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Porqueras Mayo - Cervantes y La Teoría Poética

Este documento analiza la teoría poética de Cervantes. Aunque Cervantes se acerca a la poesía desde una perspectiva creativa más que teórica, conoce bien los principios fundamentales de la teoría poética española de su época. Cervantes cita conceptos teóricos de forma informal para comunicarse con el lector de manera cálida, más que para mostrar erudición.

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Porqueras Mayo - Cervantes y La Teoría Poética

Este documento analiza la teoría poética de Cervantes. Aunque Cervantes se acerca a la poesía desde una perspectiva creativa más que teórica, conoce bien los principios fundamentales de la teoría poética española de su época. Cervantes cita conceptos teóricos de forma informal para comunicarse con el lector de manera cálida, más que para mostrar erudición.

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CERVANTES Y LA TEORÍA POÉTICA

Alberto Porqueras Mayo

A don Martín de Riquer, en retrasado homenaje

«Cervantes, como hace a m e n u d o c u a n d o de cuestiones literarias se trata, se


acerca a la poesía como poeta, y la observa desde una vertiente creadora y
emocionada, sin a ñ a d i r (seamos sinceros, por m u c h o que a d m i r e m o s a Cer-
vantes) n a d a i m p o r t a n t e a la especulación teórica.»' Así m e expresaba yo
hace pocos años. Añadiría ahora: pero Cervantes conoce m u y bien la teoría
poética española de donde extrae los principios fundamentales y los envuelve
en u n a atmósfera panegírica e iluminada. La actitud panegírica, al fin y al
cabo, era u n a de las trayectorias de la especulación literaria, y los slogans
teóricos m á s convincentes aparecen en esta tradición que todos conocen, y a
través de la cual, u n a vez más, Cervantes se comunica cálidamente con el
lector. De aquí que sus citas a cosas sabidas son m á s bien incitaciones amis-
tosas e informales que no afán de m o s t r a r sabiduría. E n sintomáticos ejem-
plos ni siquiera completa la cita con lo que se alude a su viva tradicionalidad
de cosa archisabida y se inyecta de cierta ironía cómplice (con el lector) y
cordial; leemos, p o r ejemplo, en Quijote II, 16: «[...] que hace verdadero al que
dijo: est Deus in nobis... etcétera», y en el Persiles «pero m á s principalmente y
2

1. Véase mi Teoría poética en el Renacimiento y Manierismo españoles (Barcelona, Puvill, 1986) p. 66.
Cuando cite textos teóricos procedentes de esta antología se indicará con la sigla TPRM y se señalará la
página correspondiente. Los subrayados, cuando aparecen, siempre son míos. Por lo que respecta a los
pasajes cervantinos, además de TPRM, cuando se reproduzcan allí, se indicará la útil antología que
publicó Juan Antonio Tamayo en Revista de las ideas estéticas, 6, 21 (1948), 259-302, con el título de
«Ideas estéticas y literarias de Cervantes». La sigla será Ta. Otra útil antología es la que reúne Vicente
Gaos como apéndice a su edición de Viaje del Parnaso (Madrid, Castalia, 1973, pp. 192-205). La sigla será
Apén. Cuando me refiera a Viaje del Parnaso, citaré por esta edición, y lo indicaré con ed. Gaos y la
página correspondiente. Para otros textos o referencias no incluidos en estas antologías, se especificará la
primera vez la edición seguida y la página correspondiente. Cuando se vuelva a citar la misma obra será
por la misma edición y entonces sólo se indicará la página.
2. Ya Lope de Vega (de quien Cervantes frecuentemente recibe estímulos para imitarle, contradecir-
le o ignorarle) se habla expresado también informalmente respecto a la famosa cita de Ovidio. Leemos
en la Arcadia, en 1598: «De ahí tomó causa, respondió Danteo, el otro poeta que dijo que estaba algún

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propia se dice que el poeta nascitur» (Apén., 202). Nótense mis subrayados en
3

torno al verbo «decir» que indican la familiaridad colectiva con la cita.


Por supuesto que Cervantes había leído las m á s importantes poéticas y
retóricas de la literatura grecolatina (Aristóteles, Horacio, Cicerón, Quintilia-

dios con ellos» (TPRM, 201). El mismo Cervantes en El licenciado Vidriera había completado toda la cita
de Ovidio y había señalado otros pasajes relevantes suyos (Apén., 198). Sobre el número de veces que
Cervantes cita a Ovidio y a otros autores clásicos puede consultarse el artículo de Theodore S. Beardsley
Jr., «Cervantes and the classics», en Antonio Torres Alcalá (ed.), Josep María Solá-Solé: Homenaje, Homa-
ge, Homenatge, Barcelona, Puvill, 1984, pp. 35-46. Lástima que se le hayan escapado al autor las Novelas
ejemplares y las muchas citas que estas obras contienen de autores clásicos, como el pasaje de El licencia-
do Vidriera al que me he referido. La famosa cita de Ovidio procede de Fastos, 6, y es un lugar común de
la teoría poética española y de las misceláneas de varia erudición (Badius Ascensius, Ravisius Textor,
Cassaneus, Garzoni, etc.). Véase la larga nota que redacté al respecto en mi obra La teoría poética en el
Manierismo y Barroco españoles, Barcelona, Puvill, 1989, pp. 48-49. Las referencias a esta obra se harán
con las siglas TPMB. Para comodidad del lector reproduzco ahora el pasaje de Ovidio: «Est Deus in
nobis agitante calescimus illo / Ímpetus hic sacrae semina mentís habet». He aquí la traducción de
Carvallo del primer verso: «Está Dios en nosotros incitando, / y nos irnos con él así inflamando» (TPRM,
239).
3. Cervantes usa esta misma idea en su encendida defensa de la poesía al Caballero del Verde
Gabán: «[...] según es opinión verdadera, el poeta nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta
natural sale [...]» (TPRM, 367; Ta., 273-274; Apén., 194). La frase se atribuye a Platón, Cicerón y otros.
Véase William Ringler, «Poeta nascitur non fit: Some Notes on the History of our Aphorism», Journal of
the History of Ideas, 2 (1941), 497-504. Según Ringler (p. 498), Aero, un gramático latino del siglo n de
nuestra era, es el primero en testimoniar, en forma escrita, el famoso dictamen. Y ello ocurre comentan-
do los famosos versos (295-298) de Horacio de Ars Poética en los que ridiculiza la noción, atribuida a
Demócrito, de que se puede escribir versos con sólo talento natural: «(Quia Democritus dicit plus ualere
ingenium quam peritiam, et quia dicit non bonos poetas esse, nisi qui insaniunt; hoc idem et Plato).
Aliter; Democritus ait poetam non arte fieri, sed natura nasci. Ergo quia Democritus felicius putat inge-
nium arte, ideo miseram eam dicit Horatius et propterea multi fingunt furorem, ut poetae uideantur».
La segunda emergencia escrita del dictum ocurre en Polidoro Virgilio, De Rerum Inventoribus (Venecia,
1499). Se lee allí (copio de Ringler, p. 499. lib. I, cap. VIII): «Nam poetae furore afflati res omni admira-
tione et stupore dignas canunt, sine quo, teste Cicerone in primo De divinatione [80] Democritus negabat
magnos esse poetas, quippe qui, ut idem quoque Democritus et Plato ajebant, non arte, sed natura
constant, tuneque veri vates sunt, cum insaniunt». Después aparece en In Terentium Prenotamenta (Lyon,
1502) de Badius Ascensius. Cito por la edición a mi alcance, París, 1504, fol. 2r: «Ideoque vulgo dicitur
quod poeta nascitur et oralor fit hoc est quod poeta beneficio solius nature et ingenij sine doctore aut
magistro perfectus esse posset...». Todas las obras citadas eran muy populares y cuentan con muchas
ediciones. Sugiere Ringler una posible influencia de Polidoro Virgilio en Cervantes. Pero como la frase
era muy popular y está muy viva en la tradición autóctona española esta influencia me parece poco
probable. He aquí unos precedentes en la teoría poética española. Todos proceden de TPRM. Juan de
Pineda en Diálogos familiares de la agricultura cristiana (1584): «Y Cicerón (Pro Archia Poeta) tiene que la
naturaleza sin doctrina vale más que la doctrina sin naturaleza; y, por eso, se dice comúnmente que el
poeta nace y el retórico se hace, aunque Horacio con verdad las traba para hacer a un hombre consuma-
do» (147). En 1592 leemos en Arte poética española de Juan Díaz Rengifo: «Pero dirá alguno que la
naturaleza hace los poetas y no el arte. Y traerá aquel dicho tan celebrado entre los antiguos: "Los poetas
nacen y los oradores se hacen", dando a entender que para la elocuencia importa el arte, pero para la
poesía basta el buen natural» (153). Gaspar de Aguilar, en 1594, en Discurso en alabanza de la poesía
afirma: «[...] Será menester ponderar lo que dice el divino Platón en un diálogo que hace de la poesía
porque entre otras palabras dice poeta nascitur [...]» (159). Después, Aguilar dará a la frase un sentido
profético aplicándola al nacimiento de Cristo. Leemos en 1596, en López Pinciano: «[...] aunque Horacio
dice que él no sabe cuál es más importante a la poética, la arte y estudio o la vena natural; y verdadera-
mente que me hace mucha dificultad esta su sentencia que dice así: "El poeta nace y el orador se hace"
[...]» (176). Encontramos en Primera parte de la Miscelánea Austral (1602) de Diego Dávalos y Figueroa:
«Sí se aprende [la poesía], pero siempre manifiesta ser aprendida y no natural, la que lo fue, porque es
muy cierto proverbio, el poeta nace, y el orador se hace, y así lo dijeron Demócrito y Aristóteles afirman-
do ser la misma naturaleza maestra de la poesía [...]» (249). Carvallo también en 1602 en Cisne de Apolo
dice: «Y no con menos cuidado que Tulio estudió Sócrates los preceptos desta arte, y jamás pudo hacer
un solo verso, de donde vino a decir aquel tan común dicho; los poetas nacen y los oradores se hacen»
(235). Leemos en 1609 en La Constante Amarilis de Cristóbal Suárez de Figueroa: «De la poesía don

