Esta
obra está relacionada profundamente con la historia del norte de Gran
Bretaña, donde convergen el mundo industrial y obrero, y los sindicatos, la
religión católica y el protestantismo. El norte, el Ulster, posee el influjo de los
germanos y de los vikingos con lo que el resultado de esas fuerzas de
choque, como se puede entrever, es tremendo.
Heaney tiene predilección por el dato arqueológico. Acude a esta fuente
buscando la verdad histórica de su raza atraído afectivamente por la huella
cultural de sus ancestros, como lo hiciera Pablo Neruda en Altura del Machu
Picchu.
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Seamus Heaney
Norte
ePub r1.0
Titivillus 30.07.17
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Título original: North
Seamus Heaney, 1975
Traducción: Margarita Ardanaz
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2
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PRÓLOGO
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SEAMUS HEANEY, poeta irlandés nacido en el condado de Derry (Irlanda del Norte) en
1939, resume en su obra gran parte de la larga tradición literaria angloirlandesa.
Como otros muchos escritores celtas, ha sabido combinar el exilio voluntario y
temporal que la docencia impone, con el profundo arraigo en su tierra natal y su
cultura.
Ser irlandés y del Ulster condiciona, sin duda, la carrera de cualquier artista. Estar
orgulloso de una de las tradiciones literarias más antiguas y fructíferas del mundo
indoeuropeo y, a la vez, pertenecer desde el punto de vista de la administración
política, de la educación y del idioma a Inglaterra, es uno de los conflictos que, de
manera recurrente, aparecen en su obra.
Naturalmente no es casual que su libro más representativo se titule precisamente
North (1975). Es, en mi opinión, el libro más maduro de su quehacer poético y ya
está considerado como un clásico por la crítica más especializada.
Norte es el emblema, resumido en una única e inequívoca palabra, de, al menos,
tres aspectos fundamentales en la historia de la Gran Bretaña: el Norte siempre
indomable, bravío, industrial y obrero donde se han asentado tanto el radicalismo
religioso como los movimientos sindicalistas y laboristas; el Norte danés de las Islas
Británicas influido por la cultura de los pueblos germánico-nórdicos, y colonizado
por los implacables guerreros vikingos; y el Norte, es decir, el Ulster, de una Irlanda
dividida contra la voluntad y el corazón de muchos.
Seamus Heaney no ha sido nunca ajeno a sus señas de identidad históricas y
culturales; ha formado parte de los círculos poéticos de Belfast y, sobre todo, ha
transformado todas sus experiencias de atento espectador en la materia narrativa de
sus poemas.
En tal sentido, destacan en este libro los textos inspirados en hallazgos
arqueológicos, en especial de personas momificadas en las turbas de los pantanos, en
los que el poeta actualiza el pasado y enlaza los siglos y su discurrir con su propia
vida, tanto intelectual como sentimentalmente.
En pocas ocasiones podríamos decir con más propiedad que en ésta que Seamus
Heaney es un poeta comprometido con su tiempo, con su país y con sus gentes. En
Norte encontramos múltiples y brillantes referencias a su infancia y a sus recuerdos
rurales, al tiempo que alusiones a la conciencia política, siempre dolorosa, y, sobre
todo, al cariño por el protagonista inevitable: el ser humano. Todo ello arropado por
un lenguaje que es, en última instancia, el verdadero espectador y protagonista del
mundo al que remite.
Y de una enorme complejidad y dificultad tanto para el traductor como para el
lector, dado lo a menudo remoto de su mundo. Nos daríamos por satisfechos si esta
traducción sirviera para hacérnoslo más accesible y próximo.
MARGARITA ARDANAZ
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NORTE
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MOSSBAWN: DOS POEMAS DEDICADOS
A Mary Heaney
LUZ DE SOL
HUBO una ausencia iluminada por el sol.
La bomba con su casco del agua de aquel patio
calentaba su hierro,
agua melada
en el suspenso cangilón
y el sol estaba
como parrilla que se enfría
contra el muro
de cada largo atardecer.
Así también sus manos se afanaban
sobre aquella bandeja,
el horno enrojecido
irradiaba su placa de calor
hacia donde ella estaba
con un mandil enharinado
al pie de la ventana.
Ahora limpia la tabla
con el ala de un ganso,
o se sienta, regazo generoso,
con blanquecinas uñas
y en sus piernas canillas rubeoladas;
aquí, de nuevo, hay un respiro,
el bollo que ya estoja
al sonar dos relojes.
Y es que el amor es esto
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como la pala de hojalata
hundida más allá de su destello
en la masa de harina.
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2
LOS SEGADORES
PARECE que existieron hace cientos de años. Brueghel,
Tú los conocerás si te los hago reales.
Se agachan bajo el seto formando un semicírculo,
Tras la abrigada el viento se abre paso.
Son ellos, segadores. Los ojos y los tallos
Del brote surgen ya en las patatas de siembra
En la paja enterradas. Para matar el tiempo
Se lo toman con tiempo. Cada cuchillo hiende con pereza
El tubérculo en dos mitades que caen separadas
Sobre la palma de la mano: un destello lechoso,
Y, en el centro, la oscura filigrana.
¡Ah, las costumbres de almanaque! Bajo aquella retama
Que amarillea sobre ellas, compón tú mismo el friso,
Ponnos dentro a nosotros, nuestras anonimidades.
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PRIMERA PARTE
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ANTEO[1]
CUANDO yazgo en el suelo
Encendido me yergo cual rosa en la mañana.
Siempre me tiro a tierra en las peleas
Para frotarme con la arena
Y eso funciona
Como elixir. No puedo destetarme
Del extenso contorno de la tierra, sus venas-ríos.
Aquí abajo en mi cueva
Ceñido por la roca y la raíz
Me acuno en las tinieblas que me engendran
Y me nutro por todas las arterias
Lo mismo que un montículo.
Que cada nuevo héroe venga
En busca de manzanas doradas y del Atlas.
Luchar debe conmigo antes de penetrar
En este reino de la fama
Entre los celestiales y los de sangre real:
Puede arrojarme y renovar mi nacimiento
Pero que no se salga con su plan de levantarme en vilo de la tierra,
Mi elevación, mi caída.
1966
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BELDERG
«NO paraban de salir
Y pensábamos que no eran de aquí»—
Pacíficas y tuertas
Yacían junto a su casa,
Muelas de molino sacadas del pantano.
¡Alzar la tapa de la turba
Y hallar esta pupila soñando
Con el trigo neolítico!
Cuando él retiró el manto vegetal
Los siglos suavemente amantonados
Se abrieron locuazmente;
Las primeras señales del arado,
Los campos de la edad de piedra, la tumba
Verdosa, amensulada y con forma de cámara,
Alfombrada por hierba desecada.
Un paisaje fosilizado,
Los diseños de sus muros de piedra
Repetidos ante nuestros ojos
En los pétreos muros de Mayo[2].
Antes de que me fuera
Habló de persistencia,
De vidas congruentes,
De cómo, desbrozado y limpio de piedras,
Creció su hogar cercado
Por el hierro, el pedernal y el bronce.
Así que yo le hablé de Mossbawn,
El nombre de una tierra pantanosa. «Pero ¿moss?»
Cruzó la música de mi antiguo hogar
Con más antiguos y Nórdicos compases.
