0% encontró este documento útil (0 votos)
58 vistas30 páginas

Otra Cara Del Discipulado

Este documento presenta una introducción a la unidad 1 sobre los fundamentos bíblicos de la consejería cristiana. Explica que la Biblia no es un manual de consejería pero sí ofrece enseñanzas sobre la naturaleza humana y el propósito de Dios para la humanidad. La unidad cubrirá cuatro fundamentos: la dignidad del hombre, la depravación del hombre, la redención por Dios y la restauración por Dios. El capítulo 1 se enfoca en la dignidad del hombre y cómo fue creado a imagen de Dios para relacionarse

Cargado por

Pame Orellana
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
58 vistas30 páginas

Otra Cara Del Discipulado

Este documento presenta una introducción a la unidad 1 sobre los fundamentos bíblicos de la consejería cristiana. Explica que la Biblia no es un manual de consejería pero sí ofrece enseñanzas sobre la naturaleza humana y el propósito de Dios para la humanidad. La unidad cubrirá cuatro fundamentos: la dignidad del hombre, la depravación del hombre, la redención por Dios y la restauración por Dios. El capítulo 1 se enfoca en la dignidad del hombre y cómo fue creado a imagen de Dios para relacionarse

Cargado por

Pame Orellana
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
Está en la página 1/ 30

La otra cara

del discipulado
Gordon D. Pike

Unidad 1
Fundamentos bíblicos
de la consejería cristiana
Introducción
a la Unidad 1
Podemos comparar el estudio y entendimiento de la consejería cristiana como la
construcción de
un edificio. Es necesario poner un buen cimiento antes de empezar la construcción de la
estructura.
Para que nuestra forma de aconsejar sea cristiana tiene que tener bases bíblicas. Sin
embargo, la
Biblia no es principalmente un manual de consejería, ni pretende ser un texto de
psicología. No habla
de una gran cantidad de problemas personales y relacionales que enfrentan los seres
humanos
modernos. Mucho menos, da soluciones específicas a patologías complejas. Sin lugar a
dudas,
creemos en el Evangelio, y nos fijamos en la seguridad de que Cristo salva y da la nueva
vida a
cualquiera que venga a Él. Cristo salva y santifica, pero Dios dejó en las manos de
ministros humanos
el trabajo de ayudar a nuestros semejantes a salir del hoyo para glorificar a Dios. Esto
requiere un
conocimiento sólido de lo que la Biblia dice sobre el hombre, un conocimento sólido del
propósito de
Dios para el hombre, y un entendimiento de cómo el hombre piensa, toma decisiones y
llega a
comportarse de ciertas maneras.
La Unidad 1 aspira a recordarnos lo que la Biblia dice sobre el hombre, y lo que nos dice
sobre el
propósito de Dios para éste. El primer capítulo esplica una verdad bíblica que forma el
primer
cimiento. Los otros tres capítulos hablan de los cimientos, en el orden en que debemos
entenderlos.
Los cimientos son: la dignidad del hombre, la depravación del hombre, la redención por
Dios, la
restauración por Dios. Estos cuatro fundamentos bíblicos forman los cuatro cimientos
sobre los cuales
edificaremos nuestro edificio de la consejería cristiana.
Capítulo 1
Base bíblica 1:
La dignidad del hombre
Para entender a la raza humana bíblicamente es menester empezar por el principio de su
historia,
según la Biblia. En otras palabras, podemos decir que entendemos mucho acerca del
hombre al
considerar su creación. La meta de la consejería es participar con Dios en la restauración de
las vidas
perdidas. Tal cooperación necesita entender el ideal divino en cuanto al hombre.
Encontramos este
ideal en el diseño original.
Génesis 1:26–28 nos habla de una decisión divina, increíble. Dios decidió crear una criatura
a su
propia imagen, conforme a su semejanza y permitir a esta criatura señorear sobre el resto de
su
creación. Usted y yo somos los resultados. También el borracho en la calle, el abusador de
niñas, el
homosexual, la muchacha con anorexia y el padre dictador de su familia son los resultados
de esta
creación extraordinaria.
Lamentablemente, la historia del hombre no termina en lo ideal… En el siguiente capítulo
tendremos que ocuparnos en la triste meditación sobre la caída del hombre en el pecado y la
resultante
depravación de la raza. Pero, por unos minutos, disfrutemos de la gloria y el esplendor de la
creación
original. Parece que, como evangélicos, estamos tan ansiosos de convencer al mundo del
pecado, que
nos olvidamos de qué estado cayó el hombre. Con buena intención queremos que nuestros
semejantes
reconozcan su pecado para que puedan aceptar la solución, la redención de Cristo. Pero,
para entender
el horror del pecado, y el valor de la redención hay que comprender lo que perdimos en la
caída. Si no
somos más que otro animal, un poco más avanzados que los demás, el pecado no es una
cosa grande.
La caída se representa nada más que un desafortunado incidente en el desarrollo del
hombre. Pero, si
como creemos nosotros, somos criaturas, creados a la imagen de Dios, con el propósito de
reflejar su
gloria y señorear sobre la tierra como virreyes de Dios, la caída es la catástrofe más grande
de la
historia. Algo inherente al hombre, básico a su naturaleza, la imagen de Dios fue
estropeada,
distorsionada y pervertida. Para entender el pecado y la redención, hay que entender esto.
Además, el entendimiento de la magnificencia de la creación del hombre es fundamental
para el
entendimiento de la necesidad y esperanza de la Consejería Cristiana. Si el hombre no es
una creación
especial, con una dignidad dada por Dios, no vale la pena ayudarle. Si no tiene valor
intrínseco y eterno
¿para qué gastar tiempo, energía y recursos en su rescate? Ahora, considere la pregunta
perturbadora,
¿por qué Dios sacrificó a su único Hijo para hacer posible su rescate? ¡No! El Evangelio, la
redención y
el ministerio de la Iglesia por este mundo solamente tienen sentido, cuando reconozcamos
el valor de
cada hombre por ser una creación especial de Dios a su propia imagen.
Dios creó al hombre a su propia imagen, con un propósito especial de señorear sobre la
creación y
llenar la tierra. Esto da al hombre una dignidad y valor duradero. El pecado estropea la
dignidad. A
veces es difícil encontrar el valor debajo de las capas de la suciedad moral y personal que el
pecado
deja en la persona. Sin embargo, cada persona es creada a la imagen propia de Dios y por
eso posee una
dignidad y valor intrínseco que nada ni nadie le puede quitar.
Entender esto, no es igual a la idea moderna de una chispa de bondad universal que posee
cada ser
humano. Por ejemplo, en el sistema de la psicología que desarrollaba Carl Rogers, el
consejero necesita
ayudar al aconsejado a descubrir la esencia buena que existe en él y fomentarla. Este
modelo de la
psicología rehúsa reconocer el pecado y busca nada más que lo bueno adentro del
aconsejado. ¡Jamás
propondríamos esto! El trabajo de la consejería no es solamente afirmar la dignidad del
aconsejado y
pasar por alto su pecado. Sin embargo, no podemos comprender el horror del pecado, si no
entendemos
primeramente la dignidad del hombre arruinada por el pecado. La perversidad del pecado se
ve
claramente cuando la contrastamos con la perfección del diseño original.
Examinemos detalladamente unos versículos en Génesis 1 y 2 para recordarnos de cómo
era la raza
humana originalmente. Volvamos a los versículos a los cuales hice referencia
anteriormente. Génesis
1:26–28 hablan de la decisión divina y subsecuente creación del hombre. Dios decidió crear
al hombre
a su imagen, conforme a su semejanza. ¿Qué significa esto? Quiere decir que como
humanos
reflejamos algo de la gloria, el carácter y los atributos personales de Dios.
