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Desventuras de La Conciencia Critica en La Cuba Del Si - Duanel Diaz

Este documento analiza las tensiones entre la autonomía del arte y la función del intelectual en la Cuba revolucionaria desde 1959 hasta 1971. Resalta el debate sobre los límites de la libertad de expresión bajo el lema "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada". También discute las posiciones de intelectuales como Sartre, Martínez Estrada y el Che Guevara sobre el papel de los intelectuales y artistas en la nueva sociedad socialista.

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Desventuras de La Conciencia Critica en La Cuba Del Si - Duanel Diaz

Este documento analiza las tensiones entre la autonomía del arte y la función del intelectual en la Cuba revolucionaria desde 1959 hasta 1971. Resalta el debate sobre los límites de la libertad de expresión bajo el lema "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada". También discute las posiciones de intelectuales como Sartre, Martínez Estrada y el Che Guevara sobre el papel de los intelectuales y artistas en la nueva sociedad socialista.

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Desventuras de la "conciencia crítica" en la Cuba del "sí"

Duanel Díaz

En un conversatorio con escritores cubanos, publicado en un número del semanario Lunes de


Revolución dedicado íntegramente a su visita a Cuba, Sartre les advertía: "porque en mi país
todavía no he terminado de decir no y estoy tranquilo, pero en un país donde se dice sí, hay un
problema especial [...]: Es que la autonomía del arte sea conservada al mismo tiempo que el arte
recurre a la acción social."1 Prácticamente indistinguibles después de la experiencia soviética, la
cuestión de las funciones del intelectual y la de la autonomía del arte constituían, en la Cuba
posterior al triunfo de enero de 1959, dos caras de una misma moneda que remitía, en última
instancia, a los límites de las libertades del individuo en relación a un estado que, en nombre de su
futura desaparición, prevista por la teoría marxista-leninista que la Revolución Cubana adoptó
oficialmente en abril de 1961, crece en la misma medida en que supuestamente reduce su distancia
del "pueblo". De hecho, más que la cuestión del intelectual, la de la autonomía del arte es el asunto
central del discurso conocido como "Palabras a los intelectuales", que Fidel Castro pronunció el
30 de junio de 1961 en la conclusión de unas históricas reuniones sostenidas en la Biblioteca
Nacional por los dirigentes de la Revolución con artistas e intelectuales cubanos del momento.
"Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada", el apotegma que en ese discurso
formuló la voluntad del gobierno revolucionario de asegurar un amplio espacio de libertad de
expresión para todos los creadores, revolucionarios o no, siempre que no cuestionaran la existencia
de la Revolución, contra la cual no existían derechos por cuanto ella representaba "los intereses de
la Nación entera"2, ha sido considerado hasta hoy como la guía de lo que se ha dado en llamar la
"política cultural de la Revolución Cubana".
Consecuencia inmediata de aquellas reuniones fue el cierre de Lunes de Revolución y la creación
de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Lunes, magazine cultural del
órgano del movimiento "26 de julio", representa cabalmente el espíritu de esa etapa inicial,
caracterizada por el entusiasmo provocado por el derrocamiento de la dictadura y por las medidas
nacionalistas y populares decretadas por el nuevo gobierno, en que la Revolución era, si no "verde
como las palmas", por lo menos más verde que roja. Dirigido por Guillermo Cabrera Infante, el
suplemento cultural del diario Revolución promovió, a partir de una exacerbada pugna
generacional, una "nueva literatura cubana" que, en palabras de Virgilio Piñera, debía ser "un acto
tan fehaciente como lo es la Reforma Agraria o como la nacionalización de empresas extranjeras."
El nuevo escritor contaría, según Piñera, con todas las libertades para su expresión "pero al mismo
tiempo no perderá de vista la realidad so pena de girar sobre sí mismo como hace un astro muerto
en el espacio."3 Y a la figura de este "nuevo escritor" correspondía, claro está, la del "intelectual
comprometido", tan en boga en la época en que Sartre era el pensador más influyente en todo el
mundo occidental.
Fragmentos de su presentación de Les Temps Modernes fueron publicados, con la total
adscripción de los redactores a las ideas allí expuestas, en un número dedicado al tema "Literatura
y revolución", en cuyo editorial se declaraba que ni la Revolución, ni Revolución, ni Lunes de
Revolución eran comunistas. Después de afirmar que no eran tampoco anticomunistas, los
redactores añadían: "Somos, eso sí, intelectuales de izquierda -tan de izquierda que a veces vemos
al comunismo pasar por el lado y situarse a la derecha en muchas cuestiones del arte y la
literatura."4 Y reconocían tanto el aporte de los escritores comunistas a la "literatura de la
revolución" como la posición "precaria" y luego "tristemente comprometida" a que fueron
reducidos artistas e intelectuales en la Unión Soviética a partir de 1929.
La denuncia del estalinismo era justamente el punto de partida de uno de los textos publicados
en esa entrega especial del magazine: el manifiesto "Por un arte revolucionario independiente",
firmado en México en 1938 por André Breton, Diego Rivera y León Trotzky. Los tres célebres
comunistas señalaban allí la diferencia entre las necesarias "medidas impuestas y temporales de
autodefensa revolucionaria y la pretensión de ejercer un mandamiento sobre la creación intelectual
de la sociedad", y afirmaban que "si para el desarrollo de las fuerzas productivas materiales, la
Revolución ha tenido que erigir un régimen socialista de plan centralizado, para la creación
intelectual debe, desde el principio, establecer y asegurar un régimen anarquista de libertad
individual."5 La utópica conciliación de estos dos regímenes fue, al parecer, uno de los ideales de
los redactores de Lunes, visiblemente influidos no sólo por Sartre y Camus sino también por la
contracultura angloamericana de la beat generation y los young angry men.
