Lectura Crítico-Filosófica
Clase N° 06 – Ernst CASSIRER
La forma de pensamiento de la época de la Ilustración
Al comienzo de su Ensayo sobre los elementos de la filosofía, presenta D'Alembert un cuadro del estado general
del espíritu humano a mediados del siglo XVIII. Parte de la observación de que en los últimos tres siglos que le
preceden, y hacia mediados de ellos, se observa una importante transformación de la vida espiritual. En el siglo
XV se inicia el movimiento literario-espiritual del Renacimiento; en el XVI llega a su ápice la reforma religiosa; en
el XVII el triunfo de la filosofía cartesiana cambia por completo toda la imagen del mundo. También en el siglo
XVIII se puede señalar un movimiento análogo. ¿Y cómo podríamos caracterizar su sentido y su tendencia
fundamental? "En cuanto observemos atentamente prosigue D'Alembert- el siglo en que vivimos, en cuanto nos
hagamos presentes los acontecimientos que se desarrollan ante nuestros ojos, las costumbres que perseguimos,
las obras que producimos y hasta las conversaciones que mantenemos, no será difícil que nos demos cuenta que
ha tenido lugar un cambio notable en todas nuestras ideas, cambio que, debido a su rapidez, promete todavía
otra mayor para el futuro. Solo con el tiempo será posible determinar exactamente el objeto de este cambio y
señalar su naturaleza y sus límites, y la posteridad podrá reconocer sus defectos y sus excelencias mejor que
nosotros. Nuestra época gusta de llamarse la época de la filosofía. De hecho, si examinamos sin prejuicio alguno
la situación actual de nuestros conocimientos, no podremos negar que la filosofía ha realizado entre nosotros
grandes progresos. La ciencia de la naturaleza adquiere día por día nuevas riquezas; la geometría ensancha sus
fronteras y lleva su antorcha a los dominios de la física, que le son más cercanos; se conoce, por fin, el verdadero
sistema del mundo, desarrollado y perfeccionado. La ciencia de la naturaleza amplía su visión desde la Tierra a
Saturno, desde la historia de los cielos hasta la de los insectos. Y, con ella, todas las demás ciencias cobran una
nueva forma. El estudio de la naturaleza, considerado en sí mismo, parece un estudio frío y tranquilo, poco
adecuado para excitar las pasiones, y la satisfacción que nos proporciona se compagina más bien con un
consentimiento reposado, constante y uniforme. Pero el descubrimiento y el uso de un nuevo método de
filosofar despierta, sin embargo, a través del entusiasmo que acompaña a todos los grandes descubrimientos un
incremento general de las ideas. Todas estas causas han colaborado en la producción de una viva efervescencia
de los espíritus. Esta efervescencia, que se extiende por todas partes, ataca con violencia a todo lo que se pone
por delante, como una corriente que rompe sus diques. Todo ha sido discutido, analizado, removido, desde los
principios de las ciencias hasta los fundamentos de la religión revelada, desde los problemas de la metafísica
hasta los del gusto, desde la música hasta la moral, desde las cuestiones teológicas hasta las de la economía y el
comercio, desde la política hasta el derecho de gentes y el civil. Fruto de esta efervescencia general de los
espíritus, una nueva luz se vierte sobre muchos objetos y nuevas oscuridades los cubren, como el flujo y reflujo
de la marea depositan en la orilla cosas inesperadas y arrastran consigo otras."
