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Blanco Castiñeira Katiuska - Fidel Castro Ruz Guerrillero Del Tiempo - Tomo II

El documento describe varios encuentros y conversaciones entre la autora y Fidel Castro sobre diferentes temas a lo largo de varios años, incluyendo detalles sobre la infancia de Castro y momentos claves de su vida y liderazgo.

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Blanco Castiñeira Katiuska - Fidel Castro Ruz Guerrillero Del Tiempo - Tomo II

El documento describe varios encuentros y conversaciones entre la autora y Fidel Castro sobre diferentes temas a lo largo de varios años, incluyendo detalles sobre la infancia de Castro y momentos claves de su vida y liderazgo.

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FIDEL CASTRO RUZ

GUERRILLERO DEL TIEMPO (TOMO II)

Katiuska Blanco.
Recoge las conversaciones entre el comandante cubano y la periodista
Katiuska Blanco.
Autor: Blanco Castiñeira, Katiuska

ISBN: 7645714276571426715

Generado con: QualityEbook v0.38

Katiuska Blanco Castiñeira


PRIMERA PARTE - TOMO II

En el cruce de los vientos y los mares, a nuestra amada Cuba.

A Fidel, eterno caminante.

A Orestes, mi amor del alma, y a mis hijos Isabel, Patricia y Ernesto.

EL VIAJE

A Fidel le gusta recordar. Quizás por eso, en Enero de 1993, por primera
vez me recibió en su despacho del Palacio de la Revolución...

En medio del fragoroso teclear de las viejas máquinas de escribir alemanas


que entonces inundaban la redacción del diario, recibí el aviso. Afuera terminaba el
día de trabajo y los transeúntes se apresuraban de regreso a casa. No llovía, pero el
viento arremolinaba las hojas y levantaba el polvo en la calle.

La luz en la Plaza era de un color ocre rojizo. En su despacho, los destellos


apenas trasponían los densos cortinajes de los ventanales. La semipenumbra
iluminada afianzaba la impresión de unos espacios fuera del tiempo. ¿Amanecía o
caía la tarde? Allí era difícil saberlo. Siempre pensé que él sí podría reconocer las
horas del día por los matices del reflejo luminoso sobre los objetos en los armarios,
las paredes de ladrillo, o la transparencia del aire en la habitación. Su escritorio:
una isla en un mundo de libros. Repasé los títulos como para guardar una lista
infaltable de referencias y para saber un poco más del hombre oculto tras las
investiduras de la historia. Confieso que por unos minutos quedé absorta mirando
una figurilla de marfil de alguna diosa del Lejano Oriente y unos botes de cristal
como los que en las antiguas farmacias dormían el sueño eterno sobre los
mostradores.

Recuerdo que Fidel se acercó, me dio un beso y un abrazo. Ni su estatura


física ni su apariencia eran lo que más me impresionaba. Me sentí como un viajero
de paso: el tren se detenía en una estación en el camino y yo conversaba con
alguien que permanecería para siempre. Él respiraba despacio, hablaba bajo y
miraba limpia y directamente a los ojos. Sus botas agrietadas por los bordes y el
desgaste de la piel curtida de los muebles en la habitación me recordaron el tiempo
que vivíamos y también una frase suya que lo retrataba: «Prefiero el viejo reloj, los
viejos espejuelos, las viejas botas... y en política, todo lo nuevo».

En esos años parecía que el mundo volvía atrás, que todo lo nuevo era viejo;
resultaba casi una quimera moldear un hombre mejor, una sociedad más justa. Él
ya era un mito. Junto al pueblo persistía en el sueño que parecía delirio, resistía los
embates, las agresiones de siempre y las carencias. Hablaba en susurro, tanto, que
daba la impresión de que todo era confidencial —sobre la isla, los hombres, las
heridas, El Quijote, las pasiones, el destino, el último combate de José Martí, el Sol,
la guerra, los minutos, la Tierra. Con la mirada recorría su presencia para no
olvidar un solo pormenor, seguía sus pasos mientras él afirmaba: «Una idea se
desarrolla, Katiuska, una idea se desarrolla». Yo observaba la mano que alisaba el
pelo ondulado y blanco, la gorra militar colocada después sobre la mesa, la carpeta
de cuero donde apoyaba los papeles para escribir, los dedos larguísimos, el trazo
fugaz sobre el papel en el rústico bloc de tapas azules, la frente despejada, el borde
de las cejas, los ojos vivos y acuciosos, la barba encanecida, el lóbulo de la oreja, el
cuello de la chaqueta militar, el pantalón recto y, otra vez, sus botas, sus viejas
botas, limpias y gastadas en las que me detuve al final del reconocimiento
indiscreto.

Imaginé los caminos andados. Las humildes botas que calzaba eran sus
botas de soñar y eran, como al monje, el hábito del que no podía desprenderse en
tiempos difíciles. ¿Sería verdad que más de una semana después del triunfo de
enero aún dormía con ellas puestas?

Un pequeño libro, Después de lo increíble —que escribí luego de un viaje


donde un grupo de jóvenes seguimos la travesía del yate Granma—, había llamado
mucho su atención. Me confesó haberse pasado toda una noche leyendo,
recordando.
Tras varios encuentros en su despacho, entre los años 1993 y 1994, reparé en
que por azares de la vida, numerosas actividades que reportaba para el diario iban
hilvanando su historia.

Volví a verlo de cerca el 13 de agosto de 1996, en las celebraciones por sus 70


años, y al otro día, ya en mi casa, me tomó por sorpresa la llegada de Sergio, un
escolta robusto que irrumpió de súbito en la sala. «Apúrese, es un viaje con Fidel a
Birán».

Reconocí entonces mi suerte de presenciar un diálogo entre Fidel y Gabriel


García Márquez en un camino inesperado y conmovedor. El Comandante, como
dije en aquel momento, tenía razones para vivir la experiencia del regreso a las
habitaciones de la infancia y los recuerdos del pasado, convertidos en una historia
de impresiones que al final, según él mismo piensa, es la historia verdadera de un
hombre.

Allí Fidel se tornó memorioso y se permitió, ante los demás, mostrarse


emocionado en lo íntimo. Puso flores en la tumba de sus padres, ahora bajo la
sombra de los árboles del batey, adonde fueron trasladados los restos a instancias
suyas. «Los cementerios son muy tristes, son algo así como un apartheid; significan
tener muy lejos de la casa y la familia a los muertos».

A partir de estas vivencias comencé a investigar sobre el hogar, los seres


queridos, el entorno de Birán, con la idea de escribir su paisaje familiar. Fue un
camino largo y difícil, pero logré acumular tanta información que, en lugar de uno,
escribí dos libros: Todo el tiempo de los cedros y Ángel, la raíz gallega de Fidel.
Durante todo ese período anhelé, en reiteradas ocasiones, preguntarle pequeños
detalles que solo él podía develar, sin embargo, nunca fue posible.

En el verano de 2006, Fidel enfermó de manera inesperada. Recuerdo el


vuelo desde Holguín a La Habana y la solicitud de un escolta que se acercó desde
la parte delantera de la nave. Arrodillada sobre mi asiento, la repetí en voz alta
para que se escuchara hacia el fondo del avión-. «Están llamando a uno de los
médicos, están llamando a uno de los médicos». Varios de los galenos de su equipo
personal acudieron prontamente. A mi lado, atónito, el vicecanciller cubano Jorge
Bolaños. Entre los viajeros, solo recuerdo miradas de angustia. Nadie articuló un
solo vocablo; se hizo el silencio más profundo que he vivido en toda mi vida. Días
después, el 31 de julio, se publicó la proclama dirigida a nuestro pueblo donde el
Comandante hizo pública su enfermedad y dio indicaciones a los cubanos para
seguir adelante.
El 1° de agosto, la voz de Fidel me sorprendió temprano: al otro día
comenzaríamos a trabajar. Se encontraba presto a emprender la ardua labor de
ampliar y enriquecer las respuestas dadas al periodista Ignacio Ramonet, pues
había prometido una nueva edición del libro Cien Horas con Fidel, y temía que la
obra quedara inconclusa, lo percibí en su desvelo por adelantar cuanto fuera
posible, a pesar de su delicado estado de salud.

En una pequeña antesala, atenta a cuanto hiciera falta, permanecía Dalia, su


esposa. Un día le confesé a ella que lamentaba traerle trabajo al Comandante en
tales circunstancias; y con amabilidad en la voz, me alentó, debía pensar lo
contrario: traía alegría, tranquilidad.

Otra vez presenciaba escenas íntimas en la vida de Fidel. Cuando algunos lo


imaginaban como un héroe solitario yo lo vi acompañado todo el tiempo. Su
hermano Raúl, una nube de hijos, nietos y otros familiares, amigos y hermanos de
lucha, se aproximaban para verlo o saber cómo seguía. La mayoría pasó días y
noches sin dormir. Me los topaba a la entrada o a la salida. Estaba otra vez en una
zona no develada de su paisaje familiar.

A veces, durante las jornadas de trabajo, guardaba silencio y me pedía que


le leyera; yo lo hacía con lentitud porque sabía que la lectura podía propiciar su
sueño, la posibilidad de descansar un poco de los desasosiegos que su espíritu
debía vencer, algo realmente difícil en él, acostumbrado a la intensa actividad
durante largas horas, en décadas de incesante vida revolucionaria y continuos
viajes.

Aquellas semanas eran como de marzo en pleno verano, porque, a pesar de


que Fidel le hablaba a nuestro pueblo sin dramatismo, para mí soplaba en el
espíritu del país el viento de cuaresma, ese que esparce las hojas secas por el aire,
cierra a golpetazos las puertas y las ventanas, riza los ríos y los mares, arrasa y se
lleva lejos las simientes —desdichadamente lejos—, aunque luego broten con los
primeros aguaceros de la primavera... Vivíamos con el alma en vilo porque Fidel es
nuestra historia. Recuerdo emocionada que cuando me recibió aquel día de agosto,
estaba entre la vida y la muerte; sin embargo, me habló con valentía y seguridad de
sus últimos disparos al tiempo: se concebía como un fusil guerrillero.

Como resultado de aquellas intensidades laboriosas vieron la luz dos


nuevas ediciones de Cien horas con Fidel. Fue un esfuerzo titánico de parte del
Comandante, pero reconfortaba saber que seguía ganando batallas; cumplió
nuevamente la palabra empeñada y disfrutó, aún en momentos tan difíciles, del
contacto con la historia y con los acontecimientos internacionales que
comentábamos a diario.

Abordó insistentemente la Crisis de Octubre, dijo que negar la presencia de


los cohetes en Cuba había sido un error ético imperdonable del embajador
soviético en la ONU. Ratificaba, una y otra vez irrenunciable, el principio de la
verdad. El Comandante no justificaba aquella respuesta insensata e innecesaria.
Según él, «Cuba tenía el derecho legítimo de defenderse con las armas de que
pudiera disponer». Habló además de la guerra en Angola, de su denuncia sobre la
posesión de armas nucleares por el régimen del apartheid, algo que el Estado de
Israel había posibilitado con el apoyo del silencio cómplice de Estados Unidos. A
tales alturas, reparé en que ambos temas tenían conexión con las probabilidades de
una confrontación nuclear, algo que centra hoy su mayor preocupación. Para
evitarla es imprescindible la desnuclearización total. Para él, lo ético y humano
sería eliminar todas las armas, convencionales o no. Ese día, me explicó la
diferencia entre armas nucleares tácticas y estratégicas, aunque me fue imposible
registrar en la memoria los profusos datos numéricos con que ilustró su
explicación.

Recuerdo también que le comenté un hallazgo en la Biblioteca Nacional José


Martí, dado a conocer el sábado 19 de agosto de aquel verano de 2006. Se trataba
de una rareza mundial: un libro con 41 grabados de un Egipto ya inexistente.
Agrimensores, lingüistas, arqueólogos, arquitectos, matemáticos, dibujantes y
químicos franceses, por encargo de Napoleón, estudiaron minuciosamente los
valores de la civilización crecida a orillas del Nilo. Fruto de aquellos empeños
surgió una obra maestra: La descripción de Egipto, 20 tomos de grabados, mapas,
planos y apuntes, cuya tirada en edición de lujo apenas alcanzó los 1000
ejemplares. De ellos, nuestra biblioteca conservaba cinco volúmenes y, tras ser
restaurados, los exponía.

Era —en fin— la crónica del despojo. Los reinos de Francia y Gran Bretaña
de siglos pasados invadían territorios pero al menos se mostraban deslumbrados
por la cultura de los pueblos bajo su dominación; se interesaban en recopilar
historias y tradiciones, develar enigmas, comprender y conservar tesoros y
monumentos; actitudes muy distantes a las del imperio, que en pleno tercer
milenio arrasaba 7000 lugares arqueológicos en la antigua Babilonia y destruía y
saqueaba bibliotecas, museos, de los cuales ya nunca más existiría un recuerdo
como el que se conservaba antes de que una noche de 2003 clareara en Bagdad por
el estallido de las bombas. Mientras yo glosaba el artículo de Juventud Rebelde,
Fidel escuchaba y asentía pensativo. Confirmó la barbarie de la guerra contra Iraq
y el proceso que llevó a que se desataran la primera y segunda agresiones
estadounidenses a la nación del Medio Oriente. Fue a propósito de esa tragedia
que insistió en publicar en el libro de las cien horas infinitas, las cartas que envió a
Saddam Husein, en 1991. En sus reflexiones le recomendaba al presidente iraquí
negociar y retirarse a tiempo de Kuwait, cuyas fronteras Iraq había transgredido en
una acción militar a la que Cuba se oponía. También había expresado su opinión
de que las armas de destrucción masiva —si aún existían en territorio iraquí—
debían destruirse.

Algo que me impresionó fue el fino sentido del humor del Comandante en
medio de la adversidad. Una mañana no había conseguido comunicarse
telefónicamente con uno o dos compañeros de trabajo y sonriendo me dijo de
súbito: «¡El Comandante no tiene a quién llamar, Katiuska!», en alusión a la novela
de García Márquez: El coronel no tiene quien le escriba. Después de publicadas la
segunda y tercera edición del libro, conversamos con frecuencia. Recuerdo
especialmente el 20 de octubre de 2008, Día de la Cultura Cubana, cuando
entablamos una larga charla de nuevo sobre la guerra en Angola, o el 3 de agosto
de 2009, cuando intercambiamos opiniones sobre el libro del comandante
Guillermo García, a punto de editarse.

Para entonces no había regresado para todos. Su presencia en los diarios era
más de palabras que de estampa física. Sin embargo, ya recorría el camino de
vuelta desde el insondable tiempo que es la muerte. Me asombraba comprobar la
densidad, el volumen de cuanto hacía. Fidel trabajaba en silencio. A veces me
confesaba que sentía que se le agotaban las fuerzas. La causa de la humanidad
mueve esas ansiedades ante el tiempo que transcurre y el destino de los hombres y
las mujeres del planeta. Lo efímero y lo inmutable, lo próximo y lo lejano, lo
mínimo y lo inconmensurable, lo absoluto y lo relativo, la nada y el todo
conmueven su sensibilidad. Como estadista y revolucionario que cumplió sus
sueños, lo que reflexiona tiene el valor de la experiencia agolpada en lo vivido. Su
pensamiento es integrador. Yo pensaba que pocos podrían imaginarlo tan ocupado
y activo.

A partir de aquel encuentro lo visité en su casa; me parecía que ya conocía el


lugar, pues desde que empecé a investigar sobre su vida había soñado que lo
entrevistaba allí, en la sala. Imaginé los alrededores de la vivienda: una floresta
tupida, una selva exuberante. Y así fue, muy próximas a la casa se anunciaban las
espesuras desmesuradas que había soñado; crecían favorecidas por los golpes de
agua frecuentes en esa zona de La Habana. «Aquí parece que se acaba el mundo
por las tardes», dijo mientras nos asombrábamos mutuamente del anuncio de un
abrupto e insólito descenso de las temperaturas en México un día de noviembre de
2009. También conversamos allí. Todo había comenzado una mañana de octubre en
que eran tantos y tan diversos los temas de que hablábamos que me dijo: «¿Por qué
no preparas un cuestionario inquisitorio?». Aquella pregunta me estremeció: No
me quedaron dudas de que Fidel estaba dispuesto a develar historias,
perplejidades, juicios, aconteceres que habrían permanecido en silencio en otro
momento. Sugerí el estilo literario que obvia las preguntas y va directo a las
respuestas en primera persona, pero se negó rotundamente: «Sería un libro muy
aburrido, como uno voluminoso que tengo de la historia de Troya».

En Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo, el Comandante narra su historia


a partir de un cuestionario muy abarcador; aunque las preguntas se pierden frente
al océano que es su vida. Este libro, en dos partes, propicia un acercamiento al ser
humano que convive con la figura histórica que encarna a los héroes del pasado y a
los que defenderán en el futuro de Cuba, nuestra América y el mundo, las nobles
causas de independencia, justicia y humanidad.

El lector tendrá la oportunidad de recorrer con Fidel el camino de sus días,


disfrutará de la naturalidad y transparencia con que va hilvanando los hechos,
puntos de vista, imágenes y sentimientos de la memoria; en un viaje desde la casa
y los seres del pasado, hasta los desvelos, penurias, esperanzas y augurios de los
días que corren. Una y otra vez es necesario subir montañas en la Revolución, la
humanidad requiere de hombres y mujeres capaces de salvarla: Fidel calza de
nuevo sus botas de eterno caminante.

01

Junto a los comunistas, militancia ortodoxa, Chibas como Robespierre,


último aldabonazo, Batista temeroso, Pardo Liad: y la hora de Chibás, Quijote
con ayudante, aspirar a Representante, estrategia revolucionaria, hermano de sus
rivales políticos, intuir el golpe, certeza y amargura

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, de la etapa previa al momento en que


usted se gradúa, data la creación, en septiembre de 1949, de un comité en homenaje
a Rafael Trejo, con el propósito de rescatar la autoridad de la FEU. Usted lo integró
desde el primer día. Como lo formaban jóvenes comunistas y de la izquierda
radical, siete estudiantes encabezados por Enrique Ovares los criticaron
duramente. En medio de la discusión, usted advirtió que si ser comunista era
delito, entonces habría que retirar del Salón de los Mártires el retrato de Mella. Me
refiero a este tema porque explica la complejidad de los tiempos que corrían y da
paso o fundamenta su simpatía por los comunistas, pero también su ratificada
militancia en la ortodoxia... Algo que puede parecer contradictorio a quienes
desconozcan nuestra historia. ¿Podría argumentar esta certeza?

FIDEL CASTRO. -El Comité 30 de Septiembre lo integraron


fundamentalmente comunistas, es la mejor prueba de mi actitud militante, ya en
una línea marxista. Mella fundó el Partido Comunista junto a Balifio, supo
interpretar y unir el pensamiento martiano con el pensamiento marxista. Baliño
había sido miembro del Partido Revolucionario de José Martí. En las filas
revolucionarias cubanas nunca hubo contradicciones entre el pensamiento
martiano y el marxismo. Yo luchaba junto a los comunistas en medio de un
ambiente en el que predominaba el maccarthismo, el anticomunismo; pero quería
conservar mi libertad de acción, además, ya tenía una posición en el Partido
Ortodoxo, que contaba con el apoyo y la simpatía del pueblo.

Yo era partidario de que la revolución había que hacerla con la participación


de las masas populares, y el Partido Comunista estaba aislado. Habría podido
tener quizás más ascendencia en la juventud porque todos eran compañeros muy
honrados, sacrificados, constantes, luchadores; militantes bien formados,
disciplinados, organizados; se destacaban entre todos los demás. Sin embargo, se
dieron acontecimientos que llevaron a los comunistas a una situación de
aislamiento. Por ejemplo: el Partido Comunista, fundado hacía muchos años, vivió
todo ese proceso de los años 30 del pasado siglo, de la guerra mundial y la
formación de los frentes populares contra el fascismo. Existía una situación política
internacional que llamaba a la unión de todo el mundo; hasta Estados Unidos junto
con la Unión Soviética formaron parte del Frente Antifascista ante la amenaza de
Hitler, de Mussolini, del nazifascismo en cualquier latitud. En Cuba el frente
popular significó la alianza de partidos muy diversos, incluido el de Batista, y eso
tuvo su efecto en las condiciones de la sociedad, porque el gobierno de Batista
había sido muy represivo, muy corrompido. Por tanto, aquel frente, que representó
una alianza entre Batista y el Partido Comunista, produjo escepticismo en mucha
gente que odiaba la corrupción de Batista; no entendía las razones de estrategia
mundial porque centraban su atención en los problemas internos.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, mi abuelo era guiterista y respetaba a


los comunistas de su pueblo, pero criticaba la alianza con Batista.

FIDEL CASTRO.-Sí. La política de frentes tuvo su precio político para el


partido marxista en Cuba ante la opinión pública, sectores populares y mucha
gente joven, que todavía no tenían suficiente conciencia política ni capacidad para
analizar históricamente todos aquellos acontecimientos, reaccionaban con rechazo.

Pienso que el proceso influyó entre los elementos universitarios y ayudó a la


campaña maccarthista, anticomunista, que cobró gran fuerza con la Guerra Fría y
facilitó todo el trabajo de aislamiento del Partido Comunista, que en aquel período
fue muy perseguido. Destacados dirigentes obreros, comunistas, gente honrada,
luchadora, sacrificada, fueron asesinados desde mediados de la década de los 40,
cuando la Guerra Fría arreció. Sobre todo durante el gobierno auténtico, aún más
en el gobierno de Prío. Los auténticos intentaban ganar simpatía y apoyo de
Estados Unidos a partir de la represión en general y contra los comunistas, en
particular.

Yo veía en los comunistas una especie, digamos, de mártires, de víctimas, de


cristianos primitivos, siendo perseguidos y asesinados. Tal circunstancia despertó
en mí un sentimiento de solidaridad hacia ellos como militantes, por su postura de
lucha tenaz y constante contra los abusos, contra los crímenes; además, existía ya
una cercanía ideológica. La coincidencia ideológica era total cuando concluí mis
estudios en la Universidad. Nadie me inculcó tales ideas, había llegado a una
concepción revolucionaria radical por mi propia cuenta. Percibí con toda claridad
aquella necesidad histórica.

Los comunistas eran los mejores cuadros obreros, estaban en los sindicatos y
defendían siempre los intereses obreros, pero eran una minoría aislada en nuestra
sociedad. Tenía la percepción clara de que, en las condiciones de Cuba, no se
llevaría a cabo una revolución a través de la inscripción en un partido comunista
constituido, que iba a caer en el aislamiento total, bajo la influencia y el poder del
imperialismo y la burguesía. Con ello desaparecería toda posibilidad de actuar
políticamente. El ortodoxo, por el contrario, contaba con el apoyo de las masas que
debían ser conducidas a un camino revolucionario.

Todo aquello lo estaba pensando desde antes de la muerte de Chibás, pero


aún tenía la esperanza de que su partido entrara en contradicción con el sistema y
pudiera jugar un rol histórico en la vida del país, a través de un dirigente como él:
combativo, luchador, honrado, consecuente con la simpatía de su pueblo. No era
más que una esperanza, porque Chibás parecía más bien una especie de
Robespierre que chocaba sinceramente con la corrupción y los vicios reinantes en
el país. Su prestigio y autoridad se habían establecido durante muchos años,
aunque, sin duda, tenía prejuicios con relación a la ideología comunista. Si se
producía una decepción, entonces entraríamos en otra fase de la vida nacional. El
pueblo ya no volvería a soñar con líderes exponentes de viejas concepciones
políticas, ya no tendría un caudillo, un jefe, casi un amo de la opinión pública. Era
difícil, sin embargo, concebir que Chibás hiciera lo mismo que Grau, porque eran
dos caracteres muy diferentes; si aquel jefe popular defraudaba al pueblo, entonces
las masas irían a una posición más radical; todas las fuerzas y sectores populares:
campesinos, obreros y trabajadores en general, estudiantes, profesionales y capas
medias progresistas, podían ser ganados para una verdadera revolución.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, he tenido el privilegio de conocer a


Pastorita Núñez, miembro fundador del Partido Ortodoxo, ella me estuvo
hablando de Chibás, del proceso histórico en que se desenvolvió. ¿Cómo surgió su
arrolladora personalidad? ¿Qué retos debió enfrentar? ¿Podría definir a Chibás?
¿Qué esperaba de él?

FIDEL CASTRO.-Ocurrió todo un proceso en breve tiempo: 1944, triunfo de


Grau, gran decepción popular; Chibás emerge como acusador constante; elecciones
parciales en 1950; después vendrían elecciones presidenciales en 1952.

Entre 1948 y 1950 el líder ortodoxo enfermó cerca de ocho meses y adelgazó
mucho. Él había sido senador, pero como aspiró a presidente en 1948, no ocupó
cargo en el Parlamento entre 1948 y 1950; pero ya en 1950 se postuló para senador
por La Habana, entonces una sola provincia: campo y ciudad. Debía ganar
fácilmente porque tenía prestigio y muchos simpatizantes, era conocido como un
hombre honrado: su característica fundamental de toda la vida; es decir, no había
robado, nunca se había enriquecido en los cargos públicos.

Recuerdo que alrededor del mes de abril o mayo de 1950, yo estaba en pleno
período de estudios intensivos y observaba aquella campaña. No eran elecciones
generales, pero existía una vacante. Por el gobierno se postuló un candidato
llamado Virgilio Pérez, politiquero corrompido que, incluso, había sido
machadista, creo que hasta policía en la tiranía de Machado o algo así.

En virtud de todo lo ocurrido desde 1944 hasta 1950, el Partido Auténtico de


Grau llegó al gobierno y se corrompió, y mucha gente oportunista y hábil ingresó.
Es decir, el opositor de Chibás no era un hombre de prestigio ni autoridad política,
solo un vulgar politiquero inmoral, que no podía hacerle oposición. Además, la
campaña electoral de Chibás la desarrollaba el grupo ortodoxo de La Habana, el
más sano, donde figuraban profesores universitarios, los mejores cuadros y
dirigentes del partido, quienes en 1948 habían evitado el pacto para postular a otro
candidato del Partido Auténtico para presidente.

Sin embargo, a Chibás se le creó una situación difícil en dichas elecciones.


Él, que tenía una hora radial todos los domingos, en su espacio pronunció unas
catilinarias contra Virgilio Pérez, el candidato auténtico. En una de aquellas
catilinarias divulgó una historia de la época del machadato, donde inculpaba al
candidato por un escándalo relacionado con dos prostitutas. Chibás hizo la
denuncia, revolvió los antecedentes machadistas y corrompidos de Virgilio Pérez,
y citó literalmente los recortes del periódico de aquella época, donde aparecieron
los nombres de dos mujeres. ¿Qué resultó? Una de ellas era ya una honorable
señora que había dejado atrás el escándalo con la policía y en aquel momento era
una madre de familia respetada.

Se produjo una situación triste, dolorosa, que fue utilizada por el gobierno y
los órganos de prensa para crear una crisis política grave a la que dio lugar su
denuncia. Le imputaron a Chibás una acusación terrible por insensibilidad, por
sacar antecedentes vergonzosos y llevar la deshonra a una familia constituida...
Presentaron su descuido como un acto de insensibilidad, algo hiriente y cruel. Así
empezaron a atacarlo, tomando tal punto como objetivo. Llegó a agredirlo toda la
prensa, incluso, la tradicionalmente amistosa con él.

La cuestión se tornó dramática, y aunque objetivamente ocurrió algo


desagradable, no había sido de forma intencional ni deliberada, sino un descuido
al no prever tal posibilidad. Fue en el año 1950 y se estaba hablando de un suceso
de los años 30, habían pasado un montón de años; Chibás tenía el hábito en sus
polémicas de sacar los periódicos de la época con todos los detalles y sacó de
manera accidental a la luz también esto, tocó un punto delicado y embarazoso;
pero la opinión pública se sensibilizó. En vísperas de las elecciones, le cayeron
encima todos los medios de prensa; lo acusaban duramente por aquella falta de
consideración, lo cual tuvo repercusión en mucha gente.

De modo que las elecciones para senador se tornaron difíciles; Chibás


estuvo a punto de sufrir una derrota, lo que hubiera sido el adiós a sus esperanzas
políticas. Si perdía aquellas elecciones como senador en La Habana, no podría
proseguir su campaña para presidente.

Sin embargo, la población de la ciudad se mantuvo firme, y aunque el


enemigo capitalizó y sacó muchos votos en otros lugares, él ganó la mayoría en La
Habana. En las zonas del campo de La Habana tuvo minoría, principalmente
donde funcionó a toda máquina la campaña adversa. Fue reñida la contienda, y
precedida hasta el día de las elecciones por el ataque al líder ortodoxo debido a
este problema; pero al fin y al cabo ganó, recuperó la salud y persistió en la lucha.
Correspondía iniciar entonces la campaña presidencial.

Cuando, en la campaña presidencial de 1950, surgió la polémica en torno a


la denuncia que Chibás hizo de que el ministro de Educación, Aureliano Sánchez
Arango, poseía fincas en Guatemala, el gobierno dijo que se trataba de una
calumnia, una mentira y lo retaron a que probara su acusación. Él prometió
hacerlo, porque alguien le había suministrado información. Se volvió a repetir la
historia anterior: «¡Eres un calumniador, un mentiroso; prometiste pruebas y no las
tienes; presenta las pruebas, presenta las pruebas!». Esto lo llevó a la crisis por la
cual —al finalizar el que fue su último alegato—, se hizo un disparo en el vientre,
que le produjo la muerte días después.

KATIUSKA BLANCO. -Entonces, de manera súbita, inesperadamente, la


situación cambió, ¿verdad?

FIDEL CASTRO.-Sí. La situación cambió de manera radical cuando, en el


mes de agosto de 1951, se produjo la muerte de Chibás. El hecho produjo un
profundo impacto en la gran masa incrementada, multiplicada, podemos decir, por
los acontecimientos, por la muerte, por el martirologio de aquel hombre que se
mató en medio de una polémica, mientras hacía un llamado, que él denominó su
último aldabonazo. Chibás murió de forma tan dramática que prácticamente le
entregó el gobierno a su partido porque, a partir de aquel momento, y con el
estado anímico que se produjo en el pueblo, era inevitable la victoria. Le dejó un
caudal, puso la victoria en manos de su partido, que disfrutó la aureola de ser
integrado por muchos políticos honestos. Chibás fue un hombre que se sacrificó,
digamos, que originó, incluso, un complejo de culpa en las masas. Tales
condiciones crearon una situación totalmente nueva.

KATIUSKA BLANCO. -¿Recuerda detalles de la muerte de Chibás? Pensar


en aquel momento me remite siempre a una fotografía donde usted lo escucha
mientras él se dirige a su audiencia a través del micrófono de la emisora. Imagino
el impacto tremendo de todos los presentes en el estudio radial aquel día.

FIDEL CASTRO.-Fue algo impresionante. Yo estaba allí. Considero que


debió de sentirse muy deprimido o con una amargura muy grande para matarse
así. Pensé enseguida que, por la forma empleada, quiso crear una gran conmoción
pública al precio de quitarse la vida. Hay que decir que realmente lo logró.
Además, él debió disimular sus intenciones porque estaba, como era habitual,
rodeado de personas, delante y detrás de su asiento, en la estrechez del local. Por el
contenido de lo que dijo, meditó dispararse al final de su alocución. Llevaba
encima la pistola y nadie se percató. Terminó su discurso exaltado y se disparó en
el vientre. No sé cuántas perforaciones le causó el tiro en el abdomen, pero fue
gravísimo. Desde el primer instante su estado fue crítico. La acción tuvo
connotaciones extraordinarias debido a que millones de personas estaban a la
escucha de sus palabras. Recuerdo que se sintió el vacío. Fue una sacudida al país.
Cuando murió lo llevaron a la Universidad. Influí para que lo tendieran allí.
Estaban todos los periódicos, todas las estaciones de radio. Cubrían la noticia las 24
horas. ¿Qué ocurrió cuando las estaciones estaban en el aire todo aquel tiempo?
Las grandes cadenas de radio buscaban gente para que hablaran, entonces, no
había quién lo hiciera, y creo que hablé 12 ó 15 veces por las cadenas nacionales.
Me di cuenta de la importancia que tenían CMQ, CMKC y las demás estaciones de
radio. No existían las de televisión. Pronuncié discursos diferentes, breves; arengas
contra el gobierno, culpándolo de la muerte de Chibás, de la corrupción. Todo el
tiempo que él estuvo grave en una clínica —desde el 5 de agosto hasta el 16 cuando
murió—, estuve agitando y al tanto de todo.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, aquí tengo algunas de sus


declaraciones después de la muerte:

«El gesto heroico de Chibás, sacrificándose voluntariamente en la cruz, es


un inmenso honor entre espinas de infamias e insultos de fariseos. Parece un
episodio de leyenda mitológica; de sus entrañas limpias brotó su sangre pura para
lavar la culpa de los cubanos, por su indiferencia ante los graves males de la patria.
Tanta grandeza compensa la bajeza sin precedente de sus adversarios. Bien dijo
Martí, que si hay muchos hombres sin decoro, hay otros que llevan en sí el decoro
de muchos hombres. Vivo o muerto, Chibás seguirá siendo nuestro presidente.
Vivo o muerto, como líder o como bandera, seguirá orientando a nuestro Partido
en su marcha arrobadora hacia el poder, para la consecución de los grandes
destinos y los ideales de Cuba».

Y el día 17, en el panteón, usted expresó: «Este es el más extraordinario


duelo que se ha producido en toda la historia del país. Es suficiente, por sí solo,
para hacer huir despavoridos a los voceros de las infamias del Gobierno criminal y
despiadado que sufre la República».
FIDEL CASTRO.-Yo me acuerdo perfectamente de las arengas que hice.
Eran alegatos breves, dramáticos, apelaban al sentimiento de la gente frente al
gobierno corrompido, ladrón, por cuya culpa se había sacrificado el dirigente
limpio, honrado. Arengué mucho, porque me di cuenta de la situación de los
medios masivos en su avidez por informar y dar a conocer opiniones. En aquella
época, al no existir todavía la televisión, el radio era todo, se vivía un
estremecimiento nacional, yo agité todo el tiempo. Fueron de gran efecto las
proclamas.

¿Qué hice? Las redactaba rápido, eran breves: un párrafo o poco más, no
fueron improvisadas; eran cinco minutos, siete minutos, a lo sumo. Me sentía
irritado, indignado; existía una atmósfera de indignación general en todo el
pueblo. Las alocuciones tenían un objetivo revolucionario porque aprecié que
había una gran conmoción popular, que el Ejército y el gobierno estaban
paralizados y desmoralizados.

El día del entierro, como sabía que una enorme multitud se concentraría en
la escalinata universitaria y en la calle 23, propuse a los líderes ortodoxos Pardo
Liada, Millo [Emilio] Ochoa y otros, que en vez de llevar el cadáver para el
cementerio bajáramos por la escalinata universitaria hacia el Palacio Presidencial,
tomáramos el Palacio con las masas y derrocáramos al gobierno; pero Pardo Liada
y los demás se opusieron, tenían miedo, creyeron que era una locura y se
asustaron. Ellos pensaban seguir la rutina: convocar unas elecciones y después
otras, y así, interminablemente, continuar el mismo ciclo inútil, por ambiciones
presidenciales y otros intereses a mil leguas de la realidad.

Chibás realmente ganó su popularidad, en gran parte, gracias a un horario


radial de 8:00 a 8:30 todos los domingos, durante muchos años, en la CMQ, la
estación de mayor audiencia. Tenía una hora histórica —aquella fue la primera
prueba de la enorme influencia de los medios de difusión masiva y del
instrumento valioso que constituían, más que la prensa escrita, la prensa radial
como medio de comunicación, mucho antes que la televisión—. Él nunca faltaba.
Era muy constante martillando sobre la base de una moral; denunció la corrupción,
el robo, los abusos. No tenía una prédica social, sino una ética política y una serie
de valores políticos, pero martillaba incesantemente.

Tenía una gran masa que lo seguía, pero carente de una conciencia
revolucionaria de la situación del país. Su discurso culpaba a los gobernantes de
todos los males sociales; no veía en el sistema la causa de las desgracias, de los
problemas. Denunciaba el robo, los gobernantes corrompidos, ladrones, viciosos; el
nepotismo, el engaño, la mentira.

El pueblo no entendía que el sistema era el culpable de los sufrimientos


padecidos, creía que aquello se debía a la maldad de los hombres y de los
gobiernos, no al sistema y los elementos que lo componían. El desempleo, la
pobreza, la explotación, los campesinos sin tierra, los niños sin escuelas, los
hombres sin trabajo, los enfermos sin médicos; toda aquella tragedia social, el
pueblo la atribuía al hecho de que los gobernantes no querían trabajar y
administraban mal los recursos porque se los robaban.

Una de las primeras realidades que capté fue que existía una gran confusión
en las masas; imputaban a los hombres las consecuencias de un sistema. Yo estaba
convencido de que si aquellos gobiernos hubieran sido honrados hasta con el
último centavo, la situación social habría seguido igual.

KATIUSKA BLANCO. -Después de la muerte de Chibás, ¿cómo quedó


conformada la dirección del Partido Ortodoxo? Ello determina también su línea,
¿verdad?

FIDEL CASTRO.-Sí. Se postuló entonces al candidato Roberto Agramonte,


un hombre calmado, lento, incapaz de un gesto enérgico. Era preferible aquel
candidato porque era un profesor que no había robado, no había hecho nada. Su
mérito era permanecer inmaculado en su cátedra universitaria, frente a los
politiqueros, a los que querían pactar con otras fuerzas tradicionales, los
partidarios de las componendas políticas. Fue, incluso, un éxito llevarlo de
candidato. De vicepresidente llevaron a Millo Ochoa, que hubiera querido aspirar
a presidente. Así se inició un período nuevo. Todo cambió realmente con la muerte
de Chibás. Existía un partido con una gran masa, un gran caudal político, pero en
casi todas las provincias, a excepción de La Habana, la dirigencia estaba ya en
manos de terratenientes. En la dirección del partido, como vocero, también
aparecía José Pardo Liada, que contaba con una hora radial dos veces al día: a la
1:00 de la tarde —donde daba noticias, comentarios de las informaciones y, al final,
un breve editorial—, y a las 7:30 p.m. Él tenía una voz muy sonora, una voz
tronitonante —como de trueno—, ciertas facultades histriónicas, habilidad para
redactar las noticias, ironía, elementos atrayentes. Él se inició haciendo la crítica al
gobierno de Grau. Recibió una formación marxista en su juventud y tenía concepto
de las clases sociales, aunque sus intereses no eran precisamente los de las grandes
masas. Entonces, desde su programa radial, bien lejos de sus veleidades marxistas
de la juventud, pero con cierta preparación, empezó a convertirse en vocero de las
causas populares. Cada vez que había una huelga él hablaba.
Aquel noticiero fue adquiriendo gran audiencia en la medida en que todo el
que tenía un problema iba allí a denunciarlo: los obreros en paro, en una demanda;
en las huelgas de transportes, de tabacaleros; de todo. Él apoyaba las huelgas,
defendía a los trabajadores; expresaba también intereses de capas medias de la
población, y, al mismo tiempo, era un crítico muy fuerte de las inmoralidades y los
robos del gobierno.

Devino buen periodista radial; sobre todo, lo esencial de él era la voz y sus
habilidades histriónicas, también había estudiado algo de teatro. Combinó un poco
de marxismo con un poco de teatro, mucho de ambición y de oportunismo, y con
eso fue ganando rating. Su espacio radial se convirtió en el más escuchado.

Él también se acercó a Chibás, a los ortodoxos. Vio que era el partido y el


movimiento del futuro. Incluso, creo que fue en las elecciones de 1950 que se
postuló para representante y rompió los récords de votación para el cargo. Sacó
decenas de miles de votos preferenciales —alrededor de 71000, que era una
enorme votación— en la ciudad de La Habana, dentro del Partido Ortodoxo. Entré
en relaciones con él, precisamente porque los estudiantes le llevábamos noticias,
denuncias.

Es decir, el fenómeno nuevo que se dio con Chibás en la radio se repitió con
Pardo Liada. Chibás debía su popularidad no solo a una política determinada y a
sus luchas de estudiante contra Machado y Batista, sino a la radio. Desde el
momento en que hizo uso de dicho medio de difusión masiva, que podía ser
escuchado por millones de personas —y tenía una hora semanal; no era un
discurso hoy, otro dentro de tres meses, sino una hora habitual todos los domingos
— alcanzó gran ascendencia y popularidad porque lo escuchaban en las ciudades,
en el campo y hasta en las montañas.

En Cuba abundaban las personas analfabetas, mucha gente no sabía ni leer


ni escribir, eran incultas y además tenían infinidad de problemas. Donde quiera
que había cerca un radio se creó el hábito de escuchar la hora radial de Chibás
todos los domingos a las 8:00 de la noche, debido al contenido político de sus
discursos.

El segundo fenómeno, resultado de los medios de difusión masiva, fue


Pardo Liada, porque al ser un periodista con un doble horario todos los días y las
cualidades que he mencionado, también fue ganando crédito entre la gente.

Claro, existía una gran diferencia entre ambos. Chibás tenía una historia con
sus luchas estudiantiles, sus luchas contra Machado y Batista, disponía de un aval
político de muchos años contra Grau. Era un hombre muy consistente,
consecuente, intransigente y valiente.

No eran las virtudes de Pardo Liada en absoluto ni tenía aquellos méritos;


era un individuo con un poco de conocimientos de marxismo, que sabía de la
sociedad dividida en clases antagónicas y de la existencia de intereses
irrenunciablemente opuestos. En su proyección política como periodista, y
buscando el rating, se convertía en defensor de los intereses mayoritarios y de los
sectores medios. Además, hizo suya la política de Chibás contra el robo y la
corrupción; criticó al gobierno por todas las medidas impopulares adoptadas.

Lo mismo que hacía Chibás pero, en su caso, él lo hacía como periodista y


comentarista de radio, aunque el editorial de la mañana era el que se repetía por la
tarde. Pardo Liada no tenía ninguno de los méritos de Chibás y, sobre todo, no
tenía su valentía. No era la característica de Pardo Liada, lleno de ambiciones por
ser presidente de la república.

Yo conocía al personaje perfectamente bien, cómo era de oportunista,


ambicioso, cobarde. Sin embargo, cuando murió Chibás, como era muy lógico y
natural, la hora dominical radial en la que se hizo el disparo, el partido se la
entregó a Pardo Liada, sin duda el individuo con más prestigio y popularidad para
hacerse cargo de aquella trasmisión.

La dirección del partido quedó en manos de intelectuales, profesores, gente


buena, pero no se podía esperar una revolución de ellos. Del próximo presidente
no podía esperarse nada.

KATIUSKA BLANCO. -¿Y qué fue de la hora de radio en manos de Pardo


Liada?

FIDEL CASTRO.-Mientras Chibás siempre fue un azote en la denuncia


contra Batista, Pardo Liada no. Chibás atacaba al gobierno duramente y de manera
sistemática, también arremetía contra Batista porque su retorno era un peligro;
pero desde el momento en que murió y Pardo Liada se hizo cargo de la hora radial,
no se volvió a escuchar nunca más un ataque contra Batista pues, en cierto
momento, ambos habían tenido alguna relación, en la que Pardo Liada recibió
regalos, pequeñas prebendas y favores, tenía el temor que un día se supiera. Lo
cierto es que Batista lo neutralizó.
Por alguna razón, el Partido Ortodoxo, formado en el antagonismo no solo
contra Grau y Prío, sino también contra Batista y en el odio a Batista, contaba con
un vocero que no lo atacaba.

También pudo ser por miedo a meterse en problemas muy serios con un
político que tenía mil medios, fuerza e influencia en el Ejército. Tal vez fueron
aquellos los motivos de Pardo Liada para mostrar tal extraña actitud.

Cuando Chibás se dio el tiro, habló de que había que evitar el regreso de los
generales, de la ley de fuga y el palmacristi; pero Pardo Liada tampoco atacó nunca
a Masferrer, le tenía miedo porque era un hombre de armas tomar, peligroso, muy
polémico, agresivo. Pardo Liada no se metía con él, siendo incluso un esbirro de
Prío, uno de los jefes de los grupos armados. Tampoco denunciaba al resto de los
grupos de gángsteres cómplices del gobierno ni a ninguna organización de las
responsables de actos de anarquía y crímenes; eran estas las características de
Pardo Liada cuando se convirtió en vocero del Partido Ortodoxo.

KATIUSKA BLANCO. -¿Y dónde estaba Batista? ¿Antes de la muerte de


Chibás, se le vislumbraba como una amenaza o un peligro real en la política
cubana? ¿Alguien podía adelantar lo que sucedió después? Tengo la impresión de
que permanecía al acecho, como en la sombra, ¿estoy en lo cierto?

FIDEL CASTRO.-Batista se sentía acomplejado con Chibás y le temía,


porque el líder del Partido Ortodoxo era un flagelo que constantemente lo atacaba
y le recordaba los crímenes, asesinatos, robos y abusos. Batista lo respetaba y no se
habría atrevido a dar un golpe de Estado mientras estuviera vivo, porque habría
tenido que ser un golpe sangriento.

También en el fondo era un tipo cauteloso, astuto, cobarde, oportunista.


Chibás lo veía como un adversario político peligroso; comprendía que Batista
podía ser un conspirador y, como para neutralizarlo, lo atacaba sistemáticamente.

Una conspiración prospera mejor cuando no hay denuncia; de lo contrario,


los implicados se asustan y creen que los han descubierto, cuando se les combate.
Esto es importante, porque ayuda a discernir toda la estrategia que elaboré, el plan
que tracé a partir de aquel momento.

Entonces, si Batista no podía planear un golpe de Estado en vida de Chibás,


tampoco se podía definir una estrategia revolucionaria descontando a Chibás.
Había que esperar, dar tiempo a un proceso natural tras la conquista del gobierno.
Ya, en aquellos momentos, sin la presencia del líder ortodoxo, Batista no
tenía verdaderamente un obstáculo que le impidiera conspirar. Entonces empecé a
concebir una estrategia, porque si Chibás era una incógnita, lo que quedó de
liderazgo después de él no lo era para nadie: Agramonte, Pardo Liada, Millo
Ochoa, toda aquella gente. Estaba absolutamente seguro de que aquello
constituiría una catástrofe política, porque quienes figuraban en la dirección de la
ortodoxia serían incapaces de hacer algo, en un país donde urgía una revolución.

KATIUSKA BLANCO. -¿Fue entonces que usted concibió una estrategia


revolucionaria?

FIDEL CASTRO.-Sí, en aquel momento empecé a pensar en una estrategia


para la toma revolucionaria del poder.

Estaba muy claro que aquella gente iba a ganar las elecciones, y sería un
desastre porque en realidad no tenían consistencia para sostener un liderazgo.
Comencé a elaborar una estrategia dentro de todo el proceso político y, tomando
en cuenta el período ulterior, planeé introducirme en la maquinaria de dicho
partido, postularme para legislador por la organización, y llegar al parlamento.
Conocía por anticipado lo que iba a pasar. Luego, desde el Parlamento, presentaría
un programa revolucionario con los ortodoxos.

Perfilé la estrategia rompiendo la disciplina del partido. En virtud de la


Constitución y las leyes, pensaba presentar un programa similar al del Moncada.
Todas las cuestiones vitales que expuse en La historia me absolverá aparecerían en
forma de leyes en el plan que iba a presentar en el Parlamento, con la seguridad de
que aquel proyecto dentro del partido se convertiría en un programa de la masa
revolucionaria. Es decir, no se iba a aprobar, pero sí se iba a convertir en la
plataforma de movilización de todas las fuerzas sociales y políticas, de las fuerzas
de acción armada para derrocar aquel gobierno.

Cuando se produjera la gran decepción, yo no repetiría la vieja historia de


crear un partido nuevo, otra ortodoxia. Me dije: cuando el momento llegue, hay
que barrer a toda esta gente y tomar el poder, pero hacerlo con las masas,
revolucionariamente, no constitucionalmente; porque después de una segunda
frustración era muy difícil que el pueblo fuera a creer en algún líder político, en
algún partido político nuevo, aquello iba a ser de consecuencias desastrosas.

Tenía una idea clara de que la revolución se hacía desde el poder, que la
revolución en Cuba no se realizaría por métodos legales ni constitucionales. A tal
convicción llegué, totalmente, desde mucho tiempo atrás; creo que antes de ser
marxista. Fue una de las primeras cuestiones, de las primeras ideas revolucionarias
que tuve: comprender el Estado, comprender qué significaban todas estas
constituciones, qué implicaban todos los obstáculos.

KATIUSKA BLANCO. -Nunca olvido una expresión suya: «...más que


ninguna teoría, me ha convencido de esto, a través de los años, la palpitante
realidad vivida». Comandante, ¿puede afirmarse que sus vivencias personales le
sirvieron para esbozar dicha estrategia?

FIDEL CASTRO.-Sí. Viví la experiencia de las elecciones para la


Constituyente de 1940, vi el papel represivo de las fuerzas armadas, del Ejército, lo
que hizo Batista. Capté que existía una fuerza determinada, mantenida por el
gobierno, que era su instrumento principal para cometer los abusos y violaciones.
Por lo tanto, pronto sentí un rechazo hacia los militares, hacia el Ejército, porque lo
vi cometer injusticias, atropellos. Vi cómo aplicaban fácilmente un plan de
machete, daban planazos a la gente, cogían un fusil y amenazaban a las personas.
Tuve una clara impresión del imperio de la fuerza practicado por el Estado a través
del Ejército.

Percibí que Batista se había ido, pero había dejado su Ejército, y que Grau no
había tenido una política en relación con aquel mismo cuerpo militar.

No tuve que estudiar a Lenin para darme cuenta de que el Ejército era el
instrumento de poder del Estado, utilizado contra la gente, en favor de los más
poderosos, los más ricos. Una revolución tenía que resolver el problema. Todas
aquellas realidades las viví.

Después pude comprender mucho mejor en qué consistía el Estado burgués,


el Estado capitalista, instrumento de dominación por parte de las clases ricas, las
clases explotadoras contra las clases populares. Todo aquello ayudó también a que
comprendiera con gran facilidad la teoría leninista sobre el Estado y su papel en la
sociedad, que la llamada democracia representativa era, sencillamente, un sistema
dictatorial al servicio de las clases dominantes.

La experiencia de lo vivido, de todo lo visto, pudo haberme ayudado a


alcanzar una precoz comprensión de tales asuntos.

Después, cuando vino el golpe de Estado, pensé en dividir el Ejército. Fue


curioso, porque primero tuve la idea de tomar el Palacio, cuando Chibás
desapareció físicamente. Tenía lugar un momento de desmoralización en el Ejército
en el que adoptaron una posición neutral; entonces desde el poder había que tomar
el mando y hacer lo que no habían hecho Grau ni los gobiernos auténticos, que no
se habían ocupado del Ejército. Había que tomar el control de aquel Ejército para
transformarlo y ponerlo al servicio de la revolución. La fuerza fundamental seguía
siendo el pueblo, la gran masa que podía tomar el poder y después, desde esa
posición, adoptar todas las medidas.

KATIUSKA BLANCO. -Quizás recordó usted las simpatías que Gaitán


alcanzó entre las filas del Ejército colombiano por haber defendido al teniente
Cortés; al menos usted sabía que, a pesar de todo, nobles empeños pueden calar
entre los militares de un Ejército como aquel si existe una política hacia ellos. De
nuevo pienso en lo vivido por usted como punto de referencia esencial.

FIDEL CASTRO.-En efecto. El hecho de que me hubiera enfrentado solo y


desarmado al gobierno, a su policía, a su cuerpo represivo, a sus bandas
mercenarias, a lo que pudiéramos llamar hoy fuerzas paramilitares, escuadrones
de la muerte; el hecho de que hubiera participado en acciones como la de Cayo
Confites y hasta en el mismo Bogotazo, y vivido tantas experiencias, me hizo ser
optimista, en el sentido de que si usted tiene al pueblo y una cantidad determinada
de armas, puede imponerse a un Ejército. Es decir, si usted tiene una parte de
dicho Ejército, si puede armar al pueblo; si usted tiene al pueblo, además, está en
condiciones de resolver el problema de las fuerzas armadas y crear unas al servicio
del propio pueblo.

Yo era optimista. Pensé: si tomamos el poder hay que lograr el control de un


número de oficiales de ciertas características, de algunas unidades. Ellos y el
pueblo rompen el equilibrio establecido antes.

A esas alturas yo, saturado de lecturas de revoluciones, desde la Revolución


Francesa hasta la Bolchevique, y de regreso de experiencias intensas vividas, tenía
una actitud optimista en el sentido de que si en un momento como aquel —en un
momento como el de la muerte de Chibás— tomábamos el poder, podíamos
consolidarnos en él.

Cuando concebí una estrategia revolucionaria ya conocía bien al pueblo: su


psicología, sus aspiraciones, los sufrimientos del pueblo. Comprendí además que
aquel pueblo culpaba de sus sufrimientos a las autoridades. Tenía un instinto de
clase, pero no una conciencia de clase, por tanto, no comprendía el fenómeno
social; que aquel Estado estaba diseñado para mantener el dominio de los ricos, de
los terratenientes, de los explotadores, de los monopolios extranjeros. En definitiva,
percibí que nuestro pueblo sufría.

Solamente una parte del pueblo tenía una conciencia de clase, una parte
pequeña, digamos, los militantes, los cuadros sindicales del Partido Comunista y,
además, sectores obreros influidos por ellos; pero, desde luego, no tenían acceso a
los medios de divulgación masiva, a la radio, a la prensa, a los libros, al cine.
Existía gente en Cuba con una conciencia de clase, pero la gran masa trabajadora
del país no la tenía ni tampoco contaba con una cultura política, no comprendía la
sociedad en que vivía ni los problemas del poder y del Estado, asuntos cruciales
que el marxismo y el leninismo enseñan de una manera clara y elocuente a
cualquiera que quiera aprenderlos.

En aquel período pensaba presentar en el Parlamento una ley de reforma


agraria, una ley de rebaja de alqui leres que después se convertiría en una ley de
reforma urbana. Planteaba una legislación también a favor de los pequeños
propietarios, de los pequeños comerciantes, medidas a favor de los maestros, los
médicos, de todo el pueblo en general.

Concebí una serie de leyes mínimas que luego llevé como programa del
Moncada. No era un programa socialista, pero estaba seguro de que leyes que
planteaban la reforma agraria, la rebaja del alquiler, la disminución del precio de la
electricidad, de los teléfonos, de necesidades básicas de la población; leyes a favor
de los deudores; leyes de aumento de salario a los trabajadores de varios sectores:
maestros, médicos, militares, no a los oficiales, sino a las tropas; todas ellas iban a
ser apoyadas por el pueblo. Yo veía a los soldados como gente también explotada
por los políticos y los altos oficiales del Ejército; es lo que explica la campaña que
desarrollé de denuncia de la explotación de los soldados, a quienes los políticos,
los coroneles y los jefes tenían trabajando en sus fincas y sus propiedades. Tuve
constancia de que aquella campaña ganaba fuerza entre los soldados.

KATIUSKA BLANCO. -¿Cómo pudo realizar dicha campaña?

FIDEL CASTRO, —Bueno, emprendí algunas acciones... Me metí en la finca


de Prío, cerca de La Habana, con una cámara, le tomé películas y fotografías a los
soldados trabajando en la finca. Me jugaba la vida. El único capital que tenía era mi
vida, y creo que todos los días la arriesgaba. Alquilé en El Chico una avioneta, me
monté y volé por arriba de la finca de Prío. ¡Sacando películas desde una avioneta!,
con el cuerpo hacia afuera para captar las imágenes de abajo, parecía que uno se
iba a caer y no dudo que faltara poco para que en verdad ocurriera, pues yo era un
inexperto, era entonces aprendiz de camarógrafo.

En aquella época tenía varios colaboradores, unos amigos me prestaron una


cámara fotográfica con la que capté las imágenes. Yo no tenía ninguna porque
costaba adquirirla. René Rodríguez siempre estaba conmigo. Yo era don Quijote y
René mi ayudante. Dar una vuelta y pasearme por arriba de la finca de Prío me
costaba cinco pesos. Retraté por aire y por tierra la finca del presidente donde
trabajaban los soldados. Se llamaba El Rocío. Tres fincas poseía Prío. La finca que
tenía en una altura en Pinar del Río la retraté por mar y tierra. Navegué en un bote
por unos esteros en la propia finca para tomar las imágenes de los hechos.

De las filmaciones yo era el director, el productor, el camarógrafo, el


escritor, el guionista. Toda la película la realicé yo, con la ayuda de unos cuantos
amigos.

Una vez me metí en la finca del jefe del regimiento de Pinar del Río y les
tomé las películas a los soldados mientras laboraban, a René lo agarraron y lo
llevaron preso aquella vez, y yo pude escapar con todos los rollos.

Desplegaba una intensa campaña pública entre los soldados, y fui el único
defensor que tuvieron en todo el período. Así influía en el Ejército. No llevaba
adelante una conspiración; pensaba obrar desde el Congreso, proponer un
conjunto de leyes. Las ideas básicas estuvieron contenidas después en el programa
de La historia me absolverá.

Adelantaba el impacto que iba a tener, sabía que sería tremendo. Un


programa así nadie lo había presentado. Nunca antes un individuo se mostró
decidido a luchar por eso. Ya iba a ser un luchador con bastante apoyo y respaldo
popular que debía desafiar a todo el mundo sin usar un arma, iba a tener
inmunidad parlamentaria. Desde el momento en que estuviera en el Congreso
podría usar un arma, aparte de las posibilidades de que iba a disponer, porque
hasta entonces luchaba con un mínimo de recursos.

En un momento dado, un político que presentó una ley de un aguinaldo de


cinco pesos a fin de año, por el mero hecho de proponerlo, se convirtió en
candidato presidencial del Partido Auténtico. Se llamaba Arturo Hernández
Tellaeche. Yo conocía cómo pensaba la masa campesina y obrera de nuestro país
porque estaba metido en todas partes, entre los indigentes, la gente pobre en las
villas miseria; entonces me decía: ¿qué será este pueblo el día que se presente un
programa serio de verdad, de leyes dirigidas a resolver los problemas de la gran
masa del país? ¿Qué va a pasar?

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, ¿pero usted sabía que el Congreso


jamás aprobaría un programa de tal índole?

FIDEL CASTRO.-Por supuesto que el Congreso no lo aprobaría, pero se


convertiría en el programa revolucionario que movilizando a las masas las
conduciría a la toma revolucionaria del poder, con empleo de todo el pueblo, de las
armas, incluso, de los soldados que pensaba reclutar en un movimiento de masas.
Aquella era la estrategia clara, y he estado toda la vida absolutamente convencido
de que era una estrategia correcta. Creo que si volviera a vivir un período como
aquel volvería a hacer lo mismo. No me arrepiento en lo más mínimo de todas
aquellas ideas.

No pensaba librar una lucha frontal contra los soldados, sino arrastrarlos
hacia aquel programa, hacia aquel conjunto de demandas donde se defendían y
reivindicaban sus intereses económicos. Fui creando condiciones para ello.

Claro que nadie conocía dicha estrategia. No era pública. Había cuadros en
la ortodoxia que me miraban con recelo, y unos cuantos andaban diciendo que era
comunista porque solía hablar con bastante libertad, de forma bastante crítica,
aunque con cuidado. Mas por mi carácter, a veces hacía algunas críticas duras, y
por eso alguna gente afirmaba que yo era comunista, pero bien, ya iba adquiriendo
mucha influencia en la masa ortodoxa, y tenía que resolver el problema de que una
asamblea me postulara para representante, porque no tenía maquinaria política
dentro de aquel partido. Yo trabajaba de forma independiente, es decir, no estaba
en ninguna fracción, grupo, no tenía un cargo en el partido. Primero debía ser
delegado para participar en la asamblea. Debía ganar apoyo en la base, entre los
delegados. El partido aquí en La Habana no estaba en manos de las maquinarias
politiqueras, era bastante espontáneo e independiente; era el mejor grupo que tenía
el partido. No estaba controlado por los terratenientes como en Pinar del Río, o por
intereses políticos como en otras provincias. Los de La Habana eran gente más
sana y sin ataduras, aunque ya surgían candidatos con caudal, ayudados por las
relaciones. Yo era el paria que no tenía ningún dinero. Sí tenía el apoyo de unos
cuantos compañeros y la simpatía creciente de la masa. Entonces tenía que
postularme, decidir un lugar por donde presentarme para delegado. ¿Cómo lograr
que un grupo de electores me diera su voto concreto? Tenía alguna experiencia
porque en la Universidad me había postulado por primera vez.
Organicé un radio-mitin. Empecé a aplicar mi técnica política. En los
mítines, que fui dando por fechas históricas, mandaba miles de cartas. Comencé a
enviarlas cuando descubrí que en el partido existía un addressograph. El partido
tenía un fichero con los nombres de 7000 u 8000 personas contribuyentes, que
aportaban cinco, tres, dos pesos —yo no figuraba en la lista porque no contribuía
con nada; no tenía nada—. Era la gente más devota del partido, la más espontánea
y libre de la maquinaria política, la más militante, la gente del pueblo que daba lo
que podía. Tenía amigos entre quienes integraban el addressograph. Yo llegaba,
organizaba y les decía: «Con motivo de tal acontecimiento histórico, hay que hacer
un mitin». Lo hacía y, además, les escribía a los militantes del partido y les
mandaba cartas a todos los registrados en la ciudad y la provincia de La Habana
que era una sola.

Como aquel partido había nacido en La Habana, donde radicaba la mayor


parte de dicha gente, les decía: «Tal día habrá un radio-mitin con tal objetivo, le
pido que usted divulgue esto, lo anuncie, reúna gente y escuche el radio-mitin».
Toda persona se siente muy contenta cuando recibe una carta, cuando le piden una
colaboración, una actividad. Yo organizaba el radio-mitin y seguidamente
mandaba rápido las 8000 cartas. Todas aquellas personas se iban convirtiendo en
activistas porque existía alguien, una sola persona que les escribía, que se acordaba
que ellos existían, que les informaba y les pedía cooperación, y se ponían a trabajar
en masa. Yo hacía todos aquellos trabajos en áreas campesinas y obreras.

Entonces, en cualquier lugar de La Habana que escogiera para ser delegado


a la Asamblea del Partido Ortodoxo, me habrían elegido por estos factores.

Pronunciaba un discurso fuerte, denunciaba al gobierno, denunciaba a


Batista, a Masferrer, a los gángsteres y los grupos armados. Estaba en guerra con
todos, en lucha, denunciaba a todo el mundo, en la medida en que los grupos iban
dejando de ser revolucionarios y, además, ocupaban puestos en el gobierno. Creo
que nadie salió vivo de una aventura como aquella alguna vez. Andaba desarmado
y, como el domador con el látigo, haciendo ruido ante los leones.

Tras cada radio-mitin, como defendía a los campesinos, a miles de


pobladores y a sectores populares, envuelto en una actividad sistemática y febril,
ya me buscaban las personas para resolver problemas sociales.

El lugar que escogí para garantizar mi campaña fue el barrio de Cayo


Hueso, un barrio de vecinos modestos, donde estaba organizado el partido y tenía
su líder allí: Adolfito [Torres], que después se incorporó a la Revolución. Llegué,
conversamos y le expresé: «Adolfito, tengo que ser delegado, necesito un lugar y
escogí empezar por aquí, no lo tomes como algo hostil contra ti». No lo perjudicaba
realmente, porque lo que yo quería era ser delegado. Él ya era delegado, era quien
más o menos controlaba el partido en esa zona. Entonces empecé a trabajar, tuve la
lista con el registro de electores inscriptos en el Partido Ortodoxo, saqué los de
todo aquel barrio y los visité uno por uno a muchos, para hablar con ellos.

Claro, era imposible que pudiera visitarlos a todos, porque algunos estaban
inscriptos allí pero se habían mudado para otro sitio. Visité a cientos y, además,
como disponía de sus direcciones, cada vez que hacía un radio-mitin les escribía,
les indicaba el sitio donde tendrían lugar las actividades.

Eran allí unos 900 electores. En la provincia de La Habana existían 80 000


inscriptos. Después busqué la dirección de todos ellos. Fue un primer test sobre el
resultado de mi actividad. Antes de las elecciones de delegado escribí una carta
que reproduje y envié a cada uno de los 80 000 y les pedí que me apoyaran este
método no lo había usado nunca nadie en Cuba—, los invité al radio-mitin.

Como existían dos fuerzas, la de Adolfito y la mía, y cada uno tenía que
llevar dos delegados —la mayoría ganaba dos, la minoría ganaba uno—, Adolfito
percibió la presencia de las fuerzas que yo había desarrollado y me propuso que no
hubiera pugna, cosa razonable, incluso, muchas veces normal. Bueno, la mayoría,
que la tenía yo, aceptó. Saldríamos como delegados él, un compañero mío por la
mayoría nuestra y yo.

Cuando se hizo tal tipo de arreglo, el día de las elecciones, que éramos A, B
y C, digamos, de cada uno de los que entró, uno votó por AB, otro por BC, y el otro
por CA. Es decir, como había que hacer el acto formal de votar, en esos casos, lo
hicimos según nuestro acuerdo. Era más o menos lo habitual, la norma, porque de
todas maneras había que hacer la elección; pues no había lucha, sino acuerdo.

¿Qué ocurrió el día de las elecciones? Cientos de aquellas personas a las que
escribí empezaron a aparecer para votar al llamado que les hice. Entonces, cuando
teníamos que decirles que existía un arreglo, cómo era la votación, tuvimos un
problema porque mucha gente decía: «Vine a votar por usted y voto de todas
maneras por usted». Cuando no me tocaba a mí porque era entre dos, no querían.
Se reunieron cientos y cientos de personas. El éxito fue total. Vinieron de los más
distintos barrios a votar por mí. Claro, no estaban votando solo por quien les
escribió, quien se acordó que ellos existían; vinieron a votar también por un
individuo que luchaba, denunciaba todas las injusticias, en un momento de acción
política.

Mientras tanto, Pardo Liada, con la voz engolada, hablaba todos los
domingos en la hora que era de Chibás y no se metía con Batista, no se metía con
nadie, era una voz mediatizada.

La gente fue a votar también por el individuo que estaba dando la batalla.
No solo porque alguien le escriba se traslada una persona al centro de La Habana,
un domingo, desde Guanabacoa o Marianao, y de otras partes lejanas de la ciudad.
Fue la primera prueba que tuve en una elección, después de aquella que ya había
tenido como estudiante; pero el éxito fue mayor, fue total. Estos acontecimientos
tuvieron lugar a lo largo de 1950 y 1951.

En plena culminación de la campaña fue cuando se produjo el cuartelazo de


Batista el 10 de marzo de 1952, y los auténticos me acusaron de haber socavado al
gobierno. Casi me echaron la culpa del golpe de Estado porque la campaña que
hice fue tan estremecedora que el gobierno de Prío se tambaleó. Pero aquella no
fue la causa. Batista pudo utilizarlo, pero la culpa la tuvieron los líderes ortodoxos,
Pardo Liada entre ellos, Agramonte; toda aquella gente tuvo la culpa por su
reacción cuando informé que Batista conspiraba y les pedí la hora de radio para
denunciarlo.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, en el afán de no detener aquellas


denuncias ni la campaña política, ¿cómo podía sobrellevar los gastos y su estrechez
económica?

FIDEL CASTRO.-En aquella época siempre andaba muy apurado, en deuda,


aunque para escribir a la audiencia no gastaba mucho porque donde me dieron el
addressograph también me facilitaron el cuño de la Cámara de Representantes con
franquicia postal del partido, con lo cual no tenía que pagar la estampilla. Solo
empleaba recursos en sobres y papel —que significaban 50 y hasta 100 pesos—,
pero aún así no me alcanzaba el dinero, siempre tenía que estar buscando.

Mi carro estaba sin pagar todavía, la casa siempre endeudada; le debía al


dueño del inmueble, al de la carnicería, al de la bodega, al de la gasolinera, pero
todo el mundo confiaba más o menos en que tendría posibilidad de pagar, y al
mismo tiempo me veían luchando y con problemas y dificultades.
También mis gastos aumentaron con motivo de la hora de radio que debía
pagar mensualmente. No duró mucho tiempo, pero eran como 200 pesos
mensuales. Cuando empecé había que pagar aquellos 15 minutos. Después, en los
últimos meses, la misma estación radial tenía interés en la hora de radio que yo
trasmitía, porque conservaba a los oyentes.

Estaba en febril actividad. Trabajaba 17 ó 18 horas todos los días, me movía


rápido. Recuerdo que en Navidad los saludé a todos. Aquella carta ya no fue en el
mimeógrafo, fue en multilith que se veía como en tinta; parecía una carta escrita de
forma natural.

Escribí el 31 de diciembre. Mi mensaje decía:

«Diciembre 31 de 1951.

»Compañero de ideales:

»Con motivo de las Navidades, le hago estas líneas portadoras de mi más


sincera felicitación para Ud. y su distinguida familia.

»Tristes y recientes recuerdos enlutan nuestras alegrías en estas Pascuas,


pero nuevas y alentadoras esperanzas van naciendo al calor de las luces primeras
del amanecer venturoso que encendió el sacrificio».

Chibás murió en agosto y esto fue en diciembre, habían transcurrido apenas


cuatro meses. A tal sacrificio me refería, al de su último aldabonazo.

Y proseguía:

«Para nosotros no hay más que un modo posible de esperar el Año Nuevo, y
es trayendo a la memoria las palabras postreras de Martí en aquellas Navidades
que precedieron el último esfuerzo por la libertad: "para un pueblo sufrido no hay
más Año Nuevo que el que se abra con la fuerza de su brazo por entre las filas de
sus enemigos". Con ellas se despide de Ud., sinceramente, Fidel Castro».

Con un grupo de amigos, nos quedábamos hasta la madrugada llenando


direcciones y metiendo las misivas en sobres. Si hubiera tenido que pagar el sello
no habría podido enviarlas. El sobre y la carta valían menos de un centavo; todo
eso pudo haber costado 200 pesos —mis 80 000 cartas—. Si yo hubiera tenido que
poner dos centavos habría costado 1600 pesos, ¿y de dónde yo sacaba 1600 pesos?
Fue posible únicamente por la ayuda de los amigos en el partido.
¿Tenía derecho a hacer aquello? No está muy claro si yo tenía derecho; pero
parece que todos los partidos usaban las franquicias postales. Yo ponía la
franquicia postal debido a que el Partido tenía una fracción parlamentaria... Nadie
lo hacía, pero por falta de iniciativa, disposición, emprendimiento.

A fines de 1951, la mayor parte de mis gastos los hice en papeles, sobres, y la
hora de radio, que duró varios meses, quizás cinco o seis meses, así que debe haber
costado unos 1000 pesos.

Más tarde vino el período que siguió al golpe de Estado del 10 de marzo,
fue muy duro, muy duro, desde el punto de vista económico; fue el más difícil
posiblemente de todos, no tenía nada.

Antes del golpe, a la hora de radio se había sumado después la prensa, con
las denuncias espectaculares que hice en Alerta, el periódico de más circulación en
Cuba. Cuatro veces los titulares los ocuparon mis denuncias, en la edición
extraordinaria de los lunes. Vasconcelos era periodista y director de aquel diario,
ya militaba en la ortodoxia pero había sido batistiano. También él era como Pardo
Liada, que con Batista no se metía mucho, este por temor y aquel por su antigua
amistad. Algunos talonarios de cheques que tenía Batista podían delatar a Pardo
Liada y por eso, si este último lo atacaba, Batista podría darlos a conocer y
aniquilarlo como figura pública. Tal era la médula de la cuestión y la causa
principal de la cierta «complicidad» con Batista.

Para entonces, ya yo había conquistado simpatías y ascendencia entre la


gente por los escritos en el periódico, y también como resultado del conjunto de
acciones, las 80 000 cartas, y hablaba duro por radio todos los días, sin dejar de
atacar a los adversarios en medio de aquel vacío dejado por la muerte de Chibás;
iba desarrollando una fuerza increíble. Empleaba eficazmente los medios de
difusión masiva y la correspondencia. Ya no me podían parar.

Pienso que aprendí poco a poco a captar el espíritu de la situación y


observar con detenimiento alrededor. Creo que mi educación política fue
madurando, ya entonces no era el que llegó a la Universidad en el año 1945, habían
transcurrido seis años, era más conocedor, había pasado por muchas experiencias
y leído incansablemente. Por otro lado, los casos de Chibás y de Pardo Liada me
enseñaron cómo algunos individuos, por medio de la radio, adquirían fuerza. Fue
de las realidades que verifiqué.

Tenía lugar, además, un hecho curioso: todo el mundo rivalizaba con sus
compañeros de candidatura como adversarios, mientras que a mí los otros
candidatos me invitaban a sus mítines a hablar de ellos, a reconocer sus méritos.
Mis rivales me invitaban para que hablara en todos los mítines. Ellos tal vez, no
reparaban en que yo, al hacer eso, ganaba más mérito y más prestigio ante la
militancia, porque no estaba atacando al otro ni usaba política mezquina, lo cual
probaba que no tenía miedo a reconocer los méritos de los demás.

Una de las personas que aspiraba a delegada era la que había sido secretaria
de Chibás, Conchita Fernández, quien después siguió con la Revolución. Éramos
rivales, en cierto sentido. Ella, como secretaria de Chibás, iba a sacar muchos votos.
Yo iba gustosamente a los mítines a hablar de ella, una excelente persona, y de los
demás candidatos. ¡Qué situación privilegiada tenía yo, que mis rivales me
invitaban a sus actos y yo iba a los mítines de apoyo a ellos! Sabía cómo iban a
quedar aquellas elecciones. Calculé que nunca obtendría no menos de 20 000 votos;
habría quedado en primer lugar, con casi el doble de los votos necesarios. Ya
contaba con una fuerza grande.

Chibás se suicidó porque no podía demostrar que Aureliano compró una


finca en Guatemala, ello significó una derrota política, porque no pudo probar su
denuncia. Entonces, ¿qué hice yo? Me dediqué a buscar las fincas de la gente del
gobierno aquí en Cuba; afirmé: «No hay que ir a Guatemala», y me presenté con
los registros de propiedad, con datos irrebatibles. Me dediqué a buscar en los
registros de propiedad de la república, de las provincias. Lo hice personalmente,
busqué las escrituras de las fincas en las notarías.

KATIUSKA BLANCO. -En el libro Fidel periodista se recopilan todos sus


trabajos. En un fragmento usted señala: «Treinta y cuatro fincas compradas en una
sola provincia». Y en el primero de los artículos, publicado el 28 de enero de 1952,
afirma: «Prío rebaja la posición de nuestras fuerzas armadas». «Las pone a
producir en beneficio de su patrimonio. Fomenta el latifundismo y convierte a los
soldados en caballericeros, braceros y peones de sus vastas y costosas fincas».
«Indultó, como Presidente, a un sancionado que no pudo absolver como abogado».

FIDEL CASTRO.-Esta denuncia inicial fue la más grave porque el público


conocía una valiosa propiedad de Prío, inscripta en los registros de finca. Dije: Voy
a descubrir quién le dio esa propiedad a Prío. Buscando todo esto conocí que una,
El Rocío, pertenecía a un millonario proveniente de Las Villas, condenado por
violar a una niña. Prío era el abogado del hombre. Saqué la sentencia, las razones
de la condena; investigué en qué fecha lo condenaron, en qué fecha lo indultó Prío
y, entre el momento de la condena y el indulto, la finca del millonario pasó a
manos de Prío Socarrás. Es como si a un presidente de la república le pusieran una
bomba. Cintillos así no los tuvo nunca ningún político en Cuba, nada, ni un
artículo.

Hay que ver las cosas que revelé: «Exclusivo para Alerta». Fue la primera
vez que ocupé el cintillo. Desde entonces me hice propietario de la primera página.
En la introducción del primer artículo se afirmaba: «Haciendo graves imputaciones
al Presidente de la República sobre la adquisición de distintas fincas y del trato
indebido que en las mismas se da a miembros de las Fuerzas Armadas —tomé
hasta vistas— que allí trabajan como braceros y peones, así como la violación de
todas las leyes sociales en cuanto a los trabajadores agrícolas que también se
emplean, ha hecho interesantes declaraciones a Alerta, con carácter exclusivo, el
doctor Fidel Castro, ex líder universitario».

«A continuación reproducimos el texto íntegro de los pronunciamientos


hechos [...] de los 20 millones que salían del país». Y yo siempre ponía: Chibás
denunció, dijeron que era mentira, yo voy a demostrar que es verdad.

«Pues, bien, vengo hoy a denunciar en todos sus aspectos una de las más
grandes inmoralidades [...] y de antemano lo reto a que me desmienta, porque esta
vez en una mano tengo la denuncia y en la otra las pruebas».

Tenía reservadas las películas y fotografías. Eran las pruebas que guardaba
por si decían que se las presentara. Disponía de todos los datos que avalaban mi
denuncia, la historia completa de las fincas. Aquí tengo algunos de aquellos
escritos: «Finca Gordillo, adquirida en subasta de fecha 10 de septiembre de 1946».
Realicé una investigación exhaustiva: «Hoja 73, libro 89,18 de enero, Carlos Prío».
«Mediante escritura de compraventa Nro. 292, del 8 de julio de 1949, ante el
notario Mario Pereira Gallardo; 29 de junio, mediante escritura 545». Todo lo
presentado eran alegatos innegables.

Ante toda esta avalancha, dicen que Prío por poco enloquece. No sé ni cómo
no me mataron ese día. Pienso que porque la denuncia ya era pública y habría sido
muy negativo para él.

Así que con el telón de fondo de la muerte de Chibás, que denunció y no


pudo probar lo que decía, yo salí con la teoría: «No hay que ir a Guatemala».

El último artículo —no lo poseo porque no se publicó— sacaba a la luz un


negocio de millones de pesos que se había ganado Prío Socarrás con terrenos
comprados y vendidos en toda la zona de la actual Plaza de la Revolución.
Desarrollé una ofensiva fulminante y no pudieron evitarlo, me hice de todas las
pruebas. El único recurso que ya les quedaba era matarme; creo que no me
mataron porque era muy grande el escándalo armado en el periódico de más
prestigio y circulación del país, de más tirada; era el non plus ultra de la prensa, y
entonces, cuando alguien conquistaba los cintillos en primera plana de la edición
extraordinaria, alcanzaba gran influencia. Mis trabajos como periodista eran
irrefutables. Todavía conservo las denuncias que hice, por ejemplo, denuncié los
2000 puestos que el gobierno les repartió a las llamadas organizaciones
revolucionarias. También acusé a policías por asesinatos. Bueno, estaba en guerra
con todo el mundo.

Mi plan se iba cumpliendo, y para las elecciones en junio de ese año ya yo


tenía asegurada la elección y un gran apoyo.

Viví esa etapa en intensa actividad. Una vez llegué a un pueblito que se
denominaba San Antonio de Río Blanco —porque todo el mundo me invitaba a los
mítines y en una tarde iba a cinco, ¡no me maté por esa carretera de milagro!—.
Bueno, ese día llegué tarde, a la 1:00 de la mañana, ya se había acabado el acto,
todos los habitantes se habían acostado, y cuando llegué se levantaron y tuve que
hablar.

KATIUSKA BLANCO. -Pastorita Núñez me contó esa anécdota. En el


primer acto hablaron varios líderes ortodoxos. Usted llegó después y la gente que
estaba dispersa se avisó y reunió nuevamente, y entonces sí que el mitin fue
encendido en plena noche, pues usted se refirió a las denuncias que por aquellos
días publicaba en la prensa. Ella dice que el acto de la madrugada fue mucho más
emotivo que el primero.

FIDEL CASTRO.-Era un esfuerzo, en primer lugar, dirigido a la masa


ortodoxa y después a todo el país. Ningún político, ni Pardo Liada siquiera, nadie,
alcanzaba tal nivel en la prensa escrita. Ya entonces se podría decir que yo era
propietario de la primera página del periódico Alerta los lunes.

Para hacer todo eso debía desplegar una cantidad de trabajo descomunal.
En realidad no paraba y, por supuesto, disponía de una masa que me respaldaba
laboriosamente, miles de gentes a quienes escribía se iban convirtiendo en
activistas.

En tal período, Pardo Liada, Agramonte y los otros líderes del partido
sabían que yo tenía conmovido al país, pero ellos estaban pensando en las
elecciones a la presidencia. Pardo Liada no sé a qué aspiraba. Ellos estaban en lo
suyo, no creo que se percataran totalmente del volcán que se gestaba a sus pies.
Como yo había alcanzado esos niveles de prestigio, ese crédito, esa autoridad... —a
lo mejor pensaban que me iban a matar cualquier día, que yo terminaba muerto—.
Pienso que no me mataron porque mi asesinato habría hecho demasiado ruido.

En el quinto artículo, que debía salir el 10 de marzo, denunciaba un negocio


millonario fabuloso, y en el sexto estaba detrás de las pruebas de cómo en el
Palacio Presidencial habían pagado la muerte de un individuo. A medida que
denunciaba, cada vez más gente me traía noticias de forma espontánea, muchos
colaboraban conmigo en las averiguaciones y en la recopilación de datos.

Claro que no iba a caer en lo que cayó Chibás de no disponer de una prueba,
al contrario. En vista de la catástrofe, yo decía: «No hay que ir a Guatemala, aquí
en Cuba...». Ra, ra, ra, disparaba ráfagas de denuncia. Cuando escribí sobre una
niña violada, no mencioné el nombre de la niña para evitar que ocurriera aquella
historia que dañó a Chibás, de una mujer que vio perjudicada su dignidad en
medio de una polémica pública, y yo decía: «Por razones obvias, omito el nombre».
Era un caballero en ese sentido, porque tenía experiencia, había observado y
analizado los acontecimientos. No era que inventara de pronto ese modo de
proceder, sino que fue resultado de la reflexión acerca de lo vivido. Y, además,
mucho de aquello lo aprendí gradualmente. ¿Quién me enseñó cuando llegué a la
Universidad? El tipo de política, cómo hacer, cómo ganar el apoyo de la gente, la
voluntad de la gente; es una mezcla de factores políticos, psicológicos. A la gente le
gusta que cuenten con ella, a la gente le agrada que le pidan apoyo.

Casualmente, el 10 de marzo debía publicarse un artículo más polémico,


¡siento que se haya perdido!, denuncié con todas las pruebas un negocio
millonario. No habían podido desalojar a la gente como antes, compraron muy
barato el terreno; después que empezaron a construir, comenzaron a vender.
Entonces fui al Tribunal de Cuentas, el 7 de marzo, y al periódico Alerta, llevé
todo. Fue la denuncia más peligrosa. Revelé todo el rejuego que involucraba a las
denominadas organizaciones revolucionarias en un pacto, en una paz que Prío
había hecho por medio del soborno. Compró el orden, y yo lo denunciaba todo.

Después sospeché que Batista iba a dar el golpe y fui a la dirección del
partido, les aseguré que Batista estaba conspirando. No quería denunciarlo por mi
hora radial, porque no era nacional. Vasconcelos no me habría publicado en su
periódico un ataque de tal tipo contra Batista.
El único instrumento que tenía era la hora nacional del partido, y la solicité
para hacer la denuncia; entonces dijeron que iban a investigar. Como había unos
cuantos profesores de academias militares entre los ortodoxos, hicieron una
investigación y respondieron: «No hay nada, absolutamente nada». Me aseguraron
que no había nada, hasta me desorientaron. Adujeron: «Hemos hablado con
importantes contactos en el Ejército, y nada». Eso sucedió dos o tres semanas antes
del golpe.

Si yo hubiera denunciado el golpe, no hubiera ocurrido, porque se habrían


desmoralizado todos los involucrados, ellos hubieran salido corriendo. Si se
descubría, Batista se amedrentaba porque era cobarde. Si existe un complot y es
denunciado, los conspiradores se alarman y desalientan. Si realizaba esa denuncia
agitaba al país, advertía al país. No hay algo a que le tengan más miedo los
conspiradores. Tal tipo de grupito se desbarataba porque no era ni conjura, se
trataba de unos cuantos oficiales y unos cuantos cabos. No habría habido golpe.

Entre el 28 de enero y el 10 de marzo transcurrieron 38 días, y yo escribí


siete artículos. Después los auténticos, Prío y toda su gente, aseveraban que yo era
culpable del golpe de Estado porque había destruido al gobierno. Fue uno de los
problemas que tuve cuando se produjo el 10 de marzo, me vi obligado a cambiar
todo de nuevo.

Cuando imaginé la conspiración de Batista estaba en un movimiento de


defensa a favor de los soldados, pensaba en una parte del Ejército, la base del
Ejército, para hacer la Revolución; y de súbito, los soldados se implicaban en un
golpe militar, unidos a Batista... Esa certeza supuso un cambio de plan por
completo para llevar a cabo la Revolución.

Y sucedió, que a quienes tenía acusados de asesinatos y les estaba pidiendo


30 años de cárcel, amanecieron el 10 de marzo, día del golpe, como jefes de la
policía y las patrullas motorizadas.

02

Batista: el golpe, deducirlo y no poder denunciarlo, lucha armada, la


noticia, clandestino, «¡Revolución no, zarpazo!», las armas: único camino, sin
nada y solo frente a sus adversarios

KATIUSKA BLANCO. -En varias oportunidades le escuché decir a usted


que llegó a sospechar que Batista conspiraba y podía dar un golpe de Estado, pero
¿cómo lo intuyó? ¿Qué elementos le descifraron tal posibilidad? Y entonces, ¿qué
hizo? ¿Habría podido evitarlo?

FIDEL CASTRO.-Primero, Batista había sido electo como senador en los


comicios de junio de 1948, con una elevada votación, por la provincia de Las Villas.
Se conocía que regresaría a fines de año. Postulado por partidos tradicionales de
derecha, creó posteriormente el PAU (Partido de Acción Unitaria) para introducirse
nuevamente de lleno en la política, o más bien en el rejuego político.

Batista tenía partidarios, gente que recibió privilegios, favores. Hasta pudo
ganar algunos electores de buena fe, porque creó algunos cientos de escuelas
rurales en las que nombró sargentos como profesores, y disponían de libros y
material escolar del que carecían muchas escuelas rurales en Cuba. También
participó en el Frente Amplio, impulsado por el movimiento comunista
internacional años antes de la Segunda Guerra Mundial. El movimiento obrero
alcanzó algunas conquistas legales y salariales para los obreros. En virtud de los
privilegios que concedió al Ejército, muchas familias del sector militar
simpatizaban con él. Contaba con el apoyo de una clientela política no desdeñable,
que podía elevarse entre el 10 y el 15% de la población, o quizás un poco más,
unido a las capas ricas y privilegiadas de la sociedad.

Creo que también Batista se benefició con el hecho de que, a pesar de la


represión de la década posterior al gobierno provisional revolucionario de
Guiteras, los gobiernos de Grau y Prío, entonces en apariencia revolucionarios,
resultaron tan desastrosamente malos, que cuando Batista regresó de Estados
Unidos, al cabo de casi cinco años, en plena Guerra Fría, se había vestido con el
ropaje de hombre respetuoso de la Constitución demócrata y civilista que había
entregado el gobierno a su adversario Ramón Grau San Martín en el año 1944.
Volvió realmente disfrazado de cordero. Fue perfilando su figura, sobre todo
porque los opositores en el gobierno, tan corrompidos como él, propiciaron la
anarquía, el caos, la corrupción, la violencia.

El conjunto de tales factores le permitió a Batista aspirar a senador y obtener


el respaldo de una parte de la población. En las encuestas presidenciales era la
segunda figura nacional. Los ortodoxos habían ganado una gran popularidad.
Chibás siempre tuvo en las encuestas una popularidad y un apoyo mucho mayor
que Batista, podía obtener el doble de votos por encima de él.

