Fullan, M. (2002) Los Nuevos Significados Del Cambio en La Educación. Primera Parte. Capítulos 3 y 4 PDF
Fullan, M. (2002) Los Nuevos Significados Del Cambio en La Educación. Primera Parte. Capítulos 3 y 4 PDF
MICHAEL FULLAN
OCTAEDRO
CAPITULO 3
A estas alturas, estamos tan acostumbrados a la presencia de cambio que rara vez nos
paramos a pensar qué significa realmente el cambio tal y como lo experimentamos. Y lo que es
más importante, casi nunca nos paramos a pensar qué significa para las personas que nos rodean
y que podrían estar en situaciones de cambio. El quid del cambio es cómo asumen los
individuos esta realidad. Subestimamos demasiado ambas cuestiones: qué es el cambio (el tema
de este capítulo) y los factores y procesos que lo explican (tema que discutiremos en los
capítulos 4 y 5). Para responder a la primera pregunta, dejemos a un lado, de momento, el
problema de la fiabilidad de las fuentes y el propósito del cambio (capítulo 2), y consideremos
el cambio como lo que es: un aspecto de la vida. El proceso de clarificación que propongo se
compone de cuatro partes: la primera consiste en considerar el problema más general del sentido
del cambio individual en la sociedad en su conjunto, y no sólo circunscrito a la educación. En
segundo lugar, profundizo en el sentido subjetivo del cambio para los individuos en la
educación. A continuación organizo estas ideas de forma más exhaustiva para llegar a una
descripción del sentido objetivo del cambio, que pretende explicar, más formalmente, los
componentes del cambio educativo. Esta descripción será válida si realmente ordena y da
sentido a la confusión y complejidad de las realidades subjetivas de los educadores. En cuarto
lugar, y nexo con buena parte del resto del libro, trato dos importantes cuestión relacionadas: el
sentido compartido y la coherencia programática. Por último, permítanme recalcar desde un
principio que el sentido tiene una dimensión moral y otra intelectual: cambiar las vidas de los
estudiantes requiere preocupación, compromiso y pasión, tanto como saber intelectual.
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR
Los títulos de algunos de los informes más generales sobre el cambio individual y la
realidad de la sociedad moderna ofrecen una sucinta introducción al problema: Loss and
Change (Marris, 1975), Beyond the Stable State (Schón, 1971), The Social Construction of
Reality (Berger y Luckmann, 1967), Thriving on Chaos (Peters, 1987), Riding the Waves of
Change (Morgan, 1989), The Fifth Discipline (Senge, 1990), Only the Paranoid Survíve (Grove,
1996) y Competing on the Edge (Brown y Eisenhardr, 1998).
Aunque no es lo mismo el cambio voluntario que el impuesto, Marris (1975) argumenta
que todo cambio real implica pérdida, ansiedad y lucha. El no reconocer este fenómeno como
natural e inevitable hace que tendamos a ignorar aspectos importantes del cambio y a
malinterpretar otros. Como expone Marris en páginas anteriores «Una vez comprendida la
ansiedad que produce la pérdida, la tenacidad del conservadurismo y la ambivalencia de las
instituciones en transición se hacen más claras» (p. 2).
Según Marris, «Según se trate de un cambio buscado o impuesto, sea casual 0 esté
planificado; se mire desde la óptica de los reformadores o de los que ellos manipulan, de los
individuos o de las instituciones, la respuesta es claramente ambivalente» (p. 7). Las personas
reaccionamos ante las nuevas experiencias siempre en el marco de una «construcción de la
realidad, conocida y fiable» en la cual somos capaces de añadir sentido personal a las
experiencias, al margen del sentido que posean para otros. Marris no ve incompatible este
«impulso conservador» con el crecimiento personal: «busca consolidar habilidades y vínculos,
cuya posesión proporciona la seguridad necesaria para conquistar algo nuevo» (p. 22).
El cambio puede sobrevenir bien porque se nos impone (por causas naturales o de forma
deliberada), bien porque tomamos parte voluntariamente de él o incluso lo iniciamos cuando no
estamos satisfechos con nuestra situación, no hallamos consistencia o nos resulta intolerable.
En cualquier caso, el sentido del cambio raramente es claro al principio y esta
ambivalencia impregna el proceso de transición. Una innovación «no puede ser asimilada si su
sentido no se comparte» (Marris, 1975, p. 121, énfasis añadido).
Cito extensamente un revelador pasaje de Marris (1975) que es esencial para nuestro
tema.
Schön (1971) ha desarrollado básicamente el mismo tema. Todos los cambios reales
comportan «pasar a través de zonas de incertidumbre... el estado de náufrago, de estar perdido,
de hacer frente a más información de la que puedes manejar» (p. 12). El «conservadurismo
dinámico», en las formulaciones de Marris y Schön no es un fenómeno meramente individual,
sino también social. Los individuos (por ejemplo, el profesorado) pertenecen a sistemas sociales
(como las escuelas) que comparten espacios de sentido:
social ofrece... un marco teórico, unos valores y una tecnología relacionada que permite
a los individuos dar sentido a sus vidas. Las amenazas al sistema social amenazan
también ese marco. (Marris, 1975, p. 51)
Los principios e ideas descritos por Marris y otros poseen profundas implicaciones para
nuestra comprensión del cambio educativo en dos sentidos: el primero relativo al sentido del
cambio y el segundo en relación al proceso de cambio. En las páginas restantes de este capítulo,
empiezo a aplicar estos principios a ejemplos específicos sobre el sentido del cambio educativo
introduciendo algunos conceptos pertenecientes a distintas dimensiones y grados de cambio. En
los capítulos 4 a 6 se discuten las implicaciones para la gestión del cambio, a partir de una
amplia base documental sobre las causas y procesos del cambio.
