Temas de Síntesis Tema 4: La Revelación en la Historia de la Salvación - 1
TEMA 4:
La Revelación en la Historia de la Salvación
Origen, naturaleza y características de la Revelación de Dios en la historia de la salvación. La
Revelación de Dios en la creación. Carácter pleno y definitivo de la Revelación de Jesucristo. La
fe como respuesta del hombre a la Revelación.
Introducción: Concilio Vaticano I y Concilio Vaticano II 1
Vaticano I (contexto y análisis de la Constitución dogmática Dei Filius)
Se celebró entre los años 1869 y 1870, siendo interrumpido a causa de la toma de la
ciudad de Roma por Garibaldi. Se sitúa en un contexto en el que predomina un
pensamiento de carácter deísta que sólo reconoce a Dios como autor de la naturaleza,
pero que excluye cada vez más las nociones de sobrenatural, misterio, milagro y
revelación histórica. Comienza a extenderse en Alemania la crítica a la credibilidad
del cristianismo. Por otra parte el mundo de la ciencia propone teorías materialistas
(Darwin y Spencer) que chocan con la cosmovisión cristiana de la Iglesia.
En el ámbito de la teología católica destacan dos escuelas: la de Tubinga (iniciada
con J.S. Drey y en la que destacan grandes teólogos alemanes como Möhler y
Scheeben) y la de Roma (con grandes teólogos jesuitas como G. Perrone, J.B.
Franzelin y C. Pasaglia).
En este momento se pueden identificar en la teología católica dos tendencias
opuestas e insuficientes:
→ A partir del contexto del pensamiento filosófico dominante (el racionalismo),
algunos teólogos asumieron una postura que puede denominarse
semirracionalismo: tienden a darle un exagerado valor a la capacidad de la
razón. No niegan la revelación, que se produce de un modo sobrenatural. Pero
una vez que ha acontecido ésta, el hombre con su razón puede penetrar por
completo las verdades de la fe y demostrarlas.
→ Una reacción opuesta al racionalismo la representan las posiciones
denominadas tradicionalismo y fideísmo: desconfiando radicalmente de la
razón natural se refugian en la fe (ciega) y en la autoridad de la tradición.
Fruto del concilio Vaticano I fue la Constitución dogmática Dei Filius en cuyo
prólogo se percibe la mentalidad de los padres conciliares. Ofrece la siguiente clave
hermenéutica: se denuncian tanto el naturalismo como el racionalismo, considerando
ambas posturas como herencia del protestantismo.
Podemos resumir en cuatro puntos los objetivos que se pretenden alcanzar con esta
constitución:
→ Se quiere defender la trascendencia de la revelación sobrenatural, y por lo
tanto, su inaccesibilidad por la pura razón natural. La revelación no es una
conquista progresiva de una verdad por parte del hombre, sino la
comunicación por parte de Dios de una verdad que, por sus propios medios, le
resulta inaccesible (le trasciende).
1
Aunque esta introducción no forma parte, en sentido estricto, del contenido del tema, conviene repasarla para
conocer el contexto magisterial acerca de la teología de la revelación en el Vaticano I y en el Vaticano II.
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→ La noción cristiana de la revelación implica la manifestación histórica de la
verdad de Dios; es decir, la verdad se comunica a través de signos y hechos
históricos, por lo que no es una mera inspiración interior.
→ La revelación manifiesta una verdad cuya evidencia sólo se puede percibir con
la iluminación de la fe. La verdad revelada siempre es misteriosa. El
contenido de la revelación es recibido gracias a la autoridad de Dios que
quiere revelarse.
→ La fe y la razón tienen una relación positiva. Se distinguen y se ayudan
recíprocamente. El concilio no estudió directamente la naturaleza de la
revelación, sino el hecho de su existencia, su posibilidad y su objeto.
El capítulo primero de la Constitución dogmática Dei Filius (DH 3001-3002)
establece una premisa sobre el conocimiento natural de Dios, quien es presentado
como trascendente y creador libre del mundo (frente a los errores del panteísmo y del
materialismo). En plena defensa de la razón humana, el concilio muestra una
concepción de la razón distinta a la que sostienen tanto el racionalismo como el
positivismo. La razón incluye la apertura al misterio, que puede ser conocido por su
medio, aunque este conocimiento no significa que pueda ser abarcado.
