EL SISTEMA IMPOSITIVO EN
CASTILLA Y LEON
SIGLOS X-XIII
Miguel Angel Ladero Quesada
Catedrático de Historia Medieval
Universidad Complutense de Madrid
INTRODUCCIÓN
La fiscalidad regia ha sido, desde los siglos altomedievales, la forma
más importante y, a menudo, la que mejor se puede conocer, de obtener o
detraer renta generada en las diversas actividades económicas productivas
de bienes. No es preciso ahora explicar de nuevo la importancia de su estu-
dio que, por una parte, nos pone en contacto con las realidades del sistema
económico y, por otra, con las relaciones sociales establecidas y, especial-
mente, con las del ejercicio del poder, pues en muchas sociedades agrarias
suelen fundirse estrechamente el dominio de las fuentes de producción y ri-
queza y el de los medios de poder político, de manera que la obtención de
renta, tanto por parte de los reyes como de los aristócratas, mezcla ambos
elementos de poderío. Precisamente, en la medida en que se conserva o re-
cupera la noción estatal o de res publica, encarnada por la monarquía, es po-
sible observar cómo se destaca una fiscalidad regia más y más diferenciada
y, a la vez, más potente y general que otras formas de obtención de renta
propias de la sociedad feudo-señorial, pero esto no comenzó a ocurrir hasta
bien entrado el siglo XII,en general, de modo que vamos a estudiar una am-
plísima época en la que muchas facetas de la fiscalidad regia tienen el mis-
mo fundamento y aspecto que otras formas de obtención de renta por los se-
ñores pues el realengo o dominio regio es, en la práctica y en su
organización, el señorío del rey.
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No obstante, la fiscalidad regia fue siempre de mayor importancia, tanto
por su volumen como por la generalidad de su obtenciónen las diversas par-
tes del territorio del reino y también, conviene noolvidarlo, por la condición
superior y la complejidad del poder regio que, por muy asimilado que estu-
viera a las formas señoriales, era algo más: en León y Castilla no llegó a
desaparecer la noción de res publica ni elfundamento del poderío real sobre
tales aspectos públicos. Su crecimiento fue, también, más temprano e impor-
tante que en otras realezas europeas.
A pesar de la escasez y del carácter muy genérico de los testimonios que
podemos manejar es, en consecuencia, indispensable fijar algunas épocas
dentro del extenso tiempo a estudiar. Es muy poco lo que se sabe antes de la
segunda mitad del siglo XI, cuando aquel primitivo sistema de fiscalidad
regia había llegado a su madurez.En ella se mantendrá y desarrollará hasta la
primera mitad del siglo XIII para, en fin, ser sustituído en tiempos de Alfon-
so X por un sistema nuevo de fiscalidad regia, que podemos considerar ya
propio del estado monárquico en desarrollo, aunque en él sobrevivieron co-
mo elementos marginales algunas de las fuentes de ingreso del sistema ante-
rior.
¿Cuáles son las condiciones de obtención de renta en éste?. Es supérfluo
observar que se fundamentan en una sociedad casi exclusivamente rural y
agraria, en la que los fenómenos económicos mercantiles y la vida urbana
tienen todavía escasa importancia, de modo que la imposición ndirecta sobre
la circulación e intercambio de bienes es un procedimiento marginal y, por
el contrario, la percepción de renta sobre la producción y la fuerza de trabajo
campesinos es fundamental y hace más sencilla la equiparación entre dere-
chos del rey y derechos de cualesquier otros señores, ya fueran solariegos o
jurisdiccionales, entre señorío regio o realengo y cualquier otro señorío, se-
gún antes indicaba y, en definitiva, favorece la indistinción entre público y
privado en aquel tiempo de oscurecimiento de la noción de res publica.
Pero hubo de antiguo elementos peculiares de la fiscalidad regia. Seña-
lemos entre ellos, a modo de introducción, las responsabilidades del rey co-
mo jefe guerrero, el derecho que le compete de reclamar el servicio militar
de los hombres del reino, o su compensación, y el desarrollo, en relación
con esto, de fonsado y fonsadera, así como la obtención de botín y parias.
También importa tener en cuenta la influencia que el sistema fiscal de al
Andalus ejerció sobre algunos aspectos del hispano-cristiano, en especial
desde la toma de Toledo, donde había una economía urbana desarrollada y
la correspondiente fiscalidad sobre artesanía y comercio.
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Por otra parte, la paulatina recuperación de conceptos de autoridad pú-
blica, vinculados a la realeza, desde fines del siglo XI, permitió revitalizar
algunos conceptos y funciones, que nunca habían desaparecido por comple-
to, y mejorar sus consecuencias fiscales. Es lo que ocurre con la regalía de
moneda, con la de minas y salias, con los derechos y multas derivados del
ejercicio de la justicia regia, y con diversos derechos de tránsito (telonea,
portaticum).
Igualmente, la quiebra del régimen de parias desde finales del siglo XI
y el peso de las actividades bélicas frente al Islam, obligó a los reyes a pedir
a todo el reino alguna contribución que, aun siendo en principio extraordina-
ria, acabó por convertirse en ordinaria o forera. Así ocurre con el petitum,
del que hay noticia desde tiempos de Alfonso VII, y con la moneda ya a fi-
nes del XII.
En el siglo XIII, durante el proceso de constitución del nuevo sistema
fiscal regio, estas figuras impositivas serían en muchos casos superadas, o se
englobarían en otras nuevas o, también, conservarían e incrementarían su
importancia en algún caso, como sucedió con uno de los derechos jurisdic-
cionales más antiguos, el yantar, que se cobra ya con carácter general habi-
da cuenta de que el rey es señor natural en todo el territorio, o con la fonsa-
dera, cuyo importe es muy apreciable hasta fines del XIII. Algo después,
cuando se pone por escrito la versión que conocemos, leemos en el Fuero
Viejo de Castilla que los cuatro atributos no enajenables del poder regio son
moneda, justicia, fonsadera e suos yantares. No hay que insistir sobre el ca-
rácter o las consecuencias de todos ellos en la fiscalidad de los siglos XII y
XIII. Sin embargo, a mediados del XIV –que es la fecha del texto citado- ya
habían perdido su valor fiscal para la corona, excepto la acuñación de mo-
neda, que importaba también por otros motivos.
