El Paciente y El Analista Las Bases Del Proceso Psicoanalítico (Joseph Sandler)
El Paciente y El Analista Las Bases Del Proceso Psicoanalítico (Joseph Sandler)
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Joseph Sandler
Christopher Daré
Alex Holder
EL PACIENTE
Y EL ANALISTA
PAIDOS
Buenos Aires
Barcelona
México
Título original: The patient and the analyst. The Basis of the
Psychoanalytic Proccss
Karnac Books, Londres
© 1992 by J. Sandler
ISBN 1-85575-008-2
ISBN 950-12-4037-1
INDICE
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PREFACIO DE LA PRIMERA EDICION
9
tría en el Instituto de Psiquiatría, por el particular empeño
que puso en brindarnos la oportunidad y los medios adecua
dos para efectuar nuestro trabajo, así como por su aliento
permanente. El doctor Eliot Slater puso en peligro su reputa
ción como jefe de redacción de The British Journal of Psychiatry
al aceptar una serie de diez artículos que incluían gran parte
de lo que se expone en este libro, tras haber visto sólo los dos
primeros (esos diez trabajos eran Sandler, Daré y Holder,
1970a, 1970b, 1970c, 1970d, 1971; Sandler, Holder y Daré,
1970a, 1970b, 1970c, 1970d, 1970e; se extrajo algún material
adicional de otros dos artículos: Sandler, 1968, 1969). Por ello,
y por su apoyo afable y tolerante, le estamos muy agradecidos.
Varios colegas —en particular los doctores Max Hernández
y Robert L. Tyson y la señora Anne-Marie Sandler— leyeron
los manuscritos de este libro en diversas etapas de su prepa
ración y nos hicieron llegar sus útiles comentarios. El Fondo
de Investigación de los hospitales Maudsley y Royal Bethlem,
de Londres, así como la fundación para la Investigación en
Psicoanálisis de Los Angeles, contribuyeron económicamente.
Agradecemos en especial a Lita Hazen y al doctor Ralph R.
Greenson, de la mencionada fundación. Deseamos testimo
niar nuestra gratitud por la autorización que nos concedieron
Sigmund Freud Copyrights Ltd., el Instituto de Psicoanálisis
de Londres, Alix Strachey y Hogarth Press Ltd. para citar The
Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sig
mund Freud, revisada y editada por James Strachey.
10
PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICION
11
ello era posible, de modo tal que el lector interesado pueda
abrirse camino por sí solo en la espesa jungla de los escritos
psicoanalíticos actuales.
En las citas de obras publicadas en inglés, nos hemos to
mado la libertad de uniformar en lo posible la grafía de ciertos
términos. Algunos autores tal vez se alarmen al ver que sus
“s” se convirtieron en “z” o viceversa, y que desaparecieron
ciertos guiones de los vocablos compuestos. En general, al
utilizar la palabra “fantasía” en inglés se lo hizo con la forma
“fantasy”, aunque se conservó la grafía “phantasy” en los frag
mentos extraídos de Freud y de los autores kleinianos. Espe
ramos que nuestros colegas nos disculpen estas licencias lite
rarias.
Queremos agradecer en especial a Jane Pettit su meticulo
sa corrección de pruebas y su ayuda editorial; a Paula Shop,
que realizó cuidadosamente el procesamiento del texto por
computadora, y a Victoria Hamilton y Bruna Seu, que colabo
raron en la investigación bibliográfica. Klara King hizo una
magnífica labor en lo tocante al aspecto gráfico de la impre
sión del libro, que apreciamos debidamente. También estamos
en deuda con el Edith Ludowyk-Gyomroi Trust, de Londres, y
con la Fundación Sigmund Freud, de Francfort, por la ayuda
financiera destinada a solventar los gastos de preparación de
esta segunda edición. Por último, queremos agradecer a Alex
Holder sus numerosas y útiles sugerencias.
J. S. y A. U. D.
Londres y Francfort,
agosto de 1991.
12
1. INTRODUCCION
13
píos los múltiples significados de términos como .yo (Hartmann,
1956), o como identificación e introyección (Sandler, 1960b).
Ya se verá cuán marcadamente los problemas a que dan lugar
estos significados múltiples se encuentran presentes en los
conceptos que aquí consideraremos. En psicoanálisis nos en
contramos ante la siguiente situación: el significado de un
concepto sólo se puede discernir cabalmente examinando el
contexto en el que se lo emplea. Y esto se complica aún más
por el hecho de que distintas escuelas de pensamiento
psicodinámico han heredado, y modificado luego según sus
necesidades, gran parte de la misma terminología básica (v.
gr., en la psicología junguiana el significado de términos como
yo, sí-mismo y libido es diferente del de la bibliografía freudia-
na). Puede considerarse que la finalidad general de este volu
men es el intento de facilitar la comunicación no sólo dentro
del ámbito del psicoanálisis clínico, sino también en todas
aquellas circunstancias en las que es menester conceptualizar
en términos psicodinámicos apropiados ciertas situaciones que
difieren de la clásica en el tratamiento psicoanalítico omo
las que se presentan en la psicoterapia y en algunas varieda
des de asistencia social individualizada—. Esta necesidad es
tanto mayor por la importancia que se le da a la formación en
psicoterapia como parte de la educación psiquiátrica general.
En este sentido, vale la pena recordar que la palabra “psi
coanálisis” no remite únicamente a un particular método de
tratamiento sino también a todo un cuerpo teórico que aspira
a constituir una psicología general. Algunos de sus conceptos
pueden considerarse fundamentalmente técnicos o propios de
la clínica, y no forman parte del modelo psicológico general del
psicoanálisis: de ellos se ocupa este libro. Entre los conceptos
clínicos de esta índole se incluyen, por ejemplo, el de resisten
cia, que se refiere a un conjunto de fenómenos clínicos, aun
cuando también puede considerarse a la resistencia como una
manifestación específica del funcionamiento de los mecanis
mos de defensa (y.como tal forma parte de la psicología psicoa-
nalítica general y puede decirse que existe tanto en las perso
nas “normales” como en las que padecen alguna perturbación
psíquica). Importa tener presente el distingo entre los concep-
14
tos psicoanalíticos clínicos y los de la psicología psicoanalítica
general (o “metapsicología”).
Si bien los conceptos clínicos del psicoanálisis pueden apli
carse fuera del consultorio psicoanalítico y, en cierta medida,
a cualquier situación terapéutica, tal vez este empleo exija
una nueva evaluación y una posible redefinición de los concep
tos. De este modo, volviendo a la palabra resistencia, que fue
definida en un principio en el psicoanálisis como resistencia
frente a la asociación libre, no hay duda de que un fenómeno
en esencia idéntico puede presentarse incluso en la far-
macoterapia, por la negativa de un paciente a tomar algún
medicamento que puede serle provechoso; en este caso, si bien
el proceso de resistencia del paciente quizá sea semejante al
que tiene ante sí el psicoanalista, ya no sería sostenible defi
nir el concepto en función de la asociación libre. Todos los
psiquiatras y asistentes sociales están familiarizados con el
fenómeno de la resistencia en situaciones en que interviene
otro tipo de comunicación y no la asociación libre.
El deseo de dar una definición precisa de un concepto, par
ticularmente si es de uso clínico, no puede ser totalmente
satisfecho cuando se ha de emplear ese concepto en circuns
tancias diversas. La tentativa de formular definiciones exac
tas dio origen a dificultades e incongruencias en la exposición
de los conceptos psicoanalíticos en la creciente cantidad de
glosarios y diccionarios que hoy existen en la especialidad (p.
ej., Eidelberg, 1968; Hinshelwood, 1989; Laplanche y Pontalis,
1973; Moore y Fine, 1967, 1990; Rycroft, 1968). Las virtudes y
los defectos de estos diccionarios ponen de manifiesto que la
adopción de un criterio histórico es una condición sine qua non
para comprender cualquier concepto psicoanalítico, motivo por
el cual aquí procederemos siguiendo un orden más o menos
cronológico.
El psicoanálisis se desarrolló en gran medida por obra de
Freud y en el curso de sus trabajos, pero a lo largo de su
evolución el propio Freud modiñcó muchas veces sus formula
ciones originales, revisando sus conceptos y añadiendo nuevas
dimensiones a los procedimientos técnicos. Lo mismo cabe afir
mar de la evolución del psicoanálisis con posterioridad a Freud.
De ahí que al referirse a tal o cual aspecto del psicoanálisis
15
sea preciso aclarar de qué época se está hablando y que sea
conveniente, por eso mismo, dividir la historia del psicoanáli
sis en varias etapas o fases (como hizo Rapaport, 1959), a
partir de los primeros trabajos de Freud.
Después de recibirse de médico en Viena en 1881 y de
trabajar un tiempo como fisiólogo en el laboratorio de Meynert,
Freud viajó a Francia para estudiar con el eminente neurólogo
Charcot. Lo impresionó el paralelismo trazado por éste entre
el fenómeno de la disociación mental inducida por hipnosis y
la disociación entre una parte consciente y otra inconsciente
de la mente que parecía existir en las enfermas que presenta
ban marcados síntomas histéricos. Según Charcot y otros psi
quiatras franceses, principalmente Janet, dicha disociación
obedecía a una deficiencia, heredada o adquirida, del sistema
nervioso que impedía a la mente actuar como una unidad, por
así decir. Al volver a Viena, Freud comenzó a colaborar con
Joseph Breuer, quien había atendido como médico a la célebre
Anna O., y comprobado que los síntomas histéricos que ésta
padecía mejoraban si se la dejaba hablar libremente en estado
de hipnosis. Desde que colaboró con Breuer, Freud quedó per
suadido de que la disociación de la mente en regiones cons
cientes e inconscientes no era privativa de las psiconeurosis
sino que se manifestaba en todas las personas. Consideró que
la aparición de los síntomas neuróticos se debía a la irrupción
de fuerzas inconscientes hasta entonces sofocadas y que no
podían hallar expresión adecuada de ningún otro modo. Co
menzó a ver en esta disociación un proceso activo de defensa
por el cual la conciencia del individuo se protegía para no ser
avasallada por sentimientos y recuerdos desagradables o ame
nazadores.
Esta creencia en un proceso activo de disociación siguió
vigente, en una u otra forma, y ocupó un lugar central en los
escritos psicoanalíticos, si bien en distintos momentos Freud y
otros autores pusieron el acento en diferentes aspectos del
contenido de esa parte disociada e inconsciente de la psique.
En un principio (sobre todo en el curso de sus primeros traba
jos junto a Breuer), entendió que el contenido inconsciente del
cual el sujeto pretendía defenderse consistía en recuerdos de
un suceso traumático real, que tenían una carga emocional.
16
En el libro que ambos publicaron, los famosos Estudios sobre
la histeria (1895), se postulaba que por detrás de los síntomas
del paciente neurótico se hallaban ciertos sucesos traumáticos
reales, y que estas experiencias habían dado origen a una
“carga de afecto”. Esta última, al igual que el recuerdo del
suceso traumático, había sido activamente disociada de la con
ciencia y hallaba expresión convirtiéndose en los síntomas.
Sobre esta base, el tratamiento debía consistir en una serie de
intentos destinados a volver a traer a la conciencia los recuer
dos olvidados, produciendo simultáneamente una descarga de
afecto bajo la forma de “catarsis” o de “abreacción”.
Puede decirse que la primera fase del psicoanálisis incluye
los trabajos que Freud y Breuer realizaron juntos y se extien
de hasta 1897, cuando Freud descubrió que muchos de los
“recuerdos” de esas experiencias traumáticas (en especial, ex
periencias de seducción) que narraban las pacientes histéricas
no eran, en rigor, recuerdos de acontecimientos reales sino
más bien descripciones de fantasías (Freud, 1950a (1887-1902]).
La segunda fase abarca desde el momento en que Freud
rechazó la teoría traumática del origen de la neurosis hasta
comienzos de la década de 1920, cuando introdujo el denomina
do “modelo estructural” del psicoanálisis (Freud, 1923). Esta
segunda etapa refleja el pasaje del énfasis primitivo en los
sucesos externos (la situación traumática) al énfasis puesto en
los deseos, instigaciones y mociones inconscientes y la forma en
que estos impulsos se manifiestan en la superficie. Por esta
época se llegó a considerar que tales deseos inconscientes eran
en gran medida de índole sexual. Fue la etapa en la que la
atención se dirigió predominantemente a lo que provenía de
dentro del individuo, a la forma en que se repetían una y otra
vez en el presente las reacciones infantiles. La atención se des
plazó, asimismo, al estudio de lo que podríamos llamar la tra
ducción que hace el analista de las producciones conscientes del
paciente a fin de averiguar su significado inconsciente. De he
cho, Freud dijo que la finalidad del psicoanálisis era “volver
consciente lo inconsciente”. En esta fase hubo, pues, un brusco
pasaje (previsible si se tienen en cuenta los inevitables vaive
nes del desarrollo teórico) del examen de la relación del indivi
duo con la realidad externa al estudio de su relación con los
17
deseos e impulsos inconscientes. La mayoría de los conceptos
clínicos que examinaremos luego en detalle fueron elaborados
originalmente, como veremos, en esta segunda fase del psicoa
nálisis.
En 1900 Freud publicó La interpretación de los sueños
(1900a). Su estudio de los sueños le proporcionó un ejemplo de
la manera como, según suponía, los deseos inconscientes se
abrían paso hasta la superficie. El apremio de estos deseos por
hallar una expresión directa provocaba un conflicto con la
apreciación que el individuo hacía de la realidad y con sus
ideales. Este conflicto entre las fuerzas instintivas, por un
lado, y las fuerzas represoras o defensivas, por el otro, daba
como resultado la construcción de formaciones transacciona-
les que representaban un intento de satisfacer los deseos in
conscientes de manera encubierta. Así, el contenido manifies
to del sueño podía considerarse un cumplimiento disfrazado o
“censurado” de un deseo inconsciente. Análogamente, las aso
ciaciones libres del paciente en análisis eran vistas como reto
ños disfrazados de deseos inconscientes.
En la segunda fase, al igual que en la primera, Freud par
tió de la base de que una porción de la mente o “aparato
psíquico” era consciente y otra porción sustancial era incons
ciente. En este sentido, diferenció dos clases de inconciencia:
una estaba representada por un “sistema”, el Inconsciente, y
contenía mociones y deseos pulsionales que, en caso de
permitírseles emerger a la conciencia, constituirían una ame
naza y provocarían angustia u otros sentimientos desagrada
bles. Suponía que los afanes del sistema Inconsciente tendían
permanentemente a la descarga, pero sólo podían encontrar
expresión de un modo distorsionado o censurado. La otra clase
de inconciencia le fue atribuida al sistema Preconsciente, don
de residían conocimientos y pensamientos que estaban fuera
de la conciencia pero que no habían sido desalojados por las
fuerzas opuestas de la represión, como los contenidos relega
dos al Inconsciente. El material psíquico preconsciente podía
ingresar en la conciencia en el momento oportuno y no sólo
sería utilizado por el individuo para tareas de índole racional
sino que también podían servirse de él los deseos provenientes
del Inconsciente en su empeño por abrirse camino hasta la
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conciencia —o sea, podía empleárselo para representar tales
deseos—. Suele denominarse modelo “tópico” o “topográfico”
al del aparato psíquico de la segunda fase, en el cual el siste
ma Preconsciente ocupaba un lugar intermedio entre el In
consciente y la conciencia (siendo esta última un atributo del
sistema Consciente).
Según Freud, las mociones pulsionales eran “energías” que
podían “investir” diferentes contenidos mentales. (En las tra
ducciones de las obras de Freud al inglés, la palabra alemana
Besetzung, correspondiente a esta “investidura”, fue vertida, a
nuestro juicio infortunadamente, como cathexis.) Utilizó el tér
mino libido para designar la energía sexual de las mociones
pulsionales, y si bien más tarde concedió a la agresión una
jerarquía similar a la de la sexualidad, no acuñó ninguna
expresión análoga para designar la “energía agresiva”. En el
Inconsciente estas energías de las mociones podían desplazar
se libremente de un contenido psíquico a otro y funcionaban
de acuerdo con el llamado proceso primario. Se suponía que no
existían relaciones lógicas o formales entre los elementos del
Inconsciente: no había en él percatamiento del tiempo, y sólo
regían reglas de asociación simples y primitivas. Las mocio
nes y deseos del Inconsciente operaban según el “principio de
placer”, vale decir, procuraban a toda costa la descarga, la
gratificación y el alivio de la tensión penosa. Los sistemas
Preconsciente y Consciente se hallaban en radical oposición a
todo esto; en ellos predominaban la lógica, la razón (proceso
secundario), el conocimiento de la realidad externa y los idea
les y patrones de conducta. A diferencia del Inconsciente, los
sistemas Preconsciente y Consciente toman en cuenta la reali
dad externa (o pretenden hacerlo), ateniéndose a lo que Freud
llamó el “principio de realidad”. De ahí que surgieran inevita
blemente situaciones de conflicto —por ejemplo, entre los de
seos sexuales de carácter primitivo que habían sido reprimi
dos al Inconsciente y las normas morales y éticas del indivi
duo— y que se buscara algún tipo de solución que considerase
a las fuerzas antagónicas.
Hasta ahora nos hemos referido a las mociones y deseos
instintivos como si pudiera concebírselos aislados. A juicio de
Freud esto distaba mucho de ser así, ya que desde los inicios
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del desarrollo del niño los apremios instintivos quedaban
adheridos a figuras significativas de su entorno, u “objetos”
—para emplear el término impersonal, poco feliz, con que los
psicoanalistas describieron a estas figuras importantes desde
el punto de vista emocional—. Se suponía que cada deseo in
consciente tenía un objeto, y que el mismo objeto podía ser el
receptor de deseos muy opuestos, manifestados típicamente en
sentimientos de amor y odio hacia la misma persona. Esta am
bivalencia era en sí una de las fuentes de conflicto psíquico más
potentes. Freud opinaba que en las relaciones que los adultos
entablaban entre sí se repetían (a menudo de un modo muy
disfrazado) sus adhesiones y conflictos infantiles, y que esta
tendencia a la repetición estaba con frecuencia en la raíz de
muchísimas de las dificultades que le relataban sus pacientes.
Entre los primeros conflictos del niño reconstruidos me
diante el análisis, hubo una constelación que se estimó uni
versal: el complejo de Edipo, en que el niño de alrededor de
cuatro o cinco años debe enfrentar un conflicto muy intenso en
sus deseos y relaciones objétales. En esencia, Freud lo conce
bía como el deseo del niño pequeño de mantener relaciones
sexuales con su madre, de poseerla por completo, y a la vez
desembarazarse de alguna manera del padre —el anhelo de
matarlo no era inusual—. Según Freud, estos deseos están en
pugna con el amor que el niño siente por su padre y con el
temor de que éste lo rechace o le inflija algún daño físico, en
particular un daño en sus genitales a modo de represalia (la
denominada “angustia de castración”). Respecto de la niña
pequeña se presenta un cuadro bastante similar, aunque en
este caso los roles de los padres están invertidos; sin embargo,
se considera que tanto en los niños como en las niñas existen
las dos constelaciones opuestas —en el varón, el deseo de ser
poseído por el padre y desembarazarse de la madr< , debido
a la bisexualidad innata de todos los seres humanos, sea cual
fuere su sexo.
Estas concepciones sobre el funcionamiento psíquico y la
sexualidad infantil fueron producto de la segunda fase del
psicoanálisis, período de intensos estudios acerca de las vicisi
tudes de las mociones pulsionales inconscientes, en particular
las sexuales (Freud, 1905d), y sus retoños o derivaciones. Si
20
las hemos descrito aquí con algún detenimiento ha sido por la
importancia que revisten para un examen más detallado de
los conceptos clínicos que se analizan en el próximo capítulo.
Si bien dentro del modelo psicológico de la segunda fase dichos
conceptos pueden considerarse relativamente simples y direc
tos, la evolución seguida por el pensamiento freudiano hizo
que surgieran luego complicaciones, como veremos.
La tercera fase puede remontarse a 1923, año en que se
produjo un cambio decisivo en la conceptualización del funcio
namiento psíquico por parte de Freud, quien a la sazón estaba
profundamente impresionado por algo que venía viendo ope
rar en sus pacientes y sólo podía concebir como un sentimien
to inconsciente de culpa. Por otra parte, en la aplicación siste
mática de la división “tópica” del aparato psíquico, con sus
sistemas Inconsciente, Preconsciente y Consciente, comenza
ron a aparecer ciertas incongruencias y contradicciones, y esto
llevó a Freud a postular un nuevo modelo teórico. Quizá sería
más apropiado decir que introdujo un nuevo punto de vista, ya
que la nueva formulación no reemplazó por entero a las ante
riores sino que más bien coexistió con ellas. A esta situación
nos remitíamos antes, cuando nos referimos al hecho de que el
psicoanálisis, en cuanto conjunto de conocimientos en proceso
de desarrollo, no posee un modelo teórico plenamente integra
do y coherente. En 1923 Freud formula, en El yo y el ello
(1923b), su “modelo estructural”, o lo que ha sido denominado
también la “segunda tópica” de la psique: la división tripartita
del aparato psíquico en lo que él llamó ello, yo y superyó.
El ello pasó a corresponder aproximadamente a gran parte
de lo que antes abarcaba el concepto de Inconsciente. Puede
entendérselo como la zona de la mente que contiene las mocio
nes pulsionales primitivas, con todos sus elementos heredita
rios y constitucionales. Está regido por el principio de placer y
funciona de acuerdo con el proceso primario. Durante la ma
duración y desarrollo del individuo, y como consecuencia de su
interacción con el mundo exterior, una porción del ello experi
menta modificaciones y se convierte en el yo. Se supone que la
función primaria del yo es la autoconservación y la adquisi
ción de medios para adaptarse simultáneamente a las presio
nes del ello y a las exigencias de la realidad. El yo adquiere la
21
capacidad de postergar la descarga instintiva o de controlarla
merced a una variedad de mecanismos, incluidos los mecanis
mos de defensa. La tercera instancia psíquica, el superyó, sur
gía como una suerte de precipitado o residuo interno de los
primeros conflictos del niño, particularmente en relación con
sus padres u otras figuras de autoridad, y de sus identificacio
nes con ellos. El superyó es el vehículo de la conciencia moral,
incluida la parte de esta última que se considera inconsciente,
ya que Freud entendía que grandes sectores tanto del superyó
como del yo y del ello operaban fuera del estado consciente.
Vale la pena mencionar que en esta teoría “estructural”
hay, nuevamente, un cambio de énfasis respecto de la que
prevaleció en la fase anterior. Se concibe el papel del yo como
el de un mediador encargado de resolver los problemas y de
satisfacer en todo momento las demandas procedentes del ello,
el superyó y el mundo externo. A fin de cumplir con estas
exigencias a menudo antagónicas entre sí, el yo debe crear a
veces las más complicadas soluciones de compromiso, y en
última instancia estas transacciones pueden dar origen a los
síntomas, que si bien resultan penosos o afligentes para quien
os sufre, son la mejor adaptación posible que el individuo es
apaz de lograr en determinadas circunstancias. Se considera
que estas soluciones de compromiso pasan a formar parte del
carácter y de la personalidad del sujeto, y gravitan en su elec
ción de carrera profesional y de los objetos de su amor, así
como en todo lo que hace de él un individuo singular.
Esta fase de la evolución del psicoanálisis se extendió has
ta la muerte de Freud, en 1939; no obstante, establecer esta
fecha es algo arbitrario, ya que lo que denominamos la cuarta
fase abarca las contribuciones de otros psicoanalistas aparte
de Freud, y ya desde el primer momento en que algunos de sus
colegas se asociaron a él y a su obra y se identificaron con sus
concepciones, produjeron aportes importantes para la teoría
y la práctica del psicoanálisis.
Una línea de evolución destacable de esta cuarta fase, aun
que ya evidente en la obra del propio Freud, recibió fuerte
impulso con la publicación de la obra de Anna Freud El yo y
los mecanismos de defensa, en 1936, y de la obra de Hart-
mann La psicología del yo y el problema de la adaptación, en
22
1939. Anna Freud puso de relieve el papel de los mecanismos
de defensa en el funcionamiento psíquico normal y extendió el
concepto de defensa a fin de incluir la defensa contra los peli
gros provenientes tanto del mundo exterior como de los impul
sos instintivos internos. Hartmann hizo particular hincapié
en el desarrollo innato de lo que él denominó la “esfera libre de
conflictos” dentro del yo. Si Freud había apuntado de continuo
hacia los fenómenos clínicos y había señalado de qué manera
surgen en el individuo determinadas habilidades y capacida
des como un medio para resolver los conflictos, Hartmann
sostuvo que hay muchos ámbitos de funcionamiento psíquico
normal que tienen una evolución relativamente autónoma y
no son el producto de un conflicto mental. Lo que se dio en
llamar la “psicología del yo” representó el particular interés
de muchos psicoanalistas en situar en el centro de la atención
el funcionamiento yoico normal junto al anormal. Pero como a
lo largo de este libro nos ocuparemos en el momento oportuno
de los aportes destacados de otros psicoanalistas aparte de
Freud, no es preciso que los mencionemos aquí en detalle. Sí
conviene puntualizar que gran parte del pensamiento psicoa-
nalítico actual, sobre todo el vinculado a la situación clínica,
hunde firmemente sus raíces todavía en la segunda fase del
psicoanálisis. Al describir a sus pacientes, los psicoanalistas
siguen haciendo uso del modelo tópico (o sea, el de la segunda
fase) junto a los conceptos propios de la teoría estructural de
la tercera fase —aunque algunos psicoanalistas (v. g., Arlow y
Brenner, 1964) han hecho esfuerzos heroicos por formular la
teoría psicoanalítica basándose exclusivamente en los concep
tos de la teoría estructural.
Desde la década de 1960 en adelante, la psicología del yo,
que había arraigado en Estados Unidos, comenzó a ceder paso
en cierta medida ante una serie de nuevos avances, que se
examinarán en los capítulos que siguen. Mencionemos, entre
otros, la “psicología del sí-mismo” de Heinz Kohut y el enfoque
de las “relaciones objétales” propuesto por Edith Jacobson,
Hans Loewald y Otto Kernberg. Las concepciones de este últi
mo pueden considerarse un producto tanto de la psicología del
yo como de los puntos de vista de Melanie Klein. En Gran
Bretaña la escuela kleiniana tuvo enorme influencia, así como
23
la obra de los teóricos británicos de las relaciones objétales,
como Ronald Fairbairn, Michael Balint y Donald Winnicott.
En los últimos años se ha valorado la importancia de los escri
tos de Wilfred Bion, y las controvertidas opiniones de Jacques
Lacan han desempeñado un significativo papel en la concep
ción del psicoanálisis vigente en ciertos círculos intelectuales.
Para muchos, la obra de los psicoanalistas evolutivos, iniciada
con Margaret Mahler y continuada por los llamados “observa
dores de bebés”, como Daniel Stern y Robert Emde, tiene fun
damental importancia para la comprensión psicoanalítica del
desarrollo humano.
La teoría psicoanalítica de la mente ha sido objeto de ela
boraciones sustanciales desde la época de Freud, y la brecha
que separa las diversas teorías de su aplicación práctica se ha
ido ampliando en forma permanente. Por lo tanto, se ha vuelto
más necesario aún examinar y reexaminar los conceptos clíni
cos del psicoanálisis.
24
2. LA SITUACION ANALITICA
25
ellos consistía en aplicar presión con la mano sobre la frente
del paciente, acompañando este acto con la sugestión de que
esto traería los pensamientos a la mente, tal como se mencio
na en el caso de Frau P. J. (1950a [1887-1902]).
Estas técnicas fueron más tarde sustituidas por la “asocia
ción libre” del paciente, no obstante lo cual se mantuvo la
estructura de la situación de tratamiento propia de la primera
fase. Como diría Freud años después (1925d):
26
renda, sobre todo de las resistendas transferendales. Duran
te la segunda fase, que duró como vimos hasta 1923, se esta
blecieron el encuadre básico del tratamiento psicoanalítico y
los conceptos clínicos a él vinculados. Si bien en etapas poste
riores del psicoanálisis hubo grandes cambios teóricos, la si
tuación “clásica” de tratamiento permaneció en esencia igual
que en la segunda fase. Para la época en que Freud escribió
sus artículos “técnicos” sobre el psicoanálisis (1911e, 1912b,
1912e, 1913c, 1914g, 1915a), la técnica psicoanalítica ya había
sido formalizada. Cabe señalar, empero, que en esa época se
pretendía que el paciente concurriese a sesión seis veces por
semana, y las sesiones duraban una hora completa.
Unos años después, en su Presentación autobiográfica
(1925d), Freud comentó lo siguiente:
27
comunicarlas al paciente. Ahora bien, el descubrimiento de la
resistencia es el primer paso para su superación.
28
torsión de la realidad a la que se denomina transferencia (ca
pítulos 4 y 5). Estas deformaciones son el resultado de la mo
dificación de las percepciones y pensamientos actuales del pa
ciente al añadírseles elementos específicos derivados de sus
deseos, experiencias y relaciones del pasado. Suelen diferen
ciarse dichos fenómenos transferenciales de la relación de tra
bajo entablada entre paciente y analista, la cual se basa, entre
otras cosas, en el anhelo del paciente de recuperarse y de
cooperar para ello con el tratamiento. Se considera que esta
relación de trabajo, llamada alianza terapéutica (capítulo 3),
incluye, como factor esencial, la motivación del paciente a
continuar en análisis pese a sus resistencias. A veces el pa
ciente no expresará verbalmente los sentimientos pasados y
presentes que le van surgiendo, sino más bien en la forma de
conducta y actos que también pueden manifestarse, por des
plazamiento, fuera del consultorio. A menudo se considera
esto último como un aspecto del acting out (capítulo 9).
Entre las exigencias que el procedimiento psicoanalíticc
impone al analista se incluyen, naturalmente, sus intentos
conscientes por comprender el material que trae el paciente a
fin de realizar sus intervenciones. Además, debe explorar sus
propias reacciones ante el paciente con el objeto de determi
nar sus bloqueos en la evaluación del significado de sus comu
nicaciones. Esta exploración de sus sentimientos y reacciones
le permite obtener una ulterior comprensión de lo que le ocu
rre al paciente merced a esa autoevaluación de sus respuestas
emocionales. Estos aspectos de la reacción del analista se han
conceptualizado con el nombre de contratransferencia (véase
el capítulo 6). Si el paciente es capaz de lograr y conservar una
comprensión de los nexos existentes entre sus tendencias cons
cientes e inconscientes, y entre el pasado y el presente, se dice
que ha adquirido cierto grado de comprensión intuitiva o insight
(véase el capítulo 11).
Por más que las interpretaciones del analista parezcan au
mentar dicha comprensión del paciente, no siempre producen
de inmediato un cambio significativo. Debe transcurrir un pe
ríodo de elaboración (capítulo 12) durante el cual se examina
rán y ampliarán tanto las interpretaciones como el material
sobre el cual versan. A veces, cuando el paciente parecería
29
haber hecho un avance importante, le sobreviene una especie
de recaída paradójica, que puede ser manifestación de una
reacción terapéutica negativa (capítulo 8); inicialmente ésta
fue atribuida a la acción de un sentimiento inconsciente de
culpa (Freud, 1923b) vinculado a la significación que tiene
para el paciente esa mejoría que percibe.
Es obvio que la “situación prototípica” que hemos descrito
no se aplica a todos los tratamientos psicoanalíticos, y de tan
to en tanto hay que introducir ciertas alteraciones particula
res en los procedimientos técnicos. A estas modificaciones se
las denominó “parámetros de la técnica” (Eissler, 1953), pero
desde el punto de vista del modelo básico del psicoanálisis la
incorporación de dichos “parámetros” (p. ej., que el paciente
permanezca sentado en vez de recostarse en el diván, o los
cambios en la frecuencia de las sesiones) se considera un expe
diente temporario. En este aspecto, se han contrapuesto los
métodos psicoanalíticos con otras variedades de psicoterapia,
en las que se hace uso amplio y regular de los “parámetros”.
Durante la cuarta fase del psicoanálisis han cobrado especial
prominencia las adaptaciones de la técnica psicoanalítica a fin
de tornarla adecuada a determinadas clases de trastornos.
La escueta y simplificada descripción que hemos hecho en
este capítulo y el anterior tiene como propósito servir de intro
ducción a un examen más minucioso de algunos de los concep
tos clínicos a los que hemos aludido. En los próximos capítulos
examinaremos las vicisitudes históricas de cada uno de éstos
dentro del marco clínico del psicoanálisis. También veremos
los significados múltiples y ambiguos que a ellos se han atri
buido en ese marco, y exploraremos en qué medida es posible
aplicarlos a situaciones que difieren de la del tratamiento
psicoanalítico clásico.
Una característica del proceso analítico que merece men
ción especial es el fenómeno de la regresión. Si bien dentro de
la teoría psicoanalítica este término ha sido utilizado con va
rios sentidos distintos, aquí nos interesa uno en particular, a
saber, el surgimiento de tendencias del pasado, a menudo
infantiles, que representan la reaparición de modalidades de
funcionamiento psíquico ya abandonadas o modificadas. Re
gresiones de esta índole se presentan como parte integral del
30
proceso analítico, pero el mismo fenómeno puede observarse
fuera de él. Basta reparar en los niños de dos o más años que
de pronto dejan de controlar sus esfínteres en el período de
tensión posterior al nacimiento de un hermanito, o en el exa
cerbado apego o las demandas de un niño (o adulto) hacia las
personas que lo rodean cuando cae enfermo. Dichas regresio
nes, que pueden afectar cualquier aspecto del funcionamiento
de la personalidad, son leves o graves, temporarias o más
permanentes. Es previsible que se produzcan en las fases crí
ticas del desarrollo de un individuo y puede considerárselas
normales, a menos que se prolonguen demasiado o revistan
particular gravedad (A. Freud, 1965).
