Después de pasados varios años, Lucía vuelve a la isla que la vio
nacer y crecer. Su regreso transcurre entre recuerdos, reflexiones,
un corazón roto y muchas preguntas. Lo único que se hace
evidente, es la incertidumbre que envuelve cada cosa que piensa.
Durante toda su vida, ha tenido que aprender a vivir con una
sensibilidad extraordinaria que, de cierta manera, la ha unido de
manera especial a sus prójimos, pero a la vez, la separa de todos.
De casi todos. Ahora, un fracaso amoroso la obliga a replantearse
su vida entera, debatiéndose entre la esperanza y el desengaño:
tras una fuerte discusión, dejó el apartamento que compartía con el
amor de su vida, Darío, frustrada por el aparente enfriamiento de su
relación. Sin embargo, poco se imagina lo que le depara el destino
en este regreso a la isla, que la enfrentará con viejos demonios y
probará su misma humanidad.
Raúl Garbantes
El silencio de Lucía
Raúl Garbantes, 2016
EL SILENCIO DE LUCÍA
Raúl Garbantes
PRÓLOGO
Desde el umbral de la puerta, la ve dormir. Parece un ángel
arrullado por el sueño de los justos. La ve acomodarse en la cama,
buscando la posición más placentera. Aunque la visión lo deleita, las
circunstancias de su presencia están muy lejos de ello. Cuánto
hubiera querido poder acostarse a su lado y dormir con ella,
olvidarlo todo, el pasado y el futuro. Qué no daría porque ella
hubiese estado esperándolo como sucedió alguna vez. ¿Cómo es
que eso ya no puede ser posible?
Ahora se le ocurre que quizá nunca entendió lo que era el amor.
Y sin embargo, lo sentía. O al menos eso le parecía. La necesidad
de sentir el tacto de esa persona y solo de ella, de escuchar su voz.
El deseo de que te exprese afecto, que comparta sus pensamientos
contigo y tener a esa misma persona en tus propios pensamientos
durante la mayor parte del día. Eso tiene que ser amor. De qué otra
cosa, si no, hablan los poetas, qué otro motivo se oculta detrás de
tantas canciones, cuántos retratos no se debían a ese deseo. Y a la
vez, cuánta desdicha, cuántas lágrimas, cuántas muertes, cuántos
cuerpos no reclamaba. Somos seres desdichados, a la merced de
un universo que no podemos comprender. No sabemos lo que nos
mueve, no sabemos lo que nos pasará, no sabemos qué lugar
ocupamos, no sabemos realmente qué es lo que queremos, ni qué
es lo que esperamos. Pero a veces, en el intervalo, fuera de foco,
ahí donde nadie se fija, brota un fulgor de belleza, una alegría para
nuestra alma herida. Y pasamos toda la vida tratando de preservar
su recuerdo, aun cuando hace mucho que el mundo nos ha
doblegado y partido en pedazos.
El valle de lágrimas, el valle de la muerte. Claro que añoramos la
redención, claro que esperamos a que un dios nos salve, que nos
diga que todo nuestro sufrimiento tiene un sentido, una razón de ser
y que tras cada lágrima se halla una promesa. La promesa de que
en algún lugar existe la paz, o de que en algún momento existirá.
Ahora se acerca a ella y se agacha para ver su rostro. Hay algo
terrible en la belleza que nos hace querer poseerla, tenerla solo para
nosotros. Pero qué poco de esa belleza, de toda la belleza del
universo, nos corresponde. Es tan minúscula la porción de amor que
nos toca. La tristeza es una consecuencia de la belleza más
frecuente que la felicidad. El regocijo dura solo un instante. La
tristeza, mucho más.
Se pregunta entonces cuál será su reacción cuando abra los ojos
y lo vea allí, qué expresión tendrá su rostro cuando eso ocurra.
Podrían hacer tantas cosas juntos. Él podría llevarla a donde a ella
le diera la gana. Sus deseos serían órdenes. Eso es amor. Y tiene
tanto de eso por dentro. Ni siquiera sabe por qué tiene tanto cuando
no hay donde ponerlo, cuando no hay quien quiera recibirlo. Si ella
pudiera entender. Eso es. Solo tiene que hacerla entender. De lo
contrario, todo se volvería tan difícil. Todo se perdería
definitivamente. ¿Acaso su opinión no cuenta también? Él tiene los
mismos derechos que ella.
No vale la pena preocuparse por eso en este instante. Lo mejor
es simplemente disfrutar de este momento de paz, dejarlo que dure
lo que tiene que durar, sean segundos, o minutos. Lo que pase
luego, pasará luego, no ahora. Así que mejor dejar los
pensamientos sobre el futuro para cuando el futuro sea presente. El
resto es ansiedad.
—No te olvides del propósito de tu visita —le dice alguien—. Hay
algo que debes cumplir y que te conviene que cumplas.
Asiente. Quiere esperar a que despierte, pero para entonces
quizás ya hayan vuelto. Y todo se complicaría más. Al parecer
tendrá que despertarla de su dulce sueño. En el fondo ya sabe cuál
será su respuesta.
Sabe que, muy probablemente, tendrá que matarla.
Capítulo 1
Ya lleva unos cuantos años sentándose en la misma mesa de la
biblioteca. Casi siempre es el único que se sienta allí. De ser
posible, siempre elige sentarse en el puesto que da hacia la ventana
para saber si salió el sol o si llueve. Son contadas las veces cuando
hay otros sentados allí… Simplemente es una mesa que se
encuentra bastante apartada y pocas veces la biblioteca está tan
llena como para que otras personas tengan que usarla también.
Otra ventaja es que tiene unos computadores cerca. En la mesa,
tiene la prensa del día, el Walden de Thoreau, un libro sobre
permacultura y un cuaderno donde toma apuntes.
Mira la hora. Se acerca el momento de salir a la plaza. Ve por la
ventana. Es un día soleado y parece correr bastante brisa. Nada
como tomar un poco de sol y tratar de tocar —así sea
tangencialmente— la vida. Ya está a punto de terminar de leer este
párrafo. Luego será momento de irse.
«Si un hombre no va al paso con sus compañeros, quizá sea
porque escucha otro tambor».
—Chavela Vargas escuchaba otro tambor… —piensa.
«Dejad que marche al son de la música que escucha, por mucho
que se aparte».
—Simón Rodríguez escuchaba otro tambor…
Cierra el libro y a su mente vienen imágenes y sonidos de
tambores, luego vienen melodías y acordes varios y, por último,
ritmos de distintas partes del mundo.
A la mesa se acerca Juanita, la bibliotecaria a la que siempre
pide ayuda, para avisarle que al fin consiguió el libro de Borges
sobre budismo por el que había preguntado.
—Escuchar música es una de las pocas actividades donde una
persona usa todas las áreas del cerebro —le dice a ella.
Ya los de la biblioteca lo conocen. Saben que puede ser
excéntrico a veces, aun cuando trata de pasar desapercibido. Pero
también saben que es incapaz de hacerle daño a nadie. Y saben
que lleva una tristeza muy honda en su alma, aunque pocos lo
sepan y aunque él mismo no lo admita.
Ella ha ido tomándole afecto, porque a pesar de ser tan
descuidado, tiene una nobleza que le conoce a muy poca gente.
—Angela Davies escucha otro tambor —le dice ahora, mientras
recoge sus cosas.
El hombre empieza a desaparecer por la entrada de la biblioteca.
Juanita se despide, pero él no responde.
Puede sentir la luz en sus ojos, obligándole a cerrarlos un poco.
Los sonidos de la plaza emergen y empiezan a distinguirse los
colores de la escena. Va caminando hacia el centro, donde quiere
encontrar un lugar para sentarse. A medida que camina va
observando a la gente con el ceño todavía algo fruncido por la
intensidad de la luz.
Quienes frecuentaban la plaza principal o la biblioteca ya no se
extrañaban de verlo. A los niños ya no les daba curiosidad su
presencia y en el caso de los adultos, ya no se sentían incomodados
por ella. Al comienzo sí, era como el elefante en el cuarto. No se le
acercaban y si por casualidad él se sentaba cerca de alguna pareja,
estos rápidamente se alejaban. No faltaba el grupo de chicas de
secundaria que lo miraban de a turnos, susurrando quién sabe qué y
si él les dirigía la mirada —como diciendo no me molesten— ellas se
reían. Tampoco faltaba la que se le acercaba a pedirle un cigarrillo.
Pero él no fumaba. De eso ya hace algún tiempo. Ahora
simplemente pareciera haberse logrado mimetizar con la plaza, con
los grises del concreto, con el marrón oscuro de la tierra, el verde de
los árboles, las risas de los niños, la música de los artistas
callejeros, la gente hablando. Varias veces lo escuchaban hablando
solo, pero ya sabían que no era agresivo.
—No siempre fue así —piensa.
Su apariencia era algo descuidada, pero no era andrajosa. Su
contextura, delgada. Un rostro de facciones fuertes y una barba que
no manifestaba una elección o la expresión de un estilo. Por el
contrario, daba la impresión de una piedra rodante, o la de un papel
llevado por el viento. Era fácil advertir que esas eran cuestiones que
apenas cruzarían por su cabeza. Era fácil advertir que su mente no
se ocupaba de esas cosas, las apariencias, las pretensiones. No, su
cabeza prefiere entretenerse con otras cosas, porque le gusta vagar
y divagar. Ni siquiera se da cuenta. A veces un recuerdo lo llega a
abstraer tanto que el mundo exterior, esa realidad común a todos,
desaparece. Y de repente, un ruido, una palabra, una brisa o una luz
lo traen de vuelta. Desde hace un par de años, ha empezado a tener
unas experiencias bastante inusuales, como que está leyendo las
noticias y de repente lee algún titular, o alguna línea que va dirigida
a él. Cuando eso le sucede, se dice a sí mismo que son flashbacks
de los psicotrópicos que consumió alguna vez con una mujer que
amó. A veces esa misma mujer se le aparece en sueños, dormido o
despierto, y le habla. Otras, le ocurre que mira el cielo y este
empieza a moverse y cambiar de colores. Con cierta frecuencia se
sorprende preguntándole a otra persona si algo o alguien están
realmente donde él lo ve, solo para asegurarse de que es real.
Por eso trataba de ocupar su mente en cosas concretas, que de
alguna forma involucraran objetos físicos, reales. Casi siempre eran
libros y lecturas. Por lo general más de una y hasta tres
simultáneas. Por ello pasaba gran parte de su tiempo en la
biblioteca. Su vida se había convertido en un circuito bastante
reducido: de la casa a la biblioteca, de la biblioteca tan solo unos
pasos hasta la plaza, donde se sentaba un buen rato a pensar en lo
que había leído, o simplemente a observar, estar presente, en el
presente. Solo así podía evitar pensar en lo que no quería.
¿Y quién no tiene recuerdos que quisiera olvidar? ¿Quién no
trata de fabricar un baúl en su mente para guardarlos? ¿Quién no ha
desesperado al constatar cómo tienen vida propia, cómo luchan por
salir de donde uno los ha encadenado, cómo se fugan de a
momentos? La vida es sufrimiento, una de las cuatro verdades
nobles del budismo. «Quién iba a pensar que yo terminaría leyendo
sobre budismo —se dice— cuando era ella la que se interesaba por
las religiones». Una pelota de fútbol llega hasta sus pies.
Afortunadamente lo distrajo de sus pensamientos. La patea de
vuelta. —Gracias, señor Darío —le dice la muchachita. Ya la
conocía. Era hija de Juanita, la de la biblioteca. —Si tan solo Henry
saliera un buen rato a jugar —piensa Darío.
—No pienses en eso —se dice— siente tu propia respiración y
observa la plaza. Curiosamente, un hombre con sombrero gris se ha
sentado a su izquierda, aunque no muy cerca. No lo quiere ver
directamente para no ser maleducado, pero definitivamente lo vio
venir de reojo directamente hasta su lado. Su apariencia es bastante
inusual. Casi nadie usa sombreros por aquí —piensa— ni se visten
así. Está seguro que nunca lo ha visto. Pareciera que esperara a
alguien. Clásico, esperar de brazos cruzados. Darío también ha
llegado a conocer, de vista al menos, a las personas que frecuentan
la plaza. Hay niños jugando con sus mascotas. Ellos viven aquí
cerca también. —De pronto deberíamos tener un perro —se dice.
Más a la derecha, la anciana que siempre se queda dormida
sentada. Los chicos de secundaria hoy no vinieron. Pero nunca
había visto a este hombre. Darío voltea a su izquierda, pero ya el
hombre no está. En su lugar ve un papel, casi parece una tarjeta. Se
inclina un poco para ver si alcanza a leer algo. Pero no tiene nada
escrito, al menos por esa cara. Vuelve a mirar a su alrededor. Nada,
el hombre no se ve por ningún lado.
A Darío le vence la curiosidad. Se mueve un poco hacia la
izquierda, coge el papel y lo voltea. ¿Será que ese tipo dejó una
nota para la persona con la que se iba a encontrar? Quizás no se
iba a encontrar con nadie. —Aquí no había más nadie sentado sino
yo y él.
Solo tiene una palabra escrita a mano: MORTET.
—«È possibile vivere nella disperazione e non desiderare la
morte?». —Eso fue lo primero que le dijo Lucía, en un cafetín
universitario, sin siquiera conocerlo. Años después le contaría que
fue porque él estaba leyendo La Divina comedia en ese momento.
Lo sabía porque él, que estaba sentado en la mesa contigua, tenía
los pies sobre la silla y apoyaba el libro sobre sus rodillas,
mostrando la portada. Ella estudiaba italiano y algún profesor le
recomendó leer 1934, de Alberto Moravia, que comienza
precisamente con esa pregunta.
Y la respuesta, ahora lo sabe, es no. No se puede vivir en la
desesperación sin desear la muerte. No sin al menos desearla. El
deseo, fuente de todo sufrimiento en esta vida, otra de las cuatro
verdades nobles del budismo. Pero en ese momento, hace años,
mientras odiaba a Dante y su largo periplo, apenas vislumbraba el
significado de la pregunta, apenas logró escuchar lo que dijo Lucía
al ver su rostro.
—No sé italiano —fue lo único que alcanzó a responder—. «¿Es
posible vivir en la desesperación sin desear la muerte?» —tradujo
ella. Se quedó callado. —En verdad, está parafraseando al joven
Werther, de Goethe —prosiguió ella. —Werther, el de los
sufrimientos —respondió él. Lo había leído con mucho más gusto
que a Dante. —Sí, el de los sufrimientos —replicó ella, riéndose—.
¿Sabías que para el budismo el deseo es la causa de todo
sufrimiento?
Conversaron un poco más y ella se fue. Vaya impresión que le
causó ese breve intercambio. Lucía exudaba vida. ¿Qué hacía una
chica como ella preguntando sobre la muerte y sobre el budismo?
No le preguntó si conocía tal o cual discoteca, si le gustaba el
tequila, si fumaba marihuana… Él ya estaba a punto de graduarse y
nunca se había topado con alguien así.
Ahora Darío llegaba a su casa, asombrado de todo lo que le
había hecho recordar esa palabra. MORTET. Debe ser latín, pensó.
Capítulo 2
En la escuela no le iba realmente bien. Pero tampoco le iba mal. Era
bastante retraído, eso sí. No es fácil estar rodeado de niños que
comentan la comida que les hizo su madre para llevar. Aunque con
el tiempo se aprende un poco, pero siempre es incómodo. A los
doce años ya no le das importancia. Solo peleas si tienes que
defenderte, porque uno no se puede dejar joder. Si bien Darío no
estaba todo el tiempo pendiente de él, eso le dio espacio, algo de
independencia y eso forma el carácter. Sabe hacerse respetar si es
necesario.
Los profesores de Henry Blass han tenido que entrevistarse con
su padre varias veces porque «tiene problemas reconociendo
figuras de autoridad». La primera vez que lo citaron fue cuando
Henry estaba empezando primaria, porque le había dicho al resto de
la clase que Santa Claus no existía, que los regalos se los daban
sus propios padres. En eso Darío nunca guardó ningún misterio y él
igual se emocionaba porque de cualquier forma estaba recibiendo
un regalo. Alguien le estaba dando algo, gratis, sin pedir nada a
cambio. Y no cualquier regalo, a veces era algo para armar, a veces
una consola, o videojuegos. A Henry le fascinaba ver cómo se
construía algo y entender cómo funcionaba.
La segunda vez que citaron a Darío, no mucho después, fue
porque les había explicado a unas compañeras cómo se hacían los
bebés realmente. Pero sin ningún tipo de perversión, solo
compartiendo conocimiento.
—¿Pero los ha agredido física o verbalmente? —preguntaba
Darío.
—No —le respondían.
—¿Les ha gritado o se ha comportado violentamente hacia
ustedes?
—Tampoco.
—¿Y entonces? —preguntaba, más bien como si se tratara de
un punto y final.
La respuesta que le daba la psicóloga siempre iba por las líneas
de falta de participación, o de que a veces no les hacía caso. Lo que
resultaba evidente para Darío era que estos profesores tenían
problemas para ser una autoridad legítima. Pero no podía decirles
eso. Ya tenía suficiente con las visitas domiciliarias que hacía la
institución de bienestar familiar, amenazando con quitarle a Henry,
porque cada vez corría más el rumor de que estaba loco, de que no
podía criar a un hijo como lo estaba haciendo. Si bien desde hace
un tiempo Henry no es el mayor fanático de Darío, le tiene una
suerte de compasión. Sabe que ha pasado por cosas difíciles y, si
bien las cosas pudieran estar mejor, también es cierto que pudieran
estar muchísimo peor. Además, tiene claro que en cualquier otro
lado no podría tener las libertades que le da Darío. Por eso, cuando
lo entrevistaban, siempre respondía que él no quería vivir en otro
sitio, que ahí estaba bien y que Darío nunca le había hecho daño.
Todo lo cual era cierto. Afortunadamente, hacía tiempo que no lo
volvían a citar en la escuela, a menos que fuese por un problema de
notas.
Henry, para su edad, estaba enterado de muchas cosas del
mundo y de la vida. Quizás gracias a Darío, que nunca quiso criar a
un niño con una perspectiva falsa de las cosas. —El mundo es un
espectáculo hermoso pero también terrible —le dijo una vez. Y esto
ya lo intuía. Solo conocía a su madre por las contadas historias que
Darío de vez en cuando le soltaba. Hablaba muy poco de ella. El
haberla perdido desde tan chico le obligó a plantearse preguntas
muy duras para un niño. ¿Acaso existe un dios que nos cuide? ¿Es
justa la vida? El mundo es un espectáculo hermoso, pero también
terrible. Internet le confirmaba esto todos los días. Sin duda era el
ciberespacio el mayor responsable por toda la información que
Henry ya manejaba. Con su afición a armar y desarmar cosas, el
computador de la casa fue ensamblado por él mismo. Tenía todo lo
ideal para sacar lo mejor de los juegos y de internet. Ese era su
verdadero lugar. O su no-lugar. El no lugar donde nadie le puede
decir que es un freak, que no tiene mamá, o que tiene un papá loco.
Desde hace unos meses ha establecido un pequeño ritual cada
vez que llega de la escuela al apartamento. Entra a su habitación,
prende el ordenador y pone a sonar Signos, la canción de Soda
Estéreo, mientras se cambia y espera a su padre, que nunca
demora más de 10 minutos en llegar. «No hay un modo, no hay un
punto exacto. Te doy todo y siempre guardo algo». El tema lo hacía
entrar en un pequeño trance. Hace unas semanas, Darío estaba
limpiando y sacando trastos viejos para botar. Consiguió el disco y
tras mirarlo un rato, sentado en el sofá, fue directo a ese tema. A
Henry le llamó la atención porque no era el estilo de música que
ponía Darío. Casi siempre era alguna banda extraña y desconocida,
o música vieja, de la que se escucha vieja: blues, folk, boleros y
tampoco faltaba la salsa. Pero esto era definitivamente distinto, era
en español, pero no sonaba viejo, no se escuchaba esa suerte de
sucio acústico de aquellas grabaciones de los años cuarenta, o
incluso de antes. Aunque podía intuir que no era una grabación
reciente, sonaba actual pero no sin ser experimental, era una
música entendible. Ambos estuvieron sentados en el sofá y cuando
el tema terminó, Darío guardó el CD. Ya lo iba a colocar en la bolsa
para botar, pero Henry le dijo que no lo hiciera, que se lo quería
quedar. —Solo te pido que no lo pongas cuando yo estoy aquí, por
favor —le pidió Darío. Llevaba toda su vida viviendo con él y ya
había entendido que, aunque no creyera que estaba loco, sabía que
definitivamente no era alguien ordinario y que a veces era
simplemente mejor aceptar las pocas condiciones que establecía.
Así, resolvió poner el disco al llegar a casa y cuando llegaba su
padre lo quitaba. «Si estás oculta, cómo saber quién eres» —
escribe en su blog.
Suena la puerta del apartamento. Debe haber llegado Darío.
—¡Hola, Darío! —grita Henry. Pero al parecer no lo ha
escuchado. Va a la cocina y lo encuentra sirviendo la comida. Lo
puede escuchar murmurando, pareciera que solo repite una palabra.
—Hola Darío —le repite.
—Henry —responde Darío—, ¿por casualidad sabes qué
significa la palabra mortet?
Mientras comían, Darío le mostró a Henry un papel con algo
escrito y le preguntaba si podía ver el papel, si podía tocarlo, si
podía confirmarle que realmente tenía algo escrito. Henry respondió
afirmativamente a todo.
—¿Y dónde lo conseguiste?
—En la plaza.
Henry le pidió a Darío la ensalada.
—¿Lo encontraste en el piso?
—Estaba sentado en la plaza y se acercó un tipo que nunca
había visto.
—En esta ciudad hay muchas personas que nunca has visto,
Darío.
—Escúchame, te digo que este tipo tenía una pinta extraña,
parecía sacado de una película de Hitchcock.
—¿El de la escena de la ducha?
—El tipo se sentó en el mismo banco donde yo estaba…
—Eso sí es nuevo.
—No le presté atención realmente, pero cuando me di cuenta ya
se había ido y dejó este papel en su lugar.
—MORTET… ¿Será una palabra?
—Podría ser un código también. Parte de una transacción
clandestina.
—Y sabiendo eso tú tomaste las precauciones necesarias y
trajiste el papel a nuestra casa.
—Te digo que estuve en la plaza un rato. Me levanté y di unas
vueltas para ver si alguien venía a buscarlo, pero nunca nadie
apareció.
Terminaron de comer. Henry retiró los platos y Darío iba lavando
las cosas.
—Ven Darío, quizás podemos conseguir algo por internet —le
dijo Henry al terminar.
—Tú busca por ahí y yo reviso en unos diccionarios que tengo
en la biblioteca, por si acaso —respondió el otro.
Pasaron un buen rato, agotando páginas virtuales, páginas
materiales, intercambiando información, mientras por los parlantes
un coro de niños cantaba We don’t need no education…
—¿Nada?
—Nada —dice Henry—. Hay palabras parecidas. La más
cercana es Morte y viene del latín. Pero ninguna declinación la hace
terminar en T.
En el fondo, el chico solo espera que esto no sea algo que Darío
se inventó. Sabía que su mente era volátil y lo fácil que podía
desarrollar una fijación con ciertas ideas. Como aquella época en
que solo podían tomar agua del manantial de la montaña al este de
la ciudad porque el agua que llegaba al apartamento era veneno, el
agua que vendían en las tiendas era veneno. Y se iban entonces
con muchos recipientes y botellas vacías subiendo el cerro mientras
Darío le hablaba sobre cómo la naturaleza siempre fue una fuente
de sabiduría para los seres humanos. Lo sorprendía lo lejos que lo
podían llevar esas fijaciones. Fue en ese momento cuando Darío
empezó también con la idea de desarrollar una jardinería urbana en
el apartamento, porque las élites del poder estaban empezando a
planear una gran escasez en un futuro cercano, con la cual
doblegarían por completo a los pueblos, es decir, a muchos millones
de personas como ellos. —Nadie es como nosotros, Darío —era lo
única respuesta que podía pensar Henry en su interior. A él no le
parecía raro que lo consideraran loco. Pero a Tesla también lo
creyeron loco y a Turing. Si algo le había quedado a Henry de esas
pocas ocasiones en las que pasaban buena parte de la noche
investigando sobre la historia oculta de los gobiernos y lo que nunca
dicen de las grandes corporaciones, es decir, sobre todo aquello que
no te dicen ni enseñan en la escuela, si algo ha ido aprendiendo es
que los que parecen locos a veces pueden estar más cuerdos que
se creen normales.
—Si todo lo que dice en verdad pasó —piensa Henry—, pues sí
es bastante extraño, sobre todo por esa palabra. No había nada
sobre esa palabra y eso que todo está en internet, no conseguir algo
en internet es imposible.
Quizá alguno de sus amigos en la deep web pueda ayudarle a
encontrar algo.
Capítulo 3
Por un momento, cuando ocurrió lo del papel, creyó que era una de
sus alucinaciones. Pero al constatar que todo realmente había
sucedido, Darío se obsesionaba más y más con esa palabra y con
ese personaje de sombrero gris. ¿Y si el mensaje iba dirigido a él?
¿Y si ellos saben quién es y lo andan buscando porque sabe
mucho? ¿Y si Henry está en peligro? Si hay gente buscándolo
podría ser cualquiera, haciéndose pasar por alguien del aseo
urbano, un electricista, un peatón o una señora sentada en la calle.
Podría ser alguien de la biblioteca.
«Paul Bennewitz escuchaba otro tambor… Pero uno falso». Este
era un caso sobre el que había leído recientemente. Un hombre que
fue suministrado información falsa sobre extraterrestres por parte de
agentes del gobierno de los Estados Unidos de América. Se trató de
todo un teatro montado para que Bennewitz creyera que se
acercaba una invasión de seres de otro planeta. Hasta llegó a
escribir un artículo con información muy detallada al respecto,
Proyecto Beta. Pero todo era falso. Sin embargo, la situación se le
asemejaba a la de una persona famosa disfrazándose de sí misma,
usando una máscara con una versión caricaturizada de su propio
rostro. Algo querían ocultar si fueron capaces de llegar tan lejos en
la fabricación de todos esos datos falsos. Bennewitz terminó sus
días en un manicomio. De pronto, también quieren volver loco a
Darío.
O, quizás, es por la siembra urbana que ha logrado desarrollar
en la azotea de su edificio. Orégano, albahaca, cilantro, ajo, hierba
buena, toronjil… Va creciendo poco a poco y son ingredientes que
ya los vecinos no tienen que comprar. Esto no les conviene a los
carteles de alimentos. Al poder nunca le conviene una comunidad
autosuficiente, capaz de funcionar con independencia. Allí está
Monsanto, por ejemplo, obligando a varios países y a cientos de
tribus originarias, tribus con miles de años de tradición y
conocimiento, forzándolas a utilizar únicamente sus semillas para la
siembra. Esas semillas que han modificado en laboratorios quién
sabe con qué finalidad. Pero si fuese para bien, no gastarían tantos
millones en lobbying para que los estados impongan las leyes que a
ellos les conviene y en censurar a los que denuncian sus
irregularidades. —Qué va. Ellos serían los primeros en querer hacer
desaparecer a personas como yo —piensa.
En el resto de esa semana no fue más a la biblioteca. Ahora solo
iba a la plaza. Decidió que si alguien lo perseguía mejor era
pretender que él no sabía nada y así, de pronto, lo podía poner al
descubierto. En la plaza trataba de leer y lo lograba a ratos, pero
solo esperaba volver a ver a aquel personaje extraño. Preguntaba
en las tiendas que rodeaban la plaza y a las personas que siempre
la frecuentaban. Pero ninguno recordaba haberlo visto.
Una noche soñó que llegaba a la orilla de un río, donde un barco
se alejaba siguiendo su cauce. Algo le obligaba a alcanzarlo. El cielo
estaba absolutamente despejado, pero no podía ver el sol por
ningún sitio. En el barco llegaba a distinguir una figura femenina,
como la de Lucía, pero su cabello no era negro, sino rojo, y cubría
completamente su rostro. Trataba de gritar su nombre, de llamarla,
pero ningún sonido salía. Empezó a correr tras el barco, que ahora
pasaba bajo un puente y ya casi lo alcanzaba. Sin embargo, cuando
trató de subir al puente para saltar hacia el barco, se encontró con
que el puente, el río y el barco, eran una pintura en una pared.
Cuando miró a su alrededor se encontraba en la plaza, pero estaba
completamente sola. Al voltear ya no vio la pared con la escena
anterior, sino al hombre del sombrero gris perdiéndose en la lejanía.
Despertó más temprano de lo usual. La angustia y la ansiedad
podía sentirlas en el corazón, como si una mano invisible lo
apretara, tan solo un poco. Se levantó de la cama y de su armario
sacó una caja que llevaba mucho tiempo guardada. La desempolvó
y la abrió. En ella había un libro, un par de anillos y un cordón
umbilical guardado en un pequeño frasco. El libro se llamaba «No
hay más que presente». Había sido el último regalo de Lucía. Se lo
entregó al día siguiente de haber vuelto a casa, luego de haberse
ido por varios días después de una horrible pelea. Darío recuerda
haber sentido la misma ansiedad y angustia cuando se fue. La
misma que siente ahora. El libro iba de meditación, conciencia plena
y otras técnicas budistas para desacondicionar la mente de lo que
causa sufrimiento. Apenas ahora Darío entiende por qué ese afán
de ella en todo lo que pudiera ayudarla a ocupar su mente. Boxeo,
bicicleta, sudoku, tejer, hacer mandalas… Su mente era una fábrica
incesante de intereses, pero también de incertidumbres, sin
descanso. Era como si el mundo, ese mundo en el que uno convive
con otros, compra el pan, hace la comida, era como si ese mundo
fuese dirigido por el tiempo de los astros, de las galaxias y las
constelaciones; pero el interno, aquel que regía su mente, aquel que
nunca descansaba, transcurría según el tiempo de las partículas
cuánticas, donde el tiempo deja de ser lineal, donde los opuestos se
encuentran, donde la paradoja es la regla. Y para Darío, que
siempre se había regido por el tiempo de los planetas y su
estoicismo, desde hace un tiempo se ha empezado a revelar esta
otra dimensión. Ya todo había cambiado. Y ahora es que se
empieza a dar cuenta de cuánto. La fugaz aparición del hombre del
sombrero gris había trastocado hasta su misma percepción del
tiempo. E, irónicamente, lo había hecho comprender una dimensión
hasta ahora insospechada de su difunta compañera, la experiencia
de un tiempo fuera de quicio. Darío había caído en el agujero del
conejo, pero este no era un país de las maravillas. Tomó el libro y
guardó la caja. Hizo el desayuno con calma, sin apuros. Levantó a
Henry, comieron y lo acompañó caminando hasta el colegio. Luego
fue a la plaza, ubicándose en el mismo lugar donde vio por primera
vez al hombre del sombrero gris. Allí empezó a leer el libro.
Tras un par de horas de lectura ya tenía una idea más o menos
formada de lo que el libro llamaba conciencia plena. Así que lo cerró
y lo puso a su izquierda. Miró el reloj, las 10:10 a.m. Según lo
entendía, lo primero era cerrar los ojos y enfocarse en la respiración.
Esto ya lo sabía, porque era lo que Lucía siempre le repetía cada
vez que lo veía preocupado: tomar tres respiraciones profundas.
Debía lograr un intercambio fluido entre inspiración y expiración, a
un ritmo calmado. Siguió la recomendación del libro y cada vez que
inhalaba aire se hacía la imagen de la orilla de una playa, cuando
las olas se recogían. Llenaba lo más profundo que podía los
pulmones para luego exhalar lentamente, imaginándose entonces el
mar liberando las olas sobre la arena. Esta era la base de la
práctica: concientizar la respiración. Luego su atención debía
ampliarse, primero a su cuerpo, a sus sensaciones; la brisa sobre su
rostro, el calor de un sol gentil posándose sobre sus manos, que a
su vez descansaban sobre sus muslos. Ahora podía escuchar su
corazón latir. Enseguida entraban los sonidos de la plaza, los carros
que transitaban, voces mezclándose en una trama irreconocible,
pájaros que cantan… Por un momento se sintió un espectador
anónimo del mundo. ¿Pero qué pensaba? Una vez que su mente
recorría las impresiones de su cuerpo y del mundo exterior solo
podía volver sobre sí misma, rumiar, como decía el libro, y era
entonces cuando debía empezar el verdadero ejercicio para lo cual
todo lo anterior era un mero calentamiento. Entonces se recordaba
de chico subido a un árbol y luego la primera niña por la que llegó a
tener sentimientos fuertes. De ahí saltaba al funeral de su madre
cuando era un adolescente. A continuación, sentía un pequeño dolor
en su pecho. Estos eran el tipo de pensamientos que debían
observarse, únicamente verlos como llegan y se van solos. Pero
cuando aparecía Lucía, algo en el pensamiento se enganchaba a él
y no al revés. Y sentía culpa. Culpa de no haberla podido entender
del todo, culpa por nunca saber bien cómo murió. Pero la culpa era
producto de su identificación con esos recuerdos, el efecto de
actuarlos nuevamente, como si se tratara de una vieja obra de teatro
que ya conocía demasiado bien. Trataba de aislar la culpa para
lanzarla lejos, pero se le escurría como agua entre las manos. Su
corazón ahora se acelera y su respiración se descontrola.
«Abre los ojos».
«Respira profundo. Toma aire y retenlo un momento para que tu
cerebro libere endorfinas. Cálmate».
Darío tomó el libro nuevamente. Pero sus sentidos se agudizaron
completamente, la piel endureció, los pelos se le pusieron de punta,
como un animal acechado por un depredador elusivo. Entre las
páginas del libro observó un papelito, justo como el que dejó el
hombre del sombrero gris la primera vez.
Miró a su alrededor, en vano, porque el hombre no se veía por
ningún sitio. ¿Cuánto tiempo había pasado? 10:18 a.m. ¿Apenas
ocho minutos? Pero entonces tuvo que estar mirándome desde
algún lugar para saber en qué momento acercarse, pensó Darío.
Todavía no se atrevía a sacar el papel y ver lo que tenía escrito.
Tenía que ser él, era el mismo tipo de papel y aparentemente de las
mismas dimensiones. Contó hasta tres: 1 (¿quién es esta persona?)
… 2 (¿qué quiere de mí?)… 3 (¿por qué estoy volviendo a recordar
a Lucía?).
Darío saca el papel. Es la misma caligrafía del anterior. Lo que
leyó lo dejó en una incertidumbre aún mayor, lo cual pensaba que
no era posible. Otra vez, la mano invisible apretaba su corazón, pero
más fuerte.
El papel decía esto: RUA10
Capítulo 4
En esos días Darío trabajaba en una editorial nacional pequeña,
pero con un catálogo único. La vida era muy distinta entonces. Él
mismo era muy distinto. No le interesaban realmente los embates
del mundo ni el destino de la humanidad. No se preocupaba por los
poderosos, ni por la autonomía de las personas. Sabía que la vida
no era justa. Que había lugares donde la gente ni siquiera tenía
agua para beber, que no existían guerras buenas sino víctimas y
refugiados. Sabía que los bancos eran dirigidos por personas que
parecían más demonios que humanos. Pero no se involucraba ni
intelectual ni emocionalmente. Le parecía una causa perdida de
antemano y que no tendría sentido siquiera tomar postura al
respecto.
Por entonces la editorial donde trabajaba iba a lanzar por vez
primera una publicación de un autor de lengua extranjera. Se trataba
de un poeta italiano que además nunca había sido traducido al
español anteriormente. Sin embargo él no estuvo realmente
involucrado con ese proyecto en particular. Este lo había manejado
su jefe, directamente. El bautizo del libro iba a realizarse en la
embajada de Italia.
Darío no era de asistir a este tipo de eventos. A ningún tipo de
eventos realmente. Solo le generaban ansiedad. Lo único que
realmente disfrutaba era el vino gratis. Además su jefe le había
pedido que asistiera. Como era la primera vez que el poeta venía al
país y la editorial tenía pocos empleados, le pareció que sería un
gesto de cordialidad tenerlos presentes. La verdad es que, en lo que
iba de año, este había sido el único evento. Qué importa, pensó,
solo estaré un rato y después me devuelvo.
La presentación del libro se había demorado un poco porque el
traductor no llegaba. Sin embargo, decidieron empezar de todas
maneras. En cualquier caso la esposa del embajador podía realizar
esa función. —Mujeres —le comentó a Darío su jefe. Por fortuna —o
por desgracia— un poco antes de que el embajador terminara las
palabras de presentación llegó el traductor. O traductora, mejor
dicho. Darío reconoció a Lucía inmediatamente y no pudo ocultar
una sonrisa en su rostro. La verdad era que habían coincidido muy
pocas veces en la universidad, apenas logrando saludarse e
intercambiar breves palabras. En el momento él salía con otra chica
y como de alguna forma u otra siempre había estado en una
relación, nunca volvió a pensar en Lucía, a pesar de cuánto le había
impresionado. Sofía se llamaba su novia actual. Estaba loca por él.
