Colección Continentes
La piel del lagarto
Cuentos reunidos
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Jorge Rodríguez Gómez
La piel del lagarto
Cuentos reunidos
1.a edición en Fundación para la Cultura y las Artes, 2015
1.a edición en Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2022
La piel del lagarto. Cuentos reunidos
© Jorge Rodríguez Gómez
diagramación:
Sonia Velásquez
Imagen de portada
Movements, 1913
Marsden Hartley
Óleo sobre tela, 119.5 x 119 cm
Instituto de Arte de Chicago
© Monte Ávila Editores Latinoamericana C.A., 2022,
Centro Simón Bolívar, Torre Norte, piso 22, urb. El Silencio,
municipio Libertador, Caracas 1010, Venezuela.
Teléfono: (58 212) 485.0444
www.monteavilaeditores.gob.ve
Hecho el Depósito de Ley
Depósito legal: DC2022000721
ISBN: 978-980-01-2315-7
Prefacio
El golpe tormentoso
de La piel del lagarto…
Salvo por la aislada y luego soterrada ocasión de haber obte-
nido el consagratorio premio cuentístico de El Nacional en
1998, con un relato de formato policial que se incluye en el
presente libro, Jorge Rodríguez Gómez ha sido hasta ahora un
narrador inédito. La tres partes de La piel del lagarto. Cuentos
reunidos recogen su trabajo silencioso de aquellos años y los
posteriores, reivindicando el lenguaje de una libre naturalidad
donde coinciden y transitan de uno al otro el coloquialismo
más crudo, la sutil ternura amorosa y la descripción sucia y
crítica, nauseante a veces, de la Venezuela vivida a fines del
siglo XX.
La narrativa venezolana se caracterizó a todo lo largo de
aquella centuria por producir, a través de novelas o de con-
juntos de cuentos, el retrato urbano y el paisaje psicológico de
sus respectivas generaciones. Pensemos en Al sur del Equanil,
de Renato Rodríguez; Piedra de mar, de Francisco Massiani;
Historias de la calle Lincoln, de Carlos Noguera.
Los relatos de La piel del lagarto son el testimonio narra-
tivo, largo tiempo postergado antes de su publicación, de Jorge
Rodríguez Gómez y su autorretrato generacional. Con su
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crueldad anecdótica, su punzante humor negro, su despar-
pajo erótico, se inscriben en este linaje literario que, quizás
como defensa o como resistencia, opone la crudeza expresiva
a la inmisericordia propia de la urbe y de su fauna humana.
La generación (y su subjetividad colectiva) dibujada en esta
secuencia de relatos que trazan entre sí líneas de continuidad
novelística, resulta hoy, en muchos aspectos, una suerte de
«generación perdida» o descontinuada. Son los jóvenes univer-
sitarios, estudiantes o pasantes rurales, comprometidos por
convicción o por inercia con una aspiración política cada vez
más difusa y vaga, casi sin causa, en las décadas finales del
decadente siglo pasado.
La convivencia del izquierdismo huérfano con el yupismo
emergente, y el inicio de las frustraciones de la adultez, pro-
ducen efectos trágicos y cómicos, complacientes y críticos,
antagónicos y agónicos, que la prosa de Rodríguez Gómez
retrotrae a la memoria con la fluidez de su monólogo, la vi-
talidad desembozada del deseo, la mordacidad del desapego
y la rabia de la injusticia.
Hay aquí un «realismo sucio», memorial de juventud y ge-
neración frustrada, que dibuja con desenvuelta furia una
estampa de esos años 80 y 90 en que la supervivencia es-
piritual debía aliarse necesariamente con el cinismo. De esa
generación universitaria políticamente entrampada, moral-
mente inconsistente, eróticamente sin freno, indolente en
el fondo ante el dilema ético, procede toda una camada de
«adultos contemporáneos» que se verán a sí mismos imberbes
o hirsutos, con todas sus disociaciones, olvidos, apostasías,
conversiones y renuncias, en estas páginas.
El sujeto de la enunciación no es el sujeto del enunciado,
nos advierten los lingüistas. Uno podría temer que un lector
moralista, buscador de valores trascendentes e impolutos,
se horrorice con los enunciados de este universo diegético
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(que posee la crueldad, la avidez de transgresión y el humor
viscoso de esas últimas décadas del siglo: esa vivencia de la
«posmodernidad») y adscriba al autor el autorretrato subje-
tivo, psicológico, del personaje, que se manifiesta casi siempre
en primera persona.
Lo que reivindica este narrador que funde las dos dimen-
siones del sujeto en un gesto de autobiografía fabulada y
autocrítica, cínica pero irónica, es un pathos de enunciar el deseo
en toda la libertad que permite el acto verbal. Lo que algún
moralista podría condenar (con susceptibilidad enfermiza) es
la reivindicación en acto de ese espacio de libertad conquistada
que constituyen la literatura, la poesía y la imaginación, para
expresar las intensidades del deseo, de la pasión y del afecto.
Desde el amor más loco hasta la repulsión más abyecta.
J.A. Calzadilla Arreaza
Julio de 2015
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I
Los peces
«Los peces siempre traen mala suerte», dijo mi tía Maye
mirando con rabia la pecera casi vacía mientras los gritos co-
menzaban a explotar por toda la casa. Lloraba quedo, con
la cabellera arrojada a borbotones sobre la cara y las manos
blancas de rabia. Me pareció raro porque a mí, ese cuadrilá-
tero traslúcido, las algas cubiertas de burbujas, siempre me
había producido una extraña sensación de bienestar. Que-
darme horas a mi regreso de la escuela mirándoles las bocas
a los peces, que abrían y cerraban como si hablaran desde un
sueño, asombrándome por el poder de su nadar sigiloso, escu-
driñando las enemistades y las alianzas, preocupándome por
las colas raídas de los betta, masticadas con saña por las ce-
britas y los mollys. Cada viernes papá aparecía con una bolsa
de plástico con dos peces agobiados por el exilio, los arrojaba
en la pecera y les ponía un nombre. Un día llegó con uno be-
llísimo: aplanado y con tonalidades verde oscuro como un
uniforme de camuflaje.
—Se llama Óscar —dijo papá.
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Poco después se reveló el asesino: Óscar pasaba al lado
de la presa con aleteos inconsecuentes, una indiferencia que
alentaba la confianza y en el momento preciso movía con
velocidad pasmosa el cuello oblongo y propinaba unas den-
telladas feroces a la víctima. Así acabó con una pareja de
goldfish; de la aleta trasera del escalari (al que papá había
bautizado Niebla) quedó un muñón arrugado como un per-
gamino inservible; los gupis huían inútilmente tratando de
preservar la integridad de sus colas, pero Óscar fue sangui-
nario desde el principio y con el tiempo se volvió un experto.
También ayudado por la rata de mi tío Orlando, que le arro-
jaba trozos de carne cruda y las crías de los gupis que vivían
en el frasco de mayonesa que habíamos habilitado como ma-
ternidad. De manera imperceptible, el paisaje de la pecera se
volvió sombrío. Óscar se paseaba feliz por el agua verdosa,
la quijada rígida, erizada de dientes, que recordaban el gesto
congelado de la pirañas. El día que mataron a papá recorría
con gracia sus dominios, ajeno a mi temblor, al frío nuevo
en mis manos, a la claridad que entraba por la ventana del
cuarto, una mañana feliz de la que acababan de expulsarme.
II
¿Por qué recuerdo esto ahora? ¿Por qué hoy, Martha, que ya
todo está resuelto, que nuestro silencio no es más el vacío
sino una certeza, la primera en meses? Por supuesto no vas
a responderme, nada vas a decir, hoy es tu día de clavar la
mirada en el techo, de soportar indolente mis reclamos.
No permitirías que te tocara, pero sé que estás ida de aquí,
hastiada, ida, Martha, no lo niegues.
Martha se estaba divorciando cuando la conocí. Alta y
flaca, los pómulos pronunciados de una nadadora. Experta
en computadoras, en redes axiomáticas. Me atrapó su sonrisa
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de dientes perfectos y el jugo con que manchaba la cama
cuando nos amábamos (olía a musgo, a camarones cocidos,
a tela sudada, a libros viejos, a caramelo de menta chupado).
Se desnudaba en silencio y abría las piernas como un angelito
de yeso. Poco a poco me fui quedando en su apartamento de
Lomas de San Román, arrullado por la vista y el rumor uterino
del aire acondicionado central. A Martha le divertía el bolso de
paja con que iba a la universidad y la reverencia confianzuda
con que me trataban mis estudiantes. Llenaba los estantes de
cajas de cereal de afrecho y el bar con forma de globo terráqueo
de botellas de Etiqueta Negra y esperaba, con la serenidad de
una Head Hunter, que mi novela progresara.
Le encantaban mis salidas ingeniosas, pero no hay talento que
soporte una chuleada persistente. A sus amigos, con sus camisas
de Gitmann and Bros y sus corbatas de seda Armani, les parecía
un bicho raro, una nueva excentricidad de la Martha, pero ino
fensivo. Noche del viernes, recepción en casa del jefe y Martha
se presentaba con su taller ambiguo de Chanel y acompañada
por su monstruo del lago Ness, su yanomami amaestrado, to-
mado de la mano, dispuesto a hacer el numerito, a atiborrarme
de whisky y canapés de salmón ahumado, y a escuchar horas y
horas de las bondades del sistema iOs y chistes extraños de los
que se reían como tiburones ancianos. Pero Martha me amaba y
yo era casi feliz. A veces había pequeñas quejas, no lo niego, que
si mis ronquidos no la dejaban dormir, que si no anduviera por
la casa sin camisa, que si me cortara las uñas de los pies. Pero
Martha me amaba. Creo. Un día apareció agotada y próspera
con un goldfish de tres colas y vetas plateadas, habitante único
de un frasco de boca ancha bellamente labrado.
—Hola —Beso al aire, maletín de Louis Vuitton sobre la
butaca de cuero escoltada por la lámpara de Phillip Starck—.
¿Cómo va la novela?
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Algún sindicato de escritores debería prohibir esa pregunta.
—Avanza: el transfor se encuentra con el amor de su vida,
un gordo inmenso profesor de física (experto en Cosmo-
logía) que reta cada día a unos portus en un duelo por ver
quién come más perros calientes.
—Ajá —Camina hasta la cocina, deja el frasco sobre la
mesa del comedor (las patas delgadas como un suspiro sobre
las que se posa un cristal ingrávido. Starck too, of course)
y busca algo en la nevera.
Solo la disciplina más férrea, los aeróbicos más cuidados,
la escaladora diaria y extenuante son capaces de lograr esas
nalgas perfectas, la raja tensa como un reloj de arena.
—¿ Y eso? —le pregunté
El pececito estaba tapizado por unos puntos algodonosos
que no auguraban nada nuevo.
—Me lo regalaron. En la oficina.
Martha le puso al bicho un nombre oriental, Yuyo, o Puyi,
no recuerdo bien. Lo cuidaba, lo mimaba, le sonreía cada pi-
rueta. Jodido ¿no? Un perro te da la pata, un gato ronronea,
pero con Yuyo, o Puyi, había que tener la paciencia de una
profesora de niños autistas. Adivinaron. Simultáneamente,
ineluctablemente, Martha comenzó a alejarme con su ceño
fruncido, llegaba del trabajo y abrazaba al pez (abrazaba el
frasco, hasta le estampaba un besito) y para mí la cara de culo
reserva especial, un suspiro hondo, quizás una pregunta leve
en la que se adivinaba el reproche ¿pagaste el condominio?
Esto nunca me había ocurrido: ¿se había convertido ese
goldfish costroso en mi contrincante?; y si así fuera, ¿cómo
enfrentar su silencio indolente, cómo penetrar en su enig-
mática conducta? ¿Celos? ¿Celos de un pez? ¿Lo hablo con
Martha? ¿Qué?
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III
No conozco Nueva York. La conozco y no la conozco. La
conozco porque la situación con Martha se iba haciendo in-
soportable. Un día me le planté llorando y le pregunté si ya
no me quería. Ella me abrazó, acarició mi cabeza mientras
susurraba cosas bonitas, permitió, después de unas semanas
de blindaje, que me la cogiera, es decir, abrió las piernas con
la cualidad de un valium de cinco miligramos, mientras me
movía dentro de ella miraba detrás de mí, cuando me estaba
viniendo me tomó el rostro con las dos manos abiertas y se
quedó escudriñándome un rato, como si se preguntara qué
cosa era ese peso muerto que en ese momento jadeaba y arro-
jaba unos chorritos de leche en su vagina. Como el llanto
había funcionado, seguí llorándole a Martha. Casi todos los
días. Llanto, insomnio, amenazas de suicidio: terminó lleván-
dome a su psicoterapeuta, un tipo cansado que me mandó
un antidepresivo de nueva generación (así me dijo: antide-
presivo de nueva generación. ¿Y a mí qué coño me importa
el árbol genealógico de los antidepresivos?). Claro que no le
dije nada, calladito me veo más bonito, como había apren-
dido, además el señor cansado era mi aliado táctico, más aún
cuando había recomendado una actividad común que nos
reuniera, salirse un poco de la rutina, todas esas frases hechas
de las que yo me agarré con la esperanza inútil de los agó-
nicos. Martha lo interpretó como una orden médica, habló
con su agente de viajes, habló con su jefe, habló con su ve-
cina para que cuidara a Puyi (Yuyi), come dos veces al día,
solo lo que te quepa en las yemas de los dedos, estas gotas se
las mandó el veterinario para los hongos (¿lo llevó al veteri-
nario? ¿Las manchas horribles eran hongos? Tenía razón el
tipo cansado, nuestro problema era de comunicación), y aquí
estábamos en un avión rumbo a Nueva York. Martha parecía
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algo ajada, pero ahora entiendo que así lucen las ejecutivas
en los aviones. Yo estaba al borde de un ataque de pánico.
Después de la segunda copa, o durante la segunda copa, no
recuerdo bien, fue cuando la cagué:
—Martha —le pregunté— ¿tú me amas?
—Herisberto —me silbó— ya no aguanto más. Y a n o
a g u a n t o m á s. Yanoaguantomás.
Y bueno, era inevitable: me dijo de todo, o lo que es lo mismo,
me dijo pelele, me dijo vago, escritor fracasado, etcétera. Yo tam-
poco me quedé atrás y la llamé frívola, superficial, cuando mis
insultos comenzaron a parecerme un poco ridículos, le busqué
el hueso: la llamé vieja, le dije que me estaba tirando a una de
mis estudiantes porque añoraba la firmeza de las carnes (digan
lo que digan los folletos, los antidepresivos de nueva genera-
ción también te la tumban), que no tenía idea de lo bien que
se sentía el temblor convulso de las multiorgásmicas.
—Vete a la mierda, Herisberto.
Aterrizaje forzoso tres horas después. Me disculpé de todos
los modos posibles, apelé a las recomendaciones del señor
cansado, le rogué que no me dejara, asomé, nuevamente, la
posibilidad del suicidio. Martha se lanzó a fondo:
—¿Y qué quieres? ¿Que te compre el libro del Dr. Kervo-
kian? Haz con tu vida y con tu muerte lo que te salga del forro.
Y me dejó allí con setenta dólares en billetes nuevecitos
de a cinco y el pasaje de regreso. Conclusión: de Nueva York
conozco el aeropuerto Kennedy, que es un recinto luminoso
y amplio donde uno puede llorar tranquilo sin que nadie le
pregunte nada.
Martha regresó a la semana, suspiró hondamente cuando
me vio, pasó de largo para saludar a Puyi, que, a decir verdad,
estaba mucho mejor de las manchas. Me convertí en un ma-
yordomo filipino, discreto y eficiente. Fregaba el piso que los
zapatos Gucci de Martha pisaban. Pagaba las cuentas, me las
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veía con los sádicos de la Compañía de Teléfonos. Mi cóm-
plice, el tipo cansado, me había dado un permiso por quince
días; igual, los alumnos ya estaban hartos de mis pataletas y del
seminario que escudriñaba un enlace entre Chejov, Carver y la
joven literatura latinoamericana. Trataba de no aparecer por el
campo visual de Martha, si para algo tengo olfato es para saber
cuándo están a punto de mandarme para el carajo. Cuando
Martha me atrapaba y se venía con el Herisberto tenemos que
hablar yo llamaba al tipo cansado llorando a gritos, lo dejaba
hablando con Martha y me escabullía. Perdí quince kilos, pero
no importa, la buena vida me había convertido en el doble de
Pablo Escobar antes de que le dieran matarile y nada de malo
tenía recuperar la forma de escritor sufrido. Una tarde que el
señor cansado me dejó embarcado, llegué a la casa más tem-
prano de lo habitual. Escuché unos ruidos extraños, como de
una niña que llora. Venían del cuarto, de nuestro cuarto, de su
cuarto. Fui hasta allá, abrí la puerta: Martha feliz, las piernas
en compás hacia el cielo, ensartada por el gerente de Comer-
cialización. Él se movía sobre ella como un becerro asustado,
no pude dejar de fijarme en sus nalgas lechosas por las que se
asomaban unos pelitos tristes. Puyi, el voyeurista, seguía todo
desde su frasco labrado. El gerente, apenado, se medio vistió
y salió, no sin antes intentar una disculpa. Martha, desde la
cama, me lanzó una mirada vidriosa; jadeaba, en esos sonidos
líquidos no alcancé a notar una sombra de disculpa.
—Bueno, Heri —dijo cuando recuperó el aliento—, es
mejor así para todos.
Casi parecía un eslogan, el lema de campaña de un candidato
derrotado: «Lo mejor para todos».
«Así es mejor. Para todos».
No aguanté. Con rabia agarré el frasco desde donde Puyi
expresó su alarma extrema incluso antes de que Martha se
percatara de mi intención. Corrí al baño con el frasco en mi
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regazo, desde la habitación se escuchaban los gritos de Martha
que, desesperada, buscaba cubrirse para alcanzarme y dete-
nerme (qué pudorosa se había vuelto ahora que me odiaba,
antes me encantaba ver desde la cama su culo alejarse cuando
iba a la cocina por un vaso de agua). No llegó a tiempo, cuando
entró, ya había arrojado a Puyi a la poceta y accionado el bajante.
Hizo unas breves piruetas de carrusel de feria y desapareció en
el agujero negro. Martha empezó a gritar como una loca, in-
tentó golpearme y arañarme, yo la aparté de un manotazo en
la oreja. Salí a la calle. Se avizoraba lluvia. Prendí un cigarrillo,
algo apenado de haber condenado a Puyi a nadar eternamente
en el río de mierda que atraviesa esta ciudad asustada.
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Canción
Cuando salió de su casa, sintió en la cara el aire que bajaba
del cerro. No se dejó amargar por la oscuridad del pasillo
del Bloque, ni por el bombillo de neón que despedía una luz
sucia, ni por los güevotes pintados en la pared de la fachada,
ni por el borracho derrengado sobre unos cartones contra la
reja del abasto, ni por la gente que corría, ni por el humo de
los autobuses. Sonrió al recordar la razón de su salida; no
había querido decir nada en la casa, no quería que se bur-
laran: iba a sacarse el pasaporte. Echó hacia atrás un mechón
rebelde de pelo, un gesto que a Pablo le encantaba. Pablo la
noche anterior comiéndosela a besos en el sofá de la sala,
su aliento un poco fuerte recorriéndole las mejillas, el cuello
alerta como un bosque de bambúes, su boca metálica cerrán-
dose desesperada contra la tela del sostén, la descarga de leve
voltaje que le recorría el cuerpo y le dejaba una manchita en
la pantaleta con un olor que le encantaba, el del mar desde la
carretera las tardes que regresaban de la playa.