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no, Retorica ad Herenium...). 4
Las h a b r á leído, al m e n o s fragmentariamente,
en sus posibles años de estudiante con los jesuítas y en el estudio de López de
Hoyos. Volveré, quizá brevemente, sobre este p u n t o . Conoce t a m b i é n m u c h o s
prólogos y misceláneas de varia erudición que repiten a m e n u d o las hipérbo-
les panegíricas. E s m u y posible que haya leído algunas poéticas italianas
como la de Castelvetro, como sugiere Riley, y algunos teóricos italianos c o m o
T. Tasso, A. Picolomini, G.B. Pigna, G. Cintio, A.S. Minturno... Y está familia-
rizado, no me cabe duda, con las poéticas españolas de Sánchez de Lima,
Díaz Rengifo, López Pinciano, L.A. de Carvallo, Carrillo y Sotomayor. Contra-
riamente a lo que ha sido afirmado por m u c h o s , López Pinciano (a quien sin
duda h a b r á leído) no le ha interesado por su frialdad u objetividad expositiva,
a u n q u e esta m i s m a clara información la h a b r á tenido a m a n o por su sustrato
aristotélico, que le recordaba la corriente doctrinal que circulaba por E s p a ñ a
desde el R e n a c i m i e n t o . Pero a Cervantes no le interesaba esta información y
5

prefirió beber en fuentes m á s exaltadas que participasen en la tradición plató-


nica y divinizante. Pero incluso la información aristotélica presente en López
Pinciano está en otros m u c h o s lugares, y ciertamente en u n a poética, con
aristas creadoras, m á s próxima al talante de Cervantes. Me refiero al Cisne de
Apolo de L.A. de Carvallo. Anticipo que Cervantes, como h a hecho en litera-
6

tura a partir de su experimento en el Quijote (1605), c u a n d o habla de poesía,

celestial y divino son inventores naturaleza y arte: nace el poeta, y quien no nació para serlo, con arte
sola lo pretenderá ásperamente, porque sin la naturaleza el arte vale poco, como también poco naturale-
za sin arte [...]» (333). Nótese que se aprovecha el dicho para plantear el debatido problema de la
naturaleza y el arte, como hará el mismo Cervantes en varias ocasiones, en especial en el parlamento con
el Caballero del Verde Gabán. Nótese también la multitud de atribuciones que aparecen en los textos
españoles: Platón, Horacio, Demócrito, Aristóteles, Sócrates, etc.
4. Para un planteamiento general de los conocimientos teóricos de Cervantes sigue siendo útil el
libro de Edward C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes (Madrid, Taurus, 1966). Haría falta una pro-
funda renovación y actualización de este ya antiguo libro. Es mucho más práctico, y se ejerce aquí una
bienvenida economía verbal, el trabajo del mismo Riley titulado «Teoría literaria», en J.B. Avalle-Arce y
E.C. Riley (eds.), Suma Cervantina, Londres, Támesis, 1973, pp. 293-322. Se encontrará información
pertinente en Alban R. Forcione, Cervantes, Aristotle and the Persiles (Princeton, Princeton UP, 1970) y en
otros libros del mismo autor. Para mí, el libro más incisivo y estimulante sobre estas materias es el de
Harald Weinrich, Das Ingenium Don Quijotes, Ein Beitrag zur literarischen Charackterkunde (Munster,
Aschendorfsche, 1956). Comp. mi reseña en Revista de Filología Española, 42 (1958-59), 290-295. Quedan
ya totalmente desplazadas, respecto a su importancia sobre las ideas literarias de Cervantes, antiguas
contribuciones de Menéndez Pelayo, Lollis, Toffanin y Bonilla. El brillante libro (en su momento) de
Américo Castro, El pensamiento de Cervantes (Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1925), ha sido
también desplazado por los avances posteriores de la critica, y no precisamente por los cambios posterio-
res del propio Castro, que no consiguieron invalidarlo. Véase mi ensayo «Américo Castro y la Edad de
Oro, o conflictiva, española», Cuadernos Hispanoamericanos, 310 (1976), 42-51. Me parecen muy ponde-
radas las observaciones de Agustín G. de Amezúa y Mayo en Cervantes creador de la novela corta española
(Madrid, CSIC, 1982 [reimpresión]). Véanse especialmente los capítulos III y VIII. Unas útiles observa-
ciones presenta F. Sánchez Escribano en «Cervantes' Literary Achievement», Revista Hispánica Moderna,
24, 1-2 (1968), 424-435. Véase también Dominick Finello, «Cervantes y su concepto de la fama del poe-
ta», La Torre, nueva época, 1, 3-4 (1987), 399-409.
5. Son muchos los investigadores desde los lejanos tiempos de Clemencín y Menéndez Pelayo que
han señalado las posibles influencias y paralelismos de Cervantes con López Pinciano. El trabajo más
documentado, aunque tampoco convincente, es el de Jean-Francois Canavaggio, «Alonso López Pinciano
y la estética literaria de Cervantes en el Quijote», Anales Cervantinos, 7 (1958), 13-108.
6. Muchos han observado influencias del pensamiento de Carvallo en Cervantes. Destacaría, por su
seria aproximación al tema, las aportaciones de Weinrich y Riley en los libros ya citados. Este último ha
señalado un calco indudable en la Adjunta al Parnaso. El estudio más sistemático lo realiza Geoffrey

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a la postre, ha conseguido u n a vez m á s salirse por peteneras. Ha preferido
presentar a la poesía como u n a d a m a de belleza inasequible, como u n lejano
ideal que aboca a la irracionalidad y al misterio. Lo ha m o s t r a d o poéticamen-
te en Viaje del Parnaso (1614):
Es de ingenio tan vivo y admirable,
que a veces toca en puntos que suspenden,
por tener no se qué de inescrutable.
[TPRM, 365; Ta., 271; edic. Gaos, 110]

Nótese que Cervantes subraya los efectos admirativos de la poesía y acu-


de a lo indefinible con el no sé qué. Añade más misterio mostrando (como ha-
cen a m e n u d o algunos autores de la E d a d de Oro utilizando fórmulas c o m o
«a veces», «quizá») que ello sólo ocurre a veces, por motivos inexplicables. 7