El capitulo segundo (DH 3004) afirma: la misma santa madre Iglesia sostiene y
enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza
por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas; <<porque lo
invisible de Él, se ve, partiendo de la creación del mundo, entendido por medio de lo
que ha sido hecho>> [Rom. 1,20]. Con ello se rechaza tanto el ateísmo como el
tradicionalismo, al mismo tiempo que se reivindica la teología natural. Por medio de
este conocimiento natural de Dios (que no revelación) el hombre puede llegar a tener
certeza con su razón sobre su existencia, su bondad, su ser uno y creador, infinito,
etc.
Al mismo tiempo se defiende la existencia de otro camino (sobrenatural) para
conocer a Dios: “sin embargo, plugo a Dios, a su sabiduría y bondad, revelar al
género humano por otro camino y este sobrenatural, a sí mismo y los decretos
eternos de su voluntad”. Sólo para esta vía de conocimiento se reserva el término
revelare.
Finalmente se aborda en este capítulo la necesariedad de la revelación: “a esta
divina revelación hay ciertamente que atribuir que aquello que en las cosas divinas
no es de suyo inaccesible a la razón humana, pueda ser conocido por todos, aun en
la condición presente del género humano, de modo fácil, con firme certeza y sin
mezcla de error alguno” (DH 3005). La revelación sobrenatural hace posible que
todos puedan llegar a tener este conocimiento pleno de Dios con tres características:
de forma fácil, firmemente ciertos y sin errores. Esto no significa que la revelación
sea absolutamente necesaria sino moralmente necesaria (a causa de la bondad de
Dios y de la limitación del conocer humano a consecuencia del pecado original):
“porque Dios, por su infinita bondad, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, es
decir, a participar de bienes divinos que sobrepujan totalmente la inteligencia de la
mente humana:” (DH 3005)
Vaticano II (contexto y análisis de la Constitución dogmática Dei Verbum)
Tras la crisis modernista surge con vigor la teología neoescolástica, con otras
posibilidades sobre la teología de la revelación.
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En este contexto, el teólogo M.D. Chenu O.P. va a subrayar que la fe no se reduce a
su elaboración conceptual: la presencia de Dios percibida por la fe es una realidad
mayor que sus enunciados posibles. Esta “nueva teología” desembocará en el
concilio Vaticano II.
Otro factor que va a influir mucho, que renueva la teología de la revelación, es la
centralidad de Cristo en la comprensión de la revelación (en este sentido destacan
figuras como K. Adam, R. Guardini, J.H. Newman, etc.). Es influyente también la
renovación de la liturgia y de la exégesis bíblica. Se subraya que la revelación es,
ante todo, cristológica, y no meramente un sistema de ideas.
La novedad que aportará el Concilio Vaticano II sobre la revelación se realiza a
través de la Constitución dogmática Dei Verbum. No se trata sólo de un acercamiento
personalista o dialógico a la revelación (presentada como un diálogo yo-tú entre Dios
y el hombre). La autorrevelación de Dios en la historia será el punto de partida para
abordar todas las cuestiones. De este modo se puede superar la yuxtaposición entre
natural y sobrenatural. El hombre concreto que responde a la revelación lo hace en
virtud de la razón y de la fe (unidas). Es la primera vez que el Magisterio de la Iglesia
aborda expresamente la naturaleza misma de la revelación.
1. Origen, naturaleza y característica de la Revelación de Dios en la historia de la
salvación
La religión cristiana se nos presenta como originada y fundada en una Revelación histórica.
“Revelación” procede del latín revelare (y éste del griego , que significa
literalmente “quitar el velo que oculta algo”; en su aspecto religioso se refiere a la manifestación
que Dios hace a los hombres de su propio ser y de aquellas otras verdades necesarias o
convenientes para la salvación.
“Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (Cfr.
Ef 1, 9): por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar al Padre y
participar de la naturaleza divina (Cfr. Ef 2, 18; 2 Ped 1, 4). En esta revelación, Dios invisible (Cfr. Col 1, 15; 1
Tim 1, 17), por la abundancia de su caridad, habla a los hombres como amigos (Cfr. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), trata
con ellos (Cfr. Bar 3, 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía. El plan de la revelación se realiza por obras y
palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiestan y confirman
la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su
misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite dicha revelación, resplandece en
Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación.” (DV 2)
En DV 2 encontramos una descripción de los aspectos esenciales de la divina revelación. El
principio o punto de partida es Dios, sujeto revelador por propia iniciativa. Su objeto es el
mismo Dios, lo cual subraya el carácter personal y subjetivo de la revelación (una persona jamás
puede reducirse a mero objeto); además Dios revela el misterio de su voluntad salvadora. Esta
salvación tiene una estructura trinitaria. Su fin es la unión con Dios, la participación en su
naturaleza. Sus destinatarios son los hombres (prima la categoría de encuentro). En cuanto al
medio de la revelación, se trata de obras y palabras de Dios en unión orgánica de
funcionamiento; Cristo es el Mediador de toda la revelación. El centro de la revelación es Cristo,
síntesis y cumbre de la misma.
