parte delantera de su jubón. —Los pobres, su grandeza, son sucios
en sus hábitos. Destruyen todo bien. Roban. Son descuidados y…

—Debe haber un montón de fondos para reemplazar y reparar todo lo que se ha


perdido o roto —dijo Edward suavemente.

Kyme había enrojecido, ya sea enojado o avergonzado. Edward no podía


decidir cuál. Tal vez ambas cosas. Es una casa pobre, su Alteza. No es un
palacio.

— ¿Qué hicieron con los fondos para pagar las reparaciones, si no?

Kyme escupió y Edward se paró. Estaba cansado de esta farsa. —Tengo la


sensación de que sé exactamente dónde se han ido los fondos. Es un doblete fino
el que te pones, y sospecho que si yo iba a visitarlo, me iba a encontrar con que
su primo llevaba uno aún más fino. Busca una posición en otro hogar, Kyme. No
tengo ninguna necesidad de un limosnero que no distribuirá mis limosnas más
allá de su propio bolsillo.

Kyme se inclinó rígidamente con los ojos llenos de odio. Salió de la habitación y
Edward suspiró. Se echó hacia atrás en su silla y se frotó las sienes doloridas.
Necesitaba a Bella. Necesitaba su dulzor suave, su calmante tranquilidad.

Miró la pila de papeles sobre su escritorio. Todos ellos necesitaban ser leídos y
firmados, y las decisiones tenían que ser hechas. Mañana, decidió. Todo podía
esperar hasta mañana. Él sabía que si su padre estaba viendo desde el cielo,
estaría sacándose su cabello en indignación por la negligencia de su hijo. Y a
Edward no le importaba.

Encontró a su esposa en la habitación de la pequeña Elizabeth. Ella estaba


enseñando a sus hijos sus cartas, aunque sus métodos eran inusuales. Contaba
una historia y cada vez que los niños identificaban correctamente una palabra
que comienza con la letra, obtenían un pedazo de mazapán, el dulce favorito de
Elizabeth. Tan jóvenes como eran, Ward y Margaret no eran muy buenos en el
juego, sin embargo, por lo que Elizabeth susurró las respuestas a los mismos, lo
que Bella fingió no darse cuenta, y entonces ellos chillaron y farfullaron,
aplaudiendo sus manos regordetas cuando Bella se metió el poco de mazapán
en la boca.

Ella sonrió cuando vio a Edward y le hizo un gesto a unirse a ellos. Hizo unas
cuantas conjeturas extravagantes para hacer reír a su hija, y ella se apiadó de él
y le compartió el trozo de mazapán que había ganado.
Bella acostó a sus hijos boca abajo para la siesta y se unió a Edward en su
recámara. —Pareces preocupado —comentó.

—Me reuní con Kyme —dijo—. Lo he despedido.

Bella asintió con la cabeza. —No necesitamos a alguien para distribuir nuestra
caridad por nosotros. Podemos hacerlo nosotros mismos.

—Todo el mundo tiene un limosnero —dijo—. He eliminado un puesto que ha


estado en la familia Cullen durante trescientos años.

Ella negó con la cabeza. —Yo nunca voy a entender a los humanos y su
importancia en la tradición. Solo porque algo se ha hecho de una manera por
generaciones no significa que siempre se tiene que hacer de esa manera.

Edward luchó por encontrar las palabras para explicarlo, la gran cadena de
rango y de servicios que forman parte de su sociedad. —Nuestro hogar debe ser
mucho más grande, debería emplear a cientos de personas en lugar de la docena
o lo que poseemos. Debe tener sirvientas, condesas, baronesas, marqueses;
damas, quienes a su vez emplean a sus propias damas, por lo menos media
docena de damas. Doncellas, las esposas de los caballeros y los señores y damas
menores, esos funcionarios tendrían por sí mismos. Por abajo a las fregonas y
niños que escupen en las cocinas.

Bella se estremeció. —Nunca pensé que nuestra falta de grandeza y ceremonia


sería como algo que dañó a nuestra gente. ¿Deberíamos?

Edward negó con la cabeza. —No, Bella, he llegado a la conclusión que yo


prefiero una vida más sencilla, pero el asunto está destinado a despertar algo de
resentimiento.

— ¿Hay maneras en que podemos cambiar?

—Bella, tenemos que tener cuidado de no llamar la atención —advirtió Edward.


Ella se estremeció y deseó no haber dicho nada. Todavía tenía pesadillas acerca
de las quemas—. Ya estamos haciendo muchas alteraciones que causan una
gran cantidad de palabras.
La gente ya se ha discutido la compra de Edward de los cereales por segundo
año consecutivo, y el hecho de que había suspendido las rentas de sus
agricultores hasta que fueron capaces de plantar y cosechar de forma normal.
Edward le dijo a Bella con ironía que su pueblo estaría mejor si hubiera seguido
adelante y hubiera encerrado los campos y criado ovejas después de todo. Con
el clima frío, probablemente habría sido una excelente cosecha de lana. Mantuvo
a los campesinos ociosos y trabajadores ocupados en la reparación de los
edificios en sus tierras, incluyendo las casas de sus campesinos.

—Fui a la aldea hoy —dijo Bella. Se sentó al lado de su cama.

— ¿Qué es lo que se necesita arreglar ahora? —preguntó con un movimiento de


cabeza y una sonrisa irónica.

— ¿Sabía usted que la planta se ha roto desde hace tres años? Los aldeanos
tienen que llevar sus semillas para que las siembren siete millas a la aldea
vecina.

— ¿Has hablado con John Miller?

—Lo hice. Él dijo que había algo roto en la planta. No recuerdo qué.

—Muy informativo, querida. Pues bien, debe ser reparado.

Ella le sonrió y su sonrisa era el único pago que él deseaba recibir por el costo
de la reparación de la planta. Bella tomó un interés genuino en las personas de
sus tierras, y que era probablemente la primera duquesa Cullen en la historia de
la familia en conocer a los campesinos de la aldea por su nombre, y fue capaz de
preguntar por sus familias, sus dolencias, los pequeños dramas de la vida. El
único inconveniente era que las damas de su propia clase social empezaron a
retirarse, como si la asociación de Bella con los campesinos le hubiera
contaminado de alguna manera indeleble. Bella ni siquiera notó su ausencia,
pero Edward lo hizo y le afectaba, aunque no lo suficiente como para limitar sus
actividades.

—Vi al padre Jacob —dijo—. Él estaba allí para dar la separado a Lettie Old
Widow.
Trató de recordar quién era y falló. —Lamento escuchar que está muriendo —
dijo.

—No lo está. Aproximadamente una vez al mes, a ella se le mete en la cabeza


que se está muriendo de cualquier resfriado o dolor que tiene, pero ella es tan
resistente como el cuero. Tengo poca duda de que va a sobrevivir a todos
nosotros.

— ¿Habló contigo?

Ella negó con la cabeza. —Él ha estado actuando extraño últimamente.

Edward pensó lo mismo. Habían asistido a misa tres veces por semana desde
que regresó de la corte, sentado en el armario de la familia, una pequeña sala en
forma de caja en la parte posterior de la capilla. Los ocupantes fueron ocultados
por una pantalla de madera tallada, y Edward, al igual que su tío el rey Henry
aprovechó el tiempo para ponerse al día con el papeleo. Mantuvo a medias su
oído en el sermón y trató de evitar crujir los papeles demasiado alto.

Desde la restauración de la Iglesia, los sermones del padre Jacob se habían


transferido lentamente en diatribas contra los pecadores histriónicos que veía a
su alrededor. No dio nombres. —Incluso no se atrevió a ir tan lejos—, pero él
despotricó contra prostitutas y mujeres que consortaban con los demonios, sus
ojos estaban fijos en el armario ducal donde Bella se sentaba. Y después del
servicio, el padre Jacob se saludó efusivamente con Edward, pero había tratado
como si Bella no existiera.

Por la vida de él, Edward no podía ver cómo Bella había ofendido al padre
Jacob. ¿Qué pecado podía pensar que había cometido? Bella era modesta, de
buen corazón. ¿No había reconocido al padre Jacob él mismo cuando envió a
Anne Askew a ellos? Y se comportó con perfecta propiedad en público. Si no
hubiera detestado hablar con el sacerdote tanto, Edward podría haber hablado
con él, pero había decidido que en última instancia, no importaba si el Padre
Jacob odiaba o no a Bella.

Se produjo un golpe en la puerta y Edward llamó para permitir el paso. Una de


las criadas entró tímidamente, con la mirada fuertemente fijada en el suelo.
Edward la intimidaba un poco. —Su Alteza —espetó ella, por lo que como si se
tratase de una sola palabra continuó hablando rápidamente—: Un mensajero ha
venido con una carta. —Ella se la ofreció y su mano tembló ligeramente.

Bella lo tomó con una sonrisa amable. —Gracias, Janet —dijo ella. Sacó una
moneda de un cajón y se lo entregó a la doncella—. Por favor, dale esto al
mensajero. Puede retirarse.

La muchacha hizo una reverencia y salió por la puerta. Bella entregó la carta a
Edward sin mucho interés, pero jadeó con placer cuando él la abrió y dijo: —
¡Por los dientes de Dios, es de Jasper!

— ¿Qué es lo que dice? ¿Qué es lo que dice? —Bella gritó, y se recuperó un


poco en impaciencia.

—Él dice que llegó a Calais, y se proponen dirigirse a Ginebra, donde hay una
comunidad de exiliados ingleses protestantes. —Edward hizo una pausa y
siguió leyendo, frunciendo el ceño ligeramente tirando de sus labios.

— ¿Qué? —demandó Bella.

—Jasper es Jasper —dijo Edward con un movimiento de cabeza—. Es


problemático que haya traicionado sus votos a Dios.

—Pero Anne me dijo que el celibato clerical no es un mandato en la Biblia.

Edward palideció. —¿Bella, tú has estado aprendiendo la fe protestante?

Bella se veía avergonzada, sin embargo era evidente que no entendía por qué.
—Yo sólo le hice algunas preguntas, Edward. No clases, como el padre Jasper
me dio a mí.

Edward hizo un esfuerzo concertado para calmar su voz. —Bella, preguntas


tales como esas son peligrosas en estos tiempos.

—Lo siento —dijo ella, su propio rostro ceniciento—. Solo sentía curiosidad.
—Entiendo. Pero, por favor, Bella, no discutas este tipo de cosas con alguien
que no sea yo. Ni siquiera con Emmett, ¿entiendes? Amo a mi hermano, pero
temo por el camino que pisa.

Ella asintió con la cabeza. —Como tú digas. —Su miedo a la hoguera la haría
estar de acuerdo con cualquier cosa y su corazón le dolía. Una criatura como
Bella nunca debe vivir con miedo.

—Pero para responder a tu pregunta, no importa si el celibato clerical es


mandado por Dios o no. Jasper hizo el voto y para él, eso es sagrado.

—Y él lo rompió por Alice —dijo en voz baja—. Espero que no la resienta por
ello.

Él negó con la cabeza. —Alice no le hizo hacer lo que hizo. Él tomó la decisión
por sí mismo… Deja claro que asume la responsabilidad total por él mismo,
pero todavía lo atormenta. De acuerdo con su fe, no puede ser perdonado hasta
que rechace su pecado y vuelva al rebaño.

— ¿Crees que podría llegar a ser un protestante? Alice lo era hasta que la reina
María ha restituido a la Iglesia. Ella podría enseñarle todo.

—No, no lo creo. Él no cambiaría su fe simplemente porque otro le permite


hacer lo que quiere. Él no es un protestante de corazón, más bien un errante
católico, y se siente culpable por haber aceptado la hospitalidad de la
comunidad protestante.

— ¿Podríamos alguna vez ir a visitarlos? —preguntó Bella.

Edward vaciló. —No lo puedo decir, Bella. Tal vez algún día, pero tú sabes que
la Reina no apreciaría que viajásemos a visitar a un sacerdote excomulgado. Y
Alice, es una mujer escandalosa en su propio derecho. Su compromiso
matrimonial tendría que ser anulado antes de que su matrimonio con cualquier
persona fuera reconocido. Por lo que se refiere a la Iglesia, ella es una adúltera.

—Yo la echo de menos —confesó Bella—. Anne es amable, pero ella no es…
Bueno, ella no es Alice, supongo.
Edward no dijo nada. Él tomó a Bella en sus brazos y la abrazó, el único
consuelo que podía ofrecer.

— ¿Su Grandeza?

Bella oyó el sonido de una voz que no había oído en más de un año, justo antes
del nacimiento de Ward. —¿Rosalie?

Bella estaba en el ático, revisando baúles de ropa que habían sido guardadas
por la familia de Edward. Ropas demasiado viejas para volver a formar nuevas
prendas, pero demasiado buenas para ser desechadas; las prendas acababan de
ser guardadas. Bella estaba clasificando para determinar si alguna se podría
utilizar como ropa de moda para los pobres de la aldea, pero gran parte de ella
fue hecha de materiales que violan las leyes suntuarias.

Ella se sacudió las manos y se levantó volviéndose hacia su cuñada. Rosalie se


hundió en una profunda reverencia. Bella se levantó y dijo en voz baja: —No
tienes que ser formal conmigo, Rosalie. Llámame 'Bella' o incluso 'hermana', si
es el pensamiento que tomas.

—Para eso, yo nunca sería digna —dijo Rosalie—. Bella, tengo que decirte…
yo… yo te he traicionado. —Hablaba en voz baja y miró fijamente al suelo
mientras hablaba.

—Ya está olvidado —dijo Bella—. Me siento tan bien. Perdí los estribos el día
que nos conocimos, y yo siempre lo he lamentado.

Rosalie sacudió la cabeza y agitó su mano con desdén. Bella oyó un sonido
suave, asfixiado y los hombros de Rosalie comenzaron a temblar. Bella la tomó
en sus brazos y Rosalie estalló en sollozos. Ella frotó la espalda de Rosalie y
hacía sonidos tranquilizadores.

Rosalie la arrancó de sus brazos y salió corriendo del ático, sus zapatos
repiqueteando mientras corría por las escaleras.
Bella la vio alejarse, y se preguntó si debía ir tras ella. Ella suspiró. Los seres
humanos eran tan extraños, esos arrebatos emocionales. Bella pensó que era
probablemente debido a su represión. Eso no era saludable.

Anne volvió a entrar en el ático con una gran cesta vacía. —¿Era esa la
Vizcondesa quien casi me tiró por las escaleras?

—Sí —suspiró Bella.

Anne consideró y luego se encogió de hombros. Cogió el montón de ropa vieja


que Bella había dejado de lado.

Bella se preguntó si Rosalie había hablado con Emmett, o si se habría ido a la


guardería para ver a su hija. Ellen sólo se despierta de la siesta unos momentos.
Ayer, Margaret había llamado a Bella "mamá", tal como hizo Ward, y el corazón
de Bella dolía de tener que corregirla.

Cualquiera que sea la carga sobre el corazón de Rosalie, Bella esperaba que
pudiera dejarlo ir. Las vidas humanas eran tan cortas, demasiado cortas para
pasar por el dolor y el arrepentimiento.

Anne estaba tarareando una canción mientras sacudía y doblaba la ropa.

— ¿Anne?

— ¿Hmm?

— ¿Tiene Emmett…? ¿Es Emmett… todavía un miembro de su congregación?

Anne sonrió. —Usted sabe por usted misma, si usted desea asistir.

Bella la miró con reprobación. —Sabes que eso no es posible.

—Supongo que no, con su propio capellán encabezando los tribunales locales
de la Iglesia.

Bella miró boquiabierta. —¿Qué?

— ¿No lo sabía? Fue nombrado por Gardiner, personalmente.


Bella negó con la cabeza. ¿Un tribunal de la Iglesia, aquí? Náuseas brotaron de
su garganta y su corazón latía en sus oídos.

—Ana, ¿podría terminar esto? —preguntó, agitando la mano en el maletero


abierto.

—Por supuesto, Bella. ¿Está enferma?

—Yo solo… —Bella se tambaleó y tuvo que sentarse a toda prisa en una silla de
madera vieja. Hubo un sonido hueco en sus oídos. Bella tomó una profunda
respiración como mejor le permitió su cuerpo.

Anne dio unas palmaditas en el rostro de Bella con un paño húmedo y frío.
Bella no se había dado cuenta que la había dejado para buscarlo.

—Usted sufre de tanto temor —dijo Anne en voz baja—. Bella, si tan solo confía
en Dios.

Bella se frotaba el paño sobre la frente recubierta de sudor.

— ¿No lo ve, Bella? Pueden causar dolor corporal, pero no pueden conquistar
su alma. Ellos no pueden tomar la cosa más importante de usted.

—Lo único que me importa es mi familia —dijo Bella—. Y se puede tomar de


mí, con solo unas pocas palabras.

—Va a reunirse con ellos en el cielo —dijo Anne—. Donde no habrá lágrimas.

Bella puso su mano sobre el hombro de Anne. —Yo quiero estar con ellos aquí.
Quiero ver crecer a mis hijos.

Ante la mención de los niños, Anne se estremeció y tembló con lágrimas en sus
pestañas. —Sé que volveré a verlos. Yo lo sé.

Y en silencio, se sostuvieron entre sí en la penumbra polvorienta.


Bella estaba en el cuarto de los niños jugando con ellos cuando Edward llegó a
buscarla a la tarde siguiente. Bella echó un vistazo a su cara, y les dio
instrucciones a los niños con una voz falsamente alegre de seguir jugando con
Ellen mientras ella hablaba con su padre.

Cerró la puerta de su recámara detrás de ellos y se apoyó en ella. Sus entrañas


se sentían congeladas. —¿Es Alice y Jasper? —preguntó, y se sorprendió de lo
tranquila y firme que había sonado su voz.

—No, Bella, no Alice o Jasper —dijo Edward. Él tomó su mano entre las
suyas—. Es Ana, Bella. Ha sido arrestada por herejía.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
— Un "niño que escupe", era un chico joven que estaba sentado junto al fuego y
giraba la manivela de la brocheta en la que la carne era asada, por lo que se
cocinan de manera uniforme. Fue una de las posiciones más bajas en una casa
noble, pero siempre existía la posibilidad de ascenso cuando el niño fuera
mayor. Algunos caseros tenían "perros que escupían", los perros pequeños que
corrían sobre cintas de correr que giraban el asador y el trabajo del niño sería
para asegurarse de que el perro siguiera corriendo.
Capítulo 28

Traductora: Salem Fabian (FFAD)


Beta: Lore Cullen (FFAD)

—¿ A rrestada? —repitió Bella. Caminó tambaleándose hasta la cama y se

sentó. Parecía que el aire de la habitación se había consumido y Bella luchaba


por recuperar el aliento.

—Al parecer, ella sabía que esto iba a pasar —dijo Edward, y su voz le sonó a
Bella escalofriante y triste, como si viniera desde una cripta de piedra—. Ella
dejó una nota para ti. Uno de los criados la encontró en su habitación después
de que fuera arrestada. —Le ofreció el papel, pero Bella no hizo ademán de
tomarlo. Ella miró el papel sin comprender.

Edward se sentó junto a ella, la abrió y leyó en voz alta:

"Su Gracia, su amabilidad y sus atenciones hacia mí es algo que nunca podría pagar.
Aunque no es de mi fe, yo sé que usted será bendecida y recompensada por Dios, por sus
muchas virtudes. Sea fuerte en el Señor, querida amiga, y aunque me entristece, sé que
volveremos a encontrarnos en un lugar mejor. Sabía bien que este día llegaría. Tengo
más enemigos que los cabellos de mi cabeza; sin embargo, con la ayuda del Señor, nunca
podrán derrotarme. Su amiga, en esta vida y la siguiente, Anne Askew".

—Tiene fecha de la semana pasada —dijo Edward.


—¡¿Qué ha hecho?! —gritó Bella. Ella todavía no lo entendía, con frecuencia
Edward intentaba explicarlo. Era incomprensible para ella que una persona
como Anne fuera tan peligrosa, que ella tuviera que morir para proteger el
reino.

—Lo mismo que cualquier chica tonta ha hecho siempre, Bella. Ella condujo
grupos de estudios bíblicos y reuniones de oración en el pueblo. Yo sólo pido a
Dios que Emmett no esté involucrado también.

Bella parpadeó y dos gruesas lágrimas rodaron por la pendiente de sus mejillas.

—¿Hay algo que podamos hacer?

Edward puso un brazo alrededor de sus hombros temblorosos y la abrazó.

—El padre Jacob se propone examinarla en la capilla en esta semana. Ella se


mantiene en la casa del Sheriff Charles Swan, por lo que esta cómoda por el
momento. Swan y su esposa son gente amable. Estaré en el examen.

—¿Puedo yo…? —Negó con la cabeza.

—Lo mejor es que quedes fuera de esto, Bella. Por alguna razón, al padre Jacob
no le gusta y que no le serviría para nada a Anne tenerte presente.

Bella dejó escapar un suspiro tembloroso.

—No podemos permitir que la lastimen.

—No puede —le aseguró Edward—. Si el padre Jacob la encuentra culpable de


herejía, tendría que referirla ante un tribunal superior para el juicio. No te
preocupes todavía, Bella. Anne es tan astuta como lo es Bess. Todavía puede
escapar de esto.

Bella apoyó la cabeza en el hombro de Edward.

—No sé si podré soportarlo.

Edward sintió una punzada de miedo, como una daga de hielo en el estómago.
La magia selkie de Bella que la había protegido durante su embarazo
comenzaba a desvanecerse. Parte de ella podría quedarse todo el tiempo que
necesitara para cuidar a Ward, pero podría languidecer si ella se estresaba
enormemente. Edward no sabía qué hacer para detenerlo.

En la cena de esa noche, la actitud de Emmett era sombría y silenciosa.


Empujaba su comida con la cuchara, pero comía poco, al igual que Bella. Los
sirvientes estaban acostumbrados a que Bella declinara comer cuando estaba
triste o estresada; pero Emmett era famoso por su prodigioso apetito, el que
había permanecido constante a través de los peores puntos de su vida, por lo
que al verlo empujando la comida alrededor de su plato en vez de consumirla y
pedir más fue un hecho notable. Los espectadores se preguntaron si deberían
llamar a sus amigos para que presenciaran la escena, ya que seguramente no les
creerían cuando se los contaran más tarde.

Bella dijo las plegarias de Edward y se comió una ración de nabos con
mantequilla, pero parecía que no estaba segura si se quedarían abajo. Cuando
finalmente terminó la comida, Edward dijo a su hermano:

—¿Emmett? A mis cámaras, por favor.

Emmett asintió, y por su expresión, ya había previsto la convocatoria.

Se reunieron en las sillas junto a la chimenea vacía. Edward envió a los


sirvientes fuera de la habitación y mantuvo su tono de voz bajo, porque sabía
que todo el mundo tendría sus oídos presionados contra la puerta.

—Emmett, has oído lo que pasó con Anne, supongo.

—¡Oye! —Emmett parecía inclinarse por la pena—. Esa es la noticia en boca de


todos.

—Respóndeme esto, hermano, y no voy a preguntarlo de nuevo: ¿Cuán


involucrado estás en esta situación?

—Lo suficiente como para quemarme a su lado, si se trata de eso —confesó


Emmett.

Bella dejó escapar un grito de horror y se llevó una mano a la boca. Edward la
sacó de su silla y la sentó en su regazo, la envolvió con sus brazos como si
quisiera protegerla de su miedo.

—Te lo advertí y a Bess también se lo advertí —dijo Edward, y su voz tembló—.


¡Santos, Emmett! ¿Por qué no lo juzgaste peligroso? Peligroso no solo para ti, el
peligro también era para nuestra familia.

—Todo lo que puedo decir, hermano, es que lo necesitaba. —Emmett se pasó


una mano por la cara—. No necesitas preocuparte. No voy a traicionarte a ti o a
Bella. Te lo juro.

Edward suspiró.

—¡Necio! Nadie puede jurar que van a soportar la tortura.

—Soy un noble —argumentó Emmett—. Por ley, no pueden torturarme.

Edward negó con la cabeza.

—En verdad eres un tonto. Ellos pueden hacer lo que quieran. ¿Te acuerdas de
la señora Rochford?

Emmett parpadeó.

—Jane Parker, ¿la cuñada de Ana Bolena?

—Sí, esa. Cuando fue acusada de ayudar a la reina Kathryn Howard a reunirse
en secreto con su amante, ella fingió locura, porque la ley dice que un loco no
puede ser ejecutado. Entonces, el Rey aprobó una nueva ley que le permitía
ejecutar a un loco y ella fue decapitada.

Emmett hizo una mueca.

—Sí, ya lo recuerdo.

Los tres se sentaron en silencio, con sentimientos de impotencia y terror para


con aquellos que amaban, cada uno dispuesto a sufrir, siempre y cuando no
escatimara a los demás. Cada uno sabiendo que no había nada que hacer más
que esperar… a la esperanza… a orar.
Bella se sentó junto a la ventana mirando a las enojadas olas grises chocar
contra las rocas en la playa más allá de la casa. La lluvia repiqueteaba contra el
cristal y un trueno retumbó su mal humor en la distancia. Los selkies amaban la
tormenta. Cuando las olas estaban en lo más alto, las montaban como pequeñas
naves, arrojándose hacia el cielo para caer de nuevo en el mar revuelto. Recordó
una vez, un naufragio: El barco de madera se adentró demasiado cerca de la
orilla, donde se rompió contra las rocas. Ella y su hermana llevaron a los
marineros del agua a la orilla, uno por uno (Bella se había desconcertado al
descubrir que la mayoría de los marineros no sabían nadar). Después, se había
sumergido hasta el fondo del mar para jugar con las cosas que habían
derramado fuera del barco roto. Ella había sido muy joven entonces y tenía una
experiencia limitada con el mundo de los humanos, por lo que los tesoros la
habían fascinado. No sabía en ese momento que los humanos matan por el
metal brillante y las relucientes rocas arrojadas alrededor tan a la ligera; ni que
las personas que murieron por ser propietarias de estos libros, que contenían lo
que tiempo después se convirtió en herejía basada en la opinión del monarca.

No podía dejar de pensar en Anne. La examinación se llevaría a cabo mañana y


Edward había prometido hacer todo lo que pudiera. Pero cuando regresara, ¿le
diría a Bella que iban a poner a Anne en una hoguera? Una suerte que no le
desearía ni a la peor persona del mundo, ni siquiera al hombre que había
destruido la piel de su amiga para que no pudiera escapar de él, y mucho menos
a la amable Anne.

Ella apoyó la cabeza contra el cristal y deseó poder rezar como lo hacían los
humanos. Ellos creían que su dios estaba involucrado en todos los aspectos de la
vida humana y podían influenciarlo por la insistente demanda para alterar el
curso de los acontecimientos. Su dios era el capataz de la naturaleza. Veía cómo
sus criaturas juegan, pero no interviene para controlar sus acciones.

Deseó que el padre Jacob tuviera una esposa selkie propia. Necesitaba amor
más que cualquier persona que Bella hubiera conocido, ni incluir entre ellos a la
reina María. A diferencia de María, él había permitido que su hambre emocional
lo convirtiera en un hombre infame. Tal vez estaba demasiado dañado y
rechazaría el amor, incluso si se lo dieran a él. A Bella le recordó a un lobo que
una vez había visto en el bosque, cuya pata fue capturada en una trampa. Bella
trató de liberarlo, pero cada vez que se acercaba, él trataba de morderla. El lobo,
finalmente, se había desmayado por la pérdida de sangre y Bella lo había
liberado y atendió a su mala pata destrozada. Cuando se despertó, agradecido
dio lengüetazos y con los ojos avergonzados se disculpó.

¿Si el padre Jacob fuera liberado de la trampa que le estaba lastimando, él


dejaría de arremeter contra los que le rodean? Bella no lo sabía. Ella no entendía
realmente el mal, para ella, era la locura provocada por situaciones.

Pensando en este sentido, se le vino a la mente otra criatura herida. Se levantó y


se dirigió por el pasillo a las habitaciones de Rosalie, las cámaras que por
derecho le correspondía a la duquesa. Emmett le había preguntado si ella se
ofendía por la ocupación de Rosalie. Llamó a la puerta, pero no esperó una
respuesta. Entró y encontró a Rosalie acostada en su cama, rodeada de joyas y
vestida sólo con un camisón manchado. Rosalie la miró parpadeando, como si
no estuviera segura de que era realmente Bella o simplemente una aparición con
su cara.

Bella limpió un lugar para ella empujando las joyas a un lado y se sentó.

—Cualquier cosa que te preocupe, Rosalie, podemos arreglarlo.

Rosalie sacudió la cabeza.

—Esto es algo que no se puede arreglar. —Su voz era baja y oxidada por falta
de uso, su cabello rubio estaba enredado y enmarañado. Se parecía más a un
perro callejero que a una vizcondesa.

—Bueno, entonces tenemos trabajo que hacer —aseguró Bella.

Las cejas de Rosalie se juntaron con el fruncimiento en un claro gesto de


confusión.

—¿Qué?

—Si no puede ser perdonado, debe pasar su vida cumpliendo una penitencia.
Vamos. —Se levantó Bella—. Arriba.
—¿Qué?

—Arriba. Sal de la cama. Tienes trabajo que hacer.

Bella saltó de la cama y se dirigió a la criada de Rosalie, que estaba bordando en


silencio en un rincón.

—Que traigan un baño caliente a la vizcondesa.

La criada la miró boquiabierta y se volvió hacia Rosalie.

—No la mires a ella —exigió. La criada se hundió en una profunda reverencia y


corrió hacia la puerta. Bella tomó un cepillo de pelo de la mesa de Rosalie y lo
utilizó para señalar una silla—. Siéntate.

Rosalie se sentó. Tenía el aspecto de alguien que acababa de despertar de un


sueño loco, y sin embargo, no estaba seguro de haber vuelto a la realidad.

Bella tomó el grueso cabello de Rosalie, rubio y sedoso como los pelos del maíz,
en una de sus manos y comenzó a cepillarle los enredos de los extremos.

—No estarías haciendo esto si supieras lo injusta que he sido contigo —dijo
Rosalie, con una voz tan aburrida y plana como una llanura azotada por el
viento.

—Bueno, entonces estarás muy ocupada —contraatacó Bella de manera frágil—.


Si has hecho terribles males, a continuación, le debes al mundo una gran
cantidad de bien para compensar por ello.

Dos sirvientas entraron en la habitación con una gran bañera de cobre oval.
Cubrieron el suelo con un lienzo blanco y espeso, y pusieron la bañera en la
parte superior de la misma. Alinearon la bañera con una hoja, dos doncellas más
entraron trayendo cubos de agua humeante, que virtieron en la bañera.

—Trae una jarra de vinagre tibio.

Después que la bañera había sido ocupada por una línea rotativa de doncellas,
Bella agarró el dobladillo del camisón de Rosalie y lo tiró por encima de su
cabeza. Rosalie se aferró a él.

—¡No puedo bañarme desnuda!

—Oh, no seas tonta —respondió Bella—. Cuando esto está mojado es


transparente, como si no usaras nada. Entra al agua, antes de que se enfríe.

Rosalie se rindió y Bella por fin le sacó el camisón. Ella obedientemente se sentó
en la bañera y dos criadas se establecieron para fregarla. Bella lavó el cabello de
Rosalie, algo que asombró a las criadas. Dejó correr el vinagre caliente a través
de ella, como el aclarado.

—Debe de hacer que tu cabello sea brillante y suave —le dijo a Rosalie.

Cuando la vizcondesa salió de la bañera, el agua estaba sucia y su piel estaba de


un tono rosa saludable. La envolvieron en una sábana de secado y la sentaron
frente al fuego, al que Bella soportó por amor a Rosalie. Le habían dicho tantas
veces que los seres humanos se enfermaban si se mojaban, que estaba
comenzando a creerlo. Le cepilló el cabello tarareando una canción de amor
Selkie. Se llevaron el agua en los mismos cubos que se habían utilizado para
llenar la bañera y cuando estaba lo suficientemente ligera, la llevaron fuera de la
habitación, junto con las sábanas y lonas.

Bella siguió cepillando el cabello de Rosalie, haciendo una pausa de vez en


cuando para desenredar una maraña. Pasó un tiempo antes de darse cuenta de
que Rosalie estaba llorando en silencio. Bella se mordió el labio, preguntándose
qué debía hacer, y finalmente, decidió sólo seguir cepillando.

—Mi madre solía cepillarme el pelo así —comentó Rosalie—. Ella solía decir
que mi pelo era el pelo más hermoso que había visto nunca. —Le temblaba la
voz y rompió con la emoción.

—Tú querías mucho a tu madre.

—Sí, lo hice. ¿Tu madre sigue viva, Bella?

—Sí. —Bella pensó en su madre, probablemente estaría en algún lugar cálido y


tropical en este momento, roncando en una roca bañada por el sol, y sonrió ante
la imagen mental.

—Creo que perder a mi madre fue la peor cosa que jamás me tocó enfrentar —
aseguró Rosalie—. Hasta que me vi a mí misma por lo que realmente era. Ese
fue el peor momento de mi vida.

—Se puede cambiar. Si no te gusta lo que has visto, sé otra persona, recorre un
camino diferente.

—¿Cómo? —Rosalie se rio sin humor.

—Te voy a mostrar —prometió Bella—.

Se quedaron en silencio por un largo momento. Bella siguió cepillando el


cabello de Rosalie. A medida que se secaba, se convirtió en ondas de oro suave y
brillante. La madre de Rosalie había tenido razón en su belleza. ¡Qué lástima!
Las mujeres humanas tenían que atarlo hacia arriba y ocultarlo una vez que se
casaran.

—El cabello de mi madre era sólo unos pocos tonos más oscuro —reflexionó
Rosalie—. Y ella tenía un rizo que siempre he envidiado.

—Lo sé… Mi gente dice que Dios se quedó sin los materiales antes de hacer el
pelo rubio. Usó la tierra para el cabello como el mío, el fuego para los pelirrojos
como Edward; y cuando llegó a tu color, tomó algunas piezas del sol y girones
en la seda.

Rosalie sonrió débilmente.

—No es de extrañar que la pequeña Elizabeth soliera rogarte que le contaras tus
historias antes de dormir.

—A Margaret también le gustan demasiado —dijo Bella suavemente—. Estoy


segura de que le encantaría que le contaras historias.

Rosalie sacudió la cabeza.

—Tú eres su madre. No puedo. Ella se merece algo mejor que yo.
Bella no insistió. Rosalie no estaba lista todavía, pero si el plan de Bella
funcionaba, iba a estarlo pronto. Ella trenzó el cabello de Rosalie y dio un paso
atrás.

—Ya está. Todo listo. —Hizo un gesto a las criadas—. Vamos a vestirte. Algo
sencillo, eso sí.

Cuando Rosalie estuvo arreglada y metida en una bata de terciopelo rosa, Bella
levantó el espejo de cristal de Edward. —Muy bien, estás lista. Rosalie se
acarició la mejilla, como si no hubiera visto su reflejo por un largo tiempo. Y ella
parecía diferente, más delgada, sus ojos hundidos con desesperanza.

—Muy bien. —Bella levantó el espejo de cristal de Edward. Rosalie acarició su


mejilla, como si no hubiera visto su reflejo por un largo tiempo. Y ella parecía
diferente, más delgada, sus ojos hundidos con desesperanza.

Bella la empujó hacia la puerta y bajaron las escaleras. Ella había llamado para
que trajeran su litera y esperaba fueran para ella los portadores que esperaban
pacientemente de pie bajo la lluvia. Bella y Rosalie se deslizaron un par de
chapines sobre sus zapatillas y cuidadosamente pisaron el exterior, protegidas
de la lluvia con un pequeño toldo realizado por los cargadores, formando un
techo con un poste en cada esquina. Bella sonrió a todos y se metió adentro,
Rosalie se deslizó detrás de ella. Ellos se levantaron y comenzó el familiar y
suave balanceo. Bella se retorció en torno a los cojines hasta que estuvo cómoda.

—¿A dónde vamos? —preguntó Rosalie.

—Al pueblo. Tengo una tarea para ti.

—Bella, no quiero…

—No importa lo que quieras —interrumpió Bella—. Dijiste que has hecho mal.
Bueno, ahora tienes que compensar por ello.

Rosalie se mordió el labio y asintió con la cabeza bajando la mirada.

La litera se detuvo frente a la casa de los pobres. Los cargadores se pusieron junto
al toldo y caminaron hacia el interior con su abrigo. Bella odiaba los chapines,
siempre sentía como si fuera a caerse y romperse el cuello. Rosalie escalonaba el
camino a su lado, así que tal vez ella tenía el mismo problema. Bella agarró su
hombro para mantener el equilibrio y a Rosalie le dio un poco de risa, la
primera risa genuina que Bella le había oído en… ¿Desde cuándo? Tal vez desde
nunca.

El interior del edificio era un bullicio de actividad. Emmett estaba en el centro


de la habitación, con un montón de papeles en la mano y se estaba dirigiendo a
los reparadores mientras trabajaban. Edward le había dado el trabajo de la
reparación de la casa de los pobres y él lo había tomado con entusiasmo. El
edificio estaba siendo renovado, y si alguna vez la lluvia amainaba, se preveía la
ampliación y construcción de una residencia de dos pisos.

Todo el mundo se congeló en su lugar cuando la duquesa y la vizcondesa


entraron en la habitación. Se dejaron caer en arcos y reverencias. Bella les hizo
un gesto de levantarse, pero sus ojos estaban en Emmett y Rosalie.

Emmett parecía que no hubiera tomado un respiro desde que su esposa entró
en la habitación. Ahora, él se inclinó y Rosalie respondió del mismo modo.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó. Su voz era tranquila y carecía, para
alivio de Bella, de hostilidad.

—No estoy muy segura —contestó Rosalie con una tímida sonrisa.

—Ella es nuestra nueva maestra —anunció Bella.

Bella se había horrorizado cuando vio que los niños estaban trabajando como
adultos en el asilo. Según las reglas tenían que hacerlo, estaban ciertamente
acostumbrados a trabajar junto a sus padres en las labores que se les asignaran.
Doce horas diarias no eran inusuales. Y Bella había decretado que el quehacer
de los niños serían las responsabilidades escolares. Aparentemente, una vez que
supieran las letras se emplean como copistas, pero Bella no esperaba que eso
fuera una meta realista. Sin embargo, el que los niños aprendieran a leer y hacer
matemáticas simples, les daría mejores y más amplias perspectivas de empleo
en el futuro. Algunas de las mujeres de la aldea habían dictado las primeras
lecciones, mas ahora los niños tendrían un profesor dedicado.

Rosalie la miró horrorizada.

—Tú fuiste la institutriz de la pequeña Elizabeth y le enseñaste las letras.


Puedes hacer lo mismo con más niños.

—Pero son… —La voz de Rosalie se desvaneció.

—¿Pobres? Sí, lo son. Y tú dijiste que tu pecado era grande, por lo tanto tu tarea
también. ¿No dice tu Jesús: "Todo lo que hacéis por el menor entre vosotros, lo haces
por mí"? —Bella no estaba segura de tener la cita exactamente correcta, pero la
esencia era la misma.

—¿Mi Jesús? —dijo Rosalie arqueando una ceja.

—Jesús de todo el mundo —dijo Bella, sacudiendo las manos con exasperación.
Ella entró en la pequeña habitación que estaban utilizando como aula para los
niños, y la mujer del pueblo que había sido acordada en la enseñanza actual la
miró con gratitud. Ella era casi analfaBeta: y se hundía en la tarea.

Los niños vieron a la duquesa y se revolvieron en sus asientos para hacer la


reverencia y el arco. La mayoría de ellos nunca había visto a un noble, incluso
desde la distancia, por lo que se quedaron asombrados. Bella les ofreció una leve
reverencia a cambio.

—Niños, esta es la vizcondesa de Lisle. Ella estará enseñando ahora. Ustedes


pueden llamarla Lady Lisle.

Ella se volvió y dio a Rosalie un beso en la mejilla y dijo significativamente:

—Ponte a trabajar.

Rosalie asintió. Se dirigió a la parte delantera de la sala, se sentó junto a una


pequeña mesa y cogió la pizarra. Bella sonrió y cerró la puerta.

A la tarde siguiente, Bella se obligó a mantenerse ocupada. Se sentía enferma de


preocupación por Anne y lo que estaba sucediendo en la examinación. Trató de
forzar sus pensamientos lejos de eso, pero cada vez que vagaban de nuevo a la
examinación, era como tratar de espantar a las moscas lejos de un picnic.

Anoche Edward la había llevado a nadar, insistiendo aún cuando ella vaciló,
como si pensara que era una medicina que la reforzaría para el próximo
calvario. Incluso había insistido en asegurarse de que ella encontrara algo de
fresco y jugosas algas. Cuando regresó a la orilla vio lo que había hecho: un gran
corazón en la arena, y ese pequeño pero dulce gesto había significado más para
ella que el nadar en sí.

Bella pasó el día explorando los recovecos más profundos de la buhardilla, la


clasificación de los elementos que pueden ser reutilizados por los aldeanos.
Trabajó duro, arrastrando cajas y cofres de donde la luz era mejor. Hizo caso
omiso a las protestas de las criadas alarmadas que querían llamar a un lacayo
para mover cualquier objeto que la duquesa quisiera. Bella supuso que les
parecía extraño ya que los nobles siempre utilizaban a los criados, ni siquiera
llenaban por sí mismos su copa de vino.

Hizo a un lado una cortina y dejó escapar un pequeño grito cuando encontró
que un hombre estaba allí. Ella rio suavemente cuando se dio cuenta de que era
solo una vieja armadura.

—De mi abuelo —dijo Edward detrás de ella—. El rey Enrique VII. Puede haber
pertenecido a su padre antes que a él. Mi abuelo era un tacaño.

Bella puso sus brazos alrededor de su cuello.

—Edward, me alegro de verte.

Sonrió.

—Así son las criadas. Temen que te hayas vuelto loca, arrastrándote alrededor
de todas estas cajas.

Había un viejo banco debajo de la ventana y Edward llevó a Bella al mismo.


Miró a su alrededor y no vió a ninguna de las criadas. Edward debía haberlas
enviado fuera de la habitación.
—¿Qué pasó?

—El padre Jacob liberó a Anne, pero él ordenó que regresara con su marido —
dijo Edward—. Así como yo sospechaba, era demasiado inteligente como para
darle las respuestas directas que podrían haber utilizado para condenarla. Él le
gritó por contestar en "parábolas", como él las llamaba, pero no pudo llegar a
decir nada que podría utilizar para condenarla.

Bella se dejó caer en la cornisa.

—¿Ha terminado?

—Me temo que no, Bella. Ella no va a volver a Kyme y él no va a llevarla de


vuelta a menos que se retracte de su fe. Será llamada de nuevo por negarse a
obedecer las órdenes de la Iglesia. Y Dios nos ayude si no puede ser más astuta
que su examinador la próxima vez.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
- "Tonto" significaba confundido o triste. Nos reservamos el uso de cuando
decimos que alguien se "tiró tonto". John Knox, en su libro de los mártires, llama
a las víctimas de los incendios de Guernsey "mujeres tontas", y que quería decir
que eran un triste y lamentable espectáculo. Cuando Edward llama a Anne una
"tonta" en este capítulo, quiere decir: "pobre chica".

- Los marineros a menudo no saben nadar, como señala Bella. Se pensaba que si
su barco se hundía, era mejor para que se ahogaran rápidamente y eso era
preferible que prolongar su agonía y morir de la exposición / deshidratación en
el medio del océano.

- Chapines eran esos zapatos como zancos que mencioné en un capítulo


anterior. Usted puede ver una imagen de un par en mi página de Facebook en
mi "esposa Selkie" álbum de fotos. El enlace está en mi perfil.
Capítulo 29

Traductora: Miranda Pattinson (FFAD)


Beta: Marta Salazar (FFAD)

A nne regresó a Cullen Hall, y aunque su rostro estaba tan sereno como de

costumbre, sus ojos tenían anillos de cansancio alrededor. Bella corrió por las
escaleras y agarró a Anne en un fuerte abrazo.

— ¡Me has asustado casi hasta la muerte!— Bella le regañó.

—Mis disculpas, su gracia, — dijo Anne con ironía. —Voy a tratar de evitar ser
arrestada de nuevo.

Bella la abrazó de nuevo y no dijo nada. De acuerdo con Edward, otro arresto
era inevitable a menos que pudiera convencer a Kyme para llevarla de vuelta.
Ahí es donde Edward había desaparecido hoy. Kyme estaba con su primo, Peter
de Lansby, y Edward le había dicho a Bella antes de salir que tenía la intención
de ofrecer a Kyme su cargo de capellán de vuelta, si él aceptaba a Anne de
nuevo.

—Pero ella no quiere regresar a él, — protestó Bella.

—Ella tiene que hacerlo, — dijo Edward sombríamente. —Es la única manera
de salvarla. Vamos a hablar con él sobre ella, señalando que ella va a tener a sus
hijos con ella otra vez. Kyme puede mudarse aquí, en Cullen Hall. Ellos no
tienen que compartir las mismas habitaciones, siempre y cuando estén bajo el
mismo techo.
Pero Kyme se mostró inflexible. Sólo aceptaría a Anne de vuelta si se ella se
sometía a él y se retractaba de su herejía. Edward regresó a casa decepcionado y
frustrado. Incluso el sutil toque de un soborno no había hecho a Kyme más
dispuesto.

—Yo no sé qué hacer, — dijo Edward a Bella, tarde esa noche mientras estaban
en su litera. —Anne no se va a retractar para salvar su vida. Ella ni siquiera lo
haría por sus hijos.

Bella no lo entendía. Ella habría aceptado jurar a lo que fuera que le pidieran
con tal de reunirse con su familia. No eran más que palabras. ¿Qué más daba?

Hubo un fuerte golpe en la puerta de su aposento y una de las criadas se


levantó revuelta de su paleta para contestar. Bella escuchó los lamentos tan
pronto como la puerta se abrió y recogió su descartado cambio desde el pie de la
litera. Ella se deslizó a través de las cortinas. Una desconcertada Ellen estaba
sosteniendo la mano de la pequeña Elizabeth mientras la niña sollozaba
histéricamente, con el rostro rojo brillante por el esfuerzo.

— ¡Por todos los santos! ¿Qué te pasa, pequeña?— preguntó Bella, agachándose
delante de la pequeña Elizabeth, quien inmediatamente le echó los brazos
alrededor de Bella y lloró en su cuello.

—Un mal sueño, su gracia, — dijo Ellen. —Ella no dejaba de llorar hasta que la
hubiera visto. Suplico, me disculpe por perturbar su descanso.

—Fuego, — sollozó Elizabeth. —T-tú estabas en un f-fuego, madre.

—Eso no importa, — Bella le aseguró a Ellen en voz baja, e hizo un gesto para
que se fuera. Volvió a la litera, donde Edward apresuradamente se había puesto
su camisa y se sentó en el borde con la pequeña niña llorando. Ella la meció en
sus brazos y le tarareó hasta que Elizabeth se hubo calmado de hipar y
estornudar. Bella puso a Elizabeth junto a su padre y se metió en la litera. Los
criados estaban asentando de nuevo en el sueño. Su suave respiración y el
golpeteo de la lluvia en las ventanas eran los únicos sonidos en la habitación.

— ¿Qué soñabas que te perturbó tanto?— Edward preguntó a Elizabeth. Ella


tenía el pulgar en la boca y sus ojos parecían enormes en su diminuto y pálido
rostro mientras ella lo miraba solemnemente.

—Fuego, — dijo Elizabeth. Ella sacó el pulgar de su boca, pero lo mantuvo


flotando al lado de la boca, a la espera de volver. —Fuego en todas partes.
Madre estaba en el fuego.

Bella se estremeció y la abrazó más cerca. Un sueño así probablemente la


enviaría a llorar también.

— ¿Quién te ha estado hablando sobre fuego?— demandó Edward. Los ojos de


Elizabeth se abrieron y metió su pulgar en la boca.

— ¿Quién fue?— preguntó insistentemente. Elizabeth gimió y escondió la cara


contra el pecho de Bella.

—Edward, — dijo Bella en voz baja.

—Quiero saber quién ha estado llenando su cabeza con charla acerca de la


quema, — dijo Edward. Sus mejillas tenían un color rojo pálido de ira y sus ojos
verdes brillaban como gemas, frío y duro.

—Edward, detente, — dijo Bella. Sus enormes ojos oscuros le rogaron en


silencio.

Edward se rindió. Supuso que lo iba a encontrar más adelante, cuando la niña
no estuviera tan alterada. Y sería el infierno a pagar para quien fuera que le
hubiere asustado tanto.

Bella acarició los rizos castaños de Elizabeth. — ¿Estás lista para regresar a tu
litera?

— ¡No!— gritó Elizabeth y se agarró a Bella como si ella sintiera que estaba
siendo arrojado de vuelta a la tierra de pesadillas.

—Está bien, Popper, — dijo Edward, con un concertado esfuerzo para hacer
que su voz sonara tan tranquila y suave como fuera posible. —Puedes quedarte
aquí. — Él colocó las mantas hasta la barbilla de Elizabeth. Ella bostezó y se
metió el pulgar en la boca, dormida al momento de cerrar los ojos.

—Pobre pequeña bebé, — murmuró Bella.

—Pobre del que encuentre que ha estado llenando su cabeza con esas cosas ', —
dijo Edward con gravedad.

—Edward, ella podría haberlo recogido en cualquier lugar. Se habla de la


quema en los labios de todos. — Ellos estaban quemando tres o cuatro a la vez
ahora y los tribunales eclesiásticos estaban dictando condenas cada día.

Edward miró contrariado, pero dijo: —Supongo que sí. Simplemente me vienen
lágrimas de verla tan alterada por cosas que no puede entender.

—Yo no las puede entender, tampoco. — Bella miró a la pequeña niña que
dormía y se compadeció de ella por haber tenido que crecer en un mundo tan
incierto.

—Quiero protegerla de esto, — murmuró Edward. —Pero no sé cómo me sea


posible.

—Lo sé, — dijo Bella. —Eres un buen padre, Edward.

Edward acarició el rizado pelo de su hija. —Sólo desde que llegaste.

Unos días más tarde, Bella tomó su litera hasta el hospicio. Edward tenía una
pregunta para Emmett sobre la administración de la finca. Le había dicho a Bella
lo que él quería saber, pero era tan complicado –algo que hacer sobre los
arrendamientos e impuestos- que ella había perdido la esperanza de
memorizarlo, y dijo que simplemente pediría por Emmett para una cita con
Edward en su oficina. Quería ver cómo iba la remodelación de todas formas.
Había pasado una semana desde la última vez que había tenido tiempo de
visitar.

Ayer fue día de corte para ambos, Edward y Bella. Se había vuelto mucho más
largo ya que el duque y la duquesa habían tomado un interés más profundo en
sus fincas y la gente ahora se sentía más confiada para acercarse a ellos con sus
problemas. Parecía que cuanto más hacían, más había que hacer. Mucha gente
venía, dado que la duquesa ahora tenía su propia corte en una habitación rara
vez utilizada a la que todo el mundo se refería como la galería de retratos
porque pinturas de los antepasados de Edward y familiares cubrían las paredes,
todos ellos austeros y rígidos con sus mejores galas con gemas incrustadas. Un
retrato del tío Eduardo, el Rey Henry VIII, tenía un lugar de honor en la pared,
detrás de un pequeño estrado donde estaba posicionado el trono de Bella, y por
encima de su cabeza había un pequeño dosel de terciopelo rojo, bordado con el
escudo de armas de Edward. Bella habría preferido vastamente conducirlo
casualmente, pero sus funcionarios temían por su dignidad. Cuando ella fue a la
aldea, generalmente ocupaba una mesa en el bar y comía pan y la famosa sopa
de puerros de la esposa del publicano mientras la mujer la abordaba
informalmente con sus necesidades. El temor de ver a una duquesa rebotar al
bebé de un campesino en su rodilla y dejarlo morder sus joyas había
desaparecido y ellos insistían en que Bella debía recordar a su pueblo de su
rango y de la reverencia debida a ella, no sea que no se le respetara como debe
ser.

En el otro lado de la litera, Anne se sentó con una canasta de pequeños zapatos.
Pasando por las cuentas de la casa, Bella había descubierto que esa Sala Cullen
tenía su propio zapatero. De alguna manera, él se había quedado en el olvido;
Edward dijo que no recordaba haber pedido un par de zapatos hechos o
reparado por él, pero sugirió que tal vez algunos de los demás de la familia
podrían haber utilizado sus servicios. Bella encontró al zapatero en una tienda
polvorienta cerca de los establos, donde él había fabricado sillas y bridas para
los caballos por falta de algo mejor que hacer. Bella le había establecido la
fabricación de calzado para niños, porque había visto tantos pequeños pies
descalzos en el pueblo, y ella se mostró satisfecha con los resultados. El hombre
tenía talento y había cosido diseños caprichosos en los zapatos que ella sabía
que a los niños les encantaría.
Los portadores fijaron la litera en el frente del hospicio y levantaron el toldo de
lluvia. Anne ayudó a Bella a ponerse sus chapines y se aferró a ella mientras
trepaba desde la litera y pisaba los escalones. Ella notó que el exterior del
edificio necesitaba pintura urgente, pero eso era un trabajo que no se podía
hacer hasta que la maldita lluvia se detuviera.

En el interior, encontró a Emmett paseando por las mesas, viendo como los
residentes trabajaban. Aquí, ellos hacían canastas, recogían estopa, bordaban
pañuelos, pequeñas artesanías que podrían ser vendidas para ayudar a
mantener el costo de funcionamiento del hospicio. El zapatero se había ofrecido
a enseñar su arte a los hombres (tenía que recordar decirle eso a Emmett) y una
vez que la lluvia se detuviera y pudieran comenzar la construcción de la nueva
ala, también podrían aprender carpintería.

Ella le dio el mensaje y luego se dirigió al salón de clases y se asomó por la


puerta. Ella encontró a Rosalie sentada en el suelo, rodeada de niños y con un
bebé en su regazo mientras ella les leía una historia de la Biblia. Los niños
estaban en silencio y absorto.

—Una vista impresionante para observar, ¿no es así?— dijo Emmett en voz
baja. Él había llegado detrás de ella y miraba por la rendija a su esposa, su
expresión pensativa.

—Sí, eso es así, — respondió Bella.