La creación de la UNEAC marcó el comienzo de un proceso de institucionalización de la cultura
que, acelerado a partir de 1968, culminaría en el Primer Congreso Nacional de Educación y
Cultura, celebrado en mayo de 1971. En torno a los límites de la libertad de creación, los valores
del arte moderno y el papel del intelectual en la nueva sociedad socialista se produjo en el decenio
que transcurre entre esos dos acontecimientos un intenso debate que involucró no sólo a los
intelectuales cubanos, sino también a los latinoamericanos que apoyaban a la Revolución Cubana
y la reconocían como el primer capítulo de la inminente revolución a producirse en "Nuestra
América". La copiosa literatura polémica que se derivó de esas discusiones evidencia que, por lo
menos hasta 1968, año en que la premiación de Fuera de juego, de Heberto Padilla, y Los siete
contra Tebas, de Antón Arrufat, en el concurso de la UNEAC marca el punto de mayor tensión
entre los intelectuales y el estado en la Cuba posterior a 1959, predomina entre los primeros la
defensa de lo que Breton llamó "un arte revolucionario independiente". A esto contribuyó
indudablemente la derrota del llamado "sectarismo", una intentona de un sector de los comunistas
prosoviéticos del Partido Socialista Popular por hacerse con el poder en 1962, y también el hecho
de que la Revolución Cubana coincidiera con la etapa de "desestalinización" en la Unión Soviética,
de manera que incluso los intelectuales comunistas que en las décadas anteriores habían seguido
al pie de la letra los dictámenes de la Tercera Internacional, se habían distanciado del zdanovismo
a partir del reconocimiento público de los "errores" de Stalin que en 1956 hizo el estado soviético
por boca de Jrushov.6
En "El socialismo y el hombre en Cuba", una enérgica reafirmación de la originalidad del
proceso socialista cubano, Ernesto Che Guevara rechazó a un tiempo el realismo socialista y la
decadente cultura burguesa del siglo, fuente y expresión de la enajenación capitalista de la que el
"hombre nuevo" se liberaría definitivamente. De esa célebre carta dirigida al comunista argentino
Aníbal Quijano las palabras más recordadas son, sin duda, aquellas donde el Che afirma que "la
culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son
auténticamente revolucionarios."7 Ezequiel Martínez Estrada había sostenido en un extenso
ensayo donde igualmente rechazaba el modelo cultural de los países socialistas, "Por una alta
cultura popular y socialista cubana", publicado en Casa de las Américas en 1962, una tesis aún
más radical: su crítica no lo era sólo de una mayoría y para el caso cubano, sino del gremio
intelectual en tanto tal, y contaba con la fuerza adicional de ser una autocrítica producida desde el
interior de ese grupo que, según el ensayista argentino, se había mantenido primero al margen de
la lucha social, y, ya en plena revolución, como en el caso cubano, estaba genéticamente
predispuesto a convertirse en óbice. Martínez Estrada, que consideraba saludable el hecho de que
hasta ese momento los intelectuales cubanos no hubieran tenido funciones ejecutivas o directivas
de peso, y recordaba la poca importancia concedida a la inteligencia en el plan del Partido
Revolucionario Cubano fundado por José Martí, afirma que "el intelectual de la especie híbrida",
esto es, el que ha cumplido el rol de "espectador impasible de la historia", "no tiene papel ninguno
que representar en los primeros actos del drama revolucionario, sino en la mera condición de
ciudadano con los derechos y deberes comunes a todos los demás."8 De los actos posteriores nada
decía el autor de Radiografía de la pampa, pero de su ensayo, basado en la idea de que los
intelectuales, productos y productores de una cultura elitista y ornamental, constituyen un gremio
anacrónico cuya única salvación consiste en su plena integración a las masas, aconsejaba
tácitamente que estos no contaran como tales en el desarrollo futuro del proceso revolucionario.9
Si bien las consideraciones del Che Guevara y de Martínez Estrada no pueden reducirse a
ninguna coyuntura específica, es claro que en su fondo se encontraba la escasa participación de
la intelligentsia cubana en la lucha que derrocó a la dictadura batistiana. La consiguiente falta de
autoridad de los intelectuales y artistas, crucial en sus relaciones con la alta directiva de la
Revolución durante los años sesenta, llegó a engendrar lo que en 1969 René Depestre llamó un
"complejo de Sierra Maestra".10 El deseo de purgar ese flagrante "pecado original" informaba a
todas luces declaraciones como las del polémico editorial del segundo número de Revolución y
Cultura, firmado por Lisandro Otero, que afirmaba enfáticamente a la acción como condición sine
qua non del intelectual revolucionario.11 En ese misma entrega de la revista del Consejo Nacional
de Cultura se publicó un artículo del comandante Jorge Serguera, entonces director del Instituto
Cubano de Radiodifusión, que iba aún más lejos que el autor de Pasión de Urbino: a partir de la
crítica a los intelectuales formados dentro de la ideología burguesa y de la afirmación de que
"ideología revolucionaria y cultura es la misma cosa", Serguera combinaba el antiintelectualismo
de "El socialismo y el hombre en Cuba" y de "Por una alta cultura popular y socialista cubana"
con un pedestre dogmatismo marxista, bien alejado del pensamiento del Che y más aun del de
Martínez Estrada.12
El que en desacuerdo con las afirmaciones de Otero y Serguera el consejo de redacción en pleno
de Revolución y cultura haya renunciado, según se hizo público en una nota aparecida en el
número siguiente de la revista, indica que a esas alturas aun existía un considerable margen de
discusión en torno a la cuestión de la función del intelectual revolucionario en la sociedad
socialista. Contra el creciente antiintelectualismo, el "dirigismo" y el "manualismo", "el ejercicio
de pensar" y de hacerlo "con cabeza propia", dentro del marco del marxismo, era afirmado, por
parte de los jóvenes profesores del Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana que
integraban la redacción de la revista Pensamiento crítico, como una necesidad impostergable en
la búsqueda de una vía propia en la construcción del socialismo. 13 La crítica abierta del realismo
socialista, de la Revolución Cultural china y del dogmatismo en general, la defensa de la
renovación del marxismo realizada por autores occidentales como Gramsci y Althousser, la
reivindicación de la herencia del arte moderno y el llamado a que no ocurriera en Cuba la escisión
entre la vanguardia política y la vanguardia artística característica del socialismo europeo fueron
puntos fundamentales de la posición asumida en esos años por un sector mayoritario de los
intelectuales de la llamada "generación del 50" o "primera generación de la Revolución", cuyos
principales voceros fueron Roberto Fernández Retamar, Ambrosio Fornet y Edmundo Desnoes.