Cervantes conoce las «reglas» y las transita, m á s o m e n o s , para, al alimón


con el lector cómplice, llegar a la flamante conclusión de que en poesía no
hay reglas, o, a lo más, u n a s reglas surgidas del propio m e c a n i s m o del oficio
de poeta actual e inspirado, y no las «reglas antiguas». Lo único que cuenta es
conseguir la admiración del lector de un poeta que, misteriosamente, ya está
enajenado por arte y gracia de la inspiración. Actitud m u y parecida a la de
Lope (de quien Cervantes ha aprendido algo) al defender un teatro vivo, tras
a r r u m b a r , a u n q u e conociéndolas, las reglas antiguas. Tras esta pequeña in-
8

troducción, en la que ya se m a r c a la dirección teórica de este trabajo, veamos


algunos puntos concretos, y e m p e c e m o s con el p r o n u n c i a m i e n t o cervantino
m á s aislado que se recorta así como conato primerizo, c u a n d o Cervantes no
ha encontrado todavía su estrategia teórica que empieza a «funcionar» sólo
después del Quijote.

Stagg en «Propaganda and Poetics on Parnassus: Cervantes's Viaje del Parnaso», Bulletin of the Cervantes
Society of America, 8, 1 (1988), 23-38. A veces exagera señalando concomitancias que vienen de lugares
comunes (la misma falta de perspectiva que acabamos de achacar a los que propugnan la influencia de
López Pinciano). Por ejemplo, cuando Stagg señala los versos de Cervantes de «¿No se oyen sacros
himnos en el cielo? / ¿la arpa de David allá no suena...?» (III, 217) y los relaciona con la práctica poética
del profeta David señalada por Carvallo. (Y muchísimos otros..., añadiría yo: véase mi «Una defensa
manierista de la poesía por motivos religiosos: el Cisne de Apolo [1602] de L.A. de Carvallo», incluida
ahora como apéndice en TPMB, 421-432). El ejemplo de Cervantes parece un calco de Petrarca, acaso a
través de Alonso Valdés: «Y el Petrarca dice: "Vide David cantor celesti versi"» (TPRM, 151).
7. Para el concepto «no sé qué» véase el capítulo «El "no sé qué" en la literatura española», en mi
libro Temas y formas de la literatura española, Madrid, Gredos, 1972, pp. 11-59. En mi artículo «Rosalía
de Castro y el "no sé qué"», Actas do Congreso Internacional de estudios sobre Rosalía de Castro e o seu
tempo (Santiago de Compostela, Universidad, 1986, pp. 153-161), añado, en notas, otros ejemplos ante-
riores a Cervantes que apuntan a lo misterioso. En la edición postuma de Viaje del Parnaso de Miguel
Herrero García (Madrid, CSIC, 1983, p. 646), se señalan otros ejemplos posteriores a Cervantes. Ya
López Pinciano había utilizado el «no sé qué», y conceptos parecidos aplicados a la poesía había emplea-
do Pedro Sánchez de Viana (TPRM, 140-145). Este último autor, y su traducción de Ovidio, debían de
ser conocidos por Cervantes, según opina también A.G. de Amezúa en Cervantes, creador de la novela...,
p. 50.
8. Véase mi artículo «El Arte Nuevo de Lope de Vega o la loa dramática a su teatro», Hispanic
Review, 53 (1985), 399-414. Acaso convenga recordar, porque se puede inferir también de su posición en
doctrinas literarias, lo que ya dijo Rudolph Schevill en Cervantes, Nueva York, Frederick Ungar, 1966
(reimpresión), p. 168: «His mind [la de Cervantes] was not speculative and his attitude toward the politi-
cal and religious tenets of those days was as uncritical as that of any man of the people».

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En 1585, en La Galatea, Cervantes se expresa de m a n e r a precavida y
conservadora, manejando algunos tópicos, oscilantes, con poco entusiasmo.
El estilo de su prólogo, donde vierte algunas ideas poéticas, es formal y ha
imitado la a n d a d u r a de otros prólogos españoles del siglo xvt. Una postura 9

teórica i m p o r t a n t e emerge ya en las primeras líneas: «la ocupación de escribir


églogas en tiempo que, en general, la poesía a n d a tan desfavorecida [•••]»
(TPRM, 134). Lo p r i m e r o que interesa aislar es la sinonimia de creación o
«novela» pastoril (el caso de La Galatea) con églogas} es decir, poesía. Por
0

supuesto que Cervantes maneja aquí un concepto amorfo y proteico de égloga


en el que caben manipulaciones teóricas. Conviene recordar que, p a r a Cer-
vantes, la «creación literaria» se equipara a m e n u d o a la poesía, en sentido
extenso. Y ello ocurre a lo largo de toda su carrera literaria. Algo así como el
término englobador alemán de Dichtung y de Dichter. No olvidemos que des-
de las Obras de Garcilaso con Anotaciones de Fernando de Herrera (1580) hay
un movimiento enaltecedor de la égloga y la lírica («Después de la majestad he-
roica dieron los antiguos el segundo lugar a la nobleza lírica [...]» [TPRM, 113]).
Lo de que la poesía anda m u y desfavorecida es u n tópico que flota en el
ambiente y Cervantes lo ha leído en mil lugares, entre ellos en El arte poética
en romance castellano del portugués M. Sánchez de Lima, publicado en su
ciudad natal de Alcalá en 1580: «Es cierto, verdad que os tengo lástima a
todos los poetas, porque todo el día andáis con m á s sobra de locura que de
dineros» (TPRM, 125). Y «[...] déste [tiempo] n o se puede llamar p o r este
n o m b r e [poesía], pues a n d a t a n baja y abatida [...]» (TPRM, 127). Recordemos
ahora que Cervantes ha recibido m u c h o s estímulos de teoría literaria en tres
libros de cabecera p a r a todo h o m b r e todavía anclado en los principios rena-
centistas (aunque en el caso de Cervantes su estilo es ya manierista) c o m o son
El examen de ingenios (1575) de H u a r t e de San J u a n , El Cortesano (1527,
traducción de Boscán, 1534) de B. de Castiglione, y de Diálogos de Amor
(1535, traducción castellana de 1586) de León H e b r e o . Habla receloso, de-
11

jándose calar h o n d o p o r Huarte, de q u e existen diferentes gustos y, p o r tanto,


«todo lo que es diferente de él [su gusto propio] estiman p o r trabajo y tiempo
perdido». Ya antes que Cervantes, h a n dicho algo parecido Pero Mejía y fray
Luis de Granada, en prólogos t a m b i é n . Sigue deslizándose en u n a b r u m a de
12

9. Véase mi artículo «En torno a los prólogos de Cervantes», Actas del 1 Congreso Internacional sobre
Cervantes, vol. I, Madrid, Edi-6, 1981, pp. 400-409.
10. Un buen panorama lo ofrece Doris Lessig, Ursprung und Entwicklung der spanischen Ekloge bis
1650, Ginebra-París, Droz-Minard, 1962. Un resumen práctico se encontrará en p. 49. Véase también
Aurora Egido, «Sin poética hay poetas. Sobre la teoría de la égloga en el Siglo de Oro», Criticón, 30
(1985), 45-77; Elizabeth Rhodes, «The Poetics of Pastoral: The Prologue to the Galatea», en J.J. Labrador
y J. Fernández (eds.), Cervantes and the Pastoral, Cleveland, OH, Penn State U, et al., 1986, pp. 139-155.
11. Interesantes y originales observaciones sobre el impacto de estos autores en Cervantes se encon-
trarán en Harald Weinrich, Das Ingenium Don Quijotes... passim. Sobre la influencia de Huarte en Euro-
pa, véase A. Porqueras Mayo y Joseph L. Laurenti, «La colección de Huarte de San Juan en la biblioteca
de la Universidad de Illinois (ediciones de los siglos xvi y xvn). Notas hacia el estudio del impacto
internacional de Huarte de San Juan», en Homenaje a Ignacio Elizalde, Deusto, Universidad de Deusto,
1989, pp. 251-267.
12. Véase mi obra El prólogo en el Renacimiento español, Madrid, CSIC, 1965, pp. 65 y 99. Cervantes,
en este prólogo, utiliza otras fórmulas que ha copiado del mundo de los prólogos. Por ejemplo, el autor