En el tratamiento analítico, una de las funciones de la
situación analítica consiste en permitir o favorecer la regre
sión dentro de ese encuadre. A medida que surgen en el análi
sis los fenómenos transferenciales, tales tendencias regresi
vas se aprecian con mayor claridad, evidenciadas en la reapa
rición de deseos, sentimientos, modalidades de relación y fan
tasías infantiles, así como en la conducta que se tiene para con
el analista. Sin embargo, si bien constituyen un vehículo esen
cial para recoger del pasado, de un modo convincente y signifi
cativo, datos y formas de funcionamiento importantes, a veces
estas regresiones pueden presentar un aspecto más obstructivo
y perjudicial. Ello ocurre, en particular, cuando se tornan muy
intensas o prolongadas en pacientes que de por sí tienen ten
dencia a la regresión, y que por ende tal vez no puedan reco
brar fácilmente la capacidad de autoobservación y de com
prensión que es parte indispensable de la alianza terapéutica
(capítulos 3 y 11). Parece probable que algunos psicoanalistas
alienten más que otros (de manera consciente o inconsciente)
las tendencias regresivas de sus pacientes.
Como consecuencia de la regresión analítica normal, es
muy común que en alguna etapa del análisis el paciente exija
del analista cada vez más amor, afecto y muestras de estima,
y aun que desarrolle hacia él sentimientos hostiles. La forma
como surgen dichos sentimientos y actitudes puede consti
tuir una fuente importante de comprensión de la relación tem
prana entre el paciente y su madre, por ejemplo, a la que
quizás él vivenció como una persona retraída, indiferente, ca-
31
riñosa o complaciente. Esta información puede ser esencial
para entender las dificultades y problemas actuales del pa
ciente, pero si las demandas o la hostilidad de éste pasan a ser
el foco de sus comunicaciones, y si el analista no puede rever
tir esta tendencia mediante interpretaciones u otras interven
ciones apropiadas, quizá se dificulte la labor analítica o se
torne imposible. Esto es evidente en ciertas variedades espe
ciales de transferencia (capítulo 5).
Varios autores han señalado el valor de la capacidad para
experimentar una regresión, dentro y fuera de la situación
psicoanalítica. Por ejemplo, Kris (1952) ha examinado el papel
de la capacidad para realizar una regresión controlada y tem
poraria dentro del ámbito de la creatividad artística. Balint
(1934, 1949, 1965, 1968) y Winnicott (1954) han subrayado la
importancia de la regresión del paciente como medio de acce
der a un material que de otro modo no estaría disponible. El
concepto de “ambiente de sostén”, de Winnicott, y su examen
de los fenómenos transicionales (1951) han llevado a diversos
autores a especular con la idea de que la situación analítica
proporciona un “espacio transicional” en el que el paciente,
sintiendo segura su relación con el analista, puede sobrellevar
una regresión, experimentar con nuevas ideas y tratar de re
solver sus problemas internos (véase Adler, 1989; Giovacchini,
1987a). A esto Balint lo ha denominado “regresión al servicio
de la progresión”. Debe señalarse que si bien el término “re
gresión” fue empleado con varios significados distintos en los
escritos de Freud, en este capítulo nos ocupamos de la regre
sión formal, “cuando modos de expresión y de figuración pri
mitivos sustituyen a los habituales” y de la regresión tempo
ral, o sea, “el retroceso a formaciones psíquicas más antiguas”
(Freud, en un fragmento agregado en 1914 a La interpretación
de los sueños, 1900a). No obstante, no debe verse forzosamen
te en la regresión una “vuelta al pasado”: también puede ser
una suerte de fenómeno de “liberación”, por el cual tendencias
inconscientes actuales se manifiestan, en determinadas cir
cunstancias, en la situación analítica. Entre éstas se encuen
tran diversas formas de “exteriorización” de procesos y rela
ciones internos basados en la proyección y la identificación
proyectiva (véanse los capítulos 4, 5 y 6).
32
Si bien es cierto que la regresión puede ser el camino para
el surgimiento de material útil para el análisis, no debe con
fiarse en ella como si fuese por sí sola un agente terapéutico;
tampoco hay que suponer que la regresión es capaz de sacar a
la luz aspectos de la muy temprana relación madre-hijo que de
otra manera serían inaccesibles para el analista. Según la
concepción de Balint, la regresión facilitaría un “nuevo co
mienzo” para el paciente, pero muchos analistas piensan que
el papel de la regresión como agente terapéutico ha sido so-
brestimado (véase, por ejemplo, Anna Freud, 1969). Modell
(1989) lo expresa acertadamente al decir: “No cuestiono la
validez de las observaciones clínicas realizadas por Balint y
Winnicott. Es indudable que ciertos aspectos de la temprana
relación madre-hijo pueden recrearse en la transferencia. Lo
incorrecto en este caso es el uso de la regresión como medio
explicativo de la acción terapéutica que tiene el encuadre ana
lítico”.
En el capítulo 3 examinaremos el papel de la alianza tera
péutica en el análisis y consideraremos ciertos aspectos del
aporte del analista al procedimiento empleado. Entre ellos
debe mencionarse la función de “sostén” que cumplen tanto el
analista como la situación analítica, o sea, el hecho de propor
cionar una atmósfera que lo haga sentir al paciente seguro y
“contenido” aun en casos en que experimente una regresión
grave (v. gr., Balint, 1968; Khan, 1972; Modell, 1984; Spitz,
1956; Winnicott, 1954, 1965, 1971).
La descripción de la situación analítica que hemos hecho
hasta aquí puso el acento en lo que se requiere del paciente;
hemos dicho que el papel del analista es el de alguien que
procura comprender los procesos inconscientes que tienen lu
gar en el paciente y transmitirle esta comprensión. Sin em
bargo, en los últimos años se ha prestado creciente atención a
la gran importancia de los aspectos interpersonales del proce
so analítico (p. ej., Bleger, 1967, 1981; Kohut, 1977; McLaugh-
lin, 1983; Modell, 1988, 1989; Spruiell, 1983), haciendo hinca
pié en la relación analítica. Consecuentemente, ha sido cada
vez más cuestionada la idea de la “neutralidad” del analista
(véase Leider, 1984). En este sentido, Modell (1988) sostiene
que “tenemos que admitir que el proceso de resistencia y de
33
defensa no sólo ocurre intrapsíquicamente sino además en el
contexto de una relación entre dos personas. Por este motivo,
hay que prestar atención al proceso de la comunicación y a la
forma en que se da esa relación”.
Es sumamente importante que el analista sea capaz de
proporcionar un clima apropiado. El tratamiento psicoanalíti-
co no es simplemente un proceso por el cual se vuelve cons
ciente lo inconsciente, o se procura otorgar mayor fuerza y
autonomía al yo del paciente. Es vital que el analista brinde
un marco en el cual sea viable el proceso analítico y puedan
volver a establecerse conexiones con los aspectos escindidos
del sí-mismo. Rycroft (1985) ha subrayado que la capacidad
del analista para brindar dicho marco depende no sólo de su
destreza para formular las interpretaciones “correctas” sino
además del sostenido interés que sepa manifestar por sus pa
cientes y de la relación que entable con ellos.
34
3. LA ALIANZA TERAPEUTICA
35
Suele admitirse que, más allá de la neurosis de transferen
cia, para que un análisis alcance éxito debe tener como núcleo
una relación permanente y estable que permita al paciente
mantener una actitud esencialmente positiva respecto de la
tarea analítica cuando los conflictos revividos por la neurosis
de transferencia saquen a la superficie de la conciencia deseos
y fantasías perturbadores.
36
contra los enemigos, las exigencias pulsionales del ello y las
exigencias de conciencia moral del superyó. Celebramos un
pacto. (...) Nuestro saber debe remediar su no saber, debe
devolver al yo del paciente el imperio sobre jurisdicciones per
didas de la vida anímica. En este pacto consiste la situación
analítica.
37
ferencia en sí misma creó cierta confusión en la literatura
posterior, y aun hoy ciertos autores utilizan incorrectamente
la frase “transferencia positiva” para designar la alianza tera
péutica. La presencia de sentimientos cariñosos o afectuosos
hacia el analista no siempre indica que exista tal alianza.
Probablemente la cristalización del concepto de alianza de
tratamiento como algo diferente, que no puede equipararse a
un aspecto especial de la transferencia, pueda ligarse al surgi
miento de la “psicología psicoanalítica del yo”, posterior a la
formulación del modelo “estructural” del aparato psíquico
(Freud, 1923b, 1926d), en el cual se elaboró el concepto del yo
como parte orgánica de la personalidad que debía hacer frente
al mundo externo y la conciencia moral (superyó), así como a
las mociones instintivas (ello). Diversos autores psicoanalíti-
cos (p. ej., Hartmann, 1939, 1964; Anna Freud, 1965) sostu
vieron que existían funciones y atributos del yo relativamente
independientes de las mociones (en calidad de funciones “au
tónomas” del yo), y gran parte de lo escrito sobre la alianza de
tratamiento, en sus diversas modalidades, implica la apela
ción a tales funciones y actitudes autónomas.
La evolución que tuvo en otros autores la idea de la alian
za terapéutica puede apreciarse en dos artículos de Sterba
(1934, 1940), según los cuales el psicoanalista debe procurar
que se produzca en el paciente una separación entre los ele
mentos centrados en la realidad y los que no lo están. Sterba
designa esto como la “división terapéutica del yo” (1934). Los
elementos del yo centrados en la realidad permiten al pa
ciente identificarse con los propósitos de la terapia, proceso
éste que Sterba juzga como condición esencial para que la
labor psicoanalítica logre el éxito. Esta opinión coincide con
una referencia de Freud (1933a) a la necesidad, para que el
tratamiento tenga éxito, de que el paciente aplique su capa
cidad para observarse a sí mismo como si fuera otra persona.
En este sentido, Fenichel (1941) aludió al aspecto “razona
ble” del paciente y a lo que él denominó “transferencia racio
nal”. Si rastreamos la bibliografía psicoanalítica en busca de
este concepto, se nos hará evidente que a menudo se habla de
la “transferencia amistosa”, la “transferencia eficaz”, los “ele
mentos centrados en la realidad”, la “transferencia racional”
38
y la capacidad de autoobservación y autocrítica como si fue
ran cosas equivalentes, cuando en rigor es más útil conside
rarlas elementos separados cuyo denominador común es la
capacidad para establecer una alianza terapéutica. Pueden
encontrarse comentarios útiles sobre los elementos integran
tes del concepto de “alianza”, entendido en sentido amplio,
en artículos de Friedman (1969), Dickes (1975), Gutheil y
Havens (1979) y Thomá y Háchele (1987).
A partir de un importante artículo sobre el tema de
Elizabeth Zetzel (1956), los autores psicoanalíticos se han pre
ocupado cada vez más por diferenciar la alianza terapéutica
de la transferencia “propiamente dicha”. En los trabajos pu
blicados con posterioridad prevalece una tendencia, que se
pone de manifiesto en la obra de Greenson (1965a, 1967) y de
Greenson y Wexler (1969), a considerar que dicha alianza
tiene como núcleo una relación “real” o “no transferencial”
entre paciente y médico; no obstante, no resulta del todo clara
la índole de esta relación “real”. Schowalter (1976) destaca
que si bien “se coincide en que para que la situación analítica
con adultos sobreviva a los golpes de las resistencias engen
dradas por la transferencia (...) la relación analizando-analis
ta debe ser en parte no neurótica y centrarse recurrentemente
en la continuación y completamiento de la terapia (...); no es
tan clara la coincidencia sobre el modo de separar esta parte
de los vínculos de objeto del resto de la transferencia”.
En los últimos años diversos analistas, en particular
Brenner (1976, 1979), han cuestionado la validez de la noción
de alianza terapéutica, sosteniendo que este concepto es de
hecho indiferenciable del de transferencia. Fonagy (1990) pun
tualiza que si se hace excesivo hincapié en los aspectos
transferenciales de la relación paciente-analista puede lle
garse a una cosificación de esta última que la sustraiga al
examen analítico. Como consecuencia de ello, podemos “inad
vertidamente privarnos de la oportunidad de entender que se
basa en el conflicto intrapsíquico inconsciente”. El rechazo
total del concepto de alianza terapéutica no parece satisfacto
rio, pero Curtís (1979) ha hecho reparar en “el peligro de que
el foco se desplace de los conceptos analíticos nucleares, como
los de conflicto intrapsíquico inconsciente, asociación libre e
39
interpretación de la transferencia y de la resistencia”. Agrega
que “este peligro radica sobre todo en la tendencia a ver en la
alianza terapéutica un ñn en sí mismo —el de brindar una
nueva relación de objeto correctiva—, en vez de considerarla
un medio para alcanzar como fin el análisis de la resistencia y
la transferencia”.
El concepto de alianza de tratamiento parecía relativamente
simple en las diversas formas que adoptó originalmente, pero
es menester que tomemos en cuenta que, cualquiera que sea
nuestra concepción acerca de dicha alianza, ella tiene aspec
tos tanto conscientes como inconscientes (véase Evans, 1976).
Así, un paciente puede parecer hostil al tratamiento y mostrar
fuerte resistencia a la labor analítica (véase el capítulo 7),
pero no por ello carecer del deseo subyacente inconsciente de
emprenderla. Por el contrario, puede existir lo que Sodré (1990)
denomina una alianza antiterapéutica de repetir una fantasía
infantil o de aferrarse a ella, no sólo por la gravedad de la
psicopatología del paciente sino además porque éste desea un
análisis idealizado interminable, y se genera entonces una
alianza inconsciente entre él y una parte del analista que se
identifica con (...) el terrible temor al cambio [del paciente] y
por lo tanto evita enfrentarse a alguna faceta de la relación
analítica”.
Un peligro similar tiene presente Novick (1970) al seña
lar que la frase “alianza terapéutica” coloca en demasía el
acento en los aspectos racionales del análisis, por oposición a
los irracionales. Algo semejante sostuvieron Eagle y Wolitzky
(1989), preocupados por el hecho de que el énfasis en dicha
alianza puede impedir la resolución de la transferencia basa
da en la interpretación y la comprensión. Aducen, además,
que dicho énfasis tal vez conduzca al analista a conceder un
peso indebido en el tratamiento al papel de otros factores
ajenos a la interpretación, y por ende llevarlo a perder sensi
bilidad ante las manifestaciones transferenciales. Es cierto,
sin duda, que si se otorga una importancia indebida al fo
mento de la alianza terapéutica se podría generar una conni
vencia con el paciente destinada a impedir que surja la trans
ferencia hostil.
En las técnicas propugnadas por Melanie Klein y sus parti-
40
darios (Joseph, 1985; Meltzer, 1967; Segal, 1964), todas las
comunicaciones y conductas del paciente en tratamiento tien
den a concebirse e intepretarse como transferencia de actitu
des y sentimientos infantiles, o como fruto de la exterioriza-
ción, por parte del paciente, de sus relaciones objétales inter
nas. No todos los miembros de la escuela kleiniana comparten
este punto de vista. Bion se ha referido a la “capacidad para
relacionarse con la tarea” en los grupos (1961), lo cual haría
referencia a uno de los aspectos de lo que venimos examinan
do bajo el rótulo de “alianza terapéutica”. Spillius (1983) ha
hecho reparar en los cambios experimentados por la técnica
kleiniana en los últimos años, que a nuestro juicio la aproxi
man a las técnicas psicoanalíticas desarrolladas dentro de la
tradición más “clásica”.
Pese a que es difícil definir con precisión esta “alianza”,
parece muy conveniente distinguirla de otras facetas del
vínculo entre el paciente y el médico, que por sí solas no bas
tan para sentar las bases de un buen tratamiento psicoanalíti-
co (véase, p. ej., Adler, 1980). Entre estas facetas cabe incluir
la revivencia de sentimientos de amor o sexuales originalmen
te dirigidos a una figura importante del pasado del paciente, y
que en casos extremos se manifiestan en su enamoramiento
del terapeuta. Asimismo, puede incluirse la idealización del
terapeuta, a quien se considera perfecto o dotado de una capa
cidad suprema, idealización que puede constituir una forma
defensiva de ocultar y negar sentimientos hostiles inconscien
tes. A veces esta idealización se quiebra dramáticamente si el
paciente experimenta alguna desilusión respecto del terapeu
ta o si su hostilidad subyacente se torna muy aguda. Cabe
suponer que la posibilidad de establecer una alianza de trata
miento depende de cualidades del individuo que se han vuelto
relativamente permanentes. Si bien el desarrollo de estas cua
lidades puede vincularse a ciertos logros de las primeras rela
ciones infantiles, en una medida importante son independien
tes de los sentimientos y actitudes conceptualizables como
“transferencia”. De este modo, es dable considerar que la alian
za terapéutica
41
se basa en el deseo consciente o inconsciente del paciente de
cooperar y en su disposición a aceptar la ayuda del terapeuta
para superar sus dificultades internas. Esto no es lo mismo
que acudir al tratamiento simplemente para obtener placer o
algún tipo de gratificación. En la alianza terapéutica, [el pa
ciente] acepta que tiene necesidad de abordar sus problemas
internos y de llevar adelante el trabajo analítico a despecho de
la resistencia interna o (particularmente en el caso de los
niños) externa (por ejemplo, de la familia). (Sandler y otros,
1969.)
42
za, también puede llevar adheridas expectativas irreales y
aun mágicas sobre el tratamiento, y no puede decirse que
éstas constituyan aliados confiables para la labor terapéutica.
Que el deseo de mejorar no basta para dar lugar a una alianza
terapéutica se vuelve patente en el caso de los individuos que
abandonan la terapia tan pronto experimentan cierto alivio
en sus síntomas, perdiendo todo interés en explorar los facto
res que provocaron su enfermedad una vez que los síntomas
han menguado o desaparecido. Por otra parte, la mejoría pue
de constituir una “fuga en la salud”, y si en estas circunstan
cias la alianza de tratamiento sólo se funda en el deseo de
superar los síntomas, no habrá buenos cimientos para conti
nuar el psicoanálisis —por más que la historia del paciente le
enseñe que ese alivio de sus padecimientos probablemente
será temporario—. Cabe concluir que, en cierto grado, son
esenciales la mayoría de los elementos mencionados por los
autores psicoanalíticos que se ocuparon de este tema: la capa
cidad de observarse a sí mismo como se observa a los demás,
la de tolerar cierto monto de frustración, la existencia de una
“confianza básica”, la adhesión a las finalidades que persigue
el tratamiento, etcétera.
Puede resultar difícil, sobre todo en los comienzos del aná
lisis, distinguir la capacidad del paciente para establecer y
mantener una alianza terapéutica, de sus sentimientos positi
vos hacia el terapeuta y el tratamiento que tienen otro origen.
Como hemos indicado, la consideración o aun el afecto que
evidencia el paciente por el terapeuta y su disposición inicial a
concurrir a las sesiones no son necesariamente indicadores de
que esté dispuesto a continuar con la labor analítica. Lo ponen
de relieve los casos en que un individuo solicita ayuda tera
péutica a fin de calmar a un pariente o incluso a un médico
clínico, así como los de las personas que se someten al psicoa
nálisis porque se lo exige su formación psicoanalítica o psico-
terapéutica (Gitelson, 1954). En general, resulta fundamental
determinar de entrada: a) si el paciente es capaz de establecer
una alianza terapéutica, y b) si podrá tener la motivación
suficiente para crear durante el análisis esa alianza que le
permita sobrellevar las tensiones y los momentos difíciles que
el tratamiento impone.
43
La importancia de saber evaluar la capacidad de un sujeto
para establecer esta alianza ha sido subrayada por autores
como Gerstley y otros (1989), quienes estiman que es un indi
cador importante para el pronóstico de aquellos pacientes que
presentan un trastorno antisocial de la personalidad. Sea como
fuere, dicha evaluación constituye a todas luces un factor de
relevancia para el pronóstico en todos los casos en que se
contempla el tratamiento analítico. La mayoría de los psicoa
nalistas no tomarían en tratamiento a un psicótico grave, ya
que es muy poco probable que éste posea la capacidad de
trabajar analítica y constructivamente. Algunos terapeutas
tienen incluso reservas en cuanto a trabajar con los llamados
pacientes fronterizos; las vicisitudes de la alianza terapéutica
en el caso de los estados fronterizos han sido examinadas por
Shapiro, Shapiro, Zinner y Berkowitz (1977), y Gabbard y
otros (1988). No obstante, el tratamiento puede conducirse de
manera tal que desarrolle en estos pacientes la capacidad
mencionada.
En el pasado, los analistas solían establecer un “período de
prueba” tras el cual pudieran tomar con el paciente una deci
sión conjunta acerca de la continuidad del tratamiento. Esta
decisión se fundaba en parte sobre lo que hoy se denominaría
la capacidad del paciente para establecer la alianza terapéuti
ca, tal como se revelaba en ese período de prueba. Análo
gamente, Anna Freud, en sus primeros trabajos (1928), abogó
por una “etapa introductoria” en el análisis de niños, en la que
se inculcaba al niño la idea del tratamiento y se establecía el
vínculo con el analista. Más tarde renunció a su recomenda
ción de fijar una fase introductoria preanalítica específica.
HoíTer (en una comunicación personal a J. Sandler) se ha
referido a “seducir al paciente para que emprenda el trata
miento”, y lo mismo sostiene en esencia Morgenthaler (1978).
En ocasiones, los móviles irracionales de un individuo pue
den contribuir al desarrollo de la alianza de tratamiento. Un
ejemplo sería el de un individuo que siente gran rivalidad
respecto de sus hermanos y pone particular empeño en su
análisis con el fin de superar a algún colega que también se
analiza. En este caso, la rivalidad del paciente hacia sus her
manos, si bien es material analítico que deberá ser compren-
44
dido, por otro lado puede fomentar durante un tiempo el avan
ce de la labor analítica.
El tratamiento puede satisfacer deseos ocultos del paciente
(p. ej., de dependencia, de atención y amor, y hasta de sufri
miento masoquista), como consecuencia de lo cual tal vez lo
continúe durante muchos años sin mostrar inclinación alguna
a abandonarlo, pero sin hacer tampoco progresos significati
vos. Por otro lado, hay personas de fuertes tendencias para-
noides en su personalidad, que desconfían de todo, y sin em
bargo son capaces de establecer algún tipo de alianza terapéu
tica. En cierto sentido parecen reconocer su necesidad de ayu
da y hacen con el terapeuta una “excepción”.
Si bien el tratamiento puede iniciarse aunque no exista
una alianza intensa, por lo común alguna clase de “contrato”
terapéutico es indispensable desde el principio. La alianza de
tratamiento podrá desarrollarse luego en el curso de la tera
pia, y lo ideal es que así ocurra; gran parte de la labor del
analista consistirá en contribuir a ello, por ejemplo institu
yendo un encuadre constante y regular para las comunicacio
nes del paciente. Además, deberá interpretar las resistencias
de éste al posible surgimiento de una alianza apropiada, como
en el caso de que su temor a un sometimiento pasivo no le
permita cooperar en forma cabal. Esta resistencia puede tener
muchos orígenes, pero de hecho se manifestará como resisten
cia a la alianza terapéutica, aunque también podría
considerársela como una resistencia contra el surgimiento de
una transferencia sexual. Otro ejemplo de resistencia al desa
rrollo de la alianza terapéutica es el del paciente muy temero
so de la regresión a que lo incita la situación analítica. Si bien
la mayoría de los individuos son capaces de soportar hasta
cierto punto sus tendencias regresivas en la sesión, algunos
temen que si se “sueltan” podrían caer en un infantilismo
extremo y perder control de sus pensamientos y acciones. La
interpretación de estos temores ayudará al paciente a trami
tarlos, contribuyendo de este modo al desarrollo de una alian
za terapéutica adecuada.
La alianza terapéutica no es sólo función del paciente: la
habilidad del analista desempeña un papel vital en su estable
cimiento (véase Schowalter, 1976). Cuanto más transmita el
45
analista, de un modo significativo desde el punto de vista
emocional, su tolerancia ante tales aspectos de los esfuerzos
inconscientes del paciente contra los que éste se defiende, y
cuanto más respete estas actitudes defensivas, más propugna
rá una buena alianza terapéutica. Como resultado de ello, el
paciente internalizará la actitud tolerante del analista y a su
vez asumirá una mayor tolerancia respecto de aspectos de sí
mismo que antes le resultaban inaceptables (Sandler y Sandler,
1984).
En este sentido, cada vez se reconoce más la necesidad de
que “el analista tenga una actitud básicamente amistosa o ‘hu-
7 77
mana (Stone, 1961), así como de lo que Schafer (1983) deno-
minó una “atmósfera de seguridad”. Rothstein (citado en
Auchincloss, 1989) comenta lo siguiente: “Lo importante en la
etapa introductoria es la actitud del analista hacia el comporta
miento del paciente, más que cualquier parámetro específico de
rutina correspondiente a la situación analítica”, y más adelante
añade: “Una flexibilidad que permita, en la etapa inicial, alte
raciones tendientes a acomodarse a las resistencias propias del
carácter del paciente puede facilitar en muchos casos que éste
sea inducido a continuar la experiencia analítica. Muchos pa
cientes se pierden como analizandos potenciales a raíz de la
insistencia del analista en que comiencen su análisis de una
manera particular".
No debe suponerse que la alianza terapéutica permanece
invariable a lo largo de todo el análisis, ya que aparte del
hecho de que deberá establecérsela a medida que éste avan
ce, suele con frecuencia debilitarse debido a las resistencias
del paciente y en cambio verse favorecida por el desarrollo en
él de sentimientos positivos. Manifestaciones regresivas in
tensas durante el tratamiento pueden interrumpir por com
pleto dicha alianza (Dickes, 1967), que también se verá men
guada o desaparecerá si surge una transferencia “erotizada”
(capítulo 5).
Offenkrantz y Tobin (1978) señalan el papel que cumplen
la pérdida de la autoestima y la vergüenza en la dificultad
para establecer la alianza terapéutica: “...Hay pacientes que
sienten vergüenza por su necesidad de pedir ayuda a otros. La
forma en que aborden esta vergüenza será un elemento decisi-
46
vo en cuanto a su disposición a aceptar o no una relación
dependiente con el analista”.
Langs (1976) introdujo el concepto de “alianza terapéutica
inconveniente”, definiéndola como las interacciones conscien
tes o inconscientes que se dan dentro de la relación terapéuti
ca cuya consecuencia es socavar los objetivos del análisis o la
psicoterapia, o bien alcanzar meramente la modificación de
los síntomas en lugar de la comprensión y un cambio interno
constructivo. En este mismo sentido, Novick (1980) dice que
existe una “alianza terapéutica negativa” cuando la motiva
ción es “el deseo inconsciente de iniciar un análisis o terapia
con el objeto de hacer fracasar al analista (...) a fin de mante
ner la imagen idealizada de una madre cariñosa, amada y
omnipotente, mediante la exteriorización y desplazamiento
sobre el analista de partes del sí-mismo y del objeto investidas
negativamente”.
Puede considerarse que esta concepción está ligada a la de
la motivación inconsciente de ciertas variedades de reacción
terapéutica negativa (capítulo 8). Vale la pena señalar que la
expresión “alianza terapéutica negativa” no es muy feliz, ya
que una alianza existe, en mayor o menor grado, o no existe.
Lo que describe Novick puede entenderse como una “seu-
doalianza” que disimula la resistencia inconsciente al trabajo
analítico, y que sólo puede darse con la connivencia del analis
ta (Davies, 1990; Sodré, 1990).
Basándose en su experiencia de psicoanálisis de niños,
Sandler, Kennedy y Tyson (1980) comentan que la definición
de la alianza terapéutica puede abordarse como mínimo de
dos maneras. La primera consiste en concebir la “alianza”
como un concepto descriptivo muy amplio y abarcador, com
puesto de todos aquellos factores que contribuyen a que el
paciente permanezca en tratamiento y le permiten tolerarlo
durante las etapas de resistencia y de transferencia hostil. El
segundo enfoque consiste en ver en la “alianza” un concepto
más restringido, vinculado específicamente al percatamiento
que tiene el paciente de su enfermedad y a sus sentimientos
conscientes e inconscientes de que necesita hacer algo al res
pecto; lo cual se conecta con su capacidad para soportar el
esfuerzo y el pesar que provoca el enfrentamiento con los con-
47
flictos internos. Según la definición más amplia, la relación
terapéutica puede persistir (aunque sólo por un tiempo) basa
da predominantemente en las gratificaciones que contienen
elementos instintivos, como el amor por el analista o el “ham
bre de objeto”, aspectos a los que cabe considerar como los
elementos instintivos o propios del ello dentro de la alianza
terapéutica. Sin embargo, esta última tiene que fundarse asi
mismo en los elementos propios del yo, como los señalados en
la definición más estricta. En el caso ideal, el analista debe
mostrarse sensible ante los distintos componentes de la alian
za tal como se dan en el “aquí y ahora” del análisis, y a la
forma en que varían cuando dicha alianza presenta fluctua
ciones en su intensidad, composición y estabilidad.
Parecería posible extender el concepto de alianza terapéu
tica más allá del psicoanálisis sin introducirle modificaciones
sustanciales, si bien es cierto que en diferentes situaciones
clínicas rigen otros tantos “contratos” (para emplear el térmi
no de Menninger). No se precisaría una alianza para un trata
miento médico de emergencia de un enfermo desvanecido; en
el otro extremo, esa alianza es esencial para el éxito de cual
quier tratamiento de rehabilitación prolongado. En muchas
circunstancias puede ser útil ampliar el concepto a fin de in
cluir las capacidades y actitudes de los familiares del paciente
o de determinadas instituciones de su medio. Y así como es
necesaria una alianza terapéutica entre paciente y analista,
es igualmente indispensable en aquellas situaciones en las
que el enfermo no puede cargar por sí solo con todo el peso del
tratamiento. Esto es lo que sucede, en particular, con los ni
ños, en cuyo caso la alianza terapéutica con los padres se
toma imprescindible. También es necesario “ampliar” la alian
za en el caso del tratamiento ambulatorio de psicóticos, no
importa qué modalidad terapéutica se aplique con ellos, ya
que puede ser indispensable contar con la cooperación de la
familia para asegurarse de que el paciente se haga tratar.
Los cambios de actitud en materia de salud mental, así
como la aceptación del principio del tratamiento voluntario,
subrayan por fuerza la necesidad de evaluar no sólo la com
prensión que tiene el paciente de su propia enfermedad sino
también su capacidad de entablar con el terapeuta una alianza
48
de tratamiento. Esto es válido sobre todo para los psicóticos
y para aquellos a los que antiguamente se llamaba “psicópa
tas” o se decía que padecían un “trastorno grave de la perso
nalidad” o un “trastorno del carácter”. Dicha evaluación, lle
vada a cabo durante un período inicial de interacción médi
co-paciente, de la capacidad para establecer la alianza ha de
tener importancia diagnóstica en cuanto a la gravedad de su
trastorno, e importancia como pronóstico en la medida en
que el pronóstico se relaciona con el tratamiento que se le
aplicará. Cuando esté indicada la psicoterapia, parece decisi
va esta evaluación clínica de la capacidad del paciente para
tolerar al terapeuta y cooperar con él en un proceso prolon
gado, que insume mucho tiempo y a menudo es penoso; cobra
valor entonces el concepto de alianza terapéutica o la
calibración de las posibilidades de establecerla. Es conve
niente que el médico que hace la derivación adopte alguna
decisión en lo tocante a la capacidad y motivación del pacien
te para entablar una alianza duradera; pero aun en las si
tuaciones en que la necesidad de psicoterapia está fuera de
toda duda, el concepto de alianza terapéutica es útil para
examinar la participación del paciente en la terapia y la
índole de su relación con las figuras terapéuticas en tal si
tuación. Por cierto, en la asistencia social individualizada el
trabajador social evalúa tácitamente el estado en que se en
cuentra la alianza terapéutica establecida con él por el clien
te (o por éste y su familia). Como es lógico, la alianza se ve
afectada por los requerimientos de cada situación terapéuti
ca y el estilo de trabajo del organismo o entidad involucrado.
Por ejemplo, algunas personas pueden mantener una rela
ción con ciertos organismos en tanto y en cuanto se progra
men encuentros regulares, pero no podrían comprometerse
en una alianza terapéutica si la iniciativa para tomar con
tacto con el organismo les quedase librada a ellas. Surgen
problemas especiales interesantes en el caso de las personas
que se hallan en libertad condicional y deben ver con regula
ridad al funcionario encargado de vigilarlas. En algunos ca
sos la concurrencia compulsiva puede contribuir a la alianza
terapéutica, pero en otros da origen a una “seudoalianza”.
49
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..
♦
4. TRANSFERENCIA
51
culados) respecto del estado consciente. Notó que en el curso
del tratamiento se modificaba la actitud del paciente hacia el
médico, y que estos cambios, que incluían fuertes elementos
emocionales, podían hacer que se interrumpiese el proceso de
la asociación verbal, dando origen a menudo a obstáculos in
salvables para el tratamiento. Comentó (1895d) que una pa
ciente se espantaba “por transferir a la persona del médico las
representaciones penosas que afloran desde el contenido del
análisis. Ello es frecuente, y aun de ocurrencia regular en
muchos análisis”. A tales sentimientos los denominó “transfe
rencia” y dijo que se producían como resultado de lo que llamó
un “falso enlace” entre una persona que había sido objeto de
antiguos deseos (habitualmente sexuales) del paciente, y el
médico. Al surgir esos sentimientos conectados con deseos del
pasado (desalojados de la conciencia) se los vivenciaba en el
presente como consecuencia de ese “falso enlace”. En este sen
tido, Freud destacó la propensión de los enfermos a establecer
lazos neuróticos con sus médicos.
