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BRAUER-La Historia Desde La Teoría-I

Este libro presenta una guía de campo sobre el pensamiento filosófico acerca del significado de la historia y el conocimiento del pasado. Está dividido en varios capítulos escritos por diferentes autores, cada uno analizando una corriente filosófica o tema relevante como la escuela de Frankfurt, el estructuralismo, la filosofía alemana entre 1774-1830, y la hermenéutica e historia. El libro provee una introducción al desarrollo de los principales temas y problemas en la reflexión filosófica sobre el

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BRAUER-La Historia Desde La Teoría-I

Este libro presenta una guía de campo sobre el pensamiento filosófico acerca del significado de la historia y el conocimiento del pasado. Está dividido en varios capítulos escritos por diferentes autores, cada uno analizando una corriente filosófica o tema relevante como la escuela de Frankfurt, el estructuralismo, la filosofía alemana entre 1774-1830, y la hermenéutica e historia. El libro provee una introducción al desarrollo de los principales temas y problemas en la reflexión filosófica sobre el

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Daniel Brauer

(C o m p .)

!A HISTORIA DESDE LA TEORÍA

Una guía de campo por el pensamiento


filosófico acerca del sentido de la historia
y del conocim iento del pasado

Yol. I

, p ro m e te n )
I l i b r o s
La h isto ria d esd e la teo ría : un a gula de cam p o p o r el p en sam ien to
filo sófico acerca del s en tid o
de la h isto ria y del co n o c im ie n to del pasado / D aniel B r a u e r ...
[ e t.a ll ; ed ic ió n a cargo d e D aniel Brauer. - l a ed . - B uen os Aires
: P ro m eteo L ibro s, 2 0 0 9 .
v. 1, 3 0 8 p . ; 2 1 x 1 5 cm .

ISBN 9 7 8 - 9 8 7 - 5 7 4 - 3 5 5 - 7

1. F ilo sofía d e la H isto ria . 1. Brauer, D aniel 11. Brauer, D aniel,


ed . lít.
CDD 901

© D e e s ta e d ic ió n , P r o m e te o L ib r o s , 2 0 0 9

P r in g le s 5 2 1 ( C 1 1 8 3 A E I ) , B u e n o s A ir e s , A r g e n tin a

T e l.: ( 5 4 - 1 1 ) 4 8 6 2 - 6 7 9 4 / F a x : ( 5 4 - 1 1 ) 4 8 6 4 - 3 2 9 7

w w w .proTneteoeditorial.com

H e c h o e l d e p ó s ito q u e m a r c a la L ey 1 1 . 7 2 3

P r o h ib id a s u r e p r o d u c c i ó n to ta l o p a r c ia l

D e r e c h o s reserv a d o s
índice

PREFA C IO
Sobre el discurso h istó rico (o acerca de có m o vinim os a parar aquí)
M anuel C r u z .........................................................................................................................9

PR Ó LO G O DEL E D ITO R
Daniel Brauer..................................................................................................................... 15

IN TR O D U C C IÓ N
La reflexión filosófica en torno del significado del pasado y el proceso
de configuración de sus princip ales tem as y problem as
D aniel B ra u er..................................................................................................................... 19

La historia y las accion es hum anas.


Las tesis de R obin G . Collingwood
R osaB elv ed resi.................................................................................................................. 3 9

H istoria, negatividad y criticism o


en la Escuela de Frankfu rt
Ornar A c h a ......................................................................................................................... 5 9

Estructuralism o e historia
Jo séS a zbó n ......................................................................................................................... 7 9

La filosofía alem ana y los problem as de “la” historia ( 1 7 7 4 - 1 8 3 0 ) .


La metafísica del Plan
M artín H .Sisto .................................................................................................................. 9 9

El debate sobre el tipo de explicación en la disciplina histórica


en la filosofía analítica de la historia
V erónica T o z z i................................................................................................................. 115
I ’T losofia de la historia y filosofía de la acción.
A spectos o n tológicos y lingüísticos
F ran cisco N a is h ta t.............................................................................................. 133

La filosofía de la historia de K arl M arx


N icolás Lavagn in o...........................................................................................................15 7

Filosofía latinoam ericana de la historia


E sleía F e r n á n d ez N a d a l................................................................................................183

Después del fin de la historia


C ecilia M acón .................................................................................................................. 2 0 3

Plan hum ano y plan divino


M a r tín S is to.....................................................................................................................2 2 5

El “ap o rte” de H erd eren 1 7 7 4 ,y s u s ideas ( 1 7 8 4 - 1 7 9 1 )