Cuando tu pareja comenta espontáneamente lo hermosos que
serían los hijos de ambos, si los tuvieran, sabes que va en serio. O,
al menos, sabes que sienten algo muy fuerte por ti. Pero Darío no
estaba en la misma página. Le gustaba, sí. Su compañía le
agradaba, pero siempre había un momento en el que deseaba estar
solo. Sabía que ni siquiera podrían vivir juntos. Al menos no por
ahora. Qué cosa tan rara es la química entre las personas. Sin
duda. La química, la física, todas las ciencias que quieras. Puedes
estar con una persona absolutamente hermosa, pero si no puedes
ver su chispa, su gracia, de nada sirve. Y esa gracia fue lo primero
que vio Darío en Lucía, cuando ni siquiera se daba cuenta de que le
preguntaba algo en italiano, aquella vez. Ahora podía entenderlo,
mientras la miraba y escuchaba traduciendo al poeta. Traduttore,
tradittore, pensó, sonriendo, recordando esa frase que tantas veces
escuchó como estudiante de literatura y que podía parafrasearse
como el traductor es un traidor. Traiciona para dar vida, para
alumbrar al texto en otra lengua.
La presentación había terminado, comenzaban los saludos, las
presentaciones formales, el protocolo. Y comenzaban a repartirse
los vinos. —Al fin —se dijo Darío—. Sofía, que aún no se graduaba,
pero que estaba a punto, le comentaba sobre los avances en su
tesis de grado, ya estaba casi terminada. Darío trataba de prestarle
atención pero no podía. Buscaba a Lucía con la mirada y también al
mesonero con los vinos. —Si me le voy a acercar será mejor que
tenga unos cuantos encima —pensó—. A la tercera copa Sofía tenía
que irse, pues era un jueves por la noche y debía hacer una entrega
a la mañana siguiente. Darío la acompañó a la entrada, cuarta copa
en mano, para pedirle un taxi. Al volver al salón, ubicó a Lucía. Ya la
podía ver pero todavía hablaba con otros, con su jefe y el poeta.
Prefirió esperar un poco, solo para agotar la posibilidad de
encontrarla sola, como en efecto sucedió. Aprovechó cuando ella
dejaba su copa en una mesa. Así, mientras ella le daba la espalda
preguntó, —È possibile vivere nella disperazione e non desideratto
la morte? —Vio cómo el cuerpo de Lucía se detuvo por un segundo
y luego cómo se volteaba con el rostro iluminado.
—¡Darío! Non e possibile! —dijo Lucía, y lo abrazó. Darío se
sintió flotar, elevarse, era como una droga, pensó. —Pero no es
desideratto —le corrigió ella— es desiderare.
De inmediato se instalaron a conversar los dos, a ponerse al
tanto de sus respectivas vidas. Él le contó sobre sus primeros
trabajos después de graduarse; librerías, bibliotecas, fundaciones. Y
ahora en esta editorial.
—¿Y estás casado? ¿Ya tienes hijos? —Como siempre, Darío se
sorprendía de las preguntas de Lucía, de cuán directa podía ser.
—Pues, ninguna de las dos —le respondió—. Mi novia estaba
aquí, se acaba de ir, pero no tengo planes de casarme o tener hijos
con ella —le explicó.
—Ah, tienes novia —le contestó Lucía, con un tono que en ese
momento fue incapaz de descifrar.
—¿Y tú? —replicaba él, que lo último que quería era que la
conversación terminara.
—¿Tú sí te casaste y tienes hijos? —preguntó, casi titubeando.
Lucía se sonrió y tras una pausa muy breve dijo: —No, yo creo
que no sería capaz de ninguna de las dos—. E hizo un gesto que a
Darío le pareció muy tierno y cómico, como si Lucía le estuviera
pidiendo disculpas.
—Yo creo que tampoco —le afirmó Darío, para que ella no se
sintiera apenada.
Lucía definitivamente reconoció la intención de sus palabras y
cogiéndolo del brazo —ella también tenía unas copas encima— le
dijo:
—Yo creo que serías un muy buen padre.
—¿Yo? —le contestó Darío—. ¡Imposible! Estoy completamente
absorbido por mi propia persona, no puedo convivir con nada que
requiera más atención que yo mismo —le explicó bajando la cabeza.
Ella se rio.
—Bobo, créeme, yo sé leer a las personas, le dijo ella, y puedo
ver que tú tienes un buen corazón y que eres noble.
—¿Y tu novio? ¿Está aquí? —preguntó Darío.
El semblante de Lucía, de regular brillante, se ensombreció.
—Estoy saliendo de una relación —le comentó—. Alguien a
quien conozco desde hace mucho, pero no siempre hemos sido
novios. Resultó siendo una persona muy posesiva —terminó de
explicar.
El tono de Lucía había cambiado definitivamente, a Darío le
había quedado muy claro. ¿Quién sería esa persona? ¿Qué ser
humano podría ser capaz de ensombrecer esa fuerza de vida
llamada Lucía?
—Lo siento —le dijo él— debes estar pasando por un momento
difícil.
—Sí, un poco —le respondió ella. Pero ahí mismo recuperó su
luz y prosiguió—. ¡Pero ya no hablemos más del pasado! Cuéntame,
¿qué películas buenas has visto últimamente?
Qué increíble es esta mujer, se dijo Darío, hace unos segundos
se veía hundida en un abismo insoslayable y ya está de nuevo por
encima de todos, alumbrando todo el salón, qué fuerza.
Esa fue la única nota triste de la noche. El resto fueron
conversaciones sobre libros, películas, música, costumbres curiosas
de países lejanos. Antes de despedirse, se intercambiaron números
con la promesa de verse pronto otra vez. Muy en el fondo, aunque le
costaba admitirlo, ya estaba enamorado de ella.
Darío pensaba que había logrado librarse de esos recuerdos, o
al menos librarse del afecto que les tenía. Hacía años que había
logrado dejar de pensar en Lucía, si no era por la ocasional
referencia fugaz. Pero ¿revivir momentos? Eso era volver a abrir
heridas cuyo cierre era frágil y precario y que, sin embargo, se había
logrado a costa de su propia cordura.
Capítulo 5
—RUA10… Este tiene menos sentido que el anterior.
Era con él. Definitivamente los mensajes iban dirigidos a su
persona. ¿Pero qué le quieren decir? Se incorporó y empezó a
preguntar frenéticamente a las personas de la plaza si habían visto
a alguien pasar por donde él estaba sentado, si habían visto a
alguien con un sombrero gris. Nadie había visto nada. —¿Pero
quién es esta persona? —se preguntaba Darío—. ¿Me estaré
volviendo loco? Debo ir al apartamento —se dijo.
Una vez ahí, Darío se sentó en el sofá y puso ambos papeles en
la mesita de enfrente. Detalló los papeles: eran del mismo tipo. No
un papel bond cualquiera. Eran muy parecidos al papel kraft, bien
podía ser usado para tarjetas o para algo artesanal. Además, eran
del mismo tamaño. Ahora ponía atención en la caligrafía: ambos
escritos a mano, con un lapicero de tinta y la misma caligrafía. Tenía
que ser la misma persona. ¿Alguien que trabaja en imprentas, de
pronto? ¿O alguien con algún tipo de negocio o servicio? Lo último
también era posible, pues el tamaño del papel parecía el de una
tarjeta de presentación. Dios… Darío se tapaba el rostro con las
manos, tratando de entender lo que estaba pasando y controlar la
situación. Ahora que lo piensa, todo esto comenzó desde que
empezó a leer sobre budismo. Después de todos estos años, al fin
se interesaba por un tema sobre el que su esposa insistió tanto que
leyera. Los sueños, los recuerdos sobre Lucía, la angustia, ese
personaje extraño, los papeles… —Debo calmarme —pensó—, solo
así sabré qué hacer. Mejor empiezo a preparar la comida para que
esté lista cuando Henry llegue. De paso, él quizá me pueda ayudar.
—Darío, ¿qué haces aquí? —le preguntó Henry, sorprendido. Él
se limitó a mostrarle el nuevo papel. Henry inspeccionó ambos y
llegó a la misma conclusión que Darío: tenían que ser de la misma
persona. Ambos se dirigieron al computador a ver si podían
conseguir más información.
—¿Otra vez fue en la plaza? —preguntó Henry.
—Sí.
—¿Y no le preguntaste nada?
—Estaba leyendo un libro que me regaló tu mamá sobre
meditación. Entonces me puse a practicar… —Henry interrumpió a
Darío.
—¿No se te ocurrió que de pronto era mejor practicar acá y más
bien en la plaza estar pendiente del tipo ese?
Darío hizo silencio.
—Lo siento…
—No, no, está bien. Sígueme contando.
—Habrían pasado cinco minutos mientras meditaba, apenas. Y
cuando abro los ojos, tomo el libro para seguir leyendo y el papel
estaba allí.
—¿El libro estaba cerrado y apareció puesto como un marca
libros?
—Exactamente.
—Darío, no quiero molestarte ni nada, pero tú sabes que llevas
años sin tomar tu medicación y que a veces haces cosas sin darte
cuenta. ¿Sabes que es posible que seas tú mismo, verdad?
Darío se quedó pensativo. Sabía que Henry estaba otra vez en lo
cierto. Era posible. Sin embargo, se le ocurrió algo. Fue a la sala un
momento y volvió a la habitación de Henry con un lápiz y un papel.
—Hagamos un experimento. Sé que de pronto no será el más
conclusivo, pero es lo único que se me ocurre. Voy a escribir en este
papel ambas palabras con ambas manos y vamos a comparar la
escritura.
A Henry le pareció bien. Entonces Darío empezó con la mano
que no sabía usar, la derecha. Escribió MORTET primera, y luego
RUA10. Sin ver le pasó la hoja a Henry.
—Toma la hoja y dóblala de tal forma que no pueda ver lo que
escribí, para ahora escribir del otro lado con la otra mano.
Henry hizo el doble y puso la hoja en el escritorio para que Darío
volviera a escribir. Este procedió, entonces, a escribir otra vez las
dos palabras. Cuando terminó, desdobló la hoja y la colocó frente a
ambos, para que la pudieran evaluar.
En verdad las caligrafías eran bien diferentes. A excepción de
cierta similitud en la o y la u, parecían ser escritas por personas
distintas.
—Esto de pronto no sea mucho —dijo Darío—, pero es lo único
que te puedo demostrar por ahora; además, el papel que él está
usando no tengo idea de qué tipo es y si buscas en esta casa, e
incluso si lo buscas en las tiendas de la ciudad, te apuesto a que no
lo vas a conseguir. Mientras trabajé con libros, nunca lo vi; trabajé
con parecidos, pero no con ese, por eso creo que lo debe haber
importado pero no sé de dónde, tienes que creerme.
—Tranquilo, Darío —le respondió Henry—. Mira, he estado
buscando RUA10 pero no aparece nada, solo direcciones de
lugares en Brasil, Portugal, Cabo Verde y otros que ni idea.
—Rua significa “calle” en portugués; rue en francés…
—Pero nada con referencia a RUA10 exactamente.
Henry podía ver la angustia reflejada en su rostro y ahora su
propio semblante se apagaba.
—¿Qué tienes Henry? —preguntó Darío.
—No… Nada —respondió. Pero Darío sabía que tenía algo que
decir.
—Dime, puedes decirme lo que sea —le contestó.
Henry buscaba otras palabras para tratar de hacer la pregunta
sin inquietar mucho a Darío. Pero no había sino las que tenía.
—¿Cómo murió mamá?
Darío respiró profundamente. Sabía que un día llegaría esta
conversación, pero nunca se imaginó que fuera bajo estas
circunstancias. —Bueno, de pronto no haya mejor momento que
este —pensó.
Le empezó a contar que por entonces Lucía se ejercitaba
haciendo boxing. Ella era así, se interesaba por algo y, de una forma
u otra, se zambullía en ese tema por días, semanas o meses.
Incluso, en una misma semana podían ser varias cosas y no paraba
de hablar sobre lo que sea que fuese su obsesión del momento.
Henry todavía no cumplía el año, pero ya podía dejarlo con Darío
unas horas mientras ella se ejercitaba y de paso volvía a ponerse en
forma. Una noche, antes de dormir, le comentó de una incomodidad
que sentía en la mandíbula. Darío le dijo que seguramente ese día
el entrenamiento había sido duro. Pero, como apenas era una
incomodidad y Lucía no se veía realmente aquejada de dolor, no le
prestó mucha importancia. Ese es el único detalle fuera de lo normal
que podía recordar. Y ni siquiera parecía algo serio. De todas
maneras, Darío le dijo a Lucía que se tomara el día siguiente.
Después de todo, los sábados solo trabajaba medio tiempo. Él tenía
libres los sábados y podía hacer desayuno y estar pendiente del
bebé. «Eres el mejor marido del mundo», fue lo último que le dijo
Lucía, antes de dormir.
A la mañana siguiente él se despertó temprano. Lucía seguía
dormida. Estaba caliente y respiraba, eso lo recuerda bien. Pasando
por la cuna vio que Henry despertaba, así que decidió llevarlo con él
para comprar las cosas del desayuno. Se le ocurrió hacer unos
burritos que era uno de los desayunos preferidos de Lucía. Compró
todo en el mercado popular que hacían por las mañanas de los fines
de semana en la plaza: frijoles ya hechos, tortillas, aguacate, queso,
crema, tomate, cebolla, cilantro, limón, una pechuga de pollo, lo
demás ya lo tenía en casa. Cuando volvió Lucía seguía en el cuarto.
Darío no quiso despertarla, así que fue directo a la cocina con Henry
a preparar el desayuno. Hizo una ensalada, licuó los frijoles, rayó el
queso y preparó la pechuga en tiritas. De beber, hizo jugo de mora.
Dejó todo listo y servido, le preparó el tetero a Henry y se lo dio de
una vez, antes de que llorara. Así le daba tiempo a Lucía de
despertar. Al menos eso fue lo que pensó. —Es curioso —le decía
Darío a Henry— hacemos planes, tenemos expectativas de las
cosas, incluso cuando nos levantamos, expectativas de cómo va a
ser el día que nos espera. —Su voz empezaba a quebrarse y Henry
podía ver cómo las lágrimas empezaban a asomarse en los ojos de
Darío— pero no hay nada completamente seguro, cada momento
que podemos compartir, cada segundo que todo marcha bien, cada
alegría que tenemos, por pequeña que sea, es un verdadero
milagro, ahora lo sé… Fui entonces a despertar a tu mamá. Abrí la
puerta del cuarto y me quedé ahí parado, llamándola, pero no me
respondía ni se movía.
Darío tuvo que detenerse, porque ya el llanto estaba a punto de
estallar. Henry ya sabía lo que venía. —Entonces me acerqué a su
lado y me di cuenta de que no respiraba —prosiguió Darío—. Tu
mamá ya se había ido.
Por primera vez Henry vio a Darío llorar. La persona que de
regular tenía un semblante imperturbable, que solo era expresivo lo
absolutamente necesario, ahora lo veía derrumbarse,
completamente devastado. Era también la primera vez que
escuchaba el relato sobre la muerte de su madre. Su conmoción no
fue menor a la del hombre que lloraba frente a él. Así, abrazándolo,
lloró amargamente también. A veces, nada une más a las personas
que el reconocerse como seres vulnerables, imperfectos. Por
primera vez y después de mucho tiempo, ambos pudieron compartir
la insondable tristeza de haber perdido a alguien amado. Para Henry
esta ausencia, este vacío, había pasado a formar una parte medular
de su ser y le hacía amar aquello que, de cierta forma, nunca había
tenido. Si acaso, recordaba una melodía vaga con una voz femenina
que pudo haber sido ella y que a veces volvía en sueños. No sabía
si era realmente un recuerdo o su imaginación. No podía
comprenderlo bien, pero nunca se había sentido tan cerca a su
madre como en este momento.
Después de recuperar el aliento, Darío le pidió el disco de Soda
Estéreo a Henry y puso el tema que le dio el nombre. Luego dijo: —
Esta canción era una de los temas favoritos de tu madre, de todos
los tiempos; cuando empezamos a salir lo escuchaba mucho, luego
lo dejó y en sus últimos días lo colocaba varias veces por día; solía
tararear la melodía cuando te tenía en brazos. Yo no podía creer lo
que pasaba esa mañana —continuó— y me demoré en llamar a la
policía; por un momento pensé que moriría ahí con ella, sentía que
mi corazón se desvanecía… Nunca he sentido un dolor tan
profundo… Lo único que me salvó, lo único que me salva, era saber
que tú estabas ahí, Henry; cuando por fin tuve el coraje de llamar a
las autoridades me di cuenta de que la pesadilla apenas empezaba;
después de levantar la escena, ya que era imposible precisar que la
muerte había sido natural, era obligatorio que le hicieran una
autopsia.
—¿Porque podía tratarse de un homicidio? —dijo Henry,
finalizando la idea.
—Exactamente —respondió Darío—. Era un procedimiento legal
obligatorio y, por supuesto, existiendo la posibilidad de que hubiera
ocurrido un delito, debía haber sospechosos… Y yo era el primero.
Capítulo 6
Siempre se había creído muy frágil para este mundo. Quizás por
eso lo resentía secretamente cuando constataba que nada la podía
romper. Pero no había nada puntual a lo cual pudiera dirigir esa
desazón y entonces se sentía como una herida siempre abierta.
Todo la atravesaba. Constantemente.
El autobús se acerca a su parada. Se había ubicado en el fondo
para tener la mochila cerca sin estorbar a otros. Por fortuna no se
llenó mucho esta vez. Apenas quedan algunos pasajeros. Delante
de ella se va un señor que ya va medio borracho. Ella ahora se
levanta para salir. Siente una tristeza al pasarle de lado a una
señora de rostro ausente: algo está pasando donde vive, no quiere
enfrentarlo. Ahora le pasa de largo a dos chicas que revisan sus
celulares: con ellas es todo lo contrario, van a una fiesta. Se baja del
bus, agradeciéndole al conductor.
Sentir no era una elección para ella. Era de lo que estaba hecha.
Y no se trataba tanto de los sentidos, aunque estaban involucrados
por supuesto. Se trataba de lo invisible. Se trataba de energía, de
calor o de falta de calor, de entrar a un lugar y sentir una ola invisible
y pesada que te barre aunque sigas caminando. Se trataba de estar
a punto de conversar con alguien y saber de antemano que hace
poco recibieron una buena noticia. Se trataba de la conmoción que
trae lágrimas a tus ojos cuando la belleza irrumpe bajo la forma de
un acontecimiento, de algo o alguien… No importaba si grandioso o
insignificante. Se trataba de la realidad, en toda su crudeza y
desnudez, palpitante, más allá de las palabras, en ese mar caótico e
inmensurable que llamamos emociones. Podía estar en un lugar
sentada al lado de alguien que no conocía y sentirse feliz o triste,
inexplicablemente, para luego darse cuenta de que la otra persona
se sentía igual. Más tarde entendería que el sentimiento súbito
llegaba porque la otra persona se sentía así.
Ahora empieza a bajar de la loma. Por aquí ya el camino no está
pavimentado, pero definitivamente hay un camino. Es claro que por
aquí bajan personas y carros por igual. A medida que baja, empieza
a atravesar una suerte de bosque. La vegetación es algo densa y
hay árboles que se elevan muy a lo alto. Sin embargo, el cielo nunca
deja de ser visible. Los sonidos de la naturaleza nocturna empiezan
a aparecer: aves, sapos… Los acompaña el sonido de un río que
cada vez suena más cercano. Se detiene y toma una bocanada
profunda de aire. La retiene y pasan por su memoria imágenes
fugaces de su niñez y su adolescencia. Suelta lentamente el aire por
la boca. El aire que se respira aquí es único. Se da cuenta de lo
mucho que le hacía falta.
De niña era difícil permanecer mucho tiempo en un lugar con
mucha gente. La abrumaban. Incluso ya siendo más grande, había
ocasiones en las que terminaba con dolor de estómago. Todavía la
agota, unas veces más que otras, pero ya ha aprendido a montar
esas olas. Esto no quiere decir que evitara a las personas; le
gustaba sentirse conectada, formar parte de la comunidad humana.
De hecho, todo ocurría como si fuese la gente la que la buscaba a
ella. Era increíble cómo atraía gente, siempre. Incluso, en la calle no
era nada raro que se le acercara un extraño a contarle algo muy
personal, como si necesitaran desesperadamente soltar algo, o que
en una fila de gente la eligieran a ella para preguntarle por una
dirección o por un lugar. Había un calor, un confort, una brisa que
emanaba de ella y que las personas sentían sin darse cuenta,
atrayéndolas. Sin duda, siempre fue como una luz, como las
estrellas que guían a los navegantes nocturnos, como la luna misma
cuando está llena en una noche despejada. De pronto por eso la
gente siempre hacía el mismo gesto cuando les decía su nombre,
como diciendo «claro, qué otro nombre te iba a dar tu madre sino
Lucía». Justo como pasa ahora, mientras la señora que le
preguntaba si este era el camino a la playa, le agradece. Era uno de
los lugares a los que más le encantaba llegar sobre la faz de la
tierra. Sobre todo porque, si se iba a pie, solo se le podía llegar
desde la montaña: atravesar la vegetación de bosque tropical, y
cuando se empieza a bajar, ir escuchando poco a poco el oleaje, en
la lejanía, y sentir cómo se va insinuando el olor del mar. Para ella
era algo casi místico que se hacía más intenso si se llegaba de
noche, en luna llena, siendo esta la única guía del camino. Justo
como ahora.
Sí. A veces es necesario estar sola. Y la palabra no pudiera ser
más apropiada: necesario. Llega un momento en que la carga es
muy pesada. Es inevitable. No sabes si lo que sientes realmente
viene de ti o de afuera. No sabes si viene de tus aspiraciones, de lo
que quieres, si lo tomaste de tu pareja o simplemente estaba
flotando en el aire. El afuera puede ser amenazador y no siempre se
puede estar sola. Entonces, solo queda construir una muralla con
alcohol, drogas, sexo… Una sola que colme esa capacidad de
recepción; una sola, para que las otras no puedan entrar, porque
siempre están ahí, toda esa información flotando. Ahora que lo
piensa, flotar es el mejor verbo con el que podría definir a Darío.
Antes de llegar a la playa hay un pequeño lago donde Lucía
ahora está refrescando su rostro. El agua solo puede estarse quieta
en un lago o en un vaso. De lo contrario solo conoce el movimiento.
Está en su propia naturaleza, moverse por el camino de la menor
resistencia. Pero el aire… El aire flota y aunque tampoco conoce lo
estático, es invisible; solo lo puedes sentir cuando te acaricia el
rostro, o por su susurro en los árboles, o sus acrobacias en las hojas
secas y los papeles abandonados de la calle. Sin duda, el aire
también ayuda a mover las olas que Lucía tanto ama. Darío sin
duda sabe cómo moverla. Pero a veces ella no sabe cómo moverlo
a él. Y le desespera. Por eso le tiene rabia al silencio, al silencio que
pareciera apoderarse más y más de Darío. El silencio de un globo
inflándose que solo suena al estallar. Y estalló. Es primera vez que
se pelean de esa forma, con gritos, lanzando cosas, golpeando
puertas. ¿Cómo pueden llegar a eso dos personas que se aman? A
pesar de todo, Lucía prefiere los gritos al silencio que vino después.
Si hay algo que no tolera es que la dejen colgada cuando los ánimos
están así de caldeados. Es ahí cuando las emociones se apoderan
de ella realmente.
Y la culpa emerge.
Piensa en las cosas que se dijeron y, sobre todo, las últimas que
ella le dijo. Solo de recordarlo se le arruga el corazón un poquito.
Luego se dice, es una mierda, pelear es una mierda y ya. Porque si
él supiera cuánto le duele, cuánto le frustra que no entiendan lo que
ella quiere decir, aunque lo repita y lo repita… Aunque trata de no
pensar en todo esto, es inevitable.
Ahora puede ver el mar y la playa empieza a descubrirse de
entre los árboles y la vegetación. Una mujer llegando sola a una
playa, por la noche. No es común.
Capítulo 7
Desde pequeña supo que el mundo era mucho más de lo que
podían ver los ojos, que hay ocasiones en las uno puede saber algo,
de repente, sin saber cómo. A veces, la información podía llegar a
través de los sueños, como cuando soñó que su abuela se sentaba
en su cama y se despedía: a la mañana siguiente su madre le dijo
que había muerto mientras dormía. El más allá. Luna empezó a
darse cuenta, después de esto, que quizás su hija no era como
cualquier otra niña. Podían ser coincidencias, claro, pero eso no les
quitaba el velo de misterio.
Una vez, Luna fue a comprar la lotería y tomó tres tickets, según
un número que había soñado, otro número del santo del día y
alguna otra cábala. Nada más tenía dinero para comprar uno solo y,
aunque casi siempre solo jugaba los triples, esta vez el premio era
gordo. Con los tres en la mano, a la manera de una mano de naipes,
le dijo a Lucía que escogiera uno. No le tomó ni siquiera un segundo
a la niña, que sin dudar le dijo que era el de la izquierda. Luna dudó,
porque no era ni el número del santo, ni el del sueño, que eran los
que le daban más confianza. Ese domingo se escuchó un grito a
toda voz en el pueblo. Llorando de felicidad, Luna cargaba a su hija
besándola y dándole las gracias. Con el premio, y un pequeño
crédito, logró montar el hostal turístico con el que soñaba. Ese
hostal con vista al mar. Quizás por eso más tarde Lucía, sin dudar,
se dijo que estudiaría idiomas cuando se enteró que existía esa
carrera. Creció escuchando good mornings, ça va biens, pregos,
obrigados y gute nachts desde niña. La pequeña sabía ganarse a
todos en el hostal. Rápidamente, aprendió a saludar, a despedirse y
a decir por favor y gracias en todos esos idiomas. Sin embargo, esa
era solo la manifestación social y actual de una habilidad mucho
más profunda y que parecía involucrar un lenguaje mucho más
vasto y cósmico.
El más allá quizás estaba más acá para ella, pensaba Luna. Esto
se hizo más evidente con un caso que resonó mucho en la isla
donde creció Lucía, pues era la primera vez que se oía de un
asesino en serie de mujeres. «Caronte» lo llamaron los periódicos,
porque las víctimas siempre aparecían en la orilla de alguna playa,
arrastradas por las olas, como llevadas por el mismísimo barco de la
muerte y su nefasto capitán. Ya eran tres las occisas de las que se
tenía noticia y las tres en la misma semana. Los patólogos habían
logrado determinar que el asesino las golpeaba para poder violarlas.
Por último, las soltaba en el mar, inconscientes, y morían ahogadas,
no sin antes arrancarles un mechón del cabello. De hecho, la tercera
víctima había sido encontrada por Lucía muy temprano en la
mañana, cuando apenas salía el sol, porque soñó con una sirena
que le pedía ayuda. Se levantó con una angustia que nunca había
sentido antes. Salió a la orilla y allí estaba, el cuerpo tostado por el
sol de una joven con los ojos dirigidos a un cielo que empezaba a
esclarecerse. La sorprendió lo poco que la escena le había
horrorizado, a pesar del cuerpo hinchado y las marcas de violencia.
Lucía sabía que era la sirena de su sueño pero ya no desesperaba;
de ella emanaba ahora una paz que Lucía podía percibir. Esa
mañana aprendió algo que nunca olvidaría y que nunca ha logrado
entender del todo: aprendió sobre esa extraña belleza que hay en la
serenidad de la muerte.
Más tarde, cuando las autoridades se encontraban levantando la
escena, mientras Luna les pedía a los agentes más vigilancia en su
zona porque estas cosas no son buenas para el negocio, su hija
desayunaba en la cocina mientras escuchaba radio con un aparatito
portátil que su madre tenía desde hace tiempo. Luna acababa de
entrar para ofrecerle algo de tomar a los agentes encargados del
caso. Lucía buscaba estaciones, pero se quedó escuchando el ruido
blanco por un momento. Los agentes bebían agua mientras veían
extrañados cómo la niña prestaba atención a ese ruido. Al notar la
curiosidad de los agentes, Luna se dio cuenta de lo que hacía su
hija. ¿Mi amor, por qué no pones una estación? ¿Se dañó el
aparato? A lo cual Lucía respondió, mami, el señor que las mata se
llama Lázaro. Apenas terminó de decir esto, el aparatito se acomodó
y sonaba El Nazareno, del Maelo Rivera: no sé de dónde una voz
vine a escuchar… Mientras Luna acompañaba a los agentes a la
salida, les dijo que hacía pocos años, un hombre llamado Lázaro se
había fugado después de matar a su mujer y que por poco mata a
su propio hijo también. ¿Por qué no le echan un ojo a eso? les
preguntó, yo sé que suena muy raro todo esto, pero háganme ese
favor, ¿sí? De hecho los agentes recordaban el caso.
Tres días más tarde, en efecto, la policía dio con el tal Lázaro en
una isla cercana. Se había improvisado una «casa» en la cual las
autoridades hallaron a una mujer amarrada, todavía con vida, y
también los mechones de cabello de las víctimas. Resultó que sí
tenía un peñero después de todo.
Para Luna, saber que su hija tenía esas cualidades le causaban
preocupación, porque temía que le pudieran causar daño y le
planteaba el problema de cómo criarla. Lo mejor que se le ocurrió
fue tenerla siempre estimulada, aprendiendo cosas todo el tiempo. Y
en esto resultó muy útil tener un hostal, a donde solían llegar
personas con afición por actividades muy diversas, desde ajedrez
hasta malabares, pasando por el yoga y la música. Y cuando Luna
confirmó que disfrutaba mucho hacer todas estas cosas y
mantenerse ocupada, entonces pudo estar más tranquila.
Capítulo 8
—Antes de enterarnos que te íbamos a tener, tu madre y yo tuvimos
una pelea fuerte —Darío continuó diciendo—. Nada físico, pues ni
en mi peor estado hubiera sido capaz de ponerle una mano encima.
Ella… Tu madre era como un bote en el mar… Cuando la abrumaba
una emoción fuerte era como si ella misma fuera presa de una
tempestad. Nosotros llevábamos tres años juntos y los dos últimos
viviendo en este mismo apartamento. Ella quería casarse y tener
hijos rápido. Pero yo estaba pasando por un momento difícil, la
editorial donde trabajaba había sido absorbida por una multinacional
y los nuevos dueños decidieron trabajar con gente que ya tenían.
Todo ocurrió muy rápido. Aunque yo sabía que quería
independizarme en algún momento, quedarme sin trabajo me tomó
por sorpresa… Y a pesar de que lograba conseguir trabajar en
proyectos pequeños, estaba ganando una miseria para el momento.
Pero tu mamá decía que eso no importaba, que con la herencia que
le había dejado tu abuela podíamos comenzar, que seguramente yo
conseguiría proyectos grandes muy rápido. Yo en ese momento
pensé que era tomar un riesgo muy grande. Los días pasaban y mi
situación no mejoraba. Vivía muy preocupado y empezaba a
sentirme muy frustrado… Y eso era lo peor para alguien como tu
mamá, que lo percibía en el ambiente y le afectaba también… Mi
frustración se convertía en la de ella. Y no había sentimiento que le
hiciera más daño a tu madre que el de la frustración. Esto se fue
convirtiendo en una bola de nieve que explotó una madrugada que
llegó borracha, cuando se suponía que esa noche nos
encontraríamos en ese lugar de comida italiana donde te llevo a
veces para cenar… Yo juraba que a partir de esa cena todo
mejoraría. Me había jurado que arreglaría todo y hasta le iba a
proponer matrimonio. Ya lo tenía todo preparado, el anillo estaría en
la primera copa de vino tinto que nos íbamos a tomar. Quizás fui
muy ingenuo al querer planear todo eso en un momento en que
nuestra relación estaba tan frágil.
Darío respiró profundamente, retomando el aliento, calmando la
guerra que se libraba en su corazón al revivir estos momentos. Miró
los ojos de Henry, que eran igual a los de su madre. Luego continuó:
—Después de la pelea, tu madre empezó a guardar ropa en una
mochila… Y yo no podía sentir otra cosa que rabia, sentía tanta
rabia. No fui capaz de ver más allá de mi propio orgullo… Y la dejé
ir, completamente seguro de que volvería al día siguiente,
arrepentida, completamente seguro de que más nunca querría
volver con ella. No hay nada más patético que el orgullo herido de
un hombre, porque de alguna manera realmente cree que el
universo está en la obligación de repararlo, de resarcir esa herida.
Tu madre ni volvió ni llamó al día siguiente. Tampoco el día después.
Tampoco el que siguió a ese. Y yo, por más que traté de
ocultármelo, por más que traté de convencerme de lo contrario, ya
me daba cuenta de que había cometido un error, quizás el peor de
mi vida, al dejarla ir. Entonces, tomé una nueva resolución. Me juré
a mí mismo que si volvía a tener la oportunidad de verla o
escucharla, haría todo lo posible para que lo intentáramos otra vez.
Darío volvió a hacer una pausa, era como si primero examinara
la serie de recuerdos que iba a relatar, como para confirmar lo que
iba a decir, como no queriendo traicionar la memoria de cada
momento que vivió con ella. —Y Dios, o el universo, o sea lo que
haya sido, me dio esa oportunidad. Ya no recuerdo bien si fue más o
menos de una semana, el hecho es que una noche tocaron el timbre
y cuando abrí la puerta era ella. No más de verme noté como se le
aguaron los ojos y trató de sonreír, o mejor dicho, quería sonreír,
estaba tratando de contenerse. Todo eso no pudo haber sido más
de cinco segundos. Y, sin embargo, de pronto porque estaba tan
sorprendido de verla, todo lo vi desenvolverse tan pausadamente…
Pude ver tan claramente toda esa sucesión de gestos que llegaron a
transmitirme lo que había detrás, lo que los movía. Fue entonces
cuando supe que estaba salvado. Que lo volveríamos a intentar. Y
esto me conmovió tanto que sentí que mis piernas cedían al peso de
mi alegría. La abracé de rodillas pidiéndole perdón entre lágrimas,
diciéndole que no había nada que yo hubiera amado más en el
mundo, que quería pasar el resto de mi vida con ella y tener todos
los hijos que pudiéramos tener… Ella besaba mi cabeza,
abrazándola…
Hubo otro silencio. Darío soltó una risa tímida. Y terminó
diciendo. —Y bueno, pues más o menos nueve meses después
naciste tú, Henry. Sin embargo, para la policía la pelea era un
elemento de sospecha. También en esa semana llegaron los
resultados de la autopsia… Y sucedió lo que menos me esperaba, lo
que consideraba más improbable… No sabían, no podían concluir
con certeza qué fue lo que mató a tu madre. Técnicamente pudo
haber muerto por sofocación. Pero el cuerpo no mostraba signos
inequívocos de asfixia. En última instancia, no había evidencia
médica para probar que hubiera ocurrido un homicidio. Esto, para la
policía, sumado al hecho de que tu madre había heredado una
cantidad, aunque no muy grande, de dinero de tu abuela y que tenía
un seguro de vida que respondería con una pensión sólida, todo ello
les daba a entender que yo saldría muy beneficiado si algo le
pasaba a ella. Ellos sabían que mi situación financiera no era muy
sólida. Eso les daba más razones para sospechar de mí… Hasta el
día de hoy el agente Colmenares debe creer que yo fui el
responsable. Tú sabes que a mí no me interesa el dinero. Tu madre
lo sabía también. De otra manera, hubiera estudiado otra cosa que
literatura… Con el tiempo se dieron cuenta de que no había
evidencias que me implicaran. Solo tenían sospechas y conjeturas
para las que nunca iban a encontrar pruebas porque yo no lo hice.
Algunos médicos dijeron que era posible que el entrenamiento del
boxeo pudiera haber impactado fuertemente el cuerpo de tu madre,
sobre todo su corazón. Ella apenas terminaba de recuperarse
físicamente del embarazo y el parto. Decían que de pronto tuvo una
falla cardíaca que la mató. Pero también era solo una posibilidad, no
una certeza.
—Desde entonces nada me ha pesado más que no saber qué le
sucedió, qué cosa o quién fue el responsable de quitarnos a tu
madre. Y no me había dado cuenta hasta ahora de lo mucho que le
ha costado a mi salud. Tú lo sabes, yo sé que has tenido que
acostumbrarte a escuchar en la escuela que yo estoy loco. Y muy
probablemente el que la policía nunca haya dejado de sospechar de
mí ha tenido que ver en la opinión que tienen de mí en tu escuela y
en esas visitas de los institutos familiares para ver si tú estás bien.
Los rumores se esparcen como epidemias.
Darío guardó silencio un momento y se dirigió a la ventana para
abrirla y dejar que corriera el aire, como queriendo que esos malos
recuerdos salgan también.
—Tu mamá… Ella siempre tuvo una conexión muy especial con
todo… No sé cómo explicártelo. Pero quizás no necesite hacerlo, de
pronto ya sabes a qué me refiero. ¿Nunca te ha parecido curioso el
hecho de que casi siempre adivines quién está llamando cuando
suena el teléfono?
Henry asentía con la cabeza, pero continuaba sin decir palabra.
