Sermones Tiempos Liturgicos San Bernardo
Sermones Tiempos Liturgicos San Bernardo
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San Bernardo de Claraval (1090 – 1153) fue uno de los primeros monjes que
se adhirió a la Reforma de Citeaux (o Císter). Ingresó en esta abadía en
1113, y pronto (en 1115) fue a Claraval a fundar un nuevo monasterio de la
Reforma cisterciense. Su personalidad y su prestigio, así como su fama de
santidad, extendió su fama por toda la cristiandad. Su actividad fue
incansable. Intervino en diversas disputas entre los reyes y los príncipes de
su época, alentó la fundación de la nueva Orden del Temple, predicó en 1145
en el sur de Francia contra los albigenses, difundió el Císter y atendió las
necesidades de la Orden, predicó la Segunda Cruzada (1144 – 1148), etc.
Falleció en el Monasterio de Claraval el 20 de agosto de 1153. Fue
canonizado en 1174. El Papa Pío VIII lo declaró Doctor de la Iglesia en
1830. Su fiesta se celebra el 20 de agosto.
Es conocido por su profunda piedad mariana. A él se le atribuye la oración
Memorare (Acordaos).
Dejó pocos escritos, aunque estos revelan su acendrada devoción a la Virgen
María y su cristología. Como corresponde a un hombre de acción, no son
demasiados los escritos doctrinales, destacando los sermones y las cartas.
En este libro electrónico ofrecemos diversos sermones distribuidos en
tiempos litúrgicos.
En esta edición electrónica presentamos sus Sermones para tiempos
litúrgicos. Los textos están tomados de la versión que publica Mercaba (se
puede consultar en este enlace). La imagen de portada es una adaptación de
una foto de Levan Ramishvili, representando en una miniatura a San
Bernardo de Claraval que se distribuye bajo licencia de dominio público. Se
puede ver el original en este enlace.
Sermones de Adviento
Sermón primero
Los seis aspectos del adviento
Capítulo 1
Hoy, hermanos, celebramos el comienzo del Adviento. Este apelativo, como
el de casi todas las solemnidades, es familiar y conocido en todos los
lugares. Sin embargo, no siempre se capta su sentido, pues los desgraciados
hijos de Adán se despreocupan de los auténticos y saludables compromisos
y van a la zaga de lo caduco y transitorio. ¿A quiénes se parecen los hombres
de esta generación? ¿Con quiénes los compararemos, viendo que son
incapaces de arrancarse de los consuelos terrenos y sensibles? Se parecen a
los náufragos que zozobran en el mar. Fíjate cómo se agarran a lo poco que
tienen. No sueltan por nada del mundo lo primero que llega a sus manos, sea
lo que sea, aunque no sirva para nada. Son como raíces de grama o algo por
el estilo. Si alguien se acerca a ellos para ayudarles, lo atenazan de tal modo
que no pueden ni ofrecerles sus auxilios sin menoscabo de su salvación. Así
se anegan en este inmenso mar; y perecen, miserables, afanándose en lo
caduco y relegando los apoyos firmes, únicos remedios para salir a flote y
salvarse.
Se dice a propósito de la verdad, no de la vanidad: La conoceréis y os
librará. Hermanos, a vosotros, como a los niños, Dios revela lo que ha
ocultado a sabios y entendidos: los auténticos caminos de la salvación.
Recapacitad en ellos con suma atención. Enfrascaos en el sentido de este
adviento. Y, sobre todo, fijaos quién es el que viene, de dónde viene y a
dónde viene; para qué, cuándo y por dónde viene. Tal curiosidad es
encomiable y sana. La Iglesia universal no celebraría con tanta devoción este
Adviento si no contuviera algún gran misterio.
Capítulo 2
Ante todo, fijaos con el Apóstol, estupefacto y atónito, cuán importante es
este que viene. Según el testimonio de Gabriel, es el Hijo del Altísimo; y
Altísimo él también. No se puede ni pensar que el Hijo de Dios sea una
realidad inferior al Padre. Creemos que es idéntico a él en sublimidad y
grandeza. ¿Quién ignora que los hijos de príncipes sean príncipes, y reyes
los hijos de reyes? ¿A qué se debe que, de las tres personas que creemos,
confesamos y adoramos en la soberana Trinidad, venga el Hijo y no el Padre
ni el Espíritu Santo? Supongo que tiene que haber algún motivo. Pero ¿quién
conoció el designio del Señor? ¿Quién fue su consejero? La venida del Hijo
no tuvo lugar sin un previo consejo sublime de la Trinidad. Mas, si
consideramos el motivo de nuestro destierro, Aquel lucero, hijo de la aurora,
en un intento de usurpar la categoría del Altísimo, incurrió en latrocinio por
el hecho de equipararse a Dios, propiedad exclusiva del Hijo. Y al instante
cayó precipitado, porque el Padre se celó del Hijo. Parece como si hubiese
ejecutado esta sentencia: Mía es la venganza; yo daré lo merecido. En un
momento vemos caer a Satanás de lo alto como un rayo. ¿Por qué te
enalteces, polvo y ceniza? Si Dios no aguantó a los ángeles soberbios,
¿cuánto menos a ti, pobre y gusano? Aquel lucero nada hizo, nada realizó.
Sólo admitió un pensamiento de soberbia. Y en un instante, en un volver de
ojos, se hundió sin remedio. Porque, según el Profeta, no se mantuvo en la
verdad.
Capítulo 3
Os ruego, hermanos míos, que ahuyentéis la soberbia; ahuyentadla de
continuo. La soberbia es la raíz de cualquier pecado. Ella ofuscó al instante,
con la eterna tiniebla, al lucero más brillante que todos los astros juntos; y
transformó en diablo a quien era ángel, y primero de entre los ángeles. De
aquí que, ardiendo de envidia por el hombre, inyectó en él la iniquidad que
había concebido en sí mismo. Le persuadió a que, cavando del árbol
prohibido, se hiciese como Dios, versado en el bien y en el mal.
¿Qué ofreces, qué prometes, desgraciado, si el Hijo del Altísimo tiene la
llave del saber? Aún más, ¿si él es la llave, llave de David, que cierra y
nadie es capaz de abrir? En él se esconden todos los tesoros de la sabiduría
y del conocimiento; y tú, ¿vas a robarlos perversamente para regalarlos al
hombre? Daos cuenta según el dicho del Señor, que éste es el mentiroso y
padre de la mentira. Ya fue un mentiroso cuando recapacitó: Me igualaré al
Altísimo. Se destacó como padre de la mentira cuando arrojó en el hombre
la semilla de su falsedad, diciendo: Seréis romo dioses. Eso mismo eres tú
si ves al ladrón y corres con él. Recordad, hermanos, lo que nos ha dicho
esta noche Isaías, dirigiéndose al Señor: Tus príncipes son infieles, o
desobedientes, según otra versión, y socios de ladrones.
Capítulo 4
Cierto, nuestros príncipes, Adán y Eva, son el germen de nuestra raza,
desobedientes y socios de ladrones. Porque, mediante la persuasión de la
serpiente, o del diablo a través de la serpiente, intentan robar lo que
pertenece al Hijo de Dios. El Padre no aguanta el insulto ocasionado al Hijo,
pues el Padre ama al Hijo, y reclama inmediatamente la venganza en el
hombre mismo, haciendo pesar su mano sobre nosotros. Hemos pecado en
Adán, y en él recibimos todos la sentencia de condenación. ¿Qué va a
intentar el Hijo cuando ve al Padre celarse por él y que se niega a perdonar a
las criaturas? "He aquí", dice, "que, por causa de mí, el Padre pierde a sus
criaturas". El primer ángel buscó con ahínco mi grandeza tuvo un círculo que
confió en él. Pero inmediatamente el ce o del Padre se vengó en su persona.
Le hirió a él y a todos los suyos con una herida incurable y le infringió un
cruel escarmiento. También el hombre quiso arrebatar e saber que me
pertenece; y tampoco tuvo compasión ni lástima de él.
¿Acaso Dios se cuida de los bueyes? Había creado tan sólo dos criaturas
nobles, dotadas de razón y capaces de felicidad: el ángel y el hombre. Pero
por mi causa perdió muchos ángeles y todos los hombres. Por tanto, para que
vea que yo amo a mi Padre, haré que él reciba, a través de mí, a los que, en
cierto modo, ha perdido por mi causa. Si por mi culpa sobrevino esta
tormenta, dice Jonás, cogedme y arrojadme al mar. Todos me tienen envidia.
Pero voy a venir y manifestarme de tal modo que quien me envidie y trata de
imitarme le sea provechosa esa porfía. Me doy cuenta, sin embargo, que los
ángeles desertores han adoptado una actitud de maldad y perversidad. No
han pecado por ignorancia y debilidad. Deben perecer, ya que se negaron a
hacer penitencia. El amor del Padre y el honor del rey reclaman la Justicia.
Capítulo 5
El designio, pues, de Dios al crear a los hombres es que ocupen los lugares
que han quedado vacantes y reconstruyan los muros de Jerusalén. Sabía que
ya no era posible abrir un camino de retorno para los ángeles. Conocía la
soberbia de Moab, un orgulloso incorregible. La soberbia nunca acepta el
remedio de la penitencia ni del perdón. Pero no creó otra criatura que
reemplazara al hombre caído. Esto era una señal de que iba a ser redimido.
Y si una perversidad ajena a él mismo lo desmoronó, una caridad, también
ajena, podría serle útil.
Te ruego, Señor: dígnate librarme, que soy débil. Me han sacado de mi país
con astucia. Sin hacer mal alguno, me han arrojado aquí, en este calabozo.
Reconozco que soy inocente del todo. Pero, si me comparo con mi seductor,
me siento, en cieno modo, inocente. La mentira me sobornó, Señor. Que
venga la verdad y se descubra la falacia. Que conozca la verdad, y la Verdad
me librará; pero de tal modo que reniegue de la mentira descubierta y me
adhiera a la Verdad conocida. De lo contrario, ya no sería tentación ni
pecado humano, sería obstinación diabólica, pues la perseverancia en el mal
es algo diabólico. Y cualquiera que persista, como él, en el pecado, merece
idéntico
Capítulo 6
Ya sabéis, hermanos, quién es el que viene. Ahora considerad de dónde y a
dónde viene. Viene del corazón del Padre al seno de la Virgen Madre. Viene
desde el ápice de los cielos a las regiones más profundas de la tierra. ¿Qué
ocurre? ¿Hemos de quedarnos para siempre en la tierra? No nos importaría
si se quedara él también. ¿Dónde nos encontraríamos bien sin él? ¿Y dónde
mal con él? ¿A quién tengo yo en el cielo?, y contigo, ¿qué me importa la
tierra? Dios de mi corazón, mi lote perpetuo. Y aunque camine por las
sombras de muerte, nada temo si tú estás conmigo. Ahora me doy cuenta que
bajas a la tierra e incluso al mismo abismo, pero no como un vencido, sino
como libre entre los muertos, como esa luz que brilla en las tinieblas, pero
que las tinieblas no la han comprendido.
Por eso, ni el alma queda en el abismo ni el cuerpo santo conocerá la
corrupción en la tierra. Cristo baja y sube para dar la plenitud al universo.
De él se ha escrito: Pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos por el
diablo. Y en otra parte: Salió contento como un héroe a recorrer su camino;
su órbita llega de un extremo a otro del cielo. Con razón exclama el Apóstol:
Buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.
Sería inútil cualquier intento de levantar nuestros corazones si no nos
presenta antes al autor de la salvación en los cielos.
Pero fijémonos en lo que sigue. Aunque la materia es abundante, por no decir
excesiva, la premura del tiempo no permite largas disertaciones. A quienes
consideraban "quién viene" se les dio a conocer la inmensa e inefable
majestad. A los que avizoraban "de dónde viene", se les descubrió un largo
camino, según aquel testimonio inspirado por el espíritu de profecía: Mirad,
el Señor en persona viene de lejos. Y quienes contemplaban "a dónde"
venía, se encuentran con un amor infinito e inimaginable: la sublimidad en
persona quiere bajar a cárcel tan horrorosa.
Capítulo 7
¿Podrá alguien ya dudar que este gesto implica una motivación importante?
¿Por qué tan gran majestad, y desde tan lejos, quiso bajar a lugar tan
indigno? Cierto, aquí hay algo grande: una inmensa misericordia que rezuma
comprensión y una caridad desbordante. Y ¿para qué ha venido? Esto es
precisamente lo que ahora debemos inquirir. No es preciso engolfarnos
demasiado aquí, estando tan claras las motivaciones de su venida, sus
palabras y sus obras. Se lanzó a buscar por los montes a la oveja extraviada,
la que hacía el número cien. Y para que libremente alaben al Señor por su
misericordia y por las maravillas que hace con los hombres, vino por
nosotros. Es maravilloso el amor de un Dios que busca, e incomparable la
dignidad del hombre buscado. Por mucho que presuma de esto, no incurrirá
en insensatez, porque no se cree señor de sí mismo. Todo su valor procede
de quien lo hizo. Todas las riquezas, toda la gloria de mundo, cuanto arrastra
el deseo del hombre, es inferior a este orgullo; ni siquiera se le puede
comparar. Señor, ¿qué es el hombre para que lo enaltezcas, para que pongas
en él tu corazón?
Capítulo 8
Con todo, quisiera saber qué motivaciones le mueven a venir hasta nosotros
o por qué, más bien, no hemos ido nosotros hacia él. Nosotros éramos los
necesitados. Y no es costumbre que los ricos se acerquen a los pobres ni en
el caso de querer beneficiarlos. Lo más razonable, hermanos, era que
nosotros fuéramos a él. Pero tropezábamos con un doble impedimento.
Nuestra vista era muy débil. Y él habita en una luz inaccesible, mientras que
nosotros, postrados y paralíticas en el catre, no podíamos alcanzar tanta
sublimidad. Por este motivo, el Salvador, todo bondad y médico de las
almas, bajó de su altura, y su claridad alivió los ojos enfermos. A ese cuerpo
que tomó glorioso y purificado de toda mancha, lo vistió de cierto
resplandor. Es aquella nube ligerísima y resplandeciente en la que montaría
el Señor, según predicción del Profeta, para bajar a Egipto.
Capítulo 9
Ya es hora de considerar el tiempo en que llega el Salvador. Llega, sí, y
creemos que no os pasa desapercibido; pero no al principio ni en el fluir del
tiempo, sino al fin. Y no aconteció a la ligera. Hay que pensar que la
sabiduría lo dispone todo con acierto; en las circunstancias más necesarias,
nos brinda su ayuda, y sabía muy bien que somos hijos de Adán, propensos a
la ingratitud. Ya atardecía y el día iba de caída; se estaba poniendo ya el sol
de justicia, y su resplandor y calor se apagaban en la tierra. La luz del
conocimiento divino era muy tenue; y, al crecer la maldad, se enfriaba el
fervor de la caridad. Ya no se dejaba ver el ángel, ni hablaba el profeta;
habían claudicado, como vencidos por la desesperación, ante la dureza y
obstinación de los hombres. Pero yo, exclama el Hijo, dije entonces: "Voy".
Así, así: Un silencio sereno lo envolvía todo; y, al mediar la noche su
carrera, tu palabra todopoderosa, Señor, viene desde el trono real. El
Apóstol lo intuyó y exclamó: Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios
envió a su Hijo. La plenitud y la abundancia de las cosas temporales había
acarreado el olvido y la indigencia de las realidades eternas. Llegó oportuna
la eternidad, precisamente cuando dominaba lo temporal. Por citar sólo un
detalle, la misma paz temporal fue tan extraordinaria en aquel tiempo, que el
decreto de un hombre repercutió en todo el mundo.
Capítulo 10
Ya tenéis a la persona que llega; dos lugares, el de origen y el de destino. No
desconocéis tampoco la causa ni el tiempo. Sólo queda una cosa: el camino
por donde viene. Y lo hemos de buscar con suma diligencia, pues vale la
pena salir a su encuentro.
Si para realizar la salvación en la tierra vino una sola vez en carne visible,
para salvar cada alma viene cada día en espíritu e invisible, como está
escrito: El Espíritu que está delante de nosotros es Cristo el Señor. Y para
que sepas que esta llegada espiritual es imperceptible, continúa: A su
sombra viviremos entre los pueblos. Y si el enfermo no puede salir muy
lejos al encuentro de tan excelente médico, intente, al menos, alzar la cabeza
y erguirse un poco hacia el que viene. No tienes que cruzar los mares. No
necesitas atravesar las nubes ni pasar los Alpes. Ni te señalan un camino
muy largo. Sal tú mismo al encuentro de tu Dios. A tu alcance está la
Palabra; la tienes en tus labios y en tu corazón. Entrégate a la compunción
del corazón y la confesión de tus labios. De este modo saldrás del basurero
de tu miserable conciencia, porque es indigno que entre allí el autor de la
pureza. Todo esto queríamos decir sobre esta venida; por el se digna
esclarecer con su poder invisible las inteligencias de cada uno de nosotros.
Capítulo 11
Examinemos ahora el camino de su venida invisible, porque sus caminos son
agradables, y sus sendas tranquilas. Dice la esposa: Vedle llegar saltando
entre los montes, brincando por los collados. Mira, hermosa, al que llega.
Antes reposaba y no lo podías ver. Has dicho: Avísame, amor de mi alma,
dónde pastoreas, dónde reposas. Su reposo apacienta a los ángeles en
aquellas regiones eternas. Los sacia con la visión eterna e inmutable. Pero
no te ignores, hermosa, porque esa visión está fuera de tu alcance; es tan
sublime que no la abarcas. Ha salido de su santa morada, el que con su
reposo apacienta a los ángeles, ya ha comenzado a actuar y nos sanará. Y si
antes, reposando y apacentando, era invisible, en adelante se le verá venir
apacentando. Vedle venir saltando sobre los montes, brincando por los
collados. Montes y collados son los patriarcas y los profetas. Lee el pasaje
de las genealogías y fíjate cómo vino saltando y brincando: Abrahán
engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, etc.
En estos montes brotó, como verás, la raíz de Jesé. De ella, según el profeta,
salió una vara, y de la vara brotó una flor. Y el Espíritu septiforme se posó
sobre la flor. Esto lo ha manifestado con mayor claridad el mismo profeta en
otro pasaje: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se llamará Emmanuel,
que quiere decir Dios-con-nosotros. Primero lo llama flor y después
Emmanuel. Y a la que había llamado vara, de manera aún más clara la
denomina virgen. Pero es preciso que nos reservemos para otro día la
consideración de este sacramento. Vale la pena ocuparse de este asunto en
otro sermón. Este de hoy ya ha sido lo suficientemente largo.
Sermón segundo
Del libro de Isaías: "dijo el Señor a Acaz: pide una
señal... Y, sobre el camino del enemigo".
Capítulo 1
Hemos escuchado a Isaías tratando de persuadir al rey Acaz para pedirle una
señal, de parte del Señor, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.
Escuchamos también su respuesta insincera, bajo capa de piedad. Por este
motivo se atrajo la reprobación de aquel que escruta el corazón y descubre
las intenciones del hombre. Responde Acaz: No pido ninguna señal; no
quiero tentar al Señor. Habíase engreído Acaz en la altura de trono real, y
era astutamente hábil en su expresividad.
El Señor había inspirado a Isaías: "Marcha y di a ese zorro que pida una
señal en lo hondo del abismo". Y es que el zorro tiene madriguera. Y, si baja
al abismo, encontrará al que sorprende a los taimados en sus astucias. Dice
el Señor: "Vete y di a ese pajarraco que pida una señal en lo alto del cielo".
El pájaro tiene su nido. Pero, si sube al cielo, allí está el que se enfrenta a
los soberbios y pisa con poder los cuellos de los orgullosos y de los altivos.
No le interesa buscar una señal del poder sublime o de la incomprensible
profundidad. Por eso, el mismo Señor promete una señal de bondad a la casa
de David. Para que, al menos, la manifestación del amor atraiga a quienes ni
el poder ni la sabiduría atemoriza.
Entendemos la expresión en lo profundo del abismo como la caridad
personificada. En ningún otro fue tan total. Bajó incluso al abismo muriendo
por os amigos. Y en este sentido se manda a Acaz que se estremezca ante la
majestad del que reina en lo alto o que se abrace a la caridad del que baja al
abismo. El que no piensa en la majestad con temor ni medita en la caridad
con amor, se vuelve enojoso a los hombres y a Dios. Por eso, él Señor
mismo os dará la señal; en ella va a hacer sensible la majestad y a caridad.
Ved que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, que se llamará Emmanuel,
que significa Dios-con-nosotros.
No escapes, Adán, que Dios-está-con-nosotros. Nada te mas, hombre; no te
espantes ni siquiera oyendo el nombre de Dios, Dios-está-con-nosotros. Con
nosotros, en la semejanza de la carne; con nosotros, en la necesidad. Llegó
como uno de nosotros, por nosotros, semejante en todo, capaz de sufrir.
Capítulo 2
Por fin, dice: Comerá requesón y miel. Que equivale: Será niño y tomará
alimentos de niño. Hasta que aprenda a rechazar el mal y a escoger el bien.
Este bien y este mal que oyes hacen referencia al árbol prohibido, el árbol
del delito. Comparte con nosotros mucho mejor que el primer Adán. Escoge
el bien y rechaza el mal; no como aquel que amó la maldición, y recayó
sobre él, y que no quiso la bendición, quedándose lejos de él. En el texto
mencionado: Comerá requesón y miel, podrás darte cuenta de la elección
que hace este niño. Que su gracia nos acompañe para que eso que hace lo
podamos experimentar dignamente de algún modo también nosotros y
expresarlo de una manera accesible a todos.
Dos cosas pueden hacerse con la leche de oveja: requesón y queso. El
requesón es mantecoso y jugoso; el queso, por el contrario, es seco y
consistente. Supo escoger bien nuestro niño, pues al comer el requesón
rehusó el queso.; Quién es aquella oveja extraviada que hacía el número cien
y dice en el salmo: Me extravié como oveja perdida. Es la raza humana. La
busca el pastor compasivo, y deja a las otras noventa y nueve en el monte.
Dos cosas hallarás en esta oveja: una naturaleza dulce y una naturaleza
buena; tan buena, sin duda, como el requesón. Y, junto a ella, la corrupción
del pecado, como el queso.¡Qué bien ha elegido nuestro pequeño! Se abrazó
a nuestra naturaleza sin el más mínimo contagio de pecado, pues se lee de
los pecadores: tienen el corazón espeso como grasa. La levadura de la
maldad y el cuajo de la perversidad tan corrompido en estos corazones la
pureza de la leche.
Capítulo 3
Hablando de la abeja, pensamos en la dulzura de la miel y en la punzada del
aguijón. La abeja se alimenta de azucenas y habita en la patria florida de los
ángeles. Por eso voló hacia la ciudad de Nazaret, que significa flor. Y se
llegó hasta la perfumada flor de la virginidad perpetua. En ella se posó. Y se
quedó adherida. El que enaltece la misericordia y el Juicio, a ejemplo del
Profeta, no ignora la miel ni el aguijón de esta abeja. Sin embargo, al venir a
nosotros trajo sólo la miel y no el aguijón; es decir, la misericordia sin el
juicio. Por eso, en aquella ocasión en que los discípulos intentaron persuadir
al Señor a que lloviera fuego y arrasara la ciudad que se había negado a
recibirle, se les replicó que el Hijo del hombre no había venido a condenar
al hombre, sino a salvarlo.
Nuestra abeja no tiene aguijón. Se ha desprendido de él cuando, entre tantos
ultrajes, mostraba la misericordia y no el juicio. Pero no confiéis en la
maldad, no abuséis de la confianza. Algún día, nuestra abeja volverá a tomar
su aguijón y lo clavará con toda su fuerza en los tuétanos de los pecadores.
Porque el Padre no Juzga a nadie, pero ha delegado en el Hijo la potestad de
juzgar. Por ahora, nuestro niño se mantiene de requesón y miel desde que
unió en sí mismo el bien de la naturaleza humana con e de la divina
misericordia, mostrándose hombre verdadero y sin pecado, Dios compasivo
y encubridor del juicio.
Capítulo 4
Me parece que con esta expresión queda claro quién es esta vara que brota
de la raíz de Jesé y quién es la flor sobre la cual reposa el Espíritu Santo. La
Virgen Madre de Dios es la vara; su Hijo, la flor: Flor es el Hijo de la
Virgen, flor blanca y sonrosada, elegido entre mil; flor que los ángeles
desean contemplar; flor a cuyo perfume reviven los muertos; y, como él
mismo testifica, es flor del campo, no de jardín. El campo florece sin
intervención humana. Nadie lo siembra, nadie lo cava, nadie lo abona. De la
misma manera floreció el seno de la Virgen. Las entrañas de María, sin
mancha, íntegras y puras, como prados de eterno verdor, alumbraron esa flor,
cuya hermosura no siente la corrupción, ni su gloria se marchita para
siempre.
¡Oh Virgen, vara sublime!, en tu ápice enarbolas al santo. Hasta el que está
sentado en el trono, hasta el Señor de majestad. Nada extraño, porque las
raíces de la humildad se hunden en lo profundo.¡oh planta auténticamente
celeste, más preciosa que cualquier otra, superior a todas en santidad!¡Árbol
de vida, el único capaz de traer el fruto de salvación! Se han descubierto,
serpiente astuta, tus artimañas; tus engaños están a la vista de todos. Dos
cosas habías achacado al Creador, una doble infamia de mentira y de
envidia. En ambos casos has tenido que reconocerte mentirosa, pues desde el
comienzo muere aquel a quien dijiste: No moriréis en absoluto; la verdad del
Señor dura por siempre. Y ahora contesta, si puedes: ¿qué frutos de árbol
podría provocar la envidia en Dios, que ni siquiera negó al hombre esta vara
elegida y su fruto sublime? El que no escatimó a su propio Hijo, ¿cómo es
posible que con él no nos regale todo?
Capítulo 5
Ya habéis caído en la cuenta, si no me equivoco, que la Virgen es el camino
real que recorre el Salvador hasta nosotros. Sale de su seno, como el esposo
de su alcoba. Ya conocemos el camino que, como recordáis, empezamos a
buscar en el sermón anterior. Ahora tratemos, queridísimos, de seguir la
misma ruta ascendente hasta llegar a aquel que por María descendió hasta
nosotros. Lleguemos por la Virgen a la gracia de aquel que por la Virgen
vino a nuestra miseria.
Llévanos a tu Hijo, dichosa y agraciada, madre de la vida y madre de la
salvación. Por ti nos acoja el que por ti se entregó a nosotros. Tu integridad
excuse en tu presencia la culpa de nuestra corrupción. Y que tu humildad, tan
agradable a Dios, obtenga el perdón de nuestra vanidad. Que tu incalculable
caridad sepulte el número incontable de nuestros pecados y que tu
fecundidad gloriosa nos otorgue la fecundidad de las buenas obras. Señora
mediadora y abogada nuestra, reconcílianos con tu Hijo. Recomiéndanos y
preséntanos a tu Hijo. Por la gracia que recibiste, por el privilegio que
mereciste y la misericordia que alumbraste, consíguenos que aquel que por ti
se dignó participar de nuestra debilidad y miseria, comparta con nosotros,
por tu intercesión, su gloria y felicidad. Cristo Jesús, Señor nuestro, que es
bendito sobre todas las cosas y por siempre.
Sermón tercero
Las siete columnas
Capítulo 1
Cuando considero, al celebrar este tiempo de Adviento del Señor, quién es
el que viene, me desborda la excelencia de su majestad. Y, si me fijo hacia
quiénes se dirige, me espanta su gracia incomprensible. Los ángeles no salen
de su asombro al verse superiores a aquel que adoran desde siempre y cómo
bajan y su en, a la vista de todos, en torno al Hijo del hombre. Al considerar
el motivo de su venida, abarco, en cuanto me es posible, la extensión sin
límites de la caridad. Y cuando me fijo en las circunstancias, comprendo la
elevación de la vida humana. Viene el Creador y Señor del mundo, viene a
los hombres. Viene por los hombres. Viene el hombre.
Alguien dirá: ¿Cómo puede hablarse de la venida de quien siempre ha estado
en todas partes? Estaba en el mundo, y, aunque el mundo lo hizo él, el mundo
no lo conoció. El Adviento no es una llegada de quien Ya estaba presente; es
la aparición de quien permanecía oculto. Se revistió de la condición humana
para que a través de ella fuera posible conocer al que habita en una luz
inaccesible. No desdice de la majestad aparecer en aquella misma
semejanza suya que había creado desde el principio. Tampoco es indigno de
Dios manifestarse en su propia imagen a quienes resulta inaccesible su
identidad: El que había creado al hombre a su imagen y semejanza, se hizo
hombre para darse a conocer a los hombres.
Capítulo 2
La Iglesia universal celebra cada año la solemne memoria de la venida de
tanta majestad, tanta humildad y tanta caridad, e incluso de nuestra
incomparable exaltación.¡Y ojalá fuese una perenne realidad! Sería o más
propio.¡Qué incongruente es la vida humana después de la venida de Rey tan
extraordinario si buscamos y nos comprometemos con otros asuntos
embarazosos en vez de dedicarnos a este único culto, dejando de lado en su
presencia todo lo demás! Pero no todos cumplen lo del Profeta: Eructan la
memoria de tu inmensa suavidad. Ni todos se alimentan de esta memoria. Es
evidente que no se puede eructar sin haber gustado, pero tampoco lo hará el
que se ha contentado con sólo gustar. La plenitud y la saciedad provocan el
eructo. Por eso, los de vida y mentalidad mundana, aunque celebran esta
memoria, no eructan nunca. Pasan estos días en la aridez habitual, sin
devoción y sin afecto. Y lo que es más reprochable, la memoria de este
acontecimiento les da pie a consuelos carnales. Por eso los ves que preparan
durante estos días vestidos elegantes y refinamientos culinarios, como si
Cristo en su nacimiento buscara cosas parecidas y se le tributara una acogida
más cálida donde aparecen semejantes detalles. Oye sus palabras: Con los
de ojos engreídos y de corazón insaciable no compartiré mi pan.
¿A qué vienen tantos antojos en e vestido para preparar mi nacimiento?
Detesto la ostentación; no la quiero. ¿A qué tanto prurito durante estos días
hacia todo tipo de manjares? Repruebo las satisfacciones del cuerpo; no las
acepto. Tienes un corazón insaciable preparando tantas cosas y gastando
tanto tiempo, cuando el cuerpo necesita de muy poco y sólo lo que le sale al
paso. Celebras, sí, mi Adviento con los labios, pero tu corazón está lejos de
mí. No me honras. Tu dios es tu estómago, y tu gloria, tu misma vergüenza.
Desgraciado hasta los tuétanos el que fomenta los deleites del cuerpo y la
vanidad de la jactancia. Dichoso el pueblo cuyo Dios es su Señor.
Capítulo 3
Hermanos, no os exasperéis por los malvados ni envidiéis a los inicuos.
Pensad, más bien, en su destino, compadeceos entrañablemente y orad por
los que viven enredados en el pecado. Obran así esos miserables porque
desconocen a Dios, pues si lo hubiesen conocido, nunca habrían provocado
al Señor de la gloria en contra de ellos.
Para nosotros, queridos, no hay excusa de ignorancia. Sabes bien quién es. Y
si dijeras- que no lo conoces, serás, como los mundanos, un mentiroso. Pero
supongamos que no lo conoces; respóndeme entonces: ¿quién te trajo a este
lugar? ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Quién te ha persuadido a renunciar
espontáneamente al cariño de tus amigos, a los placeres del cuerpo, a las
vanidades del mundo; y encomendar tus afanes al Señor, descargando en él
todo tu agobio? Nada bueno te merecías; al contrario, mucho mal, según el
testimonio de tu con- ciencia. ¿Quién, repito, podría persuadirte de todo eso,
si ignorabas que el Señor es bueno para los que esperan en él y para el alma
que lo busca? ¿Si no supieses que el Señor es bueno y piadoso, muy
misericordioso y fiel? ¿Dónde has aprendido todo esto sino en su venida a ti
y en ti?
Capítulo 4
Conocemos, efectivamente, tres venidas suyas: a los hombres, en los
hombres y contra los hombres. Vino para todos los hombres sin condición
alguna, pero no así en todos o contra todos. La primera y tercera venidas son
conocidas por ser manifiestas. Sobre la segunda, que es espiritual y latente,
escucha al Señor lo que dice: El que me ama, cumplirá mi palabra; mi Padre
lo amará, vendremos a él y en él haremos una morada. Dichoso aquel en
quien haces tu morada, Señor Jesús. Dichoso aquel en quien la sabiduría se
ha edificado una casa. Ha labrado siete columnas. Feliz el alma que es trono
de la Sabiduría.
¿Y quién es ésa? El alma del justo, porque la justicia y el derecho preparan
tu trono. ¿Quién de entre vosotros, hermanos, desea preparar en su alma un
trono para Cristo? Piense en las sedas, alfombras y almohadas que debe
prepararle. Está escrito que la justicia y el derecho preparan su trono. La
virtud de la justicia consiste en distribuir a cada cual lo que le corresponde.
Por tanto, distribuye tú a tres lo que es de ellos. Devuelve al superior,
devuelve al inferior, devuelve al compañero lo que les debes. Entonces
celebrarás convenientemente la venida de Cristo, preparándole en la justicia
su trono. Devuelve, insisto, reverencia y obediencia al superior; la primera,
en cuanto disposición de corazón; la segunda, como actitud externa. No asta
obedecer exteriormente. Debemos enaltecer a nuestros superiores con el
íntimo afecto del corazón. Y aunque conozcamos la vida reprochable de
algún prelado y no hubiese posibilidad de disimulo ni de excusa, incluso
entonces, por respeto a aquel de quien deriva toda autoridad, este otro que
así conocemos se hace acreedor de estima, no por unos méritos que no tiene,
sino por deferencia al plan divino y a la misión que desempeña.
Capítulo 5
Igualmente, respecto a nuestros hermanos, con los que compartimos la vida,
estamos obligados a prestar ayuda y consejo por un mismo derecho de
paternidad y de solidaridad humana. Incluso nosotros deseamos sus
servicios: consejo que instruya nuestra ignorancia, y ayuda que sostenga
nuestra debilidad. Quizá alguien de vosotros pensará: ¿Qué consejo puedo
yo dar al hermano, si no se me permite ni musitar una palabra sin permiso?
¿Qué ayuda puedo ofrecer, cuando debo contar, hasta en lo más mínimo, con
el superior?
Yo te respondo: Nada echarás en falta si vives el amor fraterno. Creo que el
mejor consejo es tu actitud de enseñar a tu hermano lo que conviene y lo que
no conviene hacer; estimulándolo y aconsejándole en lo mejor no con
palabras ni con la lengua, sino con la conducta y la verdad. ¿Puede
imaginarse una ayuda más útil y eficaz que la oración fervorosa por él, sin
pasar por alto sus faltas? De este modo no le pones tropiezo y además, en la
medida de lo posible, te preocupas, como el mensajero de paz, de arrancar
de raíz los escándalos y de evitar las ocasiones de escándalo en el reino de
Dios. Si te portas con tu hermano como consejero y amparo, le devuelves lo
que le debes, y él ya no podrá quejarse de nada.
Capítulo 6
Si eres superior de al quien, le debes mayor delicadeza y solicitud. Te exige
fidelidad y disciplina. Fidelidad para evitar el pecado y disciplina para que
no quede impune lo que no se procura evitar. Incluso, si no eres superior de
ningún hermano, te queda la responsabilidad de expresar esta fidelidad y
disciplina. Me refiero a tu cuerpo, que tu espíritu asumió para dirigirlo. Le
debes fidelidad para que no reine en él el pecado, no para que tus miembros
se conviertan en instrumentos de iniquidad. Le debes disciplina para que dé
frutos dignos de arrepentimiento, castigándolo y obligándolo a que te sirva.
Pero la deuda más grave y peligrosa pesa sobre quienes tienen que rendir
cuentas de muchas almas. ¿Qué haré yo, desgraciado? ¿Hacia dónde me
volveré, si he descuidado este tesoro tan estimable y este depósito tan
precioso, que Cristo apreció mucho más que su propia sangre? Si hubiese
recogido la sangre del Señor que goteaba de la cruz y la hubiese guardado en
un vaso de cristal con la obligación de ir trasladándolo de lugar,¡qué
atención pondría en evitar cualquier riesgo! Pues he recibido un encargo
parecido; por él, un comerciante inteligente, la Sabiduría misma, entregó su
sangre. Pero llevo este tesoro en vasijas de barro, que corren más riesgo que
los recipientes de cristal.
A este cúmulo de solicitudes hay que añadir el peso del temor, que exige la
fidelidad de mi conciencia y la de los demás. Ninguna de las dos conozco lo
suficiente. Ambas son un abismo insondable, una noche. Y, sin embargo, se
me exige responsabilidad y me repiten sin cesar: Centinela, ¿qué hay en la
noche? ¿Qué hay en la noche? Y yo no puedo contestar como Caín: ¿Soy yo
el guardián de mi hermano? Más bien debo confesar humildemente con el
profeta: Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila el que la defiende.
Unicamente se me podrá excusar si, como he dicho, me desvelo en la
fidelidad y en la disciplina. Y si se dan las cuatro condiciones ya
mencionadas que conciernen a la justicia, es decir, la reverencia y
obediencia a los superiores y el consejo y ayuda a los hermanos, entonces
encontrará la Sabiduría un trono adecuado.
Capítulo 7
Estas son, al parecer, las seis columnas que labró la Sabiduría en la casa que
se edificó para sí misma. Pero hemos de buscar la séptima, por si acaso la
Sabiduría nos la da a conocer.
¿Qué impide que así como la seis columnas mencionadas significan la
justicia, la séptima signifique el juicio? No se habla sólo de la justicia, sino
de la justicia y el Juicio que sostiene tu trono. En fin, si a los superiores, a
los iguales y a los inferiores les damos lo que les corresponde, ¿Dios no
recibirá nada? Es cierto que nadie puede devolverle lo que se le debe, pues
ha derramado copiosamente su misericordia sobre nosotros y le hemos
ofendido mucho; somos muy frágiles e insignificantes, y él se basta así
mismo, no necesitando nada de nosotros.
Sin embargo, he oído decir al que se le había revelado los decretos y los
misterios de su sabiduría que el honor del rey ama el juicio. No se nos pide
más de lo Justo. Basta con que confesemos nuestros pecados para que nos
rehabilite gratuitamente en alabanza de su gracia. Ama al alma que vive
siempre en su presencia y que se Juzga a sí misma sin disimulo. Se nos exige
ese juicio para nuestro propio provecho; porque, si nos juzgamos a nosotros
mismos, no nos juzgarán a nosotros. Por eso, el sabio recela de todas sus
acciones, sondea, esclarece y enjuicia todo. Honra a la verdad el que se
conoce de veras a sí mismo y todo lo que le concierne, en la situación en que
realmente se encuentra, y se confiesa con humildad.
Escucha, por fin, cómo se pide con mayor insistencia que practiques el
Juicio después de la justicia: Cuando hayáis hecho todo lo que está
mandado, decid: Somos unos criados inútiles. Esto es lo que pertenece al
hombre, como trono digno y disponible al Señor de majestad; pero con tal de
que se afane en cumplir los mandatos de la justicia y se tenga siempre por
indigno e inútil.
Sermón cuarto
Sobre los dos advientos y las alas plateadas
Capítulo 1
Es justo, hermanos, que celebréis con gran devoción la venida del Señor,
inundados de tanto consuelo, asombrados por semejante favor, e inflamados
en un amor sin igual. No penséis sólo en el que viene a buscar y a salvar lo
que estaba perdido. Pensad también en el que vendrá y nos tomará consigo.
¡ojalá os ocupéis de estos dos advientos en una incesante meditación,
rumiando en vuestros corazones todo cuanto nos concedió en el primero y
nos prometió en el segundo!¡Ojalá durmáis tranquilos entre estos dos
tesoros! Ved los dos brazos del es oso; entre ellos, adormecida, balbucía la
esposa: Su izquierda reposa bajo mi cabeza y con su diestra me abraza.
Como leemos en otro pasaje, las riquezas y la gloria están en su izquierda;
los largos años, en su derecha. En su izquierda, dice, están las riquezas y la
gloria.
Hijos de Adán, raza mezquina y ambiciosa, escuchad: ha qué te inquietas por
las riquezas terrenas y la gloria pasajera, que no son auténticas ni vuestras?
El oro y la plata, ¿qué son sino tierra rojiza y blanca, que únicamente el
error humano los estima y los cree preciosos? Y, si esto es vuestro,
llevároslo. Pero el hombre, cuando muera, no se llevará nada, su gloria no
bajará con él.
Capítulo 2
Las auténticas riquezas no son las propiedades; son las virtudes, ornato de la
conciencia, que la hacen eternamente rica. Sobre la gloria se expresa el
Apóstol: Nuestra gloria es el testimonio de nuestra conciencia. Nuestra
verdadera gloria nos viene del Espíritu de la verdad: Ese mismo Espíritu le
asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Pero la gloria que los
hombres se granjean unos a otros no les despierta a la gloria, que viene sólo
de Dios. Su gloria es pura apariencia, porque los hombres son vanos.
Eres un insensato. Echas ganancias en saco roto y dejas tu tesoro en la puerta
del vecino. ¿No sabes que este arca no se cierra y que ni siquiera tiene
tranca? Bien lo saben aquellos que no pierden de vista su tesoro ni lo
confían a nadie. ¿Lo van a conservar y a guardar para siempre? Ya vendrá el
momento en que salgan al descubierto los secretos del corazón, y todo lo que
se haya manifestado antes no hará acto de presencia. Por eso se apagan los
candiles de las muchachas necias ante el Señor que llega. Y como ya habían
recibido su recompensa, son ignoradas por el Señor. Por eso os digo,
amadísimos, que es preferible esconder que enseñar lo bueno que podamos
tener. Los mendigos, cuando piden limosna, no se visten con ostentación, se
quedan casi desnudos y muestran las llagas que tienen para mover a
compasión. El publicano tuvo en cuenta esta norma mucho más que el
fariseo; por eso bajó a su casa en paz con Dios, mucho más que el otro.
Capítulo 3
Hermanos, ha llegado el momento del juicio, y está comenzando por la casa
de Dios. ¿Cuál será el final de aquellos que no obedecen al Evangelio? ¿Qué
clase de juicio les espera a los que queden condenados? Los que no quieren
someterse ahora a este juicio en el que se expulsa al jefe de este mundo, que
aguarden al juez; más aún, témanlo. Porque ellos también van a ser
expulsados con su jefe. Nosotros, en cambio, si nos dejamos juzgar ahora,
aguardemos confiados al Salvador, nuestro Señor Jesucristo; él transformará
a bajeza de nuestro ser. reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo.
Entonces, los justos brillarán, y se podrá ver a los sabios con los ignorantes.
Brillarán como el sol en el reino de su Padre. Será una luz siete veces mayor
que la del sol, como la suma de luz en siete días.
Capítulo 4
Cuando llegue el Salvador, transformará la bajeza de nuestro ser,
reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo; a condición de que el
corazón quede previamente transformado, reproduciendo la humildad del
suyo. Por eso va pregonando: Aprended de mí, que soy sencillo y humilde de
corazón. Fíjate en esta expresión, porque hay una doble humildad. Humildad
de conocimiento y humildad de afección, llamada aquí de corazón. Por la
primera reconocemos que no somos nada; la vamos aprendiendo en la
experiencia de nuestras propias debilidades. Por la segunda pisoteamos la
gloria del mundo; la aprendemos de aquel que se anonadó a sí mismo
tomando la condición de esclavo; solicitado como rey, huyó; y, buscado para
aguantar tanto hasta el ignominioso suplicio de la cruz, se entregó
espontáneamente. Por tanto, si deseamos dormir entre los dos tesoros, los
dos advientos, plateemos nuestras alas; habituémonos a aquellas virtudes que
nos recomendó Cristo, de palabra y ejemplo, durante su vida mortal. La plata
simboliza su humanidad; el oro, su divinidad.
Capítulo 5
La virtud que practicamos no es verdadera si es completamente ajena a la de
nuestro modelo. Y nuestras alas no sirven para nada si no están plateadas.
Ala de envergadura es la pobreza, que de dos batidas se remonta hasta el
Reino de los cielos. Las restantes virtudes nos orientan en la promesa hacia
el futuro del Reino. A la pobreza no se promete el Reino; se le da. Por eso
alude a la vida presente: Tiene ya el Reino de los cielos. Mientras que en los
otros enunciados se dice: Van a heredar, Serán consolados, o alto semejante.
Vemos, sin embargo, a algunos pobres que no viven la verdadera pobreza; de
lo contrario, no estarían tan apocados y tristes, como corresponde a reyes, y
reyes del cielo. Quieren ser pobres a condición de que no les falte nada. Les
gusta la pobreza, pero no aguantan ninguna privación. Otros son mansos
mientras no se les contraría en palabras y actitudes. Pero se puede
comprobar lo alejados que están de la verdadera mansedumbre frente a la
más ligera oportunidad. ¿Qué herencia va a tener esta mansedumbre, si
naufraga con antelación? Constato también que otros lloran. Pero, si esas
lágrimas brotasen del corazón, aprisa no las agostaría tan fácilmente. Se
entretienen en palabrerías inútiles y superficiales después de haber
humedecido los ojos. A mi entender, no se ha prometido el divino consuelo a
tal género de sollozos, pues fácilmente se acogen a cualquier consuelo
deleznable.
Otros se indignan contra las faltas de los demás. Parece como si, a primera
vista, tuvieran hambre y sed de justicia. Sería cierto si aplicasen a sus
propios pecados los mismos principios. Pero el Señor aborrece dos pesos
desiguales. Y, si arden de indignación ante tanto descaro y son duros para los
demás, se adulan necia e infantilmente a sí mismos.
Capítulo 6
Existe un cierto tipo de personas misericordiosas, pero siempre a costa de
los bienes del vecino. Se escandalizan si no se distribuyen las existencias
con generosidad, procurando, claro está, que a ellos ni se les toque. Si
fuesen compasivos de verdad, tendrían que cooperar con sus propios bienes.
Y, si no pueden contribuir materialmente, al menos, con la mejor intención,
deben perdonar a quienes quizá les han ofendido. Bastaría cualquier gesto
benévolo, una palabra de aliento -que vale más que todo don-, para moverles
a penitencia.
O al menos cubrirían con la compasión y la oración a quienes se sabe que
viven en pecado. De otro modo, su compasión es una farsa y no suscitará
compasión alguna. Hay igualmente quienes de tal modo confiesan sus
pecados, que parece que una tal actitud brota del deseo de purificar el
corazón, pues todo se purifica en la confesión. Pero se sabe que eso mismo
que expresan con espontaneidad, no lo soportan en los labios de los demás.
Y, si quisieran purificarse de verdad, no se irritarían; serían agradecidos a
quienes les señalan sus faltas. Hay otros que con sólo ver a cualquiera que
se escandaliza por algo, se desasosiegan hasta que no les devuelven la paz;
pasarían por pacíficos, a menos que sus enfados contra quienes han dicho o
echo algo en contra de ellos no necesitaran de tanto tiempo, ni pasarán
terribles agobios para calmarse. Si amaran la paz por encima de todo, no
cabría duda que la buscarían para el os mismos.
Capítulo 7
Plateemos, por tanto, nuestras plumas en la vida de Cristo, como los mártires
lavaron sus vestidos en la pasión del Señor. Imitemos, según nuestro
alcance, a aquel que se abrazó a la pobreza y, aunque tiene en sus manos los
goznes de la tierra, no tuvo nada para reclinar su cabeza.
Recordemos cómo aquellos discípulos que viven apiñados a él, acuciados
por el hambre, frotan las espigas con las manos mientras atraviesan unos
trigales. El, como cordero llevado al matadero, como una oveja ante el
esquilador, enmudeció y no abrió la boca. Lloró ante el cadáver de Lázaro y
contemplando la ciudad. Leemos que pasaba noches enteras en oración, que
nunca ha reído o bromeado. De tal forma tuvo hambre de justicia, que, al no
tener pecados personales, se exigió a sí mismo una incalculable satisfacción
por nuestros pecados. La sed que le devoró en la cruz fue la de la justicia.
No dudó en morir por sus enemigos; oró por los que le crucificaban; no
cometió pecado alguno; escuchó con paciencia las acusaciones de los demás
y aguantó lo indecible para reconciliarse con los pecadores.
Sermón quinto
El adviento intermedio y las tres renovaciones
Capítulo 1
Acabamos de aludir a aquellos que han plateado sus alas y que duermen
entre los dos tesoros, que significan las dos venidas. Pero no hemos dicho
nada del lugar en donde duermen.
Precisamente, la tercera venida se encuentra entre las otras dos. En ella
duermen plácidamente todos los que la conocen. Las dos venidas referidas
las conoce todo el mundo. Esta, no. En la primera, el Señor se manifestó en
el mundo, vivió con los hombres cuando lo vieron y lo odiaron, como lo
atestigua él mismo. En la última, todos verán la salvación de Dios y
contemplarán al que traspasaron.
La venida intermedia permanece oculta; en ella, los elegidos sólo lo ven en
lo hondo de ellos mismos. Así se salvan. La primera venida es carnal y
débil; esta intermedia es espiritual y eficaz; y la postrera, gloriosa y
mayestática. Mediante la eficacia de la virtud, se llega a la lona, porque el
Señor de toda eficacia es el mismo Rey de a gloria. Y, en otro pasaje, el
mismo profeta exclama: Para ver tu eficacia y tu gloria. Esta venida
intermedia es un camino que enlaza la primera con la última. En la primera,
Cristo ha sido nuestro rescate; en la última, se manifestará vida nuestra; en la
actual, para que durmamos entre los dos tesoros, Cristo es nuestro descanso
y consuelo.
Capítulo 2
Y para que nadie crea que todo lo que decimos sobre esta segunda venida es
pura fantasía, escuchadle a él mismo: Si alguien me ama, guardará mi
palabra y vendremos a él. ¿Qué quiere decir: Si alguien me ama, guardará mi
palabra? Fíjate en este otro texto: El que teme a Dios obrará el bien. Yo creo
que acontece algo importante en el que ama por el hecho de guardar la
palabra. Pero ¿dónde la guardo? Sin género de dudas, en el corazón. Como
dice el profeta: En mi corazón escondo tus palabras para no pecar contra ti.
¿Cómo se guardan en el corazón? ¿No basta retenerlas en la memoria? A los
que se contentan con esto les dice el Apóstol que la ciencia engríe. Además,
la memoria tiene sus lagunas.
Guarda la Palabra de Dios como si fuese la mejor manera de conservar tus
víveres naturales, porque la Palabra de Dios es el pan vivo, el alimento del
espíritu. El pan material, mientras queda en el armario, puede ser robado; lo
pueden roer los ratones e incluso puede echarse a perder. Pero, si lo
hubieres comido, ¿temerías todo esto? Guarda así la Palabra de Dios:
Dichosos los que la guardan. Métela en las entrañas de tu alma; que la
asimilen tus afectos y tus costumbres. Come a gusto, y tu alma saboreará
manjares sustanciosos. No te olvides de comer tu pan. Que no se seque tu
corazón, y tu alma se saciará con enjundia y manteca.
Capítulo 3
Si guardas así la Palabra de Dios, ella te guardará a ti sin duda alguna. El
Hijo vendrá, junto con el Padre, hasta ti; vendrá el gran Profeta que
renovará,Jerusalén. Vendrá aquel que todo lo hace nuevo. La eficacia de esta
venida consiste en que por lo mismo que somos imagen del hombre terreno,
seremos imagen del hombre celestial. Y como el viejo Adán invadió al
hombre entero y dominó a la totalidad de la persona humana, del mismo
modo Cristo quiere recuperarlo todo, la totalidad de la persona que ha
creado, que ha rescatado y que glorificará. Por eso salvó a la humanidad en
sábado. Convivimos por algún tiempo con el hombre viejo. Aquel
depravado estaba en nosotros, en nuestras manos, en nuestra boca e incluso
en el corazón. Estaba en las manos de dos maneras: por las arrogancias y el
vituperio. Estaba en el corazón: por los bajos deseos y por los instintos de
dominación.
Pero ahora existe en él una humanidad nueva; lo viejo ya ha pasado; se alza
la inocencia contra los atentados que se perpetran con las manos; la
continencia se alza frente a as desvergüenzas. En tus labios, la palabra de
confesión se enfrenta a la arrogancia. La palabra de edificación se alza
contra el vituperio para que se aleje todo lo viejo de nuestra vida. Y, en el
corazón, la caridad sale al paso de los bajos deseos, mientras la humildad se
opone a los instintos de dominación. Fíjate cómo con estas tres actitudes
cada uno de los elegidos recibe a Cristo, el Verbo de Dios. De ellos se ha
escrito: Grábame como sello en tu brazo, como un sello en tu corazón. Y en
otra parte: A tu alcance está la palabra, en tus labios y en tu corazón.
Sermón sexto
Las tres venidas y la resurrección de los cuerpos
Capítulo 1
Hermanos, no quiero que ignoréis el tiempo de vuestra visita, ni el objeto de
esta visita que ahora recibís. Es la oportunidad de las almas, no de los
cuerpos. Porque, siendo el alma mucho más noble que el cuerpo, precisa de
un cuidado superior por su dignidad natural. Además tiene que ser curada en
primera instancia, porque fue la primera en caer; y, una vez envuelta en la
culpa, también corrompió al cuerpo en la pena.
Además, si queremos ser miembros de Cristo, debemos seguir sin titubeos a
nuestra Cabeza. Y la primera actitud que debemos adoptar es la
preocupación del alma. El vino por causa de ella y trató de curar su
corrupción. Dejemos el cuidado del cuerpo para entonces, para el día en que
vendrá a transformarlo, como escribe el Apóstol: Aguardamos al Salvador,
nuestro Señor Jesucristo, que transformará la bajeza de nuestro cuerpo,
reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo. Juan el Bautista, el heraldo
del Señor en la primera venida, exclama: Ved al Cordero de Dios; ved al
que quita el pecado del mundo. No habla de las enfermedades corporales, de
los achaques físicos. Alude al pecado, en cuanto enfermedad del alma y
corrupción del espíritu. Ved al que quita el pecado del mundo. Mas ¿de
dónde le quita en concreto? De la mano, del ojo, del cuello; en una palabra,
del cuerpo entero, en el que estaba profundamente enraizado.
Capítulo 2
Quita el pecado de las manos borrando las culpas cometidas. Lo quita del
ojo purificando las intenciones del corazón. Lo quita del cuello disipando la
violencia opresora, como está escrito: Quebraste la vara del opresor como
en el día de Madián. Y se pudrirá el yugo en presencia del aceite. El Apóstol
se explica, escribiendo: Para que no reine más el pecado en vuestro cuerpo
mortal. Y, en otra parte, el mismo apóstol escribe: Veo que nada bueno hay
en mí, esto es, en la debilidad de mi carne. Y más adelante:¡Desgraciado de
mí hombre que soy! ¿Quién me librará del cuerpo en la debilidad de mi
carne? Presentía que nunca iba a ser liberado de esa raíz pésima, clavada en
la debilidad de la carne por la ley del pecado, que domina nuestros
miembros hasta tanto que no se corten las amarras del mismo cuerpo.
Anhelaba consumirse y estar con Cristo, porque experimentaba el pecado,
que nos separa de Dios, y que no puede ser completamente arrancado hasta
que nos veamos libres del cuerpo.
Recordad a aquel hombre a quien el Señor lo curó de su posesión diabólica
y cómo el demonio lo golpeaba y desgarra a antes de salir de él. Lo mismo
os digo. Esa especie de pecado que con tanta frecuencia nos inquieta -me
refiero a las concupiscencias y a los bajos instintos- debemos reprimirlo. Y
es posible por la gracia de Dios, para que así no reine nunca en nosotros, ni
hagamos de nuestros miembros armas para la iniquidad. De este modo no
pesará condena alguna sobre quienes viven en Cristo Jesús. Con todo, el
pecado no se expele más que con la muerte, con nuestro desgarramiento, en
la separación del alma y el cuerpo.
Capítulo 3
Ya sabes para qué ha venido Cristo y a quién tiene que mirar el cristiano.
Por eso, evita,¡oh cuerpo!, quemar etapas. Podrías obstaculizar la salvación
del alma, y malograr por ello la tuya propia. Todo tiene su tiempo. Procura
que el alma trabaje ahora para sí mismo. Incluso trabaja tú mismo con ella,
pues si compartimos sus sufrimientos, compartiremos su gloria. En la medida
en que impidas su restauración, impedirás la tuya. No podrás ser totalmente
lo que eres hasta que Dios no vea en tu alma su propia imagen restaurada.
Tienes un esclarecido huésped,¡oh carne!, excelente sobremanera toda tu
salvación depende 'de la suya propia. Rinde honor a huésped tan insigne. Tu
vives en tu región, pero el alma es una peregrina y exiliada que se hospeda
en ti.
Dime, si un noble y poderoso señor quisiera alojarse en casa de un aldeano,
éste, ¿no se acomodaría con gusto en un rincón, debajo de la escalera, e
incluso sobre las mismas cenizas, con tal de ceder a su huésped el lugar más
digno conforme a su rango? En consecuencia, haz tú lo mismo. No tengas en
cuenta injurias ni molestias. Fíjate sólo en que tu huésped pueda alojarse en
tu casa como se merece. El es honor que ahora soportes por él te honrará.
Capítulo 4
No desprecies ni desestimes a tu huésped por ser peregrino y extranjero.
Fíjate con suma atención en todo lo que te beneficia su presencia. Es él quien
proporciona a los ojos y oídos la capacidad de ver y oír; da voz a la lengua,
gusto al paladar, movimiento a todos los miembros. Todo lo que en ti
percibes de vida, de sensibilidad y de nobleza, reconócelo como puro
beneficio de este huésped. Como último argumento, su separación demuestra
cuánto nos favorece su presencia. En cuanto el alma se separa, la lengua
enmudece, los ojos se entenebrecen, los oídos se cierran, todo el cuerpo se
queda rígido y el rostro palidece. Al poco tiempo, el cadáver se corrompe
en su totalidad y hiede, y su belleza se transforma en podredumbre.
¿Por qué entonces entristeces y hieres a tal huésped con cualquier placer
instantáneo, pues sin él ni siquiera serías capaz de sentir nada? Y si tantos
beneficios te hace estando desterrado y expulsa o de la presencia del Señor
por la actual enemistad, ¿que te dará una vez reconciliado? No pongas, ¡oh
cuerpo!, impedimentos a esa reconciliación. Te redundará un peso de gloria.
Con paciencia, e incluso con gusto, hazte disponible a todo. Nada ejes asar
que pueda servir a esta reconciliación. Di a tu huésped: Cuando tu Señor se
acuerde de ti y te restablezca en su primitiva situación, acuérdate de mí.
Capítulo 5
El, sin duda, se acordará de ti para tu propio bien, con tal de que le sirvas
con honradez. Cuando se presente ante su Señor, e insinuará algo de ti y
elogiará tu desinteresada hospitalidad con estas palabras: Encontrándose tu
siervo desterrado en castigo de su culpa, me presenté pobre ante él y me
acogió con mucha misericordia. Quisiera que se lo pagaras por mí, Señor
mío. Arriesgó todas sus cosas. Después, incluso, se ofreció a sí mismo para
que yo me aprovechara. Nunca miró por sí. Siempre estuvo a mi disposición
en los ayunos incontables, en los trabajos incesantes, en las vigilias, en
hambre y sed, hasta en frío y desnudez. ¿Qué acontecerá? No fallará la
Escritura, que dice: Sé para la voluntad de cuantos le temen y escuchará su
oración.¡ojalá llegaras a gustar esta dulzura y pudieses apreciar esta gloria!
Voy a expresar cosas admirables, por otra parte muy verdaderas e
indudables para los fieles. El mismo Señor de los Ejércitos, el Señor de
todo poder, Rey de la gloria, bajará a transformar nuestros cuerpos,
configurándolos al esplendor del suyo.¡Qué gloria!¡Qué júbilo tan inefable!
El creador de todo, que en una primera venida se presentó humilde y
desapercibido para santificar a las almas, ahora viene glorioso y a plena luz;
no viene en la debilidad, sino en su gloria y en su majestad, para glorificarte
a ti, carne miserable. Descenderá en pleno fulgor luminoso, precedido de los
ángeles; éstos, al fragor de las trompetas, despertarán al pobre cuerpo
sumergido en el polvo y lo arrebatarán para cortejar en los aires a Cristo.
Capítulo 6
¿Hasta cuándo, pues, esta carne miserable, fatua, ciega y totalmente
embotada andará buscando consuelos pasajeros y caducos? ¿E incluso
desconsuelos? ¿Exponiéndose a ser desechada y tenida por indigna de esta
gloria y sufrir las terribles penas eternas? No así, hermanos míos, no así.
Todo lo contrario, que nuestra alma se regocije en estas meditaciones y que
nuestra misma carne descanse en paz.
Esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, que transformará nuestro
cuerpo y lo configurará al resplandor del suyo. Así se expresa el Profeta: Mi
alma tiene se de ti;¡de cuántas maneras mi carne te ansía! El alma del Profeta
deseaba la primera venida. En ella presentía su propia redención. Por su
parte, la carne deseaba con mayor vehemencia la segunda venida y su propia
glorificación. Entonces se colmarán nuestros deseos y toda la tierra se
cubrirá con la majestad del Señor. El nos conceda en su misericordia esa
gloria y esa paz que excede a todo conocimiento. No nos defraude en nuestra
esperanza el Salvador que aguardamos, Jesucristo nuestro Señor, que es el
Dios soberano, bendito por siempre.
Sermón séptimo
Tres cosas muy útiles
Capítulo 1
Si celebramos con devoción la venida del Señor, hacemos lo que debemos,
pues no sólo viene a nosotros, sino para nosotros. El no necesita de nosotros.
La misma grandeza de su dignación pone de manifiesto la enormidad de
nuestra indigencia. El riesgo de la enfermedad se conoce por el valor de la
medicina, como la gama de los achaques por a variedad de los remedios.
¿Qué sentid tendrían las distintas gracias si no se diese ninguna diferencia en
las necesidades?
Es muy difícil expresar en un sermón la gama de indigencias que nos
achacan. Pero pueden reducirse a tres raíces comunes y en cierta manera
principales. Ninguno de nosotros puede prescindir de consejo, de ayuda y de
protección. Es general en toda la raza humana esta triple miseria. Y cuantos
vivimos en la región d la sombra de muerte, en la debilidad del cuerpo, en el
lugar de la tentación, si nos fijamos con atención, arrastramos
miserablemente esta triple molestia. Porque nos dejamos seducir con
facilidad; somos débiles en las obras y frágiles para resistir. Nos falta
agudeza de discernimiento entre el bien y el mal y nos engañamos. Si
procuramos hacer el bien, desfallecemos. Si intentamos resistir al mal,
caemos y nos rendimos.
Capítulo 2
Por esto necesitamos la venida del Salvador. Es imprescindible, para
hombres así embargados, la presencia de Cristo. Y,¡ojalá venga con tan
infinita condescendencia, que more en nosotros por la fe e ilumine nuestra
ceguera! Permanezca con nosotros y ayude a nuestra debilidad y que su
fuerza proteja y defienda nuestra fragilidad.
Si él está en nosotros, ¿quién nos podrá engañar? Si él está con nosotros,
¿qué no será imposible con aquel que nos robustece? Si él está en favor
nuestro, ¿quién estará contra nosotros? Es un fiel consejero que no puede
engañarse ni engañar. Es el robusto cooperador que nunca se cansa. Es el
eficaz protector que pisotea diestramente al mismo Satanás con nuestros
propios pies y desbarata todas sus asechanzas. Es la sabiduría de Dios,
siempre dispuesto a instruir a los ignorantes. Es la fuerza de Dios, capaz de
alimentar siempre a los lánguidos y librar al que zozobra. Corramos con gran
decisión, hermanos míos, hacia este único maestro. Llamemos en toda
ocasión a este valiente compañero. Encomendemos nuestras almas a este fiel
protector en todo combate. Vino a este mundo para vivir entre los hombres,
con los hombres y en favor de los hombres; para iluminar nuestras tinieblas,
suavizar nuestras penas y evitar los peligros.
Sermón octavo
Los tres infiernos
Capítulo 1
Cuando celebramos la venida del Señor con lecturas y cantos, reavivamos en
nosotros los anhelos de los santos padres, a quienes Dios, mediante el
Espíritu Santo, se dignó revelar la redención futura, que llevaría a cabo por
su Hijo, encarnándose y muriendo por la salvación de los hombres. Incluso
algunos de ellos gozaron en vida del carisma profético e intuyeron de
antemano la encarnación de Cristo; y nos transmitieron en sus escritos sus
gozos sentidos en el interior y el fuego de sus deseos. Después de su muerte
pasaron a ser moradores de los infiernos, moradores de las tinieblas y
sombras de muerte. Y nadie puede imaginarse ni expresar sus hondos
anhelos de expectación hacia el único que podría soltarlos del yugo de la
cautividad. El fruto que podemos lograr de todos estos deseos es una serie
de suspiros y anhelos con los que debemos también nosotros esperar
mientras vivimos en este cuerpo de muerte, en el infierno de estas tinieblas,
la llegada de nuestro libertador. Porque necesitamos sus frecuentes visitas y
su consuelo en esta cárcel y, en última instancia, nuestra liberación de esta
mazmorra.
Debemos saber por los santos padres, e incluso por tantas personas buenas
como malas, que todos los humanos bajaban al infierno antes de la llegada
de Cristo y que ocupaban allí puestos distintos según sus respectivos
merecimientos. Ello se debía a la perversión del primer hombre, que, por
gustar la manzana prohibida, se granjeó el destierro. Este pecado lo
precipitó al exilio a él con toda su raza. Ahora sufrimos las consecuencias
del pecado original, pasando sed, hambre, frío, enfermedades y, al fin, la
muerte.