Hay dos cosas que son de suma importancia entender. La primera es que Dios creó al
hombre a su
imagen, para reflejar lo que Él es, no nos creó como unos dioses pequeños. La dignidad del
hombre no
es divinidad. Fuimos creados para rendir gloria al Dios Soberano. Las ideas corrientes de
divinidad
humana pretenden despojarle de su gloria, no rendirle gloria. Por ser semejante a Él, pero
no igual a Él,
nuestros padres originales en su condición de humanidad perfecta, rindieron gloria perfecta
a Dios. La
segunda cuestión que tenemos que clarificar es lo que pasó a la imagen divina cuando entró
el pecado a
la raza (hablaremos de este asunto de manera más profunda en el siguiente capítulo). Para
la discusión
del momento, basta decir que la imagen de Dios en el hombre fue estropeada, distorsionada
y
pervertida, pero no extirpada por la entrada del pecado.
Entonces, ¿cómo se proyectaba el reflejo de Dios en el estado prístino del hombre? Una de
las
maneras principales se revela en la frase «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme
a nuestra
semejanza» (énfasis del autor). Dios existe en tres personas, que se comunican, y se
relacionan. De
manera semejante, Dios creó al hombre para relacionarse. Sobre todo Dios creó al hombre
para
relacionarse con Él mismo. Parece que Dios quería extender el círculo de compañerismo en
la que los
miembros de la Trinidad disfrutaran y tuvieran compañerismo con la criatura humana. La
inferencia de
Génesis 3:8 es éste. “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire
del día; ...”
Parece que la costumbre de Jehová era pasar tiempo cada día en el huerto con su creación.
En segundo
lugar, Dios creó al hombre para relacionarse con sus semejantes. Esto, pues, es el
significado de la
historia que se encuentra en Génesis 2:18–25:
Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.
Jehová
Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a
Adán para
que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes,
ese es su
nombre. Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del
campo; mas para
Adán no se halló ayuda idónea para él. Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo
sobre Adán, y
mientras éste dormía tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la
costilla que
Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán:
Esto es ahora
hueso de mis huesos y carne de mi carne, esta será llamada Varona, porque del varón fue
tomada. Por
tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola
carne. Y
estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.
Consideremos algunas cosas significantes de esta historia tan interesante. Aquí
encontramos los
orígenes de las relaciones humanas, el origen del matrimonio y el dibujo de la perfección en
las
relaciones humanas, particularmente en la relación matrimonial. Como consejeros, tratamos
día tras día
con relaciones rotas y matrimonios quebrantados. No podemos permitirnos pasar por alto
las riquezas
de estos versículos.
Primeramente hay la declaración de Dios que no es bueno que el hombre esté solo y que iba
a hacer
la ayuda idónea para él. Luego viene este comentario, que causa perplejidad, sobre el
nombramiento de
los animales. Parece un comentario parentético, ¿verdad? Cuando Moisés relató esta
historia, ¿por qué
no pasó directamente del versículo dieciocho al veintiuno? ¿Sería posible que, como
anciano, era un
poco olvidadizo y se desvió en su relato? ¡Creo que no! Estoy seguro que ocurrió
exactamente lo que
Moisés, inspirado por el Espíritu Santo, cuenta, aquí. Los versículos diecinueve y veinte no
son
parentéticos, sino esenciales en la historia. Dios reconoció el déficit del hombre sin
compañera. Había
creado cada especie como pareja. Sabía exactamente a quién iba a crear como la ayuda
idónea para
Adán, y cómo iba a hacerlo. Pero, antes pasaron todos los animales delante de Adán para
que pudiera
darles nombre. ¿Por qué? Hay dos razones principales, una de las cuales es más pertinente a
nuestra
discusión.
Adán debía dar nombre a todos los animales para tomar dominio sobre ellos como parte del
cumplimiento de la comisión del capítulo 1, versículo 28. Pero, la otra razón es más
significativa para
la consideración actual. Mientras que Adán veía todos estos animales llegó a su corazón un
concepto
conmovedor. Reconoció, lo que Dios sabía: ¡Él estaba solo! Cada animal que pasaba tenía
su pareja,
«mas para Adán no se halló ayuda idónea para él». El texto sigue: «Entonces Jehová hizo
caer sueño
profundo», etc. Enseguida que Adán se dio cuenta de que estaba solo y no tenía ayuda
idónea, Dios
hizo el milagro de crear a la mujer.
Hay varios significados que podemos concluir de esto. Por supuesto, vemos aquí el
significado del
matrimonio, el valor de la mujer y la interdependencia de los sexos. Pero, hay algo aún más
básico.
Dios creó al ser humano para tener relación con otros seres humanos. El ser humano nunca
fue creado
para estar solo, tampoco para vivir aislado ni para desarrollar la independencia fuerte que
llega a ser
siempre más fuerte en nuestro mundo moderno. Dios creó al hombre para relacionares el
uno con el
otro. En sus relaciones Dios le creó digno, respetuoso y con una intimidad preciosa.
La mayoría de los problemas por los cuales las personas buscan consejería tienen que ver
con algún
aspecto de las relaciones entre personas. Vemos relaciones rotas entre padres e hijos,
matrimonios
sufriendo, abusos sufridos de parte de los padres, madres, otros familiares, amigos y jefes.
Vemos
luchas fuertes entre hermanos en Cristo. Y la lista sigue con caso tras caso de problemas
graves
relacionales. Si vamos a aconsejar a nuestros semejantes en sus problemas relacionales
necesitamos
recordar el ideal de lo relacional que Dios creó. Dios creó relaciones humanas buenas, el
matrimonio
perfecto, la interdependencia y paz. Vemos persona tras persona cuyas relaciones parecen
muy
diferentes. Si vamos a ayudarles a cambiarlas y mejorarlas necesitamos tener una visión de
lo que
podría existir. No hay ideal más grande de lo que Dios creó originalmente.
Anteriormente escribí acerca de la intimidad preciosa que hubo entre el hombre original y
su
esposa. Veamos esta intimidad en un versículo que tendemos a pasar rápido, el versículo
veinticinco de
este capítulo. Por supuesto, la desnudez de Adán y Eva era una desnudez física y sana que
demuestra su
inocencia antes de la entrada del pecado. Pero, también demuestra una franqueza que había
en su
relación. Vivían juntos, sin barreras, sin máscaras, sin disfraz. Podían, en su inocencia,
relacionarse de
manera honesta, abierta y franca sin la necesidad de esconderse, aún detrás de la ropa. Por
supuesto, no
estoy recomendando la vida nudista, tampoco que debemos buscar una colonia nudista para
vivir. Pero,
en este capítulo estamos considerando el ideal de la creación original. Este versículo nos da
otro
vislumbre de lo ideal de las relaciones, sin los estorbos del pecado
Debemos evitar el error de ver solamente lo perverso del aconsejado sin considerar sus
orígenes
más fundamentales. Consejero, cada persona que busca la ayuda suya es un ser creado a la
imagen de
Dios, creado para rendir gloria al Dios soberano, creado para relacionarse con Dios, creado
para
relacionarse con sus semejantes y creado para señorear en la tierra. Es esto lo que da
esperanza al
trabajo de aconsejar. Porque la vida de esta persona fue creada con valor y dignidad hay
esperanza de
su restauración. Mientras que nos metemos en los detalles tristes, perversos y retorcidos
que nos
presentan la consejería, tenemos que mantener la visión de algo más grande. Dios creó a
esta persona a
su imagen, y por medio de su poder, puede y quiere restaurar tal imagen. Lo hace
progresivamente por
medio del crecimiento espiritual, lo que la teología le llama el aspecto progresivo de la
santificación. 2
Corintios 3:18 comunica claramente la intención de Dios para el cristiano. Esta intención
necesita
constituir la meta sobresaliente de la consejería. «Por tanto, nosotros todos mirando a cara
descubierta
como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la
misma imagen
como por el Espíritu del Señor» (énfasis del autor). Así, vemos un dibujo conciso de la
meta y proceso
de la consejería. Un diagrama puede ayudarnos a entender lo que la consejería Cristiana
pretende
realizar en la vida del aconsejado.