En un trabajo publicado diez años más tarde (Freud, 1905e
[1901]) volvió a emplear el término “transferencia” aplicado al
contexto del tratamiento psicoanalítico. Se planteaba:
52
Hasta entonces Freud había considerado que la transferen
cia era un fenómeno clínico capaz de obstaculizar o de presen
tar una ■“resistencia” (capítulo 7) a la labor analítica, pero pocos
años más tarde (1909d) señaló que no siempre era un obstáculo
sino que podía desempeñar “un papel decisivo en el convenci
miento no sólo del paciente sino también del médico”. Fue ésta
la primera oportunidad en que mencionó la acción de la transfe
rencia como agente terapéutico. Debe repararse en que Freud
distinguió permanentemente entre el análisis de la transferen
cia como procedimiento técnico y la llamada “cura de transfe
rencia”, en la que el paciente parece abandonar todos sus sínto
mas como consecuencia del amor que siente por el analista y de
su afán de complacerlo (1915a). En este sentido, digamos que
debe diferenciarse la “cura de transferencia” de la “fuga en la
salud”, una forma algo distinta de resistencia en que si bien los
síntomas desaparecen (al menos en forma temporaria), ello está
al servicio de la resistencia y lleva al paciente a declarar que el
tratamiento se le ha vuelto innecesario porque ya está curado.
(En el capítulo 7 nos ocuparemos de la relación entre la transfe
rencia y la resistencia.)
Freud (1916-17) puntualizó que “desde el comienzo del tra
tamiento está presente en el paciente una transferencia que
durante un tiempo es el móvil más poderoso de su avance”. A
la sazón, parecería que Freud abarcaba con ese término una
serie de fenómenos diferentes, todos los cuales tenían en co
mún, empero, el hecho de ser repeticiones en el presente de
sentimientos y actitudes del pasado. En 1912 Freud había
hablado de las transferencias “positivas” por oposición a las
“negativas” y aun había subdividido las primeras en las que
colaboraban con la labor terapéutica y las que la estorbaban.
Se consideraba que las transferencias negativas eran el tras
lado al terapeuta de sentimientos hostiles, y que su forma
extrema se manifestaba en la paranoia; no obstante, senti
mientos negativos más moderados podían coexistir con la trans
ferencia positiva en todos los pacientes. Esta coexistencia per
mitía al paciente recurrir a un aspecto de su transferencia a
fin de protegerse contra el surgimiento perturbador de otro.
Por ejemplo, podía recurrir a la hostilidad transferida al ana
lista como medio de mantener a raya sus sentimientos positi-
53
vos hacia él. En este caso, emplearía la faceta hostil de su
ambivalencia con el fin de protegerse del surgimiento de de
seos positivos amenazadores (por lo común eróticos) dirigidos
al analista. Por otra parte, el aspecto de la transferencia posi
tiva presente “desde el comienzo del tratamiento” difiere en su
naturaleza de las transferencias eróticas que emergen duran
te el tratamiento (1912b). El primero puede concebirse como
un elemento componente de la alianza terapéutica a que he
mos hecho referencia (capítulo 3).
Freud señaló que las particulares características de la trans
ferencia de un paciente son el producto de los rasgos específi
cos de su neurosis, y no el mero resultado del proceso analíti
co. Este fenómeno es común a todos los pacientes (1912b). Los
atributos propios de la transferencia de cada paciente cobra
ron nuevo significado cuando se introdujo el concepto de “neu
rosis de transferencia” (Freud, 1914g), con el cual se subrayó
que las relaciones tempranas, componentes primordiales de
las neurosis, moldean asimismo los sentimientos que predo
minan en el paciente respecto del analista. Escribió lo siguien
te (1914g):
54
se ve forzado a repetir lo reprimido como vivencia presente, en
vez de recordarlo, como el médico preferiría, en calidad de
fragmento del pasado. Esta reproducción, que emerge con fi
delidad no deseada, tiene siempre por contenido un fragmento
de la vida sexual infantil, y por tanto, del complejo de Edipo y
sus ramificaciones, y regularmente es actuada en el terreno
de la transferencia, esto es, de la relación con el médico. Cuan
do en el tratamiento las cosas se han llevado hasta este punto,
puede decirse que la neurosis anterior ha sido sustituida por
una nueva, una neurosis de transferencia.
55
alguna figura importante del pasado eran una investidura de
energía pulsional sexual (“libido”) en la imagen de la persona
en cuestión (u “objeto libidinal”). Consideraba que la transfe
rencia —proceso del cual el paciente no se percataba— era un
desplazamiento de la libido, que pasaba del recuerdo del obje
to original al analista, convertido en el nuevo objeto de los
deseos sexuales del paciente.
La importancia cada vez mayor concedida al análisis de la
transferencia, junto con los avances en la psicología del yo,
hicieron que se ampliase el significado de la transferencia, y
los autores psicoanalíticos procuraron extender y refinar el
concepto a fin de alcanzar una mejor comprensión de los fe
nómenos clínicos, así como integrarlo a otros desarrollos de la
teoría. La historia de esta expansión del concepto de transfe
rencia es un buen ejemplo de los problemas que surgen cuan
do un concepto surgido en una de las primeras etapas del
psicoanálisis se mantiene en su forma original aun cuando se
hayan realizado nuevas formulaciones teóricas.
Anna Freud, en su libro El yo y los mecanismos de defensa
(1936), propuso diferenciar los fenómenos transferenciales
de acuerdo con su grado de complejidad. Distinguió: 1) la
transferencia de impulsos libidinales, en la que los deseos
instintivos adheridos a objetos infantiles irrumpen y se diri
gen hacia la persona del analista, y 2) la transferencia de la
defensa, en la que se repiten antiguas medidas defensivas
ejercidas contra las pulsiones (véase Sandler y otros, 1969).
Un ejemplo de esta última categoría sería el desarrollo, du
rante el análisis, de un actitud de rechazo beligerante del
analista por parte del paciente, quien le transfiere así una
actitud asumida en su niñez para protegerse de sentimientos
de amor y afecto que, según teme, podrían ponerlo en peli
gro. Esta formulación amplía la concepción anterior de Freud,
más simple, donde la hostilidad “defensiva” no habría sido
considerada una repetición de una medida de defensa infan
til, de un modo de funcionamiento del yo, sino más bien la
aplicación por el individuo de sentimientos hostiles actuales
para protegerse contra las consecuencias de la transferencia
positiva que surge en él.
Anna Freud acuñó asimismo la expresión actuación trans-
56
ferencial, por la cual la transferencia se intensificaba y difun
día en la vida cotidiana del paciente. Por ejemplo, éste podía
dirigir a otras personas de su medio los sentimientos y deseos
que le habían surgido hacia su analista durante el tratamien
to. El concepto de “actuación transferencia!” está próximo al
de acting out (capítulo 9). Anna Freud agregó asimismo otra
categoría, que consideraba una subespecie de transferencia y,
a la vez, creía que debía ser discriminada de la transferencia
propiamente dicha: las exteriorizaciones; un ejemplo sería el
del paciente que experimenta culpa y, en vez de sentir remor
dimientos de conciencia, prevé que el analista le hará repro
ches. Entendía Anna Freud que esta exteriorización de aspec
tos muy estructurados de la personalidad (v. gr., del superyó)
era algo diferente de la repetición en la transferencia de la
relación infantil del paciente, digamos, con un padre punitivo.
Otro ejemplo de exteriorización sería el del paciente que abri
ga la creencia (o temor) de que el analista quiere seducirlo,
basada en la exteriorización —en este caso, del tipo particular
de exteriorización conocido habitualmente como “proyección”—
en el analista de los deseos sexuales que el paciente tiene
hacia él. Lo que se “exterioriza” es el deseo sexual inconscien
te y actual del paciente, que en cierto sentido es un aspecto de
su “ello”, y esta exteriorización no tiene por qué ser forzosa
mente considerada la repetición de un impulso libidinal o de
una maniobra defensiva infantiles. Interesa señalar que tanto
Alexander (1925) como Freud (1940a [1938]) aludieron al he
cho de que el psicoanalista “asumía” el papel de la conciencia
moral (o superyó) del sujeto, y vieron en ello una parte primor
dial del proceso terapéutico.
La distinción posterior entre la exteriorización de sectores
estructurados de la personalidad y la transferencia “propia
mente dicha”, establecida por Anna Freud, no fue adoptada de
manera sistemática por los autores que la sucedieron, y de
hecho diversos tipos de “exteriorizaciones” tendieron a ser asi
milados al concepto general de transferencia, como veremos
luego en este mismo capítulo.
Ya hemos dicho que en el psicoanálisis prevaleció una fuer
te tendencia a la ampliación del concepto de transferencia. En
parte esto se remonta a dos orientaciones que se manifestaron
57
en la llamada “escuela inglesa”. La primera procede de James
Strachey (1934), para quien las únicas interpretaciones efica
ces en el tratamiento psicoanalítico eran las transferenciales.
Pensaba Strachey que era necesario relacionarlas con los pro
cesos de proyección en el analista de las “imagos introyectadas
primitivas”, las que formaban según él una porción significati
va del superyó del paciente. Como consecuencia de este énfa
sis puesto en las interpretaciones transferenciales, los analis
tas influidos por los puntos de vista de Strachey preferían
formular en la medida de lo posible sus interpretaciones en
términos de la transferencia, con el fin de aumentar así la
eficacia de sus intervenciones. Comentaba Strachey que si el
paciente proyecta en el analista sus imagos introyectadas pri
mitivas, el analista pasa a ser una persona como cualquier
otra de las que encuentra en su vida diaria: un “objeto de su
fantasía”. Por “imagos proyectadas primitivas” entendía las
imágenes primitivas de los padres creadas en la mente del
individuo como parte de su desarrollo normal y que seguían
siendo elementos activos de su vida psíquica inconsciente.
La segunda de las orientaciones a las que hemos aludido
está representada por las formulaciones teóricas de Melanie
Klein (1932), quien como consecuencia de su trabajo analítico
con niños llegó a considerar que todo comportamiento poste
rior era en gran medida una repetición de las relaciones que,
según ella, se daban en el primer año de vida. La combinación
de estas dos orientaciones dio como resultado la tendencia en
algunos analistas a considerar todas las comunicaciones del
paciente como indicadoras de la transferencia de relaciones
infantiles muy tempranas, absteniéndose de todo comentario
que no tuviera referencia directa a la transferencia. Este fenó
meno fue cabalmente examinado por Zetzel (1956).
Muchos otros analistas han contribuido al desarrollo de
perspectivas novedosas en torno del concepto de transferen
cia. Por ejemplo, Edward Glover (1937) puso de relieve que
“una concepción adecuada de la transferencia debe reflejar la
totalidad del desarrollo del individuo (...), quien desplaza al
analista no meramente afectos e ideas sino todo cuanto
aprendió u olvidó a lo largo de su desarrollo psíquico”. Algunas
figuras de renombre en este primer período del psicoanálisis
58
extendieron el concepto de transferencia pero manteniéndolo
siempre dentro de la situación analítica, en tanto que otros
autores, aun sin aceptar que todos los aspectos de la relación
del paciente con el analista deben ser entendidos como trans
ferencia, opinaron que debía verse en ésta un fenómeno psico
lógico general oincidiendo en esto con un comentario de
Freud (1910a [1909]) acerca de la ubicuidad de la transferen
cia—. Por ejemplo, Greenson (1965a) escribe:
59
proceso regresivo. (...) Surge como consecuencia de las condi
ciones en que se da el experimento analítico, vale decir, la
situación analítica y la técnica analítica”. Algo después, en un
examen muy completo de las orientaciones divergentes con
referencia al concepto de transferencia, Loewenstein (1969)
llegó análogamente a la conclusión de que “fuera del análisis
la transferencia no puede describirse, obviamente, en los mis
mos términos empleados para las transferencias que aparecen
durante el proceso analítico y con motivo de él”. Loewenstein
arriba a esta conclusión en la certidumbre de que los dos
aspectos de la transferencia que surgen en el análisis (la trans
ferencia como resistencia y como vehículo para el descubri
miento y la cura) existen exclusivamente en la situación ana
lítica y jamás pueden observarse fuera de ella. En nuestros
días, la mayoría de los psicoanalistas no adhieren a esta con
cepción restringida de la transferencia que defienden Waelder
y Loewenstein. El argumento de que debe limitársela a la
situación analítica es poco convincente, si bien es posible com
prender los motivos que impulsan dicha restricción, a saber,
la preocupación ante la creciente tendencia a una aplicación
amplia e indiscriminada del término. A todas luces, los mis
mos fenómenos que se presentan en el tratamiento psicoanalí-
tico pueden ocurrir fuera de él. De hecho, Freud había sosteni
do (1912b):
60
transferenciales. En los últimos años se ha prestado suma
atención a este tema del sexo del analista, posiblemente debi
do a la gravitación del movimiento feminista (véase, p. ej.,
Lasky, 1989; Lester, 1985; Person, 1983; Wryey Welles, 1989).
De modo similar, se ha examinado el análisis entre personas
de distinta raza, que según Fischer (1971) plantea problemas
de significados inconscientes en múltiples planos, añadiendo
que “puede haber serias complicaciones tanto si se sobrestima
el factor interracial como si se hace caso omiso de él”. En este
campo, mucho es lo que ha aportado la escuela de etno-
psicoanálisis.
En años recientes ha habido varios avances significativos
en relación con el concepto de transferencia. En particular, se
ha puesto en tela de juicio la idea primitiva de que la transfe
rencia era una repetición del pasado. Cooper (1987a) comenta
que los conceptos “históricos y relativamente simples según
los cuales la transferencia es la reproducción en el presente de
relaciones significativas del pasado no satisfacen adecuada
mente las actuales exigencias clínicas y teóricas”, y distingue
entre lo que denomina las concepciones “histórica” y “moder
nista” de la transferencia. La primera, según él, es la que
sostiene que “la transferencia es la reedición de una relación
más temprana, y la tarea de interpretarla consiste en com
prender de qué modo las relaciones infantiles tempranas de
forman o perturban la relación actual con el analista, que a su
vez es un modelo de las relaciones que entabla el paciente en
el resto de su vida”. Por oposición a esto, la concepción moder
nista ve en la transferencia “una nueva experiencia más que
la reedición de una antigua; la finalidad de la interpretación
de la transferencia es llevar a la conciencia todos los aspectos
que integran esta nueva experiencia, incluida la coloración
con que la tiñe el pasado”.
Partiendo de esta diferencia establecida por Cooper entre
los puntos de vista histórico y modernista, es oportuno exami
nar la transición de uno al otro subdividiéndola en las seccio
nes siguientes: “La controversia en torno de la neurosis de
transferencia”, “La teoría kleiniana de la transferencia”,
“Transferencia y exteriorización” y “Consideraciones evoluti
vas en relación con la transferencia”.
61
LA CONTROVERSIA EN TORNO
DE LA NEUROSIS DE TRANSFERENCIA
62
el término “neurosis de transferencia” es una tautología. Este
concepto es un anacronismo. Los analistas definen a la neuro
sis como un síntoma o grupo de síntomas que constituyen
formaciones transaccionales como consecuencia de los conflic
tos. (...) las manifestaciones transferenciales son asimismo
formaciones transaccionales que proceden de los conflictos.
(...) Desde el punto de vista dinámico una manifestación trans-
ferencial es indiscernible de un síntoma neurótico. Llamarla
“neurótica”, o decir que la totalidad de la transferencia es una
neurosis, es añadir una nueva palabra que no agrega nada.
Con el término “transferencia” basta. No se gana nada convir
tiéndolo en “neurosis de transferencia”. (...) Con frecuencia he
pensado que al hablar habitualmente de una “verdadera neu
rosis de transferencia”, lo que se hace es utilizar un sinónimo
de “transferencia analizable”.
63
ferencial. Se entendía que la transferencia era un reflejo de
las fantasías inconscientes del paciente, y en este sentido Segal
(1981) sostuvo que
64
racterística de estos primeros trabajos es que evidentemente
las fantasías inconscientes le eran interpretadas al paciente
de inmediato, y en forma directa, en el lenguaje de los objetos
parciales (el pecho, el pezón, el pene, etc.)”.
Spillius destaca los cambios que fueron sobreviniendo poco
a poco en la técnica interpretativa kleiniana. Se fue poniendo
menos énfasis en la destructividad y haciendo menor uso del
lenguaje de los objetos parciales, en tanto que comenzó a apli
carse más explícitamente, en la interpretación transferencial,
el concepto de identificación proyectiva acuñado por Melanie
Klein en 1946. Cada vez se insistió más en revivir las expe
riencias en la transferencia en vez de reflexionar y hablar
sobre ellas, y se subrayó la presión inconsciente ejercida por el
paciente para forzar al analista a intervenir. También creció
el interés por el papel del pasado tal como se presenta en la
relación paciente-analista actual. Señala Spillius que comen
zó a pensarse que las interpretaciones formuladas en térmi
nos del contenido verbal y de conducta “visto en una forma
rígidamente simbólica (...) eran probablemente perjudiciales
para apreciar los vividos momentos de contacto emocional [en
tre paciente y analista]. Dichas interpretaciones no se basa
ban en la receptividad del analista hacia el paciente sino en su
deseo de descubrir en éste material que confirmase sus pre
conceptos”.
Una ampliación destacable de la teoría kleiniana de la trans
ferencia se halla en el artículo de Joseph (1985) titulado “Trans
ferencia: la situación total”, en el que la autora extiende el
concepto de transferencia considerándolo “un marco dentro del
cual siempre sucede algo y hay permanente movimiento y acti
vidad”. Lo que ocurre en la transferencia no es la repetición del
pasado sino que, por el contrario, cabe sostener que todo cuanto
ocurre en el análisis es transferencia. A fin de ilustrar esto,
Joseph narra la confusión experimentada por una colega que
estaba trabajando con una paciente particularmente difícil. In
satisfecha por la manera en que llevaba adelante el análisis,
presentó el problema para su discusión en un seminario. Los
asistentes al seminario sintieron asimismo que tenían dificul
tades para entender lo que ella les contaba, hasta que se les
ocurrió que el problema que había surgido dentro del seminario
65
posiblemente fuese un reflejo de la dificultad transferencia! de
la misma analista. La conclusión a la que se arribó fue que la
confusión de esta última obedecía a la proyección que en ella
había hecho la paciente de su propio mundo interno confuso, y
que sus intentos infructuosos de interpretar las asociaciones de
dicha paciente trasuntaban el sistema defensivo de ésta, con el
cual pretendía “otorgar un falso sentido a lo incomprensible”.
Comenta Joseph que “si se trabaja únicamente con lo ver-
balizado, no se toman en cuenta realmente las relaciones objé
tales actuadas en la transferencia”.
Un elemento fundamental de todo esto es la exterioriza-
ción de las relaciones de objeto internas a través del mecanis
mo de la identificación proyectiva (Klein, 1946), de lo cual se
infiere la gran importancia técnica atribuible a la capacidad
del analista para contener las proyecciones del paciente y per
catarse de ellas, para vivenciarlas en la contratransferencia
(capítulo 6) y para devolvérselas al paciente en la forma de
interpretaciones apropiadas. Vale la pena señalar que para
Klein la identificación introyectiva era el proceso por el cual se
incluye un objeto externo dentro del yo o sí-mismo, en tanto
que la identificación proyectiva era el proceso inverso, o sea, el
de depositar algún aspecto del sí-mismo en el objeto para que
éste lo contuviese (véase Sandler, 1987, donde se examina
detenidamente este tema).
Con este enfoque técnico, el analista dirige su atención
primordialmente a entablar con el paciente un contacto emo
cional en el “aquí y ahora” de la sesión. Nos parece, empero,
que la tentación de considerar que todo cuanto ocurre en el
análisis es transferencia, y de comprender esta última basán
dose en los sentimientos y fantasías contratransferenciales,
puede dar origen a una suerte de “análisis contratransferencial
silvestre”. Spillius (1988) da muestras de estar alerta ante
este peligro cuando dice que los analistas, sobre todo los inex
pertos, pueden tener la tendencia a “preocuparse en demasía
por vigilar sus propios sentimientos como clave de lo que acon
tece en la sesión, en detrimento de su contacto directo con el
material que brinda el paciente”.
En contraste con la posición de los autores kleinianos, mu
chos analistas (entre los que nos incluimos) entienden que no
66
todo lo que el paciente trae al análisis debe considerarse como
transferencia. Anna Freud (1968), por ejemplo, ha criticado la
aplicación indiscriminada del concepto de transferencia; una
útil reseña de la polémica que generó esta cuestión puede
hallarse en el artículo de Leites (1977) titulado “¿Unicamente
interpretaciones transferenciales?”.
Suponer que todo el material del paciente es transferencia
constituye una concepción equivocada y harto simplista. Se
diría que este punto de vista tiene su origen precisamente en
que muchos analistas se centran, por principio, en los aspec
tos transferenciales del material, a expensas de los no trans
ferenciales. Aquéllos pueden ser por lo común examinados e
interpretados de modo más directo y eficaz; en consecuencia,
el papel central que cobra la transferencia es en cierta medida
un artificio técnico derivado de la creencia en que sólo las
interpretaciones transferenciales pueden generar un cambio
psíquico.
El analista no es un socio pasivo en la relación transferen-
cial; de esto nos ocuparemos con más detalle luego (capítulo
6), pero podemos destacar desde ya que la personalidad del
analista es determinante en cuanto a la naturaleza de la trans
ferencia. Los que sostienen que “todo es transferencia” suelen
soslayar la función del analista como persona real que partici
pa en una tarea en colaboración con el paciente, y en lugar de
ello insisten en las distorsiones transferenciales introducidas
por el paciente en su percepción y sus fantasías sobre el ana
lista (Escoll, 1983; Thomá, 1984). Greenson distingue la trans
ferencia de la “alianza de trabajo” (1965a) y de la relación
“real” entre el paciente y el analista (Greenson y Wexler, 1969).
Szasz (1963) así como Laplanche y Pontalis (1973) han procu
rado examinar las dificultades que surgen para establecer esta
distinción entre transferencia y “realidad”.
Si bien la formulación de la transferencia, propugnada por
algunos analistas kleinianos, a partir de tal o cual forma de
exteriorización de las relaciones de objeto internas es por cier
to demasiado generalizadora, hoy resulta indudable que estos
procesos desempeñan un papel primordial en nuestras con
cepciones actuales acerca de la transferencia. De esto nos ocu
paremos más adelante.
67
TRANSFERENCIA Y EXTERIORIZACION
68
mos de las experiencias no nos referimos a ‘hechos objetivos’.
Nos referimos a las experiencias que tiene un niño, en los
diversos niveles de su desarrollo al interactuar con el mundo
externo, con los objetos. Estas experiencias pueden repetirse
en la transferencia y uno dirá entonces que son fantasías. (...)
No los hechos que advierte un observador objetivo sino las
elaboraciones que el paciente hizo en su niñez, que contribu
yeron a lo que ‘efectivamente sucedió’ ”. A nuestro entender,
precisamente porque la representación interna del objeto y
del sí-mismo se modifican mucho durante el desarrollo a raíz
de procesos defensivos como la proyección, la identificación y
el desplazamiento, debe hablarse de relaciones de objeto “in
ternas” y no “internalizadas”.
Schafer (1977) ha hecho aportes importantes para nuestra
comprensión de los objetos internos. Tras relatar el análisis de
un paciente varón, dice:
69
analista las partes escindidas del sí-mismo o ciertas partes de
un objeto interno”, o con la concepción del analista como un
“recipiente de contención” (Bion, 1962). Por otro lado, los auto
res no kleinianos (v. gr., Bollas, 1987) tienden más bien a
hablar de la exteriorización de una relación de objeto interna
que de la identificación proyectiva (véase Berg, 1977). Sandler
(1983) apunta lo siguiente:
CONSIDERACIONES EVOLUTIVAS
EN RELACION CON LA TRANSFERENCIA
70
aspectos evolutivos de la transferencia (véase Escoll, 1983).
Arlow (citado por Valenstein, 1974) sostiene:
71
Y añade luego:
Tal vez sea útil, para concluir este capítulo, hacer un resu
men y comentario de los diversos sentidos en que se ha em
pleado el término “transferencia”:
72
mecanismos subsumidos bajo el término “identificación
proyectiva”.
6. Incluye todos los aspectos de la relación del paciente con el
analista; según esta concepción, cualquier aspecto de esa
relación es una repetición de relaciones del pasado (por lo
común muy tempranas); más aún, puede considerarse como
transferencia toda comunicación verbal y no verbal y toda
expresión del paciente en el curso del análisis; los analistas
que adoptan este punto de vista sobre la transferencia en
tienden que todas las asociaciones del paciente están refe
ridas a algún pensamiento o sentimiento acerca de su ana
lista.
73
Sobre la base de su examen del material proveniente del
psicoanálisis de niños, Sandler y otros (1969) rechazan la idea
de que pueda considerarse como transferencia todo el mate
rial de un paciente en análisis, y subrayan en cambio que el
hecho de entender la transferencia como un fenómeno unita
rio o “unidimensional” tal vez impida comprender lo que suce
de en la relación paciente-analista. Sugieren que el analista
no debe limitarse a discriminar lo que es transferencia y lo
que no lo es, sino que debe comprender los múltiples aspectos
de las relaciones que van surgiendo en la terapia, en particu
lar los que están referidos a él. Lo que se destaca es que, si se
pretende comprender el concepto clínico de transferencia, es
preciso estudiar las relaciones en general, ya que aquélla no
es sino una manifestación clínica particular de los numerosos
elementos que componen las relaciones normales. Estos auto
res insisten en que las especiales características de la situa
ción analítica pueden favorecer el surgimiento de ciertos as
pectos de tales relaciones, sobre todo las del pasado, pero tam
bién en que reviste máxima importancia teórica distinguir
entre esos distintos elementos en vez de suponer que todos los
aspectos de la relación del paciente con el analista son repeti
ciones de sus relaciones con figuras significativas del pasado.
Es esencial diferenciar entre la tendencia general de un
individuo a repetir en el presente sus relaciones del pasado (p.
ej., tal como se observa en rasgos de carácter persistentes
como una actitud “exigente” o “provocadora”, la “intolerancia
ante la autoridad”, etc.) y el proceso caracterizado por senti
mientos y actitudes dirigidos específicamente hacia otra per
sona (o institución) y que resultan inapropiados en la situa
ción presente. Desde este punto de vista, no es forzoso consi
derar como transferencia las angustias que puede experimen
tar un paciente al iniciar el tratamiento, por más que sean la
repetición de alguna experiencia previa importante. En cam
bio, un paciente que se analiza desde hace tiempo puede sen
tir temores relativos a su concurrencia a las sesiones y creer
que ellos derivan de las particulares características del tera
peuta, aunque tales creencias y sentimientos transferenciales
tengan escaso fundamento real. En este sentido, la transfe
rencia puede considerarse una ilusión específica respecto de la
74
otra persona, de la que el individuo no se percata y que repre
senta, en algunos de sus rasgos, una repetición de la relación
que mantuvo con una figura importante de su pasado o una
exteriorización de una relación de objeto interna. Debe
subrayarse que el sujeto estima que estas creencias y senti
mientos suyos son perfectamente apropiados en la situación
actual y ante la persona de que se trate.
Schafer (1977) ha hecho un comentario interesante sobre
el vínculo entre pasado y presente en la transferencia:
75
otra persona que representan algún atributo de una figura
importante del pasado.
Es conveniente diferenciar los elementos transferenciales
de los que no lo son, en lugar de rotular como transferencia a
todos los elementos (provenientes del paciente) que aparecen
en la relación. Con ello quizá se logre mayor precisión al defi
nir cuáles son los elementos importantes desde el punto de
vista clínico en una amplia gama de situaciones, y se contribu
ya a elucidar el papel relativo de los múltiples factores que
participan en la interacción entre el paciente y el terapeuta.
76
5. OTRAS VARIEDADES DE TRANSFERENCIA
77
no debería limitarse la transferencia a la percepción ilusoria
de otra persona, sino que ella abarca asimismo los intentos
inconscientes (a menudo sutiles) de manipular a los demás o
de provocar situaciones que son la repetición disfrazada de
experiencias y relaciones anteriores, o bien la exteriorización
de una relación de objeto interna”.
La bibliografía en tomo de las formas especiales de trans
ferencia que examinaremos en el presente capítulo sobreen
tienden, casi siempre, que los fenómenos descritos constitu
yen algún tipo de repetición de situaciones o relaciones psico
lógicas del pasado, que acontecen en el transcurso del psicoa
nálisis o de psicoterapias de orientación psicoanalítica, y que
por consiguiente pueden considerarse una transferencia. Em
pero, presentan características que merecen una designación
particular. Los autores que se ocupan de estos temas por lo
común ven en tales fenómenos transferenciales “especiales” la
consecuencia de la revivencia regresiva de relaciones primiti
vas, que según se supone son el resultado de la psicopatología
del enfermo o derivan de la regresión fomentada por las parti
culares condiciones de la situación analítica (o son el producto
de ambos factores). No obstante, como apuntamos en el capí
tulo 4, en los últimos años se ha hecho hincapié en la exteriori
zación de las relaciones objétales internas como aspecto inte
gral de la transferencia, y esta ampliación del concepto es tan
pertinente para los fenómenos “especiales” descritos en el pre
sente capítulo como para las llamadas transferencias “ordina
rias”.
Suele aceptarse que el tratamiento psicoanalítico crea por
lo común condiciones apropiadas para la regresión. Algunos
analistas (p. ej., Waelder, 1956) vinculan el desarrollo normal
de la transferencia a dicha regresión, y entienden que el grado
de esta regresión, así como la forma que cobra en determina
dos tipos de pacientes, conduce a variedades especiales de
transferencia. Muchos suscriben la opinión de que a las per
turbaciones psiquiátricas graves, en particular las psico
sis, puede concebírselas como repeticiones graves, revividas
regresivamente, de estados infantiles, y algunos (p. ej., Klein,
1948) consideran que estos estados tempranos pueden deno
minarse “psicóticos”. Otros psicoanalistas (p. ej., Arlow y
78
Brenner, 1964, 1969) opinan que el importante papel de los
procesos regresivos en la producción de los estados psicóticos
no se explica por la reproducción de estados infantiles sino
más bien por el efecto que causan en los sectores más organi
zados de la personalidad, vale decir, en el yo y el superyó.
Rechazan, pues, la noción de estados psicóticos infantiles. Arlow
y Brenner lo dicen de este modo:
TRANSFERENCIA EROTIZADA
79
Cuando la transferencia “apasionada” es tan intensa que
la demanda de gratificación es muy grande y cesa el trabajo
analítico productivo, puede suponerse que hay una grave psi-
copatología. (A veces se emplea el término “transferencia
sexualizada”, pero como éste abarca una gama mucho más
amplia de fenómenos que la transferencia erotizada, debe evi
tarse su uso como sinónimo de esta última expresión; véase al
respecto Coen, 1981. En cuanto a la frase “transferencia eróti
ca”, debe reservársela para las transferencias positivas acom
pañadas por fantasías sexuales que el paciente sabe bien que
son irreales.) Alexander (1950) ha hecho reparar en el proble
ma del paciente dependiente que exige amor y a la vez anhela
darlo. Blitzsten (en observaciones inéditas recogidas por
Rappaport, 1956, y por Greenson, 1967) fue el primero en
haber ligado la actitud sumamente erótica en la transferencia
con una patología grave. En su extenso examen del tema,
Rappaport (1956) comenta que “Blitzsten advirtió que en una
situación transferencial se ve al analista ‘como si’ fuese uno de
los progenitores, en tanto que en la erotización de la transfe
rencia ‘es’ ese progenitor —un tipo de aseveración exagerada
nada inusual en la literatura psicoanalítica; en este caso, pro
bablemente lo que se quiso decir es que el analista es tratado
en forma muy semejante al progenitor, sin ese carácter de lo
‘como si’ presente en otros pacientes—. El paciente ni siquiera
reconoce el ‘como si’ ”. Las dificultades que plantea esta for
mulación son obvias, y volveremos a ocuparnos de ellas más
adelante.
Rappaport declara que los pacientes que muestran un in
tenso componente erótico en la transferencia “insisten inequí
vocamente desde el principio en que quieren que el analista se
conduzca hacia ellos como [lo habría hecho] el progenitor”, y
estos deseos no los avergüenzan ni les provocan ninguna inco
modidad. Más aún, expresan abiertamente su ira si el analis
ta no se somete a sus demandas. Rappaport establece una
correlación entre estas exigentes reacciones, intensamente
sexuales, en el análisis y la gravedad de la patología del pa
ciente: “Esta erotización de la transferencia se corresponde
con una grave perturbación del sentido de realidad y es un
índice de la gravedad de la enfermedad. Estos pacientes no
80
son neuróticos sino casos 'fronterizos' o esquizofrénicos
ambulatorios”. Comenta más adelante que “si bien la situa
ción analítica es particularmente pasible de una distorsión de
esta índole, estos pacientes tratan de convertir a cualquier
persona significativa para ellos en un progenitor”.
Rappaport coincide con Blitzsten en que para estos pacien
tes el analista es el progenitor, pero no supone que deliren o
alucinen, a tal punto que realmente crean que el analista es el
padre o la madre real; su transferencia posee, decididamente,
una característica particular. No la esconden sino que más
bien “el paciente proclama a gritos su deseo de que su fantasía
se convierta en realidad”, en la suposición de que puede en
contrar en su analista al progenitor anhelado (presumible
mente, alguien que será y actuará como el progenitor real en
la vida del paciente). Se pierde así su consideración del analis
ta como tal.