M a r tín S is to.....................................................................................................................2 5 5

H erm enéutica e historia


E steban L y th g oe.................
P refacio

Sobre el discurso histórico


(o acerca de cómo vinimos a parar aquí)

Manuel Cruz
U n iv e r s id a d d e B a r c e lo n a

A ndaba h ace u n as sem anas ho jean d o distraídam ente una revista de di­
vu lg ación cie n tífica cu an d o llam ó m i aten ció n un a rtícu lo del prestigioso
profesor de genética BryanSy kes, autor del libro L a m ald ició n de A dán. En él
se afirm aba, co n profusión de datos y argum entos, que el cro m o so m a Y es
una ruina genética que, al ritm o degenerativo que lleva, podría desaparecer
dentro de un os 1 2 5 ,0 0 0 años, m o m en to en el que el 9 9 p or cie n to de la p o ­
blació n sería, según esto, fem enina. Resultaría m ás que arriesgado (d irecta­
m ente: tem erario) que u n p rofesion al de la teoría co m o el que firm a este
texto, sin m ás g alones que un do ctorado en filosofía, entrara a ju zg ar acerca
del grado de probabilidad de que se cu m plan este tipo de vaticinios, supues­
tam ente científicos. ¿Aciertan los especialistas com o el m encion ado Sykes (u
o tros) qu e n o s an u n cian la ex tin ció n de lo s ind iv id uos de sex o m ascu lino?
¿Es m ás o m enos probable un m u ndo poblado exclusivam ente po r m ujeres?
De algo podem os estar seguros: las m agnitudes e n que nos m ovem os n o nos
perm iten resp on d er rotundam ente n i a ésta ni a otras pregun tas parecidas.
A caso sea un h o rizo n te sem ejan te, tan u n ilateral, el qu e n o s aguarda, pero
queda a dem asiada distancia co m o para co nv ertirlo en punto de referencia.
O , m ejor d ic h o , falta dem asiado tiem po co m o para aventurar nada co ncreto
co n garantías.
En m edio - e n e 1m ien tras tanto—lo que sí podem os augurar es que, de no
m ed iar catástrofe de algún tip o, las po sib ilid ad es del género hu m an o en
orden a su rep ro d u cción (en todas las d im en siones del térm in o) n o d ejarán
de crecer. Y es que al ritm o al que se ha desarrollado el co n o cim ie n to cie n tí­
fico tan sólo e n el pasado siglo xx, co n las consiguientes innovaciones tecn o ­
ló gicas, plantear u n a am enaza a 1 2 5 .0 0 0 años vista no pasa de ser una
brom a. Pero una brom a, eso sí, algo pesada. Q ue sirve para no plantear aque­
llo q u e verdaderam ente im p o rta; ¿tenem os u n criterio (y en tal caso, cu ál)
co n el que afrontar ese hori zonte de cam bios que la naturale za, según parece,
no s está anunciando? Y si es el caso que podem os intervenir para frenar o m o­
d ificar el signo de lo previsible ¿en qué sen tid o querem os hacerlo ? Im porta
explicitar, aunque sea en grado de tentativa, alguna respuesta, a riesgo, sí no
lo h a c em o s, de co n v ertir el futuro le jan o e n u n a cortina de hu m o cuya fu n­
ció n s e a , p recisam ente, n o enfrentarnos co n el presente, co n aquello que ya
-q u ie re d ecirse, e n estos m ism os m om en to s - es u n p rob lem a.
Y el problem a, en nuestras sociedades, no es, por utilizar la jerga feminista
que ha hecho fortuna, el sexo sino el género, esto es, el co nju nto de imágenes,
roles y discursos con los que se ven revestidos - y en función de los cuales son
tratados y, p o r tan to , se ven obligados a a c tu a r - los individuos de la especie
hu m an a co n atrib u to s m ascu lin o s y fe m e n in o s1. Lo que equivaldría a afir­
mar, c o n una form ulación no sé si rotunda o sencillam ente tosca: lo que ver­
daderam ente im porta n o son los m ach os o las hem bras (sus características,
su decreciente capacidad reproductiva o inclu so su eventual desaparición),
sin o lo sh o m b r e sy las m u jeres. O sea, lo s indiv iduos de una esp ecie, la h u ­
m ana, que se ha co n v ertid o de m anera irrev ersib le en la h u m a n id a d y que,
p recisam ente por ello , ya no adm ite seguir siendo pensada en térm inos m e ­
ram ente cu an titativo s o prob abilístico s. P orqu e sólo del n acim ien to de un
in d iv id u o de la especie hu m ana puede d e cirse aquello que d ecía Hannah
A rendt: e n ese m o m en to irrum pe en el m u nd o todo un universo im previsi­
ble de posibilidades.
V iene todo este tal vez largo rodeo a cu enta de la im presión m ás viva que
dej ó en m í la lectura de este m anu scrito que con tanta tenacidad co m o am or
ha co o rd inad o Daniel B rauer y que ahora, por fin, tiene el lecto r co m o libro
en sus m anos. Aquel princip io general según el cual el historiad or es un sutil