Regresemos a la historia del joven homosexual que relaté en el prefacio. Debido a mi
trasfondo
familiar, para no mencionar mis convicciones cristianas y mis sentimientos varoniles,
francamente la
homosexualidad es algo que me da un asco profundo. Aun la idea de los asuntos que este
joven me
contaba eran repugnantes para mí. Sin embargo llegué a amarle como a un hijo. Bueno, de
ninguna
manera puedo jactarme sobre esto. Fue el Espíritu Santo quien me dio un amor no natural
para este
joven. Pero, un caso de esta índole nos presenta la necesidad de ver más que la repugnancia
del pecado,
para ver la dignidad de la criatura de Dios.
Empezamos con la dignidad del hombre, para recordarnos de su estado original. Queremos
ver esta
dignidad fundamental debajo de las capas de suciedad que el pecado deja en la vida. Y con
todas las
limitaciones con las cuales tenemos que trabajar, queremos llevar al aconsejado un poco
más cerca a la
restauración del ideal original.
Pero, lamentablemente no podemos terminar con la dignidad. Nuestros antepasados
pecaron, y
todos en ellos pecamos también. Ahora, el pecado es la realidad humana. En el próximo
capítulo
necesitamos explorar el significado de la depravación del hombre para la consejería.
Capítulo 2
Base bíblica 2:
La depravación del hombre
¡Cuán bella sería la historia humana si la Biblia terminara con Génesis capítulo dos! Dios
creó al
hombre, digno, honroso, un perfecto reflejo suyo. Vivían en perfecta harmonía en el
verdadero paraíso.
Esto era el propósito de Dios y su diseño original para nuestra raza. Parece como un sueño
lejos de la
realidad que vivimos.
La entrada del pecado al mundo cambió todo. Inmediatamente cuando Adán y Eva pecaron,
la
imagen divina fue estropeada, la dignidad fue distorsionada y las consecuencias del pecado
que
padecemos hasta hoy día comenzaron. Es menester entender estas consecuencias en el
contexto de la
consejería bíblica. Si no fuera por el pecado y sus efectos no habría necesidad de la
consejería. La meta
sobresaliente de la consejería bíblica es cooperar con Dios en la obra de restaurar la imagen
suya, y
restituir al hombre a su diseño original. Si fuéramos competentes como consejeros
tendríamos que
comprender cómo el pecado ha afectado cada aspecto de la vida humana. La magnífica
imagen de
Dios, las preciosas relaciones humanas y el vínculo entre Creador y criatura, todos llevan la
mancha del
pecado.
Consideremos, pues, las consecuencias pecaminosas como aparecen en Génesis capítulo
tres. La
pareja original decidieron actuar fuera del plan de Dios. Dios les había creado sin
necesidad. Fueron
honorables, sin falta alguna, reflejos cristalinos de Dios, verdaderos señores de la tierra.
Disfrutaron el
compañerismo perfecto, la harmonía sin impedimentos y la comunión de Dios. Sin
embargo el
Tentador sembró la idea de que su situación era menos que idílica con la declaración (v. 5),
«sino que
sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios,
sabiendo el
bien y el mal».
Ahora, recordemos que tenían una relación perfecta con Dios. Podrían preguntarle, «Padre,
¿hay
algo que debemos saber sobre el bien y el mal?» Pero no confiaron en Dios, sino
escucharon a la
serpiente y decidieron que tenían una necesidad que debían suplir por ellos mismos. Así
actuaron en
independencia de Dios, tomaron el fruto y lo comieron.
Dios creó al hombre para relaciones. Una de las principales consecuencias del pecado es su
influencia negativa sobre las relaciones humanas. Observamos el comienzo de estos efectos
en Génesis
3.
Primeramente el pecado dañó la relación entre Dios y el hombre. Dios había provisto todas
las
necesidades del hombre. Vivía en el paraíso. Tenía comida, trabajo, propósito, dignidad,
inteligencia,
seguridad, compañerismo y amor. Era dependiente de Dios, pero así Dios le creó, y así su
vida
funcionaba perfectamente. Veamos lo que le pasó a esta relación dependiente e idílica
cuando el
pecado entró.
Como hemos visto, Adán y Eva tomaron la decisión de comer del fruto prohibido.
Decidieron no
creer en la palabra de Dios, sino creyeron a otra criatura, la serpiente. No consultaron a
Dios sobre el
asunto, sino confiaron en sus propias percepciones (v. 6), y actuaron independientes de
Dios. Desde
entonces el ser humano ha sido intensamente independiente. Hay un compromiso intrínseco
en el
pecaminoso corazón humano para hacer las cosas por sí mismo. Hasta que aun la palabra
dependencia
suena como debilidad. ¿Cómo fue su reacción cuando usted leyó el último párrafo? Allí
hablamos de la
vida humana original, ideal, perfecta y dependiente. ¿No suena paradójico hablar de la vida
ideal y
dependiente? Hay algo dentro de nosotros que se rebela contra la idea de depender de
alguien o algo.
Soy norteamericano. Nací en los Estados Unidos de América, crecí en el Canadá y
actualmente
vivo en los E.U.A. La independencia es uno de los ideales fuertes de los norteamericanos.
Su herencia
es la gente que vinieron de Europa y otras partes para conquistar una tierra nueva. Nuestros
antepasados fueron gente que confiaron en sí mismos. En la mente norteamericana las
personas
dependientes son personas débiles. Sin embargo esto no es la idea de Dios. Él nos creó
dependientes de
Él e interdependientes el uno del otro.
Lamentablemente, la independencia humana se extiende aún hasta la relación con Dios. Tal
como
nuestros padres originales tomaron su decisión de pecar fuera de Dios, nosotros vivimos y
actuamos la
mayoría del tiempo fuera de Dios. Como si fuera débil buscar ayuda o depender de otra
persona, hay
una reacción fuerte dentro de nosotros de no buscar la ayuda de Dios, o depender de Él. Lo
triste de
esto es que nuestra independencia nos mantiene separados de Dios. Hay otra palabra que
podríamos
usar para esta independencia. Es el egoísmo. Cuando Adán y Eva pecaron tomaron una
decisión
egoísta. Hasta hoy, todos nosotros, sus descendientes, hemos tomado nuestras decisiones
egoístas,
independientes de Dios.
Dios creó al hombre para relacionarse con él y sus semejantes. Ya por medio del egoísmo e
independencia del hombre, la relación con Dios se interrumpió. Lea el triste versículo ocho.
«Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y
su
mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.» Parece
que Dios
tenía el hábito de llegar al huerto y pasear con sus criaturas. ¿No le parece utópica la idea
de pasear con
Dios, el Creador, en un huerto perfecto, a la hora precisa cuando el aire es más fresco?
¡AHHH!…
Pero, espere. No les pareció tan agradable a Adán y Eva. Cuando oyeron la voz de Dios,
huyeron de Él
y se escondieron de su presencia. Tenían miedo de Dios, y no pudieron aguantar su
presencia. Hasta
hoy día la humanidad ha huido y se ha escondido de la presencia de Dios. Dios creó al
hombre para
tener compañerismo con él. Pero ya le vemos persiguiendo a su creación, y al hombre
huyendo de su
presencia. Muchos hombres y mujeres se esconden de Dios detrás del alcoholismo,
adicciones,
perversiones sexuales, enojo, amargura, trabajo excesivo, anorexia, bulimia, o la búsqueda
del dinero,
fama o poder. Estas cosas brotan en pleitos, familias destruidas, corazones quebrantados y
personas
destruidas. Si quitamos todos los escombros de la vida arruinada, si eliminamos las cosas
que el
hombre usa para esconderse, encontramos al hombre o a la mujer desnuda, sola, temblando
por miedo
de oír la voz de Dios. La misma voz de Dios todavía llama a la humanidad, «¿Dónde estás
tú?» Y el
hombre se esconde de la voz divina.