—Lo que sea que le dijiste a ella, Bella, no puedo sino admirar sus resultados.
No es sólo la enseñanza. Está haciendo mucho en el pueblo, utilizando sus
propios fondos para pagar por ello. — La voz de Emmett sostenía una pizca de
orgullo. —Tenían miedo de acercarse a ella al principio, porque se acordaban de
su afilada lengua, pero ella ha cambiado, Bella. Yo no lo habría creído si no lo
hubiera visto.

—Tú también, — dijo Bella. —Tal vez deberías ver si la persona que eres ahora
se llevan bien.

—Yo la trataba mal, — dijo Emmett, y negó con la cabeza. —Yo era un tonto
borracho, que la ignoraba en el día y la utilizaba como a una puta en la noche.

—Sí, y ella era egoísta y cruel. Ambos tienen mucho que hacer con el otro. —
Bella hizo una pausa por un momento y luego tomó su mano entre las suyas. —
Emmett, tu hija necesita a su familia. Le debes a Margaret intentarlo.

Una campana sonó en la sala principal. —La cena, — dijo Emmett, pero él no
dejó el lugar o separó sus ojos de Rosalie. Detrás de ellos, los trabajadores
empezaron a limpiar las mesas para que pudieran ser utilizadas para la comida.

Rosalie cerró el libro y dijo a los niños que continuarían después de la cena. Le
entregó el bebé a una de las pequeñas niñas y los niños corretearon hasta la
puerta y se dispersaron para encontrar a sus padres. Rosalie vio a Emmett y
Bella y se hundió en una profunda reverencia. Emmett se inclinó ante ella. —Mi
señora, ¿me preguntaba si le gustaría unirse a mí para la cena en la taberna?

Rosalie se sonrojó, pero asintió. Le ofreció el brazo y ella lo tomó tímidamente.


Miró a Bella, quien abrió los ojos a Rosalie e hizo un movimiento con sus manos.

—Puedes utilizar mis chapines, — ofreció Bella.

—No es necesario, — dijo Emmett y cogió a Rosalie en sus brazos como si no


pesara más que un niño. Rosalie gritó y le echó los brazos alrededor de su
cuello.

Los residentes miraban, sus almuerzos olvidados momentáneamente. Todo el


mundo sabía que el vizconde y la vizcondesa eran casados, por supuesto, pero
pocas veces les habían visto mucho más que hablar entre sí. Con la boca abierta
todo el mundo miraba a Emmett llevarla a la puerta principal. Entonces alguien
silbó y Emmett se detuvo para echar una sonrisa por encima del hombro.
Rosalie se sonrojó y la sala estalló en risa afable y alegre con algunos chistes
subidos de tono arrojados en una buena medida.

Ellos no regresaron después de la cena, así que Bella se hizo cargo de la clase
hasta el final de la jornada de trabajo unas pocas horas después. Ayudó a
encontrar los zapatos adecuados para aquellos que no tenían ninguno y a
almacenar el resto de ellos en un cuarto de suministro para distribuir
posteriormente en la propia aldea. Se acordó de algo que había querido
comprobar: cómo los nuevos colchones estaban sostenidos. Los había obtenido
de una tela de cáñamo pesada y quería ver si eran resistentes como ella había
esperado. Nadie tenía que dormir en el suelo desnudo nunca más, pero a
medida que se corrió la voz de las condiciones de aquí, más personas llegaban
cada día. Más colchones tendrían que ser hechos pronto, pero si el otro no era
duradero, tendría que elegir otro material. Durante el día, los colchones fueron
apilados en una de las habitaciones de literas.

Mientras ella se acercaba, oyó una voz femenina. Había estado tan absorta
pensando en Rosalie y Emmett y luego con la enseñanza que no se había dado
cuenta de que Anne ya no estaba con ella. Su voz venía de una de las
habitaciones de literas, la puerta parcialmente cerrada. Bella miró dentro.

Anne estaba hablando a un pequeño grupo de mujeres sentadas en los


colchones en un semicírculo a su alrededor. —Es cierto que en nuestras
oraciones pedimos a Dios para dedicar en nuestras frentes, el verdadero
significado de la comunión. Para San Pablo dice, Las quitan la vida; el Espíritu
es lo único que da vida. Mark y el capítulo sexto de Juan, donde todo se aplica a
la fe: tenga en cuenta también el cuarto capítulo de Segunda Epístola de San
Pablo a los Corintios, y al final, encontrarás, que las cosas que podemos ver con
nuestros ojos son temporales, pero las que no se ven son eternas. Encontré en la
Escritura que Cristo tomó el pan y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad,
comed, esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros; lo que significa que
su propio cuerpo se rompería y el pan era sólo un signo o sacramento. Él utilizó
el mismo tipo de parábola cuando dijo que iba a derribar el templo, y en tres
días edificarlo de nuevo, es decir, su propio cuerpo como el templo, como
escribe San Juan, y no el templo de piedra en sí mismo. Así que el pan no es sino
un recuerdo de su muerte, o un sacramento de acción de gracias por ello, donde
estamos unidos con él por una comunión de amor cristiano.
Desafortunadamente, hay muchos que no pueden percibir el verdadero
significado de esto.

Anne sonrió a su audiencia, pero el corazón de Bella golpeó tan rápido que
pensó que iba a enfermar. Negar que la comunión era el literal cuerpo y sangre
de Jesús era suficiente para condenar a una persona de herejía. Si alguna de
estas mujeres la reportaba... Tenía que parar esto. Bella abrió la puerta. Las
mujeres se quedaron sin aliento al ver a Bella y se pusieron en pie, la
culpabilidad escrita en sus rostros según se hundían en reverencia.

—Anne, nos tenemos que ir, — dijo Bella. Ella pretendió que no había oído
nada y esperaba que estas mujeres pretendieran que no lo había oído tampoco.

Se dirigieron a la puerta y Bella levantó cada pie a su vez para que Anne
pudiera deslizarle sus chapines y entonces ella se aferró a Bella para ayudarle a
equilibrar mientras ella caminaba por las escaleras de la litera.

No fue sino hasta que estuvieron a salvo dentro y las cortinas estiradas que
Bella le dijo: —Anne, estás cortejando a la muerte con tus palabras. — El miedo
seguía atascado con ella, haciéndola revolver el estómago y latir su corazón.

—Mi tiempo puede ser corto, — dijo Anne. —Tengo que llegar a tantas almas
como pueda en el tiempo que me queda.

—Santos, Anne, solo leyendo la Biblia a ellos-

—Yo no la leí a ellos, — interrumpió Anne, una pequeña sonrisa tirando de sus
labios. —La tengo memorizada. Es en contra de la ley que la lean, pero no
recitarla.

Bella miró fijamente. — ¿Te memorizaste la Biblia?

—Sólo el Nuevo Testamento, — dijo Anne, como si eso disminuyera el logro. —


Yo sabía que cuando Mary tomara el trono, nos prohibirían la lectura de las
Escrituras, así que puse a mi mente en la tarea y, con la ayuda de Dios, he
retenido las palabras.

Bella estaba impresionada, pero tenía que volver al tema más pertinente. —
Anne, yo no quiero perderte. Lo qué has dicho ahí dentro- Si el Padre Jacob se
entera, él tendrá que arrastrarte de nuevo ante el tribunal.

—Mi fe está en las manos de Dios, — dijo Anne. —Él mandó a sus discípulos a
salir al mundo y predicar el evangelio, y eso es lo que debo hacer.
—Debo decirle a Edward de esto y él se enojará de que hayas utilizado el
hospicio para tu iglesia, — advirtió Bella.

Anne asintió. —Por supuesto que tienes que decirle. Eres su esposa, después de
todo, y no tienen secretos entre sí. Oh, Bella, deseo que Dios tenga a bien darme
un esposo como el tuyo. Pero tal vez si lo hubiera hecho, hubiera permanecido
en casa como una mujer satisfecha en lugar de predicar su palabra.

—He visto a muchos matrimonios comenzar en infelices circunstancias que se


tornaron en una unión de amor, — dijo Bella.

— ¿Te quieres casar con Edward?— Anne inclinó la cabeza con curiosidad.

—No, — admitió Bella. —Al principio no. Yo no quería una vida de esto. —
Bella señaló su vestido enjoyado.

Anne sonrió. —Pero parece que has hecho de la vida de una duquesa lo que
deseas.

—Algo así, — Bella tocó las perlas en sus mangas. —Me gustaría vivir en una
pequeña casita junto al mar, solo Edward y nuestros hijos, sin que nadie
dependa de nosotros, y sin nadie lo que hacemos.

Anne se rió un poco. —Eso no es una vida que exista para nadie. Todos somos
parte de la cadena de la sociedad, ordenado por Dios.

Bella no dijo nada. Una de las perlas estaba suelta, notó, y la sacó fuera. Ella la
puso entre sus dedos distraídamente.

—Vi al mensajero real llegar esta mañana, — dijo Anne

—Sí, con una carta de la Reina, — respondió Bella. —Sus cartas son difíciles de
leer. Ella es la más infeliz de las mujeres. — El papel siempre estaba manchado
de lágrimas. Mary estaba sola, y ella dio a entender ampliamente que deseaba
que Bella y Edward regresaran a la corte, pero aún no lo había hecho una orden.
Ellos esperaban que fuera a suceder en cualquier momento.

La carta contenía también las —noticias tristes— que su primo Courtenay había
muerto, aunque cuando Edward había leído esa parte de la carta, había
comentado a Bella que Mary y su madre eran probablemente las únicas dos
personas en el mundo que puedan arrojar una lágrima por su muerte. Mary,
quien aún se negaba a reconciliarse con su hermana a menos que Elizabeth —
confesara, — sentía como su familia iba disminuyendo y Edward dijo que ella
probablemente lo lloró más de lo que realmente le entristeció la pérdida del
pomposo jacknape18.

Después de su participación en la rebelión de Wyatt, Mary se había visto


obligada a castigar a Courtenay, y ella había optado por —exiliarlo— al
continente, lo que en realidad equivalía a un viaje de placer extendido para él.
Ella no se había apoderado de sus tierras o título, por lo que fue capaz de
disfrutar de la hospitalidad de otros nobles europeos, quienes lo acogieron por
temor a ofender a su prima, la Reina de Inglaterra.

Mary había enviado un informe del embajador Inglés a Venecia, el cual


declaraba que Courtenay fue derribado por una fiebre que contrajo por ser
lloviznarse mientras cazaba con su halcón y no cambiarse de su ropa mojada. Al
igual que con cualquier muerte de un hombre joven, aparentemente saludable,
el veneno era sospechoso, pero no pudo ser probado. Bella privadamente
pensaba que era más probable que él hubiera muerto de la viruela francesa que
se rumoraba había contraído.

— ¿Volverá pronto el Rey?

Bella negó con la cabeza. —Ella le escribe casi todos los días, pidiéndole que
regrese, pero él sigue poniéndole excusas. — De una carta de la princesa
Elizabeth, se había enterado de que Mary era perturbada por los rumores de sus
infidelidades y había ordenado la pintura con la que ella había terminado
obsesionada antes de su boda para que fuera bajada, incapaz de soportar mirar
a su semejanza, cuando su corazón estaba roto.

— ¡Espero que se quede en España, donde pertenece!— escupió Anne. —Es él


quien ha traído esta asquerosa Inquisición a nuestras costas.

18
Jacknape: alguien que hace cosas para fastidiar a otro.
Bella negó con la cabeza. —La culpa no recae solo sobre él, — dijo Bella. —Mary
piensa que las malas cosechas son una señal del desagrado de Dios de que ella
no ha limpiado la tierra de herejes. Cuanto más tiempo pasa, más firme llega a
ser su convicción.

—Un día, esto será corregido, — prometió Anne. —Y serán papistas


enfrentando la hoguera.

—Espero que ninguno enfrente ese destino, — dijo Bella sin rodeos. —La
conciencia de un hombre debe ser entre él y Dios.

Anne parpadeó. — ¿No crees en la herejía?

—No creo que sea mi tarea decidir qué constituye una herejía.

—Bella, hay una manera correcta y una manera incorrecta, — argumentó Anne.
—La herejía se extiende si no se controla. Las mentes crédulas-

—Deberían ser juzgadas por Dios, y solo Dios, — dijo Bella con firmeza. Anne
abrió la boca para decir algo más y entonces lo pensó mejor. Bella supuso lo que
habría dicho era probablemente herético en sí mismo y esperaba que los
portadores no lo hubieran oído, pero luego desechó la idea con cansancio.
Estaba cansada de ello, cansada de tener que mirar por encima del hombro, para
recordar que había sirvientes en todas las habitaciones, ladeando un oído
dispuesto a recoger el material para chismes.

Llegaron a la casa y se dirigieron a través de toda la rutina de los chapines.


Odiaba las cosas, pero sabía por experiencia que la falda crecía incómodamente
pesada si el agua se impregna en sus dobladillos. Una vez dentro, Bella se los
arrancó y se dirigió a las escaleras. Quería ver a sus hijos. Quería mirar a los ojos
inocentes de la intriga y el prejuicio. Ella quería jugar por un rato, para
pretender ser despreocupada de nuevo, aunque sea sólo por unos momentos,
pero lo que vio cuando abrió la puerta del cuarto de los niños hizo parar en seco
y jadeo.

Emmett y Rosalie estaban sentados lado a lado en la cama de la sala de estado.


(Como el hijo de un duque, Ward tenía una cama enorme, con una gran colcha
de tela de oro y cortinas de terciopelo rojo bordado con el escudo de su familia.
Raramente utilizado; Ward solía dormir en una pequeña cama a menos que
Bella quisiera una siesta con él.) Margaret estaba en los brazos de Rosalie.

Las lágrimas corrían sin control por las mejillas de Rosalie. Emmett se acercó y
suavemente las retiró y luego tomó la cara de Rosalie en un beso tan tierno y
dulce que Bella quería llorar, también. Ella retrocedió, inadvertida por la pareja
o el bebé, que masticaba felizmente una de las ranas de la sobreveste de su
padre.

Fue con un rebote en su paso y una sonrisa en su rostro que Bella cerró la
puerta y se dirigió al pequeño cuarto de Elizabeth.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
- —Colchones— eran esencialmente sólo una bolsa rellena de heno o (para los
ricos) plumas.

- Las palabras de Anne fueron tomadas de dos cartas que ella escribió, las que la
autora editó ligeramente para facilitar la lectura.

- La —Viruela francesa— es lo que la gente de la época llamaba sífilis. El —


tratamiento— era el mercurio, ingerido y aplicado por vía tópica.
Capítulo 30

Traductora: Diana Méndez (FFAD)


Beta: Xarito Herondale (FFAD)

B ella dormía profundamente a su lado, pero Edward estaba completamente

despierto. La ansiedad se revolvió en su estómago y su mente era un torbellino


vertiginoso de pensamientos. En momentos como este, solía caminar, pero la
lluvia azotaba las ventanas y hacía de la opción algo claramente desagradable.
Entonces, como un rayo que se abre paso a través de nubes, se dio cuenta a
donde tenía que ir y lo que tenía que hacer.

Se deslizó de la cama. Bella murmuró y su mano acarició el colchón, en busca


de él. Edward arrumó las mantas en un tamaño aproximado de su cuerpo y las
empujó hacia ella. Ella, felizmente, se acurrucó contra el montículo. Edward rio
entre dientes, se sacó la camisa por la cabeza y luego se puso su bata.

El fuego se había consumido a los carbones de naranjas. Él nunca dejó que los
criados construyeran una chimenea más grande, ya que, incluso después de
todo este tiempo, Bella aún se sentía incómoda con fuego en la habitación. Tomó
una de las largas ramas de la cesta y la asomó en las brasas, hasta que se
encendió. Él transfirió cuidadosamente la llama a una vela y luego arrojó la
rama en la chimenea. Poco a poco, y con cuidado, se acercó a los sirvientes
dormidos y se arrastró fuera de la cámara, con la mano ahuecada alrededor de
la llama de la vela para protegerla de las corrientes de aire.

Él se desvío hacia las habitaciones de los niños para vigilarlos y los encontró
durmiendo a pierna suelta. Miró a la pequeña Elizabeth, sus rizos castaños
despeinados se esparcían sobre la almohada, con el pulgar metido firmemente
en su boca, y se dio cuenta de que era hora de comenzar a buscarle un marido.
Su matrimonio había sido arreglado por lo menos a su edad. A veces se toma un
tiempo el encontrar un buen partido, sobre todo porque el número de nobles
jóvenes era lamentablemente pequeño. Si tan solo la Reina Mary hubiera dado a
luz a un hijo... suspiró. Mary cumpliría cuarenta el próximo año y un príncipe
era poco probable, sobre todo porque Phillip continuaba firme en regresar a
Inglaterra. Edward odiaba la idea de tener que casar a Elizabeth con un
extranjero, pero parecía que no tendría otra opción.

Su sobrina, Margaret, dormía en la cama junto a ella. Elizabeth estaba muy


apegada a Margaret, y usualmente la lleva a su alrededor como una muñeca
viviente. Ella había insistido en que Margaret se mudara a su cuarto, y así
ayudar a Ellen a cuidar de ella. Ellen aceptó, pero Rosalie no. Ella estaba muy
celosa por la nueva atención de Rosalie hacia Margaret y puso mala cara todo el
tiempo en que Rosalie estaba jugando con "su" bebé.

Edward pensó que tal vez debería hablar con Emmett, acerca de buscarle un
compañero a Margaret, también. Pero Emmett estaba ocupado en estos días,
cortejando a Rosalie. Fue la comidilla de todo el sur de Inglaterra, porque,
¿quién había oído hablar de la absurda noción de que un hombre corteje a su
propia esposa? El vizconde había declarado que él y su esposa se habían casado
antes de que se conocieran bien, así que él la estaba cortejando como a una
doncella que le había llamado la atención, con el objetivo de que ella se enamore
de él. Edward negó con la cabeza y se echó a reír. Emmett a veces tenía ideas
extrañas, pero no había duda de que Rosalie estaba complacida por el cortejo de
Emmett. Ella se sonrojaba como niña cada vez que él entraba en la habitación.

Edward entró en la habitación de Ward, pasando por encima de un guardia


dormido en el pasillo (e hizo una nota mental de reprenderlo por su falta de
rapidez). No era frecuente que Ward durmiera aquí. Bella, por lo general,
prefería tener al bebé en su habitación. Estaba acostado en su pequeña cuna al
lado de su enorme cama de raíces. Ellen le había dicho a Edward que "la cama
grande" asustaba a Ward por alguna razón, y él nunca mentiría a menos que su
madre hubiera optado por tomar una siesta con él. Edward entendió, aunque
Ellen no lo hizo. Recordó cómo su propia cama parecía enorme y terrible, como
una cueva o mandíbulas de algún animal bostezando, a la espera de comérselo.
Él no había podido dormir con las cortinas cerradas hasta que tuvo diez años.

Se agachó junto al niño y puso su candelabro en el suelo, junto a él. Tiró de las
mantas hacia arriba y le alisó el suave cabello. Esta pequeña cabeza algún día
tendrá que ponerse la corona ducal, y sus hombros tendrán que soportar la
carga de gobernar las haciendas. Solo esperaba que Ward pudiera encontrar a
una buena mujer. Una de apoyo y ayuda como Bella, pero sabía que era poco
probable. Bella era especial, y no solo porque era una selkie, sino debido a su
suave y cálido corazón, que buscaba hacer que todos a su alrededor fueran
felices.

Volvió al pasillo y bajó las escaleras. Había un solo guardia despierto en el


vestíbulo, que a toda prisa se puso de pie cuando vio que el duque se acercaba.

―S-su gracia ―balbuceó y se inclinó. Había sido asignado a custodiar de


noche, nunca había conocido al duque o a cualquiera de la familia y nunca se lo
esperó.

―Puede volver a su puesto ―Edward le dijo con un gesto en la mano―. No


necesito ayuda. ―Dejó al joven detrás, quien lo miró estupefacto. Les diría a sus
nietos que un día el Duque de Cullen había hablado directamente con él.

Edward entró en la galería de retratos donde Bella tenía su corte y se detuvo


ante la imagen de su tío, el rey. Henry conservaba su característica pose de pies
plantados bien separados, con puños en las caderas, las capas de terciopelo y
pieles de su jubón y, sobre todo, hacer parecer que sus hombros tenían un metro
de ancho. A la derecha, su hijo, el joven rey Edward, había tratado de imitar esa
actitud en su retrato, y era algo terriblemente triste ver a ese muchachito
delgado y frágil tratando de llenar los zapatos grandes de su padre.

―Todo se ha caído en pedazos, tío Hal ―dijo―. Inglaterra se está ahogando en


el cieno que creaste... ―Si Henry no hubiera dejado al país en la miseria después
de construir el palacio, más otro palacio... Si Henry no le hubiera roto el corazón
y el espíritu a su hija...

Sostuvo la vela e iluminó el doble retrato de su madre y su padre. Ambos


vestían de terciopelo negro, cubierto de miles de perlas. Su madre tenía una
pequeña esfera en la mano, símbolo de su breve mandato como reina de
Francia. Él se rio entre dientes. Ella nunca dejaría que nadie lo olvidara en la
corte, pues siempre había sido conocida como "la reina francesa" mucho
después de que había sido olvidada por los mismos franceses. No había ningún
retrato de la siguiente esposa de su padre, Catherine Willoughby, y se preguntó
si le había molestado al no ser inmortalizada de esta manera como parte de la
familia. Al igual que el joven rey, ¿había luchado por tratar de llenar un par de
zapatos demasiado grandes para ella? Tan solo tenía catorce años cuando se
casó con su padre, pero había tratado de ser una buena duquesa, y ella había
tomado un fuerte interés en sus nuevos "hijos" y su educación.

Con la tenue iluminación de su vela encendida, podía ver más ancestros del
lado de su padre, que se extendían por todo el camino, de regreso a su tatara-
tatara-abuelo, John Brandon. Al otro lado de su madre, estaban los retratos de
los Beaufort, los Woodvilles y algunos de los Tudor, pero los Tudor eran una
familia galesa más advenediza, sin antepasados ilustres que fueran dignos o lo
suficientemente ricos como para ser inmortalizados en los retratos. Un día, se
dijo, su retrato y el de Bella serían colgados aquí, para ser admirados por sus
descendientes, así como ahora él estaba mirando a sus antepasados ya muertos,
pero no olvidados.

Bella le había dicho un par de veces que su sueño sería que ellos dos y sus hijos
vivieran en una casita junto al mar, sin deudas con nadie, solo responsables de
sí mismos. Sin embargo, esta sala demostraba que eso no sería posible. Él tenía
el deber de su linaje, tanto por sus antepasados, como por sus descendientes.
Era su responsabilidad el mantener el título y las propiedades que fueron suyas,
y dárselas a su hijo, incluso en mejores condiciones en que las había recibido.
Fue este el deber que se le había inculcado desde su nacimiento.

Continuó serpenteando su camino a través de la casa a oscuras, hasta que llegó


a su destino: la capilla. Se sorprendió al descubrir que estaba vacía; la hostia
expuesta en su cáliz de oro y custodiada en vidrio. No se suponía que la dejaran
sola. Metió los dedos en la fuente de agua bendita, ubicada en la parte posterior
de la capilla y se echó la cruz. Caminó por el pasillo hasta el banco de rodillas
delante del altar. Miró a la Eucaristía y pensó en cuántos habían muerto bajo lo
que llaman a ese pedazo de pan, y que ambos lados de las guerras sentían que la
sangre derramada en su nombre, agradaba a Dios. Tal vez estaba siendo
influenciado por las opiniones de Bella, pero él pensó que Dios estaría más
satisfecho por su pueblo que vive una buena vida a que muera por una doctrina.

Inclinó la cabeza y su mente luchaba para formar una oración adecuada, pero
las palabras no salían. Intentó un Ave María, pero se topó con un alto, cuando
otra preocupación cruzó por su camino mental. Entonces recordó lo que el
Padre Jasper ―no, ahora es simplemente "Jasper"― dijo una vez acerca de la
oración. "La verdadera oración no es una recitación formal. Cuando abres tu corazón a
Dios y hablas con él tal como me hablas, es cuando se oye la voz de tu corazón".

Eso es lo que Edward hizo. Abrió su mente y desaguó sus temores, su estrés,
sus inquietudes y preocupaciones. Esperaba que el Todopoderoso pudiera darle
sentido a sus pensamientos enredados, pero sobre todo, repitió una y otra vez:
"Por favor, no alejes a Bella de mí". Sentía que podía soportar cualquier cosa,
menos eso.

Oyó un sonido suave detrás de él y se volvió. El padre Jacob se quedó allí, con
la cara roja y la culpa escrita en su rostro. Había presenciado todo lo que había
estado haciendo, con la hostia, y estaba avergonzado por ello. Edward fingió no
darse cuenta. Nuevamente se echó la cruz y se puso de pie.

―Buenas noches, padre Jacob.

―Buenas noches, su gracia ―dijo el Padre Jacob―. Lamento haber perturbado


su oración.

―Ya la había hecho ―dijo Edward.

―Por favor, quédese un momento y hable conmigo ―dijo el padre Jacob.

Por una vez, a Edward no le importó. Tenía preguntas para el sacerdote. El


padre Jacob caminó con Edward hacia el banco de mármol ubicado entre las dos
tumbas de los padres de Edward y ambos se sentaron. El padre Jacob abrió la
boca para hablar, pero Edward lo interrumpió:

―Dígame, ¿por qué envió a Anne Askew a nuestro hogar cuando Kyme la echó
de casa?

―Pensaba que iba a ser desobediente y perjudicial para su hogar y así le


enseñaría una lección sobre los peligros de darle protección a esas personas
―dijo el padre Jacob―. Primero Ellen, luego la enfermera de Lady Jane, ¡a quien
le confió el cuidado de sus niños!, y después a la desagradable Kat Ashley,
ambas protestantes en secreto. ¡Estoy seguro de ello! En ese momento, no tenía
idea de qué tan profundo funcionaría la herejía de la señora Askew. Tanto
Kyme como yo, pensamos que estaba siendo desafiante, por lo que le aconsejé
que la echara de la casa en primer lugar.

Edward lo miró fijamente. ―La Iglesia, a través de usted, ¿le dijo que la echara
y ahora que la amenace con castigarla si no vuelve?

―Creíamos que la conmoción de ser echada de su casa sería suficiente para


llevarla a sus límites ―explicó el padre Jacob―. Pero ella es una mujer
obstinada y terca. Tenía la esperanza de que, cuando usted viera sus defectos,
los vería también en su propia esposa.

―Nunca he entendido por qué odia a Bella ―dijo Edward―. ¿Dónde está el
defecto en ella? Se comporta como una mujer cristiana debe. Ella es modesta,
obediente y católica en su fe.

El padre Jacob sacudió la cabeza con tristeza.

―Usted no lo ve. No hay nadie tan ciego como aquel que se niega a ver. La
situación con Kyme es un buen ejemplo. Usted lo despidió porque no le gustaba
la forma en que distribuía la limosna, y ahora que usted maneja los fondos que
deben ir a la iglesia, se van en su esposa. En su vanidad y arrogancia, ella piensa
que sabe más que los hombres sabios sobre dónde debe ser gastado el dinero.

―Si no está satisfecho con la suma del diezmo a la iglesia, no tienes más que
decirlo y lo aumentaré.

―Ese no es el problema ―insistió el padre Jacob―. Ella cree que es capaz de


ver quién es digno de ayuda.

―Ella es benéfica con todos los hombres de amor cristiano.

―"Y muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en
tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y
entonces les declararé: Nunca los conocí. Apartaos de mí, hacedores de maldad". No
todas las buenas obras glorifican a Dios, y no todos los que hacen esas obras son
verdaderos cristianos y ahora ella ha arrastrado a la vizcondesa en esto, ambas
andan corriendo por la ciudad, desfigurando la dignidad de sus títulos por
confraternizar con los plebeyos, dando apoyo a los pecadores y blasfemos.

Edward sacudió las manos. ―No hay nada que pueda decir para convencerlo,
¿no?

―No ―dijo el padre Jacob―. No cuando tengo experiencia personal con su


maldad.

Edward se sorprendió. ― ¿Qué quiere decir?

El padre Jacob tosió y murmuró algo en su puño. Edward cogió la palabra


"brujería" y su corazón dio un vuelco.

―Padre, le juro por mi alma eterna, que Bella no es ninguna bruja. Y si no cesa
la persecución infundada sobre ella, voy a reemplazarle como capellán.

El padre Jacob le puso una mano sobre la suya. ―Hijo, escúchame, por favor.
Esto solo sale de mi amor por ti, estas palabras que digo: temo por tu alma. Esa
mujer te tiene tan profundamente sumido en la maldad que ya no puedes ver la
luz.

Edward se levantó. ―Ya le he dicho...

―Te vi en el mar con ella ―dijo el padre Jacob.


Edward se sentó en el banquillo con dificultad, como si sus rodillas hubieran
perdido su fuerza. El padre Jacob sonrió, porque ahora tenía la atención del
duque.

―Yo no sé cómo lo indujo a hacer tal cosa pagana y malvada, pero lo vi con mis
propios ojos.

Edward solo podía mirar fijamente en la distancia, mientras su mente corría.


Podía oír la voz del padre Jacob todavía zumbando en la periferia de su mente,
pero él no le prestó atención. Trató de obligarse a calmarse. Necesitaba pensar
con claridad. Tenía que hacerlo.

Se puso nuevamente de pie. ―Usted no vio nada.

El padre Jacob lo miró boquiabierto. ―Su gracia, yo sé lo que...

Los ojos de Edward brillaban con malicia mortal. ―Usted. No. Vio. Nada. Se
equivoca. Nunca hablará de esto otra vez. ¿Entendió? No me gustaría tener que
quejarme con mi prima, la Reina, sobre sus conductas libertinas.

Había inventado la última parte, pero el padre Jacob palideció y se dobló


levemente, como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

― ¿Có-cómo sa-sabe...?

Edward hizo un gesto con la mano y trató de fingir que había esperado esta
reacción.

―No importa. Lo que importa es que nadie va a creer en las palabras de un


sacerdote que ha roto sus votos.

Se dio la vuelta y salió de la capilla, con el corazón aligerado ―un poco― de su


carga de miedo. Por la mañana, se pondría con Emmett en la tarea de encontrar
evidencias de mala conducta del padre Jacob. Edward imaginó que debía estar
teniendo una aventura con una mujer en el pueblo, y si eso era así, Emmett
debía ser capaz de olfatear el secreto. Dio gracias a Dios mientras caminaba de
vuelta a su habitación, Dios que lo había enviado la noche sin dormir y con la
idea de visitar la capilla. Edward iba a encontrar la pieza clave que podría ser la
salvación de todos ellos.

Llegó el otoño y nadie se dio cuenta de que el tiempo era el mismo, fresco,
sombrío y húmedo. El único cambio fue en el calendario. Los agricultores
recogían lo poco de los cultivos que se habían cosechado, lo que no se había
podrido en el suelo, y lo que apenas valía la pena el esfuerzo. Inglaterra dio un
estremecimiento colectivo y se preparó para otra era de invierno, con hambre y
enfermedad.

A pesar de que no podían saberlo, las malas cosechas fueron responsables de


muchas de las enfermedades contagiosas que los abatían. No había comida para
los bichos en el campo, por lo que acudieron en masa a las ciudades para
alimentarse de las sobras y desechos humanos que llenaban las calles. Fueron
sus pulgas las que propagaron la plaga. Y la gente debilitada por hambre, y
hacinada en viviendas atestadas de pobres, cayeron como moscas.

Los pocos afortunados que vivían en las tierras del Duque de Cullen, hicieron
una oración de acción de gracias, por no tener que ver a sus hijos morir de
hambre en el invierno. Edward había importado cargamentos de grano nuevo y
los graneros estaban llenos. Su pueblo era uno de los pocos pueblos en el reino
que tenían un festival de cosecha ese año, y más oraciones se hicieron por el
bienestar del Duque y la Duquesa, incluso para la mismísima Reina.

En la primera semana de Octubre, Edward recibió una carta mientras él y Bella


desayunaban en su dormitorio. Ella estaba alimentando a Ward con pedazos de
avena de la suya. El niño tenía un verdadero gusto por la avena, por lo que
Edward se había burlado de que debía haberlo heredado de su madre porque,
ciertamente, a nadie de su sangre noble le había gustado algo tan común.

―Es la esposa de mi padre ―dijo con sorpresa, después de que examinó la


impresión en el lacre. Él nunca se refirió a Catherine Willoughby como "madre".
Bella comprendió por qué: sería difícil de utilizar ese término con una mujer de
su misma edad, una niña que había esperado para casarse con su hermano.
Catherine se había vuelto a casar. Eso fue lo último que Edward había oído, y
un poco de un escándalo también, porque ella se había casado con uno de sus
propios servidores. Ella había tratado de que la reina Mary le concediera un
título, pero la Reina se había negado.

Ward volteó la cabeza y juguetonamente se negó a probar el siguiente bocado,


por lo que Bella le hizo cosquillas hasta que abrió la boca para chillar de la risa y
luego ella metió la cuchara dentro.

― ¿Por qué habría de escribir? ―Por lo que sabía Bella, nunca había recibido
una carta de ella antes.

Edward leyó en silencio por un momento y luego le dijo a Bella: ―Su capellán,
Hugh Latimer, fue arrestado el año pasado y está listo para ser ejecutado este
mes. Va a huir del continente. Probablemente ella teme que pueda retractarse en
el último momento y el diga aquello que él cree que hizo mal.

Otra hoguera. Bella perdió el apetito.

― ¡Pobre Latimer! No podía complacer a nadie ―dijo Edward, y arrojó la carta


sobre la mesa―. Se negó a aceptar algunas de las leyes religiosas del rey Henry,
por lo que fue encarcelado y luego liberado por su hijo después de la muerte de
Henry, y nuevamente echado a la cárcel por la reina Mary.

Era Bess quien aportó los datos en su próxima carta, escondiéndolos en un


pequeño cajón de manzanas. Bess les envió cartas amistosas, casuales con un
mensajero, pero sabía que cualquier carta enviada a través de las vías normales
sería interceptada y copiada para la Reina, por lo que esas cartas eran siempre
piadosas, agradables y sin complicaciones. Edward rara vez se molestó en leer.
Fueron las cartas que Bess había camuflado, las que contenían información
importante. Fueron sacadas de Hatfield a través de su red de espionaje y
entregadas al Duque en cajas o barriles, o dobladas dentro de cestas de ropa —
en una ocasión memorable, una carta se había metido en la boca de un pez—.
Después de que él las leía, Edward inmediatamente las quemaba. A pesar de
que no tenían asuntos traicioneros —Bess no era tan estúpida como para poner
algo peligroso por escrito—, el hecho de que estaba recibiendo misivas secretas
de la princesa sería suficiente para enfurecer a la Reina.

Bess escribió que Hugh Latimer había sido quemado junto con otro obispo
protestante, Nicholas Ridley. Ellos estaban encadenados a la hoguera, espalda
con espalda. "¡Tened ánimo, maestro Ridley!". Latimer fue citado por su frase.
"Jugar al hombre, que tendrá la luz del día de hoy como una vela, por la gracia de Dios e
Inglaterra, la confianza nunca se apagará." Latimer había muerto rápidamente,
debido a la bolsa de la pólvora atada alrededor de su cuello, pero el pobre
Ridley había sufrido horriblemente. Su malintencionado cuñado había apilado
leña en torno a él, quitándole el oxígeno al fuego y volviéndolo un fuego lento,
como de asar. Él había gritado y se retorcía cuando se consumían sus piernas,
pero su torso —y la bolsa de pólvora alrededor de su cuello— estaba sin tocar.
"¡No puedo arder! ¡Señor, ten misericordia de mí! Deja que el fuego venga a mí, ¡no
puedo quemarme!". Por último, uno de los guardias había arrojado su lanza en la
pila y la agitó para arriba y, por fin, las llamas se dispararon, altas y calientes.
Ridley, con entusiasmo, empujó su torso al incendio y sus sufrimientos se
terminaron con la pólvora.

Edward no le relató esta historia a Bella, que ya tenía demasiadas pesadillas con
las hogueras. Sin embargo, las dos últimas líneas de la carta le helaban la sangre.
Bella, que podía leer mejor que nadie, gritó:

― ¿Qué es, Edward? ¡Dime!

―Gardiner está enfermo ―se las arregló―. Muriendo, de acuerdo con Bess.

Bella puso una mano sobre su boca y sus ojos se encontraron con horror mudo.
Ward golpeó la cuchara en la mesa en demanda de más avena, pero sus padres
no lo notaron. Para Mary la muerte de Gardiner sería dura. Ella quiere a su
familia con ella en sus momentos de dolor. Su tiempo aquí, en las tierras Cullen,
está llegando a su fin.

Edward tiró la carta de Bess en la chimenea y los dos vieron cómo ennegrecía
en las llamas.
Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
- La recitación del padre Jacob viene de Mateo 7:22, de la Biblia Reina Valera,
una versión de la Biblia, una Biblia Católica en Inglés, publicada en 1582.

- Ridley pasó sus últimos minutos escribiendo una carta a la Reina. Cuando era
obispo de Londres, había dispuesto arrendatarios en algunas de sus
propiedades, que ya habían sido confiscadas. Pidió que a los inquilinos se les
permitiera quedarse o que su dinero fuera reembolsado de los bienes
decomisados de Ridley. Mary ignoró su súplica. Pero Elizabeth lo recordó, y
corrigió la injusticia durante su primer parlamento.

- Catherine Willoughby, la madrastra de Edward en esta historia, era una


ferviente protestante. Ella fue muy educada y muy rica. Apoyó a los editores de
la literatura protestante y era una amiga cercana de Katherine Parr, la última
esposa del rey Henry VIII. Ella fue la que cuidó al bebé de la reina después de
Katherine muriera. Existe una carta en la que le pide al rey, fondos para ayudar
a mantener al niño, pues la riqueza de Catherine no era suficiente. En el último
registro histórico de la vida del niño, por lo que se supone, murió alrededor de
los dos años.

- "No hay peor ciego..." Esta frase se le atribuye a John Heywood en su Diálogo
de los Proverbios, 1546, que inventó muchos de nuestros refranes, como "Roma
no se construyó en un día", y "A caballo regalado no se le mira el diente".
Capítulo 31

Traductora: Corina Figueroa (FFAD)


Beta: Lore Cullen (FFAD)

G ardiner murió a mediados de noviembre y el mensajero de la Reina llegó

poco tiempo después. La Reina, sin lugar a dudas, pidió regresar a la corte, en
una carta manchada de lágrimas. Mary quería a su familia con ella para
Navidad, pero se comprometió a que sería un momento triste. Bella gritó
cuando Edward se lo dijo.

Caminaron juntos por la playa y se sentaron en las rocas, cerca del lugar donde
Edward había encontrado por primera vez a Bella desnuda y tomando sol con
dos doncellas selkies. Se quedaron en silencio por un largo rato. Bella apoyó la
cabeza sobre el pecho de Edward, escuchando sus dos sonidos favoritos: las olas
agitadas y el fuerte ritmo de su corazón.

—Siento que nunca voy a ver al mar de nuevo —dijo pensativamente—. Esto se
siente como una despedida.

—Lo harás. Lo juro. —Un poco de viento se levantó revolviéndole el cabello y


provocándole piel de gallina. Recordó que uno no hace promesas a la ligera a las
hadas19. Y se acordó de otra promesa que le había hecho a ella hace dos años, se

19
Es una expresión que se refiere a que una promesa es firme y no existe traducción alguna al español
para ello.
desesperó al pensar en ello.

—¿Qué pasaría si nos negáramos a ir? —preguntó ella.

—Pregúntale a Bess —dijo con una risita—. Creo que estabas allí cuando ella
envió a los guardias armados para "acompañar" a la Princesa al palacio. Luego
Mary estaba dolida y cuando está dolida, se enoja. No iría bien para nosotros si
no estamos a su favor.

—¿Tú crees que está enojada con Phillip?

—Tal vez, pero no hay nada que pueda hacer, ella solo llora y reza. Está sola y
siente que no tiene aliados. Bess me comentó que el Consejo y el Parlamento
están en un alboroto y Mary no puede controlarlos. Presentó facturas de
proscripción contra los protestantes que huyeron del continente, ordenándoles
que regresaran o se apoderaría de sus bienes. Había tal disputa en las cámaras
que el señor Bridges, ¿lo recuerdas? ¿El de la Torre?, los bloqueó y se negó a
dejarlos salir hasta que hubieran votado.

—Mary debió haber estado enojada.

—Lo estaba. Encerró al señor Bridges durante una semana o más en su propia
torre, pero no había nada que pudiera hacer sobre las cuentas.

—Solía amar a Mary —susurró Bella—. Ella es una mujer que necesita amor,
tanto amor… Anne me contó una historia de la Biblia la semana pasada, sobre el
faraón y Moisés. Me dijo que Dios endureció el corazón del faraón, por lo que
no iba a dejar que los hebreos salieran de Egipto. Y yo sólo podía pensar en
Mary, ¿cómo fue que su corazón se endureció tanto? No la hubiera creído capaz
de esto, Edward.

—No lo sé —confesó Edward—. Yo no lo habría creído de ella, tampoco.

Emmett y Rosalie estaban viajando con ellos. Emmett había querido quedarse
atrás debido a que aún no había encontrado a la amante, o a alguna evidencia de
la vida de libertinaje que el padre Jacob le había admitido a Edward. Pero la
carta de la Reina lo había mencionado específicamente, así que no había manera
de evitarlo. Siguieron a Bella y a Edward en el whirlicote, que les dio a los niños
un poco de espacio para jugar e hizo el viaje más fácil para ellos.

Los carros y vagones estaban llenos de sus artículos para el hogar, y la caravana
hizo su camino hacia Londres, tan sombrío como un cortejo fúnebre. Bella
estaba en la litera contra el pecho de Edward y llorando en silencio, su espíritu
se hundía con cada milla. Se dio cuenta de que él estaba preocupado por ella,
pero no podía ocultar sus sentimientos de él. Se sentiría deshonesta.

Anne iba en el carro con los otros criados y felizmente predicó todo el camino a
Londres. Bella estaba segura de que había hecho algunos conversos, a juzgar por
las aturdidas y todavía excitadas expresiones de algunos de sus rostros, pero los
criados sabían ser discretos. Con tal de que fuera conformado, el Duque y la
Duquesa nunca hicieron indagaciones sobre su fe personal.

Llegaron para encontrar el palacio en un alboroto. De alguna manera, sus


habitaciones habían sido asignadas a un miembro de la familia Howard, el
hijastro del duque de Norfolk, que estaba indignado de ser puesto por debajo
del Duque y la Duquesa. Dos de las reinas de Enrique VIII habían sido de
Howards (aunque ambas fueron decapitadas), y por eso sentía que su familia (y
por lo tanto ellos mismos) debían prevalecer. La cuestión fue debatida por los
criados que vinieron a acomodar los apartamentos para el Duque y Duquesa
antes de su llegada; el mayordomo del palacio resolvió el asunto mediante la
asignación de los Duques a un apartamento que estaba reservado para el
séquito de Phillip (ya que no se esperaba que regrese antes de que el tribunal se
traslade a otro palacio). Esos apartamentos se consideran más prestigiosos, ya
que estaban más cerca de la Reina. El familiar de Howard se enfureció; lo habían
cambiado de habitación sin ser consultado y debería ser él quien se mudara a los
apartamentos cercanos a la Reina. Y así, Bella y Edward adquirieron un nuevo
enemigo sin siquiera saber que el incidente había ocurrido.

No sólo eso, sino una nueva conspiración había sido descubierta. Henry
Dudley, el hermano de Robert Dudley (el que le dio a Bella el "poema" para
llevar a Bess), había escapado de Inglaterra y ahora vivía en Francia, donde fue
a recaudar fondos para equipar un ejército e invadir Inglaterra, con la declarada
intención de hacer a la reina Mary lo que le había hecho a la reina Jane. Los
franceses, que esperaban que la reina entrara en la guerra contra ellos junto a su
marido, lo apoyaron abiertamente. Y, como se vio después, la conspiración
había sido bien conocida por muchos de sus concejales, algunos de los cuales
dieron su aprobación tácita y la financiación. Cada traidor descubierto llevó a
cinco más, había tantos de ellos que no podían castigar a todos, no habría un
gobierno de izquierda.

Como sus apartamentos no estaban listos, Bella y Edward enviaron a Rosalie y


Emmettt con los niños a la casa de Hampstead Heath y fueron directamente a la
cámara de la Reina, donde fue su corte en la cámara privada. La primera mirada
que Bella le dio a la Reina la hizo jadear y se alegró de ocultar su rostro con una
profunda reverencia. Mary se veía como si hubiese envejecido diez años desde
que Bella la había visto por última vez. Levantó a Bella con un beso en la frente.

—Primos, estoy tan alegre de verlos.

—Tanto como nosotros, Su Majestad —respondió Edward y volvió a inclinarse.

—Vamos —dijo Mary y los llevó a su dormitorio. Sus damas los siguieron. Bella
sonrió y saludó a Susan Clarencieux y Jane Dormer. Susan le devolvió el saludo,
pero Jane Dormer miró a Bella con abierta hostilidad. El corazón de Bella se
hundió. ¿Qué pasaba ahora? Trató de ordenar a través de sus recuerdos para
encontrar dónde había insultado a Jane o a cualquiera de sus amigos y no
encontró nada. Bella tomó una decisión para enfrentar a Jane en la próxima
oportunidad que tuviera. Ella no iba a jugar a estos juegos.

Mary les hizo un gesto a los asientos junto a la chimenea. Edward, siempre
galante, tomó la más cercana al fuego y movió la silla de Bella a unos pocos
centímetros, con el pretexto de sujetarla por ella.

—Se ven felices —comentó Mary con nostalgia.

—Lo estamos —dijo Edward, y tomó la mano de Bella por su cuenta—. Dios me
ha bendecido con una digna esposa y dos hijos sanos.
—Muy digna, de hecho… —Mary miró a Bella. Su visión parecía haber
empeorado también—. He oído hablar de sus obras de caridad.

Edward se puso rígido y se preparó para defenderla, pero Mary parecía


genuinamente interesada en ello. Bella charló un poco sobre lo que Rosalie y ella
habían hecho, la remodelación de la casa de los pobres y el empleo de los pobres
a trabajar en proyectos alrededor de las fincas.

—¿Tú sales con ellos? —preguntó Mary—. ¿Tú?

—Por supuesto.

Mary parpadeó y se echó hacia atrás en su silla.

—¿Y tú, Edward? Los cargamentos de grano que has adquirido no son a tu
beneficio.

—No —admitió Edward—, pero cuando la época de siembra comience la


próxima primavera, mis campesinos y obreros estarán sanos y fuertes para el
trabajo.

La Reina se rio entre dientes.

—Es posible que desees que pareciera que lo hiciste por practicidad, Edward,
pero yo sé que fue tu blando corazón. —Ella lo señaló con su dedo—. Te
conozco demasiado bien para que no me engañes nunca.

—Yo nunca lo intentaría —dijo Edward, con sinceridad.

La Reina lo entendió. Parpadeó rápidamente mientras las lágrimas le escocían


los ojos.

—Ustedes dos han sido mis amigos más leales —dijo ella, con voz baja y
ronca—. No me importa lo que digan de ustedes.

—¿Quién ha estado hablando a nuestro descrédito? —preguntó Edward.

Mary hizo un gesto con la mano.


—No importa, primo, no me presto a ninguna credibilidad. ¿Has oído hablar de
la última conspiración contra mí?

Edward no se permitió dudar.

—Algunas, prima, pero yo no le presto mucha atención a los rumores sobre


disturbios.

—Es Elizabeth. —Las lágrimas se derramaron por sus mejillas.

—Lo sé.

Bella se inclinó hacia adelante.

—Su majestad…

—¡No la defiendas! —gritó Mary con enojo y Bella retrocedió. La Reina suavizó
su tono un poco al ver el efecto que tuvo—. No te preocupes, Bella, no te culpo.
Tú eres confiada y ella es linda. Está siempre en el meollo de las cosas tejiendo
su tela como una araña. Ella me arrebatará la corona de mi propia cabeza
cortada. Oh, sí, es inteligente y cubre muy bien sus pistas, pero la verdad
siempre saldrá al final.

—Espero que sí —susurró Bella.

La Navidad en la corte era un asunto triste este año. Incluso las máscaras eran
solemnes. El pino, el acebo y la decoración de muérdago parecían débiles y
pálidos e incluso el tronco de Navidad parecía arder de mal humor. En
Hampstead Heath, Bella y Edward se aseguraron de que la Navidad fuera un
asunto alegre para los niños, con juegos y música (Rosalie fue talentosa con el
virginal) y dulces navideños. Bella estaba esperando con impaciencia el Año
Nuevo, porque le tenía un regalo a Edward el cual estaba emocionada por dar.

Esa mañana Bella despertó temprano a Edward y tiró de él. Este se tambaleó y
se quejó sobre lo temprano que era.

—Mira —dijo Bella señalando hacia la chimenea.


La expresión de su rostro hizo que todo valiera la pena. Miró el regalo, luego a
ella, y luego de nuevo a su regalo y una gran sonrisa estalló en su rostro.

Era un retrato de Bella y sus dos hijos. Bella sentada en una silla, vestida con un
traje de terciopelo rojo cubierto de bordados de tela de oro. Alrededor de su
cuello, había un collar de perlas con un gran colgante de oro con la letra "C" que
colgaba del centro. Elizabeth estaba a su lado y llevaba un vestido idéntico, tenía
los ojos bien abiertos y solemnes, de pie rígida en sus galas. En la mano de
Elizabeth había una rosa Tudor. Ward, estaba sentado en el regazo de Bella, y
clavado en el centro de su oscuro vestido de terciopelo rojo había un colgante de
oro con el escudo coronado con la corona ducal, la invención del artista para
mostrar el rango de las personas en el retrato Cullen.

Era una hermosa pintura hecha en el estilo de Hans Holebien por John Bettes, el
Viejo. Había captado la calidad cremosa, casi luminiscente de la piel de Bella
con el dulce toque de rubor a lo largo de la parte superior de los pómulos. Se
podía ver a simple vista que Ward era su hijo, ya que compartían los mismos
ojos oscuros y expresivos. Bella tenía una mano curvada alrededor de él, en un
gesto que parecía tanto de cuidado como de protección y la otra mano sobre el
hombro de la pequeña Elizabeth, como para atraerla más cerca para darle un
abrazo.

—¿Te gusta? —preguntó Bella en voz baja—. Yo no estoy segura acerca de la


forma en la que pintó a la pequeña Elizabeth. Creo que trató de hacer su mirada
como la mía.

Edward apenas podía hablar.

—Es… Es hermoso. —Alcanzó a decir—. Es exactamente lo que quería.

Esta era su memoria en un lienzo, pero también le dolía verlo, porque él sabía
que algún día iba a mirar con nostalgia y recuerdo a la sensación de esa piel, al
tacto de los labios de pétalo de color rosa. Y eso sería todo lo que él tendría.

—Su Majestad, una carta del Rey. —Jane Dormer llevó al mensajero, que se
inclinó y le tendió la carta sellada.
Bella odiaba escuchar esas palabras, porque siempre empezaba la misma serie
de eventos: Mary tomaría la carta con manos temblorosas y los ojos brillantes de
emoción. ¿Sería ésta la carta donde anunciaba que regresaba a Inglaterra? ¿Esta
sería aquella carta en la que escribió las palabras de amor que quería leer?

Sus ojos la escanearon con entusiasmo y luego su rostro cayó. En el lapso de


minutos se veía como si hubiera envejecido diez años. Sus manos cayeron con
holgura y la carta se precipitó al suelo como una hoja muerta. Luego la Reina
enterró su cara entre las manos y le pidió a sus damas que la dejaran. Esa fue la
señal para que Bella se pusiera de pie y llegara a su lado. Y tan pronto como se
cerró la puerta, Mary rompió en llanto. Bella la abrazó y meció como lo hacía
con los niños cuando tenían una pesadilla o se raspaban una rodilla después de
un tropiezo en el jardín. Deseó que se tratara de algo tan simple como con la
Reina, pero no había nada que pudiera hacer para mejorar esto.

Mary le escribe todas las noches. Bella siempre la veía en su escritorio con su
bata, vertiendo su corazón en esas cartas, rogándole que vuelva con ella.
Últimamente, con todos los disturbios, las palabras habían cogido un tono
desesperado.

Las respuestas infrecuentes de Phillip eran frescas, de negocios y cortas. Su


padre había renunciado debido a su mala salud y le habían dado el reino de los
Países Bajos. Una vez en Flanders, le escribió a Mary y le dijo que no podía salir
porque tenía que esperar a su investidura formal de la corona. Y que tenía que
viajar por todo el país para establecer su autoridad en el pueblo. Y entonces
tuvo que esperar a que su padre, que le estaba dando su herencia del reino de
España; pero sus manos estaban demasiado preocupadas por la gota20 para
firmar documentos de él en este momento. Y entonces tuvo que esperar a una
visita de Estado de los reyes de Bohemia.

Y así fue. Dio a entender firmemente que regresaría tan pronto como se le diera

20
La gota es una enfermedad producida por una acumulación de ácido úrico principalmente en
codos, rodillas y pies.
la fecha para la ceremonia de su coronación, para ser coronado como Rey de
Inglaterra, con toda la autoridad y los derechos que forman parte del título. A
pesar de que podría haber estado dispuesto, sólo para tenerlo de vuelta, el
Parlamento no consideraría votar a favor de darle el dinero para tal lujo para un
rey que era muy impopular. Con el fin de obtener aún un pequeño aumento de
los impuestos para cubrir los gastos básicos de la corona, había tenido que
prometer que no iba a dar el dinero a Phillip, y habían estado enojados cuando
Mary rápidamente había diezmado una sexta parte de los ingresos anuales del
gobierno para Roma. Solicitar un aumento de impuestos y luego regalar decenas
de miles de libras era indignante para muchos de los miembros del Parlamento,
y aproximadamente la mitad de ellos votó en contra. Algunos, que habían
expresado su descontento en voz alta, fueron arrojados de la Torre.

Bella sostuvo a Mary mientras ella lloraba otra vez, ella echó un vistazo a la
carta en el suelo. Una sola página, boca arriba. Phillip quería que le enviara el
resto de su comitiva española y muebles de la casa a los Países Bajos. Se
rumoreaba que Phillip estaba trabajando duro en el aprendizaje de la lengua de
los Países Bajos, durante su año de estancia en Inglaterra, no se había molestado
en aprender una palabra de inglés. Tampoco indicaba una breve visita, concluyó
rápidamente.