Hay que hacer notar que Dios es sujeto, y objeto y fin de la revelación: revelador y revelado.
Cristo es objeto de la revelación en cuanto realizador del “misterio de la voluntad” divina y en
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cuanto plenitud de la misma; es además sujeto revelador en cuanto “mediador” (por lo que
también constituye el medio supremo de la revelación). La salvación del hombre es objeto y
también fin: la revelación habla de la salvación y la realiza. Esta superposición y continuidad
circular de los aspectos de la revelación no pretende enumerarlos sucesivamente, sino que la
presentan como un misterio único. Se trata de manifestar su unidad más orgánica que lógica, más
coherente con el misterio.
Un aspecto importante y bastante nuevo en el documento, es el describir los hechos (las obras
que Dios realiza en la historia de la salvación) como medio de revelación. Estamos ante algo que
acontece en la historia.
2. La Revelación de Dios en la creación
“Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las
cosas creadas”. (DV 3)
DV 3 se refiere a la preparación de la revelación evangélica. Es importante hacer notar que la
alusión a la creación como medio de la Revelación se produce después de haberse referido ya a
la Revelación en Jesucristo en DV 2 (cambio de orden significativo respecto al concilio Vaticano
I2). Se describen brevemente las etapas de esta preparación de la revelación. Siendo su objeto
radicalmente el mismo en cada una de las etapas, se da, con todo, una diferenciación en el modo
y medio de presentarse.
Así, en primer lugar, la naturaleza es presentada como medio de revelación. Ésta se ofrece como
“testimonio perenne” de Dios creador y conservador de todo. Se trata de un medio
cronológicamente coextensivo con la historia de la humanidad, aunque en su función reveladora
se puede considerar como precedente al hombre: la naturaleza precede al hombre, pero lo exige
como destinatario del testimonio.
Que Dios da testimonio de sí mismo en la creación significa que la realidad no es indiferente o
neutra, sino que constituye el gran signo evocador del Misterio (se recupera la bondad del ser).
El hombre con su razón, como ser abierto al Misterio, recorre diferentes caminos para llegar a su
fundamento misterioso.
En DV 3, al referirse a la preparación evangélica, se alude también a la revelación “natural”.
Pero de nuevo la cita de Rom 1, 19s. va precedida por la de Jn 1, 3 (la creación por el Verbo). Se
quiere resaltar igualmente el primado de la Revelación de Cristo que incluye a su vez la
revelación “natural” a través de las criaturas. En último término, también la creación por el
Verbo es un acto revelador de Dios. En definitiva la única meta final de la Revelación es la
“salvación suprema”.
Existen dos cauces o vías en este “conocimiento natural” de Dios:
→ Vía cosmológica: se parte de la realidad del mundo para descubrir su por qué último.
→ Vía antropológica: con dos vertientes: epistemológica (verdad) y moral (libertad).
2
La constitución Dei Verbum del Vaticano II trata acerca de la posibilidad del conocimiento natural de Dios por
medio de las criaturas en el n. 6 citando expresamente el c. 2 de la Dei Filius (DH 3004), pero al hacerlo, a
diferencia de ésta, sitúa en primer lugar el conocimiento de Dios por revelación (cf. DH 3005). Es decir, intercambia
el orden con respecto al Vaticano I: la primacía la tiene el conocimiento de Dios por revelación. Por ello el
conocimiento “natural” (a través de las criaturas) de Dios queda pospuesto al segundo lugar.
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En la Sagrada Escritura se reconoce esta vía: Sab 13, 1-9; Rom 1, 18-21; Hch 17, 22.28; Rom
2, 14-16.
El concilio Vaticano I aborda esta cuestión, como ya hemos mencionado, en la Constitución
dogmática Dei Filius: “La misma santa madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y
fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana a
partir de las cosas creadas”. Hay que destacar estas cuatro afirmaciones:
→ Posibilidad de conocer a Dios.
→ El objeto de ese conocimiento es Dios uno y verdadero, principio y fin de todas las
cosas.
→ El medio es la razón natural.
→ A través de las cosas creadas y con certeza.