1La referencia poco m enos que obligada a este respecto la constituye el libro deJud ithB utlerE Igé-
nero en disputa, Barcelona, Paidós, 2 0 0 1 , aunque bien pudiera afirmarse que la distinción sexo/gé­
nero venía ya prefigurada en el célebre díctum de Sim one de Beauvoir “no se nace m ujer, se llega a
>-*|i* i i.ili-.i.icncl presente se cu m p le en este caso de m anera paradigm ática.
'idliM lpiicn muy p o co fam iliarizado co n el discurso histó rico se podría sor-
Iti »'ih Ir 11Hir el enunciado de dicho principio general. El profesional de la his-
l.tio está, viaja perm anentem ente al pasado (y hay b rillantes m uestras
■I* i iili-, viajes en el presente volum en), pero con el o b jetiv o m uy claro de re-
imi i mi al presente para m ejor co n o cerlo. La su tileza atribuida al historiad or
i in ir (|itt* ve rco n la estrategia que éste sigue para alcan zarsu objetivo clarifi-
i mli ii l o ocurrido e s analizado de m anera p erm anente a la luz del presente,
i Ir li problem as, inquietudes y desafíos que lo realm ente existente ofrece al
lilMut lador. El p a r a qu é es en este caso cen tral, constituyente, vertebrador, del
i |(ii-liai‘e rh istó rico ;e n m o d o alguno un im ponderable o una servidum bre a
superar.
No estam os - p o r si n o he co n seg u id o d e jarlo c la r o -a n te u n im perativo
m etodológico sin o fu nd am entalm ente m o ral, au n qu e co n dem asiada fre-
i u n id a esta últim a dim ensión parezca quedar diluida en discusiones acerca
de la fu ndam entación. U no de los sig n o s m ás ca ra cte rístico s de nu estro
i lempo es, sin duda, el estupor que genera hab er adquirido co n cien cia g ene­
ralizada d éla im posibilidad de proporcion ar garantías de carácter firme e in ­
d iscutible acerca de cu alesquiera co n v iccio n e s (in clu id as las de carácter
m oral). Pero se m ejan te gen eralización no co n stitu y e, en sí m ism a, prueba
co nclu y en te de nad a. M ás aún, co n v ien e reflexio n ar algo al resp e cto , no
fuera a resultar que la conversión del convencim iento en tópico estuviera ge­
nerando efectos anestesiantes desde u n punto de vista crítico.
Entiéndasem e bien . No se trata-q u izá convenga apresurarse a m atizarlo-
de plantear por enésim a vez la discusión acerca de si es posible encontrar una
fu ndam entación argum entativa para unas (u o tras) virtudes o , su p erfecto
correlato sim étrico, si no queda otra que asum ir la absoluta im posibilidad de
dicha fundam entación. Entiendo que es posible escapar a esa tópica disyun­
tiva o , quizá m ejor d ich o , que esta últim a no constituye la últim a p alab ra. La
reflexión es p o sib le, si som os cap aces de co lo carn o s en otro lugar. Hay que
pensar acerca de lo que nos pasa y hacerlo atendiendo a la realidad de dicha
e xp erien cia. Pero eso , ¿qué quiere d ecir exactam ente? Pues, p o r e jem p lo,
que no es cierto (o , co m o m ínim o, m u ch o m en o s cie rto de lo que se suele
afirm ar) que vivam os en una época de com pleta incertid um b re, ni que el re­
lativism o se haya convertido en nuestro ún ico horizonte m o ral. En realidad
hay una m ultitud de cosas cuyo rechazo co m partim os (la crueldad, el orgu-
lio, la in ju sticia.. de la m ism a m anera que existen m uchas otras (la bondad,
el ag rad ecim ien to, la g e n e ro sid ad .,.) que provocan en casi tod o s nosotros
una adm iración esp o ntánea. No debiera inquietarnos tanto acuerdo: a fin de
cuentas las coincidencias n o constituyen la últim a palabra, ni la prueba co n ­
clu yen te de n ada, sino sim p lem en te el in d icio de que nu estra reflexión
acerca de estos asuntos puede transitar por otros parajes.
A lguien podría objetar que, soslayando el debate acerca de la iundam en-
tación, se p retende esquivar el problem a del origen de buena parte de los va­
lores co m p artid os. Inclu so ese m ism o alguien p o d ría -riz a n d o el rizo de la
s o s p e c h a - adv ertir que p o r esa vía p o d ríam o s te rm in ar en co n trán d o n o s
co n la restau ració n de n o cio n e s y categ orías qu e, de p resen tar e x p líc ita ­
m ente su árbol g en ealóg ico , tend eríam o s a rechazar. Tal vez sí, pero no a l­
canzo a ver qué tendría eso de m alo, si lo restau rado soporta bie n la prueba
de la crítica in m a n e n te , m a te r ia lis ta , p or d ecirlo a la antigua m anera (G ta-
com o M arram ao ha escrito u n excelente lib ro, C ielo y tierra2, argum entando
en esta m ism a d irecció n).
F.n todo caso, lo que parece estar claro es que las dificultades (si la palabra
im posibilidad suena dem asiado rotunda) en m odo alguno debieran sum ir­
nos en un a perp lejid ad p aralizante. De la m ism a form a que en la vida c o ti­
diana el m ás arraigado escepticism o práctico no nos im pide andar tom ando
decisiones de todo tipo a cada m om ento (de otra forma no haríam os otra cosa
que reeditar la figura d el asno de Burid án), así tam bién, de acu erdo con lo
que h em os visto, las discusiones de carácter program ático no debieran qu e­
dar b lo q u ead as p o r el h e ch o de que h u biéram os d esistido de alcan zar un
fu ndam ento absoluto para nuestras propuestas.
El artícu lo divulgativo al que em pezaba refiriéndom e (y que tanto llamó
m i aten ció n ) acreditaba que este peligro puede revestirse con los ropajes de
la cien tificíd ad , entre otros m u ch o s. Y m ostraba sobre todo en que m edida,
en e fecto , aquello a lo que en tanto s m o m e n to s nu estro tiem po ha ren u n­
ciado (esto es, a form ular p lanes y o bjetivos: a ex p licitarcó m o quisiéram os
que fuera el m undo, en definitiva) sigue siendo necesario. No m e refiero úm-

