EL CERCO DE ZAMORA VISTO POR AGUSTÍN GARCÍA CALVO:
UNA VERSIÓN POPULAR TEATRALIZADA
El polifacético escritor zamorano, Agustín García Calvo, aporta su original visión del
cerco de Zamora, partiendo de un conocimiento profundo de la lírica-épica castellana, el
pensamiento crítico y las innovaciones teatrales propuestas durante el último tercio del
siglo XX. La temática literaria por excelencia de la provincia zamorana, sus legendarios
personajes y la victoria colectiva sobre el injusto asedio del monarca, es recogida y
adaptada mediante un texto que busca –continuando los gustos del medievo- ser oído y
teatralizado.
La versión de García Calvo parte de la Historia pero contra la Historia –siguiendo
su peculiarísimo discurso y frecuentes antítesis-, así abandona pronto la dificultad de
determinar la autoría del Romancero, para fijarse en unos acontecimientos espléndidos
que pueden ser contados y transmitidos a la posterioridad. Uno de los filólogos clásicos,
Ramón Menéndez Pidal, defendía que, en la tradición oral española, existieron dos tipos
de este género de poemas no estróficos: los romances noticiosos -para narrar los sucesos
acontecidos en los siglos XIII y XIV-; e hipotetiza que quizá antes aparecieron los épicos
-para referirse a las grandes gestas medievales-. Agustín García Calvo, discrepa del
análisis oficial pero comprende a la perfección esa original mezcla del Romancero
español, aunando el aspecto popular con la gran hazaña de la resistencia numantina
zamorana al asedio real. Y preocupándose, siendo a mi parecer esto interesantísimo, de
los orígenes del género. Aparecen reminiscencias del Cancionero de romances de 1550,
Lope de Vega, Bretón de los Herreros, Federico García Lorca, Guillén de Castro, el
recuerdo sefardí, el teatro griego, el antes citado Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, o de
Antonio Tovar –considerado, por el profesor zamorano, su gran maestro-.
García Calvo se había acercado antes a los romances en su prolífica obra, puesto
que en el año 1991 publicó Ramo de romances y baladas, donde acudió a la tradición
europea -deconstruida con genialidad-, y por supuesto a su eterna dicotomía “Capital”
contra “Pueblo”.
Asimismo, abundan el popularismo, la libertad creadora y el pie rítmico -rimando en
asonante en los pares unas pocas veces, y otras tantas aleatoriamente- en otro
entrañable poemario del vate y filólogo zamorano, Valorio 42 veces, libro íntegro dedicado
a su gran amor, Josefina. El motivo utilizado para esta creación roza la perfección del
lirismo romántico: recoge 42 poemas, escritos ininterrumpidamente durante 42 años -cada
19 de marzo, día de San José, y por tanto santo de Josefa- y dirigidos a su mujer a modo
de homenaje. Además, cuentan que junto a los obligados versos, el poeta le entregaba un
ramo de violetas frescas que había recogido ese mismo día en el bosque de Valorio.
Hagiografía, ternura, fidelidad y naturaleza vuelven a mezclarse para mostrar el lado más
íntimo del escritor. Él, autodenominaba a esta lírica, de transición de su juventud más
temprana a la madurez irreverente (el primer poema, lo elaboró cuando solo tenía 16
años, fechado en 1943), con el sugerente nombre de poesía impura. Años más tarde, un
cantautor zamorano, Luis Ramos versionó algunos poemas del bosque zamorano, como
antes lo había hecho Chicho Sánchez Ferlosio con los versos de Contratiempo, o
Amancio Prada en la canción Libre te quiero.
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Infatigablemente, García Calvo en la estructuración de El cerco de Zamora, es fiel
en su lucha contra la literatura oficial establecida, buscando siempre desmontar lo
estrictamente académico, y procurando transcender por medio de la oralidad hacia la
literatura popular y con los ritmos de la antigüedad griega y romana como referentes. Aún
así, partiendo de las grandísimas dificultades para catalogar su propuesta, puede ser
oportuno tomar algunos conceptos sobre el análisis del octosílabo románico señalados
por Tomás Navarro Tomás, vinculando el parentesco de los romances con las series
monorrimas de los antiguos cantares de gesta: la falta de rima constante en los versos
impares; la rima uniforme y sostenida de los versos pares -asonantes-, incluida la libre
mezcla en este punto de consonancia y asonancia, contra el uso generalizado de la
poesía culta; medida fluctuante de algunos versos, posible derivación de la ametría
juglaresca; o la adición de la -e paragógica en algunos versos, posiblemente para otorgar
cierto arcaísmo al discurso. En una obra que inevitablemente utiliza un personaje
legendario y polémico, Rodrigo Díaz de Vivar, como antihéroe, inexcusablemente
polemizando así con la clasificación patriótica y clásica de Marcelino Menéndez Pelayo
del “ciclo de romances de El Cid”.