En la línea en la que venimos hablando, tanto el concilio Vaticano II como la Carta encíclica de
Juan Pablo II Fides et Ratio ratifican la constitutiva apertura del hombre a la verdad y su
capacidad de conocer racionalmente a Dios.
El cambio de acentos que opera el concilio Vaticano II con respecto al Vaticano I quiere
corregir una cierta concepción del sobrenatural que se dejaba traslucir en éste: la distinción
excesiva de dos órdenes (natural y sobrenatural), también en lo que se refiere al conocimiento de
Dios. Así la Dei Verbum, al referirse al texto de Rom 1, 19s., no sólo manifiesta (como afirmaba
la Dei Filius) la posibilidad de un conocimiento de Dios por la razón humana a partir de las
realidades creadas, sino también, y principalmente, el testimonio que Dios da de sí mismo en las
criaturas: la revelación histórica y la manifestación de Dios en la creación están internamente
ligadas.
3. Carácter pleno y definitivo de la Revelación de Jesucristo
“Cristo es a la par mediador y plenitud de toda la revelación” (DV 2)
“Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, "últimamente, en estos
días, nos habló por su Hijo". pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para
que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre
enviado, a los hombres", "habla palabras de Dios" y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió.
Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y
obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente,
con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios
con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.
La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna
revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13)”
(DV4).
En Jesucristo se da la plena y completa revelación del misterio salvífico de Dios, que ya no habla
por los profetas (palabras sobre Dios), sino que envía a su misma Palabra y hace accesible al
hombre su misma intimidad (Cristo es también “mediador”). Por lo tanto, las palabras, las obras
y la totalidad del evento histórico de Jesucristo, aun siendo limitadas en cuanto realidades
humanas, tienen como fuente, sin embargo, a la Persona divina del Verbo encarnado, “verdadero
Dios y verdadero hombre”, y por eso llevan en sí la definitividad y la plenitud de la revelación.
Jesucristo pronuncia las palabras y realiza las obras que el Padre le ha encomendado. Quien ve a
Jesucristo ve al Padre. Esto suscita el escándalo, pues Dios (Absoluto e Infinito) queda vinculado
a la historia concreta de los hombres.
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No obstante la profundidad del misterio divino en sí mismo sigue siendo trascendente e
inagotable. La verdad sobre Dios no es abolida o reducida porque sea “dicha” en lenguaje
humano. Por esto la fe exige que se profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que
va desde la encarnación hasta la glorificación, es la fuente, participada mas real, y el
cumplimiento de toda la revelación salvífica de Dios a la humanidad.
No se trata de que la historia del mundo coincida con la Historia de la Salvación. No es la
historia de la humanidad la que lleva de por sí la Salvación. Dios entra en la historia y, desde
dentro, la salva.
Sin embargo, aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada;
corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de
los siglos. Es el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, quien enseña a los Apóstoles, y por
medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, la verdad completa.
Por otra parte se puede decir que existen revelaciones privadas, pero no pertenecen al depósito
de la fe. La fe cristiana no puede aceptar revelaciones que pretenden superar o corregir la
Revelación de la que Cristo es la plenitud.
Es contraria a la fe de la Iglesia la tesis que afirma el carácter limitado, incompleto e imperfecto
de la revelación de Jesucristo, que sería complementaria a la presente en las otras religiones
positivas. La razón que está a la base de esta aserción pretendería fundarse sobre el hecho de que
la verdad acerca de Dios no puede ser acogida y manifestada en su globalidad y plenitud por
ninguna religión histórica y, por lo tanto, tampoco por el cristianismo ni por Jesucristo (cf. DI 5-
6).
4. La fe como respuesta del hombre a la Revelación
La noción del acto de fe en el AT
La Revelación es un acontecimiento que comienza con la historia salvífica del pueblo de
Israel. La fe es respuesta a la Revelación y por lo tanto sólo en el marco de este
acontecimiento se puede comprender su naturaleza: se trata de la fe teologal,
sobrenatural. El hecho de Dios se revele supone que haya alguien que reciba, acoja, dicha
revelación, de manera que el proceso sea completo.
Pero ¿qué características tiene el acto de fe en el AT?
a) Creer es un acto de escucha y de obediencia, que reclama un sí incondicionado a
Yahvé y a su ley (cf. Dt 6, 4).
b) Creer es un acto que implica confianza y estabilidad; uno que cree está
sólidamente asentado (Cf. Gn. 12, 1-4).
c) Creer es una respuesta libre a la iniciativa gratuita de Dios. Es la reactio hominis
a la actio Dei. (Cf. Dt 7, 9).