Capítulo 2
En todo esto debemos considerar, hermanos muy queridos, las funestas
consecuencias que arrastramos a causa de nuestros pecados. Con ellos
ofendemos a Dios complaciéndonos y a sabiendas. Caímos muy
miserablemente por aquel pecado al que nunca dimos nuestro asentimiento.
Si por el pecado de otro nos vimos desterrados del paraíso a esta tierra y
aguijoneados por tan enormes y frecuentes miserias, ¿adónde nos lanzarán
nuestros mismos delitos? Al infierno sin duda donde no hay esperanza de
liberación. Y como la culpa de otro, no nuestra, nos arrojó a esta mazmorra,
por eso la paga de otro, tampoco nuestra, consiguió nuestra salida. Si por
Adán todos mueren, todos vivirán por Cristo. Pero, si se nos arroja al
infierno por nuestros delitos, perdamos toda esperanza de liberación, porque
Cristo, resucitado de la muerte, no muere más; no volverá a bajar al infierno
para desalojarlo.
Fijaos que Adán no fue expulsado inmediatamente después de pecar. El
Señor quiso forzarle a una confesión con esta pregunta: Adán, ¿dónde estás?
El que nos prohibió pecar con rió también a los arrepentidos el remedio de
la confesión. No es el pecador el que queda excluido del reino de Dios, sino
el recalcitrante en su actitud despectiva a raíz del pecado.
Comer una manzana no tenía mayor trascendencia; pero como Dios había
puesto a Adán en su casa, donde no consentía el mínimo atisbo de
desobediencia, cualquier indocilidad, por insignificante o considerable que
fuese, merecía la expulsión. Lo mismo vosotros, mientras vivíais en el
mundo, estabais lejos de la casa de Dios. El Señor dijo: Mi realeza no
pertenece a este mundo. Y si en el mundo se os pasaban por alto tantas cosas
en expresiones y actitudes, ahora, viviendo en la casa de Dios, se tendrá por
reprobable cualquier actitud desdeñosa, a menos que borréis ese desdén con
el llanto de la penitencia.
Capítulo 3
Sabemos que, por el pecado original, todos los hombres bajaban al infierno
antes de la venida de Cristo. De modo parecido, y con no menos verdad,
puede sostenerse que, antes y después de la venida de Cristo, no hay hombre
alguno que no baje al infierno antes de subir al cielo.
Porque distinguimos tres infiernos. El infierno de voracidad, donde el
gusano nunca muere y el fuego no se apaga. Aquí no hay liberación posible.
El infierno de la expiación, asignado a las almas que deben purificarse a raíz
de su muerte. El infierno de aflicción, que es la pobreza voluntaria. Aquí los
que renunciamos al mundo debemos afligir nuestras almas para curarlas; de
tal modo que pasemos por la muerte al juicio y, mediante la muerte,
alcancemos la vida. Penetra en este infierno el que renuncia a sus tendencias
carnales y mortifica, por una adecuada penitencia, sus miembros terrenos,
prefiriendo afligirse con el pueblo de Dios que con el placer instantáneo del
pecado. Quien durante su vida se niegue a bajar a este infierno, tendrá que
entrar en los otros dos, y a duras penas o nunca alcanzará la libertad.
El primer infierno es el más riguroso, porque se exige en él hasta el último
cuarto. Por eso, su pena no tiene fin. No se concibe ni la más leve
mitigación, porque nunca se llega a un ajuste de cuentas que salde la injuria a
Dios. La desobediencia ocasiona tan horrible afrenta al Creador, que ninguna
pena puede expiarla, a menos que él la perdone de antemano. Lo cual
aparece claro en la primera infracción, pues arrastra a la condenación eterna
incluso a niños sin bautizar.
El segundo infierno es purificatorio; el tercero, indulgente. En éste, por ser
voluntario, se perdona con frecuencia la pena y la culpa. En el segundo
infierno, aunque a veces se perdona la pena, nunca a culpa; pero se purifica
cuando se perdona.
¡Dichoso infierno el de la pobreza, donde Cristo nació, se alimentó y
transcurrió su vida mortal! Bajó hasta él, y no una sola vez, para sacar a los
suyos; y además se entregó a sí mismo para librarnos de este perverso
mundo presente, para separarnos de la multitud de condenados y reunirnos
allí hasta que nos saque definitivamente. En este infierno hay tiernas
adolescentes, las almas de los principiantes, jóvenes tamborileras. Van
delante los más notables mensajeros con platillos sonoros. Les siguen otros
con platillos vibrantes.
En otros infiernos, los hombres sufren tormentos; en éste, en cambio, sufren
sólo los demonios. Merodean por lugares resecos y áridos, buscando un sitio
para descansar, pero no lo encuentran. Rondan por la, mentes de los fieles
para disuadirles por todos los medios a que no mediten ni oren. Por eso se
quejan: Jesús, ¿por qué has venido a atormentarnos antes de tiempo? Las
mismas personas sensuales que viven en el mundo, en cuanto se procuran los
medios para encender los deseos de la carne, encuentran ahí su propio
infierno; en él se atormentan rodeados de deleites, aunque no sean
conscientes, porque duermen y están borrachos de vino, es decir, del amor
mortal del mundo, del veneno incurable del áspid. La picadura del áspid
adormece primero y luego mata. Embriagados de ajenjo, esto es, de la
miseria y amarga dulzura del mundo, se olvidan de Dios y de sí mismos; es
gente sin sentido y sin juicio; no entienden nada y son insensibles a los
acontecimientos inmediatos: Pues cuando estén diciendo: Hay paz y
seguridad, entonces les caerá encima, de improviso, el exterminio y el dolor
como a una mujer encinta, y no podrán escapar.
Capítulo 4
Bendito sea Dios, porque no vivimos en tinieblas. Así no nos sorprenderá
desprevenidos el día del Señor. No nos encerró el Señor en su cólera, como
a todos aquellos que desvarían en la vida almacenando pecados y atesorando
ira para el día de la revelación del justo juicio de Dios. El Señor nos ha
destinado a obtener la salvación redimiendo nuestra vida mediante una
conveniente satisfacción en la penitencia. Los tormentos sorprenden a los
carnales en sus mismos deleites; y ya no les basta con lo que tienen, sino que
hambrean lo que no tienen. Su única satisfacción son las torpezas y miserias
abominables; no cosechan más que frecuentes fastidios, sin llegar nunca a
plena satisfacción.
No son los que se alejaron del mundo castigan su cuerpo sometiéndolo a
servicio los únicos que beben de la copa de la pasión. Pues el Señor tiene
una copa llena de amargo vino mezclado; sus heces no se agotan; beben de
ellas todos los pecadores de la tierra. La copa simboliza la pasión. De aquí
la pregunta: ¿Podéis beber de la copa que yo voy a beber? La copa está en la
mano del Señor, esto es, depende de su poder; y a da a beber a los que él
quiere, cuando quiere y de la manera que le parece. Hay quienes beben de
esta copa el vino amargo: son los que reniegan de sí mismos por puro amor
al Señor, cargando con su cruz y siguiéndole. Otros beben vino mezclado:
son aquellos que abrazan la vida de pobreza, pero no renuncian del todo a sí
mismos o a su familia; viven, más bien, preocupados de sus parientes con
cierto afecto instintivo o se afanan sobremanera en diligencias carnales.
Beben del vino a pesar de estar mezclado, pues aun siendo imperfectos, no
rechazan el yugo de la obediencia. Apuran las heces los que con tal de
satisfacer los deseos de la carne, se abrazan con las penas y pesadumbres
que abundan en el mundo y se disipan en vanidades y engaños.
La vida de todos éstos transcurre entre heces y torpezas. Ya lo fustiga el
Profeta, diciendo: Bebe y adormécete, que tienes al lado la copa de la
diestra del Señor, y el vómito de tu ignominia superará a tu honor. Beben de
verdad quienes soportan miserias mucho más graves comparadas con las que
se ciernen sobre los pobres de Cristo. El honor de éstos es tan afrentoso, que
repele a cualquier persona normal, como repugna un pañuelo impregnado de
vomitona. Beben de la copa hedionda y no saludable porque no invocan al
Señor. Aléjense de la iniquidad cuantos invocan al Señor, pues los que
invoquen al Señor se salvarán.
Capítulo 5
Por tanto, aun pasando por alto otros aspectos, la ciudad de Dios vive
desterrada del Señor en el infierno de la pobreza, mientras el cuerpo es su
domicilio. La ciudad es santa, es hermosa, aunque está plantada en un paraje
de aflicción. Así ensalza el esposo esa hermosura en el Cantar de los
Cantares: Eres bella, amiga mía; eres delicada y preciosa como Jerusalén,
terrible como escuadrón en orden. Eres delicada ara los hombres; preciosa
para la divinidad; terrible para os demonios. ¿Por qué? Porque avanza como
un escuadrón; pero no en desorden por la envidia, sino compacto en el amor.
Es escuadrón por el número, escuadrón de batalla por su disposición. Y
escuadrón ordenado por el consenso. La penitencia forma el grupo, la
vigilancia suscita la disposición y la concordia proporciona el consenso.
El diablo no se arredra ante los que se dan a los ayunos, se privan del sueño
y se moderan, porque ya ha arrastrado a unos y a otros a la ruina. Pero los
que viven en concordia y armonía en la casa del Señor, unidos por los lazos
del amor, provocan al diablo dolor, pavor e incluso le propinan palizas. Esta
unidad del grupo tortura al enemigo, pero más que nada reconcilia con Dios,
como él mismo declara en el Cantar de los Cantares: Has lacerado mi
corazón, hermana y esposa mía, con una sola de tus miradas, con un rizo de
tu pelo. Se refiere a la unidad entre superiores y súbditos. Por eso nos
advierte también Pablo: Esforzaos por mantener la unidad de espíritus en el
vínculo de la paz. Sabe bien el espíritu maligno que no se pierde ninguno de
los que el Padre ha entregado al Hijo, que nadie podrá arrancarlos de su
mano. Al encontrarlos en sana armonía, reconoce a las claras que están en
las manos de Dios y que no les tocará el tormento de la muerte.
El Señor dice: En esto conocerán todos, incluso los demonios, que sois
discípulos míos: en que os amáis unos a otros. El diablo ahuyenta los
hombres ese amor que él mismo no supo mantener en su relación con Dios y
con los ángeles en el cielo. Y ésa es la ciudad firmemente asentada e
inexpugnable. Su cuello es como la torre de David, construida con sillares;
de ella penden miles de escudos, miles de adargas de capitanes. La cabeza
se une al cuerpo por el cuello. ¿Puede tener el cuello otro sentido mejor que
nuestro empeño? Mientras mantenemos incólume nuestro propósito pese a
las tribulaciones que nos arrecien, nunca nos separaremos de nuestra cabeza
que es Cristo. Nos aprietan por todos los lados, pero no nos aplastan. Porque
¿quién nos separará del amor de Dios? Por él volamos en los caminos de los
mandamientos de Dios con el corazón dilatado. Este cuello debe ser
consistente, inmóvil y largo, como una torre, y tener por cimiento la
humildad.
Capítulo 6
La humildad reúne a las virtudes, las mantiene unidas y las perfecciona. El
cimiento se oculta en tierra, no puede conocerse su consistencia hasta que
los muros se asienten o se desmoronen. La humildad clava su raíz en lo
profundo del corazón. No puede conocerse su ausencia o su debilitamiento
hasta que los muros del edificio se disuelven por el desorden o se
disgreguen y desmoronen. Esta es la torre que David posee con mano fuerte.
Si no eres contemplativo, no te desazones; sé activo en las buenas obras,
defiende con ardor la torre de tu empeño, y algún día lograrás la pureza de
corazón, pues Dios se entrego a si mismo para rescatarnos de toda clase de
maldad y purificarse un pueblo escogido, entregado a hacer el bien. Por eso
juró a David, es decir, al que actúa con denuedo: A uno de tus entrañas, esto
es, de la sensualidad, que es lo más frágil del hombre, pondré sobre tu trono.
Esta torre o ciudad tiene por muro la obediencia, que reúne a los dispersos;
contiene a los vagabundos, para que salgan sólo por la puerta, esto es, por el
mandato del superior.
El primero es la acción recta. Lo que va contra Dios no es obediencia. El
segundo es lo voluntario, pues lo que se hace por la fuerza no es bueno. El
tercero, lo puro. Que la intención sea pura; porque, si tu ojo es sencillo, toda
tu persona quedará esclarecida. El cuarto, lo discreto. Que no haya excesos.
Si se ofrece algo bueno, pero no se reparte como es debido, habrá pecado.
El quinto, o estable. El que es constante, lo posee todo dispone de todo. No
hay bien sin perseverancia. Para que a perseverancia tenga el muro de la
obediencia necesita pertrecharse con los baluartes de la paciencia, como los
defensores de las murallas necesitan baluartes para estrellar los dardos del
enemigo. Quienes se empeñan en mantener la obediencia necesitan de la
paciencia, que protege al hombre contra las palabras desabridas y los
trabajos agitadores.
Capítulo 7
De ella penden mil escudos. Se refiere a la perfección y asiduidad de la
oración, que en ocasiones sirve de ayuda al prójimo. El escudo puede
colocarse en cualquier parte. Cuelgan de ella mil adargas de capitanes. Que
se presente Pablo y nos lo explique: Por eso os digo que cojáis la adarga que
Dios da para hacer frente a las asechanzas del diablo, permaneciendo
siempre firmes. Permaneced en pie, ceñidos los costados con el cinturón de
la verdad; poneos como coraza la justicia; calzaos los pies para anunciar el
mensaje de la paz. Tened siempre abrazado el escudo de la fe, etc.
Ceñir los costados es abstenerse de los deseos carnales. Pero el control ha
de realizarse en la verdad. Algunos se reprimen por necesidad, porque no se
les presentan oportunidades de lugar, de tiempo, ni os medios. Otros lo
hacen por vanidad, para granjearse favoritismos humanos o alguna ventaja
temporal. Pero hay quienes se contienen por la verdad, deseando agradar
sólo a Dios.
Debemos ponernos también la coraza de la justicia. La coraza protege al
hombre por delante, por detrás y por ambos lados. Con razón se compara a
la justicia, que da a cada cual lo que le pertenece. Tenemos delante de
nosotros a los veteranos; detrás, a los más jóvenes; amigos, por el lado
derecho; y enemigos, por el izquierdo. Demos, pues, a cada cual lo que le
pertenece: a los ancianos, obediencia; a los jóvenes, enseñanza; alegría, a
los amigos; y a los enemigos, paciencia.
Capítulo 8
Debemos calzar nuestros pies para anunciar el mensaje de la paz. Con el fin
de mantener la paz y comunicarla a otros, debemos calzar los pies de
nuestros pensamientos. De este modo podremos recorrer el mundo entero
recordando nuestros trabajos estériles, para que no se nos clave la espina de
la soberbia al experimentar las debilidades del prójimo. Procuremos no
sobrepasarnos tampoco al considerar nuestra debilidad y la de ellos. Nunca
olvidemos nuestros pecados, aunque estén ya borrados de la conciencia.
Meditemos lo que dice el Apóstol: Está sobre aviso para no ser tentado. Por
tanto, cuando sobrevienen estos pensamientos, el hombre debe acusarse a sí
mismo y excusar a prójimo. Así, el que ha sido justo dando a cada cual lo
que le correspondía, plantee un juicio para que el alma, que debe ser trono
de Dios, se enmiende mediante la justicia y el juicio, porque justicia y juicio
sostienen su trono.
El juicio tiene tres fases: con respecto a sí mismo, al prójimo y a Dios. El
juicio del hombre, con respecto a sí mismo, debe ser severo; indulgente
respecto al prójimo y puro respecto a Dios. El hombre debe juzgarse a sí
mismo con rigor. Si nos Juzgamos debidamente a nosotros mismos, no nos
juzgarán. Indulgente respecto al prójimo, de tal modo que ya le amonestes
con misericordia o le reprendas con solicitud, procedas siempre con
suavidad, estando tú sobre aviso para no ser tentado. Debes aguardar los
juicios de Dios con pureza y sencillez de corazón, proclamando: Todas las
obras del Señor son muy buenas. Que el hombre sea juez implacable para sí
mismo mediante el conocimiento de la verdad; indulgente para con el
prójimo, a impulsos del amor; puro para con Dios, mediante el asentimiento
de la voluntad.
Capítulo 9
Después de la justicia y el juicio, el hombre necesita la vigilancia, para que
no afloje por la tibieza o le desmorone la vanidad. Le conviene andar
solícito con su Dios, estarle sumiso e implorarle y para evitar cualquier
enervamiento o duda en la oración al ser azuzado por artimañas y
sugestiones diabólicas, sostenga de continuo el escudo de la fe, sabiendo que
suyo será todo lugar que hollen los pies de la fe. Quiere decir que todo lo
que se pida a él directamente o a través de su nombre, se hará.
Que tu fe sea como una semilla de mostaza, que cuanto más se la pisa, tanto
más perfuma; esto es, que cuanto más te desprecien y parezca que Dios te
rechace, con mayor confianza esperes conseguir o que pides. Y, si no por
amistad, al menos por tu impertinencia, se levantará y te dará cuanto
necesitas. Por eso añade el Apóstol: Con la ayuda del Espíritu, resistid en la
oración y en la vigilancia. No debemos entregarnos a la oración
esporádicamente, sino con frecuencia y asiduidad, explayando ante Dios los
deseos de nuestro corazón; y en determinados momentos servirnos de la
expresión de los labios. De aquí que Pablo escriba en otro pasaje: Presentad
ante Dios vuestras peticiones. Esto se verifica en la insistencia y asiduidad
en la oración, unas veces dirigida a él, otras a su Madre gloriosa, y en
ocasiones a los santos, de tal forma que se les obligue a decir: Atiéndele,
que viene detrás gritando.
Capítulo 10
El Profeta consuela a la ciudad santa de Jerusalén, que peregrina todavía en
el infierno de la pobreza, y dice: No llores que pronto vendrá tu salvación,
pues junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar. Babilonia
significa "confusión". En Babilonia residen y lloran los habitantes de
Jerusalén, que, aun sin estar en la confusión de sus trabajos, viven en la
confusión de sus ideas; quieren, pero son impotentes para alzar los ojos del
espíritu hacia Dios; y, aunque constreñidos, las quimeras los arrastran. Los
canales de Babilonia significan las costumbres depravadas, que se presentan
deliciosas a nuestra memoria. Los ríos corren, y a quienes seducen los
arrastran al mar del mundo. A lo largo de estos canales se alzan los sauces,
esto es, pensamientos flojos y estériles; en ellos, mientras nos
desparramamos en quimeras, interrumpimos la alabanza de Dios en nuestros
corazones, que, como instrumentos de gloria, deben resonar siempre en
presencia de Dios.
Demos gracias a Dios, que nos dio victoria por medio de nuestro Señor
Jesús el Cristo. Porque, si arrecian sobre nosotros malas costumbres, no
claudicamos. Nos hemos sentado junto a los canales de Babilonia, con el
alma muda a la placentera y consoladora vida del mundo, y a todo el que nos
habla. Es sorda ante el acosador e insensible frente al que le adula.
Embarazados por estas frivolidades, no es extraño que lloremos recordando
a Sión, esto es, avivando el recuerdo de aquella suavidad y deleite sabroso
que gustan de antemano esos contemplativos que merecen atisbar, a cara
descubierta, la gloria de Dios.
¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este yugo de esclavitud para que
pueda algún día escarnecer únicamente a los enemigos que me escarnecen! A
ellos, por culpa de mis pecados, me los puso Dios como irrisión y burla,
para humillarme en el lugar de la aflicción y verme sumergido en las
tinieblas de muerte. Si me dejo, pues, arrastrar por los deseos carnales y, lo
que no ocurra, consiento en ellos, yo mismo me precipito a las garras de la
muerte y me acarreo la sepultura del infierno.
Pero si, cuando siento el asalto, retengo mi sentimiento, no caeré en la
muerte. Me envolverán tinieblas de muerte y se ofuscarán mis ojos con el
polvo de pensamientos frívolos, pero mi memoria evocará la dulzura de mi
Dios. Aunque camine por sombras de muerte, nada temo si tú estás conmigo.
Con toda certeza nada temeré, porque tú estás conmigo.
Capítulo 11
¿Y en qué se funda mi esperanza? En la vara de tu corrección y en el cayado
de tu apoyo, que me consuela. Aunque me corrijas y refrenes mi soberbia
reduciéndome a polvo de muerte, protegerás mi vida, agarrándome de la
mano para que no caiga en el lago de muerte. No descuidaré la disciplina el
Señor, no protestaré cuando me reprenda. Comprendo que todo contribuye al
bien de los que aman a Dios y que la criatura está sometida a la vanidad no
por gusto, sino con dolor. ¿Por qué me voy a impacientar? No. Aguantaré con
paciencia. ¿Y por qué? Porque la misma criatura se verá liberada de la
esclavitud de la corrección para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos
de Dios. Ciudad de Jerusalén, no llores, que pronto vendrá tu salvación.
Aunque tarde con respecto a ti, no será mucho retraso con respecto a él,
porque mil años en su presencia es como ayer que pasó.
Sermones en Navidad
Sermón primero
Sobre el anuncio litúrgico del nacimiento del
Señor: Jesucristo, Hijo de Dios, nace en
Belén de Judá
Capítulo 1
Un grito de júbilo resuena en nuestra tierra; un grito de alegría y de
salvación en las riendas de los pecadores. Hemos oído una palabra buena,
una palabra de consuelo, una frase rezumante de gozo, digna de todo nuestro
aprecio.
Exultad, montañas; aplaudid, árboles silvestres, delante del Señor porque
llega. Oíd cielos; escucha, tierra; enmudece y alaba, coro de las criaturas;
pero más que nadie, tú, hombre. Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén
de Judá. ¿Quién tendrá corazón tan de piedra que, al oír este grito, no se le
derrita el alma? ¿Se podría anunciar mensaje más consolador? ¿Se podría
confiar noticia más agradable? ¿Cuándo se ha oído algo semejante? ¿Cuándo
ha sentido el mundo cosa parecida? Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en
Belén de Judá. ¡Expresión concisa sobre la Palabra condensada, pero
henchida de celeste fragancia! El afecto se fatiga intentando expandir un
mayor derroche de esta meliflua dulzura, pero no encuentra palabras. Tanta
gracia destila esta expresión, que, si se altera una simple coma, se siente de
inmediato una merma de sabor.
Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. ¡Oh nacimiento
esclarecido en santidad, glorioso para el mundo, querido por la humanidad a
causa de incomparable beneficio que le confiere, insondable incluso para los
ángeles en la profundidad de su misterio sagrado! Y bajo cualquier aspecto,
admirable por la grandeza exclusiva de su novedad; jamás se ha visto cosa
parecida, ni antes ni después. ¡Oh alumbramiento único, sin dolor, cándido,
incorruptible; que consagra el templo del seno virginal sin profanarlo! ¡Oh
nacimiento que rebasa las leyes de la naturaleza, si bien la transforma;
inimaginable en el ámbito de lo milagroso, pero subsanador por la energía
de su misterio!
Hermanos: ¿Quién podrá proclamar esta generación? El ángel anuncia. La
fuerza de Dios cubre con la sombra. Baja el Espíritu. La Virgen cree. La
Virgen concibe en la fe. La Virgen alumbra y permanece virgen. ¿Quién no se
asombrará? Nace el Hijo del Altísimo, Dios de Dios, engendrado antes de
todos los siglos. Nace la Palabra-niño. Imposible admirarlo cual se merece.
Capítulo 2
Tampoco es inútil este nacimiento, ni queda estéril tal condescendencia de la
majestad divina. Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. Los que
yacéis en el polvo, levantaos exultantes. Mirad al Señor de la salvación.
Trae la salvación y viene con ungüentos y con gloria. Es inconcebible un
Jesús sin salvación, como lo es un Cristo sin unción y un Hijo de Dios sin
gloria. El es la salvación; él, la unción y la gloria,
Dichosa el alma que ha gustado del fruto de la salvación, porque le atrae y
corre tras el olor de los perfumes para contemplar su gloria, gloria del Hijo
único del Padre. Reanimaos los que os sentís desahuciados: Jesús viene a
buscar lo que estaba perdido. Reconfortaos los que os sentís enfermos :
Cristo viene para sanar a los oprimidos con el ungüento de su misericordia.
Alborozaos todos los que soñáis con altos ideales: el Hijo de Dios baja
hasta vosotros para haceros partícipes de su reino. Por eso imploro: Sáname,
Señor, y quedaré sano; sálvame, y quedaré a salvo; dame tu gloria, y seré
glorificado. Y mi alma bendecirá al Señor, y todo mi interior a su santo
nombre, cuando perdones todas mis culpas, cures todas mis enfermedades y
sacies de bienes mis anhelos.
Estas tres cosas, queridísimos míos, saboreo en mi alma cuando oigo la
buena noticia del nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios. ¿Por qué le
llamamos Jesús? Unicamente porque salvará a su pueblo de todos sus
pecados. ¿Y por qué le llamamos Cristo? Porque hará pudrir el yugo de tu
cuello con la efusión del aceite. ¿Por qué e Hijo de Dios se hace hombre?
Para que los hombres se vuelvan hijos de Dios. ¿ Quién puede resistir a su
voluntad? Si Jesús es el que perdona, ¿quién se atreverá a condenar? Si es
Cristo el que cura, ¿quién podrá herir? Si el Hijo de Dios es el que enaltece,
¿a quién se le ocurrirá humillar?
Capítulo 3
Nace Jesús. Alégrese incluso el que siente en su conciencia de pecador el
peso de una condena eterna. Porque la misericordia de Jesús sobrepuja el
número y gravedad de los delitos. Nace Cristo. Gócense todos los que han
sufrido la violencia de los vicios que dominan al hombre, pues ante la
realidad de la unción de Cristo no puede quedar rastro alguno de enfermedad
en el alma, por muy arraigada que esté. Nace el Hijo de Dios. Alborócense
cuantos sueñan con sublimes objetivos, porque es un generoso galardonador.
Hermanos, he aquí al heredero. Acojámosle con devoción, y recibiremos su
misma herencia. Aquel que entregó a su mismo Hijo por nosotros, ¿cómo nos
negará los demás dones con el don de Hijo? Rechacemos la desconfianza y
la duda. Tenemos un firme apoyo : La Palabra se ha hecho carne y acampó
entre nosotros. El Hijo único de Dios quiso tener muchos hermanos para ser
entre todos ellos el primero. No tiene por qué dudar el apocamiento de la
debilidad humana. Fue el primero en hacerse hermano de los hombres, hijo
del hombre, hombre. Y, aunque el hombre opine que esto es imposible, los
ojos confirman la fe.
Capítulo 4
Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá. Fíjate en el detalle. No
nace en Jerusalén, la ciudad de los reyes. Nace en Belén, diminuta entre las
aldeas de Judá. Belén, eres insignificante, pero el Señor te ha engrandecido.
Te enalteció el que, de grande que era, se hizo en ti pequeño. Alégrate Belén.
Que en todos tus rincones resuene hoy el cántico del "Aleluya". ¿Qué ciudad,
oyéndote, no envidiará ese preciosísimo establo y la gloria de su pesebre?
Tu nombre se ha hecho famoso en la redondez de la tierra y te llaman
dichosa todas las generaciones. Por doquier te proclaman dichosa, ciudad de
Dios. En todas partes se canta: El hombre ha nacido en ella; el Altísimo en
persona la ha fundado. En todo lugar, repito, se anuncia se proclama que
Jesucristo, el Hijo de Dios, nace en Belén de Judá.
Y no en vano se añade de Judá, pues la expresión nos insinúa que la promesa
se hizo a nuestros padres. No se le quitará a Judá el cetro, no dejará de salir
el caudillo de entre sus muslos, basta que llegue el que tiene que venir. El
mismo será la esperanza de todas las naciones. Es cierto que la salvación
viene de los judíos, pero se extiende hasta los confines de la tierra. Está
escrito: A ti, Judá, te alabarán tus hermanos; pondrás tus manos sobre las
nucas de tus enemigos; y otras cosas que leemos, pero que nunca se
cumplieron en la persona de Judá, sino únicamente en Cristo: él es el león de
la tribu de Judá. Sobre esto mismo está también escrito: Judá es un
cachorrillo de león; te has abalanzado hacia la presa, hijo mío. Cristo es el
hábil cazador que, antes de saber decir mamá o papá, se llevó el botín de
Samaria. Diestro conquistador que, subiendo a lo alto, llevó cautiva a la
misma cautividad. Y, sin robar nada, distribuyó dones a los hombres.
La expresión Belén de Judá nos recuerda estas profecías y otras parecidas
que se cumplieron en Cristo, porque se referían a su persona. Ya no nos
interesa saber si de Belén puede salir algo bueno.
Capítulo 5
Lo que sí nos interesa saber es la manera como quiere ser acogido el que
quiso nacer en Belén. Quizá alguno hubiera pensado prepararle fastuosos
palacios, para acoger con realce al rey de la gloria. No es ése el motivo de
su venida desde el trono real. En la izquierda trae honor y riquezas, y en la
derecha largos años. En el cielo había abundancia eterna de todas estas
cosas, pero no pobreza. Precisamente abundaba y sobreabundaba esto en la
tierra, y el hombre ignoraba su valor. El Hijo de Dios se prendó de ella,
bajó, se la escogió, y revalorizó su encanto para nosotros. Engalana tu lecho,
Sión; pero con humildad y con pobreza le agradan estos pañales. María nos
asegura que le gusta envolverse con estas telas. Sacrifica a tu Dios las
abominaciones de los egipcios.
Capítulo 6
Por último, fíjate que nace en Belén de Judá. Procura tú mismo llegar a ser
Belén de Judá. Entonces no desdeñará tu acogida. Belén es la "casa del pan".
Judá significa confesión. Tú sacia tu alma con el alimento de la palabra
divina. Y aunque indigno, recibe con fidelidad y con la mayor devoción
posible ese pan que baja del cielo y que da la vida al mundo: el cuerpo del
Señor Jesús. De este modo, la carne de la resurrección renovará y confortará
al viejo odre de tu cuerpo. Así, mejorado por este sedimento, podrá contener
el vino nuevo que está en el interior. Y si, en fin, vives de la fe, nunca te
lamentarás de haber olvidado de comer tu pan. Te has convertido en Belén, y
digno, por tanto, de acoger al Señor; contando siempre con tu confesión. Sea,
pues, Judá tu misma santificación. Revístete de confesión y de gala;
condición indispensable que Cristo exige a sus ministros.
Para concluir, el Apóstol te pide estas dos cosas en breves palabras: que la
fe interior alcance la justicia y que la confesión pública logre la salvación.
La justicia en el corazón, y el pan en la casa. Ese es el pan que santifica.
Dichosos los que tienen hambre de justicia, porque quedarán saciados. Haya
justicia en el corazón, pero que sea la justicia que brota de la fe. Únicamente
ésta merece gloria ante Dios. Afore también la confesión en los labios para
la salvación. Y ya, con toda confianza, recibe a aquel que nace en Belén de
Judá, Jesucristo, el Hijo de Dios.
Sermón segundo
Sobre las palabras del canto: ¡Oh Judá y
Jerusalén!.
Capítulo 1
¡Oh Judá y Jerusalén, no temáis! Hablamos a los judíos auténticos, los que lo
son según el espíritu y no según la letra. Hablamos a la descendencia de
Abrahán. Su propagación, como se lee en la promesa, parece que se ha
cumplido. La descendencia se refiere a los hijos en virtud de la promesa , no
a los hijos naturales. Tampoco nos referimos a aquella Jerusalén que mata a
los profetas. Pues ¿cómo la consolaríamos, si el Señor lloró por ella y quedó
convertida en ruinas? Nos referimos a aquel que baja, nueva, desde el cielo.
;No temáis, oh Judá y Jerusalén ! No temáis, verdaderos confesores, que
confesáis al Señor con la boca, con toda vuestra persona y por doquier. Os
revestís de la confesión como de un vestido. Todo vuestro interior confiesa
al Señor y todos los huesos proclaman: Señor, ¿quién como tú? No se
comportan como esos que hacen profesión de conocer a Dios y lo
desmienten con su conducta. La auténtica confesión consiste en que todas
vuestras obras, hermanos, sean también obras suyas y lo ensalcen. Pero se le
debe ensalzar de dos maneras, como envueltos en un doble vestido, mediante
la confesión de los pecados y la proclamación de las divinas alabanzas.
Seréis verdaderos judíos si la totalidad de vuestra vida confiesa que sois
pecadores; que merecéis castigos mayores; que Dios es la bondad por
excelencia; que él os perdona los castigos eternos que os habíais merecido a
cambio de estos insignificantes y pasajeros sufrimientos.
El que no desea con ganas la penitencia, parece decir con sus acciones que
no tiene necesidad de penitencia. De este modo no confiesa su pecado o la
penitencia no le sirve de nada. Y tampoco ensalza a bondad divina.
Pero vosotros sed auténticos Judíos, sed la nueva Jerusalén, y ya nada
temeréis. Jerusalén es la visión de paz. Visión, no posesión. El Señor
estableció la paz en sus fronteras. Y no precisamente en los aledaños ni en
su mismo centro. Si no tenéis la paz, y nunca la podréis tener perfecta en esta
vida, al menos vedla miradla, contempladla y deseadla. Clávense allí las
miradas de vuestro corazón. Hacia la paz se orienten vuestras intenciones,
para que en cualquier cosa que emprendáis os mueva el deseo de esta paz
que supera todo sentido. Tened siempre este objetivo : vivir reconciliados y
en paz con Dios.
Capítulo 2
A todos éstos decimos : No temáis. A estos consolamos, no a quienes
desconocen el camino de la paz. Y si se les dice: Mañana saldréis, les
sonará a intimidación, nunca a consuelo. Unicamente desean morirse y estar
con Cristo los que ven y conocen la paz. Si se derrumban sus albergues
terrenos, saben que su construcción proviene de Dios. Los otros, en cambio,
viven como unos insensatos y se complacen de su prisión. Cuando mueren
estos tales, en vez de salir, debemos decir que entran. No emigran a la región
de la luz y de la libertad; penetran en la cárcel, en las tinieblas, en el
infierno.
A vosotros, en cambio, se os dice: No temáis, mañana saldréis; ya no
rondará el temor por vuestras fronteras. Tenéis enemigos numerosos: la
carne, el enemigo más cercano; este mundo perverso, que os invade por
todas partes; los señores de las tinieblas, que, situados en la altura, acosan
vuestros caminos. Sin embargo, no temáis; saldréis mañana; esto es, muy
pronto. El mañana es inminente; por eso, el santo Job dijo: Mañana se me
hará Justicia. En otro lugar se nos habla también de tres días: Al cabo de dos
días, nos dará la vida, y al tercero nos resucitará. El primer día está bajo el
signo de Adán; el segundo, en Cristo, y el tercero, con Cristo. Por eso añade:
Nos esforzaremos por conocer al Señor; y en el mismo lugar: Mañana
saldréis, y el Señor estará con vosotros.
Este pasaje se aplica a quienes han cumplido la mitad de sus años y en
quienes han muerto el día en que nacieron, el día de Adán, el día del pecado;
día que también Jeremías maldecía con estas protestas: Maldito el día en que
nací. Todos nacemos en ese día. Que parezca ese día en todos nosotros; día
de niebla y de oscuridad, día de tinieblas y de descontento. Este día nos lo
proporcionó Adán y nuestro enemigo, que nos insinuó: Se abrirán vuestros
ojos.
Capítulo 3
Pero fijaos: Ha brillado entre vosotros el día nuevo de la redención, el de la
renovación antigua y de la dicha eterna. Este es el día que hizo el Señor;
festejémoslo y alegrémonos, porque mañana saldremos. ¿De dónde? Del
calabozo de este siglo, de la prisión del cuerpo, de los grilletes de la
necesidad, de la curiosidad, de la vanidad y del placer. De codo eso que
encadena los pies de los afectos, en contra de nuestra voluntad. ¿Qué le
dicen las cosas terrenas a nuestro espíritu? ¿Por qué no desea las realidades
espirituales y no busca ni saborea lo espiritual? ¡Oh espíritu!, tú eres de
arriba; ¿qué te importa lo de abajo? Buscad as cosas de arriba, donde Cristo
está sentado a la derecha de Dios. Saboread lo de arriba, no lo de la tierra.
Pero el cuerpo mortal es lastre del alma y la morada terrestre abruma la
mente pensativa.
Las incontables necesidades de nuestro cuerpo nos paralizan. La viscosidad
de nuestro deseo malo y del placer terreno nos impide volar. Y si por
casualidad se eleva un poco, al punto se la tira por tierra. Pero no temáis;
saldréis mañana del lago de miseria y del cieno hediondo. Y para sacarnos
de ahí, él mismo se hundió también en el cieno profundo. No temáis; saldréis
mañana del cuerpo de la muerte y de la corrupción del pecado. Actuad
durante este día en Cristo. Y vivid como él mismo vivió. Pues quien dice
estar en Cristo, debe proceder como él mismo procedió. No temáis, que
mañana saldréis y estaréis siempre con el Señor. O como expresamente se
dice: Y el Señor estará con vosotros. Entendamos que, mientras vivamos en
el cuerpo, podemos estar con el Señor, esto es, adherirnos a su querer. Pero
él no está con nosotros para consentir a nuestro deseo. Queremos ser ya
libres. Anhelamos morir. Deseamos salir. Pera el Señor tiene todavía sus
motivos para demorarse. Mañana saldréis, y el Señor estará con vosotros, y
entonces él querrá cuanto nosotros queramos; no habrá discordia alguna
entre su voluntad y la nuestra.
Capítulo 4
Por eso, no temáis, Judá y Jerusalén, si todavía no podéis lograr la
perfección que deseáis. Que la humildad de la confesión supla la
imperfección de vuestra conducta. Los ojos de Dios ven vuestra
imperfección. Por eso ordenó cumplir con sumo esmero sus mandamientos.
De este modo, cuando sintamos el desfallecimiento de nuestra debilidad y la
imposibilidad de cumplir lo debido, refugiémonos en la misericordia y
exclamemos : Tu misericordia vale más que la vida. Y si no podemos
comparecer con el vestido de a inocencia o de la justicia, presentémonos con
el vestido de la confesión.
La confesión y la hermosura llegan hasta la presencia del Señor si, como ya
se indicó, la boca y la persona exclaman con todas sus fuerzas: Señor, ¿quién
como tú? Este grito brota de la contemplación de la paz y del deseo de
reconciliación con Dios. A estos se les dice: ¡Oh Judá y Jerusalén, no
temáis; saldréis mañana ! Y tan pronto como el alma salga del cuerpo, todos
los afectos y deseos que actualmente se encuentran dispersos y cautivos en la
superficie del mundo, saldrán de estas adherencias, y el Señor estará con
vosotros.
Esto os parecerá una exageración si os fijáis en vosotros mismos y no en las
cosas que os aguardan. ¿Acaso el universo entero no lo espera? La criatura
está sometida a la vanidad. Al caer el hombre, al que el Señor había
nombrado administrador de su casa y dueño de todas sus posesiones, toda su
herencia quedó corrompida. Los vientos se desataron. La maldición cayó
sobre la tierra en las obras de Adán, y todo quedó presa de la vanidad.
Capítulo 5
No se restaurará la herencia mientras no se renueve el heredero. De aquí el
testimonio del Apóstol. Todo sigue gimiendo con dolores de parto hasta
añora. Están pendientes de nosotros el mundo, los ángeles y los hombres.
Escuchad: Me aguardan los justos hasta que me devuelvas tu favor. Los
mártires reclamaron el día del juicio; y no tanto por deseos de venganza
cuanto por anhelo de la perfección de su dicha que entonces se les daría.
Pero recibieron esta divina respuesta: Aguantad un poco hasta que se
complete el número de vuestros hermanos.
Es cierto que ya han recibido la vestidura blanca; pero no lucirán las dos
túnicas hasta que no las luzcamos también nosotros. Como garantía tenemos
rehenes a sus propios cuerpos, pues sin ellos y sin nuestra compañía no
pueden lograr la plenitud de su gloria. De aquí que el Apóstol se exprese en
estos términos hablando de los Patriarcas y de los Profetas: Dios preparó
algo mejor para nosotros, y no quiso llevarlos a la meta sin nosotros. ¡Si
sospecháramos cómo aguardan nuestra llegada! ¡Cuánto la desean y la
buscan! ¡Con qué gusto reciben las buenas noticias sobre nosotros!
Capítulo 6
Mas ¿por qué hablo de estos que aprendieron a ser compasivos a fuerza de
sufrir? Los mismos ángeles desean nuestra compañía. ¿Es que se van a
reconstruir las murallas de Jerusalén con estos gusanillos y este polvo?
¿Habéis pensado cuánto suspiran los ciudadanos del cielo restaurar las
ruinas de su ciudad? ¿Cómo andan solícitos por recibir piedras vivas, que
sirvan con ellos para la construcción? ¡Cómo se afanan entre Dios y
nosotros, llevando con sumo cuidado a su presencia nuestros gemidos y
devolviéndonos su gracia con enorme delicadeza! Imposible que se
avergüencen de ser nuestros compañeros los que se han hecho nuestros
servidores. ¿No son todos dispensadores del espíritu y enviados para ayudar
a quienes han de lograr la herencia eterna? Aprisa, hermanos carísimos;
aprisa, que nos espera toda la corte celestial. Hemos alegrado a los ángeles
cuando nos hemos convertido a la penitencia. Avancemos, démonos prisa a
colmarlos de alegría.
¡Pobre de ti si piensas revolcarte en el fango, volver al vómito! ¿Crees que
en el día del juicio tendrás de tu parte a quienes quieres rehusar un gozo tan
intenso como esperado? Se alegraron cuando hicimos profesión de
penitencia como si nos hubiesen visto volver desde los umbrales mismos del
infierno. ¿Qué impresión tendrían ahora si nos viesen alejarnos desde los
umbrales del mismo cielo y volverles la espalda cuando estábamos ya con
un pie en el paraíso? Nuestra vida transcurre en la tierra, pero el corazón
está en los cielos.
Capítulo 7
Corred, hermanos, corred. Ya no son sólo los ángeles, es el mismo creador
de los ángeles quien os espera. El banquete de todas está preparado. Pero la
casa no está llena. Todavía se deja tiempo para que se llene la sala del
festín. El Padre os aguarda y os desea por el gran amor con que os amó.
Precisamente el Hijo único que está al lado del Padre ya os lo había
anunciado : El Padre os ama. Pero también os ama y os desea por su misma
persona, como se expresa en el Profeta: Lo hago por mí mismo, no por
vosotros. ¿Podrá ya alguien dudar que no realizará aquella promesa hecha al
Hijo : Pídemelo, y te daré en herencia las naciones. O aquella otra: Siéntate
a mi derecha basta hacer de tus enemigos un estrado de tus pies. No
quedarán destrozados todos sus enemigos mientras haya quien nos combata a
nosotros, que somos sus miembros. No se realizará esta promesa hasta que
no quede destruido el último enemigo, la muerte.
¿Y quién puede dudar cuánto desea el Hijo palpar el fruto de su nacimiento,
de toda su vida terrena, el fruto de su cruz y de su muerte, el precio de su
sangre preciosa? ¿No va a entregar a Dios y Padre el reino que conquistó?
¿No renovará a sus criaturas, si por el as el Padre le envió al mundo? Nos
aguarda también el espíritu Santo, porque es el amor y la bondad en la que
nos ha escogido desde siempre. Es el primero en querer que se cumpla su
elección.
Capítulo 8
Si ya está preparado el banquete de bodas y la innumerable corte celestial
os desea y aguarda, corramos, pero no a la aventura. Corramos con los
deseos y con la práctica de las virtudes. El que camina avanza. Diga cada
cual: Mírame y ten piedad de mi según a norma de los que aman tu nombre.
Yo no lo merezco; pero en virtud de lo que está estipulado: ten misericordia.
Digamos igualmente: Que se cumpla tu voluntad en los cielos. Y también :
Hágase tu voluntad. Sabemos muy bien que está escrito: Si Dios está con
nosotros, ¿quién contra nosotros? ¿Quién acusará a lo elegidos de Dios? ¿Es
que no tengo libertad para hacer lo que quiero?
Mientras tanto, sea éste nuestro consuelo, queridos, hasta que partamos y el
Señor esté con nosotros. Que su inagotable misericordia nos acompañe en
esa dichosa salida hasta aquella clara mañana, y que en esta también cercana
mañana condescienda en visitarnos y se quede con nosotros. El compasivo
que vino a proclamar la liberación a los presos, libere mañana cualquiera
que se sienta reprimido por la tentación. Y recibamos con alegría de
salvación la corona de nuestro Rey Niño. Nos la da él mismo que vive y
reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios por todos los siglos. Amén.
Sermón tercero
Sobre esta frase del canto: "Hoy sabréis que
viene el Señor".
Capítulo 1
Habitantes, el mundo e hijos de los hombres, escuchad. Los que yacéis en el
polvo, despertad jubilosos; el médico se acerca a los enfermos; el redentor,
a los esclavos; el camino, a los extraviados; la vida, a los muertos. Se
aproxima el que arroja todos nuestros pecados al fondo del mar, el que cura
toda enfermedad, e que nos lleva en sus mismos hombros para devolvernos
nuestra propia y original dignidad. Su poder es enorme, pero su misericordia
es todavía más admirable, por que quiso venir a mí, con la eficacia de su
remedio.
Hoy sabréis que viene el Señor. Esta expresión aparece en un lugar y tiempo
concretos de la Escritura. Pero nuestra madre la Iglesia la aplica, con mucho
acierto, a la vigilia del nacimiento del Señor. La Iglesia cuenta siempre con
el dice amen y la inspiración del Esposo, su Dios. El, como un amante,
descansa entre sus pechos. Toma posesión y mantiene la morada de su
corazón. Pero es ella quien hirió su corazón y hundió el ojo de la
contemplación en el abismo de los misterios de Dios. De este modo
establecen en sus respectivos corazones una morada perenne. El en ella y
ella en El. Y cuando ella cambia o suple alguna palabra en las Escrituras, la
nueva composición es mucho más viva que la anterior. Guarda la misma
proporción existente entre la figura y la verdad, entre la luz y la sombra, la
señora y la esclava.
Capítulo 2
Hoy sabréis que viene el Señor. A mi parecer, con estas palabras se nos
recomienda insistentemente fijar nuestra atención en dos días. El primer día
es el acontecimiento de la caída del primer hombre, y dura hasta el fin del
mundo. Los santos han maldecido muchas veces este día. Amaneció un día
espléndido; son los momentos de la creación de Adán. Pero se le expulsó y
cayó aherrojado en la angustia de las realidades terrenas, viviendo en el día
de las tinieblas, casi privado de la luz de la verdad. Todos nosotros nacemos
en este día, si es que merece el apelativo de día y no de noche. Menos mal
que nos conservó la luz de la razón, como una chispita, aquella
inconmensurable misericordia.
El segundo día será el día de los esplendores sagrados, en la eternidad sin
fin. Brillará aquella sosegada mañana con la garantía de la misericordia.
Quedará totalmente vencida la noche y disipadas las sombras y las tinieblas.
El resplandor de la verdadera luz invadirá todo: lo alto y lo bajo, lo interior
y lo exterior. Por eso dice el Santo: Por la mañana déjame oír tu
misericordia; y también: Por la mañana nos hemos saciado de tu
misericordia.
Pero volvamos a nuestro día, que por su brevedad se compara a una vigilia
nocturna; e incluso a la nada y al vacío, según se expresa uno de los
intérpretes familiares del Espíritu Santo: Todos nuestros días ya han pasado;
y: Mis días se desvanecieron como humo; o: Mis días fueron como una
sombra que se alarga. He aquí cómo se expresa el santo patriarca que vio al
Señor cara a cara: los días de mi vida son pocos y malos. En este día. Dios
da al hombre la razón y la inteligencia; pero es imprescindible que, al salir
de este mundo, Dios también lo ilumine con el resplandor de su ciencia, para
que no salga totalmente extenuado de este calabozo y sombra de muerte y sea
ya incapaz para siempre de disfrutar de la luz.
Por eso, el Hijo único de Dios y Sol de justicia, como inmenso y radiante
cirio luminoso, está encendido y ardiendo en la prisión de este mundo,
dispuesto a compartir su luz con cuantos quieran acercarse a él y vivir
totalmente unidos a él. Nuestros pecados crean la separación entre Dios y
nosotros. Pero si los quitamos, nos uniremos, nos encarnaremos y nos
fundiremos en la verdadera luz. La luz extinguida se une directamente para
encenderse en la luz que arde y brilla; es decir, por las formas visibles
conocemos la realidad de lo invisible.
Capítulo 3
Como dice el profeta, encendamos en este enorme y refulgente astro la luz de
la ciencia antes de salir de las tinieblas de este mundo, con el fin de que
nunca pasemos de estas tinieblas a las otras tinieblas: las tinieblas eternas.
¿En qué consiste esta ciencia? En esto: en estar convencidos que el Señor
vendrá, aunque no sepamos el momento concreto. Esto es todo lo que se nos
pide. Me dirás: Esto lo saben todos. ¿Quién no va a saber, aunque sólo sea
cristiano de nombre, que el Señor vendrá, que vendrá a juzgar a vivos y
muertos, y a pagar a cada uno según su conducta? Hermanos esto no lo sabe
toda la gente, ni siquiera un gran número. Es de pocos, porque son pocos los
que se salvan. ¿ Piensas que los que obran el mal y se alegran en a
perversión creen y reflexionan en la venida del Señor? Aunque lo digan, no
lo creas. Porque quien dice : "Conozco al Señor", pero no cumple sus
mandatos, es un embustero. Según el Apóstol, hacen profesión de conocer a
Dios, pero sus acciones lo desmienten, porque la fe sin obras es un cadáver.
Nunca se hubiesen enfangado si hubieran conocido o temido la venida del
Señor; habrían estado alerta, sin permitir el naufragio de sus conciencias.
Capítulo 4
Esta ciencia actúa en su primer grado provocando la pena o dolor.
Transforma la risa en llanto, el canto en lamentos, la alegría en tristeza. Que
comience a desagradarte lo que antes tanto te atraía; que aborrezcas tus más
queridos caprichos como está escrito: El que aumenta el saber, aumenta el
dolor. El indicio de una ciencia auténtica y santa es el dolor que la
acompaña.
En un segundo grado, la ciencia actúa como corrección. Desde entonces, ya
no permitas que los miembros de tu cuero sean instrumentos del pecado.
Reprime la gula, ahoga la lujuria, abate la soberbia y fuerza al cuerpo a
servir a la santidad, al igual que antes había servido a la inmoralidad. La
pena sin corrección no sirve de nada, como dice el Sabio: Si lo que uno
construye lo derriba otro, ¿de qué servirá este trabajo inútil? Quien se
purifica del contacto de un cadáver y lo vuelve a tocar, de nada le sirve el
baño. Como dice el Salvador, hay que andar precavidos, no sea que ocurra
algo peor. Esta situación no se puede mantener durante mucho tiempo; el
alma que se ve tan vulnerable debe vigilar y ocuparse de sí misma con
enorme precaución.
Por eso en el tercer grado actúa la solicitud, que le impulsa a comportarse
diligente con su Dios y examinarse profundamente a sí misma, para ver si
hay algo, por insignificante que sea, que agravie a aquella tremenda
majestad. Esta ciencia se enciende en el pesar, arde en la corrección, brilla
en la solicitud; es una renovación interior y exterior.
Capítulo 5
Aquí comienza ya a liberarse de los infortunios y desgracias y a moderar la
intensidad de su temor en la alegría del espíritu. De este modo no se hunde
en el piélago de la tristeza ante la enormidad de sus crímenes. Teme al juez,
pero espera al Salvador.
El temor y la alegría se apresuran en su corazón y le salen al paso. Muchas
veces, el temor aventaja a la alegría; pero, con mayor frecuencia, la alegría
excluye el temor, y se convierte en el secreto de su gozo. Dichosa la
conciencia donde se libran de continuo semejantes combates hasta que lo
caduco quede anegado en la vida, hasta que se elimine el temor, que siempre
es imperfección, e invada la alegría, que es perfección. Su temor no es
eterno. Su alegría, en cambio, sí lo será.
Ya arde y resplandece, mas todavía no se siente en su propio hogar. Allí, sin
atisbos de temor al acoso de tos vientos, brilla una luz continua. Aquí, no
olvide que estamos expuestos a la inclemencia e intente proteger con ambas
manos lo que lleva; ni se fíe del tiempo, aunque no se mueva una hoja. De
repente y cuando menos se piense, habrá un cambio, y al menor descuido de
las manos, la luz se apagará. Si la llama le quema un poco las manos,
aguántese. No las retire; en un momento, en un pestañear, se puede extinguir.
Nada habría que temer si estuviésemos en aquel hogar no edificado por
hombres, en la morada eterna del cielo, donde no puede penetrar enemigo
alguno, ni abandonarnos el amigo. Mas por el momento nos encontramos
expuestos a tres vientos contrarios e impetuosos: los bajos instintos, el
diablo y el mundo. Los tres maquinan cómo extinguir la conciencia
iluminada, lanzando sobre nuestro corazón las rachas de los malos deseos e
impulsos ilícitos. Hasta que, envueltos en el desconcierto, nos sintamos
incapaces de vislumbrar el origen y la meta. Dos de esos vientos suelen
calmarse a veces. Pero el tercero nunca cesa de arreciar. Por ello habrá que
proteger el alma con las dos manos, la del cuerpo y la del corazón, no sea
que se extinga su llama. Nadie debe rendirse o desanimarse, aunque la
violencia de una gran borrasca atormente el corazón y el cuerpo del hombre.
Repitamos las palabras del Santo: Mi alma siempre está en mis manos.
Elijamos, más bien, arder que ceder. Y como no olvidamos fácilmente lo que
tenemos en las manos, así nunca olvidemos el negocio de nuestras almas.
Sea ésta la preocupación esencial de nuestros corazones.
Capítulo 6
Así, pues, bien ceñidos y con las lámparas encendidas, vigilemos durante la
noche el tropel de nuestros pensamientos y acciones, para que, si el Señor
viene al comienzo de la noche, a media noche o de madrugada, nos encuentre
dispuestos. El comienzo de la noche indica la rectitud en el obrar. Tu vida
debe ser consecuente con la Regla a que te comprometiste. Nunca has de
franquear los linderos que establecieron tus padres en todas las prácticas de
esta peregrinación y de esta vida, ni desviarte a derecha o a izquierda.
La media noche viene a significar la pureza de intención. Tu ojo sencillo
irradie en todo tu cuerpo; es decir, todo lo que hagas, hazlo por Dios. Y que
las gracias vuelvan a su fuente y fluyan sin cesar.
La aurora representa el mantenimiento de la unidad. En la vida de comunidad
antepón siempre los deseos de los demás a los tuyos propios. Convive con
tus hermanos sin quejas y con alegría, soportando a todos y orando por ellos.
Así podrá decirse de ti: Este es el que ama a sus hermanos y al pueblo de
Israel, e intercede continuamente por el pueblo y por la ciudad santa de
Jerusalén. Así, pues, en este día de la llegada del Unigénito se nos infundió
la verdadera ciencia; esa ciencia que nos prepara a la venida del Señor,
fundamento estable y permanente de toda nuestra conducta.
Capítulo 7
Y mañana contemplaréis su gloria. ¡Oh mañana, oh día! Vivido en los atrios
del Señor, vale más que otros mil días. Aquello será el mes y el sábado por
excelencia, porque el destello de la luz y el fuego de la caridad hará
resplandecer a los moradores de la tierra en aquellas realidades su limes.
¿Quién se lo puede imaginar, y menos aún contar algo de todo eso? Mientras
tanto, hermanos, construyamos nuestra fe. Y, si no podemos ver aquellas
sublimidades que nos aguardan, al menos contemplemos las maravillas que
por nosotros se realizaron en la tierra.
Tres obras, tres composiciones realizó la majestad todopoderosa al asumir
nuestra naturaleza; y son tan extraordinariamente únicas, que jamás se
hicieron ni podrán hacerse otras semejantes en nuestra historia. Quedaron
íntimamente unidos Dios y el hombre, la Madre y la Virgen, la fe y el
corazón humano. Admirables composiciones que superan a cualquier
milagro. Nos parece inconcebible la aglutinación de elementos tan distintos
y dispares.
Capítulo 8
Contempla ahora la creación, el orden y la disposición de las cosas. Fíjate
cuánto poder supone la creación; qué sabiduría hay en el orden; cuánta
bondad en la composición. Contempla el poder que ha creado tantas y tan
grandes criaturas, la sabiduría de un orden meticuloso; la bondad, que no
descuida ni lo grande ni lo pequeño merced a esa caridad amable y
sobrecogedora. Dios aglutinó la fuerza vital a este barro terreno; y en virtud
de ella, en los árboles rebosa la lozanía de sus hojas, la belleza de sus
flores, el sabor y medicina de sus frutos. Pero no se contentó con esto:
infundió sensibilidad a nuestro barro para que los animales tengan y gocen
de cinco sentidos. Quiso ennoblecer tanto nuestro barro, que le infundió una
energía racional. Me refiero a los hombres, que viven y sienten, y sobre
todo, disciernen entre lo ventajoso y lo inconveniente, entre lo bueno y lo
malo, lo verdadero y lo falso.
Quiso también sublimar nuestra porción más débil con una gloria rebosante.
Por eso se redujo la majestad, y lo mejor de ella, la misma divinidad, se
aglutinó a nuestro barro. Y así quedaron unidos, en una sola persona, Dios y
el barro, la majestad y la debilidad, lo más vil y lo más sublime. Nada hay
tan sublime como Dios y nada tan despreciable como el barro. Y a pesar de
todo, Dios descendió al barro con tal bondad y el barro subió hasta Dios con
tal nobleza, que la obra de Dios en el barro brilla como obra del mismo
barro. Y cuanto el barro soporta, parece soportarlo el mismo Dios en él.
Misterio inefable e incomprensible.
Fíjate que en ese Dios uno se da la Trinidad en las personas y la unidad en la
sustancia. Así ocurre aquí: en esta única composición hay trinidad en las
sustancias y unidad en la persona. Y como allí las personas no rompen la
unidad ni empobrecen la Trinidad, aquí tampoco la persona encubre a las
sustancias, ni las sustancias eliminan la unidad de la persona. Aquella
sublime Trinidad nos hizo ver esta trinidad, hazaña maravillosa, única entre
todas y sobre todas sus obras. La Palabra, el alma y la carne confluyeron en
una persona. Y esta tríada unitaria o unidad trinitaria está constituida en la
unidad de la persona, no en la ambigüedad de la sustancia.
He aquí la primera y más excelente composición. Ocupa el primer rango
entre las tres mencionadas. Hombre, cae en la cuenta que eres barro y no te
ensoberbezcas. Y que estás unido a Dios; no seas ingrato.
Capítulo 9
La segunda composición se refiere a la virginidad y a la maternidad, caso
único y admirable. Jamás se ha oído que una virgen concibiese y que siendo
madre permaneciese virgen. Nunca, según el orden natural, se puede pensar
en la virginidad de la fecundidad, ni en la fecundidad de la virginidad.
Unicamente aquí la virginidad y la fecundidad se encuentran. Ahí se hizo lo
que hasta entonces no se había hecho, ni se hará ya nunca, porque no existe
nada precedente ni algo subsiguiente que se asemeje.
La tercera composición concierne a la fe y al corazón humano, si bien
inferior a las dos anteriores, no es quizá menos intensa que ellas. Es
admirable cómo el corazón humano adapta su fe a estas dos realidades;
creyendo que Dios fuese hombre y que la Virgen diera a luz. Como el hierro
y una vajilla de arcilla no pueden juntarse, tampoco estas dos cosas pueden
mezclarse sin el aglutinante del Espíritu de Dios. ¿Cómo creer que aquel
Dios es el mismo que reposa en el pesebre, que llora en la cuna, que sufre de
necesidades como cualquier otro niño, que es azotado, escupido,
crucificado, colocado en el sepulcro, aprisionado entre dos piedras, y que
además es excelso e inmenso?
¿Será virgen la mujer que da de mamar al niño, que tiene constantemente un
marido al lado, en la mesa, en la alcoba; que la lleva a Egipto y la trae, y que
ambos solos emprenden un viaje can largo y tan íntimo? ¿Cómo podrá
convencerse de esto la humanidad y toda la creación? Y. sin embargo, tan
fácil y prodigiosamente se convenció, que es precisamente esa multitud de
creyentes quien me lo hace a mí fácil de creer. Muchachos y doncellas,
viejos y niños, prefirieron morir mil veces antes que apartarse por un
instante de esta fe.
Capítulo 10
Esta es una excelente composición, pero la segunda es mucho mejor, y la
tercera insuperable. El oído percibió la primera, no el ojo; porque se
proclamó y se dio fe en el mundo a ese gran sacramento de misericordia;
mas ningún ojo vio, fuera de ti, la manera como te uniste al cuerpo humano
en las estrechas
El ojo percibió la segunda composición, porque aquella Reina
extraordinaria se sintió a sí misma fecundada y virgen, y conservaba el
recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior. Lo supo también José,
testigo y celador de tan sublime virginidad.
La tercera composición tocó al corazón del hombre cuando creemos lo
realizado, dando más fe a los oráculos que a los ojos, y mantenemos
ardorosamente las palabras y las obras sin atisbo de duda. Fíjate en la
primera composición lo que Dios te dio. En la segunda, por quién te lo dio.
Y en la tercera, para qué te lo dio. Te dio a Cristo por María para tu
curación. La primera composición es una medicina; con lo divino y lo
humano se elaboró una especie de cataplasma para curar todas tus
debilidades. Estos dos elementos se han triturado y mezclado en el seno de
la Virgen, como en un almirez. El Espíritu Santo es la mano que los mezcló
delicadamente. Pero como no eras digno de que se te confiase esta
composición, se la entregó a María, para que recibas de ella todo lo que
tienes. Ella, por ser virgen, mereció ser escuchada atentamente en favor tuyo
y de toda la humanidad.
Si únicamente fuese madre, tendría que salvarse a sí misma mediante la
procreación. Y si sólo fuese virgen, se beneficiaría únicamente a sí misma.
Pero el fruto bendito de sus entrañas no sería rescate para el mundo. Así,
pues, en la primera composición estriba nuestro remedio; en la segunda,
nuestra ayuda, porque Dios no quiso que tuviéramos nada sin que pasara por
manos de María. Y en a tercera radica el mérito, porque, cuando creemos sin
titubeos en todo esto, ya merecemos. En la fe está la curación, porque el que
cree se salvará.
Sermón cuarto
Sobre el medicamento de la mano izquierda
del esposo y los encantos de su mano
derecha
Capítulo 1
No es costumbre en nuestra Orden tener hoy sermón. Pero como mañana
precisaremos de bastante tiempo en la celebración de las misas, no lo
tendremos para un sermón largo. Por eso pienso que no es un despropósito
preparar va hoy vuestros corazones para una solemnidad tan importante;
sobre todo, cuando se trata de este insondable misterio y de su
incomprensible profundidad. Es como la fuente viva: cuanto más se extrae,
tanto más fluye, sin asomo de agotamiento.
Además, conozco vuestros frecuentes sufrimientos por Cristo, y quiero
que rebose vuestro consuelo en él. No es conveniente ni lícito brindaros
algún consuelo humano. Sería bochornoso y de nada serviría. Pero lo más
lamentable es que sería un obstáculo al auténtico y saludable consuelo. Por
eso, el que es la delicia y la gloria de los ángeles, se hizo salvación Y
consuelo de los miserables; quien es grande y sublime en su ciudad
glorificando a los habitantes de allá arriba, se vuelve pequeño y humilde en
el destierro, alegrando sobremanera a los exiliados; y el que en lo alto es la
gloria del Padre se hizo en la tierra paz para los hombres de buena voluntad.
Se ha hecho niño para los niños y grande para los grandes. A aquéllos los
justifica siendo niño, para ensalzarlos después y glorificarlos siendo grande
y glorioso. Por eso existe aquel instrumento elegido, que todo lo recibió de
la plenitud de este niño. Aunque pequeño, está colmado; colmado de gracia y
de verdad; y en él habita corporalmente la plenitud de la divinidad. Por eso,
repito, Pablo eructa ese bello poema que habéis oído con frecuencia durante
estos días : Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres.
Estad alegres, dice, por lo que veis; y alegraos también por la promesa que
recibís. Porque el misterio y su correspondiente esperanza rezuman gozo.
Alegraos, porque ya habéis recibido los regalos de la mano izquierda;
alegraos, pues aguardáis los premios de la derecha. Dice: Pone su mano
izquierda bajo mi cabeza y me abraza con la derecha. La mano izquierda
sosiega; la derecha acoge. La izquierda cura y santifica; la derecha abraza y
glorifica. En la izquierda deposita sus méritos; en la derecha, sus premios.
Insisto: la izquierda contiene los remedios, y la derecha los deleites.
Capítulo 2
Pero fíjate en este médico piadoso, observa al médico sabio. Considera con
suma atención qué lote de medicamentos recientes trae. Mira el valor y la
calidad; pues no sólo son muy útiles para curar, sino agradables a la vista y
de buen paladar.
Bueno, repara en la primera medicina. La tiene en a mano izquierda. Se
refiere a su concepción sin concurso de varón. Indaga, por favor, en esta
realidad tan excepcional y admirable como gozosa y amable. ¿Hay algo más
hermoso que una generación límpida? ¿Qué puede superar en gloria a una
santa y auténtica concepción, sin menoscabo del pudor y sin mancha de
corrupción? Pero quizá se enfriaría un poco en nosotros la admiración de tal
novedad, aunque agradable, si no deleitara también nuestro espíritu el fruto
de salvación y el sentido de lo útil. Esta concepción es gloriosa, sí, en su
misma forma externa; pero, sobre todo, es preciosa en su dinamismo interno.