"Su adhesión, si de veras quiere ser útil, -afirmó Retamar en 1966 refiriéndose al intelectual- no
puede ser sino una adhesión crítica, puesto que la crítica es "el ejercicio del criterio".14
Hacia 1968 el debate en torno al papel del intelectual estaba a la orden del día, tanto que en el
Congreso Cultural de La Habana, celebrado en enero de ese año con la participaron de más de 500
intelectuales extranjeros, se le dedicó al tema una comisión completa.15 En el discurso de clausura
del seminario preparatorio a ese congreso, efectuado a finales de noviembre del 67 con la asistencia
exclusiva de los delegados cubanos, el entonces presidente de la República, Osvaldo Dorticós,
afirmó que "se ha logrado producir en estos años de definiciones [...] una conciliación entrañable
y excepcional entre los conceptos de libertad y expresión artística y los conceptos del deber
revolucionario de escritores y artistas".16 Hoy no puede uno más que sonreír cuando lee que el
hecho de que ni una sola voz haya tenido que alzarse en el seminario para reclamar esa libertad de
expresión indica "que de veras estamos entrando en el reino de la libertad". Pues precisamente a
finales de 1967 el cambio del consejo de redacción de El caimán barbudo, suplemento cultural del
periódico Juventud Rebelde, órgano de la Unión de Jóvenes Comunistas17, indicaba que la
conciliación estaba quedando atrás, cosa que en el propio año crucial de 1968 confirmaron los
sucesos relacionados con el otorgamiento de los premios UNEAC en poesía y teatro a Fuera del
juego y Los siete contra Tebas, respectivamente. Aunque con una extensa nota en la cual el Comité
Director de la institución expresaba su "total desacuerdo" con los premios por considerarlos
"contrarios ideológicamente a nuestra Revolución"18, los libros de Padilla y Arrufat fueron
publicados; luego no lo sería ningún texto que se considerara portador de "problemas ideológicos".
La clausura del espacio de la crítica y la expresión para intelectuales y artistas aumentó
visiblemente en los años siguientes hasta que 1971 marcó un parteaguas con el caso Padilla, el
cierre del Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana y de la revista Pensamiento
crítico, y la celebración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura.
Un conversatorio sobre el tema del intelectual y la Revolución organizado por Casa de las
Américas en 1969 y en el que intervinieron reconocidos intelectuales cubanos y extranjeros, es
muy ilustrativo del estado de la cuestión en ese momento crítico. La posición radicalmente
antiintelectualista que por entonces ganaba cada vez más terreno la representó entre todos los
participantes el escritor uruguayo Carlos María Gutiérrez, quien sostuvo que los intelectuales
cubanos conservaban aún la noción burguesa de la "sociedad intelectual" como grupo de poder
aislado de las masas. Gutiérrez planteó que el hecho de que recién apareciera la contradicción entre
"la construcción del socialismo y la solidaridad internacional", esto es, que la intelectualidad
progresista que había apoyado a la Revolución comenzara a distanciarse de ella, no era sino una
consecuencia necesaria de que en su décimo año la Revolución se hubiera decidido a echar mano
de la superestructura cultural: "no es que la dirigencia entre ahora, tardíamente, en el campo de la
cultura (objetivo que estuvo siempre en su gaveta); es que la intelectualidad no supo o no pudo
entrar desde el principio en el campo de la política, aquilatar adecuadamente el papel a la vez
humilde y magnífico que le está reservado en la Revolución". 19
Otro fue el criterio sostenido por Roberto Fernández Retamar, Edmundo Desnoes y Ambrosio
Fornet. Este último criticó también el papel asumido por los intelectuales cubanos desde 1959,
pero lo hizo a partir de presupuestos muy diferentes a los de quienes afirmaban que había que
"revolucionar a los intelectuales y no intelectualizar a la Revolución"20. Fornet planteó que, a pesar
de que en el Congreso Cultural de La Habana se había aceptado como punto de partida la definición
gramsciana del intelectual, por su función en el conjunto de las relaciones sociales era una muy
distinta la que en los años anteriores había prevalecido en Cuba. Temerosos del fantasma del
realismo socialista, abocados principalmente a preservar "las conquistas del arte contemporáneo"
y aquejados de "un oscuro sentimiento de culpa por la falta de participación activa en la lucha
insurreccional", los intelectuales cubanos no habían actuado, según Fornet, como verdaderos
intelectuales revolucionarios 21. Si en su ensayo de 1966 Fernández Retamar alertaba contra el
peligro de que los intelectuales cubanos, únicamente ocupados en cuestiones de orden estético, se
vieran "confinados en límites gremiales", tres años después Fornet confirmaba el cumplimiento de
esta limitación al afirmar que había sido a la larga un lastre para ellos el que, como conjunto, sin
politizarse demasiado, se hubieran visto reducidos a su terreno: un jardín donde se había sentido
"el choque de dos fuerzas reaccionarias: el dogmatismo, vástago ideológico del sectarismo; y el
liberalismo, hijo bobo del idealismo pequeño burgués." La política basada sólo en evitar los errores
de otros países socialistas había derivado en la falta de un clima tenso y dinámico, que se reflejaba
incluso en la ausencia de secciones culturales en la prensa diaria22. "Nosotros tuvimos durante
mucho tiempo la exclusiva como intelectuales, -afirmó Fornet- pero en realidad lo único que
conservábamos era el nombre; la función de intelectual revolucionario iban a cumplirla, en la
práctica, el dirigente o el cuadro político."23 Pero esa duplicidad de "intelectuales nominales" e
"intelectuales funcionales" no podía perpetuarse, lo cual, según Fornet, había comenzado a verse
claro a medida que la Revolución se había ido radicalizando. Para quienes habían defendido una
literatura crítica, el problema se complicaba porque esta opera con un "margen de ambigüedad que
la hace inquietante" y no siempre "se entiende".