Especificidad del acto de fe en el NT
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La especificidad del acto de creer en el NT reside en la adhesión a la persona de Jesús
de Nazaret, el crucificado que ha sido resucitado y constituido por Dios Señor y Cristo
en la potencia del Espíritu. Este “creer” en el NT tiene muchos matices, pero hay una
constante: consiste en volverse con confianza a Dios que se revela en Jesús, remitirse a
sus palabras y hechos, seguirle sabiendo que con él ya ha llegado la soberanía salvífica
de Dios.
Los escritos del NT reflejan un desarrollo: desde que Jesús predica hasta el momento en
el que Cristo es predicado. El corazón de la predicación de Jesús es el anuncio del Reino
de Dios que llega con Él y en Él, y por eso el acto de fe se dirige originalmente a aceptar
este anuncio, reconocido por los signos que él hace.
Los hechos y las palabras de Jesús, mueven al hombre a una confianza hacia su persona,
por la certeza de que Dios obra a través de Él (cf. Mc5, 28: “la hemorroísa”; Mc10, 46:
“el ciego Bartimeo”; Lc 7, 7-8: “la curación del siervo del centurión”). A una escucha
atenta y a una actitud receptiva ante su persona (escuchar su palabra y observar sus
hechos) sigue la acogida como acto personal. La fe se realiza como seguimiento, como
discipulado. Creer en Él supone acoger su anuncio del Reino de Dios, que equivale a
adherirse a Jesús de Nazaret, crucificado, resucitado, exaltado a la derecha del Padre y
por medio del cual se nos entrega el Espíritu Santo.
En el corpus joánico aparece muy frecuentemente el verbo pisteu,ein (“creer”), que
supone aceptar la persona y la misión del Hijo enviado por el Padre. “Creer” se pone en
relación estrecha con “conocer” (ginw,skein): conocer y creer no son momentos
separados sino expresiones de un mismo acto, porque sólo el que cree conoce la verdad,
y sólo el que la conoce cree en ella. De la misma manera se corresponden mutuamente
creer y vivir: creer, en Juan, es un conocimiento no sólo intelectual sino un dejarse
cautivar, atraer por el amor de Dios que nos ha amado primero (cf. 1Jn 4, 10)
La fe en el Vaticano I (Dei Filius)
“La Iglesia Católica profesa que la fe es una virtud sobrenatural por la que, con inspiración y
ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él ha sido revelado, no por la intrínseca
verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que
revela” (DH 3008).
El concilio subraya claramente el carácter sobrenatural de la fe (sobrenatural,
inspiración, gracia de Dios, la autoridad misma de Dios que se revela). La relación entre
fe y razón se insinúa más adelante a propósito de los “argumentos externos”:
“Sin embargo, para que el obsequio de nuestra fe fuera conforme a la razón [cf. Rom. 12, 1],
quiso Dios que a los auxilios internos del Espíritu Santo se juntaran argumentos externos de su revelación,
a saber, hechos divinos y, ante todo, los milagros y las profecías que, mostrando de consuno
luminosamente la omnipotencia y ciencia infinita de Dios, son signos certísimos y acomodados a la
inteligencia de todos, de la revelación divina” (DH 3009).
La moción interior que supone la fe sobrenatural es apoyada a través de ciertos signos de
credibilidad “acomodados a la inteligencia de todos” (hechos divinos, milagros y
profecías). Se quiere combatir así la postura denominada fideísmo que renuncia al papel
de la razón.
“Mas aun cuando el asentimiento de la fe no sea en modo alguno un movimiento ciego del alma;
nadie, sin embargo, “puede consentir a la predicación evangélica”, como es menester para conseguir la
salvación, “sin la iluminación e inspiración del Espíritu Santo, que da a todos suavidad en consentir y
creer a la verdad” [Conc. de Orange, v. 178ss]. Por eso, la fe, aun cuando no obre por la caridad [cf. Gal.
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5, 6], es en sí misma un don de Dios, y su acto es obra que pertenece a la salvación; obra por la que el
hombre presta a Dios mismo libre obediencia, consintiendo y cooperando a su gracia, a la que podría
resistir” (DH 3010).
El asentimiento de la fe no es un movimiento ciego del alma, pero esto no significa que
sea una fuerza natural del hombre: es siempre un don de Dios por el Espíritu Santo.
