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El Paciente y El Analista Las Bases Del Proceso Psicoanalítico (Joseph Sandler)

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EL PACIENTE Y EL ANALISTA

. ■ . ' .
Joseph Sandler
Christopher Daré
Alex Holder

EL PACIENTE
Y EL ANALISTA

Las bases del proceso psicoanalítico

Edición revisada y aumentada por


Joseph Sandler y Anna Ursula Dreher

PAIDOS
Buenos Aires
Barcelona
México
Título original: The patient and the analyst. The Basis of the
Psychoanalytic Proccss
Karnac Books, Londres
© 1992 by J. Sandler
ISBN 1-85575-008-2

Traducción de Leandro Wolfson

Cubierta de Gustavo Macri

2a. edición revisada y aumentada, 1993

Impreso en la Argentina - Printed in Argentina


Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

© Copyright de todas las ediciones en castellano by

Editorial Paidós SAICF


Defensa 599, Buenos Aires
Ediciones Paidós Ibérica SA
Mariano Cubi 92, Barcelona
Editorial Paidós Mexicana SA
Rubén Darío 118, México, D.F.

La reproducción total o parcial de este libro, en cualquier forma que sea,


idéntica o modificada, escrita a máquina, por el sistema “multigraph”,
mimeógrafo, impreso por fotocopia, fotoduplicación, etc., no autorizada por los
editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser
previamente solicitada.

ISBN 950-12-4037-1
INDICE

Prefacio de la primera edición......................... 9


Prefacio de la segunda edición......................... 11
1. Introducción................................................ 13
2. La situación analítica............................... 25
3. La alianza terapéutica.............................. 35
4. Transferencia.................................... ........ 51
5. Otras variedades de transferencia........ 77
6. Contratransferencia.................................. 99
7. Resistencia .................................................. 119
8. La reacción terapéutica negativa.......... 141
9. Acting out.................................................... 155
10. Interpretaciones y otras intervenciones 169
11. Comprensión intuitiva.............................. 189
12. Elaboración.................................................. 199
Bibliografía........................................................... 213
Indice analítico.................................................... 253

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PREFACIO DE LA PRIMERA EDICION

Hace unos tres años comenzamos una intensa investiga­


ción sobre los conceptos psicoanalíticos básicos. Sentimos la
necesidad de llevarla a cabo a raíz de las dificultades con las
que nos habíamos encontrado para enseñar la teoría psicoana-
lítica en centros de psiquiatría para graduados, aun a los estu­
diantes más capaces; dificultades que obedecían en no escasa
medida, según pudimos advertir, a la falta de claridad de los
conceptos mismos. Afortunadamente, la elucidación de ciertas
ideas fundamentales constituía una tarea de investigación acor­
de con la labor que entonces desempeñábamos en el Instituto
de Psiquiatría. En este libro presentamos los resultados de
nuestro trabajo de un modo que, así lo esperamos, aclarará el
significado y evolución de los conceptos clínicos básicos del
psicoanálisis. Creemos también que puede servir de base para
aplicar con propiedad y suficiencia los conceptos psicoanalíti­
cos a otros campos conexos, como la psicoterapia de orienta­
ción analítica y la asistencia social individual. Confiamos en
que este libro contribuya a disipar en parte la mística que aún
rodea a las ideas psicoanalíticas. En nuestro carácter de estu­
diosos y de docentes del psicoanálisis, mientras realizábamos
esta tarea pudimos comprobar que nuestras propias ideas en
esta materia se volvían mucho más precisas y en muchos ca­
sos se modificaban. Abrigamos la esperanza de que la obra
resulte valiosa para todos los que se están formando en insti­
tutos psicoanalíticos o enseñan en ellos.
Estamos en deuda con sir Denis Hill, profesor de psiquia-

9
tría en el Instituto de Psiquiatría, por el particular empeño
que puso en brindarnos la oportunidad y los medios adecua­
dos para efectuar nuestro trabajo, así como por su aliento
permanente. El doctor Eliot Slater puso en peligro su reputa­
ción como jefe de redacción de The British Journal of Psychiatry
al aceptar una serie de diez artículos que incluían gran parte
de lo que se expone en este libro, tras haber visto sólo los dos
primeros (esos diez trabajos eran Sandler, Daré y Holder,
1970a, 1970b, 1970c, 1970d, 1971; Sandler, Holder y Daré,
1970a, 1970b, 1970c, 1970d, 1970e; se extrajo algún material
adicional de otros dos artículos: Sandler, 1968, 1969). Por ello,
y por su apoyo afable y tolerante, le estamos muy agradecidos.
Varios colegas —en particular los doctores Max Hernández
y Robert L. Tyson y la señora Anne-Marie Sandler— leyeron
los manuscritos de este libro en diversas etapas de su prepa­
ración y nos hicieron llegar sus útiles comentarios. El Fondo
de Investigación de los hospitales Maudsley y Royal Bethlem,
de Londres, así como la fundación para la Investigación en
Psicoanálisis de Los Angeles, contribuyeron económicamente.
Agradecemos en especial a Lita Hazen y al doctor Ralph R.
Greenson, de la mencionada fundación. Deseamos testimo­
niar nuestra gratitud por la autorización que nos concedieron
Sigmund Freud Copyrights Ltd., el Instituto de Psicoanálisis
de Londres, Alix Strachey y Hogarth Press Ltd. para citar The
Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sig­
mund Freud, revisada y editada por James Strachey.

Londres, marzo de 1971

10
PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICION

Han transcurrido más de veinte años desde que se publica­


ron los trabajos reunidos en El paciente y el analista. En este
lapso hubo varios avances muy significativos en el pensamiento
psicoanalítico, en parte como consecuencia de la “ampliación
de los alcances del psicoanálisis” de la que se fue tomando
conciencia desde la década de 1950. En los últimos años, en
particular, se ha reparado en la participación del analista
como uno de los “asociados” en la situación analítica, y se fue
abandonando la metáfora clásica del analista como espejo. Se
alcanzó una mejor comprensión de las dimensiones de la trans­
ferencia y la contratransferencia, y virtualmente todos los con­
ceptos de los que trata este libro han experimentado en las dos
últimas décadas una notoria ampliación de su significado.
Como resultado de ello, había sobrados motivos para pre­
parar una segunda edición de este libro, y agradecemos a los
autores originales habernos permitido revisar y aumentar
una obra que ya se ha ganado merecidamente el título de
clásica. Hemos actualizado el texto original y le hemos hecho
adiciones sustanciales. Se agregaron un nuevo capítulo y al­
rededor de 250 referencias bibliográficas, con lo cual el pre­
sente volumen es casi un cincuenta por ciento más extenso
que el de la primera edición. Desde luego, no ha sido nuestro
propósito incluir toda la literatura existente sobre los con­
ceptos clínicos del psicoanálisis, ya que habría constituido
una tarea imposible. Hemos procurado, sin embargo, ofrecer
un panorama completo dando referencias específicas cuando

11
ello era posible, de modo tal que el lector interesado pueda
abrirse camino por sí solo en la espesa jungla de los escritos
psicoanalíticos actuales.
En las citas de obras publicadas en inglés, nos hemos to­
mado la libertad de uniformar en lo posible la grafía de ciertos
términos. Algunos autores tal vez se alarmen al ver que sus
“s” se convirtieron en “z” o viceversa, y que desaparecieron
ciertos guiones de los vocablos compuestos. En general, al
utilizar la palabra “fantasía” en inglés se lo hizo con la forma
“fantasy”, aunque se conservó la grafía “phantasy” en los frag­
mentos extraídos de Freud y de los autores kleinianos. Espe­
ramos que nuestros colegas nos disculpen estas licencias lite­
rarias.
Queremos agradecer en especial a Jane Pettit su meticulo­
sa corrección de pruebas y su ayuda editorial; a Paula Shop,
que realizó cuidadosamente el procesamiento del texto por
computadora, y a Victoria Hamilton y Bruna Seu, que colabo­
raron en la investigación bibliográfica. Klara King hizo una
magnífica labor en lo tocante al aspecto gráfico de la impre­
sión del libro, que apreciamos debidamente. También estamos
en deuda con el Edith Ludowyk-Gyomroi Trust, de Londres, y
con la Fundación Sigmund Freud, de Francfort, por la ayuda
financiera destinada a solventar los gastos de preparación de
esta segunda edición. Por último, queremos agradecer a Alex
Holder sus numerosas y útiles sugerencias.

J. S. y A. U. D.
Londres y Francfort,
agosto de 1991.

12
1. INTRODUCCION

Este libro versa sobre los conceptos clínicos fundamentales


del psicoanálisis y su significado. Muchos de los conceptos que
fueron surgiendo en psicoanálisis, en particular aquellos de
los cuales nos ocupamos aquí, han ido ampliando su significa­
do con los años, y uno de nuestros propósitos es examinar
ciertos conceptos fundamentales precisamente desde el punto
de vista de esos cambios en su significado y en el uso que se les
dio. No es nuestra intención que este libro constituya una
suerte de diccionario o de glosario, aunque sí creemos que
nuestro examen de tales conceptos conducirá a una mejor com­
prensión del papel que cumplen en el psicoanálisis actual.
En los dos primeros capítulos comenzamos por analizar
algunos términos específicos. Varios autores se han ocupado
de las consecuencias filosóficas que acarrean los cambios de
sentido de los conceptos cuando se los transfiere de su contex­
to original a otro (p. ej., Kaplan, 1964; Sandler, 1983; Schafer,
1976; Schon, 1963). En este aspecto, la teoría psicoanalítica
presenta problemas que le son propios. Aunque a menudo se
piensa que ella es un sistema de pensamiento totalmente inte­
grado y coherente, esto dista de ser cierto. No todos los concep­
tos psicoanalíticos han sido bien definidos, y a medida que el
psicoanálisis evolucionó y se modificaron algunas facetas de
su teoría, el significado de dichos conceptos cambió también.
Por otra parte, en algunos casos un término ha sido usado con
distintos significados incluso en un mismo momento del desa­
rrollo histórico del psicoanálisis, de lo cual son buenos ejem-

13
píos los múltiples significados de términos como .yo (Hartmann,
1956), o como identificación e introyección (Sandler, 1960b).
Ya se verá cuán marcadamente los problemas a que dan lugar
estos significados múltiples se encuentran presentes en los
conceptos que aquí consideraremos. En psicoanálisis nos en­
contramos ante la siguiente situación: el significado de un
concepto sólo se puede discernir cabalmente examinando el
contexto en el que se lo emplea. Y esto se complica aún más
por el hecho de que distintas escuelas de pensamiento
psicodinámico han heredado, y modificado luego según sus
necesidades, gran parte de la misma terminología básica (v.
gr., en la psicología junguiana el significado de términos como
yo, sí-mismo y libido es diferente del de la bibliografía freudia-
na). Puede considerarse que la finalidad general de este volu­
men es el intento de facilitar la comunicación no sólo dentro
del ámbito del psicoanálisis clínico, sino también en todas
aquellas circunstancias en las que es menester conceptualizar
en términos psicodinámicos apropiados ciertas situaciones que
difieren de la clásica en el tratamiento psicoanalítico omo
las que se presentan en la psicoterapia y en algunas varieda­
des de asistencia social individualizada—. Esta necesidad es
tanto mayor por la importancia que se le da a la formación en
psicoterapia como parte de la educación psiquiátrica general.
En este sentido, vale la pena recordar que la palabra “psi­
coanálisis” no remite únicamente a un particular método de
tratamiento sino también a todo un cuerpo teórico que aspira
a constituir una psicología general. Algunos de sus conceptos
pueden considerarse fundamentalmente técnicos o propios de
la clínica, y no forman parte del modelo psicológico general del
psicoanálisis: de ellos se ocupa este libro. Entre los conceptos
clínicos de esta índole se incluyen, por ejemplo, el de resisten­
cia, que se refiere a un conjunto de fenómenos clínicos, aun
cuando también puede considerarse a la resistencia como una
manifestación específica del funcionamiento de los mecanis­
mos de defensa (y.como tal forma parte de la psicología psicoa-
nalítica general y puede decirse que existe tanto en las perso­
nas “normales” como en las que padecen alguna perturbación
psíquica). Importa tener presente el distingo entre los concep-

14
tos psicoanalíticos clínicos y los de la psicología psicoanalítica
general (o “metapsicología”).
Si bien los conceptos clínicos del psicoanálisis pueden apli­
carse fuera del consultorio psicoanalítico y, en cierta medida,
a cualquier situación terapéutica, tal vez este empleo exija
una nueva evaluación y una posible redefinición de los concep­
tos. De este modo, volviendo a la palabra resistencia, que fue
definida en un principio en el psicoanálisis como resistencia
frente a la asociación libre, no hay duda de que un fenómeno
en esencia idéntico puede presentarse incluso en la far-
macoterapia, por la negativa de un paciente a tomar algún
medicamento que puede serle provechoso; en este caso, si bien
el proceso de resistencia del paciente quizá sea semejante al
que tiene ante sí el psicoanalista, ya no sería sostenible defi­
nir el concepto en función de la asociación libre. Todos los
psiquiatras y asistentes sociales están familiarizados con el
fenómeno de la resistencia en situaciones en que interviene
otro tipo de comunicación y no la asociación libre.
El deseo de dar una definición precisa de un concepto, par­
ticularmente si es de uso clínico, no puede ser totalmente
satisfecho cuando se ha de emplear ese concepto en circuns­
tancias diversas. La tentativa de formular definiciones exac­
tas dio origen a dificultades e incongruencias en la exposición
de los conceptos psicoanalíticos en la creciente cantidad de
glosarios y diccionarios que hoy existen en la especialidad (p.
ej., Eidelberg, 1968; Hinshelwood, 1989; Laplanche y Pontalis,
1973; Moore y Fine, 1967, 1990; Rycroft, 1968). Las virtudes y
los defectos de estos diccionarios ponen de manifiesto que la
adopción de un criterio histórico es una condición sine qua non
para comprender cualquier concepto psicoanalítico, motivo por
el cual aquí procederemos siguiendo un orden más o menos
cronológico.
El psicoanálisis se desarrolló en gran medida por obra de
Freud y en el curso de sus trabajos, pero a lo largo de su
evolución el propio Freud modiñcó muchas veces sus formula­
ciones originales, revisando sus conceptos y añadiendo nuevas
dimensiones a los procedimientos técnicos. Lo mismo cabe afir­
mar de la evolución del psicoanálisis con posterioridad a Freud.
De ahí que al referirse a tal o cual aspecto del psicoanálisis

15
sea preciso aclarar de qué época se está hablando y que sea
conveniente, por eso mismo, dividir la historia del psicoanáli­
sis en varias etapas o fases (como hizo Rapaport, 1959), a
partir de los primeros trabajos de Freud.
Después de recibirse de médico en Viena en 1881 y de
trabajar un tiempo como fisiólogo en el laboratorio de Meynert,
Freud viajó a Francia para estudiar con el eminente neurólogo
Charcot. Lo impresionó el paralelismo trazado por éste entre
el fenómeno de la disociación mental inducida por hipnosis y
la disociación entre una parte consciente y otra inconsciente
de la mente que parecía existir en las enfermas que presenta­
ban marcados síntomas histéricos. Según Charcot y otros psi­
quiatras franceses, principalmente Janet, dicha disociación
obedecía a una deficiencia, heredada o adquirida, del sistema
nervioso que impedía a la mente actuar como una unidad, por
así decir. Al volver a Viena, Freud comenzó a colaborar con
Joseph Breuer, quien había atendido como médico a la célebre
Anna O., y comprobado que los síntomas histéricos que ésta
padecía mejoraban si se la dejaba hablar libremente en estado
de hipnosis. Desde que colaboró con Breuer, Freud quedó per­
suadido de que la disociación de la mente en regiones cons­
cientes e inconscientes no era privativa de las psiconeurosis
sino que se manifestaba en todas las personas. Consideró que
la aparición de los síntomas neuróticos se debía a la irrupción
de fuerzas inconscientes hasta entonces sofocadas y que no
podían hallar expresión adecuada de ningún otro modo. Co­
menzó a ver en esta disociación un proceso activo de defensa
por el cual la conciencia del individuo se protegía para no ser
avasallada por sentimientos y recuerdos desagradables o ame­
nazadores.
Esta creencia en un proceso activo de disociación siguió
vigente, en una u otra forma, y ocupó un lugar central en los
escritos psicoanalíticos, si bien en distintos momentos Freud y
otros autores pusieron el acento en diferentes aspectos del
contenido de esa parte disociada e inconsciente de la psique.
En un principio (sobre todo en el curso de sus primeros traba­
jos junto a Breuer), entendió que el contenido inconsciente del
cual el sujeto pretendía defenderse consistía en recuerdos de
un suceso traumático real, que tenían una carga emocional.

16
En el libro que ambos publicaron, los famosos Estudios sobre
la histeria (1895), se postulaba que por detrás de los síntomas
del paciente neurótico se hallaban ciertos sucesos traumáticos
reales, y que estas experiencias habían dado origen a una
“carga de afecto”. Esta última, al igual que el recuerdo del
suceso traumático, había sido activamente disociada de la con­
ciencia y hallaba expresión convirtiéndose en los síntomas.
Sobre esta base, el tratamiento debía consistir en una serie de
intentos destinados a volver a traer a la conciencia los recuer­
dos olvidados, produciendo simultáneamente una descarga de
afecto bajo la forma de “catarsis” o de “abreacción”.
Puede decirse que la primera fase del psicoanálisis incluye
los trabajos que Freud y Breuer realizaron juntos y se extien­
de hasta 1897, cuando Freud descubrió que muchos de los
“recuerdos” de esas experiencias traumáticas (en especial, ex­
periencias de seducción) que narraban las pacientes histéricas
no eran, en rigor, recuerdos de acontecimientos reales sino
más bien descripciones de fantasías (Freud, 1950a (1887-1902]).
La segunda fase abarca desde el momento en que Freud
rechazó la teoría traumática del origen de la neurosis hasta
comienzos de la década de 1920, cuando introdujo el denomina­
do “modelo estructural” del psicoanálisis (Freud, 1923). Esta
segunda etapa refleja el pasaje del énfasis primitivo en los
sucesos externos (la situación traumática) al énfasis puesto en
los deseos, instigaciones y mociones inconscientes y la forma en
que estos impulsos se manifiestan en la superficie. Por esta
época se llegó a considerar que tales deseos inconscientes eran
en gran medida de índole sexual. Fue la etapa en la que la
atención se dirigió predominantemente a lo que provenía de
dentro del individuo, a la forma en que se repetían una y otra
vez en el presente las reacciones infantiles. La atención se des­
plazó, asimismo, al estudio de lo que podríamos llamar la tra­
ducción que hace el analista de las producciones conscientes del
paciente a fin de averiguar su significado inconsciente. De he­
cho, Freud dijo que la finalidad del psicoanálisis era “volver
consciente lo inconsciente”. En esta fase hubo, pues, un brusco
pasaje (previsible si se tienen en cuenta los inevitables vaive­
nes del desarrollo teórico) del examen de la relación del indivi­
duo con la realidad externa al estudio de su relación con los

17
deseos e impulsos inconscientes. La mayoría de los conceptos
clínicos que examinaremos luego en detalle fueron elaborados
originalmente, como veremos, en esta segunda fase del psicoa­
nálisis.
En 1900 Freud publicó La interpretación de los sueños
(1900a). Su estudio de los sueños le proporcionó un ejemplo de
la manera como, según suponía, los deseos inconscientes se
abrían paso hasta la superficie. El apremio de estos deseos por
hallar una expresión directa provocaba un conflicto con la
apreciación que el individuo hacía de la realidad y con sus
ideales. Este conflicto entre las fuerzas instintivas, por un
lado, y las fuerzas represoras o defensivas, por el otro, daba
como resultado la construcción de formaciones transacciona-
les que representaban un intento de satisfacer los deseos in­
conscientes de manera encubierta. Así, el contenido manifies­
to del sueño podía considerarse un cumplimiento disfrazado o
“censurado” de un deseo inconsciente. Análogamente, las aso­
ciaciones libres del paciente en análisis eran vistas como reto­
ños disfrazados de deseos inconscientes.
En la segunda fase, al igual que en la primera, Freud par­
tió de la base de que una porción de la mente o “aparato
psíquico” era consciente y otra porción sustancial era incons­
ciente. En este sentido, diferenció dos clases de inconciencia:
una estaba representada por un “sistema”, el Inconsciente, y
contenía mociones y deseos pulsionales que, en caso de
permitírseles emerger a la conciencia, constituirían una ame­
naza y provocarían angustia u otros sentimientos desagrada­
bles. Suponía que los afanes del sistema Inconsciente tendían
permanentemente a la descarga, pero sólo podían encontrar
expresión de un modo distorsionado o censurado. La otra clase
de inconciencia le fue atribuida al sistema Preconsciente, don­
de residían conocimientos y pensamientos que estaban fuera
de la conciencia pero que no habían sido desalojados por las
fuerzas opuestas de la represión, como los contenidos relega­
dos al Inconsciente. El material psíquico preconsciente podía
ingresar en la conciencia en el momento oportuno y no sólo
sería utilizado por el individuo para tareas de índole racional
sino que también podían servirse de él los deseos provenientes
del Inconsciente en su empeño por abrirse camino hasta la

18
conciencia —o sea, podía empleárselo para representar tales
deseos—. Suele denominarse modelo “tópico” o “topográfico”
al del aparato psíquico de la segunda fase, en el cual el siste­
ma Preconsciente ocupaba un lugar intermedio entre el In­
consciente y la conciencia (siendo esta última un atributo del
sistema Consciente).
Según Freud, las mociones pulsionales eran “energías” que
podían “investir” diferentes contenidos mentales. (En las tra­
ducciones de las obras de Freud al inglés, la palabra alemana
Besetzung, correspondiente a esta “investidura”, fue vertida, a
nuestro juicio infortunadamente, como cathexis.) Utilizó el tér­
mino libido para designar la energía sexual de las mociones
pulsionales, y si bien más tarde concedió a la agresión una
jerarquía similar a la de la sexualidad, no acuñó ninguna
expresión análoga para designar la “energía agresiva”. En el
Inconsciente estas energías de las mociones podían desplazar­
se libremente de un contenido psíquico a otro y funcionaban
de acuerdo con el llamado proceso primario. Se suponía que no
existían relaciones lógicas o formales entre los elementos del
Inconsciente: no había en él percatamiento del tiempo, y sólo
regían reglas de asociación simples y primitivas. Las mocio­
nes y deseos del Inconsciente operaban según el “principio de
placer”, vale decir, procuraban a toda costa la descarga, la
gratificación y el alivio de la tensión penosa. Los sistemas
Preconsciente y Consciente se hallaban en radical oposición a
todo esto; en ellos predominaban la lógica, la razón (proceso
secundario), el conocimiento de la realidad externa y los idea­
les y patrones de conducta. A diferencia del Inconsciente, los
sistemas Preconsciente y Consciente toman en cuenta la reali­
dad externa (o pretenden hacerlo), ateniéndose a lo que Freud
llamó el “principio de realidad”. De ahí que surgieran inevita­
blemente situaciones de conflicto —por ejemplo, entre los de­
seos sexuales de carácter primitivo que habían sido reprimi­
dos al Inconsciente y las normas morales y éticas del indivi­
duo— y que se buscara algún tipo de solución que considerase
a las fuerzas antagónicas.
Hasta ahora nos hemos referido a las mociones y deseos
instintivos como si pudiera concebírselos aislados. A juicio de
Freud esto distaba mucho de ser así, ya que desde los inicios

19
del desarrollo del niño los apremios instintivos quedaban
adheridos a figuras significativas de su entorno, u “objetos”
—para emplear el término impersonal, poco feliz, con que los
psicoanalistas describieron a estas figuras importantes desde
el punto de vista emocional—. Se suponía que cada deseo in­
consciente tenía un objeto, y que el mismo objeto podía ser el
receptor de deseos muy opuestos, manifestados típicamente en
sentimientos de amor y odio hacia la misma persona. Esta am­
bivalencia era en sí una de las fuentes de conflicto psíquico más
potentes. Freud opinaba que en las relaciones que los adultos
entablaban entre sí se repetían (a menudo de un modo muy
disfrazado) sus adhesiones y conflictos infantiles, y que esta
tendencia a la repetición estaba con frecuencia en la raíz de
muchísimas de las dificultades que le relataban sus pacientes.
Entre los primeros conflictos del niño reconstruidos me­
diante el análisis, hubo una constelación que se estimó uni­
versal: el complejo de Edipo, en que el niño de alrededor de
cuatro o cinco años debe enfrentar un conflicto muy intenso en
sus deseos y relaciones objétales. En esencia, Freud lo conce­
bía como el deseo del niño pequeño de mantener relaciones
sexuales con su madre, de poseerla por completo, y a la vez
desembarazarse de alguna manera del padre —el anhelo de
matarlo no era inusual—. Según Freud, estos deseos están en
pugna con el amor que el niño siente por su padre y con el
temor de que éste lo rechace o le inflija algún daño físico, en
particular un daño en sus genitales a modo de represalia (la
denominada “angustia de castración”). Respecto de la niña
pequeña se presenta un cuadro bastante similar, aunque en
este caso los roles de los padres están invertidos; sin embargo,
se considera que tanto en los niños como en las niñas existen
las dos constelaciones opuestas —en el varón, el deseo de ser
poseído por el padre y desembarazarse de la madr< , debido
a la bisexualidad innata de todos los seres humanos, sea cual
fuere su sexo.
Estas concepciones sobre el funcionamiento psíquico y la
sexualidad infantil fueron producto de la segunda fase del
psicoanálisis, período de intensos estudios acerca de las vicisi­
tudes de las mociones pulsionales inconscientes, en particular
las sexuales (Freud, 1905d), y sus retoños o derivaciones. Si

20
las hemos descrito aquí con algún detenimiento ha sido por la
importancia que revisten para un examen más detallado de
los conceptos clínicos que se analizan en el próximo capítulo.
Si bien dentro del modelo psicológico de la segunda fase dichos
conceptos pueden considerarse relativamente simples y direc­
tos, la evolución seguida por el pensamiento freudiano hizo
que surgieran luego complicaciones, como veremos.
La tercera fase puede remontarse a 1923, año en que se
produjo un cambio decisivo en la conceptualización del funcio­
namiento psíquico por parte de Freud, quien a la sazón estaba
profundamente impresionado por algo que venía viendo ope­
rar en sus pacientes y sólo podía concebir como un sentimien­
to inconsciente de culpa. Por otra parte, en la aplicación siste­
mática de la división “tópica” del aparato psíquico, con sus
sistemas Inconsciente, Preconsciente y Consciente, comenza­
ron a aparecer ciertas incongruencias y contradicciones, y esto
llevó a Freud a postular un nuevo modelo teórico. Quizá sería
más apropiado decir que introdujo un nuevo punto de vista, ya
que la nueva formulación no reemplazó por entero a las ante­
riores sino que más bien coexistió con ellas. A esta situación
nos remitíamos antes, cuando nos referimos al hecho de que el
psicoanálisis, en cuanto conjunto de conocimientos en proceso
de desarrollo, no posee un modelo teórico plenamente integra­
do y coherente. En 1923 Freud formula, en El yo y el ello
(1923b), su “modelo estructural”, o lo que ha sido denominado
también la “segunda tópica” de la psique: la división tripartita
del aparato psíquico en lo que él llamó ello, yo y superyó.
El ello pasó a corresponder aproximadamente a gran parte
de lo que antes abarcaba el concepto de Inconsciente. Puede
entendérselo como la zona de la mente que contiene las mocio­
nes pulsionales primitivas, con todos sus elementos heredita­
rios y constitucionales. Está regido por el principio de placer y
funciona de acuerdo con el proceso primario. Durante la ma­
duración y desarrollo del individuo, y como consecuencia de su
interacción con el mundo exterior, una porción del ello experi­
menta modificaciones y se convierte en el yo. Se supone que la
función primaria del yo es la autoconservación y la adquisi­
ción de medios para adaptarse simultáneamente a las presio­
nes del ello y a las exigencias de la realidad. El yo adquiere la

21
capacidad de postergar la descarga instintiva o de controlarla
merced a una variedad de mecanismos, incluidos los mecanis­
mos de defensa. La tercera instancia psíquica, el superyó, sur­
gía como una suerte de precipitado o residuo interno de los
primeros conflictos del niño, particularmente en relación con
sus padres u otras figuras de autoridad, y de sus identificacio­
nes con ellos. El superyó es el vehículo de la conciencia moral,
incluida la parte de esta última que se considera inconsciente,
ya que Freud entendía que grandes sectores tanto del superyó
como del yo y del ello operaban fuera del estado consciente.
Vale la pena mencionar que en esta teoría “estructural”
hay, nuevamente, un cambio de énfasis respecto de la que
prevaleció en la fase anterior. Se concibe el papel del yo como
el de un mediador encargado de resolver los problemas y de
satisfacer en todo momento las demandas procedentes del ello,
el superyó y el mundo externo. A fin de cumplir con estas
exigencias a menudo antagónicas entre sí, el yo debe crear a
veces las más complicadas soluciones de compromiso, y en
última instancia estas transacciones pueden dar origen a los
síntomas, que si bien resultan penosos o afligentes para quien
os sufre, son la mejor adaptación posible que el individuo es
apaz de lograr en determinadas circunstancias. Se considera
que estas soluciones de compromiso pasan a formar parte del
carácter y de la personalidad del sujeto, y gravitan en su elec­
ción de carrera profesional y de los objetos de su amor, así
como en todo lo que hace de él un individuo singular.
Esta fase de la evolución del psicoanálisis se extendió has­
ta la muerte de Freud, en 1939; no obstante, establecer esta
fecha es algo arbitrario, ya que lo que denominamos la cuarta
fase abarca las contribuciones de otros psicoanalistas aparte
de Freud, y ya desde el primer momento en que algunos de sus
colegas se asociaron a él y a su obra y se identificaron con sus
concepciones, produjeron aportes importantes para la teoría
y la práctica del psicoanálisis.
Una línea de evolución destacable de esta cuarta fase, aun­
que ya evidente en la obra del propio Freud, recibió fuerte
impulso con la publicación de la obra de Anna Freud El yo y
los mecanismos de defensa, en 1936, y de la obra de Hart-
mann La psicología del yo y el problema de la adaptación, en

22
1939. Anna Freud puso de relieve el papel de los mecanismos
de defensa en el funcionamiento psíquico normal y extendió el
concepto de defensa a fin de incluir la defensa contra los peli­
gros provenientes tanto del mundo exterior como de los impul­
sos instintivos internos. Hartmann hizo particular hincapié
en el desarrollo innato de lo que él denominó la “esfera libre de
conflictos” dentro del yo. Si Freud había apuntado de continuo
hacia los fenómenos clínicos y había señalado de qué manera
surgen en el individuo determinadas habilidades y capacida­
des como un medio para resolver los conflictos, Hartmann
sostuvo que hay muchos ámbitos de funcionamiento psíquico
normal que tienen una evolución relativamente autónoma y
no son el producto de un conflicto mental. Lo que se dio en
llamar la “psicología del yo” representó el particular interés
de muchos psicoanalistas en situar en el centro de la atención
el funcionamiento yoico normal junto al anormal. Pero como a
lo largo de este libro nos ocuparemos en el momento oportuno
de los aportes destacados de otros psicoanalistas aparte de
Freud, no es preciso que los mencionemos aquí en detalle. Sí
conviene puntualizar que gran parte del pensamiento psicoa-
nalítico actual, sobre todo el vinculado a la situación clínica,
hunde firmemente sus raíces todavía en la segunda fase del
psicoanálisis. Al describir a sus pacientes, los psicoanalistas
siguen haciendo uso del modelo tópico (o sea, el de la segunda
fase) junto a los conceptos propios de la teoría estructural de
la tercera fase —aunque algunos psicoanalistas (v. g., Arlow y
Brenner, 1964) han hecho esfuerzos heroicos por formular la
teoría psicoanalítica basándose exclusivamente en los concep­
tos de la teoría estructural.
Desde la década de 1960 en adelante, la psicología del yo,
que había arraigado en Estados Unidos, comenzó a ceder paso
en cierta medida ante una serie de nuevos avances, que se
examinarán en los capítulos que siguen. Mencionemos, entre
otros, la “psicología del sí-mismo” de Heinz Kohut y el enfoque
de las “relaciones objétales” propuesto por Edith Jacobson,
Hans Loewald y Otto Kernberg. Las concepciones de este últi­
mo pueden considerarse un producto tanto de la psicología del
yo como de los puntos de vista de Melanie Klein. En Gran
Bretaña la escuela kleiniana tuvo enorme influencia, así como

23
la obra de los teóricos británicos de las relaciones objétales,
como Ronald Fairbairn, Michael Balint y Donald Winnicott.
En los últimos años se ha valorado la importancia de los escri­
tos de Wilfred Bion, y las controvertidas opiniones de Jacques
Lacan han desempeñado un significativo papel en la concep­
ción del psicoanálisis vigente en ciertos círculos intelectuales.
Para muchos, la obra de los psicoanalistas evolutivos, iniciada
con Margaret Mahler y continuada por los llamados “observa­
dores de bebés”, como Daniel Stern y Robert Emde, tiene fun­
damental importancia para la comprensión psicoanalítica del
desarrollo humano.
La teoría psicoanalítica de la mente ha sido objeto de ela­
boraciones sustanciales desde la época de Freud, y la brecha
que separa las diversas teorías de su aplicación práctica se ha
ido ampliando en forma permanente. Por lo tanto, se ha vuelto
más necesario aún examinar y reexaminar los conceptos clíni­
cos del psicoanálisis.

24
2. LA SITUACION ANALITICA

Los conceptos clínicos utilizados para describir, compren­


der y explicar el proceso del tratamiento psicoanalítico surgie­
ron en distintos momentos de la historia del psicoanálisis.
Términos cuyo sentido original cobró forma en el contexto de
una de las fases de esa historia siguieron empleándose en las
fases sucesivas, dando lugar así al tipo de repercusiones a las
que ya aludimos y de las que nos ocuparemos luego. En este
capítulo trataremos de describir el desarrollo del encuadre
para el tratamiento psicoanalítico en relación con esas diver­
sas etapas del psicoanálisis (véase el capítulo 1).
La primera etapa (en esencia prepsicoanalítica) se exten­
dió hasta 1897 y se caracterizó fundamentalmente por la apli­
cación del método hipnótico a pacientes histéricas. Al atender
a individuos que padecían otras perturbaciones (v. gr., tras­
tornos obsesivos), Freud vio que sus procedimientos eran ade­
cuados para tratar las “psiconeurosis” (lo que hoy llamaría­
mos neurosis). En la primera fase del psicoanálisis, el encua­
dre empleado fue el habitual en esa época para la inducción de
la hipnosis en el consultorio del médico. Se lo llevaba a cabo en
privado, a diferencia de las demostraciones públicas de espe­
cialistas como Charcot; el paciente se acostaba en un diván
mientras el terapeuta, sentado detrás de él, le provocaba el
estado hipnótico. Freud se decepcionó de los resultados obte­
nidos con la hipnosis (confesó además que no era muy bueno
para producirla) y más adelante intentó fomentar el recuerdo
de los sucesos olvidados apelando a otros métodos. Uno de

25
ellos consistía en aplicar presión con la mano sobre la frente
del paciente, acompañando este acto con la sugestión de que
esto traería los pensamientos a la mente, tal como se mencio­
na en el caso de Frau P. J. (1950a [1887-1902]).
Estas técnicas fueron más tarde sustituidas por la “asocia­
ción libre” del paciente, no obstante lo cual se mantuvo la
estructura de la situación de tratamiento propia de la primera
fase. Como diría Freud años después (1925d):

Mis pacientes no podían menos que “saber” todo lo que de


ordinario sólo la hipnosis les volvía asequible, y el aliento y las
seguridades que yo les daba (...) debían tener el poder de
esforzar hasta la conciencia los hechos y nexos olvidados. Por
cierto parecía más trabajoso que hipnotizar al enfermo, pero
acaso fuese más instructivo. Abandoné, pues, la hipnosis, y
sólo conservé de ella la indicación de acostarse sobre un diván,
tras el cual me sentaba, de suerte que yo veía al paciente, pero
no era visto por él.

En el capítulo 1 señalamos que en 1897 Freud abandonó la


teoría del origen traumático de la neurosis y pasó a otra en la
que asumía suprema importancia el papel del conflicto en
torno de la expresión de los deseos instintivos inconscientes.
Este cambio de perspectiva coincidió aproximadamente con el
énfasis técnico en desentrañar el significado de las produccio­
nes conscientes del paciente, en particular de sus sueños, que
en los inicios de la segunda fase fueron tenidos como la parte
decisiva del material del paciente y aún son considerados por
muchos psicoanalistas la fuente más importante de material
inconsciente. Ciertamente, los sueños tienen especial signifi­
cación para todos los analistas. Gran parte de la labor analíti­
ca de Freud apuntó en los comienzos al arduo análisis de los
sueños, asistido en esa tarea por las asociaciones que tenía el
paciente ante los diversos fragmentos que podía recordar. El
análisis de los sueños le sirvió a Freud como base para com­
prender los procesos psíquicos en general, aunque a medida
que avanzaba la segunda fase la comprensión del significado
inconsciente de las producciones del paciente se hizo extensi­
va a sus asociaciones libres, y en la técnica psicoanalítica pasó
a desempeñar un papel fundamental el análisis de la transfe-

26
renda, sobre todo de las resistendas transferendales. Duran­
te la segunda fase, que duró como vimos hasta 1923, se esta­
blecieron el encuadre básico del tratamiento psicoanalítico y
los conceptos clínicos a él vinculados. Si bien en etapas poste­
riores del psicoanálisis hubo grandes cambios teóricos, la si­
tuación “clásica” de tratamiento permaneció en esencia igual
que en la segunda fase. Para la época en que Freud escribió
sus artículos “técnicos” sobre el psicoanálisis (1911e, 1912b,
1912e, 1913c, 1914g, 1915a), la técnica psicoanalítica ya había
sido formalizada. Cabe señalar, empero, que en esa época se
pretendía que el paciente concurriese a sesión seis veces por
semana, y las sesiones duraban una hora completa.
Unos años después, en su Presentación autobiográfica
(1925d), Freud comentó lo siguiente:

Acaso parezca sorprendente que este proceder de la asocia­


ción libre con observancia de la regla psicoanalítica funda­
mental rindiera lo que se esperaba de él: aportar a la concien­
cia el material reprimido y mantenido lejos de ella por medio
de resistencias. Pero debe repararse en que la asociación libre
no es efectivamente tal. El paciente permanece bajo el influjo
de la situación analítica aunque no dirija su actividad de pen­
samiento a un tema determinado. Se tiene derecho a suponer
que no se le ocurrirá otra cosa que lo relacionado con esta
situación. Su resistencia a reproducir lo reprimido se exterio­
rizará ahora de dos maneras. En primer lugar, mediante aque­
llas objeciones críticas a las que está dirigida la regla psicoa­
nalítica fundamental. Pero si obedeciendo a la regla él supera
esas coerciones, la resistencia halla otra expresión. Consegui­
rá que al analizado nunca se le ocurra lo reprimido mismo,
sino sólo algo que se le aproxima al modo de una alusión, y
mientras mayor sea la resistencia, tanto más distanciada de
lo que uno busca estará la ocurrencia sustitutiva comunicada.
El analista, que escucha en una actitud de recogimiento, pero
no tensa, y a quien su experiencia en general ha preparado
para recibir lo que acuda, puede emplear de acuerdo con dos
posibilidades el material que el paciente saca a luz. O logra,
en caso de que la resistencia sea pequeña, colegir lo reprimido
mismo a partir de las indicaciones, o, si la resistencia es más
intensa, puede discernir en las ocurrencias que parecen dis­
tanciarse del tema las características de esa resistencia, y

27
comunicarlas al paciente. Ahora bien, el descubrimiento de la
resistencia es el primer paso para su superación.

El “modelo básico del psicoanálisis” (Eissler, 1953) puede


describirse así: por lo general, el paciente sólo conocerá unos
pocos datos personales acerca del psicoanalista. Este procura
mantenerlo en esa relativa ignorancia, pero en cambio lo alienta
a referir con la mayor libertad posible (asociación libre) sus
pensamientos a medida que le acuden a la mente durante las
sesiones diarias, por ilógicos que parezcan, o por más que se
los crea desvinculados en apariencia de todo lo que se dijo
antes. Stone (1961) ha hecho una minuciosa y excelente des­
cripción de la situación analítica.
El analista aplica además, en la medida de lo posible, la
“regla de abstinencia", según la cual

el tratamiento analítico debe estar organizado de modo de


asegurarse de que el paciente encuentre la menor cantidad
posible de satisfacciones sustitutivas para sus síntomas. Esto
implica que el analista se rehúse, por principio, a satisfacer
sus demandas y a cumplir los roles que el paciente tiende a
imponerle. En ciertos casos y en determinados momentos del
tratamiento, la regla de abstinencia puede formularse explíci­
tamente en la forma de una advertencia acerca del comporta­
miento repetitivo del paciente que obstaculiza la tarea de re­
cordar y elaborar (Laplanche y Pontalis, 1973).

Normalmente, la sesión psicoanalítica es de 50 minutos de


duración, cuatro o cinco veces por semana. El analista suele
limitarse a formular preguntas tendientes a elucidar el mate­
rial que presenta el paciente, y a hacer interpretaciones, con­
frontaciones y reconstrucciones (capítulo 10) que constituyen
las principales intervenciones terapéuticas. En el curso de sus
asociaciones, el paciente comenzará a eludir ciertos temas y
mostrará signos de resistencia (capítulo 7) ante la manifesta­
ción de ciertos pensamientos y ante el procedimiento psicoa-
nalítico, aunque tal vez no se dé cuenta de ello. El psicoanalis­
ta supone que, tarde o temprano, el material del paciente con­
tendrá referencias explícitas o implícitas a ideas y sentimien­
tos sobre el psicoanalista, que se caracterizarán por una dis-

28
torsión de la realidad a la que se denomina transferencia (ca­
pítulos 4 y 5). Estas deformaciones son el resultado de la mo­
dificación de las percepciones y pensamientos actuales del pa­
ciente al añadírseles elementos específicos derivados de sus
deseos, experiencias y relaciones del pasado. Suelen diferen­
ciarse dichos fenómenos transferenciales de la relación de tra­
bajo entablada entre paciente y analista, la cual se basa, entre
otras cosas, en el anhelo del paciente de recuperarse y de
cooperar para ello con el tratamiento. Se considera que esta
relación de trabajo, llamada alianza terapéutica (capítulo 3),
incluye, como factor esencial, la motivación del paciente a
continuar en análisis pese a sus resistencias. A veces el pa­
ciente no expresará verbalmente los sentimientos pasados y
presentes que le van surgiendo, sino más bien en la forma de
conducta y actos que también pueden manifestarse, por des­
plazamiento, fuera del consultorio. A menudo se considera
esto último como un aspecto del acting out (capítulo 9).
Entre las exigencias que el procedimiento psicoanalíticc
impone al analista se incluyen, naturalmente, sus intentos
conscientes por comprender el material que trae el paciente a
fin de realizar sus intervenciones. Además, debe explorar sus
propias reacciones ante el paciente con el objeto de determi­
nar sus bloqueos en la evaluación del significado de sus comu­
nicaciones. Esta exploración de sus sentimientos y reacciones
le permite obtener una ulterior comprensión de lo que le ocu­
rre al paciente merced a esa autoevaluación de sus respuestas
emocionales. Estos aspectos de la reacción del analista se han
conceptualizado con el nombre de contratransferencia (véase
el capítulo 6). Si el paciente es capaz de lograr y conservar una
comprensión de los nexos existentes entre sus tendencias cons­
cientes e inconscientes, y entre el pasado y el presente, se dice
que ha adquirido cierto grado de comprensión intuitiva o insight
(véase el capítulo 11).
Por más que las interpretaciones del analista parezcan au­
mentar dicha comprensión del paciente, no siempre producen
de inmediato un cambio significativo. Debe transcurrir un pe­
ríodo de elaboración (capítulo 12) durante el cual se examina­
rán y ampliarán tanto las interpretaciones como el material
sobre el cual versan. A veces, cuando el paciente parecería

29
haber hecho un avance importante, le sobreviene una especie
de recaída paradójica, que puede ser manifestación de una
reacción terapéutica negativa (capítulo 8); inicialmente ésta
fue atribuida a la acción de un sentimiento inconsciente de
culpa (Freud, 1923b) vinculado a la significación que tiene
para el paciente esa mejoría que percibe.
Es obvio que la “situación prototípica” que hemos descrito
no se aplica a todos los tratamientos psicoanalíticos, y de tan­
to en tanto hay que introducir ciertas alteraciones particula­
res en los procedimientos técnicos. A estas modificaciones se
las denominó “parámetros de la técnica” (Eissler, 1953), pero
desde el punto de vista del modelo básico del psicoanálisis la
incorporación de dichos “parámetros” (p. ej., que el paciente
permanezca sentado en vez de recostarse en el diván, o los
cambios en la frecuencia de las sesiones) se considera un expe­
diente temporario. En este aspecto, se han contrapuesto los
métodos psicoanalíticos con otras variedades de psicoterapia,
en las que se hace uso amplio y regular de los “parámetros”.
Durante la cuarta fase del psicoanálisis han cobrado especial
prominencia las adaptaciones de la técnica psicoanalítica a fin
de tornarla adecuada a determinadas clases de trastornos.
La escueta y simplificada descripción que hemos hecho en
este capítulo y el anterior tiene como propósito servir de intro­
ducción a un examen más minucioso de algunos de los concep­
tos clínicos a los que hemos aludido. En los próximos capítulos
examinaremos las vicisitudes históricas de cada uno de éstos
dentro del marco clínico del psicoanálisis. También veremos
los significados múltiples y ambiguos que a ellos se han atri­
buido en ese marco, y exploraremos en qué medida es posible
aplicarlos a situaciones que difieren de la del tratamiento
psicoanalítico clásico.
Una característica del proceso analítico que merece men­
ción especial es el fenómeno de la regresión. Si bien dentro de
la teoría psicoanalítica este término ha sido utilizado con va­
rios sentidos distintos, aquí nos interesa uno en particular, a
saber, el surgimiento de tendencias del pasado, a menudo
infantiles, que representan la reaparición de modalidades de
funcionamiento psíquico ya abandonadas o modificadas. Re­
gresiones de esta índole se presentan como parte integral del

30
proceso analítico, pero el mismo fenómeno puede observarse
fuera de él. Basta reparar en los niños de dos o más años que
de pronto dejan de controlar sus esfínteres en el período de
tensión posterior al nacimiento de un hermanito, o en el exa­
cerbado apego o las demandas de un niño (o adulto) hacia las
personas que lo rodean cuando cae enfermo. Dichas regresio­
nes, que pueden afectar cualquier aspecto del funcionamiento
de la personalidad, son leves o graves, temporarias o más
permanentes. Es previsible que se produzcan en las fases crí­
ticas del desarrollo de un individuo y puede considerárselas
normales, a menos que se prolonguen demasiado o revistan
particular gravedad (A. Freud, 1965).
En el tratamiento analítico, una de las funciones de la
situación analítica consiste en permitir o favorecer la regre­
sión dentro de ese encuadre. A medida que surgen en el análi­
sis los fenómenos transferenciales, tales tendencias regresi­
vas se aprecian con mayor claridad, evidenciadas en la reapa­
rición de deseos, sentimientos, modalidades de relación y fan­
tasías infantiles, así como en la conducta que se tiene para con
el analista. Sin embargo, si bien constituyen un vehículo esen­
cial para recoger del pasado, de un modo convincente y signifi­
cativo, datos y formas de funcionamiento importantes, a veces
estas regresiones pueden presentar un aspecto más obstructivo
y perjudicial. Ello ocurre, en particular, cuando se tornan muy
intensas o prolongadas en pacientes que de por sí tienen ten­
dencia a la regresión, y que por ende tal vez no puedan reco­
brar fácilmente la capacidad de autoobservación y de com­
prensión que es parte indispensable de la alianza terapéutica
(capítulos 3 y 11). Parece probable que algunos psicoanalistas
alienten más que otros (de manera consciente o inconsciente)
las tendencias regresivas de sus pacientes.
Como consecuencia de la regresión analítica normal, es
muy común que en alguna etapa del análisis el paciente exija
del analista cada vez más amor, afecto y muestras de estima,
y aun que desarrolle hacia él sentimientos hostiles. La forma
como surgen dichos sentimientos y actitudes puede consti­
tuir una fuente importante de comprensión de la relación tem­
prana entre el paciente y su madre, por ejemplo, a la que
quizás él vivenció como una persona retraída, indiferente, ca-

31
riñosa o complaciente. Esta información puede ser esencial
para entender las dificultades y problemas actuales del pa­
ciente, pero si las demandas o la hostilidad de éste pasan a ser
el foco de sus comunicaciones, y si el analista no puede rever­
tir esta tendencia mediante interpretaciones u otras interven­
ciones apropiadas, quizá se dificulte la labor analítica o se
torne imposible. Esto es evidente en ciertas variedades espe­
ciales de transferencia (capítulo 5).
Varios autores han señalado el valor de la capacidad para
experimentar una regresión, dentro y fuera de la situación
psicoanalítica. Por ejemplo, Kris (1952) ha examinado el papel
de la capacidad para realizar una regresión controlada y tem­
poraria dentro del ámbito de la creatividad artística. Balint
(1934, 1949, 1965, 1968) y Winnicott (1954) han subrayado la
importancia de la regresión del paciente como medio de acce­
der a un material que de otro modo no estaría disponible. El
concepto de “ambiente de sostén”, de Winnicott, y su examen
de los fenómenos transicionales (1951) han llevado a diversos
autores a especular con la idea de que la situación analítica
proporciona un “espacio transicional” en el que el paciente,
sintiendo segura su relación con el analista, puede sobrellevar
una regresión, experimentar con nuevas ideas y tratar de re­
solver sus problemas internos (véase Adler, 1989; Giovacchini,
1987a). A esto Balint lo ha denominado “regresión al servicio
de la progresión”. Debe señalarse que si bien el término “re­
gresión” fue empleado con varios significados distintos en los
escritos de Freud, en este capítulo nos ocupamos de la regre­
sión formal, “cuando modos de expresión y de figuración pri­
mitivos sustituyen a los habituales” y de la regresión tempo­
ral, o sea, “el retroceso a formaciones psíquicas más antiguas”
(Freud, en un fragmento agregado en 1914 a La interpretación
de los sueños, 1900a). No obstante, no debe verse forzosamen­
te en la regresión una “vuelta al pasado”: también puede ser
una suerte de fenómeno de “liberación”, por el cual tendencias
inconscientes actuales se manifiestan, en determinadas cir­
cunstancias, en la situación analítica. Entre éstas se encuen­
tran diversas formas de “exteriorización” de procesos y rela­
ciones internos basados en la proyección y la identificación
proyectiva (véanse los capítulos 4, 5 y 6).

32
Si bien es cierto que la regresión puede ser el camino para
el surgimiento de material útil para el análisis, no debe con­
fiarse en ella como si fuese por sí sola un agente terapéutico;
tampoco hay que suponer que la regresión es capaz de sacar a
la luz aspectos de la muy temprana relación madre-hijo que de
otra manera serían inaccesibles para el analista. Según la
concepción de Balint, la regresión facilitaría un “nuevo co­
mienzo” para el paciente, pero muchos analistas piensan que
el papel de la regresión como agente terapéutico ha sido so-
brestimado (véase, por ejemplo, Anna Freud, 1969). Modell
(1989) lo expresa acertadamente al decir: “No cuestiono la
validez de las observaciones clínicas realizadas por Balint y
Winnicott. Es indudable que ciertos aspectos de la temprana
relación madre-hijo pueden recrearse en la transferencia. Lo
incorrecto en este caso es el uso de la regresión como medio
explicativo de la acción terapéutica que tiene el encuadre ana­
lítico”.
En el capítulo 3 examinaremos el papel de la alianza tera­
péutica en el análisis y consideraremos ciertos aspectos del
aporte del analista al procedimiento empleado. Entre ellos
debe mencionarse la función de “sostén” que cumplen tanto el
analista como la situación analítica, o sea, el hecho de propor­
cionar una atmósfera que lo haga sentir al paciente seguro y
“contenido” aun en casos en que experimente una regresión
grave (v. gr., Balint, 1968; Khan, 1972; Modell, 1984; Spitz,
1956; Winnicott, 1954, 1965, 1971).
La descripción de la situación analítica que hemos hecho
hasta aquí puso el acento en lo que se requiere del paciente;
hemos dicho que el papel del analista es el de alguien que
procura comprender los procesos inconscientes que tienen lu­
gar en el paciente y transmitirle esta comprensión. Sin em­
bargo, en los últimos años se ha prestado creciente atención a
la gran importancia de los aspectos interpersonales del proce­
so analítico (p. ej., Bleger, 1967, 1981; Kohut, 1977; McLaugh-
lin, 1983; Modell, 1988, 1989; Spruiell, 1983), haciendo hinca­
pié en la relación analítica. Consecuentemente, ha sido cada
vez más cuestionada la idea de la “neutralidad” del analista
(véase Leider, 1984). En este sentido, Modell (1988) sostiene
que “tenemos que admitir que el proceso de resistencia y de

33
defensa no sólo ocurre intrapsíquicamente sino además en el
contexto de una relación entre dos personas. Por este motivo,
hay que prestar atención al proceso de la comunicación y a la
forma en que se da esa relación”.
Es sumamente importante que el analista sea capaz de
proporcionar un clima apropiado. El tratamiento psicoanalíti-
co no es simplemente un proceso por el cual se vuelve cons­
ciente lo inconsciente, o se procura otorgar mayor fuerza y
autonomía al yo del paciente. Es vital que el analista brinde
un marco en el cual sea viable el proceso analítico y puedan
volver a establecerse conexiones con los aspectos escindidos
del sí-mismo. Rycroft (1985) ha subrayado que la capacidad
del analista para brindar dicho marco depende no sólo de su
destreza para formular las interpretaciones “correctas” sino
además del sostenido interés que sepa manifestar por sus pa­
cientes y de la relación que entable con ellos.

34
3. LA ALIANZA TERAPEUTICA

Como ya apuntamos en el capítulo 2, en los últimos años se


ha dedicado suma atención al vínculo entre el paciente y el
médico. Con el fin de formular los distintos aspectos de esta
relación se han utilizado diversos conceptos psicoanalíticos;
uno de ellos, el de transferencia, muy a menudo es tomado de
su contexto original y aplicado a otros, atribuyéndole muy
laxamente diversos sentidos —a veces como sinónimo de “re­
lación” en general—. En los capítulos 4 y 5 nos ocuparemos
con más detalle de este concepto.
En el psicoanálisis clínico se ha diferenciado siempre la
“transferencia propiamente dicha” de otro aspecto del vínculo
entre el paciente y el médico, al cual distintos autores han
llamado “alianza terapéutica”, “alianza de trabajo” o “alianza
de tratamiento”, refiriéndose a la alianza que deben necesa­
riamente establecer el paciente y el analista si se pretende
que la labor terapéutica tenga éxito (v. gr., Curtis, 1979; Eagle
y Wolitzky, 1989; Friedman, 1969; Gitelson, 1962; Greenson,
1965a, 1967; Gutheil y Havens, 1979; Kanzer, 1981; Loewald,
1960; Stone, 1961, 1967; Tarachow, 1963; Zetzel, 1956). Tam­
bién se emplearon otros vocablos además de “alianza”. Por
ejemplo, Fenichel (1941) habla de una “transferencia racio­
nal”; Stone (1961), de una “transferencia madura”; Greenacre
(1968), de una “transferencia básica”; Kohut (1971) se refiere
al “vínculo realista” entre el analista y el analizando, y Zetzel
(1958) expresa lo siguiente:

35
Suele admitirse que, más allá de la neurosis de transferen­
cia, para que un análisis alcance éxito debe tener como núcleo
una relación permanente y estable que permita al paciente
mantener una actitud esencialmente positiva respecto de la
tarea analítica cuando los conflictos revividos por la neurosis
de transferencia saquen a la superficie de la conciencia deseos
y fantasías perturbadores.

El concepto ha sido empleado para aludir a ciertos aspectos


de lo que muchos llaman el “contrato terapéutico” (Menninger,
1958) entre el paciente y el terapeuta. Esto se vincula a lo que
ha sido definido como un “rapport racional y razonable, no neu­
rótico, del paciente con su analista, que lleve al primero a tra­
bajar de buen grado en la situación analítica” (Greenson y
Wexler, 1969). La noción de alianza terapéutica, tal como ha
ido evolucionando, no se refiere simplemente al deseo conscien­
te de mejorar que tiene el paciente, y no debe equiparársela con
éste; volveremos sobre este punto más adelante. En lo tocante a
la situación psicoanalítica, el reconocimiento de la diferencia
entre la “alianza terapéutica” y otros aspectos de la interacción
del paciente con el analista (como la transferencia) ha llevado a
una mejor comprensión de los procesos que tienen lugar en
dicha situación, en particular los ligados al éxito o al fracaso de
la terapia. En el psicoanálisis (y también en otros métodos de
tratamiento) es importante evaluar la capacidad para estable­
cer esta clase de alianza cuando debe adoptarse una decisión
respecto de cuál es la modalidad de tratamiento más indicada.
Si bien Freud nunca identificó la alianza terapéutica como
concepto diferenciado, la idea puede rastrearse en sus prime­
ros trabajos; por ejemplo, en Estudios sobre la histeria (1895d)
dice que “convertimos al paciente en nuestro colaborador”. En
muchos otros escritos suyos hay referencias similares a esta
colaboración, y aun en 1937 comentó que “la situación analíti­
ca consiste en que nos aliemos con el yo de la persona que está
en tratamiento” (1937c), mencionando a continuación el “pac­
to” que debe establecerse entre el paciente y analista. En su
último trabajo (1940a [1938]) escribió:

El médico analista y el yo debilitado del enfermo, apunta­


lados en el mundo exterior objetivo, deben formar un bando

36
contra los enemigos, las exigencias pulsionales del ello y las
exigencias de conciencia moral del superyó. Celebramos un
pacto. (...) Nuestro saber debe remediar su no saber, debe
devolver al yo del paciente el imperio sobre jurisdicciones per­
didas de la vida anímica. En este pacto consiste la situación
analítica.