—Pues… Digamos que tu mamá hacía esas cosas también. De
repente simplemente sabía cosas. Así como era capaz de adivinar
el humor de alguien, o de absorber los sentimientos de una persona,
a veces se le ocurrían cosas, o tenía sueños que no sé de qué
manera le transmitían mensajes. Al comienzo me costaba creerle…
Pero con el tiempo empecé a creerlo posible. Ahora recuerdo que,
días antes de que le pasara lo que sea que se la llevó, muchas
cosas empezaron a recordarle a su niñez y al lugar donde creció,
¿sabes, la isla?… Sobre todo recordaba con mucho afecto la playa
donde tu abuela tuvo un hostal. A veces, le invadía una nostalgia
increíble por ese lugar. —Una madrugada me despertó, me
abrazaba muy fuertemente y me decía gracias, nunca te podré
agradecer lo suficiente por haberme salvado. Pero ¿salvado de
qué? le decía yo. Y ella me respondió que antes de empezar a salir
conmigo en verdad no sabía qué iba a ser de su vida, que en verdad
a veces había momentos en los que sentía que desaparecía, incluso
acompañados de episodios de catatonia. Ahora que lo pienso, ¿será
que sabía lo que iba a pasarle? Justo después de agradecerme, y
antes de volverse a dormir, me preguntó que qué preferiría yo al
morir, si ser enterrado o cremado. Yo le dije que en verdad no sabía,
que lo que fuera mejor para ustedes Luego ella me dijo, ya
quedándose dormida, que ella quería ser cremada y que quería sus
cenizas esparcidas en el mar, en la playa donde creció. Así, cuando
quisiéramos visitarla, bastaría con ir a esa playa y meternos al agua.
Así ella podría abrazarnos otra vez—. Y eso fue lo que hice. Cuando
nos la entregaron hicimos un pequeño servicio antes de cremarla.
Fueron algunos amigos. Traté de contactar a una señora que era
amiga de tu abuela Luna, que conocía a tu mamá desde que era
una niña. Pero no la pude contactar. Al día siguiente me fui contigo y
con ella, nos fuimos todos a la isla. Y con ambos en brazos me metí
al mar y ahí esparcí sus cenizas. Y ahí nos abraza cuando estamos
allí. Por eso íbamos tanto a ese lugar, Henry.
Después del largo relato, se estuvieron en silencio un buen
momento. Henry procesaba cuidadosamente todo lo que Darío
había relatado y este trataba de calmar sus pensamientos. Lo único
que Henry dijo en el resto de la noche fue gracias. Le agradecía a
Darío por haberle contado todo eso, que fue mucho más de lo que él
esperaba.
Antes de ir a dormir, Darío decidió que lo mejor sería sellar
algunas ventanas, sobre todo la que daba a la escalera de
emergencia. Cuando terminó pasó por la habitación de Henry. Ya
dormía. Luego fue a la suya, entró al baño, se desnudó y se metió a
la ducha. Mientras se bañaba, se preguntaba si acaso lo que hay
detrás de todo esto no son grupos clandestinos ni conspiraciones.
Había considerado las opciones más salvajes, pero no la más
cercana, la de que todo esto tuviera que ver con la muerte de su
esposa, la cual siempre quedó rodeada de tantas interrogantes.
Sale de la ducha. Se seca. Tenía días sin bañarse. Desempaña
el espejo y se mira. Sea como sea, todo esto le ha hecho recordar
cómo era él mismo cuando Lucía vivía y estaban juntos y ahora sus
ojos ven cuánto ha cambiado su apariencia. Ha perdido peso. Estira
sus brazos y los observa. Se mira de un lado y de otro, los músculos
que mueven su cuerpo son apenas una manta que cubre sus
huesos, apenas más gruesos que su piel. Tiene unas ojeras
grandes porque casi no duerme. Su espalda se ha encorvado un
poco. De su nariz y de sus oídos salen algunos pelos. Varios. Tiene
varias canas que no tenía antes, en su barba y su cabello. Su
extraña barba se le asemeja a un trapo viejo. Esto le causa gracia.
Tiene los labios secos y partidos porque siempre se los muerde.
Solo su alma sabe lo mucho que ha cambiado en su forma de ser.
Sin duda, en el intento de evadirse de la tristeza ha realizado
muchas cosas que el Darío de antes nunca se hubiera imaginado y
en este proceso ha inventado para sí mismo nuevos
comportamientos, nuevas curiosidades, nuevas dedicaciones, todas
las cuales el Darío anterior ignoraba completamente. Este era un
Darío comprometido con la humanidad, pero desde la
clandestinidad. Ahora le parecía que había causas perdidas que
igual merecen la pena defender. Acaso no estén perdidas
realmente. En su habitación guardaba tratados para la organización
de comunidades autónomas, compilaciones y comentarios de
críticas a las instituciones estatales y financieras. Apuntes sobre
métodos de siembra urbana y reciclaje. Todo lo cual pensaba soltar
por internet y en folletos que dejaría por la ciudad. Pero todavía
tenía que terminarlos. También tenía ensayos donde criticaba las
posturas y argumentos que los grupos poderosos usaban para
implantar sus políticas. Relaciones de datos duros donde exponía
las manipulaciones que efectuaban ciertas figuras políticas y
empresariales, locales y nacionales, con la finalidad de enriquecerse
a costa de la quiebra de miles de familias y personas que no tienen
mucho. Todos estos solía repartirlos entre reporteros y medios
alternativos, anónimamente. Muchos de ellos habían tenido
repercusión local. En cambio, el Darío anterior a Lucía era apático y
cínico. Sin embargo, a pesar de estas acciones que sin duda tenían
un propósito y un efecto comunitario, él mismo es incapaz del
contacto con otros y quizás usa su propia apariencia, andrajosa y
taciturna, para que la gente se aleje de él porque en el fondo
desconfía de ellos. Cada vez le cuesta más distinguir la apariencia
de la realidad, el mundo interno del externo, la verdad de la mentira.
Cada vez se encuentra más enajenado y, paradójicamente, más
lejano a la humanidad. Esto compromete sus intentos de lucha por
lo que le parece justo. Y si sigue ese camino, sabe que lo único que
le espera es una gran oscuridad.
Capítulo 9
En los días siguientes Darío dejó de ir a la plaza también. Caminaba
con Henry hasta su colegio y permanecía cerca, leyendo en un café,
mientras esperaba a que saliera después del mediodía. Temía que
toda esta situación se intensificara, o peor, que alguien quisiera
hacerle daño a Henry. Hoy sin embargo no puede vigilar la escuela
todo el día porque tiene que ir al banco.
En el camino, Darío le daba vueltas a la situación de los
mensajes anónimos. Duda siquiera que puedan ser llamados
mensajes. Y aunque pueda decir que la preocupación que le han
generado es producto de su imaginación, o de su mente inestable,
le resulta imposible saber si exageraba o no. Además, no puede
evitarlo. No puede evitar que le angustie. Había pensado ir a la
policía, pero ¿qué les iba a decir? Apenas habían sido dos los
hechos y ni siquiera habían sido consecutivos, sino con algunos
días de por medio. Darío conoce bien que dos ocurrencias de la
misma instancia son suficientes para distinguir un patrón, pero ¿le
va a decir eso al agente Colmenares? Sin embargo, los mensajes
estaban clara y definitivamente dirigidos a él, aun cuando su
significado era incierto. Si le mostraba eso a la policía, con la fama
que tenía, era claro que lo despacharían rápidamente. No obstante,
le parecía que era mejor no subestimar todo esto. Esa era su
conclusión. Por eso tiene que estar pendiente de Henry lo más que
pueda. —Malditos bancos… —piensa Darío.
Es extraño pero, por alguna razón que él relacionaba sobre todo
con la muerte de Lucía, con el hecho de que trata de reprimir todo
duelo por la pérdida, su relación con Henry no había sido lo cercana
que debía ser. No sabía tampoco cómo se supone que debía ser.
Por otro lado, tenía conciencia de lo mucho que a Henry le ha hecho
falta tener una figura materna. Y aunque realmente se preocupaba
por él, el afecto que le expresaba siempre era controlado,
dosificado. De hecho, desde hace mucho tiempo dejó de llamarle
hijo. Solo Henry. Solo usaba ese nombre. Dicen que el primer paso
para resolver un problema es reconocerlo, pero en este momento
Darío lo pone en duda. De nada sirve saber el problema si no sabes
ni siquiera cómo funciona, ni cómo acceder a él. El hecho de que él
se mostrara inconmovible con la muerte de Lucía no iba a hacer que
Henry sintiera menos su ausencia. Y más importante que todo esto,
Henry era lo único que tenía; en verdad, era el único propósito de
todo lo que hacía. Si de una forma u otra deseaba un mundo mejor y
trataba de hacer algo al respecto, era por él; todo lo demás giraba
alrededor.
En el banco, la fila era larga. Se coloca de último. La máquina de
números está dañada, como cosa rara. Mira alrededor: todas las
sillas están ocupadas. —Si toda esta gente supiera —piensa Darío
— la cantidad de plata que no tiene este banco. Sí, claro que seguro
dicen que tienen millones de millones. ¿Pero cuánto dinero tienen
efectivamente? ¿15 %… 30 % de lo que dicen? Eso es lo que
realmente hay en efectivo, en los cajeros, las cajas, cajas fuertes y
bóvedas. El resto son dígitos, números en una pantalla, ceros y
unos en un código fuente de una base de datos, impulsos eléctricos
en un sistema de cables y servidores. Si algo le pasara a esos
servidores, o si la base de datos se volviera inaccesible y la
información irrecuperable, todo el dinero que supuestamente está
ahí desaparecería. Si la gente supiera esto ¿seguirían usando los
bancos?… Bah, qué digo, si yo mismo lo sé y aquí estoy.
Darío mira la hora y ve que apenas han pasado dos minutos. La
fila ni se ha movido. Sigue igual de lenta. Ahora empieza a contar
las personas que tiene adelante:
—Señora de cabello gris,
—Joven con gorro de los Yankees,
—Señor calvo,
—Mujer de pelo muy largo,
—Madre con bebé,
—Mesonero,
—Cocinera,
—Mujer,
—Mujer,
—Hombre,
—Sombr…
¿Sombrero gris? El corazón de Darío se acelera. Es él. ¿Qué
hacer? ¿Enfrentarlo? ¿Huir? Hay escoltas armados recargando
cajeros automáticos. Tengo que asegurarme de que sea él, piensa
Darío. Pero al asomarse el hombre se da cuenta y sale corriendo.
Darío le grita y sale tras él, pero los escoltas lo detienen. Lo ve en la
calle subirse a un auto. Darío les grita a los guardias que lo dejen,
que el hombre que salió corriendo ha estado acosando a su familia
en las últimas semanas y ahora se escapó otra vez gracias a ellos.
—Guarda la compostura —se dice—. Ya no se puede hacer nada.
Ve por Henry ya mismo.
Capítulo 10
La playa iluminada por la luna llena, solamente acompañada por el
sonido de las olas. De alguna forma esta escena siempre iba con
ella. Quedó tatuada en su alma desde niña, dibujada por los
pequeños paseos en los que su madre la llevaba en brazos
entonando melodías para hacerla dormir cuando todavía era una
bebé; y, por fin, coloreada e impresa en las noches que ella misma
pasaba sentada en la arena frente al hostal, preguntándose cuál de
las estrellas que veía realmente estaba ahí y cuál ya era una
memoria del universo. Pero ¿qué otra niña o niño pensaba en estas
cosas?
La pequeña Lucía fue dándose cuenta de que esta conexión con
el universo no era algo común. Su mundo interno, tan permeable a
lo que vemos y a lo que no, era por ello amplio y profuso. Así, fue
entendiendo que las cosas poco comunes tienden a tocar una fibra
delicada en las personas. Su sensibilidad la unía a ellas, pero a la
vez, la diferenciaba. No podía ser compartido completamente con
cualquier otra niña o niño, ni siquiera con cualquier adulto. Ella
podía asomarse al templo interno de cualquiera, pero muy pocos
podían asomarse al de ella. Podía intuir que esta fibra fundamental
era capaz de determinar aquello que las personas eran capaces de
aceptar, y por ende, también lo que no pueden más que rechazar.
Más tarde, esto mismo la ayudaría a «leerlas». Sin embargo, la
dejaba en un lugar muy extraño. A pesar de poder jugar con muchos
y muchas otras niñas, quedaba esa porción que debía guardarse, o
que no valía la pena compartir, porque no resonaba en nadie más.
Una rareza, sin duda, tener don para las gentes, poder ser el alma
de una fiesta, pero a la vez necesitar la soledad, sentirse a gusto en
ella.
Una noche, la pequeña Lucía soñó que se encontraba en un
oasis en el desierto. Por alguna razón, podía pararse sobre el agua
y no se hundía. Volaba un cometa que apenas podía ver de lo alto
que se había elevado. El viento lo llevaba en una dirección y ella
sostenía fuerte la cuerda para que no se le escapara. El viento
empezó a soplar más fuerte y casi suelta la cuerda, pero vio que a lo
lejos, hacia donde el cometa iba, había otro. Entonces, empezó a
caminar en esa dirección. A medida que caminaba por la arena un
hilo de agua que venía del oasis la seguía. Así, empezó a ver que el
cometa era sostenido por un niño que también estaba en otro oasis,
pero a medida que se acercaba el día se convertía en noche. Se
despertó y sigilosamente salió de su casa. En la playa no había
nadie y corría el viento nocturno de las playas. Caminó hasta la orilla
y sobre el techo de una casa, no muy lejos, alcanzó a ver un niño
que volaba un cometa, como en su sueño. El niño levantó la mano y
la saludó. Ella saludó de vuelta. La brisa por un momento se hizo
más fuerte. Al niño, que con el saludo descuidó la cuerda, se le
escapó el cometa. Ambos lo vieron navegar la brisa mientras
descendía poco a poco. El cometa cayó en el agua, pero no muy
lejos de Lucía y las olas lo trajeron hasta la orilla. Lo tomó y recogió
la cuerda. Cuando volteó a ver al niño, este volvió a levantar la
mano, pero para despedirse. Lucía se despidió también. El niño se
bajó del techo y se metió por la ventana de la casa. Lucía miró el
cometa y se devolvió con él a su casa. Dejó el cometa amarrado en
la reja de una de las ventanas de la entrada antes de volver a la
cama. Al día siguiente empezaba clases. Cuando Lucía salió en la
mañana para ir a la escuela el cometa ya no estaba donde lo había
dejado.
En el salón de clases, antes de empezar, la profesora les notificó
que iban a tener un nuevo compañero y que se llamaba Efraín.
Cuando el niño entró al salón, Lucía lo reconoció. Era el mismo del
cometa. Más tarde ese día, al salir de clases se acercó a ella para
decirle que anoche, antes de que lo viera en el techo de su casa, él
había soñado que se encontraba con ella en un desierto.
Capítulo 11
Darío iba camino al colegio de Henry. El hombre del sombrero gris
se le había escapado. Le inquietaba el hecho de que haya evitado
confrontarlo, de que haya decidido huir sin titubeos. Le parecía que
esto descartaba en buena medida las posibilidades de que sus
intenciones fueran buenas, de que quisiera ayudarlo o avisarle de
algún peligro. Claro, es posible que no quiera que descubra su
identidad y que por eso me haya evitado. Quizá trabaja para la
misma organización o para la misma persona que me desea
eliminar y, si descubren que intenta ayudarme, su vida puede correr
peligro también.
Ya se encontraba cerca. Solo le faltaba cruzar la calle y caminar
una cuadra más, pero el semáforo está dando el paso a los carros
en este momento. Un poco más allá en la misma esquina, una mujer
va de la mano con un niño que juega haciendo rebotar una pelota en
el piso. Ambos también esperan que cambie la luz. La pelota ha
dado en una parte irregular de la acera y sale en dirección a Darío.
Él reacciona a tiempo para pararla con los pies y se agacha a
recogerla. El niño se ríe y se acerca a él para pedirle la pelota. La
señora entonces se da cuenta de lo que ha pasado y mira a Darío.
En lo que ve su aspecto se asusta y hala al niño para que sea ella
quien le pida la pelota. Darío entiende y con calma extiende el brazo
para entregar la pelota. La señora se le acerca con cautela y le
agradece. La luz ya ha cambiado y ellos cruzan la calle con apuro. A
media calle, la señora mira hacia atrás. Quizás hace un par de
semanas algo así le hubiera tenido sin cuidado. Pero ahora, no sabe
por qué, lo deja con una sensación amarga.
—Eres un chiste —piensa—. Crees que eres importante pero la
verdad es que a nadie le importa si vives o mueres, ni siquiera a tu
hijo, no has sabido darle el amor que necesita y por eso vive pegado
al computador, sin tener la vida que necesita alguien de su edad,
tener amigos, correr, tener una pelea… A los poderosos les vale
mierda el mundo, les vale mierda cuando cientos de personas
manifiestan en su contra ¿por qué les iba a importar tu vida?,
¿acaso alguna vez un empresario o un político ha tratado de
demandarte? No. Y tú sabes muy bien que eso es lo primero que
hacen. Y la policía ¿acaso te ha metido preso?, ¿cuándo ha sido la
única vez que la policía se ha interesado en ti? Si en verdad el
hombre del sombrero gris es real, y te quiere hacer daño o te quiere
dar un mensaje, tiene que estar relacionado con la muerte de Lucía.
Eso sí es real. Lucía murió. Lucía está muerta, Darío.
Cuando Darío llegó al colegio, Henry todavía no salía de clases.
Eso lo calmó. Aprovechó el tiempo para preguntar a la directora si
recordaba que algún hombre, mayor que él y con sombrero gris,
hubiera estado preguntando por Henry, pero la directora le dijo que
no, que nada por el estilo. Darío volvió y esperó a Henry, quien no
tardó en salir.
—Lo vi. Estaba en el banco. Se dio cuenta de que iba tras él y
salió corriendo. Los escoltas pendejos me detuvieron… En la calle lo
vi montándose a un carro y se perdió.
—¿Estaba en el banco?
—No sé si sabía que yo iba a ir, o si fue pura casualidad. El
hecho es que se escapó.
—¿Qué hacemos? ¿Vamos a la policía?
—No. Tenemos que recopilar toda la información que podamos
sobre la muerte de tu madre. Si esto está pasando realmente, quizá
tenga que ver con tu madre.
Darío y Henry llegaron al edificio y bajaron al sótano a buscar el
auto. Cuando llegaron, se dieron cuenta de que había otra nota en
el parabrisas. Tiene las mismas características de las anteriores,
pero esta vez dice algo perfectamente reconocible por ambos:
HENRY.
Si había algún resto de duda, ahora resultaba terriblemente claro
que los mensajes iban dirigidos a Darío. Sus sentidos empezaron a
nublarse, hay algo de borroso en su visión y algo de mudez en lo
que escucha, todo lo que ve se aleja y se acerca, como palpitando,
su corazón se vuelve a acelerar y su respiración también. Su
primera reacción es proteger a Henry, luego mirar alrededor. Hay
pocos carros en el estacionamiento, que es pequeño. No hay nadie,
es claro. Darío sube a Henry en la parte de atrás del carro. No
quiere correr riesgos. Enciende el motor de su vehículo, cierra los
ojos un momento y respira profundo.
Darío sale lentamente del estacionamiento. Sus sentidos aún
zumban. Las cosas parecen dar vueltas o moverse rápido a su
alrededor. Se pregunta si debería manejar así. Pero si no, ¿qué?
Esperar un taxi o caminar hasta la parada del bus es más peligroso.
¿Y si esta persona de los mensajes mató a Lucía? ¿Y si tiene
cómplices? Podrían secuestrarlos a los dos o atropellarlos en la
calle. Además, la estación de policía no está muy lejos; de ir en el
vehículo, les tomaría máximo veinte minutos, si es que hay mucho
tráfico. Lucía pudo haber sido asesinada; el responsable, ese
hombre y los mensajes pueden ser una trampa. ¿Y si se proponía
eso mismo, que salieran los dos en el carro? Por otro lado ¿por qué
razón hubiera querido matarla? Darío recuerda que, antes de esa
horrible pelea, a veces le invadía una sensación extraña con
respecto a ella, como si le ocultara algo, de que había muchas
cosas que no le contaba; pero no, Lucía nunca sería capaz de
hacerle daño a alguien. Sí, claro que tenía arrebatos emocionales —
¿quién no los tiene?— pero ella era una persona fundamentalmente
buena y compasiva. Podía tener sus sombras, como todos, pero era
incapaz de imaginársela queriendo infligir dolor a alguien, al menos
no de manera intencionada ni por el placer de causar sufrimiento…
Darío estaba en pánico y absorto completamente en sus
cavilaciones. El mundo exterior se había enmudecido para él. Por
eso, fue incapaz de escuchar los gritos de Henry, que intentaba
avisarle que un carro venía sobre ellos.
Todo transcurre en un vértigo mudo, como si el tiempo entrara en
una burbuja. La parte delantera de una camioneta empieza a doblar
la puerta del copiloto en el carro de Darío. El vidrio de la ventana
estalla y comienza a quebrarse. Algunos pedazos salen volando
hacia el interior del vehículo, unos caen en el asiento del copiloto,
otros golpean el brazo y el rostro de Darío. El tablero del automóvil
se empieza a deformar del lado derecho y el parabrisas también
estalla por ese lado. La camioneta entonces se empieza a alejar,
proyectando el auto hacia la izquierda. El mundo exterior gira
alrededor, aunque en verdad es el vehículo el que está dando
vueltas horizontalmente. En circunstancias como estas, en verdad,
no tienes ni puedes tener control de tu cuerpo y te mueves dentro
del auto a la voluntad de la física más elemental y newtoniana. Ni
siquiera te da tiempo de pensar que tu hijo va en la parte trasera y
que puede estar muy mal herido. Todo esto transcurre en instantes
pero la experiencia lo procesa de una forma muy pura, sin
mediaciones. No hay tiempo para la reflexión; solo para la acción y
la reacción, para la energía, el movimiento, la inercia… Esta es una
violencia cinestésica, capaz de hacerte ver la eternidad del instante
y de percibir lo que ya no pasa por los sentidos. Casi se podría decir
que es una suerte de nirvana, de iluminación. Dicen que los
antiguos maestros zen siempre llevaban un bastón en su mano y no
precisamente para ayudarse al caminar. Esta terminaba siendo una
función secundaria. El verdadero propósito del bastón era más bien
de naturaleza violenta. Cada vez que un discípulo usaba la razón
para explicar un koan, o para entender el satori, entonces el
maestro, de manera súbita, golpeaba fuertemente con el bastón la
cabeza del discípulo. El objeto de este acto era el de suspender la
actividad mental racional. Solo así, cabía la posibilidad de que el
alumno vislumbrara la experiencia pura, sin mediaciones, del satori,
el golpe abrupto del vacío a la mente.
Lo que Darío vislumbró fue el rostro sonriente de Lucía, que, con
un susurro estruendoso, le decía AHORA.
Su corazón late rápidamente. Trata de moverse pero las piernas
no responden. No tiene tiempo para preocuparse por eso. Mira
hacia atrás. Henry está en shock y grita, pero se está moviendo.
Grita su nombre y le pide que lo mire a los ojos. Le pide que respire
profundo junto a él, a la cuenta de tres. Inhalan. Exhalan. Le
pregunta si puede mover sus piernas y sus brazos y el niño le
responde que sí. Mira alrededor. Quedaron en el medio de la calle.
De un lado, está el parque central. Hay gente que se detiene a ver
qué sucedió. Se da cuenta de que fueron impactados por el lado del
copiloto, y que hay una camioneta estrellada en la esquina contra un
poste. Al parecer, no hay más carros afectados. Sus piernas…
Ahora sí se mueven. Mira al otro auto de nuevo. El conductor se
está empezando a incorporar. Sin embargo, se da cuenta de que
otro automóvil se ha detenido a ver si el conductor está bien. Ahí
está, es el hombre del sombrero gris. —Rápido —se dice Darío—,
tengo que sacar a Henry de aquí.
Trata de abrir la puerta pero al hacer fuerza con la muñeca le
entra un dolor punzante. —Puede estar fracturada —piensa—. Usa
la otra mano y no hay problemas. Mira de nuevo aquel auto, el
hombre del sombrero gris se ha bajado. Definitivamente es él.
Darío sale del auto. Hay gente que lo ayuda mientras lo escucha
quejarse del dolor. Las rodillas responden con algo de lentitud, pero
puede caminar. Abre la puerta trasera y saca a Henry. Lo revisa
rápidamente, tiene algunos cortes, pero nada grave, y puede
moverse bien. Lo más rápido que pueden se adentran en el parque.
Darío voltea. El hombre del sombrero gris abre la puerta de
conductor de la camioneta. Darío y Henry siguen caminando hasta
unas rocas grandes que se ven relativamente cerca. Se detienen ahí
un momento, escondidos. Darío recupera un poco el aliento y se
asoma otra vez. El hombre del sombrero gris camina hasta la orilla
del camino y mira hacia el parque, buscándolos. Puede verlo sacar
su celular y hacer una llamada. Luego, lo ve regresar a su auto,
entra y se va.
Darío llama a la policía. —Sí… Emergencias, estoy con mi hijo
en el parque central… Acabamos de tener un accidente… Sí,
estamos heridos… Tuvimos que abandonar el carro porque hay
alguien que nos quiere matar… Sí, estamos cerca…
El peligro ha pasado. Por fin puede sentarse y estirar las piernas.
Henry se sienta a su lado. Ambos miran a lo lejos a unos
muchachos jugando fútbol en el parque. Ambos sintieron ese
asombro ante el mundo: que aunque sea un solo lugar, puede tener
personas muy cerca viviendo circunstancias completamente
diferentes.
—Debería hacer algún deporte… —dijo Henry.
—Somos dos.
Las sirenas de la policía empezaron a escucharse.
Darío volteó a mirar hacia la calle. Vio que había gente hablando
con la policía, señalando en su dirección.
—Entonces el tipo del sombrero gris sí nos quiere fuera del
mapa, ¿no? —preguntó Henry.
—No estoy seguro todavía. Yo creo que sí, pero la persona que
nos chocó no era él. Aunque sí, apareció luego y se bajó a mirar la
camioneta que nos dio. No sé si conocía o no al conductor, si era
parte de un plan o no.
Llegaron unos oficiales.
—¿Son los del accidente? ¿Los del Chevette?
—Sí, señor —dijo Darío.
Capítulo 12
Los oficiales ayudaron a Henry y a Darío a levantarse. Caminaron
hasta el lugar del accidente, donde había ambulancia. Darío miró a
la camioneta. El conductor ya no estaba.
—Tenemos que llevarlos al hospital. Es parte del procedimiento
—dijo uno de los paramédicos.
Una vez ahí, revisaron a Henry, quien afortunadamente estaba
bien. Darío se había fracturado la muñeca izquierda y hubo que
ponerle un yeso. Mientras terminaban de ponérselo, llegó alguien a
quien Darío no estaba muy contento de ver.
—Pero si es el señor Darío Blass —dijo el agente.
—Colmenares…
—¿Cuál ha sido su última aventura?
—Señor policía, la cafetería no queda por aquí —dijo Henry.
—Vaya… Tiene garra el chico ¿no? —replicó el agente—.
Colmenares… Agente Colmenares.
—Bueno, Agente Colmenares —retomó Darío—. La verdad es
que me alegra que haya llegado. ¿Tiene alguna idea de quién es la
persona que nos golpeó?
Colmenares exhaló, un poco desconcertado de no poder seguir
bromeando un poco.
—Creo que basta y sobra con decirle que se trata de un sujeto
que conducía en estado de ebriedad. No tiene antecedentes.
Esta información calmó un poco a Darío. Quizá no era un
cómplice después de todo.
—Agente Colmenares, hay un hombre que creo que quiere
hacernos daño. No lo conocemos. No sabemos de dónde salió ni
quién es. Pero nos está acosando. Deja notas que no sabemos qué
significan. Pero ya van tres y la última solo tenía el nombre de mi
hijo. La conseguimos en el parabrisas del auto, justo antes de salir y
que nos estrelláramos con la camioneta.
—Ya estaba esperando la historia asombrosa, señor Blass. Me
dice que los quiere matar. ¿Con qué? ¿Con papelitos?
—Puede estar relacionado con la muerte de mi mamá —
interrumpió Henry. Darío lo miró como si hubiera revelado mucha
información.
Colmenares miró al chico. Su semblante cambió. Parecía que
ahora sí iba a empezar a escuchar con atención.
—¿Cuándo empezó esto?
—Hace más o menos dos semanas —explicaba Darío—. Las
dos primeras en la plaza frente a la biblioteca central y la última la
dejó en el parabrisas del auto, en el estacionamiento del edificio
donde vivimos.
La doctora terminó de poner el yeso. Darío tenía las notas en su
billetera y le pidió a Henry que lo ayudara para mostrárselas a
Colmenares. Este, cuando las recibió, no supo qué hacer de ellas.
—¿Y cómo le entregó las dos primeras notas?
—La primera vez yo estaba sentado en uno de los bancos de la
plaza, los del área circular. Yo estaba haciendo tiempo antes de
volver al apartamento. Él se vino a sentar en el mismo banco. Yo no
alcancé a detallarlo bien, pero sí pude ver que usaba un sombrero
gris y que vestía con ropa que parecía vieja. Yo no le presté
importancia porque no hizo ningún tipo de contacto conmigo. Yo me
distraje un momento y ya no lo volví a ver. En su lugar, vi la nota que
dice MORTET. La segunda vez, la dejó en un libro que yo estaba
leyendo, pero no sé cómo porque nunca me di cuenta. Volví a verlo
en el banco después, no sé si por casualidad o qué. Pero tenía la
misma pinta, sombrero gris y ropa vieja.
Darío podía ver que Colmenares estaba muy escéptico con
respecto a su relato.
—Así que sombrero gris.
—Sí. Es más, lo vi después de que sucedió el accidente. Por
eso, Henry y yo estábamos escondidos en el parque. Vi que venía
por el canal donde quedó la camioneta, se bajó de su auto y abrió la
puerta del conductor de la camioneta, para ver cómo estaba el que
manejaba. No sé si se conocen. Pero puedes confirmar con el que
manejaba.
Colmenares se comunicó con los compañeros que trataban con
el otro conductor para confirmar la información. Luego se ofreció
para llevarlos.
En el camino, los compañeros se comunicaron nuevamente con
él para darle razón. El hombre sí recuerda haber sido interpelado
por alguien de sombrero gris, pero nunca lo había visto en su vida.
Y, a juzgar por las otras preguntas que hicieron los oficiales, no
pareciera estar mintiendo y tampoco parece tener motivos para
hacerlo. Se trata de un tipo que tuvo un muy mal día. Fue despedido
hoy mismo de su trabajo y decidió que lo único que podía hacer era
emborracharse.
Sin embargo, lo que seguía inquietando a Darío era qué iba a
pasar ahora. Le argumentó a Colmenares que parecía obvio que iba
a aparecer de nuevo, pero ¿de qué forma? Además, todavía no
queda claro qué es lo que quiere. Si el que los chocó no tenía nada
que ver, no queda descartada la posibilidad de que quiera
lastimarlos, pero tampoco es la única conclusión posible.
Colmenares le explicó que, por el momento, dada la información que
tienen, no hay mucho que puedan hacer. Lo único sería revisar los
documentos relativos a la muerte de su esposa y estar vigilantes a
la presencia de cualquier sujeto que encaje con el perfil del hombre
de sombrero gris.
—¿Pero no hay nadie que pudiera darnos más información sobre
la vida de su esposa antes de conocerlo, Darío?
Darío se quedó un rato pensando. Acaban de llegar al edificio.
—¿Nada? —dijo Colmenares—. ¿Amigos, familia, amigos de la
familia? No importa qué tan lejano pueda ser el nexo. Trate de
recordar.
El agente le entregó a Darío una tarjeta de contacto.
—Lo único que se me ocurre es preguntar en la escuela de
idiomas modernos, en la universidad. Debe haber varios profesores
que la recuerdan, sin duda. De pronto hasta hay compañeros de
estudio que están dando clases ahora.
—Eso fue lo que hice hace años, cuando acababa de suceder
todo —replicó—, pero volveré a hacerlo. Ha pasado mucho tiempo
y, es verdad, puedo conseguir personas que no interrogué aquella
vez.
Darío bajo del carro y abrió atrás para que saliera Henry. Se
despidieron del agente, quien se quedó esperando a que entraran al
edificio. Caminando hacia la puerta, Henry le preguntó si no había
alguna tía, o alguien que viviera en la isla que hubiera conocido a su
mamá. Darío se detuvo y lo miró. Ha recordado algo.
Colmenares ya estaba empezando a avanzar pero escuchó los
gritos de ellos, llamándolo. Volteó para confirmar y los vio haciendo
señas con los brazos en alto. Retrocedió y bajó la ventana del
copiloto.
—Cuando fue la cremación —Darío empezó a explicar— yo traté
de contactar a todas las personas que yo sabía que conocían a
Lucía, es decir, a los que me era posible contactar porque ella tenía
amigos como por etapas. Traté de contactar a una señora que había
sido amiga de la mamá de Lucía y que la conocía desde niña. Se
llama Marina. No recuerdo el apellido. Solo sé que llegó a trabajar
con la mamá de Lucía en su hostal, en Playa Encantada. Nunca
pude dar con ella. Me dijeron que hasta hacía poco vivió allí, pero
que se había ido, no sabían a dónde.
—¿Existe la posibilidad de que pueda averiguar el apellido de
esa tal Marina? ¿Quizá algo que Lucía haya dejado en el
apartamento?
—Voy a revisar ahorita mismo y le aviso cualquier cosa.
Colmenares partió.
Darío y Henry subieron al apartamento. Henry entró a su cuarto
un momento. Darío se disponía a buscar en la sala cuando sonó el
teléfono. Sus sentidos se pusieron en alerta. Henry salió de su
cuarto al escucharlo también. Darío tomó el teléfono y lo dejó sonar
unas veces más. Miró el indicador de la llamada, pero decía número
privado. Respiró profundo y se llevó el auricular al oído.
—¿Aló?
Capítulo 13
Lucía se había prometido que no volvería a ver a Efraín. Sin
embargo, ahora que camina sobre la arena blanca y fría por la
noche, mientras comienza a cruzar a lo largo la orilla de la playa,
piensa que no era tanto una promesa como una sospecha. Jamás
pensó que volvería a saber de él y ciertamente cortó todo tipo de
contacto o nexo con él. De hecho tenía muchísimo tiempo que ni
siquiera pensaba en él. Ella había logrado entrenarse para no mirar
atrás en lo relacionado a alguna parcela de su vida, sean relaciones,
personas o momentos. Si no lo lograba, buscaba la forma de al
menos quedar en paz con ello. Pero en el caso de Efraín sí lo había
logrado.
Si Lucía era aire, Efraín era fuego. Si Lucía podía ser una
tempestad, Efraín podía ser un incendio forestal. Pero también
podía ser una fogata en una noche fría, o una antorcha en la
oscuridad. Había un lado cálido que fue el primero que Lucía
conoció cuando eran niños. Era una cualidad que admiraba porque
era un niño que no tenía padres. Lo crio una tía que llegó a ser muy
amiga de Luna. Lo único que llegó a saber Lucía era que un
accidente los había separado, pero hasta ahora no sabía qué era lo
que sucedió con ellos exactamente. Ni siquiera Efraín lo sabía.
Ella sabe que las cosas tienen una manera de darse que nunca
llegaremos a entender bien. Pero nunca deja de asombrarle. Hay
momentos en que tu mayor deseo es encontrarte con alguien, pero
no se da. Qué más quisiera ella que poder hacer desaparecer ya
mismo la rabia y la frustración y estar con Darío. Pero no puede. No
sabe si realmente ya todo terminó entre ellos. Pero tampoco sabe si
continuará. Y hay otros momentos en que no tienes el menor deseo
de ver a alguien. Y sin embargo, todo sucede de tal forma que te
ves casi obligada a hacerlo. Ella venía esperando estar sola porque
necesitaba venir, recuperar energías, despejar el alma y la mente,
renovarse para entonces saber qué hacer. Incluso se alegraba de
que pudiera ver a Marina. Cuando le avisó que Efraín también había
llegado hacía poco le dio un poco de rabia. Se iba a ver obligada a
encontrárselo. Por eso le dejó claro que si venía, solo sería en plan
de amigos. Que entre ellos ya no hay nada que buscar, ni rescatar.
Él le dijo que estaba bien, que él sabía, que solo necesitaba alguien
con quien hablar. Ella se consuela pensando que, de pronto, esta es
una buena oportunidad para dejar todo en buenos términos.
En el fondo, muy en el fondo, en esa zona recóndita del alma
donde somos capaces de ignorar ciertas verdades, en esa bóveda
que guarda confesiones esperando ser escuchadas, ella sabe
perfectamente que él iba a decir eso. Era capaz de decir cualquier
cosa, capaz de aceptar cualquier condición con tal de que le permita
volver a verla, volver a escuchar su voz. Porque ella sabe que Efraín
no puede dejar de amarla. Pero también sabe que su amor es un
agujero negro del cual debe cuidarse. Es eso mismo lo que los
separó hace ya cuatro años o más.
Lucía se detiene a descansar un momento. Suelta su mochila y
se sienta en la orilla, estirando sus piernas, dejando que el agua
toque sus pies únicamente. Se siente opaca. ¿Será bueno mutar
tanto como lo hace? ¿Hasta qué punto la Lucía que conoció Efraín
es la misma que ha conocido Darío? Porque ellos son muy distintos.
De Efraín la separó ese insaciable pero asfixiante deseo de ella…
Mas de Darío la separa su… Lucía no lo quiere admitir pero,
secretamente accede a ver a Efraín porque ella cree que Darío, con
su frustración, ha dejado de hacerla sentir deseada. La frustración
de él se vuelve la de ella porque no sabe cómo arreglar eso que le
parece que se ha roto. Su frustración es el síntoma de un temor
profundo y que, para ella, está en la base de todo, porque implica la
posibilidad de que realmente exista o no el amor. Lucía se enfoca en
su respiración. Su mundo interno es una tormenta en este momento.