¡Se le ocurrían unas cosas!…, y que sacarse el pasaporte.
Ni idea de por qué. Le hacía sentirse persona mayor, como la
primera vez que fue al cine sola, o la vez que le entregaron el
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sobre con la primera paga en la fábrica, o la tarde que Pablo
intentó bajarle el blúmer (empapada, hirviendo estaba) y ella
sacó una fuerza líquida de los pulmones para susurrarle no,
Pablo, no, Pablo, para, Pablo, en la oreja.
Se montó en una camionetica repleta, pagó el pasaje y li-
mitó con los codos a un viejo lagañoso que intentó recostársele
durante todo el viaje. En la camioneta todo el mundo parecía
como dentro de una burbuja, los rostros sudados, las mujeres
con las carteras apretadas contra el cuerpo, un hombre pá-
lido sentado al fondo miraba por la ventanilla con los ojos
muy abiertos. Le encantaba esa canción, había comprado el
CD con el aguinaldo, la tarareaba echándole unas miradas ase-
sinas al viejo. Un niño de cabeza inmensa jugaba con saliva,
le hacía gorgoritos hasta que la mamá se dio cuenta y le soltó
un bofetón que le dejó la oreja roja. El niño se sobó la oreja y
aguantó las lágrimas. Cuando Laura se bajó de la camioneta,
intentó hacerle un gesto en la cabeza que impidió el conductor
al arrancar bruscamente.
«Cabrón», dijo en voz baja.
El edificio de Extranjería parecía una cucaracha impasible.
Todo estaba sucio, el ruido hacía pensar en una fiesta, en una
jaula de pájaros exóticos. Los papeles volaban por la calle; un
tipo mugriento, con un saco a la espalda, revisaba un pipote de
basura. En la acera, posado sobre un trapo rojo, un hombre sin
piernas vendía relojes y radios am/fm. La gente lo esquivaba
con pericia de mediocampistas.
Entró al edificio sombrío, repleto, maloliente. Colas y colas
detenidas detrás de unas taquillas de barrotes gruesos. Un
aviso pegado en la pared la desahució: «Suspendida la entrega
de pasaportes hasta nuevo aviso».
«Pero qué pendeja soy», pensó, sintiendo que no tenía nada
que hacer, dejando caer los brazos delgados. Suspiró.
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Cuando tenía diez años, su papá le ofreció regalarle un reloj.
Él siempre andaba como molesto, como si algo le picara. Pero
una noche que Laura estaba viendo televisión le había dicho:
«Mañana te compro un reloj». Laura recuerda que le hizo un
montón de preguntas a su papá, que si era de cuerda, que si
con las tres agujas, que si con fecha, que si con puntitos fos-
forescentes para ver la hora en la oscuridad, el viejo movía la
cabeza para un lado y para otro, complacido de su ocurrencia.
Aquella noche Laura durmió mal, soñó con un pájaro enorme
que se reía a carcajadas agarrándose la cabeza. Al día siguiente
su papá amaneció con un dolor fortísimo en la barriga y el
rostro bañado en sudor frío. Se lo llevaron para el hospital
y Laura pudo verlo dos veces más, tirado en una cama y fla-
quísimo, antes de que se muriera. Aunque su mamá no quería,
pudo verlo un ratico en la urna, le había crecido una barba de
pelos rojizos y le pusieron el traje gris que se había comprado
en Dorsay. Y en la muñeca derecha estaba: un Seiko de correa
negra y esfera azul. ¿A quién se le había ocurrido enterrar a su
papá con el reloj puesto?
—¿Qué pasó, mi reina? ¿Perdiste el viaje? —le preguntó un
gordito de bigotes y corbata morada.
Laura miró para otro lado, pero el hombre se le puso de
frente, se le veía la credencial en el lado izquierdo del pecho.
—¿Qué venías a sacarte? —le preguntó.
—El pasaporte —respondió Laura.
—¿Te vas de viaje?
—Sí —mintió Laura.
—¿Cuándo?
—El viernes
—¿Y para dónde?
—Curazao.
—Pues te jodiste, flaca, porque no hay pasaportes hasta
nuevo aviso.
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—Sí, me jodí —dijo Laura. Volvió a suspirar.
—Pero me caíste bien. Vamos para la otra oficina y te
ayudo. ¿Compraste los timbres fiscales?
—No —dijo Laura.
El hombre la miró como un cura bonachón frente a sus
ovejas descarriadas:
—Anda para aquella taquilla, compra trescientos bolos en
timbres fiscales, y yo te espero en la puerta de allá.
Laura compró las estampillas y caminó hasta donde el
hombre le había dicho. Le preguntó:
—¿Y dónde es?
—En la oficina VIP de Extranjería —le respondió el
hombre.
—¿La qué?
—Donde se sacan el pasaporte las very important persons.
Allí trabajo yo.
Salieron a la calle y caminaron por el río de gente. El
hombre se movía rápido, los codos pegados al abdomen que
saltaba como si portara un canguro bebé. Laura lo seguía ca-
llada, apretando fuerte el sobre con las estampillas y las dos
fotos. Atravesaron unos tarantines de buhoneros, una vieja
se rodeaba el cuello con la cintura de un bluyín, pedía rebaja.
Cuando el gordo le dijo por aquí, Laura se había quedado
mirando a un chichero que se escudriñaba la nariz, hacía
unas peloticas de moco y luego las aplastaba entre el pulgar
y el índice.
—Por aquí —le volvió a decir el hombre.
Se sumergieron en unos sótanos que servían de estaciona-
miento. La luz ocre que se colaba desde la bocacalle arrullaba
a los carros que parecían recién nacidos agobiados en un retén.
—¿Falta mucho? —preguntó Laura.
—No. Casi llegamos —respondió el gordo mientras des-
cendía por unas escaleras de caracol ennegrecidas por el
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hollín. Abajo estaba más oscuro, unos pocos autos oxidados
parecían despojos de un holocausto nuclear. Laura se detuvo:
—No, mira, no te preocupes, otro día vuelvo, es que me
tengo que ir.
—Pero si ya estamos llegando —le dijo el gordo.
—Sí, pero es que me tengo que ir. Disculpa —dijo Laura.
—Sí eres desconfiada, flaca —le dijo el hombre, y le soltó
un derechazo que se estrelló en su mandíbula.
Salió disparada hacia atrás y se golpeó la cabeza contra el
concreto sucio. Cayó de rodillas. El hombre se le acercó y la
golpeó en el pecho, la sostuvo por las tetas apretándoselas, re-
torciéndoselas con fuerza. Luego la agarró por el pelo y volvió
a darle contra la pared. Laura empezó a llorar:
—No, qué pasa, déjame —le dijo.
—Cállate —respondió el gordo—, cállate —le atenazó el
cuello y apretó—: pórtate bien, colabora.
Cuando le reventó la blusa, Laura se sintió repentinamente
cansada, ajena mientras le mordían el cuello, la lamía un lobo,
le arrancaban el aire con un codo duro en el plexo solar. Un
camión encima, toda el agua del mar encima, la punta de una
montaña que se desprende y la aplasta. Los jadeos del gordo,
su saliva pastosa, la anestesiaban, la alejaban de las manos que
en ese momento le subían la falda. Cientos de hormigas rojas
recorriendo la tela suave de su sexo. El gordo no duró mucho,
unos empellones y se derrumbó sobre ella con ternura, con
sueño. Todo en silencio. El gordo se esfumó como un espe-
jismo. Laura sentía la grasa del pavimento pegada a la espalda
y a las nalgas. Se levantó, se cubrió con los restos de la blusa,
recogió las fotos que la miraban desde el suelo, a la falda no
le subía el cierre. Caminó hacia la luz, hacia el rumor, y entre
el humo y la gente que empezaba a rodearla con asco, pudo
ver la recta desordenada de tres guacamayas que atravesaban
el cielo de nubes hinchadas como en los libros de catecismo.
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La piel del lagarto
He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso
de la piel del lagarto, inscripciones que nadie recorrerá
encendiendo la luz de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Olga Orozco
114-B
Anoche se murió el viejo de al lado. Parecía que se estaba pu-
driendo desde abajo porque algo le estaba poniendo negros
los pies y cada vez que le quitaban las gasas para limpiarlo el
olor a caraotas podridas se hacía insoportable. El pobre viejo
se fue encogiendo como un pajarito y tenía varios días sol-
tando unos chillidos amortiguados por los gargajos que le
caían hasta el pecho como una catarata de leche condensada.
Vino una enfermera gorda y lo vio tieso y pálido, le agarró
la muñeca como por no dejar y se volvió a ir; todos nos que-
damos acurrucados en nuestras camas, al rato volvió con el
médico de guardia que prendió la luz de la sala y se acercó
a la cama del viejo. Me dio, no sé, algo de tranquilidad verle
tantos bolígrafos en el bolsillo de la bata al muchacho que le
quitó la sábana al viejo, miró los pies y dijo «carajo», le puso
el estetoscopio en el pecho y esperó, no sé si escuchar algo, no
sé si se quedó dormido, luego miró a la gorda y le preguntó
«¿lo reanimamos?». Se cagaron de la risa, a la enfermera se
le movían las tetas asfixiadas por el uniforme, retiró la aguja
que el viejo tenía en el antebrazo, dio unos golpecitos a la
cama y dijo:
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—¿Te traigo el certificado de defunción?
—¿A esta hora? —dijo el médico.
—¿Y para cuándo lo vas a dejar, papito?
—Cuando amanezca, coño, son las tres de la mañana, y
ahora son cuatro copias que se llenan, no me jodas, Etelvina.
—¿Y vas a dejar el cuerpo allí hasta que amanezca? —pre-
guntó la enfermera.
—Ni de vaina —dijo el de la 114-F.
—Jhonny, te callas ¿sí?, que nadie te dio velas en este en-
tierro —dijo la enfermera.
—No van a dejar a ese muerto allí hasta mañana. ¿Ustedes
se volvieron locos? —volvió a decir el de la 114-F, que se
miraba desesperado el tubo que le salía del pecho y termi-
naba en un frasco grande de mayonesa donde burbujeaba un
líquido jabonoso.
—Bueno, dejen el peo —dijo el médico—; búscame los
papeles, Etelvina.
Caminó hacia el estar de enfermeras, luego volteó hacia la
sala y dijo:
—Y a dormir todo el mundo.
—Pero apaguen la luz —dije yo. Etelvina me miró de reojo,
teníamos una culebra de varios días, ya ni me acordaba pero
la acusé con el Adjunto y desde ese día me sacó bola negra:
me espaciaba las curas, decía que yo no me bañaba casi, le
ponía cara de culo a Keyla las pocas veces que me visitaba.
La gorda caminó hacia la puerta con su pinta de elefanta in-
somne, llevaba el paral con el frasco de solución que tenía
puesto el viejo, pasó por el interruptor, lo acarició levemente
y dejó la luz prendida, la muy perra.
32
Sala de partos
La guardia estuvo movidita. Nació un chamo sin cabeza, el
parto lo atendió Susana. Qué rica que está la Susana, con
ese cuello tan largo y la naricita levantada y el cabello que
se le derrama por los hombros en ondas que cuida con solo
cien cepilladas cada noche. Una vez la vi saliendo de quiró-
fano y tenía toda la entrepierna espolvoreada con talco de los
guantes. Eso me mató: Susana tan fina, tan limpia, tan culito
malo y le picó la totona y allí mismo se rascó con sus uñas
de manicura semanal. Imaginé si le habría picado la cuquita
por el sudor durante la intervención (los pelitos pegados a la
piel, buscando, desesperados de calor, la raja hirviente), pensé
que bien podía tener alguna irritación que le escaldara la piel,
un enrojecimiento pruriginoso (pasarle la lengua, refrescarle
el fuego mientras ella echa la cabeza hacia atrás, agradecida).
De solo suponer que mientras se tomaba un café en las ma-
ñanas abajo la mordían los ácaros, se me paraba horrible y
qué pena armando carpa a las siete de la mañana en el ca-
fetín. Susana esperó mientras la mujer pujaba, pero algo no
venía bien. Cuando se asomó el tocón del cuello, Susana no
hallaba qué hacer, sacó el cuerpo con un movimiento leve,
33
cortó el cordón, lo examinó un ratico, se lo entregó a la enfer-
mera que lo envolvió en un trapo como si fuera un pan recién
horneado, luego extrajo la placenta tratando de disimular
el temblor de las manos, revisó a la mujer que se removía
inquieta, la cosió cuidadosamente, y esperó la pregunta:
—¿Pasó algo, doctora? No lo oigo.
—Después hablamos, mi cielo —le dijo Susana mientras
caminaba hacia el lavamanos, se quitaba los guantes, el gorro,
y metía las manos bajo el chorro potente.
También se apareció, en plena madrugada, Wiscon Wis-
consin. Así le decíamos al loco Asdrúbal, uno que estudiaba
con nosotros y se le fueron los tapones en un examen de Ana-
tomía II. Después de eso, y de una hospitalización de dos
meses en Psiquiatría, Asdrúbal no volvió nunca más a su casa,
dormía bajo una escalera en la Facultad de Arquitectura y
se la pasaba todo el día levantando unas pesas que él mismo
había fabricado con unos potes de pepsi de dos litros que
había rellenado de arena. Sacó unos músculos que cuando
los vigilantes lo intentaron expulsar de su cueva en Arquitec-
tura le fracturó la mandíbula a uno y a otro lo iba asfixiando
con una doble Nelson. Asdrúbal se aparecía en las asambleas
de estudiantes en el Instituto Anatómico, pedía la palabra
—¿cómo se la negaban con los bíceps de camión que se gas-
taba?— y siempre se lanzaba un discurso donde culpaba de
todo a la «escuela de Wiscon Wisconsin». Con el tiempo,
y por cariño, terminamos llamándolo Wiscon. Anoche llegó
a la Sala y empezó a ponerle el estetoscopio en la barriga a
las mujeres en pleno trabajo de parto. La vaina era demasiado
cómica, las mujeres gritaban con las contracciones y Wiscon
les decía:
—No se oye el foco, no se oye el foco.
—¿Cuál foco? —le preguntaba una mujer entre alaridos.
34
—El latido, el latidooooooo —aullaba Wiscon. Y ahí
mismo se armó el peo: las mujeres chillando que si el bebé
se les había muerto, los médicos llamando a vigilancia para
que sacaran a Wiscon que parecía un tiranosaurio rex con el
mono de cirugía sucio y roto, los vigilantes que trataban de
sacarlo y Wiscon que repartió uppers, jabs y ganchos más al-
guna patada en las bolas, que ni el novillo Paiva cuando se
arrebataba. Dos mujeres parieron solas, esperaron aliviadas
que vinieran a cortarles el cordón umbilical con el muchacho
entre las piernas, a Wiscon al fin le pusieron una inyección
y se lo volvieron a llevar para Psiquiatría.
35
47-A
Era un buen paciente. Tranquilo, amable, nunca se quejó de
nada, y mira que se las vio negras todo el tiempo que estuvo
aquí. Tres meses y eso eran agujas por todos lados, biopsias,
exámenes, pruebas, los estudiantes metiéndole mano todo el
día para palparle el hígado grande. Tres meses y ni un solo día
estuvo sin fiebre, en la noche gritaba asustado, soñaba con un
lagarto inmenso, me decía, con patas de madera, que lo mi-
raba desde la ventana. Conmigo siempre fue un caballero.
Llegaba a tomarle la tensión, o la temperatura, o a inyec-
tarle cualquier cosa y él siempre tan amable, se ve que era
estudiado y no como esos malandros que llegan aquí todo
tiroteados, que con el cuerpo lleno de balas, y las piernas
paralizadas, y tubos de tórax, igual intentan meterle mano
a una, o se quejan todo el tiempo, o te dicen que te prepares,
que apenas salgan te joden. Él no, él siempre con una sonrisa,
limpiecito, bañadito desde la mañana, siempre con un libro,
daba dolor verlo sentado en el balcón con los ojos cerrados
como tratando de robarse un pedazo de sol que le devolviera
el color al cuerpo. Tres meses aquí y ni un solo día levantó
la voz, o se negó a pasarse el tratamiento. Al mediodía venía
37
la esposa a visitarlo, Glenda creo que se llama, eternamente
arrecha, como harta de esa fiebre maldita que no se le qui-
taba a Humberto. A veces, en las tardes, cuando la Sala daba
miedo de lo roja que se ponía y los pacientes abrían los ojos
como queriendo que no se hiciera de noche, Humberto llo-
raba calladito contra la pared. La mujer no supo pero yo sí
lo vi muchas veces. No es que yo lo prefiriera ni nada de eso
como dice la perra de Ligia, que y que le tenía ganas y se me
hacía agua la boca cuando le lavaba las bolitas y se las ental-
caba. Para empezar que a mí nunca me tocó bañarlo, tuve que
decirle a Ligia que dejara la habladera, que si Pablo se enteraba,
la que se armaba. En la revista los médicos se hacían los pen-
dejos frente a la cama de Humberto, les daba como pena no
tener ni idea de lo que pasaba y francamente, ya no hallaban
qué otra mentira decirle.
La verdad es que la vida es bien rara. Una mañana que es-
taba lloviendo, me acuerdo bien, Humberto amaneció sin
fiebre. Ya ni le ponían nada, los médicos esperaban que se
terminara de morir, pero de repente esa mañana Humberto
amaneció sin fiebre, incluso se comió la mortadela gris del de-
sayuno; cuando pasé la ronda estaba muy sonreído moviendo
los dedos de los pies. La esposa vino en la tarde, lo saludó
pasándole la mano por la frente, y empezó la letanía que si
debían la luz, el agua, el teléfono, el colegio de las niñas, que
mejor las retiraban y las ponían en una escuela pública, que el
árabe del apartamento la llamaba todos los días para cobrarle,
que parecía que en la oficina iban a botar a un gentío, que el
cabrón del médico residente se le esconde cada vez que la ve.
—Hoy no he tenido fiebre en todo el día, Glenda —le dijo
Humberto.
—¿Y cómo sabes?
—¿Cómo que cómo sé? Porque me siento bien, no me ha
dado el ahogo ni la sudadera. No he tenido fiebre.
38
—¿Y entonces por qué el maricón de Ramírez no me lo ha
dicho? —preguntó Glenda.
—Porque no lo sabe, mi amor. Hoy no ha pasado por aquí.
Pero es verdad, me siento bien.
—¿Y entonces? —preguntó Glenda.
—Que ojalá me pueda ir de esta mierda.
Se quedaron en silencio un rato. Glenda le arreglaba la al-
mohada, le sobaba la frente. Humberto se quedó mirando
por la ventana el regreso de las guacamayas gritonas hasta
que se puso oscuro. Pasé a despedirme y me dijo bajito que
no iba a poder dormir:
—Dile a Ramírez que pase por aquí mañana —me dijo.