Podría aducirse que tales deseos y sentimientos no son en
modo alguno una transferencia. En 1951, Nunberg postuló
que todo intento de un paciente por transformar al analista
en su progenitor no constituye una transferencia. Se refirió a
una paciente cuya “particular fijación al padre creó en ella el
anhelo de hallarlo reencarnado en la persona del analista, y
como ese deseo de transformar a éste en una persona idénti
ca a su padre era irrealizable, todo intento de establecer una
transferencia operativa fue vano”. Si esta paciente hubiese
proyectado en la persona del analista imágenes inconscien
tes de los objetos de su pasado, estaríamos, según Nunberg,
ante una transferencia; pero “ella no proyectó la imagen del
padre en el analista, sino que procuró cambiar a éste para
que concordara con dicha imagen”. A todas luces, Nunberg
alude a fenómenos semejantes a los que luego describió
Rappaport. Por otra parte, en el capítulo 4 nos hemos referi
do a la repetición “disfrazada” en la transferencia de expe
riencias y relaciones tempranas, y hemos dicho que el pa
ciente no se percata de que está repitiendo el pasado en el
presente. Si bien esto llevaría a soslayar el uso del término
“transferencia” para designar los fenómenos a que alude
Rappaport, es igualmente posible que un paciente tenga una
transferencia erotizada de esta naturaleza sin advertir que
81
está repitiendo el pasado. El tema fundamental del trabajo
de Rappaport de 1956 se vincula al manejo de los pacientes
que desean entregar su amor sexual al terapeuta o recibirlo
de éste. También Menninger (1958) se ocupó de la cuestión
del manejo de estos pacientes, y sostuvo que la transferencia
erotizada era una manifestación de la resistencia que se sin
gularizaba por exigencias de amor y de gratificación sexual
dirigidas al analista y que el paciente no juzgaba impropias
ni ajenas (o sea, que las sentía “acordes con el yo”).
En un trabajo de Saúl (1962) también ocupan un lugar
central las consideraciones técnicas. Este autor vincula la trans
ferencia erotizada, más específicamente que Rappaport, a una
frustración real en las relaciones de la vida temprana, sugi
riendo que la hostilidad y la ira generadas por dicha frustra
ción pueden repetirse frente al terapeuta. Además, el amor
extremo sería en parte un medio de proteger al médico de los
sentimientos agresivos. Otros autores han señalado asimismo
la hostilidad y destructividad presentes en tales pacientes (v. gr.,
Greenson, 1967; Nunberg, 1951). Greenson relaciona la trans
ferencia erotizada con la perturbación existente en otras esfe
ras y comenta: “Los pacientes que padecen la llamada transfe
rencia ‘erotizada’ son proclives a un acting out muy destructi
vo. (...)Todos ellos muestran resistencias transferenciales que
proceden de impulsos subyacentes de odio. Lo único que pro
curan es descargar estos sentimientos, y se oponen a la labor
analítica”. Refiriéndose a su propia experiencia con estos ca
sos, agrega que “acuden a sesión ansiosos, no por hallar escla
recimiento sino por disfrutar de la proximidad física. Mis in
tervenciones les parecían irrelevantes”. Algo en esencia simi
lar sostiene Swartz (1967) al aludir a la expectativa del pa
ciente de que el analista corresponderá de hecho a sus senti
mientos. En general, los pacientes que desarrollan una trans
ferencia erotizada no se avienen al tratamiento psicoanalítico
clásico, ya que no pueden tolerar las exigencias propias de él
(Greenson, 1967; véase también Wexler, 1960) y son incapa
ces de mantener una alianza terapéutica adecuada.
En 1973 Blum ofreció una amplia reseña de la situación en
la que estaba el concepto de transferencia erotizada hasta ese
momento. Destacó la necesidad de distinguirla de la transfe-
82
renda erótica —distingo éste al que adhiero plenamente—.
Blum describe la transferencia erotizada como
83
los, etc. Pueden considerar al análisis como un agradable y
peligroso ^juego” de seducción. Hay en ellos un daño y fragili
dad narcisistas asociados a la falta de sensibilidad y de empa
tia de sus padres. La erotización suele enmascarar el trauma
provocado por la repetida seducción e hiperestimulación, con
la consecuente desconfianza y sadomasoquismo.
84
mientos eróticos”. (Véase también Person, 1985; Wrye y Welles,
1989.) Si bien esto es válido en muchos casos, no lo os por
cierto en todos.
Aunque numerosos autores ponen el acento en los elemen
tos que trasuntan la repetición del pasado en la transferencia
erotizada, a nuestro juicio son extremadamente importantes
los aspectos defensivos, en especial la función de la defensa
contra el surgimiento del afecto depresivo.
85
1969, y Searles, 1961, 1963) rechazaron la idea de que en los
primerísimos estadios del desarrollo psíquico (que, según to
dos ellos, se sintetizaban en ciertos aspectos de los síntomas
de los esquizofrénicos) no existía una investidura emocional
en otras personas. Así, Rosenfeld (1952) comenta lo siguiente:
“Aquí estamos no ante una falta de transferencia sino ante el
arduo problema de reconocer e interpretar los fenómenos trans-
ferenciales de los esquizofrénicos”. Atribuía esta dificultad al
hecho de que “tan pronto el esquizofrénico se aproxima a cual
quier objeto con amor u odio, parece confundirse con dicho
objeto... [lo cual] arroja alguna luz sobre la dificultad del bebé
para distinguir entre lo que es ‘parte de mí’ y lo que es ‘distin
to de mí’. La noción de que las falsas identificaciones y las
ideas delirantes surgen dentro de la relación del psicótico con
su médico fue ampliada y elaborada por Little (1960a), Searles
(1963) y Balint (1968). De todos ellos, Balint parece haber sido
el único que se mostró alerta ante los peligros inherentes a
reconstruir el funcionamiento psíquico temprano sobre la base
de considerarlo exactamente análogo a la conducta de adultos
con trastornos en la terapia psicoanalítica.
Es legítimo aplicar el concepto de transferencia a ciertos
aspectos de la interacción del psicótico con el terapeuta. Aun
el esquizofrénico catatónico más retraído, una vez que recupe
ra su racionalidad, muestra signos de una percepción notable
de sucesos que involucraron a otras personas en el momento
en que estaba enfermo. Por otra parte, es indudable que cier
tas conductas perturbadas surgen como reacción ante las per
cepciones que el paciente tiene de las actitudes conscientes o
inconscientes de los demás. (En este sentido son significativas
las encuestas de psiquiatría social llevadas a cabo, verbigra
cia, por Brown, Bone, Dalison y Wing, 1966.) Tanto los médi
cos como el personal de las salas de hospital pasan a formar
parte del contenido de los procesos de pensamiento trastorna
dos. Con su minuciosa exposición de casos, Searles, Rosenfeld
y otros (v. gr., Fromm-Reichmann, 1950) han procurado seña
lar que tales procesos de pensamiento representan repeticio
nes de relaciones interpersonales más antiguas. Refiriéndose
al esquizofrénico crónico, Searles (1963) apunta: “Su funcio
namiento yoico es tan indiferenciado que tiende a suponer no
86
que el terapeuta le recuerda a su madre o padre (o cualquier
otra persona de su vida temprana), ni que se les asemeja, sino
que su manera de obrar hacia el terapeuta se funda en la
premisa incuestionada de que el terapeuta es su madre o pa
dre”. Pero luego agrega, coincidiendo en esto con Rosenfeld,
que una de las razones principales para subestimar el papel
de la transferencia en los psicóticos “es que puede necesitarse
un largo período para que la transferencia se tome no sólo lo
bastante diferenciada sino también lo bastante integrada y
coherente como para identificarla”.
Así como Freud consideraba (1914c, 1920g) que en el trata
miento de los pacientes neuróticos los problemas internos que
provocan la neurosis se concentraban en el tratamiento a modo
de “neurosis de transferencia”, así también Rosenfeld y Searles
suponen que es dable discernir una “psicosis de transferencia”
correspondiente. Searles (1963) enuncia cuatro variedades de
psicosis de transferencia:
87
son, Haley y Weakland, 1956; Lidz, Fleck y Comelison, 1965;
Misher y Waxler, 1966; Wynne y Singer, 1963). Rosenfeld
señala que lo que se reproduce durante el tratamiento no es
una situación real entre el progenitor y el hijo sino una ver
sión de ella, deformada por la fantasía del niño —lo cual se
asemeja a lo que acontece en las neurosis.
A nuestro entender, no parece haber pruebas suficientes
de que el contenido de la transferencia psicótica sea propio o
característico de la psicosis. Hay abundante evidencia de que
el psicótico puede vincularse a la gente (aunque de manera
psicótica), como también de que en el contenido de la transfe
rencia aparecen aspectos de las relaciones infantiles, ya sean
reales o fantaseados. Tampoco hay motivos para dudar de la
observación según la cual el vínculo del psicótico con el tera
peuta puede ser sumamente intenso. Lo que parecería distin
guir a la transferencia de los pacientes psicóticos es su forma,
una forma que está estrechamente ligada al estado psíquico
del psicótico. Un deseo transferencial al que el neurótico quizá
se resista o que formulará de manera disfrazada (sujeto a las
formas de la realidad) encontrará expresión en el psicótico en
una convicción delirante. Desde el punto de vista psicoanalíti-
co, estas diferencias podrían atribuirse a un funcionamiento
deficiente de la parte controladora y organizadora de la perso
nalidad (el yo), en particular de las funciones conectadas con
el distingo entre lo “real” y lo “imaginario”. Para decirlo en
términos simples, todo lo dicho respecto de la forma de la
transferencia en el psicótico es atribuible a las características
generales de la psicosis. Si el esquizofrénico conserva relativa
mente intactas ciertas partes de su personalidad, cabe supo
ner que también se mantendrán intactos los aspectos de su
conducta y de sus actitudes ligados a dichas partes. Esto, al
parecer, sería la base de la capacidad de ciertos psicóticos
para establecer alguna clase de alianza terapéutica, capaci
dad que tal vez exista únicamente ante determinadas formas
de tratamiento, con lo cual inevitablemente gravitaría en la
elección del método terapéutico. El hecho de que en los pacien
tes psicóticos haya transferencia, de que sea interpretable y
de que el paciente sea capaz de reaccionar ante tales interpre
taciones ha conducido a algunos analistas (v. gr., Rosenfeld y
Searles) a sostener que los pacientes psicóticos pueden ser
88
tratados con más eficacia mediante los métodos psicoanalíti-
cos que por otras técnicas. En nuestra opinión, las pruebas de
que el análisis puede traer una mejoría permanente por sí solo
es poco convincente, aunque parecería válido suponer que el
contacto diario estrecho con un terapeuta es capaz de provocar
dicha mejoría en un psicótico crónico.
En esta sección hemos abordado los conceptos de transfe
rencia psicótica y de psicosis de transferencia como varieda
des de la transferencia que aparecen en los pacientes psicóti-
cos, pero en la bibliografía nos encontramos también con otro
uso, totalmente distinto, de la expresión “psicosis de transfe
rencia”. En 1912, Ferenczi describió síntomas psicóticos o cua
si psicóticos transitorios que se manifestaban en la sesión en
pacientes que no eran, por lo demás, psicóticos. En algunos
casos poco frecuentes, incluían auténticas alucinaciones. En
1957, Reider publicó un trabajo sobre las “Psicosis de transfe
rencia” en el que daba cuenta de la aparición de rasgos psicóti
cos y delirantes en la transferencia de un paciente no psicóti
co. Wallerstein (1967) hizo una buena síntesis de la literatura
sobre el tema, limitando la aplicación del término, al igual que
Reider, a “los pacientes de quienes se estimaba que, por su
estructura de carácter, pertenecen cabalmente a la gama neu
rótica, considerándose apropiado recomendarles un análisis
clásico, pero en los que se da una reacción desestructurante de
intensidad psicótica en la transferencia”. Los síntomas que se
mencionan con más frecuencia son la hipocondría delirante
(Atkins, 1967), las fantasías “delirantes” (Wallerstein, 1967) y
los estados delirantes paranoides (Romm, 1957). Si bien es
dable atribuir la aparición de estos rasgos psicóticos a la re
gresión inducida por la situación analítica, lo cierto es que sólo
surgen en ciertos pacientes y no en otros. Aquí puede resultar
conveniente el concepto de una “postura” psíquica psicótica
transitoria (Hill, 1968; Sandler y Joffe, 1970), entendiendo
por “postura” la particular organización o constelación de fun
ciones yoicas y de mecanismos de defensa que adopta el pa
ciente para hacer frente a una circunstancia que le resulta
extremadamente peligrosa o dolorosa. Por lo común será re
gresiva, o sea que habrá un retorno a modalidades previas de
funcionamiento del yo, y al desaparecer el estado penoso o la
89
amenaza, el paciente será capaz de retomar una “postura”
mental más adulta.
Little (1958) y Hammett (1961) recurren a la expresión
“transferencia delirante” para designar aquella situación en
la que se presentan gruesas anomalías en la relación pacien
te-terapeuta; entienden que lo que entonces se observa es
una recapitulación deformada, pero reconocible, de aspectos
de las relaciones muy tempranas entre la madre y el niño. Ya
hemos aludido a los problemas que plantea el supuesto (adop
tado por varios autores) de la existencia de varias fases de
una “psicosis infantil” para explicar las creencias de tipo
psicótico que surgen durante el análisis; estos problemas fue
ron examinados por Frosch (1967), quien en una obra más
reciente (1983), donde realiza una excelente reseña del tema,
sostiene que “en los casos en que se han empleado las expre
siones ‘psicosis de transferencia’ y ‘transferencia delirante’
para designar la aparición, durante el análisis, de fenómenos
psicóticos o cuasi psicóticos (...) tales fenómenos deben dife
renciarse claramente de una transferencia psicótica, o sea,
fie las manifestaciones transferenciales en que el paciente
simplemente extiende su sistema psicótico para abarcar den
tro de él al analista”. Frosch contrasta esta opinión con la de
Rosenfeld (1952) y Searles (1963), quienes avalaban el uso
de “psicosis de transferencia” cuando el psicótico incluye al
analista dentro de su sistema delirante. Añade Frosch: “En
gran medida, la elección de terminología depende de cómo se
defina la transferencia”.
Coincidimos con esta última opinión, ya que la idea de que
la transferencia incluye la exteriorización de ciertos aspectos
del sí-mismo y del objeto concuerda con las observaciones so
bre la manera en que los psicóticos se vinculan a los demás.
Queda en pie, sin embargo, un problema conceptual. Tales
exteriorizaciones no sólo se dan en la terapia sino también
fuera de ella, y esto nos lleva a preguntarnos si las intensas
actitudes delusorias que puede desarrollar un psicótico hacia
el terapeuta pueden ser consideradas verdaderamente como
una transferencia, puesto que la exteriorización de aspectos
primitivos del sí-mismo sobre el analista no entraña un desa
rrollo de la transferencia. Lo importante en este contexto es la
90
crítica distinción entre el llamado “despliegue de la transfe
rencia” y la extensión del sistema delusorio ya existente.
Varios analistas, entre ellos Winnicott (1954, 1955), Khan
(1960) y Little (1960a, 1966) han aconsejado que, en el caso de
ciertos pacientes, el analista permita el desarrollo de un com
portamiento dependiente infantil perturbado (y perturbador),
así como de los intensos sentimientos primitivos que le están
asociados. Sugirieron (lo mismo que Balint, 1968) que sólo en
tales estados es dable revivir, y por ende subsanar, las fallas
tempranas en los cuidados maternos. Algunos han entendido
que el fomento activo de dicha regresión es una versión mo
derna de la llamada “experiencia emocional correctiva” (Ale-
xander y French, 1946), y como enfoque técnico no goza de
amplia aceptación.
El gran interés despertado por la transferencia “psicóti-
ca” o “delusoria” en la década de 1960 cedió paso, en gran
medida, al examen de las manifestaciones transferenciales
en los casos de patología fronteriza o narcisista. Luego de la
introducción del concepto de estados fronterizos por Knight
en 1953, fue creciendo el interés por las llamadas afecciones
o trastornos “fronterizos”. Esto se vio estimulado, sobre todo,
por la obra de Kernberg (1967, 1976a, 1976b, 1980b) y algu
nos otros autores (v. gr., Abend, Porder y Willick, 1983;
Gunderson, 1977, 1984; Masterson, 1978; Meissner, 1978;
Stone, 1980). En una de sus acepciones, el término “fronteri
zo” alude a un estado que se produce en el proceso de avance
hacia la organización psicótica, en tanto que en otra se refiere
a un tipo de organización de la personalidad y de trastorno de
la personalidad. Estos estados no indican de suyo que el indi
viduo esté por convertirse en psicótico. Por lo común, al sujeto
con una organización fronteriza de su personalidad o que pa
dece un trastorno de la personalidad fronterizo se lo describe
tomando en cuenta la vulnerabilidad específica de sus fun
ciones yoicas y su tendencia a recurrir a defensas primitivas.
Kernberg estimaba que un problema central y característico
de la personalidad fronteriza era la difusión de la identidad
(Erikson, 1956; Kernberg, 1967, 1975), que entraña una defi
ciencia en la integración de los conceptos del sí-mismo y del
objeto. Junto con otros autores, propone la psicoterapia de
91
orientación psicoanalítica como tratamiento apropiado a es
tos casos. En esta terapia es esencial el desarrollo de la trans
ferencia, y en la técnica de la psicoterapia expresiva propug
nada por Kemberg se observa la aparición de transferencias
primitivas, basadas en imágenes múltiples y contradictorias
del sí-mismo y del objeto. Estas transferencias surgen rápida
mente en la sesión y necesitan una no menos rápida interpre
tación en el “aquí y ahora”. Las transferencias obran a modo
de resistencias y a menudo van acompañadas por graves acting
out; pero Kernberg afirma que su elaboración es posible y que
transferencias “neuróticas” más típicas pueden ocupar enton
ces su lugar. También Adler y Buie (Adler, 1981, 1985; Adler y
Buie, 1979; Buie y Adler, 1982-83) han puesto el acento en
una de sus obras en la exploración, análisis e interpretación
de la transferencia, que conduce a la mejoría a través de la
intemalización del “introyecto de sostén”. Por su parte, Rinsley
(1977, 1978) y Masterson (1972, 1976, 1978) ponen menos
énfasis en la interpretación transferencial y más en el fomen
to activo de una alianza terapéutica (véase el capítulo 3).
A despecho de los numerosos intentos que se han hecho
para aclarar el diagnóstico de “fronterizo”, éste sigue siendo
poco preciso; al mismo tiempo, es evidente la necesidad de
dicha categoría diagnóstica y de una mejor indagación acerca
del papel que desempeñan la transferencia y las interpreta
ciones transferenciales en el tratamiento de los pacientes in
cluidos en esta categoría.
92
ha postulado que en los pacientes con estos diagnósticos es
posible el análisis de la transferencia.
Desde que algunos de los primeros autores psicoanalíticos
(v. gr., Abraham, 1919; Reich, 1933) estudiaron por primera
vez el narcisismo patológico y su análisis, este tema pasó a
primer plano con la obra de Kohut (1966, 1968, 1971, 1977,
1984). En 1971, Kohut examinó lo que él llamó transferencia
narcisista, pero más adelante reemplazó esta expresión por la
de transferencia del “objeto/sí-mismo” [selfobject]. Su interés
se centraba en el “sí-mismo dañado” del paciente, que busca
obtener “respuestas apropiadas de un objeto/sí-mismo”, bús
queda que ocupa siempre un lugar central en sus experiencias
durante el análisis. Respecto del sí-mismo, en la última for
mulación que hizo de él (1984), Kohut afirma que consta de
tres constituyentes principales o polos: el polo de las ambicio
nes, el de los ideales y una zona intermedia de talentos y
habilidades. Subdivide así las transferencias del objeto/sí-mis
mo en tres categorías:
93
del sí-mismo y de la mismidad [selfhood]. Si bien en forma
general el término es aplicado a las personas que participan
en la relación (objetos), su utilidad primordial se da en la
descripción de la experiencia intrapsíquica de diversos tipos
de relaciones entre el sí-mismo y otros objetos. También se
refiere a la propia experiencia de las imagos necesarias para
el sostenimiento del sí-mismo. Las relaciones con el objeto/sí-
mismo se describen teniendo en cuenta esa función sustenta
dora del sí-mismo que cumple el otro, o el período durante el
cual dicha función fue significativa.
94
rrollo de procesos reguladores narcisistas normales. Según
Kernberg, el grupo de los pacientes narcisistas se superpone
con el de los fronterizos, y por ende su enfoque de los trastor
nos narcisistas es el mismo que adopta para el tratamiento de
los pacientes fronterizos.
Si bien la obra de Kohut tuvo indudable importancia al
llamar la atención sobre el modo en que debía analizarse a
los pacientes con patología narcisista y al ofrecer una técnica
para ello, a nuestro entender pretendió abarcar demasiado
(como ha ocurrido con todas las escuelas psicoanalíticas),
poniendo un énfasis excesivo en el déficit evolutivo, por opo
sición del conflicto, en la génesis de la patología (véase el
capítulo 10).
CARACTERISTICAS DIFERENCIALES
DE OTRAS VARIEDADES DE TRANSFERENCIA
95
diferencia parecería residir en los aspectos formales del esta
do psíquico actual del paciente.
Las declaraciones según las cuales el paciente que incurre
en una u otra variante de transferencia erotizada o psicótica
ve y trata al analista como si fuese su progenitor real sólo
serían correctas si el paciente sostuviera la creencia delirante
de que de hecho el analista es su progenitor. Los casos de esta
índole deben de ser sumamente raros; más bien se diría que
tales declaraciones quieren significar que el paciente ha per
dido de vista el papel profesional y la función que cumple el
terapeuta, y no puede mantener una “distancia” normal res
pecto de lo que sucede en la sesión ni tampoco comprenderlo.
Por lo demás, debe señalarse que sea cual fuere la forma de la
transferencia, su contenido no ha de entenderse como una
mera repetición del pasado. Un paciente que desarrolla una
transferencia homosexual con su analista puede reaccionar, si
es un neurótico, con angustia y resistencia; si es psicótico, con
delirios de persecución. En ambos casos, se estará defendien
do de los mismos impulsos y deseos inaceptables.
Es un hecho notable que las variedades de contenido trans-
ferencial descritas por ciertos psicoanalistas en relación con la
esquizofrenia sean muy similares a las que se encuentran en
psicosis de indudable origen orgánico. Esto corrobora la opi
nión de que las producciones psicóticas (incluidas las manifes
taciones transferenciales del tipo de las examinadas en este
capítulo) no son consecuencia de la necesidad de repetir esta
dos psicóticos infantiles mal resueltos. Nos parece muy admi
sible que los rasgos característicos de diferentes tipos de trans
ferencia se vinculen a la forma en que llegan a la conciencia
los pensamientos, impulsos y deseos inconscientes, y en que
son aceptados, rechazados, modificados o actuados. Es proba
ble, pues, que las fallas específicas que dan origen a la psicosis
y a las transferencias psicóticas radiquen en ámbitos de la
personalidad como los de las funciones de control, organiza
ción, síntesis, análisis y percepción. Desde luego, puede haber
situaciones familiares particulares que predispongan a los su
jetos al riesgo de un colapso esquizofrénico. Es por cierto ob
servable el fenómeno del “doble vínculo” o “doble ligadura"
(Bateson y otros, 1956), y quizás el paciente intente recrearlo
96
con el terapeuta en la relación transferencial. Sin embargo, se
aprecian modalidades de relación similares en familias que no
tienen ningún miembro esquizofrénico.
En el capítulo anterior dijimos que el concepto de transfe
rencia podía extenderse fuera de la situación analítica clásica,
y que es útil diferenciar, en toda relación médico-paciente, los
elementos transferenciales de los no transferenciales. Aná
logamente, las diversas variedades de transferencia que he
mos examinado en el presente capítulo pueden observarse fuera
del psicoanálisis y a menudo rastrearse en toda una serie de
otras relaciones. Hay suficientes pruebas clínicas como para
sostener que la erotización de elementos transferenciales pue
de darse fuera de la situación analítica, que los pacientes psi-
cóticos pueden presentar características psicóticas y deluso
rias en su relación con otras personas y que determinadas
situaciones pueden producir o desencadenar reacciones psicó
ticas transitorias en ciertos individuos.
97
6. CONTRATRANSFERENCIA
99
ras del psicoanálisis. En ese trabajo, refiriéndose al psicoaná
lisis, escribió:
100
día que la mente del analista era un “instrumento” y que la
contratransferencia impedía que éste operara con eficacia en
la situación analítica. No dio el paso (que sí dio respecto de la
transferencia) que podría haberlo llevado a considerar tam
bién a la contratransferencia como una herramienta útil del
análisis.
En un comentario que hizo años más tarde (1915a), al refe
rirse a la conciencia que tiene el médico del amor que por él
siente una paciente, se aprecia hasta qué punto era intensa su
convicción de que la contratransferencia era un fenómeno in
deseable:
101
les reacciones contratransferenciales y conflictos en sí mismo,
que a su vez eran un indicador de que debía empeñarse en
reconocer su naturaleza y eliminar sus consecuencias adver
sas. Según Freud, los conflictos no eran contratransferenciales
en sí, pero podían dar origen a la contratransferencia.
En reiteradas oportunidades Freud destacó las limitacio
nes que el trabajo analítico imponía a los escotomas psicológi
cos del analista (1912e, 1915a, 1931b, 1937d). En un principio
(1910d) abogó por un autoanálisis permanente, pero pronto se
convenció de que éste era de difícil instrumentación a raíz de
la resistencia del analista a comprenderse a sí mismo, y reco
mendó que en lugar de ello se sometiera a un análisis (el
“análisis didáctico”) a fin de comprender y superar las defi
ciencias psicológicas generadas por sus conflictos inconscien
tes (1912b). Más adelante llegó a pensar que aun esto era
insuficiente y aconsejó que los analistas se volvieran a anali
zar más o menos cada cinco años (1937c). Este consejo no fue
seguido por muchos, probablemente debido a que los análisis
didácticos se volvieron con el tiempo más prolongados y, en
consecuencia, más completos. Sin embargo, no es raro que los
psicoanalistas se sometan a un segundo análisis, sobre todo si
perciben dificultades en su labor o si tienen problemas perso
nales para los cuales requieren de la ayuda de otro analista.
Freud incluía bajo el rótulo de “contratransferencia” algo
más que la transferencia del analista sobre el paciente, en el
sentido en que empleó este último término. Si bien es cierto
que un paciente puede llegar a representar una figura del
pasado del analista, la contratransferencia puede surgir sim
plemente por la incapacidad del analista de abordar como
corresponde aquellos aspectos de las comunicaciones y com
portamientos del paciente que lo afectan en su propia proble
mática. Por ejemplo, si aún no logró resolver problemas vincu
lados a su agresividad, tal vez necesite aplacar al paciente
toda vez que detecta en éste sentimientos o pensamientos
agresivos. Análogamente, si lo atemorizan sus propios deseos
homosexuales, quizá no vea ninguna asociación con la homo
sexualidad en el material que trae el paciente, o tal vez se
muestre injustificadamente irritado por lo que éste le dice y lo
desvíe en forma inconsciente hacia otro tema, etc. En conse-
102
cuencia, el prefijo “contra” que forma parte de la palabra
“contratransferencia” puede indicar tanto la existencia en el
analista de una reacción comparable a la transferencia del
paciente (en cuyo caso el prefijo estaría cumpliendo la misma
función que en “contraprestación”), como la reacción que ésta
provoca en el analista (como en la palabra “contraataque”). La
etimología del término ha sido examinada por Greenson (1967).
Con posterioridad a Freud, en la bibliografía psicoanalítica
sobre la contratransferencia ha habido diversas líneas de pen
samiento. Varios autores sostuvieron que el vocablo debía em
plearse exactamente con el sentido con que Freud lo utilizó al
principio, o sea, limitarlo a los conflictos y problemas no re
sueltos que surgen en el análisis como consecuencia de su
labor con el paciente y perturban su eficacia (Fliess, 1953;
Stern, 1924). Fliess dice al respecto: “La contratransferencia,
que es siempre una resistencia, debe ser siempre analizada”.
Winnicott (1960) la describe como “las características
neuróticas del analista que malogran la actitud profesional y
perturban el curso del proceso analítico, tal como es determi
nado por el paciente”. Otros, si bien adhieren en mayor o
menor medida al concepto original, subrayan que el origen de
los obstáculos contratransferenciales están fundamentalmen
te en la transferencia del terapeuta sobre el paciente (Gitelson,
1952; Hoffer, 1956; A. Reich, 1951; Tower, 1956). Por ejemplo,
A. Reich (1951) destaca que el analista
103
Lamentablemente, a menudo las opiniones de los autores
que consideran la contratransferencia como el resultado de la
transferencia del propio analista sobre el paciente se ven des
dibujadas a raíz de que esos autores no indican en qué senti
do, exactamente, emplean el concepto de transferencia (capí
tulo 4). Algunos parecen vincular la contratransferencia al
concepto original de transferencia de Freud, en tanto que otros
entienden que la transferencia se refiere a todos los aspectos
de las relaciones (v. gr., English y Pearson, 1937). En armonía
con este uso del término, M. Balint, en uno de sus primeros
trabajos sobre la contratransferencia (1933), la equiparó con
la transferencia del analista sobre el paciente, y más tarde (M.
Balint y A. Balint, 1939) amplió su contenido para incluir todo
aquello que pone de relieve la personalidad del analista (in
cluso la forma en que dispone los almohadones en el diván).
En otro trabajo posterior, M. Balint (1949) utiliza el término
“contratransferencia” inequívocamente para describir la tota
lidad de las actitudes y conductas del analista hacia su pa
ciente. Para él, a diferencia de Freud, también incluía la acti
tud profesional. Langs (1975) ha señalado que el modo de
manejar las reglas fundamentales del análisis le indica al
paciente en cierto grado cuál es el estado anímico del analista.
En los escritos psicoanalíticos sobre la contratransferencia
se produjo un gran avance cuando comenzó a vérsela como un
fenómeno importante para que el analista comprendiese el
significado oculto del material del paciente. La idea esencial
fue que, si el analista dispone de elementos para comprender
y valorar los procesos que se dan en el paciente y dichos ele
mentos no son de inmediato conscientes, puede descubrirlos si
inspecciona sus propias asociaciones y sentimientos mientras
lo escucha. Esta idea se halla implícita en la descripción que
hizo Freud (1909b, 1912e) del valor de la actitud neutral del
analista y de su “atención parejamente flotante”, pero su pri
mera formulación explícita se debe a Heimann (1950, 1960) y
fue más tarde ampliada por otros autores (v. gr., Little, 1951,
1960b).
Heimann partió de la base de que la contratransferencia
abarca todos los sentimientos que el analista experimenta ha
cia el paciente. El analista, según esta autora, debe “conservar
104
los sentimientos que se suscitan en él en lugar de descargarlos
(como lo hace el paciente), con el fin de subordinarlos a la
tarea analítica, en la cual funciona como reflejo especular del
paciente”. La premisa fundamental de esta autora (1950) es
que “el inconsciente del analista comprende al inconsciente
del paciente. Este rapport en el plano profundo sale a la su
perficie en forma de sentimientos que el analista advierte en
él como reacción ante el paciente, en su ‘contratransferencia’
Afirma que el analista debe apelar a esta reacción emocional
(su contratransferencia) como clave para la comprensión del
paciente. De este modo, su percatamiento respecto de sus pro
pias reacciones ofrece un camino adicional de intelección so
bre los procesos psíquicos inconscientes del paciente. Esta am
pliación del concepto de contratransferencia se asemeja al cam
bio que sobrevino en los puntos de vista de Freud acerca de la
transferencia, primero considerada sólo como un impedimen
to y luego como una ventaja para la terapia (capítulo 4).
La obra de Heimann sobre la contratransferencia tiene
importancia sustancial. Aunque a la sazón esta autora tenía
una orientación estrictamente kleiniana, no ligó la con
tratransferencia con el concepto kleiniano de identificación
proyectiva (1946), vínculo este último que fue establecido por
Racker en una serie de artículos (1953, 1957, 1968) en los que
postula que la contratransferencia del analista es una res
puesta frente a las identificaciones proyectivas del paciente
(capítulo 4). Racker diferenció además las identificaciones con
cordante y complementaria del analista como resultado de las
proyecciones del paciente. Dicho en términos simples, “la
contratransferencia basada en una identificación concordante
se produce cuando el analista se identifica con la representa
ción fantaseada que en ese momento tiene el paciente sobre su
propio sí-mismo; la contratransferencia basada en una identi
ficación complementaria se produce cuando el analista se iden
tifica con la representación del objeto en la fantasía transfe-
rencial del paciente” (Sandler, 1987).
A. Reich (1951) puntualizó que “la contratransferencia es
un requisito fundamental del análisis. Si no existe, faltarán el
talento y el interés necesarios. Pero debe permanecer en el
trasfondo y en la penumbra.Un punto de vista similar expre-
105
saron Spitz (1956) y Little (1960b), quien sostuvo que “sin una
contra transferencia inconsciente no habría ni empatia ni ha
bría análisis”. Money-Kyrle (1956) se refirió a la empatia como
una contratransferencia “normal”.