Con la muerte de Chibás, el Partido Ortodoxo adquirió enorme fuerza, y su


candidato debía sacar el doble de los votos de Batista; digamos, si el candidato
ortodoxo tenía el 30% —habría que estudiar las encuestas de aquella época—,
Batista podría tener el 15% o algo así.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, en diciembre de 1951, muerto Chibás,


la prensa publicó el siguiente survey del momento: Roberto Agramonte, el
sustituto de Chibás: 29.20%; Carlos Hevia, candidato auténtico: 17.53%; Fulgencio
Batista: 14.21%. Según Carteles, para la región oriental los datos se modificaban un
poco más favorablemente a Batista, pero siempre por debajo del candidato
ortodoxo: Agramonte: 25.75%; Batista: 23.14% y Hevia: 18.95%. Era lógico, si
Batista nació en Bañes, probablemente, con su lenguaje demagógico, conseguía en
dicha región mayor ascendencia. En fin, los números corroboran exactamente lo
que usted recuerda de memoria.

FIDEL CASTRO.-Batista no tenía ninguna posibilidad de ganar las


elecciones al Partido del Pueblo Cubano, ni la más remota posibilidad. La revista
Carteles no era un órgano de opinión serio, y Agramonte no era ni la sombra de
Chibás. Yo sabía que él era un hombre tipo vanidoso, autosuficiente; tenía, en
cambio, gran influencia en los soldados. Durante su anterior gobierno había
concedido una serie de privilegios al Ejército, a la Policía, a la Marina, a todos. El
gobierno de Grau, sin embargo, no aplicó una política con relación a los militares.
Yo me percataba de todo cuando iba a Birán. Conocía algunos militares por allá,
iban por mi casa, conversaban con nosotros. Nunca dialogué con un militar que no
fuera batistiano, que no hablara exclusivamente de Batista y del orden que
propugnaba. Ellos recordaban con nostalgia la época de su gobierno.

No tenía, sin embargo, ninguna posibilidad de ganar las elecciones, pero no


se resignaba a la derrota; no se podía resignar, estaba también claro para mí. Yo
veía que gastaba dinero, cada vez comprometía más dinero y recursos en aquella
campaña. Él ya había perdido una cantidad de su capital —robado con
anterioridad— porque se divorció y tuvo que compartir sus bienes gananciales, de
modo que su fortuna mermó considerablemente. Se estaba arruinando y tenía por
delante una campaña en una batalla política con muy pocas posibilidades de éxito.
Me dije: «Este hombre, que dispone de influencia considerable en las fuerzas
armadas y aspira a presidente, no tiene otra alternativa que el golpe de Estado».
Era mi apreciación. La lógica me indicaba que Batista no tenía otra alternativa.
Algo que no haría mientras Chibás estuviera vivo, porque era el único adversario
capaz de garantizar una sangrienta resistencia que lo conduciría al fracaso. Era un
hombre astuto y experimentado, pero en el fondo cuidadoso y cobarde.

El Partido del Pueblo Cubano [Partido Ortodoxo] experimentaba un auge


creciente, sobre todo, después de la muerte dramática de su fundador y líder. No
existía ninguna posibilidad de que Batista ganara las elecciones; yo veía con toda
claridad que en tales circunstancias no tenía otra alternativa que el golpe de
Estado. Eran cálculos elementales, deducciones lógicas, no se trataba de pruebas.

En dicha situación se dio una circunstancia que fue la siguiente: en medio


de mis inquietudes, Rafael Díaz-Balart, que ya era mi cuñado, me hizo una
pregunta muy significativa que despertó o, mejor aún, acrecentó las sospechas un
día, a fines de diciembre de 1951 o más bien en enero de 1952. Él había sido
miembro del Partido Ortodoxo cuando ingresó en la Universidad. Después, por las
relaciones de su padre como abogado de una empresa yanqui en Bañes —donde
nació también Batista—, nuestras relaciones familiares no se alteraron, pues a mí
no me importaba su posición política. Incluso, lo ayudé en los repasos cuando
estudiábamos en la misma carrera. Era poco estudioso y yo lo ayudaba. La única
vez que reclamé una nota fue precisamente porque el profesor de Derecho Penal,
Fernando Concheso, catedrático de dicha asignatura, que había sido embajador de
Batista en la Alemania nazi, antes de la Segunda Guerra Mundial, lo favoreció a él
porque eran del mismo partido y le concedió el máximo por el examen, mientras
que a mí, que había ido el día anterior a la casa de Rafael a explicarle la materia —
porque no sabía nada de ella y el día del examen cuando respondíamos por escrito
las preguntas tuve que explicarle algunos detalles—, no me dio sobresaliente,
sencillamente porque yo era ortodoxo. Inconforme le dije al profesor que quería
hablarle y me respondió que lo fuera a ver al Vedado Tennis Club. Fui a verlo y le
dije: «Mire, profesor, mis notas son, en general, muy buenas, sé cuándo hago un
buen examen, un examen completo —no le dije que le había dado sobresaliente a
otro estudiante—, y a mí me extraña mucho que habiendo hecho un buen examen
usted no me haya dado sobresaliente», a lo que me respondió con desfachatez las
razones de índole política por las cuales me había rebajado injustamente la nota:
«Mira, tú has hecho un excelente examen, pero como eres dirigente estudiantil
reaccioné en contra de eso; aunque en verdad hiciste un examen muy bueno. Voy a
revisar tu nota». Finalmente me dio la que merecía. ¡Era el colmo del descaro! Fue
la única vez en mi vida, repito, que reclamé una nota porque, aunque yo no estaba
suspenso, sí me sentía indignado por la deshonestidad de aquel profesor.

Es decir, que Díaz-Balart y yo nos tratábamos a pesar de las diferencias. En


el fondo era oportunista, le gustaba el dinero, le preocupaban los bienes materiales.
Cuando Batista decidió regresar y se postuló para senador, él vio una oportunidad
de hacer carrera política, porque Batista tenía sus seguidores y su padre era
batistiano, entonces se afilió a la juventud batistiana. Él era buen orador y Batista
necesitaba gente nueva, así que lo recibió con beneplácito, con satisfacción, por lo
que era: un joven que venía de la Universidad, anterior miembro del Partido
Ortodoxo, inteligente, que hablaba bien y tenía facilidad de palabra. Adquirió un
lugar de cierta prominencia, fungía como vocero de Batista.

Ya después, aunque Batista era candidato de la oposición y él se adhería a su


partido, no hubo rompimiento de las relaciones familiares entre nosotros. Sabía
que él tenía sus ambiciones. Por entonces había —estoy hablando del año
1950,1951— oposición ortodoxa, oposición comunista, oposición batistiana al
gobierno de Prío. Se produjeron algunas actividades entre los estudiantes de la
oposición contra aquel gobierno; sucedieron algunos actos coordinados de las
distintas fuerzas contra el gobierno; es decir, que las juventudes de los partidos
comunista, ortodoxo y batistiano, organizaban conjuntamente algunas acciones, a
pesar de las diferencias que existían.

KATIUSKA BLANCO. -¿Fue por aquella época que lo llevaron a usted a


Kuquine, la finca de Batista? Me lo contó hace un tiempo, cuando le comenté que,
sin previo aviso, llevaron allí a Alfredo Guevara y le propusieron ser líder de la
juventud del Partido de Acción Unitaria (PAU).

FIDEL CASTRO.-No me consta que Guevara recibiera una proposición


semejante, y estoy seguro de que jamás la habría aceptado. Es cierto lo que te conté
hace algún tiempo, que una vez me llevaron a Kuquine. Ello ocurre después que
Batista había sido electo senador en 1948 por la antigua provincia de Las Villas,
donde obtuvo la mayor votación entre todos los aspirantes, por lo cual regresó
posteriormente al país. Calculo que el regreso debe haberse producido a finales del
año 1949 o principios de 1950. Han transcurrido por lo menos 60 años desde
entonces, y no es fácil recordar los detalles. Ya yo había avanzado
considerablemente hacia la ideología marxista-leninista y mis relaciones con la
juventud comunista, que siempre fueron buenas, se habían estrechado. El gobierno
del Partido Auténtico estaba asesinando valiosos e insustituibles líderes obreros
comunistas, lo que no había hecho Batista en la época del Frente Antifascista, antes
y durante la última guerra mundial. Había acatado, por el contrario, los resultados
adversos en la elección presidencial de 1944, que dio el triunfo a Grau San Martín.
Washington no había desatado todavía la Guerra Fría. Batista se había ido a su
residencia de Daytona Beach en la Florida, con decenas de millones de dólares mal
habidos. La juventud comunista, siguiendo la línea del partido, que tenía el hábito
de buscar la unidad táctica de las fuerzas que se oponían al gobierno, promovió
entre los estudiantes la idea de coordinar las acciones de oposición al gobierno.
Aunque el personaje no me gustaba un ápice por sus antecedentes de abuso,
fraudes y represión, no convertí el asunto en causa de división entre los cuadros
estudiantiles de la juventud comunista y yo. Un día promovieron una reunión del
grupo con Batista, candidato postulado por los partidos de derecha. Fundó
posteriormente el PAU, que ocupaba el segundo lugar entre los líderes de la
oposición al gobierno para las elecciones presidenciales de 1952. Pude observarlo
con extremo cuidado, era exactamente igual al personaje demagogo, politiquero,
simulador y ambicioso que había imaginado, aunque con gran experiencia y
sumamente astuto; un enemigo al que no se podía subestimar. Pienso que el
propio Partido Socialista Popular pronto se percató de que Batista y el
imperialismo yanqui eran la misma cosa. Yo, por mi parte, había llegado a una idea
estratégica que se ajustaba a la historia y las características peculiares de nuestro
país.

Aquella idea pronto se convertiría en una concepción revolucionaria


correcta. El éxito posterior fue fruto de la enorme avidez con que leía a Martí y los
patriotas cubanos que llenaron de proezas nuestra difícil y casi imposible lucha por
la independencia. Lo demás, como toda obra humana, fue fruto del azar, que
reduce a cero las razones para la autosuficiencia y el envanecimiento de las
personas que han desempeñado algún papel en los acontecimientos históricos.

Por entonces estaba inmerso en mi trabajo político. Tras la muerte de


Chibás, un ciego veía que Batista electoralmente no tenía ningún porvenir político.
Acopiando datos, la lógica me decía que a Batista no le quedaba otra alternativa
que conspirar, pero las evidencias aún no las tenía, fueron las que reuní unas
semanas antes del golpe del 10 de marzo.

Entonces, volviendo a la idea que venía contando, Díaz-Balart se preocupó


desde el punto de vista familiar, pensando tal vez en la hermana, y un día,
conversando conmigo, se le ocurrió hacerme una pregunta absurda, de tipo
material, se mostró interesado, como alguien que se preocupa por el camino en que
uno está. Él no sabía lo que yo pensaba, es decir, desconocía cuáles eran mis planes
ni yo se los iba a decir tampoco, porque meditaba íntimamente sobre toda la
situación de Cuba, pero desde que él pertenecía a aquel partido no le tenía igual
confianza que antes, y en tales circunstancias me preguntó: «Ven acá, ¿qué
porvenir tienes tú en eso que estás haciendo?». Capté enseguida el sentido, se
trataba de una pregunta muy sospechosa. Él me conocía bien, sabía que a mí no se
me podía presionar ni comprar con nada ni con cargos ni con dinero ni con nada;
y, sin embargo, me hizo la pregunta como preocupado por mi futuro, las
perspectivas, la familia, todo. ¿Qué porvenir tenía? Yo podía haberle dicho: «El que
no tiene ningún porvenir, en absoluto, eres tú». Podía haberle dicho eso. Pero me
preguntó cuál era mi porvenir, y yo me quedé callado porque aquello era bien raro.

Pensaba que quien no tenía ningún porvenir político era él ni Batista, a


quien se había aliado. Como él estaba ubicado en posiciones suficientemente altas
en tales círculos, y ya la lucha política en Cuba avanzaba, me di cuenta de que en la
mente de aquel grupo de líderes batistianos estaba la idea de la conspiración, la
idea del golpe de Estado. Fue uno de los primeros elementos que capté en la
conversación que sostuvo conmigo. No dije nada, pero me quedé pensando, tuve la
primera evidencia de que aquel grupo conspiraba y Díaz-Balart, de repente, me
trasmitió una preocupación que solo podía estar relacionada con un cambio
político en Cuba que no se iba a dar por las vías electorales sino por la vía del
golpe de Estado. Él no me dijo nada, nada, ni siquiera imaginó mi alarma.

Pero, bien, avanzada la campaña con los artículos en Alerta, en medio de la


batalla que libraba, otro batistiano me proporcionó una nueva evidencia. Fue un
dirigente de la juventud batistiana, Jorge Ernesto Clark se llamaba. Años después
se enroló en la invasión mercenaria por Girón.

¿De dónde conocía a Clark? De la expedición de Cayo Confites, en el año


1947, antes de que él fuera batistiano. Siempre me saludaba como al veterano de la
expedición de Cayo Confites; como yo me había escapado y había entrado por la
bahía de Ñipe, él sabía todo aquello. El caso es que un día va Clark a la casa de 23,
yo estaba enfrascado en toda la descomunal campaña política. Me estaba afeitando
—no me dejaba barba—, «Clark te quiere ver», me avisaron. Con cierta astucia
dejaba que los tipos, cuando querían hablar conmigo, hablaran. Yo estaba en aquel
momento muy sospechoso de él. Clark se mostraba muy urgido de verme —
algunas semanas antes del golpe del 10 de marzo—, y dije: «Que pase Clark, el
viejo expedicionario». Yo estaba apurado porque tenía que ir para un mitin
ortodoxo en la Víbora y me estaba arreglando con premura como siempre. Me dijo
que venía de parte de Figueroa —un importante personaje batistiano—, y que
quería hablar conmigo. Le respondí: «¿Para qué voy a hablar? No tiene sentido que
hable con ese batistiano, ¿para qué voy a hablar con Figueroa?».

Todo me parecía muy extraño, que un importante, un eminente batistiano


—con el que yo no tenía relaciones—, que conocía bien mi carácter, quisiera tener
una entrevista conmigo. Me di cuenta de que aquel tipo no pensaría comprarme,
ofrecerme nada, había un abismo completo entre los dos. A mí me pareció un poco
extraño aquello. Dije: «No creo que haga falta, ¿para qué?».

Pero Clark se veía angustiado, un poco ansioso y quería seguir hablando


conmigo. Yo me tenía que ir para el acto. Le dije: «Bueno, Clark, me voy para el
acto, si quieres, móntate conmigo». En todo el viaje él continuaba ansioso, como
buscando algo, y me dijo: «¿Por qué tú atacas a Batista? ¿Por qué lo atacas tan
fuerte por la radio, por todo? ¿No te das cuenta de que si un día Batista es
presidente, tú te puedes buscar un problema muy serio?». Cuando Clark me dijo
eso, Batista tenía la mitad de los puntos de que disponía el candidato ortodoxo y
ninguna posibilidad de recuperarse de tal crisis. Clark me preguntaba como amigo,
como alguien con quien simpatizaba, y repitió: «¿Por qué vas a ser enemigo de
Batista, tú no te das cuenta de que Batista puede ser presidente?». Me sonreí y le
dije: «Bueno, tú sabes que a mí esas cosas no me importan, no me preocupan; tú
me conoces bien». Fue la segunda cuestión que me planteó aquella noche, hasta
que vio que yo no quería entrevistarme con Figueroa y me preguntó muy
directamente si yo tenía alguna denuncia contra Batista como la que estaba
haciendo contra Prío: «Mira, Clark —le respondí—, tú debes comprender que si yo
tuviera alguna denuncia no te lo iba a decir».

Me percaté de que no era fortuita su visita llena de ansiedad ni aquellos tres


planteamientos. Habían enviado a Clark a sondearme. Batista estaba nervioso. Por
aquellos días también se produjo el asesinato de un concejal o representante de La
Habana —se llamaba [Alejo] Cossío del Pino—, víctima de las mafias que actuaban
con impunidad.

KATIUSKA BLANCO. -El atentado fue el 11 de febrero de 1952, lo leí en una


crónica del periodista Ciro Bianchi Ross.

FIDEL CASTRO.-Me acuerdo que fui a la funeraria en la calle Infanta. Aquel


hombre era el dueño de la estación de radio por donde hablaba Pardo Liada, pero
tenía relaciones amplias, y yo fui al entierro. En el velorio se reunió toda clase de
gente, y como yo estaba en mi campaña, muchas personas que militaban en
distintos grupos y partidos se me acercaban y me contaban cosas. Entre ellos recogí
la información de que Batista tenía un plan para desatar una serie de atentados con
bombas y así crear el caos; estaba conspirando. Aquel día acopié una serie de
informaciones y, efectivamente, se habían producido acontecimientos extraños:
algunas bombas, algunas muertes que incrementaron la sensación de caos y
anarquía. Todo lo cual, por la gente que lo dijo y por el tipo de cosas que
plantearon, multiplicó las evidencias acumuladas sobre la existencia de una
conspiración.

Entonces, recuerdo que hablé con Pardo Liada un día, y le dije: «Pardo
Liada, después del entierro he oído esto, dicen que Batista está conspirando». «Sí,
eso dicen», me ratificó Pardo Liada. Cuando terminé de recoger todas esas
evidencias y empaté —no recuerdo ahora qué fue primero, si la conversación con
Clark o la muerte de este político—, llegué a la convicción de que Batista estaba
conspirando, que iba a dar un golpe de Estado. Llegué a aquella certidumbre total
por lógica, por evidencia, porque recogí información, capté desazones y conocí
pequeños detalles que despertaron mis suspicacias.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, parece inconcebible que usted no


recibiera el apoyo de su partido para denunciar lo que tramaba Batista.

FIDEL CASTRO.-Yo tenía el periódico Alerta como magnífica tribuna de


denuncia, ¿pero qué ocurría? Que Vasconcelos había sido batistiano y, aunque
militaba como ortodoxo y denunciaba al gobierno, por las propias características
de algunos de estos políticos, mantenía ciertos recuerdos de aquel tiempo. Pardo
Liada no lo atacaba y Vasconcelos mantenía cierto respeto por Batista, quizás
algunos cálculos fríos sobre el futuro y las posibilidades que sobrevendrían. De
manera que a mí no se me ocurrió planteárselo a Vasconcelos porque lo conocía
bien, a pesar de que me abrió las puertas de su periódico de par en par y me trató
excelentemente, con simpatía, no podía utilizar su periódico para hacer una
denuncia sin contar con las pruebas. Y para frenar aquello, había que descubrirlo
públicamente.

Analicé la situación. Si yo hacía la denuncia por Alerta, tendría impacto,


pero la vieja amistad de Vasconcelos con Batista no me lo permitiría, no me dejaría.
Si yo la realizaba por mi hora de radio, una estación local, la conocería la provincia
de La Habana, pero no todo el país.

Recibí hasta nombres de algunos de los militares que se decía conspiraban.


Decidí entonces ir a la dirección del Partido Ortodoxo y hablé con Agramonte, con
el grupo de dirigentes, de profesores, y les pedí que me cedieran la hora de radio a
las 8:00 de la noche. Les aseguré que Batista estaba conspirando; les di todos los
elementos.

Reitero que cuando llegué a la dirección del Partido Ortodoxo planteé que
tenía la seguridad de que Batista conspiraba y preparaba un golpe de Estado y que
había que denunciarlo para frenarlo y desmantelar el golpe. Ellos me escucharon
con mucho interés y dijeron: «Bueno, vamos a averiguar». Eso fue en el mismo
1952, poco antes del golpe, probablemente ya en febrero. Pudo ser unas tres
semanas antes del golpe.

¿Qué ocurría? Algunos de estos profesores universitarios como García


Bárcenas y otros, porque dictaban conferencias en algunos cuarteles o en centros
de estudios militares, tenían relaciones con ellos. Algunos como profesores
universitarios prestigiosos, tenían contactos y refirieron: «No, tenemos contactos y
vamos a averiguar». Como, además, se trataba del posible partido victorioso, tales
circunstancias se prestaban para utilizar sus contactos. Me respondieron que iban a
investigar para tomar una decisión, y como a los dos o tres días fui allí, y la
dirección del Partido Ortodoxo me respondió: «No, hemos hecho una
investigación, hemos hablado con todos nuestros contactos y no hay nada
absolutamente, todo está tranquilo, no hay conspiración»; me lo aseguraron, fue la
respuesta que me dieron. Realmente vinieron con la tesis de que no había una
conspiración de Batista, que todos los contactos lo revelaron —yo no sabía cuáles
eran los contactos.

Eso tuvo dos efectos: por un lado, me frenó un poco, me tranquilizó un poco
puesto que me desinformaron, aseguraron que no existía el menor indicio de
conspiración dentro del Ejército. Segundo, que yo seguí pensando en la lógica y me
propuse continuar investigando. Ellos decían que no existía el menor indicio, pero
yo no estaba convencido, tenía la impresión de que no era inminente y pensé que
tendría algunos días para seguir penetrando y averiguando. Seguramente sus
contactos eran con oficiales de alta graduación, y Batista conspiraba con capitanes
y oficiales de baja graduación con mando de tropas.

Yo estaba enfrascado también en la investigación de todas las propiedades


de los auténticos, de la gente del gobierno. Ya tenía escrita la quinta denuncia y
preparaba la sexta, que sería espectacular, se trataba de las pruebas del pago de un
asesinato ordenado por la presidencia de la República, tramitado por el secretario
de la presidencia. Me dediqué menos a investigar sobre el golpe de Estado de
Batista —que ya se preludiaba—, porque creí que disponía de más tiempo, y fue en
esa circunstancia que se produjo el golpe del 10 de marzo, 50 días antes de las
elecciones.

Se lo advertí a Pardo Liada, a Agramonte, a la dirección del Partido


Ortodoxo. Les dije: «Están conspirando». Era evidente que ellos se confiaron a
partir de las seguridades que les expresaron sus contactos de intelectuales con
oficiales de alta graduación. Vaya usted a saber cómo fue que indagaron, con
quiénes hablaron; pero cuando avisé me dijeron que todo estaba tranquilo y que no
existía el menor indicio de conjura.

Si me hubieran concedido la oportunidad de alertar en la hora de radio del


partido que se escuchaba en todo el país, si los líderes de aquel partido hubieran
tenido un poco de sentido común, un poco de previsión, y yo hubiera hecho la
denuncia contra la conspiración de Batista, no habría habido golpe de Estado.

Si ellos oían hablar por radio de que existía un complot, se habrían


desmoralizado y así se desmantelaba la trama. Tengo la más absoluta convicción
de que hubiera sido así porque aquello estaba prendido con alfileres. A pesar de
que Batista contaba en general con la simpatía de los militares y organizó la
confabulación, dependía de unos cuantos capitanes, de unos pocos jefes ubicados
en ciertos puntos claves, eran quienes iban a abrir las puertas de Columbia, donde
hoy está la Ciudad Escolar.

También, entre los propios militares, dentro del Ejército, había oficiales que
simpatizaban con los ortodoxos. La denuncia los habría movilizado y les habría
permitido estar alertas. Por otro lado, habría desmoralizado a todos los capitanes y
tenientes involucrados en el plan golpista. No eran muchos, pero formaban un
grupo muy nervioso hasta el último momento. Cuando se produjo el golpe del 10
de marzo, la amargura que sufrí fue infinita, por el hecho de haberme dado cuenta
de que Batista efectivamente urdía su zarpazo, haberlo advertido, y que a pesar de
todo el golpe sorpresivo sucediera. Una de las amarguras más grandes que he
sentido en mi vida fue ese día, el 10 de marzo de 1952.

KATIUSKA BLANCO. -En esa fecha mi mamá era una niña de siete años.
Ella toda la vida recordó aquella mañana, porque bien temprano llegó a la casa una
tía, se abrazó a mi abuela, y mientras lloraba repetía una y otra vez que Batista
había dado un golpe de Estado. Tal vez en casa sintieron miedo por mi abuelo
guiterista. René Rodríguez, en un testimonio que guarda la Oficina de Asuntos
Históricos, recuerda que el domingo 9 de marzo usted había regresado tarde a su
pequeño apartamento, en el segundo piso del edificio de la calle 23 Nº 1511, el 24 y
26, en el Vedado. Me pregunto cómo supo la noticia, cuál fue su reacción, adonde
fue, qué sintió, si temió por su familia, qué decidió hacer de inmediato. ¿Podría
trazar el itinerario de sus emociones y horas de entonces?

FIDEL CASTRO.-Sí, aquel día regresé tarde, venía de Alerta. Dejé mi última
e inflamatoria denuncia allí, y esperaba las reacciones al otro día, lunes 10 de
marzo, cuando saldría el diario. Había cumplido con mi faena. La locomotora
estaba a todo vapor, a todo tren en aquellos días; los planes marchaban
excelentemente bien.

En horas más o menos de la madrugada, serían sobre las 5:00 de la mañana,


antes del amanecer, me despertaron unos golpes terribles en la puerta de la calle:
¡Pam, pam, pam!; pero unos golpes tremendos, de alguien desesperado. Me
levanté y abrí, a ver qué pasaba, quién era: ¡Rafael Díaz-Balart! Había venido a
avisarme, a advertirme sobre lo que ocurría. Fue un gesto, digamos, positivo de su
parte, porque estaba muy preocupado, y dijo: «¡Batista está en Columbia, tomó
Columbia; Salas Cañizares es el jefe de la policía y Casals es jefe de la
motorizada!». Se refería a los policías que yo tenía acusados y procesados por
asesinato, a los cuales los tribunales les pedían 30 años.

Luego creo que me propuso: «Bueno, si tú quieres vamos a Columbia». Lo


mandé para el diablo. Reaccioné con gran irritación e indignación y lo mandé para
casa del diablo. Me pareció un crimen, una traición tan grande que yo ni siquiera le
di las gracias porque me hubiera venido a avisar, un poco porque temía quizás por
mi vida. También sentí una amargura tremenda porque yo lo había advertido, me
había dado cuenta de que Batista estaba conspirando y si me hubieran permitido
denunciarlo no se hubiera producido el golpe. A Díaz-Balart no lo vi más después
de aquel día. Entonces sí hubo una ruptura total y definitiva.

Lo que hice fue que me vestí, salí antes del amanecer, no se lo dije a nadie.
Fui para la casa de Lidia, a unas dos cuadras de mi apartamento. Allí me
sorprendió el amanecer mientras escuchaba continuamente las noticias, observaba
y analizaba los acontecimientos. Quería ver si existía alguna reacción, y si una
parte del Ejército se levantaba. Vi un trasiego de gente armada en carros de todo
tipo, soldados y policías en automóviles, a toda velocidad, por la calle 23, en una
dirección y en otra. Oí alguna noticia de que en Palacio se habían producido unos
incidentes al amanecer y la noticia de que Prío se retiraba, no hacía resistencia.

En los primeros momentos, muchos de los auténticos, Masferrer y toda


aquella gente, fueron a la Universidad, en una supuesta actitud de oposición. Allí
se reunieron los grupos armados e hicieron cierto bullicio.

Estuve observando los acontecimientos. Me pasé el día escuchando las


noticias. Se hablaba hasta el mediodía de una posible resistencia en Oriente, que la
guarnición de Santiago de Cuba se mantenía leal a la Constitución, que Conté
Agüero habló allá por no sé qué lugar. Un sargento del Palacio Presidencial
disparó contra una perseguidora, pero ninguna unidad del Ejército hizo
resistencia. Yo estuve hasta última hora observando dónde esta se organizaba,
consciente de que aquel gobierno estaba totalmente desmoralizado, que no resistía.
El jefe del regimiento de Oriente fue el único en mantenerse firme hasta que,
aproximadamente al mediodía, los tenientes y sargentos que oyeron que Batista
había recibido el apoyo de todos los mandos militares, desarmaron a la jefatura y
se sumaron también al golpe.

Masferrer y mucha de la gente de Prío, agrupados en la Universidad


temprano en la mañana, a las 6:00 de la tarde estaban en el campamento de
Columbia ofreciéndole respaldo a Batista. Los grupos auténticos reunidos con
armas en la Universidad, finalmente la abandonaron y fueron para Columbia. Fue
repugnante el oportunismo generalizado. Todas las unidades militares se
plegaron, Prío no hizo resistencia.

Aquel mismo día comencé a pensar por qué no hubo resistencia de nadie: el
Partido Ortodoxo, todo el mundo quieto. La dirección ortodoxa no estaba
preparada para un golpe. El que tenía que resistir, el gobierno, no resistió; Prío, se
asiló en una embajada; los grupos gangsteriles que lo apoyaban terminaron
sumándose al golpe de Batista; la única unidad militar que ensayó cierta resistencia
duró nada más hasta el mediodía. En horas de la noche, Batista tenía el control
total del país. Y yo ni siquiera un arma, nada; ni un cuchillo tenía el 10 de marzo.
No se podía concebir momento más amargo y crítico. Estaba sin un centavo en
absoluto —como siempre—, sin un arma, clandestino, y con mis enemigos en el
gobierno y en la jefatura de la policía, sedientos de poder y llenos de ambiciones.

¿Cuál iba a ser la próxima reacción? Realmente no tenía ni a dónde ir, casi
no tenía dónde esconderme. A aquellas alturas ni siquiera sabía si me andaban
buscando. Lo suponía por aquel teniente esbirro, Salas Cañizares, recién nombrado
jefe de la policía de Batista. Debía suponer que aquella gente rezumaba odio y
ansia de venganza contra mí. Pero, afortunadamente, se sentían tan contentos con
la proeza realizada y con el éxito alcanzado, estaban tan felices que no se
acordaron mucho de mí. Tal fue la situación en medio de la cual se inició la nueva
etapa.

KATIUSKA BLANCO. -Para colmo, a Batista se le ocurrió decir que se


trataba de una revolución, la revolución libertadora del 10 de marzo.

FIDEL CASTRO.-Sí, por eso en lo primero que pensé fue en un manifiesto


en contra de esas consignas que lanzó Batista. Al otro día, René Rodríguez me
recogió en el hotel Andino, donde estaba desde la noche anterior. Ya René había
estado haciendo averiguaciones, se reunió con un grupo de ortodoxos, y estuvo en
la casa de Agramonte sin que se acordara nada en concreto. Entonces fuimos para
la casa de Eva Jiménez, miembro del Partido Ortodoxo, donde comencé a redactar
el manifiesto: «¡Revolución no, zarpazo!». Yo le había pedido a René que tratara de
traerme papel y la máquina de escribir de la casa, pero fue imposible, allí estaban
Díaz-Balart y unos policías que no le permitieron tocar nada. Por la noche, mi
hermano Raúl también se refugió en casa de Eva. Todo el día 12 me lo pasé
escribiendo. No obstante, la tirada del manifiesto se demoró por la censura de
prensa en los diarios. Fue Raúl de Aguiar, también ortodoxo, quien logró
imprimirlo clandestinamente con la ayuda de Ñico López y Raúl. Eva consiguió
reproducir varios centenares.

Lo firmé yo mismo, sin utilizar seudónimo: «¡Revolución no, zarpazo!»;


«Patriotas no, liberticidas, usurpadores, retrógrados, aventureros sedientos de
odio». Recuerdo de memoria algunos fragmentos, algunos pedacitos: «No fue un
cuartelazo contra el presidente Prío, fue un cuartelazo contra el pueblo [...]. Su
asalto al poder carece de principios que lo legitimen». Admito la teoría de la
sublevación justificada, quería expresar que puede haber principios que la
legitimen. «La hora es de sacrificio y de lucha, si se pierde la vida, nada se pierde;
vivir en cadenas es vivir en oprobio y afrenta sumidos. Morir por la patria es
vivir».

Fue la primera vez que hice un manifiesto. Lo distribuí junto a la tumba de


Chibás, donde todos los meses nos reuníamos los ortodoxos. Con motivo del golpe
nos reunimos allí. Ante la tumba arengué un poco y luego repartí el documento. Se
metió la policía, se metió todo el mundo. Los golpistas adujeron que Prío estaba
conspirando, que iba a dar un golpe de Estado, razón por la cual Batista se le
adelantó, afirmando que se trataba de una revolución. Por eso dije la frase que lo
sentenció: «¡Revolución no, zarpazo!». Muchos ortodoxos la escucharon allí por
primera vez. Entre ellos Melba y Abel, a quienes conocí en aquella manifestación,
entre la masa de gente nueva.

Recuerdo que cuando llegué al cementerio, el 16 de marzo, fue muy


interesante porque la gran multitud trataba de protegerme, porque allí eran miles y
miles de personas, y la llegada mía fue de una gran expectación y esperanza, se
solidarizaron conmigo más que con ningún otro. Se puede decir que aquella masa
estaba más bien protegiéndome, preocupada por mí. La policía permanecía un
poco neutralizada por la gran multitud concentrada en el lugar.

Allí puse en situación embarazosa a los tribunales de la república que


aceptaron el golpe, después que Batista había violado todas las leyes. En aquella
época, ya tenía la teoría de que la revolución era fuente de derecho, por eso decía
que esa no era una revolución. Argumenté mi posición: «No basta con que los
alzados digan ahora tan campantes, que la revolución es fuente de derecho. [...]
Esos serán siempre delincuentes comunes».

KATIUSKA BLANCO. -Es la primera vez que conozco al detalle esta


historia. Del artículo [«¡Revolución no, zarpazo!»] que usted menciona recuerdo
invariablemente un fragmento que augura lo que sobrevendría. Busqué el párrafo,
dice: «Pero la verdad que alumbre los destinos de Cuba y guíe los pasos de nuestro
pueblo en esta hora difícil, esa verdad que ustedes no permitirán decir, la sabrá
todo el mundo, correrá subterránea de boca en boca en cada hombre y mujer,
aunque nadie lo diga en público ni la escriba en la prensa, y todos la creerán y la
semilla de la rebeldía heroica se irá sembrando en todos los corazones; es la brújula
que hay en cada conciencia...».

FIDEL CASTRO.-El día 24 de marzo presenté ante el Tribunal de Urgencia


de La Habana un recurso de inconstitucionalidad contra el régimen de Batista que
acababa de instaurarse. Fue ya una acción legal. En ese recurso recordé todo lo que
Batista había hecho, todo lo robado, y me pregunté qué diferencia existía entre Prío
y Batista, para responderme: «Ninguna».

Era enemigo de todo el mundo; entre todas las cuestiones, hacía una y otra
vez la misma interrogante, ¿qué diferencias hay?

Un día salió una hoja suelta firmada por Pardo Liada con un discurso
panfletario; pero, bueno, creo que las dos cosas más importantes fueron el
manifiesto «¡Revolución no, zarpazo!» y la denuncia ante el Tribunal de Urgencia.
Claro, nadie me hizo ningún caso, dirían: «Este está loco»; y yo, sin prestar
atención a lo que dijeran, iba preparando las bases jurídicas y políticas de la lucha
armada contra Batista. En los primeros tiempos también escribí para un
periodiquito, El Acusador.

KATIUSKA BLANCO. -Leí su artículo «Yo acuso», publicado en ese


periódico el 16 de agosto de 1952. Usted firmó con el nombre de Alejandro.

FIDEL CASTRO.-Lo hacía más bien para incitar la repulsa popular y la


denuncia; porque yo denunciaba continuamente, como diciendo: Bueno, cuando
los revolucionarios tienen que defenderse por estar conspirando, ¿qué moral tienen
los tribunales? Creo que ya esto sentó las bases. Lo que acontecía era inusitado.
Había una situación totalmente nueva que cambió el cuadro político del país.
Desde el punto de vista ideológico impugné el golpe; establecí un fundamento
político, legal, incluso, de la lucha contra Batista con el empleo de la fuerza. Yo no
pensé nunca más en ninguna otra fórmula.

Hasta entonces tenía toda una estrategia, todo un programa revolucionario,


pero con el golpe cambió radicalmente. Supuse que las distintas fuerzas políticas
del país se unirían para volver a restablecer la situación anterior; es decir, para
restablecer la Constitución, que desde el 10 de marzo había desaparecido.

En aquel momento cuando tenía ya una estrategia revolucionaria, con toda


una serie de ideas muy claras y muy precisas de cómo tomar el poder
revolucionariamente para hacer la Revolución, me encontré de repente con que
Batista había usurpado el poder para llevar a cabo una profunda
contrarrevolución.

Entonces pensé que la respuesta natural de la población sería unirse; en


primer lugar, pensé en el Partido Ortodoxo que era mayoritario, pensé en los
demás partidos políticos desalojados del gobierno y en todas las fuerzas sociales
ante un regreso oprobioso de Batista y su golpe reaccionario contra la
Constitución; esta, a pesar de que nunca se aplicó plenamente, era progresista,
bastante avanzada. La Carta Magna y las normas constitucionales tenían un gran
prestigio en nuestro país. Se podría decir que eran algo acatado por todos, es decir,
apoyado por todos, frente a los largos períodos de violencia,, asesinatos, crímenes
de la tiranía impuesta a Cuba por el imperialismo. En esencia la Constitución se
mantenía y el proceso político también durante un breve período de tiempo.

Prío no habría podido dar un golpe porque no tenía fuerzas para hacerlo, no
lo seguía ni el 5% de la población. No tenía ningún prestigio en los cuerpos
armados, no tenía Ejército, no tenía pueblo. Batista contaba con el apoyo de una
pequeña parte de la población, la peor y más reaccionaria, entre un 15% y un 20%
de apoyo del pueblo y el Ejército, y, sobre todo, el apoyo del imperialismo en plena
Guerra Fría. Prío habría tenido que esperar a que llegara el final de su mandato
después de las elecciones de junio de ese año, para las cuales faltaban solo algo
más de dos meses y medio.

El proceso institucional y las elecciones eran ya una realidad en nuestro


país. Aunque la mayor parte de la prensa era reaccionaria, los medios de difusión
masiva estaban en manos de propietarios privados y tenían una línea macearthista,
anticomunista, reaccionaria; un individuo como yo podía hablar por una hora de
radio y escribir en un periódico: había un partido político, un cauce legal. Es decir,
existía un proceso no agotado, que un día no lejano se agotaría, cuando un
movimiento popular con mucha más conciencia, con mucha más fuerza y bien
dirigido rompiera los cánones legales.

La anterior estrategia concebida por mí antes del golpe se producía en


medio de una situación en la que el proceso político estaba bastante maduro para
producir, con las masas, un enfrentamiento con el sistema económico y político
impuesto a Cuba. El golpe de Estado obligaba a crear de nuevo el mínimo de
condiciones necesarias para unir al pueblo y llevar la lucha por otras vías. La
Constitución era entonces el único factor capaz de unir al pueblo para llevarlo a la
lucha por la Revolución. Fue lo que ocurrió.

Pensé, como lo más elemental, que todas las fuerzas del país reaccionarían
contra el golpe para conseguir el restablecimiento de la Constitución del país. Es
decir, destruir el golpe de Estado se convertiría en el factor fundamental para la
unión del pueblo.

Existían fuerzas suficientes —a mi modo de ver, el Partido del Pueblo


Cubano (Ortodoxos), los obreros explotados, los campesinos sin tierras, los
estudiantes y la inmensa mayoría del pueblo, que vivían en las más horribles
condiciones—, que se convertirían en los factores fundamentales de aquella lucha.

Otra cuestión importante: la dirección obrera —una dirección oficial, puesto


que los gobiernos auténticos de Grau y Prío habían desalojado por la fuerza a los
comunistas de las direcciones sindicales y asesinado a numerosos líderes honestos
y prestigiosos como Jesús Menéndez, para imponer dirigentes corruptos que
obedecían la línea oficial—, aquella CTC impuesta por la corrupción y la fuerza,
era instrumento del partido del gobierno de Prío. La dirigencia corrompida de la
CTC se pasó rápidamente al bando de Batista. Batista controlaba el Estado, las
fuerzas armadas, los medios de difusión masiva; estableció la censura y controlaba,
además, la dirección sindical, que no representaba a la clase obrera.

Pensé que las fuerzas obreras, estudiantiles, campesinas y todos los políticos
honestos del país, se unirían en una lucha por recuperar la Constitución de la
nación. Escribí los manifiestos porque estaba preparando condiciones para la lucha
armada revolucionaria, pero no tenía ni un centavo ni un fusil ni un arma, ni
siquiera el Partido Ortodoxo, porque aquel partido, muerto su fundador, carecía de
una dirección fuerte. Yo era ya bastante conocido, tenía un determinado prestigio
ante las masas, sobre todo ante las masas de aquel partido, pero nada más.
Comencé a trabajar para una lucha que imaginaba se daría por parte de todas las
organizaciones y partidos opuestos al golpe de Estado de Batista.

Pensé en los líderes oficiales del partido y los demás líderes políticos. Me
preguntaba: ¿Qué hará ahora Millo Ochoa?, ¿qué hará Agramonte?, ¿qué harán
todos los líderes políticos?, ¿qué hará Pardo Liada que todavía era vocero? Claro,
no esperaba mucho de Pardo Liada, pero bueno, en tales circunstancias, dicho en el
buen sentido del honor elemental, de la dignidad elemental, comenzaría a luchar
en contra de Batista, porque no se concebía que nuestro pueblo pudiera resignarse
a un golpe de Estado, a una vulgar dictadura proyanqui. Inmediatamente, casi
todos los sectores, los ricos, las asociaciones de empresarios, dueños de centrales
azucareros, las empresas norteamericanas, todos aplaudieron a Batista y lo
apoyaron.

Batista hablaba del orden, usaba un lenguaje anticomunista. Empezó a usar


ese lenguaje, tan grato a los sectores propietarios de industrias, fincas, tierras,
viviendas, negocios, comercios. Porque, efectivamente, el gobierno de Prío se había
caracterizado por la anarquía, el caos, la violencia; y Batista enarboló la bandera
del orden, tan agradable a los oídos de todos los burgueses y explotadores contra
los obreros, las huelgas, y todo ese tipo de acciones. De aquella forma recibió el
apoyo de la burguesía nacional, los terratenientes y los ricos.

Estados Unidos: ¡encantado, feliz!; porque aunque el Partido del Pueblo no


era un partido comunista, aquellas fuerzas populares no les gustaban a los
gobiernos norteamericanos; todo lo que fuera popular les resultaba sospechoso e
inconveniente. Un gobierno como el de Batista era más seguro para los intereses de
Estados Unidos.

Entonces se planteó ante el pueblo un desafío, aunque ya en la conciencia de


nuestro país lo hecho por Batista no se aceptaba de ningún modo. Era un momento
de indefensión total, yo estaba convencido de que el pueblo no aceptaría jamás
aquel golpe, aquel zarpazo, aquella traición. Nuestro pueblo no tenía una
conciencia avanzada, socialista, marxista; pero, por lo menos, tenía una conciencia
política y democrática suficientemente desarrollada, tradiciones de libertad
demostradas durante mucho tiempo como para resignarse de forma apacible al
golpe de Estado de Batista.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, entonces su situación política era


vastamente compleja. ¿Usted confiaba aún en que el partido asumiera su papel?
FIDEL CASTRO.-Yo estaba en una situación muy especial, porque Batista
era mi enemigo y los auténticos —el gobierno derrocado— también lo eran, y me
culpaban del golpe de Estado, me culpaban de haber socavado el gobierno de tal
manera que se facilitó el golpe. Yo no contaba con nadie, era enemigo de todas
aquellas fuerzas, miembro de un partido del cual no era líder, dirigido por gente
muy pusilánime, muy pacífica; sin embargo, consideré que el partido iba a luchar,
me parecía que sus dirigentes tenían un mínimo de compromiso con el pueblo y
que tendrían que responder ante Batista de la única forma que se podía responder:
mediante la lucha armada y el empleo de la fuerza contra Batista. No veía otro
camino que la lucha armada, pero concebí que dicha lucha iba a ser dirigida por
los líderes de aquellos partidos. Comprendí, además, que Batista venía para
quedarse, para saquear otra vez al país y establecer un régimen de fuerza
indefinido.

Era lo que estaba meditando en aquel momento, no pensaba en dirigir una


revolución, en hacer una revolución, sino luchar dentro del partido..., porque en
esa situación en que todas las reglas cambiaron, una persona sola, en las
condiciones mías, estaba totalmente desprovista de capacidad de acción: no tenía
partido ni dinero ni recursos ni un órgano de prensa, nada en absoluto, solo
contaba con los simpatizantes de siempre. Aunque habría que decir la verdad:
muchos de aquellos simpatizantes tenían la seguridad, tenían desde el primer
momento la esperanza de que actuaría conforme a mis principios, que no admitiría
la situación.

Fue lo que me permitió que no resultara difícil mi tarea, cuando comencé a


organizar las primeras unidades de combate entre los simpatizantes del Partido
Ortodoxo para luchar unidos con las demás fuerzas políticas dispuestas a
enfrentarse a Batista. Aparecieron pronto gentes valiosas como Abel Santamaría,
como Montané y otros, que se acercaron a mí para ofrecerme su apoyo. Había,
como siempre pensé, gente muy valiosa en aquella masa anónima del Partido
Ortodoxo.

En general, como regla, varios dirigentes estudiantiles muy celosos de sus


prerrogativas, pensaban que se iba a repetir otra vez la historia de 1933 en la lucha
contra Machado, y que la Universidad iba a ser la que la dirigiera.

Entonces se desató un sentimiento muy fuerte de celo contra mí entre los


líderes de la FEU. Antes del golpe del 10 de marzo tenían buenas relaciones
conmigo, pero después se produjeron reacciones psicológicas que complicaban la
tarea que me había propuesto llevar a cabo.
Entonces, tenía en contra a Batista en el poder, a los desalojados del
gobierno que me culpaban del golpe, y a dirigentes universitarios, a los que les dio
por pensar que yo podía hacerles sombra. Reaccionaron con temor de que pudiera
surgir alguien que ocupara el liderazgo.

A partir de estos factores, me vi obligado a comenzar de cero. Tuve que


actuar casi clandestino con relación a los auténticos, que disponían de todos los
recursos; filtrarles las organizaciones, filtrarles las fuerzas. No querían ni oír hablar
de mí.

Un número de líderes universitarios, por su parte, no querían sombra de


ninguna clase; querían ser ellos los dirigentes de la revolución; yo era «un
político», afirmaban para descalificarme.

El Partido Socialista Popular, el único con una concepción social


revolucionaria, aunque siempre en la Universidad me trató con deferencia, nunca,
con seguridad, dejaron de ver en mí al hijo de un terrateniente y al joven graduado
de bachiller en un colegio aristocrático donde estudiaban los hijos de los ricos.
Ellos tenían larga experiencia política para trazar su propia línea. De su librería
recibía, sin embargo, los créditos para los libros de Marx y Lenin y otros autores,
con los que adquirí mis conocimientos teóricos cuando era estudiante
universitario, sin los cuales no habría sido un verdadero revolucionario en nuestra
época.

Todos aquellos fenómenos los percibí casi repentinamente después del 10


de marzo; hacían mucho más difícil el problema, a partir del cual había que iniciar
la lucha.

No estaba pensando entonces en dirigir una revolución, mi posición era


desinteresada; no aspiraba a un liderazgo ni a una jefatura. Analizaba cómo podía
contribuir a la lucha común para liquidar a Batista; cómo ayudar al desarrollo del
espíritu revolucionario dentro del partido en que estaba enrolado desde su inicio.
Yo imaginaba lo que debía hacer y cómo: estaría unido a todas las fuerzas en
acción.

Renunciaba a toda pretensión de jefatura, de liderazgo de la revolución,


estaba dispuesto a sumarme a todos los que lucharan para derrocar al régimen de
Batista. Aquella fue mi actitud, no podía ser más desinteresada; sin embargo, en
aquel instante mucha gente estaba pensando en términos de futuro, en cargos,
vanidades o intereses. Sí firmaba mis manifiestos, porque consideraba la necesidad
de mostrar la posición que tenía, no de ocultarla. Era imperioso, además, orientar a
la gente; si nadie decía nada, yo tenía que hacerlo.

Los primeros días tuve que actuar con prudencia, no podía hacerlo
libremente, porque no sabía cuál iba a ser la reacción de Batista, cuál la de sus
esbirros, porque ellos veían en mí a un potencial enemigo.

Pero ellos estaban tan eufóricos por su éxito, por su fácil triunfo, por su
poder de nuevo, que incluso quisieron dar una impresión moderada. Batista, que
tenía la experiencia de 11 años, conocía la psicología de nuestro pueblo, es
indiscutible que dio instrucción inicial de mano suave. Mucho autobombo, mucho
autoelogio, exaltación del patriotismo, mucha exaltación de Batista, el hombre, el
salvador, el que salvó a la patria del río de sangre, el hombre democrático, el
hombre bueno, el hombre que estaba contra la violencia, contra el odio... aunque
suprimió las libertades constitucionales, los derechos individuales y todo lo demás.
Estaban tratando de vender el golpe de Estado al pueblo como una cosa buena y en
los inicios no se caracterizaron por la represión. Digamos que hasta los mismos
policías que yo había acusado, mostraron cierto respeto por mí; más que con odio,
reaccionaron con respeto y mostraron generosidad. «No eran gente de sangre, no
eran gente de venganza», porque Batista acusaba a Prío de ser hombre de
venganza, y «Batista quería estar en paz con todos, no tenía odio contra nadie, no
buscaba venganza contra nadie». Era la imagen que favorecían.

Tenían todo el poder. En una primera fase llevaron a cabo una política
moderada, cuidadosa, no represiva. Los estudiantes organizaron manifestaciones
de protesta y los batistianos no tomaron la Universidad, no penetraron en la
Universidad, no violaron la autonomía universitaria, respetaron todo eso al
principio. Fueron cuidadosos para tratar de sumar, confundir y calmar, porque
ellos sabían que habían cometido un acto muy grave y muy difícil de asimilar por
nuestro pueblo.

Creo que Batista subestimaba al pueblo y yo no lo sobrestimaba, sino lo


juzgaba con objetividad.

Las primeras semanas, e incluso podríamos decir los primeros meses, se


caracterizaron por una gran moderación de los golpistas, en un intento de calmar
las protestas, aplacar el disgusto, envueltos con sus partidarios en una atmósfera
de felicidad por el éxito. No reaccionaron con violencia a las primeras muestras de
desacato popular a la dictadura, al golpe.
Aquello, desde luego, ayudó, porque aunque me estaban buscando, no se
sabía muy bien por qué. Se inició un período en que no podía seguir en la casa: no
podía vivir allí, además, no podía pagarla. Entonces me fui primero a casa de mi
hermana Lidia, luego a otros lugares con mi familia.

En una etapa vivimos allá por El Cano, en las afueras de La Habana, en la


casa de una señora también ortodoxa y amiga mía. Ella tenía unos muchachos muy
malcriados. Allí estuve con Myrta y Fidelito unas semanas después del golpe, era
una casa grande, en una finquita: pero ya yo salía, me movía, hacía contactos e iba
por distintos lugares, andaba con cuidado pues el Ejército me estaba buscando. Por
entonces había muchas delaciones. Quizás una de las cosas más terribles en tales
circunstancias era que la gente, cuando no estaba bien definida, se acobardaba y
delataba. A veces eran oportunistas. El caso es que no sé quién informaría que yo
estaba en la casa en El Cano y un día que yo había salido llegó el Ejército y se llevó
a Myrta y a Fidelito, que era chiquito, se los llevaron a los dos para Columbia y los
tuvieron allí presos algunas horas.

Luego empecé a actuar con más naturalidad, no muy abiertamente, sino


tanteando la situación; es decir, desde el primer momento me moví mucho, pero
clandestino, y después, un poco más abiertamente. Creo que ayudó la idea del
gobierno de crear un clima de garantía para todo el mundo.

Otra circunstancia difícil que sobrevino fue que ya no tenía más crédito;
porque ante la situación nueva totalmente, no tenía nada que ofrecerle ni al
bodeguero ni a nadie. Lo único que les podía decir era que esperaran para ver
cuándo yo les podía pagar las deudas; pero no podía pedir más nada. Me quedé
sin casa, sin dinero, sin crédito, sin nada, nada. Era la situación que vivía entonces.

03

Cambiar de estrategia, inercia de sectores políticos, Abel y Montané,


comienza la persecución, Prado Nº 109, jóvenes de ley, entrenamientos en la
Universidad, revolucionario profesional, títulos en la librería del Partido
Socialista Popular, estancia en Guanabo, el más noble comerciante árabe, hotel
Andino, un tiempo que afrontar
KATIUSKA BLANCO. -Comandante, debió ser frustrante que el golpe de
Estado de Batista pusiera fin al proceso político en marcha que abría perspectivas
de cambio al futuro del país...

FIDEL CASTRO.-Por supuesto, sentí angustia, mortificación, un gran


disgusto. La estrategia revolucionaria estaba muy clara antes del 10 de marzo; pero
el golpe no solo puso fin a un proceso político constitucional que abría perspectivas
de cambios hacia el futuro, sino que hizo retroceder al país a una situación sin ley,
sin Constitución; a un gobierno de facto, tiránico, reaccionario,
contrarrevolucionario, corrompido; fue un regreso al pasado. Así que,
inmediatamente después del 10 de marzo, había que olvidarse de cualquier
estrategia anterior y trabajar, luchar.

En aquel momento, pensé que solo era concebible una estrategia de unión
de todas las fuerzas para liquidar aquel cáncer, liquidar aquella situación anormal,
y volver a la situación previa al 10 de marzo. Es decir, una vuelta al régimen
constitucional, a la existencia de los partidos, al proceso político que todavía no
había dado todo lo que podía dar de sí mismo; aquel proceso no estaba agotado y,
desde mi punto de vista, era el camino hacia la revolución, para lo cual había
elaborado una estrategia clara y precisa.

KATIUSKA BLANCO. -Habría que volver atrás...

FIDEL CASTRO.-Pensé que resultaba indispensable crear de nuevo las


condiciones; me parecía que entonces nadie podía pensar en otra cosa, sino en
liquidar aquel régimen de fuerza para rescatar la constitucionalidad y abrir camino
a un proceso político; algo que era interés de todo el mundo. Yo veía en tal proceso
el camino de la revolución.

Como estaban las condiciones en el país, no elaboré una estrategia;


inmediatamente comencé a combatir. Primero a Batista; era un deber elemental, de
oficio, por principio, denunciarlo, desenmascararlo, realizar toda la oposición
contra el gobierno. Me dije: «Bueno, esto ha dejado de ser un proceso político y va
a ser un proceso de lucha armada. Hay que derrotar a Batista», y comencé, dentro
del Partido Ortodoxo, a organizar, por ejemplo, células revolucionarias para la
lucha armada contra Batista.

No tuve la más remota duda de que Batista solo podía ser desalojado de la
misma forma en que había usurpado el poder, por la fuerza. Como conocía el
personaje, los hechos, la historia de Cuba, pude ver con suficiente claridad que
Batista había vuelto al poder para permanecer allí, él y su camarilla,
indefinidamente, para saquear de nuevo el país. Por eso tuve total convicción de
que a Batista había que derrocarlo revolucionariamente para volver a establecer la
Constitución.

Pero no me puse a pensar que nosotros, el grupito nuestro, elaborara una


estrategia propia para llevar a cabo una revolución, porque lo que yo había
pensado en las condiciones anteriores ahora no procedía. Cuando comencé a
organizar células revolucionarias en la juventud del Partido Ortodoxo, no lo hice
para desconocer aquel partido o a sus líderes. Pensaba que dicho partido tenía más
obligación que los demás, porque portaba una bandera, posiciones éticas,
posiciones políticas honestas; no estaba corrompido, le arrebataron el poder, y
creía que aquel partido, sus dirigentes y sus masas, desempeñarían un importante
y decisivo rol en la lucha. Entonces, mientras no existía una dirección, una
orientación, mientras los líderes no hacían nada, comencé a preparar cuadros,
células de combate para llevar a cabo tal tarea, para que aquel partido estuviera en
condiciones cuando los líderes decidieran iniciar la lucha.

Ellos conocían cuál era mi criterio, mi posición y mi disposición de lucha. Yo


no guardé secreto al respecto. Tampoco fui tan tonto como para esperar a que me
dieran instrucciones, o perder el tiempo. Empecé a trabajar inmediatamente dentro
de tales premisas: quiero decir, que aquel partido lucharía, que todos los partidos
lucharían y que no se podía perder un minuto. Había que empezar a organizar al
partido porque no estaba preparado para enfrentar a Batista.

Todavía confiaba en que sus líderes: Pardo Liada, Millo Ochoa, Agramonte
y los demás, hasta los más débiles, los más flojos, por un elemental sentido del
deber, del honor y la dignidad, empezarían a trabajar para hacer una revolución.

Y sucedió que en lugar de ellos buscarme a mí, yo los buscaba a ellos para
exhortarlos, estimularlos a trabajar, a luchar.

En ese período, Millo Ochoa comenzó a realizar algunas actividades


organizativas, a emprender acciones para la lucha contra Batista. Él era de los
políticos conservadores o mediatizados pero adoptó esa posición. Recuerdo que
fue, de los líderes ortodoxos, uno de los primeros con que establecí contacto.

En algún momento, varios de los dirigentes empezaron a hacer algo. No a


organizar la lucha, sino a conspirar, a contactar con antiguos militares desplazados
y con otros activos. Realmente no estaban pensando en una lucha armada, sino en
un contragolpe.

Los demás partidos también actuaron: el Partido Auténtico, la gente de Prío,


comenzaron a aglutinar a su tropa y a prepararse para una supuesta lucha contra
Batista; algunos partidos, no todos. Otros empezaron a maniobrar con Batista, a
buscar salidas políticas; y líderes como Grau San Martín, y otras gentes, pensaron
en fórmulas electorales; pero fueron rechazadas por casi todos los líderes de la
oposición, que asumieron una postura más radical.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, pero puede decirse que en los


primeros momentos primó el desconcierto general, ¿verdad? Sin embargo, siento
que entre los ortodoxos más radicales surgió desde el inicio la idea de enfrentar a
Batista por las armas. Recuerdo un testimonio del comandante Ramiro Valdés,
desde el mismo día del golpe pensó que a Batista había que tumbarlo por la vía de
las armas.

FIDEL CASTRO.-En los primeros momentos de desconcierto general


comencé a realizar actividades, como la firma de los manifiestos, el intento de
publicar un periódico, denunciar continuamente. Fue en ese tiempo que conocí a
Abel, a Montané, a Melba, pero sobre todo a Abel y a Montané.

KATIUSKA BLANCO. -En un testimonio que guarda la Oficina de Asuntos


Históricos, Montané recuerda que ustedes se conocieron el 1° de mayo de 1952, en
el cementerio, en un acto de recordación de Carlos Rodríguez, al cumplirse un año
de su asesinato por [Rafael Salas] Cañizares y [Rafael] Casals a quienes usted, por
ese crimen, pedía 30 años de cárcel. Cuando terminó la conmemoración se
quedaron conversando y muy pronto —narraba Montané— se estableció una
animada y amigable charla alrededor de los acontecimientos políticos del país.

Estuvieron de acuerdo en que algo había que hacer para combatir al


régimen dictatorial de Batista. También se lamentaron de la inercia de algunos
sectores de la llamada oposición que no presentaban un frente de combate.
Concluyeron que se imponía la acción de la juventud ante tanta politiquería y
vacilaciones. Decía que desde entonces usted despuntaba como el líder que
organizaría al pueblo en su lucha a muerte contra la tiranía.

FIDEL CASTRO.-Si, recordaba que había sido en mayo. Abel y Montané se


acercaron a mí e iniciamos un trabajo con la idea, desde luego, de la lucha armada
contra Batista, y en el mismo objetivo que yo tenía de organizamos bien para ese
propósito —hasta entonces era, de hecho, una lucha común—. Por aquellos días
intentamos sacar el periódico, pero cayó en manos de la policía y algunos
integrantes del grupo fueron llevados prisioneros. Al periódico le habíamos dado
el nombre de El Acusador.

KATIUSKA BLANCO. -Usted los visitó en el Castillo del Príncipe. Entre los
arrestados estaban Abel, Montané y Raúl Gómez García... ¿Su encarcelamiento
marca un inicio de la persecución?

FIDEL CASTRO.-Comenzamos a tener problemas. Además del periódico


ocuparon la estación de radio por la que intentábamos trasmitir nuestros
programas. La policía nos perseguía. En ocasiones ocurrió que personas que nos
apoyaban, al ser detenidas, nos delataron porque se asustaron. Era muy grande el
clima de terror. De modo que las primeras actividades, relacionadas
fundamentalmente con la propaganda, fueron contrarrestadas por la policía. Fue
una lección muy importante, aunque desde luego nos subestimaron, lo cual fue
bueno.

Llegué rápidamente a la conclusión de que por relaciones de amistad o


familia no se podía confiar en la gente, sino más bien por la convicción que cada
individuo tuviera en la necesidad de la lucha. En dichas circunstancias se
desarrolló mucho en mí la capacidad de apreciar las motivaciones de la gente para
seleccionarla, una vez que comenzamos a trabajar. Entre los primeros se cuentan
Abel, Montané y algunos otros compañeros que aparecieron.

La cuestión de los métodos de conspiración se volvió de suma importancia.


Desplegamos métodos donde todo el trabajo estuvo protegido contra la
posibilidad de una delación, de una traición. Comenzamos a utilizar rigurosos
métodos, porque la situación era nueva, ninguno de nosotros había vivido bajo una
dictadura militar como la de Batista, no teníamos viejas experiencias de
conspiradores, ¡ninguna, se puede decir! Entonces, creo que era un problema a
resolver, y creo que lo solucionamos bien: rigor en la selección fue lo que
aplicamos estrictamente: disciplina, discreción.

KATIUSKA BLANCO. -La primera persona a quien escuché hablar sobre los
reclutamientos que usted hacía fue al comandante Ramiro Valdés, quien nunca
olvida la primera entrevista en Prado Nº 109 a la que asistió con José Suárez
Blanco; luego Pastorita también narró vivencias de esa etapa.

FIDEL CASTRO.-Empecé reclutando personalmente a los primeros; luego,


entre los compañeros que integraban el grupo inicial, alistamos a todos los demás.
íbamos seleccionando cuadros: uno aquí, otro allá, gente que íbamos conociendo
por sus condiciones, elegidos de la cantera ortodoxa, gente humilde, trabajadora, y
que sentían indignación realmente con lo hecho por Batista. Si captábamos a un
jefe de célula, él tenía después la responsabilidad de seleccionar a un grupo de
cinco, seis, siete; varios de ellos salieron jefes de células.

Se creaba una célula bajo ciertas premisas: quiénes podían ser, cómo
seleccionarlos, todo eso, de forma muy rigurosa; gente que no estuviera en otras
organizaciones, que no fuera conocida. Yo sí me reunía después, una por una, con
cada célula, y hablaba con cada movilizado.

Reclutábamos a la gente sobre la base de que estuviera dispuesta a luchar


contra el gobierno de facto que, en aquel momento, prácticamente no era un delito.
Batista menospreciaba a sus adversarios; a nosotros, como no teníamos ningún
recurso económico, nos menospreciaba más. Puede decirse que él y su policía y
todos ellos subestimaban totalmente a los revolucionarios.

Pero yo iba evaluando, conversando y viendo las motivaciones, una por


una, de cada una de la gente, y así decíamos: «Bueno, esta célula, esta otra...».

Y después, el siguiente paso era que los entrenábamos, pero en la


Universidad, en seco, en frío, sin disparar.

Empezamos con este pequeño núcleo de cinco o seis; pero yo era conocido,
muchos jóvenes sabían cual era mi actitud, tenían esperanzas, confiaban en mí.
Percibí que la gente estaba desesperada, quería luchar y como los líderes del
partido no hacían nada o muy poco, aquellos muchachos eran muy receptivos a
alguien que los organizara bien para la lucha.

Claro, existían otros grupos, el mismo partido; algunos líderes, otros


jóvenes, creaban sus agrupaciones, eran más bien líderes oficiales. Pero yo empecé
a trabajar con la masa anónima completamente. Ninguna de la gente con las que
iniciábamos la labor era conocida.

Transcurrieron los primeros cinco meses de este proceso de gradual


maduración. El 16 de agosto, día del primer aniversario de la muerte de Chibás, ya
estaba hablando otro lenguaje. Vi que los líderes no hacían nada y aunque todavía
estaba pensando en la lucha unida de todos, comencé a reclamar que el Partido
Ortodoxo desempeñara un papel fundamental en la lucha. Así, cuando volviera la
situación constitucional, este partido tendría una fuerza nueva, diferente, para la
idea de llevar a cabo la revolución ulterior.

KATIUSKA BLANCO. -Por eso es que el día 16 de agosto, en el aniversario


de la muerte de Chibás, usted hace un llamado a los dirigentes del partido. Le voy
a leer lo que escribió entonces en su artículo «Recuento crítico del PPC», publicado
en el tercero y último número de El Acusador:

«El momento es revolucionario y no político. La política es la consagración del


oportunismo de los que tienen medios y recursos. La revolución abre paso al
mérito verdadero, a los que tienen valor e ideal sincero, a los que ponen el pecho
descubierto y toman en la mano el estandarte. A un partido revolucionario debe
corresponder una dirigencia revolucionaria, joven y de origen popular que salve a
Cuba».
FIDEL CASTRO.-Ya estaba desafiando un poco a la dirección que no
actuaba. No era que hubiera roto con ella, la estaba presionando, le exigía que
luchara. Pero el 16 de agosto no habían hecho nada, habían perdido cinco meses,
¡más de cinco meses! Entonces comencé a utilizar dicho lenguaje.

El grupo de jóvenes anónimos con los que inicié tal trabajo tenía confianza
en mí. Y así, a partir de cero y con algunos amigos, comenzamos el trabajo. Yo diría
que de los 1200 jóvenes que llegaron a integrar el movimiento, conocía solo a 20 ó
30, muy pocos, entre ellos Gildo Fleitas, Raúl de Aguiar, Ñico López; al resto, no
los conocía. Es decir, que la gente era totalmente nueva y procedían de las filas del
Partido del Pueblo; era juventud humilde, que no tenía todavía una conciencia de
clase, una conciencia socialista o marxista, pero culpaba al gobierno de todos los
robos, las inmoralidades; gente rebelde que sentía odio hacia Batista, por lo que
significaba; gente imbuida de una ética. En sí, yo trabajé dentro de ese marco, con
Abel, Montané y los que fuimos conociendo después.

Buscaba gente joven que no fuera conocida; que no fueran líderes, ni


cuadros, gente de fila, la más honesta que existía, espontánea y sana.

También trabajé siempre con personas de similares cualidades cuando


aspiré a representante, cuando tenía las 8000 direcciones de los contribuyentes.
Todo mi trabajo era con los espontáneos, con quienes no aspiraban a nada, no
buscaban nada y eran capaces de luchar. Comprendía el estado anímico de la
masa, de todo el pueblo y de aquella muchedumbre joven: se entremezclaban
irritación, frustración, amargura.
Emprendí el camino sin contar con la dirección del partido ni con la
Universidad, no se podía contar con ella, no se podía contar con nadie allí, no tenía
más que enemigos y, en todo caso, alguna gente me miraba —los auténticos—
como culpable del golpe, y los estudiantes con grandes celos de que alguien les
fuera a arrebatar su revolución.

En verdad, la Universidad adquirió mucho prestigio y además fue inmune,


la policía no entraba, se convirtió en centro de reunión de todo el mundo. Yo no la
usaba, porque tal método no era bien visto; pero bueno, cuando empezamos a
reclutar y a organizar gente, ya para entonces en la Universidad jugaban un poco a
la revolución —jugando sin saber, no de mala fe—, mientras llegaba «la
tremenda», como le decían a la hora definitiva, la gran revolución, que se suponía
harían los políticos, los líderes, los partidos o los propios estudiantes
universitarios.

Finalmente, no sé cómo se consiguieron un fusil Springfield, una


ametralladora Thompson y una carabina M-l, que estaban en el Salón de los
Mártires de la Universidad. En tales días conocí a Pedrito Miret, quien nos apoyó
para entrenar a la gente. Aquellos muchachos no habían visto nunca un fusil, no
sabían manejar un arma. A través de distintos compañeros fui mandando gente a
la Universidad porque allí entrenaban a todo el que iba. Existían muchas
organizaciones y la FEU era reconocida. Alguna gente como Abel, Montané, Ñico,
iban con una célula y les enseñaban a manejar el Springfield, el M-l... Eso era en la
propia Universidad, que tenía autonomía, porque Batista, vestido de cordero,
queriendo dar una imagen de hombre no represivo y de político responsable,
todavía no había invadido la Universidad ni tenía necesidad de hacerlo, porque era
un centro de agitación, pero de ahí no pasaba a más.

Fue un campo de entrenamiento lo que montaron en el Salón de los


Mártires, allí enseñaban a manipular un fusil a todo el que quisiera.

Los grupitos empezaron a adquirir prestigio: Abel, Montané, Ñico, todos los
que yo mandaba, porque eran muy serios. Llevaban gente joven, que no eran
comecandelas, habladores, sino gente disciplinada, más bien parca. Aquello crecía
y Pedrito fungía de instructor, posiblemente sin saber que todos ellos tenían
relaciones conmigo.

Sí recuerdo que en un momento dado, más que reclutar, conquistamos a


Pedrito. Ya le habíamos mandado algunos grupos, entonces realmente hice la
gestión para conquistarlo del todo. El emisario para captarlo fue Ñico López. Era
muy importante porque Pedrito era el jefe de la instrucción dentro de la
Universidad. Era un anónimo, un fanático obsesivo, estudiaba ingeniería. Cuando
yo organicé la rebelión en La Pelusa contra el desalojo, él trabajaba en Obras
Públicas para ganarse la vida como muchos otros estudiantes universitarios. Hacía
trabajos de telemetría cuando la gente se sublevó y se acabó todo aquello. Él decía
que yo le había echado a perder el trabajo.

Pedrito es de Santiago de Cuba, de familia santiaguera. Muy pronto me di


cuenta de que tenía un carácter serio por la responsabilidad con que se dedicó al
entrenamiento de todo el que llegaba a la Universidad, y por tal razón nosotros
conquistamos su apoyo. Cuando lo hicimos, ya teníamos la llave del entrenamiento
en la Universidad, un santuario por la autonomía de que disfrutaba. Batista seguía
haciendo el papel de bueno, no se metía ni le preocupaba lo que hacían los
estudiantes; porque conocía que ellos tampoco tenían armas ni dinero ni nada.

A decir verdad, Batista se mostraba preocupado por el antiguo gobierno,


que contaba con dinero: Prío, los auténticos, entre ellos Aureliano. Batista vivía con
temores porque Aureliano fue adquiriendo prestigio.

La situación era muy difícil y la gente, tan desesperada, se mostraba


dispuesta a admirar y a aplaudir a Aureliano, aquel de la polémica con Chibás, con
tal de que luchara contra Batista o con tal de que existiera algo contra Batista.

Al ganarnos a Pedrito, nuestro jefe de instrucción —uno solo en la


Universidad—, se abrió la válvula del movimiento nuestro; pasamos por allí a 1200
hombres, no sé en cuántos meses, puede haber sido en menos de seis meses. Claro,
íbamos seleccionando quién tenía más interés, más habilidad y más condiciones.

Todos los líderes universitarios que no querían que yo fuera por la


Universidad por problemas de celos ni siquiera imaginaban que les había pasado y
entrenado 1200 hombres por allí, y mucho menos que ya teníamos creado un
movimiento. Los únicos que hicieron un uso sistemático y correcto de tales
posibilidades fuimos nosotros.

Si Pedrito tenía alumnos era porque nosotros se los mandábamos. La


Universidad creía que tenía un ejército, porque allí entrenaban 20, 30 ó 40 hombres
por día con regularidad, sin que yo apareciera por ninguna parte.

En aquellos tiempos, no teníamos armas, y yo, ¿dónde trabajaba


fundamentalmente? Ya me encontraba un poco más legalizado y me había
convertido en un cuadro profesional, por primera vez fui un cuadro profesional de
la Revolución. Era sostenido por Montané y por Abel. Montané tenía algún
dinerito guardado por ser bastante ahorrativo, 2000 pesos, algo así; Abel ganaba un
buen sueldo, los dos disponían de un buen salario. Ellos, dentro de sus
posibilidades, me ayudaron: sacaron el carro de los problemas, siguieron pagando
la letra, el alquiler de la casa y la comida.

Era un paria, no tenía casa; entonces la señora del Partido Ortodoxo que me
ayudó a raíz del golpe, me prestó por un tiempito una casa en Guanabo. No
recuerdo exactamente en qué mes fue, ya estábamos en plena organización, porque
entre junio y julio, Abel, Montané y yo, y creo que Ñico también, teníamos círculos
de estudios marxistas. Imbuido de las ideas marxistas-leninistas, desde antes del 10
de marzo, a alguna gente como Ñico, Montané, Abel y otros compañeros, les venía
hablando de esto a menudo, les formaba así una conciencia. Ellos eran terreno muy
fértil, y les fui trasmitiendo mis ideas, las ideas revolucionarias, las ideas
socialistas, las ideas marxistas-leninistas.

Cuando entré en contacto con Abel y los demás, les expliqué lo que era la
sociedad, los problemas, cuáles eran sus causas fundamentales, las clases, la
explotación de que eran víctimas los obreros; todo el bagaje que tenía y traía
conmigo desde hacía tiempo. Como ya trabajábamos en la conspiración, en la
lucha, me franqueé con ellos. Rápidamente Ñico, Montané y Abel se convirtieron a
la misma idea. Claro, se trataba de un núcleo muy pequeño. Sabía a quiénes les
podía hablar así. Algunos compañeros sentían mayores preocupaciones políticas e
ideológicas; otros eran más bien hombres de acción, que querían luchar y ansiaban
la acción; confiaban pero no se preocupaban mucho de la cuestión política,
ideológica; para ellos la lucha era para derrocar a Batista.

En Guanabo hicimos algunos círculos de estudio y recuerdo que uno de los


libros que utilizamos —en un esfuerzo para introducir la historia de Marx, su vida
y pensamiento—, fue la biografía [Carlos Marx y los primeros tiempos de la
Internacional] escrita por Franz Mehring, bastante conocida.

Desde mucho antes —como ya señalé—, adquiría libros en la librería del


Partido Socialista Popular en la calle Carlos III. Contaban con muchas ediciones de
las obras de Marx, Engels y Lenin impresas en Moscú, en lengua española. No sé
cómo las conseguirían, pero hacía mucho tiempo me proveía allí. Como tenía
buenas relaciones con ellos, aunque no era un miembro del partido, gustosamente
me facilitaban libros y me daban crédito para comprarlos. Creo que Carlos Rafael
[Rodríguez] era quien tenía que ver con eso. Como yo vivía del crédito en aquel
período —tenía créditos en la tienda, en la carnicería, en el garaje, en todas partes
—, para no variar tenía crédito también en la librería. Me suministraban títulos de
todas clases, y luego se los prestaba a Abel, a Montané, a Ñico. Las ideas
revolucionarias, socialistas, marxistas, caían en la mente de dichos compañeros
como una llama en pólvora seca.

En un período de mi vida en que empecé a persuadir a mucha gente de


estas ideas, pude darme cuenta de que no hacía falta mucho tiempo para convertir
en comunista a un hombre honrado.

Este grupo pequeño, y muchos con los que hablé, se convirtieron en


excelentes revolucionarios casi súbitamente. En la situación que vivía nuestro país,
las ideas eran tan fuertes, tan lógicas, tan atractivas, que apenas les daba una
explicación a los compañeros del panorama, de los conceptos, y enseguida se
convertían.

Cuando se produjo el ataque al Moncada, el Ejército ocupó una serie de


libros de Marx, Engels, Lenin, sobre todo, muchos de Lenin. Sus escritos esenciales,
los que figuraban en los volúmenes de Obras Escogidas en dos tomos, los
habíamos estudiado; El imperialismo, fase superior del capitalismo. Había otro
muy de moda: ¿Qué hacer? Porque mucha gente pensaba que en el libro de Lenin
iba a encontrar la fórmula de ¿qué hacer? No era la colección completa porque en
aquella época no me habrían dado crédito para una colección tan grande, solo para
una docena de libros más o menos.

Casi desde el momento en que conocí a Abel y a Montané, ya tenía la fiebre


aquella y lo menos que podía hacer era trasmitirla, aunque no se planteaba de
inmediato hacer una revolución. Para nosotros la revolución era el socialismo, para
mí lo era desde hacía bastante tiempo, pero entonces creo que trabajamos con la
fiebre con que trabaja un verdadero revolucionario, pensando en una
transformación total de la sociedad.

La señora que me prestó la casa de Guanabo se llamaba Blanquita, no


recuerdo el apellido; había tenido cierta participación en la lucha contra Machado
y también después. No sé muchos datos de ella, pero sé que era ortodoxa. La
familia seguramente tenía alguna fortuna; pero en aquel período es probable que
estuvieran arruinados, les quedaban las costumbres de la burguesía, pero no el
dinero. Era casada y tenía tres hijos; los muchachos más mal educados y
malcriados que he conocido. Era una casa de locos porque ellos hacían lo que les
daba la gana, lo destruían todo, quemaban la casa si era necesario, hacían cualquier
disparate. Uno de ellos, llamado Erick, el mayorcito, vino después entre los
mercenarios de Girón.

Recuerdo que cuando fuimos de El Cano para la casa que nos prestó en
Guanabo, me llevé algunos muebles que pude rescatar, entre ellos, un juego de
sala bastante modesto. De vez en cuando la señora iba a la casa con todos los
muchachos y aquello era el infierno; lo mismo agarraban un cuchillo y rompían el
asiento... Lo rompían todo y había que tolerárselo porque eran los hijos de la dueña
de la casa.

Un día, a Fidelito por poco lo mata un automóvil porque cuando llegaron


aquellos muchachos mayorcitos —9,10,11 años de edad— armaron un rollo, un
desorden, una anarquía tan grande, que en ese correcorre salió Fidelito y atravesó
una calle. Estuvo a punto de matarlo un carro, no le dio, pero por poco lo mata.

Bueno, ya era intolerable, tanto que dije: «Tengo que irme a buscar otro
lugar. ¡Qué va, aquí yo no puedo seguir ya!, bastaba con que fueran tres días».
Aquello era una catástrofe intolerable. Decidí irme aunque no sabía para dónde.

Pero allá en Guanabo me ocurrió algo muy curioso, algo que no se me


olvida. Resulta que Abel y Montané me ayudaban económicamente, me
garantizaban lo fundamental, pero necesitaba siempre algún extra. Yo le había
solicitado crédito a un árabe dueño de un comercio que me suministraba algunos
víveres, y no tenía dinero para pagarle antes de irme de allí. No sabía qué hacer,
me avergonzaba no poder cumplir pues él había confiado en mí. Por fin fui a verlo
y le dije: «Mire, me tengo que ir, me voy a mudar de aquí, le debo a usted tanto y
no tengo dinero para pagárselo ahora. Me da mucha pena». El hombre me
respondió: «¿Y usted necesita algún dinero, necesita algo más? ¿Dígame qué
necesita?». Fue un gesto increíble. Aquel árabe fue el comerciante más noble que he
conocido.

Algún tiempo después —lo anterior había sido en 1952—, cuando salí de la
prisión, en mayo de 1955, pensé: «Tengo que ver a alguien, tengo que saludar a
alguien y tengo que darle las gracias a alguien», y fui allí a Guanabo donde estaba
el comerciante árabe, a saludarlo y decirle: «Mire, todavía no le puedo pagar, pero
vengo a darle las gracias otra vez». Apenas salí de la cárcel pensé que tenía que ir
sin falta a verlo para agradecerle su gesto una vez más.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, el comerciante que recuerda tan


nítidamente se llamaba Ángel Chaljup Barquet, le decían el Turco, pero era libanés
de nacimiento. Su bodega estaba en la esquina de la casa donde usted se alojó en
Guanabo, en la bifurcación de las calles 5.a y 480. La vivienda de Blanquita se
ubicaba en la misma calle 5.a, pero entre 478 y 480. Según la viuda del Turco,
Altagracia Cala, a quien todos llamaban Gazita, usted fue a visitarlos cuando salió
de la cárcel porque les debía 50 pesos. Ella decía que su esposo le pidió a usted que
se olvidara de aquel asunto.

Toda esta historia la hilvanaron los investigadores Elsa Montero, Guillermo


Alonso y Juan José Pujol, de la Oficina de Asuntos Históricos, quienes consiguieron
localizar los datos en 1986, por un registro de comerciantes de la época. El
testimonio de Gazita narraba que usted volvió a visitarlos tras el triunfo de la
Revolución, el 23 de febrero de 1959. El Turco le brindó coñac Napoleón de una
botella que guardaba especialmente para usted. Él murió en 1963, a la edad de 63
años. Antes de fallecer le encomendó a su esposa que entregara al Estado una casa
de huéspedes de su propiedad, allí mismo en Guanabo.

FIDEL CASTRO.-Recuerdo como si fuera hoy que en cuanto salí de la cárcel


fui a verlo para agradecerle su gesto una vez más.

Al marcharme de la casa de Blanquita en Guanabo fui a vivir al hotel


Andino, frente a la Universidad. Creo que a crédito también, alquilé una
habitación como en el cuarto o quinto piso. Fue en pleno verano de 1952. Vivíamos
Myrta, Fidelito y yo en un cuartito donde hacía mucho calor; recuerdo que en la
despensa solo tenía un queso Roquefort. Aunque de mi casa ya no recibía ayuda
económica, yo conservaba la amistad con unos comerciantes almacenistas de La
Habana Vieja, suministradores de las tiendas de Birán. Ellos mantenían buenas
relaciones con mi padre y yo podía ir alguna que otra vez allí y adquirir algún
vino, también vendían quesos importados. El caso es que en ese verano conseguí
un poco de vino español y un maloliente queso Roquefort que puse sobre una
gaveta. Al menos eso tenía.

Por entonces viví un día muy difícil, muy triste, quizás porque reparé en la
situación tan desventajosa en que me encontraba, frente a la gran contienda que
debía afrontar.

04
Prado Nº 109, primeras citas con jóvenes revolucionarios, día difícil,
decepción, los preparativos para la acción, Birán, pedido a Ramón, Marcha de las
Antorchas, infiltrar a los auténticos, entrenar en la Universidad, García Bárcena y
su fracaso, hacer la Resolución, Tizol en las armerías, disparar con la escopeta de
Hemingway, operación perfecta.

KATIUSKA BLANCO. -De aquellos tiempos en que usted frecuentaba el


local del Partido Ortodoxo en Prado Nº 109, escuché muchas historias. El
comandante Ramiro [Valdés] recuerda que sus reuniones con los jóvenes del
Movimiento eran hacia el fondo, tras el arco de una gran escalera en el patio
central, a la izquierda. Pastorita narra que Ñico López y Abel Santamaría, en las
fechas patrias, la alentaban a discursar allí sobre José Martí. Usted me habló de
que, al salir del local, varias circunstancias se unieron y vivió un día difícil. ¿Podría
evocarlas, Comandante? FIDEL CASTRO.-Bueno, por aquellos días caminaba
mucho por la calle, precisamente porque frecuentaba la oficina de Prado Nº 109,
donde iba mucha gente de oficio, parecía un club; las personas acudían en busca de
noticias y pasaban horas conversando, haciendo comentarios, sobre todo por las
noches. Solían ir hombres, mujeres, jóvenes, simpatizantes del partido, contrarios a
Batista. Bien podían reunirse mucho más de 60 personas todos los días.

Al gobierno no le preocupaba en lo absoluto lo que ocurría. Había recibido


noticias de que se conspiraba, pero investigaban a los antiguos militares para saber
si tenían contacto con el Ejército. Le preocupaban las actividades conspirativas que
pudiera realizar el antiguo gobierno porque contaba con armas y dinero, no le
prestaba ninguna atención a la Universidad ni al Partido Ortodoxo; no reparaba en
la gente que se reunía en la oficina todos los días. Así que era un lugar perfecto
para conspirar, para hacer contactos, porque nos evitaba tener una cita con alguien
en una casa, después en otra. En aquel sitio de gran afluencia pública tenía
encuentros y veía a los compañeros. Estábamos en plena actividad de organización
del Movimiento, preparando a la gente.

Mi día infortunado pudo ser cuatro o cinco meses después del golpe de
Estado, porque recuerdo que fue la última vez que perdí el carro. Podía moverme
con cierta facilidad en el Chevrolet comprado a raíz de los servicios prestados a mi
padre. En la mañana, como era habitual, fui a la oficina del Partido Ortodoxo. Era
un día de verano, muy caluroso. Cuando llegué, no parqueé el carro en la calle
Prado, sino un poquito más allá, en una calle contigua, Consulado, un lugar más
discreto. Estuve unas dos horas en la oficina del Partido Ortodoxo, contactando
con los compañeros y organizando las actividades. Al mediodía tenía ya cierto
apetito y me dije: «Deja ver si voy al hotel a almorzar». Por supuesto, el hospedaje
del hotel incluía la comida.

Salí de Prado Nº 109 y cuando llegué a Consulado a buscar el carro, no


estaba, entonces imaginé que lo había descubierto alguno de los empleados de una
de las empresas dedicadas a ubicar autos de propietarios que adeudaran letras de
cambio. Parece que ellos tenían alguna llave especial, y cuando localizaban los
carros se los llevaban sin que eso respondiera a una orden judicial.

Por cierto, Efigenio Ameijeiras, que después luchó con nosotros y se destacó
mucho en la guerrilla, en aquel tiempo era uno de los empleados de la compañía
que localizaba carros, a lo mejor fue él quien lo encontró. El caso es que se lo
llevaron, y aquel hecho me dejó contrariado, porque no tenía ni un centavo para el
ómnibus, debía seguir a pie.

Salí caminando y sentí deseos de tomar café y fumarme un tabaco para


reflexionar un rato sobre el disgusto de perder el carro. Junto al local del partido,
un pequeño cafetín acogía a todos aquellos clientes miembros del Partido
Ortodoxo asiduos a Prado Nº 109; pero después del golpe todo cambió, ya no
tenían el mismo trato hacia nosotros. Yo también tenía crédito allí y hubiera podido
pedir lo que deseaba sin explicar nada, pero preferí ser honesto y le dije al dueño:
«Mire, yo quiero tomarme un café, pero no tengo ni un centavo». El dueño del
lugar, quien hasta entonces era amistoso conmigo, me dijo: «¡Ah!, entonces no». Y
no me pude tomar el café ni fumarme el tabaco, algo que habría costado 20 ó 25
centavos nada más. Me topé de repente con que perdí el carro y me negaron el café
y el tabaco.

No dije nada, me levanté y empecé a caminar por la misma acera, del Paseo
de Prado hacia arriba, sin carro, sin tabaco, sin café, y a pie, sin un centavo. Seguí
caminando, crucé la calle Colón, miré hacia la izquierda y dos cuadras más allá vi
el Palacio Presidencial donde se encontraba Batista. El edificio, rodeado de
guardias militares con sus fusiles en ristre, imponía. Aquel panorama magnificente
y de fuerza era el símbolo del poder que nosotros nos proponíamos destruir. Fue el
momento en que tuve una apreciación muy nítida, muy clara, de lo que
intentábamos lograr.

Seguí caminando y llegué a Prado y Neptuno, cerca del Parque Central;


crucé y en la misma esquina donde está hoy el Gran Teatro de La Habana había un
estanquillo en el que vendían diarios; se encontraban expuestos seis o siete
periódicos con grandes titulares, todos con alabanzas a Batista. Me detuve y leí los
cintillos. Permanecía absorto en la lectura cuando un muchachito negro y flaquito
que controlaba el estanquillo me miró con cierta curiosidad y me dijo: «¡Circula,
circula!». Literalmente me botó de allí.

Esas cuatro cosas me pasaron en menos de 45 minutos: perdí el carro, me


negaron el café y el tabaco, pasé cerca de Palacio, donde vi los símbolos del poder
de Batista, y me botaron del estanquillo de periódicos. Sin embargo, no me
desanimé, y además percibí actitudes que me enseñaron, hasta la de alguien que
unos meses antes demostraba una gran amistad y luego me negaba el café.

Encaminé mis pasos por Neptuno hacia la Universidad. Caminé dos o tres
kilómetros en pleno mediodía. Pasaba por las tiendas, entre el bullicio de la gente...
Así marchaba solo con mi pensamiento: ¡Ra, ra, ra! No me desalenté. En realidad,
fue una prueba para desanimar a cualquiera, pero yo me reafirmé en mis
convicciones y seguí caminando. Llegué al hotel, subí al cuarto y me acosté. Dormí
como tres o cuatro horas. La amargura de todo aquello la pasé durmiendo en el
cuartico caluroso. Cuando desperté me sentía despejado.