Tanta paja que hablaba la Ligia y a que no sabes: la en-
contraron en la madrugada ensartada por un residente de
Cirugía. ¿Cómo que no entiendes? No te hagas la pendeja,
se la estaban cogiendo, la tenían en cuatro patas en el cuarto
de tratamientos, los descubrieron unos pacientes por la bulla
que hacían los cabezasos de Ligia contra el gabinete de los
intravenosos. No, no creo que la vayan a botar, le pondrán
una amonestación escrita y hasta ahí. Pero cuando el ma-
rido de Ligia se entere, ayayay, ¿tú no te acuerdas de él? El
kiluote que operaron aquí de hemorroides. Bueno, para ha-
certe el cuento corto, a Humberto lo dejaron tres días más
ahí acostado y después lo dieron de alta. Ramírez andaba de
lo más echón, como si hubiera hecho algo; más cochino que
es ese Ramírez, ¿tú no has visto cómo se sopla los mocos con
la bata? Asco. Humberto se fue de lo más contento ayer en la
mañana, se despidió de todas nosotras, a mí me dio un beso
que me dejó el cachete oloroso a Lavanda Yardley, y hay que
ver que la vida es muy rara. Parece que llegó a su casa, besó a las
niñas, comió, descansó un rato y en la tarde se arregló para
ir a visitar a su mamá en El Valle y cuando iba saliendo del
edificio pasó un autobús de San Ruperto y se lo llevó por
39
delante. Llegó a la Emergencia hecho sereta, fracturado por
todos lados, no duró ni una hora. La mujer, Glenda, andaba
como aturdida, no entendía nada de lo que estaba pasando, la
verdad que yo tampoco. Mañana lo entierran en el General
del Sur, voy a ver si la supervisora me da permiso y me acerco
aunque sea un ratico al velorio.
40
Anatómico
Pedroza cuidaba los cadáveres del Instituto Anatómico. Con
bigote encrespado y una bata de botones heroicos que le
hacía parecer el Sargento García de la Universidad Central,
recorría sus dominios de urnas metálicas donde reposaban
los cuerpos a los que los hongos convertían en capullos de
mariposas gigantes. También era el encargado de la piscina
de formol en la que dormitaban, guindados de los pies, los
restos humanos que cada miércoles y viernes acribillábamos
los estudiantes de Anatomía Uno y Dos. Pedroza siempre es-
taba de buen humor, con frecuencia nos hacía la segunda: una
vez me prestó un cráneo en excelente estado, un corazón no
excesivamente deshilachado y la mitad inferior de un pobre
hombre por la que pude estudiar la región glútea y el hueco
poplíteo. Un viernes Pedroza se duchó temprano y se fue para
su casa en Hornos de Cal. Cuando entró a la casa se asombró
por una humedad de helechos y un murmullo de peces, la
cortina que daba a su cuarto le mostró movimientos de com-
bate chino: María estaba tirando con un malandrito de la
zona. Pedroza salió y sin pensarlo demasiado fue al Metro y se
lanzó al paso del tren. Una de las ruedas le seccionó la pierna
41
derecha bastante arriba de la rodilla. Luego meses de hospitales
y psiquiatras y colectas para comprarle la prótesis. Me contaron
que todavía anda sonriente por los pasillos del Instituto mien-
tras lleva acompasado las urnas hacia los cubículos repletos
de estudiantes ateridos de miedo.
42
Consulta externa
Aunque fuera un solo día que llegara y no hubiera esa cola de
pacientes que da la vuelta hasta el estacionamiento. Un solo
día sin este olor a carnicería, un día que no me recibieran los
gatos comiendo sobre la camilla, un solo maldito día que el
aire acondicionado sirviera, un puto día que las historias es-
tuvieran en su sitio, que hubiera tensiómetro que funcionara;
tampoco es para exagerar, pero cómo coño esperan que uno
sea cardiólogo si el cabrón electrocardiógrafo vive dañado.
Un pequeño pedazo de día que la enfermera no pusiera esa
cara de cocodrilo ofendido, de proletaria al borde de la lucha
de clases. Si yo mandara en este hospital, no joda, una semana
es lo que pido, una semanita y arreglo esta mierda.
—El siguiente.
Masculino. Setenta y tres años. Cardiopatía hiperten-
siva e isquémica. Insuficiencia cardíaca congestiva global.
Ya el corazón es una gomita que vibra como un zapato roto.
A comprar tierra, señores. ¿Pero y este monumento de dónde
salió? Esa mirada líquida puesta sobre mi corbata Kenzo, las
yuntas de alpaca compradas en Londres, el pelo negro y cor-
tísimo, las orejas blancas, suaves, los labios un poco delgados.
43
Qué buena está. Las tetas un poquito pequeñas, seguro que
caben en mi mano como una mandarina, el vientre plano,
hundido hacia el ombligo, las piernas largas, el culito parado
de garza regalada.
—Perdón, ¿la señorita es?
—Su hija, doctor. No lo veo nada bien, se despierta aho-
gado en las noches, se desmaya, como si no respirara por un
rato. Yo lo veo muy mal.
Y tienes razón, querida. Este viejo ya está llenando el plan
de vuelo.
—Déjeme examinarlo.
Claro que todo fue para impresionarla. En eso yo soy un
as, el Meteoro de la tecnología médica. Para nada, la verdad,
porque los soplos del viejo se escuchaban desde el escritorio, de
donde también podía ver de reojo el tronco de los muslos
de la ninfa protegidos por el vestido entallado de flores. Pero
igual le tomé el pulso, yo mismo le tomé la tensión con una
dedicación que olvídate de José Gregorio Hernández, lo aus-
culté concienzudamente, encharcados los dos pulmones, este
viejo debe ser medio anfibio para respirar con los dos piquitos
de pulmón que le quedaban salvados de las aguas. El corazón
era un desorden de ruidos y chasquidos, parecía que en algún
momento iba a salir Pérez Prado gritando «maaaaaammbo».
—Mejor lo hospitalizamos —le dije.
En esta parte nadie nos gana a los médicos. En esa frase
grave dicha con seguridad. En la mano impecable que arruga
el estetoscopio y lo arroja con descuido en la bata. Cuando
ella abrió los ojazos ensanchados por las lágrimas, este servidor
se le acercó y le tomó las manos, suavemente, sin apuros, que
la gacela calme tranquila su sed en el recodo del manantial
bajo el cielo abierto del Serengueti.
—Es lo mejor para él. Aquí podemos cuidarlo bien.
44
Mientras le decía esto recordé la cocina del hospital. Nunca
en mi vida, lo juro, ni cuando médico rural en Maroa, había
visto unas cucarachas tan grandes. Al hijo de puta del director
yo lo agarraba y lo amarraba en su silla, le ponía delante el
busto de Vargas que está en la entrada del Hospital y lo hacía
almorzarse al menos cuatro de esas mutaciones conchudas,
lo obligaba a chuparle las cabezas duras como langostinos
al vapor, yo a ese cabrón no lo puedo ni ver. Pero al grano
Ambrosio, caballo seis alfil rey, jaque.
Órdenes en la historia, solicitud de exámenes, radiografías,
indicaciones y ya está la enfermera con su cara de culo debi-
damente instalada llevándose al viejito envuelto en una batica
de tela blanca que lo hacía parecer un centurión escoñetado
por los godos.
—Y tú te quedas un ratico para que me des los datos.
Pasar al tuteo es la antesala imperceptible del polvo. Per-
mite una calibración de la víctima, una sonda exploratoria
a sus deseos, una evaluación concienzuda de las defensas, un
leve soplido contra la resistencia de la entrepierna.
Lo demás fue pan comido, señoras, señores. Nombre:
Aritza, y claro, había que calarse el cuento de la abuela Ma-
ritza y el rollo del tipo de la prefectura que se comió la M
y así se quedó Aritza, pero si Aritza es más bonito, ¿tú crees?,
pero claro, si Aritza es el nombre de una diosa griega (vamos
bien, se sintió halagada, de mitología griega no sabe un coño,
igual que el suscrito), estado civil, divorciada, punto a favor,
¿trabaja? Estudiante, de psicología, punto a favor, ¿hijos? La
joya con el que se casó nunca quiso, punto a favor, ¿religión?
Evangélica, punto en contra.
Dejarla hablar, seguir atentamente sus palabras huecas, sus
íntimas tristezas, desgranadas con ese tono ronroneante que
nos ha sido legado por las hijas de la clase media caraqueña
en descenso.
45
Al poco rato estábamos besándonos, lamiéndonos con de
sespero, tensando pliegues y aplacando las lenguas con nuestras
salivas cristalinas. Le saqué el vestido por arriba, ella sacudió la
cabeza cuando la tela de franela la ahogó por instantes. Era
muy blanca, alta, los ojos entrecerrados, como si hubiera des-
pertado de un sueño de siglos entre esas paredes desconchadas
y la camilla oxidada. Le pasé la mano por la raja empapada,
chupé mis dedos aceitados, y la obligué a besar el nuevo sabor
marino de mis labios. La volteé, le doblé el torso como si fuera
una muñeca de trapo, le aplasté con suavidad la cabeza contra
el semicuero de la camilla. No sé por qué, pero a las flacas me
gusta cogerlas por detrás, mi psicoanalista dice unas vainas de
la sumisión y mi miedo a la oscuridad, para mí que a ese viejo
birriondo le encanta que yo le eche estos cuentos. Le abrí un
poco las piernas y se la clavé.
Pero me equivoqué de hueco. Se la metí por el culo.
Ella pegó un grito salvaje y se la sacó, se volteó y me pegó
en la cara, un anillo grueso que tenía en el anular derecho me
lastimó el pómulo.
—Pero tú estás loco (tuuuuu estaaaas locoooo) —gritó—.
Animal (Animaaaaaal).
—Me equivoqué —le dije—, me equivoqué, disculpa.
Pero ella seguía gritando: hijo de puta, hijo de puta, hijo
de puta y yo discúlpame, de verdad, discúlpame, fue un error.
Traté de abrazarla, pero no es fácil moverse con un pantalón
doblado en las rodillas. Ella se puso su vestido y salió dando
un portazo. Afuera había un rumor que me angustió un po-
quito. Reparé que se había dejado olvidada la pantaleta que
yacía en el piso como una gaviota muerta. Cuando me quise
subir el interior me di cuenta de la mancha oscura en mi
palo, del olor a tierra mojada, a fruta podrida. Traté de la-
varme en el lavamanos del consultorio pero claro, no había
agua. Maldito mil veces coñísimo de su madre Director.
46
Me lo envolví con una gasa, me vestí, abrí la puerta, llamé al
próximo paciente.
Entró una señora con un niño azulado. El olor era muy
fuerte, pero igual, lo consideré un aporte al tradicional aroma
de nuestra casa de salud y yo no tenía tiempo que perder,
tenía una consulta por sacar.
47
Wiscon
Antes de que a Wiscon lo matara un metropolitano de un
tiro en la cara se enamoró de una flaca de Economía que se la
pasaba en la biblioteca de la Escuela de Historia. La entrada
de la biblioteca era toda de vidrio, desde afuera se veían a los
estudiantes leyendo, absortos como peces dormidos. Por se-
manas Wiscon se la pasó pegado a la puerta mirando a Olivia
Olivo, como la bautizó el rata de Ratael, y tratando de que
no lo vieran cuando le pasaba la lengua al cristal, dejando una
manchita de caracol, su deseo silente. Wiscon nunca le habló,
que se sepa, a veces la seguía cuando Olivia iba al comedor
o cuando caminaba ingrávida hacia la parada del carrito
y atravesaba la Tierra de Nadie como una palmera estreme-
cida por el viento violeta de las tardes. Wiscon era un animal
de costumbres: en las mañanas salía de su cueva de Arqui-
tectura, hacía sus abluciones en un chorrito del jardín que
daba a las canchas de Ingeniería, se ejercitaba con los potes de
Pepsi y un saco de boxeo que se robó del Gimnasio Cubierto
y luego caminaba como un tractor al comedor a atiborrarse
de la avena grumosa que solo a él le gustaba. Le parecía un
deleite, la verdad, se zampaba tres escudillas y luego raspaba
49
el peltre para no perdonar los restos que se quedaban pegados
del fondo. Después del desayuno se iba al Hospital a ver si se
podía colar por una de las puertas pero ya los vigilantes an-
daban mosca. Se ponía como loco, el pobre Wiscon, si no lo
dejaban entrar; le encantaba sobre todo ir a las revistas de
Medicina y a las reuniones anatomopatológicas para sentar
cátedra mientras se atusaba los bigotes de charro enhiestos
por la avena seca. No se sabe cómo, pero Wiscon aparecía en
cualquiera de las asambleas que pululaban en la universidad.
De estudiantes, de empleados, de profesores, de jubilados, de
la tercera vía, de los mariguaneros del estadio, de los obreros
sindicalizados, de los cheerleaders de Arquitectura, de las
lesbianas de la Escuela de Letras, de filósofos cirróticos, de
autoridades asustadas, de revolucionarios cansados, de inves-
tigadores agobiados por el silencio; las reuniones de la FCU
eran sus preferidas, allí iba y soltaba su teoría del modelo
imperialista de la Escuela de Wiscon Wisconsin.
Una tarde estábamos Ratael, El Mesié, Asuracenturix y
yo metiéndonos un cacho leve detrás del Aula Magna y apa-
reció Wiscon a adoctrinarnos de los efectos devastadores del
cannabis en la memoria cognitiva.
—Ese Wiscon, cómo está la vaina —le dijo Ratael.
—Jejejejeje —le respondió Wiscon entre dientes.
—¿Y el Hospital, Wiscon? —le pregunté yo.
—Bien, jejejejejeje.
—¿Y las jevas?
—¿Por qué? —cuando Wiscon cerraba los puños a los
costados, había que cambiar de tema.
—Por nada, por nada. ¿Y el entrenamiento? —preguntó
Ratael.
Y bueno, tenía que venir el mamafruta de Asuracenturix
a provocar, a joder el parque, como siempre que el humo del
monte le pellizcaba los pulmones:
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—¿Y se puede saber para qué se está entrenando este gordo
cabeza de güevo? ¿Para el campeonato mundial de sumo?
Asura decía «sumu», «güevu», ya ustedes saben cómo ha-
blan los chilenos, pero a nadie le dio gracia esta vez, porque
Wiscon se le echó encima y empezó a ahorcarlo con sus
manos de hierro, extrañamente limpias, de uñas cortadas, y
a pegarle la cabeza contra el piso de mosaicos; nos costó una
bola que lo soltara, Ratael lo abrazaba por detrás y le decía
«ya Wiscon, para, deja la vaina», pero sonreía el muy cabrón,
como preparándose para declarar en la PTJ si es que alguna
vez encontraban el cadáver de Asura en la selva intrincada
del campus universitario. Nos costó una bola, ya les dije, pero
al final lo dejó tirado, boqueando, con la cabeza sangrante.
Le acercó la boca al rostro crispado, le mordió duro la oreja
y luego le susurró:
—Voy a subir el Everest, cabrón. Y eso es muy difícil.
51
Pediatría
Creo que fue esa mañana que Manuela me estuvo hablando
del corazón de los cangrejos. Estábamos en la casa de Ca-
ruao, desde la colina casi se podían tocar las plumas de los
pelícanos en vuelo. La noche antes habíamos recibido la in-
vasión de los sapos que aparecían por todos los rincones con
parsimonia de hacendados borrachos y habíamos visto por
primera vez, Manuela, Kranya y yo, a una mantis religiosa
inmensa que vigilaba el bombillo de la cocina. Un tuqueque
feliz, al que Nela llamaba salamandra, se apendejeaba en los
resquicios del techo a la espera de la cena. Recuerdo que esa
noche le conté a Nela un cuento sobre un sapo pirata que
rescataba tesoros de niños llorones y ella movía las pestañas
largas, asombrada por la valentía y la caballerosidad de esos
gordos verdes y feos. Nela se fue quedando dormida, Kranya
dormía a su lado con una mano en la mejilla, hablando con
voz ronca sus sueños amables. Sí, fue esa mañana, cuando
bajamos por el camino de la playa, que encontramos unas
conchas secas de cangrejo y Nela me preguntó dónde tenían
el corazón los cangrejos. No recuerdo bien qué le respondí,
pero no estuvo de acuerdo, me dijo que debajo del caparazón
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debía estar, que los cangrejos siempre tenían el corazón tibio,
calentado por la arena, me dijo. Tomó una de las tenazas y la
guardó en su tobito amarillo, quería hacerse un collar con
la punta de la pinza rosada.
Todo ha ocurrido muy rápido, tampoco entiendo nada.
Kranya está cada vez más flaca, las ojeras la hacen lucir más
bella, más distante. Aquí hay ruido siempre, pasos, voces,
pitos acompasados, llantos; los médicos no hablan mucho,
parecen estar siempre cansados, como si estuvieran perdiendo
la pelea y no entendieran mucho adónde se dirigen. Manuela,
sin pelo y con el tapabocas (aquí todos los niños parecen de
otra especie, extraterrestres extraviados en un gusano de luz),
me mira con sus ojos de miel como si quisiera preguntarme
algo entre jadeos. Hoy, que volví a faltar a la oficina, busqué,
en el revuelo de su cuarto deshabitado, la tenaza del cangrejo
que guardaba en su cajita de música, la atravesé con una cinta
de cuero y se la puse en el cuello a la hora de la visita.
54
Infecciosas
«Estas son las pruebas que nos manda Dios» me susurró el
Obispo acariciando levemente mi mano derecha, más bien la
rama seca en que se había convertido mi mano derecha.
«Debes tener fuerza, hijo, y templanza». Con ese tono de
quien ha hecho un tour por el cielo y le dieron las indica-
ciones precisas de cómo hablarle a los condenados, a los
expulsados, a quienes nada podían esperar de este tránsito
llamado vida. Qué cursi soy, siempre he sido cursi, debo haber
nacido con unas cintas de raso azul atadas a mis manos como
un querubín; cursi desde la forma de mi cuerpo, abombado
en las caderas como una pera, hasta las pestañas tan largas
que a madre tanto le gustaban, soy, era, el colmo de lo blando,
de lo viscoso. Este tránsito llamado vida. Hay que ver, hay que
ser capullo, hay que ser imbécil, hay que pasarse del temor
a Dios para llamar a la vida tránsito.
—¿Por qué a mí, monseñor, por qué? —¿por queeeeeee
a miiiiiiii, pooooorrrr queeeeeee?, gemía quedamente la pera
podrida en los costados.
«Hijo, hijo, solo Dios dispone, solo Él y sus designios, solo
Él y el plan que ha trazado para nosotros». Años de entrenar
55
las cuerdas vocales para obligarlas al tono que solo Paganini y
nuestro Monseñor. Años de manos ocultas entre las mangas
de la sotana, años de silencios y suspiros y puñaladas por la
espalda de quien se le interpusiera en el ascenso a los cielos.
Ja ja ja ja. Ja. El Plan de Dios. Hostia, esa sí es buena. La
escuela (el infierno en la tierra), mis queridos condiscípulos
llamándome mariposón, mariquita, Santiago metiéndome la
mano en el pantalón para sobar mis nalgas frías, mi padre
obligándome a jugar fútbol, la primera vez que el entrenador
me vio corriendo en el campo, me mandó en el acto a las
duchas (ah, las duchas, las duchas, pero eso vino después).
Las confesiones cada semana en la iglesia desierta, su olor
a moho, siempre húmeda, el sacerdote que de tan viejo des-
camaba como una serpiente, sus manos artríticas, su boca
pastosa lamiéndome el chapulín, blanco y suave como un bo-
tón de rosa. Madre obligándome a la palabra, a la misa, a la
búsqueda del perdón de Dios. Nueve años y pedir perdón,
nueve años y frotarme con jabón de linaza cada noche para
quitar de mis partes el olor a tabaco rancio que me había
dejado la lengua del padre José Luis.
Luego, el Plan de Dios. Ja. Jaja. Ja: el seminario. Las duchas,
las duchas, las manos en la oscuridad, los labios, las curvas,
el rechinar de dolores deliciosos, la extrema tensión de cada
músculo excepto los del cuello, que se desgonzaban al sentir
la cabeza del palo que me exploraba las entrañas. El plan
que Dios trazó para mí con cada mamada, con cada explosión
de semen en mi cara, con cada cuerpo vuelto sombra sobre
sombra. El plan que llevó a cada niño a mi oficina, al confesio-
nario, a la enfermería del Colegio, para que yo buscara en sus
ojos asustados, en sus cuerpos ya rotos, algo de alivio. El plan
con que Dios dispuso que un día empezara a perder peso. El
plan que dejó unos planetas violeta en mi cara y en mi torso,
el plan que alojó unas larvas de gusano en mi cerebro, ayer me
56
las mostró la doctora Mata en la radiografía, se veían como
unos capullos de algodón en un grabado japonés, pero eran
gusanos, con un nombre misterioso, gusanos que comían mi
cerebro con un hambre atroz, devorando mis recuerdos, co-
miéndose mi vista, masticando mis palabras, y que a veces,
en el rumor de las palmeras que rozaban la ventana, me hacían
escuchar algo, no sé, algo distinto que ya no importa.