Una temática recurrente de la literatura psicoanalítica es
la de que los fenómenos contratransferenciales son concomi
tantes esenciales del tratamiento. Una de las más claras enun
ciaciones de esto fue la hecha por Sharpe (1947), quien comen
ta: “Decir que un analista (...) siempre tendrá complejos,
escotomas, limitaciones, equivale a decir que seguirá siendo
un ser humano. Cuando deje de serlo, dejará de ser un buen
analista”. Y agrega: “A menudo se habla de la contratrans
ferencia como si ella implicase una actitud amorosa. La contra
transferencia que probablemente ocasione trastornos es la in
consciente del analista, ya sea una contratransferencia infan
til negativa o positiva, o alternadamente una y otra. (...) Nos
engañamos si creemos que no tenemos contratransferencias.
Lo que cuenta es la índole de ésta”.
Como acontece con otros conceptos psicoanalíticos, el hecho
de atribuir al término “contratransferencia” un significado
adicional al que tenía llevó a una menor precisión en su uso.
Sin duda, para quienes investigan la relación médico-paciente
en diversas situaciones, todos los sentimientos del terapeuta
hacia el enfermo pueden ser objeto de interés; pero debemos
preguntarnos si es útil ampliar el concepto de contratrans
ferencia hasta abarcar todo lo que se experimenta ante el
paciente.
En su mayor parte, la bibliografía psicoanalítica sobre la
contratransferencia de las décadas de 1950 y 1960 trasunta la
adhesión a una de las dos posturas principales a que hemos
aludido, o sea, la de que la contra transferencia es un obstácu
lo para la labor analítica o bien un instrumento valioso. Desde
época relativamente temprana se vislumbraron los problemas
derivados de estas concepciones opuestas (v. gr., Orr, 1954).
Hoffer (1956) fue uno de los primeros en intentar aclarar la
confusión a que había dado lugar el concepto distinguiendo
entre la transferencia del analista a su paciente y su
contratransferencia; pero, como es típico, relaciona la primera
con la falta de humanidad del analista y su insuficiente valo-
106
ración de las necesidades reales del paciente, en tanto que la
contratransferencia se vincularía a las reacciones intra-
psíquicas del analista, incluidas sus limitaciones para com
prender el material.
En una reseña de los trabajos sobre contratransferencia,
Kernberg (1965) puntualizó que la extensión del término a fin
de incluir todas las reacciones emocionales del analista origi
naba confusión y hacía que perdiera su significado específico.
No obstante, refiriéndose a las críticas formuladas contra la
antigua concepción de la contratransferencia como “resisten
cia” o “escotoma” del analista, señaló que esa apreciación pue
de desdibujar la importancia de la contratransferencia al juz
garla como si fuera algo “equivocado”; sostenía que esto puede
fomentar en el analista una actitud “fóbica” respecto de sus
propias reacciones emocionales, limitando de este modo su
comprensión del paciente. En consonancia con las opiniones
de otros autores (v. gr., Winnicott, 1949), expresaba Kernberg
que el uso cabal de la reacción emocional del analista tiene
particular valor diagnóstico en lo tocante a la evaluación de la
analizabilidad de individuos con trastornos profundos de la
personalidad o de otros pacientes psicóticos o muy enfermos.
Las intelecciones adquiridas en el tratamiento psicoanalí-
tico de pacientes fronterizos y psicóticos, así como de delin
cuentes, a raíz de la llamada “ampliación de los alcances del
psicoanálisis”, poco a poco fueron cobrando aplicación más
general. Esto se advierte en forma notoria en lo que respecta
a la comprensión y utilización de la contratransferencia den
tro del contexto interpersonal entre paciente y analista. Así,
Kernberg (1975), refiriéndose al tratamiento de pacientes
fronterizos, indica que las relaciones objétales primitivas in
ternalizadas por el paciente movilizan, por vía de la identifi
cación proyectiva, relaciones objétales primitivas semejan
tes en el analista, quien vivencia de modo subjetivo los as
pectos proyectados del sí-mismo del paciente. Desde el ángu
lo de éste, la identificación proyectiva es una manera de
manejar sus partes proyectivas controlando al analista, a
quien vivencia como poseedor de los aspectos escindidos y
proyectados de su propio sí-mismo. La empatia del analista
con el paciente obedece al hecho de que también en él hay
107
relaciones objétales primitivas que pueden ser movilizadas
por las proyecciones del paciente.
Grinberg (1962) llamó “contraidentificación proyectiva” a
las reacciones del analista ante sus propias respuestas
contratransferenciales inconscientes. Esta idea hace reparar
en la importancia de considerar la contratransferencia en su
más amplia acepción, incluyendo las reacciones defensivas del
analista contra los sentimientos que le despierta el paciente.
Por ejemplo, puede defenderse contra los sentimientos eróti
cos que éste le provoca experimentando desagrado u hostili
dad hacia el paciente.
Ya hemos trazado (en el capítulo 4) la evolución de la teoría
kleiniana de la transferencia, con su énfasis particular en la
identificación proyectiva, considerada como fenómeno normal
o patológico. A esto se vincula la tendencia de los analistas
kleinianos de los últimos tiempos a poner especial acento en el
uso constructivo de la contratransferencia; para Joseph ésta
ofrecía la vía principal hacia la comprensión e interpretación
de la transferencia. Según Bion (1959, 1962), el funcionamien
to de la identificación proyectiva en la situación analítica guar
daba un paralelismo con la forma en que el niño, al llorar,
proyecta su congoja en la madre, quien lo “contiene” y es capaz
de responder entonces de manera apropiada. Esa congoja pro
yectada es sometida luego a lo que Bion denomina el “ensue
ño”, o sea, la labor de evaluación y manejo correcto del proble
ma por parte de la madre. El analista cumple la misma fun
ción: “contiene” las proyecciones del paciente en un estado de
“ensueño” y responde con interpretaciones apropiadas (véase
Hinshelwood, 1989).
Segal (1977) señala que esta función de contención de las
proyecciones del paciente puede verse afectada de diversas
maneras:
Hay toda una zona de patología del paciente (...) que pro
cura específicamente perturbar esta situación de contención,
ya sea invadiendo la mente del analista de un modo seductor o
agresivo, creando confusión y angustia o atacando los nexos
que se establecen en la mente del analista. Debemos volcar en
nuestro favor esta situación y, a partir del hecho mismo de
que nuestra contención se haya visto afectada, extraer ense-
108
ñanzas acerca de nuestra interacción con el paciente. Esas
perturbaciones en la capacidad de funcionamiento del analis
ta son las primeras en ofrecernos un indicio sobre tales proce
sos psicóticos.
109
fundamentales del psicoanálisis— que no sólo delimitan sino
que además contribuyen, en no escasa medida, a conferirle
sus propiedades comunicativas, así como al sostén que el ana
lista pueda brindar al paciente y la contención que dé a sus
identificaciones proyectivas.
llo
rreacciones provienen de distintas fuentes dentro de la rela
ción entre ambos, y sugiere la utilidad clínica de diferenciar
las. Divide las reacciones del analista del siguiente modo (la
primera de ellas no es considerada como “contrarreacción”):
111
tensos hacia ciertos miembros de la familia del niño (véase
también Racker, 1968).
Los acontecimientos de la vida del analista pueden afectar
profundamente la contratransferencia (véase van Dam, 1987);
por ejemplo, si padece una enfermedad, puede incurrir en la
renegación, en cuyo caso la contratransferencia tal vez adopte
un cariz defensivo inconsciente (Dewald, 1982). Abend (1982)
lo expresa bien al decir:
112
situación analítica. En primera instancia, este “discurso encu
bridor”, impregnado de mensajes que nunca fueron elabora
dos verbalmente, sólo se capta merced a la activación de un
afecto contratransferencial.
113
Otra corriente de pensamiento sobre la contratransferencia
está vinculada a los avances de la psicología del sí-mismo
como consecuencia de la obra de Kohut. En el capítulo ante
rior ya mencionamos la concepción de la transferencia en la
psicología del sí-mismo, e hicimos particular referencia al pa
pel del analista como “objeto/sí-mismo”. También él tratará a
su paciente como un objeto/sí-mismo y dependerá de que el
paciente lo convalide; si no reacciona en tal sentido, quizá
sienta que ha fallado como objeto/sí-mismo tranquilizador y
comprensivo (Adler, 1984). Con anterioridad, Kohut (1971,
1977) había examinado la estimulación en el analista de sen
timientos primitivos grandiosos en la contratransferencia a
raíz de la transferencia idealizadora del paciente (véase el
capítulo 5). Por otra parte, aquellos analistas cuyo propio de
sarrollo se caracterizó por una grandiosidad arcaica pueden
sentir ira y rechazo como consecuencia de la activación de sus
deseos grandiosos. Análogamente, el paciente puede reaccio
nar con rabia, o con retraimiento, frente a un analista que no
funciona adecuadamente para él en la transferencia especular
(véase el capítulo 5).
Como vemos, con los años el concepto de contratransferencia
ha experimentado una ampliación hasta incluir varios signifi
cados diferentes, con lo cual ha disminuido en forma inevita
ble la precisión con que fue empleado en los comienzos. En el
uso actual cabe discernir los siguientes elementos o significa
dos principales (algunos de los cuales fueron enumerados por
Little, 1951):
114
que éste pasa a ser el vehículo de un aspecto del sí-mismo
del paciente o de un aspecto del objeto (v. gr., Racker,
1953, 1957, 1968; Bion, 1959, 1962; Kernberg, 1975;
Sandler, 1976, 1990a, 1990b; Segal, 1977).
4. La reacción del analista a las transferencias del paciente
(Gitelson, 1952) y a sus propias respuestas contra-
transferenciales (Grinberg, 1962).
5. La contratransferencia como producto interactivo del “cam
po comunicativo” en que participan tanto el analista como
el paciente (Langs, 1978; McLaughlin, 1981).
6. La dependencia del analista respecto de la “convalidación”
del paciente (Kohut, 1971, 1977; Adler, 1984).
7. La perturbación de la comunicación entre analista y pa
ciente a raíz de la angustia que le provoca al primero la
relación entre ambos (Cohén, 1952).
8. Características de la personalidad del analista o sucesos
de su vida (p. ej., una enfermedad) que se reflejan en su
tarea y que pueden provocar o no dificultades para la
terapia (v. gr., M. Balint y A. Balint, 1939; Abend, 1982;
Dewald, 1982; van Dam, 1987).
9. La totalidad de las actitudes, conscientes e inconscientes,
del analista hacia los pacientes (v. gr., Balint, 1949; Kem-
per, 1966).
10. Limitaciones específicas en el analista provocadas por de
terminados pacientes.
11. La reacción emocional “normal” o “apropiada” del analis
ta frente al paciente, que puede constituir una importan
te herramienta terapéutica (Heimann, 1950, 1960; Little,
1951) y servir de base a la empatia y a la comprensión
(Heimann, 1950, 1960; Money-Kyrle, 1956).
115
conveniente tomar en cuenta los aspectos de las reacciones
emocionales del analista ante el paciente que no generan en el
primero “resistencias” o “escotomas” sino que pueden ser utili
zadas por él —en tanto y en cuanto los vuelva conscientes—
como medio de comprender mejor el significado de las comuni
caciones y conducta del paciente merced al autoexamen de sus
propias reacciones (véase el capítulo 11).
De esto se sigue que una concepción útil de la contratrans
ferencia consistiría en referir el término a las respuestas espe
cíficas, de origen emocional, provocadas en el analista por las
particulares características del paciente. Así se excluirán los
rasgos generales de la personalidad del analista y de su es
tructura psíquica (que colorearán o afectarán su labor con
todos los pacientes), con las consecuencias siguientes:
116
autoanalítica” (véase R. L. Tyson, 1986). La postura profesio
nal del analista (que no equivale en absoluto a una actitud de
indiferencia) es uno de los factores que le permiten compren
der el material que le presenta un paciente aun cuando no
haya sido suficientemente analizado en su propio análisis di
dáctico, ni tampoco asimilado como corresponde durante su
formación. Es asimismo uno de los factores, aparte de la com
prensión intelectual, que habilitan a ciertos terapeutas no ana
lizados para practicar correctamente la psicoterapia, sobre
todo si lo hacen bajo la supervisión de un analista. Al exponer
estas ideas deseo subrayar al mismo tiempo que no subestimo
la importancia del análisis personal en la formación del psi
coanalista, ni de las resistencias contratransferenciales que
surgen en él a raíz de sus conflictos internos no analizados.
El concepto de contratransferencia puede fácilmente ha
cerse extensivo a otros ámbitos fuera del tratamiento psicoa-
nalítico, y la toma de conciencia acerca de la contra
transferencia, constituir un elemento provechoso en cualquier
relación médico-paciente o terapeuta-paciente. De esto se in
fiere que para el clínico puede poseer un valor potencial vigi
lar sus propias reacciones ante los enfermos, y aun conocer la
reacción de otros miembros del personal médico que integra
una institución terapéutica. Por ejemplo, Main (1957, 1989)
ha relatado el caso de un grupo de pacientes que suscitaba un
tipo particular de reacción en el personal médico y de enfer
mería de un hospital psiquiátrico, sugiriendo que si bien dicha
reacción podía vincularse a los problemas y conflictos internos
generados por los pacientes en el personal, era asimismo ma
nifestación de un área psicopatológica de los propios pacien
tes. La observación de las reacciones contratransferenciales
puede tener, pues, importancia diagnóstica.
117
7. RESISTENCIA
119
consciente, y la tarea del terapeuta consistía en superar esa
resistencia a la asociación mediante un trabajo psíquico.
120
“El método psicoanalítico de Freud” (1904a), que él mismo
escribió, enuncia que
121
y experiencias reprimidos, en vez de recordarlos, o sea que
vuelven a presentarse en el aquí y ahora de la situación analí
tica. En lo inconsciente, el surgimiento de estas transferen
cias de figuras del pasado del paciente sobre el analista puede
resultar extremadamente peligroso. Sobre esto, Freud comen
tó lo siguiente (1912b):
122
bidón, síntoma y angustia (1926d), Freud puntualizó que no
sólo las mociones instintivas presentan peligros para el yo,
sino también el superyó y el mundo externo. Propuso entonces
su segunda teoría de la angustia, considerada como una señal
de peligro para el yo, y no, como originariamente él había
pensado, una transformación de la libido resultante de la re
presión de un impuso sexual. Según esta nueva teoría, la se
ñal de peligro podía aprontar una actividad defensiva en el yo,
dando origen a su vez a una resistencia contra el análisis.
Freud estaba ya en condiciones de diferenciar cinco tipos y
orígenes principales de la resistencia (1926d):
123
do en un síntoma neurótico) bajo la forma de una desfiguración
de la realidad. Esta revivencia del pasado en la relación psi-
coanalítica puede provocar la resistencia de transferencia.
También en este caso el analista debe ayudar con sus inter
pretaciones a que surja en la conciencia el contenido de la
transferencia de un modo tolerable. Las resistencias trans-
ferenciales incluyen la coartación consciente por el paciente
de pensamientos acerca del analista, así como su reflejo en
pensamientos transferenciales inconscientes contra los cua
les se defiende.
3) La resistencia puede derivar del beneficio de la enferme
dad (beneficio secundario). Si bien en un primer momento el
individuo puede experimentar el síntoma como un “cuerpo
extraño” indeseable, a menudo se da un proceso de “asimila
ción” del síntoma en la organización psíquica. “El yo se com
porta —dice Freud (1926d)— como si se guiara por esta consi
deración: el síntoma ya está ahí y no puede ser eliminado;
ahora se impone avenirse a esta situación y sacarle la máxima
ventaja posible.” Estos beneficios secundarios provenientes de
los síntomas nos son bien conocidos: son las ventajas y gratifi
caciones que nos produce el hecho de caer enfermos y de que
los demás nos cuiden o compadezcan, o la satisfacción que nos
da descargar nuestros impulsos agresivos o vengativos en quie
nes se ven forzados a compartir nuestro padecimiento. La ga
nancia secundaria puede derivar asimismo de la satisfacción
de una necesidad de castigo o de tendencias masoquistas ocul
tas. Ejemplos groseros serían los de los pacientes con “neuro
sis de compensación”, o los de aquellos individuos que enfer
man por los beneficios sociales que ello les trae (v. gr., si el
subsidio por enfermedad supera lo que podrían ganar traba
jando). Durante el tratamiento, esta forma particular de resis
tencia se manifiesta en la negativa inconsciente del paciente a
renunciar a las ganancias secundarias de su enfermedad.
4) La resistencia del ello obedece a la resistencia que ofre
cen los impulsos instintivos a todo cambio en su forma o mo
dalidad de expresión. Sostuvo Freud (1926e): “Cabe imaginar
que las cosas no dejarán de ofrecer dificultades si un proceso
pulsional que durante decenios ha andado por cierto camino
debe de pronto marchar por uno nuevo que se le ha abierto”.
124
Esta variedad de resistencia exige para ser eliminada la “ela
boración” (capítulo 10). A nuestro entender, puede considerar
se que esta resistencia al tratamiento es parte de la resisten
cia psíquica más general a renunciar a hábitos y modalidades
de conducta adquiridos, a “desaprender lo aprendido”. Una
faceta de la “elaboración” consistiría en la adquisición de nue
vas pautas de funcionamiento y aprendizaje que inhiban a las
antiguas, más arraigadas. Se supone que este proceso consti
tuye una parte importante de la tarea analítica. En algunos
escritos psicoanalíticos se ha atribuido la resistencia del ello a
la “inercia”, “adhesividad” o “viscosidad” de la libido.
5) La resistencia del superyó procede del sentimiento de
culpa y de la necesidad del paciente de recibir un castigo. Para
Freud era ésta la de más difícil discernimiento y tramitación
por parte del analista; trasunta la presencia de un sentimien
to inconsciente de culpa (1923b) y da cuenta de la reacción, en
apariencia paradójica, del paciente frente a cualquier avance
del análisis que represente la consumación de algún impulso
contra el que se ha defendido obedeciendo a las instigaciones
de su propia conciencia moral. Así, un individuo con fuertes
sentimientos de culpa debidos, por ejemplo, a su anhelo de ser
el hijo más querido y de vencer a sus hermanos, puede reaccio
nar con resistencias ante cualquier cambio que amenace pro
ducir una situación en la que nuevamente triunfe sobre cier
tos rivales. O bien un sujeto con intensos sentimientos de
culpa inconscientes provocados por sus deseos sexuales reac
cionará con fuerte resistencia cuando el proceso analítico los
libere. Un ejemplo de resistencia superyoica sería el del indi
viduo que se permite pensar algo que lo hace sentir culpable,
luego reprime ese pensamiento, y acude a la sesión con un
malestar que, a la larga, resulta ser producto de esa culpa que
le mueve a resistirse al análisis. La forma más intensa de
estas resistencias superyoicas se aprecian en la reacción tera
péutica negativa, de la que nos ocuparemos en el capítulo 8.
125
empleó el término “represión” como sinónimo de defensa, en
general. Los mecanismos de defensa surgen y se utilizan para
abordar situaciones de peligro (en especial, las que se presen
tarían si se permitiera la libre y franca expresión de sus de
seos inconscientes, sexuales o agresivos, en la conciencia o en
la conducta), e incluyen la protección, la anulación retroacti
va, la intelectualización, la racionalización, la identificación
con el agresor, la formación reactiva, etc. Freud (1937c) co
mentó que “los mecanismos de defensa frente a antiguos peli
gros retornan en la cura como resistencias al restablecimiento.
Se desemboca en esto: que la curación misma es tratada por el
yo como un peligro nuevo”.
Ya había hecho referencia anteriormente al vínculo exis
tente entre el tipo de resistencia que manifiesta un individuo
y la índole de su organización defensiva subyacente. Por ejem
plo, describió las particulares distorsiones que sufre la asocia
ción libre en el caso de los neuróticos obsesivos (1909d). Empe
ro, si bien entendía que las diversas clases de resistencia eran
indicativas de ciertos aspectos de la psicopatología del indivi
duo (1926d), en lo fundamental eran para él obstáculos que se
oponían a la labor analítica.
En 1936, Anna Freud, en su obra El yo y los mecanismos
de defensa, subrayó que las resistencias pueden proporcio
nar abundante información acerca del funcionamiento psí
quico del paciente. En la medida en que reflejaban un tipo
determinado de conflicto y de defensas empleadas contra él,
pasaron a ser entonces objeto del estudio psicoanalítico. En
esencia, el análisis de las resistencias equivaldría al análisis
de los aspectos defensivos del paciente que pasan a formar
parte del desenlace patológico de sus conflictos. De ahí que el
“análisis de la defensa” realizado a través del análisis de la
resistencia llegara a desempeñar un papel cada vez más des
tacado en la técnica psicoanalítica (A. Freud, 1965; Glover,
1955; Hartmann, 1951; Sandler y A. Freud, 1985). Refirién
dose al análisis de los sueños, Gillman (1987) afirmó que
desde cierto punto de vista todos los sueños son “sueños de
resistencia”, por cuanto su contenido encubre material in
consciente contra el cual el individuo se defiende; al mismo
tiempo, el sueño es “una ventana abierta a un material que
126
de otro modo resultaría inaccesible”. Gillman continúa di
ciendo que los sueños trasuntan las defensas características
de los pacientes para apartar de la conciencia el contenido
psíquico displacentero.
Reich puso de relieve en varias obras importantes (1928,
1929, 1933) que ciertos individuos desarrollan rasgos de ca
rácter fijos como resultado de sus procesos defensivos del pa
sado, y que esos rasgos se revelan tanto en la personalidad
como en el proceso psicoanalítico, a manera de “actitudes fi
jas” características. A estas actitudes, Reich las englobó con el
nombre de “coraza del carácter” (Charakterpanzerung). Si bien
sostuvo que las resistencias producidas por esos rasgos “fijos”
de la personalidad tenían que ser en un comienzo el foco de la
labor analítica, Anna Freud (1936) opinó que sólo debían po
nerse en primer plano del análisis cuando no se detectaran
huellas de un conflicto presente que comprometiera al yo, las
pulsiones y afectos. Este punto de vista fue ampliado más
tarde por Sterba (1953).
En 1937, Freud publicó su “Análisis terminable e intermi
nable” (1937c), donde examinó diversos factores que podían
limitar el éxito de la labor analítica. Entre ellos se hallaban la
intensidad constitucional de las pulsiones, que contribuían a
establecer en la personalidad del individuo lo que él denominó
una “roca sólida” inmodificable. Otro era la imposibilidad de
acceder a conflictos latentes que no aparecían revividos en la
transferencia y por ende no eran analizables. Freud sugirió
además que la movilidad o viscosidad de la libido, y ciertas
fuentes de conflicto biológicamente determinadas (p. ej., la
envidia del pene en la mujer y la pasividad constitucional del
varón), contribuían a la resistencia al cambio.
Poco después, Deutsch (1939) propuso una triple clasifica
ción de las variedades de la resistencia: 1) las resistencias
intelectuales o “intelectualizadoras”; 2) las resistencias
transferenciales, y 3) las resistencias que surgen a raíz de la
necesidad del paciente de defenderse contra la rememoración
de material infantil. Examinó por extenso el primer grupo,
comentando que los individuos que presentan estas resisten
cias intelectuales procuran reemplazar el experienciar en el
análisis por una comprensión intelectual. Estas resistencias
127
aparecen en sujetos muy intelectualizados, en los neuróticos
obsesivos y en pacientes “con afectos bloqueados o perturba
dos, quienes, habiendo reprimido el aspecto afectivo de su
vida, retuvieron el aspecto intelectual como único medio de
expresión (...) de su personalidad”.
Pese al nexo estrecho que existe entre resistencia y defen
sa, se ha destacado a menudo que no son sinónimos (Brenner,
1981; Gero, 1951; Laplanche y Pontalis, 1973; Loewenstein,
1954; Lorand, 1958; Stone, 1973). Blum (1985) afirma acerta
damente:
128
to a su derivación, y en buena parte desacordes con el yo, estos
fenómenos se avienen a la labor analítica. Debe recordarse
que la finalidad subjetiva de su existencia es proteger los as
pectos inconscientes insertos dentro de la personalidad, y, re
cíprocamente, proteger la personalidad del adulto de las inva
siones y exigencias potencialmente disociadoras de contenidos
hasta entonces inconscientes.
129
primeras incluyen la interrupción del tratamiento, las tardan
zas o ausencias reiteradas a las sesiones, el silencio persisten
te, el uso de circunloquios, el rechazo automático o el malen
tendido ante todo cuanto dice el analista, la adopción de una
actitud de presunta ignorancia, la abstracción como modali
dad sistemática del pensamiento o el quedarse dormido en la
•/
sesión. Las resistencias menos llamativas, más discretas, se
disimulan detrás de un aparente acatamiento a los requisitos
que impone la situación analítica. Pueden manifestarse en la
coincidencia con todo lo que dice el analista, en el aporte de
material (v. gr., sueños) en el cual, según supone el paciente,
el analista tiene particular interés, y en muchas otras formas.
Como señala Glover, “en general, la característica de estas
resistencias discretas es justamente que no dan lugar a esta
llidos, no quiebran superficialmente la situación analítica ni
la desbandan, sino que más bien se infiltran en ella, la im
pregnan o, para decirlo de otro modo, en lugar de ir contra la
corriente se dejan llevar por ella como esos troncos semi-
sumergidos que estorban el paso”.
Fenichel (1945a) ha distinguido las resistencias “agudas”
de las formas más encubiertas, que se manifiestan principal
mente en el hecho de que no se producen cambios en el pacien
te, por más que el trabajo psicoanalítico parecería proseguir
sin dificultades. Una importante diferenciación clínica (sobre
todo en el contexto del denominado “análisis del carácter”) es
la que se ha establecido entre las resistencias acordes con el
yo y las desacordes con el yo (Dewald, 1980; Gilí, 1988; Reich,
1933; Stone; 1973). Las segundas son aquellas que el paciente
siente que entorpecen la labor analítica; a las acordes con el
yo, por el contrario, no las siente como resistencias sino como
reacciones apropiadas en dicha situación. Las expresiones
“acorde con el yo” y “desacorde con el yo” son anteriores a la
teoría estructural de Freud (1923b) y debe entendérselas como
“acordes con la conciencia” y “desacordes con la conciencia”.
En fecha más reciente, Stone (1973) y Dewald (1980) han
abogado, con argumentos semejantes, por la diferenciación
entre resistencias “tácticas” y “estratégicas". Dice Dewald:
130
quicas inconscientes nucleares o básicas a través de las cuales
el paciente sigue buscando satisfacción a las mociones pulsio-
nales infantiles o de su niñez temprana y a sus retoños, así
como las elecciones de objeto y las operaciones psíquicas
adaptativas o defensivas. (...) Las resistencias tácticas son las
pautas de conducta intrapsíquica e interpersonal superpues
tas en diversas jerarquías de organización, mediante las cua
les los pacientes se defienden contra el percatamiento cons
ciente de las resistencias estratégicas nucleares y de los con
flictos con que se entretejen. (...) Su comprensión y elabora
ción en el proceso analítico es un modo importante de acceder
al análisis del yo y de conocer sus operaciones de síntesis, así
como la forma general en que se preserva la organización
psíquica característica del individuo.
131
JofTe, 1969). En esta categoría puede incluirse la resistencia
de represión, caso específico de lo que podríamos llamar “re
sistencia de la defensa", ya que hay otras defensas, además de
la represión, que pueden originar una resistencia. A su vez, es
dable concebir a los mecanismos de defensa como mecanismos
adaptativos esenciales para el funcionamiento normal del in
dividuo y no sólo involucrados en los procesos patógenos (A.
Freud, 1936).
2) Las resistencias de transferencia, tal como en esencia
las describió Freud. Stone (1973) ha resumido así el vínculo
existente entre la resistencia y la transferencia:
132
El acento puesto en los últimos años en la perspectiva in
terpersonal de la situación analítica llevó, como es natural, a
examinar el papel de los factores propios del analista que
pueden contribuir a la resistencia del paciente. Stone (1973)
señala que “a veces una actitud de rechazo, hostil o refractaria
del paciente, [suscita] reacciones antagónicas espontáneas en
el médico”, y a esto lo llama “contra-resistencia” del analista,
la cual puede ser inconsciente y proyectarse sobre el paciente
(Vianna, 1975), generando en él como consecuencia directa
una resistencia. Anna Freud (1954) sostuvo que
133
bir esencialmente la vida intrapsíquica a partir de las relacio
nes objétales internas. Según ellos, la resistencia del superyó
se vincula a la interacción con una figura internalizada críti
ca o persecutoria. Fairbairn (1958) ha tratado bellamente el
tema de las relaciones objétales internas y su conexión con el
tratamiento psicoanalítico, puntualizando que “en cierto sen
tido, el tratamiento psicoanalítico se reduce a la lucha que
libra el paciente para consolidar su relación con el mundo
interno por intermedio de la transferencia, y a la determina
ción del analista de abrir una brecha en ese sistema cerrado
fijando las condiciones en las que, dentro del marco de la
relación terapéutica, el paciente puede ser inducido a aceptar
el sistema abierto de la realidad exterior”. Kernberg (1985)
declara algo similar al decir, refiriéndose a la comprensión del
carácter del paciente, que las relaciones objétales inter
nalizadas conflictivas pueden reactivarse en la transferencia,
en cuyo caso las defensas del carácter se convierten en resis
tencias transferenciales.
Sin duda, el amoldamiento recíproco entre el sí-mismo y
sus objetos brinda un sentimiento de seguridad, por más que
sea a la vez causante de dolor. Consecuentemente, la existen
cia misma de relaciones internas organizadas puede ser el
origen de una resistencia al cambio que el análisis propone
(Sandler, 1990a, 1990b).
5) La resistencia derivada de procedimientos equivocados o
medidas técnicas inapropiadas del analista. Si tanto éste como
el paciente admiten tales fallas, dichas resistencias pueden
abordarse en el curso normal del tratamiento; de no ser así,
bien pueden llevar a una interrupción del mismo o a que se lo
continúe en forma espuria (Glover, 1955; Greenson, 1967).
6) Las resistencias debidas al hecho de que los cambios que
el analista produce en el paciente le provocan dificultades
concretas en su relación con las personas importantes de su
medio (Freud, 1916-17; Gilí, 1988; Stone, 1973). Así, una espo
sa servil y masoquista tal vez se resista a la comprensión y al
cambio porque ello podría poner en peligro su matrimonio.
7) Las resistencias causadas por la amenaza de curarse y
la pérdida consiguiente del analista. Muchos individuos per
manecen en análisis a raíz de las gratificaciones ocultas que el
134
método y la relación analítica les procuran. Esto ocurre con
más frecuencia cuando el paciente ha llegado a depender del
analista como figura importante de su vida. Quizá lo vivencie
a éste como un padre protector o una madre nutricia, y su
resistencia a curarse refleje su temor a abandonar tal rela
ción. Estos pacientes pueden empeorar cuando comienza a
hablarse del final del tratamiento —lo cual no equivale a una
reacción terapéutica negativa (véase el capítulo 8).
8) Las resistencias provocadas por la amenaza que consti
tuye la labor analítica para la autoestima del paciente (Abra-
ham, 1919). Esto es particularmente importante en los pa
cientes cuya principal motivación para la actividad defensiva
que despliegan es el sentimiento de vergüenza, los cuales pue
den tener dificultad para aceptar los aspectos infantiles de sí
mismos que surgen durante la terapia porque los consideran
vergonzosos.
Ya en 1919 Abraham aludió al problema que presentaban
algunos pacientes que evidenciaban su resistencia constante
al análisis a través del control de sus asociaciones. Dotados de
una personalidad esencialmente narcisista, ocultaban su re
chazo al análisis disimulándolo bajo la apariencia de un ansio
so afán de ser analizados. Según Abraham, la labor analítica
se veía obstaculizada por el hecho de que su amor narcisista
no encontraba satisfacción y, por ende, no podía establecerse
una transferencia positiva. Con posterioridad a Abraham, se
prestó cada vez mayor atención al análisis de la resistencia en
pacientes narcisistas y en los afectados de graves trastornos
de la personalidad con patología fronteriza (véase Vianna, 1974;
Boschán, 1987; Kemberg, 1988). Particularmente significati
va en este sentido fue la obra de Melanie Klein (1946, 1957),
Rosenfeld (1965b, 1971) y Kohut (1971, 1977, 1984).
Rosenfeld señaló que en el paciente narcisista las resisten
cias sólo pueden abordarse “mediante un análisis minucioso y
meticuloso de la agresión y la envidia en la relación transfe-
rencial analítica, por ejemplo mediante la interpretación de
las angustias persecutorias conexas que se proyectan en el
analista" (en Vianna, 1974). Kernberg (1988) ha rastreado las
ramificaciones de los impulsos narcisistas desde el punto de
vista de las relaciones objétales, y refiriéndose al análisis de
135
las resistencias de los pacientes con trastornos narcisistas de
la personalidad dice que
136
cia” que hay entre él y el analista, con el fin de impedir el
descontrol y así la pérdida de su seguridad (véase Sandler,
1968; Thomá y Káchele, 1987). Aunque en la actualidad la
mayoría de los analistas no considerarían viable el concepto de
“resistencia del ello” (p. ej., Fenichel, 1941), otros autores (p. ej.,
Frank, 1985; Stone, 1973; Thoma y Káchele, 1987) entienden
que éste puede trasuntar las variaciones cuantitativas en la
intensidad de las mociones pulsionales.