El cambio real, por lo tanto, sea o no deseado, representa una seria experiencia personal
y colectiva caracterizada por la ambivalencia y la incertidumbre; y que, si prospera, comporta
sentimientos de seguridad, superación, y éxito profesional. Los problemas de la incertidumbre y
la importancia de confiar en nuestras propias capacidades son aspectos centrales del sentido
subjetivo del cambio educativo y de su éxito o fracaso; aspectos que no han sido reconocidos ni
apreciados en muchos intentos de reforma.
Los detalles de las diversas fenomenologías de los diferentes roles relacionados con la
labor educativa se discuten en los capítulos centrales de la segunda y la tercera parte del libro.
En esta sección, mi propósito es establecer la importancia y el significado de la realidad
subjetiva del cambio. Para ilustrar esta realidad, utilizaré ejemplos del mundo del profesorado,
aunque el lector encontrará en el capítulo 7 un análisis más completo de la situación del maestro
o maestra y, en otros capítulos, de las realidades relevantes de otros participantes.
La realidad subjetiva de los maestros en el día a día está muy bien descrita en
Huberman (1983), Lortie (1975), Rosenholtz (1989), Ball y Cohen (1999), y Stigler y Hiebert
(1999). La imagen general es de un desarrollo limitado de la cultura técnica: los educadores no
saben muy bien cómo influir en los estudiantes ni están seguros de ejercer en realidad dicha
influencia; ven a los estudiantes como sujetos en circunstancias específicas, influenciados por
muchas fuerzas divergentes que no responden a generalizaciones; las decisiones docentes a
menudo se adoptan por el procedimiento pragmático de ensayo y error, sin espacio para la
reflexión o el razonamiento lógico; los maestros tienen que enfrentarse a constantes incidentes
cotidianos, dentro de la clase, tales como conflictos interpersonales o problemas de disciplina,
pero también fuera, como por ejemplo recogidas de fondos para eventos escolares, anuncios o la
relación con la dirección, con los padres o con la administración central. Superar el día a día
supone un esfuerzo absorbente; hay pocos días para compensaciones, cubrir el currículum, hacer
entender una materia, tener una influencia positiva sobre uno o dos estudiantes (casos
satisfactorios); y siempre con la presión de la falta de tiempo.
Partiendo de sus investigaciones y de análisis propios de otros estudios, Huberman
resume Ja presión de las aulas» que afecta a los maestros en su práctica cotidiana:
eficaz con un niño es inefectivo con otro; lo que funciona un día puede no
funcionar al siguiente.
● La presión de implicación personal con el alumnado: los maestros descubren
que necesitan desarrollar y mantener una relación personal, y que en la mayoría
de los casos una interacción positiva potencia el aprendizaje académico.
(Huberman, 1983, pp. 482483)
Según Huberman, la «presión de las aulas» afecta a los maestros de formas diversas:
desvía su atención hacia los efectos cotidianos o una perspectiva a corto plazo; los aísla de otros
adultos, sobre todo de las relaciones con los compañeros de trabajo; agota sus energías; y limita
las oportunidades para la reflexión sostenida.
Además de estos factores cotidianos que inhiben el aprendizaje de parte del
profesorado, la mayoría de estrategias de reforma se centra en las estructuras, los requerimientos
formales y las actividades basadas en la práctica, que implican, por ejemplo, jornadas de
desarrollo profesional. No combaten directamente las culturas existentes, que requieren nuevas
prácticas y valores. Como he dicho en otras ocasiones (Fullan, 1993, 1999), la reestructuración
(qué puede imponerse) es muy común, mientras que la reculturización (cómo los maestros
ponen en cuestión y cambian sus propios hábitos y creencias) es lo más necesario.
Tres estudios recientes, entre otros muchos, muestran que profundizar en la
reculturización está resultando mucho más difícil de lo que parecía en un principio (Ball y
Cohen, 1999; Oakes y otros, 1999; Stigler y Hiebert, 1999).
Ball y Cohen (1999) hablan de la persistente superficialidad en la formación del
profesorado:
Los maestros no van mucho más lejos en su formación, señalan Ball y Cohen:
La formación continua... es vista normalmente como algo que se adquiere por sí solo
como resultado de la experiencia o bien como producto de la formación en métodos o
currícula particulares. (p. 4)
Al analizar las grabaciones, hallamos pocos indicios de reforma, al menos, tal y como
había sido propuesta por aquellos que la introdujeron... [además] la reforma de la
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR
docencia, tal y como la interpretan algunos maestros, podría de hecho empeorar las
prácticas existentes. Los maestros pueden malinterpretar la reforma y realizar cambios
superficiales como incluir más trabajo de grupo; fomentar el uso de manualidades,
calculadoras y ejemplos del mundo real; o incluir la escritura en las lecciones pero no
son capaces de alterar el planteamiento básico de la enseñanza de las matemáticas.
(Stigler y Hiebert, 1999, pp. 106107)
Todo esto, más que una crítica a los maestros, es un problema del modo en que se
introduce el cambio y en particular de la escasez de oportunidades para que el profesorado
participe en un proceso de reflexión profunda y un aprendizaje sostenido. Como resultado, la
reforma significativa escapa al maestro medio, en favor de cambios superficiales y aislados que
sólo empeoran las cosas. Añadan la multiplicidad de reformas que discutimos en el capítulo 2 y
las posibilidades de alcanzar sentido en las actuales circunstancias son prácticamente nulas.