57
Técnica quirúrgica
Me contaron, creo que fue el rata de Ratael, que el Presidente
de la República había estudiado en esta misma facultad, que se
había meado borracho en la estatua del doctor Vargas que está
en la entrada del Hospital, sí, esa donde está sentado todo so-
lemne, con la mano levantada; una mañana, cortesía del rata
de Ratael y el Mesié, amaneció guindada en la mano del pobre
Vargas una cartulina que decía: «Cuando la mierda llegue aquí,
me paro y me voy». La que se armó, el decano estaba como
loco, gritando y amenazando con expulsarnos a todos si no
decíamos quién había sido, que si Vargas fue el primer Pre-
sidente civil de Venezuela (gran vaina), que si fue el primer
Rector de esta Universidad (gran vaina), que fue un gran mé-
dico y científico (gran vainota). Por supuesto que ese viejo
podía caerse muerto de una apoplejía en el auditorio de la
facultad y nadie iba a soltar nada más que las risitas que esta-
llaban por todos lados protegidas por la pobre luz del recinto.
—Pero no era de eso de lo que íbamos a hablar, Ratael.
Decíamos, camaradas, compañeros…
—¿Y se puede saber por qué usted cada vez que habla lo
hace como si estuviera en una asamblea de delegados, güevón?
59
—me interrumpió Asura. Sinceramente, con tanto chileno
bueno que asesinó Pinochet, y Asuracenturix ni se había en-
terado de que en Chile había una dictadura, pero es que ni un
día de cana pagó antes de venirse a jodernos la paciencia
en este pobre rincón del trópico.
—Cállate, chileno de mierda, o te echo al Wiscon para que
termine el trabajo en tu cuello —salió en mi auxilio Ratael.
Esa era la mejor hora de la tarde en el pasillo del Anatómico,
bajo la placa de Marvin, un pendejo que se resbaló justo allí
y las balas de la Guardia Nacional lo dejaron tieso cuando alla-
naron la universidad en el 71. «A la memoria de Marvin Marín
Sánchez». Eso fue lo único que quedó del pobre Marvin, eso
y la flecha para encontrarnos cada tarde, las guacamayas con
su rumba y nosotros a rendirle culto a la cannabis.
—Decíamos, antes de ser interrumpidos, camaradas, com-
pañeros, pueblo universitario…
—Coño, no te pases —me atajó Ratael.
—Ok. Perdón, hermano. Lo que quería preguntar es cómo
es posible que ese borracho cabrón haya estudiado en estas
mismas aulas y haya mandado a los metros a darnos la mamá
de las coñazas que nos dieron hoy —nos dieron es un decir.
Nuestro amado Comité de Retaguardia se replegó a las canchas
de Sierra Maestra cuando la cosa se puso candela.
Ese jueves los panas encapuchados empezaron desde tem
prano los preparativos. Manteníamos una estructura simbiótica
perfecta: ellos no se metían con nuestra vida vegetativa y no-
sotros les celebrábamos, desde nuestra tribuna no violenta,
la justeza de sus luchas. Prepararon las piedras, las molotov,
los rollos de alambre con los que soñaban algún día enlazar
por el cuello a algún metro motorizado de los que se lan-
zaban como Custer cuando quería joder a Caballo Loco por
la entrada de Plaza Venezuela. La verdad, no recuerdo si la
vaina iba por el presupuesto justo, o el pasaje estudiantil,
60
o el comedor, la verdad no me acuerdo. O si era por el decano
de Ingeniería, que había intentado violar a una estudiante,
todo se confunde en la bruma de la trona de esos días, que
eran todos los días. Pero lo cierto es que nuestros panas los
Capu habían acopiado piedras, miguelitos, varias cajas de co-
hetones aliñados, y una o dos fucas para cubrir la retirada.
Los metros, por su parte, ya habían cercado el Fuerte Apache,
nuestra insigne Casa de Estudios, fundada por el Libertador
Simón Bolívar un día que pasaba por aquí después de tantas
guerras y tanto aguantarle vainas al lambiscón de Santander.
La rutina de los metros incluía meterse unas arepotas fritas
rellenas de supuesto jamón y queso blanco que vendían en
un puestico al lado de la plaza Las Tres Gracias, medio litro
de leche y un cafecito, antes de que iniciaran los combates.
Los Capus, atentos a la rutina alimentaria de los metros, los
madrugaron y metieron para nuestra amada Tierra de Nadie
nueve autobuses con conductores y pasajeros incluidos, un
camión de Zapatos Santa Ninfa que quemaron allí mismo,
al lado de la Biblioteca Central, vaina muy curiosa que con
tantos camiones quemados en ese punto ni uno solo de los
libros de la Biblioteca agarró llama nunca, y se dedicaron
a iniciar un purificador incendio en la sede de Toyota que
quedaba al frente de la Facultad de Ciencias. Aún con la boca
llena, los metros se vinieron con todo, lacrimógenas y ri-
fles de perdigones, estos también aderezados con metras y
tuercas, y avanzaron como si adentro estuvieran el Chacal
y el Che Guevara resucitado. Lacrimógenas, perdigones a
quemarropa y peinilla por ese culo, un dos tres, conformaban
el menú del día y, otra vez, Andrés, se volvieron a cagar en la
autonomía universitaria.
No me acuerdo si fue Ratael, o la albina de Geografía que
estaba enamorada de él, quien vino con la noticia: mataron
al Wiscon.
61
Recabando los partes de guerra, pudimos reconstruir al-
gunos de los hechos: a las 7:35 am Wiscon salió del comedor
y ya ponía rumbo hacia el hospital a ver por cuál entrada
podía colarse cuando vio un poco de humo en Las Tres
Gracias y hacia allá se fue a poner su granito de arena en la
contienda de esa mañana de sol radiante. Cuentan que él solo
casi estrangula al conductor del camión de zapatos, cuentan
que salió hacia el rincón donde más encarnizada estaba la
lucha, cuentan que se acercó peligrosamente al nido de me-
tros, dicen que intentó levantar un matero de cemento de los
que un gobernador había puesto por toda la ciudad para el
ornato de la mansión que se compró en Courchevel con la
comisión que cobró por los respectivos materos; es posible
que algunos metros se aterraran al ver esa mole que intentaba
arrojarles unos cincuenta kilos de concreto encima, y está es-
crito en el informe que el comisario Forero, que dirigía la
operación, sacó el arma de reglamento y le metió un tiro en
el ojo a Wiscon.
Al final de la batalla, la bruma de los gases lacrimógenos,
las manchas negras en el piso, los heridos en la emergencia
del hospital, las asambleas, las jaulas de la Metro llevándose
detenidos a todos los bolsas que se atrevieron a salir por
las entradas sitiadas. Y nosotros, donde Marvin, en silencio
mirando la montaña que a esa hora daba miedo de lo rabio-
samente violeta que estaba.
—Coño, jodieron a Wiscon —dijo Ratael.
—Sí, le dieron al pana.
—¿Sabes qué vamos a hacer? —dije suavemente— Vamos
a soltar a todos los perros de técnica quirúrgica. Que se jodan
esos sádicos y aprendan a operar con su madre.
Y nos fuimos al sótano del Anatómico donde estaban las
jaulas de los perros, justo al lado de la piscina de cadáveres.
A patadas rompimos las puertas de las jaulas, y azuzamos
62
a los perros para que salieran. Algunos no tenían ojos, a otros
ya les habían amputado una pata, los más tenían la barriga
atravesada por un mapa de cicatrices, suturadas una y otra
vez por los bachilleres de sexto y séptimo. Con unos palos
los fuimos sacando hasta el jardín, ninguno quería moverse,
se juntaban y se negaban a caminar. El Mesié le clavó una
patada a uno de los que lucía más completo, así empezaron
a moverse hacia la puerta Tamanaco, desde atrás se veían
como el video de Michael Jackson versión perro, o como una
vaina bíblica, algo así.
—Vayan, son libres —les gritó Ratael.
—Tú si eres ridículo, Ratael. Tú si eres bien imbécil de
verdad —Mesié estaba llorando, las lágrimas le rodaban por
debajo de los Rayban—. Esos hijos de puta. Esos hijos malpa-
ríos de la regrandísima puta.
—Tranquilo, Mesié —lo abracé—. Tranquilo. Cuando la
tomba se esfume nos vamos al O’Gran Sol a meternos unas
birras —le dije.
Al fondo de la calle, los perros se habían convertido en unos
puntos difusos que avanzaban lentamente hacia la noche.
63
El sueño de los ciegos
Todo idioma sagrado es secreto.
Octavio Paz
Es imposible concebir una cosa tan trastornada,
irregular o mounstrosa que no podamos soñar
Cicerón
Y llevas el caño a tu sien
apretando bien las muelas
Charly García
El sordo, una winchester
y el primer beso
Acaso la luz sea un nuevo tormento
Cavafy
De los Rocco, Lino era el más ratón, uno noventa y el pecho
como una montaña de tanto levantar pesas. De la selección
de volibol del liceo, primer rebote del equipo de básquet, me
daba coscorrones cada vez que me veía. Tenía un hermano,
Máximo, de mi edad, una mierda completa. Me encantaba
cuando el viejo Rocco nos invitaba a cenar a Costa y a mí. Los
ametrallaba a cachetadas si eructaban, si pegaban los mocos
en la mesa, si hablaban con la boca llena. El viejo sacaba la
mano desde abajo y fuiss, aterrizaba en la mejilla de Máximo,
o en Enzo, y a veces, cuando la rabia era superior a su miedo,
conectaba a Lino con el puño cerrado en la costillas.
Yo le hacía los mandados a Máximo; si quería, me quitaba
las barajitas del Mundial México 70 que le faltaban. Yo le
decía cómprate las tuyas y él ni una palabra, me soltaba una
patada en las rodillas y así. Una mierda completa.
Cuando su mamá salía, los dejaba encerrados con llave.
Costa y yo los llamábamos desde el pasillo: era un espectáculo
verlos salir por la ventana y caminar, Lino luego Enzo luego
Máximo, por el filito, un paso, cierre, un paso, cierre, hasta siete
pasos exactos de trapecistas. Cuatro pisos y la brisa que a veces
69
ayudaba. Yo miraba hacia abajo fijamente para ¿y si caían? no
perderme nada como el día que lanzamos al gato de Carlangas
en paracaídas desde la azotea, todo bien, orondo iba hasta el
quinto que se soltó y fue un proyectil dejando cuatro vidas en
el sitio y las patas traseras inservibles. Se volvió un cagón: nos
miraba y pegaba unos gritos salvajes. Una vez agarré a Enzo
de las piernas cuando ya llegaba, hice como que lo empujaba
y el muy cabrón decía: dale, dale. Lo solté asustado y él apro-
vechó para lanzarse sobre mí: un diente menos, la rodilla en la
boca del estómago el coño de tu madre y luego vino Máximo
porque también era su mamá y entonces de nuevo la rodilla
pero ahora en las bolas.
Un aire dejó bizco a Máximo en el terremoto del sesenta
y siete y el ojo se le iba más adentro cuando planeaba una
maldad, como si quisiera verla dentro de la cabeza antes de
que saliera. El día que me dijo que fuéramos a la casa de en-
frente estaba más bizco que nunca. Allí murió la vieja Salazar,
que fumaba tabaco y echaba unos gargajos negros como un
uyuyuy desintegrado. Allí se la pasaban Lino y sus amigos
metiéndose cachos de marihuana y jamoneándose a las jevas.
De allí salían ruidos y humo por las noches. Allí cagaban los
borrachos. Allí, cuenta Costa, encontraron muerta a Rita, su
hermana, derretida por dentro porque se bebió un frasco de
limpiador de pocetas Mas. Era linda Rita, bonitos los ojos,
asustados como el mar. Casi me rajo pero estaba Costa mi-
rándome con nosequé en la cara y dije pero entras tú primero
y me llevo mi winchester. Máximo intentó ganarse el win-
chester a cabezazos pero yo le negocié mi espada y la capa del
zorro, así aceptó: al rato me prestas el rifle y yo está bien sa-
biendo que cuando se lo diera no me lo iba a devolver y otra
vez qué pena mi mamá en la noche tocándole la puerta a la
señora Rosa que su niño se volvió a quedar con los juguetes
de Fernando.
70
Entrar con cuidado de piel roja. Costa abrió los ojazos
como un lechuzo cuando pegó el olor a mierda que sudaban
las paredes. Máximo iba adelante, escupió sobre los huesos
y pelos que quedaban de un perro muerto y dijo, los ojos más
o menos fijos en mí: quien esté cagado que se vaya. Yo me
senté sobre un ladrillo pensando seguro piso una plasta y este
hijo de puta se va a reír de mí y también Costa se va a reír
y se lo van a contar a todos, se van a reír en el patio del co-
legio cuando estemos cantando el himno, se va a reír la vieja
del quiosco que me fía los suplementos, se va a reír hasta mi
papá cuando regrese y eso si regresa.
—Ahora, cada quien cuenta una historia —dijo Máximo,
sobrado frente a Costa.
Yo me sé una de cangrejos una noche en Tucacas, me sé
la del avión que se estrelló ayer en Colombia, me sé una de
mujeres que van al liceo sin pantaletas, me sé una de niños
que se acuestan y amanecen convertidos en cucarachas como
tú, Máximo, que una noche vas a dormir dormidito con las
piernas de Máximo y los brazos de Máximo y el pelo liso y bri-
llante mugriento y los ojos que no se van a ver bizcos porque
vas a estar dormido y cuando despiertes vas a ser marrón y
duro, igual al volvagen de mi padre pero chiquito, sucio como
esa T, como esa Q, como esa J pintadas allí por alguien ¿antes?
de que Rita dejara su silencio doblado entre las paredes.
—No quiero —dije.
—Entonces —se vino cerca, habló en mi oído— vamos
a cogernos a Costa.
—¿Y cómo se hace?
—Con esto —y sacó una paleta de helado afilada como un
cuchillo—, se la metemos por allí y le damos hasta que nos
salga un taco de leche —lo dibujó en el aire, grande y perfecto
por sus lados iguales.
—¿Y si no quiere?
71
—¿Tú eres güevón? Dile que cague aquí frente a nosotros.
—¿Y para qué?
—¿Y para queeé? Para que se nos pare, ¿para queeé más?
—Costa, haz pupú.
Costa que toma con los dedos gordos el short y las panta-
letas a una y los baja en un movimiento de bailarina, las nalgas
lechosas de Costa alumbrando como un nuevo sol que derro-
taba la luz sucia de la ventana, los ojos inmensos que miraban
el cuerpo de su hermana, el gesto de sabia: los codos en los
muslos y las manos haciendo reposar la barbilla; algo oscuro
y suave se adivinaba al final del camino que empezaba en sus
rodillas, y se iba achicando: el ojo, húmedo, de una cerradura.
—No tengo ganas —dijo Costa.
—¿Y ahora?
Ahora Máximo, sin pantalón, que se lanza sobre Costa y la
ahoga con las manos, Máximo decidido que la arrastra hacia
el piso y le abre las piernas con las suyas, la paleta de helado
que se pierde entre las piernas de Costa y penetra, sangre en
la madera, Máximo que no siente el cañón del rifle tapándole
las orejas.
—Mássimo —le canté—, suéltala.
Sonrió. Exploró un poco más con la paleta. Yo apreté el
gatillo suavemente. Por un momento, miré el polvo que se
levantó del suelo: flotaron, en el aire, miles de pececitos.
Máximo cayó de lado, acurrucado como un caracol; un lí-
quido verde salía entre los dedos que se llevó a la cabeza. No
lloraba, abría y cerraba la boca; yo tomé a Costa de la mano,
le dije vístete. Salimos de la casa.
Caminamos un rato por la parte de atrás del edificio. Ella,
en silencio, miraba las hojas caídas de los árboles. Pregunté:
—¿Y qué? ¿Te cogió?
Me detuvo cerca, cerquita, de su aliento. La tarde toda se
volvió su cara, redonda como la luna de los cuentos. No cerré
72
los ojos. Ella chupó mis labios, mordió un poco mi lengua.
Salió corriendo.
Con mi winchester al hombro caminé con pasos de viejo
hacia el parque, a esperar la noche —fugitivo ya— bajo el
árbol grande donde viven los murciélagos.
73
Crece en los árboles
El hombre se asomó por la ventana y había un niño colgado
de la rama más alta de la mata de mango. Tendría unos pocos
meses, vestía lindo mono azul, babero blanco y desesperaba
por liberar una mano atrapada entre las hojas como lanzas.
Miraba hacia arriba y fruncía los labios, unas arruguitas gra-
ciosas en su piel de durazno. El sol golpeaba con fuerza y el
hombre pensó que era una lástima que el niño se encontrara
tan alto, desguarnecido. Creyó recordar a la madre como una
de esas universitarias depresivas, de pelo corto y cuello largo
y flexible de cisne, que se encontraba de vez en cuando en
el ascensor y le lanzaba miradas ora de desdén, ora de ex-
traña complacencia. «Madre soltera», se dijo e imaginó un
apartamento mínimo, un solo ambiente más pasillo cocina y
fregadero pero baño en su sitio a Dios gracias por más que
ella se creyera parisina por los pocos metros cuadrados dis-
ponibles pero tan cerca del Ávila. Boxesprin en el suelo, libro
de Kundera, compasivo y ácido como un padre, tanta música
negra, palabras entrecortadas ¿gemidos? desde la vista aérea
que le proporcionaría cuando descendiera sabiamente hasta
su entrepierna por supuesto a desatarle el cierre y buscar con
75
manos ávidas y secas carne palpitante una roja cabeza perlada
por una levísima película de sudor ya que el hombre erec-
cionaba cuando el niño que gira graciosamente y es un pez
en una nasa, casi un ave torpe y prehistórica, solo la cabecita
redonda y reluciente, los escasos pelos que a cualquiera des-
pertarían ternura pero para él un pichón en extraño nido la
ayudo a subir las bolsas del mercado se cuela por el café o el
vaso de agua opinión sobre la última huelga de profesores
y exposiciones en el Celarg dejar caer como una bambalina la
beca en Alemania comentario amable sobre los amigos y jo-
coso sobre las monumentales tetas que allá dejó y si se ofende
no parece con esa blusa que enseña el perfil levitante de unos
pechos pequeños cuando se inclina para alcanzar las tazas y
¿tú médico? no, psiquiatra ambos ríen y el niño va en serio
hacia abajo rápido que cae y él se lanza a salvarlo sin capa roja
ni ridícula S en el pecho si lo alcanzo antes de quién lo diría
no dejó nada, ni una nota, tan amable, risueño era, así son los
suicidas, yo conocí a alguien que
76
La comida china
When you are sad and lonely
and have no place to go.
Hank Williams
—Despiértate, mariquito.
Le costó abrir los ojos. Sintió el cuerpo arrugado, un dolor
en el cuello, la espalda. Miró sus pies, le faltaba una media; las
uñas, largas, se doblaban sobre sí mismas, como una lumpia.
Le dio risa. Como una lumpia.
—¿Qué tal?