En contraste con la idea de un “pacto” terapéutico entre


paciente y analista, lo que hoy denominamos “alianza tera­
péutica” fue originalmente incluido por Freud dentro del con­
cepto general de transferencia, sin diferenciarlo bien de otros
elementos transferenciales. En sus primeros escritos sobre
técnica psicoanalítica, distinguió la transferencia de sentimien­
tos positivos, por un lado, de las transferencias negativas, por
el otro (Freud, 1912b, 1912e). Entendía que las transferencias
positivas podían subdividirse a su vez en la transferencia de
sentimientos amistosos o tiernos (de los que el paciente tenía
conciencia) y la de aquellos otros sentimientos que represen­
taban el retorno de relaciones eróticas infantiles, posiblemen­
te en forma distorsionada. Por lo común, estos últimos no eran
recordados sino más bien reexperimentados por el paciente
frente al analista. Tanto las transferencias positivas como las
negativas podían dar lugar a resistencias contra el tratamien­
to. Freud expresó que el componente amistoso y tierno de la
transferencia positiva constituía “el vehículo del éxito en el
psicoanálisis, no menos que en otros métodos de tratamiento”
(Freud, 1912b).
Poco después (1913c) hizo referencia a la necesidad de en­
tablar una “transferencia eficaz” para que pudiera iniciarse
cabalmente la labor psicoanalítica. Declaró que había que es­
perar hasta que se estableciera en el paciente “una transfe­
rencia operativa, un rapport en regla. La primera meta del
tratamiento sigue siendo allegarlo [al paciente] a éste y a la
persona del médico”. El distingo esencial era el trazado entre
la capacidad del paciente para entablar un rapport y un víncu­
lo amistoso con el médico, por una parte, y por la otra la
revivencia, dentro del marco de la terapia, de sentimientos y
actitudes que podrían alzarse como obstáculo para el progreso
terapéutico. El hecho de que Freud emplease el término “trans­
ferencia” tanto para el “vínculo amistoso” como para la trans-

37
ferencia en sí misma creó cierta confusión en la literatura
posterior, y aun hoy ciertos autores utilizan incorrectamente
la frase “transferencia positiva” para designar la alianza tera­
péutica. La presencia de sentimientos cariñosos o afectuosos
hacia el analista no siempre indica que exista tal alianza.
Probablemente la cristalización del concepto de alianza de
tratamiento como algo diferente, que no puede equipararse a
un aspecto especial de la transferencia, pueda ligarse al surgi­
miento de la “psicología psicoanalítica del yo”, posterior a la
formulación del modelo “estructural” del aparato psíquico
(Freud, 1923b, 1926d), en el cual se elaboró el concepto del yo
como parte orgánica de la personalidad que debía hacer frente
al mundo externo y la conciencia moral (superyó), así como a
las mociones instintivas (ello). Diversos autores psicoanalíti-
cos (p. ej., Hartmann, 1939, 1964; Anna Freud, 1965) sostu­
vieron que existían funciones y atributos del yo relativamente
independientes de las mociones (en calidad de funciones “au­
tónomas” del yo), y gran parte de lo escrito sobre la alianza de
tratamiento, en sus diversas modalidades, implica la apela­
ción a tales funciones y actitudes autónomas.
La evolución que tuvo en otros autores la idea de la alian­
za terapéutica puede apreciarse en dos artículos de Sterba
(1934, 1940), según los cuales el psicoanalista debe procurar
que se produzca en el paciente una separación entre los ele­
mentos centrados en la realidad y los que no lo están. Sterba
designa esto como la “división terapéutica del yo” (1934). Los
elementos del yo centrados en la realidad permiten al pa­
ciente identificarse con los propósitos de la terapia, proceso
éste que Sterba juzga como condición esencial para que la
labor psicoanalítica logre el éxito. Esta opinión coincide con
una referencia de Freud (1933a) a la necesidad, para que el
tratamiento tenga éxito, de que el paciente aplique su capa­
cidad para observarse a sí mismo como si fuera otra persona.
En este sentido, Fenichel (1941) aludió al aspecto “razona­
ble” del paciente y a lo que él denominó “transferencia racio­
nal”. Si rastreamos la bibliografía psicoanalítica en busca de
este concepto, se nos hará evidente que a menudo se habla de
la “transferencia amistosa”, la “transferencia eficaz”, los “ele­
mentos centrados en la realidad”, la “transferencia racional”

38
y la capacidad de autoobservación y autocrítica como si fue­
ran cosas equivalentes, cuando en rigor es más útil conside­
rarlas elementos separados cuyo denominador común es la
capacidad para establecer una alianza terapéutica. Pueden
encontrarse comentarios útiles sobre los elementos integran­
tes del concepto de “alianza”, entendido en sentido amplio,
en artículos de Friedman (1969), Dickes (1975), Gutheil y
Havens (1979) y Thomá y Háchele (1987).
A partir de un importante artículo sobre el tema de
Elizabeth Zetzel (1956), los autores psicoanalíticos se han pre­
ocupado cada vez más por diferenciar la alianza terapéutica
de la transferencia “propiamente dicha”. En los trabajos pu­
blicados con posterioridad prevalece una tendencia, que se
pone de manifiesto en la obra de Greenson (1965a, 1967) y de
Greenson y Wexler (1969), a considerar que dicha alianza
tiene como núcleo una relación “real” o “no transferencial”
entre paciente y médico; no obstante, no resulta del todo clara
la índole de esta relación “real”. Schowalter (1976) destaca
que si bien “se coincide en que para que la situación analítica
con adultos sobreviva a los golpes de las resistencias engen­
dradas por la transferencia (...) la relación analizando-analis­
ta debe ser en parte no neurótica y centrarse recurrentemente
en la continuación y completamiento de la terapia (...); no es
tan clara la coincidencia sobre el modo de separar esta parte
de los vínculos de objeto del resto de la transferencia”.
En los últimos años diversos analistas, en particular
Brenner (1976, 1979), han cuestionado la validez de la noción
de alianza terapéutica, sosteniendo que este concepto es de
hecho indiferenciable del de transferencia. Fonagy (1990) pun­
tualiza que si se hace excesivo hincapié en los aspectos
transferenciales de la relación paciente-analista puede lle­
garse a una cosificación de esta última que la sustraiga al
examen analítico. Como consecuencia de ello, podemos “inad­
vertidamente privarnos de la oportunidad de entender que se
basa en el conflicto intrapsíquico inconsciente”. El rechazo
total del concepto de alianza terapéutica no parece satisfacto­
rio, pero Curtís (1979) ha hecho reparar en “el peligro de que
el foco se desplace de los conceptos analíticos nucleares, como
los de conflicto intrapsíquico inconsciente, asociación libre e

39
interpretación de la transferencia y de la resistencia”. Agrega
que “este peligro radica sobre todo en la tendencia a ver en la
alianza terapéutica un ñn en sí mismo —el de brindar una
nueva relación de objeto correctiva—, en vez de considerarla
un medio para alcanzar como fin el análisis de la resistencia y
la transferencia”.
El concepto de alianza de tratamiento parecía relativamente
simple en las diversas formas que adoptó originalmente, pero
es menester que tomemos en cuenta que, cualquiera que sea
nuestra concepción acerca de dicha alianza, ella tiene aspec­
tos tanto conscientes como inconscientes (véase Evans, 1976).
Así, un paciente puede parecer hostil al tratamiento y mostrar
fuerte resistencia a la labor analítica (véase el capítulo 7),
pero no por ello carecer del deseo subyacente inconsciente de
emprenderla. Por el contrario, puede existir lo que Sodré (1990)
denomina una alianza antiterapéutica de repetir una fantasía
infantil o de aferrarse a ella, no sólo por la gravedad de la
psicopatología del paciente sino además porque éste desea un
análisis idealizado interminable, y se genera entonces una
alianza inconsciente entre él y una parte del analista que se
identifica con (...) el terrible temor al cambio [del paciente] y
por lo tanto evita enfrentarse a alguna faceta de la relación
analítica”.
Un peligro similar tiene presente Novick (1970) al seña­
lar que la frase “alianza terapéutica” coloca en demasía el
acento en los aspectos racionales del análisis, por oposición a
los irracionales. Algo semejante sostuvieron Eagle y Wolitzky
(1989), preocupados por el hecho de que el énfasis en dicha
alianza puede impedir la resolución de la transferencia basa­
da en la interpretación y la comprensión. Aducen, además,
que dicho énfasis tal vez conduzca al analista a conceder un
peso indebido en el tratamiento al papel de otros factores
ajenos a la interpretación, y por ende llevarlo a perder sensi­
bilidad ante las manifestaciones transferenciales. Es cierto,
sin duda, que si se otorga una importancia indebida al fo­
mento de la alianza terapéutica se podría generar una conni­
vencia con el paciente destinada a impedir que surja la trans­
ferencia hostil.
En las técnicas propugnadas por Melanie Klein y sus parti-

40
darios (Joseph, 1985; Meltzer, 1967; Segal, 1964), todas las
comunicaciones y conductas del paciente en tratamiento tien­
den a concebirse e intepretarse como transferencia de actitu­
des y sentimientos infantiles, o como fruto de la exterioriza-
ción, por parte del paciente, de sus relaciones objétales inter­
nas. No todos los miembros de la escuela kleiniana comparten
este punto de vista. Bion se ha referido a la “capacidad para
relacionarse con la tarea” en los grupos (1961), lo cual haría
referencia a uno de los aspectos de lo que venimos examinan­
do bajo el rótulo de “alianza terapéutica”. Spillius (1983) ha
hecho reparar en los cambios experimentados por la técnica
kleiniana en los últimos años, que a nuestro juicio la aproxi­
man a las técnicas psicoanalíticas desarrolladas dentro de la
tradición más “clásica”.
Pese a que es difícil definir con precisión esta “alianza”,
parece muy conveniente distinguirla de otras facetas del
vínculo entre el paciente y el médico, que por sí solas no bas­
tan para sentar las bases de un buen tratamiento psicoanalíti-
co (véase, p. ej., Adler, 1980). Entre estas facetas cabe incluir
la revivencia de sentimientos de amor o sexuales originalmen­
te dirigidos a una figura importante del pasado del paciente, y
que en casos extremos se manifiestan en su enamoramiento
del terapeuta. Asimismo, puede incluirse la idealización del
terapeuta, a quien se considera perfecto o dotado de una capa­
cidad suprema, idealización que puede constituir una forma
defensiva de ocultar y negar sentimientos hostiles inconscien­
tes. A veces esta idealización se quiebra dramáticamente si el
paciente experimenta alguna desilusión respecto del terapeu­
ta o si su hostilidad subyacente se torna muy aguda. Cabe
suponer que la posibilidad de establecer una alianza de trata­
miento depende de cualidades del individuo que se han vuelto
relativamente permanentes. Si bien el desarrollo de estas cua­
lidades puede vincularse a ciertos logros de las primeras rela­
ciones infantiles, en una medida importante son independien­
tes de los sentimientos y actitudes conceptualizables como
“transferencia”. De este modo, es dable considerar que la alian­
za terapéutica

41
se basa en el deseo consciente o inconsciente del paciente de
cooperar y en su disposición a aceptar la ayuda del terapeuta
para superar sus dificultades internas. Esto no es lo mismo
que acudir al tratamiento simplemente para obtener placer o
algún tipo de gratificación. En la alianza terapéutica, [el pa­
ciente] acepta que tiene necesidad de abordar sus problemas
internos y de llevar adelante el trabajo analítico a despecho de
la resistencia interna o (particularmente en el caso de los
niños) externa (por ejemplo, de la familia). (Sandler y otros,
1969.)

Sin lugar a dudas, el concepto de alianza terapéutica debe


apoyarse asimismo en lo que Erikson (1950) llamó la “confian­
za básica”, una actitud del individuo hacia los demás y hacia
el mundo en general que se basa en las experiencias del bebé
en materia de seguridad durante los primeros meses de vida.
Probablemente esto se conecte con la interiorización de una
“alianza” precoz, desde el punto de vista evolutivo, entre el
bebé y su objeto primario (véase Stem, 1985). Se considera
que la ausencia de esta “confianza básica” impide a ciertos
psicóticos, así como a otros individuos que de niños experi­
mentaron grandes carencias emocionales, establecer una alian­
za terapéutica que funcione como corresponde. Erikson lo dice
en estos términos: “Dentro de la psicopatología, donde mejor
puede estudiarse la ausencia de la confianza básica es en la
esquizofrenia infantil, en tanto que su insuficiencia se mani­
fiesta en las personalidades adultas de carácter esquizoide y
depresivo. Se ha comprobado que en estos casos el restableci­
miento de un estado de confianza es el requisito fundamental
de la terapia”. (Apuntemos que la expresión “esquizofrenia
infantil” empleada por Erikson no es corriente. Hoy probable­
mente se hablaría de “psicosis infantil" o de “autismo”, así
como de los problemas graves de personalidad de los niños que
sufrieron múltiples carencias. Por otra parte, el comentario de
Erikson acerca de las personalidades adultas de carácter “es­
quizoide” parecería corresponder a lo que luego se denominó
estados “fronterizos”.)
Lo que es evidente es que no debe equipararse sin más la
alianza terapéutica con el deseo del paciente de mejorar. Si
bien este deseo puede por cierto contribuir a gestar dicha alian-

42
za, también puede llevar adheridas expectativas irreales y
aun mágicas sobre el tratamiento, y no puede decirse que
éstas constituyan aliados confiables para la labor terapéutica.
Que el deseo de mejorar no basta para dar lugar a una alianza
terapéutica se vuelve patente en el caso de los individuos que
abandonan la terapia tan pronto experimentan cierto alivio
en sus síntomas, perdiendo todo interés en explorar los facto­
res que provocaron su enfermedad una vez que los síntomas
han menguado o desaparecido. Por otra parte, la mejoría pue­
de constituir una “fuga en la salud”, y si en estas circunstan­
cias la alianza de tratamiento sólo se funda en el deseo de
superar los síntomas, no habrá buenos cimientos para conti­
nuar el psicoanálisis —por más que la historia del paciente le
enseñe que ese alivio de sus padecimientos probablemente
será temporario—. Cabe concluir que, en cierto grado, son
esenciales la mayoría de los elementos mencionados por los
autores psicoanalíticos que se ocuparon de este tema: la capa­
cidad de observarse a sí mismo como se observa a los demás,
la de tolerar cierto monto de frustración, la existencia de una
“confianza básica”, la adhesión a las finalidades que persigue
el tratamiento, etcétera.
Puede resultar difícil, sobre todo en los comienzos del aná­
lisis, distinguir la capacidad del paciente para establecer y
mantener una alianza terapéutica, de sus sentimientos positi­
vos hacia el terapeuta y el tratamiento que tienen otro origen.
Como hemos indicado, la consideración o aun el afecto que
evidencia el paciente por el terapeuta y su disposición inicial a
concurrir a las sesiones no son necesariamente indicadores de
que esté dispuesto a continuar con la labor analítica. Lo ponen
de relieve los casos en que un individuo solicita ayuda tera­
péutica a fin de calmar a un pariente o incluso a un médico
clínico, así como los de las personas que se someten al psicoa­
nálisis porque se lo exige su formación psicoanalítica o psico-
terapéutica (Gitelson, 1954). En general, resulta fundamental
determinar de entrada: a) si el paciente es capaz de establecer
una alianza terapéutica, y b) si podrá tener la motivación
suficiente para crear durante el análisis esa alianza que le
permita sobrellevar las tensiones y los momentos difíciles que
el tratamiento impone.

43
La importancia de saber evaluar la capacidad de un sujeto
para establecer esta alianza ha sido subrayada por autores
como Gerstley y otros (1989), quienes estiman que es un indi­
cador importante para el pronóstico de aquellos pacientes que
presentan un trastorno antisocial de la personalidad. Sea como
fuere, dicha evaluación constituye a todas luces un factor de
relevancia para el pronóstico en todos los casos en que se
contempla el tratamiento analítico. La mayoría de los psicoa­
nalistas no tomarían en tratamiento a un psicótico grave, ya
que es muy poco probable que éste posea la capacidad de
trabajar analítica y constructivamente. Algunos terapeutas
tienen incluso reservas en cuanto a trabajar con los llamados
pacientes fronterizos; las vicisitudes de la alianza terapéutica
en el caso de los estados fronterizos han sido examinadas por
Shapiro, Shapiro, Zinner y Berkowitz (1977), y Gabbard y
otros (1988). No obstante, el tratamiento puede conducirse de
manera tal que desarrolle en estos pacientes la capacidad
mencionada.
En el pasado, los analistas solían establecer un “período de
prueba” tras el cual pudieran tomar con el paciente una deci­
sión conjunta acerca de la continuidad del tratamiento. Esta
decisión se fundaba en parte sobre lo que hoy se denominaría
la capacidad del paciente para establecer la alianza terapéuti­
ca, tal como se revelaba en ese período de prueba. Análo­
gamente, Anna Freud, en sus primeros trabajos (1928), abogó
por una “etapa introductoria” en el análisis de niños, en la que
se inculcaba al niño la idea del tratamiento y se establecía el
vínculo con el analista. Más tarde renunció a su recomenda­
ción de fijar una fase introductoria preanalítica específica.
HoíTer (en una comunicación personal a J. Sandler) se ha
referido a “seducir al paciente para que emprenda el trata­
miento”, y lo mismo sostiene en esencia Morgenthaler (1978).
En ocasiones, los móviles irracionales de un individuo pue­
den contribuir al desarrollo de la alianza de tratamiento. Un
ejemplo sería el de un individuo que siente gran rivalidad
respecto de sus hermanos y pone particular empeño en su
análisis con el fin de superar a algún colega que también se
analiza. En este caso, la rivalidad del paciente hacia sus her­
manos, si bien es material analítico que deberá ser compren-

44
dido, por otro lado puede fomentar durante un tiempo el avan­
ce de la labor analítica.
El tratamiento puede satisfacer deseos ocultos del paciente
(p. ej., de dependencia, de atención y amor, y hasta de sufri­
miento masoquista), como consecuencia de lo cual tal vez lo
continúe durante muchos años sin mostrar inclinación alguna
a abandonarlo, pero sin hacer tampoco progresos significati­
vos. Por otro lado, hay personas de fuertes tendencias para-
noides en su personalidad, que desconfían de todo, y sin em­
bargo son capaces de establecer algún tipo de alianza terapéu­
tica. En cierto sentido parecen reconocer su necesidad de ayu­
da y hacen con el terapeuta una “excepción”.
Si bien el tratamiento puede iniciarse aunque no exista
una alianza intensa, por lo común alguna clase de “contrato”
terapéutico es indispensable desde el principio. La alianza de
tratamiento podrá desarrollarse luego en el curso de la tera­
pia, y lo ideal es que así ocurra; gran parte de la labor del
analista consistirá en contribuir a ello, por ejemplo institu­
yendo un encuadre constante y regular para las comunicacio­
nes del paciente. Además, deberá interpretar las resistencias
de éste al posible surgimiento de una alianza apropiada, como
en el caso de que su temor a un sometimiento pasivo no le
permita cooperar en forma cabal. Esta resistencia puede tener
muchos orígenes, pero de hecho se manifestará como resisten­
cia a la alianza terapéutica, aunque también podría
considerársela como una resistencia contra el surgimiento de
una transferencia sexual. Otro ejemplo de resistencia al desa­
rrollo de la alianza terapéutica es el del paciente muy temero­
so de la regresión a que lo incita la situación analítica. Si bien
la mayoría de los individuos son capaces de soportar hasta
cierto punto sus tendencias regresivas en la sesión, algunos
temen que si se “sueltan” podrían caer en un infantilismo
extremo y perder control de sus pensamientos y acciones. La
interpretación de estos temores ayudará al paciente a trami­
tarlos, contribuyendo de este modo al desarrollo de una alian­
za terapéutica adecuada.
La alianza terapéutica no es sólo función del paciente: la
habilidad del analista desempeña un papel vital en su estable­
cimiento (véase Schowalter, 1976). Cuanto más transmita el

45
analista, de un modo significativo desde el punto de vista
emocional, su tolerancia ante tales aspectos de los esfuerzos
inconscientes del paciente contra los que éste se defiende, y
cuanto más respete estas actitudes defensivas, más propugna­
rá una buena alianza terapéutica. Como resultado de ello, el
paciente internalizará la actitud tolerante del analista y a su
vez asumirá una mayor tolerancia respecto de aspectos de sí
mismo que antes le resultaban inaceptables (Sandler y Sandler,
1984).
En este sentido, cada vez se reconoce más la necesidad de
que “el analista tenga una actitud básicamente amistosa o ‘hu-
7 77
mana (Stone, 1961), así como de lo que Schafer (1983) deno-
minó una “atmósfera de seguridad”. Rothstein (citado en
Auchincloss, 1989) comenta lo siguiente: “Lo importante en la
etapa introductoria es la actitud del analista hacia el comporta­
miento del paciente, más que cualquier parámetro específico de
rutina correspondiente a la situación analítica”, y más adelante
añade: “Una flexibilidad que permita, en la etapa inicial, alte­
raciones tendientes a acomodarse a las resistencias propias del
carácter del paciente puede facilitar en muchos casos que éste
sea inducido a continuar la experiencia analítica. Muchos pa­
cientes se pierden como analizandos potenciales a raíz de la
insistencia del analista en que comiencen su análisis de una
manera particular".
No debe suponerse que la alianza terapéutica permanece
invariable a lo largo de todo el análisis, ya que aparte del
hecho de que deberá establecérsela a medida que éste avan­
ce, suele con frecuencia debilitarse debido a las resistencias
del paciente y en cambio verse favorecida por el desarrollo en
él de sentimientos positivos. Manifestaciones regresivas in­
tensas durante el tratamiento pueden interrumpir por com­
pleto dicha alianza (Dickes, 1967), que también se verá men­
guada o desaparecerá si surge una transferencia “erotizada”
(capítulo 5).
Offenkrantz y Tobin (1978) señalan el papel que cumplen
la pérdida de la autoestima y la vergüenza en la dificultad
para establecer la alianza terapéutica: “...Hay pacientes que
sienten vergüenza por su necesidad de pedir ayuda a otros. La
forma en que aborden esta vergüenza será un elemento decisi-

46
vo en cuanto a su disposición a aceptar o no una relación
dependiente con el analista”.
Langs (1976) introdujo el concepto de “alianza terapéutica
inconveniente”, definiéndola como las interacciones conscien­
tes o inconscientes que se dan dentro de la relación terapéuti­
ca cuya consecuencia es socavar los objetivos del análisis o la
psicoterapia, o bien alcanzar meramente la modificación de
los síntomas en lugar de la comprensión y un cambio interno
constructivo. En este mismo sentido, Novick (1980) dice que
existe una “alianza terapéutica negativa” cuando la motiva­
ción es “el deseo inconsciente de iniciar un análisis o terapia
con el objeto de hacer fracasar al analista (...) a fin de mante­
ner la imagen idealizada de una madre cariñosa, amada y
omnipotente, mediante la exteriorización y desplazamiento
sobre el analista de partes del sí-mismo y del objeto investidas
negativamente”.
Puede considerarse que esta concepción está ligada a la de
la motivación inconsciente de ciertas variedades de reacción
terapéutica negativa (capítulo 8). Vale la pena señalar que la
expresión “alianza terapéutica negativa” no es muy feliz, ya
que una alianza existe, en mayor o menor grado, o no existe.
Lo que describe Novick puede entenderse como una “seu-
doalianza” que disimula la resistencia inconsciente al trabajo
analítico, y que sólo puede darse con la connivencia del analis­
ta (Davies, 1990; Sodré, 1990).
Basándose en su experiencia de psicoanálisis de niños,
Sandler, Kennedy y Tyson (1980) comentan que la definición
de la alianza terapéutica puede abordarse como mínimo de
dos maneras. La primera consiste en concebir la “alianza”
como un concepto descriptivo muy amplio y abarcador, com­
puesto de todos aquellos factores que contribuyen a que el
paciente permanezca en tratamiento y le permiten tolerarlo
durante las etapas de resistencia y de transferencia hostil. El
segundo enfoque consiste en ver en la “alianza” un concepto
más restringido, vinculado específicamente al percatamiento
que tiene el paciente de su enfermedad y a sus sentimientos
conscientes e inconscientes de que necesita hacer algo al res­
pecto; lo cual se conecta con su capacidad para soportar el
esfuerzo y el pesar que provoca el enfrentamiento con los con-

47
flictos internos. Según la definición más amplia, la relación
terapéutica puede persistir (aunque sólo por un tiempo) basa­
da predominantemente en las gratificaciones que contienen
elementos instintivos, como el amor por el analista o el “ham­
bre de objeto”, aspectos a los que cabe considerar como los
elementos instintivos o propios del ello dentro de la alianza
terapéutica. Sin embargo, esta última tiene que fundarse asi­
mismo en los elementos propios del yo, como los señalados en
la definición más estricta. En el caso ideal, el analista debe
mostrarse sensible ante los distintos componentes de la alian­
za tal como se dan en el “aquí y ahora” del análisis, y a la
forma en que varían cuando dicha alianza presenta fluctua­
ciones en su intensidad, composición y estabilidad.
Parecería posible extender el concepto de alianza terapéu­
tica más allá del psicoanálisis sin introducirle modificaciones
sustanciales, si bien es cierto que en diferentes situaciones
clínicas rigen otros tantos “contratos” (para emplear el térmi­
no de Menninger). No se precisaría una alianza para un trata­
miento médico de emergencia de un enfermo desvanecido; en
el otro extremo, esa alianza es esencial para el éxito de cual­
quier tratamiento de rehabilitación prolongado. En muchas
circunstancias puede ser útil ampliar el concepto a fin de in­
cluir las capacidades y actitudes de los familiares del paciente
o de determinadas instituciones de su medio. Y así como es
necesaria una alianza terapéutica entre paciente y analista,
es igualmente indispensable en aquellas situaciones en las
que el enfermo no puede cargar por sí solo con todo el peso del
tratamiento. Esto es lo que sucede, en particular, con los ni­
ños, en cuyo caso la alianza terapéutica con los padres se
toma imprescindible. También es necesario “ampliar” la alian­
za en el caso del tratamiento ambulatorio de psicóticos, no
importa qué modalidad terapéutica se aplique con ellos, ya
que puede ser indispensable contar con la cooperación de la
familia para asegurarse de que el paciente se haga tratar.
Los cambios de actitud en materia de salud mental, así
como la aceptación del principio del tratamiento voluntario,
subrayan por fuerza la necesidad de evaluar no sólo la com­
prensión que tiene el paciente de su propia enfermedad sino
también su capacidad de entablar con el terapeuta una alianza

48
de tratamiento. Esto es válido sobre todo para los psicóticos
y para aquellos a los que antiguamente se llamaba “psicópa­
tas” o se decía que padecían un “trastorno grave de la perso­
nalidad” o un “trastorno del carácter”. Dicha evaluación, lle­
vada a cabo durante un período inicial de interacción médi­
co-paciente, de la capacidad para establecer la alianza ha de
tener importancia diagnóstica en cuanto a la gravedad de su
trastorno, e importancia como pronóstico en la medida en
que el pronóstico se relaciona con el tratamiento que se le
aplicará. Cuando esté indicada la psicoterapia, parece decisi­
va esta evaluación clínica de la capacidad del paciente para
tolerar al terapeuta y cooperar con él en un proceso prolon­
gado, que insume mucho tiempo y a menudo es penoso; cobra
valor entonces el concepto de alianza terapéutica o la
calibración de las posibilidades de establecerla. Es conve­
niente que el médico que hace la derivación adopte alguna
decisión en lo tocante a la capacidad y motivación del pacien­
te para entablar una alianza duradera; pero aun en las si­
tuaciones en que la necesidad de psicoterapia está fuera de
toda duda, el concepto de alianza terapéutica es útil para
examinar la participación del paciente en la terapia y la
índole de su relación con las figuras terapéuticas en tal si­
tuación. Por cierto, en la asistencia social individualizada el
trabajador social evalúa tácitamente el estado en que se en­
cuentra la alianza terapéutica establecida con él por el clien­
te (o por éste y su familia). Como es lógico, la alianza se ve
afectada por los requerimientos de cada situación terapéuti­
ca y el estilo de trabajo del organismo o entidad involucrado.
Por ejemplo, algunas personas pueden mantener una rela­
ción con ciertos organismos en tanto y en cuanto se progra­
men encuentros regulares, pero no podrían comprometerse
en una alianza terapéutica si la iniciativa para tomar con­
tacto con el organismo les quedase librada a ellas. Surgen
problemas especiales interesantes en el caso de las personas
que se hallan en libertad condicional y deben ver con regula­
ridad al funcionario encargado de vigilarlas. En algunos ca­
sos la concurrencia compulsiva puede contribuir a la alianza
terapéutica, pero en otros da origen a una “seudoalianza”.

49
t

*' :4

..


4. TRANSFERENCIA

Ya hemos examinado algunos aspectos de la relación entre


el terapeuta y el paciente en el capítulo 3, donde puntualiza­
mos que el concepto de alianza terapéutica abarca ciertas ca­
racterísticas a las que se designa con el nombre de “transfe­
rencia”. Nuestro propósito en este capítulo es considerar los
diversos significados de ese término.
También el concepto de transferencia sólo puede apreciar­
se cabalmente si se tiene en cuenta su evolución histórica; en
la actualidad, distintas escuelas psicoanalíticas suelen poner
el acento en uno u otro aspecto de lo que se suele entender por
transferencia. Para los psicoanalistas, el análisis de los fenó­
menos transferenciales es el núcleo de su técnica terapéutica,
y fuera del psicoanálisis el concepto es asimismo muy utiliza­
do para comprender las relaciones humanas en general. Con
el fin de pasar revista a sus aplicaciones actuales y potencia- •
les, parece necesario discriminar los diferentes significados
que se le han atribuido.
Freud utilizó el término por primera vez al dar cuenta de
su intento de provocar asociaciones verbales en los pacientes
(Freud, 1895d). El objetivo de su método era que el paciente
descubriera, fundamentalmente a través de sus asociaciones y
reacciones emocionales, el nexo entre sus síntomas y senti­
mientos presentes, por un lado, y sus experiencias del pasado,
por el otro. Freud partió de la base de que uno de los factores
primordiales en la génesis de la neurosis era la “disociación”
de las experiencias del pasado (y los sentimientos a ellas vin-

51
culados) respecto del estado consciente. Notó que en el curso
del tratamiento se modificaba la actitud del paciente hacia el
médico, y que estos cambios, que incluían fuertes elementos
emocionales, podían hacer que se interrumpiese el proceso de
la asociación verbal, dando origen a menudo a obstáculos in­
salvables para el tratamiento. Comentó (1895d) que una pa­
ciente se espantaba “por transferir a la persona del médico las
representaciones penosas que afloran desde el contenido del
análisis. Ello es frecuente, y aun de ocurrencia regular en
muchos análisis”. A tales sentimientos los denominó “transfe­
rencia” y dijo que se producían como resultado de lo que llamó
un “falso enlace” entre una persona que había sido objeto de
antiguos deseos (habitualmente sexuales) del paciente, y el
médico. Al surgir esos sentimientos conectados con deseos del
pasado (desalojados de la conciencia) se los vivenciaba en el
presente como consecuencia de ese “falso enlace”. En este sen­
tido, Freud destacó la propensión de los enfermos a establecer
lazos neuróticos con sus médicos.
En un trabajo publicado diez años más tarde (Freud, 1905e
[1901]) volvió a emplear el término “transferencia” aplicado al
contexto del tratamiento psicoanalítico. Se planteaba:

¿Qué son las transferencias? Son reediciones, recreaciones


de las mociones y fantasías que a medida que el análisis avan­
za no pueden menos que despertarse y hacerse conscientes;
pero lo característico de todo el género es la sustitución de una
persona anterior por la persona del médico. Para decirlo de
otro modo: toda una serie de vivencias psíquicas anteriores no
es revivida como algo pasado sino como un vínculo actual con
la persona del médico. Hay transferencias de éstas que no se
diferencian de sus modelos en cuanto al contenido, salvo en la
aludida sustitución. Son entonces, para continuar con el símil,
simples reimpresiones, reediciones sin cambios. Otras proce­
den con más arte; han experimentado una moderación de su
contenido (...) y hasta son capaces de devenir conscientes apun­
talándose en alguna particularidad real de la persona del mé­
dico o de las circunstancias que lo rodean, hábilmente usada.

Ya no se trataría, en este caso, de reimpresiones, sino de


ediciones revisadas.

52
Hasta entonces Freud había considerado que la transferen­
cia era un fenómeno clínico capaz de obstaculizar o de presen­
tar una ■“resistencia” (capítulo 7) a la labor analítica, pero pocos
años más tarde (1909d) señaló que no siempre era un obstáculo
sino que podía desempeñar “un papel decisivo en el convenci­
miento no sólo del paciente sino también del médico”. Fue ésta
la primera oportunidad en que mencionó la acción de la transfe­
rencia como agente terapéutico. Debe repararse en que Freud
distinguió permanentemente entre el análisis de la transferen­
cia como procedimiento técnico y la llamada “cura de transfe­
rencia”, en la que el paciente parece abandonar todos sus sínto­
mas como consecuencia del amor que siente por el analista y de
su afán de complacerlo (1915a). En este sentido, digamos que
debe diferenciarse la “cura de transferencia” de la “fuga en la
salud”, una forma algo distinta de resistencia en que si bien los
síntomas desaparecen (al menos en forma temporaria), ello está
al servicio de la resistencia y lleva al paciente a declarar que el
tratamiento se le ha vuelto innecesario porque ya está curado.
(En el capítulo 7 nos ocuparemos de la relación entre la transfe­
rencia y la resistencia.)
Freud (1916-17) puntualizó que “desde el comienzo del tra­
tamiento está presente en el paciente una transferencia que
durante un tiempo es el móvil más poderoso de su avance”. A
la sazón, parecería que Freud abarcaba con ese término una
serie de fenómenos diferentes, todos los cuales tenían en co­
mún, empero, el hecho de ser repeticiones en el presente de
sentimientos y actitudes del pasado. En 1912 Freud había
hablado de las transferencias “positivas” por oposición a las
“negativas” y aun había subdividido las primeras en las que
colaboraban con la labor terapéutica y las que la estorbaban.
Se consideraba que las transferencias negativas eran el tras­
lado al terapeuta de sentimientos hostiles, y que su forma
extrema se manifestaba en la paranoia; no obstante, senti­
mientos negativos más moderados podían coexistir con la trans­
ferencia positiva en todos los pacientes. Esta coexistencia per­
mitía al paciente recurrir a un aspecto de su transferencia a
fin de protegerse contra el surgimiento perturbador de otro.
Por ejemplo, podía recurrir a la hostilidad transferida al ana­
lista como medio de mantener a raya sus sentimientos positi-

53
vos hacia él. En este caso, emplearía la faceta hostil de su
ambivalencia con el fin de protegerse del surgimiento de de­
seos positivos amenazadores (por lo común eróticos) dirigidos
al analista. Por otra parte, el aspecto de la transferencia posi­
tiva presente “desde el comienzo del tratamiento” difiere en su
naturaleza de las transferencias eróticas que emergen duran­
te el tratamiento (1912b). El primero puede concebirse como
un elemento componente de la alianza terapéutica a que he­
mos hecho referencia (capítulo 3).
Freud señaló que las particulares características de la trans­
ferencia de un paciente son el producto de los rasgos específi­
cos de su neurosis, y no el mero resultado del proceso analíti­
co. Este fenómeno es común a todos los pacientes (1912b). Los
atributos propios de la transferencia de cada paciente cobra­
ron nuevo significado cuando se introdujo el concepto de “neu­
rosis de transferencia” (Freud, 1914g), con el cual se subrayó
que las relaciones tempranas, componentes primordiales de
las neurosis, moldean asimismo los sentimientos que predo­
minan en el paciente respecto del analista. Escribió lo siguien­
te (1914g):

Con tal de que el paciente se muestre al menos solícito en


respetar las condiciones de existencia del tratamiento, con­
seguimos casi siempre dar a todos los síntomas de la enfer­
medad un nuevo significado transferencia!, sustituir su neu­
rosis ordinaria por una neurosis de transferencia, de la que
puede ser curado mediante el trabajo terapéutico. La trans­
ferencia crea así un reino intermedio entre la enfermedad y
la vida, en virtud del cual se cumple el tránsito de aquélla a
ésta. El nuevo estado ha asumido todos los caracteres de la
enfermedad, pero constituye una enfermedad artificial ase­
quible por doquier a nuestra intervención. Es un fragmento
del vivenciar objetivo, pero posibilitado por unas condiciones
particularmente favorables, y que posee la naturaleza de algo
provisional.

Amplió más tarde (1920g) este concepto de la “neurosis de


transferencia” al comentar que el paciente en análisis

54
se ve forzado a repetir lo reprimido como vivencia presente, en
vez de recordarlo, como el médico preferiría, en calidad de
fragmento del pasado. Esta reproducción, que emerge con fi­
delidad no deseada, tiene siempre por contenido un fragmento
de la vida sexual infantil, y por tanto, del complejo de Edipo y
sus ramificaciones, y regularmente es actuada en el terreno
de la transferencia, esto es, de la relación con el médico. Cuan­
do en el tratamiento las cosas se han llevado hasta este punto,
puede decirse que la neurosis anterior ha sido sustituida por
una nueva, una neurosis de transferencia.

Es sumamente infortunado que Freud haya aplicado aquí


una designación similar a la que empleó para toda una clase
de trastornos psiquiátricos, las llamadas “neurosis de transfe­
rencia”, vale decir, aquellas en las que podían observarse los
fenómenos transferenciales. En sus primeros escritos psicoa-
nalíticos expuso su convicción de que era dable distinguirlas
de las “neurosis narcisistas”, en las que según él no se darían
con igual prontitud estos fenómenos; sin embargo, en la actua­
lidad la mayoría de los psicoanalistas concuerdan en que los
fenómenos transferenciales acontecen en pacientes que pade­
cen ambos tipos de trastornos.
Para Freud, la repetición del pasado en la forma de trans­
ferencias en el presente era una consecuencia de lo que llamó
“compulsión a la repetición”, nombre poco apropiado por cuan­
to se lo propone como explicación del hecho observado según el
cual las personas tienden a repetir una y otra vez antiguas
modalidades de conducta (por lo común infantiles). Es un ejem­
plo de la tendencia de los psicoanalistas a dar a los conceptos
descriptivos el carácter de principios explicativos. Además, la
tendencia a repetir no es una “compulsión” en el sentido psi­
quiátrico del término, ni tampoco una “pulsión” a repetir, en el
sentido en que Freud hablaba de la moción pulsional (Trieb).
Sería más adecuado llamarla “presión a repetir”.
A fin de ver en perspectiva los desarrollos teóricos posterio­
res, es menester señalar que Freud elaboró el concepto de
transferencia en la época en que tanto él como sus colegas
concebían el funcionamiento psíquico en gran medida como
las vicisitudes de las mociones pulsionales y de las energías
que las impulsaban. Para Freud, los deseos sexuales hacia

55
alguna figura importante del pasado eran una investidura de
energía pulsional sexual (“libido”) en la imagen de la persona
en cuestión (u “objeto libidinal”). Consideraba que la transfe­
rencia —proceso del cual el paciente no se percataba— era un
desplazamiento de la libido, que pasaba del recuerdo del obje­
to original al analista, convertido en el nuevo objeto de los
deseos sexuales del paciente.
La importancia cada vez mayor concedida al análisis de la
transferencia, junto con los avances en la psicología del yo,
hicieron que se ampliase el significado de la transferencia, y
los autores psicoanalíticos procuraron extender y refinar el
concepto a fin de alcanzar una mejor comprensión de los fe­
nómenos clínicos, así como integrarlo a otros desarrollos de la
teoría. La historia de esta expansión del concepto de transfe­
rencia es un buen ejemplo de los problemas que surgen cuan­
do un concepto surgido en una de las primeras etapas del
psicoanálisis se mantiene en su forma original aun cuando se
hayan realizado nuevas formulaciones teóricas.
Anna Freud, en su libro El yo y los mecanismos de defensa
(1936), propuso diferenciar los fenómenos transferenciales
de acuerdo con su grado de complejidad. Distinguió: 1) la
transferencia de impulsos libidinales, en la que los deseos
instintivos adheridos a objetos infantiles irrumpen y se diri­
gen hacia la persona del analista, y 2) la transferencia de la
defensa, en la que se repiten antiguas medidas defensivas
ejercidas contra las pulsiones (véase Sandler y otros, 1969).
Un ejemplo de esta última categoría sería el desarrollo, du­
rante el análisis, de un actitud de rechazo beligerante del
analista por parte del paciente, quien le transfiere así una
actitud asumida en su niñez para protegerse de sentimientos
de amor y afecto que, según teme, podrían ponerlo en peli­
gro. Esta formulación amplía la concepción anterior de Freud,
más simple, donde la hostilidad “defensiva” no habría sido
considerada una repetición de una medida de defensa infan­
til, de un modo de funcionamiento del yo, sino más bien la
aplicación por el individuo de sentimientos hostiles actuales
para protegerse contra las consecuencias de la transferencia
positiva que surge en él.
Anna Freud acuñó asimismo la expresión actuación trans-

56
ferencial, por la cual la transferencia se intensificaba y difun­
día en la vida cotidiana del paciente. Por ejemplo, éste podía
dirigir a otras personas de su medio los sentimientos y deseos
que le habían surgido hacia su analista durante el tratamien­
to. El concepto de “actuación transferencia!” está próximo al
de acting out (capítulo 9). Anna Freud agregó asimismo otra
categoría, que consideraba una subespecie de transferencia y,
a la vez, creía que debía ser discriminada de la transferencia
propiamente dicha: las exteriorizaciones; un ejemplo sería el
del paciente que experimenta culpa y, en vez de sentir remor­
dimientos de conciencia, prevé que el analista le hará repro­
ches. Entendía Anna Freud que esta exteriorización de aspec­
tos muy estructurados de la personalidad (v. gr., del superyó)
era algo diferente de la repetición en la transferencia de la
relación infantil del paciente, digamos, con un padre punitivo.
Otro ejemplo de exteriorización sería el del paciente que abri­
ga la creencia (o temor) de que el analista quiere seducirlo,
basada en la exteriorización —en este caso, del tipo particular
de exteriorización conocido habitualmente como “proyección”—
en el analista de los deseos sexuales que el paciente tiene
hacia él. Lo que se “exterioriza” es el deseo sexual inconscien­
te y actual del paciente, que en cierto sentido es un aspecto de
su “ello”, y esta exteriorización no tiene por qué ser forzosa­
mente considerada la repetición de un impulso libidinal o de
una maniobra defensiva infantiles. Interesa señalar que tanto
Alexander (1925) como Freud (1940a [1938]) aludieron al he­
cho de que el psicoanalista “asumía” el papel de la conciencia
moral (o superyó) del sujeto, y vieron en ello una parte primor­
dial del proceso terapéutico.
La distinción posterior entre la exteriorización de sectores
estructurados de la personalidad y la transferencia “propia­
mente dicha”, establecida por Anna Freud, no fue adoptada de
manera sistemática por los autores que la sucedieron, y de
hecho diversos tipos de “exteriorizaciones” tendieron a ser asi­
milados al concepto general de transferencia, como veremos
luego en este mismo capítulo.
Ya hemos dicho que en el psicoanálisis prevaleció una fuer­
te tendencia a la ampliación del concepto de transferencia. En
parte esto se remonta a dos orientaciones que se manifestaron

57
en la llamada “escuela inglesa”. La primera procede de James
Strachey (1934), para quien las únicas interpretaciones efica­
ces en el tratamiento psicoanalítico eran las transferenciales.
Pensaba Strachey que era necesario relacionarlas con los pro­
cesos de proyección en el analista de las “imagos introyectadas
primitivas”, las que formaban según él una porción significati­
va del superyó del paciente. Como consecuencia de este énfa­
sis puesto en las interpretaciones transferenciales, los analis­
tas influidos por los puntos de vista de Strachey preferían
formular en la medida de lo posible sus interpretaciones en
términos de la transferencia, con el fin de aumentar así la
eficacia de sus intervenciones. Comentaba Strachey que si el
paciente proyecta en el analista sus imagos introyectadas pri­
mitivas, el analista pasa a ser una persona como cualquier
otra de las que encuentra en su vida diaria: un “objeto de su
fantasía”. Por “imagos proyectadas primitivas” entendía las
imágenes primitivas de los padres creadas en la mente del
individuo como parte de su desarrollo normal y que seguían
siendo elementos activos de su vida psíquica inconsciente.
La segunda de las orientaciones a las que hemos aludido
está representada por las formulaciones teóricas de Melanie
Klein (1932), quien como consecuencia de su trabajo analítico
con niños llegó a considerar que todo comportamiento poste­
rior era en gran medida una repetición de las relaciones que,
según ella, se daban en el primer año de vida. La combinación
de estas dos orientaciones dio como resultado la tendencia en
algunos analistas a considerar todas las comunicaciones del
paciente como indicadoras de la transferencia de relaciones
infantiles muy tempranas, absteniéndose de todo comentario
que no tuviera referencia directa a la transferencia. Este fenó­
meno fue cabalmente examinado por Zetzel (1956).
Muchos otros analistas han contribuido al desarrollo de
perspectivas novedosas en torno del concepto de transferen­
cia. Por ejemplo, Edward Glover (1937) puso de relieve que
“una concepción adecuada de la transferencia debe reflejar la
totalidad del desarrollo del individuo (...), quien desplaza al
analista no meramente afectos e ideas sino todo cuanto
aprendió u olvidó a lo largo de su desarrollo psíquico”. Algunas
figuras de renombre en este primer período del psicoanálisis

58
extendieron el concepto de transferencia pero manteniéndolo
siempre dentro de la situación analítica, en tanto que otros
autores, aun sin aceptar que todos los aspectos de la relación
del paciente con el analista deben ser entendidos como trans­
ferencia, opinaron que debía verse en ésta un fenómeno psico­
lógico general oincidiendo en esto con un comentario de
Freud (1910a [1909]) acerca de la ubicuidad de la transferen­
cia—. Por ejemplo, Greenson (1965a) escribe:

La transferencia consiste en vivenciar hacia una persona


del presente sentimientos, pulsiones, actitudes, fantasías y
defensas que no corresponden a dicha persona y son una repe­
tición, un desplazamiento de reacciones originadas en perso­
nas significativas de la niñez temprana. (...) Para que una
reacción sea considerada una transferencia debe presentar
estas dos características: ser una repetición del pasado y ser
inapropiada para el presente.

Esta definición parecería abarcar algo más que lo que Freud


se propuso originalmente. Por ejemplo, incluiría las maneras
habituales de reaccionar ante los demás que han pasado a
formar parte del carácter del paciente (v. gr., su tendencia a
manifestar temor ante la autoridad), que podrían juzgarse
inapropiadas para la situación presente. Este fenómeno de
“transferencia de carácter” (Sandler y otros, 1969) difiere, pues,
de la transferencia concebida como el surgimiento durante el
trabajo analítico de sentimientos y fantasías sobre el analista
que no se evidenciaban al comienzo del tratamiento, y que por
ende aparecieron como consecuencia de las condiciones en que
se dio este último.
A raíz de su convencimiento de que la ampliación del con­
cepto de transferencia podría entorpecer en vez de aclarar,
varios psicoanalistas han abogado por la adopción de un punto
de vista más limitado. Así, Waelder (1956) sugiere que debe­
ría limitárselo a lo que ocurre dentro de la situación psicoana-
lítica clásica. Afirma: “Puede decirse que la transferencia es
una tentativa del paciente por revivir y volver a ejecutar, en la
situación analítica y en relación con el analista, situaciones y
fantasías de su niñez. Por lo tanto, la transferencia es un

59
proceso regresivo. (...) Surge como consecuencia de las condi­
ciones en que se da el experimento analítico, vale decir, la
situación analítica y la técnica analítica”. Algo después, en un
examen muy completo de las orientaciones divergentes con
referencia al concepto de transferencia, Loewenstein (1969)
llegó análogamente a la conclusión de que “fuera del análisis
la transferencia no puede describirse, obviamente, en los mis­
mos términos empleados para las transferencias que aparecen
durante el proceso analítico y con motivo de él”. Loewenstein
arriba a esta conclusión en la certidumbre de que los dos
aspectos de la transferencia que surgen en el análisis (la trans­
ferencia como resistencia y como vehículo para el descubri­
miento y la cura) existen exclusivamente en la situación ana­
lítica y jamás pueden observarse fuera de ella. En nuestros
días, la mayoría de los psicoanalistas no adhieren a esta con­
cepción restringida de la transferencia que defienden Waelder
y Loewenstein. El argumento de que debe limitársela a la
situación analítica es poco convincente, si bien es posible com­
prender los motivos que impulsan dicha restricción, a saber,
la preocupación ante la creciente tendencia a una aplicación
amplia e indiscriminada del término. A todas luces, los mis­
mos fenómenos que se presentan en el tratamiento psicoanalí-
tico pueden ocurrir fuera de él. De hecho, Freud había sosteni­
do (1912b):

No es exacto que durante el psicoanálisis la transferencia


se presente más intensa y desenfrenada que fuera de él. En
instituciones donde los enfermos nerviosos no son tratados
analíticamente se observan las máximas intensidades y las
formas más indignas de una transferencia que llega hasta el
sometimiento...

Sin embargo, la situación analítica clásica parece propor­


cionar condiciones que fomentan el desarrollo de transferen­
cias y dan lugar a que estos fenómenos puedan examinarse en
formas relativamente incontaminadas (Stone, 1961).
No hay duda de que en el desarrollo de la transferencia
influyen factores socioculturales. Por ejemplo, el sexo del ana­
lista es por cierto significativo, aunque sólo sea en la determi­
nación de la secuencia en que han de surgir los elementos

60
transferenciales. En los últimos años se ha prestado suma
atención a este tema del sexo del analista, posiblemente debi­
do a la gravitación del movimiento feminista (véase, p. ej.,
Lasky, 1989; Lester, 1985; Person, 1983; Wryey Welles, 1989).
De modo similar, se ha examinado el análisis entre personas
de distinta raza, que según Fischer (1971) plantea problemas
de significados inconscientes en múltiples planos, añadiendo
que “puede haber serias complicaciones tanto si se sobrestima
el factor interracial como si se hace caso omiso de él”. En este
campo, mucho es lo que ha aportado la escuela de etno-
psicoanálisis.
En años recientes ha habido varios avances significativos
en relación con el concepto de transferencia. En particular, se
ha puesto en tela de juicio la idea primitiva de que la transfe­
rencia era una repetición del pasado. Cooper (1987a) comenta
que los conceptos “históricos y relativamente simples según
los cuales la transferencia es la reproducción en el presente de
relaciones significativas del pasado no satisfacen adecuada­
mente las actuales exigencias clínicas y teóricas”, y distingue
entre lo que denomina las concepciones “histórica” y “moder­
nista” de la transferencia. La primera, según él, es la que
sostiene que “la transferencia es la reedición de una relación
más temprana, y la tarea de interpretarla consiste en com­
prender de qué modo las relaciones infantiles tempranas de­
forman o perturban la relación actual con el analista, que a su
vez es un modelo de las relaciones que entabla el paciente en
el resto de su vida”. Por oposición a esto, la concepción moder­
nista ve en la transferencia “una nueva experiencia más que
la reedición de una antigua; la finalidad de la interpretación
de la transferencia es llevar a la conciencia todos los aspectos
que integran esta nueva experiencia, incluida la coloración
con que la tiñe el pasado”.
Partiendo de esta diferencia establecida por Cooper entre
los puntos de vista histórico y modernista, es oportuno exami­
nar la transición de uno al otro subdividiéndola en las seccio­
nes siguientes: “La controversia en torno de la neurosis de
transferencia”, “La teoría kleiniana de la transferencia”,
“Transferencia y exteriorización” y “Consideraciones evoluti­
vas en relación con la transferencia”.

61
LA CONTROVERSIA EN TORNO
DE LA NEUROSIS DE TRANSFERENCIA

Ya nos hemos referido en este capítulo al concepto de neu­


rosis de transferencia introducido por Freud (1914g), concebi­
da por él como una “enfermedad artificial” que reemplazaba
en el análisis a la “neurosis ordinaria”. La neurosis que sufría
el paciente en el momento de la consulta era para Freud una
“reedición” de la denominada “neurosis infantil”, y por consi­
guiente la neurosis de transferencia podía entenderse como
una revivencia de la neurosis infantil en el análisis, vinculada
a la persona del analista. Kepecs (1966) ha puesto de mani­
fiesto la confusión que rodea a la frase “neurosis de transfe­
rencia” y con posterioridad a él diversos autores han examina­
do las dificultades inherentes a este concepto y han cuestiona­
do la idea de que sea un elemento sine qua non del tratamien­
to psicoanalítico (v. gr., Cooper, 1987b; Harley, 1971; Jacobs,
1987; London, 1987; Reed, 1987, 1990).
Entre los que abogan por retener el concepto, ha surgido la
opinión de que es preciso distinguir la transferencia, como fenó­
meno psíquico general, de la entidad clínica específica llamada
neurosis de transferencia. Blum (1971) señala que al introdu­
cirse la teoría estructural, “poco a poco fueron discriminándose
aspectos complejos, yoicos y superyoicos de la transferencia. Se
vio que en la situación analítica la transferencia abarcaba las
defensas, los afectos, las fantasías integradas, así como las acti­
tudes vinculadas a las relaciones objétales infantiles”. Un pun­
to de vista que goza de general aceptación es que el concepto de
neurosis infantil tiene dos significados. Uno es “la fuente
prototípica de conflicto intrapsíquico durante la fase del com­
plejo de Edipo”, y el segundo, el de “una construcción metapsi-
cológica referente a la estructura y la organización interna de la
personalidad infantil como resultado de dicho conflicto” (Moore
y Fine, 1990). El concepto de neurosis infantil se ha vuelto cada
vez más controvertido (véase, por ejemplo, Calogeras y Alston,
1985; A. Freud, 1971; Loewald, 1974).
En agudo contraste con esta opinión, Brenner (1982), a
quien se suele tener por un teórico conservador, declara enfá­
ticamente que

62
el término “neurosis de transferencia” es una tautología. Este
concepto es un anacronismo. Los analistas definen a la neuro­
sis como un síntoma o grupo de síntomas que constituyen
formaciones transaccionales como consecuencia de los conflic­
tos. (...) las manifestaciones transferenciales son asimismo
formaciones transaccionales que proceden de los conflictos.
(...) Desde el punto de vista dinámico una manifestación trans-
ferencial es indiscernible de un síntoma neurótico. Llamarla
“neurótica”, o decir que la totalidad de la transferencia es una
neurosis, es añadir una nueva palabra que no agrega nada.
Con el término “transferencia” basta. No se gana nada convir­
tiéndolo en “neurosis de transferencia”. (...) Con frecuencia he
pensado que al hablar habitualmente de una “verdadera neu­
rosis de transferencia”, lo que se hace es utilizar un sinónimo
de “transferencia analizable”.

Coincidimos totalmente con estas declaraciones de Brenner,


y quisiéramos sugerir que el concepto de neurosis de transfe­
rencia ya no presta la utilidad que tuvo en el pasado, en espe­
cial porque a menudo se lo usa como sinónimo de transferen­
cia en general, lo cual da lugar a confusión. No obstante, im­
porta advertir que la gama de manifestaciones transferenciales
es muy grande, y varía desde la llamada “transferencia de
carácter” a una preocupación tan intensa con respecto al ana­
lista que los pensamientos y sentimientos vinculados a éste
ocupan una porción sustancial de la vida anímica del pacien­
te. Es interesante apuntar que Moore y Fine, en la primera
edición de su Glosario de términos y conceptos psicoanalíticos
(1968), definían la neurosis de transferencia como “la nueva
‘versión’ de la neurosis desarrollada en el transcurso del trata­
miento psicoanalítico”, en tanto que en su obra posterior Tér­
minos y conceptos psicoanalíticos (1990), no consideraron que
la neurosis de transferencia mereciera tener una entrada apar­
te y sólo la mencionaron al pasar en la entrada correspondien­
te a “Transferencia”.

LA TEORIA KLEINIANA DE LA TRANSFERENCIA

La técnica analítica propuesta por Melanie Klein destacó


desde el comienzo el carácter central de la interpretación trans-

63
ferencial. Se entendía que la transferencia era un reflejo de
las fantasías inconscientes del paciente, y en este sentido Segal
(1981) sostuvo que

en el mundo de la fantasía del analizando, la figura preemi­


nente es la persona del analista. Afirmar que todas las comu­
nicaciones son comunicaciones referentes a la fantasía del pa­
ciente así como a su vida externa actual equivale a afirmar
que todas las comunicaciones contienen algo significativo para
la situación transferencial. En la técnica kleiniana, la inter­
pretación de la transferencia suele ocupar un lugar más cen­
tral que en la técnica clásica.