Resumiendo, los maestros no tienen ningún motivo para creer en el valor de los
cambios propuestos, y pocos incentivos (y sí costes considerables) para averiguar si un cambio
acabará siendo válido. La observación de Flouse (1974), hace más de un cuarto de siglo, sigue
siendo válida:
A menudo, el coste personal de ensayar los cambios es elevado... y raras veces hay
indicios de que las innovaciones merezcan el esfuerzo. Las innovaciones son actos de
fe. Requieren que uno crea que al final darán sus frutos y la inversión personal habrá
merecido la pena. Así, muy a menudo no existen esperanzas de obtener resultados
inmediatos. El coste es también alto. La cantidad de energía y tiempo requerido para
aprender las nuevas habilidades o roles asociados con la innovación es un índice
ilustrativo de la magnitud de la resistencia. (p. 73)
Como era predecible, las soluciones «racionales» a los problemas mencionados han
fracasado porque ignoran la cultura de la escuela (Sarason, 1982). Dos de las soluciones más
populares, aunque superficiales en sí mismas, han consistido en el uso de objetivos generales
(en el presupuesto de que el profesorado debe definir el cambio de acuerdo con su propia
situación) y, en épocas más recientes, en la especificación detallada de estándares educativos. El
resultado ha sido que cuanto más cambian las cosas, más siguen siendo lo mismo. En cuanto a
la primera, Goodlad, Klein y otros (1970) hablan de la presencia de reformas en la escuela
(como la enseñanza en grupo o la individualizada), a partir de su estudio de 158 aulas de
Estados Unidos. Constataron:
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR
Una impresión muy subjetiva, aunque no por ello menos general, de aquellos que
reunieron y estudiaron los datos era que algunas de las innovaciones más recomendadas
y divulgadas de la última década contaban sólo con una concepción vaga y, a lo sumo,
una implementación parcial en las escuelas que las aplicaban. Los cambios no
progresaban en el esfuerzo por transformar la innovación en un marco conceptual
familiar o en el establecimiento de patrones de escolarización. Por ejemplo, la
enseñanza en grupo era por lo general una forma de departamentalización... De modo
similar, el nuevo contenido de los proyectos curriculares tendía a ser asimilado por la
metodología tradicional... [Directores y maestros] aseguraban haber introducido la
individualización de la enseñanza, el uso de una amplia gama de materiales didácticos,
un objetivo final, prácticas de grupo, y métodos inductivos o de descubrimiento, cuando
nuestros datos mostraban poca evidencia, si acaso alguna, de que estos procesos
estuvieran en marcha. (pp. 7273)
Otros estudios sobre las reformas aplicadas, muestran que muchos maestros ni siquiera
experimentan el consuelo de la falsa claridad. Gross y otros (1971), así como Huberman y Miles
(1984), constataron que los objetivos abstractos, si se pretendía que el profesorado los hiciese
operativos, causaban confusión, frustración, ansiedad y provocaban el abandono de los
esfuerzos. Por tanto, la falsa claridad surge cuando la gente piensa que ha cambiado, pero en
realidad sólo ha asimilado los aspectos más superficiales de la nueva práctica. La ausencia de
claridad sobreviene cuando se intentan llevar a cabo innovaciones confusas en condiciones que
no contribuyen al desarrollo del sentido subjetivo del cambio.
La reforma basada en estándares es más complicada. Por un lado, recuerden el
desolador informe de McNeil sobre las consecuencias de las pruebas estandarizadas que se
llevan a cabo en Texas, al que me he referido en el segundo capítulo. Por otra parte,
discutiremos en los capítulos siguientes el nuevo potencial de la reforma basada en estándares
(que no estandarizada). (Ver Barber, 2000; Elmore, 2000; Hill y Crévola, 1999). Llegaremos a la
conclusión de que la reforma basada en estándares, se aplique al aprendizaje del estudiante o al
desarrollo del profesorado, es una estrategia esencial para alcanzar sentido y coherencia.
En cualquier caso, en este punto podemos extraer dos conclusiones básicas. En primer
lugar, que el cambio siempre fracasará si no encontramos un modo de crear infraestructuras y
procesos que involucren al profesorado en el desarrollo de nuevas concepciones. En segundo
lugar, que no estamos hablando de sentido superficial, sino del significado profundo de los
nuevos enfoques en la enseñanza y el aprendizaje. Y este sentido no es fácil de alcanzar en las
condiciones y la cultura actuales.
cambio educativo), que existen al margen de cualquier individuo determinado. Existe también el
peligro de que la realidad objetiva sea tan sólo una proyección de los diseñadores del cambio y,
por tanto, una simple versión glorificada de sus propias concepciones subjetivas. Como explican
Berger y Luckmann (1967), podemos minimizar este problema siguiendo la práctica de plantear
preguntas dobles: «¿Cuál es la concepción de realidad existente en un asunto determinado?»,
seguida de inmediato por un «¿según quién?» (p. 116). Sin olvidar esta precaución, pasaré ahora
a la posibilidad de definir el cambio educativo.