Yo le había contado cómo su asentamiento
Era mutable como el sonido
Y cómo yo podía derivar
Una doble raíz de aquel suelo
Y hacer de bawn un fuerte inglés,
La fortaleza de un colono,
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O hacerlo santuario
Y pensar que era irlandés,
Persistente aunque gastado.
«Pero ¿y el anillo nórdico en tu árbol?»
Pasé a través del ojo de la muela,
Molienda para un antiguo molino,
Y vi en el ojo de mi mente
Un árbol del mundo de equilibradas piedras,
Muelas amontonadas como vértebras,
Y como sedimento el triturado tuétano.
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RITOS FUNERARIOS
SOPORTABA en mis hombros una especie de hombría
al acercarme a levantar los ataúdes
de familiares muertos.
A los que habían colocado
en estancias infectas,
los párpados brillantes,
las manos blancas cual la masa
trabadas por las cuentas del rosario.
Sus plegados nudillos
se habían estirado, y las uñas,
oscurecido, las muñecas
dócilmente inclinadas.
El sudario marrón como de algas,
los nichos acolchados por el raso:
me arrodillé con cortesía
admirándolo todo
mientras la cera derretida
nervaba las candelas,
las llamas se cernían
en torno a las mujeres
que estaban a mi espalda.
Y siempre, en un rincón,
la tapa de la caja,
revestidos los cierres
con diminutas y brillantes cruces.
Queridas máscaras de jaboncillo;
había que besar
sus frentes de iglú
antes de que hincaran los clavos
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y el glaciar negro
de cada funeral
se abriera paso.
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II
Mientras llegan las nuevas
de cada asesinato lugareño
languidecemos por la ceremonia,
por los ritmos acostumbrados:
los atemperados pasos
de un cortejo que pasa serpenteante
por cada hogar cerrado.
Me gustaría restaurar
las grandes cámaras de Boyne[3],
preparar un sepulcro
bajo las piedras señaladas.
En carreteras y calles secundarias
el zumbido de coches familiares
metiendo el morro en la fila,
toda la música folklórica
de los tambores con sordina
de diez mil motores.
Y mujeres sonámbulas,
rezagadas, moviéndose
por cocinas vacías
imaginando nuestro lento triunfo
hacia el montón de tierra.
Callada cual serpiente
en su bulevar de hierba
la procesión aún arrastra su cola
por la Brecha del Norte
mientras que la cabeza ya está entrando
en la avenida megalítica.
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III
Cuando hayan colocado nuevamente
la piedra de la entrada
volveremos al norte
pasados los fiordos de Carling y de Strang
la rumiante memoria
de momento calmada, es la sentencia
del odio apaciguado,
imaginando a aquellos que bajo la colina
dispuestos como Gunnar[4]
que hermosamente yace
enterrado en el túmulo
aunque muerto violentamente
y no vengado.
Dicen los hombres que estaba recitando
versos sobre el honor
y que cuatro lámparas ardían
en las esquinas de la cámara:
y que ésta se abrió entonces, mientras él se volvía
con cara de contento
a contemplar la luna.
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NORTE
Yo regresé a una ribera extensa,
a una bahía en forma de herradura,
y tan sólo encontré los seculares
poderes del tormentoso Atlántico.
Y me enfrenté a las tentaciones
no mágicas de Islandia,
y a las patéticas colonias
de Groenlandia, y de repente,
aquellos fabulosos invasores,
los que yacen en las Órcadas o en Dublin
medidos con arreglo
a sus largas espadas oxidadas,
los que lo hacen en los sólidos
vientres de barcos de piedra,
los desbastados y relucientes
en la grava de arroyos deshelados
eran voces ensordecidas por el mar
que me alertaban, puestas en pie de nuevo,
de guerra y de epifanía.
La boca nadadora del alargado barco
iba boyante de postmonición—
decía el blandiente martillo de Thor[5]
para la geografía y el comercio,
los espesamente urdidos vínculos y venganzas,
los rencores y odios
de la gran asamblea, mentiras y mujeres,
y el agotamiento al que llamaban paz,
memoria que incubaba la sangre derramada.
Decía, «Asentaos
sobre el montón de palabras, horadad
el destello y el dédalo
de vuestros pliegues cerebrales.
Construid en la oscuridad.
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Esperad la aurora boreal
en la incursión profunda,
no la cascada luminosa.
Y mantened el ojo limpio
como el carámbano,
confiad en el tacto del trozo de tesoro
que han conocido vuestras manos».
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DUBLÍN VIKINGO: PRUEBAS
Podría ser un hueso de mandíbula,
una costilla o un trozo
de un material más fuerte:
de cualquier modo, un fino trazo
fue grabado, una jaula
o enrejado donde hacer conjuros.
Como lengua de niño
que sigue los esfuerzos
de su caligrafía,
como una anguila inmersa
en un cesto de anguilas,
se asombra el trazo de sí mismo
esquivando la mano
que lo alimenta,
un pico en vuelo,
una nariz nadando.
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II
Estas son pruebas,
el misterio del oficio
improvisado en hueso:
bestiarios y follaje
elaboradamente entrelazados
como redes viarias
de los ancestros y el comercio.
Que tienen que ser
magnificadas en la exhibición
de manera que la nariz
es una proa migrante
olfateando el Liffey[6]
pavoneándose hasta el vado,
disimulándose a sí misma
en peines de cuero, alfileres de hueso,
monedas, pesas, platillos de balanza.
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III
Como una larga espada
envainada en sus húmedas
arcillas funerarias,
la quilla está varada
en el declive de la ribera,
su casco de tingladillo
vertebrado y plosivo
como Dublin.
Y ahora tenemos a mano
fragmentos de vértebras,
los nervios de las cuadernas,
el húmedo escondite,
y estas pruebas
grabadas por un niño,
un barco alargado, una boyante
línea migratoria.
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IV
Que penetra mi escritura,
se vuelve cursiva, desatando
una estela zoomórfica,
un gusano de pensamiento
que sigo hasta el fango.
Soy Hamlet el danés,
el de la calavera, aquél de las parábolas,
el oledor de lo podrido
en el estado, infuso
con sus venenos,
maniatado por fantasmas
y afectos,
crímenes y piedades,
el que tomó conciencia
saltando entre las tumbas,
vacilando, desvariando.
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V
Ven a volar conmigo,
ven a olfatear el viento
con la pericia
de los Vikingos—
en buena vecindad, teniendo en cuenta
a asesinos y brujas,
regateadores y usureros,
acaparadores de cicaterías y ganancias.
Con aplomo de carnicero
ensancharon tus pulmones
y construyeron alas cálidas
para tus hombros.
Padres de antaño, quedaos con nosotros.
Viejos y astutos asesores
de feudos y de enclaves
para el bosque y la ciudad.
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VI
«¿Oíste alguna vez»
dijo Jimmy Farrell
«hablar de aquellas calaveras que tienen
en la ciudad de Dublín?
Calaveras blancas y calaveras negras
y calaveras amarillas, y algunas
con los dientes completos y otras
con solamente uno»,
y compusieron la historia
en la sartén de «un viejo Danés,
quizá se ahogó,
en la Inundación».
Mis palabras lamen
los muelles de adoquines, y van de caza
ligeras como sandalias
sobre el suelo sembrado de cráneos.