Otra analista kleiniana, Spillius (1988), en una reseña por­


menorizada de los trabajos clínicos kleinianos, pasa revista a
los cambios registrados en la técnica desde fines de la década
de 1940, puntualizando que en general según la concepción
kleiniana la transferencia es

la expresión, dentro de la situación analítica, de las fuerzas y


relaciones del mundo interno. Este mundo interno es en sí
mismo considerado el resultado de un proceso de desarrollo en
curso, el producto de la permanente interacción entre la fanta­
sía inconsciente, las defensas y las experiencias vinculadas a
la realidad externa, tanto del pasado como del presente. El
hincapié que hacen Klein y sus sucesores en que todo está
impregnado por la transferencia deriva del empleo por Klein
del concepto de fantasía inconsciente, a la que concebía como
algo subyacente a todo pensamiento, tanto racional como irra­
cional, en lugar de suponer que existía una categoría especial
de pensamientos y sentimientos que son racionales y apropia­
dos, y que por ende no necesitan ser analizados, y una segun­
da categoría de pensamientos y sentimientos que son irracio­
nales e irrazonables, y que por ende expresan la transferencia
y necesitan ser analizados.

No obstante, Spillius pone de relieve que en la mayoría de


los artículos kleinianos escritos en las décadas del cincuenta y
el sesenta se tendía a “poner el acento en la destructividad del
paciente de un modo tal que, según presumimos ahora, tenía
que resultar persecutorio para el paciente. Una segunda ca-

64
racterística de estos primeros trabajos es que evidentemente
las fantasías inconscientes le eran interpretadas al paciente
de inmediato, y en forma directa, en el lenguaje de los objetos
parciales (el pecho, el pezón, el pene, etc.)”.
Spillius destaca los cambios que fueron sobreviniendo poco
a poco en la técnica interpretativa kleiniana. Se fue poniendo
menos énfasis en la destructividad y haciendo menor uso del
lenguaje de los objetos parciales, en tanto que comenzó a apli­
carse más explícitamente, en la interpretación transferencial,
el concepto de identificación proyectiva acuñado por Melanie
Klein en 1946. Cada vez se insistió más en revivir las expe­
riencias en la transferencia en vez de reflexionar y hablar
sobre ellas, y se subrayó la presión inconsciente ejercida por el
paciente para forzar al analista a intervenir. También creció
el interés por el papel del pasado tal como se presenta en la
relación paciente-analista actual. Señala Spillius que comen­
zó a pensarse que las interpretaciones formuladas en térmi­
nos del contenido verbal y de conducta “visto en una forma
rígidamente simbólica (...) eran probablemente perjudiciales
para apreciar los vividos momentos de contacto emocional [en­
tre paciente y analista]. Dichas interpretaciones no se basa­
ban en la receptividad del analista hacia el paciente sino en su
deseo de descubrir en éste material que confirmase sus pre­
conceptos”.
Una ampliación destacable de la teoría kleiniana de la trans­
ferencia se halla en el artículo de Joseph (1985) titulado “Trans­
ferencia: la situación total”, en el que la autora extiende el
concepto de transferencia considerándolo “un marco dentro del
cual siempre sucede algo y hay permanente movimiento y acti­
vidad”. Lo que ocurre en la transferencia no es la repetición del
pasado sino que, por el contrario, cabe sostener que todo cuanto
ocurre en el análisis es transferencia. A fin de ilustrar esto,
Joseph narra la confusión experimentada por una colega que
estaba trabajando con una paciente particularmente difícil. In­
satisfecha por la manera en que llevaba adelante el análisis,
presentó el problema para su discusión en un seminario. Los
asistentes al seminario sintieron asimismo que tenían dificul­
tades para entender lo que ella les contaba, hasta que se les
ocurrió que el problema que había surgido dentro del seminario

65
posiblemente fuese un reflejo de la dificultad transferencia! de
la misma analista. La conclusión a la que se arribó fue que la
confusión de esta última obedecía a la proyección que en ella
había hecho la paciente de su propio mundo interno confuso, y
que sus intentos infructuosos de interpretar las asociaciones de
dicha paciente trasuntaban el sistema defensivo de ésta, con el
cual pretendía “otorgar un falso sentido a lo incomprensible”.
Comenta Joseph que “si se trabaja únicamente con lo ver-
balizado, no se toman en cuenta realmente las relaciones objé­
tales actuadas en la transferencia”.
Un elemento fundamental de todo esto es la exterioriza-
ción de las relaciones de objeto internas a través del mecanis­
mo de la identificación proyectiva (Klein, 1946), de lo cual se
infiere la gran importancia técnica atribuible a la capacidad
del analista para contener las proyecciones del paciente y per­
catarse de ellas, para vivenciarlas en la contratransferencia
(capítulo 6) y para devolvérselas al paciente en la forma de
interpretaciones apropiadas. Vale la pena señalar que para
Klein la identificación introyectiva era el proceso por el cual se
incluye un objeto externo dentro del yo o sí-mismo, en tanto
que la identificación proyectiva era el proceso inverso, o sea, el
de depositar algún aspecto del sí-mismo en el objeto para que
éste lo contuviese (véase Sandler, 1987, donde se examina
detenidamente este tema).
Con este enfoque técnico, el analista dirige su atención
primordialmente a entablar con el paciente un contacto emo­
cional en el “aquí y ahora” de la sesión. Nos parece, empero,
que la tentación de considerar que todo cuanto ocurre en el
análisis es transferencia, y de comprender esta última basán­
dose en los sentimientos y fantasías contratransferenciales,
puede dar origen a una suerte de “análisis contratransferencial
silvestre”. Spillius (1988) da muestras de estar alerta ante
este peligro cuando dice que los analistas, sobre todo los inex­
pertos, pueden tener la tendencia a “preocuparse en demasía
por vigilar sus propios sentimientos como clave de lo que acon­
tece en la sesión, en detrimento de su contacto directo con el
material que brinda el paciente”.
En contraste con la posición de los autores kleinianos, mu­
chos analistas (entre los que nos incluimos) entienden que no

66
todo lo que el paciente trae al análisis debe considerarse como
transferencia. Anna Freud (1968), por ejemplo, ha criticado la
aplicación indiscriminada del concepto de transferencia; una
útil reseña de la polémica que generó esta cuestión puede
hallarse en el artículo de Leites (1977) titulado “¿Unicamente
interpretaciones transferenciales?”.
Suponer que todo el material del paciente es transferencia
constituye una concepción equivocada y harto simplista. Se
diría que este punto de vista tiene su origen precisamente en
que muchos analistas se centran, por principio, en los aspec­
tos transferenciales del material, a expensas de los no trans­
ferenciales. Aquéllos pueden ser por lo común examinados e
interpretados de modo más directo y eficaz; en consecuencia,
el papel central que cobra la transferencia es en cierta medida
un artificio técnico derivado de la creencia en que sólo las
interpretaciones transferenciales pueden generar un cambio
psíquico.
El analista no es un socio pasivo en la relación transferen-
cial; de esto nos ocuparemos con más detalle luego (capítulo
6), pero podemos destacar desde ya que la personalidad del
analista es determinante en cuanto a la naturaleza de la trans­
ferencia. Los que sostienen que “todo es transferencia” suelen
soslayar la función del analista como persona real que partici­
pa en una tarea en colaboración con el paciente, y en lugar de
ello insisten en las distorsiones transferenciales introducidas
por el paciente en su percepción y sus fantasías sobre el ana­
lista (Escoll, 1983; Thomá, 1984). Greenson distingue la trans­
ferencia de la “alianza de trabajo” (1965a) y de la relación
“real” entre el paciente y el analista (Greenson y Wexler, 1969).
Szasz (1963) así como Laplanche y Pontalis (1973) han procu­
rado examinar las dificultades que surgen para establecer esta
distinción entre transferencia y “realidad”.
Si bien la formulación de la transferencia, propugnada por
algunos analistas kleinianos, a partir de tal o cual forma de
exteriorización de las relaciones de objeto internas es por cier­
to demasiado generalizadora, hoy resulta indudable que estos
procesos desempeñan un papel primordial en nuestras con­
cepciones actuales acerca de la transferencia. De esto nos ocu­
paremos más adelante.

67
TRANSFERENCIA Y EXTERIORIZACION

Nuestro repaso en este capítulo de la ampliación que expe­


rimentó el concepto de transferencia ha puesto de manifiesto
que hoy ha llegado a designar mucho más que la mera repeti­
ción de las relaciones infantiles significativas. Un factor pri­
mordial en esta dilatación del sentido del concepto ha sido la
creciente importancia atribuida al papel de las denominadas
relaciones de objeto internas en la vida psíquica. La elabora­
ción de las ideas teóricas vinculadas a los objetos internos
condujo a visualizar la transferencia de modo tal que la “pro­
yección” o la “exteriorización” de dichas relaciones objétales
internas desempeña en ella una función notoria. Kernberg
(1987) lo expresa así:

El análisis de la transferencia consiste en el análisis de la


reactivación en el aquí y ahora de las relaciones objétales
internalizadas del pasado. Al mismo tiempo, el análisis de
esas relaciones objétales internalizadas del pasado en la trans­
ferencia es el análisis de las estructuras constitutivas del yo,
el superyóy el ello, así como de sus conflictos intraestructurales
e interestructurales.

Y más adelante agrega:

Tal como yo las concibo, las relaciones de objeto inter­


nalizadas no son un reflejo de las relaciones afectivas del pa­
sado sino que más bien reflejan una combinación de
intemalizaciones realistas y fantaseadas (y a menudo muy
distorsionadas) de dichas relaciones objétales del pasado y de
las defensas levantadas contra ellas por efecto de la activación
y proyección de los retoños de las mociones pulsionales. En
otras palabras, hay una tensión dinámica entre el “aquí y
ahora”, que es un reflejo de la estructura intrapsíquica, y los
determinantes genéticos inconscientes del “allí y entonces”,
derivados del pasado “efectivo”, de la historia evolutiva del
paciente.

Loewald (en una mesa redonda de la que informa


Valenstein, 1974) comentó en este sentido que “cuando habla-

68
mos de las experiencias no nos referimos a ‘hechos objetivos’.
Nos referimos a las experiencias que tiene un niño, en los
diversos niveles de su desarrollo al interactuar con el mundo
externo, con los objetos. Estas experiencias pueden repetirse
en la transferencia y uno dirá entonces que son fantasías. (...)
No los hechos que advierte un observador objetivo sino las
elaboraciones que el paciente hizo en su niñez, que contribu­
yeron a lo que ‘efectivamente sucedió’ ”. A nuestro entender,
precisamente porque la representación interna del objeto y
del sí-mismo se modifican mucho durante el desarrollo a raíz
de procesos defensivos como la proyección, la identificación y
el desplazamiento, debe hablarse de relaciones de objeto “in­
ternas” y no “internalizadas”.
Schafer (1977) ha hecho aportes importantes para nuestra
comprensión de los objetos internos. Tras relatar el análisis de
un paciente varón, dice:

En primer lugar, cuando hablo de “su padre” me estoy


refiriendo a la imago paterna, a la que creo sólo parcialmente
fiel al padre, considerado de un modo objetivo. Fue una imago
mantenida prácticamente inconsciente y elaborada a lo largo
de distintas fases del desarrollo psicosexual. En segundo lu­
gar, esta imago se definió principalmente a través de una
atenta inspección de las diversas transferencias paternas del
paciente y de mis reacciones contratransferenciales a ellas.
En tercer lugar, si fue posible definir de algún modo dichas
transferencias, sólo lo fue, evidentemente, merced a su discri­
minación dentro de toda una serie de transferencias mater­
nas, cada una de las cuales presentaba su propia complejidad
evolutiva y actitudinal. En cuarto lugar, entre los datos analí­
ticos relevantes se incluía la amplia gama habitual de fenóme­
nos que abarcaban desde fantasías y puestas en acto corpora­
les (como constipación, masturbación e ideas arcaicas sobre la
reparación del daño) hasta intentos razonables de recordar,
reconstruir y ordenar con precisión de qué manera habían
sucedido efectivamente esos hechos que durante mucho tiem­
po fueron recordados en forma neurótica.

Según hemos visto, el enfoque kleiniano de la transferen­


cia como exteriorización suele formularse en términos concre­
tos, por ejemplo con enunciaciones del tipo de “depositar en el

69
analista las partes escindidas del sí-mismo o ciertas partes de
un objeto interno”, o con la concepción del analista como un
“recipiente de contención” (Bion, 1962). Por otro lado, los auto­
res no kleinianos (v. gr., Bollas, 1987) tienden más bien a
hablar de la exteriorización de una relación de objeto interna
que de la identificación proyectiva (véase Berg, 1977). Sandler
(1983) apunta lo siguiente:

Para nuestra comprensión de la transferencia, puede ser


importante considerar que los introyectos son exteriorizados
de continuo, en cierto sentido son actualizados de modo tal
que el individuo pueda relacionarse con ellos como objetos
externos más que internos. Es probable que esta tendencia a
la exteriorización de los introyectos sea bastante general. (...)
Puede observársela, en particular, en la situación psicoanalí-
tica, y estamos habituados a ver los intentos del paciente por
presionar sobre el analista, manipularlo o seducirlo a fin de
que asuma el rol de tal o cual introyecto, de manera que pueda
escenificarse un libreto interno de la fantasía en el que se
entabla un diálogo entre el sí-mismo y el introyecto. Cuando
hablamos de transferencia, nos referimos también a esta exte­
riorización, y por cierto es un grave error concebir la exteriori­
zación de las relaciones objétales internas simplemente como
el cumplimiento directo o indirecto de deseos inconscientes,
antes adheridos a una figura del pasado y luego transferidos
al analista en el presente de modo disfrazado.

CONSIDERACIONES EVOLUTIVAS
EN RELACION CON LA TRANSFERENCIA

Uno de los motivos de las críticas formuladas al concepto


de neurosis de transferencia fue el hecho de advertir que la
transferencia no está tan íntegramente ligada a las experien­
cias y conflictos edípicos como se supuso en el pasado. Antes la
tendencia era suponer que cualquier manifestación transfe-
rencial que presentara rasgos preedípicos era un repliegue
regresivo frente a algún conflicto edípico intolerable. Como los
conflictos preedípicos fueron concebidos cada vez más como
existentes por derecho propio, la atención se dirigió hacia los

70
aspectos evolutivos de la transferencia (véase Escoll, 1983).
Arlow (citado por Valenstein, 1974) sostiene:

La evolución del análisis de niños y la observación directa


de niños, así como la ampliación de los intereses y experien­
cias psicoanalíticos con el análisis de trastornos del carácter,
perversiones, pacientes fronterizos y trastornos narcisistas de
la personalidad, han subrayado cada vez más la importancia
de las primeras relaciones objétales en cuanto a la forma del
yo en su desarrollo (normativo o deficiente) a partir de la
temprana relación madre-hijo.

Settlage (citado por Escoll, 1983) comenta, por su parte:

La interrupción o falla del proceso de desarrollo impone la


permanente necesidad de reinstaurarlo (...) en la relación ana­
lítica. (...) La interpretación transferencial libera el proceso
de desarrollo al diferenciar al objeto transferencial del pasa­
do, vinculado a la patología, del analista como nuevo objeto
neutral y efectivo en el presente. (...) En la labor clínica con
niños y adultos, se ha vuelto posible, en mayor medida que
antes, discernir la representación en la transferencia de las
estructuras y conflictos patológicos del desarrollo temprano, y
descifrar sus interrelaciones con las estructuras y conflictos
posteriores.

También los procesos evolutivos posedípicos, incluidos los


de la vida adulta, son significativos para la personalidad y la
patología. Colarusso (en Escoll, 1983), refiriéndose a trabajos
suyos anteriores (Colarusso y Nemiroff, 1979), puntualiza que

el desarrollo adulto es un proceso dinámico en curso (...) que


concierne a la evolución permanente de la estructura psíquica
existente y del uso que se le da. (...) Los procesos evolutivos de
la adultez están influidos por el pasado adulto del individuo
tanto como por su niñez. Dentro de este marco conceptual, el
pasado adulto puede llegar a ser una fuente importante de
transferencias. (...) Las cuestiones evolutivas fundamentales
de la niñez siguen siendo aspectos centrales de la vida adulta,
pero modificadas en su forma.

71
Y añade luego:

La manera en que se presenta la neurosis adulta es el


resultado de la predisposición infantil, de la elaboración sub­
siguiente y de la experiencia evolutiva actual, todo ello con-
densado en el cuadro sintomático que forja el aparato psíquico
en el presente. (...) El marco conceptual del desarrollo adulto
añade una nueva dimensión complementaria a la transferen­
cia. Al echar luz sobre los procesos evolutivos del adulto y
vincularlos a la experiencia infantil, dicho marco conceptual
influye en la actitud del analista hacia el paciente adulto me­
jorando su comprensión del material transferencial proveniente
de todas las etapas.

Tal vez sea útil, para concluir este capítulo, hacer un resu­
men y comentario de los diversos sentidos en que se ha em­
pleado el término “transferencia”:

1. Se incluye en él lo que hemos denominado alianza terapéu­


tica (capítulo 3).
2. Designa el surgimiento de sentimientos y actitudes infan­
tiles bajo una nueva forma, que es en esencia una repeti­
ción disfrazada del pasado, dirigida ahora al analista, tal
como lo describió Freud.
3. Abarca la “transferencia de la defensa” y las “exterio-
rizaciones” de las instancias psíquicas, según la descrip­
ción de Anna Freud.
4. Comprende todos los pensamientos, actitudes, fantasías y
emociones “inapropiados” que son una revivencia del pasa­
do y que el paciente manifiesta (sea o no consciente de ello)
respecto del analista; esto incluiría sus angustias “irracio­
nales” en cuanto a iniciar el tratamiento y determinadas
actitudes hacia las personas, que forman parte de la es­
tructura de su personalidad y que también se manifiestan
hacia el analista.
5. Se refiere a la exteriorización de relaciones objétales in­
ternas del presente que afectan la percepción que el pa­
ciente tiene del analista, e incluyen toda la variedad de

72
mecanismos subsumidos bajo el término “identificación
proyectiva”.
6. Incluye todos los aspectos de la relación del paciente con el
analista; según esta concepción, cualquier aspecto de esa
relación es una repetición de relaciones del pasado (por lo
común muy tempranas); más aún, puede considerarse como
transferencia toda comunicación verbal y no verbal y toda
expresión del paciente en el curso del análisis; los analistas
que adoptan este punto de vista sobre la transferencia en­
tienden que todas las asociaciones del paciente están refe­
ridas a algún pensamiento o sentimiento acerca de su ana­
lista.

La acepción más amplia del concepto de transferencia, que


engloba a todas las comunicaciones y conductas que tienen
lugar en el encuadre psicoanalítico, lo despoja de todo valor en
caso de querer aplicarlo fuera de dicho encuadre, ya que en tal
caso se inferiría que cualquier comportamiento o relación po­
dría llamarse transferencial y entenderse como la repetición
de relaciones del pasado. Si bien es cierto que todos los aspec­
tos de las reacciones del pasado, y aun de las experiencias
infantiles, tenderán a repetirse en el presente en cualquier
situación y relación, y que la realidad actual tenderá siempre
a percibirse, en alguna medida, en función del pasado, hay
otros factores que obran en contra de esta deformación. Por
ejemplo, en las relaciones humanas corrientes, la persona so­
bre la cual se realiza una transferencia suele corregir la per­
cepción distorsionada a que ello puede dar lugar, negándose
quizás a aceptar el papel transferencial que se le ha impuesto
(capítulo 6). Sin embargo, parece probable que, en la situación
analítica, la relativa falta de oportunidades para “poner a
prueba” la realidad permite que esas deformaciones trans-
ferenciales suijan sin dificultad y puedan apreciarse clara­
mente. El analista brinda al paciente una oportunidad para la
distorsión transferencial al no suministrarle una “reali­
mentación” sobre la realidad corrigiendo su falsa percepción,
y al mismo tiempo se niega a aceptar el rol que aquél le impo­
ne en la transferencia, con lo cual permite la exploración de
los factores irracionales que la han predeterminado.

73
Sobre la base de su examen del material proveniente del
psicoanálisis de niños, Sandler y otros (1969) rechazan la idea
de que pueda considerarse como transferencia todo el mate­
rial de un paciente en análisis, y subrayan en cambio que el
hecho de entender la transferencia como un fenómeno unita­
rio o “unidimensional” tal vez impida comprender lo que suce­
de en la relación paciente-analista. Sugieren que el analista
no debe limitarse a discriminar lo que es transferencia y lo
que no lo es, sino que debe comprender los múltiples aspectos
de las relaciones que van surgiendo en la terapia, en particu­
lar los que están referidos a él. Lo que se destaca es que, si se
pretende comprender el concepto clínico de transferencia, es
preciso estudiar las relaciones en general, ya que aquélla no
es sino una manifestación clínica particular de los numerosos
elementos que componen las relaciones normales. Estos auto­
res insisten en que las especiales características de la situa­
ción analítica pueden favorecer el surgimiento de ciertos as­
pectos de tales relaciones, sobre todo las del pasado, pero tam­
bién en que reviste máxima importancia teórica distinguir
entre esos distintos elementos en vez de suponer que todos los
aspectos de la relación del paciente con el analista son repeti­
ciones de sus relaciones con figuras significativas del pasado.
Es esencial diferenciar entre la tendencia general de un
individuo a repetir en el presente sus relaciones del pasado (p.
ej., tal como se observa en rasgos de carácter persistentes
como una actitud “exigente” o “provocadora”, la “intolerancia
ante la autoridad”, etc.) y el proceso caracterizado por senti­
mientos y actitudes dirigidos específicamente hacia otra per­
sona (o institución) y que resultan inapropiados en la situa­
ción presente. Desde este punto de vista, no es forzoso consi­
derar como transferencia las angustias que puede experimen­
tar un paciente al iniciar el tratamiento, por más que sean la
repetición de alguna experiencia previa importante. En cam­
bio, un paciente que se analiza desde hace tiempo puede sen­
tir temores relativos a su concurrencia a las sesiones y creer
que ellos derivan de las particulares características del tera­
peuta, aunque tales creencias y sentimientos transferenciales
tengan escaso fundamento real. En este sentido, la transfe­
rencia puede considerarse una ilusión específica respecto de la

74
otra persona, de la que el individuo no se percata y que repre­
senta, en algunos de sus rasgos, una repetición de la relación
que mantuvo con una figura importante de su pasado o una
exteriorización de una relación de objeto interna. Debe
subrayarse que el sujeto estima que estas creencias y senti­
mientos suyos son perfectamente apropiados en la situación
actual y ante la persona de que se trate.
Schafer (1977) ha hecho un comentario interesante sobre
el vínculo entre pasado y presente en la transferencia:

Los fenómenos transferenciales que en definitiva constitu­


yen la neurosis de transferencia deben considerarse regresi­
vos sólo en algunos aspectos. Vistos como logros del análisis,
nunca existieron en el pasado como tales; más bien son una
creación lograda merced a esa relación nueva en que el pa­
ciente entró llevado por propósitos conscientes y racionales.
(...) Parecería más bien adecuado o equilibrado concebir los
fenómenos transferenciales como dotados de un significado
múltiple, en lugar de ser meramente regresivos o repetitivos.
Esto implica considerarlos en forma análoga a como conside­
ramos las obras de arte creativas. Entendemos que las trans­
ferencias crean el pasado en el presente, en condiciones favo­
rables y con un procedimiento analítico especial. En esencia,
constituyen un movimiento de avance y no de retroceso.

Cabe agregar que no debería limitarse la transferencia a


la percepción ilusoria de otra persona, sino que ella abarca
asimismo los intentos inconscientes (a menudo sutiles) de
manipular a los demás o de provocar situaciones que son la
repetición disfrazada de experiencias y relaciones anterio­
res, o bien la exteriorización de una relación de objeto inter­
na. Ya hemos dicho que cuando en la vida corriente se produ­
cen tales manipulaciones o provocaciones transferenciales,
su destinatario puede negarse a aceptar el rol o bien, si así lo
desea, aceptarlo y actuar en consecuencia. Es probable que
esta aceptación o rechazo de un rol no se base, normalmente,
en el percatamiento consciente de lo que está sucediendo,
sino más bien en indicios inconscientes. En todas las relacio­
nes hay, en diverso grado, elementos transferenciales, y ellas
están a menudo determinadas (p. ej., en el caso de la elección
de un cónyuge o de empleo) por ciertas características de la

75
otra persona que representan algún atributo de una figura
importante del pasado.
Es conveniente diferenciar los elementos transferenciales
de los que no lo son, en lugar de rotular como transferencia a
todos los elementos (provenientes del paciente) que aparecen
en la relación. Con ello quizá se logre mayor precisión al defi­
nir cuáles son los elementos importantes desde el punto de
vista clínico en una amplia gama de situaciones, y se contribu­
ya a elucidar el papel relativo de los múltiples factores que
participan en la interacción entre el paciente y el terapeuta.

76
5. OTRAS VARIEDADES DE TRANSFERENCIA

El concepto de transferencia, tal como lo desarrolló Freud,


surgió dentro del contexto del tratamiento psicoanalítico de
pacientes neuróticos. Cuando las técnicas psicoanalíticas se
hicieron extensivas a una gama más vasta de enfermedades,
incluidos los psicóticos, dieron origen a nuevos términos para
describir formas adicionales y especiales de transferencia. En
este capítulo nos ocuparemos de ciertos aspectos de la relación
entre el médico y el paciente que se examinan en la bibliogra­
fía bajo los rótulos de “transferencia erótica”, “transferencia
erotizada”, “psicosis de transferencia”, “transferencia deliran­
te”, “transferencia narcisista” y “transferencia en los estados
fronterizos”.
En el capítulo 4 nos interesamos por las formas de transfe­
rencia que se dan normalmente. Luego de pasar revista a las
principales orientaciones que aparecen en la bibliografía so­
bre el tema, vimos que el concepto era entendido y aplicado de
varias maneras distintas, y llegamos a la conclusión de que
una enunciación conveniente sería la siguiente: “La transfe­
rencia puede considerarse una ilusión específica respecto de la
otra persona, de la que el individuo no se percata y que repre­
senta, en algunos de sus rasgos, una repetición de la relación
que mantuvo con una figura importante de su pasado o una
exteriorización de una relación de objeto interna. Debe
subrayarse que el sujeto estima que estas creencias y senti­
mientos suyos son perfectamente apropiados en la situación
actual y ante la persona de que se trate. (...) Cabe agregar que

77
no debería limitarse la transferencia a la percepción ilusoria
de otra persona, sino que ella abarca asimismo los intentos
inconscientes (a menudo sutiles) de manipular a los demás o
de provocar situaciones que son la repetición disfrazada de
experiencias y relaciones anteriores, o bien la exteriorización
de una relación de objeto interna”.
La bibliografía en tomo de las formas especiales de trans­
ferencia que examinaremos en el presente capítulo sobreen­
tienden, casi siempre, que los fenómenos descritos constitu­
yen algún tipo de repetición de situaciones o relaciones psico­
lógicas del pasado, que acontecen en el transcurso del psicoa­
nálisis o de psicoterapias de orientación psicoanalítica, y que
por consiguiente pueden considerarse una transferencia. Em­
pero, presentan características que merecen una designación
particular. Los autores que se ocupan de estos temas por lo
común ven en tales fenómenos transferenciales “especiales” la
consecuencia de la revivencia regresiva de relaciones primiti­
vas, que según se supone son el resultado de la psicopatología
del enfermo o derivan de la regresión fomentada por las parti­
culares condiciones de la situación analítica (o son el producto
de ambos factores). No obstante, como apuntamos en el capí­
tulo 4, en los últimos años se ha hecho hincapié en la exteriori­
zación de las relaciones objétales internas como aspecto inte­
gral de la transferencia, y esta ampliación del concepto es tan
pertinente para los fenómenos “especiales” descritos en el pre­
sente capítulo como para las llamadas transferencias “ordina­
rias”.
Suele aceptarse que el tratamiento psicoanalítico crea por
lo común condiciones apropiadas para la regresión. Algunos
analistas (p. ej., Waelder, 1956) vinculan el desarrollo normal
de la transferencia a dicha regresión, y entienden que el grado
de esta regresión, así como la forma que cobra en determina­
dos tipos de pacientes, conduce a variedades especiales de
transferencia. Muchos suscriben la opinión de que a las per­
turbaciones psiquiátricas graves, en particular las psico­
sis, puede concebírselas como repeticiones graves, revividas
regresivamente, de estados infantiles, y algunos (p. ej., Klein,
1948) consideran que estos estados tempranos pueden deno­
minarse “psicóticos”. Otros psicoanalistas (p. ej., Arlow y

78
Brenner, 1964, 1969) opinan que el importante papel de los
procesos regresivos en la producción de los estados psicóticos
no se explica por la reproducción de estados infantiles sino
más bien por el efecto que causan en los sectores más organi­
zados de la personalidad, vale decir, en el yo y el superyó.
Rechazan, pues, la noción de estados psicóticos infantiles. Arlow
y Brenner lo dicen de este modo:

La gran mayoría de las alteraciones en el funcionamiento


del yo y el superyó que caracterizan a las psicosis son parte de
los empeños defensivos del individuo en situaciones de conflic­
to interno y están motivadas por la necesidad de evitar el
surgimiento de la angustia, tal como ocurre en los conflictos
de las personas normales y de los neuróticos. En la psicosis,
las alteraciones defensivas de las funciones yoicas son a me­
nudo tan amplias que quiebran gravemente la relación del
paciente con el mundo que lo rodea.

TRANSFERENCIA EROTIZADA

En 1915, Freud describió ciertos casos de “amor de transfe­


rencia” en los que la paciente en tratamiento analítico decla­
raba estar “enamorada” del analista (1915a). Si la transferen-'
cia erótica “ordinaria” puede constituir un suceso normal y
controlable en el análisis, algunas pacientes la experimentan
a tal punto que se rehúsan a llevar a cabo la tarea habitual del
tratamiento, rechazan las interpretaciones que relacionan sus
sentimientos presentes con el pasado y no se interesan por
esclarecer el significado y la causa de los síntomas que en un
principio las llevaron a acudir a la terapia. Utilizan las sesio­
nes para expresar su amor, gratificándose con la presencia de
su amado, y suplican al analista que corresponda a su amor.
Freud no suponía que estas pacientes padecieran por fuerza
perturbaciones neuróticas particularmente graves, ni tampo­
co que el surgimiento de este tipo de transferencias fuese una
contraindicación inevitable de la terapia analítica; no obstan­
te, sugirió que a veces podría ser necesario un cambio de ana­
lista. Dijo que estas pacientes poseían un “apasionamiento
elemental” y que eran “criaturas de la naturaleza”.

79
Cuando la transferencia “apasionada” es tan intensa que
la demanda de gratificación es muy grande y cesa el trabajo
analítico productivo, puede suponerse que hay una grave psi-
copatología. (A veces se emplea el término “transferencia
sexualizada”, pero como éste abarca una gama mucho más
amplia de fenómenos que la transferencia erotizada, debe evi­
tarse su uso como sinónimo de esta última expresión; véase al
respecto Coen, 1981. En cuanto a la frase “transferencia eróti­
ca”, debe reservársela para las transferencias positivas acom­
pañadas por fantasías sexuales que el paciente sabe bien que
son irreales.) Alexander (1950) ha hecho reparar en el proble­
ma del paciente dependiente que exige amor y a la vez anhela
darlo. Blitzsten (en observaciones inéditas recogidas por
Rappaport, 1956, y por Greenson, 1967) fue el primero en
haber ligado la actitud sumamente erótica en la transferencia
con una patología grave. En su extenso examen del tema,
Rappaport (1956) comenta que “Blitzsten advirtió que en una
situación transferencial se ve al analista ‘como si’ fuese uno de
los progenitores, en tanto que en la erotización de la transfe­
rencia ‘es’ ese progenitor —un tipo de aseveración exagerada
nada inusual en la literatura psicoanalítica; en este caso, pro­
bablemente lo que se quiso decir es que el analista es tratado
en forma muy semejante al progenitor, sin ese carácter de lo
‘como si’ presente en otros pacientes—. El paciente ni siquiera
reconoce el ‘como si’ ”. Las dificultades que plantea esta for­
mulación son obvias, y volveremos a ocuparnos de ellas más
adelante.
Rappaport declara que los pacientes que muestran un in­
tenso componente erótico en la transferencia “insisten inequí­
vocamente desde el principio en que quieren que el analista se
conduzca hacia ellos como [lo habría hecho] el progenitor”, y
estos deseos no los avergüenzan ni les provocan ninguna inco­
modidad. Más aún, expresan abiertamente su ira si el analis­
ta no se somete a sus demandas. Rappaport establece una
correlación entre estas exigentes reacciones, intensamente
sexuales, en el análisis y la gravedad de la patología del pa­
ciente: “Esta erotización de la transferencia se corresponde
con una grave perturbación del sentido de realidad y es un
índice de la gravedad de la enfermedad. Estos pacientes no

80
son neuróticos sino casos 'fronterizos' o esquizofrénicos
ambulatorios”. Comenta más adelante que “si bien la situa­
ción analítica es particularmente pasible de una distorsión de
esta índole, estos pacientes tratan de convertir a cualquier
persona significativa para ellos en un progenitor”.
Rappaport coincide con Blitzsten en que para estos pacien­
tes el analista es el progenitor, pero no supone que deliren o
alucinen, a tal punto que realmente crean que el analista es el
padre o la madre real; su transferencia posee, decididamente,
una característica particular. No la esconden sino que más
bien “el paciente proclama a gritos su deseo de que su fantasía
se convierta en realidad”, en la suposición de que puede en­
contrar en su analista al progenitor anhelado (presumible­
mente, alguien que será y actuará como el progenitor real en
la vida del paciente). Se pierde así su consideración del analis­
ta como tal.
Podría aducirse que tales deseos y sentimientos no son en
modo alguno una transferencia. En 1951, Nunberg postuló
que todo intento de un paciente por transformar al analista
en su progenitor no constituye una transferencia. Se refirió a
una paciente cuya “particular fijación al padre creó en ella el
anhelo de hallarlo reencarnado en la persona del analista, y
como ese deseo de transformar a éste en una persona idénti­
ca a su padre era irrealizable, todo intento de establecer una
transferencia operativa fue vano”. Si esta paciente hubiese
proyectado en la persona del analista imágenes inconscien­
tes de los objetos de su pasado, estaríamos, según Nunberg,
ante una transferencia; pero “ella no proyectó la imagen del
padre en el analista, sino que procuró cambiar a éste para
que concordara con dicha imagen”. A todas luces, Nunberg
alude a fenómenos semejantes a los que luego describió
Rappaport. Por otra parte, en el capítulo 4 nos hemos referi­
do a la repetición “disfrazada” en la transferencia de expe­
riencias y relaciones tempranas, y hemos dicho que el pa­
ciente no se percata de que está repitiendo el pasado en el
presente. Si bien esto llevaría a soslayar el uso del término
“transferencia” para designar los fenómenos a que alude
Rappaport, es igualmente posible que un paciente tenga una
transferencia erotizada de esta naturaleza sin advertir que

81
está repitiendo el pasado. El tema fundamental del trabajo
de Rappaport de 1956 se vincula al manejo de los pacientes
que desean entregar su amor sexual al terapeuta o recibirlo
de éste. También Menninger (1958) se ocupó de la cuestión
del manejo de estos pacientes, y sostuvo que la transferencia
erotizada era una manifestación de la resistencia que se sin­
gularizaba por exigencias de amor y de gratificación sexual
dirigidas al analista y que el paciente no juzgaba impropias
ni ajenas (o sea, que las sentía “acordes con el yo”).
En un trabajo de Saúl (1962) también ocupan un lugar
central las consideraciones técnicas. Este autor vincula la trans­
ferencia erotizada, más específicamente que Rappaport, a una
frustración real en las relaciones de la vida temprana, sugi­
riendo que la hostilidad y la ira generadas por dicha frustra­
ción pueden repetirse frente al terapeuta. Además, el amor
extremo sería en parte un medio de proteger al médico de los
sentimientos agresivos. Otros autores han señalado asimismo
la hostilidad y destructividad presentes en tales pacientes (v. gr.,
Greenson, 1967; Nunberg, 1951). Greenson relaciona la trans­
ferencia erotizada con la perturbación existente en otras esfe­
ras y comenta: “Los pacientes que padecen la llamada transfe­
rencia ‘erotizada’ son proclives a un acting out muy destructi­
vo. (...)Todos ellos muestran resistencias transferenciales que
proceden de impulsos subyacentes de odio. Lo único que pro­
curan es descargar estos sentimientos, y se oponen a la labor
analítica”. Refiriéndose a su propia experiencia con estos ca­
sos, agrega que “acuden a sesión ansiosos, no por hallar escla­
recimiento sino por disfrutar de la proximidad física. Mis in­
tervenciones les parecían irrelevantes”. Algo en esencia simi­
lar sostiene Swartz (1967) al aludir a la expectativa del pa­
ciente de que el analista corresponderá de hecho a sus senti­
mientos. En general, los pacientes que desarrollan una trans­
ferencia erotizada no se avienen al tratamiento psicoanalítico
clásico, ya que no pueden tolerar las exigencias propias de él
(Greenson, 1967; véase también Wexler, 1960) y son incapa­
ces de mantener una alianza terapéutica adecuada.
En 1973 Blum ofreció una amplia reseña de la situación en
la que estaba el concepto de transferencia erotizada hasta ese
momento. Destacó la necesidad de distinguirla de la transfe-

82
renda erótica —distingo éste al que adhiero plenamente—.
Blum describe la transferencia erotizada como

una preocupación erótica intensa, vivida, irracional por el ana­


lista, que se caracteriza por francas demandas de amor y de
satisfacción sexual, en apariencia acordes con el yo. Al pacien­
te estas demandas pueden no parecerle en absoluto irrazona­
bles o injustificadas. La frecuente invasión de fantasías eróti­
cas puede proseguir en su vida cotidiana o ser desplazada a
situaciones externas al análisis. (...) La intensidad y tenaci­
dad de la transferencia erotizada, la resistencia a las interpre­
taciones y el intento permanente de seducir al analista para
consumar entre ambos un acting out conjunto, así como la
frecuente actuación de dicha transferencia con algún sustitu­
to del analista, confirman que en estos pacientes hay compli­
cadas reacciones infantiles. No se trata de las reacciones ordi­
narias propias del amor de transferencia; estos pacientes pue­
den parecer “adictos al amor” intratables. Su transferencia
erotizada es apasionada, insistente y apremiante. (...) Su te­
mor consciente no es a la regresión o al castigo sino a la decep­
ción y la amarga angustia que conlleva el amor no correspon­
dido. A través de la proyección y la renegación, pueden llegar
a suponer que su analista en verdad los ama.

Blum subraya, en consonancia con otros autores (v. gr.,


Lester, 1985; Swartz, 1967; Wrye y Welles, 1989), el papel de
los factores pregenitales y de las experiencias muy tempranas
en la génesis de la transferencia erotizada. Alude a

la seducción sexual en la niñez, en especial durante la fase


edípica; la hiperestimulación pulsional carente de una protec­
ción y apoyo párenteles apropiados para esa fase; el conflicto
masturbatorio intenso; la tolerancia familiar de conductas
incestuosas u homosexuales en el dormitorio, el cuarto de baño,
etc.; la revivencia y repetición de una precoz actividad sexual
incestuosa en la adolescencia,

y continúa diciendo que

estos pacientes con frecuencia participaron en juegos infanti­


les de seducción, como el “jugar al doctor”, los jugueteos y
bromas grupales en el dormitorio de los padres o de los abue-

83
los, etc. Pueden considerar al análisis como un agradable y
peligroso ^juego” de seducción. Hay en ellos un daño y fragili­
dad narcisistas asociados a la falta de sensibilidad y de empa­
tia de sus padres. La erotización suele enmascarar el trauma
provocado por la repetida seducción e hiperestimulación, con
la consecuente desconfianza y sadomasoquismo.

Aunque Blum no aboga por un retorno a la teoría de la


seducción como génesis de la neurosis, destaca empero el pa­
pel patógeno de la seducción y del trauma en la producción de
esta clase de transferencias, así como la preeminencia en es­
tos pacientes de necesidades narcisistas evidenciadas en sus
fantasías de ser los “favoritos” y en el deseo de ser tratados de
manera muy especial. Tales necesidades narcisistas “pueden
disimularse en el afán erotizado de congraciarse [con el ana­
lista] a fin de conservar su frágil autoestima”. Concluye di­
ciendo que

la transferencia erotizada tiene múltiples determinantes y si­


gue un curso variable. Se diría que es una forma distorsiona­
da, una exageración vehemente, de la transferencia erótica
previsible. La transferencia erótica es una fase recurrente del
análisis relativamente universal, aunque de variable intensi­
dad. Hay toda una gama que abarca desde el afecto hasta la
fuerte atracción sexual, desde los ubicuos deseos sexuales in­
conscientes hasta la preocupación consciente, acorde con el yo,
erótica en la transferencia. Es la exigencia insistente, cons­
ciente y erótica en la transferencia lo que caracteriza a la
transferencia erotizada “propiamente dicha”.

En su mayoría, las transferencias erotizadas del tipo que


acabamos de describir se han relatado para pacientes femeni­
nas que se atienden con analistas de sexo masculino. Lester
(1985) indica que, con la posible excepción del artículo de
Bibring-Lehner (1936), no hay en la bibliografía casos de pa­
cientes varones que hayan desarrollado una transferencia
erotizada con analistas mujeres. Esta autora señala que “la
expresión de fuertes apremios eróticos a una analista mujer
por parte de un paciente masculino es inhibida en cierto grado
por la fantasía de la avasalladora madre edípica. En contraste
con ello, la paciente femenina expresa plenamente tales senti-

84
mientos eróticos”. (Véase también Person, 1985; Wrye y Welles,
1989.) Si bien esto es válido en muchos casos, no lo os por
cierto en todos.
Aunque numerosos autores ponen el acento en los elemen­
tos que trasuntan la repetición del pasado en la transferencia
erotizada, a nuestro juicio son extremadamente importantes
los aspectos defensivos, en especial la función de la defensa
contra el surgimiento del afecto depresivo.

TRANSFERENCIA PSICOTICA Y TRANSFERENCIA


EN ESTADOS FRONTERIZOS

Los trabajos de Rappaport (1956) y Greenson (1967) sobre


la transferencia erotizada parecerían referirse a formas de
transferencias intermedias entre los casos examinados por
Freud y los de transferencia psicótica o psicosis transferencial
descritos por autores como Rosenfeld (1952, 1954, 1969) y
Searles (1961, 1963), cuando en la relación del paciente con el
terapeuta se manifiestan rasgos francamente psicóticos.
Ya apuntamos (capítulo 4) que en opinión de Freud (1911c,
1914c) no había transferencia en lo que él llamó las “neurosis
narcisistas” (psicosis funcionales). Creía que la psicopatología
psicótica constituía un retorno, en parte, a un nivel muy anti­
guo de funcionamiento psíquico, en el cual aún no se había
desarrollado la capacidad de relacionarse con los demás como
seres distintos de uno mismo, y de amarlos. Consideraba que
el retiro del interés por el mundo externo propio del psicótico
era el resultado de una regresión a ese antiguo nivel “narcisis-
ta”. También Abraham (1908) sostenía que en la esquizofrenia
estaban ausentes los fenómenos transferenciales. Como
Rosenfeld (1952,1969) mostró, un número creciente de psicoa­
nalistas —a partir de Nunberg (1920) y sus observaciones
sobre los fenómenos transferenciales en una esquizofrenia ca-
tatónica— han puesto en tela de juicio la afirmación original
de Freud y han afirmado que existe transferencia en los psicó­
ticos; cabe destacar, erttre ellos, a Sullivan (1931), Federa
(1943) y Rosen (1946). Desde distintos puntos de vista teóri­
cos, diversos autores (Balint, 1968; Rosenfeld, 1952, 1965a,

85
1969, y Searles, 1961, 1963) rechazaron la idea de que en los
primerísimos estadios del desarrollo psíquico (que, según to­
dos ellos, se sintetizaban en ciertos aspectos de los síntomas
de los esquizofrénicos) no existía una investidura emocional
en otras personas. Así, Rosenfeld (1952) comenta lo siguiente:
“Aquí estamos no ante una falta de transferencia sino ante el
arduo problema de reconocer e interpretar los fenómenos trans-
ferenciales de los esquizofrénicos”. Atribuía esta dificultad al
hecho de que “tan pronto el esquizofrénico se aproxima a cual­
quier objeto con amor u odio, parece confundirse con dicho
objeto... [lo cual] arroja alguna luz sobre la dificultad del bebé
para distinguir entre lo que es ‘parte de mí’ y lo que es ‘distin­
to de mí’. La noción de que las falsas identificaciones y las
ideas delirantes surgen dentro de la relación del psicótico con
su médico fue ampliada y elaborada por Little (1960a), Searles
(1963) y Balint (1968). De todos ellos, Balint parece haber sido
el único que se mostró alerta ante los peligros inherentes a
reconstruir el funcionamiento psíquico temprano sobre la base
de considerarlo exactamente análogo a la conducta de adultos
con trastornos en la terapia psicoanalítica.
Es legítimo aplicar el concepto de transferencia a ciertos
aspectos de la interacción del psicótico con el terapeuta. Aun
el esquizofrénico catatónico más retraído, una vez que recupe­
ra su racionalidad, muestra signos de una percepción notable
de sucesos que involucraron a otras personas en el momento
en que estaba enfermo. Por otra parte, es indudable que cier­
tas conductas perturbadas surgen como reacción ante las per­
cepciones que el paciente tiene de las actitudes conscientes o
inconscientes de los demás. (En este sentido son significativas
las encuestas de psiquiatría social llevadas a cabo, verbigra­
cia, por Brown, Bone, Dalison y Wing, 1966.) Tanto los médi­
cos como el personal de las salas de hospital pasan a formar
parte del contenido de los procesos de pensamiento trastorna­
dos. Con su minuciosa exposición de casos, Searles, Rosenfeld
y otros (v. gr., Fromm-Reichmann, 1950) han procurado seña­
lar que tales procesos de pensamiento representan repeticio­
nes de relaciones interpersonales más antiguas. Refiriéndose
al esquizofrénico crónico, Searles (1963) apunta: “Su funcio­
namiento yoico es tan indiferenciado que tiende a suponer no

86
que el terapeuta le recuerda a su madre o padre (o cualquier
otra persona de su vida temprana), ni que se les asemeja, sino
que su manera de obrar hacia el terapeuta se funda en la
premisa incuestionada de que el terapeuta es su madre o pa­
dre”. Pero luego agrega, coincidiendo en esto con Rosenfeld,
que una de las razones principales para subestimar el papel
de la transferencia en los psicóticos “es que puede necesitarse
un largo período para que la transferencia se tome no sólo lo
bastante diferenciada sino también lo bastante integrada y
coherente como para identificarla”.
Así como Freud consideraba (1914c, 1920g) que en el trata­
miento de los pacientes neuróticos los problemas internos que
provocan la neurosis se concentraban en el tratamiento a modo
de “neurosis de transferencia”, así también Rosenfeld y Searles
suponen que es dable discernir una “psicosis de transferencia”
correspondiente. Searles (1963) enuncia cuatro variedades de
psicosis de transferencia:

1. Situaciones transferenciales en las que el terapeuta se siente


desvinculado del paciente.
2. Situaciones en las que se ha establecido un vínculo defini­
do entre paciente y terapeuta, y éste ya no se siente
desvinculado de aquél, pero el vínculo es profundamente
ambivalente.
3. Casos en que la psicosis del paciente representa, en la trans­
ferencia, un esfuerzo por complementar la personalidad
del terapeuta o por coadyuvar a que el “terapeuta-progeni­
tor” pueda afianzarse como persona separada e íntegra.
4. Situaciones en que un paciente crónico gravemente afecta­
do intenta que el terapeuta piense por él, pero al mismo
tiempo procura escapar de esa relación íntima.

Searles subraya que las percepciones contratransferenciales


del médico sirven como base para evaluar el tipo de perturba­
ción psicótica (véase el capítulo 6). Relaciona cada uno de los
tipos de psicosis de transferencia con pautas familiares efecti­
vamente nocivas, aunque quizá mal percibidas o mal interpre­
tadas por el paciente. En esto adhiere a los “teóricos de la
familia" que han estudiado la esquizofrenia (Bateson, Jack-

87
son, Haley y Weakland, 1956; Lidz, Fleck y Comelison, 1965;
Misher y Waxler, 1966; Wynne y Singer, 1963). Rosenfeld
señala que lo que se reproduce durante el tratamiento no es
una situación real entre el progenitor y el hijo sino una ver­
sión de ella, deformada por la fantasía del niño —lo cual se
asemeja a lo que acontece en las neurosis.
A nuestro entender, no parece haber pruebas suficientes
de que el contenido de la transferencia psicótica sea propio o
característico de la psicosis. Hay abundante evidencia de que
el psicótico puede vincularse a la gente (aunque de manera
psicótica), como también de que en el contenido de la transfe­
rencia aparecen aspectos de las relaciones infantiles, ya sean
reales o fantaseados. Tampoco hay motivos para dudar de la
observación según la cual el vínculo del psicótico con el tera­
peuta puede ser sumamente intenso. Lo que parecería distin­
guir a la transferencia de los pacientes psicóticos es su forma,
una forma que está estrechamente ligada al estado psíquico
del psicótico. Un deseo transferencial al que el neurótico quizá
se resista o que formulará de manera disfrazada (sujeto a las
formas de la realidad) encontrará expresión en el psicótico en
una convicción delirante. Desde el punto de vista psicoanalíti-
co, estas diferencias podrían atribuirse a un funcionamiento
deficiente de la parte controladora y organizadora de la perso­
nalidad (el yo), en particular de las funciones conectadas con
el distingo entre lo “real” y lo “imaginario”. Para decirlo en
términos simples, todo lo dicho respecto de la forma de la
transferencia en el psicótico es atribuible a las características
generales de la psicosis. Si el esquizofrénico conserva relativa­
mente intactas ciertas partes de su personalidad, cabe supo­
ner que también se mantendrán intactos los aspectos de su
conducta y de sus actitudes ligados a dichas partes. Esto, al
parecer, sería la base de la capacidad de ciertos psicóticos
para establecer alguna clase de alianza terapéutica, capaci­
dad que tal vez exista únicamente ante determinadas formas
de tratamiento, con lo cual inevitablemente gravitaría en la
elección del método terapéutico. El hecho de que en los pacien­
tes psicóticos haya transferencia, de que sea interpretable y
de que el paciente sea capaz de reaccionar ante tales interpre­
taciones ha conducido a algunos analistas (v. gr., Rosenfeld y
Searles) a sostener que los pacientes psicóticos pueden ser

88
tratados con más eficacia mediante los métodos psicoanalíti-
cos que por otras técnicas. En nuestra opinión, las pruebas de
que el análisis puede traer una mejoría permanente por sí solo
es poco convincente, aunque parecería válido suponer que el
contacto diario estrecho con un terapeuta es capaz de provocar
dicha mejoría en un psicótico crónico.
En esta sección hemos abordado los conceptos de transfe­
rencia psicótica y de psicosis de transferencia como varieda­
des de la transferencia que aparecen en los pacientes psicóti-
cos, pero en la bibliografía nos encontramos también con otro
uso, totalmente distinto, de la expresión “psicosis de transfe­
rencia”. En 1912, Ferenczi describió síntomas psicóticos o cua­
si psicóticos transitorios que se manifestaban en la sesión en
pacientes que no eran, por lo demás, psicóticos. En algunos
casos poco frecuentes, incluían auténticas alucinaciones. En
1957, Reider publicó un trabajo sobre las “Psicosis de transfe­
rencia” en el que daba cuenta de la aparición de rasgos psicóti­
cos y delirantes en la transferencia de un paciente no psicóti­
co. Wallerstein (1967) hizo una buena síntesis de la literatura
sobre el tema, limitando la aplicación del término, al igual que
Reider, a “los pacientes de quienes se estimaba que, por su
estructura de carácter, pertenecen cabalmente a la gama neu­
rótica, considerándose apropiado recomendarles un análisis
clásico, pero en los que se da una reacción desestructurante de
intensidad psicótica en la transferencia”. Los síntomas que se
mencionan con más frecuencia son la hipocondría delirante
(Atkins, 1967), las fantasías “delirantes” (Wallerstein, 1967) y
los estados delirantes paranoides (Romm, 1957). Si bien es
dable atribuir la aparición de estos rasgos psicóticos a la re­
gresión inducida por la situación analítica, lo cierto es que sólo
surgen en ciertos pacientes y no en otros. Aquí puede resultar
conveniente el concepto de una “postura” psíquica psicótica
transitoria (Hill, 1968; Sandler y Joffe, 1970), entendiendo
por “postura” la particular organización o constelación de fun­
ciones yoicas y de mecanismos de defensa que adopta el pa­
ciente para hacer frente a una circunstancia que le resulta
extremadamente peligrosa o dolorosa. Por lo común será re­
gresiva, o sea que habrá un retorno a modalidades previas de
funcionamiento del yo, y al desaparecer el estado penoso o la

89
amenaza, el paciente será capaz de retomar una “postura”
mental más adulta.
Little (1958) y Hammett (1961) recurren a la expresión
“transferencia delirante” para designar aquella situación en
la que se presentan gruesas anomalías en la relación pacien­
te-terapeuta; entienden que lo que entonces se observa es
una recapitulación deformada, pero reconocible, de aspectos
de las relaciones muy tempranas entre la madre y el niño. Ya
hemos aludido a los problemas que plantea el supuesto (adop­
tado por varios autores) de la existencia de varias fases de
una “psicosis infantil” para explicar las creencias de tipo
psicótico que surgen durante el análisis; estos problemas fue­
ron examinados por Frosch (1967), quien en una obra más
reciente (1983), donde realiza una excelente reseña del tema,
sostiene que “en los casos en que se han empleado las expre­
siones ‘psicosis de transferencia’ y ‘transferencia delirante’
para designar la aparición, durante el análisis, de fenómenos
psicóticos o cuasi psicóticos (...) tales fenómenos deben dife­
renciarse claramente de una transferencia psicótica, o sea,
fie las manifestaciones transferenciales en que el paciente
simplemente extiende su sistema psicótico para abarcar den­
tro de él al analista”. Frosch contrasta esta opinión con la de
Rosenfeld (1952) y Searles (1963), quienes avalaban el uso
de “psicosis de transferencia” cuando el psicótico incluye al
analista dentro de su sistema delirante. Añade Frosch: “En
gran medida, la elección de terminología depende de cómo se
defina la transferencia”.
Coincidimos con esta última opinión, ya que la idea de que
la transferencia incluye la exteriorización de ciertos aspectos
del sí-mismo y del objeto concuerda con las observaciones so­
bre la manera en que los psicóticos se vinculan a los demás.
Queda en pie, sin embargo, un problema conceptual. Tales
exteriorizaciones no sólo se dan en la terapia sino también
fuera de ella, y esto nos lleva a preguntarnos si las intensas
actitudes delusorias que puede desarrollar un psicótico hacia
el terapeuta pueden ser consideradas verdaderamente como
una transferencia, puesto que la exteriorización de aspectos
primitivos del sí-mismo sobre el analista no entraña un desa­
rrollo de la transferencia. Lo importante en este contexto es la

90
crítica distinción entre el llamado “despliegue de la transfe­
rencia” y la extensión del sistema delusorio ya existente.
Varios analistas, entre ellos Winnicott (1954, 1955), Khan
(1960) y Little (1960a, 1966) han aconsejado que, en el caso de
ciertos pacientes, el analista permita el desarrollo de un com­
portamiento dependiente infantil perturbado (y perturbador),
así como de los intensos sentimientos primitivos que le están
asociados. Sugirieron (lo mismo que Balint, 1968) que sólo en
tales estados es dable revivir, y por ende subsanar, las fallas
tempranas en los cuidados maternos. Algunos han entendido
que el fomento activo de dicha regresión es una versión mo­
derna de la llamada “experiencia emocional correctiva” (Ale-
xander y French, 1946), y como enfoque técnico no goza de
amplia aceptación.
El gran interés despertado por la transferencia “psicóti-
ca” o “delusoria” en la década de 1960 cedió paso, en gran
medida, al examen de las manifestaciones transferenciales
en los casos de patología fronteriza o narcisista. Luego de la
introducción del concepto de estados fronterizos por Knight
en 1953, fue creciendo el interés por las llamadas afecciones
o trastornos “fronterizos”. Esto se vio estimulado, sobre todo,
por la obra de Kernberg (1967, 1976a, 1976b, 1980b) y algu­
nos otros autores (v. gr., Abend, Porder y Willick, 1983;
Gunderson, 1977, 1984; Masterson, 1978; Meissner, 1978;
Stone, 1980). En una de sus acepciones, el término “fronteri­
zo” alude a un estado que se produce en el proceso de avance
hacia la organización psicótica, en tanto que en otra se refiere
a un tipo de organización de la personalidad y de trastorno de
la personalidad. Estos estados no indican de suyo que el indi­
viduo esté por convertirse en psicótico. Por lo común, al sujeto
con una organización fronteriza de su personalidad o que pa­
dece un trastorno de la personalidad fronterizo se lo describe
tomando en cuenta la vulnerabilidad específica de sus fun­
ciones yoicas y su tendencia a recurrir a defensas primitivas.
Kernberg estimaba que un problema central y característico
de la personalidad fronteriza era la difusión de la identidad
(Erikson, 1956; Kernberg, 1967, 1975), que entraña una defi­
ciencia en la integración de los conceptos del sí-mismo y del
objeto. Junto con otros autores, propone la psicoterapia de

91
orientación psicoanalítica como tratamiento apropiado a es­
tos casos. En esta terapia es esencial el desarrollo de la trans­
ferencia, y en la técnica de la psicoterapia expresiva propug­
nada por Kemberg se observa la aparición de transferencias
primitivas, basadas en imágenes múltiples y contradictorias
del sí-mismo y del objeto. Estas transferencias surgen rápida­
mente en la sesión y necesitan una no menos rápida interpre­
tación en el “aquí y ahora”. Las transferencias obran a modo
de resistencias y a menudo van acompañadas por graves acting
out; pero Kernberg afirma que su elaboración es posible y que
transferencias “neuróticas” más típicas pueden ocupar enton­
ces su lugar. También Adler y Buie (Adler, 1981, 1985; Adler y
Buie, 1979; Buie y Adler, 1982-83) han puesto el acento en
una de sus obras en la exploración, análisis e interpretación
de la transferencia, que conduce a la mejoría a través de la
intemalización del “introyecto de sostén”. Por su parte, Rinsley
(1977, 1978) y Masterson (1972, 1976, 1978) ponen menos
énfasis en la interpretación transferencial y más en el fomen­
to activo de una alianza terapéutica (véase el capítulo 3).
A despecho de los numerosos intentos que se han hecho
para aclarar el diagnóstico de “fronterizo”, éste sigue siendo
poco preciso; al mismo tiempo, es evidente la necesidad de
dicha categoría diagnóstica y de una mejor indagación acerca
del papel que desempeñan la transferencia y las interpreta­
ciones transferenciales en el tratamiento de los pacientes in­
cluidos en esta categoría.