—Levántate. Vamos a comprar mierda.
Se dirigió al baño lentamente, la boca llena de arena. Buscó
saliva en los labios. Miró su rostro en el espejo. Los ojos, dos
puntos rojos, legañosos. Una momia.
—Estabas perdido.
—¿Y qué hiciste anoche?— le preguntó el tío.
Un pinchazo. Todos respiraban sobre él. La inyectadora se
llenó de sangre. Al final, la mujer ya no gritaba tanto: gemía
suavemente. Olor a vómito. No, no, no.
—¿Qué?
—¿Qué hiciste anoche?
—No me acuerdo. Estaba perdido.
—Me llevé dos carajitas para la playa. Estudiantes de
Arte. Me las cogí a las dos. Parecía una montaña rusa. Tetas
77
por todos lados. Insaciables. Me dejaron seco y seguían,
chupándose la cuchara.
Mentía. Ya Magda le había contado. Hice lo que pude.
Me negué varias veces. No perdía oportunidad para decirme,
Pancho, que a ti no te importaba. Que solo quería montarme
una vez. Pensé por qué no y sin darme cuenta ya estaba en-
sartada. No sé qué paso. Acabó ahí mismo, casi me lo metió.
Pobre, tu tío, le dio pena. Es la coca, me dijo. No lo quiero
ver más.
—A Santa Mónica, juerte —imitando un acento nicara-
güense que no le salió.
Se dejó la misma ropa y bajó a buscar el carro. La conserje
limpiaba el piso. Olor a lavansán: el agua jabonosa haciendo
olas en el piso. Buenos días. La vieja no le respondió. Fre-
gaba el piso y resoplaba, pero no levantó la cabeza. Un pájaro
marrón, de cola larga, lo miraba desde el techo del carro. Piu-
rripí, piurripí, lo llamó. El pájaro retrocedió unos pasos. Voló
hacia el Guaire.
—Ahora vais a ver qué buen perico.
Le gustaba cuando el tío hablaba así, como un viejito.
Sonrió. Pensaba en Magda.
La conoció en la Universidad. Las reuniones del grupo.
Horas planeando las manifestaciones, preparando las mo-
lotov. Magda abría los ojazos: unas aceitunas. Movía el pelo
rubio, llevaba al desgano pañuelo de seda, un bluyín roto,
camisas que transparentaban las tetas pequeñas. El coordi-
nador decía hay que tener cuidado con esa, una burguesita, y
fijaba la mirada dolorosa en su cintura magnífica. A ti te ali-
mentaron con compota, compañera: así la había abordado.
Las cervezas en O’ Gran Sol. Magda no bailaba salsa, se
encantaba de verlo bailar con las putas del bar. La fue enamo-
rando de a poco, con pausas de ajedrecista. El primer polvo.
La cama sucia del hotel. Un chicle pegado al escaparate. Tres
78
veces se asombró por sus explosiones: la húmeda determi-
nación de volverse hoja, piedra de río. D a m e p o r el c u l o.
Casi acaba mientras lo ensalivaba. Un pelito ensortijado
asomaba entre sus nalgas. Cuando lo sacó, vio la cabeza oscu-
recida de su palo. El olor a tierra del jardín de su abuela, las
lombrices entre los rosales.
—No te comas la luz.
Bajó por la colina sin prestar atención al gemido del motor.
Su vecino compraba el periódico en un quiosco. Las calles es-
taban sucias, como siempre. En la pared blanca de la morgue,
escrita, una promesa de amor. Pensó: allí dentro, en el piso, los
cadáveres yacen uno sobre otro. Aceleró en la curva, descendió
entre árboles y edificios. Una extraña calma. Resignado, se
sumergió en el ruido de la avenida. Un fiscal levantaba y ba-
jaba las manos con desesperación. Sudaba. Luchó contra el
deseo de echarle el carro encima: le pasó a un lado, tan cerca
que creyó ver miedo en el rostro del espantapájaros. Las doce
del mediodía. Al norte, el cerro era una ola cuajada en tierra,
una amenaza de desgajarse sobre la ciudad.
—Es lo único que nos queda.
—¿Qué?
—El cerro, es lo que nos queda.
—Lo que faltaba, no vas a llorar justo ahora.
Hace tiempo. Acostado, intentaba aserrar los barrotes de
madera de la cama. Tenía fiebre, las paredes se estiraban y
recogían como un acordeón. El vértigo. Su mamá había de-
jado té y aspirinas. Se había librado de un día de escuela pero,
a cambio, las burbujas en la boca que le impedían comer. Tenía
sed, la eludió pensando en lo lejos que estaba la nevera de su
cuarto. Escuchó el crujido exacto de la cerradura. Alguien en-
traba. Pasos largos: ¿su papá? ¿Cuánto tiempo que no lo veía?
Era el tío. Le trajo unas llaves inmensas de plástico: una azul,
una verde, una roja, una violeta, una gris, una negra, engarzadas
79
en un aro blanco. Toma, para que abras las puertas. Unas llaves.
Bellas, únicas, y él ¿qué era? El guardián del Castillo de If, ce-
lador de la desgracia de Edmundo Dantés. Un esposo que llega
a casa cansado de la oficina. El propietario de un Maserati rojo.
Guardó las llaves, con cuidado, bajo la almohada. ¿Viste hoy El
Zorro? Aparece un personaje nuevo, el indio Pablo, un hijo de
puta. Fino con el cuchillo. No sé cómo va a hacer El Zorro con
este, no juega limpio, lo mira y le dice: el zurrooo y se le echa
encima. Se robó el cáliz de la iglesia. Culpa del cabrón del cura,
lo aceptó de ayudante, y eso que la cara del indio no engañaba.
Medio maricón el cura, con la barbita blanca y la batola.
Al pasar la arepera, cruzó a la izquierda, atravesó el río por
la vía que va hacia la universidad y buscó estacionamiento en
una obra en construcción.
El tío dijo: espera aquí, ya vengo. Bajó del carro y caminó
decidido hacia el boquete oscuro que bordeaba el río. La luz
del mediodía hacía del túnel y las casas que se adivinaban en
su interior algo ajeno, de otro mundo. Una mancha.
Pancho encendió la radio. «Satisfaction». Rolling Stones.
Subió el volumen. Un hombre corría ¿a quién perseguía?
¿Huía? ¿Intentaba tomar un autobús? Un gato esperaba, pa-
ciente, la emergencia de su presa desde la alcantarilla. Un
policía comía una arepa, la mayonesa, gris, chorreaba por los
dedos. Su tío se acercaba al túnel: Barrio Los Chaguaramos,
fundado en 1959.
Yo quisiera que estuvieras aquí, a mi lado, que la palabra
siempre fuera una certeza, que la nuestra fuera una historia feliz
y no historia a secas. Quisiera que aún gozaras con mis chistes
y no los detuvieras con esa mueca de hastío, que los cuentos
de hadas existieran al menos por esta vez. Quisiera despertar
en las mañanas sin sentir la cama de enemiga, registrar los
distintos tonos de tus pezones cuando la luz se tiende oblicua
y derrotada sobre ellos, beberme el sabor marino de tu vulva,
80
reivindicar la risa con que explotas sobre mí o explotabas, da
igual. Yo quisiera ganar una, ganar esta, abandonar el templo
tal como las serpientes desechan la piel, pedir perdón, mi-
rarme perdonado en tus ojos, saberme aún amansador de tus
hombros, dueño y protector de tus muslos dorados. Magda,
Magda, cabra, nube, Magda, no me dejes solo en este grito.
Ya es tarde, yaestarde, yaes tarde.
Sintió que un rumor de piedras chocando recorría su ab-
domen. Abrió la guantera. Sacó la pistola, una Glock negra,
diecisiete tiros, nueve milímetros. Apuntó hacia un hombre
que estaba a punto de ser tragado por el hueco negro.
—Adiós, tío.
Las lágrimas cambiaban el tamaño de las cosas. Tragó todo
el aire que pudo, exigió tensión y quietud a sus pulmones.
Disparó en el último instante; la bala se perdió en el caos
que era, a esa hora, la ciudad. Miró a su alrededor. Casi nada
había cambiado: el gato, feliz, despanzurraba una lagartija.
Esperó un tiempo, el locutor anunciaba un concurso, luego
ponía «Honky Tonkyn». The the. El tío salió del túnel como un
cristo que camina sobre la mierda. Se acercó a él haciendo
muecas. Entró al carro.
—Dos gramos. ¿Vamos a mi casa o nos la metemos aquí
mismo?
—Casi te mato.
—¿Y qué? ¿Te cagaste?
—Sí.
—Macaco bonito —pellizcándole la mejilla.
Caminar por el medio de una autopista. Cientos de kiló-
metro sin cansarme. Adivinar el destino de los autos que pasen
a mi lado. Despegar en un avión y aterrizar de emergencia
en una plaza. Levantar los brazos magníficos y sobrevolar
el continente. Un cóndor, un águila con una serpiente en la
boca. El anuncio de la agencia de viajes: Orlando dos noches
81
tres días USD 200. Un trabajo de ascensorista. Dicen que en el
sur los ríos son negros como coca-cola y las islas desaparecen
en el invierno borradas por las aguas. Tegucigalpa ¿cómo será
una ciudad que se llame así? Tegucigalpa. Debí haber ente-
rrado aquella lata con las metras. Eliminar el domingo de los
calendarios. ¿Por qué serán tan enanos los yanomamis?
—¿Aló, aló Pancho? —golpeándole la cabeza— ¿Aquí o en
mi casa?
—Mejor vamos al Kou San. A echarnos un palo y mirar
los pececitos.
82
La fiesta de las larvas
El Pecas odiaba viajar en autobús. Desde los trámites engo-
rrosos en el terminal, todo le parecía una cadena humillante,
una explosión de vergüenza: las putas pintarrajeadas, los guar-
dias empujando, los insultos de los conductores, el humo, el
humo, el humo, los borrachos renegridos tirados en el andén,
entre charcos de un lodo pastoso hecho de grasa de motor
acumulada por años. Por más pequeñoburgués que le pare-
ciera a sus excamaradas, se prometió nunca más viajar en esas
latas de mierda. «Estamos haciendo la revolución para que
todos vivamos dignamente, libres y dignos», pensó y guardó
la frase, que le había quedado redondita, para una próxima
reunión con los hijos de puta que lo habían expulsado de la
organización solo porque había pedido una misión diferente,
ya estaba harto de servir de cabrón del secretario general,
harto de parar maridos celosos con el poder disuasorio de una
nueve milímetros clavada en sus narices, harto de hacerse la
paja en la habitación de al lado mientras escuchaba los jadeos
de su jefe catando la sopa caliente de las cuquitas abiertas de
las compañeras. Logró montarse en un autobús con nombre
extraño al frente, soportó con estoicismo el olor a sudor
83
y a fritanga que entraba por las ventanas y buscó un asiento
sin niños ni reclutas cerca. El chofer tenía pinta de fascista,
o a lo mejor era que para el Pecas todo panzón con bigotes
chorreados era fascista hasta que se demostrara lo contrario.
Dos horas después de lo que le dijo el colector, el aparato
arrancó, tosiendo. Pecas sentía una emoción como hacía
tiempo que no, un picor que le subía por el pecho, como el
día que cumplió once años y le regalaron su primer reloj, un
Soligar de cuerda, con un tictac ruidoso como si llevara una
bomba dentro, ochenta bolos en la tienda de los chinos de la
avenida veinte. Veinticuatro años y tanta decepción, militante
en el movimiento juvenil de la organización desde los catorce,
los estudios de medicina abandonados en el primer semestre
porque lo habían mandado de refuerzo al sur, donde ha-
bría de nacer la revolución obrera y campesina. Ni un solo
obrero o campesino había sabido del hambre del Pecas en
esos días, de la revisión minuciosa de los cubos de basura de
los restaurantes para aplacar el estómago estragado, del peso
de las tardes en que se paraba en los portales de las fábricas
para arengar a las masas que salían cansadas de sus trabajos.
Hombres ciegos, aturdidos por el calor de los grandes hornos.
El secretario general le puso el ojo al Pecas en un viaje clandes-
tino en que le sirvió de enlace. Le gustó su silencio, su andar
de pelirrojo tranquilo, la chaqueta de pana que no se quitaba
nunca. Desde entonces se lo llevó de chofer, de guardaespaldas,
de mayordomo.
—¿Quieres refresco?
Era gruesa, de labios vulgares, tenía el pelo sucio. Intento
inútil de ponerle conversación, de motivarlo con sus escasos
recursos, la sonrisa que podría suavizar su rostro si no tuviera
los ojos tan separados. El Pecas clavaba la mirada en los valles
que atravesaban, largos galpones de fábricas recortados frente
a montañas violetas.
84
—¿Eres de Caracas?
El Pecas pensó mandarla al carajo, preguntarle qué coño
te importa, tirarse un peo, pero lo detuvo el tono de voz
ronca que por momentos se hacía gangosa, de niñita. Como
la voz de Elisa, delgada, con teticas pequeñas, limones, li-
moncitos, naranjas chinas, le decía él mientras las besaba,
mientras buscaba concienzudo cubrir toda esa piel suave,
acariciada por años de cremas humectantes, de protectores
solares. Elisa sonreída en los pasillos de la facultad, el largo
cabello que se enroscaba en sus dedos mientras se contaban
las vidas en la Tierra de Nadie, su rincón amable, el único
que al final les quedó. Elisa que desabrochaba con ternura
su pantalón y le decía que quería tenerlo un poquito en la
boca, que lo liberaba con un conocimiento de siglos y co-
menzaba golosa a cubrirlo de besos húmedos y luego pasaba
a engullirlo, a meterlo más en su boca y más hasta la garganta
y ambos asombrados por la ausencia de reflejo nauseoso. Des-
pués los gemidos suaves cuando la penetraba, los ojos bien
abiertos, las dos manos crispadas en su rostro, morderse los
brazos buscando el hueso, su disposición de escolar aplicada,
el afán exploratorio y el grito, el anuncio de no poder más, no
poder más hasta que los dientes se refugiaban en el cuello del
Pecas, agradecida.
La gorda se fue durmiendo en su hombro, llegaron a la
costa cuando la luz del mediodía paralizaba a las lagartijas
que miraban la carretera desde las piedras iridiscentes de la
orilla, el mar era un recuerdo de mejores tiempos, la refinería
era un monstruo de metal, una película futurista. Siguieron
hasta que el paisaje tomó el tono oscuro de los bosques, lle-
garon a San Felipe. El sol, sin reconocer su derrota, arrancaba
brillos rosados a las hojas de grandes árboles que estallaban
por todos lados, produciendo una sensación de campamento
minero, de poblado transitorio, a la capital del estado. En un
85
bar cercano al terminal ya lo esperaba el flaco Prada, desertor
como él, recostado sobre un muro, la mirada atenta tras los
lentes de carey. El Pecas había decidido tirar la parada cuando
lo abordaron en la universidad. Execrado de la organización,
acusado de soplón y varias desviaciones más, era un leproso al
que nadie acompañaba en las mesas de los cafetines. Pero ya
verían, reagrupamiento de las guerrillas le dijeron. Frente en
tres polos del país, él en Occidente, les vamos a meter un co-
hete en el culo a todos esos revolucionarios enconchados en
el Este de Caracas y de mitin en la Universidad Central. Elisa
vestida de blanco en el apartamento de la playa de sus padres,
el pelo húmedo y el bronceado que borraba sus ojeras, Elisa
de cejas y mirada luminosa cuando el Pecas despertaba gri-
tando cada noche, que lo arrulla, lo besa, besa sus ojos, besa su
pecho agitado, le sopla quedo su amor, la caricia que lo obliga
a un sueño tranquilo.
—Subimos en la madrugada, Carlos. Hotel Terepaima, ya
pagué el cuarto.
—¿Cuántos vamos a ser?
—Mejor si no preguntas —y salió del bar con andar
encorvado de revolucionario nuevo.
Pecas durmió mal esa noche. Soñó que estaba en una li-
tera en la casa de su tío en Tucacas, tenía calor y sed, la boca
seca, el sonido del mar como si algo quisiera decirle, abría los
ojos y cientos, miles de cangrejos le apuntaban con sus an-
tenas, moviéndolas a un lado y otro, rastrillando el piso con
las tenazas. El cangrejo más grande se parecía al que había
quedado en la mañana bajo las ruedas del carro, aplastado
contra el piso, el cuerpo reventado como una porcelana rota.
Algo le reprochaba y su tía, mucho más vieja, le decía ese es
tuyo, llévatelo a Caracas en una caja de zapatos y el Pecas
despertaba con ganas de explicar que él no estaba manejando,
que no era su culpa.
86
Aún estaba oscuro cuando comenzaron a subir el cerro;
los rezagados de los grupos que venían a examinarse, a dejar
gente marcada, a obligar a volver a los amores; bajaban con
los ojos inyectados, oliendo a cocuy y a pólvora y dejando un
reguero de velas encendidas y conchas de limón en las riberas
de las quebradas. El Pecas tenía frío y el barro se le metía en
los zapatos, qué pena traer esos mocasines para esta mon-
taña, seguro que lo iban a criticar después pero pensó que el
último regalo de Elisa solo podía traerle suerte. Cuando lle-
garon al claro se impresionó de ver tanta gente, todos jóvenes,
algunos sonriendo, otros con el ceño fruncido, la vanguardia
revolucionaria que no podía ocultar el miedo que le producía
la montaña donde viven los espíritus.
Fueron horas organizando la agenda, levantando planes de
acción, estableciendo posiciones y distancias con los aliados
extranjeros, manejando medios para obtener finanzas. Cuando
sonó el primer tiro se habían retardado en la elección del Co-
mité Político Militar. Y luego un eco profundo que partió en
dos un arbusto al lado del Pecas.
—Creo —el chirrido de las palabras contra los dientes
apretados— que me cagué los pantalones.
No tuvo tiempo de pensar en nada, solo la vergüenza por el
olor inconfundible de la mierda fresca que empezaba a subir,
la sensación pastosa y fría del bluyín manchado contra su culo,
el deseo ferviente de que en ese lugar no hubiera moscas. Des-
pués ruido. Una campanita en el cerebro. Un pedazo de cielo
entre las ramas de los árboles.
López esperaba en la última mesa del bar de carretera, be-
biéndose una cerveza lentamente. Alto y fuerte, con barba
canosa, parecía uno de esos tíos complacientes que llevan
a los sobrinos al cine todos los domingos. Miró entrar a
Smith, su lugarteniente, un negro inmenso que cuidaba un
bigote ridículo.
87
Smith se sentó, cubierto de polvo, y esperó la pregunta:
—¿Bajas?
—Todos. Los setenta y cinco.
—¿Y de los nuestros?
—Ninguno. Uno. A un tal cabo Flores, de la Guardia, un
comando tuyo le voló un brazo con un tiro de Fal.
—El mocho Flores…
López gustaba de esas bromas, que quede siempre cons-
tancia de su dureza, que todos sepan que para llevárselo a él
por delante había que traer bolas de repuesto.
—Bonita operación —dijo Smith con media sonrisa.
—Acabamos con un nuevo brote guerrillero, y en plenos
ochenta, habrase visto.
—Eso déjalo para la rueda de prensa del ministro. Los re-
agrupamos nosotros, los convocamos aquí nosotros y los muy
pendejos ni vieron el hoyo de la fosa común.
—Eran larvas de comunistas entonces, los acabamos antes
de nacer.
—Coño, López, te pareces al doctor Sabín, descubridor de
la vacuna contra el polio. Entonces todo fue por profilaxis.
—Y porque los reales llegan cuando se chorrean los
gobiernos.