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afectada modestia, como de que la ociosidad típica de la poesía es, viene a
decir, pecadillo de juventud. Una vez m á s , ha bebido en la atmósfera topológi-
ca esta insulsa justificación que ya salta de las páginas de Arte de poesía caste-
llana (1496) de J u a n del Encina: «[...] porque es m u y gentil ejercicio [la poe-
sía] en el tiempo de ociosidad» (TPRM, 79). En seguida, viene u n a oscilación
contrastante: «[...] los estudios desta facultad [la poesía] —en el pasado tiem-
po con razón, tan estimada— traen consigo m á s que medianos provechos».
De nuevo, Cervantes ha esponjado u n tópico frecuente, que se encuentra ya
en Sánchez de Lima: «[...] en el tiempo que la poesía reinaba, y los hombres
doctos eran tenidos en lo que merecían [...]» (TPRM, 126). Desciende después
Cervantes a palinodias acomplejadas, para, de nuevo, en un m e a n d r o dialécti-
co, decir que así se abrirá c a m i n o «fértil y espacioso, por el cual con facilidad
y dulzura, con gravedad y elocuencia pueda correr con libertad, descubriendo
la diversidad de conceptos agudos, graves, sotiles [...]». La terminología cervan-
tina está inspirada en la reciente estética herreriana (1580). He subrayado u n
sustantivo y tres adjetivos que invito a c o m p a r a r con este pasaje de Herrera:
«Y por esta causa su verdadero sujeto y materia [en la poesía del soneto] debe
ser principalmente alguna sentencia ingeniosa y aguda o grave» (TPRM, 105).
Por supuesto, que el principio de dulzura que ha expresado también Cervantes
en el pasaje citado a b u n d a por doquiera en las Anotaciones a Garcilaso de
Herrera.
Cervantes sigue en este prólogo inmerso en las fórmulas tradicionales de
otros prólogos que se trasvasan también a las fórmulas teóricas con un fuerte
poso de Epístola ad Pisones de Horacio. Nos dice que su libro h a estado
«guardado» d u r a n t e algún tiempo y toma conciencia con la ley del decoro por
haber trazado u n o s pastores excesivamente filósofos. Y justifica su elevación
de estilo con el ejemplo practicado p o r Virgilio en Las Bucólicas. Termina el
prólogo con un anticlímax m á s de afectada modestia, diciendo que el autor
«[...] otras [obras] ofrece para adelante de más gusto y de m a y o r artificio»,
con lo cual no deja de rebajar su propio intento de elevación del género lírico
pastoril.
Después del Canto de Calíope, en el libro VI de la m i s m a Galatea (que en
su alabanza y selección de poetas implica ya unas páginas de teoría poética),
reitera Cervantes p e n s a m i e n t o s tradicionales ya vertidos en su prólogo: la
abundancia de «divinos ingenios que en nuestra E s p a ñ a hoy viven» y «la poca
estimación que dellos los príncipes y el vulgo h a c e n » . Lo nuevo en esta zona
13

del libro VI es, de pasada, la alusión a la «ciencia de la poesía», idea que


ampliará en otras obras conectándola con la filosofía, la poesía como ciencia
universal y la divina inspiración que se alcanza con esta ciencia.

que desea «comunicar el talento que del cielo ha recebido, temprano se aventura a ofrecer los frutos de su
ingenio a su patria y amigos [...]» (TPRM, 134). Algo parecido (y había señalado a Platón como fuente)
había dicho Pero Mejía en el prólogo de Silva de varia leción (1540): «Sentencia fue y parecer de aquel
grande filósofo Platón, que no nació el hombre para sí solo, sino que también para el uso y utilidad de su
patria y amigos fue criado». La misma justificación emplea Juan de Mal Lara en su prólogo a Filosofía
vulgar (1568). Ambos textos en mi obra El prólogo en el Renacimiento español, pp. 65 y 73.
13. Ed. de Juan Bautista Avalle-Arce, vol. II, Madrid, Espasa-Calpe, 1961, p. 219.

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Hasta este m o m e n t o de La Galatea, poca teoría poética se ha publicado
en España, pero estoy seguro de que Cervantes la h a leído en b u e n a parte,
especialmente el libro complutense de Sánchez de Lima y el libro sevillano de
Herrera en que comenta a Garcilaso (ambos ya citados varias veces) y proba-
blemente también el prólogo de Lomas Cantoral a sus Obras (1578), que es
una encendida defensa de la poesía. Cervantes cita elogiosamente a este poeta
en el Canto de Calíope. Es m u y posible que conozca posturas acomplejadas y
defensivas como las de J u a n de Padilla y Alejo de Venegas o Sancho Muñón.
Posturas que quizá tiene en cuenta e incorpora en su prólogo a La Galatea
para superarlas a base de m e a n d r o s dialécticos de tira y afloja. El concepto de
la «ciencia de la poesía» que aflora, como h e m o s visto, en La Galatea, emerge
ya en los p r o n u n c i a m i e n t o s teóricos hispanos del siglo xv (Baena, Marqués de
Santillana y Encina). También Cervantes lo ha podido beber directamente en
Italia a través de Petrarca y Boccaccio, o de los otros escritores españoles ya
citados. Pero esta trayectoria panegírica no aflora o se desarrolla hasta Viaje
del Parnaso y Quijote, II. Después de La Galatea, Cervantes h a b r á leído y releí-
do m u c h a teoría literaria y habrá escuchado m u c h o s ditirambos en las acade-
mias literarias que frecuentaba. Ya lo veremos. No olvidemos t a m p o c o el
poso retórico y poético que debió aprender en sus contactos posibles en los
colegios jesuíticos y en el estudio de López de H o y o s . Hasta aquí, pues, en
14

teoría poética y en práctica literaria tenemos u n Cervantes primerizo, novato,


inseguro. Si hubiese seguido por este c a m i n o no tendríamos el genio creador
que conocemos y que se destapó, definitivamente, en 1605 en el Quijote.
Cervantes, después de su puesta de largo en las letras españolas con
La Galatea, no irrumpe de nuevo en las prensas escritas hasta veinte años
después, con el Quijote, en 1605. Su Prólogo es fundamental porque m a r c a
u n a actitud revolucionaria en todo y es, en realidad, su verdadera puesta de
largo en las letras españolas, en las que ahora pisa con fuerza, con inde-
pendencia. En este Prólogo está implícita una sutil meditación de teoría lite-
raria «a lo Cervantes», es decir, personal y original. Han q u e d a d o ya m u y
atrás (veinte años atrás) sus inseguridades y fluctuaciones plasmadas en el
oscilante prólogo de La Galatea.
Aislaré ahora sólo algunas aristas ideológicas. Primero observamos por
parte de Cervantes u n afán por recalcar su sinceridad profesional a través de
su creativa ironía de arremeter contra la falta de sinceridad de otros. Me
refiero a la conocida pirueta, que anticipa ya el tono de todo el Prólogo, de

14. En los estudios regentados por los jesuítas se revisaban los autores latinos clásicos y la retórica.
Hay mucha bibliografía sobre el tema. Por fortuna, tenemos un elenco bibliográfico especial y progra-
mas detallados por Ladislaus Lukács, S.I. (ed.), en Monumenta Paedagogica Societatis Iesu, Roma, 1965.
Véase especialmente el vol. I. Importantísimo es también el volumen V (1986) que publica las diversas
versiones de Ratio atque Institutio Studiorum Societatis Iesu. Para comprender la importancia de estudios
como el de López de Hoyos es muy útil Luis Gil Fernández, Panorama social del Humanismo español
(1500-1800), Madrid, Aíhambra, 1981, especialmente pp. 231-254 y 340-356. Interesantes observaciones y
bibliografía se encontrarán en Louise Fothergill-Payne, «The Jesuits as Masters of Rhetoric and Drama»,
Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, 10, 3 (1986), 375-387. Útilísima información se encontrará en
Richard L. Kagan, Students and Society in Early Modern Spain, Baltimore, MD-London The Johns Hop-
kins UP, 1974. Véase, especialmente, el cap. 2, «Latin and the Liberal Arts», pp. 32-61.