Por entonces, todas las rentas regias se percibían en dinero salvo alguna
escasa y poco relevante excepción. En la época que ahora nos ocupa, en
cambio, no había sido así sino que coexistieron y evolucionaron, como en
todo el Occidente europeo, tres formas de percepción de renta, que afectan a
la fiscalidad regia: en trabajo, en especie y en dinero. Es bien sabido que, en
líneas generales, las antiguas prestaciones en trabajo o en especie tienden a
ser sustituídas por otras en dinero, en principio equivalentes pero que, con el
paso del tiempo,debido a la depreciación de la moneda, suponen una merma
para el perceptor de renta, que ha de buscar compensaciones por otras vías,
y un aligeramiento de la carga tributaria del campesino contribuyente. Ade-
más, la obsolescencia de algunos derechos, cuyo importe disminuye por ese
motivo, facilita a menudo la concesión de exenciones fiscales, en los siglos
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XII y XIII, o la transferencia de su percepción a otra fiscalidad, generalmen-
te la concejil.
Mientras que otros señores opusieron mayor resistencia a la transforma-
ción del pago en trabajo –serna- o en especia al dinerario, los reyes no ofre-
cieron tanta, pues la misma amplitud y dispersión del raealengo y de los de-
rechos a cobrfar dificultaba la eficacia de las dos primeras formas, a
menudo, y obligaba a adoptar la última. Además, por aquella vía, como ha
señalado J. Clemente Ramos, se otorgaban liberaciones de malos fueros, se
fomentaba la población del realengo y con ello aumentaba el número de
contribuyentes que, potencialmente, podían ser objeto de otras exacciones,
porque la fiscalidad regia no era inmóvil sino que tenía gran capacidad de
renovación.
TIPOLOGÍA DE LOS INGRESOS
I. Renta solariega
Según escribe L. García de Valdeavellano, en la Alta Edad Media, “el
antiguo concepto hacendístico-público romano y visigodo se difumina al
degenerar y privatizarse los impuestos sobre la tierra, que ya no se deben al
Estado sino al titular de la potestad dominical sobre el territorio”, con la
consiguiente “confusión entre fisco regio público y patrimonio privado del
rey”. Ahora bien, el patrimonio regio o realengo estaba constituído por am-
plísimos territorios, sobre cuya población era mucho más sencillo, además,
ejercer derechos señoriales diversos y recuperar en un futuro los propios de
la autoridad regia, que habrían de extenderse además al resto de la población
y del territorio del reino.
Formaban el patrimonio regio territorial las tierras incultas, bienes
abandonados y territorios conquistados no cedidos a favor de otros señores,
ya fueran laicos o eclesiásticos. La corona había organizado en todo el rea-
lengo su colonización y puesta en explotación y los campesinos residentes
en él, por grande que fuera su libertad de uso y transmisión de los predios
que tenían, debían el pago de una renta en reconocimiento del dominio emi-
nente del rey. Renta que en muchas ocasiones no recibe nombre específico
en las cartas-pueblas y fueros sino que estos documentos se limitan a indicar
su cuantía. En otras ocasiones tiene el de infurción, fumazga, martiniega o
marzazga, aunque no todos estos términos significaban exactamente lo
mismo en su origen.
Así, se ha supuesto que la infurción u offertione habría sido en principio
una ofrenda o regalo del cultivador al dueño de la tierra, más que un tributo
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o renta, mientras que la marzazga, para Sánchez-Albornoz, podría ser here-
dera del viejo tributo territorial romano o tributum cuadragesimale, al me-
nos en Galicia, donde existía ya en el siglo X. En cualquier caso, todos
aquellos pechos, censos o foros pagados por el uso de latierra a su señor
eminente, aparecen como un conjunto homogéneo a nuestra vista, y en su
evolución y supervivencia futuras recuperarían el carácter “público” en el
seno del nuevo sistema fiscal que se desarrolla desde mediados del XIII,
aunque en posición marginal con respecto a nuevos tipos de contribución.
Tal vez, el desarrollo del diezmo eclesiástico y de nuevos pechos directos
sobre los bienes de los contribuyentes, de más amplia aplicación, hicieran
supérfluo el mantenimiento o, al menos, el desarrollo y renovación de la
vieja renta solariega.
Pero tenía pleno vigor en los siglos que ahora estudiamos. Solía gravar a
los bienes del pechero en un porcentaje que oscial en torno al 5 por 100, se-
gún los casos recogidos en diversos Fueros: un análisis detallado de éstos
muestra ejemplos extremos entre 3,75 y 7,50, con un aumento de 4,59 hacia
1150 a 5,75 hacia 1275, comprensible porque, al expresarse la renta en dine-
ro en aquel siglo y medio, era preciso compensar los factores de devalua-
ción. En la primera mitad del XIII era frecuente el pago de un maravedí de
oro por yunta de bueyes o de un cahiz de tierra por yugada de tierra, consi-
derando ambos –yunta y yugada- como unidades de cuenta básicas corres-
pondiente a la tierra labrada por una familia campesina.
En consecuencia, podría afirmarse que no hubo aumento real de la renta
sino más bien al contrario en cuanto se monetizó. Por otra parte, las formas
de prestación en trabajo y en especie eran cada vez más escasas desde el si-
glo XII: sólo las mencionan entre la quinta y la tercera parte de los textos
legales consultados por J. Clemente Ramos. Y se refieren, exclusivamente, a
tareas de cultivo y recogida del cereal y la vid. Es evidente que la dispersión
del realengo y la dificultad de consumir la renta en especie han impulsado a
convertirla en renta-dinero, aunque los reyes leoneses y castellanos tuvieron
en diversas partes del reino cilleros hasta bien entrado el siglo XIII y paga-
ron parte de los servicios de su administración territorial mediante concesio-
nes sobre la renta en especie e incluso en trabajo. Todavía a fines de aquel
siglo, marzazga y martiniega conservan la suficiente importancia como para
que las Hermandades de 1295 declaren que no ha de modificarse el valor
que tenían a comienzos de la centuria.
Las fechas de pago inciden también sobre la entrega de la renta en es-
pecie o en dinero, al menos en los primeros siglos. Si la renta se paga entre
Navidad y Pentecostés, lo habitual es hacer la entrega en dinero porque no
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es tiempo en el que los excedentes o reservas de productos sean grandes, y
así sucede con la marzazga, menos frecuente hasta la segunda mitad del si-
glo XIII. Por el contrario, los pagos por Santa María de agosto (día 15) sue-
len hacerse en cereal, los de vino por San Miguel (29 de septiembre) o en la
primera mitad de octubre, y por San Martín (11 de noviembre) –de ahí pro-
cede la expresión martiniega- era posible concentrar todo tipo de pagos en
especie, incluídos ya los derivados de la matanza del cerdo.