Siguieron bebiendo hasta llenar la mesa de botellas ma-
rrones, atentos al rumor de la noche que bajaba de la montaña,
extasiados con los escarabajos que estrellaban, con un golpe
seco, su vuelo metálico contra las luces de neón.
88
Dime cuántos ríos son hechos
de tus lágrimas
Esto se acabó, vida, la ilusión se fue, vieja
y el tiempo es mi enemigo.
Rubén Blades
Al negro Smith le encantaba atravesar la universidad en las
mañanas camino del trabajo. Sentía, al contacto de la 357 en la
espalda, que violaba la autonomía universitaria, las consignas
que envejecían en las paredes. Con la fuerza de su mirada
lograba hacer descender hasta los tobillos los bluyines de
las delicadas niñas que con el pelo aún húmedo corrían hacia los
edificios de las aulas. Rió fascinado con la imagen de decenas
de pantaleticas aleteando como mariposas por los jardines de
la UCV. El templo del saber, pensó con rabia, mientras mos-
traba los dientes a una flaca espigada, con ojos asustados de
gacela. Euclides Smith continuó su camino, orgulloso de su
estatura y del andar reposado de sus piernas poderosas. «Des-
confía de las mujeres sentadas» recordó las palabras de Proto, su
padre, cuando retardó los ojos en una morena que sobre un
banco, miraba al frente sin esperar nada.
—Un sabio, el viejo Proto.
También a él le gustaba dar consejos, ser escuchado por la
gente, decir frases ingeniosas en los bares: un psiquiatra, un
curador de almas.
89
Desayunó como cada día en una mínima arepera de Las
Tres Gracias, una empanada de carne, una malta, un marrón
pequeño. Suspiró al mirar la grasa de la masa aguada que se
pegaba del papel. «Otro día de mierda», sentenció. Limpió
con cuidado el bigote delgado, pagó e hizo un gesto vago
a la portuguesa detrás del mostrador. Caminó las dos cua-
dras que lo separaban de su oficina, un edificio viejo, Pérez
Jiménez era una verga, dos pisos por las escaleras anchas, de
granito verde. Abrió la reja, la puerta en la que siempre se
atascaba la llave y sintió alivio al notar que la sala oscura
aún permanecía vacía. Un escritorio, tres sillas unidas por las
patas, una puerta gris que daba al «rincón de la verdad», como
llamaba Smith al cuarto de interrogatorios, una ventana am-
plia: ringside para ver a los encapuchados de la universidad
quemando camiones y tirando piedras. «Desde aquí no los
pelo con un dosveintidós» pensó guiñando un ojo cuando re-
picó el teléfono. Una vez, dos, tres, cuatro, cinco, hasta que
alargó la mano lentamente y atendió.
—¿Sí?
—Hola, Proteo.
—Me llamo Euclides. ¿Qué tienes?
—Mujer blanca, veinticinco años, fenecida el sábado entre
las once de la noche y las dos de la madrugada. Fue encon-
trada en las riberas del Guaire ayer en la tarde, bajo el elevado
que pasa sobre el estadio.
—¿Violada? —Smith pensaba en el lenguaje poético que
siempre usaba el doctor Miguel Delibes cuando hablaba con
él. «Fenecida»; lo imaginó frunciendo los labios con su barbita
corta y los lentes sin montura.
—No seas morboso, negro, su cuerpo no fue hollado por el
semen del asesino.
—¿Causa de la muerte?
90
—Estrangulada, con un objeto elástico, creo. Presentó he-
morragia intracraneal, probablemente al ser golpeada con una
piedra, o el pavimento. ¿Por qué no te vienes y haces tu trabajo
en vez de estar preguntando pendejadas por el teléfono como
una negrita remilgada?
«Remilgada». «Es el colmo», pensó Smith. Desde la ven-
tana de su oficina, los hombres y mujeres que entraban y
salían de la estación del Metro parecían hormigas can-
sadas. Smith detestaba el transporte público, lo consideraba
promiscuo, bajo.
La sede de la morgue se encontraba en un sótano al que se
accedía por una rampa que terminaba en dos puertas pintadas
de azul. Un letrero con grandes letras blancas: NO PASE si
no está autorizado. La eterna antesala de madres llorosas re-
clamando sus muertos. «Aquí se hunde un Titanic cada sábado»,
pensó Smith. Entró al galpón que siempre le pareció un sitio
ideal para hacer fiestas clandestinas. Contra una pared dos
urnas metálicas, oxidadas, olvidadas por todos. Caminó con
cuidado para no pisar los charcos de sangre y llegó hasta una
superficie de madera donde yacían cinco cadáveres desnudos,
una etiqueta colgada de sus pies los convertía en material de
archivo. Sabía que, desde algún rincón, Delibes lo acechaba.
Reprimió el gesto de asco que luchada por salirle desde muy
hondo. El olor dulce, indefinible, que explotaba por todos
lados. «Dios mío, la empanada: dios mío, la malta».
—Por aquí, negro lindo.
Miguel Delibes, alto, de grueso pelo negro cuidadosamente
peinado hacia atrás, bata impecable, pantalones de rayas y cor-
bata de flores violeta, le hacia un gesto con el dedo índice desde
la oscuridad de un cuartito que tenía escrito en la puerta, casi
con burla: Sala de Autopsias.
—Hola, Delibes —tono oficial, los dientes blanquísimos.
91
En la mesa que los separaba, el silencio humillado del cuerpo
sin vida de una mujer. Aunque hinchada y con tintes violáceos
en el abdomen, aún conservaba algo de juventud: el cabello
rubio, los tobillos no corrompidos, el anillo de plata en su
mano. El aro cianótico que le atravesaba el cuello parecía una
extraña joya. Tenía las rodillas flexionadas, muy juntas, como si
estuviera dispuesta a patear con fuerza a quien se le acercara.
—De buena familia —dijo Smith.
—No me canso de afirmar, Proteo, que tus jefes no hacen jus-
ticia a tus habilidades, la preclara inteligencia que te ha llevado
a resolver dos casos en todos los años de tu dilatada carrera.
—No soy yo quien nombra los jueces de este país.
—Claro, Proteo, otra víctima del sistema, y negra además.
¿Has considerado escribir a Amnistía Internacional?
—Me llamo Euclides. ¿Quién es?
—Ana Isabel Carvallo, hija de Tato Carvallo, fabricante de
botas industriales, militares, etcétera, etcétera.
—¿Y qué hacía esa niña tan cerca del Guaire?
—Bien pensado. No fue llevada allí por la fuerza, los signos
de violencia no parecen tener que ver con traslado alguno. De
huellas dactilares, nada. Rastros de piel en las uñas, menos.
Aparentemente se dirigió a su destino por propia voluntad y en-
contró a la parca agazapada entre los bejucos y el río de mierda.
—Delibes, a veces me cansas.
—Acepto que me envidies, Proteo. Es más, lo entiendo.
Parece que esta fue vista últimamente en un parque de Los
Chaguaramos, es decir, en los predios de nuestro común
amigo Juan de Dios Segundo.
—¿«Jack The Ripper»?
—Ese acento británico, Euclides.
—El viejo Proto, un sabio, siempre desconfió de los
nombres bíblicos. «Algo esconden, Euclides, y desde hace
cinco mil años», decía. Por eso me puso nombre de gentiles.
92
—Extendió su mano hacia el cadáver; preocupado de que no
se le viera la mancha de desodorante de la camisa—: ¿Allí,
que tiene?
Entre las mamas, ya desdibujadas, un punto violeta parecía
algo fuera de lugar, un planeta perdido.
—Le clavaron esto, absolutamente equidistante de las dos
tetas.
Sacó del bolsillo de la bata un objeto de metal y lo en-
tregó a Smith: una medalla en forma de estrella, atada con
una cinta tricolor. Smith la volteó. El reverso decía, en relieve:
«Honor al Mérito».
—Me huele a perversión, a alguien se le fue la mano en la
búsqueda del placer, Miguel.
Se despidió, con una palmada, de Delibes y salió con paso
de pantera hambrienta por la puerta de personal, más discreta.
En el muro blanco frente a la morgue un perrocalentero que
lo conocía le sirvió sin preguntar un emparedado a su gusto:
pan, salchicha y papitas, sin salsas ni cebolla.
II
Smith decidió caminar hasta la oficina. Encendió el primer
panatela del día, un Montecristo. Un gusto caro, regalo de un
amigo de la Embajada cubana. Buscó un teléfono público que
funcionara, llamó a su secretaria y giró instrucciones. Treinta
cuadras hasta la oficina. Se demoró complacido en un sendero
con edificios residenciales a cada lado, extrañamente en silencio
a esa hora del día. El cerro brillaba como hecho de papel lus-
trillo, siempre lo sentía como un acompañante silencioso, un
monstruo benévolo, comprensivo.
Llegó a su oficina en cuarenta minutos. Señaló a su secre-
taria el cuarto de interrogatorios y ella afirmó en silencio. Smith
93
abrió la puerta y se mantuvo bajo el marco unos segundos, co-
nocedor de la impresión que producían sus ciento cuatro kilos
distribuidos armónicamente en uno noventa de estatura.
—Hola, Juanico.
Juan de Dios Segundo era bajo, delgado, nervioso. Sen-
tado en el centro de la habitación parecía un diablo menor
cumpliendo una tarea. Calvo, bien afeitado, grandes ojeras
cultivadas por un insomnio perenne. Vestía camisa de seda
roja, bluyín de buena marca y cazadora mostaza.
—Buenos días, comisario.
—Olvidas que ya no soy comisario.
—Espero que haya sanado esa herida.
—Aún no, o a lo mejor sí, pero ese no es tu problema.
Y hablando de problemas, apareció una joven muerta. En el
Guaire. Dicen que tú la conocías.
—¿Sí? ¿Y quién dice? —una mueca casi imperceptible de
burla.
—Se llamaba Ana Carvallo.
—Bella muchacha. De pechos suaves. Multiorgásmica.
Con ahorro extremo de movimientos, Smith caminó hacia
Segundo y como de rutina le clavó la punta del zapato en el
plexo solar. El hombre cayó hacia atrás, enredado con la silla
y la falta de aire. En el piso, pataleaba como una cucaracha
boca arriba. Smith caminó hacia la ventana.
—Tu vida sexual no me interesa, Juan de Dios. No te la des de
gran hombre conmigo que nos conocemos hace años: a ti no hay
cartel que te proteja ni cárcel de máxima seguridad que te espere.
Lo tuyo es Retén de Catia, Hotel Las Flores, pues. ¿Recuerdas
a Brazoeniño, tu amor eterno compañero de celda? ¿Su palo de
treinta y tres centímetros alisándote los pliegues por detrás?
El hombre se levantó penosamente. Con un resto de dig-
nidad acomodó la silla y se sentó, la mano en el abdomen.
Smith encendió un panatela.
94
—La habré visto cuatro veces, máximo. Iba por mi zona
algunos fines de semana, un poco de cocaína para sus fiestecitas,
monte, frecuentaba bares de ambiente, las cosas buenas de
la vida que jamás le mostraron sus padres. De repente ya no
tenía tanto dinero como al principio y pagaba en especies.
—¿Siempre sola?
—En un Mustang convertible del sesenta y cinco. Rojo: una
belleza. A veces con amiguitos, compañeros de la Universidad,
supongo. Iba mucho al parque donde trabajo, pero a mí me
buscaba los viernes. De resto se sentaba a ver los niños jugar
o enseñaba a hablar a un viejo en silla de ruedas. Fulminado
por una trombosis, tú sabes.
—No me tutees, Juanico. Continúa.
—No hay mucho más, Smith. Este viernes iba acompañada
de una señora algo mayor, cuarenta años o más, vestida como
ama de casa. Se reían mucho. Le vendí un poco de punto
rojo; la señora fue quien le dio el dinero. Se encontraban
a veces con otro cliente mío, Rangel, coronel del ejército. Ana
lo trataba con cierto desdén, en una oportunidad los vi ha-
blando en un banco del parque, Ana lo insultaba en voz baja,
él creo que lloraba mirando los carros pasar.
Agarró a Juan de Dios por la chaqueta y lo sacó de su ofi-
cina. Luego llamó a Arsenio, un contacto en informática de
las Fuerzas Armadas y le pidió verlo.
—Si te vienes ya, pero en taxi, ni se te ocurra venir a pie
—le dijo.
Smith sonrió. Hizo otra llamada: Péndulo Pérez, un pe-
ruano que hacía las veces de ayudante. Le dio instrucciones
de meter la nariz en casa de los Carvallo y las ventas de tro-
feos cercanas y traerle un informe antes de las seis de la tarde.
Al otro lado de la línea, silencio. Smith imaginó el gesto de
asentimiento de su ayudante.
—Cómo ahorras palabras, Péndulo. —Silencio.
95
Smith suspiró al poco tiempo y colgó. Bajó a la calle y tardó
unos minutos rechazando taxis en estado de descomposi-
ción. Al fin se decidió por un Ford del setenta y ocho, amplio
y grasiento como un barco. El chofer lo miró desconfiado
e intentó entablar conversación.
Smith necesitaba pensar:
—Señor, no me interesa su opinión sobre la situación del
país, ni sobre los precios de los cauchos, ni sus deseos de
dictaduras firmes. Agradezco su comprensión y su silencio.
A Los Próceres, por favor.
El taxista soltó un «negro de mierda» entre los dientes que
Smith decidió ignorar. En poco tiempo entraban al paseo
de fuentes humillado por pequeños charcos de agua verde y
descompuesta, grandes leones de piedra ennegrecidos por el
humo y estatuas de mujeres desnudas que tomaban un baño
eterno con los pechos opulentos al aire. Smith bajó frente
a un edificio de pocos pisos que parecía un panal, pagó sin
regatear lo que pidió el taxista y buscó la oficina del capitán
Arsenio Lander.
El capitán Lander era aún joven, con esa mirada resignada
de los militares que se saben fuera de la lista de ascensos en
los próximos veinte años; cierto descuido en la vestimenta,
compensado por su genialidad con las computadoras, lo hacía
un hombre de oficina. Soldado de la retaguardia, como lo
llamaba Smith.
—Arsenio, al grano: una niña bien, que respondía al nombre
de Ana Carvallo, amaneció estrangulada el domingo pasado en
el Guaire. Era hija de Tato Carvallo, con quien ustedes hacen
algunos negocios. Tengo una pista pobre, un tal coronel Rangel.
Como yo sé que en esas máquinas tienes hasta los nombres de
quienes se acuestan con las esposas de los generales, me vas
a buscar los coroneles Rangel dispuestos a encuerarse con una
joven de rostro inocente, rubia y drogadicta.
96
—¿Carvallo, el de las botas de cartón? —preguntó Lander
con el tono ajeno de siempre.
—El mismísimo.
—Interesante, por aquí las cosas arden a fuego lento, y eso
de las botas va a explotar como explota todo en este país: un
diputado insultándose con un ministro y dos o tres generales
construyendo una tasca anexa a sus viviendas.
—Diez años estacionado en capitán te han vuelo mordaz,
Arsenio.
—¿Por qué? Los jamones guindando, el terciopelo rojo y
los afiches de fiesta brava con los nombres del dueño de casa
constituyen el sueño de futuro de todo cadete.
— …que llegue a general, al menos coronel. Se vería
ridícula esa decoración en tu apartamento de dos ambientes.
—¿Quieres ayuda, Smith? ¿O viniste a joderme la vida?
—Quiero que me ayudes, Arsenio. Por los viejos buenos
tiempos.
Lander sonrió, la nostalgia en los ojos. La imagen del fra-
caso. Al menos Smith no se había hecho nunca ilusiones de
sí mismo. En cambio él, segundo de su promoción, becado
en Panamá, hasta el día en que se le fue la mano con aquel
recluta… Se extravió en el recuerdo de la cara del hombre, el
sudor frío que le corría por la frente. El llanto: gemía como
un condenado a muerte: eso era.
—Sería demasiado fácil que tu hombre fuera el jefe de In-
tendencia que dirigió por el ejército las negociaciones con
Carvallo, un coronel de hoja intachable: Leonidas Rangel.
Smith ocultó cualquier gesto, la máscara de tótem, una
pantera que acecha a la presa a la orilla del río.
—Y a este Rangel, ¿le gusta la carne joven?
—Estaba arrechísimo con Carvallo, las comisiones, tú sabes.
— ¿Pero le gusta la carne joven? —repitió Smith dispuesto
a mantener la pregunta hasta el fin de sus días.
97
—Tanto como a ti o a mí, pero distinto —y volvió a sonreír
su desprecio por el mundo.
—No me digas que su hoja intachable…
—Exacto. Es un maricón que se viste de luces a la caída del
sol y amanece repartiéndolo en el Flames.
III
La tristeza invadió a Smith como cada tarde. Una suave pa
rálisis que ascendía por sus vasos desde la tierra como una
savia lechosa, densa. Llamó a la oficina: nada se sabía de Pén-
dulo. Luego llamó a Laura, la invitó a almorzar, ella se negó.
Smith adivinó su gesto cansado al otro lado de la línea, el odio
reposado con que lo trataba desde hacía ocho años, el gesto de
la fiera que aún lame sus heridas. En qué punto se fue todo
al carajo, cuándo se hicieron insoportables los ruidos de cada
mañana al cepillarse los dientes, las canciones de Zitarrosa
compartidas, las noches en que Smith buscaba a Laura en
la escuela de Periodismo y se encerraban en su cuartucho
alquilado de La Candelaria, cómo había alisado esa piel,
cuántas veces había lamido su barbilla, mordido su cuello de
cisne, dónde quedó la ternura con que la levantaba entre sus
brazos mientras ella gritaba como loca, penetrada y feliz.
—Siempre me extrañaron tus gustos, Euclides, un hombre
de derechas que escucha la música de nuestra juventud, en
París, sesentayocho.
Difícil explicarle a Laura que Zitarrosa era una tarde de
lluvia en San Juan de las Galdonas, el olor a sexo de la tierra
mojada, la mirada de perfil de la espalda y ancas de esa mujer
que una vez jugó a la mentira de acogerlo en su seno, la caída
despreocupada de su brazo blanco sobre la entrepierna tranquila
del negro.
98
—Está bien, Laura, recuerda a Sadel: No le cuentes a nadie
mi historia.
—Qué romántico, Eucli, casi igual que el día que terminé
en la Emergencia del Clínico. ¿Recuerdas que nadie se creyó
el cuento de la caída por las escaleras?
—Está bien, Laura. Saludos a la niña.
—A veces pienso que ni te acuerdas de su nombre.
—Laura, que te coja un burro —y colgó suavemente.
El caso del poeta que ahogaron en una piscina sus compa-
ñeros. Todos libres: el poeta no sabía nadar, los hematomas
en la región occipital fueron atribuidos a los azulejos de la
pileta. Demasiados muertos importantes en este país para
preocuparse por un pobre diablo. Recordó un verso encon-
trado entre sus papeles, en el cuarto del hotel de putas donde
vivía: «la tristeza es una vaca amarrada a un río».
Decidió ver pasar las horas sentado en un banco contando
sus respiraciones y mirando a los patinadores en la avenida.
La noche llegó arrancándole al cielo fogonazos, haciendo
todo rojo por instantes, iluminando por última vez en ese día
rostros aliviados que vuelven a sus madrigueras. Smith pensó
que no había comido nada desde la mañana y se dispuso a
entrar en acción.
IV
En el Flames es fácil entrar si la estatura se convierte en una
promesa. Humo y el calor de cientos de cuerpos desespe-
rados, frotándose, rostros sudados y bocas chupando otras
bocas, música a todo volumen, gemidos entrecortados desde
las cornetas: una negra afirma que sobrevivirá. Una niña muy
delgada y blanca baila con una gorda que le habla al oído.