Inevitablemente, debido al frecuente uso que realizo del manual, la triada Blanco
Aguinaga, Rodríguez Puértolas e Iris M. Zavala, en el tercer volumen de Historia social de
la literatura española, realizó un análisis del contexto social y la literatura escrita sobre El
Campeador desde una óptica marxista. Así, establecen tres niveles estructurales que,
«entrelazados, producen un falseamiento de la Historia y una mitificación de Rodrigo y de
Castilla»: el primero; Castilla (lo germánico) en oposición a León (la tradición romana), es
decir, el nuevo reino hegemónico contra lo antiguo en retirada; en segundo nivel, está el
socio-económico, revelando el enfrentamiento entre varios grupos sociales con la
oligarquía aristocrática cortesana, una lucha por los privilegios de clase y la hostilidad del
Pueblo hacia los grandes señores; y el tercero, es el individual, el del héroe, tornado en
mercenario y enfrentado a la ciudad hermana que lo nombró caballero. García Calvo,
desde su perspectiva ácrata y colectivista, tan poco amigo de las banderas nacionales y
del fetichismo de lo individual, quizá le dieran absolutamente igual algunos de estos
planteamientos, centrándose en el Pueblo versus Poder y en la no idealización de la
creación literaria. «Cada fase de Historia ha tenido, sin embargo, su modo de cronología»,
y «Saber lo que se sabe y no percibir cómo se va sabiendo será lema cada vez más
cierto de la cultura y la educación moderna», afirmaría el catedrático zamorano.
En El Cerco de Zamora de García Calvo no hay lugar para la casualidad, todo está
milimétricamente ordenado y con una intencionalidad precisa. Existe un empeño en la
ordenación de los personajes, la utilización del narrador como guía o la reconstrucción de
una historia teatral siguiendo unos ritmos (musicales y dramáticos) que el erudito
zamorano estudió con pasión durante toda su vida.
Todo está distribuido con minuciosidad. Deliberada es la coincidencia de los dos
entierros por los campos y calles zamoranas. Premeditada es la utilización de la toponimia
para otorgar verosimilitud y coherencia al relato. Intencionada es la despedida de doña
Urraca y El Cid, reconociendo el último la valentía de los ciudadanos de Zamora, y
recordándole ella a quien se debe (a su hermano, el rey Alfonso) siendo allí donde debe
jurar la fidelidad, resolviéndose el asunto de la monarquía. No es casual la relación entre
Bellido Dolfos y doña Urraca, ni la descripción iconoclasta de la fétida muerte del rey don
Sancho. Tampoco es aleatorio el nombre de los dos personajes zamoranos –introducidos
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por el autor- que acuden al campamento castellano a robar víveres y ganado. Uno es
Mingo, nombre popular y literario por excelencia en la época; y el otro, Benito, en clara
alusión a Benito Pellitero, héroe popular de la revuelta antiseñorial conocida como “El
motín de la trucha”. Una vez más, esa idea tan agustiniana de “solo el Pueblo, salva al
Pueblo” se reivindica en la escena. En el Manifiesto de la Comuna Antinacionalista
Zamora, sintetiza a la perfección ese precepto ético: «Apenas podrá hallarse ciudad como
Zamora que por tan antiguos y claros antecedentes de su historia pueda y deba sentirse a
mantener en alto la antorcha de la rebelión contra el Estado, la guadaña avezada a
desgarrar banderas nacionales».
La resistencia solidaria, fraternal y premeditada de todo un colectivo que no precisa
de grandes líderes, ni creencias religiosas, ni oferta de riquezas materiales, para lograr un
fin emancipatorio ante las peor de las adversidades:
«Pasando los meses pasan
más duelos y más quebrantos
de que ya ve que a Zamora
el hambre le está apretando
y por ende día a día
más le apremia el rey don Sancho»
La temática de la obra es inmensa, aproximándose a las preocupaciones
-pequeñas y magnánimas- del ser humano: la guerra, la rebelión, la amistad, el heroísmo,
el amor, el erotismo, la traición, la fidelidad, la aventura y la muerte. Este eclecticismo
democratiza unos sentimientos universales, donde lo cotidiano está presente, ya que
nunca deja de ser la historia corriente de una pequeña ciudad pero que súbitamente
puede ser invadida. El autor, en su línea, sirve de vocero de unos temas que atañen a
toda la humanidad, valiéndose del recuerdo. La leyenda incorporada al ideario afín de una
comunidad. Quizá los siguientes versos, correspondientes a una cancioncilla de Baraja
del rey don Pedro, sirvan para resumir esta inquietud:
«Unos dicen que la salud,
otros dicen que el dinero;
los hay que dicen que el amor
es lo primero.
Pero yo digo que el olvido
vale más que todos ellos.»