Luego hablé con Abel y con Montané, les comenté que me habían llevado el
carro. Ellos buscaron el dinero para pagar lo adeudado y lo recuperaron. También
se consiguió un pequeño apartamento. Creo que a partir de ese día el grupo cargó
con los gastos del automóvil y la manutención mía.

¡Fue increíble! He contado más de una vez esta historia de los cuatro
percances que tuve uno detrás de otro en breve tiempo. Era muy gráfico, como
para poner a prueba la voluntad de alguien. Frente a mi pobreza, la fastuosidad
del Palacio de Gobierno. Tal detalle me hizo reparar en la magnitud de la tarea que
teníamos por delante.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, ¿pero para entonces ya tenían una


estrategia propia?

FIDEL CASTRO.-En aquellas condiciones difíciles nos proponíamos luchar.


Todavía no teníamos una estrategia propia, pero ya, a juzgar por lo que se decía,
pensábamos que dentro del partido, paralizado, había que ir haciendo una
organización e ir tomando el mando. Claro, esto no significaba una ruptura.

En aquella etapa, Millo Ochoa, uno de los dirigentes del partido, candidato
a la vicepresidencia del grupo de los políticos conservadores, hizo una
comparecencia ante la prensa en un programa de televisión con bastante audiencia.
Para entonces, Batista había vuelto a abrir las posibilidades de expresarse en la
radio y la prensa. Millo Ochoa hizo unos pronunciamientos muy duros, muy
críticos contra el gobierno; y a la salida del programa lo llevaron preso y lo
sometieron a juicio. Estuvo varios días en la cárcel. Con aquel incidente ganó gran
prestigio.

Ya Pardo Liada hablaba otra vez por radio en su programa habitual, y


nosotros le dimos la idea de lanzar una campaña de recoger un centavo para pagar
la multa que le habían puesto a Millo Ochoa en el juicio. La idea dio resultado;
miles de personas, decenas de miles de personas, empezaron a dar dinero con tal
propósito y se recaudaron miles de pesos. Mucha gente decía: «Si es para hacer la
revolución, estoy dispuesto a dar 10 pesos, lo que sea».

Recuerdo que fui a ver a Pardo Liada y le dije: «Mira, aunque te clausuren
de una vez esta hora de radio, es necesario que hagas un editorial y lances la
consigna de dar lo que quiera la gente, para hacer la revolución».

Habríamos recaudado cientos de miles de pesos; pero qué va, Pardo Liada
no aceptó, dijo: «¡No, qué va!, ¡Como está esto...!». Él no estaba dispuesto a perder
la hora de radio; total, habría sido colosal que lo hiciera. Hubiéramos recaudado
mucho más. Solo a centavo se recaudaron miles de pesos.

Todavía yo mantenía relaciones con ellos, incluso, cuando se pagó la multa.


Millo Ochoa salió a la calle convertido en un personaje por los pronunciamientos
tan radicales y revolucionarios que había hecho; volvió de la cárcel como un ave
fénix. Parecía que íbamos a tener un hombre decidido a luchar, con el prestigio de
ser dirigente del partido. Él lo prometió, dijo que iba a trabajar, a organizar la
revolución y empezó a desarrollar actividades.

Yo tenía claro que la estrategia era organizarse y contactar personas


dispuestas. Recuerdo que entre los contactos que hice se encontraba un sargento de
Columbia, quien me inspiró bastante confianza.

KATIUSKA BLANCO. -¿Sería alguien de quien me habló Pastorita Núñez?


Tal vez ella nunca conoció esta historia después de presentárselo.

FIDEL CASTRO.-No recuerdo, tal vez. Trataba de hacer todos los contactos
que pudiera para cuando viniera la lucha. Él dijo que quería ayudar y le presenté a
un grupo. Luego organicé un encuentro con Millo Ochoa y el sargento en La
Habana Vieja, en un edificio donde radicaban muchas oficinas de abogados. Se
entraba por cuatro direcciones. El lugar se prestaba, porque Millo entraba por una
y el sargento por otra. Era como en un cuarto piso. Allí se produjo el encuentro. Yo
presencié el diálogo. Millo empezó a conversar. Lo primero que vi fue que cometió
una falta seria desde el punto de vista conspirativo. Le preguntó al sargento: «¿Tú
conoces a Fulano, conoces a Mengano, cuál es tu opinión; conoces a este, conoces al
otro?». Le mencionó nombres de militares con una actitud contraria a Batista. Una
indiscreción espantosa. Imaginé que el sargento se debió asustar.

Pero no fue lo más grave. ¿Qué le dijo Millo Ochoa al sargento?; «Usted y su
grupo deben estar listos, vamos a trabajar para el caso de que si el día de las
elecciones se le quiere dar una cañona al pueblo, se quiera burlar el resultado de
las elecciones, promover un levantamiento».

¡Fíjate lo que le estaba proponiendo al militar! Le empezó a hablar de


elecciones y le pidió colaboración. Me quedé asombrado, me dio la impresión de
que aquel hombre dijo lo que estaba ideando; pensaba en una fórmula electoral, en
unas elecciones con Batista. Realmente para mí fue muy decepcionante.

Se terminó la reunión y nos despedimos. Después no hablé más con el


sargento porque lo llevé a ver a Millo Ochoa y este no había dicho nada serio. Se
puso a hablarle de elecciones y de tomar algunas medidas preventivas para si se
presentara algún problema. Realmente sentí vergüenza, me pareció que había sido
una pérdida de tiempo, mientras que el militar se había tomado mucho interés en
el asunto.

No creo que fuera una táctica, la impresión que tuve fue que Millo Ochoa
estaba pensando de veras en las elecciones. Parece que después de la
comparecencia, cuando lo metieron preso y adquirió una enorme popularidad, un
enorme apoyo, se puso a pensar inmediatamente en términos políticos electorales.
Fue una de las primeras grandes decepciones que tuve. -

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, en tal período usted no figuraba como


jefe, se mantenía en el anonimato. Iba de un lado a otro, a Artemisa, Colón, Pinar
del Río, y hasta estuvo en su casa de Birán. Al respecto escribió algo v
conmovedor: «Todo ha seguido igual desde hace más de veinte años. Mi escuelita
un poco más vieja, mis pasos un poco más pesados, las caras de los niños quizás un
. poco más asombradas y, ¡nada más!»Es probable que haya venido ocurriendo así
desde que nació la República y continúe invariablemente igual sin que nadie
ponga seriamente sus manos sobre tal estado de cosas. De ese modo nos hacemos
la ilusión de que poseemos una noción de justicia. Todo lo que se hiciera relativo a
la técnica y organización de la enseñanza no valdría de nada si no se altera de
manera profunda el status quo económico de la nación, es decir, de la masa del
pueblo, que es donde está la raíz de la tragedia. [...] Aun cuando hubiese un genio
enseñando en cada escuela, con material de sobra y lugar adecuado, y a los niños
se les diese la comida y la ropa en la escuela, más tarde o más temprano, en una
etapa o en otra de su desarrollo mental, el hijo del campesino humilde se frustraría
hundiéndose en las limitaciones económicas de la familia. Más todavía, admito que
el joven llegue con la ayuda del Estado a obtener una verdadera capacitación a
técnica, pues también se hundiría con su título como en una barca de papel en las
míseras estrecheces de nuestro actual status quo económico y social». Para mí, esas
palabras ilustran —quizás como ningunas— cuán revolucionario y marxista era
usted antes del asalto al cielo.

Ya casi al final de los preparativos del Moncada también visitó la antigua


región oriental. Ramón recuerda siempre que usted lo llamó a Marcané y pidió
verlo en Cueto; de allí siguieron viaje juntos hacia Holguín. Narra que usted quiso
en el trayecto hacerlo revolucionario en una hora, pero sin confiarle nada de lo que
preparaba, sin darle detalles, solo diciéndole que necesitaba acopiar armas y
dinero. También le pidió que le negociara en el banco una letra de cambio de unos
arroceros de Pinar del Río, pero él no pudo hacerlo porque para ello era
imprescindible conversar con don Ángel. Se trataba de unos 2500 pesos. Entonces
él lé dijo: «Hay que ver al viejo», como esperaban que él entendiera menos,
desistieron. Entonces usted le solicitó que no hiciera gestiones con ningún amigo,
que ya le había confiado un secreto muy grande. Finalmente le sugirió crear una
célula y conseguir algunas armas. Ramón me contó en 1997 que cumplió sin falta
con usted. Agrupó a 12 compañeros y obtuvo algunas armas —entre ellas un rifle
austríaco 30-30 de excelente calidad— pero que luego del Moncada las perdieron
tras ocultarlas una y otra vez. Comandante, en todo aquel período tan intenso
¿nunca lo detuvieron?

FIDEL CASTRO.-Tuvimos algunos incidentes mínimos con la policía. A


Abel y a mí nos arrestaron, según se ha podido precisar, el 8 de septiembre del 52.
Nos llevaron al Buró de Investigaciones y nos tuvieron un día; «comprobaron» que
no llevábamos armas y nos soltaron. Siguieron subestimándonos. Diría que se trató
de una medida de hostigamiento contra nosotros.

Aquel año tuvieron lugar una serie de acontecimientos. Recuerdo que fui
por la Universidad muy discretamente, con motivo del 27 de noviembre, porque,
por lo general, no hacía acto de presencia por allí.
No tuve que emplear la Universidad porque trabajé desde Prado Nº 109. Me
reunía con los compañeros en el local del fondo, un lugar muy discreto, y les
explicaba lo que hacía falta; de allí se los mandábamos a Pedrito. No existían listas,
llevábamos todos los datos en la memoria. El Movimiento iba creciendo
rápidamente.

En aquel período empezamos a preparar grupos en otro tipo de


entrenamiento, que consistía en tácticas y técnicas de comando. No confiábamos
plenamente en el instructor, nos preocupaba su procedencia, no se sabía dónde
había recibido la preparación que tenía, podía ser un infiltrado, era posible que
tuviera contactos con la embajada yanqui. Sus ideas y sus motivaciones no estaban
claras, no obstante, lo utilizamos para que trasmitiera sus conocimientos a nuestros
hombres. En realidad, no entrañaba ningún peligro, porque no suponíamos que
nuestras actividades fueran ignoradas, y veíamos claramente que eran
subestimadas. Entrenábamos sin armas, parecía un juego, porque si no había
recursos ni armas, todo era teoría, no nos tomaban en serio.

El individuo se llamaba Santos Harriman. Dimos con él porque andaba


siempre por la Universidad y se brindó para servir de entrenador. No recuerdo
exactamente dónde lo vi por primera vez, pero yo tenía mi psicología para conocer
a la gente; analizaba mucho las motivaciones de las personas, y si eran compatibles
con la lucha. Me daba cuenta en las conversaciones por los comentarios que hacían.
El caso es que este hombre no me inspiraba confianza y por eso no se le dio
ninguna información. Jamás supo absolutamente nada acerca de nuestros planes.
Nunca supimos lo que realmente quería, ni a quien respondía.

En la Universidad continuaba la agitación. La gente había recibido


entrenamiento teórico de las armas, pero nosotros queríamos que hicieran
prácticas de tiro, y ya eso resultaba más serio y peligroso. Fuimos seleccionando
bien a la gente dentro de la organización porque ya teníamos cientos, y llegó un
momento en que tuvimos entrenados a 600, 700 u 800 hombres.

El 28 de enero de 1953 tendría lugar una peregrinación de la Universidad


hacia el lugar donde Martí trabajó en las canteras durante el presidio político, la
Fragua Martiana; no era muy lejos, a unas pocas cuadras de la escalinata. Fue
precisamente en el centenario del natalicio del Apóstol.

Aquel fue un día de prueba para nuestra organización. Nosotros dimos


cierta demostración de fortaleza, era necesario. Para tal momento los auténticos
manejaban mucho dinero, manejaban muchas armas. Habíamos trabajado
intensamente desde agosto hasta diciembre de 1952.

Cuando se fue a organizar la peregrinación del 28 de enero, citamos a la


Universidad de noche para un desfile con antorchas. Fue una prueba para la gente
también porque posiblemente, por la manifestación, habría enfrentamiento con la
policía —para reprimir utilizaban carros de bomberos, patrulleros, de todo.

Decidimos movilizar 300 hombres esa noche en la escalinata universitaria,


hacia un costado, abajo. Allí los organizamos en grupos de tres, conformando una
columna larga que llegó desde el primer peldaño hasta arriba. íbamos sin armas,
pero bien estructurados en una columna sólida, decidida. Era la única fuerza
organizada aquella noche allí, eso era claro, incuestionable. Entonces les envié un
compañero a los líderes para pedirles que nos dieran la vanguardia de la
manifestación. Lo que perseguíamos era entrar en contacto con la policía, con los
carros de bomberos, para ocuparlos y aprovechar al máximo el momento. En fin,
que por los celos, que llegaban a un punto impensado, no quisieron, no aceptaron
nuestro ofrecimiento ni siquiera para que enfrentáramos a los policías.

Raúl recuerda siempre una anécdota porque alguien, preocupado, le mandó


a decir que mirara a ver cómo controlaba aquella gente, y resultó que éramos
nosotros.

Participé en la marcha con todo el grupo, no nos dieron la vanguardia


porque era un lugar de honor, y fuimos como en segundo lugar, pero organizados,
con las antorchas, la columna formada.

Cosa curiosa, muchos nos observaban sin saber quiénes éramos, les llamaba
la atención aquella gente tan bien organizada que desfilaba por la calle San Lázaro,
y algunos decían: «Esos son los comunistas». Cada vez que veían algo bien
organizado en algún lugar decían que eran los comunistas. En la noche se veían las
antorchas y se podía distinguir aquella fuerza compacta, organizada, en medio de
la multitud.

Finalmente se llegó al objetivo y la policía no intervino, permitió la


manifestación. Aquel día se produjo una demostración de pujanza necesaria,
incluso para nuestra gente, que apreciaron su propia fuerza. No estaban todos
porque fue una selección, pero resultó. Ellos siempre habían sido reunidos en
grupos y aquel día comprobaron que eran una fuerza, la única organizada el 28 de
enero de 1953.
¿Qué pensaría la policía? No sé, pero seguramente creyó que éramos una
fuerza política y que estábamos en el mismo juego que todos los demás partidos,
pensando en fines políticos, en fines electorales o en alguna otra cosa, y que todo
aquello era un juego a la revolución. Así es que dentro de tal clima, dentro de la
situación de represión que no era total, y aprovechando la preocupación del
gobierno por los opositores que tenían armas y dinero, nosotros pudimos
tomarnos esas libertades.

Cuando llevábamos algunos meses de intenso trabajo de organización y


entrenamiento de la gente —todavía no habíamos llegado a la fase de las prácticas
de tiro—, Aureliano comenzó a ganar prestigio de hombre clandestino, de hombre
que movía una organización: la Triple A. Esta gente de Aureliano y de Prío
reclutaron a muchos de aquellos oficiales que Batista sacó del Ejército: coroneles,
generales. El Partido Auténtico llamaba así a la organización revolucionaria
estructurada por ellos, la de Aureliano. Disponían de mucho dinero, contaban con
armas y, principalmente, asumían una actitud de rechazo total a toda participación
nuestra en la lucha común contra Batista, por las denuncias que los ortodoxos les
habíamos hecho.

Nadie sabía cómo iban a desatarse los acontecimientos en el terreno de la


lucha armada, porque en el de la lucha política ocurrieron algunos incidentes. No
recuerdo exactamente en qué momento se produjo el Pacto de Montreal —un pacto
de tipo político—, en el que figuraron Millo Ochoa, Pardo Liada, entre otros
dirigentes. Fueron a Montreal y firmaron un pacto de tipo político con Prío, los
auténticos y todos los demás. Ese pacto chocaba un poco con el espíritu puritano
del Partido Ortodoxo que seguía la línea de no hacer pactos políticos con ningún
otro partido y menos con el Auténtico, tantas veces denunciado. Ya la gente de
Millo Ochoa había tenido problemas frente a la oposición de Agramonte y otros
líderes ortodoxos de mayor prestigio. Había división en el partido.

KATIUSKA BLANCO. -Ese pacto se firmó el 30 de mayo de 1953. Lo


recuerdo porque verifiqué el dato en una ocasión.

FIDEL CASTRO.-Sí, sabía que había sido antes del Moncada. En el terreno
político tuvieron lugar algunas maniobras para una supuesta oposición a Batista.
Los auténticos, que contaban con armas y recursos, tenían ventajas. Ellos trataron
de unir a mucha gente, reclutaban estudiantes universitarios, contaban con la
Universidad, con distintas fuerzas, pero a mí me vetaban; es decir, me querían
dejar fuera de la lucha.
Cuando se produjo el pacto, ya nosotros hacía algún tiempo teníamos una
estrategia —desde finales del año 1952—, y 600 ó 700 hombres listos. Como no
disponíamos de recursos ni armas ni estábamos dispuestos a permitir que nos
dejaran fuera de la lucha por el hecho de que ellos contaban con el monopolio de
las armas, lo que hice fue un movimiento de penetración dentro de la organización
auténtica. Le infiltramos 360 hombres en la Triple A. Nuestra idea era utilizar las
armas para participar en la lucha. Como ellos no querían ni oír hablar de Fidel
Castro, aprovechamos el hecho de que estaban necesitados de fuerzas y enviamos
un grupo al mando de Abel, Montané y [Raúl] Martínez Arará, así como a otros
compañeros que integraban nuestra dirección para infiltrarlos en sus filas.

Una de las primeras cosas que hicimos en el Movimiento fue crear un grupo
de dirección y un grupo ejecutivo, en el que figuraban fundamentalmente tres
miembros: Abel, Martínez Arará y yo. A decir verdad, ellos acataban la dirección
plena con una gran confianza, nunca tuvieron la menor duda en su trabajo
conmigo.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, ¿y cuál era la procedencia de Martínez


Arará?, ¿por qué lo seleccionó para integrar la dirección?

FIDEL CASTRO.-Martínez Arará figuraba en una especie de agrupación


antibatistiana en la que muchos de sus miembros eran cercanos al Partido
Ortodoxo, opositores del gobierno de Grau. Él representaba al grupo integrado por
contadores, maestros, profesores de algunas escuelas privadas; todos
profesionales, típica clase media, pequeña burguesía. La representatividad influyó
en que lo aceptáramos.

Raúl Martínez Arará era un compañero muy activo, enérgico, decidido.


Sentía mucha repulsa hacia Batista, a quien veía como un hombre corrompido, un
dictador militar, un represor... Arará tenía la irritación que estremecía a miles de
personas. No se preocupaba mucho por programas, por la cuestión de las ideas
sobre la teoría revolucionaria, sino sobre todo por la acción: era un hombre de
acción. Le teníamos confianza.

Después del Moncada no fue capaz de ver el mérito histórico del hecho, le
interesaba la acción misma y como fracasó, perdió el contacto con nosotros, no
esperó instrucciones. Como estábamos en la cárcel y en tal momento no se podía
pensar en otra operación armada, se fue al exilio en busca quizás de quienes
pudieran garantizarle una acción contra Batista, lo demás no le interesaba. Sin
embargo, mientras estuvo en el Movimiento trabajó muy bien, actuó con mucha
disciplina.

KATIUSKA BLANCO. -Cuando lo interrumpí, me estaba diciendo que le


habían infiltrado una gran cantidad de hombres a la organización de los
auténticos. ¿Cómo fue que lo lograron?

FIDEL CASTRO.-Bueno, los auténticos estaban introduciendo al país


grandes cantidades de armas y trabajaban con los militares destituidos por Batista,
porque ya preparaban la acción para el ataque a Columbia. En aquel momento
necesitaban hombres, buscaban combatientes entre los estudiantes y las diferentes
organizaciones contra Batista. Entonces fue que mandé al grupo representado por
Abel y Martínez Arará, para que se pusieran en contacto con ellos y les dijeran que
teníamos gente preparada, organizada; gente buena, trabajadora, independiente,
dispuesta a cooperar y que querían luchar contra Batista.

Como andaban locos buscando combatientes y existían decenas de


organizaciones, ¿qué hicieron? Crearon un grupo de inspectores con antiguos
coroneles del Ejército, quienes se ponían en contacto con los diferentes jefes y los
citaban en algún lugar para ver qué conocimientos tenían, qué experiencia, y así
iban seleccionando.

Abel y Martínez Arará se presentaron como jefes de un grupo dispuesto a


luchar, organizado e integrado por gente seria. Los auténticos fueron a hacerles la
primera inspección. Nosotros, un poco ambiciosos, les hablamos de que íbamos a
reunir 120 hombres, porque decíamos: «A lo mejor podemos introducir 120
hombres».

¿Cómo se organizaba la inspección? Yo le pedía la casa a gente amiga,


algunas de la Universidad, y conseguíamos, por ejemplo, tres casas prestadas; los
responsables avisaban a los inspectores, le daban la dirección y los citaban para
una hora específica. Yo me reunía antes, en Prado Nº 109, con la célula que íbamos
a presentar, les explicaba a sus miembros lo que iba a suceder y les advertía que no
podían cometer ninguna indiscreción: «Esta noche va a haber un contacto, hay una
inspección, nadie debe saber quiénes son ustedes; el nombre mío no lo mencionen
para nada ni el nombre de tal y más cual; el objetivo es que nosotros podamos estar
en condiciones de ocupar las armas cuando las repartan». Les daba todas las
instrucciones: «Tienen que dirigirse a tal punto, salir de dos en dos; ninguno puede
separarse del otro, ninguno puede hablar por teléfono, tienen que ir directo a tal
punto». Y así me iba reuniendo con los grupos a distintas horas.
Entre nuestros objetivos estaba impresionar a los organizadores de la
revolución, y, bueno, efectivamente, los tipos, acostumbrados a ver montones de
grupos desorganizados, que hablaban demasiado, se admiraban al ver a los
nuestros, quienes respondían a mis advertencias: «Ustedes callados; respondan
nada más tal pregunta, tal cuestión; no mencionen nada, expliquen lo que saben,
digan esto, digan lo otro». Era impresionante, para los coroneles que servían de
inspectores, tanta discreción.

Yo mandaba a nuestros compañeros con el jefe de la célula. La clave era que


Abel figurara como jefe de todos ellos, muy serio. La noche que iniciamos la
operación, con todas las medidas de seguridad tomadas, llegaron los militares a la
primera casa para ver a Martínez Arará. Veían a la gente, le preguntaban qué
armas sabían manejar, cómo las manejaban, la preparación que tenían... Así fue la
historia.

Terminaban el primer grupo de 40 y los tipos empezaban a hablar


maravillas de aquellos hombres tan serios, educados, tan jóvenes. Entonces los
nuestros les decían: «No, todavía no terminamos, vengan». Los llevaron a la
segunda casa, luego a la tercera, y aquellos inspectores se quedaron sumamente
impresionados de lo que vieron, de la seriedad de los jefes. Se les decía: «Bueno,
han sido reclutados entre gente independiente, algunos del Partido Ortodoxo, los
dirigimos nosotros». Y los militares que estaban con Prío se quedaron encantados,
nuestros grupos no se parecían en nada a los otros. A los pocos días volvieron a
establecer contacto, preguntaron si tenían más gente. Les respondieron: «Sí, hemos
trabajado duro».

En la segunda inspección utilizamos la misma receta: les volvimos a reunir


otros 120 hombres. Bueno, llegó un momento en que la gente de los auténticos no
quería saber de nadie más, sino de aquel grupo maravilloso, tan organizado, tan
discreto y tan disciplinado. Ya no estaban aceptando a nadie más. Les decían a los
interesados que no los necesitaban.

Hicieron una tercera inspección; todas en distintos lugares. Parecía una


broma. Les volvimos a poner otros 120 hombres, infiltrados en la organización
auténtica.

¿Pero qué ocurrió? ¿Qué fue lo que despertó sospechas?

El tercer encuentro con ellos, el último, la cita fue en una casa por
Belascoaín, posiblemente por donde está hoy el hospital Ameijeiras o un poquito
más para allá. Pertenecía a unas muchachas amigas mías de apellido Bacallao,
ortodoxas, estudiantes de la Universidad, creo que una de ellas ya era abogada. El
caso es que se comprometieron y prestaron la casa, pero enviaron al hermano,
quien se asustó cuando vio que llegaron 40 hombres nuestros para reunirse allí —
aunque la represión no estaba aún en su mayor nivel—, se puso nervioso y cuando
los militares auténticos concluyeron la inspección, iban bajando las escaleras, le
dijo a Abel que eso no podía ser. En su protesta me mencionó, Abel le mandó callar
pero uno de los inspectores se quedó intrigado y preguntó: «¿Qué dijo él de
Fidel?». El incidente Abel me lo contó después. Tal fugaz desliz pudo influir en que
perdieran el interés en nosotros.

No sé cuáles fueron las causas por las que interrumpieron el contacto. Es


posible que se percataran de quiénes éramos, a lo mejor cambiaron los planes. El
caso es que después mostraron poco interés. Claro, nosotros no queríamos insistir
mucho al respecto, ya les teníamos infiltrados 360 hombres, ¡y ni soñar siquiera que
aquellos militares hubieran visto grupos de civiles tan organizados!

Cuando nos dejamos ver de alguna manera, aquel 28 de enero, ya habíamos


desechado la esperanza de capturarles las armas a los auténticos. De todas formas
era necesario que nuestra gente, en medio de aquella disputa —de la competencia,
se puede decir—, tuviera una idea de su propio empuje, aunque no los
movilizamos a todos.

Yo mismo no podría decir con exactitud hasta qué mes estuvimos


reclutando y mandando gente a la Universidad, pero sí que organizamos y
entrenamos allí alrededor de 1200 hombres, casi más de los que necesitábamos, con
posibilidades racionales de obtener armas. En enero todavía alimentábamos la
esperanza de que el Partido Ortodoxo pudiera hacer algo, que de una forma o de
otra se llevara a cabo una lucha contra Batista en la que pudiéramos participar de
alguna manera, pero cada vez nos sentíamos más escépticos. En realidad, cada vez
lo estábamos más sobre todo el mundo. Ya había vivido la experiencia con Millo
Ochoa, pero aún permanecíamos dispuestos a luchar dentro del partido, a ir con
los estudiantes o con cualquier fuerza revolucionaria.

En febrero se inició un período más serio. En el primer semestre de 1953


realizábamos actividades un poco más arriesgadas, había ya que enseñar a la gente
a disparar. ¿Cómo lo hicimos? En distintos lugares. Uno de ellos fue por donde
actualmente se encuentra el Parque Lenin, en una manigua, bastante separada de
la ciudad. Allí entrenamos con algunos fusiles 22 adquiridos en las armerías. En
Artemisa, al oeste de La Habana, con personas que yo conocía, llevamos
compañeros a disparar al campo, lo que en aquel sitio no empleábamos fusiles 22.
Algunos de los grupos aprendieron el tiro en seco, pero nunca lo habían hecho
efectivo; sabían el manejo, pero nunca antes dispararon. Con una buena
organización y compartimentación, a la gente más conocida y seria la fuimos
llevando a realizar tiros reales, en una operación siempre muy peligrosa.

En algún momento de aquel período —quizás en enero o febrero—, en la


Universidad, donde ya habíamos entrenado tal vez a 600 ó 700 hombres, algunos
de los dirigentes, entre ellos, Léster Rodríguez, uno de los líderes celosos de sus
prerrogativas estudiantiles, se enteraron de que yo era el organizador de aquella
gente. Lo descubrieron no sé cómo, y se creó un problema: pretendieron paralizar
la preparación en la Universidad. Entonces tuve que ir a ver a Léster porque me
dije: «Este hombre va a echar a perder todo, va a interrumpir todo este proceso».

Él era bastante malcriado, arrogante. Hoy lo digo de buen humor. Me decía


que Léster era una especie de Napoleón: chiquitico, pero muy mal genioso; no era
fácil tratar con él.

Recuerdo la noche que tuvimos la reunión sobre el asunto. Fue en el


segundo piso de la Escuela de Ciencias Naturales, frente a la Plaza Cadenas. Nos
citamos con Léster y otros. Él estaba inflexible, disgustado; los entrenamientos no
podían seguir. Yo con mucha paciencia le toleré las malacrianzas, las protestas, y le
dije: «Mira, chico, hemos organizado una fuerza, ¡tremenda fuerza!, y esa fuerza
está a disposición de ustedes. Si quieren hacer la revolución, todos esos hombres,
los más numerosos, los más organizados, los más preparados, estarán a sus
órdenes. Nosotros nos subordinamos a ustedes, pero no interrumpas la
preparación de una fuerza que puede ser importante, que puede ser decisiva y que
está totalmente a su disposición, al lado de la Universidad, para derrocar a
Batista». Le enfaticé: «Si ustedes no hacen nada, si los auténticos no hacen nada, si
nadie hace nada, entonces nosotros vamos a asumir la responsabilidad».

Lo convencí. Finalmente estuvo de acuerdo en que prosiguieran los


entrenamientos, y desde entonces la Universidad era mucho más poderosa porque
tenía aquella fuerza, y él sabía que yo hablaba en serio.

Con esos argumentos pude persuadir a Léster, porque él, más que Pedrito,
era considerado como un líder. Pedrito era un estudiante fanático, obsesivo; era
conocido y querido por todos los compañeros, pero no era una autoridad
universitaria. En cambio, no recuerdo por qué, Léster era una autoridad en la
Universidad; quizás por su mal carácter, por el mal genio que tenía, por lo que
fuera, Léster era una autoridad que podía crear un problema, privarnos de las
ventajas de poder utilizar la Universidad, su autonomía, y las facilidades para el
entrenamiento y la preparación de las actividades; porque la organización no la
hice nunca en la Universidad, sino fuera, entre los que parecían bobos, sobre todo,
la gente que parecía que se dedicaba a conversar en Prado Nº 109.

Así fue como se establecieron los compromisos entre Léster y yo.

KATIUSKA BLANCO. -Todavía pensaba que debía confiar en algún político


de prestigio para hacer la revolución. ¿Verdad, Comandante?

FIDEL CASTRO.-Sí, por eso me pareció importante el vínculo con Rafael


García Barcena, a fines de febrero o marzo.

García Bárcena era un profesor universitario, ortodoxo, con prestigio como


intelectual y en las luchas contra Machado y Batista; decir García Bárcena era decir
un hombre serio. Él figuraba entre los dirigentes ortodoxos, pero en aquella
situación, formó tienda aparte.

Dio la casualidad que el golpe de Estado de Batista, el 10 de marzo de 1952,


coincidió con el momento en que Víctor Paz Estenssoro y un movimiento
nacionalista revolucionario hicieron una revolución en Bolivia. Los mineros se
levantaron en armas, derrocaron al gobierno y prácticamente destruyeron al
Ejército boliviano, en la meseta, con dinamita. Aquel movimiento adquirió un
enorme prestigio.

KATIUSKA BLANCO. -En la hora actual de Evo y los indígenas en Bolivia,


estremece pensar que una revolución en ese hermano país estuviese de algún
modo ligada a nuestra historia desde tanto tiempo atrás, en especial en el proceso
que desembocó en el Moncada.

FIDEL CASTRO.-Aquello era ni más ni menos lo que necesitábamos aquí.


Entonces García Bárcena decidió organizar un movimiento parecido en Cuba y lo
denominó de forma similar: Movimiento Nacional Revolucionario (MNR). Copió
hasta el nombre del que hizo la revolución en Bolivia y reclutó a estudiantes,
jóvenes y muchos otros. Si mal no recuerdo, creo que Armando Hart militaba en él.
Por lo menos ya existía el esqueleto de aquel movimiento: unos cuantos
intelectuales y un programa inspirado en los acontecimientos bolivianos.

García Bárcena también daba clases en una escuela militar, y parece que
hizo contacto con un grupo de militares en Columbia inconformes con Batista;
entonces decidió organizar a los civiles para tomar dicho cuartel en compañía de
los militares. Cuando él definió su propósito, con una de las primeras personas con
quien habló fue conmigo.

Tuvimos una entrevista en una casa de Marianao, por donde pasaba la línea
del tranvía. Debió de ser en marzo de 1953. La fecha es muy importante porque
después fue que decidimos elaborar nuestro propio plan.

Tal fue mi última esperanza de hacer algo con alguien, de que surgiera un
jefe, porque nosotros estábamos buscando un jefe entre los políticos conocidos con
posibilidades y proyecciones para luchar por el derrocamiento de Batista.

En la entrevista me habló de los contactos, de los grupos militares, las ideas,


y comentó que estaba buscando gente; se refirió a la necesidad de contar con una
fuerza civil para actuar. Le dije: «Mire profesor, conozco todos los grupos que hay
en la capital, en el país, que se dicen organizaciones; si usted quiere hacer algo
serio, nadie puede saber lo que se piensa hacer, que no se conozca la dirección, que
permanezca en secreto. Le recomiendo que no hable con uno solo de tales grupos,
no hable con nadie más. Nosotros tenemos toda la gente que hace falta y mucha
más que todos los demás juntos: serios, disciplinados, organizados, no andan
hablando, no hay que estar enseñándoles un arma». Insistí: «Si usted quiere,
nosotros tenemos gente. Hacen falta algunas armas, usted tiene relaciones, vamos a
tratar de buscar algunos recursos económicos para reunir algunas armas,
adquirirlas como sea, el mínimo necesario; pero no hable con nadie, no eche a
perder tal oportunidad si es cierto que tiene un contacto importante dentro de
Columbia».

Así fue mi conversación con el profesor García Bárcena, el consejo que le di.
Y, ¿qué ocurrió? Hizo todo lo contrario: habló con cuantos grupos y jefes había en
La Habana, y a los pocos días todo el mundo hablaba de la conspiración de García
Bárcena. La Habana entera sabía que organizaba un movimiento para tomar
Columbia en contacto con no sé quién más. Ventilado públicamente, no tendría
otro destino que el seguro fracaso, y nos rehusamos a participar en algo así. Fue la
última vez que confiamos en la capacidad y seriedad de alguien.

Ya en aquel momento no teníamos ninguna confianza en la dirección del


Partido Ortodoxo ni en los demás líderes políticos. Vimos que estaban jugando a la
revolución, jugando a la guerra. Perdimos la confianza en intelectuales como
García Bárcena, lo respetábamos porque era un hombre de prestigio, pero no
podíamos seguirlo, pues lo que hizo, a mi juicio, fue una locura, no supo
aprovechar aquella oportunidad. Quizás habríamos atacado Columbia, si era cierto
que existía un grupo de militares dispuestos a abrir las puertas.

KATIUSKA BLANCO. -Entonces, ¿había llegado la hora de elaborar un plan


para hacer la revolución, asumir un rol protagónico sin contar con nadie más?

FIDEL CASTRO.-Sí, ya después de lo que ocurrió con García Bárcena, reuní


a los compañeros y les dije que había llegado el momento de elaborar nuestro
propio plan y asumir la responsabilidad de hacer la revolución. Había transcurrido
alrededor de un año del golpe de Estado cuando elaboré de nuevo una estrategia
revolucionaria para la conquista del poder. Fue en el mes de marzo del año 1953,
cuando ya teníamos una fuerza superior a la de todos los demás grupos
revolucionarios juntos.

Deseché la idea de una insurrección en la capital porque vi que no existían


ni las más remotas condiciones objetivas y subjetivas. Para poder dar una sorpresa
total se requería gran cantidad de armas y recursos de los que no disponíamos. Fue
cuando elaboré la idea, la esencia de lo que hicimos después: atacar el cuartel
Moncada, sublevar la ciudad de Santiago de Cuba, vencer la resistencia, decretar la
huelga general de todo el país, lanzar el programa revolucionario. Era la ocasión
de desarrollar las ideas que concebimos —desde el punto de vista político, como
programa político-social— antes del 10 de marzo de 1952.

Nosotros, de absoluto acuerdo con los demás compañeros de la dirección,


concebimos el plan de la toma del cuartel de Santiago de Cuba. Siempre con la idea
de empezar por allá, y con la alternativa de ocupar todas las armas y, si no
podíamos derrocar a Batista, marchar a la Sierra Maestra con 1500 ó 2000 hombres
armados. Hoy puedo decir que la idea era buena, era perfecta, salvo que quizás
pudimos haberla hecho un poco más segura, quizás no tan ambiciosa.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, usted se refiere a la idea de ir


directamente a crear la guerrilla en la Sierra...

FIDEL CASTRO.-Claro, hay una cuestión que no olvido. Nosotros teníamos


más de 100 células y había competencia. Cuando teníamos los hombres
organizados, otras organizaciones les enseñaban armas y utilizaban el argumento
de que estaban perdiendo el tiempo, que nosotros no teníamos armas ni recursos.

Ya sosteníamos contactos con un hombre en Santiago de Cuba, que había


sido del MNR. Recuerdo que en el mes de abril viajé a Santiago de Cuba para
estudiar el terreno, la situación, por la idea de cómo íbamos a llevar a cabo el
ataque a Santiago. Ya estaba dando los primeros pasos con relación al Moncada. Y
al regreso de Oriente —sería el 5 o el 6 de abril—, por la Carretera Central escuché
las noticias de que García Bárcena había sido arrestado con un montón de gente;
¡como lo sabía La Habana entera!, ocurrió lo que tenía que ocurrir, lo detuvieron y
a todos los que estaban a su alrededor, repartieron algunos golpes y así terminó
todo.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, al hablar de la historia del Moncada y


de quienes participaron en el ataque, el periodista Guillermo Cabrera Álvarez
siempre me decía que había una razón para que en Artemisa existiera una cantera
tan valiosa de jóvenes. Él lo atribuía a la presencia allí de un viejo maestro
asturiano, Manuel Isidro Méndez, el primer biógrafo de José Martí. Guillermo me
aseguraba que las enseñanzas martianas habían calado en la juventud de aquel
pueblo y por eso tantos se sumaron rápidamente a su Movimiento. Sé que Ramiro
[Valdés] fue de los primeros en integrarlo. Él menciona también a Julito [Díaz] y
Ciro [Redondo] entre quienes estuvieron en aquel encuentro inicial con usted, tres
o cuatro meses después del golpe. ¿Cómo funcionaban las células? Los medios y
fondos, ¿cómo los consiguieron?

FIDEL CASTRO.-Al principio buscábamos alguna ayuda, pero no


sustancial, pues nuestros gastos eran mínimos. Después, sí nos hicieron mucha
falta fondos para adquirir las armas con que asaltar el cuartel. Para entonces
resultaba impensable ocupar armas de otra organización, de los auténticos o
cualquier otra. Teníamos que buscarlas nosotros mismos.

Las células tenían un jefe. Había algunas como la de Artemisa, donde el


grupo fue muy numeroso y de los más serios, con más de uno.

Un muchacho —José Suárez Blanco—, que yo conocía de la juventud


ortodoxa, fue quien nos puso en contacto con Ramirito, con Julito y con toda
aquella juventud de Artemisa. Allí tendríamos unos 40 ó 50 hombres, entre
Artemisa y Guanajay.

Varias de las células que utilizamos para el ataque eran del interior de la
provincia, procedían de un ambiente más sano. En la gran urbe existía mayor
confusión y mezcla de una gente con otra. Todos los grupos de conspiradores de
que hablábamos anteriormente se movían en el ámbito de la capital, por lo que los
grupos de provincias eran muy buenos. Probablemente influyera también el
conocimiento de la obra martiana, porque Artemisa, sin duda, tenía uno de los
mejores grupos, muchachos jóvenes muy buenos, y fue además uno de los lugares
donde nos entrenamos.

Por el concepto tan elevado que yo tenía de los grupos de Artemisa, muchos
de los compañeros que llevamos al Moncada fueron de allí, resultado de una
selección más rigurosa. Yo tenía más o menos clasificados los 1200 hombres, los
distintos cuadros; lógicamente, no había un solo papel, no hay ni habrá nunca un
papel donde se pueda encontrar un dato sobre el Moncada, porque era en la mente
donde guardábamos la información: los grupos, las células.

Realmente busqué y hablé con todos aquellos cuadros; también unos me


presentaban a otros. Hablé más de una vez con todos porque cuando los citaba
para la inspección, ya estaban entrenados y los volvía a ver.

Yo iba a los lugares de entrenamiento en Artemisa, en el sur de La Habana,


en el este de La Habana, en todos los sitios. Estuve con ellos el día 28 de enero del
53 y a muchos los veía con frecuencia.

En general, no se conocían unos a otros, podían haberse visto en la


Universidad, dos o tres células; o un grupo en los campos de entrenamiento. Así
que podían verse, pero nadie conocía cómo era el aparato ni cómo estaba
constituida la dirección. Además, trabajábamos en condiciones de rigurosa
clandestinidad, con métodos muy estrictos, adaptados a las circunstancias en que
desenvolvíamos la actividad. Nos amparábamos en la subestimación del régimen y
en su sola preocupación por los grupos auténticos y las armas con que contaban,
por los viejos militares, los contactos en el Ejército.

Cuando empezamos a entrenar con armas era un trabajo mucho más


delicado, mucho más secreto.

En diciembre de 1952, con Batista en el gobierno, yo tuve que justificar o


enmascarar mis movimientos con algunas actividades legales. Desde entonces ya
conspirábamos. Nos metimos en la oficina de un batistiano, lugar que nos sirvió de
excelente camuflaje, ubicada cerca de la del Partido Ortodoxo, en Consulado Nº 22.
El hombre había sido compañero mío del bachillerato en el Colegio de Belén, se
llamaba Juanito Sosa. No solo era batistiano sino que tenía nexos familiares con los
dueños del Diario de la Marina. Conocía también a Gildo Fleitas, mecanógrafo y
taquígrafo en Belén. Sosa era un burgués vanidoso y gastador de dinero, pero
deseaba hacer negocios de todas clases. Gildo mantuvo contactos con él durante
más tiempo; yo hacía mucho que no lo veía, pero nos conocíamos. En virtud de
tales circunstancias, terminamos trabajando allí los tres, y pudimos introducir a
Abel. Esto fue ya al final de la conspiración.

Los cargos nuestros eran: Gildo, secretario, y Abel, contador; a ambos les
pagaban. Yo oficiaba de abogado gratuitamente, no me pagaban. Así era la
situación, pero, bueno, dedicaba todo mi tiempo a la conspiración, no ejercía
ninguna abogacía, era un camuflaje. Aquel burgués se había casado con la hija de
otro batistiano que tenía un negocio de importación de tractores, y como Batista
estaba en el gobierno, hicieron negocios de ventas de tractores para unos
programas demagógicos de Batista, como las escuelitas cívico-militares. Tenían
también una instalación por allí cerca, y disponían de almacenes en Malecón y
Prado.

Dicho hombre sentía admiración por Batista, y a partir de la situación del


país quería desarrollar unas plantaciones de arroz con dinero que le diera el Banco
de Fomento, un banco controlado por el gobierno de Batista. Una parte de mi
tiempo yo la dedicaba a visitar las tierras que el individuo quería comprar, por allá
por Pinar del Río, y revisar los registros de propiedad de los terrenos para verificar
cómo eran las tierras, cuánto valían; hacía el papel de abogado pero en realidad no
me pagaban. El problema es que la presencia de Abel y mía en aquella oficina del
batistiano nos dio una cobertura legal mientras realizábamos actividades
clandestinas intensas, y ayudó a confundir a mucha gente que sabía de nuestras
actividades revolucionarias. Empezaron a decir: «No, ya Fidel abandonó todas las
actividades revolucionarias y está dedicado a la abogacía en unos negocios de
tierras, de arroz, por allá por Pinar del Río». Era lo que decían mis detractores, y yo
encantado.

Ya en diciembre —y no se me olvidará nunca ese diciembre del mismo año


1952—, vivía una situación económica muy difícil porque dependía
exclusivamente de la ayuda de Abel y Montané, quienes me pagaban la casa y el
carro. Fueron unas Navidades en que yo no tenía ni un centavo. Me acuerdo de
aquel burgués comprando juegos de muebles, regalos para su mujer y veinte cosas,
gastando dinero a montones, y yo no tenía ni para celebrar el Año Nuevo; es decir,
tenía lo esencial: para el carro, la gasolina, no pasaba hambre, pero no tenía ni un
centavo para celebrar las Navidades, la Nochebuena, ni para llevar nada a mi casa.
Aquel burgués me explotaba, producto de la amistad desde la escuela, porque no
me pagaba. Nunca se lo exigí, solo tenía una ayuda de Gildo y Abel que sí
cobraban por el trabajo que hacían allí. Aquellas Navidades fueron muy difíciles.

También defendí a unos trabajadores que tenían un conflicto con colonos y


propietarios de tierras, tres intereses mezclados, y lo que resolví fue el asunto de
los trabajadores a quienes les debían dinero. Convencí a los patronos para que les
pagaran, no fue un pleito legal, utilicé más bien la astucia para convencer a una de
las partes a cumplir sus compromisos. Así resolví el problema.

Para entonces ya no nos exhibíamos, no andábamos en manifestaciones;


todo lo fuimos ajusfando a la situación. Cada mes que pasaba éramos más y más
rigurosos; ya existía un grupo de cuadros formados en unos cuantos meses, gente
disciplinada, en la que se podía confiar, a la que se le decía: «A tal hora y en tal
punto», y sin falta se presentaban puntualmente. Podíamos hacerlo con seguridad
matemática.

KATIUSKA BLANCO. -Fue un proceso que se fue tornando cada vez más
serio y peligroso.

FIDEL CASTRO.-Por supuesto, el proceso se intensificó, sobre todo en la


preparación de la gente y la selección, porque ya para el plan del Moncada usé
alrededor del 10% de la gente que teníamos. Así que hice una selección, más que
de individuos, de células; las que tenían los mejores jefes, los más serios. Nosotros
movilizamos para el Moncada unos 160 hombres, y en total la organización
contaba con 1200. Puede haber habido alguna célula que vacilara, que fuera
conquistada por alguno de los grupos auténticos, porque los llevaban y les
enseñaban armas; pero lo que decidió los que iban al Moncada fue nuestro criterio
selectivo.

Lógicamente, para cumplir esta misión el número de hombres que


organizamos era más que suficiente. El problema después fue buscar armas para
160 hombres aproximadamente, para atacar dos cuarteles: el de Bayamo y el de
Santiago de Cuba. En nuestra organización no existía ni un papel, nada formal,
sino pura alma. Eran relaciones muy íntimas, muy familiares, sin ningún
formalismo, serias y sobre la base de lo que impulsaba a la gente: el deseo de
luchar contra Batista, Para obtener armas, balas y uniformes, algunos soldados nos
ayudaron; pero de forma general no acudimos a los miembros del Ejército —que
podría haber sido una opción—, porque en la Cuba de entonces los soldados y
oficiales eran profesionales, y la inmensa mayoría de ellos eran batistianos. Existían
algunos militares inconformes —gente como el gallego Fernández o [Enrique]
Borbonet—, pero nosotros no los conocíamos, y cualquier grupo de oficiales, 10, 15,
20, con que contactáramos, iba a establecer relaciones con figuras políticas como
Millo Ochoa, Agramonte, o quizás con García Bárcena. Ellos no tenían por qué
establecer relaciones conmigo si yo no figuraba entre quienes disponían de
recursos o encabezaban un partido político. Yo tenía una organización pequeña,
selecta, de hombres escogidos, una élite si se quiere; tenía una influencia en parte
de la masa ortodoxa, pero no dirigía el partido.

Por otro lado, el Ejército era batistiano y yo tenía clara la idea de crear un
ejército nuevo, había que hacer la revolución con el pueblo; todo lo cual resultó o
partió de una concepción marxista. No concebí que con un ejército como aquel se
pudiera hacer una revolución. Había que hacer una revolución con el pueblo y
crear un ejército popular. Eso no significaba no utilizar una parte del Ejército si
fuera necesario, pero ya tenía una concepción revolucionaria, no golpista, más bien
estaba por completo contra una concepción golpista. Pensaba en una revolución
popular, no en un golpe de Estado.

Además, el Ejército estaba impregnado de la demagogia de Batista y muy


apegado a él. Era una tropa profesional, beneficiada por privilegios; era su caudillo
y volvió a disponer de ellos en el golpe militar.

Antes del 10 de marzo, cuando los soldados eran explotados, yo contaba con
ellos como parte del pueblo. Pensaba en la lucha revolucionaria con la
participación de muchos soldados sumados al Movimiento; pero después del
golpe, sabía que la revolución había que hacerla sin el Ejército, y no solo sin él, sino
contra él. Para mí eso estaba muy claro.

Alguien había dicho, no sé si Mussolini, que las revoluciones se podían


hacer con el Ejército o sin el Ejército, pero nunca contra el Ejército. Y nosotros
concebimos una revolución contra el Ejército. Claro, se podía utilizar la
colaboración de una parte del Ejército, pero el Ejército estaba muy influido y,
además, vivía un momento de euforia.

Batista dio el golpe de Estado de forma aparentemente milagrosa, sin


resistencia, con un dominio total del Ejército, parecía un mago, y contaba con un
gran prestigio en el cuerpo armado. Lo que destruyó su prestigio fue nuestra
propia guerra, pero antes estaba en el cénit, en el seno de los militares, excepto una
minoría, sobre todo alguna generación nueva de oficiales, con otro sentido y
concepto de la república, de donde salieron algunos elementos conspiradores.

Pero a mí no se me ocurrió nunca la idea de un golpe de Estado ni de una


conspiración con el Ejército; además, entre nosotros, los militares solían ser
despectivos con los civiles, y, precisamente en mi concepto, la solución de los
problemas de Cuba no podía ser el cambio de un general por otro, el cambio de un
gobierno por otro; ya yo tenía una concepción marxista y conocía que había que
realizar una revolución popular que en determinadas condiciones, como la etapa
previa al 10 de marzo, podía concebirse con el apoyo de una parte del Ejército,
pero después de aquella fecha ya no era posible; de modo que no perdí ni un
minuto en conspiraciones de tipo militar.

Tenía dos ideas bien claras y de raíz marxista: revolución popular, no golpe
de Estado; otra: revolución popular, no tiranicidio. Para mí estaba bien claro ya,
como revolucionario con ideas precisas y diáfanas, que el problema no se resolvía
matando a Batista; que el problema de nuestra nación era una cuestión de sistema,
no de personas, y que había que destruir el sistema. Nunca pasó por nosotros la
idea del atentado contra Batista, algo que habría sido perfectamente posible:
interceptar con 50 hombres la caravana del presidente y liquidarlo: pero eso no era
hacer una revolución, habría sido un golpe de mano. En realidad, nosotros
necesitábamos a Batista, precisamente porque simbolizaba lo peor de aquel
sistema.

Así que ya yo estaba impregnado de una serie de ideas esenciales del


marxismo-leninismo y las aplicaba a las condiciones de Cuba.

También creo que hicimos aportes en medio de aquella situación porque, al


mismo tiempo, no nos atuvimos en la acción a una táctica rigurosamente marxista,
a un proceder ortodoxamente marxista-leninista, porque, en tal caso, habríamos
tenido que esperar a una gran crisis económica para luchar. Es decir, utilizamos
muchos de los elementos del marxismo-leninismo, pero también visión y
elementos propios, ajustados a las condiciones efectivas de Cuba.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, pienso que obraron contrariamente a


lo que se entendía entonces por una táctica marxista, cuando ser marxista en
verdad era interpretar la realidad como usted lo hizo.

FIDEL CASTRO.-Si hubiéramos tenido una actitud muy ortodoxa, copista o


rígida, habríamos podido sacar algunas conclusiones equivocadas; por ejemplo, la
idea de la necesidad de esperar una gran crisis económica para emprender la
lucha; la de esperar que todas las condiciones sociales estuvieran dadas, todas las
condiciones objetivas.

Siempre tuvimos la idea de que la revolución solo podía hacerse con las
masas, pero cómo echar a andar las masas en las condiciones de Cuba. Aquel era
un problema que teníamos que resolver. Yo afirmaba que la acción armada nuestra
iba a ser —como fue también después la lucha guerrillera— el pequeño motor que
ayudaría a arrancar el gran motor de las masas.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, entonces, ¿la toma de los cuarteles era


la acción que iniciaría una rebelión con el apoyo del pueblo?

FIDEL CASTRO.-En ningún momento podíamos concebir la toma del poder


sin las masas, la revolución sin las masas. El pequeño grupo inicial haría el papel
detonante. Lo que hicimos fue una interpretación de las ideas y principios básicos
del marxismo-leninismo. Concebimos la forma en que se podía llevar a cabo la
revolución popular en Cuba, aunque las condiciones objetivas no eran perfectas, no
eran las ideales: no existía una profunda crisis en el país, los precios del azúcar
permanecían relativamente altos, cuando Batista tomó el poder tenía 500 millones
de dólares en la reserva. Sufría el pueblo, pero no existía la crisis como cuando
Machado en los años 30 del pasado siglo xx. No era la época de las intervenciones,
era una época de relativa bonanza económica en el país.

Pero nosotros teníamos tal confianza en la capacidad y en el espíritu del


pueblo, que aun sin que se dieran las condiciones sociales o económicas ideales
para la revolución, creíamos que, a partir del patriotismo, la dignidad, las
tradiciones, la rebeldía del pueblo,

s el odio a la tiranía, podríamos movilizarlo y llevarlo victoriosamente a la


lucha; es decir, la revolución popular, la revolución para liquidar un sistema, la
revolución con el pueblo, la revolución con las masas. Eso fue importante.

Antes del 10 de marzo, cuando denunciaba la explotación de los soldados


en las fincas de los coroneles y en las de los políticos, sí estaba tratando de ganar el
apoyo de la masa militar; cuando planteé, a raíz de la muerte de Chibás, avanzar
sobre el palacio y tomarlo con la multitud, señalé que existía un momento de
desmoralización del gobierno, que el Ejército estaba neutralizado y que después
habría que resolver el problema de cómo se tomaba el control del Ejército.

Todo esto explica que no perdiera ni un minuto en conspirar con los


militares. KATIUSKA BLANCO. -Comandante, si no podían ocupar las armas de
otras organizaciones y tampoco podían contar con el Ejército, ¿cómo las
obtuvieron? FIDEL CASTRO.-Empiezo a planear la estrategia antes de que
arrestaran a García Bárcena, desde que él se puso a decirle a todo el mundo que se
estaba organizando una conspiración contra Batista y la toma de Columbia. Ya no
se podía confiar en él, entonces comenzamos a trabajar. En realidad yo fui quien
trazó la estrategia y fue aprobada por Abel y Martínez Arará, quienes formaban
conmigo el pequeño grupo que ejecutaba los planes en el terreno militar.

El resto del grupo de dirección no sabía cuál iba a ser la estrategia, se


suponía que fuera una acción armada, y ellos confiaban en que yo elaborara los
planes.

Había que resolver el problema de las armas. Yo tenía la teoría de que


nuestras armas estaban perfectamente guardadas y engrasadas en los cuarteles del
Ejército. No teníamos por qué pasar mucho trabajo comprándolas, importándolas,
moviéndonos clandestinamente, si las armas estaban casi a nuestro alcance. Lo que
teníamos que hacer era ocupárselas al Ejército. Pero para ello necesitábamos un
mínimo de armas.

Tal era la idea básica, y la estrategia que elaboramos partía de la concepción


de que era necesario hacer la lucha con el pueblo, junto al pueblo, con las masas.
No era una conspiración, no pensábamos que el problema se resolvía con una
conspiración, con un golpe de Estado, sino mediante una rebelión popular, y
nuestro rol consistía en desatarla.

Todo nuestro plan, nuestra estrategia, se ajustó a desarrollar la revolución


popular armada, y las armas había que ocupárselas al Ejército.

No planeábamos tomar Columbia porque se habría requerido un número


superior de armas y sería otra concepción. Hubiese sido la idea de tomar el poder
con un grupo de gente, y nosotros no considerábamos que un grupo de gente
podía tomar el poder. Además, desde un punto de vista práctico, se necesitaban
más armas. Con nuestros hombres bastaba, pero sí se precisaban más armas y la
tarea hubiera sido mucho más difícil, porque las fuerzas concentradas en la ciudad
eran mayores. Es decir, aun si nosotros tomábamos el cuartel principal de la
capital, habríamos tenido que combatir inmediatamente contra otras unidades
militares de la capital, mientras que el pueblo, la fuerza potencial que pensábamos
desarrollar, habría tenido poca oportunidad de participar.

También en la capital el enemigo disponía de cuantiosos recursos, mayor


espionaje, más actividad de vigilancia, comunicaciones de la policía, la motorizada;
en fin, planificar la toma de dicha fortaleza habría implicado movilizar más
recursos y, quizás, una preparación militar superior a la que habíamos podido
darles a nuestros hombres. Tal conjunto de factores desaconsejaban la idea de
tomar la fortaleza principal de la capital.
Medité mucho y llegué a la convicción de que el pueblo habría estado
dependiente de la acción de un puñado de hombres contra un Ejército profesional
que tenía tanques blindados, estaba muy fuertemente armado y disponía de la
aviación. Las posibilidades de realizar con éxito dicha acción eran muy pocas, no
se ajustaban en absoluto a la concepción nuestra.

Con menos recursos y menos hombres podíamos garantizar mejor la


sorpresa total al tomar una fortaleza en el extremo oriental del país. Esto se
adaptaba también a la idea de las tradiciones de las provincias orientales de la
lucha por la independencia, a la topografía del terreno en Oriente, la distancia —a
1000 kilómetros de la capital—. Tomar allí la fortaleza, significaba dominar
inmediatamente la ciudad, mientras que las otras unidades militares no tendrían
posibilidad de resistencia.

Además, podíamos rendir muchas pequeñas unidades subordinadas al


regimiento de Oriente; pensábamos neutralizarlas rápidamente, llamar al pueblo,
armarlo y organizarlo. Teníamos mucho más tiempo para incorporar a la población
al levantamiento, partiendo de una premisa, de un estado anímico de la población;
habríamos dispuesto, por lo menos, de 24 horas para incorporarla y armarla. De
esto estaba absolutamente seguro. Contaba con los estudiantes, los obreros, la
población, los ortodoxos de Santiago de Cuba. Toda aquella gente, cuando la
fortaleza hubiera sido tomada, habría ido en masa para allí. Yo tenía muy presente
lo ocurrido el 10 de marzo, cuando el pueblo respaldó a la guarnición del Moncada
mientras esta no se sumó al golpe de Estado, y fue la última en hacerlo.

Yo conocía bien a la población santiaguera y las características de la


población oriental, gente de tradiciones combativas, muy rebelde; aparte de que
pensaba contar inmediatamente con algunas figuras políticas con prestigio. No les
había hablado, pero estaba seguro de que tan pronto tomáramos la fortaleza, nos
apoyarían.

Calculaba que en Santiago de Cuba, Batista necesitaba alrededor de 24 horas


para poder contraatacar, aparte de que era en todo el país el objetivo importante
más pequeño, más al alcance de nuestras fuerzas. Columbia era una fortaleza
demasiado grande, tenía unidades de infantería, de artillería, de tanques. Ocuparla
físicamente era mucho más difícil, se necesitaba gente más preparada; mientras
que la toma de la fortaleza de Santiago de Cuba resultaba mucho más simple, más
sencilla, también mucho más segura, y al tener que movilizar un número menor de
hombres y de recursos, la sorpresa sería más efectiva.
Nuestra idea básica, desde el primer momento, era tomar la fortaleza y
hacer prisionera a la guarnición, la íbamos a capturar dormida, anticipábamos que
no era necesario tirar mucho, porque no podría defenderse. En esencia, queríamos
hacer prisionera a la guarnición y ocupar las armas. Yo tenía calculado, además,
que podía presentarse la aviación y atacar la fortaleza; entonces, el plan original
era, después de tomar la fortaleza, evacuarla, situar las armas en los principales
edificios de la ciudad, no en unidades militares, así el enemigo no conocería dónde
estaban; de manera que si había un contraataque de la aviación, que podía llegar
rápidamente, atacarían una fortaleza vacía.

Pero era imprescindible un mínimo de armas para lograr nuestro objetivo,


entonces elaboramos un plan que salió perfecto.

Me percaté de que Batista, preocupado por los arsenales que los auténticos
traían de Estados Unidos, como armas de guerra, no prestó atención a las armerías.
No lo hizo él ni nadie de su gobierno. Las armerías tenían escopetas de caza, fusiles
22 y escopetas de cacería calibres 16, 12 y 22. Aquí siempre fue una tradición el
control de armas, no era como en Estados Unidos. Si hubiéramos estado en un país
como Estados Unidos habría sido una maravilla porque allí existe el mercado libre
de armas. En Cuba no, aquí perseguían una pistola como un arma peligrosa;
perseguían un rifle calibre 30.06, un fusil Garand. Una carabina M-l era algo así
como una terrible arma de guerra. Era tal tipo de armamento el que preocupaba a
Batista, al Ejército, a los cuerpos represivos, a la policía, a todo el mundo; pero
nadie hacía caso a las escopetas aquellas que vendían los armeros bajo regulación.
Se necesitaba permiso, licencia; si alguien se presentaba como revolucionario en
una armería, nadie le vendía un arma, y mucho menos si resultaba sospechoso.

Existían varias armerías en la capital y también una en Santiago de Cuba.


Yo, sin embargo, conocía aquellas armas. Cuando era joven, siendo adolescente,
había aprendido a manejarlas en mi casa y sabía lo que se podía hacer con ellas.

Recordaba, porque ya eso lo había probado, que un fusil 22 podía matar un


toro, si usted le da en el medio de la testa. Había cazado con las escopetas allá en
Birán. Sabía lo que podía hacer una escopeta calibre 12 automática porque en mi
casa existía una. Una escopeta automática con nueve balines es un arma mortífera;
incluso, a veces vendían armas con esos balines para cazar venados, puercos
jíbaros; para tal propósito se vendían las escopetas. No eran miles de escopetas,
pero en Cuba había algunos cientos de escopetas de ese tipo.

El tiro era un deporte en Cuba. Existían los clubes de tiro, donde se usaban
escopetas de tiro al pichón, de tiro a las palomas, como les decían. Muchos
burgueses disponían de ellas y las usaban en los clubes de tiro. Era un deporte
propio de la gente de dinero. Cazaban palomas, patos, iban a los campos de tiro...
Incluso, los fusiles 22 que estaban en algunos lugares de tiro al blanco, se usaban
en ese deporte.

Nadie pensó en aquello, pero yo conocía que esas armas podían cumplir
una misión de guerra en determinadas circunstancias, por ejemplo, para tomar un
cuartel grande, no para la lucha en campo abierto, para lo cual no son las ideales;
incluso, pueden ser efectivas en el bosque y muchas veces, en la guerra de
guerrillas, nuestros hombres estaban armados con ellas. Es decir, me di cuenta de
que las armas estaban en las armerías, el mínimo de las que necesitábamos.

Definí dos programas: buscar dinero y comprar armas. El Movimiento


crecía y nosotros buscábamos recursos. Conversamos con varios líderes políticos
del propio Partido Ortodoxo y solicitamos fondos a determinada gente; algunos
nos daban 100 pesos, 200 pesos, así, muy pequeñas cantidades. Fue lo que obligó a
los compañeros a hacer sacrificios muy grandes —los detallé en La historia me
absolverá—. Vendieron instrumentos y puestos de trabajo, carros, de todo; pero
aún así, en realidad aquellos fondos no alcanzaban, no eran suficientes. Habríamos
necesitado alrededor de 20 000 pesos para comprar todas las armas y municiones,
alquilar algunas casas, algunas fincas.

Siempre destacamos el rol de un compañero: Ernesto Tizol, un muchacho


joven que tenía una pequeña granjita de producir pollos. Estaba casado con una
hermana de Martínez Arará y militaba en el Movimiento. Era un muchacho alto,
delgado, rubio; muy sereno, muy flemático, que, además, poseía un pequeño
negocio. Vivía en las afueras de La Habana y allí tenía una cría de pollos. Siempre
andaba vestido como un burgués, con unas botas altas. Tizol nos prestó servicios
muy importantes para adquirir el grueso de las armas. Lo hicimos socio de un club
de tiro, sacó la licencia, todo absolutamente legal, y lo enviamos a hacer contactos.
Tenía un tipo de inglés, de burgués, de hombre de negocios, que nadie podía
sospechar que fuera un revolucionario. Situaciones como la que vivíamos
indiscutiblemente aguzaban el ingenio.

También le abrimos su cuenta de cheques en el banco. Nosotros teníamos


varias cuentas, con poco dinero, pero varias cuentas de cheques. A veces [Renato]
Guitart compraba un viernes un arma en Santiago —cuando aparecía una—, y
entonces le decíamos: «Cómprala y págala con un cheque». Y entre el viernes y el
lunes teníamos que buscar el dinero para depositarlo en el banco.
Con Tizol visitamos varias armerías. Él tenía licencia, todo en regla, legal,
miembro de un club de tiro... y, claro, él trataba con comerciantes y a ellos les
interesaba vender. Entonces, Tizol fue creando una leyenda de hombre de negocios
que estaba por Pinar del Río, que tenía amigos ganaderos, industriales, y así
compró el primer fusil, una escopeta automática, en una armería, después en otra,
luego en otra. Si una escopeta valía 100 pesos, le dábamos 80, y cuando iba a
comprar la escopeta sacaba la cartera, ponía los 80 pesos y firmaba un cheque.

Tizol iba y venía, compraba; fue haciéndoles creer a los dueños de las
armerías —eran tres o cuatro armerías, fundamentalmente—, en un período de
meses, que él también se ganaba una pequeña comisión cuando compraba una
escopeta, porque la compraba para un amigo, hasta pedía rebajas: «Tengo unos
amigos allá en Pinar del Río, en tal lugar», decía. Después Tizol iba y pagaba el
70% en efectivo, y el 30% en cheque. Así se fue ganando la confianza de aquellos
armeros, porque llegaba y pagaba con cheque. Pero no compró muchas armas,
unas pocas, porque además, también debíamos adquirir los uniformes, hacer
distintos tipos de gastos, y el esfuerzo que hacían los compañeros no era suficiente.

Creo que lo mejor fue haber hecho un plan con muchos meses de
anticipación, en virtud del cual, al final, compramos a crédito la mayor parte de las
armas, así fue.

La mayor parte de las armas que compramos en las armerías las adquirimos
el viernes 24 de julio, 36 horas antes de la acción, es decir, las dos terceras partes de
las 160 armas.

El trabajo de Tizol fue perfecto. Claro, ya él llevaba a otros que lo ayudaban,


y siguió haciendo el papel de hombre rico durante meses. Se iban movilizando
determinados recursos; pudimos comprar, digamos, un tercio de las armas. Como
todo se organizó entre la tarde del viernes 24 y la madrugada del sábado, al otro
día, nosotros trasladamos dos tercios de las armas desde La Habana hasta Santiago
de Cuba. ¡Increíble!, y fue una por una.

Los armeros ya se habían convertido en socios de Tizol, y estaban


totalmente encantados con las ganancias y la seriedad de aquellas operaciones.
Nosotros, realmente, la idea que teníamos era restituir aquel dinero el propio
lunes, cuando tomáramos la fortaleza. En nuestra idea no estaba dejar sin pagar las
armas; le exigiríamos un préstamo a los bancos en Santiago de Cuba después que
tomáramos la fortaleza, porque no queríamos engañar, es decir, no queríamos
dañar a aquella gente.
Entonces, ¿qué se hizo? El último día, ese viernes, se pagó el 20% en efectivo
y se entregó un cheque por el 80% del valor de las armas. Así, el viernes 24, en las
armerías de La Habana y Santiago de Cuba, compramos decenas de armas. Fue un
trabajo organizado durante meses.

Realmente la clave de dicha operación fue Tizol. Además, él sirvió de


contacto con los clubes de tiro en la capital, porque habíamos hecho lo mismo que
en las armerías. Inscribimos a una serie de compañeros en los clubes de tiro, y los
últimos entrenamientos se hicieron allí —la gente nuestra aprendió a tirar con las
escopetas al platillo, rompían los platillos en el aire como los tiradores olímpicos—.
La gente aprendió a tirar bien.

KATIUSKA BLANCO. -Así fue como usted y otros moncadistas, en 1953,


entrenaron —sin saberlo— con las escopetas usadas por el escritor norteamericano
Ernest Hemingway. En el año 2007, el diario Juventud Rebelde publicó el
testimonio de Fernando Silvano Pérez, quien tuvo a su cargo las armas de caza del
escritor en el Club de Cazadores del Cerro y lo menciona a usted, a Abel, Pedrito
Miret, Oscar Alcalde y otros. Él respondía por el préstamo de las armas y estaba
autorizado para utilizar las que entendiera.

Fernando Silvano Pérez también cuenta que algunos de ustedes le pidieron


que no anotara sus nombres si los conocía y que así lo hizo. Dijo que usted tiraba
con cualquier escopeta, pero que él le daba la preferida por Hemingway, la que él
llamaba «la yegua»: una calibre 12 de dos cañones que «era un trueno». El hombre
aseguró que usted sabía más de armas que él, pero usted se conformaba con la que
le pusiera en las manos.

En la entrevista, concedida al periodista Luis Hernández Serrano, Fernando


Silvano también le comentó que les prestaba unas escopetas de dos cañones, con
uno abajo y otro arriba, reconocidas como las famosas over-under.

FIDEL CASTRO.-Sí, leí esa entrevista ¡Qué coincidencia! ¿Verdad? ¡Quién lo


habría imaginado entonces! Además, en todos los clubes de tiro y dondequiera que
existía un tiro al blanco, allí entrenábamos a la gente con fusiles; no fue solo en
algunos lugares en el campo. La gente iba a todos los centros de tiro, como un
ciudadano más, a tirar.

Batista, su policía, su Ejército, todo el mundo permanecía encantado de la


vida, confiado en su poder; mientras, un grupo, aprovechando todas aquellas
posibilidades, entrenaba. Y tiraba excelentemente bien la gente nuestra. Les
pudimos dar una buena preparación.

Excepto algunas pistolas aisladas, otras armas de Birán y las que tenía
Pedrito Miret para el entrenamiento en seco de nuestras fuerzas, todas las demás
armas las compramos en las armerías. Y el entrenamiento básico se lo dimos a los
hombres en los centros de tiro de una manera legal, incluso, utilizando el crédito.

Creo que el plan y el programa mediante el cual adquirimos las armas en las
armerías fue una de las cosas más perfectas que hicimos. Se concibió con meses de
anticipación, cuando nos dimos cuenta de que no íbamos a reunir los fondos
imprescindibles por mucho que nos esforzáramos.

Hasta última hora, hasta el día 24 de julio, no habíamos comprado todavía


la mayor parte de las armas. Claro, no fueron todas, diría que un 30% de las armas
las habíamos comprado y enviado antes; pero el grueso llegó en la tarde y en la
noche del sábado 25 de julio a Santiago de Cuba. Todo salió estupendamente bien,
perfecto.

05

Traslado de las armas, recuerdos de Raúl, Renato Guitart, los elegidos,


planear las acciones, plano del cuartel, detalles, secreto, viajar de La Habana a
Santiago, Teodulio Mitchell, la vida para la Revolución.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, en julio de 2003 Raúl me contó cómo


José Luis Tassende fue quien le avisó de la hora cero. Tassende lo llamó a las 8:00
de la noche del viernes 24 de julio [de 1953] y sin referirse a nada más, le pidió que
se reunieran en el punto L (casa de Léster, en las proximidades de la Universidad),
donde recogieron el último cargamento de armas para dirigirse después a la
estación de ferrocarril y tomar el tren central rumbo a Oriente. Llevaban las
maletas cargadas con escopetas desarmadas. Él me aseguró que en aquel
momento, incluyéndolo a él, se reunieron en la estación de trenes 18 combatientes,
claro, otros compañeros hicieron el mismo audaz trayecto, pero en otros
momentos. Creo que algunos llegaron a Santiago aquel mismo viernes. Raúl y sus
acompañantes arribaron a la ciudad capital de Oriente el sábado 25 de julio. En un
diario, escrito en el presidio de Isla de Pinos en 1954 y luego publicado en la revista
Bohemia en el año 1963, él anotó: «Nada dormimos en el viaje; el alba de aquel
sábado caluroso se presentaba con esa tranquilidad que precede a los grandes
acontecimientos. En realidad, era un amanecer como otro cualquiera, pero a mí se
me ocurrió pensar que ese era diferente». Parece una novela el relato de Raúl.
Comandante, ¿cómo fue que organizaron el traslado de las armas? ¿Reclutaron
hombres allá en Santiago de Cuba?

FIDEL CASTRO.-Solo recluíamos a un hombre en Santiago de Cuba: Renato


Guitart; lo conocimos en enero de 1953 a través de Pedrito Miret. No queríamos
adherir gente de allí para no levantar la más mínima sospecha, para que no
existiera ninguna organización, para evitar el menor riesgo de filtración acerca de
las actividades que realizábamos. El plan se concibió sobre la base de no reclutar a
nadie allí antes del 26 del julio, la idea era trasladar nuestras fuerzas. Había que
extremar las medidas de precaución. El movimiento había sido organizado en la
capital, en Santiago estaba todo tranquilo. Me pareció que si reclutábamos 20, 30 ó
40 hombres allá, corríamos el peligro de que se levantaran sospechas en relación
con la acción armada. Solo contamos con Renato, quien realizó un excelente
trabajo. Con él pasó como con Miret, era un muchacho muy activo, muy entusiasta
y lo conquistamos. Él fue la clave en Santiago de Cuba, incluso, compró algunas
armas allí.

Cuando se aproximaba el momento, enviamos a Abel para Santiago como


responsable de una granja de pollos en Siboney. Según su cobertura, Abel era
también un burgués, un comerciante que había establecido una granja avícola en
las afueras de Santiago de Cuba. Debía recepcionar las armas y reservar las
habitaciones en los hoteles y casas de huéspedes para 120 personas. Algunos
fueron directo, pero llegaron a distintas horas, en ómnibus, en tren, y había que
garantizarles el hospedaje. Abel y Renato hicieron un brillante trabajo; fueron los
que prepararon la recepción del personal, recibieron las armas, poco a poco
primero, y el último día, el 25 de julio, la gran cantidad de armas.

A la distancia de 1000 kilómetros, nosotros pudimos sincronizar las


acciones. La llegada de los hombres y las armas se produjo unas horas antes del
ataque, ¡a 1000 kilómetros de distancia! ¡Qué tarea! Fue verdaderamente
asombroso hacerlo en la clandestinidad, pese a todos los confidentes, los policías y
la vigilancia de Batista. Fue una misión realmente dura y arriesgada. Así que el
entrenamiento de la gente, la adquisición de las armas, su traslado, la
transportación de los compañeros, todo lo que parecía muy difícil, salió perfecto.
Ya disponíamos de un grupo que funcionaba como un reloj, gente muy consagrada
a la lucha.

En toda la historia de la Revolución las tareas más complejas que resolvimos


fueron las que precedieron al 26 de julio, porque aquí todos los intentos
revolucionarios se descubrían apenas empezaban. Nosotros mismos tuvimos
dificultades al principio para tener un mimeógrafo, una estación de radio y para
imprimir un periódico. Aprendimos rápido. Adoptamos las medidas para hacer
todo aquel enorme movimiento en absoluto secreto. Desde luego, la gente iba
dispuesta a cumplir su misión,pero nadie sabía cuál era: «Usted va a tal punto,
aquí tiene los pasajes». «Usted llega a tal punto, lo esperan en tal lugar», y la gente
cumplía su parte disciplinadamente.

KATIUSKA BLANCO. -No logro imaginarme cómo consiguieron trasladar


todas aquellas armas sin levantar sospechas. ¡Qué intrepidez! ¡Qué aplomo! Parece
algo de películas.

FIDEL CASTRO.-En aquel traslado de armas trabajaron varios compañeros.


Melba y Yeyé —así le decíamos a Haydée Santamaría, hermana de Abel—
desempeñaron un papel muy importante en la misión, porque en cada una de
aquellas maletas que llevaban como si fuera su equipaje iban cinco escopetas, seis
escopetas, y pesaban. Creo que fue Yeyé la que le pidió ayuda a un soldado y el
hombre ayudó a cargar la maleta. Nuestra gente era así, en general muy temeraria.
Eran compañeros escogidos porque yo observaba mucho sus cualidades. Pienso
que, además, lo importante era el jefe de la célula; cuando era bueno, la célula era
buena. Entonces, observando siempre quiénes eran los más firmes, los más
entusiastas, los más preparados, los que tiraban mejor, los más deseosos, se hizo la
selección de los mejores. Había otras células donde sus miembros no tenían la
misma fe, la misma confianza, y otras que a veces hacían contacto con otras
organizaciones. Claro, a los que fuimos seleccionando les dimos un entrenamiento
más intenso. No mandamos a los 1200 a tirar en los campos de tiro, sino a la gente
más rigurosa. Aquellos hombres se acostumbraron a moverse sin preguntar a
dónde iban. Las medidas se adoptaron teniendo en cuenta que alguien podía
infiltrarse entre nosotros. Eran medidas en verdad muy estrictas. Nuestros
compañeros estaban acostumbrados a estar siempre listos para entrar en acción y
se les había comunicado que no sabrían ni la hora ni el lugar, sencillamente tenían
que moverse disciplinadamente hacia donde se les indicara.

Así logramos seleccionar a los mejores; más bien por las células que por los
hombres. Siempre le decíamos al jefe de célula-. «Si tú notas que algún hombre no
está muy firme, por las razones que sea, lo descuentas, no lo movilices». Y
seleccionamos a los jefes mediante averiguaciones que se hacían con los propios
miembros de cada célula, en relación con la actitud del jefe.

Entre los elegidos muy pocos eran estudiantes porque yo conocía a estos
muy bien. Sabía que eran entusiastas, hacían manifestaciones y luchaban siempre;
pero, en general, no se caracterizaban entonces por la modestia del obrero y del
campesino cubano. Nuestra Universidad era una Universidad pequeñoburguesa.
El estudiantado siempre fue muy rebelde y muy valiente, pero menos disciplinado,
menos adaptable a la disciplina del obrero y del campesino. Era una característica
muy peculiar del estudiante. Además, por los problemas que había en la
Universidad de La Habana entonces, yo no quería reclutarlos. Consideraba que
principalmente los estudiantes tenían menos cualidades de soldado, menos
disciplina. Al trabajador, al obrero, al campesino, la vida los obligaba a ser más
disciplinados y eran entonces, generalmente, de extracción más humilde, más
proletaria que el estudiante que tenía muy buenas cualidades para la lucha:
rebelde, valiente, desafiante a la policía en una manifestación, pero no era muy
susceptible al tipo de disciplina que nosotros requeríamos. El estudiante era un
poco más intelectual y el otro un poco más proletario; es la verdad. Yo me
percataba de la diferencia entre los hombres, las características de cada grupo y
tenía todo en cuenta a la hora de seleccionar.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, ¿y cómo concibieron tomar el cuartel?


¿Es cierto que pensaban retrasmitir por la radio durante las primeras horas el
discurso El último aldabonazo de Chibás?

FIDEL CASTRO.-La idea era tomar la fortaleza vestidos con el uniforme


militar del Ejército, para crear la confusión, para que no supieran quiénes eran los
que atacaban, para producir el caos y la confusión más absoluta. íbamos a usar el
uniforme con la insignia de sargento, porque producía cierta influencia en los
soldados y, además, porque inicialmente no íbamos a decir que se trataba de un
movimiento de civiles; precisamente para crear la confusión en las filas militares.
íbamos a decir que era un movimiento de sargentos dentro del Ejército. Existía un
antecedente en el movimiento del que emergió el propio Batista en el año 1933. De
manera que no habría parecido nada insólito, nada extraño, sino algo ya
acontecido en otro tiempo.

Pensaba capturar a un grupo de sargentos verdaderos dentro de la fortaleza


e, incluso, hacerlos suscribir algunas declaraciones como si fueran parte del
Movimiento, con el propósito de provocar un efecto paralizante en todo el Ejército
y ganar un número de horas. Entonces, todo tendría lugar en los primeros
momentos: llamar a las guarniciones subordinadas al regimiento y decirles que los
sargentos tomaran el mando del cuartel. Al inicio haríamos silencio, pero luego, de
inmediato, nos pondríamos en contacto con las figuras políticas de Santiago de
Cuba y con todo el mundo.

Nacionalmente no íbamos a empezar haciendo discursos, sino que, aquel


día, en determinado momento, trasmitiríamos por las estaciones de radio el
discurso de Chibás en su propia voz; de manera que no se iban a dar noticias por
las emisoras de radio, sino que iban a empezar a repetir el discurso todo el tiempo
como un mensaje a la población. Cuando comenzaran a circular los rumores por el
hecho de que estuviera saliendo aquel discurso —el que mencionas, claro, el de El
último aldabonazo del líder ortodoxo— por las emisoras radiales, sin dar noticias,
sería como un mensaje al pueblo de que se estaba produciendo una revolución
popular, organizada y dirigida por hombres del Partido Ortodoxo.

Es decir: primero, la confusión dentro del Ejército; después, un mensaje a la


población en el que se comunicaba indirectamente que algunos acontecimientos
muy importantes estaban teniendo lugar, sin saber cuáles eran. Todo esto
permitiría ganar tiempo para reunir a la población y evacuar el cuartel. Luego, le
hablaríamos al pueblo ante la toma de la fortaleza de Santiago para provocar el
levantamiento de la ciudad, y llamaríamos a la huelga general y a la promulgación
por decreto de una serie de leyes revolucionarias, que después planteé en La
historia me absolverá. Es decir, sería un movimiento que significaba una
revolución popular, que iba a llamar al pueblo entero a sumarse. Todo lo anterior
conjugado podía liquidar al régimen de Batista.

Estoy seguro de que existía la posibilidad de que paralizáramos el país,


¡estoy seguro de que podíamos detener el país! Los hechos habrían sido de tal
impacto que el país se habría conmovido, se habría paralizado.

Ahora, desde el punto de vista militar, esperaba la peor variante: que


tomáramos la fortaleza, ocupáramos todas las armas y tuviéramos que soportar un
contraataque de las fuerzas de Batista. Entonces resistiríamos por las dos vías
principales de comunicación con Oriente, por las que podían enviar tropas: la
Carretera Central y el ferrocarril. No existía ninguna otra. Por aire no podían
llegar, porque el aeropuerto lo obstaculizaríamos.

Nosotros pensábamos librar la resistencia en el río Cauto, bien atrás, a 200


kilómetros de Santiago por la Carretera Central. Ideamos volar el puente de la
Carretera Central sobre el río Cauto, en el tramo del Cauto a Holguín. Y en
Santiago de Cuba, a varios kilómetros de la ciudad, en la zona de San Luis y en
algunos puntos estratégicos, resistiríamos el contraataque por ferrocarril. Si las
cosas no salían como nosotros pensábamos, organizaríamos la resistencia en el
ferrocarril central y en la Carretera Central, dos puntos estratégicos, dos puntos
claves, dos puntos importantes; los dos únicos puntos por donde podían llegar las
tropas. Así daríamos tiempo al desarrollo del movimiento en la ciudad en los días
siguientes, de manera que les impidiera tomarla. Tendríamos armas de guerra
ocupadas al Ejército para organizar la resistencia en muchos lugares.

La otra variante era que en caso de que fuera imposible destruir el


contraataque ni sostener la ciudad, saldríamos hacia la Sierra Maestra con 2000 ó
3000 hombres para llevar a cabo allí la guerra irregular, con las armas ocupadas y
los hombres que nos siguieran. Nosotros calculábamos tomar de 2000 a 3000
armas. ¡Habría sido una fuerza tremenda empezar la guerra irregular en la Sierra
Maestra con todas aquellas armas!

Pienso que la historia probó después que las premisas eran absolutamente
correctas. Fue justo lo que hicimos algunos años más tarde, en un orden inverso y
en unas circunstancias más difíciles, porque nosotros después del desembarco del
Granma, reanudamos la lucha en la Sierra Maestra con siete fusiles y siete
hombres. Antes, incluso, yo me quedé solo, éramos tres hombres y dos fusiles. Así
que lo que habríamos hecho después del Moncada con 2000 ó 3000 hombres,
tuvimos que iniciarlo con siete hombres y siete armas. No hay comparación
posible.

KATIUSKA BLANCO. -El plan era prácticamente perfecto, Comandante.


Siempre recuerdo algo que usted escribió después desde la cárcel: «Para mí el
momento más feliz de 1953, de toda mi vida, fue aquel en que volaba hacia el
combate, como fue el más duro cuando tuve que afrontar la tremenda adversidad
de la derrota...». ¿Podría contar en detalle cómo ocurrieron los hechos? ¿Qué
determinó que no fuera posible el factor sorpresa? ¿Qué no resultó?

FIDEL CASTRO.-A medida que avanzaban los preparativos íbamos creando


todas las condiciones. Teníamos a la gente lista, las armas, entonces comenzamos a
pensar en qué fecha haríamos la acción. Lo decidimos cuatro o cinco semanas
antes, queríamos que fuera lo más rápido posible porque si el tiempo se dilataba,
aumentaban los riesgos de que se descubriera el plan. En aquel período ya
estábamos camuflados, muy camuflados en la oficina de Juanito Sosa, el batistiano.
Por entonces nosotros no hacíamos manifestaciones como la del 28 de enero ni
acción alguna que pudiera ponernos en conflicto con la policía, con la fuerza
represiva. El día exacto estuvo determinado por el grado de avance de los
preparativos.

Recuerdo que para la selección de la fecha tuvimos en cuenta el carnaval,


pues teníamos que hacer una movilización grande para alquilar los cuartos,
garantizar todo sin levantar sospechas, y en aquellos días los festejos tradicionales
acaparaban la atención de las autoridades.

Como aquel fue el factor determinante, nos pareció la fecha perfecta. Pudo
decidirse el día exacto que tendría lugar la acción cuatro semanas antes, cinco, seis,
quizás; incluso, desde antes trabajábamos para dicho día. Cumplimos la fecha
exacta en que planeamos el Moncada, y así fue también cuando el Granma;
incluso, la fecha exacta en que tomamos Santiago de Cuba fue la prevista con
anterioridad. Recuerdo una carta que le mandé a [Juan] Almeida [Bosque] cuando
se organizaba la última ofensiva de Batista contra la Sierra. Le dije: «Alrededor del
1° de enero estaremos en Santiago de Cuba». Claro, no fue una fecha señalada, fue
un cálculo; pero la fecha del Moncada y la del Granma las escogimos unas cuantas
semanas antes, y las cumplimos. Hasta ahora tenemos un buen récord en cumplir
los planes revolucionarios en la fecha exacta. KATIUSKA BLANCO. -Comandante,
no olvido nunca lo que escribió desde el presidio al padre de Renato Guitart:
«...usted tiene [...] sobradas razones para poder estar eternamente orgulloso de él.
Un deseo formulo para Cuba desde lo íntimo de mi alma: que tenga siempre
hombres como usted y como él». «¿Fue Renato quien facilitó el plano del Moncada
y se arriesgó durante meses haciendo las observaciones hacia la fortaleza militar?

FIDEL CASTRO.-Sí. Nosotros estudiamos detalladamente el plano físico del


cuartel, facilitado por Guitart y sus observaciones: cómo eran las postas, cómo era
la entrada, cómo era todo a grandes rasgos. No era muy minucioso; lo que nos
interesaba era dónde estaba el puesto de mando, dónde las armerías, dónde los
dormitorios; es decir, no necesitábamos un plano exacto. Guitart fue el que reunió
la mayor información porque Abel, aunque también aportó datos, no vigilaba todo
el tiempo para no despertar sospechas. No podíamos utilizar a mucha gente, por lo
que nos guiamos por la información, por la observación; toda la distribución podía
verse desde el hospital, desde algunos edificios altos, desde la audiencia.
Conocíamos lo esencial para la operación y ello nos lo puso en las manos Renato.
Cumplió con su trabajo con una discreción absoluta, fue fiel a la confianza que
depositamos en él hasta el final.