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EL ESQUELETO CAVADOR
A IMITACIÓN DE BAUDELAIRE
ENCUENTRAS láminas anatómicas
Enterradas en estos polvorientos muelles
Entre libros amarillentos como momias
Adormilados en cajones abandonados,
Dibujos tocados de una extraña belleza
Como si el ilustrado hubiera
Respondido gravemente a los tristes
Mementos de anatomía—
Misteriosos y cándidos estudios
Del rojo lodo que rodea los huesos.
Como éste: hombres desollados y esqueletos
Cavando la tierra como peones.
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II
Triste caterva de apariciones,
Vuestros pelados músculos, como trenzada juncia,
Vuestras columnas argolladas hacia el hundido borde
De la azada, mis pacientes,
Decidme, pues trabajáis muy duro
Para romper este implacable suelo,
¿Qué graneros tenéis que llenar?
¿Qué labrador os arrastró desde el osario?
O sois, acaso, de la verdad emblemas,
Vividores de muerte, acarreados desde la estrecha celda
Y despojados de vuestros sudarios, para decir:
«Esta es la recompensa de la fe
En eterno descanso. Hasta la muerte
Miente. El vacío defrauda.
No caemos como hojas otoñales
Para dormir en paz. Algún traidor aliento
Reanima nuestra arcilla, nos envía muy lejos
Y con el sudor de nuestras desnudas frentes
Ganamos nuestras muertes: nuestro único reposo
Cuando el ensangrentado pie halle su azada».
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SUEÑOS DE HUESO
HUESO blanco encontrado
en el pastizal:
el áspero y poroso
lenguaje del tacto
y su armazón amarillenta
impresa sobre el césped—
una pequeña naveta.
Muerta como una piedra,
pedernal, pepita
de tiza,
una vez más la toco,
y la enrollo
en la honda de la mente
para lanzarla a Inglaterra
y seguir su caída
en campos extranjeros.
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II
Casa de huesos:
un esqueleto
en las viejas mazmorras
de la lengua.
Retrocedo
a través de dicciones,
doseles isabelinos.
Ardides normandos,
el erótico espino
de Provenza
y los latines cubiertos de hiedra
de los clérigos
hasta el sonido vibrante
del bardo, el destello
de hierro de las consonantes
hendiendo el verso.
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III
En las atesoradas
riquezas de la gramática
y las declinaciones
encontré ban-hus[7],
su fuego, bancos,
techumbres y vigas,
donde el alma
revolotea un poco
en el sobrado.
Había un pequeño cántaro
para el cerebro,
y un caldero
de generación
pendía del centro:
guarida del amor, cubil de la sangre,
bóveda del sueño.
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IV
Volved, pasados,
filología y kennings,
reentrad en la memoria
donde el tuétano del hueso
es un nido de amor
en la hierba.
Sostengo la cabeza de mi dama
como un cristal
y me osifico
al mirarla: soy los cantos rodados
sobre sus escarpas,
una tiza gigante
esculpida en sus laderas.
Pronto mis manos, en la hundida
fosa de su espina
se mueven hacia las oquedades.
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V
Y terminamos
acunándonos
entre los labios
de un terraplén.
Mientras estimo
por placer
el pavimento de sus nudillos,
los portillos girantes
de los codos
la vallum[8] de su ceja
y la larga cavidad
de la clavícula,
he comenzado a recorrer
la muralla de Adriano
de sus hombros, soñando
con el Castillo de la Doncella.
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VI
Una mañana en Devon
encontré un topo muerto
perlado aún de rocío.
Yo pensaba que el topo
era un excavador de fuerte osamenta
pero allí estaba
pequeño y frío
como el mango de un formón.
Se me dijo «Sopla,
sopla a contrapelo la piel de su cabeza.
Aquellos puntos diminutos
eran los ojos.
Y tócale los hombros».
Toqué pequeños y distantes Peninos[9],
un pellejo de hierba y de grano
que corría hacia el sur.
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VEN AL REFUGIO
TOCADAS van mis manos
Por la enredada arbeja y por la zarza,
A su paso buscando mollejas estallantes
De tesoros
Hacia donde la reina refugiada en la sombra,
A la que yo desato,
Está esperando. Fuera del buche negro
De la turba, el afilado sauce
Se retira suave.
Yo desenvuelvo pieles y contemplo
El cuenco de la calavera,
El pliegue húmedo de cada rizo
Rojizo como el rabo de un zorro,
Una marca de gorguera en la carne
De su garganta. Y agua de manantial
Brota a su alrededor.
Llego de paso
Al lavado lecho de río
Sueño de oro para el vellón
De su hueso de Venus.
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REINA DEL PANTANO
ESTABA tumbada y esperando
entre el césped y la pared de la heredad,
entre cotas de brezo
y piedra de cristal dentada.
Como alfabeto braille era mi cuerpo
para aquellos influjos sigilosos:
soles del alba avanzaban a tientas en torno a mi cabeza
y se enfriaban a mis pies,
a través de mis pieles y tejidos
las humedades del invierno
me digerían,
y las raíces iletradas
sopesaban y morían
en las concavidades
de estómago y alvéolo.
Tumbada y esperando
sobre el lecho de grava,
el cerebro se me iba oscureciendo,
una jarra de huevas
fermentando debajo
sueños del ámbar báltico.
Bayas macadas bajo mis uñas,
el tesoro vital disminuyendo
en la vasija de la pelvis.
A mi diadema le salieron caries,
gemas caídas
en el témpano de la turba
como los acontecimientos de la historia.
Un glaciar negro y arrugado era mi faja,
telas teñidas
y bordados fenicios
enredados
en las suaves morrenas de mis pechos.
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Conocía el frío invierno
como el hocico de los fiordos
en mis muslos—
las plumas empapadas,
la pesada envoltura de las pieles.
Y mi cráneo invernaba
en el húmedo nido de mi pelo.
Que ellos robaron.
Fui desnudada
y afeitada
por la hoja de un cortacésped
que me cubrió de nuevo
y llenó la hondonada suavemente
entre las jambas de piedra
a mi cabeza y a mis pies.
Hasta que la mujer de un par le sobornó.
La trenza de mi pelo,
un viscoso cordon umbilical
de lodo, había sido cortada
y surgí de lo oscuro,
hueso mellado, calavera quincalla,
deshilachadas costuras, mechones,
minúsculos destellos en la orilla.
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EL HOMBRE DE GRAUBALLE[10]
Tal que vertido
en brea, yace
sobre almohada de césped
y parece llorar
su propio río negro.
La textura de sus muñecas
es como roble de pantano,
el calcañar
cual huevo de basalto.
Su empeine se ha encogido
frío como la pata de los cisnes
o una raíz de húmeda ciénaga.
Son sus caderas como el manto
y el pie de un mejillón;
la columna, una anguila detenida
bajo un brillo de fango.
La cabeza se yergue,
el mentón es visera
que se alza sobre el corte
del tajo en su garganta
curtida y correosa.
La ya curada herida
se abre hacia dentro, a un oscuro
ámbito de bayas de saúco.
¿Quién llamará «cadáver»
a este vivido molde?
¿Quién «cuerpo» llamará
a este opaco reposo?
Y su herrumbroso pelo,
distinto al de una estera,
como el de un feto.