La niña niega con una sonrisa, la gorda le pasa los brazos por
99
el cuello e insiste, la niña asiente resignada, mira al piso con
un suspiro y se deja llevar de la manos hacia un pasillo oscuro.
Hombres con aspecto próspero sonríen a Euclides desde una
mesa. Un trago le llega a las manos, invita un viejo calvo que
lo mira fijamente desde la barra. Un muchacho maquillado
se le acerca y se presenta:
—Hola, me llamo Stayfree.
—Bonito nombre.
—Bonito lo que adivino debajo de ese pantalón tan horro-
roso. ¿No te da alergia el poliéster?
Smith sonríe y Stayfree se contorsiona arrancándole brillo
a su franelilla empapada, se agacha siguiendo el ritmo de la
música con habilidad pasmosa e intenta tocar a Euclides en
la entrepierna, la boca entreabierta, anticipatoria.
—No tan rápido, negrito —le detiene Euclides sonriendo
feliz de su buena suerte—. Tómate un trago conmigo —y le
señala una mesa en un rincón oscuro.
—Yo no bebo ¿cómo crees que me mantengo así? —y pasa
su mano por el vientre plano.
Stayfree resultó buen conversador, hablaba de sus clases
de danza en Parque Central, de lo mucho que quería a su
mamá, de la primera vez que un tío lo violó, retardándose en
los detalles de la cópula incitando a Euclides con la mirada
mientras se describía abandonado y abierto.
—Raro que no te doliera —le dijo Euclides, pero en el
fondo se sentía agradado con el muchacho, lo palmeaba
a veces en el cuello con algo de nerviosismo.
—Coño, me haces daño —decía Stayfree gozoso.
Al poco tiempo entró: cincuenta, cincuenta y cinco años,
delgado y fuerte, cabello corto bien peinado, canas en las
sienes, una esclava de oro brillaba en su muñeca izquierda
con gesto cansado y se acomodó en una esquina de la barra.
100
Euclides lo señaló en silencio, adivinando su identidad.
Stayfree frunció los labios, miró al techo:
—Ese es un vicioso, le gustan las emociones fuertes, hacer
daño, mi amiga Diosa terminó en el hospital, tuvieron que
operarlo para sacarle una cadena de oro del culo. Es un pesado.
Militar. Un enfermo.
A Smith le costó convencerlo, Stayfree se levantó y se acercó
a Rangel con pasos leves, al poco tiempo caminaban hacia el
baño: Stayfreee delante, danzando como rumbera y el coronel
atrás, marcial y dueño del mundo.
Se encerraron en una de las cabinas, donde ya estaba Smith
sentado en la poceta. El coronel ordenó en voz baja:
—Este mariquito que te la chupe, negro bello, mientras yo
lo trabajo por detrás.
El puño de Smith estalló en el centro de las bolas de Rangel,
que se dobló con la boca abierta, buscando aire. Stayf ree en-
sayó un gritito histérico que Smith calló de un golpe en la
nuca, obligándolo a sentarse en la poceta. Levantó a Rangel
por los hombros y le tapó nariz y boca con la mano como una
garra mientras le decía lentamente:
—Unas palabras me debe, coronel, sobre la joven Ana
Carvallo.
El coronel movía los ojos aterrado. Negaba, intentaba desa
sirse de la zarpa que lo atenazaba con fuerza.
—Sí, coronel, Ana, Ana, Ana —repitiendo su nombre
como si de repente descubriera lo mucho que le gustaba ese
sonido, suave como música antigua.
Al fin habló Rangel, Smith escuchaba atentamente. Cuando
salió del Flames la madrugada se había derramado sobre la
ciudad. El pavimento mojado, un choque en la avenida Li-
bertador. Nadie se ocupaba de recoger a los heridos. Con
cansancio repentino en la mirada, Smith se alejó por las calles
que parecían haber sido abandonadas por todos. Un carro pasó
101
lentamente: sonaba Gilberto Santa Rosa. Smith no podía ex-
plicarse por qué el ruido de sus pasos le provocaba tantas ganas
de llorar.
A las cinco de la mañana Smith llamó a Péndulo; pocos cabos
le faltaban por atar:
—Cuéntame de los Carvallo, Péndulo.
—Desolados.
—¿Las ventas de trofeos? ¿Qué hemos sacado de las ventas
de medallas?
—Una lista.
—Adiós, Péndulo, que duermas bien.
Caminó hacia el edificio de tres pisos donde había vivido
por cinco años. «Hogar», masculló entre dientes. Abrió la
puerta con la llave que aún llevaba consigo y caminó hacia el
cuarto donde Laura lo esperaba en silencio.
—Cuando venía hacia acá recordé tu pequeño defecto
congénito, Laura, la ausencia de lágrimas. ¿Todavía usas de
las artificiales?
—Sí.
—Y cuando lloras, ¿cómo haces?
—Para llorar, las lágrimas son lo de menos, Euclides.
—Es probable, pienso en Ana Carvallo, otra que no va a
llorar nunca más, ¿verdad, Laura?
—¿Qué sabes tú de eso, Euclides? —le preguntó Laura
quedamente.
—Poco, muy poco: sé que se revolcaban, conozco de tu
afición por las heridas punzantes, me imagino que tu psico
analista tendrá algo que decir de todo esto.
—No metas mi análisis en esta vaina.
102
—Disculpa, ahora pienso que en el fondo siempre me ex-
citaba sorprenderte mirando a las rubias jóvenes con ojos de
tigresa. Pero, por favor, Laura, una mujer tan fina como tú
cogiéndose carajitas a la orilla del Guaire, entre las palmeras
y los recogedores de lata. A propósito, geométrica la herida
entre las tetas.
—¿Y qué vas hacer?
—No te preocupes, no saques el frasquito de lágrimas to-
davía. Por allí debe haber algún güevón que no aguante la
coñaza en la Judicial, ese crimen hay que resolverlo rápido, tú
sabes. Una última cosa, Laurita: no uses las medallas que le
dan a la niña en el colegio para tus sesiones de amor: siempre
creí que estábamos muy orgullosos de que fuera la primera
de la clase año tras año.
Y salió a la calle con ganas de agradecer la luz de la ma-
ñana, bostezó, se olió las axilas y se preguntó si la arepera de
la esquina estaría ya llena de gente.
103
La última guardia
como alguien que he amado, y que me ama
desde un ataúd lleno de piedras
Eugenio Montejo
De noche, los pasillos del hospital se vuelven tristes como
los aeropuertos. Las habitaciones oscuras, el suave rumor del
sueño de los psicóticos. Detesto las guardias, la sensación
de estar encerrado en un Fuerte Apache rodeado de locos.
Duermo mal esas noches, en ocasiones despierto de madru-
gada bañado en sudor, un sabor ácido en la boca: mis pesadillas,
encerradas entre las paredes de la residencia, desatadas en una
danza feroz. Peor aún si hay trabajo que hacer: si fallan las
drogas, tenemos aullidos y silbidos hasta el amanecer.
Mi última guardia. La enfermera tocó la puerta con insis-
tencia, siempre fue difícil levantarme: «Doctor, está malita la
del 45». Pedí la historia, garabateé unas indicaciones, traté de
dormir un poco más. No fue posible. Me levanté y caminé
por el hospital, la hora en que me gusta, los médicos se re-
cogen asustados en sus habitaciones y los enfermos invaden
todo con su miedo. Hay códigos secretos entre quienes van
a morir: la cancerosa de la 13A implora una ampolla de mor-
fina, el marico de la 22B se pasa cada noche a la cama de al lado
y vive, contradiciendo su rostro esquelético y la fiebre que lo
muerde en las mañanas, intensas y sigilosas sesiones de amor;
105
la enfermera que vende medicamentos; la hija de la cardiópata
que se la chupa cada noche al residente de Cirugía. Recibe,
a cambio, un trato especial para su madre, una palmada de
aliento, unos minutos más de atención a los latidos cansados
de la vieja. De repente tuve una erección. Dura, dolorosa bajo
la delgada tela del mono. En un arranque, llamé a Marla.
Le pedí que me esperara donde siempre, Hotel Waldorf.
Salí furtivamente y me dirigí al hotel. Era antiguo, tenía
un restaurant chino en la planta baja, rejas engrosadas por
varias capas de pintura. Acosado por las cucarachas. El chino
de la recepción me conocía, dijo 103 y se sumió nuevamente
en el silencio. Quise pagar, Marla ya lo había hecho. Subí por
unas escaleras de granito verde, falsas como en las películas
de Fred Astaire. La puerta de madera, sin pistillo, se sostenía
por su descuadre con el marco. Empujé: todo a oscuras, como
le gustaba a ella. Supuse techos altos, un escaparate derruido,
una cama ancha en el centro. Ella esperaba en posición de
yoga, me angustiaba no verle la cara, sabía que sus jugos esta-
rían manchando la sábana, probablemente se estaba tocando
cuando llegué.
—No me esperaste —le dije mientras le quitaba la ropa.
Creo que sonrió. Me acerqué a su entrepierna que olía a jabón
y a arroz a la marinera. Le acaricié el botón con la punta de la
nariz y ella se puso tensa como un violinista. Metí la nariz con
afán de periscopio. Luego lamí hasta el cansancio, mordí dos
rodetes gordos y suaves, alisé con mis dedos la carne rosada
que asomaba entre los pelitos recién afeitados. Marla se-
guía mis maniobras con respiraciones entrecortadas, sostenía
mi cabeza como temerosa de que decidiera meterme en un
viaje sin regreso. Ahogado en un líquido caliente. Recorrer su
piel con tristeza de huérfano, procuré hundir mis dientes sin
hacer mucho daño. Sus tetas me observaban como ciervas in-
somnes. Me dijo muérdelas y yo mordí. Primero suavemente,
106
alternando las dentelladas con lametones amables. Sus bu-
fidos sobre mi cabeza servían de guía, me encontré con fuerza
en sus pezones y aflojé solo cuando sentí un sabor metálico.
Ella jadeaba. Cuando me retiré, un moretón adornaba la sana
redondez de sus senos. Al llegar a la cara, me premió con sus
besos. Pidió mi lengua e intentó arrancarla de raíz. Yo gemí
y ella la soltó avergonzada. La penetré festivo, gozoso de su
recibimiento. Nos concentramos en movimientos suaves y es-
pasmódicos como un mambo, al final de cada embestida ella
daba un saltito con sus muslos para sentir la raíz, su parte más
gruesa, accediendo a las entrañas. ¿Unos minutos? Y explotó
en un orgasmo de cinco puntas. Temblaba como epiléptica,
yo la abrazaba con gesto de timonel. Como un espadachín lo
sacó de su vaina y me preguntó, generosa:
—¿Qué quieres? —y se inclinó para ensalivármelo con
ternura.
—Metértela por detrás.
Parecía el sastrecillo valiente. Suspiró:
—Está bien, dame por el culo.
La acerqué cauteloso y aparté sus nalgas con mis manos,
explorando sus profundidades. En el fondo se vislumbraba
un huequito que emitía una luz tenue. Se lo acomodé deci-
dido, ocupando el túnel angosto. Ella estiró el cuello como
una yegua asustada y dijo que no en el último instante. Puso
cara de disculpa. Yo me masturbé y le acabé en el pecho.
Plácidos, nos dedicamos a tocar nuestros cuerpos. Marla me
hablaba de su padre, un alcohólico, y yo le hablaba del mío (no
contarle de quemaduras como planetas en el antebrazo, de los
golpes concienzudos al hígado con un bate, del rostro sumer-
gido en la mierda, de la sonrisa final con que despidió a los
torturadores liberadores que lo metían a coñazos en un hueco
de tierra húmeda y todo lo que quería, el afán egoísta de los
suicidas). Nuestros olores bailaban por el cuerpo, reposaban
107
sobre la cobija de tela basta, en el brillo perlado de mi palo.
Mientras me bañaba preguntó si estaba de guardia.
—Sí, la última —respondí.
Camino del hospital agradecí la brisa en el rostro, la luna
menguante, el tráfico escaso. Entré por la lavandería y me colé
por los sótanos: un cementerio de camas inservibles y equipos
oxidados. Excusas sobraban para mi ausencia. Al llegar al Ser-
vicio supe que algo había ocurrido: el movimiento era inusual.
La enfermera me miraba con reproche:
—La del cuarenta y cinco, doctor, está muy mal. Llamé al
de Terapia.
Se estaba muriendo. Era gorda y blanca como la ballena
de Ahab. Boqueaba con el cansancio que sigue a la batalla.
El residente de Terapia Intensiva le clavaba un largo catéter
en el cuello. La lengua, que salía entre sus labios resecos, era
un pergamino oscuro y arrugado. No respondía al llamado, ni
al dolor, ni a mi miedo. Tomé una inyectadora y busqué en
el nacimiento de los muslos la arteria femoral, convencido de
que no servía de nada. El de Terapia, que me odiaba, preguntó
con burla:
—¿Y no te diste cuenta? Debe de tener como ocho horas así.
Negué lentamente con la cabeza. Escuché los craquidos
de sus pulmones, imaginé mi destino ante comisiones de
ética (¿Qué postura asumir? ¿El médico digno que admite su
error? ¿Culpar a la enfermera?), miré su pobre cuerpo manci-
llado por agujas y frascos inútiles de solución y los pechos de
Marla temblando azules en la noche.
108
Historia de una alfombra
Cuando llueve, el río deja de ser espejo y se vuelve una fiesta
de chispazos. Aquella tarde veníamos de Comunidad, una
isla con habitantes de ojos rojos. La selva había borrado
el paso del tiempo, la lluvia se había metido en nuestros
cuerpos como un dolor, una larga enfermedad. En la vola-
dora éramos tres los tripulantes: el teniente de la guardia, el
motorista y yo, médico rural, harto de aquel caldo, pueblo
de mierda llamado Maroa.
A lo lejos, un punto sobre el río negro. Una presencia que
rompía el ruido monótono del motor, algo vivo distinto a los
chillidos que emergían del laberinto de manglares. El moto-
rista enfiló la voladora cuando lo señalé, el teniente levantó la
mirada desde el aburrimiento: un indio en una canoa invero-
símil, remando con un rifle entre las piernas tras un bulto ¿un
animal?, mancha peluda unida a él por hilos invisibles, como
las mascotas a sus dueños, las madre a sus hijas, la mujer a los
sueños que la protegen del pene flácido de su marido.
Era un oso que nadaba hacia el medio del río, su larga
cola empapada como un felpudo de edificio. Levantaba la
cabeza para oler el peligro y luego la sumergía con piruetas
109
de atleta olímpico. Confiaba en salir bien librado cuando la co-
rriente lo ayudara a voltear la frágil embarcación. Para el indio,
que lo seguía con cautela —conocía de sus garras curvadas—,
ya era comida de los próximos días.
El teniente decidió que el oso era nuestro; el indio detuvo
el esfuerzo de sus brazos cuando nos acercamos lo suficiente
y pudo ver la nueve milímetros en la mano del militar. Sonrió
resignado, como si supiera algo que nosotros ignorábamos.
Miró hacia la orilla y se abandonó río abajo conversando con
las aves que anunciaban el amansamiento de la lluvia.
—Échatele encima —dijo el teniente—. Ponte de lado,
que de aquí no le doy— y levantó la mano armada como
un prócer con exceso de peso. El animal continuaba hacia
el centro, sin tiempo para cambiar sus planes. Fácilmente
lo alcanzamos. Pude ver su lomo erizado, el castaño de sus
cerdas, la mancha clara en la cola, el hocico largo y simpático.
Me senté al fondo de la voladora, repentinamente agobiado
por su suerte: la cobardía que me acompaña desde siempre.
Dije no suavemente en el momento en que el teniente disparó.
El oso buscó el fondo hasta perderse entre las aguas oscuras.
—¿Le di?
—No.
Luego el golpe seco que estremeció la lancha, la mirada asus-
tada del motorista, mi miedo devuelto por la cara del teniente.
—Lo pelaste, güevón, ¿y ahora?
—Ahora aprieta ese culo. Es él o nosotros —mientras el
animal continuaba contra el costado de la voladora y el gordo
disparaba con desespero hacia el celaje, los pelos, el remolino,
la amenaza.
Pensé si merecíamos esa muerte. Detesté la escasa puntería
de los efectivos de nuestro ejército. Deseé que en el último
momento el bicho se ensañara con la carne abundante de
su asesino.
110
Un grito ronco con el último disparo. El oso irguió la
mitad del cuerpo y miró asombrado el otro cielo en el reflejo
del río. Otro grito: la agonía, y se volteó de lado como quien
busca descanso; la sangre oscura manaba de su nariz. Lo ha-
lamos por la cola hasta un banco de arenas blancas, aún no
tragado por las aguas. Entre los tres lo sacamos a la orilla. Era
alto y grueso como un ídolo. El motorista lo abrió en canal
y salió humo de sus vísceras.
—Carne, doctor; olvídese del diablito por unos días —dijo
el teniente con burla, extasiado por su victoria.
Como dueño de la embarcación, me correspondieron cuatro
kilos y la garra que te regalé, Kranya. Una cena de carne bri-
llante y escarlata olorosa a perfume barato, arroz quemado,
la soledad y el llanto suave que anticipa las pesadillas de
cada noche.
111
Vida moderna
Tal como está dicho, ella levantó las cejas hirsutas y le exigió,
con un gesto, permanencia. Las paredes sin ángulo en los
bordes, la sensación de largas distancias que proporcionaba la
luz del débil fuego de la entrada, le producían agobio. También
un recurso: ¿existió o soñó con un tiempo de lluvias eternas,
de comidas compartidas entre bocas pútridas, cubiertas de
sangre? Nunca se sentía feliz en las mañanas: persistía la de-
sazón por los sonidos que traía la noche, la desmesura de su
fragilidad. No era aún la era de las aves, de los bosques fe-
cundos, los perros eran animales fieros, casi desprovistos de
pelo, que corrían en grupo tras la presa. Igual que él, ahora
y para siempre, condenado a regir en ese mundo incompleto.
Se levantó con cuidado, examinó las ronchas y las heridas
de la anterior cacería. Confió, por su olfato explorando el
brazo tumefacto, en seguir siendo un macho útil, uno más,
sin señas especiales que lo acercaran a la muerte, al desprecio
por su invalidez; temía que le obligaran a renunciar a ella (le
había costado conseguirla, ahora no podía vivir sin su cabe-
llera dura, sus carnes crecientes, el acre de su aliento) y a la
cosa pequeña que lloraba envuelta en pieles en un rincón.
113
Su cueva era la más elevada de la montaña, la más discreta,
la más fresca en los días de verano. Desde allí observaba la
costra rígida de las extensiones del gran valle, el rumor de las
manadas, su alimento, el peligro que podía venir de cualquier
lado: los grandes lagartos, la infección, el celo de su vecino.
Los altos montes a lo lejos, grises y cubiertos de bruma, eran
el recinto de sus dioses y también fue, aquella tarde, el lugar
donde vivió su peor pesadilla.
Con disimulado desgano ofrendó un cántico y se aplicó en
el examen de sus lanzas. Salió abrigado y caminó en silencio al
lado de sus compañeros, tras la huella del mamífero dentado.
Ella suspiró y esperó que se alejaran los pasos de su marido.
Amamantó a la criatura y esperó. Se retardó en la búsqueda
de piojos en su piel, le encantaba su sabor salobre, el cru-
jido exacto que hacían entre los dientes. Al fin entró el joven.
Le gruñó con placer, regocijada por la marca perfecta de
sus músculos. Se arrojó sobre ella y buscó con su miembro
duro. La penetró entre la mata de pelos donde hervían las
ladillas. Sus quejidos se confundían con el llanto del niño.