Mentadas en más de una ocasión, la premiación y publicación del libro de Padilla estuvieron
todo el tiempo en el trasfondo del debate. Si en el contexto burgués era legítimo poner énfasis en
el poder de impugnación de la literatura, "en un contexto eminentemente revolucionario sería
ridículo por parte del intelectual el querer ser más polémico y más rebelde que los hombres de
acción que han hecho la revolución"24, afirmó René Depestre, que sin embargo polemizó con
Gutiérrez y mencionó la posibilidad de que la Revolución, que era "conciencia crítica", se
adormeciera o atrofiara, aunque rápidamente añadió que "esto es otra cosa que no nos incumbe
aquí". Retamar, por su parte, recordó la temprana advertencia de Martínez Estrada de que el
intelectual se podría convertir en obstáculo si insistía en copiar actitudes de individualismo y
excentricidad en una revolución cuyo acento estaba en las masas, y discrepó de Vargas Llosa,
defensor de la función de crítica permanente del escritor en cualquier sociedad. En las antípodas
del gran escritor peruano, Gutiérrez afirmó, por su parte, que "Si el intelectual revolucionario [...]
piensa que su conciencia crítica puede pasar a través de la ordalía de una revolución y seguir
cumpliendo su principal mérito", deja de serlo pues "insistir en ser conciencia crítica en la sociedad
revolucionaria, cuyo primer efecto es la desalienación, es un anacronismo que conduce a la
contrarrevolución."25
El antiintelectualismo militante de semejante radicalismo revolucionario se solapó entonces con
el antiautonomismo alimentado por la tradición marxista cubana desde los años treinta. Es muy
significativo que en el discurso pronunciado en el acto de entrega de premios a los ganadores del
concurso literario de la UNEAC en 1969, Guillén no sólo recordara la bifurcación del campo
intelectual en la segunda mitad del siglo XIX en dos "grupos irreconciliables", sino que afirmara
que mientras los revolucionarios se reunían para "conspirar", los autonomistas lo hacían para
"formular teorías, cohonestar su miedo, intelectualizar en presuntuosas capillas y apretados
manifiestos todo argumento que sirviera para desacreditar una buena carga al machete". Dualidad
sobrevenida nuevamente, al decir del presidente de la Unión de Escritores, a comienzos de la
década del 30, entre los comunistas, lidereados por Martínez Villena, y la "clique
pequeñoburguesa" del ABC, lidereada por Mañach, grupo de "teorizantes y definidores" que se
"hundió naturalmente" como antes los que sostenían la política de compromiso con España. 26
Pronunciado un año después de la controvertida premiación de Fuera del juego y Los siete
contra Tebas en el mismo certamen, este discurso, publicado no por azar en Verde Olivo, evidencia
a todas luces el antiintelectualismo de la "línea dura" que en las páginas de esa misma revista había
tenido una clara y agresiva formulación en los artículos publicados en noviembre de 1968 en Verde
Olivo bajo el seudónimo de Leopoldo Ávila27. Por estar en medio de "un estado de guerra", Guillén
llamaba a los escritores a asumir una "mentalidad de guerra" y a no ser "diferentes en
responsabilidad de lo que es un soldado compañero nuestro" en "la defensa de la patria." Si un
"soldado de un país invadido que en plena batalla decide emplear su fusil en cazar patos" no puede
sino terminar en el "pelotón de fusilamiento", quien, entre los artistas y escritores, deje de cumplir
su deber "no lo hará sin que sufra el más severo castigo revolucionario a su omisión". 28
La avalancha del dogmatismo marxista y antiintelectualista ponía en una posición
extremadamente incómoda a quienes intentaban resistirse a ella. Pues los "moderados" también
discrepaban de las opiniones de Vargas Llosa y debían marcar su diferencia de principio con el
polo "liberal" representado por este tanto como con el polo "dogmático" representado en el
conversatorio de Casa de las Américas por Gutiérrez. Retamar defendió el derecho a la crítica que,
en tanto hecha por los revolucionarios, es autocrítica colectiva. Fornet distinguió la crítica del
"gusano", monótona y estéril, de la del revolucionario, que se realiza en nombre de la Revolución
y de sus fines. "El intelectual que se ha politizado al revés, a la europea, -afirmó- siente tarde o
temprano la nostalgia de esa función que parece haberle arrebatado el dirigente y el cuadro político.
Pero sigue imaginándola como una actividad intelectual: lleva en el tuétano la idea de que un
intelectual, por aislado que esté, por desvinculado de las masas que esté, es la conciencia crítica
de la sociedad. Esa idea es inconcebible en una sociedad como la nuestra, en la que hasta un
miembro del Partido pierde su autoridad moral desde el momento en que se desliga de las
masas."29 Crítica desde dentro pero no externa "conciencia crítica" era, en resumen, la divisa de
este antidogmatismo revolucionario que evidentemente se batía cada vez más en retirada.