LA TRANSFERENCIA EN LAS PATOLOGIAS NARCISISTAS

Ya hemos mencionado en este capítulo la opinión de Freud


según la cual era dable distinguir las “neurosis narcisistas” de
las “neurosis de transferencia”, como la histeria, en las que se
da una transferencia analizable sobre el analista. Se ha avan­
zado mucho desde entonces y ya no empleamos la expresión
“neurosis narcisista”; en su lugar, hablamos hoy de estados
fronterizos, trastornos fronterizos de la personalidad y narci­
sismo patológico. Por otra parte, con posterioridad a Freud se

92
ha postulado que en los pacientes con estos diagnósticos es
posible el análisis de la transferencia.
Desde que algunos de los primeros autores psicoanalíticos
(v. gr., Abraham, 1919; Reich, 1933) estudiaron por primera
vez el narcisismo patológico y su análisis, este tema pasó a
primer plano con la obra de Kohut (1966, 1968, 1971, 1977,
1984). En 1971, Kohut examinó lo que él llamó transferencia
narcisista, pero más adelante reemplazó esta expresión por la
de transferencia del “objeto/sí-mismo” [selfobject]. Su interés
se centraba en el “sí-mismo dañado” del paciente, que busca
obtener “respuestas apropiadas de un objeto/sí-mismo”, bús­
queda que ocupa siempre un lugar central en sus experiencias
durante el análisis. Respecto del sí-mismo, en la última for­
mulación que hizo de él (1984), Kohut afirma que consta de
tres constituyentes principales o polos: el polo de las ambicio­
nes, el de los ideales y una zona intermedia de talentos y
habilidades. Subdivide así las transferencias del objeto/sí-mis­
mo en tres categorías:

1. Aquellas en que el polo dañado de las ambiciones procura


suscitar respuestas aprobatorias o confirmatorias del obje­
to/sí-mismo (transferencia especular).
2. Aquellas en que el polo dañado de las ideas busca un obje-
to/sí-mismo que acepte su idealización (transferencia
idealizadora).
3. Aquellas en que la zona intermedia dañada, la de los talen­
tos y habilidades, anhela tener a su alcance un objeto/sí-
mismo que le brinde la experiencia reconfortante de su
semejanza esencial (transferencia gemelar o “del alter ego”).

La singular concepción del objeto/sí-mismo de Kohut es


brevemente descrita en el Glosario de Moore y Fine (1990) en
estos términos:

Tanto las estructuras normales como las patológicas del sí-


mismo se relacionan con la intemalización de las interaccio­
nes entre el sí-mismo y los objetos/sí-mismos. El objeto/sí-
mismo es la propia experiencia subjetiva de otra persona que
brinda al sí-mismo una función sustentadora dentro de la re­
lación, suscitando con su presencia o actividad la existencia

93
del sí-mismo y de la mismidad [selfhood]. Si bien en forma
general el término es aplicado a las personas que participan
en la relación (objetos), su utilidad primordial se da en la
descripción de la experiencia intrapsíquica de diversos tipos
de relaciones entre el sí-mismo y otros objetos. También se
refiere a la propia experiencia de las imagos necesarias para
el sostenimiento del sí-mismo. Las relaciones con el objeto/sí-
mismo se describen teniendo en cuenta esa función sustenta­
dora del sí-mismo que cumple el otro, o el período durante el
cual dicha función fue significativa.

En la técnica analítica de la psicología del sí-mismo de


Kohut tiene un cometido esencial la empatia del analista, en­
tendida como la manera de comprender el estado interno del
paciente (véase el capítulo 11). Sobre la base de la compren­
sión empática, dicho estado puede explicarse en función de
sus necesidades narcisistas y sus decepciones evolutivas, par­
ticularmente en lo tocante a los estados arcaicos del sí-mismo.
En el análisis, el paciente toma conciencia de la separación
que existe entre el analista y él, gracias a que el analista lo ha
enfrentado con “frustraciones no traumáticas”. Esto conduce a
lo que Kohut denomina “intemalización transmutadora” del
paciente (su cambio estructural), como consecuencia de la cual
aumenta su capacidad de asumir y llevar a cabo por sí mismo
importantes funciones del objeto/sí mismo. Tylim (1978) lo
expresa acertadamente al señalar que “el progreso del trata­
miento parece descansar en el sistemático proceso de elabora­
ción del lazo narcisista que, a la postre, hará que la figura del
analista deje de poseer el carácter de un objeto/sí-mismo u
objeto parcial y le dará el carácter de un objeto separado,
dotado de realidades y de fallas propias”.
Diversos autores estudiaron los problemas de la transfe­
rencia en la patología narcisista desde perspectivas algo dife­
rentes (p. ej., Hanly, 1982; Van der Leeuw, 1979). Kernberg, a
diferencia de Kohut, no hace hincapié en la importancia pri­
mordial del sí-mismo. Entiende que la patología narcisista es
el resultado del desarrollo de ciertas estructuras intrapsíquicas
adaptativas psicopatológicas, más bien que de un déficit tem­
prano que, para Kohut, es la consecuencia de la falta de desa-

94
rrollo de procesos reguladores narcisistas normales. Según
Kernberg, el grupo de los pacientes narcisistas se superpone
con el de los fronterizos, y por ende su enfoque de los trastor­
nos narcisistas es el mismo que adopta para el tratamiento de
los pacientes fronterizos.
Si bien la obra de Kohut tuvo indudable importancia al
llamar la atención sobre el modo en que debía analizarse a
los pacientes con patología narcisista y al ofrecer una técnica
para ello, a nuestro entender pretendió abarcar demasiado
(como ha ocurrido con todas las escuelas psicoanalíticas),
poniendo un énfasis excesivo en el déficit evolutivo, por opo­
sición del conflicto, en la génesis de la patología (véase el
capítulo 10).

CARACTERISTICAS DIFERENCIALES
DE OTRAS VARIEDADES DE TRANSFERENCIA

En la transferencia “ordinaria” de los pacientes neuróticos


y “normales” existe la capacidad de someter la ilusión transfe-
rencial a la prueba de realidad, y el paciente es hasta cierto
punto capaz de verse a sí mismo como si fuese otra persona.
Normalmente, entiende las interpretaciones que cobran la for­
ma “Usted reacciona ante mí como si yo fuese su padre” recu­
rriendo a su razonabilidad y su autoobservación. En tal caso el
paciente posee y emplea los elementos conducentes a una bue­
na alianza terapéutica (capítulo 3). Por el contrario, en las
variedades de transferencia de las que nos ocupamos en este
capítulo tal vez no posea o utilice estos elementos de autocríti­
ca y autoexamen, e interesa señalar que los autores que han
escrito sobre estas transferencias aluden a la desaparición de
su carácter “como si”. En nuestra opinión, lo que distingue
estos tipos de transferencia de las formas más habituales es la
actitud del paciente respecto de su propia conducta. Un mismo
contenido transferencial puede surgir en el análisis de un pa­
ciente neurótico y de un psicótico (aunque éste sólo lo sea
temporalmente, durante la sesión), pero el primero lo traerá
por vía indirecta (p. ej., relatando un sueño) y el segundo en
forma más directa (tal vez como una creencia delirante). La

95
diferencia parecería residir en los aspectos formales del esta­
do psíquico actual del paciente.
Las declaraciones según las cuales el paciente que incurre
en una u otra variante de transferencia erotizada o psicótica
ve y trata al analista como si fuese su progenitor real sólo
serían correctas si el paciente sostuviera la creencia delirante
de que de hecho el analista es su progenitor. Los casos de esta
índole deben de ser sumamente raros; más bien se diría que
tales declaraciones quieren significar que el paciente ha per­
dido de vista el papel profesional y la función que cumple el
terapeuta, y no puede mantener una “distancia” normal res­
pecto de lo que sucede en la sesión ni tampoco comprenderlo.
Por lo demás, debe señalarse que sea cual fuere la forma de la
transferencia, su contenido no ha de entenderse como una
mera repetición del pasado. Un paciente que desarrolla una
transferencia homosexual con su analista puede reaccionar, si
es un neurótico, con angustia y resistencia; si es psicótico, con
delirios de persecución. En ambos casos, se estará defendien­
do de los mismos impulsos y deseos inaceptables.
Es un hecho notable que las variedades de contenido trans-
ferencial descritas por ciertos psicoanalistas en relación con la
esquizofrenia sean muy similares a las que se encuentran en
psicosis de indudable origen orgánico. Esto corrobora la opi­
nión de que las producciones psicóticas (incluidas las manifes­
taciones transferenciales del tipo de las examinadas en este
capítulo) no son consecuencia de la necesidad de repetir esta­
dos psicóticos infantiles mal resueltos. Nos parece muy admi­
sible que los rasgos característicos de diferentes tipos de trans­
ferencia se vinculen a la forma en que llegan a la conciencia
los pensamientos, impulsos y deseos inconscientes, y en que
son aceptados, rechazados, modificados o actuados. Es proba­
ble, pues, que las fallas específicas que dan origen a la psicosis
y a las transferencias psicóticas radiquen en ámbitos de la
personalidad como los de las funciones de control, organiza­
ción, síntesis, análisis y percepción. Desde luego, puede haber
situaciones familiares particulares que predispongan a los su­
jetos al riesgo de un colapso esquizofrénico. Es por cierto ob­
servable el fenómeno del “doble vínculo” o “doble ligadura"
(Bateson y otros, 1956), y quizás el paciente intente recrearlo

96
con el terapeuta en la relación transferencial. Sin embargo, se
aprecian modalidades de relación similares en familias que no
tienen ningún miembro esquizofrénico.
En el capítulo anterior dijimos que el concepto de transfe­
rencia podía extenderse fuera de la situación analítica clásica,
y que es útil diferenciar, en toda relación médico-paciente, los
elementos transferenciales de los no transferenciales. Aná­
logamente, las diversas variedades de transferencia que he­
mos examinado en el presente capítulo pueden observarse fuera
del psicoanálisis y a menudo rastrearse en toda una serie de
otras relaciones. Hay suficientes pruebas clínicas como para
sostener que la erotización de elementos transferenciales pue­
de darse fuera de la situación analítica, que los pacientes psi-
cóticos pueden presentar características psicóticas y deluso­
rias en su relación con otras personas y que determinadas
situaciones pueden producir o desencadenar reacciones psicó­
ticas transitorias en ciertos individuos.

97
6. CONTRATRANSFERENCIA

En los capítulos 3, 4 y 5 hemos examinado los conceptos


de alianza terapéutica y de transferencia, utilizados en co­
nexión con diversos aspectos del vínculo entre el paciente y
el terapeuta. Ambos surgieron en el marco de la situación
analítica y hemos explorado las posibilidades de hacerlos
extensivos a otras situaciones externas a ella. Ambos ponen
de relieve procesos que suceden en el interior del paciente y
tienden a realzar sólo uno de los lados de la relación dual.
Incluso el concepto de alianza terapéutica, que nominalmen­
te parecería incluir ambos roles, tendió a ser considerado
desde el punto de vista de los procesos y actitudes internos
del paciente. No obstante, en este sentido hubo algún cam­
bio, sobre todo desde la década de 1970, y se han tomado
crecientemente en cuenta las actitudes, sentimientos y pos­
tura profesional del analista.
Así como el término “transferencia” suele emplearse, en
forma laxa, como sinónimo de la totalidad del vínculo del pa­
ciente con el terapeuta, así también “contratransferencia” suele
utilizarse en un sentido general (dentro y fuera del psicoanáli­
sis) para describir todos los sentimientos y actitudes del tera­
peuta hacia el paciente, y aun para indicar ciertas facetas de
relaciones que de ordinario no son terapéuticas (Kemper, 1966).
Este uso es muy distinto del propuesto originalmente, y como
consecuencia se ha producido cierta confusión sobre el signifi­
cado preciso del término tal como fue empleado por Freud por
primera vez (1910d) al especular sobre las perspectivas futu-

99
ras del psicoanálisis. En ese trabajo, refiriéndose al psicoaná­
lisis, escribió:

Nos hemos visto llevados a prestar atención a la “con­


tratransferencia” que se instala en el médico por el influjo que
el paciente ejerce sobre su sentir inconsciente, y no estamos
lejos de exigirle que la discierna dentro de sí y la domine. (...)
hemos notado que cada psicoanalista sólo llega hasta donde se
lo permiten sus propios complejos y resistencias interiores...

En una carta dirigida el 6 de octubre de 1910 a su colega


Ferenczi, que se había analizado con él, Freud (Jones, 1955)
se disculpaba por no haber podido superar la contra­
transferencia que interfirió en el análisis de Ferenczi, y decía
que el analista debe tener como propósito mostrarle al pacien­
te lo menos posible de su vida personal. Advertía a los analis­
tas sobre el error de comentar sus propias experiencias o difi­
cultades con los pacientes: “El médico debe ser opaco para el
paciente, y, como un espejo, no mostrarle nada más que lo que
le es mostrado a él”. También llamó la atención sobre el peli­
gro de “caer en la tentación de proyectar sobre la ciencia, como
teoría de validez universal, lo que en una sorda percepción de
sí mismo discierna sobre las propiedades de su persona"
(1912e). En este mismo trabajo comentó que el analista

debe volver hacia el inconsciente emisor del enfermo su propio


inconsciente como órgano receptor, acomodarse al analizado
como el auricular del teléfono se acomoda al micrófono. De la
misma manera en que el receptor vuelve a convertir en ondas
sonoras las oscilaciones eléctricas de la línea provocadas por
otras ondas sonoras, lo inconsciente del médico se habilita
para restablecer, desde los retoños de lo inconsciente a él co­
municados, eso inconsciente mismo que ha determinado las
ocurrencias del enfermo.

Así como al principio Freud vio en la transferencia un im­


pedimento para el libre discurrir de las asociaciones, así tam­
bién la contratransferencia fue permanentemente considera­
da por él como una obstrucción para la libertad del analista en
su empeño por comprender al paciente. Freud (1913i) enten-

100
día que la mente del analista era un “instrumento” y que la
contratransferencia impedía que éste operara con eficacia en
la situación analítica. No dio el paso (que sí dio respecto de la
transferencia) que podría haberlo llevado a considerar tam­
bién a la contratransferencia como una herramienta útil del
análisis.
En un comentario que hizo años más tarde (1915a), al refe­
rirse a la conciencia que tiene el médico del amor que por él
siente una paciente, se aprecia hasta qué punto era intensa su
convicción de que la contratransferencia era un fenómeno in­
deseable:

Para el médico significa un esclarecimiento valioso y una


buena prevención de una contratransferencia que acaso ya
esté presta a presentarse en él. Tiene que discernir que el
enamoramiento de una paciente le ha sido impuesto por la
situación analítica y no se puede atribuir, digamos, a las
excelencias de su persona; que, por tanto, no hay razón para
que se enorgullezca de semejante “conquista”, como se la
llamaría fuera del análisis. Y siempre es bueno estar sobre
aviso de ello. (...) Por otra parte, el experimento de dejarse
deslizar por unos sentimientos tiernos hacia la paciente con­
lleva, asimismo, sus peligros. Uno no se gobierna tan bien
que de pronto no pueda llegar más lejos de lo que se había
propuesto. Opino, pues, que no es lícito renunciar a la neu­
tralidad que, mediante el sofrenamiento de la transferencia,
uno ha adquirido.

Debe subrayarse que para Freud el hecho de que el psicoa­


nalista tuviera sentimientos hacia sus pacientes o conflictos
causados por ellos no constituía en sí mismo la contra­
transferencia. El propósito era que el analista funcionase como
un espejo en la situación analítica, reflejando a través de sus
interpretaciones el significado del material traído por el pa­
ciente, incluidas las distorsiones transferenciales. La
contratransferencia era considerada una especie de “resisten­
cia” del psicoanalista hacia su paciente, debida a conflictos
inconscientes despertados en el analista por lo que el paciente
decía o hacía, o por lo que representaba para él. Mediante la
autoobservación, el analista era capaz de darse cuenta de ta-

101
les reacciones contratransferenciales y conflictos en sí mismo,
que a su vez eran un indicador de que debía empeñarse en
reconocer su naturaleza y eliminar sus consecuencias adver­
sas. Según Freud, los conflictos no eran contratransferenciales
en sí, pero podían dar origen a la contratransferencia.
En reiteradas oportunidades Freud destacó las limitacio­
nes que el trabajo analítico imponía a los escotomas psicológi­
cos del analista (1912e, 1915a, 1931b, 1937d). En un principio
(1910d) abogó por un autoanálisis permanente, pero pronto se
convenció de que éste era de difícil instrumentación a raíz de
la resistencia del analista a comprenderse a sí mismo, y reco­
mendó que en lugar de ello se sometiera a un análisis (el
“análisis didáctico”) a fin de comprender y superar las defi­
ciencias psicológicas generadas por sus conflictos inconscien­
tes (1912b). Más adelante llegó a pensar que aun esto era
insuficiente y aconsejó que los analistas se volvieran a anali­
zar más o menos cada cinco años (1937c). Este consejo no fue
seguido por muchos, probablemente debido a que los análisis
didácticos se volvieron con el tiempo más prolongados y, en
consecuencia, más completos. Sin embargo, no es raro que los
psicoanalistas se sometan a un segundo análisis, sobre todo si
perciben dificultades en su labor o si tienen problemas perso­
nales para los cuales requieren de la ayuda de otro analista.
Freud incluía bajo el rótulo de “contratransferencia” algo
más que la transferencia del analista sobre el paciente, en el
sentido en que empleó este último término. Si bien es cierto
que un paciente puede llegar a representar una figura del
pasado del analista, la contratransferencia puede surgir sim­
plemente por la incapacidad del analista de abordar como
corresponde aquellos aspectos de las comunicaciones y com­
portamientos del paciente que lo afectan en su propia proble­
mática. Por ejemplo, si aún no logró resolver problemas vincu­
lados a su agresividad, tal vez necesite aplacar al paciente
toda vez que detecta en éste sentimientos o pensamientos
agresivos. Análogamente, si lo atemorizan sus propios deseos
homosexuales, quizá no vea ninguna asociación con la homo­
sexualidad en el material que trae el paciente, o tal vez se
muestre injustificadamente irritado por lo que éste le dice y lo
desvíe en forma inconsciente hacia otro tema, etc. En conse-

102
cuencia, el prefijo “contra” que forma parte de la palabra
“contratransferencia” puede indicar tanto la existencia en el
analista de una reacción comparable a la transferencia del
paciente (en cuyo caso el prefijo estaría cumpliendo la misma
función que en “contraprestación”), como la reacción que ésta
provoca en el analista (como en la palabra “contraataque”). La
etimología del término ha sido examinada por Greenson (1967).
Con posterioridad a Freud, en la bibliografía psicoanalítica
sobre la contratransferencia ha habido diversas líneas de pen­
samiento. Varios autores sostuvieron que el vocablo debía em­
plearse exactamente con el sentido con que Freud lo utilizó al
principio, o sea, limitarlo a los conflictos y problemas no re­
sueltos que surgen en el análisis como consecuencia de su
labor con el paciente y perturban su eficacia (Fliess, 1953;
Stern, 1924). Fliess dice al respecto: “La contratransferencia,
que es siempre una resistencia, debe ser siempre analizada”.
Winnicott (1960) la describe como “las características
neuróticas del analista que malogran la actitud profesional y
perturban el curso del proceso analítico, tal como es determi­
nado por el paciente”. Otros, si bien adhieren en mayor o
menor medida al concepto original, subrayan que el origen de
los obstáculos contratransferenciales están fundamentalmen­
te en la transferencia del terapeuta sobre el paciente (Gitelson,
1952; Hoffer, 1956; A. Reich, 1951; Tower, 1956). Por ejemplo,
A. Reich (1951) destaca que el analista

puede simpatizar o no con el paciente, pero en la medida en


que estas actitudes le sean conscientes, no tienen nada que
ver con la contratransferencia. Si la intensidad de tales senti­
mientos aumenta, podemos estar seguros de que se han mez­
clado con sentimientos inconscientes del analista, con sus pro­
pias transferencias sobre el paciente, vale decir, con sus
contratransferencias. (...) Así, pues, la contratransferencia
abarca los efectos que tienen las necesidades y conflictos in­
conscientes del analista sobre su comprensión o su técnica. En
tales casos el paciente representa para él un objeto del pasado
sobre el cual se proyectan antiguos sentimientos y deseos
(...); ésta es la contratransferencia en el sentido apropiado del
término.

103
Lamentablemente, a menudo las opiniones de los autores
que consideran la contratransferencia como el resultado de la
transferencia del propio analista sobre el paciente se ven des­
dibujadas a raíz de que esos autores no indican en qué senti­
do, exactamente, emplean el concepto de transferencia (capí­
tulo 4). Algunos parecen vincular la contratransferencia al
concepto original de transferencia de Freud, en tanto que otros
entienden que la transferencia se refiere a todos los aspectos
de las relaciones (v. gr., English y Pearson, 1937). En armonía
con este uso del término, M. Balint, en uno de sus primeros
trabajos sobre la contratransferencia (1933), la equiparó con
la transferencia del analista sobre el paciente, y más tarde (M.
Balint y A. Balint, 1939) amplió su contenido para incluir todo
aquello que pone de relieve la personalidad del analista (in­
cluso la forma en que dispone los almohadones en el diván).
En otro trabajo posterior, M. Balint (1949) utiliza el término
“contratransferencia” inequívocamente para describir la tota­
lidad de las actitudes y conductas del analista hacia su pa­
ciente. Para él, a diferencia de Freud, también incluía la acti­
tud profesional. Langs (1975) ha señalado que el modo de
manejar las reglas fundamentales del análisis le indica al
paciente en cierto grado cuál es el estado anímico del analista.
En los escritos psicoanalíticos sobre la contratransferencia
se produjo un gran avance cuando comenzó a vérsela como un
fenómeno importante para que el analista comprendiese el
significado oculto del material del paciente. La idea esencial
fue que, si el analista dispone de elementos para comprender
y valorar los procesos que se dan en el paciente y dichos ele­
mentos no son de inmediato conscientes, puede descubrirlos si
inspecciona sus propias asociaciones y sentimientos mientras
lo escucha. Esta idea se halla implícita en la descripción que
hizo Freud (1909b, 1912e) del valor de la actitud neutral del
analista y de su “atención parejamente flotante”, pero su pri­
mera formulación explícita se debe a Heimann (1950, 1960) y
fue más tarde ampliada por otros autores (v. gr., Little, 1951,
1960b).
Heimann partió de la base de que la contratransferencia
abarca todos los sentimientos que el analista experimenta ha­
cia el paciente. El analista, según esta autora, debe “conservar

104
los sentimientos que se suscitan en él en lugar de descargarlos
(como lo hace el paciente), con el fin de subordinarlos a la
tarea analítica, en la cual funciona como reflejo especular del
paciente”. La premisa fundamental de esta autora (1950) es
que “el inconsciente del analista comprende al inconsciente
del paciente. Este rapport en el plano profundo sale a la su­
perficie en forma de sentimientos que el analista advierte en
él como reacción ante el paciente, en su ‘contratransferencia’
Afirma que el analista debe apelar a esta reacción emocional
(su contratransferencia) como clave para la comprensión del
paciente. De este modo, su percatamiento respecto de sus pro­
pias reacciones ofrece un camino adicional de intelección so­
bre los procesos psíquicos inconscientes del paciente. Esta am­
pliación del concepto de contratransferencia se asemeja al cam­
bio que sobrevino en los puntos de vista de Freud acerca de la
transferencia, primero considerada sólo como un impedimen­
to y luego como una ventaja para la terapia (capítulo 4).
La obra de Heimann sobre la contratransferencia tiene
importancia sustancial. Aunque a la sazón esta autora tenía
una orientación estrictamente kleiniana, no ligó la con­
tratransferencia con el concepto kleiniano de identificación
proyectiva (1946), vínculo este último que fue establecido por
Racker en una serie de artículos (1953, 1957, 1968) en los que
postula que la contratransferencia del analista es una res­
puesta frente a las identificaciones proyectivas del paciente
(capítulo 4). Racker diferenció además las identificaciones con­
cordante y complementaria del analista como resultado de las
proyecciones del paciente. Dicho en términos simples, “la
contratransferencia basada en una identificación concordante
se produce cuando el analista se identifica con la representa­
ción fantaseada que en ese momento tiene el paciente sobre su
propio sí-mismo; la contratransferencia basada en una identi­
ficación complementaria se produce cuando el analista se iden­
tifica con la representación del objeto en la fantasía transfe-
rencial del paciente” (Sandler, 1987).
A. Reich (1951) puntualizó que “la contratransferencia es
un requisito fundamental del análisis. Si no existe, faltarán el
talento y el interés necesarios. Pero debe permanecer en el
trasfondo y en la penumbra.Un punto de vista similar expre-

105
saron Spitz (1956) y Little (1960b), quien sostuvo que “sin una
contra transferencia inconsciente no habría ni empatia ni ha­
bría análisis”. Money-Kyrle (1956) se refirió a la empatia como
una contratransferencia “normal”.
Una temática recurrente de la literatura psicoanalítica es
la de que los fenómenos contratransferenciales son concomi­
tantes esenciales del tratamiento. Una de las más claras enun­
ciaciones de esto fue la hecha por Sharpe (1947), quien comen­
ta: “Decir que un analista (...) siempre tendrá complejos,
escotomas, limitaciones, equivale a decir que seguirá siendo
un ser humano. Cuando deje de serlo, dejará de ser un buen
analista”. Y agrega: “A menudo se habla de la contratrans­
ferencia como si ella implicase una actitud amorosa. La contra­
transferencia que probablemente ocasione trastornos es la in­
consciente del analista, ya sea una contratransferencia infan­
til negativa o positiva, o alternadamente una y otra. (...) Nos
engañamos si creemos que no tenemos contratransferencias.
Lo que cuenta es la índole de ésta”.
Como acontece con otros conceptos psicoanalíticos, el hecho
de atribuir al término “contratransferencia” un significado
adicional al que tenía llevó a una menor precisión en su uso.
Sin duda, para quienes investigan la relación médico-paciente
en diversas situaciones, todos los sentimientos del terapeuta
hacia el enfermo pueden ser objeto de interés; pero debemos
preguntarnos si es útil ampliar el concepto de contratrans­
ferencia hasta abarcar todo lo que se experimenta ante el
paciente.
En su mayor parte, la bibliografía psicoanalítica sobre la
contratransferencia de las décadas de 1950 y 1960 trasunta la
adhesión a una de las dos posturas principales a que hemos
aludido, o sea, la de que la contra transferencia es un obstácu­
lo para la labor analítica o bien un instrumento valioso. Desde
época relativamente temprana se vislumbraron los problemas
derivados de estas concepciones opuestas (v. gr., Orr, 1954).
Hoffer (1956) fue uno de los primeros en intentar aclarar la
confusión a que había dado lugar el concepto distinguiendo
entre la transferencia del analista a su paciente y su
contratransferencia; pero, como es típico, relaciona la primera
con la falta de humanidad del analista y su insuficiente valo-

106
ración de las necesidades reales del paciente, en tanto que la
contratransferencia se vincularía a las reacciones intra-
psíquicas del analista, incluidas sus limitaciones para com­
prender el material.
En una reseña de los trabajos sobre contratransferencia,
Kernberg (1965) puntualizó que la extensión del término a fin
de incluir todas las reacciones emocionales del analista origi­
naba confusión y hacía que perdiera su significado específico.
No obstante, refiriéndose a las críticas formuladas contra la
antigua concepción de la contratransferencia como “resisten­
cia” o “escotoma” del analista, señaló que esa apreciación pue­
de desdibujar la importancia de la contratransferencia al juz­
garla como si fuera algo “equivocado”; sostenía que esto puede
fomentar en el analista una actitud “fóbica” respecto de sus
propias reacciones emocionales, limitando de este modo su
comprensión del paciente. En consonancia con las opiniones
de otros autores (v. gr., Winnicott, 1949), expresaba Kernberg
que el uso cabal de la reacción emocional del analista tiene
particular valor diagnóstico en lo tocante a la evaluación de la
analizabilidad de individuos con trastornos profundos de la
personalidad o de otros pacientes psicóticos o muy enfermos.
Las intelecciones adquiridas en el tratamiento psicoanalí-
tico de pacientes fronterizos y psicóticos, así como de delin­
cuentes, a raíz de la llamada “ampliación de los alcances del
psicoanálisis”, poco a poco fueron cobrando aplicación más
general. Esto se advierte en forma notoria en lo que respecta
a la comprensión y utilización de la contratransferencia den­
tro del contexto interpersonal entre paciente y analista. Así,
Kernberg (1975), refiriéndose al tratamiento de pacientes
fronterizos, indica que las relaciones objétales primitivas in­
ternalizadas por el paciente movilizan, por vía de la identifi­
cación proyectiva, relaciones objétales primitivas semejan­
tes en el analista, quien vivencia de modo subjetivo los as­
pectos proyectados del sí-mismo del paciente. Desde el ángu­
lo de éste, la identificación proyectiva es una manera de
manejar sus partes proyectivas controlando al analista, a
quien vivencia como poseedor de los aspectos escindidos y
proyectados de su propio sí-mismo. La empatia del analista
con el paciente obedece al hecho de que también en él hay

107
relaciones objétales primitivas que pueden ser movilizadas
por las proyecciones del paciente.
Grinberg (1962) llamó “contraidentificación proyectiva” a
las reacciones del analista ante sus propias respuestas
contratransferenciales inconscientes. Esta idea hace reparar
en la importancia de considerar la contratransferencia en su
más amplia acepción, incluyendo las reacciones defensivas del
analista contra los sentimientos que le despierta el paciente.
Por ejemplo, puede defenderse contra los sentimientos eróti­
cos que éste le provoca experimentando desagrado u hostili­
dad hacia el paciente.
Ya hemos trazado (en el capítulo 4) la evolución de la teoría
kleiniana de la transferencia, con su énfasis particular en la
identificación proyectiva, considerada como fenómeno normal
o patológico. A esto se vincula la tendencia de los analistas
kleinianos de los últimos tiempos a poner especial acento en el
uso constructivo de la contratransferencia; para Joseph ésta
ofrecía la vía principal hacia la comprensión e interpretación
de la transferencia. Según Bion (1959, 1962), el funcionamien­
to de la identificación proyectiva en la situación analítica guar­
daba un paralelismo con la forma en que el niño, al llorar,
proyecta su congoja en la madre, quien lo “contiene” y es capaz
de responder entonces de manera apropiada. Esa congoja pro­
yectada es sometida luego a lo que Bion denomina el “ensue­
ño”, o sea, la labor de evaluación y manejo correcto del proble­
ma por parte de la madre. El analista cumple la misma fun­
ción: “contiene” las proyecciones del paciente en un estado de
“ensueño” y responde con interpretaciones apropiadas (véase
Hinshelwood, 1989).
Segal (1977) señala que esta función de contención de las
proyecciones del paciente puede verse afectada de diversas
maneras:

Hay toda una zona de patología del paciente (...) que pro­
cura específicamente perturbar esta situación de contención,
ya sea invadiendo la mente del analista de un modo seductor o
agresivo, creando confusión y angustia o atacando los nexos
que se establecen en la mente del analista. Debemos volcar en
nuestro favor esta situación y, a partir del hecho mismo de
que nuestra contención se haya visto afectada, extraer ense-

108
ñanzas acerca de nuestra interacción con el paciente. Esas
perturbaciones en la capacidad de funcionamiento del analis­
ta son las primeras en ofrecernos un indicio sobre tales proce­
sos psicóticos.

Conviene apuntar que, según la concepción kleiniana, en


todas las personas se dan procesos psicóticos.
Si bien la evolución de la teoría y la técnica kleinianas
constituye una tendencia primordial dentro del desarrollo de
las concepciones acerca de la contratransferencia, también otros
psicoanalistas, provenientes de posturas teóricas muy distin­
tas, han subrayado la perspectiva interpersonal de las inter­
acciones transferenciales-contratransferenciales. Loewald
(1986) lo expresó muy bien al indicar que no es posible tratar
por separado la transferencia y la contratransferencia: “Son
las dos caras de una misma dinámica, que tiene sus raíces en
el entrelazamiento inextrincable con los otros que da origen a
la vida individual y que persiste, con innumerables elabora­
ciones, derivaciones y transformaciones, a lo largo de toda la
vida. Una de estas transformaciones se manifiesta en el en­
cuentro psicoanalítico”.
Como afirma McLaughlin (1981), cada vez se hace más
evidente que

ambas partes se hallan inmersas en un campo comunicativo


de sensibilidad y sutileza increíbles, donde los matices
transferenciales y contratransferenciales participan con una
intensidad afectiva enorme, y en este campo la posibilidad de
dar o recibir un comentario neutral o catalítico es en verdad
remota.

Análogamente, Langs (1978) utiliza el concepto de “campo


bipersonal” y concibe la contratransferencia como un producto
de la interacción. Define el campo bipersonal como

el campo físico-temporal dentro del cual tiene lugar la interac­


ción analítica. El paciente es uno de los términos de esta pola­
ridad; el otro es el analista. El campo abarca mecanismos
interactivos e intrapsíquicos, y cualquier suceso que en él se
produzca recibe vectores provenientes de ambos partícipes. A
su vez, este campo es definido por un encuadre —las reglas

109
fundamentales del psicoanálisis— que no sólo delimitan sino
que además contribuyen, en no escasa medida, a conferirle
sus propiedades comunicativas, así como al sostén que el ana­
lista pueda brindar al paciente y la contención que dé a sus
identificaciones proyectivas.

Sandler (1976), en un trabajo sobre la contratransferencia


y la capacidad de respuesta al rol, expone la opinión de que el
paciente procura efectivizar, o provocar en la realidad actual,
la interacción entre el sí-mismo y el objeto representada en su
fantasía de deseo inconsciente predominante, interacción que
supone un cierto rol para el sujeto y otro para el objeto (la
llamada “relación de roles”). Tenderá a hacerlo manipulando
al analista en la transferencia mediante rápidas señales in­
conscientes (incluidas las señales no verbales). Esta presión
del paciente para provocar o suscitar una determinada res­
puesta en el analista puede dar lugar a experiencias con-
tratransferenciales o incluso a una puesta en acto contra-
transferencial del analista (como reflejo de su “capacidad de
respuesta al rol”). Cabe considerar a estas “puestas en acto”
como soluciones de compromiso entre el rol que el paciente
pretende imponerle al analista y las propensiones de éste. La
conciencia que tenga el analista de estas respuestas suyas
ante los distintos roles puede ser vital para entender el con­
flicto transferencial prevaleciente y las fantasías trans-
ferenciales asociadas al paciente. En este sentido, Sandler
introduce el concepto de “capacidad de respuesta flotante”
del analista, la que por lo común se mantiene dentro de los
límites bien definidos que fijan las reglas fundamentales de
la situación analítica. Moeller (1977a, 1977b) ha subrayado
que el analista necesita “captar ambas facetas de la relación
de rol, la del sujeto y la del objeto; o sea, tiene que aprehen­
der intrapsíquicamente la relación en su conjunto antes de
estar en condiciones de comprender cuál es la situación del
paciente”.
En su intento de diferenciar la contratransferencia de otras
reacciones del analista, Chediak (1979) señala que aquélla es
sólo una de varias contrarreacciones, como él las denomina,
del analista frente al paciente. Postula que estas contra­

llo
rreacciones provienen de distintas fuentes dentro de la rela­
ción entre ambos, y sugiere la utilidad clínica de diferenciar­
las. Divide las reacciones del analista del siguiente modo (la
primera de ellas no es considerada como “contrarreacción”):

1. La comprensión intelectual, basada en la información que


proporciona el paciente y en los conocimientos intelectua­
les que posee el analista.
2. La respuesta general ante el paciente como persona, que es
la contrapartida de lo que destaca Strupp (1960) al referir­
se a la reacción del paciente ante la personalidad del ana­
lista.
3. La transferencia del analista sobre el paciente, o sea, su
revivencia de tempranas relaciones de objeto parciales, tal
como es provocada por determinadas características del
paciente.
4. La contratransferencia del analista, que es su reacción ante
el rol que le es asignado por la transferencia del paciente.
5. La identificación empática con el paciente.

La contratransferencia, sea cual fuere la forma que cobre,


es inevitable. Silverman (1985) indica que es así “a raíz de la
naturaleza misma del proceso psicoanalítico y de la imposibi­
lidad de que el analista logre en su análisis didáctico una
comprensión y un dominio tan cabales de sus propias inclina­
ciones inconscientes, como para ser completamente impene­
trable frente a los empeños de sus analizados de hacerlo ac­
tuar sus conflictos neuróticos, en vez de analizarlos”. Conse­
cuentemente, los analistas deben “estar muy atentos al surgi­
miento de reacciones contratransferenciales, para poder ana­
lizarlas y superarlas”.
Jacobs (1983) vincula la contratransferencia del analista a
su actitud acerca de los objetos de la vida pasada y presente
del paciente. Estas respuestas son “el producto de interaccio­
nes complejas entre los impulsos, afectos, fantasías y defensas
que suscitan en el terapeuta las representaciones psíquicas
que se ha forjado de tales objetos”. Algo similar sostienen
Bernstein y Glenn (1988) en relación con el análisis de niños,
donde el analista puede experimentar sentimientos muy in-

111
tensos hacia ciertos miembros de la familia del niño (véase
también Racker, 1968).
Los acontecimientos de la vida del analista pueden afectar
profundamente la contratransferencia (véase van Dam, 1987);
por ejemplo, si padece una enfermedad, puede incurrir en la
renegación, en cuyo caso la contratransferencia tal vez adopte
un cariz defensivo inconsciente (Dewald, 1982). Abend (1982)
lo expresa bien al decir:

Sostengo que la importancia primordial de los poderosos


elementos contratransferenciales movilizados por la experien­
cia de una seria enfermedad en el analista radica en que tien­
den a influir en su técnica analítica. Esto implica, entre otras
cosas, que la contratransferencia somete a presión (...) precisa­
mente el discernimiento clínico sobre el que se apoya para eva­
luar las necesidades específicas de los pacientes; en ninguna
otra circunstancia es menos probable que sea objetiva y confia­
ble su valoración de este problema técnico. Las reacciones
contratransferenciales afectarán la percepción, comprensión,
capacidad de control instintivo y discernimiento del analista en
formas sutiles, y a veces no tan sutiles, y bien pueden matizar
su opinión sobre las necesidades y aptitudes del paciente.

En la bibliografía se describen otros elementos particula­


res de la contratransferencia en relación con el análisis de
determinados tipos de pacientes. Así, P. Tyson (1980) llama la
atención sobre la influencia que tiene el sexo del analista en la
transferencia y contratransferencia del análisis de niños, en
ciertas etapas del desarrollo de éstos. Asimismo, ha sido seña­
lada (King, 1974) la tendencia de los analistas que trabajan
con pacientes mucho mayores que ellos a equipararlos con sus
propios padres, manifestación contratransferencial que “no es
puesta en el analista por el paciente” (véase también Wylie y
Wylie, 1987). McDougall (1978) comenta que las ideas, fanta­
sías y sentimientos de pacientes que sufrieron traumas en
una precoz etapa preverbal pueden discernirse en primer lu­
gar en la contratransferencia; esta autora añade:

En estos casos es dable deducir la secuela de tempranos


traumas psíquicos, que exigirán un manejo particular en la

112
situación analítica. En primera instancia, este “discurso encu­
bridor”, impregnado de mensajes que nunca fueron elabora­
dos verbalmente, sólo se capta merced a la activación de un
afecto contratransferencial.

Vale la pena destacar que la empatia, parte tan esencial de


la técnica psicoanalítica, no es equivalente a la contra­
transferencia (véase Beres y Arlow, 1974; Arlow, 1985; Blum,
1986). Fliess (1942, 1953) ya había señalado bastante tiempo
atrás que la capacidad de empatia del analista se basa proba­
blemente en el intento de identificarse con el paciente, y que
refleja su actitud para colocarse en el lugar de los demás.
También Knight (1940) vincula la empatia a los procesos
proyectivos e introyectivos que contribuyen a la “identifica­
ción intentada”. La capacidad de empatia es vista por algunos
como un requisito previo para el uso constructivo de la
contratransferencia (Rosenfeld, 1952), pero las reacciones
contratransferenciales pueden hacer que ella fracase en el
análisis (Wolf, 1979).
Se diría que entre empatia y contratransferencia existe
una relación dual, que trasunta el doble aspecto de la
contratransferencia como vehículo para conocer los procesos
inconscientes del paciente, por un lado, y como impedimento
para la comprensión empática, por el otro. Abend (1986) dis­
tingue, en este sentido, la “empatia benéfica” de la “con­
tratransferencia desventajosa”. A todas luces, los aspectos más
sutiles e inconscientes de la contratransferencia son impor­
tantes, sobre todo porque el analista puede racionalizarlos y
camuflarlos. Jacobs (1986) sostiene que “aun hoy, para mu­
chos colegas, la contratransferencia es sinónimo de acciones
manifiestas y de un acting out identificable del analista”, y
añade que “son precisamente las sutiles reacciones
contratransferenciales, a menudo apenas visibles, tan racio­
nalizadas como parte de nuestros procedimientos operativos
corrientes y tan fácilmente pasadas por alto, las que en defini­
tiva pueden tener mayor repercusión en nuestro trabajo analí­
tico”. No obstante, la conciencia que adquiere el analista de
sus propias reacciones corporales (movimientos, posturas) pue­
de darle un indicio sobre su contratransferencia (Jacobs, 1973).

113
Otra corriente de pensamiento sobre la contratransferencia
está vinculada a los avances de la psicología del sí-mismo
como consecuencia de la obra de Kohut. En el capítulo ante­
rior ya mencionamos la concepción de la transferencia en la
psicología del sí-mismo, e hicimos particular referencia al pa­
pel del analista como “objeto/sí-mismo”. También él tratará a
su paciente como un objeto/sí-mismo y dependerá de que el
paciente lo convalide; si no reacciona en tal sentido, quizá
sienta que ha fallado como objeto/sí-mismo tranquilizador y
comprensivo (Adler, 1984). Con anterioridad, Kohut (1971,
1977) había examinado la estimulación en el analista de sen­
timientos primitivos grandiosos en la contratransferencia a
raíz de la transferencia idealizadora del paciente (véase el
capítulo 5). Por otra parte, aquellos analistas cuyo propio de­
sarrollo se caracterizó por una grandiosidad arcaica pueden
sentir ira y rechazo como consecuencia de la activación de sus
deseos grandiosos. Análogamente, el paciente puede reaccio­
nar con rabia, o con retraimiento, frente a un analista que no
funciona adecuadamente para él en la transferencia especular
(véase el capítulo 5).
Como vemos, con los años el concepto de contratransferencia
ha experimentado una ampliación hasta incluir varios signifi­
cados diferentes, con lo cual ha disminuido en forma inevita­
ble la precisión con que fue empleado en los comienzos. En el
uso actual cabe discernir los siguientes elementos o significa­
dos principales (algunos de los cuales fueron enumerados por
Little, 1951):

1. Las “resistencias” del analista a raíz de la activación en él


de conflictos internos, que perturban su comprensión y su
manera de conducir el análisis, generando “escotomas"
(Freud, 1910d, 1912e).
2. Las “transferencias” del analista sobre su paciente, en las
que éste se convierte en un sustituto actual de una figura
importante de la niñez del analista (v. gr., A. Reich, 1951,
1960; Brenner, 1976, 1985); también deberían incluirse
aquí las proyecciones del analista sobre el paciente.
3. Como consecuencia de la exteriorización o de la identifica­
ción proyectiva del paciente, la reacción del analista en la

114
que éste pasa a ser el vehículo de un aspecto del sí-mismo
del paciente o de un aspecto del objeto (v. gr., Racker,
1953, 1957, 1968; Bion, 1959, 1962; Kernberg, 1975;
Sandler, 1976, 1990a, 1990b; Segal, 1977).
4. La reacción del analista a las transferencias del paciente
(Gitelson, 1952) y a sus propias respuestas contra-
transferenciales (Grinberg, 1962).
5. La contratransferencia como producto interactivo del “cam­
po comunicativo” en que participan tanto el analista como
el paciente (Langs, 1978; McLaughlin, 1981).
6. La dependencia del analista respecto de la “convalidación”
del paciente (Kohut, 1971, 1977; Adler, 1984).
7. La perturbación de la comunicación entre analista y pa­
ciente a raíz de la angustia que le provoca al primero la
relación entre ambos (Cohén, 1952).
8. Características de la personalidad del analista o sucesos
de su vida (p. ej., una enfermedad) que se reflejan en su
tarea y que pueden provocar o no dificultades para la
terapia (v. gr., M. Balint y A. Balint, 1939; Abend, 1982;
Dewald, 1982; van Dam, 1987).
9. La totalidad de las actitudes, conscientes e inconscientes,
del analista hacia los pacientes (v. gr., Balint, 1949; Kem-
per, 1966).
10. Limitaciones específicas en el analista provocadas por de­
terminados pacientes.
11. La reacción emocional “normal” o “apropiada” del analis­
ta frente al paciente, que puede constituir una importan­
te herramienta terapéutica (Heimann, 1950, 1960; Little,
1951) y servir de base a la empatia y a la comprensión
(Heimann, 1950, 1960; Money-Kyrle, 1956).

Es evidente que si se restringe el concepto clínico de


contratransferencia a la transferencia del analista sobre el
paciente, su definición resulta harto limitada y demasiado
ligada al significado particular que se le atribuya a la transfe­
rencia (capítulos 4 y 5). Por otro lado, ampliar el concepto
hasta abarcar con él todas las actitudes, conscientes o incons­
cientes, del analista, y aun sus rasgos de personalidad, despo­
ja al término prácticamente de sentido. En cambio, parece

115
conveniente tomar en cuenta los aspectos de las reacciones
emocionales del analista ante el paciente que no generan en el
primero “resistencias” o “escotomas” sino que pueden ser utili­
zadas por él —en tanto y en cuanto los vuelva conscientes—
como medio de comprender mejor el significado de las comuni­
caciones y conducta del paciente merced al autoexamen de sus
propias reacciones (véase el capítulo 11).
De esto se sigue que una concepción útil de la contratrans­
ferencia consistiría en referir el término a las respuestas espe­
cíficas, de origen emocional, provocadas en el analista por las
particulares características del paciente. Así se excluirán los
rasgos generales de la personalidad del analista y de su es­
tructura psíquica (que colorearán o afectarán su labor con
todos los pacientes), con las consecuencias siguientes:

1. Existen respuestas contratransferenciales en el analista a


lo largo de todo el tratamiento.
2. La contratransferencia puede causar dificultades en el aná­
lisis o conducir a un manejo inapropiado de éste, si el ana­
lista no se percata de ciertos aspectos de sus reacciones
contratransferenciales o, por más que se percate, no logra
superarlos.
3. El examen permanente por el analista de las variaciones
que presentan sus sentimientos y actitudes hacia el pa­
ciente puede llevarlo a adquirir una mejor comprensión de
los procesos que se dan en éste.

Quisiéramos sugerir algo que no se ha destacado, en estos


términos, en la bibliografía, y es que la actitud profesional del
terapeuta, al permitirle “tomar distancia” respecto del pacien­
te sin dejar por ello de seguir en contacto con él y sus senti­
mientos, es de enorme ayuda en la conducción de la labor
analítica. Arlow (1985) habla de la “postura analítica”. Es
pertinente mencionar en este sentido el “yo operante” del ana­
lista (Fliess, 1942; McLaughlin, 1981; Olinick, Poland, Griggy
Granatir, 1973). Estrechamente asociado a la actitud profe­
sional y al “yo operante” del analista está el ejercicio efectivo
de su capacidad de autoexamen y de autoanálisis. Al respecto,
Kramer (1959) se ha referido al uso de una “función

116
autoanalítica” (véase R. L. Tyson, 1986). La postura profesio­
nal del analista (que no equivale en absoluto a una actitud de
indiferencia) es uno de los factores que le permiten compren­
der el material que le presenta un paciente aun cuando no
haya sido suficientemente analizado en su propio análisis di­
dáctico, ni tampoco asimilado como corresponde durante su
formación. Es asimismo uno de los factores, aparte de la com­
prensión intelectual, que habilitan a ciertos terapeutas no ana­
lizados para practicar correctamente la psicoterapia, sobre
todo si lo hacen bajo la supervisión de un analista. Al exponer
estas ideas deseo subrayar al mismo tiempo que no subestimo
la importancia del análisis personal en la formación del psi­
coanalista, ni de las resistencias contratransferenciales que
surgen en él a raíz de sus conflictos internos no analizados.
El concepto de contratransferencia puede fácilmente ha­
cerse extensivo a otros ámbitos fuera del tratamiento psicoa-
nalítico, y la toma de conciencia acerca de la contra­
transferencia, constituir un elemento provechoso en cualquier
relación médico-paciente o terapeuta-paciente. De esto se in­
fiere que para el clínico puede poseer un valor potencial vigi­
lar sus propias reacciones ante los enfermos, y aun conocer la
reacción de otros miembros del personal médico que integra
una institución terapéutica. Por ejemplo, Main (1957, 1989)
ha relatado el caso de un grupo de pacientes que suscitaba un
tipo particular de reacción en el personal médico y de enfer­
mería de un hospital psiquiátrico, sugiriendo que si bien dicha
reacción podía vincularse a los problemas y conflictos internos
generados por los pacientes en el personal, era asimismo ma­
nifestación de un área psicopatológica de los propios pacien­
tes. La observación de las reacciones contratransferenciales
puede tener, pues, importancia diagnóstica.

117
7. RESISTENCIA

Si el concepto de alianza terapéutica (capítulo 3) y algunos


aspectos de la transferencia (capítulo 4 y 5) se vinculan a
tendencias internas del paciente que propenden a la preserva­
ción de la relación terapéutica, el concepto de resistencia se
relaciona con los elementos y fuerzas del paciente que se opo­
nen al tratamiento. Aunque este concepto, más clínico que
psicológico, fue descrito originalmente en relación con el tra­
tamiento psicoanalítico, puede extenderse con facilidad a otras
situaciones clínicas sin someterlo a una modificación funda­
mental.
Como concepto clínico, la resistencia surgió en los primeros
intentos de Freud por suscitar recuerdos “olvidados” en sus
pacientes histéricas. Antes de la creación de la técnica psicoa-
nalítica de la asociación libre, cuando Freud aún empleaba la
hipnosis y la técnica de la “presión sobre la frente” (capítulo
2), concebía a la resistencia como todo aquello que en el pa­
ciente se oponía al afán del médico por influir en él. Según
Freud, esta oposición era el reflejo, en el tratamiento, de las
mismas fuerzas que habían generado y mantenido la
disociación (represión) de los recuerdos penosos desalojándo­
los de la conciencia. Al respecto comentó (1895d) que:

una fuerza psíquica (...) había eliminado originariamente de


la asociación a la representación patógena, y ahora contraria­
ba su retomo en el recuerdo. Por tanto, el no saber de los
histéricos era en verdad un... no querer saber, más o menos

119
consciente, y la tarea del terapeuta consistía en superar esa
resistencia a la asociación mediante un trabajo psíquico.

Entendía que la resistencia se presentaba no sólo en la


histeria o la neurosis obsesiva (las “neurosis de defensa”) sino
también en otros estados patológicos, como los psicóticos. Al
relatar un caso de paranoia crónica (1896b) destacó que partió

de la premisa de que en la paranoia, como en las otras dos


neurosis de defensa con que yo estaba familiarizado, había
unos pensamientos inconscientes y unos recuerdos reprimidos
que, lo mismo que en aquéllas, podían ser llevados a la con­
ciencia venciendo una cierta resistencia. (...) Lo peculiar era
que la mayoría de las veces la paciente oía o alucinaba inte­
riormente, como sus voces, las indicaciones que provenían de
lo inconsciente.

En el examen que hace Freud de este caso se pone de


manifiesto que para él la diferencia entre las producciones del
psicótico y las del neurótico eran de forma más que de conteni­
do. Lo que en el neurótico puede surgir como fantasía o en un
sueño, en el psicótico aparece como creencia (véase nuestra
discusión de la transferencia psicótica en el capítulo 5). En
1900, Freud pudo afirmar que “todo lo que interrumpe el pro­
greso del trabajo analítico es una resistencia”.
Consideraba que el motivo de esa resistencia era la ame­
naza de la activación de ideas y afectos displacenteros. Sos­
tuvo que las ideas reprimidas (que se resistían a ser recorda­
das) eran “todas ellas de naturaleza penosa, aptas para pro­
vocar los afectos de la vergüenza, el reproche, el dolor psíqui­
co, la sensación de un menoscabo” (1895d). No hubo en el
concepto de resistencia ningún cambio esencial cuando el
psicoanálisis ingresó en lo que hemos denominado su segun­
da fase (capítulo 1) y se reconoció la importancia de los im­
pulsos y deseos internos (a diferencia de las experiencias
penosas reales) en la causación del conflicto y la génesis de la
defensa. No obstante, comenzó a considerarse que la resis­
tencia estaba dirigida no sólo contra la rememoración de
recuerdos displacenteros sino también contra el per-
catamiento de impulsos inaceptables. En un artículo sobre

120
“El método psicoanalítico de Freud” (1904a), que él mismo
escribió, enuncia que

este factor de la resistencia ha pasado a ser uno de los funda­


mentos de la teoría. A las ocurrencias que suelen dejarse de
lado con toda clase de pretextos (...) Freud las considera reto­
ños de los productos psíquicos reprimidos (pensamientos y
mociones), desfiguraciones de estos últimos provocados por la
resistencia que se opone a su reproducción. Cuanto mayor es
la resistencia, tanto más vasta es la desfiguración.

En este enunciado se aprecia la incorporación de un nuevo


elemento: ya no se concibe a la resistencia como la sofocación
total de un contenido psíquico inaceptable, sino como la cau­
sante de una desfiguración de los impulsos y recuerdos in­
conscientes, de modo tal que éstos aparecen disfrazados en las
asociaciones libres del paciente. En este sentido, la resistencia
operaría exactamente igual que la “censura” del sueño (Freud,
1900a), o sea, su finalidad sería impedir que se vuelvan cons­
cientes los sentimientos, pensamientos o deseos inaceptables.
El nexo entre el fenómeno clínico de la resistencia y tales
procesos de “desfiguración” o de “censura” condujo natural­
mente a la formulación de que la resistencia no era algo que
aparecía de manera esporádica durante el análisis sino que
estaba presente siempre en el curso del tratamiento. El pa­
ciente “no debe perder de vista que un tratamiento como el
nuestro es acompañado en su devenir por una resistencia cons­
tante” (Freud, 1909b). También comentaba, en este mismo
artículo, la satisfacción que extraían los pacientes de su pade­
cimiento —punto éste que luego amplió, y al cual volveremos
en el presente capítulo, al ocuparnos de la gratificación obte­
nida por vía del sufrimiento y de la satisfacción de una necesi­
dad de castigo.
En el capítulo 4 mencionamos ya la importancia que adju­
dicaba Freud a la relación entre transferencia y resistencia.
Según él, las llamadas “resistencias transferenciales” eran los
obstáculos más poderosos que se oponían al tratamiento psi­
coanalítico (1912b, 1940a [1938]. Ideas y sentimientos relati­
vos al terapeuta pueden surgir como consecuencia de la incli­
nación del paciente a revivir antiguas actitudes, sentimientos

121
y experiencias reprimidos, en vez de recordarlos, o sea que
vuelven a presentarse en el aquí y ahora de la situación analí­
tica. En lo inconsciente, el surgimiento de estas transferen­
cias de figuras del pasado del paciente sobre el analista puede
resultar extremadamente peligroso. Sobre esto, Freud comen­
tó lo siguiente (1912b):

Quien haya recogido la impresión correcta sobre cómo el


analizado es expulsado de sus vínculos objetivos con el médico
tan pronto cae bajo el imperio de una vasta resistencia trans-
ferencial; cómo luego se arroga la libertad de descuidar la
regla fundamental del psicoanálisis, según la cual uno debe
comunicar sin previa crítica todo cuanto le venga a la mente;
cómo olvida los designios con los que entró en el tratamiento y
cómo ahora le resultan indiferentes unos nexos lógicos y razo­
namientos que poco antes le habrían hecho la mayor impre­
sión; esa persona, decimos, sentirá la necesidad de explicarse
aquella impresión por otros factores (que) resultan, también
ellos, de la situación psicológica en que la cura ha puesto al
analizado.