Como dice la Escritura: en la izquierda del Señor se hallan inseparables el
honor y las riquezas. Me refiero a las riquezas de salvación y al honor de lo
nuevo.
¿Quién podrá transformar en puro al que fue concebido de germen impuro?
Tú solo, el único concebido sin placer inmundo e ilícito. En mi misma raíz y
origen me encuentro infecto y manchado. Mi concepción es inmunda. Pero
hay quien puede eliminar este trastorno: el único que esta libre de él.
Capítulo 3
Tengo las riquezas de la salvación. Por ellas puedo recuperar la pureza de
mi concepción persona. Me refiero a la concepción inmaculada de Cristo.
Añade más, Señor Jesús; renueva los prodigios, cambia los portentos, Pues
todo lo anterior ha perdido lozanía por su misma costumbre. Indudables y
grandes prodigios son la salida y el ocaso del sol, la fecundidad de la tierra,
el fluir de las estaciones. Pero todo esto nos es tan familiar que ya ni nos
impresiona.
Renueva los prodigios, repite los portentos. Ved, dice, que todo lo hago
nuevo. ¿Quién habla así? El Cordero que está sentado en el trono; el Cordero
que respira dulzura, que es todo agrado; el ungido por antonomasia. Ese es el
significado de su mismo nombre, Cristo. ¿A quién le parecerá áspero o duro,
si ni a su misma madre lesionó ni molestó lo más mínimo en el momento de
su alumbramiento? ¡Ya tenemos nuevos prodigios! Una concepción sin
menoscabo del pudor y un parto sin dolor. La maldición de Eva se trastrocó
en la virgen: dio a luz un hijo sin dolor. Se trastrocó, repito, la maldición en
bendición, como lo anunció el ángel Gabriel: Bendita tú entre las mujeres.
¡Oh dichosa, única bendita entre las mujeres, no maldita; única exenta de la
maldición universal, inexperta en el dolor de las que alumbran! No es
extraño, hermanos, que no ocasionara dolor a su madre el que se apropió los
sufrimientos de todo el mundo, como dice Isaías: Aguantó nuestros dolores.
Dos cosas teme la fragilidad humana: la vergüenza y el dolor. Y vino a
quitar ambas; las asumió, sin más, en el momento en que los perversos le
condenaron a muerte, y a una muerte infame. Por tanto, para ofrecernos
garantía de que quitaría de nosotros estos dos azotes, mantuvo previamente a
su madre incólume de uno y otro, no sufriendo ni menoscabo en el pudor ni
el más ligero dolor en su parto.
Capítulo 4
Pero ved cómo se amontonan las riquezas, aumenta la gloria, se renuevan los
prodigios y se repiten los portentos. No sólo hay una concepción sin
menoscabo del pudor y un parto sin dolor: hay una Madre sin corrupción.
¡Oh novedad inaudita! La Virgen dio a luz y quedó virgen después del parto.
Saboreó el gozo de tener un hijo y la integridad de su cuerpo, la alegría de la
maternidad y la gloria e la virginidad.
Ahora sí espero confiado la gloria de la incorrupción prometida a mi cuerpo,
porque el Señor la conservó intacta en su Madre. El que hizo que su Madre
se conservara incorrupta al darle a luz, con la misma facilidad revestirá de
incorrupción esto corruptible al resucitarlo.
Capítulo 5
Aún tienes riquezas mayores y una gloria más sublime. La Madre queda
intacta en su virginidad, y el Hijo sin la más leve huella de pecado. La
maldición de Eva no recae en la madre; tampoco recae en su hijo esa secuela
a que alude el profeta: Nadie está libre de mancha; ni siquiera el niño que
acaba de nacer. Aquí hay un niño sin mancha, el único verídico entre los
hombres. Más, es la verdad personificada.
Este es el Cordero sin mancha, el Cordero de Dios que quita los pecados del
mundo. ¿Quién podrá eliminar mejor los pecados que quien está libre de
pecado? Este, que indudablemente no está manchado, podrá realmente
lavarme. Su mano, sin pizca de polvo, limpie mi ojo cubierto de barro. Este,
que no tiene vigas en su ojo, extraiga la brizna del mío. ¿Qué digo? Extraiga
la viga de mi ojo el que no tiene ni la más insignificante mota de polvo en el
suyo.
Capítulo 6
Hemos contemplado las riquezas de la salvación y de la vida. Hemos
contemplado su gloria, gloria del Hijo único del Padre. ¿De qué padre
preguntas? Y se llamará Hijo del Altísimo. Está muy claro quién es el
Altísimo. Mas, para que no se pase nada, dice el ángel Gabriel a María:
Darás a luz al Santo, que se llamará Hijo de Dios. ¡Oh Santo con toda
verdad ! No dejarás, Señor, a tu Santo conocer la corrupción, pues ni a su
madre la privó de la incorrupción.
Se repiten los milagros, se acrecientan las riquezas, se abren los cofres.
Quien engendra es virgen y madre; el engendrado es Dios y hombre. Pero ¿se
va a echar lo sagrado a los perros o las perlas a los cerdos? Escondamos
nuestro tesoro en el campo y depositemos nuestro dinero en las talegas. Que
se oculte el engendrado sin semen en el desposorio de la madre, y el parto
sin dolor en los va idos y lamentos del niño. Que se oculte la incorrupción
de a que da a luz en su purificación legal; la inocencia del niño, en el rito de
la circuncisión. Oculta, repito, oculta, María, el resplandor del nuevo Sol.
Acuéstalo en el pesebre, envuélvelo en pañales; estos pañales son nuestras
riquezas. Los pañales del Salvador valen más que todos los terciopelos. El
pesebre es más excelso que los tronos dorados de los reyes. Y la pobreza de
Cristo supera, con mucho, a todas las riquezas tesoros juntos.
¿Qué puede hallarse más enriquecedor y de más valor que la humildad? Por
ella se compra el reino de los cielos y se alcanza la gracia divina, como dice
el Evangelio : Dichosos los que eligen ser pobres, porque tienen el reino de
los cielos. Salomón añade: Dios se enfrenta con los arrogantes, pero
concede gracia a los humildes. El nacimiento del Señor te inculca la
humildad: le ves anonadado, tomando la condición de esclavo y viviendo
como un hombre cualquiera.
Capítulo 7
¿Quieres encontrar todavía mayores riquezas y una gloria superior? Ahí
tienes el amor en la pasión. No hay amor mayor que dar la vida por los
amigos. Esta gloria y riquezas de salvación es la sangre preciosa y la cruz
del Señor. Su sangre nos rescató y su cruz es nuestro orgullo, lo mismo que
para el Apóstol, que exclama: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme
más que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Y añade : No me propuse
conocer otra cosa entre vosotros sino a Cristo Jesús, y a éste crucificado.
La mano izquierda es Cristo crucificado, y la derecha Cristo glorificado. El
Apóstol apunta a Cristo, y éste crucificado. Quizá nosotros seamos esa cruz
en la que Cristo está clavado. Porque el hombre tiene forma de cruz. Para
expresarlo hasta extender los brazos. Y Cristo mismo se expresa en el
salmo: Estoy clavado en un fango profundo. Ese fango somos nosotros,
porque de él fuimos modelados. Pero en aquel entonces éramos arcilla del
paraíso; ahora, en cambio, somos un fango profundo. Estoy clavado, afirma.
Y no estoy ahí simplemente como de paso o de soslayo, estoy con vosotros
hasta el fin del mundo. Cuando Tamar dio a luz a sus gemelos, Zeraj fue el
primero que sacó una mano. Y le pusieron en la muñeca una cinta roja, como
símbolo de la pasión del Señor.
Capítulo 8
Ya conocemos su izquierda. Pero todavía debemos gritar: Extiende tu
derecha a la obra de tus manos. Señor, extiende sobre nosotros tu derecha y
nos basta. Dice que hay riquezas y gloria en la casa del que teme al Señor. Y
en tu casa, Señor, ¿qué hay? Acción de gracias y cánticos de alabanza.
Dichosos los que viven en tu casa, Señor; te alabarán por siempre. Ojo
nunca vio, ni oreja oyó, ni a ningún hombre le subió a la cabeza lo que Dios
ha preparado para los que le aman. Reina una luz inaccesible y una paz que
excede a toda experiencia, una fuente que se desliza por el valle y no escala
los montes.
No hay ojo alguno que haya visto la luz inaccesible, ni oreja que haya
percibido la paz incomprensible. Bien venidos los que predican la paz; y
aunque a toda la tierra alcance su pregón, no pudieron comprender en toda su
dimensión esa paz que excede a toda experiencia, ni difundirla en los oídos
ajenos. Pues el mismo Pablo dice: Hermanos, yo no pienso haberla
alcanzado. La fe sigue al mensaje, y el mensaje acontece por la Palabra de
Dios. Se refiere a la fe y a la promesa de la paz, no a su manifestación ni a la
posesión.
Claro que ahora hay paz en la tierra para los hombres de buena voluntad;
pero ¿qué supone esta paz frente a la plenitud y excelencia de aquella otra
paz? Por eso el Señor mismo dice: Mi paz os doy, mi paz os dejo. Todavía
sois incapaces de recibir esa paz mía que excede a toda experiencia y que
está por encima de cualquier otra. Por este motivo os entrego ya la patria de
la paz, dejándoos mientras tanto el camino de la paz.
Capítulo 9
Y ¿qué significa la expresión mencionada: Ni a hombre alguno le subió a la
cabeza? Pues que es manantial, y en cuanto tal, no entiende de subidas.
Conocemos la propiedad natural del manantial : correr por el cauce de los
valles y evitar las asperezas de los montes. Lo dice la Escritura: En los
valles sacas manantiales para que las aguas fluyan entre los montes.
Por eso os recuerdo sin cesar que Dios se enfrenta con los arrogantes, pero
concede gracia a los humildes. El agua que brota del manantial no alcanza un
nivel más alto que el que le corresponde en su punto de origen. Según esta
norma, parece que la soberbia no es impedimento en los cauces de la gracia.
Sobre todo porque el primer soberbio, que, según la Escritura, es rey que
domina a todos los hijos de la soberbia, no se dice que haya pensado: "Me
encaramaré más"; sino: "Me igualaré al Altísimo". Sin embargo, el Apóstol
es tajante, y dice que el soberbio se pone por encima de todo lo que se llama
Dios o es objeto de culto. Al oído humano le horroriza este grito. ¡Ojalá su
espíritu se espante ante cualquier pensamiento o afecto desordenado! Yo os
digo que tanto aquél como cualquier soberbio se ponen por encima de Dios.
Dios quiere que se cumpla su voluntad, y el soberbio quiere hacer la suya.
Parece igualdad, pero hay una tremenda desproporción. Dios, en todo lo que
aprueba la razón, quiere que se cumpla su voluntad. El soberbio, en cambio,
busca la suya con razón o sin ella. Ya ves aquí una altura, y ahí no suben los
raudales de la gracia. Si no os convertís y os hacéis como este niño, no
entraréis en el reino de los cielos. Habla de sí mismo, que es el manantial de
la vida, el que posee y derrama la plenitud de todas las gracias.
Prepara, pues, los riachuelos, allana los ribazos y los proyectos
altisonantes, trata de asemejarte al Hijo del hombre, no a Adán. El manantial
de la gracia no sube al corazón del hombre carnal y terreno. Purifica tu vista
para que puedas ver la luz sin tacha. Inclina tu oído a la obediencia para que
llegues un día al reposo eterno y a esa paz insospechada. El es luz serena,
paz tranquila, manantial inagotable y eterno. Piensa en el Padre como
manantial; de él nace el Hijo y procede el Espíritu Santo. Asigna la luz al
Hijo, resplandor de vida eterna y luz verdadera que alumbra a todo hombre
que viene a este mundo. Refiere la paz al Espíritu Santo, que se posa
preferentemente sobre el pacífico y sencillo.
No quiero decir con esto que estas propiedades sean exclusivas de cada una
de las personas. El Padre es también luz, para que el Hijo sea luz de luz. El
Hijo es paz, es nuestra paz, pues hizo de dos pueblos uno. Y el Espíritu
Santo es manantial de agua que salta, dando una vida sin término.
Capítulo 10
Pero ¿cuándo llegaremos a esto? ¿Cuándo me colmarás de gozo en tu
presencia, Señor? Nos alegramos en ti porque nos has visita o como luz que
viene de lo alto. Estamos siempre alegres, aguardando la gozosa esperanza
en tu segunda llegada. Pero ¿cuándo va a llegar la plenitud, y el recuerdo
será presencia, y la esperanza una gozosa realidad? Oigamos al Apóstol:
Que todo el mundo note vuestra modestia. El Señor está cerca. Vale la pena
que brille nuestra modestia. También la modestia del Señor admiró a todos.
¿Puede haber algo más incongruente que una actitud arrogante del hombre en
la consciencia de su innata flaqueza, después que el Señor de la majestad
actuó con tanta modestia en sus relaciones humanas? Aprended de mí, dice,
que soy sencillo y humilde, para que también vuestra modestia pueda
conocerse por los demás.
El texto añade: El Señor está cerca. Esto debe entenderse de su derecha.
Porque de su mano izquierda dice él mismo: Mirad que yo estoy con
vosotros, cada día, hasta el fin del mundo. El Señor está cerca, hermanos
míos. No os agobiéis por nada. Está a punto y aparecerá muy pronto. No os
sintáis derrotados, no os canséis. Buscad al Señor mientras podéis
encontrarlo, invocadlo mientras está cerca. El Señor está cerca de los
atribulados; cerca está de los que le aguardan, de los que le aguardan
sinceramente. En fin, ¿quieres apercibirte de su cercanía? Escucha cómo
canta la esposa al Esposo; mira, ya está detrás del tabique. Este tabique es tu
mismo cuerpo. Es el único impedimento que te imposibilita ver todavía al
que está tan cerca. Por eso, el mismo Pablo deseaba morir y estar con Cristo.
Y sollozaba angustiado: ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará del cuerpo,
instrumento de esta muerte? Lo mismo expresa el profeta en el salmo:
Sácame de la prisión para alabar tu nombre.
Sermón quinto
Sobre la antífona: "Santificaos hoy y estad
preparados, que mañana veréis en vosotros
la majestad de Dios".
Capítulo 1
Vamos a celebrar el misterio inefable del nacimiento del Señor. Con razón se
nos exhorta, hermanos, a prepararnos de la manera más santa posible. Se
acerca el Santo de los santos. Se acerca el que ha dicho: Sed santos, porque
yo, el Señor vuestro Dios, soy santo. De otro modo, ¿no se echará lo sagrado
a los perros, y las perlas a los cerdos, si los unos no se purifican antes de
toda iniquidad, y los otros, de cualquier deleite indebido? ¿Si los unos no se
apartan con todo denuedo del vómito y los otros no desisten de tus propios
revuelcos?
Antiguamente, antes de recibir los mandamientos divinos; el Israel carnal se
santificaba mediante observancias exteriores, abluciones diversas, dones y
sacrificios; que no podían transformar la conciencia del que practicaba el
culto. Todo esto pasó ya. Ahora ha llegado el momento, y ya estamos en él,
de poner las cosas en su Punto. Ahora ya se os exige una santidad total, un
lavado interior, una pureza espiritual, según las palabras del Señor:
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Para esto vivimos, hermanos. Para esto se nos ha llamado, para esto se nos
concede este gran día. Antes era de noche, y nadie podía trabajar en estas
cosas. La noche cubría el mundo entero antes de despuntar la luz verdadera,
antes del nacimiento de Cristo. La noche se extendía sobre cada uno de
nosotros antes de nuestra conversión y regeneración interior.
Capítulo 2
¿No se cernían sobre a superficie de la tierra una noche muy profunda y
densísimas tinieblas cuando nuestros padres rendían culto a ídolos de
madera y adoraban sacrílegamente a leños y piedras? ¿No éramos también
nosotros una noche espantosa todo ese tiempo en que hemos vivido sin Dios,
arrastrados por nuestros bajos deseos, cediendo a los atractivos rastreros,
contemporizando con las seducciones del mundo y esclavizándonos a pecado
cómo perversos servidores de la iniquidad?
Y ahora, con justa causa, nos avergonzamos de todas estas obras de las
tinieblas. Dice el Apóstol que los que duermen, duermen de noche, y que los
borrachos, se emborrachan de noche. Eso erais vosotros. Pero os han
despertado, os han consagrado. Con tal que seáis hijos de la luz y del día, y
no de la noche ni de las tinieblas. El heraldo de este día es también el mismo
que advierte: Sed sobrios y estad despiertos. Y dijo a los judíos en la fiesta
de Pentecostés refiriéndose a sus condiscípulos: ¿Cómo es que éstos pueden
estar borrachos siendo media mañana? Pablo viene a decir lo mismo: La
noche está avanzada, el día se echa encima. Dejemos las obras propias de
las tinieblas y pertrechémonos como en pleno día. Nos dice que nos
sacudamos de las actividades de las tinieblas, las somnolencias y las
borracheras, porque, como ya hemos recordado, los que duermen, duermen
de noche, y los borrachos, se emborrachan de noche. No nos adormilemos de
día. Caminemos con decoro y nunca embriagados.
Si ves a una persona que cabecea frente a cualquier obligación, todavía es
presa de tinieblas. Si adviertes que otro se encuentra ebrio de amargura,
azuzado por la curiosidad, nunca cansado de ver y oír, apegado al dinero o a
todo lo que se le parezca, encontrarás su modelo en el hidrópico, siempre
insaciable. Es hijo de la noche y de las tinieblas. No se disocian fácilmente
estos dos aspectos, pues, según la Escritura, el holgazán desea mucho; quiere
decir que en su borrachera se siente somnoliento. Por tanto, dejémonos
santificar hoy y dispongámonos. Dispongámonos hoy sacudiendo la pesadez
de la noche. Y ya santificados, vivamos de día, evitando la borrachera
nocturna, manteniendo la brida de la comezón dañina. La ley entera y los
profetas penden de estos dos mandamientos: apartarse del mal y obrar el
bien.
Capítulo 3
Estos planteamientos son para hoy, pues mañana no habrá ya santificación ni
preparación, sino únicamente visión de la majestad. Mañana, dice, veréis la
majestad de Dios en vosotros. Es lo que dijo el patriarca Jacob: Mañana
responderá mi justicia. Hoy se honra a la justicia y mañana responderá. Hoy
la práctica, mañana el fruto. Y como no hay cosecha sin siembra, tampoco se
dará visión de la majestad si ahora se desprecia la santidad. No des untará el
Sol de la gloria en quien no hubiese aparecido el Sol de justicia. No
amanecerá el mañana para quien no amanece hoy. El mismo a quien Dios
Padre hizo para nosotros hoy justicia, aparecerá mañana como vida nuestra,
para que nos manifestemos gloriosos con él. Hoy nace para nosotros un niño,
para que no vuelva el hombre a ensalzarse, sino a convertirse sinceramente y
hacerse niño. Mañana aparecerá el Señor en su grandeza y muy digno de
alabanza, para que también nosotros mismos quedemos envueltos en la
alabanza cuando cada uno sea alabanza de Dios. A quienes ha justificado
hoy, mañana los ensalzará. Y a la perfección de la santidad sucederá la
visión de la majestad. No será una visión engañosa, porque estriba en la
semejanza: Seremos semejantes a él, porque le veremos como él es.
De aquí que no se diga simplemente: Veréis la majestad de Dios, sin añadir
con acierto: en vosotros. Hoy nos vemos en él como en un espejo cuando
asume lo nuestro; mañana lo veremos en nosotros cuando ya se nos haya
dado, mostrándosenos y asumiéndonos en sí mismo. Prometió que se pondría
a servirnos, y que hasta entonces recibiríamos de su plenitud no ya una gloria
correspondiente a la suya, sino una gracia que corresponda a su don, como
está escrito: El Señor concede la gracia y la gloria.
Por tanto, no desprecies estos favores si quieres alcanzar los otros. No
rechaces el primer manjar si quieres gustar los postres. No rechaces la
comida por los platos en que te la sirven. El Pacífico se ha convertido en
manjar incorruptible, ciñéndose un cuerpo sin corrupción para servir en él
los manjares de salvación. Por eso dice: No dejarás a tu Santo conocer la
corrupción. Es aquel Santo de quien Gabriel dice a María: El que va a nacer
de ti será santo, lo llamarán Hijo de Dios.
Capítulo 4
Seamos hoy santificados por este Santo para contemplar su majestad cuando
despunte aquel día, porque hoy es un día consagrado al Señor, día de
salvación. Pero no de gloria ni de felicidad. Y mientras se celebra la pasión
del Santo de los santos, que sufrió en el día de Parasceve, esto es, en el día
de la preparación, se exhorta a todos : Santificaos hoy y estad dispuestos.
Santificaos cada vez más, progresando de virtud en virtud, y estad dispuestos
por la perseverancia.
¿Con qué medios nos santificamos? He leído de alguien en la Escritura que
lo santificó por la fidelidad y la mansedumbre. No es posible agradar a los
hombres sin mansedumbre, ni a Dios sin la fe. Con razón se nos exhorta a
disponernos, mediante estas dos actitudes; para estar de acuerdo con Dios,
cuya majestad hemos de contemplar, y para contemplarla también en
nosotros. Por este motivo, andemos solícitos por quedar bien no sólo ante
Dios, sino también ante los hombres. Así podremos agradar a nuestro Rey y
a nuestros vecinos y hermanos.
Capítulo 5
Ante todo, debemos buscar la fe. De ella se dice: Ha purificado sus
corazones con la fe. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a
Dios. Fíate de Dios; encomiéndate a él; arroja sobre él todos tus afanes, y él
te sustentará. Así podrás decir confiadamente y seguro: El Señor cuida de
mí. Ignoran esto los egoístas, los resabidos, los interesados, los amigos del
placer, los sordos a la voz del que exclama: Descargad en Dios todo agobio,
que a él le interesa vuestro bien. Fiarse de sí mismo no es fe, es infidelidad;
como confiar en sí mismo no es confianza, sino desconfianza.
Capítulo 6
Para que la santificación sea perfecta, necesitamos aprender del Santo de los
santos su sencillez y el gusto por la convivencia: Aprended de mí, que soy
sencillo y humilde. ¿Qué nos impide afirmar que un hombre tal rezume
delicias? Es bueno, sencillo y misericordioso; se hace disponible para
todos; está saturado de ese ungüento de sencillez y dulzura con el que
embriaga a todos. Vive tan rebosante, que parece destilar por todas partes.
Dichoso el que se encuentra preparado por esta doble santificación y puede
decir: Dispuesto esto , Dios mío; dispuesto estoy. Hoy ya tiene su fruto en la
santificación; mañana logrará su meta en la vida eterna. Porque contemplará
la majestad de Dios, que es la vida eterna, como se expresa la Verdad: Esta
es la vi a eterna, reconocerte a ti romo único Dios verdadero, y a tu enviado
Jesucristo. El Juez justo le premiará con la merecida corona en aquel día sin
ocaso. Entonces verá e irradiará alegría; se admirará y se ensanchar: su
corazón. ¿Hasta dónde? Hasta contemplar en sí mismo la majestad de Dios.
Mas no penséis, hermanos, que pueda explicaros con palabras el contenido
de esa promesa.
Capítulo 7
Santificaos hoy y permaneced dispuestos; mañana veréis y os alegraréis, y
vuestra alegría será total. ¿Qué puede deja vacío esa majestad? Colmará y
hará rebosar, cuando se derrame en nuestros senos, una medida generosa,
colmada, remecida y rebosante. Tanto rebosará que excederá en sublimidad
los méritos y deseos, pues él es capaz de realizar en nosotros algo muy
superior a nuestra comprensión y esperanza. Nuestros deseos se centran
fundamentalmente en tres puntos : la permisividad, la conveniencia y el
placer. Esto es lo que deseamos. Todo el mundo coincide aquí, con
diferencias de matices. Uno se inclina más hacia el placer, sin fijarse tanto
en la permisividad ni en la conveniencia. Otro más en el interés, dejando de
lado la permisividad y lo placentero. El de allí no se preocupa ni de lo
placentero ni de lo permisible sólo busca la honra. No se condenan los
deseos, pero busquemos las cosas donde las podemos hallar. Todo esto,
cuando es verdadero, es uno y el mismo bien sumo, gloria suprema,
conveniencia soberana, deleite culminante. Y estas cosas, que en la vida
podemos alcanzar, constituyen nuestra espera y la promesa de contemplar la
majestad en nosotros para que Dios sea todo en todos nosotros : todo gozo,
todo conveniente, todo permisible.
Y tú, Sinagoga impía, nos alumbraste a este hijo ejerciendo la misión de
madre; pero sin el cariño materno. Lo arrojaste de tu seno; lo expulsaste
fuera de la ciudad y lo pusiste en alto, como diciendo a la Iglesia del mundo
pagano y a la más antigua que ya está en los cielos : "Ni para mí ni para ti;
que se divida". Dice que se divida no entre las dos, sino por ambas.
Expulsado y levantado un poco, lo suficiente para que no se halle dentro de
tus muros ni en tu tierra; lo estrechaste por todos los costados con hierro
para que no se inclinara a parte alguna.
De este modo separado de ti, no vendría a ser de nadie. Madre alevosamente
cruel, quisiste engendrar un aborto, para que no se pudiese recoger lo que tú
habías arrojado. Mira el provecho que has sacado; mejor, fíjate que no has
hecho nada. De todos los rincones salen las muchachas de Sión para ver al
rey Salomón con la rica corona que le ceñiste. Dejando a su madre, se unirá
a su mujer, y serán los dos una sola carne. Expulsado de la ciudad y
levantado de la tierra, tirará de todas las cosas hacia sí el que es Dios
soberano, bendito para siempre. Amén.
Sermón sexto
Sobre el anuncio de la Navidad
Capítulo 1
Acabamos de oír un mensaje rebosante de alegría y digno de todo aprecio :
Cristo Jesús, el Hijo de Dios, ha nacido en Belén de Judá. El anuncio me
estremece, mi espíritu se enciende en mi interior y se apresura, como
siempre, a comunicaros esta alegría y este júbilo. Jesús, el Salvador, ¿hay
algo tan imprescindible a los perdidos, tan deseable para los miserables y
tan conveniente para los desesperados? ¿De qué otra parte puede venimos
la salvación o la más ligera esperanza de salvarse de la ley del pecado, del
cuerpo mortal, del agobio de cada día y de este mundo de dolor, si no nos
naciera esta realidad nueva e insospechada?
Seguramente que deseas a salvación, pero temes la crudeza del tratamiento,
consciente como eres de tu sensibilidad y de tu enfermedad. No te
preocupes. Cristo es muy delicado, compasivo y rico en misericordia,
ungido con perfume de fiesta en favor de los que están con él. Y si no recae
sobre ellos la totalidad de la unción, al menos participan. Si te han dicho que
el Salvador es delicado, no pienses por ello que sea ineficaz, pues se dice
también que es Hijo de Dios. Como es el Padre, es también el Hijo, que
tiene el querer y el poder.
Si estás ya informado sobre la conveniencia de la salvación y sobre la
alegría de la unción, no puedo comprender el motivo de tus cavilaciones y
te supongo, incluso, ansioso en torno a su decencia. Te alegras de que se te
acerque el Salvador, sobre todo postrado como estás en tu catre, paralítico
o, mejor quizá, medio muerto, y a la vera del camino entre Jerusalén y
Jericó. Alégrate, al contrario, de que no sea un médico intransigente ni te
recete medicamentos revulsivos. Lo hace así para que la breve
convalecencia no te parezca más insoportable que la interminable
enfermedad. Así se explica que sigan pereciendo tantos por rechazar al
médico. Conocéis a Jesús pero ignoráis a Cristo. Calibráis con
apreciaciones humanas el fastidio embargante del remedio por el número y
gravedad de las dolencias.
Capítulo 2
Estás seguro en lo que atañe al Salvador sabes que Cristo para curar no
emplea el bisturí, sino el perfume. Y que tampoco le gusta cauterizar, sino
ungir. Pero se me ocurre que quizá puede existir otro motivo que influya en
alguna inteligencia ingenua: pensar -Dios no o permita- que el Salvador no
es una persona suficientemente idónea. Creo que no eres tan ambicioso, ni
ávido de gloria, o receloso de tu honor como para rehusar una gracia
parecida que pudiera hacerte cualquiera de tus semejantes. Y tu rechazo
sería aún menor si recibieras este favor de mano de un ángel, arcángel o
alguno de los espíritus bienaventurados.
Por lo tanto, con tanta mayor confianza debes recibir a este Salvador cuanto
más extraordinario es el nombre que se le ha dado: Jesús, el Cristo, el Hijo
de Dios. Fíjate cómo recomendó abiertamente el ángel estos tres aspectos
cuando anunció la gran alegría a los pastores. Escuchad : Os ha nacido hoy
un Salvador, Cristo, el Señor. Alborocémonos, hermanos, en este nacimiento
y felicitémonos siempre en él. Está tan enriquecido con el beneficio de la
salvación, la suavidad de la unción y la majestad del Hijo de Dios, que no
echamos en falta nada, ni de útil, ni de alegre, ni de conveniente.
Alegrémonos, repito, meditando y comunicándonos mutuamente esta
agradable palabra y dulce expresión : Jesús el Cristo, el Hijo de Dios, ha
nacido en Belén de Judá.
Capítulo 3
Y que ningún displicente, ingrato o descreído me replique: "Eso no es
ninguna novedad; es un mensaje y una hazaña muy antiguos. Ya es viejo el
nacimiento de Cristo". Sí, le respondo yo, es viejo y más que viejo. Y nadie
se extrañe de esto; el profeta lo dijo con otras palabras: Desde siempre y por
siempre.
El nacimiento de Cristo precedió a nuestro tiempo histórico e incluso al
tiempo de la creación. Su nacimiento está envuelto en un manto de oscuridad
y habita en una luz inaccesible: se esconde en el corazón del Padre, en el
monte encubierto de niebla. Mas para darse a conocer de alguna manera
nació. Se hizo historia. Nació hombre, haciéndose Palabra-carne. No nos
extraña la noticia que hoy nos comunica la Iglesia: Ha nacido el Mesías, el
Hijo de Dios. Hace ya muchos siglos que se viene diciendo lo mismo. Un
Niño os ha nacido. Es un mensaje muy viejo que nunca hastió a ningún santo.
Porque Jesús, el Cristo, es el mismo hoy que ayer, será el mismo siempre.
Por eso, el primer hombre, padre e todos los que viven, confesó aquel gran
misterio, que más tarde, y de forma más clara, declaró Pablo refiriéndose a
Cristo y a la Iglesia: Dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su
mujer, y serán los dos una sola carne.
Capítulo 4
Del mismo modo, Abrahán, padre de todos los que creen, se alegró al ver
este día; gozó lo indecible al verlo. Abrahán previó que de su mismo muslo
habría de nacer el Señor de los cielos, en aquella ocasión en la que su
criado obedeciendo a la orden de poner la mano bajo el muslo del amo, juró
a su señor por el Dios del cielo. Y el mismo Dios comunicó esta confidencia
íntima a un hombre, amigo, bajo fórmula juramental que nunca retractará: A
uno de tu linaje pondré sobre tu trono.
Por eso, según el mensaje del ángel, nace en Belén de Judá, ciudad de
David, como cumplimiento a la veracidad de Dios en las promesas hechas a
los padres. Esto mismo, en múltiples ocasiones y de muchas maneras, se
reveló a nuestros padres y a los profetas. No suceda nunca que cuantos aman
a Dios adopten ni una sola vez actitudes desidiosas ante estos misterios. No
era negligente aquel que imploraba: Por favor, Señor envía al que tengas que
enviar: No se mostraba escéptico el que exclamaba: ¡Ojalá rasgases el cielo
y bajases! Y otras expresiones parecidas.
Más tarde, los santos apóstoles lo vieron y oyeron; sus manos palparon a la
Palabra, que es vida; y ella les interpelaba de forma muy concreta:
¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! En fin, esto mismo se ha
venido conservando también para nosotros, creyentes, y se ha mantenido en
el tesoro de la fe. Lo atestigua el mismo Señor: Dichosos los que tienen fe
sin haber visto. Nuestra suerte estriba en esta palabra de vida, que no se
puede menospreciar. Ella nos da la vida. En ella se vence al mundo, pues el
justo vive de la fe. Y ésta es la victoria que la derrota o al mundo: nuestra fe.
La fe es como un muestrario de la eternidad; recoge al mismo tiempo lo
pasado, el presente y lo por venir en un seno inmenso. Lo dirige, conserva y
abarca todo.
Capítulo 5
Con razón, pues, impulsados por vuestra fe, cuando os llegó este mensaje,
saltasteis de gozo, disteis gracias, os echasteis por tierra en adoración,
apresurándoos a cobijaros como a la sombra de sus alas y esperar al calor
de sus plumas. Todos vuestros corazones, nada más oír que nacía el
Salvador, gritaban rebosantes de júbilo: Para mí lo bueno es estar junto a
Dios. Más aún, os identificabais con las palabras del profeta: Descansa sólo
en Dios, alma mía.
Desgraciado aquel que hace una postración fingida, abatiendo su cuerpo con
un corazón rígido. Pues hay una humillación que resulta detestable: la de
aquel que acaricia en su corazón el engaño. Ese hombre hace caso omiso de
sus carencias no siente sus molestias, no le importan los peligros, acude sin
devoción a los remedios de la salvación que nace, no se somete a Dios con
amor y canta con frialdad: Señor, tú has sido nuestro refugio. Su adoración
no es atendida, porque su gesto de postración no es sincero. A menor
humillación, menor victoria e incluso menos fe viva.
¿Por qué se dice: Dichosos los que tienen fe sin haber visto? Da la
impresión que la fe es, en cierto modo, visión. Fíjate bien en las referencias
de tiempo y de persona. Se alude a un recalcitrante que exigía la visión para
creer. No es lo mismo ver y luego creer que ver creyendo. Por otra parte,
¿cómo se explica que Abrahán, vuestro padre, viera en cierto modo, este día
del Señor sino creyendo?
Ahora comprendemos lo que vamos a cantar durante esta noche: Santificaos
hoy y esta preparados, que mañana veréis la majestad de Dios en medio de
vosotros. Se trata de una visión espiritual, de una piadosa representación y
de venerar con una fe sin fingimientos el gran misterio que se manifestó
como hombre, que lo rehabilitó el espíritu, se apareció a los ángeles, se
proclamó a las naciones, se le dio fe en el mundo y fue elevado a la gloria.
Capítulo 6
Es algo siempre nuevo, algo que renueva continuamente nuestro espíritu. No
imaginemos jamás vetustez alguna en aquello que no cesa de dar fruto, que
no se marchita nunca. Este es el Santo, al que nunca se le permitirá conocer
la corrupción. Es el hombre nuevo que, incapaz de aguantar rastro alguno de
decrepitud, infunde la autentica vitalidad nueva en aquellos huesos ya
consumidos. Por eso, si prestáis atención, resulta muy consecuente este
mensaje de una noticia tan venturosa. No se dice que ha nacido, sino que
nace Jesús el Cristo, el Hijo de Dios, en Belén de Judá.
Y así como, en cierto modo, se inmola aún cada día siempre que anunciamos
su muerte, de la misma manera parece nacer cuando vivimos con fe su
nacimiento. Mañana veremos la majestad de Dios; pero no en Dios, sino en
nosotros. La majestad de Dios, en a humildad; la fuerza, en la debilidad;
Dios, en el hombre. Porque él es Emmanuel, que significa Dios con nosotros.
Escucha, no obstante, algo más claro: La Palabra se hizo hombre y acampó
entre nosotros. Y desde entonces y siempre contemplamos su gloria, pero la
gloria del Hijo Único del Padre. Le contemplamos lleno de gracia y de
verdad. No es la gloria del poderío y de la luz; es la gloria del amor del
Padre, la gloria de la gracia. A ella se refiere el Apóstol cuando dice: Para
alabanza de su gracia gloriosa.
Capítulo 7
Nace. Pero ¿dónde crees que nace? En Belén de Judá. No conviene que
olvidemos Belén. Vayamos derechos a Belén, dicen los pastores. No
pasemos de largo. ¿Qué importa que sea una aldea, e incluso lo más
insignificante de toda Judea? No repara en este detalle aquel que siendo rico
se hizo pobre por nosotros, que siendo Señor grande y muy digno de
alabanza, se hizo niño por nosotros. Entonces estaba ya diciendo: Dichosos
los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. Y: Si no
cambiáis y os hacéis como este niño, no entraréis en el Reino de los cielos.
Por eso eligió un establo y un pesebre, casa de adobes y refugio de animales.
Así sabrás que alza de la basura al pobre y socorre a hombres y animales.
Capítulo 8
¡Ojalá seamos también nosotros ese Belén de Judá, para que nazca en
nosotros y podamos oír: Porque respetáis a Dios, os alumbrará el sol de
justicia! Probablemente, es lo mismo que recordábamos antes. Necesitamos
un entrenamiento y una santificación previas para ver la majestad del Señor.
Porque, según el profeta Judá fue santificación de Dios, ya que es también
casa de pan. Belén significa eso; quizá por este motivo se alude a la
preparación. ¿De qué forma puede disponerse a acoger un huésped tan
notable quien anda diciendo que no tiene pan en casa? Pensad en aquel
individuo que, carente de vituallas, se vio en la necesidad de golpear la
puerta de su amigo en plena noche e importunarle: Acaba de llegar un amigo
mío y no tengo qué ofrecerle. Su corazón confía en el Señor, dice el profeta,
refiriéndose, sin duda, al justo; su corazón se siente seguro, no vacilará. El
corazón que no se siente seguro es porque no está dispuesto. Además,
sabemos, según el mismo profeta, que el pan conforta el corazón del hombre.
Por tanto, no se encuentra dispuesto su corazón, está seco, lánguido, porque
se olvidó de comer su pan.
Un corazón dispuesto, no ansioso, se dispone a observar los preceptos de
vida y, olvidando lo que queda atrás, se lanza a lo que está delante. Ahí ves
cómo debes evitar ciertos olvidos y cuánto debes desear otros, pues toda la
tribu de Manasés no atravesó el Jordán, ni todos los que pasaron tuvieron
una casa. Hay quien se olvida del Señor, su creador, y hay quien le tiene
siempre presente, olvidando a su pueblo y la casa paterna. Aquel se olvida
de las cosas de arriba; éste, en cambio, de las cosas de la tierra; uno se
olvida de lo presente; otro, de lo venidero; éste, de lo visible; aquél, de lo
invisible. En fin hay quien se olvida de sus asuntos, y otros, de los asuntos
de Jesucristo.
Tanto unos como otros son Manasés, olvidadizos ambos; pero mientras éste
se olvida de Jerusalén, aquél de Babilonia. Dispuesto está el que se olvida
de los impedimentos; pero el que echa en olvido lo que conviene -y no se
debe olvidarse encuentra totalmente indispuesto para contemplar en sí
mismo la majestad del Señor. No es, por tanto, casa de pan en donde puede
nacer el Salvador; tampoco es Manasés, a quien se aparece el que guía a
Israel y tiene su trono sobre querubines. Pues dice: Resplandece ante Efraín,
Benjamín y Manasés. A mi parecer, estos tres son quienes se salvan. A ellos,
otro profeta los llamó Noé, Daniel y Job, representados en aquellos tres
pastores a los que anunció el ángel la venturosa noticia del nacimiento del
"Angel, Maravilla de Consejero".
Capítulo 9
Observa si tal vez no son éstos los tres magos que vienen de Oriente y de
Occidente para sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob. Incluso no
parece desatinado aplicar la ofrenda del incienso a Efraín, que significa
fruto, pues la ofrenda del incienso de suave fragancia corresponde a quienes
Dios destinó a ponerse en camino y a dar fruto. Me refiero a los prelados de
la Iglesia, pues Benjamín, el hijo de la derecha, debe hacer la ofrenda de
oro, esto es, de los bienes de este mundo, a fin de que el pueblo creyente,
situado en la parte derecha, pueda oír al juez: Tuve hambre, y me diste de
comer, y lo que sigue.
Manasés, para merecer que se le manifieste el Señor, tendrá que presentar la
mirra de la renuncia. A mi entender, esto atañe muy en concreto a nuestra
profesión. Insinúo estas cosas para que no formemos parte de las tribus de
Manasés, que se quedaron a la otra orilla del Jordán. Olvidemos, pues, lo
que queda atrás y lancémonos a lo que está delante.
Capítulo 10
Ahora volvamos a Belén para ver lo que ha hecho y nos ha mostrado el
Señor. Belén es casa de pan; ya lo hemos dicho. Nos encontramos bien allí.
Donde esté la Palabra del Señor no faltará el pan que conforta el corazón. Lo
dice el profeta: Afiánzame con tus palabras. El hombre vive en la palabra
que pronuncia Dios por su boca; el hombre vive en Cristo, y Cristo en él.
Allí nace, allí se muestra. No le agrada el corazón perplejo o vacilante.
Descansa en él estable e intrépido. Si alguien se queja, duda o zozobra; si
alguien intenta revolcarse en el fango o volver a su propio vómito, desertar
de sus promesas, cambiar su propósito, ese tal no es de Belén, no es de la
casa de pan.
Sólo un hambre, y un hambre intensa, obliga a bajar a Egipto, a cebar cerdos,
y apetecer algarrobas. Es que se encuentra lejos de la casa de pan, de la
morada paterna, donde los mismos criados disfrutan de pan abundante.
Cristo no nace en el corazón de estos tales, porque les falta la fortaleza de la
fe, el pan de la vida. La Escritura afirma que el justo vive por la fe; es decir,
la verdadera vida del alma que es el Señor sólo la poseemos ahora en
nuestros corazones por la fe. De otro modo, ¿cómo va a nacer Cristo, cómo
va a despumar la salvación en él, siendo cierta la sentencia que sostiene que
quien persevere hasta el final se salvará? Cristo no puede encontrarse en él.
Para todos éstos no tiene sentido aquello de el Consagrado os confirió una
unción, porque se han secado sus corazones al olvidarse de comer su pan.
Tampoco pertenecen al Hijo de Dios, pues el Espíritu del Señor descansa
sobre el pacífico y el humilde y sobre el que se estremece a sus palabras.
Además, no puede haber concordia alguna entre la eternidad y tanto cambio,
entre el que es y el que nunca puede quedar en un mismo sitio. Y aunque
estemos firmes, aunque nos sintamos robustos en la fe, aunque nos veamos
dispuestos, con pan en abundancia, porque nos lo da aquel a quien
suplicamos siempre: Danos hoy nuestro pan de cada día, tenemos que añadir
lo que sigue: Perdónanos nuestras ofensas. Pues, si afirmamos no tener
pecado, nos engañamos y no llevamos dentro la verdad. Porque la Verdad
misma, Jesús el Cristo, el Hijo de Dios, no nace simplemente en Belén, sino
en Belén de Judá.
Capítulo 11
Entremos a la presencia del Señor como pecadores, para que, santificados y
dispuestos, seamos también nosotros Belén de Judá, y de este modo nos
hagamos merecedores de contemplar al Señor que nace en nosotros.
Si algún alma progresara tanto, cuestión que nos concierne sobremanera, y
llega a ser una virgen fecunda, una estrella del mar, una llena de gracia, en
posesión del Espíritu Santo que se vuelca sobre ella, estimo que no sólo
quiere nacer en ella, sino también de ella. Que nadie piense atribuirse esto a
sí mismo, sino sólo aquellos a quienes el mismo Señor señala, diciendo: Ved
a mi madre y a mis hermanos. Escucha ahora a uno de éstos: Hijos míos, otra
vez me causáis dolores de parto hasta que Cristo se forme en vosotros. Si
parecía nacer Cristo en ellos cuando se estaba formando en ellos, ¿cómo no
se va a suponer que también nace en aquel que en cierto modo le estaba
dando a luz en ellos?
Sermones en la Cuaresma sobre el salmo “Qui
habitat”
Prefacio
Capítulo 1
Tengo muy en cuenta, hermanos, y no sin un gran sentimiento de
conmiseración, vuestro esfuerzo cuaresmal. Me pregunto con qué consuelo
podría aliviaros y se me ocurre mitigaros la penitencia corporal. Pero no os
serviría para nada. Al contrario, podría perjudicaros mucho. Si se
desperdicia un poco de simiente, siempre se cosecha menos. Y si por una
compasión cruel rebajase vuestras mortificaciones, el premio de vuestra
corona perdería sus mejores joyas. ¿Qué procede entonces? ¿Dónde
encontraremos la flor de harina del profeta? Porque la olla sabe a veneno y
estamos a la muerte todo el día por el rigor de los ayunos, el trabajo tan
asiduo y las prolongadas vigilias. Todo esto unido al combate interior: la
contrición del corazón Y las frecuentes tentaciones.
Mortificaos, sí, pero por aquel que murió por vosotros. Pues, si rebosan
sobre nosotros los sufrimientos de Cristo, gracias a él rebosa, en proporción,
nuestro ánimo. Por eso, él es la delicia de quien rehúsa hallar consuelo en
otras cosas, ya que en las más amargas contradicciones podrá encontrar gran
consolación. ¿O no es cierto que vosotros sufrís por encima de la
posibilidad humana, más allá de la capacidad natural y contra todo lo que
puede el común de los mortales? Por tanto alguien tiene que llevar sobre sí
todo ese peso; me refiero al que sostiene el universo entero con la Palabra
de su poder.
Por esta razón, se vuelve contra el enemigo su propia espada, ya que las
grandes tribulaciones con las que nos prueba se convierten en el mejor
instrumento para vencer las tentaciones y en la señal más segura de la
presencia divina. ¿Qué podemos temer, si está con nosotros el que sostiene
el universo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo.
¿Quién es el que aguanta la mole de la tierra? ¿En quién se apoya el
universo? Suponiendo que exista otro que mantenga a los demás seres, él,
¿por quién subsiste? Unicamente la palabra de su poder lo sostiene todo. La
palabra del Señor hizo el cielo y la tierra, y el aliento de su oca, todos sus
ejércitos.
Capítulo 2
Por eso, para que encontréis vuestro consuelo en esa Palabra de Dios,
especialmente estos días en los que por muchas razones será mayor vuestro
esfuerzo, como lo espero, no os vendrá mal que os exponga algo sobre las
Escrituras santas, tal como algunos de vosotros me lo habéis pedido. Con
este fin, vamos a elegir precisamente aquel salmo al que recurrió el enemigo
para tentar al Señor; así neutralizaremos las armas del maligno con los
mismos instrumentos que él pretendió usurpar.
Por otra parte, hermanos, quiero que sepáis una cosa: claramente imitan al
enemigo cuantos manipulan indignamente las Escrituras santas y reprimen
con mentiras la verdad de Dios, como a veces hacen algunos. Guardaos de
ello, amadísimos, que es algo diabólico. Quienes así proceden se ponen
descaradamente de arte del maligno, maquinando alterar, para su propia
ruina, as Escrituras de salvación. Pero no quiero detenerme ahora en este
punto. Me parece suficiente esta breve alusión. Y ya, con la gracia de Dios,
intentaré empezar a exponer y aclarar algunos aspectos del salmo que hemos
escogido.
Sermón primero
Sobre el primer verso: "El que habita al amparo
del Altísimo, morará a la sombra del
Todopoderoso".
Capítulo 1
Podremos deducir mejor quién es el que habita al amparo del Altísimo
fijándonos en los que no se acogen a él. Entre ellos encontrarás tres clases
de personas : las que no esperan nada de él, las que desesperan y as que
esperan en vano. Efectivamente, no habita bajo el amparo del Altísimo el
que no recurre a él para que le ayude, porque confía en su propio poder y en
sus muchas riquezas. Se ha hecho sordo al consejo del Profeta: Buscad al
Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca. Solamente
ansía los bienes materiales, por eso envidia a los malvados al verles
prosperar; se aleja del socorro de Dios porque cree que no lo necesita para
sus objetivos. Mas ¿para qué ocuparnos de los que no conviven con
nosotros? Pues me temo, hermanos, que también entre nosotros pueda haber
alguno que no habite al amparo del Altísimo, porque se fía de su poder y de
sus muchas riquezas.
Es muy posible que alguien se tenga por muy fervoroso porque se entrega
denodadamente a las vigilias, ayunos, trabajos y demás observancias, hasta
llegar a creer que ha acumulado durante largos años muchos méritos. Y por
fiarse de eso ha aflojado en el temor de Dios. Tal vez por su seguridad
perniciosa se desvía insensiblemente hacia la ociosidad y las curiosidades:
murmura, difama y juzga a los demás. Si realmente habitase al amparo del
Altísimo, se fijaría sinceramente en si mismo y temería ofender a quien
debería recurrir, reconociendo que todavía lo necesita mucho. Tanto más
debería temer a Dios y ser más diligente cuanto mayores son los dones que
de él ha recibido, pues todo lo que poseemos por él no podemos tenerlo o
conservarlo sin.
Porque suele suceder, y no lo decimos ni lo constatamos sin gran dolor, que
algunos, al principio de su conversión, son muy timoratos y diligentes hasta
que se inician, en cierto grado, en la vida monástica. Y precisamente cuando
deberían ser mayores sus anhelos, según aquellas palabras: los que me
comen quedarán con hambre de mí, empiezan a comportarse como si se
dijeran: ¿para qué vamos a entregarle más, si ya tenemos lo que nos
prometió? ¡Si supieras lo poco que posees todavía y qué pronto lo podrías
perder, de no conservártelo el que te lo dio! Solamente estas dos razones
deberían bastarnos para ser mucho más celosos y sumisos a Dios. Así no
perteneceremos a ese tipo de personas que no habitan al amparo del
Altísimo, porque piensan que no lo necesitan: son los que no esperan en el
Señor.
Capítulo 2
Hay otros que, además, desesperan. Obsesionados por su propia debilidad ,
desfallecen y se hunden en el desaliento de su espíritu. E instalados en sí
mismos, dando siempre vueltas a sus fragilidades, se sienten impelidos a
desahogarse caprichosamente de todas sus penas. Y es que, cuando vives en
tensión, impera la imaginación. No habitan al amparo del Altísimo; ni
siquiera le han conocido y son incapaces de reaccionar para pensar en él
alguna vez.
Otros esperan en el Señor, pero inútilmente, se sienten tan seducidos por las
caricias de su misericordia, que nunca se enmiendan e sus pecados.
Semejante esperanza es totalmente vacía y engañosa; carece de amor. Contra
ellos reacciona el Profeta: Maldito el que peca en la esperanza. Y otro dice:
El Señor aprecia a los que le temen y esperan en su misericordia. Dice que
esperan, pero expresamente antepone: los que le temen, ya que espera en
vano el que aleja de sí la gracia despreciándola, porque así aniquila a la
esperanza.
Capítulo 3
Ninguno de estos tres grupos habita al amparo del Altísimo. El primero,
porque se instala en sus propios méritos; el segundo, en los sufrimientos, y el
tercero, en los vicios. Este último se ha cobijado bajo la inmundicia; el
segundo, en la ansiedad, Y el primero, en la temeraria necedad. ¿Habrá
torpeza mayor que meterse a vivir en una casa apenas comenzada su
edificación? ¿O piensas que a has acabado la tuya? No. Cuando el hombre
cree haber llegado a la meta, entonces empieza a caminar. El edificio
levantado por los que se fían de sus méritos es peligroso, porque amenaza
ruina, y será mejor apuntalarlo y consolidarlo que vivir en él. ¿No es frágil e
insegura la vida presente? Todo cuanto de ella depende, corre
necesariamente el mismo riesgo. ¿Y quién puede considerar sólido lo que se
levanta sobre cimientos movedizos? Es peligroso pues, refugiarse bajo la
esperanza de los méritos propios; peligroso, porque se desmorona.
Y los que, cavilando en sus propias debilidades, se deprimen bajo la
desesperación, habitan en la ansiedad y en los tormentos interiores, como
hemos dicho. Porque soportan un sufrimiento que los consume día y noche. Y
encima se atormentan todavía más, angustiándose por lo que todavía no les
ha sobrevenido. A cada día le bastan sus disgustos, pero ellos se hunden
pensando en cosas que quizá nunca les van a suceder.
¿Puede imaginarse infierno más insostenible que semejante tortura?
Oprimidos por estas ansiedades, tampoco se alimentan con el pan celestial.
Estos son los que no habitan al amparo del Altísimo, porque han perdido la
esperanza. Los primeros no le buscan, porque piensan que ellos no le
necesitan para nada. Los últimos se alejan de él, porque desean el auxilio de
Dio", pero de tal manera que no pueden conseguirlo. Sólo habitan al amparo
del Altísimo los que desean alcanzarlo efectivamente, porque su único
espanto es perderlo y no tienen otro deseo que les absorba y preocupe tanto.
Precisamente en esto consiste la piedad y el verdadero culto a Dios. Es
verdaderamente dichoso el que de tal manera habita al amparo del Altísimo,
que morará ajo la protección del Dios del cielo. ¿Podrá hacerle daño
criatura alguna que exista bajo el cielo a quien ese Dios del cielo quiere
protegerlo y conservarlo? Debajo del cielo están los espíritus malignos, este
perverso mundo presente y los bajos instintos opuestos al Espíritu.
Capítulo 4
Con gran acierto dice el salmo: Bajo la protección del Dios del cielo, pues
el que merezca gozar de su protección puede excluir todo temor a cuanto
existe bajo el cielo. Posiblemente, esta frase está subordinada al verso
siguiente del salmo: El que habita al amparo del Altísimo morará bajo la
protección del Dios del cielo. Dirá al Señor: "Refugio mío". En ese caso, las
palabras morará bajo la protección del Dios del cielo podrían ser una
consecuencia de la frase anterior: El que habita al amparo del Altísimo. E
incluso al añadir esto, el texto esté indicándonos que debemos buscar no
sólo su amparo para obrar el bien, sino además su protección para librarnos
del mal.
Pero fíjate que dice bajo la protección y no en la presencia. Es el ángel
quien se goza en su presencia. ¡Ojalá yo pudiera morar bajo su protección!
El es dichoso en su presencia. Yo me contento con vivir seguro bajo su
protección! Del Dios del cielo, nos dice. Aun que no dudamos que Dios está
en todas partes, en el cielo está e tal manera que, si lo comparamos con su
presencia en la tierra, ésta nos parece más bien una ausencia. Por eso
decimos cuando oramos: Padre nuestro, que estás en los cielos.
También el alma está en todo el cuerpo, pero de una manera más noble y
especial reside en la cabeza, donde se asientan todos los sentidos. En los
restantes miembros actúa casi exclusivamente a través del tacto. Por eso
parece como si no habitase en ellos, sino que más bien los gobierna. Si nos
ponemos a pensar en la presencia que gozan los ángeles, podemos concluir
que nosotros logramos precariamente en esta vida la protección de Dios de
alguna manera y ni siquiera sabemos cómo llamarla. Pero, con todo, feliz el
alma que llega a merecerla, porque dirá al Señor: "Tú eres mi refugio". Pero
dejémoslo para el segundo sermón.
Sermón segundo
Sobre el segundo verso: Dirá al Señor: "Refugio
mío alcázar mío; Dios mío, confío en ti".
Capítulo 1
El que habita al amparo del Altísimo dirá al Señor: Refugio mío alcázar mío
Dios mío confío en ti . Lo dirá en acción de gracias, alabando la
misericordia del Señor, que nos presta una doble asistencia. Primero, porque
todo el que habita bajo su amparo, por no haber llegado todavía al reino,
siente con frecuencia la necesidad de huir y a veces cae. Insisto en que se
impone la huida frente a la tentación que nos persigue, mientras sea este
cuerpo nuestro domicilio. Si no huimos a toda prisa, a veces, como bien
sabemos, nos empujan y derriban; pero el Señor nos sostiene. De suerte que
él mismo nos acoge como refugio, y así, veloces, podemos evadirnos del que
lanza a los indolentes piedras contaminadas de toda inmundicia y nos
libramos de ser apedreados tan indignamente.
En segundo lugar, porque es nuestro amparo incluso cuando caemos y no nos
estrellamos, pues él mismo nos sostiene con tu mano. Por eso, en cuanto
advirtamos en el pensamiento la violencia de la tentación, huyamos
inmediatamente hacia él pidámosle con humildad su auxilio. Si acaso nos
quedamos preocupados, como a veces nos ocurre, por habernos demorado
más de lo conveniente en recurrir a él, hagamos todo lo posible para que nos
sostenga la mano del Señor. Todos hemos de caer mientras vivamos en este
mundo. Pero unos se hacer daño y otros no: porque Dios los sostiene con su
mano. ¿Cómo podremos discernir o para ser capaces de separar los cabritos
de los corderos y los justos de los pecadores, a ejemplo del Señor? Pues
también el justo cae siete veces.
Capítulo 2
Esta es la diferencia entre unas caídas y otras: el justo es acogido por el
Señor y se levanta con más fuerzas. Pero, cuando cae el pecador, no se
apoya para levantarse, y vuelve a recaer o en la vergüenza perniciosa o en la
insolencia. Porque pretende excusarse de lo que ha hecho, y este falso pudor
le conduce más al pecado. O como ramera desfachatada, no teme ya a Dios
ni respeta a nadie, e, igual que Sodoma, hace públicos sus pecados. El justo,
en cambio, cae sobre las manos del Señor, y misteriosamente, el mismo
pecado contribuye a su mayor santidad.
Sabemos que con los que aman a Dios, él coopera en todo para su bien. ¿No
redundan nuestras caídas en el bien, haciéndonos más humildes y cautos?
¿No es el Señor quien sostiene al que cae, si éste se apoya en la humildad?
Empujaban, y empujaban para derribarme, dice el Profeta; pero no
consiguieron nada, porque el Señor me ayudó. Por eso puede decirle el alma
fiel: Tú eres mi refugio. Todos los seres pueden decirle: Tú eres mi Creador.
Los animales pueden decirle: Tú eres mi Pastor. Y los hombres: Tú eres mi
Redentor . Pera tú eres mi refugio solamente puede decírselo el que habita al
amparo del Altísimo. Esta es la razón por la que añade: Dio; mío. ¿Por qué
no dice: Dios nuestro? Porque es Dios de todos como creador, como
redentor y por todos los demás beneficios que comparamos. Pero cada uno
de los elegidos le posee en sus tentaciones como un ser personal. Hasta ese
extremo está dispuesto a acoger al que cae y librarle al que huye. Como si
dejara a todos os demás para librarle a él.
Capítulo 3
Estas consideraciones le ayudarán mucho a toda alma para creer que Dios es
su refugio propio y su testigo más inmediato. ¿Es posible que uno se haga
negligente, si nunca deja de !mirar a un Dios que le está mirando? Si
contempla a Dios tan vuelto hacia él, que no cesa de tener en cuenta a cada
instante todo su comportamiento exterior e interior para penetrar y discernir
todas sus acciones y hasta los más sutiles movimientos de su espíritu, ¿Cómo
no va a considerar a Dios como algo suyo? No sin razón podrá decirle: Dios
mío, confiaré en ti. Mira que no dice "confié" o "confío", sino confiaré en él.
Este es mi deseo, éste mi propósito, ésta la intención de mi corazón. Esta es
la esperanza que abrigo en mi corazón, y en ello he de mantenerme. Confiaré
en él. No desesperaré; no esperaré en vano, porque maldito el que peca en la
esperanza. Y, sobre todo, no menos maldito el que peca en la desesperación.
Tampoco quiero ser de esos que no confían en el Señor: Yo confío en el
Señor. Pero dímelo ya. ¿Con qué frutos, con qué recompensa, con qué
beneficios esperas en él? El te librará de la red el cazador, de toda palabra
cruel. Mas, si os parece bien, dejemos esta red y esta palabra para otro día y
para el sermón siguiente.
Sermón tercero
Sobre el tercer verso: "Porque él me librará de la
red del cazador y de toda palabra cruel".
Capítulo 1
Yo sinceramente, hermanos, siento una gran compunción y compasión hacia
mí mismo y tengo lástima de mi alma cuándo escucho estas palabras del
salmo: El me librará de la red del cazador. Porque ¿es que somos unas
fieras? Sí; exactamente, lo somos. El hombre encumbrado en su dignidad no
lo quiso entender; se puso al nivel de las bestias irracionales. Son
verdaderas bestias os hombres, ovejas descarriadas sin pastor. ¿De qué te
ensoberbeces, desgraciado? ¿De qué te jactas, sabihondo?¡Mira que verte
reducido a un animal a quien tienden redes para cazarlo! ¿Y quiénes son
estos cazadores? Unos cazadores perversos y malvados, astutos, crueles.
Cazadores que no dejan oír sus bocinas para que no se les sienta, y así
acribillan al inocente sin que resuene su voz. Son los jefes que dominan en
estas tinieblas, astutos por su malicia y traidores por sus diabólicos engaños.
Como venado ante el cazador. Eso es todo hombre para ellos, por muy sagaz
que se crea. Solamente se exceptúan los que con el Apóstol conocen sus
tretas, porque Dios les mostró su saber, concediéndoles descubrir los
engaños de los espíritus malignos.
Por eso os recomiendo a vosotros, plantas tiernas de Dios, que aún carecéis
de una fina sensibilidad para discernir el bien del mal: no procedáis según
vuestro propio sentir, no os dejéis llevar de vuestro juicio propio, no sea que
ese cazador astuto os engañe como a incautos e ignorantes. Porque a las
bestias de la selva, que son fieras salvajes -me refiero a los hombres
mundanizados-, les tiende sus lazos sin camuflaje alguno; sabe que caerán
fácilmente en su red. Pero a vosotros, cervatillos asustadizos, que matáis las
serpientes y vais tras las corrientes de agua viva, os coloca celadamente
trampas mucho más sutiles y se vale de las más rebuscadas artimañas. Por
eso os pido que os humilléis bajo la poderosa mano de Dios, vuestro pastor,
y escuchéis a los que conocen mejor las mañas de esos cazadores, ya que se
han formado por su experiencia propia y ajena y por su ascesis, ejercitada en
repetidas pruebas a lo largo de los años.
Capítulo 2
Bien. Ya sabemos quiénes son los cazadores y quiénes los venados. Ahora
veamos cuáles son sus redes. Pero no quiero deciros nada de mi propia
cosecha, ni transmitíroslo sin plenas garantías de certeza. Que nos lo muestre
el Apóstol; él conoce perfectamente la estrategia de los cazadores. Dínoslo,
apóstol Pablo: ¿quién es esta re del diablo de la que se siente felizmente
liberada el alma fiel? Los que quieren hacerse ricos en este mundo, caen en
la tentación y en la trampa del diablo. Entonces, ¿son las riquezas mundanas
la red del diablo? Desgraciadamente, conocemos a muy pocos que se
feliciten de ver e libres de esta red. Por el contrario, son muchos los que
incluso se afligen, porque se creen poco aprisionados aún por las riquezas y
además ponen todo su afán en verse envueltos y arrastrados por sus lazos.
Pero vosotros lo habéis dejado todo y habéis seguido al Hijo del hombre,
que no tiene dónde reclina su cabeza. Decid, pues, llenos de alegría: Porque
él me libró de la red del cazador. Alabadle con todo el corazón, con toda el
alma, con todas las fuerzas, y dadle gracias desde lo más íntimo del corazón,
diciendo: Porque él me libró de la red del cazador.
Y para que reconozcáis qué grande es este beneficio y sepáis bien los dones
que Dios os ha dado, oíd cómo sigue el salmo: Y de toda palabra cruel.
Escucha, hombre, por no decir bestia No temías la red Teme al menos el
martillo que aquí lo llama la palabra cruel. ¿Qué palabra es ésta sino la del
infierno insaciable? Venga, venga; clávale ya la lanceta, despedázalo, mátalo
en seguida, arráncale todo lo que lleva. Son las mismas palabras del Profeta:
Desaparezca el impío y no vea la gloria de Dios. ¡Cómo gozan los cazadores
al capturar la presa, gritando: ¡Fuera, fuera; clava la lanza, ponlo sobre las
brasas, mételo en la caldera hirviente! Palabra cruel fue también la del
pueblo judío, convertido en casa rebelde: Fuera, fuera; crucifícalo! Palabra
horrible, nefasta, cruel. Sus dientes son lanzas y flechas; su lengua es puñal
afilado. Tú, Señor, soportaste estas palabras crueles. ¿Por qué sino para
librarnos de toda palabra cruel? Haz que por esta compasión tuya no
lleguemos nosotros a sufrir lo que tú quisiste tolerar por nosotros.
Capítulo 3
Cuando exhortamos a los hombres mundanos a que se conviertan por la
penitencia, nos responden: Este modo de hablar es intolerable. Es la misma
reacción que encontramos en el Evangelio. Estaba el Señor hablando de la
penitencia, aunque figurativamente, porque se dirigía a los que aún no habían
recibido el don de conocer el misterio del reino de Dios. Y cuando se
oyeron aquellas palabras: Si no coméis la carne y no bebéis la sangre del
Hijo del hombre, exclamaron: Este modo de hablar es intolerable. Y se
echaron atrás. Pero comer su carne y beber su sangre, ¿no equivale a
compartir sus padecimientos e imitar la vida que eligió para su existencia
mortal? Esto es lo que significa ese purísimo sacramento del altar cuando
comemos el cuerpo del Señor. Que así como, bajo la forma aparente de pan,
entra dentro de nosotros, de la misma manera, con su testimonio de vida en
este mundo, se instala por la fe en lo más íntimo de nosotros. Y, al entrar su
santidad, se queda con nosotros el que por el Padre fue constituido como
salvación para nosotros. Porque el que permanece en el amor, permanece en
Dios, y Dios en él.
Sin embargo, muchos siguen diciéndonos: Este modo de hablar es
intolerable. ¿Sí? ¿Que es intolerable este fugaz momento de tribulaciones,
capaz de convertirse en prenda ara la gloria eterna, sublime sobremanera?