Pero, los efectos del pecado sobre la relación del hombre con Dios no terminaron con la
huida del
hombre. En el versículo 10 el hombre confesó su miedo a Dios. Parece irónico cómo la
criatura podría
tener miedo de su propio Creador. No obstante, todavía es Dios quien tiene la solución de
las
necesidades de millones de personas que le temen y quieren esconderse de Él.
Además, el hombre ya tiene la insolencia de echarle la culpa del problema a Dios. Cuando
Dios le
preguntó si le habían desobedecido, la respuesta en el versículo 12 es «la mujer que me
diste por
compañera me dio del árbol, y yo comí» (énfasis del autor). ¡Interesante! En el capítulo 2
versículo 23
había dicho, «esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne, será llamada Varona,
porque del
varón fue tomada». Palabras que alaban a Dios por su regalo y dan dignidad, aceptación y
honra a la
mujer. Pero, después que pecó, las palabras cambiaron a palabras de desprecio y culpa.
«Dios, no soy
yo el culpable, es la culpa de esta mujer, y fíjate, realmente es la culpa tuya, tú la creaste y
me la diste.»
Cuán lejos del original llegó el hombre por medio de un solo acto pecaminoso. La relación
con
Dios de compañerismo, confianza y dependencia nunca sería igual. Pero también, Dios creó
a la
humanidad para relacionarse el uno con el otro. Esto también fue afectado.
Como vimos antes, el versículo 25 del capítulo 2 es un bello versículo. Vemos allí la
comunicación
y comunión perfecta entre el hombre y su esposa. No hay barreras, disfraces ni inhibiciones
en la
completa intimidad, en la comunicación y comunión conyugal. Estaban desnudos sin sentir
vergüenza.
Pero, ¿qué pasó cuando el pecado entró a la raza humana? En contraste con este versículo
encontramos
el versículo 7 del capítulo 3 como triste y feo. «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos,
y
conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron
delantales.» Con la
entrada del pecado, la intimidad, abertura y comunicación entre el hombre y su esposa
fueron
empeñados con la vergüenza, temor y desconfianza. Aquí vemos al esposo y a la esposa sin
la
confianza y franqueza para estar desnudos. Fíjense, no había nada digno en la vergüenza
aquí. Es
completamente propio para el marido y su esposa estar desnudos. Es la situación propia
para la
desnudez sin vergüenza. Sin embargo, el pecado trajo la vergüenza. No pudieron aguantar
la franqueza
e intimidad de antes. Inmediatamente, sintieron la necesidad de esconderse el uno del otro.
Desde este momento, hasta el presente los hombres se han esforzado para esconderse el uno
del
otro. Bueno, Adán y Eva usaron delantales para tratar de esconder su desnudez. Pero ahora
no es
cuestión de ropa. Desgraciadamente, hoy día, la ropa se usa muchas veces para coquetear y
exhibir.
Hemos llegado a ser mucho más sofisticados que nuestros primeros padres. Hemos
construido barreras
psicológicas, emocionales, verbales y de comportamiento. No nos escondemos detrás de la
ropa, sino
del trabajo, el silencio, el aislamiento, el egoísmo y el abuso.
Hay otras evidencias de los efectos del pecado sobre las relaciones entre humanos. Vimos
antes la
respuesta del hombre a la pregunta de Dios que se encuentra en el versículo 12. «Y el
hombre
respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.» El hombre
no tuvo el
valor de responsabilizarse por sus propias acciones, sino echó la culpa sobre su esposa.
Dios le había
dado al hombre a la mujer como su compañera, su ayuda idónea. Naturalmente él debía
amarla,
protegerla, apreciarla y cuidarla. Ahora con su nuevo corazón pecaminoso, la culpa y la
menosprecia.
Ya ella no es el regalo precioso de Dios, sino «la mujer que me diste por compañera».
¿Cuántos
alcohólicos, adictos, abusadores y dictadores de casa se excusan de la misma forma? «Si no
fuera por
esta mujer…»
Pero, la motivación de Adán no fue solamente despreciar a su cónyuge, sino protegerse a sí
mismo.
Dios le había hecho una pregunta difícil: «¿Has comido del árbol que yo te mandé no
comieses?» Fue
difícil porque la única respuesta correcta y valiente fue: «Sí, Señor, he pecado». Con esta
pregunta, la
luz de la santidad y justicia de Dios brilló sobre su conciencia y no lo podía aguantar. Otra
vez hay el
impulso de esconderse. Pero, ya tiene su delantal y ya no puede esconderse más físicamente
de la
presencia de Dios. Está frente a frente con su Creador. ¿Qué va a hacer? Intenta esconderse
verbalmente. «Dios, no me mires, estás viendo a la persona equivocada.» Así, no quería
admitir lo que
hizo. Quería echar la culpa a Dios, a la mujer, o a ambos.
Antes de que mis hermanas lectoras empiecen a sonreír demasiado, veamos que la mujer no
fue
mejor. Lamentablemente, los efectos del pecado no son propiedad única del sexo
masculino. Con la
respuesta cobarde del hombre, Dios volteó a la mujer y lanzó la pregunta: «¿Qué es lo que
has hecho?»
Y ella también busca a alguien para culpar. Esta vez la culpa cayó sobre la serpiente.
¡Interesante! Con
sus intentos de esconderse detrás de las acciones de otros, los humanos en esta historia se
parecen más
a culebras deslizándose que la misma serpiente. La serpiente no tenía a nadie para culpar.
Pero, no somos mejores que nuestros padres originales, ¿verdad? Hasta hoy día los deseos
de
protegerse a sí mismo, de esconderse, de evitar la responsabilidad de sus propias acciones y
de culpar a
otros afectan negativamente a las relaciones humanas. Podemos encontrar la semilla de la
mayoría de
los problemas matrimoniales en estos impulsos pecaminosos.
Con una sola acción de desobediencia el pecado entró a la raza humana con fuerza. Cada
aspecto de
la vida humana fue afectado. Miremos el versículo 16: «A la mujer dijo: Multiplicaré en
gran manera
los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido y
él se
enseñoreará de ti». Ahora aun el tremendo gozo del nacimiento de los hijos está reducido
por el dolor
del parto, debido al pecado. Y la relación esposo a esposa está distorsionada.
Tengamos cuidado de no malentender la segunda parte de este versículo. Recordemos que
Dios está
pronunciando la maldición por el pecado sobre la raza, y prediciendo cómo será la vida
humana desde
entonces. Así, cuando dice que «tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti», no
está
hablando del deseo natural de la mujer para el hombre. Tampoco está ordenando que el
hombre deba
enseñorearse de la mujer. La frase es descriptiva no prescriptiva. Primero, ¿qué quiere decir
Dios con la
frase «tu deseo será para tu marido»? Recordemos que está avisando sobre cómo será la
experiencia
humana ya que abrieron la puerta al pecado. ¿Es que la esposa no quería a su marido, antes
de pecar?
¿Quizá ella no tenía deseo sexual antes? Dudo de cualquiera de estas ideas. Antes de pecar,
Adán y Eva
vivieron en el paraíso. Fue el único periodo de la historia cuando la vida humana era
perfecta. Una
esposa sin afecto para su esposo, ni deseo sexual no me parece como la perfección.
Posiblemente, habla de la dependencia de la mujer de su esposo. Ya no podrá vivir
independiente
de él. Pero, creo que hay más. Dios había creado al hombre y a la mujer para ser
dependientes de Él, e
interdependientes el uno del otro. Su dependencia en su esposo no será algo nuevo. Creo
que la frase
podría ser traducido «tu deseo será sobre tu marido», en vez de «tu deseo será para tu
marido» (énfasis
agregado por el autor). Según lo que los que entienden el hebreo me han informado, la frase
habla de
un deseo de usurpar. Así habla de la tendencia femenina de controlar la relación
matrimonial, de tratar
de cambiar a su marido por la manipulación, y de usurpar el liderazgo (lamentablemente,
muchas veces
no hay necesidad para la esposa de usurpar el liderazgo porque como hombres lo abdican).