FUENTES Y VARIEDADES DE RESISTENCIA

Hacia 1912, en lo tocante a los orígenes de la resistencia en


los pacientes que estaban en tratamiento psicoanalítico, Freud
había establecido sólo una diferencia fundamental: la existen­
te entre la resistencia de transferencia y la resistencia de re­
presión. Esta última era inherente a la estructura psíquica del
individuo y se oponía al percatamiento de sus impulsos y re­
cuerdos penosos o peligrosos. Las resistencias transferenciales
pueden a la larga desaparecer y ser sustituidas por vínculos
afectivos que refuerzan la alianza terapéutica, mientras que
las resistencias de represión han de concebirse como una fuer­
za interior siempre presente (aunque fluctuante) que se opone
a las finalidades perseguidas por el tratamiento.
La tercera fase del psicoanálisis, iniciada a partir de la
“teoría estructural” de la psique tal como fue descrita en El yo
y el ello (Freud, 1923b), introdujo un cambio sustancial en la
noción de resistencia. En una importante obra posterior, Inhi-

122
bidón, síntoma y angustia (1926d), Freud puntualizó que no
sólo las mociones instintivas presentan peligros para el yo,
sino también el superyó y el mundo externo. Propuso entonces
su segunda teoría de la angustia, considerada como una señal
de peligro para el yo, y no, como originariamente él había
pensado, una transformación de la libido resultante de la re­
presión de un impuso sexual. Según esta nueva teoría, la se­
ñal de peligro podía aprontar una actividad defensiva en el yo,
dando origen a su vez a una resistencia contra el análisis.
Freud estaba ya en condiciones de diferenciar cinco tipos y
orígenes principales de la resistencia (1926d):

1) La resistencia de represión, entendida como la manifes­


tación clínica de la necesidad del individuo de defenderse con­
tra los impulsos, recuerdos y sentimientos que, en caso de
acceder a la conciencia, provocarían un estado penoso o ame­
nazarían con provocarlo. Esta resistencia de represión puede
asimismo concebirse como un reflejo de la llamada “ganancia
primaria” de la enfermedad neurótica, frase que alude al be­
neficio que conlleva la resolución de un conflicto intrapsíquicc
penoso mediante la formación de un síntoma neurótico. En
caso de que los mecanismos de defensa no puedan hacer frente
al conflicto, se crea el síntoma como una “formación de última
instancia”, tendiente a tramitarlo y a proteger al sujeto del
percatamiento consciente de su contenido psíquico doloroso.
Durante el análisis, el proceso de la asociación libre genera de
continuo este peligro potencial, a raíz de las incitaciones que
brinda a lo reprimido. Esto, a su vez, promueve la resistencia
de represión. Cuanto más cerca de la conciencia se encuentre
el material reprimido, mayor será la resistencia, y la tarea del
analista consiste en facilitar, mediante sus interpretaciones,
el acceso de dichos contenidos a la conciencia de un modo que
el paciente pueda soportar (capítulo 12).
2) La resistencia de transferencia, en esencia similar a la
resistencia de represión, pero dotada de la particular caracte­
rística de que refleja la lucha contra los impulsos infantiles
surgidos, de manera directa o modificada, en la relación con el
analista (capítulo 4). La situación analítica reanima el mate­
rial reprimido o tramitado de algún otro modo (p. ej., canaliza-

123
do en un síntoma neurótico) bajo la forma de una desfiguración
de la realidad. Esta revivencia del pasado en la relación psi-
coanalítica puede provocar la resistencia de transferencia.
También en este caso el analista debe ayudar con sus inter­
pretaciones a que surja en la conciencia el contenido de la
transferencia de un modo tolerable. Las resistencias trans-
ferenciales incluyen la coartación consciente por el paciente
de pensamientos acerca del analista, así como su reflejo en
pensamientos transferenciales inconscientes contra los cua­
les se defiende.
3) La resistencia puede derivar del beneficio de la enferme­
dad (beneficio secundario). Si bien en un primer momento el
individuo puede experimentar el síntoma como un “cuerpo
extraño” indeseable, a menudo se da un proceso de “asimila­
ción” del síntoma en la organización psíquica. “El yo se com­
porta —dice Freud (1926d)— como si se guiara por esta consi­
deración: el síntoma ya está ahí y no puede ser eliminado;
ahora se impone avenirse a esta situación y sacarle la máxima
ventaja posible.” Estos beneficios secundarios provenientes de
los síntomas nos son bien conocidos: son las ventajas y gratifi­
caciones que nos produce el hecho de caer enfermos y de que
los demás nos cuiden o compadezcan, o la satisfacción que nos
da descargar nuestros impulsos agresivos o vengativos en quie­
nes se ven forzados a compartir nuestro padecimiento. La ga­
nancia secundaria puede derivar asimismo de la satisfacción
de una necesidad de castigo o de tendencias masoquistas ocul­
tas. Ejemplos groseros serían los de los pacientes con “neuro­
sis de compensación”, o los de aquellos individuos que enfer­
man por los beneficios sociales que ello les trae (v. gr., si el
subsidio por enfermedad supera lo que podrían ganar traba­
jando). Durante el tratamiento, esta forma particular de resis­
tencia se manifiesta en la negativa inconsciente del paciente a
renunciar a las ganancias secundarias de su enfermedad.
4) La resistencia del ello obedece a la resistencia que ofre­
cen los impulsos instintivos a todo cambio en su forma o mo­
dalidad de expresión. Sostuvo Freud (1926e): “Cabe imaginar
que las cosas no dejarán de ofrecer dificultades si un proceso
pulsional que durante decenios ha andado por cierto camino
debe de pronto marchar por uno nuevo que se le ha abierto”.

124
Esta variedad de resistencia exige para ser eliminada la “ela­
boración” (capítulo 10). A nuestro entender, puede considerar­
se que esta resistencia al tratamiento es parte de la resisten­
cia psíquica más general a renunciar a hábitos y modalidades
de conducta adquiridos, a “desaprender lo aprendido”. Una
faceta de la “elaboración” consistiría en la adquisición de nue­
vas pautas de funcionamiento y aprendizaje que inhiban a las
antiguas, más arraigadas. Se supone que este proceso consti­
tuye una parte importante de la tarea analítica. En algunos
escritos psicoanalíticos se ha atribuido la resistencia del ello a
la “inercia”, “adhesividad” o “viscosidad” de la libido.
5) La resistencia del superyó procede del sentimiento de
culpa y de la necesidad del paciente de recibir un castigo. Para
Freud era ésta la de más difícil discernimiento y tramitación
por parte del analista; trasunta la presencia de un sentimien­
to inconsciente de culpa (1923b) y da cuenta de la reacción, en
apariencia paradójica, del paciente frente a cualquier avance
del análisis que represente la consumación de algún impulso
contra el que se ha defendido obedeciendo a las instigaciones
de su propia conciencia moral. Así, un individuo con fuertes
sentimientos de culpa debidos, por ejemplo, a su anhelo de ser
el hijo más querido y de vencer a sus hermanos, puede reaccio­
nar con resistencias ante cualquier cambio que amenace pro­
ducir una situación en la que nuevamente triunfe sobre cier­
tos rivales. O bien un sujeto con intensos sentimientos de
culpa inconscientes provocados por sus deseos sexuales reac­
cionará con fuerte resistencia cuando el proceso analítico los
libere. Un ejemplo de resistencia superyoica sería el del indi­
viduo que se permite pensar algo que lo hace sentir culpable,
luego reprime ese pensamiento, y acude a la sesión con un
malestar que, a la larga, resulta ser producto de esa culpa que
le mueve a resistirse al análisis. La forma más intensa de
estas resistencias superyoicas se aprecian en la reacción tera­
péutica negativa, de la que nos ocuparemos en el capítulo 8.

Según Freud, los fenómenos clínicos de la resistencia esta­


ban íntimamente (aunque no exclusivamente) ligados a toda
la gama de mecanismos de defensa de los pacientes; no se
vinculaban específicamente a la represión, aunque a menudo

125
empleó el término “represión” como sinónimo de defensa, en
general. Los mecanismos de defensa surgen y se utilizan para
abordar situaciones de peligro (en especial, las que se presen­
tarían si se permitiera la libre y franca expresión de sus de­
seos inconscientes, sexuales o agresivos, en la conciencia o en
la conducta), e incluyen la protección, la anulación retroacti­
va, la intelectualización, la racionalización, la identificación
con el agresor, la formación reactiva, etc. Freud (1937c) co­
mentó que “los mecanismos de defensa frente a antiguos peli­
gros retornan en la cura como resistencias al restablecimiento.
Se desemboca en esto: que la curación misma es tratada por el
yo como un peligro nuevo”.
Ya había hecho referencia anteriormente al vínculo exis­
tente entre el tipo de resistencia que manifiesta un individuo
y la índole de su organización defensiva subyacente. Por ejem­
plo, describió las particulares distorsiones que sufre la asocia­
ción libre en el caso de los neuróticos obsesivos (1909d). Empe­
ro, si bien entendía que las diversas clases de resistencia eran
indicativas de ciertos aspectos de la psicopatología del indivi­
duo (1926d), en lo fundamental eran para él obstáculos que se
oponían a la labor analítica.
En 1936, Anna Freud, en su obra El yo y los mecanismos
de defensa, subrayó que las resistencias pueden proporcio­
nar abundante información acerca del funcionamiento psí­
quico del paciente. En la medida en que reflejaban un tipo
determinado de conflicto y de defensas empleadas contra él,
pasaron a ser entonces objeto del estudio psicoanalítico. En
esencia, el análisis de las resistencias equivaldría al análisis
de los aspectos defensivos del paciente que pasan a formar
parte del desenlace patológico de sus conflictos. De ahí que el
“análisis de la defensa” realizado a través del análisis de la
resistencia llegara a desempeñar un papel cada vez más des­
tacado en la técnica psicoanalítica (A. Freud, 1965; Glover,
1955; Hartmann, 1951; Sandler y A. Freud, 1985). Refirién­
dose al análisis de los sueños, Gillman (1987) afirmó que
desde cierto punto de vista todos los sueños son “sueños de
resistencia”, por cuanto su contenido encubre material in­
consciente contra el cual el individuo se defiende; al mismo
tiempo, el sueño es “una ventana abierta a un material que

126
de otro modo resultaría inaccesible”. Gillman continúa di­
ciendo que los sueños trasuntan las defensas características
de los pacientes para apartar de la conciencia el contenido
psíquico displacentero.
Reich puso de relieve en varias obras importantes (1928,
1929, 1933) que ciertos individuos desarrollan rasgos de ca­
rácter fijos como resultado de sus procesos defensivos del pa­
sado, y que esos rasgos se revelan tanto en la personalidad
como en el proceso psicoanalítico, a manera de “actitudes fi­
jas” características. A estas actitudes, Reich las englobó con el
nombre de “coraza del carácter” (Charakterpanzerung). Si bien
sostuvo que las resistencias producidas por esos rasgos “fijos”
de la personalidad tenían que ser en un comienzo el foco de la
labor analítica, Anna Freud (1936) opinó que sólo debían po­
nerse en primer plano del análisis cuando no se detectaran
huellas de un conflicto presente que comprometiera al yo, las
pulsiones y afectos. Este punto de vista fue ampliado más
tarde por Sterba (1953).
En 1937, Freud publicó su “Análisis terminable e intermi­
nable” (1937c), donde examinó diversos factores que podían
limitar el éxito de la labor analítica. Entre ellos se hallaban la
intensidad constitucional de las pulsiones, que contribuían a
establecer en la personalidad del individuo lo que él denominó
una “roca sólida” inmodificable. Otro era la imposibilidad de
acceder a conflictos latentes que no aparecían revividos en la
transferencia y por ende no eran analizables. Freud sugirió
además que la movilidad o viscosidad de la libido, y ciertas
fuentes de conflicto biológicamente determinadas (p. ej., la
envidia del pene en la mujer y la pasividad constitucional del
varón), contribuían a la resistencia al cambio.
Poco después, Deutsch (1939) propuso una triple clasifica­
ción de las variedades de la resistencia: 1) las resistencias
intelectuales o “intelectualizadoras”; 2) las resistencias
transferenciales, y 3) las resistencias que surgen a raíz de la
necesidad del paciente de defenderse contra la rememoración
de material infantil. Examinó por extenso el primer grupo,
comentando que los individuos que presentan estas resisten­
cias intelectuales procuran reemplazar el experienciar en el
análisis por una comprensión intelectual. Estas resistencias

127
aparecen en sujetos muy intelectualizados, en los neuróticos
obsesivos y en pacientes “con afectos bloqueados o perturba­
dos, quienes, habiendo reprimido el aspecto afectivo de su
vida, retuvieron el aspecto intelectual como único medio de
expresión (...) de su personalidad”.
Pese al nexo estrecho que existe entre resistencia y defen­
sa, se ha destacado a menudo que no son sinónimos (Brenner,
1981; Gero, 1951; Laplanche y Pontalis, 1973; Loewenstein,
1954; Lorand, 1958; Stone, 1973). Blum (1985) afirma acerta­
damente:

El concepto de defensa es más amplio que el de resistencia,


dado que este último es una función del tratamiento que cobra
significado a partir del proceso analítico. Habitualmente se
considera cómo influye la resistencia en la asociación libre y
en la cooperación del paciente con la alianza terapéutica, pero
también es posible definirla y describirla desde muchos otros
puntos de vista: la resistencia transferencial, la resistencia
del superyó, la resistencia del ello, la reacción terapéutica
negativa, las tendencias a la repetición y a la regresión, etc.
En un sentido amplio, la defensa impide la comprensión, y
ésta permite tomar conciencia de las operaciones defensivas
que operan como resistencia en el proceso analítico, y supri­
mirlas.

Si las defensas son parte integral de la estructura psíquica


de los pacientes, la resistencia representa su tentativa de pro­
tegerse contra las amenazas que impone el procedimiento ana­
lítico a su equilibrio psíquico. Como sostiene Greenson (1967):
“Las resistencias defienden el statu quo de la neurosis del
enfermo, oponiéndose al analista, a la tarea analítica y al yo
razonable del paciente”. Ajuicio de Rangell (1985), puede con­
siderarse a la resistencia como un segundo estrato defensivo
activado por el yo cuando las defensas existentes resultan
demasiado débiles.
Stone (1973) ha llamado la atención sobre otra faceta al
señalar que

los fenómenos de la resistencia son en gran medida, si no


exclusivamente, de tendencia conservadora y autoprotectora.
Dado que sus objetivos son por lo común irracionales en cuan-

128
to a su derivación, y en buena parte desacordes con el yo, estos
fenómenos se avienen a la labor analítica. Debe recordarse
que la finalidad subjetiva de su existencia es proteger los as­
pectos inconscientes insertos dentro de la personalidad, y, re­
cíprocamente, proteger la personalidad del adulto de las inva­
siones y exigencias potencialmente disociadoras de contenidos
hasta entonces inconscientes.

Y luego añade: “El aspecto infantil del yo [del paciente]


vivencia desde el comienzo al analista como una amenaza”.
Esto es un reflejo del punto de vista según el cual el encuadre
analítico incita a la regresión, y su resultado es intensificar un
deseo o impulso previamente reprimido, con lo cual aumenta
el conflicto y cobra mayor vigor la resistencia. Si se examina la
bibliografía psicoanalítica posterior a Freud, se aprecia que el
concepto de resistencia ha permanecido en esencia intacto en
el psicoanálisis, pero en cambio se han descrito con detalle las
múltiples formas que puede adoptar, y sin lugar a dudas, la
sensibilidad ante los signos sutiles de resistencia es conside­
rada, en general, como una parte cada vez más importante del
bagaje técnico del analista. Interesa diferenciar entre: 1) el
concepto de un estado psíquico interno de resistencia, que no
es observable de modo directo, y 2) los signos observables de
dicha resistencia, que a menudo se designan con el sustantivo
en plural: las “resistencias” El hecho de no establecer este
distingo ha dado origen a grandes confusiones, ya que la se­
gunda categoría de “resistencias” es el producto de un estado
interno de mayor resistencia (en el primer sentido), y el ana­
lista debe abordar la causa de este último más que sus mani­
festaciones concretas (aun cuando no tiene que soslayar di­
chas manifestaciones).Vale la pena apuntar que ciertas con­
ductas que habitualmente se consideran señales de resisten­
cia del paciente (como el guardar silencio o quedarse dormido)
pueden ser entendidas, en determinados momentos del análi­
sis, no sólo como una resistencia sino como formas de expre­
sión no verbales de deseos, fantasías o recuerdos reprimidos
(véase Ferenczi, 1914; Khan, 1963).
Puede resultar útil aplicar la diferenciación descriptiva que
hizo Glover (1955) entre las resistencias “obvias” o “graves”,
por un lado, y las resistencias “discretas”, por el otro. Las

129
primeras incluyen la interrupción del tratamiento, las tardan­
zas o ausencias reiteradas a las sesiones, el silencio persisten­
te, el uso de circunloquios, el rechazo automático o el malen­
tendido ante todo cuanto dice el analista, la adopción de una
actitud de presunta ignorancia, la abstracción como modali­
dad sistemática del pensamiento o el quedarse dormido en la
•/
sesión. Las resistencias menos llamativas, más discretas, se
disimulan detrás de un aparente acatamiento a los requisitos
que impone la situación analítica. Pueden manifestarse en la
coincidencia con todo lo que dice el analista, en el aporte de
material (v. gr., sueños) en el cual, según supone el paciente,
el analista tiene particular interés, y en muchas otras formas.
Como señala Glover, “en general, la característica de estas
resistencias discretas es justamente que no dan lugar a esta­
llidos, no quiebran superficialmente la situación analítica ni
la desbandan, sino que más bien se infiltran en ella, la im­
pregnan o, para decirlo de otro modo, en lugar de ir contra la
corriente se dejan llevar por ella como esos troncos semi-
sumergidos que estorban el paso”.
Fenichel (1945a) ha distinguido las resistencias “agudas”
de las formas más encubiertas, que se manifiestan principal­
mente en el hecho de que no se producen cambios en el pacien­
te, por más que el trabajo psicoanalítico parecería proseguir
sin dificultades. Una importante diferenciación clínica (sobre
todo en el contexto del denominado “análisis del carácter”) es
la que se ha establecido entre las resistencias acordes con el
yo y las desacordes con el yo (Dewald, 1980; Gilí, 1988; Reich,
1933; Stone; 1973). Las segundas son aquellas que el paciente
siente que entorpecen la labor analítica; a las acordes con el
yo, por el contrario, no las siente como resistencias sino como
reacciones apropiadas en dicha situación. Las expresiones
“acorde con el yo” y “desacorde con el yo” son anteriores a la
teoría estructural de Freud (1923b) y debe entendérselas como
“acordes con la conciencia” y “desacordes con la conciencia”.
En fecha más reciente, Stone (1973) y Dewald (1980) han
abogado, con argumentos semejantes, por la diferenciación
entre resistencias “tácticas” y “estratégicas". Dice Dewald:

Las resistencias estratégicas serían las operaciones psí-

130
quicas inconscientes nucleares o básicas a través de las cuales
el paciente sigue buscando satisfacción a las mociones pulsio-
nales infantiles o de su niñez temprana y a sus retoños, así
como las elecciones de objeto y las operaciones psíquicas
adaptativas o defensivas. (...) Las resistencias tácticas son las
pautas de conducta intrapsíquica e interpersonal superpues­
tas en diversas jerarquías de organización, mediante las cua­
les los pacientes se defienden contra el percatamiento cons­
ciente de las resistencias estratégicas nucleares y de los con­
flictos con que se entretejen. (...) Su comprensión y elabora­
ción en el proceso analítico es un modo importante de acceder
al análisis del yo y de conocer sus operaciones de síntesis, así
como la forma general en que se preserva la organización
psíquica característica del individuo.

Si bien toda tentativa de clasificación de las formas de


resistencia tiene la naturaleza de un ejercicio académico, los
ejemplos clínicos pueden ser sumamente útiles (Boesky, 1985;
Boschán, 1987; Frank, 1985; Gilí, 1988; Gillman, 1987; Lipton,
1977; Vianna, 1974, 1975). La gama de formas que puede
cobrar la resistencia es probablemente infinita, y parecería
más provechoso investigar sus distintas fuentes, más limita­
das en número, así como indicar la motivación de cada tipo de
resistencia y la función que cumple en un momento determi­
nado. Como indica Dewald (1980), “las manifestaciones de la
resistencia son proteicas y muy variables en los diferentes
pacientes, así como en un mismo paciente en diversos perío­
dos de su análisis”.
En lo que atañe a las fuentes de la resistencia, las señala­
das por Freud (1926d) siguen formando el eje de la teoría de la
técnica psicoanalítica, aunque es preciso ampliarlas y modifi­
carlas a la luz de aportes posteriores. Esto es lo que intentare­
mos hacer a continuación, pero advirtamos de entrada que las
categorías expuestas se superponen en gran medida.

1) Las resistencias resultantes del peligro que el procedi­


miento psicoanalítico y sus objetivos representan para las adap­
taciones particulares que ha hecho el paciente. En este con­
texto empleamos el concepto de “adaptación” para referirnos a
la adaptación del sujeto a las fuerzas provenientes tanto de sí
mismo como del mundo externo (Hartmann, 1939; Sandler y

131
JofTe, 1969). En esta categoría puede incluirse la resistencia
de represión, caso específico de lo que podríamos llamar “re­
sistencia de la defensa", ya que hay otras defensas, además de
la represión, que pueden originar una resistencia. A su vez, es
dable concebir a los mecanismos de defensa como mecanismos
adaptativos esenciales para el funcionamiento normal del in­
dividuo y no sólo involucrados en los procesos patógenos (A.
Freud, 1936).
2) Las resistencias de transferencia, tal como en esencia
las describió Freud. Stone (1973) ha resumido así el vínculo
existente entre la resistencia y la transferencia:

En primer lugar, está la resistencia a percatarse de la trans­


ferencia, y su elaboración subjetiva en la neurosis de transfe­
rencia. En segundo lugar, la resistencia ante las reducciones
dinámicas y genéticas de la neurosis de transferencia [Stone se
refiere aquí a la disección del conflicto transferencial y la com­
prensión de su desarrollo], y en definitiva ante el propio vínculo
transferencial, una vez que se lo ha establecido en la concien­
cia. En tercer lugar, la presentación transferencial del analista
a la parte del yo del paciente “que vivencia”, como objeto del ello
y como superyó exteriorizado simultáneamente, junto con la
alianza terapéutica entre el analista, en su función real, y la
porción racional y “observadora” del yo del paciente.

Stone (1973) apunta que “lo más importante, empero, es


establecer un concepto científico y operativo viable de la resis­
tencia ante el proceso terapéutico como manifestación de un
conflicto intrapsíquico reactivado en el nuevo contexto inter-
personal”. Interesa recordar que en 1934 James Strachey ya
había escrito que “una de las características de toda resisten­
cia es que surge en relación con el analista; por lo tanto, su
interpretación será inevitablemente una interpretación trans-
ferencial”. Desde entonces hubo avances sustanciales en nues­
tro conocimiento de la relación entre transferencia y resisten­
cia. Tanto Stone (1973) como Gilí (1982) distinguen entre la
“resistencia a percatarse de la transferencia” —o sea, la nega­
tiva del paciente a hacerse consciente de sus sentimientos y
actitudes transferenciales— y la “resistencia a la resolución
de la transferencia”.

132
El acento puesto en los últimos años en la perspectiva in­
terpersonal de la situación analítica llevó, como es natural, a
examinar el papel de los factores propios del analista que
pueden contribuir a la resistencia del paciente. Stone (1973)
señala que “a veces una actitud de rechazo, hostil o refractaria
del paciente, [suscita] reacciones antagónicas espontáneas en
el médico”, y a esto lo llama “contra-resistencia” del analista,
la cual puede ser inconsciente y proyectarse sobre el paciente
(Vianna, 1975), generando en él como consecuencia directa
una resistencia. Anna Freud (1954) sostuvo que

con el debido respeto que nos merecen el necesario manejo y la


interpretación más rigurosos de la transferencia, aun así creo
que deberíamos dar cabida al entendimiento de que el analis­
ta y el paciente son además dos personas reales, parejos en su
condición de adultos, que han establecido una relación perso­
nal real entre ambos. Me pregunto si el descuido (a veces
total) en que tenemos a este aspecto de la cuestión no es el
causante de algunas de las reacciones hostiles que se dan en
nuestros pacientes, que tendemos a atribuir únicamente a la
“transferencia genuina”.

Advierte Anna Freud que estas ideas “son técnicamente


subversivas y deben manejarse con cuidado”.
Thomá y Háchele (1987) afirman que

a menudo sólo se menciona al pasar la influencia del analista


y de su técnica de tratamiento en el desarrollo de transferen­
cias negativas y erotizadas (...) pese al reconocimiento general
de que las transferencias fuertemente negativas (y lo mismo
puede decirse de las erotizadas) dependen en alto grado de la
contratransferencia, la técnica del tratamiento y la postura
teórica del analista.

3) La resistencia derivada de la ganancia secundaria de la


enfermedad, tal como fue examinada por Freud.
4) La resistencia del superyó, como la describió Freud. Avan­
ces posteriores, sobre todo los propulsados por la obra de
Fairbaim sobre las relaciones objétales y la resistencia, lleva­
ron a los teóricos de las relaciones objétales a pensar cada vez
menos en función de la teoría estructural freudiana y a conce-

133
bir esencialmente la vida intrapsíquica a partir de las relacio­
nes objétales internas. Según ellos, la resistencia del superyó
se vincula a la interacción con una figura internalizada críti­
ca o persecutoria. Fairbairn (1958) ha tratado bellamente el
tema de las relaciones objétales internas y su conexión con el
tratamiento psicoanalítico, puntualizando que “en cierto sen­
tido, el tratamiento psicoanalítico se reduce a la lucha que
libra el paciente para consolidar su relación con el mundo
interno por intermedio de la transferencia, y a la determina­
ción del analista de abrir una brecha en ese sistema cerrado
fijando las condiciones en las que, dentro del marco de la
relación terapéutica, el paciente puede ser inducido a aceptar
el sistema abierto de la realidad exterior”. Kernberg (1985)
declara algo similar al decir, refiriéndose a la comprensión del
carácter del paciente, que las relaciones objétales inter­
nalizadas conflictivas pueden reactivarse en la transferencia,
en cuyo caso las defensas del carácter se convierten en resis­
tencias transferenciales.
Sin duda, el amoldamiento recíproco entre el sí-mismo y
sus objetos brinda un sentimiento de seguridad, por más que
sea a la vez causante de dolor. Consecuentemente, la existen­
cia misma de relaciones internas organizadas puede ser el
origen de una resistencia al cambio que el análisis propone
(Sandler, 1990a, 1990b).
5) La resistencia derivada de procedimientos equivocados o
medidas técnicas inapropiadas del analista. Si tanto éste como
el paciente admiten tales fallas, dichas resistencias pueden
abordarse en el curso normal del tratamiento; de no ser así,
bien pueden llevar a una interrupción del mismo o a que se lo
continúe en forma espuria (Glover, 1955; Greenson, 1967).
6) Las resistencias debidas al hecho de que los cambios que
el analista produce en el paciente le provocan dificultades
concretas en su relación con las personas importantes de su
medio (Freud, 1916-17; Gilí, 1988; Stone, 1973). Así, una espo­
sa servil y masoquista tal vez se resista a la comprensión y al
cambio porque ello podría poner en peligro su matrimonio.
7) Las resistencias causadas por la amenaza de curarse y
la pérdida consiguiente del analista. Muchos individuos per­
manecen en análisis a raíz de las gratificaciones ocultas que el

134
método y la relación analítica les procuran. Esto ocurre con
más frecuencia cuando el paciente ha llegado a depender del
analista como figura importante de su vida. Quizá lo vivencie
a éste como un padre protector o una madre nutricia, y su
resistencia a curarse refleje su temor a abandonar tal rela­
ción. Estos pacientes pueden empeorar cuando comienza a
hablarse del final del tratamiento —lo cual no equivale a una
reacción terapéutica negativa (véase el capítulo 8).
8) Las resistencias provocadas por la amenaza que consti­
tuye la labor analítica para la autoestima del paciente (Abra-
ham, 1919). Esto es particularmente importante en los pa­
cientes cuya principal motivación para la actividad defensiva
que despliegan es el sentimiento de vergüenza, los cuales pue­
den tener dificultad para aceptar los aspectos infantiles de sí
mismos que surgen durante la terapia porque los consideran
vergonzosos.
Ya en 1919 Abraham aludió al problema que presentaban
algunos pacientes que evidenciaban su resistencia constante
al análisis a través del control de sus asociaciones. Dotados de
una personalidad esencialmente narcisista, ocultaban su re­
chazo al análisis disimulándolo bajo la apariencia de un ansio­
so afán de ser analizados. Según Abraham, la labor analítica
se veía obstaculizada por el hecho de que su amor narcisista
no encontraba satisfacción y, por ende, no podía establecerse
una transferencia positiva. Con posterioridad a Abraham, se
prestó cada vez mayor atención al análisis de la resistencia en
pacientes narcisistas y en los afectados de graves trastornos
de la personalidad con patología fronteriza (véase Vianna, 1974;
Boschán, 1987; Kemberg, 1988). Particularmente significati­
va en este sentido fue la obra de Melanie Klein (1946, 1957),
Rosenfeld (1965b, 1971) y Kohut (1971, 1977, 1984).
Rosenfeld señaló que en el paciente narcisista las resisten­
cias sólo pueden abordarse “mediante un análisis minucioso y
meticuloso de la agresión y la envidia en la relación transfe-
rencial analítica, por ejemplo mediante la interpretación de
las angustias persecutorias conexas que se proyectan en el
analista" (en Vianna, 1974). Kernberg (1988) ha rastreado las
ramificaciones de los impulsos narcisistas desde el punto de
vista de las relaciones objétales, y refiriéndose al análisis de

135
las resistencias de los pacientes con trastornos narcisistas de
la personalidad dice que

el surgimiento en la transferencia de los diversos rasgos pro­


pios del sí-mismo grandioso patológico y de las representacio­
nes correspondientes del objeto admirado, desvalorizado o te­
mido con recelo puede permitir la elucidación gradual de los
elementos de las relaciones objétales internalizadas que lleva­
ron a la condensación del sí-mismo grandioso sobre la base de
las representaciones que lo constituyen: la del sí-mismo real,
la del sí-mismo ideal y la del sí-mismo objeto ideal.

Muchos analistas sostienen hoy que no debe oponerse el


narcisismo a las relaciones objétales, sino que más bien debe
concebírselo en función de tipos específicos de relaciones objé­
tales internas, incluida la relación del individuo con su sí-
mismo.
9) La resistencia a renunciar a soluciones que resultaron
adaptativas en el pasado (incluidos los síntomas neuróticos) y
que deben ser “desaprendidas” o extinguidas. Este proceso de
extinción lleva tiempo y forma parte integral del proceso de
elaboración (capítulo 12). Esto abarca la llamada “resistencia
del ello” y también elementos de resistencia al cambio prove­
nientes de modalidades de funcionamiento propias de aspec­
tos más organizados y controladores de la personalidad (o sea,
el yo y el superyó).
En los últimos años se ha hecho hincapié cada vez más (p.
ej., Stone, 1973; Thomá y Kachele, 1987) en que la resistencia
se dirige contra “la integración de la experiencia, más que con­
tra los aspectos explícita o exclusivamente infantiles o contra el
pasado” (Stone, 1973). Esta opinión se vincula a la de Erikson
(1968), para quien hay una “resistencia a la identidad” fundada
en la renuencia a perder los sentimientos de identidad ligados
con la representación del sí-mismo. Cuanto menos organizado
se encuentre el sí-mismo de un paciente, mayor será la amena­
za para él, y por lo tanto mayor también su resistencia.
Análogamente, Ogden (1983) ha estudiado de qué manera el
paciente se resiste a modificar las relaciones objétales internas
frente a sus nuevas experiencias. Además, el paciente puede
recurrir a la resistencia como un modo de controlar la “distan-

136
cia” que hay entre él y el analista, con el fin de impedir el
descontrol y así la pérdida de su seguridad (véase Sandler,
1968; Thomá y Káchele, 1987). Aunque en la actualidad la
mayoría de los analistas no considerarían viable el concepto de
“resistencia del ello” (p. ej., Fenichel, 1941), otros autores (p. ej.,
Frank, 1985; Stone, 1973; Thoma y Káchele, 1987) entienden
que éste puede trasuntar las variaciones cuantitativas en la
intensidad de las mociones pulsionales.
10) Las resistencias de carácter, como las descritas por
Reich (1928,1929,1933), resultantes de la naturaleza “fija” de
los rasgos de carácter que pueden persistir después de haber
mermado o desaparecido los conflictos que primigeniamente
les dieron origen. Estos rasgos le resultan aceptables al indivi­
duo porque no le ocasionan desazón. Boesky (1985) ha mani­
festado, empero, que debe abandonarse por completo la noción
de una resistencia del carácter, y que es “equívoco sugerir que
las denominadas resistencias del carácter deben tratarse de
un modo diferente de cualquier otra resistencia”. Por otro lado,
Kernberg (1980a) ha abogado por el mantenimiento de dicho
concepto, y subraya la importancia de evaluar tales resisten­
cias cuando se desea establecer la analizabilidad.
Sin lugar a dudas, las resistencias derivadas de los aspec­
tos inmodificables de la estructura del carácter de un indivi­
duo son de gran importancia en el análisis. Sandler (1988)
emite la opinión de que la “roca sólida” inalterable a que alu­
día Freud (1937c) puede considerarse “un basamento rocoso
biopsicológico específico, que compromete en gran medida las
estructuras establecidas durante el desarrollo específico del
individuo, en su relación recíproca específica con su medio
—particularmente como consecuencia de la interacción entre
el bebé y la persona que lo cuida—. Esto fija un límite, por
cierto, a lo que el análisis puede lograr. (...) No es una técnica
apropiada pasar por alto tales factores y considerar que todo
es ‘analizable* ”. Es oportuno mencionar aquí el concepto de
“restricción del yo” enunciado por Anna Freud (en Sandler y
A. Freud, 1985):

La restricción del yo actúa sobre el afecto displacentero


suscitado por una experiencia interna. La idea es que una vez

137
que el niño ha tenido la experiencia de que ese afecto puede
surgir, para él lo más sencillo es no dejar que se presente la
misma situación. Esto no constituye en modo alguno un meca­
nismo neurótico, sino que es en realidad uno de los mecanis­
mos que contribuyen a que podamos edificar nuestra persona­
lidad diferente de las demás. Desde la más temprana edad
existe una evitación más o menos automática de lo displacen­
tero, y después de todo, ¿por qué tendríamos que soportar
experiencias desagradables? El yo siente que hay otras cosas
para hacer.

El papel de la resistencia en el análisis de niños ha sido


discutido en detalle por Sandler, Kennedy y Tyson (1980),
quienes observan que en tal caso “hay que atender a las resis­
tencias que se oponen a la comunicación o a la cooperación, en
general, más que a las resistencias que se oponen a la asocia­
ción libre verbal”.
Aunque las dos últimas variedades de resistencia a las que
nos hemos referido están vinculadas entre sí, y hasta podría
considerárselas como formas de “ganancia secundaria”, tienen
una base distinta de la que habitualmente se atribuye a ésta.
Se ha dicho que una solución adaptativa —ya se trate de un
síntoma neurótico, un rasgo del carácter o alguna otra modali­
dad de funcionamiento psíquico— se ve reforzada si su dispo­
nibilidad o predecibilidad incrementan el sentimiento de se­
guridad del individuo, y por ende ofrece resistencia al cambio
una vez que ha desaparecido la “ganancia primaria” original
(Sandler, 1960a). Como describieron Sandler y Joffe (1968)
con respecto a la persistencia de las “estructuras” psíquicas
que moldean el comportamiento,

algunas estructuras pueden evolucionar a fin de resolver un


conflicto actual, pero quizá persistan y se recurra a ellas para
conservar el sentimiento de seguridad, por más que ya no
operen igual que antes los impulsos originales que contribuye­
ron a su formación. Es probable que estas últimas estructuras
sean las que más se avengan a un cambio a través de una
terapia de la conducta. Así, por ejemplo, un síntoma neurótico
(y las estructuras en que se apoya) puede estar dirigido a
resolver un conflicto en curso entre un deseo pulsional y un
patrón interno tsuperyoico) del individuo, pero más tarde pue-

138
de operar como método que produce seguridad, y si se dispone
de otros métodos para alcanzarla, se creará y empleará una
solución distinta, más cómoda, y quedará inhibido el empleo
de la antigua estructura sintomática. (...) Todos los sistemas y
técnicas psicoterapéuticos (incluida la terapia de la conducta)
brindan abundantes soluciones alternativas potenciales para
lograr seguridad, que el paciente puede adoptar.

Hay general acuerdo entre los psicoanalistas acerca de que


una parte importante del proceso analítico es que el analista
haga consciente al paciente de sus resistencias y trate de que
las vea como obstáculos que debe comprender y superar. Esta
tarea puede ser ardua, ya que a menudo el paciente hará
cuanto esté en sus manos para justificar y racionalizar su
resistencia, y la considerará apropiada dadas las circunstan­
cias. Quizá ve inconscientemente como una amenaza al segu­
ro equilibrio neurótico que ha alcanzado la perspectiva de que
la labor analítica tenga éxito. Y si se siente muy afectado por
esta amenaza, podría incluso manifestar su resistencia me­
diante una “fuga en la salud”, e interrumpir el tratamiento
dando como excusa la desaparición momentánea de sus sínto­
mas. Su temor a lo que el análisis podría provocar parecería
ser tan intenso como para contrarrestar los beneficios prima­
rios y secundarios del síntoma. En nuestra opinión, los meca­
nismos por los cuales se llega a esta “fuga en la salud” todavía
no se han comprendido bien, pero parece probable que el pro­
ceso se dé cuando la ganancia secundaria de la enfermedad ha
desempeñado un importante papel en el mantenimiento de los
síntomas, una vez que mermó o desapareció la ganancia pri­
maria. Debe diferenciarse la “fuga en la salud” de la renega­
ción de los síntomas, que puede formar parte de la justifica­
ción del paciente para poner fin al tratamiento cuando las
resistencias suscitadas desbordan la alianza terapéutica.
Originalmente, pues, la resistencia se concibió como una
resistencia a la rememoración y a la asociación libre, pero el
concepto pronto se extendió hasta incluir todos los obstáculos
que se levantan en el paciente contra las finalidades y proce­
dimientos de la terapia. En el psicoanálisis y en las psicotera­
pias de orientación psicoanalítica, las resistencias son supera­
das merced a las interpretaciones y otras intervenciones del

139
analista (capítulo 10). Por otra parte, se ha llegado a ver en la
forma y el contexto de la resistencia una fuente útil de infor­
mación para el terapeuta. Esto permitió hacer extensivo el
concepto a otros tipos de tratamiento; en la práctica médica
corriente vemos manifestaciones de la resistencia en el olvido
de la fecha en que se concertó la entrevista con el profesional,
la comprensión equivocada de sus instrucciones, la
racionalización de los motivos para interrumpir el tratamien­
to, etc. Distintos métodos de tratamiento pueden estimular
resistencias de diverso origen, y a ello se debe quizá que un
método tenga éxito con cierto paciente allí donde fallaron otros.
Más aún, el éxito de determinadas terapias puede obedecer a
que soslayan ciertas fuentes de resistencia, aunque no es me­
nos cierto que otros procedimientos fracasan por no haber
tomado las debidas precauciones para el manejo apropiado de
las resistencias que suscitaron. En todas y cada una de estas
diferentes situaciones, las resistencias pueden constituir un
medio de información útil.

140
8. LA REACCION TERAPEUTICA NEGATIVA

Si hemos incluido en este volumen el concepto de reacción


terapéutica negativa, ello obedeció a varias razones. En pri­
mer término, a que ha tenido una importancia particular den­
tro de la historia del psicoanálisis, pues es el fenómeno clínico
elegido por Freud (1923b) para ilustrar la operación de un
“sentimiento inconsciente de culpa” e indicar la existencia de
lo que él concebía como una instancia psíquica aparte: el su-
peryó. Además, ese concepto ha sido muy utilizado en el psi­
coanálisis clínico y desde la época de la formulación origine
de Freud se escribieron sobre él importantes trabajos. A dife
rencia de conceptos como el de transferencia (capítulos 4 y 5) >
el de acting out (capítulo 9), no ha tenido gran empleo fuera
del psicoanálisis clínico, lo cual puede considerarse llamativo,
dado que a primera vista se diría que es posible aplicarlo sin
mayores modificaciones a una amplia gama de situaciones
clínicas.
Como hemos dicho, Freud fue el primero en describir y
explicar el fenómeno de la reacción terapéutica negativa en el
tratamiento psicoanalítico (1923b):

Hay personas que se comportan de manera extrañísima en


el trabajo analítico. Si uno les da esperanzas y les muestra
contento por la marcha del tratamiento, parecen insatisfechas
y por regla general su estado empeora. Al comienzo, se lo
atribuye a un desafío, y al empeño por demostrar su superiori­
dad sobre el médico, pero después se llega a una concepción
más profunda y justa. Uno termina por convencerse no sólo de

141
que estas personas no soportan elogio ni reconocimiento algu­
no, sino que reaccionan de manera trastornada frente a los
progresos de la cura. Toda solución parcial, cuya consecuencia
debiera ser una mejoría o una suspensión temporal de los
síntomas, como de hecho lo es en otras personas, les provoca
un refuerzo momentáneo de su padecer; empeoran en el curso
del tratamiento, en vez de mejorar.

Freud conectaba esto con el funcionamiento de un senti­


miento inconsciente de culpa procedente de la conciencia mo­
ral del sujeto (un aspecto de su superyó). En estos casos puede
considerarse que la enfermedad cumple, al menos en parte, la
función de aliviar o reducir dicho sentimiento de culpa. Los
síntomas tal vez representen una necesidad de castigo o de
padecimiento, un intento de apaciguar a una conciencia moral
exageradamente rigurosa y crítica. De ello se desprende que el
restablecimiento, o la promesa de restablecimiento, es para
estos pacientes una amenaza particular, a saber, la de vivenciar
sentimientos de culpa intensos y tal vez insoportables. Se ha
sugerido que en estos pacientes liberarse de sus síntomas pue­
de constituir la consumación de deseos infantiles inconscien­
tes cuya gratificación sienten prohibida.
Freud vinculó inequívocamente la reacción terapéutica ne­
gativa a un sentimiento de culpa inconsciente, y si bien dijo
que, hablando con propiedad, no podría decirse que un senti­
miento es “inconsciente” (1923b, 1924c), entendía que los mis­
mos factores que producen los sentimientos de culpa conscien­
tes pueden operar fuera de la conciencia y que la expresión
“sentimiento de culpa inconsciente” resultaba útil pese a las
objeciones filosóficas o semánticas que pudieran hacérsele. En
“El problema económico del masoquismo” (1924) añadió que
en ciertos casos el sentimiento de culpa inconsciente que da
origen a la reacción terapéutica negativa puede verse reforza­
do por una tendencia masoquista encubierta (Loewald, 1972,
examina el papel del llamado “instinto de muerte” en el con­
texto del masoquismo y de la reacción terapéutica negativa),
dando lugar a que se extraiga un nuevo beneficio del sufri­
miento que la enfermedad provoca, con el aumento consecuen­
te de la resistencia a recuperarse. Dice Freud que;

142
el padecer que la neurosis conlleva es justamente lo que la
vuelve valiosa para la tendencia masoquista. También es ins­
tructivo enterarse de que, contrariando toda teoría y expecta­
tiva, una neurosis que se mostró refractaria a los empeños
terapéuticos puede desaparecer si la persona cae en la miseria
de un matrimonio desdichado, pierde su fortuna o contrae una
grave enfermedad orgánica. En tales casos, una forma de pa­
decer ha sido relevada por la otra...

En ese mismo artículo señalaba la dificultad para explicar


el sentimiento de culpa inconsciente a los pacientes y sostenía
que de hecho el concepto no era psicológicamente correcto;
apuntó que la idea de una “necesidad de castigo” parece dar
cuenta apropiada de las observaciones. En 1923 había comen­
tado que si la reacción terapéutica negativa se funda en un
sentimiento de culpa “prestado”, por decir así, podían lograrse
brillantes éxitos terapéuticos; entendiendo por sentimiento de
culpa “prestado” el que se tomó de un objeto de amor identifi­
cándose con la culpa de éste. La dinámica de este fenómeno
fue más tarde examinada por Levy (1982).
Así pues, Freud empleaba la expresión “reacción terapéuti­
ca negativa” tanto de modo descriptivo como explicativo. Por
un lado, la utilizó como descripción de un fenómeno clínico
particular, a saber, el empeoramiento del estado del paciente
luego de alguna experiencia alentadora en la cura (p. ej., el
hecho de que el analista manifestara su satisfacción por el
progreso del tratamiento, o de que el propio paciente advirtie­
ra sus avances en la elucidación de algún problema), empeora­
miento que viene a reemplazar al alivio que normalmente se
esperaría en tales casos. Por otro lado, la consideraba una
explicación de un fenómeno clínico atendiendo a su mecánica
psicológica, o sea, la reacción consistía en sentirse peor o em­
peorar efectivamente en vez de mejorar, con el fin de reducir
los sentimientos de culpa promovidos por dicha mejoría.
Freud pensaba que esta reacción era característica de un
cierto tipo de pacientes, e interesa destacar que unos años
atrás había descrito un mecanismo esencialmente análogo en
un contexto por entero distinto. Al referirse a “Algunos tipos
de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico” (1916d)
hizo especial mención de “los que fracasan cuando triunfan”.

143
Partiendo de la base de que la neurosis se origina en la frus­
tración de un deseo libidinal, comentó en esa oportunidad:

Tanto más sorprendidos y aun confundidos quedamos, en­


tonces, si como médicos hacemos la experiencia de que en
ocasiones ciertos hombres enferman precisamente cuando se
les cumple un deseo hondamente arraigado y por mucho tiem­
po perseguido. Parece como si no pudieran soportar su dicha,
pues el vínculo causal entre la contracción de la enfermedad y
el éxito no puede ponerse en duda.

Citaba como ejemplo de su tesis el caso de una mujer que


había convivido muchos años con su amante, un artista, y sólo
parecía requerir, para que su dicha fuese completa, la legali­
zación del vínculo; cuando finalmente se casaron, ella sufrió
un quebrantamiento total y al fin contrajo una enfermedad
paranoide incurable. También mencionó el caso de un profesor
universitario que durante años había abrigado el anhelo de
suceder a su maestro, el que lo había introducido en la ciencia;
cuando de hecho lo nombraron su sucesor empezó a intimidarse,
se declaró indigno del puesto que se le confería y cayó en una
melancolía que persistió durante varios años. (Freud cita tam­
bién como ejemplos a Lady Macbeth y a Rebecca West, prota­
gonista de Rosmersholm, de Ibsen.) “El trabajo analítico nos
muestra fácilmente —afirmaba— que son poderes de la con­
ciencia moral los que prohíben a la persona extraer de ese
feliz cambio objetivo el provecho largamente esperado” (1916d).
En los comienzos del psicoanálisis se escribió mucho acerca
de la reacción terapéutica negativa. Wilhelm Reich (1934) opi­
naba que ella se debía a una falla en la técnica analítica,
relacionada particularmente con el análisis de la transferen­
cia negativa, y en un artículo de Feigenbaum (1934) se relató
un fragmento clínico significativo. Sin embargo, dos impor­
tantes trabemos publicados poco tiempo después ampliaron el
concepto original de Freud hasta subsumir en él varios meca­
nismos diferentes (Homey, 1936; Riviere, 1936).
En su artículo de 1936, Riviere puntualizó que la reacción
terapéutica negativa, tal como había sido descrita por Freud,
no implicaba necesariamente que el individuo fuese inana­
lizable: las personas que la manifiestan no siempre interrum-

144
pen el tratamiento, y es dable provocar en ellas, merced a un
adecuado trabajo analítico, los cambios que las lleven a prose­
guirlo. Riviere añadía: “No obstante, el rótulo utilizado por
Freud para esta reacción no es muy específico; también podría
llamarse reacción terapéutica negativa la de un paciente que
no aprovecha el tratamiento”. Con un enfoque al parecer más
amplio que el de Freud, Riviere incluyó dentro de la reacción
terapéutica negativa varios tipos de resistencia severa al aná­
lisis, así como ciertas variedades de resistencias en las que el
paciente rechaza, explícita o implícitamente, las interpreta­
ciones del analista; en esto otros autores posteriores coincidie­
ron con Riviere (p. ej., Rosenfeld, 1968), gran parte de cuyo
examen del tema se vincula a lo que aquí hemos denominado
la resistencia provocada por el peligro que representa el tra­
bajo analítico para la autoestima del paciente, así como por los
rasgos de carácter “fijos” (capítulo 7). Otros aspectos se rela­
cionan con la falta de una adecuada alianza terapéutica en el
caso de ciertos pacientes (capítulo 3).
A diferencia de Riviere, Homey (1936) comenzó por afir­
mar que no puede considerarse, indiscriminadamente, como
reacción terapéutica negativa cualquier deterioro del estado
del paciente, sino sólo aquellas desmejorías en situaciones en
que lo razonable era suponer que se iba a producir una mejo­
ría. Continuaba diciendo que, en muchos casos de reacción
terapéutica negativa

de hecho el paciente suele sentir netamente esta mejoría, pero


al poco tiempo reacciona como se ha descrito, o sea, con un
incremento de los síntomas, desaliento, deseo de abandonar el
tratamiento, etc. Parecería darse una secuencia definida de
reacciones. En primer lugar, el paciente experimenta un neto
alivio, y a ello le sigue un repliegue ante toda perspectiva de
mejoría, la decepción, las dudas (sobre sí mismo o sobre el
analista), la desesperanza, el deseo de interrumpir y la enun­
ciación de frases del tipo de “ya soy demasiado viejo para
cambiar”.

Sugería Homey que la reacción terapéutica negativa se


instaura en personas con un tipo particular de estructura ma-
soquista de la personalidad. En tales individuos, según ella,

145
podían encontrarse cinco clases de efectos de una “buena” in­
terpretación del analista (o sea, una interpretación que el pa­
ciente siente correcta), que no siempre están todos presentes
ni se dan con igual fuerza, sino que pueden presentarse en
variadas combinaciones:

1) Estos pacientes reciben una “buena” interpretación como


un estímulo para rivalizar con el analista, resentidos de su
presunta superioridad. Horney entiende que en estos indivi­
duos, que son extremadamente ambiciosos, hay además un
grado de competitividad y de rivalidad superior al promedio:
su ambición se añade a un monto de hostilidad fuera de lo
común, y a menudo expresan esta hostilidad, y su sensación
de derrota, subestimando y ridiculizando al analista o empe­
ñándose en vencerlo. En este caso el paciente no reacciona
ante el contenido de las interpretaciones sino ante la habili­
dad con que el analista las formula.
2) También es posible que el paciente considere que una
cierta interpretación es un golpe contra su autoestima, si le
revela que no es perfecto, o que tiene angustias “comunes y
corrientes”. Sintiéndose reprochado, tal vez reaccione en for­
ma negativa para invertir la situación, formulándole por su
parte reproches al analista.
3) A la interpretación puede seguirle un sentimiento de
mejoría, aunque sea esporádica, y el paciente reaccionará como
si la solución alcanzada significase un avance hacia el resta­
blecimiento y el triunfo. Esta reacción parece incorporar a la
vez el temor al éxito y al fracaso. Por un lado, el paciente
siente que si triunfa provocará en los demás el mismo tipo de
envidia y de furia que él siente por el éxito ajeno; por otro lado,
teme que si procura lograr metas ambiciosas y falla, los demás
lo aplastarán como lo haría él con ellos. Estos individuos se
sustraen a todo objetivo que implique una competencia y se
autoimponen un control e inhibición continuos.
4) La interpretación se siente como una acusación injusta y
el paciente ve permanentemente en el análisis un enjuicia­
miento. La interpretación refuerza sus sentimientos de
autorreproche y reacciona acusando al analista.

146
5) El paciente experimenta la interpretación como un des­
aire y la dilucidación de sus dificultades como una expresión
de antipatía o de desdén por parte del analista. Este tipo de
reacción se vincula a una gran necesidad de afecto y una sen­
sibilidad no menos intensa ante el rechazo.

Horney se explaya en su trabajo acerca de estas reacciones


a la interpretación, y si aquí las hemos mencionado con algún
detalle fue por su evidente importancia clínica. Pero a despe­
cho de su primera descripción precisa de la reacción terapéuti­
ca negativa, Horney (al igual que Riviere) incluye asimismo
otras respuestas “negativas”, basadas en procesos psíquicos
diferentes. Si bien éstas interesan para el tratamiento de pa­
cientes con estructuras de personalidad narcisistas o maso-
quistas, no tienen la misma índole que la reacción descrita por
Freud. El paciente en el que aparece la reacción terapéutica
negativa empeora cuando lo previsible era que mejorase, y
esto es muy distinto del caso del paciente que se siente moles­
to ante una interpretación “correcta” o muestra alguna va­
riante de “oposición” agresiva. A veces es dable obtener la
confirmación clínica de la existencia de la reacción terapéuti­
ca negativa en pacientes con fuertes sentimientos de culpa y
“necesidad de castigo” por sus reacciones paradójicas ante in­
terpretaciones que experimentan como un ataque, una crítica
o un castigo. Sandler (1959), al describir el caso de una pacien­
te muy masoquista que presentaba lo que él denominó una
reacción terapéutica “positiva”, apunta:

Gran parte de su silencio y su dificultad para asociar te­


nían como propósito provocar mi ira, y como a la sazón yo era
comparativamente inexperto, de vez en cuando (...) dejaba
traslucir mi irritación ya sea por mis comentarios o por el tono
de mi voz. Cuando esto sucedía, ella de inmediato se relajaba,
y la sesión siguiente era una “buena” sesión, en la que asocia­
ba bien y surgía nuevo material. En ese momento yo supuse
que esto se debía a que involuntariamente había satisfecho su
“necesidad de castigo”.

Creemos que hasta la década de 1960, los escritos psicoa-


nalíticos sobre este tema o vinculados a él (p. ej., Arkin, 1960;

147
Brenner, 1959; Cesio, 1956, 1958, 1960a, 1960b; Eidelberg,
1948; Feigenbaum, 1934; Greenbaum, 1956; Homey, 1936;
Ivimey, 1948; Lewin, 1950; Riviere, 1936; Salzman, 1960) poco
agregaron a nuestro conocimiento y comprensión de este me­
canismo, en la forma en que lo describió Freud; lo que se hizo,
más bien, fue extender el significado del concepto, aplicándolo
en consecuencia de muy diversas maneras. Un trabajo parti­
cularmente útil es el de Olinick (1964), quien al repasar los
numerosos equívocos existentes entre los analistas sobre la
índole de la reacción terapéutica negativa expresa su preocu­
pación por esta tendencia a desdibujar los límites del concep­
to, y señala: “Todavía se escucha, de vez en cuando, que el
término ha sido empleado para designar cualquier empeora­
miento del estado del paciente durante el tratamiento”. Olinick
llama “falsas” reacciones terapéuticas negativas a las que son
el producto de un error de táctica, cuando se formula la inter­
pretación de un deseo inconsciente antes que el paciente esté
bien preparado para recibirla. En vez de sentir alivio, el pa­
ciente empeora a raíz de esta interpretación prematura, pero
no se trata de una reacción terapéutica negativa en el sentido
de Freud. Olinick considera esta última como un caso especial
de negativismo y traza los orígenes de una actitud negativista
en los primeros años de vida, ligándola a situaciones que fo­
mentan en el niño sentimientos de agresividad y oposición
resentida.
Ha habido una marcada tendencia a conceptualizar la re­
acción terapéutica negativa en función de las vicisitudes rela­
ciónales del niño en sus primeros años. Varios autores (v. gr.,
Asch, 1976; Lampl-de-Groot, 1967; Limentani, 1981; Olinick,
1964, 1970, 1978) han hecho reparar en una predisposición a
dicha reacción, basada en el impulso regresivo del paciente a
volver a fusionarse con la imagen interna de una madre depri­
mida, que es ambivalentemente amada y odiada. En especial,
Limentani (1981) se ha referido al temor de revivenciar el
dolor psíquico asociado con tempranas experiencias traumáti­
cas. Es probable que la culpa vivenciada ante la idea de aban­
donar el vínculo con la figura de la primera infancia desempe­
ñe un papel significativo en la génesis de la reacción terapéu­
tica negativa. Estos fuertes lazos internos pueden ser de índo-

148
le autopunitiva y masoquista, y el surgimiento posterior de
una reacción terapéutica negativa quizá refleje la necesidad
del paciente de reafirmar el vínculo masoquista con el objeto
que lo daña (Loewald, 1972). En los últimos años el acento se
ha puesto en la imposibilidad del paciente de individuarse y
separarse de las figuras tempranas (Mahler, 1968; Mahler,
Pine y Bergman, 1975), y varios autores recurrieron al marco
de referencia de la individuación-separación al examinar la
reacción terapéutica negativa (v. gr., Valenstein, 1973; Asch,
1976; Grunert, 1979; Roussillon, 1985).
Asch (1976), al ocuparse de este tema, llama la atención
sobre el nexo entre las primeras relaciones masoquistas y la
obtención de recompensas narcisistas:

Una persona que se desarrolló bajo la égida de un progeni­


tor que parece haber idealizado el sufrimiento en la vida y
haberse rehusado a las gratificaciones, y que a su vez introyectó
estos aspectos de la imago parental (amada), se resistirá a
mejorar gracias al análisis, y en particular se rebelará contra
las interpretaciones que tiendan a remover los obstáculos que
se oponen al placer. Una vez que un sistema moral se ha
integrado, el acatamiento que se le presta no sólo elimina los
sentimientos de culpa sino que también produce una gratifica­
ción narcisista capaz de convertirse en un fin en sí.