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rechazar para su libro sonetos, epigramas y otros elogios que él m i s m o , c o m o
le aconseja su alter ego el amigo, puede inventar. Nótese también la intencio-
n a d a estrategia de introducir a u n amigo, con lo que se crea u n clima de
amistad y no de autoridad, que es precisamente lo que dará la p a u t a para la
exposición de sus ideas literarias: rechazar la autoridad y buscar u n a amistad
cómplice con la tradicionalidad (o gusto colectivo) en la que trata de envolver
a su «público-lector». En literatura, desde ahora, resuelve Cervantes zambu-
llirse de golpe, y creativamente, sin lastres teóricos preconcebidos por el siste-
m a de autoridad o magister dixit. Por ello, desde este m o m e n t o , prefiere, en
cuestiones literarias, especular libremente (y poner énfasis en la expresividad
de su estilo c u a n d o lo hace) y no e m p e d r a r su pensamiento de citas eruditas.
Y c u a n d o éstas emergen son pocas, mal citadas o archiconocidas, con lo que
se aplica a la teoría literaria el m i s m o m e c a n i s m o irónico que, a guisa de
ejemplo significativo, ha expresado con los sonetos y versos preliminares: me-
jor inventarlos (es decir, salirse a la postre por peteneras) que aceptarlos mer-
cenarios y parásitos.
Sigamos leyendo: «[...] todo él [el libro] es u n a invectiva contra los libros
de caballerías de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo n a d a san Basilio,
ni alcanzó Cicerón». Está claro que en u n libro donde a b u n d a la crítica
15

literaria como el Quijote las concepciones ideales, globales o irónicas en torno


a los libros de caballerías a m e n u d o envuelven u n a meditación sobre el fenó-
m e n o literario en general y, por tanto, sobre el concepto de creatividad par
excellence que es la poesía en la amplitud cervantina, a lo que ya m e he referi-
do al principio, equiparándola, para entendernos, al t é r m i n o a l e m á n Dich-
tung. Y ello se perfila con m á s vigor si nos fijamos en las tres autoridades
incrustadas en la cita: Aristóteles, san Basilio y Cicerón. Clemencín dijo que
Cervantes menciona estas tres autoridades porque están en el índice de auto-
res citados por Lope en el Isidro. Y después h a n repetido esta explicación
m u c h o s de los editores del Quijote} Propongo otra explicación: creo que es-
6

tán juntos porque se trata de tres de las autoridades m á s citadas en defensa


de la poesía, y Cervantes aprovecha ahora la ocasión, u n a vez establecido el

15. Cito por mi edición (en que reproduzco el texto de Martín de Riquer, Barcelona, Juventud,
1958) en El prólogo en el Manierismo y Barroco españoles, Madrid, CSIC, 1968, pp. 72-76. En este libro
reproduzco todos los prólogos cervantinos.
16. Véase la edición de Diego Clemencín del Quijote, vol. 1, Madrid, Vda. de Hernando, 1894,
p. LXXV. La primera edición de Clemencín se publicó en 1836-1839. Repiten la misma explicación, por
ejemplo, Francisco Rodríguez Marín en su ed. de Clásicos Castellanos, vol. 4, Madrid, Espasa-Calpe,
1922, I, 23, y Martín de Riquer en la ed. cit., p. 22. No comparto esta explicación para este caso, aunque
sí para otras parodias de Lope, y sobre todo a El peregrino en su patria. Si Cervantes quería señalar tres
autores representativos de la erudición del Isidro, hubiera escogido autores que Lope cita mucho y que
son típicos de la «erudición lopesca» en este libro tales como Virgilio, Vives, Arias Montano, Titelman, y
no precisamente tres autores que cita muy poco en comparación con otros. Creo que Cervantes escoge
precisamente tres autores muy citados en la defensa de la poesía como son Aristóteles (no hace falta
citar ejemplos) y san Basilio, que era citado a menudo con ocasión de su Exhortación a los jóvenes sobre
la manera de aprender mejor los escritos de los autores paganos. He aquí muestras de su presencia en la
teoría poética española anterior a Cervantes. Sancho Muñón: «Y porque no sea todo traer ejemplos de
gentiles, remítome a lo que el bienaventurado san Basilio dice de la lección de las ficciones de la poesía
en un sermón que hizo a los mancebos, de la manera que han de aprovecharse y tomar doctrina de los
poetas y fabulosas ficciones» (TPRM, 90); Alejo de Venegas: «La idolatría no nasció de la intención de la

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clima irónico de personal independencia, p a r a liberarse de u n a cadena de
justificaciones p a r a la práctica de la ficción creativa, y echar p o r la b o r d a u n a
artillería pesada de citas anodinas y repetitivas. Ahora c o m p r e n d e m o s tam-
bién por qué h a arremetido contra los sonetos y elogios preliminares que no
se necesitan p a r a justificar la existencia de u n libro, c o m o no se precisan los
elogios a la poesía o creación literaria p a r a justificar la existencia de ésta. U n a
vez probado, espero, que conviene aplicar los p r o n u n c i a m i e n t o s cervantinos
sobre el libro de caballerías ideal a la creación literaria modélica o poesía (ya
que la poesía, no olvidemos, y nos lo recordaría Cervantes, también puede
escribirse en prosa como en verso), veamos otro pasaje importante de este
Prólogo: «[...] sino p r o c u r a r que a la llana, con palabras insignificantes, ho-
nestas y bien colocadas, salga vuestra oración y periodo sonoro y festivo, pin-
tando en todo lo que alcanzáredes y fuese posible vuestra intención, dando a
entender vuestros conceptos sin intricarlos ni oscurecerlos». Vemos, pues, que
Cervantes aboga por u n claro conceptismo y cierta sonoridad formal, princi-
pios poéticos que se desprenden del canon garcilasista p r o p u g n a d o por Herre-
ra, quien, incluso, habla de jocundidad y de que las voces sean limpias} es 1

decir, en términos que Cervantes imita a h o r a del sevillano. Pero veamos dos
pasajes concretos de Herrera en donde insiste en la importancia de la coloca-
ción de los vocablos y en la sencillez y comprensión de los m i s m o s . Helos
aquí: «porque p o n e n los retóricos dos principales partes de la elocución:
u n a es la elección de voces, otra es la composición o colocación de ellas»
(TPRM, 118) y «porque n o es grandeza del poeta huir los conceptos comunes,
pero sí c u a n d o los dice no c o m ú n m e n t e . Y cuando es más común, siendo
tratado con novedad, tanto es de m a y o r espíritu» (TPRM, 118).
Me he fijado solamente en algunos aspectos del Prólogo para resaltar su
actitud independiente y la h o n d a influencia del pensamiento herreriano. E n el
Prólogo hay otras ideas que podrían aplicarse a concepciones teóricas tales
como u n pronunciamiento, de pasada, sobre la imitación. A propósito, en
toda la p r i m e r a parte del Quijote, a s o m a n sus concepciones literarias en las
que simplemente refleja el pensamiento aristotélico sobre la verdad en litera-

poesía, sino de la granjeria. De la prueba désta están cuasi llenos los libros de la humanidad y aun de los
muchos santos como sant Basilio [...]» (TPRM, 94); Pedro Sánchez de Viana: «[...] y el gran Basilio en un
sermón que hace a los mancebos de cómo se deben aprovechar de la doctrina de los gentiles» (TPRM,
145); Bernardo de Balbuena: «[...] valga a lo menos la autoridad y crédito del gran Basilio que en su
persuasoria Ad Nepotem afirma que todas las ficciones de Homero y de los otros poetas griegos no son
otra cosa que unos agudísimos estímulos a la virtud [,..]» (TPRM, 273). Van Horne, editor moderno del
Compendio Apologético en alabanza de la poesía de Balbuena, nos recuerda que esta cita de san Basilio
procede de la miscelánea de Garzoni, con lo que se corrobora que era un lugar común del que se burla
precisamente Cervantes. Este sermón de san Basilio se puede leer en su traducción castellana (Madrid,
Rialp, 1964). Un buen panorama, y bibliografía oportuna, sobre san Basilio se encontrará en el libro de
Johannes Quasten, Patrología, vol. 1, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1985 , pp. 224-260. En
4

cuanto a la referencia a Cicerón, no hace falta insistir en que era el autor siempre citado en las defensas
divinizantes de la poesía, especialmente en su Pro Archia, citas que ya emergen en Boccaccio, Petrarca, y
muchísimos precedentes en la teoría poética española (véase TPRM, passim).
17. He aquí el pasaje de Herrera referido al verso lírico: «Requiere este verso ingenio vivo y espirito-
so, voluntad cuidadosa y trabajadora, juicio despierto y agudo, las voces y oración pulida, limpia, castiga-
da, eficaz y numerosa y, particularmente, la jocundidad» (TPRM, 113).