Pero tampoco puede ignorar su conexión con Efraín. En la
infancia, en esos breves años antes de separarse durante la
adolescencia, era el único niño con el cual podía compartir ese
pedazo que guardaba para sí, ese pedazo que comprendía los
sueños, los mensajes, todo eso que la razón no podía explicar.
Porque Efraín también tenía ese raro don, el de ser una antena del
cosmos. Pero en su caso, decir que era un don o una bendición era
una broma muy cruel. La palabra que él siempre usaba era —
maldición—. Sufría la maldición de sentir más allá de los sentidos.
Lucía recuerda que, siendo niños, Efraín le contaba sobre pesadillas
terribles que tenía, muy parecidas a la que ella tuvo con la sirena,
pero en el caso de Efraín eran simplemente mujeres, mujeres que
morían ahogadas en el mar, en la más espantosa desesperación.
Por eso, lo que para Lucía causaba el efecto de una comunión con
la humanidad, para Efraín significaba el exilio, o la brecha de una
separación irreconciliable con su propia especie. Y era ahí donde
aparecía el rol de Lucía, como el único puente, el último que
quedaba, con la humanidad. Al menos eso fue lo que le dijo a ella,
hace mucho, cuando eran novios. Por eso no había manera de que
la olvidara.
Saber esto era peligroso para Lucía porque, si su mayor virtud
era su infinita compasión, esa también podía ser su más grande
debilidad. Esa era la zona de su alma que tocaba Efraín. ¿Cuánto
puede darse ella al mundo sin que el mundo la devore? ¿Dónde
está la línea que separa la compasión de la vanidad de sentirse
necesitada? ¿Y dónde está la línea que separa el sentimiento de la
manipulación? La adoración que él le tenía irradiaba una luz cálida,
pero detrás de esa luz, prendida de esa luz como un parásito, ella
sabía que habitaba una oscuridad gélida. Porque no era una
oscuridad que viniera desde el centro del alma de Efraín, sino que la
traía con él, como si viniera arrastrando un peso que no podía soltar.
Cuando se separó de él estaba feliz de recuperar su espacio. Sin
embargo, la capacidad que tenía para controlar esa ósmosis entre lo
de afuera y lo de adentro había quedado completamente trastocada.
Ella era más vulnerable que nunca. No extrañaba para nada a
Efraín, pero se hallaba en un desierto inmenso y sin brújula. En esos
momentos le parecía que solo existía para no vivir. Era entonces
cuando el mundo se volvía insoportable y deseaba la muerte. Era
entonces cuando la vida le parecía absurda y por ello trágica,
cuando la humanidad le parecía sin remedio, la esperanza se
desvanecía y la luz de su alma descendía bajo tierra a donde ni ella
misma la podía ver ni sentir, en el centro gris del abismo.
Ese abismo era lo que Lucía más temía, por su fuerza oscura e
inexplicablemente atrayente, capaz de arrastrarla a pesar de sí
misma, a pesar de no querer sucumbir a él y la hacía pasar horas
completamente ausente, sin mover un dedo, buscando algo, un
sentido, un propósito, un significado, una razón, una respuesta, o
una persona, un rostro, una palabra, un recuerdo, una melodía, un
color, un sonido… Algo… Lo que fuera… Pero no conseguía nada.
Ese abismo lo iba chupando todo y ella se sentía desaparecer. Así
cualquier oportunidad que se presentara para evadirse de esa nada
la aprovechaba sin dudar, buscando sentir algo o no sentir
absolutamente nada, ya fuera a través de sexo con extraños o
extrañas, orgías en fiestas, drogas, beber hasta la inconsciencia… Y
así fue descendiendo en esa espiral.
Habiendo perdido la esperanza en sí misma y el recuerdo de lo
que era, estaba dispuesta a entregarse al abismo. Recordó que
Efraín alguna vez le habló de una planta cuyo extracto en dosis altas
era mortal. Ya había decidido el día. Sería después del último
trabajo que tenía programado en la embajada de Italia. Su último
compromiso con la humanidad, hacer de traductora a un escritor
que iba a bautizar un libro. Tomaría unos cuantos vinos. Disfrutaría
por última vez de las conversaciones, los chistes y las risas, quizá
hasta podría tener sexo por última vez. Y por fin, cuando llegara a
su habitación en la madrugada, le daría fin a todo.
Sorpresa para ella, sus planes cambiaron. Esa misma noche se
reencontró con alguien de la universidad que conocía muy poco y
que, a pesar de ello, siempre le había transmitido algo bonito. Darío.
Aplazó la fecha fatal una noche más, pero los encuentros con él,
poco a poco, fueron haciendo desaparecer la idea mórbida de su
cabeza.
Capítulo 14
Henry vio a Darío sosteniendo el teléfono en su oído, pero no decía
nada. No había ningún tipo de reacción de su parte. ¿Le estarán
diciendo algo? Se acercó y se miraron. Darío tiene una expresión de
shock. Algo ha pasado. Quizá era la policía. Darío está bajando el
teléfono y Henry lo toma. Mira el indicador. Tiene llamadas perdidas.
Se acerca el auricular al oído. Solo escucha el tono de la línea.
Revisa las llamadas. Todas dicen «número privado».
—¿Quién era? ¿Qué te dijeron? —pregunta Henry.
—Era la voz de un hombre —dijo Darío. —Solo dijo «sé quién
fue».
Esta era, sin duda, la respuesta que menos se esperaba Henry.
Había tanta información, tantas cosas que había ignorado de su
madre durante todos estos años. Y en solo unos cuantos días caía
toda esta avalancha de confesiones y de relatos. Apenas podía
procesarlo. ¿Sé quién fue? ¿Cómo que «sé quién fue»? —Darío
está convencido que todo esto tiene que ver con mamá —piensa
Henry—. ¿Pero entonces… la mataron? ¿Alguien la mató? La
misma persona que ha dejado todos estos mensajes debe haber
sido la que llamó. El teléfono lo pudo haber conseguido en un
directorio. Y sabe también dónde vivimos. Ya sabía quién era Darío,
solo así pudo haberle dejado los mensajes anteriores. El teléfono de
acá es lo de menos. ¿Cómo supo quién era Darío? ¿Lo conocía?
Pero los amigos comunes de Lucía y él ya están descartados. Darío
dice que nunca ha visto a este tipo del sombrero gris. —Si de
verdad conocía a mamá desde hace tiempo y mi papá no, no hay
manera de saber quién es, porque tendría que ser alguien que Lucía
mantuvo oculto. Pero puede ser que no los conociera a ambos.
Henry pensó: —Internet… Espérame aquí, Darío —dijo.
Fue a su cuarto y prendió el computador. Abrió todas las cuentas
relacionadas con su presencia en la red. —Sabe quién es Darío —
pensó Henry— y también sabe quién soy yo, porque el último papel
que nos puso tenía mi nombre.
Henry se fija en que tiene un mensaje en uno de sus correos. Es
su contacto de la deep web. Pero tampoco sabe nada de las
palabras. Casi apaga la computadora cuando se da cuenta de que
ha olvidado revisar su blog. Abre la página, abre su cuenta: tiene un
mensaje anónimo en la última entrada que escribió. Abre la entrada.
El mensaje dice:
Une las piezas… La historia ya está contada…
Capítulo 15
Darío apenas salía del estupor de la llamada y este mensaje termina
de sacudirlo. Todo el panorama ha cambiado. Ninguna de las
suposiciones que había enmarcado los últimos acontecimientos de
su vida tenían sentido ya. Y, aun así, todavía no llegaba a vislumbrar
el alcance. No era una simple vuelta de tuerca, donde ese demonio
que sus temores habían fabricado —ya se daba cuenta— ahora
cambiaba de rol y de disfraz, para convertirse en la versión retorcida
de un ángel, apareciendo para asomar la posibilidad de una verdad
totalmente devastadora. Ahora se ríe por alguna vez haber dudado
de la realidad de ese ser.
Esa historia que Darío había construido durante doce años, con
tanto cuidado y celo, que lo había transformado en esta persona que
es ahora; ese castillo de naipes que resguardaba el dolor de una
pérdida absurda y sin sentido, con solo una llamada, solo tres
palabras, se había derrumbado. Y el colapso traía la promesa de
una respuesta, una razón, una causa para la muerte de Lucía. Qué
ironía, pensaba Darío, aquello que tanto quería, aquello que le
parecía era lo único que le permitiría —si acaso lo lograba— hacer
la paz con su fallecimiento, saber por qué murió, cuál era la causa
de su muerte, ahora le era concedido. No obstante, como se
presentaban las cosas, Darío mucho se temía que lo que
encontraría en el fondo de esta caja de Pandora no iba a ser paz. Lo
único que podía saber con certeza es que ahora tiene más
preguntas que antes. Y más emociones. Ahora, empieza a nacer en
él una rabia que rápidamente se va transformando en inquina, en
furia. Ahora, la posibilidad de que Lucía hubiera sido asesinada
cobra mayor peso, aunque de inmediato Darío no supiera quién
pudo haber sido ni por qué. Pero no le hacía falta saber las
respuestas para reconocer que no iban a ser fáciles de asimilar ni
de entender, porque no puede haber razón apaciguadora detrás de
un homicidio premeditado. Menos, si se lo quiso hacer pasar por
muerte natural. Menos, si el homicidio no dejó ningún rastro de la
persona que lo perpetró.
El escenario se oscurecía más. Darío quiere que el mundo
desaparezca y que nada de esto esté pasando. Aunque sea por un
momento. Entonces, cierra los ojos. Durante años se disciplinó para
olvidar, en lo posible, a la mujer que ama y que perdió. Aprendió a
dominar cualquier intrusión de su memoria. Y en los últimos días
había sido testigo del resurgimiento de recuerdos que había
olvidado cuánto amaba. Ya basta de eso. Más vale sumergirse en
las evocaciones.
Todavía recuerda esa extraña sensación la primera mañana
después que regresó Lucía. Un día, la persona que amas está en tu
cama y eres incapaz de imaginar su ausencia. Al día siguiente, ya
no está y lo que parece mentira es que haya vivido contigo. ¿Por
qué la realidad de la soledad y el dolor te parece más contundente
que la de la alegría? Luego vuelve, aparece de nuevo y no puedes
creer haber sobrevivido sin ella. Sientes que tu suerte es única. Allí
está ella, abrazada a ti, desnuda, apenas cubierta por una manta. Te
despiertas sin cansancio, porque de cierta forma has querido
despertar. No sabes la hora exacta, pero sabes que es muy
temprano. Ella todavía huele a playa. Seguro estuvo en la isla. Tenía
mucho tiempo sin ir. Por un momento, Darío pensó que Lucía nunca
volvería a la isla. Solía hablar de ella cuando empezaron a salir.
Pero hubo un punto en que dejó de hacerlo. No le sorprendió,
realmente, porque ella mutaba, se reinventaba constantemente.
Cambiaba de corte o de color de cabello, o ambos, su vestimenta
siempre iba variando también. Y no volvía atrás. Por eso, pensó que
no volvería a verla en su cama, así, como esa mañana. Recuerda
cómo sintió su piel esa noche, el calor de su tacto, el magnetismo de
ese cuerpo, sentir sus labios, su lengua, el estremecimiento mutuo
al fundir sus cuerpos. Al día siguiente, decidieron que se casarían
cuanto antes.
Ahora recuerda la primera vez que fueron juntos a la isla, ese
primer atardecer, cuando él estaba sentado en la orilla y ella en el
agua. La arena blanca en la que se hundían sus talones, la playa
azul y cristalina, tinturada levemente por el sol que caía; un cielo
coloreado con tonalidades delirantes, con la luna que ya hacía
presencia y las estrellas que poco a poco empezaban a insinuarse;
ambos mirándose, diciéndose todo lo que las palabras no alcanzan
a expresar. Recuerda a Lucía saliendo del agua, completamente
dorada por la luz, como bañada en oro, recuerda toda la belleza que
ella le revelaba en ese momento mientras iba a su encuentro,
recuerda la felicidad plena que sentía, la perfección de toda esa
tarde. Quería vivir por siempre ahí, en ese momento, junto a ella.
Pasan los días. En un momento, tu mujer duerme y, en otro, la
encuentras muerta. Pasan los días. Pero ya no es como en la
separación, que el haber estado juntos parece más un producto de
la imaginación que una realidad pasada. No. Ahora la ausencia es lo
que no se puede creer. Ahora la muerte es lo que parece producto
de la imaginación, de una pesadilla.
Darío abre los ojos.
Prefiere creer que Lucía decidió desaparecer pero que, en algún
momento, algún día, volverá. Sabe que la burbuja está a punto de
romperse. Que tarde o temprano eso va a suceder. Pero va a hacer
lo posible para que no pase hasta que desentrañe completamente
este acertijo, hasta que obtenga las respuestas que este extraño,
que este anónimo, dice tener. Solo después de ese golpe —no
importa lo duro y mortal que pueda ser— podrá enfrentar la verdad,
sea cual sea.
—Sea quien sea —piensa Darío— sabe quién fue y ya nos dio
las piezas de la historia. De pronto, nuestro error fue buscar el
significado de las partes; estábamos tomando las sílabas por
palabras, las notas por acordes. MORTET, RUA10, HENRY. Si estas
son las piezas, entonces debe haber alguna forma de juntarlas de
manera que puedan apuntar a algo y así tener algún sentido.
Darío entonces empezó a unir variaciones de a dos términos de
estas tres variables y se las fue dictando a Henry para que las
buscara por internet. Después de varias búsquedas una pista resultó
clara porque se repetía varias veces: Monterua 10, un sector
relativamente nuevo de la ciudad.
Al fin aparece un lugar en el que, al menos, pueden intentar
obtener más información. Esto renueva un poco los ánimos de
Darío, pues es lo más cercano que han tenido a una pista en días.
Ahora, un cansancio como de siglos cae sobre él y cae en cuenta de
lo largo y extenuante que ha sido ese día. Ya no le quedan energías
y de ninguna manera podría ir a Monterua en este momento.
Mañana. Mejor mañana.
Henry se quedó dormido sobre la cama. Lo ayuda a cubrirse con
la manta y va a su habitación. Se desnuda y se tira en la cama.
Intenta pensar en cómo será el itinerario de mañana, pero cae
dormido, rendido.
Capítulo 16
Mientras cada ola que llega a la playa le trae recuerdos, Lucía ahora
puede ver lo que alguna vez fue el hostal de su madre. Ha cambiado
bastante. Lo tomó un hotel de cadena y, en la gerencia, ahora
trabaja la tía de Efraín. Ella sí volvió. Hace mucho tiempo se fue con
él a vivir a la costa, pero en tierra firme. Todavía ellos eran niños.
Lucía permaneció en la isla hasta terminar la secundaria. Años
después, se habían vuelto a encontrar en la capital cuando Lucía
todavía estudiaba en la universidad.
Efraín aparece en sueños primero —piensa Lucía—. Luego
aparece en la vigilia.
En los años de la universidad, recuerda que iba a presentar un
final. Aunque no le preocupaba lo que pensaran las personas de
ella, se esforzaba por tener las mejores notas. Y por supuesto, los
profesores, en general, la adoraban. Pero en esta ocasión no había
podido estudiar lo suficiente, así que el examen la tenía ansiosa.
Cuando se echó a dormir, se soñó en un salón de clases muy
grande. Ella estaba sentada en las últimas filas. La profesora
sentada en el escritorio se veía a lo lejos, empequeñecida por la
distancia. Tenía una hoja en su pupitre, Lucía tenía la hoja del
examen, pero por más que la revisaba no veía ninguna pregunta o
indicación en ella. Luego, de la nada, sentado al frente aparece
Efraín que se voltea y le ofrece una hoja de color rojo con un
lapicero. Sin hacer preguntas, tomó la hoja que tenía unos
garabatos y estos eran las preguntas del examen. Sin embargo,
cada vez que escribía sobre el papel, las palabras empezaban a
aparecer escritas en su cuerpo.
Al día siguiente, le fue regular en la prueba. Pero en el autobús
de camino a casa se subió un hare krishna vendiendo libros. Al
principio, Lucía no lo reconoció. La ropa, el corte, los años sin verse.
Pero Efraín no demoró nada en saber que era ella, a pesar de los
piercings, del pelo corto y verde. Aún recuerda esa emoción al darse
cuenta de que era él. No era que se hubiera olvidado de Efraín, pero
definitivamente no estaba ocupando sus pensamientos en esos
días; más bien, estaban dedicados a palabras, lecturas y un
profesor que no sabía cómo quitarse de encima.
Lucía escuchó conmovida cómo Efraín había terminado en ese
bus, vendiendo libros de sabiduría oriental. Ella misma estaba,
precisamente, empezando a leer sobre esos temas, especialmente
sobre budismo. Podía sentir la alegría inmensa que había producido
su encuentro en él. Las pupilas dilatadas, todo su cuerpo dirigido
hacia ella mientras le hablaba, acompañando su discurso con los
brazos y las manos, mirándola a los ojos todo el tiempo. «En este
momento —pensó Lucía aquella vez— para él yo soy la única
persona en este bus, es como si me hubiera estado buscando todo
este tiempo». La historia de Efraín, de alguna manera, la podía intuir
y su relato solo fue una confirmación: problemas con drogas,
delincuencia juvenil, un tiempo viviendo en la calle hasta que los
krishna lo rescataron. Lucía se sintió un poco culpable por no haber
tratado de contactarlo antes; después de todo, habían tenido una
conexión única en la infancia, pero la vida universitaria te muestra
tantos tipos de personas… Conoció otros como ella, pero no era lo
mismo. Efraín alcanzó a ver cómo esa culpa se asomaba en la
expresión de sus ojos y terminó su historia diciendo que en verdad
estaba agradecido por cómo sucedió todo, las cosas que le habían
pasado, las decisiones que tomó, porque todo eso lo llevó a este
momento, en este bus, hablando con ella después de tantos años.
En ese momento, Lucía supo —y probablemente Efraín también—
que iban a enamorarse el uno del otro. Quién sabe si por mucho
tiempo o por poco.
Al comienzo, ella pensó que sería por mucho; eso es lo que
hubiera querido porque la intensidad de las emociones que sentían
ambos era nueva, resonaba en el otro. La pasión los desbordaba y
se la daban a beber del uno al otro, ofreciéndose sin restricciones.
Ni siquiera se preocupaban por definir la relación o por darle un
nombre, solamente esperaban el momento en que se encontrarían.
Efraín parecía inspirar mucha confianza a Lucía y siempre aceptaba
sus condiciones. El delirio intenso en el que estaban la hizo creer
que duraría mucho, porque así somos los humanos, queremos que
dure y permanezca. A los cuatro meses, ya se consideraban pareja.
Sin embargo, eso coincidió en los días en que ella tenía que hacer
muchas entregas. Estaba realizando la tesis y no podía verse con
Efraín mucho.
Fue entonces cuando ella empezó a notar cambios en él. Dejó
por completo a los krishnas. Se obsesionaba con ella. La llamaba a
cada rato y le dejaba mensajes, porque creía que Lucía lo estaba
evadiendo, diciéndole cómo no podría vivir sin ella, que quiere
tenerla para toda la vida. Y esa palabra —tener— era la que Lucía
no podía soportar, porque no podía, no quería, sentirse como algo
que otra persona tiene, como un objeto poseído por alguien. Y así
era, él se mostraba cada vez más posesivo y Lucía iba siendo
testigo de cómo cada vez iba viendo menos y menos personas,
amigos, amigas, cómo la gente cada vez la llamaba menos. Las
pocas veces que lograba estar con Efraín en grupo, cuando
desviaba por un segundo su atención para hablar con otra persona,
Efraín le dirigía una mirada de castigo que Lucía cada vez toleraba
menos.
Con Darío era todo lo contrario. En estos últimos días antes de
separarse, a Lucía le daba la impresión de que no le importaba lo
que ella hiciera. Paradójicamente, ese rasgo posesivo y celópata
que le causó espanto en Efraín, casi lo deseaba en Darío. Por lo
menos una pizca.
Llegó un momento en que Lucía supo que su relación con Efraín
no iba a durar mucho más. Ya para ella la emoción se había ido.
Capítulo 17
Esa mañana no se levantaron temprano. Después de la intensa
jornada que les había tocado vivir el día anterior, Darío pensó que lo
mejor sería que ambos durmieran lo que fuera necesario y
descansaran bien. Después de todo, ese día prometía ser largo
también.
Cuando despertó, había olvidado el yeso que tenía por la
fractura en la muñeca y los golpes que su cuerpo había sufrido en el
accidente. Le costó un poco levantarse. Pero su mente estaba en
calma, podía pensar claramente y estaba dispuesto a enfrentarse a
lo que sea que ese día tuviera preparado para él y Henry. Ambos se
alistaron sin apuro y decidieron que desayunarían en el camino.
Darío nunca deja de asombrarse de la capacidad del ser humano
para acostumbrarse a sus circunstancias. Es capaz de
acostumbrarse al hambre, a la sed, al sobretrabajo, a la violencia, a
la opresión, a la inseguridad, a la guerra. Pero también puede vivir
en el desierto o en el hielo, puede vivir en la montaña, hasta en la
selva. Su adaptación es el mejor testimonio de sus grandes logros.
Y también el de sus mayores fracasos. Cuando se detuvieron a
comer, por un momento, mientras se bajaba del auto que alquilaron,
Darío olvidó el propósito angustioso que motivaba esta salida, casi
le pareció que salía con Henry de vacaciones, como tantas otras
veces.
Ahora que lo piensa, no ha sido tan difícil criar a un hijo solo.
Pero ser viudo… No había caído en cuenta de que nunca, en todos
estos años desde que perdió a Lucía, se había considerado como
viudo. Había olvidado que esa era una forma de definir su estado
civil, al menos. A pesar de haber tenido que llenar formularios y de
recibir una pensión por esa misma condición… Otra cosa más que
su mente se ha encargado de mantener oculto. Pero criar a Henry
ha sido otra cosa. Ahora reconoce el error de no haberle hablado lo
suficiente de Lucía, de contarle cada día aunque sea algo breve, un
detalle, pinceladas que lo ayuden a crearse una imagen de su
propia madre. Debo arreglarlo, piensa ahora, mientras les traen a
ambos un desayuno americano.
—Sea lo que sea que encontremos hoy —le decía a Henry—
más vale desayunar algo que nos guste mucho, algo que nos haga
sentir bien.
Henry asentía con la cabeza mientras empezaba a comer.
Por lo demás, Henry disfrutaba mucho la soledad, a diferencia de
él. Darío se había acostumbrado a estar solo porque no tenía otra
opción. Tenía que admitir que, a pesar de la ansiedad que le
causaban las situaciones sociales, en el fondo sí añoraba la
conexión con otros, sentirse parte de alguna forma de la comunidad,
sin importar lo pequeña que fuera. Pero el no saber qué decir; el
sentirse juzgado, la desconfianza que surgía de repente, todo esto
terminaba agotándolo con una frustración que trataba de evitar a
toda costa. Le tocó aprender a reprimir y controlar esa añoranza,
esa necesidad de contacto humano. En cambio, le parecía que
Henry podía socializar fácilmente, pero elegía no hacerlo. Podía
conversar, pero no sentía necesidad de ello. De hecho, también
sabía defenderse y no dejarse doblegar. En la escuela fue esa,
varias veces, la razón de otras citaciones. Darío ignoraba estas aún
más que las otras, porque siempre le decían que la confrontación
empezaba por el otro niño. Henry era incapaz de empezar una pelea
de gratis y no por falta de cojones, sino de interés. Era fácil ver lo
mucho que disfrutaba jugar solo, creando cosas, inventando juegos.
Y en eso se diferenciaba de Lucía, que aunque disfrutaba la soledad
sí le gustaba ser parte de una comunidad y no le costaba trabajo
tampoco. Darío incluso pensaba que ella sentía cierta obligación,
como si la humanidad necesitara de ella. Ahora, Darío sonríe antes
de tomar un sorbo de café, pensando en lo distintos que eran Lucía
y él en ese sentido, y en cómo se combinaron esas formas para
generar otra completamente distinta en Henry.
—¿Por qué te ríes, Darío?
—Es que recordé algo.
—¿Un chiste?
—No exactamente pero es algo gracioso.
—Eso suena a anécdota.
—Correcto.
—¿Es de Lucía?
—¿Sabías que tu madre una vez hizo que una señora se
desmayara?
—¿Qué? ¿Quería que se desmayara?
—Nosotros queríamos hacer un dinero extra para subir al
Nevado del Norte, pero teníamos que comprar varios implementos
para poder subir; tú sabes, cosas para acampar, ropa especial,
además de la comida… Apenas empezábamos a salir y se acercaba
Halloween. Nos enteramos que en un centro comercial…
—¿Cuál?
—En donde siempre consigues los armables que te gustan.
Darío tomó otro sorbo de café.
—Bueno, querían contratar gente para hacerle promoción a una
tienda de disfraces y cosas para fiestas. Los disfraces eran muy
buenos y la paga no estaba nada mal para solo dos días de trabajo.
Era perfecto. En fin, estábamos llegando a la tienda, pero como
todavía teníamos tiempo pasamos por otro lugar cerca a comprar
algo de tomar. Había una señora que quería comprar un
desinfectante para las manos y estaba siendo muy grosera con la
chica que la atendía. Tenía una falta de empatía absoluta y la
trataba como si fuera su sirvienta o qué sé yo. El caso es que, si
había algo que tu mamá no toleraba era la falta de solidaridad y
empatía, es decir, la arrogancia y la soberbia. Y yo tampoco, la
verdad. Así que ni siquiera compramos nada de tomar,
aprovechamos que éramos los primeros en llegar a la tienda para
disfrazarnos de una. Para suerte nuestra, la señora había ido a uno
de los baños del centro comercial en el mismo piso. Si recuerdas
bien, en ese centro comercial, antes de llegar a los baños, hay un
pasillo. Le pedimos a un vigilante que nos avisara cuando la señora
saliera. La idea era que tu mamá apareciera primero y yo después.
Ella estaba disfrazada de zombi y yo del asesino de una película de
terror…
—¿Freddy Kruger?
—No…
—¿Jason?
—Tampoco… El de Halloween, la película. En fin, luego te lo
muestro…
—¡Ah, ya sé! Tiene una máscara parecida a la de Jason…
—Ese, sí, en fin, la cosa es que el hombre nos dio la señal y
justo antes de que la señora saliera del pasillo tu mamá saltó y se le
atravesó en el medio y yo que venía detrás lo único que escucho es
un grito a todo pulmón… Del susto, la señora había perdido el
sentido…
Henry se reía con la boca llena. Se veía contento.
—El vigilante nos ayudó a levantarla y ahí mismito volvió en sí.
Cuando se incorporó estaba toda indignada por lo que hicimos y
nosotros no podíamos aguantar la risa. Bueno, tu mamá no estaba
tratando de aguantarse la risa para nada. Yo lo intenté, pero fue
inútil. El hecho es que la señora se quejó en la tienda y nos echaron.
Pero al menos nos quedamos con la satisfacción de haberla hecho
pasar ese susto.
—¿Y qué pasó con el Nevado?
—Sigue ahí. Al menos hasta la última vez que miré.
—…
—No pudimos ir. Obvio.
Terminaron el desayuno. Henry pidió después una malteada.
El camino a Monterua 10 no resultó complicado para Darío.
Cuando estaban llegando, se dio cuenta de que muy cerca de allí
era que Lucía iba a clases de boxeo. Como tal, él nunca llegó hasta
Monterua, pero el boxeo quedaría máximo a diez minutos en carro.
Está en las afueras de la ciudad y las vías que conducen a ella
están casi nuevas. Entraron y decidieron primero recorrer el sector
para tener una idea de cómo era el lugar.
A medida que recorrían las calles, se daban cuenta de que el
lugar era pequeño. Había un polideportivo, varios sitios de comida,
un hotel y un motel. Todos llevaban el mismo nombre del sector,
exactamente el mismo nombre sin ninguna variación. Monterua 10.
De resto, edificios de vivienda, máximo de tres pisos, y casas que
seguramente tenían tiempo de construidas en la zona. Al terminar el
sondeo, parquearon en el polideportivo. Era el lugar más céntrico.
De paso, les pareció un buen lugar para empezar a preguntar y era
mejor que dejar el carro en la calle. Henry llevaba una foto de su
madre y una libreta para ir tomando apuntes.
Primero, pasaron por la administración del polideportivo. Todas
las personas a las que Henry mostró la foto dieron respuestas
rotundamente negativas. Luego, pasaron por una panadería. Ahí no
estaban completamente seguros de haberla visto, es posible, pero
pueden estar equivocados, Al menos, les dijeron que en el hotel
había una señora que llevaba mucho tiempo trabajando allí y que
quizá los podría ayudar. Llegaron al hotel y preguntaron por los
empleados más antiguos. Les hablaron sobre esa misma señora:
llevaba veinte años limpiando habitaciones. A Darío y a Henry les
pareció que esa tenía que ser una buena oportunidad para saber
algo. Cuando la ubicaron, Henry le mostró la foto, pero la señora no
estaba segura. Puede que sí. Puede que no. Ahora era ella la que
les recomendaba ir al bar que estaba en la otra esquina. Para allá
iba mucha gente y es el único lugar donde los dueños siguen siendo
los mismos desde hace tiempo.
Salieron camino al bar. Ya era pasado el mediodía, pero el cielo
estaba gris y empezaban a caer gotas. Todo parecía indicar que
dentro de poco estallaría una lluvia fuerte. Llegaron a la otra esquina
y se fijaron en el aviso de la entrada. Bar-Restaurante Monterua 10.
Ese era. De paso, podían esperar a que escampe si es que no
conseguían nada.
Se sentaron en una mesa cercana a la entrada. En el momento,
el lugar estaba casi lleno, pero estaba atendiendo una sola mesera.
—Pobre —pensó Darío. Le dio pena con la chica y decidió esperar a
que se desocupara un poco. Vio que Henry anotaba en su libreta.
—¿Qué has anotado hasta ahora?
—Los lugares donde hemos preguntado y sus números de
registro.
—Muy bien. ¿Tienes hambre?
—No. Todavía.
—¿Pedimos algo de tomar?
—Ok.
Darío levantó la mano para ver si la chica lo veía. Pero parece
que no.
—¿Sí crees que consigamos algo? —pregunta a Henry.
—Bueno, es la única opción que tenemos ahorita.
—Cierto. Pero ahora la policía nos está ayudando, ¿recuerdas?
Al fin la chica está desocupada, pero un poco lejos. Darío se
levanta y le hace señas. Cuando llegó, Darío le pidió dos limonadas.
Ella tomó la orden y Henry le mostró la foto.
—Señorita, ¿recuerda si ha visto a esta mujer?
—Yo llevo poco tiempo trabajando aquí —respondió ella—, pero
permítanme mostrarle la foto a la señora que está en la caja, ella
siempre ha trabajado aquí.
Darío y Henry la vieron caminar hasta la caja con la foto de
Lucía. La señora en la caja estaba recibiendo unos pagos. Cuando
terminó, la mesera le mostró la foto mientras le decía algo. La
señora tomó la fotografía, la miró con detenimiento. Luego le dijo
algo a la mesera, moviendo la cabeza, como preguntando. La
mesera volteó entonces a mirarlos a ellos, señalándolos. La señora
los miró. Entrecerraba los ojos como queriendo reconocer a alguien.
Darío y Henry se miraron. Sus corazones empezaban a acelerarse.
Quizá sepa algo.
La señora se bajó del banco donde estaba sentada, salió de la
barra y empezó a caminar hacia la mesa de ellos.
Capítulo 18
—Buenas tardes, señor, joven… Me dice Rebeca que ustedes están
preguntando por esta mujer —decía mientras entregaba la foto.
—Así es —responde Darío—. ¿Recuerda haberla visto aquí, o
de pronto por el sector?
—Pues sí recuerdo a una mujer muy parecida a la de esta de la
foto —la señora hablaba con aplomo—, pero tenía el pelo más bien
largo, bastante largo a decir verdad y de color oscuro, creería que
negro, si es que es la misma de la que yo hablo.
Henry y Darío se miraron, asintiendo.
—Sí, señora —Darío intervino—, esta foto es anterior. A medida
que se lo dejaba crecer, se iba cortando las partes que tenían el
castaño claro que se ve en la foto…
—Y ¿por qué pregunta el señor, si me permite? —interrogaba la
señora—. ¿Es familia?
—Yo soy su… —Darío titubeó—. Nosotros estuvimos casados.
Henry es nuestro hijo.
La señora miró a Henry. Hubo un breve silencio. Luego continuó.
—Sí, se parece a ella, tiene los mismos ojos… Pero eso fue
hace mucho tiempo, señor, hace bastante tiempo que vi a esa
persona por acá. De hecho, sí vino algunas veces a este
restaurante. Recuerdo que, las veces que lo hizo, era o miércoles, o
jueves, porque esos días llegan las provisiones de cerveza. Fueron
pocas, pero lo suficiente para dejar una impresión. Aquí hasta tenía
admiradores. Una mujer muy guapa, si me permite decirlo, y muy,
pero muy amable, siempre muy cordial y respetuosa. Yo creo que
por eso es que la recuerdo, porque no hemos tenido un cliente tan
amable como ella… No sé cómo explicarlo, pero parecía ser tan
buena persona. Pero bueno, si estuvieron casados debe saber a
qué me refiero…
—¿Hace cuánto tiempo —interrumpió Darío— digo, más o
menos cuándo fue la última vez que la vio, señora?
—Uy… —la señora se rascaba la cabeza, recordando—. No lo
sé exactamente. Pero con toda seguridad no menos de diez años.
Darío iba a hacer otra pregunta, pero se detuvo. La señora
estaba esperando a que dijera algo, porque se veía que estaba
buscando palabras.
—¿Señora, usted recuerda si ella venía acompañada, o si
alguien la esperaba aquí, o quizá alguien que llegaba luego?
—No, señor. Siempre estaba sola. Al menos las veces que yo la
vi. De vez en cuando alguna mesera se sentaba un ratico a hacerle
conversación. Siempre pedía una merengada o un batido. Y bueno,
como le comentaba antes, muchos hombres aquí, pues, quedaban
impresionados con su belleza, pero nunca pasaba de un saludo muy
cordial, si acaso. Nunca ninguno se llegó a sentar con ella.
—¿Recuerda si usaba alguna ropa en particular?
La señora se quedó pensativa.
—Ahora que pienso —dijo— siempre tenía ropa deportiva. Yo
creía que era porque se ejercitaba en el polideportivo. Pero ahora
que usted me hace todas estas preguntas, no tengo idea de por qué
llevaría esa ropa. ¿Ella no vivía por acá cerca?
—No…
Hubo un silencio mientras Darío y Henry terminaron sus bebidas
con premura. Le agradecieron a la mujer por su ayuda, pagaron y
salieron del restaurante.
Darío comenzaba a sentir el peso de la angustia sobre su pecho,
pero ocultaba su preocupación de Henry, que más bien parecía
animado. Definitivamente, tenía que ser ella, piensa.
—¿Qué piensas, Darío?
—Los miércoles y los jueves eran los días que ella entrenaba,
pero eso no era tan cerca de aquí; es decir, hay otros lugares más
cercanos para comer o tomar algo. Por otro lado, la señora dice que
la última vez fue hace no menos de diez años por seguro, que es un
tiempo que puede corresponder con el que lleva de fallecida Lucía.
Todo coincide.
Darío siente miedo, mira hacia todas partes mientras camina con
Henry. También su cuerpo está al tanto y la química del peligro
empieza a activarse. Más vale tratar de retomar la calma. Está
tratando de asimilar la situación de la mejor manera posible, se
siente el único espectador de una película en primera persona.
Siente que esto no le pasa a él sino a una versión de Darío, una
versión del personaje en una novela policial o de suspenso, de esas
que tanto leyó en la universidad. Ahora resulta que Lucía vino más
de una vez a este lugar, cuando menos. Pero no recuerda que ella
le haya comentado nada al respecto.
—De pronto venía antes del boxeo —piensa— o después; de
pronto exagero.
—¿Pero eso no es una buena noticia? ¿No es una pista?
—Es bueno porque es una pista. Pero lo que me extraña es que
tu mamá nunca me haya comentado de las veces que vino.
—¿Pero Lucía era como yo? ¿Sabes, así, de que le gustara
estar sola?
—Pues sí, a veces buscaba estar sola, es verdad.
Quizás todo esto es una broma muy pesada de alguno de esos
admiradores de los que hablaba la señora, alguna mente enferma y
sin oficio. En cualquier caso, Darío concluye que lo mejor es dar con
la persona que está detrás de este teatrillo y que la justicia se
encargue del resto. Siente ganas de irse de allí. Pero decide ir al
motel antes, que es el único lugar que falta por revisar.
En el motel nadie la recuerda. Pero nadie ha trabajado ahí desde
hace tanto. Darío logra ver al gerente, quien le dice que el motel
estuvo mucho tiempo cerrado y que el dueño actual lo compró y
reactivó hace pocos años.
—Lo único que sé —dice el señor— es que el dueño anterior
cerró el negocio, porque tuvo problemas personales con un cliente,
pero esa es toda la información que manejo al respecto.
—¿Y no sabe si el cliente era hombre o mujer —pregunta Darío
— o cuál era el nombre del dueño anterior?