¿Llamas intolerable a la liberación de unos sufrimientos y torturas
inimaginables que nunca se acaban, al precio de unos trabajos tan cortos y
llevaderos? ¿Os parece intolerable que os digan: Haced penitencia Estáis
equivocados. Porque llegará un día en que tengáis que escuchar algo más
intolerable, mucho más cruel, mucho más nefasto: Id, malditos, al fuego
eterno. Esto sí que deberíais tender y considerarlo insoportable. Entonces
sabríais que el yugo del Señor es llevadero, y su carga ligera. Si aún sois
incapaces de creer que es de por sí insoportable, al menos no ignoráis que,
comparado con otros, es mucho más ligero.
Capítulo 4
Pero vosotros, hermanos míos, vosotros que sois como veloces pajarillos
ante cuyos ojos lanzan en vano las redes, vosotros que habéis abandonado
totalmente las riquezas de este mundo, ¿por qué vais a temer esa palabra
cruel, si ya habéis sido liberados de la red? Feliz de ti, Idithum, bajo cuyo
título se inscriben algunos salmos. Tú saltaste por encima de la red para huir
muy lejos de la palabra cruel. Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno;
porque tuve hambre, y no me disteis de comer.
¿A quién van dirigidas estas palabras sino a los que poseen bienes de este
mundo? Gran regocijo sentirán vuestros corazones al oírlas, desbordados de
alegría espiritual. ¿Acaso no valoráis mucho más vuestra pobreza que todos
los tesoros del mundo? Efectivamente, la pobreza os libera de toda palabra
cruel. ¿Cómo podría exigiros Dios lo que habéis abandonado por su amor?
Y, por añadidura, con el trabajo de vuestras manos alimentáis y vestís al
mismo Cristo en los pobres para que nada le falte. Dad, pues, gracias a Dios;
vivid alegres, diciendo: Porque él me libró de la red del cazador y de toda
palabra cruel. Estad alegres, os lo repito; pero, de momento, seguid
temiendo. Quiero que viváis alegres, pero no seguros; con la alegría que
viene de Espíritu Santo, pero con temor y precavido contra la recaída.
Capítulo 5
¿Hay algo más que debéis temer? Una sola cosa, y gravísima: el pecado de
Judas, la apostasía. Felizmente, tenéis alas de paloma para volar y reposar.
Porque en la tierra no hay descansó, sino trabajo; penas y aflicción del
espíritu. Nada podrá temer el que vuela. A no ser que aquellos infames
cazadores le descubran volando a ras del suelo por codiciar algún cadáver o
cosa semejante que ha descubierto sobre la tierra. Porque, si es atrapado por
las redes ocultas, el final de ese hombre será peor que el principio. Esto sí
que hemos de temer seriamente: volver al vómito, aunque sólo sea con el
corazón e incluso corporalmente. Sabemos que los hijos de Israel se
volvieron a Egipto con su corazón, ya que no podían hacerlo corporalmente,
pues se lo impedía el mar Rojo, que se les volvió a cerrar detrás de sus
talones. Esto es lo que debe atemorizar muchísimo a cada uno. No sea que
quizá ofendamos a Dios hasta el extremo de que nos rechace abiertamente y
nos vomite.
Puede suceder que, físicamente, nos resistamos a la apostasía por puro
respeto humano. Pero la propia tibieza nos llevará lentamente a la apostasía
del corazón. Y, de hecho, bajo el hábito monástico puede esconderse un
corazón mundano que se entrega apasionadamente a todo tipo de consuelo
mundano. Porque no somos nosotros más santos que el Apóstol, y él temía
condenarse a pesar de haber predicado a los demás. También nosotros
deberemos temerlo mientras no se rompa la trampa del cazador cuando el
alma abandone este cuerpo, pues el propio cuerpo es una trampa; y, como
está escrito, mis ojos mismos me robaron el alma. Nunca, pues, podrá vivir
seguro el hombre, llevando como lleva consigo su propia asechanza. Todo lo
contrario; es mucho más seguro morar al amparo del Altísimo, y así sortear
la emboscada:
Sermón cuarto
Sobre el verso cuarto: "Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás".
Capítulo 1
Al que con humildad reconoce los beneficios y los agradece devotamente, no
sin razón se le prometen mayores gracias aún, pues con toda justicia se le
pondrá al frente de mucho al que es fiel en lo poco. Y, por el contrario, el
que es ingrato a los favores recibidos, se hace indigno de seguir
recibiéndolos. Por eso, el Espíritu responde a esa devota acción de gracias
diciendo y cumpliendo lo que promete: Te cubrirá con sus alas. Y en estas
alas podemos conjeturar una doble promesa del Señor: para esta vida
presente y también para la futura. Efectivamente, si sólo nos prometiera el
reino, pero nos faltase el viático para la peregrinación, los hombres se
quejarían seriamente y le replicarían diciéndole: Sí, nos has hecho una gran
promesa, pero no nos has dado posibilidades de conseguirla . Precisamente
por eso nos prometió la vida eterna después de la temporal, y mismo tiempo,
que ya en esta vida nos daría cien veces más con toda su solícita piedad. Por
tanto, hombre, que excusa te queda? Y por cierto, recuerda que taparán la
boca a los mentirosos.
¿Sabes cuál es la mayor tentación que puede sugerirte el enemigo? Que
todavía te queda una larga vida. Pero, aunque te quedase mucho camino por
andar, ¿qué te asusta, si te da un sólido alimento ara que no desmayes? Claro
que el ángel le presentó a Elías a comida más ordinaria que el hombre puede
llevar a la boca: pan y agua. Sin embargo, sintió tal fuerza que pudo caminar
durante cuarenta días sin pasar hambre ni fatiga alguna. ¿Quieres que los
ángeles te sirvan esa comida? Seria extraño que no lo desearas.
Capítulo 2
Si la echas de menos y quieres que te la sirvan los ángeles; pero no con
ambiciones de soberbia, sino humildemente, escucha lo que pone la
Escritura en boca del Señor. Estaba tentándole el diablo para forzarle a que
convirtiera las piedras en pan. Y se le opuso, diciendo: No sólo de pan vive
el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Vencidas las
tentaciones, le dejó e diablo, y en seguida se acercaron unos ángeles y se
pusieron a servirle. Haz tú lo mismo. Si quieres que te sirvan los ángeles,
huye de los consuelos humanos y resiste a las tentaciones del diablo. Si
deseas recrearte en la memoria de Dios, debes rehusar toda otra
consolación. Si tienes hambre, el diablo te aconsejará que corras en busca
de pan. Pero tú escucharás con más fuerza la voz del Señor, que te dice: No
sólo-de pan vive el hombre. Muchos son los deseos que te dispersan: comer,
beber, vestir, dormir. Pero ¿vas a poner todo tu afán únicamente en atender a
las necesidades de los sentidos, cuando todo puedes encontrarlo en la
palabra de Dios? Esa palabra es como un maná que tiene mil sabores y el
más agrada le aroma. Es verdadero y perfecto descanso, suave y
reconfortable, plácido y santo.
Capítulo 3
Esto en cuanto a la promesa para la vida presente. Pero ¿quién es capaz de
explicar la promesa para la vida futura? Los juntos esperan la alegría. Una
alegría tan grande que todo cuanto se pueda desear en este mundo es
incomparable con ella. ¿Qué será entonces la realidad misma de lo que
esperamos? jamás oído oyó ni ojo vio un Dios fuera de ti que preparase tales
cosas a los que te aman. Bajo sus alas conseguimos cuatro beneficios. A su
cobijo nos escondemos, nos resguardamos de los azores y gavilanes que son
los espíritus del mal; su agradable sombra nos alivia del sofocante calor del
sol y por fin nos alimentamos y guarecemos. Esto mismo lo dice el Profeta
en otro salmo: Me esconderá en un rincón de su tienda el día del peligro. Es
decir, mientras corren días malos y vivimos en tierra extranjera, dominada
por el poder de los malvados, en la que no radica el reino de la paz ni reina
en ella el Dios de la paz. Pues si reinase, ¿por qué pedir en la oración:
Venga a nosotros tu reino? Si algo bueno tenemos, hemos de esconderlo hasta
que llegue, como el que encontró el tesoro del reino de los cielos y volvió a
esconderlo. Por esa razón, nosotros nos escondemos, aun corporalmente, en
los claustros y en los bosques.
Si queréis saber cuánto salimos ganando por escondemos así; os recordaría
que, si cualquiera hiciese fuera la cuarta parte de lo que aquí hace, sería
venerado como un santo o considerado como un ángel. Y, sin embargo, aquí,
en la vida diaria, se le tacha y condena como negligente. ¿Os parece poca
ganancia que no os tengan por santos hasta que lo seáis ? ¿O no teméis que
quizá, por recibir aquí este premio despreciable, os nieguen la futura
recompensa? Pero, además de escondernos a las miradas ajenas, es mucho
más necesario esconderse, sobre todo ante sí mismo. Así lo afirma aquella
sentencia del Señor: Cuando hayáis hecho todo lo que os mandan, decid: No
somos más que unos hombres criados; hemos hecho todo lo que teníamos que
hacer. ¡Ay de nosotros si no lo hubiéramos hecho! En esto precisamente
consiste la virtud y de ello depende su máxima inmunidad: vivir con rectitud
y piedad, pero poniendo la atención más en lo que todavía nos falta que en lo
ya conseguido aparentemente, olvidando lo que queda atrás para lanzarte a
lo que está delante. Este es aquel lugar secreto bajo las alas del Señor al que
antes nos referíamos, semejante, quizá, a la sombra con que el Espíritu Santo
cubrió a María para encubrir un misterio absolutamente incomprensible.
Capítulo 4
Este mismo Profeta dice también acerca de esta protección: Cubres mi
cabeza el día de la batalla. Igual que cuando la gallina ve llegar al gavilán:
extiende sus alas para cobijar a sus polluelos bajo el asilo seguro de sus
plumas. Lo mismo hace la inefable y suma piedad de nuestro Dios: como
extendiéndose sobre nosotros, se dispone a dilatar su seno. Por eso dice el
salmista un poco antes: Tú eres mi refugio. Claramente vemos que debajo de
esas alas encontramos sombra saludable y protección. Porque el sol
material, de suyo, es bueno y muy necesario; pero su ardor, si no es
atemperado, termina debilitando la cabeza y su resplandor deslumbra la
vista. Pero no es culpa del sol, sino de nuestra debilidad. Por eso mismo se
nos aconseja: No exageres tu honradez.
No porque la honradez sea mala. Es que como somos todavía débiles, hemos
de asimilar los dones de la gracia para no caer en la hinchazón de la
soberbia o en la indiscreción. ¿Por qué oramos y suplicamos incesantemente,
y sin embargo, no podemos llegar a la abundancia de gracia que deseamos?
¿Pensáis que Dios se ha vuelto avaro o indigente, desvalido o inexorable?
Imposible, de ninguna manera. El conoce nuestra masa y los cobijará bajo
sus a as. Mas no por eso podemos dejar de orar. Aunque no nos colma hasta
la saciedad, sí nos da lo suficiente para sustentarnos. Procura no quemarnos
con su excesivo ardor, pero nos abriga como una madre con su calor. Este es
el cuarto beneficio que, según dijimos, nos brinda el Señor bajo sus alas:
como a polluelos, nos mantiene con el calor de su cuerpo para que no
perezcamos si salimos a la intemperie. Porque se enfriaría nuestro amor; ese
amor que inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha
dado. Bajo esas alas esperarás seguro, porque, al experimentar los dones
qué recibes, se reafirma la esperanza de los futuros. Amén.
Sermón quinto
Sobre la primera parte del verso quinto: "Su
fidelidad te cercará como escudo y armadura".
Capítulo 1
Estad en vela y orad para no ceder en la tentación. Sabéis quién y cuándo lo
dijo, porque es palabra del Señor, próxima ya su pasión. Y pensad que era él
quien iba a la pasión y no sus discípulos. Sin embargo, no dice que pidan por
él; sino por ellos. Y así le avisa a Pedro: Mira que Satanás os ha reclamado
para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti para que no pierdas la fe.
Y tú, cuando te arrepientas, afianza a tus hermanos. Si tanto habían de temer
los apóstoles por la pasión de Cristo, ¿cuánto más no hemos de temer
nosotros, hermanos míos, por nuestra pasión? Estad, por tanto, en vela y orad
para no ceder en la tentación porque os rodea por todas partes la tentación.
Ya habéis leído que la vida del hombre es tentación. Si nuestra vida está
llena de tantas tentaciones que con razón debe definirse como una tentación,
tendremos que atisbar en todas direcciones con extremada vigilancia para no
caer en la prueba. Por eso decimos en la oración del Señor: Y no nos dejes
caer en la tentación. Te invaden las tentaciones, pero su fidelidad te cercará
como un escudo. Y, si se propaga la guerra, encontrarás guarniciones de
tropas por todas panes. Es evidente que ese escudo debe ser espiritual, para
que pueda cubrimos por entero. Por eso nos rodea su fidelidad, porque quien
lo promete es la nobleza en persona, y tal como o promete, lo cumple. Fiel
es Dios, y no permitirá que la tentación supere nuestras fuerzas.
Capítulo 2
No es una incongruencia comparar la gracia de la protección divina con un
escudo, pues por arriba es ancho Y muy amplio, para proteger la cabeza y
los hombros. Pero por abajo es más estrecho; así se maneja mejor. Y, sobre
todo, porque los pies; al ser más delgados, no corren tanto riesgo de ser
alcanzados, y, en el peor de los casos, sus heridas no son tan graves. Cristo
emplea la misma táctica. Para que sus soldados defiendan mejor lo que de
suyo es inferior, su propia carne, la sacrifica con una mayor estrechez, por
así decirlo, mediante la pobreza de los bienes materiales. Pues no quiere
verlos sobrecargados por el exceso de riquezas, sino que estén contentos
teniendo lo suficiente para comer y vestirse, como dice el Apóstol. Por el
contrario, a lo más no le de su ser le prodiga una mayor abundancia de
gracia espiritual. Así lo encontramos escrito: Buscad primero el reino de
Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Con esto quería
decirnos que no andemos agobiados por la comida y el vestido. Nuestro
Padre celestial nos lo suministra por dos motivos: porque, si nos lo negara,
creeríamos que está ofendido con nosotros y caeríamos en la desesperación.
Y además para evitar que nuestro excesivo afán por los bienes materiales
vaya en detrimento del esfuerzo espiritual, pues sin ellos no se puede vivir ni
servir a Dios. No obstante, cuanto menos tengamos, mejor.
Capítulo 3
Así, pues, su fidelidad te cercará como escudo; no temerás el espanto
nocturno, ni la flecha que vuela de día, ni al enemigo que se desliza en las
tinieblas, ni el asalto del demonio al mediodía. Estas son las cuatro
tentaciones de las que debemos estar a cubierto con el escudo del Señor a
derecha e izquierda, delante y detrás, pues nos rodean por todas partes. Yo
quiero que estéis prevenidos. Nadie puede vivir en la tierra sin tentaciones.
El que se libre de una tentación, esté seguro y más temeroso que le
sobrevendrá otra. Y pida verse liberado; pero nunca se prometa la libertad
perfecta ni el descanso en este cuerpo de muerte.
En estas circunstancias, debemos reconocer el amoroso plan divino de su
misericordia para con nosotros. Consiente él que nos agobien algunas
tentaciones durante algún tiempo para que no nos asalten otras más
peligrosas. De unas nos librará antes, para que podamos ejercitarnos en
otras que prevé más ventajosas. Ya analizaremos, en su momento, estas
cuatro tentaciones enumeradas por el salmo. Yo creo que, en el mismo orden
designado por el salmista, acosan a los que se convienen y son como la raíz
de todas las demás.
Sermón sexto
Sobre la última sección del verso quinto y sobre el
sexto: "No temerás el espanto nocturno, ni la
flecha que vuela de día, ni al enemigo que se
desliza en las tinieblas, ni el asalto del demonio al
mediodía".
Capítulo 1
Las divinas Escrituras con la palabra "noche" suelen referirse a la
adversidad. Sabemos que el primer asalto contra los recién convertidos se
centra en las molestias del cuerpo. Porque la carne, indómita hasta entonces,
lleva muy mal que la castiguen y reduzcan a servidumbre. Tiene muy fresca
todavía en su memoria la pérdida de su libertad y lucha con mayor violencia
contra el espíritu. Y más en vuestro caso, muriendo como estáis cada día
entre tanto sufrimiento e incluso al borde de la muerte en cada momento.
Todo lo cual es superior a la naturaleza y opuesto totalmente a vuestras
tendencias habituales
Nada extraño que esto inquiete, especialmente a los que todavía no están
acostumbrados ni listos para recurrir a la oración o refugiarse en las
meditaciones santas, cargando así con el peso del día y del bochorno. Nos es
imprescindible el escudo de] Señor en los comienzos de nuestra conversión
para no temor el espanto nocturno. Oportunamente se alude al espanto
nocturno y no a la noche misma. Porque la adversidad no es tentación; lo es
el temor a la adversidad. Todos padecemos, y, sin embargo, no todos somos
tentados por ello. Y a los que son tentados les daña más el temor de los
futuros sufrimientos que el tormento de los presentes.
Capítulo 2
Y como el mismo temor ya es tentación, al que está rodeado por el escudo
del Señor, justamente se le promete que no sentirá temor por la tentación.
Quizá sea acometido, quizá sea tentado, quizá tema a la noche. Pero este
temor no le hará daño. Es más: si consigue dominarlo, quedará libre e
inocente, tal como está escrito: Serán purificados ron su temor. Porque este
temor es como un horno, que purifica, pero no devora; que descubre la
verdad. Este temor es como noche cerrada oscura, mas se disipa en un
momento con la luz de la verdad. Obliga a reconocer ante los ojos del
corazón los pecados que hemos cometido. Y, como dice el Profeta de sí
mismo, mi dolor siempre me acompaña, porque confieso mi culpa y estoy
acongojado por mi pecado.
Nos presenta los suplicios eternos que hemos merecido; así, todos los
sufrimientos nos parecen una delicia comparándolos con las penas de las que
nos vemos liberados. O bien nos evoca el premio celestial a que aspiramos,
recordándonos a menudo que los sufrimientos el tiempo presente son cosa de
nada comparados con la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros. En
fin, nos hace revivir lo que Cristo padeció por nosotros. Y, considerando sin
cesar todo lo que sufrió su majestad por unos criados inútiles, nos sonroja
por ser incapaces de soportar menudencias de escasa importancia.
Capítulo 3
Pero quizá esa verdad que te rodea por todas partes y de mil maneras ha sido
ya capaz de alejar e incluso de disipar este espanto. La noche está avanzada.
Como hijo de la luz y del día, compórtate respetuosamente y teme a la flecha
que vuela de día. Sabes que la flecha vuela veloz y penetra rápidamente, mas
hiere de gravedad y es fulminante. Esta flecha es la vanagloria. Los débiles y
relajados no deben temer que les asalte. Pero los que parecen más
fervorosos, ésos son los que deben temer, ésos deben temblar, atentos
siempre a no abandonar el escudo inexpugnable de la verdad. ¿Hay algo que
se oponga tanto a la vanagloria como la verdad? Ciertamente, para
defenderse de esta flecha no es necesario penetrar misteriosa e íntimamente
en la verdad. Basta con que el alma se conozca a sí misma, que posea su
propia verdad. No creo equivocarme. El hombre que a la luz de esta verdad
y con su atenta reflexión disipa en su intimidad todo lo que digan en alabanza
suya mientras viva, difícilmente será inducido a soberbia. Efectivamente, si
piensa en su propia condición, tendrá que decirse: ¿De qué te engríes, polvo
y ceniza?
Porque, si considera su propia corrupción, ¿no deberemos reconocer que no
encontrará en él nada bueno? Y, si cree encontrar algo bueno, pienso que no
hallará réplica alguna a la pregunta del Apóstol ¿Qué tienes que lo hayas
recibido? Y dice en otro lugar: Quien se ufana de estar en pie, cuidado con
caerse. Finalmente, si no echa mal las cuentas, le será fácil pensar si le
bastarán diez mil hombres para hacer frente al que viene contra él con veinte
mil. Y caerá en cuenta de que toda su justicia es como trapo de mujer en
menstruación.
Capítulo 4
Debemos esgrimir también esta verdad ante las otras tentaciones que se
enumeran en el salmo. Pues, a pesar de todo; no desiste el enemigo
primordial, sino que vuelve a la carga con argucias más astutas. Comprobó
que la torre está firme por ambos lados. Que no puede derribarla por la
izquierda agrietándola con el encogimiento del temor, ni halagándola por la
derecha con glorias humanas. Y se siente por ello defraudado en su doble
intento. Por eso dice para sus adentros: Y que no consigo hundirla por la
fuerza, quizá pueda engañarla por la sagacidad de la traición. ¿Quién crees
que puede ser ese traidor? La codicia, raíz de toda iniquidad. La ambición es
un mal muy sutil; virus oculto, peste invisible, padre del engaño, madre de la
hipocresía, progenitor de la envidia, origen de los vicios, yesca de los
crímenes, herrumbre de las virtudes, polilla de la santidad, obcecación de
los corazones, adulteración de los antídotos, medicina ponzoñosa.
Y sigue diciéndose el maligno: Despreció la vanagloria, porque es una
insustancialidad. Pero quizá algo más sólido termine haciéndole daño; a lo
mejor, los cargos importantes o posiblemente las riquezas.¡Cuántos fueron
arrojados a las tinieblas exteriores por culpa de esta epidemia que se desliza
en las tinieblas, despojándoles del traje de bodas y privándoles del fruto de
la piedad en el esfuerzo de sus virtudes! ¡Cuántos fueron engañados
alevosamente por esta peste hasta verse derribados! Sin embargo, todos los
demás, para quienes pasó desapercibido el solapado trabajo del excavador
taimado, quedaron espantados ante su ruina repentina y tan inesperada. Pero
era natural. ¿Qué otra esperanza puede acariciar este gusano sino la locura
del espíritu, olvidan o su verdad? Pero la verdad rebusca hasta descubrir a
este traidor y acusarlo de sus emboscadas nocturnas. Y esa misma verdad
dice claramente: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se
pierde a sí mismo? Y también afirma: Los fuertes sufrirán una fuerte pena.
Con sus constantes insinuaciones nos obliga a pensar qué cortas se quedan
las satisfacciones de la frivolidad, qué severo será su juicio, qué breve su
experiencia, qué incierto su fin.
Capítulo 5
Con la segunda tentación le persuadía a que se arrojara desde el pináculo,
prometiéndole que nada le pasaría, siendo como era Hijo de Dios; y que, al
contemplarlo, todos le aclamarían para entronizarlo. Tampoco le contestó si
era o dejaba de ser e Hijo de Dios. La tercera fue de ambición,
prometiéndole todos los reinos del mundo si postrándose le adorara. ¿No
ves cómo la ambición lleva a la adoración del diablo? Efectivamente, a sus
adoradores les brinda el éxito mundano de los honores y la gloria. Y, como
ya hemos dicho, se abstuvo de tentarlo por cuarta vez, después de percatarse
de la gran sensatez de sus respuestas.
Capítulo 6
¿Y cómo puede combatir contra quienes aman por todos los medios la
justicia y odian la impiedad? ¿No o hará descubriendo la maldad bajo
apariencias de virtud? Cuando ve que los perfectos aman el bien, procura
llevarlos al mal bajo capa de bien, y no mediocre, sino perfecto, para que
consientan en seguida con su gran celo por el bien. Por aquella de que quien
va corriendo, fácilmente cae. Este demonio es no sólo diurno, sino incluso el
del mediodía.
¿No fue éste al que temió María cuando se asustó por aquel saludo tan
inesperado del ángel? ¿No lo insinuara así el Apóstol? Pues no ignoramos
sus ardides; Satanás se disfraza de ángel de luz. ¿No era esto mismo lo que
temían los apóstoles cuando vieron al Señor andar sobre el lago y se
asustaron creyendo que era un fantasma? Mira qué oportuna coincidencia:
era precisamente la cuarta vigilia de la noche, cuando los discípulos se
encontraban en vela para luchar contra la cuarta tentación. Me parece
innecesario insistir en algo tan claro como afirmar que es únicamente la
verdad quien descubre la falsedad encubierta.
Capítulo 7
Un observador atento encontrará sin dificultad estas cuatro tentaciones en la
situación general de la Iglesia. Ella, plantío aún reciente, se atormentaba con
el espanto nocturno cuando todo el que mataba a los siervos de Dios pensaba
que así daba culto a Dios. Pero al amanecer, cuando cesaron las
persecuciones, la sacudió con mayores tensiones, hiriéndola con la flecha
que vuela de día. Porque salieron algunos en la Iglesia, hinchados por el
espíritu de sí mismos, codiciosos de la gloria vana y fugaz, que, por el afán
de hacerse famosos y con su lengua fanfarrona, inventaron caprichosamente
dogmas nuevos y perversos. Y así, cuando estaba ya en paz con los paganos
y en paz con los herejes, se quebró la paz por los hijos falsos. Has hecho
crecer a pueblo, Señor Jesús, pero no has aumentado nuestra alegría, porque
hay más llamados que escogidos. Todos son cristianos, pero casi todos
buscan su interés, no el de Jesucristo. Incluso los mismos servicios de las
dignidades eclesiásticas se han convertido en torpe lucro y en negocio de las
tinieblas, porque no se busca la salvación de los hombres, sino el lujo de las
riquezas. Para esto se tonsuran, para esto frecuentan los templos, celebran
misas y cantan salmos. Hoy se compite, sin pudor alguno, por conseguir
obispados y arcedianatos, para dilapidar las rentas de las iglesias en cosas
superfluas y frívolas.
Sólo nos falta que surja el hombre destinado a la ruina, el hijo de la
perdición, el demonio diurno y del mediodía, que no sólo se disfrazará de
ángel de luz, sino que te pondrá por encima de todo lo que se llama Dios o
es objeto de culto. Y herirá el talón de su madre la Iglesia del modo más
cruel, simplemente porque le duele que e la le haya quebrantado la cabeza.
Esta será, sin duda, una batalla encarnizada. Pero la Verdad librará también
ahora a la Iglesia de los elegidos, acortando en favor de ellos estos días, y
aniquilará con el esplendor de su venida al demonio del mediodía. Y no
quiero alargarme más a propósito de estas cuatro tentaciones, porque
recuerdo que en un sermón sobre el Cantar de los Cantares también hablé de
ellas. Allí incidía en el mismo tema del demonio del mediodía, cuando la
esposa pregunta al esposo dónde sestea al mediodía.
Sermón séptimo
Sobre el verso séptimo: "Caerán a tu izquierda
mil, y diez mil a tu derecha; a ti no te alcanzará".
Capítulo 1
Hermanos, vivimos en la esperanza y no nos desalentamos por la tribulación
presente, porque aguardamos expectantes los gozos que no acaban. Y no es
vana esta esperanza nuestra, ni dudamos de nuestra espera apoyados
realmente en las promesas de la eterna felicidad. Además, los bienes
presentes que ya estamos recibiendo consolidan más nuestra esperanza e los
futuros. Porque la fuerza de la gracia presente nos atestigua la credibilidad
de que con toda certeza conseguiremos a felicidad de la gloria que nos
espera. En verdad, el Señor es el Rey de la gloria. Y en el himno de laudes
le aclamamos como :
Padre de la perenne gloria,
Padre de la poderosa gracia;
al mismo de quien cantamos en un salmo: Dios ama la misericordia y la
fidelidad; él da la gracia y la gloria. Por tanto, nuestra piedad debe resistir
en este mundo e combate animosamente y sufrir con entereza cualquier
persecución. ¿Habrá algo que no pueda tolerar la piedad, cuando ella es útil
para todo y goza de las promesas para la vida presente de cada día y para la
futura? Resiste, valiente, cualquier acometida, porque el defensor infatigable
asistirá al combate y tan generoso remunerador no dejará vacío al vencedor.
Así nos lo han dicho: Su fidelidad te rodeará como un escudo.
Capítulo 2
Necesitamos absolutamente la protección invencible de su fidelidad no sólo
en este ínterin de a vida mortal, sino también cuando tengamos que partir.
Ahora, sin duda, por las peligrosas tentaciones, y entonces por los horribles
encuentros con el espíritu del mal. También quiso dañar el enemigo en este
trance el alma del glorioso Martín. Sabiendo la bestia cruel que disponía ya
de poco tiempo, tuvo la audacia de presentarse ron todo el furor de su
infatigable malicia ante aquel hombre en quien nada suyo poseía. Ya antes
había llegado al extremo de acercarse con su desvergonzada temeridad al
mismo Rey de la gloria, según él nos lo revela: Esta para llegar el Jefe de
este mundo, pero no hallará en mí nada suyo.
Dichosa el alma que en esta vida rechazó con el escudo de la verdad los
dardos de las tentaciones, hasta el punto de no haber consentido que le
inficionara lo más mínimo su veneno. No quedará derrotado cuando litigue
con su adversario en el umbral de la eternidad: Nefasto, nada encontrarás en
mí. Dichoso el hombre a quien le rodea el escudo de la verdad porque le
guardará sus entradas y salidas. Me refiero a la salida este mundo y a su
entrada en el otro, pues no le traicionará el enemigo por la espalda ni le hará
mal alguno de frente. Claro que, por causa de aquellas horribles visiones,
necesitaremos en aquellos momentos de un compañero, de un guía fiel, de un
consolador bueno que nos ayude y proteja, como ahora, entre los tentadores
invisibles.
Capítulo 3
Alabad a Cristo, amadísimos, y llevadlo en vuestro cuerpo mientras
peregrináis. El es una carga deliciosa, pero llevadera; hatillo salvador,
aunque a veces parezca que pesa, aunque a veces machaque las costillas o
espolee al recalcitrante, aunque a veces tenga que domarnos con freno y
brida para que lleguemos a la total felicidad. Pórtate como un jumento que
lleva al Salvador, pero no seas como un jumento. Porque ya lo dijo: El
hombre, constituido en honor, no ha tenido discernimiento; se ha igualado
con los insensatos jumentos y se ha hecho como uno de ellos.
¿Por qué lo lamenta tanto el Profeta y le inculpa al hombre su semejanza con
los jumentos? Sobre todo, cuando en otro salmo le dice a Dios, no sin cierta
complacencia: Soy un jumento ante ti, pero yo siempre estaré contigo.
Pienso, bueno; no pienso, lo sé, que al hombre se le recomienda que se
parezca algo a los jumentos; y no en su irracionalidad e ignorancia
precisamente, sino imitando su paciencia, pues no tendría que haberse
irritado ni por qué lamentarse si hubiese dicho: El hombre no se echó atrás
bajo la carga de Dios, sino que se hijo como un jumento en su presencia.
¿Quién no tendría verdadera envidia a ese jumento? Porque tuvo el honor de
ofrecerle sus humildes lomos por su peculiar e inefable mansedumbre para
que sobre él se dignara montar el Salvador. ¿Y si, hubiera tenido conciencia
de tan singular honor? Hazte, pues, como un jumento, pero no seas jumento.
Lleva con paciencia, sí, la carga, pero comprendiendo el honor que eso
supone, saborean o con gozo tanto la calidad de la carga como el propio
provecho.
Capítulo 4
Aquel gran Ignacio, oyente del discípulo a quien Jesús amaba, mártir con
cuyas preciosas reliquias se ha enriquecido nuestra pobreza, saluda como
cristífera a cierta María en varias cartas que a ella le escribió. Es egregio de
verdad este título digno, glorioso y de inmenso honor. Porque llevar sobre el
cuerpo al Señor, a quien servir es reinar, no es una carga, sino una gloria.
Por lo demás, el jumento del Salvador al que nos hemos referido, ¿podría
temer, bajo tal carga, un desfallecimiento en el camino? ¿Podría tener miedo
con aquel guía el acoso de los lobos, el asalto de los ladrones, la caí a en
algún precipicio o en cualquier otro peligro? Dichoso el que así llega a
Cristo, y merece por ello que el Santo de los santos le introduzca en la
ciudad santa. No hay nada que temer: ni un tropiezo en el camino, ni un
rechazo ante la misma puerta. Porque al jumento aquel le alfombraba el
camino el pueblo de Dios; a su jinete, los santos ángeles: Pues a sus ángeles
ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos, para que tu pie no
tropiece en la piedra. Pero no vamos a tratar por ahora de esto. Hemos de
seguir el orden de nuestra exposición tal como lo hace el salmo cuando dice:
Capítulo 5
Caerán a tu izquierda mil, diez mil a tu derecha; a ti no te alcanzará. Porque
hoy nos corresponde tratar de este versículo; no lo ignoráis. En el Capítulo
de ayer, si recordáis, decíamos al final cómo la protección de la verdad nos
libraba de las cuatro tentaciones principales de esta vida. Esto es, del
espanto nocturno, de la flecha que vuela de día, de la este que se desliza en
las tinieblas y de demonio que nos asa a al mediodía. Pues lo que sigue:
Caerán a tu izquierda mil, etc., creo qué debemos reservarlo, más bien, para
la vida eterna.
Por eso, al comenzar este sermón -todavía lo recordáis, si no me equivoco-,
aludíamos a aquella sentencia del Apóstol según la cual la piedad es útil
para todo, porque goza de las promesas de Dios para la vida presente de
cada día también para la futura. Escuchad, pues, y escuchad con el gozo de
vuestro corazón, lo que afecta a las promesas de la vida futura y, por tanto, a
vuestra esperanza. Donde tengáis vuestra riqueza, tendréis vuestro corazón.
Me consta que hasta aquí me habéis escuchado todo con gran interés; restad
ahora una atención aún mayor a lo que sigue. El pseudoprofeta -me refiero a
Balaán, recordadlo los que conocéis su historia-, incluso este profeta, injusto
como era; deseaba morir como los justos y suplicaba que se le concediera un
final semejante. El fruto de la piedad es tan copioso y tan colmada la
recompensa de la justicia, que no puede menos de ser deseada por los
impíos e injustos. Pero no es muy seductor cantar un cántico de Sión bajo los
sauces de Babilonia. Por eso colgaban de ellos las cítaras. Junto a los
canales de Babilonia suenan mejor las lamentaciones y, si cabe, más bien
habría que excitar el llanto. Pero yo sí que puedo cantar aquí perfectamente,
pues no faltarán quienes con todo el entusiasmo del espíritu dancen al ritmo
del salterio, cantando el cantar de Sión, impacientes por marchar volando
con todo el fuego de su sagrado deseo, diciéndose: ¿Quién me diera alas de
paloma para volar y posarme? ¿Qué otra cosa significa en latín el verbo
"exultare" sino salir transportado de sí mismo?
Mal tiene que sentarles a los náufragos que les recuerden desde tierra la
estabilidad apacible de la lejana orilla de la que ya casi desesperan, cuando
siguen en peligro sus vidas en medio del mar, envueltos por las olas y
zarandeados por su violencia. El tema de hoy no puede ir dirigido a un
espíritu que se encuentre en situación análoga, pues no está dispuesto para
poder escuchar estas palabras: Caerán a tu izquierda mil; diez mil a tu
derecha. Recordad que esta promesa va dirigida al que habita al amparo del
Altísimo y vive a la sombra del Omnipotente.
Capítulo 6
Escúchelo, pues, el que ya está cerca del puerto de salvación con el
pensamiento y la añoranza; el que ya ha lanzado por la proa el ancla de su
esperanza y está como irresistiblemente amarrado sin que le arranquen de su
tierra deseada, esperando cada día, mientras sigue combatiendo, a que llegue
su cambio de domicilio. Este género de vida al que os habéis consagrado es
la arribada a puerto más segura, porque es una reparación para la muerte
como llamamiento y justificación divina: Ambos extremos están unidos por
una estrecha conexión, como una especie de eternidad con a eternidad, es
decir, como si se subordinase la comunicación de la gloria a la
predestinación. Porque así como la predestinación no ha tenido nunca un
comienzo, tampoco la comunicación de la gloria conocerá jamás el final. No
tomes como originalidad mía la conexión intermedia a que me he referido
entre esta como doble eternidad. Escucha al Apóstol, y verás que también él
se refiere a la misma, pero más claramente.
Porque Dios los eligió primero, predestinándolos desde entonces para que
reprodujeran la imagen de su Hijo. ¿Cómo y qué proceso seguirá para
comunicarles su gloria? Porque todo lo que procede de Dios está sometido a
una concatenación. ¿O piensas llegar desde la predestinación a la gloria de
repente y como, de un salto? Has de encontrar un puente intermedio o, mejor
todavía, atravesar el que ya está levantado. A esos que había predestinado,
los llamó; a esos que llamó, los rehabilitó; y a esos que rehabilitó, les
comunicó su gloria.
Capítulo 7
Sin duda alguna, este proceso parece apto para algunos. Y así es en realidad.
No se puede dudar de su éxito, ni debes desconfiar del término a que te
lleva. Caminas seguro; más aprisa cuando más cercano lo sientes. Ya tienes
los medios; ¿Cómo puede estar lejos el fin? Haced penitencia, ya que llega
el reino de Dios. Pero dirás: El reino de Dios se toma por la fuerza y lo
arrebatan los violentos. No tendré acceso a él si no paso a través del
campamento enemigo. Me encontraré con gigantes en medio del camino:
vuelan por los aires, obstruyen el paso, acechan a los que pasan. Sin
embargo, vete confiado; no temas. Son poderosos, son muchos. Pero caerán a
tu izquierda mil; diez mil a tu derecha. Caerán por todas partes; va no te
harán nunca daño. Es más, ni se acercarán. Y, lógicamente, el malvado, al
verlo, se irritará. Pero vendrá taimadamente. Con todo, la bondad de Dios se
adelantará e irá contigo a donde vayas; como decíamos antes, guardará tus
entradas y salidas. De no ser así, ¿qué hombre sería capaz de mantenerse
firme en ese terrible encuentro con los espíritus malignos? Caería abatido
por su propio espanto.
Capítulo 8
Suponed, hermanos, que a uno de nosotros se le aparezca uno de los muchos
jefes de las tinieblas y se le permitiera manifestarse con toda su crueldad y
con la enormidad de su cuerpo tenebroso; ¿podrían soportarlo sus sentidos y
resistirlo su corazón? Hace muy pocos días -lo sabéis-, uno de vosotros;
primero dormido y luego despierto, fue turbado gravemente en su
imaginación durante la noche. Al día siguiente, apenas fue dueño de su razón
y trabajo costó tranquilizarlo. Todos vosotros en un instante quedasteis
aterrados cuando dio aquel grito escalofriante. Sonroja ciertamente que
vuestra fe estuviera adormecida hasta ese grado, aunque dormíais. Pero esto
ha sucedido, sin duda, para ponernos sobre aviso, recordando siempre con
suma vigilancia contra quiénes luchamos, no sea que se nos juzgue por
incautos, ante la envidia del enemigo, y por ingratos a la protección divina.
Fue su vetusta malicia la que estalló con aquel furor, porque se le recomían
las entrañas por la envidia, más exasperada aún durante este santo tiempo.
Con ello nos indica que estos días se retuerce de rabia por vuestra generosa
devoción. Con esa misma rabia de una locura que le consume, pero con
mayor licencia, se acerca a los santos cuando están para emigrar de este
mundo. Pero sólo les ataca por la izquierda. No tiene autorización para
embestir de frente, ni para deslizarse por la espalda como a traición.
Capítulo 9
Tampoco te pondrá tropiezo alguno junto al camino para que caigas, porque
a ti no se te acercará. No te alcanzará para herirte, ni se arrimará para
espantarte. Pienso que era esto lo que más temías: que en tu último trance te
invadiese un espantoso terror al contemplar tan monstruosas
representaciones y tantos fantasmas horripilantes. No. Estará contigo el gran
Paráclito y maravilloso consolador. Ese de quien has podido leer: Que en su
presencia se inclinen sus rivales, que sus enemigos muerdan el polvo. En su
presencia será pisoteado el maligno, y así llevará a la gloria a los que le
temen. Estando tú presente, Señor Jesús, arremetan cuantos quieran; o mejor,
que no embistan,que se hundan. Lleguen de todas partes, pero que se
dispersen. Perezcan en tu presencia como se derrite la cera ante el fuego.
¿Por qué voy a temer a quien se desmaya de miedo? ¿Por qué voy a sentir
pavor ante uno que está temblando? ¿Por qué voy a recelar del que cae?
Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo,
Señor, Dios mío.
De repente amanecerá, se disipará la noche, caerán por todas partes los jefes
de las tinieblas. Si triunfa victoriosa nuestra fe; incluso ahora que ella nos
guía -y no la visión- entre sus ocultas y dañinas sugestiones, ¿Cómo no se
van a disipar mucho antes sus imágenes sombrías y tenebrosas cuando nos
veamos invadidos por la contemplación clara y al descubierto de la verdad
misma? No te preocupes ni temas porque son muchos en número. Recuerda
que una sola palabra del Salvador hizo salir toda una legión del cuerpo de un
hombre poseído por el demonio durante mucho tiempo. Y no se atrevió a
tocar ni a los mismos puercos sino después de mandárselo él. Con mucha
mayor razón, siendo Cristo nuestro guía, caerán a un lado y a otro todos los
que vengan, pudiendo decir con gran alborozo y alegría: ¿Quién es esa que
se asoma como el alba, hermosa como la luna y límpida como el sol, terrible
como escuadrón a banderas desplegadas? Valiente y plenamente tranquilo,
incluso lleno de gozo y alabando a Dios, nada más mirar con tus ojos, verás
la paga de los malvados, y no tendrás que resistir ya sus ataques ni
espantarte por su furor.
Capítulo 10
Lo dicho podría ser ya bastante por hoy. Pero veo que entre vosotros quedan
algunos espetando todavía algo más, Si no me equivoco, los más interesados
desean saber qué sentido puede tener la frase caerán a tu izquierda mil, y
diez mil a tu derecha. En el original, el texto no menciona el lado izquierdo.
Pero expresamente menciona el lado derecho; luego se sobrentiende que el
otro es el izquierdo. Y no deja de ocultar cierto misterio el que a la
izquierda caigan muchos, pero muchísimos más a la derecha. Espero que no
haya entre vosotros nadie tan obtuso o tan simple, capaz de pensar que,
cuando el salmo dice mil y diez mil, se trata de una cifra exacta y no de una
comparación ilimitada. Porque nosotros no entendemos así las Escrituras, ni
tampoco la Iglesia de Dios.
Caerán, pues, a tu izquierda mil, y diez mil a tu derecha. Quiere decir que el
enemigo nos ataca y hiere por la derecha más astutamente y con un ejército
más numeroso. Echemos una mirada al gran cuerpo de la Iglesia, y
fácilmente advertiremos que los hombres espirituales de la misma Iglesia
son combatidos con mayor violencia que los carnales. Eso es lo que, en mi
opinión, podemos interpretar con todo rigor: los dos lados, el de la izquierda
y el de a derecha, representan a la Iglesia, porque la maldad del enemigo
procede siempre con soberbia y envidia. Persigue con mayor furia a los más
perfectos. Ya lo dice la Escritura: Su carnada es selecta. Es capaz de
sorberse un río, y todavía le parece poco; presume de poder agotar el Jordán
entero.
Y persigue a los elegidos no sin cierta disposición del plan de Dios, según
la cual no permite que los imperfectos sean tentados por encima de sus
fuerzas, convirtiendo toda tentación en provecho espiritual. Por otra parte,
brinda triunfos más gloriosos a los más perfectos. De esta manera, toda la
Iglesia de los elegidos será igualmente galardonada, porque por ambos lados
peleó según las reglas de la estrategia; por ambos flancos rechazó con tal
resistencia a los enemigos, que puede ver inmediatamente cómo caen a su
izquierda mil, y diez mil a su derecha. Así sucedió en tiempos de David
cuando ya había sido puesto a prueba su poder, pero aún no se había hecho
manifiesta en Israel la reprobación de Saúl y cantaban los grupos de
hombres y mujeres: Saúl mató a mil, y David a diez mil.
Capítulo 11
Pero, si alguien todavía necesita buscar en todo esto una aplicación
individual, podrá encontrar también aquí un sentido espiritual recurriendo a
la experiencia. Efectivamente, el enemigo se esfuerza en herimos por la
derecha con una presunción mucho mayor, y con una astucia mucho más
sagaz que por la izquierda. No pone el mismo afán para arrancarnos los
bienes del cuerpo como para robarnos los del corazón. Sabemos muy bien
que codicia estos dos aspectos del bienestar humano y que procura privamos
de esta doble felicidad: la terrena y la celestial. Pero trabaja con más ahínco
para privarnos del rocío celestial que de la fertilidad terrena. juzga ahora si
ha sido una incongruencia considerar la realidad material y la espiritual
como si fueran esos dos lados del salmo, cuando nos consta que en ambas
realidades se apoya la doble sustancia de la naturaleza humana.
Y espero, naturalmente, que no me echéis en cara al haber asignado a la
derecha los bienes espirituales y a la izquierda los materiales, especialmente
vosotros que andáis siempre atentos a no confundir la izquierda con la
derecha, ni la derecha con la izquierda. Así lo confirma, además, la
verdadera Sabiduría: en la diestra trae largos años, y en la izquierda, honor
y riquezas. Es importante que nunca perdáis de vista por dónde ataca con
mayor violencia la contumaz caterva de los enemigos. Para resistir más
intrépidamente allí donde sea más urgente, donde recae más todo el peso de
la batalla, donde estriba la clave decisiva de la lucha, donde se decide
definitivamente o la ignominiosa cautividad para los vencidos o la gloria del
triunfo para los vencedores.
Capítulo 12
Finalmente, y no os digo ningún disparate, habéis expuesto vuestro lado
izquierdo para que libremente lo golpee el enemigo, y así defender el
derecho con mayor atención: Esto precisamente recomendó Cristo, y todos
los cristianos deben seguirlo: imitar la astucia de la serpiente, que, cuando
es necesario, expone todo su cuerpo para defender sólo su cabeza. Esta es la
verdadera filosofía y el consejo del Sabio: Por encima de todo, guarda tu
corazón, porque de él brota la vida. Esta es, por fin, la gracia y la
misericordia de Dios para sus siervos, que mira por sus elegidos. Pues,
como olvidándose provisionalmente de su izquierda, los asiste en su
derecha, siempre solícito protector. Esto lo testifica de sí mismo el Profeta:
tengo siempre presente al Señor; con él a mi derecha no vacilaré. ¿No crees
que él únicamente agarraba la mano derecha también a aquel hombre al que,
por permisión suya, el enemigo pudo libremente hacer cuanto quiso en su
hacienda y en su carne? Porque le dijo: Respétale la vida.
¡Ojalá, buen Jesús, estés siempre a mi derecha, ojalá me agarres siempre la
mano derecha! Sé y estoy cierto que no me dañará adversidad alguna si no se
apodera de mí la iniquidad. No me importa que sea esquilmado y maltratado
mi lado izquierdo; que me hieran con injurias, que me muerdan los oprobios;
a ello me expongo gustosamente, con tal de que me guardes tú y tú mismo me
protejas por mi lado derecho.
Capítulo 13
Tal vez, debamos pensar que son más bien hombres y no demonios esos mil
que van a caer a mi izquierda, ya que sólo nos persiguen por unos bienes
materiales y caducos; bien porque los codician por la vileza de su envidia o
bien porque, debido a la injusticia de sus ambiciones, se sienten tristes por
no poseerlos. Quizá pretendan arrebatarnos los bienes de este mundo, o el
favor de los hombres, o la vida misma. En todo esto puede ensañarse la
crueldad de la persecución humana; pero al alma nada puede afectarle.
Los demonios, por el contrario, nos envidian principalmente los bienes
superiores y eternos; no para recuperar lo que irremisiblemente perdieron,
sino para que el pobre levantado del polvo no consiga la gloria en la que
fueron creados y de la que cayeron irremisiblemente. Su obstinada maldad se
enfurece y consume de odio al ver que la fragilidad humana alcanza lo que él
no mereció conservar. Y si alguna vez intentan arruinar a alguien en sus
bienes materiales o son felices cuando otros se lo hacen, ponen todo su
esfuerzo en que sus reveses materiales sirvan de ocasión para ruina
espiritual o ajena.
Por su parte, los hombres, siempre que nos inducen o intentan perjudicarnos
de cualquier manera, no buscan expresamente nuestro mal, sino en unción de
un resultado material, bien para ellos mismos, para nosotros o para un
tercero. Sólo pretenden, al parecer, alcanzar un provecho o evitar un
perjuicio. A no ser que alguien se haya vuelto demonio y desee la
condenación eterna para el hombre, como a su mayor enemigo.
Capítulo 14
¿Es posible que nosotros, pobres hombres, nos adormilemos en nuestro
desvelo espiritual cuando nos ataca el espíritu maligno de maneras tan
diversas? Decirlo da vergüenza pero es imposible callarlo por el intenso
dolor que produce. Hermanos, ¡a cuántos les sorprende aquella terrible frase
del Profeta, incluso entre los que llevan un hábito religioso y viven
comprometidos con la perfección: Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me
paralice la mano derecha! Efectivamente, se desviven volcados sobre su
lado izquierdo para custodiarlo; saben mucho; pero su sabiduría es a de este
mundo, al que debían haber renunciado; es un saber revelado por la carne y
por la sangre y parecía que no deseaban contar con él. Podrás, finalmente,
descubrirlos cuando tratan de conseguir con tanta avidez los intereses
presentes; cuando se regocijan, muy vulgares; con los bienes transitorios;
cuando se turban con profundo abatimiento ante los infortunios, aun mínimos,
de los medios materiales; cuando pleitean por ellos tan egoístamente y
corren de aquí para allá con increíble libertinaje, y cuando se enredan en
asuntos civiles con tan poco sentido religioso, como si todo ello fuera su
única porción, todo su patrimonio.
Si el labrador cultiva con mucho afán su pobre tierra, es porque no tiene otra
finca de mayor valor. Y si el mendigo esconde en su seno un mendrugo de
pan, es porque se trata del único metal que puede enmohecerse en su bolsa.
Pero tú, ¿cómo vuelcas tus propias ansias en tan extrema miseria y
despilfarras infelizmente tu propio trabajo? Mira que tienes otros bienes,
aunque te parezcan alejados. Te equivocas; nada tan cercano a nosotros
como lo que llevamos dentro. Pero quizá no te quejas porque están lejos,
sino porque te parecen improductivos, y por eso crees que debes buscar aquí
tu propia subsistencia. Te engañas: allí la encontrarás mejor; es más, sólo la
encontrarás allí. ¿Por qué piensas que no exigen tu esfuerzo o que no
compensarán tu trabajo? ¿O crees que ya están bajo seguro y no necesitan la
vigilancia de un guardián? En cualquiera de las dos suposiciones, ten por
cierto que deliras. Pues allí se harán plena realidad aquellas palabras: Lo
que uno cultive, eso cosechará. A siembra mezquina, cosecha mezquina; y
quien siembra con larguezas, con larguezas cosechará. Y dará treinta, sesenta
o ciento. Si tienes aún el tesoro, lo llevas en vasijas de barro. Pero creo que
ya lo perdiste, que ya te lo robaron; me parece que otros devoraron tu fuerza
y no te enteraste; ya no puedes poner tu corazón en tu tesoro, pues te has
quedado sin él.
Si no es así, si eres tan solícito, si no eludes lo más insignificante, si con
tanta delicadeza te preocupas hasta de la faja, te ruego que no olvides la
vigilancia de tu granero. No expongas tu tesoro, tú que te acuestas en tu
muladar. Y si tal vez lo envidian mil, a tu tesoro lo cercan diez mil, que les
aventajan tanto en número como en astucia y crueldad. Vuelve allí los ojos
de la fe, porque quizá han forzado ya las puertas; tal vez estén ahora
robándolo todo a discreción y repartiéndose el botín. Y si vives apegado al
lado izquierdo, ¿por qué te cuidas tan mal de él? ¿No será quizá porque las
cosas del lado izquierdo se te han puesto enfrente? Por eso las tienes
siempre delante de ti, y el que las toca, piense que no te ha tocado la mejilla,
sino la niña de tus ojos.
Capítulo 15
Por lo demás, cuídate de ti mismo, quienquiera que seas; si es que,
olvidando las cosas de la derecha, te esmeras en las de la izquierda, no sea
que te encuentres colocado con las cabras a su izquierda. Dura palabra,
hermano; no sin razón os habéis espantado. Pero no es menos necesario
prevenirse como estremecerse. Precisamente, mi Señor Jesús, colmados
todos los beneficios de su inestimable compasión para conmigo, toleró que
su lado derecho fuese traspasado por mí, porque deseaba darme de beber de
su lado derecho y disponer en él un refugio para mí. ¡Ojalá merezca yo ser
como una paloma que anide en los huecos de la peña, en las oquedades de
lado derecho! Pero ten en cuenta que él no sintió esta herida. Quiso recibirla
después de muerto, para prevenir que tú, mientras vivas, debes vigilar
siempre guardando este lado; es menester considerar como muerta el alma
que con una insensibilidad funesta oculte que le han herido en el lado
derecho.
Con razón se afirma que el corazón del hombre está a la izquierda, porque su
amor está inclinado siempre instintivamente hacia la tierra. Y lo sabía aquel
que gemía lastimosamente: Mi alma está pegada al polvo; reanímame con tus
palabras. Pero tampoco quería una resignación bajo esta tendencia de
nuestra condición humana por la pesadez del corazón. Por eso nos
amonestaba: Levantemos con las manos el corazón al Dios del cielo. Con
esto nos insinuaba resueltamente que lo cambiemos del lado izquierdo al
derecho. La milicia del mundo; hermanos, en el brazo izquierdo lleva
solamente el escudo. No les imitemos, si no queremos que nos consideren
como a ellos, que luchan por el mundo, no por Cristo. Ningún soldado en
activo se enreda en asuntos civiles. Es decir, que siempre se debe coger el
escudo con la izquierda, nunca con la derecha.
Capítulo 16
Sin embargo, hermanos, no olvidéis que ambos lados debemos cubrirnos. Su
fidelidad te cercará como escudo. Y el Apóstol dice: Con la derecha y con
la izquierda empuñamos las Armas de la honradez. De todas maneras,
escucha a la misma justicia, porque tal vez nos indica que no protejamos de
la misma manera a los dos lados. Por una arte, se nos manda: Amigos, no os
toméis la venganza; dejad lugar al castigo. Además; nos indica: No dejéis
resquicio al diablo. Y también: Resistid al diablo, y os huirá. Escucha
también cómo debes cubrir ambos lados: Procurad la buena reputación no
sólo ante Dios, sino ante la gente.
Lo que Dios quiere es que, haciendo el bien, no sólo consigáis disipar la
envidia de los malos espíritus, sino también tapéis la boca a la estupidez de
los ignorantes. Pero ¿necesitaremos siempre esta protección, porque el
escuadrón enemigo nos atacará de continuo y por ambos lados? No; llegará
un día en que no nos acometerán e incluso ni se mantendrán en pie. Caerán a
tu izquierda mil, y diez mil a tu derecha. Y entonces ya no tendrá nada que
hacer la malicia humana, ni temeremos a las miles de demonios, como si
fueran otras tantas bandadas de moscas o de gusanos. Como los hijos de
Israel después de atravesar el mar Rojo, contemplaremos los cadáveres de
los egipcios por doquier y las ruedas de los carros hundiéndose en lo
profundo. Y también nosotros, pero con mayor seguridad y gozo, cantaremos
al Señor, porque manifestó su gloria arrojando al mar a caballos y jinetes.
Amén.
Sermón octavo
Sobre el octavo verso: "Nada más mirar con tus
ojos, verás la paga de los malvados".
Capítulo 1
Os hablaría más brevemente, amadísimos, si pudiera hacerlo con más
frecuencia; creo que esto también vosotros habéis podido advertirlo alguna
vez. Pues, además del peso agobiante de cada jornada, hemos tenido que
soportar muchos días el molestísimo silencio de vuestro consuelo y aliento.
Por eso creo que nadie podrá extrañarse si, llevado del deseo de ganar
tiempo, el sermón, cuanto menos frecuente, debe alargarse más. Vaya por
delante este breve exordio para excusarme ante vosotros, a la vez, por la
prolijidad del sermón de ayer y por la brevedad del de hoy, pues me temo
que para algunos, uno u otro haya resultado menos grato, o más bien los dos.
Su brazo es escudo y armadura. No temerás el espanto nocturno, ni la flecha
que vuela de día, ni la peste que se desliza en las tinieblas, ni la epidemia
que devasta al mediodía. Caerán a tu izquierda mil, y diez mil a tu derecha; a
ti no te alcanzará.
A partir de aquí hemos expuesto en los sermones precedentes lo que la
misma Verdad se ha dignado brindarnos: cómo defiende al alma fiel ahora en
las tentaciones y después en las dificultades. Ambas cosas las menciona más
brevemente el Profeta en otro salmo: Con tu ayuda seré liberado de la
tentación; fiado en mi Dios, asaltaré la muralla. Si él es mi guía, ni al entrar
aquí encontraré tropiezos, ni al subir allí obstáculos. Quedan, pues,
representadas la constante salvación y la garantía de la plena liberación. Y
todavía añade una tercera promesa: Tú lo verás con tus propios ojos, como
oferta de una felicidad no pequeña. Porque caerán a tu izquierda mil, y diez
mil a tu derecha; a ti no te alcanzará. Tú lo verás con tus propios ojos. Te
ruego, Señor, que sea así. Caigan ellos, y no yo; sientan terror ellos, y no yo;
véanse defraudados ellos, y no yo.
Capítulo 2
Con toda evidencia y brevemente se nos confía aquí la inmortalidad del alma
y la resurrección del cuerpo. Cuando ellos caen abatidos, yo mismo seré
quien lo vea, y no se engañarán mis ojos al contemplar su último merecido.
Porque no dice simplemente con los ojos, sino lo verás ron tus propios ojos.
Con estos que ahora se debilitan y me abandonan por tantas aflicciones
mientras esperas en tu Dios. Realmente, hermanos, esperando, los ojos se
nublan de pesar. ¿Quién espera lo que ya ve? Esperanza de lo que se ve, ya
no es esperanza. Lo verás entonces con esos ojos que ahora ni te atreves a
levantarlos al cielo; con los mismos que en este entretanto se arrasan en
lágrimas tantas veces y se arrasan por la constante compunción. No creas
que te darán otros nuevos, porque los tuyos serán renovados. ¿Qué hablo yo
de los ojos, una parte tan pequeña del cuerpo humano, pero tan relevante y
maravillosa, si ni un solo cabello de nuestra cabeza se perderá? Esa es la
gozosa esperanza depositada en nuestro mismo seno por la promesa del que
es la fidelidad.
Capítulo 3
Tal vez se nos promete expresamente la visión de los ojos, porque el mayor
deseo del alma en esta vida parece ser la contemplación de la bondad.
Espero ver la bondad del Señor en el país de la vida. Desea que le abran a
la verdad suprema las ventanas más elevadas del cuerpo, porque anhela ser
guiado por la visión y no por la fe: Es cierto que la fe sigue a la escucha del
mensaje, y no a la visión. Además es anticipo de lo que se espera, prueba de
realidades que no se ven. Luego en la fe, como en la esperanza, nos falta a
visión; sólo nos sirve la escucha. Dice el Profeta: El Señor me abrió el oído;
pero algún día nos abrirá también los ojos. Y entonces ya no se nos pedirá:
Escucha, hija, inclina tu oído. Sino: Levanta ya tu mirada y Contempla.
¿Qué? El gozo y la dicha que atesora para ti tu Dios. ¿Qué más? No sólo eso,
que, a pesar de que no lo ves, puedes escuchar y creerlo, sino además lo que
ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imagina o; lo que Dios ha
preparado para aquellos que le aman. Después de la resurrección, los ojos
quedarán cautivados por todo lo que ni el oído ni el alma misma pueden
captar ahora. Pienso que, debido a este apasionado deseo sensible del alma
de ver o que oye y cree, un pregonero cualificado de la futura resurrección
menciona expresamente el sentido de la vista, diciendo: Después de que me
arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro; mis
propios ojos lo verán; y añade: El corazón se me deshace en el pecho!
Capítulo 4
Tal vez debamos considerar con mayor atención lo que acaba de decir: Mis
propios ojos, o como dice el salmo: Lo verás con tus propios ojos. ¿Es que
ahora puedo considerarlos cómo míos? En absoluto, no son míos. En algún
momento lo fueron, pues forman parte de la herencia que recibí del Padre.
Pero la guardé muy mal. Rápidamente la desbaraté. En un momento la
derroché. La ley del pecado se apoderó de todos los miembros y la muerte
entraba libremente por mis ventanas; yo mismo me hice esclavo suyo.
Esclavo desgraciado por cieno, pues no era ya siervo de otro hombre, sino
de una piara inmunda y cenagosa. Ni siquiera lo hacía en calidad de
jornalero, sino como el mayor esclavo. A no ser que alguien considere como
jornalero a quien se le niega hasta la comida; una comida peor aún que el
hambre. Porque deseaba comer las algarrobas de los cerdos, y nadie me las
daba: vivía para los cerdos, pero no compartía con los cerdos. Por último,
¿acaso eran míos los ojos cuando asolaban mi alma? Al fin, la misma
necesidad me obligó a rehusar el beneficio en manos del Señor, para que,
dada mi impotencia, él mismo lo reivindicase para si de la total tiranía.
Capítulo 5
Meditad, amadísimos, y percataos bien del poder que os ha liberado del
yugo insoportable del Faraón, pues va no presentáis vuestros miembros
como armas de iniquidad al servicio del pecado ni reina más en vuestro
cuerpo mortal. Hermanos, esto no podéis realizarlo por vosotros mismos: La
diestra del Señor es poderosa; sólo puede hacerlo el que tiene un poder
absoluto. No digáis: Nuestra mano ha vencido; reconoced que la mano de
Dios lo ha hecho todo para salvarnos y ser veraces. Y que nadie vacile en
tener la máxima cautela, porque corren días malos; nunca podemos estar tan
seguros que caigamos en la presunción de pretender tomar esta herencia suya
de manos de un tutor tan entrañable Y solícito para disponer de ella con una
libertad peligrosa y nociva. Pues el celo de tu Padre es para tu bien; no es un
recelo de rivalidad, sino una diligencia que lo dispone todo para reservarse
íntegra la hacienda, de modo que no la pierdas. Cuando por fin llegues a la
santa y maravillosa ciudad, en cuyas fronteras ha restablecido la paz, en la
que ya no hay por qué temer incursión alguna del enemigo, no sólo te
devolverá a ti mismo, sino además se te dará a sí mismo:
Mientras tanto aléjate de tus voluntades y no te apropies temerariamente de
tus miembros entregados a Dios, consciente de que, una vez consagrados a la
virtud, no se pueden utilizar, sin grave sacrilegio, para la vanidad, la
curiosidad, el placer y otras obras mundanas parecidas. Dice el Apóstol:
Sabéis muy bien que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en
vosotros porque Dios os lo ha dado. Y añade: Pero el cuerpo no es para la
fornicación. ¿Para quién entonces? ¿Acaso para ti? Sea para ti con toda
libertad, pero si eres capaz de salvarlo con tus propias fuerzas de la
violencia de la fornicación o, al menos, preservarlo. Pero, si quizá no
puedes y porque realmente no puedes, que no sea el cuerpo para la
fornicación, sino para el Señor. Vive consagrado a él, no sea que de nuevo
venga a ser un esclavo más degradado de la corrupción. Lo dice el Apóstol:
Hablo en términos humanos por lo flojos que estáis. Igual que antes cedisteis
vuestros cuerpos como esclavos a la inmoralidad para la inmoralidad total,
cededlo ahora a la honradez para vuestra consagración. Pero esto os lo digo
por nuestra debilidad, como nos lo ha advertido. Mas cuan o resucite fuerte
lo que sembró lo débil, ya no habrá necesidad alguna de esclavitud. Cuando
la seguridad sea libre y la libertad segura, se lo devolverá gustosamente.
¿No va a conceder plena libertad a su criado fiel este Padre de familia tan
generoso, si le confía todas sus posesiones?
Capítulo 6
Entonces lo verás con tus propios ojos si ahora admites fielmente que son
suyos y no tuyos. Primero, en razón de ese voto necesario a que nos hemos
referido, por el cual los miembros mismos, que de ninguna manera o rías
defenderlos de la tiranía del pecado, los entregaste a culto divino,
renunciando a tus propias voluntades. Pero, además, tampoco puedes pensar
que son tuyos tus ojos, ya que, si no reina, al menos reside en ellos una ley
hostil, o incluso prevalece y campea libremente la pena del pecado, tu
segundo enemigo. ¿Vas a llamar, por tanto, tuyo al cuerpo, si ya está muerto
por el pecado, o podrías asegurar que pertenece al alma, cuando no cesa de
oprimirla? El que desee llamarlo suyo, lo hará correctamente si lo cataloga
como su propia carga y prisión. Si no, ¿Cómo considerarás tuyos a unos ojos
que, quieras o no quieras, se rinden tan a menudo al sueño, los irrita el humo,
los hiere una brizna, se nublan por cualquier supuración, los martirizan
agudos dolores y termina cegándolos la muerte?
Sí, serán totalmente tuyos cuando todo esto desaparezca y puedas verlo todo
con tus propios ojos, abriéndolos a tu gusto con toda libertad y tranquilidad.
Ya no tendrás que apartarlos de las vanidades, porque verán la verdad en
toda su pureza; no subirá la muerte por sus ventanas, porque también su
hostilidad será vencida la última. ¿Temes, acaso, que sean deslumbrados
entonces por el fulgurante resplandor de cada justo que brillará como el sol?
Ciertamente, deberías temerlo si esos ojos tuyos no fueran glorificados por
la resurrección, al igual que los restantes miembros del cuerpo.