Añadiríamos que el paciente puede sentir el temor de per­


der la llamada “omnipotencia narcisista”, temor a dejar de ser
el dueño de su propia casa, si acepta que las interpretaciones
fueron seguidas por una mejoría, ya que esto implicaría re­
nunciar a su independencia y a su autocontrol, y como conse­
cuencia perder autoestima (Kemberg, 1975; de Saussure, 1979;
Brandchaft, 1983).
Al desarrollar sus teorías sobre la psicología del sí-mismo,
Kohut postuló que el paciente con una perturbación narcisista
tuvo insuficiencias en sus primeras relaciones objétales, y
Brandchaft (1983), siguiendo a Kohut, remonta la reacción
terapéutica negativa a la imposibilidad del individuo para
desarrollar y mantener un sí-mismo “cohesivo y vigoroso”. Alu­
de a la necesidad del paciente dotado de un sí-mismo vulnera­
ble a conservar el lazo establecido con un analista al que vi-

149
vencia como una figura que lo frustra implacablemente, y en­
tiende que ésta es la raíz de la reacción terapéutica negativa.
Desde 1936 en adelante, un tema recurrente en la biblio­
grafía es el de la aparición de la reacción terapéutica negativa
en pacientes propensos a la depresión (v. gr., Gero, 1936;
Homey, 1936; Lewin, 1950,1961; Olinick, 1970; Riviere, 1936).
Se ha hecho notar que para algunos pacientes el éxito signifi­
ca, paradójicamente, el apartamiento respecto de un estado
“ideal” del sí-mismo, relacionado con determinadas exigencias
rigurosas de la conciencia moral del individuo. Probablemente
sea el dolor asociado a la pérdida de dicho estado “ideal” el que
conduce al desarrollo de una reacción depresiva (Joffe y
Sandler, 1965) en las personas propensas. Según nuestra pro­
pia experiencia clínica, otro lazo, si bien menos directo, entre
la reacción terapéutica negativa y la depresión está dado por
el intento de ciertos pacientes de desarrollar síntomas psíqui­
cos y físicos cuyo objetivo es impedir el surgimiento de un
estado depresivo. Se ha descrito la producción de estos sínto­
mas en conexión con el dolor psicógeno (Joffe y Sandler, 1967).
Desde que Melanie Klein escribió Envidia y gratitud (1957),
se ha asignado cada vez más importancia al papel de la envi­
dia y la destructividad conexa en el desarrollo y la patología.
Se ha subrayado el papel de la envidia en la reacción terapéu­
tica negativa de pacientes narcisistas y fronterizos (Bégoin y
Bégoin, 1979; Kernberg, 1975; Rosenfeld, 1975; Segal, 1983;
Spillius, 1979). El paciente puede envidiar y resentir la capa­
cidad del analista para formular interpretaciones correctas y,
como consecuencia, quizá necesite destruir dicha capacidad
desarrollando una reacción terapéutica negativa. Es intere­
sante destacar que esto recuerda la opinión expresada por
Homey en 1936. Kernberg (1975) menciona la necesidad nar-
cisista de ciertos pacientes de vencer al terapeuta, así como de
“destruir los esfuerzos que hacen otras personas para ayudar­
los, aunque ellos mismos sucumban en el proceso”.
Baranger (1974) ha resumido bien las opiniones de Mela­
nie Klein acerca de la reacción terapéutica negativa:

Melanie Klein (...) nos brinda en Envidia y gratitud inesti­


mables indicaciones de que en el origen de la reacción tera-

150
péutica negativa está siempre la envidia, ya que es precisa­
mente en este punto uando el analista está seguro de haber
comprendido al analizado y cuando éste comparte esa certi­
dumbre— que surge la reacción terapéutica negativa; con ella,
el analizado frustra el éxito del analista y triunfa sobre él. Es
su último recurso: después de todo, aún puede hacerlo fraca­
sar, aunque sea al precio de su propio fracaso.

En capítulos anteriores hemos comentado el creciente hin­


capié en los aspectos interpersonales de la situación analítica.
Olinick (1970), refiriéndose a la reacción terapéutica negati­
va, dice que

si bien puede entendérsela en términos intrapsíquicos indivi­


duales, requiere para su efectivización la presencia de otra
persona (...); la reacción terapéutica negativa entraña la bús­
queda de alguien que castigue.

Esto tiene obvias implicaciones para la situación analítica,


donde puede suscitar en el analista reacciones contratrans-
ferenciales (capítulo 6). Olinick comenta que “la contra­
transferencia se produce en todos los analistas, y es particu­
larmente probable como respuesta ante la caracterología pre­
valeciente en la persona que presenta la reacción terapéu­
tica negativa”. Varios autores se han referido a los aspectos
transferenciales y contratransferenciales de esta reacción
(Asch, 1976; Brenner, 1959; Kernberg, 1967; Langs, 1976;
Limentani, 1981; Loewald, 1972; Olinick, 1964,1970; Spillius,
1979). Las reacciones terapéuticas negativas pueden provocar
el desaliento del analista y perturbar la neutralidad, y por
ende podría considerárselas un modo de suscitar o provocar
una respuesta en ellos. Langs (1976) puntualiza que normal­
mente, en el análisis, el paciente responde ante una interpre­
tación de un modo que la convalida para el analista, pero en el
caso de la reacción terapéutica negativa el paciente puede
proceder a anular este mecanismo negándole al analista dicha
convalidación.
No dudamos de que la propensión a las reacciones terapéu­
ticas negativas es propia del carácter del individuo, en lugar
de ser una función específica de la situación de tratamiento

151
psicoanalítico; cabe suponer que estas reacciones en aparien­
cia paradójicas ante la amenaza de restablecimiento o de éxito
pueden darse también en otras situaciones clínicas. Así, es
previsible que se las detectará en toda clase de tratamientos
como respuestas de ciertos individuos al progreso (o a la ex­
presión de satisfacción por parte del terapeuta). De ello se
desprende que la historia de tales sujetos mostraría reaccio­
nes “negativas” similares frente a las experiencias de éxito o
de logro.
Varios otros motivos pueden determinar que un individuo
sufra una recaída después de haber mejorado, y estas recaídas
pueden ser muy distintas de la reacción terapéutica negativa
como la describió Freud. Por ejemplo, no es raro que al térmi­
no de un tratamiento se produzca una reaparición temporaria
de los síntomas. Esto también se observa en otras situaciones
terapéuticas, como cuando se examina con un paciente inter­
nado la posibilidad de darlo de alta, o de poner punto final a su
atención ambulatoria. Algunas de estas recaídas pueden con­
siderarse expresión de la dependencia no resuelta del pacien­
te respecto de la persona del médico. Análogamente, pueden
constituir una manera de hacer frente al temor al derrumbe
mando se interrumpa el tratamiento.
La reacción terapéutica negativa es un fenómeno clínico
iue no indica necesariamente una falla técnica o una inter-
/ención inadecuada del terapeuta. Sin embargo quisiéramos
destacar que los motivos de que un tratamiento fracase pue­
den ser varios, y no todos deben adjudicarse a la reacción
terapéutica negativa. El conocimiento de su mecánica y de la
significación que tiene el tipo particular de estructura
caracterológica en que se da esta reacción para el pronóstico
tiene gran aplicación clínica. Por ejemplo, un psiquiatra ten­
drá que abstenerse de sugerir a un paciente deprimido, con
fuertes sentimientos de culpa y una modalidad de reacción
que se corresponde con la reacción terapéutica negativa, que
se “tome unas vacaciones", ya que el paciente puede responder
con una aflicción o depresión severas, incluso al punto de in­
tentar suicidarse.
La bibliografía sobre el tema ha desarrollado el concepto de
reacción terapéutica negativa en dos sentidos. En primer tér-

152
mino, se ha desdibujado la especificidad de la reacción, vincu­
lándola a tipos de resistencia más generales y a actitudes
“negativistas”, o al masoquismo en sus diversas expresiones.
Si bien estos aportes aumentaron nuestra comprensión de la
resistencia, la reacción terapéutica negativa se caracteriza por
ser un proceso que implica un “avance” de alguna índole, se­
guido por un retroceso. A nuestro entender, es sumamente
importante diferenciar dicha reacción del concepto general de
resistencia, y limitar el rótulo “reacción terapéutica negativa”
al fenómeno originalmente descrito por Freud como un proce­
so en dos etapas. No obstante, Roussillon (1985) ha argumen­
tado convincentemente que la reacción terapéutica negativa
comprende no dos sino tres etapas: la mejoría del estado del
paciente conduce a la expresión de satisfacción del analista, y
a ésta le sigue un empeoramiento. Aquí la reacción se concibe
como un fenómeno transferencial. Cabe suponer que, con in­
dependencia de cualquier otra patología, las distintas fases de
la reacción terapéutica negativa reflejan experiencias infanti­
les de aliento, expectativas positivas u optimismo que fueron
seguidos regularmente de algún desengaño.
La segunda dirección en la que se ha ampliado el concepto
consistió en extender la comprensión de su dinámica y de los
factores patológicos a otros elementos aparte del sentimiento
de culpa inconsciente. Como hemos visto en este capítulo, las
posibles fuentes de una reacción terapéutica negativa son
muchas. De este modo, si bien puede conservarse el nombre
“reacción terapéutica negativa” para la descripción de una
reacción particular, limitar la explicación del fenómeno al fun­
cionamiento de un sentimiento de culpa inconsciente parece
por cierto demasiado restrictivo.

153
9. ACTING OUT

De todos los conceptos clínicos que examinamos en este


volumen, el de acting out es probablemente el que se vio some­
tido a las mayores amplificaciones y cambios de significado
desde que Freud lo acuñó (Atkins, 1970; Boesky, 1982; Erard,
1983; Freud, 1905e [1901]; Holder, 1970; Infante, 1976; Langs,
1976; Thomá y Káchele, 1987). Refiriéndose a la confusión a la
que esto dio lugar, Blos (1966) comentó que

el concepto de acting out está colmado en demasía de referen­


cias y de significados. Su definición, bastante neta (...) de la
época en que se consideraba que el acting out durante el análi­
sis era una forma de resistencia legítima y analizable, se ha
expandido ahora para dar cabida a las conductas delictivas y a
toda suerte de (...) acciones patológicas e impulsivas. Esta
expansión del concepto ha llegado ya a un punto de ruptura
conceptual. Yo siento (...) como si avanzara a tientas en medio
de la maleza de un concepto que creció demasiado, ansioso por
encontrar un claro que me permita vislumbrar un panorama
más amplio.

En la actualidad, tanto los psicoanalistas como otros auto­


res tienden a aplicar el término a toda una serie de acciones
impulsivas, antisociales o peligrosas, a menudo sin tomar en
cuenta el contexto en que se producen. A veces lo emplean con
un sentido peyorativo, a modo de reprobación de determina­
das acciones de los pacientes o aun de los colegas. El examen
de la bibliografía pertinente de los últimos tiempos muestra la

155
gran variedad de usos que tiene en nuestros días; el único
denominador común parecería ser la premisa de que la acción
que se designa con el término “acting out” tiene determinan­
tes inconscientes.
En parte, la actual confusión en torno de este concepto
deriva de la traducción al inglés del vocablo originalmente
empleado por Freud. En 1901, en su Psicopatología de la vida
cotidiana, utilizó el vocablo corriente alemán “handeln” (ac­
tuar) para describir los “actos fallidos” u “operaciones fallidas”
a las que podría atribuirse una significación inconsciente. Sin
embargo, cuando en 1905 relató el caso de “Dora”, empleó el
verbo “agieren” (que también significa “actuar”, aunque es
algo más enfático), dándole un sentido especial. “Agieren” fue
traducido al inglés como “acting out" y es probable que esta
elección semántica (y en especial la inclusión de la proposición
“out”) contribuyera a algunos de los cambios de significado
que sugirió el concepto en la bibliografía anglosajona. Bellak
(1965), verbigracia, apunta que Freud empleó “acting out” por
primera vez en la Psicopatología de la vida cotidiana, pero en
esta mención Bellak confunde “handeln” con “agieren”; a con­
tinuación describe casi todas las “actuaciones” clínicamente
significativas como una u otra variante de “acting out”. Tam­
bién Greenacre (1950) y Rexford (1966) establecen implícita­
mente una equiparación entre el actuar que es traducción de
“handeln” y el que es traducción de “agieren”.
La paciente sobre la que escribió Freud en 1905, “Dora”,
abandonó el tratamiento luego de tres meses, y él más tarde
atribuyó este final abrupto a una falla suya, por no haber
advertido que la muchacha había transferido sobre él los sen­
timientos que abrigaba hacia una importante figura de su
pasado. Escribió Freud (1905 [1901]):

Así, fui sorprendido por la transferencia, y a causa de esa*


por la cual yo le recordaba al señor K., ella se vengó de mí
como se vengara de él, y me abandonó, tal como se había
creído engañada y abandonada por él. De tal modo, actuó un
fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de
reproducirlo en la cura.

156
En esta obra, Freud relacionó el acting out con la transfe­
rencia y la resistencia, y lo consideró un sucedáneo de la
rememoración. La paciente, en vez de recordar el pasado y
referirse a él en sus asociaciones libres, lo ponía en acto.
El examen más amplio de este concepto por parte de Freud
es el trabajo técnico sobre “Recordar, repetir, reelaborar”
(1914g), donde el acting out es vinculado específicamente a la
situación del tratamiento analítico. Como en el caso de “Dora”,
se recurre a él para referirse a las acciones con las que el
paciente sustituye sus recuerdos:

El analizado no recuerda, en general, nada de lo olvidado y


reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo
sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace.
Por ejemplo: el analizado no refiere acordarse de haberse mos­
trado desafiante e incrédulo frente a la autoridad de los pa­
dres; en cambio, se comporta de esa manera frente al médico.

Continúa diciendo que el acting out es un modo de recordar


que aparece en el análisis. Hace reparar en el hecho de que
también la transferencia puede considerarse un caso de repe­
tición, y que transferencia y acting out coinciden cuando el
paciente repite el pasado de una manera que lo involucra al
médico (p. ej., cuando se enamora del analista). Sin embargo,
también relaciona el acting out con la resistencia:

Tampoco es difícil discernir la participación de la resisten­


cia. Mientras mayor sea ésta, tanto más será sustituido el
recordar por el actuar (repetir) (...) si en el ulterior trayecto
[del análisis] esa transferencia se vuelve hostil o hipertensa, y
por eso necesita ser reprimida; el recordar deja sitio en segui­
da al actuar.

Freud distingue el acting out dentro de la situación analíti­


ca del que se da fuera de ésta; ambas formas son concebidas
como un resultado de la labor analítica y de la situación del
tratamiento. Dentro de él, la transferencia suministra el ve­
hículo para el acting out, y ésta puede ser la única forma en
que inicialmente los recuerdos reprimidos hallen una vía de
acceso a la superficie. Fuera del análisis, el acting out conlleva

157
peligros potenciales para el tratamiento y para el paciente,
aunque con frecuencia es imposible evitarlos —ni es siempre
aconsejable esta clase de intervención—. Freud dice que el
médico querría proteger al paciente de los daños que pudiere
provocarle la actuación de sus impulsos haciéndole prometer
que no tomará ninguna decisión importante sobre su vida en
el curso del tratamiento, pero agrega:

Desde luego que se respeta la libertad personal del analiza­


do en todo lo conciliable con tales previsiones; no se le estorba la
ejecución de sus propósitos irrelevantes, aunque sean dispara­
tados, y tampoco se olvida que el ser humano sólo escarmienta
y se vuelve prudente por experiencia propia. Sin duda, hay
enfermos a los que no se puede disuadir de embarcarse durante
el tratamiento en aventuradas empresas, totalmente indesea­
bles, y sólo tras ejecutarlas se volverán dóciles y accesibles para
la cura psicoanalítica. En ocasiones, hasta puede ocurrir que no
se tenga tiempo de refrenar con la transferencia las pulsiones
silvestres, o que el paciente, en una acción de repetición, desga­
rre los lazos que lo atan al tratamiento.

No obstante, como hoy día los análisis llevan más tiempo


que en el pasado, se tendió a moderar o abandonar el requisi­
to de que los pacientes se abstuviesen de adoptar decisiones
importantes (p. ej., contraer matrimonio) en el curso del aná­
lisis.
Las opiniones de Freud sobre estas “actuaciones” se man­
tuvieron en esencia inalteradas en sus siguientes exámenes
de la cuestión (1920g, 1939a, 1940a [1938]), y resulta claro
que siempre consideró el acting out como un concepto clínico,
concretamente vinculado al tratamiento analítico (véase tam­
bién A. Freud, 1936). Las desviaciones respecto de este uso del
término comenzaron muy pronto en la bibliografía psicoanalí­
tica, lo que parece haber obedecido a diversos factores, algu­
nos de los cuales enunciaremos a continuación.

1) Una ampliación sustancial del concepto partió de un


comentario hecho por el propio Freud —aunque tomado fuera
de contexto—. Al examinar qué es lo que el paciente repetía
bajo el influjo de la resistencia, Freud se preguntaba (1914g):

158
¿Qué repite o actúa, en verdad? He aquí la respuesta: repi­
te todo cuanto desde las fuentes de lo reprimido ya se ha
abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitu­
des inviables, sus rasgos patológicos de carácter. Y, además,
durante el tratamiento repite todos sus síntomas.

Esto no quiere decir que repetición y acting out son sinóni­


mos, por más que el acting out sea una forma de repetición.
Por otro lado, en su formulación Freud no sustrae al acting out
del contexto clínico.
2) El hecho de que en inglés se tradujera “agieren” por
“acting out” (vale decir, agregándole al verbo la partícula “out”,
que normalmente significa “afuera”) dio por resultado que va­
rios autores limitaran el concepto a lo que se “actúa fuera” de
la situación analítica, y condujo a la acuñación de otro térmi­
no, “acting in”, para designar ciertos aspectos del acting out
“dentro” del análisis, tal como los había referido Freud
(Eidelberg, 1968; Rosen, 1965; Zeligs, 1957). Sin embargo, en
la actualidad la expresión “acting in” está cayendo en desuso.
3) La tendencia a extender la teoría psicoanalítica con el
objeto de enunciar una psicología general (Hartmann, 1939,
1944, 1964) llevó a que se reformularan diversos conceptos
clínicos en un marco teórico más amplio. Por supuesto, esta
tendencia se vio fortalecida por la reiterada declaración de
Freud de que los fenómenos observables en el tratamiento
psicoanalítico también podían observarse fuera de él. Una de
las consecuencias de esta tentativa de generalización de los
conceptos clínicos es que a veces pierden parte de su precisión.
Ya lo hemos examinado con respecto a la transferencia (capí­
tulo 4), y lo mismo es válido para el acting out.
4) El concepto de acting out tuvo como contexto de origen la
aplicación del método psicoanalítico a pacientes adultos pre­
dominantemente neuróticos, pero capaces de adherir a la re­
gla fundamental de la asociación libre. La aplicación del psi­
coanálisis al tratamiento de enfermos que padecían graves
trastornos de la personalidad, así como a psicóticos, adoles­
centes y niños, dio lugar a nuevos problemas y a una amplia­
ción del concepto. A raíz de la similitud entre los aspectos
impulsivos de la conducta de estos pacientes y el acting out de

159
los neuróticos en análisis, fue muy fuerte la tentación de rotu­
lar como “acting out” cualquier comportamiento impulsivo (A.
Freud, 1968).
5) Para Freud, al acting out era una manifestación particu­
lar de la resistencia que podía tener consecuencias indesea­
bles para el paciente o para el progreso del análisis. Por este
motivo, parece lógico que sus colegas y seguidores lo aplicasen
en mayor medida a las conductas “indeseables”, en general,
que a otra clase de conductas. Algunos se vieron inclinados,
como caso extremo, a designar como acting out cualquier con­
ducta social o moralmente indeseable, ya fuera de pacientes o
de cualesquiera otras personas.

Fenichel (1945b) examinó el acting out con referencia no


sólo a los fenómenos vinculados al tratamiento sino también a
las tendencias impulsivas arraigadas en la personalidad y la
patología individuales. Vinculó la tendencia a la acción impulsiva
a dificultades del primer año de vida del niño, que llevaban más
adelante a reaccionar con violencia frente a las frustraciones.
También señaló que las experiencias traumáticas de la infancia
pueden dar origen a intentos reiterados de dominar mediante
la acción aquello que se vivenció antaño en forma pasiva y
traumática. Fenichel diferenció más tajantemente que Freud la
transferencia del acting out, sugiriendo que la tendencia a este
último era una función de cada sujeto y por ende podía exami­
nársela en un contexto más vasto que el del tratamiento analí­
tico. Los individuos proclives al acting out tienden a actuar ya
sea que se analicen o no. Tienen en común

una diferenciación insuficiente entre el presente y el pasado,


la falta de disposición a aprender, la inclinación a obrar con
ciertas pautas reactivas rígidas en vez de hacerlo con respues­
tas adecuadas a los estímulos. Pero estas pautas reactivas (...)
no son necesariamente acciones reales: a veces consisten en
meras actitudes emocionales, y las denominamos “transferen­
cia” si la actitud está referida a una persona definida, y “ac­
ting out” si se ven compelidos a hacer algo, no importa con
respecto a quién.

Si bien la idea central de Fenichel, según la cual ciertos

160
individuos presentan una mayor tendencia que otros a expre­
sar en la acción sus impulsos inconscientes, es interesante, el
hecho de que haya conservado el término “acting out” para
designar tales acciones impulsivas debilitó el nexo existente
entre el acting out y la resistencia transferencial. Al examinar
el acting out bajo esta óptica, de hecho se ocupa de otro tema,
el del carácter de los individuos que tienden a poner en acto [to
enact] de manera impulsiva.
También para Greenacre (1950) el acting out es un fenóme­
no habitual que genera particulares problemas de manejo te­
rapéutico. Esta autora define el acting out como “una forma
especial de rememoración, en la que el antiguo recuerdo es
puesto en acto nuevamente, de un modo más o menos organi­
zado y, a menudo, apenas disfrazado respecto de aquél. No se
trata de una rememoración visual o verbal claramente cons­
ciente, ni tampoco el individuo se percata de que esa actividad
suya peculiar es motivada por el recuerdo. Su conducta le
parece admisible y apropiada”. En gran parte de la bibliogra­
fía posterior sobre este tema se ha destacado esta última ca­
racterística, o sea, el hecho de que el acting out sea “acorde con
el yo” (v. gr., Blum, 1976; Greenson, 1966, 1967).
Greenacre examina asimismo los determinantes evoluti­
vos de las formas corrientes de acting out, y a los enumerados
por Fenichel (1945b) les añade “un énfasis particular en la
sensibilización visual, que da origen a una tendencia a la dra-
matización (...) así como una creencia, en gran medida incons­
ciente, en el carácter mágico de la acción”. Sugiere que la
tendencia habitual al acting out es fundamentalmente el re­
sultado de ciertas perturbaciones de los dos primeros años de
vida. En muchos escritos psicoanalíticos posteriores se puso
de relieve el nexo entre el acting out y las experiencias
preverbales, sobre todo entre los seguidores de Melanie Klein
(v. gr., Bion, 1962; Grinberg, 1968, 1987; Meltzer, 1967;
Rosenfeld, 1965b), aunque también otros autores subrayaron
este aspecto. Blum (1976) señala que “traumas de la niñez
muy temprana fomentan y fijan el proceso de acting out. Los
traumas preedípicos y preverbales interfieren en el surgimiento
del control cognitivo y de los impulsos y pueden forzar al in­
dividuo a ‘revivirlos’ (...) El trastorno evolutivo de la separación -

161
individuación (Mahler, 1968; Greenacre, 1968) predispone a
posteriores acting out asociados con la fragilidad del yo”.
Anastasopoulos (1988) ha sugerido que el acting out, sobre
todo en la adolescencia, puede expresar una regresión de la
capacidad para simbolizar, que desemboca en un retardo del
pensamiento abstracto. Entiende, además, que el acting out es
expresión de una comunicación simbólica primitiva.
En los últimos tiempos se ha robustecido la tendencia a
emplear el término para aludir, de modo más o menos indis­
criminado, a toda suerte de acciones. Dos ediciones sucesivas
de la obra Acting Out (Abt y Weissman, 1965, 1976) fueron
dedicadas a examinar perturbaciones tan diversas del com­
portamiento como la drogadicción, el alcoholismo, la en­
fermedad psicosomática, la obesidad, la homosexualidad, las
inhibiciones de la capacidad para el aprendizaje, etc., conside­
radas todas ellas como formas especiales de acting out. En el
prólogo de ese volumen, Bellak (1965) destaca lo siguiente:

Aun si se adopta su definición más estrecha, el acting out


tiene una gran importancia social. Un trastorno de carácter
constituye un problema serio, ya sea como portador de un
virus emocional que se contagia dentro del pequeño grupo
familiar o encamado en un demagogo en el plano nacional. El
delincuente, el criminal adulto, el drogadicto, el psicótico co­
mún, no menos que el lunático político, son problemas de gran
gravitación social que exigen una solución. Necesitamos apren­
der a prevenir el surgimiento de estos malos actores, com­
prenderlos lo bastante como para poder controlarlos terapéu­
tica o socialmente, y saber ya mismo (esto es lo más urgente)
predecir qué individuos probablemente incurran en un acting
out y en qué circunstancias.

De manera similar, Deutsch (1966) ha ampliado el concep­


to clínico hasta convertirlo en un concepto propio de la psicolo­
gía general:

En cierta medida, todos incurrimos en acting out, ya que


nadie está libre de tendencias regresivas, de afanes reprimi­
dos, de una carga de fantasías más o menos conscientes, etc.
Los artistas son capaces de crear sus obras de arte mediante
un acting out; los neuróticos de todo tipo y grado recurren a

162
sus síntomas para el acting out; los histéricos lo hacen en sus
síntomas de conversión, y a menudo en sus muy dramáticos
estados crepusculares; los obsesivos en sus ceremoniales; los
psicóticos en sus alucinaciones e ideas delirantes; los delin­
cuentes en su comportamiento asocial.

Ahora bien: se diría que esta extensión del concepto lo


despoja por completo de su sentido original. Es una pena qui­
zá que no se haya empleado sistemáticamente en la bibliogra­
fía en inglés un término como “enactment” [puesta en actoj
para distinguir la tendencia general a la acción impulsiva o
irracional del acting out vinculado al proceso del tratamiento.
Por otra parte, esta ampliación del término parecería contri­
buir a realzar su carácter peyorativo.
Fenichel comentó en una oportunidad (1941) que “debemos
sopesar el llamado acting out desde el punto de vista terapéu­
tico. En individuos que no incurren en él como modalidad
general, es un buen signo de que algo ha sucedido en el análi­
sis que podemos y debemos utilizar para averiguar qué proce­
sos inconscientes hay por detrás”. No obstante, en la literatu­
ra más reciente se aprecia una reacción ante el uso indis­
criminado del término, y algunos autores psicoanalíticos han
abogado por que se lo circunscriba a la puesta en acto de
apremios de origen inconsciente en el curso del tratamiento
(p. ej., Bilger, 1986; Blum, 1976; Erard, 1983; A. Freud, 1968;
Greenson, 1967; Limentani, 1966; Rangell, 1968). Esto ha lle­
vado a que se dejase de contemplar el acting out como algo
indeseable, una mera manifestación de resistencia frente al
proceso analítico (capítulo 7), y se lo valorara como una fuente
de información y una forma especial significativa de comuni­
cación o expresión. En este sentido, la evaluación del concepto
de acting out como fenómeno clínico sufrió un cambio similar
al acontecido en el caso de la transferencia (capítulo 4) y la
contratransferencia (capítulo 6), inicialmente consideradas
como obstáculos que se oponían al tratamiento pero más tarde
entendidas como fuentes valiosas de información. Al mismo
tiempo, dejó de verse exclusivamente en el acting out una
variante de resistencia, sobre todo contra la transferencia
(Blum, 1976; Erard, 1983; Greenson, 1967; Khan, 1963;

163
Mitscherlich-Nielsen, 1968; Rangell, 1968; Rosenfeld, 1965b;
Winnicott, 1949).
La ampliación del concepto clínico a fin de abarcar formas
de acción que no son simples reflejos de la resistencia ha origi­
nado nuevos problemas en materia de definición. Así,
Laplanche y Pontalis (1973) señalan:

Una de las tareas pendientes del psicoanálisis es funda­


mentar la distinción entre transferencia y acting out partien­
do de criterios que no sean los puramente técnicos. (...) Esta
tarea presupone la reformulación de los conceptos de acción y
de actualización, así como una nueva definición de las diferen­
tes modalidades de comunicación.

A esto apuntan las tentativas de distinguir las diversas


formas de acción, como la de Greenson (1966), quien ha pro­
puesto que se diferencie entre revivencia, actos sintomáticos y
acting out, o Rangell (1968, 1981), quien sugiere diferenciar
acting out, acción normal y acción neurótica. Thomá y Káchele
(1987) comentan al respecto que cualquier reconsideración de
este concepto debe tener en cuenta lo siguiente:

Las abreacciones y controles afectivos e impulsivos; el ac­


ting out ciego y la acción dirigida a una meta; la descarga
motora y los actos de alto grado de organización, como el juego
y la representación escénica, la estructuración de relaciones
personales, los logros creativos y otros modos de resolución de
tensiones y conflictos mediante movimientos y cursos de ac­
ción diferenciados y complejos; el acting out como resultado y
resolución de las defensas y de las potencialidades adaptativas
que forman parte del repertorio de un individuo en su relación
con el medio.

Estos autores continúan enumerando una serie de condi­


ciones inconscientes que pueden intensificar la tendencia al
acting out:

los traumas tempranos en individuos con deficiente capacidad


para la formación de símbolos, dado que la memoria y el re­
cuerdo se conectan con la adquisición de los símbolos verbales,
que a su vez generan un estado en el que el aparato de la

164
memoria posee una estructura aprovechable. (...) Las pertur­
baciones del sentido de la realidad, la sensibilización visual,
las fijaciones en el nivel de la “magia de la acción”, son todas
ellas condiciones que pueden llevar a poner énfasis en el len­
guaje de la acción, en contraste con el lenguaje verbal. Al
mismo tiempo, las fantasías y la acción son posibles medios
preverbales de resolución de problemas de comunicación.

Hay amplio consenso en cuanto a que en todo análisis se


producen acciones que podrían caracterizarse como acting out
(Boesky, 1982). Se ha señalado que aun cuando éste se consi­
dera un producto de la resistencia, puede cumplir una función
comunicativa (v. gr., Erard, 1983; Greenson, 1966; Langs,
1976). De hecho, en los últimos tiempos el énfasis ha recaído
en la relación existente entre el acting out durante el análisis
y la contratransferencia del analista.
El analista evalúa al paciente teniendo en cuenta su propio
sistema de valores y su personalidad (Klauber, 1981), de modo
tal que una pieza de conducta que para un analista puede ser
un acting out, para otro puede ser una actividad apropiada y
adaptativa. La flexibilidad que posea el analista y su capaci­
dad de tolerar y soportar el significado inconsciente de la ac­
ción del paciente influye, sin duda, en su evaluación acerca de
si dicha acción es o no un acting out (Bilger, 1986; Thomá y
Kachele, 1987). Su respuesta contratransferencial ante el ac­
ting out del paciente puede constituir una fuente valiosa de
información sobre la interacción de roles que el paciente pro­
cura establecer en esa situación (Sandler, 1976). Kluewer (1983)
comenta que el intento del paciente de seducir al terapeuta
para que incurra en un acting out concertado con él, vale
decir, para que “inicie con él un diálogo de acción” (en alemán,
“agieren und mitagierenn) puede convertirse en un medio para
la obtención de nuevas intelecciones, no menos que la
contratransferencia en general. En consonancia con ello, Bilger
(1986) ha sugerido que cuando se designa una conducta como
acting out, no se lo hace tanto sobre la base de la conducta en
sí como de la presión que le impone el analista y el sentimien­
to de que se han transgredido ciertos límites; por lo tanto, el
diagnóstico de acting out depende de la índole de la
contratransferencia. Señala que el hincapié cada vez mayor

165
en los aspectos positivos, creadores, dialogales, del acting out
no debe llevar al analista a desestimar sus rasgos negativos, o
sea, aquellos que experimenta como indicadores de resisten­
cia. La comprensión de los aspectos del acting out vinculados a
la resistencia puede favorecer el acceso a la transferencia ne­
gativa en el análisis (capítulo 4).
Se insinúa hoy una tendencia a ver en el acting out un
posible primer indicio del surgimiento de nuevo material de
origen inconsciente (Bilger, 1986). Limentani (1966), por ejem­
plo, cita el caso de un paciente que acude al consultorio del
analista a la hora de costumbre en un día feriado, sin recordar
que ese día no había sesión. Señala que en un caso así no hay
pruebas de resistencia sino que puede tomarse esa conducta
como una fuente aprovechable de material analítico. Balint
(1968) dice algo semejante con respecto a análisis de pacientes
con una “falla básica” en su personalidad.
Varios autores han subrayado los aspectos “positivos” del
acting out como forma de adaptación. Blos (1963) y Anasta-
sopoulos (1988) se refirieron a las funciones de protección y
adaptación que cumple el acting out en los adolescentes, como
reflejo de su necesidad de preservar la integridad del sí-mis­
mo. Otros (v. gr., Mitscherlich-Nielsen, 1968) han subrayado
el valor que tiene el acting out como conducta “de ensayo”
luego de la interpretación y de la comprensión intuitiva.
Resumiendo, puede decirse que el concepto de acting out ha
sido empleado en psicoanálisis en dos sentidos primordiales:

1) Para describir determinados fenómenos conductuales que


surgen durante el análisis y son consecuencia de él. En este
caso, el concepto alude a contenidos psíquicos (deseos, recuer­
dos, etc.) que se abren paso hacia la superficie como resultado
de haber sido revividos en la situación analítica, particular­
mente como un aspecto de la transferencia, y son puestos en
acto en lugar de ser recordados. En este sentido, puede consi­
derarse que el acting out es un resultado de la resistencia al
desarrollo de la transferencia. A esta puesta en acto se la ha
llamado uacting out en la transferencia”, pero el acting out
incluye otras formas de “poner en acto”, relacionadas con el
tratamiento o inspiradas por éste. En su sentido originario, el

166
actingout puede darse dentro o fuera de la situación analítica;
la expresión “acting in" no designaría sino el acting out que se
da dentro de ella. Se ha estimado que el acting out posee una
función comunicativa con el análisis, función que puede co­
existir con la resistencia, ya que ésta puede ser significativa
en sí misma y estar dotada de sentido.
2) Para describir modalidades habituales de acción y de
conducta derivadas de la personalidad o la patología actuales
de un individuo y vinculadas a éste más que al proceso del
tratamiento. Tal vez la formulación más lúcida acerca de esta
clase de individuos es la dada por Hartmann (1944):

Hay (...) un gran número de personas en las que la conduc­


ta social activa no constituye una acción racional sino un “ac-
ting out” más o menos neurótico respecto de la realidad social.
En este “acting out” repiten situaciones infantiles y procuran
resolver, a través de su conducta social, conflictos intra-
psiquicos. También es posible que una persona se apoye mu­
cho en la realidad para superar sus temores. El acting out
puede tener el carácter de un síntoma, aunque no necesaria­
mente. Dependerá de las peculiaridades del medio social qué
conflictos y qué tensiones de angustia son las que se superan
mediante la conducta social. Por otro lado, a veces la modifica­
ción de la estructura social en un sentido que limita dicha
actividad (...) origina la reaparición de tales conflictos, que
habían sido temporariamente superados, y contribuye a preci­
pitar una neurosis.

La aplicación del concepto de acting out al comportamien­


to que tiene lugar en contextos distintos del tratamiento psi-
coanalítico plantea ciertas dificultades, que no se dan si el
concepto es empleado en su sentido más amplio —o sea, cuan­
do se lo vincula a las tendencias de la personalidad, ya que
éstas existen independientemente de la situación del trata­
miento—. En su sentido más estrecho y técnico, surge un
problema si se adhiere a la concepción según la cual el acting
out es un sucedáneo del recuerdo, ya que en otras variedades
de tratamiento, que apuntan a metas diferentes y emplean
distintos métodos, puede no estimularse la rememoración del
pasado infantil del sujeto. En cambio, si se lo utiliza en su

167
sentido amplio, el concepto de acting out es aplicable también
a tales formas de tratamiento. Un ejemplo sería el caso de un
paciente sometido a una terapia de la conducta, en el que
surgen sentimientos inconscientes hostiles contra el terapeu­
ta a raíz de la dependencia en que se halla respecto de él, y
que quizá ponga en acto tales sentimientos frente a otra per­
sona. Análogamente, un internado puede provocar la re­
probación o el “castigo” de las autoridades del hospital como
consecuencia de actos que son el producto de los sentimientos
de culpa irracionales hacia su médico, fomentados por la re­
gresión que tuvo lugar en el hospital. La conciencia y com­
prensión por parte del médico de las tendencias del acting out
dentro de cualquier clase de tratamiento parecerían ser valio­
sas no sólo para el manejo de los pacientes sino también para
obtener indicios sobre su psicopatología.
Desde luego, el acting out no se limita a los pacientes;
también podrían designarse con ese nombre las acciones irra­
cionales del médico hacia el paciente, producto de la
contratransferencia. Y en la medida en que las relaciones hu­
manas del personal de una institución asistencial pueden asi­
mismo fomentar actitudes infantiles en sus miembros (p. ej.,
ante la muerte o retiro de una figura clave en la institución),
también podría llamarse acting out la conducta irracional de
ese origen. Sin embargo, no hay duda de que una extensión tal
del concepto a otras modalidades de tratamiento implica atri­
buirle un significado diverso del que se le dio en el uso psicoa-
nalítico original.

168
10. INTERPRETACIONES
Y OTRAS INTERVENCIONES

En los capítulos anteriores nos hemos centrado en concep­


tos vinculados a las comunicaciones del paciente y a los facto­
res presentes tanto en el paciente cuanto en el terapeuta que
ora facilitan, ora entorpecen el libre flujo de tales comunica­
ciones y su comprensión. En el capítulo 12, al ocuparnos de la
elaboración, examinaremos entre otras cosas las intervencio­
nes del analista tendientes a provocar cambios perdurables en
el paciente, así como la necesidad de ampliar y reforzar dichas
intervenciones en forma constante. A menudo se emplea el
término “interpretación”, en un sentido general, para referir­
se a tales intervenciones. En la edición inglesa de las Obras
completas de Freud (la Standard Edition), el término alemán
“Deutung” se tradujo con el inglés “ínterpretation”; no obstan­
te, como puntualizan Laplanche y Pontalis (1973), no hay en­
tre ambos una correspondencia exacta: uDeutung” parece es­
tar más próximo de una “explicación” o “elucidación”, y Freud
declara en un lugar que la “Deutung” de un sueño “consiste en
cerciorarse de su significado (Bedeutung)".
En la bibliografía sobre la técnica psicoanalítica, las inter­
pretaciones ocupan un lugar especial. Bibring (1954) subraya
que “dentro de la jerarquía de principios terapéuticos caracte­
rísticos del análisis, la interpretación es el agente supremo”.
También Gilí (1954) destaca el papel central de la interpreta­
ción, aseverando que “el psicoanálisis es la técnica que, em­
pleada por un analista neutral, da por resultado el desarrollo
de una neurosis de transferencia regresiva y, en definitiva, la

169
resolución de la neurosis apelando únicamente a las técnicas
de la interpretación”. Loewald (1979) señala que “la interpre­
tación psicoanalítica se basa en la autocomprensión, y la
autocomprensión es reactivada en el acto de interpretarle al
paciente”, y Arlow (citado por Rothstein, 1983) dice que “desde
los comienzos de su historia, el psicoanálisis representó una
ciencia de la mente, una disciplina de la interpretación, pri­
mero de la psicopatología y después del funcionamiento psí­
quico en general (...) La interpretación es (...) considerada en
general como un elemento esencial para lograr efectos tera­
péuticos a través del psicoanálisis (...); la formulación de in­
terpretaciones es la característica más saliente de la actividad
del analista”.
Dado que la técnica psicoanalítica es predominantemente
verbal y que la formación psicoanalítica se ha vuelto tan espe­
cializada, quizá sea natural que se haya terminado por atri­
buir una cierta mística a las “interpretaciones”. Hasta hay
analistas que al enunciarlas adoptan un particular tono de
voz. Menninger (1958) sostiene que

el término “interpretación” es algo presuntuoso, cuando se lo


aplica laxamente, como hacen (algunos) analistas, a toda par­
ticipación verbal voluntaria del analista en el proceso del tra­
tamiento psicoanalítico. No me agrada este término, porque a
los analistas jóvenes les da una idea equivocada acerca de
cuál es su función primordial. Debe recordárseles que ellos no
son oráculos, ni brujos, ni lingüistas, ni detectives, ni grandes
sabios, ni “intérpretes de sueños” a la manera de José o de
Daniel..., sino personas que serenamente observan, escuchan
y, de vez en cuando, comentan. Su participación en el proceso
que se desenvuelve entre los dos bandos es predominantemen­
te pasiva (...) y a su ocasional participación activa sería mejor
llamarla “intervención". Esta puede ser o no “interpretar” algo,
puede o no ser una interrupción. De todos modos, cada vez que
el analista habla contribuye al proceso.

Como ya hemos dicho, Freud ya en sus primeros escritos


(1895d) se refirió a la recuperación de los recuerdos “olvida­
dos” de sus pacientes. A la sazón, limitaba sus propias inter­
venciones verbales en la situación terapéutica a las que se

170
requerían para provocar la libre expresión de sus pensamien­
tos en el paciente. Procuró evitar las sugestiones directas, del
tipo de las que habían caracterizado al método hipnótico, del
cual derivó la técnica psicoanalítica. Sus comentarios y suge­
rencias sólo tenían el propósito de facilitar la producción del
material verbal, en la convicción de que la corriente asociativa
llevaría, a la postre, a la rememoración más o menos espontá­
nea de recuerdos cargados de afectos, vinculados a sucesos
significativos del pasado del individuo.
En esta primera fase del psicoanálisis se entendía que el
agente terapéutico fundamental era la abreacción emocional
que acompañaba dicha rememoración, pues se consideraba
que los síntomas del paciente eran generados por la persisten­
cia de afectos coartados. Freud se fue haciendo poco a poco a la
idea de que los síntomas de las pacientes histéricas también
simbolizaban, sin que ellas lo advirtieran, ciertos aspectos del
suceso traumático y los pensamientos y sensaciones ligados al
hecho olvidado. Hacia 1897, Freud ya había renunciado a la
teoría del origen traumático de la histeria y estaba aplicado al
examen minucioso de los procesos de representación simbóli­
ca, en especial tal como se daban en los sueños. De hecho, sus
primeras referencias a la “interpretación” estuvieron ligadas
a la interpretación de los sueños (1900a). En este contexto, ese
concepto remitía a la comprensión y reconstrucción, por parte
del analista, de las fuentes y significados ocultos del sueño (su
“contenido latente”), a las que se arribaba examinando las
asociaciones libres del paciente frente al recuerdo consciente
del sueño en sí (el “contenido manifiesto”). En los primeros
tiempos del psicoanálisis, el analista transmitía y explicaba
sus interpretaciones al paciente, aunque esto constituía más
bien una comunicación relativamente didáctica de la interpre­
tación en sí misma.
Al escribir sus trabajos sobre técnica psicoanalítica (191 le,
1912b, 1912e, 1914g, 1915a), Freud comentó que se habían
producido cambios en lo tocante a la manera en que el analis­
ta exponía su comprensión de las producciones de los pacien­
tes: no era aconsejable que comunicase libremente sus inter­
pretaciones de los sueños y asociaciones libres sino que debía
retenerlas hasta tanto apareciesen las resistencias. Esto su-

171
ponía “condenar el procedimiento que querría comunicar al
paciente las traducciones de sus síntomas tan pronto uno mis­
mo las coligió” (1913c). A partir de entonces, distinguió de
modo más o menos constante entre la interpretación en sí y la
comunicación de la interpretación. Así, en ¿Pueden los legos
ejercer el análisis? (1926e), dirigiéndose a su interlocutor ima­
ginario escribió:

Una vez halladas las interpretaciones correctas, se plan­


tea una nueva tarea. Tiene que aguardarse el momento justo
para comunicar la interpretación al paciente con probabilida­
des de éxito. (...) Cometería usted grave error si, por ejemplo
con el afán de abreviar el análisis, espetara al paciente sus
interpretaciones tan pronto las ha hallado.

En “Construcciones en el análisis” (1937d) distinguió las


interpretaciones de las “construcciones”:

“Interpretación” se refiere a lo que uno emprende con un


elemento singular del material: una ocurrencia, una opera­
ción fallida, etc. Es “construcción”, en cambio, que al analiza­
do se le presente una pieza de su prehistoria olvidada.

Una construcción (ahora por lo común se hablaría de “re­


construcción”) constituye un “trabajo preliminar” que facilita
el surgimiento de recuerdos del pasado o su repetición en la
transferencia. Esta definición de la interpretación, comparati­
vamente tardía en los escritos de Freud, suena un tant^ oAtra-
ña y no se la mantuvo en la bibliografía posterior. En la actua­
lidad no se hace hincapié en que la interpretación deba remi­
tirse a “un elemento singular del material”.
Si al comienzo se consideraba la interpretación como un
proceso que tenía lugar en la mente del analista, no podían
producirse graves confusiones en caso de aplicar también el
término a lo que el analista le decía al paciente, ya que aparte
de las limitaciones impuestas por el “tacto analítico”, el conte­
nido era el mismo. Pero al advertir que era menester señalarle
al paciente asimismo sus defensas y resistencias, empezó a
colocarse más el acento en la forma como el analista hacía sus
comentarios y daba sus explicaciones al paciente. Esto llevó,

172
en la literatura posterior a Freud, a un uso del término “inter­
pretación” que pone de relieve lo que el analista le dice al
paciente, en vez de designar su comprensión de las produccio­
nes de éste. Hoy se lo emplea regularmente para describir tal
o cual aspecto de los comentarios del analista. El “arte inter­
pretativo” que se demanda del analista ha llegado a significar
el arte de efectuar una intervención verbal eficaz de un tipo
particular, y no el arte de comprender el significado incons­
ciente del material del paciente. De ahí que Fenichel (1945a)
pueda afirmar que la interpretación “ayuda a que algo incons­
ciente devenga consciente nombrándolo en el momento en que
se empeña en irrumpir”.
Parecería que este cambio en el concepto fuese un resulta­
do inevitable de la teoría estructural introducida por Freud
(1923b, 1926d) y su alejamiento de la “tópica” anterior (véase
el capítulo 1). En el campo de la técnica psicoanalítica cada
vez se puso más énfasis en formular interpretaciones que fue­
sen aceptables para el paciente, o que fuesen eficaces en un
momento dado. Fue cobrando creciente importancia discrimi­
nar qué cosas elegía transmitir el analista, en qué momento lo
hacía y en qué forma (Fenichel, 1941, 1945a; A. Freud, 1936;
Greenson, 1967; Hartmann, 1939, 1951; Kris, 1951; Loe-
wenstein, 1951; W. Reich, 1928). Además, se hizo hincapié en
los factores no verbales que forman parte de una interpreta­
ción eficaz. Brenner (citado por Rothstein, 1983) aclaró que “el
tono y el afecto de una comunicación son aspectos importantes
de toda intervención terapéutica, en la medida en que contri­
buyen al significado que el analista pretende transmitir y, por
consiguiente, favorecen la comprensión”. Otros autores (v. gr.,
Gedo, 1979; Klauber, 1972, 1980; Rosenfeld, 1972) han puesto
de relieve la importancia del contexto de la relación analista-
paciente para que surjan interpretaciones creativas y
generadoras de comprensión. Blum (según Halpert, 1984) se
refiere a “la importancia de ciertas realidades concretas de la
situación analítica, como los atributos del analista, su estilo y
su modo de operar (así como sus posibles errores), factores
extratransferenciales que tienden a activar o a efectivizar las
fantasías y gratificaciones transferenciales”. A todas luces, la
convicción con que el analista formule su interpretación y la

173
tolerancia que muestre hacia los deseos y fantasías incons­
cientes del paciente cumplirán un papel determinante en lo
que atañe al efecto de la interpretación.
Desde 1897 hasta 1923, las asociaciones libres del paciente
fueron consideradas como retoños superficiales de deseos e
impulsos inconscientes que “se abrían paso desde lo profundo
hasta la superficie”. Por lo tanto, se entendía que el problema
principal de la interpretación consistía en comprender el ma­
terial inconsciente “más profundo” a que podían dar lugar las
producciones conscientes. Después de 1923, cuando la concep­
ción estructural subrayó el papel de la parte organizada de la
personalidad (el yo) para hallar soluciones de transacción en­
tre las mociones pulsionales (el ello), los dictados de la con­
ciencia moral y los ideales (el superyó) y la realidad exterior,
comenzó a verse que las interpretaciones estaban dirigidas al
yo del paciente y debían tomarse en cuenta tanto la fortaleza
como la debilidad del yo. El analista estaba obligado a re­
flexionar sobre el efecto de lo que quería transmitir. Ejemplo
de esto es la anécdota de Fenichel (1941) acerca de un analista
que, sin cesar, durante varias semanas, le interpretó a un
paciente su deseo inconsciente de matarlo, sin obtener con ello
ningún avance. Aunque la comprensión del deseo inconsciente
del paciente pudiera ser correcta, según Fenichel “una inter­
pretación formulada en esa situación incrementa la angustia,
y por tanto las defensas del yo, en vez de reducirlas. La inter­
pretación correcta habría sido: ‘Usted no puede hablar porque
teme que le acudan a la mente ideas e impulsos que estarían
dirigidos contra mf ”. Hay analistas (aunque afortunadamen­
te su número es cada vez menor) que siguen pensando que su
tarea consiste en interpretar de continuo el material incons­
ciente más profundo, como si creyeran que “cuanto más pro­
fundo, mejor”.
En la actualidad, la situación parece ser ésta: el término
“interpretación” se emplea tanto como sinónimo para casi to­
das las intervenciones verbales del analista (e incluso, a veces,
las no verbales) cuanto como una variedad particular de in­
tervención verbal. Ha habido ocasionales intentos en la biblio­
grafía de diferenciar, en el plano descriptivo, los diversos com­
ponentes de las intervenciones verbales. Loewenstein (1951)

174
sostiene que las intervenciones del analista que “crean las
condiciones sin las cuales el procedimiento analítico resulta­
ría impracticable” no son interpretaciones sino más bien co­
mentarios cuyo propósito es liberar las asociaciones del pa­
ciente (p. ej., “los que lo inducen a atenerse a la regla funda­
mental, los que persiguen el objetivo de levantar la barrera o
la censura que normalmente existe entre los procesos cons­
cientes y preconscientes”); para Loewenstein, las interpreta­
ciones propiamente dichas son aquellas intervenciones verba­
les que producen “los cambios dinámicos a los que llamamos
comprensión intuitiva [insight]”. Excluye, pues, del concepto
de interpretación las instrucciones y explicaciones, entendien­
do que dicho concepto debe aplicarse “a las explicaciones del
analista que aumentan el conocimiento de sí mismo que posee
el paciente; el analista extrae dicho conocimiento de los ele­
mentos contenidos y expresados en las ideas, sentimientos,
palabras y conductas del paciente”. Al definir la interpreta­
ción sobre la base de su efecto, vale decir, de los cambios
dinámicos que generan comprensión, Loewenstein introduce
una cierta dificultad: es fácil imaginar interpretaciones correc­
tas que no sean empero eficaces, así como, a la inversa, inter­
pretaciones incorrectas pero que resulten eficaces (Glover, 1931).
Desde el punto de vista conceptual sería más claro definir la
interpretación por su finalidad más que por su efecto.
Loewenstein ha hecho reparar también en que existen inter­
venciones que podrían denominarse “preparatorias de la inter­
pretación”, como el hecho de señalar similitudes en experien­
cias diversas del paciente que éste creía desvinculadas entre sí.
Ciertas intervenciones (p. ej., las órdenes impartidas a pa­
cientes fóbicos) no forman parte, según Eissler (1953), del
“modelo básico de la técnica psicoanalítica”, sino que son lo
que él llama “parámetros de la técnica”. En ese mismo artícu­
lo, Eissler añade que, por el contrario, determinadas interven­
ciones verbales, que no son interpretaciones, sí resultan esen­
ciales en el “modelo básico”, como las instrucciones oportunas
para algunos pacientes (p. ej., sobre la regla fundamental), así
como las preguntas destinadas a aclarar el material expuesto.
Eissler opina que “la pregunta, como un tipo de comunicación,
es una herramienta básica y por ende indispensable del análi-

175
sis, que difiere en su esencia de una interpretación”. Olinick
(1954) ha realizado un provechoso examen del papel de las
preguntas en la técnica psicoanalítica.
Greenson (1967) ha discriminado los diversos componentes
verbales de la técnica analítica. Considera que “el término
‘analizar’ es una expresión abreviada, que se refiere a (...)
ciertas técnicas promotoras de la comprensión”, que incluyen:

La confrontación. Es el proceso de hacer que el paciente


repare en un fenómeno particular explicitándolo, así como de
hacer que reconozca algo que él había evitado y que tendrá
que llegar a comprender mejor.
La clarificación. Aunque puede suceder a la confrontación
o confundirse con ésta, representa más bien el proceso de foca-
lización en los fenómenos psíquicos con que ya se ha confron­
tado el paciente (y que está entonces más dispuesto a exami­
nar). Implica sacar a la luz detalles significativos que han de
ser separados de toda materia extraña. Un distingo en esencia
análogo al de Greenson fue establecido por Bibring (1954) en
un interesante artículo sobre este tema.
La interpretación. Supone “volver consciente el significado,
origen, historia, modalidad o causa inconsciente de un deter­
minado suceso psíquico, lo cual por lo general requiere más de
una intervención”.

Aparte de estas tres categorías, que con frecuencia se en­


tremezclan, Greenson añade la elaboración como cuarto ele­
mento componente del procedimiento analítico.
Para resumir hasta aquí, en la bibliografía psicoanalítica
el término “interpretación” ha sido utilizado para designar:

1. las inferencias y conclusiones del analista sobre el signifi­


cado inconsciente y la importancia de las comunicaciones y
comportamientos del paciente;
2. la comunicación por el analista de sus inferencias y conclu­
siones al paciente;
3. todos los comentarios efectuados por el analista (éste es el
uso coloquial corriente de la palabra);
4. las intervenciones verbales específicamente destinadas a

176
producir un “cambio dinámico” por intermedio de la com­
prensión intuitiva.

Algunos autores han mencionado las siguientes interven­


ciones discriminándolas respecto de las interpretaciones
—aunque hay en estas discriminaciones un grado llamativo
de arbitrariedad:

1. las instrucciones dadas al paciente acerca del procedimiento


analítico con el fin de crear y mantener el encuadre;
2. las construcciones (o reconstrucciones) de ciertos aspectos
de la vida temprana y de las experiencias del paciente,
derivadas del material que trae al análisis o que pone en
acto en su transcurso;
3. las preguntas tendientes a suscitar algún material o elu­
cidarlo;
4. los preparativos para una interpretación (p. ej., el señala­
miento de pautas recurrentes en distintas experiencias de
la vida del paciente);
5. las confrontaciones, tal como fueron descritas por Greenson
(1967);
6. las clarificaciones, tal como fueron descritas por Greenson
(1967).