Dada la extensión territorial del reino y la diversa época de incorpora-
ción de sus regiones, se explica que ni ésta ni otras rentas presenten el mis-
mo aspecto e importancia en todas partes. Se ha demostrado, por ejemplo,
que la transformación en renta-dinero fue mucho más temprana en las regio-
nes norteñas leonesas que en las de Castilla, donde las sernas, aunque meno-
res que las leonesas, no desaparecen hasta el siglo XIII. Por otra parte, en la
transierra, al S. del Sistema Central, fue muy frecuente la exención de renta
solariega, con objeto de estimular la repoblación: así sucede en los ámbitos
castellanos organizados mediante fueros de la familia del de Cuenca, y tam-
bién en la reducida transierra leonesa, que tiene como fueros más frecuentes
los de la familia Coria – Cima Coa: después, ya en el segundo tercio del
XIII, estas mismas exenciones se transmitirían, a través de los fueros de Cá-
ceres y Usagre, a zonas más amplias aunque marginales con respecto a nues-
tra época de estudio.
El reino de León no tuvo ninguna zona heredera de la fiscalidad islámi-
ca desde fines del siglo XI, al contrario de lo que ocurrió en Castilla con la
incorporación de Toledo y su amplia taifa, de modo que sólo aquí se cono-
ció la herencia andalusí consistente en el pago del diezmo de la cosecha,
como renta territorial básica, que es el antiguo zaqat o limosna legal islámi-
ca. Este diezmo, que nada tiene que ver con el eclesiástico, subsistiría en
amplias zonas del S. peninsular, ya de repoblación conjunta castellana y
leonesa, bajo la forma de noveno cobrado en muchos señoríos jurisdicciona-
les. Por el contrario, en el realengo sureño desapareció pronto, debido o bien
a dificultades en su recaudación o bien al deseo de no competir con el diez-
mo eclesiástico.
Por otra aprte, las necesidades guerreras tanto en la extremadura, al S.
del Duero, como en la transierra, generalizaron otra singularidad, como fue
la alternancia entre marzazga y fonsado: el año que se pagaba o prestaba
servicio por este último concepto, no se tributaba por el primero.
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II. Las rentas jurisdiccionales
La dificultad de clasificación de estos ingresos es grande, y a veces re-
sulta incluso supérfluo llevarla a cabo. Muchos surgen como consecuencia
de los derechos personales que el señor-propietario de tierra tiene como pa-
trono sobre la persona del campesino, su libertad de movimientos y su capa-
cidad de disposición testamentaria. Otros derivan de la capacidad jurisdic-
cional para organizar la justicia, la defensa y la buena organización del país.
Otros, en fin, muy relacionados con los anteriores, del derecho que asiste al
señor que administra, en este caso el rey, a ser sostenido materialmente en
su tarea –por ejemplo, ser alojado- por los administrados. Se constata tam-
bién, a veces, la existencia de monopolios o banalidades propios del régi-
men feudal pero más frecuentes en otras partes de Europa. Y, por último, el
importe de las penas impuestas por sentencia judicial es, posiblemente, el
derecho jurisdiccional más típico.
Lo cierto es que de todas estas rentas o, por mejor decir, derechos, sólo
sobreviven desde mediados del siglo XIII con valor fiscal apreciable aqué-
llos que han sido englobados dentro del nuevo sistema de fiscalidad de la
corona, especialmente el yantar y la fonsadera, considerados como pechos y
derechos foreros o ciertos, claramente distintos de las prestaciones propias
del nuevo régimen fiscal. Intentaremos definir ahora qué era cada uno de
estos derechos y cómo se efectuaba su prestación.
1. “Malos fueros” y merma de libertades
Hay, ante todo, prestaciones que sólo afectaban a campesinos privados
de plena libertad jurídica, y que se refieren a sucapacidad para transferir
bienes fuera del ámbito de dominio del señor. Son, sin duda, las más arcai-
cas, las de redención en metálico más temprana, lo que supone una relativa
liberación de las cargas de servidumbre. Además, suelen extinguirse antes:
en León y Asturias durante el siglo XIII; en Castilla algo más adelante, y
apenas existen en las que podemos llamar “tierras nuevas” al S. del Duero.
Por otra parte, en las tierras norteñas, donde son más frecuentes, tienen a
menudo la consideración de malos fueros.
Entre estas prestaciones destacan mañería, nuncio y ossas. El nuncio o
luctuosa, palabra esta última propia del ámbito gallego, era “la prestación
que el colono de dominio ajeno debía apgar al dueño o señor para poder
transmitir a sus descendientes el disfrute del mismo. Muchas veces se trata-
ba de la mejor cabeza de ganado”. También llamado tributo mortua manu o
ultimus census, este derecho destacaba especialmente por lo extraordinario
en una época que no conoció nada semejante al actual impuesto de sucesio-
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nes. El colono sin descendencia u hombre mañero, debía pagar la mañería
“para poder transmitir por vía hereditaria su derecho de disfrute del predio”
que, de otro modo, volvía a la libre disposición del señor: la mañería es, en
realidad, una redención en metálico para evitar que tal cosa ocurriera, como
debió suceder en los primeros tiempos. Las ossas o huesas eran “la presta-
ción económica que las mujeres de condición servil tenían que entregar a su
señor cuando querían casarse. A veces es también la pena pecuniaria que se
impone por haberse casado sin permiso del señor”.
2. Prestaciones personales y su redención en dinero
Este conjunto de prestaciones, a diferencia del anterior, afecta a todos
los vecinos del realengo y se refiere a trabajos que fueron redimidos más
adelante por derechos pagados en metálico. Se trata de la facendera, la
mandadería, la anubda y el fonsado.
La facendera obligaba a “la reparación de puentes y caminos de la co-
marca donde habitaban" los contribuyentes. Era un derecho similar al de
castellaría, aunque éste último puede tener otro significado, similar al de
herbaje, del mismo modo que castellaje puede ser, también, pago por pescar
en zonas de monopolio real: en estos casos, el pago viene a ser una compen-
sación hecha a favor de quien asegura la defensa y tranquilidad del territorio
correspondiente. La facendera y prestaciones comparables, a las que hay que
añadir otros nombres (carraria, vereda, labor de muros y torres...) fue pa-
sando paulatinamente a manos de los concejos, cedida por la autoridad re-
gia. Paralelamente, en los siglos XI yXII, no fue raro encomendar a grupos
de población determinadas tareas de defensa y mantenimiento de fortalezas,
a cambio de exenciones o de la protección especial que así conseguían: noes
raro, por ejemplo, ver cómo los judíos, que estaban sujetos personalmente al
rey, se hacen cargo de habitar y defender alcázares o castillos urbanos por
este motivo, previo privilegio real, tanto en el ámbito castellano y leonés
como en el aragonés y navarro.