Las tres dimensiones del cambio en potencia pueden ilustrarse haciendo referencia al
documento principal. Por ejemplo, las implicaciones para las creencias pedagógicas se explican
en el siguiente pasaje:
El énfasis se sitúa en el niño como usuario flexible del lenguaje. Si queremos que el
lenguaje sea verdaderamente útil (funcional), debemos partir del nivel de competencia y
la experiencia del niño e inserir nuestra enseñanza en la situación del lenguaje natural,
que es un todo integrado. Debe subrayarse que la filosofía del programa se basa en una
integración absoluta de todos los aspectos de la lengua y la literatura. En este sentido, la
integración se refiere al tratamiento de todas las habilidades comunicativas de forma
interrelacionada. (Simms, 1978, pp. 9091)
«aprendían a compartir los materiales, tomar turnos de palabra, respetar la propiedad de los
demás, etc. con la mirada puesta en la manifestación de estos comportamientos, y no en las
actitudes concomitantes y en la comprensión» (Bussis y otros, 1976, p. 59). Fueron estos
mismos maestros quienes reaccionaron al problema de la ambigüedad, demandando mayor
información sobre «qué debe cubrirse exactamente». Otros maestros habían desarrollado una
comprensión básica de los principios de la educación abierta y de las actividades concretas que
los desarrollaban. Eran capaces de «moverse con soltura de una actividad a otra y de organizar
las prioridades, partiendo de un caso concreto para ilustrar un tema más amplio y relacionando
de nuevo las prioridades más generales con ejemplos específicos» (p. 61). La reflexión, la
claridad de objetivos y la concienciación caracterizaban a estos maestros, pero no de forma
lineal: por ejemplo, llevaban a cabo una actividad por intuición y, posteriormente, reflexionaban
sobre su sentido en relación al objetivo general. Las presuposiciones sobre los niños y la manera
de orientarlos variaban de forma similar. Los maestros iban desde los que pensaban que no se
puede confiar en la capacidad de elección de los niños y que ésta es idiosincrásica (unos pueden
y otros no), a los que asumían que todos los niños tienen intereses y eran capaces de relacionar
estos intereses individuales con objetivos educativos comunes mencionados en el currículum
(pp. 9598).
En los apartados de citas del profesorado y en su propio análisis, Bussis y otros
demuestran claramente (aunque no utilizaban las mismas palabras) la naturaleza de las
dimensiones del cambio en proceso. Algunos ejemplos: maestros que percibían que la
educación abierta cubre el contenido de las asignaturas pero eran incapaces de argumentarlo de
forma razonada (p. 57); aquellos que “eran razonablemente coherentes a la hora de indicar las
prioridades de los niños [pero] más vagos en su descripción de las conexiones concretas entre
estas prioridades y las actividades de clase” (p. 69); por último, el profesorado que «dotaba a la
clase de un gran número de materiales con la fe de que éstos promoverían determinadas
prioridades del aprendizaje» (p. 74, énfasis del original).
Así, en términos de nuestras dimensiones, es posible cambiar «en la superficie»,
asumiendo determinados objetivos, utilizando materiales específicos, e incluso imitando las
actitudes sin entender deforma concreta los principios y la lógica del cambio. Más aún: respecto
a las creencias, es posible evaluar e incluso ser precisos acerca de los objetivos del cambio sin
entender sus implicaciones prácticas: « ... no es muy probable que la acción basada en la
valoración y en la fe contribuya a reforzar la capacidad de comprensión del maestro. El
potencial apoyo informativo disponible para el maestro no puede recibirse, porque no se
reconoce» (Bussis y otros, 1976, p. 74).
El tercer ejemplo trata del intenso trabajo en ciencia cognitiva. Hemos visto
anteriormente en este mismo capítulo que las condiciones para que los maestros asimilen estos
nuevos conocimientos son muy limitadas (Ball y Cohen, 1999; Stigler y Hiebert, 1999). La
mejor fuente para estas nuevas teorías son los volúmenes publicados por el National Research
Council, con el título How Teople Learn (Bransford y otros, 1999; Donovan, Bransford y
Pellegrino, 1999). Donovan y otros (1999, pp. 1017) resumen los descubrimientos más
importantes respecto al alumnado y los profesores. Con respecto a los estudiantes:
1. Los estudiantes vienen a la clase con concepciones previas sobre cómo funciona
el mundo. Si no se parte de esta comprensión inicial, es probable que no puedan
entender los nuevos conceptos e informaciones que se les enseñan. 0 quizás los
aprendan con el propósito de pasar un examen, pero volverán a las ideas
preconcebidas fuera del aula.
2. Para desarrollar su competencia en un área de investigación, los estudiantes
deben: (a) tener una base profunda de conocimiento objetivo, (b) comprender
los hechos y las ideas en el contexto de un marco conceptual, y (c) organizar el
conocimiento con técnicas que faciliten su recuperación y aplicación.
3. Un enfoque «metacognitivo» de la instrucción puede ayudar a aprender a los
estudiantes a tomar el control de su formación, definiendo los objetivos de
aprendizaje y evaluando su propio progreso para alcanzarlos.
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR
1. El profesorado tiene que delimitar las concepciones previas que los estudiantes
traen consigo a las aulas y trabajar con ellas.
2. Alguna de las materias de la asignatura debe tratarse en profundidad, ofreciendo
un número considerable de ejemplos en los cuales se aplique el mismo concepto
y proporcionando una base firme de conocimiento objetivo.
3. La enseñanza de técnicas metacognitivas debe integrarse en el currículum en
una diversidad de áreas de conocimiento.
No es necesario decir que delimitar las creencias, las prácticas pedagógicas y los
materiales de aprendizaje desde una perspectiva dotada de sentido es absolutamente esencial,
dado nuestro punto de partida.
Podríamos elegir otros cambios educativos para ilustrar la importancia de las distintas
dimensiones del cambio. Prácticamente todos los programas de cambio plantean o implican los
tres aspectos; nos referimos a la alfabetización, la ciencia, los programas de trabajo escolar, la
tecnología, la primera infancia, la educación especial, las reestructuraciones o la reforma basada
en estándares. Trabajar en el sentido y la definición del cambio es más importante si cabe en la
actualidad, ya que se están ensayando reformas a mayor escala y más complejas y, por tanto, es
más lo que está en juego. La cuestión es que los programas de cambio educativo tienen una
realidad objetiva, que casi podría definirse en términos de las creencias, las prácticas
pedagógicas y los recursos que engloben.