Su acto es una obra que pertenece a la salvación. Por lo tanto podemos afirmar que creer
es un acto meritorio. Y esto es posible porque el hombre presta a Dios libre obediencia
cooperando con la gracia. Se subraya el carácter racional, sobrenatural y libre de la fe.
La fe en el Vaticano II (Dei Verbum)
“Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía
libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad", y
asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de
Dios, que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo
convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad". Y
para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona
constantemente la fe por medio de sus dones.” (DV 5).
La fe es la respuesta adecuada a la Revelación de Dios. Cuando Dios se revela hay que
prestarle la obediencia de fe, que consiste en fiarse plenamente de Él y acoger su Verdad,
en cuanto garantizada por Él, que es la Verdad misma. La fe es un don de Dios puesto
que para que el hombre crea necesita la gracia de Dios y el auxilio interior del Espíritu
Santo. Conviene subrayar tres aspectos:
→ La fe se entiende como una entrega de toda la persona a Dios que se revela y
comunica. Es escucha y obediencia en su raíz original y, por eso, seguimiento.
Por la obediencia de la fe, el ser humano se abandona por entero y libremente
a Dios, prestándole el pleno obsequio del entendimiento y de la voluntad por
el que asiente libremente a su Revelación. De este modo acoge como
verdadero lo que Dios ha dicho de Sí, precisamente porque lo ha testimoniado
Él mismo, no porque lo desvele la razón. El aspecto doctrinal de la fe (el
contenido de las verdades reveladas que recogen el testimonio de Dios) debe
ser comprendido personalmente.
→ La adhesión a Dios que es la fe tiene su origen su medio y su fin en Dios. Su
origen es Dios porque Él tiene la iniciativa. Muchas veces y de muchas
maneras habló a los hombres desde el principio (cf. Hb 1,1), pero en
Jesucristo, su Hijo encarnado, tenemos su Palabra definitiva (cf. Jn 1, 14-16).
Su medio es también Dios mismo porque la gracia divina pone en ejercicio la
libertad humana e ilumina la razón para que pueda reconocer la presencia del
Señor (hace posible, incluso, el primer gesto de receptividad y acogida, propio
de la sencillez de corazón -cf. Mt 11,25-). Su fin porque el movimiento de la
fe tiende a Él.
→ La comprensión de la Revelación es un don del Espíritu Santo que va
perfeccionando continuamente la fe con sus dones. Sin la acción del Espíritu,
la fe no se perfecciona y la Revelación acaba por no comprenderse (cf. Rm
1,5; Rm 16,26; 2Co 10,5-6).
Carta encíclica Fides et Ratio: la relación entre la fe y la razón
La encíclica propone el concepto de “apertura” del hombre hacia la trascendencia. Otorga
a ésta una prioridad lógica respecto de la fe (aunque no necesariamente ontológica): es
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como una vía propedéutica de la fe. Pero se trata de una apertura tal que permanece
siempre como posibilidad, que respeta la libertad del hombre.
La Revelación da pleno sentido a las verdades buscadas por la razón orientándolas hacia
su fin último (FR 67). Esta búsqueda de verdad y sentido es entendida como un camino y
un proceso.
En cuanto a la relación que hay entre la fe y la razón, es reveladora la afirmación con la
que se abre la encíclica: “La fe y la razón (fides et ratio) son como las dos alas con las
cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. Se propone una
relación de circularidad entre ambas (que se desprende también del título de inspiración
agustiniano-anselmiana de los dos capítulos centrales: credo ut intelligam, Intelligo ut
credam). Es la misma interacción que se debe dar entre teología y filosofía, y la misma
que subyace en el acto humano de creer. Pero dejando claro que la prioridad corresponde
a la Revelación, mientras que el objetivo final es la inteligencia de la misma.
La articulación adecuada fe-razón se consigue por medio de un razonamiento por
convergencia de sentido (que combina el argumento de convergencia con la cuestión del
sentido). No se trata ni de una demostración constringente ni de una pura opinión, sino de
un razonamiento que presenta una serie de indicios y signos independientes que
convergen entre sí y son capaces de mostrar la credibilidad propia de la Revelación y del
acto de fe. Es una convergencia que lleva a una certeza centrada en el sentido último, la
razón de ser, la finalidad.
La respuesta última y definitiva que encuentra la Iglesia en relación al deseo más
profundo del corazón humano está en Cristo. Él es el mediador y la plenitud de la
Revelación (cf. DV 2). Es esta Revelación la que da pleno sentido a las verdades
buscadas por la razón y las orienta hacia su fin último (cf. FR 67).