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tura, problema ya de sobra estudiado p o r otros investigadores. Digamos que 18

el tema literario, y, por tanto, poético, que es el aspecto creativo que m á s


preocupa a Cervantes, palpita por toda la primera parte, iniciado ya en el
escrutinio de la librería donde Cervantes expone sus preferencias, siempre
envueltas en la ambigüedad misteriosa que lo caracteriza. Y habla p o m p o s a -
mente, en concepciones topológicas, de las a r m a s y las letras, en el capítulo
38. Lo m á s vivido e interesante, como siempre, es la presentación viva y con-
movedora de la poesía a través del joven poeta que e n a m o r a a Clara (cap. 43)
y otro poeta que también e n a m o r a pero con intenciones perversas de engañar
(cap. 51, 507), con lo cual, u n a vez más, aplica a la poesía un vaivén de
posibilidades oscilantes y ambiguas, c o m o es grato a Cervantes, para que, a la
postre, el lector recoja el mensaje ambivalente de cualquier verdad o hecho
presente en su cosmos creativo.
Creo que las exposiciones m á s densas y programáticas de Cervantes se
publican en el Viaje del Parnaso (1614), es decir, nueve años después del Qui-
jote I y veintinueve años m á s tarde que La Galatea. Es m u c h o , entretanto, so-
bre todo en estos últimos nueve años, lo que Cervantes h a leído y releído
sobre poesía para esponjar simplemente la espuma de lo que encajaba en su
propio esquema creativo y vibrante. Debe tratarse de la época en que m á s
activamente frecuentaría las academias madrileñas, donde a b u n d a n los dis-
cursos y discusiones sobre la poesía. Saltan ahora en las páginas del Viaje
19

del Parnaso los núcleos principales sobre poesía que irá d e s g r a n a n d o o, mejor,
exhibiendo, en sus obras posteriores. Por supuesto, en las Novelas ejemplares
publicadas en 1613 (algunas obviamente anteriores a su colección en volu-
men) también brotan explosiones inspiradas sobre la poesía que presentaré
ahora aglutinadas con su t o m a de conciencia realmente poética (no olvidemos
que, precisamente, escribe en poesía...) del Viaje del Parnaso. Son, a partir de
ahora, u n a s ideas entusiastas y simplificadas, que se c o m u n i c a n reiterada-
mente en m u c h a s obras posteriores al Quijote I, es decir, a d e m á s de las ya
citadas en el Quijote II y Persiles.
Acaso sea a h o r a el m o m e n t o de aislar estos núcleos y mostrar los senci-

18. Véase, por ejemplo, Alexander A. Parker, «El concepto de la verdad en el Quijote», RFE, 32
(1948), 287-305 y Leland H. Chambers, «Structure and the Search for Truth in the Quijote», HR, 35, 4
(1967), 309-326. Me ocupo también del tema, en planteamiento general, en «El problema de la verdad
poética en la Edad de Oro», incluido en mi libro Temas y formas de la literatura española, Madrid,
Gredos, 1972, pp. 94-113.
19. Sobre la posible presencia de Cervantes en academias madrileñas, sevillanas y toledanas expresa
verosímiles conjeturas José Sánchez, Academias literarias del Siglo de Oro español, Madrid, Gredos, 1961,
passim. Es segura en 1612 su presencia en la Academia de Saldaña (Sánchez, p. 38). Más hipotética,
según Sánchez (p. 110), es la pertenencia de Cervantes a la Academia Selvaje, afirmada por Juan Hurta-
do. En esta Academia, en 1612, leyó precisamente Soto de Rojas su Discurso sobre la poética (TPRM,
360-362) con fuerte influencia de T. Tasso, y con ideas muy próximas a las que expresará Cervantes.
Información general sobre las academias se encontrará también en Willard F. King, Prosa novelística y
academias literarias en el siglo xvn, Madrid, Real Academia Española, 1963. Va avanzando nuestro conoci-
miento más detallado sobre diversas academias de provincias. Véase, por ejemplo, Aurora Egido, «Las
academias literarias de Zaragoza en el siglo xvn», en el libro editado por la misma autora La literatura en
Aragón, Zaragoza, Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1984, pp. 101-128, y
la edición de José Luis Canet, Evangelina Rodríguez y José Luis Sirera de las Actas de la Academia de los
Nocturnos, Valencia, Alfons el Magnánim, 1988 (ha salido solamente, hasta ahora, el primer volumen).

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líos hilos que enlazan toda la entusiasta (y poco sistemática y profunda) tapi-
cería teórica de Cervantes. Conviene recalcar de nuevo que en Viaje del Pama-
so el hecho de expresarse poéticamente le permite deslizarse hacia el ditiram-
bo panegírico y la incitación provocadora m á s que hacia la sistematización
ideológica. Muchas de estas ideas, antes y después del Viaje, se recogen en su
devenir fluido y oscilante, es decir, que no se encierran en principios n o r m a t i -
vos sino que se reiteran con leves enlaces y matices para constituir al final
u n a u n i d a d temática abierta y amorfa que se h a ido deslizando (repito) en u n
oleaje de flujo y reflujo, en el que reverberan las mismas ideas de siempre sin
que Cervantes aporte n a d a nuevo, absolutamente n a d a nuevo. Acaso sea ésta
su gran ironía de creador que está al margen de la teoría. Y ello explica
ciertas concesiones externas, trilladas, tradicionales, a u n q u e vestidas de lindo
ropaje literario, limpio y festivo.

Poesía como doncella

La poesía se presenta en la p l u m a de Cervantes con una alegoría favorita:


en forma de d a m a . Y esta alegoría le ha podido llegar por diversas avenidas.
La tradición pictórica fue inaugurada por Rafael (1509-1511) en la bóveda de
Segnatura del Vaticano. Una visión parecida, pero m u c h o m á s elaborada, con
connotaciones ideológicas de la función de la poesía, su divinidad, la inspira-
ción, diversos géneros de versos, aparece en Iconografía (1593) de Cesare
R i p a . No olvidemos, a d e m á s , toda u n a trayectoria de poesía a m o r o s a de
20

Petrarca que p r e p a r a b a ya la ecuación de mujer (con su poder de inspiración,


su belleza, su honestidad, su humildad...) y poesía. En el Canzoniere de Pe-
trarca (y antes en el Dante de la Vita nuova) son varias las doncellas que
sirven a la d a m a principal, que resalta sobre todas ellas. E s t a m o s ya, pues,
m u y próximos a la presentación de la poesía en Viaje del Parnaso, que aparece
servida p o r otras d a m a s que representan las artes liberales. No olvidemos la
posible influencia que ejercería en Cervantes el c u a d r o de Botticelli repre-
sentando las tres gracias, cuadro que, al parecer, p u d o a d e m á s influirle p a r a
los rasgos idealistas de personajes femeninos de algunas novelas como serían
Galatea y la Gitanilla, las dos protagonistas femeninas que e n c a r n a n , por
21

cierto, m u c h o s rasgos ideales típicos de la Poesía (en mayúscula).