¿Por qué preocuparse de los tres aspectos del cambio? ¿Por qué no contentarse con
desarrollar innovaciones de calidad y abrirles paso? La respuesta es, simplemente, que esta
perspectiva no reconoce de forma adecuada cómo llegan los individuos a confrontar o evitar las
implicaciones conceptuales y conductuales del cambio. La nueva política o innovación como
conjunto de materiales y recursos es el aspecto más visible del cambio, y el más fácil de aplicar,
pero sólo literalmente. Los cambios en el enfoque didáctico o en la manera de utilizar nuevos
materiales son más difíciles cuando hay que adquirir nuevas habilidades y establecer nuevas
maneras de conducir las actividades docentes. Los cambios en las creencias son aún más
complejos: cuestionan los valores más fundamentales de los individuos respeto a los objetivos
de la educación. Más aún, a menudo las creencias no son explícitas, conscientes, ni objeto de
discusión, sino que, más bien, están enterradas en el nivel de las presuposiciones. Así, el
desarrollo de nuevas concepciones es esencial, porque proporciona un conjunto de criterios para
la planificación general y una pauta para diferenciar las buenas oportunidades de aprendizaje de
las no tan buenas. La cuestión última, claro está, es hasta qué punto son esenciales las tres
dimensiones del cambio. El uso de nuevos materiales per se puede contribuir a la consecución
de determinados objetivos educativos, pero parece obvio que desarrollar nuevas habilidades y
enfoques didácticos y comprender conceptualmente qué se debe hacer, por qué, y con qué fin
representa un cambio mucho más fundamental y, como tal, será más difícil de alcanzar, pero
tendrá un impacto mayor una vez establecido.
McLaughlin y Mitra (2000) llegan a una conclusión similar en su estudio de tres
innovaciones, en el que analizaron qué comportaría alcanzar una reforma «en profundidad»:
Dicho de otro modo, los cambios en las creencias y la comprensión (los principios
básicos) son la condición previa para lograr una reforma duradera. Esto es, los cambios a los
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR
que se refieren Ball y Cohen, el National Research Council, Stigler y Hiebert, McLaughlin y
Mitra son revolucionarios porque están basados en cambios fundamentales en las concepciones,
los cuales, a su vez, están relacionados con las habilidades y los materiales. Dejaré la cuestión
de las estrategias del cambio para los próximos capítulos. Resulta complicado determinar cuál
es la mejor manera de tratar las concepciones (es decir, las creencias) y la conducta (los
enfoques didácticos), pero algunas de las implicaciones incluyen la necesidad de enfrentarlas de
forma continuada mediante comunidades de práctica y la posibilidad de que las convicciones
puedan discutirse de forma más efectiva, una vez los participantes han tenido algún tipo de
experiencia conductiva en la introducción de nuevas prácticas.
En resumen, el sentido de reconocer la realidad objetiva del cambio reside en darnos
cuenta de que existen nuevas políticas y programas, y éstos serán más o menos específicos en
función de los cambios en los materiales, las prácticas docentes y las creencias que conlleven.
El verdadero problema surge en la relación entre estas nuevas políticas o programas y los
cientos de realidades subjetivas que forman parte de los contextos individuales y organizativos
de los individuos y de sus historias personales. El modo en que se atiendan o ignoren estas
realidades subjetivas determinará si los cambios potenciales cobran sentido en el nivel del uso
individual, y su eficacia. Quizás valga la pena recalcar que incorporar cambios en la práctica
real en las tres dimensiones en los materiales, los enfoques didácticos y las creencias, lo que la
gente hace y piensa es esencial para alcanzar los resultados perseguidos.
EL SENTIDO COMPARTIDO
Y LA COHERENCIA PROGRAMÁTICA
CAPITULO 4
como indican las dobles flechas, no se trata de un proceso lineal, sino de un proceso en el cual
lo acontecido en cada fase puede tener efectos retroactivos y alterar las decisiones tomadas en la
etapa anterior Éstas a su vez continúan actuando de forma interactiva durante el proceso. Por
ejemplo, una decisión, adoptada en la primera etapa de aplicar un programa concreto, podría
verse sustancialmente modificada durante la implementación, y así a lo largo de todo el proceso.
El tercer conjunto de variables, que no aparece en la figura 4.1, está relacionado con el
alcance del cambio y la cuestión de quién lo desarrolla e inicia.
El alcance puede variar desde una innovación a gran escala desarrollada desde
instancias externas a las producidas en el ámbito local. En cualquiera de estos casos, el maestro
puede o no estar implicado, de manera central, en el desarrollo y/o en las decisiones de proceder.
Por tanto, el concepto de «iniciación» deja abierta la cuestión de quién desarrolla o inicia el
cambio. Retomo este asunto en varias ocasiones a lo largo del capítulo y en los capítulos
relevantes sobre los roles particulares.
La cuarta dificultad de la figura 4.1 es que el total de tiempo requerido y las distintas
subfases no pueden delimitarse con precisión. La fase de iniciación se puede prolongar durante
años, pero incluso después la toma específica de decisiones y las actividades de planificación
que preceden a la implementación pueden llevar tiempo. Para la mayoría de cambios, la
implementación requiere dos o más años. Sólo entonces podemos considerar que el cambio ha
tenido alguna posibilidad de llevarse a la práctica. La línea divisoria entre implementación y
continuación es en cierto modo vaga y arbitraria. Los resultados pueden valorarse en un plazo
de tiempo relativamente corto, pero no cabe esperar grandes progresos hasta que el cambio haya
tenido una oportunidad de llevarse a la práctica. Así, la implementación es el medio de lograr
ciertos resultados; las evaluaciones tienen un valor limitado y pueden ser engañosas si sólo
atienden a los resultados.