Aquí nos habla uno de los investigadores más destacados de la época y uno de sus portavoces; por eso
experimentamos en sus palabras, directamente, el modo y el sentido de toda la vida espiritual del siglo; la época
de D'Alembert se halla presa de un poderoso movimiento que la lleva hacia delante; pero ni puede ni quiere
darse por satisfecha abandonándose a él, sino que pretende comprenderlo en su "de dónde" y "a dónde", en su
origen y su meta. Este saber del propio hacer, esta autognosis y anticipación espirituales, se le figura como el
sentido auténtico del pensar en general y la tarea esencial que le corresponde. El pensamiento no se afana tanto
por metas nuevas, todavía desconocidas, sino que quiere saber a dónde se encamina y pretende perfilar la
dirección de la marcha con su propia actividad. Se enfrenta al mundo con la fresca alegría del descubridor y
también con su virginal osadía; espera constantemente nuevas revelaciones y, sin embargo, ni su curiosidad ni
su avidez intelectual se orientan exclusivamente en este rumbo. Con más hondura y mayor pasión le acucian
otros problemas: qué es él mismo, el pensamiento, y de qué es capaz. Siempre retorna, de sus exploraciones
descubridoras, destinadas a ensanchar el horizonte de la realidad objetiva, a su punto de partida. La frase de
Pope: The proper study of mankind is man nos proporciona la expresión breve, acuñada, de este sentimiento
fundamental de Ia época. Siente ésta que en ella opera una nueva fuerza; pero, más que las creaciones que esa
fuerza hace surgir de continuo, le interesa la forma y manera de actividad. No sólo se alegra de sus resultados,
sino que rastrea el modo de su actuación y trata de darse cuenta de ella. En este sentido se presenta el problema
del "progreso" espiritual para todo el siglo XVIII. Ningún siglo está impregnado tan hondamente y ha sido movido
con tanto entusiasmo por la idea del progreso espiritual como el siglo de las Luces. Pero se desconoce el sentido
hondo y la médula misma de esta idea si se entiende el "progreso" tan sólo en el aspecto cuantitativo, como una
pura ampliación del saber, como un progressus in indefinitum. Al lado de la expansión cuantitativa tenemos
siempre un determinante cualitativo; al ensanchamiento continuo que se opera en la periferia del saber
acompaña, siempre, una retroversión, cada vez más consciente y decidida, hacia el centro auténtico y peculiar.
Se busca la multiplicidad para con ella y a través de ella tomar conciencia de esta unidad; se entrega uno a la
amplitud del saber con el sentimiento y la segura previsión de que ni debilita ni disuelve al espíritu, sino, por el
contrario, lo regresa hacia sí mismo y en sí mismo lo "concentra". Pues constantemente se pone de manifiesto
que las diversas direcciones que el espíritu tiene que emprender, si pretende descifrar la totalidad de la realidad
y formarse la imagen correspondiente, sólo en apariencia divergen. Estas direcciones, consideradas
objetivamente, parecen divergentes, pero las diferentes energías del espíritu se condensan en un centro de
fuerza común. La multiplicidad y variedad de los ámbitos en que se mueve significan tan sólo el despliegue y el
desarrollo completos de una fuerza por esencia homogénea y unitariamente informadora. Cuando el siglo XVIII
quiere designar esta fuerza, cuando pretende condensar su esencia en una sola palabra, apela al sustantivo
razón. La razón se le convierte en punto unitario y central, en expresión de todo lo que anhela y por lo que se
empeña, de todo lo que quiere y produce. Pero sería falso y precipitado que el historiador que contempla este
siglo fuera a contentarse con tal característica y creyera tener en ella un punto de arranque y apoyo seguros.
Porque allí, precisamente, donde el siglo ve una meta y un fin, se le presenta al historiador el incentivo y el
comienzo de una investigación; allí donde le parecía hallar una respuesta se encuentra en la auténtica cuestión.
El siglo XVIII está saturado de la creencia en la unidad e invariabilidad de la razón. Es la misma para todos los
sujetos pensantes, para todas las naciones, para todas las épocas, para todas las culturas. Del cambio de los
principios religiosos y de las normas morales, de las opiniones y los juicios teóricos, podemos decantar algo sólido
y perdurable que, en su identidad y permanencia, expresa la naturaleza propia de la razón. Para nosotros -
aunque coincidamos sistemática y objetivamente con determinadas grandes metas de la filosofía "ilustrada"- la
palabra "razón" ha perdido su simplicidad y su significación unívoca. Apenas si podemos emplearla sin que
visualicemos vivamente su historia, y con frecuencia nos estamos dando cuenta de cuán fuerte ha sido el cambio
de significado sufrido en el curso de esa historia. Esta circunstancia nos advierte de cuán poco nos puede servir
la palabra "razón" o "racionalismo" para una caracterización puramente histórica. El supraconcepto puro, como
tal, resulta vago e indeterminado y recibe su propio perfil cuando se le añade la differentia specifica
correspondiente. ¿Dónde encontrar esta diferencia específica para el siglo XVIII? Si él se llama a sí mismo el siglo
de la razón y de la filosofía, ¿dónde reside lo singular y determinante de esta designación? ¿En qué sentido se
toma aquí la palabra filosofía, qué tareas especiales se le encomiendan y qué recursos tiene a su disposición para
dominarlas y para montar la doctrina del mundo y del hombre sobre un cimiento seguro?
Vocabulario
Preceder Ensanchar Auténtico
Ápice Compaginar Afanarse
Espiritual Efervescencia Encaminarse
Caracterizar Dique Perfilar
Notable Remover Osadía
Posteridad Autognosis Avidez
Prejuicio Anticipación Hondura