Afuera, las otras mujeres respiraban el riesgo en el aire. Al-
gunas cómplices, otras aparentemente indiferentes, las más
despreciando la traición. Ella se sentía rebosante de leche; el
joven, extrañamente lampiño, reposaba con la cabeza entre
sus mulos. Después, la puso en cuatro patas y la cubrió por
detrás: dos conchas marinas, dos insectos persiguiéndose en
el aire. Al final se retiró, dejándola derrengada en el suelo de
tierra. Se despidieron con la mirada.
En la noche, ella calentaba un trozo de carne verde. Él
miraba el fuego, luego la extraña pintura de la pared que ha-
blaba de épocas felices, luego el rostro apacible de ella. Así
fue escrito que el hombre levantó la cara y emitió un gemido
ululante, un grito desesperado devuelto por miles de estrellas
cautelosas, con qué nombre llamar ese nuevo destino.
114
Escualos
Al amanecer, el canto de los pájaros desciende del cerro, atra-
viesa el pueblo y cae derrotado por el ruido persistente del
mar. Ellos desayunaban en silencio, acompañados tan solo
por el chirrido leve de los cubiertos rasgando los platos, por
los suspiros de él cuando veía el cabello largo y húmedo
de Kranya recogido en una cola que le acariciaba la nuca.
La niña, a un lado, jugueteaba con un trozo de panqueca
convertida en un trencito.
—¿A qué playa quieres ir hoy?
Ella se encogió de hombros, miró a la niña, le limpió la
nariz, la reprendió.
—No sé, di tú. Da igual
—¿Pero quieres ir o no? Mierda —masculló él mientras
apartaba el plato bruscamente.
Muy lejos el recuerdo del día que la conoció. El andar de
pantera por el pasillo de la oficina de arquitectos adonde había
acudido para construirse una casa nueva, los trazos seguros
de ella, acometiendo habitaciones sobre un plano según sus
deseos, aquí la habitación de los niños, aquí un jacuzzi, aquí
un sitio donde estar solo, por favor. Las tetas algo pequeñas
115
rozaban la mesa, se insinuaban bronceadas, sin sostén, los lo-
gros del topless en Martinica. Un día se le sentó a horcajadas,
mojándole el pantalón con un jugo caliente. Luego todo fue
muy rápido: la separación de Hercilia, los bienes partidos con
un hacha, la casa vendida a medio terminar, el régimen de
visitas a los niños.
—Mario, no dije que no quería ir, escoge tú la playa y
vamos, sin peos, por favor.
El énfasis cansado de sus palabras producía en Mario el
efecto de un estilete, de una descarga eléctrica recorriendo su
columna vertebral, otra vez el temblor de las manos, el sudor
leve sobre la frente quemada.
—Lo de anoche fue demasiado.
—¿Qué?
—Todo lo que pasó anoche. ¿O ya no te acuerdas?
—No mucho, no te queda bien ese tono misterioso palurdo,
así que dime qué es lo que te tiene arrecho y paramos ¿sí?
—No mucho, pero ¿nada? ¿nada? ¿nada?
—Ya te dije: no mucho. Tú sí recuerdas muy bien, ¿verdad,
Mario?
—Sí.
—Entonces dime, coño, y para el jueguito.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Mario sabía que hacerla
llorar era mal negocio. Luego se revolvería la rabia, la indig-
nación, las ganas de humillarlo hasta verle el hueso.
—Repito, fue demasiado: el perico sobre el muro del ma-
lecón, Martha y Carmen comiéndote las muñecas, y todos
los negros que te cogieron allí, contra la estatua. ¿Sabes
cuántos fueron?
—No. Tú sí ¿verdad? Los contaste ¿verdad? Te gustó verme
¿verdad?
—No sé, Kranya, no lo sé.
116
Le acarició la mejilla. Ella se ladeó un poco, a la manera de
los gatos satisfechos, cerró los ojos enmarcados en ojeras pro-
fundas, unas arruguitas se le hacían alrededor de los labios:
los años, los trasnochos, la cocaína, los insomnios.
Salieron hacia el sol que daba a las cosas apariencia de ser
hechas de cristal. Ellos adelante, la niña atrás, tocada con un
sombrero ancho de paja bajo el que se derramaban los bucles,
un angelito de esos que representan al viento en los mapas
antiguos. Se dirigían al muelle en busca de un bote que los
llevara a la playa. Los gritos en la calle, los carros repletos de
gente, la licorería hasta el tope. Mario metió el hielo, las cer-
vezas y los refrescos en la cava, complació a la niña con un
chocolate, a última hora compró también una botella de ron
y dos vasos de plástico.
Cuando llegaron al muelle, un movimiento extraño. Sobre
la arena, como víctima de una guerra, decenas de tiburones
abiertos en canal. Cuerpos metálicos, de vientres blancos y
ásperos, la boca terrible entreabierta en una mueca de hastío,
los pescadores tomaban las vísceras humeantes y las arro-
jaban al mar, los pelícanos y las gaviotas se lanzaban feroces
tras los despojos. La niña dijo:
—Los tiburones son malos.
Los pescadores continuaban tasajeándolos, cortaban las
aletas con desdén y las arrojaban en unos huacales de ma-
dera. Mario pensó en una comiquita de su infancia: llegaba
un cliente a un restaurant y pedía sopa de aleta de tiburón y
el mesonero traía un plato humeante donde sobresalía, na-
dando, una aleta. Se preguntó por qué nunca había ido a un
sitio donde le sirvieran una sopa de esas. La niña continuaba
extasiada viendo cómo la arena se teñía de púrpura. Un niño
del pueblo había arrancado los ojos de uno de los tiburones
y se los ponía en la cara, persiguiendo a otros niños que co-
rrían sonrientes. De repente, todos participaban del festín:
117
los pescadores, los habitantes del pueblo, que esperaban su
parte en el asunto, Mario tomaba fotos, el niño corría con sus
prótesis oculares, la niña miraba en silencio. Kranya tenía una
sonrisa extraña que llenó a Mario de espanto.
Como en cámara lenta, la niña estiró la mano hacia los
tiburones. Dijo en voz baja:
—No.
Y luego más fuerte: No. No. Gritaba, se llevaba las manos a
la cara, lloraba. Mario la abrazó. La llevó al bote. Kranya los si-
guió, cargando la cava. El motorista les preguntó adónde iban.
—A Valle Seco —dijo Mario.
—¿Y a qué hora regresan?
Respondió algo que se tragó la brisa que soplaba del mar
hacia la montaña coronada con la imagen desvaída del santo
del pueblo, blanca, olvidada, sola, cagada por los pájaros.
Mario cerró los ojos hasta que todo fue rojo.
118
Zamuros
Me verás caer
como una flecha salvaje
Gustavo Cerati
Soy médico. Traumatólogo. Por culpa de papá llevo nombre
de reloj: Casio, Casio Peralta. Papá decía que ese era un
nombre famoso en el Imperio Romano, que se lo cuente a los
jodedores del servicio. Hasta hay una tienda que pasan por la
radio a cada rato: «la casa del casio, la casa del casio» y sigue
la joda. Pero a lo que iba:
El teléfono sonó en la madrugada, eso es normal: soy mé-
dico, traumatólogo, y siempre habrá a quien se le quiebre una
pata a horas increíbles o algún tiroteado que después de dar
gracias a Dios por quedar vivo requiera de mis servicios. Her-
cilia, en su séptimo mes de embarazo, solo se ladeó y apuró un
poco la respiración de ballena cansada mientras murmuraba
quién es a esta hora.
—Una emergencia. No para de llover.
Era Irene. Insomne y clara y pura y con los ojos de gata re-
cién parida que me esperaba.
En esta ciudad las noches amenazan siempre. Pero hoy, con
la lluvia y el terror que atravesaba como una hoja de bisturí
N.° 3, las calles solitarias parecían fotos de Marte enviadas
por una sonda gringa. Conduje como loco, regocijándome
119
por las olas que levantaba el carro al pasar por los charcos, tan
solo lamenté que no hubiera nadie a quien mojar. Me pareció
extraño escuchar ruido de aviones en la oscuridad: un rumor
ahogado, un aviso que viniera de lejos y no se pudiera desci-
frar. Estacioné frente a la casa de Irene. Amanecía y, esta vez,
el cerro no me devolvió la paz como hacía siempre. Parecía
prisionero, enyesado por nubes grises que lo sobaban con las-
civia. No se adivinaba el sol, derrotado de antemano por el
agua que caía con saña. En el edificio de Irene, una sola luz,
la de su cuarto, me guiaba. Vivía sola en un apartamento de
un ambiente decorado por su ex esposo, un fotógrafo alco-
hólico a quien Irene llamaba el amor de su vida. Ese es otro
cuento: Irene zahiriéndome, mortificándome, ninguneándome
a cuenta de que no era intelectual. Ni ganas que tengo, ni falta
que me hace. A todos esos drogadictos y maricones lambu-
cios de subsidios me los paso por el forro. Yo soy médico de la
Universidad del Zulia, con postgrado en la UCV y PhD en
la Univeridad de Stanford (se escribe PhD pero se pronuncia
piechdi). Se dice fácil aunque fueron trece años desde el primer
examen de Anatomía y el primer profesor que me pidió la hora
con sorna. Esa es otra historia, ya les dije.
Irene me esperaba con una franelilla que le respetaba el om-
bligo y le daba apariencia de deportista aplicada. La pantaleta
era mínima, casi un suspiro que protegía inútil sus nalgas po-
derosas y el nacimiento de las piernas, largas y blancas como
los fantasmas. Ni un reclamo, ni un aspaviento, cero ironía
acerca de la fecha de nacimiento del primogénito, ninguna
duda tantas veces argumentada sobre el diagnóstico de pa-
ternidad. Solo la mirada tierna de miope, el gesto de niñita
cuando se rascaba los pelitos suaves donde le nacía el pubis.
—¿Viste las noticias?
—No. ¿Qué?
120
—Coño, Casio, desapareció La Guaira, se desbordaron tres
represas y hay como cien mil muertos.
Siempre exageran con el número de muertos. Termina con-
virtiéndose en una puja macabra, una posesión celosamente
guardada, quién tiene la cifra más alta de difuntos, quién
corta el aliento de los demás con un número inverosímil
y por eso irrefutable.
Decidí que no era mi problema. La tomé en mis brazos
para de nuevo sentir el asombro por su liviandad, por la lisura
cuidada de su piel, me hundí náufrago en la hondonada en la
que desemboca su cuello y besé ese trozo de Irene, ese rincón
terso bajo el que se adivinaba el hueso.
—Deja, no estoy de humor. —Y esgrimiendo el control re-
moto del televisor como una sentencia apuntó a la pantalla.
Un mapa del desastre. Barro y troncos de árboles, casas,
cuerpos y vehículos adentrados en el mar, que ya no parecía
el mar, sino una olla de sopa podrida. Otra toma y unos niños
corren, una mujer se mesa los cabellos y llora, un hombre
sostiene los restos de una cocina sobre los hombros, la mi-
rada obligada al suelo. Grandes rocas azules aplastaban lo que
ahora era el fósil de un camión, empollaban una quinta de
dos pisos o adornaban la azotea de un edificio con una calma
pasmosa, como si siempre hubieran estado allí, como si ese
fuera su sitio en el planeta, la tierra prometida tantas veces
buscada. Vuelta a los estudios, los locutores con la cara más
compungida posible, el decorado parecido al que sacaban en
tiempos de elecciones: una bandera, gráficos, una palabra que
rimara con el eslogan del canal y las circunstancias. Entrevis-
taban a un ministro, o a un meteorólogo, incluso a psicólogos
clínicos, o eso decía que era el señor que hablaba del trauma
psíquico de modo convincente, como si fuera de su dolor más
oculto del que discurriera, de su propio abandono, de su ín-
timo insomnio. Vuelta al lugar de los acontecimientos y las
121
aguas furiosas tragándose un barrio entero. Un periodista
descendía como un zamuro hasta un sobreviviente y le mos-
traba el micrófono como una garra: ¿Se te murió alguien?
¿Cómo te sientes porque perdiste la casa y a tu hijo? Ex-
celente hubiera sido, digo yo, que un damnificado hubiera
rescatado un bate, un bate de madera o de aluminio, da igual,
olvídate de Sammy Sosa, y le hubiera hecho swing en el tem-
poral, un poco por arriba del audífono, para hacer la pregunta
igual de obvia: ¿Te duele? ¿Más hacia la frente o hacia atrás?
Seguía pareciéndome ajeno. Por ningún lado aparecía el
club donde aprendí a nadar unas vacaciones, ni la playa a la que
Hercilia y yo nos escapábamos del hospital algunas tardes para
mirar el mar en silencio, la agresividad perseverante de las olas,
las aves indiferentes y disciplinadas. En momentos así creo que
amaba a Hercilia, sus manos suaves que calmaban el temblor
de las mías, sus hombros de persona que siempre dice la verdad
(era cierto, jamás mentía, al menos que yo sepa).
Se me metió el diablo. No me fue difícil desnudar a Irene,
aunque se resistía, me arañaba, pateaba. La besé con afán de
entomólogo, cubrí su cuello de saliva, obligué a sus músculos
a relajarse un poco. Besé su boca entreabierta y busqué la
lengua, que se negaba a jugar. La volteé con la habilidad de
Bassil Battah en el Nuevo Circo y así, de espalda, tuve tiempo
de admirar sus omóplatos perfectos, el hueco que se hacía en
su espalda cuando le apliqué la llave que la inmovilizó, el fin
de la columna vertebral donde parecía faltar la cola erizada
que las antepasadas de Irene habrán lucido coquetas hace
miles de años. Las nalgas húmedas que parecían respirar.
Hacia allá me dirigí exploratorio y las mordí suavemente, como
una atracción pasajera mientras me dirigía al objetivo, abrirle
las nalgas y buscar, buscar, buscar el huequito luminoso y apre-
tado. Allí lamí con la indolencia de los condenados a muerte,
Irene empezaba a responder, lo notaba en los movimientos
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sinuosos, como de serpiente bailando, que empezaba a hacer
su esfínter, en el silencio de sus dientes apretados, en los
brazos descoyuntados a los lados. Cuando la penetré por de-
trás, gimió agradecida. La obligué a mirar el televisor mientras
me movía en su interior, adivinando nuevamente sus pliegues
suaves y valles recónditos con el mismo vértigo de los astro-
nautas cuando pisan la luna por primera vez. Irene emitía
unos ruidos entrecortados, creo que lloraba un poco, pero yo
estaba lejos de allí, como envuelto en una burbuja de látex,
solo atento a los golpes secos contra sus ijares que detenían,
como una muralla, mis embestidas. Cuando me fui, chupé su
cuello diciendo algo ridículo: soy un vampiro, soy un vampiro.
Nos buscamos una y otra vez sobre la cama empapada
mientras las imágenes se repetían en el televisor. Casi se podía
sentir el olor de los muertos, la carne de miles de cuerpos
eructando bajo los escombros. Hacia el mediodía llamé al
servicio. El cabrón del jefe me preguntó dónde estaba, mur-
muró algo sobre un operativo y no tuve más remedio que
decirle que desde temprano estaba abajo, ayudando por los
lados de Carmen de Uria. Allí se me quebró un poco la voz,
en ese pueblo me había comido los mejores helados de coco
del mundo, los hacía un viejo que tenía una bola enorme que
le tensaba el pantalón y lo obligaba a andar siempre con el
cierre abierto. Parecía como si alguien se hubiera equivo-
cado con él y en lugar de testículos le hubieran injertado un
balón de basket solo para ver cómo se las arreglaba. Cada
tarde nos ibamos a comer un helado, mis primos y yo, y mi-
rábamos de reojo el fenómeno. El jefe atribuyó mi actitud
a la situación que estaba viviendo, me pidió que me mantu-
viera en contacto y que por favor me cuidara. Puse voz de
Bruce Willis y lo despaché. Hice otras llamadas: A Hercilia
le dije que estaba en un hospital de campaña recibiendo he-
ridos. Lo mismo: cuídate, cuídate, esto es horrible. Cara
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de culo de Irene e ida al baño a lavarse hasta que yo la resca-
tara y la regresara a nuestra concha, nuestro refugio antiaéreo.
A mi mamá, la pobre vieja ni se había enterado, me pidió un
récipe de valium, no había dormido en toda la noche. Luego
te lo llevo, adiós. Incluso di unas declaraciones para la radio
desde mi celular, no recuerdo bien pero creo que hablé de
fracturas abiertas y la forma correcta de inmovilizar heridas
con lo primero que se tenga a mano. Hablaba en murmullos,
entre jadeos, porque Irene, encogida como un caracol, me lo
trabajaba con la lengua, se lo tragaba, hacía gorgoritos, lo en-
salivaba con dedicación. Me despedí del locutor antes de que
tuviera tiempo de darme las gracias, me escuché por la radio
y casi creí en la veracidad de mis palabras.
En la tarde, a la hora que más odio, decidí que era el mo-
mento de irme. Irene me pidió que me quedara, que durmiera
allí esa noche, que le daba miedo quedarse sola. Y de mi
miedo nadie se ocupa, pensé.
—Casio, eres un cobarde. Los amores cobardes…
—Irene, por Dios, a tu edad y citando al cubano ese.
Bastó y sobró para que empezara a insultarme con la tena-
cidad de un alpinista. Insulto, pausa, insulto, pausa, como en
clave morse. Parecía una sacerdotisa que inventaba una nueva
religión y estaba desentrañando los códigos dictados por una
fuerza superior.
—Cobarde. Egoísta. Cínico. Cabrón. Hijo de puta. Coño
de tu madre. Maldito. Mal parido. Parásito. Mierda. Ma-
ricón. Pelele. Mediocre. Cagón. Acomplejado. Mojón. Bruto.
Maracucho. Pendejo. Hijo de la grandísima puta.
Cuando empezó a repetirse, ya yo estaba convenientemente
vestido. Intenté despedirme pero ella continuaba cantando la
misma canción: cínico, cobarde, etcétera. Salí del apartamento
pensando que Irene estaba un poco loca. Afuera ya no llovía.
Tomé un poco de barro con el que embadurné las botas y los
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pantalones y abrí el tanque de gasolina para borrar de mis
manos el olor del sexo de Irene que se me había incrustado
como un recuerdo. La gente comenzaba a salir a las calles y
recorría las tiendas con remordimiento. Yo seguía envuelto en
una bruma leve, extrañamente ingrávido, las manos me bri-
llaban, traslúcidas, sin temblor alguno, lo cual era muy raro
a esa hora. Decidí que no iría al hospital en varios días. Los
héroes merecemos algo de descanso. Creo haber hecho algo
por el prójimo cuando deseé con fervor que a la mañana si-
guiente saliera algo de sol que nos quitara la sensación de que
el mundo estaba a punto de acabarse y endureciera un poco el
lodo para proporcionar cierta paz a los cadáveres.
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Índice
Prefacio
El golpe tormentoso de La piel del lagarto… 7
I
Los peces 13
Canción 21
La piel del lagarto
114-B 31
Sala de Partos 33
47-A 37
Anatómico 41
Consulta Externa 43
Wiscon 49
Pediatría 53
Infecciosas 55
Técnica quirúrgica 59
El sueño de los ciegos
El sordo, una winchester y el primer beso 69
Crece en los árboles 75
La comida china 77
La fiesta de las larvas 83
Dime cuántos ríos son hechos de tus lágrimas 89
La última guardia 105
Historia de una alfombra 109
Vida moderna 113
Escualos 115
Zamuros 119
La piel del lagarto
se imprimió en noviembre de 2022
en los talleres de la Editorial Arte
Caracas, Venezuela
Son 2.000 ejemplares