En nuestros días ya existe un consenso bastante general


en cuanto a que ninguna interpretación puede ser completa, y
la mayoría de los autores psicoanalíticos (p. ej., Bibring, 1954;
Klauber, 1972; Loewald, 1979; Schafer, 1983) coinciden con
Greenson en que el proceso interpretativo se da en una serie
de etapas. Arlow (1987) escribe:

La interpretación no es una experiencia única aislada sino


un proceso que se desenvuelve siguiendo una secuencia lógica.
(...) El analista interpreta el efecto dinámico de cada uno de
los elementos que han contribuido a los conflictos inconscien­
tes del paciente. Demuestra de qué manera, en distintas opor­
tunidades, consideraciones relativas a la culpa, el temor al
castigo, la pérdida del amor, las consecuencias realistas de los
actos, se opusieron a los deseos fantaseados de la infancia o en
cambio se conjugaron con ellos. El analista hace que el pacien-

177
te se percate de que las variaciones dinámicas en sus asocia­
ciones testimonian la influencia de las numerosas fuerzas que
están en pugna en su mente. Por lo tanto, el proceso interpre­
tativo puede abarcar un período considerable, a medida que el
analista avanza prudentemente respondiendo a la interacción
dinámica entre el deseo, la defensa y la culpa en cada plano de
la interpretación.

Según Arlow, la importancia de la intervención del analis­


ta “desborda la elucidación, clarificación, confrontación, re­
afirmación, o como se designe el contenido de su intervención.
La atención se desplaza al proceso. La significación real radi­
ca en la potencialidad dinámica de la intervención, en el modo
como es alterado el equilibrio entre el impulso y la defensa".
Tal vez el uso más práctico del concepto de interpretación
consista en abarcar con él todos los comentarios y cualesquie­
ra otras intervenciones verbales cuyo propósito es hacer que el
paciente se percate en forma inmediata de algún aspecto de su
funcionamiento psíquico del que no era consciente. De hecho,
Brenner (en Rothstein, 1983), que en esto está de acuerdo con
Menninger (1958), emplea la frase “intervención terapéutica"
para abarcar los términos “interpretación” y “reconstrucción”.
Nos gustaría sugerir que “interpretación”, en general, podría
designar gran parte de lo que se ha dado en llamar “preparati­
vos para la interpretación”, como las confrontaciones, clarifi­
caciones, reconstrucciones, etc., y excluir en cambio los nor­
males e inevitables intercambios verbales de índole social en­
tre paciente y analista, así como las instrucciones que éste
deba impartir sobre el procedimiento analítico. Aunque tam­
bién todo esto surte algún efecto sobre el paciente (p. ej., la
regularidad de las sesiones puede hacerlo sentir más seguro),
a nuestro modo de ver una interpretación se caracteriza por
su finalidad, la de que el paciente alcance una comprensión
intuitiva, más que por el efecto que pueda tener sobre él.
Rycroft (1958) ha descrito elegantemente lo que a su juicio
debería considerarse el elemento central de toda inter­
pretación:

El analista invita al paciente a que le hable, lo escucha y,


de tanto en tanto, habla. Cuando habla, no se habla a sí mis-

178
mo ni tampoco habla de sí mismo, sino que habla al paciente y
del paciente. Su finalidad es aumentar el autopercatamiento
del paciente haciéndole reparar en ciertas ideas y sentimien­
tos que éste no le comunicó en forma explícita, pero que de
todos modos forman parte de su estado psíquico actual y son
significativos. Estas ideas, que el analista puede observar y
formular porque están implícitas en lo que el paciente dijo o
en la manera como lo dijo, eran hasta ese momento incons­
cientes o, en caso de ser conscientes, el paciente no había
advertido su pertinencia presente e inmediata. (...) En otras
palabras, el analista procura ampliar el campo perceptual
endopsíquico del paciente informándole acerca de los porme­
nores y relaciones que encuentra dentro de la configuración
total de su actividad psíquica actual, que por motivos defensi­
vos el paciente no es capaz de percibir o comunicar.

Las tentativas de circunscribir el concepto de interpreta­


ción ejercen secundariamente un efecto sobre la técnica inter­
pretativa, sobre todo si se cree que las interpretaciones son la
única clase de intervenciones “apropiadas”. Este efecto es no­
torio cuando se valoran las interpretaciones transferenciales
por considerárselas la forma “adecuada” de interpretación y,
por ende, la única posible. Existe el consecuente peligro de
que en tal caso se pretenda imponer a todas las interpretacio­
nes un molde “transferencial” (véanse al respecto los capítulos
4 y 5, así como el comentario que luego hacemos acerca de las
interpretaciones “mutativas”).
Con independencia de la forma que adopten las interpreta­
ciones, en la literatura psicoanalítica se ha prestado mucha
atención a su contenido, particularmente en lo tocante a la
eficacia relativa de dos diversos tipos de interpretación. En lo
que sigue examinaremos algunas de las variedades de inter­
pretación.
Con la frase “contenido de la interpretación" se designa la
“traducción” del material manifiesto o superficial en lo que,
según el psicoanalista, es su sentido más profundo —normal­
mente haciendo hincapié en los deseos y fantasías sexuales y
agresivos de la infancia—. Este fue el tipo de interpretación
predominante en las primeras décadas del psicoanálisis. Es­
tas interpretaciones sólo se ocupaban del significado (conteni­
do inconsciente) de lo que presuntamente había sido reprimi-

179
do, y no de los conflictos o pugnas internas que habían obrado
para mantener inconscientes tales recuerdos y fantasías. Una
idea equivocada que goza de popularidad, y que se remonta a
los primeros trabajos de Freud, es que las interpretaciones del
contenido constituyen el grueso de la actividad del psicoana­
lista, junto con las interpretaciones simbólicas —traducción
del significado simbólico de los sueños, deslices en el habla,
etcétera.
Una variante particular del análisis de las resistencias (ca­
pítulo 7) es la interpretación de las defensas, tendientes a
señalar al paciente los mecanismos y maniobras a los que
recurre para tramitar los sentimientos penosos vinculados a
algún conflicto determinado, e indicarle en lo posible cuál es el
origen de tales operaciones psíquicas. Se piensa que la inter­
pretación de las defensas es un complemento indispensable a
la interpretación del contenido, ya que ésta sería insuficiente
si además no se le muestran al individuo los métodos que
utiliza inconscientemente para hacer frente a sus impulsos
infantiles. Anna Freud (1936) observa que “una técnica que se
limitase exclusivamente a traducir símbolos correría el peli­
gro de sacar a la luz un material que constaría, también exclu­
sivamente, de contenidos del ello. (...) Tal vez uno quiere justi­
ficar dicha técnica diciendo que no habría ninguna necesidad
real de seguir una ruta indirecta, pasando por el yo. (...) Em­
pero, sus resultados serían incompletos”. Se considera que las
interpretaciones de las defensas poseen especial importancia
para producir modificaciones en la organización psíquica del
neurótico, ya que se concibe que en su caso la psieopatología
tiene sus raíces, en parte, en su particular organización defen­
siva, o sea, en sus métodos para abordar los conflictos. Se
piensa que los cambios de la organización psíquica constitu­
yen un elemento esencial del proceso terapéutico (capítulo 7).
La idea de que algunas interpretaciones son más eficaces
que otras se concretó en el concepto de “interpretación
mutatiua”. Strachey (1934) sugirió que los cambios decisivos
que una interpretación provoca en el paciente son los que
afectan su superyó. Las interpretaciones que obran este efecto
se consideran “mutativas”, y para resultar eficaces deben es­
tar referidas a los procesos que se dan en el “aquí y ahora”

180
inmediato de la situación analítica (Strachey entendía que
sólo las interpretaciones relativas a tales procesos inmedia­
tos, en especial los transferenciales, poseían una urgencia y
un impacto lo bastante poderosos como para generar cambios
fundamentales). Esta idea contribuyó, como ya dijimos, al punto
de vista según el cual el analista sólo debe formular interpre­
taciones transferenciales (capítulos 4 y 5), ya que ellas serían
las únicas eficaces (mutativas). En rigor, no parece haber sido
ésa exactamente la creencia de Strachey y tampoco concuerda
con la práctica de la mayoría de los analistas, quienes apelan
a interpretaciones extratransferenciales (Halpert, 1984;
Rosenfeld, 1972).
Desde Strachey, y sobre todo desde Melanie Klein, cobró
cuerpo la tendencia a centrarse, de modo más o menos exclusi­
vo, en las interpretaciones transferenciales (Gilí, 1982; Jo-
seph, 1985), pero en los últimos tiempos revivió el interés por
las interpretaciones extratransferenciales. En una amplia re­
seña de este tema, Blum (1983) comenta:

La interpretación extratransferencial es aquella que per­


manece relativamente ajena a la relación transferencial ana­
lítica. Si bien la solución interpretativa de la neurosis de trans­
ferencia es el ámbito central en que se desenvuelve el trabajo
analítico, la transferencia no constituye el único eje de la in­
terpretación, ni son las interpretaciones referidas a ella las
únicas eficaces y “mutativas”; tampoco son siempre las más
significativas. (...) La interpretación extratransferencial po­
see un estatuto y un valor propios, no el de un simple procedi­
miento auxiliar, preliminar o suplementario de la interpreta­
ción transferencial. El análisis de la transferencia es esencial,
pero también es necesario formular interpretaciones extra­
transferenciales, incluidas las interpretaciones genéricas y las
reconstrucciones. (...) La comprensión analítica debe abarcar
las esferas superpuestas de la transferencia y de lo extra­
transferencial, de la fantasía y la realidad del pasado y el
presente. Adherir a la posición de que “lo único válido es la
transferencia” es teóricamente insostenible, y puede conducir
a una reducción artificial de todas las asociaciones e interpre­
taciones, vertiéndolas en un molde transferencial y en una
folie á deux idealizada.

181
En una mesa redonda sobre “El valor de la interpretación
extratransferencial” (de la cual informa Halpert, 1984), Stone
señaló que “hay situaciones en las que pueden darse espontá­
neamente, en la vida inmediata del paciente, las transferen­
cias mismas, sin que exista un procesamiento notorio de ellas
en la situación analítica, y la interpretación de estas transfe­
rencias puede constituir un aporte significativo al proceso psi-
coanalítico, más allá de sus efectos terapéuticos directos”. Leites
puntualiza que “no todo lo que el paciente dice se vincula
siempre, en forma latente, con el analista. (...) Los sentimien­
tos hacia las personas primordiales de su pasado, reactivados
por el análisis, pueden transferirse de modo directo sobre otras
personas de su vida, y estas transferencias no siempre repre­
sentan desplazamientos de la transferencia sobre el analista”.
Sea como fuere, existe hoy acuerdo casi general acerca de
la importancia capital de las interpretaciones transferenciales,
y, como dice Gray, “cuanto más se centre el análisis en los
datos analíticos tal como surgen dentro de la situación analíti­
ca, más eficaz se vuelve la interpretación”.
Kohut y la escuela de la psicología psicoanalítica del sí-
mismo han prestado particular atención a la técnica específica
diseñada para el análisis de pacientes narcisistas o fronteri­
zos. Ornstein y Ornstein (1980) sostienen lo siguiente:

La psicología psicoanalítica del sí-mismo ha originado una


expansión clínica y teórica de nuestros conceptos centrales de
la transferencia y la resistencia, y al mismo tiempo ha produ­
cido un doble y decisivo cambio en nuestra manera de formu­
lar y enfocar nuestras interpretaciones clínicas. Este cambio
consistió en: a) abandonar los enunciados interpretativos ais­
lados en favor de reconstrucciones más amplias, o, como las
llamaríamos ahora, en favor de interpretaciones recons­
tructivas, y b) abandonar una modalidad de observación y de
comunicación basada predominantemente en la inferencia para
adoptar otra basada predominantemente en la empatia.

No resulta claro por qué razón los psicoanalistas que sus­


criben la psicología del sí-mismo podrían ser más empáticos
que otros analistas; de todos modos, lo cierto es que conside­
ran que la empatia del analista es uno de los atributos im-

182
portantes que deben transmitir las interpretaciones. Por lo
demás, como esta escuela acentúa la importancia de los défi­
cit de la experiencia temprana del niño (en lugar de destacar
los conflictos), para ellas las interpretaciones empáticas y
reconstructivas “son el método esencial de análisis, indepen­
dientemente de que la psicopatología del paciente se base
por naturaleza en el conflicto o en la deficiencia” (Ornstein y
Ornstein, 1980). Pese a este énfasis en el papel que cumple
la empatia del analista, Kohut (1984) ha dicho que la empa­
tia de los que adhieren a la psicología del sí-mismo no difiere
de la que poseen los analistas de otras corrientes, aunque
añadió: “Sé que varios de mis colegas que suscriben la psico­
logía del sí-mismo no coincidirán con esta opinión mía nega­
tiva”.
Es evidente que la estructura y contenido de las interpre­
taciones dependen en alto grado del marco de referencia psi-
coanalítico propio de cada analista. A medida que la teoría
psicoanalítica fue desarrollándose y modificándose con la ex­
periencia clínica, llevando a poner el acento en otros puntos,
también cambió la índole de las interpretaciones. Así, en la
actualidad es posible que éstas apunten en mayor medida que
antes (y, en algunos círculos, casi con exclusividad) a la trans­
ferencia y al modo como se manifiestan en el presente los
tempranos procesos y conflictos evolutivos preedípicos. Desde
ya que si para el analista son los “déficit”, y no los conflictos,
los que tienen importancia central, esto ha de gravitar en sus
interpretaciones (Wallerstein, 1983).
Varios autores se han ocupado de la relación existente en­
tre el éxito terapéutico y la formulación de interpretaciones
“correctas”. Por ejemplo, Glover (1931) sugiere que aun inter­
pretaciones inexactas, imprecisas o incompletas pueden dar
origen, en determinadas circunstancias, a un avance terapéu­
tico. Cree que este efecto deriva de que se le suministra al
paciente un sistema de organización alternativo capaz de ope­
rar como “nuevo producto sustitutivo” (en lugar del síntoma),
un producto que “es ahora aceptado por el yo del paciente”.
Isaacs (1939), en su examen del proceso de interpretación,
sostiene que el buen analista, en virtud de su formación, em­
plea las interpretaciones a manera de hipótesis científicas con-

183
cernientes al funcionamiento psíquico del paciente. Declara
que

a veces se llama “intuición” a este percatamiento sobre el


significado profundo del material del paciente. Y prefiero evi­
tar este término a raíz de sus connotaciones místicas. El pro­
ceso de comprensión puede ser en gran medida inconsciente,
pero no es místico; sería mejor describirlo como una percep­
ción. Percibimos el significado inconsciente de las palabras y
la conducta del paciente como proceso objetivo. Nuestra capa­
cidad para ello depende (...) de todo un caudal de procesos que
se dan en nosotros mismos, y que son en parte conscientes y
en parte inconscientes, pero se trata de una percepción objeti­
va de lo que hay en el paciente, basada en datos concretos.

Rycroft (1958) ha puesto en tela de juicio este énfasis en “la


percepción objetiva de datos objetivos”, señalando que lo que
hacía Freud no era explicar un fenómeno

de manera causal, sino comprenderlo y conferirle un sentido,


y el procedimiento por él empleado no era el procedimiento
científico de elucidación de las causas, sino el procedimiento
semántico de otorgarle un sentido. Más aún, puede decirse
que gran parte de la obra de Freud fue en realidad una labor
semántica, y que el suyo fue un descubrimiento semántico
revolucionario, a saber, el de que los síntomas neuróticos son
comunicaciones significativas disfrazadas, pero a raíz de su
formación científica y de su adhesión a la ciencia, formuló sus
hallazgos tomando el marco conceptual de las ciencias físico-
naturales.

Sin duda, la afirmación de Isaacs, para quien la percepción


del significado inconsciente por parte del analista es un proce­
so objetivo, resulta muy controvertible, como mínimo; pero por
otro lado, no es menos discutible el contraste que establece
Rycroft entre lo “científico” y lo “semántico”. Una concepción
intermedia parecería ser la de Kris (1956a), quien se refiere a

el hecho bien conocido de que la reconstrucción de sucesos


infantiles puede versar (y creo que de ordinario así ocurre)
sobre procesos de pensamiento y sentimientos que no “exis­
tían” necesariamente en el momento en que el “suceso” tuvo

184
lugar. Tal vez nunca accedieron a la conciencia, o tal vez lo
hicieron más tarde, en el curso de la “cadena de sucesos” a la
que se ligó la experiencia original. A través de las interpreta­
ciones reconstructivas, suelen pasar a formar parte del con­
junto escogido de experiencias que constituyen el cuadro bio­
gráfico del individuo que, en los casos favorables, emerge en el
curso de la terapia analítica.

Balint (1968) señaló que el particular lenguaje y marco de


referencia analíticos de un psicoanalista determina inevita­
blemente cómo se ha de comprender el paciente a sí mismo.
Desde este punto de vista, parecería que el cambio terapéutico
producido por el análisis depende en alto grado de que se le
proporcione al paciente un marco conceptual y afectivo estruc­
turado y organizado, en el cual pueda situarse y situar su
experiencia subjetiva de sí mismo y de los demás (véase Novey,
1968). En los últimos años se ha cuestionado cada vez más la
concepción del análisis como una suerte de expedición arqueo­
lógica al pasado del paciente, cuya finalidad sería recobrar los
recuerdos reprimidos a fin de comprender las raíces psíquicas
inconscientes de su carácter y patología. Se ha puesto en duda
la posibilidad de descubrir la llamada “verdad histórica”;
Michels (mencionado por Compton, 1977; Schafer, 1979, 1980,
1983 y Spence, 1982, 1986), por ejemplo, han expuesto opinio­
nes bastante radicales acerca de la reconstrucción psicoanalí-
tica. Michels señala que

toda interpretación es un mito, vale decir, brinda un principio


organizador para comprender la propia experiencia, integran­
do el pasado a un contexto de significado al que antes no se
tenía acceso. Toda interpretación es un mito en el sentido de
que toda historia lo es. Las interpretaciones no son verdade­
ras o falsas. Hay muchos mitos congruentes con una determi­
nada serie de “datos” referidos al pasado. No se descubre una
verdad histórica sino que se crea sentido, aunque sin dejar de
tener en cuenta ciertas limitaciones.

Schafer (1983) postula que el análisis es una transacción


narrativa. “De hecho —afirma— el analista considera lo que
le dice el analizado y sus propias intervenciones como una

185
especie de acción narrativa, o sea una manera de contar o
describir sucesos de la vida pasada y presente.” Y agrega:

Si se concibe que el analizado participa en una acción na­


rrativa, se entenderá que sólo refiere uno de un gran núme­
ro de relatos posibles sobre sucesos de su vida. En rigor, según
nuestro punto de vista, jamás se puede acceder a tales sucesos
sin alguna mediación, ya que ellos sólo existen dentro de rela­
tos que el analizado o el analista han desarrollado con distin­
tos propósitos y en diferentes contextos. (...) Cabe sostener
que el analista participa en actos que son una reformulación o
una revisión narrativa (...) siguiendo determinadas líneas ar­
guméntales acerca del desarrollo personal, las situaciones con­
flictivas y la experiencia subjetiva que son características de
su teoría y su enfoque analíticos. (...) Por lo tanto, podría
decirse que la interpretación analítica, lejos de desenterrar y
hacer revivir experiencias antiguas y arcaicas como tales, cons­
tituye y desarrolla nuevas versiones de dichas experiencias,
versiones vividas, verbalizables y verbalizadas. Sólo entonces
puede asignarse a estas nuevas versiones un lugar seguro
dentro de una historia de vida psicoanalítica continua, cohe­
rente, convincente y actualizada.

Spence (1982) puntualiza que nunca puede conocerse real­


mente la verdad de una interpretación o reconstrucción. El
analista construye una “historia” que satisface ciertos crite­
rios estéticos y pragmáticos, e interpreta ateniéndose a una
tradición narrativa en la que cuentan la coherencia, la con­
gruencia y el poder de persuasión del relato. En lugar de la
verdad histórica, la verdad narrativa crea un modo de explica­
ción y comprensión de los hechos del pasado y proporciona
una certidumbre aparente en lugar del conocimiento que es
imposible alcanzar.
Sin duda, las formulaciones de Spence y de Schafer ponen
el acento en un aspecto importante de la reconstrucción. El
enfoque de estos autores coincide con el de Balint y con el de
Wallerstein (1988), quien comenta que:

todas nuestras perspectivas teóricas —las kleinianas así como


las de la psicología del yo y todas las demás— no son sino
metáforas explicativas que hemos escogido porque nos son

186
útiles desde el punto de vista heurístico, teniendo en cuenta
nuestra variable adhesión a ciertos valores intelectuales, para
la explicación, o sea, para conferir sentido a los datos clínicos
primarios que surgen en nuestros consultorios.

Y agrega luego:

Dicho de la manera más simple, esta conceptualización


transforma todas nuestras grandes teorías generales (y nues­
tro pluralismo en materia de teoría general) en un conjunto
escogido de metáforas.

No obstante, esta postura de Wallerstein puede acarrear la


discutible consecuencia de considerar de igual valor a todos
los sistemas interpretativos, con tal de que satisfagan deter­
minados criterios.
Obviamente, el concepto de interpretación no se circunscri­
be al encuadre psicoanalítico ni a las diversas variantes de
psicoterapia psicodinámica. Puede conceptualizarse como una
interpretación toda verbalización que haga un clínico general
acerca de los temores no manifestados de un paciente sobre su
estado de salud, así como el intento de ampliar su compren­
sión exponiéndole algún aspecto de sus sentimientos o de su
conducta del que antes el paciente no se había percatado. Por
supuesto, de esto no se infiere que un tipo de interpretación
válida en cierta situación sea oportuna también en otras.

187
11. COMPRENSION INTUITIVA

El concepto de “comprensión intuitiva” [insight] es amplia­


mente utilizado en psicoanálisis, así como en los sistemas
psicoterapéuticos derivados de éste y en la psiquiatría diná­
mica en general. Su significado suele darse por sentado, aun­
que un estudio atento pronto revela que dista de ser claro.
Como apunta Zilboorg (1952), “entre las cosas poco claras que
tienen máxima importancia clínica y provocan las mayores
confusiones está el término ‘comprensión intuitiva’. Surgió de
la nada, por decirlo así. Nadie sabe quién lo empleó por prime­
ra vez, ni con qué sentido”. Y Poland (1988) señala: “La com­
prensión intuitiva (...) no encontró jamás un lugar apropiado
entre las conceptualizaciones analíticas”. Esta opinión parece
reflejar también la de Bamett (1978), quien se lamenta de que
“nuestros conceptos acerca de la comprensión intuitiva se han
vuelto tan difusos y se han ampliado tanto que a menudo los
intentos que efectuamos por abarcarlo todo dentro del planteo
de una terapia eficaz que haga uso de la comprensión intuiti­
va nos dejan con un sentimiento de futilidad y frustración”.
La relación entre el significado psicoanalítico y el psiquiá­
trico de este término parece ser compleja. En psiquiatría, se lo
introdujo para designar “el conocimiento a que llega el pacien­
te de que los síntomas de su enfermedad son fenómenos anor­
males o mórbidos” (Hinsie y Campbell, 1970). Con este sentido
se lo empleó desde los primeros años de este siglo, y sigue
dándosele este significado particular. Jung, refiriéndose a los
psicóticos con grave deterioro intelectual y emocional, señaló

189
que podían presentar “signos de poseer una comprensión in­
tuitiva más o menos amplia de su enfermedad” (1907). Si­
guiendo a Kraepelin (1906), Bleuler (1911) y Jaspers (1913),
la “falta de comprensión intuitiva” suele asociarse fundamen­
talmente con los estados psíquicos psicóticos. Pero al hacer
extensivo el término de la psiquiatría al psicoanálisis, este
significado específico se perdió.
Vale la pena mencionar que, en el uso que se le dio al
comienzo en psicoanálisis, no era un término especializado.
No figura en el índice de la Standard Edition de las obras de
Freud, aunque de hecho, en un sentido corriente, Freud em­
plea en varios lugares la palabra alemana correspondiente,
“Einsicht”, que al igual que la inglesa “insight” es relativa­
mente coloquial. Parecería que en algún momento de la histo­
ria del psicoanálisis ambas fueron elevadas a la condición de
concepto técnico. El Oxford English Dictionary indica que “la
idea original parece ser la de una ‘visión interna’ [in-sight],
vale decir, la de los ojos de la mente o el entendimiento”, y da
las siguientes acepciones: “visión interna; visión o percepción
mental; discernimiento, el hecho de penetrar con los ojos del
entendimiento en el carácter o naturaleza interiores de las
cosas; vislumbre o visión que penetra más allá de la superfi­
cie”. El uso actual, más o menos coloquial, de este vocablo
parece haber sido influido por el concepto técnico psicoanalíti-
co, de modo tal que a veces su sentido guarda correspondencia
con la acepción que el Oxford English Dictionary rotula como
“obsoleta”, a saber: “comprensión, inteligencia, saber”.
Sea como fuere, en la acepción más especializada con que
hoy se lo emplea en psicoanálisis, parece arraigar firmemente
en las formulaciones freudianas sobre los procesos de cambio
que llevan a la “cura”.
En Estudios sobre la histeria (1895d), Freud escribió:

Descubrimos, al comienzo para nuestra máxima sorpresa,


que los síntomas histéricos singulares desaparecían en segui­
da y sin retornar cuando se conseguía despertar con plena
luminosidad el recuerdo del proceso ocasionador, convocando
al mismo tiempo el afecto acompañante, y cuando luego el
enfermo describía ese proceso de la manera más detallada po-

190
sible y expresaba en palabras el afecto. Un recordar no acom­
pañado de afecto es casi siempre totalmente ineficaz.

Algo semejante había dicho en una oportunidad anterior


(1893h):

Si se consigue llevar al enfermo hasta un recuerdo bien


vivido, él verá las cosas ante sí con su realidad efectiva origi­
naria; uno nota entonces que el enfermo está totalmente go­
bernado por un afecto. Y si se lo constriñe a expresar en pala­
bras ese afecto, se verá que, al par que él produce dicho afecto
violento, vuelve a aparecerle muy acusado aquel fenómeno de
los dolores, y desde ese preciso instante el síntoma desaparece
como síntoma permanente.

En la primera fase del psicoanálisis, Freud hizo hincapié


en el elemento de saber “cognitivo” (“el recuerdo del suceso”)
dentro del contexto de la liberación del afecto. Vinculó el resta­
blecimiento del enfermo por la descarga de afecto bajo la for­
ma de la abreacción con la idea de un suceso traumático con­
creto, que era el agente patógeno en afecciones como la histe­
ria. Ese concomitante emocional de la recuperación de recuer­
dos reprimidos está próximo a lo que muchos analistas actua­
les llaman “comprensión intuitiva emocional”.
La nueva concepción freudiana de la patogénesis (desde
1897) como consecuencia del pasaje del suceso externo trau­
mático a las vicisitudes de las mociones pulsionales, así como
el creciente interés que desarrolló Freud por la interpretación
de los sueños (1900a), parecen haber relegado a un segundo
plano el elemento emocional. La comprensión intuitiva del
analista fue equiparada, poco más o menos, con su compren­
sión intelectual del significado de las producciones del pacien­
te, y lo que le comunicaba a éste era dicha comprensión, a
menudo recurriendo a explicaciones y argumentaciones. No
obstante, la paulatina toma de conciencia acerca de la impor­
tancia que revestía el análisis de la transferencia y de las
resistencias transferenciales llevó, una vez más, a advertir el
relevante papel del contexto emocional en que se insertaba la
comprensión intelectual del paciente. El propio Freud dijo
(1913c):

191
Es verdad que en los tiempos iniciales de la técnica analíti­
ca atribuíamos elevado valor, en una actitud de pensamiento
intelectualista, al saber del enfermo sobre lo olvidado por él, y
apenas distinguíamos entre nuestro saber y el suyo. Conside­
rábamos una particular suerte obtener de otras personas in­
formación sobre el trauma infantil olvidado (...) y nos apresu­
rábamos a poner en conocimiento del enfermo la noticia y las
pruebas de su exactitud, con la segura expectativa de llevar
así neurosis y tratamiento a un rápido final. Serio desengaño:
el éxito esperado no se producía.

Aparentemente, en inglés el término “insight” no fue utili­


zado en el título de ningún trabajo psicoanalítico con anterio­
ridad al de French (1939), llamado “La comprensión intuitiva
y la desfiguración en los sueños”. French declaraba allí expre­
samente que lo había tomado de W. Koehler (1925), el psicólo­
go de la Gestalt, quien había descrito que en condiciones expe­
rimentales un animal podía encontrar súbitamente, mediante
la comprensión intuitiva, la manera de resolver un problema
práctico. Entendía French que en el psicoanálisis esa com­
prensión constituía un fenómeno análogo, o sea, “la ‘captación
práctica’ de la situación conflictiva”. No suponía que la com­
prensión intuitiva obrase como agente terapéutico per se, sino
como condición previa para la ulterior “resolución del proble­
ma”, que podía llevar a la curación.
La principal dificultad, tal como se plantea en la bibliogra­
fía psicoanalítica posterior a Freud, parece radicar en la nece­
sidad de definir, por un lado, los atributos que caracterizan a
la comprensión intuitiva “auténtica” o “emocional”, y por el
otro los que caracterizan a la comprensión intuitiva “intelec­
tual”. Hay consenso entre los psicoanalistas de que esta dife­
renciación es factible y reviste decisiva importancia desde el
punto de vista de la técnica analítica. A todas luces, el mero
conocimiento intelectual psicoanalítico de los orígenes de un
trastorno psíquico no es útil, pues de lo contrario el paciente
podría curarse con sólo darle a leer algún texto de psicoanáli­
sis. Parecería que, en lo que respecta a la terapia, algún tipo
de experiencia emocional es un concomitante indispensable de
lo que se considera una comprensión intuitiva eficaz. Sin em­
bargo, muchos autores se han debatido con los problemas que

192
presenta la definición precisa de lo que constituye una com­
prensión intuitiva “auténtica”, “emocional” o “eficaz” (v. gr.,
Barnett, 1978; Blacker, 1981; Bush, 1978; A. Freud, 1981;
Hatcher, 1973; Horowitz, 1987; Kerz-Ruehling, 1986; Kris,
1956a; Kubie, 1950; Martin, 1952; Michels, 1986; Myerson,
1960, 1963, 1965; Poland, 1988; Pressman, 1969a, 1969b;
Rangell, 1981; Reid y Finesinger, 1952; Richfield, 1954; Segal,
1962; Silverberg, 1955; Valenstein, 1962; Zilboorg, 1952).
Una de las dificultades en esta búsqueda de una definición
adecuada ha sido la tentación de caer en una tautología: si la
comprensión intuitiva no es eficaz para producir un cambio,
entonces no es una “auténtica” comprensión intuitiva; ergo,
toda comprensión intuitiva que produce un cambio sería au­
téntica. Si queremos evitar esa tautología, parecería necesario
divorciar el concepto de comprensión intuitiva del concepto de
“cura”, ya que aquélla no es forzosamente seguida por cambios
terapéuticos progresivos en el paciente.
Richfield (1954), así como Reid y Finesinger (1952), procu­
raron, en su empeño de aclarar este problema, aplicar un
análisis filosófico. Estos últimos autores recurren a la expre­
sión “comprensión intuitiva dinámica” para designar la varie­
dad eficaz, y citan en tal sentido a Kubie (1950):

...la comprensión intuitiva sólo comienza a tener un efecto


terapéutico cuando conduce a la apreciación de la relación
existente entre diversas experiencias y los conflictos incons­
cientes, que da origen tanto a los elementos neuróticos de la
personalidad como a los propios síntomas neuróticos.

Por su parte, Reid y Finesinger intentan distinguir la com­


prensión intuitiva “neutral” de la “emocional”; la primera im­
plicaría que “ninguno de los términos que intervienen en la
relación cuya significación se capta mediante la comprensión
intuitiva es una emoción; el acto de la comprensión intuitiva
tampoco es mediador o liberador de una respuesta emocional
en la persona que la tiene”. En cuanto a la comprensión intui­
tiva “emocional”, en ella, “la emoción forma parte del conteni­
do que el paciente comprende, o, dicho con más precisión,
interviene en la relación cuya significación capta mediante su
comprensión intuitiva”. Otra manera de entender la compren-

193
sión intuitiva “emocional” o “de eñcacia dinámica” es que “vuel­
ve consciente al paciente de un hecho, que puede o no ser una
emoción, pero que libera o desencadena una respuesta emocio­
nal”. Esta definición de la comprensión intuitiva no la vincula
necesariamente a ningún criterio de lo que es “correcto” o lo
que promueve el “cambio terapéutico”.
Pese a que se acepta que los elementos “intelectuales” de la
comprensión intuitiva no son por sí mismos eficaces, se ha
cobrado cada vez mayor conciencia del papel de los procesos
cognitivos que participan en ella (Bamett, 1978; Bush, 1978).
Barnett comenta que

el conocimiento se convierte en una verdadera comprensión


intuitiva sólo cuando es acompañado por un cambio significa­
tivo en el funcionamiento psíquico del paciente y sus procedi­
mientos para ordenar la experiencia. Nuestra preocupación
por la comprensión intuitiva debe encaminarse hacia el modo
como se reestructuran y remoldean los métodos de conoci­
miento del paciente, como puente que une la comprensión
intuitiva con el cambio terapéutico.

Junto a esta renovada inquietud por los aspectos cogniti­


vos de la comprensión intuitiva, los analistas de niños han
prestado atención al desarrollo de la capacidad correspondien­
te. Kennedy (1979) se refiere a la evolución de la comprensión
intuitiva destacando los cambios que sobrevienen en esta fa­
cultad desde el preescolar hasta el adolescente y el adulto. La
capacidad para la comprensión intuitiva evoluciona desde “el
percatamiento transitorio que tiene el bebé de los estados que
le producen sensaciones placenteras o penosas hasta la auto-
observación objetiva y desapegada del adulto, cuya focaliza-
ción intrapsíquica, junto con las funciones integradoras del
yo, hacen operar la comprensión intuitiva en contextos psíqui­
cos útiles”. Y agrega que

en el análisis de niños nuestro propósito no es reconstruir


para el niño un cuadro verdadero y “objetivo” de su pasado
sino centramos en el examen de su adaptación ante las presio­
nes que, según él lo siente, operan en el presente sobre él. (...)
Las intervenciones del analista organizan y articulan la expe­
riencia del niño. Toda vez que le interprete y exprese su “com-

194
prensión intuitiva” en términos que el niño sea capaz de en­
tender, tendrá lugar alguna nueva integración. (...) Debemos
suponer que la “comprensión analítica” de los niños se incor­
pora a una matriz general de la experiencia.

Otro analista de niños, Neubauer (1979), subraya que

el análisis de niños debe apuntar a las fases de la organización


cognitiva. (...) Esto pone de relieve el papel de la autoobserva-
ción como uno de los componentes principales de la compren­
sión intuitiva. Otro requisito de esta última es la capacidad
para diferenciar las representaciones del objeto y del sí-mismo
en el contexto de una organización temporal y espacial esta­
ble. Estos diversos elementos integrantes de la comprensión
intuitiva son todos ellos significativos para entender el come­
tido que ella cumple en el psicoanálisis.

Anna Freud (1981), repasando la evolución de la capacidad


para la comprensión intuitiva en la niñez, examina su presen­
cia y su falta como un factor del desarrollo normal y afirma
que la adolescencia le brinda en este aspecto una “segunda
oportunidad” al niño que no pudo desarrollar una compren­
sión intuitiva adecuada.
El logro de la comprensión intuitiva es un fenómeno nor­
mal del desarrollo. Michels (1986) señala que una teoría psi-
coanalítica de la comprensión intuitiva

debería admitir que el desarrollo psíquico no es sólo la cróni­


ca de las apetencias organísmicas, los temores, las relacio­
nes, las pautas del funcionamiento moral, la percepción de
uno mismo y de los demás, y la comprensión del mundo, sino
también la de la evolución y variación de importantes com­
prensiones y percatamientos acerca del sí-mismo. El desa­
rrollo psíquico no se detiene en todo el ciclo vital, y en dife­
rentes épocas de dicha evolución unas perspectivas pueden
ser más útiles que otras para organizar la comprensión. Un
período relativamente “latente” desde el punto de vista de
las pulsiones puede ser decisivo desde el punto de vista de la
comprensión intuitiva.

195
Según Gray (1990), cada nuevo logro en materia de com­
prensión intuitiva por parte del paciente “es acompañado por
una importante comprensión intuitiva obtenida a través de la
experiencia acerca de esta realidad: (...) que el yo adulto es de
hecho capaz de manejar conscientemente, a voluntad, la con­
tención o descarga de (...) la vida instintiva. (...) Este aspecto
de la acción terapéutica es una forma de aprendizaje sobre su
capacidad en materia yoica, a través de la experiencia del ejer­
cicio gradual y autónomo de su control de los impulsos recla­
mados”. Apunta Gray que “en ciertos momentos oportunos, y
empleando palabras que le resulten aceptables, invito al pa­
ciente a observar junto conmigo lo que ha sucedido”.
Mangham (1981) pone de relieve la importancia que tiene,
para alcanzar la comprensión intuitiva, el restablecimiento de
un temprano lazo afectivo con la madre y la restauración del
sentimiento de omnipotencia infantil. Amplía así lo enunciado
en un trabajo clásico sobre el tema por Kris (1956b): “En la
comprensión intuitiva los ‘elementos cognitivos’ se mezclan
con una clase particular de seguridad”. El trabajo de Kris fue
discutido luego por Abend (1988) a la luz de los avances poste­
riores.
Blum (1981) subraya la importancia de que se cree en el
analizado “un ideal de comprensión intuitiva” y comenta:

La comprensión intuitiva psicoanalítica de los procesos y


contenidos inconscientes entraña la transformación paulatina
de las interdicciones e ideales internos, por vía de la toleran­
cia de una curiosidad y un conocimiento que antes estaban
vedados. El proceso analítico depende de que se relaje la cen­
sura y se analicen los motivos y modalidades de la autocrítica
y el autocastigo.

Otros autores se refirieron al papel de la comprensión in­


tuitiva en la interacción entre paciente y analista (p. ej., Jo-
seph, 1987; Mangham, 1981; Neubauer, 1979; Segal y Britton,
1981). Shengold (en una mesa redonda de la que informa
Blacker, 1981) considera que dicha interacción y la situación
analítica en sí estimulan el proceso de comprensión intuitiva.
Análogamente, Anthony (en esa misma mesa redonda) subra­
ya la relevancia de la comprensión intuitiva del analista res-

196
pecto de sus contrarreacciones ante el paciente y su conoci­
miento cada vez mayor de la vida interna de éste. El análisis
sería un juego mutuo intermitente entre las comprensiones
intuitivas del analista y las del paciente. Anthony (al igual
que Blacker, 1981; Hatcher, 1973; Horowitz, 1987; Poland,
1988; Rangell, 19S1) destaca que a la comprensión intuitiva
analítica debe entendérsela como un proceso.
Horowitz (1987) puntualiza que este proceso de descubri­
miento y comprensión puede proseguir y ampliarse después
de haber concluido el análisis. Escribe:

Si tenemos en cuenta el éxito obtenido en ciertos análisis,


parecería ser que las respuestas a las interpretaciones que
llevan a una comprensión intuitiva útil permanecen en elabo­
ración continua tanto durante el análisis como una vez termi­
nado éste. Esa elaboración continua permite al paciente hacer
sus propios descubrimientos, y se liga con sus recuerdos y
reconstrucciones biográficos.

En una mesa redonda sobre “Cambio psíquico” (Naiman,


1976), Sandler señaló:

La obtención de una comprensión intuitiva a través de las


intervenciones del analista genera una reintegración, creando
nuevos aspectos en la organización psíquica. Como consecuen­
cia de la elaboración, esta comprensión intuitiva puede volver­
se “automática”, o sea, llevar a la inhibición preconsciente de
las modalidades previas de funcionamiento y al uso de otras
más apropiadas.

En este contexto, el logro de la comprensión intuitiva da


lugar a “estructuras de comprensión intuitiva”, vale decir, a
series duraderas de relaciones internas que pueden aplicarse
para modificar y controlar modos de funcionamiento adquiri­
dos con anterioridad —incluyendo los cambios en las relacio­
nes objétales internas.
Citemos finalmente el valioso comentario de Poland (1988)
sobre la comprensión intuitiva analítica:

La comprensión intuitiva conecta el pasado con el presen­


te, el contenido con el proceso, en una unidad psíquica que se

197
halla bien representada por el razonamiento lógico y la teoría.
El análisis clínico da vida a fuerzas interiores dentro de un
contexto diádico singular que torna significativos los significa­
dos implícitos de manera inmediata, permitiendo así que los
hechos históricos lleguen a ser verdades personales. (...) Un
analista no puede “brindar” una comprensión intuitiva; sus
interpretaciones podrán ofrecer nuevos conocimientos, su in­
teracción con el paciente le proporcionará a éste nuevas expe­
riencias emocionales, pero para convertir dichos conocimien­
tos o experiencias en una comprensión intuitiva, el paciente
mismo tendrá que asimilarlos.

Creemos que la noción de una comprensión intuitiva “co­


rrecta” da lugar a numerosas dificultades (véase en el capítulo
anterior nuestro examen de la verdad histórica y la verdad
narrativa), y que el concepto de una comprensión intuitiva
“eficaz” puede desembocar en una argumentación tautológica.
Quizá la mejor manera de abordar este problema sea diferen­
ciar los aspectos “intelectuales” de la comprensión intuitiva de
aquellos otros que liberan emociones o que incluyen, como
parte de dicha comprensión, algún tipo de “estado emocional”.
Esto sería congruente con la opinión expresada en el capítulo
10: “El cambio terapéutico producido por el análisis depende
en alto grado de que se le proporcione al paciente un marco
conceptual y afectivo estructurado y organizado, en el cual
pueda situarse y situar su experiencia subjetiva de sí mismo y
de los demás”. Ello nos permitirá entender por qué diferentes
puntos de vista psicoanalíticos o psicoterapéuticos, tal como se
reflejan en las interpretaciones que se formulan al paciente,
pueden resultar a veces igualmente eficaces en lo que atañe a
sus resultados terapéuticos.

198
12. ELABORACION

El tratamiento psicoanalítico comparte con otras varieda­


des de psicoterapia la finalidad de provocar cambios durade­
ros en el paciente. En común con las demás terapias que
recurren a la “comprensión intuitiva”, la psicoanalítica hace
uso de interpretaciones y de otras intervenciones verbales
(capítulo 10). Si bien el propósito de éstas es en parte volver
conscientes los procesos inconscientes del enfermo, desde
las primeras épocas del psicoanálisis se ha sostenido que,
de ordinario, no basta con “volver consciente lo inconscien­
te” ni con la obtención de una comprensión intuitiva para
provocar un cambio fundamental. En contraste con los pro­
cedimientos que emplean la hipnosis y la abreacción masi­
va (catarsis), el método psicoanalítico basa su éxito en algu­
nos elementos adicionales. En los capítulos previos hemos
examinado unos cuantos de ellos, en particular la alianza
terapéutica (capítulo 3), la transferencia (capítulos 4 y 5) y el
análisis de la resistencia (capítulo 7). Nuestro objetivo en el
presente capítulo será pasar revista a otros factores de la
situación analítica que han sido agrupados bajo el rótulo de
elaboración.
En sus primeros escritos psicoanalíticos, de 1895, Freud
había empleado términos como “gasto psíquico” y “repaso”;
más aún, el término “Durcharbeitung” (elaboración) aparece
ya en los Estudios sobre la histeria (1895d), aunque con un
sentido muy distinto del que más adelante Freud le dio al
concepto clínico, introducido en el artículo “Recordar, repetir,

199
reelaborar” (1914g).* Allí señalaba que, en la primera fase del
psicoanálisis, el objetivo del tratamiento había sido la
rememoración del suceso traumático patógeno que, según se
suponía, era la raíz de su neurosis, así como la abreacción del
afecto contenido que estaba asociado a dicho suceso. Al renun­
ciar a la hipnosis, la tarea terapéutica pasó a ser la recupera­
ción de contenidos psíquicos olvidados significativos y de sus
afectos asociados a través de las asociaciones libres, lo cual
exigía un “gasto de trabajo” del paciente, a raíz de sus resis­
tencias para develar lo reprimido. Cobró prioridad, respecto
de esa rememoración de recuerdos significativos, la repetición
inconsciente de ellos bajo la forma de la transferencia y del
acting out (capítulo 9). Comenzó a considerarse que la labor
analítica estaba encaminada en gran medida a la interpreta­
ción de las resistencias del paciente, así como a mostrarle de
qué modo se reproducía el pasado en el presente. No obstante,
por más que el analista pudiera revelar su resistencia, esto
por sí solo no llevaba a un avance en el tratamiento.
Al respecto apuntó Freud (1914g):

Es preciso dar tiempo al enfermo para enfrascarse en la


resistencia, no consabida para él, a fin de elaborarla, vencerla
prosiguiendo el trabajo en desafío a ella y obedeciendo a la
regla analítica fundamental. Sólo en el apogeo de la resisten­
cia descubre uno, dentro del trabajo en común con el analiza­
do, las mociones pulsionales reprimidas que la alimentan y de
cuya existencia y poder el paciente se convence en virtud de
tal vivencia. (...) Esta elaboración de las resistencias puede
convertirse en una ardua tarea para el analizado y en una
prueba de paciencia para el médico. No obstante, es la pieza
del trabajo que produce el máximo efecto alterador sobre el
paciente y que distingue al tratamiento analítico de todo in­
flujo sugestivo.

Si bien más adelante Freud distinguió diversas fuentes de


la resistencia (capítulo 7), vinculó la necesidad de la elabora-

* Como en todas las demás obras de Freud, mantenemos el título de las


Obras completas de la edición de Amorrortu, que emplea “reelaboración’ para
lo que aquí hemos traducido como “elaboración". [T.j

200
ción a la variedad particular derivada de la “compulsión a la
repetición” (1920g) y a la denominada “resistencia del ello”
(1926d). En esto puede verse un reflejo de la “oposición” que
ofrecen las mociones pulsionales a que se las desprenda de sus
objetos y modos de descarga previos (1915a, 1915f). Asimismo,
tomando en préstamo una expresión de Jung, Freud (1918b
[1914]) se refirió a la “inercia psíquica”, y a la “viscosidad”
(1916-17) o “estasis” (1940a [1938]) de la libido como fuerzas
que se oponían a la recuperación. Todos estos términos
trasuntan que concebía a las mociones pulsionales como ener­
gía ligada a determinadas representaciones psíquicas, en par­
ticular las de los objetos de amor infantiles. Esta conceptuali-
zación de las pulsiones como energía que puede investir a un
objeto fue puesta en tela de juicio de manera creciente y cada
vez más convincente. En 1937 Freud relacionó la “inercia psí­
quica” con factores constitucionales específicos y con el enve­
jecimiento (1937c). A la sazón suponía que la edad avanzada
del paciente tornaba menos eficaz el proceso psicoanalítico y
era una contraindicación para el tratamiento, punto de vista
que hoy ya no es avalado por muchos. Para Freud el trabajo
de elaboración era el que tanto el analista como el paciente
debían realizar para superar las resistencias al cambio, debi­
das primordialmente a la tendencia de las mociones pulsio­
nales a adherirse a las modalidades habituales de descarga.
La elaboración constituía una labor analítica adicional a la
que tenía por finalidad develar los conflictos y las resisten­
cias. Se pensaba que la comprensión intelectual, sin dicha
elaboración, no era suficiente para cumplir el cometido tera­
péutico, ya que dejaba en pie la tendencia de las modalidades
previas de funcionamiento a repetirse según los patrones
acostumbrados
Tiene interés histórico el hecho de que Fenichel (1941), al
comentar el libro de Ferenczi y Rank, The Deuelopment of
Psycho-Analysis (1925), haya puesto de relieve el hincapié que
hacían los autores en la revivencia de las experiencias emocio­
nales dentro de la transferencia, diciendo que “en su énfasis
en el experienciar, se convirtieron en admiradores de la
abreacción, del acting out, y por ende la elaboración queda
perjudicada”. Para Fenichel (1937, 1941) la elaboración cons-

201
tituye una actividad del analista, no del analista y el paciente,
y se refiere a ella como “un tipo especial de interpretación”.
Señala que el paciente mostrará reiterada resistencia a perca­
tarse del material inconsciente que se le ha interpretado, y
que la labor de la interpretación tiene entonces que repetirse,
por más que ahora el proceso pueda avanzar más rápida y
fácilmente que antes. En ocasiones, reaparecerá en el pacien­
te un cuadro exactamente igual al anterior; otras veces, habrá
variantes en diversos contextos. “Siguiendo a Freud, se deno­
mina ‘elaboración’ ese proceso necesario de demostrar al pa­
ciente una y otra vez lo mismo, en diferentes momentos o en
diversos contextos”.
Aunque Fenichel circunscribe el concepto de Freud al equi­
parar la elaboración con un tipo de interpretación, por otro
lado lo amplía, pues lo relaciona con la resistencia al cambio
tanto del yo como del superyó. Además, lo compara al proceso
del duelo, como más tarde hicieron también otros autores (p.
ej., Parkin, 1981). Dice Fenichel (1941):

Una persona que ha perdido a un amigo debe volver a


aclararse a sí misma, en todas las situaciones que le recuer­
dan a su amigo, que éste ya no existe y que es menester que
renuncie a él. La idea de ese amigo encuentra representación
en numerosos complejos de recuerdos y deseos, y la desvincu­
lación del amigo debe tener lugar por separado en cada uno de
dichos complejos.

Según Fenichel, la elaboración daba por resultado la libe­


ración de pequeñas cantidades de “energía” ligada a la repre­
sentación, con lo cual era parecida a la abreacción —aunque
era lo opuesto a una abreacción única masiva—. Al mismo
tiempo, sostenía que la interpretación tepía por efecto “educar
al paciente a fin de que produjera retoños cada vez menos
desfigurados” (1937). A partir de Fenichel, no se prestó dema­
siada atención a este aspecto de la elaboración que podríamos
denominar “micro-abreacción”. Por el contrario, pasaron a pri­
mer plano los aspectos vinculados al “aprendizaje” y el
“desaprendizaje” (Ekstein, 1966; Schmale, 1966; Thomá y
Háchele, 1987).
Para la elaboración es fundamental rastrear las ramifica-

202
ciones del conflicto en diferentes ámbitos de la vida del indivi­
duo (proceso por momentos muy laborioso). Como escribe
Fromm-Reichmann (1950):

Cualquier comprensión, cualquier percatamiento ganado


gracias a la elucidación interpretativa, debe ser reconquistada
y puesta a prueba de nuevo una y otra vez en nuevas conexio­
nes y contactos con otras experiencias entrelazadas, que en sí
mismas pueden o no tener que abordarse interpretativamente.

En 1956, Greenacre subrayó la importancia de la elabora­


ción en los casos en que un suceso traumático infantil ejerció
amplios efectos en distintas esferas de la personalidad:

Pronto se reconoció que si los recuerdos infantiles eran


recobrados demasiado rápidamente, o eran actuados en la
transferencia sin una interpretación adecuada, por más que la
abreacción fuera apreciable en ese momento, sus efectos no
serían muy duraderos. En tales casos, no parecía que la elabo­
ración fuese indispensable para recobrar el recuerdo, pero ahora
se lo considera esencial para que el efecto terapéutico sea per­
durable —no con el fin de disminuir la resistencia y acceder al
recuerdo, sino para mostrarle una y otra vez al paciente la
forma en que operan sus tendencias pulsionales en diversas
situaciones de su vida.

Comenta esta autora que “el conflicto defensivo permanece


más o menos estructurado si no se lo trabaja reiteradamente y
en conexión con sus repercusiones en distintas situaciones”, y
sugiere que el mayor énfasis puesto en el análisis de los meca­
nismos de defensa llevó a “admitir la necesidad de operar de
manera consistente con las pautas defensivas. (...) A esto se
ha asimilado gran parte de lo que antes se denominaba elabo­
ración”.
Ese mismo año, Kris (1956a) sostuvo que la labor interpre­
tativa conduce a la larga a la reconstrucción del pasado del
paciente, y que uno de los aspectos de la elaboración consiste
en aplicar tales reconstrucciones a ámbitos y niveles muy dis­
tintos del material del paciente. A esto se liga una observación
más general de Loewald (1960), para quien el análisis es un
proceso destinado a provocar en el paciente modificaciones

203
estructurales. (En la bibliografía psicoanalítica, el término “es­
tructura” ha sido empleado para referirse específicamente a la
tríada yo-ello-superyó, pero en la actualidad se lo utiliza de un
modo más general, para designar las organizaciones psíquicas
que cambian con lentitud.) Dice este autor que

el analista estructura y articula (...) el material y las produc­


ciones que brinda el paciente. Si la interpretación de su sig­
nificado inconsciente es oportuna, éste reconoce en las pala­
bras con que se expresa dicho significado una manifestación
de lo que él vivencia. Organizan para él lo que antes perma­
necía desorganizado y así le permiten tomar “distancia” res­
pecto de sí mismo y ver, comprender, poner en palabras y
“manejar” lo que antes no era visible, comprensible, ver-
balizable, tangible. (...) El analista opera como representan­
te de un estadio superior de organización y como mediador
de dicho estadio para el paciente, en la medida en que su
comprensión se amolda a lo que necesita organización, y a la
manera en que lo necesita.

Esta formulación de Loewald acerca de este aspecto de la


función del analista nos da pie para considerar el marco teóri­
co y las técnicas que éste emplea, no desde el punto de vista de
lo que es “correcto” o “incorrecto” sino de lo que es útil, en el
sentido mencionado.
Novey (1962), en un concienzudo examen de la elaboración,
pasa revista a las dificultades que rodean a este concepto y
sugiere que la relación entre el analista y el paciente incluye
factores que el psicoanálisis tiene en común con otras tera­
pias, y que promueven la elaboración. Dichos factores (las
técnicas de apoyo, etc.) parecen indispensables y operan más
allá de que las interpretaciones formuladas sean o no correc­
tas. La elaboración se da también fuera de la sesión: “Gran
parte de lo que llamamos elaboración en sentido propio es el
tiempo que se le dedica efectivamente a la vivencia y revivencia
intelectual y afectiva para producir un cambio constructivo”.
Algo semejante sostiene Valenstein (1962) respecto del “tra­
bajo” que prosigue una vez finalizado el análisis: “A medida
que la elaboración continúa durante esa fase interminable del
trabajo autoanalítico que sigue a la terminación del análisis

204
formal, esas nuevas pautas de acción, pensamiento y afecto
cobran un grado creciente de estructuración”. Tanto Stewart
(1963) como Greenson (1965b) adhieren a la opinión de Freud
según la cual la elaboración se dirige sobre todo contra la
“resistencia del ello”; sin embargo, la definición que da
Greenson se centra en torno de la comprensión intuitiva y el
cambio:

Para nosotros el trabajo analítico sólo es elaboración des­


pués que el paciente ha logrado la comprensión intuitiva, no
antes. La meta de la elaboración es tornar eficaz dicha com­
prensión, o sea, provocar en el paciente cambios significativos
y duraderos. (...) La elaboración consiste en el análisis de las
resistencias que impiden que esa comprensión intuitiva pro­
mueva el cambio. A ella contribuyen tanto el analista como el
paciente. (...) En esencia, la elaboración es la repetición, pro-
fundización y ampliación del análisis de las resistencias.

Agrega Greenson (1965b, 1966) que “al trabajo analítico


que lleva a la comprensión intuitiva podría denominárselo
t ‘trabajo analítico propiamente dicho’, en tanto que el que lleva
de dicha comprensión al cambio de conducta, actitudes y es-,
tructuras es el trabajo de elaboración”. Enumera los elemen­
tos que compondrían este último:

1. La repetición de las interpretaciones, en particular el aná­


lisis de las resistencias transferenciales.
2. La discriminación o aislamiento de los afectos e.impulsos
respecto de las experiencias y recuerdos.
3. La ampliación, profundización y generalización de las in­
terpretaciones, develando las múltiples funciones y deter­
minantes de los diversos antecedentes y derivados de un
fragmento de conducta.
4. Reconstrucciones del pasado que sitúan dentro de una pers­
pectiva viviente al paciente y a otras figuras importantes
de su entorno, incluyendo las reconstrucciones de la ima­
gen de sí en distintos períodos del pasado.
5. La facilitación de modificaciones en las reacciones y com­
portamientos, que permitan a un paciente antes inhibido
arriesgarse a acometer nuevas modalidades de reacción y

205
de conducta respecto de impulsos y objetos que hasta en­
tonces consideraba peligrosos. Lo habitual es que el pa­
ciente pruebe primero la nueva conducta en la situación
analítica y luego en el mundo externo. Ese nuevo compor­
tamiento será un retoño algo menos desfigurado de su pa­
sado infantil.

Shane (1979) abogó por un enfoque evolutivo de la elabora­


ción, poniendo énfasis en que el proceso es análogo al que se
da en el desarrollo normal infantil. Asevera que “la interpre­
tación es una construcción necesaria pero no suficiente para
dar cuenta del cambio terapéutico. (...) El proceso de elabora­
ción no sólo consiste en la interpretación reiterada de las re­
sistencias y contenidos presentes en las numerosas y variadas
experiencias del analizado sino también en un proceso, no
menos importante, de desarrollo”. Entiende que este desarro­
llo promueve el cambio estructural, que es el resultado de una
serie de pasos posteriores a cada interpretación correcta, pa­
sos que conforman la elaboración:

1. Recepción y asimilación de la nueva comprensión intuitiva


(incluida la superación de las resistencias que se le opo­
nen).
2. Aplicación de esa comprensión intuitiva a la adquisición de
nuevas capacidades (comienzo del desarrollo estructural).
3. Concepción diferente de sí mismo a raíz de esas nuevas
capacidades (continuidad del desarrollo estructural).
4. Duelo y superación de la pérdida del sí-mismo antiguo y, a
menudo, de antiguos vínculos con objetos (consolidación
del desarrollo estructural).