Dios creó la
relación matrimonial de tal manera que el hombre debería ser el líder benéfico y sirviente, y
la esposa
debería responder a este liderazgo como la ayuda idónea funcionando al lado de su esposo.
Pero el
pecado distorsionó esto (veremos la distorsión del rol masculino en la próxima frase del
versículo). Ya
por la consecuencia del pecado, la esposa no estará tan contenta apoyando, aconsejando y
ayudando en
el liderazgo del esposo en la relación matrimonial, sino que tendrá la inclinación de
apropiarse del
liderazgo.
Seguro que hay muchos hombres que no funcionan como verdaderos líderes en su propio
hogar, y
por la falta de esto la esposa toma el papel. Entonces, el deseo de la esposa para su marido,
mencionado
aquí, se manifiesta de una de dos maneras. Muchas veces la mujer desea que el esposo
cumpla su rol de
liderazgo, pero él no lo hace por falta física, emocional, psicológica o espiritual. En otras
ocasiones, el
deseo de la esposa es tener la posición que Dios ha dado como responsabilidad solemne al
esposo. Esta
inclinación de la mujer de usurpar la responsabilidad del hombre, junto con la tendencia del
hombre de
abdicar su responsabilidad forma la distorsión pecaminosa del orden original que Dios
declara aquí.
Pero, tal como el pecado distorsionó la respuesta femenina al plan divino, lo estropeó en el
entendimiento masculino también. La frase «y él se enseñoreará de ti» (v. 16) no relata al
liderazgo
normal y propio del hombre en el matrimonio. Aquí vemos el despotismo que
lamentablemente es tan
común entre los hombres de todo el mundo. Demasiadas veces, mientras que los hombres
por un lado
abdican su rol propio del liderazgo, por el otro lado tratan de controlar su matrimonio y su
hogar por la
violencia, la dominación, y por ser dictadores. Mientras que su esposa lleva el verdadero
liderazgo, él
trata de convencerse a sí mismo de que es el líder por su actitud controladora y abusadora.
Esta frase no
trata con el propio liderazgo masculino, sino con el despotismo, abuso y machismo que es
la
experiencia humana debida al pecado.
Dios creó el matrimonio como la relación humana más íntima para funcionar perfectamente
según
su diseño. Lastimosamente, el pecado lo convirtió en la relación más propensa al dolor,
odio, pleitos y
tristeza. Me acuerdo un deplorable chiste popular de mi niñez. Un muchacho pregunta a
otro:
«¿Quieres pelear?» Cuando el segundo muchacho dice que «sí», el primero dice:
«¡Cásate!» ¡Qué
triste!, el pecado ha distorsionado el matrimonio de tal manera que aun los niños lo ven
como un
campo de batalla.
El pecado, como una infección insidiosa, afectó cada detalle de la vida humana. Así, todas
sus
relaciones, actitudes, deseos y acciones llevan la mancha pecaminosa de una forma u otra.
En los
versículos 17 al 19 de Génesis 3 leemos como Dios maldijo la tierra en relación del trabajo
del hombre.
Se nota que el trabajo no es la maldición. Esto fue dado al hombre como regalo y orden de
Dios en
Génesis 1:28–29. Lo contrario a la idea popular del trabajo, no es parte de la maldición,
sino de la
bendición de Dios. Sin embargo, la dificultad y lucha asociados con el trabajo y la
búsqueda de las
necesidades de la vida es parte de la maldición. Es otro profundo efecto del pecado sobre la
vida
humana. ¿Cuántas veces el hombre cede su responsabilidad en la familia porque «no tiene
tiempo»?
Está tan ocupado buscando las necesidades físicas de la familia que no puede proveer las
necesidades
espirituales y emocionales. O, por lo menos, esta es la excusa. ¿Cuántos problemas hay en
las familias
y hogares alrededor del mundo porque no tienen suficiente dinero, comida u otras cosas
materiales?
Todos estos problemas son resultados del pecado.
El último problema de cada ser humano es la muerte. Nuestra propia muerte llena el
corazón de
miedo. La muerte de otros llena el corazón de dolor. La certeza de la muerte llena al mundo
con
violencia, ansiedad, tristeza y dolor. La muerte es el máximo efecto del pecado. Génesis
3:19b «pues
polvo eres, y al polvo volverás».
¡Hay tantos efectos del pecado sobre nuestra raza! Todos son tristes, dolorosos y feos. ¿Por
qué
insistimos en que algo tan feo como la depravación de la raza human sea un cimiento de la
consejería
bíblica? ¿No sería más agradable apoyar la dignidad humana y pasar por alto este tema feo?
Bueno,
mucha de la psicología popular hace exactamente esto. Así, el hombre moderno es un
pecador con
dignidad, pero todavía un pecador.
Tal como debemos entender el diseño original de la humanidad para entender la meta de la
consejería, debemos entender la caída al pecado y depravación de la raza para entender la
necesidad de
la consejería. Todavía el hombre tiene dignidad. Es creado a la imagen de Dios. Sin
embargo, la
imagen está estropeada. La dignidad lleva la mancha del pecado. Dios creó al hombre
perfecto: con
relaciones perfectas, matrimonio ideal, mundo idílico. Pero, tal perfección ahora no existe
fuera de la
persona de Jesucristo. Como cristianos somos pecadores redimidos. Estamos en proceso de
crecer a la
perfecta imagen de Dios en Cristo. Cuando Cristo vuelva, los cristianos llevaremos la
perfecta imagen
de Dios una vez más. Mientras tanto no somos perfectos, sino Dios nos está
perfeccionando. Filipenses
1:6 dice: «estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la
perfeccionará
hasta el día de Jesucristo». No dice «estoy persuadido que ya son perfectos».
Lamentablemente, cuando
las personas aceptan a Cristo como su único y suficiente Salvador, todavía llevan muchos
de los efectos
del pecado. Son salvos del pecado, pero sus vidas, relaciones, actitudes y circunstancias
todavía son
afectadas por el pecado. Han vivido una vida pecaminosa. Viven en un mundo pecaminoso.
Están en
relación con otros pecadores. Así, los nuevos convertidos necesitan ayuda para caminar en
un mundo
imperfecto hacia la perfección en Cristo. Esto se llama discipulado. Pero, estoy convencido
de que en
mucho de lo que popularmente se llama el discipulado falta algo esencial. Un buen
discipulado tiene
que dirigir al discípulo a la meta de la perfección de la imagen de Cristo (el diseño original,
la imagen
de Dios). También tiene que entender y ayudar al discípulo con los efectos del pecado en su
vida y
relaciones. Entonces, el que hace discípulos debe tener un ojo puesto en la meta de la
perfección y el
otro fijado en la realidad de la vida abatida por el pecado. Es en este aspecto del discipulado
que se
encuentra la necesidad de la consejería bíblica.
Nos encontramos con una especie de sube y baja emocional cuando estudiamos las bases
bíblicas
de la consejería. Empezamos con el gozo y placer de la dignidad con que Dios nos creó. La
restauración de tal dignidad y proposito es la meta del ministerio de la consejería. Pero, la
historia
cambió por la entrada del pecado. En este capítulo hemos visto unos de los efectos trágicos
del pecado
sobre la raza. Estos efectos siguen hasta hoy y forman la razón y necesidad del ministerio
de la
consejería.
En el siguiente capítulo consideraremos el plan de Dios para la redención. ¡Gracias a él, no
quiso
dejarnos en el hoyo de la depravación! Hizo su plan de rescate que se llama la redención.
La redención
es la esperanza de la consejería.
Capítulo 3
Base bíblica 3:
La redención del hombre
En el capítulo anterior ya vimos a la raza humana en una situación desesperada. Adán y
Eva se
habían rebelado contra Dios, actuaron independientes de Él, y hundieron a la raza humana,
completa,
en las horribles consecuencias del pecado. Parece como una situación sin esperanza. Pero
Dios no es un
Dios impotente, sino omnipotente. Él no es un Dios de desesperación, sino de esperanza.