Y, según los rumores, él estaba viviendo una vida feliz en aquella región. Se
quedaba en las fiestas hasta altas horas de la noche, bebiendo, jugando y de
juerga. Dejaba las fiestas a las primeras horas de la mañana y se mostraba sin
previo aviso en una casa noble, despertando a los residentes y les demandaba
ser entretenido por ellos. No es sorprendente, su popularidad en los Países Bajos
no era mucho más alta que en Inglaterra.

El recado que Mary le envió en diciembre no hablaba del interés obvio de


Phillip hacia una dama de la corte, Madame Denali. Él no se molestó en
ocultarlo, pero el mensajero se apiadó de Mary y no dijo nada de él cuando
regresó a Inglaterra, aunque, por supuesto, los rumores la habían golpeado en
casa. Un rumor puede viajar dos veces en todo el mundo antes de que la verdad
pueda ponerse sus zapatos.
Mary se negó a creerlo, ya que ella se había negado a creer todos los otros
rumores. Ella inclinó la barbilla y fingió estar ciega y sorda, como una esposa
real debe hacerlo. Se movía por la corte con compostura serena. Pero, a solas con
Bella en su habitación, ella lloraba a su corazón roto.

—Tengo que esforzarme más. Tengo que esforzarme más para complacer a
Dios y a mi marido.

¿Por qué esas palabras le enviaban un escalofrío por la espalda a Bella?

El Arzobispo Cramner era el hombre que Mary culpó por la destrucción de


Inglaterra, por arruinar esa época dorada e ideal cuando sus padres habían
estado felizmente casados y ella había sido su querida princesa. Cramner había
sido reemplazado por el Cardenal Woolsey, quien había fracasado, después de
siete largos años, por llegar al rey su anulación de la madre de Mary, Catalina
de Aragón. Con Cramner (y un poco de ayuda de Anne Boleyn, que pasó a lo
largo de ciertas piezas de la literatura reformista), el Rey había decidido que
debía ser la cabeza de la iglesia Inglesa; el Arzobispo Cramner había concedido
al rey la anulación que se solicitó y se había diseñado la doctrina de la nueva
Iglesia de Inglaterra. Coronó a Anne Boleyn como reina, bautizó a su pequeña
hija, Elizabeth, y se quedó como uno de los padrinos de la princesa. Cuatro años
más tarde, se enteró de la última confesión de Anne Boleyn antes de ser
ejecutada, y proclamó su matrimonio con el Rey, nulo y sin efecto, haciendo que
automáticamente su ahijada, la princesa Elizabeth, fuera una bastarda.

Era su mano a la que el Rey Enrique VIII se había aferrado antes de morir y que
había sido él quien realizó los ritos funerarios para el hijo de Enrique, el Rey
Eduardo VI, a sólo unos pocos años en su reinado. Cuando Mary llegó al trono,
les aconsejó a otros reformadores huir de Inglaterra, mientras todavía había
tiempo, pero él se mantuvo. No pasó mucho tiempo antes de que Mary lo
enviara a la Torre, acusado de traición a la patria.

Cramner ya había tenido un juicio, pero Mary no le había devuelto


formalmente a Inglaterra la iglesia católica de la época, en realidad era un
cardenal después de todo, posición que se le fue dada por el Papa mismo. Para
satisfacer las legalidades, otro ensayo tuvo lugar en Roma, el uso de las
transcripciones de la primera prueba. Fue declarado culpable y despojado de su
arzobispado, antes de ser entregado a las autoridades civiles para llevar a cabo
la sentencia. Él observó a Latimer y Ridley quemándose desde un balcón en su
prisión.

Polo le ofreció misericordia, en caso de que se retractase. Él envió una larga


carta a Cramner, destacando sus delitos:

"Usted ha corrompido la Sagrada Escritura y se ha roto a través de la comunión


de los santos, y ahora tengo que decirle lo que debe hacer. Es decir, Cristo y la
iglesia le dice, a través de mí. (Si yo seguí mi propia inclinación y hablé en mi
nombre, yo diré algo totalmente diferente. para no hablar en lo absoluto.) …Va a
defender la Sagrada Escritura y va a contestarme. ¿Eres tan vanidoso, eres tan
tonto como para suponer que se le ha dejado a usted averiguar el significado de
las Sagradas Escrituras que han estado en manos de los padres de la Iglesia
durante tantos siglos?

»Separaste al rey de la mujer con la que había vivido durante veinte años, lo
separó de la iglesia, la madre común de los fieles, y desde ese día, en todo el
reino, la ley ha sido pisoteada, la gente ha sido molida con la tiranía, las iglesias
saqueadas, la nobleza asesinada uno con el otro… y todo para su propio
beneficio que negaban la presencia de su Señor, y se rebelaron contra su siervo
el Papa. Puede usted ver sus crímenes. Puede usted sentir la grandeza de
necesidad de la misericordia ahora, incluso, por mi boca Cristo le ofrece la
misericordia, y con la esperanza apasionada que me veo obligado a sentir por su
salvación, espero su respuesta a la llamada de su Señor ".

Cramner aceptó la misericordia. Se retractó. Seis documentos que


comparecieron ante él, y seis documentos que firmó. Él confesó que había
pecado contra el rey Enrique y su esposa legítima, Catalina de Aragón. Había
provocado la anulación de la herejía, el pecado y el crimen en contra de Dios y
había surgido en la forma de la nueva iglesia Inglesa. Admitió que era un
blasfemo, un perseguidor de los justos, y que había abierto la caja de Pandora de
las falsas doctrinas que barren todo el país, algunos de los cuales él mismo se
había extendido, enseñado, predicado y escrito. Había pecado contra la vida con
falsas doctrinas, y que había pecado contra los justos y muertos, poniendo fin a
las masas que una vez fueron dichas por sus almas.

Se había entregado y retractado, pero llegó sin perdón. Pasó un mes sin
palabras, día tras día, arrastrado por donde ningún mensajero llegó, y luego el
día de su ejecución amaneció lluvioso y frío. Cramner fue llevado afuera ante la
gran multitud que se había reunido. Se puso de pie, temblando con sólo su
camisa, con las piernas desnudas en un pequeño escenario delante de ellos. La
gente no sabía qué esperar. La mayoría pensaba que Cramner repitiera su
retractación ante ellos y aceptara el perdón de la Reina. (Algunos se
preguntaban dónde estaba la caja que contenía el pergamino del perdón.
Siempre había una caja que estaba situada en algún lugar cercano, en lugares
bien visibles para el acusado y al público para que pudiesen ver, pero no estaba
a la vista.) El fuego se había elevado y había un montón de madera alrededor
(tal vez sólo para el efecto dramático, decían algunos, sintiéndose un poco más
incómodos.)

El rector de Eton, el maestro Cole, había sido elegido para pronunciar el


sermón. "Mis amigos, vengo ante ustedes hoy, en primer lugar para explicar por
qué este hombre, el ex arzobispo Cramner, será ejecutado…"

Un murmullo de desaprobación y la confusión se extendió entre la multitud.


Esto no estaba bien, algunos susurraron. ¡Había retracto! ¡Había retracto! ¡Por la
ley de la Iglesia, los que se retractaban tendrían sus vidas a salvo! Incluso entre
ellos estaban algunos que habían odiado a Cramner por la destrucción de las
abadías y las reliquias quedaron sorprendidas y preocupadas.

Cole era un excelente orador. El público se quedó sorprendido de sus palabras.


La primera razón por la que Cramner no se salvaría, explicó, era la enormidad
de su crimen. Todas las turbulencias de las últimas dos décadas habían sido su
culpa. Había engañado al Rey para dejar de lado a su legítima esposa. (No fue
culpa del Rey, Cole se apresuró a añadir, pues había sido corrompido por
hombres malvados.) Sin ayuda de nadie, este hombre había alterado la faz de la
Iglesia Inglesa. Era él quien había creado las doctrinas blasfemas, y él se había
quedado terco en su herejía: lo defendió, escribió sobre él, y predicó todo el
camino hasta la última hora en que se retractó.

También hubo otras razones, dijo Cole, razones particulares, que el público no
sabía y no necesitaba saber, pero el nombre de Katherine de Aragón fue
mencionado, y era evidente que esas "razones privadas" tuvieron mucho que
ver con la arraigada rabia amarga de Mary sobre su madre a quien echaron a un
lado, y la propia humillación de Mary después de la mano de su padre.

Por último, señaló Cole, muchos católicos dignos habían sido ejecutados:
Thomas Moore, el Obispo Fisher y otros… La muerte de Cramner equilibraría la
balanza.

Cole fluyó en el sermón tradicional y advirtió a la audiencia a prestar atención a


su ejemplo, un hombre que fue poderoso está ahora abatido porque niega la
verdadera fe. La audiencia murmuraba entre ellos, susurraban, las cabezas
volteaban, los pies estaban inquietos. Cole sabía que estaba perdiéndolos a ellos
y temía por su carrera si permitía que el público se convirtiera en una multitud.
Se volvió hacia Cramner y se dirigió a él en la siguiente parte, en la que
Cramner debía alegrarse, porque Dios se lo había llevado a casa y tomaría el
consuelo de las Sagradas Escrituras del ladrón al lado de Jesús en la cruz, a
quien Jesús dijo: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

A Cramner le habían dicho que tendría la "oportunidad" de hacer su


retractación ante un público en un servicio de la iglesia y él ya había escrito el
discurso y lo presentó para su aprobación. Ahora se le dio a él y a la tribuna una
copia del mismo a leer a la audiencia. Empezó a leer el texto, ya que se había
preparado, con una oración por la salud y la fertilidad de la Reina y el Rey, con
exhortaciones a la multitud para evitar el pecado y que nos amemos unos a
otros como hermanos y hermanas, pero luego se desvió de su curso y dijo: que
el pecado que le preocupaba más eran las retractaciones que él había firmado.

Un grito de asombro recorrió la multitud.

Anunció que los libros que habían escrito, los sagrados escritos que ahora se
suponía que lo condenaban, figuraban su verdadera opinión sobre los
sacramentos. Él levantó la mano y dijo que esa era la parte con la que él había
pecado y que sería quemada primero. Luego llamó al Papa el anticristo y se tiró
desde la tribuna antes de poder continuar.

Y así fue quemado, y mantuvo su palabra metiendo la mano en el fuego antes


de que el resto de su cuerpo se encendiera.

Mary tomó la noticia de su retractación de último minuto como prueba de que


su quema era lo correcto a hacer. Después de todo, el hombre demostró que era
un hereje y que él realmente no se había retractado. Pero para Bella, se rompió el
último hilo de afecto que tenía para la Reina. Ella miró a Mary con horror y tuvo
que luchar para mantener su garganta firme.

Esa noche, ella estaba en los brazos de Edward y lloró. Estaban atrapados ahí
con un monstruo, una hipócrita que cambió la ley en lo que le convenía, y nadie
estaba a salvo.

Nadie.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
-En realidad, fue Sir Anthony Kingston quien obligó a la votación, pero yo lo he
combinado con Sir Brigdges en esta historia para reducir la confusión.

- "Lindo" significaba originalmente perspicaz o inteligente. Es probablemente


una contracción de "Astuto".

-Bonner publicó una Confesión escrita por Cranmer, junto con las otras
retractaciones, como si se tratara de un relato verdadero de lo que dijo Cramer
en su ejecución.

- "Madame Denali" …El nombre de la mujer era en realidad "Madame d'Aler".


No me pude resistir.
Capítulo 32

Traductora: Carla Liñán Cañamar (FFAD)


Beta: Marta Salazar (FFAD)

—¿ C ómo me veo? —Mary Tudor, Reina de Inglaterra, dio un giro alrededor

para mostrar su sencillo vestido de lana color rojizo. El dobladillo de la falda se


arremolinaba hacia arriba, y la ilusión de un plebeyo echaba a perder el encaje,
las enaguas bordadas de abajo, y los finos y delicados zapatos que traía.

Bella le sonrió. —Te ves adorable. —Y lo hacía, de hecho. La simpleza y el color


del vestido encajaban con la forma y complexión de Mary. Se veía casi bonita sin
los colores llamativos y las libras de joyería que normalmente usaba.

Jane Dormer le hizo un gesto a Bella. No estaba feliz con los planes de Mary
para ese día y no se molestaba en ocultarlo. Ella también vestía con sencillez,
usando un vestido simple color azul, con sus incontrolables rizos castaños y
ensortijados queriendo escaparse bajo su gorro.

Desde su regreso a la corte, Bella y Rosalie habían tomado la pequeña villa en


Hampstead Heat bajo su tutela. Eso no era parte del ducado de Edward, y esa
no era su gente; pero Rosalie se había vuelto adicta a la pequeña alegría que
obtenía por ayudar a otros y, de pronto, Bella se había unido a ella en su
incursión al pequeño pueblo.

La palabra había llegado hasta la Reina, por supuesto, y ella convocó a Bella y a
Rosalie esa tarde. Se contemplaron mutuamente con un silencioso terror cuando
llegó el mensajero; ninguna de ellas había esperado ir a la corte ese día a esperar
a la Reina, y la exigencia en su aspecto no presagiaba nada bueno. Bella besó a
los niños (Edward estaba fuera ese día comprando un caballo nuevo) y se
preparó. Pensó en Bess y el coraje que había mostrado cuando la habían llamado
ante la Reina y trató de imitarla, al menos por fuera. Por dentro, temblaba y se
estremecía, tratando de ocultarlo. No fue criada para la intriga y la política.

Pero lo que Mary quería era ir con ellas al pueblo. Bella pensó que Rosalie iba a
desmayarse por el subidón de alivio cuando la Reina explicó por qué había
enviado por ellas. Mary había tomado un vestido de una de sus criadas y colocó
su cabello en un gorro liso de lino. Observó a Bella y a Rosalie de manera crítica.
—¿Eso es lo que usas?

Bella portaba un vestido de terciopelo negro, adornado con perlas. Era un


atuendo "sencillo" para ella. Ella y Rosalie nunca se habían limitado a
disfrazarse, como la Reina lo estaba haciendo.

—Ah, las cosas que hay que hacer. —Suspiró la Reina—. Vayámonos entonces.

Tomaron el carro de la Reina para ir a casa de Bella y Edward. La Reina insistió


en caminar a partir de ahí, lo que sorprendió a Bella. Nunca había visto caminar
a la Reina más allá de su habitación privada a su capilla. Pero Mary parecía
disfrutarlo. Incluso se detuvo a recoger algunas flores silvestres. Detrás de ellas,
caminaba un puñado de corpulentos guardias con atuendos del palacio,
tratando de pasar desapercibidos, pero fallando miserablemente.

En la plaza del pueblo, un pequeño grupo de niños estaban jugando, arrojando


una pelota hecha de restos de cuero. Aterrizó en el piso, a los pies de Mary, y
uno de los niños corrió por ella. Patinó hasta detenerse frente a ella. —Perdone,
señora.

Mary alzó su falda un par de pulgadas y pateó la bola. Soltó una pequeña risita
mientras lo hacía. El niño le sonrió y se fue tras ella.

Continuaron con su camino y Mary se detuvo en la villa, donde una mujer


estaba luchando por levantar un cubo con la percha que traía en sus hombros.

—Déjeme ayudarle —dijo Mary—. ¡Dios mío, esto está pesado!


—Es usted muy amable, señora —le dijo la mujer.

—Rosalie, toma ese otro cubo —indicó la Reina—. Bella, lleva su canasto. Ahora
dígame, buena mujer, ¿cómo esperaba llevar todo esto a casa?

—Pensé que podía volver por el resto, pero gracias por ahorrarme el esfuerzo.

Siguieron a la mujer hasta las afueras del pueblo, donde estaba una pequeña
cabaña. Bella escuchó que Rosalie aguantaba la respiración, pero cuando Bella le
lanzó una mirada, cuestionándole, ella evitó su rostro. Se veía ligeramente
enferma, su rostro pálido y sus manos temblaban mientras sujetaba la canasta.

Un grupo de niños pequeños trabajaba alrededor de la casa. La mujer tenía


camas de hierbas por toda la propiedad, justo encima de la casa, y un jardín con
vegetales del otro lado. Tres de los niños estaban trabajando, recolectando la
cosecha y aplastando insectos entre sus dedos. Otro chiquillo, un niño, estaba
usando un gran mortero y un majadero para moler granos o nueces. Siguieron a
la mujer hasta la casa y encontraron a dos niñas trabajando, una revolviendo en
una olla sobre el fuego, y la otra estaba moliendo plantas en un pequeño
mortero de madera.

La cabaña en sí era agradable. Los montones de hierbas secas sobre las vigas le
daban un toque dulce al aire. Era una casa pequeña, sin ventanas y oscura, pero
bien conservada. Un bebé estaba colgando de un bulto, completamente
dormido.

—¿Todos estos son tuyos? —preguntó Mary, viendo a los niños a su alrededor.

—Así es, señora. Tengo seis vivos y he enterrado a dos.

—¿Dónde está tu esposo?

—Ya no está, me atrevo a decir. Murió de una apoplejía, un día en los campos
poco después de que naciera este. —Asintió hacia el infante durmiente. Bella
ansiaba poder bajar al bebé y liberar sus pequeños brazos y piernas.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Mary. Tomó asiento en la mesa, frente a la


niña que trabajaba con el mortero. Rosalie y Bella tomaron asiento en la enorme
cama contra la pared opuesta. Bella esperaba sinceramente que no tuviera
bichos.

La mujer lo meditó. —Cuarenta o algo así, debo contar. Tal vez un poco más,
pero no estoy segura.

—Y acabas de tener un bebé… —dijo Mary suavemente. El anhelo era evidente


en su voz.

—Así es. Se llama Mary, por la Reina, la pobre muchachita.

La mirada de Mary se agudizó. —¿Te refieres a la Reina? ¿Por qué la llamas una
"pobre muchachita"?

La mujer chasqueó la lengua. —Dios, quería que se hubiera casado con un


hombre inglés, quien la tratara bien. Pero ella tenía su corazón puesto en el
español, la familia de su madre, y mire cómo terminó eso.

—Cuide su lengua —dijo Jane—. No debería hablar tan confiadamente de la


Reina.

—Supongo que no, pero todos nosotros lloramos por la Reina. Yo lo dije antes
de que se casaran, que él no la respetaría. Y ahora ellos dicen que él mantiene
abiertamente a una puta, a Madame Denali, dos veces condenada adúltera por
traicionar a su propio esposo con el Rey.

—Uno no puede confiar en un rumor —dijo Mary con firmeza.

—Así es, pero nadie puede afirmar que tener a los españoles en nuestra costa ha
sido para nuestro beneficio. No ha causado más que discordias.

Jane Dormer hizo un pequeño sonido de protesta. Estaba enamorada de un


duque español y quería casarse con él, pero la Reina no lo permitiría (decía que
ningún hombre era suficientemente bueno para Jane).

—No es la sangre española lo que debe valorar la Reina, sino la inglesa. Nuestra
Bess es puramente inglesa, gracias a Dios.
El rostro de Mary se contrajo, pero no reprendió a la mujer como temía Isabella.
Cambió de tema. —¿Cómo te las arreglas sin un marido?

—Las muestras que vendo nos traen el pan —contestó la mujer—. Dios provee.
—Observó por un buen momento a Rosalie, quien mantuvo su rostro alejado y
permaneció en silencio por toda la visita—. Me parece familiar, señora —dijo la
mujer—. ¿Nos hemos conocido?

—No lo creo —dijo Rosalie, y su voz era más profunda de lo normal.

—Uhm… Podría jurar…

Mary se puso de pie y sus damas se levantaron también. Miró los vestidos
parchados de las niñas y sus pies descalzos y tomó de su bolso su monedero,
juntando algunas monedas en la mano. —Esto ayudará por un tiempo. Si desea
enviar a los muchachos a la escuela, pagaré su educación, o si prefiere que les
encuentre aprendizaje, lo haré también.

La mujer estaba sorprendida. —Señora, no sé cómo agradecerle.

Mary sonrió. —La expresión en su rostro es suficiente. Jane, escribe sus


nombres por mí. —Se encaminó hacia la puerta de la cabaña.

—Señora, por favor, ¿podría decirme su nombre para que pueda rezar por
usted?

La Reina se detuvo en el umbral. —Mi nombre es Mary —dijo. Y salió después


de eso.

Bella y Rosalie simplemente siguieron a Mary mientras viajaba de casa en casa,


hablando con todos a los que se encontraba. Cerca del límite del pueblo, conoció
a un minero que cargaba una bolsa con carbón sobre sus hombros.

—Una carga pesada —recalcó Mary—. Debería tener un vagón para este
trabajo.

—Lo tuve una vez —contestó el minero—. Me lo quitaron unos hombres de la


Reina, cuando movieron la corte. Me dijeron que debía pagar por él, pero nunca
me fue posible hacerlo.

Mary le lanzó una mirada penetrante. —¿Es verdad lo que me estás diciendo?

—Sí, le juro que lo es.

Mary parpadeó rápidamente. —¿Sabes de otras personas que han sido


maltratadas por la corte de la Reina?

—Casi todos los granjeros —respondió el minero—. Maldicen a los oficiales de


la corte en la taberna, cuando están entrados en copas. Sí, llegan como langostas,
aprovechando de los pollos, granos y ganado; y cuando tienen que pagar, es
muy poco para reemplazar lo que tomaron. Algunos de ellos han tenido que
esconder sus bienes cuando ven que viene la corte.

—¿Jane, estás tomando nota de esto? —ordenó Mary.

Jane sacó las hojas del escritorio pequeño y portátil que cargaba y empezó a
escribir las quejas del minero. Mary preguntó por los nombres y hubo unos
cuantos que recordó el minero, pero le dijo que fuera a la taberna y que
escucharía muchos más. Mary le dio un puñado de monedas y fueron a la
taberna, los guardias las siguieron en silencio y se pararon en la puerta.

La Reina de Inglaterra entró a la taberna y observó a su alrededor con


curiosidad. Nunca había estado en un lugar así. El techo era bajo y no había
ventanas que dejaran entrar algo de luz. La única iluminación venía de las velas
que estaban en las mesas. El lugar apestaba a humo de leña, cerveza amarga y
cuerpos sin lavar. La Reina fue directo hacia el grupo más numeroso de
hombres, y se sentó a platicar con ellos. Jane Dormer se quedó de pie junto a
ella, con su escritorio recargado en la mesa, y haciendo notas conforme
ordenaba Mary. Los hombres se miraban unos a otros, pero exhibieron sus
quejas. Lord Rochester era un nombre que salía frecuentemente como "la cabeza
de los ladrones". Era el interventor de su casa, a cargo de la seguridad de las
provisiones que se necesitaban en la corte.

Bella y Rosalie se sentaron del otro lado del lugar, mientras Mary hablaba con
ellos. Bella aceptó un tarro de cerveza, pero toda la comida tenía carne, además
del pan con mantequilla que compartía con Rosalie. Rosalie tenía un pastel de
carne, el cual decía que estaba delicioso.

—Creo que esta es la primera vez que ha hablado con su gente —dijo Bella
suavemente, mientras veía al cantinero llevarle a Mary un tarro de cerveza y
Mary bebía alegremente de él—. También creo que probablemente es la primera
vez que ha bebido de un tarro de madera.

—Muchas primeras veces —dijo Rosalie—. Oh, Bella, espero que haga esto más
a menudo. Piensa en todo el bien que vendrá con esto.

—Espera a que alguien menosprecie a la Iglesia en su presencia —respondió


con voz sombría. Ya no veía a Mary con la misma luz. Antes, Mary había sido
una mujer herida, buscando desesperadamente el amor, tal vez erróneamente,
pero bien intencionada. Ahora, ella veía un monstruo con rostro de mujer, una
criatura sin honor o lealtad. El Guernesey quemándose debió decírselo, pensó
Bella. Debió haber sabido entonces con lo que estaba lidiando. Si hubiera tenido
su piel, hubiera ido con la Bruja de Mar para que le pusiera un hechizo a la
Reina.

Estaba casi oscuro cuando Mary finalmente estuvo lista para ir a casa. El
carruaje real había sido llevado hasta la villa para recogerlas (todas estaban
demasiado cansadas para caminar), y fue entonces cuando la mayoría de la
gente se dio cuenta de quién había sido la visitante.

El carruaje se detuvo en la casa de Bella y Edward para dejar a Bella y a Rosalie.


Mientras bajaban, Bella vio a Edward en el umbral, observándolas. Su rostro
estaba blanco y se sujetaba del marco de la puerta como si lo necesitara de
soporte. Se inclinó educadamente ante la Reina, pero mantuvo su firme agarre
en él.

Tan pronto como entraron a la casa, Edward tomó a Bella en un abrazo feroz.
Plantó besos por todo su rostro mientras hablaba, puntualizando cada palabra.
—Oh, Bella, gracias a Dios —susurró—. Gracias a Dios. Pensé que se las habían
llevado también… Gloria a Dios de que estás a salvo.
—¿Qué pasó? —chilló.

—Anne fue arrestada otra vez —dijo Edward—. Fue llevada durante la reunión
de la escuela de Biblia. Y Emmett…

La voz de Rosalie era bajita. —¿Emmett?

Edward cerró los ojos. —También se llevaron a Emmett.

Rosalie se sacudió. —No.

—Lo siento, en verdad que sí. —Edward soltó una maldición—. Se lo dije. Ese
maldito tonto.

Rosalie se tambaleó hacia las escaleras y mantuvo su mano en alto frente a ella,
como una mujer ciega. Encontró el poste de la escalera y lo usó de soporte antes
de hundirse. —No puede ser. No puede.

—¿A dónde se los llevaron? —preguntó Bella.

—Ambos son de sangre noble. Fueron llevados a la Torre.

—Tenemos que ir a Londres —dijo Bella—. Podemos rentar una pensión cerca
de ahí. Va a necesitar nuestra ayuda, Edward. Anne también.

La voz de Edward fue gentil, pero firme: —Bella, tienes que aceptarlo: no hay
esperanza para Anne. Tal vez sea capaz de sacar a Emmett de esto, pero ella no
se rendirá. Sabes que no lo hará.

Bella se encogió. —Pero, ella va a… —No pudo ni decir la palabra.

Besó su frente y recargó su mejilla en la parte superior de su cabeza. Su agarre


se apretó, como si sintiera que podría ser arrancada de sus brazos en cualquier
momento. —Lo hará, Bella. Que Dios la ayude, pero creo que es lo que ella
quiere.

Era la mitad de la noche, pero la casa en Hampstead Heat estaba radiante con
luz y movimiento por la frenética actividad. Los sirvientes estaban empacando
para el Duque y la Duquesa, la cantidad mínima de pertenencias, instruyó el
Duque. Guardaron aquellas que eran invaluables y que no llevarían con ellos, y
cubrieron con sábanas los muebles que dejaban atrás.

Bella levantó a Ward y lo enrolló en una sábana. El aire de la noche estaba lleno
de malignos vapores malsanos, según le dijeron, peligrosos para los humanos
frágiles como su hijo. Lo llevó hasta el carruaje. Edward la siguió con la pequeña
Elizabeth en un brazo y Margaret en el otro. La pequeña Elizabeth talló sus ojos
y se quejó por haber sido despertada, pero su padre no respondió. Rosalie los
siguió, tan pálida como un fantasma.

Subieron al carruaje y Edward golpeó la ventana para hacerle saber al chofer


que estaban listos para partir. Bella se recargó en los brazos de Edward y apretó
a sus hijos. Partían a lo desconocido, probablemente arriesgando sus propias
vidas, y el futuro de sus hijos sería un cargo para ellos mismos y el de su puesto
bajo extinción.

La pequeña Elizabeth se acurrucó con Margaret. Sea cual sea el futuro que les
deparara, Bella esperaba que fueran capaces de permanecer juntas. Tuvo una
horrible visión de sus hijos, siendo dispersos a parientes lejanos quienes les
tendrían rencor por la carga del costo de mantenerlos en el estilo de vida que
requiere su linaje.

¿Deberían hacer esto? ¿Deberían arriesgar todo por Emmett? Sabía que Emmett
ordenaría que se salvaran a sí mismos y lo dejaran frente a su destino, pero,
¿cómo podían hacer eso? La maldad había venido a su puerta y arrebató a uno
de los suyos. ¿Deberían de acobardarse y dejar que el mal consiga lo suyo, de
llevarse a los de su familia sin luchar?

Alzó su cabeza para ver a Edward y él se inclinó para besarla suavemente.


Estaba tan asustada. Tan horriblemente asustada. Y no había nadie que pudiera
ayudarles, ningún arma segura contra esta maldad.

Uno de los amigos de Edward tenía una casa disponible cerca de la Torre Hill y
Edward le envió una nota a través de su escolta para preguntarle si podían
rentarla por una cantidad de tiempo indefinida. La respuesta del consentimiento
llegó para el momento en que se acercaron a la casa y el mensajero llevaba una
llave.

Bella eligió una habitación pequeña en la parte de arriba para los niños y los
sirvientes hicieron las camas para ellos. Le dio un beso a cada uno y arropó las
sábanas a su alrededor. —Volveré rápidamente —dijo.

—Madre, ¿qué va mal? —preguntó la pequeña Elizabeth.

Bella no quería que los niños supieran. No quería causar ninguna otra pesadilla
o dejar que los pequeños se enteraran de que su mundo no era tan seguro como
lo imaginaban. —Tu padre y yo vamos a visitar a un amigo —dijo—. Ya
duérmete, muñequita. —Elizabeth bostezó y abrazó a Margaret contra su pecho.
Bella salió de la alcoba y se detuvo para darles una última mirada antes de
cerrar la puerta.

Abajo, los sirvientes trabajaban duro, colocando los muebles y haciendo que la
casa luciera familiar con sus propios muebles. Bella les sonrió, impresionada por
sus esfuerzos. Tenía que decirle a Edward que les diera un bono.

Edward estaba esperando en el vestíbulo cuando ella bajó por las escaleras.
Tomó sus manos y las besó. —Mi amada esposa —dijo suavemente—. Debería
tratar de decirte más a menudo lo que significas para mí. Eres mi mundo, Bella.
Eres mi todo. Y te amo más de lo que creí posible.

Puso sus brazos alrededor de su cuello. —Esto no es una despedida —le dijo.

—Lo sé, pero solo en caso de que…

Caminó con él hacia afuera, donde esperaba el carruaje. Rosalie seguía adentro.
No se permitió tan siquiera conocer el interior de la casa. Estaba demasiado
impaciente por traer a Emmett como para eso. No habló durante el viaje
completo, salvo algunas ocasiones, sus ojos estaban cerrados y sus labios se
movían como si estuviera rezando.

El carruaje hizo su camino por las calles, mientras el sol se asomaba por el
horizonte. Londres se estaba despertando. Los orinales eran descargados por las
ventanas, los educados gritaban "¡Gardyloo!" antes de arrojar los contenidos.
Los trabajadores y aprendices se deslizaban por las calles hacia sus empleos y
establos, las tiendas empezaban a poner sus mercancías; las prostitutas volvían a
sus pensiones, concluyendo sus horas de trabajo. Mientras se aproximaban a la
Torre, Bella pudo ver a la gente en las orillas del río, buscando algo de valor
entre el barro.

Mientras se acercaban a la Torre, Bella vio emerger a una figura familiar. —¡Sir
Bridges! —chilló.

—¿Bella? —Sir Bridges estaba sorprendido que todos los títulos y cortesías
pasaron de largo por su cabeza—. ¿De dónde vienes?

—Hemos venido a visitar a mi hermano —dijo Edward.

Sir Bridges sacudió su cabeza. —¿No han estado en el palacio esta tarde?

—No.

—¿Pueden llevarme a ver a la Reina?

—Supongo —dijo Bella—. Pero, ¿por qué?

—Debo ver a la Reina —insistió Sir Bridges—. Por favor, los llevaré a ver al
Vizconde tan pronto como regresemos, pero debo ver a la Reina.

Bella hizo un gesto hacia el carruaje. —Entra.

Lo hizo y Edward ordenó al chofer que los llevara al palacio tan rápido como
fuera posible. —Ahora —dijo, en lo que Bella pensaba que era su "Voz de
Duque", una voz de autoridad, una voz que debía ser obedecida—. Dime qué es
lo importante.

—Su Alteza, apenas sé qué decir. Estoy…

—Empieza por el principio —ordenó Edward.

Bridges cerró los ojos. —Trajeron a la señora Askew con su hermano, pero
mientras a él lo enviaban a las habitaciones cómodas, a Anne la llevaron al… —
Se detuvo y sobó sus sienes—. El obispo Bonner y el cardenal Pole vinieron. Me
ordenaron que la pusiera en el potro, Su Alteza.

Bella recordó con enfermiza claridad cuando Edward le dijo a Emmett que
cambiarían la ley para permitir que torturaran a los de sangre noble. Hasta
donde sabía, la ley no había cambiado, pero Anne había sido torturada de todas
formas.

—La colgué una vez, pero cuando se desmayó, me detuve. No podía hacerlo.
No podía torturar a una mujer y una de sangre noble como ella. Les dije que eso
estaba mal y que no lo haría nunca más, así que Bonner se quitó su túnica y lo
hizo él mismo. Tengo que llegar con la Reina. Ella detendrá esto. Sé que lo hará.

—¿Por qué? —gimió Bella—. ¿Por qué están lastimándola?

Bridge se encontró con sus ojos. —Quieren que nombre a sus seguidores, Su
Alteza. A los creyentes que siguen a los nobles. Tratan de hacer que admita que
usted es de sus seguidores.

—¿Yo? —dijo Bella débilmente.

—Sí, Bonner y Pole están convencidos de que usted es una profana secreta.

Bella soltó un suave sonido, casi como un gimoteo y enterró su rostro en el


cuello de Edward.

—No tienen suficiente para acusarle —siguió Bridges—. Esa es la razón por la
que esperan que ella la acuse. Gardiner está tratando de construir un caso contra
usted, desde que se volvió una de las damas de compañía de la Reina. Uno de
los curas de su parroquia es amigo suyo e hizo… acusaciones.

—El padre Jacob —dijo Edward. Se sintió enfermo, enfermo hasta el alma.
Había sabido que no le agradaba al padre Jacob, pero nunca imaginó que
llegaría tan lejos como para tratar de matarla.

—Sir Bridges, ¿por qué no me dijo esto antes? —preguntó Bella.

—Porque no estaba seguro de si era culpable —dijo—. Puede que sea una
profana. Pero los he visto ahí, tratando de que la señora Askew diga su nombre,
sin importar de que sea verdad o no, y sé que no están buscando deshacerse de
la herejía. Están buscando derribar un enemigo.

—Ella va a ceder —dijo Edward sombríamente.

Bridges sacudió su cabeza. —No estoy tan seguro.

El carruaje se detuvo ante las puertas del palacio y Bridges saltó fuera. Bella y
Edward emergieron con más lentitud. Bella no quería ver a la Reina. No quería
hablar con ella. Quería correr a casa con Edward y esconderse en Cullen Hall.
¿Sabría Mary sobre estas acusaciones? ¿A eso se refería cuando dijo que no le
importaba quién hablara mal de ella?

Bella tomó una profunda respiración y encuadró los hombros. Solo tenía la
esperanza de que el afecto de Mary por ella fuera suficiente para salvarla.
Edward y ella caminaron juntos hacia el palacio, mano con mano.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
—Mary, de hecho, salía entre su gente como lo describe, con Jane Dormer a su
lado para tomar notas de lo que necesitaba la gente a la que conocía. Rara vez
fue reconocida. Pagó por la educación de los niños pobres e hizo arreglos por
aprendizajes. Además, corrió a Rochester cuando descubrió que no estaba
pagando debidamente por las provisiones y le dijo que tenía que pagar todo lo
que debía para la mañana siguiente.

—Las "Muestras" era como la gente de esa época llamaba a la medicina herbal.
Eran vistas con algo de sospecha y desdén por la comunidad médica. Para la
mayoría, las únicas hierbas que los doctores y cirujanos usaban eran
"ampolletas", brebajes cubrían la piel para "extraer" los males.

—"Gardyloo" probablemente venía de la frase francesa "Garde l'eau", o


"¡Cuidado con el agua!"
—Anne Askew fue torturada porque Gardiner (sí, él) quería que nombrara a la
Reina Katherine Parr y a Catherine Willoughby (la madrastra de Edward en esta
historia) como Protestantes. Incluso mientras Enrique estaba en su lecho de
muerte, la gente conspiraba y buscaba la manera de revocar a su sexta Reina.
Capítulo 33

Traductora: Sasita Llerena (FFAD)


Beta: Esmeralda Cullen (FFAD)

B ella y Edward se apresuraron a través de los sinuosos pasillos del palacio,

Sir Bridges iba pisándoles los talones. Rosalie se quedó en la cama. Ella no les
dijo el por qué, pero Bella comprendió. No tenía la paciencia necesaria para
recorrer este arduo camino.

Llegaron a los apartamentos de la reina y se anunciaron en la puerta.

—¿Quién eres tú? —El camarero le preguntó a Sir Bridges, juzgando que por su
ropa burda era una persona de baja condición.

—Sir Bridges, teniente de la Torre —dijo Bella, fulminando al camarero con la


mirada.

—Sir… — comenzó a anunciar, pero Bella lo interrumpió.

—¿Dónde está la reina? —preguntó ella. Mary no estaba en el estrado sobre su


trono, aunque toda la gente que había en la habitación todavía se inclinaba ante
éste cuando pasaban, un aspecto de la autoridad real por derecho propio.

—Está en la misa, Su Gracia.

—Maldita sea —murmuró Bella—. Venga, Sir Bridges. Por aquí.

La reina estaba saliendo de la capilla cuando Bella, Edward y Sir Bridges se


acercaron. Sir Bridges se dejó caer sobre sus rodillas, mientras que Bella y
Edward se inclinaban.

Mary parpadeó y lo miró con sus ojos miopes, esa mirada penetrante que hacía
que quienes no la conocieran se estremecieran por dentro.

—¿Sir Teniente? —preguntó ella. Bella se sorprendió que ella lo recordara.

—Sí, Su Majestad —dijo.

La reina miró a Bella y a Edward con confusión.

—¿Qué te trae ante mí?

—Me encuentro en la necesidad de pedir su perdón, Su Majestad —dijo Sir


Bridges—. Me he negado a cumplir con mi deber.

—¿De qué manera?

—El Obispo Bonner y el Cardenal Pole me ordenaron torturar a un prisionero,


pero no pude hacerlo por más tiempo —continuó el señor Bridges—. No podía
torturar a una mujer, y menos a una de sangre noble. Porque me negué, el
Obispo Bonner lo está haciendo él mismo.

—¿Una mujer? —Miró a Bella, como si esperara su confirmación.

—Sí, Su Majestad —continuó Bridges—. Una señora llamada Anne Askew.

—¡Bella, esa es tu doncella! —Mary exclamó.

Bella asintió con la cabeza. No confiaba en su voz para hablar.

—Majestad, tiene que poner fin a esto —pidió Edward—. La gente va a pensar
mal de una mujer siendo…

—No pretendas decirme lo que debo hacer, primo —dijo Mary bruscamente.

Edward se inclinó. Bella podía ver el pulso golpeando en el lado de su garganta.

—Mis disculpas, Su Majestad.


Mary lucía molesta.

—Vuelva a su puesto, Sir Bridges —dijo ella—. Le doy mi perdón por su


negativa.

Sir Bridges dio un vistazo a su rostro y sus hombros se hundieron. Hizo una
reverencia y salió del pasillo, dejando a Bella y a Edward solos con la reina y
Jane Dormer.

Jane sonrió a Bella.

—He oído hablar de esta mujer —dijo—. La llaman la "Evangelista Justa".

—Ellos te llaman "el lirón" —respondió Bella—. ¿Es ese apodo apropiado
también?

El rostro de Jane enrojeció y sus ojos dispararon dagas a Bella. Ella no sabía si
estaba furiosa por lo que las doncellas decían a sus espaldas o por el hecho de
que lo hubiese mencionado. Bella no se dio cuenta y, en ese momento, tampoco
le importaba.

—El cardenal tiene que tener una buena razón para hacer lo que está haciendo
—reflexionó Mary.

Edward respiró hondo.

—Su Majestad, ¿podemos hablar en privado?

Mary hizo un gesto señalando el pasillo vacío.

—Estamos solos, Edward. Y puedes decir lo que sea delante de Jane.

Edward no tenía tanta confianza en Jane Dormer como Mary, pero no tenía otra
opción. Tenía que parar esto, de una manera u otra.

—Él va tras mi familia, Su Gracia.

Mary parpadeó rápidamente.


—¿Qué?

—Emmett estaba con ella cuando se la llevaron. Fue detenido también y


languidece en la Torre mientras hablamos. Bonner está interrogando a Anne con
respecto a la fe de Bella.

—¿Bella? —La Reina negó con la cabeza—. No, eso es ridículo. Él debió dejarse
llevar por rumores de gente desocupada y desorganizada. No temas, primo. Me
ocuparé de esto.

Bella dejó escapar el aliento que había estado conteniendo inconscientemente.

—Su Majestad, ¿puedo excusarme de su servicio por el día de hoy?

Mary sacudió la mano.

—Ve. Pero ten cuidado con tu hermano, primo. Me temo que puede haber sido
apresado por herejía y si eso es cierto, no se puede confiar en él. Y con esa
esposa que tiene... —Mary arrugó la nariz—. ¡Sabía que había algo mal en ella!

Bella sacudió la cabeza, confundida.

—¿Qué ha hecho la vizcondesa? —Ayer, Mary había sido agradable con Rosalie
cuando fueron a la aldea. ¿Qué podía haber cambiado?

Mary miró a su alrededor para asegurarse de que no había oídos escuchando.

—Había escuchado rumores, por supuesto. Es por eso que la nombré como una
de mis damas, para poder mantener un ojo sobre ella. ¡No podía permitir que le
pusiera los cuernos a mi propia carne! Pero ahora sé que es un hecho. Me dieron
el informe esta mañana. Su párroco fue quemado como hereje e interrogado
sobre ella antes de la ejecución. Declaró que ella era tildada de puta delante de
la congregación. Ella fue el escándalo del pueblo, por lo que la esposa del
sacerdote la echó.

—¿Una puta? —Edward preguntó—. ¿Quieres decir que…?

—¡Ella vendió su cuerpo! —María susurró.


¡Pobre Rosalie! Pensó Bella. ¿Qué la había llevado a tal desesperación?

—Emmett querrá dejarla, por supuesto —dijo Mary—. Ya he hablado con el


cardenal. Nosotros le ayudaremos a acelerar la anulación.

—Voy a hablar con él —dijo Edward. Parecía aturdido.

Bella hizo una profunda reverencia. Mary tomó su brazo y la levantó, dándole
un beso en la frente.

—Que Dios esté con ustedes —dijo, y le sonrió con cariño a Bella. Ella le
devolvió la sonrisa, pero no el sentimiento. Hasta el momento, la reina creía en
su ortodoxia, ¿pero por cuánto tiempo si Bonner y Pole trabajaban para
persuadirla de lo contrario? Mary confiaba en Pole ciegamente.

Tomaron una barcaza para cruzar el río desde el palacio hacia la Torre. Bella
recordó ese largo y doloroso viaje con Bess, su brillante pelo Tudor fluyendo
como una bandera, haciendo que la gente supiera lo que le estaba pasando.

Pasaron bajo el puente de Londres, siempre era una aventura arriesgada


cuando la marea fluía. Rápidos remolinos se creaban entre los soportes del
puente y se necesitaba tomar medidas extras de habilidad para dirigir la
embarcación a través de ellos. En ocasiones, una barcaza era capturada en uno
de los rápidos y era lanzada contra el puente, rompiéndose en pedazos y
lanzando a los desafortunados ocupantes al río.

—¡Emmett! —Rosalie gritó.

Bella tuvo miedo de mirar, miedo de seguir el dedo de Rosalie a la cabeza


cortada de Emmett montada con los otras en picas a lo largo del puente, como
una advertencia a otros traidores. Pero Rosalie estaba apuntando a la calle de al
lado del río. Bella vio una cabeza marrón rizada que se encontraba cerca de un
pie por encima del resto de la multitud.

—¡Alto! ¡Pare el barco! —gritó.

Los remeros la miraron como si se hubiera vuelto loca.


—¡Emmett! —Rosalie gritó, ahuecando las manos alrededor de su boca. El que
mantenía el ritmo, tocaba el tambor para mantener el compás en los remeros y la
ayudó golpeando su tambor para llamar su atención.

—¡Ahí está! ¡Él está fuera! ¡Atraca el barco! —gritó Bella.

—Su Gracia, no hay muelle…

—¡No me importa! Llévanos a la costa.

—Haz lo que ella dice —el duque afirmó.

La barcaza pesada era difícil de dirigir. Después de unos minutos del tirar
incómodo en los remos y el uso de un poste, se las arreglaron para llevarla hacia
la orilla. Rosalie saltó sobre el lodo formado junto al río. Perdió una de sus
zapatillas, succionada por el lodo, pero siguió corriendo gritando el nombre de
Emmett. Los hombres en la barcaza miraban con la boca abierta y tal vez, algún
día, le dirían a sus hijos que habían visto a una vizcondesa correr descalza en el
barro de las orillas del Támesis.

Edward puso un brazo alrededor de la cintura de Bella y saltó con ella, saltando
fuera del borde de la barcaza con sus poderosas piernas musculosas, debido a
años de montar a caballo y participar en justas. Se las arregló para despejar lo
peor del barro y mantener sus dos zapatos. Puso de pie a Bella en tierra firme y
corrió para alcanzar a Rosalie en la extensión cubierta de hierba entre la orilla y
la calle.

Emmett les había visto y se dirigía hacia ellos. Se encontraron en la hierba y los
cuatro se estrecharon en un abrazo.

—Emmett, tonto, gracias a Dios que estás libre —dijo Edward. Golpeando el
hombro de Emmett, al mismo tiempo que abrazaba a su hermano—. ¡Eres un
imprudente, loco de pacotilla!

—¿Te hirieron? —Rosalie lloró. Pasó sus manos sobre sus brazos como si
quisiera asegurarse a sí misma de que estaba completamente intacto—. Emmett,
Emmett, ¡oh Dios! Te amo.
La expresión de sorpresa de Emmett se convirtió en una de alegría.

—¿En serio? Oh, Rosie ¿Lo haces?

—Sí, sí —dijo sollozando—. Te amo demasiado.

Emmett la levantó del suelo hasta que su rostro se puso al nivel del suyo y
entonces la besó, la besó con pasión salvaje que hizo que la concurrencia de
espectadores jadeara.

La bajó y le limpió las lágrimas de las mejillas con el puño de su jubón de


terciopelo. Sus ojos brillaban.

—Te amo, Rosalie, vizcondesa de Lisle. Te amo con todo mi corazón y alma,
hasta el último aliento de mi cuerpo —la besó de nuevo con el sonido de
aplausos y vítores de los remeros y la multitud. Rosalie finalmente se dio cuenta
que tenían audiencia y se sonrojó, agachando la cabeza. Emmett la tomó en sus
brazos y caminó hacia la calle—. Vamos a ir a la taberna de allá para que
podamos sentarnos y hablar.

En el interior, Emmett pidió una cerveza pequeña y un plato de guiso, tenía


apetito, incluso en las peores crisis. Bella y Edward ordenaron cerveza del servil
propietario, quien cambiaría el nombre de la taberna a "Armas del Duque" poco
después de su visita, pues se jactaba de que su establecimiento fue una vez sede
de la nobleza.

—¿Cómo es qué estás libre? —Edward preguntó, después de haber engatusado


sutilmente al dueño de la taberna para que los dejara solos con sus bebidas y la
comida de Emmett. Él y su esposa se habrían situado junto a la mesa y volverían
a llenar sus jarras de cerveza después de cada sorbo si no hubieran insistido, tan
amablemente como sea posible, que no necesitaban este tipo de servicio. Bella le
dio a la esposa del tabernero unos pocos chelines y le pidió que comprara un
nuevo par de zapatos para Rosalie.

Emmett dejó la jarra. Se ruborizó un poco y clavó su mirada en la mesa.

—Juré que yo era un buen católico que confirmaba cada uno de los
sacramentos. Me examinaron, pero yo insistí en que estaba de acuerdo con la
Iglesia en todo. Mi Biblia está en latín, así que no he roto ninguna ley. Todo lo
que tenían de mí era que había estado presente en la reunión, y nadie podía
testificar que yo había dicho nada profano.

—Lo has hecho bien —le dijo Edward.

—Van a encontrar a alguien —dijo Emmett, dibujando un patrón con un poco


de cerveza derramada en la superficie de la mesa—. Si buscan lo
suficientemente bien, van a encontrar a alguien. Y entonces voy a tener que
admitirlo o llamarlo mentiroso. Ya he jurado falsamente, lo que se siente mal en
mi conciencia, pero jurar que otro hombre está contando una mentira... —
Emmett sacudió la cabeza —. Soy un cobarde y probablemente esté condenado
por negar a mi Señor, pero no voy a condenar a otro por decir la verdad.

—No negaste a tu señor —Bella puso su mano sobre la suya.

—Como Bess dice, hay un sólo Jesús, y el resto es una disputa por pequeñeces.

Edward bajó la voz.

—¿Crees que Bess se complace en tener que asistir a misa? Por supuesto que no.
Pero seguir con vida es más importante —bajó la voz aún más, hasta que fue tan
suave que todos tenían que esforzarse para escuchar—. El viento puede cambiar de
dirección. —Era traición imaginar la muerte del monarca y, a pesar de que Mary
había cambiado la definición legal de la traición de nuevo a lo que había sido
antes de que su padre cayera bajo el hechizo de Ana Bolena, podía perder la
cabeza si se oían esas palabras.

—Si, pero tenía más valor... —Emmett pensó.

—¿Y harías qué? ¿Morir por lo que se llama un poco de pan? ¿Dejar una viuda
y a una hija sin padre? ¿Hacer que confisquen tu título y tus tierras dejándolas
sin dinero?

Emmett le lanzó una mirada penetrante.

—Tú no las abandonarías.


Edward suspiró.

—Por supuesto que no. Pero las perspectivas de matrimonio de tu hija serían
mucho menos sin su dote. Y Rosalie...

Rosalie susurró: No puedes dejarme, Emmett. No puedes.

Edward recordó súbitamente la última parte de la conversación con la Reina.

—Tengo malas noticias que debo compartir con ustedes.

Ambos lo miraron con ojos suplicantes. No sabía si ellos estaban esperando que
él aplazara el hecho de decírselos o qué es lo que les diría, fuese lo que fuese, él
se lo iba a aclarar. Se pasó la mano por el cabello, inseguro de cómo enfocarlo.

—Rosalie, ciertamente... desagradable... —La voz de Edward se calló y miró a


Bella en busca de ayuda.

—Rosalie, la Reina sabe de tu vida en tu pueblo natal —dijo Bella—. Está


esperando que Emmett exija la anulación y ella va a facilitarla.

Rosalie miró a Bella por un momento y luego sus ojos se pusieron en blanco. Se
desmayó y se habría golpeado el rostro contra la mesa si Emmett no la hubiera
atrapado. Él acarició sus mejillas pálidas.

—¡Por la santa cruz, Bella! ¿Qué podía ser tan horrible?

La esposa del tabernero acababa de regresar con un nuevo par de zapatos para
la vizcondesa. Al entrar la vio débil y chilló alarmada. Ella agarró un trapo, que
sumergió en agua y un frasco de vinagre de detrás de la barra. Bella aceptó lo
primero, pero declinó lo último, sintiendo que era mejor dejar que Rosalie
despertara naturalmente que intentar traerla de vuelta con el olor de vinagre en
la nariz.

Una vez que aceptó el trapo y espantó a la esposa del tabernero, frotó
suavemente el rostro de Rosalie con el paño frío.

—Ella tuvo tiempos difíciles, Emmett —dijo en voz baja. Emmett la miró
fijamente y luego, poco a poco, empezó a darse cuenta de lo que Bella decía.
Miró a su inconsciente mujer con sorpresa, luego con horror y entonces lástima.
Bella se alegró de que Rosalie se hubiera desmayado porque podría haber
malinterpretado su reacción.

—No era de extrañar que fuera tan codiciosa —dijo, como si las piezas del
rompecabezas cayeran en su lugar. Él acarició sus mejillas de nuevo y los ojos
de Rosalie se agitaron. Ella gimió suavemente. Parecía confundida por un
momento y luego se quedó inmóvil, con el rostro pálido por el terror.

—¿Emmett? Oh Dios, Emmett... Yo debería habértelo dicho, pero no pude. Yo…

—Shh —dijo—Rosalie, no me importa. Bueno, quiero decir, me importa porque


siento que hayas tenido que pasar por eso, pero no cambia lo que siento por ti.
Tú eres mi esposa y lo seguirás siendo.

Rosalie lo agarró fuertemente.

—¿No me odias?

—No —él le dio una pequeña sonrisa—. Preferiría que no lo hicieras de nuevo,
pero no voy a pedir cuentas por lo que hiciste antes de que estuviéramos juntos.
No puedo decir que fui casto precisamente.

—Quiero cambiar —susurró Rosalie—. Yo no quiero ser la persona que era


antes de que Margaret naciera.

—Siempre hay perdón para quienes lo piden, Rose. ¿Y la persona que eres
ahora? Estoy orgullosa de tener a una mujer tan amable y generosa como mi
vizcondesa.

—¡Tú no sabes nada de eso! —exclamó. Miró a Bella y a Edward para


incluirlos—. ¡Ninguno de ustedes lo hace! ¡Nunca voy a poder compensarlo!
¡Nunca!

—Entonces sigue trabajando en ello —le dijo Emmett—. Mejor aún, vamos a
trabajar juntos.
Era cerca de la medianoche, una noche de luna nueva, oscura y silenciosa.
Londres dormía plácidamente. Los únicos sonidos eran del agua rompiendo
contra las escaleras de piedra mientras una mujer en una capa con capucha se
acercaba a la puerta de la Torre con el rostro oculto en la sombra. Un niño se
aferraba a cada una de sus manos. Sir Bridges abrió la puerta, y sin decir una
palabra la admitió. Pasaron como fantasmas, sus pasos silenciosos sobre la
hierba.

Sir Bridges abrió una puerta de madera vulgar y la mujer recorrió el interior.
Siguieron andando mientras sus pasos eran iluminados por antorchas en medio
de pasillos húmedos y fríos, así hasta que se detuvieron frente otra puerta. Ésta
tenía una pequeña hendidura en el centro y una pequeña ventana con barrotes
en la parte superior. Él la abrió y entraron.