Como ya hemos dicho, algunos autores psicoanalíticos de


las primeras épocas (v. gr., Fenichel, 1941, 1945a; Glover,
1955) suponían que la elaboración la realiza fundamental­
mente el analista, no el paciente; tal es, asimismo, la postura
de algunos de los seguidores de Melanie Klein. Así, Pick (1985)
escribe:

La esencia del análisis es la proyección constante que el


paciente hace sobre el analista; cada interpretación apunta a
206
apartarlo de la posición esquizo-paranoide para llevarlo a la
posición depresiva. Esto no sólo es válido para el paciente, ya
que también el analista necesita, una y otra vez, de la regre­
sión y la elaboración. Me pregunto si la verdadera diferencia
entre una interpretación profunda y una superficial no radica­
rá, más que en el nivel al cual se dirige, en el grado en que el
analista elaboró internamente el proceso al formularla. (...)
La cuestión es de qué manera se permite el analista vivir la
experiencia, digerirla, formularla y comunicarla como inter­
pretación.

Esto concuerda con los conceptos de Bion (1962) sobre el


“ensueño materno” y la función de “contención” de las angus­
tias y zozobras del individuo que cumple la madre (y el analis­
ta). Barande ha apuntado (1982) que el enfoque kleiniano
parecería implicar para el analista un trabajo muy duro y
dramático, así como una incesante vigilancia de su parte.
En contraste con ello, otro analista kleiniano, O’Shaugh-
nessy (1983), puso de relieve el trabajo que debe efectuar el
paciente:

...a medida que el paciente se siente comprendido por las pala­


bras del analista (las interpretaciones mutativas), poco a poco
se percata mejor de sus modalidades primitivas de relación,
hasta que, a la postre (...) se vuelve capaz de expresar con sus
propias palabras la comprensión que ha adquirido de sí mis­
mo. Esto promueve el cambio estructural y hace que se retome
el desarrollo del yo, constituyendo un momento mutativo. En
suma: las interpretaciones mutativas no son, en sí mismas,
los agentes del cambio: colocan al paciente en condiciones de
cambiar. Pero él mismo tendrá que realizar la elaboración
activa, mutativa, con sus propias palabras.

Otros autores (p. ej., Stewart, 1963; Valenstein, 1983) en­


tienden también que la elaboración es un trabajo del paciente.
Sedler (1983), por ejemplo, en un amplio examen del concepto,
señala:

El psicoanálisis ha definido con claridad el problema de la


neurosis, pero no puede resolverlo: cada individuo tiene que
hacerlo por sí mismo. La situación analítica está especialmen­
te estructurada para facilitar dicha resolución (...) y el analis-

207
ta, su capacidad técnica, y los acontecimientos transferenciales
son factores indispensables todos ellos en el proceso global.
(...) La elaboración se refiere al aspecto de dicho proceso que,
en definitiva, más estimable le es al analizado, pues significa
su propio triunfo —no el nuestro— sobre las fuerzas clandesti­
nas que operan en la vida neurótica.

El desarrollo de la psicología del sí-mismo por parte de


Kohut llevó a una reevaluación del concepto. Para este autor,
la finalidad de la elaboración es que el individuo retome su
desarrollo, en el sentido de que su sí-mismo vuelva a estar en
condiciones de ejercer una interacción empática. Kohut se re­
fiere a la interacción que tiene lugar entre el sí-mismo de cada
persona y su “objeto/sí-mismo” (véase el capítulo 4). En el
análisis —afirma Kohut (1984)—, “se vuelve a movilizar la
corriente de empatia entre el analista y el analizado abierta a
través'de la transferencia originalmente establecida con el
objeto/sí-mismo. El sí-mismo del paciente es entonces susten­
tado una vez más por una matriz de objetos/sí-mismo que
armonizan empáticamente con él”.
Así pues, para los psicólogos del sí-mismo, la elaboración
consiste en la superación de las resistencias que se oponen al
establecimiento de las transferencias narcisistas arcaicas.
Muslin (1986) comenta:

Desde la perspectiva de la psicología del sí-mismo, lo mejor


es concebir la elaboración como el trabajo analítico que se
lleva a cabo al disolver las resistencias que levanta el paciente
para ingresar en una nueva relación entre el sí-mismo y el
objeto/sí-mismo. Estas resistencias son intentos de preservar
lazos infantiles arcaicos que, si bien detuvieron hasta enton­
ces el crecimiento, brindaron hasta ese momento el tipo de
seguridad primaria que esos individuos conocen.

En esencia, el concepto de elaboración propio de los psicólo­


gos del sí-mismo no difiere del tradicional; al parecer, la dife­
rencia estaría en lo que se elabora más que en la índole misma
del proceso. Así. K*»hut * 1984) sostiene:

La psioilugia del si-mismo se basa en los mismos instru­


mentos que el análisis tradicional (interpretación seguida de

208
elaboración, en una atmósfera de abstinencia) para producir
la cura analítica, pero considera bajo una luz diferente no
sólo los resultados alcanzados sino también el papel que des­
empeñan en el proceso analítico la interpretación y la elabo­
ración.

Desde un ángulo psicoanalítico muy distinto, Brenner(1987)


repasa los diversos significados atribuidos a la elaboración y a
su relación con la labor propia del análisis, y llega a la siguien­
te conclusión:

En suma, todos los autores que escribieron acerca de este


tema consideraban que, para que el análisis tuviese éxito,
debía elaborarse lo que cada uno de ellos entendía que cons­
tituía su esencia: la voluntad de recordar, acciones así como
palabras, la relación real entre paciente y analista, la madu­
ración y el desarrollo, etc. De este modo, todos dijeron lo
mismo, a saber: “Analizar a un paciente me llevó mucho
tiempo. El análisis es una tarea lenta. Los pacientes no se
curan con una sola interpretación, por profunda y correcta
que ella sea”.

Y luego agrega:

La elaboración no representa una lamentable demora en el


proceso de la cura analítica: la elaboración es el análisis. La
labor interpretativa es lo que, según escribió Freud en 1914,
conduce a una comprensión intuitiva verdaderamente válida
y a un cambio terapéutico duradero y confiable. (...) Lo apro­
piado sería llamar elaboración al análisis del conflicto psíqui­
co en todos sus aspectos.

Parecería que la confusión que rodea a este concepto pro­


viene en parte de que muchos autores psicoanalíticos no esta­
blecen un claro distingo entre la elaboración como descripción
de una faceta importante de la labor terapéutica y los procesos
psicológicos que la hacen necesaria, la acompañan y la suce­
den. La “ardua tarea” del sujeto y la “prueba de paciencia”
para el analista (Freud, 1914g), al tener que volver una y otra
vez sobre los mismos temas y rastrear las modificaciones de
los impulsos, conflictos, fantasías y defensas inconscientes,

209
parecerían constituir la esencia misma de la elaboración. Es
probable que la mayoría de los psicoanalistas aceptasen esta
descripción, aunque tan pronto se amplía el concepto surgen
las divergencias. Ellas reflejan las diversas orientaciones teó­
ricas presentes dentro del psicoanálisis, así como el énfasis en
distintos aspectos del funcionamiento psíquico en otros tantos
momentos de su historia teórica. Freud puso cuidado en dife­
renciar entre la elaboración, los factores que, según suponía,
la tornaban indispensable (en particular, las resistencias del
ello) y los resultados a que podía dar lugar, o sea, cambios más
permanentes que los obtenidos por la mera sugestión o la
abreacción.
Resulta claro que la evolución sufrida por la teoría psicoa-
nalítica después de Freud afectó a este concepto de muy diver­
so modo, hasta hacer que se perdiera en parte su simplicidad
descriptiva original. De hecho, Novey (1962) habla de “nuestro
fracaso en comprender el proceso de elaboración”, opinión de
la que se hace eco Sedler (1983). Por su parte, Bird (en Schmale,
1966) manifiesta que a su juicio no hay ninguna necesidad de
conservar el término. Sin embargo, se lo sigue empleando y
considerándolo, en forma bastante general, como un concepto
clínico o técnico básico del psicoanálisis. Abarca la labor tanto
del analista como del paciente y se vincula a la necesidad de
superar resistencias de todo origen. Por supuesto, que el pa­
ciente no cambie después de una interpretación o una com­
prensión determinadas puede obedecer a otros factores, más
allá de su resistencia.
El concepto de resistencia es otro ejemplo de un concepto
descriptivo al que se le confirió poder explicativo. Subrayamos
antes la necesidad de distinguir entre las variedades y las
fuentes de resistencia, y respecto de estas últimas, hemos su­
gerido que la llamada “resistencia del ello” es un caso especial
de la resistencia más general a renunciar a las soluciones
adaptativas del pasado (incluidos los síntomas neuróticos), a
raíz de la necesidad del “desaprendizaje” o la extinción. En
este sentido, es pertinaz mencionar la necesidad del refuerzo y
la recompensa para que se produzca el aprendizaje (aun el que
se alcanza mediante la comprensión intuitiva) y para la for­
mación de nuevas estructuras y la inhibición o extinción de las

210
antiguas. Tal modificación de la estructura mediante el apren­
dizaje no sería parte de la elaboración sino una consecuencia
de ésta.
A modo de conclusión, vale la pena destacar que hay con­
senso entre los autores psicoanalíticos en cuanto a que, si
bien la elaboración puede ser una parte esencial del proceso
analítico, la interpretación del contenido psíquico inconsciente
y de las repeticiones transferenciales, así como la obtención
de una comprensión intuitiva, son elementos no menos vita­
les para su éxito. Ninguna técnica que se abstenga de em­
plear estos elementos puede considerarse auténticamente
psicoanalítica; pero ello no equivale a decir que la elabora­
ción no pueda también desempeñar un papel en otros tipos
de terapia, en especial las que implican un factor de
“reinstrucción” o “reeducación”.

211
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251
INDICE ANALITICO

Abend, S. M., 91,111,113-4,115- — y resistencia, 159-60,164-


6, 195-6 5, 167
Abraham, K., 85-6, 92, 135 — como sustituto del recuer­
abreacción, 16,191,199-200, 210 do, 157, 167
Veáse también catarsis — y transferencia, 160-1
Abt, L., 161-2 — y resistencia transferen­
acción cia!, 160-1
— concepto de, 163-4 Vease también puesta en acto
— formas de la, 163-4 actuación en la transferencia, 56
acting in, 159-60, 167 actualización, concepto de, 163-
acting out 4
— y actuación en la transfe­ adaptación como acting out, 166
rencia, 56 Adler, G., 32,41-2,92,113-4,115
— como adaptación, 169 agieren, 156, 159-60, 164-5
— y conducta, 164-5 Alexander, F., 57-8, 80, 91
— variaciones en el signifi­ alianza antiterapéutica, 40-1
cado del término alianza de trabajo, 67-8
— como comunicación, 167 Véase también alianza de tra­
— concepto de, 166-7 tamiento
— y contratransferencia, alianza de tratamiento, 29, 35-
164-5, 168 8, 95-6, 99, 119, 199
— acorde con el yo, 161-2 — bases de la, 41-2
— concepto de Freud sobre — y estados fronterizos, 43-
el, 156-7 4
— y frustraciones infantiles, — capacidad para la, 42-4
160-1 — definición, 47-8
— uso indiscriminado del — motivaciones irracionales
término, 162-3 de la, 43-5

253
— negativa, 47-8 — función de sostén del, 33-
— y otros aspectos de la 4
transferencia, 41-2 — personalidad del, 67-8
— y transferencia positiva, — y la alianza de tratamien­
54 to, 46-7
— y los pacientes psicóticos, — yo operante del, 116-7
48-9 Véase también alianza de
— y resistencia, 40-1 tratamiento; contratrans­
alianza terapéutica, Véase alian­ ferencia; empatia; transfe­
za de tratamiento rencia
alianza terapéutica inconvenien­ analizabilidad
te, 46-8 — y edad,201
Alston, T., 61-2 — y estados fronterizos, 43-
ambivalencia de los deseos, 19- 4
20 — y capacidad para estable­
análisis de niños cer una alianza de tratamien­
— y comprensión intuitiva, to, 43-4
193-5 — y trastornos de carácter,
— resistencia en el, 137-8 48-9
análisis — y trastornos graves de la
— del carácter, 129-31 personalidad, 48-9
— de las defensas, 179-80 — y el “basamento rocoso
— como transacción narrati­ biopsicológico”, 137
va, 185-6 “Anna O.”, caso de, 16-7
— y cambio estructural, 203- Anastasopoulos, D., 161-2, 166
4 angustia
— didáctico, 102 — de castración, 20-1
— de la transferencia, 51 — teoría de la, 122
Véase también resistencia, Arkin, F. S., 147-8
análisis de la; terapia Arlow, J. A., 22-3, 71, 79, 112-3,
analista 170, 177-8
— lazo realista establecido Asch, S., 148-9, 150-1
con el, 36 asociación libre, 100-1, 173-4
— su relación con el anali­ — análisis de la, 27, 28
zado, 36, 173-4, 195-7 — regla fundamental de la,
— postura del, 16-7 175-6
— contrarresistencia del, — concepto de Freud sobre
132-3 la, 18, 27-8, 100-1, 119, 200
— como objeto fantaseado, — y deseos inconscientes, 18
58-9 — uso de la, 26
— sexo del, su papel en la aspectos irracionales de la tera­
transferencia, 60-1 pia, 40-1

254
Atkins, N. B., 89, 155 Brenner, C., 22-3, 39,63,79,127-
Auchincloss, E. L., 46 8, 147-8, 150-1, 173-4, 177-8,
209
Balint, A., 103-4, 115-6 Breuer, J., 16
Balint, M., 24, 32-3, 33-4, 85-6, Britton, R., 195-6
91, 103, 115-6, 166, 184-5, Brown, G. W., 86-7
187 Buie, D. H., 92
Barande, R., 206 Bush, M., 192-3
Bamett, J., 189, 192-3
Baranger, W., 150-1 Calogeras, R., 61-2
Bateson, G., 87-8, 96-7 Campbell, R. J., 189
bebé, su relación con el objeto campo bipersonal, 108-10
primario, 41-2 capacidad de respuesta flotante,
Bégoin, F., 150-1 110
Bégoin, J., 150-1 capacidad de respuesta flotante
Bellak, L., 156, 161-2 del analista, 110
Besetzung, 18 carácter
Beres, D., 112-3 — análisis del, 129-31
Berg, M. D., 69-70 — coraza del, 126-8
Bergman, A., 148-9 — trastornos del, y analiza-
Berkowitz, D. A., 43-4 bilidad, 48-9
Bernstein, I., 111-2 — resistencias del, 137-8
Bibring, E., 169, 176-7, 177-8 — transferencia de, 59-60,
Bibring-Lehner, G., 84-5 63
Bilger, A., 162-3, 164-5, 166 castigo, necesidad de, 143
Bion, W. R., 24,40, 69-70,107-8, catarsis, 16, 199
115, 161-2, 206 Véase también abreacción
Blacker, K. H., 192-3,195-6, 197- Cesio, F. R., 147-8
8 clarificación, 175-8
Bleger, J., 33-4 Coen, S. J., 80
Bleuler, E., 189 Cohén, M. B., 115
Blitzsten, 80-1 comprensión intuitiva, 40-1,189-
Blos, P., 155, 166 98, 199
Blum, H. P., 61-2, 76, 82,83,127- — analítica, 197
8, 161-2, 140, 141, 151, 158, — capacidad para la, 193-5
171 — y análisis de niños, 193-5
Boesky, D., 130-1,137,155,164- — correcta, 198
5 — y curación, 193
Bollas, C., 69-70 — dinámica, 193
Bone, M., 86-7 — eficaz, 192-3, 198
Boschán, P. J., 114, 130-1, 135 — emocional, 191-3
Brandchaft, B., 149-50

255
— adquirida a través de la — etimología del término,
experiencia, 196 102
— ideal de, 196 — conceptos de Freud sobre
complejo de Edipo, 20-1, 61-2 la, 100-2
Compton, A. 185-6 — significados del término,
compulsión de repetición 115-6
— conceptos de Freud sobre — y reacción terapéutica ne­
la, 55-6 gativa, 150-1
— trabajo elaborativo sobre — como obstáculo, 100-2
la, 201 — primitiva grandiosa, 114-
comunicación, modalidades de la, 5
163-4 — como respuesta a las iden­
concepción topográfica, 173-4 tificaciones proyectivas del
conceptos psicoanalíticos, 14-5 analizando, 105-6
— múltiples significados de — su interacción con la
los, 13-15 transferencia, 108-9
conciencia, sistema, 18-20 Cooper, A. M., 60-2
conciencia de culpa, 141-2 Cornelison, A., 81-8
— y superyó, 21-2 creatividad artística y regresión,
conducta como acting out, 164-5 32-3
confianza básica, 41-3 culpa, sentimientos de
conflicto preedípico, 71 — y reacción terapéutica ne­
contenido manifiesto del sueño, gativa, 141-2, 147-8
17-8 — inconscientes, papel de
Colarusso, C. A., 71 los, 20-1
confrontación, 28, 175-6, 177-8 cura(ción)
construcciones e interpretaciones — resistencias causadas por
en el análisis, 172-3 la amenaza de la, 135
contención, 33-4, — y comprensión intuitiva,
— quiebra de la, 107-8 193
contrarreacciones del analista, — transferencial, 53
tipos de, 110-11 — deseo de, 47-8
contrarresistencia del analista, — y alianza de tratamiento,
132-3 42-3
contrato cura transferencial, 53
— clínico, 48-9 Curtis, H. C., 35, 39-40
— terapéutico, 36, 45
contratransferencia, 66-7,81-98, Charcot, J. M., 15, 16-7, 26
99-117, 163-4 Chediak, C., 110
— y acting out, 164-5, 168
— concepto de, 102-8 Dalison, B., 86-7
— definición de, 29 Davies, S., 47-8
defensa(s), 33-4

256
— interpretación de las, 179- empatía, 94-5,105-6,107-8,111-
81 3, 182-4
— mecanismos de, 21-3, 203 — y contratransferencia,
— y resistencia, 127-9 112-4
— transferencia de las, 56, encuadre, importancia del, 34
72 encuadre analítico
definición, problema de, 15 — evolución del, 25-34
depresión y reacción terapéutica — importancia del, 33-4
negativa, 149-50 encuadre terapéutico, evolución
deseos inconscientes del, 25-34
— y sueños, 17-8 energía agresiva, 18
— instintivos, 26 energías pulsionales, 18-20
deseos inconscientes y asociacio­ English, O. S., 103-4
nes libres, 17-8 ensueño materno, 206
Deutsch, H., 127-8, 162-3 envidia y reacción terapéutica
Deutung, 169 negativa, 150-1
Dewald, P. A., 111, 115-6, 129- Erard, R. E., 155, 162-3, 163-4,
30, 130-1 164-5
Dickes, R., 38, 46 Erikson, E. H., 41-2, 42-3, 91,
difusión de la identidad, 91-2 135-6
disociación activa, 15-6 Escoll, P. J., 67-8, 71
“Dora”, caso de, 156-7 espacio transicional, 32-3
duelo y trabajo elaborativo, 202- esquizofrenia, conceptos de los
3 teóricos de la familia sobre
la, 87-8
Eagle, M. N., 35, 40-1 escuela inglesa, 57-8
edad y analizabilidad, 201 esfera del yo “libre de conflictos",
Eidelberg, L., 15, 147-8, 159-60 22-3
Einsicht, 190 estados fronterizos, la transfe­
Eissler, K. R., 28, 30, 175-6 rencia en los, 77, 84-92
Ekstein, R., 202-3 etapa introductoria de la tera­
ello, 68-9, 174-5 pia, 43-4
— definición, 20-22 Evans, R., 27
— elementos del, en la alian- exteriorización, 57-8
zp de tratamiento, 47-8 — y transferencia, 67-9, 72
— y principio de placer, 21-
2 factores raciales en la transfe-
— resistencia del, 124-5, rencia, 60-1
136-7 Fairbaim, W. R. D., 24, 132-3,
— y trabajo elaborativo, 201, 134
210-11 Fedem, P., 85-6
— papel del, 38 Feigenbaum, D., 144, 147-8
Emde, R., 24 Fenichel, O., 35, 38,129-30,137,

257
160-1, 161-2, 162-3, 173-4, — y transferencia, 51-6, 60-
201, 202-3, 206 1
fenómenos transferenciales — y teoría de la génesis trau­
esquizofrénicos, 85-6 mática de la histeria, 171
fenómenos transicionales, 32-3 — y trabajo elaborativo, 200-
Ferenczi, S., 89, 100-1, 129-30, 1
201 Friedman, L., 35, 38
Fine, B. D., 15, 61-2, 63, 93 Fromm-Reichmann, F., 86-7,
Finesinger, J. E., 192-3 178, 202-3
Fischer, N., 60-1 Frosch, J., 90
Fleck, S., 87-8 Fuga en la salud
Fliess, R., 103-4, 112-3, 116-7 — y restablecimiento, 42-3
Fonagy, P., 39-40 — y resistencia, 139
Frank, A., 130-1, 137 — y cura transferencia!, 53
“Frau P. J.”, caso de, 26
French, T. M., 91 Gabard, G. O., 43-4
Freud, A., 22-3, 31, 33-4, 38, 43- ganancia secundaria, resisten­
4, 56, 61-2, 66-7, 72, 126-7, cias derivadas de la, 132-3
131-3, 137, 158-60, 162-3, ganancia secundaria de la en­
173-4, 192-3, 194-5 fermedad, la resistencia
Freud, S., como, 124-5
— y acting out, 156-7 Gedo, J. E., 173-4
— y el caso de “Dora”, 157 Gero, G., 127-8, 149-50
— y el caso de “Frau P. J.", Gerstley, L., 43-4
26 Gilí, H. S., 129-37, 133-4
— y contratransferencia, Gilí, M. M., 132-3, 170, 180-1
100-2 Giovacchini, P., 32-3
— y evolución del psicoaná­ Gillman, R. D., 126-7, 130-1
lisis, 15-23 Gitelson, M., 35, 43-4,103-4,115
— y evolución del encuadre Glover, E., 58-9, 126-7, 129-30,
analítico, 25-8 133-4, 175-6, 183-4, 206
— y asociación libre, 18, 27- Glenn, J., 111
8, 100-1, 119, 200 Granatir, W. L., 116-7
— e interpretación, 127-31 Gray, P., 195-6
— y reacción terapéutica ne­ Greenacre, P., 36, 156, 160-2,
gativa, 141-4 203-4
— y compulsión de repeti­ Greenbaum, H., 147-8
ción, 41 Greenson, R. R., 35, 36, 39-40,
— y resistencia, 119-22 58-9, 67-8, 82, 84-5,102,128-
— revisión de sus conceptos, 9, 133-4, 161-2, 162-3, 163-5,
15 173-4, 175-7, 204-6
— y neurosis de transferen­ Grigg, K. A., 116-7
cia, 54-5, y 61-2 Grinberg, L., 107-8, 115, 161-2

258
Grunert, U., 148-9 identificación
Gunderson, J. G., 91 — complementaría y
Gutheil, T. G*, 35, 38 contratransferencia, 105-6
— concordante y
Haley, J., 88 contratransferencia, 105-0
Halpert, E., 173-4, 180-1, 181-2 — múltiples signficados del
Hamilton, V., 12 término, 14
Hammett, V. B. O., 90 — por ensayo, 112-4
handeln, 156 identificación introyectiva y pro-
Hanly, C., 94-5 yectiva, 66-7
Harley, M., 61-2 identificación proyectiva, 32-3,
Hartmann, H., 14, 22-3, 38,126- 65-6, 104-5, 115
7, 131-2, 159-60, 167, 173-4 • — y contratransferencia,
Hatcher, R. L., 192-3, 197-8 107-8, 110
Havens, L. L., 35, 38 — y transferencia, 72
Hazen, L., 10 ilusión específica, la transferen­
Heimann, P., 104-5, 115-6 cia como, 77-8
Hernández, M., 10 ilusión transferencia! y realidad,
Hill, D., 10, 89 78
Hinshelwood, R. D., 15, 107-8 imago paterna, 68-70
Hinsie, L. E., 189 imago primitiva introyectada,
hipnosis, 199-200 58-9
— uso inicial de la, 25-6 impulsos libidinales, transferen­
hipocondría delirante, 89 cia de los, 56
histeria inconsciente, sistema, 18-21
— y neurosis de transferen­ inconsciente y el ello, 21-2
cia, 92 inercia psíquica, 201
— teoría de la génesis trau­ Infante, J. A., 155
mática de la, 171 insight, Véase comprensión intui­
Hoffer, W. 43-4, 103-4, 106-7 tiva
Holder, A., 12, 155 intemalización transmutadora,
Horney, K., 144, 145-6, 146-7, 94-5
148-9, 149-50, 150-1 interpretación del contenido,
Horowitz, M. H., 192-3, 197-8 179-80
hostilidad y transferencia interpretación reconstructiva,
erotizada, 82 181-4
intervención terapéutica, 178
Ibsen, H., 144 intemalización transmutadora,
idealización del analita, 41-2 94-5
identidad interpretación extratransferen-
— difusión de la, 91-2 cial, 180-2
— resistencia de la, 135-6

259
interpretación, 28, 34, 40-1, 152- Isaacs, S., 183-4, 184-5
3, 169-87, 202-3, 211 intervención
— y relación analista-anali­ — terapéutica, 28, 169-87
zado, 173-4 — verbal, 174-7, 199
— arte de la, 172-3 Ivimey, M., 147-8
— papel central de la, 170
— y clarificación, 175-7 Jackson, D. D., 87-8
— y confrontación, 198 Jacobs, T. J., 61-2, 111-2, 113-4
— y construcciones en el Jacobson, E., 24
análisis, 172 Janet, P. M. F., 16
— del contenido 179-80 Jaspers, K., 189
— correcta, 183-4 Jones, E., 100-1
— de las defensas, 179-81 Jofre, W. G., 89, 131-2,138, 149-
— definición, 169 50
— de los sueños, 171 Joseph, B., 40-1, 65-6,107-8,180-
— empática, 183-4 1, 195-6
— extratransferencial, 180- Jung, C. G., 201
2
— forma de la, 173-4 Kachele, H., 38, 132-3, 136, 137,
— conceptos de Freud sobre 155, 163-5, 202-3
la, 170-4 Kanzer, M., 35
— buena, efecto de una, 145- Kaplan, A., 13
7 Kemper, W. W., 100-1, 115-6
— significados del término, Kennedy, H. , 47-8, 138, 193,
176-8 194-5
— mutativa, 180-1, 207-8 Kepecs, J. G., 61-2
— de los factores no verba­ Kemberg, O. F., 24, 91, 92, 94-5,
les, 173-4 106-7, 115, 133-4, 135, 136,
— reconstructiva, 181-4 137, 148-9, 150-1
— y resistencia, 171 Kerz-Ruehling, I., 192-3
— de la resistencia a la Khan, M. M. R., 33-4, 91, 129-
alianza de tratamiento, 45 30, 163-4
— simbólica, 179-80 King, P., 112-3
— sincronización de la, 171- Klauber, J., 164-5, 173-4, 177-8
4 Klein, M., 24, 40-1, 58-9, 63,
— transferencial, 180-2 65-6, 66-7, 79, 104-5, 135,
— y trabajo elaborativo, 202- 149-50, 150-1, 161-2, 181,
4 206
introyección, múltiples significa­ Kluewer, R., 164-5
dos del término, 14 Knight, R. P., 91, 114
introyecto de sostén, 92 Koehler, W., 28
investidura, 18, 55-6 Kohut, H., 22-3, 33-4, 36, 92-5,

• 260
113-4, 115, 135, 149-50, 181- London, N. J., 62
2, 207-8, 209 Lorand, S., 127-8
Kraepelin, E., 189
Kramer, M. K., 116-7 Macbeth, Lady, 144
Kris, E., 32-3, 173-4, 184-5, 192- madre
3, 195-6, 203-4 — su relación con el bebé,
Kubie, L. S., 192-3 32-4
— y comprensión intuitiva,
Lacan, J., 24 195-6
Lampl-de-Groot, J., 148-9 — ensueño de la, 206
Langs, R. J., 46-7, 104-5, 108-9, — papel de la, 31
115, 150-1, 151-2, 155, 164-5 Mahler, M., 24, 148-9, 161-2
Laplanche, J., 15, 28, 67-8, 121- Main, T. F., 116-7
2, 127-8, 141, 147 Mangham, C. A., 196
Lasky, R., 60-1 Martin, A. R., 192-3
Leider, R. J., 33-4 masoquismo
Leites, N., 66-7, 181-2 — y recompensas narcisis-
Lester, E. P., 60-1, 83-5 tas, 148-50
Levy, J., 143 — y reacción terapéutica ne­
Lewin, B., 147-8, 149-50 gativa, 142-3, 153
libido, 55-6 Masterson, J., 91, 92
— viscosidad de la, 201 McDougall, J., 112-3
— y resistencia del ello, 124- McLaughlin, J. T., 33-4, 108-9,
5 115, 116-7
— definición, 18 Meissner, W. W., 91
— múltiples significados del Meltzer, D., 40-1, 161-2
término, 14 Menninger, R., 36, 48-9, 81,170,
Véase también impulsos libi- 177-8
dinales Meynert, T. H., 15
Lidz, T., 87-8 Michels, R., 185-6, 192-3,194-5
Limentani, A., 148-9,150-1,162- Mishler, E. G., 87-8
3, 166 mitagieren, 164-5
límites del trabajo analítico, 127- Mitscherlich-Nielsen, M., 143,
8 163-4, 166
Lipton, S. D., 130-1 mociones pulsionales, 18-21
Little, M., 85-6, 90, 91, 104-5, — sexuales, vicisitudes de
105-6, 115, 116 las, 20-1
Loewald, H. W., 180, 22-3, 35, Modell, A. H., 33-4
61-2, 68-9,108-9, 141-2,148- modelo
9, 151-2, 170, 177-8, 180, — básico del psicoanálisis,
203-5 28
Loewenstein, R. M., 59-60, 127- — estructural del aparato
8, 173-6 psíquico, 18, 20-3, 38

261
— tópico del aparato psíqui­ — ambivalencia de la expre­
co, 18, 20-1, 22-3 sión en Freud, 41
modelo básico del psicoanálisis, — variedades de, 70-71
28 neurosis narcisistas, 55-6
modelo tópico del aparato psíqui­ Novey, S., 204-5, 210
co, 18, 20-1, 22-3 Novick, J., 40-1, 47-8
Moeller, A. H., 110 Nunberg, H., 81,82, 85-6
Money-Kyrle, R. E., 105-6, 115-
6 objeto, 19
Moore, B. E., 15, 61-2, 63, 93 — libidinal, 55-6
Morgenthaler, F., 43-4 — hambre de, 47-8
motivación para establecer la — primario, relación del
alianza de tratamiento, 43-4 bebé con el, 41
Muslin, H., 207-8 objeto fantaseado, el analista
Myerson, P. A., 192-3 como, 58-9
objeto primario, relación del bebé
Naiman, J., 197-8 con el, 41-2
narcisismo, Véase neurosis objeto/sí mismo, 207-9
narcisistas; omnipotencia — el analista como, 113-4
narcisista; pacientes narci­ — relación con el, 93-5
sistas; recompensas narcisis­ Véase también transferencia
tas sobre el objeto/sí mismo
Nemiroff, R. A., 71 Offenkrantz.W., 46
Neubauer, P. B., 194-6 Ogden, T. H., 135-6
neurosis Olinick, S. L., 116-7, 147-9, 150-
— de compensación, 124-5 1, 151-2, 153
— narcisistas, 55-6 omnipotencia narcisista, 149-50
— de transferencia, 55-6 Omstein, A., 182-3
— y disociación de las expe­ Ornstein, P., 182-4
riencias del pasado, 26 Orr, D. W., 106-7
— infantil y neurosis de O’Shaughnessy, E., 207-8
transferencia, 33-4
— teoría de la génesis trau­ paciente neurótico e interpreta­
mática de la, 15-18, 26 ción de las defensas, 179-80
— teoría de la seducción pacientes fronterizos, 106-7,181-
como génesis de la, 83-4 2
Véase también paciente neu­ pacientes narcisistas, 181-2
rótico — resistencia en los, 135-6
neurosis de compensación, 124 pacientes psicópatas y alianza de
neurosis de transferencia, 40-41, tratamiento, 48-9
47-48, 54, 158 paciente psicótico, 106-7
— conceptos de Freud sobre — comprensión intuitiva en
la, 40-41, 47 el, 190

262
pacto terapéutico, 37 — del sí-mismo, 10, 22-3,
parámetros de la técnica, 30 182-3, 207-9
paranoia y transferencia negati­ psicología de la Gestalt, 192-3
va, 53 psiconeurosis, tratamiento de
Pearson, G. H., 103-4 las, 25
Person, E., 60-1, 84-5 psicosis
período de ensayo de la terapia, — y falta de confianza bási­
31 ca, 41-3
personalidad esquizoide adulta, — y analizabilidad, 43-4
y falla de la confianza bási­ — infantil, 42-3
ca, 42-3 — de transferencia, 77
Pettit, J„ 12 — y alianza de tratamiento,
Pick, I. B., 206 48-9
Pine, F., 148-9 psicoterapia expresiva, 91-2
Poland, W. S., 116-7, 189, 192, puesta en acto, 110, 162-3, 166,
197-8 175
Pontalis, J. B., 15, 28, 67-8,127- — corporal, 69-70
8, 163-4, 169 pulsiones
Porder, M., 91 Véase mociones pulsionales
preconsciente, sistema, 18-20
Pressman, M., 192-3 Racker, H., 105-6, 111, 115
principio de placer, 19-20 Rangell, L., 128-9, 162-4, 192-3,
— y el ello, 21-2 197-8
proceso Rank, O., 201
— primario, 18, 21-2 Rapaport, D., 15
— secundario, 19 Rappaport, E. A., 80, 81, 82, 84-
procesos evolutivos posedípicos, 5
importancia de los, 71 reacción terapéutica negativa,
proyección, 32-33 47-8, 141-53
psicoanálisis — y contratransferencia,
— modelo básico del, 28 150-2
— evolutivo, 24 — definición, 30, 143
— creación del, por Freud, — y depresión, 149-50
15-23 — y envidia, 150-1
— fases en el desarrollo del, — conceptos de Freud sobre
18-24 la, 141-4
— modelo estructural del, — y sentimientos de culpa,
17-18 141-4, 147-8
psicoanálisis evolutivo, 24 — y masoquismo, 142-3,
psicología 152-3
— del yo, 22-4, 38 — concepciones erróneas so­
— de la Gestalt, 192-3 bre la, 147-9
— y resistencia, 152-3

263
— y resistencia del superyó, — transferencial, 211
125 Véase también compulsión de
— y experiencias traumáti­ repetición
cas infantiles, 148-9 repetición transferencial, 186
reacción terapéutica negativa represión, 125
falsa, 147-9 — resistencia de, 122, 131-2
realidad — y ganancia primaria, 123
— elementos centrados en resistencia(s), 28-29, 33-4, 39-40,
la, 38 119, 140, 163-4
— principio de, 19 — y acting out, 164-5, 167
— y transferencia, 67-8 — análisis de la, 126-7, 199
recompensas narcisistas y maso­ — e interpretación de las
quismo, 149-50 defensas, 179-80
reconstrucción, 28 — de carácter, 137-8
Véase también interpretación — en el análisis de los niños,
reconstructiva 137-8
recuerdo y acting out, 167 — clasificación de las, 127-8
Reed, G. S., 61-2 — concepto de, 128-30
regla de abstinencia, 28 — constancia de la, 121
regresión — y amenaza de curación,
— y creatividad artística, 32 135
— aspectos perjudiciales de — y defensas, 128-9
la, 31 — derivadas de una ganan­
— definición, 30-1 cia secundaria, 132-3
— temor a la, 45 — desfiguración provocada
— formal, 32-3 por la, 121
— temporal, 32-3 — desacorde con el yo, 129-
— y transferencia, 78-9 31
Reich, A, 103-4, 105-6, 115 — acorde con el yo, 129-31
Reich, W., 92, 126-7,129-30,137, — y transferencia erotizada,
173-4 81
Reid, J. R., 192-3, 193 — y fuga en la salud, 139
Reider, N., 89 — variedades de, 123-5, 210
relación analítica, 33-4 — conceptos de Freud sobre
relaciones la, 119-22
— exteriorización de las, 40- — derivada de la ganancia
1, 67-70, 78 de la enfermedad, 124-5
— y transferencia, 78 — del ello, 124-5, 135-7
— importancia de las, 71 — trabajo elaborativo de la,
— internas, 40-1 200-1, 204-5, 210-11
— teoría de las, 22-4 — de la identidad, 135-6
— del sí-mismo, 207-9 — intelectual, 127-8
repetición, 200 — psíquica interna, 129-30

264
— e interpretación, 171 Romm, M., 89
— significados de la, 14-15 Rosen, J., 85-7
— y mecanismos de defensa, Rosenfeld, H. A., 84-5, 87-8, 89,
125-7 90, 113-4, 135, 145-6, 150-1,
— motivaciones de la, 119- 161-2, 163-4, 173-4, 180-1
21 Rothstein, A., 46-7, 170, 173-4,
— en pacientes narcisistas, 177-8
135-6 Roussillon, R., 148-9, 152-3
— y reacción terapéutica ne­ Rycroft, C., 15, 33-4,178-9, 184-
gativa, 125, 152-3 5
— signos observables de la,
129-30 saber cognitivo, 191
— obvias o groseras, 129-30 Salzman, L., 147-8
— fuentes de la, 29,122,125, Sandler, A.-M., 10, 46
130-1 Sandler, J., 13, 14, 41-2, 46-7,
— de represión, 122-3, 131- 47-8, 56, 59-60, 66-7, 73, 89,
2 105-6, 110, 115,126-7, 131-2,
— como fuente de informa­ 133-4, 136, 137, 138, 147-8,
ción, 31, 139 149-50, 164-5, 197-8
— estratégica, 130-1 Saúl, L. J., 82
— del superyó, 132-4 Saussure, J. de, 149-50
— y sentimientos de culpa, Schafer, R., 1,46,68-9,75-6,177-
125 8, 186
— táctica, 130-1 Shapiro, E. R., 43-4
— y transferencia, 31, 92, Shapiro R. L., 43-4
121 Schmale, H. T., 202-3, 210
— y alianza de tratamiento, Schon, D. A., 13
40-1, 45 Schowalter, J. A., 39-40, 46-7
— recatada, 129-30 Searles, H. F., 84-5, 85-6, 86-7,
resistencia intelectual, 126-7 88, 89, 90
resistencia transferencia!, 122-3 Sedler, M. J., 207-8, 210
127-8, 131-3, 191 Segal, H., 40-1, 63, 107-8, 115,
— y acting out, 160-1 150-1, 192-3, 195-6
— análisis de la, 27 segunda tópica, 20-1
Rexford, E., 156 separación/individuación y reac­
Richtfield, J., 192-3, 193 ción terapéutica negativa,
Rinsley, D. B., 92 148-9
Riviere, J., 144, 145-6, 147, 148, sesión psicoahalítica, duración
149-50 de la, 28
rol Seu, B., 12
— relación de, 110 seudoalianza terapéutica, 47-8,
— capacidad de respuesta al, 49
y contra transferencia, 110

265
sexo del analista, su papel en la Strachey, A., 10
transferencia, 60-1 Strachey, J., 10, 57-8, 59, 131-2,
Shane, M., 205-6 180-1
Sharpe, E. F., 105-6 Strupp, H. H., 111-2
Shengold, 195-6 sueños, 95-6
Shop, P. 12 — análisis de los, 26, 17-8,
Silverberg, W. V., 192-3 171
Silverman, M. A., 111-2 — interpretación de los, 191
sí-mismo — de resistencia, 126-7,129-
— elementos constitutivos 30
del, 93 — e interpretación simbóli­
— y pérdida de la autoesti­ ca, 179-80
ma, 46 Sullivan, H. S., 85-6
— múltiples significados del superyó, 68-9, 174-5
término, 14, — y conciencia moral, 21-2
— psicología del, 22-3, 182- — definición, 20-2
3, 207-9 — exteriorización del, 57-8
Singer, M., 87-8 — y psicosis, 79
sistemas consciente, precons­ — resistencia del, 125, 132-
ciente, inconsciente, 18-21 4
situación analítica, 25-34 — resistencia al cambio del,
Slater, E., 10 202-3
Sodré, I., 40-1, 47-8 — papel del, 38
somatización, Véase puesta en Swartz, J., 82, 83
acto corporal Szasz, T. S., 38
sostén
— ambiente de, y regresión, tacto analítico, 172-3
32-3 Tarachow, S., 35
— como función del analis­ técnica, parámetros de la, 30,
ta, 33-4 207-8
Spence, D. P., 185-6, 187 teoría estructural, 61-2, 173-4
Spillius, E., 40-1, 64-5, 65-7,131, teóricos de la familia y esqui­
151-2 zofrenia, 87-8
Spitz, R., 33-4, 105-6 terapeuta, Véase analista
Spruiell, V., 33-4 terapia
“Sr. K.", 156 — fase introductoria de la,
Sterba, R., 38, 127-8 43-4, 46-7
Stem, A., 103-4 — aspectos irracionales de
Stem, D., 24, 41-2 la, 40-1
Stewart, W. A., 204-5, 207-8 — período de ensayo de la,
Stone, L., 28, 35, 36, 46-7, 60-1, 43-4
91, 112, 127-8, 128-9, 130-3, Véase también análisis
134, 136, 137, 181-2

266
Thomá, H., 38, 67-8, 132-3, 136, — evolución de la, 59-76
137, 155, 163-4, 165, 202 — eficaz, 38
Tobin, A., 46 — erótica, 54, 77, 80, 82
Tower, L. E., 103-4 — y exteriorización, 67-70
terminología psicoanalítica, cam­ — conceptos de Freud sobre
bios en la, 13-4 la, 51-6, 57-62
trabajo el abora ti vo, 169, 176-7, — amistosa, 38
199-211 — concepciones históricas y
— y traumas infantiles, 203- modernas de la, 60-2
4 — de actitudes infantiles,
— definición, 29-30 40-1
— enfoque evolutivo del, — interpretación de la, 180-
205-6 2
— conceptos de Freud sobre — y psicología del sí-mismo,
el, 200-1 181-4
— y resistencia del ello, 124, — teoría kleiniana de la, 63-
204-5,210-11 8
— y comprensión intuitiva, — de los impulsos libidina-
201, 204-6 les, 56
— como interpretación, 202- — amor de, 79
3 — madura, 36
— y duelo, 202-3 — especular, 93, 115
— mutativo, 207-8 — narcisista, 77, 92-5
— y compulsión a la repeti­ — negativa, 53
ción, 201 — neurótica, 92, 95-6
transacción narrativa, 185-6 — positiva, 37, 53
transferencia, 31, 35, 51-97, 99, — problemas generados por
119, 141, 164, 199 la, 31-2, 20
— actuación en la, 56 — psicosis de, 77
— y acting out, 160-1 — psicótica, 91, 95-6
— del “alter ego”, 93 — factores raciales y socio-
— análisis de la, 27, 191, culturales que influyen en la,
— básica, 36 60-1
— en los estados fronteri­ — racional, 36, 38
zos,77, 84-92 — y realidad, 67-8
— de carácter, 59-60, 63 — y regresión, 75-6, 78-9
— concepto de, necesidad de — papel del sexo del analis­
limitarlo, 66-7 ta en la, 60-1
— su interacción con la — esquizofrénica, 85-6
contratransferencia, 73 — del objeto/sí mismo, 93-4
— de la defensa, 56 — como ilusión específica,
— definición, 29 73-5, 77-8
— delirante, 77, 90-1

267
— y alianza de tratamiento, Van der Leeuw, P. J., 94-5
39-41 vergüenza y alianza de trata­
— tipos de, 96-7 miento, 46-7
— ubicuidad de la, 58-9 Vianna, H. B., 130-1,132-3,135,
— uso del término, 72-3 135-6
Véase también cura transfe­ vínculo realista en la relación
rencia!; ilusión transferen- analista-analizado, 36
cial; neurosis de transferen­ viscosidad de la libido, 124-5,
cia; repetición transferencia! 177, 201
transferencia básica, 36 Waelder, R., 59-60, 78
transferencia eficaz, 38 Wallerstein, R. S., 89,183-4,187
transferencia erotizada, 77, 79- Waxler, N. E., 87-8
85, 95-6, 132-3 Wearland, J., 87-8
— definición, 82 Weissman, S., 161-2
— y transferencia erótica, 82 Welles, J. K., 60-1, 83-5
— y hostilidad, 82 West, Rebecca, 144
— como resistencia, 81 Wexler, M., 87-8
— papel de los factores pre­ Willick, M. S., 91
genitales en la, 83-4 Wing, J. R., 86-7
transferencia madura, 36 Winnicott, D. W., 24, 32-3, 33-4,
trastornos graves de la persona­ 91, 103-4, 106-7, 163-4
lidad y analizabilidad, 48-9 Wolf, E., 113-4
tratamiento psicoanalítico Wolitzky, D. L., 35, 40-1
— papel de los padres en el, Wrye, H. K., 60-1, 83-4, 84-5
48-9 Wylie, H. W. 112-3
— y transferencia, 39-40,51, Wylie, M. L., 112-3
72 Wynne, L. 87-88
— y deseo de curarse, 42-3
— encuadre del, evolución de yo, 53, 152
los conceptos de Freud sobre — esfera “libre de conflictos"
el, 25-8 del, 22-3
Véase también alianza de tra­ — definición del, 20-2
tamiento — desarrollo del, 207-8
traumas infantiles, trabajo — resistencia desacorde con
elaborativo de los, 203-4 el, 129-31
Trieb, 55-6 — elementos del, en la alian­
Tylim, I., 94-5 za de tratamiento, 47-8
Tyson, P., 112-3 — funciones autónomas del,
Tyson, R. L., 10,47-8,116-7,138 38
— como mediador, 21-2
Valenstein, A. F., 68-9, 71, 148- — múltiples significados del
9, 192-3, 204-5, 207-8 término, 14
Van Dam, H., 111, 115-6 — psicología del, 22-4, 38

268
— y psicosis, 79 yo operante del analista, 116-7
— su resistencia al cambio,
202-3 Zeligs, M., 159-60
— papel del, 38 Zetzel, E. R., 35, 36, 39, 58-9
— resistencia acorde con el, Zilboorg, G., 189, 192-3
129-31 Zinner, J., 43-4
— división terapéutica del,
38

269
Biblioteca de PSICOLOGIA PROFUNDA

2. A. Freud - Psicoanálisis del desarro­ 44. I. Berenstein - Familia y enfermedad


llo del niño y del adolescente. mental
4. A. Freud - Psicoanálisis del jardín de 48. J. Bowlby - El vínculo afectivo
infantes y la educación del niño 49. J. Bowlby - La separación afectiva
6. C.G. Jung - La psicología de la trans­ 50. J. Bowlby - La pérdia afectiva. Tris­
ferencia teza y depresión
7. C.G. Jung - Símbolos de transforma­ 56. I. Berenstein - Psicoanálisis y semió­
ción tica de los sueños
8. A. Freud - El psicoanálisis y la 57. Anna Freud - Estudios psicoanalíti-
crianza del niño cos
9. A. Freud - El psicoanálisis infantil y 59. O. Kemberg - La teoría de las rela­
la clínica ciones objétales y el psicoanálisis clí­
12. C.G. Jung - La interpretación de la nico
naturaleza y la psique 60. M. Sami-Ali - Cuerpo real, cuerpo
14. C.G. Jung - Arquetipos e inconsciente imaginario
colectivo 62. W.R. Bion - Seminarios de psicoaná­
15. A. Freud - Neurosis y sintomatología lisis
en la infancia 63. J. Chasseguet-Smirgel - Los caminos
16. C.G. Jung - Formaciones de lo in­ del anti-Edipo
consciente 67. Anna Freud - El yo y los mecanismos
21. O. Fenichel - Teoría psicoanalítica de de defensa
las neurosis 68. Heinz Kohut - La restauración del sí-
22. Mane Langer - Maternidad y sexo mismo
24. Hanna Segal - Introducción a la obra 72. I. Berenstein - Psicoanálisis de la es­
de Melanie Klein tructura familiar
25. W.R. Bion - Aprendiendo de la expe­ 76. L. Grinberg - Psicoanálisis. Aspectos
riencia teóricos y clínicos
29. C.G. Jung - Psicología y simbólica 78. C.G. Jung - Energética psíquica y
del arquetipo esencia del sueño
30. A. Garma - Nuevas aportaciones al 80. S. Freud - Esquema del psicoanálisis
psicoanálisis de los sueños 81. D. Lagache - Obras I (1932 -1938)
31. Arminda Aberastury - Aportaciones 82. D. Lagache - Obras II (1939 - 1946)
al psicoanálisis de niños 83. D. Lagache - Obras III (1947 - 1949)
35. W. Reich - La función del orgasmo 84. D. Lagache - Obras IV (1950 - 1952)
36. J. Bleger * Simbiosis y ambigüedad 85. M. Balint - La falta básica
37. J. Sandler, Ch. Daré y A. Holder - El 91. M. Mannoni - El niño retardado y su
paciente y el analista (ed. revisada y madre
aumentada) 92. L. Ch. Delgado - Análisis estructural
40. Anna Freud - Normalidad y patolo­ del dibujo libre
gía en la niñez 93. M.E. Garría Arzeno - El síndrome de
42. S. Leclaire y J.D. Nasio - Desenmas­ la niña púber
carar lo real. El objeto en psicoanáli- 95. M. Mahler - Estudios 1. Psicosis in­
sis fantiles y otros trabajos
Biblioteca de PSICOLOGIA PROFUNDA
(cont.)

96. M. Mahler - Estudios 2 • Separación 121. J.B. Pontalis, J. Laplanche y otros •


• individuación Interpretación freudiana y psicoaná­
97. C.S. Hall - Compendio de psicología lisis
freudiana 122. H. hartmann La psicología del yo y
98. A. Tallaferro - Curso básico de psico­ el problema de la adaptación
análisis 123. L. Bataille - El ombligo del sueño
99. F. Dolto - Sexualidad femenina 124. L. Salvarezza - Psicogeriatría. Teoría
100. B.J. Bulacio y otros - De la drogadic- y clínica
ción 125. F. Dolto - Diálogos en Quebec. Sobre
pubertad, adopción y otros temas psi-
101. Irene B.C. de Krell (comp.) - La es­
coanalíticos
cucha, la histeria
126. E. Vera Ocampo - Droga, psicoanáli­
102. O.F. Kemberg - Desórdenes fronteri­ sis y toxicomanía
zos y narcisismo patológico 127. M.C. Gear, E.C. Liendo y otros - Ha­
103. D. Lagache - El psicoanálisis cia el cumplimiento del deseo
104. F. Dolto - La imagen inconsciente del 128. J. Puget e I. Berenstein - Psicoanáli­
cuerpo sis de la pareja matrimonial
105. H. Racker - Estudios sobre técnica 129. H. Mayer - Volverá Freud
psicoanalitica 130. M. Safouan - La transferencia y el
106. L.J. Kaplan - Adolescencia. El adiós deseo del analista
a la infancia 131. H. Segal - La obra de Hanna Segal
108. M. Pérez Sánchez - Observación de 132. K. Horney - Ultimas conferencias
niños 133. R. Rodulfo - El niño y el significante
110. H. Kohut - ¿Cómo cura el análisis? 134. J. Bowlby - Una base segura
111. H. Mayer - Histeria 135. Maud Mannoni - De la pasión del
112. S.P. Bank y M.D. Kahn - El vínculo Ser a la “locura” de saber
fraterno 136. M. Gear, E. Liendo y otros - Tecnolo­
113. C.G. Jung - Aion. Contribución a los gía psicoanalitica multidisciplinaria
simbolismos del sí-mismo 137. C. Garza Guerrero - El superyó en la
114. C.G. Jung - Las relaciones entre el yo teoría y en la práctica psicoanaliticas
y el inconsciente 138. I. Berenstein - Psicoanalizar una fa­
115. C.G. Jung - Psicología de la demen­ milia
cia precoz. Psicogénesis de las enfer- 139. E. Calende - Psicoanálisis y salud
medades mentales 1 mental
117. M. Ledoux • Concepciones psicoana- 140. D.W. Winnicott - El gesto espontáneo
líticas de la psicosis infantil 142. J. McDougall y S. Lebovici - Diálogo
118. M.N. Eagle - Desarrollos contempo­ con Sammy. Contribución al estudio
ráneos recientes en psicoanálisis de la psicosis infantil
119. P. Bercherie - Génesis de los concep­ 143. M. Sami-Ali - Pensar lo somático
tos freudianos 144. M. Elson (comp.) • Los seminarios de
120. C.G. Jung - El contenido de las psico­ Heinz Kohut
sis. Psicogénesis de las enfermedades 145. D.W. Winnicott - Deprivación y delin­
mentales 2 cuencia
Biblioteca de PSICOLOGIA PROFUNDA
(cont.)

146. I. Berenstein y otros - Familia e in­ 158. E.A. Nicolini y J.P. Schust - El carác­
consciente ter y sus perturbaciones
147. D.W. Winnicott - Exploraciones psico- 159. E. Calende - Historia y repetición
analíticas I 160. D.W. Winnicott - La naturaleza hu­
148. D.N. Stern - El mundo interpersonal mana
del infante 161. E. Laborde-Nottale - La videncia y el
149. L. Kancyper -Resentimientoy remor­ inconsciente
dimiento 162. A. Green, - El complejo de castración
150. M. Moscovici - La sombra del objeto 163. McDougall, J. - Alegato por una cier­
151. J. Klauber - Dificultades en el en­ ta anormalidad
cuentro analítico 164. M. Rodulfo - El niño del dibujo
152. M.M.R. Khan - Cuando llegue la pri­ 165. T. Brazelton y otro - La relación más
mavera temprana
153. D.W. Winnicott - Sostén e interpreta­ 166. R. Rodulfo - Estudios clínicos
ción 167. Aulagnier, P. - Los destinos del placer
154. O. Nlasotta - Lecturas de psicoanáli­ 168. Homstein, L. - Práctica psicoanalíti-
sis. Freud, Locan ca e historia
155. L. Hornstein y otros - Cuerpo, histo­ 169. Gutton, P. - Lo puberal
ria, interpretación 170. Shofier, D. y Wechsler, E. - La metá­
156. J.D. Nasio - El dolor de la histeria fora milenaria
157. D.W. Winnicott - Exploraciones psico- 171. Sinay, C. - Psicoanálisis. Verdad o
analiticas 11 conjetura.

Se terminó de imprimir en el mes de


marzo de 1993 en Imprenta de los
Buenos Ayres S.A., Carlos Berg 3449
Buenos Aires - Argentina
sta es una edición totalmente revisada y
aumentada de la obra ya clásica de Sandler, Dare y
Holder, que ofrece una actualización muy
completa de los conceptos clínicos del psicoanálisis
teniendo en cuenta los avances realizados durante
los veinte años transcurridos desde la primera
edición. Se han añadido los nuevos conocimientos
acerca del proceso psicoanalítico, así como sobre la comprensión
de la situación clínica, la alianza de tratamiento o alianza
terapéutica, la transferencia y contratransferencia, la resistencia,
la reacción terapéutica negativa y el acting out, la comprensión
intuitiva (insight), las interpretaciones y otras intervenciones del
analista, y el trabajo de elaboración. Este volumen constituye a la
vez una introducción a la materia de fácil lectura y una
autorizada obra de consulta. La nueva edición actualizada estuvo
a cargo de Joseph Sandler y Anna Ursula Dreher.
Joseph Sandler, quien recibió su formación como psicoanalista en
la Sociedad Psicoanalítica Británica, es profesor de la Cátedra de
Psicoanálisis en Memoria de Freud de la Universidad de Londres
y director de la Unidad Psicoanalítica del University College de
· Londres, ciudad donde ejerce la práctica clínica privada. Fue el
primer profesor de psicoanálisis en la Cátedra Sigmund Freud de
la Universidad Hebrea de Jerusalén, director del International
Journal of Psychoanalysis y de la International Review of
Psychoanalysis, y en la actualidad es presidente de la Asociación
Psicoanalítica Internacional.
Anna Ursula Dreher, formada como psicoanalista en la Asociación
Psicoanalítica Alemana, trabajó en él Centro de Investigaciones
sobre Psicología Social de la Universidad de Saabrücken, tras lo
cual pasó seis años en el Instituto Sigmund Freud, de Francfort.
Christopher Dare se formó como psicoanalista en Londres y
durante veinte años combinó la práctica clínica privada con su
labor como asesor de psiquiatría infante-juvenil en los hospitales
Bethlem Royal y Maudsley, de Londres. Ocupa un cargo
académico en el Instituto de Psiquiatría de la Universidad de
Londres. '
Alex Holder, formado en Londres en el Centro Anna Freud y la
Sociedad Psicoanalítica Británica, es miembro de la Asociación
Psicoanalítica Alemana y dirige el Departamento de Psicoterapia
Analítica de Niños y Adolescentes en el Instituto Michael Balint,
de Hamburgo.

Paldós
Psicología
Profunda

37 Código 10037

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