10) Las resistencias de carácter, como las descritas por
Reich (1928,1929,1933), resultantes de la naturaleza “fija” de
los rasgos de carácter que pueden persistir después de haber
mermado o desaparecido los conflictos que primigeniamente
les dieron origen. Estos rasgos le resultan aceptables al indivi
duo porque no le ocasionan desazón. Boesky (1985) ha mani
festado, empero, que debe abandonarse por completo la noción
de una resistencia del carácter, y que es “equívoco sugerir que
las denominadas resistencias del carácter deben tratarse de
un modo diferente de cualquier otra resistencia”. Por otro lado,
Kernberg (1980a) ha abogado por el mantenimiento de dicho
concepto, y subraya la importancia de evaluar tales resisten
cias cuando se desea establecer la analizabilidad.
Sin lugar a dudas, las resistencias derivadas de los aspec
tos inmodificables de la estructura del carácter de un indivi
duo son de gran importancia en el análisis. Sandler (1988)
emite la opinión de que la “roca sólida” inalterable a que alu
día Freud (1937c) puede considerarse “un basamento rocoso
biopsicológico específico, que compromete en gran medida las
estructuras establecidas durante el desarrollo específico del
individuo, en su relación recíproca específica con su medio
—particularmente como consecuencia de la interacción entre
el bebé y la persona que lo cuida—. Esto fija un límite, por
cierto, a lo que el análisis puede lograr. (...) No es una técnica
apropiada pasar por alto tales factores y considerar que todo
es ‘analizable* ”. Es oportuno mencionar aquí el concepto de
“restricción del yo” enunciado por Anna Freud (en Sandler y
A. Freud, 1985):
137
que el niño ha tenido la experiencia de que ese afecto puede
surgir, para él lo más sencillo es no dejar que se presente la
misma situación. Esto no constituye en modo alguno un meca
nismo neurótico, sino que es en realidad uno de los mecanis
mos que contribuyen a que podamos edificar nuestra persona
lidad diferente de las demás. Desde la más temprana edad
existe una evitación más o menos automática de lo displacen
tero, y después de todo, ¿por qué tendríamos que soportar
experiencias desagradables? El yo siente que hay otras cosas
para hacer.
138
de operar como método que produce seguridad, y si se dispone
de otros métodos para alcanzarla, se creará y empleará una
solución distinta, más cómoda, y quedará inhibido el empleo
de la antigua estructura sintomática. (...) Todos los sistemas y
técnicas psicoterapéuticos (incluida la terapia de la conducta)
brindan abundantes soluciones alternativas potenciales para
lograr seguridad, que el paciente puede adoptar.
139
analista (capítulo 10). Por otra parte, se ha llegado a ver en la
forma y el contexto de la resistencia una fuente útil de infor
mación para el terapeuta. Esto permitió hacer extensivo el
concepto a otros tipos de tratamiento; en la práctica médica
corriente vemos manifestaciones de la resistencia en el olvido
de la fecha en que se concertó la entrevista con el profesional,
la comprensión equivocada de sus instrucciones, la
racionalización de los motivos para interrumpir el tratamien
to, etc. Distintos métodos de tratamiento pueden estimular
resistencias de diverso origen, y a ello se debe quizá que un
método tenga éxito con cierto paciente allí donde fallaron otros.
Más aún, el éxito de determinadas terapias puede obedecer a
que soslayan ciertas fuentes de resistencia, aunque no es me
nos cierto que otros procedimientos fracasan por no haber
tomado las debidas precauciones para el manejo apropiado de
las resistencias que suscitaron. En todas y cada una de estas
diferentes situaciones, las resistencias pueden constituir un
medio de información útil.
140
8. LA REACCION TERAPEUTICA NEGATIVA
141
que estas personas no soportan elogio ni reconocimiento algu
no, sino que reaccionan de manera trastornada frente a los
progresos de la cura. Toda solución parcial, cuya consecuencia
debiera ser una mejoría o una suspensión temporal de los
síntomas, como de hecho lo es en otras personas, les provoca
un refuerzo momentáneo de su padecer; empeoran en el curso
del tratamiento, en vez de mejorar.
142
el padecer que la neurosis conlleva es justamente lo que la
vuelve valiosa para la tendencia masoquista. También es ins
tructivo enterarse de que, contrariando toda teoría y expecta
tiva, una neurosis que se mostró refractaria a los empeños
terapéuticos puede desaparecer si la persona cae en la miseria
de un matrimonio desdichado, pierde su fortuna o contrae una
grave enfermedad orgánica. En tales casos, una forma de pa
decer ha sido relevada por la otra...
143
Partiendo de la base de que la neurosis se origina en la frus
tración de un deseo libidinal, comentó en esa oportunidad:
144
pen el tratamiento, y es dable provocar en ellas, merced a un
adecuado trabajo analítico, los cambios que las lleven a prose
guirlo. Riviere añadía: “No obstante, el rótulo utilizado por
Freud para esta reacción no es muy específico; también podría
llamarse reacción terapéutica negativa la de un paciente que
no aprovecha el tratamiento”. Con un enfoque al parecer más
amplio que el de Freud, Riviere incluyó dentro de la reacción
terapéutica negativa varios tipos de resistencia severa al aná
lisis, así como ciertas variedades de resistencias en las que el
paciente rechaza, explícita o implícitamente, las interpreta
ciones del analista; en esto otros autores posteriores coincidie
ron con Riviere (p. ej., Rosenfeld, 1968), gran parte de cuyo
examen del tema se vincula a lo que aquí hemos denominado
la resistencia provocada por el peligro que representa el tra
bajo analítico para la autoestima del paciente, así como por los
rasgos de carácter “fijos” (capítulo 7). Otros aspectos se rela
cionan con la falta de una adecuada alianza terapéutica en el
caso de ciertos pacientes (capítulo 3).
A diferencia de Riviere, Homey (1936) comenzó por afir
mar que no puede considerarse, indiscriminadamente, como
reacción terapéutica negativa cualquier deterioro del estado
del paciente, sino sólo aquellas desmejorías en situaciones en
que lo razonable era suponer que se iba a producir una mejo
ría. Continuaba diciendo que, en muchos casos de reacción
terapéutica negativa
145
podían encontrarse cinco clases de efectos de una “buena” in
terpretación del analista (o sea, una interpretación que el pa
ciente siente correcta), que no siempre están todos presentes
ni se dan con igual fuerza, sino que pueden presentarse en
variadas combinaciones:
146
5) El paciente experimenta la interpretación como un des
aire y la dilucidación de sus dificultades como una expresión
de antipatía o de desdén por parte del analista. Este tipo de
reacción se vincula a una gran necesidad de afecto y una sen
sibilidad no menos intensa ante el rechazo.
147
Brenner, 1959; Cesio, 1956, 1958, 1960a, 1960b; Eidelberg,
1948; Feigenbaum, 1934; Greenbaum, 1956; Homey, 1936;
Ivimey, 1948; Lewin, 1950; Riviere, 1936; Salzman, 1960) poco
agregaron a nuestro conocimiento y comprensión de este me
canismo, en la forma en que lo describió Freud; lo que se hizo,
más bien, fue extender el significado del concepto, aplicándolo
en consecuencia de muy diversas maneras. Un trabajo parti
cularmente útil es el de Olinick (1964), quien al repasar los
numerosos equívocos existentes entre los analistas sobre la
índole de la reacción terapéutica negativa expresa su preocu
pación por esta tendencia a desdibujar los límites del concep
to, y señala: “Todavía se escucha, de vez en cuando, que el
término ha sido empleado para designar cualquier empeora
miento del estado del paciente durante el tratamiento”. Olinick
llama “falsas” reacciones terapéuticas negativas a las que son
el producto de un error de táctica, cuando se formula la inter
pretación de un deseo inconsciente antes que el paciente esté
bien preparado para recibirla. En vez de sentir alivio, el pa
ciente empeora a raíz de esta interpretación prematura, pero
no se trata de una reacción terapéutica negativa en el sentido
de Freud. Olinick considera esta última como un caso especial
de negativismo y traza los orígenes de una actitud negativista
en los primeros años de vida, ligándola a situaciones que fo
mentan en el niño sentimientos de agresividad y oposición
resentida.
Ha habido una marcada tendencia a conceptualizar la re
acción terapéutica negativa en función de las vicisitudes rela
ciónales del niño en sus primeros años. Varios autores (v. gr.,
Asch, 1976; Lampl-de-Groot, 1967; Limentani, 1981; Olinick,
1964, 1970, 1978) han hecho reparar en una predisposición a
dicha reacción, basada en el impulso regresivo del paciente a
volver a fusionarse con la imagen interna de una madre depri
mida, que es ambivalentemente amada y odiada. En especial,
Limentani (1981) se ha referido al temor de revivenciar el
dolor psíquico asociado con tempranas experiencias traumáti
cas. Es probable que la culpa vivenciada ante la idea de aban
donar el vínculo con la figura de la primera infancia desempe
ñe un papel significativo en la génesis de la reacción terapéu
tica negativa. Estos fuertes lazos internos pueden ser de índo-
148
le autopunitiva y masoquista, y el surgimiento posterior de
una reacción terapéutica negativa quizá refleje la necesidad
del paciente de reafirmar el vínculo masoquista con el objeto
que lo daña (Loewald, 1972). En los últimos años el acento se
ha puesto en la imposibilidad del paciente de individuarse y
separarse de las figuras tempranas (Mahler, 1968; Mahler,
Pine y Bergman, 1975), y varios autores recurrieron al marco
de referencia de la individuación-separación al examinar la
reacción terapéutica negativa (v. gr., Valenstein, 1973; Asch,
1976; Grunert, 1979; Roussillon, 1985).
Asch (1976), al ocuparse de este tema, llama la atención
sobre el nexo entre las primeras relaciones masoquistas y la
obtención de recompensas narcisistas:
149
vencia como una figura que lo frustra implacablemente, y en
tiende que ésta es la raíz de la reacción terapéutica negativa.
Desde 1936 en adelante, un tema recurrente en la biblio
grafía es el de la aparición de la reacción terapéutica negativa
en pacientes propensos a la depresión (v. gr., Gero, 1936;
Homey, 1936; Lewin, 1950,1961; Olinick, 1970; Riviere, 1936).
Se ha hecho notar que para algunos pacientes el éxito signifi
ca, paradójicamente, el apartamiento respecto de un estado
“ideal” del sí-mismo, relacionado con determinadas exigencias
rigurosas de la conciencia moral del individuo. Probablemente
sea el dolor asociado a la pérdida de dicho estado “ideal” el que
conduce al desarrollo de una reacción depresiva (Joffe y
Sandler, 1965) en las personas propensas. Según nuestra pro
pia experiencia clínica, otro lazo, si bien menos directo, entre
la reacción terapéutica negativa y la depresión está dado por
el intento de ciertos pacientes de desarrollar síntomas psíqui
cos y físicos cuyo objetivo es impedir el surgimiento de un
estado depresivo. Se ha descrito la producción de estos sínto
mas en conexión con el dolor psicógeno (Joffe y Sandler, 1967).
Desde que Melanie Klein escribió Envidia y gratitud (1957),
se ha asignado cada vez más importancia al papel de la envi
dia y la destructividad conexa en el desarrollo y la patología.
Se ha subrayado el papel de la envidia en la reacción terapéu
tica negativa de pacientes narcisistas y fronterizos (Bégoin y
Bégoin, 1979; Kernberg, 1975; Rosenfeld, 1975; Segal, 1983;
Spillius, 1979). El paciente puede envidiar y resentir la capa
cidad del analista para formular interpretaciones correctas y,
como consecuencia, quizá necesite destruir dicha capacidad
desarrollando una reacción terapéutica negativa. Es intere
sante destacar que esto recuerda la opinión expresada por
Homey en 1936. Kernberg (1975) menciona la necesidad nar-
cisista de ciertos pacientes de vencer al terapeuta, así como de
“destruir los esfuerzos que hacen otras personas para ayudar
los, aunque ellos mismos sucumban en el proceso”.
Baranger (1974) ha resumido bien las opiniones de Mela
nie Klein acerca de la reacción terapéutica negativa:
150
péutica negativa está siempre la envidia, ya que es precisa
mente en este punto uando el analista está seguro de haber
comprendido al analizado y cuando éste comparte esa certi
dumbre— que surge la reacción terapéutica negativa; con ella,
el analizado frustra el éxito del analista y triunfa sobre él. Es
su último recurso: después de todo, aún puede hacerlo fraca
sar, aunque sea al precio de su propio fracaso.
151
psicoanalítico; cabe suponer que estas reacciones en aparien
cia paradójicas ante la amenaza de restablecimiento o de éxito
pueden darse también en otras situaciones clínicas. Así, es
previsible que se las detectará en toda clase de tratamientos
como respuestas de ciertos individuos al progreso (o a la ex
presión de satisfacción por parte del terapeuta). De ello se
desprende que la historia de tales sujetos mostraría reaccio
nes “negativas” similares frente a las experiencias de éxito o
de logro.
Varios otros motivos pueden determinar que un individuo
sufra una recaída después de haber mejorado, y estas recaídas
pueden ser muy distintas de la reacción terapéutica negativa
como la describió Freud. Por ejemplo, no es raro que al térmi
no de un tratamiento se produzca una reaparición temporaria
de los síntomas. Esto también se observa en otras situaciones
terapéuticas, como cuando se examina con un paciente inter
nado la posibilidad de darlo de alta, o de poner punto final a su
atención ambulatoria. Algunas de estas recaídas pueden con
siderarse expresión de la dependencia no resuelta del pacien
te respecto de la persona del médico. Análogamente, pueden
constituir una manera de hacer frente al temor al derrumbe
mando se interrumpa el tratamiento.
La reacción terapéutica negativa es un fenómeno clínico
iue no indica necesariamente una falla técnica o una inter-
/ención inadecuada del terapeuta. Sin embargo quisiéramos
destacar que los motivos de que un tratamiento fracase pue
den ser varios, y no todos deben adjudicarse a la reacción
terapéutica negativa. El conocimiento de su mecánica y de la
significación que tiene el tipo particular de estructura
caracterológica en que se da esta reacción para el pronóstico
tiene gran aplicación clínica. Por ejemplo, un psiquiatra ten
drá que abstenerse de sugerir a un paciente deprimido, con
fuertes sentimientos de culpa y una modalidad de reacción
que se corresponde con la reacción terapéutica negativa, que
se “tome unas vacaciones", ya que el paciente puede responder
con una aflicción o depresión severas, incluso al punto de in
tentar suicidarse.
La bibliografía sobre el tema ha desarrollado el concepto de
reacción terapéutica negativa en dos sentidos. En primer tér-
152
mino, se ha desdibujado la especificidad de la reacción, vincu
lándola a tipos de resistencia más generales y a actitudes
“negativistas”, o al masoquismo en sus diversas expresiones.
Si bien estos aportes aumentaron nuestra comprensión de la
resistencia, la reacción terapéutica negativa se caracteriza por
ser un proceso que implica un “avance” de alguna índole, se
guido por un retroceso. A nuestro entender, es sumamente
importante diferenciar dicha reacción del concepto general de
resistencia, y limitar el rótulo “reacción terapéutica negativa”
al fenómeno originalmente descrito por Freud como un proce
so en dos etapas. No obstante, Roussillon (1985) ha argumen
tado convincentemente que la reacción terapéutica negativa
comprende no dos sino tres etapas: la mejoría del estado del
paciente conduce a la expresión de satisfacción del analista, y
a ésta le sigue un empeoramiento. Aquí la reacción se concibe
como un fenómeno transferencial. Cabe suponer que, con in
dependencia de cualquier otra patología, las distintas fases de
la reacción terapéutica negativa reflejan experiencias infanti
les de aliento, expectativas positivas u optimismo que fueron
seguidos regularmente de algún desengaño.
La segunda dirección en la que se ha ampliado el concepto
consistió en extender la comprensión de su dinámica y de los
factores patológicos a otros elementos aparte del sentimiento
de culpa inconsciente. Como hemos visto en este capítulo, las
posibles fuentes de una reacción terapéutica negativa son
muchas. De este modo, si bien puede conservarse el nombre
“reacción terapéutica negativa” para la descripción de una
reacción particular, limitar la explicación del fenómeno al fun
cionamiento de un sentimiento de culpa inconsciente parece
por cierto demasiado restrictivo.
153
9. ACTING OUT
155
gran variedad de usos que tiene en nuestros días; el único
denominador común parecería ser la premisa de que la acción
que se designa con el término “acting out” tiene determinan
tes inconscientes.
En parte, la actual confusión en torno de este concepto
deriva de la traducción al inglés del vocablo originalmente
empleado por Freud. En 1901, en su Psicopatología de la vida
cotidiana, utilizó el vocablo corriente alemán “handeln” (ac
tuar) para describir los “actos fallidos” u “operaciones fallidas”
a las que podría atribuirse una significación inconsciente. Sin
embargo, cuando en 1905 relató el caso de “Dora”, empleó el
verbo “agieren” (que también significa “actuar”, aunque es
algo más enfático), dándole un sentido especial. “Agieren” fue
traducido al inglés como “acting out" y es probable que esta
elección semántica (y en especial la inclusión de la proposición
“out”) contribuyera a algunos de los cambios de significado
que sugirió el concepto en la bibliografía anglosajona. Bellak
(1965), verbigracia, apunta que Freud empleó “acting out” por
primera vez en la Psicopatología de la vida cotidiana, pero en
esta mención Bellak confunde “handeln” con “agieren”; a con
tinuación describe casi todas las “actuaciones” clínicamente
significativas como una u otra variante de “acting out”. Tam
bién Greenacre (1950) y Rexford (1966) establecen implícita
mente una equiparación entre el actuar que es traducción de
“handeln” y el que es traducción de “agieren”.
La paciente sobre la que escribió Freud en 1905, “Dora”,
abandonó el tratamiento luego de tres meses, y él más tarde
atribuyó este final abrupto a una falla suya, por no haber
advertido que la muchacha había transferido sobre él los sen
timientos que abrigaba hacia una importante figura de su
pasado. Escribió Freud (1905 [1901]):
156
En esta obra, Freud relacionó el acting out con la transfe
rencia y la resistencia, y lo consideró un sucedáneo de la
rememoración. La paciente, en vez de recordar el pasado y
referirse a él en sus asociaciones libres, lo ponía en acto.
El examen más amplio de este concepto por parte de Freud
es el trabajo técnico sobre “Recordar, repetir, reelaborar”
(1914g), donde el acting out es vinculado específicamente a la
situación del tratamiento analítico. Como en el caso de “Dora”,
se recurre a él para referirse a las acciones con las que el
paciente sustituye sus recuerdos:
157
peligros potenciales para el tratamiento y para el paciente,
aunque con frecuencia es imposible evitarlos —ni es siempre
aconsejable esta clase de intervención—. Freud dice que el
médico querría proteger al paciente de los daños que pudiere
provocarle la actuación de sus impulsos haciéndole prometer
que no tomará ninguna decisión importante sobre su vida en
el curso del tratamiento, pero agrega:
158
¿Qué repite o actúa, en verdad? He aquí la respuesta: repi
te todo cuanto desde las fuentes de lo reprimido ya se ha
abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitu
des inviables, sus rasgos patológicos de carácter. Y, además,
durante el tratamiento repite todos sus síntomas.
159
los neuróticos en análisis, fue muy fuerte la tentación de rotu
lar como “acting out” cualquier comportamiento impulsivo (A.
Freud, 1968).
5) Para Freud, al acting out era una manifestación particu
lar de la resistencia que podía tener consecuencias indesea
bles para el paciente o para el progreso del análisis. Por este
motivo, parece lógico que sus colegas y seguidores lo aplicasen
en mayor medida a las conductas “indeseables”, en general,
que a otra clase de conductas. Algunos se vieron inclinados,
como caso extremo, a designar como acting out cualquier con
ducta social o moralmente indeseable, ya fuera de pacientes o
de cualesquiera otras personas.
160
individuos presentan una mayor tendencia que otros a expre
sar en la acción sus impulsos inconscientes, es interesante, el
hecho de que haya conservado el término “acting out” para
designar tales acciones impulsivas debilitó el nexo existente
entre el acting out y la resistencia transferencial. Al examinar
el acting out bajo esta óptica, de hecho se ocupa de otro tema,
el del carácter de los individuos que tienden a poner en acto [to
enact] de manera impulsiva.
También para Greenacre (1950) el acting out es un fenóme
no habitual que genera particulares problemas de manejo te
rapéutico. Esta autora define el acting out como “una forma
especial de rememoración, en la que el antiguo recuerdo es
puesto en acto nuevamente, de un modo más o menos organi
zado y, a menudo, apenas disfrazado respecto de aquél. No se
trata de una rememoración visual o verbal claramente cons
ciente, ni tampoco el individuo se percata de que esa actividad
suya peculiar es motivada por el recuerdo. Su conducta le
parece admisible y apropiada”. En gran parte de la bibliogra
fía posterior sobre este tema se ha destacado esta última ca
racterística, o sea, el hecho de que el acting out sea “acorde con
el yo” (v. gr., Blum, 1976; Greenson, 1966, 1967).
Greenacre examina asimismo los determinantes evoluti
vos de las formas corrientes de acting out, y a los enumerados
por Fenichel (1945b) les añade “un énfasis particular en la
sensibilización visual, que da origen a una tendencia a la dra-
matización (...) así como una creencia, en gran medida incons
ciente, en el carácter mágico de la acción”. Sugiere que la
tendencia habitual al acting out es fundamentalmente el re
sultado de ciertas perturbaciones de los dos primeros años de
vida. En muchos escritos psicoanalíticos posteriores se puso
de relieve el nexo entre el acting out y las experiencias
preverbales, sobre todo entre los seguidores de Melanie Klein
(v. gr., Bion, 1962; Grinberg, 1968, 1987; Meltzer, 1967;
Rosenfeld, 1965b), aunque también otros autores subrayaron
este aspecto. Blum (1976) señala que “traumas de la niñez
muy temprana fomentan y fijan el proceso de acting out. Los
traumas preedípicos y preverbales interfieren en el surgimiento
del control cognitivo y de los impulsos y pueden forzar al in
dividuo a ‘revivirlos’ (...) El trastorno evolutivo de la separación -
161
individuación (Mahler, 1968; Greenacre, 1968) predispone a
posteriores acting out asociados con la fragilidad del yo”.
Anastasopoulos (1988) ha sugerido que el acting out, sobre
todo en la adolescencia, puede expresar una regresión de la
capacidad para simbolizar, que desemboca en un retardo del
pensamiento abstracto. Entiende, además, que el acting out es
expresión de una comunicación simbólica primitiva.
En los últimos tiempos se ha robustecido la tendencia a
emplear el término para aludir, de modo más o menos indis
criminado, a toda suerte de acciones. Dos ediciones sucesivas
de la obra Acting Out (Abt y Weissman, 1965, 1976) fueron
dedicadas a examinar perturbaciones tan diversas del com
portamiento como la drogadicción, el alcoholismo, la en
fermedad psicosomática, la obesidad, la homosexualidad, las
inhibiciones de la capacidad para el aprendizaje, etc., conside
radas todas ellas como formas especiales de acting out. En el
prólogo de ese volumen, Bellak (1965) destaca lo siguiente:
162
sus síntomas para el acting out; los histéricos lo hacen en sus
síntomas de conversión, y a menudo en sus muy dramáticos
estados crepusculares; los obsesivos en sus ceremoniales; los
psicóticos en sus alucinaciones e ideas delirantes; los delin
cuentes en su comportamiento asocial.
163
Mitscherlich-Nielsen, 1968; Rangell, 1968; Rosenfeld, 1965b;
Winnicott, 1949).
La ampliación del concepto clínico a fin de abarcar formas
de acción que no son simples reflejos de la resistencia ha origi
nado nuevos problemas en materia de definición. Así,
Laplanche y Pontalis (1973) señalan:
164
memoria posee una estructura aprovechable. (...) Las pertur
baciones del sentido de la realidad, la sensibilización visual,
las fijaciones en el nivel de la “magia de la acción”, son todas
ellas condiciones que pueden llevar a poner énfasis en el len
guaje de la acción, en contraste con el lenguaje verbal. Al
mismo tiempo, las fantasías y la acción son posibles medios
preverbales de resolución de problemas de comunicación.
165
en los aspectos positivos, creadores, dialogales, del acting out
no debe llevar al analista a desestimar sus rasgos negativos, o
sea, aquellos que experimenta como indicadores de resisten
cia. La comprensión de los aspectos del acting out vinculados a
la resistencia puede favorecer el acceso a la transferencia ne
gativa en el análisis (capítulo 4).
Se insinúa hoy una tendencia a ver en el acting out un
posible primer indicio del surgimiento de nuevo material de
origen inconsciente (Bilger, 1986). Limentani (1966), por ejem
plo, cita el caso de un paciente que acude al consultorio del
analista a la hora de costumbre en un día feriado, sin recordar
que ese día no había sesión. Señala que en un caso así no hay
pruebas de resistencia sino que puede tomarse esa conducta
como una fuente aprovechable de material analítico. Balint
(1968) dice algo semejante con respecto a análisis de pacientes
con una “falla básica” en su personalidad.
Varios autores han subrayado los aspectos “positivos” del
acting out como forma de adaptación. Blos (1963) y Anasta-
sopoulos (1988) se refirieron a las funciones de protección y
adaptación que cumple el acting out en los adolescentes, como
reflejo de su necesidad de preservar la integridad del sí-mis
mo. Otros (v. gr., Mitscherlich-Nielsen, 1968) han subrayado
el valor que tiene el acting out como conducta “de ensayo”
luego de la interpretación y de la comprensión intuitiva.
Resumiendo, puede decirse que el concepto de acting out ha
sido empleado en psicoanálisis en dos sentidos primordiales:
166
actingout puede darse dentro o fuera de la situación analítica;
la expresión “acting in" no designaría sino el acting out que se
da dentro de ella. Se ha estimado que el acting out posee una
función comunicativa con el análisis, función que puede co
existir con la resistencia, ya que ésta puede ser significativa
en sí misma y estar dotada de sentido.
2) Para describir modalidades habituales de acción y de
conducta derivadas de la personalidad o la patología actuales
de un individuo y vinculadas a éste más que al proceso del
tratamiento. Tal vez la formulación más lúcida acerca de esta
clase de individuos es la dada por Hartmann (1944):
167
sentido amplio, el concepto de acting out es aplicable también
a tales formas de tratamiento. Un ejemplo sería el caso de un
paciente sometido a una terapia de la conducta, en el que
surgen sentimientos inconscientes hostiles contra el terapeu
ta a raíz de la dependencia en que se halla respecto de él, y
que quizá ponga en acto tales sentimientos frente a otra per
sona. Análogamente, un internado puede provocar la re
probación o el “castigo” de las autoridades del hospital como
consecuencia de actos que son el producto de los sentimientos
de culpa irracionales hacia su médico, fomentados por la re
gresión que tuvo lugar en el hospital. La conciencia y com
prensión por parte del médico de las tendencias del acting out
dentro de cualquier clase de tratamiento parecerían ser valio
sas no sólo para el manejo de los pacientes sino también para
obtener indicios sobre su psicopatología.
Desde luego, el acting out no se limita a los pacientes;
también podrían designarse con ese nombre las acciones irra
cionales del médico hacia el paciente, producto de la
contratransferencia. Y en la medida en que las relaciones hu
manas del personal de una institución asistencial pueden asi
mismo fomentar actitudes infantiles en sus miembros (p. ej.,
ante la muerte o retiro de una figura clave en la institución),
también podría llamarse acting out la conducta irracional de
ese origen. Sin embargo, no hay duda de que una extensión tal
del concepto a otras modalidades de tratamiento implica atri
buirle un significado diverso del que se le dio en el uso psicoa-
nalítico original.
168
10. INTERPRETACIONES
Y OTRAS INTERVENCIONES
169
resolución de la neurosis apelando únicamente a las técnicas
de la interpretación”. Loewald (1979) señala que “la interpre
tación psicoanalítica se basa en la autocomprensión, y la
autocomprensión es reactivada en el acto de interpretarle al
paciente”, y Arlow (citado por Rothstein, 1983) dice que “desde
los comienzos de su historia, el psicoanálisis representó una
ciencia de la mente, una disciplina de la interpretación, pri
mero de la psicopatología y después del funcionamiento psí
quico en general (...) La interpretación es (...) considerada en
general como un elemento esencial para lograr efectos tera
péuticos a través del psicoanálisis (...); la formulación de in
terpretaciones es la característica más saliente de la actividad
del analista”.
Dado que la técnica psicoanalítica es predominantemente
verbal y que la formación psicoanalítica se ha vuelto tan espe
cializada, quizá sea natural que se haya terminado por atri
buir una cierta mística a las “interpretaciones”. Hasta hay
analistas que al enunciarlas adoptan un particular tono de
voz. Menninger (1958) sostiene que
170
requerían para provocar la libre expresión de sus pensamien
tos en el paciente. Procuró evitar las sugestiones directas, del
tipo de las que habían caracterizado al método hipnótico, del
cual derivó la técnica psicoanalítica. Sus comentarios y suge
rencias sólo tenían el propósito de facilitar la producción del
material verbal, en la convicción de que la corriente asociativa
llevaría, a la postre, a la rememoración más o menos espontá
nea de recuerdos cargados de afectos, vinculados a sucesos
significativos del pasado del individuo.
En esta primera fase del psicoanálisis se entendía que el
agente terapéutico fundamental era la abreacción emocional
que acompañaba dicha rememoración, pues se consideraba
que los síntomas del paciente eran generados por la persisten
cia de afectos coartados. Freud se fue haciendo poco a poco a la
idea de que los síntomas de las pacientes histéricas también
simbolizaban, sin que ellas lo advirtieran, ciertos aspectos del
suceso traumático y los pensamientos y sensaciones ligados al
hecho olvidado. Hacia 1897, Freud ya había renunciado a la
teoría del origen traumático de la histeria y estaba aplicado al
examen minucioso de los procesos de representación simbóli
ca, en especial tal como se daban en los sueños. De hecho, sus
primeras referencias a la “interpretación” estuvieron ligadas
a la interpretación de los sueños (1900a). En este contexto, ese
concepto remitía a la comprensión y reconstrucción, por parte
del analista, de las fuentes y significados ocultos del sueño (su
“contenido latente”), a las que se arribaba examinando las
asociaciones libres del paciente frente al recuerdo consciente
del sueño en sí (el “contenido manifiesto”). En los primeros
tiempos del psicoanálisis, el analista transmitía y explicaba
sus interpretaciones al paciente, aunque esto constituía más
bien una comunicación relativamente didáctica de la interpre
tación en sí misma.
Al escribir sus trabajos sobre técnica psicoanalítica (191 le,
1912b, 1912e, 1914g, 1915a), Freud comentó que se habían
producido cambios en lo tocante a la manera en que el analis
ta exponía su comprensión de las producciones de los pacien
tes: no era aconsejable que comunicase libremente sus inter
pretaciones de los sueños y asociaciones libres sino que debía
retenerlas hasta tanto apareciesen las resistencias. Esto su-
171
ponía “condenar el procedimiento que querría comunicar al
paciente las traducciones de sus síntomas tan pronto uno mis
mo las coligió” (1913c). A partir de entonces, distinguió de
modo más o menos constante entre la interpretación en sí y la
comunicación de la interpretación. Así, en ¿Pueden los legos
ejercer el análisis? (1926e), dirigiéndose a su interlocutor ima
ginario escribió:
172
en la literatura posterior a Freud, a un uso del término “inter
pretación” que pone de relieve lo que el analista le dice al
paciente, en vez de designar su comprensión de las produccio
nes de éste. Hoy se lo emplea regularmente para describir tal
o cual aspecto de los comentarios del analista. El “arte inter
pretativo” que se demanda del analista ha llegado a significar
el arte de efectuar una intervención verbal eficaz de un tipo
particular, y no el arte de comprender el significado incons
ciente del material del paciente. De ahí que Fenichel (1945a)
pueda afirmar que la interpretación “ayuda a que algo incons
ciente devenga consciente nombrándolo en el momento en que
se empeña en irrumpir”.
Parecería que este cambio en el concepto fuese un resulta
do inevitable de la teoría estructural introducida por Freud
(1923b, 1926d) y su alejamiento de la “tópica” anterior (véase
el capítulo 1). En el campo de la técnica psicoanalítica cada
vez se puso más énfasis en formular interpretaciones que fue
sen aceptables para el paciente, o que fuesen eficaces en un
momento dado. Fue cobrando creciente importancia discrimi
nar qué cosas elegía transmitir el analista, en qué momento lo
hacía y en qué forma (Fenichel, 1941, 1945a; A. Freud, 1936;
Greenson, 1967; Hartmann, 1939, 1951; Kris, 1951; Loe-
wenstein, 1951; W. Reich, 1928). Además, se hizo hincapié en
los factores no verbales que forman parte de una interpreta
ción eficaz. Brenner (citado por Rothstein, 1983) aclaró que “el
tono y el afecto de una comunicación son aspectos importantes
de toda intervención terapéutica, en la medida en que contri
buyen al significado que el analista pretende transmitir y, por
consiguiente, favorecen la comprensión”. Otros autores (v. gr.,
Gedo, 1979; Klauber, 1972, 1980; Rosenfeld, 1972) han puesto
de relieve la importancia del contexto de la relación analista-
paciente para que surjan interpretaciones creativas y
generadoras de comprensión. Blum (según Halpert, 1984) se
refiere a “la importancia de ciertas realidades concretas de la
situación analítica, como los atributos del analista, su estilo y
su modo de operar (así como sus posibles errores), factores
extratransferenciales que tienden a activar o a efectivizar las
fantasías y gratificaciones transferenciales”. A todas luces, la
convicción con que el analista formule su interpretación y la
173
tolerancia que muestre hacia los deseos y fantasías incons
cientes del paciente cumplirán un papel determinante en lo
que atañe al efecto de la interpretación.