Fornet dejó en suspenso la pregunta que resumía su percepción del problema del intelectual en
la Cuba de entonces: "¿cómo puede dejar de ser un intelectual nominal para convertirse en un
intelectual funcional?" En ese momento semejante transformación no parecía posible. Los aires
soplaban más en consonancia con las ideas de Gutiérrez, que recordaba con insistencia las
modestas pero vitales funciones del "intelectual de transición".30 El Primer Congreso de Educación
y Cultura sancionó inequívocamente este papel subordinado, rechazando la noción de "conciencia
crítica" e incluso la crítica desde dentro propugnada por Retamar, Desnoes y Fornet durante la
década del 60. Su "Declaración final" acusaba de "traidores", "tránsfugas" e "intelectuales
burgueses seudoizquierdistas" a los escritores latinoamericanos que rompieron con el gobierno de
La Habana a raíz del caso Padilla. El documento rechazaba de manera categórica su pretensión de
"convertirse en la conciencia crítica de la sociedad", a la cual oponía la afirmación de que "la
conciencia crítica es el pueblo mismo, y, en primer término, la clase obrera". 31 La idea del
intelectual como "conciencia crítica" fue asimismo impugnada en tanto básicamente
contrarrevolucionaria en muchos otros textos donde se legitimaban las tesis del Primer Congreso
Nacional de Educación y Cultura y se replicaba a las dos cartas enviadas a Fidel Castro en protesta
por la prisión y posterior autoacusación pública de Padilla. Un buen ejemplo es "Literatura y
Revolución", de Juan Marinello, publicado en Casa de las Américas.32"Calibán"33, el conocido
ensayo de Fernández Retamar divulgado en esa misma revista, también refleja claramente este
nuevo contexto en el que Lisandro Otero afirmaba: "Si en un momento polemizamos sobre cuál
era el papel social del intelectual en una Revolución, y hubo discrepancias entre los que
respaldaban el rol de conciencia crítica, señalando y acusando las deficiencias en la construcción
revolucionaria y los que propugnaban la inmersión del intelectual en esa misma construcción,
ahora parece que hemos llegado a unificar un criterio en torno a la última posición". 34
Resulta obvio, sin embargo, que no se trató en modo alguno de un consenso alcanzado por los
intelectuales, sino de una determinación procedente de otras esferas: no es casual que la tribuna
fundamental de la ofensiva del dogmatismo a finales de los sesenta haya sido justamente Verde
olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Es obvio asimismo que el congreso de
1971 no fue, como afirmó tres años después uno de los más brillantes intelectuales adscritos al
Partido Socialista Popular, José Antonio Portuondo, el resumen de las polémicas de la década
anterior, sino el fin de toda polémica y el triunfo de un dogmatismo de corte estalinista que decretó
el ostracismo para un importante grupo de escritores e intelectuales cubanos. "Itinerario estético
de la Revolución Cubana", la más amplia legitimación de las tesis del fatídico congreso, escribe la
historia desde el punto de vista de los vencedores: en esa conferencia Portuondo afirmó, por
ejemplo, que Lunes de Revolución, oscilante entre una posición filomarxista y otra existencialista
e informado por un individualismo "francotirador", representaba una actitud rebelde, pero no una
auténticamente revolucionaria, fundada sobre una concepción científica que deviene guía en la
lucha de clases.35 Y redujo lo revolucionario a los dictámenes de la "Declaración final" del
congreso, donde se decía, entre otras cosas, que "el arte es un arma de la Revolución" y que
"nuestro arte y nuestra literatura serán un valioso medio para la formación de la juventud dentro
de la moral revolucionaria, que excluye el egoísmo y las aberraciones de la cultura burguesa".
Estos criterios fueron ratificados en 1975 en las tesis sobre la cultura artística y la correspondiente
resolución del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba. 36 La ecuación entre el desvío de
la norma y la rebeldía, severamente castigada, no dejó en esos años resquicio para la discusión y
la pluralidad. El dictum de Fidel Castro, esgrimido en la década anterior por quienes se oponían al
realismo socialista, amparó entonces a los partidarios de la línea "dura" en su acallamiento de
quienes propugnaban mayores espacios para la crítica y la creación. El resultado es ampliamente
conocido y en parte reconocido oficialmente, pero aun no superado del todo: durante los años
setenta la cultura cubana languideció y la sociedad intelectual conoció su peor momento en toda
la historia de la República. En la década siguiente la marea estalinista comenzó a retraerse; después
del Primer Coloquio de Literatura Cubana y bajo la orientación del Ministerio de Cultura, que
había sido creado en 1976, sobrevino un tímido "deshielo" que fue entendido, marcando la
continuidad con los principios fundacionales por sobre la ruptura con las normas del
eufemísticamente denominado "quinquenio gris", como una correcta puesta en práctica de la divisa
del Comandante en Jefe.
La renovación que se produjo en los ochenta desbordó sin embargo en una importante medida
los límites establecidos. El vigoroso movimiento plástico que irrumpió con la célebre exposición
"Volumen I", asumiendo a lo largo del decenio la vanguardia del arte y la intelectualidad cubanos,
forcejeó con la institución, la cuestionó y se proyectó fuera de sus fronteras. Aquella "cultura
disonante" de los ochenta, como le llamó Iván de la Nuez en un ensayo donde citaba,
significativamente, a Gramsci como alternativa frente al marxismo soviético y al socialismo de
estado37, se hizo a finales de la década intolerable para las instituciones: la ruptura ocurrió en 1989
con la clausura del "Proyecto Castillo de la Fuerza" y el caso de "Paideia".
Fundamentalmente diverso se nos aparece el panorama de los años noventa, marcado por la
diáspora de la intelligentsia contestataria de la década anterior y la crisis en todos los órdenes que
provocó en Cuba la caída del Muro de Berlín. Gramsci, que ya había retornado a finales de los 80
-por ejemplo en el mencionado artículo de De la Nuez y en otro, también significativo, donde
Victor Fowler abordaba la cuestión de los intelectuales38- se convierte en figura tutelar de
reflexiones sobre la "sociedad civil" producidas desde un marxismo oxigenado gracias al forzoso
reconocimiento de la obsolescencia de los manuales soviéticos.39 En la ideología del Estado se
produce sin embargo un notable corrimiento hacia el nacionalismo. Es así que algunos elementos
que en la década anterior pertenecieron de algún modo a la "cultura disonante" que celebró De la
Nuez se vuelven ahora consonantes. Tal es el caso notable del "origenismo" en general y en
particular de Cintio Vitier, cuyo discurso viene a relevar al maltrecho dogmatismo marxista en la
deslegitimación de la crítica en tanto imprescindible función específica del intelectual.
En unas palabras para una mesa redonda sobre "Martí y el desafío de los noventa", Vitier afirmó
que si Europa, durante el apogeo de Sartre y de Camus, intentó aleccionarnos con la tesis del
intelectual comprometido, la Revolución nos ha enseñado, por un lado, que los que desde ese
dogma resultan evadidos, como Casal y Lezama, trabajan "en aras de fundar una imaginación
deseable para la futuridad de la patria"; y por el otro que "la teoría del intelectual como "conciencia
crítica" de la cultura frente al poder, nos resultaba tan postiza como una chistera londinense."40 Si
bien, en contraposición a la doxa de años anteriores, el discurso de Vitier, centrado sobre el
encuentro entre Orígenes y la Revolución y sobre lo que él mismo ha llamado "el redescubrimiento
de la originalidad nacional de la Revolución Cubana", reivindica las posiciones no militantes como
contribuyentes secretas del proceso nacional ascendente, impugna tan enérgicamente como aquella
a la "conciencia crítica".