La reflexión teológica: San Agustín
En el pensamiento de Agustín la primera nota sobre la fe es su racionalidad. Creer es un
acto del pensamiento tan natural y necesario para el hombre que no hay auténtica vida
humana sin este fenómeno: “creer es pensar acompañado del asentimiento” (“credere est
cum assensione cogitare”). La fe es un modo de conocer mediado por el testimonio de
otro. En el caso del asentimiento a la persona de Jesucristo la Iglesia es testigo.
Podemos distinguir tres pasos en el camino de la fe y su relación con la razón:
1) Preparación a la fe por la razón: la razón es la primera condición de
posibilidad de la fe. Sólo el hombre puede creer, porque sólo él está dotado de
razón.
2) Acto de fe: la razón no puede proceder por sí sola, y debe ser ayudada por la fe.
Antes de creer hay una cierta inteligencia de la verdad; sólo a partir del don de
Dios, esta inteligencia cree y así puede entender: “la fe tiene ojos (habet oculos
fides) para ver que una cosa es verdadera, aunque no sea evidente a la
razón”(cf. Epístola 120)
3) Inteligencia del contenido de la fe: la razón, iluminada por la fe, comprende el
contenido de lo que ha encontrado.
Un segundo elemento es su carácter sobrenatural. Para Agustín no hay ninguna
contraposición entre racionalidad y sobrenaturalidad. La fe sobrenatural no disminuye su
racionalidad. Siendo sobrenatural es racional: “la fe es sobrenatural porque el hombre
abandonado a sus propias fuerzas se extravía”.
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El tercer elemento es la libertad del acto de fe. El acto de fe no es la conclusión necesaria
de un razonamiento.
En cuanto al contenido objetivo de la fe, Agustín afirma que el acto de fe personal está
íntimamente unido al Credo, a la regla de la fe, y a la Escritura. La fe no es una mera
opinión, o actitud, sino que implica un contenido. En este sentido hace una distinción que
luego se hará clásica:
→ “fides qua creditur” (la fe como acto del sujeto)
→ “fides quae creditur” (la fe como el contenido de las verdades que se creen)
Es suya también la siguiente distinción:
→ Credere Deum: el objeto material de la fe, sus contenidos (en este sentido se
identifica con la “fides quae creditur”, es decir, la fe que se cree).
→ Credere Deo: el aspecto formal de la fe, la causa de la adhesión subjetiva (se
identifica con la “fides qua creditur”, es decir, la fe por la que se cree).
→ Credere in Deum: creer hacia Dios, manifiesta la dimensión itinerante de la fe
y de comunión escatológica.
La reflexión teológica: Santo Tomás de Aquino
Para Santo Tomás “la fe es un acto del entendimiento (1: racionalidad) que asiente a la
verdad divina (2: tiene un contenido objetivo) bajo el imperio de la voluntad (3: libertad)
movida por la Gracias de Dios (4: sobrenaturalidad)” (II, II, q.2 a.2)
1) Racionalidad: la fe es razonable, es una forma de conocimiento que se da a
través del testimonio de un tercero. El testimonio lo garantiza Dios mismo. Por
tanto el saber de la fe es indirecto y aunque no tiene evidencia inmediata, goza
sin embargo de una certeza superior a la de cualquier otro conocimiento
humano.
2) Contenido objetivo: el objeto de la fe desde un punto de vista material no es
sólo Dios, sino también otras verdades en cuanto tienen relación con Él: se
trata de la verdad divina.
3) Sobrenaturalidad: la razón formal por lo que se cree es Dios mismo. Suya es la
iniciativa, es Él mismo quien me hace creer: “la fe es el hábito de la mente por
la que se incoa en nosotros la vida eterna, haciendo asentir al entendimiento a
cosas que no ve” (II, II, q.4 a.1). El dinamismo cognoscitivo de la fe es
siempre movido por este hábito sobrenatural. Es imposible creer en Cristo sin
esta moción de Dios que tiene un carácter estable en el hombre.
4) Libertad: el hombre cree libremente, nunca por obligación o necesidad. La
acción del Espíritu Santo mueve interiormente posibilitando la adhesión libre
de la voluntad.
La reflexión teológica: J.H. Newman
El cardenal Newman define la fe como “una acto intelectual realizado con una
determinada disposición moral, un acto de la razón a base de presuposiciones santas y
devotas, iluminadas por la Gracia” (Sermón 12). En esta definición ha tenido en cuenta
la aportación de dos corrientes: la evidencialista, y la teoría de las probabilidades
antecedentes.