Anne Askew yacía sobre un montón de paja en un rincón, vestida sólo con su
combinación. La habían despojado de su ropa antes de ponerla en la parrilla y
nunca se la habían devuelto. Ella se estremeció ante la luz y volvió el rostro
hacia el suelo. Ni siquiera podía levantar un brazo para protegerse los ojos, pero
todavía tenía encadenado el tobillo a la pared, como si pudiera huir.

Bella echó la capucha hacia atrás y puso a los niños al frente.

—Anne —dijo—, Anne, mira.

Anne lo hizo. Ella parpadeó. Lo hizo de nuevo. Y luego un suave grito de


angustia se escapó de su garganta.

Los dos niños trataron de correr hacia su madre, pero Bella sostuvo sus manos
firmemente.

—Escúchenme —dijo ella—. Su madre está lesionada. Hay que tener cuidado.

Los dos niños asintieron. Se lanzaron hacia ella y se doblaron sobre sus rodillas.

—William —susurró Anne—. Martha. Vamos, ustedes dos, denme un beso.

Los niños obedientemente besaron a su madre en las mejillas. Anne sonrió,


aunque las lágrimas se derramaban de sus ojos.
—Pensé que nunca los vería de nuevo en este mundo. Oh, Martha, eres tan
hermosa. Y William, Dios mío, eres todo un apuesto caballero.

Los niños se sentaron en el suelo junto a su madre y le ayudaron a "ponerse al


día" en todo lo que se había perdido desde que fue expulsada de la casa de su
marido. Kyme, a su favor, al parecer, no había tratado de envenenar las mentes
de los niños en contra de su madre. Les habían dicho que había ido a visitar a
unos amigos. Se quejaban por su falta, pero por lo demás lucían saludables y
bien cuidados. Bella trató de permanecer lo más discreta posible, mientras que
la pequeña familia tenía su reunión.

Después del juicio de Anne, Bella había enviado a dos de los lacayos de Edward
en busca de los niños de Anne. Ella era la duquesa y tenía el derecho de exigir
que una persona compareciera ante ella en sus tierras, por lo que envió una
orden escrita para que William y Martha Kyme asistieran a su casa de Londres.
Kyme no podía negarse a enviarlos. Él vino con ellos, y aunque Bella estaba
bastante segura de que sabía lo que estaba haciendo, nunca se opuso. Habían
llegado temprano en la noche... justo a tiempo.

—Bella —dijo Sir Bridges desde la puerta. Él le había advertido que su tiempo
debía ser corto.

—Lo siento, niños, pero tenemos que irnos ahora. Besen a su madre y díganle
adiós.

—Los amo a los dos —Anne susurró mientras cada uno de ellos la abrazaba
suavemente—. Los quiero mucho. Nunca dejen que nadie les diga lo contrario.

—Te extrañamos, madre —dijo Martha—. Vuelve a casa pronto, por favor.

Todo lo que Anne hizo fue sonreír, sin comprometerse a nada, mientras las
lágrimas corrían por sus mejillas y los besaba por última vez. Sir Bridges los
condujo por el pasillo.

—Gracias, Bella. Desde el fondo de mi corazón, te doy las gracias —dijo Anne.
Su pecho se agitaba y sacudía por el esfuerzo de no llorar.
Bella se sentó en el suelo junto a ella y sacó la canasta que había llevado en su
brazo. Contaba con una manta y una almohada. Ella extendió la manta sobre la
forma quebrada de Anne y metió la almohada debajo de su cabeza, tan
suavemente como pudo.

—Ya casi termina —dijo Anne. Ella sería quemada en la mañana.

—Sí —dijo Bella a través de un nudo en la garganta—. Ya casi termina.

—Por favor, no llores por mí, Bella. — Anne volvió la cabeza para mirar a los
ojos de Bella.

—En el camino aquí, pensé en la noche en la que te quedaste con Edward y


conmigo. No sé si alguna vez te di las gracias por lo que hiciste por nosotros esa
noche.

—Me has recompensado con creces por eso, Bella, es un regalo extraordinario el
que me has dado, traer a mis hijos a verme por última vez. Que Dios te bendiga
por eso. No puedes saber… —La voz de Anne de quebró—. Me has dado un
hogar y me permitiste seguir mi conciencia. Mi tiempo contigo fue el más feliz
que he tenido. No sé lo que eres… pero eres una de las creaciones más
maravillosas de Dios.

Bella se estremeció. Anne sabía. De alguna manera, lo sabía.

—Soy un selkie —confesó.

—Ah —dijo Anne con una pequeña risa—. Sabía que eras demasiado buena
para ser un humano.

Bella sacó una pequeña botella.

—Quiero que bebas esto —dijo—. Cuando quieras. Y en media hora ya no


habrá dolor.

La mano de Anne se enroscó alrededor de la pequeña botella. La empujó debajo


de la paja.
—Por favor, no vengas —dijo.

—Yo… yo no quiero que te sientas sola.

—Bella, nunca he estado sola. —Anne le sonrió a través de las lágrimas que
brillaban en sus ojos—. Espero verte en el cielo algún día.

—Nos volveremos a ver —prometió Bella. Ella se inclinó y besó la mejilla de


Anne—. Adiós.

—Adiós.

Bella se puso de pie y levantó la capucha sobre su cabeza, su rostro desaparecía


en las sombras profundas. Se detuvo en la puerta para una última mirada y
luego subió lentamente las escaleras para unirse a sir Bridges y los niños.

Edward estaba esperando en la casa alquilada. El alba estaba a sólo un par de


horas de distancia. Ella fue directamente a sus brazos y dejó escapar un sollozo
estremecido. Él la abrazó mientras ella se lamentaba, la sostuvo cuando sus
rodillas se debilitaron por la fuerza de sus sollozos y le dio el único consuelo
que podía: su amor.

—Quiero ir a casa —dijo mientras subían las escaleras a su habitación.

—No podemos —dijo él, y ella pudo oír lo mucho que le dolía negárselo.

—¡Odio esto! —gritó Bella—. ¡Odio eso y la odio!

Costaba mucho hacer que una selkie odiara a alguien, debido a su naturaleza
amable que siempre trataba de encontrar lo bueno en los demás, comprender
que el miedo o el dolor hacía a la gente cruel, eso las hacía ser incapaces para
sanar, para ayudar, para dar y amar. Odiaba la sensación. Era como tener una
piedra caliente alojada en su corazón, un núcleo ardiente de odio y sabía que si
no encontraba una manera de desalojarlo, encontraría el camino para acabar con
su alma.

Se quedaron en su cama hasta tarde en la mañana, hasta mucho después de que


Anne Askew fuera llevada hacia una silla en la hoguera y fuera encadenada a
ésta porque su cuerpo roto no podía sostenerse, hasta mucho después de que el
humo se hubiera despejado del cielo brillante de la primavera.
Capítulo 34

Traductora: Corina Figueroa (FFAD)


Beta: Marta Salazar (FFAD)

E dward se despertó jadeando y su pecho brillaba por el sudor. Miró hacia el

lado de Bella en la cama y la encontró durmiendo, cubierta solo con su cabello


largo y castaño. Con cuidado, empujó las hebras de su cara y las metió detrás de
la oreja. Tenía que mirarla por un momento.

Respiró profundamente, intentando calmar su corazón que latía con fuerza. Fue
sólo un sueño. Sólo era su mente jugando con sus más grandes temores mientras
dormía. Se deslizó de la cama y se encogió de hombros con su bata, y luego
caminó en silencio de puntillas hacia la ventana. La abrió, arriesgando a ser
afectado por las miasmas21 de la noche, pero necesitaba respirar aire puro y
fresco. Se sentía como si se fuera a ahogar.

La noche anterior había sido abrasadora. Había despertado a la mitad de la casa


con sus gritos, y luego él se había aferrado a Bella con tanta fuerza que ella
había gemido de incomodidad. Esta noche, la había visto languidecer; pero esta
vez llevarla hasta el mar no la habría reanimado, había mirado en sus ojos
vacíos y muertos, y supo que la había matado, con tanta seguridad como si lo

21
miasmas: Efluvio maligno que, según se creía, desprendían cuerpos enfermos, materias corruptas o
aguas estancadas.
hubiese hecho con un cuchillo.

La situación que enfrentaba era intolerable. No sabía qué hacer más allá de la
oración, y lo había hecho mucho en estos días. Incluso Mary le había comentado
sobre su piedad recién descubierta, porque se la había encontrado muchas veces
en la capilla mientras que Bella iba a la Corte para servir a la Reina.

Afortunadamente, había un punto brillante en el horizonte. A través de Bess


había encontrado y contratado a dos investigadores. Ella le había prometido que
si había siquiera una mota de polvo del padre Jacob, lo encontrarían. El
sacerdote debía ser silenciado o Edward estaría dispuesto a matarlo (algo que
había de hecho, considerado, pero no podía evitar la creencia de que poniendo
una mano sobre un hombre del clero, incluso uno tan vil como el padre Jacob,
era un pecado mortal). La única manera de hacerlo era desacreditarlo antes de
que pudiera revelar lo que había visto. Por fortuna, el amor que el padre Jacob
decía tener para él lo había mantenido callado pero, ¿por cuánto tiempo?

Mary no quiso dejarlos salir de la Corte. Estaba terriblemente sola y temerosa


hasta de su propia sombra, convencida de que los traidores y asesinos
acechaban en cada esquina. Incluso había afirmado que uno de sus propios
capellanes había intentado matarla, aunque ninguno de ellos fue detenido ni
siquiera interrogado sobre el asunto, por lo que Edward tenía que preguntarse
cuánto de eso era verdad y cuánto era la imaginación de una mujer estresada y
en duelo.

Mary rara vez salía de sus aposentos en estos días, y había reducido a las damas
que permitía dentro a excepción de Bella, Jane Dormer, y Susan Clairenceaux,
sus sirvientes más fieles. A las camareras sólo se les permitía entrar a limpiar
cuando Mary se iba a la capilla, cosa que hacía por lo menos cinco veces al día.

Edward era uno del par de caballeros permitidos dentro de su esfera privada.
Mary le había dado dicho nombramiento cambiándolo de una posición a otra,
pero él le había dicho que no tenía por qué ser un funcionario de su hogar con el
fin de pasar tiempo con su prima. En realidad, él quería quedarse con su esposa,
quien no tenía otra opción. Mary estaba profundamente conmovida por sus
palabras y había llorado después de darle un fuerte abrazo.
Mary estaba envuelta en su propio dolor, pero ella todavía era lo
suficientemente perspicaz como para darse cuenta de que algo había cambiado
entre ella y Bella. Había crecido una distancia entre ellas, distancia que Mary no
sabía cómo reparar. Bella se había excusado diciendo que no se sentía bien, era
la verdad, cuando consideraba que su odio se estaba adueñando de su espíritu.
En el mundo de Mary, el afecto y la lealtad eran algo que se compraba y ella
bañaba a Bella con regalos: joyas, vestidos de su propio armario, libros de
oraciones, incluso una parcela de tierra que había sido incautada del Barón
Tyler por impuestos no pagados. (Sin la dote de Alice, el Barón había caído en
dificultades financieras). Bella tuvo que aceptarlas y usarlas —ambos
recordaron lo enojada que había estado Mary cuando Elizabeth no había usado
sus regalos—, y Mary estaba excesivamente emocionada de ver a Bella con su
ropa, casi como una madre que viste a su hija en su vestido de novia. Por lo
menos, Edward reflexionó que Bella podía llevar los colores brillantes y verse
bastante bien en ellos.

Decir que Bella era infeliz sería una subestimación. Ella luchaba con el peso de
ese pequeño núcleo caliente de odio alojado en su corazón y pensó que ella
prefería estar deprimida a sentirse de esta manera. Por lo menos con añoranza,
su corazón y su espíritu estaban intactos. Se sentía contaminado por esta extraña
emoción y deseaba librarse de alguna manera, pero parecía ser más fuerte cada
día, a pesar de sus esfuerzos por perdonar, por comprender.

No hace mucho, Bella habría pensado en ir a visitar a una bruja del mar por un
hechizo, si hubiera tenido su piel. Ahora, ella pensaba que habría sido un mal
deseo el que hubiera deseado. La mayoría de las brujas del mar no
considerarían hacer un hechizo debido a la oscuridad que invocaba. Si una cosa
peligrosa o un mal deseo se aplicaba en una persona con un corazón puro, el
mal deseo repercutiría en el remitente en tres ocasiones. Bella no tenía miedo de
que eso sucediera, pero ella sabía que sólo la intención era suficiente para
empujarla en una oscuridad peligrosa.

Bella se despertó con la brisa de la ventana abierta que revolvió una de las
fundas de la cama y molestaba su piel. Se encontró con la cama vacía a su lado.
¡Pobre Edward! Era raro que le pasara en una noche tranquila como en estos
días. Su espíritu estaba siendo arrastrado por el miedo y la desesperación. Le
dolía verlo así. Él había tenido un breve momento de felicidad después de haber
sido liberado del peso aplastante del dolor por su primera esposa. Y ahora, el
peso era aún más pesado que el anterior.

Ella se sentó. —¿Edward? —llamó suavemente.

—Estoy aquí, amor —respondió—. Ven y mira la luna conmigo. Es hermosa


esta noche.

Bella encontró su bata entre las sábanas caídas y tiró de ella. Edward puso un
brazo alrededor de sus hombros cuando se unió a él y ambos voltearon la cara
hacia la esfera blanca y brillante en el cielo. Las sombras plateadas pintadas del
río y de los árboles que se alineaban en sus orillas.

—Mi enfermera me dijo una vez que estaba hecha de queso fresco —comentó
Edward.

Bella se rio en voz baja. —Nosotros los selkies decimos que está cubierta de
nieve. Hay un mundo frío donde las almas de los que no puede renacer habitan.

—¿Renacer?

Ella pensó en la mejor forma de explicarlo. —Nosotros no creemos en que el


alma va a un lugar como el cielo o el infierno en el cual residir para siempre.
Nosotros volvemos en otro cuerpo y vivimos otra vida, aunque aquellos que
están agobiados por la maldad se quedan en las tierras de hielo hasta averiguar
de qué es de lo que carecía. Tu gente cree que estar muerto es mejor que estar
vivo, pero nuestro Dios quiere que sus hijos vivan en amor en este mundo que
él hizo para nosotros.

—Me gusta eso —respondió Edward. Pensó en su prima, Jane Grey, y esperaba
que ella pudiera renacer en una familia de padres amorosos, baja nobleza,
quizás, en el que pudiera ser educada una vez más, pero que se le permitiera
tener un matrimonio por amor, en lugar de uno de conveniencia política. Sus
pensamientos eran probablemente pecadores, pero no podía evitar hacerlo.
—Nos encontramos con nuestros seres queridos de nuevo —habló Bella en voz
baja, con los ojos fijos en el resplandor de la luna—. Siempre renacemos cerca de
ellos. Esa es una de las misericordias de Dios con sus hijos. Y nuestras almas los
reconocen inmediatamente, incluso si no nos damos cuenta porque no nos
sentimos tan atraídos o apegados a la persona.

—¿Podríamos haber estado juntos antes? —preguntó Edward. Pensó en cómo


sus ojos se habían quedado fijos en ella el día que la vio por primera vez, y de
cómo había buscado la piel de la mujer de pelo castaño que había capturado su
atención, de las tres doncellas selkies jugando en la playa.

—No, creo que lo nuestro es un nuevo amor, una nueva conexión —explicó
Bella—. He conocido a otros selkies que buscaban a su alma perdida. Siempre
sentían que les faltaba algo y no podían descansar hasta que lo encontraran. —
Ella volteó hacia él y entrelazó sus brazos alrededor de su cuello—. No sabía
que me estaba perdiendo algo hasta que te encontré. Ahora sé que mi corazón
nunca estará completo si no estás a mi lado.

Él la besó, porque las palabras no eran suficientes.

Era Pascua, la Semana Santa, Mary había realizado todas las ceremonias
antiguas que no se habían visto desde los tiempos de su padre. El Jueves Santo,
lavó los pies de cuarenta y un mujeres pobres, una por cada año de su vida. (Sus
pies ya habían sido lavados y perfumados tres veces por otras personas en el
momento que la Reina se acercó a ellos). Bella y Jane Dormer la habían asistido.
Bella sostuvo el tazón del lavado de plata y Jane Dormer llevó la jarra de agua
perfumada. Cada uno tenía unas toallas de lino sobre sus hombros, a la espera
de sustituir a Mary luego de que ella acariciaba los pies secos cuando terminaba.

Mary le dio a cada una de las mujeres pobres un bolso que contenía cuarenta y
un céntimos junto con regalos de ropa y zapatos nuevos. La mujer de más edad
y la más pobre recibieron el rico vestido púrpura que Mary llevaba al realizar el
lavado. Sus manos acariciaban el terciopelo con una expresión de asombro,
como si fuera la cosa más suave que jamás habían tocado.

El Viernes Santo, Mary se arrastró hasta la cruz de rodillas para besar la base de
la misma, como los monarcas de Inglaterra habían hecho durante miles de años
hasta que la edad y la enfermedad de su padre, puso fin a la tradición, y su
hermano se había negado a revivir la "papista" práctica en su propio reinado.
Después, ella distribuyó anillos de unión, oro y anillos de plata bendecidos por
la Reina (estos gestos fueron aun más potentes por el hecho de que Mary era un
monarca), y luego se reunió con las víctimas de la escrófula, o como se le
conocía, "el mal del rey". Se creía que sólo el toque del rey podía curar la
enfermedad, y Mary asumió este papel, presionando sus manos audazmente a
las llagas y orando por ellos. Posteriormente, tocó las llagas con cuatro monedas
de oro y los perforó para ser usados en un collar como un talismán. Mary creía
que era particularmente santo, por lo que sus anillos de unión y sus bendiciones
eran altamente codiciadas.

Con la primavera, el mar estaba seguro de nuevo para viajes y sin embargo, el
Rey todavía no regresaba. El Rey escribió que el adivino le había revelado que él
estaría en gran peligro si estaba en Inglaterra durante 1556, y hasta que todos los
traidores de la conspiración de Dudley no se hubieran encontrado, no se sentiría
seguro regresar.

—Otro regalo —dijo Edward, al entrar en su habitación un par de días después


de la Pascua…

Eran rollos de tela, de lana fina azul oscuro teñido. Bella al instante lo destinó
para el pueblo en su mente. —¿Quién es esta 'Lady Tyler', ¿y por qué sigue
enviándome cosas? —Ayer, había sido una canasta de dulces, y el día antes de
ese, había sido un libro de oraciones bellamente iluminadas, que tenía una
inscripción manuscrita en la portada, alabando las virtudes de Bella.

—Es la esposa del Barón Tyler —contestó Edward.

—¿Ese terrible hombre con el que se suponía Alice se casaría? —preguntó


Bella—. Él encontró un reemplazo, ¿verdad?

—Sí. Tomó un tiempo para conseguir que su compromiso con Alice fuera
anulado, pero finalmente tomó una esposa. Está topando con dificultades
financieras, sin embargo. Ella no brindó una dote tan grande como Alice y él
tuvo que dar fuertes 'donaciones' a la iglesia para acelerar el proceso de liberarse
a sí mismo y poder casarse.

—Pero… ¿por qué Lady Tyler está enviándome cosas?

Edward buscó la canasta de ropa y encontró una carta en su interior. —Ah…


Vamos a ver. Ella escribe que tú eres conocida como una de las damas más
amables de Mary… Tu bondad es famosa por todas partes… Tu belleza exterior
es sólo comparable a la belleza de tu alma… Vamos a saltar esta parte, ¿de
acuerdo? A menos que estés disfrutando de los elogios.

—Por favor —pidió Bella con ironía—. La presentación es un poco larga, ¿no
crees?

Echó un vistazo a la carta por un momento. —Ella solicita que pidas en su


nombre una audiencia con la Reina. El Barón Tyler ha sido detenido. Fue
acusado de haber participado en la conspiración de Dudley, pero rápidamente
se liberó cuando no pudieron encontrar pruebas de su participación.
Desafortunadamente, él es un hombre estúpido que dijo, en presencia de oídos
hostiles, que cuando su 'vecino en Hatfield' tomara el trono, ella le devolvería
las tierras que había perdido y le daría dinero suficiente para pagar sus deudas.

Bella se estremeció. —Se imaginaba la muerte de la Reina.

Exactamente. Que tonto. Edward tiró la carta sobre la mesa en la parte superior
de los contenidos de la cesta. —¿Qué dices, esposa? La señora Tyler cree que
puede convencer a la Reina de ponerlo en libertad si puede conseguir una
audiencia con ella.

—Me sorprende que lo quiera en libertad —comentó Bella. Ella suspiró y frotó
un trozo de la tela de lana entre sus dedos. Era suficiente para hacer ropa nueva
para todos los niños en la casa local—. Supongo que no hará ningún daño ir a
hablar con Mary por ella.

Esa tarde, mientras caminaban de regreso a la capilla de la Reina, Bella le


comentó la difícil situación de la señora Tyler a la Reina. Los ojos de Mary se
suavizaron con compasión cuando Bella explicó que Lady Tyler sólo buscaba
una audiencia para abogar por el caso de su marido.

Ella no había terminado cuando llegó un mensajero. Él se puso de rodillas


delante de la Reina y le sostuvo en alto una carta sellada. —Es del Rey, Su
Majestad.

Bella contuvo un suspiro. El ciclo estaba a punto de comenzar de nuevo. Los


ojos de Mary se iluminaron y dejó caer un puñado de monedas en la palma del
mensajero. Rasgó el sello con entusiasmo y su rostro cayó lentamente. Bella no
tenía que leerlo para saber lo que contenía la carta. Otra excusa de Phillip.

—A veces Dios envía maridos malos a las mujeres buenas —dijo Mary
suavemente, y Bella sabía que estaba hablando de la señora Tyler. Ella siguió a
Mary en su habitación y en silencio ayudó a la Reina a desnudarse. Mary
siempre iba a su cama después de estas cartas y hoy no era la excepción.

Por una semana, Lady Tyler siguió enviando regalos y cartas llenas de
esperanza, pero la Reina lo rechazó en sus aposentos, en estado de no
concederle una audiencia a nadie, y la señora Tyler al final tuvo que volver a
casa, decepcionada.

Mientras en la reclusión, la Reina continuó haciendo su trabajo, tanto como


pudo entre los episodios de depresión que la enviaban a su cama durante días y
días. Bella se impacientó con la situación y trató de ayudar lo mejor que pudo,
arreglando los documentos en su escritorio en pilas para que el poco de tiempo
que Mary pasaba allí pudiera ser lo más eficiente posible: la pila del centro era
de las cosas rutinarias que simplemente necesitaban la firma de la Reina, la pila
de la derecha era para las cosas que urgían la atención de la Reina (y la opinión
de Bella, ya que ella era la que decidía qué debía ser incluido en esa pila. Eran a
veces cosas diferentes a las del Consejo), la pila de al frente era aquella que
contenía las peticiones y solicitudes de los suyos; y la pila de la izquierda
contenía correspondencia extranjera de otros monarcas, los informes de los
embajadores y similares.

Fue durante este arreglo que el mensaje del Consejo llegó e informaba a la
Reina de que algunos de los funcionarios de la princesa Elizabeth habían sido
detenidos. Bella consideró lanzar la carta a la chimenea, pero de mala gana se lo
entregó a la Reina cuando ella salió de su cama la tarde siguiente.

—¡Lo sabía! —susurró Mary—. No hay algo en lo que esta chica no esté
involucrada.

—Majestad, no hay evidencia de la participación de la Princesa —abogó


Edward.

—Por supuesto que no —contestó Mary—. Ella es demasiado inteligente como


para ponerlo por escrito.

A Bella se le ocurrió una idea, y su corazón empezó a martillear salvajemente.


—Necesitas a alguien vigilándola, alguien de confianza.

Mary asintió con la cabeza. —Pero, ¿a quién podría mandar que sea honesto
conmigo?

Bella tomó la mano de la Reina. —Me gustaría ir, si lo deseas. Creo que soy la
única de tus sirvientes que te gusta y en la que confías.

—Oh, pero Bella, te extrañaría tanto…

—Lo sé —dijo Bella con dulzura—. Pero Hatfield no está tan lejos. Podría venir
a visitarte cada vez que quieras.

La Reina suspiró. —Estoy segura que tendrías que llevarte a Edward contigo.

Bella asintió. —Majestad, usted sabe lo difícil que es estar separado de su


cónyuge.

Mary se estremeció, pero estuvo de acuerdo. El corazón de Bella aún galopaba


en su pecho. La esperanza a veces podía ser una cosa terrible. —Voy a pensar en
ello —contestó finalmente.

Una semana más tarde, Mary recibió una carta de Phillip. Esta vez, su reacción
fue llorar de ira en vez de dolor. Bella leyó la carta después de que la Reina la
tiró al suelo y se marchó a su habitación. Era fría y como de negocios, como si
escribiera al Consejo en lugar de a su esposa. Phillip le ordenó a Mary cesar sus
investigaciones sobre la Princesa. Ella iba a estar sola.

Mary obedecería, como esposa obediente, pero eso le hizo hervir la sangre.
Bella pensó que finalmente podría estar sintiendo ira contra su marido, lo que
sería un alivio después de todas las lágrimas y la depresión. Por lo menos,
cuando Mary estaba enojada, se mantenía con energía.

Phillip le había informado que no podía tocar a la princesa Elizabeth, pero ella
sí podía castigar a sus criados, quienes fueron enviados a la Torre junto con los
otros traidores. El astrólogo de Elizabeth, John Dee, apenas escapó de ser uno de
ellos frente a una acusación de brujería cuando un hombre lo había acusado de
lanzar encantamientos malignos sobre Mary y después, los hijos del acusador
fueron atacados por una fiebre que los dejó ciegos.

Mary dejó el informe sobre Dee y miró hacia Bella. —Ve —dijo ella—. Tienes
razón. Tengo que tener a alguien de confianza viendo a mi hermana —escupió
la última palabra como una maldición.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Bella, lágrimas de esperanza, alivio y


alegría, a pesar de que Mary las tomó como una señal de que Bella lloraba por
tener que dejar su lado. Mary le dio un beso y sonrió. —Presta atención a tus
propias palabras, Bella. Puedes volver tantas veces como quieras.

Edward le dio a Mary un abrazo y se comprometió a escribirle todos los días,


informándole sobre las actividades de Elizabeth. Era difícil permanecer por el
resto del día con la Reina cuando querían correr a casa y ordenar los vagones de
inmediato. Esa noche, cuando estaban por fin libres de irse a casa, Bella y
Edward se inclinaron y salieron de la habitación tranquilamente. Tan pronto
como la puerta se cerró detrás de ellos corrieron hacia sus habitaciones y allí se
detuvieron para brindarse un apasionado y alegre beso antes de que Edward
ordenara a los sirvientes empacar.

Ellos no esperaron a los vagones con sus bienes, ni aquel que contenía a Rosalie
y Emmett con los niños y Ellen. Se llevaron los caballos más veloces de los
establos de Edward y salieron a la mañana siguiente hacia Hatfield. Arrancaron
a través de los campos de un bosque haciendo caso omiso de las carreteras,
cuando un camino más recto les haría llegar allí más rápido, viajando la
totalidad de veinte millas en un día. A medida que se acercaron a la casa, vieron
una figura en los jardines sentada bajo un enorme roble, leyendo. Cuando los
sonidos de golpes del enganche se acercaron rápidamente, se puso de pie, y
Bella vio el brillante cabello rojo dorado que fluía suelto sobre sus hombros.
¡Bess!

Bess se quedó allí, tensa, sus ojos estaban oscuros y llenos de miedo, hasta que
los jinetes estuvieron lo suficientemente cerca para ser reconocidos. —¡Bella!
¡Edward! Santo Dios, me han asustado casi hasta la muerte.

Bella se tiró de su caballo agotada y se apoderó de Bess con un fuerte abrazo.


Bess se echó a reír y le dio un sonoro beso en los labios. —¿Qué los trae por
aquí, primos?

Edward besó a Elizabeth, y abrazó a su esposa y prima juntas. —Se ha


extendido una invitación del verano pasado para alojarnos. Espero que siga
siendo válida.

—¡Ustedes sin duda son más que bienvenidos! —Bess declaró—. ¿Pero cómo es
que fueron capaces de alejarse de la Corte?

—Te estamos espiando —dijo Bella alegremente—. Así que asegúrate de hacer
algo sospechoso de vez en cuando, para justificar nuestra presencia continua.

—Siempre estoy haciendo algo sospechoso —dijo Bess con ironía—. A pesar de
todas las detenciones que han ocurrido recientemente realmente han puesto una
red de espionaje sobre mí.

—Me preguntaba por qué no habías escrito —comentó Edward—. He buscado


en vano dentro de todos los peces que han venido a nuestra cocina.

Bess se echó a reír. —Tendré que escribir más a menudo. La imagen de ti


buscando en cada garganta de pescado es demasiado agradable.

Cuando los niños llegaron con Rosalie y Emmett la noche siguiente, todos
compartieron en un banquete de celebración en la cámara privada del comedor
de Bess. Bess incluso pasó un poco de tiempo con los niños. En respuesta a la
ceja arqueada de Edward Bess explicó: —Están hablando y caminando ahora.
Mucho más interesante de lo que solían hacer.

Esa noche, después que todos se habían ido a la cama, Edward se unió a Bella
en un baño en el estanque de Hatfield. Y al igual que la noche que habían hecho
a Ward, unieron sus cuerpos bajo la luz plateada de la luna, una celebración
primordial de la vida y la esperanza.

Para el resto de sus vidas, a Bella y Edward se les ocurriría Hatfield como un
lugar feliz, un lugar donde sus corazones y almas cansadas podían restaurarse.
A medida que pasaban los días y las semanas, Bella era feliz de nuevo y ese
núcleo ardiente de odio en su corazón comenzó a enfriarse. Aunque no
desapareció, por lo menos ahora era soportable y ya no sentía que la oscuridad
tiraba de su alma.

Sus días pronto se instalaron en una cómoda rutina. Por la mañana, Edward
ayudaba a Bess con la administración de sus bienes, mientras se sentaban para
oír la misa matutina. Luego, él y Bess se dirigían a dar un paseo a través de sus
tierras, cabalgando sus caballos a velocidades de vértigo, saltando cercas y
troncos caídos, lanzándose a través de los bosques y prados. (Bella no los
acompañó porque la velocidad la asustó un poco. A ella le espantó su clase de
diversión y prefirió jugar con los niños durante su ausencia). Elizabeth
generalmente atendía sus estudios de Lengua después de la cena, lo que
correspondía a los múltiples idiomas académicos en toda Europa; pero ahora,
ella ayudaba con la educación de la pequeña Elizabeth, pues parecía que iba a
tomarlas después de que su tocaya tuviese una mayor agudeza mental. La
pequeña Elizabeth era casi aterradoramente inteligente y Edward dijo una
noche cuando ya estaban en cama que era una lástima que la pequeña Elizabeth
no pudiese heredar su título. Habría sido una duquesa increíble de Cullen.

Por la tarde, hacían lo que quisieran. Elizabeth solía pasar el tiempo leyendo y,
a menudo se podía encontrarla sentada en una manta debajo de su árbol de
roble favorito con un libro en sus manos. A Ward le encantaba sorprenderla y
saltar encima de ella, mientras que Bess se chillaba de risa y rodaba sobre la
hierba con él, otro encuentro en su interminable guerra de cosquillas.

Bella y Edward a menudo aprovechaban la oportunidad y caminaban juntos,


cogidos de la mano, por los senderos polvorientos o por medio de los campos.
Edward estaba preocupado por los cultivos. No había llovido desde el comienzo
de la primavera y el calor era cada vez más opresivo. Los campos recién
plantados se marchitaban bajo el sol abrasador.

—Es como si Dios hubiera escuchado nuestras oraciones para detener la lluvia
del verano pasado y concedió nuestra petición —suspiró Edward—. Ahora,
tenemos que orar por ello de nuevo, pero que recuerde hacerlo con moderación.

—Creo que vamos a tener que comprar más grano —respondió Bella.

Él le sonrió. —Esta afición tuya de alimentar a los pobres se está haciendo


costosa, mi querida esposa.

Bella puso sus brazos alrededor de su cuello. —Yo lo pagaré.

—Hmm… ¿Qué estás ofreciendo?

—¿Joyas? ¿Algunos de los vestidos propios de la Reina de mi armario? —Bella


sugirió.

—No es lo suficientemente bueno.

Ella fingió un suspiro. —Todo lo que me queda es mi humilde persona.

—Es un acuerdo —contestó y la besó.

Un carraspeo los interrumpió. Bess se sentó en la barra superior de la cerca


detrás de ellos. —¿No pueden esperar hasta que estén por lo menos en la
privacidad de la casa para empezar eso?

—Ah, Bess. Lo entenderás cuando celebres tu boda —dijo Edward—. Al menos,


espero que lo hagas.

Bess se encogió de hombros. —Nunca voy a casarme, así que van a tener que
explicarme. Utilicen palabras simples.

—Oh, Bess. ¡Tienes que casarte! —protestó Bella—. ¿Quieres un heredero, no?

Era un territorio peligroso el que Bella estaba pisando. Bess miró a su alrededor
en los campos y los árboles, como si buscara oídos que podrían escuchar sus
palabras.

—Bella, no puedo —dijo Bess—. No voy a cometer el error de Mary al traer un


rey extranjero para que domine el nuestro. El pueblo los odia. Aunque Phillip es
un gran rey, ellos todavía resienten su sangre extranjera. Y no voy a correr el
riesgo de perder el amor de mi pueblo. Es el mayor activo que un gobernante
puede tener. Y no puedo casarme con un inglés. Si me muestro favorable a una
de las familias nobles más que las otras, causaré una guerra civil.

—Se dice que Lord Robert Dudley podrá solicitar la anulación de su esposa,
Amy, de modo que él puede casarse —comentó Bella.

Bess se echó a reír. —Yo nunca podría casarme con Robert —respondió—.
Somos muy parecidos. Y por mucho que lo amo, tengo que admitir que haría de
un terrible rey.

—¿Tú lo amas, Bess? —preguntó Bella.

—Lo he amado más que nadie —dijo Bess con brío. Ella saltó de la barra de la
cerca—. Ahora, he venido hasta aquí para decirles que acabo de recibir una
carta de… un amigo. No van a creer lo que ha hecho el arzobispo polaco.

El día después de la quema de Cramner. Pole se convirtió en el arzobispo de


Canterbury. Ella necesitaba un aliado en una posición importante, pero la
consecuencia de ello fue que tuvo que abandonar la Corte para tomar posesión
de su cargo. Y lo hizo con fervor, enviando primero comisionados a la
Universidad de Oxford para tomar y quemar unos textos heréticos y bíblicos.
También en uno de los actos más extraños del reinado de Mary, puso a algunas
iglesias bajo edicto porque tenían herejes enterrados en el interior, en tierra
santa.
—El cuerpo de la esposa de Peter Martyr fue la prueba —contó Bess medio
divertida y medio horrorizada—. Desafortunadamente para ellos, no pudieron
encontrar a ningún testigo que hubiese oído decir nada herético ya que no
hablaban inglés. Pero encontraron su herética sobre la base de que había sido
una vez una monja antes de que se convirtiera en la fe protestante y muriera
excomulgada de la Iglesia. Su cadáver fue arrojado sobre un montón de
estiércol.

Edward sintió pena. Como cristiano, él creía en la resurrección corporal de los


creyentes cuando Jesús regresara y se compadecía de la pobre Catherine Martyr,
que volvería a la vida en un montón de mierda.

—Se hace aún más ridículo, aunque no lo crean —habló Bess—. Las iglesias de
San Miguel y Santa María se pusieron bajo edicto cuando los cuerpos de dos
reformadores fueron enterrados en su interior. Llamaron a los muertos para que
aparecieran en la Corte, pero cuando se mantuvieron obstinadamente en sus
tumbas, fueron declarados herejes y sus cuerpos fueron quemados
públicamente.

La mandíbula de Bella estaba abierta. Bess la empujó con la punta de sus dedos.
—Te tragas un bicho —advirtió.

—¿Está loco? —Edward preguntó.

—Ya todo el mundo piensa que se ha vuelto loco —replicó Bess—. Se agachó
para recoger un puñado de flores silvestres y comenzó a trenzar sus tallos en
una cadena.

—Bess, cuando tú seas reina…

—Bella, cuidado con lo que dices —contestó Bess bruscamente.

Bella respiró hondo. —Tienes que parar esto —dijo—. La persecución trae
persecución. Cuando tú… Debes detener esto. Habrá aquellos que quieran
venganza, pero hay que poner fin a este ciclo, Bess. O no tendrá fin.

—Haré lo que pueda, pero nunca terminará hasta que los corazones de las
personas quieran que termine.

Eso era de lo que Bella tenía miedo.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
*Las palabras de Edward sobre la luna está hecha de queso "fresco" es lo que se
quiere decir cuando las personas recitan el viejo dicho de la luna está hecha de
"queso verde". Verde significa "envejecer". (El queso es naturalmente blanco,
aunque los estadounidenses prefieren que sea naranja, por alguna razón
desconocida, han teñido con colorante sus alimentos). Supongo que la mejor
comparación para los lectores modernos sería decir que la gente pensaba que la
luna estaba hecha de algo como el queso cottage, la cuajada blanca antes de que
se presiona y envejece que se convierte en un bloque de queso.

El término se aplica a las carnes también. A los Tudor les gusta la carne con
edad antes de comerla, para ablandarla. Incluso he visto un libro de cocina de la
era Tudor que asesora a los cocineros enterrar la carne en un saco por un tiempo
antes de cocinarla para la cena, y en el proceso la sazonaban con esas fuertes
especias de mal gusto que utilizaban.

*Mary tenía cuarenta en ese momento, pero por la forma en que los Tudor
contaban la edad, ella estaba empezando sus cuarenta y un años.

*La historia de Lady Tyler es en realidad la de Anne Talbot, Lady Bray. Ella
apareció en la Corte, como lo he dicho en esta historia, dando regalos y tratando
desesperadamente de conseguir una audiencia con la Reina. Mary se enteró de
su situación y dijo la línea de los "maridos malos", pero parece haber olvidado
todo sobre Lady Bray cuando recibió una carta de Phillip donde daba otra
excusa para no volver. Ella se encerró y comenzó el mismo ciclo. Lady Bray
regresó a su casa, decepcionada. Su marido se quedó en la cárcel hasta abril del
siguiente año. Después de ser liberado, se ofreció como uno de los soldados que
Phillip había convocado para la guerra contra los franceses. Murió por las
heridas sufridas en la batalla de San Quintín, ese noviembre.

*Los estudios de idiomas de Elizabeth eran algo que se comprometió a hacer


por puro placer, aunque, por supuesto, tenía la ventaja de que nunca tendría
que depender de un traductor que no podría expresar adecuadamente los
matices sutiles de un comunicado. Una de sus actividades favoritas era "la doble
traducción", en el la que se traducía un documento a otro idioma, luego lo ponía
a un lado por unos días y traducía en el mismo documento en un segundo
idioma, y finalmente de nuevo al Inglés, para comparar con el original y ver qué
tan acertada estaba. Sí, Bess era una nerd.

*Edward no habría sido capaz de dejarle su título a su hija debido a que sus
propiedades estaban implicadas. Eso significaba que su hijo mayor estaba
obligado legalmente a abandonar el título. Todo lo que era de su propiedad
personal (en lugar de pertenecer al ducado, como joyas de la duquesa) podía
entregárselas a quien lo deseara.
Capítulo 35

Traductora: Eos Dawn (FFAD)


Beta: Lore Cullen (FFAD)

Primavera, 1557

B ella y Bess bailaban cuando el mensajero de la reina llegó. Bess era una

bailarina atlética que saltaba y giraba como un selkie en el mar. Le gustaba Bella
como pareja de baile porque era fuerte y lo suficientemente infatigable como
para levantarla en las gallardas y lavoltas durante horas y horas.

—No es justo que siempre tenga que ser el hombre —se quejó Bella—. Eres más
alta. Tú deberías ser el hombre para variar.

—Yo soy la princesa, así que yo elijo —se burló Bess mostrándole la lengua a
Bella.

—Por eso voy a pisarte los dedos del pie —advirtió Bella.

Ellas bailaron en el gran salón, la única habitación lo suficientemente grande


como para darles espacio para los saltos y giros de baile. Sus zapatillas de cuero
susurraban en los suelos de baldosas blancas y negras; las paredes con paneles
de roble y el techo curvo y alto hacía que la música que producía el pequeño
grupo de músicos de Bess resonara maravillosamente.

Edward estaba leyendo. No le interesaba bailar, para decepción de Bess. La


pequeña Elizabeth se sentó con Margaret y Ward en una manta extendida en el
suelo, cerca de donde su padre leía. Deberían haber estado en sus lecciones,
pero su nuevo tutor, un hombre amable y anciano recomendado por Robert
Ascham, sufría de dolor de muelas. (Bella se preguntaba cuan peor tendría que
ser el dolor para que el hombre tuviera el valor de hacer que se la sacaran.)

Las ventanas estaban abiertas y la brisa con olor a flor tenía la fresca dulzura
del comienzo de la primavera. Habían estado con Bess durante casi un año y
Bella se había enamorado de Hatfield. Ella pensó en el lugar como su casa, y fue
aquí, en el hermoso campo con la gente que amaba, que su corazón había
sanado. El veneno del odio se había evaporado.

La cosecha del otoño pasado había sido pobre, pero después de un invierno
suave, Inglaterra estaba orando para que Dios tuviese misericordia de ellos y
que este año pudiese terminar la hambruna. Hasta el momento, el clima había
sido bueno. La primavera siempre es un momento de esperanza y de renovación
mientras el mundo despierta de su sueño invernal y todo comienza de nuevo.

—Bess —dijo Kat Ashley bruscamente. Bess giró hacia ella reconociendo aquel
tono, y siguió el gesto de Kat hacia la ventana. Un solo ciclista, vestido con la
librea de la Reina, trotaba por el camino.

—Oh , maldición —dijo Bess , y se volvió hacia sus músicos agitando la mano;
quienes se detuvieron a media nota y comenzaron a guardar sus instrumentos.

Una de sus damas le entregó una copa de vino y Bess se lo bebió con avidez.
Bella fue a sentarse junto a su marido en la ventana. Él paso el brazo alrededor
de su cintura y la atrajo hacia su regazo para recibir mimos y un beso.

Ella sabía que él estaba tratando de distraerla para que no se preocupase. Desde
el día en que habían llegado, Bella esperaba que Mary enviara un mensajero con
una carta pidiendo o exigiendo su regreso. La pretensión de espiar a Bess se
había desvanecido lentamente. Ahora eran oficialmente miembros de la familia
de Elizabeth, Edward como mayordomo y Bella como la dama de honor, a pesar
de que su nombramiento en la casa de Mary técnicamente también estaba en
efecto, e incluso recibió su salario por el año con Mary. (Que Bella había querido
devolver, pero Edward insistió en que probablemente era mejor no llevar el
asunto a la atención de la Reina.)

Bess se comportó, o al menos fingía hacerlo. Ella nunca hizo ni dijo nada en su
presencia que causara un conflicto en sus lealtades, lo que Edward apreció
profundamente. Él sabía que Bess estaba tan bien relacionada e informada que
probablemente sabía más de lo que estaba sucediendo en Inglaterra que la reina
y el consejo.

—Mamá, ¿puedo llevar a Maggie y Ward al jardín? —preguntó la pequeña


Elizabeth a Bella.

—Puedes, pero no te demores mucho. La cena es en menos de una hora. —Bella


le dio un beso en la mejilla y la vio partir mientras el mensajero entraba por la
puerta.

Se arrodilló delante de la princesa hasta que ella le dio la señal para ponerse de
pie.

—Su Alteza, estoy aquí para informarle que su majestad vendrá de visita a
finales de la próxima semana. —Elizabeth parpadeó pero no perdió la
compostura.

—Dígale a Su Majestad que me siento muy honrada y agradecida de que venga


a visitar mi casa y que esperaré ansiosamente su llegada. —Ella le dio una
moneda y lo envió a la cocina para tener un refrigerio antes de emprender su
viaje de regreso. Se dejó caer en una silla y cruzó las manos sobre su vientre.

— ¿Qué dices, Kat? —Kat ya estaba haciendo una lista.

—Banquete, por supuesto. Pondremos los tapices Antioch en la sala...

—Ugh, odio esas cosas feas. —Se quejó Bess—. Pero sigue adelante.

—Fiesta de máscaras, no —dijo Kat—. A ella ya no le gustan esas frivolidades—


. Ella golpeó el final de su pluma contra su labio inferior—. Un cebo de oso, tal
vez... Y ¿por qué no ves si puedes conseguir que el coro de niños de St. Paul
cante para ella?
—Excelente idea. —Bess era partidaria financiera del coro de niños y era
invitada con frecuencia para oírlos cantar; ya los había tenido en Hatfield una o
dos veces para actuar. Los niños la adoraban, aunque Bess todavía era muy
torpe con los niños que no son los de su familia.
Miró a Bella pidiendo su opinión y su expresión fue suficiente para decirle a
Bess lo que estaba pensando.

—Tú no tienes que ir al hostigamiento de oso —dijo rodando los ojos.

Bess no podía entender la sensibilidad de Bella hacia los animales. A Bess le


encantaba cazar, y Edward la acompañaba a menudo. Ambos a caballo a toda
velocidad por el bosque, siguiendo a los perros que los llevarían en dirección a
la presa.

Bella, por lo general, se escondía en los más profundos recovecos de la casa,


porque si los veía traer a un ciervo muerto lloraría sobre él, y Bess se iría,
levantando sus manos con un suspiro de exasperación.

— ¿Por qué está viniendo aquí? —preguntó Edward.

—Es probable que venga a decirme en persona que Phillip estará de regreso —
dijo Bess.

— ¿El rey? —dijo Bella estúpidamente. Bess arqueó una ceja.

— ¿Sabes de otro Phillip?

—Pensé que nunca iba a volver —admitió Bella—. Ha sido un año y medio.

—Necesita dinero —afirmó Bess sin rodeos—; él tiene la esperanza de


convencer a la Reina y al Consejo de declararle la guerra a Francia.

—Pero Mary le envió dinero hace unos meses —protestó Bella. Mary había
obligado a sus nobles, entre ellos a Edward, a "prestar" un total de ciento
cincuenta mil ducados, que envió a Phillip junto con un puñado de soldados
que había podido contratar.

—Ahora que el Papa ha declarado a favor de los franceses, va a ser aún peor —
predijo Bess.

El Papa que había acogido Inglaterra había muerto y el nuevo Papa odiaba a
Phillip, porque Phillip había apoyado a un candidato diferente para su puesto y
había hecho campaña sin éxito, sobornado y negociado con los cardenales
votantes. El Papa que eligieron, Pablo IV, era temperamental y rencoroso, como
los mendigos guardaban sus peniques. El Papa apoyó a los franceses en la
guerra, y en un gesto de pura maldad para con la mujer de su enemigo, había
ordenado al Cardenal Pole para ir a Roma. Pole fue el legado papal, una oficina
que siempre fue al arzobispo de Canterbury y el Papa tenía el poder de resucitar
a un delegado en cualquier momento, pero nunca se había hecho antes. Mary
estaba devastada. Sus cartas a Bella estaban tan manchadas de lágrimas que
eran casi ilegibles. Ella todavía estaba enviando súplicas al Papa para tratar de
conseguir que cambie de opinión y su embajador en Roma le estaba rogando
también.

—Ella se dio cuenta de que las defensas de nuestro país son deplorablemente
débiles. Si yo fuera ella…—suspiró—. La frontera entre Inglaterra y Escocia está
prácticamente indefensa.

La joven Mary, reina de los escoceses, se comprometió con el príncipe francés y


había escapado del difícil cortejo de Enrique VIII para que viviera con él. Los
franceses tenían un firme aliado en Escocia y si decidieran invadir desde ahí,
Inglaterra sería devastada.

Mary declaró que todos los ingleses con un ingreso superior a las mil libras al
año deberían proporcionar dieciséis caballos con armadura de batalla, tanto
para el caballo como para el jinete, junto con treinta arcos y aljabas de flechas. El
resto de la gente debería armarse como pudiera, con palos o espadas.

—Ella quería celebrar su llegada y me imagino que va a pedir a todos a volver a


la corte. —Bella sintió como si su estómago se hubiese caído hasta sus rodillas.

—Oh, no... —susurró. Edward la abrazó y le dio un beso en la sien.

—Sabíamos que tendríamos que volver algún día —le recordó—. Hemos tenido
más tiempo aquí de lo que esperaba. Si ella no hubiese estado tan ocupada con
las revueltas y tratando de recoger el dinero, estoy seguro de que nos habría
llamado de vuelta antes. —Bella apoyó la cabeza sobre el pecho de Edward. No
quería que su idilio terminara. No quería volver a entrar en el nido de serpientes
de la corte—. Doy gracias a Dios por el tiempo que tuvimos —le dijo Edward—.
El momento más feliz de mi vida.

—Tú dices eso cada vez que nos alejamos de la corte —comentó ella sonriendo.

—Cada vez es mejor —respondió.


_

Hatfield se puso de cabeza con la llegada de la reina. Un pequeño cortejo para


cazar al oso fue creado, alrededor había asientos con altos muros. Un arenero y
una estaca en el centro, Bella no podía siquiera mirarlo sin pensar en otras
estacas que había visto.

La gran sala estaba puesta con filas y filas de mesas, con la mesa principal,
donde la Reina y Bess se sentarían al frente de la sala en un estrado. Su mejor
platería se sacó de almacenamiento y se colocó en aparadores para que los
comensales admiraran.

Toda la casa se limpió de arriba a abajo y se decoró con los mejores tapices y
pinturas. Bess se mudó de la mejor habitación a una recámara más pequeña, sus
muebles fueron abarrotados con tanta fuerza que apenas se podía caminar por
la habitación.

Bella podía sentir su ansiedad en aumento. La noche anterior a que la Reina


llegara, no podía dormir. Edward roncaba suavemente a su lado y se deslizó de
la cama tan silenciosamente como pudo para evitar despertarlo. No funcionó. Le
cogió la muñeca y sus ojos se abrieron. Él le sonrió y provocó que su corazón
latiera fuertemente; esa sonrisa dulce y esos soñolientos parpadeos.

— ¿Vas a algún lado? —murmuró.

—A nadar —respondió Bella acariciándole el cabello—. Vuelve a dormir,


cariño.
Él bostezó.

—No, voy contigo.

No discutió. Lo quería con ella. Se preguntó si podría convencerlo de meterse al


agua con ella. ¿Pensaría que estaba fría? A veces era difícil para ella, ya que ella
no sentía de la misma manera que los seres humanos.

Obtuvo su respuesta cuando dejó caer su bata y se metió al agua con ella.

Se sentía tan bien, tan natural. Bajo las estrellas, escuchando los grillos y las
ranas, el agua fresca corriendo a través de su cabello mientras se zambullía
hasta el fondo. Ella y algunos peces jugaron durante unos minutos y luego se
dio cuenta de que había dejado a Edward solo allí. Nadó hacia él, deslizando
sus manos por sus pies para alrededor de la parte trasera de las pantorrillas, y
luego hasta los muslos. Ella siguió subiendo por sus muslos con sus labios, y
luego a algo más interesante. Podía oír sus gemidos incluso bajo el agua. Él
enterró sus manos por su cabello flotante y la instó a llevarlo más profundo. Sus
movimientos se hicieron involuntarios y fue entonces cuando él la sacó a la
superficie para un beso salvaje lleno de pasión, amor y adoración.

Esto era una cosa en sus vidas que nunca cambió, Bella reflexiona mientras la
llevaba a la orilla y la acostó en su bata. Su pasión era una constante, e incluso
después de casi cuatro años juntos, parecían nunca tener suficiente uno del otro.
Una vez que había superado la idea de que podría asustarla o dañarla con su
intensidad, había desatado su instintivo y primitivo amante que llevaba dentro,
y que coincidía con el de ella.

Después, descansaron en silencio en brazos uno del otro mirando hacia el cielo
nocturno.

— ¿Bella?

—Mm. —Ella levantó la cabeza de su pecho para mirarle a los ojos. Él trazó un
patrón aleatorio en su abdomen.

— ¿Cómo te sientes acerca de tener otro bebé? —Ella lo consideró.


—Me encantaría tener más hijos, pero no si tengo que ir a la corte. No quiero
respirar el aire envenenado mientras llevo a mi hijo dentro. —Él sabía que no
estaba hablando de miasmas, sino del veneno de la intriga, la traición y la
malicia.

—Entiendo —respondió sin ocultar su decepción.

—Vamos —dijo ella. Se levantó y se puso su bata—. Tenemos que volver.


Siervos de la Reina comenzarán a llegar pronto a acomodarse para su visita. —
Él asintió con la cabeza y se sentó mientras se ponía su bata. Bella se agachó a su
lado—. Yo no he dicho 'no' —aclaró—.Pero no ahora.

Él la besó.

—Lo sé, amor, solo que siento como si la vida de la corte me estuviera privando
de muchas cosas que quiero, y no hay nada que pueda hacer al respecto.

Toda la casa se despertó temprano por los golpes y traqueteo de los vagones
siendo descargados. No había suficientes habitaciones para toda la corte, por lo
que muchos habían tenido que mudarse a la ciudad para alquilar viviendas o
hacer tiendas de campaña alrededor del césped de Hatfield.

Bella y Edward desayunaron temprano y fueron a misa con Bess, que parecía
medio dormida. Al menos el capellán de Bess era un tipo agradable; leía a su
soñolienta audiencia muy bien y realizó un servicio muy rápido.

Bella no se había reunido con el nuevo capellán de los Cullen, nombrado


después de la desgracia del padre Jacob. Ella no sabía todos los detalles, pero
implicaba a una mujer de la aldea, que juró que el padre Jacob y ella se casaron.
Ella debe haber tenido algo que respaldó sus palabras porque él fue
excomulgado. Pero cada vez que se mencionaba el tema, Edward se ponía muy
incómodo y no la miraba a los ojos. Bella sabía que Edward no aprobaría nada
engañoso, pero parecía sospechar que los investigadores que habían contratado
habían sido más bien... descuidados en sus esfuerzos.
Ellos vieron la procesión de la Reina a través de una ventana.