Vi por primera vez su retorcida cara
en una foto;
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un hombro y la cabeza
que asoman de la turba,
como bebé con fórceps, magullados;
Pero ahora yace
perfeccionado en mi memoria,
hasta el ángulo curvo
de sus uñas rojizas,
suspendido en la balanza
junto con la belleza y con la atrocidad
con el Galo Moribundo[11],
demasiado estrictamente rodeado
por su escudo,
con el peso concreto
de cada encapuchada víctima
acuchillada y arrumbada.
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CASTIGO
NOTO el tirón
de la soga en su nuca,
el viento
en su desnudo torso.
Aventa los pezones
como cuentas de ámbar,
agita el frágil aparejo
de las costillas.
Veo su cuerpo
ahogado en el pantano,
el lastre de la piedra,
las varas y las ramas aún flotando.
Bajo las que al principio
ella era un arbolito sin corteza
al que se arranca,
hueso de roble, tonelillo de seso:
la cabeza afeitada
como rastrojo de negra mies,
la venda de los ojos toda sucia,
el dogal un anillo
en donde almacenar
los recuerdos de amor.
Pequeña adúltera,
antes de que te castigaran
tu pelo era muy rubio,
estabas desnutrida y era hermoso
tu rostro ennegrecido por la brea.
Mi pobre chivo expiatorio,
casi te amo
mas hubiera arrojado, bien lo sé,
las piedras del silencio.
Soy el mirón taimado
de tu cerebro expuesto
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y tus oscurecidos prendedores,
de tus haces de músculos
y de todos tus huesos numerados
yo, que me quedé mudo
cuando traidoras, tus hermanas,
con redaño de brea,
junto a las barandillas sollozaban,
yo lo iba a consentir
con mi civilizada atrocidad,
aunque entendiera la precisa
y tribal venganza íntima.
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EXTRAÑO FRUTO
He aquí la cabeza de la muchacha como exhumada calabaza.
De cara oval, piel de ciruela, y por dientes los huesos de ciruela.
Desenredaron el helecho húmedo de su cabello
Y exhibieron su rizo,
Dejando al aire su curtida belleza.
Cabeza de sebo, perecedero tesoro:
Su nariz rota, oscura como un terrón de turba,
Las cuencas de sus ojos vacías como estanques de las antiguas obras.
Diodoro Sículo[12] confesó
Su progresiva calma ante cosas así:
Asesinada, olvidada, anónima, terrible
Muchacha decapitada, que al hacha planta cara
Y a la beatificación, que planta cara
A lo que había empezado a sentir como reverencia.
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ESTIRPE
Emparentado por el jeroglífico
de turba en un abierto campo
con la víctima estrangulada,
nido de amor en el helecho,
penetro en los orígenes
como el perro da vueltas
a sus recuerdos ancestrales
sobre la estera en la cocina:
se agita el suelo del pantano,
pía y cecea el agua
mientras piso al andar
juncos y brezo.
Amo esta faz de hierba,
sus negras incisiones,
los secretos recónditos
de procesos y ritos;
amo la primavera
que brota de la tierra,
de cada terraplén pende una horca,
cada charca
la desatada lengua
de una urna, bebedora de luna,
no para ser sondada
por el ojo desnudo.
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II
Marisma, ciénaga, marjal:
reinos del légamo,
heredades de los de sangre fría,
de guaridas de lodo y huevos enfangados.
Pero pantano
que significa suave,
lluvia que cae sin viento,
pupila de ámbar.
Rumiante suelo,
digestión de molusco
y vaina,
profundo arcón de polen.
Despensa de la tierra y bóveda de hueso,
declive solar, embalsamadora
de votivas ofrendas
y fugitivos muertos por la espada.
Novia insaciable.
Tragasables,
muladar, cofre,
témpano de la historia.
Suelo que dejará al desnudo
su lado más sombrío,
suelo propicio al nido,
fondo de mi memoria.
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III
Encontré un azadón
oculto en el helecho,
inerte y plano, ya cubierto
de una verdosa niebla.
Al levantarlo
los suaves labios vegetales
murmuraron y se abrieron,
un oscuro surco
descubriendo a mis pies
como una piel mudada,
el mango humedecido
mientras lo levantaba
y dejaba escapar
el vaho bajo el sol.
Y han hermanado ahora
ese obelisco:
entre las piedras,
bajo un mojón barbado
hay un nido de amor que es perturbado,
tiemblan la flor del algodón y del amento
cuando levantan
el hendido miembro de roble.
Me quedo al borde de los siglos
frente a una diosa.
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IV
Este centro sostiene
y difunde,
sumidero y semillero,
una bolsa de aguas
y una tumba crisol.
Las madres del otoño
amargan y se hunden,
fermentos de hoja y cáscara
profundizan sus ocres.
Echan los musgos sus cabezas,
el brezo se reserva las semillas,
y los helechos
depositan su bronce.
Esta es la vocal de la tierra
soñando sus raíces
entre flores y nieve,
mutación de la atmósfera
y de las estaciones,
una fruta caída que estercola
el suelo en que se pudre.
Y yo crecí entre todo esto
como un sauce llorón
que se inclinara hacia
los apetitos de la gravedad.
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V
Las cambas talladas a mano
de las ruedas de los carros de hierba
enterradas en el estiércol
del mantillo de turba,
el arco de cupido
del tablero del carro,
los bordes ahuecados
del pesebre:
yo deificaba al hombre
que por allí cabalgaba,
al dios de la carreta,
nodriza del hogar.
Y fui su acompañante
privilegiado, el que llevaba
el pan y la bebida,
el escudero de sus recorridos.
Cuando el verano agonizaba
y olvidaban el campo las mujeres
ya nosotros estábamos
despedidos y lejos.
Repara en nuestra marcha
bajando hacia los setos donde brillan majuelos,
mi varonil orgullo
cuando él habla conmigo.
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VI
Y tú, Tácito,
observa cómo hice mi arboleda
sobre un antiguo palafito
cimentado por los terribles muertos:
una paz desolada.
Nuestra madre tierra
es acre por la sangre
de sus leales,
que yacen boquiabiertos
en su sagrado corazón
mientras desde las fortificaciones
las legiones observan.
Vuelve otra vez a esta
«isla del océano»
donde nada será suficiente.
Lee los inhumados rostros
de víctimas y bajas;
haz un informe ecuánime
de cómo asesinamos
por el bien común
y rapamos cabezas
de notables,
de cómo se traga la diosa
nuestro amor y terror.
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EL AMOR DEL OCÉANO POR IRLANDA
HABLANDO con cerrado acento del condado de Devon,
Ralegh apoyó a la doncella contra un árbol
Como se apoyan Irlanda e Inglaterra
Y avanza tierra adentro
Hasta que quedan sus riberas sin respiro:
Sweesir, Swatter! Sweesir, Swatter!»
Él es el agua, es el océano que le levanta
A ella el verdugado, tal como se levanta un pañuelo de algas
Al frente de una ola.
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II
Mas su espléndida cresta ante Cynthia[13] se inclina
Incluso mientras ésta apresura su corva
En los valles del Lee y del Blackwater.
Lugares ésos son del chapoteo donde él le tendería
A ella su capa. Su nombre en Londres
Surgirá sobre el agua y por estas oscuras filtraciones:
Smerwick[14], sembrado de cadáveres parlantes
De seiscientos papistas, «tan valientes y nobles personajes
Como jamás se vieron».