He aquí algunos pasajes cervantinos de Viaje del Parnaso:

20. El mejor tratamiento de este tema lo ofrece Robert J. Clements, Picta Poesis: Literary and Huma-
nistic Theory in Renaissance Emblem Books, Roma, Edizioni di Storia e Letteratura, 1960. Es muy impor-
tante el capítulo II, «Iconography on the Nature of Poetry». Recordemos que existen varias ediciones del
libro de Ripa que pudo ver Cervantes, como la de Milán, 1602. De allí, p. 215, reproduzco la traducción
de Clements, p. 34: «Poesía: Young, beautiful, clothed in celestial hue». El mismo Clements había avan-
zado este capítulo en PMLA, 70 (1955), 781-804, con el título de «Iconography on the Nature and Inspi-
ration of Poetry in Renaissance Emblem Literature*.
21. Véase George Camamis, «The Concept of Venus-Humanitas in Cervantes as the Key to the Enig-
ma of Botticelli's Primavera», Bulletin of the Cervantes Society of America, 8, 2 (1988), 183-223. Un buen
panorama crítico y bibliografía pertinente sobre el famoso cuadro del pintor italiano se encontrará en
Umberto Baldini, Primavera, Londres, Sidgwick and Jackson, 1984,

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La mayor hermosura se deshace
ante ella, [dama = poesía] y ella sola resplandece
sobre todas, y alegra y satisface.
[vv. 109-111; edic. Gaos, 106]

Las ninfas que el querer suyo asistían,


en el gallardo brío y bello aspecto
las artes liberales parecían.
[ w . 118-120; edic. Gaos, 107]

Ya antes, en La Gitanilla, presenta a la poesía como h e r m o s a doncella,


con adjetivos m u y próximos a la reciente estética herreriana: «La poesía es
una bellísima doncella, casta, honesta, discreta, aguda, retirada, y se contiene
en los límites de la discreción m á s alta. Es amiga de la soledad: las fuentes
la entretienen, los prados la consuelan, los árboles la desenojan; las flores la
alegran; y, finalmente, deleita y enseña a cuantos con ella comunican» (Apén.,
197). Y, después, Cervantes, en Quijote II, 16, se expresa en bella y controlada
prosa, en un pasaje famoso:

La poesía señor hidalgo, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca


edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y
adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de
servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no
quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni publicada por las esquinas de
las plazas ni por los rincones de los palacios.
[TPRM, 366; Ta., 273; Apén., 194]

En la teoría poética italiana, de pasada, surge la visión de la poesía c o m o


admirable y honorable d a m a , servida por las otras musas. He aquí u n ejemplo
representativo procedente de Bernardo Tasso en su Ragionamento della poesía
(Venecia, Giolito de Ferrari, 1562). Leemos en sus párrafos introductivos:
«[...] ¡Iluminando la m e n t e mia, movete la lingua e datemi concetti e parole
atte ad intieramente mostrare la bellezza e l'eccellenza di questa veneranda
d o n n a » . Recordemos que en el propio p a n o r a m a teórico español era fre-
22

cuente, m u c h o antes de Cervantes, el presentar a la poesía c o m o u n a d a m a .


He aquí u n o s ejemplos. E n c o n t r a m o s en Arte poética en romance castellano de
Sánchez de Lima: «que a su fe que es harto bella la doncella, [la poesía] / si el
tosco que la compra no la estraga» (TPRM, 127), y «os diré lo que siento de la
excelencia desta señora» (TPRM, 131). En 1591, en el prólogo de Alonso de
Valdés a Diversas Rimas de Vicente Espinel, leemos: «La poesía es señora
de todas las artes, porque el poeta tiene necesidad de ser versado en todas»
(TPRM, 150). Siete años m á s tarde, nos recuerda López Pinciano, en Filosofía
antigua poética, «[...] que de todas sea vista [esta d a m a , es decir, la poesía]
o r n a d a y ataviada con los vocablos peregrinos, figuras, s c h e m a s » . Y en 1602, 23

22. En Bernard Weinberg (ed.), Trattati di poética e retorica del'500, vol. II, Barí, Laterza, 1970,
p. 569.
23. Ed. A. Carballo Picazo, vol. II, Madrid, CSIC, 1953, p. 162.

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en Carvallo, Cisne de Apolo, también aparece: «bella ninfa [la poesía] tan her-
mosa / que si loalla quiero es agravialla». 24

Es decir, Cervantes recoge u n a tradición que viene de trayectorias múlti-


ples. Ya en la Antigüedad clásica las m u s a s eran femeninas. Y, repito, en el
Renacimiento tenemos la expresión visual de la poesía c o m o d a m a en ejem-
plos famosos c o m o son Rafael y Cesare Ripa. No olvidemos las tres gracias
de Botticelli. En este pintor del siglo xvi, las tres gracias que aparecen en
La primavera significan Belleza, Castidad, y Placer. Y la Belleza está próxima,
en pocos años, a sugerir la representación de la Poesía como personificación
visual. La asociación se ejerce también, c o m o h e m o s visto, desde u n a vertien-
te teórica, con importantes ejemplos de B. Tasso, Sánchez de Lima, López
Pinciano, Luis Alfonso de Carvallo y tantos otros. La m i s m a visión irreal y
exaltada de las doncellas quijotescas, siempre a d m i r a d a s y servidas por otras
doncellas hermosísimas, implica, tácitamente, la ecuación mujer ideal = poe-
sía, anticipando posturas románticas a lo Bécquer.

Poesía como ciencia universal

Ya en La Galatea, lo he mencionado, Cervantes avanza la idea de conside-


rar a la poesía c o m o ciencia: «los espíritus que en la ciencia de la poesía en
ella m u e s t r a n que le tienen levantado» (libro sexto, p. 226). Vuelve sobre lo
m i s m o e inyecta el aspecto de universalidad en el capítulo IV de Viaje del
Parnaso:

¿Puede ninguna ciencia compararse


con esta universal de la poesía,
que límites tiene do encerrarse?
[Ta., 268]

Es m u y posible, como ya señalé también, que Cervantes haya recibido


el impacto de la tradición autóctona española. Leemos en L.A. de Baena:
«la cual ciencia [la poesía] e avisación e dotrina que della depende [...]»
(TPRM, 75); y el Marqués de Santillana: «E así concluyo ca esta sciencia poe-
tal es acepta principalmente a Dios» (TPRM, 77). Por supuesto, que estos
25

conceptos, c o m o ya he indicado también, probablemente proceden directa-


mente de Petrarca y Boccaccio. J u n t o a esta idea de poesía c o m o ciencia
inspirada (y en ella están implícitos famosos p r o n u n c i a m i e n t o s de Platón, Ci-
cerón y (Jvidio...; ya me he referido a este último: Deus est in nohis...), Cer-
vantes amplía el concepto haciendo de la poesía la ciencia universal, la cien-
cia de las ciencias, la que las abarca todas. Y lo repite varias veces a lo largo

24. Mi ed., voi. I, Madrid, CSIC, 1958, p. 38.


25. Para mi TPRM seguí la ed. de Luigi Sorrento en Revue Hispanique, 55 (1922), 21-30, que en
p. 25 prefiere la posibilidad «poetai» en vez de «por tal». Sin embargo, otros editores más recientes
prefieren «por tal». Así, F. López Estrada en Las poéticas castellanas de la Edad Media, Madrid, Taurus,
1984, p. 54, y A. Gómez Moreno y M.P.A.M. Kerkhof, en Marqués de Santillana, Obras completas, Barce-
lona, Planeta, 1988, p. 442.