—Lo siento, hombre —responde el gerente—. Lo que le diga es
mentira porque no tengo la menor idea.
Darío y Henry abandonan el motel y se dirigen al polideportivo.
Ya no hay más nada que hacer en Monterua 10. Al menos por
ahora.
Darío se siente desconcertado. Esperaba que este día fuera más
fructífero. La verdad es que tenía demasiadas expectativas,
esperaba hoy mismo enterarse de todo, descubrir quién es esta
persona que ahora los está llamando. Los escenarios posibles que
crea en su mente lo están empezando a atormentar. De pronto,
alguna sociedad clandestina usa la muerte de su esposa para
volverlo loco, para que no siga indagando en los hechos. Sus
pensamientos empiezan a desvariar otra vez. Llevaba días
sintiéndose más anclado en el mundo, con los pies sobre la tierra, a
pesar de las circunstancias, o gracias a ellas mismas. Pero no deja
de preguntarse cuál será la verdad que subyace bajo toda esta
maraña de eventos disparatados.
—Ánimo, Darío —le dice Henry, atajándolo en sus cavilaciones.
Una vez que ambos se han montado en el carro, Henry saca su
libreta.
—Mira, he tomado nota de toda la información que hemos
podido obtener hoy; tengo mucha información para sacar más
información de los establecimientos. Te prometo que con esto voy a
poder encontrar más cosas en internet, como el nombre del dueño
anterior del motel y, quizá, de otros lugares también; eso nos tiene
que ayudar en algo.
El entusiasmo de Henry le recordó al de su madre y logró su
intención.
—Tienes razón, Henry —le dijo Darío sonriendo. Y partieron de
vuelta a casa.
Capítulo 19
Lucía entra a la recepción del hotel. El lugar le parece agradable,
todavía guarda un toque hogareño. El recepcionista la saluda y le
pregunta si tiene una reservación. Lucía responde que en verdad
pasaba a saludar a alguien, que si se encontraba la señora Marina
Robles.
—Sí —le respondió el chico—, sí está, permítame un momento
para ubicarla, ¿quién la solicita?
—Lucía —le responde ella—. Lucía Costa.
—Si quiere tome asiento —le responde el chico— mientras la
llamo.
Lucía suelta su mochila y se sienta. Ha sido un viaje largo. Le ha
tomado prácticamente todo el día llegar hasta ahí. Desde que salió
de la capital, en la mañana, se demoró cinco horas en llegar hasta el
puerto. Luego dos horas en un transbordador que la lleva hasta la
isla y tres horas más para llegar a playa Encantada. Al fin puede
sentarse y decir que llegó. La última vez que vio a Marina fue en el
funeral de Luna. Ella había vuelto a la isla, unos tres años antes de
que su madre se fuera. ¿Será que Efraín se está quedando acá —
se pregunta— o estará acampando en la Hermanita?
La «Hermanita», como los locales la llamaban, era una playa
mucho más pequeña, algo escondida, que se encontraba al este de
la Encantada, pasando una loma más o menos pedregosa que era
donde esta terminaba. Algunos niños suelen ir a jugar en el día. Y
algunos adultos acampan ahí a veces. Ahora, Lucía recuerda que
cuando estuvo de pareja con Efraín, este le había contado que
había vuelto a la isla antes de ir a la capital y acampó durante varios
meses en la Hermanita, antes de entregarse de lleno con los
krishnas.
Lucía puede ver la luna desde donde está sentada. La ve
radiante y piensa que en ningún otro lugar se ve la luna como en la
Encantada. Piensa en cómo se verán los cielos de esos planetas
que tienen más de una, o cómo se verá el de Saturno, con ese anillo
único; piensa en el futuro lejano y probable de una humanidad que
ella no podrá ver ni vivir; piensa en las partículas, los átomos, las
partes imperceptibles que la componen, que ensamblan ese ser
capaz de nombrarse a sí mismo Lucía; se pregunta por la historia de
esas partículas, cuál será su edad, de dónde habrán venido, qué ha
tenido que pasar para que lleguen a esta configuración presente y a
dónde irán cuando ella muera, o mejor dicho, cuando las partes
infinitesimales que la conforman se separen para formar parte de
otras configuraciones; se pregunta si esas partes llegarán a conocer
lo que hay fuera de este planeta, otras atmósferas, otras galaxias, o
si ya las han conocido y, si se quedan, de qué otros seres harán
parte… Y Lucía vuelve a sentir ese pálpito, ese impulso, esa ansia
que la acompaña desde niña, desde que tiene conciencia, esa sed
de lo infinito, de absorber el universo, de diluirse en el tiempo, de
saberlo todo, de experimentarlo todo, de ser una bacteria, una
piedra, un río, una araña, un tigre, un ave; de ser un iceberg, un
mar, de ser aire y fuego… De ser nada. ¿Qué es esto —se pregunta
— que el universo ha puesto en mi corazón o mi alma, esta hambre
que no es de comida, esta hambre que no termina, este amor que
quiere abarcarlo todo, pero que no desemboca?
Lucía se dio cuenta de lo lejos que se le podía escapar el
pensamiento y se rio de sí.
Cuando llegó Marina, le dio un abrazo como si fuera su propia
madre. A pesar de lo afectuoso de su saludo, al cual Lucía
respondió con el mismo cariño, mientras se abrazaban hubo algo en
el gesto de Marina que a Lucía le generó desconfianza. Después de
ver su rostro supo que algo no andaba bien. Claro, había
envejecido, pero no era eso. No parece que haya llorado hace poco,
al menos no esa noche. Quizá es solo cansancio.
—Qué lindo verte de nuevo, Lucía, siempre me llena de alegría,
siento que es como poder abrazar a tu madre.
—Gracias, Tía Marina, que lindo verte a ti también. Este lugar
está muy bonito.
—Sí, ¿verdad? Tu mamá estaría contenta. Aunque tú sabes que
hubiera preferido que te quedaras con el hostal.
—Sí, yo sé, pero es que en verdad yo no hubiera podido, tú
sabes que esos amarres no van muy bien conmigo.
—Cierto. Luna también tenía eso claro. Oye, por cierto, ¿tú te
acuerdas de ese amigo de tu mamá que se hospedó mucho tiempo
aquí, iba y venía?
—Sí, claro, Michele.
—Bueno. Imagínate que estuvo por aquí hace poco. Está viejito,
pero con el ánimo intacto. En fin, te dejó un presente. Espérame un
segundo para buscártelo.
Lucía estaba contenta por saber que Michele seguía vivo. Fue lo
más cercano a un padre que llegó a tener. Pasaba temporadas en el
hostal y fue lo más parecido que su madre tuvo a un novio.
—Aquí está.
—Gracias, Marina —Lucía hizo un silencio y después añadió—.
Oye, y entonces… ¿Efraín está por la isla?
—Sí, de hecho se está hospedando en la cabaña del extremo
occidente, que da hacia la orilla. Pero hoy se fue a acampar a la
Hermanita… Tú te vas a quedar aquí, ¿no?
—Pues…
—Sí, sí, por Dios, va completamente por la casa, no te tienes
que preocupar por nada.
La verdad es que no podía negarse. El cansancio ya le ganaba y
necesitaba dormir.
Después de llegar a su habitación y darse un baño, se echó a la
cama y, apenas se acostó, ya estaba dormida.
Capítulo 20
Cuando llegaron al apartamento, Henry propuso que Darío hiciera
algo para cenar mientras él buscaba más información.
Desde que todo esto empezó, la forma en que Henry veía las
cosas cambiaba, sin que él se diera cuenta. Esta sensación era
completamente nueva para él, la de una transformación. Era algo
que no podía precisar, pero por alguna razón sabía que ya nada
volvería a ser como antes. No hay vuelta atrás: esa era la frase que
definía la sensación, esa frase que había escuchado tantas veces
repetirse en películas y dibujos animados en la televisión, pero que
ahora por primera vez expresaba su vida misma en este momento
por el que estaba pasando. De una forma u otra, su vida siempre
había sido acompañada por una pantalla. Y desde que aprendió a
navegar por internet, ese se convirtió, a la vez, en medio y fin.
Sentía que tenía más control sobre lo que hacía y sobre lo que le
pasaba. Incluso, podía elegir interactuar con alguien o no, podía
elegir la forma de ese intercambio y, por último, podía elegir si
responder o no al intento de comunicación de otra persona. La
escuela era solo una pausa, un interludio, como del sueño a la
vigilia.
Pero el mundo más allá de la escuela, de la pantalla, el mundo
allá afuera, ese permanecía en la indiferencia porque, para Henry,
no había nada de interés que le pudiera ofrecer. Hasta ese
momento, la relación de Henry con la humanidad misma era la de
un usuario, o más bien, la relación de un espectador con una
película. Pero era uno neutral, que no juzgaba si era un espectáculo
malo o bueno, no tomaba partido, no participaba. Él sentía, aunque
no fuera de manera consciente, que su función era la de estar al
tanto. Era como si todo tuviera una misma valoración a priori: todo
es información, pero hay información que resulta inmediatamente
útil, y hay otra cuya utilidad requiere un procesamiento; está ahí,
parece que se oculta, pero está.
Justo como ocurre con la información que recogieron hoy. Por
ahora no consigue nada, pero sabe que hay una forma, sabe que
esa información está ahí, solo debe dar con la forma correcta de
recuperarla.
Las aventuras de los últimos días le habían mostrado un mundo
corporal que impone una libertad que era desconocida para él hasta
ese entonces. Una libertad donde puedes herir o ser herido, pero
también puedes hacer reír, o te pueden hacer reír a ti. En la red, la
información te usa tanto como tú a ella. Pero afuera hay una
distancia, una posibilidad de escapar al monitoreo, medida y
utilización de tus preferencias, y de tus comportamientos. Piensa en
cómo ha cambiado su relación con Darío, por ejemplo. Desde hace
algún tiempo le guardaba un poco de rencor. Pensaba que Lucía
nunca le había importado realmente, porque casi no hablaba de ella
y que él mismo era un estorbo en su vida, el niño que le dejó una
mujer que no quería. De hecho, hasta llegó a pensar que Darío tuvo
algo que ver con su muerte y que lo abandonaría a él en cualquier
momento. Pero ni a eso le daba importancia. Ahora se da cuenta de
que todo era imaginación, que lo que ocurría con Darío era todo lo
contrario. Más bien, ya estaba a punto de perder la razón por la
pérdida y por ser incapaz de aceptarla. De pronto la humanidad que
se le reveló en Darío, se reflejó en él. Entonces todos deben tenerla,
todas las personas que veía en la calle cuando caminaba al colegio
y todos los niños que también asistían. Ahora, más bien, Darío le
preocupaba. Podía ver como los eventos que se iban desarrollando
lo afectaban y podía intuir las posibilidades que más temía. De cierta
manera, sabía que él mismo, Henry Blass, no tenía nada que
perder, sea cual fuere el resultado de todo esto. Él nunca conoció a
Lucía, luego no tiene ni en su recuerdo ni en su alma una imagen
que defender de ella. Pero Darío… Parece que su versión de Lucía
está amenazada y eso lo puede destrozar.
Henry ha dado con un nombre.
Corrió emocionado a la cocina a contarle a Darío y se sorprendió
a sí mismo al escucharse decir ¡Papá!
Hubo un silencio. Henry sabía que tenía mucho tiempo sin
llamarlo de esa manera. Pero se tranquilizó al escuchar, con no
menos sorpresa, que Darío le respondía llamándolo hijo. Henry le
dice a su padre que consiguió el nombre del antiguo dueño del
motel, pero que no pudo conseguir ninguna foto ni nada que dé una
pista de cómo es físicamente.
Se llama Richard Espinosa.
Capítulo 21
Esa noche, Lucía soñó que aparecía en la orilla de un río. Del otro
lado podía ver a Efraín que no se daba cuenta de que ella estaba
ahí. Él ponía una flor sobre un féretro que era llevado por la
corriente.
Se levantó sintiendo que su cuerpo pesaba mucho. Eran un poco
más de las doce del mediodía. Hacía mucho que no dormía tanto.
Todavía permaneció un rato echada en la cama, pensando por qué,
después de tantas horas durmiendo, solo podía recordar un sueño
tan breve. No se sentía lista para encontrarse con Efraín, porque la
verdad es que su último recuerdo de él era más bien antipático.
Incluso, después de terminar él seguía buscándola, pidiéndole tan
solo un momento para hablar. Ella tuvo que amenazar con una
orden de restricción. Nunca se imaginó que tendría que usar ese
término y mucho menos con él.
El lado oscuro de Efraín. Vaya triste sorpresa.
Aprovechó la tarde para visitar la tumba de su madre y para
estar un rato sola en la playa. Si Efraín aparecía, pues qué más da.
Sin embargo, no lo hizo. Cuando salió de la playa sintió que su
cuerpo y su espíritu recuperaban las fuerzas que tanto necesitaba.
Las esperanzas también se renovaban, a pesar de la incertidumbre.
Empieza a caer la tarde y Lucía empieza a entrar en la
Hermanita. Puede ver una carpa y alguien sentado en la orilla de la
playa. Solo voy a saludar —se dijo ella— ver cómo está, dejar las
cosas en orden y me regreso a la habitación.
Lucía no lo saluda, pero se sienta también en la orilla.
—¿Cómo estuvo el viaje? —pregunta Efraín.
—Bien.
—¿Quieres agua?
—Bueno.
Efraín se levantó a buscar el agua en su carpa. El sonido de las
olas era lo único que se escuchaba. Regresó con los dos vasos y se
sentó. Ambos estuvieron en silencio mientras miraban el sol caer y
ocultarse tras el horizonte.
La noche se asienta y él se levanta a prender una fogata que ya
tenía preparada frente a su carpa. La prende e invita a Lucía a
sentarse cerca.
—En verdad no creí que vendrías —dice Efraín.
—No vine por ti…
—Ya sé, ya sé… Eso me quedó bastante claro, créeme.
—¿Cómo has estado? Me dijiste que necesitabas alguien para
hablar.
—¿Cuándo he estado bien, Lucía? Ni siquiera estando juntos
estaba bien, aunque estaba feliz. Pero igual mi alegría parecía de
enfermo.
—Pero al comienzo no. Te veías con mucha salud más bien y
calmado, había paz en ti ¿nunca volviste con los krishna?
—Por un tiempo. Pero dejé de creerles. ¿Recuerdas las
pesadillas que tenía de niño? Empezaron a aparecer otra vez.
Meditar no me ayuda, también por eso los dejé. Y los sueños
siempre empiezan en la Encantada. Yo estoy en la orilla, soy un
niño otra vez y puedo escucharlas llamándome desde la profundidad
del agua y algo me arrastra hacia el agua. Entonces decidí venir, a
ver si algo cambiaba. De paso visitaba a mi tía.
—¿Y pararon las pesadillas?
Efraín se mantuvo en silencio.
—Por cierto —continuó Lucía—, tu tía se veía como preocupada.
¿Le pasó algo?
—Cuando llegué, mi tía se sorprendió mucho de verme. Hasta
lloró.
—Seguro le alegró un montón verte.
—No realmente. Después me di cuenta. Me invitó a comer, se
veía nerviosa. Cuando terminamos yo le conté de mis pesadillas y
entonces se puso a llorar otra vez. Yo le pregunté, tía, qué pasa, por
qué estás llorando otra vez, te ves triste. Y mi tía solo me decía «ay,
mi niño, ay…». Y yo sabía que tenía algo que decirme, o que me
estaba ocultando algo. Ella me contó que el día anterior había
muerto una persona que le traía los peores recuerdos de su vida…
Efraín guardó silencio un momento, mientras echaba ramas en la
fogata, sin retirar los ojos del fuego ni un solo instante.
—¿Pero de qué estaba hablando ella, Efraín?
—Eso fue lo que yo le pregunté. Si era alguien que le había
hecho mal, ¿por qué iba a estar triste? Ella me repetía que era la
única persona que realmente había odiado con todo su corazón,
mientras trataba de calmarse…
Efraín suspiraba y movía las brasas con una rama. Lucía
entendió que todo esto era algo muy delicado, pero ni siquiera podía
imaginarse lo que sería.
—Entonces —Efraín retomó el relato— mi tía me contó sobre un
caso muy sonado, que seguro tú debes recordar, de unos
homicidios que empezaron a ocurrir en la isla, e incluso en la
Encantada, mujeres que aparecían arrastradas por las olas,
ahogadas…
El corazón de Lucía empezó a latir fuertemente.
—… Y que de alguna forma la policía había logrado atrapar al
asesino gracias a ti. Un tal Lázaro, que luego fue hecho preso. Pues
ese hombre era el que había muerto. Y aquí es donde se pone
buena la historia, Lucía…
Ella empezó a sentir miedo.
—Después que mi tía me cuenta eso, yo ya sabía que esas eran
las mujeres de mis pesadillas. Pero aún no entendía qué tenía que
ver mi tía en todo esto. Así que le seguí preguntando, pero ojalá no
lo hubiera hecho, ojalá lo hubiera dejado ahí y me hubiera venido a
acampar de una, o dejado esta maldita isla…
Los ojos de Efraín se empezaron a llenar de lágrimas. Estaba
conteniendo un llanto, pero un llanto lleno de rabia. Lucía trató de
decir algo, pero Efraín continuó, elevando el tono de voz.
—Entonces mi tía me contó que cuando atraparon a Lázaro
encontraron a una mujer que tenía secuestrada y que seguro sería
su próxima víctima. Era ella, era mi tía la mujer que rescataron…
Ahora Lucía comprendió a dónde iba todo. Comprendió el gran
cuadro trágico en el que estaba inmerso Efraín, que ahora cerraba
los ojos tratando de controlar su llanto.
—Efraín… —Lucía ahora también soltaba lágrimas— Efraín…
Lázaro era tu padre.
Rompió en llanto, el pobre niño acosado por las visiones de las
víctimas de su padre. Se había derrumbado sobre el regazo de
Lucía, quien trataba de consolarlo.
Capítulo 22
Richard Espinosa. Darío hace memoria, pero por más que lo intenta
no recuerda ningún conocido de Lucía que tuviera ese nombre. Miró
el reloj. Son apenas pasadas las siete. Todavía puede volver al
motel a preguntar si por casualidad en algún documento, o algo
parecido, hay más información relacionada a ese nombre.
—Hijo, eres un genio —le dice a Henry—. Voy a ir rápidamente
al motel a preguntar otra vez. Trataré de regresar lo antes posible,
pero si tienes mucha hambre no me esperes y come de una vez.
Recuerda no quitar el seguro de la puerta y tener las ventanas bien
cerradas.
—Está bien —le dijo Henry.
Mientras Darío iba de vuelta a Monterua 10, pensaba en lo
espontáneo que había sido Henry al llamarlo papá. Ese pequeño
detalle lo había llenado de fuerzas otra vez. Después de mucho
tiempo, Darío tenía esperanzas. No sabía qué era lo que iba a
encontrar. Pero, por primera vez, sentía que empezaba a crear una
verdadera relación con su hijo y eso le daba valor y coraje, le daba
un propósito y lo anclaba en el presente. Le hacía recordar que
todas sus luchas tenían sentido. Además, él mismo también lo había
llamado hijo, aun cuando pensaba que eso ya no pasaría otra vez. Y
no porque él no quisiera. Simplemente era muy autoconsciente al
respeto. Le faltaba dejar que surgiera la espontaneidad. Ya casi se
había resignado a repetir la misma historia de su propio padre y él,
pero ahora existía la posibilidad de romper ese círculo.
Una vez en Monterua 10, Darío se dirigió directamente al
parqueadero del motel, estacionó el carro y entró a la recepción. Ahí
encontró a la misma persona que lo atendió en la tarde. Preguntó
por el gerente, pero le dijeron que ya no estaba. Luego preguntó
quién quedaba encargado del motel. El muchacho, entonces, le
pidió que esperara y entró por una puerta detrás de él.
Después de esperar un momento, salió el recepcionista y otra
persona. No recuerda haberla visto más temprano y, ciertamente, no
es el gerente con el que habló antes. Resulta que era el dueño
actual. Esto le dio más ánimos a Darío, pues le parecía que
aumentaba las posibilidades de salir de este atolladero de datos sin
sentido y seguir una pista clara. No obstante, el hombre se mostraba
reticente a las preguntas de Darío, lo miraba con desconfianza. Le
preguntaba que quién era él y por qué preguntaba por esas cosas.
Darío se vio obligado a contarle, de la manera más abreviada
posible, todas las circunstancias que lo traían a este motel y hacer
esas preguntas: que hace un poco más de diez años quedó viudo,
que creía que su esposa había muerto por causas naturales,
aunque extrañas, que desde hace unas semanas un hombre que no
conoce ha estado dejándole mensajes sugiriendo que fue asesinada
y que las pistas lo habían traído a este sector. Lo último que habían
logrado adivinar era que el dueño de este motel en ese tiempo era
un hombre llamado Richard Espinosa. Él solo quería hablar con él,
porque existía la posibilidad de que pudiera darle más información
sobre su esposa. En el bar dicen haberla visto, pero necesita
confirmar esa información.
El dueño, curiosamente un hombre de origen italiano llamado
Paolo, le comentó que solamente vio al dueño una vez, cuando la
firma del documento de compraventa del motel. La mayoría de las
conversaciones y reuniones se llevaron a cabo a través de los
abogados del Sr. Espinosa. Cuando Darío le preguntó por las
razones que obligaron a esta persona a cerrar y luego vender el
motel, Paolo no supo darle respuesta. Solo sabía lo que los
abogados le habían dicho: que el Sr. Espinosa quería cambiar de
aires, vivir en otro lado e invertir en otros proyectos. De hecho,
Paolo le explicó a Darío que ese hecho también lo hizo dudar mucho
sobre si comprar o no el motel. Pero que después de haber revisado
el estado legal y estructural del edificio, todo aparecía en orden. Y
hasta la fecha no ha tenido ningún problema. Darío quiso saber si
tenía algún tipo de documento o información de contacto del
Sr. Espinosa. El hombre le pidió que esperara un momento mientras
buscaba.
Si bien estaba ansioso, el ánimo de Darío permanecía fuerte. Se
preguntaba qué clase de problema podía llevar a alguien a cerrar un
negocio. Según los abogados, eran razones simples, de proyectos
personales. Pero la versión del gerente es otra y tiene que ver con
un cliente del motel. En el primer caso, no había nada que obligara a
hacer más preguntas. Al menos en principio. Después de todo, es
perfectamente natural que las personas quieran iniciar nuevos
proyectos sin importar la edad. Pero en el segundo, la situación
plantea más preguntas. No tiene por qué estar necesariamente
relacionadas con Lucía, pero cabe la posibilidad. En cualquier caso,
si alguien tiene las respuestas es ese tal Richard Espinosa. Tengo
que llegar a él.
Paolo vuelve con una carpeta en sus manos. En efecto sí tiene
unos números de contacto del Sr. Espinosa, también número de
identificación y una dirección. En verdad, no puede decirle con
certeza si alguna de esa información siga vigente. Supondría que el
documento de identidad sí. Pero esa es la única forma que tiene de
ayudarlo.
Mientras Darío anotaba la información en una libreta, se dio
cuenta de que todo este tiempo, durante todas las pesquisas del
día, había estado ignorando un detalle fundamental, que, por alguna
razón que no puede explicarse en este momento, había sido
completamente olvidado por Darío. Entonces, le preguntó a Paolo si
recordaba algo del aspecto del Sr. Espinosa, si de pronto podía
describirlo.
—Yo diría —le respondió— que debemos tener más o menos la
misma edad; yo tengo cincuenta y ocho años, así que digamos que
él tendrá alrededor de sesenta años bien llevados. Me parece
recordar que era un poco más bajo que yo, pero menos canoso. Hay
personas que, a pesar de la edad conservan en buena medida su
color de cabello. Yo no soy una de esas personas definitivamente.
Por otro lado, su contextura era normal; no era una persona
delgada. Más bien era un tipo algo grueso.
—Y de su rostro —le preguntó Darío—, ¿recuerda algo en
particular de su rostro y de su forma de vestir?
—No realmente —le respondió Paolo—. Tenía un rostro que en
el mediterráneo podía pasar por local. No era caucásico, pero
tampoco tenía rasgos indígenas o mestizos. En verdad, pude
detallar poco su rostro porque… ah, eso… durante toda esa reunión
llevó puesto un sombrero gris…
—¿Cómo dijo? —lo interrumpió Darío—. ¿Un sombrero gris?
¿Un sombrero como esos de las películas viejas?
—Sí, exacto —retomó Paolo—, un fedora; en general su
vestimenta era del estilo de las personas mayores que usan
sombreros todavía. No muy común realmente. Solo se quitó el
sombrero por un momento para darme la mano, cuando los
abogados nos presentaron formalmente…
Paolo siguió hablando, pero Darío ya no lo escuchaba. El
hombre del sombrero gris… Tiene que ser el mismo… Richard
Espinosa es el hombre del sombrero gris, el mismo que fue dueño
de ese motel. Al fin, después de tantas angustias, una pista clara
que podría llevarlo a la persona que empezó todo esto, al
responsable de tantos desbarajustes. Él es el hombre que, o bien
sabe una verdad capaz de cambiarle la vida a Darío, o bien es un
charlatán fraudulento.
Darío ni siquiera esperó a que el hombre terminara de hablar. Le
agradeció por toda su ayuda y se marchó del motel.
Capítulo 23
En el camino de vuelta al apartamento, Darío contemplaba las
posibilidades de acción que había disponibles. Tenía información
sobre Richard Espinosa. De pronto, ya no vivía en la misma
dirección ni tenía el mismo número de teléfono. Lo primero que
había que hacer entonces era confirmar si el teléfono seguía siendo
el mismo. Luego —ya sería mañana— podría confirmar la dirección.
—Mierda… Dejé mi celular —piensa.
En última instancia tenía el número de documento y se imagina
que, en dado caso, eso le podría ser útil a la policía para ubicarlo.
Ahora que lo piensa, ¿no sería mejor avisar a la policía de una vez,
hacer una parada rápida en la jefatura e informarles que ya sabe
quién es el hombre del sombrero gris? Si no consigue a
Colmenares, sin duda lo puede contactar desde allá. Además, quizá
el agente también ha descubierto algo. Aunque, pensándolo bien,
quizá no sea la mejor opción. No debería dejar a Henry solo. Este
tipo, Espinosa, sabe dónde viven. Lo que podría hacer es llegar y
recoger a Henry para luego ir a la policía. Eso suena más razonable.
Sea como sea, lo mejor entonces será ir primero al apartamento.
¿Cuál podía ser la relación entre Espinosa y Lucía? Si en efecto
alguien la mató, ¿habría sido él? Según los mensajes, cuando
menos, sabría quién fue el responsable. En verdad, Darío hacía
suposiciones de más, porque en rigor ningún mensaje ha
comunicado que Lucía haya sido asesinada. Pero es que ese
siempre ha sido el gran misterio, la causa de su muerte. ¿De qué
otro responsable podía estar hablando? ¿Y qué significaba el
mensaje con el nombre de Henry? ¿Será que hizo algo a través de
internet? Pues sí, sabe mucho de informática para su edad, pero él
no podría estar tan involucrado con algún tipo de cuestión ilegal por
ese medio. En tal caso, si la posibilidad de otra explicación era
plausible, tendría que ver con Darío y no con Henry. Espinosa ha
llevado a cabo toda aquella cantidad de acciones con la finalidad de
tener su completa atención.
Poco a poco se está resignando a la posibilidad de que Lucía le
hubiera ocultado todo un aspecto de su vida. Es decir, no es por
ligerezas que alguien decide acabar con la vida de otro. En el mejor
de los casos, Lucía podía haber estado involucrada en actividades
ilegales de algún tipo. Actividades oscuras en todo caso. Otra
posibilidad era que, en algún momento de su vida, Lucía hubiera
infligido algún daño irreparable a alguien y que esa persona haya
decidido vengarse; de pronto algún admirador antiguo que ya estaba
trastornado cuando la conoció y que en su delirio creó una relación
inexistente, una obsesión no correspondida por ella, que hasta pudo
ignorar completamente el efecto que causaba sobre una mentalidad
frágil. ¿Cuántos y cuántas no han muerto a manos de un admirador
obsesivo y anónimo?
Sin embargo, el peor de los escenarios posibles era aquel a
donde su mente volvía obsesivamente, de manera masoquista. En
ese escenario, Lucía le era infiel con una persona que desconocía
completamente. Sí, claro que sabía que Lucía tenía «amigos» o
compañeros de trabajo que, sin duda, mostraban un interés
particular hacia ella, a los cuales no les costaba imaginar
fantaseando sobre su mujer. Pero ninguno de los que había
conocido le daba la impresión de estar al nivel de ella, por eso le
parecía inverosímil verla cumpliendo los deseos de alguno de ellos.
Quizá era aquí donde aparecía Richard Espinosa y su motel, quizás
ese era el lugar donde se encontraba con su amante secreto. En
todo caso, de ser así, esa persona con la que le hubiera sido infiel
no habría podido superar no tenerla completamente para sí,
convirtiendo su pasión en tristeza, su tristeza en frustración y su
frustración en rabia, en odio, en venganza, llevándolo a matarla,
porque si no podía ser de él, no sería de nadie. Rabia y venganza.
Esas palabras quedaban resonando en Darío y poco a poco se
incorporaban a él, envenenando su alma, haciéndole sentir celos,
los celos más inocuos que alguna vez sintió en su vida.
Todas estas posibilidades resultaban terribles y lo único que
despertaban en Darío era angustia. Era incapaz de decidir cuál era
peor realmente, porque todas sugerían una dimensión de Lucía que
ella intencionalmente le había estado ocultado. Por ello, también
cualquiera de ellas le resultaba increíble, inasimilable e inadmisible.
Puede ser Henry tuviera la razón, que solo iba a estar un rato
apartada y despejar la mente un rato, puede incluso que ella misma
hubiera pedido una habitación en el motel para ella. O puede que ni
siquiera sea eso, puede que Espinosa la conociera de las prácticas
de boxeo; después de todo, si vivía cerca podía ir sin ningún
problema.
Ahora se pregunta si realmente no hubiera sido mejor quedarse
en la ignorancia, haber aceptado la muerte absurda de su esposa y
continuar con su vida. ¿Cuál es el precio de la verdad? Se
intercambia una verdad por una mentira. Se obtiene la certeza con
respecto a algo y se pierde, no una incertidumbre, sino la
comprensión errónea de algo. ¿Y cuál es la comprensión errónea en
este caso? ¿Creer que Lucía lo amaba? ¿Creer que era el único
hombre en la vida de Lucía? Si esto fuera así, ¿sería capaz de
perdonarla?
Darío llega a su edificio, parquea el carro, lo apaga, toma tres
respiraciones profundas, reteniendo antes de exhalar. Debe
despejar su mente primero, ordenar bien sus pensamientos para
realizar las llamadas que debe realizar. Sale del auto y sube a su
apartamento mientras se enfoca en lo que va hacer apenas entre:
llamar a los números que anotó y contarle a Henry lo que pudo
averiguar. Que ese tal Richard es el hombre del sombrero gris.
Darío entra a su apartamento y llama a su hijo, pero nadie
responde. Va a la habitación de Henry para informarlo, pero no está
ahí. Se asoma en el baño, tampoco. Empieza a llamarlo por su
nombre para que salga de donde sea que está escondido. Nadie
responde. Mira ahora en su cuarto, luego en la sala, la cocina, el
baño… Nada, Henry no está por ningún lado. Rápidamente, llama a
su celular y le cae directamente la contestadora. Otra vez su cuerpo
activa las alarmas, se eleva su ritmo cardíaco, se contraen los poros
de su piel, sus oídos zumban… El desespero se apodera de él. Lo
único que le quedaba era su hijo y, justo cuando estaba mejorando
su relación, su vida se ve amenazada.
Darío sale del apartamento y empieza a preguntar a los vecinos
si por casualidad han visto a su hijo, pero ninguno sabe nada.
Luego, recuerda que en el primero había una señora que lo cuidaba
a veces cuando era más pequeño. Cuando le abre la puerta, la
señora lo deja pasar. Darío le cuenta todo, pero la señora no ha
visto a su hijo. Con ella a veces está un nieto que es de la edad de
Henry, lo más cercano que tuvo a un amiguito siendo más pequeño.
El niño va a la cocina y cuando ve a Darío, después de saludarlo, le
pregunta que qué fue lo que consiguió Henry. Darío no entiende la
pregunta, no sabe a lo que se refiere. Mario le dice que es que en su
blog publicó algo hace poco. Darío lo mira fijamente. El niño lo lleva
a la computadora para mostrarle lo que publicó.
La última entrada dice «LO TENGO». Se subió hace media hora
aproximadamente.
No hay más tiempo que perder, Darío sale de inmediato, camino
a la policía.
Capítulo 24
Darío salió agitado al encuentro de la incertidumbre por las calles de
una noche lluviosa y colapsada de autos y personas. Un manto
rojizo de nubes cubría la ciudad. Los faros de los autos despedían
luces que se mezclaban con los avisos luminosos, filtrándose a
través de los sonidos de las gotas estrellándose sobre la superficie
de las cosas terrestres, los cornetazos ocasionales de conductores
impacientes, envolviendo los chapoteos de la gente caminando con
prisa, sus murmullos… Y toda esa avalancha de información
atravesando la mente de Darío, mutando en pensamientos y
sensaciones, convirtiéndose en parte de su desesperación,
multiplicando los rostros de su pavor y opacando el propósito de su
propia presencia en ese afuera.
Empezaba a percibir un sabor extraño en su boca, una
sensación rara en su mandíbula y una especie de presión en la
cabeza. La agitación lo empezaba a desorientar. Desordenaba sus
pensamientos y cualquier intento de linealidad o lógica. Por alguna
razón pensaba en pastillas y en pinturas de Turner. Algo le resultaba
familiar en todas estas impresiones, pero era imposible precisar qué
cosa. Ahora solo podía reírse, soltar carcajadas de frente a lo
absurdo. Entonces su imaginación recreaba formas, colores, como
si fueran pinturas al instante. Y en su rostro se dibujaba una sonrisa
de admiración ante estas elaboraciones de su mente.
Entonces le parecía que las calles se prolongaban al infinito,
estiradas por un demiurgo aciago, o más bien burlón, que luego las
soltaba para verlas encogerse infinitesimalmente. Darío se percibía
por un momento como un punto irreconocible y enseguida sus
miembros se agrandaban y debía calcular cada paso que daba,
creyendo que tumbaría a las personas que pasaban por su lado.
Mientras tanto, la profusión de sonidos de la noche perdía su
distinción, se fundían en un continuo parecido al ruido blanco, a la
vez que algunos eran traducidos por su cerebro en reflejos de color
que adornaban azarosamente su panorama alucinado; de pronto
Darío no sabía si se estaba moviendo o si había permanecido
estático, como humo suspendido. El mundo se había convertido
todo en ruido: ruido visual, ruido sonoro, ruido táctil, ruido oloroso, y
comenzaba a permearse dentro de su cuerpo. Él mismo ahora se
diluía en el caos indiferenciado, como parte de un plano amorfo.
Quizá era esa parte primitiva, animal, la que lo llevaba a mover su
cuerpo, casi de manera inconsciente, y esos movimientos lograban
devolverle cierta orientación, como si sus propios músculos se
hubieran visto obligados a relevar al cerebro. Así logró recuperar,
poco a poco, cierto grado de identidad corporal. Cuando el campo
visual empezó a recobrar su familiaridad, comprendió que había
llegado a una esquina. No sabía cuál. Apenas el concepto era asible
en el delirio y esta misma precariedad volvía todo ello irrelevante.
Conceptos, categorías, nombres y etiquetas habían colapsado. Lo
que importaba en ese momento era encontrar un lugar para
recostarse, respirar, recolectarse, tratar de reconstruir el sentido.
Reposó sobre un muro. Cerró los ojos y a la vez otros miles se
abrían en su pensamiento. Los volvía a abrir entonces, para escapar
de ese horror. Luego los volvía a cerrar y le parecía que el suelo
desaparecía, que se encontraba suspendido en la nada y que él
mismo era esa nada. Los abría otra vez, y se daba cuenta de que
empezaba a lograr distinguir a la gente que caminaba por la calle,
pero sus rostros se volvían monstruosos y le hablaban en lenguas
extrañas. Los cerraba nuevamente. Podía ver al hombre del
sombrero gris en la pantalla de su conciencia, cambiando de forma,
transformándose en un ojo gigante, en un triángulo, en una araña,
en un buda… Un buda dorado, calma en su rostro, mesura en su
sonrisa, gracia en su postura… Recordó entonces que el buda
meditaba y esto lo llevó al recuerdo de su esposa y, por último, al de
su hijo. Por eso está donde está. Iba camino a la policía porque
Henry corre peligro. El hombre del sombrero gris lo ha secuestrado.
El hombre del sombrero gris tiene un nombre. Su nombre es
Richard Espinosa.
Entonces Darío respira profundo, tratando de mantener a Henry
en el pensamiento. Es lo único que lo puede anclar en la geografía
urbana de la lluvia y de las calles, en dirección a la jefatura. Policía,
oficiales, el agente Colmenares. —Debo llamarlo —piensa Darío y
comienza a caminar. Todavía siente algo de vértigo, o es un mareo,
ya no sabe. Busca luego el contacto del agente en su celular.
Escucha voces que lo llaman, personas que susurran su nombre y
el de Henry. Mira hacia los lados y le parece que todos los rostros
que pasan lo miran con desprecio, reclamándole el no haber
salvado a Lucía. Entonces siente que una mano se posa sobre su
hombro.