—Ahí está —dijo Bess y su voz era plana. Bess hizo una pausa por un momento
y cerró los ojos. Sus labios se movieron en una oración silenciosa. Besó su libro
de oraciones y un rosario, se los entregó a una de sus damas y sonrió. Si Bella no
la conociera tan bien habría pensado que Bess estaba encantada con la llegada
de su hermana.

En noviembre, Bess había hecho una visita de una semana a su hermana en el


Palacio Somerset. La invitación había sido extendida a instancias de Felipe, que
más o menos había ordenado a Mary reconciliarse con Bess, o al menos hacer
que así pareciera en el exterior. La popularidad de la princesa Elizabeth estaba
creciendo, no sólo en Inglaterra, sino también entre los monarcas de Europa,
que la veían como la heredera obvia del trono Inglés y extendían tentativamente
ramos de olivo y ofertas de amistad.

Le había dicho a Bella que Mary tenía mal aspecto, pero Bella no estaba
preparada para la vieja y frágil mujer que salió del carruaje. Si no fuera porque
todo el mundo se inclinó en profundas reverencias no habría sabido quién era la
mujer. Ella se alegró de que su reverencia escondiera su rostro porque estaba
segura de que el shock al verla tuvo que ser obvio.

Mary tenía bolsas hinchadas y oscuras debajo de sus ojos; su rostro tenía
nuevas arrugas, líneas de expresión profundas y surcos en la frente. Estaba
pálida y delgada, casi al punto de la extenuación. Su piel parecía haberse
aflojado, e incluso los lóbulos de sus orejas se colgaban bajo el peso de sus
pendientes llenos de joyas.

Bella no lo sabía, pero la depresión de Mary estaba siendo "tratada" por sus
médicos con un sangrado diario del brazo o del pie, tratando de drenar
cualquier mal humor que le causara melancolía a la Reina. Como resultado
estaba débil y pálida, y el vestido púrpura brillante que llevaba le daba un
aspecto ictérico.

— ¡Bella! —gritó Mary y pasó junto a su hermana para saludar a la duquesa de


Cullen primero. Fue un leve gesto que hizo apretar la mandíbula a Bess.
—Su majestad —respondió Bella y Mary la levantó con un beso en la frente.

—Oh, querida, ¡te ves tan hermosa! —dijo Mary—. La vida de campo parece
caerte muy bien.

—Lo hace, su majestad.

—Elizabeth. —Mary volteó de su posición para ver a su hermana, quien todavía


estaba en su posición de reverencia. Si Elizabeth no hiciera tanto ejercicio
bailando, sus músculos de las piernas estarían adoloridos y temblando por
tenerlos en la misma postura durante tanto tiempo. Mary dejó que se quedara
allí por un momento y luego la levantó con un beso también.

— ¿Cómo te va, hermana? —preguntó ella.

—Muy bien, su majestad —contestó Bess.

—Bueno, entremos. Estoy muy sedienta.

—Acabo de recibir un excelente vino del Rin, si a su majestad le gustaría


probarlo…

—Eso suena bien.

El diálogo entre las dos hermanas era muy educado, y se quedó de esa manera.
No había calidez entre ellas, cosa que probablemente nunca volvería. Bella vio a
Mary dar un vistazo al collar que Bess llevaba: un collar de perlas famosa de su
madre con el colgante "B". Bella se preguntó si era intencional y luego tuvo que
disimular una sonrisa. Por supuesto que fue intencional. Todo lo que Bess hacía
tenia capas de razonamiento y matices. Se preguntó por qué Bess había querido
recordarle a Ana Bolena. Parecía una provocación, pero Bess probablemente
podría decirle diez maneras en que ella se beneficiaba.

En el banquete, Mary envió cosas de su elección a Bess de su propio plato, una


señal de alta estima. Luego ella y Elizabeth volvieron de la caza del oso con una
sonrisa en sus ojos. Escucharon el coro de niños y los ojos de Mary se llenaron
de lágrimas ante la belleza de la voz de uno de los niños, que cantó acompañado
sólo por Bess tocando el virginal.
Cualquier persona que no las conociera tan bien como Bella pensaría que las
hermanas se habían reconciliado y eran una vez más una familia amorosa. Pero
Bella podía ver la tensión en su postura, las expresiones verdaderas detrás de las
máscaras.

Bess, Edward y Bella fueron invitados al dormitorio de la reina para discutir


"asuntos privados" y Bess le envió a Bella una mirada como diciendo: — ¿Ves?
Te lo dije. La siguieron por las escaleras, aunque Mary tuvo que hacer una pausa
a mitad de camino para recuperar el aliento y apoyarse en la barandilla por un
momento. Ella fue brusca y un poco irritable cuando se le preguntó si se
encontraba bien o si podían hacer algo. Se sacudió sus manos preocupadas y
marchó por las escaleras que faltaban, a pesar de que palidecía a cada paso, y
Bella sabía que era porque no quería parecer débil frente a Bess.

Mary tenía una chimenea en la recamara. ¿Tenía frío? El aire de la noche era un
poco gélido, pero el fuego fue diseñado para la noche de un invierno helado.
Edward se sentó en la silla más cercana al fuego y Bella le lanzó una mirada de
agradecimiento, encantada por su consideración. Mary no perdió el tiempo con
su anuncio.

—Mi señor esposo regresará al final del mes. Los quiero a todos ustedes en la
corte cuando llegue.

Bess bajó la cabeza.

—Como os mandes.

Los ojos de Mary brillaron con ira. Ella se alejó de su hermana y se dirigió a
Bella.

—Te he echado de menos, Lady Cullen. —Bella sonrió.

—Debe estar encantada de que el rey regrese. —Ella no podía devolver el


sentimiento porque odiaba mentir, por lo que optó por la distracción y funcionó
maravillosamente.

—Le dije que debía volver porque ellos siempre van a tener otra crisis que
requiera su atención inmediata. Ese es el precio de ser un gobernante. Esto
nunca se termina. —Mary parecía encantada de hacerle volver, pero no fue el
entusiasmo salvaje que habría tenido hace un año.

Bella asintió con la cabeza.

Bess tiene copias de todas las cartas de la Reina al Rey . ¿Cómo y por qué? Bella
no lo sabía, pero con el tiempo, el tono se volvió menos emocional y más
desesperado. Ella necesitaba su ayuda.

La última que Bella había visto había estado sobre el escritorio de Bess una
mañana. No era propio de ella dejar la correspondencia en un lugar en el que
pudiese ser leída por cualquier persona así que Bella la tomó con la intención de
ocultarla en su escritorio, pero las palabras le llamaron la atención.

Estaba dirigida al Emperador, y la nota al margen decía que nunca había sido
recibida porque Mary la había enviado a Bruselas y él ya había partido hacia
España en el momento en que llegó. El emperador Charles estaba seguro de que
su tiempo estaba llegando a su fin y él quería estar en su tierra natal cuando eso
sucediese, tanto como quería asegurarse de que el gobierno de su hijo era
seguro.

"Quiero pedir perdón a su majestad por mi osadía al escribirle en este


momento, y humildemente le ruego, ya que siempre le ha gustado actuar como
un verdadero padre para mí y mi reino, que examine la situación en la que este
país a caído... a menos que Philip trate de remediar la situación, no sólo yo, sino
personas más sabias que yo, temen que un gran peligro se produzca. "

Levantamientos pequeños se presentan en el país. Cuanto más quemaba, más


audaces se volvían los protestantes. Bonner había publicado recientemente la
retractación de Cramner (aunque no la parte donde se había rechazado una vez
que se enteró de que lo queMaryn de todos modos). Predicadores protestantes
audazmente llamaron a Mary y Bonner mentirosos e imprimieron copias de su
verdadero discurso, ninguno de los investigadores de Mary pudo determinar de
dónde se imprimían. Ella intentó aprobar una ley para que todas las piezas de
material impreso tuvieran que ser pre-aprobados por la Reina, pero eso no los
detuvo. Cuando entraba a su capilla, frecuentemente encontraba el recibidor
lleno de panfletos. Había encontrado uno que llevaba una caricatura de ella
como una antigua bruja, cuidando a una serpiente llamada "España" en su
pecho marchito y había llorado durante días.

No podía entenderlo, ella le había escrito a Bella. Todo se cae a pedazos. El


reino de oro que había imaginado nunca se había materializado. Inglaterra no
había saltado alegremente de nuevo en los brazos de la iglesia. La hambruna y
la peste se extendieron por su tierra año tras año. Su marido no sólo no la
amaba, sino que también evitaba su compañía. Su consejo era rebelde y no tenía
control sobre el Parlamento.

Y la princesa Elizabeth… Le dolía pensar que la hija ilegítima de un criminal


que fue castigado de manera pública, fuera considerada la heredera al trono y
sea más amada que ella, cuya ascendencia era legítima y real.

¿Qué había hecho mal? ¿Cómo había desagradado a Dios? ¿Fue porque la
herejía acechaba en sus tierras?

Lo más triste, según Bella, era que Mary estaba sentada frente a una joven que
podría haber respondido a casi todas las preguntas y que podría haber dado un
buen consejo para recuperar el control, arreglando la economía tan fluctuante y
restaurando la paz. Pero Mary nunca la escucharía, la hija de un delincuente,
posiblemente un hereje secretamente y casi con toda seguridad una traidora.

Mary no fue a encontrarse con su barco en el muelle , ni a esperar fuera del


palacio como lo había hecho la primera vez que se reunió con él, ese día lo había
visto cabalgar en un caballo blanco de brillante armadura.

Esta vez, ella se reunió con él en el interior de su palacio, en su sala de


audiencias, sentada en su trono. Él entró y se acercó al trono. Le tomó la mano,
se inclinó y le dio un beso en la parte posterior. Mary veía al frente mientras lo
hacía. Subió el pequeño conjunto de escalones y se sentó en su trono y juntos,
comenzaron a recibir a los invitados y embajadores. No fue una reunión
romántica, ni siquiera particularmente amable, pero Mary estaba decidida a
mantenerse regia y digna. Ser burlada por toda Europa fue doloroso, pero al
menos se le había caído la venda de los ojos.

Los nobles de España que habían regresado con Phillip (ni por asomo los nueve
mil nobles y sirvientes que lo habían acompañado la primera vez que vino a
Inglaterra) se presentaron a su majestad, incluyendo a una Madame Denali.
Mary se quedó inmóvil cuando el nombre fue anunciado. La mujer se acercó e
hizo una reverencia ante el rey y la reina.

— ¿Madame Denali? —repitió. La mujer lo tomó como su señal para levantarse


y sonrió a la Reina. Ella era joven y bonita, todos los de Europa decían que ella
era la amante del rey.

—Mi prima, la duquesa de Lorraine —murmuró Phillip, y la sonrisa de la mujer


se ensanchó. Bella estaba segura de que en cualquier momento iba a guiñarle el
ojo al rey.

El rostro de Mary estaba tan blanco como la tiza y no volteaba en la dirección


de Phillip. Ella sabía que "la ramera" iría, por supuesto, su nombre había
aparecido en la lista de los cortesanos que debían ser llevados ante el rey, y para
quienes tendría que ser reservado alojamiento en el palacio. Mary no tenía ni
idea de dónde ponerla. Le había pedido consejo a Bella al respecto, pero Bella no
tenía más experiencia con la situación que Mary. Si la pusieran en habitaciones
cercanas al rey, podría parecer que estaban respaldando la situación. Si la
pusieran en las habitaciones en el otro lado del palacio, el rey podría enojarse ya
que ella estaba tratando de intervenirlo cuando visitase a su amante. Con el
tiempo se habían comprometido y dado sus habitaciones en el primer piso del
palacio, frente a los jardines, ni cerca ni lejos, y con su propia entrada privada
para que Phillip pudiese ser discreto cuando la visitara. Tenían la esperanza de
que fuese discreto, las reinas fingían que no veían a las amantes de sus maridos.
Mary había visto a su madre soportar a Ana Bolena como su dama de honor,
sabiendo que Ana tenía previsto suplantarla. Ella había permanecido amable y
digna, a pesar de que debía haber anhelado abofetear a Ana en su sonriente
cara.

Y ahora, su propio marido acababa de presentarle a su amante, y esperaba que


ella la recibiera, para concederle su presencia oficial y pudiera incorporarse a la
vida social del palacio.

Mary parpadeó rápidamente.

—Saludos, Madame Denali. Le doy la bienvenida a la prima del rey.

—Gracias, su majestad —dijo Madame Denali, pero se dirigió a Phillip cuando


hablaba; sus ojos prometiendo cosas malas, como un indicio una sonrisa se
dibujó en sus labios. Retrocedió y Phillip vio el balanceo de sus caderas.

Bella pensó que fue ese el momento en el que el corazón de la Reina finalmente
se rompió para siempre. Su última pizca de ilusión murió, y con el, la mayor
parte de sus esperanzas y sueños. Y a pesar de todo, Bella no pudo evitar
compadecerse de ella por ello.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
- " Bugger " se convirtió en un insulto hacia 1550 . Tiene su origen en la palabra
"Bulger", que era una secta religiosa, similar a la de los cátaros, que creían que el
mundo material era una creación del mal de Satanás y que Jesús (que es pura
bondad) no podría haber sido un ser humano físico. Como resultado, él no
murió en la cruz, por lo que es venerado como un símbolo de un sacrificio que
en realidad nunca sucedió. También fueron anarquistas, que creían que los
sacerdotes y los señores feudales tenían autoridad sobre el pueblo, y los
defensores del amor libre (y de control de la natalidad , que , si se piensa en sus
opciones, es donde los búlgaros consiguieron su asociación con actos sexuales
"perversos" ). Básicamente, ellos fueron los primeros hippies del mundo. Grupos
masivos de ellos viajaron al campo, predicando y viviendo de la caridad. Y la
Iglesia Católica se molestó al respecto.

- Los niños de St. Paul son niños que fueron tomados de las distintas iglesias
por su habilidad para el canto. El vicario tenía el poder para apoderarse
esencialmente de los niños a voluntad. Uno de ellos, Thomas Tusser, escribió un
poema acerca de ser reclutado por el servicio como miembro del coro (ortografía
modernizada y redacción ligeramente actualizado) :

" De ahí para mi voz (sin elección) Lejos de la fuerza, como un caballo de
publicación. Para los hombres tenían diversas licencias entonces como hijo a
tomar. Pero marcar la ocasión, yo mismo para avanzar. Por mucho de la
amistad, a Pablo llegué. Así que encontré la gracia, un cierto espacio
todavía a permanecer " .

Vivían en la casa almonry cerca de la iglesia, en una pequeña residencia allí.

- Un ducado era un valor de $ 44 (dólares de 2010). Tenía alrededor de 3,5


gramos de oro en ella, por lo que valdría más de un centenar de dólares sólo por
su valor metálico.

- Phillip realmente trajo una mujer supuestamente para ser su amante, su


prima, la duquesa de Lorreine (en este cuento, Madame Denali) , con él cuando
regresó a Inglaterra. Mary luchó con el lugar donde debía ser alojada y cómo
debía ser tratada, y se registró que finalmente condujo a la duquesa fuera del
palacio en un ataque de celos.
Capítulo 36

Traductora: Maya William/Carito Iturriaga (FFAD)


Beta: Esmeralda Cullen (FFAD)

B ella se sentó con Mary en la mesa principal después de la cena viendo a los

bailarines. La Reina cogió su copa de vino con tanta fuerza que sus nudillos
estaban blancos y Bella se alegró de que se tratara de oro, en lugar de una de
esas novedosas copas de cristal veneciano.
Phillip y Madame Denali fueron rodeados por otros bailarines, como Bess y
Edward (a quien ella había, más o menos, arrastrado a la pista de baile), pero los
ojos de Mary se quedaron pegados a su marido mientras él giraba y levantaba a
su prima.
Toda la corte estaba encantada con Madame Denali. El Rey le mostraba
abiertamente su favor, por lo que los cortesanos procuraban su compañía. El día
después de su llegada, llevaba un vestido con mangas hasta el codo, un tejido
fino y transparente continuaba hacia abajo, hasta la muñeca. Al final de la
semana, la nueva "manga de Madame Denali" se veía en toda la corte. Mary dijo
que era vulgar e indecente y por lo tanto sus damas siguieron con las
tradicionales… mangas largas de estilo inglés.

Madame Denali tenía mucha cultura. Ella había viajado mucho. Era inteligente,
asesora de confianza de reyes y príncipes. Alegre y divertida. Su cabello de un
suave color miel y, aunque su nariz era un poco larga y su barbilla un poco
hacia atrás, la mayoría no se daba cuenta, porque su atención era atraída por sus
ojos marrones brillantes y labios en forma de arco, casi siempre enroscados en
una sonrisa traviesa. Sus mejillas formaban hoyuelos al sonreír; lo que era a
menudo.
La Reina la odiaba.
Se había sentado en el lado derecho de Mary durante el banquete, el sitio de
honor por lo general dado a Edward, a menos que hubiera un noble de rango
superior que visitara la corte. Mary casi no podía ser cordial con Madame
Denali, aunque la mujer parecía no notar ninguna hostilidad y charlaba,
placenteramente, sobre los chismes de las familias reales que conocía y los
tribunales que había visitado. Ella dijo que estaba muy agradecida por la
hospitalidad de Su Majestad, porque siempre había querido visitar Inglaterra.
Phillip había prometido llevarla a hacer turismo al día siguiente y ella estaba
deseando que llegara la partida de caza que la Reina le había preparado.

Mary comió muy poco y habló incluso menos. Bella quería inclinarse alrededor
de Madame Denali y rogarle a Mary que consumiera tan sólo unos pocos
bocados más. El sangrado constante al que parte sus médicos la sometían, era la
razón por la que estaba tan débil para bailar. Ella necesitaba comida sana y
descanso para recobrar sus fuerzas de nuevo. Bella sabía que no estaba
recibiendo ninguna de las dos cosas.
Los bailarines se arremolinaban lejos de sus parejas. Phillip y Madame Denali se
separaron, con los brazos extendidos, las manos deslizándose por la manga del
otro para tocarse ligeramente con las puntas de los dedos. Él se inclinó hacia ella
y la levantó mientras saltaba. La deslizó lentamente por su cuerpo. Sus miradas
estaban fijas en el otro.
El vino se derramó de la copa de Mary.

Había un pequeño atisbo de indulgencia en toda esta situación. Madame Denali


no se convertiría en un miembro permanente de la corte y Mary no tendría que
soportar la humillación de verse obligada a aceptarla como una dama de honor;
situación que su madre había tenido que tolerar más de una vez con Bessie
Blount; Mary Bolena; Madge Shelton y Ana Bolena. Un desfile de amantes
siempre extraídas de sus damas de compañía.
Madame Denali estaba allí porque Phillip quería que Bess se casase con el
duque de Saboya. Al ser el único heredero de su cada vez más enfermiza
esposa, Phillip quería asegurarse de que Inglaterra quedara sólidamente bajo su
control si Mary muriera. Pensaron que si alguien era capaz de convencer a Bess
para aceptar, sería Madame Denali.

El duque de Saboya era primo de Phillip y gobernador de los Países Bajos. Sus
tierras fueron confiscadas por los franceses, por lo que tenía buenas razones
para apoyarle en la guerra de España contra ellos. La promesa de Phillip para
restaurar sus tierras hizo de Saboya su leal partidario y un marido perfecto para
Bess a los ojos de Phillip. Tenía la esperanza de enviarla de vuelta a los Países
Bajos con Madame Denali.
Bess, de manera rotunda ya había rechazado la unión y Mary, de todo corazón,
estuvo de acuerdo, aunque si era porque quería defender a su hermana de ser
intimidada para entrar en un matrimonio que no quería o, simplemente, para
fastidiar a Madame Denali, fue una cuestión de mucha especulación. Ella había
ido tan lejos como prohibirle a Madame Denali el hablar con Bess sobre la
materia.
Bella se preguntó si Mary tendría conocimiento de los regalos que Madame
Denali había enviado a Bess y decidió que, probablemente, ella lo ignoraba.
Seguramente, tampoco sabía nada de las reuniones secretas, aunque el tema del
duque de Saboya se evitó rigurosamente para satisfacer las exigencias de Mary,
pero aun así ella debería saberlo.
—Me gusta Madame Denali.

Bess había confesado tímidamente. Ella sentía que debía odiarla por simple
lealtad a la familia, pero Madame Denali se la había ganado con su ingenio y su
encanto. Eran muy parecidas, pensó Bella, aguda inteligencia, astucia política,
bien ilustradas y compartían un similar perverso sentido del humor.

Los bailarines se apartaron de sus compañeros de nuevo. Phillip pasó los dedos
por el interior del brazo de Madame Denali. Su dedo índice acarició suavemente
la piel de su muñeca y se sumergió por un momento debajo del manguito.
Cuando estuvo de vuelta, Madame Denali dijo algo y él se echó a reír. Los
bailarines pararon y todo el mundo se quedó en estado de shock. Nadie de la
corte inglesa lo había oído reír, jamás.
—Ha estado ocurriendo desde hace casi diez años. —Bess le había dicho—. Él
quería casarse con ella, pero otros partidos eran políticamente más beneficiosos.
Dicen que era vergonzoso el modo en que la seguía a todas partes, de corte en
corte, llevando siempre espléndidos regalos.
Al igual que la forma en que Mary, una vez, había seguido a su desinteresado
marido, pensó Bella. ¿Por qué Phillip no había tenido piedad de ella y mostrado
un poco de bondad, ya que sabía lo que se sentía con un amor no
correspondido? ¿Era siquiera realmente amor lo que sentía? Había muchas otras
personas en las que su atención se centraba cuando Madame Denali no estaba
en la corte.
Phillip la levantó otra vez y luego la bajó en ese lento tobogán sensual, con los
ojos brillantes y calientes.
Mary golpeó su copa sobre la mesa.

—¡Basta!
Los músicos se congelaron a mitad de nota y los bailarines se tambalearon en su
fin. Todo el mundo miró a la Reina.

—Estoy cansada y quiero retirarme —dijo ella con voz tan fría como el viento
ártico.
Phillip la miró como si quisiera protestar y enrojeció por la ira cuando se dio
cuenta que no podía. Su esposa tenía el poder aquí. Con rostro tenso por la ira,
Phillip siguió a Mary por el salón, sus damas y caballeros a sus espaldas. Hubo
risas de algunos de los nobles españoles.
Siguieron a la Reina a su habitación y comenzó el complicado proceso de
desvestir a Mary y a Phillip. A la cama, ella llevaba el terno de noche y él su
camisa. Ambos estaban rígidos, a los lados opuestos mientras se cerraban las
cortinas. Mary despidió a todos los sirvientes.

Bella fue a buscar a Edward. Todavía estaba en el salón, en una silla junto a la
ventana hablando con Bess, quien se apoyó en la pared con negligencia.

—Ahí estás —dijo—. Yo pensé en venir y quedarme con ustedes esta noche en
Hampstead Heath. Edward y yo queremos jugar al ajedrez. ¿Jugarás con el
ganador?
Bella sacudió la cabeza. No era buena en el ajedrez, no como Bess, que había
pasado toda su vida pensando en dos o tres jugadas al mismo tiempo.
Bess charlaba sobre cosas sin sentido mientras iban a casa, en su litera,
conscientes de las orejas a su alrededor, pero sus ojos le dijeron que tenía algo
importante que decir. Bella se tensó.

Cuando entraron a la casa de Hampstead Heath, fueron recibidos por Rosalie


que estaba bajando las escaleras, su enorme panza de embarazada la precedía.
Caminó lentamente hacia ellos, con un estricto control sobre el pasamano, ya
que no podía ver sus pies.
—Por los huesos de Dios, Rosalie —dijo Bess con asombro—. Cada vez que te
veo, has duplicado tu tamaño. ¿Estás segura de que no estás llevando una
camada en vez de un bebé?
—Estoy recibiendo suficientes patadas en mi hígado para pensar que debe haber
más de un par de pies —gruñó Rosalie. Puso su mano en la espalda y se estiró.
Bess la abrazó y le dio una palmadita en el vientre.
—¿Dónde está Emmett? —preguntó Bella.
—Yo quería un pedazo de pan con miel. Está buscándolo por mí en la cocina. —
Emmett tomó muy en serio la advertencia de que a una mujer embarazada se le
debía dar cualquier alimento que anhelase, porque el no hacerlo podía hacer
daño al bebé que gestaba.
La habitación de Rosalie para su descanso, había sido cuidadosamente
preparada para ella, entraría en reclusión muy pronto. Bella había encontrado
algunos tapices que contaban las escenas de la historia de amor favorita de
Rosalie, Eros y Psique. Habían costado una fortuna, pero Bella pensó que
valdría la pena si hacia a Rosalie feliz durante el mes que debía encerrarse. Ella
no los había visto todavía y Bella estaba emocionada por la sorpresa que se
llevaría.
Ella y Rosalie habían trabajado juntas para hacer un vestido de bautizo digno
del nombre Cullen, ricamente cubierto con bordados y perlas diminutas. Se
sorprendieron cuando no se pudo encontrar los vestidos de bautizo de Edward
o Emmett, nadie sabía si había habido alguna vez alguno que fuera transmitido
de generación en generación. Así que se dispusieron a hacer uno, y el bebé de
Rosalie sería el primero en usarlo. Bella bordó el escudo de la familia en la parte
trasera de la túnica para que todo el mundo supiera a quien pertenecía.
Emmett salió de la cocina con un plato que llevaba el pan con miel de Rosalie.
Parecía muy orgulloso de sí mismo, como si hubiera matado a un dragón en vez
de haber bajado con sus propios pies para conseguir algo tan insignificante. Vio
a todo el mundo reunido en el vestíbulo y frunció el ceño.

—¿Reunión familiar? —preguntó—. ¿Hay algún problema?

—Siempre hay problemas. —Suspiró Bess.


Entraron en el salón de invierno, una pequeña sala de estar en la parte trasera de
la casa que era llamada por este nombre debido a la espesura de los paneles y a
su pequeño tamaño, lo que hacía que el ambiente fuera cálido y cómodo en esa
época del año. Kat Ashley se movió en cuanto todos tomaron asiento,
entregando copas de vino. Bella se preguntó cuándo Bess le había dicho que lo
hiciera y luego negó con la cabeza. Kat, simplemente, parecía saber qué era lo
que su ama necesitaba en cualquier momento, incluso si no habían hablado
durante todo el día.
—¿Qué es esta vez? —Emmett dijo con cansancio—. Yo no he ido a las
reuniones de oración. Lo juro.
—No es eso —replicó Bess—. He hablado con Madame Denali. Se marcha a
finales de mes.
—Alabado sea Dios —dijo Edward con ganas—. Creo que tendría que ir a
Bedlam si tengo que ver a Mary chirriar sus dientes a través de otro baile.
—Ese fue el tema inicial de la conversación. Ella se da cuenta que está causando
un problema real. No es probable que Mary sea susceptible a las solicitudes de
Phillip si se queda.
—Pero tal vez eso es una cosa buena —aventuró Rosalie—. No queremos que la
Reina esté de acuerdo en ir a la guerra con Francia.

—Sí, pero nosotros también necesitamos que el negocio de Inglaterra avance —


dijo Bess—. Recuerda, las propuestas del Parlamento tienen que ser aprobadas
por los dos. Hay una gran acumulación de trabajo que Phillip tiene que hacer en
este viaje, y que no hará si su mujer le está dando miradas malignas a través de
la mesa. Su tiempo aquí es corto.
Nadie se sorprendió por la última revelación. Hubo una vez en la que Mary
creyó que Phillip se iría por un breve espacio de tiempo para arreglar sus
asuntos en los Países Bajos, y luego regresaría a vivir con ella en Inglaterra
durante el resto de sus vidas. Ahora, se estaba asentando en ella la idea de que
la casa de su marido estaba al otro lado del mar y que él sólo la visitaría cuando
sus compromisos se lo permitieran.

Bella pensó en el barco que Mary había tenido preparado para el momento en
que se enterara de que Phillip estaba dispuesto a volver a Inglaterra. Se había
asentado en la desembocadura del Támesis, a la espera de que la Reina diera la
orden para su partida. Cuando los suministros se acababan, el capitán navegaba
de vuelta por el río hasta los muelles. Este procedimiento se había repetido
muchas veces, más de lo esperado y, con el tiempo, la nave tuvo que ser
apartada para repararla. Su casco se estaba pudriendo a causa del lodo y
diversos crustáceos adheridos al no navegar. Mary no había pedido que
volvieran a armarlo después de eso.

Sus esperanzas también se pudrieron.

—¿Cuándo se va a ir? —Bella preguntó.

—Aproximadamente la primera semana de julio —contestó Bess mientras


sorbía un poco de vino.

—¿Lo sabe la Reina?

—Claro que no, Philip no quiere pasar el tiempo que está aquí ahogándose en
su mar de lágrimas. Él quiere esperar hasta el último momento posible para
decirle.

Eso sonaba cruel… y piadoso al mismo tiempo.

—No vayas a decirle, Bella. —Bess le advirtió—. De lo contrario ya no te voy a


contar cosas si es que no puedo confiar en ti.

—No diré nada —respondió Bella levantando su mentón—. Nunca he roto tu


confianza.

—Y creo que jamás lo harás.

Bella alzó su copa dorada y saludó. Volteó a mirar por la ventana en donde
podía ver el agua del pequeño río. Ansiaba estar dentro de él, en ese mundo
fresco y silencioso, libre de cualquier preocupación y flotando con la suave
corriente. Aquí era llevada por turbulencias que no entendía, que cambiaban
abruptamente, arrastrando a cualquiera hasta las rocas que no se veían por la
oscuridad.

Tomó la mano de su marido. Edward, su único refugio. Pero era tan frágil. Se lo
podían llevar en cualquier momento. Lo único que podía hacer él era sostenerla
fuerte y rezar.

Menos de dos semanas más tarde, Bella estaba en las habitaciones de la Reina,
ayudándola a cambiarse para la noche.

Habían sido dos semanas duras para la Reina. Había visto a su esposo y su
corte bailar alrededor de Madame Denali y mientras, Mary flotaba en el borde
de su propia corte. Bella entendió la razón de Madame Denali de traer algo que
aquí no habían visto en años: diversión. Su risa y actitud juguetona mostraba el
doloroso contraste con la corte triste y severa de Mary.

Mary era como una cuerda de un arco sujetada muy fuerte. Cada día su tensión
se incrementaba un poco más y ya estaban viéndose las consecuencias en su
salud. Sus migrañas habían regresado y, a menudo, se retiraba temprano a
recostarse en la oscuridad de su recamara, seguida y perseguida por el lejano
sonido de la música y el eco de las risas del pasillo. Tarde que temprano iba a
tronar y Bella temía ver los resultados de cuando eso sucediera.

El mensajero que había enviado para ver al Rey regresó. Mary se quitaba su
vestido de noche.

—¿Bueno? ¿Dónde está él?

El mensajero tartamudeó.

—¿S-Su Majestad, e-e-el Rey está… Hum… el Rey no está l-l-listo para retirarse,
aún.

—¿Dónde está él? —Mary repetía, entrecerrando sus ojos. El mensajero


comenzó a temblar.

—É-Él… Hum…

—¿Dónde-está-él? —La voz ronca y severa de Mary era un gruñido.

—Está en las habitaciones de Madame Denali. —El mensajero soltó apresurado.

Mary se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando al perplejo mensajero.


Las damas de Mary la siguieron, impactadas por dejar la Reina sus habitaciones
sólo con un camisón. Ella siempre tan pudorosa para ser vista en un vestuario
tan íntimo frente a la corte, aunque varios monarcas incluyendo a su padre,
recibieron invitados vistiendo sus ropas de dormir. Su cabello colgaba de su
capucha de lino, con una trenza gris que caía sobre su espalda y rebotaba con la
fuerza de sus furiosos pasos.

El sonido de risas la recibió antes de que abriera las puertas de la habitación.


Phillip era el centro de atención de los cortesanos: una venda sobre sus ojos y
sus brazos estirados.

Madame Denali se congeló cuando Mary entró. Sus ojos grandes cuando vio la
cara de la Reina, roja de la rabia. Todos a su alrededor se agacharon para hacer
reverencias, esperando que su rabia no fuera dirigida hacia ellos.

La mano de Phillip tocó la de Madame Denali y exclamó: "¡Te atrapé!" En


español. Al parecer no notó que todas las risas se habían detenido, mientras sus
dedos pasaban por su cara.

—¿Quién serás? No estoy del todo seguro… —Sus manos bajaron a acariciar
sus pechos—. ¡Ah! ¡Madame Denali! Puedo reconocer esas monadas en
cualquier parte. —Se retiró la venda y miró a su prima. Siguió su mirada hacia
la puerta, en donde su esposa estaba parada temblando de furia.

La observó de forma impaciente, arqueando una de sus cejas. Mary sacó su


manto de dignidad y realeza. Su espalda de hierro, heredada de varias
generaciones de reinas que habían existido en su familia.

—Deseo retirarme —dijo. Las manchas rojas se esparcieron en su cara dándole


un alarmante color rojizo a su rostro.

—¡Entonces retírate! —Phillip le ladró.

Mary entrecierra los ojos.

—Deseo retirarme —repitió. Todos en el cuarto sintieron un escalofrío recorrer


su cuerpo al escuchar esa voz. Phillip no era la excepción, pero tomó refugio en
su coraje. Aventó la venda al piso y salió de la habitación.

Los ojos de Mary lo siguieron hasta que desapareció por el pasillo. Volvió su
mirada a Madame Denali, pero ella no se acobardaba. Levantó su barbilla y
miró a la Reina directo a los ojos. Su sangre provenía de reyes… también.

—Abandonarás mi corte —dijo Mary.

Madame Denali asintió.

—Me retiraré al final del mes.

—Abandonarás mi corte ahora —le contestó—. Esta noche.

Se escucharon unos gritos ahogados. Madame Denali miró a Mary unos cuantos
segundos más antes de contestarle.

—Como vos deseéis.

Mary no dijo nada más. Se dio la vuelta y salió. Bella y las demás damas la
siguieron sorprendidas. Las despidió a todas en la puerta de su habitación y
Bella se dirigió camino a casa. Por primera vez, pensó, ella le traería noticias a
Bess.

Jacob, quien ya no era Padre Jacob, encontró refugio en un granero quemado.


Parte del ático aún estaba intacto, fue capaz de trepar la pared de piedras
agachándose bajo el techo que los tres laterales aún sostenían. Vio evidencias en
este lugar de que había sido utilizado por otros vagabundos, pero por el
momento era de él.

¿Cómo había llegado a esto? La bruja lo había destruido, lo forzó al pecado y


luego lo llevó más al abismo. Todo lo que tenía en este mundo era una camisa
de lana y un par de pantalones para trabajar, la ropa de la Iglesia la entregó
cuando, ceremonialmente, le rasgaron sus vestimentas.

Encontró un saco de esparto, en donde guardaba diferentes artículos que había


adquirido durante su camino: una alfombra que estaba siendo golpeada en un
colgador (la tomó cuando la sirvienta se distrajo por un momento); un pastel de
carne que se había estado enfriando en la ventana; un pequeño trozo de queso
que vio cuando se llevó el pastel.

Le dio gracias a Dios por estas cosas que se cruzaron en su camino. La alfombra
lo iba a mantener caliente en este pequeño lugar y Dios había provisto la
comida. No lo consideraba robar. La gente, supuestamente, debería de alimentar
a los que sirven a Dios, pero él había sido dado de baja injustamente y no
entendían.

El hechizo de la bruja no había disminuido durante la abstinencia, la auto-


flagelación, las noches sin dormir para orar. Había abusado de su cuerpo como
un adolescente que había descubierto los placeres de la carne. Había
abandonado al anfitrión durante la noche para hacerlo (¡el Duque fue el que lo
descubrió!). En lugar de aplacar su lujuria, parecía incrementarla. Pero no podía
detenerse. Cada vez que cerraba sus ojos, la veía, su piel pálida brillando como
una perla a la luz de la luna.

Consideraba las Escrituras: Si el ojo derecho lo ha ofendido, remuévelo. No creía que


Jesús quisiera decir que sus ciervos deberían de quedarse ciegos o cortar alguno
de sus miembros. Él se refería a cortar el pecado, quitar la tentación. Y la única
forma que sería capaz de hacer eso era saciando el fuego que la bruja le había
prendido a sus entrañas.

Fue con la puta del pueblo. Ella se parecía un poco a la bruja. Vestido como un
trabajador no pensaba que lo fuera a reconocer (en verdad él nunca la había
visto en la Iglesia). Le pagó por una noche de su tiempo y la chica se ganó cada
centavo. Sintió un poco de remordimiento por haber sido tan brusco, pero era
una prostituta y sin duda estaba acostumbrada a ese trato. Lo único raro que le
exigió a ella era que abriera las ventanas para que la luz de la luna se reflejara en
su piel. Pero esta mujer no brilló y, por alguna razón, eso le molestó y fue más
brusco de lo necesario.

La visitó otras dos veces. Ella le cobro más en esas ocasiones, porque le dijo que
una vez que terminaba, no podía recibir a más clientes al menos por un par de
días. Sospechaba que estaba mintiendo, tal vez tratando de halagarlo por su
tamaño y vigor, pero en realidad no le importaba. No era como si el dinero
fuera un problema.

Después de su tercera visita pensó que, finalmente, había exorcizado la


maldición de la bruja. Por unos cuantos meses fue capaz de regresar a su
antigua rutina sin ninguna distracción. Y, luego, volvió a resurgir con más
fuerza. Regresó con la prostituta tres veces más durante el siguiente año. Seis
veces en total, había confesado a los investigadores.

Pero lo habían confrontado con un documento que tenía su firma en donde la


llamaba "su esposa". Sabía que no le creían cuando les dijo que jamás había visto
ese documento. Tenía su firma que no podía negar. El documento, junto con el
hecho de que se había acostado con ella como un hombre lo hace con su esposa,
era suficiente para hacer el matrimonio legal.

Había sacerdotes que renunciaban a sus esposas y se arrepentían, regresando a


la Iglesia, pero no eran perdonados. Él tendría que aceptar que era su esposa y
eso era algo que no iba a consentir. Provenía de una excelente familia, por lo
cual no iba a mancillar su apellido con el de una prostituta común y corriente,
aunque fuera muy poco el tiempo el que le tomara en renunciar a ella.

Le quitaron las vestimentas y lo echaron. No podía regresar sin el permiso del


Papa, y este nuevo Papa era muy hostil con los ingleses y españoles, al punto
que había ordenado que abandonaran Roma. No miraría de forma muy amable
a un sacerdote inglés que se negaba a admitir su pecado.

Le era difícil no tener resentimiento. Obispos y Cardenales mantenían de forma


abierta a sus amantes e hijos (a los cuales llamaban "sobrinos"), a menudo estos
alcanzaban altos puestos en la misma Iglesia. Uno solamente tenía que ver a los
Borgias, su padre: el Papa, su hijo: un Obispo a los quince años, su hija casada
con Lord y Duques por conveniencia. El Arzobispo de Winchester tenía licencia
para un burdel en las tierras del palacio, los ocupantes de estos se llamaban:
"Los Cisnes de Winchester".

Pasaba largas horas en oración, incrementando gradualmente el tiempo que


ocupaba orando hasta que rezaba siempre que estaba despierto, cumpliendo con
lo que decían las escrituras de: "Orar sin parar". Ahora entendió el porqué Dios
le había permitido que lo sacaran de su oficio. Lo había limpiado
espiritualmente. Ya no estaba enfocado en la vida espiritual de otros, lo que lo
liberaba para tener una comunión más grande con el Espíritu Santo. Hablaba
constantemente con Dios.

En algún momento Dios comenzó a hablar con él. Había estado tan grave con
fiebre la primera vez que lo escuchó, que tal vez Dios necesitó darle una
enfermedad para que tuviera su completa atención. Más tarde, se dio cuenta de
que casi murió de esa fiebre pero, finalmente, purificó su mente al punto que
podía escuchar "La Voz". Y dicha Voz le aseguró que iba a regresar a la Iglesia,
en una posición más alta y estimado por su pureza espiritual.

Y la bruja se iba a quemar.

Oh, sí, se iba a quemar.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
*Madame Denali es Christina de Dinamarca, Emperatriz de Lorraine. Ella era la
prima hermana de Phillip, considerada muy bella, erudita y culta. Sirvió en la
monarquía de Lorraine y fue consejera de muchos monarcas de Europa. Cuando
era una adolescente, Henry VIII la consideró como su siguiente esposa después
de que su consorte Jane Seymour muriera. Christina solía decir que si tenía dos
cabezas, una de ellas sería para él. El afecto que Phillip le mostró tuvo lugar en
varias ocasiones. La obsequió con regalos extravagantes y trató de persuadirla,
bien en su corte, o cuando él se la encontraba en algunas de las que visitaba. Las
familias modernas de Suecia, Dinamarca y Noruega son sus descendientes.
Puedes ver pinturas de ella en mi página de Facebook en el álbum "La Esposa
Selkie" incluyendo un par de "Madame Denali Sleeves".

*Phillip era un severo caballero que aparentaba no tener mucho sentido del
humor. De acuerdo a las descripciones de aquella época: "Había adquirido el
sobrenombre de insolencia" (Que significaba altanería). El embajador de Venecia
escribió: "Su apariencia severa y carácter malhumorado lo ha hecho
desagradable para los Italianos, odiado por los Flemings e insoportable para los
alemanes".

Uno de los biógrafos de Christina escribió: "Hablaba poco en público y


raramente sonreía. Durante el año que pasó en Bruselas la gente decía que
nunca lo habían escuchado reír, a excepción de una ocasión, cuando todos en la
Corte fueron testigos de un oso tocando el órgano y unos gatos tristes
amarrados por la cola en jaulas y dando chillidos discordantes. Al ver estas
figuras grotescas [Phillip] rio hasta que las lágrimas le corrieron por las
mejillas". En esta historia, Phillip se ríe en otro momento, frente a sus caballeros
y a expensas de su esposa, pero la corte no lo observó.

*Los burdeles, técnicamente, eran ilegales en Londres, pero la ley lo pasaba por
alto en la mayoría de los casos. "Los Cisnes de Winchester" vivían en un pedazo
de tierra conocido como "libertad". Estaban exonerados de las reglas de la
ciudad y, esencialmente, eran como un propio reino.
Capítulo 37

Traductora: Nikky McGuiness (FFAD)


Beta: Esmeralda Cullen (FFAD)

R osalie entró en su encierro una semana después. Cuando vio los tapices

lloró en el hombro de Bella, se le estaba rompiendo el corazón confesándole el


daño que le había hecho… Desde luego no era la reacción que Bella estaba
esperando. Ella lo atribuyó a los humores tan sensibles del embarazo y sólo le
dio una palmadita a Rosalie asegurándole que había sido perdonada.

—No —dijo Rosalie con una sonrisa llorosa—. Nunca podré ser perdonada,
pero como me dijiste, puedo pasar el resto de mi vida tratando de compensar
todo aquello.

Bella no tenía idea de qué podría haber hecho Rosalie que fuera tan horrible.
Sin duda ella la había tratado mal cuando llegó, pero no le guardaba rencor por
ello.

El confinamiento de Rosalie significaba que Bella estaba exenta de asistir a la


corte mientras aquel durase. Así que pasó buena parte del tiempo con Edward y
los niños. Rosalie decidió imitar a Bella permitiendo que Emmett pasara a las
habitaciones externas de su cámara de descanso, lo que causó que Bess y todos
los sirvientes, giraran sus cabezas y callaran el que no sabían en qué se estaba
convirtiendo el mundo, así como otros comentarios por el estilo.

Al final de la primera semana de junio, Bess bajó a la orilla del río, donde
Edward y Bella estaban descansando sobre una manta, uno en los brazos del
otro, nombrando las formas que veían en las nubes por encima de sus cabezas.
Bess se sentó a su lado y miró hacia la nube que Bella acababa de declarar que
parecía un oso.

—Más bien como un tejón, diría yo —describió Bess, pensativa—. Mira el


hocico largo.

—Casi tanto como el tuyo —bromeó Edward.

—Tengo una idea para cambiar tu título: De administrador a deshollinador —


Bess amenazó.

—Podría disfrutar de eso. —Edward susurró en el oído de Bella—: Me parece


que tengo una gran afición por los espacios estrechos… oscuros.

Bella se río y golpeó su hombro juguetonamente. Edward había pasado de ser


un hombre controlador… al de ahora, al que le habían robado su
distanciamiento con el resto de las personas y su espacio vital. Ese hombre
nunca habría permanecido en la orilla del río con ella y "perdido" el día mirando
cómo las nubes pasaban. Ese hombre nunca hubiera hecho una broma salaz ni le
hubiera sonreído a su esposa cuando ella le había pegado.

—Ni siquiera quiero saber —dijo Bess desconcertada—. De todos modos, yo


vine aquí con noticias.

—¿Qué es esta vez? —Edward suspiró—. ¿Ha encontrado Phillip un sustituto


para Madame Denali?

Bess soltó un bufido.

—Eso desearía. Si fuera así tal vez él me dejaría en paz.

—¿Todavía molestando?

—Me pidió que me casara con él.

—¿Otra vez? —preguntó Edward—. Ya podría hacer algo bien y no insistir, si


es que le importa el hecho de que ya tiene una esposa.

—Él no cree que María vaya a vivir mucho más tiempo —dijo Bess hablando en
voz baja. Sus sirvientes estaban muy atrás, sentados en su propia manta en el
césped, pero aquellas eran palabras peligrosas.

—Puede que tenga razón —opinó Bella—. Ella no está nada bien.

Parecía que cada parte médico de la Reina era peor que el anterior, sobre todo
en estos últimos días. Le dolía la cabeza; sus ojos ardían; los dientes estaban
sueltos y le molestaban. Su respiración era trabajosa, su estómago estaba bilioso
y sus articulaciones se resentían con la misma enfermedad de la gota que había
afligido a su madre. En respuesta, sus médicos la sangraban más a menudo y le
daban purgas para forzar a los malos humores ser expulsados de su cuerpo.
Resultado: Las purgas la dejaron aún más débil y pálida, lo que les causó a
todos tener que redoblar sus esfuerzos.

—No he venido a hablar de la salud de la Reina —dijo Bess—. He venido a


decirles que el Ayuntamiento ha cedido y le ha declarado la guerra a Francia.
Ella utilizó el pretexto de que Francia había apoyado a la Conspiración Dudley.

Edward gimió. Era una noticia que habían estado esperando, aunque con
temor. Con Phillip a su lado, la Reina se sentía más confiada. Cuando el consejo
se había negado a cumplir sus órdenes, ella amenazó con reemplazarlos por
concejales que sí lo harían. Y, lógicamente, ellos cambiaron de opinión de forma
rápida.

—Phillip ha ordenado la venta de tierras y fincas que pertenecen a la Corona


para conseguir el dinero que necesita —continuó Bess, pero esta vez su voz era
amarga y resentida. El Rey no era el único que pensaba que la Reina no estaría
mucho más tiempo en este mundo, y Bess ya estaba pensando en una Inglaterra
como a ella le gustaría—. Edward, ella querrá que vayas y dirijas a algunas de
sus fuerzas.

—No lo haré —contradijo Edward—. No soy un general. No sé nada de tácticas


militares.
—Tampoco ninguno de los otros que ella nombró —alegó Bess—. Llegados a
este punto, creo que ella aceptaría a cualquiera que haya leído una biografía de
César.

—No —reafirmó Edward, su voz firme—. No voy a hacerlo. No voy a dejar a


mi familia para ser un líder incompetente por una causa en la que no creo.

Bess asintió.

—Haré que mi gente le diga que serías una mala elección y se te necesita aquí.

—Gracias —dijo Edward.

Bess miró hacia el río, su expresión era pensativa.

—Me voy por un rato. Ana de Cleves está enferma y quiero estar con ella
cuando... —Bess se detuvo al quebrarse su voz.

Ana de Cleves fue la última esposa sobreviviente del rey Enrique VIII, una
princesa que se había casado para cimentar una alianza con Alemania, como un
amortiguador frente a España y Francia, los cuales habían formado
recientemente su propia coalición. Para su primera reunión él decidió jugar la
broma que había disfrutado tanto con Catalina de Aragón. Se vistió como un
campesino e irrumpió en su habitación. Catalina siempre había fingido no
reconocerlo y había bailado con él (extraño) o le favoreció con una cinta de su
vestido. Ana, realmente, no lo reconoció y se alarmó ante este gordo campesino
imprudente que intentó besarla.

Enrique salió de la cámara y regresó ataviado con sus ropas reales. Ana había
estado profundamente avergonzada y el Rey había sido humillado por la
expresión de horror y disgusto en su rostro cuando intentó besarla. Él siguió
adelante con el matrimonio, pero declaró que era tan fea y sus pechos estaban
tan caídos, que no podía consumar la unión por la repulsión que le provocaba.
El rey se apresuró a añadir que no había nada malo con su virilidad ya que él
tenía sueños húmedos y estaba seguro de poder realizarlo con otra persona.
Quería una anulación inmediata. La alianza entre España y Francia había
fracasado y ella ya no era necesaria, de todos modos...
Ana no era una belleza, pero tampoco era fea. Ella sólo se volvió "fea" cuando
Enrique dijo que lo era. Tan pronto como lo expuso, todos los cortesanos
estuvieron de acuerdo y lo consolaron como a un pobre desvalido: el hombre
que había sido engañado en una unión no deseada con una bruja horrible.

Cuando Ana vio a los hombres del Rey yendo por ella, se desmayó. Seguro que
iban a llevarla a la Torre y la decapitarían, pero llevaban consigo papeles para
una anulación que ella firmó rápidamente, aunque Ana, cortésmente, exclamó
que estaba triste por perder a un buen marido como él. En agradecimiento a su
cooperación, Enrique la había hecho muy rica y declaró que ella iba a ser
conocida como su "querida hermana".

Fuera de todas las esposas del Rey, ella fue la que más feliz vivió. Una vez que
ya no era su consorte, el Rey descubrió que Ana le gustaba mucho. Todos sus
hijos estaban muy apegados a ella también, Elizabeth, especialmente. Ana era
ingeniosa y vivaz, y tan bien versada en la política europea que el Rey dijo una
vez que desearía poder nombrarla como concejal. Ella nunca se volvió a casar, ni
ninguna vez se la volvió a ver en su tierra natal, pero su vida en Inglaterra era
cómoda y feliz, y tenía muchos amigos.

—Rezo para que se recupere —musitó Edward, pero Bess sonrió con tristeza.

—Yo no creo que sea una posibilidad en esta etapa, primo, pero ruego lo
mismo. Infórmale a Rosalie que lo siento, no voy a estar aquí para su buena
hora.

Bella había estado muy segura de que Elizabeth podría encontrar algo que le
impediría estar presente en el nacimiento de todos modos. Ella asintió con la
cabeza y se levantó para besar a Bess suavemente en los labios.

—Se lo diré. Ven a casa pronto, Bess.

La siguieron hasta la mansión en lugar de volver a ocupar su lugar en la manta.


Los niños estarían levantándose de sus siestas pronto y Bella habían prometido
jugar con ellos en el gran salón cuando despertaran. Edward se unió a ellos y se
encontró a sí mismo en el papel de un oso hambriento persiguiendo a los niños
sobre sus manos y rodillas. Cuando él los cogió y los llevó de vuelta a su "cueva"
debajo de la mesa, la pequeña Elizabeth, como un valiente caballero, tenía que ir
a rescatarlos.

Bella se quedó sin aliento de la risa, todavía más, cuando la doncella entró en la
habitación. Ésta no había estado mucho con ellos, y miró al Duque rugiendo
debajo de la mesa, con las manos extendidas en garras y la Duquesa parada
encima de una silla, "encarcelada" en una torre, a la espera de que la pequeña
Elizabeth conquistara al oso y viniera a rescatarla, por lo que decidió que el
Duque y la Duquesa estaban un poco locos. Edward abrazó a la pequeña
Elizabeth con un gruñido feroz y fingió morder su hombro. La pequeña
Elizabeth gritó y soltó una risita.

La doncella odiaba interrumpir, pero era necesario.

—¿Su gracia? —Hizo una reverencia—. Ha llegado el tiempo de Lady Lisle.

—¡Dios mío! —Bella exclamó, saltando desde su silla. Rápidamente besó sus
hijos y a su marido y se apresuró a subir las escaleras hacia la habitación de
Rosalie.

La partera ya había llegado y montaba su silla de partos. Ella estaba animando


a Rosalie para que caminara alrededor de la habitación, aunque tuvo que hacer
una pausa cuando los dolores la golpearon. Tenía sus brazos alrededor de los
hombros de dos de sus doncellas.

—Caminando alrededor… —dijo Kat sacudiendo la cabeza—. ¡Nunca he oído


hablar de algo así! Ella debería estar acostada en la cama para no desperdiciar
sus fuerzas.

—No haga caso de ella —aconsejó la partera—. He traído a más bebés de los
que puedo contar. Confíe en mí. Hará que el nacimiento sea más rápido.

Rosalie no respondió. Otra contracción la había atravesado y ella contuvo el


aliento.

—No, debes respirar profundamente —le dijo Bella—. Profundamente, pero


rápido. —Le demostró cómo hacerlo y Rosalie siguió el ritmo con ella hasta que
hubo pasado la contracción.

—Por favor, siéntese en la silla, mi Lady y permítame ver cuán lejos ha


progresado.

Bella tomó su mano en la suya y Rosalie la apretó con una mueca de dolor
cuando la comadrona pasó los dedos por dentro.

—No queda mucho —dijo la partera alegremente—. Lo está haciendo bien, mi


Lady.

—Gr-Gracias. —El sudor perlaba su frente y Bella metió un paño en el agua que
la partera tenía cerca. Bañó el rostro de Rosalie con el agua fría. El aliento de
Rosalie llegó en pequeños jadeos asustados y tenía los ojos desorbitados por el
miedo. Su último parto había sido difícil y tenía miedo de que ella pudiera
experimentar algo similar.

—No estés asustada Rosalie. Todo va como debe y pronto tendrás un hermoso
bebé para amar. —Ella le dedicó a Rosalie un guiño de conspiración y le dijo en
un bajo susurro—: Espero que la pobre cosita no se parezca a Emmett.

Rosalie empezó a reír, el sonido se cortó cuando la siguiente contracción llegó.


Bella la animó a respirar de nuevo rápidamente hasta que pasó.

—¿Ves? Todo está bien. No tardará más tiempo. Sólo respira conmigo y
sostente de mi mano. No te dejaré ir.