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de toda su obra. Ya he aludido al ropaje alegórico con que se presenta a la
poesía en Viaje del Parnaso y cómo las otras d a m a s están supeditadas a la
señora que representa la poesía. Pero estas d a m a s representan precisamente
otras ciencias:

Todas con amoroso y tierno afecto


con las ciencias más claras y escondidas,
le guardan santísimo respeto.
Mostraban que en servila eran servidas.
[Ed. Gaos, 107]

Y es acto seguido c u a n d o habla de que los mares, las hierbas, las piedras,
el amor, la paz, la guerra le abren sus secretos. Ya antes, en El licenciado
Vidriera, leemos: «admiraba y reverenciaba la ciencia de la poesía, porque en-
cerraba en sí todas las demás ciencias: p o r q u e de todas se sirve, de todas se
adorna, y pule y saca a la luz sus maravillosas obras» (Apén., 198). Ya he
transcrito con ocasión de hablar de la poesía como d a m a el importante pasaje
del capítulo del Caballero del Verde Gabán {Quijote, II, 16), donde surgía,
digamos ahora, el abrazo universal de otras ciencias que implica la poesía:
«[...] las otras ciencias [...] y ella se ha de servir de todas, y todas se h a n de
autorizar con ella». También en la tradición española emerge esta idea por
todas partes. Y hay que entroncarla con otros principios panegíricos y enalte-
cedores, los cuales ven en la poesía la mejor ciencia, mejor que la filosofía,
porque la poesía tiene el atractivo de la música de las palabras, con lo que
consigue la inteligibilidad de las otras ciencias y ejerce un poder civilizador.
Estas ideas r e m o n t a n a Estrabón y Horacio, sobre todo.
A veces, una idea paralela a la poesía como ciencia universal es que el
buen poeta tiene que estar impuesto en amplios y variados conocimientos.
Veamos unos textos hispanos m u y representativos y anteriores a Cervantes.
Leemos, ya en el Prólogo al Cancionero de Baena: «[...] etal [el h o m b r e que se
dedique a la poesía] que haya visto e leído muchos e diversos libros e escriptu-
ras e sepa de todos lenguajes [...]» (TPRM, 75). Otro t e m p r a n o pronunciamien-
to es del Marqués de Santillana: «E si por ventura las sciencias son deseables,
así como Tulio quiere, ¿cuál de todas es m á s prestante, m á s noble, e m á s
digna del hombre? o ¿cuál m á s extensa a todas especies de h u m a n i d a d ? Ca las
escuridades e cerramientos dellas ¿quién las abre, quién las esclarece, quién las
demuestra e face patentes sino la elocuencia dulce e fermosa fabla, sea metro,
sea prosa?» (TPRM, 76). Ya he indicado la lógica familiaridad que el alcalaíno
Cervantes tendría con el libro alcalaíno de Sánchez de Lima. He aquí u n pasaje
de éste: «porque en ella [la poesía] se halla muy fina teología, leyes, astrología,
filosofía y música. Y en fin todas las siete artes liberales se hallarán escriptas
en poesía» (TPRM, 132). Notemos aquí u n a alusión a las artes liberales en
términos m u y próximos a los expresados por Cervantes en Viaje del Parnaso.
En 1578, Lomas Cantoral, autor conocido y apreciado por Cervantes, como
ya he indicado, apunta el poder civilizador de la poesía, por tanto, la sabiduría
implícita en la misma: «aquella arte se ha de afirmar verdaderamente por m u y

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excelente entre todas, que enseñó esta vida c o m ú n y privada [...]» (TPRM, 98).
En 1587, Bernardo González de Bovadilla, en su Prólogo a Primera parte de las
ninfas y pastores de Henares, afirma: «como vemos en muchos antiguos y m o -
dernos varones, en cuyo entendimiento Apolo inspiró maravillosos conceptos,
dellos astrólogos, dellos excelentes filósofos, dellos gravísimos jurisconsultos,
que en los tiernos años de su vida daban el tiempo a las musas» (TPRM, 137-
138). Aunque Bovadilla, al indicar que varones de todas las ciencias practican la
poesía en su juventud, no deja de, sin darse cuenta, clavar u n a estocada a la
poesía (en realidad, Cervantes había usado la misma justificación en el prólogo
a La Gálatea). Lo que m e interesa recalcar aquí es la universalidad de su atracti-
vo y su poder de adaptación a las diversas ciencias. Por supuesto, Cervantes
leyó a Bovadilla, a quien vitupera en el escrutinio de la librería {Quijote, I, 6) y
en Viaje del Parnaso (cap. IV, w . 505-510 [ed. Gaos, p . 120]).
Sánchez de Viana, en 1589, en su Prólogo a Transformaciones de Ovidio,
dice de la poesía que es «[...] u n a cierta cosa m u c h o m á s divina [que las otras
artes liberales], pues las abraza y comprehende a todas [...]» (TPRM, 140), y
m á s adelante afirma: «Luego si los poetas son divinos m á s que h u m a n o s , com-
prehenden y enseñan todas las disciplinas [...]» (TPRM, 144-145). Es m u y lógico
que Cervantes, que pasa largas temporadas en Valladolid, donde se publica este
libro, y que cita a Ovidio varias veces en sus obras, hubiese leído la traducción
de Sánchez de Viana. Sánchez de Viana vierte precisamente en este Prólogo
conceptos m u y próximos al no sé qué plasmado por Cervantes en Viaje del
Parnaso. Observemos, en el primer pasaje transcrito, «una cierta cosa m u c h o
más divina [...]», y en otro lugar habla de la poesía que produce «un inefable
deleite y un contento que no se puede explicar» (TPRM, 144), todo ello muy
próximo al poder inescrutable de la poesía que expresa bellamente Cervantes en
Viaje del Parnaso. López Pinciano había también repetido en Filosofía antigua
poética esta concepción tan generalizada que estamos viendo: «la poesía com-
prehende y trata de toda cosa que cabe debajo de imitación, y, por el consi-
guiente, todas las ciencias especulativas, prácticas, activas y efectivas. ¿Y no veis
a Homero cuan lleno está de todas las artes generalmente, y a Virgilio tam-
bién?» (TPRM, 175). Lope, en 1598, en La Arcadia, había dicho a través de u n o
de sus pastores: «No sólo ha de saber el poeta todas las ciencias, o a lo menos
principios de todas, pero ha de tener grandísima experiencia de las cosas que en
tierra y m a r suceden [...]» (TPRM, 201). Carvallo, en el Cisne de Apolo, presenta
este tema en m u c h a s ocasiones. Escojo u n pasaje por su belleza expresiva. Tras
aludir a que el verso penetra en m u c h a s ciencias, prosigue: «cosa es m u y sabida
que escribieron en poesía los secretos naturales que enseñaron. Y la creación
del m u n d o de la naturaleza del sol y luna, de la generación de los animales, del
criar de las plantas y producir de los fructos [...]» (TPRM, 229). Todo ello m u y
próximo, p o r cierto, a lo que dice Cervantes en Viaje del Parnaso. 26

26. Son muchos los otros textos teóricos españoles en que aparece este concepto de la universalidad
de la poesía. Remitiré simplemente, una vez reproducidos los más importantes en este artículo, a los más
significativos antes de Cervantes, en TPRM, 271, 274, 314, 361...

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Debo ahora concluir y resumir. Me he fijado en la actitud de Cervantes,
que asimila la teoría poética española anterior, y he a p u n t a d o diversas posi-
bles influencias p a r a subrayar, sobre todo, el para m í seguro influjo de Sán-
chez de Lima, Herrera y Carvallo. La actitud revolucionaria de Cervantes de
salirse por peteneras emerge con la publicación de Quijote I. Después, se si-
gue o c u p a n d o de la teoría poética, y siempre con vena panegírica, vibrante,
no analítica, para indicar con esta actitud que no le interesa teorizar sobre la
poesía. En la incidental toma de conciencia que tiene con las concepciones
teóricas de la poesía aparecen, fugazmente (y no m e he referido específica-
m e n t e a ello), todos los lugares comunes: prodesse aut delectare, utile dulci,
poesía y pintura, poesía como vertiente de la filosofía moral... Me he limitado
a calar en dos núcleos teóricos, n a d a originales, que presentan cierta consis-
tencia y reiteración: la poesía c o m o doncella y la poesía c o m o ciencia univer-
sal. Hay que destacar que, después de la seguridad profesional que ha obteni-
do con Quijote I, cada vez se muestra m á s independiente. De aquí que, al
hablar ligera pero bellamente de la poesía, nos está m a r c a n d o , con otro gesto
andaluz de los m u c h o s que entran en su personalidad, que él, escritor acla-
m a d o por obras importantes, en vez de teorizar seriamente sobre literatura,
puede salirse, con personalidad y alegremente, por peteneras.

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