La mandadería era el deber de hacer servicios de correo o mensajería,
corriendo el conducho o sustento del mensajero a cargo del rey. Más impor-
tante era la anubda o servicio de vigilancia del territorio, especialmente de
sus sectores fronterizos, típica de las zonas de derecho de Toledo, y su se-
mejante, la arrobda o roda. Sin embargo, la prestación militar más impor-
tante es el fonsado, que obliga a todos a acudir a la guerra defensiva hasta el
límite (fossatum) del dominio regio. La fonsadera fue, en principio, la multa
compensatoria por no prestar dicho servicio pero, más adelante, se transfor-
mó en su redención en metálico. A finales del siglo XIII, todavía se cobraba
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con carácter general salvo a los exentos o a los que prestaban servicios com-
pensatorios, como eran las galeras en las poblaciones de la costa N., su im-
porte no era desdeñable (en torno a millón y medio de maravedíes, como
una moneda, según estudiaremos más adelante) y se empleaba en pagar tie-
rras o sueldos a nobles con obligaciones militares.
La obligación de fonsado tenía limitaciones y, en general, era más fuerte
en los sectores de frontera donde, en los siglos XII y XIII, se compensa me-
diante exenciones de pago de otros derechos. Así, en el derecho de Toledo
obligaba durante todo el año, mientras que en el de Plasencia y Cuenca sólo
tres meses por año, y uno por año en el de Cáceres. En el Fuero Real, otor-
gado a muchas plazas por Alfonso X, se declara su alternancia con la marti-
niega o marzazga, de modo que el año que se pagaba una prestación se exi-
mía de la otra.
3. Monopolios
El rey, como otros señores, podía ejercer a veces el monopolio sobre la
propiedad y derechos de uso de determinados medios de producción. Son las
llamadas, en la terminología feudal francesa, banalidades o, en nuestra len-
gua, monopolios señoriales. Los dos más típicos son los de uso de horno y
molino, por los que se pagaba, respectivamente, el furnaticum u hornaje y la
maquila, casi siempre en especie. Pero las exenciones eran muchas y, ade-
más, se ha demostrado que en la mayoría del territorio no existieron, de mo-
do que hemos de atribuirles poca importancia en la fiscalidad regia de aque-
llos siglos. Otra cosa es que la corona fuera propietaria de hornos y molinos
y los explotara pero sin ejercicio de monopolio.
4. Deber de alojamiento y mantenimiento
Por el contrario, el deber de alojamiento del rey o señor acabo por tener
carácter general en el siglo XIII aunque, antes, no era así y, además, se prac-
ticaba con mayor frecuencia en León que en Castilla. La frecuencia del yan-
tar es mucho mayor que la de otras prestaciones o denominaciones como
conducho (debido a los que trabajan para el señor y dado aveces por éste; o
al rey cuando acudía a alguna ciudad), posada, hospedaje u hospicium, etc.
La prestación de acémilas, constatada en el siglo XIII, debe considerarse
complementari, en algunos casos, del yantar o de la fonsadera.
Hasta tiempos de Alfonso X, el yantar se pagaba o bien en especie o
bien endinero y, al menos en teoría, sólo cuando el rey o su enviado se per-
sonaban en el lugar, pero Alfonso X estableció tarifas en dinero, de pago
general, con lo que el yantar, lo mismo que sucedía con la fonsadera, se vino
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a convertir en un derecho público, integrado en el nuevo sistema de fiscali-
dad regia, aunque sus cantidades perdieran valor muy rápidamente, al no
modificarse su importe.
Las Cortes de 1286 lo fijaron en 600 maravedíes de la moneda de la
guerra para el yantar del rey, 300 para el del infante heredero, 200 el de la
reina y 150 el del merino mayor. Las de 1293 pretendían que sólo se cobrara
como antaño, quando fuéremos –habla el rey- en hueste o tovieremos alguna
villa o algún lugar çercado, o fizieremos Cortes, o quando acaesçiese en-
caesçimiento de la reyna. En otras reuniones de Cortes se recuerda que an-
taño, es decir a comienzos de siglo, sólo se percibía una vez al año en cada
población, en el supuesto de que el rey acudiera a ella. Y se señala también
el gran número de exenciones, por fuero o por privilegio, y de cesiones in-
debidas del yantar regio a aristócratas y entidades eclesiásticas que, a veces,
lo percibían abusivamente.
5. Multas y penas de justicia. Derechos de cancillería
Los ingresos por penas impuestas a consecuencia del ejercicio de la jus-
ticia son, básicamente, las multas o caloñas y las compensaciones por deli-
tos de sangre u homicidios.Ambos tienen carácter eventual, como es lógico,
y suelen ser elevados, así como estar fijada su cuantía en los fueros y demás
textos legales: la composición por homicidio era, por ejemplo, de 500 suel-
dos si la víctima era un noble, o de 300 si se trataba de un hombre libre no
noble.
Pero sucede que casi todas las multas se reparten entre diversos benefi-
ciarios: por un lado el rey o la instancia judicial que lo representa (en mu-
chas ciudades es el dominus villae, en otros casos un iudex o un merino); por
otro, el denunciante que se ha querellado; en tercer lugar, el concejo corres-
pondiente, de modo que las caloñas vienen a ser una fuente de ingresos de
las haciendas municipales desde que, en el siglo XII, aparecen estas divisio-
nes. Paralelamente, la parte de las multas correspondiente al rey a veces se-
reduce, o incluso se otorga exención y, en otros casos, pasa a ser parte del
pago del juez. En resumen, pronto dejaron de ser relevantes estos derechos
en la conformación de los ingresos regios efectivamente disponibles, pero
conservaron su valor como parte de pago de los servicios públicos de justi-
cia.
Algo semejante ocurre con los derechos de cancillería sobre la expedi-
ción de documentos, que hemos de suponer vigentes al menos desde media-
dos del siglo XII. Pronto aquel caritellum o caritel, llamado más adelante
tabla de cancillería y cobrado por arancel, pasó a servir para el pago del
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personal de la cancillería y muy pocas veces se aplicaron cantidades impor-
tantes de este origen a otras necesidades de la corona.