—Desearía tener tu paciencia —dijo Rosalie—. Ni siquiera puedes decir que


estuviste adolorida, estabas tan tranquila hasta que entraste a labor de parto…

Bella siempre había odiado mentir y no era muy buena en eso.

—No quería que Edward se preocupara —afirmó.

Rosalie rechinó los dientes mientras otra ola barría a través de ella. Ella agarró
fuertemente la mano de Bella y jadeó en busca de aire.
Dar a luz era un trabajo duro para humanos, Bella la ayudaba con las
contracciones mientras empezaban a llegar con más frecuencia, y luego le
dijeron a Rosalie que empujara. Se esforzó, con la cara roja y sudorosa. Bella se
la secó y la animó a que siguiera, al igual que la partera, la calmaba con suaves
palabras de elogio. Un último empujón con un gemido lastimero de Rosalie y el
bebé se deslizó en las manos de la partera.

El silencio llenó la habitación en lugar del lloriqueo del bebé.

La pequeña carita del bebé era azul, el cordón envuelto con fuerza alrededor de
su cuello. La partera rápidamente lo desenredó, pero el niño no se movió. Ella le
sacudía y le dio una palmadita en el trasero afilado, pero no reaccionó.

—¿Qué pasa? —gritó Rosalie—. ¡Mi bebé! ¿Hay algo malo con mi bebé?

—Lo siento, mi Lady —dijo la partera simplemente.

Rosalie dio un grito ahogado y trató de levantarse de la silla. Sus doncellas


corrieron para mantenerla en su lugar.

—No, mi Lady, ¡no se debe mover todavía!

Bella tomó al pequeño de los brazos de la partera y presionó su oído contra el


pecho del bebé. Entonces ella hizo la cosa más extraña: le pellizcó la nariz, puso
su boca sobre la suya y sopló aliento en él. Lo hizo tres veces más y luego se oyó
un sonido de asfixia minúsculo del bebé, que se convirtió en un sonoro
lloriqueo.

—Alabado sea Dios. —La partera exclamó con asombro. Se santiguó y luego se
llevó las manos a las mejillas en estado de shock.

Rosalie sollozó, los brazos extendidos. Bella envolvió al bebé furioso, cuyo
rostro estaba regresando a un rosa saludable, en una toalla de lino y lo entregó a
su madre.

—Gracias, Bella —susurró—. Oh, Dios... gracias. —Ella besó la cabecita de su


niño una y otra vez—. Gracias.
—¿Qué hiciste? —La partera le preguntó en un tono de asombro, sin aliento.

—Mi casa está al lado del mar —explicó Bella—. He visto a los que se ahogan
recibir el aliento de esa manera y vivir, les provocan el latir del corazón.

La partera parpadeó y sacudió ligeramente la cabeza con asombro.

—Es increíble —afirmó. Entonces se dio cuenta de que tenía trabajo aún sin
hacer y se volvió hacia Rosalie para ayudarla a expulsar la placenta y cortar el
cordón umbilical. Rosalie se resistió por un momento cuando la partera tomó al
bebé de ella para bañarlo en el tazón de vino tinto que se había mantenido
caliente por la chimenea.

—Gracias, Bella —dijo Rosalie con fervor—. Salvaste a mi bebé después de que
traté de alejar al tuyo de ti.

Bella inclinó la cabeza, confundida.

—¿Qué quieres decir?

Pero Rosalie no respondía. Ella sollozaba con tanta fuerza que la silla debajo de
ella se sacudió. Bella puso sus brazos alrededor de Rosalie y la abrazó mientras
lloraba. Esperaba que Rosalie no tuviera la misma depresión que la había
afligido después del nacimiento de Margaret.

Ayudó a la partera a lavar Rosalie, a vestirla con un camisón limpio y la puso


en la cama con su bebé (había tomado la decisión de alimentar a su hijo ella
misma, al igual que había hecho Bella), antes de ir a la habitación de Emmett. Lo
encontró tirado en el suelo, con el rostro blanco y tenso. Tan pronto la vio, corrió
hacia ella y la agarró por los hombros.

—¿Está Rosie bien? ¡Dime!

—Ella está muy bien —Bella le aseguró—. Tienes un hermoso niño.

—¿Un muchacho? —repitió—. ¿Un hijo? ¿Tengo un hijo? ¡Tengo un hijo! —Se
volvió hacia Edward, con la cara surcada por una enorme sonrisa—. ¡Tengo un
hijo!
—Sí, he oído —dijo Edward, sus labios se curvaban de la diversión—.
Felicitaciones, hermano.

—¿Puedo verla? —Emmett preguntó ansiosamente.

Bella pensó que era una buena idea, teniendo en cuenta la melancolía de
Rosalie.

—Adelante. Se alegrará de ello, estoy segura.

Edward estaba observando de cerca a su esposa. Después de que Emmett cerró


la puerta detrás de él, le preguntó a Bella en voz baja:

—¿Qué es…?

Bella negó con la cabeza.

—Algo extraño que Rosalie dijo, pero es probable que sus sentidos estuvieran
atontados a causa del nacimiento.

Él asintió con la cabeza, añadiendo:

—Las mujeres dicen cosas extrañas en un momento así, o eso he oído.

Sí, eso fue probablemente. Ella no sabía lo que estaba diciendo. Pensó Bella,
mientras se apretaba contra el pecho de Edward.

—Tuve que prohibirle beber —dijo Edward. Le quitó la gorra a Bella y soltó su
pelo. Se desparramó en su mano como una cascada oscura y le acarició los
mechones brillantes. Parecía que eso lo calmaba—. Tenía tanto miedo. Tuvo un
parto difícil la última vez y estaba angustiado de que pudiera perderla. Es una
cosa horrible sentirse tan impotente.

Bella se acurrucó más cerca de él. Había muchos peligros en este mundo que no
podían ser combatidos: la política, la enfermedad, el parto... Todos ellos podían
quitarte aquello que era tan precioso.

—Debemos, pues, tomar un poco de tiempo cada día para estar agradecidos por
lo que tenemos.
—Yo lo hago —le dijo Edward—. Todos los días doy gracias a Dios porque te
encontré en esa playa, no puedo nunca dejarte ir, Bella, lo siento, sé que te
prometí... —Se interrumpió y cerró los ojos—. Simplemente no puedo. Te
necesito demasiado.

Estaba a punto de explicarle a él sobre la unión creada por hacer una promesa a
la fae-folk, cuando alguien llamó a la puerta. Edward suspiró y puso a Bella
sobre sus pies.

—Pase.

—Una carta para usted, Su Gracia. —El mensajero se arrodilló en el suelo


delante de Edward y le entregó la hoja de papel doblada. Bella se acercó a la
mesa y sacó una moneda para el hombre. Ella le dio las gracias y lo mandó a la
cocina para que comiera antes de partir.

—Es de Jasper —dijo Edward—. Él y Alice han tenido una hija. La han llamado
como tú.

—Eso es algo típico de ellos. ¡Un bebé! Alice debe estar tan feliz. ¿Ha hecho las
paces Jasper por su salida de la Iglesia?

Edward observó el resto del texto.

—Él no lo dice, pero no suena tan malhumorado como la última vez que
escribió, así que tal vez esté llegando a ciertos términos... Escucha esto: que ya
ha oído hablar de la expulsión de Madame Denali de la corte de María.

Se suponía que Bella, en algún momento, debería dejar de sorprenderse por la


rapidez con que los chismes podían viajar, pero siempre la asombraba.

—María es el hazmerreír de toda Europa —siguió comentando Edward—.


Jasper dice que vio una caricatura de una bruja demacrada persiguiendo una
belleza rolliza del palacio con una escoba.

Esperaba que María nunca viera eso, pero ella sabía que era algo inevitable. En
algún momento, pronto más que tarde, ella se vería obligada a enfrentarlo. Las
personas escondían esos panfletos crueles donde a ella le sería imposible no
verlos: dentro de su libro de oraciones; debajo de la almohada; en su silla; en el
clavo de la puerta dentro de su guardarropa... No podía escapar de ellos, del
mismo modo que no podía huir de la dura verdad de que había perdido el amor
de su pueblo, que cuánto más trataba de acabar con la herejía, más florecía, y
que su amor por su infiel marido la había convertido en objeto de burla de toda
Europa.

María era una reina, en sus venas corrían generaciones de realeza, y con un
pedigrí que se remontaba a siglos atrás. Ella mantenía alta su barbilla y sus
hombros cuadrados en público, pero en la oscuridad de su habitación lloraba
como un pequeño niño, mientras cada sueño que tenía se convertía en cenizas
que caían a su alrededor.

Rosalie bautizó al niño dos semanas después del nacimiento. Llamaron al


muchacho Charles, por el padre de Edward y Emmett. Éste último, cuando se
enteró de cómo Bella había salvado al pequeño Charles, le pidió que fuera la
madrina y, por supuesto, Edward aceptó el papel de padrino.

—Me gustaría tener un mayor honor que ofrecer —dijo Emmett.

—Sean una familia feliz, Emmett, eso me va a honrar más que cualquier título
pudiera hacerlo —afirmó Bella.

Emmett asintió. Él y Rosalie se dirigían de nuevo a Cullen Hall ahora que el


bebé había nacido y Bess dijo que quería volver a Hatfield. Bella les envidiaba
esa libertad, pero había tenido un costo.

María se había sentido profundamente ofendida el año pasado cuando Emmett


rechazó su oferta de una anulación rápida por parte de su notoria esposa, por lo
que le había prohibido a Rosalie presentarse en su corte. Ella había amenazado
con anular el matrimonio de todos modos y acusarle de fornicación, pero
Emmett había resistido firme y valientemente. Amaba a Rosalie, le dijo a la
Reina, y mintió audazmente diciendo que se había casado con ella sabiendo de
su pasado. Cristo perdonó a María Magdalena, le recordó, y Rosalie ya había
cumplido con su penitencia, así que ¿por qué no podía ser perdonada también?
Pero la Reina no estaba de humor para perdonar.
Ignoraban si la necesidad de obtener ingresos económicos para su marido
habría sido la causa, pero la semana pasada María despojó de su título y tierras
a Emmett. Edward había comprado la propiedad de forma discreta, para que
lindara con su propia finca y porque no quería ver las tierras, que habían estado
en su familia por generaciones, en manos de otro. Cual fuera la razón, Edward
estaba disgustado por el rencor de María.

Ahora eran simplemente "Lord Emmett" y "Lady Brandon", aunque la mayoría


de la gente todavía los llamaba Lord y Lady Lisle. Emmett no se molestó en
corregirlo. A él no le importaba mucho si tenía o no un título, pero lamentaba su
pérdida para su pequeño hijo, que sólo sería conocido como: Maestro Brandon.

Dado que Edward no pudo restituirle las tierras a Emmett, sí le dio el cargo de
su gestión, con un salario idéntico al ingreso anual que antes gozaba. Emmett
tenía lágrimas en los ojos cuando Edward se lo dijo y se abrazaron, el pasado ya
perdonado, la brecha entre los dos cerrada por completo. Jasper estaría feliz
cuando se enterara de ello, pensó Edward.

Bella y Edward miraron la caravana de carros desaparecer en la distancia y


luego volvieron a entrar en la casa, cogidos de la mano.

—Charles es un hermoso bebé —aseguró Edward, y Bella pudo detectar un


toque de nostalgia en sus palabras.

Ella puso sus brazos alrededor de su cuello.

—Si la Reina nos permite irnos después de la salida del Rey, tal vez podamos
empezar a buscar otro nosotros mismos.

—Voy a hablar con ella sobre eso —prometió, y luego una luz malvada apareció
en sus ojos—. ¿Podríamos practicar eso de hacerlos?

Bella fingió considerarlo.

—No lo sé. Estoy bastante segura de que sé cómo se hace.

—Pero hay maneras que todavía no he podido probar —protestó Edward.


Trazó una línea con su dedo por la garganta hasta el escote en V de su vestido.
—Oh, está bien —admitió Bella con un suspiro dramático—. No me gustaría
que te olvidaras de lo que hay que hacer cuando llegue el momento.

Él la levantó en sus brazos, con cuidado de su miriñaque y se dirigió por el


pasillo hacia su habitación.

—¡Su Gracia! —Uno de los criados llamó.

—Ahora no —rugió Edward—. A menos que alguien esté en su lecho de


muerte, puede esperar.

El sirviente sonrió al ver al Duque con la Duquesa en sus brazos.

—Sí, eso puede esperar.

En el interior, tiró cuidadosamente a Bella en la cama (él quería jugar rudo, pero
nunca podría ser realmente así con ella, no estaba en su naturaleza). Sus caderas
se colocaron sobre el borde, con las piernas colgando. Él levantó la falda y le
acarició la parte posterior de sus muslos desnudos.

—Hay un fallo en esta posición —anunció.

—¿Hm?

—No puedo ver tu cara. —Fue a su armario y lo abrió con la llave que siempre
colgaba de una cadena alrededor de su cuello. Él no iba a arriesgarse a que
alguien se acercara de nuevo a la piel de Bella. Sacó su precioso espejo de cristal
y se lo entregó a ella—. Inclínalo hacia mí. Un poco más. Ahí —su voz áspera al
ver el calor en sus ojos entornados—. Perfecto.

Su mano palpó que ella estaba tan excitada como él, pero no era suficiente. Él
quería su lado salvaje, quería que ella gritara, quería que ella estuviera tan
frenética como él se sentía.

Hizo su camino dentro de ella, tan lentamente que gimió de frustración, tan
despacio que ella trató de embestirle con sus caderas, pero él la cogió y la
sostuvo con manos firmes, una de los cuales se quedó ahí para mantenerla en su
lugar, y la otra se deslizó en torno a su parte delantera para frotar en círculos
lentos, en acompañamiento a sus movimientos suaves dentro de ella.

—Oh, Dios, por favor —suplicó, y él no pudo soportar escuchar su ruego. Se


introdujo de golpe en ella y consiguió los gritos que había querido, aunque tuvo
que apartar la mirada de su rostro reflejado en el espejo, para no perder el
control antes de tiempo.

Después, él se sintió deliciosamente agotado, como si se hubiera derramado su


todo, su corazón y alma, la mente y el cuerpo, dentro de ella. Se dejó caer sobre
la cama, respirando con dificultad. Bella se quitó cada parte de su vestido que
podía alcanzar y luego le pidió ayuda con el resto. Se arrastró sobre la cama con
él gloriosamente desnudo, y se envolvió alrededor de su cuerpo todavía, en
parte,vestido.

Tal vez María estaría tan ocupada con la guerra que no le importara dejarlos ir,
pensó Edward. Esto es lo que quería: cálidas tardes perezosas en las que su bella
esposa selkie dormitaba a su lado. Se comprometió a hacer que eso sucediera de
alguna manera, no importaba el precio.

Los cronistas chinos lo llamarían la "Estrella Fugaz". Los ingleses lo llamaban


un presagio, una señal del desagrado de Dios, una advertencia de una plaga que
viene o incluso el fin del mundo. Bella se encogió de hombros y dijo que era una
estrella volando. Había observado muchas a lo largo de su vida.

Fue el primer cometa que Edward había visto y estaba impresionado por eso.

—¿Qué es, qué te parece? —Edward y Bella estaban fuera, en la playa después
de un baño a medianoche. El tribunal había seguido a la Reina y al Rey a Dover,
donde él abordó un barco por la mañana para llevarlo de regreso a los Países
Bajos. Bella había llorado de alegría cuando vio el mar de nuevo, por primera
vez en más de un año. Los baños a media noche en el río eran divertidos y
refrescantes, pero nada podía compararse a retozar en las olas y buscar un poco
de dulces algas jugosas.

Edward descansaba sobre su espalda, después de que ella había regresado de la


playa, mirando hacia el cielo nocturno. Bella había recostado su cabeza sobre el
corazón de Edward y sus ritmos parecían coincidir con la cadencia del mar, una
canción de cuna que podría enviarla a los sueños más hermosos. Cuando habló,
la somnolencia era evidente en su voz:

—Los selkies dicen que las estrellas a veces se sienten solas o se enamoran de
otra estrella y por eso se mueven a través del cielo para estar con ellas.

En Ginebra, un hombre llamado John Knox tomó el cometa como una señal del
desagrado de Dios y publicó un folleto con el título un tanto difícil de manejar:
El primer toque de trompeta contra el monstruoso regimiento de la Mujer. Para
el Knox protestante, María no sólo era una hereje, sino que permitir a una mujer
gobernar era un insulto a Dios, una alteración del orden natural en el que Dios
había hecho a las mujeres subordinadas a los hombres, a causa de su
inferioridad inherente a la inteligencia y la sabiduría.

—Me gusta su metáfora aquí. —Bella recordaba haberse reído cuando ella y
Edward leyeron una copia que habían encontrado en la capilla provisional de la
Reina—. Poner una corona en su cabeza es tan indecoroso como poner una silla
de montar en una vaca rebelde. No puedo esperar para mostrarle esto a Bess.
Ella probablemente va a marchar directamente a Ginebra y retorcerle el cuello.

—No podemos conservarlo —le dijo Edward—. Y en cualquier caso, yo


apostaría que Bess ya lo ha leído.

Tomó el folleto y lo arrojó a la chimenea, esperando para asegurarse de que se


consumiera totalmente antes de volver a la cama con Bella. Tenía la sospecha de
que sus cámaras estaban siendo investigadas, porque a veces encontraba las
cosas fuera de lugar y sin ninguna explicación. Incluso el pequeño cofre que
contenía la piel de Bella se había abierto y sabía con certeza que él no lo había
dejado así.

Por la mañana, toda la corte fue a los muelles para despedir al Rey mientras
abordaba su nave. Él sorprendió a todos cuando hizo la cosa más amable que
había hecho por la Reina desde su matrimonio con ella: La besó ligeramente en
los labios antes de volverse a subir a su barco.
María presionó los dedos contra sus labios y las lágrimas brotaron de sus ojos.
Hace un año, o hace dos, su acción podría haberla envuelto en un frenesí salvaje
de esperanza y alegría. Ahora, sólo parecía ponerla triste.

La nave levantó sus velas y se deslizó fuera del puerto con los vítores de los que
esperaban en la orilla, para muchos el entusiasmo era real y se alegraban de
verlo dejar las costas de Inglaterra. María estaba en el muelle, observando en
silencio, hasta que el barco de su marido desapareció en el horizonte.

Ella nunca lo volvería a ver.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
—Acerca de los títulos: 'Brandon' es el nombre de la familia de Edward en esta
historia. Su padre era Charles Brandon, Duque de Cullen (en la vida real, él era
duque de Suffolk). El segundo hijo de un Duque podía tener uno de los títulos
secundarios del Duque, pero sin ellos, no sería más que "Lord Emmett". Rosalie,
por otro lado, sería "Rosalie, Lady Brandon". Ella nunca sería llamada "Lady
Rosalie". Esto se debe a que Rosalie no nació con el título. Las hijas de un barón
o alguien superior, tendrían el título de la cortesía de "Lady Nombre", pero las
que se convirtieron en damas por virtud del matrimonio se llamaban "Lady
Apellido".

—El cometa aparece realmente en octubre. Lo he movido al verano.

—John Knox publicó su panfleto contra el "monstruoso regimiento de la Mujer"


en el verano de 1558. Su línea de la "vaca rebelde" se imprime en el apéndice de
la edición de 1878, en una carta a la Reina Isabel, refiriéndose a María de Guisa,
quien se desempeñó como regente de su hija María, reina de Escocia.
Capítulo 38

Traductora: Nikky McGuiness (FFAD)


Beta: Esmeralda Cullen (FFAD)

A nne de Clèves murió casi dos semanas después de que el Rey hubiera

abandonado el país. Bess estaba devastada. La carta que envió a Bella era tan
parecida a las que solía recibir de María… toda manchada por las lágrimas.

María ordenó que se la enterrara en la Abadía de Westminster, así su cuerpo


descansaría junto al altar mayor. Ni ella ni la princesa Elizabeth asistieron
porque el protocolo real lo prohibía, pero se aseguraron de que tuviera un
funeral digno de una reina de Inglaterra.

Anne fue llevada a la abadía en una magnífica carroza, cubierta con finas telas
tejidas con oro y terciopelo. El carruaje estaba parado delante de la tumba,
inacabada, después de que su ataúd fuese sellado. Multitud de velas ardían
alrededor de él, día y noche, y una efigie de cera, vestida con uno de los vestidos
de Anne, se mantenía sentada encima del féretro.

Esa noche los monjes penetraron en la abadía y robaron todos los finos tejidos
de la carroza fúnebre más el vestido de la efigie; la cual fue lanzada con
indiferencia al suelo, haciéndose añicos. Bess se enfureció cuando se enteró de
ello y le exigió a María que hiciera algo y, aunque María prometió una
investigación, nada se hizo.
Bess despotricaba sobre esto cuando regresó a la casa en Hampstead Heath.
Bella pensaba que era la pasividad de María lo que hizo que Bess se enojara, aún
más que por el saqueo de la propia carroza. Por lo que pidió, y recibió, permiso
para salir de la Corte, no podía soportar ver a María sin que su sangre hirviera
de ira.

Por la mañana, Edward y Bella llevaron a los niños a la Corte con ellos. María
había dicho que era el momento para que le fueran formalmente presentados,
acción por la cual los hacía, esencialmente, parte de dicha Corte. Política y
socialmente relevantes. Bella no quería hacerlo, pero no tenía opción. De eso se
trataba la vida allí: No tener opciones.

Pasaron junto a la fila de cortesanos que esperaban su turno para ser


presentados, pues un duque y una duquesa, tenían prioridad. Esperaron en la
puerta hasta ser llamados y Bella intentó, por última vez, alisar el cabello de
Ward. Se salía del pequeño sombrero como si nunca le hubieran pasado un
peine.

Edward se rio entre dientes.

—Estás luchando una batalla inútil, querida.

Ward tenía tres años de edad ahora, una copia en miniatura de su padre con su
rebelde cabello rojo Tudor y la mandíbula firme, aunque poseía los ojos de Bella.

Mientras entraba en la cámara de presentación, de la mano de su hermana


mayor, sus ojos eran enormes y solemnes. Llevaba un pequeño doblete enjoyado
con un sobretodo, medias y un pequeño taparrabos (que él había estado
maltratando al jugar, alegre, todo el tiempo que pudo en la hojarasca), más una
espada en miniatura que prendida de su cinturón portaba en un lado de su
cuerpo.

La pequeña Elizabeth lucía una versión más pequeña del vestido de Bella, de
raso blanco cubierto de paño de oro y rosetas, cada una con una gran perla en el
centro. La enagua, pesadamente bordada, estaba cubierta de patrones de
remolinos con perlas más pequeñas. Sus rizos castaños fluían debajo del
sombrero sobre su espalda.

—¡El duque y la duquesa de Cullen, conde de Portland y lady Elizabeth!

El pregonero de María los anunció mientras pasaban a través de la gran puerta.

Ward se sobresaltó un poco, pero caminó sin vacilar por el pasillo central detrás
de sus padres. Bella se preguntó qué podía estar pensando acerca del bosque de
cortesanos que se alineaban en el pasillo: todos ellos mirando, murmurando;
otros observando, algunos encantados y sonrientes, pero todos con los ojos
puestos sobre él.

Bella y Edward ejecutaron profundas reverencias ante la Reina, y sus hijos


hicieron lo mismo. La pequeña Elizabeth había practicado docenas de veces y el
resultado fue perfecto. Ward se golpeó un poco a sí mismo en el estómago con
el puño de su espada, y tropezó. Hubo algunas risas por parte de la audiencia.

La mirada de María era suave y tierna.

—Por favor, traedlos más cerca —dijo.

Bella les dio un leve empujoncito a los dos hasta los escalones de la tarima.
María bajó de su trono y se sentó en el borde de la escalera, una acción que
provocó exclamaciones sorprendidas por toda la habitación. Las reinas,
simplemente, no hacían esas cosas delante de sus subordinados. Ella debía
favorecer a los niños con mayor nivel, creían sus cortesanos. Algunos de ellos
comenzaron a pensar en regalos y propuestas que podrían hacer que los niños
se sintieran encariñados con la Reina, y viceversa, para que cuando fueran
adultos tuvieran su lugar en la Corte.

—Hola, Ward —dijo la Reina en voz baja—. La última vez que te vi eras un
bebé. —Ella lo besó en la frente—. ¡Oh, cómo me gustaría que fuera mío!

Sus ojos brillaban con lágrimas mientras se alejaba.

—No llore, Reina —la respondió Ward.

Él metió la mano en el bolsillo y sacó un trozo de naranja confitada con pelusas


pegadas, probablemente robado en la cena de la noche anterior, y se la ofreció.
María lo tomó con una sonrisa, mientras que lo guardaba en su bolsillo. Se
volvió hacia la hermana de Ward.

—Lady Elizabeth... ¡Oh, mírate, cómo has crecido! Eres hermosa.

—Gracias, Su Majestad. —Elizabeth hizo una reverencia de nuevo.

María hizo el intento de cargarla y la besó en la frente, como había hecho con
Ward.

—¿Cómo están yendo sus lecciones, lady Elizabeth?

Elizabeth se lanzó a una explicación de sus estudios, pero fue interrumpida por
su hermano.

—Tengo una espada —le dijo Ward a María, señalando a la misma que estaba
en su costado—. Pero padre la ató, así que no puedo sacarla. Yo… he sido malo.

Los labios de María se crisparon. Era enternecedor el gesto del pequeño.

—¿Qué hizo?

—No debería haber cortado las cortinas de la cama. —Ward confesó—. Así que
está atada hasta que yo sea más responsable.

—Ya veo. Su padre tiene razón, por supuesto.

Bella vio los hombros de la pequeña Elizabeth hundirse con decepción porque
la Reina parecía más interesada en su hermano. Era una lección dolorosa que
estaba aprendiendo poco a poco: la gente prefería a los niños pequeños más que
a las niñas. Todo el mundo, menos sus padres, parecían pensar sobre una niña
educada en la misma forma que en un perro faldero que podía hacer trucos:
divertido, pero en última instancia… inútil.

Los cortesanos, finalmente, comenzaron a dispersarse cuando se hizo evidente


que María iba a continuar hablando con los niños. No había nada de interés o
utilidad en eso, nada de secretos que escuchar ni estrategias diplomáticas que
revelar. Ninguna información útil para utilizar en un posible y futuro chantaje.

Fue sólo una vez que la Reina le dijo a la pequeña Elizabeth:

—Va a estar lista para casarse pronto.

Y la atención de los allí presentes fue atraída de nuevo. La hija del Duque, sin
duda, tenía una gran dote, y era la quinta en la línea de sucesión al trono.

—No me quiero casar. —La pequeña Elizabeth declaró—: Quiero quedarme


doncella como tía Bess.

María se rio entre dientes.

—Va a cambiar de opinión, tal como yo lo hice, pequeña. El matrimonio es la


misión destinada por Dios para las mujeres, a menos de que se las llame a la
Iglesia.

La pequeña Elizabeth abrió la boca para protestar, pero la atención de la Reina


ya había vuelto a su hermano.

Esa noche, Bella cepilló el cabello de María después de que ella se hubiera
desnudado para ir a la cama. Bella estuvo bostezando y lista para irse a casa, a
los brazos de Edward. Él y María tuvieron una larga conversación esa tarde y
Bella estaba ansiosa por saber lo que allí se había dicho. María, hasta ahora, no
había soltado nada.

—¿Bella?

—Sí… ¿Su Majestad?

—No he tenido mi período desde que el Rey partió.

Bella contuvo el aliento. María ahuecó sus manos alrededor de su abdomen y


Bella vio que estaba un poco distendido.

—Su Majestad…

—Creo que estoy embarazada —continuó María. Había un brillo obstinado en


sus ojos—. Sólo un mes justo ahora. Voy a esperar hasta más tarde, hasta que el
bebé haya crecido antes de decirle a Phillip, pero yo quería que lo supieras.

Tomó el cepillo de los dedos laxos de Bella y entrelazó su mano con firmeza.

—Quiero que leas esto —le pidió a Bella, entregándole una hoja de papel
doblada.

«Pensar que puedo estar embarazada, en un matrimonio legal con mi amadísimo esposo
y señor, y a pesar de que estoy en buen estado de salud, pero previendo el gran peligro
que Dios ha ordenado a todas las mujeres en el parto: he decidido, para el buen orden
dentro de mi ámbito, el declarar mi última voluntad y testamento...»

Ella dejaba la Corona a su hijo, con Phillip como regente hasta que el niño
alcanzara la madurez, pero no decía nada de lo que sucedería si el niño fallecía
junto con ella.

Bella dejó escapar el aliento que había estado conteniendo.

Edward le había dicho que su miedo secreto era que María tratara de hacer lo
que su hermano había hecho: dejar la corona a Edward como el heredero
católico. Edward no sabía qué haría Bess en esa situación, y no lo quería saber.
Había escrito una renuncia de sus derechos a la Corona, de él y de Bella. Y
llevaba una copia dondequiera que iban. Sólo por si acaso.

Siguió leyendo.

Aparte de los legados regulares a amigos y familiares, y qué decirle al pueblo


sobre su alma, ella pedía que una tumba adecuada se erigiera a su memoria y
que el cuerpo de su madre, Catalina de Aragón, se exhumara de su humilde
morada y se volviera a enterrar junto a ella, en una tumba en su propio honor.

Para su marido ella dejaba el diamante "Emperador" que le había enviado como
regalo de compromiso, y continuaba:

«Dejo a Su Majestad el amor de mis súbditos, lo que es más valioso que cualquier joya o
herencia.»
Bella cerró los ojos pensando… Oh, María, no se puede legar lo que no se posee.

Echó un vistazo a la cara de la Reina para tratar de determinar si se trataba de


un pequeño toque de atención hacia su esposo o sólo una broma, aunque
estuviera incluido en un extraño testamento, pero el rostro de María era
solemne.

—Deberías hablar con Edward sobre esto —aconsejó Bella.

—Quiero hablarlo contigo.

Bella dejó el papel.

—¿Qué queréis que diga, Su Majestad?

María dejó escapar una risita que sonó casi como un sollozo.

—Supongo que me gustaría que alguien fuera honesto conmigo por una sola
vez.

—La gente tiene miedo de ser sincera —apostilló Bella.

María parpadeó.

—¿Soy muy tirana? —preguntó ella—. Vi eso en mi padre. Estaba rodeado de


personas que estaban de acuerdo con él cada vez que hablaba: Sí, él debía dejar
a la que fue su esposa durante más de veinte años… por una prostituta común.
Sí, debía romper con mil años de tradición cristiana y negar la autoridad del
Papa.

»Sí, se debía obligar a todos los hombres de Inglaterra a que hicieran un


juramento de que la Gran Ramera era la única y verdadera Reina y que él era el
Jefe de la Iglesia. Sí, él debía decapitar a la mujer por la que había echado a un
lado a su esposa…

María se interrumpió, furiosa.

—Los que le dijeron "no" terminaron como Thomas Moore —dijo Bella—. Él
decía creer en lo que debía ser la voluntad de Dios y que se manifestaba a través
de él.

María se estremeció. Bella supuso que todos querían pensar que lo que querían
hacer era lo que Dios quería, los monarcas especialmente.

María miró la banda de oro, sencilla, en su dedo.

—Yo estaba tan feliz… ¿Recuerdas, Bella? El día de mi boda. Fue el momento
más feliz de mi vida. Parecía que Dios me sonreía y que todo volvería a ser
como era antes de que la bruja rompiera nuestra nación. Pero ahora miro a mí
alrededor y las cosas parecen peores de lo que eran en el pasado, de que tomara
el trono, y yo no sé por qué.

La voz de María se quebró y se frotó con las puntas de sus dedos debajo de los
ojos para enjugar las lágrimas.

—Es como si su fantasma me atormentara, burlándose de mí, sigue trabajando


para destruir lo que yo trato de construir —continuó hablando—. Y sé que voy a
estar perdida en el parto y mi bebé no sobrevivirá. La hija de Ana Bolena
deshará todo lo que he hecho para tratar de llevar a este país por el camino
correcto.

—Por lo menos, crees que la princesa Elizabeth quiere lo mejor para Inglaterra.
Ella ama este país y su gente, y realmente creo que tiene buenas intenciones.

—Su intención es la de conducir a nuestro pueblo a la condenación —gruñó


María—. Si ella debe gobernar después de mí, ¿crees que va a continuar mi
trabajo para restaurar la Iglesia? ¿Seguirá mis instrucciones para los legados de
los monjes y monjas? ¿Pagará por las masas que me han alabado por tanto
tiempo?

—Me gusta creer que ella sería lo suficientemente amable para seguir vuestros
deseos —declaró Bella.

—Uno siempre quiere creer en lo mejor de la gente, Bella, pero yo me he


inclinado a esperar lo peor. —María se acercó y tomó la mano de Bella en la
suya. La piel de María era fría y húmeda, haciendo que temblara ligeramente—.
Te vas, ¿no es así?

—Con el permiso de Su Majestad.

María le soltó la mano y cogió el cordón de uno de sus puños.

—No estás hecha para la vida de la Corte. Te veo cuando regresas de tu viaje
con la piel de un color rosa sano y tus ojos animados, pero cuanto más tiempo
estás aquí, más te marchitas, como una flor privada de sol. Soy egoísta, Bella.
Me gustaría mantener a la gente que quiero a mi lado, pero no te puedo retener
por más tiempo. Te quiero lo suficiente como para querer que seas feliz, incluso
si eso significa que debo dejarte ir.

Bella abrazó a la Reina, y María cerró los ojos como si saboreara la sensación de
los brazos de otra persona sosteniéndola. Bella pensó en lo triste que era la vida
de María con tan pocos abrazos.

—Jane Dormer me dejará también —dijo en voz baja cuando Bella se apartó—.
Le he dado permiso para casarse con el duque de Feria, a su regreso con el Rey
la próxima vez.

Bella sintió una punzada de lástima porque ella aún creía que habría una
próxima vez.

María se acarició el abdomen.

—¿Vas a volver para mi alumbramiento? —preguntó.

Bella asintió con la cabeza.

—Lo haré.

La Reina la miró fijamente por un momento.

—No crees que hay un bebé, ¿verdad?

—No, Majestad, no lo creo.

Una llamarada ardiente pasó por los ojos de María, pero habló con calma:
—Te sorprenderé entonces.

—Espero que lo hagas. —Abrazó a María de nuevo—. Espero que lo hagas.

El corazón de Bella cantó con alegría. ¡Se iban a casa! ¡Finalmente, iban a casa!
Edward ordenó que la mansión de Hampstead Heath se cerrara, porque no iban
a regresar a la Corte durante mucho tiempo, si por ellos fuera… nunca.

La laboriosa caravana de carros, sirvientes y guardias a caballo peregrinaba por


el campo. Las personas corrían desde las tierras labradas para saludar, mientras
pasaban, al Duque y la Duquesa que eran bien conocidos y queridos por su
caridad. Unas pocas almas valientes corrieron hacia la comitiva, gritando sus
penurias y Edward siempre daba monedas a sus hombres a pie para
entregárselas a aquellas personas tan necesitadas.

Llegaron a la entrada principal de Cullen Hall, donde esperaban Rosalie y


Emmett. Rosalie tenía a su bebé, Charles, en los brazos y corrió a besar a Bella en
cuanto ella bajó de su carruaje.

—¡Oh, Bella, te he extrañado!

—Te he echado de menos también, Rosalie. ¡Dios mío, Charles cuánto has
crecido!

—¡Siempre fui la mejor enfermera de la parroquia!

Rosalie se jactó, mientras que se lo entregaba a Bella para que lo cargara. Él era
regordete y saludable. Tenía el pelo rubio de Rosalie, pero su rostro era igual al
de Emmett. Su pequeña sonrisa desdentada incluso le recordaba a la que ella
veía en el rostro de Emmett cuando, orgullosamente, contemplaba a su hijo.

—Él está muy gordo —alabó Ellen y Emmett sonrió ante el cumplido.
De los bebés gordos se pensaba que eran los más resistentes y mejor cuidados.
Charles tomó el collar de oro y granate de Bella y lo metió en su boca.

La pequeña Elizabeth había chillado de alegría cuando vio a Margaret. Se había


tomado su separación de forma muy dura, por ello su reencuentro era alegre. La
pequeña Elizabeth pareció ver en Maggie la combinación de una hija y una
hermana pequeña.

Entraron en la casa juntos y Emmett los condujo a la sala de invierno. Ellen


llevó a los entusiasmados y alegres niños arriba, a sus cámaras.

—Una carta de Bess llegó para ustedes.

Emmett les dijo, después de que hubieran tomado asiento alrededor de la mesa.
No había sirvientes en la sala por lo que sirvió las copas de cerveza para Bella y
Edward, y luego otra pequeña para él. Rosalie tenía una copa de vino del Rhin.
Queso, pan y embutidos estaban presentados en una bandeja delante de ellos, a
los cuales atacó Edward, y una porción de chirivía con mantequilla para Bella, la
cual se mantenía en una piedra caliente.

La caravana había tenido que hacer una parada inesperada la última noche para
reparar una rueda rota, por lo que pernoctaron en una pequeña posada, muy
pobre, que no tenía nada a su servicio, sólo un estofado de cordero, grasiento, y
pan duro, que Bella no podía comer y Edward por nada probaría.

—¿Qué es lo que quiere? —Edward preguntó con la boca llena de pan.

Supuso, correctamente, que Emmett la había leído.

—Para decirte de la victoria en San Quintín. Por lo que ella cuenta, María está
tan orgullosa como si hubiera liderado la batalla ella misma. Ella ve esto como
una reivindicación, como una prueba de que meter a Inglaterra en una guerra
era una buena idea. Está feliz porque fue una victoria rápida y decisiva, sin
mucho derramamiento de sangre, pero algunas de las fuerzas del Rey
prendieron fuego a la ciudad y la quemaron hasta los cimientos. Con la gente
todavía en el interior.
Bella cerró los ojos. Más fuego vinculado al nombre de María.

—Ella no sabe esa parte, según Bess —agregó Emmett—. Pero ésta es la
revelación verdaderamente interesante: España y el Papa están en
conversaciones de paz.

—Bueno, entonces la guerra terminará antes de que pueda hacer mucho más
daño a nuestro país —afirmó Bella.

Edward negó con la cabeza.

—España y el Papa pueden resolver sus diferencias, pero todavía tenemos una
guerra declarada con Francia.

—El Rey de Francia dijo que él sabía que no era culpa de María —apostilló
Emmett, esperanzado—. Él culpó a Phillip por meterla en esto.

—Eso no quiere decir que vaya a dejar a un lado sus armas —le replicó Edward.
Se pasó la mano por el pelo y rezó una silenciosa oración, ahora que Phillip les
había arrastrado a esta guerra, él no pensaba irse a hacer frente a los franceses
por su propia cuenta—. Me temo que este problema está lejos de haber
terminado.

Emmett resopló.

—Estás empezando a sonar tan fatalista como el Predicador Jacob.

—¿Quién?

—Tu viejo capellán. Ahora lo llaman Predicador Jacob, desde que fue
expulsado del sacerdocio. Vaga por el pueblo, advirtiendo a la gente que el
regreso de Cristo es inminente, como lo demuestra esa cosa brillante en el cielo,
y que la tierra debe ser purgada de todo pecado antes de que llegue, o todos
vamos a pagar por albergar a los enemigos de Dios. Está ganando a respetados
seguidores.

Un escalofrío subió por la espalda de Edward. ¿Jacob seguía siendo peligroso?


Era una situación que solicitaba una estrecha vigilancia.
.

Ese otoño, la cosecha fue abundante y el pueblo de Inglaterra se regocijó.


Finalmente, al parecer, Dios estaba mostrando piedad con los pobres, con una
tierra asolada. Los campesinos celebraban con fiestas y hogueras. El tiempo del
hambre terminó por fin.

Para sorpresa de la gente, Bella y Edward asistieron a sus eventos y bailes y,


aunque era inaudito, la Duquesa bailó con algunos de los agricultores después
de aprender los pasos simples y vivaces, tan diferentes de las danzas
majestuosas y esplendorosas de la Corte.

Edward la observó yendo de pareja en pareja y aplaudió, junto con el resto de la


audiencia, para llevar el compás con los músicos. Su cabello había caído suelto
de sus pasadores, se ondulaba a su espalda en forma de abanico oscuro, y tenía
la cara enrojecida por la risa. Él podía ver el brillo de sus ojos, incluso a través
del cuarto, pero sabía que si había guerra con Francia nunca podría regresar ese
brillo. No creía, que en este punto, María los castigara si se rehusaba, sin
embargo, él se le enfrentaría si fuese necesario. Así es como Bella debía lucir,
iluminada por la risa, entre gente que la quería por el alma caritativa que era.

Las celebraciones de la cosecha continuaron hasta Navidad.

Los niños tenían edad suficiente para salir con Edward y Bella y ayudar a
escoger el árbol, incluso Ward resbaló en la nieve hasta que su padre lo cargó
para llevarlo a través del oscuro bosque.

Edward tenía un vago recuerdo de su padre y madre trayéndolo aquí y lo


mágico que le había parecido, un sitio encantado iluminado con antorchas, luces
flotando mientras todo el mundo buscaba el árbol perfecto. Él quería que sus
propios hijos tuvieran recuerdos como esos.

Navidad fue aún más agradable cuando se dedicaron a lo que era realmente
divertido para los niños.

Bella les presentó el "sliding", algo que Edward nunca había hecho. Ella hizo
que el carpintero construyera una tabla ancha con un frente curvo y, luego, ella
y los niños se deslizaron por la colina cubierta de nieve. Después de que lo
hiciera la primera vez con ellos, los niños no tenían miedo de hacerlo por sí
mismos, aunque a Elizabeth se le advirtió de tener cuidado con Maggie y Ward,
a lo que ella les dio una mirada de indignación, como si la hubieran insultado al
insinuar que volvería a permitir que su hermano pequeño y "su bebé" se
hicieran daño.

Mientras jugaban, Edward vio cómo era la relación de Elizabeth con su


hermano, cómo ella lo ayudaba cuando lo necesitaba y lo reprendía cuando era
necesario también. Edward se consoló al saber que Elizabeth siempre sería la
leal defensora de él y no dudaría en corregirle cuando se equivocara. La
próxima generación iba por el buen camino, y Edward estaba tan orgulloso de
ellos que sentía como si pudiera estallar.

En el mundo exterior, el Año Nuevo comenzó solemnemente cuando los


franceses dieron un duro golpe contra la moral inglesa. Ellos capturaron la
ciudad de Calais, el último territorio inglés en la parte izquierda del Continente,
una ciudad a la que se habían aferrado durante casi doscientos años. Al igual
que gran parte de Inglaterra, estaba mal defendida, aunque María había
comenzado a fortificarla a toda prisa una vez que se declaró la guerra. Pero ya
era demasiado tarde.

La Reina estaba humillada. Como monarca fue el peor momento de su reinado


y le dolía casi tanto como las humillaciones que había experimentado como
mujer: su embarazo fantasma y la infidelidad de su marido.

Pero aquí, en las tierras de los Cullen, todo estaba bien, su propio y pequeño
mundo al abrigo de la tormenta era un reino de amor y felicidad.

Bella le había dicho que había prometido volver para el alumbramiento de la


Reina, pero por lo que Bess le había escrito, no se estaba haciendo ningún
preparativo. Esta vez, sólo María creía que ella realmente llevaba a un niño en
su vientre hinchado.

Febrero pasó y después marzo, seguido de junio sin ninguna noticia de María,
quien estaba terriblemente desconsolada. Bess escribió porque el Papa, aún
rencoroso, había despojado al Cardenal Pole de su condición de Legado
Pontificio y le ordenó ir a Roma para enfrentarse a cargos de herejía. Pero Pole
estaba demasiado enfermo para viajar, y María estaba destrozada por la
constatación de que se estaba muriendo, viniéndose luego abajo con la noticia
de que el Emperador había muerto.

Un día de julio, Bella fue en busca de Edward a su estudio. Sin decir una
palabra, ella levantó la mano de su escritorio y la puso sobre su vientre.

Él dejó caer la pluma y la miró fijamente, con la boca abierta, su corazón


martilleando en su pecho.

—¿En verdad? —le preguntó.

—En verdad —aseguró ella—. La Reina no va a pedirme que regrese, y yo


pensaba que serías feliz si yo... —Se interrumpió con duda, gracias a la mirada
de asombro en el rostro de su marido.

Él se tambaleó desde su silla, echó los brazos alrededor de ella y la besó como si
pensara que el destino del mundo dependía de ello. Bella estaba jadeando y
suspirando cuando él retrocedió.

—¿En verdad? —cuestionó de nuevo. Ésta vez ella sí podía ver el brillo de
alegría en sus ojos.

—En verdad —repitió otra vez Bella, divertida.

Él enterró su rostro en el cuello de ella y lloró.

—Siento que debo estar con ella —dijo Bella con voz baja, sólo para los oídos de
Edward.

Estaban en su cama y Edward estaba cepillando los nudos de su pelo después


de uno de sus baños a media noche. Estaban solos en la habitación, como
siempre que bajaban a la playa siendo ya de noche, pero se trataban de palabras
peligrosas.

Todo el mundo sabía que María se estaba muriendo, pero nadie hablaba de ello.
Bess contó que María estaba demacrada y débil, la carne tensa sobre los huesos,
el abdomen distendido, desinflado de nuevo, como había pasado durante su
anterior "embarazo". Una fiebre intermitente hacía que su piel brillara, y
comenzó a irse a la cama cada vez más temprano, para permanecer en ella
despierta sólo por un par de horas al día.

En septiembre, la señora Denali negoció un armisticio entre Francia e Inglaterra,


sin el conocimiento de la Reina. Phillip se comprometió a retirar las fuerzas
inglesas de Francia, abandonando los pequeños éxitos que habían logrado, a
cambio de que los franceses devolvieran las tierras del duque de Saboya. La
guerra había terminado, e Inglaterra fue el mayor perdedor.

En octubre, María aceptó, finalmente, que no había ningún niño en su vientre, y


ella agregó una disposición a su testamento:

«Aunque Dios no me ha enviado ningún fruto como heredero, me ha parecido bien,


sintiéndome actualmente enferma y débil en cuerpo, mi deber tiene que ser realizado con
el objetivo de cambiar mi voluntad y mi testamento…»

En esta última disposición no se atrevió a nombrar a la princesa Elizabeth como


su heredera. Lo más extremo fue decir que deseaba que el trono se heredara de
acuerdo a las leyes de la tierra.

La hija de Ana Bolena, la Gran Ramera, se sentaría en el trono de Inglaterra.

Envió a Jane Dormer a Hatfield, para conseguir tres promesas de la princesa


Elizabeth: que iba a defender la fe católica, que se haría cargo de los sirvientes
de María, y que iba a pagar las deudas que dejara.

Elizabeth estuvo de acuerdo con eso. Pero mintió, al igual que María había
mentido cuando prometió no obligar a nadie a ir a misa. Elizabeth justificaría,
para sí misma, que era una mentira dicha para calmar a una mujer moribunda,
pero era una mentira al fin y al cabo.

A finales de octubre, Bella estaba preparando una colección de ropa de abrigo


para distribuirla a los pobres, cuando uno de los criados entró en la habitación,
temblando, con los ojos fijos en el suelo.

—¿Qué pasa? —gritó Bella, la angustia oprimiendo su garganta. ¿Edward? ¡Oh,


por favor, no, no Edward!

—Charles Swan está fuera y quiere verla, Su Gracia.

—¿Quién? —preguntó Bella, sus cejas se unieron por la confusión.

—El Sheriff, Charles Swan, Su Gracia.

Oh, sí. Él. En una ocasión había arrestado a Anne Askew. ¿Qué es lo que podría
querer?

Bella dejó a un lado el montón de ropa y bajó las escaleras. En la puerta de la


gran sala se detuvo, sin entender lo que estaba viendo. Charles Swan había
traído un contingente de guardias armados con él, y todos marcharon hacia ella
como uno solo.

—¿Bella, duquesa de Cullen? —Charles Swan preguntó.

Era un hombre alto, moreno como un español, con el pelo negro como la tinta.
Su rostro era impasible mientras hablaba.

—Usted sabe que soy yo —respondió Bella—. Nos hemos visto.

Aunque hubiera sido brevemente debería recordarle.

—Queda detenida en el nombre de la Reina por las acusaciones de brujería y


herejía.
Ѫ
NOTAS HISTÓRICAS
—Las efigies eran las estatuas de la persona muerta, elaboradas de cera o de
madera, hechas para parecerse lo más posible a los fallecidos. Las de cera se
hacían a menudo a partir de la "máscara de muerte" de la persona. (Después de
que la persona moría, untaban yeso sobre su cara, lo repartían bien y sacaban un
molde de su rostro). Las efigies de la madre y del padre de Enrique VIII aún se
encuentran en la Abadía de Westminster. La de su madre, Isabel de York, es
sorprendentemente similar a ella.

—Anne de Clèves no fue la única de las reinas de Enrique VIII en tener


problemas después del funeral. El cuerpo de Katherine Parr fue enterrado en la
capilla de Sudeley Castle, pero en los siguientes doscientos años, la capilla se fue
convirtiendo en una ruina. A finales de la década de 1700, el propietario hurgó
en los restos del lugar y encontró el ataúd de Katherine, que él abrió. Según se
informa, su cuerpo se encontraba en un estado casi incorrupto. Cortó unos
mechones de su pelo y cerró el féretro de nuevo.

Se volvió a abrir un par de veces más durante los siguientes años, por los
curiosos que querían echar un vistazo a la última Reina de Enrique VIII. En la
década de 1790, un grupo de hombres borrachos, abrió el ataúd y sacó el cuerpo
de Katherine, bailaron un rato con él (¡según los informes uno de ellos le dio un
beso en los labios!). Y luego lo volvieron a enterrar… pero al revés. Cuando el
ataúd fue abierto de nuevo en 1817, Katherine no era más que un esqueleto. La
capilla fue reconstruida y al cadáver se le erigió una elegante tumba donde
ahora descansa en paz.

—Algunas fuentes informan que María tenía en su poder el cuerpo de su padre,


exhumado y quemado. Enrique VIII tuvo una tumba magnífica e impresionante
diseñada por él mismo. Usando partes de la del cardenal Wolsey, que fue
confiscada después de su caída, pero nunca terminada.

En su testamento, María ordenó que una tumba acorde a su rango se


construyera para ella y su madre, pero no mencionó a su padre, por lo que
algunos piensan que es debido a que ella, realmente, destruyó su cuerpo. Sin
embargo, los seguidores victorianos quisieron desenterrar a los famosos
muertos y mirar en sus ataúdes.

En 1813, se abrió la bóveda debajo del suelo de la capilla de San Jorge, donde
están enterrados Enrique VIII y Jane Seymour: Ellos afirmaron haber visto un
esqueleto con una barba…
Capítulo 39

Traductora: Nikky McGuiness (FFAD)


Beta: Manue Peralta (FFAD)

B ella se sentó en una fina pila de paja en el sótano de la torre de la

guarnición. La habitación era pequeña, vacía de todo menos de esa fina pila de
paja contra la pared. El hedor impactó contra la mordaza cuando fue encerrada.
El prisionero anterior había dejado un montón de residuos en la esquina; no
había letrina.

Las paredes de piedra estaban resbalosas por la humedad y el moho. Estaban


cubiertas con nombres y fechas talladas. Algunos de los talles eran muy
elaborados, incluidos los versos y los bordes de las flores. El que tenía frente a
ella nunca se había terminado, lo cual Bella encontró preocupante, la forma
abrupta en la que se cortaba el verso, a mitad de la palabra. Ella de verdad trató
de no imaginar por qué el hombre nunca había terminado su poema, pero su
mente seguía volviendo a aquello. Lo que sea que le había pasado, lo había
tomado por sorpresa.

La única luz provenía de una delgada ranura de la ventana que estaba sobre su
cabeza. A través de ella, podía ver un pedazo del cielo azul. Estaba abierta al
aire y en el inverno, el helado viento podría pasar por ella hasta llegar al
desventurado prisionero. Pero ella no estaría aquí en invierno, ¿lo estaría?

¿Lo estaría?
Abrazó sus rodillas cerca de su pecho y se estremeció aunque no tuviera frío.
Era miedo. En su larga vida, nunca había estado tan asustada como lo estaba
ahora.

—Edward —murmuró.

Edward nunca había escuchado palabras más terribles que éstas: “Bella ha sido
arrestada.”

Su mayor temor, palabras que sólo había escuchado en sus pesadillas, palabras
que debilitaron tanto sus rodillas que lo hicieron caer, poco a poco, hacia la
grava del camino. En lugar de tratar de levantarlo, Emmett, quien había sido el
que le comunicó aquello justo cuando Edward regresaba de un viaje corto que
se había tomado para organizar una sorpresa para Bella, se arrodilló junto a él.

No puede ser.

No puede ser.

—Hermano. —Emmett pasó su brazo por los hombros de Edward—. Ahora te


tienes que calmar y pensar racionalmente.

Él tenía razón. Edward alejó la oleada de pánico con algo de esfuerzo. Se las
arregló para respirar profundamente y dijo:

—Llévame con ella.

—Tengo caballos esperando —dijo Emmett y ayudó a su hermano a ponerse de


pie—. No puedo asegurarte que te dejarán verla. Está recluida en la torre de la
guarnición.

Hizo un ademán y los sirvientes que estaban esperando, guiaron a los caballos
hacia ellos. Edward se montó en la silla y clavó sus tacones en los flancos del
caballo. El caballo era de la línea Volvo, la más rápida en su establo, aun así
sintió que avanzaban a la velocidad de un caracol. Edward le instó a ir más
rápido, yendo a todo galope por las tierras. Los campesinos se hacían a un lado
mientras pasaba entre ellos. Algunos cruzaban frente a ellos y lo bendecían; las
noticias del arresto de Bella se habían esparcido rápidamente.

Edward jaló las bridas del sudoroso caballo para que se detuviera frente a la
torre y saltó de él. Pasó de largo a los dos guardias que estaban parados frente a
la puerta sin dirigirles una mirada. El sheriff estaba sentado en su mesa,
comiendo carne de cordero rostizada. Edward tampoco le hizo caso; sin
embargo, el hombre saltó de su asiento cuando vio al Duque pasar por su lado.

—¡Su gracia!

Edward bajó por la pequeña escalera en espiral y se detuvo ante los dos
guardias, quienes estaban hombro con hombro, se pusieran frente a la puerta de
madera que llevaba a las celdas.

—Déjenme pasar —ordenó.