Capítulo 7
Verás la paga de los malvados. Eso constituirá, sin duda, un tormento
ignominioso para ellos y como la culminación de todos sus males. Tal vez se
viesen consolados de alguna manera si pudiesen eludir en sus tormentos el
ser reconocidos por aquellos a quienes perversamente persiguieron o, al
menos, escapasen de sus moradas. Pero aunque por este descubrimiento
nuestro les sobrevenga como un peso inmenso a su desgracia, ¿por qué
debemos mirarlos, qué interés o qué satisfacción podemos encontrar en ello?
¿Es que ahora juzgaríamos algo más irreligioso, inhumano y hasta execrable
que pretender recrearse contemplando el tormento de unos enemigos, por
inicuos que sean, y deleitarse con los suplicios de unos desgraciados Sin
embargo, el malvado, al verlo, se irritará, rechinarán sus dientes hasta
consumirse, porque los benditos del Padre serán llamados al Reino antes de
que los malditos sean echados camino del fuego; así, viendo lo que han
perdido, se intensificará su dolor. Y, al mismo tiempo, los justos lo verán
con gozo pensando de qué se han librado.
Esa abismal separación tendrá un doble efecto: los cabritos morirán de
envidia al ver a los corderos, mientras la contemplación de los malvados
será, para los elegidos, fuente de inmensa gratitud y alabanza. ¿Cómo
podrían los justos rendir una acción de gracias tan digna sino porque,
además de gozar de su impensable felicidad, contemplan el castigo de los
malvados? Así reconocen fielmente y con toda devoción que han sido
segregados de los pecadores por pura misericordia del Redentor. Por su
parte, los impíos se derretirán de envidia en su espíritu. ¿No será por ver
cómo otros son introducidos ante sus ojos en el Reino del gozo más pleno,
mientras ellos son condenados a gemir entre el hedor, el espanto, el tormento
del fuego eterno y el sufrimiento de una muerte inmortal? Allí será el llanto y
el apretar de dientes; llanto por el fuego que no se extingue, apretar de
dientes por el gusano que no muere. Llanto doloroso, rabioso apretar de
dientes. La crueldad de los tormentos dislocará el llanto; la misma fiereza de
la envidia devoradora y la maldad empecinada serán el desquiciamiento y el
rechinar de dientes. Por tanto, verás la paga de los malvados para que no
termines en ingratitud hacia tu libertador por desconocer tan gran riesgo.
Capítulo 8
Y todavía más: la paga de los malvados será perfecta seguridad para los
justos, porque jamás podrán temer va la maldad humana ni la diabólica;
caerán a su izquierda mil, y diez mil a su derecha. Pero no sólo verán que
caen ; los verán caer en el infierno. ¿Crees que ya nada podrían temer? ¿No
deben sospechar aún de aquella serpiente, la más astuta de todos los
animales? Recuerdan perfectamente cómo un día redujo a la mujer en el
paraíso. Pero ahora ven que su cuerpo es arrojado a las llamas de la
venganza y que se abre una inmensa sima para separarlos de ella.
Capítulo 9
Esta contemplación de los malvados te aportará una tercera ventaja:
comparándote con su deformidad, brillarás más nítida y gloriosamente. Lo
mismo sucede cuando se cotejan las cosas opuestas entre sí. Parece que
resaltan aún más sus cualidades; si acercas lo blanco a lo negro, la blancura
parece mayor, y la oscuridad más tenebrosa. Pero escucha una palabra
profética más segura: Goce el justo viendo la venganza. ¿Por qué así? Bañe
sus pies en la sangre de los malvados. No los contaminará con esa sangre,
sino que los lavará en ella. Lo que a uno le vuelve más infecto y sórdido, eso
mismo limpia y engalana más al otro.
Capítulo 10
Quizá ni en esta vida encontremos a alguien que no se impresione por
ninguna de estas tres razones. Ellas, son embargo, nos dan el motivo por el
que se reirá la Sabiduría ante la perdición de los malvados. Su palabra, que
no miente, nos lo desvela así: Os llamé, y rehusasteis; extendí mi mano, y no
hicisteis caso. Y más abajo: Pues yo me reiré de vuestra desgracia; me
burlaré cuando os alcance el terror, cuando os llegue como huracán la
desgracia. ¿Por qué creemos que la Sabiduría puede complacerse en la ruina
de los necios sino por la rectísima justicia de sus disposiciones y la
irreprochable ordenación de sus planes? Y lo que entonces cause
complacencia a la Sabiduría, necesariamente deberá satisfacer también a
todos los sensatos.
Por tanto, no pienses que te resultará duro verificar la realidad de esta frase:
Nada más mirar con tus ojos, cuando tú mismo has de reírte de la desgracia
de los malvados. Y no porque te alegres de la venganza con cierta crueldad
inhumana, sino por la belleza misma de la Providencia divina, que deleita,
mucho más de lo que se puede creer, al que es celoso de la divina justicia y
amante de la equidad. Cuando, iluminado por la verdad, descubras plena
claramente que todo ha concluido perfectamente y ha sido devuelto a su
propio lugar,; cómo no te vas a sentir a gusto meditándolo todo y alabando
por ello al que todo lo dispone? Con gran precisión afirmó Pedro que el hijo
de la perdición se marchó al lugar que le correspondía; se despeñó y reventó
por medio el cómplice de los espíritus malignos. Por eso, el cielo se negó a
acogerlo, y la tierra no pudo mantenerlo, por ser el traidor del verdadero
Dios y verdadero hombre, que bajó del cielo para consumar la salvación en
medio de la tierra.
Capítulo 11
Así, pues, lo contemplarás con tus ojos, verás la paga de los malva os.
Primero, por tu liberación; segundo, por tu total seguridad; tercero, por la
comparación; cuarto, por la perfecta emulación de la misma justicia. Porque
ya se acabó el tiempo de la misericordia y comienza el del juicio; no
podemos esperar entonces compasión alguna hacia los impías, si va es
imposible su enmienda, pues queda lejos esa sensibilidad de la delicadeza
humana, de la que el amor se sirve ahora oportunamente para la salvación,
como red que se extiende para recoger en su amplísimo seno toda clase e
peces, buenos y malos; esto es, las inclinaciones aceptables y las funestas.
Pero estamos faenando en el mar. Por eso se recogerá en la orilla solamente
a los buenos, alegrándose con los que están alegres, porque ya no podrá
llorar con los que lloran. De lo contrario, ;cómo juzgaremos nosotros el
mundo si no olvidásemos esta inclinación a la ternura y no nos metiera en su
bodega? Así quedó dicho: Entraré en las proezas del Señor; sólo recordaré,
¡oh Dios!, tu justicia.
Tampoco ahora se nos permite ser parcial ni para favorecer al pobre o
compadecerse de él en el juicio. Aunque sea sintiéndolo mucho, debemos
reprimir esta tendencia de la ternura y emitir la sentencia justa. ¡Cuánto más
entonces! Ya no puede entrometerse ningún conflicto ni ansiedad de espíritu,
porque tiene que cumplirse lo que está escrito: Sus jueces fueron absorbidos
uniéndose a la piedra.. Fueron absorbidos totalmente por su deseo de justicia
y por la firmeza de la Piedra, a la que se unieron imitándola. Unidos a la
Piedra, porque para seguirla únicamente a ella lo dejaron todo. Esto es lo
que la Piedra misma respondió a Pedro cuando le preguntó qué les tocaría a
ellos: Cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria también
vosotros os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Ya lo anunció también el Profeta: El Señor vendrá a juzgar con los ancianos
de su pueblo. ¿Esperas encontrar flexibilidad en los jueces solidarios con la
Piedra? Dice el Apóstol: El que está unido al Señor es un Espíritu ron él.
Así, el que se une a la Piedra, forma una roca con ella. Con razón suspiraba
el Profeta: Para mí, lo bueno es adherirme a Dios. Por eso, los jueces fueron
absorbidos uniéndose a la Piedra. ¿Qué favor tanta familiaridad!¡Qué
privilegio tanta confianza!¡Qué prerrogativa esta seguridad tan perfecta!
Capítulo 12
¿Puede pensarse algo más pavoroso, que desborde tanta ansiedad y tan
inquieta preocupación, como comparecer ante tan espantoso tribunal para
esperar una sentencia tan incierta de un Juez tan rígido? Es horrendo caer en
manos del Dios vivo. Juzguémonos ahora, hermanos, y tratemos de eludir
aquella terrible expectación mediante el juicio presente. Dios no juzgará dos
veces una misma cosa. Ya antes el juicio son palmarios tanto los pecados de
unos como los rectos afanes de los otros; de modo que, sin esperar a la
sentencia, se hundirán en los infiernos por el propio peso de los crímenes;
por el contrario, los justos, con toda la libertad de su espíritu, subirán
inmediatamente a las sillas que tienen reservadas.
¡Feliz la pobreza voluntaria de los que todo lo dejaron para seguirte sólo a
ti, Señor Jesús! ¡Feliz efectivamente, ya que los hace tan seguros e incluso
tan gloriosos entre el trepidante estruendo de los elementos, en el
amedrentador examen de los méritos y en el discernimiento tan exacto de los
juicios! Pero escuchemos ya la respuesta del alma fiel y devota a tantas
promesas; no pensemos que desconfía o que se fía más de lo conveniente.
Porque tú eres, Señor, mi esperanza. ¿Cabe algo tan sobrio y devoto? A no
ser que resulte tan oportuno como esta otra respuesta: Tomaste al Altísimo
por defensa. Pero perdonadme, hermanos, que hoy también me he
sobrepasado algo los límites de la brevedad que os había prometido.
Sermón noveno
Sobre el verso noveno: "Porque tú eres, Señor, mi
esperanza. Hiciste del Altísimo tu refugio".
Capítulo 1
Escuchemos hoy también, hermanos, algo sobre la promesa del Padre, la
expectación de los hijos, el término de nuestra peregrinación, el precio de
nuestros trabajos, el fruto de la cautividad. Dura es, por cierto, esta
cautividad. No la normal que sufrimos por e hecho de ser hombres, sino esa
otra que nosotros mismos hemos elegido: mortificar nuestras propias
voluntades y empeñarnos en perder hasta la propia vida en este mundo, entre
los grilletes de rígidas observancias, en esta cárcel de dura penitencia.
Esclavitud miserable de verdad si se abraza por coacción y no libremente.
Pero como ofrecéis a Dios un sacrificio voluntario y violentamos
voluntariamente la voluntad, es que existe por medio una razón: la razón
suprema por excelencia. ¿Puede pesarnos lo que hagamos por él, aunque nos
resulte difícil y trabajoso?
A veces, la misma contrariedad del esfuerzo provoca compasión; pero,
mirando a sus motivaciones, suscita una felicitación, mucho más si todas las
buenas obras se realizan no sólo por Dios, sino gracias a Dios. Porque es
Dios quien activa en vosotros ese querer y ese actuar que sobrepasan la
buena voluntad. El es el autor y el remunerador de la obra, él es la
recompensa total. Así, ese Bien sumo, cuya simplicidad es tan perfecta en sí
misma, viene a ser en nosotros la causa de todos los bienes, la eficiente y la
final. Felices, amadísimos, porque, bajo el peso de todos estos trabajos, no
ya os mantenéis firmes, sino que lo superáis todo gracias al que os amó. ¿No
es también por él? Evidente. Ya lo dice el Apóstol: Si los sufrimientos de
Cristo rebosan en vosotros, gracias al Mesías rebosa en proporción vuestro
ánimo.
Capítulo 2
Por Dios es una expresión muy común y trivial. Pero, cuando no se usa
superficialmente, es muy profunda. Brota con frecuencia de la boca de los
hombres, aun cuando consta que su corazón está muy lejos de esas palabras.
Todos piden limosna por Dios, todos suplican auxilio por Dios. Pero es muy
corriente pedir por Dios lo que Dios no quiere, porque no se desea por Dios,
sino precisamente contra Dios. Sin embargo, es una expresión viva y eficaz
cuando, como debe ser, brota desbordante de una profunda piedad y de la
más pura intención del espíritu; no maquinalmente, por rutina o por simple
convencionalismo para convencer a otro. El mundo pasa, y su codicia
también. Y se comprobará la inutilidad e inestabilidad de su firmeza cuando
desaparezca el afán por cuya causa se ha desvivido. Pues, al evaporarse su
mismo estímulo, desaparece con él todo cuanto en él se apoyaba. Por eso, el
que cultiva los bajos instintos, de ellos cosechará corrupción, porque toda
carne es heno, y su belleza como flor campestre; se agosta la hierba y se
marchita la flor. Unicamente el ser por esencia es causa que nunca falla y no
flor del campo, sino Palabra de Dios que dura por siempre. El mismo lo
dice: El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.
Capítulo 3
Fuisteis inteligentes, amadísimos, eligiendo con gran acierto manteneros en
la senda establecida, atentos a la voz de su boca para sembrar donde no
puede perderse el más insignificante grano de vuestra semilla. Pues quien
siembre mezquinamente, no dejará de cosechar, pero segará mezquinamente.
El que cosecha recibe su recompensa. Y ya sabemos quién prometió que no
quedará sin paga de justo ni siquiera el que dé un vaso de agua fresca al
sediento. Si la misma medida que uséis la usarán con vosotros, ¿será igual la
recompensa de quien no sólo dio un vaso de agua fresca, sino que,
derramando su sangre, bebió el cáliz de la salvación que le presentaron? No
se trata de un vaso de agua, sino del cáliz rebosante y embriagador, lleno de
vino puro drogado. Sólo mi Señor Jesús, el único totalmente limpio, tuvo un
vino puro y puede sacar pureza de lo impuro.
Sólo él tuvo vino puro, y por su divinidad es sabiduría que lo atraviesa y lo
penetra todo y nada inmundo le contamina. Porque en su humanidad no
cometió pecado ni encontraran mentira en su boca. Sólo él fue el único que
sufrió la muerte sin contraerla por su propia naturaleza, sino por la opción
de su libertad; no lo hizo por interés propio, pues no necesita nuestros
bienes, ni para recompensar un favor con otro favor. El dio la vida por sus
amigos sólo para rescatarlos, para transformar en amigos a los enemigos.
Cuando aún éramos pecadores, nos reconcilió por la sangre de su Hijo. O
mejor, murió por los amigos no porque le amaron, sino porque él ya los
amaba. En esto consiste la gracia: no en que nosotros amáramos a Dios, sino
en que él las amó mucho antes. ¿Quieres saber con cuánta antelación?
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por medio del
Mesías nos ha bendecido desde el cielo con toda bendición del Espíritu.
Porque nos eligió con él antes de crear el mundo. Y añade poco después:
Agraciándonos por medio de su Hijo querido. ¿Cómo no iba a queremos en
él, si él nos eligió? ¿Cómo no vamos a contar con su gracia, si la hemos
recibido en él? Para esto murió a su tiempo por los culpables; pero, debido a
la predestinación, murió por sus hermanos y amigos.
Capítulo 4
En cualquier caso, el vino puro es suyo y de él solo. Ninguna otra persona se
atreverá a negar que no se le pueden aplicar a ella estas palabras del
Profeta: Tu vino está aguado. Primero, porque nadie se ve limpio de
impureza; nadie puede presumir de que su corazón es totalmente puro.
Segundo, porque todos debemos pagar necesariamente el tributo de la
muerte. Tercero, porque entregar la vida por Cristo es un atajo para llegar a
la vida eterna. ¡Ay de nosotros si nos avergonzáramos de dar este testimonio!
Cuarto, porque a un amor tan grande como el que nos ha mostrado y
dispensado por pura gracia, sólo podemos corresponder con un amor
desigual y lánguido.
Sin embargo, no desprecia esa mezcla sin mixtura. Por eso, el Apóstol
afirma confiadamente que va completando en su carne mortal lo que falta a
los sufrimientos de Cristo. Aunque a los llamados se tes dará a todos por
igual el mismo denario de la vida eterna, hay diferencia entre el resplandor
del sol, el de la luna y el de las estrellas; y sucede igual en la resurrección
de tos muertos. La casa es la misma, pero tiene diversos aposentos con
respecto a la eternidad y su bienestar. De modo que al que recogía mucho no
le sobraba y al que recogía poco no le faltaba. Mas con respecto a la
superioridad y a la diferencia de los méritos, dependerá de lo que cada cual
haya trabajado y no se perderá absolutamente nada de cuanto se haya
sembrado en Cristo.
Capítulo 5
Os he dicho esto, hermanos, para que valoréis la gracia de esa afirmación
tan espiritual que hoy nos corresponde contemplar: Porque tú eres, Señor, mi
esperanza. En todo lo que debemos hacer, en todo lo que debemos evitar, en
todo lo que debemos sufrir y en todo lo que debemos decidir, tú eres, Señor,
mi esperanza. Esta es mi única razón para confiar en todas las promesas y la
única base de toda mi expectación. Otro recurrirá a sus méritos, se jactará de
haber cargado con el peso del día y del calor, dirá que ayuna dos veces por
semana y hasta se gloriará de no ser como los demás. Mas para mi lo bueno
es estar junto a Dios, hacer del Señor mi esperanza.
Esperen otros en otras cosas; quizá alguien confíe en el saber de las
ciencias, o en la sagacidad mundana, o en cualquier otra vanidad; yo tengo
por pérdida y basura todas estas cosas, porque tú eres, Señor, mi esperanza.
Quien lo prefiera, que ponga su confianza en riquezas tan inciertas; pero yo
no espero ni siquiera mi ración de pan sino de ti, fiándome de tu palabra, por
la que todo lo he abandonado. Buscad primero que reine su justicia, y todo
eso se os dará por añadidura. Porque a ti se encomienda el pobre, tú eres el
socorro del huérfano. Si me halagan con premios, esperaré conseguirlos de
ti. Si un ejército acampa contra mí, si se enfurece el mundo, si brama el
maligno, si la carne codicia contra el espíritu, yo esperaré en ti.
Capítulo 6
Saborear esto, hermanos, equivale a vivir de la fe; sólo podrá decir de
corazón: Porque tú eres, Señor, mi esperanza, aquel a quien interiormente e
mueva el Espíritu a volcar en Dios sus afanes, convencido de que Dios lo
sustentará, tal como lo dice también el apóstol Pedro: Descargad en Dios
todo agobio, que a él le interesa vuestro bien. ¿Para qué, si lo sabemos; para
qué vacilamos en desechar toda esperanza vil, vacía, inútil, seductora, y no
ambicionamos únicamente esta esperanza tan segura, tan completa y tan feliz
con toda la devoción del alma y con todo el fervor del espíritu? Si fuese
para él imposible o difícil alguna cosa, busca otro en quien confiar. Pero
todo lo puede con su Palabra. ¿Hay algo más trivial que decir una palabra?
Cierto; pero no quiero que concibas así su Palabra. Si decretó salvarnos,
seremos liberados siempre; si quiere darnos la vida, la vida está ya en su
voluntad; si desea concedernos los premios eternos, puede hacerlo. Quizá no
dudes de que lo puede precisamente; pero ¿sospechas de su voluntad de
hacerlo? También son manifiestos los testimonios acerca de sus designios.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.
¿Podrá jamás abandonar al que espera en él esa majestad que con tanto
empeño nos amonesta a que confiemos en él? Está muy claro que no dejará
plantados a quienes esperan en él. El Señor los protege y los libra, los libra
de los enemigos y las salva. ¿Por qué razones, por qué méritos? Escucha lo
que dice a continuación: Porque se acogen a él. Motivo muy amable, pero
eficaz y además irrevocable. Ahí está, sin duda, la salvación; pero nace de la
fe, no de la ley. En cualquier tribulación en la que clamen a mí los escucharé.
Enumera, pues, tus tribulaciones. Según su número, tu alma recibirá otros
tantos consuelos, con tal de que no recurras a otro, siempre que fe invoques a
él y en él esperes; si es que no eliges como refugio algo ridículo y terreno,
sino al Altísimo. ¿Quién esperó en el y quedó abandonado? Es más fácil que
pasen el cielo y la tierra que sus palabras.
Capítulo 7
Porque hiciste del Señor tu refugio, dice el salmo. Y no se acercará allí el
tentador, no subirá allí el calumniador, no llegará allí el acusador de
nuestros hermanos. Recordad que al comienzo del salmo se dice esto del que
mora al amparo del Altísimo, refugiándose en él ante la debilidad del
espíritu y en la tormenta. Porque se siente una doble necesidad de refugiarse:
contiendas por fuera y temores por dentro. Sería menor esta necesidad de
huir si la fuerza interior resistiese firmemente los asaltos exteriores y la
propia debilidad se robusteciese con la paz interior. Porque hiciste del
Señor tu refugio.
Hermanos, huyamos allá con frecuencia; en aquel alcázar no podemos temer
a ningún enemigo. ¡Ojalá pudiéramos permanecer más en él! En esta vida no
es factible. Pero lo que ahora es sólo un refugio terminará siendo una tienda;
una tienda sempiterna. Entre tanto, aunque no se nos permita quedarnos,
debemos refugiarnos allí con frecuencia. En toda tentación, en toda
tribulación y en cualquiera otra necesidad tenemos abierta la ciudad de
refugio y nos acoge el seno materno; nos aguardan los huecos de la peña y se
nos manifiesta la entrañable misericordia de nuestro Dios.
Capítulo 8
Creo, hermanos, que podría ser ya suficiente todo lo dicho como comentario
de este verso si el Profeta se hubiese expresado como en algunos otros
salmos: Porque en ti he esperado. Pero dice: Tú eres, Señor, mi esperanza.
Porque no sólo espera en él, sino que le espera a él. Y es que el objeto de la
esperanza, en sentido más estricto, es lo que esperamos y no aquello en que
esperamos. Hay algunos que desean alcanzar del Señor algunos bienes
materiales o espirituales. Pero el amor perfecto sólo ansía el sumo bien y
exclama con toda la vehemencia de su anhelo: ¿No te tengo a ti en el cielo. Y
contigo, ¿qué me importa la tierra? Se consume mi corazón por Dios, mi lote
perpetuo.
Hoy nos lo realzaba en pocas palabras, pero preciosamente la lectura del
profeta Jeremías: E Señor es bueno para los que en él esperan y para el alma
que lo busca. Subrayemos el detalle de la diferencia de número en la misma
frase: el verbo "esperar" está en plural, como si fuera algo común a muchos;
pero el verbo buscar en singular, porque corresponde a una pureza singular,
a una gracia singular, a una perfección singular, propia de quien, además de
esperarlo todo de Dios, a nadie busca sino a él. Si su bondad es grande con
los primeros, ¿cuánto mayor no será con éstos?
Capítulo 9
Con razón, pues, se dice al alma que lo busca: Hiciste del Altísimo tu
refugio. Porque, si tiene tal sed de Dios, no desea hacer tres chozas, como
Pedro en el monte terrenal, o tocarle, como María en esta vida, sino que
exclama rotundamente: Date prisa, amor mía, como el gamo, como el
cervatillo por las lomas de Betel. Porque ha oído sus palabras: Si me
amarais, os alegraríais de que me vaya con el Padre, porque el Padre es más
que yo. También le escuchó: Suéltame, que aún no estoy arriba con el Padre.
Y, conociendo este consejo celestial, dice con el Apóstol: Aun cuando hemos
conocido a Cristo según la carne, añora ya no lo conocemos así. Por las
lomas de Betel, dice; esto es, por encima de todos los principados y
potestades, ángeles y arcángeles, querubines y serafines, pues no hay otros
montes, sino ésos; en la casa de Dios, que eso significa Betel. Es decir, en la
derecha del Padre, don e va el Padre no es más que él; en la derecha del
Altísimo, deseando poseer al Coaltísimo. Esta es la vida eterna: reconocer
al Padre como único Dios verdadero, y a su enviado Jesucristo, verdadero
Dios y uno con él, soberano y bendito por siempre. Amén.
Sermón décimo
Sobre el verso décimo: "No se te acercará la
desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda".
Capítulo 1
No es una opinión mía ni nueva para vosotros, sino una sentencia
conocidísima, la siguiente afirmación: sobre algunos aspectos de nuestra fe
se puede conocer más fácilmente e ignorar con mayor riesgo aquello que no
es que lo que es en sí. Y pienso que podemos decir exactamente lo mismo
con toda propiedad acerca de la esperanza. Porque el espíritu humano, por
su experiencia de tantos males, comprende mucho más fácilmente aquello de
lo que se verá libre que aquello de lo que va a gozar. Sin duda hay un
parecido como de hermanos entre la fe y la esperanza: lo que la primera cree
como algo futuro, la otra comienza ya a esperárselo para un más allá. Con
razón, el Apóstol definió la fe como anticipo de lo que se espera, pues nadie
puede esperar lo que no cree, como nadie puede pintar sobre el vacío. Y es
que la fe exclama: Dios ha reservado magníficos e impensables bienes para
los fieles. Y contesta la esperanza: Son para mí. Pero tercia el amor y dice:
Corro a por ellos.
Mas, como ya he dicho, es dificilísimo y hasta imposible conocer la
naturaleza de esos bienes a no ser que lo revele su mismo Espíritu, según
aquello del Apóstol: El ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha
imaginado lo que Dios ha preparado ara los que le aman. Y esto por muy
perfecto que sea el hombre mientras viva en este cuerpo mortal, ya que aquí
puede darse, por así decirlo, una imperfecta perfección. De lo contrario, no
diría el Apóstol: Cuantos somos perfectos tengamos estos sentimientos,
aunque acababa de confesar: No es que ya lo haya obtenido porque sea ya
perfecto. Por eso, el mismo Pablo se ve obligado a reconocer: Ahora vemos
confusamente en un espejo, mientras entonces veremos cara a rara.
Lo que más se le recomienda al hombre con cariño y fecunda insistencia es
precisamente aquello para lo cual se reconoce más capaz en esta vida.
Efectivamente, es propio de los afligidos considerar como la cumbre de la
felicidad el liberarse de todo sufrimiento y situar la dicha perfecta en la
carencia de toda desgracia. Por eso dice el Profeta en el salmo: Alma mía,
recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo. Y, sin enumerar los demás
favores recibidos para su felicidad, continúa: Arrancó mi alma de la muerte;
mis ojos, de las lágrimas; mis pies, de la caída. Claramente insinúa con estas
palabras la paz y el beneficio tan grande que supone para él verse liberado
de tribulaciones y peligros.
Capítulo 2
Lo que hoy nos corresponde comentar sobre el salmo 90 guarda una analogía
con esta afirmación. No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta
tu tienda. Este verso, a mi parecer, es muy fácil de comprender, como quizá
algunos ya lo habéis hecho. Pues no sois tan rudos ni carecéis de sentido
espiritual para no distinguir instintivamente entre vuestra propia alma y
vuestra tienda, o sea, entre la desgracia y la plaga. Porque escuchasteis al
Apóstol decir que, cuando ya haya competido en noble lucha, será demolida
en seguida su tienda. ;Pero será necesario recordar las palabras del Apóstol?
¿Es que un soldado puede desconocer su tienda o tiene que aprender de la
experiencia ajena? Hay algunos que de sus tiendas hicieron un domicilio de
vergonzosa cautividad porque no luchan dentro de ellas, sino que llevan una
vida de esclavitud indigna.
Es de lo más ridículo que algunos hasta se pierdan de tal manera y lleguen a
tal degradación y locura espiritual, que parezcan obsesionados
exclusivamente por esta tienda suya exterior. ¿Qué podemos pensar? Que no
sólo desconocen a Dios, sino que se ignoran a sí mismos. Muertos en su
corazón, consumen todo su afán en su propia carne y valoran su tienda como
si creyeran que jamás puede desmoronarse. Pero no; se derrumbará sin
remedio y, además, muy pronto.
¿Acaso no dejan entrever que se ignoran a sí mismos quienes así se entregan
a la carne y a la sangre como si creyesen que no existe absolutamente nada
más? En vano han recibido su alma, porque incluso no saben que la tienen.
Si apartas el metal de la escoria, dice el Señor, serás mi boca. Esto es : si te
esfuerzas por distinguir entre tu realidad interior y la exterior, de modo que
no temas la plaga de tu tienda más que la de gracia de ti mismo. Entendiendo
por desgracia la aludida en estas palabras: Apártate del mal y haz el bien.
Ese mal que quita la vida a su propia vida, que crea una separación entre
Dios y tú; ese mal que cuando reina, como un cuerpo sin alma, deja al alma
sin Dios, muerta del todo en sí misma, igual que aquellos de quienes hablaba
el Apóstol que vivieron sin Dios en el mundo.
Capítulo 3
Pero no pretendo decirte que odies tu propio cuerpo, ni mucho menos.
Amalo como un regalo de colaboración, destinado a ser el compañero de tu
felicidad eterna. Por lo demás, ame el alma al cuerpo, pero sin creer que
debe reducirse a ser carne, no sea que le diga el Señor: Mi Espíritu no
durará siempre en el hombre puesto que es de carne. Ame el alma a su
cuerpo, pero atienda mucho más a su propia vida. Ame Adán a su propia
Eva, pero no la ame obedeciendo más su voz que a la de Dios. Porque
tampoco le trae cuenta al cuerpo que lo ames de tal forma que, por evitarle
ahora el golpe de la corrección paternal, le almacenes para luego la ira de la
eterna condenación. Camada de víboras, dice Juan, ¿quién os ha enseñado a
vosotros a escapar del castigo inminente? Dad el fruto del arrepentimiento.
Como si dijera más claramente: Rendidle homenaje al Señor, no sea que se
irrite. Palos y castigos meten en razón para que no os triture el mazo.
¿Cómo pueden decirnos los hombres carnales; Vuestra vida es una crueldad,
porque no perdonáis a vuestro cuerpo? -Concedido. No perdonamos a la
semilla. ¿Pero podríamos ser más indulgentes con ella? ¿Qué es mejor? ¿Que
se renueve y multiplique en la tierra o que se pudra en el hórreo? ¡Ay!, se
pudrieron los jumentos en el estiércol. ¿Así de indulgentes sois vosotros con
vuestro cuerpo? Sí; nosotros seremos crueles ahora porque no le
perdonamos, pero vosotros sois mucho más crueles precisamente porque le
perdonáis. Puesto que ya en el presente nuestra carne descansa en la
esperanza, pero vosotros os veréis obligados a contemplar toda la ignominia
que soporta la vuestra en esta vida y la miseria que le aguarda en la futura.
No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará a vuestra tienda. Aquí se
prometen al justo como dos investiduras y cierta inmortalidad doble. ¿Cuál
es la causa de la muerte sino la separación del alma y del cuerpo? Por eso se
le llama al cuerpo exánime cuando ya es un cadáver. ¿Por qué se produce
esta separación sino por las debilidades presentes, por la intensidad del
dolor, por la alteración del cuerpo, por el castigo del pecado? Con sobrada
razón, nuestra carne teme y siente repugnancia ante la plaga. De ella
proviene ese divorcio demasiado amargo del alma misma, cuya compañía le
brinda al cuerpo tanto gozo y honor. Pero mientras no se vea renovada debe
soportarlo provisionalmente, le guste o le disguste. Conviene sufrirlo para
que te liberes totalmente y no llegue después la plaga hasta tu tienda.
Capítulo 4
Como antes recordábamos y conviene tenerlo siempre presente, Dios es, sin
embargo, la verdadera vida del alma. Quien los separa a ambos es e mal;
pero el mal del alma, que no es otro sino el pecado. ¡Hala, hermanos! A
tontear, a pasarlo bien durmiendo ociosamente con dos serpientes, vecinas
nuestras y dispuestas a quitarnos las dos vidas: la del cuerpo y la del
corazón. ¿Cómo podemos dormir tranquilos? Semejante abandono en tan
grave peligro, ¿no delata una pérdida total de la esperanza más que nuestra
seguridad?
Deberíamos desear seriamente vernos libres de ambas cosas; pero
tendremos que precavernos ante el pecado más que del castigo por el pecado
y eludir la desgracia con mayor vigilancia que la plaga, ya que es más
nocivo y mucho más siniestro para el alma separarse de Dios que alejarse
del cuerpo. Apenas se quite de en medio toda clase de pecado, al
desaparecer la causa, se disipará también su efecto. Y así como no podrá ya
acercársete la desgracia, tampoco la plaga podrá llegar hasta tu tienda; es
decir, el castigo estará tan lejos del hombre exterior como del hombre
interior la culpa. Porque no dice: No habrá en ti desgracia o plaga en tu
tienda, sino: la se te acercará, no llegará.
Capítulo 5
Pensemos que hay hombres en quienes no sólo habita el pecado, sino que
reina en ellos. Ya no es posible que lo tengan más cerca ni más entrañado en
su interior, a no ser cuando llegue a dominarlos hasta tal extremo que no
dejen de poseerlos de manera alguna. Hallaremos otros en quienes todavía
permanece el pecado, pero ya no prevalece en ellos o no los domina. En
cierto sentido ha quedado envuelto, pero no arrojado; abatido, pero no
expulsado. Sabemos que al principio no era así, porque antes de la primera
transgresión del mandato no sólo no reinó el pecado en nuestros primeros
padres; ni siquiera existió. Sin embargo, parece que incluso entonces lo
tenían cerca, puesto que penetró tan pronto. Y hasta les amenazaba con el
castigo concreto del pecado. Es más: lo tenían como a la puerta, aunque
todavía no penetrara en los cuerpos, cuando les dijo: El día en que comáis
del árbol del bien y del mal tendréis que morir. ¡Dichosa expectación y
aparición gloriosa la nuestra! Porque la resurrección será mucho más
glorificadora que nuestra situación anterior: jamás podrá reinar o habitar en
nuestra alma ni culpa ni desgracia, ni plaga ninguna. No se te acercará la
desgracia ni la plaga llegará hasta tu tienda. Nada tan lejano para nosotros
como aquello que no puede ni siquiera acercarse nunca.
Capítulo 6
Pero ¿qué hacemos, hermanos? Temo ser descubierto, porque nuestro gran y
común Abad, mío y vuestro, determinó que a estas horas nos dediquemos al
trabajo manual y no a escuchar sermones. Pero confío que su bondad nos
disculpe, porque recordará precisamente aquella piadosa trampa que el
monje Román hacía para servirle durante tres años cuan o vivía escondido
en la cueva, como podemos leerlo: Hurtaba piadosamente unas horas a la
vigilancia de su abad y en días convenidos llevaba a Benito el pan que a
hurtadillas podía sustraer de su comida. Yo sé ciertamente, hermanos, que
muchos entre vosotros gozan de abundante delicia espiritual y que
personalmente no me privo de lo que a vosotros os entrego. Al contrario, lo
comparto con vosotros para saborear mejor y con mayor garantía todo lo que
Dios me da. Porque este sustento no mengua repartiéndolo, más bien aumenta
al servirlo.
Incluso ellos me lo mandan, aunque de ningún modo quieren que se me
permita hacerlo sin discriminación alguna. Reconocen que en mi caso existe
un motivo y una especial oportunidad, pues ahora no estaría hablándoos si
pudiera trabajar con vosotros. Lo cual haría más eficaz mi palabra, y así mi
conciencia lo asumiría mejor. Pero no me es posible por culpa de mis
pecados y por tantas enfermedades de este mi oneroso cuerpo, como bien
sabéis, Y por la premura de mi tiempo. ¡Ojalá merezca entrar, aunque sea el
último, en el Reino de Dios, a pesar de que no cumplo lo que predico!
Sermón undécimo
Sobre el verso undécimo: "Porque a sus ángeles ha
dado órdenes para que te guarden en sus
caminos".
Capítulo 1
Escrito está, y con verdad escrito, que no hemos sido aniquilados gracias a
las misericordias del Señor, porque no nos entregó a la saña de nuestros
enemigos. Vela incansable sobre nosotros, alerta la mirada de su especial
clemencia; no duerme ni reposa el guardián de Israel. Y cómo lo
necesitamos, pues tampoco duerme ni reposa el que combate contra Israel.
Pero él cuida de nosotros y se interesa por nuestro bien, mientras que el
ladrón sólo quiere matar y perdernos, volcando todo su afán en conseguir
que no se convierta jamás el que ya se desvió. Entre tanto, nosotros o no
hacemos caso o apenas tenemos en cuenta la majestad del defensor que nos
protege con sus desvelos y nos colma de beneficios, ingratos como somos a
su gracia o, mejor, a sus innumerables gracias con las que nos sale al paso y
nos ayuda.
Unas veces, él mismo nos inunda de luz, o nos visita valiéndose de los
ángeles, o nos instruye mediante otros hombres, o nos consuela y enseña con
as Escrituras. Todas las Escrituras antiguas se escribieron para enseñanza
nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las
Escrituras mantengamos la esperanza. Bien dice para enseñanza nuestra, de
modo que por nuestra paciencia mantengamos la esperanza. Ya en otro lugar
se nos advierte: La sabiduría el hombre se conoce por su paciencia. Porque
la paciencia produce entereza, y la entereza esperanza. ¿Pero será posible
que nosotros mismos nos desasistamos, que nosotros mismos nos
descuidemos? ¿Vamos a ser unos negligentes porque nos socorran por todas
partes? Por eso mismo deberíamos vigilar con mayor tensión. Pues no se
preocuparían tanto de nosotros, lo mismo en el cielo que en la tierra, si no
nos cercaran tantas necesidades; no nos cuidarían tantos centinelas si no se
multiplicaran tantas asechanzas.
Capítulo 2
Felices por ello esos hermanos nuestros que va han sido liberados de la red
del cazador; que pasaron del campamento de los combatientes a los atrios de
los que descansan y, superado todo temor, se instalaron personalmente en la
esperanza. A cada uno de ellos y a todos ellos juntos se les dice: No se te
acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda. Debes pensar que
esto no se promete al hombre dirigido por los bajos instintos, sino al que,
viviendo en la carne, es llevado por el Espíritu. Pues no hay manera de
distinguir entre su tienda y su persona; todo en el es confusión, como buen
hijo de Babilonia. En definitiva, un hombre así es de carne, y el Espíritu no
habita en él.
¿Cuándo puede ausentarse el mal de un hombre en cuyo espíritu no vive el
espíritu del bien? Consecuentemente, donde está asentado el mal, deberá
hacerse presente la desgracia. Porque siempre van juntos la maldad y su
castigo. No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda.
Maravillosa promesa. ¿Pero cómo podremos soñar con ella? ¿Como huir de
la desgracia y de la plaga, cómo evadirme, cómo alejarme para que no se me
acerquen? ¿Con qué méritos, con qué estrategia, con qué poder? Porque a sus
ángeles ha dado órdenes para que te guarden en todos tus caminos. ¿Y cuáles
son estos caminos? Los que te alejan del mal, los que te permiten escapar de
la ira futura. Hay muchos caminos y de muchas clases; y ése es un gran
peligro para el caminante. Con tantas encrucijadas fácilmente se extraviará
de su camino el que no sepa distinguir las sendas. No mandó a los ángeles
que nos guarden en todos los caminos, sino en todos nuestros caminos.
Porque hay unos caminos de los que nos deben guardar y otros en los que no
lo necesitamos.
Capítulo 3
Por tanto, hermanos, conozcamos bien nuestros caminos; estudiemos además
los caminos de los demonios y busquemos los caminos de los espíritus
bienaventurados y los caminos del Señor. Abordo ahora un tema que me
supera. Vosotros me ayudaréis con vuestras oraciones para que Dios me abra
el tesoro de su saber y acepte la ofrenda de mis labios. Los caminos de los
hijos de Adán llevan hacia donde los arrastran la necesidad y el ímpetu del
deseo. Pasión y necesidad nos impulsan, tiran de nosotros. Sólo hay una
diferencia: que la necesidad simplemente urge, mientras la pasión arrebata
con violencia. Por su parte, la necesidad debe atribuirse, al parecer,
simplemente al cuerpo. Su meta es muy compleja; su camino da muchos
rodeos, presenta muchas dificultades y poquísimos atajos, si es que tiene
alguno. ¿Quién ignora que la necesidad del hombre es realmente tan diversa?
¿Quién será capaz de explicar esta diversidad? Lo sabemos por la misma
experiencia, nos lo da a conocer su mismo tormento. De ahí puede deducir
cada cual por qué se ve apremiado a exclamar: Señor, sácame de mis
necesidades, no de mi necesidad.
Todo el que no escuche con oídos sordos las sentencias del Sabio, no sólo
deseará que le saquen del camino de la necesidad, sino, además, de las
sendas de la pasión. ¿Pues qué dice? No sigas tus caprichos. Y a
continuación: No vayas detrás de tus deseos. Aunque ambas cosas son malas,
es mucho mejor seguir el impulso de la necesidad que el de la pasión. La
primera es muy compleja, pero ésta es mucho más amplia y, por carecer de
medida, lo abarca todo. Porque la pasión radica en el corazón; por eso es
tanto más universal, cuanto mayor es la diferencia entre el cuerpo y el alma.
Finalmente, éstos son los caminos que le parecen buenos al hombre, pero
acaban sumergiéndolo en lo profundo del infierno.
Encontraste os caminos del hombre. Pero mira bien si no se habrá dicho de
ellos lo que sigue: En sus caminos, la aflicción y la desgracia.
Efectivamente, la necesidad implica aflicción, y la pasión, desgracia. ¿Por
qué es una desgracia la pasión, es decir, la negación de la felicidad ansiada?
¿Y si uno cree que le sonreirá la felicidad apetecida cuando le inunden las
riquezas? Pues por eso mismo será menos feliz. Cuanto mayor sea la pasión
con que se abraza a la infelicidad, más se ahoga y más le devora. ¿Qué
desgraciados son los hombres por esta falsa y falaz felicidad! ¡Ay del que
dice: Soy rico y no necesito de nadie, cuando en realidad es un obre,
desnudo, mísero y miserable! La necesidad nace en la debilidad del cuerpo;
el deseo proviene del vacío y olvido del corazón. Por eso mismo mendiga el
alma lo ajeno, porque se ha olvidado de comer su pan; por eso anhela las
realidades terrenas, porque no piensa para nada en las celestiales.
Capítulo 4
Veamos ahora las sendas de los demonios. Veámoslas y alejémonos de ellas.
Veámoslas y huyamos, porque son caminos de soberbia y obstinación.
¿Queréis saber por qué lo sé? Contemplad a su caudillo: así son sus siervos.
Pensad de dónde parten sus caminos. De repente se lanzó hacia la soberbia
más cruel, diciendo: Me sentaré en el monte de la asamblea, en el vértice del
cielo. Me igualaré al Altísimo. ¿Qué pretensión tan nefasta y temeraria! ¿O
no han fracasado los malhechores, y, derribados, no se pueden levantar?
Debido a su soberbia fracasaron, y el que cayó por su obstinación se acostó
para no levantarse. Su espíritu se aleja por la soberbia, y por su obstinación
nunca vuelve. Es impresionante la presunción de los espíritus malignos, pero
no lo es menos su obstinación, porque su soberbia siempre aumenta más y
más; por eso jamás se convertirán. Porque rechazaron volverse del camino
de la soberbia, cayeron en la senda de la obstinación.
¡Qué perverso y envilecido es el corazón humano cuando sigue las huellas de
los demonios y entra en sus caminos! Toda la estrategia de los espíritus
malignos contra nosotros se basa en seducirnos, en meternos por sus caminos
y llevarnos por ellos para conducirnos a la ruina preparada para ellos. Huye,
hombre, de la soberbia, no se ría de ti tu enemigo. Este es el vicio que más
le agrada; sabe por sí mismo qué difícil te será salir de ese abismo.
Capítulo 5
Por otra parte, quiero que sepáis, hermanos, de qué manera bajamos o, por
mejor decir, caemos en estos caminos. Ahora mismo se me ocurre que el
primer paso por el que nos deslizamos en ellos es el encubrimiento de la
propia debilidad, de la propia iniquidad y peligro, siendo indulgente con uno
mismo, adulándose a sí mismo, figurándose ser algo, cuando no se es nada; o
sea, la propia seducción. El segundo paso es la ignorancia de sí mismo. Si
hemos comenzado por cubrirnos inútilmente con hojas de higuera, ¿qué
remedio nos queda más que no mirar las llagas encubiertas, especialmente
habiéndolas tapado sólo para no verlas? Y así se explica que, cuando otro
me las descubra, porfiaré que no son llagas, escudándome en palabras
habilidosas para buscar excusas a los pecados. Y éste es el tercer paso, ya
muy próximo e incluso inmediato a la soberbia. ¿Pues qué mal temerá ya
consumar el que lo defiende con su insolencia? Será difícil que se detenga en
su camino oscuro y resbaladizo, especialmente cuando el ángel del Señor los
persiga y empuje. Es el cuarto paso o, más bien, el cuarto precipicio: el
desprecio. De nada hace ya caso el malvado cuando ha caído en el abismo
del mal.
En adelante va cerrándose más y más sobre él la salida del pozo; el
desprecio conduce a esta alma hasta la impenitencia y la impenitencia se
afianza en la obstinación. Es el pecado que no se perdona en este mundo ni
en el otro, porque el corazón terco y endurecido ni teme a Dios ni respeta al
hombre. El que en todos sus caminos se adhiere así al diablo, claramente se
hace un solo ser con él. Pero los caminos del hombre que más arriba
mostramos son estos que nos dice el Apóstol: No os sobrevenga tentación
que no sea humana; y pecar es humano. En realidad, ¿quién ignora que los
caminos diabólicos son impropios del hombre? A no ser cuando la
costumbre misma parece haberse convertido en otra naturaleza. Pero, aun
cuando esto le suceda a algunas personas, aferrarse al mal no es propio del
hombre, sino del diablo.
Capítulo 6
Y cuáles son los caminos de los santos ángeles? Los da a conocer el
Unigénito cuando dice: Veréis a los ángeles subir y bajar por este Hombre.
Sus caminos son subir y bajar. Ascienden por ellos y descienden, o mejor,
condescienden por nosotros. Los espíritus bienaventurados ascienden para
contemplar a Dios y descienden para compadecerse de ti y guardarte en tus
caminos. Ascienden a su presencia y descienden bajo su indicación, porque
a sus ángeles ha dado órdenes. Pero ni cuando descienden se ven privados
de la visión de su gloria, porque están viendo siempre el rostro del Padre.
Capítulo 7
Pienso que también querréis escuchar algo sobre los caminos del Señor.
Sería mucha presunción prometeros que os los mostraré. La Escritura nos
dice que él mismo nos enseñará sus caminos. ¿Podremos confiar en otro? Ya
lo hizo cuando abrió los labios del Profeta con estas palabras: Las sendas
del Señor son misericordia y lealtad. Así viene a cada hombre, así viene a
todos en común: en la misericordia y en la lealtad. Mas donde se abusa de la
misericordia y se prescinde de la lealtad, allí no está Dios habitualmente.
Tampoco donde reina el terror al recordar su lealtad y no se evoca el
consuelo de su misericordia. Pues no anda en la verdad el que no reconoce
su misericordia donde realmente está, ni puede ser verdadera la
misericordia sin la lealtad. Por tanto, cuando la misericordia y lealtad se
encuentran, entonces se besan la justicia y la paz ; no puede ausentarse el que
puso su morada en la paz. ¿Cuántas cosas oímos y aprendimos -porque
nuestros padres nos contaron sobre esta estrecha unión tan dichosa entre la
misericordia y la lealtad! Dice el Profeta: Que tu misericordia y lealtad me
guarden siempre. Y en otro lugar: tengo ante mis ojos tu bondad y camino en
tu verdad. Y también lo dice de sí mismo el Señor: Mi fidelidad y
misericordia lo acompañarán.
Capítulo 8
Pero contempla también las venidas manifiestas del Señor. En la que ya fue
consumada encontrarás a un Salvador misericordioso y en la prometida para
el último día re encontrarás con un remunerador justo. Tal vez por eso se
haya dicho : Porque el Señor ama la misericordia y la fidelidad, él da la
gracia y la gloria. En su primera venida se acordó de su misericordia y su
fidelidad en favor de la casa de Israel. En la segunda, aunque juzgará al orbe
con justicia y a los pueblos con fidelidad, su juicio no carecerá de
misericordia, a no ser con los que no fueron misericordiosos.
Estos son los caminos de la eternidad, de los cuales dice el Profeta: Se
postraron los collados del mundo al pasar el Eterno por sus caminos. Tengo
a mi alcance cómo demostrarlo con toda facilidad, puesto que la
misericordia del Señor dura siempre y su fidelidad es eterna. Por estos
caminos se prosternaron los collados primordiales: los demonios soberbios,
los jefes del mundo, los que dominan en las tinieblas, los que ignoraron el
camino de la fidelidad y la misericordia, los que olvidaron sus pasos. ¿Tiene
algo en común con la verdad el falso y el padre de la mentira? Expresamente
se refiere a él cuando dice: No se mantuvo en la verdad. La desgracia que
nos causó testifica, además, qué lejos estuvo de la misericordia. ¿Cuándo
pudo ser misericordioso el que desde siempre fue un homicida? El que es
inicuo consigo, ¿con quién será bueno?
¿Y qué inicuo es para sí mismo el que jamás se arrepiente de su propia
iniquidad ni jamás se duele de su propia condenación? Al contrario, su
mentirosa soberbia lo arrojó del camino de la verdad, su cruel obstinación le
cerró la senda de la misericordia. Por eso es incapaz de conseguir jamás
misericordia ni de sí mismo ni del Señor. De esta forma, esos
ensoberbecidos collados se prosternaron ante los caminos de la eternidad,
que son rectos, y cayeron sobre los recovecos y tortuosos precipicios, que
son sus caminos. ¡Con cuánta más prudencia y provecho se postraron y
humillaron algunos otros montes para su salvación ante esos mismos
caminos! No se prosternaron como apartándose de su rectitud, sino porque
se humillaron ante los caminos de la eternidad. ¿Es que no vemos
prosternados a los montes primordiales cuando los grandes y poderosos se
doblan ante el Señor y adoran sus huellas con devota sumisión? ¿Acaso no
se rebajan cuando vuelven a las sendas humildes de la misericordia y la
lealtad desde esa perniciosa altivez que es la soberbia y la crueldad?
Capítulo 9
Por estos caminos del Señor se encaminan no sólo los espíritus buenos, sino
también los elegidos. El primer paso del hombre infeliz que emerge de la
sima de los vicios es aquella misericordia semejante a la de la madre para
con su hijo, con la que siente compasión por su alma, y con ello complace a
Dios, pues el que así procede imita aquel gran acontecimiento de inmensa
misericordia y se une al dolor de aquel que primero padeció por él,
muriendo también él, en cierto sentido, por su propia salvación, sin
perdonarse más a sí mismo. Esta primera compasión acoge al que retorna a
su corazón y se fragua en el misterio íntimo de sus entrañas.
Pero todavía debe adentrarse por el camino real y avanzar hacia la fidelidad,
acompañado, como tantas veces os lo encarezco, por la apertura de la
conciencia, complemento de la contrición del corazón. La fe interior obtiene
la justificación y la confesión pública consigue la salvación. Convertido de
corazón, debe ser como un niño ante sí mismo, como dice la Verdad: Si no
os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. No pretenda,
pues, encubrir lo que no es posible ignorar: que ha sido aniquilado sin saber
por qué. No se avergüence de sacar a la luz e la verdad lo que no puede ver
oculto sin un gran sentimiento de compasión. Así es como entra el hombre
por los caminos de la misericordia y de la lealtad, que son caminos de Dios
y sendero de vida; su meta es la salvación del caminante.
Capítulo 10
Es obvio que los caminos de los ángeles llevan también la misma dirección.
Cuando ascienden a la contemplación, buscan la verdad, de la que se sacian
deseándola y la desean más al saciarse. Cuando descienden, se compadecen
de nosotros para guardarnos en todos nuestros caminos, pues no son sino
espíritus en servicio activo enviados para sentirnos. Son sólo siervos
nuestros, no señores nuestros. Y en esto siguen el ejemplo del Unigénito, que
no vino a ser servido, sino a servir; estuvo entre sus discípulos como quien
sirve. La meta de los caminos angélicos, por lo que a ellos respecta, es su
propia bienaventuranza y la obediencia del amor; con relación a nosotros,
primero es conseguir la divina gracia y además guardar nuestros caminos.
Porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en todos tus
caminos, en todas tus indigencias, en todos tus deseos.
De lo contrario, fácilmente correrías hacia los caminos de la muerte. Es
decir, te lanzarías de la necesidad a la obstinación, o del deseo apasionado,
a la soberbia. Y estos caminos no son los de los hombres, sino propios de
los demonios. Porque ¿dónde suelen obstinarse más fácilmente los hombres
sino en aquello que fingen o creen que necesitan? Lo dice un poeta:
Prediques lo que prediques, yo puedo lo que puedo y no más de lo que
puedo. Si tú estuvieses en mi caso, pensarías de otra manera. ¿De dónde
saltamos a la presunción sino desde el ímpetu violento del deseo?
Capítulo 11
Dios ha dado órdenes a sus ángeles no para que te desvíes de sus caminos,
sino que guardarte en ellos y para dirigir los tuyos a los del Señor a través
de los suyos. Me dirás: ¿De qué manera? Mira: él obra más puramente, sólo
por amor. Pero tú, persuadido, al menos, de su propia necesidad,
descendiendo y condescendiendo, mostrarás compasión hacia tu prójimo y
de nuevo elevarás tus deseos como los ángeles esforzándote por ascender a
la verdad suma y eterna con toda la vehemencia de tu alma. Por eso nos
invitan a elevar los corazones y las manos y oímos todos los días:
Levantemos el corazón. Y nos reprochan nuestra dejadez: Y vosotros, ¿Hasta
cuándo seréis de estúpido corazón, amaréis la falsedad y gustaréis el
engaño? Porque un corazón libre es ágil para elevarse más en la búsqueda y
amor de la verdad. No nos extrañe, pues, que se dignen acogernos, e incluso
introducirnos en los caminos del Señor, los que no tienen a menos
guardarnos en los nuestros.¡Cuánto más felices y seguros que nosotros
caminan por ellos! Mas, aunque caminen por la misericordia y lealtad, distan
muchísimo del que es la verdad misma y la misma lealtad.
Capítulo 12
¡Con qué coherencia puso Dios todas las cosas en su debido lugar! El se
reserva la cumbre suprema, porque es el Sumo, sobre el cual nada hay;
porque más allá de él nada existe. A los ángeles no los colocó en la cumbre,
sino en lugar seguro, porque habitan más cerca del que subsiste en el lugar
supremo, y desde lo alto los reviste de fuerza. Los hombres, en cambio, no
viven en la cumbre ni en lugar seguro, sino en el de la precaución. Además
habitan en la tierra sólida, ocupando un lugar bajo, pero no en el ínfimo, del
que pueden y deben prevenirse. Mas los demonios quedan colgados en el
aire vacío e inestable, porque son indignos de subir a los cielos y no se
rebajan a descender hasta la tierra.
Baste por hoy con lo dicho. Dios quiera que con su favor podamos darle
gracias suficientemente, ya qué nuestra suficiencia nos llega de él. No es que
de por sí uno tenga aptitudes para poder apuntarse algo como propio. Quien
nos lo concede es aquel que da sin regatear y es Dios sobre todas las cosas,
bendito por los siglos de los siglos.
Sermón duodécimo
Sobre el duodécimo verso: "Te llevarán en sus
palmas para que tu pie no tropiece en la piedra".
Capítulo 1
Si recordáis, en el sermón de ayer dijimos que los caminos de los demonios
son la soberbia y la obstinación, y no silenciábamos por qué lo decíamos.
Sin embargo, si lo creéis necesario, podéis seguirles por otro camino. Pues,
aunque hacen todo lo posible por ocultarlo, el Espíritu Santo descubre de
mil maneras y manifiesta muchas veces a los santos en las Escrituras las
sendas de los malvados. Así, de todos ellos se nos dice: Los malvados
merodean en torno nuestro. Leemos sobre su caudillo que ronda buscando a
quién devorar. Y tiene que confesarlo ante la majestad divina; pues, cuando
se encontrara con los hijos de Dios, se le preguntó de dónde venía.
Respondió: He rondado por la tierra y la he recorrido.
Digamos, pues, que su caminar es dar vueltas y cercar: nos cerca a nosotros
y da vueltas en torno a sí mismo. Siempre está levantándose y siempre es
derribado; su soberbia siempre se encumbra y siempre es humillada. ¿No es
eso estar dando vueltas? Y el que procede así no para, pero tampoco avanza.
¡Ay del hombre que sólo sabe girar de esa manera, sin salir nunca de su
propia voluntad! Si te empeñas en arrancarle de ella, parecerá que avanza,
pero en vano. Es un mero rodeo; sólo intenta cambiar de sitio, sin arrancarse
nunca de sí mismo. Se esfuerza de mil maneras, quiere huir; pero siempre
está cosido a su propia voluntad.
Capítulo 2
Y si malo es girar sobre sí mismo, mucho peor es que te cerquen otros. Esta
es la principal característica del diablo. ¿Por qué, hermanos, ese arrogante
baja para rondarle al hombre? Mira las vueltas que da también el impío
dentro de sí. Sus ojos se levantan hacia todo lo sublime y observan con
curiosidad lo más ínfimo, pero es para empinarse más, para pavonearse más.
Despreciando al humilde, se cree más elevado, según está escrito: La
soberbia del impío oprime al infeliz.
¡Qué perversamente emula el ángel malo a los ángeles buenos; que también
suben y bajan! Su e con afanes de jactancia, baja con el odio de la maldad.
Su ascensión es una mentira, y su descenso una crueldad. Como ayer
decíamos, sin esperanza de misericordia y lealtad. Y, si bajan los espíritus
malignos para rodearnos, también los ángeles buenos descienden para
ayudarnos y guardarnos en todos nuestros caminos. Y aún más: Te llevarán
en sus palmas para que tu pie no tropiece en la piedra.
Capítulo 3
Hermanos, estas palabras de la Escritura nos brindan doctrina, amonestación
y consuelo. ¿Hay algún salmo que consuele tanto como éste a los débiles,
que interpele así a os negligentes y que instruya a los ignorantes? Por eso
quiso la divina Providencia que, durante este tiempo cuaresmal
especialmente, repitiésemos con frecuencia este verso del salmo. Y todo
porque el diablo se lo apropió. Así, aun a su pesar, ese siervo miserable está
sirviendo en eso mismo a los hijos. ¿Puede haber algo más molesto para él y
más agradable para nosotros que el mismo mal redunde en provecho
nuestro?
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en todos tus caminos.
Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con
los hombres. Denle gracias y digan también los gentiles: El Señor ha estado
grande con ello:. Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él, o el Hijo
del hombre, que así lo aprecias? Te acercas cariñosamente a él, te desvives
y cuidas de él. Le envías, además, tu Unigénito, le infundes tu Espíritu y
hasta le prometes tu gloria. No quieres que en los cielos desaparezca esta
atención hacia nosotros; por eso nos envías a los espíritus bienaventurados
para que nos sirvan, les asignas nuestra custodia y los haces guías nuestros.
No te bastó hacer a los espíritus ángeles tuyos; los hiciste también ángeles de
los niños. Sus ángeles están viendo siempre el rostro del Padre. A esos
espíritus tan dichosos los haces ángeles tuyos y nuestros para nosotros y para
ti.
Capítulo 4
A sus ángeles ha dado órdenes. ¡Qué maravillosa condescendencia y qué
entrañas de amor! Porque ¿quién los mandó, para qué, a quiénes y qué les
mandó? Meditemos, hermanos, atentamente; recordemos vivamente esta
orden soberana. ;Quién los mandó? ¿De quién son ángeles? ¿Qué órdenes
obedecen? ¿A qué voluntad se someten? A sus ángeles ha dado órdenes para
que te guarden a ti, y no vacilan ni para llevarte en sus palmas. Lo ordenó la
suma majestad y lo mandó a sus ángeles. Es decir, a unos espíritus sublimes,
plenamente felices, unidos a él definitivamente, allegados a él con tanta
familiaridad, que son verdaderos íntimos de Dios. Y los mandó cerca de ti.
¿Quién eres tú? Señor, ¿qué es el hombre para que re acuerdes de él, el ser
humano para darle poder? Pero ¿no se consume como una cosa podrida,
como vestido roído por la polilla?
¿Por qué piensas que les dio órdenes? ¿Acaso lo hizo con amargura contra
ti? ¿O tal vez para que exhiban su poder persiguiendo a la paja seca como a
hoja que vuela? ¿O quizá para extinguir al impío sin que pueda ver el poder
de Dios? Esto se ordenará en su día, pero aún no está mandado. No te alejes
de la sombra del Altísimo, vive a la sombra del Omnipotente para que nunca
dé esa orden contra ti. Porque, si te protege el Dios del cielo, sólo les dará
órdenes en tu favor. No lo manda ahora mismo; lo demora por ti, para que
todo redunde en bien de los elegidos. Por esta razón, el providente dueño de
su hacienda dice a sus obreros, que estaban ya dispuestos a escardar la
cizaña sembrada con el trigo: Dejadlos crecer juntos hasta la siega, para que
no arranquéis también el trigo. ¿Cómo podrá esperar tanto tiempo? Esta y no
otra es la orden que han recibido los ángeles para esta vida y éste es su
actual cometido.
Capítulo 5
Porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden.¡El trigo entre
cizaña! ¡El grano entre paja!¡El lirio entre espinas!¡Démosle gracias,
hermanos; démosle gracias! Nos confía un precioso depósito: el fruto de su
cruz y el precio de su sangre. No se contentó con esta custodia tan poco
segura, tan poco eficaz, tan frágil, tan insuficiente. Y sobre tus murallas,
Jerusalén, ha colocado centinelas. Pues, aun aquellos que parecen murallas y
pilares de las mismas murallas, necesitan centinelas, y más que nadie.
Capítulo 6
A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en todos tus caminos.
¡Cuánto respeto debe infundirte esta palabra, qué devoción debe suscitarte,
qué confianza debe darte! Respeto, por su presencia; devoción, por su
benevolencia; confianza, por su custodia. Anda siempre con recato; los
ángeles están presentes en todas partes, en todos tus caminos. Eso les
ordenó. En cualquier aposento, en cualquier rincón, respeta a tu ángel. ¿Te
atreverías a hacer en su presencia lo que no te atreverías delante de mí?
¿Dudas de su presencia porque no le ves? ¿Y si le oyeses? ¿Y si le tocases?
¿Y si le olieras? Piensa que no se percibe la presencia de los seres sólo con
los ojos. No todo está al alcance de la vista, ni siquiera lo material. ¡Cuánto
más lejos de todo sentido estará lo espiritual, que deberá ser buscado más
bien espiritualmente!
Si consultas a la fe, ella te convencerá de que no te falta la presencia de los
ángeles. Y no me sonroja haberlo dicho, porque la fe reconoce lo que el
Apóstol define sin dudas como prueba de las realidades que no se ven.
Están, pues, presentes y te asisten; no sólo están contigo; también te cuidan.
Están contigo para protegerte, están contigo para servirte. ¿Cómo pagarás al
Señor todo el bien que te ha hecho? Sólo a él el honor y la gloria. ¿Por qué
sólo a él? Porque el lo dispuso y todo don acabado viene de arriba.
Capítulo 7
A pesar de que él se lo mandó, no debemos ser desagradecidos para con
ellos, ya que le obedecen con tanto esmero y nos ayudan en tanta necesidad.
Seamos, pues, adictos suyos, estemos agradecidos a tan maravillosos
custodios; correspondamos a su amor, honrémosles cuanto podemos y
debemos. Pero entreguemos todo nuestro amor al quien, tanto a ellos como a
nosotros, nos ha concedido poder amarle y honrarle y ser amados y
honrados. Porque cuando dice el Apóstol: A él solo el honor y la gloria, no
debemos creer que cae en contradicción con el Profeta, que dice por otra
parte: A nadie le quedéis debiendo nada, fuera del amor mutuo. Pues no
quería que adquiriesen otros compromisos, sobre todo habiendo dicho él
mismo: Pagad a quien debáis honor, honor, y todo lo demás de igual modo.
Para que comprendas plenamente lo que él pensaba en estos dos pasajes y a
qué nos exhortaba, piensa que ante los rayos de sol desaparecen los otros
astros. ¿Concluiremos que ya han sido desplazados o se han extinguido los
demás estrellas? De ningún modo; han sido encubiertas por una claridad
mayor y ahora no pueden aparecer. Así, también el amor. superando otras
obligaciones, parece imponérselos él a solas, como reivindicándose todo lo
que debemos a otras exigencias, para hacerlo todo por amor. Por eso
prevalece él honor a Dios y, en cierto modo, se opone a todo lo demás para
ser honrado en todo. Aplica al amor todo lo dicho. Porque fuera de él,
¿queda algo para lo demás, si se ha entregado todo el corazón, toda el alma y
todas las fuerzas al amor el Señor Dios? En él pues, hermanos, amemos
afectuosamente a sus ángeles como a futuros coherederos nuestros,
designados en el momento presente por el Padre como nuestros guías, tutores
y caudillos puestos sobre nosotros. Porque, si ahora somos hijos de Dios,
aún no lo vemos, pues estamos todavía bajo tutores y administradores, como
los siervos.
Capítulo 8
Por lo demás, aunque somos tan niño y nos queda todavía un camino tan
largo y tan peligroso, ¿por qué vamos a temer teniendo estos custodios? No
pueden ser vencidos ni engañados, y menos aún son capaces de engañarnos
los que nos guardan en todos nuestros caminos. Son fieles, son prudentes,
son poderosos; ¿por qué tememos? Limitémonos a seguirles, unámonos a
ellos, y viviremos a la sombra del Todopoderoso. Piensa, pues, cuánto
necesitas esta protección y esta custodia en tus caminos. Te llevarán en sus
manos para que tu pie no tropiece en la piedra. ¿No te importa tropezar con
piedras en el camino? Escúchalo bien: Caminaras obre áspides y basiliscos,
pisotearás leones y dragones. ¡Cuánto necesitas del guía, y hasta del bastón,
siendo como eres un niño que tiene que caminar entre tantos peligros! Te
llevarán en sus palabras. Sí, te guardarán en tus caminos y llevarán al niño
por donde puede andar un niño. Además, no consentirán que te tienden más
allá de tus fuerzas, sino que te cogerán con sus manos para que saltes por
encima de tropiezo. ¡Con qué facilidad camina el que es llevado por esas
manos! ¡Con qué naturalidad nada, como dice el refrán, el que es llevado por
la barbilla!