—Señor Darío… —le dice alguien y él voltea pero no sabe qué
está pasando.
—Señor Darío, soy yo, Juanita. —A Darío entonces le vienen a
la mente montones de libros, clasificaciones de libros y, finalmente,
una biblioteca. Recuerda entonces a alguien de ojos grandes con
anteojos en esa biblioteca y se atreve a pronunciar su nombre,
repitiéndolo varias veces, más para sí que para ella. Juanita ya lo
había visto una vez en un estado parecido, en la biblioteca, pero
permanecía sentado en el puesto de siempre, apenas moviéndose,
cerrando los ojos y bajando la cabeza a veces, como si estuviera
mareado. Se preguntó si llevaría mucho tiempo así, si acaso esa no
fuera la razón por la que llevaba tantos días sin asomarse por la
biblioteca o la plaza, donde siempre se le veía.
—¿Sí me recuerda? ¿Sabe en dónde se encuentra, Darío?
¿Recuerda a dónde se dirigía? —Él cerró los ojos como buscando
ordenar sus pensamientos. Eran muchas preguntas, él había
preguntado por un libro de Borges. Abre los ojos y recuerda que
está en la calle.
—Mi hijo —alcanzó a decir—, Henry. Está en peligro. Hay un
hombre. Dice saber algo sobre la muerte de mi esposa. Nos ha
estado amenazando. Él lo tiene. Tengo que ir a la policía.
—Yo lo voy a ayudar, tranquilo —dijo ella—. Juanita, miraba a los
lados. Sin saber realmente qué hacer. Vacilaba con respecto a cómo
tomar las palabras de Darío, ¿serían verdad o parte de su desvarío,
a pesar de sí mismo? ¿Quizá lo mejor sería llamar a una
ambulancia?
—Sé lo que piensas —dijo Darío, atajando sus cavilaciones—,
hacía mucho tiempo que no me encontraba como me ves… Llevo
días cuidando a Henry por lo que te acabo de contar. Por favor, solo
necesito llegar a la jefatura de la policía…
—Todavía falta recorrer un tramo de camino —respondió Juanita
—, pero con este tráfico, vamos a llegar más rápido a pie que en
taxi.
—Necesito otro favor. Necesito que busques en mi celular un
número. Agente Colmenares. Necesito que lo llames.
Juanita tomó el celular mientras comenzaban a caminar los dos,
ella llevándolo del brazo. Esto definitivamente no estaba dentro de
los planes de esta noche. Ya le había dicho a su hija que verían una
película junto a la abuela. Halló rápidamente el número, pero
cuando llamó nadie contestó. Caminaron otro tramo y volvió a
intentar, pero ocurrió lo mismo. Después del último intento, cuando
cayó la contestadora dejó un mensaje:
—Agente Colmenares, este es un mensaje de parte del Sr. Darío
Blass. Se ha presentado una emergencia y necesita su ayuda
inmediata. Ya nosotros estamos cerca de la jefatura. Llegaremos en
unos minutos. Por favor, espérenos en la jefatura, o venga lo antes
posible si se encuentra afuera.
Darío empezaba a sentir que las cosas volvían a su lugar: la
lluvia volvía a ser lluvia, pero más calmada, los autos eran autos
otra vez, los sonidos recuperaban sus contornos y el campo visual
sus distinciones; él mismo empezaba a caminar en sus propios
zapatos sin mayores sobresaltos. Todo permanecía en la medida
esperada y en las proporciones que le eran familiares.
Tras llegar a la estación, Darío causó un poco de revuelo por la
exaltación que mostró al ver que en la recepción no respondían a su
solicitud de contactar al agente Colmenares. Algunos oficiales y
empleados lo recordaban de hace años, por las visitas relativas al
fallecimiento de Lucía. No le tenían confianza. Un par se acercaron
a él cuando vieron su reacción, por sospechar que podría tornarse
violento, pero Darío entendió. Juanita permanecía acompañándolo.
Sentía compasión de él y estuvo a punto de sugerir acompañarlo de
vuelta a su hogar, viendo la respuesta de los oficiales en general.
Sin embargo, en ese preciso momento entró Colmenares, quien se
acercó directamente a Darío.
—Tengo información —le dijo Colmenares—. Resulta que…
—Secuestró a mi hijo… —interrumpió Darío—. Cuando volví ya
no estaba. Sé que fue él. Se llama Richard Espinosa.
El agente hizo pasar a Darío para ponerse al tanto de la
situación. Juanita los vio entrar, sorprendida. Todo lo que él había
dicho estaba realmente sucediendo. Sintió un asomo de vergüenza
por no haberle creído. Buscó un lugar donde sentarse, sacó su
celular y llamó a su casa.
Capítulo 25
Mientras entraban, Darío le insistía a Colmenares para que mandara
patrullas en busca de su hijo y para que rastreara la señal de su
celular, que estaba apagado cuando llamó, pero pudiera estar
encendido ahora. El agente se resistía porque no sabía qué había
sucedido. Sin embargo al final tuvo que ceder, al menos con lo del
celular, al ver que Darío no iba a desistir si no hacía algo. Tras
ordenar el rastreo, le pidió a Darío que tomara asiento, mientras él
buscaba café para ambos. El tiempo pasaba, aumentando las
probabilidades de que algo malo le pasara a su hijo y Darío se
impacientaba más. Acababa de experimentar los efectos que toda la
situación había producido en su frágil mente y no quería imaginarse
qué le esperaría si el escenario se volvía más oscuro.
—¿Con o sin azúcar? —preguntaba Colmenares, mientras
colocaba ambas tazas sobre su escritorio. Se arrepintió de la
pregunta al ver la mirada de Darío acompañado del respectivo
silencio incómodo.
—Ayer mismo —intervino Darío sin hacer caso de la pregunta—,
después de que Ud. nos dejara en el apartamento, recibimos una
llamada. La persona que llamó solo dijo «sé quién fue» y colgó.
Henry luego encontró que, en su blog, alguien había dejado un
mensaje de manera anónima. Decía «Une las piezas, la historia está
contada». ¿Me sigue?
Colmenares asentía, viéndolo atentamente mientras sorbía de su
café.
Darío continuó. —Dimos con la información de un lugar que
podría sernos de utilidad. Y hoy mismo lo visitamos durante el día.
Monterua 10, se llama. Nos enteramos de que Lucía en efecto llegó
a comer varias veces en un bar de la zona. Antes de devolvernos,
decidimos preguntar en el único motel que había. Ahí nos dijeron
que el lugar tuvo otro dueño por los años en que Lucía estaba viva.
Cuando volvimos Henry pudo descubrir que se llamaba Richard
Espinosa…
—No entiendo a dónde quiere llegar con esto —lo interrumpió
Colmenares.
—Cuando supimos el nombre, yo volví solo a Monterua 10 y
pude conseguir al dueño actual del motel. Él me confirmó que el
dueño anterior se llamaba así y en la descripción que hizo del
hombre mencionó que siempre llevaba un sombrero gris y que
vestía de manera curiosa. Es él. Richard Espinosa es el hombre del
sombrero gris.
—¿Pero por qué no me informó de todo esto antes…
Monterua 10, Richard Espinosa?
—Monterua no era nada seguro. Y cuando salí por segunda vez
hacia ese sector olvidé el celular. Precisamente, cuando volví al
apartamento Henry no estaba. Un vecino, un niño que lo conoce, me
mostró un mensaje que había colocado en su blog, más o menos
media hora antes de que yo llegara. El mensaje decía «LO
TENGO». Espinosa sabe dónde vivimos y sabía del blog de Henry,
él mismo había puesto el mensaje que nos llevó a Monterua 10.
Tuvo que haber sorprendido a Henry en su habitación. Seguro
Henry tenía abierto su blog en el momento y fue Espinosa mismo
quien escribió el mensaje antes de secuestrarlo.
Colmenares iba anotando datos del relato que hacía Darío.
—Tiene que ayudarme a buscar a mi hijo. Para este momento
quizá Espinosa ya lo ha lastimado. Quién sabe lo que le pueda
pasar.
—Ya estamos rastreando su celular…
—¿Y si tratamos de ubicar a Espinosa? Tengo información sobre
él.
Darío sacó su libreta, arrancó una hoja y se la dio al agente.
—¿Ha podido confirmar esta información? —le preguntó.
—No he tenido tiempo. Pensaba hacer eso al llegar al
apartamento, pero… ya ve.
—Está bien. Necesito que me espere aquí un momento. Veamos
qué podemos averiguar de ese tal Richard Espinosa.
Colmenares salió. Darío se sintió sofocado. De pronto, le pareció
que todo el lugar era muy pequeño y que el aire ni siquiera circulaba
bien. Decidió entonces salir a la calle a refrescarse con el frío de la
noche. Parecía que la noche le iba a dar pocos momentos para
descansar y más valía aprovechar esas pequeñas oportunidades.
Afuera, frente a la entrada, vio que Juanita fumaba un cigarrillo.
—No tenías por qué quedarte… —dijo Darío, aunque apenas
salieron las palabras de su boca, advirtió que salieron de una
manera poco delicada. Hubo algo de brusquedad en su tono,
incluso. Lo notó especialmente por el pequeño silencio a
continuación y por la reacción de Juanita, que al mismo tiempo
parecía desconcertada y avergonzada.
—Pero menos mal que lo hiciste —dijo después— porque antes
no tuve tiempo de agradecerte por tu ayuda. De hecho, ahora que lo
pienso, creo que ni siquiera te he agradecido por toda la ayuda que
siempre me has brindado en la biblioteca… Así que, pues, gracias…
—Por nada —dijo Juanita, mientras echaba la colilla al suelo y la
pisaba—. No tenía nada más que hacer… —hizo un silencio
repentino y luego dijo—. La verdad es que sí tenía planes, pero no
eran urgentes y me pareció que estabas en una situación difícil. No
te veías muy bien cuando te encontré. Quise quedarme por si
necesitaban de mi ayuda. Después de todo, te he visto casi todos
los días en la biblioteca, al menos durante un par de años.
Juanita hizo el gesto de ofrecerle un cigarro. Pero Darío no fuma.
—Hacía mucho —dijo él— que no me ocurría un episodio de
esos. Solía tomar una medicación… Nunca habían sido tan intensos
como esta vez. Los anteriores habían sido suaves, realmente. Muy
parecidos a los flashbacks de los ácidos. Hasta eran divertidos. Pero
esta vez… Supongo que el pánico del momento influyó también.
—¿Qué ha sabido de su hijo? —Juanita cambió el registro,
pensó que de pronto había tenido más confianza de la debida.
Darío suspiró, recostado sobre el muro de la jefatura. Movía la
cabeza dando una respuesta negativa a la pregunta de Juanita.
Luego la bajó, mirando el suelo. Tomaba conciencia de la posibilidad
de que más nunca lo viera. Sus peores temores se convertían en
lágrimas que salían tímidamente de sus ojos. Al ver esto, casi sin
darse cuenta, Juanita lo abrazó de manera espontánea. Al principio
fue un titubeo, pero al ver que Darío no lo rechazaba, sino que más
bien dejaba caer un poco su propio peso, el abrazo se tornó más
afectuoso.
—Es lo único que me queda… —fue lo que alcanzó a decir él.
Por fin sentía algo muy cercano al consuelo de otra persona. Se
daba cuenta de cómo le hacía falta. ¿Hacía cuánto no recibía un
gesto de empatía de alguien que no fuera su hijo?
A ella siempre le había parecido curioso que los abrazos tuvieran
—casi sin excepción— ese detalle extra, esa suerte de impulso a
mejorarlo, a mover las manos, sobando la espalda del otro. Había
sido el mismo Darío quien le había dicho una vez que las señales
corporales producidas por las caricias, o por sobar una parte del
cuerpo después de un golpe, llegaban más rápido al cerebro que las
señales de dolor. De manera que había algo de sabiduría y verdad
en ese gesto de las madres al sobar a sus hijos o hijas, cuando se
caían. El comentario lo había hecho luego de ver el saludo efusivo
entre Juanita y una antigua amiga que se encontró por casualidad
en la biblioteca. Quién lo diría. Ella nunca se imaginó que alguna
vez se vería en esta situación, consolando a quien era, sin duda, el
usuario más peculiar de su lugar de trabajo.
—Todo va a estar bien —le decía ella, y por su parte, Darío se
daba cuenta de cuánto necesitaba escuchar esto, aunque las
probabilidades aseguraran lo contrario, solo escuchar esas palabras
y sentir el apoyo de alguien, saber que tu vida y lo que pasa en ella
es importante para alguien más. En eso, vio al agente Colmenares
asomarse desde la entrada de la jefatura. Evidentemente lo
buscaba.
—Hemos logrado rastrear el celular —dijo—. Pero la ubicación
que nos da es tu misma dirección, Darío. El mismo edificio donde
vives.
Darío lo miró, extrañado.
—¿El celular aparece en mi apartamento? —preguntó.
—Presumiblemente. Ya ordené una patrulla de refuerzos para
que se quede vigilando el lugar después de la inspección. Asumo
que vendrá conmigo.
—Juanita, ¿podrías acompañarme? Es posible que necesite su
ayuda.
—Darío… —dijo el agente—. No recomiendo…
—Sí, sí puedo —respondió ella, sin dejar terminar a Colmenares
—. Además mañana es mi día libre en la biblioteca.
—Agente, si Henry está ahí, Ud. mismo puede escoltar a la
señora Juanita hasta donde vive, cuando terminemos.
Capítulo 26
En el camino, Darío se imaginaba las posibilidades escondidas
detrás del resultado del rastreo. Le parecía obvio que no había
manera de que el celular apareciera en el apartamento. Además, él
mismo lo había buscado cuando estaba ahí y no lo consiguió.
¿Cómo terminó allí? Henry pudo haber salido solo un momento, si
bien por una razón totalmente desconocida, después de lo cual
volvió al apartamento. En ese caso, Darío habría tenido una
reacción desproporcionada, pero legítima, tomando en cuenta las
circunstancias en las que se encuentran, y considerando que él
mismo le dijo que no saliera para nada. ¿Por qué habría de
desobedecerlo? Por otro lado, es verdad que había criado a Henry
para que cuestionara la autoridad para pensar por sí mismo. Otra
posibilidad es que el celular siempre hubiera estado allí y que Darío
simplemente no lo vio. Pero entonces, ¿por qué sus llamadas
pasaban directamente al buzón de voz? Sin embargo, esto podría
estar relacionado con la posibilidad anterior. Las pilas pudieron
acabarse mientras Henry estaba afuera y, ahora que se encontraba
nuevamente en el apartamento, había podido prender el celular.
Ahora bien, podía ser que Henry estuviera, en efecto, en el
apartamento, pero acompañado de Espinosa, como parte de un plan
elaborado, quién sabe con qué fin. En ese caso, la amenaza
permanecía intacta y la integridad de su hijo era solo una
esperanza. Sin embargo, también existía la posibilidad, quizá la
peor, de que Henry continuara secuestrado en un lugar desconocido
y que Espinosa hubiera vuelto brevemente al apartamento para
dejar el celular, queriendo despistar a Darío, anticipándose a la
policía misma. En ese caso, ya no hallarían a nadie en el
apartamento, seguramente otro mensaje, otro acertijo. Pero ¿y si al
entrar al apartamento hallaran solamente a Espinosa?
—Los números de teléfono no están habilitados —dijo
Colmenares, sacándolo de sus cavilaciones lúgubres.
—¿Cómo?
—Los supuestos números telefónicos de Espinosa que habías
logrado obtener. No están en servicio. Estoy esperando respuesta
sobre la dirección. Y el número de identificación sí está registrado.
Tiene antecedentes por juegos ilícitos.
Darío se quedó pensando. Los antecedentes no mejoraban el
panorama. Quizás la venta del motel pueda estar relacionada con
alguna actividad de ese tipo, para evitar caer en las manos de la
policía nuevamente. Pero todavía no ve la posible relación con
Lucía. Ella no era de cartas ni apuestas realmente.
—¿Llegamos? —preguntó Juanita.
—Esto lo vamos a hacer así —les dijo el agente—: nosotros
iremos despejando las áreas y luego pasan ustedes. ¿Entendido?
Ambos asintieron.
Se encontraban frente al edificio. Notaron la presencia de
oficiales vigilando la entrada. Era primera vez que Juanita vivía algo
así. Casi parecía una escena sacada de una novela de Tom Clancy.
Entraron al edificio. Una vez dentro, bajo órdenes de Colmenares,
procedieron hacia las escaleras. Algunos miembros del cuerpo
policial se iban cubriendo puestos estratégicos a medida que
subían, a lo largo de las escaleras hasta el piso tres, donde vivía
Darío. Así, ellos también subían a medida que los oficiales se
aseguraban que cada piso no presentara amenazas. Llegaron por
fin a la puerta de su apartamento.
Darío entregó sus llaves.
Un oficial abrió la puerta mientras el otro, desde la entrada
inspeccionaba. Luego entraron dos más y uno permaneció en la
entrada. Detrás de él esperaban Colmenares, Juanita y Darío. Pasó
un momento y por fin el oficial que esperaba en la entrada les hizo
señales de que era seguro pasar.
Mientras cruzaban el umbral, Darío descartaba escenarios con
desconcierto. Sí es verdad que en el fondo parecía poco probable
que Henry apareciera así de fácil, como si nada. Pero aun sabiendo
esto no podía abandonar la expectativa. Nada le resulta más difícil
de soltar al alma humana que la esperanza, incluso cuando la
realidad parece descartar su posibilidad. Sin embargo, notó que el
agente se dirigía directamente a la habitación de Henry, dirigido por
los oficiales que ya habían registrado el lugar. Por un segundo Darío
se imaginó lo peor. ¿Pudiera ser que Henry apareciera muerto?
Darío se apresuró a entrar pero no estaba Henry, bajo ninguna
forma. El oficial que ya estaba en su cuarto le señalaba un celular
conectado al toma corriente en la pared, cargándose. Era el celular
de Henry. Y al encontrarlo ahí conectado confirmó que el celular no
estaba ahí antes, porque recuerda con certeza haber revisado ese
lugar.
—Creo que en el celular hay algo que le interesa —dijo el oficial.
Darío desconectó el cargador de la pared y el celular del
cargador. Desbloqueó el celular, el cual no solicitaba ninguna
contraseña. Cuando desapareció la pantalla de bloqueo, se mostró
la aplicación de mensajería. Había un mensaje escrito, sin enviar. El
mensaje decía lo siguiente:
PAPÁ CONSEGUÍ LA DIRECCIÓN DE RICHARD
ESPINOSA REVISA EN MI COMPUTADOR
Darío todavía no sabía cuál era la situación pero decidió dejar
eso para después y prendió el computador. Mientras tanto
Colmenares revisaba el celular de Henry. Juanita, por su parte,
recogía sus primeras impresiones de la habitación de Henry:
revistas sobre computadores y juegos, paredes color blanco, una
cama sencilla, un computador sobre un pequeño escritorio también
sencillo, un equipo de sonido. Lo abrió a ver si había algún disco
adentro. Lo había y lo conocía, uno de sus favoritos, Signos, de
Soda Estéreo.
—Su hijo parece saber mucho de sistemas operativos —dijo el
agente.
—Aquí está la dirección —dijo Darío, quien había abierto un
documento que se llamaba Richard Espinosa.
Entonces todos vieron la pantalla. La dirección no era la misma
que Darío había obtenido antes. Miró en la habitación buscando
algo. Luego salió de ella y revisó el apartamento.
—¿Qué buscas, Darío? Te puedo ayudar —dijo Juanita.
—El morral de Henry, no está por ningún lado. Lo debió haber
llevado, pero… No entiendo.
El agente Colmenares salió de la habitación de Henry.
—Me acaban de confirmar la dirección que tú tenías —dijo—. Al
parecer no vive allí ningún Richard Espinosa. Los que habitan
actualmente el lugar lo están arrendando, pero nunca han oído ese
nombre. Se lo arriendan a otra persona.
Darío se sentó en el sofá de la sala. Hacía mucho que no había
tanta gente en su apartamento. La razón de su presencia distaba
mucho de ser la preferida por él. Su propio santuario ocupado por
agentes de la ley, el brazo opresor del sistema, protegiendo los
intereses de los verdaderos criminales. Sin embargo, ahora eran la
única ayuda que tenía. Pero estaba Juanita, por quien ahora
empezaba a tener simpatía, lo más cercano a un vínculo con alguien
real en años. En medio de este escenario, Darío empezaba a
resignarse a las dos únicas explicaciones posibles: o todo esto era
parte de una trampa fabricada por Espinosa, o el mismo Henry
había decidido ir hasta él. Lo segundo, para lo cual Darío no hallaba
sentido, era a la vez lo que más se temía. ¿Por qué razón un niño
de doce años iría a exponerse de esta manera, dispuesto a correr
semejante riesgo? Tenía que estar consciente del peligro al que se
podía enfrentar. Luego, qué era lo que esperaba lograr. Quizás eso
fuera lo que Espinosa quería. Usar su punto débil, hacer que Henry
mismo vaya hasta él. Pero no estoy solo, piensa Darío. Y si algo le
llega a pasar a Henry, solo el mismo Darío sabe de lo que sería
capaz.
Capítulo 27
—Un niño como tú no debería estar viajando solo tan tarde —dijo el
taxista.
—No lo hago todo el tiempo —respondió Henry.
Todavía no comprendía por completo la situación a la que se iba
a enfrentar. No podía creer que hubiera podido obtener la dirección
de Espinosa siquiera. t1r0l0ko tenía que ser muy bueno para haber
podido dar con ella. Lo había conocido jugando simuladores de
combate en la red. Bueno, quizá conocer no sea el verbo más
adecuado para describir el contacto, a través de la interfaz de
mensajería instantánea de un juego, con otro usuario, apenas
identificado por un alias: t1r0l0ko. Se percataron de que
frecuentaban los mismos servidores y luego formaron un clan al que
después otros se unieron. Henry apenas empezaba a interesarse en
los códigos fuente, la programación y los protocolos de red, con los
cuales ya estaba más familiarizado. Apenas estaba aprendiendo.
Pero era rápido en eso.
Henry no sabía ni su verdadero nombre, ni su apariencia, si era
de sexo masculino o femenino. Intuía que debía ser mayor y más
temprano lo había podido confirmar. Se suponía que se iban a
encontrar en la farmacia más cercana a su casa. Ya había
transcurrido un tiempo considerable desde que su padre había
vuelto a salir cuando t1r0l0ko le dijo que tenía la información. Pero
unos minutos después de haber llegado al lugar acordado, recibió
un mensaje con la dirección de Espinosa y un comentario. «Solo
quería confirmar que eras un niño», decía.
Su celular se apagó justo después. Fue entonces que decidió
volver al apartamento para recargarlo. Pensaba esperar a Darío
para darle la noticia y planear juntos el siguiente paso. Sin embargo,
cuando llegó al apartamento y conectó el celular, decidió que solo
esperaría un momento, lo suficiente para volverlo a prender y dejarlo
cargando con un mensaje para Darío. Estaba muy emocionado por
haber conseguido ubicar a este tipo. Además, sentía que había que
actuar rápido, que seguramente pronto cambiaría de domicilio. Si
Espinosa se encontraba realmente en esa dirección, no podían dejar
que escapara. Durante todos estos días, él había sido el que les
llevaba la ventaja. Ahora Henry quería sorprenderlo. Sabía que
Darío llegaría después.
Ya se encontraba cerca. Era un suburbio tranquilo, con casas de
un solo piso en su mayoría. Le indicó al taxista que se bajaba en la
esquina. Pensó que era más seguro bajarse en un lugar apartado
que exponerse bajándose del taxi frente a la casa. Le pagó al taxista
y lo vio partir. Luego confirmó la calle en la que se encontraba.
Todavía tenía que atravesar unas tres cuadras. Mientras caminaba
con prisa, pero con calma, reparó en que la vía principal —la que
usaban los autos— daba el acceso a la entrada frontal de las casas.
Sin embargo, por detrás había una especie de callejón, sobre todo
para el uso de los caminantes, por el cual se podía acceder a la
entrada trasera de cada una de las casas. La segunda opción le
pareció la mejor.
Lo ayudaba la hora. Era tarde y no había mucho movimiento en
las casas. Algunas tenían piscinas en el patio trasero. Otras,
jardines que delataban dedicación. Alguna tenía una parrillera.
Todas le transmitían a Henry la misma sensación: familia, reuniones.
Todas menos aquella que era su destino.
Un césped cortado al raso, unos cubos de basura y nada más.
Todas las otras casas tenían algún tipo de cerco, a veces una reja
sencilla de tubos y alambre, también las habían de tablones de
madera; algunas tenían un muro bajo con vigas gruesas encima y
alambres de púa al tope y pocas tenían una pared completa
cercando todo el terreno. Así era la que estaba justo antes de la
casa que Henry buscaba. Pero esa estaba completamente al
descubierto. Henry advirtió un pasadizo lateral que lleva a la parte
frontal, pero antes de caminar por él, escuchó la puerta trasera
sonar y notó que alguien estaba saliendo. Henry se oculta tras la
pared de la casa de al lado. Escucha el chasquido de un
encendedor. Momentos después puede percibir el olor a cigarro.
Definitivamente, hay alguien en casa. ¿Será Richard Espinosa?
Desde que todo esto empezó nunca ha podido ver al hombre de
sombrero gris. No sabe quién es, claro, pero tampoco qué aspecto
tiene. Eso va a hacer todo mucho más difícil. No lo había pensado
antes. Se agacha todo lo que puede, buscando el ángulo más
seguro posible para echarle un vistazo al fumador. Henry va
asomando la cabeza poco a poco. El patio empieza a visualizarse.
Es un hombre mayor el que fuma, pero ni tiene sombrero gris ni
vestimenta curiosa. Una camiseta, pantalones y los pies descalzos.
El hombre voltea y Henry se esconde nuevamente, preparándose
para correr si es necesario. Su corazón late con fuerza y trata de
controlar la respiración. Escucha unas pisadas y la puerta que se
vuelve a cerrar. Vuelve a asomarse, pero no ve a nadie. Me salvé,
piensa. Henry continúa por el pasadizo, alcanza a distinguir una
ventana lateral, aunque tiene la cortina cerrada. No queda de otra,
hay que revisar las frontales.
Al pasar a la fachada de la casa, aprecia con claridad que
ambas, de lado y lado, dejan ver el interior. No hay ningún auto o
algún otro vehículo estacionado al frente. Se asoma por la ventana
más cercana, la izquierda. No hay mucho que ver, no obstante: un
sofá viejo con un televisor encendido al frente y una mesa ordinaria
con unas sillas por detrás. Toda la casa, o al menos lo que había
alcanzado a ver hasta ahora, le daba la impresión de abandono,
casi de pobreza. Llama la atención que, quien fuera el que la
habitaba, no parece importarle la seguridad de su vivienda, o la suya
propia. Quizá no tenía nada que perder, nada de valor. Volvió a
mirar hacia dentro. Esta vez notó que cerca había un perchero. Los
artículos que colgaban en él lo comenzaron a poner nervioso: un
saco viejo, una bufanda por encima y, al tope, un sombrero gris.
Cuando Henry vio el sombrero sintió una mano que se posaba
sobre su hombro izquierdo, apretándolo con firmeza, a la vez que
una voz le decía:
«Bienvenido, Henry Blass».
Capítulo 28
Darío y el agente Colmenares salieron con destino a la dirección
que Henry había encontrado. Con ellos, a la retaguardia, también
iban algunas patrullas de refuerzo. El lugar a donde se dirigen se
encuentra al sur de la ciudad. Hacia el norte empiezan a surgir las
montañas que más arriba se ensamblan en cordilleras. Ahí, la vida
abunda en flora y fauna. Pero, camino al sur, todo esto va dando
lugar, paulatinamente, a un desierto que se extiende poblado de
polvo, piedras, carreteras que se pierden en el horizonte y las
ocasionales formaciones rocosas. Quizás por eso, Colmenares
había solicitado el apoyo por vía aérea también, un helicóptero que
todavía no debía aparecer, para evitar cualquier intento de fuga del
sospechoso, pero cuyo piloto tenía que estar prevenido y actuar de
inmediato, en lo que el agente confirmara su presencia.
A medida que avanzaban, Darío recordaba ese sueño en que
aparecía esa otra versión de Lucía. Daba la impresión de una
guerrera, de una amazona derrotada, de pie, impávida, mirando el
camino que el barco dejaba atrás, ese río en medio de la nada. Se
recuerda corriendo tras ese barco, intentando gritar su nombre,
intentando pedir ayuda. Pedir su propia redención. El sufrimiento
puede erradicarse, si se elimina su causa: la tercera verdad noble
del budismo. —Y su causa es una moneda engañosa y traicionera,
que por un lado tiene al apego y por el otro el deseo —le dijo Lucía
una vez, mientras pintaban la habitación que sería de Henry. —Pero
la vida humana parece muy difícil que la podamos entender sin
ambas cosas, ¿cierto? —concluyó. Estas palabras, dichas en un
momento tan aparentemente ordinario, habían sido pronunciadas
con tal simpleza que Darío apenas les prestó atención. Sin
embargo, reverberaban ahora en su mente, en un momento tan
decisivo, revelando su verdadera dimensión.
—Una mañana, hace veinte años —dijo el agente Colmenares—,
fui llamado al penthouse de uno de los edificios del norte de la
ciudad. Se había reportado una muerte…
Darío volteó a mirar al agente, entendiendo que se disponía a
relatar algo.
—Al entrar al apartamento vi a una señora llorando. Hacía el
aseo en el apartamento y fue la que encontró el cuerpo. Se veía un
camino de pétalos de rosa que iba desde la entrada hasta la
habitación principal. Eran muchos pétalos, como podrás imaginarte.
En la habitación, las luces estaban prendidas a nivel bajo y unas
botellas de vino, sin abrir, reposaban en la cama. En el baño, la
escena del crimen era terrible y nada más con la primera impresión
se podía saber que era un crimen pasional —el agente hizo un
silencio—. El amor, Darío. El amor nos vuelve locos a todos. Pero a
algunos esa locura les es dada por Dios y a otros por el Diablo. Era
una mujer que había sido apuñalada múltiples veces. La forma y
posición de cada corte provocado por el cuchillo no manifestaba
frialdad ni cálculo. Su disposición era más bien azarosa y
sumamente violenta, evidenciando la lucha de la víctima por tratar
de librarse de su terrible suerte y, peor aún, el arrebato horroroso del
asesino. Esa misma mañana, mientras terminábamos de levantar la
escena, llegó un hombre muy bien vestido, con un par de maletas.
Era el esposo que llegaba de un viaje de negocios, nos contó. Al
entender lo que había sucedido se derrumbó de dolor. Nunca había
visto tanto dolor en un rostro. Al menos en ese momento me dio esa
impresión. Y eso que he visto cosas terribles, Darío. Cosas terribles.
En fin, después de muchas pesquisas, nos dimos cuenta de que el
hombre se había enterado que su mujer lo estaba engañando con
otra persona que había conocido por internet. Se enteró por el
descuido más tonto y común: la mujer usó el portátil de su esposo
para revisar su correo y olvidó cerrar la sesión. El hombre miró toda
la correspondencia entre ellos, las citas a escondidas que
acordaban, los comentarios sobre sus momentos íntimos, las frases
en las que expresaban su deseo de volverse a ver. Imagínate,
descubrir una infidelidad de esa manera. Claro, eso de ir por todos y
cada uno de los correos que se intercambiaron… Eso ya es de
masoquistas. Pero, luego, qué puedo saber yo. Nunca he estado en
una situación así… Al día siguiente el hombre inventó la excusa de
un viaje imprevisto de negocios. Era una prueba. Teniendo acceso al
buzón de correo de su mujer, quería comprobar, o mejor dicho,
corroborar la infidelidad. En el fondo, el tipo solo quería una última
razón para matarla y saber si se citarían en su apartamento. Como
nos confesó luego, él mismo estaba dispuesto a esperar todo el
tiempo que fuera necesario.
—¿Es decir que fueron dos los cadáveres que hallaron esa
mañana? —preguntó Darío.
—El deseo del hombre se cumplió. En efecto, se citarían esa
misma noche, tarde, después de que el hombre saliera del trabajo.
Una hora antes de la hora pautada por los amantes, el hombre,
ocultando su identidad, volvió a su apartamento para encontrar la
escena que ya describí al comienzo: los pétalos, la luz tenue, las
botellas de vino… Al entrar en el baño, vio a su mujer en la tina, con
los ojos cerrados, escuchando Kenny G. ¿Quién se relaja
escuchando eso, por cierto? En fin, ahí mismo la asesinó a
puñaladas y ahí mismo la dejó. Luego abandonó el apartamento,
dejando intacto el escenario romántico. Quería que el amante de su
esposa la encontrara muerta, nos confesó luego. Y no lo quería
matar a él para obligarlo a vivir con la culpa de su muerte.
Desgraciadamente, atrapamos muy tarde a este tipo. El amante, en
efecto, no pudo con la culpa y se suicidó.
Colmenares detuvo el relato un momento, mientras prendía un
cigarrillo.
—Pasé mucho tiempo —continuó, después de soltar la primera
bocanada de humo—, tratando de explicarme cómo es que la
misma persona que la asesinó, con tal violencia, fuera la misma
persona que diera tales muestras de dolor y sufrimiento a la mañana
siguiente. Quizá fue hasta entonces que pudo sufrir por haber sido
engañado. Quizá no fue sino hasta ese momento que se dio cuenta
de lo que había hecho. De pronto, un poco de las dos. Nunca lo
sabré. El hecho es que desde entonces no me dejo convencer por
ese tipo de muestras de emocionalidad. Al menos, no tan
fácilmente.
—¿Esta es su forma de pedirme disculpas? —intervino Darío,
mirando al agente con sospecha.
—Supongo que sí. Por eso sospeché de usted en ese entonces.
Y sé que no debió haber sido fácil tener que soportarnos cuando
trataba de lidiar con la pérdida de su esposa. Lo siento.
Darío miraba la carretera. No dijo nada. Las patrullas, que iban
adelante, notificaron al agente que ya estaban llegando al lugar.
—Marina Robles —dijo luego el agente.
—¿Cómo? —preguntó Darío, fuera de base.
—Es el apellido de la persona que Ud. me había dicho, la amiga
de la madre de Lucía.
—Lo siento, estaba distraído. Claro, ahora lo recuerdo, ese es su
nombre completo.
—Tengo unos contactos en la jefatura de la isla que me deben
unos cuantos favores. Les pedí el favor de que hicieran las
averiguaciones respectivas. Me dicen que la señora no vive ahí
desde hace mucho. Hablaron con el gerente actual del hotel de la
Encantada.
El auto y las patrullas se detuvieron unas cuadras antes de la
casa del sospechoso. Colmenares mandó oficiales a las casas que
la rodeaban para informarles del operativo y mandó también
francotiradores para confirmar la presencia del niño y la de
Espinosa, de quien ya conocían el aspecto por los archivos
relacionados con su número de identificación. Colmenares y Darío
permanecían en el auto.
—De hecho el gerente lleva varios años trabajando ahí y conoció
a la Sra. Robles porque llegó a trabajar para ella. Aparentemente, le
tiene afecto a la señora. Dice que siempre fue una jefa excepcional.
Por entonces él estaba en la recepción. Cuando supo por qué
preguntaban, recordó que no mucho antes de ella irse, él comenzó a
notarla muy preocupada y ansiosa. Esto le llamó la atención porque
de regular le parecía más bien relajada y de buen humor. De hecho,
dice que la única vez que le vio los ojos hinchados, como si acabara
de llorar, fue por esos días. El hombre también recuerda la llegada
de una chica que él nunca había visto antes. Supuso que debía de
conocer a la Sra. Robles, porque cuando presenció el encuentro
entre ambas, el saludo que se dieron fue evidentemente afectuoso.
Era un afecto que la señora solo mostraba con personas cercanas,
o que conociera desde hace mucho. Creyó que eran familia porque
escuchó a la chica llamarla «tía Marina». La descripción de esta
chica concuerda con la de Lucía.
Darío se quedó mirando al agente, intrigado. Recordó el olor de
Lucía cuando volvió, muchos días después de su breve separación.
Era un olor a playa, agua salada, arena.
—El gerente dio una última información que me ha dejado
pensando…
—Jefe, tenemos confirmación del sospechoso —lo interrumpió
uno de los francotiradores por el radio—. Esperamos confirmación
del niño.
Al escuchar esto, Darío intentó salir del auto, pero Colmenares lo
detuvo, tomándolo del brazo.
—Darío, el gerente dijo —continuó el agente— que lo único que
él podía relacionar con el cambio de ánimo de la Sra. Robles fue la
llegada de un sobrino de ella, a quien tampoco había visto antes,
alguien de quien Lucía y ella parecían haber hablado. Su nombre
era Efraín Robles. Él se estuvo hospedando en el hotel por unos
días, pero que nunca se despidió de la Sra. Robles al partir.
¿Conoces a este tal Efraín, Darío? ¿Recuerdas si Lucía te habló
alguna vez de él?
—Jefe, tenemos confirmación del niño…
—¿Cuál es el estado del niño? —preguntó el agente.
—El niño parece no correr peligro, pero si algo sucede, en la
presente posición no podríamos neutralizar al sospechoso sin
ponerlo en riesgo —fue lo que terminó de escucharse por el radio.