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III
La perdida doncella se queja en irlandés,
El mar ha dispersado su ensoñación de flotas,
El príncipe español ha derramado su oro
Y le ha fallado a ella. Los yámbicos tambores
De los ingleses redoblan en los bosques en donde sus poetas
Se extinguen como Onán. Luz de juncos, carne de setas,
Ella se desvanece del soñoliento abrazo
En el soplo del bucle y del rocío,
La tierra poseída y poseída.
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AISLING[15]
La cortejó
Con un arte gentil y decadente
Cual la vocal del viento
Que sopla entre los avellanos:
«¿Eres Diana…?»
¿Y era él Acteón,
Y su agudo lamento
El del bramido exhausto de aquel ciervo?
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ACTA DE UNIÓN[16]
ESTA noche, un primer movimiento, un latido,
Tal como si la acumulada lluvia en los pantanos
Se hiciera inundación y torrentera: el pantano revienta,
Un tajo que se quiebra abre el lecho de helecho.
Tu espalda es un contorno definido de costa de levante
Y las piernas y brazos se prolongan
Allende tus colinas jalonadas. Acaricio
Esta provincia palpitante donde nuestro pasado se ha hecho adulto.
Yo soy el reino grande que tu hombro soprepasa,
Al que no has de halagar ni tampoco ignorar.
La conquista es mentira. Envejezco
Tolerando tu costa, independiente sólo a medias,
Dentro de cuyos límites ahora mi patrimonio
Culmina inexorable.
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II
Y todavía soy imperialmente
Macho, que a ti te deja el sufrimiento,
El proceso desgarrador de la colonia,
El ariete, la barrera que estalla desde dentro.
El acta retoñó en una pertinaz quinta columna
Cuya postura crece unilateralmente.
Bajo tu corazón su corazón es un tambor de guerra
Llamando a la asamblea de la fuerza. Ya sus parasitarios
Ignorantes y raquíticos puños
Golpearon tus fronteras y hacia mí sé que apuntan
Desde la otra ribera. No preveo tratado
Que alivie por completo tu hollado
Y trabajado cuerpo, el enorme dolor
Que, como el campo abierto, una vez más te deja descarnada.
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LOS ESPONSALES DE CAVEHILL
LADRA el disparo sus preguntas a las afueras de Cavehill
Y mantiene el basalto perfilado su encaro
Hacia el sur: orgulloso, del norte y protestante, y macho.
Adán intacto, antes del sobresalto de los sexos.
Aún se dispara aquí por el novio y su suerte.
La mañana que en coche salí para acostarme
Entre los escondites de mi amada, sus vainas y retamas,
Por encima del coche hicieron un disparo del arma ritual.
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HÉRCULES Y ANTEO
HIJO del cielo, regio,
el que estrangula a la serpiente, el que arrastra el estiércol,
el empeñado en las manzanas de oro,
su futuro repleto de trofeos,
Hércules tiene la medida
de la resistencia y poderes oscuros
alimentándose del territorio.
Anteo, el que abraza el mantillo,
al fin es destetado:
era renovación cada caída,
pero se ha levantado—
la inteligencia del competidor
es espuela de luz,
un diente azul que lo traslada
fuera de su elemento
hacia un sueño de pérdida
y orígenes— la oscuridad que mece,
las venas de los ríos, los secretos arroyos
de su fuerza,
los campos incubantes
de cueva y subterráneo,
él lo ha legado todo
a los elegiacos. Morirá Balor
y Byrthnoth[17] y Toro Sentado[18]
Alza sus brazos Hércules
con implacable signo de V,
su incuestionable triunfo
por los poderes que ha esgrimido,
y alza y doblega a Anteo,
alto como perfil de sierra,
un gigante dormido,
gachas para los desposeídos.
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SEGUNDA PARTE
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EL SUEÑO DEL LEGISLADOR NO RECONOCIDO
ARQUÍMEDES pensaba poder mover el mundo si tan sólo pudiera
colocar su palanca en el punto adecuado. Billy Hunter ha dicho
que Tarzán movió el mundo cuando saltó de un árbol.
Hundo yo mi palanca en la grieta que sé en la albañilería
de estado y estatuto, me balanceo en esa enredadera de secretos dentro de la Bastilla.
Mi traicionado pueblo clama desde sus jaulas. A los perros
guardianes los tienen sin bozales, un soldado gira la boca de su arma
hasta mi oreja; estoy de pie con los ojos vendados con las manos
detrás de la cabeza hasta que me parece estar balanceándome en una estrapada.
El oficial indica que me siente.
«Considero un honor añadir un poeta a nuestra lista». Él es
divertido y original. «Y aquí estará usted más seguro, en todo caso».
En la celda, me acomodo con los brazos extendidos
en un rincón, y respiro aliviado, salto sobre el cemento
para probarlo. ¿Eran esos tus ojos los ahora entre rejas?
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DIGAS LO QUE DIGAS, NO DIGAS NADA
ESCRIBO justo después de un encuentro
Con un periodista inglés en busca de «pareceres
Sobre la cuestión irlandesa». Estoy de vuelta en los cuarteles
De invierno, donde las malas noticias ya no son noticia,
Donde los hombres-media y los «técnicos» husmean y señalan.
Donde zooms, magnetófonos y cables enrollados
Ensucian los hoteles. Los tiempos están desajustados
Pero me inclino tanto por las cuentas del rosario
Como por los análisis y apuntes
De los políticos y periodistas
Que tantas hojas han emborronado sobre la larga campaña del gas
Y protestan de la gelignita y de la metralleta sten,
Que comprobaron en sus pulsaciones «escalada»,
«Reacción» y «quiebra», «el ala provisional»,
«Polarización» y «odio sempiterno».
Con todo, vivo aquí, también yo vivo aquí, canto
Con experta dicción cortés, con vecinos corteses,
Sobre los altos cables de los primeros informes radiofónicos,
Sorbiendo el falso gusto y los pétreos sabores
De aquellas sancionadas, viejas, elaboradas, secas contestaciones:
«Oh, estoy de acuerdo, ciertamente es vergonzoso»,
«¿A dónde lleva todo esto?» «Cada vez está peor».
«Son asesinos». «Internamiento, comprensiblemente…»
La «voz de la cordura» se está quedando ronca.
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II
Los hombres mueren ahí, a mano. En hogares y calles reventados,
La gelignita tiene un común y seguro efecto:
Como dijo aquél cuando ganó el Celtic, «El Papa de Roma
Esta noche es un hombre feliz». Su grey sospecha
En su más profundo corazón de corazones que el hereje
Está por fin postrado y próximo a la hoguera.
Y temblamos al lado de las llamas mas no queremos trato
Con el fuego real. Estamos a lo nuestro
Como siempre. Largo tiempo chupando de la teta trasera
Fría como de bruja y tan dura de tragar
Que aún nos deja lengüipartidos en la punta:
La liberal nota papista suena hueca
Cuando es amplificada y mezclada con las detonaciones
Que sacuden todos los corazones y ventanas día y noche.
(Es tentador aquí rimar con «dolores de parto[19]»
Y diagnosticar un renacimiento en nuestra situación
Que no sería sino para ignorar los otros síntomas.