La figura del narrador es clave en la obra pues sirve como presentador de la
escena, adaptando a los personajes e introduciéndolos en la historia teatral, repartiendo
ritmo y movimiento, al estilo del antiguo trovador medieval que transmitía unos hechos,
mediante unos versos, su voz y su música, ante un público que los hacía entonces suyos
y los consideraba parte de ese acervo popular propio, posteriormente perpetuado por la
oralidad a las sucesivas generaciones.
El lingüista vio a la literatura como un objeto mercantil, pues podía comprarse y
venderse atendiendo a los gustos del momento; en cambio, entendía que la lengua no
tiene dueño. La cuestión del lenguaje siempre presente en sus exposiciones, en continua
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evolución y construcción. A lo largo de las once escenas transgrede con el léxico y en la
acción. Lo oral se impone a lo escrito, siendo la métrica y la oratoria otros recursos
empleados para legarnos un mensaje muy humano -o incluso, irreal-, ocupándose así de
los aspectos prosódicos y métricos de las lenguas. «El ritmo mismo de la danza o de los
cantos es cómputo de tiempo, pero no por ello ideación. Y en los mitos de tradión oral no
hay propiamente tiempo alguno, puesto que no sólo es que los sucesos míticos no sean
en verdad tales sucesos, (…) que además no establecen relación cronológica con el
momento en que se habla, de modo que el águila ni bajará al hígado de Prometeo ni bajó
ni está bajando», sintetizó en su escrito Historia contra tradición. Tradición contra Historia.
Su propuesta de El Cerco de Zamora fue elaborada en el año 2009, a colación de
unas jornadas culturales que el ayuntamiento de la ciudad había realizado tomando como
temática la sociedad medieval. La primera edición del texto fue publicada en junio de
2014, incluyendo un completo prólogo de su buen amigo Antonio Cid. Poco después, tuvo
dos lecturas dramatizadas: una, en la Fundación Menéndez Pidal, en Madrid; y otra, en el
Teatro Principal de la ciudad de Zamora, siendo una selección de pasajes musicalizados.
Y hubo que esperar hasta el verano del 2022 para ver su primera puesta en escena
dramatizada, efectuada por una compañía de teatro aficionado provincial, en los jardines
del castillo de Zamora -hoy, renombrados, en consideración con otro libertario, jardines de
Baltasar Lobo-. Evidentemente, otra vez más, su autor nunca pudo admirar su puesta en
escena.
A García Calvo, como a la práctica totalidad de los dramaturgos, le interesaba que
su texto fuese representado, ese es el fin mismo del teatro. Defendía que el papel no es
un lugar exclusivo para el teatro, mucho menos el idóneo. Y la historia del cerco de
Zamora, con todas sus contradicciones y disputas, es un relato que merece ser estudiado
en profundidad y representado todas las veces posibles. Ojalá, a partir de ahora, así sea.
Carlos Coca Durán,
es licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura
Comparada por la Universidad de Salamanca
y profesor de Lengua Castellana y Literatura.
FUENTES DOCUMENTALES CONSULTADAS:
ALONSO, Dámaso (1982). Cancionero y romancero español. Salvat Editores,
Estella.
BLANCO AGUINAGA, Carlos; RODRÍGUEZ PUÉRTOLAS, Julio; ZAVALA ZAPATA,
Iris M. (1988). Historia social de la literatura española. Editorial Castalia, Madrid.
DÍAZ ROIG, Mercedes (1985). El Romancero viejo. Cátedra, Madrid.
GARCÍA CALVO, Agustín (1998). Baraja del rey don Pedro. Lucina, Zamora.
GARCÍA CALVO, Agustín (2014). El cerco de Zamora. Lucina, Zamora.
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GARCÍA CALVO, Agustín (1983). Historia contra tradición, Tradición contra Historia.
Lucina, Zamora.
GARCÍA CALVO, Agustín (1987). Manifiesto de la Comuna Antinacionalista
Zamorana. Lucina, Zamora.
GARCÍA CALVO, Agustín (2006): Pasión, farsa trágica. Lucina, Zamora.
GARCÍA CALVO, Agustín (1986). Valorio 42 veces. Lucina, Zamora.
GARCÍA LORENZO, Luciano (2021). Zamora en la literatura. Semuret, Zamora.
MENÉNDEZ PIDAL, Ramón (1938). Flor nueva de romances viejos. Espasa Calpe,
Madrid.
QUILIS, Antonio (1984). Métrica española. Ariel, Barcelona.
Entrevista con familiares y amigos de Agustín García Calvo, el 14 de octubre de
2022, en su domicilio familiar en la ciudad de Zamora.
Este artículo fue publicado en Zamoranos Universales II:
segundo volumen (páginas 115-136), cuya primera edición fue
editada en marzo de 2023.
ISBN 9798378368754