—¿Ven alguna señal de amenaza?
—El niño parece estar llorando, o lloró en algún momento. Pero
está calmado. Están sentados en una mesa conversando. No hay
ninguna señal que indique que Espinosa le quiere hacer daño.
—Tenemos que hacer algo —dijo Darío.
—Voy a ir hasta su puerta y pedir que se entregue.
—Yo iré con usted.
—No…
—Colmenares, me debe esta. Si realmente se quiere disculpar
por hacerme la vida imposible cuando mi esposa murió, tiene que
dejarme acompañarlo.
Capítulo 29
El agente y Darío se subieron al vehículo, que había permanecido
con el motor encendido. Otros oficiales se subieron a otra patrulla
para acompañarlos como refuerzo.
Mientras llegaban, Darío recordaba que Lucía nunca le contó
nada acerca de la relación en la que estuvo antes de empezar a
salir con él. En su vida, solo dos veces le preguntó. La primera, en la
embajada de Italia, sin saber lo delicado del tema, cuando se
volvieron a ver. Meses después, cuando quiso saber un poco más,
Lucía contó más o menos lo mismo. Ni siquiera era capaz de decir
el nombre de esta persona, como si su sola mención pudiera
hacerla desaparecer. Era demasiado evidente cuánto la
incomodaba. Pero era más que incomodidad, la entristecía
verdaderamente. Y Darío sentía una mezcla de intrigas y celos por
ese hombre desconocido que tenía tal poder sobre ella.
Colmenares detiene el carro y busca en el asiento trasero un
megáfono, luego se baja del vehículo. La otra patrulla también se
detiene al lado, los oficiales se bajan y apuntan con sus armas a la
casa. Darío vuelve en sí y se hace al lado del agente.
—¡Señor Richard Espinosa! —dijo Colmenares—. ¡Es la policía,
tenemos su casa rodeada!
Las luces del interior de la casa se apagaron y vieron que un
rostro se asomaba por una de las ventanas.
—¡Señor Espinosa, sabemos que tiene a un niño secuestrado y
que ha estado acosando a la familia Blass! ¡Por favor, entréguese
ahora y no le haremos daño!
—¡Yo no he cometido ningún crimen! ¡Y este niño vino hasta mi
casa! ¡No he secuestrado a nadie!
Se empezaban a escuchar las hélices del helicóptero
acercándose. En la casa, las cortinas de las ventanas frontales se
cerraron una por una. Ahora llegaba la aeronave, rodeando la casa
desde lo alto, iluminándola con un reflector.
—¡Lo tenemos completamente rodeado! ¡No podrá escapar!
¡Entréguese!
No se escuchaba nada desde la casa. Darío le pidió el megáfono
a Colmenares.
—Señor Espinosa. Soy yo, Darío Blass. Usted y yo sabemos que
me ha estado dejando mensajes. Ahora sé que tiene que ver con la
muerte de mi esposa. Por favor, solo deseo el bienestar de mi hijo,
que es lo único que me queda. No le haga daño. Yo quisiera
escucharlo a usted, que me diga lo que sabe sobre el fallecimiento
de Lucía.
—¡Yo no lo hice! —gritó Espinosa desde el interior.
—Yo le creo. Pero ahora lo único que puede hacer es salir y
contarnos lo que sabe. Si no ha hecho nada malo, no tiene nada
que temer.
—Escúchelo, señor Espinosa —dijo Colmenares, tomando el
megáfono de Darío—. Lo que dice es cierto, nada malo le sucederá
si colabora con nosotros.
No se escucharon respuestas desde el interior de la casa. El
lugar se había colmado de vecinos; algunos queriendo saber lo que
pasaba; otros, más enterados, esperaban el desenlace. El
helicóptero ahora iluminaba los alrededores de la casa, buscando
alguna señal de movimiento. Los francotiradores trataban de saber
qué pasaba adentro, pero las luces apagadas y las cortinas
cerradas lo impedían.
—¡Voy a salir! —se escuchó al rato, desde adentro—. ¡Primero
saldrá Henry!
La puerta se abrió. Un niño con aspecto agotado y ojos llorosos
salió de la casa. Con las manos trataba de proteger su rostro de la
intensidad de las luces, buscando con su mirada a alguien.
—¡Henry! ¡Hijo! —gritó Darío.
—¡Papá! —respondió el niño.
Henry corrió a los brazos de Darío.
—¿Estás bien? —preguntó, mientras lo alejaba un poco para
mirarlo y verificar su estado.
—Sí.
—¿Qué te hizo? ¿Estuviste llorando?
—No pasó nada. Solo hablamos. No me hizo daño.
Darío lo miró por un momento a los ojos, tratando de entender lo
que eso podía significar. ¿De qué podían haber hablado? Luego lo
volvió a abrazar. Su hijo estaba ahí, sano y salvo, y eso era lo único
que importaba. En ese momento, pareció que un silencio descendía
sobre la casa. Un hombre temeroso comenzó a salir lentamente,
con las manos arriba. Iba descalzo y esta vez no llevaba sombrero
gris ni vestimenta curiosa. A medida que se alejaba de la entrada,
miraba la escena de Henry y Darío, casi sonriendo. El último lo miró
de vuelta también. Por fin, el hombre del sombrero gris, el detonante
de toda esta odisea, el elusivo y a la vez omnipresente. Ya no lo
recubría ese manto de misterio y poder con el que lo había visto
antes. Ahora, desprovisto de su sombrero y su saco, solo podía ver
a un señor entrado en años, algo fofo, acabado y cansado de la
vida. Los oficiales le colocaron las esposas sin agresión o violencia
y lo metieron en la patrulla. Ahí mismo partieron y los seguían, unas
tras otras, las patrullas de refuerzo. El helicóptero desaparecía de la
escena, su sonido característico desapareciendo poco a poco; y los
vecinos, viendo que el espectáculo llegaba a su fin, uno a uno,
comenzaron a guardarse en sus respectivos hogares, algunos con
más desconcierto que otros, volviendo a sus rutinas, a su vida
ordinaria y sin sobresaltos.
—¿Y a dónde lo llevarán? —preguntó Darío al agente.
—Pues, ahora que está bajo nuestra custodia, a la jefatura para
interrogarlo. No te preocupes. Nosotros también vamos y no van a
empezar hasta que lleguemos.
Capítulo 30
En el sueño, Lucía caminaba de la mano con un niño Efraín,
atravesando un laberinto. El niño era su guía y el laberinto parecía
una selva, pero una selva viva, que iba cambiando de forma y que
solo tenía una senda para recorrerla. La única manera de atravesar
el laberinto era dando cada paso en el momento correcto. Había que
conocer su ritmo, lo cual era muy difícil para una turista como Lucía.
Solo quien hubiera crecido en él conocía sus tiempos, sus azares y
caprichos. El pequeño Efraín únicamente volteaba a verla para
indicarle que se detuviera o para que avanzara y, con cada paso
que daban, el camino cambiaba. Se poblaba de otra flora y otra
fauna que, a momentos, obstruía el paso, haciendo imposible el
cruce al siguiente tramo. El mismo guía infante mutaba en otras
formas; unas veces parecía un niño indígena de alguna tribu del
Amazonas, otras parecía un duende de un bosque nórdico. Pero
Lucía de alguna manera sabía que siempre era un Efraín de niño.
Algunos rasgos, algunos gestos permanecían a pesar de las
transformaciones. Atrás, lejos de ellos, los perseguía otro Efraín.
Pero esta vez se trataba de una versión adulta, pero monstruosa;
grande como un minotauro. Ellos todavía no alcanzaban a verlo al
voltear. Solo se notaba el movimiento de los árboles y arbustos que
atravesaba y el temblor del suelo a cada paso que daba. El pequeño
Efraín solo alcanzaba a decirle a Lucía que si los alcanzaba, se los
comería a ambos. Porque ese monstruo se devora todo lo que ama.
Esa es su maldición. Lucía sentía que un sudor ajeno se le pegaba
en la piel, que había un olor que no se podía quitar de encima y que
no era el de ella. La vegetación a su alrededor trataba de tomarla,
de atraparla, pero el pequeño guía siempre venía en su ayuda.
Cuando terminaron de atravesarlo, se hallaron frente a un
precipicio profundo. Abajo, la selva se extendía infinitamente, y el
pie del precipicio, se abría una flor gigante. Atrás, los pasos del
gigante se aceleraban más, provocando que el borde que los
sostenía empezara a quebrantarse, soltando pequeños trozos de
tierra y roca. En ese momento, el pequeño Efraín se transmutó en
una versión infante de Darío, que soltó la mano de Lucía y le dijo: —
Ahora debes hacer una elección: o tomas mi mano y saltamos, en
cuyo caso la flor que ves abajo nos salvará —entonces una espada
grande y poderosa apareció en su otra mano— o tomas esta espada
y lo matas; pero si él muere, entonces la flor desaparecerá y yo
moriré también—. Lucía tomó la mano del niño Darío y así, saltaron
los dos. La altura era inmensa. Mientras caían, Lucía volteó a mirar
el risco desde el cual se habían aventado. El gigante aparecía ahora
y gritaba al entender que se les había escapado, para luego volver a
adentrarse en la selva tupida. Entonces, Lucía sonrió y volteó
nuevamente para mirar al pequeño Darío, pero este se había
transformado ahora en una pequeña esmeralda. Lucía cerró el puño
para protegerlo a la vez que penetraba por el centro de la rosa y
empezaba a adentrarse en su núcleo. Así, abrió el puño donde
protegía la esmeralda y la acercó a su vientre. Ahí, la piedra
preciosa fue absorbida.
Cuando despertó, le dolía la cabeza. Tenía una sed terrible. Su
cuerpo también dolía, como si la hubieran golpeado o maltratado.
Se percató de que estaba dentro de la carpa de Efraín, pero no
recordaba haberse pasado allí. Había olvidado que había ido a la
Hermanita y por un momento creyó que despertaría al lado de
Darío. De hecho, lo último que podía evocar de la noche pasada era
estar frente a la fogata, tratando de consolar a Efraín, que lloraba en
su regazo.
Lucía estaba aturdida, no solo por el agotamiento físico que
sentía, sino por el sueño que acababa de tener, del cual ahora solo
podía rememorar impresiones y secuencias un tanto vagas. Todo
era extremadamente confuso, excepto una sola cosa, un
sentimiento, una certeza que empezaba a nacer en su corazón.
Tenía que volver con Darío. Lo amaba. No cabía ninguna duda de
ello y cualquier resentimiento o residuo de odio que pudiera haber
sentido hacia él se había desvanecido.
Necesitaba ubicarse un poco más. Miró la hora en su celular.
Eran pasadas las doce del mediodía. ¿Tanto? Se pregunta cuánto
tiempo pasó dormida. ¿En qué momento? Todavía se siente muy
cansada y no del todo despierta. Siente una suerte de mareo, algo
diferente en su conciencia. Reparó en que su bolso se encontraba
dentro de la carpa también. Cuando la recogió, observó que entre
las cosas de Efraín había una bolsa con hojas de una flor que le
parecían conocidas. Unas estaban secas, otras más frescas y
también había semillas. Notó que adentro, a su vez, había otra bolsa
más pequeña con un polvo que parecía una mezcla de semillas y
hojas pulverizadas. Luego, se fijó debajo de la bolsa de dormir sobre
la cual estaba recostada y vio la misma flor, pero estaba muy fresca.
Lucía entonces se estremeció. Se fue haciendo un nudo en su
garganta. Empezó a llorar, muy calladamente, con temor. En efecto
conocía las hojas y la flor. «Borrachero» la llaman en algunos
lugares, porque si pasas mucho tiempo bajo el árbol que las
produce, te provoca un efecto muy parecido a la embriaguez. Era
tóxica y muy potente. Por ello mismo, muy peligrosa. De ella
extraían una droga llamada escopolamina. La gente intoxicada con
esta sustancia podía quedar con daños cerebrales permanentes.
Muchos habían olvidado su identidad gracias a ella y terminaban
viviendo en las calles. Bajo sus efectos se volvían seres
completamente sumisos, perdiendo parte de su conciencia,
haciendo imposible el recuerdo de cualquier suceso o acción
realizada durante ese intervalo de tiempo.
Lucía trató de armarse de valor. Ahora lo que sentía por Efraín
era odio, el odio más oscuro que ha podido sentir en su vida. Pero
no puede dejarse vencer por el odio. No sería ella. Se levanta como
puede. Sus movimientos son torpes, todavía está drogada.
Sale de la carpa.
Efraín no se ve por ningún lugar. ¿Qué hacer? ¿Ir a la policía? Ni
siquiera puede decir que algo haya sucedido. No tiene marcas
visibles en su cuerpo. Siente ganas de matarlo con sus propias
manos y se recrimina por sentir eso. No podría matarlo. Y ella no
quiere morir. Lo único que se le ocurre a Lucía es desaparecer, huir.
Se coloca su bolso y empieza atravesar la playa. Le cuesta ir en
línea recta y mantener un paso firme. Se siente débil y empieza a
sollozar nuevamente. ¿Cómo pudo ser capaz de hacerle esto? Este
ya no era el Efraín que había conocido. Ni siquiera era ese último
Efraín que vio, el obsesionado. Esta ya era otra persona. Algo ha
pasado. Y no hay vuelta atrás.
Por fin logra llegar al pie de la loma. Se empieza a dar ánimos, a
hablarse, vamos Lucía, vamos, tienes que lograrlo, no puedes morir
aquí, tienes que llegar al otro lado, tienes que volver a Darío. Cada
movimiento que hace le cuesta como si fuera la primera vez que usa
su propio cuerpo. La loma es rocosa y algo empinada. En este
estado, cada paso, cada agarre de sus manos debe ser firme. De lo
contrario puede caer. Puede perder la vida.
Ya se encuentra a medio camino de la subida. Vamos Lucía, se
dice, tienes que llegar a la cima, por favor. Justo entonces escucha
un grito, una voz que dice su nombre, a lo lejos. Es él, está diciendo
que no se puede ir, que se tiene que quedar. Que así lo quiere
Lázaro. Ahora está subiendo la loma. Está decidido a mantenerla
cautiva. Lucía se desespera, trata de ir más rápido pero le es
imposible, tiene tan poca fuerza. Efraín ya la alcanzó. Trata de
agarrar sus pies, pero Lucía logra pisar sus dedos. Ahora escucha
sus quejidos de dolor. Entonces ella cree escucharlo gritar que va a
tener un hijo de él. El miedo y la desesperación no le permiten a
Lucía detenerse a pensar si realmente escuchó tal cosa. Efraín sube
un poco más y trata de tomarla por los brazos, pero ella aprovecha
una piedra grande para dejar caer su peso y voltearse. Con toda la
fuerza que puede, rasguña el rostro del atacante, el cual pierde el
equilibrio y cae por la loma, golpeándose con unas piedras. Ahora,
puede verlo tirado en la arena. Ha perdido el conocimiento. Lucía se
reincorpora y llega a la cima. Se pregunta si Efraín habrá muerto en
la caída. Pero no tiene tiempo que perder.
La bajada la pudo hacer más rápido. Quizás fue el susto de la
amenaza, quizás la adrenalina, pero siente que ha recuperado algo
de sus fuerzas.
En el hotel, no encontró a nadie en la recepción. Entró a su
cuarto, recogió sus cosas y volvió a salir. Cuando se acercaba a la
salida del pueblo, una señora que iba en una pick-up le ofreció un
aventón. Cuando al fin se montó en la parte de atrás y el vehículo
empezó a remontar la subida, Lucía se pudo sentir a salvo. Otra vez
volvía a sollozar.
Capítulo 31
Cuando llegaron a la jefatura, le informaron a Colmenares que
Espinosa estaba listo para hacer su declaración. Darío estaba
claramente angustiado. El silencio de Henry en el camino había sido
sepulcral y se acercaba el momento de la verdad. Esto llevó a Darío
a pedirle a Juanita —quien había permanecido en su apartamento—
que los esperara en la jefatura, para acompañar a Henry. Cuando
entraron los presentó y le dijo a Henry que lo esperara con ella,
mientras él iba con los oficiales para escuchar la declaración de
Espinosa.
En el camino al cuarto de interrogación, Colmenares no pudo
aguantar más el silencio y tuvo que decirle algo que antes había
tenido que interrumpir para exigir la entrega de Espinosa.
—Darío, antes de que vayamos allí a escuchar lo que ese
hombre tiene que decir, hay algo que debes saber.
Darío lo miró, pero permaneció en silencio.
—Antes de recibir la información de la isla, fui a la universidad
con la esperanza de encontrar alguna información. Fue algo que tú
mismo me sugeriste. En efecto, di con una profesora que fue
compañera y amiga de Lucía mientras eran estudiantes.
—¿Qué dijo? ¿Era una amiga cercana?
—Primero me dijo que nunca se llevó mal con ningún compañero
o profesor en la universidad. Claro que habría tenido sus altercados,
pero nada grave. Me lo dijo con mucha seguridad y contó varias
anécdotas, por lo cual deduzco que sí tuvieron cierta cercanía, al
menos durante un tiempo. Sin embargo, había algo que la profesora
sí recordaba con particularidad, aunque no estaba relacionado con
nadie de la universidad. Aparentemente, Lucía trataba de evitar
encontrarse con alguien que había sido su novio, pero con quien
acababa de terminar su relación. Según esta profesora, ya no era
una simple obsesión. La estaba acosando…
Darío no decía nada y llegaron a la puerta del cuarto de
interrogación. Antes de abrir, Colmenares miró a Darío a los ojos y
lo tomó del brazo, buscando su atención.
—Darío, según la profesora, este exnovio también se llamaba
Efraín. Como el sobrino de Marina Robles. Para este momento, se
habían alejado un poco y no estaba muy al corriente de los detalles
de su vida. Pero sí recordaba que ella misma le había hecho ese
comentario. Pero solo mencionó su nombre de pasada. No tenía ni
idea de cuál sería su apellido. ¿Me estás escuchando?
Colmenares buscaba leer alguna reacción en Darío. Pero este
no le daba nada. Pudo notar, sin embargo, que había escuchado lo
que había dicho y que, sea lo que fuera que estaba sintiendo y
pensando, se lo estaba conteniendo, como si solo después de
escuchar a Richard Espinosa es que se iba a permitir dar rienda
suelta a lo que ocurría en sus adentros.
Entonces, el agente entró al cuarto, a la vez que Darío entraba
por otra puerta, junto con otros oficiales para escuchar la
declaración.
Capítulo 32
—Pero si es el señor Don Richard Espinosa. Hacía tiempo que no
nos visitaba.
Espinosa callaba, su mirada fija en algún punto impreciso de la
mesa. Su rostro no dejaba ver ninguna emoción; ningún gesto se
asomaba, sus ojos apenas parpadeaban. Colmenares soltaba una
exhalación silenciosa, otra vez desconcertado porque al parecer ya
nadie cae en sus juegos y provocaciones. Será que ha perdido un
poco de la vieja magia.
—Quiero que me diga —retomó el agente— todo lo que sabe
sobre la muerte de Lucía Costa de Blass. Absolutamente todo. Y,
créame, no quiere omitir ni un solo detalle. No olvide que nosotros
conocemos punto por punto sus antecedentes.
Por fin, Espinosa, comprendiendo que había llegado el momento,
levantó la mirada y la dirigió a los ojos del agente. Movía la cabeza
muy levemente, asintiendo. Tomó una respiración profunda, como la
de los atletas que saben que les espera una larga carrera.
—Hace un poco más de doce años era el gerente de un motel en
la zona de Monterua 10. El sector no tenía mucho tiempo de
haberse habilitado y había habido toda una campaña de promoción.
«Monterua 10, donde nace la nueva capital», era el slogan. En ese
momento la verdad es que no teníamos mucha clientela pero yo lo
atribuía a lo nuevo del lugar. No dudaba que en muy poco tiempo
sería un sector muy cotizado. Ya a esta edad, no me queda más que
admitir que mi olfato para los negocios es pésimo. En general, el
motel me estaba causando más pérdidas que ganancias. Después
de pagar la fianza y otros gastos a causa de mi arresto por juegos
ilícitos, no me quedaba dinero para invertir en publicidad para el
motel. Quiero decir que mis ahorros tampoco iban a soportar por
mucho tiempo las pérdidas de esa inversión. Mis expectativas de
vida empezaban a resultar bastante bajas. Fue entonces cuando
apareció él, Efraín Robles.
En el otro cuarto, los oficiales seguían con atención el relato de
Espinosa. Darío permanecía de pie y con los brazos cruzados, sin
desviar por un segundo la mirada del que narraba.
—Y ¿qué aspecto tenía este Efraín Robles? —preguntó el
agente.
—Era mucho más joven que yo —respondió Espinosa—. Si
sigue vivo, debe tener más o menos la edad de Darío, un poco más
bajo que él, pero más corpulento. Su aspecto era sumamente
sombrío. La primera impresión que tuve fue la de un tipo con el que
uno no quisiera tener problemas. Más tarde esta impresión probaría
ser cierta. Era sobre todo por su mirada. Sus ojos tenían ojeras
permanentes, como si nunca durmiera. Eran ojos que contaban
historias, pero historias infernales. Sea lo que sea que haya tenido
que vivir, sea lo que sea que hayan visto esos ojos, espero nunca
saberlo… Sus rasgos eran algo caucásicos, pero con una ligera
mezcla. Sin duda alguien de su familia tenía ascendencia europea.
Diría yo que española. Su piel era blanca, pero se veía tostada por
el sol. Tenía una cicatriz en la mejilla derecha, como de haberse
cortado.
—¿Y cómo fue que entabló amistad con este sujeto? —preguntó
Colmenares.
—Al principio era solo un cliente cualquiera. Uno de los pocos
que llegaban por entonces, pero sin nada especial en su conducta
que lo diferenciara de los demás. Permanecía ausente la mayor
parte del día y solo lo veía en la noche, cuando llegaba, como todos.
Entraba por la puerta e iba directo a su habitación. A veces
preguntaba direcciones, igual que el resto. No habrían pasado más
de dos semanas quedándose en el hotel cuando una noche, ya en
la madrugada, llegó con una botella de whisky de —según me había
dicho él mismo— 200 años, sin abrir. Me ofreció compartir un trago
con él. Como se imaginará, señor agente, yo soy un tipo que
difícilmente se resiste a ese tipo de gustos. Así que acepté. Este
ofrecimiento continuó cada noche, hasta acabarse la botella. Y
luego otra. Y luego otra. Al comienzo él era quien hacía la mayor
parte de la conversación. Me contaba sobre su vida muy
abiertamente, con confianza, como si nos hubiéramos conocido
hace años. Me decía que era huérfano y que casi no recordaba su
niñez ni a sus padres. Su memoria empezaba propiamente desde
que su tía lo empezó a criar cuando volvió a la isla y a Playa
Encantada. Me contó también que, por un tiempo, le tocó vivir en la
calle de joven y que luego se reformó, tuvo un despertar espiritual, y
desde entonces trabajaba en lo que podía. Ahora que lo pienso,
seguro esta fue su estrategia para que le tomara confianza y le
contara de mí.
—¿Qué quiere decir? —interrogó el agente.
—Pues, que le conté también un poco sobre mi vida, mis
altercados con la ley y la situación difícil que estaba pasando en el
motel. Después de todo, no es muy fácil guardar secretos mientras
se bebe unos tragos. Y menos con ese whisky. Este tipo era como
el diablo mismo. Era capaz de convencerlo de cualquier cosa. Él me
habló entonces de gente que conocía, de contactos confiables,
gente que movía mucho dinero y que buscaban un lugar para hacer
apuestas. Entonces, me habló de lo perfecto que sería el motel para
eso, que se podía hacer muchísimo dinero. Me habló de cifras, de
lapsos cortos de tiempo. Quizás me veía realmente desesperado.
Quizá fue el whisky —el mejor que he probado en mi vida, la verdad
sea dicha—. El hecho es que acepté su propuesta. ¿Me podría dar
un vaso de agua, señor agente?
Contreras, que permanecía de pie, se acercó al dispensador de
la esquina, tomó un vaso y lo llenó de agua. Tomó el vaso y volvió a
su posición previa. Le acercó el vaso a Espinosa y luego le ofreció
un cigarrillo. Espinosa aceptó. El agente sacó la caja, le extendió
uno y luego lo encendió, tras lo cual él mismo prendió otro para sí.
Luego, dejó la caja y el encendedor a disposición del narrador.
—Las reuniones se empezaron a hacer en el depósito del motel.
Todo ocurrió según lo dicho por Robles. En algo así como cuatro
meses, yo ya no me preocupaba por la clientela del motel. Menos
aún por las pérdidas. Ya no existían. Es más, al menos la mitad de
las habitaciones las tomaban los mismos jugadores, o los que
organizaban las apuestas y sus amantes. Pasaban los días y todo
parecía ir perfectamente. Yo, Robles y los otros organizadores,
todos salíamos ganando por igual, completamente satisfechos con
nuestro arreglo y nuestras ganancias. Por entonces, recuerdo haber
reparado en que Robles aprovechaba las reuniones para vender
drogas. Incluso lo vi hacer de chulo también. ¿Cómo no había
caído? ¿De qué otra forma podía haber pagado su estadía durante
todos esos meses? Fui muy ingenuo. Poco después de advertir este
tipo de detalles, se hizo evidente para todos, tanto para mí como
para los socios, que empezaba a manifestarse cierto desenfreno en
el comportamiento de Robles. Y que ese desenfreno iba
aumentando con el paso de los días. Yo trataba de hablar con él
para saber qué sucedía, pues a todos nos preocupaba el efecto que
pudiera tener sobre el negocio. Siempre conseguía la manera de
evadirme o de cambiar el tema. Finalmente, una noche él mismo me
sentó para hablarme de la razón que lo había traído nuevamente a
la ciudad, a la cual llegó el mismo día que empezó a quedarse en mi
motel. Buscaba a alguien, a una mujer. Decía que era el amor de su
vida. Que no pensaba en otra cosa que encontrarla y que,
precisamente, durante esos días había logrado verla y que estaba
embarazada. Desde ese momento todo empezó a ir cuesta abajo…
Hizo una pausa para prender otro cigarrillo. En el otro cuarto,
Darío trataba de controlarse, pero el sentirse traicionado lo estaba
consumiendo.
—La mujer, como ya sospechará usted, señor agente, era Lucía.
Robles decía que el hijo que iba a tener era suyo. Es decir, que él
era el padre de Henry. Después que Lucía había dado a luz, él ya
había descubierto dónde vivía y con quién. Parecía un loco, decía
que a veces su padre se le aparecía y lo obligaba a hacer cosas,
que eso había empezado desde su fallecimiento. Decía que quería
que Lucía volviera con él y su hijo… Pero ella lo rechazaba y se
rehusaba a que viera a su hijo… Que no podía perdonarlo por lo que
le había hecho a ella… Aunque nunca supe lo que pudo haber sido
eso…
Espinosa empezó a ponerse nervioso. Se notaba cuánto lo
alteraba el recuento de estos hechos. Ahora prendía otro cigarrillo.
—Ya en este punto, el comportamiento de Robles estaba
llevándonos a la ruina y los organizadores de las apuestas dejaron
de presentarse. La noche que nos anunciaron su retirada, cuando
estábamos solos, Robles me tumbó al piso y me amenazó con un
cuchillo. Me dijo que esa misma madrugada iríamos al apartamento
de Lucía y que a la mañana siguiente esperaríamos a que saliera
sola, o a que estuviera sola en el apartamento, para que él pudiera
hablar con ella. Me dijo que le daría una última oportunidad y que si
lo volvía a rechazar, la mataría. Yo manifesté mi rechazo apenas
terminó de hablar, pero amenazó con matarme si no lo ayudaba, Por
eso tengo esta cicatriz que ve en mi cuello, agente… Luego sacó
una pistola y me obligó a llevarlo hasta el apartamento de Darío. Él
estaba sentado en la parte de atrás, apuntándome a la cabeza
mientras manejaba. Estacioné algo lejos de la entrada para no
levantar sospechas. No tardó mucho en amanecer y unas horas
después vimos a Darío salir con un bebé en brazos. Entonces me
dijo que me moviera hasta la entrada del edificio. Yo traté de hacerlo
entrar en razón, pero apenas intenté hablar me golpeó, muy fuerte
con la pistola. Cuando paré en la entrada, podía sentir la sangre
corriéndome por la nuca. Entonces me dijo que lo esperara ahí con
el motor del auto encendido, que no me moviera, pues de lo
contrario me denunciaría con la policía por lo que había ocurrido en
mi motel y me buscaría para matarme, que sabía cómo
encontrarme. Nunca había visto a alguien tan fuera de sí. Entonces
salió del auto y entró al edificio. Yo no sabía qué hacer, si subir a
detenerlo, si ir a la policía yo mismo, si huir quién sabe a dónde.
Pero el temor me paralizó. El temor y la cobardía. En lo que me di
cuenta, ya Robles estaba de vuelta, su rostro estaba colorado, sus
ojos rojos, parecía que lloraba, pero que ahí mismo ahogaba el
llanto en la locura. Solo me gritaba que manejara, que saliéramos de
allí. Durante todo el camino, hablaba solo, palabras inconexas. Por
más que intentaba, me era imposible entender lo que decía. Era
como si pensara en voz alta, pero lo que salía de su boca era solo
un fragmento minúsculo de su monólogo interno. Cuando llegamos
al motel, salió del auto, y sin mirar atrás, desapareció. Más nunca lo
volví a ver. A la mañana siguiente, vi en la prensa que había muerto
una mujer en el centro, era Lucía, y que se sospechaba que su
esposo era el responsable. Yo sabía que había sido Efraín. Años
después, por pura casualidad, supe por mi nieta sobre el blog de
Henry. Supe que era el hijo de Lucía. Fue entonces cuando empecé
a dejar los mensajes. MORTET y RUA10, el primero para que
supieran que tenía que ver con una muerte, el segundo para que
dieran con el sector donde Efraín y Lucía se entrevistaron varias
veces; y el último, HENRY, porque tenía que conocer quién era su
verdadero padre, por más duro que fuera.
—¿Pero por qué no vino a nosotros? ¿Quién le dio el derecho a
alterar la vida de esta familia de esta manera?
—Nadie me dio el derecho, agente. Pero no podía seguir
viviendo con estos secretos. Y tampoco podía arriesgarme a pasar
el resto de los pocos años que me quedan en una cárcel. Míreme.
Mi ropa es vieja, estoy descalzo porque nada más tengo un par de
zapatos. Estoy en la ruina, apenas tengo para mantenerme vivo.
Además, no podía arriesgar mi vida, o la de mi hija y su familia, a
quienes ya he causado suficiente dolor. Si Efraín se enterara que
estoy aquí, es capaz de cualquier cosa.
Capítulo 33
Los oficiales se llevaron a Espinosa. Todavía permanecería bajo
custodia de la policía, mientras se terminaba de resolver el tema de
Efraín. Solo entonces la justicia decidiría su suerte. Los oficiales le
comentaron a Colmenares que Darío no había dicho ni una sola
palabra durante toda la declaración. Ni siquiera un sonido. Lo único
que hizo fue sentarse hacia el final, con la mirada perdida. Trataron
de hacerlo salir, pero fue inútil. Ha pasado un buen rato desde
entonces.
Colmenares piensa que debe necesitar un rato solo. Es mucha
información que digerir, además de ser información muy dura para
él. Decidió servir café para ambos. Al salir, pudo ver a Juanita
hablando con Henry. El chico ya se notaba mucho más calmado.
Mientras servía las dos tazas de café, pensaba en qué decirle a
Darío. Pero todavía no se le ocurría nada. Con las tazas listas, se
dirigió al cuarto donde se encontraba Darío.
La puerta estaba abierta y se detuvo un momento en el umbral.
El único sonido dentro del cuarto era el del aire acondicionado, algo
viejo ya. Darío seguía sentado del otro lado. Sus codos reposaban
sobre sus piernas, manos juntas, mirando el suelo.
—¿Café? —preguntó el agente, extendiendo el brazo para
ofrecer una de las tazas. Así la mantuvo durante un momento, pero
no había ningún tipo de respuesta física o verbal del otro lado.
Terminó colocando la taza en una mesita cercana. Luego se sentó.
Le dio un sorbo a su café, disfrutando su sabor, buscando algo de
alivio después de un día tan largo. Todavía no sabía qué decirle a
Darío, ni siquiera una idea remota. ¿Qué se le dice a alguien que
acaba de escuchar que su difunta mujer le fue infiel y que el hijo que
creía suyo es, en realidad, de ese amante?
—Soy un hombre divorciado. A partir de este año, mis años de
divorciado empezarán a superar mis años de casado, sin vuelta
atrás. Mis hijas ya están grandes. Apenas nos hablamos. Mi
exesposa solo me llama para recordarme el pago de la universidad.
Ella gana más dinero que yo, así que no me tortura mucho con eso.
Tengo suerte, lo sé. Mi situación es la más común y ordinaria,
totalmente predecible. Por eso no puedo imaginar cómo se debe
sentir ahora, Darío. Lo único que le puedo decir es que, si necesita
mi ayuda en algo, solo dígamelo. Ahora mismo voy a empezar a
organizar la búsqueda de Efraín Robles.
Colmenares continuó bebiendo de la taza. En el momento ni
siquiera podía observar a Darío, como si fuera alguien desfigurado.
Había una vergüenza que le impedía hacerlo. Entonces, se levantó
y empezó a salir del cuarto.
—Colmenares… —dijo Darío, haciendo que se detuviera en el
umbral— hay algo en lo que podría ayudarme. Lleve a Juanita a su
casa y dígale a Henry que se quede con ella, que yo pasaré por él
mañana. Yo iré a mi apartamento a buscar en las cosas de Lucía
cualquier información sobre Robles. Luego, volveré acá y me
encontraré con usted.
Colmenares volteó y lo miró a los ojos, asintiendo. No se
esperaba una petición tan rápida. Luego se retiró.
También pensaba que Henry protestaría al escuchar cuáles eran
los pasos a seguir, pero nuevamente la realidad lo superaba, el
muchacho aceptó sin objeciones las órdenes de Darío. Juanita, por
su lado, no tuvo problemas en cuidar al chico mientras tanto.
También vivía en el centro, con su hija y su madre, quien se había
quedado a cargo de la nieta. Por suerte, Juanita les había llamado
más temprano para avisarle que un amigo necesitaba su ayuda y
que llegaría a casa tarde.
En el camino hasta su casa, Juanita se estaba poniendo al
corriente de la situación. Henry se había quedado dormido. Por otro
lado, el agente le preguntaba de qué habían hablado ellos dos. Y no
le pareció extraño escuchar que el chico habló casi únicamente
sobre su madre. Era pasada la media noche cuando Colmenares los
vio entrar al edificio. Poco después, una luz se encendió en el
segundo piso y ella se asomó por la ventana, confirmándole al
agente que todo estaba bien. Partió entonces de vuelta a la jefatura.
Casi no había tráfico y tampoco tenía mucho apuro, ya que Darío
seguro se demoraría en regresar. Era la primera vez que manejaba
un caso inconcluso, que después de muchos años parecía
aclararse. Aunque sabía que los Blass atravesaban un momento
difícil, también los consideraba afortunados. Cuántas personas,
cuántas familias no había conocido que habían perdido a alguien sin
la más remota posibilidad de que se les hiciera justicia, fuera porque
los responsables eran intocables, o porque simplemente nunca se
supo quiénes eran, o porque ni siquiera los cuerpos de las víctimas
fueron hallados. No tener siquiera la posibilidad de velar a un ser
querido que ha muerto. No hay derecho. Pero esta vez, para variar,
se tenía información clara y existía la posibilidad de dar con el autor
del crimen. Solo había que responder dos preguntas: ¿Efraín Robles
está vivo? Y si es así, ¿dónde se encuentra? Por si fuera poco, no
son preguntas imposibles de responder.
Con esta certeza, el agente Colmenares entró con pasos firmes
a la jefatura a preguntar por Darío Blass. Cuando le confirmaron que
aún no había vuelto se dispuso a organizar un equipo de inteligencia
para ubicar a Robles. Sin embargo, esta empresa se vio
interrumpida al recibir una notificación de la recepción de la jefatura.
Una señora, Marina Robles, decía que necesitaba comunicarse
urgentemente con el agente Colmenares. De inmediato exigió que le
pasaran la llamada.
—Habla Colmenares.
—Señor agente, no tenemos mucho tiempo, Efraín regresó a la
capital. Darío Blass corre peligro…
Por el auricular, el agente Colmenares ahora solo escuchaba la
línea de teléfono dando el tono de llamada.
Capítulo 34
Mientras caminaba a su apartamento, viendo el vehículo del agente
partir con Henry y Juanita, Darío contemplaba cuál sería la forma
más efectiva de quitarse la vida. Podía ahorcarse, tenía la soga, al
menos. Un tiro en la sien estaba descartado, no tenía el arma.
Cortarse las venas era otra posibilidad, pero parecía muy engorroso
y tomaría mucho tiempo. También quedaba la posibilidad de
envenenarse. Seguramente podría conseguir algo en el
apartamento.