El per lodo total de tiempo desde la iniciación a la institucionalización es extenso;
incluso los cambios moderadamente complejos requieren de 3 a 5 años, mientras que reformas a
mayor escala pueden demandar de 5 a 10 años, aun siendo problemático sostener las mejoras.
La idea principal que contiene la figura 4.1 es que el cambio es un proceso, no una acción,
lección que aprenden a base de errores todos aquellos que han puesto toda su energía en el
desarrollo de una innovación, o la aprobación de una medida legislativa, sin pararse a pensar en
lo que debía suceder a continuación.
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR
Hasta el momento hemos estado hablando como si las escuelas adoptaran una sola
innovación a cada paso. Esta perspectiva puede ser útil para analizar innovaciones concretas,
pero la realidad, claro está, es que las escuelas están en la tarea de tratar simultáneamente con
múltiples innovaciones o un exceso de innovación, como lo bauticé en el capítulo 2. Así pues,
cuando identificamos los factores que inciden en una buena iniciación e implementación,
debemos tener en cuenta que estos factores operan sobre muchas innovaciones distintas y en
muchos niveles del sistema (la clase, la escuela, el distrito, el estado, la nación). Esta
perspectiva de multiplicidad nos lleva inevitablemente a buscar soluciones en el nivel de los
roles individuales y los pequeños grupos (dedico los capítulos de la segunda parte a analizar
estas posibilidades). Esto es así porque sólo a este nivel pueden priorizarse e integrarse las
inevitables demandas del exceso de innovación. Al mismo tiempo, deberíamos lograr una mayor
coordinación de las políticas en el plano estatal (ver capítulo 13), aunque no podemos
mantenernos de brazos cruzados esperando a que esto ocurra.
Lo que sucede en una etapa del proceso de cambio influye considerablemente en las
etapas posteriores, pero también aparecen nuevos determinantes. En vista de lo embrollado de
los procesos, me he esforzado en distinguir los principales factores y su influencia en cada
etapa. Las ideas de este capítulo y del capítulo 5 ayudarán a explicar la dinámica de los procesos
de iniciación, implementación y continuación. Debe asumirse también que las tres fases han de
ser consideradas desde el principio del proceso. Ya en la fase de iniciación del cambio debemos
estar planificando la implementación Dicho de otro modo, al mismo tiempo que empieza la
iniciación, se está preparando el escenario para la implementación y continuación.
El informe AIR es más bien una guía o compendio. Describe la naturaleza del modelo,
el coste, y el apoyo necesario, pero ofrece poca discusión analítica sobre los entresijos de la
implementación. Está diseñado como una guía para los consumidores de este campo.
No obstante, si tomamos el área en su conjunto, parece que los proyectos con una
definición más precisa y un mayor número de estrategias específicas de apoyo a la
implementación son los que mayor impacto tienen sobre los resultados del alumnado. El modelo
Succes for All de Slavin es buen ejemplo. Tal y como lo describe el American Institutes for
Research (AIR) (1999), el modelo consta de nueve componentes:
• Animar a la plantilla del distrito y de las escuelas a que examinen los materiales
de Succes for All para que estén familiarizados con el planteamiento del
programa.
• Realizar una votación secreta, en la que al menos el 80% de la plantilla vote
a favor de la adopción del programa.
• Disponer de un asesor a tiempo completo.
• Disponer de al menos un tutor cualificado para el profesorado y tres tutores
más.
• Proporcionar personal para el equipo de apoyo a las familias. (Slavin y
Madden, 1998)
Success for All es un programa predefinido que ha sido adoptado en más de 1.100
escuelas de 300 distritos en 44 estados de Estados Unidos, por no mencionar su expansión
internacional a Inglaterra, Australia y otros países.
Un segundo ejemplo de programas bien diseñados es la descripción de Hill y Crévola
sobre la reforma basada en estándares en Victoria, Australia, centrada en la alfabetización, en el
que defienden que las mejoras deben abarcar todos los elementos clave de la escuela y del
sistema escolar. El objetivo es descubrir qué aspectos es necesario cambiar para que operen
eficazmente y de forma coordinada con el resto de elementos, y rediseñarlos después según
estos criterios (Hill y Crévola, 1999, p. 122). Su modelo incluye:
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR
• Estándares y objetivos.
• Supervisión y evaluación.
• Programas docentes.
• Grupos de formación para profesionales.
• Organización de la escuela y la clase.
• Intervención y asistencia especial.
• Asociaciones en el ámbito de la familia, la escuela y la comunidad.
• Liderazgo y coordinación.
Lo relevante no es decidir si Succes for All, las reformas bien diseñadas basadas en
estándares y otros programas similares ofrecen la solución (ver la sección de conclusiones de
este capítulo, sobre los dilemas de la iniciación), sino constatar que la calidad con que se
diseñan las innovaciones ha mejorado enormemente en los últimos años. Y esto, a su vez,
condiciona la adopción de innovaciones.
El acceso a la información
administración central quien se encarga de recabar el acceso, la autoridad interna y los recursos
necesarios para buscar y destinar fondos del exterior a un programa de cambio determinado y,
en su caso, de obtener el apoyo del consejo escolar. Muchos estudios han puesto de relieve este
proceso: el de Rand Change Agent (Berman y McLaughlin, 1977); el estudio más exhaustivo de
Berman, McLaughlin y otros (1979) sobre 5 distritos escolares; el realizado por Huberman y
Miles (1984) sobre 12 distritos; el estudio de LaRocque y Coleman (1989) sobre los valores y
las actitudes del distrito en la Columbia británica; y las investigaciones de Elmore y Burney
(1999) sobre el Distrito 2 de la ciudad de Nueva York. Todos estos estudios demuestran que el
administrador del distrito y la administración central son una fuente importantísima de
mediación, apoyo e iniciación de nuevos programas.