Yo recorrí los alrededores durante los preparativos, muchas semanas antes


de la acción. Di la vuelta, analicé las distintas direcciones porque sabía que tenía
que concentrar a la gente en un punto, debía definirlo: ¿en la dirección de El Cobre
para venir de la Carretera Central, en la dirección de El Caney, en la dirección del
Morro, en cinco o seis direcciones diferentes? Escogí la dirección que veía más
directa, con menos tránsito, menos tiempo dentro de la ciudad, es decir, menos
tramo a recorrer. Elegí la más próxima a la salida de la ciudad, en un lugar donde
fuera más fácil realizar el camuflaje de la granja. Estudié los distintos puntos, y en
tal dirección vi que existían lugares adonde se llegaba más rápido, y había más
posibilidades para alquilar casas, casas de vacaciones, porque era una dirección
que iba a la playa. Parecía más discreto, más fácil para llevar a la gente de noche y
concentrarla y, además, para salir al amanecer.

Aquellos lugares los estudié y escogimos, sin duda, el mejor: con la carretera
que llegaba por el campo y desembocaba en la ciudad, cinco o seis cuadras antes
de llegar al cuartel, para atacarlo por un flanco.

No podía meterme dentro del cuartel ni pararme por el edificio aledaño


porque era relativamente bien conocido. Si me veían mirando para un cuartel iban
a descubrir los planes. ¡Valga que no hice la exploración personalmente! Estudié
los alrededores; además, conocía la ciudad. Entonces, tratamos de buscar una finca
en la dirección que venía de las playas, adonde iba la gente de Santiago: la playa de
Siboney y otras playas.

Por entonces existía un camino que llevaba a la Gran Piedra. De todos los
lugares de Santiago de Cuba era el más disimulado, el lugar perfecto.

En Santiago estaba todo arreglado. En La Habana conseguimos una parte de


las armas en las armerías, cuya mera existencia hizo posible que las adquiriéramos.
También por aquellos días reunimos el resto de los uniformes para enviar a
Santiago. Algunos se confeccionaron por nosotros en casa de Melba y otros los
compramos. También logramos adquirir muchos con algunos militares de baja
graduación. Con ellos también nos hicimos de gorras, galones de sargento e,
incluso, algunas armas; todo dentro de la estratagema preparada para tomar el
cuartel y crear la confusión en las filas del Ejército.

Desplegamos un trabajo febril. En los últimos días de la semana y durante el


propio fin de semana acabamos de adquirir todas las armas, y remitir hasta
Santiago de Cuba el grueso del cargamento por distintas vías y distintos lugares. El
plan era enviarlas todas a Santiago de Cuba.

En el más absoluto secreto seleccionamos a los combatientes y dimos


instrucciones a los jefes de células que iban a participar y organizar la movilización
desde La Habana hasta Santiago de Cuba. Tuvimos que alquilar alrededor de 20
automóviles en que viajarían varios grupos. Lo hicimos en La Habana también por
medio de créditos. Disponíamos de cuadros preparados que establecieron
relaciones con las casas que arrendaban automóviles; y, claro, padecíamos la
misma escasez de recursos que para la adquisición de las armas.

Todos los carros que participaron fueron de La Habana para allá,


arrendados. Cada célula en un carro; algunas de mucha confianza las enviamos
por ómnibus, otras las mandamos por ferrocarril y el grueso lo enviamos por
carretera. Se seleccionaron los hombres, los choferes. Un grupito muy pequeño
organizaba todo: la hora exacta en que tenían que recoger a los combatientes y la
hora exacta de donde tenían que salir, los puntos específicos donde tenían que
llegar, los lugares precisos, quién los recibía. Ellos no sabían que aquel era el día de
la acción final porque los movilizamos muchas veces; se habían educado en la
disciplina de que no se sabría cuál sería el día de la acción final ni dónde sería.
Ellos nunca vieron un arma, nunca vieron un almacén de armas, como hacían los
auténticos; pero tenían confianza, tenían fe en que lo que se hacía era correcto,
serio, aunque nunca se utilizó el ardid de enseñarles 20 armas juntas. Nosotros
logramos reunir armas y 160 hombres casi de la nada para las acciones de Bayamo
y Santiago de Cuba.

Recuerdo un día duro, relativamente tenso, tuve que soportar algunas cosas.
Fue unas semanas antes del Moncada. Iba en mi carro por la calle Reina... Aquel
carro caminó 40000 kilómetros antes del 10 de marzo y en el período del 10 de
marzo a unos días previos al 26 de julio, otros 40000 kilómetros; le dio la vuelta al
mundo, más o menos, por las distancias que recorrí mientras organizaba el
Movimiento y lo del Moncada. El plan estaba muy adelantado, todo marchaba a la
perfección, cuando, por alguna razón del tránsito, doblé sin hacer la seña a un
oficial de la policía que estaba cerca y el policía dobló detrás de mí y me siguió.
Dos cuadras más adelante paré, me comporté como cualquier otro ciudadano, el
policía me manoteó, me dio algunos golpes, casi me abofeteó, y yo con una sangre
fría tremenda le dije: «Perdóneme, señor policía. No quise ofenderle, no se altere;
excúseme, señor». El policía furioso, era un oficial, estaba ofendido por una bobería
del tránsito. Le aguanté todo aquello diciendo para mis adentros: «No se preocupe,
no tardará mucho tiempo antes de que pueda responderles».

En otra ocasión íbamos por Boyeros y una perseguidora nos hizo señas para
que nos detuviéramos; no recuerdo en qué misión estábamos. íbamos en un carro
de los alquilados porque ya el mío se había fundido. El caso es que nos dieron la
orden de detener la marcha para investigarnos, no sabíamos el motivo por el cual
nos dieron el alto, no teníamos armas, siempre anduvimos desarmados;
precisamente para no levantar sospechas. ¿Qué sería aquello? ¿Habrían
descubierto algo? ¿Iban a arrestarme? Fue un momento tenso. Bien, nos
identificamos, nos hicieron unas observaciones, verificaron algunas cuestiones y
nos dijeron: «¡Sigan!». Faltaban horas para la acción del Moncada, era
verdaderamente muy extraño todo aquello, casi culminaba el plan previo al asalto.
Aquel viernes 24 de julio fue decisivo.

Personalmente vi a los cuadros que se trasladarían, indiqué lo que cada uno


de ellos debía hacer, di todas las instrucciones. Casi fui el último en salir, o al
menos estuve entre los últimos.

Los carros se movieron por la Carretera Central con las insignias del partido
de Batista y las banderitas del 10 de marzo. A muchos batistianos les gustaba poner
la banderita del 10 de marzo y calcomanías alegóricas a Batista en los carros, y
todos los nuestros las llevaban. Como era gente desconocida y tenía que recorrer
una ruta de más de 1000 kilómetros, para cualquier incidente del tránsito,
cualquier imprevisto, era una gran ayuda tener los letreritos, la bandera del 4 de
septiembre, la bandera y las consignas de Batista en el carro.

Bueno, se tomaron todas las medidas. Se determinó el momento en que se


moverían, dónde podían bajarse, la obligación de salir en grupos, la prohibición de
que nadie podía abandonar el carro; en fin, las instrucciones concretas.

A su vez, todo el mundo viajó por separado. Uno salía ahora, otro media
hora después, dos horas después. Fueron saliendo desde el viernes por la noche.
Los carros no llevaban armas para evitar cualquier incidente en el camino.

El único carro que no llevaba la banderita de Batista era el mío, pero por una
razón muy sencilla: yo, de cierta forma, era conocido en este país. Todo el mundo
sabía que yo no tenía nada de batistiano, aunque trabajara en la oficina de un
batistiano. Los que me conocían bien sabían que no habría podido convertirme en
un batistiano, por tanto, si alguien me veía por la Carretera Central con un letrerito
de Batista o del 4 de septiembre sería muy sospechoso, muy extraño. Así que no
fue por prejuicio que no llevaba ninguna alegoría batistiana; como no tuve
prejuicio en ponerme un uniforme de sargento.

Fui de los últimos en emprender el viaje desde la capital, creo que con algún
carro detrás por si acontecía algún problema o desperfecto en el que yo viajaba,
que me pudieran apoyar. Debí salir en horas de la noche del viernes hacia la
madrugada del sábado. Recuerdo que ya de día me acordé de que tenía un poco de
miopía y compré unos espejuelos en una óptica de Santa Clara. Seguí rumbo a
Camagüey, y ya de noche, el día 25, en medio de los carnavales, llegué a Santiago
de Cuba. Allí estaban Abel, Guitart, los del grupo de Santiago.

KATIUSKA BLANCO. -Fui muy afortunada en mi niñez porque conocí la


historia de su recorrido hasta Santiago de primera mano. Mi madre fue compañera
de trabajo y amiga de Teodulio Mitchell Barbán, el chofer que conducía el auto
Buick 52 en que usted viajó. Yo tendría unos siete u ocho años cuando le escuchaba
muy atenta todas las anécdotas. Según él, ambos salieron de La Habana, desde
Jovellar Nº 107, en las últimas horas de la noche del 24 de julio. El itinerario de sus
recuerdos puede leerse detalladamente en un reportaje publicado por la periodista
Susana Lee en 1977, cuando el aniversario 24 del ataque. Muchos años después
supe que usted consideraba, en términos generales, casi exacto el recuento de
Teodulio. Era un negro alto, muy querido en mi casa y admirado, no solo por
moncadista, sino porque había perdido a su esposa y se encargaba con esmero de
cuidar a sus hijos. Quizás no era tan alto, pero como yo era una niña lo veía muy
grande en todos los sentidos, por su estatura y la epopeya vivida. Para mí, su
narración era sorprendente, pero especialmente la parte en que contaba cómo, tras
eludir la persecución durante unos 15 días, lo detuvieron en su pueblo. Él era de
Palma Soriano. Allí le hicieron la prueba de la parafina en las manos para saber si
tenía restos de pólvora, lo cual querría decir que había disparado. Le confieso que
fue lo que más me impresionó entonces, ¿cómo era posible saber tantos días
después si alguien había tirado con un arma? No conseguía explicármelo y era algo
enigmático, un asunto casi de magia. Fue una sensación como la que García
Márquez evoca en un pasaje de su novela solitaria, al ver por primera vez el hielo.
Todavía me conmueve recordar a aquel hombre humilde y bueno que pasaba por
la vida de forma tan sencilla, luego de haber tenido la gloria y la responsabilidad
de trasladarlo a usted hasta Santiago. Era un héroe al alcance de mis ojos y desde
siempre me sentí feliz de tener la suerte y el privilegio fortuitos de conocerlo.

FIDEL CASTRO.-En realidad me sorprendió la nitidez con que aquel


hombre, recordaba casi todos los detalles, 24 años después. No hubo ningún
tropiezo serio en el camino, y ya en Santiago estaban dispuestas las armas, la casa
habilitada. Todo lo que hicimos en Santiago lo ejecutamos igual en Bayamo, pero
en pequeña escala, la gente estaba expectante, ubicada en varios hoteles. Abel
había separado el alojamiento para cada uno de nosotros y todo el programa se
cumplió sin percances. Hice todo lo planeado, di las instrucciones: cubrí el otro
tramo de Santiago hasta la granja avícola, y una vez allí, nos reunimos. Todo el
mundo tenía la impresión de que había llegado la hora de la acción, que un viaje
de 1000 kilómetros no se daba para una práctica.

Recuerdo que durante el recorrido desde La Habana iba siguiendo de cerca


los registros, la actitud de la policía, del Ejército; si estaban en guardia, si existía
alguna sospecha. Observaba mucho por todo el tránsito el estado anímico de la
gente. Al llegar a Santiago de Cuba, todo el mundo estaba de fiesta en pleno

carnaval, en el cénit del carnaval. Por eso nuestra gente pudo entrar sin
dificultad a la ciudad porque era una fecha perfecta; había mucha fiesta, muchas
personas, gran tornadera; y un grupo de gente disciplinada, alrededor de 120
hombres, llegó, se hospedó en distintos lugares, descansó, se movilizó y se
concentró otra vez.

Fue una operación perfecta. No cometimos un solo fallo en todo aquel


período, ni por accidente.

Abel esperó a numerosos compañeros que transportaban armas por


ferrocarril; muchos llegaron al atardecer del sábado 25, unas horas antes de la
acción. Claro, algunas armas ya estaban allí, las que Abel enterró en el pozo, en
distintos lugares, en la granja avícola. Como en Tizol teníamos un asesor en
materia de cría de pollos y aquella era una granja avícola, se construyeron las
instalaciones de manera que los automóviles no se vieran desde la carretera. Todo
fue organizado así, hasta que yo llegué a las 2:00 de la madrugada; pudo ser unas
cuatro horas antes del ataque al cuartel Moncada. Hablé a la gente y di las
instrucciones de repartir los uniformes, las armas, las municiones.

Las horas transcurrieron de modo muy especial. Existía ya un estado


anímico de exaltación pausada entre quienes se organizaron, se entrenaron y
prepararon durante meses, compañeros muy persuadidos y con una gran
confianza en todo. Y de repente llegó el momento de la acción, el momento más
emocionante para todo el mundo, cuando efectivamente vieron por primera vez las
armas, excepto unas pocas con las que antes habían hecho prácticas. Fuimos
distribuyéndolas según las misiones y el entrenamiento de cada cual. Las mejores
armas las pusimos en manos de los más entrenados. También repartimos los
uniformes con prontitud. Todo se dispuso de modo muy serio. La atmósfera
influía en los combatientes, en la idea de lo que íbamos a hacer como una misión.
Conocíamos al detalle las decisiones que debíamos adoptar. Separé a quienes irían
conmigo y nombré a los jefes de las otras acciones; mandé a Abel para el Hospital
Civil; a otro grupo, donde estaba Léster con Raúl, a la misión de tomar el Palacio
de Justicia; seleccionamos todos los grupos, los carros, e impartimos las
instrucciones. Nos referimos a cómo utilizar la sorpresa, y enfatizamos la idea de
tirar solo en caso indispensable.

Realmente, si nosotros íbamos disfrazados de soldados, si tomábamos la


posta y el puesto de mando, el enemigo no podía reaccionar. Nosotros pensábamos
hacer prisionera a la guarnición; incluso, buscar la colaboración de alguna gente,
de ser posible —por lo menos, los nombres de los principales y verdaderos
sargentos—, y utilizarlos para las primeras comunicaciones con las unidades
militares, además, distribuir pequeñas proclamas de militares firmadas por los
sargentos prisioneros.

Era una operación totalmente dirigida a las distintas unidades, porque


teníamos la intención de rendir las capitanías de la provincia de Oriente. íbamos a
tratar de neutralizar, rendir y dar instrucciones a todas y crear una gran confusión
en el Ejército; por lo tanto, nuestra idea fundamental era hacer prisioneros a los
soldados y, desde luego, neutralizarlos si hacían resistencia. La sorpresa y el
desconcierto serían tan grandes, que no podrían reaccionar, y con ello nos
proponíamos evitar bajas, lo mismo de un lado que de otro. Nuestros cálculos eran
correctos, absolutamente correctos, ya que ellos no habrían podido hacer nada
desde el momento en que vieran una masa de casi 100 hombres y sargentos
insubordinados. Sería anonadante para gente que plácidamente dormía en un día
de carnaval, antes del amanecer, en el mes de julio, en que aclara más temprano.

Habíamos estudiado bien a qué hora amanecía, a qué hora se levantaban los
soldados, y la idea era tomar el cuartel unos 40 minutos antes de despuntar el día.
Entonces habríamos ocupado el puesto de mando y todas las entradas de las
barracas. Si hacían resistencia, teníamos que neutralizarlos.

Hoy estoy convencido de que se habría producido una balacera


descomunal, contrariamente a lo que nos proponíamos. Porque si bien el plan era
un plan correcto, las premisas eran correctas, la gente era muy decidida y muy
valiente; también a nuestra fuerza le faltaba experiencia. Es decir, tal misión, si se
desarrolla con quienes han estado en combate en varias ocasiones y son veteranos,
la puedes garantizar porque los combatientes, incluido el jefe, mantienen un
control sobre los acontecimientos.

Digo esto por lo que ocurrió. Cuando sonó un disparo, todo el mundo
disparó, pero no estábamos dentro del cuartel. Con experiencia combativa ante
tensiones, habrían estado preparados para esperar; pero sonó un tiro, el primero, y
todo el mundo atacó.

Era difícil que se produjera la fórmula perfecta de que hiciéramos prisionera


a la guarnición, que era lo previsto; pero no la acción de neutralizarla sin ninguna
vacilación. La gente iba muy decidida.

Cuando hablé en la granjita, no tenía mucha necesidad de arengar a


nuestros hombres, sino la de inspirarles confianza en que había llegado el
momento, que era la hora; impulsar un poco más sus energías, darles seguridad en
la operación, insistir en lo que debía hacer todo el mundo y cumplir las
instrucciones.

En aquel momento crucial hice hincapié en la idea de no disparar a menos


que fuera imprescindible. En la solemnidad de la hora de la acción invoqué pasajes
de nuestra historia. Recuerdo que un pequeño núcleo de los estudiantes que
procedían de la Universidad se asustó. Eran los que siempre estaban pidiendo más
acción, un pequeño grupo de valientes —tres o cuatro, de los 120 hombres—, que
cuando llegó la hora de la acción fueron los únicos que desistieron. Les dijimos:
«No se apuren, quédense y después que salgamos todos nosotros, salen ustedes».
No pudimos ni reprochárselo. Así que la gente fue muy consciente.

Nítidamente recuerdo que cuando hablé, me referí a la página que


escribiríamos en nuestra historia e infundí seguridad en los combatientes.

También recuerdo que sucedió algo con mi reloj, y que hubo cierto
momento en que nos vimos muy apretados con el tiempo disponible para cumplir
el plan previsto. Fue en aquellas cuatro horas cuando debimos repartir los
uniformes, las armas, y organizarlo todo; tuvimos que actuar febrilmente, con
mucha premura. Tal vez debimos haber empezado una hora antes porque fue un
cúmulo grande de cosas por hacer: busca las armas, sácalas del pozo, identifícalas
una por una, entrégalas a cada grupo, distribuye las municiones. En un momento
dar todas las órdenes: entra el núcleo tal, sale; entra otro núcleo, sale. Hablé a
todos, pero además, distribuí a los grupos en los carros: tal grupo aquí, tal grupo
allá.

Para tomar la posta solicité voluntarios. Fueron voluntarios los que


marcharon conmigo y los del primer carro, yo iba en el segundo auto.

Salieron primero los que iban hacia los lugares menos peligrosos, donde
previsiblemente la misión era más fácil, pero tenían que llegar de manera
simultánea. Yo entraría al Moncada cuando estaba calculado que la gente del
hospital iría entrando por el edificio al fondo del hospital; y cuando los que iban
para el Palacio de Justicia estuvieran llegando allí. Habíamos estudiado los lugares
para hacerlo todo simultáneamente y calculé el tiempo que debía darles a los
carros que iban delante.

Con Abel iban combatientes movilizados en tres carros. Otro tenía que salir
para tomar el Palacio de Justicia. Cuando saliera el primer carro le seguiría el mío a
unos 100 metros, y después el resto de la caravana: los que íbamos a tomar la posta
y el cuartel, los que íbamos a penetrar dentro del cuartel.

Claro, a Melba y Haydée queríamos protegerlas. Les dijimos que podían ir,
pero al hospital como enfermeras, a ayudar a los heridos porque, en cierta forma,
pensábamos mandar al hospital a nuestros heridos. El hospital no solo era un
objetivo que había que tomar porque estaba al fondo del cuartel, allí el doctor
Mario Muñoz ayudaría a Melba y Yeyé en la atención a los heridos de uno u otro
grupo.

Sabía que la misión era muy arriesgada, de un riesgo enorme, no lo


desconocía, pero realmente me sentía feliz; pocas veces en mi vida me he sentido
tan feliz como me sentí en aquel momento, cuando después de 16 meses del golpe
de Estado de Batista íbamos a emprender la acción. Tenía una gran confianza en la
operación.

Todo el esfuerzo desplegado culminaba sin una sola falla, habíamos resuelto
los infinitos problemas que se presentaron a lo largo del camino y ya avanzábamos
hacia el objetivo. Iba uno con un gran impulso, con una íntima alegría de que se
hubiera logrado hacer todo sin un solo fallo, que sorprenderíamos totalmente a
Batista, al Ejército, a todo el mundo. Diría que fueron los momentos más
emocionantes y más felices de mi vida. Y sabía del riesgo pero, al lado de lo que
significaba la realización, la culminación de un esfuerzo como aquel, tan laborioso,
durante tanto tiempo, tan motivado por la lucha, tan motivado por los objetivos
que nosotros perseguíamos, tan motivado por el espíritu de todos los civiles que se
lanzaban a asaltar la fortaleza sin ser militares; al lado de aquello, el riesgo
resultaba despreciable. Pensaba en la acción, en lo que había que hacer, sin
ninguna preocupación en absoluto, porque tenía confianza en la operación.

Lo que recuerdo como si fuera ahora mismo es que era muy feliz en el
recorrido hacia el Moncada.
El cuartel está a unos cuantos kilómetros de donde nos encontrábamos, a
unos cuantos minutos. En el trayecto había muy poco tránsito, casi nada, solo un
yip por allá lejos, y tuvimos que parar por esa razón. A ese yip lo siguió el carro
delantero, luego el carro de Santiago, doblamos y entramos. Eso lo viví como un
momento de mucha tensión, de mucha emoción, un momento extraordinario. No
recuerdo otro igual. Cuando desembarcamos en el Granma —al llegar por fin a
Cuba el 2 de diciembre de 1956—, fue otro momento especial, una circunstancia
parecida porque fue un viaje largo, un poco más dilatado con los incidentes al
arribar a nuestras costas. Pero, no, no recuerdo ningún otro momento como aquel,
porque se cumplió un deseo acariciado durante mucho tiempo, un trabajo
desarrollado durante mucho tiempo, un esfuerzo gigantesco, una idea. El instante
en que nosotros íbamos a tomar la fortaleza implicaba que el Movimiento —ya
bajo nuestra responsabilidad, sin auténticos, sin nadie, con armas propias y a partir
de la decisión adoptada unos cuantos meses antes—, asumía la responsabilidad de
la Revolución. Tales razones pueden dar la idea de lo tremendo que fue el golpe,
de lo duro que fue el hecho de que no hayamos , podido alcanzar el objetivo.

KATIUSKA BLANCO. -Su hermana Angelita me contó que en , los días


previos al asalto al Moncada, usted, Raúl y otros jóvenes, amigos cercanos, se
reunían a puertas cerradas en su casa del reparto Nicanor del Campo. Ella y Myrta
se preguntaban continuamente sobre qué hablaban, . en cuál asunto andaban que
requería tanto misterio. Estando en Birán, luego del asalto, cuando escuchó hablar
de un problema en Santiago, enseguida pensó que usted y Raúl y todos los demás
estaban involucrados. ¿Tampoco Myrta sabía nada? Teodulio Mitchell, al evocar el
comienzo del viaje hacia Santiago, decía que usted pasó por allí, recogió una
guayabera y un libro, se los entregó para que los guardara dentro del carro y le
dijo: «Deja ir a besar a mi hijo, no sé cuándo lo vuelva a ver otra vez». Y él, que
estaba lejos de imaginarse que la acción esperada era ya inminente, le respondió:
«¡Qué va, doctor, seguro lo ve la semana que viene!». Comandante, ¿no sintió
temores por su familia en aquel momento? ¿Cómo pudo sobreponerse?

FIDEL CASTRO.-Puse en mi vida a la Revolución y al futuro de la


Revolución por encima de todo lo demás; era casi natural, algo entendido y
sobreentendido por todos en casa, en Birán y en mi pequeño hogar. Fidelito era
aún muy pequeño para comprender, pero Myrta sabía que yo estaba consagrado a
la lucha, me conocía demasiado bien y no era ningún tipo de sorpresa para ella mi
sacrificio. Confieso que me dolía, me preocupaba —creo que a todos los hombres,
en todas las épocas, tales disyuntivas tienen que preocuparles—, pero tenía una
motivación muy fuerte, una profunda convicción. Decidido a sacrificarlo todo, uno
se siente tranquilo con su conciencia porque le parece que obra según lo que debe
hacer y es correcto; entonces uno puede soportar tales contradicciones del alma, no
sufre en exceso porque lo da por entendido entre quienes lo rodean desde hace
mucho tiempo. Puede sentir personalmente pena —no lo niego—, pero no tiene
ninguna duda moral, ninguna duda humana sobre lo que debe hacer. Uno lo sabe
y renuncia a todo.

Son infinitos los hombres que en otras épocas y otras circunstancias, en


nuestra propia historia, todos los grandes patriotas, los grandes luchadores, toda la
gente que era modelo para nosotros —Martí, Maceo, Mella y todos los demás
patriotas y luchadores— vivieron lo mismo como si fuera una fórmula de la
revolución. No se puede poner uno a pensar en los asuntos personales, en la vida;
si se pone a pensar en toda la situación, dichos factores prevalecen y no se actúa.
Uno percibe de forma consciente los riesgos, personalmente, no tiene ninguna
duda de que está haciendo lo correcto, está cumpliendo el deber, haciendo lo más
honorable que puede hacer. En mi casa nadie tuvo idea de que aquel era el
momento de la acción, no podía despedirme, no podía conducirme con
dramatismo.

No digo que sin esfuerzo, pero de la manera más normal y natural posible
salí y emprendí el viaje. En realidad fue difícil partir y, además, no informar ni el
más mínimo detalle a la familia; pero para garantizar la acción había que cumplir
de manera estricta lo establecido. Ciertamente, no se violó ninguna norma; los que
participaron en la acción sabían solo lo que tenían que saber y nada más. Nadie
tenía que conocer algo que no tuviera que ver con su misión y su trabajo. No
recuerdo que alguien haya violado ese principio. Parece que la técnica empleada, la
educación en una disciplina, en que todo el mundo debía estar siempre preparado
para la acción, que no se podía preguntar nada, que no sabrían el día exacto, la
forma en que se movilizaba la gente, que nunca conocía si se trataba de una
práctica o la acción misma, la calidad de la selección, el estado anímico y
psicológico de todos; tales factores, entre otras cosas, fueron fundamentales para el
éxito. Sin duda fue absoluto el éxito de toda la preparación hasta la noche previa al
momento del ataque.

06

Dos relojes, visitas en Santiago, Moncada: acción y adiós a la sorpresa,


Fidel solo ante si cuartel, Raúl en la historia, continuar la lucha en las montañas,
el teniente Sarria: las ideas no se matan.

KATIUSKA BLANCO. -Tengo en la memoria, nítidamente claro, aquel


atardecer en Holguín, la víspera de la visita a Birán el día 23 de septiembre de
2003, cuando su mamá habría cumplido 100 años. Era casi de noche.
Conversábamos sobre el libro Todo el tiempo de los cedros, cuya presentación
tendría lugar a la mañana siguiente. Usted me dijo que iba, en la lectura, por el
capítulo 3. Entonces miró el reloj y notó que se había detenido. Los compañeros de
la escolta buscaron otro rápidamente, pero usted no retiró de su brazo el primero,
y sí sumó el segundo, en el cual los minutos transcurrían. Recuerdo que se echó
hacia atrás, como afirmándose en su estructura de árbol, ajustó ambos a su
muñeca, respiró profundo y luego de un brevísimo instante de silencio, pensativo,
me dijo: «Mira, como narras en tus escritos: llevo dos relojes como en la Sierra
Maestra. Creo que hoy estoy un poco supersticioso». Comandante, ¿podría
abundar sobre el hecho que suscitó en usted la costumbre de llevar dos relojes en la
muñeca?

FIDEL CASTRO.-Las últimas horas antes de ir al Moncada fueron muy


tensas, el tiempo no alcanzaba, mi reloj se atrasó y por tal razón el tiempo real de
que dispusimos fue menor al concebido inicialmente; no obstante, hicimos todo lo
planificado, pero con mucha premura para llegar puntuales. A partir de entonces, a
lo largo de mi vida, especialmente durante la guerra, usé dos relojes, tenía que
estar seguro de que contaba con la hora exacta en cada momento.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, usted explicó antes que pensaba


contar con la ayuda de algunos ortodoxos de Oriente después de la toma del
cuartel, ¿aquel fue el motivo de su visita a María Antonia Figueroa y a Luis Conté
Agüero, unas horas antes del asalto? ¿Pensó ponerlos sobre aviso?

FIDEL CASTRO.-Sí. Además, en nuestros planes figuraba también la lectura


de un manifiesto por Luis Conté Agüero, quien disponía de una hora en la Cadena
Oriental de Radio, una especie de Pardo Liada, pero a nivel de provincia; él
denunciaba la corrupción de Prío, pero se limitaba a lo que ocurría allá. Era un
individuo que se expresaba bien, tenía buena voz y aspiraba a un cargo político.
Pardo Liada lo superaba como comentarista, porque tenía más sentido periodístico.
Conté Agüero hacía comentarios críticos contra el gobierno, invocaba a Martí, su
estilo era un poco más literario, denunciaba los males y militaba en el Partido
Ortodoxo, en la oposición; tenía un buen rating antes del golpe de Estado. Por todo
esto, teníamos relaciones de amistad con él, que se estrecharon aún más después
de aquel hecho.

Cuando el cuartelazo, la única guarnición que inicialmente no se sumó fue


la de Santiago de Cuba; y Conté Agüero, de una manera correcta, utilizó la radio
para denunciar el golpe de Estado, agitar y movilizar al pueblo hacia el cuartel en
solidaridad con los soldados. En realidad, él desempeñó un papel importante
aquel 10 de marzo de 1952. Como comentarista de radio, como agitador, convocó
al pueblo a ir para el cuartel —no a tomarlo, pero sí a confraternizar con la unidad
que se oponía al golpe de Batista—. Y se movilizó mucha gente. Cuando ya el
golpe estaba consolidado, unos cuantos sargentos y oficiales de baja graduación
tomaron el mando y destituyeron al coronel jefe del regimiento.

Pero Santiago de Cuba fue el único lugar donde existió el instinto de


organizar una resistencia contra el golpe, y en ello Luis Conté Agüero desempeñó
un papel. Después, en ciertos momentos, cuando Batista daba garantías, Conté
Agüero volvía a hablar, y como teníamos relaciones de amistad, yo contaba con él.

Él no participó de la conspiración, pero como estaba allá en Santiago y tenía


su hora de radio, mi plan era utilizarlo en la tarea de agitación después que
tomáramos el cuartel. Desde su estación radial convocaría al pueblo a sumarse a
nosotros. Él era una personalidad conocida del Partido Ortodoxo en Santiago. Era
alguien que podía ser muy útil en aquellos momentos. Tenía la idea de localizarlo
para explicárselo todo y exhortarlo a que se sumara a nosotros. Localizar a Conté
Agüero y visitar la casa de María Antonia eran las últimas gestiones que pensaba
hacer en Santiago, una vez que estuviera todo listo. Hubiera sido importante
contar con él; pero como no tenía idea de lo que se organizaba —no habíamos
tenido contacto con él ni con nadie hasta ese momento—, no lo encontramos,
casualmente había viajado a La Habana. Yo estaba seguro de que se habría
sumado: él tenía intereses políticos, era antibatistiano, teníamos buenas relaciones,
yo confiaba en que se hubiera sumado. Él quedó muy agradecido por el hecho de
que hubiéramos confiado en él para aquella misión. Después del Moncada,
mientras estuvimos presos o vivimos en la clandestinidad, cada vez que podía nos
defendía. Ya después no. Cuando llevábamos más de un año luchando en la Sierra
Maestra, él continuaba ejerciendo como comentarista radial y apoyando salidas
electorales pacíficas, cuando ya no había posibilidades de ningún arreglo. Dio
muestras de una falta extraordinaria de visión política; pero bueno, su posición
respondía a sus intereses.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, a mí me llamó la atención que Conté


Agüero publicara una carta pidiéndole que renunciara a la lucha armada, cuando
ustedes tenían la guerra prácticamente ganada.

FIDEL CASTRO.-Conté Agüero creía que nosotros, tal vez unos cientos de
hombres en la Sierra Maestra, no podríamos jamás triunfar. Entonces él, que nos
veía como un símbolo de la resistencia, de la lucha contra Batista, con un caudal
político, escribió un artículo en Bohemia, invitándome a dejar la lucha armada, un
artículo muy elogioso, se llamaba «Carta al patriota». Fue publicado en uno de los
momentos en que Batista quitó la censura. Batista la quitaba y la ponía de acuerdo
con la situación de crisis.

En aquella carta me recomendó que abandonara la lucha. Argumentó que ya


habíamos escrito páginas heroicas y que, en busca de una salida, me proponía
abandonar la lucha armada e incorporarme a la actividad política. Es decir, que
Conté Agüero, a medida que pasaron los años, se fue aburguesando en demasía,
llenándose de ambiciones y rehuyendo el sacrificio. Así terminó escribiendo la
«Carta al patriota» que ni me tomé la molestia de contestar.

Hasta entonces se había mostrado amistoso, nos había defendido. Claro, él


ganaba con tal actitud.

Después triunfó la Revolución y, por supuesto, se sumó enseguida. Yo no


tuve en cuenta aquella misiva, la olvidé. Eché a un lado los errores de la gente en
aras de un espíritu amplio y unitario. Para tratar de unir a todo el que quisiera
unirse hubo que perdonarles sus debilidades.

Pero pronto me percaté de que Conté Agüero se había echado a perder.


Actuaba más bien movido por ambiciones personales, políticas, y ya no tenía nada
de antiimperialista; por el contrario, en uno de los viajes que hice, quería que me
reuniera con algunos políticos norteamericanos, que no eran progresistas ni mucho
menos.

Me propuso que hiciera contacto con [John] Foster Dulles, quien se


encontraba recluido en una clínica. Quería que yo lo visitara, entonces me negué.
Recuerdo que le dije: «Es un reaccionario, maccarthista, anticomunista de la Guerra
Fría». También quiso servir como consejero, proponer algunas medidas políticas
nada revolucionarias.

Y en aquel mismo periplo, cuando visité Argentina, me propuso un


encuentro con el almirante Isaac Rojas, exvicepresidente de los marinos sublevados
contra Perón, alguien que me parecía un tipo reaccionario, muy anticomunista.
También le dije que no.

Tanto él como Pardo Liada hicieron discursos a favor de la Revolución,


apoyaron todas las medidas; incluso, cuando los tribunales revolucionarios
castigaron a los criminales de guerra, Pardo Liada, Conté Agüero, Carlos Franqui,
estaban encantados de la vida. Eran extremistas ante la opinión pública.

Ninguno de ellos sabía cómo pensaba yo y hasta trataban de influir en mí.


De tal gente me cuidaba mucho porque llegó un momento en que los conocía muy
bien; sabía cómo pensaban por detalles sutiles, cosas que hacían o decían. Estaba
claro de que con ellos no se podía seguir adelante.

Luego, de forma similar a otros elementos pequeño-burgueses, politiqueros,


empezaron con la historia del anticomunismo, pretexto utilizado porque eran
incapaces de marchar por un camino revolucionario; entonces los fui apartando, ya
los había calado, veía mucho más de lo que ellos imaginaban y sabía cómo
pensaban. Aquellos tipos no servían, eran incorregibles, estaban echados a perder.

Pardo Liada llegó un poco más lejos en la Revolución, porque no era tan
anticomunista y, en cierta forma, mantuvo siempre buenas relaciones con los
comunistas, era más político.

Pero bien, en esencia, estoy seguro de que Conté Agüero, que en la época
del Moncada era antibatistiano y hablaba de las guerras de independencia, de
Martí, hubiera colaborado con nosotros, pero no logramos verlo para reclutarlo.

En realidad, él tenía un mérito ante nuestros ojos, porque cuando nadie


hablaba de nosotros, todo el mundo sentía terror de hacerlo, él, desde su estación
de radio de Oriente, hablaba con admiración, con reconocimiento. No denunció los
crímenes, pero por lo menos hablaba, defendía a los que estábamos presos. A él se
le consideraba como una especie de vocero nuestro, y por distintas razones nos
comunicamos con él. Estaba muy orgulloso de que hubiéramos contado con él, de
que lo hubiéramos ido a buscar, de ser amigo y defensor nuestro. Un hombre con
una tribuna pública, que nos mencionaba y nos defendía; en aquel momento,
nosotros apreciábamos mucho tal actitud, porque

necesitábamos divulgar nuestras ideas, denunciar los crímenes.

Claro, el grupo del Moncada se ganó la admiración de mucha gente por la


acción armada frente a las fuerzas de Batista, la determinación demostrada. En
definitiva, nadie había hecho nada absolutamente, y ahí surgió un movimiento
decidido. Creo que en la historia de Cuba no existía ningún antecedente de una
acción como aquella.

La «Carta al patriota» fue su gran error, hasta dicho momento fue nuestro
vocero.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, ¿Y a María Antonia Figueroa sí la


encontró?

FIDEL CASTRO.-María Antonia Figueroa era una de las personas más


revolucionarias entre los ortodoxos de Santiago de Cuba que apoyaban la lucha
radical contra Batista. Yo contaba con ella, pero, como ya expliqué, solo una
persona en Santiago, Renato Guitart, conocía nuestro proyecto de iniciar la lucha
por Oriente. Prevaleció, por tanto, el hermetismo total. Del mismo modo, aunque
contaba con su apoyo de antemano por su papel en la resistencia política al 10 de
marzo como líder joven de aquel partido en Santiago, María Antonia no conocía
una palabra de nuestros planes. Por ello, unas horas antes de la acción armada
quise cerciorarme de su presencia en Santiago el 26 de julio, no para informarle de
la acción, sino para conocer si estaría o no en la ciudad.

Ha transcurrido más de medio siglo desde entonces y no puedo asegurar


con certeza cada detalle de lo que hice aquella noche, varias horas antes del ataque.
Me ocupé de muchas cosas, principalmente de las relacionadas con el combate al
amanecer para ocupar la fortaleza. De una sola cosa estoy seguro: me atuve
estrictamente a las normas trazadas. Cualquier contacto con María Antonia estaría
relacionado con la búsqueda de información. KATIUSKA BLANCO. -Montané y
Ramiro iban en el grupo de voluntarios que tomaron la posta principal de ataque
en el Moncada. Recuerdo el testimonio de Ramiro sobre , cómo consiguieron
penetrar en el cuartel y neutralizar a un grupo de soldados en las barracas.
También contaba sobre la impresión por el disparo de calibre grueso que penetró
quemante en la frente y lanzó de golpe hacia atrás a Renato, en la misma garita de
la posta. Comandante, ¿podría continuar relatando los hechos? FIDEL CASTRO.-El
tiroteo no fue muy prolongado. En realidad, lo que ocurrió después fue que se
quedaron algunos compañeros aislados. Resistieron y se mantuvieron allí durante
bastante tiempo en el combate del cuartel. Al grupo del hospital, que no
comprendió lo ocurrido —la gente que yo creí en una misión más segura—, le
cortaron la retirada y los combatientes que lo integraban hicieron resistencia.

La acción del Moncada era una operación sorpresiva, fulminante. Si no se


hacía así, en cuestión de minutos, no se podía tomar aquel cuartel ni la guarnición.
Contábamos con 120 hombres ante más de 1000 soldados con armas mucho más
potentes y poderosas.

La toma del cuartel partía de la sorpresa, de la confusión total;


primeramente llegar, tomar los mandos y además las barracas donde dormían las
tropas. Con la guarnición movilizada era imposible tomar el cuartel porque no
disponíamos de morteros, cañones ni bazucas. Si nuestro grupo hubiera tenido 10
ó 15 cañones sin retroceso, 6 ó 7 morteros, armas automáticas, tal vez lo hubiera
logrado.

Pero nuestras armas eran las escopetas y los fusiles 22; servían
perfectamente para lo que íbamos a hacer: tomar sorpresivamente el cuartel,
apoderarnos de los puestos de mando y de las entradas de todas las barracas y
hacer prisioneros de cerca, en un combate muy próximo. Para ello eran útiles tales
armas, no para un combate de asalto contra una fortaleza militar; ni las armas eran
adecuadas ni los hombres habían sido preparados para eso. Era una proporción de
15 contra 1 y ellos con armas de guerra. Es decir, no se trataba del asedio a una
fortaleza y la toma de una fortaleza, como hicimos después en la guerra. Lo que
habíamos previsto era una operación comando, fulminante, sorpresiva;
precisamente, como falló la sorpresa, no se pudo tomar el cuartel.

Nosotros habíamos observado y estudiado con anterioridad todos los


movimientos en el cuartel: los lugares, las postas, sus recorridos, los horarios...
Ahora, ¿qué imprevisto surgió? ¿Por qué no pudimos tomar el cuartel? Estoy
seguro, ciento por ciento, de que fue por la presencia de la patrulla cosaca que
organizó la jefatura del cuartel con motivo de los festejos de los carnavales en la
posta principal, una patrulla de guardia militar con cascos, uniformes diferentes y
ametralladoras, que iba y venía de la avenida a la posta principal. Eran guardias
militares, de los que establecen el orden. Parece que fue una medida de seguridad
por si los soldados bebían con motivo de las fiestas, no porque estuvieran
esperando un ataque. Como aquella era la entrada principal, la patrulla caminaba
desde la posta hasta la avenida, dos manzanas aproximadamente.

Nuestro plan consistía en avanzar primero por la carretera de Siboney,


luego continuar por la avenida Garzón dentro de la ciudad y doblar a la derecha
hacia la entrada principal del Moncada, a 200 metros de la avenida, y penetrar por
allí al cuartel. Delante iban los carros que se dirigían al hospital civil, la zona de
previsible menor peligro, Abel iba en uno de ellos. Calculé el tiempo para que
fueran entrando simultáneamente. Les seguía el grupo con la misión de tomar el
Palacio de Justicia, y después mi columna, que debía tomar el puesto de mando y
las barracas.

Si nosotros lográbamos entrar vestidos de sargentos y tomar el puesto de


mando y la entrada de las barracas con los soldados aún durmiendo, los
hubiéramos sorprendido. Al despertar, se hubieran encontrado a unos sargentos
apuntándoles y diciéndoles: «¡Manos arriba, al patio!». Y ya en el patio —ubicado
al fondo—, estarían rodeados desde lo alto por el edificio del Palacio de Justicia,
por el hospital y por nosotros en el cuartel, desde el puesto de mando y las
barracas. El patio estaría dominado por nuestras fuerzas desde todas partes. Allí
pensábamos mantener prisioneros a los soldados.

Los compañeros que iban delante de mí unos 100 metros tenían la misión de
bajarse y desarmar la posta. La columna mía, con unos 90 hombres, la de penetrar
hasta el puesto de mando y tomarlo, mientras los demás ocupaban la entrada de
las barracas. Seleccioné voluntarios para tomar la posta; en aquel carro viajaban
Montané —uno de los jefes del Movimiento—, Renato Guitart, José Luis Tassende,
Ramiro Valdés y otros valiosos cuadros y combatientes.

Nadie sabía de la existencia de la patrulla que caminaba en aquellos


precisos instantes desde la avenida Garzón a la posta principal, eran dos hombres
con ametralladoras Thompson, brazaletes y cascos de guerra. Todo hasta entonces
iba a pedir de boca.

El primer carro dobló y avanzó bien, perfectamente; pero cuando llegó a la


posta, la patrulla ya estaba bastante cerca de la misma. Cuando doblé, pude ver
que el carro había llegado a su destino más o menos a 100 metros del mío, se
detuvo y el grupo de la vanguardia tomó la posta sin un tiro ni dificultad alguna,
pero la patrulla cosaca vio pasar el carro y se quedó mirando. Yo, que iba detrás,
despacito, me di cuenta de que los guardias, alarmados por el movimiento en la
posta, a 60 metros de ellos, adoptaban la actitud de disparar contra los que
actuaron en la misma.

La columna mía la integraban 10 ó 12 carros, con unos 90 hombres —


incluidos los que tomaron la posta. Ya teníamos un carro menos porque se había
ponchado en el trayecto, pero para cumplir nuestra tarea con éxito ello no
representaba una pérdida sensible, pues apenas necesitábamos 60 hombres para
realizarla. Cuando vi que la patrulla cosaca podía tirarles a los combatientes que
habían ocupado la entrada, sentí el instinto de neutralizarla.
Yo iba detrás manejando, llevaba una pistola y la escopeta automática;
decidí proteger a los del primer carro y además quitarle las ametralladoras a la
patrulla. De súbito, los dos soldados se viraron hacia nuestro carro que estaba a
dos metros de ellos, apuntando con sus ametralladoras. Al parecer sintieron el
ruido del vehículo y por eso se viraron y apuntaron hacia nosotros. De un
timonazo lo lancé sobre ellos.

Por mi derecha las puertas se abrieron y salieron dos hombres, uno de ellos
disparó. Los soldados quedaron tan sorprendidos que no tiraron. Al bajarse un
compañero y sonar el disparo, todos los combatientes que iban en los demás carros
se bajaron con sus armas y tomaron el edificio grande que tenían delante. La
instrucción recibida por ellos era que cuando yo tomara el puesto de mando ellos
avanzaran sobre las barracas, y fue lo que creyeron que hacían. Cuando sonó el
primer disparo empezaron a sonar tiros por todas partes.

Yo sabía que aún estábamos fuera del cuartel, pero nuestra gente no, y
cuando se bajaron de los carros inmediatamente entraron y ocuparon un edificio
de tipo militar. Realmente habían tomado el hospital militar ubicado fuera del
cuartel. Además, dominaron también toda la calle. ¡Había que ver aquel edificio!,
tenía ciertamente aspecto de cuartel, y la gente, decidida y rápida, obró según lo
indicado. ¿Cuántos serían? Alrededor de 60, porque no toda la columna que me
seguía pudo doblar, solo una parte disponía de espacio para hacerlo. No puedo
decir si fueron seis carros, si fueron siete, si fueron ocho. Puede ser que tras el paso
del carro de los estudiantes comecandela, que trataron de adelantarse, algunos se
confundieran y los siguieran. El caso es que llegué allí con menos hombres que los
inicialmente previstos, pero bastaban para la acción. Si lo que ocurrió frente al
hospital se hubiera dado dentro del cuartel, no necesitaba más combatientes.

Más tarde pensé muchas veces en aquel episodio. Lo que hice fue correcto,
tratar de proteger a nuestra gente y, además, desarmar a los dos hombres de la
patrulla enemiga que iban a disparar contra ellos. Después de mucho meditar y
leer sobre dicho problema, considero que la mejor forma en que habría protegido a
los ocupantes de la posta era olvidándome de la patrulla y avanzando
rápidamente. El resto de los carros habría seguido. Ya teníamos franqueada la
puerta del cuartel, y el plan se habría cumplido con exactitud, porque todo salió
perfecto hasta ese minuto.

Me percaté de la situación creada y realicé un especial esfuerzo por


reorganizar la columna. Entré en el hospital, cuya planta baja tomaron enseguida
nuestros combatientes, y los saqué para continuar hacia el puesto de mando
enemigo: «¡Este no es el cuartel, es el hospital!», les grité. Recuerdo que en los
primeros momentos un hombre se asomó y resultó herido, fue el único que hubo
en aquel edificio. Lo hirió alguien que disparó muy cerca de mí, casi me dejó sordo.
Intenté que subieran de nuevo a los carros, pero ya las balas silbaban por todas
partes, el tiroteo era tremendo. A pesar de todo, traté de organizar otra vez el
ataque y franquear los muros. Casi lo consigo, ya tenía los primeros carros
dispuestos nuevamente con los hombres que venían en él, cuando, por alguna
razón, uno de estos se adelantó, dio luego marcha atrás y chocó mi propio carro.

En realidad, todo el esfuerzo que hice por reorganizar la columna otra vez
fue en vano, porque no fue posible. Cuando casi lo tenía conseguido se produjo el
accidente, y parte de la gente se dispersó y se introdujo por callejuelas aledañas.

A todas estas se levantó el cuartel y se activó la alarma que hacía un ruido


increíble, estuvo sonando ni se sabe qué tiempo. Alguien la activó o tal vez era
automática. Era el ruido más infernal que he oído en mi vida. Se despertó la
guarnición, y habrían pasado ocho o diez minutos —incluso quizás menos—
cuando un hombre se encaramó en un punto desde el que, con una ametralladora
50, se dominaba la calle donde nos encontrábamos. Recuerdo que me ocupé de
aquel hombre. Él trataba de agarrar la ametralladora 50, parecía un monito allí
dando saltos, y yo disparaba. Se tiraba al suelo, volvía otra vez a tratar de
agarrarla, yo volvía a disparar con mi escopeta de balines. Le hice varios disparos,
no dejé que se aproximara y utilizara el arma, mi problema era que no la agarrara
y, por fin, no disparó en todo el tiempo que nosotros estuvimos allí.

¿Qué se hizo de aquel hombre que varias veces trató de ocupar el arma?
¿Murió? ¿Se retiró? No sé lo que pasó con el hombre, pero el hecho es que no tiró
con la ametralladora 50.

Me di cuenta de que resultaba ya absolutamente imposible tomar el cuartel;


entonces di la orden de retirada. En aquel momento pensaba en la acción de
Bayamo. Tras retirar a todos, me dispuse a salir en el último carro y, cuando ya
estaba montado, vi a un hombre nuestro aparecer allí. Me bajé y le dije:
«¡Móntate!». Me quedé yo solito. No veía a nadie más, evidentemente permanecían
algunos compañeros, pero yo no los veía. Me quedé solo en medio de aquella calle,
casi frente al hospital. Entonces, ocurrió algo insólito. Parado allí solo, sin ver a
ningún otro compañero por toda la calle, entró un carro, lo manejaba un muchacho
de Pinar del Río que ya murió, él me recogió. Entró desde la avenida Garzón,
cuando ya todo el mundo se había retirado. Le había dicho a nuestra gente que me
esperaran en la avenida, y uno de ellos entró y me recogió. Ricardo Santana se
llamaba aquel joven audaz. ¿De dónde vino? No lo sé, pero fue una acción
arriesgada, tremenda. Si él no me hubiera recogido, me habrían matado allí.

El combate duró alrededor de 10, 12, 15 minutos. Salí pensando en los


muchachos de Bayamo y tuve la idea de seguir por aquella misma avenida hacia el
cuartel de El Caney, con el propósito de tomar el escuadrón, situado a pocos
minutos, y abrir allí un frente porque me imaginaba que los combatientes de
Bayamo ya habían tomado su cuartel y de repente se iban a quedar solos. Si no
habíamos tomado el Moncada, era necesario salir y emprender una acción militar
que sirviera de apoyo a quienes teníamos allá.

Cuando avanzaba por la avenida, los carros que iban delante, al llegar a la
entrada de Vista Alegre, no esperaron, siguieron y doblaron a la derecha, hacia la
granjita, a unos diez o doce minutos de allí; en lugar de hacerlo por Vista Alegre,
que más adelante conecta con una pequeña carretera, la cual conduce directamente
hacia el pueblo y el cuartel de El Caney. Como iba en el asiento trasero no pude
siquiera corregir el rumbo de aquel carro y menos el de los demás. Hubiéramos
podido sorprender a la guarnición de aquel cuartel, vestidos todavía con los
uniformes de sargentos. Puede decirse que aquel uniforme causó gran confusión
en el propio Ejército. Si no hubo mayor cantidad de bajas entre nosotros en el
combate, fue por tal razón. Creamos una confusión total, un caos absoluto, en el
que los únicos que sabían lo que estaba ocurriendo éramos nosotros. Aunque el
hombre de la ametralladora 50 sí sabía que los que estábamos allí éramos atacantes
y adversarios.

La causa del fracaso fue la aparición inesperada de aquella patrulla.


Lamento mucho que no se haya podido llevar a cabo el plan. Si en algún momento
yo hubiera tenido que hacer de nuevo un plan, lo habría hecho idéntico. Hoy, con
la experiencia adquirida, le paso por delante a la patrulla y sigo, la caravana de
carros la hubiera paralizado, no habrían disparado.

KATIUSKA BLANCO. -Entonces había que aplicar la variante de tomar el


camino de la Sierra.

FIDEL CASTRO.-En realidad, el combate se prolongó por los hombres que


siguieron combatiendo aisladamente, algunos como Guitart y Tassende entraron
individualmente en el cuartel. Pedrito y otros se introdujeron por algunas calles
cercanas. No tenía sentido mantener un cerco con varias decenas de hombres, sin
armas de guerra, contra 1500 soldados; por eso di la orden de retirada.
Estaba claro, era elemental que no podíamos tomar el Moncada. Traté de
ocupar otro cuartel, pero la gente que salió por la misma avenida se fue, como
expliqué, hacia Siboney. Cuando llegué a la granjita había desmoralización
provocada por el fracaso. Algunos se estaban cambiando la ropa, quitándose los
trajes, vistiéndose de civil y dejando a un lado las armas.

Ya lo único que quedaba como destino era la montaña, incluso logré reunir
un grupo, con el que salí de Siboney y emprendí la marcha hacia las montañas.
Llevábamos uno o dos hombres heridos y, además, en aquel recorrido a alguien se
le escapó un tiro. Entonces, ya teníamos como dos o tres heridos. Montané estaba
muy débil, y por eso los mandé de vuelta para tratar de salvar a los heridos. Les
indiqué que trataran de llegar de alguna forma a la ciudad. Habían transcurrido ya
tres o cuatro días después del asalto.

El fracaso hizo un impacto grande en la gente. Muchos compañeros se


desalentaron, incluso, quienes eran capaces de realizar las acciones más atrevidas
en otras circunstancias, no tenían la misma disposición. Recuerdo el ímpetu con
que tomaron el edificio frente al cuartel. Se bajaron de los carros con prontitud y
decisión, con un arrojo tremendo, parecían soldados veteranos. Hicieron así: ¡Ra!, y
lo tomaron todo, el hospital militar y todo lo que tenían delante lo dominaron.

Después de aquella experiencia pensé que tal vez, si hubiera sonado un tiro
dentro del cuartel se habría tornado terrible la situación. No sé lo que habría
pasado, porque cuando sonó el primer tiro, todo el mundo disparó; no sé a qué ni a
quién, todo el mundo disparó. Por un milagro no nos matamos entre nosotros
mismos durante los escasos 15 minutos que duró la acción fundamental. Porque
desde el principio ideamos el plan no como un asedio ni un cerco al cuartel, sino
como algo fulminante, sorpresivo, una operación comando que si no se realizaba
de tal forma, no se podía lograr.

Creo que hice lo correcto. Retiré la gente y traté de proteger a los hombres.
Lo que me reprocho es el modo en que me propuse desarmar a los guardias, en el
intento de proteger a mis compañeros. Debí atinar a socorrerlos olvidándome de la
presencia de la patrulla, pero para eso debía tener entonces la experiencia que no
poseía. Es lo que me reprocho. Tratar de proteger a la gente era un objetivo
correcto, pero en realidad la forma adecuada no era la que puse en práctica sino
una de índole psicológica: pasarles por el lado a los guardias y no hacerles caso.

A tales conclusiones llegué después leyendo mucho sobre acciones de


guerra.
Siempre me dolió mucho porque realmente yo hubiera querido tomar el
cuartel. Años después no solo tomamos el Moncada, sino la ciudad entera
resguardada por 5000 soldados, algo muy difícil. Al final de la guerra yo quería
tomar el Moncada, pero la guarnición se rindió. No hubo que atacarlo.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, usted aún no lo sabía, pero sé que


después aquilató la audacia y decisión de Raúl en las acciones simultáneas en el
Palacio de Justicia. Él iba de soldado bajo el mando de Léster Rodríguez, cumplió
al detalle todo lo previsto en el plan de ataque y en un instante tremendo salvó la
vida de varios de los compañeros de su grupo a golpe de temeridad y valor.

Los hechos lo convirtieron en el jefe de la fuerza insurreccional destacada en


aquel sitio próximo al cuartel Moncada. Raúl ganó en el combate, por derecho
propio, un lugar protagónico en la historia. Ya no era únicamente su hermano, a
cuya participación en el asalto al Moncada usted no podía negarse, por mucho que
en casa contrariara a sus padres o porque ellos y usted mismo entristecieran si la
suerte o el destino le resultaban adversos en el peligro. Tassende defendió por él su
derecho y una lógica terminó por convencer: si Raúl no iba a la acción, en La
Habana de todas formas lo iban a matar. A la hora cero Raúl iba armado con un
Springfield. Antes había tomado un Winchester de los de Birán porque sabía
disparar con ellos, pero Miret le dijo: «Suelta eso y coge una escopeta de balines
que es mejor, más segura, porque abarca más espacio». En el auto en que se
desplazaban de la granjita Siboney al Palacio de Justicia iban delante el chofer,
Léster y él, y en el asiento trasero tres compañeros asignados a aquella misión.
Como ustedes habían estudiado en Santiago, Raúl conocía el camino. «Pasa por
aquí, sigue por aquí», le indicó al chofer. A la altura de la Plaza de Marte le
comentó a Léster, que era de Santiago e iba al frente: «Oye, nos pasamos, el lugar
quedó atrás». «Ah, sí, da la vuelta», ordenó Léster al conductor. Raúl percibió que
al dar la vuelta y entrar por un desvío perdieron un tiempo que era oro entonces,
había sido un primer inconveniente, una fatalidad irremediable que pesó en todo
después, porque de no demorar, habrían llegado a tiempo para apoyar y definir
favorablemente el curso de los acontecimientos.

Al llegar al objetivo, Raúl fue el primero en bajarse del auto y le pegó la


escopeta a un cabo que se aproximaba con una pistola 38 con una cacha del 4 de
septiembre y la bandera —detalle que la memoria de Raúl registró en un concierto
de tensiones y apuros, como un flashazo que por el resto de su vida lo llevaría a
aquellos momentos cruciales—. Entró al edificio y desarmó al cabo. Luego tocó
suavemente en la primera puerta que encontró. En aquel minuto comenzó el
tiroteo. Cogió la escopeta y la pistola, mientras el guardia, encañonado por otro
compañero, permanecía contra la pared. Raúl golpeó la puerta con dos culatazos y
de súbito tuvo ante sí a un sereno desarmado, un hombre de edad madura con
mirada de asombro. Le preguntó: «¿Hay más guardias aquí?». El hombre
respondió con la misma interrogante «¿Que si hay más guardias aquí?» y con la
respuesta breve: «Ah, sí», al tiempo que señalaba justo a la entrada, a la derecha,
otra puerta. De una patada, Raúl la abrió. Del otro lado, un cuarto con un bañito, y
en la estancia unos guardias se vestían con lentitud insólita en tales circunstancias,
su paciencia demostraba los pocos deseos de salir, de involucrarse- Raúl les quitó
los fusiles y dos revolvones y los dejó encerrados. «Quédense quietos aquí», fue la
orden que les espetó en medio de la confusión. Se percató de que no comprendían
nada, al verlos vestidos como militares con grados de sargentos...

Entonces Raúl subió a la azotea. Durante el ascenso paró en algunos pisos y


a través de las persianas de los ventanales intentó descubrir lo que sucedía en el
Moncada. Cuando llegó arriba el tiroteo aún era intenso. Iba a dispararle a un
guardia que le quedaba justamente abajo, en una de las torres del cuartel, pero el
hecho de que el militar estuviera de espaldas lo hizo desistir, no consiguió ignorar
la desventaja del otro y bajó la mira de su arma. Luego, aquel mismo soldado se
viró y desde una posición fortificada comenzó a disparar hacia lo alto. Para
entonces, ya Raúl disparaba certeramente con su Springfield y esquivaba las
ráfagas provenientes de la parte trasera del Palacio de Justicia. Combatieron todo
el tiempo hasta que vieron la retirada. Él indicó a los demás asaltantes: «Vayan
bajando ustedes, yo me quedo». Lo hizo el mayor tiempo que le fue posible
mientras observaba con ansiedad el aciago curso de la acción de ataque al cuartel.
A ciencia cierta, Raúl no sabía si sus compañeros habían descendido por las
escaleras cuando bajó por el elevador. La sorpresa sobrevino después, al salir del
recodo donde se encontraba la puerta del ascensor, en el lobby. Seis guardias
armados con metralletas Thompson y otros fusiles habían penetrado en el edificio
y encañonaban a Léster y a los otros jóvenes. Raúl, al salir inesperadamente vestido
de militar, captó la perplejidad y vacilación reinantes y en fracción de segundos le
arrebató el arma al jefe de los guardias y a gritos ordenó «¡Al suelo!». Los seis
militares se tiraron al piso y el grupo los desarmó. Raúl los condujo al mismo
cuartico donde los otros soldados y el sereno permanecían encerrados.
«¡Tranquilos ahí, no se muevan!», les recomendó y trancó la puerta con llave. A los
muchachos les dijo: «¡Vamos a botar las armas para afuera!». Lo ordenó para que a
los guardias les resultara imposible alcanzarlas rápidamente. «¿Y Léster?»,
preguntó. Uno le dijo: «Yo lo vi ahora aquí». El chofer aguardaba por ellos y el
carro aún estaba ahí. Todos acataban sus órdenes y entonces les recomendó:
«Salgan y espérenme en la bocacalle, al atravesar la avenida...». El grupo salió y él
comenzó a buscar a Léster en la planta baja, donde lo había visto antes: «Léster,
Léster», repitió alto durante unos segundos largos, pero no lo encontró y ya no
había tiempo para más. Decidió salir. Una ráfaga empolvó el aire y él imprimió
velocidad a sus acciones, saltó sobre un talud a pura adrenalina para caer en medio
de la avenida y reunirse con los otros cuatro compañeros, que cumplieron con
exactitud la orden y, fielmente, lo esperaron allí. «¿Y Léster?», indagaron. «No se
sabe dónde se metió. Dale por ahí», dijo. Solo él conocía Santiago. Comenzaron a
dar vueltas por la ciudad como en un tiovivo que nunca lleva a ninguna parte sino
a los mismos puntos recorridos, una y otra vez. De repente estaban en Ciudamar y
él aconsejó: «Vamos a salir de aquí, que en este lugar sí estamos perdidos». Nunca
concibieron probable la vuelta a la granjita Siboney. Estoy segura de que de
imaginar que usted regresaba allí, Raúl lo habría hecho. Pensaron que a tales
alturas el Ejército andaría por allí, cuando en realidad tardó mucho rato en salir a
las calles. De regreso al centro de Santiago, por el Parque Céspedes, Dalmau, el
dueño del carro, dijo: «Bueno, yo conozco aquí a una familia que se llama Méndez
Cominches, es cerca de aquí», conocía la dirección. Raúl objetó: «Pero somos
muchos. No podemos ir todos». Otro sugirió: «Yo conozco aquí a otra familia». Así
vislumbraron dos o tres salidas, mientras él insistía: «¿Están seguros de que
pueden ir?». «Sí, podemos ir», le respondieron. Coincidieron en que por separado
tendrían mayores probabilidades de escapar. Se alejaron con rumbos diferentes.
Raúl decidió refugiarse en la casa de la doctora Ana Rosa Sánchez, una opción que,
desafortunadamente, terminó incrementando la zozobra puertas adentro de la casa
grande en Birán.

Comandante, tanto Raúl como usted dieron la orden de retirada cuando se


percataron de que ya era imposible tomar el cuartel, entonces, ¿qué pensó? ¿cómo
se sentía?

FIDEL CASTRO.-Ante aquel revés, reparé en la certeza de que algo terrible


había ocurrido. Un desastre después de tantos esfuerzos durante largo tiempo. Sin
embargo, en aquel instante crucial no me detuve a pensar, sino que me sentí
preocupado por los combatientes de Bayamo que se iban a quedar aislados, pensé
en otra acción militar que les sirviera de apoyo: tomar el cuartel de El Caney. Y
desde luego, con las armas que ocupáramos, seguir la guerra en las serranías. Lo
he narrado en numerosas oportunidades, he meditado mucho sobre tales hechos.
La reacción que tuve no fue quedar perplejo o paralizado, sino emprender la lucha
de inmediato. Ya no sería nuestro plan original, no sería un golpe fulminante
contra Batista ni un movimiento de gran impacto, había que cambiar totalmente la
estrategia.

En Siboney agrupé a los que tenían mejores condiciones y con ellos decidí ir
a las montañas. Claro, ya teníamos conciencia de que el armamento de que
disponíamos no sería efectivo en las nuevas condiciones. Los revólveres, los fusiles
22 y las escopetas no serían de mucha utilidad en terreno abierto. Era emprender la
marcha prácticamente desarmados; pero bueno, al menos podríamos defendernos
a 20 ó 30 metros del enemigo. Ya en las montañas pasamos muchos días sin
dormir.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, según la cronología de la Oficina de


Asuntos Históricos, 19 hombres le acompañaron en la alternativa que usted
propuso, tras el reagrupamiento en Siboney, de continuar la lucha en las montañas.
Tres horas después, uno de ellos desistió. Quedaron 18 combatientes.

FIDEL CASTRO.-En cuanto emprendimos la marcha, empezaron a aparecer


aviones. Llegamos a un lugar y comimos algo. El empeño nuestro era escalar la
montaña para salir al otro lado y evitar que nos cortaran la retirada. Avanzamos
haciendo un esfuerzo descomunal, sobrehumano, en especial el primer día.

Recuerdo que en casa de un campesino nos cambiamos de ropa porque ya


no hacíamos nada vestidos de sargentos. Alguien me facilitó una camisa, la que
llevaba puesta en la foto que captan días después en el vivac.

Caminamos duro, pero no pudimos coronar la Sierra Maestra porque antes


de llegar, ya atardeciendo, el Ejército había tomado todas las alturas y vimos a los
soldados a 200 metros; a esa distancia nuestras armas no tenían efectividad alguna.
En un combate entre los soldados y nosotros a 200 metros, no podíamos
alcanzarlos. Ellos contaban con rifles Springfield 30.06 o fusiles semiautomáticos
Garand de ese calibre. De milagro los soldados no nos vieron. No conocíamos
aquellos lugares. Esperamos la noche y tratamos de escalar el alto, pero no
pudimos porque vimos luces. A todos los puntos claves habían enviado cientos de
soldados para cortar nuestra posibilidad de retirada. Entonces, nos movimos al sur
de la Sierra Maestra, con muchas dificultades, mucho trabajo, mucha hambre,
durmiendo en las laderas, en las peores condiciones. Fue agotador para nuestra
gente. Los heridos estaban mal. Cuando por accidente tuvimos otro herido en el
grupo, decidimos que intentaran regresar a la ciudad y continuar con un grupo
más reducido de combatientes.

Permanecimos cerca de una semana moviéndonos por aquellos lugares,


tratando de buscar una brecha, un sitio por donde eludir al enemigo. Entonces
comprobamos que resultaba muy difícil romper monte. Pensamos en
aproximarnos a la bahía y cruzar en un bote al otro lado.
KATIUSKA BLANCO. -Comandante, a pocas horas del asalto, ya los medios
de difusión masiva hablaban de lo ocurrido, notificaban gran número de muertos y
heridos. ¿Cómo recibió las noticias que reportaban la muerte de tantos asaltantes?
¿Qué idea pasó por su mente?

FIDEL CASTRO.-Por aquellos días, a través de la radio, empezaron a


trasmitirse noticias oficiales que registraban —casi a las 24 horas, al otro día, el
lunes— 80 muertos de los nuestros, un mínimo de soldados caídos y 22 heridos. En
los partes noticiosos se decía: «Esos tienen que haber muerto en los primeros
momentos allí...».

En cuanto notificaron 80 muertos entre los atacantes, me percaté de la dura


realidad: habían capturado y asesinado a los prisioneros. Hicieron lo que siempre
hicieron ellos y lo que hizo Batista a lo largo de la historia: asesinar prisioneros,
incluso personas que no habían participado en la acción. A la mayoría de los
extraviados los mataron; a todo el que agarraban lo asesinaban. A los compañeros
del hospital, que fueron los primeros en ser capturados, los hicieron prisioneros y
los mataron a todos, y a cuantos fueron apareciendo los tres o cuatro días que
siguieron. En Bayamo ocurrió que por un percance tampoco tomaron el cuartel y
del mismo modo nuestros hombres corrieron diversa suerte; pero los que
escaparon de la muerte lo hicieron milagrosamente.

Pasados cinco o seis días, existía cierto clima más difícil para el asesinato
impune. La Iglesia estaba de por medio; el arzobispo de Santiago de Cuba
intervenía ya en la cuestión de preservar la vida de los detenidos. Se suscitó una
gran repulsa contra los crímenes y se consiguió cierta garantía, a un grupo que no
estaba en condiciones de romper el cerco le planteé la necesidad de acogerse a la
garantía gestionada por el arzobispo, y me quedé con dos de los jefes.

El grupo más amplio de compañeros, quienes de modo general se


encontraban en un estado físico deplorable, quedó en casa de un campesino
comprometido con contactar al arzobispo. Los demás nos alejamos de allí
aproximadamente tres kilómetros, lo más pronto que nos fue posible. Por honor
decidí persistir en mi empeño combativo y no acogerme a ninguna garantía;
además, un elemental sentido común me decía que para mí no valía ninguna
seguridad, mediación, «armisticio»; es más, si hubiese existido la posibilidad de
que mi vida fuese respetada, nunca lo habría aceptado. Así, convencidamente, lo
puedo afirmar de forma absoluta. Me sentía con la máxima responsabilidad y no
renunciaría a la idea de continuar la lucha. Era un deber irrenunciable persistir y
no abandonaba la posibilidad de resistir en las montañas. Ya cuando lo de Cayo
Confites, pensé en internarme en la Sierra Maestra para continuar la lucha. Toda
mi vida anterior señalaba tal camino. Crecido en el campo, cabalgaba solo a los
Pinares y nunca sentí temores por largo, desolado y difícil que fuera el empinado
trayecto. Además, de niño había vivido en Santiago y en reiteradas excursiones
conocí la bahía. Todavía hoy cierro los ojos y me imagino siguiendo el recorrido
ideal: seguir caminando a lo largo de la carretera en dirección a Santiago, del lado
de allá, y llegar a la bahía por el oeste, tomar algún bote de pescador, cruzar de
noche y alcanzar la bahía por el este e internarme en la Sierra Maestra para
continuar la lucha desde allí con hombres que reclutaríamos en lo adelante. Las
armas también las conseguiríamos después.

KATIUSKA BLANCO. -Claro que usted pensaba cruzar la bahía en una


embarcación de pescadores, pero de todas formas aquel anhelo trae a mi
pensamiento que el trovador Sindo Garay siendo un niño, por la parte estrecha,
casi por la boca de la bahía, cruzó a nado hacia el otro lado, es decir, hacia el oeste,
para llevar un mensaje a los mambises. Él era muy martiano y recordó toda su vida
que había conocido a Martí en Dajabón, Haití, cuando el Apóstol hacía el viaje
rumbo a la guerra en Cuba.

Estuve cerca de la desembocadura de la bahía a comienzos del año pasado


[2009] y admiré el paisaje a la distancia, por esa razón puedo visualizar el trayecto
que usted imagina al cerrar los ojos. Pero ello no fue posible porque entonces, en
un desliz, los capturaron, ¿verdad?

FIDEL CASTRO.-Nos capturaron un sábado, la acción fue el 26 de julio y


nos apresaron el 1.° de agosto. Desde el punto de vista físico, estábamos exhaustos
debido al hambre, las malas noches y la falta de recursos; pero bueno, aún así mi
decisión era firme, me sentía bien y habría podido continuar. No había cumplido
todavía 27 años.

Alejado ya como tres kilómetros del lugar donde habían quedado nuestros
compañeros que se acogerían a la mediación de la Iglesia, cometimos un error en
que no habíamos incurrido con anterioridad. Invariablemente dormíamos en pleno
monte, pero para descansar al menos algo, pensamos refugiarnos en un vara en
tierra que descubrimos, donde podíamos salvarnos de la humedad y el frío, del
sereno en las amanecidas. Acostarnos a dormir en la casita de guano fue un grave
error. Nunca más en la guerra lo hicimos, porque de algo le valen a uno las
experiencias amargas.

Dormimos como piedras, sin guardia; los tres nos acostamos a dormir, con
nuestros fusiles y pistolas. Éramos José Suárez Blanco —Pepe—, Oscar Alcalde y
yo. Pepe era el jefe de la célula de Artemisa y Oscar, miembro importante del
grupo de [Raúl] Martínez Arará.

Los soldados salieron a buscarnos aquel día más temprano de lo


acostumbrado, antes del amanecer. Yo aún estaba medio dormido cuando sentí
unos golpes que parecían como las pisadas de un caballo; era la patrulla de
soldados subiendo la colina, golpeando con el fusil.

Me pareció muy raro, era demasiado temprano. Siempre ha sido un misterio


para mí qué pasó aquel día, porque indiscutiblemente a las patrullas que lanzaron
a buscarnos, que eran varias, les dieron la orden muy temprano para esa jornada.
Cuando dieron conmigo, no fueron a la casa del campesino ubicada a dos o tres
kilómetros, sino precisamente al lugar donde estábamos. A los soldados se les
ocurrió registrar allí, empujaron la puerta y nos despertaron con los fusiles sobre el
pecho. Estábamos nada menos que en manos de nuestros enemigos, en manos del
Ejército.

Mi estado de ánimo durante los siguientes días fue de una infinita


amargura, una indignación terrible, porque comprendí que habían asesinado a
todos los prisioneros. Sentía irritación, indignación y amargura. Sin embargo, no
me desplomé. A pesar de la adversidad de que se habían perdido muchos
compañeros, muchas vidas valiosas, tenía algo todavía: la decisión de luchar.

Sin discusión, aquel fue un momento difícil, con los fusiles de los soldados
sobre el pecho, sin poder hacer nada, ¡dormidos! Fue un momento terrible; pero de
súbito, me entró como una especie de resignación. Sentía infinita amargura e
irritación por el error cometido. Me consideré muerto. Creo que no nos mataron en
el acto porque inicialmente no dimos nuestros nombres. Con los soldados
sedientos de sangre y deseosos de matar, la actitud de [Pedro] Sarria, el teniente
negro, se tornó decisiva. Él los tranquilizaba diciéndoles: «Las ideas no se matan».
Empezó a decir una y otra vez como en un susurro: «No disparen, no disparen, las
ideas no se matan». Los soldados comenzaron a decir que nosotros habíamos ido al
Moncada a matar soldados, hablaban alto y con un gran machismo. «¡Vinieron a
matar soldados!», decían. En aquel momento entablé una polémica con ellos.

KATIUSKA BLANCO. -Fue una actitud temeraria, parecida a la que asumió


en El Bogotazo cuando discutió con el dueño de la casa de huéspedes donde se
había refugiado, y de súbito por ello lo expulsaron de allí y estuvo en la calle en
pleno estado de sitio.
FIDEL CASTRO.-Sí, fue realmente temeraria, casi suicida. Les dije:
«Nosotros no venimos a matar soldados, venimos a libertar este país». Y
respondieron: «No, nosotros somos descendientes del Ejército Libertador». Les
discutí otra vez: «¡Ustedes lo que son es descendientes del Ejército español, los
descendientes del Ejército Libertador somos nosotros!». Entablé una discusión
seria y exaltada porque ya me daba por muerto, es la verdad. No podía soportar lo
que estaban diciendo, y me dije: que salga el sol por donde salga. Y entonces Sarria
reiteró una y otra vez: «Las ideas no se matan». Lo decía bajito y con una
convicción estremecedora. Aún hoy conmueve pensar en un hombre de una
integridad y valor tales como para repetir dicha frase como quien enarbola un
principio o una bandera.

Los soldados rastrillaban sus fusiles sobre nuestras cabezas. Tenían las
venas hinchadas por la cólera, estaban sedientos de sangre. Por eso fue vital la
presencia de Sarria, que aún no me explico cómo pudo contenerlos. Los soldados
conocían que el Ejército había matado a muchos de los nuestros y probablemente
era lo que pensaban hacer con nosotros. En medio de la tensión, Oscar Alcalde le
dijo a Sarria que él era masón y quizás también tal iniciativa o confesión suya nos
salvó la vida.

KATIUSKA BLANCO. -Sarria sospechó que era usted desde el primer


momento. Él testimonió una vez al periodista Lázaro Bar redo: «A Fidel lo conocí
en la Universidad años atrás. Me acuerdo que vivía frente a donde yo paraba en el
edificio del Cuerpo de Ingenieros, pues como militar, cuando iba a La Habana,
para economizar hoteles y eso, paraba en un cuartel que estaba en la calle Tercera
esquina a Dos, en el Vedado, que era donde estaba el Cuerpo de Ingenieros y allí,
mientras me examinaba, reposaba y estudiaba, quedaba en ese lugar de 15 a 20
días. Fidel vivía frente por frente, en un apartamento. Quiere decir que eso fue por
el año 49 ó 50, yo empezaba la carrera de Derecho y Fidel la terminaba [...]. Y
entonces, en esa época, en que yo todavía no había suspendido los estudios nos
encontrábamos de cuando en cuando en la Universidad y hablábamos
relativamente algo. Cuando yo le pongo la mano sobre la cabeza, mis soldados no
saben lo que yo quiero con eso; pero Fidel sí. Seguro que él pensó que lo he
reconocido, pero lo calla también».

Aquello fue lo que dedujo Sarria en tal instante, pero por lo que le he
escuchado, Comandante, usted no lo reconoció a él. No supo que Sarria lo conocía
de la Universidad. ¿Qué usted recuerda desde su visión de entonces?

FIDEL CASTRO.-Después de lo que conté nos amarraron, y cuando nos


levantaron para marchar a la carretera se sintieron disparos muy cerca de nosotros.
Alguien dijo que nos tiráramos al suelo; pero creí que se trataba de una
estratagema o engaño para matarnos inermes, y dije: «Yo no me tiro. No me tiro al
suelo. Si quieren matarme, mátenme de pie». Sarria me escuchó y agregó: «Ustedes
son muy valientes, muchachos, ustedes son muy valientes». Ante su gesto y
caballeroso comportamiento, decidí retribuirlo con la verdad: «Teniente, yo soy
Fidel Castro», y en el acto me pidió: «No se lo digas a nadie, no lo digas». Escucho
cada palabra como si todo aconteciera hoy mismo. Le agregué que era el principal
responsable de los que estaban conmigo. Le dije que no quería engañarlo.

El teniente Sarria se convirtió en un ángel de la guarda para nosotros, fue


como si bajara del cielo para protegernos.

KATIUSKA BLANCO. -Y en su trayecto hacia el vivac, unidad custodiada


por la policía, ni siquiera pasó por la avenida Garzón, lo hizo por otro lado, para
no tener que pasar con usted próximo al cuartel Moncada.

FIDEL CASTRO.-Efectivamente, él no me llevó para el cuartel Moncada. En


el trayecto hacia el vivac de Santiago de Cuba —todavía en la carretera de Siboney
—, se le interpuso el comandante Pérez Chaumont, muy conocido por asesinatos
cometidos, quien le ordenó que me entregara a él como prisionero. Sarria se negó,
le planteó que era responsable de mi detención y debía ser él quien me condujera.
Si me hubiera llevado al Moncada, nadie me habría salvado de la furia de los
militares. En el primer momento me pusieron junto a un grupo, desde luego, sin
poder hablar; no me maltrataron, fueron respetuosos. Los militares estaban muy
satisfechos de haberme capturado y con la conciencia golpeándoles las sienes por
los crímenes.

KATIUSKA BLANCO. -Escuchándole hablar de la ira de los soldados de la


patrulla dirigida por Sarria, recuerdo que en una ocasión usted dijo que Batista fue
el máximo responsable de la extrema agresividad de los soldados hacia ustedes.
¿Estoy en lo cierto?

FIDEL CASTRO.-Batista les hizo creer a sus soldados que nosotros éramos
unos monstruos, que habíamos degollado a los soldados enfermos en el hospital —
una gran mentira—. Por eso la responsabilidad principal la tenía Batista, porque
envenenó a sus hombres contra nosotros. Además, los militares estaban muy
ofendidos por el hecho de que un grupo de civiles se atreviera a enfrentarlos. Su
sentido del honor militar y también de superioridad los hacía sentirse muy
agraviados. Me recordaba la actitud aquella paternalista de los militares hacia los
civiles en la embajada de Cuba en Bogotá, especialmente con nosotros, que
habíamos vivido cuantas tribulaciones podrían imaginarse en la compleja situación
tras el asesinato de Gaitán.

Batista multiplicó la irritación de los soldados con calumnias infames. En


efecto, había entrado un grupo nuestro en el hospital, pero allí no dispararon, no
llegaron a los salones donde estaban los enfermos. La única víctima, el único que
pereció en el hospital fue aquel hombre que al comienzo del combate se asomó por
una ventana. Fue la única víctima del hospital. La gente nuestra no llevaba
cuchillos, sino armas de fuego.

07

Sereno desafío, militares pundonorosos, reencontrarse con Raúl, muy alta


la moral, doctrinas, el Maestro en el corazón, «¡Condenadme, no importa, la
historia me absolverá!», rumbo al Presidio en la Isla de pinos, principio y final
de la soledad

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, ¿cómo fueron las primeras horas en el


vivac de Santiago? Imagino la tensión del momento, podría definirse como
dramáticamente abrumador y, sin embargo, lo concibo a usted exteriormente
impasible, en lo interior indignado. ¿Cómo percibía la realidad circundante? ¿Qué
hizo? ¿Cuál fue su actitud? ¿Cuál era su estado de ánimo?

FIDEL CASTRO.-Siempre recuerdo los pensamientos que se apoderaron de


mí durante las primeras horas. Sabía que los soldados de Batista estaban
preocupados, inquietos con el hecho de que el teniente Sarria me hubiera llevado
para el vivac, un lugar, por cierto, muy céntrico de Santiago de Cuba, cuando ya la
población sabía que yo estaba allí encarcelado, por eso se les hizo más difícil
llevarme al cuartel Moncada. Ellos tenían el cargo de conciencia por la masacre;
por todas partes se hablaba de los crímenes que habían cometido, quizás para los
principales jefes en aquel momento era más conveniente que yo estuviera vivo,
podía servirles de argumento para rechazar las graves acusaciones de que eran
objeto.
Entonces, el principal responsable por el asesinato de mis compañeros en el
Moncada, Alberto del Río Chaviano, se presentó en la oficina del vivac para
interrogarme. En aquel interrogatorio, un fotógrafo, no sé si con intencionalidad o
por pura casualidad, captó una imagen que se convirtió en un símbolo, porque
justamente detrás de mí se veía un cuadro de nuestro apóstol José Martí. Hay que
imaginar lo que eso significaba para los patriotas cubanos que luchaban contra la
tiranía. Aquella imagen terminó siendo casi una bandera tiempo después, porque
nosotros en el juicio habíamos señalado al Maestro como el autor intelectual del
asalto al Moncada. Él nos había inspirado en el primer centenario de su natalicio
para ir al combate con el fuego y la luz de las antorchas que habíamos portado en
enero de 1953 desde la Universidad hasta la Fragua Martiana, el lugar donde se
forjó a la edad de 16 años su temple de hombre firme y enérgico, que lo acompañó
a lo largo de su corta vida.

Del interrogatorio recuerdo, como aspecto principal, que esclarecí la


responsabilidad de nuestro Movimiento en los hechos, y desmentí la idea de que
Prío y los auténticos tuviesen alguna implicación: no habíamos concertado acuerdo
ni acciones con ellos; no recibimos fondos, recursos ni armas que proviniesen de
ellos. Explicamos en qué consistió la organización del ataque y asumí la máxima
responsabilidad por todo. Para mí no fue difícil, conocía muy bien lo hecho y mi
interés esencial radicaba en definir nuestra posición política, lo que argumenté
ampliamente en el juicio. Claro, tampoco debía facilitar el trabajo de nuestros
enemigos, pero ya tenían mucha información. Todo lo que no se sabía lo callé, y de
lo que se conocía hablé profusamente, di los detalles, punto por punto: la
adquisición de armas en las armerías, el entrenamiento en las fincas, el dinero
recabado por nosotros mismos, los planes de tomar el cuartel, la idea de levantar a
la población de Santiago de Cuba y la de lanzar un programa revolucionario, las
leyes revolucionarias que decretaríamos desde allí, las ideas generales y a veces
precisas de lo ya conocido. Hablé de todo lo que me interesaba explicar, porque
ellos se proponían crear confusión, engañar a los soldados, diciendo que nuestro
fin era matar soldados, que estábamos vinculados al corrupto gobierno anterior,
entre las numerosas falsedades que divulgaron.

Me interesaba explicar los planes, porque en la medida en que lo hacíamos


destruíamos todas las mentiras que Batista había fabricado en torno a los objetivos
de nuestra lucha. Su error más grande fue que después del interrogatorio inicial
dejaron entrar a la prensa y la radio. Considero que lo cometieron en medio de su
euforia por tenerme detenido, y pronto lo lamentarían.

Recuerdo que además de Chaviano, aquel día me interrogó otro


comandante que había perdido un hermano en el asalto al Moncada, y debo decir
que a pesar de todo, me trató con respeto; también recuerdo a otros oficiales que
podría definir como correctos.

KATIUSKA BLANCO. -En el artículo «¡Mientes, Chaviano!», escrito el 29 de


mayo de 1955, al salir de la cárcel, se refirió a ellos: «Mis sinceras simpatías para
todo militar que sin odio y sin ira sabe cumplir con lo que estima su deber; que
sabe morir peleando, pero no asesina jamás a un prisionero indefenso.

»Mis respetos para los Sarria, los Camps, los Tamayo, los Róger Pérez Díaz
y para todo militar pundonoroso aunque no piensen igual que yo. Mi admiración
para el caballeroso Comandante Izquierdo, jefe de la Policía de Santiago de Cuba,
que, habiendo perdido un hermano en el combate, conversó conmigo amablemente
y sin sombra de rencor, porque nosotros fuimos a combatir contra un sistema de
gobierno y no contra un militar en particular».

FIDEL CASTRO.-Sí, allí estuvieron varios jefes haciéndome preguntas. La


verdad es que cuando pienso en toda aquella jornada, me parece algo como
alucinante, entonces se mezclaron circunstancias extrañas; estados emocionales
diversos de quienes me rodeaban; factores psicológicos como la euforia porque
todo había terminado al capturarme; la ratificación de que el Ejército era infalible e
invencible; la mala conciencia de los crímenes; la necesidad psicológica de aliviarse
sus propios sobresaltos; la posibilidad de mostrarse como caballeros, y quizás,
hasta la impresión que les causaba mi serenidad, mi tranquilidad. En aquel
momento yo permanecía solo. Los compañeros del grupo que me acompañaron en
el afán de alcanzar las montañas, detenidos aquel mismo día 1° de agosto, habían
sido conducidos también al vivac, pero luego nos separaron y yo ni siquiera sabía
adonde los habían llevado. En tal momento yo era prisionero de los militares.
Cuando permitieron entrar a la prensa y a la radio, respondí todas las preguntas
que hicieron, expliqué a grandes rasgos lo que hice, cómo organizamos el
Movimiento con nuestros recursos, los planes que teníamos y las leyes en favor de
los campesinos, de los obreros, y del pueblo en general. Indagaron por el trato a
que fui sometido, y respondí: «He sido tratado con caballerosidad». Era la verdad.
Preguntaron si habíamos ido a matar soldados, y afirmé categóricamente: «No.
Lamentamos la muerte de los soldados que cayeron, tuvimos que luchar; murieron
algunos, pero su muerte no era nuestro objetivo, es lamentable. Nuestro objetivo
era hacer la Revolución». Y entonces argumenté por qué era necesario hacer una
revolución y cómo la lucha armada era la única vía posible de lograrlo. Ofrecí una
explicación amplia que luego salió extensamente publicada en el periódico El
Crisol, en su edición matutina del día siguiente: era lunes.
Todas mis declaraciones tuvieron gran impacto y fueron publicadas con
grandes cintillos o trasmitidas en espacios noticiosos estelares, hasta que el alto
mando del Ejército y Batista se percataron del error, y se dieron a la tarea de
recoger diarios y silenciar emisoras radiales. Comencé ganándoles la batalla
política desde aquel mismo día.

Bueno, después, ya tarde en la noche, me trasladaron a la prisión de


Boniato, allí supe que alrededor de 15 ó 20 compañeros estaban vivos; algunos
presos y otros habían conseguido escapar. Entre los prisioneros, algunos estaban
heridos.