Su mente se había disociado de los últimos hechos, como tantas
otras veces. Pero en esta ocasión, sus sentimientos y frustraciones
no volvían transformados en visiones, sombras o luces, trastocando
su percepción de lo que, por falta de mejor palabra, llamaban
realidad. Nada lo perseguía, nada cambiaba de forma, ningún ente
se fundía con otro, ninguna de sus facultades asumía las funciones
que no le correspondían. El mundo externo era cruelmente plano y
objetivo. El mundo interno, en cambio, una pretensión, cuando
mucho. No había emociones, ni anhelos. No había temores, ni
esperanzas. La tristeza había calado tan profundo que ya ni siquiera
sentía rabia. El futuro había dejado de existir, incluso como
hipótesis. Cualquier escenario que implicara su existencia, más allá
de unas cuantas horas, había perdido sentido. Continuar con vida
parecía inconcebible. En su mente, un solo camino era posible y
llevaba a la muerte.
En todas sus figuraciones sobre lo que podía revelar Espinosa
nunca se planteó el cuestionamiento de su paternidad. Pasara lo
que pasara, él siempre sería el padre de Henry. Eso era obvio. Lo
daba por hecho. Y ese fue el error. Ahora se daba cuenta por qué.
Henry, de cierta forma, era un recuerdo vivo, el símbolo encarnado
del amor de Lucía. Como sea que hubiera manejado la pérdida, lo
que él mismo había sido hasta hace unas horas se había construido
a partir de su relación con esa mujer y su muerte. Y si bien se había
negado a asimilar esa muerte, cualquier sufrimiento tenía su
sustento en un amor que había sido real, o mejor dicho, un amor
que no había sido traicionado.
Pero ahora todo eso se había esfumado. Nada era real.
¿Para qué continuar, entonces? Henry era la razón de su
existencia. Quizá debió dejar que los de la institución familiar se lo
quitaran. Seguramente, el chico estaría llevando una vida feliz
ahora. Quién sabe qué estaría pensando de Darío, después que
Espinosa mismo le contara todo. Porque se lo tuvo que haber dicho
todo. ¿Por qué otra razón hubiera estado tan callado en el camino a
la jefatura? ¿Por qué otra razón habría de llorar cuando estaba en
su casa?
Ahora su memoria reproduce todos esos momentos en los que el
amor de Lucía le había parecido incuestionable. Los despertares
que habían compartido, todas las veces que se cocinaron comida,
los primeros pasos de Henry, el embarazo… ¿Cómo podía ser
mentira todo eso? ¿Y qué de su unión, de ese ritual que ellos
mismos oficiaron, que ellos mismos crearon para sí, en las aguas
termales del Nevado del Norte? ¿Qué de los anillos que cada uno
colocó en la mano del otro? El conflicto en su corazón empieza a
volverse insoportable. Hay una disonancia que le parece
irreconciliable entre todo lo que acaba de escuchar y el rostro de
Lucía, la última vez que celebraron su cumpleaños, su expresión tan
diáfana y genuina; entre la versión de Efraín y el lenguaje que Lucía
había creado sola y únicamente con él y del cual él mismo era el
testigo.
Pero las cosas son como son. La realidad es esta y no otra. No
hay nada que hacer.
Darío entra a su edificio. Sube las escaleras. Saca las llaves,
abre la puerta y cruza el umbral pensando que el mundo no necesita
de él y que ninguna vida —ni siquiera la de Henry— se vería
mejorada con su presencia.
Apenas entra, siente un toque por la parte de atrás de su cabeza
y todo se apaga.
Oscuridad.
Capítulo 35
Oscuridad. Visiones fugaces de un barco en un río. El rostro de una
mujer. La voz que nunca llega. Pero hay otra que sí. Alguien habla
caminando.
Pasos. Alguien camina muy cerca. Va de un lado a otro, como un
péndulo. Cada paso produce un sonido grave. Deben ser botas.
Alguien camina hablando.
Dolor. Todo el cuerpo duele. Duele moverse. Duele mucho la
cabeza. Duele también el cuello.
Algo impide el movimiento. Sentado. Amarrado a una silla.
Intenta abrir los ojos. Todo se ve muy borroso. Poca luz. Duelen
los ojos, duele moverlos. Solo se ven manchas oscuras.
—Esto va a terminar más rápido de lo que piensas. Tampoco
será muy doloroso. No te preocupes… Dicen que ves una luz justo
antes de morir y que toda tu vida vuelve a repetirse en un instante.
Siempre me he preguntado lo que sentiría al contemplar mi propia
vida, desde el momento en que vi la luz por primera vez, hasta el
último, hasta ese túnel de luz del que tanto hablan. ¿No te da
curiosidad? Lo vas a saber pronto. Verás a todas las personas que
conociste, a las que recuerdas y a las que no, también a aquellas
otras con las que te cruzaste en el camino y aquellas que solo viste
una vez en tu vida; verás todas las calles por las que llegaste a
caminar, aquellas en las que dormiste. Todas las veces que sufriste
y todas las veces que te sentiste feliz. Tus lágrimas, tus orgasmos.
Todo. Me da mucha curiosidad. ¿Sentirás alivio? ¿Sentirás
arrepentimiento? ¿Tú qué crees? Debes darle las gracias a mi padre
por estar vivo todavía. Yo ya te hubiera matado. Pero él dice que así
no hay diversión, que no tiene sentido matar a alguien sin que la
persona se dé cuenta. Si no está consciente de que lo vas a matar,
entonces es como si no lo hicieras… Tiene razón. Es verdad que
agrega un extra de placer. Te hace sentir más poderoso aún.
¿Nunca sentiste la curiosidad de sentir ese poder?
Darío trata de gritarle, pero solo alcanza a gruñir. Tiene la boca
amarrada. Se mueve, trata de soltarse, pero es inútil. Cae con la
silla, justo del lado que tiene la fractura en la muñeca, producto del
accidente con el automóvil. Siente un dolor intenso en todo el brazo.
Es posible que el yeso se haya roto. Puede que haya otra fractura.
Siente la ropa pegada a su cuerpo sudado y un ardor en la parte de
atrás de su cabeza. Se imagina que debe estar sangrando. Qué día,
piensa. En la mañana estaba disfrutando del olor de la tocineta frita,
del sabor de un desayuno delicioso con la compañía de quien
pensaba que era su hijo. Y ahora se encuentra en el suelo,
amarrado como un perro en su propio apartamento.
—También dice que debo explicarte por qué te mataré… Todo
tiene una ética…
Ahora el hombre examina el revólver en su mano.
—Al fin puedo conocerte, Darío Blass. Al fin puedo hablar
contigo, en persona; con el ladrón, con el impostor. El hombre que
me quitó a la única persona que me supo entender y dar amor. Y el
hombre que se ha hecho pasar todo este tiempo por el padre de mi
hijo. ¿Sabes? Siempre envidié mucho a las personas que nunca se
tuvieron que preguntar por la salvación, que nunca sintieron su
propia alma perdida, que nunca vivieron la angustia de querer
recuperarla. Verás, Darío, yo no conozco ese privilegio. Apenas
puedo imaginármelo, apenas puedo creer que existan personas tan
dichosas. Yo he pasado todos estos años, viviendo en este mundo
de ustedes, caminando por sus calles como si fuera un humano
más, alguien normal, una persona como cualquiera otra…
Colocó su bota sobre la cara de Darío, presionándola.
—Pero la verdad es que, aunque puedas sentir mi bota
aplastando tu cara, aunque puedas escuchar mi voz, no estoy
realmente en este lugar. ¿Sabes la gente que dice que, aunque
vivan en otro país, llevan a su patria en el corazón? Algo parecido
me ocurre a mí. Aunque no me produce tanto orgullo como a esas
personas. Aunque aquí me veas, la verdad es que llevo un infierno
en mi corazón. ¿Será que mi alma siempre estuvo allí? Quizás por
eso nunca logré abandonar la esperanza de que alguien, o algo, me
pudiera salvar. No hay nada que haya anhelado más que esa paz.
Ahora retiraba la bota de su rostro. Los ojos de Darío al fin
empezaban a distinguir a la persona que hablaba. En verdad,
parecía un condenado, un alma en pena. Darío se creía miserable,
pero ahora, al verlo, supo que nunca había visto a alguien tan
trastornado por el dolor como él. Este era el hombre del cual huía
Lucía, el innombrable Efraín, el que era capaz de oscurecer la luz de
su alma, de chupar su energía. Ahora entendía por qué y no se
podía imaginar que esta misma persona alguna vez hubiera tenido
un lado humano, que una sonrisa cálida se hubiera manifestado en
su rostro nunca. Pero tuvo que haber sido así en algún momento.
Darío tenía la certeza de conocer a Lucía. Y esa certeza le decía
que ella nunca hubiera podido estar con él si no hubiese sido así.
No hubiera podido sentir amor por él si en alguna parte de su alma,
sin importar cuán remota, no hubiera brillado algo de amor y calidez
humana también. De eso, Darío no tenía duda. Sin embargo, la
persona que ahora le hablaba no mostraba ningún rastro o señal de
haber sentido afecto alguno en toda su vida. Ni siquiera podía
imaginarse que esa misma persona hubiera sido un niño alguna vez.
Quien sea que él haya sido, quien sea que Lucía hubiera conocido,
ya no existía más.
—Tiempo después de separarnos supe que Lucía había
empezado una relación con otra persona —continuó Efraín—.
Aunque nunca me quisieron decir con quién. Claro, solo Lucía era
capaz de despertar esa lealtad en las personas. Por ese entonces
fue que mi padre empezó a hablarme. No sabía que era él, por
supuesto. Sólo escuchaba una voz, la voz de un señor, alguien
anciano ya, hablándome. Al principio aparecía en sueños. Me decía
que pronto nos encontraríamos. Luego, con el pasar del tiempo
empezó a decirme que él me traería de vuelta a Lucía. Yo crecí toda
mi vida queriendo saber quiénes habían sido las personas que me
habían dado la vida. Y por la mayor parte de mi vida creí que debía
tratarse de buenas personas, pero que tuvieron la mala suerte de
morir en un accidente. Eso era lo que me decía mi tía de niño.
De un bolso que se encontraba encima del mueble, Efraín sacó
unas balas. Con mucha calma las empezó a colocar en el tambor
del revólver.
—Solo supe quién era —decía mientras— después de que
murió. A partir de entonces, no había nada que aborreciera más que
verlo, ni nada que quisiera olvidar más que saber quién fue.
Resultaba que mis padres no habían muerto en ningún accidente.
Mi padre fue un asesino. Su único placer consistió en violar y
asesinar mujeres… Hasta su propia esposa… Mi madre… ¿Por qué
no fue mi madre la que apareció en mis sueños, Darío? ¿Sería que
incluso después de la muerte, el demonio de Lázaro la seguía
atormentando? ¿O sería acaso que nunca me quiso porque le
recordaba a él, a esa persona que solo supo hacerle daño? Poco
después de la muerte de Lázaro, llegó Lucía a la isla. Fue ahí
cuando los sueños empezaron a tornarse en pesadillas. Él me dijo
que si acampaba en La Hermanita, ella iría a verme. Me decía que
tenía que embarazarla, que solo si tenía un hijo mío ella se quedaría
a mi lado y él me dejaría en paz. Yo le decía que eso no estaba
bien, que esa no era la manera, pero entonces me hacía ver cosas
horribles… Cosas espantosas que nadie debería ver…
Otra vez, la trama cambiaba para Darío. Lo que empezaba a
relatar Efraín era mucho peor que la versión anterior. Si Lucía le
había sido infiel, al menos su voluntad nunca había sido
transgredida. Pero esto…
—¿Nunca te ha resultado increíble lo mucho que nos
subestimamos? Hay tanto que creemos que no somos capaces de
hacer. Y sin embargo, bastan las circunstancias correctas y vaya
que te puedes llevar una grandísima sorpresa. Siempre me creí
incapaz de realizar todas las cosas que Lázaro quería que realizara.
Claro que con el tiempo uno entiende que, en ciertos casos, no
importa realmente que seas capaz o no de hacer una cosa. Verás, la
cosa, la acción como tal, es un instante, es solo un momento que
termina mucho antes de que te des cuenta, y ciertamente
muchísimo antes de que concientices la acción que acabas de
realizar. Eso es lo de menos. Lo importante es lo que viene
después. Esa es la verdadera prueba, eso es lo que requiere una
verdadera capacidad. Vivir el resto de tu vida con las consecuencias
de esos instantes. Eso es lo difícil. Como todo, es cuestión de
práctica. Así que la drogué. Le ofrecí agua y en ella diluí un poco de
escopolamina. Créeme, si hubiera dependido de mí, no lo hacía.
Pero ella no me hubiera aceptado. Estaba muy enamorada de ti. La
drogué para que me dejara hacerle el amor. Y así lo hice. Estaba
entre dormida y despierta, pero aun así gemía. ¿Cómo se siente
que te quiten algo que amas?
Efraín se deleitaba en las lágrimas y el llanto enmudecido de
Darío, que yacía amarrado en el suelo, miserable. Hablaba
pausadamente para hacerlo sufrir. Darío hubiera preferido estar
muerto a escuchar lo que estaba escuchando. ¿Cuánto puede
soportar un ser humano? Mucho. Podía soportar mucho. Efraín era
el vivo testimonio.
—Mi plan era mantenerla drogada unos días para que al final se
quedara conmigo. Pero entonces Lucía se me escapó al día
siguiente. Aunque traté de detenerla y hacerla entender. Lo único
que logré de ese intento fue esta cicatriz que ves en mi mejilla.
Bueno, también un hombro dislocado y una fractura en el brazo y la
pierna. ¡Fue una caída espectacular! Lázaro dejó de molestarme por
unos días. Pero volvió. Y entonces las visiones empezaron a ocurrir
en el día también. Me decía que debía ir a buscarla, a ella y a mi
hijo. Que alguien me lo quería robar y que si yo hacía lo que él me
decía, me dejaría en paz. Volví a la capital y al cabo de unos meses,
la conseguí. Logré que hablara conmigo unas cuantas veces,
apenas unos minutos en el camino a un restaurante cerca de donde
yo me quedaba. Así de compasiva era. Pero se negó a volver, e
incluso se negó a dejarme ver al bebé, a Henry. Yo no dejaba de
insistir, pero me amenazó con denunciarme por violación y tuve que
alejarme un poco. Pero Lázaro empezó a atormentarme
nuevamente. Decía que debía matarla y huir con el niño. Fue
entonces cuando vine a este apartamento. Esperé a que salieras
con Henry y entré. Parecía un ángel durmiendo. Me quedé
observándola un rato, contemplando su belleza. El sueño de los
justos ¿no? No ha habido nada más puro en este mundo, nunca ha
habido un alma tan buena como la de Lucía…
La voz de Efraín se entrecortó y a Darío le pareció que iba a
llorar, pero entonces se golpeó en la cara varias veces para ahogar
cualquier emoción. Sangre corría de su frente.
—Yo traté de explicarle, Darío. Traté de que entendiera cuál era
la mejor opción. Traté de hacerle ver lo felices que seríamos los tres.
Pero no había manera. Cuando traté de acercarme más a ella fue
que me di cuenta. Me tenía terror. Yo, que solo quería amarla, le
causaba miedo. ¿Alguna vez has sentido eso, Darío, cuánto te
temen las únicas personas que amas? Fue entonces cuando supe
que tendría que matarla. Y que cuando lo hiciera no habría vuelta
atrás. Con ella, también moriría mi alma, si quedaba algo de ella.
Pero aun así lo hice. La asfixié. Usé una bolsa de plástico resistente
para cubrir su rostro y cortar su respiración. Ella no pudo hacer
nada. Lucía me había condenado al no volverme a aceptar. Ese fue
el verdadero momento en que perdí mi alma.
Entonces se empezaron a escuchar patrullas acercándose al
edificio. Efraín se asomó por la ventana. En efecto, se habían
detenido al frente y empezaban a entrar. Cerró la puerta con seguro
y movió unos muebles para bloquear la entrada principal. Luego
continuó.
—Hui por un tiempo del país. Como no cumplí completamente
con lo que Lázaro ordenó, nunca me dejó en paz completamente.
Solo se iba temporalmente si hacía lo que me pedía. Su único placer
seguía siendo violar y matar mujeres. Para mí ya no puede existir el
perdón. Nadie más nunca me podrá amar, nadie podrá sentir
simpatía por mí. Soy un monstruo. Ya no soy humano. Después de
muchos años, Lázaro me pidió volver porque Espinosa hablaría,
tarde o temprano…
Empezaron a escucharse golpes y forcejeos en la puerta
principal. Eran los oficiales tratando de entrar. A la vez, por la
ventana se escuchaba una voz por megáfono que reconocía la
presencia de Efraín en el apartamento y que lo llamaba a
entregarse. Era el agente Colmenares. Efraín acomodó a Darío,
poniendo de pie la silla.
—Esta vez el trato te involucra a ti, Darío. Llegué tarde para
silenciar a Richard y eso te convierte a ti en la última salida. Todos
estos años he sido el esclavo de un demonio, Darío. Y ese demonio
ha sido mi propio padre. ¿Puedes creerlo? Y solo si te mato me
dejará tranquilo. Esa es la segunda razón por la que debo matarte.
Para librarme de él. Tú no sabes, no tienes idea de lo que es ser su
esclavo, Darío…
Efraín, soltó el seguro y cargó el arma. Luego apuntó a Darío.
—Por eso no hay nada que desee más que estar en paz, Darío,
que librarme de una vez y por todas de ese fantasma…
Darío cerró los ojos.
—No importa lo que haga… Nunca es suficiente… Nunca está
conforme… Y solo hay una manera de acabar con eso…
Darío respiró profundo, resignado a morir. Este era el final de su
vida. Aquí lo había traído una mezcla de decisiones y coyunturas
que, en este momento, le parecía imposible distinguir una de la otra.
En todo caso, ya no importaba. Ya nada importaba. Pronto
terminaría su sufrimiento. Buscó algún pensamiento que sirviera de
consuelo en esos breves instantes, mientras esperaba la bala que
atravesaría su cabeza, y pensó que, si existe algún tipo de vida
donde tenemos memoria de lo que fuimos aquí, entonces quizá
podría reencontrarse con Lucía. Y si ese mundo tiene algún tipo de
conexión con este, acaso podrían ambos vigilar a ese niño, que si
bien no era la unión de la sangre de ambos, lo era de sus espíritus.
Ahora entendía que Lucía sabía el peligro que corrían su vida y la
de Henry. Sabía que muy probablemente moriría y que Henry solo
podría salvarse si escapaba de las manos de Efraín y sus demonios.
Cuánto quería verla y agradecerle por haberlo elegido a él.
Los oficiales ya lograban comenzar a apartar los obstáculos de la
puerta, pero sus esfuerzos y la voz que sonaba a través del
megáfono se detuvieron al escuchar un disparo.
Colmenares soltó el megáfono y entró corriendo al edificio. Con
la misma velocidad subió las escaleras y vio que los oficiales habían
logrado acceder al apartamento. Cuando entró, advirtió el cuerpo
que yacía inerte en el suelo. El rostro tenía casi una expresión de
paz, o de alivio, cuando menos. La cicatriz en la mejilla estaba algo
manchada de sangre que había corrido desde la frente y otro charco
enmarcaba el cuerpo como un aura. Así terminaba la vida de Efraín
Robles, bajo su propia voluntad.
Los otros oficiales se encontraban desatando a Darío, quien
apenas era capaz de asimilar todo lo que le acababa de ocurrir.
Colmenares exhaló, aliviado y se acercó a él.
Capítulo 36
Lucía sacó una manta de su mochila y la tendió sobre el piso. Luego
se recostó sobre ella. Siempre le había gustado ir al aire libre en la
popa del transbordador, mientras viajaba. Ahora iba de vuelta a
tierra firme. Quería volver a ver a Darío, hablar con él, quería
intentarlo otra vez, si él la dejaba. No estaba segura de que existiera
la posibilidad de que eso sucediera. Si no, sabía que se iba a
arrepentir toda su vida de haber salido de ese apartamento aquella
noche.
¿Cómo podía ser —se preguntaba— que en la vida humana
hubiera decisiones que se podían tomar en solo un instante, en
segundos apenas, y que estas decisiones puedan tener efectos
permanentes, durando toda una vida? Qué frágiles somos, pensaba
Lucía, que podemos ser condenados, o condenarnos a nosotros
mismos, por la ignorancia de un instante. Si se hubiera quedado en
ese apartamento no hubiera pasado nada de lo que pasó. No habría
ido a la isla, no se hubiera encontrado con Efraín, no hubiera sentido
el pavor que sintió cuando trató de detenerla. No es justo, porque no
tiene remedio. Las cosas son como son. El tao es lo que es, ni
bueno, ni malo. Lo mejor a lo que podemos aspirar es a hacer de
cada momento un maestro y tratar de aprender. Pero es muy difícil.
Si cada momento es irrepetible, ¿no lo es también cada lección?
Sea como sea, si Darío y ella lo pueden volver a intentar, deben
hacer todo lo posible por hacer valer estas lecciones. Si no, ¿de qué
sirven? Era la primera vez que ella sentía este impulso, sin
embargo. Querer intentarlo otra vez. En el pasado, las veces
anteriores nunca volteó atrás. Solo concentraba sus energías en
volverse a crear, nacer de las cenizas, como el fénix. Pero luego,
nunca había sentido eso que siente por Darío. Sí, con Efraín hubo
intensidad, pero era enfermizo. Eso nunca fue amor, solo evasión. Y
esto era todo lo contrario. Aquí los dos habían logrado darse apoyo,
crecer. Solo que ella empezó a notar un estanco y el miedo la hizo
desesperar. Esa desesperación la hacía sentir vulnerable y en ese
estado solo podía sobrevivir a la defensiva. El problema es que si
todo el tiempo te estás defendiendo, solo eres capaz de ver ataques
y ofensas.
Lucía recuerda que Michele le había dejado algo, un presente.
Toma su bolso y busca el regalo. Lo abre y ve unos papeles
plegados que al desdoblarse revelan un pequeño envoltorio. Lucía
se percata de que los papeles tienen algo escrito. Es una carta.
Fata dei capelli nero! Come stai?
Carísima Lucía, si estás leyendo esto es porque mi regalo ha
llegado hasta tus hermosas manos. Agradezco al universo esta
oportunidad de comunicarme contigo y me alegra moltissimo que
me estés leyendo. Espero que mis palabras te encuentren bien de
salud y muy feliz. Quiero dejarte este pequeño presente, sobre el
cual me gustaría contarte una pequeña historia, así que espero que
estés sentada y preparada para leer.
Como recordarás, la última vez que vi a la tua bellissima
mamma, tú te encontrabas a punto de terminar la secundaria y
poner en marcha tus planes de ir a la capital a estudiar. Y si tu
memoria es todavía más aguda, recordarás que yo tuve que irme,
muy a mi pesar, a causa de un proyecto de investigación muy largo
en Oceanía. No me malentiendas. Yo amo mi profesión y en verdad
son muy pocas las profesiones que te pueden mostrar todo lo que la
biología marina puede ofrecer. Gracias a ella conocí al amore de la
mia vitta, tu hermosa madre. Pero ahora me iba a separar de ella
por un largo tiempo. Más que en las ocasiones anteriores, en todo
caso. En fin, yo le prometí a tu madre que volvería. Traté de
mantener el contacto y la llamaba de vez en cuando, cuando tenía
oportunidad de hacerlo. Ya la investigación llegaba a su fin y yo solo
pensaba en volver a sus brazos.
Entonces, completamente convencido del amor que le profeso
(aún hasta el día de hoy que escribo estas palabras), tomé la
decisión de pedirle la mano y casarme con ella en lo que llegara a la
isla. Así, antes de volver a ella, hice una breve parada por mi país, a
buscar los anillos de compromiso, que me los había regalado mi
padre, quien para su desgracia, sobrevivió a mi madre y vivió unos
cuantos años en su ausencia. Me los dejó para cuando llegara la
mujer indicada. Ese también había sido el deseo de mi madre.
Y ahora, para mi desgracia, carísima Lucía, hete aquí que
cuando volví a la isla me enteré que me había demorado
demasiado. Tu madre —la mia Luna— nos había dejado. La
desdicha me fue insoportable, tanto, que no fui capaz de esperarte a
que llegaras al día siguiente para llorar juntos la dolorosa pérdida.
La velé durante toda esa noche, bañando de lágrimas su ataúd.
Y así llego al final de mi triste historia, cuya esencia ya me
imagino que habrás deducido. Y es que junto a esta carta, envueltos
por estas mismas hojas, encontrarás otro pequeño envoltorio que
contiene los anillos con los que tu madre y yo nos íbamos a casar.
Recuerdo que, aquella vez, Marina me comentó que tenías pareja y
que parecía bastante seria la relación. No sé por qué razón no te los
dejé aquella vez. Espero sepas perdonar a este viejo sentimental.
Deseo con fervor que contigo si vuelvan a protagonizar una historia
feliz, como fue la de mis padres.
Carísima Lucía, siempre llevo a tu madre y a ti en mi corazón y
en mi memoria. No hay día que pase en el que no las recuerde,
porque con ustedes yo viví los momentos más felices de mi vida.
Solo espero que me puedas recordar de la misma forma.
Para un viejo como yo, a esta edad, cada día y cada segundo
son un nuevo milagro. Por eso, no sé si nos volveremos a ver o a
comunicar.
De cualquier manera, te deseo toda la felicidad, carísima.
Michele.
Capítulo 37
Lucía no pudo evitar soltar unas lágrimas al leer la carta de Michele.
Algunas de tristeza y algunas de alegría. Tocaba una parte muy
querida de su vida y se encontraba muy vulnerable en este
momento. Sin embargo, le había dado fuerzas. El cariño genuino
que siempre profesó por ellas la conmovía y era testimonio de que
el amor, si bien no lo puede todo a veces, es lo único que tenemos
para ayudarnos y para seguir nuestro camino a través de lo incierto.
Ellas habían logrado darle una felicidad sin igual. Y aunque su
madre no estaba ya, su solo recuerdo era capaz de seguir dándole
esa misma alegría. Esto era lo que le parecía increíble, el efecto que
podemos tener sobre las vidas de los demás. Es decir, claro que
sabía de esto, pero lo que casi siempre escuchamos se refiere a
cuánto daño le hizo tal a cuál; de como el que es poderoso arruinó
la vida del débil. Pero qué poco se hablaba del caso contrario. Y su
número debe estar muy lejos de ser escaso.
Esa es la lección, piensa Lucía. Nunca sabemos cuándo, en qué
momento, nos tocará dejar este mundo, y con él, a todas las
personas que amamos, nuestros afectos y todo lo que conocemos;
sin embargo, nos sobrevive nuestro recuerdo, la forma en la que
permaneceremos en la memoria de quienes amamos. Eso sí es algo
sobre lo cual tenemos influencia. Depende de nosotros, en buena
medida. Esta es una determinación que Lucía está dispuesta a
asumir, la de continuar dando alegría incluso después de la muerte.
Lucía abre el envoltorio y descubre los anillos, se deleita en su
hermosura y sencillez. Es inevitable que piense en Darío al
contemplarlos. Además está segura que a él le gustarían. Si
llegaran a casarse, no quisiera un acto tradicional. Lo contrario sería
mejor. Algo que ellos mismos podrían crear. Se está adelantando a
los hechos. Ni siquiera ha salido del transbordador y ya su
imaginación ha salido corriendo tras sus anhelos secretos. Guarda
los anillos y la carta. Y se vuelve a recostar, más vale dormir un rato,
aunque sea.
Lucía llega en la mañana a tierra firme. Antes de seguir el
camino, decide comer algo. Pide un emparedado y un café. Cuando
fue a probarlo, el café dejó un sabor un poco desagradable en su
boca. Era algo en el aroma y el sabor. No podía precisarlo bien.
Decidió pedir otro. Era posible que esa taza no hubiera sido bien
lavada, o también que el café usado tuviera algún tipo de defecto en
esa porción particular. Sin embargo, cuando le sirvieron el otro y lo
probó, ocurría lo mismo. No era una sensación muy fuerte, pero
prefirió no tomarlo. Solo comió las empanadas y luego pidió una
gaseosa. Lástima, en verdad tenía ganas de un café.
Al salir de la cafetería, tuvo que correr. El autobús que iba a la
capital ya estaba partiendo y el próximo se demoraría demasiado en
salir. Por poco se le va. Logró subirse, e incluso tuvo la suerte de
conseguir asientos disponibles, lo cual era un verdadero privilegio
en estos casos. Este era un viaje de varias horas que era mejor
hacerlo sentada. La gran mayoría de estas horas las pasó
durmiendo, con excepción de ese tramo en que la carretera
atraviesa el desierto, bordeando la costa. Era la razón por la que
prefería viajar por tierra. Había una parte del camino en la que la
costa se alcanzaba a ver hasta muy lejos. La tierra, el agua y el aire
se unían por un momento, en el horizonte. Entonces recordaba el
sueño que había tenido en la Hermanita y entre aquellos
pensamientos volvió a caer dormida.
La despertó el conductor para avisarle que ya habían llegado a la
capital. Atardecía y el cielo estaba despejado, sin nubes. El sol
componía el regalo de colores del ocaso, para la admiración de
todos en la ciudad. Esa visión y la brisa fresca levantaron su ánimo.
Así emprendió con decisión el camino hacia el apartamento del
centro y a su encuentro con Darío. Solo esperaba poder conseguirlo
ahí. ¿Y si está con otra mujer? Ahí estaba otra vez su imaginación,
queriendo escapársele.
En el camino, le pareció que recorría la ciudad por primera vez.
Las calles, los edificios, sus colores, la gente misma, todo parecía
mostrarle un rostro nuevo, una dimensión oculta que antes no había
percibido. Se sentía contenta y alegre de volver. La vida se volvía a
mostrar como posibilidades.
Al fin había llegado al edificio. Lo único que controlaba sus
ansias y su emoción por subir corriendo, tocar la puerta y verlo, era
el temor de que la rechazara. Por eso comenzó a subir lentamente
las escaleras, sincronizando sus pasos con su respiración calmada.
A medida que subía, se iba conformando a la idea de que, muy
probablemente, estaba embarazada. De que había una vida
gestándose dentro de ella. No podemos cambiar el pasado, pero sí
la influencia que tendrá sobre nuestro futuro. Sabe que su vida
puede correr peligro.
Llega a la puerta y duda en tocarla. No sólo por miedo al
rechazo. También porque ha comprendido su situación. Si en verdad
está embarazada, la vida que lleva dentro también está en peligro.
Incluso la de Darío podría estarlo. Ahora comprende también el
mensaje de su sueño. La única manera de salvar esa vida, el niño
guía, es estando con Darío, por el amor que siente por él. ¿Sería
capaz de decirle la verdad? La única certeza que tiene ahora es ese
sentimiento. Solo tiene eso. Todo lo demás se encuentra manchado
por la tinta de la precariedad. Y si de alguna forma todo este
embrollo puede resolverse, sea como sea, solo puede ser a través
de ese sentimiento que ella siente hacia él. La única posibilidad de
que él pueda comprenderla, o de que aunque sea lo intente, y de
que pueda asimilar la verdad (y si esta lo hiriera, la posibilidad
misma de que pueda perdonarla a ella), sería dejando que de ese
sentimiento brotaran todas sus acciones. Solo así, si las cosas se
ponían mal, podría él recordarla como su amor y por su amor. Justo
como Michele la recordaba a ella y a su madre. Si lograba eso,
entonces podía ser que él creyera en la verdad de ese sentimiento,
puro y verdadero. Y en esa certeza, seguramente, hallaría las
fuerzas para superar cualquier prueba. Esa sería su guía, si alguna
vez él mismo se hallaba en un laberinto. Cuántas prácticas
espirituales tratan de enseñarnos lo ilusorio de la vida y las
consecuencias del apego, pero olvidan que esa moneda, aunque
transitoria y fugaz, también es lo que le puede dar sentido a nuestra
estadía temporal en este mundo. Cierto, nos puede perder, como le
sucedió a Efraín. Pero también nos puede salvar, ayudándonos a
continuar haciendo nuestro camino.
Toca la puerta.
Siente sus piernas temblar.
Abren la puerta.
La sola visión de Darío la ha llenado de felicidad. Sonríe y siente
que sus ojos empiezan a colmarse de lágrimas, solo de lo contenta.
Porque al ver sus ojos, al ver su mirada, entendió que él también
había añorado el reencuentro, que también sentía ese amor. Todos
los temores de Lucía desaparecen en ese momento. No sabe qué
va a pasar, no sabe cuál será la suerte de los dos. O quizá de los
tres. Pero al verlo, sabe que, pase lo que pase —no importa qué tan
terrible sea— eventualmente todo se resolverá.
Todo va a estar bien.
Capítulo 38
Al fin Henry, Juanita y Ana llegan al hospital. En el camino, el tráfico
estaba entorpecido por un accidente, afortunadamente sin nada que
lamentar.
Henry sentía una emoción grandísima, como no la sentía desde
hacía mucho. Estaba muy ansioso por contarle a su padre. Había
soñado con Lucía, por primera vez en su vida. Y todo había sido tan
vívido que ahora hasta podía recordar la voz de su madre. Ella
tarareaba melodías como cuando lo cargaba siendo un bebé. Claro
que ya no lo cargaba y él tampoco era un bebé. Estaban en su
cuarto. Lucía terminaba de ponerle un casco de seguridad, después
de haberle colocado protectores para las rodillas, los codos y las
muñecas. Henry le preguntó si Darío era su verdadero padre.
Entonces Lucía colocó sus manos sobre los cachetes de Henry. Él
podía sentir el calor de sus manos. Luego Lucía le dio un beso en la
frente. Henry cerraba los ojos. Todavía sentía las manos y el beso
de su madre. Entonces abrió los ojos, pero no la vio, aunque todavía
la sentía. En ese momento escuchó su voz: —¿Sientes mis manos y
mi beso, Henry? —le preguntó. Y él contestaba que sí. —¿Pero me
puedes ver? —dijo luego. A lo cual contestó que no. —Entonces, de
cierta forma estoy contigo, aunque no parezca, ¿cierto? —Henry
sonrió, asintiendo. Luego ella dijo: —Quizá Darío no parezca tu
padre, de cierta forma; pero si lo ves desde otra perspectiva, sí lo
es.
Entonces, Lucía lo abrazó. Henry la abrazaba fuertemente y
empezó a sentir que el cuerpo de ella se iba transformando. Sentía
algo parecido a los imanes cuando se tratan de juntar los polos
iguales. Luego los pelos se le paraban, se le ponía la piel de gallina
y sentía como si le pasara corriente por el cuerpo. Después volvió a
escuchar la voz de su madre, diciéndole que, aunque él no pudiera
verla, ella siempre estaba con él, como en ese momento y que era
hora de que saliera de su habitación y se lanzara por la rampa.
Henry vio entonces que desde la puerta de su cuarto bajaba una
rampa enorme que daba hacia un parque grandísimo. Abajo podía
ver a Darío, esperándolo. Tomó la patineta que había en el umbral y
se lanzó. En ese momento, despertó. Ya estaba amaneciendo. Algo
le decía que tenía que ir a ver a su padre en la sala de emergencias
del hospital. Despertó a Juanita y a Ana, su hija. Luego salieron los
tres.
Cuando entraron, vieron a Colmenares. Él les indicó a los niños
por dónde podían encontrar a Darío. Juanita se quedó con el
agente, poniéndose al día de todo lo que había ocurrido.
Henry se asustó cuando vio a Darío en una silla de ruedas.
Corrió a saludarlo y Ana lo siguió. Ella se conmovió mucho al ver el
abrazo que se dieron. Se notaba lo felices que estaban ambos.
—Papá, ella es Ana, la hija de Juanita.
—Ya nos conocíamos, ¿cierto?
—Hola, señor Darío.
—Qué bueno saber tu nombre al fin, Ana. Dime Darío solamente,
no hace falta el señor.
—¿Cómo se siente? —preguntó la niña, mientras veía la silla.
—Ah, estoy bien. Esto es solo por precaución. Tengo algunas
heridas pero nada grave.
—¿Y Juanita?
—Afuera, hablando con el policía Colmenares —dijo Henry.
Después de una pausa continuó —Darío, Espinosa me contó sobre
Efraín, pero nada de lo que me contó cambia las cosas, ni quiero
escuchar más nunca sobre él. Nada cambia que tú eres quien me
ha cuidado todos estos años y que a tu manera, siempre has estado
ahí. Gracias.
Por primera vez, después de todo este tiempo, Darío podía
respirar con calma y permitirse sentir una paz que se había negado
por muchos años. Por la puerta, entraba Juanita y una sonrisa
placentera adornó el rostro de Darío.
—Ana y yo estábamos pensando —le decía Juanita a Darío—
que sería divertido hacer un pequeño viaje, después de que te
recuperes, claro. Tengo una prima que vive en el campo, más o
menos a tres horas, saliendo por el norte. El clima es divino. Tiene
una cabañita para huéspedes, tiene vacas, caballos, gallinas. Muy
cerca corre un río con agua fresca.
—Pues…
—Nosotras la visitamos siempre que hay una oportunidad. Es un
lugar muy tranquilo. A Henry le encantaría, él me estaba diciendo
que le gustaría montar a caballo. ¿Qué dices, Darío? Después de
todo lo que han tenido que pasar durante estos días, necesitan un
buen descanso, apartarse de la ciudad por unos días, recargar
energías.
Darío miró a Henry, como haciendo una consulta telepática.
—Está bien, sí —dijo—, me parece una idea estupenda.
Ana y Henry celebraron.
—Tranquilo —dijo Juanita a Darío—, te prometo que no te vas a
arrepentir. Es más, ya verás que me lo vas a agradecer luego.
FIN