Por ejemplo, Huberman y Miles (1984) señalaron que «la acción de los administradores
centrales había sido decisiva en 11 de los 12 casos» (p. 55). El mensaje de estos datos es que los
administradores del distrito son a menudo una importante fuente de cambios en dicho ámbito
que beneficia a grupos que, de otro modo, podrían ser olvidados. En el capítulo 10, veremos
también en caso del Distrito 2, que la figura del inspector es fundamental para mantener un
criterio sobre qué orientaciones debe seguir el cambio (en concreto, aquellas que eran
compatibles con la mejora sostenida de la docencia en todas las escuelas del sistema). Al mismo
tiempo, los inspectores pueden ser fuente de sobrecarga cuando asumen demasiadas
innovaciones divergentes.
Mientras tanto, en el nivel escolar la figura del director ha ido cobrando importancia. El
director ha sido siempre el «guardián de la puerta» del cambio, determinando a menudo la
suerte de las innovaciones externas o de las iniciativas internas del profesorado. Con el
advenimiento de la gestión local en todo el mundo, cada día más responsabilidades llegan a su
puerta. Ahora se espera que los directores tomen la iniciativa del cambio, y así han pasado a ser
una fuente crítica de iniciación.
interactuar con otros maestros, apoyo sindical y recursos externos). Son necesarios muchos
requisitos: la mayoría de maestros no tiene la información, el acceso, el tiempo o la energía
adecuados; y las innovaciones que adoptan son, con frecuencia, individualistas y a pequeña
escala, con pocas probabilidades de extenderse a otros maestros.
La presión/apoyo/oposición/apatía de la comunidad
Dado que todas las comunidades son distintas y las características de los distritos
escolares son muy dispares, diferentes combinaciones de factores resultan en patrones de
iniciación diferentes; un problema perenne para la comprensión de los procesos de cambio. Pero
examinando algunas de las combinaciones principales, podemos explicar la paradoja de que
algunas comunidades apoyen la innovación, otras la bloqueen, la mayoría sean apáticas y, aún
muchas más, hagan todo lo anterior en uno u otro momento.
En términos generales, y dependiendo de las circunstancias, las comunidades pueden o
bien (1) presionar a la administración del distrito (directamente o a través de los consejos
escolares) para que «hagan algo» respecto al problema, o (2) oponerse a determinadas
adopciones potenciales de las que tienen conocimiento, o bien (3) no hacer nada (apoyo pasivo
o apatía). Algunos datos clarifican el sentido de estas pautas.
Las presiones iniciales de cambio más probables suelen venir como resultado de
movimientos de población. El estudio de Berman, McLaughlin y otros (1979) sobre cinco
distritos escolares demuestra que los cambios demográficos significativos (crecimiento rápido
de la población o un cambio en la composición, que resulta en una combinación de culturas y
clases sociales distinta) conducen al desarrollo de tentativas y demandas comunitarias de
cambio. El modo en que estas demandas se resuelven depende en gran medida de la dialéctica
entre la solución de problemas y la orientación burocrática que discuto más adelante. En otras
palabras, las demandas pueden o no tener como resultado la iniciación, en función de un
conjunto de factores. Pero la cuestión es que las comunidades pueden instigar el cambio
educativo. (En uno de los casos expuestos por Berman y McLaughlin, por ejemplo, el
crecimiento de la población llevó al activismo de la comunidad en un sistema escolar antes
estancado; la elección de un nuevo consejo escolar; la contratación de un director partidario de
la innovación; y a que la administración central, los directores, los maestros, etc. facilitasen el
cambio).
El estudio de Schaffarzick sobre 34 distritos del área de la bahía de San Francisco
también es revelador. Descubrió que en el 62% de los casos de decisiones curriculares no existía
participación extraescolar (citado en Boyd, 1978, P. 613). La comunidad se mostraba apática e
indiferente ante estas decisiones. Sin embargo, en los 19 casos que implicaban conflictos y
negociación, los grupos de la comunidad casi siempre prevalecían. En referencia al papel
selectivo de las comunidades, Daft y Becker (1978) descubrieron que las que poseían un nivel
más alto de educación estaban estrechamente vinculadas a la adopción de innovaciones para
estudiantes preuniversitarios, pero las comunidades con un nivel de educación menor no se
implicaban en la obtención de ayudas al alumnado que estaba terminando su educación
secundaria. Bridge (1976, p. 370) plantea una idea semejante: «Es más fácil organizar a los
padres, particularmente a los de clases sociales bajas, para que se opongan a amenazas concretas
que organizarlos para alcanzar objetivos positivos a largo plazo».
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR
La orientación que adopten los distritos escolares con las políticas y fondos externos es
otra historia. Berman y McLaughlin (1977) descubrieron hace ya un cuarto de siglo que las
decisiones de adopción de los distritos escolares se caracterizaban por una orientación
oportunista (burocrática) o por una tendencia hacia la solución de problemas. Los distritos
reciben los fondos y políticas externas bien como una oportunidad de obtener más recursos (que
destinan a otros propósitos y/o representan un acto simbólico para responder en apariencia a una
necesidad determinada), bien como una oportunidad de solucionar problemas locales concretos.
Nada ha cambiado a este respecto. Muchas escuelas y distritos son, en palabras de Bryk,
Sebring, Kerbow, Rollow y Easton (199 8) «árboles de Navidad», en las que el juego consiste en
adquirir nuevos proyectos.