KATIUSKA BLANCO. -Usted ya estaba en Boniato cuando a Raúl lo


llevaron allí. Él era casi el último de la fila el día que lo trasladaron a dicha prisión;
avanzaba con dificultad porque brindó el hombro de apoyo a [Reinaldo] Benítez,
quien tenía un tiro en una pierna y apenas lograba andar con la herida abierta y sin
curar varias jornadas después de los ataques a los cuarteles Moncada y Carlos
Manuel de Céspedes. A la entrada de la prisión de Boniato, Raúl levantó la mirada
y lo vio a usted, en el lugar donde los soldados y oficiales del Ejército batistiano
imaginaron quizás que sería mayor su humillación y, sin embargo, su presencia, tal
como Raúl lo evoca, impresionaba por la firmeza de la mirada y la postura
erguida, por el porte de dignidad e hidalguía que su hermano más pequeño le
conocía bien. No les permitieron acercarse ni conversar, pero la certeza de que uno
y otro vivían fue motivo de una gran alegría para ambos. Raúl nunca olvidaría
aquel instante tremendo y la imagen de usted persistiría en su memoria como una
lección de entereza y valor, aun en el momento más áspero, en la más dura de las
adversidades. Pienso que usted no solo se alegró, presiento que, al verlo, además,
experimentó un alivio profundo. Tal vez no era muy consciente de ello, pero sé que
no podía evitar la inmensa preocupación por su hermano menor debido al cariño
de siempre y al compromiso y la responsabilidad asumidos ante su familia cuando
llevó a Raúl para La Habana. Hace poco leí algo que lo corrobora. Un campesino
que les prestó apoyo antes de que Sarria los detuviera contó: «Fidel enseguida que
me vio preguntó si yo sabía lo del Moncada. Le dije que sí y acto seguido volvió a
preguntar si yo sabía que habían matado al hermano del jefe, al hermano de Fidel
Castro. Le dije que no sabía». El campesino se llamaba Piña y usted dialogó con él
en la finca Mamprisa, el 31 de julio al atardecer. Sarria lo detuvo en la amanecida
del 1° de agosto.

FIDEL CASTRO.-En realidad existía un compromiso con la familia, con los


viejos, por ello no involucré a Raúl en la acción de forma directa.
Él tenía muy buenas relaciones con un grupo de compañeros de los que
estaban en actividades revolucionarias, incluso, había recibido una invitación y
había estado a inicios de año en una reunión preparatoria del Festival Mundial de
la Juventud en Austria. Hizo un viaje con muy pocos recursos y creo que pasó por
varios países: Rumania, Hungría, la antigua Checoslovaquia, Francia e Italia;
regresó en barco con escalas en Curazao y Venezuela, y lo detuvieron en el puerto
al solidarizarse con unos guatemaltecos con quienes había establecido amistad
durante la travesía y a quienes arrestaron porque llevaban consigo revistas,
medallas y libros de su estancia en la cita de las juventudes progresistas. Salió de la
cárcel unas semanas antes del Moncada, y para entonces ya era militante
comunista.

Como era el más pequeño, yo tenía una cierta responsabilidad con él porque
lo traje a la capital como dos años antes, precisamente, para que estudiara. Pero él
quería participar, había dicho que lo llamaran cuando fueran a desarrollar una
acción, tenía interés, deseos de participar.

También nos preocupaba que pudieran tomar una represalia fuerte contra
Raúl, en fin, el caso es que yo había persuadido a los viejos para que me dejaran la
responsabilidad de que Raúl viniera conmigo y estudiara, porque yo siempre me
los encontraba quejándose de que no estudiaba, de que era medio rebelde,
entonces les dije: «Bueno, no me den más quejas, si ustedes quieren yo me
responsabilizo».

Entonces, lo persuadí de que viniera a estudiar. Él no había hecho el


bachillerato, pero existía un programa de ingreso a la Universidad en una carrera
que le llamaban administrativa, asociada en cierta forma a las ciencias sociales, al
Derecho Diplomático, a la carrera de Derecho; pero no se exigía el título de
bachiller para ingresar en la carrera, sino mediante un examen. Lo convencí de que
tenía una oportunidad de estudiar. Entonces él vino a vivir con nosotros aquí en la
calle 3.a esquina a 2, en el Vedado, y empezó a estudiar, estudió y aprobó el
ingreso en la Universidad.

Por tales razones me preocupaba y es cierto que pregunté por él. Después lo
vi en la prisión de Boniato entre los demás combatientes, ya nuestra gente tenía la
moral muy alta.

KATIUSKA BLANCO. -Sí. Raúl me contó todas sus tribulaciones después de


las acciones del 26 y un pasaje estremecedor cuando lo trasladaron detenido al
Moncada. A él lo llevaron al mismísimo cuartel Moncada donde pocas horas antes
habían asesinado a sus compañeros, entre ellos a su entrañable amigo José Luis
Tassende. Raúl después de dominar el Palacio de Justicia y observar desde la
azotea la retirada de ustedes, desarmando efectivos batistianos logró retirarse y
llegar a la farmacia de la doctora Ana Rosa Sánchez, que ya viuda de don Fidel
Pino Santos tenía un nuevo compañero, policía en tiempos del gobierno de Prío,
quien se apellidaba Quesada. Tomasín, el hijo de la doctora Ana Rosa, lo llevó para
la casa de unos parientes de Quesada y de allí para otro lugar, cerca de El Cristo,
donde también le brindaron refugio una anciana y un hombre mudo. Tomasín se
comportó entonces como un buen amigo. Estando Raúl en aquel sitio llegó la
noticia de la detención del policía y decidió irse. El mudo le facilitó una camisa y él
emprendió el camino hacia un lugar cercano a Birán. Sin embargo, no le fue posible
escapar, en el trayecto del poblado de Dos Caminos a San Luis lo detuvieron y
finalmente, tras varios días encarcelado en el cuartel de San Luis, un delator lo
identificó: «Este es hijo del viejo Ángel, este es hermano de Fidel» —dijo el hombre
— y después Raúl narra que cambió el tono de su voz —porque hasta entonces
había tratado que no lo reconocieran— y dijo: «Soy hermano de Fidel, yo soy Raúl.
Participé en el ataque, tomé el Palacio de Justicia, pero investiguen, hay nueve
prisioneros que cogí, diez con el sereno, y están vivos todos». Él dice que entonces
los militares comenzaron a tratarlo con respeto, hasta uno que alardeaba
constantemente con una ametralladora Thompson. En un yip, lo pasaron al cuartel
de Palma donde radicaba el escuadrón, y allí todos lo trataron con amabilidad
porque eran conocidos de su papá, luego el capitán Campito lo llevó para el
Moncada. Al llegar, recuerda que pasó entre dos filas de soldados que competían a
ver quién le gritaba insultos más grandes, pero no lo tocaron. Luego lo subieron a
la azotea, donde había sacos de arena, un poco de sangre y ametralladoras. Allí
tenían también a Montané y a [Israel] Tápanes. Montané, con los labios cuarteados,
le hablaba bajito a Raúl. Le decía: «Raulito [„.], no me han dado agua» y entonces
él le dijo: «Espérate, chico: ¡Guardia, guardia! mira que el compañero tiene sed, a
ver si me hace el favor y le da un poquito de agua». Y el guardia: «¡Que tome
meao!», «¡Coño, cállate!». Entonces su hermano le dijo a Montané: «Aguanta».
Después separaron a Raúl para interrogarlo, pero ya no lo hizo Chaviano, sino
Díaz Tamayo, enviado expresamente por Batista. Y Raúl, cuando le levantaban el
acta, ante las acusaciones de que había ejecutado soldados como si él estuviese
reconociéndolo, les espetaba que aquello era mentira y les mencionaba a los nueve
soldados prisioneros y al sereno, quienes estaban vivos y eran testigos. En una de
aquellas ocasiones, Díaz Tamayo le gritó: «¡Cállate, que te vamos a fusilar!».
Después le dijo que firmara y ordenó: «¡Súbanlo!». Como transcurrieron las horas y
no les dieron ni agua, Raúl cuenta en relación con Montané: «Me daba una pena,
pobrecito. Pero firme toda la vida. Él se ofreció voluntario para la posta tres y fue».
En la madrugada cuando a las 3:00 o las 4:00 de la mañana les ordenaron: «Vamos,
¡arriba!», Montané le dijo a Raúl: «Raulito, cuando nos vayan a fusilar vamos a
cantar el Himno Nacional». Y Raúl le respondió: «De acuerdo». Cuando ellos
creían que los llevaban al puerto para lanzarlos al mar, lo que hicieron fue
trasladarlos al vivac, donde se encontraron con Ciro, Ramiro y otros que
empezaron a contarles de los asesinatos. Estando allí presos se corrió por fin un
rumor: ¡Vino Fidel!, pero tampoco entonces ustedes se vieron. Después, cuando los
trasladaron a la prisión de Boniato y los condujeron por la parte administrativa del
edificio, allí estaba usted junto a la entrada, donde él considera que lo sentaron
para humillarlo. Él recuerda su expresión de sorpresa al verlo porque usted no
sabía que él estaba vivo. Todo esto confirma que en aquel momento los prisioneros
moncadistas tenían la moral muy alta, se expresaban en franco desafío, con
orgullo, dispuestos a todo. Pienso que sentían mucha indignación. En aquellos días
los expertos fueron a su celda para hacerle la prueba de la parafina en las manos, y
usted resueltamente les aseguró que no era necesario hacerlo porque reconocía
haber disparado.

FIDEL CASTRO.-Me pusieron en una celda en la prisión de Boniato, en un


pabellón, cerca de los otros combatientes.

Tenían allí retenidas, además, a figuras políticas, algunos líderes


comunistas, a quienes deseaban implicar y que no habían tenido absolutamente
nada que ver. Recuerdo en especial a Lázaro Peña. Pero, bueno, era una acción
deliberada para mezclar los del Movimiento 26 de Julio con los comunistas.
Nosotros decíamos cómo lo habíamos hecho, pero no hacíamos ninguna crítica a
los comunistas.

En el mismo pabellón donde yo me encontraba preso recluyeron a Melba y a


Haydée, y además a los líderes políticos a quienes trataban de involucrar. No lo
recuerdo bien, quizás Raúl pueda contarlo con más nitidez. También considero que
fue vital para mí la presencia de Melba y Haydée Santamaría o Yeyé, como le
decíamos todos. Ellas me proporcionaron mucha información a pesar del
aislamiento en que pretendían mantenerme. Me separaron del grupo desde un
inicio, pero de alguna manera nos comunicábamos cuando ellas se aproximaban al
lugar donde yo estaba. Al principio les era posible porque los guardias al poco
tiempo se hicieron amigos míos. Después, cuando se dieron cuenta, buscaron a un
grupo selecto de guardias llenos de odio para que nos cuidaran —siempre he dicho
que parecían basiliscos, tipos furiosos, muy escogidos para no dejarse influir por
nosotros—. Nuestra situación en realidad empeoró entonces.

Yo sentía amargura todavía por el revés, la captura, la prisión; no por lo


personal, sino por lo que significaba desde el punto de vista revolucionario, y,
sobre todo, la mayor indignación se debía al conocimiento preciso que ya tenía de
todos los crímenes, porque ya se sabían muchos de los crímenes: lo que habían
hecho con Abel, con Boris Luis Santa Coloma, las cosas que ocurrieron también con
otros combatientes; de todo eso me enteré allí por los prisioneros, y especialmente
por Melba y Yeyé.

Además, me mantenían aislado, y por eso, quizás, hice una de las cosas más
atrevidas y más audaces; no sé, incluso, si la más irresponsable: decidí declararme
en huelga de hambre, y lo hice sin garantías constitucionales, sin prensa, sin
noticias y sin nada. Era un desafío, un acto de rebeldía, y como una especie de
presión moral, porque, además, no era una huelga pasiva, callada. Cuando me
traían el desayuno: «¡No quiero desayuno!». Gritaba alto: «¡No quiero desayuno,
llévenselo a Chaviano para que se lo meta por el c.J». Llegó un momento en que no
sabían qué hacer conmigo. Todo el mundo era testigo de mi insubordinación: los
prisioneros, entre ellos los líderes políticos detenidos y todos los demás. No me
importaba que me mataran, y llevé el desafío al máximo exponente. Chaviano era
el dueño de Santiago de Cuba, de vidas y haciendas, era el que había asesinado a
muchos de mis compañeros. Creo que mi actitud los desmoralizó, el hecho de que
vieran en mí alguien que no temía, eso los dejaba perplejos y desarmados.

Al cabo de un tiempo, se produjo un arreglo conmigo; llegó un jefe y me


habló en términos respetuosos: «Bueno —me dijo—, está bien, haga la huelga, pero
no tiene necesidad de pronunciar tales palabras; usted es una persona educada,
hay que tener cuidado». El hombre me trató como a un completo caballero, y
prácticamente me pidió que declinara mi actitud en nombre de la decencia. Llegó
un tanto amable y su argumento fue tan razonable, que le dije: «Está bien, no voy a
volver a decir esas palabras, pero no pienso comer, voy a seguir la huelga de
hambre».

El hombre casi me imploró que desistiera, y entonces le dije: «Bueno, esté


tranquilo», como una respuesta a la forma tan decente, tan caballerosa con que
llegó el oficial. Suspendí las palabrotas y seguí la huelga de hambre.

Como a la semana, por la situación política embarazosa creada allí con la


presencia de numerosos líderes políticos, fueron a verme y me comunicaron que
suspenderían la incomunicación y me permitirían encontrarme con Melba y Yeyé.
Hablo de una incomunicación relativa, porque estaba en una celda con rejas y veía
y hablaba con todos los que pasaban por el pasillo.
Después, cuando a las 48 ó 72 horas reimplantaron la incomunicación, solo
sentí desprecio por ellos, un profundo desprecio. Creo que ya se vislumbraba el
juicio, y me concentré en preparar mi autodefensa. Consideré aquella breve batalla
algo quijotesca y quizás los frenó en sus propósitos de eliminarme.

KATIUSKA BLANCO. -Fueron días muy difíciles y peligrosos. Desde su


ventana, usted podía observar la posta cosaca de la azotea. Una ametralladora
calibre 30, instalada en lo alto, apuntaba invariablemente a su celda y también unos
grandes reflectores.

FIDEL CASTRO.-Y ya para entonces, a través de mensajes verbales, me


había comunicado con todos los compañeros y planeado la estrategia de asumir la
responsabilidad con un idéntico pronunciamiento: «Sí, vinimos al Moncada,
vinimos a luchar por la libertad de Cuba». Es decir, asumir una actitud beligerante
y de denuncia de los crímenes, defender la justeza de nuestra acción, de nuestra
lucha.

KATIUSKA BLANCO. -Supe que lo mantenían incomunicado y que a su


hermana Agustinita, la más pequeña, no la dejaron pasar cuando fue a verlo. Usted
le escribió una carta maravillosa. No parece escrita por alguien encerrado en una
cárcel, todo lo contrario, su espíritu vuela libre en las palabras. Por aquellos días
también envió mensajes a casa para tranquilizar en lo posible a sus seres queridos:
a su esposa, a sus padres, a su hermano Ramón. Todo lo hacía en medio de la
decisiva etapa de preparación con vistas al juicio.

FIDEL CASTRO.-Durante el período de aislamiento recibí algunos libros;


unos eran textos de ciencias sociales, muy útiles, sobre la historia de las doctrinas
sociales, historia de las doctrinas políticas; también un volumen de las Obras
Completas de Martí; pude recibir seis o siete libros; fueron muy importantes para
mí porque debía aprender de memoria algunos pasajes, algunas citas, mientras me
preparaba para el juicio. A no ser Ramón, nadie se imaginaba lo que tenía
planeado.

KATIUSKA BLANCO. -Ramón sí sabía porque le había escrito y usted a él


el 5 de septiembre de 1953: «Me parece acertado lo que me propones sobre mi
defensa, y así lo he estado pensando desde el primer momento. El juicio lo han
transferido ahora para el día 21». En otro fragmento agregaba: «Además, no sufro
ningún género de arrepentimiento, en la más completa convicción de que me
sacrifico por mi patria y cumplo con mi deber; eso indiscutiblemente es un gran
estímulo. Más que mis penas personales, me entristece el recuerdo de mis buenos
compañeros que cayeron en la lucha. Pero los pueblos sólo han avanzado así, a
base del sacrificio de sus mejores hijos. Es una ley histórica y hay que aceptarla.»Es
necesario que le hagas ver a mis padres que la cárcel no es la idea horrible y
vergonzosa que ellos nos enseñaron. Tal es solamente cuando el hombre va a ella
por hechos que deshonran: jamás cuando los motivos son elevados y grandes,
entonces la cárcel es un lugar muy honroso».

Y en otra carta, también a su hermano, le comentaba: «Recibí un telegrama


del viejo preguntándome si teníamos ropa; yo le contesté enseguida que sí, lo
mismo que Raúl. Myrta me mandó un traje que le pedí para el juicio [...]. Pienso
escribirle esta tarde a los viejos. ¿Están tranquilos? ¿Comprenden que estoy preso
por cumplir con mi deber?

»Ignoro cuál será mi destino definitivo cuando termine el juicio, pero pienso
que de todos modos podremos vernos después del mismo [...].

»Con Raúl no he podido hablar porque estoy en celda aparte, pero yo


espero que él también te escriba».

A Ramón, además, le agradecía siempre los tabacos.

A sus padres envía el 23 de septiembre de 1953 una misiva en medio de las


audiencias: «Espero me perdonen la tardanza en escribirles, no piensen nunca que
es por olvido o falta de cariño; he pensado mucho en ustedes y solo me preocupa
que estén bien y no sufran sin razón por nosotros.

»E1 juicio comenzó hace dos días; va muy bien y estoy satisfecho de su
desarrollo. Desde luego es inevitable que nos sancionen, pero yo debo ser cívico y
sacar libre a todas las personas inocentes; en definitiva no son los jueces los que
juzgan a los hombres, sino la historia y el fallo de esta será sin duda favorable a
nosotros [...].

»Quiero por encima de todo que no se hagan la idea de que la prisión es un


lugar feo para nosotros, no lo es nunca cuando se está en ella por defender una
causa justa e interpretar el legítimo sentimiento de la nación. Todos los grandes
cubanos que forjaron la patria han padecido lo mismo que estamos padeciendo
nosotros ahora.

»Quien sufre por ella y cumple con su deber, encuentra siempre en el


espíritu fuerza sobrada para contemplar con serenidad y calma las batidas
adversas del destino; este no se expresa en un solo día y cuando nos trae en el
presente horas de amargura, es porque nos reserva para el futuro sus mejores
dones.

»Tengo la más completa seguridad de que sabrán comprenderme y tendrán


presente siempre que en la tranquilidad y conformidad de ustedes está siempre
también nuestro mejor consuelo.

»No se molesten por nosotros, no hagan gastos ni derrochen energías. Se


nos trata bien, no necesitamos nada. [...]»En lo adelante les escribiré con frecuencia
para que sepan de nosotros y no sufran.»Los quiere y los recuerda mucho, su hijo
Fidel».

Comandante, siempre que repaso aquellas cartas percibo el amor por sus
padres y el deseo de consolarlos. Usted calla los peligros, atenúa las angustias, se
muestra más optimista de lo que la prudencia aconsejaría o de lo que usted mismo
esperaba, todo para que ellos no sufrieran... Fue la actitud que mantuvo hacia
todos, también en relación con Lidia, ¿verdad?

FIDEL CASTRO.-Sí, ella me vio en el vivac el día que me hicieron


prisionero, pues se trasladó de inmediato para Santiago de Cuba porque Raúl
estaba preso, y había ido por allí a ver qué pasaba, en qué podía ayudarnos.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, conociendo su autodefensa ante el


Tribunal de Urgencia de Las Villas, podía augurarse que el juicio oral sería en su
voz una denuncia contundente contra el régimen. Sin embargo, ellos no fueron
suspicaces, ¿sería por torpeza o porque Batista continuaba subestimándolos?
¿Usted sentía ansiedad porque tal momento llegara? ¿Cómo planificó lograr sus
propósitos? ¿Qué recuerdos guarda del día en que se inició el juicio? ¿A pesar de la
lógica impaciencia, usted se sentía sereno? ¿Imaginó que ellos llegarían al punto de
sustraerlo de las audiencias? Creo que usted se dispuso como quien va a librar un
duelo de honor...

FIDEL CASTRO.-La verdad, creo que esperaba el momento con ansiedad.


Durante 50 días estuve preso a la espera del juicio como una circunstancia muy
importante, un hecho trascendente, porque nos disponíamos a tomar allí la
ofensiva. Asumiríamos toda la responsabilidad ante el tribunal y nos
convertiríamos de juzgados en jueces, denunciaríamos todos los crímenes de la
tiranía. Teníamos suficientes elementos de juicio e informaciones filtradas a través
de Melba y Haydée. Otra cuestión esencial era la oportunidad, después de tantos
días de incomunicación, de reunirme de nuevo con mis compañeros de lucha.
Además, la vista sería oral y pública, a pesar de la censura no podrían silenciarnos
ante un número de personas allí presentes. El juicio sería una excelente tribuna.

Recuerdo nítidamente que cuando llegó el día del juicio nos prepararon a
todos para salir con rumbo a la sala y nos trasladaron —a mí esposado y por
separado—. Claro, nadie sabía lo que podía pasar por el camino; podían inventar
cualquier pretexto para eliminarme, la famosa ley de fuga y luego decir: «Castro
trató de escapar y fue muerto», todo era posible. Pero también, y afortunadamente,
mucha gente permanecía atenta, y en especial el pueblo de Santiago se había
activado, mantenía su alerta; hay que reconocer la simpatía revolucionaria que
afloró en Santiago. El pueblo santiaguero, con su sabiduría, descifró la verdad,
deploró la represión batistiana y la comparó con la modestia y humildad de los
combatientes revolucionarios del Moncada. Desde los días augurales, contamos en
dicha ciudad con mucha simpatía y un apoyo conmovedor.

El juicio fue en un salón. No recuerdo bien, pero creo que nos llevaron
esposados hasta la sala, donde nos liberaron las manos, posiblemente lo
concibieron así; o tal vez lo exigí en un momento determinado, porque mi actitud
de desafío total continuaba. Sometí a duras pruebas, a evidencias irrefutables al
gobierno de Batista, sus crímenes y atropellos. Nunca me permití el
amedrentamiento, todo lo contrario, mi reacción natural fue desafiar, desafiar,
desafiar; denunciar con palabras claras todo lo horrendo acontecido, denunciarlo
en voz alta y cuantas veces fuera posible.

No sé cómo no me eliminaron entonces, tal vez fue aquella misma actitud lo


que los detuvo en seco, por la circunstancia que ya expliqué del ruido del látigo del
domador que paraliza a las fieras, y porque a Batista le pesaba como un gran fardo
el asesinato de Guiteras desde viejos tiempos ya, y tal vez no quería que otra
sombra incómoda rondara su destino.

Los soldados estaban por todas partes en aquel juicio; en cada esquina, cada
asiento, cada banco, cada hilera: soldados, soldados, soldados, más soldados, un
auditorio de lujo para la denuncia que debía realizar.

El fiscal comenzó su interrogatorio con cierto tono de insolencia, y yo le


empecé a responder firmemente, asumí toda la responsabilidad y, al responderle al
fiscal, denunciaba los crímenes. Puse en una situación muy difícil y embarazosa no
solo al fiscal, sino también al tribunal. Invariablemente, al hacer el recuento del
diálogo, evoqué el hecho de que al no poder imputarnos vínculos con el corrupto
gobierno anterior, entonces trataban de endilgarnos el sambenito de «comunistas»,
y como nos habían ocupado libros de Lenin...

KATIUSKA BLANCO. -Creo que fue en el registro del apartamento de 25 y


O, en el Vedado, donde vivían Abel y Yeyé...

FIDEL CASTRO.-Bueno, como teníamos siempre los libros de Lenin bajo el


brazo... no solo yo, también Abel, Raúl y otros compañeros, consiguieron algunos
como «prueba del delito».

Recuerdo que el fiscal me preguntó si leíamos a Lenin. Quizás él esperó de


mí una actitud evasiva o defensiva; pero yo riposté inesperadamente para él: «Sí,
nosotros leemos a Lenin como uno de los hombres más prominentes del
movimiento socialista mundial, y quien no lo lea es un ignorante». Aquella
respuesta dejó anonadado al fiscal, que tal vez pensó que nuestra réplica sería
denigrar a Lenin o negarlo, argüir: «No, ese librito no me pertenece, no era de
nosotros», u otra tontería. Ante tanta franqueza, el tribunal se veía contrariado.

KATIUSKA BLANCO. - Cuando usted habla pienso en un libro maravilloso:


Dialéctica de la naturaleza, de Federico Engels, solo este bastaría para una
afirmación como la anterior. Su franqueza fue desafiante, valiente para aquellos
tiempos maccarthistas.

FIDEL CASTRO.-El punto culminante fue cuando afirmé que el autor


intelectual era José Martí. «¿Quién es el autor intelectual?», me preguntó el fiscal
imaginando tal vez que mi respuesta sería el silencio. «El autor intelectual es José
Martí», respondí.

Después no quisieron hacerme más preguntas, porque las respuestas eran


del todo inconvenientes para ellos porque entrañaban una dimensión histórica,
demostraban nuestro apego, nuestra fidelidad a la tradición combativa del país, el
tributo de nuestra generación a los próceres de la nación cubana, a sus legendarias
luchas. Defendí la apelación a la violencia, a las armas, porque a ellas acudieron
hombres como Maceo y Martí..., me aferré a la historia de Cuba. Aproveché cada
resquicio, cada pequeña oportunidad, de las escasas que me dieron, para impugnar
la legalidad del régimen. Y cuando parecía que todo había terminado, dije que
quería asumir mi propia defensa.

No recuerdo bien a cuántas sesiones del juicio me llevaron, creo que solo a
dos. A la segunda ya comparecí como abogado y empecé a interrogar a los
militares, a los oficiales y a los soldados, y en cuanto ellos comenzaron a hablar de
los muertos en combate, se puso en evidencia el asesinato. Me erigí realmente en
juez. Ya había denunciado los crímenes y solicité que se levantara acta, que se
registraran los testimonios. Estaba demostrando todos los crímenes, porque los
jefes militares caían constantemente en contradicción en sus declaraciones. Se
contradecían unos a otros; era la verdad a la vista. Aquello alarmó a todos,
especialmente a los militares, y me regresaron por el mismo camino, siempre
incierto y peligroso por lo que podrían hacer en medio del recorrido.

Cuando correspondía realizar la tercera sesión del juicio, ya ellos no


soportaban mi presencia allí y cometieron una arbitrariedad, una ilegalidad:
decidieron sacarme del juicio, a pesar de que yo era el principal acusado. Hay que
destacar que después de que declaré, todos los compañeros, unánimemente,
enfatizaban: «¡Sí! ¡Nosotros vinimos a atacar el Moncada, a luchar por la libertad
de Cuba y estamos orgullosos de eso, no nos arrepentimos, estamos orgullosos de
lo que hicimos!». Lo hacían con energía delante de todos los militares, del público,
los jueces. Eran: ¡Ra, ra, ra!, como ráfagas de audacia y verdad. Constituía una
actitud impresionante, un hecho inolvidable que me hizo admirar aún más a los
valiosos jóvenes que secundaron la acción: primero se prepararon calladamente,
después combatieron y, por último, afrontaron con dignidad y valentía la
adversidad que sobrevino. Se les veía la hidalguía en el gesto a aquellos hombres
—casi todos muy humildes— dispuestos a todo, en manos del enemigo.

Batista, el gobierno y los militares se aterrorizaron ante la avalancha


conjunta: mi papel como abogado y la decisión de los moncadistas de enfrentar,
con total dominio de sí, las consecuencias de su participación en la lucha. Todo el
plan de presentar como una victoria del Ejército nuestra detención y
enjuiciamiento se les venía abajo súbitamente y se aterrorizaron. Por aquella razón
enviaron a mi celda a dos médicos para que dictaminaran que me encontraba
enfermo y no podía asistir al juicio.

«Venimos a hacerle un reconocimiento», me dijeron, y les respondí: «¿Por


qué vienen a hacerme un reconocimiento si yo estoy perfectamente bien? No
necesito ningún reconocimiento». Entonces, uno de los médicos dijo la verdad:
«Mira, la verdad es la siguiente: dice Chaviano —los jefes o no sé quién— que tú le
estás haciendo un terrible daño a Batista en el juicio y que no puedes ir de ninguna
manera, no puedes volver al juicio, nos pidieron que certificáramos que estabas
enfermo». Al hablarme así, les agradecí el gesto de decir la verdad y señalé:
«Ustedes sabrán cuál es su deber. Yo no estoy enfermo. Cumplan ustedes con lo
que consideren es su deber, que yo sabré cumplir con el mío».
Ellos llegaron con la intención de que no les quedaba más remedio que
certificar lo que les pedían, que tenían mucha pena. Por eso fue que les respondí
tajante y luego los despedí. Se dirimía una cuestión moral y los militares, en
relación con nosotros, se encontraban en una situación de inferioridad, incómoda;
y no solo los militares, también los jueces del tribunal, los médicos. Fue la base de
la decisión de evitar que yo regresara al juicio.

Cuando se fueron los médicos preparé una carta para el tribunal en la cual
denuncié todo el plan y, además, el intento de asesinarme, porque yo calculaba que
en una situación desesperada como aquella, qué otra cosa podían hacer sino
eliminarme, y lo narré todo: Que habían ido dos médicos, que yo no tenía nada,
que querían sustraerme del juicio y que los denunciaba, porque me encontraba
perfectamente bien de salud. Entonces tomé una frase de Martí para espetarles:
«...un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército». Fue
lo que mandé a decir al tribunal.

Logré entregarle la carta a Melba. En la tercera sesión del juicio, el acusado


principal no estaba, y cuando comenzó la vista, Melba se paró y dijo: «¡Señores
magistrados, aquí tengo una carta!». Sacó la carta con la denuncia, ¡tremenda
denuncia!, lo cual causó un impacto grande. Los magistrados se quedaron sin saber
qué hacer. Se plegaron, no hicieron nada más, no adelantaron ninguna
investigación, quedaron desmoralizados con su actitud de seguir el juicio sin mí,
me privaron de asistir; me dejaron fuera del gran juicio.

Algo así no había ocurrido ni siquiera cuando juzgaron a Jorge Dimitrov, lo


juzgaron delante de todos, y a mí me apartaron, y con una arbitrariedad que hasta
se hizo pública. Pienso que además eran muy torpes, muy burdos en sus
atropellos. Ya no era subestimación porque estaban asustados, era terror lo que
sentían, y actuaban necia e impúdicamente.

El juicio prosiguió y finalmente sancionaron a mis compañeros de lucha,


porque en definitiva nadie había eludido su responsabilidad en el hecho y todos
expresaron el orgullo de haber participado en la acción; por tanto, para el tribunal,
los militares y el gobierno de Batista, eran culpables. El juicio fue una batalla
ganada por su repercusión. Al final, liberaron a los políticos y a mí me dejaron allí;
y más que eso, me ubicaron junto a los presos comunes, que, por cierto, se llevaban
muy bien conmigo, algo que quizás no esperaban mis carceleros. Los presos me
trataban con mucho respeto y amistad.

Luego prepararon un juicio en un sitio mucho más reducido, con la


esperanza tal vez de que mi denuncia fuera silenciada gracias al reducido grupo de
oyentes. Fue el 16 de octubre de 1953. También llevaron allí a Luis Crespo y a
Gustavo Arcos. Nos juzgaron a los tres en el hospital civil, no me llevaron a la
audiencia ni a la sala de los tribunales. Fue en una salita chiquitica. Asistieron muy
pocas personas, entre ellas Bilito Castellanos y la periodista Marta Rojas. Allí fue
donde pronuncié el alegato La historia me absolverá. No me permitieron llevar ni
los libros ni el Código Penal con que contaba. Las ideas las expresé de memoria.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, fue el motivo de estas palabras: «...se prohibió


que llegaran a mis manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión
los consideró demasiado subversivos. ¿O será porque yo dije que Martí era el autor
intelectual del 26 de Julio? Se impidió, además, que trajese a este juicio ninguna
obra de consulta sobre cualquier otra materia. ¡No importa en absoluto! Traigo en
el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos
los hombres que han defendido la libertad de los pueblos».

FIDEL CASTRO.-Sí. Tuve que recurrir al orden que había dado a las ideas
en mi pensamiento durante largas horas de preparación. Debo señalar que me fue
muy útil la denuncia que presenté ante el tribunal en los primeros días del golpe
del 10 de marzo, era la premonición de que después habrían de ser imprescindibles
los argumentos expuestos entonces. En la defensa de los revolucionarios, aquella
fue un arma oportuna, eficaz, porque impugné al gobierno usurpador de Batista
como ilegítimo e ilegal. Cuestioné la moralidad de aquel gobierno y concentré la
defensa en la validez política, filosófica, moral y legal de la defensa.

Allí interrogué a todos los testigos, a los militares, uno por uno: ¡Ra, ra, ra!,
y los sorprendí con las abismales contradicciones que ponían en entredicho su
franqueza. Pero todo transcurrió en una estrecha salita, casi sin público, y después
de violaciones y arbitrariedades, descaradamente absurdas y públicas; por eso
afirmé que la justicia estaba enferma. Hablé en total unas 15 ó 20 horas, no
recuerdo exactamente ante quiénes, de cualquier forma me iban a condenar.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, estoy convencida de que usted conocía bien lo


que debía afrontar desde el momento mismo en que lo detuvieron y mientras se
preparaba para el juicio.

Lo expresó claramente al final de su alegato: «En cuanto a mí, sé que la


cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de
ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano
miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa,
la historia me absolverá».

FIDEL CASTRO.-El juicio parecía algo irreal, al final se conoció el veredicto


del tribunal: 15 años de privación de libertad.

KATIUSKA BLANCO. -Quince años para volver a las calles, una vida entera
debía vivir en el presidio y, sin embargo, sé que usted no alentó un minuto de
reposo. Comandante, ¿predecía su afán de luchar todo aquel tiempo en
condiciones tan adversas como la lejanía, la incomunicación y hasta la soledad?

FIDEL CASTRO.-Siempre tuve una confianza absoluta en el futuro. Presenté


un programa de lo que íbamos haciendo, y así libramos una batalla tenaz; desde el
mismo momento en que me capturaron —aquellas palabras mías en la salita
constituían, en parte, mi primer mensaje al pueblo con una amplia explicación de
nuestra lucha, sus propósitos y sus principios—, siempre he asegurado que ellos
cometieron el error de dejarme hablar; y aquel día empezamos a ganar la batalla.
Mostramos constancia, dignidad y espíritu intransigente, desafiante y rebelde.

KATIUSKA BLANCO. -Me he preguntado en muchas ocasiones qué


pensaría usted cuando el avión levantó el vuelo en el traslado de la prisión de
Oriente al Presidio Modelo.

FIDEL CASTRO.-Recuerdo que un día me sacaron otra vez de la prisión.


Ellos nunca decían qué iban a hacer ni qué paso daban. Cuando me sacaron, me
llevaron al aeropuerto, me montaron en un avión —yo cuando salía no sabía
adonde iba, en manos de aquella gente podía esperar cualquier cosa—. Voló el
avión, aterrizó en Isla de Pinos y me llevaron para la prisión. Por primera vez me
reunieron con todos los demás asaltantes del Moncada. Habían terminado dos
meses y 17 días, más o menos, de encierro e incomunicación.

08

Meditar La historia me absolverá, la raíz mambisa y marxista, prudencia y


esencia en las palabras, mensajes escritos con zumo de limón, apoyo del partido
Comunista, cartas de amor y dolor, una protesta frente a Batista, aislado y sin
luz, toda la vida para el 26
KATIUSKA BLANCO. -Comandante, sus palabras en el juicio del Moncada
me recuerdan aquellas otras suscritas por José Martí y Máximo Gómez en el
Manifiesto de Montecristi: «La revolución de independencia, iniciada en Yara
después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo
período de guerra» y «En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la
revolución las causas del júbilo que pudiera embargar el heroísmo irreflexivo, sino
las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de los pueblos». La
historia me absolverá constituye hoy uno de los documentos más importantes de
nuestra historia y creo que, al igual que el Manifiesto, expresa las esencias de una
realidad y un sueño para Cuba. Han sido muchas las valoraciones que he leído en
relación con su alegato de defensa, pero ¿podría escucharle a usted sus propias
apreciaciones? ¿Podríamos conversar sobre este tema?

FIDEL CASTRO.-Es cierto que la raíz mambisa alentó nuestra lucha,


inspirada en la búsqueda heroica de nuestro pueblo por la independencia y la
justicia a lo largo del tiempo.

El inmenso caudal martiano de ideas y principios fluía en nosotros en el


centenario del nacimiento del Apóstol. En aquel discurso, justifiqué y fundamenté
el derecho a la insurrección, a la luz, incluso, de toda la filosofía liberal: la que
imperó en la Revolución Francesa, la que imperó en la revolución en Estados
Unidos, el derecho a la rebelión frente a la tiranía, defendido desde mucho antes
por los enciclopedistas y los filósofos en Europa. La revolución socialista —que
latía en todo lo expresado— no es en modo alguno una negación de la filosofía de
la Revolución Francesa. El socialismo y las ideas socialistas son una continuación
en otra época histórica de las ideas de la propia Revolución Francesa, muchas de
las cuales son reivindicadas por el socialismo: los conceptos de libertad, igualdad y
fraternidad. La revolución burguesa no permitió que se alcanzaran, que se
desarrollaran plenamente, eso fue lo que dio lugar a la necesidad de la revolución
socialista. La verdadera igualdad no existe en la sociedad capitalista, sino en el
socialismo; la verdadera fraternidad y la verdadera libertad solo son alcanzables en
el socialismo para la inmensa mayoría del pueblo. Si existe desigualdad, no existe
fraternidad. Si existe opresión económica y opresión política, no existe libertad.
Solo en el socialismo se pueden enarbolar las tres grandes banderas de la
Revolución Francesa. Es la razón por la cual no hay contradicción. En cierta forma,
los filósofos de la Revolución Francesa y de la propia revolución burguesa —todos
aquellos pensadores, Juan Jacobo Rousseau y los otros eran gente bastante
radicales en su pensamiento; los enciclopedistas; los mismos que inspiraron la
lucha por la independencia de Estados Unidos—, todos ellos negaban, por
ejemplo, el origen divino del poder, negaban la monarquía; planteaban que el
poder emana del pueblo y solo puede emanar del pueblo, y, entonces, postulaban
el derecho a la rebelión contra la tiranía, el derecho a la insurrección.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, y sus seguidores abogaban por crear el templo de


la razón, y de hecho lo hicieron en la Basílica de Sena-Saint Denis, sitio sagrado de
la monarquía absolutista en París.

FIDEL CASTRO.-En La historia me absolverá hay una correspondencia


entre el pensamiento socialista y la fundamentación política e histórica del derecho
a la insurrección, parte esencial de la doctrina socialista, que es el derecho a la
rebelión frente a la opresión y frente a la explotación.

Aunque no era todavía un programa socialista, la parte económica y la parte


social son bien claras, se inspiran en un pensamiento socialista, lo preside tal
pensamiento.

En mi autodefensa empleé una imagen bíblica: No se puede adorar a «los


becerros de oro» —como aquellos del «Antiguo Testamento»— esperando los
milagros de los becerros de oro, los milagros del capitalismo, los milagros de los
ricos. Mi rechazo se expuso a través de una imagen bíblica, con un lenguaje para
ser mejor comprendido y llegar a una población que en su gran mayoría todavía
no asimilaba un mensaje marxista por su insuficiente preparación cultural y el
maccarthismo imperante. No digo que el pueblo son los terratenientes ni los ricos
ni los industriales. «¡Ese es el pueblo, el que sufre todas las desdichas y es por tanto
capaz de pelear con todo el coraje!». A ese pueblo, cuyos caminos de angustias
estaban empedrados de engaño y falsas promesas, no le íbamos a decir: «Te vamos
a dar» sino: «Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la
libertad y la felicidad».

Cualquiera que leyera bien el alegato, quien lo hiciera cuidadosamente,


podía percatarse de que se trataba de un programa socialista, donde se ponía de
manifiesto un pensamiento de tal carácter, porque afirmé que no creía en la ley de
la oferta y la demanda, en la solución espontánea; planteé que había que utilizar
los recursos e invertirlos en un programa para el desarrollo del país en beneficio
del pueblo, que no se podía creer en los becerros de oro, como los del «Antiguo
Testamento», que no hacían milagros; que no se podía creer en los ricos, en los
capitalistas. Había, indiscutiblemente, una crítica al capitalismo, a las ideas
capitalistas, al sistema.
KATIUSKA BLANCO. -Pero fue un programa creado con prudencia,
¿verdad? Martí —en relación con sus propósitos de entonces— siempre señaló el
peligro que representaba para la Revolución el hecho de apresurarse en los decires,
de adelantar las palabras a los acontecimientos. Por ello, en su carta a Manuel
Mercado apuntó:

«...ya estoy todos los días en peligro de de dar mi vida por mi país, y por mi
deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a
tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados
Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto
hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser, y como
indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de
proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar
sobre ellas el fin».

FIDEL CASTRO.-La historia me absolverá, como programa revolucionario,


fue ciertamente escrito con prudencia. Sí, lo pronuncié primero y lo escribí después
con cuidado. No empleé una terminología marxista; sí las ideas marxistas, su
esencia. Diría que el alegato es una síntesis de ideas martianas y marxistas.

Hay una continuidad de pensamiento de las ideas de Martí y las ideas


marxista-leninistas, que corresponden a esta época donde existe el imperialismo,
donde existe el capitalismo, cuando no es solo un fenómeno en Cuba sino un
fenómeno en el mundo entero. Y si Martí fue capaz de tener aquel pensamiento en
aquella época, hoy Martí sería marxista-leninista, sería comunista, no hay la menor
duda. En su época y su entorno era imposible, pero era un pensamiento avanzado,
luminoso. Asombra que un hombre en sus circunstancias fuera capaz de concebir
ideas tan avanzadas como las suyas.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, pienso que la vida en Birán, las


experiencias que vivió allí desde niño, influyeron notablemente en el contenido
económico del programa, en las leyes revolucionarias y en cómo, incluso, aborda el
problema de la tierra, tan señalado y crucial en América Latina hasta nuestros días.
¿No es así?

FIDEL CASTRO.-Sí, lo anterior se aprecia en especial en la segunda ley


revolucionaria, que concedía la propiedad inembargable e intransferible de la
tierra a todos los colonos, subcolonos, arrendatarios, aparceros y precaristas... y en
la cuarta ley revolucionaria —la agrícola— que confería a todos los colonos el
derecho a participar del 55% del rendimiento de la caña y cuota mínima de 40 000
arrobas... Todas las leyes propuestas eran de gran relevancia: «La primera ley
revolucionaria devolvía al pueblo la soberanía y proclamaba la Constitución de
1940 [...], y a los efectos de su implantación y castigo ejemplar [...] no existiendo
órganos de elección popular para llevarlo a cabo, el movimiento revolucionario,
como encarnación momentánea de esa soberanía, única fuente de poder legítimo,
asumía todas las facultades que le son inherentes a ella». La revolución triunfante
asumiría las facultades que fueran inherentes a la soberanía «excepto la de
modificar la propia Constitución —este era un principio muy acatado, de mucho
prestigio—: facultad de legislar, facultad de ejecutar, y facultad de juzgar».

Este programa cabía dentro de nuestra Constitución, bastante avanzada.

«...un gobierno aclamado por la masa de combatientes recibiría todas las


atribuciones necesarias para proceder

a la implantación efectiva de la voluntad popular y de la verdadera justicia.


A partir de ese instante, el Poder Judicial, que se ha colocado desde el 10 de marzo
frente a la Constitución y fuera de la Constitución, recesaría como tal Poder y se
procedería a su inmediata y total depuración [...]. Sin estas medidas previas, la
vuelta a la legalidad, poniendo su custodia en manos que claudicaron
deshonrosamente, sería una estafa, un engaño y una traición más».

«La tercera ley revolucionaria otorgaba a los obreros y empleados el


derecho de participar del treinta por ciento de las utilidades en todas las grandes
empresas industriales, mercantiles y mineras, incluyendo centrales azucareros».

Pensé mucho si lanzar, incluso, en aquel período esta idea, pero la


nacionalización de todas las empresas parecía mucho, y lo planteé en aquel
momento. Ese asunto había sido muy discutido en el pensamiento político, y en la
historia de las doctrinas revolucionarias se había discutido si era correcto o no. A
pesar de que tenía mis reservas, también prefería la nacionalización, pero como la
opinión pública aún no estaba preparada para comprenderla, planteé solo la
participación de la sociedad, lo que equivalía al 30% de las utilidades.

«La quinta ley revolucionaria ordenaba la confiscación de todos los bienes a


todos los malversadores de todos los gobiernos, y a sus causahabientes y herederos
[...] de procedencia mal habida[...]». La mitad de ese dinero iba a ser destinada a la
caja de los retiros obreros, la otra mitad para hospitales, asilos y casas de
beneficencia.
Una vez concluida la guerra, a estas leyes seguirían una serie de leyes y
medidas también fundamentales como la reforma agraria. Es decir, estas cinco se
decretaban de inmediato, después lo sería la reforma agraria, la reforma integral de
la enseñanza, la nacionalización del trust eléctrico y el trust telefónico —dos
grandes monopolios símbolos de las inversiones extranjeras y de la explotación de
Estados Unidos a nuestro país—. Eran los que cobraban en exceso y burlaban el
pago al fisco, a la hacienda pública.

Todas estas medidas pragmáticas y otras se inspiraban en el cumplimiento


estricto de dos artículos esenciales de nuestra Constitución, uno de los cuales
proscribía el latifundio. A los efectos de su desaparición, la ley señalaba el
«máximo de extensión de tierra». Fue lo que la Revolución hizo después
exactamente.

Otro principio constitucional ordenaba categóricamente al Estado «emplear


todos los medios a su alcance para proporcionar ocupación a todo el que carezca
de ella y asegurar a cada trabajador manual o intelectual una existencia decorosa.
Ninguna de ellas podrá ser tachada por tanto de inconstitucional. El primer
gobierno de elección popular que surgiere inmediatamente después, tendría que
respetarlas, no solo porque tuviese un compromiso moral».

El programa analizaba: «El problema de la tierra, el problema de la


industrialización, de la vivienda —los problemas de siempre—, del desempleo, de
la educación y la salud del pueblo». Es lo mismo que nos proponemos hoy, pero lo
diferente son las premisas de que partimos, nuestros esfuerzos estarían
concentrados en aquellos puntos y «en la conquista de las libertades públicas y la
democracia política».

A las propuestas de trabajar en ámbitos como los deportes, la cultura, las


investigaciones científicas, uní la denuncia de lo que ocurría. Dije: «Quizás luzca
fría y teórica esta exposición, si no se conoce la espantosa tragedia que está
viviendo el país en estos seis órdenes, sumada a la más humillante opresión
política».

Señalé: «El ochenta y cinco por ciento de los pequeños agricultores está
pagando renta [...]. Más de la mitad de las mejores tierras de producción
cultivadas, está en manos extranjeras —a buen entendedor pocas palabras—. En
Oriente, que es la provincia más ancha, las tierras de la United Fruit Company y la
West Indies unen la costa norte con la costa sur. Hay doscientas mil familias
campesinas que no tienen una vara de tierra donde sembrar una vianda para sus
hambrientos hijos y, en cambio, permanecen sin cultivar, en manos de poderosos
intereses, cerca de trescientas mil caballerías de tierras productivas. Si Cuba es un
país eminentemente agrícola, si su población es en gran parte campesina, si la
ciudad depende del campo, si el campo hizo la independencia [...], ¿cómo es
posible que continúe este estado de cosas?». Impugné realidades dramáticas en
nuestro país.

«Salvo unas cuantas industrias alimenticias, madereras y textiles, Cuba


sigue siendo una factoría productora de materia prima. Se exporta azúcar para
importar caramelos —eso era muy gráfico—, se exportan cueros para importar
zapatos, se exporta hierro para importar arados... Todo el mundo está de acuerdo
en que la necesidad de industrializar el país es urgente, que hacen falta industrias
metalúrgicas, industrias de papel, industrias químicas, que hay que mejorar las
crías, los cultivos, la técnica y elaboración de nuestras industrias alimenticias para
que puedan resistir la competencia ruinosa que hacen las industrias europeas de
queso, leche condensada [...], que el turismo podría ser una enorme fuente de
riquezas; pero los poseedores del capital exigen que los obreros pasen bajo las
horcas caudinas —esa es una frase romana, de la época de Roma con los
derrotados, los vencidos—, el Estado se cruza de brazos y la industrialización
espera por las calendas griegas».

Cuestioné también la lógica absurda de estas interrogantes: En un campo


donde el guajiro no es dueño de la tierra, ¿para qué se quieren escuelas agrícolas?
En una ciudad donde no hay industrias, ¿para qué se quieren escuelas técnicas e
industriales?

Y enfatizaba el carácter injusto del destino de muchos: «De tanta miseria


solo es posible librarse con la muerte; y a eso sí los ayuda el Estado: a morir. El
noventa por ciento de los niños del campo está devorado por parásitos [...]. La
sociedad se conmueve ante la noticia del secuestro o el asesinato de una criatura,
pero permanece criminalmente indiferente ante el asesinato en masa que se comete
con tantos miles y miles de niños que mueren todos los años por falta de recursos.
[...] Y cuando un padre de familia trabaja cuatro meses al año, ¿con qué puede
comprar ropas y medicinas a sus hijos? [...].

»Con tales antecedentes, ¿cómo no explicarse que desde el mes de mayo al


de diciembre un millón de personas se encuentren sin trabajo y que Cuba, con una
población de cinco millones y medio de habitantes, tenga actualmente más
desocupados que Francia e Italia con una población de más de cuarenta millones
cada una?».
KATIUSKA BLANCO. -Comandante, indiscutiblemente el programa se
corresponde con la ideología marxista-leninista, aunque ustedes no militaran en el
Partido Comunista. Pero ¿llegaron a contar con su apoyo en ese entonces o fue
mucho después?

FIDEL CASTRO.-El propio Manifiesto Comunista expresa que el Partido


Comunista debe luchar junto a las fuerzas más progresistas de la sociedad, aunque
no sean comunistas. El Manifiesto aconseja la alianza. Y nosotros éramos, sin duda,
una de las fuerzas más progresistas, aunque no apareciéramos como un
movimiento marxista en aquel momento.

A ellos les llevaba tiempo, desde luego. Todavía en abril de 1958, la fuerza
de que yo disponía en la Sierra Maestra sumaba algo menos de 300 hombres, y
antes de la huelga de abril, éramos pocos los combatientes; el Partido Comunista
trabajaba y colaboraba con nosotros, era aliado nuestro. Claro, discutía bastante
con la dirección

en el llano y las ciudades, con la dirección del Movimiento 26 de Julio y sus


grupos de acción y sabotaje, porque a su vez tenían mucha desconfianza —y no le
faltaban razones—, pues nuestras fuerzas no eran homogéneas en modo alguno.
Existían entre nosotros quienes tenían prejuicios y resentimientos con el partido,
como fue el caso de Carlos Franqui, antiguo militante del PSP [Partido Socialista
Popular], reclutado por no sé quién entre la gente del llano y que había renegado
del partido, y estaba lleno de odio hacia él, según pude observar más tarde.
Algunas de aquellas cosas provocaban que existiera cierta desconfianza por parte
de ellos. Pero con nosotros, en el Primer Frente de la Sierra Maestra, se mostraban
bastante confiados, a decir verdad; ya con nuestra gente en la montaña había
confianza, y conversábamos bastante cuando enviaban algún cuadro de la
dirección del partido a conversar conmigo. Éramos amigos desde finales de la
década de los años 40.

Antes de la expedición del Granma también tuvimos contacto, y existían


dos ideas diferentes: nosotros creíamos que debíamos partir, ellos creían que no
estaban creadas todavía las condiciones subjetivas, y eran partidarios de que
esperáramos. Eso me comunicó en nombre de su dirección Flavio Bravo, quien
mantuvo siempre excelentes relaciones conmigo. Así que en el momento, en la
oportunidad de volver a iniciar la acción, no estábamos de acuerdo, no existía
unidad de criterio. Pero nos lo decían con mucha honestidad: «Lo creemos por
esto, por esto». Tuvimos bastante contacto, y después lo continuaron cuando ya
éramos algunos cientos de combatientes, ni siquiera una gran fuerza, antes de la
huelga de abril.

En México, en el año 1956, ya estábamos en condiciones muy difíciles.


Habíamos sido denunciados por Batista, quien a través de agentes llegó a conocer
algunas de las actividades que forzosamente debía realizar un grupo de casi 100
combatientes por muy discretos que fueran.

Un día, por puro azar, varios agentes de la Federal de Investigaciones se


percataron de ciertos pasos de algunos de los hombres que se ocupaban de mi
seguridad personal, los vieron sospechosos y procedieron a nuestro arresto. Lo
hicieron con gran habilidad. En ese momento estaba anocheciendo. Uno de los
nuestros me acompañaba. Ambos estábamos armados. Otro compañero armado
que nos custodiaba —caminando a varios metros de nuestras espaldas— fue
capturado por los bien entrenados hombres de la Federal de Seguridad Mexicana
que ocuparon ese lugar. Cuando el otro compañero y yo nos estábamos
parapetando tras las columnas de una casa en construcción para defendernos de
los ocupantes del vehículo que se detuvo ruidosamente ante la edificación, los de
la Federal, que venían detrás, nos colocaron las pistolas en el cráneo, por detrás.
Habíamos tomado aquellas medidas al observar extraños movimientos de
vehículos alrededor del carro en que viajaba. Pensé que se trataba de un intento de
asesinato por parte de los esbirros que Batista tenía contratados en México. La
Federal luchaba en realidad contra el contrabando en las fronteras con Estados
Unidos. El tráfico de drogas prácticamente no existía entonces. La Policía Secreta
de México era la aliada de Batista y no la Federal, pero el arresto de nosotros
desató numerosas detenciones de los revolucionarios cubanos y la búsqueda y
captura de armas que complicó seriamente nuestra tarea. Todo lo acontecido
implicó un gran escándalo y la investigación exhaustiva de nuestras actividades.
Quiso el azar que afortunadamente, aquel órgano de seguridad lo integraran
hombres más profesionales bajo la jefatura de un militar de academia. Estaban
muy recientes todavía el gobierno de Lázaro Cárdenas y el espíritu de la
Revolución Mexicana. Pronto comprendieron que los arrestados eran
revolucionarios de convicciones profundas. Nos trataron con respeto y no pocas
veces discutieron con nosotros.

A pesar de las difíciles condiciones creadas, un mexicano ilustre, el general


Lázaro Cárdenas, nos ayudó a salir de la prisión y continuamos desarrollando
nuestro trabajo, aunque en circunstancias mucho más difíciles. Yo sostenía el
criterio de que en un país como Cuba, sometido a una situación de pobreza y
dependencia permanentes, las condiciones subjetivas para una revolución podían
desarrollarse plenamente. No se podía esperar todo el tiempo.
Hoy, más de 50 años después, estaría más convencido todavía de que no se
podía esperar todo el tiempo. Por tanto, pienso que fue absolutamente correcta la
decisión de partir afrontando los riesgos pertinentes.

Dos años más tarde, el líder comunista Carlos Rafael Rodríguez subió a la
Sierra Maestra, a mediados de 1958, durante la última ofensiva de Batista.
Casualmente, esta había comenzado ya, y estaba por ver si resistíamos la avalancha
de soldados que envió Batista contra nosotros. Así que no fue para la Sierra en un
momento de victoria, sino en un momento de revés del Movimiento, después de la
huelga de abril.

Antes de que la huelga se desatara, Osvaldo Sánchez y Enrique Olivera,


dirigentes del PSP que se encontraban en la Sierra, no estaban conformes, incluso,
me advirtieron que los responsables del M-26 estaban organizando la huelga de
forma inadecuada. Ellos tenían el criterio de que el manifiesto escrito por mí a
partir de la información recibida era demasiado radical. Estuve de acuerdo con la
sugerencia, acepté la idea e incluso hice otro manifiesto más amplio, fue el que sacó
de la Sierra una de las muchachas mensajeras de nuestro Ejército Rebelde. Tomé en
cuenta algunos puntos de vista que me plantearon ellos. Me comentaron también
aquel día: «Hay que preparar más la huelga, no está preparada», y en eso,
indiscutiblemente, tenían razón.

KATIUSKA BLANCO. -A partir de la concepción de que el poder emana del


pueblo y solo puede emanar del pueblo, era particularmente importante qué usted
entendía como tal. ¿No cree?

FIDEL CASTRO.-Sí, fíjate que yo digo: «Cuando nosotros llamamos pueblo,


estoy pensando en los obreros, en los campesinos, en los estudiantes...». Con un
estilo propio y una forma que pudiera ser inteligible para la gente, para la
población, en La historia me absolverá hice un ataque y una crítica fuerte a los
latifundistas, a los ricos, a toda la política colonial. Se veía claramente la revolución
del pueblo.

Sin embargo, el programa no creó inquietudes en tal sentido, en mi opinión,


lo que pasó fue que la gente estaba muy impresionada por los hechos, por la
denuncia de los crímenes, identificada con propósitos justos, y si alguien podía
tener reservas de tipo social o asustarse por ese tipo de planteamientos —en los
que incluía todos los presupuestos de una revolución socialista, sin utilizar la
terminología—, si alguien podía alarmarse con tal lenguaje, posiblemente no le
prestó mucha atención creyendo que se trataba de ideas de gente joven, pensando
en numerosos programas anteriormente trazados y nunca cumplidos en Cuba. Es
posible. Me he preguntado en reiteradas ocasiones por qué, incluso, los sectores
burgueses vieron con simpatía el programa. Probablemente pensaron que muchas
de aquellas ideas eran irrealizables, sueños de juventud, delirios de un soñador
impetuoso.

La concepción martiana y marxista de nuestra lucha estaba muy clara en el


programa, por supuesto, hay que leerlo despacio para apreciar un pensamiento
socialista, incluso un pensamiento marxista, que fluye natural, sin usar la
terminología marxista, porque hago una definición de la sociedad dividida en
clases, y algo más, digo: «El pueblo es este, todos esos sectores a los que siempre
han engañado con promesas de todo tipo, con el que nunca han cumplido [...]. A
ese pueblo no le vamos a decir te vamos a dar, sino aquí tienes, lucha con toda tu
fuerza para defender tu derecho a la vida [...]. No les vamos a hacer promesas, les
vamos a dar esto». Era nuestra idea en el Moncada, cuya culminación contaba con
la participación del pueblo como protagonista.

Por supuesto, cuando decidí asumir mi propia defensa, trabajé


intensamente en la preparación del alegato, yo contaba con las principales ideas, la
estrategia, los conceptos, la denuncia; me parecía fundamental la explicación de los
hechos, el programa, la fundamentación legal, moral, política, filosófica de toda la
acción, y al final —al revés de lo que piden los abogados: la absolución—, yo pedí
que me condenaran.

KATIUSKA BLANCO. -Su hermana Enma me contó por qué no existen los
originales de las cartas o mensajes en que usted reprodujo sus palabras de La
historia me absolverá. Ella, poco antes de partir hacia México en el año 1956, los
escondió dentro de un libro de música, en el colegio religioso donde estudiaba.
Una empleada del lugar los encontró accidentalmente y los llevó a su casa. Un día,
mientras la policía registraba las proximidades, la persona se asustó y los quemó.
Así sucedió con innumerables documentos valiosos de nuestra historia.

Comandante, ¿podría hablarme de aquel esfuerzo? ¿Dedicó muchas horas a


aquella tarea? ¿Cómo se las arregló para sacar los apuntes de la prisión?

FIDEL CASTRO.-Todo corría el riesgo de perderse, pues no pude grabar


mis palabras ni tomar notas de ellas; entonces tuve que reconstruirlas. Como
estaba en prisión, ello consistió en un meticuloso trabajo de escribir entre líneas de
las cartas con zumo de limón, para poder burlar la censura.
Le concedí importancia al rescate del discurso, su publicación y
distribución, y también a todo lo que constituyera una denuncia.

Tuve que escribir las misivas con limón, tú sabes que el jugo de limón se
seca y luego cuando planchas el papel sale lo escrito —es increíble que no hubiera
falla—. Lo escribí con jugo de limón, en un papel de cartas. Escribía, por ejemplo,
una carta a Enmita: «Querida Enmita, estoy bien, estudiando...», o cualquier otro
tema, cuatro o cinco líneas, un telegrama era lo que le mandaba, y ahí mismo
empezaba yo a escribir con limón; tenía que aprovechar la luz y la hora adecuada.

Es muy difícil, porque a medida que avanzas, desaparece el texto. ¿Cómo


continuar escribiendo, si apenas se veía la línea en que uno se quedó? Tenía que
poner línea por línea, con lápiz, y después comenzar a escribir, cuando tenía la
línea completa, iba marcando. Llenaba la hoja por ambas caras, y en el medio, la
inocente carta, breve, a Enmita, a Lidia. Nunca se ha dicho más literalmente: «era
un mensaje entre líneas».

Permanecía atento por si un día se les ocurría hacer la prueba. Nunca lo


descubrieron, fue increíble. ¡Ni se sabe los mensajes que escribí! En tal sentido,
contamos también con el secreto total de la gente que recibía los mensajes con tinta
invisible, el grupo donde estaban Lidia, Myrta, Haydée, Melba, ellas nunca dijeron
una palabra, porque nunca, jamás, en los dos años interceptaron un mensaje, y a
pesar de estar incomunicado, la correspondencia era copiosa. Cuando los
compañeros los recibían, ponían el papel en el horno o le pasaban la plancha para
que apareciera el mensaje.

Por entonces mis padres ya estaban viejos, sobre todo mi padre. No viajaban
prácticamente nunca a La Habana. Para ellos un viaje a Isla de Pinos era casi un
viaje a España. Ya no salían de Birán. Nosotros mismos les sugerimos siempre que
no fueran. Además, había otra razón de tipo práctico: los pocos contactos que
teníamos eran para comunicaciones, los utilizábamos en eso; en las visitas, que
eran una vez al mes. Si venían de mi casa, yo no iba a poner a mi padre y a mi
madre a realizar actividades de tal índole. Para nosotros la visita era una
oportunidad de comunicación con el exterior.

¡Es increíble cómo pudimos mantener aquella comunicación durante dos


años y que Batista no lo descubriera!

También utilizaba un papel muy finitico, de cebolla, ahí sí todo lo escribía


con tinta, con letra chiquitica. Con una letra chiquitica pero clara, escribía completa
una hoja grande, la doblaba, la volvía a doblar, la aprisionaba y la metíamos dentro
de una caja de fósforos que tenía doble fondo, yo la hacía del tamañito exacto. Eran
un poquito más grandes que las cajitas de fósforos que se distribuyen en la
actualidad.

Era un trabajo minucioso de una persona que pasa horas encerrada y se


torna meticulosa y paciente en cualesquiera de las labores que realice o en lo que se
proponga. ¡Ni se sabe las páginas que escribí con esa letrica tan chiquitica, en papel
fino, de cebolla!

Aunque estaba aislado, tenía la posibilidad de salir al patio, y metía la cajita


en una pelota, la envolvíamos con esparadrapo y la tirábamos de un patio a otro. Si
la pelota se quedaba arriba, la gente reclamaba: «Oye, se ha quedado la pelota en el
techo...».

Al otro lado estaban Pedrito y los demás. Como ellos tenían visitas sin una
pared que los separara, llevaban cajas de fósforos. Les iban dando la mano a las
mujeres, les daban cigarros, fumaban, y les entregaban la caja de fósforos a un
familiar, a una madre, a otro. A veces yo mandaba varias cajas en una visita, y se
las daban a Lidia, porque ella era una de las receptoras de todas estas cosas. Una
parte fue así y otra importante fue con limón.

Pero La historia me absolverá no fue el único mensaje que mandamos.


Montones de mensajes enviábamos con el método del limón. Todos los días
escribíamos y, sin duda, el correo funcionaba bien, puesto que las cartas llegaban y
no tuve que repetir ni una sola página. Todo salió perfecto, organizado, de forma
que no hubo una sola falla, no faltó un solo dato. Pero el esfuerzo era muy grande,
había que hacer línea por línea, una por una, y que no se me olvidara una palabra,
una frase. Fue un trabajo realmente laborioso y tuve que dedicar tiempo a muchos
mensajes y a diversos asuntos.

Cuando salió el folleto La historia me absolverá, se publicó por todas partes,


se trasmitió de mano en mano. Fuimos creándole a Batista una situación en que
tuvo que ponernos en libertad. Nosotros sabíamos que Batista tenía que liberarnos,
y ya contábamos con un plan de lo que íbamos a hacer cuando saliéramos, ya ese
plan había sido elaborado. Pensé en todo eso, pero estaba solo con Raúl. No volví a
reunirme con los demás hasta que salimos de la cárcel. Mantenía la comunicación
por aquí y por allá, entre los dos patios aquellos; pero Raúl estaba conmigo, sobre
todo en los últimos meses que estuvimos en la prisión.
KATIUSKA BLANCO. -Comandante, en las cartas a su papá usted asegura
que el Presidio Modelo no es la prisión de Boniato. Percibo en esa afirmación el
deseo de tranquilizarlo, pero pienso que allí también su suerte estaba en perenne
asedio desde muchos puntos de vista, ¿no es así?

FIDEL CASTRO.-Fue una prisión riesgosa, porque el conflicto con el


gobierno y las autoridades fue permanente, estábamos a merced de ellos; pero yo
diría que fue una prisión digna y que no se puede comparar con la que han pasado
otros revolucionarios; no fuimos torturados en ningún momento —expliqué los
factores que pudieron haber influido en eso—, se nos trataba con respeto, lo
inspirábamos a nuestros enemigos por la moral superior, pero no había paz. Y,
claro, el respeto de que hablo es relativo. Ellos trataron, incluso, durante un
tiempo, de llevar buenas relaciones con nosotros, pero nuestra actitud hizo
imposible que aquellas se desarrollaran, se hizo absolutamente imposible.

Para lo que en Cuba se conocía, la cárcel fue dura, pero en relación con la
experiencia universal actual, no puedo decir que estar casi dos años presos haya
sido un gran sacrificio.

Al final tuvimos un radiecito y nos dedicábamos a escuchar las noticias.


Claro, a veces nos lo ponían y después nos lo quitaban. Al principio tuvieron cierta
consideración, hasta pabellón familiar permitían. Intentaban mantener buenas
relaciones con nosotros, pero estábamos muy irritados y no admitíamos el más
mínimo de coexistencia pacífica; éramos nosotros, realmente, los que
complicábamos la situación. El primer conflicto allí fue con el director, el
comandante Capote, el día mismo que llegué. A mí me estaban esperando, y ellos
tenían un régimen carcelario donde cada cual respondía a una escala de mando
entre los propios presos. Al jefe le decían mayor, era el responsable de todo. Es
decir, para mantener la disciplina utilizaban a los mismos presos. Cuando llegué,
me llamó el director y me dijo: «Usted va a ser mayor». A mí no me gustó mucho
aquello y dije: «No, ¿por qué? ¿Para qué hace falta eso?». «Bueno, aquí hace falta
que uno sea el responsable de la disciplina y represente a la gente». Le dije:
«Correcto». Como a los dos o tres días de estar allí, le digo: «Yo soy el mayor,
represento a los demás» —me sentía como un dirigente sindical—. Proseguí: «Lo
primero que voy a decirle es que apaguen las luces por la noche, porque el calor de
los focos molesta mucho y uno está todo el tiempo despierto, y lo segundo es que
nos den patio, que no tenemos». El comandante se mostró muy arrogante y me
dijo: «Bueno, las luces tienen que estar encendidas. Ustedes no saben lo que es la
prisión, las luces tienen que estar encendidas, porque el problema...». Dio a
entender que era para evitar la sodomía entre los presos. Le riposté: «¿Se va a
suponer que usted tenga que tomar esas medidas en relación con nosotros?», y fue
cuando me dijo: «Es que ustedes no saben lo que es la prisión, la prisión es muy
dura». Entonces yo le contesté: «Óigame, comandante, yo he observado que en los
cuarteles, por la noche, las luces están apagadas, ¿eso significa que los soldados
practican la sodomía?». ¡Se quedó frío! Y repitió: «Ustedes verán, ustedes no saben
lo que es la prisión».

Así que ellos empezaron nombrándome mayor, lo cual fue una cosa, en
cierta forma, amable. En realidad, la gran complicación, la más seria, surgió a
partir del momento en que Batista visitó la prisión.

Estábamos con un espíritu intransigente, y cada día 26 y 27 hacíamos dos


cosas, una conmemoración de lucha y de luto, de recuerdo a los que cayeron. Por
ejemplo, un día no comíamos, otro permanecíamos en silencio. Adoptábamos
medidas colectivas de tal tipo durante los dos o tres meses que estuve con el resto
del grupo en el mismo pabellón.

El día de Nochebuena, el comandante Capote se jactaba de tener una


administración eficiente y de que la comida era buena. Negociaba con todo, ponía
a los presos a producir alimentos y entonces él recogía la cosecha y se la vendía al
Estado. Le interesaba que los presos comieran bien, porque era el dueño de todas
las producciones agrícolas, donde los empleaba como fuerza de trabajo. En ello se
basaba su prestigio de eficiente administrador y de bondadoso, porque les daba
buena comida. Eran miles los presos comunes y un pequeño grupo de
revolucionarios. La comida no era mala, y ellos vivían muy orgullosos de eso. Un
militar de orden, eficiente, pero un militar muy ladrón; y sus intereses coincidían,
en este caso, con los de los presos, porque así ellos recibían una buena comida.

También era dueño de la tienda. A numerosos presos, sus familiares les


mandaban algún dinero, y, como él era el dueño de la tienda, las ganancias eran
para él; por lo tanto, los presos, si tenían dinero y estaba depositado en la prisión,
podían comprar. Por supuesto, los negocios del hombre nos convenían. Vendía
cualquier cosa: tabacos, cigarros, fósforos, latería de cualquier cosa, hasta aceite de
oliva, granos, lo que quisiéramos comprar; era un negocio de los militares.

Llegaba fin de año y se jactaba de que la cárcel ofrecía una buena comida
festiva, el día de Nochebuena, y nosotros decíamos: «No comemos», le
despreciábamos la buena comida de fin de año siempre. Y después, día de Año
Nuevo, y nosotros le despreciábamos la buena comida del Año Nuevo. Todo los
ofendía mucho y los irritaba.
Por otro lado, parece que a Batista le gustaba ir por la Isla de Pinos —como
entonces se llamaba—. A veces iba en un yate, pescaba, tenía una casa por allá, y
un día fue a visitar la prisión porque quería inaugurar una pequeña planta
eléctrica de unos 100 ó 150 kilowatts, que sería para darle electricidad a la prisión
cuando se iba el fluido eléctrico.

Comenzó entonces un ambiente de gran acontecimiento, una atmósfera de


que iba Batista, el murmullo que la propia dirección del penal propiciaba, un clima
de alegría, «gran honor» porque Batista iba a estar allí y había que organizarle una
recepción con letreros y todo: «Bienvenido, Batista, a la prisión». «Batista, los
presos te saludan». Cosas por el estilo. Entonces les afirmamos a las autoridades
que no le tributaríamos honor alguno a Batista y menos le daríamos la bienvenida,
y que protestábamos por su presencia, que no lo saludaríamos, que estábamos en
desacuerdo. Empezamos a expresar nuestro descontento y a protestar en contra de
aquella atmósfera creada. Claro, ahora lo veo más natural y pienso que, a pesar de
todo, a aquel comandante, director de la prisión, no le quedaba más remedio que
organizar la bienvenida; pero nosotros siempre desarrollábamos las
contradicciones como parte de nuestra lucha: hicimos constar nuestra protesta.

KATIUSKA BLANCO. —¿Cómo fue que transcurrió la visita de Batista a la


prisión? Ustedes se habían manifestado muy rebeldes en relación con esta desde el
principio.

FIDEL CASTRO.-Aquel día, posiblemente coincidió con el hecho de que no


teníamos patio: pero yo creo que nos encerraron. Un policía andaba con una
pistola y con un palo, le decían Pistolita, tenía fama de bravo, de matón, y fue al
que pusieron de guardia por fuera en nuestro pabellón, con la reja cerrada.
Almeida vigilaba para ver cuándo Batista entraba en la planta eléctrica, en un
edificio próximo al pabellón donde nos encontrábamos. De repente nos alertó: «¡Ya
entró Batista, ya llegó!». Entonces nos sentamos todos a esperar. Almeida nos
avisó: «¡Ahora está saliendo!». Y cuando salió, empezamos a entonar: «Marchando
vamos hacia un ideal...», la marcha del 26 de Julio.

Batista, un tipo al que le gustaba hacer teatro, sonrisa para todas partes,
salió de la planta aprisa, y oyó en aquel instante el himno: «Marchando...», se
estaba riendo, creyó que se trataba de un homenaje más, y le dijo a quienes lo
acompañaban: «Espérense, espérense», y se detuvo muy risueño a oír el homenaje
de un coro celestial que acariciaba sus oídos, creyó que le estaban cantando una
loa: «Marchando vamos hacia un ideal, sabiendo que hemos de triunfar...», y
cuando el himno dice: «...limpiando con fuego que arrase con esa plaga infernal de
gobernantes indeseables y de tiranos insaciables que a Cuba han hundido en el
mal». Batista iba muy entretenido y feliz, caminaba, y a medida que reparaba en lo
que decía la marcha se fue quedando serio, cada vez más serio, y cuando escuchó:
«...esa plaga infernal de gobernantes indeseables y de tiranos insaciables...», el
hombre, según nos contaba el observador, puso una cara terrible.

A todas estas, mientras cantábamos de aquel lado, próximo al lugar por


donde pasaba Batista, Pistolita abrió la puerta de rejas y entró, llegó por el pasillo
con el tolete: ¡Pa, pa, pa!, golpeando el suelo, y nosotros alto, muy alto,
continuamos el himno. Nadie sabía en ese minuto si Pistolita iba a sacar la pistola e
iba a empezar a matar gente. Pero, ¡qué va!, Pistolita era más fanfarronería que otra
cosa, cuando llegó su hora ni sacó la pistola ni mató a nadie, y nosotros sí
disparamos, cantamos completo aquel himno sin que Pistolita hiciera
absolutamente nada.

Aquella segunda protesta fue la que puso más furioso al comandante


Capote. Dos o tres días después me llamaron, me llevaron a la dirección y el tipo
me insultó, tuvo un arrebato de cólera, y me dejaron aislado, condición en la que
permanecí el resto del tiempo. Como la planta eléctrica quedaba justo al lado del
lugar donde permanecíamos presos, por una coincidencia así, en aquella inmensa
prisión, tuvimos la necesidad de protestar y aquello me costó la incomunicación.
Fue una declaración de guerra.

También se llevaron a Cartaya, el autor del himno, y a muchos de los


nuestros les dieron golpes. A mí me separaron y a los demás los castigaron; se
puso serio el encierro.

Me pusieron frente a la funeraria, allí solo había movimiento y ruido


cuando traían a los muertos, fueron mi única compañía durante largo tiempo.
Como nos ubicaron en el área del hospital para no mezclarnos con los presos
comunes, en aquella parte de la instalación carcelaria radicaba una capilla ardiente.
Además, me hicieron una trampa. Entró uno de los carceleros, se llamaba Perico;
un tipo alto, flaco, narizón y de malas pulgas, fuerte, era teniente de la policía.
Llegó con unos presos, una escalera y cambiaron el bombillo. Les pregunté: «¿Qué
pasa con el bombillo?». Respondió: «Lo vamos a cambiar».

No tuvieron el valor de decirme que me quitaban la luz. Pusieron un


bombillo fundido. No tuvieron valor para decirme: «Oiga, lo vamos a dejar sin
luz». Como nosotros no les temíamos, sino que sentíamos un gran desprecio por lo
que ellos hacían, no podían amenazarnos ni asustarnos. Les demostrábamos
continuamente que no les teníamos miedo. Eran ellos los que temían nuestras
protestas y por eso no me lo dijeron. Cuando fui a encenderlo no funcionó, y
cuando avisé que el bombillo estaba sin luz no me prestaron ninguna atención. Me
tuvieron muchos días aislado y sin luz. Fueron cerca de dos meses sin luz.

KATIUSKA BLANCO. -Fue cuando, atento al desvanecimiento de la luz al


oscurecer, usted se fabricó sus propias, temblorosas y pálidas iluminaciones de
aceite. He visto esa imagen en mi pensamiento. La cama estrecha cubierta por el
mosquitero, la luz parpadeante bajo la gasa y usted inclinado, leyendo.

FIDEL CASTRO.-La cama era estrecha y no tenía luz; pero lo


verdaderamente incómodo en el presidio eran los mosquitos, una nube me
sobrevolaba persistentemente, un infierno; unos mosquitos implacables exigían
que a una hora del día, de forma invariable, tuviera que poner el mosquitero.
Dormía bastante bien, todo lo bien que se puede dormir en una prisión, donde de
vez en cuando uno sueña con que está en la calle y se despierta otra vez en aquel
dichoso lugar. Es una de las experiencias más amargas.

Aquellos militares no podían entendernos. Nosotros pensábamos como


gente que tiene la razón. Teníamos una posición moral más fuerte que ellos, y ellos,
a su vez, sentían la inferioridad en que se encontraban en tal sentido; eran más
débiles que nosotros moralmente. Era algo habitual entre nosotros por el sentido y
justeza de nuestra lucha, inspirada en valores éticos martianos, esencialmente.

KATIUSKA BLANCO. -Hace poco más de una década atrás, leí en el


periódico español ABC unas maravillosas cartas de amor que le atribuían a usted.
Pensando que dicho rotativo es algo así como un Diario de la Marina en la
Península, intuyo que fueron publicadas para denostarlo, pero muy
contrariamente a tal propósito, las cartas solo mostraban a la luz un hombre de
exquisita espiritualidad. Poco después usted respondió a unos periodistas aquí en
Cuba: «Eran mis cartas de amores platónicos...». Pienso que se trata de joyas
literarias.

FIDEL CASTRO.-Sí, escribí esas cartas a Naty Revuelta. Recuerdo que una
vez, en la prisión, me las cambiaron de destinatario deliberadamente. Fue una de
las cosas sucias que me hicieron, algo desleal: me cambiaron las cartas de mis
amores platónicos.

Realmente, yo actuaba de una manera natural y espontánea; así mismo


escribía y expresaba los sentimientos que me embargaban. Pero el problema era
que estaba preso y me censuraban las cartas, debía emplear imágenes. Tenía que
ser muy cuidadoso al escribir y expresar mis sentimientos, hacerlo sin que los
enemigos se dieran el gusto de estar conociendo los sentimientos de uno, y por eso
empleaba un lenguaje figurado, un poco poético. Reconozco mi vocación poética,
pero las circunstancias obligaban también. No obstante, ellos se percataron de que
yo tenía un intercambio de comunicaciones ilegales, ciertas relaciones
sentimentales extramatrimoniales pero que eran muy sanas, podrían considerarse
una especie de deslealtad espiritual, pero realmente no pasaban de eso, en dicho
período las relaciones eran puramente platónicas y desinteresadas. Se trataba de
alguien que me había ayudado mucho desde el punto de vista revolucionario, ella
me enviaba libros a la prisión, yo no había querido mezclar en absoluto aquellas
dos cuestiones, la actividad revolucionaria y la personal.

Tuve una conducta intachable, pudiéramos decir; no quise que se mezclaran


mi vida política y mi vida personal. Tales relaciones surgieron al calor de la
actividad revolucionaria y la conspiración. No tenían algo torcido, sucio, nada de
que tuviera que abochornarme, afirmo que eran platónicas. Le escribí varias cartas
con un lenguaje poético, literario.

Entonces un día conspiraron contra mí y me cambiaron las cartas; lo


hicieron también para crear problemas, fueron sucios, muy sucios. Una de mis
cartas para Myrta se la enviaron a Naty y viceversa, una de aquellas cartas que yo
escribí a esa dama, la pusieron en la correspondencia a Myrta. Actuaron con una
falta de hidalguía tremenda, no obstante que las cosas escritas por mí, más o
menos, eran literarias, poéticas, sentimentales, románticas y platónicas.

Había mucho de reconocimiento, de gratitud por la colaboración y un


sentimiento de amor también, un sentimiento de amor absolutamente puro y que
había sido objeto de una total disciplina y corrección. Nunca fui un Don Juan ni
estaba haciendo ningún papel de Don Juan. El vínculo tenía relación con la causa
revolucionaria, y era sano, no hubo deslealtad, nada en absoluto; pero era lógico
que mi esposa se molestara, ellos lo hicieron para provocar un conflicto. ¿Cómo lo
hicieron? Bueno, yo-nunca me dediqué a vengarme de los agravios en este mundo,
no averigüé nada, seguí en la revolución que era en lo que yo estaba, ni siquiera
me preocupé de averiguar quién demonio me había cambiado las cartas y por qué
lo había hecho.

Bueno, realmente, creo que el gobierno cometió otra gran infamia y, sobre
todo, la familia de Myrta se portó muy mal. Si hubieran querido ayudarla —
porque hubo una situación muy difícil, casi de hambre—, lo hubieran hecho. No a
mí, no lo necesitaba en absoluto ni les hubiera aceptado ninguna ayuda, ellos lo
sabían. Indiscutiblemente, se aprovecharon de la situación difícil de tipo
económica, el problema del niño y otras: peligro, hambre, sobresaltos; porque yo
solo tenía lo esencial, muy poquito, y ellos empezaron a conspirar para destruir la
armonía.

No sé en qué momento fue, si antes del Moncada o después, el hecho es que,


bajo el pretexto de ayudarla —y no hay duda de que fue algo deliberadamente
pensado para crear un conflicto porque, desde el momento en que se produjo el
golpe de Estado del 10 de marzo, aun antes del ataque al Moncada, las relaciones
con aquella familia se tornaron muy malas, totalmente malas, y me convertí en una
especie de problema porque algunos de sus miembros ocupaban posiciones
importantes en el gobierno de Batista; me convertí en una preocupación—, su
hermano Rafael puso a Myrta en la nómina de un ministerio donde él trabajaba —
era viceministro de Gobernación— a devengar un sueldo de un cargo que no
desempeñaba, un modesto salario; eso —conocido como botella— era una cuestión
muy criticada en Cuba. Ellos sabían que yo no lo habría aceptado bajo ningún
concepto.

Bueno, no sé si Myrta sabría cómo era que percibía aquel salario ni me he


preocupado nunca de preguntar ni de hablar sobre aquello; pero el hecho es que
hicieron constar su nombre en una nómina del Ministerio de Gobernación por un
sueldito.

La familia de ella sabía que yo no aceptaría semejante cosa, no podía


aceptarla jamás. Fue una grave ofensa que me hicieron, y ellos se valieron de una
situación de dificultades económicas muy grandes, de desamparo.

KATIUSKA BLANCO. -Precisamente, tengo la carta que usted envió el 17


de julio de 1954 a Myrta en tales circunstancias, entre los papeles que utilicé para
preparar este encuentro, dice:

«Myrta:

»Acabo de oír por el noticiero de la CMQ (11:00 de la noche) "que el


Ministro de Gobernación había dispuesto la cesantía de Myrta Díaz-Balart...".
Como no puedo creer bajo ningún concepto, que tú hayas figurado nunca como
empleada de ese Ministerio, procede que inicies inmediatamente una querella
criminal por difamación contra ese señor, dirigida por Rosa Ravelo o cualquier
otro letrado. Quizás han falsificado tu firma o quizás alguien haya estado cobrando
a tu nombre pero todo se puede demostrar fácilmente. Si tal situación fuera obra
de tu hermano Rafael, debes exigirle sin alternativa posible que dilucide
públicamente esa cuestión con Hermida aunque ello le cueste el cargo y aunque
fuera la vida. Es tu nombre lo que está en juego y no puede rehuir la
responsabilidad

que tiene que saber muy grave para con su única hermana, huérfana de
madre [...] cuyo esposo está preso [...].

»Considero que tu pena y tu tristeza sean grandes, pero cuenta


incondicionalmente con mi confianza y mi cariño».

FIDEL CASTRO.-Es la carta que le envié a Myrta. Yo sabía que ella estaba
siendo víctima de su familia, de su hermano que la utilizó sin escrúpulos, yo
quería que todo se aclarara porque ella había estado colaborando con nosotros,
sabía que estaba haciendo grandes sacrificios y por ninguna razón, después de los
trabajos que pasó, yo la hubiera abandonado.

Nunca me he puesto a averiguar realmente cómo fue, cuándo lo hicieron, en


qué fecha ni me ha importado averiguarlo. El hecho es que así estaban
pretendiendo darle una ayuda. Yo no sabía nada. Si me hubieran dicho que el
padre le dio 50 pesos o le dio 100 pesos un día, no me habría negado ni lo habría
visto mal. Probablemente no me habría gustado o habría mostrado desacuerdo;
pero, bueno, me habría parecido un poco lógico, tenía cierta lógica que dijera:
«Como padre te doy una ayuda», una pequeña ayuda, si quería dársela, para ella y
para el niño. Yo no sabía absolutamente nada ni siquiera podía imaginarme
semejante cosa.

El hermano me conocía bien. Pienso que cuando hizo esto —y no sé en qué


momento, en qué período después del golpe lo hizo— estaba buscando crear un
conflicto, porque no tenía sentido ni pies ni cabeza que procediera así. Fue una
provocación de las grandes.

Entonces, ¿qué ocurrió? En un momento determinado, no sé qué protesta


pública tuvo lugar, qué denuncia, por las condiciones de los presos, no sé qué
declaración de protesta hizo Myrta, y entonces Hermida, ministro de Gobernación
del mismo ministerio donde el hermano de ella era viceministro, hizo una
declaración afirmando que la había cesanteado. En medio de un conflicto
alrededor de los presos, este hombre acudió a tal bajeza, a una especie de
venganza. Él sabía que Myrta figuraba con un puesto allí y lo expresó en público,
indiscutiblemente para ofenderme, para herirme, para atacarme, o para atacarla a
ella. No recuerdo bien las circunstancias, pero ella había hecho una declaración de
protesta por el trato a los presos. Ella tuvo una actitud muy solidaria todo el
tiempo, nos visitaba en la prisión, todo lo sentía perfectamente bien; pero
indiscutiblemente que el hermano y la familia la embarcaron al concederle esa
«ayuda», que debió ser inaceptable, y luego la colocó en un lugar embarazoso y de
desventaja moral.

Qué le dijeron a ella, o qué sabía ella, yo no sé, realmente tampoco me puse
a averiguar ni a hacer preguntas sobre dicho problema.

Por entonces ya se había producido también la conspiración de las cartas y


la familia casi se apoderó de Myrta; porque cuando hicieron la declaración, ella
supo que se había creado un problema conmigo, supo que para mí se trataba de
algo muy grave. La familia le cayó encima. Ella pudo pensar que yo no aceptaría lo
ocurrido bajo ningún pretexto, bajo ninguna justificación, pudo pensarlo. Fue un
momento muy difícil para ella.

En mi caso creo que yo habría tenido al respecto una reacción muy fuerte,
muy dura. Aún teniendo en cuenta mi antagonismo con el gobierno, mi lucha total,
mi odio, mi repudio a la dictadura; no lo consideraría un problema insoluble,
habría podido superarse con más calma, con más sangre fría y tomando en cuenta
todas las circunstancias. Habría podido solucionarse sin el divorcio. Desde luego
que se creaba un problema serio, muy serio en el caso real de que ella supiera eso,
que figuraba en un puesto de ese ministerio, pero no hubo oportunidad de
discutirlo. Ya la familia, apenas se publicó la noticia, prácticamente se apoderó de
ella. Debieron utilizar todos los demás argumentos: las cartas, las dificultades,
etcétera; deben de haber presentado un cuadro muy negativo, difícil, y la cuestión
es que decidieron —y ella aceptó— salir al extranjero con el niño. Resultó que, en
tal situación en que yo estaba preso, ella salió al extranjero con el niño. Entonces,
desde mi punto de vista, cayó en manos de su familia. No hubo una conversación
ni una explicación, nada. Fue la forma en que ocurrieron los hechos.