Anoche no necesitaste un estetoscopio
Para oír el eructo de los tambores Orangistas[20]
Alérgicos tanto a Pearse[21] como el Papa).
En todas partes se reúnen «pequeños pelotones»—
La frase es de Cruise O’Brien[22] vía aquel gran
Hostigador, Burke— mientras me siento aquí con una molesta
Sequía de palabras al tiempo anzuelo y cebo
Para atraer a la multitud tribal al epigrama
Y al orden. Creo que cualquiera de nosotros
Podría establecer la diferencia entre fanatismo y fraude,
Dado el verso exacto, ære perennius[23].
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III
«La religión ni se menciona en este caso», por supuesto.
«Los conoces por la mirada», y refrenas tu lengua.
«Un bando es tan malo como el otro», nunca peor.
Cristo bendito, ya iba siendo hora de que algún mínimo escape se abriera
En los grandes diques que hizo el holandés
Para represar la peligrosa marea que siguió a Seamus.
Aunque a pesar de tamaña destreza y sedentario oficio
Me siento incapaz. La famosa
Reticencia del norte, la tirante mordaza de lugar
Y de tiempo: sí, sí. Canto a los «seis pequeños[24]»
Donde para salvarte debes salvar la cara
Y digas lo que digas, nada dices.
Las señales de humo serían gritos comparadas con nosotros:
Maniobras para encontrar nombre y escuela,
Sutiles discriminaciones en el trato
Casi sin excepciones a la regla
Ese Norman, Ken y Sidney señalados como Prod[25]
Y Seamus (llámame Sean) era seguro Pape.
Oh, tierra de santo y seña, garra, guiño y mueca,
De mentes abiertas, tan abiertas como trampas,
Donde las lenguas permanecen enrolladas, como bajo las llamas los pabilos,
Donde la mitad de nosotros como en un caballo de madera
Fuimos metidos y confinados como astutos griegos,
Sitiados en el sitio, susurrante morse.
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IV
Esta mañana desde una autopista cubierta de rocío
Vi un nuevo campo de internados:
Una bomba había dejado un cráter de arcilla fresca
En el arcén, y al otro lado, entre los árboles,
Los puestos de ametralladoras perfilaban una auténtica empalizada.
Había esa neblina blanca de las zonas bajas
Y era algo déjà-vu, como una película
De Stalag 17, un mal sueño sin sonido.
¿Hay una vida antes de la muerte? Es lo que está pintado
En Ballymurphy. La aptitud para el dolor,
Las coherentes miserias, un bocado y un sorbo,
Abrazamos nuestro pequeño destino una vez más.
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LIBERTO
Ciertamente, la esclavitud alcanza su máxima justificación en
las primeras épocas del Imperio Romano; ya que un hombre de
una raza «atrasada» podía ser llevado al recinto de la
civilización y ser educado o entrenado en un oficio o en una
profesión, y convertirse en un miembro útil para la sociedad.
R. H. BARROW: LOS ROMANOS
AÑO tras año bajo los arcos subyugado,
Manumitido por pergaminos y en etapas,
Mi conchil era del tinte púrpura de vigilias
En calendarios de ayuno y abstinencia.
«Memento homo quia pulvis es.»
Y me arrodillaba para que me estamparan la ceniza,
Una fricción sedosa, como un ligero punteo de polvo—
Yo estaba bajo aquel pulgar, como toda mi casta.
Uno de los habitantes destinados a la tierra, sin remisión,
Buscaba la marca en vano sobre los agraciados optimi:
Sus estimaciones, sus tasadores ojos
Fijos sobre mi arqueado entrecejo como lampreas.
Luego llegó la poesía hasta aquella ciudad—
Yo abjuraba de toda hipocresía y autocompasión—
Y fue la poesía la que enjugó mi frente y la que me impulsó.
Ahora dirán que muerdo la mano que me alimentaba.
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ESCUELA DE CANTO
El agradable tiempo de la sementera me poseía el alma y así crecí
Igualmente criado por la belleza y el temor;
Privilegiado por mi lugar de nacimiento, y no menos
Por el querido Valle al que, al poco,
Fui transplantado…
WILLIAM WORDSWORTH: THE PRELUDE
Él (el mozo de cuadra) tenía un libro de versos Orangistas y los días en los que
leíamos juntos en el henar me proporcionaron el placer de la rima por primera vez.
Más tarde recuerdo que alguien me dijo, en una ocasión en la que hubo un rumor de
una sublevación Feniana[26], que se estaban distribuyendo rifles a los Orangistas; y al
poco, cuando empecé a soñar en mi vida futura, pensé que me gustaría morir
combatiendo a los Fenianos.
W. B. YEATS: AUTOBIOGRAPHIES
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1. EL MINISTERIO DEL MIEDO
Para Seamus Deane
PUES bien, tal como dijo Kavanagh, hemos vivido
En sitios importantes. La escarpa solitaria
Del St. Columb’s College, donde yo alojara
Durante unos seis años, dominaba tu Bogside.
Dirigí la mirada a nuevos mundos: la garganta inflamada
De Barndywell, su canódromo iluminado,
El estertor de la liebre. La primera semana
Tenía tanta morriña que ni siquiera podía comer
Las galletas guardadas para endulzar mi exilio.
Y una noche las tiré por la valla
En septiembre de 1951
Cuando las luces de las casas de Lecky Road
Eran ámbar en la niebla. Fue un acto
De cautela.
Luego Belfast y luego Berkeley.
Las dos sofisticadas,
El pasatiempo de hacer versos hasta que se convierten
En una vida: desde abultados sobres que nos llegan
En vacaciones, hasta volúmenes delgados
Entregados «con los saludos del autor».
Esos poemas en limpio, arrancados de la espiral
De tu cuaderno de ejercicios, me encandilaban—
Ideas y vocales intercambiados libremente
Como los semilleros que brotan alrededor de los sicómoros.
Intenté escribir sobre los sicómoros
E innové una rima del sur de Derry
Con hushed, y lulled hasta el campanilleo de pushed y pulled
Aquellas botas de clavos de allende las montañas
Avanzaban, por Dios, sobre aquellas agradables
Praderas de elocución.
¿Han cambiado vuestros acentos?
«Los Católicos no hablan, en general, tan bien
Como los estudiantes de las escuelas Protestantes».
¿Te acuerdas de aquella monserga? Complejos
De inferioridad, monserga de que se hacían aquellos sueños.
«¿Cómo te llamas, Heaney?»
«Heaney, Padre».
«Pues qué
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Bien».
En mi primer día, la correa de cuero
Se volvió epiléptica en el Gran Estudio,
Sus ecos salpicaron sobre nuestras cabezas sumisas
Pero aun así, en la carta a casa contaba que la vida de interno
No era tan mala, y suspiraba como de costumbre.
Luego, en las vacaciones, volví a la vida
En el asiento de los besos de un Austin Dieciséis
Aparcado junto a un gablete, el motor en marcha,
Mis dedos apretados como hiedra a sus hombros,
Una luz encendida para ella en la cocina.
Y de regreso a casa, aquella libertad que es el verano,
Menguando noche a noche, el aire
Todo claro de luna y el aroma del heno, policías
Blandiendo sus linternas rojas, en masa
Alrededor del coche, como ganado negro, olfateando y apuntando
La boca de una metralleta a los ojos:
«¿Cómo te llamas, conductor?»