—¡Su gracia! —El sheriff se escurrió por las escaleras detrás de él. Los pesados
pasos de las botas de Emmett se oían detrás de él.

—Sólo lo diré una vez más —advirtió Edward—. Háganse a un lado o se


arrepentirán.

Los guardias se vieron entre sí y luego al sheriff. Edward hizo un sonido de


disgusto y alcanzó la manija de la puerta. Uno de los guardias se movió para
detenerlo y Edward lo dejó clavado en su lugar con sólo una mirada.

—¿Te atreverías a levantar una mano contra el Duque de Cullen? ¿El primo
favorito de la Reina y la Princesa?

El hombre retrocedió y Edward tiró de la puerta para abrirla. Por dentro estaba
oscuro, húmedo y feo. No era un lugar digno para un perro, mucho menos para
la Duquesa. Edward tomó una antorcha de la pared. Emmett la sostuvo por él
porque su mano temblaba horriblemente. Caminaron juntos por las celdas. Una
fila de puertas se alineaba por el pasillo estrecho.

—¿Bella? —Él la llamó.

—¿Edward? —Escuchó el sonido más hermoso en el mundo: la voz de su


esposa, y vio sus delgados y blancos dedos aferrarse a las barras de la pequeña
ventana en la puerta. Se dirigió hasta allí y tiró de la manija. Cerrada.

Giró hacia el sheriff, quien estaba parado detrás de ellos, retorciéndose las
manos.

—Ábrala.

—Su gracia, me dieron órdenes…

—¡Ábrala! —gritó Edward.

El sheriff se apresuró en obedecer. Tomó el manojo de llaves de su cinturón y


abrió la puerta con manos temblorosas. Edward lo empujó en su prisa por abrir
la puerta. Bella rodeó su cuello con sus brazos y sollozó.

Edward la sostuvo con tanta fuerza que tenía que doler, pero ella lo recibió con
la misma fuerza.

—Oh Dios, Edward, yo no…

—Shh. —Él besó su cara, sus mejillas, sus labios, su frente, sus parpados
húmedos—. Shh.

—Ella no debería estar aquí. —Chasqueó Emmett—. Ella es una Duquesa.


¿Cómo se atreve a tratarla así?

El sheriff tragó de forma audible.

—Me fue dada la orden…

—¿De encerrarla en esta pocilga?

—Sí, mi lord. La orden de arresto decía que ella sería ‘encerrada a placer del
Obispo’, y el Obispo Bonner ordenó que debería ser encerrada en la guarnición.

Bonner. La Reina estaba agonizando y Bonner vio ésta como su última


oportunidad para destruir a la mujer que aborrecía. Pronto, la Princesa
Elizabeth tomaría el trono y las hogueras cesarían, así que tenía que actuar
rápidamente. Bonner, quien había sido cercano a Gardiner, quien se había
convertido en el amigo del Padre Jacob. Bonner, quien había quemado a Anne y
ahora quería quemar a Bella. Edward cerró los ojos y la abrazó mientras ella
sollozaba.

—Tiene media hora para encontrarle cómodos aposentos allá arriba —demandó
Emmett.

—¡Pero, mi lord, sólo mis habitaciones están arriba!

—Entonces mejor encuentra otro lugar donde quedarse mientras ella es


‘confinada a placer del Obispo’ —aseveró Emmett, y su voz fue tan fría y llena de
una tácita amenaza que el sheriff se apresuró escaleras arriba para hacer su
mandato.

Edward llevó suavemente a Bella a la parte de arriba a la silla en la mesa que


aún tenía la cena sin terminar del sheriff. Edward aventó el contenedor de la
mesa con un gesto de asco y este se rompió en el suelo. Se sentó a un lado de su
esposa y puso su brazo alrededor de sus hombros. Ella seguía temblando como
un conejo asustado, su rostro tan blanco como la cera.

—¿Quién se atrevió a levantar una acusación como esta en su contra?

—No lo sé —dijo Emmett mientras tomaba asiento en el otro lado de la mesa—.


La orden estaba firmada por el Obispo Bonner. Por lo que pude ver intentó
venir desde Londres para tratar de convencer en persona al tribunal.

—¿Puede ser sobornado? —Edward preguntó sin rodeos.

Emmett sacudió la cabeza.

—Yo creo que no. Él es un hombre celoso, no un codicioso.


—Voy a enviarle una carta a la Reina. Ella va a parar esto. Ya verás. Ella te ama,
Bella, y no dejará que te hagan daño. Shh. Bella, debes cesar tu llanto. Esto no es
bueno para el bebé.

—Me quemarán. —Bella murmuró.

—¡No! —Edward la agarró por los hombros y le dio un pequeño apretón—.


Escúchame, Bella, nunca dejaré que algo te pase. Lo juro. Te lo juro.

Un pequeño remolino de viento barrió a través de la habitación. Una promesa


hecha a la gente de las hadas, una unión que entró voluntariamente y
conscientemente. Ella apoyó la cabeza en su pecho y se quitó el gorro para que
pudiera acariciar su suave cabello.

—Bella, ¿qué pasa si rompes una promesa a la gente de las hadas? —Él
preguntó.

—Mueres —susurró.

Besó el tope de su cabeza. Si fuera forzado a romperle una promesa, de todos


modos no quisiera seguir viviendo.

Bonner llegó dos días después, con toda la parafernalia y el esplendor de un


príncipe. Su séquito llenaba la pequeña villa, requisaban casas, apoderándose de
las vacas y los cerdos y casi todos los pollos en la villa para alimentarlos.

El Obispo se indignó al enterarse que el Duque estaba residiendo con la


Duquesa en la torre de la guarnición, pero nadie se había encontrado con una
situación en la que el esposo se ofreciera para ser encarcelado junto con la
acusada y no había reglas que lo prohibieran.

Bonner había esperado encontrar a la Duquesa aterrada y sucia, rota y lista para
ser engañada y confesar. Él la había acusado de brujería y herejía, después de la
recopilación de evidencia, sólo para estar seguro. Con la herejía podía abjurar y
él no estaba seguro de que sería capaz de quemar una Duquesa después de que
ella se retractara, pero de la brujería no se escaparía con la misma facilidad.

Él había planeado interrogarla tranquilamente el día siguiente a su llegada, pero


el Duque insistió en estar presente en cualquier interrogatorio, lo que significaba
que sería incapaz de atacarla o intimidarla. El Duque también dijo que él había
escrito a sus primos, su majestad y la Princesa, Bonner sabía que mejor
empezaba el juicio rápidamente.

El tribunal estaba compuesto por tres sacerdotes de la zona: los Padres Webber,
Cope y Dwyer. Dwyer había reemplazado al Padre Jacob después de su
desgracia (Bonner no creía realmente en Jacob cuando él afirmó que había sido
acusado de evidencia fabricada, pero estaba dispuesto a seguirle el juego) y
Bonner no estaba seguro acerca de la lealtad de Dwyer hasta el momento. Por lo
que sabía del hombre, él tomó su voto de pobreza en serio, era amable y querido
por su parroquia y tenía un comportamiento apacible, todos los signos que
Bonner no encontraba alentadores. El veredicto del panel tenía que ser unánime.
Bonner realmente no quería llevar a la Duquesa de vuelta a Londres para ser
juzgada de nuevo si no obtenía aquí el veredicto que quería, pero no tenía otra
opción.

El Duque, aprendió la noche antes que él iba a comenzar el juicio, había


contratado a la vez a un abogado y a un teólogo. Al acusado no se le permitía
tener su propio abogado, pero el abogado sería capaz de interrumpir el
procedimiento si Bonner se alejaba demasiado de la ley y el teólogo fue el
obispo de Carlisle, un hombre profundamente respetado y altamente educado.
Bonner rechinó los dientes con frustración.

El juicio terminó siendo celebrado al aire libre en el centro del pueblo. Muchas
personas querían asistir y ninguno de los edificios cercanos los detendría (y
principalmente Edward se negó a permitir que Bonner pusiera un pie en Cullen
Hall). Bonner habría preferido tener un pequeño procedimiento, cerrado, pero el
tribunal le recordó que el propósito de estos exámenes era educar a la gente que
podrían albergar ese tipo de herejías.

El primer testigo llamado fue Sir Bridges, teniente de la Torre. Él se mostró


reacio a declarar y cada palabra era forzada, pero finalmente admitió que había
visto a la Duquesa en la capilla de la Torre colocando una fila de flores en las
piedras, rezando y luego soplando un polvo sobre el suelo, cerca del altar
mayor.

—Fue arena —aclaró—. Cuando las mujeres barrían, encontraron que era arena
ordinaria.

—¿Sabía que era más que "normal"? —Bonner exigió de su asiento en la mesa
del tribunal. Los jueces interiormente suspiraron, por Bonner que se había hecho
cargo del procedimiento y parecía que su propósito era poco más que una
formalidad.

—No sé nada. —Bridges admitió—. Yo sólo vi que era arena.

Sólo uno de los miembros del tribunal tomaba notas. Los otros miraban
alrededor, desconcertados. Era un extraño comportamiento, por descontado,
pero nunca habían oído hablar de brujería que implicaba poner arena en el suelo
de la capilla.

Mientras retrocedía, el señor Bridges le dio a Bella una mirada de disculpa y se


inclinó ante ella profundamente. Ella le dio una pequeña sonrisa y asintió. Ella
no lo culpaba; es obvio que no había querido apoyar a los acusadores.

Luego vino el médico que había sido convocado cuando Ward había caído
enfermo por el Sudor Inglés. Declaró que la Duquesa le había dado pociones y
baños cuando el niño necesitaba ser sangrado y lo mantenía envuelto en mantas.

—Fue un milagro. —El médico declaró que ella no lo había matado.

El público susurró entre sí. Ellos no creían que una madre, especialmente una
tan amorosa como Bella, sería capaz de hacer daño a su propio hijo, pero el
médico parecía estar dando a entender que esa fue su intención. Pero eso es lo
que era una bruja: una mujer malvada de deseos pervertidos, que mataría a su
propio hijo en servicio al diablo.

Una criada, a quien Kat Ashley había despedido por robo, testificó que el Duque
y la Duquesa mandaban a todos a sus dormitorios, al menos, una vez al mes.
Nadie sabía lo que hacían en esos momentos, pero era tan extraño para todos los
que trabajaban para ellos.

Inmediatamente después de ella, el Predicador Jacob fue llamado al estrado. Su


cara se transformó por el odio, testificó que la Duquesa lo había embrujado
después de que la encontrara nadando en el mar. No mencionó la presencia de
Edward.

—¿Nadando? —Repitió Bonner—. ¿Ella estaba nadando?

—Sí, con nada más que su piel —declaró Jacob.

Hubo gritos de asombro y risitas de los asistentes, algunos de los cuales


dedujeron qué tipo de "hechizo" la desnudez de Bella había puesto en el
predicador. Jacob se puso rojo de furia y miró alrededor de la habitación.

—Esa mujer es el demonio. —Escupió—. Lo supe desde la primera vez que puse
los ojos sobre ella. Ella ha llevado al Duque a ser extraño y malo, salvando a
pecadores de sus justos castigos. Sus tierras fueron las únicas que no fueron
acosadas por la peste y nadie de su gente murió de la hambruna que Dios envió.

—Fue antinatural.

Hubo siseos de los asistentes, muchos de los cuales eran de la gente que el
Predicador Jacob pensó que debería haber muerto. ¿Y quién había oído hablar
de una bruja salvando gente?

—Ellos albergaban pecadores, al igual que la detestable Anne Askew. Antes de


ser quemada por su herejía, trató de difundirlo aquí, en este pueblo. Algunos de
ustedes oyeron hablar de ella. Oh sí. Yo sé los nombres de muchos de los que
asistieron a sus reuniones. —Miró a la audiencia, señalando con la mirada a la
gente que había escuchado a Anne, los que habían asistido a sus sesiones de
estudio de la Biblia, y el miedo se clavó en muchos corazones que sentían que
serían los próximos en ser juzgados por herejía.

Emmett agarró la mano de Rosalie con fuerza, pero mantuvo el rostro impasible,
incluso cuando los ojos del Predicador Jacob se clavaron en los suyos. Rosalie se
estremeció, su respiración se aceleró.

—La Duquesa la nombró como su dama y no trató de limitar su


comportamiento, incluso cuando ella supo del mismo. Se lo permitió a
sabiendas que difundía discordia y nociones heréticas.

Ellen fue la siguiente. Ella lloró durante todo su testimonio y, al igual que Sir
Bridges, fue difícil sacarle una respuesta. Pero testificó que las prácticas de
crianza de los niños eran inusuales. Jugando con ellos cuando deberían estar
dedicando ese tiempo para aprender las lecciones de piedad, permitiéndoles ir
sin fajar y en su mayoría sin ropa en su infancia. Mimándolos con afecto, lo que
podría llevar a un niño por el camino de la condenación más rápidamente que
cualquier otra cosa.

Ella estaba arruinando a los niños, declaró Bonner, poniendo sus almas en peligro
mortal.

Ellen admitió que ella nunca había visto a la Duquesa golpear a uno de los
niños, y eso trajo gritos de asombro de la audiencia.

Los que no usaban la varilla, citó Bonner, aborrecen a sus hijos.

Bonner llamó a Anne Riley al estrado. Ella no se mostró reacia a condenar Bella.
Estaba ansiosa. Hace unos años, dijo, ella había estado enferma durante el
embarazo. La Duquesa había traído su comida, y después de haber comido, su
hijo había sido entregado muerto. Furiosas lágrimas brillaron en sus ojos.

Bella la compadecía, la mujer, obviamente, necesitaba culpar a alguien para


hacer frente a su dolor. Las lágrimas nadaban en sus propios ojos y trató de
alejarlas, no fuera que los que estaban sentados pensaran que eran un signo de
culpabilidad.

Para probar el testimonio anterior, la mujer hierbera fue llamada. Ella testificó
que había suministrado la corteza de sauce para Anne Askew, quien dijo que
era para el conde de Portland cuando tuvo Sudor Inglés. Ella comenzó a explicar
que reducía la fiebre, pero Bonner la interrumpió y le preguntó acerca de la otra
poción.

—Una mujer vino a mí —contó ella—. Tenía un velo y sólo captó un pequeño
vistazo de su cara.

—¿Qué compró? —preguntó Bonner.

—Poleo.

Jadeos y pequeños gritos salieron de la audiencia. Bonner sonrió triunfante a la


audiencia.

—Pero no puedo asegurar que fuera la Duquesa. —La hierbera insistió.

—Eso será todo.

—Realmente no pude verla. Podría…

—Eso será todo. —Puntualizó Bonner—. Puede retirarse.

Los murmullos de la audiencia fueron en crescendo, incluso cuando un


miembro del tribunal golpeó su mazo y llamó al orden. Bonner estaba
sonriendo. El tumulto habló más alto.

Emmett recordaría los siguientes momentos por el resto de su vida con una
cristalina y horrible claridad. Su esposa se levantó y gritó para hablar sobre el
ruido.

—La Duquesa no compró el poleo —dijo—. Yo lo hice.

El silenció se impuso como si el ruido hubiera sido cortado con un hacha.


Rosalie tembló, pero una sonrisa se asomó en su cara, una extraña sonrisa, como
si pensara que se había quitado un peso de encima.

—Compré la hierba para envenenar a la Duquesa y matar a su bebé. Tendría


que haber sabido que Dios protegería de mi maldad a una mujer tan buena y
justa, la hierba no la hirió ni al bebé en su vientre.

Bonner dirigió su mirada hacia ella.

—¿Admite practicar brujería?

Rosalie asintió.

—Sí. Su Gracia es totalmente inocente de todos los cargos. Fui yo quien hizo
todo eso.

—Rosie… —susurró Emmett—. No, Rosie, no…

—Fui yo. —Las lágrimas brillaron en los ojos de Rosalie, pero esa sonrisa, feliz,
aliviada, casi emocionada, aún la tenía—. De todo eso.

—¿Mató al bebé de Anne Riley? —inquirió el Padre Webber, cuya pluma


goteaba mancha tras mancha de tinta en sus notas, inadvertidas.

Rosalie dudó por un momento, pero asintió.

—Lo hice. Bella es inocente. No puedo dejar que ella pague por mis pecados.

Bonner giró hacia el sheriff, el cual tenía la boca abierta en una perfecta “O”,
como la mayoría de los que veían esta abrumadora escena.

—Arréstela —ordenó—. Llévenla a la Guarnición.

—¡NO! —rugió Emmett. Desenvainó su espada—. ¡Mataré a cualquiera que le


ponga una mano encima!

Rosalie tomó su rostro entre sus palmas y lo giró hacia ella.

—Emmett, envaina tu espada.

—Pero, Rosie…

—Guárdala —dijo con firmeza. Acarició su mejilla—. Deja que el sheriff haga su
trabajo. Me he ganado este castigo y lo acepto dignamente.
—¿Mi Lady? —Charles Swan hizo una reverencia—. Mi Lady, por favor,
acompáñeme.

Rosalie acarició a Emmett una última vez y luego se volvió para seguir al sheriff
desde el tribunal reunido. Emmett sollozó mientras la veía marchar,
aparentemente clavado en el suelo.

—La corte está suspendida. Emitiremos el veredicto mañana.

Los guardias habían renunciado a tratar de mantener a la Duquesa en su


"celda". El Duque había hecho tales amenazas (y parecía muy dispuesto a
llevarlas a cabo) que le habían dado la libertad para vagar por la torre de la
guarnición a su antojo, a excepción de la sala de almacenamiento de armas, que
se mantenía cerrada, aunque Bella no tenía ningún interés en entrar.

Rosalie fue encerrada en una de las celdas del sótano. Esa noche, después de
que todos los guardias hubieran partido, excepto los dos que custodiaban la
puerta exterior, Bella reunió a un cesto lleno de artículos y se dirigió por la
escalera de piedra en forma de caracol.

La puerta de Rosalie no estaba cerrada con llave. No había necesidad, ya que su


tobillo estaba encadenado a la pared. Se sentó en una fina capa de paja, fresca
pero esparcida sobre la vieja, húmeda y enmarañada ropa de cama que había
servido a los ocupantes anteriores.

—Bella —articuló ella con sorpresa.

—Levántate —instruyó Bella. Ella puso una gruesa pieza de tela sobre la paja y
luego puso una manta sobre eso, y añadió una pequeña almohada.

—¿Por qué haces esto? —Rosalie le preguntó en voz baja—. Traté de matar a
Ward, Bella. Traté de matarte también.
—Lo sé. —Ella puso la cesta en el suelo junto a la nueva cama de Rosalie.
Contenía una jarra de cerveza y algo de comida bien envuelta en hule.

—Doy gracias a Dios por el milagro que no funcionara —comentó Rosalie—.


Bella, lo siento mucho. Tenía demasiado miedo de admitirlo, porque sabía que
mi pesar no significaría nada. No compensaría lo que había hecho. Nada podía.
Pero ahora puedo. Ellos tienen su bruja. Y una vez que no te encuentren herejía,
te van a dejar libre.

—Rosalie, ya sabes lo que van a hacerte.

Las lágrimas brillaban en los ojos de Rosalie, pero sonrió.

—No entiendes. Estoy libre ahora, también. Mi corazón y mi alma eran negros
con el pecado. Yo nunca podría ser verdaderamente feliz, sabiendo lo que había
hecho y que yo nunca podría ser perdonada por ello. Pero ahora puedo. Me
siento ligera, como si pudiera flotar hacia el cielo como una pluma en el viento.

Ella tomó la mano de Bella entre las suyas.

—Tengo que pedirte un favor ahora, aunque me merezco nada más que
desprecio y tú odio. Por favor, te lo ruego, cuida de Emmett, Margaret y
Charles. Cuida a mis hijos como tuyos y ámalos. Una vez fuiste una madre para
Margaret cuando yo no pude. ¿Lo harías de nuevo?

—Lo haré.

—Emmett. —La voz de Rosalie se quebró.

—Esto será muy duro para él. —Era un eufemismo. Emmett estaba devastado.
Él estaba tan enloquecido que Edward había ordenado encerrarlo en uno de los
dormitorios de invitados, un sirviente estaba con él, para que no se dañara.

—Lo sé. —Rosalie trazó un nombre grabado en la pared de piedra con la punta
del dedo—. Ese es mi mayor pesar. Casi desearía que no nos hubiéramos
enamorado, para ahorrarle esto. Pero desde hace dos años, lo amo. ¡Es más de lo
que la mayoría de las mujeres reciben en la vida!
Bella se inclinó y besó a Rosalie.

—Quiero que sepas que te perdono.

Un sollozo andrajoso y áspero escapó de Rosalie. Ella se llevó las manos a la


boca.

—Te voy a extrañar —dijo Bella, y una lágrima marcó un camino por su
mejilla—. Has llegado a ser como una hermana para mí, y yo te quiero. Te
quiero y te perdono.

—No me lo merezco.

—Pero yo sí creo que lo mereces. —Bella buscó en la canasta y sacó un pequeño


frasco.

—¿Qué es esto? —cuestionó Rosalie. Lo tomó y lo giró entre sus dedos, viendo
el contenido lechoso removerse en el vidrio.

—Es pierdad. Mantenlo contigo, en ti. Es rápido y no es doloroso.

—Gracas. —Besó a Bella y la abrazó—. Adiós, Bella. Mi hermana. Mi amiga.

El juicio de Rosalie fue una mera formalidad. Ella admitió todo. Admitió
confraternizar con el diablo, causando la muerte de bebés y animales de granja,
de causar malas cosechas y embrujar a la Duquesa para hacer acciones extrañas.
Ella pudo haber admitido ser la causa de los años de malas cosechas y
hambrunas, Bella no lo sabía. Rosalie parecía haber decidido que si iba a ser
condenada a la hoguera, trataría de salvar tantas otras personas como pudiera,
admitiendo un amplio espectro de acciones que podrían atribuirse a otras
"brujas".

Tres días después, la llevaron a la hoguera. Ella estaba floja y sin movimiento
antes de que incluso hubieran terminado de encadenarla. Una pequeña botella
cayó de su mano, desapercibida, entre las llamas.

—¡Fiat justitia! —Bonner gritó mientras le prendía fuego. Que se haga justicia
Ѫ
NOTAS HISTÓRICAS
—El Obispo de Carlisle fue una persona real. Su nombre era Owen Oglenthorpe
y fue ascendido a ese oficio en 1557. Cuando Elizabeth se volvió Reina, ninguno
de los viejos Obispos de ahí estaría de acuerdo en oficiar su coronación. El
Obispo de Carlisle fue el único que podría realizarla, pero enfureció a Elizabeth
durante el servicio cuando se elevó el anfitrión (un gesto que los protestantes
rechazaron) y salió de la habitación.
Capítulo 40

Traductora: Nikky McGuiness (FFAD)


Beta: Manue Peralta (FFAD)

10 de Noviembre de 1558.

— T iene que ir, Edward. No tiene opción.

Edward estaba en la sala principal con el abogado que había contratado para
ayudar en el caso de Bella, Richard Edwardes. Ambos tenían una copa de
cerveza que mantenían llenas en la mesa delante de ellos.

—No puedo dejarla —contestó Edward—. Ella está aterrorizada y me preocupa


que... que le pueda hacer daño al bebé que lleva.

Edward no podía explicar cuáles eran sus temores. Bella estaba en peligro de
perder a su hijo. La magia que protegía a las selkies cuando estaban
embarazadas estaba siendo minada por la desesperación y el miedo, que iba
peor con cada día que el juicio se prolongaba. Esto era mucho más que la simple
añoranza al mar. Esto era terror y dolor golpeando su propia alma. Ayer, ella
había escupido sangre y, ahora, la preocupación por su hijo añadió aún más
ansiedad. No podía imaginar lo que sucedería si la dejaba sola.

Habían tratado de "defender su vientre" para retrasar el juicio. Tanto para la


iglesia como el derecho civil, una mujer embarazada no podía ser ejecutada.
Pero las parteras enviadas a examinar habían sido ricamente sobornadas por
Bonner y juraron que no estaba encinta.
—Perderá también al niño, si no se va —aseveró Richard sin rodeos—. Tarde o
temprano va a engañarla para que confiese una creencia hereje. Ella no es
teóloga. Ella ni siquiera entiende la mitad de lo que él le está preguntando.

—Mi carta…

—La Reina no la debe haber recibido, o ya hubiera respondido. Edward, se lo


diré de nuevo: no tiene opción. Voy a retrasarlo tanto como pueda para darle
tiempo a que la vea y regrese, pero tiene que irse ya, Edward. Tiene que.

Edward asintió de mala gana. Se bebió el contenido de su copa y caminó hasta


las escaleras de piedra de la pequeña alcoba que habían reservado. Tenía su
cama traída desde Cullen Hall y algunos de sus muebles y tapices con la
esperanza de que tener cosas familiares a su alrededor la consolaría un poco.

Bella estaba acostada en su cama, pero no estaba dormida. No creía haber


dormido desde que Rosalie había sido quemada. Las ojeras rodeaban sus ojos y
su rostro se demacró y empalideció. En su mano había un retrato en miniatura
de Ward y la pequeña Elizabeth. Echaba de menos a los niños terriblemente,
pero había rechazado la oferta de Edward para traerlos de visita. Ella no quería
que vinieran a este lugar horrible, o que supieran lo que le estaba sucediendo.

Él se arrodilló a su lado y tomó su mano entre la suya.

—Bella, debo... —Se calló, sin saber cómo decírselo.

—Lo sé. He oído. —Su audición selkie era mucho más aguda que la de un
humano.

—Voy a hacer que Emmett venga y se quede contigo —anunció Edward.

Bella sacudió la cabeza.

—Déjalo. Está demasiado afectado para atenderme.

—Tal vez lo necesita. —Una tarea, para sacar de su mente a Rosalie.

Después del incendio, Emmett había bajado al sitio y recogió todas las cenizas
en bolsas. En general, esto no se permitía, para que las reliquias no se hicieran
de trozos de huesos quemados y similares, pero Emmett había desenvainado en
silencio su espada cuando el primer guarda se acercó a él y el hombre había
retrocedido a toda prisa cuando vio la luz en los ojos de Emmett.

Había colocado las bolsas en un ataúd de roble fino, con incrustaciones de


marfil y plata, que él mismo había llevado a la bóveda debajo de la capilla, y
ordenó una elaborada tumba de mármol blanco con una efigie de Rosalie
acostada en la parte superior, con las manos presionadas en oración.

Las personas quemadas por la hoguera nunca se les daba tumbas; era uno de los
efectos de la quema, destruir los restos mortales, destruir cada parte de la
persona de manera que no pudiera ser honrada con un entierro cristiano. Eso no
detuvo a Emmett en sus planes. Los restos de Rosalie descansarían con los
nobles antepasados de los Cullen, tan honrada como cualquier otro miembro de
la familia, y Emmett descansaría a su lado cuando llegara su tiempo.

Edward estaba preocupado de que su hermano descansaría bajo esa efigie de


mármol muy pronto. Su dolor era terrible de ver. Sólo había pasado una semana
desde la muerte de Rosalie y la tristeza ya estaba dejando su huella en él. Trató
de perseverar por el bien de sus hijos, pero era obvio que su corazón no estaba.
Y Edward estaba aterrorizado por el conocimiento de que podría estar viendo a
un fantasma de su propio futuro cuando miraba a su hermano.

Edward se tumbó detrás de Bella y atrajo su cuerpo contra el suyo. Él ahuecó su


mano alrededor de su hijo y enterró su rostro en su cabello.

—No me quiero ir —expresó—. Pero Richard tiene razón. Debo de. Mary podría
no haber recibido mi carta. Me gustaría poder enviar a Emmett, pero Mary
probablemente no lo recibiría. Ella nunca lo perdonó por negarse a hacer un
lado a Rosalie. Yo soy el único que puede convencerla para intervenir.

Él esperaba lágrimas y se había preparado para escuchar su ruego para que se


quedara, pero ella simplemente se quedó mirando el retrato de sus hijos.

Tiró suavemente de su hombro hasta que se recostó junto a él. Estudió su rostro,
como si memorizara sus formas y contornos y luego le dio un beso en los labios,
suave, amoroso y dolorosamente dulce.

Alguien llamó a la puerta y él frunció el ceño. Él no había enviado a Emmett


todavía, así que, ¿quién podría ser? Sacó la daga de su cinturón y la sostuvo en
la espalda mientras quitaba el cerrojo y abría la puerta.

—¡Kat Ashley! —exclamó en estado de shock—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Me alegro de verte también, Su Gracia —dijo Kat con una pequeña sonrisa—.
Bess me mandó. Ella recibió tu carta.

—¿Hay algo que ella pueda hacer?

Kat vaciló.

—Ella está tratando. Pero no puede mandar a nadie por el momento.

Él sabía lo que quería decir Kat. Ella probablemente estaba pidiendo favores y
lanzaba amenazas veladas sobre lo que pasaría cuando ella llegara al trono, pero
algunas personas todavía creían que María se recuperaría. Había muchos
orando por un milagro para preservar la vida de la Reina y mantener a la
bastarda hereje de llevar la corona.

—Bueno, ahora estoy aquí —comentó Kat—. Y voy a cuidar de ti, Bella. Tan sólo
mírate, sólo acostada y sintiendo pena por ti misma. ¡Levántate de esa cama!
Vamos a vestirte y bajaremos. Tengo una caliente sopa de vegetales y te la vas a
comer.

Edward besó a su esposa una última vez.

—Te amo, Bella. Escucha a Kat, por favor, y cuídate mientras estoy fuera. Sólo
serán unos días.

—Él tratará de matarme mientras no estás —dijo débilmente.

—Emmett te protegerá.

—Con mi vida, si es necesario —juró Emmett desde la puerta. Por la mirada


sorprendida de Edward, añadió—: Richard me dijo que me necesitabas y aquí
estoy. Ve, Edward. Ve con la Reina. Termina la pesadilla. No pude evitar que
tomaran a mi Rosie, pero que me aspen si dejo que se lleven a Bella, también.

Edward le abrazó.

—Habrá un ajuste de cuentas —prometió.

Emmett asintió.

—Ve ahora. Tu caballo está esperando afuera y empaqué un poco de ropa


limpia.

—Gracias. —Edward miró a Bella una vez más y luego cerró la puerta tras de sí.

Bella se encontró enfundada en un vestido y sentada en la mesa de la planta baja


antes de supiera lo que estaba sucediendo. Kat puso un tazón de sopa de puerro
en frente de ella.

—Come —demandó ella dejando caer una cuchara dentro del tazón.

—Kat, no puedo. No tengo hambre.

—No pregunté si estabas hambrienta —aseveró Kat—, te dije que comieras. Ese
bebé tuyo necesita comida incluso si tú decides que no. Así que, come. —Se
sentó en la silla al otro lado de la mesa, cruzó los brazos sobre su voluminoso
pecho y esperó.

Bella cogió la cuchara y tomó un sorbo de la sopa, y luego otra, y otra, hasta que
el tazón estaba medio vacío.

—No puedo comer más.


—Pienso que claro que puedas —dijo Kat—. Si no la comes toda, mañana te
haré sopa con carne.

Bella se estremeció y tomó la cuchara de nuevo, decidida a terminarlo incluso si


se enfermaba. Le daría a Kat una lección, pensó con petulancia, si tenía que
limpiar después de que Bella se enfermara por el exceso. Se preguntó si Kat
intimidaba a Bess así y entonces se dio cuenta de que probablemente sí. Y Bess
era mucho más terca que Bella, así que, ¿había esperanza de que Bella le ganara
a Kat?

Ahora que tenía a Bella comiendo, Kat abordó a su próxima víctima. Arrastró a
un protestante Emmett a la mesa, literalmente, su mano agarrando la parte
delantera de su jubón. Ella lo empujó a una silla como lo había hecho con Bella y
depositó un plato frente a él. Él y Bella intercambiaron una mirada triste, pero al
igual que había hecho Bella, cedió y se comió la sopa.

—Ambos tienen hijos. —Kat comunicó—. Están siendo muy egoístas dejándose
decaer. Bueno, no bajo mi cuidado. Ustedes se van a cuidar, y saldremos de esto
juntos. ¿Entendido?

Bella y Emmett murmuraron un asentimiento. Kat no les daba ninguna opción.

Edward galopó, presionando a su caballo a la máxima velocidad. Cuando el


pobre animal estaba completamente exhausto, se detuvo en un establo para
intercambiarlo por otro, una vivaz yegua árabe. Ella tenía el corazón de un
campeón y casi murió dándole la velocidad que quería. Cuando se detuvo de
nuevo en los caballos de comercio, le dio una palmadita agradecido y ordenó
comprarla y enviarla a Cullen Hall, donde ella sería apreciada y mimada.

El viaje parecía interminable. No se detuvo a dormir ni comer. Comía lo que


Emmett había empacado en sus alforjas, un poco de queso duro y pan. Llegó al
palacio temblando de cansancio, pero fue directamente a los aposentos de la
Reina.

Mientras corría por los pasillos, notó el eco del silencio. Las banderas levantadas
por encima del palacio indicaban que la Reina estaba presente. Así que, ¿por
qué estaba vacía cada habitación? Los únicos sirvientes que estaban en los
pasillos eran parte de la casa personal de María. ¿Dónde estaban los cientos de
cortesanos que luchaban y peleaban todos los días sólo para vislumbrar a la
Reina mientras caminaba por ahí? ¿Dónde estaban los funcionarios de alto
estatus de la Reina que tenían sus propios tribunales?

Llegó a la cámara privada y encontró a Jane Dormer sentada en los escalones de


la tarima del trono, hablando con un español. Cuando vio a Edward, ella se
puso de pie, con el rostro lleno de culpa por tratar al trono de manera
irrespetuosa.

—¿Dónde está la reina? —Él exigió.

—En su cama, donde ha estado durante la última semana —comentó Jane.

Edward miró a su alrededor con asombro. Nunca lo había visto vacío. Incluso
en medio de la noche, por lo general había gente rondando por ahí. Sin el
bullicio colorido de los cortesanos, pudo ver cuán sucio y mal cuidado estaba.
Las esquinas estaban manchadas de orina y los pisos estaban cubiertos de
mugre. Los tapices estaban ennegrecidos como si muchas manos los hubieran
utilizado como toallas.

—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó.

—En Hatfield. —Escupió Jane, como si la palabra tuviera un mal sabor.

Edward negó con la cabeza lentamente. Los cortesanos habían abandonado a la


moribunda Reina por la Princesa que la remplazaría, compitiendo por una
posición en el nuevo trono. Esperaba que María no lo supiera.

—Sólo sus verdaderos amigos están aquí —dijo Jane.

—¿Es él un “amigo verdadero”? —preguntó, y señaló con su barbilla al español.


—Este es el Duque de Feria. Nos casaremos pronto. —El sonrojo de Jane
regresó, coloreando sus mejillas de rosa.

—Felicidades.

—Soy el representante del rey en este… difícil momento —explicó Feria.

—Toda una lástima que el rey no pudiera venir a apoyar a su moribunda esposa
—contestó Edward. Se dio la vuelta, descartando al Duque y ocasionando que el
color subiera a su rostro—. Debo ver a la Reina de inmediato, Jane. ¿Está
despierta?

—Su majestad no debe ser perturbada —exclamó Jane.

—Me temo que debo insistir. Le mandé una carta en lo que respecta a este
asunto pero nunca recibí una respuesta.

Los ojos de Jane brillaron con jubilosa malicia.

—¡Oh! ¿Le mandaste una carta? Me temo que su majestad no la recibió. Ahora,
si te importaría volver en unos días, ella tal vez se sienta bien como para recibir
invitados.

—¿Cómo te atreves a intentar detenerme? —preguntó Edward amablemente.

Jane parecía sorprendida, como si pensara que su palabra sería suficiente para
denegar el acceso. Ella todavía estaba pensando en la respuesta cuando él se
alejó. Los guardias de la puerta ni siquiera le lanzaron una mirada en su
dirección al pasar. Él hizo una nota mental para darles una recompensa cuando
saliera.

El dormitorio de María era tan oscuro y silencioso como una tumba. Todas las
ventanas habían sido cubiertas y la única luz provenía de una sola vela junto a
su cama. Iluminaba la figura de Susan Clarencieux, que estaba sentada junto a la
cama de la Reina. Tenía un paño húmedo y perfumado que pasaba por la frente
de la Reina. Dos sacerdotes estaban a los pies de la cama, murmurando
oraciones.
La habitación estaba llena de humo del incienso quemado para tratar de cubrir
el olor de enfermedad, pero Edward sigue percibiendo el hedor subyacente a
sudor rancio, fiebre y vómito. Se acercó a la cama del lado de Susan y bajó la
mirada hacia la figura pálida de la Reina. La Princesa Elizabeth no había
exagerado en sus cartas. María parecía un esqueleto envuelto en una capa de
piel.

—¿María? —llamó. Se sentó a un lado de su cama y tomo sus manso entre las
suyas—. María, ¿me escuchas?

—¿Felipe? —gimió.

—No, no es Felipe. Es Edward.

María sonrió, estirando sus secos y partidos labios.

—Edward… mi pequeño hermano. —Se quedó dormida con esa sonrisa en sus
labios.

—Ha estado así por días —reveló Susan—. Tiene momentos de lucidez, pero
han ido disminuyendo y bastante raros.

—Oh, no. —Si Edward no estuviera sentado, seguramente hubiera caído de


rodillas—. ¡María! ¡María! —Apretó su mano—. Oh, María, por favor.

—Eso no funciona. Tienes que esperar.

Edward pasó sus manos a través de su cabello.

—No puedo esperar.

Susan sintió compasión por él.

—No tienes opción.

.
.

Otro día. Emmett se sentó con parsimonia y talló sus ojos. Cada mañana, la
primera cosa que hacía era girar para buscar a Rosalie. Y cada mañana,
experimentaba la fresca agonía de darse cuenta que Rosalie no estaba y nunca
volvería a estar.

Él dormía a los pies de la cama de Bella en un catre. Kat Ashley dormía a su


lado en la cama. Se puso de pie y miró a Bella por un largo momento. Quería
odiarla porque era su vida por la que Rosalie se había sacrificado. Quería odiar a
su hermano por tener la dicha de despertar a lado de su esposa alguna vez por
la mañana. Pero no podía. Rosalie había creído que valía la pena salvar a Bella.

Le habían permitido visitarla una vez. No sabía qué cadenas había tirado o qué
amenazas que había hecho Edward, porque por lo general a un prisionero
condenado no se le permitían visitantes, sólo podían escribir cartas para decir
adiós a sus seres queridos.

Él había bajado al pozo negro de un sótano (no permitirían que Bella


compartiera su habitación con Rosalie, no importaba lo mucho que ella rogara)
y había visto una nueva faceta de su esposa. A pesar de la inminente ejecución
en la mañana, parecía ligera y feliz, libre de una carga que él no sabía que
llevaba. Le recordó la forma en que él debía haber aparecido a los otros después
de su conversión.

Él la había abrazado y ambos lloraron, sus lágrimas mezclándose mientras se


besaban y tocaban y hablaban con palabras suaves que probablemente no tenían
significado para los que escuchaban, pero invocaban recuerdos compartidos.

Él debió haber dicho algo que mostraba su odio por Bella, pero ella lo había
detenido y le dijo que si no fuera por Bella, ella nunca se habría convertido en la
mujer que amaba. Ella seguiría nadando en un mar de odio y amargura sin
orillas y él todavía habría estado buscando la absolución en el fondo de una
botella.

Ella había dicho que era su pecado lo que había traído este fin sobre ella. Ella
pagaría con su vida por aquellas que había tratado de tomar. (Era difícil de creer
que su Rosie pudiera hacer una cosa así, pero era una prueba de lo mucho que
había cambiado de lo que una vez fue.) Pero no podía dejar de preguntarse cuál
era su pecado, el pecado de robar la esposa de su hermano. ¿Era justicia que
ahora perdiera a la suya?

Rosie le dijo que no debía pensar de esa manera, que él debía alabar a Dios por
los dos años llenos de alegría que tuvieron, pero Emmett no tenía fe en esos
días.

Bella dijo el nombre de su hermano en sueños y se dio la vuelta. Su camisón se


tensó en su vientre y pudo ver el pequeño bache donde su nueva sobrina o
sobrino crecía, un niño que Bella podría perder con el miedo y el estrés
emocional que estaba soportando. Los selkies eran indiferentes al tiempo o la
enfermedad, y eran protegidos por magia poderosa, pero la desesperación, el
miedo y el dolor eran asesinos de la magia. Por muy fuertes o jóvenes que
fueran, podían ser destruidos por el talón de Aquiles que era su fragilidad
emocional.

No sabía cómo se suponía que debía ayudarla, agobiado como estaba con su
propio dolor y desesperación, pero Edward había confiado su cuidado a él y
haría todo lo que pudiera para mantenerla a salvo y saludable hasta que
regresara.

A medida que los días pasaban, lo poco que Bella podía dormir estuvo plagado
de pesadillas. Edward todavía no había regresado. No hubo ninguna noticia de
él, ninguna carta tranquilizadora para explicar por qué todavía no regresaba.
¿María también lo había encarcelado? ¿Había caído enfermo o se había
lesionado? ¿La Princesa Elizabeth lo arrestó por temor a que tratara de robar su
trono? Había un centenar de cosas terribles que podrían haber ocurrido, y cada
vez que Bella cerraba los ojos, veía una de ellas.

Ella se estaba volviendo tan llorona como María, a pesar de los esfuerzos de Kat
para mantenerla ocupada y las calmantes explicaciones de Emmett.

El abogado que su hermano había contratado, Richard Edwardes, había


conseguido que el juicio se retrasara otro día, y después fue el día de un santo,
un día de fiesta en la que no había sesiones en los tribunales. Y entonces el
tribunal de la mañana lo reanudó, el obispo de Carlisle había intervenido para
consultar a Bonner en un punto oscuro teológico hecho durante el juicio, que
requería días de investigación para ser respondido.

Bonner había rechinado sus dientes con frustración. Él había tratado de detener
su caso dos veces, sólo para que esos tontos en el tribunal le dijeran que no
había demostrado nada y que tendrían que declararla absuelta si se detenía ahí.

Si tan solo pudiera encontrarla culpable, podría quemarla aunque ella abjurara.
Su confianza iba en aumento. Charles Swan seguiría sus órdenes si Bonner lo
amenazaba con la cárcel o un cargo de herejía.

Hasta Julio, Cramner había sido el único hereje quemado después de abjurar.
Pero a finales de verano, la política había sido cambiada sin ningún aviso. Un
hombre en Hampshire se había retractado cuando lo llevaron a la hoguera, y
había firmado los papeles que le ofrecían misericordia. El sheriff, Sir Richard
Pexall, lo había perdonado, pero entonces una carta había llegado desde el
consejo y decía que la Reina estaba furiosa por haber perdonado a un hereje
condenado. La ejecución fue llevada a cabo y el sheriff fue enviado a prisión,
pero si el prisionero persistía en su renovado compromiso con la fe católica, iba
a acompañar a un sacerdote en la ejecución.

Pero el pueblo inglés comenzaba a rebelarse de manera alarmante contra la


quema. Antes de que dejara London, Bonner había quemado a trece de ellos de
una vez, la gente fue descubierta yendo a las juntas de un predicador
protestante. Había otros seis que morirían al otro día, pero la demostración del
pueblo fue tan aterradora que Bonner esperó hasta la noche para quemarlos.

Había esperado tener ya calcinada a Bella, pero el tribunal estaba siendo terco y
cada día la muerte de la Reina se acercaba y la toma de poder de Elizabeth. El
aire crujía por la tensión. Parecía que toda Inglaterra contenía el aliento mientras
esperaban a oír las palabras ansiadas: "la reina ha muerto. ¡Larga vida a la
Reina!"
Finalmente, se reanudó el juicio. Bella estaba sentada en una silla frente a la
mesa de tribunal. Bonner se paseaba delante de ella, un fajo de papeles en la
mano a la que se refería con frecuencia. Él había, al parecer, invertido el receso
en una pregunta que estaba seguro de que Bella respondería de forma
incorrecta. Preguntó si Bella estaba encinta, con una amplia y triunfante sonrisa
en su rostro. Emmett y Kat se dedicaron miradas de pánico.

Habían inventado un sistema para ayudar a Bella a través del interrogatorio. Si


la respuesta a la pregunta debía ser "sí", Kat estornudaría o tosería. Si era "no",
sería Emmett el que haría un sonido. Pero esta era una pregunta a la que ambas
respuestas eran incorrectas. Si Bella respondía que sí, ella sería una blasfema al
presumir de conocer la mente de Dios. Si ella decía que no, ella estaría
admitiendo ser una pecadora sin salvación.

—Padres, debo objetar. —Eso vino del obispo de Carlisle—. Ningún hombre
puede saber la respuesta a esa pregunta.

El tribunal debatió brevemente y luego el Padre Cope emitió su fallo: la cuestión


era incontestable y, por tanto, tuvo que ser descartada. Bonner estaba furioso,
sus pómulos se tiñeron de un color rojo oscuro y sus ojos ardían de odio cuando
se enfrentó a la acusada.

Retomó el tema principal, cuestionándola de nuevo sobre si creía que ese era el
cuerpo y la sangre de Jesús después de ser consagrado, y exactamente cuándo se
producía ese cambio milagroso. Bella respondió que ella creía en la
transubstanciación, pero ella no sabía exactamente cuándo se producía el
cambio.

—Cuando el padre la bendice, creo —dijo—. No lo sé, no estoy segura.

—No sabe. —Repitió girando para ver fijamente al tribunal—. Una de las
piedras angulares de nuestra fe y usted no sabe.

—Mi señor obispo, pero yo soy una mujer sencilla —expresó Bella, pidiendo
comprensión—. Creo las enseñanzas de la iglesia, pero no estoy tan educada en
ellos como usted.
—¿Y qué pasa con la hostia si se deja así? —preguntó—. ¿Sigue siendo el cuerpo
de Cristo?

—Yo… yo creo que sí...

—¿Y si un pedazo cae al suelo y es comido por un ratón, mujer tonta? —


espetó—. ¿Qué pasa con el ratón?

—No sé. ¿Qué cree que pasa con él?

—¡Yo digo que el ratón está maldito! —gritó.

—¡Oh, pobre ratón! —Bella soltó.

El público, después de darse entre ellos miradas incrédulas durante ese cambio
extraño, se echó a reír. Si alguno de ellos había creído que Bella era una hereje al
comienzo del juicio, el comportamiento y las preguntas tramposas cada vez más
erráticas de Bonner habían puesto esa sospecha a un lado. Bella no era hereje.
Ella no estaba en desacuerdo con cualquiera de las posiciones teológicas de la
iglesia, a pesar de que en algunos casos era evidente que no las entendía.

—Nos reuniremos por la tarde —anunció el Padre Dwyer y el tribunal se


levantó.

—Piensa que escapará de la justicia —siseó Bonner hacia Bella. Ella se encogió
en su silla—. Pero no lo hará. Le juro que veré cómo la queman.

—Su maldad será purgada de la tierra —añadió el Predicador Jacob. Se había


deslizado detrás de ella. Bella gritó y se puso de pie para alejarse de ellos. Ella
miró a su alrededor buscando a Emmett, o cualquier persona que pudiera
protegerla de estos dos. Pero el padre Cope estaba hablando con Emmett y Kat
no estaba a la vista. La malicia salió de ellos en ondas calientes.

—Ha intentado destruirme —dijo el Predicador Jacob—. Pero ya verá. El mal


nunca triunfa sobre los hombres de Dios.

—No soy malvada —declaró Bella. Lágrimas calientes corrían por sus mejillas—
. No lo soy. ¡No soy su enemigo!
—¡Mi señor obispo! —El Padre Dwyer lo llamó—. Predicador Jacob. Vengan.
Hay una cuestión que debemos discutir.

Bella gritó y se agarró el abdomen. Un hilo de sangre repiqueteaba en el polvo a


sus pies.

Bonner sonrió.

—Ahora sabemos que ella no está embarazada.

Amanecer del 17 de Noviembre.

Con una temblorosa e insegura mano, la Reina firmó el indulto que Edward
llevó. Maraí la Renia. Sería la última vez que escribiría esas palabras.

Quería huir de la habitación y saltar sobre su caballo, pero no podía dejarla


ahora. Siete días tuvo que pasar en esta sala, tratando de recuperar sus pocos
momentos de preciosa lucidez para decirle lo que Bonner le estaba haciendo a
Bella. La noche anterior, por fin lo había logrado y ella había accedido a firmar
un indulto. Edward había escrito apresuradamente uno en un pedazo de
pergamino en su escritorio y le entregó una pluma entintada.

La mano de María cayó y la pluma cayó a la cama junto a ella.

—Dile... dile que la amo. Ella es la hermana que me hubiera gustado tener. Y tú,
mi primo... ¡Ojalá fueras mi hermano, qué rey hubieras sido!

—No la quiero —dijo Edward con firmeza. Miró a su alrededor para asegurarse
de que todo el mundo lo había escuchado con claridad. No quería que dijeran
que, con su último aliento, María le había ofrecido la corona.

María se rio en voz baja.


—Aquellos que la quieren, no deberían tenerla.

—El Padre Embry está listo para comenzar, su majestad —anunció Jane Dormer.

—Que proceda —declaró María. Fueron sus últimas palabras.

Comenzó la misa. Los participantes se centraron en el sacerdote. Edward era el


único que veía a la Reina, y él vio su último aliento puesto en un suspiro bajo, al
tiempo que el sacerdote iba elevando la hostia. Él cogió su mano y la besó, y
luego salió de la habitación.

Corrió por los pasillos hacia las puertas del palacio donde su caballo estaba
esperando. Él había dado una orden permanente para que tuvieran a un caballo
esperándolo en todo momento para que pudiera irse en el instante en que
tuviera el perdón en su mano. A sus apresurados pasos pronto se les unieron
otros, corriendo por sus propios caballos. Uno de los hombres llevaba el anillo
de bodas de María en la mano, la prueba de que la Reina estaba muerta. Ellos se
separaron en frente del palacio mientras Edward espoleaba a su caballo para ir a
Cullen Hall y los otros hombres condujeron sus caballos hacia Hatfield, cada
uno con la esperanza de ser el primero que le diera la noticia a la Princesa
Elizabeth.

Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar y los cañones en la parte


superior de las paredes de la torre dispararon. La noticia se extendió como un
reguero de pólvora, y Edward tuvo que virar bruscamente su caballo alrededor
de las personas que acudían a las calles gritando "¡La reina ha muerto!".

Al llegar a las afueras de la ciudad, el humo ya estaba llegando al cielo. Esta vez,
no era de los fuegos encendidos por debajo de los pies de los herejes, sino de
hogueras encendidas en celebración.

¡La Reina está muerta! ¡Larga vida a la Reina!


Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
—Richard Edwardes según los rumores era un hijo ilegítimo de Henry VIII.
(Probablemente hay algo de verdad en la afirmación de que su madre, Agnes
Blewitt, fue una de las amantes de Henry. Aparte de la leyenda familiar, no hay
evidencia de que los dos se hubieran reunido alguna vez.) Richard tenía una
maestría en derecho por parte de Oxford, pero nunca ejerció. Fue ordenado
como ministro en el reinado de Edward VI, renunció durante el reinado de
Mary y fue reinstalado durante el reinado de Elizabeth. Los registros indican
que se le dio ropa para el funeral de Mary (los funcionarios en los funerales
solían tener nuevas prendas suministradas por la familia) y para la coronación
de Elizabeth. Ella lo asignó a la capilla real, para supervisar a los niños cantores.
Se convirtió en un poeta/compositor y dramaturgo de cierto renombre.

Curiosamente, hoy, los descendientes de Edwardes están demandando porque


afirman que una gran parte de Manhattan (incluyendo el moderno Wall Street,
Broadway y el terreno donde el World Trade Center se construyó) debería ser
de ellos. Busquen en Google "Edwards Millons" para más información.

—Las preguntas que Bonner hace son preguntas que se formularon en los
juicios de Juana de Arco y Anne Askew por herejía. La pregunta sobre el ratón,
que es sin duda una de las preguntas más estúpidas jamás hechas en un juicio
por herejía, fue hecha por el alcalde en uno de los juicios de Anne Askew. Su
respuesta “¡Ay pobre ratón!" hizo que el público estallara en una risa
incontrolable.
Capítulo 41

Traductora: Elena Bellamy (FFAD)


Beta: Manue Peralta

— L lévala adentro —ordenó Kat.

Emmett cargó a Bella por la puerta. Ella gimoteaba con dolor y miedo. La llevó
por las escaleras de espiral hasta su recámara. La depositó gentilmente al borde
de la cama y le quitó su cubre estómago, mandando alfileres volando en todas
direcciones.

—Mis disculpas, hermanita —dijo. Comenzó a desatar su vestido—. Pero ahora


no hay tiempo para modestias.

—Yo me encargo —habló Kat—. Necesito que corras con la curandera. Dile que
necesito bistorta, hojas de zarzamora, sauquillo… cuéntale lo que le pasa a Lady
Cullen y trae lo que sea que tenga. Rápido.

Emmett salió por la puerta y Kat comenzó a desvestir a Bella, aflojando su par
de faldas. Cantó suavemente en voz baja, mientras trabajaba, suaves nanas que
alguna vez le había cantado a la Princesa Elizabeth de niña cuando estaba
enferma.

—¿Kat?

—¿Mmm?
—¿Voy a perder a mi hijo? —Bella acunó el pequeño bulto de su vientre para
protegerlo.

—No si puedo evitarlo —contestó Kat—. Listo. Ahora acuéstate. ¿Sientes dolor?
—Desnudó a Bella y le puso un cambio limpio. Retiró el viejo rápidamente para
que Bella no se alarmara al ver la sangre.

—Un poco. —Bella mordió su labio.

—¿Qué tanto? ¿Peor que tu menstruación?

Bella no sabía cómo responder a eso. Las mujeres selkie no sangraban como las
mujeres humanas.

Kat vio su confusión y palmeó su brazo.

—No importa. Quédate ahí y descansa por un momento. Regresaré en seguida.

Trajo una piedra caliente envuelta en una toalla y la descansó sobre el estómago
de Bella, colocando otra toalla bajo ella. Los ojos de Bella ardieron con lágrimas
por lo que eso implicaba.

—Ahora, no te alteres —pidió Kat—. Esto es solo para poder ver si sigues
sangrando. Debes tranquilizarte, Bella. Necesitas relajarte. Sé lo difícil que eso es
justo ahora, pero tienes que mantener la calma.