Si la dignidad del hombre forma la meta de la consejería y la depravación es la razón de
ella, la
redención divina es su esperanza. Cuando tratamos con los problemas profundos de las
personas,
cuando ayudamos a nuevos creyentes a superar su vida vieja, cuando buscamos soluciones
para las
relaciones estropeadas y rotas de nuestros semejantes, muchas veces parecen sin esperanza.
Y de este
modo serían sin la muerte y resurrección de Cristo.
¡Jamás debemos aconsejar sin reconocer la importancia de la nueva vida dada al individuo
por la
redención en Cristo! La restauración de la vida al diseño original no se puede efectuar sin
que la
persona tenga la nueva vida en Cristo. Jesús mismo dijo en Juan 14:6: «Yo soy el camino, y
la verdad,
y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».
En la consejería y en el discipulado estamos buscando que la persona crezca más y más a la
imagen
de Dios en Cristo. Tal crecimiento es solamente posible para aquel que tiene la nueva vida
en Cristo.
Tal vida se recibe solamente por medio de la redención.
¿Qué hizo exactamente Cristo en la redención por nosotros? Consideremos la descripción
de la
persona y obra de Cristo en Filipenses 2:5–8. Quiero que prestemos especial atención al
contraste de la
actitud de Jesús con las actitudes humanas pecaminosas, como las vimos en el capítulo
anterior.
Recordemos que la tentación original del pecado llegó en la forma de llegar a ser como
Dios. Adán
y Eva comieron del fruto prohibido porque el Tentador les prometió que iban a ser como
Dios. Desde
entonces el hombre ha tenido el deseo de mejorarse por sí mismo, de superarse, de llegar a
ser como
Dios.
En el versículo 6 de Filipenses 2 vemos la actitud opuesta en Jesucristo. Dice que Él,
«siendo en
forma de Dios no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse». Jesús nunca tuvo
necesidad,
deseo ni razón para hacerse a sí mismo Dios. ¡Él es Dios! Sin embargo, para rescatar al
hombre de su
pecaminosa autoadoración puso su propia divinidad a un lado. El único hombre que tiene
todo el
derecho de reclamar la divinidad, escogió a no reclamarla para redimir a los hombres que
hurtan la
divinidad por sí mismos. Dejó a su trono para salvar a los mismos que quieren usurparlo.
Se despojó de
su propia autoridad y poder por los hombres, que en tratar de robar tal autoridad y poder
habían llegado
a ser impotentes.
El egoísmo es intrínseco al pecado humano. Nuestro corazón pecaminoso nos ha convertido
a todos
en egocéntricos. Pero, una vez más, vemos lo opuesto en Jesucristo. El versículo 7
continúa: «sino que
se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres».
En su obra de la redención Jesús manifestó las actitudes opuestas a las pecaminosas que nos
esclavizan. Mientras que nosotros nos protegemos a nosotros mismos, insistimos en
nuestros
«derechos», y buscamos nuestro propio bien, Cristo se despojó a sí mismo y escogió el rol
del siervo.
Llegó a ser como los hombres, pero sin pecado. El Creador, para rescatar a su depravada y
esclavizada
creación llegó a ser como la criatura. Desde el huerto el hombre se ha escondido del
Creador. Pero Él
nos ha perseguido, no con fuerza, sino con mansedumbre. En vez de perseguirnos para
castigarnos, nos
ha perseguido para salvarnos. No nos ha buscado para condenarnos, sino para redimirnos;
Juan 3:17:
«Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo
sea salvo
por él».
El hombre pecaminoso es orgulloso. Jesús escogió la humanidad sobre la divinidad, y en su
condición humana escogió la humildad. Él es Rey de los reyes, y nació en un establo para
acostarse en
un pesebre. Vivió sin casa y sin posesiones, y murió como un criminal. Todo esto para
rescatar a la
humanidad de su propio orgullo.
Fue la desobediencia del hombre que hundió a la humanidad en el hoyo de la depravación.
Pero
Jesús fue obediente. Tal como la desobediencia humana es completa resultando en la
muerte, la
obediencia de Jesús es completa llevándole a la muerte, resultando en la vida; Romanos
5:18: «Así que,
como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma
manera por la
justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de la vida». Su obediencia le llevó
al último
sacrificio, la muerte. Y su muerte fue lo más cruel que podemos imaginar, la cruz.
Jesús hizo todo esto para cumplir la redención. Redimir quiere decir comprar, o pagar el
precio del
rescate de alguien. Por el pecado todos nosotros nacimos depravados, esclavos al pecado.
Como hemos
dicho, toda la vida humana está afectada por el pecado. La dignidad nuestra se ha
convertido en una
caricatura grotesca. El diseño original ya está distorsionado, pervertido, torcido y roto.
Nacimos
perteneciendo al pecado. El único camino a la restauración de lo que hemos perdido es por
el rescate o
redención del pecado. La única persona que podría rescatarnos es el hombre perfecto, sin
pecado, el
Hijo de Dios, Jesucristo. Lo hizo por medio de pagar la pena última, su propia vida. Esto es
la
redención.
Hay que tener la redención como un cimiento, un fundamento de la consejería. Sin el
cambio
radical de la vida que hace la redención, el aconsejado no sería realmente diferente.
Aconsejar sin
presentar la redención como esencial a la restauración personal, es nada más que poner un
barniz sobre
lo malo de la vida. Aconsejar sin dirigir la persona a la redención es tratar de llegar a la
restauración sin
pasar por el propio camino de la restauración.
Por varios años mi familia y yo vivimos en el bello país de Venezuela. Cada año, en el 26
de
diciembre, todos mis compañeros misioneros y nosotros nos reunimos en la playa, Bahía de
Cata. La
única manera de llegar a Cata es por un camino estrecho de puras curvas que sube y baja la
montaña
hasta llegar a la costa. Cuando mis hijos eran pequeños siempre se enfermaron cuando
paseamos por el
camino a la Cata. Es un camino peligroso y duro. Había la tentación de buscar otro camino.
Pero no
hay otro camino. Si queríamos la belleza de la playa Cata, el placer de las olas, sol y arena,
y el
compañerismo con nuestros amigos, teníamos que pasar este camino.
Hermano consejero, tal vez habrá la tentación de pasar por alto la redención en la
consejería.
Cuando hay resistencia o amargura contra el Evangelio, será más fácil buscar soluciones
superficiales
en vez de cambios radicales. A veces es más fácil sugerir ciertos cambios de
comportamiento en vez de
invitarle a entregar su vida entera a Cristo. Especialmente para aquellos consejeros que se
inclinan a la
psicología hay la tentación de apoyar la dignidad sin reconocer la depravación y buscar la
restauración
sin entender la necesidad de la redención. Todos los fundamentos bíblicos de la consejería
son
necesarios. Tratar de aconsejar sin incluir estos fundamentos bíblicos es como construir un
edificio sin
cimiento.
Habiendo dicho esto, quiero prevenirle sobre el otro extremo. Hay aquellos que aconsejan
como si
la redención fuera el único fundamento bíblico. La redención es indispensable para la
consejería, pero
es el comienzo de la restauración, no el fin. Hermano pastor, cuando una persona que no
conoce a
Cristo viene a usted buscando ayuda para problemas personales o familiares es cierto que
necesita
recibir a Cristo como su único y suficiente Salvador. Pero, recibir a Cristo no quita los
problemas
personales o familiares. La redención da esperanza para la consejería, pero no es una
píldora mágica
que soluciona todos los problemas de la vida en un momento. Para aquellos aconsejados
que no
conocen a Cristo, aceptar a Cristo y recibir su redención es parte indispensable de la
restauración de su
vida. Pero no es la restauración completa. La obra de Cristo en la cruz y la resurrección es
completa, no
podemos agregar nada a ella para la salvación ni la justificación. Pero hay otra doctrina
soteriológica, la
santificación.