III. Regalías
La fijación de lo que eranregalías, en el segundo tercio del siglo XII,
permitió recuperar o revitalizar antiguos ingresos que, en ocasiones, nunca
habían desaparecido, en la medida en que tampoco despareció la condición
de derecho público propia de la monarquía, pero que no se percibían, o ape-
nas, anteriormente.
1. Moneda. Minas. Salinas
La acuñación de moneda era regalía, aunque hasta Alfonso VI no parece
que se ejerciera, y generaba beneficios derivados del mismo monopolio de
acuñación y de la fijación del curso legal. Precisamente, el deseo de vincular
al monarca a compromisos sobre la ley y talla de la moneda daría lugar afi-
nes delsiglo XII al nacimiento de una contribución, la moneda forera, a la
que luego aludiremos.
Minas y salinas eran también regalías, y sólo el rey podía explotarlas o
ceder su uso. Respecto a las minas casi nada se sabe pero, en lo que toca a
las salinas, con anterioridad a Alfonso VII eran de uso y explotación particu-
lar. Fue este rey quien reivindicó la regalía, aunqueya antes se percibía un
alvará sobre la producción. Desde mediados del siglo XII, las salinas se
arrendaban y los arrendatarios, a trueque de pagar el alquiler convenido y de
mantener un nivel de producción fijado, podían vender la sal a un precio de
tasa y en régimen de monopolio, dentro del área territorial correspondiente a
la salina de que se tratara. El precio era de un maravedí de oro por cahiz en
las regiones de derecho de Toledo.
En el reino de León había muy pocas salinas terrestres de cierta impor-
tancia: acaso la mayor era la de Villafáfila, cerca de Zamora. Fue más ur-
gente y significativo regular la importación y venta de sal en alfolíes, y
combatir el contrabando procedente de Portugal, o el que llegaba por vía
marítima. Algunas ciudades costeras, por otra parte, obtuvieron pronto fran-
queza en su abasto de sal, como sucedió con La Coruña en 1225. En el reino
de Castilla, por el contrario, sí que había grandes salinas terrestres (Añana,
Atienza, Espartinas, las de la zona del obispado de Cuenca), y tuvo mucho
más valor este ingreso.
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2. Montazgos
Más lenta aún fue la recuperación de la regalía en otros ámbitos. En teo-
ría, el rey era propietario eminente de todos los terrenos baldíos, aguas co-
rrientes, pesca y caza, zonas de bosque y pasto no acotadas, y tenía capaci-
dad para regular su uso y obtener por ello derechos. Montazgo, herbazgo y
otras denominaciones comparables aparecen en los documentos para desig-
narlos, y gravan tanto a los campesinos que los pagan en sus términos de
residencia, como a los ganados trashumantes. Pero, en muchas ocasiones,
eran derechos enajenados, eso sin contar con la gran cantidad de exentos de
pago que había. Sólo Alfonso X se ocupó de fijar tarifas o aranceles de co-
bro de montazgo a los trashumantes, y hasta 1343 no tomaría Alfonso XI
para la corona todos los montazgos, alegando su carácter de regalía, y admi-
tiendo bastantes excepciones.
3. Tráficos mercantiles. Mercados y ferias
El fijar lugares públicos y fechas para la celebración de mercados y fe-
rias era también regalía así como, por extensión, el derecho y deber regio de
asegurar el tránsito pacífico de mercaderes y productos por el reino. Ambos
conceptos -regalía y protección- justifican la existencia de derechos y con-
tribuciones indirectas sobre el tráfico y compraventa de mercancías, cuya
escasa o incipiente importancia en aquellos siglos indica la poca que tam-
bién tenía el comercio antes de mediados del siglo XII. Los derechos sobre
el tránsito son más antiguos: desde el X hay noticia del teloneum o portati-
cum (portazgo) cobrado a la entrada de la ciudad sobre las mercancías “que
se llevaban a vender al mercado local”. Pontazgos, barcajes y rodas, citados
de forma dispersa, serían, por su parte, contribuciones para asegurar el fun-
cionamiento rentable de puentes y barcas, los dos primeros, y la guarda y
seguridad de algunos caminos, el tercero.
Cuando hay noticia más explícita de estas contribuciones, ya bien entra-
do el siglo XII, observamos que casi siempre pertenecen a las fiscalidades
municipales o señoriales, y no a la regia, que las ha cedido o enajenado. Te-
nían, es cierto, escasa importancia cuantitativa, salvo algunos portazgos.
Más difícil resulta comprender porqué tardó tanto en generalizarse el cobro
de sisas y alcabalas sobre la compraventa, pues no sucede hasta la época
comprendida entre 1270 y 1340, salvo en algunas localidades del S. como
herencia islámica, ajenas, por otra parte, al ámbito de nuestro estudio. La
mención a una maquila sobre la venta de cebada en el mercado leonés, data-
da en el fuero de año 1020, parece algo excepcional.
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EL SISTEMA IMPOSITIVO EN CASTILLA Y LEON
La aplicación del principio de regalía supone una primera recuperación
de los contenidos públicos de la función regia. Una de sus facetas es el esta-
blecimiento de fronteras exteriores cuyo significado e importancia política
son superiores al de las múltiples barreras internas, por cuanto marcan el lí-
mite espacial del reino. En esta fijación hay siempre un elemento aduanero y
tributario pero, ¿cuándo comenzaron a establecerse aduanas en los reinos
leonés y castellano?. Es difícil encontrar rastro antes de los tiempos de Al-
fonso X. Sin embargo, al menos en los puertos cantábricos de la Marina de
Castilla, la organización de flotas y el cobro de impuesto sobre el tráfico pa-
rece datar de comienzos del siglo XIII. ¿Ocurrió algo similar en el ámbito
costero asturiano y gallego, a pesar del desarrollo más reducido de su activi-
dad mercantil?. Y, también, ¿había aduana o alguna figura similar, que su-
perara los meros portazgos locales, en el límite con Portugal?. No podemos
afirmarlo con los datos de que actualmente se dispone, como tampoco si,
antes de los tiempos de Alfonso X, se aplicó la prohibición de determinadas
exportaciones (cosas vedadas), aunque en lo referente al tráfico con tierras
islámicas así lo ordenaban disposiciones pontificias e imperiales desde hacía
siglos.