No fundamentado en la lucha de clases sino en la identidad nacional, no ya en el partidismo
comunista sino en un fundamentalismo poético, el antiintelectualismo de Vitier puede sin embargo
confluir en la deslegitimación del criticismo con el ahora desacreditado dogma histórico-
materialista. Si en los setenta se opuso la "conciencia crítica" al rol de "participante activo" y se
equiparó esta oposición a la contradicción básica entre el burgués y el revolucionario, ahora Vitier
contrapone a la crítica la creación y la participación "poética". Si en el Congreso de la UNEAC de
1986 Carlos Rafael Rodríguez insistió en que los intelectuales no son ni han sido nunca la
"conciencia crítica" de la sociedad y afirmó que "libres de las pretensiones de convertirse en el
reservorio crítico de la sociedad, enriquecidos por su modestia histórica, nuestros escritores y
artistas podrán acercarse más a ser 'testigos de la verdad'"41, Vitier rechaza en 1990 "la "eterna
conciencia crítica" que sólo se compromete consigo misma (como la literatura, mientras la poesía
es siempre un compromiso nupcial)".42
Según el autor de Ese sol del mundo moral, la Revolución "nos" enseñó que "lo que nos hacía
falta no era lo que Octavio Paz ha llamado "el mito de la crítica", mito de la modernidad europea
según el cual la única verdad es la crítica misma, sino el martiano "Amar: he ahí la crítica", porque
de lo que se trata es de engendrar justicia." En el pensamiento de Vitier, típico de los que Leszek
Kolakowsky ha llamado "intelectuales contra el intelecto"43, el rechazo de la "conciencia crítica"
forma parte de una reacción contra la crítica en tanto tendencia analítica y escéptica rectora de la
modernidad europea y corrosiva del orbe de la catolicidad que fundamenta la auténtica poesía. La
entraña antiilustrada de este ideario se manifiesta de manera ostensible cuando Vitier afirma una
libertad determinada por la autoctonía definida en la palabra martiana y su comprensión de
"Nuestra América". En medio de la profunda crisis económica y social que siguió en Cuba al
derrumbe del socialismo en Europa del Este, Vitier hace un llamado a "no quedarnos con el no de
la resistencia" pero tampoco a "procurar una mimética "libertad" tan importada como aquella
"conciencia crítica", que sea brecha real del enemigo".
Si el realismo socialista fue definitivamente derrotado en Cuba en el primer lustro de la década
del 80, el proceso contra la "conciencia crítica" aun no ha terminado.

Notas del artículo:

• 1. "Sartre conversa con los intelectuales cubanos en la casa de Lunes", Lunes de


Revolución, La Habana, 21 de marzo de 1960.
• 2. Fidel Castro, "Palabras a los intelectuales", en Revolución, letras, arte, Letras Cubanas,
La Habana, 1980, p.14.
• 3. Virgilio Piñera, "La nueva literatura", Lunes de Revolución, La Habana, 5 de diciembre
de 1960, p.1.
• 4. "Una posición. Haciendo lo que es necesario hacer", Lunes de Revolución, La Habana,
6 de abril de 1959, p.1.
• 5. "Por un arte revolucionario independiente", Lunes de Revolución, La Habana, 6 de abril
de 1959. En la breve nota de presentación se informa que Diego Rivera abjuró del
manifiesto después de haberlo firmado.
• 6. Carlos Rafael Rodríguez, "Los comunistas ante el proceso y las perspectivas de la cultura
cubana", Mensaje, julio de 1956; Mirta Aguirre, "Apuntes sobre la literatura y el
arte", Cuba socialista, octubre de 1963; Carlos Rafael Rodríguez, "Problemas del arte en
la Revolución", Revolución y cultura, 1 de octubre de 1967.
• 7. Ernesto Guevara, "El socialismo y el hombre en Cuba", en Revolución, letras, arte,
Letras Cubanas, La Habana, 1980, p.45.
• 8. Ezequiel Martínez Estrada, "Por una alta cultura popular y socialista cubana", en su En
Cuba y al servicio de la Revolución Cubana, Unión, La Habana, 1963, p.159.
• 9. "Presenciando el espectáculo de un pueblo que está aplicando todas sus fuerzas a la
construcción de una sociedad de justicia, de confraternidad y de paz, he llegado a la
conclusión de que los intelectuales debemos resignarnos, con buen sentido práctico, a
construir primero, en unión de los demás ciudadanos, los cimientos y las paredes de ese
templo de mañana que comienza siendo hoy un taller, una granja, una cooperativa y una
escuela, y no pensar por ahora en colocarle una cúpula y embellecerlo con pinturas y
estatuas, con música y representaciones coreográficas." (Ibidem, p.163)
• 10. René Depestre, en Roque Dalton, René Depestre, Edmundo Desnoes, Roberto
Fernández Retamar, Ambrosio Fornet, Carlos María Gutiérrez, "Diez años de Revolución:
el intelectual y la sociedad", Casa de las Américas, septiembre-octubre, 1969, p.45.
• 11. Lisandro Otero: "Che: la razón en la caballería", en Revolución y cultura, No. 2, 15 de
octubre de 1967. "Algunos dirán que el escritor tiene su propia misión específica que no es
la del soldado y esto es aceptable siempre que el escritor no se autotitule revolucionario.
Porque el método del oficio revolucionario es el combate y quien lo rehúye no puede
decirse tal. Y en definitiva quien esté al margen de la acción ¿podrá reflejar realmente la
necesidad revolucionaria u ofrecerá una visión contemplativa del acontecer histórico?