La santificación tiene dos aspectos. Su aspecto realizado y el progresivo. En el aspecto
realizado
somos separados del mundo a Cristo para su uso. Nuestra posición en Cristo es completa,
perfecta,
cumplida. En la realidad de la vida cotidiana todos sabemos que no somos perfectos. A
veces pecamos.
Luchamos con hábitos viejos. Sufrimos de los resultados del pecado nuestro y de los otros.
Allí se
encuentra el enfoque del aspecto progresivo de la santificación.
Cuando alguien nace de nuevo, tiene nueva vida, pero, tal como en la vida natural, necesita
crecer y
madurar. El discipulado y la consejería ayudan en este proceso de crecimiento y madurez.
En el pasado el discipulado se ha enfocado en enseñar las disciplinas espirituales como leer
la
Biblia, orar, testificar y asistir a la iglesia. Tales cosas son importantes, y parte esencial de
la
maduración espiritual. Sin embargo, no garantizan la madurez.
Vivimos en un mundo donde el pecado está creciendo. El mundo está llenándose más y más
del
dolor, amargura y vergüenza que son las consecuencias del pecado. Más y más personas
buscan la
ayuda de pastores y líderes evangélicos para enfrentar la separación de la familia, la
confusión, el dolor
de la vida y las adicciones. No es justo dirigirles a Cristo y aparentar que todos sus
problemas
desaparecerán mágicamente. Debemos caminar a su lado mientras que enfrentan las
consecuencias del
pecado y permiten que el Espíritu Santo restaure su vida. Así el ministerio de la consejería
va mano a
mano con un discipulado que es más que solamente agregar unos comportamientos
agradables a una
vida rota. Sino que es un ministerio profundo que coopera con el Espíritu Santo en la
transformación de
la vida entera. Desde las actitudes, deseos y motivaciones del corazón hasta las relaciones
íntimas, todo
debe cambiar radicalmente para el discípulo de Cristo. Esto es un proceso de crecimiento.
El valor del
discipulador-consejero es inestimable en estar al lado del discípulo en el proceso.
Así que debemos entender que cada fundamento bíblico es indispensable para formar un
cimiento
fuerte y confiable para el ministerio de la consejería. Para formar nuestra base de la
consejería no
podemos pasar por alto ninguno de estos fundamentos. Éstos forman un cimiento confiable
sobre el
cual podemos construir nuestro entendimiento de la persona, los procesos psicológicos que
forman la
personalidad, y las motivaciones que empujan los hábitos de la vida.
Cuando aconsejamos tengamos la dignidad del diseño original delante como la meta que
queremos
ver cumplida. Mantengamos un claro entendimiento de la depravación y los profundos y
extensivos
efectos del pecado sobre la vida. Tengamos certeza de que sólo por medio de la redención
de Cristo
hay esperanza de cambios y de la restauración. Mantengamos siempre el propósito de
buscar la
restauración de la vida del aconsejado, que le lleva más y más cerca a la meta de ver la
belleza y
dignidad original. Siempre recordemos que el mismo proceso que pasa el aconsejado lo
estamos
pasando nosotros mismos. No aconsejamos de una posición perfecta, sino de una creciendo.
No
aconsejamos porque hemos llegado a la meta, sino porque estamos caminando hacia la
meta. La
perfección se efectuará cuando venga Jesucristo para llevarnos a su presencia eterna.
Mientras tanto no
somos perfectos, sino que debemos estar caminando hacia la perfección. El consejero no es
perfecto
pero debe estar caminando. Él puede dirigir al aconsejado en el camino, porque está
caminando delante
del aconsejado.
Para un cimiento bíblico completo debemos considerar un fundamento más, la restauración,
o la
santificación de la vida humana. En el siguiente capítulo consideraremos esto que es
esencial para la
consejería verdaderamente bíblica.
Capítulo 4
Base bíblica 4:
La restauración de la vida
Al lado de mi casa tengo un pequeño terreno que nada más produce cardos y otras malas
hierbas.
De vez en cuando he pensado en preparar el terreno y sembrar unos tomates y papayas.
Imaginemos
que, por fin, decido usar la parcela de manera útil. Decido qué parte del terreno voy a
sembrar, y lo
indico con unos postecitos y cuerda. Ya he separado la parecela que quiero para mi huerto
de las otras
partes del jardín. Esto ilustra la santificación realizada o posicional.
Cuando Cristo nos salva, nos separa del mundo para su gloria y uso. La palabra «santificar»
quiere
decir «separar». Cristo nos compró y liberó del pecado. Esto es la redención. A la misma
vez Él nos
separó del mundo para ser su posesión única, para su gloria y su uso. Esto es la
santificación
posicional. La realidad espiritual de cada creyente, sea nuevo convertido o creyente
maduro, ahora
pertenece exclusivamente a Cristo, para su honra y gloria.
Sin embargo, si en una tarde decido tener un huerto y lo divido con postes y cuerda, no voy
a
cosechar sabrosas papayas la próxima mañana, ¿verdad? ¡Por supuesto, que no! Tengo que
sacar los
cardos, preparar el terreno, sembrar las semillas y regar antes para disfrutar del fruto de mi
huerto. Esto
ilustra el aspecto progresivo de la santificación.
Todos los verdaderos creyentes son nuevas criaturas en Cristo (2 Corintios 5:17). La Biblia
declara
que somos santos, santificados para el uso y gloria de Dios. No obstante, todos sabemos
que no siempre
actuamos como santos. El nuevo creyente especialmente necesita muchos cambios en sus
actitudes,
hábitos y relaciones antes para ser útil para el reino de Dios. Tal como en mi huerto tengo
que escardar,
cultivar, sembrar y regar, el Espíritu Santo necesita cambiar actitudes, quitar hábitos viejos,
establecer
nuevos hábitos, sanar relaciones y purificar la vida del creyente. Es un proceso que
continuará por toda
la vida hasta que entremos a la presencia física de Jesús por medio de la muerte, o de su
segunda
venida. Mientras que le esperamos es la responsabilidad y privilegio de los miembros del
cuerpo de
Cristo (todos los verdaderos creyentes) ayudar el uno al otro en este proceso de crecimiento
y
maduración. Esto es el propósito del discipulado. La meta del discipulado es que el nuevo
discípulo
crezca, madure y se reproduzca su vida espiritual en la vida de otros. El propósito y obra
del
discipulador es ayudarle a madurar, darle las herramientas espirituales necesarias para
crecer y
enseñarle cómo reproducir su vida espiritual.
Lamentablemente, a veces nuestros programas de discipulado son insuficientes para
cumplir todo
esto. Parece como si indicase la parcela para el huerto, sembrar la semilla sin preparación
del terreno, y
diría al huerto: escárdate, riégate a ti mismo, y crece por ti mismo. El jardinero que hace
esto y espera
cosechar fruto sería un total necio, ¿verdad? Sin embargo, hacemos algo semejante cuando
solamente
decimos al nuevo creyente que debe leer la Biblia y orar cada día, testificar y asistir a la
iglesia. ¿Qué
de los cardos en su vida? ¿Qué del terreno duro de su corazón, dañado y contaminado por el
pecado?
¿Qué de las heridas resultado de su propio pecado y el de otros? ¿Qué de la sanidad
emocional,
espiritual, mental y relacional que el nuevo creyente necesita?
Cristo redimió al nuevo creyente porque quería restaurar su vida, para que sea útil y
gloriosa. Nos
ha mandado a hacer discípulos (Mateo 28:19). Hacer discípulos es más que hacer
convertidos. En
Mateo 28, Jesús nos dice que la obra de hacer discípulos incluye bautizarles y enseñarles a
guardar las
cosas que Él nos ha mandado. ¿Qué cosas nos ha manado para que las guardemos? O
¿cómo debe
parecer la vida del discípulo según Jesús?