IV. Las primeras contribuciones directas generales
1. Parias. Botín
Los reyes de Castilla y León habían sido los máximos beneficiarios del
cobro de parias a los reinos taifas musulmanes durante el último tercio del
siglo XI. Fernando I, después de cobrarlas durante los últimos años de su
reinado, había legado las parias de Toledo a Alfonso, como rey de León, a
Sancho las de Zaragoza, como rey de Castilla, y a García las de Badajoz y
Sevilla, como rey de Galicia, señalando así, de paso, las zonas de influencia
de los respectivos reinos. Unidos éstos en manos de Alfonso VI, el rey am-
plió su influencia hasta Granada y, tras la caída de Toledo en 1085, hasta
Valencia. Las cantidades cobradas eran muy fuertes (10.000 mizcales por
año en Granada, 30.000 dinares en Valencia), aunque no sabemos su monto
total ni, lo que es más importante, suempleo, pues evidentemente aquellas
cantidades de oro no podían gastarse en la compra de bienes y servicios su-
ficientes en la España cristiana. Hay que situar a las parias en el contexto de
una economía de guerra, donde es preciso pagar a la aristocracia guerrera y
sustituir la rapiña por la compra de bienes y servicios en al Andalus, aunque
hayan servido también para sustentar el comercio y la construcción, sobre
todo en el Camino de Santiago, para ofrecer limosna o censo a Cluny y otras
295
MIGUEL ANGEL LADERO QUESADA
instituciones eclesiásticas, y para monetizar parcialmente la actividad eco-
nómica.
El mismo papel, aunque de manera más modesta y discontinua, jugó el
botín obtenido en las guerras del siglo XII y primera mitad del XIII; la quin-
ta parte, según tradición islámica, correspondió a la corona. Pero el régimen
de parias en sí concluye hacia 1110 en sus últimas manifestaciones, que son
los tributos del taifa de Zaragoza, aunque haya algunos renacimientos par-
ciales entre 1147 y 1160 y, de nuevo, desde 1228.
2. Pedido
Ocurría esto en el momento en que la necesidad de mantener un aparato
militar fuerte era más acuciante, primero frente a los almorávidas, después
frente a los almohades. Hay que pagar a las aristocracias de guerreros por
sus servicios o bien con tierras –prestimonios- o bien con soldadas, y en
parte también a las huestes concejiles, puesto que las obligaciones de defen-
sa tradicionales -fonsado- no bastan para sostener la situación: por eso preci-
samente comienza a ser frecuente su transformación en dinero, pagando la
fonsadera, para emplearlo también en gastos militares.
En aquellas circunstancias nace el petitum o pedido -futuro pedido fore-
ro- como contribución directa y extraordinaria que Sánchez-Albornoz ras-
trea a partir del año 1091 y, de nuevo, desde 1136. Parece que el cobro se
generalizó en los últimos tiempos de Alfonso VII, y especialmente después
de la separación de León y Castilla, a su muerte en 1157, que coincide con
la expansión almohade en la península: a través de las cartas regias de exen-
ción podemos saber, por vía indirecta, que fue cadañero en León, al menos
desde 1167, y en Castilla desde 1174.
El petitum obligaba a todos los pecheros, a los clérigos y también, posi-
blemente, a los nobles, salvo que hubiera privilegio expreso de exención.
Desde luego, lo pagaban también los campesinos solariegos sujetos a domi-
nio de nobles o eclesiásticos. Hasta 1208, por ejemplo, no hay privilegio de
Alfonso IX eximiendo a prelados y clérigos de su reino; Alfonso VIII lo ha-
bía otorgado en Castilla en 1180 y 1181. El número de exenciones fue cre-
ciendo en lo sucesivo y esto, unido a la fijación en una cantidad de dinero
que a veces era global para un lugar, a repartir entre sus habitantes “pro peti-
to”, o a veces era de dos sueldos o de un maravedí por hogar, hizo que el
pedido perdiera rápidamente importancia fiscal en el segundo tercio del si-
glo XIII, lo que obligó, entre otros motivos, a la solicitud de nuevos tipos de
servicio extraordinario a las Cortes, desde tiempos de Alfonso X. Con estos
servicios se entraría en una época nueva de la fiscalidad regia castellano-
296
EL SISTEMA IMPOSITIVO EN CASTILLA Y LEON
leonesa, tanto por su volumen como por el fundamento político-jurídico de
su implantación, propio ya de una monarquía de derecho público. No hay
que olvidar, en consecuencia, que el petitum fue su antecesor.
3. Moneda forera
Como también lo fue la moneda o moneda forera, que nace algo más
adelante que el pedido por motivos diferentes, al menos en apariencia, y ya
en relación directa, como es bien sabido, con los orígenes de las Cortes, ante
las que el rey se compromete a no “quebrar” la moneda, esto es, a no alterar
su ley, peso y curso legal en nuevas acuñaciones, a cambio de una contribu-
ción destinada a resarcirle de la pérdida experimentada por no hacerlo. La
moneda forera se fundamenta, pues, en una regalía y en el pacto del rey con
el reino, en virtud del poder general y público que el primero de ambos tie-
ne. Es, tanto o más que el pedido, un fundamento del futuro sistema fiscal.
No en vano los servicios de Cortes de siglos venideros se llamarían “pedidos
y monedas”.
Uno de los objetivos de la investigación es fijar con mayor detalle los
orígenes y la práctica de cobro de pedido y moneda durante su primer siglo
de existencia. Se sabe desde hace tiempo que la moneda fue otorgada a Al-
fonso IX por la Curia Plena reunida en Benavente, el año 1202, aunque hay
noticia de una concesión anterior en 1197. La concesión era por siete años, y
así se mantendría en el futuro el pago, cada séptimo año, aunque no por eso
los reyes abandonaron las prácticas de alteración monetaria cuando lo con-
sideraron oportuno y, en un momento que no podemos fijar con precisión, la
corona modificó hábilmente la justificación de la moneda, que vendría a pa-
garse en reconocimiento del señorío real, lo que era un argumento a la vez
más genérico y más favorable a las doctrinas sobre el “señorío natural” del
monarca en todo el reino.