Capítulo 9
Por tanto, siempre que intuyas una gravísima tentación que te viene encima o
una gran tribulación que te amenaza, invoca a tu custodio, a tu guía, a tu
ayuda, en la necesidad y en la contrariedad. Invócale y di: Sálvanos, Señor
que perecemos. No duerme ni se adormece, aunque de momento se haga a
veces el desentendido, no sea que tú mismo caigas de sus manos, con grave
peligro por creer que no te sostiene. Porque sus manos son espirituales y sus
auxilios son también espirituales. Los ángeles que les han sido asignados se
las brindan a cada uno de los elegidos espiritualmente y de mil maneras en
atención a la diversidad de cada uno y según la dificultad que se les presente
por la importancia del obstáculo. Voy a referirme solamente a lo que pienso
que sucede con más frecuencia, y que pocos de vosotros desconoceréis por
no haber o experimentado. ¿Siente alguno una gran turbación, o cualquier
achaque corporal, o alguna contrariedad mundana, o acedia espiritual, o
desaliento por falta de valor? Ya empieza a ser tentado por encima de sus
fuerzas, ya se siente empujado a tropezar en la piedra, si no tiene quien le
ayude.
¿Y qué piedra es ésta? Yo pienso que es esa piedra de tropiezo y escándalo
en la que, si alguien tropieza se estrellará si le cae encima, lo aplastará. Se
trata de la piedra angular, elegida y digna de honor, que es Cristo el Señor.
Tropieza en esta piedra el que murmura contra él, el que se escandaliza
abatido su ánimo en la adversidad. Todo el que está a punto de desfallecer Y
de tropezar en la piedra, necesita el socorro del ángel, su consuelo y la
ayuda de sus manos. Y eso es lo que le sucede realmente al que murmura y
blasfema, estrellándose él mismo y no aquel contra quien se lanza en su
furor.
Capítulo 10
Creo que tales personas, a veces, son sostenidas por los ángeles como por
sus dos manos, para que, casi sin sentirlo, superen lo que tanto les
acobardaba y en lo sucesivo no se extrañen ni de a facilidad que luego
encuentran ni de la dificultad anterior. ¿Queréis saber cuáles son, a mi
entender, esas dos manos? Dos conocimientos: el de la brevedad de los
sufrimientos presentes y el de su eterna retribución. Los dos se abren, o más
bien se graban e imprimen en nuestro corazón, cuando se experimenta con
íntimo sentimiento que nuestras penalidades momentáneas y ligeras nos
producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa
desmesuradamente. ; Quién puede dudar que estos buenos sentimientos no
son sugeridos por los ángeles buenos, cuando, al contrario, está claro que las
malas inspiraciones provienen del malo? Tratad hermanos míos,
familiarmente a los ángeles; llevadlos a menudo en el pensamiento y en la
devota oración, pues siempre están con vosotros para defenderos Y
consolaros.
Sermón decimotercero
Sobre el verso decimotercero: "Caminarás sobre
áspides y basiliscos, pisotearás leones y dragones".
Capítulo 1
Podemos relacionar el versículo que tenemos entre manos: te llevarán en sus
palmas, con los consuelos presentes y con los futuros. Los ángeles santos nos
guardan en nuestros caminos, pero nos llevan en sus palmas por un camino
perecedero: el de nuestra vida temporal. No carecemos de testigos que nos
lo dicen fielmente. No hace mucho que escuchasteis en la lectura de nuestro
santo padre Benito, e todo bendito, que, cuando fijaba su mirada en el brillo
de una luz deslumbradora, vio cómo el alma de Germán, obispo de Mantua,
era llevada al cielo por los ángeles en un globo de fuego. Mas ¿qué
necesidad tenemos de estos testimonios? La Verdad misma nos refiere en el
evangelio que el mendigo y llagado Lázaro fue llevado por los ángeles al
seno de Abrahán. Porque tampoco podríamos caminar por aquella región tan
nueva para nosotros por sernos desconocida; especialmente por la enorme
piedra del camino. ¿Qué piedra? El que antiguamente era adorado en las
piedras, el que le mostró unas piedras al Señor, diciéndole: Manda que estas
piedras se conviertan en pan. Y tu pie es tu afecto, el pie del alma, que
llevan los ángeles en sus palmas para que no tropiece en la piedra. ¿No iba a
turbarse el alma si saliera ella sola de esta vida, si se adentrase sin un
auxilio por aquellos caminos, si anduviese con sus pies entre esas piedras?
Capítulo 2
Escucha todavía con mayor claridad cuánto necesita que manos ajenas le
lleven, y precisamente las de los ángeles: Caminarás sobre áspides y
basiliscos, pisotearás leones y dragones. ¿qué podrían hacer entre ellos los
pies del hombre? ¿Podrían asentarse entre los horribles monstruos de afecto
humano. Esas son, sin duda, las fuerzas espirituales del mal, descritas con
oportunos apelativos. Supongo que no os hayáis olvidado, ya que a ellas se
refería este verso: Caerán a tu izquierda mil, y diez mil a tu derecha.
Cualquiera sabe si no tendrán distribuidos contra ellos las operaciones del
mal, como ministerios de la iniquidad; y por sus diversos oficios, o más bien
maleficios, llevan nombres distintos. Por eso, quizá, a uno se le llama áspid;
el otro, basilisco; al otro, león, y al otro, dragón. Porque hacen el mal cada
uno con su invisible peculiaridad: uno mordiendo, otro amenazando, otro
rugiendo o golpeando y otro resollando. Sé de una ralea de demonios que no
puede echarse más que a fuerza de oración Y ayuno, porque nada consiguió
la palabra increpatoria de los apóstoles. Ese áspid, ¿Cómo no va a ver aquel
áspid sordo del salmo, que cierra el oído para no oír la voz del encantador?
¿Deseas que no te espante tan horroroso monstruo? Quieres caminar seguro,
después de la muerte, sobre ese áspid? Guárdate de ir ahora tras él, guárdate
de imitarle, y no tendrás por qué temerle en el futuro.
Capítulo 3
Realmente hay un vicio que, a mi parecer, es dominado por semejante
espíritu. ¿Queréis saber cuál es? El rodeo del que en el sermón de ayer os
exhortaba a que os guardaseis; se trata de la obstinación, en contra de la cual
os hablé anteriormente. No me arrepiento de preveniros contra tan grave
calamidad siempre que tenga ocasión, para que huyáis de ella por todos los
medios. Porque éste es el mayor estrago de la religión. Y, conforme lo
atestigua el Legislador, veneno mortal de basiliscos. Se dice que el áspid pe
a un oído a la tierra con mucha fuerza y tapa el otro metiéndolo en la cola
para cerrarlo por completo y no oír nada. ¿Qué puede conseguir así la voz
del encantador y el sermón del que predica? Por eso oraré y humillaré mi
alma con el ayuno, me bautizaré como en caudalosa corriente de lágrimas
por el que ha muerto, en favor de quien ya no sirve para nada cualquier
resorte del encantador humano ni cualquiera otra amonestación.
Sepa, sin embargo, ese espíritu pertinaz que no pone su cabeza en el cielo,
sino en la tierra. Porque el conocimiento que procede de lo alto, ante todo,
es límpido y apacible. Pero este otro, que yo diría propio de áspides, sólo
puede ser terreno. No quedaría tan sor o si no tapase el otro oído con la
cola. ¿Qué es esta cola? El objeto de la intención humana. Es una sordera
desesperanzada, porque se pega a su propia voluntad como clavándose en la
tierra. Y además tuerce la cola, tramando algún objetivo y clavando en su
ánimo lo que pretende. Por favor, hermanos, por favor, no cerréis vuestros
oídos, no endurezcáis jamás vuestros corazones. La boca del hombre
obstinado se expresa tan mordaz y amarga porque ya no puede penetrar en él
la benevolencia del que le amonesta. Por eso lleva siempre en el aguijón de
su lengua el veneno del áspid, porque ha cerrado adrede el oído para no oír
al encantador.
Capítulo 4
El basilisco, según dicen, lleva el veneno en el ojo; es un animal feroz y el
más execrable. ¿Deseas averiguar el ojo envenenado, maléfico y malvado?
Piensa en la envidia. ¿Quién envidia sino el que mira mal? Si el enemigo no
fuera un basilisco, nunca habría entrado la muerte en el mundo por su
envidia.¡Desgraciado el hombre que no se entera de esa envidia! Superemos,
pues, este vicio, si deseamos no tener después de la muerte al servidor de
tan enorme iniquidad. Que nadie mire el bien ajeno con ojos envidiosos,
porque está mismo supone la inoculación del veneno y la muerte. La Verdad
misma declara homicida a quien odie a otro hombre. ¿Y qué puede decirse
del que odia el bien ajeno? ¿No habrá que llamarle homicida? Aun en vida,
ya es reo de muerte. Todavía sigue ardiendo el fuego que el Señor Jesús
trajo a la tierra, y el envidioso, por haber sofocado el espíritu, ya está
condenado.
Capítulo 5
¡Ay de nosotros frente al dragón! Es una bestia cruel, extermina cuanto
alcanza su resuello incendiario, ya sean los animales de la tierra o las aves
del cielo. Y yo creo que no es otro sino el espíritu de la ira.¡A cuántos, cuya
vida parecía sublime hemos tenido que llorar por haber caído torpemente
debajo de su boca, abrasándose miserablemente con el resuello de este
dragón! ¡Cuánto mejor hubiese sido airarse contra sí mismos, y así no
habrían pecado!
La ira es una pasión natural del hombre; pero, si se abusa de este don, se
convierte en grave ruina y exterminio. Orientémosla, hermanos, hacia el
bien, no sea que se lance al mal o a lo inútil. Así suele suceder que el amor
elimina al amor y el temor se diluye con otro temor. Dice el Señor: No
temáis a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer más. Y añade:
Os voy a indicar a quién debéis de temer: temed al que tiene poder para
matar y después echar en al fuego. Sí, a ése temedle. Como si dijera
claramente: Temedle a ése, y así no temeréis a los otros. Que os llene el
espíritu del temor del Señor, y no habrá sitio en vosotros para otros temores.
Y os lo aseguro: no yo, sino la misma Verdad; no yo, sino el Señor. No os
enojéis con los que os roban lo caduco, os insultan y hasta os atormentan
pero no pueden haceros nada más. Yo os diré con quién debéis airaros.
Irritaos contra quien sólo puede dañaros consiguiendo que ninguna cosa os
sirva para nada.
¿Queréis saber de qué se trata? De vuestro propio pecado. Sí, arded de ira
contra él. Porque no lo dañará adversidad alguna a quien no le domine
pecado alguno. Quien se enoje de lleno contra el pecado, no se alterara por
nada, pues todo lo asume. Yo, estoy resignado ante el castigo. Ya sea que me
confisquen todo, que me insulten o maltraten mi cuerpo, estoy resuelto, y
nada me arredrará, porque mi dolor no se aleja de mí. ¿Cómo no
menospreciaré las contradicciones externas, si las comparo con esta
aflicción? Un hijo mío, salido de mis entrañas, intenta matarme. ¿Cómo
puede enojarme que me maldiga este siervo vil? Siento palpitar mi corazón y
me faltan las fuerzas y hasta la luz de los ojos. ¿He de llorar los perjuicios
materiales y tener en cuenta las molestias de mi cuerpo?
Capítulo 6
De aquí nace no sólo la mansedumbre; invulnerable al resoplido del dragón,
sino también esa entereza de ánimo que no se aterra por el rugido del león.
Vuestro adversario ruge como un león, dice Pedro. Gracias a aquel gran
León de la tribu de Judá, puede rugir, pero no herir. Ruja cuanto quiera; no
tiene por qué huir la oveja de Cristo.¡Qué manera de amenazar, de exagerar,
de provocar! No seamos como animales a quienes hace temblar su vano
rugido.
Afirman los entendidos que, ante el rugido del león, ningún animal se
mantiene en pie, ni siquiera los que se enfrentan con todo furor a sus
zarpazos; y, aunque a veces lo vencen en la pelea, no resisten a sus rugidos.
Realmente es bestia e insensato el pusilánime que retrocede por un simple
temor, que se siente vencido sólo por la inminencia de la próxima lucha; y
que cae antes de la pelea no por las armas, sino por el tronar de las
trompetas. Aun no habéis resistido hasta la sangre, dice ese valiente guerrero
que conocía muy bien la vaciedad de su rugido. Y en otro lugar se añade:
Resistidle al diablo, y os huirá.
Sermón decimocuarto
Sobre el verso decimotercero: "Caminarás sobre
áspides y basiliscos, pisotearás leones y dragones".
Capítulo 1
Demos gracias, hermanos, a nuestro creador, a nuestro bienhechor, a nuestro
redentor, a nuestro remunerador, o más bien a nuestra esperanza. El es
nuestro remunerador y nuestra retribución. Todo cuanto de él esperamos es
él mismo . Lo primero que nos dio fue el mismo ser: Puesto que él nos hizo y
no nosotros. ¿Te parece poco el que te haya hecho? Y piensa cómo te hizo.
En cuanto al cuerpo, una maravillosa criatura; pero, en cuanto al alma,
todavía más, porque está marcada con la imagen del creador, dotada de
razón y capaz de felicidad eterna. Por ambas realidades supera el hombre a
las demás criaturas como la más admirable, porque las dos subsisten
coordinadas entre sí con misteriosa maestría por la insondable sabiduría del
Creador. Este don es muy grande, porque grande es el hombre. Pero
¿consideras bien todo lo gratuito que es? Es evidente, porque nada pudo
merecer previamente quien era la más absoluta nada. ¿Y se podría esperar
que correspondiera de alguna manera a su Creador? Yo digo al Señor: Tú
eres mi Dios, que no tienes necesidad de mis bienes.
Por tanto, él no se esperaba ninguna prestación tuya, porque la necesitase
quien se basta a sí mismo en todo; únicamente que con devoción le dieras las
gracias porque se lo merece. ¿Y cómo no dárselas? Si alguien te devolverá
la vista, te curase la sordera o te reparase el olfato, o el movimiento perdido
de manos y pies; si alguien te despertara el uso de la razón adormecida por
cualquier causa, ¿quién dejaría de reprenderte seriamente si alguna vez,
olvidando este beneficio, sorprendiese tu ingratitud para con ese
bienhechor? Pues mira: tu Señor y Dios te regalo esos dones creándolos de
la nada. No sólo los creó; los combinó, los formó y los ennobleció a cada
uno con su propia misión. ¿Cómo no te va a exigir, con todo derecho, la más
cumplida gratitud?
Capítulo 2
Y no contento con este favor, ya inmenso, concediéndote ser lo que antes no
eras, todavía sobreañadió los medios para que subsista en ti tu mismo ser.
Esta liberalidad no fue menor que aquella otra maravilla. Hagamos al
hombre a nuestra imagen y semejanza. Y añade: Que domine los seres del
mar y los animales domésticos. Ya antes había dicho que creó para tu
servicio todos los elementos del firmamento, pues nos recuerda que fueron
constituidos como signos para señalar las fiestas, los días y los años. ¿Para
quién? Para nadie sino para ti. Las demás criaturas o no lo necesitan para
nada o no lo comprenden. ¿Qué pródigo y generoso que con este segundo
beneficio! ¡De cuántas cosas te colmó para tu sustento, para tu educación y
para tu consuelo! ¡Cuántas cosas te ha concedido hasta ahora para tu
corrección y para tu deleite !
Estos dos favores te los hizo gratuitamente, son doblemente gratuitos. ¿Por
qué digo doblemente gratuitos? Porque no hubo ni mérito ni esfuerzo de tu
parte. Simplemente, él lo dijo, y existieron. ¿Acaso por esa razón tienes
derecho a ser menos fervoroso, menos sumiso, menos agradecido? ¿Porque
todo lo hizo por nada y de la nada? El corazón perverso busca pretextos para
ser ingrato. Nadie podría hacerlo si no fuese gratuitamente ingrato. Porque
yo pienso que ninguno de los dos beneficios es menos útil para ti,
simplemente porque no le costó nada al que te los dio. Y si tú deduces que
para ti el beneficio está en razón directa a su trabajo, sería ésta una
apreciación exclusivamente personal tuya; no creó que te lo haya insinuado
nadie. Siendo consecuente, deberías prestar de lo tuyo a tu hermano con
mayor gusto cuando a ti no te supusiera esfuerzo alguno. Y, aunque
pretendieses darlo gratuitamente, no lo harías para que el otro no lo alegase
como justificación de su ingratitud.
Capítulo 3
Vuélvete ya hacia el tercer beneficio, que es el de tu redención. Aquí no hay
excusa posible. Porque éste sí que fue trabajoso. Y además, totalmente
gratuito, pero por lo que a ti toca. Porque para él no fue gratuito, no mucho
menos. Has sido salvado. ¿Cómo puede seguir dormido el amor? No duerme;
ha muerto si no responde a este beneficio, si no se deshace en acción de
gracias y en gritos de alabanza. Este tercer beneficio realza a los dos
anteriores, poniendo en evidencia que en ellos también hubo verdadero
amor. No dio fácilmente lo fácil. Y no porque rehusó darlo de otra manera,
sino parque era conveniente que lo diera así. Te creó tu Dios, hizo por ti
tantas cosas, lo hizo por ti, y por ti también se hizo a sí mismo. El Verbo de
Dios se hizo hombre y acampó entre nosotros. Queda todavía algo más? Se
hizo una misma carne contigo; te hará también un solo espíritu con él.
Que estos cuatro beneficios no vuelen de tu corazón, ni de tu memoria ni de
tu amor. Mantén solícita tu alma, apremiándola con ellos como si fuesen tu
estímulo; procura inflamarla con estas cuatro teas para devolverle tu amor al
que de tantas maneras te manifiesta su amor hacia ti. No olvides nunca lo que
él mismo dice: Si me amáis, guardad mis mandamientos. Guarda, pues, los
mandamientos de tu Creador, de tu Bienhechor, de tu Redentor, de tu
Remunerador.
Capítulo 4
Si sus beneficios son cuatro, ¿cuántos son los mandamientos? Sabemos que
son diez. Y, si multiplicas por cuatro este decálogo de la ley, te da una
verdadera cuarentena, la cuaresma espiritual. Cuando te acerques al temor
de Dios, prepárate para las pruebas. Sé cauto con la astucia de la serpiente,
anda atento con el enemigo que te acecha. Con cuatro tipos de tentación se
empeña en impedirte esta cuádruple acción de gracias que se te pide.
También Cristo fue tentado en todo, según escribe verazmente el Apóstol:
Probado en todo igual que nosotros, excluido el pecado.
Quizá alguien se extrañe y diga que nunca ha leído cuál fue la cuarta
tentación del Señor. Pero creo que no diría esto si recordase este texto: la
vida del hombre sobre la tierra es una tentación. Porque quien lo recuerde no
podrá pensar que el Señor fue tentado solamente por las tres tentaciones que
padeció en el ayuno del desierto, en el alero del templo y en la cumbre del
monte. Sí, aquí era manifiesta la tentación. Pero fue mucho más violenta,
aunque más oculta, la que ya no le faltó en adelante hasta la muerte de cruz.
Tampoco esto contradice a la semejanza que hemos propuesto. porque
aquellos tres beneficios pasados son evidentísimos y se ponen de manifiesto
a su luz. Pero lo referente a la esperanza de la vida futura aún no se ha
mostrado ni se nos ha hecho patente. No es de extrañar por eso que la
tentación sobre el futuro sea menos manifiesta, porque también es oculta su
causa. Además, es más frecuente e intensa, porque el enemigo pone en juego
toda su maldad para luchar contra nuestra esperanza.
Capítulo 5
Ante todo, para hacernos ingratos contra el autor de la naturaleza, nos
inocula una mayor inquietud por la naturaleza, tal como se atrevió a
insinuárselo al mismo Cristo cuando sintió hambre: Di que las piedras estas
se conviertan en panes, como si su alfarero desconociera nuestro barro o se
despreocupase de los hombres el que alimenta a los pájaros del cielo. ;Qué
ingrato es con el que creó todo este mundo para el hombre, quien se rebaja
en postrarse ante el maligno para conseguir toda la riqueza que apetece:
Todo esto te haré si postrándote me adoras! ¿Acaso lo creaste tú, miserable?
¿Cómo Pretendes dar lo que él creó? ¿Cómo puede esperar de tu adoración
lo que está sometido a su dominio por haberlo creado él?
Y en cuanto a eso otro que dice: Tírate abajo, vigílese quien quiera que haya
ascendido a lo alto del templo; vigílate, centinela de la casa del Señor;
alerta, tú que en la Iglesia de Cristo ocupas un lugar elevado. ¡Qué ingrato e
incluso funesto serías con ese gran sacramento de misericordia si crees
venerarlo buscando un negocio! ¿Qué infiel eres con el que consagró ese
ministerio mediante su propia sangre si buscas en él tu gloria, que es vacío;
si buscas tu interés, no el de Jesucristo!¡Qué íntimamente corresponde a su
condescendencia contigo! Por ella te ensalzó mediante la dispensación de
los misterios de su humildad, te encomendó los sacramentos celestiales y te
entregó poderes más amplios, quizá, que a los mismos espíritus de la gloria.
Y ahora tú te arrojas abajo, buscando no lo de arriba, sino lo terreno. Todo
aquel que se abate sobre sí mismo y se precipita empujado por el ansia de la
vanagloria, indudablemente, en vez de darle gracias, injuria al Señor de las
virtudes, que tanto padeció entre nosotros para imprimimos la forma de esta
santidad.
Capítulo 6
Reflexionemos atentamente, hermanos, si la tentación que turba al alma bajo
pretexto de necesidad corporal no debe compararse con el áspid. Porque
este animal hiere con su virulenta mordedura y cierra su oído para no oír la
voz del encantador. ¿Y qué pretende denodadamente el tentador sino cerrar y
endurecer el oído del corazón contra los consuelos de la fe? Pero no lo
consiguió el enemigo, no obstruyó el oído del que dijo: No de sólo pan vive
el hombre, sino de toda palabra que sabe de la boca de Dios. Porque cuando
dice: Todo esto te daré si postrándote me adoras, debemos descubrir el
fascinante silbido del dragón insidioso. Dicen que, ocultándose en la arena,
atrae incluso a las aves con su venenoso hálito.¡Y qué soplo tan mortífero!
Todo esto te daré si postrándote me adoras. Mas en esta ocasión no se
trataba de un ave cualquiera, porque nada consiguió el dragón.
Capítulo 7
¿Y qué diremos del basilisco? Es lo más monstruoso que existe: sólo con su
mirada envenena y mata al hombre. Si no me equivoco, es la misma
vanagloria. Cuidado con hacer vuestras obras delante de la gente para llamar
la atención. Como si dijera: Libraos de los ojos del basilisco. Pero ¿a quién
hiere? al que no lo ve. Si lo descubres tú primero, ya no te hará daño;
incluso muere. Así es, hermanos. La gloria vana mata a los que no la ven; a
ciegos y negligentes. que alardean de sí y se arriesgan ante ella, en vez de
observarla con atención, mirarla y desvanecerla. No ven todo lo frívola,
caduca vana y frágil que es. Todo el que mire así al basilisco, le obliga a
morir y ya no le mata la gloria; es ella quien muere y cae convertida en
polvo, reducida a la nada. Creo que huelga preguntar qué tiene que ver con
la vanagloria aquella tentación: Si eres el Hijo de Dios, tírate abajo. ¿Qué
pretendía sino que fuese admirado y ser descubierto así por el basilisco?
Capítulo 8
Observa cómo se ocultó el basilisco para no ser descubierto antes. Porque
está escrito: A sus ángeles ha dado órdenes y te llevarán en sus palmas. ¿De
qué hablas, malvado; di? A sus ángeles ha dado órdenes. ¿Pero qué les ha
mandado? Fijaos y veréis que se calla taimadamente lo que desbarataría la
mentira de su engaño. Porque ¿qué les ha mandado? Lo dice el salmo: Que te
guarden en tus caminos. ¿O será en los precipicios? ¿Qué clase de camino es
ése, tirarse del alero abajo? Eso no es camino, es muerte. Y si es camino,
será el tuvo, no el suyo. En vano tergiversaste para tentar a la Cabeza lo que
fue escrito para consolar al cuerpo. Solamente necesita custodio quien puede
temer que su pie tropiece en la piedra. No hay por qué custodiar al que no
tiene motivos para temer. ¿Y por qué te callas lo que dice seguidamente:
Caminarás sobre áspides y basiliscos, pisotearás leones y dragones? A ti fe
concierne esta comparación. Con estos monstruosos apelativos queda bien
manifiesta la monstruosa malicia que va a pisotear la Cabeza y el cuerpo
entero.
Capítulo 9
Por eso, pues, hermanos, andemos con mayor cautela e inquietud, como
sobre áspides y basiliscos. Evitemos toda ocasión de amargura para que
nadie entre nosotros sea mordaz, osado o colérico, contumaz o rebelde. Y no
nos tiremos abajo; pasemos y saltemos por encima del guiño mortal de la
gloria temporal. Así, conforme está escrito: en vano se tiende una red visible
a los seres alados, pisotearemos al león y al dragón para que no nos
aterrorice su rugido ni nos inficione su aliento.
Parece que estos cuatro monstruos están incubando sobre otros tantos
afectos, uno cada uno. ¿A quién acecha el dragón particularmente? Pienso
que a la concupiscencia, porque sabe que es la raíz de todos los males y que
arruina el corazón al máximo. Por esa razón le dijo como mirando por su
bien : todo eso te daré. Porque lo del león es rugir espantosamente, pero sólo
a la puerta del temor. Mientras que el áspid observa as puertas de la tristeza,
pues piensa que están más abiertas para él. Por eso no se acercó al Señor
Cristo hasta que sintió hambre. Por el contrario, la alegría deberá precaverse
del basilisco, porque es el principal acceso por el que suele introducir los
rayos venenosos de sus ojos; y la vanagloria no es nociva sino por la
vanidad de la alegría.
Capítulo 10
Piensa también si no podremos contrarrestar con cuatro virtudes estos cuatro
peligros. Ruge el león; ¿quién no temerá? El que lo consiga, lo hará por su
fortaleza. Pero, superado el león, se esconde en la arena el dragón para
atraerlo a su corrompido soplo, infundiéndole la concupiscencia terrena.
:Quién crees que eludirá sus asechanzas? Solamente la prudencia. Pero
quizá, mientras te abstienes de condescender con las cosas, te cerca una
tribulación y te sorprende el áspid, porque cree que ha encontrado el
momento más oportuno. ¿Quién evitará la exasperación del áspid? La
templanza y la sobriedad, expertas en abundancias y penurias.
Pienso que en esta ocasión pretenderá fascinarte lisonjeándote con su mirada
perversa. ¿Quién podrá desviar su vista? La justicia, que se resiste a
apropiarse la gloria que pertenece a Dios, y la rehúsa también si otros se la
ofrecen. Cuando realmente el hombre es justo y pone por obra en justicia lo
que es justo, no hace sus obras de piedad delante de la gente y, en fin aun
siendo justo, nunca se enorgullece. Esta verdad, en definitiva, es la humildad
que purifica la intención y consigue todo mérito más auténtica y eficazmente
cuanto menos lo atribuye a sí mismo.
Sermón decimoquinto
Sobre el verso decimocuarto: "Porque ha esperado
en mí, yo lo libraré; lo protegeré, porque conoce mi
nombre".
Capítulo 1
Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré
respiro, dice el Señor. Cargad con mi yugo, y hallaréis reposo para vuestras
almas, porque mi yugo es llevadero y mi carga es ligera. A los cansados los
invita al descanso y a los abrumados los llama al sosiego. Pero todavía no
nos quita la carga o el trabajo; lo cambia por otra carga y otro trabajo más
llevadero y más ligero; en ellos se encuentra descanso y alivio, aunque no
tan manifiestos. Gran carga es el pecado, que yace bajo una tapadera de
plomo. gajo este fardo gemía uno que decía así: Mis culpas sobrepasan mi
cabeza son un peso superior a mis fuerzas.
Entonces, ¿cuál es la carga de Cristo, su carga ligera? A mi encender, la
carga de sus beneficios. Carga ligera, mas para el que la sienta y la
experimente. Porque, si no la encuentras, mirándolo bien, será pesadísima y
peligrosa. El hombre es un animal de carga toda su vida mortal. Si aún lleva
sobre sí sus pecados, la carga es pesada; si ya le han descargado de sus
pecados, es menos pesada; pero, si es una persona cabal, comprobará que
este alivio del que hablamos es una carga no menor. Dios nos carga cuando
nos alivia; nos carga con sus beneficios cuando nos aligera del pecado. Dice
el agobiado: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Dice el
sobrecargado: Apártate de mí, Señor, que soy un pecador. Dice el abrumado:
Yo siempre temí a Dios, considerando su enojo como olas hinchadas contra
mí. Siempre temí, dice; lo mismo antes que después de ser perdonado de mis
pecados. Dichoso el hombre que siempre persevera en el temor, pero no se
angustia con la menor inquietud tanto si se siente abrumado por los
beneficios como por los pecados.
Capítulo 2
A esto nos exhortan los beneficios de Dios, tan solícito y tan espléndido con
nosotros. Que nos conmueva su gracia y nos estimulemos al amor. A sus
ángeles ha dado órdenes para que te guarden en todos tus caminos. ¿Qué más
pudo hacer por ti y no lo hizo? Ya sé lo que piensas, candorosa criatura.
Cuentas con el favor de los ángeles del Señor, pero tú te consumes por el
Señor mismo de los ángeles. No contento con sus emisarios, pides y deseas
que se te haga presente el mismo que hasta ahora te ha hablado, y que te bese
no como por medio de otro, sino con besos de su boca. Has escuchado que
caminarás sobre el áspid y el basilisco, sobre el león y el dragón, no ignoras
la victoria de Miguel y sus ángeles sobre el dragón. Pero tus deseos suspiran
no por Miguel, sino por el Señor. Líbrame, Señor, y ponme a tu lado, y pelee
contra mí el que quiera. Eso equivale a buscar un refugio no más alto que
otro, sino el más elevado de todos. Así, el que exclama interiormente: Tú,
Señor, eres mi esperanza, con razón escucha: Tomaste al Altísimo por
defensa.
Capítulo 3
Porque el Señor compasivo y misericordioso no desdeña convertirse en la
esperanza de los débiles, no rehúsa presentarse a sí mismo como liberador y
baluarte de los que en él confían. Porque se puso junto a mí, lo libraré; lo
protegeré porque conoce mi nombre. Si el Señor no guarda la ciudad, en
vano vigilan los centinelas, sean hombres o sean ángeles. Jerusalén está
rodeada de montañas; pero de poco o nada serviría si el Señor no rodease a
su pueblo. Por eso en el Cantar se dice de la esposa que encontró a los
centinelas; mejor dicho, ellos la encontraron, pues no los buscaba. Pero no
se paró ni se entretuvo con ellos, sino que preguntó inmediatamente por su
amado y voló más veloz a buscarlo. Porque su corazón no lo tenía en los
centinelas, sino que confiaba en el Señor, contestaba a los que le disuadían:
Al Señor me acojo; ¿por qué me decís: Escapa como un pájaro al monte?
Más descuidados fueron los de Corinto; encontraron a los centinelas, se
detuvieron con ellos y no siguieron adelante. Yo estoy con Cefas, yo con
Pablo, yo con Apolo. Pero ¿qué hicieron los centinelas prudentes y
moderados? No podían tomar para sí aquella esposa porque la amaban con
un verdadero celo, el celo de Dios, para desposarla con un solo marido y
presentarla como virgen intacta a su único Esposo que es Cristo. Le
golpearon e hirieron los centinelas. ¿Por qué? Si no me engaño, de esta
manera la urgían para que siguiera adelante y encontrase a su amado. Y hasta
me quitaron el manto, dice, para que corriera más fácilmente. Advierte la
fuerza con que les golpea el Apóstol y qué flechas les dispara porque se
habían detenido con los centinelas: ¿Acaso crucificaron a Pablo por
vosotros? ¿O es que os bautizaron para vincularos con Pablo? Cuando uno
dice: Yo estoy con Pablo; y otro: Yo, con Apolo, ¿no sois como gente
cualquiera? En fin de cuentas, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Ministros que
os llevaron a la fe. Porque espera en mí, lo libraré.
No espera en los centinelas, ni en el hombre, ni el ángel, sino en mí, sin
aguardar nada de nadie, sino de mí y no de ellos. Todo don acabado viene de
ar-riña, del Padre de los otros. Yo hago eficaz la vigilancia de los hombres,
que ven las acciones externas, pues los he designado como centinelas suyos.
De mí salen las rondas vigilantes de los ángeles, que detectan los impulsos
más íntimos: los que seducen de manera especial o alejan a los que nos
sugieren la maldad. Pero la vigilancia intima de las intenciones más secretas
me la reservo yo, porque hasta ahí no pueden llegar ni los ojos del hombre ni
los del ángel.
Capítulo 4
Descubramos, hermanos, esta triple vigilancia y abrámonos como
corresponde a cada una de ellas. Procurad la buena reputación ante los
hombres, ante los ángeles y ante Dios. Tratemos de agradar a todos en todo,
y principalmente al que está sobre todo. Salmodiemos para él en presencia
de los ángeles, y se cumplirá así en ellos o que está escrito: Tus fieles verán
con alegría que he esperado en tu palabra. Obedezcamos a nuestros
dirigentes que velan por nuestro bien, porque han de dar cuenta de nuestras
almas para que puedan cumplir su tarea con alegría, no suspirando
pesarosos.
Yo, sinceramente, doy gracias a Dios, manantial único de todo don; porque
en esto no debo insistiros demasiado, pues no me preocupáis mucho en ese
aspecto. ¿No es mi alegría y mi corona vuestra pronta obediencia y vuestra
irreprochable vida monástica?¡Ojalá tuviese la certeza de que ni los mismos
ángeles encuentran nada indigno en vosotros, que ninguno esconde despojos
de Jericó, que no murmura, que no difama a nadie por detrás, que no obra
con hipocresía o adulación, que no revuelve en su interior pensamientos
vergonzosos, con los que a veces, ¡ay!, suele turbarse también la carne!
Eso aumentaría mucho mi gozo, pero aún no llegaría a su plenitud: Porque no
somos tan perfectos que podamos prescindir del posible juicio humano, y
mucho menos que seamos irreprensibles para nuestra conciencia. Por otra
parte, si aun los mejores temen a Juez tan oculto, cuánto más nosotros, ¿no
deberíamos temblar ante el recuerdo de su juicio?¡Ah, si yo llegase a la
certeza de que en ninguno de vosotros hay nada que ofenda a su mirada, la
única que ve perfectamente lo que hay en el hombre, incluso lo que no
descubre uno mismo! Hermanos, pensemos en este juicio y frecuentemos su
contemplación con temor y temblor cuanto menos podamos comprender el
insondable abismo de los juicios de Dios y sus irrevocables disposiciones.
Por este temor cobra mérito la esperanza y con este miedo se espera
justificadamente.
Capítulo 5
Si lo pensamos bien, este mismo temor es precisamente un motivo de
esperanza firmísimo y eficaz. Porque es como el máximo don de Dios; al
recibir los bienes presentes, se esperan más firmemente los futuros. Además,
el Señor aprecia a los que le temen y de su amor pende la vida, porque su
benevolencia es causa de vida eterna. Ya que espera en mí, lo libraré.
Dulcísima liberalidad, segura para los que esperan en él, pues todo el mérito
del hombre estriba en que ponga toda su confianza en el que puede salvar al
hombre entero. En ti confiaban nuestros padres, confiaban y los ponías a
salvo; a ti gritaban, y quedaban libres; en ti confiaban, y no los defraudaste.
Porque ¿quién esperó en él y quedó abandonado? Pueblo suyo, confiad en él.
Todo lo que pisen vuestros pies será vuestro. Vuestros pies son vuestra
esperanza. Todo cuanto desee lo conseguirá, con tal que se apoye totalmente
en Dios para que sea sólida y no vacile. ¿Cómo podrá temer al áspid y al
basilisco? ¿Por qué asustarse de los rugidos del león y de los silbidos del
dragón?
Capítulo 6
Porque ha esperado en mí, lo libraré. Todo liberado necesita que le ayuden
siempre, no sea que de nuevo se vea vencido; o protegeré y lo mantendré,
pero si conoce mi nombre; no sea que se atribuya a sí mismo su liberación,
sino que dé la gloria a tu nombre. Lo protegeré porque conoce mi nombre.
Porque en presencia de su rostro se le rinde gloria y en el conocimiento de
su nombre se muestra su protección. La esperanza radica en el nombre, pero
su objeto está en la visión del rostro. ¿Quién espera lo que ya ve? La fe sigue
al mensaje y, según el mismo Apóstol, es el anticipo de lo que se espera.
Lo protegeré porque conoce mi nombre. No conoce su nombre el que lo
pronuncia en falso, diciéndole: Señor, Señor, y no hace lo que él dice. No
conoce su nombre el que no le honra como Padre ni le teme como Señor. No
conoce su nombre el que acude a los idólatras, que se extravían con
falsedades. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el nombre del
Señor y no acude a los idólatras, que se extravían con falsedades. Pedro sí
que conoció ese nombre cuando decía: No tenemos otro nombre al que
debamos invocar para salvarnos. Nosotros sí conocemos su nombre que está
con nosotros; pero debemos desear que sea santificado siempre en nosotros
y oraremos como nos lo enseñó el Salvador: Padre nuestro, que estás en los
cielos, santificado sea tu nombre.
Escucha, finalmente, cómo continúa el salmo: Me invocará y lo escucharé.
Este es el fruto del conocimiento de su nombre: el clamor de la oración. Y el
fruto de nuestro clamor es que nos escuche él Salvador. Porque no puede ser
escuchado el que no lo invoca, ni puede invocarle el que no conoce el
nombre del Señor. Demos gracias al Señor, que manifestó a los hombres el
nombre del Padre, disponiendo que en su invocación encontremos la
salvación, como está escrito: Todos los que invoquen el nombre del Señor
se librarán.
Sermón decimosexto
Sobre el verso decimoquinto: "Me invocará y lo
escucharé; con él estaré en la tribulación, lo
defenderé y lo glorificaré".
Capítulo 1
Me invocará y lo escucharé. Aquí encontramos una clara alianza de paz, un
pacto de piedad, un acuerdo que misericordia y compasión. Espera en mí, lo
libraré; conoce ,ni nombre, lo protegeré; me invocará, y lo escucharé. No
dice: Fue digno, fue justo y recto, hombre de manos inocentes y puro
corazón; por eso lo libraré, lo protegeré, lo escucharé.. ¿Quién no
desconfiaría si hablase así? ¿Quién se atreve a decir: Tengo la conciencia
pura? Pero de ti procede el perdón y tu ley infunde respeto, Señor. Dulce ley,
que establece el clamor de la oración como único mérito para ser escuchado.
Me invocará y lo escucharé. No es escuchado el que encubre su clamor, o no
pide absolutamente nada, o lo pide iría o débilmente. El deseo inflamado es
como un gran clamor para los oídos del Señor; pero el ánimo desganado es
como voz apagada. ¿Cuándo atraviesa las nubes? ¿Cuándo se escucha en los
cielos? Para que el hombre sepa cómo debe gritar, antes de comenzar a orar
se le advierte que va a dirigirse el Padre que está en los cielos. Así
recordará que la oración debe ser como disparo impetuoso del espíritu. Dios
es espíritu, y todo el que desee que su clamor llegue hasta él deberá clamar
en espíritu. El no mira al rostro del hombre como nosotros, sino que penetra
en su corazón. De la misma manera, escucha, más bien, la voz del corazón
que la de la boca. Por eso, el Profeta le llama Dios de mi corazón. Moisés
callaba exteriormente, pero el Señor escuchaba su interior y le responde:
¿Por qué me gritas?
Capítulo 2
Me invocará y lo escucharé. No sin razón. Una gran necesidad arrancó un
gran clamor. ¿Qué pidió gritando sino el consuelo, la libertad y la dignidad?
¿Cómo habría sido escuchado sí hubiera exclamado por otras razones? Lo
escucharé, dice. ¿Qué le vas a escuchar, Señor? Con él estaré en la
tribulación, lo libraré, lo glorificaré. Podemos relacionar estas tres frases
con el triduo que pronto vamos a celebrar. El sufrió por nosotros el dolor y a
tribulación cuando, por la dicha que le esperaba, sobrellevó la cruz,
despreciando la ignominia. Pero, tal como lo había dicho antes de morir,
todo legó a su fin y, como dijo al expirar, queda terminado. En ese momento
comenzó su sábado. No se hizo esperar la gloria de la resurrección: al tercer
día, al romper el alba, el Sol de justicia amaneció del sepulcro para
nosotros.
Así aparecieron juntos el fruto de la tribulación y la verdad de la liberación
en la gloria manifiesta. También en nosotros se da cierta trilogía parecida.
Con él estaré en la tribulación. ¿Cuándo sucede esto? El día de nuestra
tribulación, el día de nuestra cruz, siempre que se cumple lo que él dice: En
el mundo tendréis apreturas. Y también el Apóstol: Todo el que se proponga
vivir como buen cristiano será perseguido. Porque no será posible una
liberación plena y perfecta antes del día de la muerte: Los hijos de Adán
yacen bajo un yugo pesado desde que salen del vientre materno hasta que
vuelven a la madre de los vivientes. Ese día precisamente lo libraré, cuando
el mundo va nada pueda contra el cuerpo ni contra el alma. La glorificación
se reserva para el último día, el día de la resurrección cuando surja en gloria
lo que ahora se siempre en ignominia.
Capítulo 3
¿Cómo sabemos que está con nosotros en la tribulación? Porque nos
encontramos atribulados. ¿Quién lo soportaría? ¿Quién subsistiría, quién
perseveraría sin él? Tengámonos por muy dichosos, hermanos míos, cuando
nos veamos asediados por pruebas de todo género, sabiendo que tenemos
que pasar mucho antes de entrar en el reino de Dios y que el Señor está
cerca de los atribulados. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo,
porque tú vas conmigo. Así es como está con nosotros todos los días hasta el
fin del mundo. ¿Y cómo viviremos con él? Cuando seamos arrebatados en
nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con Cristo.
¿Cuando apareceremos con él en la gloria? Cuando se manifieste Cristo, que
es nuestra vida. Entre tanto tiene que ocultarse ara que la tribulación preceda
a la libertad, y la libertad a la glorificación. Así exclama el liberado: Alma
mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo; arrancó mi alma de la
muerte; mis ojos, de las lágrimas; mis pies, de la caída. Lo defenderé, lo
glorificaré.
¡Dichoso el que ahora tiene quien le ayude y le consuele, su refugio en los
momentos de peligro y en las tribulaciones: ¡Pero cuánto más dichoso si ya
lo has librado y lo arrancaste de tanto mal!¡Cuánto más feliz si ya lo sacaste
de la red del cazador, arrebatándolo para que la malicia no pervierta su
conciencia ni la perfidia sedujera su alma! Pero, por encima de todo, será
mucho más feliz cuando lo lleves contigo para saciarlo con los bienes de tu
casa y reproducir en él tu esplendor.
Capítulo 4
Y ahora, hijitos, gritemos al cielo, y nuestro Dios tendrá piedad de nosotros.
Gritemos al cielo, porque bajo el cielo todo es trabajo, dolor, vacío y
aflicción de espíritu. Nada más falso y enconado que el corazón y sus
sentidos, propensos a la maldad. En mis bajos instintos no anida nada bueno.
El pecado habita dentro de mí en guerra declarada contra el espíritu.
Finalmente, me falta el valor y mi ser muere por el pecado. Pero a cada día
le bastan sus disgustos, mientras el mundo entero está en poder del malo.
¿Qué perverso el mundo presente!¡Con qué malicia hacen guerra contra el
espíritu los deseos mundanos! Y no olvidemos al jefe de este mundo, de
estas tinieblas, de las fuerzas espirituales del mal, de las potestades aéreas y,
sobresaliendo entre todos, la serpiente, el animal más astuto. Esto es lo malo
de todo cuanto sucede bajo el sol y bajo el cielo. ¿Dónde encontrarás asilo?
¿Dónde esperas algún consuelo, algún auxilio? Si lo buscas dentro de ti, tu
corazón está agostado y te olvidas de comer tu pan, abandonado como un
muerto. Si lo buscas debajo de ti, el cuerpo mortal es lastre del alma. Si lo
buscas en torno a ti, la tienda terrestre abruma la mente pensativa. Búscalo,
pues, arriba; pero anda con cautela al pasar por los torbellinos del viento.
Porque esos ladronzuelos saben que todo buen regalo y todo don perfecto
viene de arriba y cerraron el camino intermedio. Pasa, pues; atraviesa esa
maldad vigilante que observa y acecha sin tregua para que nadie pueda huir a
la ciudad.
Si te golpean, si te hieren, suéltales tu manto, como José lo dejó en Egipto
para aquella adúltera; quédate sin sábana para huir de ellos desnudo, como
el joven del Evangelio. ¿Acaso no le entregaron algo más que el manto al
poder del malvado cuando se le dijo: Respétale la vida. Así, pues, levanta el
corazón; levanta tu clamor, tus deseos, tu ciudadanía, tu intención; y toda tu
esperanza estará puesta arriba. Grita al cielo para que te escuche, y el Padre
que están los cielos te enviará auxilio desde el santuario, te apoyará desde el
monte Sión. Te auxiliará ahora en la tribulación. Te librará del peligro y te
glorificará en la resurrección. Muy grande es todo esto; pero tú, Señor, que
eres grande, lo prometiste. Esperamos en tu promesa, y por eso nos
atrevemos a decir:
Si clamamos con un corazón piadoso,
seguro que nos lo debes por tu promesa. Amén.
Sermón decimoséptimo
Sobre el verso decimosexto: "Lo saciaré de largas
días y le haré ver mi salvación".
Capítulo 1
Este verso del salmo, hermanos, es muy oportuno; corresponde bastante a
este tiempo litúrgico. Celebrando va pronto la resurrección del Señor, a
cada uno de nosotros se le promete la suya al festejar como miembros el
memorial de lo que antes aconteció en la Cabeza y esperamos que algún día
se realice en nosotros mismos. Precioso remate el del salmo, que promete un
fin tan dichoso al que lo canta. Lo saciaré de largos días y le haré ver mi
salvación.
Muchas veces os recalco, hermanos, que, según Pablo, la piedad es objeto
de una promesa para esta vida y para la obra. Por eso dice también: Os vais
ganando una santificación que os lleva a la vida eterna. Esa es a plenitud que
se nos promete aquí: largos días. ¿Hay algo más largo que la vida eterna?
¿Qué puede haber tan largo como lo que no se interrumpe porque no tiene
fin? Buen fin la vida eterna, que no tiene fin. Y lo que no tiene fin es bueno
por sí mismo. Abracémonos, pues, a la santificación, porque es buena,
porque su fin es la vida sin fin. Corramos tras la santidad y la paz, sin las
que nadie verá a Dios.
Lo saciaré de largos días y le haré ver mi salvación. De la diestra de Dios
viene esta promesa; don de su diestra que el santo deseaba para sí:
Alargarás tu diestra a la obra de tus manos. Me saciarás de alegría perpetua
a tu derecha. También consiguió esto mismo aquel de quien dice el salmista:
Te pidió vida, y se la has concedido; años que se prolongan sin término. Más
claramente lo dice el Sabio: En la diestra trae largos años, y en la izquierda,
honor y riquezas. ¿Hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad?
Porque la vida que vivimos es, más bien, una muerte; no es vida
simplemente, sino vida mortal.
Decimos que el hombre muere cuando se acerca la muerte con toda certeza.
Pero desde que empezamos a vivir, ¿qué hacemos sino acercarnos a la
muerte y empezar a morir? Como atestigua el santo patriarca, los días de esta
vida son pocos y malos. Se vive verdaderamente cuando la vida es rebosante
y vital; los días son prósperos cuando son interminablemente largos. Demos
gracias a Dios, que todo lo abarca y gobierna el universo con acierto. Pronto
se acabará esta breve sucesión de días, a cada uno de los cuales le basta su
propio agobio. Porque, cuando lleguen los días prósperos, no faltará la
eternidad.
Capítulo 2
Lo saciaré de largos as. Con ese verso aclara mejor lo que antes había
dicho: Lo glorificaré. ¿A quién no le bastará ser glorificado por un Señor
cuyas obras son perfectas? Porque un ser tan inmenso sólo puede glorificar a
otros inmensamente. Tiene que ser grande una glorificación que procede de
su inmensa gloria. Desde la sublime gloria le llegó aquella voz singular, dice
Pedro. Exacto: gloria sublime la que glorifica tan magníficamente con una
claridad plena, múltiple y amplia. Engañosa es la gloria, fugaz la hermosura
y contados los días del hombre. El Sabio no los anhela, sino que de corazón
dice al que mira al corazón: No he deseado el día del hombre; tú lo sabes.
Deseo algo más que lo que él desea. Yo lo rechazo de plano. Porque sé de
quién es la voz que dice: Honores humanos no los acepto. ¿Qué desgraciados
los que nos intercambiamos honores y no buscamos el honor que viene de
Dios!
Esta única gloria que despreciamos es la que sólo cuenta con la plenitud y
sacia de largos días. Los días del hombre son cortos y florecen como la
hierba. Se agosta la hierba, se marchita la flor pero la Palabra de Dios
permanece por siempre. El verdadero día que no conoce ocaso es la verdad
eterna, la verdadera eternidad, y, por tanto, la saciedad verdadera y eterna.
Si no, ¿cómo puede llenar una gloria que es engañosa y vana? Por eso se la
califica como vacía, para que sepas que con ella te vacías más y no puedes
saciarte. Por tanto, en esta vida es mayor bien la abyección que la altanería;
nuestro mejor bien es la privación y no el deleite; ambas pasan en seguida.
Pero una conlleva el castigo y la otra el premio.
Capítulo 3
Provechosa tribulación la que, acarreando prueba, conduce a la gloria. Con
él estaré en a tribulación; lo libraré y lo glorificaré. Demos gracias al Padre
de las misericordias, que está con nosotros en la tribulación y nos consuela
en cualquiera de ellas. Es necesaria, como he dicho, la tribulación que se
convierte en gloria, la tristeza que se transtorna en gozo; un gozo duradero
que nadie nos arrebatará, un gozo múltiple, un gozo total. Necesaria es esa
necesidad que engendra el premio. No la despreciemos, hermanos; es una
semilla insignificante, pero el fruto que de ella brota es grande. Quizá sea
insípida, amarga, como el grano de mostaza. Pero no valoremos lo que se ve,
sino lo que no se ve. Porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es
eterno. Pregustemos las primicias de la gloria, gloriémonos en la esperanza
gloriosa del Dios excelso.
Para decirlo todo, gloriémonos también por la tribulación, porque en ella
radica a esperanza de la gloria. Mira si no es esto mismo lo que quiere
enseñar el Apóstol cuando añade: La tribulación engendra la paciencia, etc.
Hay que subrayar que en esta frase, habiendo dicho antes el Apóstol
solamente que nos gloriemos por la esperanza, añade además: Estamos
orgullosos también de la tribulación. Y no recomienda ningún otro motivo de
orgullo, sino que simplemente explica dónde está la esperanza gloriosa,
dónde debe buscarse la gloria de la esperanza. Porque la esperanza de la
gloria está en la tribulación. Es más, en la tribulación se encierra la gloria
misma, como en la simiente está la esperanza del fruto, igual que el fruto está
ya en la semilla.
De igual manera, el reino de Dios está dentro de nosotros, como un tesoro en
vasija de barro o en un campo cualquiera. Esta, dice; pero está escondido.
Dichoso el que lo encumbra ahí. ¿Quién será? El que piense más en la
cosecha que en la semilla. Este tesoro lo encuentra la mirada de la fe, que no
juzga por las apariencias, porque ve lo que no aparece e intuye lo que no se
ve. Con toda seguridad había encontrado este tesoro el que, deseando que lo
hallasen los demás, decía: ,vuestras penalidades momentáneas y ligeras nos
producen una riqueza eterna, una gloria que las sobrepasa
desmesuradamente. No dice, nos producirá, sino nos produce una riqueza
eterna. Se nos oculta la gloria, hermanos míos; se nos esconde en la
tribulación. En este momento fugaz está latente una eternidad. Y en algo tan
liviano, una consistencia sublime y desproporcionada. Démonos prisa en
esta vida para comprar ese campo. Para comprar ese tesoro escondido en el
campo. Pongamos todo nuestro gozo en las diversas tribulaciones que nos
sobrevengan. Digamos de verdad con el corazón, repitamos aquella máxima:
Más vale visitar la casa en duelo que la casa en fiestas.
Capítulo 4
Con él estaré en la tribulación, dice Dios. ¿Y yo voy a buscar aquí algo que
no sea la tribulación? Para mí, lo bueno es estar junto a Dios. Y no sólo eso:
Hacer del Señor ,ni refugio, porque lo libraré dice, y lo glorificaré. Con él
estaré en la tribulación. Yo, dice, disfruto estando con los hombres.
Emmanuel, Dios con nosotros. Alégrate, llena de gracia, dice el ángel a
María; el Señor está contigo. Está con nosotros en la plenitud de la gracia, y
nosotros estaremos con él en la plenitud de la gloria. Descendió para estar
cerca de los atribulados, para estar con nosotros en nuestra tribulación.
Seremos arrebatados en nubes ara recibir a Cristo en el aire, y así estaremos
siempre con el Señor. Pero con tal de que procuremos tener altura como
compañero del camino al que nos dará la patria. O mejor dicho, el que será
un día nuestra patria si ahora es nuestro camino. Para mí, lo bueno es, Señor,
padecer la tribulación, si es que tú estás conmigo, mejor que reinar sin ti,
banquetear sin ti, llenarme de gloria sin ti. Prefiero abrazarte en la
tribulación, tenerte conmigo en el camino, a estar sin ti aun en el cielo. ¿Qué
puedo apetecer del cielo ni qué he de desear sobre la tierra fuera de ti?
El horno prueba la vasija del alfarero, y la prueba de la tentación al hombre
justo. Ahí, ahí estás con ellos, Señor. Ahí estás en medio de los que se
reúnen en tu nombre, como antiguamente te manifestaste con los tres jóvenes
en el horno al gentil, que llegó a decir: El cuarto parece un ser divino. ¿Por
qué temblamos, por qué tememos, por qué huimos de esta hoguera? Se
enfurece el fuego, pero el Señor está con nosotras en la tribulación. Si Dios
está a nuestro favor, ¿quién puede estar en contra? Asimismo, si él es nuestro
liberador, ¿quién puede arrancarnos de sus manos? Finalmente, si él nos da
la gloria, ¿quién podrá afrentarnos? ¿Quién puede humillarnos?
Capítulo 5
Escucha, por fin, con qué gloria piensa glorificarnos. Lo saciaré, dice, de
largos días. Al poner en plural la palabra "días", no quiso indicar
inestabilidad alguna, sino su pura prolongación. Porque, si lo interpretas
como cambio, mejor es un día en los atrios del Señor que mil fuera. Hemos
leído que los santos y los hombres perfectos murieron colmados de días
como los nuestros, pero sabemos que se llenaron de virtudes y de gracias.
Por cierto que fueron levados hasta esa plenitud de día en día, de claridad en
claridad; no por su propio espíritu. sino por el Espíritu del Señor.
Y si al día se le considera una gracia; si, como recordábamos, la claridad
que nace del hombre se conceptúa como día e incluso esta pálida gloria que
buscamos unos de otros, esa plenitud de la verdadera gloria, ¿no será
propiamente el verdadero día o su plenitud meridiana? Si a la variedad de
dones la llamamos larga sucesión de días, ¿no podemos entender por gloria
múltiple la multiplicidad de días? Por último, descubrirás mejor la saciedad
de días sin cambio alguno en estas palabras : La luz de la luna será como la
luz del sol, dice el Profeta, y la luz del sol, siete veces mayor que la de siete
días. Si no me engaño, aquel rey fiel deseaba cantar sus salmos todos estos
días de su vida en la casa del Señor. Porque ser fieles a Dios con cada uno
de los dones de tan sublime y diversa gloria. dándole gracias en todo,
equivale a cantar salmos a su nombre todos los días.
Capítulo 6
Le saciaré de largos días. Como si dijera más claramente. Sé lo que ansía, sé
lo que desea, sé lo que saborea. No es plata ni oro, ni el placer, ni la
curiosidad, ni dignidad cualquiera del mundo. Todo lo tiene por pérdida.
Todo lo desprecia y lo considera como basura. Se despojó hasta de sí mismo
y no soporta entregarse a lo que sabe que no puede llenarle. Sabe a imagen
de quién ha sido creado, de qué grandeza es capaz, y no tolera medrar con
minucias para privarse de lo mejor. Por eso saciaré de largos días a quien
sólo puede recrearle la luz verdadera y colmarle la luz eterna. Porque esa
larga duración no tiene fin, ni su claridad ocaso, ni su saciedad hartura. En la
eternidad habrá sosiego, en la verdad gloria, en la saciedad gozo. Y le haré
ver mi salvación. Merecerá ver lo que deseaba en el momento en que el Rey
de la gloria le presente a la Iglesia radiante, sin mancha alguna, en la
claridad del día, y sin arruga por su total lozanía. Al contrario, un espíritu
impuro, turbado e inquieto por algo, se desvanece al brillo de su luz.
Por esta razón, como os recordaba, se nos prescribe correr tras la santidad y
la paz, porque sin ellas nadie puede ver a Dios. Cuando tu deseo se vea
colmado de bienes, hasta no suspirar por nada, pacificada totalmente el alma
por su misma plenitud, podrás ya contemplar aquella calma colmada de la
majestad, echo semejante a Dios, para verla tal como es. Quizá, lleno de
gloria en sí mismo, vea eternamente la victoria que Dios ha ganado y
contemple el que ahora habite este mundo de delicias cómo toda la tierra se
embriaga de su majestad. Parece que a esto se referiría lo que añade el
salmo : Y le haré ver mi salvación.
Capítulo 7
Pero, si así lo prefirieseis, también podemos interpretarlo como una
aclaración de la promesa de largos días mostrándole su salvación. Lo
saciaré, dice, de largos días. Y como si te preguntaras si es posible hablar
de días en una ciudad en la que de día no luce el sol porque nunca es de
noche, te responde: le haré ver mi salvación. Como se dice en la Escritura,
porque su lámpara es el Cordero. Le haré ver mi salvación pero ya no le
instruiré en la fe ni le ejercitaré en la esperanza, sino que lo colmaré
directamente en la visión. Le haré ver mi salvación: le mostraré a mi Jesús
para que vea ya eternamente a aquel en quien creyó, a quien amó y a quien
siempre deseó.
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Muéstranos, Señor,
tu Salvador y nos basta, pues el que le ve, te ve a ti, porque está en ti, y tú en
él. Esta es la vida eterna, reconocerte a ti como único Dios verdadero, y a tu
enviado Jesús, el Cristo. Entonces, Señor, dejarás a tu siervo irse en paz,
según tu promesa, cuando mis ojos vean tu salvación, tu Jesús y Señor
nuestro, que es el Dios soberano bendito por siempre.
Sermones de la Resurrección del Señor
Sermón primero
Las injurias de los judíos
Capítulo 1
Ha vencido el león de Judá. La sabiduría es más fuerte que el mal. Alcanza
con vigor de extremo a extremo y gobierna suavemente el universo. Actúa
con energía en favor mío, y me trata siempre con blandura. Soportó en la
cruz las injurias de los judíos, encadenó en su palacio al hombre fuerte y
bien armado, y redujo a la impotencia al que imperaba sobre la muerte.
Judío, ¿qué fue de tu arrogancia? Zabulón, ¿dónde tienes el botín? Muerte,
¿dónde está tu victoria? El impostor está avergonzado, y el saqueador
desvalijado.
Apareció un nuevo poder. La muerte, siempre victoriosa, está pasmada. ¿Qué
dices ahora, judío, tú que ayer levantabas airoso tu cabeza ante la cruz? ¿Por
qué lanzas tus dardos a Cristo, que es la verdadera cabeza del hombre?
Cristo, dices, Rey de Israel, baja de la cruz. Lengua envenenada, palabras
infames, lenguaje perverso. ¿No decías hace un momento, Caifás, que antes
que perezca la nación entera conviene que muera uno por el pueblo? Como
proferías una verdad, no hablabas por ti mismo, ni sabías lo que decías. Si
es el Rey de Israel, que baje de la cruz.
Así opinas tú y el eterno mentiroso. El rey nunca debe descender,sino
ascender. ¿No recuerdas, vieja serpiente, la humillación que recibiste al
decir: tírate abajo, o te daré todo eso si te postras y me rindes homenaje?
¿Cómo olvidas tú, judío, eso que tantas veces has oído, que el Señor reinó
desde el madero, y te mofas de ese rey porque aguanta en el madero? Pero es
posible que no lo hayas oído, porque este mensaje no es para los judíos, sino
para los gentiles: Decid a los pueblos que el Señor triunfó desde un madero.
Capítulo 2
El gobernador pagano acertó al poner sobre el madero el título de rey; y el
judío, aunque lo intentó, no pudo deformar la inscripción, ni impedir a
pasión del Señor y nuestra redención. Si es rey de Israel que baje, gritan
aquéllos. No, precisamente porque es rey de Israel, no abandona su título
real ni olvida su cetro. Lleva al hombro el principado, cantó hace tiempo
Isaías. Los judíos insisten a Pilato: no dejes escrito: el rey de los judíos;
pon: éste dijo que era rey de los Judíos. Pero Pilato contesta: lo escrito,
escrito queda. Si Pilato mantiene su palabra escrita, ¿no va a coronar Cristo
lo que comenzó? lo decidió y nos salvará.
Ellos siguen diciendo: ha salvado a otros y él no se puede salvar. Pero si
descendiera de la cruz no salvaría a nadie. Si el que quiere salvarse debe
perseverar hasta el fin, con mayor motivo quien desea ser el Salvador. Por
eso salva a los demás, porque él mismo es la salvación y no necesita
salvarse a sí mismo. Está realizando nuestra salvación, y no quiere dejar
incompleto el sacrificio vespertino de la víctima propiciatoria. Intuye tus
pensamientos. No esperes que te brinde la menor ocasión de arrebatarnos la
perseverancia y con ella la corona. No apagará la lengua que predica, ni la
que consuela a los débiles, o dice al oído de cada uno: no te retires. Y no se
atreverían a pedir esto si pudiéramos responderles que Cristo abandonó su
puesto.
El corazón del hombre se pervierte desde la juventud. Has fracasado
ajustando saetas a la cuerda, y aumentando la ansiedad de los discípulos con
los insultos de los judíos. Aquéllos pierden la esperanza, y éstos insultan
alevosos, pero a Cristo no le afecta ni lo uno ni lo otro. Ya le llegará el
momento de alentar a los suyos y humillar a los enemigos.
Capítulo 3
Mientras tanto derrocha paciencia, manifiesta humildad, practica la
obediencia y llega a la cumbre del amor. Estas son las cuatro piedras
preciosas que engalanan los cuatro extremos de la cruz: en o más alto el
amor, la obediencia a la derecha, la paciencia a la izquierda, y en el suelo la
humildad, fundamento de las virtudes. Mira las riquezas que aportó la pasión
del Señor al triunfo de la cruz: humildad frente a las blasfemias de los judíos
y paciencia en los tormentos; interiormente le torturaban las lenguas, y por
fuera los clavos. Pero su amor era tan inmenso que dio la vida por sus
amigos, y en un gesto sublime de obediencia, reclinan o la cabeza, entregó el
espíritu, obedeciendo hasta la muerte.
Estas riquezas y esta gloria quería arrebatar a la Iglesia de Cristo el que
gritaba: si es rey de Israel que baje de la cruz. Quería suprimir el modelo de
obediencia, el estímulo del amor, y hasta el más mínimo ejemplo de
paciencia y humildad. Y aquellas tiernas palabras del Evangelio, más dulces
que el panal de miel: no hay amor más grande que dar la vida por los
amigos. Y aquellas otras que dirige al Padre: he llevado a cabo la obra que
me encargaste. O las que confía a los discípulos: aprended de mí que soy
manso y humilde de corazón. Cuando me levanten de la tierra atraeré a todos
hacia mí.
La envenenada y astuta serpiente no soporta esa otra serpiente de bronce
colocada sobre el estandarte, que cura las heridas de quienes la miran. Por
eso instiga a la mujer de Pilato diga a su marido: deja en paz a ese inocente,
que esta noche he sufrido mucho en sueños por causa suya. Ya tenía miedo
entonces. Pero mucho más ahora. El enemigo se siente impotente ante el
poderío de la cruz, y quiere volverse atrás cuando ya no hay remedio: a los
que antes incitó a crucificar, ahora quiere le convenzan que baje de la cruz.
Y dicen: si es rey de Israel, que baje de la cruz y le creeremos.
¿Es posible una astucia más serpentina y un artificio más perverso? El
Salvador había dicho: sólo me han enviado para las ovejas descarriadas de
Israel, y todos sabían con qué ardor se había entregado a salvar a su pueblo.
Por eso ahora el malvado quiere enmascarar las lenguas blasfemas y que
digan: que baje y le creeremos. Como queriendo decir: ya no existe ningún
impedimento para que baje, porque lo único que desea es que creamos en Él.
Capítulo 4
Pero ¿qué atenta o contra quién trama asechanzas este astuto? Nada menos
que contra aquel a quien no lo engañará el enemigo ni los malvados lo
humillarán. Las vanas promesas no afectan al que ve el interior del hombre.