Desde 1897 hasta 1923, las asociaciones libres del paciente
fueron consideradas como retoños superficiales de deseos e
impulsos inconscientes que “se abrían paso desde lo profundo
hasta la superficie”. Por lo tanto, se entendía que el problema
principal de la interpretación consistía en comprender el ma
terial inconsciente “más profundo” a que podían dar lugar las
producciones conscientes. Después de 1923, cuando la concep
ción estructural subrayó el papel de la parte organizada de la
personalidad (el yo) para hallar soluciones de transacción en
tre las mociones pulsionales (el ello), los dictados de la con
ciencia moral y los ideales (el superyó) y la realidad exterior,
comenzó a verse que las interpretaciones estaban dirigidas al
yo del paciente y debían tomarse en cuenta tanto la fortaleza
como la debilidad del yo. El analista estaba obligado a re
flexionar sobre el efecto de lo que quería transmitir. Ejemplo
de esto es la anécdota de Fenichel (1941) acerca de un analista
que, sin cesar, durante varias semanas, le interpretó a un
paciente su deseo inconsciente de matarlo, sin obtener con ello
ningún avance. Aunque la comprensión del deseo inconsciente
del paciente pudiera ser correcta, según Fenichel “una inter
pretación formulada en esa situación incrementa la angustia,
y por tanto las defensas del yo, en vez de reducirlas. La inter
pretación correcta habría sido: ‘Usted no puede hablar porque
teme que le acudan a la mente ideas e impulsos que estarían
dirigidos contra mf ”. Hay analistas (aunque afortunadamen
te su número es cada vez menor) que siguen pensando que su
tarea consiste en interpretar de continuo el material incons
ciente más profundo, como si creyeran que “cuanto más pro
fundo, mejor”.
En la actualidad, la situación parece ser ésta: el término
“interpretación” se emplea tanto como sinónimo para casi to
das las intervenciones verbales del analista (e incluso, a veces,
las no verbales) cuanto como una variedad particular de in
tervención verbal. Ha habido ocasionales intentos en la biblio
grafía de diferenciar, en el plano descriptivo, los diversos com
ponentes de las intervenciones verbales. Loewenstein (1951)
174
sostiene que las intervenciones del analista que “crean las
condiciones sin las cuales el procedimiento analítico resulta
ría impracticable” no son interpretaciones sino más bien co
mentarios cuyo propósito es liberar las asociaciones del pa
ciente (p. ej., “los que lo inducen a atenerse a la regla funda
mental, los que persiguen el objetivo de levantar la barrera o
la censura que normalmente existe entre los procesos cons
cientes y preconscientes”); para Loewenstein, las interpreta
ciones propiamente dichas son aquellas intervenciones verba
les que producen “los cambios dinámicos a los que llamamos
comprensión intuitiva [insight]”. Excluye, pues, del concepto
de interpretación las instrucciones y explicaciones, entendien
do que dicho concepto debe aplicarse “a las explicaciones del
analista que aumentan el conocimiento de sí mismo que posee
el paciente; el analista extrae dicho conocimiento de los ele
mentos contenidos y expresados en las ideas, sentimientos,
palabras y conductas del paciente”. Al definir la interpreta
ción sobre la base de su efecto, vale decir, de los cambios
dinámicos que generan comprensión, Loewenstein introduce
una cierta dificultad: es fácil imaginar interpretaciones correc
tas que no sean empero eficaces, así como, a la inversa, inter
pretaciones incorrectas pero que resulten eficaces (Glover, 1931).
Desde el punto de vista conceptual sería más claro definir la
interpretación por su finalidad más que por su efecto.
Loewenstein ha hecho reparar también en que existen inter
venciones que podrían denominarse “preparatorias de la inter
pretación”, como el hecho de señalar similitudes en experien
cias diversas del paciente que éste creía desvinculadas entre sí.
Ciertas intervenciones (p. ej., las órdenes impartidas a pa
cientes fóbicos) no forman parte, según Eissler (1953), del
“modelo básico de la técnica psicoanalítica”, sino que son lo
que él llama “parámetros de la técnica”. En ese mismo artícu
lo, Eissler añade que, por el contrario, determinadas interven
ciones verbales, que no son interpretaciones, sí resultan esen
ciales en el “modelo básico”, como las instrucciones oportunas
para algunos pacientes (p. ej., sobre la regla fundamental), así
como las preguntas destinadas a aclarar el material expuesto.
Eissler opina que “la pregunta, como un tipo de comunicación,
es una herramienta básica y por ende indispensable del análi-
175
sis, que difiere en su esencia de una interpretación”. Olinick
(1954) ha realizado un provechoso examen del papel de las
preguntas en la técnica psicoanalítica.
Greenson (1967) ha discriminado los diversos componentes
verbales de la técnica analítica. Considera que “el término
‘analizar’ es una expresión abreviada, que se refiere a (...)
ciertas técnicas promotoras de la comprensión”, que incluyen:
176
producir un “cambio dinámico” por intermedio de la com
prensión intuitiva.
177
te se percate de que las variaciones dinámicas en sus asocia
ciones testimonian la influencia de las numerosas fuerzas que
están en pugna en su mente. Por lo tanto, el proceso interpre
tativo puede abarcar un período considerable, a medida que el
analista avanza prudentemente respondiendo a la interacción
dinámica entre el deseo, la defensa y la culpa en cada plano de
la interpretación.
178
mo ni tampoco habla de sí mismo, sino que habla al paciente y
del paciente. Su finalidad es aumentar el autopercatamiento
del paciente haciéndole reparar en ciertas ideas y sentimien
tos que éste no le comunicó en forma explícita, pero que de
todos modos forman parte de su estado psíquico actual y son
significativos. Estas ideas, que el analista puede observar y
formular porque están implícitas en lo que el paciente dijo o
en la manera como lo dijo, eran hasta ese momento incons
cientes o, en caso de ser conscientes, el paciente no había
advertido su pertinencia presente e inmediata. (...) En otras
palabras, el analista procura ampliar el campo perceptual
endopsíquico del paciente informándole acerca de los porme
nores y relaciones que encuentra dentro de la configuración
total de su actividad psíquica actual, que por motivos defensi
vos el paciente no es capaz de percibir o comunicar.
179
do, y no de los conflictos o pugnas internas que habían obrado
para mantener inconscientes tales recuerdos y fantasías. Una
idea equivocada que goza de popularidad, y que se remonta a
los primeros trabajos de Freud, es que las interpretaciones del
contenido constituyen el grueso de la actividad del psicoana
lista, junto con las interpretaciones simbólicas —traducción
del significado simbólico de los sueños, deslices en el habla,
etcétera.
Una variante particular del análisis de las resistencias (ca
pítulo 7) es la interpretación de las defensas, tendientes a
señalar al paciente los mecanismos y maniobras a los que
recurre para tramitar los sentimientos penosos vinculados a
algún conflicto determinado, e indicarle en lo posible cuál es el
origen de tales operaciones psíquicas. Se piensa que la inter
pretación de las defensas es un complemento indispensable a
la interpretación del contenido, ya que ésta sería insuficiente
si además no se le muestran al individuo los métodos que
utiliza inconscientemente para hacer frente a sus impulsos
infantiles. Anna Freud (1936) observa que “una técnica que se
limitase exclusivamente a traducir símbolos correría el peli
gro de sacar a la luz un material que constaría, también exclu
sivamente, de contenidos del ello. (...) Tal vez uno quiere justi
ficar dicha técnica diciendo que no habría ninguna necesidad
real de seguir una ruta indirecta, pasando por el yo. (...) Em
pero, sus resultados serían incompletos”. Se considera que las
interpretaciones de las defensas poseen especial importancia
para producir modificaciones en la organización psíquica del
neurótico, ya que se concibe que en su caso la psieopatología
tiene sus raíces, en parte, en su particular organización defen
siva, o sea, en sus métodos para abordar los conflictos. Se
piensa que los cambios de la organización psíquica constitu
yen un elemento esencial del proceso terapéutico (capítulo 7).
La idea de que algunas interpretaciones son más eficaces
que otras se concretó en el concepto de “interpretación
mutatiua”. Strachey (1934) sugirió que los cambios decisivos
que una interpretación provoca en el paciente son los que
afectan su superyó. Las interpretaciones que obran este efecto
se consideran “mutativas”, y para resultar eficaces deben es
tar referidas a los procesos que se dan en el “aquí y ahora”
180
inmediato de la situación analítica (Strachey entendía que
sólo las interpretaciones relativas a tales procesos inmedia
tos, en especial los transferenciales, poseían una urgencia y
un impacto lo bastante poderosos como para generar cambios
fundamentales). Esta idea contribuyó, como ya dijimos, al punto
de vista según el cual el analista sólo debe formular interpre
taciones transferenciales (capítulos 4 y 5), ya que ellas serían
las únicas eficaces (mutativas). En rigor, no parece haber sido
ésa exactamente la creencia de Strachey y tampoco concuerda
con la práctica de la mayoría de los analistas, quienes apelan
a interpretaciones extratransferenciales (Halpert, 1984;
Rosenfeld, 1972).
Desde Strachey, y sobre todo desde Melanie Klein, cobró
cuerpo la tendencia a centrarse, de modo más o menos exclusi
vo, en las interpretaciones transferenciales (Gilí, 1982; Jo-
seph, 1985), pero en los últimos tiempos revivió el interés por
las interpretaciones extratransferenciales. En una amplia re
seña de este tema, Blum (1983) comenta:
181
En una mesa redonda sobre “El valor de la interpretación
extratransferencial” (de la cual informa Halpert, 1984), Stone
señaló que “hay situaciones en las que pueden darse espontá
neamente, en la vida inmediata del paciente, las transferen
cias mismas, sin que exista un procesamiento notorio de ellas
en la situación analítica, y la interpretación de estas transfe
rencias puede constituir un aporte significativo al proceso psi-
coanalítico, más allá de sus efectos terapéuticos directos”. Leites
puntualiza que “no todo lo que el paciente dice se vincula
siempre, en forma latente, con el analista. (...) Los sentimien
tos hacia las personas primordiales de su pasado, reactivados
por el análisis, pueden transferirse de modo directo sobre otras
personas de su vida, y estas transferencias no siempre repre
sentan desplazamientos de la transferencia sobre el analista”.
Sea como fuere, existe hoy acuerdo casi general acerca de
la importancia capital de las interpretaciones transferenciales,
y, como dice Gray, “cuanto más se centre el análisis en los
datos analíticos tal como surgen dentro de la situación analíti
ca, más eficaz se vuelve la interpretación”.
Kohut y la escuela de la psicología psicoanalítica del sí-
mismo han prestado particular atención a la técnica específica
diseñada para el análisis de pacientes narcisistas o fronteri
zos. Ornstein y Ornstein (1980) sostienen lo siguiente:
182
portantes que deben transmitir las interpretaciones. Por lo
demás, como esta escuela acentúa la importancia de los défi
cit de la experiencia temprana del niño (en lugar de destacar
los conflictos), para ellas las interpretaciones empáticas y
reconstructivas “son el método esencial de análisis, indepen
dientemente de que la psicopatología del paciente se base
por naturaleza en el conflicto o en la deficiencia” (Ornstein y
Ornstein, 1980). Pese a este énfasis en el papel que cumple
la empatia del analista, Kohut (1984) ha dicho que la empa
tia de los que adhieren a la psicología del sí-mismo no difiere
de la que poseen los analistas de otras corrientes, aunque
añadió: “Sé que varios de mis colegas que suscriben la psico
logía del sí-mismo no coincidirán con esta opinión mía nega
tiva”.
Es evidente que la estructura y contenido de las interpre
taciones dependen en alto grado del marco de referencia psi-
coanalítico propio de cada analista. A medida que la teoría
psicoanalítica fue desarrollándose y modificándose con la ex
periencia clínica, llevando a poner el acento en otros puntos,
también cambió la índole de las interpretaciones. Así, en la
actualidad es posible que éstas apunten en mayor medida que
antes (y, en algunos círculos, casi con exclusividad) a la trans
ferencia y al modo como se manifiestan en el presente los
tempranos procesos y conflictos evolutivos preedípicos. Desde
ya que si para el analista son los “déficit”, y no los conflictos,
los que tienen importancia central, esto ha de gravitar en sus
interpretaciones (Wallerstein, 1983).
Varios autores se han ocupado de la relación existente en
tre el éxito terapéutico y la formulación de interpretaciones
“correctas”. Por ejemplo, Glover (1931) sugiere que aun inter
pretaciones inexactas, imprecisas o incompletas pueden dar
origen, en determinadas circunstancias, a un avance terapéu
tico. Cree que este efecto deriva de que se le suministra al
paciente un sistema de organización alternativo capaz de ope
rar como “nuevo producto sustitutivo” (en lugar del síntoma),
un producto que “es ahora aceptado por el yo del paciente”.
Isaacs (1939), en su examen del proceso de interpretación,
sostiene que el buen analista, en virtud de su formación, em
plea las interpretaciones a manera de hipótesis científicas con-
183
cernientes al funcionamiento psíquico del paciente. Declara
que
184
lugar. Tal vez nunca accedieron a la conciencia, o tal vez lo
hicieron más tarde, en el curso de la “cadena de sucesos” a la
que se ligó la experiencia original. A través de las interpreta
ciones reconstructivas, suelen pasar a formar parte del con
junto escogido de experiencias que constituyen el cuadro bio
gráfico del individuo que, en los casos favorables, emerge en el
curso de la terapia analítica.
185
especie de acción narrativa, o sea una manera de contar o
describir sucesos de la vida pasada y presente.” Y agrega:
186
útiles desde el punto de vista heurístico, teniendo en cuenta
nuestra variable adhesión a ciertos valores intelectuales, para
la explicación, o sea, para conferir sentido a los datos clínicos
primarios que surgen en nuestros consultorios.
Y agrega luego:
187
11. COMPRENSION INTUITIVA
189
que podían presentar “signos de poseer una comprensión in
tuitiva más o menos amplia de su enfermedad” (1907). Si
guiendo a Kraepelin (1906), Bleuler (1911) y Jaspers (1913),
la “falta de comprensión intuitiva” suele asociarse fundamen
talmente con los estados psíquicos psicóticos. Pero al hacer
extensivo el término de la psiquiatría al psicoanálisis, este
significado específico se perdió.
Vale la pena mencionar que, en el uso que se le dio al
comienzo en psicoanálisis, no era un término especializado.
No figura en el índice de la Standard Edition de las obras de
Freud, aunque de hecho, en un sentido corriente, Freud em
plea en varios lugares la palabra alemana correspondiente,
“Einsicht”, que al igual que la inglesa “insight” es relativa
mente coloquial. Parecería que en algún momento de la histo
ria del psicoanálisis ambas fueron elevadas a la condición de
concepto técnico. El Oxford English Dictionary indica que “la
idea original parece ser la de una ‘visión interna’ [in-sight],
vale decir, la de los ojos de la mente o el entendimiento”, y da
las siguientes acepciones: “visión interna; visión o percepción
mental; discernimiento, el hecho de penetrar con los ojos del
entendimiento en el carácter o naturaleza interiores de las
cosas; vislumbre o visión que penetra más allá de la superfi
cie”. El uso actual, más o menos coloquial, de este vocablo
parece haber sido influido por el concepto técnico psicoanalíti-
co, de modo tal que a veces su sentido guarda correspondencia
con la acepción que el Oxford English Dictionary rotula como
“obsoleta”, a saber: “comprensión, inteligencia, saber”.
Sea como fuere, en la acepción más especializada con que
hoy se lo emplea en psicoanálisis, parece arraigar firmemente
en las formulaciones freudianas sobre los procesos de cambio
que llevan a la “cura”.
En Estudios sobre la histeria (1895d), Freud escribió:
190
sible y expresaba en palabras el afecto. Un recordar no acom
pañado de afecto es casi siempre totalmente ineficaz.
191
Es verdad que en los tiempos iniciales de la técnica analíti
ca atribuíamos elevado valor, en una actitud de pensamiento
intelectualista, al saber del enfermo sobre lo olvidado por él, y
apenas distinguíamos entre nuestro saber y el suyo. Conside
rábamos una particular suerte obtener de otras personas in
formación sobre el trauma infantil olvidado (...) y nos apresu
rábamos a poner en conocimiento del enfermo la noticia y las
pruebas de su exactitud, con la segura expectativa de llevar
así neurosis y tratamiento a un rápido final. Serio desengaño:
el éxito esperado no se producía.
192
presenta la definición precisa de lo que constituye una com
prensión intuitiva “auténtica”, “emocional” o “eficaz” (v. gr.,
Barnett, 1978; Blacker, 1981; Bush, 1978; A. Freud, 1981;
Hatcher, 1973; Horowitz, 1987; Kerz-Ruehling, 1986; Kris,
1956a; Kubie, 1950; Martin, 1952; Michels, 1986; Myerson,
1960, 1963, 1965; Poland, 1988; Pressman, 1969a, 1969b;
Rangell, 1981; Reid y Finesinger, 1952; Richfield, 1954; Segal,
1962; Silverberg, 1955; Valenstein, 1962; Zilboorg, 1952).
Una de las dificultades en esta búsqueda de una definición
adecuada ha sido la tentación de caer en una tautología: si la
comprensión intuitiva no es eficaz para producir un cambio,
entonces no es una “auténtica” comprensión intuitiva; ergo,
toda comprensión intuitiva que produce un cambio sería au
téntica. Si queremos evitar esa tautología, parecería necesario
divorciar el concepto de comprensión intuitiva del concepto de
“cura”, ya que aquélla no es forzosamente seguida por cambios
terapéuticos progresivos en el paciente.
Richfield (1954), así como Reid y Finesinger (1952), procu
raron, en su empeño de aclarar este problema, aplicar un
análisis filosófico. Estos últimos autores recurren a la expre
sión “comprensión intuitiva dinámica” para designar la varie
dad eficaz, y citan en tal sentido a Kubie (1950):
193
sión intuitiva “emocional” o “de eñcacia dinámica” es que “vuel
ve consciente al paciente de un hecho, que puede o no ser una
emoción, pero que libera o desencadena una respuesta emocio
nal”. Esta definición de la comprensión intuitiva no la vincula
necesariamente a ningún criterio de lo que es “correcto” o lo
que promueve el “cambio terapéutico”.
Pese a que se acepta que los elementos “intelectuales” de la
comprensión intuitiva no son por sí mismos eficaces, se ha
cobrado cada vez mayor conciencia del papel de los procesos
cognitivos que participan en ella (Bamett, 1978; Bush, 1978).
Barnett comenta que
194
prensión intuitiva” en términos que el niño sea capaz de en
tender, tendrá lugar alguna nueva integración. (...) Debemos
suponer que la “comprensión analítica” de los niños se incor
pora a una matriz general de la experiencia.
195
Según Gray (1990), cada nuevo logro en materia de com
prensión intuitiva por parte del paciente “es acompañado por
una importante comprensión intuitiva obtenida a través de la
experiencia acerca de esta realidad: (...) que el yo adulto es de
hecho capaz de manejar conscientemente, a voluntad, la con
tención o descarga de (...) la vida instintiva. (...) Este aspecto
de la acción terapéutica es una forma de aprendizaje sobre su
capacidad en materia yoica, a través de la experiencia del ejer
cicio gradual y autónomo de su control de los impulsos recla
mados”. Apunta Gray que “en ciertos momentos oportunos, y
empleando palabras que le resulten aceptables, invito al pa
ciente a observar junto conmigo lo que ha sucedido”.
Mangham (1981) pone de relieve la importancia que tiene,
para alcanzar la comprensión intuitiva, el restablecimiento de
un temprano lazo afectivo con la madre y la restauración del
sentimiento de omnipotencia infantil. Amplía así lo enunciado
en un trabajo clásico sobre el tema por Kris (1956b): “En la
comprensión intuitiva los ‘elementos cognitivos’ se mezclan
con una clase particular de seguridad”. El trabajo de Kris fue
discutido luego por Abend (1988) a la luz de los avances poste
riores.
Blum (1981) subraya la importancia de que se cree en el
analizado “un ideal de comprensión intuitiva” y comenta:
196
pecto de sus contrarreacciones ante el paciente y su conoci
miento cada vez mayor de la vida interna de éste. El análisis
sería un juego mutuo intermitente entre las comprensiones
intuitivas del analista y las del paciente. Anthony (al igual
que Blacker, 1981; Hatcher, 1973; Horowitz, 1987; Poland,
1988; Rangell, 19S1) destaca que a la comprensión intuitiva
analítica debe entendérsela como un proceso.
Horowitz (1987) puntualiza que este proceso de descubri
miento y comprensión puede proseguir y ampliarse después
de haber concluido el análisis. Escribe:
197
halla bien representada por el razonamiento lógico y la teoría.
El análisis clínico da vida a fuerzas interiores dentro de un
contexto diádico singular que torna significativos los significa
dos implícitos de manera inmediata, permitiendo así que los
hechos históricos lleguen a ser verdades personales. (...) Un
analista no puede “brindar” una comprensión intuitiva; sus
interpretaciones podrán ofrecer nuevos conocimientos, su in
teracción con el paciente le proporcionará a éste nuevas expe
riencias emocionales, pero para convertir dichos conocimien
tos o experiencias en una comprensión intuitiva, el paciente
mismo tendrá que asimilarlos.
198
12. ELABORACION
199
reelaborar” (1914g).* Allí señalaba que, en la primera fase del
psicoanálisis, el objetivo del tratamiento había sido la
rememoración del suceso traumático patógeno que, según se
suponía, era la raíz de su neurosis, así como la abreacción del
afecto contenido que estaba asociado a dicho suceso. Al renun
ciar a la hipnosis, la tarea terapéutica pasó a ser la recupera
ción de contenidos psíquicos olvidados significativos y de sus
afectos asociados a través de las asociaciones libres, lo cual
exigía un “gasto de trabajo” del paciente, a raíz de sus resis
tencias para develar lo reprimido. Cobró prioridad, respecto
de esa rememoración de recuerdos significativos, la repetición
inconsciente de ellos bajo la forma de la transferencia y del
acting out (capítulo 9). Comenzó a considerarse que la labor
analítica estaba encaminada en gran medida a la interpreta
ción de las resistencias del paciente, así como a mostrarle de
qué modo se reproducía el pasado en el presente. No obstante,
por más que el analista pudiera revelar su resistencia, esto
por sí solo no llevaba a un avance en el tratamiento.
Al respecto apuntó Freud (1914g):
200
ción a la variedad particular derivada de la “compulsión a la
repetición” (1920g) y a la denominada “resistencia del ello”
(1926d). En esto puede verse un reflejo de la “oposición” que
ofrecen las mociones pulsionales a que se las desprenda de sus
objetos y modos de descarga previos (1915a, 1915f). Asimismo,
tomando en préstamo una expresión de Jung, Freud (1918b
[1914]) se refirió a la “inercia psíquica”, y a la “viscosidad”
(1916-17) o “estasis” (1940a [1938]) de la libido como fuerzas
que se oponían a la recuperación. Todos estos términos
trasuntan que concebía a las mociones pulsionales como ener
gía ligada a determinadas representaciones psíquicas, en par
ticular las de los objetos de amor infantiles. Esta conceptuali-
zación de las pulsiones como energía que puede investir a un
objeto fue puesta en tela de juicio de manera creciente y cada
vez más convincente. En 1937 Freud relacionó la “inercia psí
quica” con factores constitucionales específicos y con el enve
jecimiento (1937c). A la sazón suponía que la edad avanzada
del paciente tornaba menos eficaz el proceso psicoanalítico y
era una contraindicación para el tratamiento, punto de vista
que hoy ya no es avalado por muchos. Para Freud el trabajo
de elaboración era el que tanto el analista como el paciente
debían realizar para superar las resistencias al cambio, debi
das primordialmente a la tendencia de las mociones pulsio
nales a adherirse a las modalidades habituales de descarga.
La elaboración constituía una labor analítica adicional a la
que tenía por finalidad develar los conflictos y las resisten
cias. Se pensaba que la comprensión intelectual, sin dicha
elaboración, no era suficiente para cumplir el cometido tera
péutico, ya que dejaba en pie la tendencia de las modalidades
previas de funcionamiento a repetirse según los patrones
acostumbrados
Tiene interés histórico el hecho de que Fenichel (1941), al
comentar el libro de Ferenczi y Rank, The Deuelopment of
Psycho-Analysis (1925), haya puesto de relieve el hincapié que
hacían los autores en la revivencia de las experiencias emocio
nales dentro de la transferencia, diciendo que “en su énfasis
en el experienciar, se convirtieron en admiradores de la
abreacción, del acting out, y por ende la elaboración queda
perjudicada”. Para Fenichel (1937, 1941) la elaboración cons-
201
tituye una actividad del analista, no del analista y el paciente,
y se refiere a ella como “un tipo especial de interpretación”.
Señala que el paciente mostrará reiterada resistencia a perca
tarse del material inconsciente que se le ha interpretado, y
que la labor de la interpretación tiene entonces que repetirse,
por más que ahora el proceso pueda avanzar más rápida y
fácilmente que antes. En ocasiones, reaparecerá en el pacien
te un cuadro exactamente igual al anterior; otras veces, habrá
variantes en diversos contextos. “Siguiendo a Freud, se deno
mina ‘elaboración’ ese proceso necesario de demostrar al pa
ciente una y otra vez lo mismo, en diferentes momentos o en
diversos contextos”.
Aunque Fenichel circunscribe el concepto de Freud al equi
parar la elaboración con un tipo de interpretación, por otro
lado lo amplía, pues lo relaciona con la resistencia al cambio
tanto del yo como del superyó. Además, lo compara al proceso
del duelo, como más tarde hicieron también otros autores (p.
ej., Parkin, 1981). Dice Fenichel (1941):
202
ciones del conflicto en diferentes ámbitos de la vida del indivi
duo (proceso por momentos muy laborioso). Como escribe
Fromm-Reichmann (1950):
203
estructurales. (En la bibliografía psicoanalítica, el término “es
tructura” ha sido empleado para referirse específicamente a la
tríada yo-ello-superyó, pero en la actualidad se lo utiliza de un
modo más general, para designar las organizaciones psíquicas
que cambian con lentitud.) Dice este autor que
204
formal, esas nuevas pautas de acción, pensamiento y afecto
cobran un grado creciente de estructuración”. Tanto Stewart
(1963) como Greenson (1965b) adhieren a la opinión de Freud
según la cual la elaboración se dirige sobre todo contra la
“resistencia del ello”; sin embargo, la definición que da
Greenson se centra en torno de la comprensión intuitiva y el
cambio:
205
de conducta respecto de impulsos y objetos que hasta en
tonces consideraba peligrosos. Lo habitual es que el pa
ciente pruebe primero la nueva conducta en la situación
analítica y luego en el mundo externo. Ese nuevo compor
tamiento será un retoño algo menos desfigurado de su pa
sado infantil.
207
ta, su capacidad técnica, y los acontecimientos transferenciales
son factores indispensables todos ellos en el proceso global.
(...) La elaboración se refiere al aspecto de dicho proceso que,
en definitiva, más estimable le es al analizado, pues significa
su propio triunfo —no el nuestro— sobre las fuerzas clandesti
nas que operan en la vida neurótica.
208
elaboración, en una atmósfera de abstinencia) para producir
la cura analítica, pero considera bajo una luz diferente no
sólo los resultados alcanzados sino también el papel que des
empeñan en el proceso analítico la interpretación y la elabo
ración.
Y luego agrega:
209
parecerían constituir la esencia misma de la elaboración. Es
probable que la mayoría de los psicoanalistas aceptasen esta
descripción, aunque tan pronto se amplía el concepto surgen
las divergencias. Ellas reflejan las diversas orientaciones teó
ricas presentes dentro del psicoanálisis, así como el énfasis en
distintos aspectos del funcionamiento psíquico en otros tantos
momentos de su historia teórica. Freud puso cuidado en dife
renciar entre la elaboración, los factores que, según suponía,
la tornaban indispensable (en particular, las resistencias del
ello) y los resultados a que podía dar lugar, o sea, cambios más
permanentes que los obtenidos por la mera sugestión o la
abreacción.
Resulta claro que la evolución sufrida por la teoría psicoa-
nalítica después de Freud afectó a este concepto de muy diver
so modo, hasta hacer que se perdiera en parte su simplicidad
descriptiva original. De hecho, Novey (1962) habla de “nuestro
fracaso en comprender el proceso de elaboración”, opinión de
la que se hace eco Sedler (1983). Por su parte, Bird (en Schmale,
1966) manifiesta que a su juicio no hay ninguna necesidad de
conservar el término. Sin embargo, se lo sigue empleando y
considerándolo, en forma bastante general, como un concepto
clínico o técnico básico del psicoanálisis. Abarca la labor tanto
del analista como del paciente y se vincula a la necesidad de
superar resistencias de todo origen. Por supuesto, que el pa
ciente no cambie después de una interpretación o una com
prensión determinadas puede obedecer a otros factores, más
allá de su resistencia.
El concepto de resistencia es otro ejemplo de un concepto
descriptivo al que se le confirió poder explicativo. Subrayamos
antes la necesidad de distinguir entre las variedades y las
fuentes de resistencia, y respecto de estas últimas, hemos su
gerido que la llamada “resistencia del ello” es un caso especial
de la resistencia más general a renunciar a las soluciones
adaptativas del pasado (incluidos los síntomas neuróticos), a
raíz de la necesidad del “desaprendizaje” o la extinción. En
este sentido, es pertinaz mencionar la necesidad del refuerzo y
la recompensa para que se produzca el aprendizaje (aun el que
se alcanza mediante la comprensión intuitiva) y para la for
mación de nuevas estructuras y la inhibición o extinción de las
210
antiguas. Tal modificación de la estructura mediante el apren
dizaje no sería parte de la elaboración sino una consecuencia
de ésta.
A modo de conclusión, vale la pena destacar que hay con
senso entre los autores psicoanalíticos en cuanto a que, si
bien la elaboración puede ser una parte esencial del proceso
analítico, la interpretación del contenido psíquico inconsciente
y de las repeticiones transferenciales, así como la obtención
de una comprensión intuitiva, son elementos no menos vita
les para su éxito. Ninguna técnica que se abstenga de em
plear estos elementos puede considerarse auténticamente
psicoanalítica; pero ello no equivale a decir que la elabora
ción no pueda también desempeñar un papel en otros tipos
de terapia, en especial las que implican un factor de
“reinstrucción” o “reeducación”.