En Juan 15 Él manda que el discípulo debe permanecer en Él y amar a los demás
discípulos. En
Juan 10:10, hablando de sus ovejas, o sea sus discípulos, dice que «yo he venido para que
tengan vida,
y para que la tengan en abundancia». En Mateo 28, que es lo que acabamos de ver, Él
manda que los
discípulos deben hacer más discípulos. 2 Corintios 3:18 habla de la transformación de la
vida en la
gloriosa imagen de Dios en Cristo. Entonces, por lo menos, la vida del discípulo de Cristo
debe ser una
que depende totalmente (permanece) en Cristo, que ama a otros discípulos, que es
abundante, que se
reproduce en las vidas de otros discípulos, y que está transformándose nuevamente a la
imagen de
Dios.
Parece que es una vida que está cambiando radicalmente, no solamente una que ha
agregado la
lectura bíblica, la oración y la asistencia a la iglesia a la vida anterior. Si alguien viene a
Cristo que ha
sufrido años de abuso sexual, ¿cómo va aprender amar si nunca ha tratado con el dolor, la
amargura, el
odio y el temor que son la triste herencia de lo que ha sufrido? ¿Cómo puede tal persona
depender en
Cristo y permanecer en Él si nunca ha aprendido a confiar en nadie? La imagen divina
todavía está
estropeada por sus propios temores, angustias y necesidades.
Cuando la familia de un alcohólico acepta a Cristo deben aprender cómo leer la Biblia, orar
y, por
supuesto, deben asistir a la iglesia. Pero, ¿estas cosas garantizan que los nuevos discípulos
saben qué
hacer con el temor y vergüenza? Los niños que viven cada día con violencia, y la confusión
y
ambivalencia que siempre vacila entre el odio y el amor, ¿tienen vida abundante? ¿Es vida
abundante y
permaneciendo en Cristo cuando no tienen ninguna idea qué hacer con sus sentimientos
profundos
resultado del horror pecaminoso que viven día tras día? A veces no pueden identificar ni
entender sus
propias emociones, ¿cómo, entonces, van a amar a otros? Y ¿cómo parece la gloriosa
imagen de Dios
en la persona traumatizada por las circunstancias de su vida? ¿No es la vida abundante que
promete
Cristo algo que el discípulo puede gozar ahora, ¿o está reservada solamente para la
eternidad?
¿Qué de la persona que viene a Cristo, pero ha tenido años de hábitos pecaminosos? ¿Es
razonable
esperar que todos los hábitos desaparecerán mágicamente solamente por agregar unos
comportamientos
buenos? Claro, yo sé que el Espíritu Santo mora en la vida de cada creyente, incluyendo la
vida del
nuevo creyente con hábitos pecaminosos. Yo sé que Él da el poder y recursos necesarios
para cambiar
la vida de cualquier persona que cree en Cristo. Sin embargo, Cristo encomendó la obra de
hacer
discípulos a nosotros. El hacer discípulos debe ser en cooperación con el Espíritu Santo
para afectar
cambios radicales y profundos a los pensamientos, emociones, deseos y hábitos del nuevo
creyente. En
el discipulado tenemos el gran privilegio de participar en la restauración de la imagen
divina en los
discípulos.
De vez en cuando alguien descubre un cuadro pintado por uno de los grandes maestros de
la pintura
del pasado. Muchas veces cuando se encuentra un cuadro así, está sucio, manchado y
estropeado. El
cuadro tiene la suciedad de siglos sobre la pintura. A veces ha sido dañado por el clima.
Aun, a veces,
otra pintura inferior ha sido ubicada sobre la obra maestra. La obra de restaurar la obra
maestra es un
trabajo esmerado, toma años para poco a poco quitar la suciedad, sacar lo agregado y
restaurar la
calidad de la obra original. En la obra de la restauración de la vida humana el Espíritu Santo
hace algo
semejante. La imagen de Dios en el ser humano es una obra maestra. Pero, está sucia por el
pecado.
Vivir en el ambiente pecaminoso del mundo la ha dañado. El pertenecer a Satanás y su
reino ha
agregado cosas corruptas y ha distorsionado la obra original. La obra del Espíritu Santo de
restaurar, o
santificar la vida, es una de esmero. Poco a poco, con cuidado y ternura Él saca, cambia,
limpia y
restaura la vida. Hermano discipulador, usted tiene el gran y humilde privilegio de ser el
asistente al
Espíritu Santo en esta gran obra.
Así, el discipulado en muchas ocasiones debe incluir aspectos de la consejería bíblica. La
consejería
bíblica, por integrar lo que unos psicólogos y otros científicos han observado sobre el ser
humano con
lo que la Biblia dice sobre el ser humano, puede ayudar al individuo a entenderse mejor a sí
mismo.
Puede ayudarle a ver cómo sus propias costumbres de pensar, sus maneras de reaccionar a
la vida, sus
hábitos de comportamiento y sus formas de relacionarse con otros afectan a sus relaciones,
dañan a
otros, obstaculizan el fluir del amor de Cristo, y niegan la dependencia en Él. Sin duda el
Espíritu Santo
puede señalar todo esto en la vida del nuevo creyente, y puede cambiar por completo la
vida sin la
participación nuestra. Pero, tal como ha escogido usarnos en la obra de dar las buenas
nuevas de la
redención de nuestros semejantes, también ha decidido usarnos en la obra de hacer
discípulos. Es un
gran privilegio y una responsabilidad solemne cooperar con el Espíritu Santo en la
restauración de
vidas rotas, mientras que Él las «perfecciona hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6).
En el fundamento bíblico de la restauración de la vida humana es que se encuentra la
mayoría del
trabajo de la consejería bíblica. Hay que entender la dignidad de la imagen de Dios para
saber a lo que
queremos dirigir nuestra consejería. La dignidad nos da el dibujo de cómo debe ser la vida
humana.
Hay que comprender la triste realidad de la depravación humana para desentrañar la vida
actual tan
lejos de la dignidad original. Hay que creer en, y proclamar el hecho de la redención
cumplida en la
cruz de Cristo, y dada libremente por gracia a cada persona que cree en Él. Tal redención es
la única
manera para que el ser humano pueda salir de la trampa del pecado y depravación para
volverse al
diseño original de su Creador. Hay que participar en la restauración de la vida humana, al
lado del
Espíritu Santo quien hace de nuevo la imagen de Cristo (sea la imagen de Dios) en la vida
de cada
verdadero creyente.
Estos cuatro fundamentos forman el cimiento sobre el cual el resto del libro construirá el
entendimiento del ser humano y cómo aconsejarle en sus problemas de la vida. El
entendimiento de
estos da al consejero un mapa básico de su consejería. Empezando con la dignidad
entendemos lo que
es intrínseco en cada persona, él o ella es una criatura creado a la imagen de Dios. La
depravación nos
recuerda del deterioro de tal imagen. La redención nos da la cierta esperanza de la
recuperación de la
imagen. Y la restauración es el proceso de volverse a la imagen que se cumplirá en el día de
Jesucristo.
El siguiente gráfico puede ayudar al consejero a tener en mente su mapa básico de
consejería
bíblica.
Estos fundamentos proveen un cimiento, o un marco para el consejero. Ideas, opiniones y
métodos
que están de acuerdo con estos fundamentos bíblicos son útiles para el consejero cristiano.
Ideas,
opiniones y métodos que no están de acuerdo con éstos deben ser rechazados por el
consejero cristiano.
En la siguiente unidad consideraremos algunas observaciones e ideas sobre el ser humano,
su
personalidad, mentalidad, reacciones y relaciones. Pido al lector recordar los fundamentos
bíblicos y
usarlos como la medida para analizar, aceptar o rechazar las ideas presentadas en esta
unidad. Seamos
como los hermanos de Berea. Hechos 17:11: «Y éstos eran más nobles que los que estaban
en
Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las
Escrituras para ver
si estas cosas eran así».

También podría gustarte