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Para Newman el acto de fe es único, elemental, y completo (no depende por lo tanto de
un proceso mental previo). Reivindica que en éste concurre la Gracia, siendo
simultáneamente un acto moral, libre, que pone en juego la totalidad de la persona.
La reflexión teológica: P. Rousselot
Rousselot se sitúa en el contexto de la teología contemporánea que prefiere hablar de la fe
como síntesis3 (en el sentido de “la síntesis que es la fe” o “la síntesis que realiza la fe”).
De hecho califica la luz de la fe como una fuerza sintética. Para él, la fe da la
comprensión global operando una síntesis. La luz de la fe hace posible el conocimiento
de la credibilidad de la Revelación.
Destaca la dimensión iluminadora de la fe (la fe como don de Dios). Se sitúa en el
contexto de la tradición patrística y especialmente agustiniano-tomista, con sus
expresiones habet oculos fides (San Agustín) y oculata fide (Santo Tomás de Aquino). Es
decir, la fe tiene sus propios ojos, aporta su propia luz al conocimiento. Afirma que la
misma fe desvela los “ojos” del conocimiento. En el mismo acto de fe se produce el
asentimiento y el conocimiento de la credibilidad. El elemento que los une es la “lumen
fidei”, que da la comprensión de la afinidad que existe entre los indicios o motivos de
credibilidad y el asentimiento, y que opera así la síntesis que realiza la fe. Es una relación
de prioridad recíproca y circular.
Bibliografía utilizada:
1. Concilio Ecuménico Vaticano II (B.A.C.)
2. El Magisterio de la Iglesia (Denzinger, Hünermann)
3. Comentario a la Dei Verbum (B.A.C.)
4. Declaración Dominus Iesus (Congregación para la Doctrina de la Fe)
5. Teología y secularización en España (Instrucción Pastoral de la Conferencia
Episcopal Española, 30-3-2006)
6. PIÉ-NINOT, S., La teología fundamental. Secretariado trinitario 2002.
7. Apuestes personales de clase.
- Dios revela por amor: porque quiso y nos ama y quiere insertarnos en su misma
realidad (partícipes de la naturaleza divina)
- Su naturaleza es salvífica (la verdad de Dios y la salvación del hombre)
- Dios crea y conserva la creación gratuitamente: crea también para revelarse creando
- Dios se revela en Cristo (cuándo: al final, en la plenitud de los tiempos); con hechos-
obras de salvación y palabras de Dios (cómo); y el qué (la verdad de Dios y la
salvación de los hombres)
- Características de la revelación a la luz de la DV: es interpersonal y dialógica (DV 3),
la revelación es gratuita (DV 2 por el beneplácito y amor de Dios), se recibe desde la
fe (la acogida de la revelación; es una capacidad que viene también de Dios), es un
evento social (el hombre no es un individuo, apunta a la fraternidad y a la
universalidad; nos hace testigos para extender la comunión misma de Dios), tiene una
estructura histórica (DV 2: ocurre en la historia, es una “palabra situada”), es
3
Al hablar del acto de fe intentando especificar cuál es su naturaleza, en la teología clásica se utilizaba el concepto
de “análisis de fe”: se trata de un acto humano que a la vez es don de Dios. Sin embargo, en los estudios
contemporáneos se prefiere hablar de “síntesis de la fe”, entendida como “la síntesis que es la fe o que realiza la fe”.
Se intenta alcanzar una comprensión más global del acto de fe que integre todas las dimensiones de la vida: vitales,
intelectuales, morales, afectivas, estéticas, sociales… movidas en último término por Dios. Es una síntesis que
implica la relación entre la fe como don de Dios (la Revelación que es “creída” gracias a su autofundamentación) y
la razón como sujeto de esta fe (la Revelación que es “conocida” gracias a la credibilidad y sus signos).
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progresiva (hay un dinamismo interior: DV 2: hechos y palabras que explican el
misterio), se encarna en el hombre (DV 2 es palabra hecha carne, que comunica lo
íntimo de Dios), es mediada (DV 2: no sólo se revela a través de los profetas y de la
PdD sino que es el hombre mismo el que la acoge, dejando libre la iniciativa de Dios
que antecede), es salvífica (DV 2), tiene estructura trinitaria y cristológica (DV 2:
revelado y revelador), pneumatológica (DV 2: Dios mismo provoca la respuesta de la
fe), sacramental (la palabra expresada contiene lo que expresa) y se recibe en la fe
(DV 5).
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