La moneda forera obligaba a todos los pecheros, salvo a los caseros de
los milites que, al combatir directamente, habrían estado gravados por el tri-
buto en caso de no ser exentos quienes les sustituían en el trabajo de la tie-
rra. Pero los demás campesinos solariegos en señoríos de aristócratas y ecle-
siásticos sí que pagaban. El tipo era, en principio, como el del pedido, un
maravedí por hogar. En el último tercio del siglo XIII, cuando el maravedí
ya no era una moneda de oro sino que funcionaba sólo como moneda de
cuenta, se observa que los leoneses tributan menos que los castellanos: seis
y ocho maravedíes respectivamente. Pero estas cantidades no se moverían
en el resto de la Edad Media, aunque el valor del maravedí estaba vinculado
297
MIGUEL ANGEL LADERO QUESADA
al de la moneda de vellón, lo que explica la depreciación de este ingreso fis-
cal, tanto o más que las numerosas exenciones concedidas por los reyes.
V. La herencia de la fiscalidad islámica
Dejando aparte lo que de influencia islámica tiene el establecimiento del
quinto real sobre el botín, y la misma práctica de las parias, lo cierto es que
el reino de León no experimentó otras comparables a las ocurridas en el de
Castilla después de la incorporación de Toledo. La tardía conquista de la
parte leonesa de la actual Extremadura al S. del Tajo, en los años veinte y
treinta del siglo XIII, podría haber incorporado alguna figura tributaria de
aquel origen, tal como el almojarifazgo o alguno de sus componentes (al-
monas, huertas del rey, etc.) pero no hay noticias de que haya sido así, como
tampoco la tenemos de capitaciones especiales sobre mudéjares y judíos,
semejantes a las que, bajo el Islam, pagaban judíos y cristianos. Mientras no
haya datos, será preciso dejar estos aspectos como cuestiones pendientes de
investigación. En el ámbito castellano más próximo, en Palencia, el pecho
de los judíos y moros era del obispo desde tiempos de Alfonso VIII, por ser
vasallos suyos, como señor que era de la ciudad.
Al S. del Sistema Central, la ciudad de Toledo y su término disponían
de un régimen fiscal de origen andalusí en muchos aspectos que, a su vez,
serviría como modelo para el establecido en las grandes ciudades del valle
del Guadalquivir y en Murcia después de su conquista en el siglo XIII. El
conjunto de los derechos y rentas se gestionaban integrados en el “tesoro
regio” o almojarifazgo, donde había componentes muy diversos, como in-
mediatamente se comprobará, la mayoría de ellos vinculados a la actividad
artesanal y mercantil de la ciudad. Hay que suponer que, además, los habi-
tantes de la ciudad o, en su caso, los de las aldeas, estaban sujetos también a
otros gravámenes generales que ya hemos descrito, tales como el censo sola-
riego sobre uso de la tierra de labor, la fonsadera, el yantar, el pago por uso
de regalías, el pedido y la moneda. Pero lo singular es, desde luego, la exis-
tencia de una primera fiscalidad específica de la economía urbana, cuyos
principales elementos eran éstos:
1. Pago de censo por inmuebles de propiedad regia dedicados a ac-
tividades mercantiles y artesanales, por parte de sus usufructuarios:
alcaicerías, “tiendas del rey” y alcaná; “tiendas e fornos e mesones”
(derecho de almotaclacía); otras alhóndigas y mesones para alma-
cenamiento de mercancías o alojamiento de tratantes; baños; alfolí-
298
EL SISTEMA IMPOSITIVO EN CASTILLA Y LEON
es o almacenes de sal; carnicerías; ollerías; almonas para produc-
ción de jabón; “bodega” regia.
2. Censo sobre tiendas de propiedad particular (lo que significa que
no hay monopolio regio).
3. Derechos de inspección sobre el trabajo artesano y mercantil:
almotacenazgo, alaminazgos.
4. Uso obligado de pesos y medidas del rey (derecho cedido al con-
cejo).
5. Derechos sobre organización del mercado y compraventa de de-
terminados productos: derecho sobre la fruta vendida en el Alcaná;
alcabala de los lienzos.
6. Algunos portazgos y pontazgos de los que están exentos los ve-
cinos en lo referente a la entrada de sus cosechas en la ciudad:
Puerta de Visagra; otras puertas; confiscación o derecho compensa-
torio sobre lo “descaminado”.
7. Diezmo sobre determinadas producciones por su carácter estra-
tégico o por su especial valor: cal, teja y ladrillo; ollería; grana; hi-
gos y pasas; aceite.
8. Fincas rurales próximas a la ciudad de uso regio (huerta del rey).
Algunas minas (monte de greda de Magan), aparte de la regalía ge-
neral sobre salinas y minas. Algunos derechos especiales sobre ex-
plotaciones agrarias (derecho de alesor sobre huertas que fueron de
musulmanes, suprimido desde 1138), además del censo o diezmo
general.
9. Derechos y pechos de judíos y musulmanes mudéjares.
ASPECTOS DE LA GESTIÓN HACENDÍSTICA. PRIVILEGIOS, EXENCIONES Y
GASTO
La gestión de los recursos regios era, por aquellos siglos, de carácter
muy rudimentario. No hay cuentas o, al menos, no se conservan, ni tampoco
han llegado a nosotros estimaciones o previsiones sobre ingresos, ni cálculos
sobre el monto de derechos o de tesoros disponibles. En la casa del rey exis-
tía el Mayordomo, tal vez el oficio principal, que tenía a su cargo la admi-
nistración de los recursos, especialmente de los disponibles in situ, auxiliado
por el Repostero o el Camarero para la atención a la casa, despensa y caba-
lleriza, y por algún Tesorero. En el territorio actuarían Merinos y Sayones
del rey como administradores y recaudadores, pues no hay la menor noticia
al posterior régimen de arrendamiento de rentas reales. El mismo carácter
299
MIGUEL ANGEL LADERO QUESADA
itinerante de la corte favorecería el consumo directo de buena parte de la
renta en las mismas zonas donde se producía, así como las formas de pago a
los agentes territoriales de la monarquía y a los aristócratas acreedores de
ella por sus servicios militares utilizando rentas de las comarcas donde ac-
tuarano estuvieran radicados, procedimiento siempre peligroso porque podía
hacer más sencilla la enajenación o patrimonialización definitiva de dere-
chos regios.
Las relaciones y el reparto de poder con otras fuerzas socio-políticas del
reino se puede aclarar, a menudo, teniendo en cuenta estos aspectos de ca-
rácter tributario. Concluiremos considerando algunos relativos a la Iglesia y,
en menor medida, a la aristocracia y a los concejos, aunque los presento co-
mo simple programa de trabajo o relación de cuestiones a estudiar con ma-
yor detenimiento.