Desde los observatorios las imágenes siempre se perciben deformadas o inexactas?" (p.4)
• 12. Jorge Serguera, "El intelectual y la Revolución": "¿Puede llamarse intelectual
revolucionario quien conoce e incluso es capaz de recitar trozos completos de Shakespeare
y no conoce o entiende "El capital"? ¿Quién en un país agrícola sabe toda la filosofía
platónica desde los diálogos Fedón o del alma y no sabe la diferencia entre una gramínea
y una leguminosa? ¿Puede concedérsele crédito como intelectual revolucionario a quien es
capaz de narrar todas las peripecias de Aníbal en el cruce de los Alpes y no sabría escoger
o explicar las características topográficas de una emboscada guerrillera?"(p.12)
• 13. Fernando Martínez Heredia, "El ejercicio de pensar", en El caimán barbudo, febrero
de 1967. Este artículo se presenta como una contribución, desde la filosofía marxista, a la
definición de las funciones propias de la actividad intelectual. Fue incluido además en el
segundo tomo de Lecturas de filosofía, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1968.
• 14. "Hacia una intelectualidad revolucionaria en Cuba", (septiembre de 1966) en su Ensayo
de otro mundo, Instituto del Libro, La Habana, 1967, p.186. Retamar también expresó este
criterio en su introducción a la encuesta sobre "El papel del intelectual en los movimientos
de liberación nacional", Casa de las Américas, marzo-abril, 1966, p.89. En un ensayo
escrito en 1967 Edmundo Desnoes defendió asimismo la necesidad de mantener la función
eminentemente crítica del intelectual en una radicalización antiburguesa que significaría,
en un país subdesarrollado, la descolonización total de los valores. Para el autor
de Memorias del subdesarrollo la obligación del intelectual revolucionario era "exponer el
peligro del mimetismo, escarbar en todos los aspectos de nuestra conducta social, conocer
nuestros prejuicios sociales y raciales y sexuales, pensar en el individuo mientras los
dirigentes políticos se preocupan por el conjunto de la sociedad, vivir para explorar y no
para repetir consignas." Más adelante sostenía: "Y me niego a considerar que no es
conveniente por el momento poner en duda los valores del mundo nuevo que estamos
constituyendo; todo lo contrario; la incertidumbre es profundamente revolucionaria."
Edmundo Desnoes, "El mundo sobre sus pies", en su Punto de vista, Instituto del Libro, La
Habana, 1967, p.104, 105. Por su parte, Ambrosio Fornet afirmó en una ponencia
presentada en el Congreso Cultural de 1968 que puesto que "la responsabilidad específica
del intelectual" es crear una sociedad nueva este "está obligado a ser crítico de sí mismo e
instrumento crítico de la sociedad". Ambrosio Fornet, "El intelectual en la
Revolución", Revolución y cultura, 29 de febrero de 1968, p.46. "Es responsabilidad suya
-añadió- que al final del camino no aparezca un muñeco domesticado y satisfecho, sino ese
nuevo hombre liberado al fin de su enajenación que el Che señaló, poco antes de morir
combatiendo por él, como "la última y más importante ambición revolucionaria."
• 15. Algunos de los textos que abordaban la cuestión fueron incluidos en los números 4, 5
y 6 de Revolución y cultura, dedicados íntegramente a dar a conocer ponencias presentadas
en el Congreso. En el No. 4, 15 de febrero de 1968: Mario Benedetti, "Sobre las relaciones
entre el hombre de acción y el intelectual". En el No. 5, 29 de febrero: Roberto Fernández
Retamar, "Hablar de la responsabilidad"; Ambrosio Fornet, "El intelectual y la
Revolución"; Jorge E. Adoum, "El intelectual y la clandestinidad de la cultura"; Catherine
Varlin, "Concepto de intelectual"; Jesús Díaz y Juan Valdés Paz, "Vanguardia, tradición y
subdesarrollo"; Adolfo Sánchez Vázquez, "Vanguardia artística y vanguardia política";
Graciella Pogolotti, "Sobre la formulación de una conciencia crítica". En el No.6, 15 de
marzo: Hernet José de Souza, "El intelectual y la lucha ideológica"; León Rozitchner,
"Actividad intelectual y subdesarrollo"; Luca Pavolini, "Los intelectuales de los países
subdesarrollados"; Abilio Duarte, "El intelectual y los problemas del Tercer Mundo".
• 16. Osvaldo Dorticós, "Discurso en la clausura del seminario preparatorio al Congreso
Cultural de la Habana", Revolución y cultura, No. 3, 30 de noviembre de 1967, p.7.
• 17. Jesús Díaz, "El fin de otra ilusión. (A propósito de la quiebra de El Caimán Barbudo y
la clausura de Pensamiento Crítico)", Encuentro de la cultura cubana, No. 16/17, Madrid,
primavera/ verano de 2000.
• 18. "Declaración de la UNEAC acerca de los premios otorgados a Heberto Padilla en
poesía y a Antón Arrufat en Teatro" (fechada el 15 de noviembre de 1968), en Heberto
Padilla, Fuera del juego, Edición conmemorativa 1968-1998, Ediciones Universal, Miami,
1998, p.115.
• 19. Roque Dalton, René Depestre, Edmundo Desnoes, Roberto Fernández Retamar,
Ambrosio Fornet, Carlos María Gutiérrez, "Diez años de Revolución: el intelectual y la
sociedad", Casa de las Américas, septiembre-octubre, 1969, p.16. Ese mismo año fue
publicado en México por la editorial Siglo XXI con el título El intelectual y la sociedad.
• 20. Vicente Carrión, "Un mundo en Revolución", Revolución y cultura, No. 9, 30 de abril
de 1968, p.31. Este ensayo obtuvo una de las menciones concedidas en un concurso
convocado por el Consejo Nacional de Cultura sobre el tema "Actitud del intelectual
revolucionario". En ese mismo número de la revista se publicaron también el premio y las
otras tres menciones.
• 21. "No teníamos ninguna autoridad como revolucionarios. Podíamos hablar desde la
Revolución, pero no en nombre de ella, con la autoridad de un dirigente político." Ibidem,
p.18.
• 22. "Por ignorancia, mala fe o cobardía, por falta de verdadero espíritu revolucionario, se
congeló todo debate intelectual, se acallaron las diferencias alegando pretextos tácticos, se
abogó abierta o tácitamente por compromisos que solo podían conducir al más lamentable
oportunismo." Ibidem, p.19.
• 23. Ibidem, p.19.
• 24. René Depestre, Ibidem, p.24.
• 25. Ibidem, p.29.