«Seamus…»
«¿Seamus?»
Una vez leyeron cartas mías en una barricada
Y apuntaron sus linternas a tus jeroglíficos,
«Bonita letra» en muy florida mano.
Ulster era británico, mas sin derecho alguno
A la lírica inglesa: y todo a nuestro alrededor,
Aunque no le hayamos dado nombre, el ministerio del miedo.
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2. LA VISITA DE UN POLICÍA
APOYADA la bici en el alféizar de la ventana,
El protector de caucho de la cubierta
Ciñéndose al guardabarros delantero,
Sus gruesos y negros manillares
Calentándose al sol, la «patata»
De la dinamo brillante e inclinada,
Y el pedal que cuelga ya aliviado
De la bota de la ley.
La gorra estaba boca abajo
En el suelo, junto a la silla.
La raya de la presión corría como un bisel
Por el pelo ligeramente sudoroso.
Había desatado
El librote de contabilidad, y mi padre
Echaba cuentas de la labranza
En acres, celemines y fanegas.
Aritmética y miedo.
Yo me senté observando la reluciente pistolera
Con la solapa abotonada y el cordón trenzado
Enlazado en la culata del revólver.
«¿Algún otro cultivo de tubérculos?
¿Remolacha forrajera? ¿Calabacines? ¿Algo así?»
«No». ¿Pero no había una hilera
De nabos donde afloraba la semilla
En el patatal? Di por hecho
Culpas menores y me senté
Imaginando el negro agujero del cuartel.
Se puso en pie, movió la funda de la porra
Al otro lado de su cinto,
Cerró el libro de registro[27],
Se ajustó la gorra con ambas manos,
Y me miró mientras se despedía.
Apareció una sombra en la ventana.
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Ajustaba el cable elástico del trasportín
Sobre el librote. La bota presionó
Y la bici triquití, triquití, triquití.
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3. TAMBORES ORANGISTAS, TYRONE[28], 1966
La vejiga se hincha como un globo en su vientre,
Le contrarresta el peso en las caderas, alojando el estruendo
Groseramente allí, entre el mentón y las rodillas.
Es sostenido por lo que por debajo le sujeta.
Cada brazo prolongado en una vara seca,
Marcha tras ella. Y aunque los tambores
Tienen el paso franco a través de la multitud que asiente,
Son sus tambores mismos los que presiden, como tumores gigantes.
Para el oído alerta, experto en su codicia,
Su magullada rúbrica suscribe «No al Papa».
Y las pieles de cabra a veces recubiertas con su sangre.
Y el aire que golpea como un estetoscopio.
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4. VERANO DE 1969
MIENTRAS la Policía cubría a la multitud
Disparando hacia Falls[29], yo sólo soportaba
El tiránico sol de Madrid.
Todas las tardes, en el calor de olla
De mi piso, mientras sudaba mi camino a través
De la vida de Joyce, surgían los hedores
Del mercado de pescado, como el tufo de una presa de lino.
Por la noche en el balcón, rojos de vino,
Una sensación de niños en sus oscuros rincones,
Viejas con chales negros junto a ventanas abiertas,
El aire, un cañón fluyendo en español.
Hablamos mientras volvíamos a casa por los descampados iluminados por las estrellas,
Donde el charol de la Guardia Civil
Brillaba como el vientre de los peces en aguas por el lino emponzoñadas.
«Retrocedan», dijo uno, «manténganse agrupados».
Otro conjuró a Lorca desde su colina.
Nos sentamos ante casos de muerte y crónicas taurinas
En la televisión, celebridades
Llegadas desde donde lo real seguía sucediendo.
Me retiré al frescor de El Prado.
«Los fusilamientos del tres de mayo» de Goya
Cubría una pared —las armas abandonadas,
Y el espasmo del rebelde, los militares
Con casco y con mochila, la eficaz
Ráfaga de la fusilería. En la sala de al lado
Sus pesadillas, sujetas a la pared del palacio—
Oscuros ciclones, alzándose, rompiendo; Saturno
Enjoyado con la sangre de sus propias criaturas,
Caos gigante girando sus brutales caderas
Por encima del mundo. También ese lugar del duelo
En el que dos enloquecidos se apalean a muerte
Por motivos de honor, enfangados hasta la rodilla y hundiéndose.
Él pintó con los puños y los codos, exhibiendo
Su corazón ensangrentado mientras la historia ataca.
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5. ADOPCIÓN
Para Michael McLaverty
«¡La descripción es revelación!» Avenida
Real, Belfast, 1962,
Un sábado por la tarde, encantado de conocer-
Me, recién maleducado en el lenguaje, me sujetó
Por el codo. «Escucha. Sigue tu camino.
Haz tu propio trabajo. Recuerda
A Katherine Mansfield —Hablaré
De cómo crujía el cesto de la ropa sucia… esa nota de exilio».
Pero al diablo con magnificarlo:
«Que no se te inflamen las venas por el boli».
Y luego, «¡Pobre Hopkins!» Tengo los Diarios
Que me dio, subrayados, su yo encerrado
Obediente a sus penas. Distinguía
Los detalles de la paciencia en todo
Y me adoptó y me dejó partir con palabras
Que afectan a mi lengua como óbolos.
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6. EXPOSICIÓN
Es Diciembre en Wicklow:
Los alisos gotean, los abedules
Heredan la luz última,
El fresno, frío a la mirada.
Un cometa que se perdiera
Debería ser visible en el crepúsculo,
Y esos millones de toneladas de luz,
Como el trémulo brillo del majuelo y los escaramujos,
Y algunas veces veo una estrella fugaz.
¡Si pudiera moverme en meteorito!
Pero hago mi camino entre las hojas húmedas,
Las vainas, agotadas sorpresas del otoño,
Imaginando a un héroe
En algún lodazal,
Su talento como piedra de una honda
Lanzada para los desesperados.
¿Cómo he llegado a esto?
A veces pienso en el hermoso
Consejo prismático de mis amigos
Y en los sesos de yunque de algunos que me odian
Mientras me siento a pesar y sopesar
Mis responsables tristia.
¿Por qué? ¿Por el oído? ¿Por la gente?
¿Por lo que por detrás se dice?
La lluvia resbala por los alisos,
Sus voces conductivas por lo bajo
Murmuran de fracasos y erosiones,
Mas cada gota nos recuerda
Las perfecciones del diamante.
No soy ni un confinado ni un confidente;
Un emigrado interior, de pelo largo
Y consciente; una astilla[30]
Que escapó a la masacre,
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Y se camufla con colores
Del tronco y la corteza, y percibe
Todo viento que sople.
Aquel que, avivando esos rescoldos
Pese a su exiguo fuego, ha dejado pasar
El gran enigma de la vida,
La rosa palpitante del cometa.
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Seamus Heaney (Condado de Derry, Irlanda del Norte, 13 de abril de 1939-Dublín,
30 de agosto de 2013) fue un escritor y profesor irlandés. En 1957 marchó a Belfast
para estudiar literatura en la Universidad Queen, donde impartió clases entre 1966 y
1972 antes de dedicarse por entero a la literatura. Heaney, católico irlandés, se vio
muy afectado por la violencia entre católicos y protestantes en el Úlster, y decidió
trasladarse a Dublín en 1972. En el Carysfort College de esta misma ciudad impartió
clases entre 1975 y 1980. Obtuvo una cátedra en la Universidad Harvard,
Massachusetts, en 1984, y entre 1989 y 1994 fue catedrático de Poesía en la
Universidad de Oxford, Inglaterra.