Las relaciones entre monarquía e Iglesia -en especial obispos, cabildos
catedralicios y grandes monasterios- son de dos tipos complementarios. Por
una parte, la realeza obtiene una legitimidad mayor para algunas de sus ac-
ciones, pero no hemos de ocuparnos ahora de esto sino de algunas de sus
consecuencias prácticas: las declaraciones de cruzada, ya en el siglo XII,
permitirían la movilización de mayores recursos económicos. La posibilidad
de empréstitos extraordinarios, devueltos a menudo mediante el otorgamien-
to de mercedes y exenciones, fue también mayor si el otorgante era el esta-
mento eclesiástico, debido a su gran potencia como propietario territorial y
perceptor de renta. Sin embargo, hasta 1236 y 1247, durante las campañas
de Córdoba y Sevilla, no hay noticia clara de concesiones sobre el diezmo
eclesiástico o de reparto de contribución extraordinaria entre el clero. Antes,
por ejemplo a raíz de la muerte de Alfonso VI en 1109, lo que hubo fueron
exacciones y robos sobre propiedades y rentas eclesiásticas, como era fre-
cuente en tiempos de turbulencia política.
Porque, y ésta es la segunda faceta de la relación entre realeza y clero, la
seguridad de la renta eclesiástica dependía en gran medida del apoyo regio.
Hay dos aspectos a tener en cuenta: primero, la implantación del diezmo
eclesiástico y el apoyo de la realeza para ello, en los siglos XII y XIII. Hasta
ahora sólo conocemos los esfuerzos efectuados por Alfonso X para apoyar
su recaudación cuando el diezmo era ya una realidad bien establecida, aun-
que defectuosamente cumplida. Segundo, el reconocimiento de los privile-
gios fiscales del clero, acrecentados con la concesión de numerosas exen-
ciones y mercedes a instituciones eclesiásticas diversas. Hay que completar
el inventario de concesiones de exención de todo tipo de pechos y de merce-
des sobre unos u otros. Sólo conociendo cada situación concreta y la general
300
EL SISTEMA IMPOSITIVO EN CASTILLA Y LEON
del reino en cada momento se podrá valorar tanto el significado efectivo
como el grado de permanencia de la merced.
Las compensaciones fiscales jugaron también un papel central en las
relaciones políticas entre corona y concejos de realengo en el proceso de
maduración de éstos ocurrido durante los siglos XII y XIII. Las exenciones
de pechos no son muy abundantes, así como tampoco las de pedido y mone-
da forera, más adelante, hasta que no se perfilan los privilegios de las mino-
rías de caballeros, en especial durante la segunda mitad del XIII. En cam-
bio, las numerosas exenciones de derechos de tránsito, en especialportazgos,
jugaron un papel notable en el desarrollo mercantil de las ciudades, así como
la apropiación o cesión de montazgos lo tuvo en el dominio de la ciudad so-
bre su territorio, y en la formación de la fiscalidad municipal. A ésta contri-
buyeron también las cesiones de otros derechos reales, vinculadas a veces a
la reparación de murallas a cargo del concejo: martiniegas, rodas, escribaní-
as, derechos por el uso de pesos y medidas, van apareciendo con cierta fre-
cuencia desde finales del siglo XII.
Menos todavía sabemos sobre la actitud de los nobles ante el desarrollo
de la fiscalidad regia en aquellos siglos y sobre las compensaciones y conce-
siones que obtuvieron porque no hay ningún estudio sistemático efectuado
desde este punto de vista sobre las características de las os épocas sucesivas,
correspondientes a la “aristocracia primitiva” y a la “nobleza vieja”, según
la terminología que difundió Salvador de Moxó.
INDICACIONES BIBLIOGRÁFICAS
Con objeto de no recargar el texto de esta conferencia, remito al texto y
las indicaciones bibliográficas de algunos trabajos míos sobre estas cuestio-
nes: “Estado, hacienda, fiscalidad y finanzas”, en La historia medieval en
España. Un balance historiográfico (1968-1998). XXV Semana de Estudios
Medievales de Estella, Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1999, pp.
457-504. “Monedas y políticas monetarias en la Corona de Castilla (Siglos
XIII a XV)”, en XXVI Semana de Estudios Medievales de Estella, Pamplo-
na, 2000, pp. 129-178. “Estructuras y políticas fiscales en la baja Edad Me-
dia”, Edad Media. Revista de Historia (Universidad de Valladolid), 2
(1999), 113-150. “Las haciendas concejiles en la Corona de Castilla (una
visión de conjunto)”, en Finanzas y fiscalidad municipal. V Congreso de
Estudios Medievales, León, Fundación Sánchez-Albornoz, 1997, pp. 7-72.
Fiscalidad y poder real en Castilla (1252-1369), Madrid, Universidad
Complutense, 1993.
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MIGUEL ANGEL LADERO QUESADA
Sigue siendo un buen punto de partida el capítulo correspondiente de L.
García de Valdeavellano, Curso de historia de las instituciones españolas de
los orígenes a la baja Edad Media, Madrid, 1970, del que tomo algunas ci-
tas entrecomilladas. Estudio y comentario detallado de muchos aspectos en
J. Clemente Ramos, Estructuras señoriales castellano-leonesas. El realengo
(siglos XI-XIII), Cáceres, 1989, y “Fiscalidad y renta feudal. La martiniega,
la fonsadera y el yantar a mediados del siglo XIV en la Castilla de las me-
rindades”, Anuario de Estudios Medievales, 22 (1992), 767-784. R. Morán
Martín, Infurción y martiniega durante la vigencia del régimen señorial,
Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1989, y “Naturale-
za jurídica de la infurción. I. Concepto. II. Figuras afines y evolución hasta
el siglo XVI”, Boletín de la Facultad de Derecho. UNED, 2 (1992), 79-108,
3 (1993), 153-199. Los puntos de vista socio-económicos, mucho más aten-
tos a los cambios temporales y a las variedades regionales, pueden encon-
trarse en numerosos estudios sobre el régimen señorial, la atribución del
dominio útil de la tierra y las exacciones sobre los campesinos; véase el inte-
resante resumen de contenidos de la reunión internacional de Medina del
Campo (31 mayo a 4 junio 2000) en I. Alfonso Antón y P. Martínez Sopena,
“Formas y funciones de la renta: une stujdio comparado de la fiscalidad se-
ñorial en la Edad Media europea (1050-1350)”, Historia Agraria, 22 (2000),
231-247.
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