Ni le intimidan las ruines blasfemias, al que es la mansedumbre por
excelencia. Lo que pretende esta diabólica sugerencia no es que aquéllos
lleguen a creer, sino que desaparezca por completo nuestra fe pobre y
vacilante. Porque si se nos dice que las obras de Dios son perfectas, ¿cómo
íbamos a creer en Dios, al ver que dejaba incompleta nuestra salvación?
Escuchemos, en cambio, qué responde Cristo, usando las palabras del
Profeta. Judío, ¿quieres una señal? Pues espérame el día de mi resurrección.
Si quieres creer ya tienes pruebas mucho mayores que ésta. He realizado
prodigios, he curado a los enfermos ayer y anteayer. Hoy debo morir. ¿No es
mucho más asombroso hacer salir de los posesos a los espíritus inmundos,
como tú mismo lo has visto, o que los paralíticos corran con sus camillas al
hombro, que quitarme estos clavos que tú has puesto en mis pies y manos?
Ha llegado el momento de sufrir, no de hacer. Y así como no habéis podido
adelantar la hora de la pasión, tampoco podréis impedirla.
Capítulo 5
Mas si esta gente idólatra y perversa sigue pidiendo señales, no se les dará
otra que la del profeta Jonás no del Jonás que desciende, sino del que
resurge. Si el judío no a acepta, recíbala lleno de gozo el cristiano. Sí, ha
vencido el león de Judá. A la voz del Padre despertó el cachorro. Rasgó las
entrañas del sepulcro, el que no quiso bajar de la cruz. Nuestros enemigos
Juzgarán si esto es lo más extraordinario: ellos que habían sellado la losa, y
asegurado con guardias la vigilancia del sepulcro.
Esa gran losa que tanto preocupaba a las piadosas mujeres, al resucitar el
Señor la corrió un ángel y se sentó encima. De este modo el cuerpo salió
lleno de vida de un sepulcro bien cerrado, como había nacido del seno
intacto de una Virgen, y se presentó donde estaban reunidos los discípulos
con las puertas atrancadas. En cambio, hay un lugar de donde no quiso salir
con las puertas cerradas: la cárcel del infierno. Rompió los cerrojos de
hierro y arrancó las aldabas, para sacar tranquilamente a los suyos, a los que
había rescatado del enemigo. Y con las puertas de par en par salieron los
radiantes escuadrones que lavaron y blanquearon sus vestiduras con la
sangre del Cordero. Sí, las blanquearon con la sangre, porque juntamente con
ella, como atestigua el que lo vio, también brotó agua que emblanquece.
También podemos decir que las blanquearon en la sangre, en esa sangre y
leche a la vez del Cordero blanco y sonrosado del Cantar: Mi amado es
blanco y sonrosado, descuella entre diez mil. Por eso el testigo de la
resurrección tiene aspecto de relámpago y viste todo de blanco.
Capítulo 6
Para rechazar las falacias de los judíos le bastó salir de una tumba cerrada.
Ese mismo a quien poco antes insultaban: si es rey de Israel, que baje de
cruz. Habían puesto más empeño en sellar y asegurar el sepulcro, que en
sujetar los clavos. Si el león de Judá ha vencido en todos estos
acontecimientos, y ha hecho mucho más de lo que le pedían, ¿a qué
podremos comparar el milagro de la resurrección?
Se nos dice que antes habían ocurrido otras resurrecciones, o retornos a la
vida. Eran preludio de ésta, la cual las aventaja por doble motivo. Aquéllos
resucitaban pero volverían a morir. Cristo, en cambio, resucitado de la
muerte no muere ya más, la muerte no tiene dominio sobre él. Aquéllos al
volver a morir necesitaban resucitar de nuevo. En el caso de Cristo su morir
fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para
Dios, eternamente. Con razón decimos que Cristo es la primicia de los
resucitados: resucitó de tal modo que no vuelve a morir es inmortal.
Capítulo 7
Existe otro motivo que hace especialmente gloriosa su resurrección. ¿Hubo
jamás alguien que se resucitara a sí mismo? Es inefable que un muerto se
despierte a sí mismo. Es algo único, y nadie más lo puede hacer. El profeta
Eliseo resucitó a un difunto, pero era otra persona distinta de él mismo. Y
hace ya muchos siglos que yace en el sepulcro, esperando que le resucite
otro, porque él no puede hacerlo por sí mismo.
Ese otro es el que triunfó de la muerte en sí mismo. Por eso decimos que
algunos han sido resucitados, y que Cristo ha resucitado: es el único que
salió triunfante del sepulcro por su propio poder. Así, a vencido el león de
Judá. ¿Cuál no será su poder, o qué no podrá hacer ahora el que está vivo y
dice a su Padre: he resucitado y estoy contigo, si fue tan poderoso cuando lo
tenían como un muerto más, aunque un muerto muy libre?
Capítulo 8
No quiso demorar más de tres días la resurrección para confirmar el oráculo
del Profeta: en dos días nos hará revivir, y al tercer día nos resucitará.
Conviene además que donde está la cabeza le acompañen los miembros. Era
el día sexto de la semana cuando redimió al hombre muriendo en la cruz, el
mismo día sexto en que lo había creado. Al día siguiente descansó en el
sepulcro, con toda su obra terminada. Y al tercero, que ahora es el primero,
apareció el hombre nuevo, vencedor de la muerte y primicia de los que
duermen.
Nosotros, pues, que seguimos a nuestra cabeza, vivamos entregados a la
penitencia en ese día en que fuimos creados y redimidos. Carguemos con la
cruz y perseveremos en ella como él perseveró, hasta que el Espíritu nos
mande descansar de nuestros trabajos. No prestemos oído a nadie que nos
invite a bajar de la cruz, aunque sea de nuestra propia carne y sangre, o un
espíritu. Perseveremos en la cruz y muramos en ella. Que nos descuelguen
las manos de otros, no nuestra inconstancia. A nuestra cabeza lo descolgaron
unos santos varones. Que envíe él ahora a sus ángeles y nos bajen a nosotros.
Mientras tanto vivamos con valentía el día de la cruz, descansemos en paz
otro día en el sepulcro, aguardando dicha que esperamos, la venida de
nuestro Dios, que nos resucitará a los tres días, transformando nuestro ser
con su resplandor. Porque los difuntos de cuatro días, como Lázaro, huelen
mal; recordemos la Escritura: Señor, ya huele mal, lleva cuatro días.
Capítulo 9
Los hijos de Adán han añadido un cuarto día, que no procede del Señor. Por
eso se corrompen cometiendo execraciones, y se revuelcan en sus heces
como los animales. El plan divino es de tres días: dolor, descanso y gloria.
Los humanos aceptan esto, pero anteponen su día; y de ese modo retrasan la
penitencia para entregarse al placer. Ese día no lo ha hecho el Señor. Tienen
ya cuatro días y huelen mal.
El Santo que nació de María no hizo tal cosa: resucitó al tercer día y no
conoció la corrupción. Por eso ha vencido el león de Judá. Murió como un
cordero y venció como un león. Ruge el león, ¿quién no temerá? El león, el
más valiente de los animales, el que no retrocede ante nadie. El león de
Judá. Tiemblen quienes lo rechazaron diciendo: no tenemos más rey que al
César. Teman quienes decían: no queremos a éste por rey. Ha vuelto con el
título real y hará morir de mala muerte a estos malvados.
Y sabemos que ha vuelto con el titulo real porque nos dice: se me ha dado
plena autoridad en el cielo y en la tierra. Y su Padre añade en el salmo:
pídemelo, te daré en herencia las naciones; en posesión los confines de la
tierra; los gobernarás con cetro de hierro, los quebrarás como jarro de loza.
El león es fuerte, no cruel; su indignación es terrible. La ira de la paloma es
insoportable. Pero este León rugirá en favor de los suyos, no en contra de
ellos. Teman los extraños y salte de gozo Judá.
Capítulo 10
Regocíjense quienes le alaban y proclamen: Dios mío, ¿quién como tú? Tú
eres el león de Judá y la raíz de David. David significa envidiable o de
mano fuerte. El mismo dice: no se te ocultan mis deseos. Y en otro lugar: por
ti conservo mi fuerza. Ha dicho Raíz de David. No es David raíz de él, sino
él la raíz de David. Porque él es quien lo sostiene y no al revés. Tienes
razón, David, en llamar señor tuyo a tu hijo, porque no eres tú quien sostiene
a la raíz, sino que es la raíz la que te sostiene a ti. El es la raíz de tu fuerza y
de tu deseo, una raíz envidiable y vigorosa. Ha vencido el león de Judá, la
raíz de David él abrirá el rollo y sus siete sellos. Son palabras del
Apocalipsis. Apréndanlo quienes lo ignoran, y recuérdenlo quienes lo
sabían.
Escuchemos nuevamente a Juan: En la diestra del que está sentado en el
trono vi un rollo sellado con siete sellos, y nadie podía abrirlo ni
examinarlo. Y continúa: lloraba yo mucho porque no había nadie que fuera
capaz de abrir el rollo. Entonces uno de los ancianos me dijo: no llores, ha
vencido el león de la tribu de Judá, etc. Entonces vi entre el trono un
cordero: estaba de pie, aunque parecía degollado. Se acercó y recibió el
rollo de la diestra del que está sentado en el trono; lo abrió y hubo gozo y
alegría, con acción de gracias.
Juan oyó al león, y vio el cordero. Y los ancianos aclaman: El Cordero que
está degollado merece todo poderío. Sin perder la mansedumbre recibe la
fortaleza: sigue siendo cordero y se convierte en león. Y me atrevo incluso a
decir que él mismo es el libro que nadie podía abrir. ¿Hay alguien capaz de
abrir este libro? El mismo Juan Bautista, el más grande nacido de mujer, se
considera indigno. No merezco ni desatarle la correa de las sandalias.
Efectivamente: la majestad vino a nosotros con unas sandalias, la divinidad
se hizo carne. Teníamos la Sabiduría de Dios, pero en un rollo cerrado y
sellado. Allí lo atan las correas de las sandalias, aquí lo ocultan los sellos
del rollo.
Capítulo 11
¿Y cuáles son esos siete sellos? ¿No podíamos pensar en las tres facultades
del alma: inteligencia, memoria y voluntad, y en los cuatro elementos del
cuerpo? De este modo el Salvador participa realmente de nuestra naturaleza
humana. ¿O tal vez el libro es su naturaleza humana, y debemos buscar los
siete sellos?
Yo pienso en siete cosas que ocultaban por completo la presencia de la
divinidad en su carne, y hacían imposible abrir el rollo y conocer la
sabiduría allí encerrada. Y se me ocurre que son éstas: el matrimonio de la
Madre, por el cual queda oculto el parto virginal y la concepción
inmaculada, hasta el punto de que el creador del hombre pasara como hijo de
un carpintero. La debilidad natural, que ora y suspira, mama y duerme, y
acepta todas las demás necesidades, para encubrir de ese modo la fuerza de
la divinidad. El hecho de someterse al rito de la circuncisión, como remedio
del pecado y medicina contra la enfermedad; siendo así que él venía a
suprimir toda dolencia y pecado. Huye también a Egipto por temor a
Herodes, para que no fuera reconocido como Hijo de Dios y rey del cielo.
¿Y qué nos dicen las tentaciones en el desierto, en el alero y en el monte? Si
eres Hijo de Dios, le dice, di que las piedras se conviertan en panes. O:
tírate abajo. Pero Cristo no hace nada de eso, porque quiere dejar bien
sellado el sello, y engañar al astuto. Y tanto se engañó que lo toma por un
simple hombre bueno; de aquí que, lleva su soberbia, ya no le dijo si eres
Hijo de Dios, sino te daré todo esto si te postras y me rindes homenaje. El
sexto sello es la cruz, donde el rey de la majestad estuvo colgado entre dos
malhechores y lo tuvieron por un criminal.
El sepulcro también selló este rollo, y ningún otro sello ató. Y ocultó tanto
este asombroso misterio de amor. Con el Señor en el sepulcro únicamente
había lugar para desesperarse. Por eso los discípulos decían: nosotros
esperábamos. ¿Quién no iba a llorar entonces al ver el rollo tan fuertemente
cerrado y nadie capaz de abrirlo?
Capítulo 12
Pero no llores, Juan; ni tú, María. Olvidad el llanto y la tristeza. Alegraos
justos con el Señor; aclamadlo, los hombres sinceros. Lo merece el Cordero
degollado, el León resucitado. El es el Libro que se abrirá a sí mismo. Y lo
hará resucitándose a sí mismo de los muertos, resucitando por su propio
poder, y siendo testigos de ello, a los tres días, sus propios enemigos. Una
resurrección tan sublime y gloriosa manifiesta con evidencia que los sellos y
velos eran voluntarios, no necesarios; que no procedían de su naturaleza,
sino de su benevolencia.
¿Por qué sellabas, ¡oh judío!, hace unos días el sepulcro? Porque aquel
seductor, estando en vida, anunció: a los tres días resucitaré. Cierto, era un
seductor, pero bueno, no malvado. Lo dice el Profeta por vosotros: me
sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste, me violaste. Judíos: os
sedujo en la pasión; y en la resurrección os forzó y os derrotó el león
victorioso de Judá. Si lo hubieran descubierto no habrían crucificado al
Señor glorioso. ¿Qué piensas hacer ahora? Lo anunció, y ha resucitado.
Examina atentamente los sellos del sepulcro: está de par en par. Tienes ante
tus ojos el signo de Jonás, que él mismo te dio. Jonás salió del vientre del
monstruo. Cristo surge de las entrañas de la tierra. Y convence mucho más
que Jonás, porque se arrancó él mismo de las garras de la muerte. Los
habitantes de Nínive se alzarán para carearse contra vosotros, y os
condenarán: porque ellos escucharon al profeta, y vosotros habéis rechazado
al Señor de los profetas.
Capítulo 13
¿No decíais: que baje de la cruz y creeremos en él? Intentabais romper el
sello de la cruz y prometíais creer en él. Ya lo tenéis abierto, no roto: entrad.
Si no creéis en el que ha resucitado, menos aún si hubiera bajado de la cruz.
Si la cruz de Cristo os escandaliza -porque el mensaje de la cruz es un
escándalo para los judíos- animaos al menos con el prodigio de la
resurrección. Para nosotros la cruz es un orgullo. Para los que hemos
recibido la salvación es un portento de Dios, y la plenitud de todas las
virtudes. Compartid, al menos, la resurrección.
Pero resulta que aquí reside vuestro mayor escándalo, y lo que para nosotros
es un olor que da vida y sólo vida, para vosotros es un olor que da muerte y
sólo muerte. Inútil continuar. El hermano mayor no soporta la música y el
baile, y se indigna por el ternero cebado matado en nuestro honor. Está a la
puerta y se niega a entrar. Entremos nosotros, hermanos, y celebremos la
fiesta, con los panes sin levadura, que son el candor y la autenticidad,
porque Cristo, nuestro Cordero pascual, ya fue inmolado. Y practiquemos
las virtudes que nos predica desde la cruz: la humildad y paciencia, la
obediencia y el amor.
Capítulo 14
Consideremos, además, con atención, el mensaje de esta solemne festividad.
Resurrección significa paso, transición. Cristo hoy no vuelve, sino que
resucita; no retorna, sino que cambia de vida; ya no habita aquí, sino en otra
patria. La misma Pascua que celebramos no significa retorno, sino paso. Y el
nombre de Galilea, donde veremos al resucitado, quiere decir cambiar de
país, y no permanecer en el mismo.
Ya veo que algunos se adelantan a mi discurso, e intuyen mis intenciones. Lo
diré en dos palabras, pues no quiero hacerme pesado y quitaros la devoción
que os inspira esta solemnidad. Si después de morir en la cruz, Cristo no
hubiera resucitado y siguiera sometido nuevamente a nuestra existencia
mortal y a las miserias de este mundo, para mí no habría cambiado de vida,
sino retornado; no habría pasado a otra más perfecta, sino a la misma de
antes. Pero si pasó realmente a una vida nueva nos invita también a nosotros
a cambiar, nos espera en Galilea. Su morir fue un morir al pecado de una vez
para siempre, porque su vivir no es un vivir para la carne, sino para Dios.
Capítulo 15
¿Qué diremos a todo esto nosotros, que vaciamos del sentido de Pascua la
sagrada Resurrección del Señor, porque no hacemos de ella un paso, sino un
retorno? Estos días hemos llorado, y nos hemos entregado a la oración y a la
compunción, a la sobriedad y abstinencia, para quedar libres y absueltos en
este santo tiempo de cuaresma de las negligencias de todo el año. Hemos
compartido los sufrimientos de Cristo, y nos hemos vinculado de nuevo a él
por el bautismo de las lágrimas, de la penitencia y de la confesión.
Si hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a vivir todavía sujetos a él? Si
hemos sentido dolor de nuestros defectos, ¿vamos a reincidir en ellos?
¿Seremos tan curiosos como antes? ¿Tan charlatanes, perezosos y
negligentes? ¿Tan vanidosos, sospechosos, detractores e iracundos?
¿Tornaremos a los mismos vicios que tan sinceramente hemos llorado estos
días? Ya me quité la túnica, ¿cómo voy a ponérmela de nuevo? Ya me lavé
los pies, ¿cómo voy a mancharlos otra vez? Hermanos, eso no es cambiar de
viva. Así no veremos a Cristo, ni es ése el camino que nos lleva a la
salvación de Dios. Porque como sabemos todos, quien sigue mirando atrás
no vale para el Reino de Dios.
Capítulo 16
Los amantes del mundo y enemigos de la cruz de Cristo llevan en balde el
nombre de cristianos: suspiran toda la cuaresma por el día de Pascua, para
entregarse desenfrenados al placer. De este modo una triste realidad anula el
gozo pascual. Nos duele la injuria que se hace a esta solemnidad, porque se
hace precisamente en ella. ¡Qué pena! La resurrección del Salvador se ha
convertido en el tiempo propicio de pecar, en la cita para volver a caer.
Vuelven las comilonas y borracheras, la obscenidad y el libertinaje; y se da
vía libre a la concupiscencia. Como si Cristo hubiera resucitado para esto, y
no para rehabilitarnos.
¿Así honráis, miserables, al Cristo que aceptasteis? Antes de llegar le
preparasteis hospedaje, confesando con lágrimas los pecados, mortificando
el cuerpo y dando limosnas. Y ahora que ya lo tenéis con vosotros entregáis
a los enemigos, y le obligáis a que se marche, porque tornáis a vuestros
antiguos desenfrenos. ¿Pueden mezclarse la luz y las tinieblas? ¿Tiene algo
que ver Cristo con la soberbia, la avaricia, la ambición, el odio entre
hermanos, la lujuria o la fornicación? ¿Merece menos el que está presente
que quien va a venir? ¿Pide menos santidad vivir el espíritu de Pascua que el
de Pasión? A vosotros os importa lo mismo una cosa que otra. Porque si
hubierais compartido sus sufrimientos, compartiríais ahora su gloria; y si
hubierais muerto con él, estaríais también resucitados.
Capítulo 17
Esta lamentable situación que impide la renovación espiritual, se debe a las
costumbres seculares a la desidia. Como dice el Apóstol,ésta es la razón de
que haya entre vosotros muchos enfermos y achacosos y de que hayan muerto
tantos. Esta es la causa de tantas muertes como suceden por todas partes en
nuestros días. Ya veis, transgresores, cómo os domina la ansiedad, no por
ser transgresores, sino por aferraros a vuestro pecado y amontonar delitos.
No os arrepentís, o lo hacéis con indolencia; ni evitáis los peligros de pecar,
a pesar de que los conocéis por experiencia.
Como dice la Escritura: el enemigo os ha agarrotado los nervios secretos de
los testículos. Mientras os comportéis así con los misterios de Cristo, no
sois de Cristo, ni tendréis vida. Escuchad: si no coméis la carne y no bebéis
la sangre del Hijo del hombre, no tendréis vida en vosotros. Si lo recibís
indignamente, os tratáis vuestra condenación, porque no discernís el don
sagrado el Señor. Rebeldes, entra dentro de vosotros, y buscad al Señor con
todo vuestro ser. Odiad el mal y arrepentíos, no sólo de palabra y con la
lengua, sino con espíritu y verdad.
Pero a estos hombres no les pesa haber caído: siguen en el resbaladero; ni
creen estar equivocados: no se dejan guiar por nadie. Ojalá dieran muestras
de auténtica compunción, huyendo de las ocasiones y alejándose del peligro.
En caso contrario temed la condena de ese día, que está establecido para que
muchos caigan ose levanten. Si vivís totalmente ajenos a Cristo y desligados
de él, si sois camaradas de Judas, en quien entró Satanás al comer el trozo
de pan, estad ciertos que os condenará.
Capítulo 18
Pero nosotros no somos quién para juzgar a los de fuera. Lo hacemos
únicamente porque también nosotros estuvimos en aquel fango, del cual
fuimos arrancados por pura misericordia, y nos duele ver a estos hermanos
nuestros todavía sumergidos en él. Dios quiera que nosotros estemos ya
totalmente santificados y libres de esa miserable y sacrílega costumbre. Y
que nuestra vida espiritual no decaiga ni se debilite al llegar el tiempo de la
resurrección, sino que nos esforcemos en mejorar y superarnos. El que
después de los rigores de la penitencia no vuelve a los consuelos humanos,
sino que vive confiado en la misericordia divina y respira el fervor y gozo
del Espíritu Santo; el que ya no se angustia con el recuerdo de los pecados
pasados, sino que se deleita y se inflama con el recuerdo y deseo de los
premios eternos, ése es el que resucita con Cristo, el que celebra la Pascua,
el que corre a Galilea.
Vosotros, hermanos, si habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba,
donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; estad centrados arriba, no en
la tierra, para que así como Cristo fuere resucitado de la muerte por el poder
del Padre, así también vosotros empecéis una vida nueva. Cambiad las
alegrías y consuelos humanos por la compunción y tristeza que Dios quiere,
para gozar de la devoción santa y espiritual. Nos la concederá aquel que
pasó de este mundo al Padre, y nos llama a Galilea para manifestarse a
nosotros.
Sermón segundo
En el santo día de Pascua. Sobre el texto
evangélico: María Magdalena..., etc.
Capítulo 1
Nos dice el Apóstol que Cristo vive por la fe en lo íntimo de nuestro ser.
Podemos afirmar en consecuencia que si tenemos una fe viva Cristo vive en
nosotros. Pero si nuestra fe está muerta, Cristo no vive en nosotros. La
prueba de una fe viva son las obras, como dice la Escritura: Las obras que el
Padre me ha encargado realizar, me acreditan como enviado del Padre. Lo
mismo enseña el que afirma que la fe, si no tiene obras, es un cadáver. El
movimiento demuestra que nuestro cuerpo está vivo, y las buenas obras que
la fe vive.
La vida del cuerpo procede del alma, por la cual se mueve y siente; y la vida
de a fe es el amor, que le hace capaz de obrar. Recordemos aquello del
Apóstol: La fe actúa por el amor. Si se enfría el amor la fe muere, como
ocurre con el cuerpo al separarse el alma. En consecuencia, cuando vemos
que una persona se dedica con ardor a las buenas obras, a una vida honesta,
estamos convencidos de que tiene una fe viva, porque tenemos pruebas
evidentes. Pero algunos comienzan por el espíritu y terminan en la carne. Ya
no tienen el espíritu vital. Lo dice la Escritura: Mi espíritu no durará por
siempre en el hombre, puesto que es de carne. Y si no hay espíritu
desaparece el amor que inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que
se nos ha dado.
Capítulo 2
Hemos dicho que una persona cimienta la vida de la fe en el amor, si
manifiesta que su fe se actualiza en obras de amor. Y al que no tiene espíritu
le falta la fe, porque sólo el espíritu da vida. Quienes se entregan a los bajos
instintos están muertos; y no hay duda que si celebramos con gozo la vida de
quienes refrenan sus vicios, debemos llorar por muertos a quienes viven
entregados al placer. Lo leemos en el Apóstol: si vivís según los bajos
instintos vais a la muerte, y al contrario, si con el Espíritu dais muerte a las
bajas acciones, viviréis.
Desgraciado del perro que vuelve a su propio vómito, y de la cerda lavada
que se revuelca en el fango. Me refiero a quienes retornan a Egipto
corporalmente, y sobre todo con el corazón; se dejan ofuscar por los regalos
del mundo, y carecen de la vida de la fe que es el amor. Quien ama al mundo
no lleva dentro el amor del Padre. Al muerto de verdad no le abrasa el fuego
en sus entrañas, ni el pecado en su conciencia: ni siente, ni se asusta, ni lo
arroja de sí.
Capítulo 3
Contemplemos a Cristo en el sepulcro, y a un alma de fe muerta. ¿Podremos
hacer algo? ¿Qué hicieron las santas mujeres, las únicas que demostraron un
amor inmenso? Compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. No para
resucitarle. Sabemos perfectamente que lo único que podemos hacer es
embalsamar, no resucitar. Y eso, para que no huela mal, ni contagie a otros, o
se descomponga y se disuelva. Compren, pues, aromas las tres mujeres: a
mente, la lengua y las manos. También a Pedro se le ordenó por tres veces
apacentar el rebaño del Señor: que lo apaciente con el espíritu, con la boca
y con las obras. Que cuide de las ovejas con la oración interior, con las
palabras de exhortación y con el ejemplo de las obras.
Capítulo 4
Adquiera, pues, el espíritu sus aromas: en primer lugar el afecto de la
compasión; después el celo de la rectitud; y no olvide la discreción. Si ves
que un hermano comete una falta, trátale con sentimientos de compasión,
como partícipe que es de tu misma naturaleza, como si tú mismo lo hubieras
engendrado. Vosotros, dice el Apóstol, los hombres de espíritu, recuperad a
ese tal con mucha suavidad; estando tú sobre aviso, no vayas a ser tentado
también tú. Cuando el Señor iba con la cruz a cuestas se lamentaban por él,
no todo el mundo, sino unas cuantas mujeres; y él se volvió hacia ellas y les
dijo: Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y
por vuestros hijos. Fíjate cómo responde: primeramente por vosotras, y
después por vuestros hijos.
Examínate a ti mismo, y así aprenderás a compadecerte del prójimo y
amonestarle con mucha suavidad. Obsérvate a ti mismo, no vayas a ser
tentado también tú. Pero como el mejor argumento y lo que más convence es
el ejemplo, os remito a aquel santo anciano de quien se cuenta que, al
conocer los pecados de otro hermano, lloraba amargamente y decía: ¿Hoy él,
mañana yo?. ¿Crees que no se compadece del hermano, quien así llora por sí
mismo? Este sentimiento de compasión es muy provechoso, porque a un
hombre comprensivo no se le ocurre atormentar al que ya está
suficientemente apenado.
Capítulo 5
Pero ¿qué podemos hacer con esa gente testaruda, que cuanto más nos
compadecemos de ella más abusa de nuestra piedad y benevolencia? ¿No
debemos compadecernos también de la justicia, lo mismo que del hermano al
verla tan impunemente despreciada y provocada? Estoy convencido de que
si amamos la verdad, no podemos soportar a sangre fría este desprecio de
Dios. El celo de la justicia nos inflama contra los transgresores, y actuamos
por amor a la justicia de Dios, que vemos pisoteada. A pesar de todo
debemos dar la preferencia al sentimiento de compasión. No sea que con la
violencia del huracán destrocemos las naves de Tarsis, quebremos la caña
cascada o apaguemos el pabilo vacilante.
Capítulo 6
Cuando se dan ambas cosas, esto es, el afecto de la compasión y el celo de
la justicia, conviene que actúe el espíritu de discreción; no sea que
utilicemos una cosa en vez de otra, y suframos las consecuencias de la
indiscreción. Cultivemos, pues, el espíritu de discreción, y según las
circunstancias, conjuguemos el celo ardiente con la misericordia. Como
aquel buen samaritano que sabe proveerse utilizar a su tiempo el óleo de la
misericordia y el vino de ardor. No penséis que esto es una invención mía: el
Profeta pide estas mismas cosas y con el mismo orden, en un salmo:
Instrúyeme en la bondad, en la disciplina y en la sabiduría.
Capítulo 7
¿Dónde podemos conseguirlas? La tierra de nuestro corazón no produce
estas plantas, sino zarzas y espinas. Debemos comprarlas. ¿A quién? A aquel
que dijo: Venid, comprad sin pagar y de balde vino y leche. Sabéis muy bien
que la leche simboliza la dulzura y el vino la sobriedad. Pero ¿qué significa
comprar sin pagar y de balde”? Esto no se estila en los negocios del mundo,
pero con el dueño del mundo no hay otra solución. Por eso dice el profeta al
Señor: Tú eres mi Dios porque no necesitas de mis bienes. ¿Cómo va a
pagarle el hombre sus gracias, si Dios no necesita nada, y es el dueño del
mundo? La gracia es algo gratuito; incluso cuando se compra lo hacemos
gratis, porque nos quedamos con eso mismo que pagamos por ella.
Capítulo 8
Compremos, pues, estos tres aromas del espíritu con el precio de nuestra
propia voluntad. Al desprendernos de ella no perdemos nada. Salimos
ganando, porque la cambiamos por otra mejor: la voluntad propia se hace
común. Y la voluntad común es el amor. Compramos sin dinero, porque
recibimos lo que no teníamos, y aumentamos con creces lo que teníamos.
¿Podrá compadecerse del hermano el que, llevado de su propia voluntad,
sólo se compadece de sí mismo? ¿Amará el bien y odiará la maldad el que
se ama a sí mismo? Movido por el amor propio o el odio, creerá que
practica sentimientos de compasión O aplica el rigor de la justicia; y de este
modo engañará a los hombres y se engañará a sí mismo.
Pero es muy fácil distinguir lo que procede de la voluntad propia o del amor,
porque son dos eternos rivales. El amor es afable y no lleva cuentas del mal.
En cambio, el peor enemigo del espíritu de discreción es la voluntad propia,
que trastorna el corazón humano y ciega la razón. Compremos tres aromas
para el alma: sentimientos de compasión, empeño por la equidad y espíritu
de discreción. Y paguémoslos con la moneda de la voluntad propia.
Capítulo 9
Los tres aromas que necesita la lengua son: moderación en reprender,
facilidad en exhortar y eficacia en persuadir. ¿Quieres poseerlos?
Cómpraselos al Señor tu Dios. Cómpralos sin dinero, como los anteriores:
consigue lo que puedas y no pagues nada. Cómprale al Señor la moderación
en corregir: es un don extraordinario, todo un buen regalo y rarísimo de
encontrar. Dice Santiago que no hay hombre capaz de domar la lengua.
Muchos, con la mejor intención y magnífica voluntad hablan irreflexivamente
y molestan mucho. Las palabras corren en todas direcciones, y aquella frase
que debía ser medicina, aviva encona aún más la herida por su acento
mordaz. Si a la negligencia se le une la petulancia, crece la impaciencia, y el
manchado sigue manchándose. Se vale de todos los medios a su alcance para
excusar su pecado, y a semejanza del frenético, rechaza o intenta morder la
mano del médico.
Otros no tienen facilidad de palabra, y ante la falta de expresión sienten que
la lengua se les pega al paladar. Lo cual molesta mucho a quienes le
escuchan. Y otros tienen una palabra muy fluida, pero no es agradable ni
amena; y al carecer de gracia no surte efecto. Ya ves cómo necesitamos
comprar al dueño de todo bien y de toda ciencia moderación para reprender,
facilidad para exhortar y eficacia para persuadir.
Capítulo 10
Compra todo esto con la moneda de la confesión: antes de corregir a los
demás confiesa tus pecados. Salvar un alma es un misterio extraordinario: no
te acerques con tu alma manchada. Si no eres inocente, y no lo eres, lava tus
manos en la inocencia antes de acercarte al altar de Dios: la confesión todo
lo limpia. Esta purificación te devolverá la inocencia y te permitirá actuar
como todos los inocentes. Nadie celebra los divinos oficios con el vestido
ordinario, sino revestido de alba. Tú, pues, cuando subas al altar de Dios,
lávate, vístete de blanco, ponte el traje de gala; que todos te digan: Te has
vestido de confesión y belleza. Sí, la confesión nos embellece ante Dios.
Así, pues, creemos que con el precio de la confesión se compran los aromas
para la lengua: la reprensión moderada, la exhortación asidua y la
persuasión e caz.
Capítulo 11
Pero nos dicen los libros y la experiencia cotidiana que, cuando la vida de
una persona es indigna, sus palabras caen en el vacío. Procúrese, pues, la
mano sus aromas, para que no se mofe de nosotros el Sabio, como lo hace
del holgazán que se cansa con sólo llevarse la mano a la boca; ni le responda
al que reprende: enseñando tú a otros, ¿no te enseñas nunca a ti mismo? lías
fardos pesados y los cargas en las espaldas de los demás, mientras tú no
quieres empujarlos ni con un dedo. Os digo una vez más que el mejor sermón
es el ejemplo de las obras; convence fácilmente y demuestra que es posible
lo que aconsejamos. Para ello la mano necesita sus propios aromas: la
continencia corporal, la misericordia con el hermano y la perseverancia en
la piedad. Lo dice el Apóstol: vivamos con equilibrio, rectitud y piedad.
Son tres cosas muy necesarias en nuestra vida: la primera para con nosotros,
la segunda para con el prójimo y la tercera para con Dios. Porque el
lujurioso perJudica a su propio cuerpo: lo despoja de su excelsa nobleza, y
lo sume en una terrible y repugnante abyección; le quita un miembro a Cristo
y lo hace miembro de una prostituta. No sólo debemos evitar este vicio tan
detestable, sino toda especie de incontinencia.
Procura, pues, en primer fugar, la continencia que te debes a ti mismo: tu
primer prójimo eres tú mismo. Añade a esto la misericordia que debes al
prójimo, porque te salvarás junto con él. Y no o)vides tampoco la paciencia
que te pide Dios, de quien recibirás la salvación. Pues todo el que se
proponga como buen cristiano será perseguido. Y tenemos que pasar mucho
para entrar en el Reino de Dios.
Según esto, cuídate mucho de no perderte por la impaciencia: sopórtalo todo
por amor de aquel que antes sufrió mucho más por ti, y que recompensa todo
acto de paciencia. Así lo dice el Profeta: la paciencia del humilde no
perecerá.
Capítulo 12
Estos aromas para las manos se adquieren con el precio de la sumisión. Ella
dirige nuestros pasos y nos merece la gracia de una vida honesta. En nuestro
cuerpo percibimos impulsos de rebelión, pero la sumisión trae consigo la
continencia. Sabe inspirar misericordia y derrochar paciencia.
Acércate ya con todos estos perfumes al que tiene una Fe muerta. Cuando nos
damos cuenta de lo que supone resucitar a una tal persona, y cuán difícil es
llegar a tocar su corazón, encerrado tras la losa de la obstinación y de la
insolencia, suspiramos y decimos: ¿quién nos correrá la losa de la entrada
del sepulcro? Mas ocurre que, mientras nos acercamos tímidos, y dudamos
de ese gran milagro, Dios mismo atiende compasivo los deseos de nuestro
corazón, y con su voz poderosa resucita al muerto. Y el ángel del Señor, que
es la sonrisa de su rostro, aparece ante nosotros a la puerta del sepulcro; y el
resplandor - señal de la resurrección- cambia totalmente su aspecto.
Tenemos ya todo abierto para llegar a su corazón, y él mismo nos llama. El
ángel retira la losa de su obstinación y se sienta sobre ella. Nos presenta la
fe vuelta a la vida, y nos muestra el sudario con que le habían envuelto. Nos
descubre todo lo que anidaba antes en su corazón, confiesa como se había
enterrado a sí mismo, y publica su tibieza e indolencia diciendo: Venid a ver
el sitio donde yacía el Señor.
Sermón tercero
La lepra de Naamán
Capítulo 1
Para sanar el cuerpo primeramente lo purgamos, y después lo alimentamos:
eliminamos los malos humores y lo reanimamos con manjares sanos. Eso
mismo hace Jesucristo, médico de las almas, que hizo de toda su vida mortal
una medicina para devolver la salud. Antes de morir en la cruz nos hizo siete
purgas, y después de resucitar nos ofreció otros siete alimentos exquisitos y
sabrosos. Nuestro nuevo Eliseo mandó al leproso Naamán que se bañara
siete veces en el Jordán, que significa descenso. Con el descendimiento de
nuestro Señor Jesucristo, es decir, con la actitud humilde que precedió a su
muerte, nos limpia y nos purga. Y con su resurrección y los cuarenta días que
vivió después entre nosotros, nos fortalece y sustenta con excelentes
manjares.
De siete maneras se había apoderado de nosotros la lepra de la soberbia:
con el ansia de riquezas, con la vanidad en el vestir, con el placer corporal,
dos veces por la lengua y otras dos por el corazón. La primera lepra es la de
casa: queremos ser ricos en este mundo. Nos limpiamos de ella bañándonos
en el Jordán, esto es, en la humildad de Cristo. Vemos que él, siendo rico, se
hizo pobre por nosotros. Al venir a este mundo dejó las riquezas infinitas el
cielo, y no quiso tampoco poseer cualquier otra clase de riquezas de la
tierra; deseó ser tan pobre que su cuna fue un pesebre, por no encontrar sitio
en la posada. Todos sabemos que el Hijo del hombre no tuvo donde reclinar
la cabeza. ¿Buscará todavía las riquezas del mundo el que se da un buen
baño en este río? ¿Es posible imaginar una locura mayor que soñar con
riquezas un miserable gusano, por el cual el Dios de la majestad y del poder
se hizo voluntariamente pobre?
Capítulo 2
En la lepra del vestido pongamos toda la vanidad y pompa de la vida.
Desaparecerá de nosotros en el baño del Jordán, cuando encontremos al
Ungido del Señor envuelto en pobres pañales, y convertido en vergüenza de
la gente y desprecio el pueblo. También quedamos limpios de la lepra
corporal en el mismo Jordán, si meditamos seriamente la Pasión del Señor y
renunciamos al placer sexual.
En la boca, como antes dije, hay una doble lepra. Ante una contrariedad
murmuramos, y aparece la lepra de las palabras impacientes. Para
limpiarnos de ella fijémonos en el cordero llevado al matadero, y que como
oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Cuando le insultaban
no devolvía el insulto; mientras padecía no profería amenazas. Cuando nos
visita la prosperidad, en cambio, olvidamos aquel consejo: el que presume,
que presuma del Señor, y nos encumbramos sobre los demás, no
precisamente por nuestra paciencia, sino llevados de la arrogancia; tenemos
la lepra de las palabras arrogantes. Si queremos curarla entremos al Jordán,
e imitemos al que no buscaba su propia gloria. Hacía callar a los demonios
que le aclamaban Hijo de Dios, y no quería que lo pregonaran los ciegos a
quienes sanaba.
Capítulo 3
En el corazón existen también dos clases de lepra: la voluntad propia y el
juicio propio. Ambas son pésimas, y además muy peligrosas porque son
internas. Llamo voluntad propia a la que no es común con Dios y con los
hombres, sino únicamente nuestra. Queremos algo, no para gloria de Dios o
utilidad de los hermanos, sino para nuestro provecho personal; nuestro fin no
es agradar a Dios y ser útiles a los demás, sino satisfacer nuestras
ambiciones. La caridad es otra cosa diametralmente opuesta: la caridad es
Dios.
Por eso la voluntad propia está siempre en guerra abierta contra él. Lo único
que Dios odia y castiga es la voluntad propia. Cese la voluntad propia y no
habrá infierno. El fuego eterno solamente se ceba en ella. Incluso ahora,
cuando tenemos hambre, frío u otro dolor cualquiera, nos quejamos por
nuestra propia voluntad. Pero si lo aceptamos, esa voluntad se convierte en
común. Aunque nos quede algo de malestar o escozor de la voluntad propia;
por eso seguimos sufriendo hasta que desaparezca por completo.
Hablamos de la voluntad, en cuanto facultad a la que asentimos, y a la que se
somete el libre albedrío. Porque los deseos y concupiscencias que reinan en
nosotros, no son la voluntad, sino una voluntad corrompida. Escuchen y
tiemblen los esclavos de la propia voluntad con qué saña ataca al Señor de
la majestad. En primer lugar se hace independiente y al declararse autónoma
se sustrae de aquel a quien debe servir como creador suyo. Pero no se
contenta sólo con esto. En cuanta que de ella depende, se apropia y saquea
todo lo que es de Dios. La ambición humana no acepta fronteras. El usurero
que consigue una pequeña fortuna quisiera poseer el mundo entero, si fuera
posible y si tuviera medios para ello. Digámoslo abiertamente: al que se
deja llevar de la voluntad propia no le basta el mundo entero.
¡Si al menos quedara satisfecho con todas estas cosas, y no se ensañara -
causa horror decirlo- contra el mismo Creador! Porque, en cuanto de ella
depende, la voluntad propia mata al Creador. Desearía que Dios fuese
incapaz de castigar sus pecados, o bien que no quisiera hacerlo o que los
desconociese. Es decir, que en vez de ser Dios, fuese impotente, injusto e
ignorante. La maldad más cruel y detesta le es intentar destruir el poder, la
justicia y la sabiduría de Dios. Es una bestia cruel, una fiera sin entrañas,
una loba sanguinaria, una leona implacable. Es la lepra horrorosa del alma,
cuyo único remedio es sumergirse en el Jordán e imitar a aquel que no quiso
hacer su voluntad, y dijo antes de morir: No se haga mi voluntad, sino la
tuya.
Capítulo 4
La lepra del propio juicio es también peligrosa, porque está muy oculta, y
porque al ser tan frecuente se la considera como algo bueno. Es muy propia
de los que tienen un gran fervor religioso, pero mal entendido. Viven tan
envueltos y obstinados en el error que no aceptan el consejo de los demás.
Destrozan la unidad y a paz, no saben amar, son temerarios y llenos de
suficiencia, rechazan el plan de Dios y se empeñan en implantar el suyo.
¿Existe algo peor que la soberbia, por la que un hombre impone su parecer a
toda la comunidad, como si él sólo tuviera el espíritu de Dios? La
obstinación es un delito de idolatría o un pecado de magia.
Que lo escuchen quienes se creen distintos y más santos que los demás.
Según el juicio divino -y no el suyo propio- se han convertido en hechiceros
e idólatras. Lo mismo dice el Maestro de la verdad: si no hace caso a la
comunidad, considéralo como un pagano o un extraño. El único medio de
curar esta lepra es ir al Jordán. Sumérgete allí, si tienes esta enfermedad, y
observa lo que hizo el Angel del gran consejo: posponer su juicio al juicio O
deseo de una mujer -me refiero a la Virgen- y de un pobre carpintero
llamado José. Lo encuentran sentado en medio de los maestros,
escuchándolos y haciéndoles preguntas, y su madre le dice: Hijo, ¿por qué te
has portado así con nosotros? El les contesta: ¿Por qué me buscabais? ¿No
sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi Padre? Pero ellos no
comprendieron esta palabra.
¿Qué hizo entonces la Palabra? Nadie era capaz de comprenderlo: descendió
y se puso bajo su autoridad ¿Quién no se avergonzará de mantener
tercamente su juicio, al ver cómo la Sabiduría prescinde del suyo? Y de tal
modo pospuso su criterio, que perseveró en esta actitud hasta la edad de
treinta años. En todo este tiempo no sabemos nada de su doctrina ni de sus
obras.
Capítulo 5
Nos interesa mucho preguntarle cómo renunció a su propia voluntad y juicio.
Señor, cuando pedías que no se cumpliera aquella voluntad, ¿era tuya si no
era buena? ¿Y si era buena, por qué renunciaste a ella? Y lo mismo decimos
del juicio: si no era bueno, ¿cómo podía ser cuyo? Y si era bueno, ¿por qué
renunciaste a él? Ambas cosas eran buenas, y eran suyas; pero podía
renunciar a ellas para hacerlas mucho más perfectas. No convenía anteponer
lo propio a lo común.
Las palabras: si es posible pase de mí este cáliz, eran una voluntad expresa y
buena de Cristo. Pero aquellas otras: hágase tu voluntad, manifiestan otra
mucho más perfecta: la voluntad común con el Padre, consigo mismo -se
ofreció porque quiso- y con nosotros. Si el grano de trigo cae en tierra y no
muere, queda infecundo; en cambio, si muere, da fruto abundante. Tal era la
voluntad del Padre, para tener hijos adoptivos; y la de Cristo, para ser el
mayor de una multitud de hermanos; y la nuestra, porque nos interesaba ser
redimidos.
Del juicio decimos lo mismo: aquel juicio era de Cristo, y era bueno, porque
dijo: Yo tenía que estar en la casa de mi Padre. Pero al no comprenderlo
ellos, cambió de acritud, para limpiarnos la lepra de nuestro juicio. Nos da
un ejemplo a imitar. Sabía muy bien desde siempre lo que iba a hacer, mas
quiso ofrecernos este acto de humildad, y convertirse en Jordán para
lavarnos de esta lepra. Prestad atención los que estáis manchados con la
doble lepra de la voluntad y juicio propios. Escuchad la palabra que el
Espíritu dirige a la Iglesia, y cómo condena una y otra lepra: el saber que
procede de lo alto es, ante todo, límpido, rechaza la impureza de la voluntad
propia; y es además apacible, no admite la rebelión obstinada del juicio
propio.
Capítulo 6
Cuando el enfermo se haya limpiado de estas siete especies de lepra, con
siete baños, pida los siete alimentos o dones del Espíritu Santo. Así como
antes de la pasión del Señor encontramos en su vida siete purificaciones,
también en las siete apariciones que siguieron a la resurrección podemos ver
los siete dones del Espíritu Santo. En la primeras manifiesta el espíritu de
temor: un ángel desciende del cielo ante las mujeres y tiembla la tierra. Ellas
se atemorizan y el ángel las anima. A Simón se apareció en el espíritu de
piedad: condescendencia grande y digna de Jesús el Señor, querer
aparecerse a él personalmente y antes que a los demás; a conciencia le
atormentaba más que a ninguno, pero donde proliferó el pecado sobreabundó
la gracia.
Con el espíritu de sabiduría explicó las Escrituras a los peregrinos de
Emaús, comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas. Por el espíritu
de fortaleza entró en casa con las puertas cerradas, y mostró las manos y el
costado, lo mismo que se muestran en señal de valor los agujeros de los
escudos. Con el espíritu de consejo indicó a los que no habían pescado nada
que echaran la red a la derecha. Con el espíritu de inteligencia les abrió el
entendimiento para que comprendieran las Escrituras. Y con el espíritu de
sabiduría se apareció a los cuarenta días y vieron su ir al Hijo del hombre a
donde estaba antes. Hasta ese día salvaba a quienes creían en él por la
locura de la predicación; mas cuando subió al Padre comenzó a manifestarse
como verdadera sabiduría.
Sermón cuarto
En los días de Pascua. Para algunos Cristo
no ha nacido todavía
Capítulo 1
Todo cuanto se nos dice del Señor es medicina para nuestras almas.
Estemos, pues, muy atentos, no llegue a decirse de nosotros: Hemos tratado a
Babilonia y no se cura. Pensemos qué efecto producen en nosotros esos
remedios tan valiosos. En unos Cristo todavía no ha nacido, en otros no ha
muerto, y en otros aún no ha resucitado. En algunos no ha subido al cielo y
en otros todavía no ha enviado el Espíritu Santo.
¿Es eficaz en un hombre soberbio la humildad del que a pesar de su
condición divina, no se aferró a su categoría de Dios, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo? Qué huellas vemos de la modestia de Cristo
en aquellos que suspiran insaciables por las riquezas y honores del mundo?
¿No se dilata vuestro espíritu al proclamar: nos ha nacido un niño? Cristo no
ha nacido para os que rehuyen el trabajo y temen la muerte, puesto que no
aceptan que su victoria consistió en soportar el dolor y pasar por la muerte.
Capítulo 2
Cristo no ha resucitado en aquellos que sienten angustias mortales frente al
peso de la vida y el rigor de la penitencia, y desconocen los gozos del
espíritu. Si no se acortasen esos días, sería imposible perseverar. En otros
Cristo resucitó, pero no subió al cielo: vive todavía con ellos en la tierra en
una piadosa inocencia. Son fervorosos, y oran en la oración y suspiran en la
meditación, siempre están alegres y contentos, y hacen de sus días un
continuo aleluya. Conviene retirarles la leche y enseñarles a comer
alimentos sólidos: les conviene que Cristo los deje solos y carezcan de ese
fervor novicio.
¿Serán capaces de comprenderlo? Al no sentir a Dios creerán no estar en
gracia. Esperen y permanezcan en la ciudad hasta que reciban de lo alto
virtudes más sólidas y los dones del Espíritu Santo. Los Apóstoles, cuando
fueron elevados a un grado superior, y entraron en el camino excepcional del
amor, olvidaron sus antiguas lágrimas, y sólo pensaban en vencer al enemigo
común y pisotear a Satanás.
Sermones en la Octava de Pascua
Sermón primero
Sobre la lectura de la carta de San Juan
Capítulo 1
Todo el que nace de Dios vence al mundo. Después que el Unigénito de
Dios, lejos de aferrarse a su categoría divina, se dignó hacerse hombre y
presentarse como simple hombre, la pequeñez humana se siente orgullosa de
su nacimiento celeste. No desdice tampoco de Dios hacerse padre de los que
Cristo ha hecho hermanos suyos. El evangelista Juan, que nos recuerda con
mucha frecuencia y gran empeño esta adopción divina, dice en el pórtico
mismo de su evangelio: a los que le recibieron, les hizo capaces de ser hijos
de Dios.
Lo mismo nos ha repetido hoy: todo el que nace de Dios vence al mundo. A
los auténticos cristianos e mundo los odia como a Cristo, pero ellos lo
vencen unidos a Cristo. Recordad: no os extrañéis si el mundo os odia; tened
presente que primero me ha odiado a mí. Animo, que yo he vencido al
mundo. Así comprendemos lo que dice e Apóstol: a quienes eligió -el Padre,
sin duda alguna- los destinó a que reprodujeran los rasgos de su Hijo. Fijaos
en el paralelismo: por él son hijos adoptivos para que él sea el hermano
mayor; por él los odia el mundo y por él vencen ellos al mundo.
Capítulo 2
Sí, es verdad : todo el que nace de Dios vence al mundo; la prueba más clara
de este nacimiento celeste es superar la tentación. Lo mismo que el Hijo de
Dios por naturaleza triunfó del mundo y de su jefe, los hijos adoptivos
también lo hemos vencido. Lo hemos vencido, pero unidos a él que nos hace
fuertes, y con el que todo lo podemos. Porque la victoria que vence al mundo
es nuestra fe. Por la fe somos hijos adoptivos de Dios; la fe es lo que odia y
persigue en nosotros este mundo perverso; y la fe consigue la victoria, como
dice la Escritura: ellos con su fe subyugaron reinos. Si la vida procede de la
fe, también el triunfo: el justo vive de la fe.
Por lo tanto, siempre que resistes a la tentación y vences el mal, no te lo
atribuyas a ti mismo, ni te gloríes de ti mismo, sino del Señor. Ese enemigo
tan fuerte no se rendiría jamás ante tu flaqueza. Escucha las palabras del que
ha sido nombrado por el Señor pastor del rebaño: vuestro adversario el
diablo, rugiendo como un león, ronda buscando a quien devorar. Haced e
frente firmes en la fe. Los testigos de la verdad coinciden plenamente: Pablo
dice que los santos han vencido por la fe; Pedro exhorta a resistir al Jefe de
este mundo con la fortaleza de la fe; y Juan proclama: la victoria que vence
al mundo es nuestra fe.
Capítulo 3
Continúa diciendo: ¿Quién puede vencer al mundo sino el que cree que Jesús
es el Hijo de Dios? Nada más cierto que esto, hermanos: el que no cree en el
Hijo de Dios no sólo está derrotado sino condenado. Porque sin fe es
imposible a radar a Dios. Alguno puede replicar que actualmente muchos
que admiten a Jesús como Hijo de Dios, se dejan dominar por los deseos del
mundo. ¿Cómo decimos que únicamente vence al mundo el que cree que
Jesús es el Hijo de Dios, si el mundo acepta esta verdad? ¿No lo creen
también los demonios y les hace temblar? ¿Crees tú que ve en Jesús al Hijo
de Dios el hombre que no teme sus amenazas ni le mueven sus promesas, ni
cumple sus preceptos, ni le importan sus consejos? Ese tal, aunque diga que
cree en Dios, o niega con sus obras. Porque la fe sin obras es como un
cadáver. Y el que no vive, difícilmente puede vencer.
Capítulo 4
¿Quieres saber cuál es la fe que da vida y consigue la victoria? Aquella por
la cual Cristo habita en lo íntimo de nuestro ser. El es nuestra virtud y
nuestra vida. Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, dice el
Apóstol, os manifestaréis también vosotros gloriosos con él. Esa gloria será
vuestra victoria. Y nos manifestaremos con él porque vencemos por él.
Solamente llegan a ser hijos de Dios los que reciben a Cristo, y únicamente
en ellos se cumple lo que dice la Escritura: todo el que nace de Dios, vence
al mundo.
Por eso, el misma que había dicho: ¿quién puede vencer al mundo sino el
que cree que Jesús es el Hijo de Dios?, quiere ensalzar sin reservas la fe,
por la cual Cristo habita en nuestros corazones. Refiriéndose a su venida
añade: el que vino ron agua y sangre fue él, Jesucristo. Muestra además otro
camino más perfecto: el Espíritu atestigua que Jesús es Hijo de Dios. Lo que
dice antes de esto: no vino sólo en el agua, sino en el agua y la sangre, creo
que hace referencia a Moisés, que vino en el agua, y por eso se llama así.
Capítulo 5
Recordemos el episodio del Antiguo Testamento : mataban a todos los niños
israelitas que nacían en Egipto, excepto a Moisés que lo pusieron en el agua
y lo recogió la hija del Faraón. Moisés es una clara figura de Cristo.
Herodes se inquietó y sospechó como el Faraón, acudió a idénticos medios
de crueldad, y quedó tan burlado como aquél. En ambos casos mueren
degollados muchos niños por una sola persona que suscita sos echas; y en
ambos casos se libra el que buscaban. A Moisés lo salvó la hija del Faraón,
y a Cristo Egipto, cuyo sentido es hija del Faraón. Pero es evidente que éste
es muy superior a Moisés, porque no sólo vino en el agua, sino en el agua y
la sangre. Muchas aguas equivale a muchos pueblos.
El que vino sólo en el agua formó un pueblo, pero no lo redimió. La
liberación de la esclavitud de Egipto no se hizo con la sangre de Moisés,
sino del Cordero. Y es símbolo de la liberación del modo de vivir idolátrico
que nosotros hemos conseguido por la sangre del Cordero inmaculado,
Cristo Jesús. El es nuestro verdadero Legislador, y de él nos viene una
redención copiosa. No sólo murió por la nación, sino también para reunir a
los hijos de Dios dispersos. Juan fue testigo presencial, y da testimonio: y
nos consta que su testimonio es verdadero. Del costado de Cristo muerto en
la cruz salió sangre y agua, es decir, del costado del nuevo Adán dormido
nació y fue redimida la Iglesia.
Capítulo 6
Hoy viene también a nosotros por el agua y la sangre: y dan testimonio de su
venida y de nuestra fe victoriosa. Además tenemos otro testimonio mucho
mayor: el del espíritu de la verdad. Lo que estos tres afirman es cierto y
verídico. Dichosa el alma que merece escuchar: los que dan testimonio en la
tierra son tres: el Espíritu, el agua y la sangre. El agua simboliza el
bautismo, la sangre el martirio, y el Espíritu el amor. El Espíritu da vida, y
la vida de la fe es el amor. La relación que existe entre el Espíritu y el amor
la pregona Pablo: el amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por
el Espíritu Santo que nos ha dado. Por eso debemos unir siempre el Espíritu
al agua y a la san re, ya que, como dice el Apóstol, sin el amor nada tiene
valor alguno.
Capítulo 7
Si el agua es símbolo del bautismo y la sangre lo es del martirio, eso quiere
decir que tanto el uno como el otro son una realidad única y de cada día. Las
continuas molestias corporales son una especie de martirio y un continuo
derramar la san re. La compunción del corazón y las lágrimas también son
un autismo. De este modo los cobardes y apocados, incapaces de dar de una
vez su vida por Cristo, pueden derramar su sangre en un martirio más lento y
llevadero. Y como el bautismo no se puede repetir, de este modo pueden
purificarse continuamente los que pecan sin cesar. Lo dice el Profeta: de
noche lloro sobre el lecho; riego mi cama con lágrimas. Ahí tienes al que
vence al mundo. Intenta comprender lo que desea superar. Lo dice el mismo
Juan: No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Porque todo lo que hay
en el mundo es: bajos instintos, ojos insaciables y arrogancia del dinero.
Estas son las tres bandas que hicieron los caldeos. Recuerda, asimismo, que
Jacob formó tres grupos por temor a Esaú, cuando regresó de Mesopotamia.
También vosotros necesitáis una triple defensa contra estas tres tentaciones:
contra los bajos instintos la mortificación corporal, indicada en el testimonio
de la sangre. Los ojos insaciables se dominan con el espíritu de compunción
y la frecuencia de las lágrimas. Y la ambición del dinero se excluye por el
amor, único capaz de limpiar el alma y purificar la intención.
El testimonio más patente de haber vencido al mundo es dominar el cuerpo y
obligarle a que nos sirva, y de este modo evitar que vaya tras el desenfreno
del placer; entregarse al llanto, más bien que a la altivez o curiosidad; y en
vez de llenar el corazón de vanidad abrasarse en amor espiritual.
Capítulo 8
El Espíritu es el único testimonio del cielo y de la tierra, porque las fatigas
corporales cesarán y las lágrimas se agotarán. Pero el amor no asa nunca.
Ahora lo gustamos por anticipado: la plenitud y a saciedad serán más tarde.
El Espíritu perdura mucho más que el agua y la sangre -la carne y la sangre
no pueden heredar el reino de Dios-; pero actualmente es imposible
encontrar el Espíritu sin ellos, porque los tres son una misma realidad, y si
falta uno los otros tampoco están. Por el contrario, cuando se encuentran los
tres juntos son dignos de todo crédito, y quien los posea en esta vida no se
verá privado de ellos en la otra.
Ahora se pronuncia por el Hijo de Dios ante los hombres, no con palabras y
de boca, sino con obras y de verdad; y el Hijo se pronunciará en su favor
ante los ángeles de Dios. El Padre no rechaza un testimonio refrendado por
el Hijo. Y el Espíritu tampoco discrepa del Padre y del Hijo, porque es el
Espíritu de ambos. Además no puede verse priva o en el cielo de su
testimonio el que ya gozó de él en la tierra. Así, pues, tres son los que dan
testimonio en el cielo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No temas que
falte la armonía entre ellos: los tres son uno, El mejor testimonio imaginable
es que el Padre nos reciba en el cielo como hijos y herederos, el Hijo nos
admita como hermanos y coherederos, y el Espíritu Santo haga un mismo
espíritu con él a quienes se unen a Dios. El Espíritu es el vínculo indisoluble
de la Trinidad, por el cual el Padre y el Hijo son uno. Ojalá nosotros seamos
también uno en ellos, por gracia del que pidió esto mismo para sus
discípulos, Jesucristo nuestro Señor.
Sermón segundo
Sobre las palabras de la misma lectura: Tres
son los que dan testimonio en el cielo
Capítulo 1
En la carta de San Juan que hoy ha sido proclamada, se nos dice que hay un
triple testimonio en el cielo, y otro semejante en la tierra. A mi parecer, el
primero es signo de estabilidad y el segundo de restauración. Aquél
selecciona a tos ángeles, éste a los hombres; aquél separa a los buenos de
los malos, éste a los justos de los pecadores. La visión de la Trinidad
testifica en favor de los ángeles que se mantuvieron fieles a la verdad,
cuando se rebeló Luzbel. Y los hombres que han sido salvados por la
misericordia divina poseen el testimonio del Espíritu, del agua y de la
sangre.
No hay duda que el Padre da testimonio en favor de aquellos que le honran
como a Padre. Pero si eres un malvado te dirá: si soy padre, ¿dónde queda
mi honor? Estarás totalmente privado de su testimonio, porque intentas
apropiarte su gloria, y en vez de honrarle pretendes hacerte igual a él. Me
sentaré, dices, en el monte de la asamblea, me igualaré al Altísimo. Acabas
de ser creado, y ¿ya quieres sentarte junto al Padre de los espíritus? Todavía
no te ha dicho: siéntate a mi derecha. Se lo ha dicho al que es el Unigénito,
cuya generación eterna le hace igual en esencia y dignidad al Padre. Tú, en
cambio, quieres usurpar la categoría divina y tienes envidia de la gloria del
Hijo, gloria del Hijo único del Padre; con lo cual te privas también de su
testimonio. ¿Y podrá alcanzar el testimonio del Espíritu quien ha sido
rechazado del Padre y del Hijo? El Espíritu detesta al soberbio y turbulento;
el amante de la paz descansa sobre el humilde y pacífico; y el creador de la
unidad tiene celos contra ti, que no buscas ni la unidad ni la paz.
Capítulo 2
¿Cómo no vamos a temer, hermanos míos, que esta humilde viña del Señor
pueda ser pasto de esta alimaña tan singular? ¿No destrozó muchos
sarmientos de la viña celeste aquella primera singularidad? Es más fácil
advertir allí la soberbia que la singularidad. Pero yo pregunto: si todos los
ángeles permanecían fieles, ¿no se dejó llevar de la singularidad el que
pretendió usurpar el trono? Que los ángeles permanecían fieles me lo dicen
dos testigos muy calificados, que testifican lo que vieron. Isaías afirma: Vi al
Señor sentado... y serafines en pie junto a él. Daniel añade: Miles y miles le
servían, millones estaban a sus órdenes.
¿Queréis un tercer testigo, para que con tres testigos quede fallada la causa?
Acudiré a Apóstol, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, y después dijo:
¿Qué son todos sino espíritus que cumplen sus funciones? Todos permanecen
en actitud de servicio: tú, en cambio, no quieres la paz y aspiras al trono.
Irritas al Espíritu que fomenta la unanimidad en su casa; denigras el amor, al
rasgar la unidad y deshacer el lazo de la paz. Los ángeles no abandonaron su
estado ni su casa, y el Espíritu de caridad, de unidad y de paz da testimonio
en su favor. A ti, empero, te condena por tu envidia, tu singularidad y tu
ansiedad. Esto es lo que me inspira el testimonio del cielo.
Capítulo 3
Existe también otro en la tierra, ara discernir a los nativos de los extraños,
es decir, a los ciudadanos del cielo de los de Babilonia. Dios no puede dejar
sin testimonio a sus elegidos. Si carecieran de pruebas que confirmasen su
elección, se verían privados del consuelo cuando fluctúan angustiados entre
el miedo y la esperanza. Pero el Señor conoce a os suyos, y él sabe muy bien
a quiénes eligió desde el principio. El hombre, en cambio, no sabe si Dios le
ama o le odia.
Si carecemos de una certeza absoluta, nos será al menos muy provechoso y
consolador tener algunos indicios de elección. Porque mientras nuestro
espíritu no tenga algún testimonio de su predestinación, no podrá vivir en
paz. la palabra más auténtica y digna de que todos la hagan suya es aquella
que nos garanticé de algún modo la salvación. Esa palabra consuela a los
elegidos y desarma las excusas de los réprobos. Si conocemos los signos de
la vida, quien los rechaza manifiesta claramente que no le interesa el bien de
su alma, y aprecia muy poco la patria suspirada.
Capítulo 4
Los que dan testimonio en la tierra son tres: el Espíritu, el agua y la sangre.
Sabéis muy bien, hermanos, que al pecar todos en Adán, todos caímos en él.
Caímos en una cárcel, llena de fango y de piedras. Allí yacíamos cautivos,
manchados y maltrechos, hasta que llegó el deseado de las naciones, que nos
rescató, nos limpió y nos restableció. Dio su propia sangre como rescate,
brotó agua de su costado para lavarnos, y envió su Espíritu de lo alto para
confortar nuestra flaqueza.
Examínate si todo esto produce frutos abundantes en ti. Porque puedes ser
culpable de la sangre del Señor si no le das valor alguno; y al tener agua
para purificarte te haces más reprensible si continúas lleno de fango; y si
resistes al Espíritu no quedarás impune si eres un deslenguado. Ten, pues,
mucho cuidado: porque si no producen frutos en ti te perjudicarán.
Capítulo 5
El que se abstiene de pecar, puede estar cieno de que la sangre de Cristo no
ha sido inútilmente derramada. Quien peca se esclaviza al pecado. Pero si
renuncia al pecado y se libra del yugo de su esclavitud, posee una prueba
evidente de la redención, fruto de la sangre de Cristo. Sin embargo, el
pecador debe unir la penitencia a la continencia. Use la prueba del agua,
entregándose al llanto regando el lecho con lágrimas. La sangre perdona el
peca o y hace que ya no reine en nuestro ser mortal; y el agua limpia todas
las faltas cometidas.
Pero el triste arrastrar las cadenas y la espantosa lobreguez de la cárcel nos
ha dejado triturados y entumecidos. Somos incapaces de defendernos en la
vida. Pidamos el Espíritu que auxilia y reconforta, plenamente confiados de
que e Padre da el buen espíritu a los que se lo piden. Una vida nueva es
señal inequívoca de poseer un espíritu nuevo. En resumen: tener el
testimonio de la sangre, del agua y del espíritu, significa privarse de pecar,
hacer frutos dignos de penitencia y abundar en buenas obras.