Bella reguló su respiración a la fuerza, inhalando lentamente. Una vez había


conocido a un monje en Cathay que le había enseñado a meditar, e intentó
llevarse a ese lugar sereno y vacío.

No funcionó. Quería a Edward. Necesitaba a Edward. Necesitaba que la sujetara,


la fuerza de sus brazos, la luz de amor en sus ojos. Estas eran las únicas cosas
que podían calmar su alma. Su pareja no estaba a su lado, lo cual ya era
estresante para una selkie. Pero todos los demás estreses que estaba soportando,
la hacían desear huir y esconderse.

Bonner la asustaba. Solo raramente en su larga vida se había encontrado con


personas que fueran puramente malvadas. Conocía a varios que hacían actos
malos, como el Padre Jacob, enloquecido y furioso, o que estaban mal guiados,
como Mary. Bonner era alguien raro, alguien que disfrutaba el sufrimiento de
otros. Y quería lastimarla. Lo había jurado.

Escuchó el ruido del cerrojo cuando Emmett regresó y Kat se apresuró abajo.
Bella escuchó papel arrugándose.

—Pronto tendrás tu medicina, bebé —susurró Bella, acariciando su abdomen


para tranquilizar al bebé dentro. La piedra caliente parecía ayudar con los
dolores.

Prontamente, Kat trajo una copa humeante.

—Toma esto, ahora —dijo.

Bella tomó la copa con cuidado y bebió de ella. El sabor era terrible, pero lo
bebió lo más rápido posible. Kat se sentó a su lado mientras tomaba y retiró los
broches del cabello de Bella. Lo cepilló mientras cantaba suavemente. Hizo que
Bella recordara a su madre, quien solía hacer lo mismo.

—Tengo sueño —dijo Bella.

—Lo sé. Es mejor que descanses y las hierbas te ayudarán a hacerlo. Reposa
ahora.

Bella le pasó la copa vacía y se recostó en la cama. Cerró sus ojos. Edward.
¿Dónde estaba? El dolor en su corazón era peor que el de su vientre.

Tenuemente, como desde la distancia, escuchó a Kat entrar y sintió que


reemplazaba la piedra con otra más caliente.

Y entonces… ¿era un sueño? Sintió los brazos de Edward a su alrededor y


escuchó su suave voz en su oído. Se acurrucó contra él y suspiró felizmente.
Incluso si era un sueño, estaba feliz.

Bella despertó e inmediatamente, sus manos volaron a su estómago. Aún sentía


esa pequeña llamarada de vida dentro de ella. Un sollozo de alivio salió de sus
labios.
—El sangrado se detuvo —anunció Kat. Bella alzó la vista para verla sentada en
una silla junto a la cama, tejiendo.

—Y tengo mejores noticias aún. Mira detrás de ti.

Bella se giró, vio a Edward a su lado y lágrimas de alegría inundaron sus ojos.
Extendió una mano pero Kat la detuvo.

—No lo despiertes —le aconsejó Kat—. No ha dormido en días.

—Creí que era un sueño. —Suspiró Bella—. ¡No puedo creer que esté aquí!

—Sí. Con tu perdón de la Reina en mano.

—¿Averiguó por qué la Reina no contestó a su carta?

—Nunca la recibió. Bella… lamento decirte esto, pero Mary está muerta.

Bella la miró. El dolor apretó su garganta y convirtió sus lágrimas de alegría en


unas de pesar.

—Sé que la quisiste una vez.

—Lo hice —respondió Bella—. Pero eso se convirtió en odio cuando vi lo que
hizo, pero al final, fue lástima. Realmente era la mujer más infeliz en toda la
cristiandad y eso hizo que hiciera cosas malas. No puedo evitar preguntarme
cómo habría sido de haber tenido el amor que quería.

—Bess ha dicho lo mismo. Cuando Bess era pequeña, Mary era como una madre
para ella, tan amable y cariñosa. Estaba impresionada por eso porque Mary no
parecía mantener los pecados de Anne Boleyn contra su hija. Después de la
ejecución de Anne, el Rey fue tacaño con el presupuesto de crianza de Bess y la
pobre bebé se quedó sin ropa muy rápido, sin dinero para reemplazarla. Mary
cosía pequeños vestidos para ella, tejidos por sus propias manos. Pero entonces
Bess creció. Y se convirtió en una amenaza para Mary, solo por existir.

—Y los planes de Bess no ayudaron —comentó Bella secamente.

—Ni una palabra más verdadera ha sido hablada. —Kat hizo a un lado su
bordado y se levantó—. Es tiempo de tu siguiente dosis. ¿Cómo te sientes?

—Mejor —contestó Bella y se acurrucó cerca de su esposo.

Cuando volvió a despertar, Edward estaba sentado en la silla, un conjunto de


papeles en su mano.

—¡Edward! —gritó y se sentó.

—No, Bella, debes quedarte en la cama al menos por unos días más —le dijo
él—. Acuéstate. Debes descansar y recuperar tu fuerza.

—¿Pero qué hay del juicio?

—Lo aplacé por tu enfermedad.

—Por favor, acuéstate conmigo —suplicó.

Edward bajó los papeles y se metió a la cama con ella. Bella lo abrazó. —Hueles
a caballo.

Él se rio. —Es mejor que el olor que tenía después de sentarme al lado de Mary
por siete días. Tenía miedo de dejarla, miedo de que tuviera uno de sus
momentos lúcidos y perdiera la oportunidad de hablar con ella. Mi caballo
perdió una herradura, así que tuve que parar en una posada y esperar a que un
herrero lo arreglara. Usé el tiempo para limpiarme rápido, o no me habrías
dejado entrar al cuarto.

—Te habría dejado entrar incluso si olieras como una mofeta muerta —contestó
Bella—. Te extrañé mucho y estaba preocupada de que algo malo te hubiera
pasado.

—Necesito decirte algo importante: mandé la renunciación de mi derecho al


trono a Bess. Nunca podré heredar la corona, al igual que ninguno de mis
herederos.

Ella asintió. —Me alegra que mandaras la renunciación. Ahora Bess puede
vernos como amigos y familia en vez de rivales que podrían rebelarse.
—Por eso lo hice —dijo Edward—. No creo que Bess tuviera algo que ver con la
Rebelión de Wyatt o la Conspiración Dudley. Ella sabía de eso, seguro; un ave no
golpea una ventana en Inglaterra sin que Bess se entere. Pero no creo que haya
participado en ningún plan. No importaba. Era culpable solo por ser un símbolo
en el que la gente podía inspirarse.

—¿Detendrá las quemadas? —preguntó Bella.

—Está trabajando en eso. Está con su consejo día y noche. Ordenó a Bonner
volver a Londres, pero se está retrasando. Presentaré el perdón cuando nos
reunamos en tres días. Eso debería terminar esta farsa.

Por primera vez en dos semanas, el corazón de Bella se aligeró. La esperanza era
como rayos de sol, quemando a través de las nubes.

Hubo un golpe a la puerta y Kat entró cargando una bandeja con un tazón de
sopa de vegetales. Bella había comido más sopa en la última semana que lo que
probablemente había comido en el resto de su vida, pero no podía negar que se
sentía mejor. Kat añadía hierbas a la sopa para fortalecer su vientre. No siempre
hacía que la sopa supiera mejor, pero estaba recuperando sus fuerzas. Sin la
intimidación de Kat, probablemente habría caído en una masa de pesar, de la
cual ni ella ni su bebé habrían sobrevivido.

Después de dejar la bandeja en el regazo de Bella, ella la abrazó. Kat se


sorprendió, pero también la abrazó.

—Gracias, Kat. Gracias desde el fondo de mi corazón.

Kat se sonrojó. —Oh, no es nada.

—Te debemos una deuda que nunca podremos pagar —dijo Edward.

—Solo sean buenos con mi Bessie —replicó Kat—. Necesita amor, justo como
Mary, incluso si no lo demuestra.

Tres días después, la corte del juicio se reunió. Bella estaba en su asiento
enfrente del tribunal.

—¿Se encuentra bien, su Gracia? —preguntó el Padre Webber.

—Muy bien —contestó Bella. Puso una mano sobre su estómago redondeado.
Kat había insistido en que no usara corsés por un tiempo (Kat estaba convencida
de que apretaban al bebé) y llevaba un simple vestido de terciopelo negro.

Bonner tomó el hecho de que no había abortado como evidencia de su


culpabilidad.

—Todos la vimos comenzar a perder al niño. Con pociones y hechizos, mantuvo


a su engendro impío en su vientre cuando estaba siendo sacado por las palabras
de hombres santos.

—Un niño que no tenía, según sus parteras —notó el Padre Cope.

Bonner se sonrojó y musitó algo sobre mujeres tontas y cómo eran fácilmente
engañadas.

—Sí, una gran bolsa de monedas puede hacer que se pierdan los hechos de
vista. —Edward habló. Se alzó de su asiento y Richard Edwardes se levantó con
él.

—¿Tiene algo de valor qué añadir a estos procedimientos, su Gracia? —


preguntó Bonner sarcásticamente.

—Así es. Bella ha sido perdonada por la majestad de la Reina. —Edward avanzó
a la mesa del tribunal y extendió el perdón firmado por Mary ante ellos.

El rostro de Bonner tomó un alarmante tono púrpura. Su boca trabajó por un


momento y entonces se le ocurrió una idea, una sonrisa triunfante retorciendo
sus labios.

—La Reina Mary está muerta —replicó—. Ese perdón no vale nada ahora.

El tribunal intercambió miradas, inseguros de las legalidades. El corazón de


Edward se hundió. ¿Seguramente, todo lo que había pasado, la separación de
Bella durante el peor tiempo de su vida, no había sido para nada? Richard
Edwardes se adelantó a pelear por él, pero fue interrumpido por Kat.

—¡Tengo un perdón de la Reina Elizabeth! —exclamó. Se levantó y sacó un


pedazo de papel desde adentro de su corpiño y se acercó a la mesa. La gran
firma de Elizabeth, “Elizabeth R”, con sus giros y ganchos, era visible desde
donde Bella se sentaba.

—Ha sido perdonada por dos Reinas —dijo el Padre Cope—. Propongo que
suspendamos estos procedimientos de inmediato.

—¡La Reina no es la cabeza de la iglesia! —protestó Bonner—. La Reina Mary


nos restauró la autoridad del Papa. ¡La Reina no tiene poder para suspender una
corte de iglesia!

—Pero puede suspender el aspecto civil —replicó Charles Swan. Se levantó de


la banca y dio un paso al frente—. Las cortes de iglesia entregan al condenado a
las autoridades civiles para su castigo. Por el perdón de dos Reinas, no puedo
dar ningún castigo incluso si la condenan.

—Bien dicho —pronunció el Padre Cope—. No encuentro herejía en esta mujer


a pesar de dos semanas de examinar. ¿Padre Dwyer?

Dwyer asintió. —Concuerdo. Esta mujer es inocente. ¿Padre Webber?

—Inocente.

—Esta corte se suspende. Es libre de irse, su Gracia, con las disculpas de la corte.

—Gracias —dijo Bella. Estaba feliz de estar sentada porque sus rodillas habrían
cedido por el alivio.

Edward guardó los perdones en su jubón (por si acaso) y levantó a su esposa de


su silla con un grito de alegría. Bella se rio y él se inclinó para besarla. Emmett lo
golpeó en la espalda y Kat corrió para abrazarlos a ambos.

Bonner estaba rojo de la ira. Se acercó al Padre Jacob, quien se veía


absolutamente destrozado, sus hombros hundidos por la derrota.
—¿Cómo conseguiste ese perdón tan rápido? —le preguntó Edward a Kat.
Empezó a caminar a casa, sin esperar por un caballo. Bella le sonrió, la primera
sonrisa real que había visto en ella desde el día que fue arrestada.

—Yo… la traje conmigo cuando vine —admitió Kat, llevando el mismo paso que
Edward—. Bess la escribió antes de que me fuera.

—Antes de que fuera la Reina —se dio cuenta Edward.

Kat enrojeció un poco. —Bueno… técnicamente, supongo.

Edward se rio y los espíritus de Bella volaron con el sonido.

—Hay que ir a casa —dijo ella.

—Las palabras más hermosas que he escuchado en una quincena —contestó él,
y volvió a besarla.

Esa noche, solo en la oscuridad, iluminado solo por una vela, el Padre Jacob se
arrodilló cerca de su cama y lloró. No podía entender por qué Dios había
permitido que esto pasara. ¿Cómo el mal había triunfado sobre los buenos
hombres? ¿Cómo es que el tribunal no vio las olas de maldad saliendo de esa
mujer? ¿Acaso habían sido embrujados? Había pensado que el Padre Dwyer era
un hombre bueno y santo, pero debió equivocarse.

Oh, cómo los demonios protegen a los suyos, pensó Jacob.

Se estaba quedando en el cuarto de invitados de uno de sus seguidores. No


tenía hogar propio, justo como Cristo y los Apóstoles. Viajaba por la tierra,
esparciendo la palabra a su paso, siempre dispuesto a encontrar a un creyente
que le diera posada. Siempre tenía un techo sobre su cabeza y plena comida.
Quizás el lujo lo había suavizado, lo había distanciado de la Voz.

Se quitó su capa negra (un regalo de otro seguidor) y la camisa que llevaba
debajo. Tomó el látigo del cobre al pie de la cama y se arrodilló ante la cruz en la
pared. Cayó en el ritmo familiar rápidamente. Hombro izquierdo, hombro
derecho, hombro izquierdo, hombro derecho. Tomó un rato limpiar su cuerpo
del lujo y la comodidad, mucho después de que la sangre comenzara a manchar
el suelo.

Entró en ese estado de trance donde el dolor se volvía distante, periférico, como
una mosca zumbando contra la ventana. Este era el lugar al que había venido en
su delirio febril cuando la había escuchado, la Voz de Dios. Y no fallaría en
guiarlo ahora.

Date la vuelta, le dijo la Voz.

Vio el patrón en la pared detrás de él, hecho por las gotas de sangre que habían
sido lanzadas por las cuerdas del látigo. Se veía casi como una cruz… ¿Era la
señal que había estado buscando?

Soltó el látigo mientras la respuesta venía a él. Entendía, con repentina claridad,
que la bruja había sido preservada de la mano de la justicia de la Reina como un
regalo para Jacob. Sería su mano la que terminara con ella.

Lloró de nuevo, pero esta vez con alegría. ¡Qué honor le había dado Dios! La
bruja ardería y sería por su mano.

Esperó a que Dios pusiera en su cabeza el cómo hacerlo, y no fue decepcionado.

Al amanecer, Edward se levantó de la cama y besó a Bella en la mejilla.

—¿A dónde vas? —murmuró—. Temprano…

Él se rio mientras se ponía la camisa. —Sí, es temprano. Vuelve a dormir. Tengo


un pequeño proyecto en el que estoy trabajando. Volveré para la hora de la
cena.

—¿Sola? —dijo, y notó que sus ojos se agrandaban.

—No, no estás sola. Emmett está aquí contigo.

Eso pareció calmarla. Bella se dio la vuelta y se acurrucó en las mantas.


Para Bella fue un día ocupado. Tenía muchas tareas administrativas de la casa
que se habían acumulado en su ausencia, ordenar que se pagaran las cuentas,
ordenar los víveres de la casa, revisar listas de inventario y otras tareas tediosas
que eran necesarias para el buen funcionamiento de la casa. Tenía que
preguntarse cómo había sido antes de que llegara, porque parecía que todos
dependían en ella por algo.

Después de que esos trabajos fueran completados (o al menos puestos bajo


control), dejó su recámara para ir al cuarto de los niños para jugar, como había
prometido la noche anterior. La habían extrañado terriblemente y querían pasar
tiempo con ella después de la cena, pero necesitaba pasar algo de tiempo con su
esposo.

No podían hacer el amor, pero podían tocar, besar y admirar el cuerpo del otro.
Era como si tuviera una sed por sentir su piel contra la suya y solo los abrazos
los besos y los suaves toques llenaran una necesidad que tenía, tejiendo nuevos
hilos en su estado emocional.

Caminó por el pasillo y sus agudos sentidos captaron el olor de humo.


Alarmada, corrió para encontrar su origen y vio que la parte trasera del pasillo
estaba cubierto de fuego. Un tapiz en la pared se había encendido y estaba
mandando flamas a lamer ansiosamente al piso de madera.

Sus instintos de selkie superaron a su mente en pánico. Se volteó y corrió, corrió


lo más rápido que pudo por el pasillo, bajando las escaleras hasta el vestíbulo y
saliendo por la puerta. Afuera, podía ver que las llamas habían devorado toda la
parte trasera de la casa. Las tejas de madera en el techo ardían.

Se giró para revisar el gran grupo de personas en el césped. Los sirvientes


seguían sacando las cosas, tratando de salvar todo lo posible de la fortuna
Cullen, pero a ella no le importaban las cosas. Le importaban las personas.

Vio con alivio que Ward, Charles y la pequeña Elizabeth estaban sentados en el
suelo a la orilla del grupo, sus ojos grandes y asustados. Emmett atravesó el
grupo de personas para ir hacia ella.
—¿Dónde está Maggie? —demandó, su rostro blanco por el miedo.

Lágrimas llenaron los ojos de la pequeña Elizabeth.

—No lo sé. No la vi.

—¿Dónde estaba? ¿Dónde la viste por última vez? —preguntó Bella.

—En su cuarto.

Bella inhaló profundamente y corrió antes de poder cambiar de opinión o que


Emmett pudiera detenerla. Corrió de regreso a la casa en llamas cuando cada
instinto que tenía la urgía a alejarse de él.

El humo llenaba el vestíbulo y Bella lo atravesó al subir las escaleras, tosiendo


por los efectos del humo en sus sensibles pulmones de Selkie. Jaló el velo de su
capó y lo sostuvo sobre su nariz.

Corrió por el pasillo y miró con horror que la pared externa del cuarto de los
niños ya estaba en llamas. Su mente le dijo que fuera práctica: era poco probable
que Margaret siguiera viva ahí adentro, pero no tenía otra opción. Tenía que
intentar, aunque la probabilidad fuera muy baja.

Corrió a la puerta y la pateó. Se abrió y se apresuró a entrar al cuarto. Fuego.


Nada más que fuego. Su falda se encendió y la golpeó con sus manos. Agonía.
Sus piernas se estaban quemando. De haber pensado con claridad, pudo haberse
salvado de otra herida, pero Bella entró en pánico. Sus mangas se encendieron al
golpear sus faldas y gritó mientras el fuego envolvía sus brazos en un guante de
roja agonía. Un pensamiento racional al fin entró a su mente y jaló los nudos de
su falda para salir de ella, entonces jaló sus mangas hasta que pudo arrancarlas
de sus brazos. Sus enaguas humeaban, pero no tenían juego. El dolor le daba
náuseas, le hacía tambalearse. Bella parpadeó y trató de concentrarse. Hacia
adelante.

Evitó piezas de yeso y torno ardiente. Vio la cama de Margaret contra el rincón.
Al fuego no había llegado ahí. Se agachó, ignorando la agonía en sus piernas y
vio a Margaret escondiéndose debajo de ella. Suspiró aliviada y la cargó en
brazos. Margaret lloró al ver las quemaduras de Bella. La misma Bella trataba de
ignorarlas. Pero los niños pequeños aún tienen mentes abiertas que una Selkie
puede leer y Margaret estaba proyectando imágenes alarmadas de… Bella cerró
la conexión con rapidez.

—Te tengo, Maggie —dijo—. Vamos a salir de aquí.

Y entonces el mundo se volvió negro.

La sorpresa para Bella en la que Edward había estado trabajando al ser


arrestada iba muy bien. Solo más tarde se le ocurriría que ambas tragedias
habían ocurrido mientras lo preparaba, y desearía amargamente nunca haberla
dejado, incluso por las pocas horas que tardó.

De camino a casa, vio algo raro en el cielo azul. Una densa columna de humo
negro en el aire. Demasiado grande para ser una hoguera. Esperaba que nada en
la villa se estuviera quemando. Con un mal presentimiento, urgió a su caballo a
acelerar. Al acercarse, parecía que venía más y más de la dirección de la
mansión Cullen. Su estómago se retorció con ansiedad y obligó a su caballo a
correr. Demasiado cerca de la mansión Cullen. Y entonces, con una enferma
sensación de horror que nunca olvidaría en su vida, se dio cuenta de que era la
mansión Cullen.

Sus sirvientes estaban reunidos en el césped. Seguían corriendo a la casa en


llamas para tomar todas las cosas valiosas que podían. No había tal cosa como
un seguro en esos días. Toda la fortuna de un noble podía ser guardada en su
casa en la forma de platos de oro, joyas, tapices, ropa y podía ser perdida en un
instante, mandando a una familia entera a la pobreza.

Llevó a su caballo al césped y el grupo de sirvientes lloraron con alivio al verlo.


Bajó del caballo cuando vio a su hermano y a los niños en un grupo y los abrazó
a todos, uno por uno. La pequeña Elizabeth estaba sollozando, sujetando a su
hermano con fuerza.

—¿Dónde está Bella? —demandó Edward.


—Volvió a entrar —dijo Emmett. Tenía una expresión vacante en su rostro, lleno
de shock.

¿Había vuelto a entrar para salvar su piel? Edward miró rápidamente alrededor
y vio su gabinete junto a una pila de troncos.

—¿Por qué? ¿Por qué regresó? —exigió.

—Maggie sigue ahí. —Esto vino de su hija, quien sollozaba tanto que apenas
podía hablar.

—¿Dónde? —Edward tomó sus hombros—. ¿Le dijiste dónde?

La pequeña Elizabeth asintió. —Durmiendo en su cuarto.

Su esposa Selkie, tan temerosa del fuego, había corrido de vuelta a una casa en
llamas para salvar a un niño que ni siquiera era suyo. Fue tras ella, era lo único
que podía hacer. Escuchó gritos detrás de él, advirtiéndole que no fuera,
rogándole que no fuera, pero dejarla sola para afrontar su miedo más grande era
imposible.

El humo era tan denso que redujo su visibilidad a un par de metros. Edward ató
su pañuelo sobre su boca y nariz y subió las escaleras a gatas. Gracias a Dios el
fuego había comenzado en la parte trasera de la casa.

Llegó arriba y bajó por el casillo. El fuego se acumulaba en el techo. Podría


haber sido hermoso de no ser tan horroroso. Las paredes se estaban quemando,
irradiando intenso calor. Jadeó por aire que no había.

Se dirigió a su recámara en vez de ir hacia la puerta del cuarto de los niños. Pasó
por el cuarto, notando en una parte distante de su mente que los sirvientes
habían hecho un gran trabajo en tomar todas las cosas valiosas.

Abrió la puerta que conectaba al cuarto justo a tiempo para ver al Padre Jacob
golpear la cabeza de Bella con un mazo. Ella cayó al suelo, y Margaret escapó de
sus brazos. Margaret gateó bajo la cama y se llevó el pulgar a la boca.

Jacob bailó con alegría alrededor del cuerpo de Bella, riendo.


—¡La bruja arderá! ¡La bruja arderá!

Edward se puso de pie y corrió hacia él, la furia llenando su visión de rojo.

Edward nunca había peleado mano a mano. Caballerosamente había entrenado


con sables, pero nada que lo guiara en una situación como esta. Su mente estaba
en blanco, excepto por la urgencia de lastimar a este hombre malvado. Movió su
puño hacia el rostro de Jacob y afortunadamente le dio a la nariz con el costado
de su puño; de haber golpeado directamente, se habría roto la mano.

Jacob se movió hacia atrás, pero se recuperó rápidamente. Lanzó su puño hacia
Edward, pero su objetivo se quitó del camino antes de hacer contacto.

—¿Te atreves a golpear a un hombre de Dios? —gritó Jacob.

Edward se lanzó a él y lo estrelló contra la pared, su codo sobre la garganta de


Jacob, la forma en que había visto a Bella empujar a Rosalie hace tantos años.

—Tú no eres un hombre de Dios —escupió—. Eres un siervo de Satanás.

Jacob parecía genuinamente herido por el comentario de Edward. Trató de


retirar el brazo de Edward de su cuello.

—¡Has sido tan enceguecido por esa mujer demoníaca!

Edward llevó su puño al estómago de Jacob. Parecía que el instinto guiaba sus
movimientos ahora. Cuando Jacob se doblegó, llevó su rodilla a la cara de Jacob.
Jacob cayó al suelo, pero sujetó a Edward de la cintura y lo hizo caer junto con
él. Pelearon por un momento largo y silencioso, tratando de dominar. Jacob
empujó a Edward para dejarlo boca arriba y rodeó la garganta de Edward con
sus manos. Edward luchó, pero su visión se llenó de puntos negros.

Bella. Tenía que salvarla. La vio ahí tan quieta, vestida solo con su vestido y
enaguas, y su mente voló a la pobre Jane Grey, quien había usado lo mismo al
momento de morir. Bella había sido quemada, y mucho, recuperando a
Margaret. Tenía que salvarla.

Con un ataque de fuerza, los últimos rastros de energía en su cuerpo, Edward se


quitó a Jacob de encima. La cabeza de Jacob golpeó el cofre al pie de la cama,
doblando su cuello con fuerza a un lado. Se quedó quieto, pero sus ojos seguían
abiertos. Se llenaron de pánico.

—¡Edward! ¡No puedo moverme!

Edward se puso de pie, mareado, adolorido. Miró a Jacob.

—¡Por favor! ¡No puedo moverme!

Su espina debió haberse fracturado, pensó Edward.

—¿Puedes sentir algo? —preguntó Edward. Pateó a Jacob en el estómago—.


¿Puedes sentir eso?

Jacob soltó un quejido agudo y su rostro se llenó de dolor.

—Sí, oh Dios, ¡por favor! ¡Ayúdame!

Edward fue a la cama y sacó a Margaret de su escondite.

—Sujétate de mi espalda —dijo, tratando de sonar casual y alegre—. ¡Te daré un


paseo! —Margaret escondió su rostro en su cuello y se aferró a él. Rodeó su
cintura con las piernas y se sujetó con fuerza.

Edward levantó a Bella, tratando de no tocar sus quemaduras, para no causarle


más dolor. Se dirigió a la puerta.

—¡Edward! ¡Edward! ¡Por favor, no me dejes aquí!

Edward se detuvo y miró atrás. Jacob estaba mirando hacia la puerta del cuarto.
Ahora estaba en llamas, y el humo comenzaba a entrar. Jacob se quedaría ahí,
sin ayuda, viendo el fuego acercarse hasta consumirlo lentamente.

Edward no podía pensar en un mejor fin para él.

Llevó a Bella y Margaret abajo lo más rápido que pudo y luego afuera al aire
fresco, Margaret tosía violentamente por el humo. Emmett la recogió y la abrazó
tanto que la hizo gritar.
—Gracias, hermano. Oh Dios, gracias.

Edward abrió el gabinete y sacó el pequeño cofre. Lo llevó con él mientras


bajaba por el camino a la playa, donde dejó a Bella en la arena.

Abrió sus ojos e hizo una mueca al ver el dolor en ellos. Las quemaduras
tomarían largas y dolorosas semanas para sanar, o podía darle lo que necesitaba
para sanar al instante y estar libre del dolor.

Debí haber hecho esto antes, se dijo. Pero era demasiado egoísta para dejarla en libertad.

Abrió el cofre y sacó su piel. El pelaje se sentía cálido en sus manos, como algo
viviente. Lo presionó contra su mano.

—Te la estoy devolviendo —dijo, en caso de que tal anuncio fuera necesario.

Una pequeña brisa de viento rozó su cuello. Había cumplido su promesa.

Bella sollozó. —No…

—Póntela, mi amor. Debes sanar. No puedo soportar tu dolor.

—Pero…

—Lo sé —dijo. Frotó una mano sobre su rostro y la encontró mojada por las
lágrimas—. Lo sé. Te quiero demasiado como para verte sufrir. Póntela, amor.
Póntela y sé libre.

Con un sollozo, hizo la piel a un lado, aunque tenía que estar desesperada por
escapar del dolor. Él la devolvió a su mano.

—Bella, te lo ruego, por favor. —Pudo haber tomado el dolor, con gusto lo
habría tomado por ella, pero no podía aguantar ver su sufrimiento.

Ella tembló y entonces se puso la piel. En un parpadeo, una pequeña foca parda
yacía dentro de las ropas de Bella. Se agitó para tratar de escapar de ellas.
Edward la ayudó. Tan agraciada en el agua, pero torpe en la tierra.

La tomó en brazos y la llevó al agua, entrando hasta que alcanzó sus caderas. La
bajó lentamente a las olas. Sus ojos grandes y oscuros, los ojos de Bella, incluso
en esta forma, lo llenaban de pena.

—Ve —le dijo—. A donde perteneces. Te amo, Bella. Rezo porque recuerdes eso.
Recuerda que mi corazón te pertenece. Lo estás llevando contigo.

Se metió bajo el agua y resurgió a un par de metros. Un terrible sonido de


angustia vino de ella.

—Te amo. Ve. Sé feliz.

Observó el agua después de que su cabeza desapareció bajo las olas. Se quedó
ahí hasta que dejó de sentir sus piernas por el frío del mar. Finalmente, se dio la
vuelta y se dirigió a la casa, las ruinas aún en llamas de la mansión Cullen.

Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
-“Cathay” era como las personas de ese tiempo llamaban a China, una tierra
misteriosa que solo conocían por los trabajos de Marco Polo. Muchos
historiadores creen que Polo nunca visitó China, sino que basó sus trabajos en
rumores y leyendas que escuchó de otros viajeros.

-La firma de Bess, “Elizabeth R” fue como firmó todo documento. (La “R” es por
Regina, “reina” en latín). Al contrario de su padre, hermano y hermana,
Elizabeth nunca permitió que su consejo hiciera un sello de su firma. La
estampa era una copia marcada de la firma, la cual era presionada en el papel y
entonces era trazada con tinta sobre las impresiones que hacía. Insistía en firmar
todo personalmente, una forma de asegurarse de que ciertas cosas no salieran
con su nombre, si ella así lo deseaba. Algunos creen que el testamento de Henry
VIII no fue firmado personalmente por él, sino que fue estampado y tintado
después de su muerte.
Capítulo 42

Traductora: Elena Bellamy (FFAD)


Beta: Manue Peralta

H abía varios que sentían que Edward, Duque de Cullen, había enloquecido

desde la muerte de su esposa.

El Duque había mudado a su familia a la Casa Viudal. La Mansión Cullen


estaba en ruinas; la única sección que había sobrevivido era el salón de invierno
y la capilla. Todos esperaban que el Duque limpiara el sitio y comenzara a
reconstruir, pero los meses pasaron y lo único que el Duque hizo fue caminar
cada día a la costa. Y ahí se quedaba por horas, caminando por la playa o
sentándose en las rocas hasta que el sol desaparecía.

Emmett había estado algo mejor, pero había ido a la corte cuando la Reina
Elizabeth le escribió, requiriendo su presencia. Le había restaurado su título y
además le había dado a su hijo una baronía. De acuerdo a las cartas que Kat y
Bess le escribían, Emmett lentamente estaba saliendo de su angustia y
reuniéndose al mundo de los vivos. Si alguien podía ayudarlo, serían Kat y Bess.

El Duque se negaba a hablar sobre lo que le había pasado a Bella después de


haber sacado su cuerpo quemado de la casa, así que todos asumían que había
muerto por el incendio, o poco después por sus heridas. Fue muy llorada. La
gente deseaba que se hubiera hecho un funeral para poder dar sus respetos.
Algunos de ellos llevaron flores a las cenizas de la Mansión Cullen, y alguien de
la nobleza local pagó para que irguieran una placa en su memoria en la pared
del hospicio.

Edward le hablaba al mar. Sabía que Bella no estaba ahí, pero no podía evitarlo.
La extrañaba tanto que se aferraba a cualquier conexión, sin importar qué tan
poco fuera. Cada día le decía lo que los niños hacían, cómo las caridades que
había fundado en su nombre estaban ayudando, los últimos chismes en la
corte… todas las cosas que le habría dicho si estuviera con él, incluso las
pequeñas bromas para hacerla reír y llenar sus ojos de luz.

La sorpresa que había planeado para Bella era el regreso de Alice y Jasper.
Deseaba que Bella hubiera podido ver a la pareja porque sabía que le habría
dado inmensa dicha ver a su amiga tan feliz, y a su pequeña hija, nombrada en
su honor.

Jasper ahora era un ministro en la iglesia anglicana y el nuevo capellán de la


Mansión Cullen, y Alice era la nueva intimidadora de la familia ahora que Kat
había regresado a la Reina Elizabeth. Era ella quien forzaba a Edward a comer,
monitoreaba su bebida y lo mandaba a dormir una vez que ya era tarde.

Él sabía que estaba bebiendo demasiado y temía caer en la misma trampa que
Emmett, pero era la única forma que tenía de dormir. Alice era
remarcablemente paciente, se sentaba y escuchaba a Edward hablar de todas las
cosas que le habían pasado a Bella desde que ella y Jasper escaparon. Vertió sus
recuerdos y angustias mientras bebía su cerveza.

Se dio cuenta una noche que estaba hablando sobre su piel y se congeló a media
palabra, sus ojos enormes.

—No te alarmes —dijo Alice, poniendo una mano sobre la suya—. Sé lo que
Bella es. Jasper me dijo.

—¿Él te lo dijo?

—No debería haber secretos entre un esposo y su esposa —Alice había


contestado.

Despertar. Papeleo. Comer. Caminar al mar y hablarle a Bella. Comer. Beber.


Dormir. Repetir. Tenía que soportar siete años de esto. Siete años de existencia
vacía y miserable.

¿Qué tal si ella no regresaba al final de los siete años? (De hecho, seis años,
nueve meses y veintiocho días. Edward mantenía la cuenta). Sollozó ese miedo
a Alice una noche, y ella le había dicho que estaba segura de que Bella
regresaría. Amaba a Edward y Alice sabía que volvería a él tan pronto como
pudiera. Bella era lista, había dicho Alice. Seguramente encontraría una manera
de evitar el hechizo que la mantenía alejada de él.

Edward caminó a la playa y se fue a sentar en las rocas donde había visto a Bella
por primera vez, gloriosamente desnuda bajo el sol, su cabello oscuro extendido
sobre la roca bajo ella. Lo había cautivado desde el momento que la vio, pensó.
Fue Bella a la que había observado, apenas notando a las otras dos selkies que
jugaban con ella.

Es lo que esperaba que estuviera haciendo ahora, jugando en alguna parte bajo
el sol, riendo y siendo libre. Quizás en una de esas tierras cálidas y exóticas que
le había descrito. Edward apretó su sobreveste. Algunos copos de nieve volaron
en el aire frígido y las piedras en las que se sentaba estaban cubiertas de hielo.
Sabía que Alice temía que resbalara y cayera, posiblemente quedando
inconsciente y ahogándose antes de que nadie lo notara. Le había prometido
tener cuidado, pero sabía que estaba demasiado atrapado en recuerdos para
tener cuidado con sus pasos. Era solo por la misericordia de Dios que no había
sido herido.

Se acomodó en su roca favorita, la que sobresalía del agua. Si miraba a sus


profundidades lo suficiente, a veces podía imaginar que veía su rostro.

—Hola, amor —saludó—. Ward volvió a preguntar por ti hoy. Alice lo calló y
cambió de tema. Estoy preocupado de que comiencen a pensar que hay alguna
clase de secreto.

Les habían dicho a los niños que Bella estaba “lejos”. Aunque el mundo asumía
que estaba muerta, no podía soportar decirles eso a sus hijos. Margaret
recordaba a Bella sacándola del fuego, pero nada más que eso. Quizás los
recuerdos de lo que había visto, Bella siendo atacada y la pelea entre él y el
Padre Jacob, eran demasiado traumáticas para aceptarlas. No intentó ayudarla a
recordar. Algunas cosas estaban mejor olvidadas.

—Me pregunto si escuchaste lo que le pasó al Obispo Bonner. Parecías saber


tanto del mundo humano cuando llegaste a mí, así que imagino que lo sabes. Se
negó a aceptar a Bess como cabeza de la iglesia, así que el consejo lo aprisionó.
Lo encontraron muerto a la mañana siguiente. Una vena explotó en su garganta
y se ahogó en su propia sangre. Un final adecuado para ‘Bloody Bonner’,
supongo. Lo que me pregunto es si tuvo algo que ver con la promesa que te
hizo, la promesa de verte arder, una promesa que no mantuvo. Escuché que ni
siquiera pudieron hacerle un funeral porque tenían miedo de que la gente lo
desenterrara y desgraciara el cuerpo. Lo enterraron a medianoche y luego,
secretamente movieron la tumba a otro lugar.

»La Reina Bess me mandó otra carta, pidiéndome ir a la corte —continuó


Edward, y su voz era grave y seria—. Cree que me ayudará, como hizo con
Emmett. Su corte es un buen lugar, o eso me dicen, con música, bailes y festines.
Es muy diferente a como era bajo el reinado de Mary. Pero no podía soportarlo.

»Me pregunto sobre nuestro bebé, Bella. ¿Te lo quedarás o lo mandarás a mí? En
las historias, las esposas selkies mandan a sus hermanas a traer a los niños a sus
padres. No puedo imaginar que hagas eso, por más que ames a tus hijos, pero
tengo que decir que tengo esperanzas de que lo hagas. Tener contacto contigo,
incluso conocer a tu hermana, sería…

Su voz se rompió.

—Dios, Bella, te extraño tanto. Se siente como si la mitad de mi corazón hubiera


sido arrancado de mi pecho, dejando una herida que no puede sanar. No puedo
vivir sin ti; simplemente existo. Emmett es el único que entiende porque su
corazón también se fue. Quizás pueda recuperarse. Espero que lo haga. Pero yo
sé que nunca sanaré.

»Sé que no puedes volver a mí por siete años, pero si pudiera verte… incluso a la
distancia. Yo… Bella, no creo que vaya a sobrevivir a esto.
Lágrimas bajaron por sus mejillas y cayeron al agua. Sus hombros temblaron
por la fuerza de sus sollozos.

La séptima lágrima cayó en el océano y extendió pequeñas ondas, entonces una


cabeza se asomó por donde había caído la lágrima. Edward se quedó quieto.
Una cabeza con cabello oscuro emergió, luego grandes ojos oscuros y luego
Bella salió del mar, su piel en mano. Su cuerpo estaba resplendente, libre de
cicatrices por sus quemaduras, su estómago gentilmente redondeado.

—¿Bella? —susurró—. ¿Eres tú? —¿Realmente había enloquecido esta vez,


imaginando lo que más quería ver? Si lo había hecho, qué maravillosa locura y
esperaba que nunca se fuera.

—Sí, Edward, en verdad soy yo. —Bella se acercó y acarició su mejilla.

—¿Cómo puede ser? —preguntó, aunque apretó sus brazos, aterrado de que
este milagro le fuera arrebatado.

—Edward, ¿cómo puede una dama invocar a un amante Selkie?

—Derrama siete lágrimas al mar —contesta lentamente, su voz suave con


maravilla al darse cuenta de su significado.

—Rompiste el hechizo —dijo ella, sonriendo entre lágrimas brillando en sus


ojos.

—¿Por qué no me dijiste? —preguntó.

—Ya lo sabías. De haberte dicho cómo hacerlo, no habría funcionado porque las
lágrimas no serían de tu corazón.

Él puso su mano en su estómago. —¿Nuestro bebé?

—Fuerte y sano —dijo Bella—. Él o ella nacerá al final de abril.

Bella tomó su mano y dejó su piel en ella.

—Mi amor, ¿sabes qué pasa cuando una Selkie le da su piel a alguien?
—No. —Esa era una parte de la leyenda que nunca le habían contado.

—Ata su corazón y alma a esa persona por toda la eternidad. Soy tuya, Edward.
Para siempre.

—No soy inmortal como tú. Envejeceré y moriré.

—Parecerá que yo envejezco contigo —dijo ella—. Y cuando dejes esta vida,
comenzarás la siguiente. Nuestras almas se encontrarán y estaremos juntos de
nuevo. Vida tras vida, por todos los tiempos.

Edward se quitó su sobreveste y lo dejó alrededor de los hombros de Bella.


Juntos, navegaron las rocas hasta la costa y entonces por el camino. Bella suspiró
al ver las ruinas de su hogar, pero lloró con alegría al ver la Casa Viudal. No era
simple, porque nada en la vida de un Duque podía serlo, pero era lo más
cercano que podía ofrecerle a su sueño.

Su pequeña casa cerca del mar.


Ѫ

NOTAS HISTÓRICAS
-Varios estados tenían una Casa Viudal, una casa más pequeña, pero aún así de
buen tamaño, dedicada para las suegras. Como ejemplo, si Bella viviera más que
Edward, se volvería la Duquesa Viuda cuando Ward se casara y sería mandada
a vivir en la casa para que la nueva Duquesa de Cullen pudiera tomar la
Mansión Cullen.

-El Obispo Bonner murió en 1569. El destino que le he dado fue el de un hombre
llamado, Rev. Nicholas Noyes, uno de los persecutores en los Juicios de las
Brujas de Salem. Sarah Good le dijo justo antes de ser colgada que ella no era
bruja y que si la mataba, Dios le daría sangre para beber. Murió cerca de 20 años
después por una hemorragia en su garganta, que causó que se ahogara en su
propia sangre.

-En su coronación, Bess se negó a dejar que Bonner besara su mano. Como
Henry VIII, negó la autoridad papal, pero aún mantenía vistas católicas
conservadoras, así que cuando un gobernante Protestante llegó al trono, se negó
a tomar el Juramento de Supremacía. Pasó los últimos años de su vida entrando
y saliendo de prisión, respondiendo a cargos de que seguía dando misas. La
restricción de Elizabeth es bien ilustrada en este caso. De haber sido un ministro
Protestando haciendo servicios bajo el reinado de Mary, habría sido quemado
con rapidez. Bonner no entendía la hostilidad hacia él y una vez dijo
(seguramente con rostro serio) “Ellos reportan que busco sangre, y me llaman
‘Bloody Bonner’, aunque Dios sabe, que nunca he buscado la sangre de un hombre en
toda mi vida…”
Epílogo

Traductora: Maya William (FFAD)


Beta: Manue Peralta (FFAD)

―¿ S u Señoría? ―Edward levanta su mirada de los documentos que estan

sobre su escritorio.

―¿Sí?

La sirvienta hace una reverencia.

―Su esposa, amo. Ha llegado la hora.

Edward se pone de pie de un solo salto, tirando la silla en el proceso. Abandona


su escritorio y se dirige hacia la puerta. La sirvienta se quita del camino justo a
tiempo para evitar ser atropellada. Mira mientras el Duque sube las escaleras,
tres escalones por zancada, debido a su entusiasmo. Ella sacude la cabeza. Sus
jefes eran personas extrañas, pero las más felices que ella conocía.

Edward corre a sus recámaras. Bella apenas acababa de guardarse tan solo hace
unos días, una conseción que estaba dispuesta a ceder a la costumbre y lo había
hecho en su propia recámara, a diferencia de una recámara especial creada para
ella. La partera chasqueó su lengua al ver esto y miraba a las paredes
enfáticamente, como culpándolo a él por la falta de tapices. A él le gustaría
decirle que jamás hubiera escatimado en gastos para su amada esposa, si ella lo
hubiese permitido, pero esto era lo que Bella quería, y lo que ella deseaba, ella
obtenía.

El regreso de Bella había sido recibido con gran alegría por parte de la familia y
de la comunidad. La negación de Edward de discutir el tema había dado la
oportunidad para que ella regresara, aunque esa no había sido su intención
original. La explicación que ellos dieron era que Bella se había retirado a un
convento para que las monjas atendieran sus heridas hasta que sanaran, lo cual
era una práctica normal actualmente y era entendible. Obviamente el Duque
quería asegurarse que sus heridas sanaran adecuadamente y ver si ella perdería
al niño que tenía. Si ella hubiera quedado desfigurada o demasiado herida para
tener a otro, ella se hubiera quedado silenciosamente en el convento y él tomaría
una nueva esposa.

Entró al cuarto y encontró a Bella en la ventana, oliendo flores. Él se pausó en la


puerta para verla. Alice rondaba ansiosa cerca de Bella en caso de que tuviera
una contracción y necesitara soporte, pero Bella iba de flor en flor como una
hada del bosque, no parecía afectarle el hecho de que estuviera en labor de
parto.

―¿Qué quiere que haga qué, su señoría? ―pregunta el jardinero, su voz llena
de incredulidad.

―Quiero que saque las flores y las coloque en unas macetas y las traiga adentro.
―Bella suspiró con desilución ante la idea de quedarse en sus cuartos lejos de
las flores que estaban floreando. Así que Edward había tenido una idea: si Bella
no podía salir a disfrutar la primavera, él traería la primavera a ella.

El jardinero lo miraba como si se hubiera vuelto loco. Edward río.

―Ellas vivirán, ¿correcto?

―Sí, ellas vivirán, su señoría… Pero, ¿por qué? ―Él tenía la esperanza de que el
Duque no se molestara por su atrevimiento al preguntar, pero él jamás había
escuchado semejante cosa y no podía entender la finalidad.

Edward había explicado lo que quería y viendo alrededor una docena de


macetas que habían sido hechas a las carreras cubriendo cada superficie,
saturando con retoños de varios colores que perfumaban el aire. Él pensó que
había sido un éxito.

Bella sonrió al verlo y corrió hacia él para darle un beso, Alice ansiosa a su lado.

―¡Oh, Edward, gracias! ―exclamó Bella y lo envolvió con sus brazos―. ¡Son
hermosas! Jamás se me hubiera ocurrido traerlas adentro a la casa del jardín.
¡Qué inteligente!

Sonrió con su cumplido y después de darle un beso en la mejilla, regresó para


acariciar un suave y sedoso pétalo de una lili.

―¿Puedes hacerla sentar? ―preguntó Alice. Ella retorcía sus manos de la


ansiedad.

―Cuando ella esté lista ―responde Edward―. Confía en ella, Alice. ―Era lo
único que podía responderle con la partera escuchándolos.

―La partera mencionó que los segundos bebés llegan más faciles y más rápidos.
Temo que se le va a caer el niño en el piso.

Edward se rio.

―No tengas miedo de que eso suceda, te lo aseguro.

―Caminar ayuda a que baje el niño. ―La partera estuvo de acuerdo―. No se


preocupe, señorita Alice.

Alice estaba tan preocupada para corregir el título. Edward se le acercó.

―No necesitas preocuparte tanto. Bella conoce su cuerpo.

Él se interrumpió cuando Bella se congeló y los miró. Su nariz tenía un pequeño


punto de polen en él.

―Ya es hora ―anunció.

Edward la ayudó en su silla de parto y le susurró en el oído:


―No te olvides de gritar. ―Él dejó la pizca de amarillo en su lugar porque era
adorable.

Bella gruñó con cada empujón e igualó el patrón de respiración que Alice le
marcaba. Durante todo el parto, Alice sostuvo su mano y limpiaba su frente con
un paño húmedo. Limpió la mancha de polen antes de que Edward pudiera
evitarlo. Él sostuvo la otra mano de Bella y le daba palabras de ánimo. No pasó
demasiado tiempo. En media hora el bebé se deslizó en las manos de la partera,
gritando con un volumen y vigor impresionante.

La partera suspiró.

―Es una niña, sus señorías. ―Su tono era doloroso, por lo general los padres de
niñas se desilucionaban y no pagaban sus honorarios completos. Ella entregó la
bebé a Alice, después de anudar y cortar el cordón, para que ella pudiera bañar
a la infanta en la tina con vino tinto tibio. La partera se había sorprendido al ver
que la Duquesa solo tenía una sirvienta. Por lo general docenas de mujeres
estaban en la sala de parto, algunas con el único proposito de contarle a la
futura madre historias o “chismes” para distraerla del dolor de parto. Estaba
más sorprendida aún al ver al Duque entrar al cuarto, sorprendida de ver que
un hombre quisiera ver a su esposa dar a luz, pero ciertamente no lo
suficientemente valiente para decirle que no podía.

―Una niña. ―Repitió Edward, sin poder esconder la sonrisa que decoraba sus
labios―. Tenemos una hija. ―Quería levantar a Bella de la silla de parto y darle
vueltas de la emoción.

La partera leyó sus intenciones.

―Aún no, su señoría. Pronto voy a terminar con ella.

―Bella, es hermosa. ―Alice anunció, levantando su voz para que la pudieran


escuchar por encima de los lloridos del bebé―. Ella tiene tus ojos. Y, al parecer,
el humor de su padre.

―Por favor, apresúrese, quiero sostenerla. ―Bella suplicó.


La partera terminó su trabajo y estaba encantada cuando el Duque le entregó
una bolsa de oro. Podrán ser extrañas personas, pero ella no lo mencionaría a
nadie. Ella observó sorprendida cuando el Duque levantó gentilmente a su
esposa de la silla de parto y la cargo hasta su cama. Él se sentó a su lado y Alice
colocó al bebe recién bañado entre ellos. Ambos miraban al bebé y examinaban
sus dedos y pies con encanto. La partera únicamente sacudía su cabeza de
sorpresa. Nadie lo creería, pensó, aún si ella quisiera contar la historia.

Alice ayudó a la partera a recoger sus cosas y gentilmente la corrió del cuarto,
siguiéndola y cerrando la puerta firmemente detrás de ella.

―Jamás había visto algo similar. ―La partera mencionó―. Tanta emoción por
la llegada ¡de una niña!

―El Duque ama a todos sus hijos. ―Alice dijo, su voz a la defensiva.

La partera sacudió su cabeza.

―No que haya algo malo con eso. Simplemente se ve muy pocas veces.

Alice sonrió.

―Ellos son especiales ―accedió. Siguió a la partera hasta la puerta principal en


donde la acompañó hasta su caballo. Jasper, que acababa de regresar de sus
vueltas rutinarias al pueblo, galantemente la ayudó a subirse a la silla.

―¿El bebé ha llegado entonces? ―preguntó mientras la partera se alejaba.

―Sí, una niña. ―Alice respondió―. La niña más hermosa que hayas visto.

Jasper sacudió su cabeza.

―No tan hermosa como nuestra hija, ya que es idéntica a su madre. ―Acercó a
Alice en sus brazos y le plantó un beso bajo su oreja, el lugar donde siempre le
daba escalofríos. Lo miró a sus ojos. La veía con puro amor, sin un rastro de la
sombra de culpa que lo había seguido por tanto tiempo. Cuando ellos habían
regresado a Inglaterra, su padre había solicitado a la iglesia que disolvieran su
matrimonio, pero una rápida nota de Edward a la reina Elizabeth se había hecho
cargo de eso. Desheredados por cada una de sus familias, ella y Jasper jamás
tendrían sus propias tierras o títulos para que sus hijos hereden, pero eran
felices aquí en la casa Dower. (Sin su conocimiento, Edward estaba
construyendo una casa para ellos cerca de la iglesia del pueblo donde Jasper
ofrecía misas cuando no estaba en la iglesia de la familia Cullen.)

―¿Alguna vez te dije “gracias por robarme”? ―preguntó.

Él se rio entre dientes.

―Me parece que no.

Ella enlazó su brazo con el de él.

―Entonces vamos a nuestros cuartos, para que lo pueda hacer de la forma


apropiada.

―Me gustaría llamarla Mary. ―Bella dijo. Ella acariciaba el fino cabello rojizo
de la cabeza de su hija. La bebé se había dormido mientras la amamantaban y
ahora Bella la movió a los brazos de su padre mientras ella se arreglaba el cuello
del camisón que usaba.

―¿Por qué? ―Edward golpeaba suavemente la espalda de su hija, hasta que dio
un fuerte eructo para después acomodarse en los brazos de su padre.

―Por la reina, que una vez fue mi amiga. ―Bella dijo―. Ésta Mary va a ser feliz.
Ésta Mary va a tener un padre que la ama. Ésta Mary va a tener un esposo que
la adora y bebés que ama. Ésta Mary va alcanzar todo su potencial y jamás se
preguntará qué hubiera sucedido. Y también por tu esposa, a la que amabas
profundamente alguna vez y que te dio otra hermosa, inteligente y brillante hija.

―Dios solo sabe de dónde sacó esa inteligencia. ―Edward dijo, su voz baja―.
Eso no viene de su padre.

Edward raramente mencionaba el verdadero linaje de la pequeña Elizabeth.


Bella recargó su cabeza en su hombro.

―Es un regalo que se le dio, no debemos desperdiciarlo o dárselo a alguien que


no lo aprecie.

Edward no dijo nada por un momento. Él había considerado el tema de


seleccionar a un esposo para la pequeña Elizabeth por un tiempo, pero él lo
había hecho considerando las líneas de dinastía, para encontrar a alguien
merecedor de su linaje. Lo que Bella estaba proponiendo era un matrimonio por
amor, lo cual era impensable en su mundo. Ya no había reclamantes para el
trono, pero aún existían los nobles. Seguramente Bess jamás daría permiso para
que Ward o la pequeña Elizabeth se casaran por debajo de su estatuto.

Él estaba buscando alguna forma de decírselo a Bella, pero las palabras no


venían a él. Ella no estaba poniendo atención por el momento, estaba intrigada
con su nuevo bebé. Ella tomó una de las pequeñas manos de Mary y la puso
sobre su palma, encantada de ver la diferencia de tamaño. Su corazón dolía al
pensar que esta inocente bebé jamás conocería el amor que sus padres
comparten porque él estaba amarrado a la idea de permitir que esta criatura
siguiera su corazón.

Él tocó la pequeña mano de su hija que reposaba sobre la mano de su esposa.

―Lo prometo. ―Él dijo―. Se van a casar por amor, o no se van a casar del todo.
No voy a arreglar una unión.

Bella le sonrió y él la besó suavemente. Se quedaron juntos, con su hermosa


bebé entre ellos, felices, seguros y amados, como lo sería por el resto de sus
vidas.
Equipo De Trabajo
Betas FFAD
Traductoras FFAD
Ariana Mendoza
Carito Iturriagaz Constanza Moreno
Carla Liñan Cañamar Inostroza
Corina Figueroa Esmeralda Cullen
Diana Méndez Jocelynne Ulloa
Elena Bellamy Lore Cullen
Eos Dawn Manue Peralta
Isa Beatriz Mella Romo Marta Salazar
Maya William Vero Beta
Mentxu Masen Xarito Herondale
Miranda Pattinson
Nikky McGuiness
Paulii Aguilar
Salem Fabian Diseño PDF FFAD
Sarita Martínez
Sasita Llerena JCullen Swan
Silvana Olvera
Sol Lopez
Valentine Flesar

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