Salió la noticia y a los pocos días nombraron un abogado, usaron todo el


poder de la familia y todo el poder del Estado para obtener tal resultado. Ellos
querían separarnos y, efectivamente, lo lograron; además, para infligir una herida,
una ofensa grande y llevarse a la madre y también al niño, los mandaron a ambos
para Estados Unidos. Fue una acción muy sucia, realizada por el gobierno y por la
familia. Ellos consumaron su conspiración, y realmente no había ningún
fundamento, tuvieron que haber utilizado el argumento de las cartas, en parte,
pero eso lo sabía yo nada más.

En dicha etapa me lastimaba más la ofensa política que la personal, porque,


además, yo veía en todo aquello las maquinaciones del gobierno y de los
batistianos, de los cuales tenía un pésimo concepto, de los batistianos y de sus
métodos. Ellos habían hecho cosas peores, porque habían matado a decenas de
compañeros míos, los torturaron y asesinaron brutalmente. Ellos habían hecho
cosas peores, instauraron una tiranía sobre nuestro país.

Tenía entonces agravios mucho más fuertes que aquel, tenía motivaciones
mucho más fuertes, porque estaba contra dicho régimen, luchaba y estaba
concentrado hasta el último acto de mis energías y de mi vida a tal batalla. Tenía
una terrible opinión de Batista y de todos los batistianos. Pero también me dolía en
lo personal, como es lógico.

Mi irritación era fundamentalmente política, por lo que habían hecho; la


forma sucia, innoble, grosera en que actuaron. Tuve motivaciones adicionales
fortísimas para repudiar aquel régimen, del cual tenía un concepto pésimo. De
modo que toda aquella cuestión política hizo que disminuyera mucho la
estrictamente personal.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, usted expresa dicho sentimiento en


una carta que me causó gran impresión: «Vivo porque creo que tengo deberes que
cumplir. En muchos momentos de los terribles que he tenido que sufrir en un año,
he pensado cuánto más agradable sería estar muerto. Considero al 26 de Julio muy
por encima de mi persona y en el instante que sepa que no pueda ser útil a la causa
por la que tanto he sufrido me quitaría la vida sin vacilar, con más razón ahora que
no me queda siquiera un ideal privado al cual servir. Lo poco que he hecho con
suma infinita de sacrificios y noble ilusión no lo podrán destruir destruyendo mi
nombre. [...]

»Trabajo me cuesta alejar de mi pecho los odios mortales que quieren


invadírmelo. No sé si habrá hombre que haya sufrido lo que yo en estos días
pasados; han sido de terrible y decisiva prueba, capaz de apagar en el alma hasta el
último átomo de bondad y pureza, pero me he jurado, a mí mismo, perseverar
hasta la muerte [...]».

FIDEL CASTRO.-Puede ser que haya escrito algunas cartas denunciando lo


que hicieron en aquel momento, era amargo en lo personal; pero, me había
enfrentado a problemas mucho más duros, más amargos; de ninguna manera iba a
subordinar a mi situación personal los asuntos políticos de la revolución.

A decir verdad, me sentía consagrado a mi tarea política y revolucionaria, y


me irritaba el golpe bajo que habían querido darme. En mi estado, tal vez
magnificaba un poco el problema; más de 50 años después veo las cosas con más
calma. Pude magnificar la ofensa hecha por el gobierno y hecha a la familia, veía
como algo atroz lo hecho; pero creo, a pesar de todo, que me repuse relativamente
rápido, y es explicable: seguí en la lucha, creo que todo aquello multiplicó mi
espíritu de lucha.

Y todo aquel asunto pudo tener solución, pudo no producirse el divorcio, no


era inevitable, yo hubiera podido comprender hasta qué punto la convirtieron en
una víctima de toda aquella manipulación e intriga. A Myrta la volví a ver después
en Miami, mientras yo estaba en los inicios del exilio en México, hablamos, pero no
de eso. Tuve siempre mi idea de lo que había ocurrido, y la idea de que la habían
hecho víctima. En realidad lo hicieron. Cuando vi la cosa clara, fríamente,
comprendí que la hicieron víctima en una situación muy difícil, en que
prácticamente estaba pasando hambre y estaba el niño chiquito, y tú sabes la
influencia que tienen en una madre los problemas del hijo y de la seguridad del
hijo, todas esas zozobras y angustias.

La familia la utilizó, se aprovecharon de las circunstancias especiales en que


se encontraba, la situación de pobreza y de necesidades materiales tremendas.
Ellos habrían podido ayudarla limpiamente, nadie la hubiera podido censurar; si la
hija no tenía a nadie que la ayudara, la podían ayudar limpiamente, si no era tanto
lo que necesitaba.

Si a mí me consultan, naturalmente, yo digo que no, hubiera estado opuesto;


pero desde el punto de vista de la familia, habría comprendido que era lo mejor.
De una manera limpia, si hubieran querido darle 50 ó 100 pesos todos los meses,
cuando se quedó sola. Tú no le puedes cuestionar a la familia, a un padre, que
quiera ayudar a la hija, a un hermano ayudar a la hermana.

KATIUSKA BLANCO. -Toda esa historia me recuerda otras difíciles y


dolorosas en la vida de Martí y en la de Mella. Tengo entendido que Hermida, el
ministro de Gobernación que declaró que Myrta recibía un salario en el
Viceministerio, lo visitó luego en la prisión, ¿es cierto?

FIDEL CASTRO.-Sí, un día visitó la cárcel. A mí no me consultaron antes, de


repente se abrió la celda y entró. Creo que Raúl estaba conmigo entonces, no sé si
él me acompañaba donde yo me encontraba o si estaba solo allí; porque yo viví
primero aquel período de soledad, aislamiento total, sin patio, sin nada; después
fue mejorando mi situación: derecho a ir al patio, en que podía comunicarme con el
de al lado, y después un período en que enviaron a Raúl para el lugar de mi
confinamiento. Es decir, no recuerdo si él estaba allí o no en aquel momento, pero
el hecho es que abrieron las rejas y entró el ministro de Gobernación, me saludó y
entonces le reproché lo que había hecho, le reproché las declaraciones. Él trató de
dar una excusa, me habló y me dijo: «Bueno, yo también fui revolucionario», dijo
una cosa: «Yo también estuve preso, porque puse bombas contra Machado».

Aquel hombre fue casi a rendirme tributo, porque me dijo: «Bueno, yo fui
preso también, yo comprendo lo de ustedes, porque fui revolucionario. Estuve
preso, puse bombas, y, mira, ahora estoy aquí». Casi quiso decir que él entendía lo
que hacíamos, que él lo había hecho también y que algún día no estaríamos ahí.
Realmente fue casi a rendirme un tributo, a decirme —reitero— que él también
había estado preso, que comprendía. Fue todo lo que dijo, no fue a decirme nada ni
a proponerme nada ni a conversar nada. Quería verme, parece que tenía
curiosidad de ir a verme y entró. Era el ministro de Gobernación, el dueño de las
cárceles, y yo era un prisionero.

Le reproché además en breves palabras las arbitrariedades de la prisión. Él


dio alguna explicación, realmente trató de hacerse simpático. Pero yo comprendía
que era un problema moral de todos ellos: se sentían inferiores frente a nosotros, se
sentían desmoralizados. Incluso, tenían curiosidad por ver cómo éramos. Es otra
manifestación de la inferioridad moral de toda aquella gente frente a nosotros.

09

Estudiar es luchar, dubitaciones, una costumbre antes de dormir, «el


hábito hace al monje y yo soy pobre», amnistía, gratitud, viajar a la isla grande,
cálido recibimiento, estrategia y realidad reafirmadas, un juramento con Cuba

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, usted escribió desde la cárcel: «...la


inquietud de saber más, de poder más, de ser más, renueva al hombre
incesantemente» y «En esta prisión mi vida es pensar y estudiar. En algo tengo que
invertir mis energías y mis ansias. Estudiar es luchar». Pienso que su
temperamento intranquilo, bohemio y hasta desordenado en pequeñas cosas
cotidianas como echar las cenizas del tabaco en cualquier parte cuando fumaba,
halló cauce al concentrarse en la lectura. Entender el estudio como una forma de
lucha le dio sentido a su vida en la prisión. Prueba de sus dubitaciones son estas
palabras: «Me había dormido acabando de leer la Estética Trascendental del
Espacio y del Tiempo [...]. Kant me hizo recordar a Einstein, su teoría de la
relatividad del espacio y tiempo, y su fórmula famosa de la energía E=mc2 (masa
por el cuadrado de la velocidad de la luz); la relación que pudiera haber entre los
conceptos de uno y otro quizás en oposición; la convicción de aquel de haber
encontrado criterios definitivos que salvaban a la Filosofía del derrumbe,
vapuleada por las ciencias experimentales, y los imponentes resultados de los
descubrimientos de este. ¿Le habría ocurrido a Kant lo mismo que a Descartes cuya
filosofía no pudo resistir la prueba de los hechos, porque contradecía las leyes
probadas de Copérnico y Galileo? Pero Kant no trata de explicar la naturaleza de
las cosas sino los conocimientos mediante los cuales llegábamos a ella; si es posible
conocer o no conocer y según ello cuándo son aquellos acertados o erróneos; una
filosofía del conocimiento, no de los objetos del conocimiento. Según esto, no debe
haber contradicción entre él y Einstein. Sin embargo ahí están sus conceptos de
espacio y tiempo, puntos básicos para elaborar su sistema filosófico. ¿Cabría la
contradicción? Claro que no será difícil cerciorarse, pero mientras me hacía esta
pregunta, igual que otras muchas que continuamente nos asedian, pensaba en lo
limitado de nuestros conocimientos y en la vastedad inmensa del campo que el
hombre ha labrado con su inteligencia y su esfuerzo a través de los siglos. Y aun, la
misma relatividad de esos conocimientos entristece [...]. Y en medio de todo esto,
no dejaba de pensar si valdría la pena invertir mi tiempo estudiando muchas de
esas cosas y su posible utilidad con vista a resolver los males presentes...».

Pienso que usted concluyó que sí, que valía la pena sumergirse en los libros
como si lo hiciera en un océano insondable. Ya mencionó algunos volúmenes de
contenido político consultados para preparar el alegato; pero sé de la existencia de
muchos otros que le permitieron crecer intelectualmente para lo porvenir, espantar
la soledad y ser libre en el encierro. Hace algún tiempo reconocí una parte de esa
colección en la Oficina de Asuntos Históricos, guardada en un escaparate de caoba
y cristal. Le confieso, Comandante, que sentí una tremenda emoción: los leí allí
mismo en varias jornadas de estudio. Recuerdo Magallanes y la biografía Balzac
por Stefan Zweig. El encuentro con sus libros fue mágico, me transportó a los
momentos vividos por usted mientras leía: primero los vi, luego los toqué, los
revisé, vi sus iniciales en la primera página, leí los apuntes y las frases que subrayó
entonces. Allí encontré la edición que reunía las cartas enviadas desde Alaska por
el padre misionero Segundo Llórente, hermano de su profesor en el Colegio de
Belén, aquellas que le fascinaban y tuvo la oportunidad de escuchar porque se las
leían a los alumnos. Siempre anhelé conversar con usted sobre sus lecturas del
presidio, las considero vitales en su vida.

FIDEL CASTRO.-El aliado más importante que uno tiene en la prisión es la


lectura. Subrayar frases y hacer alguna que otra anotación ha sido siempre
costumbre mía. Así destaco ideas esenciales, sobre todo cuando es más intenso el
interés por lo narrado o expuesto en el libro; soy más metódico, más sistemático.
Mientras leo voy subrayando ideas; a veces un párrafo entero si me parece
interesante por algún motivo.

Si inicio un libro sobre asuntos conocidos, lo leo rápido, depende del tipo de
obra; a veces cuando se trata de literatura científica, subrayo algunos puntos.

En otras ocasiones hago una primera lectura con la intención de volver a


leer —siempre que tengo tiempo—, porque ya en la segunda lectura capto mucho
mejor el contenido y voy anotando. Primero exploro el contenido, el valor de lo
que se dice, y cuando se trata de algo más complejo, algo técnico por ejemplo, lo
retomo y hago como un resumen.

Si uno realmente quiere sacar de un libro una mayor esencia, tiene que
volver sobre él. Pero, claro, no siempre se dispone de tiempo.

Todas las noches antes de dormir leo una o dos horas, en dependencia del
cansancio que tenga.

KATIUSKA BLANCO. -Hace poco, usted me comentó que había terminado


de leer la biografía de Barack Obama, Los sueños de mi padre, y más
recientemente me habló de su costumbre de leer antes de dormir, en ese momento
acaparaba su interés La obra del artista: Una visión holística del universo, de Frei
Betto.

FIDEL CASTRO.-Sí, siempre tengo varios libros en espera de que pueda


leerlos y ahora, más que nunca, me doy cuenta de la importancia de las horas
dedicadas a la lectura en la cárcel. Al inicio, principalmente leía lo esencial, textos
relacionados con la defensa, era el objetivo primordial. Cuando me llevaron al
Presidio Modelo con los demás compañeros, intentamos hacer estudios
sistemáticos y fundamos la Academia Abel Santamaría para todos los combatientes
presos. Allí realizábamos estudios sistemáticos de distintas materias, incluida la
Filosofía. Creo que yo era profesor de Filosofía y Montané de Inglés. Pedrito Miret
enseñaba otra asignatura. Nuestro propósito era elevar el nivel de todos los
compañeros. Al poco tiempo hacíamos lecturas de tipo histórico, político, que en
cierta forma se mezclaban también con las de carácter filosófico; y, además,
incluíamos biografías y obras de la literatura universal. Estas últimas son un poco
más recreativas en cierto modo.

Recibí Juan Cristóbal, de Romain Rolland, una obra enorme, notable,


maravillosa, en una edición de diez tomos.

Creo que en ese período volví a leer Los miserables, de Víctor Hugo; releí
algunos de esos libros. También El Quijote.

KATIUSKA BLANCO. -Recuerdo que una vez, usted consideró maravillosa


la descripción de la batalla de Waterloo que hace Víctor Hugo. A renglón seguido
me preguntó qué parte prefería de Los miserables. Le confesé que a mí me
conmovía el final desolado de Jean Valjean al ser olvidado por Cosette. Entonces
reparó —de algún modo admirado— en el contraste: mientras usted se asombraba
del recuento de una gran batalla de la historia, yo me detenía en el drama humano
de los protagonistas.

Sé que le fascinan los libros y evoco la última carta que escribió desde la
prisión a su hermana Lidia [el 2 de mayo de 1955], como decálogo de los principios
que seguiría con rectitud toda su vida: «Valdré menos cada vez que me vaya
acostumbrando a necesitar más cosas para vivir, cuando olvide que es posible estar
privado de todo sin sentirse infeliz. Así he aprendido a vivir y eso me hace tanto
más temible como apasionado defensor de un ideal que se ha reafirmado y
fortalecido en el sacrificio. Podré predicar con el ejemplo que es la mejor
elocuencia. Más independiente seré, más útil, cuanto menos me aten las exigencias
de la vida material.

»;Por qué hacer sacrificios para comprarme guayabera, pantalón y demás


cosas? De aquí voy a salir con mi traje gris de lana, desgastado por el uso, aunque
estemos en pleno verano. ¿No devolví acaso el otro traje que yo no pedí ni necesité
nunca? No vayas a pensar que soy un excéntrico o que me haya vuelto tal, es que el
hábito hace al monje, y yo soy pobre, no tengo nada, no he robado nunca un
centavo, no le he mendigado a nadie, mi carrera la he entregado a una causa. ¿Por
qué tengo que estar obligado a ponerme guayaberas de hilo como si fuera rico, o
fuera un funcionario o fuera un malversador? Si nada gano en estos instantes, lo
que tenga me lo tendrán que dar, y yo no puedo, ni debo, ni aceptaré ser el menor
gravamen de nadie. Mi mayor lucha ha sido desde que estoy aquí insistir y no
cansarme nunca de insistir que no necesito absolutamente nada; libros solo he
necesitado y los libros los tengo considerados como bienes espirituales [...]. El
deseo de que mis libros estén arreglados y en orden para cuando yo llegue, me
conforta, me alegra y me hace más feliz que todas las demás cosas, y no me
entristece ni me apena, ni me apesadumbra. Yo no puedo tener debilidades, si las
tuviera hoy, por pequeñas que fuesen, mañana no podría esperarse nada de mí».

Comandante, siento hermosa y espartana la actitud que guió sus luchas


hasta hoy. Está claro que no le interesaba nada material, solo sus libros lo
reconfortaban. ¿Quién se los enviaba? ¿Cómo pudo conformar aquella pequeña,
pero valiosa, biblioteca?

FIDEL CASTRO.-Una parte de los libros yo los pedía a familiares y a


distintas personas. Los demás me los enviaban sin que yo los solicitara.

La compañera que trabajó con nosotros en asuntos de la revolución, a quien


escribí las cartas mencionadas antes, tenía muy buen gusto para escoger los libros
y me envió muchos de los que leí en tal etapa.

Ella tenía ciertas posibilidades económicas y nos ayudó también en lo del


Moncada. Era militante del Partido Ortodoxo, una de las colaboradoras que más
nos ayudó. Mientras estuvimos presos nos suministró muy buenos libros. De la
casa también nos enviaron, en especial Lidia, otras amistades y compañeros de
lucha, porque libros yo sí pedía; solicitamos a mucha gente y nos llegaban por
diferentes vías.

Nuestro problema era que los dejaran entrar en la prisión. Por ejemplo, El
capital, de Carlos Marx, entró sin problemas; por ser un libro que se llamaba El
capital, no hubo ningún obstáculo para que lo recibiera. En cambio, un día
mandaron un libro que yo conocía, lo había leído ya una vez y no le di gran valor,
pues, a no ser desde el punto de vista literario, no lo tenía para mí en la práctica
político-social, se llamaba Técnica del golpe de Estado, de Curzio Malaparte; un
libro de ficción que pretende explicar la técnica con que se realizó, en 1917, la
Revolución de Octubre. Pero era una fantasía, solo eso. Tal parecía que la toma del
poder era una cuestión técnica y no política, pero como el libro se titulaba Técnica
del golpe de Estado, me lo retuvieron.

Otro que alguien me mandó, una biografía de Stalin, por León Trotski,
también lo retuvieron; era considerado subversivo, material prohibido.
KATIUSKA BLANCO. -Sí, y al final usted se hizo amigo de Mariano Rives,
el censor, y según tengo entendido logró influir sobre él a favor de ustedes. ¿No es
así, Comandante?

FIDEL CASTRO.-Yo establecí cierta relación amable con el censor, el señor


Rives, y logré influir sobre él. Como aquellos militares sabían muy poco de
literatura, historia, economía o filosofía, colocaron en aquel puesto a un
funcionario más preparado. Le expliqué que era ridículo que retuvieran Técnica
del golpe de Estado, un libro que conocía y no tenía ningún valor, pues se trataba
de una fantasía; también le argumenté que la biografía de Stalin había sido escrita
en su contra por su más irreconciliable y feroz enemigo, debido a lo cual no tenía
sentido que prohibiera pasar dicho volumen solo porque llevara su nombre. Utilicé
tales asuntos de pretexto para fastidiar, ridiculizar un poco la prohibición y exigir
que me entregaran los libros, y sobre todo para defender el derecho de que me
mandaran libros.

En general, no hubo dificultades para recibir cientos de volúmenes. Tenía


los libros de Balzac, las obras completas de Dostoievski —tuve realmente el mal
gusto de leer todos los libros de Dostoievski en la prisión, porque no es el mejor
lugar; son excelentes libros, maravillosos libros—, todos los libros de Tolstoi,
excepto La guerra y la paz, los tenía allí. El máximo de tiempo lo dediqué a leer y a
escribir mensajes relacionados con la Revolución.

Ahora, parte de la lectura era recreativa, desde luego, pero toda útil. Claro,
psicológicamente, siempre en el prisionero hay cierta dosis de amargura, no voy a
decir que son las condiciones ideales perfectas para el estudio, porque uno tiene
que hacer un esfuerzo de abstracción. Pero no hay duda de que fue provechoso.
Rives también nos ayudó con la correspondencia, estuvo siempre de nuestro lado.

KATIUSKA BLANCO. -Ya abordamos, hasta cierto punto, el tema del


tiempo que dedicó a la correspondencia, incluidos los mensajes secretos que eran
invisibles gracias al método del limón. Pero aquí tengo una carta, Comandante,
que me parece importantísima en relación con las tareas y las instrucciones que
desde la cárcel usted hacía llegar a los compañeros en la calle, le voy a citar un
fragmento: «Me han dicho el entusiasmo tan grande con que están luchando; solo
siento la inmensa nostalgia de estar ausente. Quiero poner en consideración de
ustedes algunas cosas que considero importantes». Entonces cita la propaganda,
que según usted mismo dice, es el alma de la lucha; apunta la coordinación que
debe haber entre la gente de aquí y la del extranjero, e insiste en no desanimarse
por nada ni por nadie, como hicieron en los más difíciles momentos. ¿Fue como
una reorganización del Movimiento, verdad?

FIDEL CASTRO.-Desde que estuvimos juntos otra vez en la prisión


comenzamos a reorganizarnos con el espíritu de continuar la lucha. Primero
trabajamos en el juicio y, después, ya en la Isla de Pinos —como se llamaba
entonces— hicimos un programa de preparación de toda la gente nuestra allí
encarcelada. Creamos una nueva dirección con una parte de los compañeros en
prisión y una parte de los que estaban en la calle. En realidad, el Movimiento
empezó a trabajar rápidamente dirigido desde la prisión, porque la mayoría de los
compañeros estábamos presos y nosotros éramos, en esencia, el Movimiento.

KATIUSKA BLANCO. -Considero que el Movimiento 26 de Julio nació en


Prado Nº 109, en aquel lugar donde usted reclutaba a los hombres y los enviaba a
la Universidad para que recibieran entrenamiento...

FIDEL CASTRO.-Sí. Luego de la acción del Moncada, poco a poco se nos


fueron sumando otros compañeros. A Melba y Haydée las integramos como parte
de la dirección del Movimiento y trazamos la estrategia de lucha desde la prisión.

La primera misión era denunciar todos los crímenes, fue la idea número
uno; la segunda, dar a conocer el programa del Movimiento a través de escritos y
artículos de denuncia. Nosotros ya habíamos revelado los crímenes en los
tribunales cuando nos enjuiciaron, denunciamos a Batista y a los jefes militares;
pero necesitábamos que la opinión pública conociera ampliamente los hechos y,
además, nuestro programa e ideas. Era muy importante la reconstrucción del
discurso del Moncada porque facilitaba el cumplimiento de estos dos objetivos,
por eso le dediqué tiempo y energías para sacarlo de la cárcel e imprimirlo
clandestinamente.

Al principio nos rodeaba el silencio, casi nadie en el país se atrevía a hablar.


Batista se creía consolidado en el poder por mucho tiempo e inició la preparación
de una campaña para elegirse presidente; por ello hubo cierto momento en que se
abrieron otra vez las posibilidades para la prensa y la radio; volvieron los
comentaristas radiales: Pardo Liada, Conté Agüero. Cesó la censura de prensa,
pero la gente se autocensuraba, existía mucho temor a hablar de los sucesos del
Moncada y a denunciar los crímenes. Muchos lo sabían, pero nadie se atrevía a
hacer la denuncia directa, abierta, de todo lo ocurrido. Nosotros íbamos
divulgándolo en los manifiestos.

Era posible que la gente en la calle subestimara a quienes permanecíamos


presos, porque aunque existía una gran simpatía por nosotros, por el hecho de que
habíamos salvado de alguna manera el honor del país en la lucha contra Batista,
estábamos condenados a muchos años de cárcel y no veían posibilidades de acción.

Los únicos confiados éramos nosotros. Preparamos nuestros planes de


denuncia y divulgación. Para ello nos apoyamos en amigos y manifiestos
clandestinos. La estrategia era movilizar a la opinión pública a favor de nosotros y
obtener nuestra libertad por la presión de esta. Que el pueblo exigiera la liberación
de los presos. De cierta forma, esto coincidía con el interés batistiano de normalizar
y dar una apariencia legal a su situación, lo cual formaba parte de su táctica;
Batista quería pasar por un hombre que ostentaba el poder como resultado de unas
elecciones, legalizar su golpe de Estado, su regreso al poder.

Lo mismo había ocurrido otras veces, formaba parte de la tradición anterior:


que Batista durante un número de años ejerciera el gobierno de facto, no desde la
presidencia, sino como jefe del Ejército: quitaba y ponía gobiernos. Y más tarde, al
calor de la situación que se produjo después de la [Segunda] Guerra Mundial y de
la ola democrática, de la gran propaganda por la democracia realizada en la lucha
contra el fascismo, Batista se montó en aquel tren y, en el año 1940 promovió una
constitución y se postuló para la presidencia; porque él estaba en el tren de la
democracia, era aliado de Estados Unidos, entonces, así fue presidente electo aquel
año.

Él volvía a proyectar un dominio de la política del país por muchos años,


primero, como presidente de facto; después, como presidente electo en unas
elecciones amañadas, donde estaba ausente la oposición, excepto la representada
por el Partido Auténtico, con Grau San Martín como candidato. Una oposición
mediatizada era la que tenía frente a sí entonces. Él tenía interés en crear un clima
de aparente normalización, pero frente a tal idea se interponían los hechos, la
represión, los crímenes cometidos y los presos.

En la medida en que denunciáramos todos aquellos crímenes y se


incrementara el apoyo de la población a los presos revolucionarios, la estrategia de
Batista encontraría dificultades más grandes y no podría llevar adelante sus planes
sin ponernos en libertad, porque como resultado de nuestras denuncias y de
nuestra lucha comenzó a surgir un clamor exigiendo la libertad de los presos
políticos, de los presos del Moncada. Entonces Batista decía que sí, que estaba
dispuesto a hacer una amnistía, excepto a los presos del Moncada.

Desde luego, ya teníamos el Movimiento andando; a todos los amigos, a


todos los simpatizantes les dábamos instrucciones: organizar núcleos de
simpatizantes en todas partes, reclutar gente y seguir una línea.

Otras veces he reconocido que el investigador Mario Mencía entendió y


expresó muy bien toda esta estrategia nuestra en su libro La prisión fecunda.

Muchas veces planteé: «No pactar con las otras organizaciones, que en las
demás organizaciones no se podía confiar, en los viejos partidos no se podía
confiar». Le planteé a la gente que ni siquiera habían denunciado los crímenes
cometidos en el Moncada, que nosotros éramos la vanguardia, la fuerza, que
teníamos que tener paciencia, que era imprescindible seguir un programa,
desarrollar una ideología, una organización, y priorizar la batalla por nuestra
libertad.

Desde la prisión dirigimos la batalla, y el Movimiento creció. A pesar del


aislamiento y de todo, nosotros nos las arreglamos para romper la incomunicación.
Elaboré muchos mensajes e instrucciones e insistí en las mismas ideas básicas: la
denuncia y el programa revolucionario. Así fue creciendo el apoyo a nuestra causa.

Yo conocía la psicología de nuestro pueblo, que odiaba la tiranía y la


represión, y, en la misma medida en que odiaba a aquel régimen, simpatizaba con
quienes habían luchado contra este.

La línea seguida condujo a tales extremos que, en la campaña electoral,


Batista llegó a las elecciones con una oposición hecha a la medida: el contendiente,
Ramón Grau, expresidente del primero de los desprestigiados gobiernos
auténticos. Pero aún así Batista no hubiera estado dispuesto a hacer unas
elecciones limpias, y lo que hizo Grau, candidato del Partido Auténtico que era el
del gobierno derrocado por Batista con el golpe del 10 de marzo de 1952, fue
retirarse unos días antes de las elecciones.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, el periodista Ciro Bianchi Ross


mencionó en una de sus crónicas que en Matanzas —territorio considerado
perdido por Batista para las elecciones del 1.° de noviembre de 1954—, de los
seguidores de Grau, 500 fueron detenidos en días previos a los comicios. Además,
poco antes de la fecha señalada, Batista declaró a la revista Bohemia: «No admito la
hipótesis de perder frente a Grau».

FIDEL CASTRO.-Batista consiguió ser el único candidato. Recuerdo que en


Santiago de Cuba, la oposición tolerada organizó un mitin, la multitud reunida
coreaba una consigna: «¡Fidel, Fidel, Fidel!». Y se dio el caso de un gran mitin de la
oposición legal, y la multitud clamaba el nombre de aquel que estaba en la prisión
en lucha contra Batista. ¡Impresionante! Habían transcurrido muchos meses de
nuestro encierro cuando ocurrió, claro, fue en medio de la campaña electoral de
Batista en 1954. Lo escuché por la radio. Finalmente ganamos la batalla. Cuando
Batista efectuó sus elecciones estábamos presos, pero el país no se normalizaba,
continuaba complicándose más y más; entonces, como mismo él había hecho
campaña y levantado calumnias contra nosotros en el juicio del Moncada, cuando
dijo que habíamos asesinado a los soldados y a los pacientes del hospital, en aquel
momento. Tuvo que convencer a sus soldados de amnistiarnos, porque si no lo
hacía, políticamente no se le normalizaba el país, crecía la oposición y la demanda
de que nos pusieran en libertad. Y, al final, en un esfuerzo por apaciguar o sedar al
país, decidió decretar la amnistía e incluirnos también.

Batista, prepotente y altanero, después de aplastar la rebelión en el


Moncada, se sentía ya consagrado. Para él, nosotros, un grupo de civiles, sin armas
y sin dinero, no significábamos nada. Nos subestimó, lo que era algo previsible
para mí.

KATIUSKA BLANCO. -Pero se manejó darles la libertad con la condición de


que abandonaran la lucha. ¿No es así, Comandante?

FIDEL CASTRO.-Así fue, pretendieron condicionar nuestra liberación al


hecho de que renunciáramos a la lucha armada.

Como respuesta, escribí una carta pública. Afirmé: «No queremos amnistía
al precio de la deshonra [...]. ¡Mil años de cárcel antes que la humillación! ¡Mil años
de cárcel antes que el sacrificio del decoro!». Y la rechacé del todo. Lo hice por
principios y porque estaba seguro de ganar la batalla.

Cada mensaje dado a conocer conmovía más a la opinión pública e


incrementaba la admiración por la gente que permanecía presa. Llegó un momento
en que Batista no podía ignorarnos y no se le «aquietaba el país» sin decretar la
amnistía. Él pensó que ganaría más liberándonos, porque así se hacía de una
apariencia benevolente; calculó los beneficios que le reportaría la decisión, y
terminó subestimándonos.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, anteriormente usted me comentó que


ya en los últimos días de prisión, su hermano Raúl fue trasladado a su celda
aunque los mantenían incomunicados en relación con el resto de los moncadistas.
Antes, fueron 90 días aislado, en solitario.

Me estremecieron las palabras de usted, Comandante, en diversos


momentos de la cárcel, cuando apuntaba: «Ya tengo luz; estuve cuarenta días sin
ella y aprendí a conocer su valor, no lo olvidaré nunca como no olvidaré la hiriente
humillación de las sombras; contra ellas luché logrando arrebatarles casi doscientas
horas con una lucecita de aceite pálida y temblorosa, los ojos ardientes, el corazón
sangrando de indignación. De todas las barbaridades humanas, la que menos
concibo es el absurdo...».

O aquellas que expresan el desconcierto y la angustia existenciales, aun en el


afán de sobreponerse: «Tú no sabes cómo consume energías esta soledad. A veces
estoy agotado. En esos instantes en que uno se cansa de todo, no hay refugio
contra el hastío. La sensibilidad se embota y los días pasan como en un letargo. Es
verdad que siempre estoy haciendo algo e inventando mundos, pensando y
pensando, pero precisamente por eso es que me agoto a veces. ¡Cómo me han
reducido! Días atrás me llevaron al juzgado. Hacía mucho tiempo que no veía
campos ni horizontes abiertos. Aquí el paisaje es muy hermoso, lleno de luz y
radiante sol. Allí estuve un rato conversando con los empleados del Juzgado de
Instrucción, personas muy amables, sobre asuntos nacionales. Cuando volví otra
vez a la celda me sentía extraño, molesto. Meditaba sobre las opiniones que había
dado, rápidas, precisas, pero me di cuenta que había hablado maquinalmente.

Sentí la sensación de que la luz, el paisaje, el horizonte, todo, me afectaba


como un mundo extraño, lejano, olvidado...».

Si uno solo lee sus cartas de índole política no puede ni imaginar la difícil
situación anímica en que se debatía su espíritu en la prisión. Otras no podrían
leerse al pie de la letra, pues el mensaje verdadero está oculto, escrito con zumo de
limón, y lo que se lee es una ironía o burla a las restricciones impuestas por las
autoridades carcelarias. En los mensajes a sus compañeros de causa solo vuelca
afanes de lucha; su preocupación por el futuro del Movimiento resulta más fuerte
que todo. No hay espacio para el dolor o el abatimiento, usted mismo no se lo
permite. Aquí tengo una carta que envió a Melba y Haydée donde les aconseja:
«...que siempre es necesario saber esperar el momento oportuno». Voy a leer
algunos fragmentos:

«Sigo sin ninguna fe en los auténticos y convencido de que no han hecho


más que chapucear y perder el tiempo. Los últimos acontecimientos me han
venido a dar la razón. ¿A quién se le ocurre llevar en una maleta la lista de todos
los comprometidos? Ahora los veo en franco proceso de desintegración, carecen de
ideales y de moral, están corrompidos hasta la médula de los huesos [...].

»Recuerden que no podrá intentarse nada hasta que nosotros salgamos y


que siempre es necesario saber esperar el momento oportuno. La misión de
ustedes es ir preparando el camino, mantener firme los elementos de valor [...].
Deben tomarse todas las medidas de precaución para que no descubran ningún
depósito, ni detengan a nadie».

FIDEL CASTRO.- ¡Ah, sí!, porque aquella era una situación muy compleja,
los auténticos seguían tratando de captar a nuestra gente, por suerte no hubo
traición. Todos nuestros colaboradores se mantuvieron firmes. La historia me
absolverá, por ejemplo, salió completa de la prisión sin dificultades, al igual que
los demás mensajes.

KATIUSKA BLANCO, —En otra misiva usted advertía: «El único propósito
de ellos es el poder, el nuestro, la verdadera revolución [...]. No puede hacerse
ningún acuerdo sin la aceptación previa de nuestro programa, no porque sea
nuestro, sino porque él significa la única revolución posible...».

Sé que aquel día, Comandante, 12 de mayo de 1954, cumplía 90 días solo. Y


en medio de todo, sus cartas eran reportes de prensa, noticias de una guerra muy
peculiar.

FIDEL CASTRO.-Sí, cuando estaba discutiéndose la amnistía hice una carta


tan arrogante que era un desafío a Batista, la saqué de la prisión y la publicaron en
Bohemia el 27 de marzo de 1955. ¡Hasta me amenazaron de muerte!

KATIUSKA BLANCO. -Sí, el 19 de marzo de 1955 escribió: «...hoy se


pretende desmoralizarnos ante el pueblo o encontrar un pretexto para dejarnos en
prisión.

»No me interesa en absoluto demostrarle al régimen que debe adoptar esa


amnistía, ello me tiene sin cuidado alguno; lo que me interesa es demostrar la
falsedad de sus planteamientos, la insinceridad de sus palabras, la maniobra ruin y
cobarde que se está llevando a cabo con los hombres que están en prisión por
combatirlo.

»Han dicho que son generosos porque se sienten fuertes, pero son
rencorosos porque se sienten débiles. Han dicho que no albergan odios y, sin
embargo, lo han ejercido sobre nosotros como no se ejerció jamás contra un grupo
de cubanos.

»Habrá amnistía cuando haya paz. [...] Después de veinte meses nos
sentimos firmes y enteros como el primer día. No queremos amnistía al precio de
la deshonra. No pasaremos bajo las horcas caudinas de opresores innobles. Mil
años de cárcel antes que la humillación. Mil años de cárcel antes que el sacrificio
del decoro. [...]

»Si lo que hace falta en esta hora son cubanos que se sacrifiquen para salvar
el pudor cívico de nuestro pueblo, nosotros nos ofrecemos gustosos. Somos jóvenes
y no albergamos ambiciones bastardas...».

FIDEL CASTRO.-¡Tremenda carta! Fue la que costó una gran bronca con el
comandante Capote, que amenazó con matarme. Sí, sí, estaba furioso, muy furioso.
Parece que Batista lo criticó duramente. Porque, bueno, cuando salió publicado
aquello fue terrible. Batista se puso furioso y Capote se sintió ridiculizado; mostró
un odio, una furia terrible, me quería matar. Me dijo que no volviera a hacerlo
porque me iba a matar.

Escribí de inmediato otro artículo tremendo, denunciándolo todo, pero


Quevedo, director de Bohemia, no se atrevió a publicarlo. Pudo pensar que a lo
mejor me mataban y no la publicó.

El caso es que le pusimos malo el ambiente a Batista, él sabía que tenía que
sacarnos. Y ya contábamos con un plan de lo que íbamos a hacer fuera de la cárcel.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, en mi memoria pervive nítidamente el


11 de agosto de 1997, cuando conversé con el compañero Jesús Montané sobre unas
cartas que usted escribió a los padres de él: Sergio y Zenaida. Ellos vivían desde
siempre en la Isla de Pinos y su presencia allí fue apoyo constante para todos los
combatientes del Moncada presos y en especial para usted. La relación llegó a ser
familiar, muy afectuosa. Tengo aquí aquellas misivas, escritas por separado el
mismo día 10 de mayo de 1955, cuando faltaba poco para la salida del Presidio
Modelo. Deseo citar algunos fragmentos porque se aprecia la exaltación que
provocaba en su espíritu la posibilidad de reencontrarse con sus compañeros de
lucha y salir en libertad y porque, además, son como un recuento de lo áspero
vivido y de su ternura inextinguible a pesar de las adversidades.

«Querido Sergio:

»Esta mañana lo vi un poco triste. No trabé conversación con usted para


evitar que nos llamasen la atención, pero me alegré mucho de verlo. Cuando nos
íbamos en el ómnibus pedí permiso para saludarlo con la mano. Quizás haya
estado usted un poquito preocupado por las apreciaciones que le hice en mi
anterior carta sobre la Ley o es tal vez la enorme impaciencia de vernos libres [...]

»Dieciséis meses hace ya que no veo a mis compañeros y estoy a solo unos
metros de ellos. Tan difícil serán de creer estas cosas como de comprenderlas
cuando las veamos a distancia. Imagino el presente como un veloz meteoro que se
alejará velozmente de nuestro recuerdo, disipándose como las estelas que deje tras
sí el barco que nos lleve a Cuba. Me refiero a lo que pueda tener de incomprensible
y amargo el presente, jamás al recuerdo de aquellos que con su desvelo trataron de
hacernos más llevaderas las cadenas. Fáciles serán de recordar porque han sido
muy pocos...».

Y más adelante apunta:

«Bueno viejo, se me acaba el papel y no estará usted en estos momentos


para largas misivas. Se me olvidaba decirle que necesito tres o cuatro ámpulas de
vitamina C porque me quiere caer catarro. No deje tampoco de mandarme las
toronjas. Perdóneme esta lata de última hora. Reciba un abrazo de Fidel».

A Zenaida le responde [el 10 de mayo de 1955] y confiesa: «No sé lo que


habrán pensado ustedes de que yo les haya escrito tan pocas veces; he vivido en la
creencia de que no era necesario hacerlo con frecuencia para que tuvieran ustedes
la seguridad de mis sentimientos; como otras veces les he dicho, para con mi
propia familia. ¿Por qué escribo tan pocas veces? Es tal vez el modo que tiene uno
de aislarse contra los recuerdos del mundo que está más allá de la raya divisoria.
Siempre que he estado sumergido en un libro me ha costado mucho trabajo dejarlo
para escribir una carta. Leyendo, la mente se evade de la prisión que queda
olvidada durante horas enteras; al escribir una carta, en cambio, todo nos la
recuerda y la recuerdan sobre todo aquellos a quienes las dirigimos y que por
nosotros sufren. Hay en esta actitud nuestra un poco de egoísmo, pero hay
también algo de generosidad, deseamos no sufrir pero deseamos también, y
bastante, que otros ni sufran ni se molesten por nosotros.

»En su carta he comprendido toda la emoción que la embarga estos días. La


guardaré como una estampa viva de ansia y amor de madre. Conmueve todo
cuanto me dice de la espera a la salida de la prisión, y de los arreglos en la casa
para recibirnos».
Comandante, quisiera saber cómo aconteció todo, ¿a qué hora salieron del
presidio?, ¿adonde se encaminaron?, ¿qué fue lo primero que hicieron después?,
¿con quiénes se reunieron...?, en fin, cómo transcurrieron las primeras horas y días
que siguieron a su liberación.

FIDEL CASTRO.-Salimos de la cárcel el 15 de mayo en tres grupos: el


primero, a las 11:30 de la mañana; el segundo, que era el mío, al mediodía; y poco
después, el tercero. Allí, a las puertas del presidio nos reunimos con una parte de
nuestros familiares que esperaban la hora señalada. Con ellos nos fundimos en un
abrazo. Recuerdo que al salir, en la misma puerta del presidio estreché
cordialmente al teniente Róger Pérez Díaz, un militar pundonoroso a quien
después agredieron de palabra, sometieron a persecuciones y represalias y
finalmente detuvieron y dieron de baja del cuerpo de las fuerzas armadas. En
aquel mismo lugar ofrecí declaraciones a la prensa.

De allí me dirigí precisamente a la casa de Montané. Los demás compañeros


se dispersaron, fueron a visitar a personas conocidas, a recorrer la finca El Abra, o
simplemente a caminar por la ciudad. Estuve un rato en la casa de Montané y
luego salí a pie hasta el hotel Isla de Pinos, en la principal calle de Nueva Gerona,
donde tuvo lugar la conferencia de prensa y di a conocer el contenido de un
«Manifiesto al pueblo de Cuba», firmado por todos los combatientes y publicado al
día siguiente por el periódico La Calle. Antes, casi al llegar a casa de Montané,
había mandado a buscar a uno de los hombres que custodiaba mi celda en el
presidio, a Conrado Sellés, una persona decente y amable. A él le regalé el radio
por el que escuchaba las noticias. Fue ese domingo al mediodía.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, 25 años después, Sellés aún lo


conservaba.

FIDEL CASTRO.-Luego salí con rumbo al hotel Isla de Pinos, donde tuvo
lugar la conferencia de prensa. De ahí regresé a casa de los padres de Montané,
donde me encontré con Mariano Rives, el censor amigo. Cuando estuvimos
reagrupados todos los combatientes, ya al anochecer, salimos otra vez a pie hacia el
muelle en el río Las Casas, para embarcar en El Pinero con destino a La Habana.
Ocupé un camarote en el barco, creo que el número 18.

KATIUSKA BLANCO. -En el «Manifiesto al pueblo de Cuba», usted


considera la amnistía como la gran victoria del pueblo en aquellos tres años y el
único aporte de paz en el horizonte nacional, pues en realidad, gracias a la presión
popular fue que tuvieron que concederla sin condiciones indecorosas como las que
intentaron imponer. Ya usted se había dirigido al pueblo en otras ocasiones; pero
entonces, luego de la acción armada y 22 meses de encierro, proclamó que
seguirían luchando; sin embargo, ratificó lo ya expresado anteriormente de que si
se producía un cambio de circunstancias y un régimen de positivas garantías que
exigieran un cambio de táctica en la lucha, lo harían en acatamiento a los supremos
intereses de la nación. ¿Confiaban realmente en tal posibilidad? Creo que usted me
dijo antes que dicha postura respondía a una estrategia trazada desde el presidio.
¿Es ciertamente así?

FIDEL CASTRO.-La idea —concebida en la prisión— era preparar desde


fuera una expedición, desembarcar en Cuba con 300 hombres más o menos; no
estaba pensando en artillería ni en morteros, sino en armas automáticas como
medio de neutralizar la aviación. Pero había que desarrollar primero una tarea
política muy importante: demostrar que con Batista no existían posibilidades de
una solución pacífica. Se trataba de una cuestión vital. También formaba parte de la
historia y la tradición cubanas demostrar al pueblo que, si se utilizaban las armas,
era porque no había otro camino.

Por otro lado, nosotros fuimos puestos en libertad por una gran demanda
de la población y dentro de un clima de búsqueda de la paz, por lo que no
podíamos aparecer desde el primer instante levantando el estandarte de la lucha
armada, queríamos dejar bien claro que si no había una solución política, no era
por culpa nuestra sino de Batista.

La estrategia consistió precisamente en mostrarnos dispuestos a seguir la


lucha política, cívica, con un mínimo de garantías indispensables. Fue uno de los
primeros planteamientos que hice, porque tenía la convicción de que no había
ninguna posibilidad, pero quería demostrar ante el pueblo de Cuba que era así,
que no éramos fanáticos de la guerra; que si se daban las garantías necesarias,
estábamos dispuestos a seguir la vía de la lucha cívica. Pero la verdad, no teníamos
esperanza. Batista no estaba dispuesto en lo más mínimo a ceder. Inicialmente su
posición fue subestimarnos; es decir, si nosotros seguíamos otra vía de lucha nos
derrotaría, él pensaba que podía hacerlo, y desde el punto de vista político no
estaba dispuesto a hacer concesiones.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, poco después de dar a conocer aquel


manifiesto subió a bordo de El Pinero.

¿Cómo fue el viaje marítimo? Sé que el recibimiento en La Habana fue


apoteósico. ¿Qué impresión tuvo entonces?
FIDEL CASTRO.-Cuando salimos a la calle existía una gran efervescencia. A
nuestro regreso a la capital mucha gente fue a recibirnos. Desde la Isla de Pinos
hicimos la travesía en el barco El Pinero hasta el puerto de Batabanó. Recuerdo que
el viaje duró muchas horas, veníamos todos los presos y los familiares que nos
habían estado esperando allá a las puertas del presidio. Después del arribo,
tomamos un tren hacia La Habana. Una multitud se reunió en la estación de
ferrocarril el día de nuestra llegada. La muchedumbre me sacó en hombros de allí,
y por fin llegué a la casa. Como tantas otras veces, en aquel momento de mi vida
estaba desarmado y sin dinero.

Una de las primeras cosas que hice fue ir a visitar al árabe de Guanabo,
aquel comerciante al que no pude pagarle mi deuda un tiempo antes del Moncada.
Fui a saludarlo, a darle las gracias y decirle que no le podía pagar, pero que algún
día lo haría. El hombre se emocionó mucho, ya en aquel momento yo tenía una
gran popularidad y lo conmovió el hecho de que fuera a verlo, a darle nuevamente
las gracias por ayudarme. Entonces, volvió a preguntarme si necesitaba algo, pero
no le pedí dinero prestado, aunque su ofrecimiento fue un gesto de generosidad
que nunca olvidé.

Después fui para la casa de Lidia en la calle 23. Aquello fue tremendo. Una
multitud inquieta entraba y salía, nosotros permanecíamos muy serenos, muy
pacíficos; pero, por supuesto, inmediatamente comenzamos a denunciar los
problemas. Tenía un millón de ojos sobre mí, y uno tras otro aparecían los
obstáculos para defender nuestras ideas. En el periódico que tenía Luis Orlando
Rodríguez, La Calle, denuncié todo aquello, ¡imagina la repercusión que tuvo!

Los estudiantes querían organizar un acto en la escalinata universitaria; el


gobierno lo prohibía y rodeaba la Universidad. Pude hacer algunas declaraciones a
la prensa, serenas, ecuánimes, sobre tal estado de cosas y denuncias sobre lo
acontecido cuando el Moncada. Pude conceder algunas entrevistas.

Cuando en el periódico La Calle se publicaron las denuncias acusando al


Ejército, acusando a Chaviano, acusando a Batista de todos los crímenes
cometidos, fue espectacular. Para entonces yo era prácticamente intocable, no se
atrevían a tocarme; me protegía el gran apoyo popular, porque todo había causado
gran conmoción entre la gente.

Intenté hablar por la hora de radio del partido y no me lo permitieron. Fui a


hablar por la televisión y no me dejaron. No clausuraban los programas, sino que
trataban de silenciarme, prohibir mis alocuciones; era una restricción
específicamente aplicada a mí. Para entonces contaba con una larga trayectoria de
desafíos: en el juicio, en la prisión, en todas partes. El régimen temblaba y por eso
no podían permanecer sin hacer algo. Lo último fue que también clausuraron el
periódico La Calle. Ya estaba claro: no había el mínimo de garantías para la lucha
cívica; si no podía realizar un acto público, si no me permitían hablar por radio ni
por televisión, si clausuraban el único periódico donde podía escribir, estaba
ocurriendo todo lo que sabía que iba a ocurrir, se demostraba todo lo que yo quería
demostrar.

Al mismo tiempo, la policía comenzó a crear una atmósfera de persecución:


si estallaba una bomba por algún lugar, culpaban a la gente del 26 de Julio;
acusaron a Raúl y a algunos compañeros. Entonces puse én marcha el plan
previsto: empecé a sacar gente, y a uno de los primeros que mandé para México
fue a Raúl.

En aquellos momentos era más firme mi convicción de que en Cuba no


había solución política alguna, y de que no existía otro camino que la lucha armada
para derrocar a Batista.

Desde la prisión sabía que trabajar dentro de Cuba sería muy difícil, el
régimen iba a mantener un completo y perenne chequeo sobre mí y no podría
volver a repetir las circunstancias previas al Moncada. Nuestra idea era salir del
país, viajar a México, porque en Cuba era una tradición desde las guerras de
independencia. México era el país donde siempre se habían refugiado los
revolucionarios cubanos.

KATIUSKA BLANCO. -Me trae a la memoria algo que dijo Martí: «México
es tierra de refugio donde todo peregrino ha hallado hermano».

FIDEL CASTRO.-En realidad, México gozaba de mucho prestigio por su


política exterior independiente. Fue también el único país del hemisferio que
reconoció a la República Española y mantuvo relaciones con ella durante muchos
años de su existencia.

Nuestra idea era organizar allí una fuerza capaz de enfrentar a la tiranía
mediante la lucha armada. Ya para entonces pensaba nuclear alrededor de 300
hombres, adquirir igual número de armas automáticas, realizar una expedición y
reanudar la lucha en la Sierra Maestra.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, sé que Raúl estuvo en Birán antes de


marcharse a México. Él me contó que su papá al principio se mostraba renuente, no
quería que se fueran tan lejos. Conversaron largamente. Solo consiguió
convencerlo después de que el viejo escuchó por la radio que lo culpaban de la
colocación de una bomba en el cine Tosca, un lugar que su hermano Raúl
desconocía totalmente. Entonces don Ángel se resignó a la idea de su ausencia
pues prefería que sus vidas estuvieran a salvo. Poco después Raúl se asiló en la
embajada de la nación azteca. Comandante, imagino que fue difícil para usted no
poder despedirse de sus padres antes de salir hacia México.

FIDEL CASTRO.-Sí, fue muy difícil. La atención se concentraba sobre mí


fundamentalmente, y consideré que, de visitar a mis padres, podrían recaer en
ellos las represalias y arbitrariedades del gobierno. Cuando comprobé que
empezaban a ser ciertos los peligros para algunos de nuestros compañeros —Raúl
entre ellos—, de los cuadros buenos que teníamos, los empecé a mandar al exilio,
lo cual era parte del plan: ir enviando a los cuadros del Moncada y a la gente más
probada hacia México.

Por aquellos días también se unieron a nuestro Movimiento, Armando Hart


y Faustino Pérez, del Movimiento Nacional Revolucionario organizado por García
Bárcenas. Al sumarse ese grupo, y otra mucha gente, el 26 de Julio se amplió
considerablemente. Sostuvimos reuniones y creamos una nueva dirección con ellos
y con gente que aún estaba en prisión.

Libré durante 53 días una batalla moral tremenda, porque, como en los
tiempos universitarios, si portaba un arma me colocaba fuera de la ley y les daba
un pretexto para detenerme. Mantenía un desafío similar al de los tiempos previos
al 10 de marzo, cuando andaba desarmado por la ciudad. Solo existía una
diferencia: ahora ya no estaba solo. Mis adversarios estaban en una evidente
impotencia moral; no podían ni matarme. Entonces, cuando ya no podía escribir ni
hablar ni hacer absolutamente nada, fui tranquilamente y saqué el pasaporte,
conseguí un boleto y viajé en un avión hacia México.

KATIUSKA BLANCO. -En aquella etapa previa al viaje fue que usted
conoció también a Juan Manuel Márquez, ¿es así, Comandante?

FIDEL CASTRO.-Sí, él era un dirigente ortodoxo de prestigio, muy buen


orador; se unió a nosotros después que salimos de prisión y denunciamos una
golpiza que la policía batistiana le dio. Lo visité en la clínica donde lo ingresaron
—se llamaba Santa Emilia, en Marianao— y conversamos largamente. A partir de
entonces se sumó a nuestras filas y su participación fue vital en los preparativos de
la expedición en México.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, usted salió en un avión con rumbo


inicial a Mérida, el 7 de julio de 1955. En sus declaraciones a la prensa antes de
partir expresó:

«Ya estoy haciendo la maleta para marcharme de Cuba, aunque hasta el


dinero del pasaporte he tenido que pedirlo prestado, porque no se va ningún
millonario, sino un cubano que todo lo ha dado y lo dará por Cuba. Las puertas
adecuadas a la lucha civil me las han cerrado todas. Como martiano, pienso que ha
llegado la hora de tomar los derechos y no pedirlos, de arrancarlos en vez de
mendigarlos. La paciencia cubana tiene límites.»Residiré en un lugar del
Caribe.»De viajes como este no se regresa, o se regresa con la tiranía descabezada a
los pies». Tal compromiso fue como un juramento, me recuerda el de Bolívar en el
Monte Sacro.

FIDEL CASTRO.-Esa frase, parafrasea un pensamiento de José Martí al


referirse precisamente a Bolívar, me refiero a la expresión sobre la idea de la tiranía
descabezada.

Fue muy breve mi declaración. Asumí en aquel instante un tremendo


compromiso. «De viajes como este no se regresa, o se regresa con la tiranía
descabezada a los pies».

Cuando entré a La Habana, el 8 de enero de 1959, apenas tres años y medio


después de mi partida, regresaba con la tiranía destruida. Lo dije con una gran
convicción. Fue, sí, un juramento que hice conmigo mismo y con Cuba.

10

México: un destino desde la historia y la Revolución, tras los pasos del


Apóstol en Estados Unidos, estrechez económica, rancho Santa Rosa, Alberto
Bayo, Gino Donne, Che al mando, perfil del argentino, Emparan Nº 49 y Casa
Bonita, el Cuate, acechanzas, armas, casas-campamento, tirar bien, detenido, un
jefe mexicano amigo, polémica del Che, México brinda amparo
KATIUSKA BLANCO. -Comandante, la primera vez que viajé a México lo
hice por mar. Un grupo de jóvenes salimos de la bahía de La Habana y navegamos
por el golfo de México hasta bordear por el sur las Islas Verdes. Luego de un
amanecer que opacó las luces del faro Santiaguillo arribamos al puerto de
Veracruz, el 20 de noviembre de 1992. íbamos a la nación azteca con el afán de
reembarcarnos por Tuxpan apenas cinco días después y recorrer de regreso la ruta
legendaria del Granma en una expedición a la historia. Entonces no pude visitar el
Distrito Federal. Emprendí viaje al D.F. en noviembre de 2004. Recuerdo que me
impresionó avistar desde el cielo los míticos volcanes de picos nevados. En ambas
oportunidades recordé algo que José Martí confesó en sus cartas a María Mantilla:
«Y yo, temblar de miedo de que tú no me quieras como aquí me quieren».
Debieron amarle con fervor en México, donde el bueno de Manuel Mercado y las
niñas de la casa le colmaron de atenciones. Comandante, ¿pesó en usted la historia
para irse a México? ¿Qué ruta siguió para llegar? ¿Cuáles fueron sus impresiones?
¿Se estableció desde el comienzo en el Distrito Federal?

FIDEL CASTRO.-Yo diría que en lo primero que pensé entonces para definir
México como lugar de destino fue en la tradición histórica de relaciones entre las
revoluciones cubana y mexicana desde la época de las luchas por la independencia.
José Martí y Julio Antonio Mella son figuras simbólicas en dicha relación. Los
cubanos encontramos siempre hospitalidad allí, además, simpatizábamos con la
política internacional mexicana de solidaridad con la causa democrática, de lucha
contra la tiranía que tuvo su expresión más alta a raíz de la Guerra Civil Española.
México fue el único país que mantuvo durante mucho tiempo después de
terminada la guerra, las relaciones con la República Española y no reconoció al
régimen de Franco; es decir, ejercía una política internacional seria.

No hay que olvidar que México era el país donde se hizo una gran
revolución en la segunda década del siglo XX, revolución que tuvo mucho
prestigio, dejó pensamientos progresistas en dicho país y un gobierno estable;
mientras que en las demás naciones del área se sucedían las tiranías.

En tal etapa, en Santo Domingo mandaba Trujillo; Jamaica no era un país


independiente; en Centroamérica prevalecían las dictaduras militares
reaccionarias, y solo en Costa Rica, una pequeña nación, existía un gobierno
democrático, el de Figueres, pero con el cual no teníamos relaciones.

Además, influyó la proximidad geográfica y cultural de México. Es un país


grande y, aunque no teníamos relaciones con los políticos mexicanos, confiábamos
en los tradicionales vínculos históricos y en la política mexicana. Contábamos con
la segura hospitalidad de su pueblo.

No esperábamos cooperación del gobierno de México: tampoco pensábamos


realizar actividades abiertas que lo comprometieran; no teníamos lazos ni
conocidos; pero no los necesitábamos. Lo que requeríamos era un lugar donde
trabajar, reunir nuestro grupo, entrenarlo, que fuera el punto de partida, donde
pudiéramos obrar discretamente, de forma clandestina. Sin pretenderlo,
violaríamos la ley mexicana desde un punto de vista formal o técnico, pero
confiábamos en la legitimidad moral de nuestras acciones, de acuerdo con los
ideales de ambas revoluciones: la mexicana y la cubana, a lo largo del tiempo.

Era la primera vez que visitaba México, lo conocía por los libros, por la
historia, por la revolución y sentía simpatía. Claro, no conocía a nadie allí, de
modo que me encaminé a un mundo nuevo desde el punto de vista humano. Los
mexicanos tenían sus preocupaciones cotidianas, en la mente de ellos no estaban
los problemas de Cuba, sabían que había un gobierno militar, no simpatizaban con
tal gobierno, pero eran decenas de millones de mexicanos enfrascados en sus
problemas, mientras yo llevaba en la mente un objetivo único: preparar la
expedición. Creo que fue Víctor Hugo quien habló una vez de una tempestad bajo
el cráneo, nosotros llevábamos la revolución bajo el cráneo, pero aquel era un
asunto nuestro. Los mexicanos estaban en lo suyo, para ellos éramos extraños,
éramos desconocidos, quizás habían oído hablar algo de los sucesos del Moncada.

Salí de La Habana en un avión DC-6, pequeño, de dos motores que parecía


un avión lechero, porque iba parando en todos los aeropuertos. Al cabo de una
hora y media o dos horas llegué a Mérida, porque esos aparatos iban muy
despacio, tal vez volaban a 200 kilómetros por hora. Después del aterrizaje me bajé
para ver el ambiente, fue la primera región que conocí.

Luego viajamos a Ciudad del Carmen y no recuerdo a cuántos lugares más,


por lo menos, a tres aeropuertos a lo largo de la península. Ya al atardecer llegamos
a Veracruz. En aquellos lugares se veía una naturaleza tropical: ríos, lagunas,
bosques espesos. En casi todas partes vendían camarones —parece que era rica
aquella zona en camarones—, recuerdo que vendían cócteles de camarones
picantes. En Veracruz busqué un hotel económico y allí me hospedé. Llevaba
alrededor de 100 ó 150 pesos.

Veracruz me recordaba un poco el puerto de La Habana, la arquitectura


española, el ambiente español; estuve por los muelles, el puerto. Ya yo estaba
viendo puertos, porque desde el primer momento tenía que pensar por dónde iba a
salir de México para regresar a Cuba.

En todas aquellas cosas iba pensando cuando observaba la geografía de


Yucatán, la vegetación tropical, los ríos, los distintos puntos, si estaba o no
poblado, las vías de comunicación, etcétera. Al principio pensé que saldríamos tal
vez de Yucatán, la península más cercana a Cuba; por eso analizaba su geografía.
No pensaba trabajar allí porque habría sido difícil hacer lo que nosotros
pretendíamos. El Distrito Federal de México era una gran ciudad, donde resultaba
más fácil llevar a cabo nuestras actividades; pero al final tendríamos que buscar un
punto de partida, ya yo iba observando todo aquello. En Veracruz también estudié
el puerto, cómo eran los lugares. Recuerdo que localicé a Fidalgo, un escultor
cubano que residía allí luego de,haber sido atropellado por el régimen de Batista
en Cuba.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, a comienzos de 1953, Fidalgo esculpió unas


estatuillas con motivo del centenario del Apóstol, al pie de las cuales se leía: «Para
Cuba que sufre», y por tal razón la policía batistiana allanó su estudio; entonces
usted lo visitó y preparó un reportaje de denuncia que apareció poco después en
las páginas de la revista Bohemia. Chenard Piña fue quien captó las fotografías. El
material causó gran impacto en la opinión pública, según recuerda la periodista
Marta Rojas.

FIDEL CASTRO.-Sí, desde entonces conocía a Fidalgo y fui a verlo, pero


estuve realmente poco tiempo en Veracruz. Creo que entre 24 y 48 horas, no más,
porque sentía impaciencia por llegar a Ciudad de México para estudiar la situación
y ponernos a trabajar; ya Raúl estaba allá con otros compañeros y yo debía entrar
en contacto con ellos.

Por la mañana temprano salí en un ómnibus por carretera, son tal vez de 400
a 500 kilómetros, iba observando con mucha curiosidad todo el paisaje, la
población, las costumbres, la arquitectura, los pueblos. La vía era estrecha, no era
una autopista lo que existía entonces. La carretera iba subiendo a la cordillera.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, sé del esplendor vegetal de aquella


región. Nosotros hicimos el camino únicamente hasta la ciudad de Orizaba, muy
próxima al pico de igual nombre. A José Martí también le impresionó. Él describió
maravillosamente el paisaje de la Gran Sierra Madre Oriental que observó desde la
ventanilla de un tren en que viajaba con igual rumbo que usted: la ciudad capital.
Al escribir una carta a su amigo Manuel Mercado habló de la cordillera y del
pintor que había sido novio de Ana, la hermana querida. «Manuel Ocaranza haría
en ese camino mucha falta: los que sienten la naturaleza tienen el deber de amarla;
las alboradas y las puestas son el verdadero estudio de un artista; un pintor en su
gabinete es un águila enferma. Dígale V. que es muy bella la salida de Orizaba, y
que la contemplación de estas purezas haría a su alma un bien incalculable. El
hombre se hace inmenso contemplando la inmensidad».

FIDEL CASTRO.-Sí, la recuerdo como una sierra abrupta y de mucha


espesura, un paraje asombroso. Al cabo de siete u ocho horas, ya al atardecer,
llegué a Ciudad de México. Otra vez se repetía la historia de la primera vez que
salí de Birán para ir a Santiago; la primera vez que salí de Oriente para llegar a La
Habana y, así, aquella era la primera vez que salía de Cuba para ir a México; iba
con mucha curiosidad hacia la famosa ciudad azteca, de la cual había oído hablar
tantas veces. Pasamos por distintos pueblos, entre ellos, uno que se llama Cholula,
que tiene 365 iglesias; muchas iglesias, creo que dicha ciudad tenía una iglesia por
cada día del año. Todo eso me lo contaban y me llamaba extraordinariamente la
atención.

Ahora no recuerdo si en México me esperaban o si fui directamente hacia la


casa de María Antonia, donde ya radicaba un grupo de cubanos. Era un ciudadano
del mundo que recorría aquellos lugares en medio de una gran soledad, pero con
mucho interés en todas las cosas y, además, tranquilo, sin preocupación; tenía la
idea de lo que quería hacer, convencido de que lo íbamos a hacer, pero primero
debíamos adaptarnos al medio, a la nueva situación, a la ciudad, al país y a sus
costumbres.

Quizás Veracruz se parecía un poquito a la ciudad de La Habana o a


Santiago de Cuba, si se quiere. México D.F. era otra cosa, una gran ciudad, la
población no era igual a la nuestra, con otra composición: india, blanca y mezcla de
españoles con indios. El paisaje humano en Ciudad de México no era similar al de
ciudades de la isla: quizás el nuestro es más vivo porque la gente es más ruidosa;
en México es más callada, se refleja más el carácter de la población indígena,
autóctona de ese país. Una ciudad ubicada en la altura, fría; incluso la ropa que
vestía la gente era diferente. Se usaban sobretodos, muchas mantas alrededor del
cuerpo; se veía una arquitectura y una población diferentes. Una ciudad donde la
vida era dura; pero existía también la riqueza.

Había un gran contraste entre la población que tenía que trabajar duramente
para poder vivir y los grandes edificios, la excelente arquitectura, moderna, rica,
muy variada.
En México era ventajoso tener dólares, porque con un dólar se conseguían
12 pesos y medio, y el valor del dólar se elevaba. Era una política del país para
atraer el turismo; yo tuve eso en cuenta al viajar. El que llevaba dólares consigo
podía comprar un poco más barato.

En aquella época el turismo era una de las fuentes más importantes de


ingreso de México, no tenía las grandes cantidades de petróleo que encontraron en
épocas más recientes.

A pesar de todo lo que había hecho la Revolución Mexicana, porque, en


realidad, la población mexicana había crecido sostenidamente a un alto ritmo y por
grande que hubiese sido el esfuerzo de desarrollo que, efectivamente, hizo la
revolución y que significaba un progreso indiscutible para México, los niveles de
vida de las grandes masas eran relativamente bajos. Eso se podía apreciar a simple
vista. Las condiciones de vida eran duras, más duras que las de un trabajador
cubano en la ciudad o el campo.

En realidad nos agradaba la ciudad, la gente de México; es decir, existía


entre nosotros un sentimiento de simpatía hacia los mexicanos a pesar de que
éramos extranjeros. Eran gente muy humilde, noble; es el recuerdo que tengo de la
población. La lucha por la vida era dura, y esa lucha crea cierto espíritu, porque
obliga a la gente a hacer muchos esfuerzos para poder sobrevivir.

En el tiempo en que llegué a México, en 1955, me llamaron la atención las


carreteras, una gran cantidad de carreteras y de hoteles, una excelente red de
comunicaciones. Pienso que asociada, desde luego, al turismo, su principal fuente
de ingreso en divisas en aquella época. También habían construido un gran
número de presas e hidroeléctricas; se notaba un gran esfuerzo en la esfera
hidráulica, tanto para la electricidad como para el riego, y en la ciudad se veían
unas cuantas industrias importantes, grandes, desarrolladas; algunas mexicanas y
otras propiedad de las transnacionales. Todas las empresas de automóviles tenían
sucursales, industrias de ensamblaje; las transnacionales tenían igualmente una
participación en México.

Se podía percibir un gran sentimiento nacional, sólido, fuerte; un


sentimiento patriótico, orgullo nacional y, sobre todo, eran evidentes dos cosas: el
orgullo por la revolución y un sentimiento de hostilidad hacia Estados Unidos
mucho más grande que el existente en Cuba. Desde aquella época yo podía
apreciar la historia de las relaciones entre los dos países, la invasión, la ocupación
de más de la mitad de su territorio y las intervenciones de Estados Unidos en
México. Todo eso creó antipatía hacia Estados Unidos, que se podía apreciar
fácilmente en los ciudadanos mexicanos.

Los mexicanos vivían orgullosos de la revolución y reflejaban simpatía y


respeto por Lázaro Cárdenas, una figura política que gozaba de gran
reconocimiento popular.

Por entonces, Lázaro Cárdenas contaba con el apoyo unánime en todos los
sectores sociales, un gran prestigio —no estaba ya en el gobierno—, pero se
apreciaba un gran respeto hacia su figura, todo el mundo se sentía orgulloso de
Cárdenas. Mucha gente de pueblo hablaba de él y lo hacían muy elogiosamente
por su actitud patriótica, nacionalista y por haber sido el autor de la
nacionalización del petróleo.

Claro, México tenía petróleo, no sé si exportaba algo en aquel tiempo, un


poco, pero disponía de petróleo para el autoabastecimiento, y, por supuesto, ya
Ciudad de México se caracterizaba por la existencia de un gran número de
automóviles, unos importados, otros ensamblados en México, y de turismo. Ya se
veían muchos hoteles, moteles, lo pude apreciar a lo largo de la carretera de
Veracruz. El turismo fundamentalmente era norteamericano; visitaban México
buscando el clima, el paisaje, la riqueza arqueológica, la rica cultura mexicana, sus
costumbres y playas.

No pude conocer todo eso, porque nunca fui, por ejemplo, a Acapulco. No
me interesaba por las atracciones turísticas, mi pensamiento estaba concentrado en
el trabajo que había ido a hacer allí y en la preparación de nuestra expedición,
permanecía al tanto de las noticias que llegaban de Cuba, del trabajo
revolucionario; no era el momento de disfrutar, como habría podido hacerlo en
otras condiciones, de todas las cosas maravillosas e interesantes de México, porque
es un país que tiene muchas cosas extraordinarias: pintura, historia, cultura,
arquitectura, arte, arqueología, y también paisajes y lugares naturales muy bonitos.
Incluso, hasta la comida mexicana es muy rica, pero con mucho picante. A mí me
agradaba la comida mexicana.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, en el 2004 probé los tacos de


huitlacoches que, según María Antonia, a,usted le fascinaban. Ella aseveró una vez
que ustedes los compraban en los quioscos o tianguis a la salida de los toros.

FIDEL CASTRO.-Es cierto que comprábamos tacos en los quioscos, a mí me


gustaban mucho, los vendían en todas partes, es algo muy peculiar, una comida
típica mexicana. El toreo era algo totalmente nuevo para nosotros, a Raúl le
gustaba ir y hasta quiso aprender a torear. Por primera vez en la vida
presenciábamos un espectáculo de tal índole. Realmente nos impresionaba, nos
agradaba, era muy variado, de mucho colorido, de intensas emociones. No sé si los
toreros eran buenos o malos. A nosotros, naturalmente, nos parecía que sabían
hacer su oficio a la perfección, y la gente se entusiasmaba muchísimo. Fuimos
varios domingos a ver la corrida de toros.

Pero en realidad, el recuerdo que guardo es el de un país muy interesante,


de larga y rica historia. Para nosotros aquel lugar era donde teníamos la misión de
preparar la Revolución.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, de aquellos tiempos en México usted


escribió: «Vivo en un pequeño cuartico y el tiempo que dispongo libre lo dedico a
leer y estudiar [...].

»La norma básica de mis pasos aquí, es y será, siempre, suma cautela y
absoluta discreción; tal como si estuviésemos en Cuba».

En otra carta usted escribió: «Los primeros días se pasan buscando dónde
acomodarme y adaptándome al nuevo ambiente. Voy ordenándome y pisando
firme. En cuanto a recursos, yo voy sosteniéndome con los últimos fondos. Mis
gastos personales son muy módicos pero también [cargo] con la comida a dos o
tres buenos cubanos en esta. Se cocina en casa de una señora cubana. Nos alcanza
con cualquier cosa. Llevo una administración rígida de los centavitos que traje y
espero que con este sistema nadie pase hambre ni ahora ni después. El alojamiento
cada cual lo tiene más o menos resuelto a su manera».

Al leer sus palabras tengo la certeza de una cierta estrechez económica


durante sus días de México y me pregunto, ¿cómo consiguieron sobrevivir allí
durante tanto tiempo? ¿Cómo hicieron para alquilar las casas-campamento,
adquirir las armas, sostener a los combatientes y adquirir el barco? Todo parecía
un objetivo inalcanzable.

FIDEL CASTRO.-Sinceramente, en los primeros tiempos teníamos una


situación económica muy apretada. Recuerdo que necesitábamos imprimir y
distribuir unos manifiestos y no teníamos dinero. Para tal tarea tuvimos que
hipotecar algunas cosas.

Nunca pasamos hambre porque comíamos en casa de María Antonia.


Estuvimos casi sin dinero, pero no fue un período demasiado prolongado. Pudo
ser durante las primeras semanas, los primeros meses; después no teníamos
abundancia de dinero pero no vivíamos una situación de hambre o de mendicidad.
El grupo aumentaba, de Cuba mandaban fondos, las recaudaciones se elevaban, y
aquello nos permitía ir resolviendo lo esencial para vivir; además, llevábamos una
vida austera, dedicados por entero a la causa.

La vida en México no era muy cara y quien llevaba dólares salía beneficiado
por un intercambio modestamente favorable; como los salarios eran bajos, las cosas
no eran muy caras y el que llevaba un dólar compraba mucho más en México que
en Cuba, o adquiría con un dólar mucho más en México que en Estados Unidos.
Nosotros teníamos la ventaja que de Cuba nos mandaban dólares y eso nos
ayudaba. Éramos un grupo no mayor de 20, no era mucho el gasto.

El más significativo fue el de adquirir algunas armas y las prácticas de tiro;


pero ni siquiera resultó tan caro. La casa de María Antonia era el sitio de encuentro
conocido. íbamos y almorzábamos allí casi todos los días.

María Antonia cocinaba arroz, frijoles; yo también a veces cocinaba.


Recordando mis hábitos en la prisión, de vez en cuando preparaba los frijoles
negros, arroz y también mis espaguetis. Pero había un problema: como México está
a una altura de dos mil y pico de metros, a tal altura el agua no hierve a los 100
grados, hierve a los 90 grados, entonces cuesta más trabajo cocinar el arroz, había
que freírlo primero, era una técnica que aplicaban los mexicanos por las
características del país.

Al principio me hospedé en un cuartico chiquitico en un local cercano. Allí


estaba solo; pero iba a comer a casa de María Antonia. Aquel cuarto era muy
pobrecito, estaba en un edificio donde el alquiler salía más barato.

Cuando ya fuimos un grupo más numeroso y trabajábamos activamente,


tuvimos que alquilar apartamentos o viviendas en distintos lugares, una especie de
casas de seguridad más caras. El alquiler era una de las cosas que más nos costaba.
Nuestra gente a medida que crecía vivía en grupos y, en general, las ofertas de
viviendas eran para capas medias de población. Resultaba muy difícil encontrar
otro tipo de residencia. Se trataba de edificios de apartamentos en barrios de clase
media, algunos nos convenían porque tenían garaje y así íbamos directamente al
garaje si había que sacar un arma y transportarla. Se necesitaban determinadas
condiciones: garaje y cierto aislamiento.
La comida no era cara; las armas sí, pero las comprábamos en armerías a
precio comercial, porque no se trataba de armas de guerra sino que nosotros
mismos las convertíamos en eso. También gastábamos en municiones y alquiler de
algunos autos. La gasolina no resultaba cara y el alquiler de automóvil tampoco.
No comprábamos automóviles, puesto que para nuestras actividades era mejor
cambiar de carro. Claro, al principio no disponíamos de ninguno; ya cuando
contábamos decenas de hombres y movíamos armas, sí disponíamos de vehículos,
pero rentados, algo más seguro.

En realidad, los principales gastos no eran la alimentación y la ropa, eran las


viviendas, ubicadas en área residencial por las razones que expliqué.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, el hecho de que México fuera el lugar


ideal para la preparación de la expedición, no quería decir que ustedes estuvieran
exentos de peligro. ¿Es así?

FIDEL CASTRO.-A pesar de ser el ámbito propicio, no carecíamos de


peligros; nos acechaban perennemente. De ello se encargaba la legación
diplomática batistiana allí, que disfrutaba a su vez de múltiples ventajas en dicha
nación. De acuerdo con las dimensiones del país y lo populoso, no resultaba difícil
atentar contra nuestras vidas, tal como había ocurrido mucho antes con Mella, a
quien asesinaron sicarios enviados desde Cuba por Machado. Allí era de algún
modo natural la violencia, porque México había sido y seguía siendo un país
estremecido por ese mal. Ello nos obligaba a extremar las medidas de precaución
contra posibles agresiones. Debíamos cuidarnos de los agentes de Batista, porque
podían denunciar nuestras actividades ante las autoridades mexicanas o
agredirnos. Teníamos que andar con sumo cuidado. La situación nos obligaba a
vivir en la clandestinidad, eso para nosotros no era tan difícil, perfectamente
adaptados como estábamos porque ya lo habíamos hecho en Cuba bajo el gobierno
de Batista. Actuábamos con extremo cuidado, con mucha discreción.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, como para los cubanos


revolucionarios, México era lugar de refugio de hombres y mujeres progresistas de
todas partes: republicanos españoles, guatemaltecos, puertorriqueños
independentistas, italianos insurgentes, norteamericanos de izquierda... ¿Tal
circunstancia de hospedaje solidario puede considerarse como un fruto de la
Revolución Mexicana?

FIDEL CASTRO.-México es un país de tradición hospitalaria para la gente


democrática y progresista de Latinoamérica y del mundo, aunque no todos los
períodos políticos de su historia fueron iguales. Tras la Revolución Mexicana se
fortaleció dicha tradición de acogida. La mexicana fue una revolución profunda,
una revolución antifeudal, una revolución social de gran trascendencia.

Cuando llegamos, ya los mexicanos habían nacionalizado el petróleo, otra


medida de gran significado; su Constitución era la más avanzada de toda la región;
el movimiento campesino mexicano había sido el de mayor prestigio continental;
la Revolución Mexicana fue el acontecimiento más trascendente después de la
independencia de América Latina, pienso que fue la revolución más radical que
hasta entonces se viviera en nuestra región. Por aquellos días en que estábamos allí
se reunieron en México muchos grupos de latinoamericanos, en cuyos países se
había entronizado la dictadura militar: dominicanos, cubanos, venezolanos,
peruanos, nicaragüenses y guatemaltecos, gente de todas partes; porque México
fue un lugar de asilo de los perseguidos políticos de América Latina, y tenía un
gobierno estable desde la consolidación de la revolución.

Claro, en cierto momento tuvimos dificultades en México; si al fin y al cabo


hubiera sido imposible trabajar allí, habríamos tenido que buscar otro sitio, tal vez
Costa Rica, o algún otro país. Pero el lugar ideal y además próximo a Cuba era
México, aunque surgieron dificultades serias y tuvimos que modificar los planes.
Por ejemplo, inicialmente pensábamos recaudar el dinero con la colaboración de la
población, pero no pudimos reunir ni todo el dinero ni todos los hombres que
necesitábamos.

El problema era más bien de recursos, y a pesar de que la idea concebida no


era en modo alguno exagerada, no pudimos realizarla. Fue un bello plan, no tan
ambicioso.

KATIUSKA BLANCO. -Unos meses después de su llegada a México, usted


realizó su segundo viaje a Estados Unidos. Otra vez me viene a la memoria José
Martí, su labor como delegado del Partido Revolucionario Cubano y su amplio
periplo por ciudades estadounidenses para reunirse con los emigrados. Le anticipo
mi mirada: le reconozco a usted como alguien de solemnidades entrañables, fiel a
lo heredado del alma patriótica. Tengo la sensación de que seguía los pasos del
Apóstol. Iba como rindiéndole tributo con la movilización por Cuba, ¿estoy en lo
cierto?

FIDEL CASTRO.-Sí, en el viaje a Estados Unidos reconozco una cierta


influencia histórica, el recuerdo de la lucha de Martí mientras organizaba a los
emigrados cubanos para alcanzar la independencia de Cuba.
Los hombres muchas veces queremos repetir la historia, aunque las
condiciones sean muy diferentes. Pensaba que existían cubanos, unas cuantas
decenas de miles de cubanos, quizás más, que vivían, más o menos, en los mismos
lugares que en la última guerra de independencia. Todos ellos habían salido de
Cuba como emigrados económicos, la inmensa mayoría lo era. Me parecía
elemental organizar a los emigrados, para que nos dieran apoyo político y
económico en la lucha revolucionaria. Pesa el elemento histórico; más de una vez
influyó en nosotros, durante la guerra. En cierto momento tratamos, por ejemplo,
de reeditar la invasión desde Oriente hasta Occidente, hasta que me percaté de que
no era la estrategia correcta.

Los acontecimientos históricos tienen siempre mucha influencia, sobre todo


en la gente joven, cuando todavía está muy deslumbrada por las hazañas de
nuestros proceres, y no se toman en cuenta las diferencias entre una época y otra.

Viajé, efectivamente, por los lugares donde estuvo Martí: Nueva York,
Filadelfia... Conmigo iba Juan Manuel Márquez, quien se había sumado al
Movimiento cuando salimos de la prisión. Era un líder de la ortodoxia en
Marianao. Un muchacho muy valioso.

Además del impulso patriótico de seguir los pasos de José Martí, existía la
necesidad objetiva de recaudar fondos; aunque finalmente no pudimos reunir
grandes cantidades, pero alguna ayuda recibimos. Los emigrados cubanos
cubrieron nuestros gastos para que pudiéramos realizar lo que nos habíamos
propuesto al viajar a Estados Unidos. En realidad no se podía esperar que aquella
gente reuniera mucho dinero; no obstante, lograron discretos recursos y nos
ayudaron. Cuando los cubanos daban un peso tenían que hacer un sacrificio muy
grande, la vida allí era muy cara y los salarios no muy altos. Trabajaban en hoteles,
restaurantes, fábricas, industrias, e indiscutiblemente ganaban poco; no podían
ayudar con mucho dinero, pero fueron generosos, espléndidos, dondequiera que
llegábamos. No pudimos hablar uno por uno con todos los que estaban allí, quizás
hablamos con unos cuantos cientos de cubanos y dejamos organizado el
Movimiento, sobre todo, con vistas a que contribuyeran posteriormente al esfuerzo
revolucionario, tanto en el terreno político como en el económico y en el
reclutamiento de personal.

Podríamos decir también que mi viaje tenía el objetivo de dar a conocer un


poco más la situación en nuestro país. También desde Estados Unidos había más
comunicación con Cuba que desde México; por otro lado, siempre repercutía más
lo que se hacía en Estados Unidos que lo realizado en México; además, existía una
comunicación mayor con nuestra gente en la isla.

No son muchos los detalles que recuerdo de aquel viaje, sí sé que estuve en
Nueva York, Filadelfia, en Cayo Hueso y en Miami; creo que fue de Miami que
regresé a México otra vez, no me acuerdo en qué línea aérea.

Hubo en Nueva York, por parte de los cubanos, una gran acogida;
parábamos y comíamos en sus casas. Ellos organizaron una serie de actos y crearon
los primeros grupos de colaboración con el 26 de Julio, porque el Movimiento era
una organización nueva. Un poco imitábamos lo que había hecho Martí en su
época, creando grupos; seguíamos la misma forma de organización, nuclear
grupos de cubanos que apoyaran al Movimiento 26 de Julio. Fueron surgiendo los
primeros grupos con aquellas familias simpatizantes, algo parecido a los clubes
revolucionarios que tenía el Partido Revolucionario Cubano de Martí.

El trabajo fue fundamentalmente político: buscar el apoyo, proyectar


también la campaña revolucionaria con relación a Cuba y reunir algunos fondos, si
no en aquel momento, en los meses futuros. A mí me daba mucha pena pedirles a
aquellos cubanos; desde luego, se les solicitaba una pequeña contribución, pero
eran en su mayoría muy pobres.

Visitamos a mucha gente en distintas partes, se realizaron actos a los que,


aunque no eran muy masivos, a veces asistían unas cuantas decenas de cubanos, y
en algunos de ellos, cientos de compatriotas.

Pronuncié discursos y sostuve conversaciones personales con otras


personas. En realidad, pude darme cuenta de que los cubanos llevaban condiciones
de vida muy duras; eran gente muy humilde, muchos procedentes del interior del
país, algunos de La Habana, familias emigradas por razones económicas. Claro, en
aquella época, antes del triunfo de la Revolución, existía un riguroso límite al
número de cubanos que podía entrar a Estados Unidos, alrededor de 5000 al año,
tal vez menos, no recuerdo la cifra exacta; era una cantidad reducida la de los que
podían entrar y establecerse en Estados Unidos, y la cifra de cubanos que deseaban
vivir en Estados Unidos y buscar allá el trabajo que tanto escaseaba aquí, era muy
grande; pero entonces no existía una revolución, Estados Unidos no tenía interés
en atraer el mayor número de cubanos posible, para privar al país de esos recursos
como ocurrió después.

En general, era gente muy modesta, que debía trabajar muy duro; muchos
de los cuales necesitaban hasta dos empleos para poder vivir. Casi todo su tiempo
lo absorbían las interminables horas dedicadas al trabajo, el esfuerzo de trasladarse
de donde residían a los lugares de trabajo en el metro; realmente, llevaban una
vida difícil y se dolían mucho de que en su propio país no pudieran encontrar
ocupación.

El desempleo, fundamentalmente, expulsó a aquella gente hacia Estados


Unidos; vivían en Nueva York, New Jersey, y una vez que estaban allí trataban de
llevar a los familiares. Pero no se adaptaban a esa vida fatigosa.

Una parte de aquellos cubanos después vino para Cuba; algunos se


quedaron en Estados Unidos, pero eran simpatizantes de la Revolución. Las
emigraciones anteriores, las viejas emigraciones, eran simpatizantes de la
Revolución. Los que se fueron después, al menos una parte utilizó como pretexto
la Revolución para que les dieran permiso de entrada a Estados Unidos.

Pero en todas partes, tanto en Nueva York como en New Jersey, en


Filadelfia, en Cayo Hueso, en Miami, nos recibieron con entusiasmo. En Filadelfia
era un grupo más reducido. Aquella ciudad era famosa desde la época de la
Guerra de Independencia y por eso llegamos allá. En aquel período organizamos
los primeros grupos y recluíamos militantes del Movimiento.

Lógicamente, yo disponía de una visa por un tiempo limitado en Estados


Unidos. Todavía no me explico cómo me dieron la visa después del Moncada y del
discurso La historia me absolverá, en lugar de impedirme la entrada. No sé, tal vez
el gobierno de Estados Unidos nos subestimó en tal momento, o nos catalogó como
unos idealistas, románticos, sin ninguna perspectiva de alcanzar el gobierno.
Posiblemente consideraban a Batista un gobierno sólido, inconmovible; se
preocupaban por los grandes partidos políticos, porque si internamente los
grandes líderes políticos nos subestimaron antes del ataque al Moncada, era
evidente que en Estados Unidos no le dieron ninguna trascendencia a dicho
episodio y consideraban que nuestro grupo era indigno de que se le prestara
atención.

Observé allí un clima político reaccionario, anticomunista, pero en relación


conmigo me ignoraron; en realidad me alegraba de que no me hicieran ningún
caso, de que me olvidaran por completo. Era lo más conveniente para nosotros. Por
suerte, no le dieron ninguna importancia al Movimiento; incluso, al final de
nuestra guerra tampoco se la dieron, aunque ya habían elaborado planes para
eliminarme. Para ellos fue una circunstancia extraña. Estaban preocupados por
otros problemas. Después del triunfo de la Revolución siguieron subestimándonos.
Al principio no era de esperar que en fecha tan temprana como en el mes de
octubre de 1955, el grupo de cubanos exiliados en México que habían recorrido
Estados Unidos, pudieran constituir algún peligro para el gobierno de Batista y
menos para los intereses de la nación norteña en la isla.

No salíamos ni en los periódicos, de nosotros no se ocupaba nadie, ni el


gobierno ni la prensa de Estados Unidos. Si acaso salía alguna noticia sobre
nosotros, era en algún periodiquito pequeño de habla española con una breve
declaración. No aparecíamos en los grandes cintillos de los diarios; quizás alguna
foto, alguna noticia de los cubanos. Y, además, una parte de dicha prensa estaba a
favor de Batista, una parte de los periódicos editados en español recibía dinero de
Batista.