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR
1. las escuelas públicas están menos motivadas para adoptar innovaciones que
reduzcan los costes, a menos que dichos fondos se destinen a otras inversiones
en el distrito;
2. es menos probable que adopten innovaciones que cambien la combinación de
recursos o los roles de autoridad tradicionales (por ejemplo, que impliquen
cambios conductuales en el rol); y
3. son más tendentes a adoptar nuevos métodos de enseñanza que no cambien la
estructura de forma significativa, o reformas en la gestión administrativa, ya
que este tipo de innovaciones ayudan a satisfacer las demandas del público sin
exigir grandes costes. (1974, pp. 117118)
Dicho de otro modo, «las escuelas tienden por voluntad propia a adoptar innovaciones
que promuevan la imagen del centro» como «moderno... eficiente... profesional... y receptivo»
(p. 122). Esto es, para las escuelas resulta relativamente fácil adoptar innovaciones complejas,
vagas, ineficaces y costosas (especialmente si es otro el que paga) mientras no tengan que
implementarlas.
En términos burocráticos, por tanto, para las escuelas el valor político y simbólico de la
iniciación del cambio es, con frecuencia, más importante que el mérito educativo, el tiempo y el
coste de continuar con la implementación. En todo caso, el valor simbólico no debe
menospreciarse. Ese tipo de decisiones pueden ser necesarias para la supervivencia política,
pueden representar los primeros pasos para sentar las condiciones para el cambio real, 0 tal vez
sean el único cambio posible en determinadas circunstancias.
Si bien la tendencia a adoptar y no llevar a la práctica el cambio es aún el patrón
predominante, dos tendencias presionan a los sistemas para que operen de forma distinta. Una
son las estrategias de reforma basada en estándares que están intensificando la presión y el
apoyo con el objetivo de ampliar el seguimiento, es decir, estrategias que asumen que la
adopción es sólo el principio. La otra es la posición de ciertas entidades locales para las cuales
la iniciación empieza en el nivel de las organizaciones de base y llega a explotar las políticas de
estado. En otras palabras, el objetivo es desarrollar capacidades en el nivel de la escuela y del
distrito, de manera que éstos se orienten a la solución de problemas y no a la burocracia.
partir de diversas fuentes y de una combinación de éstas. Esto ofrece la oportunidad constante
de introducir innovaciones, o de imponerlas, según la innovación y el rol de cada uno en el
proceso. La segunda cuestión, que no hemos hilvanado, es lo que sabemos del proceso de
iniciación; esto es, respecto a la movilización y la planificación del cambio. En concreto, ¿qué
es lo que sabemos de las iniciaciones afortunadas?; es decir, ¿qué sabemos de los comienzos
más aptos para movilizar gente y recursos en la implementación de los cambios deseados?
No hay una respuesta fácil a la cuestión de qué constituye una iniciación afortunada;
como con tantos aspectos del proceso de cambio, quienes contemplan el cambio se enfrentan a
una serie de dilemas. ¿La iniciación debe ser larga o corta? ¿Deberíamos optar por el desarrollo
interno o importar innovaciones externas? ¿Es mejor trabajar con voluntarios o con un grupo
más representativo? ¿Con grupos grandes o reducidos? ¿Es mejor centrarse en la docencia, en la
organización o en ambos? ¿Deberíamos intentar un gran cambio o empezar por cambios
menores? ¿Es bueno tener un nivel de participación alto en las primeras fases?
El principal dilema en la etapa de iniciación es el de buscar un consenso mayoritario
antes de proceder o bien ser asertivos desde el principio. El hecho es que en los sistemas
sociales hay una fuerte inercia y se requiere mucha energía para contrarrestarla.
Sabemos que el cambio desde arriba no funciona. Pero estamos descubriendo también
que las iniciativas desde abajo no resultan tampoco o que cuando tienen un comienzo
prometedor, con frecuencia no logran conectarse a la estructura institucional.
Incluso cuando el profesorado decide participar, el consenso puede alcanzarse de forma
superficial y sin la información suficiente. Datnow y Stringfield (2000), en su análisis de los
programas de innovación, observan:
De forma similar, Hatch (2000) señala que es muy probable que el acuerdo refleje el
grado de eficacia de las campañas a favor y en contra del programa en cuestión, más que
evidenciar si dicha escuela ha estudiado el programa lo suficiente para hacer una elección
fundamentada o aventurarse con éxito en la implementación (p. 38).
¿Y qué hay de las escuelas con malos resultados que fracasan en sus intentos de mejorar
o que, explícitamente, rechazan las innovaciones potencialmente efectivas y no toman parte en
nuevas iniciativas? Sin duda, no se puede permitir que continúe su inactividad con el argumento
de que las decisiones desde abajo son la única alternativa válida.
Nuestra respuesta provisional a este dilema es la siguiente: idealmente, la capacidad
local se desarrolla en el nivel escolar (ver capítulos 7 y 8), siempre y cuando estas escuelas
sepan, realmente, cómo llevar a cabo y hacer frente a las mejoras necesarias. Algunas escuelas
una minoría son, actualmente, así de buenas. En el plano de lo menos ideal, pero necesario, en
algunas escuelas en que los malos resultados persisten o que están estancadas por cualquier
motivo, es necesario un liderazgo asertivo (que incluya a maestros con autoridad). En resumen,
usted como director o inspectora puede recurrir al liderazgo desde arriba o asertivo si se
cumplen dos supuestos: en primer lugar, que tenga una buena idea; y en segundo lugar, que la
iniciación asertiva se combine con la delegación de responsabilidades y la cesión de ámbitos de
elección a medida que el proceso se va desplegando. EJ criterio aquí es la motivación futura
para poner energías en la dirección de la reforma; autoridad, si lo prefieren. Pero recuerden que
la autoridad es algo que se desarrolla con el tiempo si las ideas son buenas y si los individuos
tienen la capacidad y la oportunidad de tomar decisiones fundamentadas que antes,
probablemente, no podían tomar.
Material reproducido sólo para fines docentes - NO REPRODUCIR