• 26. Nicolás Guillén, "Acrecentar la obra propia en mensaje artístico, revolucionario y
popular", Verde Olivo, 30 de noviembre de 1969. Cito por su Prosa de prisa 1929-1972,
t.3, Letras Cubanas, 1976, p.345.
• 27. Leopoldo Ávila, "Las respuestas de Caín", 3 de noviembre de 1968; "Las
provocaciones de Padilla", 10 de noviembre; "Antón se va a la guerra", 17 de noviembre;
"Sobre algunas corrientes de la crítica y la literatura en Cuba", 24 de noviembre. Este
último artículo ofrece conclusiones que coronan los análisis de casos puntuales de los
anteriores, dedicados a atacar a Guillermo Cabrera Infante (y de paso a Lunes de
Revolución), a Heberto Padilla y a Antón Arrufat, respectivamente. Ávila afirmó que la
crítica y la literatura cubanas del momento sufrían de despolitización, que el temor al
panfleto había conducido a un inaceptable rechazo del "punto de vista militante" y a "una
indigencia ideológica realmente lamentable". Citó largamente las "Palabras a los
intelectuales" y también la frase del Che sobre "el pecado original" de los intelectuales
cubanos en "El socialismo y el hombre en Cuba". "Nuestros criterios -afirmó- no forman
parte de las viejas polémicas de figurativos o abstractos, metáforas o lenguaje directo,
retórica o antirretórica, teatro absurdo o realista, etc. Eso lo dejaron atrás, en Cuba, el arte
y la política desde hace mucho rato. Este es un problema de revolución o
contrarrevolución".(p.17.) A lo largo de todo el texto rechazó el efectismo, el snobismo, la
pornografía y el sensacionalismo proliferantes en la literatura cubana. Finalmente llamó a
"limpiar nuestra cultura de contrarrevolucionarios, extravagantes y reblandecidos". (p.18)
• 28. Ibidem, pp.346,347.
• 29. Ibidem, p.21. En el mismo sentido, Fernando Martínez criticó en 1971 el desprecio-
exaltación del literato y el artista propio del mundo burgués. "Una resultante perversa es la
absurda posición del intelectual como "conciencia crítica de la sociedad" -otra vez el
intelectual fuera de la realidad- en vez de la conciencia y la actuación crítica de los
revolucionarios sobre su sociedad". "Educación, cultura y revolución socialista"(ponencia
leída en el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura), publicada por primera vez
en El corrimiento hacia el rojo, Letras Cubanas, La Habana, 2001, p.127.
• 30. Ibidem, p.37. "Olvidarse por un momento que ustedes no son el proletariado de esta
Revolución -les advirtió a los intelectuales cubanos- sino un grupo social sobreviviente
que, sobre la base de un agobiante sacrificio y un gran desgarramiento individual, se
despojó de su condición burguesa consciente para ser, no protagonista, sino partero de este
acto histórico, es correr el riesgo de perder pie en el verdadero papel a desempeñar."
• 31. "Declaración del Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura", Casa de las
Américas, La Habana, marzo-abril, 1971, p.17.También fueron criticados en el discurso de
clausura del congreso, pronunciado por Fidel Castro el 30 de abril de 1971 y publicado
en Casa de las Américas, mayo-junio, 1971.
• 32. Juan Marinello, "Literatura y Revolución", en Casa de las Américas, La Habana,
septiembre-octubre, 1971.
• 33. Casa de las Américas, La Habana, septiembre-octubre, 1971.
• 34. Lisandro Otero, "Notas acerca de la funcionalidad de la cultura" (enero de 1971), en
su Trazado, UNEAC, La Habana, 1976, p.164.
• 35. José Antonio Portuondo, "Itinerario estético de la Revolución Cubana" (charla ofrecida
en el Museo Nacional de Bellas Artes, el 12 de enero de 1974), en Revolución, letras, arte,
Letras Cubanas, La Habana, 1980, p.186-187.
• 36. En Política cultural de la Revolución Cubana, Editorial de Ciencias Sociales, La
Habana, 1981.
• 37. Iván de la Nuez, "El cóndor pasa", La gaceta de Cuba, La Habana, junio de 1988, p.11.
• 38. Víctor Fowler, "Pequeña teoría de la censura", El caimán barbudo, octubre de 1989.
Eliades Acosta le respondió en la misma revista, en el número de abril de 1990, en
"Pequeña teoría del diletantismo".
• 39. Fernando Martínez Heredia, "Notas sobre sociedad y cultura desde la Cuba actual",
"En el horno de los noventa. Identidad y sociedad en la Cuba actual", en su El corrimiento
hacia el rojo, Letras Cubanas, La Habana, 2001. Rafael Hernández, Mirar a Cuba. Ensayos
sobre cultura y sociedad civil, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 2002; "¿Pero
acaso hay un debate en Cuba sobre la sociedad civil?", en Hablar de Gramsci, Centro de
Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2003. Jorge
Luis Acanda, "Luces y sombras: la apropiación de Gramsci en Cuba en el último decenio",
en Hablar de Gramsci; "El malestar de los intelectuales", en Temas, La Habana, abril-
junio, 2002; Sociedad civil y hegemonía, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura
Cubana Juan Marinello, La Habana, 2002. Milena Recio, Jorge Luis Acanda, Berta
Álvarez, Haroldo Dilla, Armando Hart, Rafael Hernández, Miguel Limia, Isabel Monal,
Raúl Valdés Vivó: "Sociedad civil en los 90: el debate cubano", Temas, La Habana, octubre
de 1998-junio de 1999.
• 40. Cintio Vitier, "Resistencia y libertad" (1992), en su Resistencia y libertad, Unión, La
Habana, 1999, p.102. Se publicaron, con el nombre de "Martí y el desafío de los noventa",
en La gaceta de Cuba, septiembre-noviembre, 1992.
• 41. El Caimán Barbudo, marzo de 1988, pp.8,11.
• 42. Cintio Vitier, "Respuestas y silencios". Cito por Obras 1. Poética, p.252.
• 43. Leszek Kolakowski, Intelectuales contra el intelecto, Tusquets, Barcelona, 1986.

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