Cuba era un país demasiado sometido a Estados Unidos y en extremo


dependiente de él, para que alguien pensara que alguna vez se podía hacer una
verdadera revolución aquí. Tal es mi apreciación del pensamiento de ellos en aquel
momento.

Cuando se me venció la visa regresé a México, nunca pensé quedarme en


Estados Unidos, bajo ningún concepto, porque me sentía mucho más seguro en
México. Sabía que en Estados Unidos no podría organizar una expedición a Cuba,
era muy difícil y remota la posibilidad de hacerlo, por los problemas del idioma y
muchos otros factores: con seguridad ya entonces existía bastante maccarthismo en
Estados Unidos.

Probablemente, mientras estuve allí chequearon mis actividades, pero no


tuve dificultades; de manera normal cumplí lo previsto hasta que terminó el
recorrido y regresé a México. Lo hice muy contento, muy satisfecho de la recepción
que tuvimos, la acogida, el apoyo de los cubanos. Fue muy bueno el recorrido.

Aquel viaje fue un éxito grande desde el punto de vista político y modesto
en lo económico porque acudimos a personas muy pobres, gente humilde. Creo
que la suma que recaudamos fueron 1000 dólares o algo así.

En México tuvimos que usar el crédito, al igual que lo hicimos antes del
Moncada, porque al comprar las armas, entrenar a los hombres, sostener la vida
cotidiana de la gente, alquilar las casas, se incurría en gastos.

Finalmente, regresamos 82 hombres con una sola arma automática, después


nos quedamos con mucho menos, porque éramos un grupito chiquitico. Esto
demuestra que nuestras ideas eran correctas, porque si usted supone que va a
iniciar una lucha armada guerrillera con 300 hombres y 300 armas automáticas, y
la comienza con 82 hombres y un arma automática, y después solo reúne siete
armas otra vez, puede llevar a cabo la lucha

y obtener la victoria; entonces, nuestras ideas eran muy correctas, al menos


no excesivamente optimistas. La realidad es que resultaron mucho más optimistas
que las elaboradas por nosotros estando en la prisión. Claro, esta idea de llevar a
cabo la guerra irregular en las montañas nació de las concepciones elaboradas
cuando el Moncada como alternativas previstas si el gobierno de Batista podía
sostenerse, a pesar del golpe tremendo que pensábamos asestarle el 26 de julio de
1953.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, cuando visité Ciudad de México en


noviembre de 2004, acompañada por Antonio del Conde (el Cuate), de quien
seguramente usted nos hablará después, recorrí muchos lugares que anhelaba
conocer desde hacía tiempo: Emparan Nº 49, el bosque de Chapultepec, el edificio
de Pedro Baranda, el Monumento de la Revolución, las avenidas Reforma e
Insurgentes, algunas de las direcciones de las casas-campamento, la tienda de
abarrotes Las Antillas, Xochimilco, la casa bonita de los Jardines de San Ángel
donde en otro tiempo residían Orquídea Pino y Alfonso Gutiérrez (Fofo); la
armería del Cuate, los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, la casa de Arsacio
Vanegas y el rancho Santa Rosa, entre otros...

El día de la visita al rancho Santa Rosa en Chalco, almorzamos en un


pequeño establecimiento conocido como la Casa de los Quesos. Recuerdo que en
las paredes del local había grabados, ilustraciones y mapas que mostraban
imágenes antiguas de Ciudad de México. Algunos explicaban cómo en otro tiempo
fluían las aguas de las montañas hacia el lago Texcoco. No olvido los doilis de
papel cromado con estampas y recuentos de las posadas mexicanas, fiestas que son
una vieja costumbre popular con procesiones, plegarias y canto de villancicos.
Poniendo el recuento de dicha tradición a la vista de los comensales intentan
rescatarlas del olvido. Allí fue donde el Cuate me habló de Alberto Bayo y de su
gestión para conseguir el alquiler del rancho San Miguel, al que los futuros
expedicionarios llamaban Santa Rosa como una medida de seguridad. Fue
legendaria la presencia de los jóvenes cubanos en la localidad y la de un argentino.
Allí todavía se cuentan historias verdaderas e imaginadas sobre ellos.

FIDEL CASTRO.-Alberto Bayo era un republicano español captado por


nosotros para trasmitir conocimientos y experiencias guerrilleras. Era militar, pero
también en un tiempo pasado había luchado en Marruecos contra los
independentistas marroquíes, quienes usaban tácticas de lucha guerrillera, y así
fue como él adquirió bastante experiencia. Además era un hombre muy entusiasta.
Efectivamente, a través de un conocido suyo rentamos el rancho para los
entrenamientos. Siempre he dicho que tenia cosas de Quijote y, al mismo tiempo,
la filosofía mundana de Sancho Panza; era un hombre de gran espíritu, carácter,
voluntad y disciplina, muy conversador, en fin: un español de pura cepa.

KATIUSKA BLANCO. -Fueron muy pocos los extranjeros que ustedes


reclutaron. ¿Es así, Comandante?

FIDEL CASTRO.-A nuestros combatientes, los reclutaba el Movimiento en


Cuba. Al inicio contábamos con un grupo que era del 26, incluso, algunos llegaron
a México antes que yo. Muy pocos eran extranjeros, el Che fue una excepción; al
igual que Zelaya, el mexicano que nos pareció un muchacho bueno, entusiasta.
También recluíamos a Pichirilo [Ramón Emilio Mejía del Castillo], un dominicano,
navegante, que yo había conocido en la expedición de Cayo Confites. Realmente
esos fueron los únicos tres extranjeros. Después supe por ti del italiano aquella vez
que me preguntaste por él.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, Comandante, el italiano venía como un cubano


más, comisionado por el 26 de Julio desde Cuba, y por eso quizás no supo entonces
de su nacionalidad. Recuerdo nuestra conversación en enero de 1994, usted
consultó primero al «jefe de los veteranos» como llamó a Jesús Montané, y luego al
investigador Pedro Álvarez Tabío para conocer datos de la historia y el paradero
del italiano expedicionario del Granma. Conoció así que el partisano Gino Donne
Paro logró evadir el cerco del Ejército batistiano tras la dispersión en Alegría de Pío
y, unos años después, en 1961, cuando la invasión por Playa Girón, escribió una
carta a Celia en la cual expresaba su disposición de venir a nuestra patria a
defenderla de la agresión yanqui. En 1994, Gino vivía en la Florida y precisamente
por eso, de nuestra parte se guardaba discreción sobre su paradero para ahorrarle
hostilidades en su lugar de residencia. Tal fue la razón por la que nunca escribí
sobre él, a pesar de que desde Italia me llegaron datos recopilados por un
periodista llamado Gianfranco Ginestri, quien forma parte de los movimientos de
solidaridad con Cuba; él se dio a la tarea de investigar y localizar a los parientes
del único europeo enrolado en la «Aventura del Siglo» como denominara el Che a
la expedición del yate Granma. Ginestri, gentilmente, me hizo llegar siempre los
resultados de sus pesquisas y toda la información recopilada. Sé que Gino ya
murió, pero antes estuvo una última vez en nuestro país, ocasión en que se le
reconoció como viejo compañero de armas y expedicionario.
FIDEL CASTRO.-En realidad, para una acción como la que íbamos a hacer
nosotros, era mejor escoger cubanos. Incluso, los cubanos en aquella época, no
querían que los mandara nadie que no fuera cubano. Recuerdo que una vez
designamos al Che como responsable en una casa donde había balas, armas y
entrenamiento. Lo seleccionamos por su seriedad, su sentido de la responsabilidad,
y algunos cubanos no estuvieron de acuerdo. Se presentó el problema de que como
era extranjero, los combatientes no asimilaban tener que cumplir sus órdenes.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, fue en el rancho Santa Rosa. El comandante


Ramiro Valdés me contó la historia. Él fungía allí como segundo del Che y
recuerda cómo este por su parte se sorprendió y consideró inmerecido el
nombramiento, pues entre los hombres que mandaba había moncadistas a quienes
consideraba con una trayectoria combatiente más destacada. Tal manera de ver las
cosas ratificaba su valía, ¿verdad, Comandante?

FIDEL CASTRO.-Claro, yo apoyé al Che y les hice una crítica muy fuerte a
los compañeros porque no querían que un extranjero les diera órdenes. En un
movimiento político, nacional, revolucionario, siempre será preferible contar con
los propios ciudadanos del país, porque son más fáciles las relaciones, la
organización, la subordinación, la obediencia.

En general, a la gente no le gusta que le den órdenes, pero las aceptan un


poco mejor si se las está dando un compatriota, que si se las da un extranjero.
Nuestra gente no era suficientemente avanzada en aquella época. Después no,
después nadie dudaba de luchar junto al Che y recibir órdenes de él, después que
alcanzó un prestigio como buen soldado, como hombre valiente; pero al principio,
cuando no se le conocía —lo nombré más bien por su disciplina, por su cultura,
por su conciencia política—, y entonces, no fue tan fácil que lo aceptaran.

Para una tarea como la que nosotros íbamos a llevar a cabo, en las
circunstancias en que la íbamos a realizar, lo más adecuado era trabajar con los
nacionales, porque aquella no era una misión internacionalista o una misión como
las brigadas internacionales en la Guerra Civil Española, sino una misión nacional,
en el territorio nacional, y para eso lo mejor era utilizar al personal cubano.

Muchas veces nos enviaban a compañeros que tenían problemas para actuar
en la clandestinidad.

Los compañeros del 26 en Cuba seleccionaron, en general, gente muy buena


y decidida. Al final también tuvimos en cuenta algunas características físicas de
acuerdo con nuestro criterio sobre la capacidad combativa, como todos no podían
venir en la expedición, algunos tuvieron que quedarse en México. Otros estaban
presos en el momento de la salida como Pedrito Miret.

En el barco no cabíamos todos, los fuimos seleccionando por categoría,


contando con los que más se habían destacado en el entrenamiento, y ya después,
quedaba una última categoría: el peso. Entre los que no se habían destacado
notablemente, tuve que escoger a los que eran más bajitos y más flaquitos para
poder embarcar una mayor cantidad de hombres. Puede que hayan sido alrededor
de ocho los que se escogieron por el peso.

Pienso que entre los 82 había alrededor de 40 que tenían condiciones de


jefes y se habrían destacado como tal. La otra mitad no tenía las mismas
condiciones, pero estaba entrenada y dispuesta a venir.

A algunos como Camilo, que estaba por California, lo enviaron a México en


los últimos días. La selección, en lo fundamental, la había hecho el Movimiento en
Cuba, y el Movimiento también escogía a veces hombres que ya estaban corriendo
riesgos en Cuba .

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, en la estremecedora carta de


despedida que le dejó el Che, él recuerda el día que lo conoció en casa de María
Antonia y, muy breve pero magistralmente, traza un perfil de su personalidad,
pero usted, ¿cómo recuerda al joven que conoció en casa de María Antonia? ¿Por
qué razones lo admitió en el Movimiento en una sola pero larga conversación?

FIDEL CASTRO.-Cuando llegué a México, ya los compañeros allí conocían


al Che. Recuerdo que Raúl y Ñico López hablaban de él, del médico argentino que
había estado en Guatemala.

Cuando lo conocí, él andaba sin dinero y pasando mucho trabajo. Tenía un


empleo modesto en un hospital, donde hacía algunos experimentos, desarrollaba
investigaciones como médico; pero también recorría las calles del D.F. como
fotorreportero deportivo de una agencia latina Lo recuerdo vestido muy
humildemente. Padecía de asma y era, en realidad, muy pobre. Para entonces
sentía una gran indignación por la invasión de los yanquis a Guatemala, y a demás
de eso, todos los domingos se iba para el volcán Popocatépetl a tratar de subirlo.

Tenía un carácter afable y era muy progresista, realmente marxista, aunque


no se encontraba afiliado a ningún partido. Desde que escuché hablar del Che me
percaté de la simpatía que despertaba en la gente. Con estos antecedentes lo conocí
y lo conquisté para que se uniera a la expedición del Granma, a nuestro grupo
revolucionario.

Era una persona muy modesta, amistosa y noble; con todas aquellas
cualidades despertaba simpatía y se hablaba del Che con cariño. Nadie sabía
entonces que iba a hacer después todo lo que hizo y convertirse en lo que es hoy:
un símbolo universal.

Era un bohemio latinoamericano, había salido a conocer el mundo, a correr


su suerte en los caminos, una gente joven, progresista, revolucionaria, que venía de
Guatemala indignado por lo que ocurrió allí.

Lo recluíamos como médico de nuestra expedición, era el propósito


principal.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, ¿y cómo se organizó en México la


acción clandestina? ¿Dónde se realizaban las reuniones?

FIDEL CASTRO.-Sí, primero las citas, casi todas tenían lugar en casa de
María Antonia, en Emparan Nº 49, y luego en la de Alfonso Gutiérrez López (Fofo)
y su esposa Orquídea Pino, en San Ángel. Fueron las casas más utilizadas por
nosotros.

Claro que existieron otras muchas, porque necesitábamos ocultar armas, y


en numerosas ocasiones cambiarlas de un sitio a otro. Además, utilizamos lo que
llamábamos casas-campamento, donde residían por grupos los jóvenes que se
preparaban para la expedición.

A no ser aquellas dos casas, centros para reunimos y cambiar impresiones,


todas las demás eran solo conocidas por quienes permanecían avecindados, y no se
empleaban para establecer contactos ni como sitio de reunión, pues debíamos
mantenerlos en la clandestinidad; unas para mayor seguridad de nuestros
compañeros, y otras para seguridad del armamento que conseguíamos, las que
solo muy pocos y compartimentadamente conocían.

Todo el que llegaba de Cuba iba a la de María Antonia —no a la de Fofo, en


San Ángel—, donde luego vivieron mis hermanas y Fidelito por un tiempo.

En una época no tuvimos dificultades con la policía y en otra sí. Tal


circunstancia diferenció nuestra vida en México, la cambió radicalmente. Desde el
comienzo tuvimos que andar con cuidado, pero después debimos extremar las
precauciones, pues los agentes de Batista nos seguían los pasos. Existía el riesgo de
que secuestraran y hasta asesinaran a alguno de nosotros. Era una realidad latente.
También podían utilizar en aquel empeño elementos delictivos propiamente
mexicanos, mañosos, gente del país dispuesta a todo. Por tales razones debíamos
actuar con suma discreción.

Todo lo relacionado con las armas y las municiones lo compartimentamos.


Unos compañeros conocían algunos lugares y otros conocían otros. Nadie sabía la
ubicación de todos los arsenales. El único que sí sabía todos los detalles, dónde
estaban las armas, cuántos éramos en total, en qué casas se ubicaban los grupos,
etcétera, era yo y algunos que permanecían junto a mí, como Cándido [González] y
[Jesús] Chuchú Reyes que escoltaban o conducían el vehículo. Cándido era de
Camagüey y un excelente cuadro de esa provincia.

También debíamos proteger a nuestra gente. En mi caso, se suponía que


cualquier acción planeada por Batista iba a estar fundamentalmente dirigida contra
mí que no estaba clandestino; por tal razón, tras las primeras semanas de estancia
en México, nunca más viví solo. Yo iba a casa de María Antonia y a todos los
lugares, pero me movía, cambiaba de lugar; y siempre vivía alguien conmigo.
Después que Montané se casó con Melba, yo vivía con ellos.

Tampoco podíamos portar armas sino con extremo cuidado, porque


llevarlas nos podía acarrear problemas, aunque en cierto momento lo hicimos
porque la situación se tornó muy peligrosa, no sabíamos si alguien iba a atentar
contra mí, y ante cualquier autoridad tampoco teníamos certeza de que en verdad
se tratara de una acción del gobierno mexicano, pues aun siendo una persona
oriunda del país y con cargo de policía, podía tratarse de un agente de Batista.

Las medidas que adoptamos fueron insistir más en la discreción, cambiar


frecuentemente de lugar donde dormir. Nos movíamos de una casa a otra. A veces
íbamos en dos autos por si pasaba algo, pero casi todo el tiempo estuvimos
expuestos a la agresión de agentes de Batista o a algún conflicto con la policía
mexicana; sobre todo a partir de que tuvimos algunos tropiezos.

KATIUSKA BLANCO. -Cuando estuve en México insistí en visitar el campo


de tiro Los Gamitos, pero esa instalación ya no existe y la gran ciudad se estableció
en sus predios. Sé que remaban en el lago del bosque Chapultepec, ascendían
cerros y caminaban por las amplias plazoletas del Monumento de la Revolución;
también que tenían entrenadores como Arsacio Vanegas y el esposo de María
Antonia, Dick Medrano. Comandante, ¿podría referirse más ampliamente a los
entrenamientos? ¿Cómo se desarrollaron sin alarmar a nadie, especialmente los de
tiro?

FIDEL CASTRO.-Realmente, los entrenamientos físicos y de tiro los


desarrollamos dentro de la ley como el resto de las actividades. Existía el campo de
tiro Los Gamitos, adonde acudíamos habitualmente.

Después dispusimos una finca no lejos de la costa, al norte de Tuxpan... Ya


ni me acuerdo bien de los nombres. Fueron los tres principales lugares de
entrenamiento. Aparte de que Bayo daba cursos de guerrilla a un grupo, entre los
cuales estaban el Che, Raúl y otros compañeros.

Los Gamitos se ubicaba a las afueras de Ciudad de México, donde los


deportistas aficionados al tiro iban a disparar en varias modalidades —tiro al pollo,
a 100 metros; tiro al guajolote, a 200 metros, y tiro al cordero, a 300 ó 400 metros—;
existían varios de aquellos campos. Tenía una altura, luego un valle, después otras
alturas; un lugar muy bonito.

Nosotros nos hacíamos pasar por deportistas aficionados al tiro. Allí


conocimos a alguna gente, y también tipos de armas y mirillas telescópicas. A
veces participábamos en los disparos al pollo, al guajolote, al cordero; no dejaba de
ser un tiro difícil, porque sin fijar el arma, a pulso, es difícil. Hacíamos un tiro de
guerra, de francotiradores. Casi nunca tirábamos a los animales; disparábamos a
unos platos a 100,300,400 y hasta a 800 metros. Principalmente hacíamos disparos
de francotiradores con el arma apoyada. Con la mirilla telescópica conseguía
romper un plato de perfil a 600 metros. Llegamos a adquirir experiencia y
habilidad en el tiro. El Che era también buen tirador.

Cuando llegaba la gente nueva de Cuba, los llevábamos al campo de tiro,


era una de las primeras cosas que hacíamos: el entrenamiento. Queríamos que la
gente fuera especialista en tiro, para el tipo de guerra que pensábamos desarrollar,
sobre la cual, por cierto, no teníamos gran experiencia, solo ideas. Pronto
conocimos que era muy difícil conseguir armas automáticas, muy difícil; las únicas
armas con que podríamos contar serían armas de caza de alto poder. La
posibilidad de adquirir armas automáticas fue una de las primeras «ilusiones
perdidas», creo que así se titulaba una de las novelas de Balzac. Pensábamos
disponer de un número de fusiles con mirilla, y convertimos a cada uno de
nuestros hombres en un francotirador, en un especialista en tiro. Pudimos ir
adquiriendo algunas armas de este tipo, de cacería; de las que usaría Hemingway
en África para cazar elefantes, búfalos, leones, armas con mirilla telescópica; es
decir, convertimos armas deportivas en armas de guerra.

Cuando, por ejemplo, venía alguna gente nueva, para inspirarle confianza,
yo ponía a un compañero de Oriente, de la provincia de Holguín; su nombre era
Miguel Sánchez, pero le llamaban el Coreano porque decía que había combatido en
la guerra de Corea o algo de eso, pero estaba contra Batista.

El Coreano no era alguien de mucho pensamiento, sino un muchacho al que


le gustaba la acción y, por lo menos, tenía una gran confianza en nosotros como
tiradores. Poníamos al Coreano a un pie de distancia de una botella, es decir, a 12
pulgadas de la botella estaban las piernas del Coreano y yo le disparaba a la
botella. La nueva gente que llegaba se quedaba asombrada de aquello. Claro, lo
hacía con mucho cuidado, usaba el mismo fusil, me cercioraba de que los órganos
de puntería estuvieran correctos y usaba el mismo tipo de bala para descartar
cualquier variación y, entonces, disparaba desde un punto apoyado, en posición de
francotirador. Nunca un disparo dio entre la botella y las piernas del Coreano. Lo
hice decenas de veces, lógicamente, para demostrar la eficacia de aquella arma a la
gente que llegaba nueva; o cuando poníamos un plato a 800 metros, o lo poníamos
de perfil a 600 metros, ¡de perfil!, rompíamos el plato de perfil. Habíamos logrado
con dichos fusiles una precisión absoluta y aspirábamos a una buena efectividad
en el tiro entre nuestros hombres, a quienes inspirábamos confianza así.

El Coreano quería poner la botella entre las dos piernas, quería pararse con
la botella en el medio, pero eso sí no lo acepté nunca. íbamos casi todos los días a
Los Gamitos; tres, cuatro horas, transcurrían casi sin darnos cuenta. Al final, los
problemas nos obligaron a buscar otros campos de entrenamiento, sitios no tan
conocidos o frecuentados, porque si no la policía hubiera estado chequeándonos y
al tanto de que seguíamos organizando y entrenando a nuestros hombres.

No imaginas el peligro que era aquella gente con tales armas. Si se hubiera
querido disparar contra alguien, a 600 metros no se hubiera fallado; incluso a más
distancia, hasta a 800 metros, los disparos eran certeros. Nosotros habíamos
adquirido una nueva especialidad, la especialidad en el manejo de fusiles con
mirilla telescópica de francotiradores. Yo diría que era el punto en el que
estábamos más avanzados; es decir, en la capacidad de hacer blanco sobre
cualquier cosa a cualquier distancia. Claro, nosotros pensábamos en la guerra de
guerrillas.

Recuerdo que después del ataque al Moncada, cuando tratábamos de llegar


a las montañas para continuar la lucha, las armas con las que contábamos eran
unos fusiles 22 y unas escopetas con las que no podíamos alcanzar a los soldados
relativamente a poca distancia de nosotros. Si entonces hubiéramos tenido el tipo
de armamento que conseguimos en México, habría implicado una ventaja
tremenda.

Pusimos, por eso, más énfasis en la puntería de la gente, en su


entrenamiento como francotiradores. Si no teníamos armas de guerra automáticas,
teníamos que compensarlo con un máximo de eficacia en el uso de las armas.
Después conseguimos dos fusiles antitanques de la Segunda Guerra Mundial, pero
nada más teníamos cinco balas. No era tan fácil conseguir municiones para aquel
armamento. Fue una gestión de Antonio del Conde, el Cuate, pseudónimo con el
que lo trataba para evitarle riesgos.

El Cuate, el mexicano que nos ayudó en la adquisición de las armas, era


dueño de una armería y, por tanto, un buen conocedor. Además, tenía relaciones
en aquel mundo.

En Los Gamitos y otros lugares nadie sospechaba que éramos


revolucionarios, y a los que estaban allí no les importábamos para nada. No
reparaban en nosotros. Así fue largo tiempo. Parecíamos gente de dinero, fanática,
porque éramos clientes asiduos del campo de tiro, y así la instalación prosperaba.
Iban conmigo seis, siete, ocho o diez compañeros, grupos pequeños que rotaban
para no llamar la atención.

El Cuate nos fue muy útil, nos ayudó mucho. Él nos facilitó la adquisición
de las mirillas telescópicas, 50 mirillas belgas compramos una vez. La mayor parte
de los fusiles se los compramos a él o a través de él; compramos también algunos
fusiles semiautomáticos, serían como 10 Remington; teníamos un fusil Garand
semiautomático igualmente, una Thompson calibre 45, única arma automática de
la que disponíamos.

Aspirábamos a que cada uno de los combatientes tuviera una mirilla


telescópica, o casi todos; el que no tuviera un arma automática que contara con una
mirilla telescópica, pero tuvimos dificultades y perdimos algunas cantidades de
armamento; al final embarcamos en el yate 52 mirillas telescópicas. Eran nuestras
armas más temibles, de una precisión absoluta, y en las que yo más confiaba.
Aunque era bueno disponer de algunas armas semiautomáticas, pero, en aquellas
condiciones pudimos adquirir muy pocas. Lo ideal habría sido tener, quizás, un
80% de fusiles automáticos y un 20% de mirillas telescópicas, más o menos, si
hubiéramos podido escoger. Pero al no disponer de armas automáticas, las más
peligrosas que teníamos en nuestras manos, las más eficientes, eran los fusiles de
mirilla telescópica, y los compramos con la colaboración de aquel armero mexicano
a quien ganamos para la causa y que se portó con mucha lealtad y seriedad.
También participó en la compra del barco y la casa en Santiago de la Peña, en
Tuxpan.

Ya él sabía que éramos revolucionarios, pero colaboró con nosotros, aunque


las armas eran su negocio, él no lo hacía solo por eso, sino por amistad personal
con nosotros. También nos ayudó a comprar los dos fusiles antitanques. Habíamos
pensado trasladar algunas armas desde Estados Unidos, adquirirlas allí, pero se
hizo muy difícil; sobre todo, a partir del momento en que éramos chequeados
constantemente por la policía mexicana.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, a pesar de todas las medidas que


tomaron para no llamar la atención, a usted y a otros compañeros los detuvieron y
estuvieron presos varios días. ¿Podría narrar tales hechos?

FIDEL CASTRO.-Nosotros actuábamos clandestinamente, y cualquier


actividad de tal índole no es tolerada por las autoridades de un país, por sus
propias leyes internas y por sus obligaciones internacionales. Muchos mexicanos
podían sentir simpatía, pero existían relaciones diplomáticas oficiales entre el
gobierno de México y el de Cuba; la tolerancia por parte de México de esa clase de
actividades habría parecido una violación de la ley, de las normas internacionales,
una forma de intervención en los asuntos internos de Cuba; de modo que el
gobierno mexicano, las autoridades mexicanas, estaban obligados a hacer cumplir
las leyes mexicanas y las leyes, las normas y las obligaciones internacionales; y
sobre todo su política, entonces muy celosa, de lo que se conoce como no
intervención en los asuntos internos de otros estados.

De modo que la policía o el gobierno mexicano no necesitaban que Batista


los estimulara para actuar con severidad en relación con nosotros, en primer lugar.
En segundo lugar, en México existían varias policías, unas más estrictas que otras,
más serias que otras, más eficientes que otras; la de más fuerza y más
profesionalidad era la Federal, una dependencia del Gobierno Federal. También
existía una Policía Secreta. Batista logró alguna penetración en la policía secreta,
mediante sobornos y distintas formas; alguna gente del lugar trabajaba para él.

Batista disponía de algunos espías entre los cubanos radicados en México, y


yo sentía mucha desconfianza de alguna de aquella gente. Después se comprobó
que uno de los que trataba de relacionarse con nosotros —y tenía vínculos
personales con algunos de nuestros compañeros, porque se hacía presentar como
muy buen amigo—, era un agente de Batista, que había sido policía en la
Universidad de La Habana y asesinado a un teniente de la policía; estaba en
México, y yo le tenía mucha desconfianza, por determinada observación
psicológica en su forma de actuar.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, ¿usted se refiere a Evaristo Venereo?

FIDEL CASTRO.-Sí, él había estado el día del golpe de Estado de Batista en


Columbia, después se hizo pasar por revolucionario en La Habana, luego mató a
un teniente de la policía universitaria y se fue, cayó preso, se escapó extrañamente
de prisión. Era, indiscutiblemente, un individuo hábil para hacerse presentar como
amigo de la gente. Tal vez era ya agente de Batista cuando públicamente apareció
en Columbia, la mañana del 10 de marzo. Batista tenía la cooperación de alguna
gente en la Policía Secreta de México, pero no en la Federal. Afortunadamente,
tuvimos el incidente con la Policía Federal, lo cual consideré bastante casual.

Ya entonces teníamos noticias de algunos planes de Batista, chequeos que no


sabíamos si se trataba de la policía mexicana o gángsteres mexicanos pagados por
Batista con el fin de secuestrarme, y adoptamos ciertas medidas de seguridad.
Estábamos en estado de alerta. Cierta vez, en una casa de seguridad, se observaron
algunos movimientos extraños, decidimos no salir en el carro, sino a pie de la casa,
porque teníamos que movernos. Avanzamos como dos o tres cuadras hacia una
avenida donde un carro tenía que recogernos antes de cruzarla. Vimos algo
extraño por allí y le dijimos al chofer del carro: «Sigue». La oscuridad era grande.
Entonces continuamos por la misma calle después de cruzarla. Ya era casi de
noche.

Claro, no iba solo, nos repartimos, yo iba delante con otro compañero,
detrás iba Ramirito como a 50 metros; pero parece que por allí, por alguna
casualidad, andaban uno o dos carros de la Policía Federal y les pareció extraño
aquel movimiento. Entonces, cuando el otro compañero y yo íbamos llegando a
otra esquina donde había una casa en construcción, vimos un carro que venía en la
dirección contraria, frenó ruidosamente y de él se bajaron varios hombres; me puse
detrás de una columna para impedir lo que parecía un secuestro, suponía a
Ramirito detrás de mí, y fui a sacar una pistola automática con peine de 20 tiros.

Creía contar con Ramirito a 50 metros detrás. ¿Qué hizo la Federal de


Seguridad? Operó de forma perfecta, parece que llegaron en dos carros: uno lo
situaron delante, al llegar a la esquina bajó a los hombres; el otro venía detrás, a 80
metros más o menos del primero, capturó a Ramiro y bajó a sus hombres. En el
momento en que yo estaba sacando el arma, un hombre de la Federal me puso la
pistola en la nuca y no me permitió moverme. Estaban bien entrenados los
hombres de aquella institución. Yo estaba bien posesionado tras las columnas del
edificio en construcción. Era un barrio de ricos, casi despoblado. Este episodio lo
conté en detalles al comandante nicaragüense Tomás Borge, aparece en el libro Un
grano de maíz.

Fue mucho mejor que las cosas ocurrieran así, porque si se produce el
combate, habríamos podido matar a tres o cuatro hombres de la Federal, creyendo
que se trataba de unos gángsteres o agentes de Batista. ¡Qué clase de problema
habríamos creado! Fue muy peligroso aquel momento, tanto porque pudieron
matarnos como porque habríamos podido matar a varios policías mexicanos que
demostraron ser cumplidores y serios.

Inicialmente, las autoridades creyeron que se trataba de gente fuera de la


ley, de eso sí pude percatarme; pensaron que éramos una organización de
contrabando en negocios ilícitos, una agrupación no política sino delictiva. Fue su
primera idea, y cuando comenzaron a interrogarnos y a identificarnos,
comprobaron que éramos cubanos y se dieron cuenta de que no se trataba de
delincuentes comunes en actividades ilícitas, sino de revolucionarios en misiones
políticas, comenzaron a vernos con mucho más respeto.

Un día te expliqué, Katiuska, que cuando nos arrestaron en México en el


año 1956, hace ahora más de cinco décadas y media, el problema de la droga no
existía allí. Entonces la Policía Federal de Investigaciones luchaba contra el
contrabando de mercancías en la frontera de México con Estados Unidos. Era su
principal problema. Batista no tenía influencia alguna en tal institución. Por el
contrario, la Policía Secreta era corrupta, la tiranía batistiana tenía influencia en ella
y la utilizaba para tratar de conocer las actividades de los revolucionarios cubanos
en tierra azteca.

Por puro azar, fue la Policía Federal la que nos capturó allí. Aquella vez te
expliqué en detalles la singular historia que puso en riesgo nuestro colosal esfuerzo
revolucionario. No deseo alargar mucho este recuento; pero es necesario agregar
que hoy, el creciente tráfico de estupefacientes y de armas sofisticadas —estas
últimas procedentes de Estados Unidos— constituye un terrible problema que
cuesta la vida a miles de mexicanos cada año. Ambos fenómenos fueron creados
por la vecina nación del Norte.
Pero bueno, en 1956, al lado del contrabando de mercancías, las actividades
políticas de los revolucionarios cubanos carecían totalmente de importancia.

Claro, los de la Federal buscaron todo, registraron todo. A quienes tenían


encima algún papelito les seguían exhaustivamente la pista; si conocían una
dirección, rápidamente enviaban un equipo de hombres a investigar; si
encontraban a alguien perteneciente a la organización lo arrestaban; si hallaban
armas consideraban que su tarea constituía un éxito. Se percataban de que habían
descubierto algo importante.

En mi opinión, y sigo pensando así, nuestro incidente con la Policía Federal


de Seguridad fue casual, fortuito, porque seguí y vi cada reacción de ellos. Claro,
cuando creyeron que tenían algo importante a mano, como Policía Federal se
sintieron en la obligación de actuar y, como consecuencia, en la prensa salieron
noticias de carácter espectacular: una gran conspiración contra el gobierno de
Batista, alijos de armas, actividades, etcétera; la prensa empezó a agitar en relación
con los hechos. Batista feliz, por supuesto, con tales informaciones.

La Policía Secreta de México, corrompida hasta la médula, estaba ayudando


o propiciándolo todo. Fue una suerte que se tratara de la Policía de Seguridad la
que actuara, sobre todo por dos razones: primero, esta era una policía más seria,
más profesional, con más sentido de su función institucional; segundo, porque en
ella figuraba un hombre que después resultó ser amigo nuestro; el hombre que nos
capturó, el capitán que por pura casualidad realizó la acción y dirigió la
investigación. Primero, ellos querían que nosotros les diéramos datos; no se los
dimos, como era de suponer. Todo el mundo permaneció muy firme, nadie dijo
nada.

Ellos hicieron ver que nos iban a torturar; en cierto momento nos llevaron a
cuartos separados, empezaron interrogatorios con simulacro de torturas: ponga los
brazos así, haga así, qué sé yo, lo hacían para atemorizarnos, y vieron a todos
preparados para resistirlo.

Parece que les impresionó la serenidad de nuestra gente, con una


mentalidad muy diferente a la del delincuente común, debido a la motivación
revolucionaria; les impresionó, les inspiró respeto y, a medida que pasaban las
horas e incluso, los días, fueron sintiendo más respeto, más consideración por
nosotros. Ahora, eso sí, se mostraban interesados en desenredar aquello
completamente, capturar hasta el último cubano y la última arma. Y bueno, a decir
verdad, a partir de nosotros no pudieron apresar a ningún cubano, los que
arrestaron fue porque encontraron pistas, bastaba una dirección, un número
telefónico, cualquier cosa.

Raúl y un grupo se dieron cuenta de que estábamos presos y pasaron a la


clandestinidad, entonces a una parte importante de la gente no la pudieron
capturar. Pero en Chalco, en el rancho Santa Rosa, teníamos un grupo como de 15 ó
20 compañeros, allí era donde se encontraba el Che. Ellos sabían de antemano la
existencia del campamento, por papeles y otras evidencias; preguntaban,
preguntaban y no conseguían ninguna información. Estaban empeñados, ya por
orgullo profesional, en capturarlo todo, aún sabiendo que éramos revolucionarios
que nos organizábamos para actuar contra Batista. Entonces fueron atando cabos y
encontraron algunas casas con armas; y atando cabos otra vez, descubrieron dónde
estaba el rancho, dónde se encontraba un grupo con armas que cumplía una etapa
de entrenamiento.

A una parte importante de nuestro personal no la pudieron apresar, y la


mayor parte de las armas tampoco; sobre todo un lugar que conocíamos Cándido y
yo nada más, donde se escondía el grueso de las armas; no vivía nadie allí y
estaban ocultas decenas de armas. Varios lugares no cayeron, y la casa donde
estaba el mayor número de armas tampoco, a pesar de que a mí me habían
agarrado el papelito que Cándido me puso con el teléfono de la casa, en un bolsillo
de mi saco, donde quedó olvidado.

Y como no me acordaba de aquello, llevaba como tres o cuatro días o más


con aquel papel guardado, y cuando la policía me capturó me lo quitó. Nunca
como norma he tenido papeles ni libreta ni direcciones, nada, ¡jamás!, era mi
costumbre; por eso, cuando vi que la policía tenía el papel, y como siempre ellos
seguían meticulosamente cada detallito, cada dirección, cada nombre, cada cosa;
yo creí que iban a encontrar la casa, pero fue tal vez la única pista que no siguieron,
a pesar de que me la encontraron a mí en el bolsillo. Debieron averiguar a quién
pertenecía aquel número de teléfono, mas no lo hicieron.

Y una policía meticulosa, rigurosa, que siguió todas las pistas, no siguió
aquella que yo llevaba en el bolsillo.

Bueno, fue mi preocupación, realmente, durante muchas horas, durante


muchos días, hasta que comprobé que no habían seguido dicha pista. Hay que
decir que cada vez que encontraban algún arma, se estimulaban más a seguir
buscando.
Empatando cabos y completando piezas, descubrieron el rancho donde
estaban el Che y su grupo, y dijeron: «Ya sabemos». Porque ellos me preguntaban
veinte cosas. Hasta apostaba con ellos, yo le decía al capitán: «No, no saben». Hasta
que me dijeron: «Está en tal punto, en tal lugar —el lugar exacto—, y ahora vamos
para allá». Les pedí: «Yo quiero ir, porque si ustedes se presentan allí puede tener
lugar un tiroteo y no nos conviene, a ustedes ni a nosotros, que eso suceda. Me
dejan a mí ir delante y garantizo que no habrá resistencia, que no se va a entablar
un tiroteo». ¡Y hasta eso!, porque nuestra gente estaba armada a las órdenes del
Che, y de repente, si los rodeaban, lo más probable era que hicieran resistencia; se
habría armado un tiroteo y habría sido muy grave.

Al final quedamos un grupo como de veintitantos presos, el resto no fue


capturado. Caería quizás un tercio de las armas, hasta 40%, es decir, un poquito
más de un tercio, pero entre el 60% ó 70% de las armas, entre ellas las más
importantes, no fueron capturadas. Estuvimos presos unas cuantas semanas.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, tengo fotocopias de las páginas de


algunos diarios mexicanos de entonces. Elsa Montero, especialista de la Oficina de
Asuntos Históricos del Consejo de Estado, y yo buscamos esas publicaciones en la
hemeroteca de la Universidad Nacional Autónoma de México, en noviembre de
2006. Algunos titulares afirmaban: En el diario Excelsior [del 26 de junio de 1956]:
«Desbarata México la revuelta contra Cuba y apresa a 20 jefes. Todo el arsenal de
los conjurados, recogido», y otros titulares, por aquellos días: «Siete comunistas
cubanos presos aquí por conspirar contra Batista. Recogen Armas», «Serán
deportados a la Argentina los esposos Guevara», «Obtuvieron amparo los 25
cubanos detenidos», «No son rojos sino nacionalistas los cubanos».

FIDEL CASTRO.-La prensa publicó la noticia de un hallazgo de armas, se


suscitó un escándalo en cada oportunidad. Seguramente Batista estimuló aquel
sensacionalismo inicial; seguramente ejerció presiones diplomáticas para que se
tomaran medidas contra nosotros, es de suponer.

Pasaron cosas interesantes. Los policías que nos capturaron terminaron


haciéndose nuestros amigos. Desde los primeros momentos en que ellos creyeron
que no éramos una pandilla de delincuentes comunes, comenzaron a vernos con
simpatía y a ser amigos nuestros. Tuvimos la suerte de que el jefe de la Federal,
Fernando Gutiérrez Barrios, se comportara como un caballero, un hombre
honorable. Nos presionó y él mismo se dio cuenta de que no iba a conseguir
ninguna declaración por la fuerza. Era capitán, bastante joven, un hombre
honrado, alguien que no podía ser sobornado por gente de Batista. Gutiérrez
Barrios se dio cuenta del sentido de nuestra lucha, de quiénes éramos, qué
hacíamos, y considero que aunque siguió actuando como oficial cumplidor de su
deber, trataba de investigarlo todo; fue muy respetuoso y cumplió con la tarea que
le fue asignada, era evidente que lamentaba lo que estaba haciendo, y llegó a sentir
aprecio por nosotros y por toda la gente del Movimiento. Fue uno de los
fenómenos que se produjo en medio de tal desastre; nació una relación de amistad
y de respeto con el principal jefe de la Policía Federal. Dichas relaciones de amistad
las mantuvimos hasta que murió, hace pocos años. Había seguido después su
carrera, ascendió profesionalmente, fue viceministro... Creo que hasta gobernador
de un Estado; un hombre excelente, un caballero.

Claro, ellos siguieron la investigación, pero nos respetaron, no nos


golpearon, no nos torturaron, es la verdad. Entregaron todas las pruebas acopiadas
a los tribunales y nos enviaron a la cárcel.

Pasó de todo en aquellos días. Bayo, el español, creyó que todo había
fracasado y estuvo haciendo declaraciones. Como él había participado en varias
expediciones y tenía experiencia, salió a relucir su nombre; no lo capturaron
porque se les escondió, pero lo entrevistaron. Había estado en tantas guerras,
ayudando a expediciones contra Somoza y contra no sé qué otros, entonces publicó
un artículo en el periódico dando nuestra expedición como una aventura fallida
más, decía: «Mi fracasada expedición a Cuba, o de conspiración contra Batista».
Realmente yo estaba irritado porque Bayo diera por fracasado todo. Estaba muy
molesto cuando leí el periódico y sus declaraciones.

Después, incluso, el sensacionalismo de la prensa fue sustituido por cada


vez más objetivos y favorables reportes acerca de nuestra situación. En los propios
titulares de Excelsior se aprecia esa tendencia. Así fue como sucedió, primero la
prensa mexicana publicó las versiones de la policía o de la embajada cubana, pero
tan pronto como la verdad se abrió paso, algunos periodistas honestos
reaccionaron a favor nuestro. Recuerdo artículos de Excelsior, Últimas Noticias y
La Prensa, y otros órganos mexicanos de prensa que no eran batistianos ni
enemigos nuestros. Estaban simplemente obligados a publicar las noticias que
emanaban de nuestro arresto.

En determinado momento el propio Che complicó un poco más la situación


con su carácter rebelde; estaba muy irritado con la policía y la amenaza de
deportarlo. En una oportunidad, cuando lo interrogaban, en lugar de ser discreto,
entabló una polémica, se declaró marxista-leninista y estuvo discutiendo con la
policía, los jueces mexicanos y con todo el mundo sobre las diferencias entre
capitalismo y marxismo. Convirtió el arresto en un campo de batalla político-
ideológica al declarar su ideología, que yo compartía desde antes del Moncada, al
entablar aquella polémica. ¡Imagínate!, ellos agarraban todas aquellas
declaraciones y las publicaban en los periódicos; se complicaba la situación, porque
decían: «Grupos de comunistas, que qué sé yo y qué sé cuando...». Las autoridades
judiciales estaban también medio irritadas con el Che; no lo maltrataron, lo
trataron con respeto al igual que a todos los demás, pero se sentían humillados por
las declaraciones que hizo y las polémicas que desató.

El Che me contó después que él discutió hasta sobre los fenómenos del culto
a la personalidad, porque en aquellos días ya habían aparecido las primeras
declaraciones de Jruschov o de no sé quién más, denunciando el culto a la
personalidad de Stalin. ¡Jueces y policías discutían con él hasta la cuestión del culto
a la personalidad!, y el Che, en una línea ortodoxa, explicó en qué consistía tal
fenómeno y la crítica a tal negativa tendencia. ¡Consideró un deber discutir con la
policía y los jueces! Y nosotros preocupados por los problemas de Cuba, la
organización del regreso a Cuba y la expedición, la misión que queríamos salvar de
todas formas; a medida que ya lo habíamos logrado con las armas, con los
compañeros que no fueron capturados, pensábamos que de una forma o de otra
resolveríamos las dificultades para salir adelante. Recordarlo hoy más bien me
divierte.

Estuvimos varias semanas en la cárcel, y cuando ya habían liberado a todo


el mundo, nos dejaron al Che, a Calixto García y a mí presos; a mí por jefe y al Che
por sus furibundas declaraciones marxistas leninistas; debido a eso el Che y yo
estuvimos muchos días juntos. No sé por qué retuvieron a Calixto García, no
puedo explicarme por qué lo dejaron, a no ser porque fuera negro, la única razón
para hacerlo. Pero el Che, argentino, además, había hecho aquellas declaraciones y
complicó las cosas, lo cual retardó nuestra salida.

11

Afanes de Raúl, peligros de muerte, gesto de Lázaro Cárdenas con Fidel,


promesa por cumplir, hacer o no hacer la Revolución, cruzar el río Bravo,
encuentro con Prío, confianza de Ángel, polémica en Bohemia, militante de la
ortodoxia, contra Batista y Trujillo, una Revolución verdadera, en peligro:
hombres y armas, traición, últimas horas, zarpar, telegramas a Cuba.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, La Palabra empeñada, un libro que


nació del estudio pormenorizado hasta el deslumbramiento, del investigador de la
Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, Heberto Norman, nos
permite conocer los esfuerzos de los compañeros de la dirección del Movimiento
no detenidos en junio de 1956, en México, en pos de conseguir la liberación de
ustedes, evitar la detención de otros jóvenes revolucionarios con su inmediato
traslado hacia Veracruz, y salvar las armas no ocupadas aún por la Policía Federal
de Seguridad llevándolas —en muy arriesgadas acciones— desde lugares ya
identificados por la policía hasta sitios seguros.

Juan Manuel Márquez, quien se encontraba en Estados Unidos, regresó


apresuradamente a tierra azteca para reunirse con Raúl y Héctor Aldama, quienes
integraban, junto a otros compañeros, el Comité Ejecutivo del Movimiento
Revolucionario Cubano 26 de Julio en el Exilio. Ellos asumieron la realización de lo
imposible para que usted y los 22 combatientes detenidos fuesen puestos en
libertad, y no descansaron en el empeño de mantener vivo el Movimiento en
México, sus nexos con la isla, y la capacidad de emprender la expedición en cuanto
usted —fuera ya de la cárcel— considerara concluidos los preparativos y
dispusiera la salida rumbo a Cuba, aquel mismo año 1956, tal como lo había
prometido.

Le confieso que me conmovió el infatigable quehacer de Raúl durante tales


angustiosas semanas en que la situación de usted y la de todos los recluidos en la
estación para los inmigrantes, de la calle Miguel Schultz en el Distrito Federal,
parecía de pronto resuelta y de súbito volvía a complicarse, con el peligro en
ciernes de una extradición a Cuba. Se percibe en aquel frenético trajín, su desvelo
por el hermano mayor y guía de la Revolución. También estremece la solidaridad
de los cubanos, mexicanos, españoles, dominicanos y puertorriqueños amigos,
quienes dieron refugio o los auxiliaron sin detenerse a pensar en la suerte que
correrían si las autoridades, por esa razón, terminaban considerándolos
involucrados o cómplices: son los casos del Cuate, las hermanas Jiménez, Arsacio
Vanegas y sus hermanas, Fidalgo, Carlos Maristany y su señora Julieta, Martín
Dihígo, Esperanza Olazábal, Bayo y sus hijos, Víctor Trapote, Ramón Vélez
Goicochea, Marta Eugenia López, Laura Meneses de Albizu Campos, Juan Juarbe,
así como los abogados y el juez que asumieron el caso, por solo citar algunos
ejemplos. Las páginas del libro recuentan exhaustivamente los aconteceres en su
dinámica precipitada en vorágine de aquellos días, especialmente peligrosos por
las continuas detenciones a mano armada. Entonces, fueron detenidos y torturados
por la Policía Secreta, Cándido González, Julito Díaz, Alfonso Guillén Zelaya y
[Jesús] Chuchú Reyes quien permaneció desaparecido varias jornadas. Al Cuate
también lo arrestaron, pero consiguió librarse del encierro sin ser torturado gracias
al silencio valiente de Chuchú.

Comandante, siempre me ha impresionado la fotografía en que aparecen


usted y el Che en la estación para los inmigrantes; se la considera con mucha
probabilidad la primera foto donde aparecen juntos. Pienso que probablemente la
captaron poco antes de que los liberaran, cuando ya un primer grupo había sido
excarcelado y solo ustedes y Calixto García permanecían presos. Ramiro y otro
compañero, por órdenes de Raúl, se mantuvieron permanentemente de guardia
ante la única entrada y salida de la prisión para evitar la posibilidad de que
atentaran contra su vida o lo trasladaran sin que el Movimiento conociera su
paradero.

FIDEL CASTRO.-Sí, existía tal preocupación, cualquier cosa podía ocurrir;


por eso fue decisivo el hecho de que se pidiera ayuda a Lázaro Cárdenas para que
intercediera por nosotros. Él tenía mucho prestigio y una gran autoridad, aunque
ya no presidía el gobierno.

Desde que se interesó por nosotros, la situación comenzó a mejorar, su


participación fue determinante en la solución del conflicto. Él intercedió por
nosotros ante el presidente [Adolfo] Ruiz Cortines.

Después que salió de la presidencia mantuvo algunos cargos, trabajó en


programas de desarrollo, de construcción y realizó las actividades que le
asignaban: tareas de desarrollo en un puerto, una ciudad, una siderurgia. Fue
siempre muy respetuoso de la Constitución, del gobierno constituido. Era un
hombre que gozaba de un gran prestigio nacional, notable autoridad, influencia, y
ciertamente nos prestó un gran servicio. Esto demuestra lo importante que eran las
características de México para nuestra misión: un país hospitalario y progresista.

Al final fuimos puestos en libertad provisional la tarde del 24 de julio;


teníamos el derecho a estar en la calle. Fue el servicio que nos prestó Lázaro
Cárdenas, nos sacó de la prisión y ayudó a neutralizar la hostilidad contra
nosotros. Su participación fue muy favorable, incluso, la policía que actuó
honestamente, que tomó conciencia de quiénes éramos, nos permitió desarrollar
las actividades con cierto margen de seguridad. En libertad, se suponía que
tendríamos un buen comportamiento, pero quedó alguna atadura todavía, no
recuerdo por qué razones.

Lázaro Cárdenas no solo nos sacó de la cárcel, sino que nos cubrió con la
aureola de una amistad prestigiosa, fuerte. La ayuda de Cárdenas fue decisiva,
ayudó y potenció, incluso, la reacción de simpatía de la policía que nos capturó, la
Policía Federal; sobre todo del jefe principal, Fernando Gutiérrez Barrios,
encargado de mantener la vigilancia sobre el Movimiento. Algunos de los que
estuvimos presos, teníamos que presentarnos todas las semanas en el Ministerio de
Gobernación porque permanecíamos bajo un control estricto.

KATIUSKA BLANCO. -Sé que usted admiraba al general Lázaro Cárdenas y


que, incluso, no dejó transcurrir muchos días para sostener un breve encuentro con
él y agradecerle las gestiones realizadas a favor de su libertad. La entrevista se
efectuó a las 11:00 de la mañana, en la casa del jefe de sus ayudantes, Luis Sánchez
Gómez, en Lomas de Chapultepec. Cuentan que fue un encuentro donde se habló
de la fraternidad latinoamericana, un intercambio austero y cargado de
emotividad, donde el General se mostró complacido.

Comandante, el desarrollo de los acontecimientos nos hace pensar que la


detención y encarcelamiento de ustedes en aquel momento complicó en extremo la
situación del Movimiento en México, no solo porque corrían todos una suerte
peligrosa, sino porque, incluso, puso en riesgo los planes expedicionarios, ¿es así?

FIDEL CASTRO.-Sí, porque todo esto produjo un efecto secundario de


mucha importancia: hubo cierto desaliento entre quienes en Cuba nos respaldaban
con sus contribuciones económicas, con las cuales habíamos comprado las armas y
mantenido a nuestras fuerzas en México. Recuerdo varias, una de ellas, por
ejemplo, la de un descendiente de los veteranos de las guerras de independencia
que se llamaba Justo Carrillo.

Aquel hombre era partidario de los auténticos y contaba con prestigio como
hombre honrado porque en el gobierno de Prío había, por excepción, algunos
hombres que no se habían enriquecido. Era de clase media y trabajaba en una
institución bancaria, si mal no recuerdo, del propio gobierno de Prío. Era
antibatistiano, formaba parte de los distintos grupos de oposición y, naturalmente,
después del Moncada, desde el momento en que nos conocían y cuando ya
nucleamos un movimiento de lucha contra Batista junto a los miembros del MNR
—grupo de no mucha fuerza, pero sí determinada influencia y recursos
económicos—, él se acercó a nosotros. Aportó dinero en el propio año 1955 y luego
una suma, que podrían ser unos 5000 dólares, en abril de 1956, un aporte
importante. Dicha cantidad nos la entregó en México, en Tapachula, a la orilla del
Pacífico, donde sostuvimos una entrevista. Viajé por carretera hasta reunirme con
él, su ayuda resultaba muy importante.

Recuerdo que nos entrevistamos y discutimos porque cada uno de aquellos


políticos aspiraba a la presidencia de la República, cada uno se consideraba un
personaje insustituible, importante, un enemigo peligroso para Batista, y, claro, se
acercaban a nosotros porque teníamos prestigio en Cuba y querían colaborar.
Nuestra línea era aceptar a todo el que quisiera contribuir. Pero bueno, fue en el
período anterior a que nos detuvieran.

A partir de entonces sostuvimos relaciones más o menos amistosas, nos


hicimos aliados en la lucha contra Batista, y como no era alguien con el descrédito
de Prío, ello facilitaba el acercamiento y el hecho de que aceptáramos su ayuda,
por la cual, además, no pidió nada a cambio.

Habíamos prometido que en el año 1956 seríamos libres o seríamos


mártires, tal era el gran problema, y al ser detenidos el 20 de junio de aquel año,
cumplir dicho plazo parecía una quimera. Los últimos que quedábamos allí fuimos
liberados el 24 de julio, y entonces parecía aún más difícil cumplir la palabra
empeñada.

Agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre, ¡cinco meses me


quedaban! Para aquella fecha habíamos perdido una parte de las armas, muchas
casas —varias de seguridad—, los campos de tiro donde ir, todo lo que teníamos;
ya éramos conocidos, estábamos chequeados por la policía. La situación era muy
complicada.

Fue un momento complejo en que hubo de todo, gestos de amigos como los
que mencionabas, pero también desaliento entre quienes habían ayudado antes, y
el caso era que a partir de aquella situación, necesitábamos más dinero. En el
escaso tiempo restante teníamos que concluir los preparativos y recuperar una
parte de las armas, aunque realmente salvamos como el 70%. Teníamos que
completar el número de hombres, el entrenamiento, conseguir el barco, preparar el
punto de partida, hacerlo todo y bajo la vigilancia de la policía. Batista reactivó sus
propósitos de eliminarnos y frustrar nuestros empeños. Esto nos obligó a trabajar
con mucha más cautela, con mucha más precisión.

A decir verdad, tuvimos que emplear algún dinero para hacer


contrainteligencia entre los elementos que colaboraban con Batista: agentes
cubanos y policías de la Secreta al servicio de Batista. En cierto momento
obtuvimos información valiosa: qué estaban haciendo y quiénes entre los cubanos
cumplían tal papel. Fue muy importante, porque nos ayudó a desinformar y
confundir. Mientras no surgieron problemas con la policía, nuestra tarea fue más
fácil, pero después tuvimos que trabajar con un método mucho más riguroso, más
técnico y más científico.

KATIUSKA BLANCO. -Tal difícil situación puso en peligro su compromiso


de regresar en el año 1956, sin embargo, su padre estaba seguro de que lo haría.
Pienso en él y recuerdo una carta suya a Raúl de cuando recién se habían
establecido en México, donde le confiaba sus desvelos por ustedes y su apoyo:

«He recibido tu carta por la cual veo que estás bien de salud, y Fidel sabía
por la radio que estaba en New York. Yo de mis males me encuentro un poco
mejor, Lina estuvo en la Colonia en Santiago unos cuantos días porque se le infectó
una inyección, ya está aquí, y se encuentra mejor.

»Supongo que en estos días te habrán girado algo de La Habana, y


anteriormente lo habrán recibido también, todo se hace como se pueda, ya que la
situación mía no es muy ventajosa.

»Por lo demás todos estamos bien.

»Ruego a Dios por la salud y tranquilidad de Uds., y reciban la bendición de


sus padres que siempre les recuerdan con todo el afecto y cariño.

»PD. Reciban saludos míos, escribiré

»Alfonso

»A. Castro».

En su casa de Birán, Comandante, no existía ninguna duda de que usted


regresaría a Cuba aquel año. Lo conocían demasiado bien. Cuentan que el viejo
pasaba el tiempo pendiente de la noticia del regreso tal como en la historia de la
Biblia, en que el padre iba todas las tardes a un alto y aguardaba ansioso el retorno
del hijo pródigo, aquella parábola poética del «Nuevo Testamento» que, según leí,
a usted le impresionó cuando era niño. Desde el Moncada su papá vivía orgulloso
de ustedes y todos los días escuchaba la radio a la espera de la llegada de la
expedición. Si existía alguien en el mundo que confiaba ciegamente en la palabra
empeñada por usted, era su papá, don Ángel Castro...
FIDEL CASTRO.-Yo había lanzado la consigna en el terreno de la lucha
contra las tendencias moderadas que querían conciliar con Batista y buscar
soluciones electorales que seguramente hubieran hecho perdurar el régimen
imperante en Cuba. En medio de aquella lucha lancé la consigna, porque existía
una masa escéptica todavía; habían hecho muchas promesas, se hablaba
constantemente y la gente desesperada, impaciente. Entonces, para levantar la fe y
la confianza de quienes nos seguían y veían como hombres de palabra y hombres
de honor, fue que dije: «No duden en absoluto, que nosotros estamos de regreso en
Cuba en el año 1956».

Fue una decisión muy audaz. No voy a decir que correcta. Fue una promesa
audaz, motivada por la idea de levantar la confianza de la gente, entre otras cosas,
para lograr que contribuyeran a recaudar fondos, buscar militantes, todo eso; crear,
desarrollar y ampliar el Movimiento.

Si lo miro retrospectivamente y me pregunto si era necesario, puedo


responder convencido que no era necesario ni imprescindible, no había que
atenerse con todo rigor a tal compromiso para hacer la Revolución. Pudo ejercer
influencia, pero hoy reconozco que no era vital comprometerse con una fecha fija.

Si no hubiera sido posible en noviembre o diciembre, habríamos iniciado la


Revolución en enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio, ¡en el momento de la
llegada!, en esencia habríamos cumplido el compromiso, nuestro propósito. De ello
estoy seguro.

No obstante, yo estaba decidido a regresar en 1956. Era lo que sentía,


únicamente preso o muerto dejaba de cumplir mi palabra, aunque fuera con un
grupo de hombres en un avión secuestrado, pero en la fecha exacta.

En mi opinión, lo magnifiqué todo, le di demasiada importancia en cierta


forma, sin tomar en cuenta que en el desarrollo de la historia, tales factores no
vienen a ser decisivos. Pero existía el compromiso. Claro, no cumplirlo repercutía
negativamente, la dictadura habría sacado gran provecho, lo habrían utilizado para
presentarnos como gente poco seria e incapaz de cumplir nuestra palabra y para
ridiculizarnos. Pesó mi punto de vista y fui yo quien más insistió, durante mucho
tiempo, en la crítica de la política de los auténticos y lo que significaba. Entonces,
en las circunstancias posteriores a nuestra detención, Prío se dio cuenta de que
afrontábamos una situación muy difícil, y consideró buena la oportunidad para
tener un gesto con nosotros y ofrecernos colaboración. Parece que él se sentía
lastimado por nuestra posición, se sentía humillado y herido, tal vez captó nuestro
precario estado y pidió una entrevista, un contacto, quería contribuir.

Con el ofrecimiento de Prío se me creó otro dilema porque yo había dicho:


«Con dinero robado a la República no se puede hacer la Revolución, a las puertas
de los malversadores tocaremos después de la Revolución». Eso quería decir que
entonces íbamos a tocar sus puertas para confiscar a los malversadores. ¿Cómo iba
a acceder entonces a la contribución de Prío? Para mí era una prueba tremenda,
porque yo era quien había lanzado también tal consigna; yo casi tenía que escoger
entre la Revolución u obviar e ignorar la consigna que yo mismo había lanzado, y
me dije: «Bueno, ¿qué es aquí lo fundamental? Primero, tenemos que hacer la
Revolución, es esencial cumplir el compromiso con el pueblo de llegar a Cuba e
iniciar la lucha en el año 1956; bueno, pues sencillamente, tenemos que sufrir la
humillación de tocar a las puertas de los malversadores antes de la Revolución», y
así hicimos: tocamos a las puertas de los malversadores antes de la Revolución.

Para mí era amargo, humillante, pero tenía que hacer un sacrificio personal
y tragarme el orgullo, las consignas y todas las cosas, porque había que salvar la
Revolución, hacer la Revolución. Así es que, sencillamente ni lo dudé, no lo dudé
ni un segundo. Puesto en la disyuntiva, me decidí por la Revolución. En realidad,
la opinión pública se gana con hechos, no con palabras, frases ni consignas. Ello
suponía, de facto, un acuerdo en la lucha contra Batista, en la misma línea.

Pienso que entre las motivaciones de Prío podría considerarse que él se daba
así un baño de rosas al reunirse con nosotros, ¡tan radicales!, y darse el gusto de
colaborar económicamente con el movimiento revolucionario significaba como una
reivindicación, una especie de amnistía moral; no olvidar las denuncias que había
hecho antes del 10 de marzo, eran contundentes e irrebatibles. Además, no fue
tanto dinero. Calculamos que hacían falta unos 40 000 dólares, y fue lo que
pedimos. No existía manera de recaudarlos. No era sencillo eludir y vencer el
poder de un gobierno con los recursos de que disponía Batista.

De todas formas, continuamos recaudando, pero resultaba insuficiente. Tal


vez cuando Frank País fue a México llevó una cantidad; pero no bastaba, quizás
5000... Si llegó alguna vez a 8000 fue una cantidad fabulosa, recaudada centavo a
centavo, porque el pueblo siguió contribuyendo en menor escala.

En definitiva, conversar con Prío no trajo mucho problema o contradicción.


La gente nuestra comprendía la situación y confiaba; posiblemente muchos fueran
partidarios de la coalición. En la Sierra Maestra, al final, hubo acuerdos de todas
las fuerzas, cuando ya nosotros éramos fuertes y representábamos el factor
determinante. Todo respondió entonces a una táctica y una estrategia.

La entrevista con Prío significaba que lo aceptábamos como parte de la


lucha contra Batista, nada más. Para él era algo moral, y para nosotros algo amargo
y duro el tener que utilizar fondos de una procedencia que no aprobábamos.

Después, poco antes de la partida, tuvimos otra vez a la Policía Federal


siguiéndonos los pasos cuando preparábamos la expedición. Organizamos la
salida de México bajo una persecución tenaz y rigurosa de la mejor policía
mexicana, la de más recursos y autoridad. Ya aquello pertenece a otra proeza que
nos vimos obligados a realizar sin alternativa alguna, «¿cómo pudimos escapar de
la policía mexicana para venir a luchar contra Batista? Fue una acción realmente
muy difícil y audaz, porque, a pesar de todo, por poco no podemos salir.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, recuerdo que en el verano del año


2006 usted me habló de la entrevista con

Carlos Prío y de que había cruzado a nado el río Bravo como si fuese un
espalda mojada... También me explicó que entonces tenía ante sí solo dos caminos:
hacer o no la Revolución y optó por el primero. Acudió en busca de fondos y, a
pesar de sus reparos a la reunión con Prío, pasó por alto sus profundas diferencias
políticas con el objetivo irrenunciable de librar a Cuba de la dictadura batistiana y
transformar el país desde sus raíces. ¿Quién concertó la entrevista? ¿Dónde se
vieron? ¿Qué conversaron? ¿Cuál fue la actitud de Prío? ¿Cómo usted regresó a
México? Parece cosa de aventura imaginarlo.

FIDEL CASTRO.-Para encontrarme con Prío tuve que entrar como


indocumentado en territorio de Estados Unidos, cruzar a nado el río Bravo y llegar
a la otra orilla. Por su parte Prío no corría ningún riesgo, me estaba esperando en
un motel y era feliz de reunirse con aquel jacobino que no quería tratos de ninguna
clase con el gobierno anterior.

Todo fue organizado con la valiosísima colaboración del explorador


petrolero mexicano, nuestro amigo Alfonso (Fofo) Gutiérrez. Gutiérrez conocía la
frontera, tenía amistades, relaciones, gente influyente. Fue él quien nos ayudó a
organizar el cruce ilegal de la frontera, puesto que a mí no me daban visa para ir
allí, y mucho menos después de las declaraciones del Che y su defensa encendida
del marxismo-leninismo en las prisiones de la Policía Federal. Entonces no existía
otra forma de ver a Prío que hacerlo ilegalmente, cruzar la frontera, y para eso
había que atravesar el río. Es decir que crucé el río, y al mismo tiempo la frontera.
Como Fofo Gutiérrez era explorador de petróleo mexicano, pudo garantizar mi
traslado. Contactó con sus amistades para que pusieran caballos del otro lado del
río. Entonces llegué, me monté en un caballo hasta un punto y luego seguí en un
vehículo hasta el motel Royal Palm, en la fronteriza ciudad de McAllen, en Texas,
donde me esperaba Prío. Conversamos largamente. Allí estuve unas horas, creo
que hasta almorcé con él. Después regresé legalmente, porque en sentido inverso
no hacía falta visa, no exigían documentación para ir de Estados Unidos a México.

No puedo negar que el hecho de aceptar la contribución de Prío fue un


sacrificio muy grande que me vi prácticamente obligado a asumir, pero valió la
pena, aquel dinero nos permitió seguir adelante y cumplir con nuestra consigna, lo
que fortaleció la confianza del pueblo en la nueva generación revolucionaria.

KATIUSKA BLANCO. -Además, en aquel momento usted era consecuente


con el planteamiento expresado en un artículo en Bohemia, donde ratificó la
necesidad de unir a todos los hombres, armas y recursos en la lucha contra Batista.
En medio de toda aquella experiencia tremenda vivida desde la detención hasta el
momento de la salida hacia Cuba, fueron varios los artículos que usted redactó
para dicha revista, hubo incluso algunas polémicas...

FIDEL CASTRO.-Sí, yo iba publicando en Bohemia. Recuerdo que el


primero [en 1955] se tituló «Sirvo a Cuba. Los que no tienen el valor de
sacrificarse», que escribí cuando me encontraba de recorrido por Estados Unidos,
para responder a un artículo de Ángel Boán, aparecido en la prestigiosa revista
cubana bajo el rótulo «Fidel, no le hagas un servicio a Batista». Concedí
declaraciones en Miami. Me hicieron una entrevista allí. Mi respuesta fue muy
enérgica, muy llena de citas martianas. Sinceramente, estaba entonces muy irritado
con él porque consideraba que al escribir algo así contra nuestra línea
revolucionaria, de hecho, de manera inconsciente, ayudaba a Batista. En tal
momento, Boán era quizás partidario de la lucha civil, cuando ya nosotros
creíamos fervientemente en la insurrección armada, y claro, por la mente no me
pasaba la idea de que pudiera estar equivocado. Impugné su posición de atacar a
quienes se encontraban dispuestos a realizar los mayores sacrificios por Cuba.
Ángel Boán, por cierto, tuvo una buena actitud después, porque cuando la historia
demostró que yo tenía razón, él se unió a la Revolución. Creo que murió en un
accidente automovilístico. Era corresponsal de la agencia latinoamericana Prensa
Latina, que fundamos con Jorge Ricardo Masetti y jóvenes escritores como Gabriel
García Márquez.

En diciembre apareció otro artículo que nos atacaba: «La patria no es de


Fidel», firmado por otro periodista.

En respuesta publiqué «¡Frente a todos!», que apareció el 8 de enero [de


1956] en las páginas del propio semanario y era realmente un desafío. Después, el 5
de marzo [de 1956], escribí: «La condenación que se nos pide», en torno a las
acusaciones de que teníamos algo que ver con un incidente violento acontecido el 2
de febrero en la reunión del Consejo Director Ortodoxo, con lo cual se pretendía
lanzar contra nosotros el estigma de gente violenta y desenfrenada. Recuerdo que
argumenté que si algo había caracterizado nuestro estilo era la franqueza con que
nos expresábamos y una incondicional devoción a la verdad. Cité a Gustave Le
Bon para explicar la actitud de una multitud enfebrecida contraria a la política de
diálogo con el régimen, puesta en marcha por dirigentes del Partido Ortodoxo.
Recordé lo que Le Bon afirmaba: que las multitudes eran destructoras pero
altamente morales y que en el incidente si bien se lanzaron cuadros contra los
reunidos en la casa del doctor Dorta Duque, a nadie se le había ocurrido decir que
la muchedumbre hubiese robado allí un solo objeto. Además sostuve que no podía
permitir que algunos dirigentes de ese partido para descargo de sus errores
lanzaran imputaciones veladas e injustas contra el movimiento donde militaban
entonces los verdaderos seguidores de las prédicas y del ejemplo de Eduardo
Chibás. Agregué que la verdadera ortodoxia histórica —la que junto a Chibás salvó
al partido cuando los caciques provinciales pretendieron llevarlo a las
componendas y pactos politiqueros—, estaría junto a nuestra línea revolucionaria.

Recuerdo que también señalé que el doctor Dorta Duque, en cuya casa había
tenido lugar el incidente, era un viejo compañero mío de estudios y de lucha y
miembro estimado de nuestro Movimiento, que el 7 de diciembre había
compartido con nosotros el acto de la emigración en Cayo Hueso. Ratifiqué al
pueblo de Cuba que no estaba lejano el día en que cumpliríamos nuestra palabra y
finalicé mi réplica con la aseveración de que el Movimiento Revolucionario 26 de
Julio se había organizado para combatir de frente a un régimen que poseía
tanques, cañones, aviones de propulsión, bombas de napalm y armas modernas de
todas clases, y no para agredir tranquilas mansiones donde se reuniera un grupo
de indefensos ciudadanos. Este escrito apareció en la Bohemia [el 5] de marzo de
1956.

El 1° de abril de 1956, publiqué: «El Movimiento 26 de Julio». Aprovechaba


los períodos en que no había censura para escribir en los diarios y revistas. Era
periodista, y creo que lo sigo siendo.

Tenía la idea de que debía defenderme con la pluma, porque si no lo hacía


me dejaban sin masa, y un político sin masa es igual a cero; una revolución sin
masa es igual a cero, y tenía que defender la Revolución; por eso le prestaba
atención a todo lo que se publicara y entonces entraba en la polémica, escribía las
réplicas. Ya escribía artículos desde la prisión en la Isla de Pinos.

KATIUSKA BLANCO. -En el libro Fidel periodista, la investigadora Ana


Núñez Machín compiló todos los materiales periodísticos que ilustran la intensa
batalla política que debió librar desde la nación azteca ante infundios, infamias y
mentiras. En tal trabajo sobre el Movimiento 26 de Julio usted ratificó la línea
insurreccional como la única salida posible a la situación de Cuba y la lealtad a la
ortodoxia.

FIDEL CASTRO.-Sí. En aquel trabajo reivindicaba la fidelidad del 26 a los


más puros principios del chibasismo y el hecho de que la línea de nuestro
Movimiento era la aprobada unánimemente en el Congreso de Militantes
Ortodoxos, el 16 de agosto de 1955. También esclarecía que no amábamos la fuerza,
porque detestábamos la fuerza era que no estábamos dispuestos a que se nos
gobernara por la fuerza; no amábamos la violencia, porque detestábamos la
violencia era que no estábamos dispuestos a seguir soportando la violencia que
desde hacía cuatro años se ejercía sobre la nación. Enfatizaba que la lucha era el
camino elegido por el pueblo y que para ayudar al pueblo en su lucha heroica por
recuperar las libertades y derechos arrebatados se organizó y fortaleció el
Movimiento 26 de Julio. Opuse en una frase dos fechas: «¡Frente al 10 de Marzo, el
26 de Julio!». Ya desde entonces definí al 26 de Julio como la organización
revolucionaria de los humildes, por los humildes y para los humildes y como la
esperanza de pan para los hambrientos y de justicia para los olvidados.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, pero ¿entonces usted continuaba


siendo militante del Partido Ortodoxo?

FIDEL CASTRO. Sí, aunque el Partido Ortodoxo estaba dividido, existían


diferentes tendencias. Diría que una de ellas era la nuestra, la insurreccional,
porque de hecho, desde el comienzo en Prado Nº 109, hicimos nuestro trabajo
dentro de la masa ortodoxa. Recluíamos la mayor parte de los combatientes, la
inmensa mayoría —diría que el 90%—, entre la juventud ortodoxa; jóvenes, sobre
todo, fueron los que nos ayudaron.

Ahora, existían varios grupos: Pardo Liada tenía su grupo, Millo Ochoa
tenía el suyo, Agramonte el de él. No hubo nunca una ruptura formal nuestra.
Existió una ruptura real con todos aquellos líderes politiqueros, pasivos, aliados al
Partido Auténtico, o alineados a una tendencia electoralista; pero nunca dejamos de
declararnos verdaderamente ortodoxos, nunca rompimos con la membresía del
partido, porque a mí lo que me interesaba era la masa ortodoxa, no me interesaba
ninguno de aquellos líderes políticos, me interesaban los militantes y con ellos no
rompimos nunca ni de hecho ni formalmente; al contrario, nosotros hablábamos
como militantes e intérpretes del mejor pensamiento y el más puro de aquella
masa, de lo que podía ser el pensamiento más puro de aquel partido.

En 1955 envié un manifiesto al Congreso del Partido Ortodoxo y la inmensa


mayoría de los delegados lo apoyó; en él defendía la línea insurreccional, la línea
revolucionaria frente a otras tendencias dentro del partido.

En todos los preparativos trabajó conmigo Juan Manuel Márquez, un


ortodoxo de ley, fue el compañero que me acompañó al recorrido por Estados
Unidos. Era un muchacho muy bueno, muy buen orador; antes, de cierta forma,
habíamos sido contrincantes dentro del partido; después del Moncada, me apoyó y
luego permaneció en México; viajó conmigo a Nueva York. Fue el segundo jefe de
la expedición del Granma. Murió después del desembarco.

KATIUSKA BLANCO. -Tras conocer cuál fue el destino de Juan Manuel


Márquez es imposible olvidarlo. Supe que él, después del desembarco y el combate
de Alegría de Pío en que el contingente expedicionario se dispersó, se perdió, vagó
solitario durante diez días hasta que la piel quedó adherida a su camisa, lo
delataron y, finalmente, las tropas de Batista le apagaron a tiros la mirada clara...

FIDEL CASTRO.-Lo recuerdo como un extraordinario ejemplo, además, su


figura representa nuestra unión y fidelidad a la masa ortodoxa.

Yo decía que quienes habían roto con la masa eran los otros; incluso, en
aquel tiempo atacaba posiciones políticas, no llevaba a cabo ataques personales
contra los dirigentes. Primero, defendía mi posición y combatía las otras
posiciones. Claro, el grupo de la ortodoxia que no quería pactar con los auténticos
y toda aquella gente, el grupo pasivo, el de Agramonte y los demás, el mismo
[Raúl] Chibás —el hermano de Chibás—, aquel grupo era mucho más afín a
nosotros que Pardo Liada, Millo Ochoa y aquellos que firmaron un pacto con Prío
y con todos los demás partidos para la guerra contra Batista. Pero tal proceso venía
produciéndose desde antes del Moncada.

Dentro de la ortodoxia se dio una lucha por ganar la masa, y nosotros la


ganamos, e incluso a mucha gente que no pensaba como nosotros fuera del Partido
Ortodoxo. Logramos el apoyo del pueblo en general; pero ya la ortodoxia lo había
hecho antes, porque con ella organizamos el ataque al Moncada. Pero después
contábamos con toda la gente de izquierda, progresista, liberal, democrática. El
apoyo a la Revolución fue un río gigantesco de más del 90% del país. Al final, junto
a la dictadura no quedaban más que los batistianos, los demás partidos se
quedaron sin masa; al final nos apoyaba la mayoría, y los elementos progresistas,
comunistas nos apoyaban también. Contábamos con la inmensa mayoría del
pueblo. Los partidos burgueses, reformistas, de derecha, ya no tenían masa, ya
nada más les quedaba el esqueleto, y a veces ni eso.

Retomando el tema de que hablábamos, sobre los artículos que escribía en


Bohemia, los redactaba con el propósito también de fijar posición ante los eventos
en Cuba, era una forma de vínculo con el país.

Recuerdo lo que escribí [en el periódico clandestino Aldabonazo, el 15 de


mayo de 1956] sobre «El Movimiento 26 de Julio y la Conspiración Militar de Los
Puros», liderada por oficiales pundonorosos del ejército regular al frente de la cual
se encontraba el teniente coronel Ramón M. Barquín. A aquella conjura militar
perteneció un hombre como José Ramón Fernández. Ellos fueron arrestados en
abril de 1956, juzgados y condenados a prisión. En dicho trabajo sostuve que el
restablecimiento de la democracia ya no bastaba para cumplir las aspiraciones del
pueblo. Decía: «¡Democracia solo, no! ¡Democracia y además, justicia!». Y definía
que la verdadera revolución, la única revolución posible, era la revolución
justiciera y limpia, que desde sus raíces, sobre principios y sobre ideas, echara los
cimientos de la patria nueva.

Luego escribí desde la propia prisión de Miguel Schultz para enfrentar las
mentiras que se habían echado a rodar en México y en Cuba sobre nosotros.
Entonces publiqué el artículo «¡Basta ya de mentiras!». Lo firmé desde la cárcel el 9
de julio [de 1956]. Expliqué los pormenores de nuestra detención, di a conocer los
intentos de asesinato y secuestro en marcha por sicarios del régimen batistiano, me
referí a la insidiosa campaña de prensa en la isla que desconocía los múltiples
artículos que a nuestro favor aparecían cada vez más en los medios de difusión
masiva de México, y por último denuncié las torturas a que fueron sometidos
Cándido, Julito y Guillén Zelaya por el servicio secreto de aquel país y la
desaparición , de Chuchú Reyes, y cómo la actitud de los cuerpos policíacos y del
secretario de Gobernación vulneraban la constitución mexicana. Ratificaba también
que conservábamos intactas nuestras fuerzas. Recuerdo que proclamaba al final:
«La dispersión de las fuerzas es la muerte de la revolución; la unión de todos los
revolucionarios es la muerte de la dictadura».
Tal artículo es el que trata del encuentro con Prío.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, Comandante. Después también escribió sobre la


infamia de Salas Cañizares al unir el nombre de usted al del dictador dominicano
Trujillo. ¡Era ya el colmo, cuando usted siendo aún estudiante, había sido nada
menos que un ferviente combatiente en la expedición de Cayo Confites! Su artículo
afirmaba que el barraje de calumnias lanzadas por la dictadura contra el
Movimiento rompía todos los límites. Busqué el material y subrayé este fragmento:

«Tengo derecho a defenderme, porque no se dedica la vida a una causa, se


la sacrifica a ella todo cuanto otros hombres cuidan y encarecen: la tranquilidad, la
carrera, el hogar, la familia, la juventud y hasta la existencia, para que un puñado
de malvados, que disfrutan un poder ejercido a sangre y fuego sobre el pueblo, en
beneficio exclusivo de sus fortunas personales, puedan lanzar fango, calumnia e
ignominia impunemente sobre el sacrificio, la abnegación y el desinterés, mil veces
probado al servicio de un limpio ideal».

Luego analizaba las similitudes entre las dictaduras de Batista y Trujillo. Era
agosto 26 de 1956 cuando escribía y volvía a ratificar: «Ningún revés impedirá el
cumplimiento de la palabra empeñada. A un pueblo escéptico por el engaño y la
traición no se le puede hablar en otros términos. Cuando esa hora llegue, Cuba
sabrá que los que estemos dando nuestra sangre y nuestras vidas somos sus hijos
más leales y que las armas con que vamos a conquistar su libertad no las pagó
Trujillo, sino el pueblo, centavo a centavo y peso a peso. Y si caemos como le dijo
Martí al ilustre dominicano Federico Henríquez y Carvajal, "caeremos también por
la libertad del pueblo dominicano"». El que cito fue el último de los escritos
publicados en Bohemia. Vio la luz el 2 de septiembre de 1956.

Aunque hay que decir que de tal fecunda etapa mexicana en que usted
dirime combates en la prensa también son de su puño y letra los manifiestos Nº 1 y
Nº 2 del 26 de Julio al pueblo de Cuba, impresos en México y distribuidos
clandestinamente en Cuba.

Un pensamiento suyo sobre Marx y Lenin se aviene muy bien a usted:


«poseían un terrible espíritu polémico [...] eran implacables y temibles con el
enemigo. Dos verdaderos prototipos de revolucionarios».

Hace algunos años entrevisté a Enio Leiva. Sé que a él y a Pedro Miret los
detuvieron apenas unas horas antes de la partida del Granma, lo que prueba que
las dificultades y riesgos no habían quedado del todo abolidos. En la pared de su
celda inscribieron lo siguiente [sic]:

«Pedro Miret. Enio Leiva. Noviembre de 1956. Incomunicados por defender


la libertad de su País: "Cuba". Nos ocuparon; 50 000 cartuchos 30.06, 10 fusiles
Jonson, 2 ametralladoras Tho., 3 rifles de mira tel., 2 fusiles auto., 1 fusil Garand, 12
pistolas ametralladoras y algunas otra bob.

»Pero esto no impedirá la caída de la dictadura este año 1956.

»Seremos libres o seremos mártires».

Comandante, ¿usted recuerda cómo fueron los últimos días vividos en


México, cuénteme cómo se precipitaron los hechos? Las últimas horas fueron
inciertas y arriesgadas, ¿verdad?

FIDEL CASTRO.-Sí, muy peligrosas. La semana antes de salir, la policía nos


cayó arriba y aquella misma noche se entabló una lucha con ellos, entre la
maniobra de la policía federal y la nuestra, como consecuencia de la existencia de
un traidor que conocía algunas direcciones, en especial dos casas donde
guardábamos armas.

En el momento en que llegaron a esas dos casas, nosotros nos percatamos de


la traición; varios compañeros las conocían y nosotros no podíamos asegurar desde
el inicio quién era el delator, aunque sospechábamos de Rafael del Pino Siero y de
otros colaboradores que andaban un poco raros.

Entonces tuvimos que mover todas las armas ocultas en varias casas hacia
lugares seguros. Ya no podíamos confiarnos. En realidad, yo era el único que sabía
dónde estaban todas las casas, pero los otros sabían de una o dos y desconocían las
demás. Tuvimos que adoptar medidas en relación con todos los sitios donde
podían estar los potenciales delatores.

Eso fue tremendo, muy difícil; iban a destruirnos si caían las casas, y la
policía en el medio. Tuvimos que movernos en rigurosa clandestinidad y trasladar
todas las armas, algunas cayeron en manos de la policía y otras las salvamos.
Nosotros teníamos suficientes armas para cada combatiente y una cantidad para
entregarlas al pueblo al llegar a Cuba. Es decir, no solo las armas de los 82
hombres, sino que pensábamos traer, por lo menos, para 200 hombres. Siempre
planteamos llegar con más armas que combatientes.

El traidor, desde Miami, entregó en dos partes su secreto. No sabíamos


quién era, pero conocíamos que lo había entregado en dos partes a la espera del
pago exigido: delataba una parte, un número de armas, una casa o dos, los
nombres de los compañeros, y entonces le entregaban 5000 dólares, porque la
policía batistiana desconfiaba de él. Cuando Batista comprobara que el informe era
fidedigno, él recibía 20 000 dólares, y entonces él brindaría otras confidencias,
incluido el barco.

Nosotros nos fuimos 48 horas antes de que el traidor informara, y sabíamos


cuál era su negocio, lo que aún no conocíamos su identidad.

Después supimos que era Rafael del Pino Siero. Con él cometimos un error,
porque se disgustó cuando yo le exigí que entrenara. Entonces se produjo un
incidente y él se fue de México. Todo el que conocía su idiosincrasia, su carácter,
podía esperar la indisciplina que cometió, pero no lo considerábamos capaz de una
traición. Cometimos cierto error de apreciación en relación con este hombre, hasta
tal punto confiábamos en él. Intenté que regresara, no me parecía bueno que se
fuera con la información que tenía, yo no estaba tranquilo e hice un esfuerzo para
que volviera. Solo la deserción era para mí una traición porque tenía informaciones
importantes; no todas, pero sí muchas.

Aunque tratamos de que regresara, mucha gente que lo conocía pensaba


que era incapaz de traicionar, reconocían sus defectos pero no lo consideraban
capaz de una acción tan baja, quizás era yo el que más desconfiaba porque para mí,
aunque no le diera información a la policía, era un traidor. Si aquel hombre se
había marchado con un secreto tan importante, debíamos haber tomado todas las
medidas como si fuera a delatar.

Sinceramente, no estuve tranquilo en ningún momento, pero se acercaba la


hora crucial de la partida y estábamos tratando de acelerar lo indispensable para
partir. No existía ninguna evidencia de que hubiera traicionado, pero sin duda
alguna ya lo venía haciendo, y no lo realizó todo de inmediato, lo pensó fríamente
y negoció, y no lo entregó todo de una sola vez. Vendió por dinero los secretos de
la Revolución.

Nuestra situación era muy difícil a la hora de salir: allá la policía mexicana
tratando de capturarnos, y el Ejército de Batista esperándonos aquí; además, un
barco de sesenta y pico de pies comprado a crédito.

El día que nos fuimos no lo supo prácticamente nadie, solo Fofo y su esposa
Orquídea, porque tenían que pasar los telegramas, y el Cuate que avitualló el
barco.

KATIUSKA BLANCO. -Durante mi estancia en México, su hermana Enma


me entregó la nota original manuscrita donde usted daba las instrucciones a Fofo
para que pasara a Cuba el aviso de que el barco había zarpado. Usted nunca estuvo
muy de acuerdo con avisar pues significaba correr un gran peligro; pero
finalmente accedió. De esa forma, Frank y Celia estarían al tanto de la llegada de la
expedición y podrían cumplir lo acordado. Dio órdenes de confirmar el
desembarco antes de iniciar las acciones. Los telegramas debían cursarse a partir
del 27 de noviembre.

12

Tristezas, despedida, inquietud, partir de Tuxipan, travesía tempestuosa,


desembarco-naufragio, dispersión, infierno bajo los F 47, morir y ser bandera,
guerrilla, diario de Raúl, peligros, dolor de Ciro Frías, combates, Camilo, duro
abril, la ofensiva y la contraofensiva, el triunfo

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, durante las últimas semanas en


México, usted también tuvo que sobreponerse a adversidades más íntimas. Sé que
sus hermanas le dieron la noticia de la muerte de su papá el 21 de octubre de 1956
y de su conmoción callada al saberlo. Usted recordaba una y otra vez lo que él
decía, que iba a morir sin ver de nuevo a sus hijos. Tristemente, tal premonición se
cumplió cuando apenas faltaban unas semanas para el regreso. A veces pienso
cuán difícil habría sido para él soportar la avalancha de informaciones falsas que
daban por muertos a usted y a Raúl. Su mamá la sufrió, pero ella era más joven y
creo que poseía esa entereza femenina que suele revelarse en angustiosos instantes.

Además, aquellos días, como nunca antes, usted pudo comprender su


desvelo porque debió afrontar el momento de despedirse de Fidelito, separarse de
él sin saber si alguna vez volvería a verlo y con una tormenta en sus pensamientos
acerca del futuro. Aquí tengo una copia de la nota que escribió entonces.

«Desde el propio automóvil que me conduce hacia el punto de partida para


Cuba a cumplir un deber sagrado con mi Patria y mi pueblo, en una empresa de
donde difícilmente se puede regresar, quiero dejar constancia de este acto de
última voluntad para el caso de que caiga en la lucha dejo a mi hijo al cuidado y
educación de los esposos Ing. Alfonso Gutiérrez y Sra. Orquídea Pino. Tomo esta
determinación porque no quiero que al faltar yo, caiga mi hijo Fidelito en manos de
los que han sido mis más feroces enemigos y detractores, los que en un acto de
villanía sin límites valiéndose de vínculos familiares, ultrajaron mi hogar y lo
sacrificaron al interés de la tiranía sanguinaria a la que sirven [...].