La poesía de Heaney, desde sus comienzos en Muerte de un naturalista (1966), está
anclada en los contextos físicos y rurales de su infancia. A medida que se desarrolla
su obra, esos escenarios se convierten en el foco de una búsqueda arqueológica de los
mitos e historias que han contribuido a configurar la violenta situación política de
Irlanda del Norte, que sólo ha tratado abiertamente en Norte (1975). La obra de
Heaney muestra una gran flexibilidad rítmica, pero es sobre todo la intensidad de su
lenguaje, que contrasta con el silencio de las gentes que describe, lo que la ha hecho
famosa. Otros libros suyos son: Puerta a las tinieblas (1969), Huyendo del invierno
(1972), Trabajo de campo (1979), Isola stazione (1984), La linterna del espino
(1987) —que contiene un soneto-secuencia de elegías a la muerte de su madre—,
Viendo cosas (1991), elegías a su padre, El nivel espiritual (1996, Premio
Whitbread), Luz eléctrica (2001). Seamus publicó en 2000 una traducción al inglés
moderno del poema épico anglosajón Beowulf que se convirtió en un auténtico best
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seller en el Reino Unido y en Estados Unidos y por la que recibió nuevamente el
premio Whitbread.
También ha escrito diversos ensayos de crítica literaria: Preocupaciones (1980) y
Gobierno de la lengua (1988). Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1995.
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Notas
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[1] Anteo: Gigante, hijo de la Tierra y de Neptuno. Su fuerza provenía de su contacto
con la Tierra, su madre. Hércules, para vencerlo, tras derribarlo tres veces, tuvo que
estrangularle manteniéndolo en el aire. Dos poemas a Anteo abren y cierran esta
Primera Parte del libro de Heaney, subrayando la importancia de su contacto con la
tierra. <<
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[2] Mayo: Condado irlandés situado al oeste del país. <<
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[3] Boyne: En Boyne, localidad al norte de Dublín, Guillermo III de Orange, con un
ejército de ingleses y de holandeses, venció a los católicos de James II en 1690.
Todavía hoy los Orangistas lo celebran cada 12 de julio desfilando con sus tambores.
<<
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[4] Gunnar: Rey de los Nibelungos y esposo de Brynhild en la Volsunga Saga. <<
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[5] Thor: En la mitología escandinava, dios del trueno. Hijo de Odín y de lord (la
Tierra). Era temible por tres objetos que poseía: el martillo tonante, Miobnir; el
cinturón de fuerza, Megingjardar; y los guantes de hierro. <<
www.lectulandia.com - Página 81
[6] Liffey: Río que atraviesa Dublín. <<
www.lectulandia.com - Página 82
[7] Ban-hus: Kenning (construcción metafórica) para bone-house = casa de huesos =
esqueleto. <<
www.lectulandia.com - Página 83
[8] Vallum: Empalizada, muralla defensiva romana. <<
www.lectulandia.com - Página 84
[9] Peninos: Cadena de colinas, la más notable del norte de Inglaterra. <<
www.lectulandia.com - Página 85
[10] Grauballe: Localidad de Dinamarca en la península de Jutlandia, condado de
Aarhus. A principios de la década de los 50 se encontró en los lodazales de esta
región el cadáver de un hombre en perfecto estado de conservación y que se supone
que fue sacrificado por las primeras tribus escandinavas. Sus restos momificados se
hallan en el museo prehistórico de Aarhus. <<
www.lectulandia.com - Página 86
[11] Galo Moribundo: Réplica romana de una escultura helenística, conservada en el
Museo del Capitolio, en Roma. <<
www.lectulandia.com - Página 87
[12] Diodoro de Sicilia: Historiador siciliano nacido en Agyrion a principios del siglo I
a. C. Escribió 40 libros a los que dio el título conjunto de Biblioteca de Historias. <<
www.lectulandia.com - Página 88
[13] Cynthia: Una de las personificaciones de la Luna. <<
www.lectulandia.com - Página 89
[14] Smerwick: Sir Walter Ralegh mandaba las tropas que en 1580 llevaron a cabo una
masacre en la localidad de Smerwick, en la que seiscientos mercenarios españoles
fueron asesinados. <<
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[15] Aisling: Antigua composición poética irlandesa de los siglos XVII-XVIII en la que
una joven se aparece y habla al poeta. Actualmente se emplea también como nombre
de mujer. <<
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[16] Acta de unión: Pensamos que el título del poema hace alusión al Acta de Unión
de agosto de 1800 por la que el Parlamento de Dublín consigue cierta, aunque
limitada, autonomía con respecto al Parlamento de Westminster. Dejamos el lector, ya
que en inglés no hay género, la doble lectura del título a la que el poema invita. <<
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[17] Byrthnoth: Byrthnoth o Bryhtnoth es un héroe anglosajón de la batalla de Maldon
contra los noruegos en el año 991, según la Crónica Anglosajona, que dio origen a un
poema. <<
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[18] Toro Sentado: Famoso jefe indio americano de la tribu de los sioux. <<
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[19] «Dolores de parto»: Rima imposible de mantener en español entre bangs
(detonaciones) y pangs (dolores). <<
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[20] Orangistas: Los Orangistas, que siguen activos, provienen de una sociedad
política secreta organizada en Irlanda del Norte en 1795, llamada así en honor de
Guillermo, príncipe de Orange, (William III de Inglaterra) que apoyaba el
protestantismo. <<
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[21] Patrick Pearse: Fue uno de los líderes independentistas, además de poeta, fusilado
tras la Easter Rebellion de 1916. <<
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[22] Cruise O’Brien: Político, editor e intelectual que, con más de ochenta años, sigue
en la brecha. <<
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[23] Ære perennius: Verso de Horacio: Exegi Monumentum ære perennius. (Erigí un
monumento más perenne que el bronce), Odas, III, 30 V. 1. <<
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[24] «Seis pequeños»: Alusión a los seis condados de mayoría protestante que después
de la partición de 1922 formaron Irlanda del Norte (el Ulster), parte del Reino Unido.
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[25] Prod: En el lenguaje infantil y popular, designan a los protestantes Prod y a los
católicos Pape. <<
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[26] Feniana: Alude a los miembros de la organización Fenian Brotherhood, un grupo
secreto formado para echar a los ingleses del territorio irlandés. La palabra procede
del nombre de los antiguos habitantes de Irlanda. <<
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[27] Domesday Book: El «Domesday Book» fue en su origen el registro que mandó
hacer Guillermo I el Conquistador en 1086 para controlar a todos los propietarios de
tierras de Inglaterra. <<
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[28] Tyrone: Uno de los seis condados de mayoría protestante del Ulster. <<
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[29] Falls Road: Es una calle de Belfast famosa por su condición de línea divisoria
entre la zona católica y la protestante. <<
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[30] Kerne: «Kerne» (astilla), es también el nombre que se da a un cuerpo de soldados
irlandeses de infantería, de armamento ligero; y asimismo alude a una clase pobre de
entre los «wild Irish». <<
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