211
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251
INDICE ANALITICO
253
— negativa, 47-8 — función de sostén del, 33-
— y otros aspectos de la 4
transferencia, 41-2 — personalidad del, 67-8
— y transferencia positiva, — y la alianza de tratamien
54 to, 46-7
— y los pacientes psicóticos, — yo operante del, 116-7
48-9 Véase también alianza de
— y resistencia, 40-1 tratamiento; contratrans
alianza terapéutica, Véase alian ferencia; empatia; transfe
za de tratamiento rencia
alianza terapéutica inconvenien analizabilidad
te, 46-8 — y edad,201
Alston, T., 61-2 — y estados fronterizos, 43-
ambivalencia de los deseos, 19- 4
20 — y capacidad para estable
análisis de niños cer una alianza de tratamien
— y comprensión intuitiva, to, 43-4
193-5 — y trastornos de carácter,
— resistencia en el, 137-8 48-9
análisis — y trastornos graves de la
— del carácter, 129-31 personalidad, 48-9
— de las defensas, 179-80 — y el “basamento rocoso
— como transacción narrati biopsicológico”, 137
va, 185-6 “Anna O.”, caso de, 16-7
— y cambio estructural, 203- Anastasopoulos, D., 161-2, 166
4 angustia
— didáctico, 102 — de castración, 20-1
— de la transferencia, 51 — teoría de la, 122
Véase también resistencia, Arkin, F. S., 147-8
análisis de la; terapia Arlow, J. A., 22-3, 71, 79, 112-3,
analista 170, 177-8
— lazo realista establecido Asch, S., 148-9, 150-1
con el, 36 asociación libre, 100-1, 173-4
— su relación con el anali — análisis de la, 27, 28
zado, 36, 173-4, 195-7 — regla fundamental de la,
— postura del, 16-7 175-6
— contrarresistencia del, — concepto de Freud sobre
132-3 la, 18, 27-8, 100-1, 119, 200
— como objeto fantaseado, — y deseos inconscientes, 18
58-9 — uso de la, 26
— sexo del, su papel en la aspectos irracionales de la tera
transferencia, 60-1 pia, 40-1
254
Atkins, N. B., 89, 155 Brenner, C., 22-3, 39,63,79,127-
Auchincloss, E. L., 46 8, 147-8, 150-1, 173-4, 177-8,
209
Balint, A., 103-4, 115-6 Breuer, J., 16
Balint, M., 24, 32-3, 33-4, 85-6, Britton, R., 195-6
91, 103, 115-6, 166, 184-5, Brown, G. W., 86-7
187 Buie, D. H., 92
Barande, R., 206 Bush, M., 192-3
Bamett, J., 189, 192-3
Baranger, W., 150-1 Calogeras, R., 61-2
Bateson, G., 87-8, 96-7 Campbell, R. J., 189
bebé, su relación con el objeto campo bipersonal, 108-10
primario, 41-2 capacidad de respuesta flotante,
Bégoin, F., 150-1 110
Bégoin, J., 150-1 capacidad de respuesta flotante
Bellak, L., 156, 161-2 del analista, 110
Besetzung, 18 carácter
Beres, D., 112-3 — análisis del, 129-31
Berg, M. D., 69-70 — coraza del, 126-8
Bergman, A., 148-9 — trastornos del, y analiza-
Berkowitz, D. A., 43-4 bilidad, 48-9
Bernstein, I., 111-2 — resistencias del, 137-8
Bibring, E., 169, 176-7, 177-8 — transferencia de, 59-60,
Bibring-Lehner, G., 84-5 63
Bilger, A., 162-3, 164-5, 166 castigo, necesidad de, 143
Bion, W. R., 24,40, 69-70,107-8, catarsis, 16, 199
115, 161-2, 206 Véase también abreacción
Blacker, K. H., 192-3,195-6, 197- Cesio, F. R., 147-8
8 clarificación, 175-8
Bleger, J., 33-4 Coen, S. J., 80
Bleuler, E., 189 Cohén, M. B., 115
Blitzsten, 80-1 comprensión intuitiva, 40-1,189-
Blos, P., 155, 166 98, 199
Blum, H. P., 61-2, 76, 82,83,127- — analítica, 197
8, 161-2, 140, 141, 151, 158, — capacidad para la, 193-5
171 — y análisis de niños, 193-5
Boesky, D., 130-1,137,155,164- — correcta, 198
5 — y curación, 193
Bollas, C., 69-70 — dinámica, 193
Bone, M., 86-7 — eficaz, 192-3, 198
Boschán, P. J., 114, 130-1, 135 — emocional, 191-3
Brandchaft, B., 149-50
255
— adquirida a través de la — etimología del término,
experiencia, 196 102
— ideal de, 196 — conceptos de Freud sobre
complejo de Edipo, 20-1, 61-2 la, 100-2
Compton, A. 185-6 — significados del término,
compulsión de repetición 115-6
— conceptos de Freud sobre — y reacción terapéutica ne
la, 55-6 gativa, 150-1
— trabajo elaborativo sobre — como obstáculo, 100-2
la, 201 — primitiva grandiosa, 114-
comunicación, modalidades de la, 5
163-4 — como respuesta a las iden
concepción topográfica, 173-4 tificaciones proyectivas del
conceptos psicoanalíticos, 14-5 analizando, 105-6
— múltiples significados de — su interacción con la
los, 13-15 transferencia, 108-9
conciencia, sistema, 18-20 Cooper, A. M., 60-2
conciencia de culpa, 141-2 Cornelison, A., 81-8
— y superyó, 21-2 creatividad artística y regresión,
conducta como acting out, 164-5 32-3
confianza básica, 41-3 culpa, sentimientos de
conflicto preedípico, 71 — y reacción terapéutica ne
contenido manifiesto del sueño, gativa, 141-2, 147-8
17-8 — inconscientes, papel de
Colarusso, C. A., 71 los, 20-1
confrontación, 28, 175-6, 177-8 cura(ción)
construcciones e interpretaciones — resistencias causadas por
en el análisis, 172-3 la amenaza de la, 135
contención, 33-4, — y comprensión intuitiva,
— quiebra de la, 107-8 193
contrarreacciones del analista, — transferencial, 53
tipos de, 110-11 — deseo de, 47-8
contrarresistencia del analista, — y alianza de tratamiento,
132-3 42-3
contrato cura transferencial, 53
— clínico, 48-9 Curtis, H. C., 35, 39-40
— terapéutico, 36, 45
contratransferencia, 66-7,81-98, Charcot, J. M., 15, 16-7, 26
99-117, 163-4 Chediak, C., 110
— y acting out, 164-5, 168
— concepto de, 102-8 Dalison, B., 86-7
— definición de, 29 Davies, S., 47-8
defensa(s), 33-4
256
— interpretación de las, 179- empatía, 94-5,105-6,107-8,111-
81 3, 182-4
— mecanismos de, 21-3, 203 — y contratransferencia,
— y resistencia, 127-9 112-4
— transferencia de las, 56, encuadre, importancia del, 34
72 encuadre analítico
definición, problema de, 15 — evolución del, 25-34
depresión y reacción terapéutica — importancia del, 33-4
negativa, 149-50 encuadre terapéutico, evolución
deseos inconscientes del, 25-34
— y sueños, 17-8 energía agresiva, 18
— instintivos, 26 energías pulsionales, 18-20
deseos inconscientes y asociacio English, O. S., 103-4
nes libres, 17-8 ensueño materno, 206
Deutsch, H., 127-8, 162-3 envidia y reacción terapéutica
Deutung, 169 negativa, 150-1
Dewald, P. A., 111, 115-6, 129- Erard, R. E., 155, 162-3, 163-4,
30, 130-1 164-5
Dickes, R., 38, 46 Erikson, E. H., 41-2, 42-3, 91,
difusión de la identidad, 91-2 135-6
disociación activa, 15-6 Escoll, P. J., 67-8, 71
“Dora”, caso de, 156-7 espacio transicional, 32-3
duelo y trabajo elaborativo, 202- esquizofrenia, conceptos de los
3 teóricos de la familia sobre
la, 87-8
Eagle, M. N., 35, 40-1 escuela inglesa, 57-8
edad y analizabilidad, 201 esfera del yo “libre de conflictos",
Eidelberg, L., 15, 147-8, 159-60 22-3
Einsicht, 190 estados fronterizos, la transfe
Eissler, K. R., 28, 30, 175-6 rencia en los, 77, 84-92
Ekstein, R., 202-3 etapa introductoria de la tera
ello, 68-9, 174-5 pia, 43-4
— definición, 20-22 Evans, R., 27
— elementos del, en la alian- exteriorización, 57-8
zp de tratamiento, 47-8 — y transferencia, 67-9, 72
— y principio de placer, 21-
2 factores raciales en la transfe-
— resistencia del, 124-5, rencia, 60-1
136-7 Fairbaim, W. R. D., 24, 132-3,
— y trabajo elaborativo, 201, 134
210-11 Fedem, P., 85-6
— papel del, 38 Feigenbaum, D., 144, 147-8
Emde, R., 24 Fenichel, O., 35, 38,129-30,137,
257
160-1, 161-2, 162-3, 173-4, — y transferencia, 51-6, 60-
201, 202-3, 206 1
fenómenos transferenciales — y teoría de la génesis trau
esquizofrénicos, 85-6 mática de la histeria, 171
fenómenos transicionales, 32-3 — y trabajo elaborativo, 200-
Ferenczi, S., 89, 100-1, 129-30, 1
201 Friedman, L., 35, 38
Fine, B. D., 15, 61-2, 63, 93 Fromm-Reichmann, F., 86-7,
Finesinger, J. E., 192-3 178, 202-3
Fischer, N., 60-1 Frosch, J., 90
Fleck, S., 87-8 Fuga en la salud
Fliess, R., 103-4, 112-3, 116-7 — y restablecimiento, 42-3
Fonagy, P., 39-40 — y resistencia, 139
Frank, A., 130-1, 137 — y cura transferencia!, 53
“Frau P. J.”, caso de, 26
French, T. M., 91 Gabard, G. O., 43-4
Freud, A., 22-3, 31, 33-4, 38, 43- ganancia secundaria, resisten
4, 56, 61-2, 66-7, 72, 126-7, cias derivadas de la, 132-3
131-3, 137, 158-60, 162-3, ganancia secundaria de la en
173-4, 192-3, 194-5 fermedad, la resistencia
Freud, S., como, 124-5
— y acting out, 156-7 Gedo, J. E., 173-4
— y el caso de “Dora”, 157 Gero, G., 127-8, 149-50
— y el caso de “Frau P. J.", Gerstley, L., 43-4
26 Gilí, H. S., 129-37, 133-4
— y contratransferencia, Gilí, M. M., 132-3, 170, 180-1
100-2 Giovacchini, P., 32-3
— y evolución del psicoaná Gillman, R. D., 126-7, 130-1
lisis, 15-23 Gitelson, M., 35, 43-4,103-4,115
— y evolución del encuadre Glover, E., 58-9, 126-7, 129-30,
analítico, 25-8 133-4, 175-6, 183-4, 206
— y asociación libre, 18, 27- Glenn, J., 111
8, 100-1, 119, 200 Granatir, W. L., 116-7
— e interpretación, 127-31 Gray, P., 195-6
— y reacción terapéutica ne Greenacre, P., 36, 156, 160-2,
gativa, 141-4 203-4
— y compulsión de repeti Greenbaum, H., 147-8
ción, 41 Greenson, R. R., 35, 36, 39-40,
— y resistencia, 119-22 58-9, 67-8, 82, 84-5,102,128-
— revisión de sus conceptos, 9, 133-4, 161-2, 162-3, 163-5,
15 173-4, 175-7, 204-6
— y neurosis de transferen Grigg, K. A., 116-7
cia, 54-5, y 61-2 Grinberg, L., 107-8, 115, 161-2
258
Grunert, U., 148-9 identificación
Gunderson, J. G., 91 — complementaría y
Gutheil, T. G*, 35, 38 contratransferencia, 105-6
— concordante y
Haley, J., 88 contratransferencia, 105-0
Halpert, E., 173-4, 180-1, 181-2 — múltiples signficados del
Hamilton, V., 12 término, 14
Hammett, V. B. O., 90 — por ensayo, 112-4
handeln, 156 identificación introyectiva y pro-
Hanly, C., 94-5 yectiva, 66-7
Harley, M., 61-2 identificación proyectiva, 32-3,
Hartmann, H., 14, 22-3, 38,126- 65-6, 104-5, 115
7, 131-2, 159-60, 167, 173-4 • — y contratransferencia,
Hatcher, R. L., 192-3, 197-8 107-8, 110
Havens, L. L., 35, 38 — y transferencia, 72
Hazen, L., 10 ilusión específica, la transferen
Heimann, P., 104-5, 115-6 cia como, 77-8
Hernández, M., 10 ilusión transferencia! y realidad,
Hill, D., 10, 89 78
Hinshelwood, R. D., 15, 107-8 imago paterna, 68-70
Hinsie, L. E., 189 imago primitiva introyectada,
hipnosis, 199-200 58-9
— uso inicial de la, 25-6 impulsos libidinales, transferen
hipocondría delirante, 89 cia de los, 56
histeria inconsciente, sistema, 18-21
— y neurosis de transferen inconsciente y el ello, 21-2
cia, 92 inercia psíquica, 201
— teoría de la génesis trau Infante, J. A., 155
mática de la, 171 insight, Véase comprensión intui
Hoffer, W. 43-4, 103-4, 106-7 tiva
Holder, A., 12, 155 intemalización transmutadora,
Horney, K., 144, 145-6, 146-7, 94-5
148-9, 149-50, 150-1 interpretación del contenido,
Horowitz, M. H., 192-3, 197-8 179-80
hostilidad y transferencia interpretación reconstructiva,
erotizada, 82 181-4
intervención terapéutica, 178
Ibsen, H., 144 intemalización transmutadora,
idealización del analita, 41-2 94-5
identidad interpretación extratransferen-
— difusión de la, 91-2 cial, 180-2
— resistencia de la, 135-6
259
interpretación, 28, 34, 40-1, 152- Isaacs, S., 183-4, 184-5
3, 169-87, 202-3, 211 intervención
— y relación analista-anali — terapéutica, 28, 169-87
zado, 173-4 — verbal, 174-7, 199
— arte de la, 172-3 Ivimey, M., 147-8
— papel central de la, 170
— y clarificación, 175-7 Jackson, D. D., 87-8
— y confrontación, 198 Jacobs, T. J., 61-2, 111-2, 113-4
— y construcciones en el Jacobson, E., 24
análisis, 172 Janet, P. M. F., 16
— del contenido 179-80 Jaspers, K., 189
— correcta, 183-4 Jones, E., 100-1
— de las defensas, 179-81 Jofre, W. G., 89, 131-2,138, 149-
— definición, 169 50
— de los sueños, 171 Joseph, B., 40-1, 65-6,107-8,180-
— empática, 183-4 1, 195-6
— extratransferencial, 180- Jung, C. G., 201
2
— forma de la, 173-4 Kachele, H., 38, 132-3, 136, 137,
— conceptos de Freud sobre 155, 163-5, 202-3
la, 170-4 Kanzer, M., 35
— buena, efecto de una, 145- Kaplan, A., 13
7 Kemper, W. W., 100-1, 115-6
— significados del término, Kennedy, H. , 47-8, 138, 193,
176-8 194-5
— mutativa, 180-1, 207-8 Kepecs, J. G., 61-2
— de los factores no verba Kemberg, O. F., 24, 91, 92, 94-5,
les, 173-4 106-7, 115, 133-4, 135, 136,
— reconstructiva, 181-4 137, 148-9, 150-1
— y resistencia, 171 Kerz-Ruehling, I., 192-3
— de la resistencia a la Khan, M. M. R., 33-4, 91, 129-
alianza de tratamiento, 45 30, 163-4
— simbólica, 179-80 King, P., 112-3
— sincronización de la, 171- Klauber, J., 164-5, 173-4, 177-8
4 Klein, M., 24, 40-1, 58-9, 63,
— transferencial, 180-2 65-6, 66-7, 79, 104-5, 135,
— y trabajo elaborativo, 202- 149-50, 150-1, 161-2, 181,
4 206
introyección, múltiples significa Kluewer, R., 164-5
dos del término, 14 Knight, R. P., 91, 114
introyecto de sostén, 92 Koehler, W., 28
investidura, 18, 55-6 Kohut, H., 22-3, 33-4, 36, 92-5,
• 260
113-4, 115, 135, 149-50, 181- London, N. J., 62
2, 207-8, 209 Lorand, S., 127-8
Kraepelin, E., 189
Kramer, M. K., 116-7 Macbeth, Lady, 144
Kris, E., 32-3, 173-4, 184-5, 192- madre
3, 195-6, 203-4 — su relación con el bebé,
Kubie, L. S., 192-3 32-4
— y comprensión intuitiva,
Lacan, J., 24 195-6
Lampl-de-Groot, J., 148-9 — ensueño de la, 206
Langs, R. J., 46-7, 104-5, 108-9, — papel de la, 31
115, 150-1, 151-2, 155, 164-5 Mahler, M., 24, 148-9, 161-2
Laplanche, J., 15, 28, 67-8, 121- Main, T. F., 116-7
2, 127-8, 141, 147 Mangham, C. A., 196
Lasky, R., 60-1 Martin, A. R., 192-3
Leider, R. J., 33-4 masoquismo
Leites, N., 66-7, 181-2 — y recompensas narcisis-
Lester, E. P., 60-1, 83-5 tas, 148-50
Levy, J., 143 — y reacción terapéutica ne
Lewin, B., 147-8, 149-50 gativa, 142-3, 153
libido, 55-6 Masterson, J., 91, 92
— viscosidad de la, 201 McDougall, J., 112-3
— y resistencia del ello, 124- McLaughlin, J. T., 33-4, 108-9,
5 115, 116-7
— definición, 18 Meissner, W. W., 91
— múltiples significados del Meltzer, D., 40-1, 161-2
término, 14 Menninger, R., 36, 48-9, 81,170,
Véase también impulsos libi- 177-8
dinales Meynert, T. H., 15
Lidz, T., 87-8 Michels, R., 185-6, 192-3,194-5
Limentani, A., 148-9,150-1,162- Mishler, E. G., 87-8
3, 166 mitagieren, 164-5
límites del trabajo analítico, 127- Mitscherlich-Nielsen, M., 143,
8 163-4, 166
Lipton, S. D., 130-1 mociones pulsionales, 18-21
Little, M., 85-6, 90, 91, 104-5, — sexuales, vicisitudes de
105-6, 115, 116 las, 20-1
Loewald, H. W., 180, 22-3, 35, Modell, A. H., 33-4
61-2, 68-9,108-9, 141-2,148- modelo
9, 151-2, 170, 177-8, 180, — básico del psicoanálisis,
203-5 28
Loewenstein, R. M., 59-60, 127- — estructural del aparato
8, 173-6 psíquico, 18, 20-3, 38
261
— tópico del aparato psíqui — ambivalencia de la expre
co, 18, 20-1, 22-3 sión en Freud, 41
modelo básico del psicoanálisis, — variedades de, 70-71
28 neurosis narcisistas, 55-6
modelo tópico del aparato psíqui Novey, S., 204-5, 210
co, 18, 20-1, 22-3 Novick, J., 40-1, 47-8
Moeller, A. H., 110 Nunberg, H., 81,82, 85-6
Money-Kyrle, R. E., 105-6, 115-
6 objeto, 19
Moore, B. E., 15, 61-2, 63, 93 — libidinal, 55-6
Morgenthaler, F., 43-4 — hambre de, 47-8
motivación para establecer la — primario, relación del
alianza de tratamiento, 43-4 bebé con el, 41
Muslin, H., 207-8 objeto fantaseado, el analista
Myerson, P. A., 192-3 como, 58-9
objeto primario, relación del bebé
Naiman, J., 197-8 con el, 41-2
narcisismo, Véase neurosis objeto/sí mismo, 207-9
narcisistas; omnipotencia — el analista como, 113-4
narcisista; pacientes narci — relación con el, 93-5
sistas; recompensas narcisis Véase también transferencia
tas sobre el objeto/sí mismo
Nemiroff, R. A., 71 Offenkrantz.W., 46
Neubauer, P. B., 194-6 Ogden, T. H., 135-6
neurosis Olinick, S. L., 116-7, 147-9, 150-
— de compensación, 124-5 1, 151-2, 153
— narcisistas, 55-6 omnipotencia narcisista, 149-50
— de transferencia, 55-6 Omstein, A., 182-3
— y disociación de las expe Ornstein, P., 182-4
riencias del pasado, 26 Orr, D. W., 106-7
— infantil y neurosis de O’Shaughnessy, E., 207-8
transferencia, 33-4
— teoría de la génesis trau paciente neurótico e interpreta
mática de la, 15-18, 26 ción de las defensas, 179-80
— teoría de la seducción pacientes fronterizos, 106-7,181-
como génesis de la, 83-4 2
Véase también paciente neu pacientes narcisistas, 181-2
rótico — resistencia en los, 135-6
neurosis de compensación, 124 pacientes psicópatas y alianza de
neurosis de transferencia, 40-41, tratamiento, 48-9
47-48, 54, 158 paciente psicótico, 106-7
— conceptos de Freud sobre — comprensión intuitiva en
la, 40-41, 47 el, 190
262
pacto terapéutico, 37 — del sí-mismo, 10, 22-3,
parámetros de la técnica, 30 182-3, 207-9
paranoia y transferencia negati psicología de la Gestalt, 192-3
va, 53 psiconeurosis, tratamiento de
Pearson, G. H., 103-4 las, 25
Person, E., 60-1, 84-5 psicosis
período de ensayo de la terapia, — y falta de confianza bási
31 ca, 41-3
personalidad esquizoide adulta, — y analizabilidad, 43-4
y falla de la confianza bási — infantil, 42-3
ca, 42-3 — de transferencia, 77
Pettit, J„ 12 — y alianza de tratamiento,
Pick, I. B., 206 48-9
Pine, F., 148-9 psicoterapia expresiva, 91-2
Poland, W. S., 116-7, 189, 192, puesta en acto, 110, 162-3, 166,
197-8 175
Pontalis, J. B., 15, 28, 67-8,127- — corporal, 69-70
8, 163-4, 169 pulsiones
Porder, M., 91 Véase mociones pulsionales
preconsciente, sistema, 18-20
Pressman, M., 192-3 Racker, H., 105-6, 111, 115
principio de placer, 19-20 Rangell, L., 128-9, 162-4, 192-3,
— y el ello, 21-2 197-8
proceso Rank, O., 201
— primario, 18, 21-2 Rapaport, D., 15
— secundario, 19 Rappaport, E. A., 80, 81, 82, 84-
procesos evolutivos posedípicos, 5
importancia de los, 71 reacción terapéutica negativa,
proyección, 32-33 47-8, 141-53
psicoanálisis — y contratransferencia,
— modelo básico del, 28 150-2
— evolutivo, 24 — definición, 30, 143
— creación del, por Freud, — y depresión, 149-50
15-23 — y envidia, 150-1
— fases en el desarrollo del, — conceptos de Freud sobre
18-24 la, 141-4
— modelo estructural del, — y sentimientos de culpa,
17-18 141-4, 147-8
psicoanálisis evolutivo, 24 — y masoquismo, 142-3,
psicología 152-3
— del yo, 22-4, 38 — concepciones erróneas so
— de la Gestalt, 192-3 bre la, 147-9
— y resistencia, 152-3
263
— y resistencia del superyó, — transferencial, 211
125 Véase también compulsión de
— y experiencias traumáti repetición
cas infantiles, 148-9 repetición transferencial, 186
reacción terapéutica negativa represión, 125
falsa, 147-9 — resistencia de, 122, 131-2
realidad — y ganancia primaria, 123
— elementos centrados en resistencia(s), 28-29, 33-4, 39-40,
la, 38 119, 140, 163-4
— principio de, 19 — y acting out, 164-5, 167
— y transferencia, 67-8 — análisis de la, 126-7, 199
recompensas narcisistas y maso — e interpretación de las
quismo, 149-50 defensas, 179-80
reconstrucción, 28 — de carácter, 137-8
Véase también interpretación — en el análisis de los niños,
reconstructiva 137-8
recuerdo y acting out, 167 — clasificación de las, 127-8
Reed, G. S., 61-2 — concepto de, 128-30
regla de abstinencia, 28 — constancia de la, 121
regresión — y amenaza de curación,
— y creatividad artística, 32 135
— aspectos perjudiciales de — y defensas, 128-9
la, 31 — derivadas de una ganan
— definición, 30-1 cia secundaria, 132-3
— temor a la, 45 — desfiguración provocada
— formal, 32-3 por la, 121
— temporal, 32-3 — desacorde con el yo, 129-
— y transferencia, 78-9 31
Reich, A, 103-4, 105-6, 115 — acorde con el yo, 129-31
Reich, W., 92, 126-7,129-30,137, — y transferencia erotizada,
173-4 81
Reid, J. R., 192-3, 193 — y fuga en la salud, 139
Reider, N., 89 — variedades de, 123-5, 210
relación analítica, 33-4 — conceptos de Freud sobre
relaciones la, 119-22
— exteriorización de las, 40- — derivada de la ganancia
1, 67-70, 78 de la enfermedad, 124-5
— y transferencia, 78 — del ello, 124-5, 135-7
— importancia de las, 71 — trabajo elaborativo de la,
— internas, 40-1 200-1, 204-5, 210-11
— teoría de las, 22-4 — de la identidad, 135-6
— del sí-mismo, 207-9 — intelectual, 127-8
repetición, 200 — psíquica interna, 129-30
264
— e interpretación, 171 Romm, M., 89
— significados de la, 14-15 Rosen, J., 85-7
— y mecanismos de defensa, Rosenfeld, H. A., 84-5, 87-8, 89,
125-7 90, 113-4, 135, 145-6, 150-1,
— motivaciones de la, 119- 161-2, 163-4, 173-4, 180-1
21 Rothstein, A., 46-7, 170, 173-4,
— en pacientes narcisistas, 177-8
135-6 Roussillon, R., 148-9, 152-3
— y reacción terapéutica ne Rycroft, C., 15, 33-4,178-9, 184-
gativa, 125, 152-3 5
— signos observables de la,
129-30 saber cognitivo, 191
— obvias o groseras, 129-30 Salzman, L., 147-8
— fuentes de la, 29,122,125, Sandler, A.-M., 10, 46
130-1 Sandler, J., 13, 14, 41-2, 46-7,
— de represión, 122-3, 131- 47-8, 56, 59-60, 66-7, 73, 89,
2 105-6, 110, 115,126-7, 131-2,
— como fuente de informa 133-4, 136, 137, 138, 147-8,
ción, 31, 139 149-50, 164-5, 197-8
— estratégica, 130-1 Saúl, L. J., 82
— del superyó, 132-4 Saussure, J. de, 149-50
— y sentimientos de culpa, Schafer, R., 1,46,68-9,75-6,177-
125 8, 186
— táctica, 130-1 Shapiro, E. R., 43-4
— y transferencia, 31, 92, Shapiro R. L., 43-4
121 Schmale, H. T., 202-3, 210
— y alianza de tratamiento, Schon, D. A., 13
40-1, 45 Schowalter, J. A., 39-40, 46-7
— recatada, 129-30 Searles, H. F., 84-5, 85-6, 86-7,
resistencia intelectual, 126-7 88, 89, 90
resistencia transferencia!, 122-3 Sedler, M. J., 207-8, 210
127-8, 131-3, 191 Segal, H., 40-1, 63, 107-8, 115,
— y acting out, 160-1 150-1, 192-3, 195-6
— análisis de la, 27 segunda tópica, 20-1
Rexford, E., 156 separación/individuación y reac
Richtfield, J., 192-3, 193 ción terapéutica negativa,
Rinsley, D. B., 92 148-9
Riviere, J., 144, 145-6, 147, 148, sesión psicoahalítica, duración
149-50 de la, 28
rol Seu, B., 12
— relación de, 110 seudoalianza terapéutica, 47-8,
— capacidad de respuesta al, 49
y contra transferencia, 110
265
sexo del analista, su papel en la Strachey, A., 10
transferencia, 60-1 Strachey, J., 10, 57-8, 59, 131-2,
Shane, M., 205-6 180-1
Sharpe, E. F., 105-6 Strupp, H. H., 111-2
Shengold, 195-6 sueños, 95-6
Shop, P. 12 — análisis de los, 26, 17-8,
Silverberg, W. V., 192-3 171
Silverman, M. A., 111-2 — interpretación de los, 191
sí-mismo — de resistencia, 126-7,129-
— elementos constitutivos 30
del, 93 — e interpretación simbóli
— y pérdida de la autoesti ca, 179-80
ma, 46 Sullivan, H. S., 85-6
— múltiples significados del superyó, 68-9, 174-5
término, 14, — y conciencia moral, 21-2
— psicología del, 22-3, 182- — definición, 20-2
3, 207-9 — exteriorización del, 57-8
Singer, M., 87-8 — y psicosis, 79
sistemas consciente, precons — resistencia del, 125, 132-
ciente, inconsciente, 18-21 4
situación analítica, 25-34 — resistencia al cambio del,
Slater, E., 10 202-3
Sodré, I., 40-1, 47-8 — papel del, 38
somatización, Véase puesta en Swartz, J., 82, 83
acto corporal Szasz, T. S., 38
sostén
— ambiente de, y regresión, tacto analítico, 172-3
32-3 Tarachow, S., 35
— como función del analis técnica, parámetros de la, 30,
ta, 33-4 207-8
Spence, D. P., 185-6, 187 teoría estructural, 61-2, 173-4
Spillius, E., 40-1, 64-5, 65-7,131, teóricos de la familia y esqui
151-2 zofrenia, 87-8
Spitz, R., 33-4, 105-6 terapeuta, Véase analista
Spruiell, V., 33-4 terapia
“Sr. K.", 156 — fase introductoria de la,
Sterba, R., 38, 127-8 43-4, 46-7
Stem, A., 103-4 — aspectos irracionales de
Stem, D., 24, 41-2 la, 40-1
Stewart, W. A., 204-5, 207-8 — período de ensayo de la,
Stone, L., 28, 35, 36, 46-7, 60-1, 43-4
91, 112, 127-8, 128-9, 130-3, Véase también análisis
134, 136, 137, 181-2
266
Thomá, H., 38, 67-8, 132-3, 136, — evolución de la, 59-76
137, 155, 163-4, 165, 202 — eficaz, 38
Tobin, A., 46 — erótica, 54, 77, 80, 82
Tower, L. E., 103-4 — y exteriorización, 67-70
terminología psicoanalítica, cam — conceptos de Freud sobre
bios en la, 13-4 la, 51-6, 57-62
trabajo el abora ti vo, 169, 176-7, — amistosa, 38
199-211 — concepciones históricas y
— y traumas infantiles, 203- modernas de la, 60-2
4 — de actitudes infantiles,
— definición, 29-30 40-1
— enfoque evolutivo del, — interpretación de la, 180-
205-6 2
— conceptos de Freud sobre — y psicología del sí-mismo,
el, 200-1 181-4
— y resistencia del ello, 124, — teoría kleiniana de la, 63-
204-5,210-11 8
— y comprensión intuitiva, — de los impulsos libidina-
201, 204-6 les, 56
— como interpretación, 202- — amor de, 79
3 — madura, 36
— y duelo, 202-3 — especular, 93, 115
— mutativo, 207-8 — narcisista, 77, 92-5
— y compulsión a la repeti — negativa, 53
ción, 201 — neurótica, 92, 95-6
transacción narrativa, 185-6 — positiva, 37, 53
transferencia, 31, 35, 51-97, 99, — problemas generados por
119, 141, 164, 199 la, 31-2, 20
— actuación en la, 56 — psicosis de, 77
— y acting out, 160-1 — psicótica, 91, 95-6
— del “alter ego”, 93 — factores raciales y socio-
— análisis de la, 27, 191, culturales que influyen en la,
— básica, 36 60-1
— en los estados fronteri — racional, 36, 38
zos,77, 84-92 — y realidad, 67-8
— de carácter, 59-60, 63 — y regresión, 75-6, 78-9
— concepto de, necesidad de — papel del sexo del analis
limitarlo, 66-7 ta en la, 60-1
— su interacción con la — esquizofrénica, 85-6
contratransferencia, 73 — del objeto/sí mismo, 93-4
— de la defensa, 56 — como ilusión específica,
— definición, 29 73-5, 77-8
— delirante, 77, 90-1
267
— y alianza de tratamiento, Van der Leeuw, P. J., 94-5
39-41 vergüenza y alianza de trata
— tipos de, 96-7 miento, 46-7
— ubicuidad de la, 58-9 Vianna, H. B., 130-1,132-3,135,
— uso del término, 72-3 135-6
Véase también cura transfe vínculo realista en la relación
rencia!; ilusión transferen- analista-analizado, 36
cial; neurosis de transferen viscosidad de la libido, 124-5,
cia; repetición transferencia! 177, 201
transferencia básica, 36 Waelder, R., 59-60, 78
transferencia eficaz, 38 Wallerstein, R. S., 89,183-4,187
transferencia erotizada, 77, 79- Waxler, N. E., 87-8
85, 95-6, 132-3 Wearland, J., 87-8
— definición, 82 Weissman, S., 161-2
— y transferencia erótica, 82 Welles, J. K., 60-1, 83-5
— y hostilidad, 82 West, Rebecca, 144
— como resistencia, 81 Wexler, M., 87-8
— papel de los factores pre Willick, M. S., 91
genitales en la, 83-4 Wing, J. R., 86-7
transferencia madura, 36 Winnicott, D. W., 24, 32-3, 33-4,
trastornos graves de la persona 91, 103-4, 106-7, 163-4
lidad y analizabilidad, 48-9 Wolf, E., 113-4
tratamiento psicoanalítico Wolitzky, D. L., 35, 40-1
— papel de los padres en el, Wrye, H. K., 60-1, 83-4, 84-5
48-9 Wylie, H. W. 112-3
— y transferencia, 39-40,51, Wylie, M. L., 112-3
72 Wynne, L. 87-88
— y deseo de curarse, 42-3
— encuadre del, evolución de yo, 53, 152
los conceptos de Freud sobre — esfera “libre de conflictos"
el, 25-8 del, 22-3
Véase también alianza de tra — definición del, 20-2
tamiento — desarrollo del, 207-8
traumas infantiles, trabajo — resistencia desacorde con
elaborativo de los, 203-4 el, 129-31
Trieb, 55-6 — elementos del, en la alian
Tylim, I., 94-5 za de tratamiento, 47-8
Tyson, P., 112-3 — funciones autónomas del,
Tyson, R. L., 10,47-8,116-7,138 38
— como mediador, 21-2
Valenstein, A. F., 68-9, 71, 148- — múltiples significados del
9, 192-3, 204-5, 207-8 término, 14
Van Dam, H., 111, 115-6 — psicología del, 22-4, 38
268
— y psicosis, 79 yo operante del analista, 116-7
— su resistencia al cambio,
202-3 Zeligs, M., 159-60
— papel del, 38 Zetzel, E. R., 35, 36, 39, 58-9
— resistencia acorde con el, Zilboorg, G., 189, 192-3
129-31 Zinner, J., 43-4
— división terapéutica del,
38
269
Biblioteca de PSICOLOGIA PROFUNDA
146. I. Berenstein y otros - Familia e in 158. E.A. Nicolini y J.P. Schust - El carác
consciente ter y sus perturbaciones
147. D.W. Winnicott - Exploraciones psico- 159. E. Calende - Historia y repetición
analíticas I 160. D.W. Winnicott - La naturaleza hu
148. D.N. Stern - El mundo interpersonal mana
del infante 161. E. Laborde-Nottale - La videncia y el
149. L. Kancyper -Resentimientoy remor inconsciente
dimiento 162. A. Green, - El complejo de castración
150. M. Moscovici - La sombra del objeto 163. McDougall, J. - Alegato por una cier
151. J. Klauber - Dificultades en el en ta anormalidad
cuentro analítico 164. M. Rodulfo - El niño del dibujo
152. M.M.R. Khan - Cuando llegue la pri 165. T. Brazelton y otro - La relación más
mavera temprana
153. D.W. Winnicott - Sostén e interpreta 166. R. Rodulfo - Estudios clínicos
ción 167. Aulagnier, P. - Los destinos del placer
154. O. Nlasotta - Lecturas de psicoanáli 168. Homstein, L. - Práctica psicoanalíti-
sis. Freud, Locan ca e historia
155. L. Hornstein y otros - Cuerpo, histo 169. Gutton, P. - Lo puberal
ria, interpretación 170. Shofier, D. y Wechsler, E. - La metá
156. J.D. Nasio - El dolor de la histeria fora milenaria
157. D.W. Winnicott - Exploraciones psico- 171. Sinay, C. - Psicoanálisis. Verdad o
analiticas 11 conjetura.
Paldós
Psicología
Profunda
37 Código 10037