Sermones de la Ascensión del Señor
Sermón primero
De la lectura evangélica
Capítulo 1
Se apareció Jesús a los once discípulos cuando estaban a la mesa. Se hizo
visible la bondad de Dios y su amor a los hombres. Si se digna compartir
con los que están a la mesa, con mucho más gozo se unirá a los que hacen
oración. Se ha hecho palpable su bondad, porque conoce nuestro barro y no
se asusta de nuestras miserias, sino que se compadece; con tal que no
cedamos a los apetitos del cuerpo, sino sólo a sus necesidades. Nos lo
recuerda el Apóstol: Hagamos lo que hagamos, comer, beber, o lo que sea,
hagámoslo todo para honra de Dios. Este detalle de aparecerse cuando
estaban a la mesa nos hace pensar en aquel otro pasaje en que los judíos
echaban en cara a los discípulos no ayunar; y Jesús respondió: Los amigos
del novio no pueden estar de luto mientras dura la boda.
El texto sigue diciendo : Les echó en cara su incredulidad y su terquedad en
no creer a los que lo habían visto resucitado. Cristo reprende a los
discípulos, y les echa en cara su incredulidad. Y no lo hace en cualquier
momento, sino poco antes de alejarse de ellos, el menos propicio para
amonestar. No te molestes si el representante de Cristo te corrige de algo.
Hace lo mismo que hizo Cristo con sus discípulos antes de subir al cielo.
Pero, ¿por qué se dice por no creer a los que lo habían visto resucitado?
¿Quiénes fueron los privilegiados que merecieron ver con sus propios ojos
el grandioso prodigio de la resurrección del Señor? De entre los humanos
ninguno tuvo esta gracia. Pensemos, pues, en los ángeles; éstos anunciaban la
resurrección, y los pusilánimes apóstoles se resistían a creer.
Capítulo 2
Más si la Escritura dice: enséñame la bondad, la disciplina y la sabiduría, a
la gracia de la visita, y al reproche de la reprensión debe acompañar la
doctrina de la predicación. De ese modo el que crea y se bautice se salvará.
¿Qué os parece hermanos? Yo creo que estas palabras pueden inspirar
demasiada confianza a la gente del mundo; y temo que esa libertad dé
ocasión a la carne, fiándonos sin discreción del bautismo y de la fe, y
olvidando las obras. Por eso dice a renglón seguido: A los que crean, les
acompañarán estas señales.
Estas palabras suelen inspirar tanto temor, incluso a las personas más
religiosas, como las anteriores fomentaban una vana esperanza en los
mundanos. ¿Quién puede presumir de poseer esas señales que indica el texto
sagrado, y sin las cuales nadie se salvará? Porque el que se niegue a creer,
se condenará. Y sin fe es imposible agradar a Dios. ¿Quién expulsa
demonios, habla lenguas nuevas y coge serpientes? Si en nuestros días nadie
o muy pocos tienen estos dones, ¿significa eso que nadie se salvará, o
solamente aquellos que tienen, esa facultad, la cual no es santidad, sino signo
de santidad? ¿Y por qué a los que dicen: hemos echado demonios y hemos
realizado muchos milagros en tu nombre, se les dirá en el día del juicio:
Nunca os he conocido. Lejos de mí los que practicáis la maldad? ¿Cómo
dice el Apóstol, hablando del juez justo, que pagará a cada uno según sus
obras, si allí se buscan más los prodigios que los méritos?
Capítulo 3
Los méritos también son milagros, y muy seguros y provechosos por cierto.
Y no es difícil discernir cuándo estos signos son testimonios de la fe y de la
salvación. La primera obra de la fe que opera por el amor es la compunción
del corazón: arranca el pecado y expulsa el demonio. Los que creen en
Cristo hablan lenguas nuevas, parque olvidan lo antiguo y el lenguaje de sus
antepasados, no rebuscan las palabras como tapujo de sus pecados. Mas los
pecados perdonados por la compunción del corazón y la confesión oral,
pueden brotar de nuevo y hacer que el final sea peor que el principio. Por
eso es preciso que cojan serpientes, esto es, ahoguen las sugestiones
venenosas.
¿Y si brota una raíz que somos incapaces de cortar rápidamente y nos excita
al placer? En ese caso, si beben algún veneno, no les hará daño, porque, a
ejemplo del Salvador, lo probarán pero no lo tomarán. Sentirán, mas no
consentirán. Sentir la concupiscencia, y no consentirla, no hace daño, porque
no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Jesús. No hay duda que
estas inclinaciones tan débiles y corrompidas nos provocan una lucha
molesta y peligrosa. Pero los que creen aplicarán las manos a los enfermos y
quedarán sanos, esto es, ahogarán con buenas obras los malos deseos, y
sanarán.
Sermón segundo
De qué modo ascendió sobre los cielos para
cumplir todo
Capítulo 1
Hermanos, esta solemnidad es gloriosa y gozosa. A Cristo le confiere una
gloria extraordinaria, y a nosotros una peculiar alegría. Es la cumbre y
plenitud de las demás solemnidades, el broche de oro del largo peregrinar
del Hijo de Dios. El mismo que bajó es el que sube hoy por encima de los
cielos, para llenar el universo. Ya había demostrado ser el dueño de todo el
mundo: tierra, mar e infierno; ahora quiere manifestarse Señor del aire y del
cielo, con pruebas semejantes o mayores. La tierra reconoció al Señor
cuando éste gritó con voz potente: Lázaro, sal fuera, y devolvió al muerto. Lo
reconoció el mar, cuando se cuajó bajo sus pies, y los apóstoles lo tomaron
por un fantasma. Lo reconoció el infierno, cuando destrozó sus puertas de
bronce y sus cerrojos de hierro, y encadenó a aquel insaciable homicida
llamado diablo y Satanás.
Capítulo 2
El remate de tu túnica sin costura, Señor Jesús, y la plenitud de nuestra fe,
pide ahora que te eleves por los aires a a vista de los discípulos, como
dueño y Señor del firmamento. De este modo quedará patente que eres el
Señor del mundo, porque llenas totalmente el universo. Y merecerás con
pleno derecho que ante ti se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra, en el
abismo, y toda boca proclame que tú estás en la gloria y a la diestra de Dios
Padre. En esta derecha está la alegría perpetua. Por eso nos apremia el
Apóstol a buscar lo de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha del
Padre. El es toda nuestra riqueza: en El se esconden todos los tesoros del
saber del conocer; en él habita realmente la plenitud total de la divinidad.
Capítulo 3
Considerad también, hermanos, la pena y angustia que embargó a los
apóstoles al verle arrancarse de su lado y elevarse al cielo. No usa escaleras
ni cuerdas, le acompaña una multitud de ángeles sin necesidad de ayudarle:
avanza él solo y lleno de fuerza. Aquí tenernos convertido en realidad lo que
había predicho: vosotros no sois capaces de venir al lugar donde voy a estar
yo. Si hubiera marchado al último rincón de la tierra, allí le hubieran
seguido. Si al mar, allí se hubieran sumergido, como ya lo hiciera Pedro.
Mas aquí no pueden seguirle porque el cuerpo mortal es lastre del alma, y la
tienda terrestre abruma la mente pensativa.
¡Qué pena tan terrible ver cómo se aleja y desaparece aquel por quien todo
lo han dejado! Privados del novio, los amigos del novio lloran
desconsolados. Y qué angustia la suya, al verse desamparados frente a los
judíos, y sin recibir todavía la fuerza de lo alto. Al separarse de ellos los
bendice, estremecido tal vez en su entrañable ternura, por dejar
menesterosos a los suyos y a su pobre comunidad. Pero va a prepararles un
sitio, y les conviene estar privados de su presencia humana.
¡Qué procesión tan dichosa y sublime! Ni los mismos apóstoles pudieron
participar en ella. Escoltado por las almas santas y entre el regocijo de los
coros celestiales, llega hasta el Padre y se sienta a la derecha de Dios.
Ahora sí que ha empapado al mundo entero: nació como un hombre
cualquiera, convivió con los hombres, sufrió y murió por culpa y en favor de
ellos, resucitó, ascendió y está sentado a la derecha de Dios. Esta es la
túnica tejida de una pieza de arriba abajo, rematada en las moradas celestes,
donde Cristo alcanza su plenitud y es la plenitud de todo.
Capítulo 4
Pero ¿qué tengo que ver yo con estas fiestas? Señor Jesús, ¿qué consuelo
puedo tener si no te vi colgado de la cruz, ni cubierto de heridas, ni en la
palidez de la muerte? ¿Si no puedo calmar sus heridas con mis lágrimas,
porque no he sufrido con el crucificado, ni le he atendido después de morir?
¿Por qué no me saludaste cuando entraste en el cielo vestido de gala y como
rey glorioso? El único consuelo que tengo son estas gozosas palabras de los
ángeles: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo
Jesús que se han llevado de aquí al cielo volverá como lo habéis visto
marcharse.
Volverá, dicen ellos, ¿volverá a por nosotros, en aquella procesión
grandiosa y universal, cuando venga a juzgar a vivos y muertos, con los
ángeles como mensajeros y el séquito de los hombres? Sí, vendrá. Vendrá tal
y como ascendió, no como bajó. Se hizo humilde para salvarnos, y aparecerá
sublime cuando resucite este cadáver y reproduzca en nuestro cuerpo el
resplandor del suyo, dando a esta pobre criatura suya una grandeza
incalculable. El que antes aparecía como un hombre cualquiera, vendrá con
gran poder y majestad. Yo también lo contemplaré, pero no ahora; lo veré,
pero no inmediatamente. Esa otra glorificación deslumbrará a la primera por
su gloria incomparable.
Capítulo 5
Entre tanto ha sufrido a la derecha del Padre, y nos recuerda siempre ante
Dios. Está a la derecha, porque tiene en su diestra la misericordia la justicia
en la izquierda. Su misericordia es infinita, y también su justicia. De la
derecha mana agua, y de la izquierda brota fuego. Como se levanta el cielo
sobre la tierra así se levanta su bondad sobre sus fieles: la misericordia del
Señor supera en inmensidad a todas las distancias del cielo y de la tierra.
El propósito de Dios sobre ellos es inmutable, y la misericordia con los
suyos es eterna: eterna por la predestinación, y eterna por la glorificación.
Pero también es terrible con los hombres malditos. La sentencia es
irrevocable para todos: para los elegidos y para los condenados. ¿Quién me
puede asegurar que todos los aquí presentes están inscritos en el cielo y en el
libro de la vida? La humildad de vuestra vida es para mí un indicio muy
claro de que estáis elegidos y justificados. Todo mi interior exultaría de
gozo si lo supiera con certeza. Pero nadie sabe si Dios le ama o le odia.
Capítulo 6
Por eso, hermanos, perseverad en la disciplina que abrazasteis y subid por la
pequeñez a la grandeza: es el único camino. Quien elige otro desciende, no
asciende, porque únicamente la humildad encumbra y sólo ella nos lleva a la
vida. Cristo, por su naturaleza divina, no podía crecer ni ensalzarse, porque
nada hay más alto que Dios. Pero vio que la humildad es el medio de
elevarse, y vino a encarnarse, padecer y morir, para que nosotros no
cayéramos en la muerte eterna; por eso Dios o glorificó, lo resucitó, lo
ensalzó y lo sentó a su derecha.
Anda, haz tú lo mismo. Si quieres ascender, desciende; abraza esa ley
irrevocable: a todo el que se encumbra lo abajarán, y al que se abaja lo
encumbrarán. ¡Qué maldad y necedad la de los hombres! Con lo difícil que
es ascender y lo fácil que es descender, prefieren subir antes que bajar.
Siempre están dispuestos para recibir los honores y grandezas eclesiásticas,
que hacen temblar a los mismos ángeles. ¡Qué pocos son los que te siguen,
Señor Jesús, los que se dejan atraer por ti, los que se dejan guiar por la
senda de tus mandatos!
Algunos se dejan seducir y exclaman: llévame contigo. Otros se dejan guiar
y dicen: condúceme a tu alcoba, rey mío. Otros son arrebatados como lo fue
el Apóstol al tercer cielo. Los primeros son felices, porque a base de
paciencia consiguen la vida. Los segundos son más felices, porque le alaban
espontáneamente. Y los últimos son totalmente felices: han sepultado ya su
voluntad en la insondable misericordia de Dios y están transportados por el
soplo ardiente a los tesoros de la gloria. No saben si con el cuerpo o sin él;
pero lo cierto es que han sido arrebatados.
¡Dichoso quien te sigue siempre a ti, Señor Jesús, y no a ese espíritu fugitivo
que quiso subir y sintió sobre sí el peso infinito de la mano divina! Nosotros,
pueblo tuyo y ovejas de tu rebaño, queremos seguirte a ti, con tu ayuda, ara
llegar hasta ti. Porque tú eres el camino, la verdad y la vida. Camino con el
ejemplo, verdad en las promesas y vida en el premio. Tienes palabras de
vida eterna, y nosotros sabemos y creemos que eres el Cristo, el Hijo de
Dios vivo, Dios bendito por siempre.
Sermón tercero
De la inteligencia y el afecto
Capítulo 1
El Señor de los cielos invade hoy con su divina energía todo el universo. Ha
disipado la niebla de su fragilidad humana, y la inunda de esplendor. El Sol
está en su cenit, abrasa e impera. Su fuego cae a borbotones sobre la tierra:
nada se libra de su calor. La Sabiduría de Dios ha retornado al país de la
sabiduría; allí todos comprenden y buscan el bien. Tienen una inteligencia
finísima y un afectó rapidísimo para acoger su palabra.
Nosotros, en cambio, vivimos en este otro país saturado de maldad y pobre
de sabiduría: el cuerpo mortal es lastre del alma, y la tienda terrestre abruma
mente pensativa. La mente o entendimiento se abruma cuando piensa en
muchas cosas, y no se concentra en la sola y única contemplación de aquella
ciudad tan bien trazada. Es normal que la mente se abata y se distraiga con
tantas cosas y tantos rodeos. El alma son los afectos, excitados por las
pasiones que anidan en el cuerpo mortal; éstos no pueden moderarse ni
desaparecer hasta que la voluntad busque y tienda a la unidad.
Capítulo 2
Debemos, pues, purificar el entendimiento y el afecto: el primero para
conocer y el otro para amar. Dichosos una y mi veces Elías y Enoc, que se
vieron liberados de todas las ocasiones y obstáculos para que su
entendimiento y su afecto vivieran sólo para Dios, conociendo y amando
solamente a él. De Enoc se dice que fue arrebatado para que la malicia no
pervirtiera su entendimiento, ni la perfidia seduJera su alma.
Nosotros tenemos el entendimiento turbio, por no decir ciego; y el afecto
muy sucio y manchado. Pero Cristo da luz al entendimiento, el Espíritu Santo
purifica el afecto. Vino el Hijo de Dios e hizo tales maravillas en el mundo
que arrancó nuestro entendimiento de todo lo mundano, para que meditemos
y nunca cesemos de ponderar sus maravillas. Nos dejó unos horizontes
infinitos para solaz de la inteligencia, y un río tan caudaloso de ideas que es
imposible vadearlo. ¿Hay alguien capaz de comprender cómo nos predestinó
el Señor del universo, cómo vino hasta nosotros, cómo nos salvó? ¿Por qué
quiso morir la majestad suprema para darnos la vida, servir él para reinar
nosotros, vivir desterrado para llevamos a la patria, y rebajarse hasta lo más
vil y ordinario para ensalzarnos por encima de todo?.
Capítulo 3
El Señor de los Apóstoles se presentó de tal modo a los Apóstoles que ya no
necesitan valerse de las criaturas para conocer al Dios invisible, sino que él
mismo, el Creador de todo se deja ver cara a cara. Y como ellos eran
carnales y Dios es espíritu, era imposible conseguir la armonía entre el
espíritu y la carne. Por eso se adaptó a ellos con la sombra de su cuerpo, y
así, a través de un cuerpo radiante de vida, vieran al Verbo en la carne, al
sol en la nube, la luz en el barro, y el cirio en el candelero: el aliento de
nuestra boca es el Ungido del Señor, de quien decíamos: a su sombra
viviremos entre los pueblos. Fijaos que dice: a su sombra entre los pueblos,
y no entre los ángeles, donde contemplaremos la luz más nítida con ojos
inmaculados.
Por eso cubrió a la Virgen con su sombra la fuerza del Altísimo: para que tan
sublime resplandor no la ofuscara, y esa águila tan extraordinaria pudiera
soportar los rayos de la divinidad. Les presentó la carne, para atraer a esa
carne, que hacía milagros y obraba maravillas, todas sus inclinaciones hacia
las cosas humanas. Y de la carne los pasó al espíritu, porque Dios es
espíritu y los que lo adoran han de dar culto con espíritu y verdad. ¿No crees
que iluminó su entendimiento cuando les abrió los sentidos para comprender
la Escritura, explicándoles que Cristo tenía que padecer todo eso, resucitar
de los muertos y entrar en su gloria?
Capítulo 4
Pero ellos estaban tan familiarizados con esa carne santísima que no
comprendían nada de su marcha, ni de que tes abandonara aquel por quien
todo lo habían dejado. ¿A qué se debe esto? Su entendimiento estaba
iluminado, pero su afecto no estaba purificado. Por eso les repite dulcemente
el Maestro: os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá
vuestro abogado. Porque os he dicho esto la tristeza os abruma. ¿A qué se
debe el que no pueda venir a ellos el Espíritu Santo, mientras Cristo vive en
este mundo? ¿Desdeñara la compañía de aquella carne que él mismo hizo
concebir en la Virgen y nacer de la Virgen madre?
De ninguna manera. El quería darnos un camino a recorrer, un molde que nos
moldeara. Los dejó llorando y subió al cielo. Y envió el Espíritu Santo que
unificó su afecto, es decir su voluntad; y la transformó de tal modo que los
que antes querían retenerle junto a sí, ahora se alegran de su marcha. Se ha
hecho realidad lo que les había dicho : vosotros estaréis tristes, pero vuestra
pena acabará en alegría. Tanto iluminaba Cristo su inteligencia y tanto
purificaba el Espíritu su voluntad, que conocían el bien y lo amaban de
corazón. Ahí está la religión perfecta y la perfección religiosa.
Capítulo 5
Me viene ahora a la mente aquello del profeta Eliseo, a quien Elías le había
prometido dar en el momento de su partida o elevación todo lo que pidiera:
déjame en herencia tu espíritu por duplicado. Elías comentó: ¡No pides
nada! Si logras verme cuando me aparten de tu lado, lo tendrás. ¿No te
parece que Elías en su elevación representa al Señor, y Eliseo al grupo de
apóstoles que contemplan ansiosos la ascensión de Cristo? A Eliseo le era
imposible separarse de Elías: y los Apóstoles tampoco querían privarse de
la presencia de Cristo. Al final logró persuadirles de que sin fe es imposible
agradar a Dios.
Este doble espíritu que pide Eliseo no es otro que la luz del entendimiento y
la purificación del afecto. Una cosa muy difícil, porque es muy raro quien lo
consigue en este mundo. Pero si logras verme cuando me aparten de tu lado,
lo tendrás. Tus discípulos, Señor Jesús, no quedarán defraudados, porque te
vieron subir al cielo, y con los ojos rebosantes de anhelo contemplaban
cómo avanzabas lleno de fuerza. El mejor espíritu duplicado es aquello que
Jesús dijo a los discípulos: Quien cree en mí hará obras como las mías y aún
mayores. ¿No hizo Pedro, por medio de Cristo, cosas mayores que el mismo
Cristo, cuando se nos dice que sacaban tos enfermos a la calle y los ponían
en camillas, para que, al pasar Pedro, por lo menos su sombra cayera sobre
alguno y se curaran? Del Señor no se nos dice que curara a nadie con su
sombra.
Capítulo 6
No tengo la menor duda de que vuestro entendimiento está iluminado. Si me
fijo en cambio en pruebas evidentes, vuestro afecto no está tan purificado.
Conocéis el bien, el camino a seguir, y cómo debéis caminar. Pero la
voluntad no es idéntica en todos. Algunos andan, corren y vuelan en todos
los ejercicios de este camino y de esta vida: las vigilias se les hacen breves,
las comidas sabrosas y el pan excelente, los trabajos llevaderos y
agradables. Otros todo lo contrario: tienen un corazón tan árido y un afecto
tan pertinaz, que nada de esto los atrae. Son tan pobres y miserables que
únicamente les mueve algo el temor del infierno. Comparten todas las
miserias, pero no las alegrías.
¿Tan pequeña es ahora la mano del Señor, que es incapaz de atender a todos?
¿No abre la mano y sacia de favores a todo viviente? ¿Qué ocurre?
Sencillamente, que éstos no ven a Cristo cuando se retira de ellos. No
consideran que son huérfanos y peregrinos en este mundo, que actualmente
están prisioneros en la cárcel espantosa del cuerpo y lejos de Cristo. Si
soportan largo tiempo este peso se agotan y sucumben, su vida es un
verdadero infierno. Jamás disfrutan de la luz maravillosa del Señor, ni de la
libertad espiritual, única capaz de hacer llevadero el yugo y ligera la carga.
Capítulo 7
Esta tibieza tan nociva procede de que su afecto, es decir, su voluntad no
está aún purificada. Conocen el bien pero no lo desean con la misma
intensidad, así, son llevados y arrastrados pesadamente por su propia
concupiscencia. Se permiten ciertas satisfacciones, sea en el hablar, en las
señas, en las obras o en cualquier otra cosa. A veces renuncian a ellas, pero
nunca de manera definitiva. Rara vez dirigen sus sentimientos hacia Dios, y
su compunción no es constante, sino pasajera.
Un alma volcada en estas distracciones no puede saturarse de las visitas del
Señor; y cuanto menos se dé a éstas, más le invadirán aquéllas: si mucho,
mucho; y si poco, poco. Prueba y verás que éstas nunca se ven juntas con
aquéllas, pues si faltan las vasijas el aceite deja de correr. El vino nuevo
exige odres nuevos, para bien de ambos. El espíritu no admite a la carne, ni
el calor al frío. Y la tibieza provoca a vómito al Señor.
Capítulo 8
Así, pues, los apóstoles no pudieron recibir el Espíritu Santo hasta que se
vieron privados de la carne del Señor, a pesar de ser santísima y de Santo
por excelencia. Y tú, que estás amarrado y hundido en una carne asquerosa y
repleta de quimeras y sueños impuros, ¿cómo vas a recibir ese Espíritu
purísimo, si no te decides y renuncias incondicionalmente a os consuelos
humanos? Es verdad que al principio te invadirá la tristeza; pero si
perseveras, esa tristeza se convertirá en gozo. El afecto se purificará y se
renovará la voluntad. Mejor dicho, se creará otra nueva. Y lo que antes te
resultaba difícil o imposible, lo harás con gusto y grandes deseos.
Envía, Señor, tu Espíritu, y renueva la faz de la tierra. Al hombre se le
conoce exteriormente por el rostro, e interiormente por la voluntad. Cuando
viene el Espíritu se crea y renueva a faz de la tierra, es decir, la voluntad
terrena se convierte en celeste, dispuesta a obedecer antes de que le manden.
¡Dichosos estos que no sienten el mal, y viven siempre con el corazón
dilatado! Pero de los otros a que nos referíamos anteriormente dice el Señor
estas terribles palabras : Mi espíritu no permanecerá en esos hombres;
porque son de carne, es decir, carnales. La carne absorbió todo su espíritu.
Capítulo 9
Hermanos, hoy nos han llevado a nosotros el novio, y nuestro espíritu no está
completamente tranquilo. Lo han hecho para enviarnos el Espíritu de la
verdad. Oremos e imploremos que nos encuentre preparados, y que él mismo
nos prepare y llene la casa en que vivimos. Que no sea la inquietud, sino la
unción la que nos enseñe todas las cosas. Y así, una vez iluminado el
entendimiento y purificado el afecto, venga a nosotros y viva con nosotros.
La serpiente de Moisés devoró las serpientes de los adivinos: así hará
también éste cuando venga, absorberá todos los consuelos terrenos y
encontraremos solaz en el trabajo, gozo en las dificultades y gloria en los
ultrajes. Lo mismo que los Apóstoles, ebrios del Espíritu, salieron del
consejo contentos de haber merecido aquel ultraje por causa de Jesús.
El Espíritu de Jesús es un espíritu bueno, santo, recto, dulce y poderoso; lo
que nos parece ingrato, difícil y austero lo convierte en fácil y agradable. De
la injuria hace una fuente de gozo, y del desprecio la mayor alabanza. Fieles
al Profeta, examinemos y revisemos nuestra conducta y nuestras
inclinaciones; levantemos con las manos el corazón, para que nos alegremos
y regocijemos en la solemnidad del Espíritu Santo, y él nos guíe a la plenitud
de la verdad, según la promesa del Hijo de Dios.
Sermón cuarto
De las diversas ascensiones
Capítulo 1
Si celebramos con todo fervor las solemnidades de Navidad y Resurrección,
también debemos festejar devotamente este día de la Ascensión. Esta fiesta
no es menor que aquéllas, sino su plenitud y broche de oro. Es un día grande
y gozoso. El Sol por excelencia, el Sol de justicia se había presentado ante
nuestros ojos atenuando su resplandor y su luz impenetrable con la nube de
la carne y el velo de su mortalidad. Pero el gozo y la alegría se han
desbordado al rasgar el velo y revestirse de gloria. No se ha despojado de la
substancia de su velo, sino de su vejez, corrupción, miseria y vileza. Y de
este modo se ha convertido en las primicias de la resurrección.
Pero ¿qué significan estas fiestas para mí, que sigo viviendo en este mundo?
¿Quién sé atrevería a desear subir al cielo, si no es apoyándose en el que
antes de subir había descendido? Para mí la vida de este destierro sería
poco menos que un infierno, si el Señor de los ejércitos no nos hubiera
dejado una semilla de aliento y expectación cuando, elevado sobre las
nubes, suscitó la esperanza en los creyentes. Si no me voy, no vendrá vuestro
abogado.
¿Qué abogado es ése? El que inunda de amor y hace que la esperanza no
defraude. El Consolador que nos hace vivir como ciudadanos del cielo; la
energía divina que levanta nuestros corazones. Voy a prepararos sitio.
Cuando vaya y os lo prepare, volveré para llevaros conmigo. Donde se
reúnen los buitres está el cadáver. Aquí tienes por qué esta solemnidad que
celebramos es la corona de las demás, muestra los frutos y aumenta la
gracia.
Capítulo 2
Así como en otros misterios Cristo nace para nosotros y se nos da, la
ascensión acaece por nosotros y actúa en nosotros. En la vida nos suceden
muchas cosas de manera fortuita, y otras por necesidad. Cristo, en cambio,
como Poder y Sabiduría de Dios, estuvo libre de tales condiciones. ¿Existe
una fuerza capaz de coaccionar el Poder de Dios? ¿Puede guiarse la
Sabiduría de Dios por el azar?
No lo dudes: en todo cuanto habló, hizo y sufrió fue totalmente voluntario,
todo está lleno de misterios y es fuente de salvación. En consecuencia,
cuando lleguemos a comprender algo de Cristo no creamos que es una
ocurrencia nuestra, sino una realidad que siempre tiene su explicación,
aunque nosotros la ignoremos. El escritor se somete a unas normas bien
precisas. Las obras de Dios también están ordenadas: particularmente lo que
la Majestad hizo en su vida terrena. Pero ¡qué pobre e insignificante es
nuestro conocer! Sólo conocemos de una manera muy limitada y casi nada.
Apenas nos llega un tenue parpadeo del inmenso resplandor que despide la
antorcha colocada en el candelero. Por eso, cuanto menos percibimos cada
uno, con mayor fidelidad debemos comunicarlo a los demás.
Yo, hermanos, no quiero ni debo privaros de lo que él mismo se digne
inspirarme para vuestro provecho, sobre su ascensión o sus ascensiones.
Sobre todo porque una cualidad de las cosas espirituales es que se reparten
y no disminuyen. Es posible que algunos ya conozcan esto, porque les ha
sido revelado. Mas en gracia de quienes no lo han percibido, por ocuparse
en cosas más sublimes o en otras materias, o de aquellos que no lo
comprenden bien, debo manifestaros lo que siento.
Capítulo 3
Cristo fue el que bajó y el que subió, dice el Apóstol. Y yo creo que subió
porque bajó. Convenía que Cristo bajara para que nosotros aprendiéramos a
subir. Tenemos ansia de subir, nos apasiona la grandeza. Somos criaturas
insignes, dotadas de un espíritu superior: por deseo natural tendemos hacia
arriba. Pero ¡ay de nosotros! si seguimos los pasos del que dijo: me sentaré
en el monte de la Asamblea, en el vértice del cielo. ¡En el vértice del cielo!
¡Pobrecillo! Esa montaña está helada. Ahí no te acompañamos. Tienes ansias
de dominio y aspiras al poder.
¡Cuántos siguen hoy estos caminos trágicos y vergonzosos! Más aún: cuán
pocos los que se liberan del placer de dominar! Los que ejercen el poder se
hacen llamar bienhechores: y el malvado se Jacta de su ambición. Todo el
mundo adula y envidia al poderoso. ¿A dónde vais, miserables, a dónde
vais? ¿No veis caer a Satanás como un relámpago? Subió ángel a este monte,
y se convirtió en diablo. Advertid también que después de su fracaso y lleno
de envidia está empeñado en derribar al hombre. Pero no se le ocurre
insinuarle que suba a este monte, porque sabe por experiencia que en vez de
subir, lo que se consigue es hundirse en un fatal precipicio.
Capítulo 4
El astuto enemigo, empero, trama otros planes y le muestra otro monte
semejante: seréis como Dios, versados en el bien y en el mal. Otra subida
muy peligrosa: es más bien bajar de Jerusalén a Jericó. La ciencia que engríe
es un monte muy malo, y, sin embargo, cuántos humanos se afanan en
escalarlo. Parecen ignorar que su primer padre cayó de aquel monte y de qué
manera: con toda su descendencia hundida y maltrecha. Todavía no te has
curado de las heridas que recibiste al escalar aquel monte, aunque estabas
dentro de tu padre. ¿Y quieres intentarlo tú ahora personalmente otra vez?
Este disparate será mucho mayor que aquél.
¿Por qué tenéis este anhelo tan cruel? Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo
seréis tercos de corazón, amaréis la falsedad y buscaréis el engaño?
¿Ignoráis que lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los
sabios; y lo débil del mundo para humillar a lo fuerte? No nos impresiona el
temor de la amenaza divina, que confundirá la sabiduría de los sabios y
abatirá la sagacidad de los sagaces. Ni nos hace volver atrás el ejemplo de
nuestro padre, ni lo que sentimos y experimentamos: esa terrible necesidad a
que estamos sometidos por nuestro falso deseo de saber.
Capítulo 5
Hermanos, os he mostrado un monte, no para que lo conquistéis, sino para
que huyáis de él. A este monte subía el que pretendió igualarse a Dios y
conocer el bien y el mal. Este monte lo aumentan cada día sus hijos,
aprovechando cualquier cosa para engordar la montaña de la ciencia. Este se
consagra a la literatura, aquél a la política, el otro a juzgar a los que pecan
contra Dios, y el de más allá a cualquier arte servil. Y lo hacen de un modo
tan apasionado que no escatiman esfuerzos, con tal de ser tenidos por más
doctos que los demás. Así edifican Babel, así creen que llegarán a ser como
Dios. Anhelan lo que no conviene y omiten lo que conviene.
¿Por qué os seducen estos montes tan escarpados y peligrosos? ¿Por qué no
os encamináis a ese otro monte de fácil subida y mucho más provechoso? El
ansia de poder arrebató al ángel su felicidad. El deseo de saber despojó al
hombre de la gloria de la inmortalidad. En cuanto alguien aspira al poder,
aparecen por doquier la oposición, la repulsa, el obstáculo y la dificultad.
Supongamos que llega a conseguir lo que desea. A los poderosos, dice la
Escritura, es aguarda un control riguroso, por no hablar de las inquietudes
preocupaciones que implica siempre el poder. El que codicia la ciencia se
engríe, está siempre estudiando y con su espíritu en tensión. Y todo esto para
escuchar: es inútil que te mates. Su mirada se entristecerá cuando sea menos
estimado que otros. ¿Y qué sentirá cuando se vea totalmente desfasado?
Escuchad al Señor: anularé el saber de los sabios, descartaré la cordura de
los cuerdos.
Capítulo 6
No quiero demorarme. Habéis comprendido cómo debemos huir de estos dos
montes, si nos aterra el abismo del ángel y la ruina del hombre. ¡Montes de
Gelboé, ni rocío ni lluvia caiga sobre vosotros! ¿Qué debemos hacer? No
conviene subir así, pero sentimos un vivo deseo de ascender. ¿Quién nos
indicará una subida provechosa? Aquel de quien leemos: el que descendió,
se elevó.
Este es nuestro guía para subir, y no queremos nada con las huellas ni
consejos de aquel otro conductor o perverso seductor. Como no existía
ningún medio de subir, bajó el Altísimo de este modo nos trazó un camino
suave y eficaz. Descendió del monte del poder, envuelto en la debilidad de
la carne; descendió del monte de la sabiduría, porque tuvo a bien salvar a
los que creen con esa locura que predicamos.
¿Hay algo más débil que el cuerpo y los miembros de un tierno niño? ¿Algo
más ignorante que un párvulo, que sólo conoce el pecho de su madre? ¿Quién
más impotente que el que está atado con clavos y se le pueden contar los
huesos? ¿Existe mayor necedad que exponer su vida a la muerte, y devolver
lo que no ha robado? Ahí ves hasta dónde descendió, y cómo se anonadó en
su poder y su sabiduría. Por otra parte, no pudo subir a un monte más alto de
bondad, ni manifestarnos de un modo más claro su amor. No te extrañe que
Cristo subiera al descender: los otros dos primeros se hundieron al subir.
Yo creo que el Profeta quiere conocer al que sube a este monte, cuan o dice:
¿quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto
sacro? E Isaías pensaba también en este monte cuando veía caer a tantos
hombres por ansias de subir y exclamaba: venid, subamos al monte del
Señor. ¿Y no les previene de subir a estos montes, el que canta la fertilidad
de este otro monte: por qué tenéis envidia de las montañas escarpadas? Hay
otro monte más fértil y fecundo. Es el monte de la casa del Señor, en la cima
de los montes. Allí corría el esposo saltando por los montes. Y enseñaba el
camino al que lo ignoraba, llevaba de la mano al niño y acompañaba al
chiquillo. Parecía que andaba, caminando de baluarte en baluarte hasta ver a
Dios en Sión. Su justicia es como las montañas de Dios.
Capítulo 7
Pero veamos, si os place, esos saltos, con los que salió como un gigante a
recorrer su camino, y asomando por un extremo del cielo llegó de salto en
salto hasta el otro extremo. Fíjate primeramente en aquel monte donde subió
con Pedro Santiago y Juan: allí se transfiguró delante de ellos; su rostro
brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron tan blancos como la nieve.
Es la gloria de la resurrección, que contemplamos en la montaña de la
esperanza. ¿Por qué subió para transfigurarse, sino para enseñarnos a
nosotros a elevar nuestro pensamiento a la gloria que va a revelarse
reflejada en nosotros?
Feliz aquel que medita siempre en el Señor, y considera sin cesar en su
corazón las alegrías perennes del Señor. ¿Habrá algo pesado para quien
comprende que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada
comparados con la gloria futura? ¿Qué puede apetecer de este mundo
perverso, quien contempla con sus propios ojos la dicha del Señor en el país
de la vida, y los premios eternos? El Profeta dice al Señor: Te habla mi
corazón. Yo busco tu rostro, Señor. Quiero ver tu rostro. Ojalá os pongáis
codos en pie, subáis a la altura y contempléis el gozo que Dios os envía.
Capítulo 8
No os molestéis si nos detenemos todavía un poco más en este monte:
pasaremos más rápidos por los demás. ¿Cómo no considerar aquella frase
que Pedro pronunció en este monte y refiriéndose a este mismo monte?:
Señor, ¡qué bien estamos aquí! Lo mejor de todo, por no decir la única cosa
buena, es ocupar el alma en el bien, aunque no pueda hacerlo el cuerpo. Yo
creo que el que entraba en el recinto sagrado y se postraba hacia el
santuario, entre cantos de júbilo y acción de gracias, en el bullicio de la
fiesta, diría: ¡Qué bien estamos aquí!
Quién de vosotros no considera atentamente esa vida futura, ese gozo, ese
regocijo, esa felicidad y esa gloria de los hijos de Dios? ¿Es posible meditar
todo esto en la paz de la conciencia, y no prorrumpir rebosantes de inefable
ternura: ¡Qué bien estamos aquí! No en esta larga y penosa peregrinación, en
que está amarrada al cuerpo, sino en aquella dulce y sabrosa contemplación
que llena el corazón. ¡Quién me diera alas de paloma para volar y posarme!
Y vosotros, hijos de los hombres, hijos de aquel hombre que bajó de
Jerusalén a Jericó, hijos de los hombres, ¿hasta cuando seréis tercos de
corazón? Levantad el corazón y reinará el Señor. Este es el monte en el que
se transfigura Cristo. Subid y veréis cómo honra el Señor a los suyos.
Capítulo 9
Os pido por favor, hermanos, que no se os embote el corazón con los afanes
del mundo. De a glotonería y embriaguez, gracias a Dios, no tengo en qué
reprenderos. Desembarazaos de toda especie de pensamientos terrenos, y
experimentaréis cómo ensalza el Señor a los suyos. Levantad vuestro
corazón con las manos de vuestros pensamientos, y contemplaréis al Señor
transfigurado. Construid dentro de vosotros las tiendas de los patriarcas y
profetas, y las mil moradas de aquella mansión celestial, a semejanza de
aquel que ofrecía en la tienda del Señor sacrificios entre aclamaciones,
cantando tañendo para el Señor: ¡Qué delicia es tu morada, Señor de los
ejércitos! Mi alma se consume anhelando los atrios del Señor.
Ofreced también vosotros la hostia de vuestra piedad y abnegación.
Recorred en espíritu los escaños celestes Y los infinitos estrados de la casa
del Padre. Postraos con toda humildad ante el trono de Dios y del Cordero.
Haced súplicas reverentes a todos los coros angélicos. Saludad a los
Patriarcas, a los Profetas y al Senado apostólico. Contemplad las coronas de
los mártires, cuajadas con flores de púrpura. Admirad los coros de las
Vírgenes empapadas en perfume de azucenas. Y aplicad el oído, todo cuanto
podáis, a la inefable armonía del cántico nuevo.
El Profeta recuerda todo esto y desahoga su alma. ¿Qué dice? ¡Cómo entraba
en el santuario hasta la casa de Dios! Y vuelve a repetirlo: me acordé de
Dios y me regocijé. Este vio al mismo que vieron los apóstoles, y de la
misma manera: una visión totalmente espiritual y nada corporal. Este no lo
vio como aquel que dijo: lo vimos sin aspecto atrayente, sin figura ni
belleza. Este lo vio transfigurado y el más hermoso de los hombres, por eso
dice transportado de gozo como los apóstoles: ¡qué bien estamos aquí! Y
para ser idénticos en todo aquél os cayeron de bruces y éste se siente
desfallecer. ¡Qué bondad tan grande, Señor, reservas para tus fieles! Si subís
a este monte, y contempláis a cara descubierta la gloria del Señor,
exclamaréis también vosotros: llévanos contigo. Es inútil querer ir a un sitio,
si desconoces el camino.
Capítulo 10
Necesitas subir a otro monte, y escuchar allí al que predica y monta una
escala de ocho peldaños que llega hasta el cielo. Dichosos los que viven
perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey. Si has
escalado ya el otro monte con la asidua meditación de la gloria celeste, no te
costará subir a este otro y meditar su ley día noche. Así hacía el Profeta:
meditaba en los premios, y en os preceptos del Señor que amaba de corazón.
De este modo, tú también escucharás: ya sabéis a dónde voy en mi primera
ascensión; y también conocéis el camino, o mi segunda ascensión.
Empéñate en escoger el camino verdadero, no ce ocurra como a los que no
encontraban el camino de ciudad habitada. Y esmérate en ascender con la
contemplación de la gloria celeste, y sobre todo con una vida digna de esa
gloria.
Capítulo 11
Pero leo también que subió a otro monte, para orar a solas. Tiene, pues,
razón la esposa del Cantar, cuando dice: Oíd que llega saltando por los
montes. En el primero se transfiguró, para enseñarte a dónde iba. En el
segundo te habló palabras de vida, para que sepas por dónde debes ir; y en
el tercero oró, para que tengas siempre el buen deseo de caminar y llegar.
Porque el que sabe cómo portarse bien y no lo hace, está en pecado.
Así, pues, sabiendo que en la oración se nos da la buena voluntad, cuando
sepas qué debes hacer, haz oración para ser capaz de realizarlo: ora con
empeño y perseverancia, como aquel que pasaba la noche orando a Dios, y
el Padre dará el buen espíritu a los que se lo piden. Fíjate también que nos
conviene buscar un lugar retirado para la oración: nos lo enseñó de palabra:
métete en tu cuarto, echa la llave y rézale a tu Padre; y con el ejemplo,
subiendo solo a la oración sin admitir ni a sus más íntimos.
Capítulo 12
¿Qué más podemos decir sobre las ascensiones? Me gustaría que no
olvidáramos el asno en que subió al monte. Ni la cruz a la que subió y por la
cual iba a ser exaltado el Hijo del hombre. Pero yo, cuando me levanten de
la tierra, tiraré de todos hacia mí. Así, pues, cuando conoces el bien y
quieres hacerlo, ¿qué harás si te sientes incapaz de ponerlo por obra, y unos
movimientos desordenados te quieren dominar y esclavizarte? ¿Qué puedes
hacer contra esos deseos irracionales que están en tu cuerpo? Quieres ayunar
y te excitan la gula; te propones velar y te ataca el sueño.
¿Qué podemos hacer con este asno? Porque esto es de asnos y muy propio de
ellos : se ha igualado a los jumentos y se ha hecho como uno de ellos.
¡Señor!: monta sobre este asno refrena sus instintos bestiales; dómalos tú,
antes que ellos nos dominen. Si no se aplastan, nos avasallarán; si no quedan
deprimidos, nos oprimirán. Sigue, pues, alma mía, a Cristo el Señor en esta
ascensión; así llevarás tú mismo las riendas de tu apetito y los tendrás a
raya. Para subir al cielo antes debes superarte a ti mismo, dominando esos
bajos deseos que te hacen guerra.
Capítulo 13
Sigue también al que sube a la cruz, y es levantado de la tierra. Estarás por
encima de ti mismo, y de todas las teorías del mundo; mirarás de lejos y
despreciarás todo lo terreno, como dice la Escritura: estarán muy alejados
de la tierra. Que no te muevan las halagos del mundo, ni te abatan las
contrariedades. Dios te libre de gloriarte más que de la cruz dé nuestro
Señor Jesucristo, en la cual el mundo quedó crucificado para ti. Lo que el
mundo ansía, para ti es una cruz; y tú, crucificado al mundo, te vuelcas con
toda la fuerza del amor a lo que el mundo tiene por cruz.
Capítulo 14
Ya sólo te queda subir al que es el Dios Soberano, bendito por siempre. Lo
mejor de todo es morir y estar con Cristo. Dichosos los que encuentran en ti
su fuerza, dice el Profeta al Señor. Han emprendido unas subidas, y caminan
de baluarte en baluarte hasta ver a Dios en Sión. Esta es la última ascensión
y la plenitud universal; como dice el Apóstol: Cristo que bajó es el mismo
que subió para llenar el universo.
¿Qué puedo deciros de esa ascensión? ¿A dónde subiremos, para estar donde
está Cristo? ¿Qué hay allí? El ojo nunca vio lo que Dios ha preparado para
los que le aman? Hermanos deseémosla vivamente, suspiremos sin cesar por
ella. Y si desfallece el entendimiento, supla el ardor de afecto.
Sermón quinto
De la magnanimidad, la generosidad y la
unanimidad
Capítulo 1
San Lucas nos recomienda, en breves palabras, tres virtudes de la Iglesia
primitiva. Después de la ascensión del Señor nos dice que todos se
dedicaban a la oración en común esperaban el consuelo celestial que les
había prometido. ¡Admirable grandeza de ánimo la de este pequeño rebaño,
privado de la protección de su pastor! Convencidos de que se cuida de ellos
y les prodiga las atenciones de un padre, insisten con sus fervientes plegarias
al cielo. Saben muy bien que la oración del justo atraviesa las nubes, y que
el Señor atiende los ruegos del pobre y los colma con toda clase de gracias.
Pero perseveraban también con gran longanimidad, como dice el Profeta:
Aunque tarde, espéralo, que ha de llegar sin retraso. Y la unanimidad está
tan a la vista que ella sola merece los carismas del Espíritu divino. Dios no
quiere la desunión sino la paz, y que todos vivan en una casa con idénticas
costumbres.
Capítulo 2
Por eso atendió el Señor su deseo y no defraudó su esperanza: eran
magnánimos, longánimes y unánimes. Pruebas inconfundibles de la fe,
esperanza y caridad. ¿La magnanimidad no es fruto de la fe? Sin duda alguna,
y además exclusivo de ella. Si se pretende algo sin fe, eso no es grandeza de
espíritu, sino vano engreimiento y esfuerzo inútil. Si quieres saber cómo
siente un hombre magnánimo, escucha: Para todo me siento con fuerzas,
gracias al que me robustece.
Hermanos, hagamos nuestro este triple modo de prepararnos, si deseamos
recibir la medida rebosante del Espíritu. A todos se da el Espíritu con
medida, menos a Cristo. Pero cuando la medida es tan desbordante es
imposible calcular. La magnanimidad de nuestra conversión fue un hecho
evidente. Que la longanimidad sea ilimitada, y reine la unanimidad en toda
nuestra vida. La Jerusalén celestial quiere restaurarse con almas de fe
robusta que soporten la carga de Cristo, de esperanza invencible para
perseverar, y unidas por el amor que es el cinturón perfecto.
Sermón sexto
De la inteligencia y el afecto
Capítulo 1
Hoy se presenta el Hijo del hombre ante el Anciano que está sentado en el
trono, para sentarse junto a él, y ser no solamente vástago del Señor por su
honor y su gloria, sino además fruto maravilloso de la tierra. ¡Qué unión más
dichosa, y qué misterio tan rebosante de gozos inefables! El mismo es a la
vez vástago del Señor y fruto de la tierra. Hijo de Dios y fruto del vientre de
María. Hijo de David y Señor suyo, que hoy le colma de alegría y por eso le
cantó hace ya muchos siglos: Oráculo del Señor a mi Señor: siéntate a mi
derecha. El vástago del Señor es Señor; sin duda alguna. Y también hijo de
David, porque es fruto incomparable de la tierra, brote del tocón de Jesé.
Hoy el Padre glorifica a este Hijo suyo e hijo de los hombres, dándole la
gloria que tenía junto a él antes que existiera el mundo. Hoy festeja el cielo
el retorno de la Ver ad, nacida de la tierra. Hoy les quitan el novio a los
amigos y llorarán, como él mismo se lo predijo. Los amigos del novio no
podían llorar mientras estaba con ellos. Hoy se lo llevan y les toca llorar y
ayunar. Pedro ¿recuerdas aquello que dijiste: Señor, qué bien estamos aquí;
si quieres, hago aquí tres tiendas? Ahora ha entrado en otra tienda mayor y
más perfecta, no hecha por hombres, es decir, no de este mundo creado.
Capítulo 2
¿Y podemos estar bien aquí? Todo lo contrario: esto nos resulta pesado,
insoportable y peligroso. Abunda la maldad, y apenas hay una pizca de
sabiduría. Todo es pegajoso resbaladizo; lleno de tinieblas y asechanzas de
pecado; las a mas se extravían y el espíritu no soporta el ardor del sol; todo
es vanidad y aflicción de espíritu.
Hermanos, levantemos al cielo el corazón con las manos, y caminando con
fe y devoción acompañemos al Señor en su ascensión. Muy pronto y sin
obstáculos seremos arrebatados en las nubes para estar con él. Esto no puede
alcanzarlo ahora el espíritu animal, pero lo alcanzará el cuerpo
espiritualizado. No nos cansemos, pues, de levantar el corazón, porque como
nos dice la propia experiencia, el cuerpo mortal es lastre del alma y la
tienda terrestre nos deprime.
Capítulo 3
Tal vez necesitemos explicar en qué consiste levantar el corazón, o cómo
conviene levantarlo. Damos la palabra al Apóstol: si habéis resucitado con
Cristo, buscad lo de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios;
estad centrados arriba, no en la tierra. Es decir: si habéis resucitado con él,
subid con el; si vivís unidos a él, reinad con él.
Hermanos, acompañemos siempre al Cordero: cuando sufre, cuando resucita
y más aún cuando asciende. Que nuestro hombre viejo esté crucificado con
él, para que se destruya el individuo pecador y ya no seamos esclavos el
pecado. Extirpemos cuanto de terreno hay en nosotros. Y así como él fue
resucitado de la muerte por el poder del Padre, emprendamos también
nosotros una vida nueva. Si murió y resucitó fue para que abandonemos el
pecado y nos entreguemos a la Justicia.
Capítulo 4
Y como una vida nueva exige un lugar más seguro, y la resurrección pide un
estado superior, acompañemos al que sube: busquemos lo de arriba, no lo de
la tierra. ¿Quieres conocer ese lugar? Escucha al Apóstol: la Jerusalén de
arriba es libre y ésa es nuestra madre. ¿Deseas saber qué hay allí? Allí reina
la paz: glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios Sión: ha puesto paz en
tus fronteras.
¡Oh paz que superas todo razonar! ¡Paz sobre toda paz! ¡Medida sin medida,
colmada, remecida, rebosante! Alma cristiana: sufre con Cristo, resucita y
asciende con él. Es decir: apártate del mal y haz el bien, busca la paz y corre
tras ella. En el libro de los Hechos, Pablo recuerda a sus discípulos la
continencia, la justicia y la esperanza de la vida eterna. Y la Verdad por
excelencia manda en el Evangelio tener siempre el delantal puesto y
encendidos los candiles, y parecernos a los que aguardan la vuelta de su
amo.
Capítulo 5
Si prestáis atención, el Apóstol nos recomienda una doble ascensión : buscar
y estar centrados arriba, no en la tierra. Y el Profeta parece insinuar esta
misma distinción al decir: busca la paz y corre tras ella. Buscar la paz y
correr tras ella equivale a buscar y centrarse en lo de arriba, no en lo de la
tierra. Mientras tengamos los corazones divididos tendremos muchos
rincones y nos faltará la unidad. Debemos levantarlo cada uno de nosotros,
como miembros de un cuerpo, para que se unan en la Jerusalén celeste, la
ciudad bien trazada. Así cada uno en particular y todos los hermanos vivirán
unidos sin estar divididos consigo mismos ni con los demás.
Los miembros principales de nuestro corazón son el entendimiento y el
afecto. Sus objetivos suelen ser opuestos: uno tiende a lo alto y al otro le
atrae lo más bajo. De aquí el gran dolor y tormento del alma, Que se siente
disgregada, mutilada y despedazada. Si no lo percibimos por nuestra
lamentable insensibilidad espiritual, podemos adivinarlo por el dolor que
nos produce una herida en el cuerpo. Supongamos que estiran violentamente
las piernas de un hombre y le separan mucho los pies con un largo madero.
La piel está intacta, pero ¡qué tormento tan horrible!
Capítulo 6
Así, así vemos con pena que sufren esos pobres que viven corporalmente
con nosotros: tienen la misma luz que nosotros, pero su afecto es muy
distinto. Conocen el bien a realizar, mas no les atrae eso que conocen. En
nosotros, hermanos, no hay excusa posible de ignorancia: abundamos en la
doctrina celeste, en la lectio divina y en la instrucción espiritual. Todo lo
que es verdadero, respetable, justo, limpio, estimable; todo lo de buena
fama, cualquier virtud o mérito que existe, lo aprendéis y recibís, lo oís y os
véis, en los ejemplos y palabras de los hermanos más adelantados. Sus
consejos y su vida instruyen maravillosamente a todos. Ojalá todo esto que
enriquece el entendimiento llegara a conmover el afecto, y se acabara esa
dolorosa contradicción e insoportable división de sentirnos atraídos hacia
arriba y arrastrarnos por ef suelo.
Capítulo 7
En casi todas las comunidades religiosas encontrarnos hombres llenos de
entusiasmo, rebosantes de gozo, siempre al gres y contentos; fervientes de
espíritu, volcados día y noche sobre la ley del Señor, su mirada fija en el
cielo y sus manos siempre levantadas en oración. Examinan atentamente su
conciencia y se entregan a las buenas obras. La disciplina les resulta amable,
el ayuno ligero, las vigilias breves, el trabajo manual agradable, y toda la
austeridad de nuestra vida les parece un descanso.
Mas también se hallan hombres cobardes y apocados, abrumados por el
peso; necesitan la vara y la espuela. Su escasa alegría es una tristeza
encubierta. Su compunción es fugaz y esporádica. Su manera de pensar
puramente animal. Viven con tibieza, obedecen de mala gana, hablan a la
ligera, rezan sin interés y leen sin aprovecharse. No les conmueve el temor
del infierno, ni el pudor les reprime, ni la razón les frena, ni la disciplina es
capaz de dominarlos. Su vida es prácticamente un infierno, porque su
entendimiento y afecto están en lucha perenne. Necesitan desplegar toda su
fuerza y se alimentan pobremente. Soportan los trabajos y no saborean las
alegrías.
Por favor, despertemos los que así vivimos, renovemos nuestras almas y
recuperemos nuestro espíritu. Abandonemos esa maldita tibieza, si no
porque es peligrosa y suele provocar a Dios como solemos decir, al menos
porque es insoportable, ruin y lamentable. Podemos llamarla antesala del
infierno y fantasma de la muerte.
Capítulo 8
Si deseamos las cosas de arriba, intentemos ahora ya degustarlas y
saborearlas. Cuando se nos recomienda buscar y paladear lo de arriba,
podemos aplicarlo al entendimiento y al afecto. Levantemos nuestro corazón
a Dios con nuestros miembros más nobles, con esa especie de manos que son
los humildes esfuerzos y las prácticas espirituales. Yo creo que todos
buscamos las cosas de arriba con la inteligencia de la fe y el juicio de la
razón. Pero no todos saboreamos esas realidades en el mismo grado, por
estar saturados de las realidades terrenas, arrastra os irresistiblemente por el
afecto.
¿A qué se debe esta variedad de espíritus, esa desigualdad de deseos y esa
oposición de conductas, a que antes nos referíamos? ¿De dónde procede
tanta miseria espiritual de unos la extraordinaria abundancia de otros? El
dispensador de gracia no es avaro ni mezquino. Lo que ocurre es que si no
ay vasijas, el aceite deja de correr. El amor del mundo se filtra por doquier,
con sus consuelos o desconsuelos; atisba las entradas, se cuela por las
ventanas e invade el espíritu. A no ser que diga resueltamente: Mi alma
rehúsa el consuelo. Acudo a Dios y me recreo. El regalo santo no simpatiza
con el alma ofuscada por deseos mundanos. Lo auténtico no congenia con la
vanidad, ni lo eterno con lo caduco, ni lo espiritual con lo carnal, ni la altura
con el abismo. Es imposible disfrutar al mismo tiempo de lo de arriba y de
lo terreno.
Capítulo 9
Dichosos aquellos hombres que nos anunciaron previamente la ascensión del
Señor: me refiero a Elías que fue arrebatado, y a Enoc transportado.
Dichosos una y m veces, pues ya sólo viven para Dios, y en él descansan
comprendiendo, amando y gozando. Su cuerpo mortal no es lastre del alma,
ni su tienda terrestre abruma la mente pensativa. Están con Dios. Han
desaparecido todos los obstáculos, se han disipado las ocasiones, y ya no
queda nada que oprima el afecto ni abrume el entendimiento. Del primero
dice la misma Escritura que fue arrebatado para que la malicia no pervirtiera
su conciencia, y la perfidia no sedujera su alma ni su entendimiento.
Capítulo 10
¿Cómo seremos capaces nosotros de poseer la verdad en medio de tanta
tiniebla, o disfrutar de la caridad en este mundo perverso y que está en poder
del malo? ¿Será posible iluminar nuestro entendimiento e inflamar nuestra
voluntad? Sí, es posible, si acudimos a Cristo para que levante el velo de
nuestros corazones. De él se ha dicho: A los que habitaban en tierra de
sombras les brilló una luz.
Pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios manda a todos los
hombres que se conviertan, como dijo Pablo a los atenienses. Recordad cuál
fue la tarea del Verbo de Dios y de la Sabiduría encarnada desde que
apareció en el mundo y vivió entre los hombres: con su admirable poder, su
gloria y su majestad se consagró a iluminar los corazones y aumentar la fe de
los hombres, por medio de la palabra milagros. Lo dice abiertamente: El
Espíritu del Señor está sobre mí me ha enviado para dar la buena noticia a
los pobres. Y a los Apóstoles les dice: todavía os quedan unos momentos de
luz caminad mientras tenéis luz, antes de que os sorprendan las tinieblas.
Pero no sólo habla así antes de su muerte. Después de resucitar se deja ver
de ellos en numerosas ocasiones durante cuarenta días y les habla del reino
de Dios, o les abre los sentidos para que comprendan las Escrituras. En
todos estos momentos pretendía enriquecer su entendimiento, más bien que
purificar su afecto.
Capítulo 11
¿Cómo iban a familiarizarse con lo espiritual si eran animales? Eran
incapaces de soportar el resplandor de la luz. Por eso tuvo que presentarse
el Verbo en la carne, el sol en la nube, la luz en el barro, la miel en la cera,
el cirio en el candelero: el Espíritu se hace presente a ellos en Cristo el
Señor. Nunca les alta la sombra, bajo la cual viven entre los pueblos. A la
Virgen se le dice que la cubrirá con su sombra, para que no la deslumbre un
resplandor tan inmenso ni su mirada de águila se ciegue con esa luz
brillantísima y el rayo purísimo de la divinidad.
Mas esa nube no fue inoportuna, sino muy provechosa. Los discípulos no
podían progresar en la fe sin transformar sus afectos, ni elevarse a las
realidades espirituales. Pero excitó en ellos el amor a su persona humana, y
se adhirieron con un amor puramente humano a ese hombre que hacía y decía
maravillas. Era, sin duda, un amor totalmente humano, pero tan eficaz que
prevaleció sobre todos los demás. Hasta llegar a decir: mira, nosotros ya lo
hemos dejado todo y te hemos seguido.
Dichosos aquellos ojos que veían al Señor de la majestad presente en la
carne, al creador del mundo convivir con los hombres, irradiar poder, curar
enfermos, pasear por el mar, resucitar muertos, someter demonios, y
comunicar ese mismo poder a tos hombres. Lo vieron manso y humilde de
corazón, compasivo, cariñoso y con inmensas entrañas de misericordia: el
Cordero de Dios que jamás cometió pecado y cargó con el pecado de todos.
Di osos los oídos que merecieron escuchar las palabras de la vida de la
misma boca del Verbo encarnado. Les hablaba el unigénito, el que está en el
seno del Padre, y les comunicaba todo lo que había oído a su Padre. Bebían
los raudales de la doctrina celestial en el manantial cristalino de la Verdad, y
así podían esparcirla, por no decir eructarla, a todos los hombres.
Capítulo 12
Nada tiene de extraño, hermanos, que les abrumara la tristeza, cuando les
dijo que se marchaba y añadió: A donde yo voy vosotros no podéis venir
ahora. ¿No se estremecerían sus entrañas, se perturbaría su afecto y vacilaría
su mente? ¿No se abatiría su rostro y se horrorizaría su oído? ¿Serían
capaces de admitir que les iba a dejar aquel por el cual ellos habían
abandonado todo? Si arrebató todo el amor de los discípulos hacia su
humanidad, no fue para que continuara siendo carnal, sino para transformarlo
en espiritual y llegaran a decir: Antes conociamos a Cristo como hombre,
ahora ya no.
Este mismo Maestro, lleno de bondad; les anima con estas suaves promesas:
Yo mismo pediré al Padre que os dé otro abogado que esté siempre con
vosotros: el Espíritu de la Verdad. Y en otro momento añade: Os conviene
que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá vuestro abogado. Esto es un
misterio asombroso, hermanos. ¿Por qué dice si no me voy, no vendrá
vuestro abogado? ¿Tan odiosa es al Abogado la presencia de Cristo?
¿Horrorizaba al Espíritu Santo convivir con esa carne del Señor, que como
anuncio el ángel fue concebida por pura iniciativa suya? Entonces ¿qué
significa la frase: si no me voy, no vendrá vuestro Abogado? Quiere decir
esto: si la presencia de mi humanidad no desaparece de vuestras miradas,
vuestra mente estará ocupada y no recibirá la plenitud de la gracia espiritual.
El espíritu no la comprende, y el afecto es incapaz de poseerla.
Capítulo 13
¿Qué os parece, hermanos? Si esto es cierto, como lo es, ¿quién tendrá la
osadía de esperar al Paráclito y vivir enfrascado en el placer, o esclavo de
los halagos de la carne pecadora engendrada en el pecado, habituada al
pecado y privada del bien? ¿Es posible vivir en el estiércol, regalar el
cuerpo sembrar en la carne y gozar de todo lo carnal, y querer recibir el don
de la visita celestial, la plenitud del gozo y el ímpetu del Espíritu?
La Verdad en persona nos dice que los Apóstoles no pudieron recibirlo
mientras estuvo presente la humanidad del Verbo. Se equivoca quien aspira a
mezclar la dulzura celestial con esta ceniza, el bálsamo divino con este
veneno, los carismas del espíritu con estos placeres. Te engañas, Tomás, te
engañas si pretendes ver al Señor alejándote del Colegio apostólico. A la
Verdad no le gustan los rincones ni los escondrijos. Está en el medio, esto es
en la observancia, en la vida común y en la voluntad de la mayoría. ¿Hasta
cuándo, miserable, irás haciendo rodeos, y buscarás con tanto afán e
ignominia satisfacer tu propia voluntad? ¿Y qué quieres que haga?, me dices.
Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque el hijo de la esclava no
compartirá la herencia con el hiJo de la libre. Lo repetimos una vez más: es
imposible armonizar la verdad y la vanidad, la luz y las tinieblas, el espíritu
y la carne, el fuego y el frío.
Capítulo 14
Tal vez me objetes: pero mientras él vuelve, yo no puedo vivir sin algún
apoyo. Desde luego. Si tarda espérale, que ha de llegar sin retraso. Los
Apóstoles permanecieron diez días en esta espera: se dedicaban a la oración
en común, junto con algunas mujeres, además de María, la Madre de Jesús.
Aprende tú también a orar, a buscar, a pedir y a llamar, y hallarás, recibirás
y te abrirán. El Señor conoce tu barro: es fiel y no permitirá que la prueba
supere tus fuerzas. Esto seguro de que si eres constante no tardará ni diez
días. Y colmará de gracias inefables al alma que vive en soledad y oración.
Y tras haber renunciado a los falsos placeres disfrutarás de su recuerdo, te
nutrirás de la enjundia de su casa y beberás del torrente de sus delicias.
Eso cuentan que hizo Eliseo, cuando lloraba al verse privado de la tierna
presencia de Elías. Considera atentamente qué pidió y qué se le respondió:
Déjame en herencia el doble de tu espíritu. Quería poseer un espíritu dos
veces mayor, para suplir la ausencia del maestro con una gracia dos veces
mayor. Por eso le responde Elías: si logras verme cuando me aparten de tu
lado, lo tendrás. Y como le vio marchar, su espíritu se hizo el doble mayor:
el que era arrebatado al cielo le quitó todos sus deseos propios, y desde
entonces sólo aspiraba a lo de arriba, no a lo de la tierra. Se duplicó su
espíritu al verle marchar: al entendimiento espiritual se unió el afecto
espiritual, siendo arrebatado al cielo con ese hombre a quien tanto amaba.
Capítulo 15
Esto mismo se realizó mucho mejor aún en los Apóstoles. Cuando vieron
subir a aquel Jesús tan amado, y elevarse tan gloriosamente al cielo, ninguno
necesitó preguntarle: ¿dónde vas. No: la fe, convertida ya en pura visión por
así decirlo, les había enseñado a levantar humildemente los ojos al cielo,
extender sus manos limpias y pedir los dones prometidos. Y de repente se
oyó un ruido del cielo, como de viento recio, un viento de fuego que Jesús
arrojaba a la tierra con ansias de que prendiera. Ya sabemos que habían
recibido el Espíritu cuando sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu
Santo. Pero era el espíritu de fe y de inteligencia, no el de fervor. Les
iluminó la razón, no les inflamó el afecto. Para esto era necesario recibir un
doble espíritu.
Así, pues, a los que el Verbo del Padre había enseñado Primeramente la
disciplina y la sabiduría, y les había llenado de inteligencia, el fuego divino
descendió después sobre ellos. Los encontró completamente purificados,
derramó en abundancia los dones de las gracias, y los abrasó en un amor
totalmente espiritual. El amor que ardía en ellos era tan fuerte como la
muerte, y no les permitía cerrar las puertas ni las bocas por miedo a los
judíos.
Para prepararnos a recibir esta gracia en la medida de nuestra pequeñez,
procuremos, hermanos, humillarnos en todo y vaciar nuestro corazón de los
míseros y caducos consuelos. Y ante la proximidad de este día tan solemne,
perseveremos unidos en la oración; con todo fervor y confianza, para que el
Espíritu se digne visitarnos, consolarnos y confirmarnos. Que ese Espíritu
suave, dulce y fuerte fortalezca nuestra debilidad, suavice nuestras asperezas
y unifique los corazones. Es una misma cosa con el Padre y el Hijo, pero es
distinto de ellos: los tres son una realidad y esa única realidad son tres. Así
lo confiesa fielmente la Iglesia católica, adoptada por el Padre, desposada
por el Hijo y confirmada por el Espíritu Santo. En ellos hay una misma
substancia y una misma gloria por los siglos de los siglos. Amén.