»No adopto esta decisión por resentimiento de ninguna índole, sino


pensando solo en el porvenir de mi hijo. Lo dejo por eso, a quienes mejor pueden
educarlo, el matrimonio bueno y generoso, que ha sido además, los mejores
amigos de nosotros en el exilio y en cuya casa los revolucionarios cubanos
encontramos un verdadero hogar.

»Y al dejarle a ellos mi hijo, se lo dejo también a México, para que crezca y


se eduque aquí en este país libre y hospitalario de los niños héroes, y no vuelva a
mi Patria hasta que sea también libre o pueda ya luchar por ella».

Siento preguntarle sobre estos temas, pero si no lo hago, ¿cómo narrar una
historia amasada con sacrificio, tropiezos y dolor, y por ello mismo enaltecedora y
bella? Intuyo muy atribulado su espíritu en el instante mismo de partir, era un
momento solemne y tempestuoso no solo porque soplaba el viento y los partes
anunciaban mal tiempo...

FIDEL CASTRO.-Sí, cuando mi padre murió, mis hermanas me dieron la


noticia. Recuerdo que fue en casa de Orquídea y Fofo. Enseguida llamé por
teléfono a Ramón. Creo que fui fuerte. Tuve que sobreponerme para seguir
adelante, pero tenía la convicción de que mi padre, como poseía un sentido de los
valores, tuvo motivos suficientes para sentirse orgulloso de nosotros, sus hijos. Yo
estaba seguro de que él confiaba en que cumpliríamos nuestro compromiso: «En el
año 1956, seremos libres o seremos mártires». Esa palabra la empeñé en la batalla
por levantar la moral y la línea de la lucha revolucionaria frente a los elementos
politiqueros que querían elecciones. Aposté fuerte y puse una fecha precisa, algo
peligroso que nos colocó en una posición muy comprometida. Con más
experiencia no lanzaría la consigna, habría dejado una reserva de tiempo, porque
la gente nos conocía y un compromiso de ese tipo tenía gran fuerza. Sé que muchas
personas sabían que nunca hablaba en vano, que nuestro empeño era sincero,
verdadero. Para mí era asunto de luchar o morir. En medio de todo, tenía la
seguridad de que mi padre se hallaba entre quienes confiaban plenamente. Pensar
así me confortó, me dio fuerzas. Cuando la Revolución triunfó y la familia volvió a
reunirse, mi hermano Ramón me lo ratificó más de una vez. Supe que el viejo antes
de morir le pidió que me entregara un anillo que él deseaba que yo heredara. Y la
verdad, me quedó el anhelo de conversar largamente con mi papá, saber más de la
historia de su vida, de los viejos tiempos de la guerra y de los primeros de su
estancia en Cuba.

Como bien dices, antes de salir de México también tuve que despedirme de
Fidelito y fue un momento duro, no lo niego. Yo tenía gran preocupación por él,
creo que viajó a México cuando Myrta se casó. Lidia fue a buscarlo a Miami,
pasaron por Cuba y siguieron al D.F. La cuestión concerniente al niño, era para mí
una preocupación grande, algo de mucha importancia.

Para entonces ya había pasado por la experiencia de que, estando yo preso,


sin mi permiso se lo llevaron. Después se creó un clima de mayor confianza y él
estuvo conmigo en México. Me sentía más tranquilo con él allí.

No hubo ningún conflicto en toda la etapa anterior a la salida del Granma.


Después, probablemente por lo que dice la nota, se suscitaron algunos problemas
que también terminaron por resolverse. En tal época yo tenía la preocupación de
que si moría, los que estaban en el poder, los batistianos, pudieran ser los que
educaran a mi hijo; pero cualquiera que fuera mi actitud entonces, no habría tenido
ninguna razón si hubiera tratado de privar a la madre de la custodia del niño.
Comprometido con todo lo que estaba haciendo y con elevadas posibilidades de
morir, deseaba que Fidelito se quedara en el seno de mi familia, lo admito. Todo
tenía un antecedente, como ya los familiares habían hecho una cosa muy
incorrecta, sentía mucha desconfianza. Pero de la misma forma en que lo digo,
pienso que no habría tenido razón para dejar al niño bajo la custodia de alguien
que no fuera su mamá.

En el momento de partir sí quería que el niño estuviera a mi lado, y así fue.


Luego, cuando ya estaba con su mamá, me llegaban sus cartas a la Sierra Maestra y
yo le contestaba. Y al entrar a La Habana, el 8 de enero, lo tenía esperándome con
los brazos abiertos.

Ahora bien, Katiuska, pensando en tus palabras sobre esta gesta, la de


México, la del Granma, coincido contigo en que se trata de una historia bella.
Pienso que donde hay causas justas por las que luchar surgen historias hermosas.
Y creo que sí, que este es un episodio hermoso de hombres de principio y honor,
de hombres caballerosos, que a su vez da lugar a una historia increíble como la
expedición del yate que es como una leyenda.
KATIUSKA BLANCO. -Recuerdo que cuando visité México, ascendí las
faldas del volcán Popocatépetl a 3700 metros sobre el nivel del mar y luego, intenté
aproximarme a las alturas de otra montaña, el Iztaccíhuatl o «mujer blanca» como
también se le conoce por una leyenda. En una de las variantes de la leyenda, una
india quedó dormida e Iztaccíhuatl, el indio, permaneció a su lado para cuidarla,
pero nunca más despertaron y se convirtieron en volcanes. Conocí esos sitios junto
al Cuate, que hilvanaba narraciones antiguas y nuevas, leyendas como la del yate
Granma.

FIDEL CASTRO.-Había que resolver la cuestión del barco, buscar uno


precisamente para poder trasladarnos a Cuba. Ha sido siempre el dolor de cabeza
de los luchadores: cómo trasladarse, con qué medios. Había que encontrar un lugar
de donde salir; preferiblemente cercano a Cuba: Mérida, Yucatán, Cozumel. Esos
parajes están más próximos a la isla; pero en aquella época no había carreteras
entre México y esa parte del país. La que existía llegaba hasta el río Coatzacoalcos,
si mal no recuerdo; no tenía puentes, y era muy difícil moverse entre México y
Yucatán, entre México y Cozumel. Era una de las dificultades que afrontábamos. El
segundo problema radicaba en que seguramente el espionaje de Batista estaría más
dirigido a aquellas regiones próximas a Cuba.

Así, buscando y buscando el barco, y el sitio de donde partir, dio la


casualidad que encontramos el yate Granma en Tuxpan. Primero pensamos en un
inconveniente: Tuxpan está un poco más lejos; pero luego dijimos: bueno, es un
lugar más disimulado, y allí mismo está el transporte. No era fácil conseguir un
barco, no disponíamos de mucho dinero; teníamos que actuar con sumo cuidado. Y
apareció en aquel sitio no previsto y con otro elemento casual: el dueño del yate
también era propietario de una casa a la orilla del río, dos cosas que necesitábamos:
un barco y una casa a la orilla del río. El problema era que no disponíamos de
suficiente dinero para comprar ambas cosas, todo costaba alrededor de 35 000
dólares, y nosotros solo disponíamos de 10 000 ó 12 000, teníamos que hacer otros
gastos: el mantenimiento de los hombres, la adquisición adicional de armas.
¿Cómo fue que compramos el barco? ¡A crédito!, tal como ya habíamos hecho en
varias oportunidades.

Para no aparecer en la compra del barco, buscamos a nuestro amigo el


Guate. Él entregó 10 000 dólares, que era lo que teníamos, y se firmó una hipoteca
sobre la casa y el barco como garantía de lo que nos faltaba por pagar —como 20
000 dólares—, y así resolvimos el problema. Jamás tuvimos la intención de engañar
a alguien; el propósito era pagarlo todo, puesto que confiábamos en el éxito de
nuestra causa, y decíamos: Ahora no tenemos el dinero, pero después lo vamos a
pagar. Y, efectivamente, así lo hicimos.

Posteriormente, cuando la Revolución tuvo más recursos, pagó lo que debía,


porque siempre tuvimos palabra para cumplir los compromisos asumidos. Era una
deuda de honor, entre otros, con el Cuate, que nos ayudó; si no pagábamos el
barco, quien se quedaba endeudado y con problemas era él. En el futuro lo
pudimos hacer, y en tal sentido se cumplieron los vaticinios, las ideas que
teníamos.

El barco no se encontraba junto a la casa, sino junto a otras embarcaciones


del pueblo de Santiago de la Peña y había que repararlo. Tenía dos motores, pero el
cloche de uno patinaba y tuvimos que contratar unos mecánicos que lo arreglaran.
Los hombres trabajaron casi hasta el día que nos fuimos. Creo que lograron
arreglar la pieza 24 horas antes de que saliéramos rumbo a Cuba. Mientras tanto le
funcionaba un solo motor.

Nos convenía la ubicación de la casa cerca del río. Existía un muellecito, y ya


cuando se acercó la partida trasladamos el barco para las proximidades de la
vivienda.

Recuerdo que un día habíamos decidido probar el barco para calcular qué
velocidad máxima alcanzaba, y salimos por el río unos pocos de nosotros. El cloche
no le patinaba constantemente, solo de vez en cuando. Las pruebas las hicimos
antes del arreglo final; pero en las tranquilas aguas del río, cauce abajo y con escasa
gente a bordo, el barco alcanzó una velocidad como de 11 ó 12 nudos. Hicimos la
prueba: llegamos casi hasta la salida y medimos más o menos la velocidad, y
dijimos: este barco navega a tantos nudos. Luego calculamos cuántos días nos
tomaría la travesía con la velocidad del barco medida por la navegación en el río,
lo cual prueba nuestra total ignorancia en asuntos de marinería. Por tal razón
calculamos erróneamente que llegaríamos a Cuba en cinco días.

A la salida del puerto aún me preocupaba y por eso los siete días que duró
la travesía me los pasé oyendo el ruido de los motores, todo el tiempo. Cuando a
veces el oleaje fuerte hacía que quedara fuera la hélice, se aceleraba el motor. Y
cada vez que veía un acelerón de aquellos, pensaba si se había fastidiado el cloche
otra vez. Por suerte se portó excelentemente bien, pero sobrevinieron dificultades
muy grandes.

En Tuxpan estuvimos muy poco tiempo. Nosotros llegamos a Santiago de la


Peña simultáneamente con todos los demás expedicionarios la noche del 24 de
noviembre de 1956. Nuestros compañeros se habían hospedado en varios hoteles a
lo largo de todo el trayecto desde Ciudad de México hasta Tuxpan. Todo llegó a
una misma vez: los hombres y las armas. La casa se usó solamente durante unas
horas. El día antes de partir fondeamos el barco junto al muelle, próximo a la casa.
Embarcamos durante la madrugada del día 25.

KATIUSKA BLANCO. -Al leer la novela Magallanes de Stefan Zweig


recordé la minuciosidad de relojero o afinador de pianos con que usted hizo los
preparativos. El Cuate se ocupó, junto a otros compañeros, de avituallar la nave. Él
recuerda el momento difícil en que usted le comunicó que no iría en la expedición
porque sería mucho más útil en suelo mexicano. Le dio la instrucción de no
despegar los ojos de la costa y bordear —callado, sin acercarse a nadie, sin
conversar con nadie— todo el litoral atlántico del país hasta Islas Mujeres. Allí, por
un radio de baterías, esperaría la noticia del desembarco en Cuba. Pero si los
jóvenes tuvieran que abandonar el yate al iniciar el viaje, él lo rescataría de la
deriva. El Cuate me contó que siguió estrictamente sus órdenes, porque de
frustrarse ese primer intento, la única esperanza de reemprender la ruta estaría
puesta otra vez en aquella pequeña nave marinera.

FIDEL CASTRO.-El Cuate representaba un puntal importante en tierra


mexicana una vez que partiéramos, como acabas de decir. También algunos de
nuestros hombres tuvieron que quedarse por el escaso espacio en el barco.
Seleccionamos primero a los compañeros de mayor experiencia, a los de más
conocimientos, y al final, entre todos los buenos que restaban, a quienes tenían
menos peso y tamaño. Los últimos que seleccionamos fueron los más chiquitos y
los más flaquitos, porque dijimos: en lo que va uno de estos, alto, grueso, caben
dos. Fue el criterio que prevaleció ya al final. La verdad es que sobrecargamos el
yate desmesuradamente, un barquito para 10 ó 12 personas trasladó 82 hombres.

KATIUSKA BLANCO. -Nunca olvido que en nuestra conversación en enero


de 1993 usted dudó sobre las dimensiones del yate apuntadas en el libro Después
de lo increíble: 13, 25 metros de eslora, y de manga solo 4,7. «¡No puede ser que el
barco fuera tan chiquito!», me dijo. Verifiqué los datos y eran exactos, entonces
aprecié algo: casi 40 años después, usted imaginaba pequeño el yate; pero, ¡no
tanto!, es decir, no podía aún creer que hubiera sido de tal magnitud la audacia
emprendida.

FIDEL CASTRO.-Sí, aún hoy sorprende comprobarlo. Te contaba la


ocurrencia de afortunadas casualidades en esta historia, pero hubo otra
complicada: una empresa maderera nos puso, como a 50 metros de donde estaba el
barco, una patana enorme. ¡Qué desgracia! Eso nos obligaba a realizar una
maniobra complicada al salir, y por si fuera poco, pusieron allí a dos soldados a
cuidar la patana. Me dije: ¡Era esto lo que nos faltaba! Tuvimos que actuar muy
sigilosamente, abastecer el yate, embarcar y salir sin que nadie se diera cuenta. Solo
en un silencio total conseguimos eludir la vigilancia ubicada allí muy cerca.

Además enfrentamos también otro problema: por un mal tiempo en el golfo,


los marinos establecieron la prohibición de que salieran al mar las embarcaciones.
¡En qué momento coincidieron los diversos obstáculos!; la patana, los soldados, la
prohibición para navegar y la cercanía de la tempestad. Con todos esos factores en
contra no desistimos. Embarcamos primero los medicamentos, luego las armas y
por último a los expedicionarios. Insistí: no se podía hablar ni mucho menos
fumar, el diminuto destello de un cigarrillo podría delatarnos y echarlo todo a
perder. Recuerdo que consulté el reloj, pasada ya la medianoche todo estaba listo.
Subí a bordo y di la orden de zarpar. Para no hacer mucho ruido indiqué poner en
marcha un solo motor, el derecho, porque así el yate se inclinaría hacia la
izquierda, y se alejaría del espigón donde siempre estaban dos soldados de
guardia. Logramos hacer toda la maniobra a pesar del peligro de que varias
decenas de metros más adelante había que pasar otro cable, utilizado por el
trasbordador, que a falta de puente servía de transporte de una orilla a la otra del
río. El peligro consistía en que al cruzar sobre el cable del trasbordador, la hélice de
nuestro cansado barco se enredara con este. Cuando nos acercáramos al dichoso
cable, habría que parar el motor, cruzar y volver a arrancar. Así lo hicimos y todo
salió bien: no hubo ninguna dificultad con los centinelas. En tales condiciones
iniciamos el viaje. Llegamos ya a la salida del río y entramos en el mar. ¡Qué
alegría inmensa sentí! ¿Imaginas cuánto tiempo había soñado, trabajado y luchado
para conseguir emprender la travesía rumbo a Cuba?

Lógicamente, en el río, el barco navegó apaciblemente; pero en el mar, los


bandazos eran terribles. La cáscara de nuez aquella empezó a bailar en las
inmensidades profundas del golfo de México. La tempestad tremenda levantaba
olas realmente grandes. Lo primero que hicimos cuando salimos mar afuera fue
cantar el Himno Nacional, con una alegría que pocas veces en la vida experimenté,
una alegría muy grande porque en ese momento avanzábamos rumbo a Cuba.

La travesía fue muy difícil. El oleaje hacía tambalear el barco y todo el


mundo empezó a marearse.¡Fue un mareo universal, «¡Busquen las pastillas contra
el mareo!», sugirió alguien y resulta que los medicamentos estaban debajo del
armamento... y allí estaba mareado el 80% de nuestra gente. ¡Imagínate, tantos
hombres mareados en un barquito como ese! Era «El Infierno de Dante». La gente
soltaba la vida.

KATIUSKA BLANCO. -Ramiro [Valdés] me contó que él pasó prácticamente


todo el tiempo afuera, en un asiento de proa y que Julito [Díaz], Ciro [Redondo] y
él cuidaban el puesto en una litera junto a una escotilla, así si uno de ellos se
mareaba se recostaba y refrescaba. Ramiro vomitó una sola vez. También
recordaba que Raúl hacía bromas: si alguien vomitaba le preguntaba en francés si
tenía miedo. Recuerdo que usted me contó que hizo la travesía en la parte superior
del barco...

FIDEL CASTRO.-Sí y tuve la suerte de ser uno de los poquísimos que no se


mareó. Creo que conmigo iban en la parte superior del barco los pocos que no se
marearon porque eran los que sabían del mar, hombres como Onelio Pino,
[Norberto] Collado, Pichirilo y [Roberto] Roque.

Al amanecer continuaba el oleaje, y pasó lo peor: a eso de las 11:00 ó 12:00


de la mañana, el barco empezó a hacer agua. ¿Cuál fue la causa? Al montar tanto
peso, el barco caló más, y el agua llegó a las tablas secas, un nivel superior del que
tenía normalmente, y empezó a entrar. Cuando buscamos las bombas para achicar,
no funcionaban, y tuvimos que comenzar a sacar el agua con baldes. En el oleaje
aquel era muy difícil apreciar si el agua bajaba o subía. Recuerdo que en un
momento me senté donde la estábamos sacando con los cubos —hicimos una
cadena—, a tratar de percibir si el agua que entraba era más que la que salía o era
menos.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, según un testimonio escrito por


Roque [navegante] en 1976, desde el 26 de noviembre ustedes avistaron Faro
Triángulo y variaron rumbo 60 grados para evitar los arrecifes de Cayo Triángulo
y la posibilidad de recalar en Punta Palmas, donde era muy segura la presencia de
los guardacostas mexicanos que solían patrullar a los pesqueros norteamericanos
en el golfo de Campeche. Desde ese día el nivel del mar sobrepasaba la línea de
flotación de la nave y el agua se filtraba por las uniones de la madera. Usted, Ciro,
Chuchu, Pichirilo, Roque, Faustino [Pérez] y otros sacaban el agua con cubos en
una maniobra aparentemente inútil; el agua entraba, subía...

FIDEL CASTRO. —Aquello duró bastante rato. Yo dije: Aquí lo único que
queda, si sigue subiendo el agua —ya estábamos como a 80 millas—, es enfilar
hacia la costa para ver si conseguimos llegar. También sucedió que cuando fuimos
a ver los salvavidas de emergencia eran de corcho, viejísimos y estaban en muy
mal estado. Un rato después observé que el agua disminuía poquito a poquito, tras
una frenética batalla de horas. En mis pensamientos me preguntaba si la gente
podría resistir aquel esfuerzo durante días. Pero, bueno, como la humedad
expandió la madera, los resquicios entre las tablas se sellaron y el agua dejó de
entrar... Claro, las condiciones reales del viaje eran muy desiguales a las tenidas en
cuenta para probar el yate —sin carga y en el río—; pero allí con aquellas olas y
con el numeroso contingente a bordo perdió tal vez hasta un tercio de su
velocidad. De modo que el cálculo inicial hecho por nosotros, de llegar a Cuba en
cinco días se hizo imposible. El viaje se tardó siete jornadas.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, cuando conversamos sobre la expedición del


Granma, en enero de 1993, usted también me comentó que durante toda la travesía
maldijo su ingenuidad o desconocimiento marinero al calcular la velocidad del
barco sin tener en cuenta el oleaje y el peso. El yate alcanzó apenas unos 7.2 nudos.
Sin embargo, el timonel Norberto Collado, confesó, en cierta ocasión, que sin el
exceso de carga, el yate se habría hundido. Collado narró que durante las primeras
horas, no sabía si maldecir o bendecir esa circunstancia salvadora. Entre el peso de
las armas, las vituallas y los 82 hombres a bordo

—debían ser solo 15 según la capacidad del barco para un viaje de recreo a
la Isla de Lobos, como se consignaba en el permiso de navegación—, el barco era
un barco de plomo que había que sacar con fuerza del fondo de las olas
embravecidas y su navegar era asmático, lento...

Según la bitácora del yate, para el tercer día de viaje, con el sol afuera como
una señal de buen augurio, el Granma estabilizó su velocidad y la tripulación trazó
a 85 grados un nuevo rumbo paralelo a la costa norte de Yucatán hacia el Cabo de
San Antonio. Ese día Fofo debía poner los telegramas en México, entre ellos uno
dirigido al Sr. Duque de Estrada con la clave: «Obra pedida agotada». El mensaje
cifrado en aquella escueta frase tenía para Frank País otra lectura: la expedición
estaba en camino. Usted indicó esperar la confirmación del desembarco para
iniciar las acciones pero, en el tercer día de viaje, le preocupaba que en Cuba
esperaban que eso ocurriera en la fecha indicada, lo cual sería virtualmente
imposible, y no dos días después por el retraso del Granma.

A la quinta jornada de travesía, el barco surcaba bien alejado de las costas


los mares al sur de la isla, a 104 grados, para recalar de noche en el faro de Caimán
Grande y asegurar así un punto geográfico que permitiera trazar con seguridad el
derrotero de la etapa final del viaje. La tripulación del yate evitó la entrada en
aguas al alcance de la aviación enemiga. No se guió por lo aconsejable desde el
punto de vista náutico, sino por el empeño de no arriesgar la expedición. Por eso,
próximo al faro norte de Caimán Grande, se siguió rumbo nuevo, a 84 grados, que
conducía directamente a Cabo Cruz, marcaba de día los Caimanes Chicos a una
distancia segura y entraba en la zona de peligro ya de noche.

El 30 de noviembre sincronizaron los relojes por un equipo de


radiotelefonía. El sol imprimía a la tarde aspecto de somnolencia y letargo propio
de las horas de mediodía cuando se escuchó la noticia sobre las acciones en apoyo
al desembarco en Santiago de Cuba. Usted y sus compañeros se acercaron a la
radio. Subieron el volumen. Se hizo silencio. La interferencia se llevaba y traía la
voz del locutor. Los partes informaban del ataque al edificio de la policía en la
Loma del Intendente, y a la Aduana en el puerto, de los tiroteos en las calles.
Pedrín Sotto Alba apuntó en su diario que ocuparon el mortero de Léster
[Rodríguez]. Usted le dijo a Faustino: «Quisiera tener la facultad de volar».

FIDEL CASTRO.-Sí, recuerdo con nitidez mi ansiedad por llegar. No


teníamos conocimientos de marinería y nos llevó a situaciones muy difíciles. El
alzamiento de Santiago de Cuba se realizó el 30 de noviembre porque nuestros
compañeros del Movimiento calcularon los cinco días que debía durar la travesía,
y el resultado fue que cuando llegamos ya no existía el factor sorpresa, realmente
las fuerzas enemigas estaban sobreaviso y nosotros lejos de las costas.

¡Navegamos 1500 millas! Pasamos hambre, sed. Como a última hora


tuvimos que partir de manera apresurada, llevamos poco alimento y escasa agua
— el viaje se prolongó dos días—, y te voy a decir algo más: llegamos con una
pulgada de combustible en los tanques; en el barco habíamos puesto, además,
muchos bidones de combustible para reserva, pero no fueron suficientes. El
desembarco fue muy difícil. Onelio Pino, nombrado capitán del yate, había
pertenecido a la marina en Cuba antes de que Batista lo expulsara; precisamente
por su experiencia confiábamos en que atracaríamos en el punto exacto. Más tarde,
desgraciadamente, nos traicionó, reclutado por la CIA. No era un hombre muy
activo ni tampoco ambicioso, más bien de carácter débil. Reclutarlo fue una
canallada de ese repugnante organismo de inteligencia yanqui. Bueno, lo cierto es
que casi en el momento del desembarco, cuando llegamos allí, a las proximidades
de nuestras costas, se creó una confusión tremenda con las boyas —me reñero, al
lugar mismo del desembarco—; dimos una vuelta, luego otra para que él se
orientara —ya era casi de día—, repetimos la maniobra tres veces, hasta que le hice
una sola pregunta: «¿Tú tienes la seguridad de que esa es la isla de Cuba? ¡No
vayamos nosotros a desembarcar en otro lugar, en Jamaica o en otro lado! ¿Esa es
la isla de Cuba?». Yo le hice la pregunta formalmente: «¿De verdad esa es tierra?».
Me dijo que sí y entonces ordené: «Bueno, no des más vueltas y enfila a toda
velocidad hacia la costa». Y así fue que llegamos, hasta que el barco encalló y nos
bajamos. Llegamos a un lugar pantanoso, los hombres se enterraban en el fango.
Pasamos un trabajo tremendo. Fue un desembarco muy difícil, y aquello tuvo sus
inconvenientes.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, el famoso escritor argentino Julio Cortázar,


inspirado en una narración del Che donde lo definía como un naufragio, lo
describió en un cuento con las siguientes palabras: «...y llamarle a eso una
expedición de desembarco era como para seguir vomitando, pero de pura
tristeza». Sé que el agua y la comida escaseaban después de seis soles. Almeida le
cogió dos huecos al cinto para poder abrochárselo en el último día de la travesía.
No tenían para comer más que vitaminas, naranjas y agua en una mínima ración
que no satisfacía el apetito y más bien hacía desfallecer las fuerzas de los
enrolados... Sé también que usted dedicó horas a graduar las mirillas telescópicas
desde el segundo día de la travesía.

FIDEL CASTRO.-Efectivamente, desde aquel día, me dediqué a graduar las


52 mirillas telescópicas de los fusiles, algo que no había podido hacer debido a la
situación creada en México. El movimiento del barco y la brisa entorpecían la
exactitud con que debía realizar aquella labor minuciosa. Debía fijar la vista con
cuidado y calcular en unos pocos metros el alcance de los fusiles para una distancia
de hasta 600 metros. La operación debía tener en cuenta las marcas de fabricación
de las armas: belgas, suecas, norteamericanas. Insistí en realizar aquella ardua
faena porque, como tirador, sabía que si la graduación de las mirillas era correcta
podríamos ser certeros y ahorrar por esa vía cientos de disparos, lo cual resultaba
decisivo, de acuerdo con las municiones y el arsenal de que disponíamos para la
guerra.

Al pasar de los días, ya el último, en la madrugada vivimos el momento


dramático en que Roque cayó al mar... Cuando ya desistían de continuar
buscándolo, di la orden de persistir aunque eso implicara el riesgo de llegar en
pleno día a la costa. En el intento final conseguimos rescatarlo. Como se conoce,
desembarcamos el 2 de diciembre. Así vivimos aquella «aventura del siglo», como
la llamó el Che.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, lo hicieron por un lugar alejado de la playa por


donde el mangle y los espinos enredan el monte. Usted me contó que el primero en
lanzarse fue René Rodríguez y el segundo usted y que por el peso de su cuerpo y
de las armas se hundió en el fango. Leí que en el momento de abandonar el barco,
el Che le preguntó a Raúl el nombre de la embarcación para anotarlo en su diario y
ambos bordearon el costillar del barco, como si se tratara de un enjuto Rocinante.
Con el agua al pecho llegaron hasta la popa, donde está la inscripción. Al principio
pensaron que decía Gamma, como la letra del alfabeto griego; luego leyeron
Granma. Ramiro también fue de los últimos en desembarcar y recogió un fusil
antitanque que se quedaba en el barco. Después fue la odisea de avanzar entre la
maleza retorcida de las zonas bajas de la costa sur, con los palos punzantes
enredándolos y haciéndolos tropezar y caer, y ustedes incorporándose más con la
voluntad que con las pocas fuerzas que les restaban y, por si fuera poco, el infernal
cañoneo, una sed de salitre partiéndoles los labios y la sal del sudor quemándoles
la piel y las ampollas...

FIDEL CASTRO.-Desde el primer momento, la aviación nos sobrevolaba.


Avanzábamos, además, con tal preocupación y por ello no nos percatamos de las
tropas que se aproximaban por tierra. También influyó la falta de experiencia;
teníamos muy poca en aquellos momentos. El día 5, en Alegría de Pío, ubicamos
las postas demasiado cerca del lugar de la acampada, y como consecuencia se
produjo un ataque por sorpresa del Ejército de Batista, y nuestras fuerzas se
dispersaron. Fue un momento muy duro, muy difícil.

Logramos reunimos nuevamente unos pocos y en condiciones muy difíciles


reanudamos la lucha, para obtener la victoria al cabo de 25 meses. Tal vez habría
sido mejor llevar desde México un contingente más reducido. Tal vez habrían
bastado 30 ó 40 expedicionarios nada más y llegar con mucha más seguridad
durante la travesía y el camino hacia las montañas. Porque la vida nos impuso
realidades: la idea original de llegar a Cuba con 300 hombres e igual número de
armas automáticas, se redujo a un arma automática, 82 hombres, y al final ni
siquiera eso, sino reanudar la lucha con ocho hombres y siete fusiles.

Siempre que pienso en ello me pregunto cómo fue posible, porque fue duro,
muy duro el avance por el agua sobre un fango movedizo que amenazaba tragarse
a los hombres sobrecargados de peso. Casi dos horas demoramos en dejar atrás
aquel infernal pantano. Acabábamos de arribar a terreno firme y ya se escuchaban
los disparos de un arma pesada contra el área de desembarco en las proximidades
del solitario Granma.

La situación empeoró precisamente porque el mando enemigo había sido


informado y reaccionó de inmediato, atacó por mar a la expedición y ametralló por
aire la zona hacia donde marchaba nuestra pequeña fuerza. Ya hablé de las
terribles condiciones en que realizamos el viaje, así que eran tremendos el grado de
fatiga, cansancio físico, sueño, hambre, en que nos encontrábamos cuando
tratamos de emprender la marcha hacia la Sierra Maestra. Días después, el 5 de
diciembre, fue que nos atacaron por sorpresa en un pequeño bosque donde
esperábamos el anochecer para seguir adelante. Aquello fue horrible, un revés
tremendo, se dispersaron nuestros combatientes y se produjo una búsqueda tenaz
de los expedicionarios. Se perdieron muchas vidas valiosas de combatientes que en
su inmensa mayoría fueron asesinados después de caer prisioneros. En ese
combate perdimos además, casi todas las armas.

Muchos hombres comenzaron a vagar solos, otros en pequeños grupos,


como Raúl que andaba con cuatro hombres más, y Almeida con otro pequeño
grupo. Yo estaba con Universo Sánchez, después se sumó Juan Manuel Márquez, el
segundo jefe de la expedición; pero lo perdimos de vista y finalmente se nos unió
Faustino Pérez, el médico.

KATIUSKA BLANCO. -Usted se refiere al combate de Alegría de Pío. En el


libro, La Conquista de la Esperanza, donde aparecen apuntes de los diarios de
campaña de Raúl y del Che, se puede conocer mucha información, uno siente que
puede palpar la historia, emociona conocer de puño y letra de ambos combatientes
lo que vivían en tales circunstancias: los hombres dispersos, los días y días sin
comer ni beber agua, sin saber el paradero de los demás compañeros, sin un guía
que pudiera orientarlos en aquellos parajes desconocidos. Pero en los apuntes del
día 18 de diciembre, ya se aprecia un cambio en el estado de ánimo de Raúl. Había
tenido lugar el histórico encuentro con usted en la finca de Mongo Pérez en Cinco
Palmas.

FIDEL CASTRO.-A mí también me han impresionado muchas veces los


apuntes recogidos en los diarios, aunque en la guerra no era partidario de llevarlos
por razones de seguridad. ¡Cuánta información podría aportar un diario al
enemigo! Pero reconozco que, con el tiempo, los hechos a veces no son narrados
con exactitud, la gente se apasiona y agrega detalles surgidos de su imaginación,
cosa que influye negativamente en el recuento histórico, en tal caso, los diarios
cobran mayor importancia. En verdad, fue una etapa muy dura. A raíz del combate
de Alegría de Pío, cuando se produjo la dispersión de nuestras fuerzas, yo estaba
con Universo Sánchez, entonces llegó Juan Manuel, quien ya en plena retirada se
nos perdió y aunque di instrucciones a Universo para que se moviera en su busca,
no lo encontró. Seguimos, atravesamos varios cañaverales y llegamos a la
guardarraya. Nosotros conservábamos nuestros fusiles y cuando ya estaba
empezando a oscurecer, vimos que se acercaba un hombre, parecía un soldado; no
obstante, le dije a Universo que no disparara hasta que no lo tuviera bien cerca.
Universo le apuntó con su fusil de mira telescópica; pero cuando la persona se
acercó se dio cuenta de que se trataba de Faustino Pérez, el médico. Entonces
cruzamos la guardarraya y nos internamos en un pedazo de monte. Decidimos
pasar la noche allí, pues los soldados andaban por todas partes.

Al otro día, recuerdo que estuvimos discutiendo sobre qué hacer, yo era
partidario de quedarnos en el monte y movernos a través de la espesura hacia el
Este en busca de la Sierra, y Faustino decía que en los cañaverales era donde
podíamos calmar el hambre y la sed para sobrevivir. Lo cierto es que no estaba de
acuerdo con el criterio de Faustino, además no traía fusil. En un acto de
indignación ante la idea de que el esfuerzo de tanto tiempo se perdiera, no discutí
una palabra y seguí directo por los cañaverales, algo que dio lugar a que los F-47
de Batista, nos descubrieran y atacaran con ocho ametralladoras calibre 50 cada
uno. Fue algo terrible, de lo cual salimos vivos por ocho o diez pasos que dimos en
una dirección determinada para acercarnos a un tupido campo de caña. No
obstante, las balas pasaban por encima o muy próximas a nosotros, a pocos metros
de llegar a este. Es decir, al salir del bosque y marchar por las cañas viejas, fuimos
descubiertos y atacados por la aviación que había comenzado a sobrevolar desde el
amanecer. Tratamos de ocultarnos en la manigua de un lote de caña en demolición,
pero los aviones, comenzaron a ametrallar, inicialmente a menos de 50 metros y
después directamente. Nos habíamos apartado unos metros de la manigua y nos
cubrimos con paja de caña vieja: Después de cada pase de los aviones, llamaba por
su nombre a Faustino y a Universo para saber si estaban vivos.

En un momento de calma nos movimos unos 40 metros de distancia, para


enterrarnos en una caña más alta. Los ojos se me cerraban y no pude impedir el
sueño, pero en caso de sorpresa no me iban a capturar vivo como cuando el
Moncada, coloqué el fusil entre las piernas, aligeré uno de los dos gatillos y apoyé
la punta del cañón debajo de la barbilla.

KATIUSKA BLANCO. -Siempre me impresionó ese pasaje, lo percibo


dramático porque sé que pasó por su mente la idea de matarse si los soldados
llegaban donde usted, ¿no es cierto?

FIDEL CASTRO.-Sí, estaba una avioneta vigilando constantemente, era casi


imposible que no nos capturaran si llegaban las tropas a explorar el resultado y
antes de que me capturaran otra vez dormido, como es lógico prefería morir.
Desde las guerras mambisas existía toda una concepción de no permitir que el
enemigo te hiciera prisionero, además de que lo más probable era que nos
asesinaran, porque ya no se repetiría un segundo milagro, y yo no me resignaba a
la idea de ser otra vez un prisionero de guerra. Era tal el odio, la repulsa, el
recuerdo de los crímenes del gobierno tras el Moncada, que no podía quedarme
dormido y despertar de nuevo con los fusiles sobre el pecho. Era imposible
imaginar esa tragedia. Creo que esa idea tiene que ver además con nuestras
tradiciones, con la mentalidad de nuestro pueblo, con su sentido del honor. ¿Para
que darle al enemigo el gusto de caer otra vez prisionero? A mí me parecía
sumamente humillante. Son circunstancias especiales en las que privarse de la vida
está justificado, cuando vi que no podía evitar dormirme. Lo otro es tener sangre
de mártir cristiano y yo no la tengo.

KATIUSKA BLANCO. -Lo escucho y pienso que fueron horas graves.


¡Imagínese!, pudo morir fortuitamente, al disparársele el fusil por un leve roce, por
bostezar o hacer algún gesto brusco mientras dormía. No creo que haya sido un
impulso de juventud, ¿usted cómo lo considera?

FIDEL CASTRO.-Hoy pensaría y haría exactamente igual, porque parto de


una concepción revolucionaria y realista. Nosotros representábamos la causa de
nuestro pueblo, no estábamos allí para tratar de sobrevivir sino para ser
consecuentes hasta el final, además, siempre dimos mucho valor a la idea de que
cuando los hombres no pueden ser otra cosa, pueden ser símbolos, pueden ser
banderas, eso lo dijo Mella: «Hasta después de muertos somos útiles, porque
servimos de bandera».

Por suerte, no se le ocurrió al enemigo revisar aquel punto en busca de


cadáveres después del bombardeo. Por otro lado no podía imaginarse que yo
estaba allí. Ya en la noche, pudimos seguir avanzando y llegamos a un cañaveral
más tupido. A pesar del revés, confiaba en que los combatientes que lograran
burlar al enemigo, cumplirían la orden de marchar a la Sierra. A tales alturas no
sabía cuántos hombres habían muerto ni cuántos habían sido capturados por el
enemigo.

Avanzamos lentamente entre las filas enemigas, durante varios días hasta
que llegamos a un punto después del río Toro, donde comienza propiamente la
Sierra Maestra. Bajamos y llegamos hasta las proximidades de una casa, pero era
de noche todavía y decidimos esperar al día siguiente.

Desde la cima de una pequeña elevación estuvimos todo el tiempo


observando la casa y ya sobre las 4:00 de la tarde, como no se había observado
nada sospechoso, le dije a Faustino que fuera allí a buscar información y que
pidiera comida para 20 ó 25 personas a fin de desorientar en relación con la
cantidad de expedicionarios. Los campesinos nos dieron comida y tomamos agua
después de siete días. Por cierto, recuerdo que Faustino, como médico, recomendó
que la tomáramos en pequeños sorbos pues de lo contrario nos haría mal;
estábamos prácticamente deshidratados. Universo, que andaba descalzo, con las
medias llenas de paja, consiguió unas alpargatas. Allí supimos sobre los crímenes
cometidos por los guardias con los expedicionarios y nos explicaron los caminos
para internarnos en la Sierra. Un práctico nos condujo hasta la Loma de la Yerba y
ya después hicimos contacto con los hermanos Rubén y Walterio Tejeda que
pertenecían a la red de recepción preparada en la zona. Después seguimos y
acampamos en el monte. Allí, en nuestro pequeño campamento, dio con nosotros
Adrián García, el padre de Guillermo, quien sabía por Eustiquio Naranjo de la
presencia de algunos expedicionarios en la zona y traía comida, leche y café. Yo me
presenté como Alejandro, pero él no se tragó el cuento, creo que había visto unas
fotos mías en Bohemia. Era un hombre realmente inteligente. Conversó despacio y
sereno, de repente miró una estrellita metálica que yo tenía en la gorra desde el
Granma y dijo algunas palabras con referencia a las guerras de independencia. Sin
duda se dio cuenta de que yo no me había identificado totalmente. De más está
decir que en cuanto un visitante se despedía, cambiábamos de lugar. Estábamos
superdesconfiados.

Al otro día llegó Guillermo, y entonces supimos de la suerte corrida por


muchos de nuestros compañeros, de algunos asesinados o capturados y de los que
fueron contactados por nuestros colaboradores campesinos. Queríamos cruzar ese
mismo día la línea de soldados entre Niquero y Pilón. Guillermo nos informó que
él conocía que los soldados abandonarían dicha línea. Decidimos esperar aunque
nos ubicamos en otro punto de la zona. Sucedió lo que él dijo y ese día los soldados
abandonaron la línea. Llegada la noche contactó con nosotros e iniciamos la
marcha en dirección a la finca de Mongo Pérez, a cuyas proximidades llegamos
casi amaneciendo en una noche de luna plena. Es lo que recuerdo.

Seguimos la marcha y, finalmente, luego de atravesar unos cafetales,


salimos al fondo de la casa de Mongo Pérez. A los pocos minutos él salió,
estuvimos hablando e intercambiamos algunas impresiones, después acampamos
entre unas palmas en el centro de un pequeño cañaveral. La finca de Mongo Pérez
en Cinco Palmas era el punto seleccionado para recibir a los expedicionarios
agruparlos y organizados antes de partir a las zonas más intricadas de la Sierra
Maestra.

KATIUSKA BLANCO. -Y allí se produjo el encuentro con Raúl, ¿cómo usted


lo rememora?
FIDEL CASTRO.-Sí, llevábamos un día en nuestro campamento cuando se
apareció Primitivo Pérez, un muchacho que vivía y trabajaba en la finca, venía con
una cartera —una billetera—, entregada en la casa de Mongo Pérez para que me la
hiciera llegar. Dentro, estaba la licencia mexicana de conducción de Raúl. Le
pregunté dónde se encontraba y si estaba armado, entonces me explicó que él se
había presentado como Raúl Castro en la casa del campesino Hermes Cardero y
que le había mostrado su licencia. Este campesino la entregó en la casa de Mongo.
De todas formas, todo esto podía ser una trampa, entonces le dije: «Mira, te voy a
dar los nombres de los extranjeros que vinieron con nosotros, uno es argentino y se
llama Ernesto Guevara, le dicen Che, y el otro es dominicano, se llama Mejía y le
dicen Pichirilo. Ahora tú vas para allá y le preguntas por estos combatientes, si te
dice bien los nombres y los apodos de cada uno, es Raúl».

Al mediodía regresó el campesino con la respuesta. Aquel hombre había


pasado la prueba, no cabía duda de que se trataba de Raúl. Llegaron en la
medianoche, fue un momento inolvidable, de gran emoción. Yo no me sentía
derrotado a

pesar del revés de Alegría de Pío, pero aquel encuentro me aportó la certeza
de que ganaríamos la guerra.

KATIUSKA BLANCO. -Escuchándolo hablar de aquel encuentro, de los


campesinos que ayudaron, de la importancia de la finca de Mongo Pérez, me viene
a la mente la extraordinaria labor de Celia Sánchez en la organización del
campesinado de la zona para apoyar el desembarco. El día 19, Mongo Pérez bajó a
informar a Celia de la presencia de usted, Raúl y otros compañeros en su finca,
contó en detalle lo acontecido e informó que se quedarían unos días en espera de
otros compañeros que, según los campesinos comprometidos, estaban en la zona.
Mongo comunicó a Celia las instrucciones suyas y siguió para Santiago a informar
a Frank País, uno de los pilares de la lucha en el llano. El día 21 se produjo el
encuentro con los hombres de Almeida, y el 22 en la tarde regresó Mongo de sus
contactos con Celia y Frank. Trajo dinero, ropa, botas, medicinas, entre otras cosas
que Celia envió de inmediato. Por otro lado se recibieron noticias de que Guillermo
y otros compañeros localizaron algunas armas del Granma. La situación era muy
incierta todavía, recién comenzaban a reorganizarse; no obstante, el pequeño
ejército formado por algunos expedicionarios y un grupo de campesinos, obtuvo
muy pronto sus primeras victorias. ¿Es así, Comandante?

FIDEL CASTRO.-Sí, en enero se alcanzaron las primeras victorias, ya para


entonces se habían incorporado otros expedicionarios y sumábamos alrededor de
18, más los campesinos de la Sierra incorporados a la guerrilla. Fueron los días 17 y
22 de enero. El 17 fue el de La Plata que, después del fracaso en Alegría de Pío, nos
llenó de regocijo y satisfacción. Nuestro objetivo era ocupar las armas. Si los
soldados se hubieran entregado antes, no hubiera habido derramamiento de
sangre. Por nuestra parte no hubo muertos ni heridos y a los prisioneros los
dejamos seguir su camino.

KATIUSKA BLANCO. -Para mí fue reveladora la lectura de las anotaciones


del diario de Raúl al finalizar aquel combate, dice:

«Como no teníamos medicinas allí, nada pudimos hacer por el momento


con los heridos. Acordamos pues que los dos prisioneros y el herido leve nos
acompañaran hasta el campamento para darles allí medicinas y q[ue] ellos los
curaran hasta por la mañana que llegaran sus compañeros], ya que por lo
avanzado de la hora, nuestro médico no podía atenderlos debidamente, si no con
mucho gusto lo haríamos. Le prendí candela al cuartel, la única casa que quedaba
sin arder y después de colocar los heridos distantes del fuego, nos marchamos. El
herido q[ue] me regaló el cuchillo, creyendo que nos íbamos empezó a gritar
lastimosamente: «No me dejen solo que me muero», él ignoraba que momentos
después volverían 3 de sus comp[añero]s, con medicinas nuestras para curarlos.

»Tomamos rumbo hacia el campamento. Me puse al lado de un prisionero


y, echándole un brazo por arriba de los hombros, así, fui hablando con él de la
ideología de nuestra lucha, del engaño que eran víctimas ellos por parte del
gobierno y todo lo concerniente al tema q[ue] el tiempo y lo corto del camino nos
permitió, él me pidió q[ue] anotara su nombre y q[ue] en el futuro no me olvidara
de él, ya q[ue] era pobre, q[ue]mantenía a su mamá, y él no sabía lo q[ue] iba a
pasar. Nos despedimos de los prisioneros con un abrazo; soltamos a los civiles
presos, uno de ellos nos serviría de guía y nos encaminamos rumbo a Palma
Mocha, por un camino que bordea la costa».

Pienso, Comandante, que tales palabras de su hermano Raúl son una


muestra de los sentimientos de solidaridad, justicia y amor hacia los seres
humanos que animaban a la guerrilla rebelde desde sus días augúrales, al punto de
ser magnánimos con los adversarios. Impresiona la última frase de Raúl:

«Desde lo lejos, se veían arder sobre los cuarteles de la opresión, las llamas
de la libertad. Algún día no lejano sobre esas cenizas levantaremos escuelas».

FIDEL CASTRO.-Aquel día el entusiasmo por el triunfo fue grande. El


combate iniciado a la 1 y 50 de la madrugada, si mal no recuerdo, duró 40 minutos.
La patrulla del ejército había regresado al anochecer de un vandálico recorrido
guiado por el mayoral de una compañía que reclamaba la propiedad de miles de
hectáreas boscosas que nunca adquirió. Lo exigía a los campesinos, ciudadanos
muy pobres, que azotados por el desempleo en los llanos buscaban un pedazo de
tierra en las montañas para vivir penosamente con la mujer y los hijos.

Durante el combate las descargas de nuestras reducidas armas, eran


acompañadas por la apelación de que se depusieran las suyas. Sin duda pensaban
que haríamos lo que ellos con los prisioneros. El ardor y la iniciativa de nuestros
combatientes se multiplicó y al final todos los soldados enemigos con excepción de
uno, estaban muertos o heridos. El jefe había escapado en medio del combate.
Nuestras armas se incrementaron un 70%. De inmediato continuamos la marcha
fuera del monte, hasta el arroyo montañoso de Palma Mocha. Era ya de día. Lo
hicimos intencionalmente a la vista de los vecinos; tenía la seguridad de que
después del combate de La Plata, el enemigo se lanzaría con furia a perseguirnos.
Se hacía necesario buscar un lugar apropiado para medir de nuevo nuestras
fuerzas frente al enemigo. Ellos seguirían las huellas que dejáramos y nosotros
utilizaríamos el método de la emboscada sobre una tropa en marcha. En el camino
encontramos un espectáculo muy triste, a decenas y decenas de familias
campesinas que el día antes habían recibido la orden de abandonar sus tierras:
mujeres embarazadas, niños pequeños, ancianos, cargaban a la espalda lo poco que
pudieron recoger. Para el ejército, de las fuerzas expedicionarias no quedaba nada,
pero con el pretexto de que la zona sería bombardeada debido a la presencia
guerrillera, las autoridades hicieron un desalojo campesino en masa con el fin de
que la compañía se apoderara de todas las tierras.

Finalmente, encontramos el lugar que nos convenía, una especie de meseta


descampada en la ladera de la montaña, conocida como los Llanos del Infierno,
donde acampamos; ya el 20 organizamos la emboscada. Estaba seguro de que el
ejército iría por nosotros y así fue: el día 22, un pelotón selecto de paracaidistas que
iba a la vanguardia de 300 hombres avanzó en la dirección que esperábamos; la
acción duró alrededor de 30 minutos y nuestro plan se cumplió cabalmente. Una
típica emboscada guerrillera. A nuestros combatientes no les quedó duda alguna
de que podíamos enfrentar al enemigo, a pesar de su superioridad en hombres y
armas. La reacción enemiga fue muy fuerte, a dichos combates siguieron días de
persecución implacable, se hizo mayor el riesgo de exterminio de nuestra fuerza
que se creó nuevamente con una resistencia tenaz.

Recuerdo que el mayor peligro de liquidación de nuestro pequeño núcleo


combatiente se debió a la traición de Eutimio Guerra, un campesino astuto y
combativo que se había hecho esencial y que se volvió traidor al caer prisionero en
una de sus misiones. El enemigo le ofreció dinero abundante, grado y cargo, con la
misión de asesinarme y de ser posible, llevar al destacamento a una trampa mortal,
lo que en más de una oportunidad estuvo a punto de conseguir.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, ¿en algún momento percibió tan


próximo el peligro o la sensación de que cerca alguna amenaza acechaba?

FIDEL CASTRO.-Ya sospechaba de Eutimio por pequeños indicios, y


recuerdo que una noche durmió al lado de donde yo descansaba, pero Raúl había
tomado disposiciones para mi seguridad y muy cerca permanecían algunos
compañeros que nunca me dejaban solo. Recuerdo una vez que Eutimio pidió
conversar conmigo en solitario; sin embargo, Universo no se apartó de mí, nos
siguió de cerca todo el tiempo. Conversamos en un cafetal y, mientras
caminábamos, Eutimio se viraba constantemente hacia él y mascullaba mal su
nombre; bajito, como molesto, murmuraba una y otra vez: «Aniverso, Aniverso».
Me preguntó qué ganaría él después de que triunfáramos y tal pregunta me
permitió calar sus motivaciones, supe qué tipo de persona tenía delante por
aquella pregunta. No le dije nada y le respondí no recuerdo qué cosa, pero ya no
importaba, la pregunta retrató al hombre de cuerpo entero. No olvido nunca las
palabras con que le reclamó Ciro Frías —un excelente combatiente de estirpe
campesina que se sumó a nosotros y murió más tarde como comandante—. Una de
las delaciones de Eutimio provocó que a un hermano de Ciro —Antonio—, lo
torturaran, le vejaran su mujer a la vista de él y finalmente lo ahorcaran. Cuando
capturamos al traidor en su cuarto intento de entregarnos al enemigo, la voz de
Ciro era firme: «Compadre», le decía, «¿cómo usted ha sido capaz de hacer lo que
ha hecho? Usted, mi compadre (...) Usted, compadre, ha matado a Antonio». Le
agregaba que había quemado vivo a un muchachito que era arriero de Ciro y, por
último, le decía: «Usted ha querido matarme a mí, compadre, a mí y a mis
compañeros, usted ha matado a Julio», se refería a Julio Zenón, víctima de la más
seria maniobra de cerco y exterminio organizada por el ejército enemigo, de la que
me percaté por pura intuición una hora antes de que se realizara, cuando ordené el
movimiento que nos salvó a todos por cuestión de minutos y los compañeros
llevaron a cabo por pura disciplina, pues no podían imaginarlo. Recuerdo que Ciro
concluía: «Usted no tiene perdón, mi compadre».

Fue por aquellos mismos días críticos, que consideramos necesario dar a
conocer que la guerrilla estaba activa, que los rebeldes permanecíamos en la Sierra
dispuestos a luchar hasta el final; desmentir las noticias falsas de que los
expedicionarios y los principales líderes habíamos sido exterminados. Por eso
coordinamos para que un periodista norteamericano nos entrevistara. Para
entonces Faustino había bajado de la Sierra con la misión de comunicar a los
miembros del Movimiento que vivíamos y seguíamos la lucha. Además debía
contactar con la prensa extranjera, pero llegó el momento en que se hizo
imprescindible agilizar esa gestión para que el pueblo tuviera noticias de nosotros
y se conocieran, en el ámbito internacional, los combates librados. Entonces envié a
René Rodríguez con la misión de verlo para que coordinara la entrevista. René
estuvo en Manzanillo, informó a Celia el motivo de su viaje y dejó establecidos los
contactos para el regreso.

KATIUSKA BLANCO. -Sí, el periodista norteamericano fue contactado a


través de la señora Phillips, corresponsal del diario The New York Times aquí y
acreditada ante la embajada. Tengo entendido que ella se interesó enseguida en
asumir la entrevista, pero se le explicó que las condiciones de la Sierra eran muy
difíciles, por eso designó a [Herbert] Matthews.

FIDEL CASTRO.-Cuando Matthews llegó a Manzanillo con Faustino, René


estaba allá, él regresó antes y 1º habían puesto al tanto de una decisión que tomé
después de su salida para La Habana: toda la dirección del Movimiento subiría en
tal oportunidad a la Sierra Maestra. Consideramos oportuno aprovechar la
circunstancia de la entrevista para realizar la primera reunión con los combatientes
del llano que también se estaban organizando en aquellos días.

A mí me interesaba mucho el encuentro, era importante que el periodista se


llevara la impresión de que existía allí un ejército fuerte, organizado. Le dimos a
entender que existían varias tropas en diferentes puntos, cuando en realidad
nuestra situación aún era muy adversa, los combatientes tuvieron incluso que
intercambiar la ropa de manera que cuando estuvieran delante del periodista,
tuvieran una mejor apariencia. Recuerdo que contábamos con Vilma y con Javier
Pazos en caso de que hiciera falta traducir, pero, entre lo que yo sabía de inglés y lo
que Matthews sabía de español, logramos entendernos bastante bien. Después
cuando él publicó su primer artículo hubo cierta polémica porque Batista reclamó
pruebas de que lo dicho fuera cierto, entonces Matthews publicó días después una
foto mía con mi fusil de mira telescópica y ya, para que no quedaran dudas,
publicó luego una en la que aparecíamos los dos durante la entrevista. Era un
periodista de gran prestigio, que antes había comunicado su interés en relación con
la situación de Cuba y que había estado en la Guerra Civil Española, él tenía una
posición liberal dentro de la prensa norteamericana. La señora Phillips lo sabía, a
ella le había manifestado su interés, por eso lo designó, aunque no le dijo a quién
entrevistaría; cuando llegó a La Habana fue que supo los detalles.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, Matthews era el hombre ideal para la


entrevista, había sido partidario de la República Española y cubierto como
periodista dichos acontecimientos. En el libro Tinisima de la escritora mexicana
Elena Poniatowska, un pasaje describe la actitud honorable del corresponsal
norteamericano Herbert Matthews, quien se indigna al presenciar la humillación
que se le hace en la frontera francesa a un republicano español. En el mismo lugar
donde usted se entrevista con Matthews, en la finca de Epifanio Díaz, tiene lugar el
primer encuentro con los combatientes del llano. ¿Qué detalles registró su
memoria?

FIDEL CASTRO.-Supe que los compañeros estaban muy contentos y que


mientras preparaban la subida a las montañas para encontrarse con nosotros, se
presentó lo del periodista, entonces el viaje sucedió antes de lo que imaginaban.
Conversamos largamente, yo quería saber los detalles de la situación en el llano y
ellos se mostraban ansiosos por conocer todo lo que habíamos vivido, y cómo
logramos resistir. En aquel encuentro compartimos criterios sobre el refuerzo, les
dije lo que necesitaba, especialmente a Frank, le pregunté por las armas que se
habían podido rescatar del alzamiento del 30 de noviembre y de qué forma podían
hacerlas llegar a la Sierra, le hablé de la cantidad de fusiles y balas imprescindibles
para armar a 100 hombres y acerca de la posibilidad de ir, sobre la marcha,
fortaleciendo nuestro grupo de combatientes en la medida que se libraran
combates y ocupáramos armas al enemigo.

Debo añadir algo. Yo no conocía a Matthews y lo traté como un periodista


importante de uno de los más conocidos e influyentes órganos de prensa de
Estados Unidos, ignoraba su brillante historia y su calidad humana como hombre
progresista y honesto. Batista cayó en la trampa de sus propias mentiras. De haber
estado consciente de estos aspectos es muy probable que mi conversación hubiera
sido diferente. En esos días no dependíamos de las apariencias, sino de nuestra
fuerza real y ya entonces éramos gigantes en comparación con lo que poseíamos
cuando éramos solo dos hombres armados y después siete, en el momento que
tuve 4a convicción de que ganaríamos aquella guerra. No debíamos haber
utilizado aquellos ardides para impresionar a Matthews. Después lo conocí bien y
era un hombre honorable por el que siempre sentí respeto y aprecio. Todo siguió
dependiendo de nuestro espíritu de lucha y, no poco, del azar.

KATIUSKA BLANCO. -En verdad, Comandante, usted siempre ha sido un


hombre extraordinariamente optimista, usted mismo ha dicho que esta es una
cualidad irrenunciable en un revolucionario. Algunos años después del triunfo,
Haydée Santamaría contó que ellos iban al encuentro con la idea de proponerle su
salida de la Sierra y que regresara más adelante en mejores condiciones, pero que,
finalmente, nadie se atrevió a pedírselo al escucharlo hablar con tanto entusiasmo
y determinación aquel día, cuando con tan pocos hombres y prácticamente sin
armas ni suministros, usted les trasmitió una seguridad total, al punto que bajaron
convencidos de la victoria rebelde.

FIDEL CASTRO.-Sí, yo no tenía dudas; pero lo ideal hubiera sido comenzar


la lucha en la Sierra después del Moncada, se hubiera evitado el exilio, la
expedición, el desembarco en condiciones tan difíciles, la pérdida de tantas vidas
valiosas; además, hubiéramos contado con el apoyo del pueblo santiaguero. Pero
bueno, no pudo ser, ya estábamos en la Sierra, teníamos un grupo muy fuerte en el
llano y a partir de aquel encuentro comenzaría a llegar el refuerzo. Hombres y
armas se concentraron en Manzanillo, en un marabuzal que Celia escogió porque
ofrecía seguridad, el traslado se hizo en la más estricta clandestinidad. Nuestros
combatientes se jugaban a diario la vida, tuvieron que ser muy astutos, muy
discretos y muy valientes.

También se fueron sumando campesinos, y como las condiciones de vida en


la Sierra eran tan difíciles, dedicamos tiempo a explorar el terreno donde
operábamos, a entrenarnos..., trabajamos mucho en la preparación de nuestros
combatientes para la lucha en las montañas.

KATIUSKA BLANCO. -Otro combate muy arriesgado, que provocó una


fuerte reacción enemiga unos meses después, fue el de Uvero, el 28 de mayo de
1957, ¿no es así?

FIDEL CASTRO.-Sí, fue un combate feroz, muy arriesgado contra fuerzas


fortificadas enemigas a orillas del mar. En tal ocasión se ocuparon numerosas
armas y, por supuesto, la reacción enemiga fue tremenda. Debo recordar que aquel
tipo de acción no se conciliaba con los conceptos elaborados para desgastar y
destruir al enemigo con un mínimo de bajas. La llevamos a cabo para tratar de
evitar el aniquilamiento de un grupo de hombres de otra organización política, que
procedentes de la Florida, desembarcaron por las proximidades de Sagua, al norte
de Oriente. Tal vez no debimos realizar aquella acción que se tornó bien compleja,
aunque fue victoriosa al derrotar y ocupar el armamento de una compañía de
ejército reforzada. Aquel resultado habríamos podido alcanzarlo con un mínimo o
ninguna baja y muy poco gasto de municiones emboscados en caminos
importantes, pero entonces tal vez tampoco habríamos llegado a ser el tipo de
revolucionarios que fuimos después. A partir del duro combate de El Uvero,
creamos una segunda fuerza con personal de la Columna N° 1 y varios
campesinos, comandada por el Che, la columna N° 4. Él se destacó en aquel
costoso episodio de guerra, fue el primer oficial ascendido a comandante.
Recuerdo que, poco después de la creación de aquella segunda fuerza, supimos de
la muerte de Josué País, y apenas un mes después nos sorprendió una noticia que
causo una profunda conmoción: la caída de Frank País.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, entre los documentos que traje para la


entrevista, se encuentran las palabras

que usted escribió con motivo del asesinato de Frank. ¿Me permite leerlas?

«No puedo expresarte la amargura, la indignación, el dolor infinito que nos


embarga. ¡Qué bárbaros! Lo cazaron en la calle cobardemente, valiéndose de todas
las ventajas que disfrutan para perseguir a un luchador clandestino. ¡Qué
monstruos! No saben la inteligencia, el carácter, la integridad que han asesinado.
No sospecha siquiera el pueblo de Cuba, quién era Frank País, lo que había en él de
grande y prometedor. Duele verlo así, ultimado en plena madurez, a pesar de sus
veinticinco años, cuando estaba dándole a la Revolución lo mejor de sí mismo.[...]
¡Cuánto sacrificio va costando ya esta inmunda tiranía!».

FIDEL CASTRO.-Sí, en realidad, la muerte de Frank fue un golpe muy duro


para el Movimiento, él era el responsable de Acción Nacional en aquel período,
había realizado una labor importantísima en la reorientación de los grupos de
acción, la organización de la lucha en el sector obrero y la estructuración de la
resistencia cívica. Las últimas semanas de su vida las dedicó a impulsar la sección
obrera del Movimiento. Fue la figura máxima en la clandestinidad desde mucho
antes de iniciarse la guerra en las montañas. Los dos hermanos dieron la vida por
la Revolución. A Frank lo asesinaron en plena calle y su muerte provocó una
reacción popular espontánea de tal magnitud que la ciudad se paralizó durante
varios días. El entierro del joven luchador se convirtió en una gran manifestación
de rebeldía, la más representativa en la historia del pueblo santiaguero hasta
entonces. Fue la mayor expresión de repudio generalizado contra el régimen de
Batista.

KATIUSKA BLANCO. -Hace poco leí que cuando Vilma visitó México,
usted le habló con admiración de Frank, de todo lo que él había logrado hacer en
Santiago y de su capacidad de burlar al enemigo en acciones altamente riesgosas,
propias de la vida clandestina. También conocí historias de los combatientes del
llano. ¿Podría explicarme, Comandante, dónde radicaba la dirección del
Movimiento? ¿Ellos actuaban siempre en correspondencia con sus instrucciones?

FIDEL CASTRO.-La dirección del Movimiento en el llano tenía plena


autonomía, cuando yo estaba en el exilio, ellos se encargaban de la organización,
asumían diferentes tareas: reclutar gente, hacer campañas políticas, agitar, accionar
contra el gobierno, reunir fondos, captar estudiantes, obreros, campesinos, y
enviarlos para México. De igual forma se mantuvieron los vínculos con el llano en
la etapa de la guerra. Algunos en la Sierra formábamos parte de la dirección del
Movimiento, pero muy pocos, los demás estaban en el llano y tenían, al igual que
en la etapa de preparación, una gran autonomía. En todo ese tiempo, tuvimos un
puntal muy fuerte en la figura de Frank País, su muerte fue uno de los golpes más
tremendos que recibimos durante el primer año de la guerra.

KATIUSKA BLANCO. -Antes de referirse a la muerte de Frank, usted me


comentó que para entonces ya contaban con una segunda fuerza al mando del Che,
la Columna Nº4. ¿Podría explicarme como fue fortaleciéndose el Ejército Rebelde?

FIDEL CASTRO.-Bueno, la primera columna que se hizo fue la nuestra, de


ahí salieron todas las demás, la segunda fue la del Che. Luego, nuestro pequeño
ejército fue ganando en experiencia y llegó el momento en que asestamos golpes
muy fuertes a Batista, habíamos ido adquiriendo algunas armas, entonces
enviamos una columna al mando de Raúl al Segundo Frente, a invadir el norte, y
otra, al mando de Almeida, a invadir la zona próxima a Santiago de Cuba. Éramos
una pequeña fuerza, pero fuimos capaces de abrir nuevos frentes guerrilleros. Con
la columna al mando de Raúl se invadió por primera vez la Sierra Cristal, y con la
de Almeida nos ubicamos en la proximidades de la ciudad de Santiago; fue un
momento muy importante desde el punto de vista político y militar. Otra fue la de
Camilo, una pequeña columna que comenzó a operar en el llano.

KATIUSKA BLANCO. -¿Podría referirse a las implicaciones que tuvo el


fracaso de la huelga de abril, a sus dramáticas consecuencias?

FIDEL CASTRO.-La huelga de abril tuvo lugar precisamente en la etapa en


que habíamos ganado terreno frente al enemigo. En realidad, se llevó a cabo como
resultado de los puntos de vista de la gente del llano, ellos estaban convencidos de
que con el auge de la lucha popular, entonces fortalecida, estaban creadas las
condiciones para el desencadenamiento de la huelga general revolucionaria,
objetivo estratégico final para derrocar a la tiranía. De que sería efectiva yo no tenía
dudas, pero aquel no era aún el momento propicio. Sostuvimos discusiones en el
seno de la dirección nacional del Movimiento, según ellos nosotros no podíamos
percatarnos de las posibilidades existentes porque permanecíamos en las
montañas. Fue el criterio que prevaleció. No obstante, en apoyo a la huelga, las
fuerzas de todas las columnas realizaron acciones militares decididas y exitosas.
Pero bien, como era de esperar, en aquel momento la huelga fracasó. Batista dio un
duro golpe al Movimiento al aplastar la huelga, lo cual provocó a su vez un
desaliento muy grande en la gente. Lo primero que hice fue hablar por la emisora
de radio que a iniciativa del Che habíamos instalado en el territorio de la Columna
N° 4, Radio Rebelde, una idea magnífica que nos fue muy útil para mantener la
comunicación con otros combatientes en la Sierra, con los del llano y con el pueblo
en general. Lo que dije el 16 de abril de 1958 para levantar el ánimo de la gente, se
conserva todavía. ¿No lo tienes por ahí, Katiuska?

KATIUSKA BLANCO. -Sí, Comandante, permítame leer algunos


fragmentos:

«A la opinión pública de Cuba y a los pueblos libres de América Latina

»He marchado sin descanso días y noches, desde la zona de operaciones de


la Columna Nº 1 para cumplir esta cita con la emisora rebelde. Duro era para mí
abandonar mis hombres en estos instantes, aunque fuese por breves días, pero
hablarle al pueblo es también un deber y una necesidad que no podía dejar de
cumplir.

»Odiosa como es la tiranía en todos los aspectos, en ninguno resulta tan


irritante y groseramente cínica como en el control absoluto que impone a todos los
medios de divulgación de noticias impresas, radiales y televisadas.

»La censura, por sí sola, tan repugnante, se vuelve mucho más cuando a
través de ella no solo se intenta ocultar al pueblo la verdad de lo que ocurre, sino
que se pretende, con el uso parcial y exclusivo de todos los órganos normales de
divulgación hacerle creer al pueblo lo que convenga a la seguridad de sus
verdugos.

»Mientras ocultan la verdad a toda costa, divulgan la mentira por todos los
medios.

»No escucha el pueblo otras noticias que los partes del estado mayor de la
dictadura. Al ultraje de la censura, se impone a la prensa el ultraje de la mentira. Y
a esos mismos periódicos y emisoras, a los que un inquisidor severo y vigilante
impide la publicación de toda noticia verdadera, se les obliga a informar y emitir
todo cuanto la dictadura informe. Se arrebatan al pueblo sus órganos de opinión
para convertirlos en vehículos de la opresión. La tiranía pretende engañar
constantemente al pueblo, como si el mero hecho de negarle toda información que
no venga de fuente oficial no bastase a invalidar todas sus informaciones. ¿Y a
quién ha de creer el pueblo, a los criminales que lo tiranizan, a los traidores que le
arrebataron su constitución y sus libertades, a los mismos que censuran la prensa y
le impiden publicar con libertad la más insignificante noticia? ¡Torpes, si lo
piensan, porque a un pueblo se le puede obligar a todo por la fuerza menos a creer!

»Cuando se escriba la historia real de esta lucha, y se confronte cada hecho


ocurrido con los partes oficiales del régimen, se comprenderá hasta qué punto la
tiranía es capaz de corromper y envilecer las instituciones de la república, hasta
qué punto la fuerza al servicio del mal es capaz de llegar a extremos de
criminalidad y barbarie, hasta qué punto la soldadesca mercenaria y sin ideología
puede ser engañada por sus propios jefes. ¿Qué le importa, después de todo a los
déspotas y verdugos de los pueblos la desmentida de la historia? Lo que les
preocupa es salir del paso, aplazar la caída inevitable. Yo no creo que el estado
mayor mienta por vergüenza; el estado mayor del ejército de Cuba ha demostrado
no tener pudor alguno, el estado mayor miente por interés; miente para el pueblo y
para el ejército; miente para evitar la desmoralización en sus filas, miente porque
se niega a reconocer ante el mundo su incapacidad militar, su condición de jefes
mercenarios, vendidas a la causa mas deshonrosa que pueda defenderse; miente
porque no ha podido a pesar de sus decenas de miles de soldados y los inmensos
recursos materiales con que cuenta, derrotar a un puñado de hombres que se
levantó para defender los derechos de su pueblo. Los fusiles mercenarios de la
tiranía se estrellaron contra los fusiles idealistas que no cobran sueldos; ni la
técnica militar, ni la academia, ni las armas más modernas sirvieron de nada: es
que los militares cuando no defienden a la patria, sino que la atacan, cuando no
defienden a su pueblo sino que lo esclavizan, dejan de ser institución para
convertirse en pandilla armada, dejan de ser militares para ser malhechores, y
dejan de merecer no ya el sueldo que arrancan al sudor del pueblo, sino hasta el sol
que les cobija en la tierra que están ensangrentando con deshonor y cobardía. Y
esos mismos militares que nunca han defendido a la patria de un enemigo extraño,
que nunca se han ganado una medalla en los campos de batalla, que deben sus
grados a la traición, al nepotismo y al crimen, emiten partes de guerra anunciando
diez, veinte, treinta y hasta cincuenta compatriotas muertos por sus armas
homicidas, como si fuesen victorias de la patria, cual si cada cubano asesinado,
porque esas son las bajas que ellos enuncian, no tuviesen hermanos, hijos, esposas
o padres. Solamente con los familiares de los compatriotas ultimados habría para
librar una guerra victoriosa. Nosotros no hemos asesinado jamás un prisionero
enemigo. Nosotros no hemos abandonado jamás un adversario herido en el campo
de batalla; y eso es y será siempre para nosotros una honra y un timbre de gloria;
nosotros sentimos con dolor cada adversario que cae, aunque nuestra guerra sea la
más justa de las guerras porque es una guerra por la libertad, pero el pueblo de
Cuba sabe que la lucha se está librando victoriosamente; el pueblo de Cuba sabe
que a [lo] largo de 17 meses, desde nuestro desembarco con un puñado de
hombres que supieron afrontar la derrota inicial, sin cejar en el patriótico empeño,
la Revolución ha ido creciendo incesantemente; sabe que lo que era chispa hace
apenas un año es hoy llamarada invencible; sabe que ya no se lucha solo en la
Sierra Maestra, desde Cabo Cruz hasta Santiago de Cuba, sino también en la Sierra
Cristal, desde Mayarí hasta Baracoa, en la llanura del Cauto, desde Bayamo hasta
Victoria de Las Tunas; en la provincia de Las Villas desde la sierra Escambray hasta
la sierra de Trinidad y en las montañas de Pinar del Río; en las propias calles de
ciudades y pueblos se lucha heroicamente; pero sobre todo sabe el pueblo de Cuba
que la voluntad y el tesón con que iniciamos esta lucha se mantiene
inquebrantable, sabe que somos un ejército surgido de la nada, que la adversidad
no nos desalienta, que después de cada revés la Revolución ha resurgido con más
fuerza; sabe que la destrucción del destacamento expedicionario del Granma no
fue el fin de la lucha sino el principio; que la huelga espontánea que siguió al
asesinato de nuestro compañero Frank País no venció a la tiranía pero señaló el
camino de la huelga organizada; que sobre el montón de cadáveres con que la
dictadura ahoga en sangre la nueva huelga no se puede mantener en el poder
ningún gobierno, porque los centenares de jóvenes y obreros asesinados en estos
días, la represión sin precedentes desatada contra el pueblo, no debilita la
Revolución sino que la hace más fuerte, más necesaria, más invencible, que la
sangre derramada hace más grande el valor y la indignación, que cada compañero
caído en las calles y en los campos de batalla, despierta en sus hermanos de ideal
un deseo irresistible de dar también la vida, despierta en los indolentes el deseo de
combatir, despierta en los tibios el sentimiento de la patria que se desangra en su
dignidad, despierta en todos los pueblos de América la simpatía y la adhesión».

FIDEL CASTRO.-Eso dije al pueblo ese día y luego regresé al frente de la


Columna Nº 1 en el área de La Plata. Todo lo ocurrido apuntaba a que Batista
aprovecharía la oportunidad para organizar un contraataque, una ofensiva fuerte
contra el Ejército Rebelde. Estaba seguro de que lo haría y de que sería en la zona
del Primer Frente rebelde donde se librarían las batallas más duras. Entonces le di
instrucciones al Che de enviar la estación de radio para el territorio de la Columna
Nº 1, para un lugar estratégico, donde instalamos el pequeño equipito de radio.
Después, no recuerdo la fecha exacta, llegaron compañeros para
incorporarse a la lucha guerrillera. Recuerdo a Jorge Enrique Mendoza y a Orestes
Varela, quienes junto a otros compañeros, trabajaron en Radio Rebelde. También
arribaron durante las semanas subsiguientes los compañeros, que el Movimiento
envió después de la catástrofe de abril, porque estaban siendo muy perseguidos.
Tras el fracaso de la huelga planteé que la dirección política del Movimiento
radicaría en la Sierra Maestra. Aquel encuentro es conocido como la reunión en
Altos de Mompié.

KATIUSKA BLANCO. -¿Comandante, comenzó entonces la etapa de las


batallas decisivas?

FIDEL CASTRO.-Sí, porque el enemigo se sintió estimulado con el fracaso


de la huelga de abril y con el desaliento que había en las filas del pueblo; creyó que
era el momento preciso para dar un golpe definitivo a las fuerzas guerrilleras.
Concibió y organizó lo que sería su última acción estratégica. Su plan, conocido
por las siglas FF que significaban Fin de Fidel, consistió en concentrar 10 000
hombres con apoyo de tanques, artillería, medios aéreos y navales. Lanzaron una
poderosa ofensiva, que comenzó el 25 de mayo de 1958, contra la Columna Nº 1, en
cuyas áreas se formaron todas las demás columnas. Allí se ubicaban la
Comandancia General y las instalaciones más importantes de nuestra guerrilla
como Radio Rebelde y un hospital de campaña.

Casi simultáneamente lanzaron otra ofensiva por la zona del Segundo


Frente Oriental Frank País, atacaron fuertemente en aquellos dos frentes
principales. Los combates duraron varias semanas y el enemigo fue rechazado.
Nuestros combatientes causaron un gran número de bajas al enemigo y ocuparon
muchas armas.

En el frente de la Columna Nº 1 nos reunimos alrededor de 300 hombres,


incluido el refuerzo de las columnas del Che y Almeida y los hombres de Camilo,
convocados a tal punto. Fueron 74 días consecutivos librando combates decisivos
para alcanzar el triunfo sobre aquel descomunal golpe. Luchando primero a la
defensiva y luego contraatacando vigorosamente, logramos destrozar la ofensiva.
Ocasionamos más de 1000 bajas a las fuerzas élites del enemigo, capturamos 443
prisioneros y ocupamos más de medio millar de valiosas armas.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, aquí tengo un mensaje que usted


envió a Ramón Paz, en relación con la táctica para resistir la ofensiva:
«Por todos los caminos les vamos a hacer resistencia, replegándonos
paulatinamente hacia la Maestra, tratando de ocasionarles el mayor número de
bajas posibles.

»Si el enemigo lograra invadir todo el territorio, cada pelotón debe


convertirse en guerrilla y combatir al enemigo, interceptándolo por todos los
caminos, hasta hacerlo salir de nuevo. Este es un momento decisivo. Hay que
combatir como nunca».

¿En medio de tal situación no le preocupó a usted carecer de fuerzas, armas,


municiones y suministros para sobrevivir, como para hacer frente a una embestida
así?

FIDEL CASTRO.-Siempre pensé que no importaba cuántos fueran ellos, lo


importante era la cantidad de gente que necesitáramos para hacer invulnerable
una posición y resistir, resistir hasta que el ejército de la dictadura se desgastara,
para entonces nosotros contraatacar... Al inicio la otra táctica que utilizaríamos
sería emplearnos en aquello en que éramos expertos: propiciar los movimientos
enemigos en una dirección determinada y emboscarlos donde fueran más
vulnerables en su recorrido.

Cuando comienza la ofensiva teníamos una situación muy, muy difícil con
las balas, tú has estado indagando en todas estas cuestiones históricas y
seguramente leíste los mensajes que envié por aquellos días a nuestros
compañeros, en todos está la necesidad de ahorrar las balas, de crear tal conciencia
en nuestros combatientes; no obstante, estábamos resistiendo y, aunque yo
confiaba aún en la posibilidad de recibir ayuda del exterior, estaba seguro de que si
aquella fallaba, los planes de defensa que habíamos elaborado nos permitirían
resistir con nuestros propios medios y con los que fuéramos arrancando al
enemigo, hasta tanto se desgastara la ofensiva y se detuviera.

KATIUSKA BLANCO, —En un mensaje que usted envía a Camilo, se


aprecia su seguridad en que librarían la batalla de mayor trascendencia en la
guerra revolucionaria. Es una nota adicional, dice:

«Este movimiento que te comunico está relacionado con todo un plan y una
serie de circunstancias: aseguramientos de puntos por donde deben llegar armas
(algunas de las cuales ya están aquí), plan minucioso de resistencia a la ofensiva y
contraofensiva inmediatamente posterior. Hemos convertido a la Sierra [Maestra]
en una verdadera fortaleza llena de túneles y trincheras. La planta de radio está
convertida en un baluarte de la lucha revolucionaria, tenemos instalada una red
telefónica y muchas cosas han mejorado extraordinariamente. Te hago estas
aclaraciones para que no vayas a recibir la falsa impresión de que estamos en
situación difícil. Creo cerca la Victoria».

Ya en el mensaje principal usted le había explicado la envergadura de la


batalla que se libraría en la Sierra y la necesidad de que él trasladara su tropa con
todas las armas buenas de que dispusiera, así como lo ventajoso que resultaba
desde el punto de vista estratégico, el hecho de que el enemigo había trazado sus
planes con él allá y como bien usted dijo: «Vamos a hacer que tengan que librar su
batalla contigo aquí».

Usted llegó a sentir un afecto, una admiración muy grande por Camilo. A
mí me impresionó, en gran medida, el cuadro de Camilo que vi en su despacho
cuando lo entrevisté por primera vez, al igual que las palabras que dirigió al
pueblo para confirmar su desaparición física. Me gustaría que hablara de Camilo,
¿qué recuerdos guarda de él?

FIDEL CASTRO.-En relación con la trascendental batalla que teníamos por


delante, puedo decirte que no fue nada fácil la misión que le di a Camilo, debía
atravesar el cerco enemigo de la Sierra y una vez dentro de la montaña eludir a las
diversas agrupaciones de guardias que estaban operando en ella, para llegar hasta
nosotros. Debía hacerlo en el mayor secreto, que nadie supiera su rumbo y en el
menor tiempo posible. Tú puedes estar segura, Katiuska, de que yo no tenía duda
alguna de que lo lograría. Cumplió con éxito aquella misión, muy poco tiempo
después de haber cursado el primer mensaje, ya estaba con 40 de sus mejores
combatientes en la zona de La Plata. Para mí, su presencia allí influiría muy
positivamente en el resto de los combatientes. Era un valiente y competente jefe, al
frente de su pequeña, aguerrida y combativa tropa.

KATIUSKA BLANCO. -Cuando uno estudia esta etapa de la lucha en la


Sierra Maestra, se percata de que usted se propuso aprovechar la ofensiva para
debilitar en gran medida al enemigo. ¿Podría explicarme cuáles eran sus
propósitos?

FIDEL CASTRO.-En realidad quería que la ofensiva, lejos de acabar con


nosotros, se convirtiera en un revés para la dictadura, y para eso hubo que trazar
una estrategia muy bien pensada, que garantizara la resistencia organizada por
largo tiempo, así se iría debilitando, agotando el ejército mientras nosotros íbamos
reuniendo los recursos, las armas necesarias para lanzarnos contra la ofensiva
cuando ellos comenzaran a flaquear. Había que golpearlos en los tres factores que
tenían en su contra: la extensión de las líneas de abastecimiento en un terreno
desfavorable, la necesidad de realizar sus operaciones en un terreno mucho más
familiar a los rebeldes y, por último, la imposibilidad moral y material del
enemigo.

En realidad, se libraron combates decisivos en esta etapa de la guerra, dimos


un duro golpe al enemigo; pero se perdieron muchas vidas valiosas, cayeron los
comandantes Ramón Paz, Andrés Cuevas, René Ramos Latour (Daniel), los
capitanes Ángel Verdecía y Geonel Rodríguez, a quienes consideraba entre los jefes
más eficaces, combativos e inteligentes de que disponíamos. Cuando me referí a
tales sensibles pérdidas en el libro que escribo sobre la ofensiva [La Victoria
Estratégica, publicado poco después en agosto de 2010], hice hincapié en el arrojo y
la calidad moral de nuestros jefes, quienes cayeron combatiendo en primera línea,
al frente de sus tropas. Se perdieron, además, otros combatientes rebeldes y varios
colaboradores campesinos.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, una vez derrotada la ofensiva


enemiga se aunaron las tropas del Primero, el Segundo y el Tercer Frente rebeldes
y penetraron en la totalidad del territorio oriental con vistas a la Operación
Santiago. Para entonces ya usted consideraba a la guerrilla lo suficientemente
fuerte como para ganar la guerra, ¿no es cierto?

FIDEL CASTRO.-Nuestro ejército había adquirido una experiencia colosal,


se había fortalecido, como el ave Fénix había resurgido de sus propias cenizas;
pero seguía siendo pequeño frente a la superioridad del enemigo. No obstante, ese
pequeño ejército logró vencer. Las columnas de la Sierra Maestra, del Segundo y
Tercer Frente penetramos en el territorio oriental y dos columnas al mando de
Camilo y Che fueron enviadas al centro del país, una con 94 hombres y otra con
142. Se puede decir que fue una hazaña recorrer más de 500 kilómetros por terreno
llano, pantanoso; una faena difícil, muy riesgosa, pero lo lograron. También, en el
mes de septiembre, se creó el primer pelotón femenino de combate Mariana
Grajales, que entró en acción con la Columna Nº 1 ese mismo mes, en el combate
de Cerro Pelado.

En octubre, el Segundo Frente ocupó importantes posiciones enemigas y


capturó numerosas armas. La k Columna Nº 1, con una pequeña vanguardia y
llevando consigo 1000 jóvenes desarmados de la escuela de reclutas, inició su
avance el 11 de noviembre por el norte de la cordillera hacia Santiago de Cuba. En
el trayecto tuvo lugar la Batalla de Guisa, una población muy próxima a Bayamo,
sede del mando de operaciones enemigas. Al inicio de la ofensiva del verano
contábamos apenas con 180 hombres en el firme de la Maestra, tras la victoria
sobre esta, el número de combatientes fue creciendo en la medida en que se
ocupaban las armas. En Guisa fueron diez días combatiendo sin tregua hasta
derrotar a las fuerzas enemigas, que en conjunto alcanzaban la cifra de 5000
soldados, apoyados por tanques ligeros y pesados, artillería y aviación. Guisa fue
tomada el 30 de noviembre y ya en el mes de diciembre todas las columnas
rebeldes de Oriente y centro, en plena y audaz ofensiva final, ocuparon numerosas
ciudades, cercaron Santiago de Cuba y atacaron la ciudad de Santa Clara.

A solo 24 meses del desembarco del Granma, nuestro ejército había logrado
derrotar al poderoso enemigo. En aquel momento contábamos con apenas 3000
hombres equipados con armas de guerra que en su mayoría habían sido
arrebatadas al enemigo en combate, luchando contra fuerzas bien instruidas, con
todo tipo de armamento y compuestas aproximadamente por 80 000 hombres.

KATIUSKA BLANCO. -¿Cuáles fueron los últimos acontecimientos,


Comandante?

FIDEL CASTRO.-Ya la guerra estaba ganada, y el 28 de diciembre de 1958 se


produjo en las ruinas del Central Oriente una reunión en la que el jefe de las
fuerzas de operaciones enemigas reconoció, ante el alto mando rebelde, que había
perdido la guerra, y solicitó una fórmula para poner fin a los combates. La fórmula
fue elaborada con toda precisión por nosotros, y aceptada por él. ¿Y qué ocurrió?
Que no se cumplió lo acordado y dio lugar al desenlace final con la participación
de los trabajadores y de todo el pueblo, que siempre nos acompañó en la lucha.
Ante la nueva situación de peligro, un golpe de Estado en la capital, se dieron
instrucciones a los comandantes rebeldes de continuar su avance sin aceptar
ningún alto al fuego y se hizo el llamado a la huelga general —fue la respuesta
inmediata—. El país se paralizó de un extremo a otro y las estaciones radiales se
enlazaron con Radio Rebelde trasmitiendo las instrucciones del mando
revolucionario. Fue un contragolpe demoledor con el que respondimos a la
desesperada maniobra del enemigo para impedir nuestro triunfo. Ya a las 72 horas
se habían tomado todas las ciudades, se habían ocupado alrededor de 100000
armas y todos los equipos militares de aire, mar y tierra estaban en manos del
pueblo.

KATIUSKA BLANCO. -Comandante, cuando se libraban las últimas


batallas, muy pocos días antes del triunfo, usted visitó a su mamá, fue la única vez,
en mucho tiempo, que se alejó por unas horas del campo de batalla, tal parece
como si usted estuviera necesitando su abrazo entrañable para seguir adelante.
¿Qué puede decirme de aquel encuentro?

FIDEL CASTRO.-Fue el 24 de diciembre, resultó imposible para mí resistir


la tentación de ir a visitarla, hacía años que no la veía; recuerdo que la
sorprendimos, porque lo menos que ella se esperaba era que nosotros
apareciéramos por allá. Fue una emoción tremenda volver a verla, pero sentí
nostalgia, ya no estaba la casa grande, no estaba el viejo. Recuerdo que le brindé
naranjas al grupo que venía conmigo y se formó un determinado desorden en el
naranjal. Ella nos llamó la atención por arrancarlas de manera descuidada porque
seguía respetando la forma en que mi padre exigía que se recogieran las naranjas.
Lo hacía como velando porque él de alguna forma siguiera vivo allí en Birán.

Recuerdo que cuando regresábamos por el camino que cruza a través de los
Mangos de Baraguá, también sentimos la imperiosa necesidad de detenernos para
rendir homenaje a los mártires de nuestras guerras de independencia. Intuíamos
cerca el momento sublime en que los sueños de nuestros próceres se harían
realidad, teníamos el presentimiento de que la Revolución que ellos soñaron
triunfaría de un momento a otro. Esta vez no ocurriría como en 1898, cuando la
presencia norteamericana impidió a las fuerzas mambisas de Calixto García entrar
a la ciudad de Santiago de Cuba, en lo que fue una frustración y una injusticia
histórica con los cubanos. Mangos de Baraguá, su significado en nuestra historia,
nos conmovió profundamente. Poco después de una semana, el jueves 1° de enero
de 1959 triunfaba la Revolución Cubana, colmada de anhelos de justicia e
independencia acariciados durante más de 100 años. Al fin los sueños casi
imposibles se convertían en realidad palpable y los mambises entraban en
Santiago. La historia abría sus puertas para siempre a una vida nueva y digna para
el pueblo de Cuba. Todo lo demás dependerá de nosotros mismos.

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