2 Giacom o Marramao, C íeloy tierra, Barcelona, Paidós, 1 9 9 8 , Este libro desarrolla y com pleta algu­
nos de los tem as planteados en su anterior P odery secu larización , Barcelona, Península, 1 9 8 9 . En
todo caso, reco n stru ir el debate acerca del contenid o de la secularización nos ale jaría del eje de
nuestra argum entación en el presen te texto.
cam ente a una n ecesidad que derivara de una su puesta dem and a por parle
de nuestros contem poráneos, sino a algo que se sigue del proceso m ism o del
pensam iento. Enu nciar con la mayor claridad posible los fines a los que c o n ­
sid eram os que vale la pena tender constituy e un com p rom iso que se deriva
de nu estro propio quehacer, de ese so sten id o em peño que m an ten em o s
todos quienes trabajam os con las ideas por arrojar luz sobre cu anto nos pasa,
e m p eñ o que se so stiene en la co n fian za de que se m ejan te co n o cim ie n to
pueda p rop o rcion arn o s e lem entos para vivir m ejor, esto es, para ir m o d u ­
lando un co n cep to de vida bu ena universal mente asu m ible. En eso ha co n ­
sistido desde siem p re, a fin de cu en tas, el qu ehacer de los pensadores. Al
m enos de los m ejores, si por tales entendem os aquellos que nos resultan m ás
próxim os, los que seguim os considerando com o n uestros interlocutores.
E n esta clave he interpretado el libro en el que el le cto r se apresta a ad en­
trarse, y no creo en absolu to que mi in terp retació n ande m u y alejad a de las
intenciones del propio autor. De hech o, tanto Daniel B rau erco m o el resto de
colaboradores (si bien es cierto que cada uno a su mane ra, y co n un grado dis­
tinto de explici tación) participan de la idea según la cual es necesario exam i­
nar la historia desde la p erspectiva d e la actualidad. Pero no desde esta o
aquella particular actualidad, sino desde la actualidad en cu anto tal, estu es,
desde la perspectiva ele lo que ha term inado siendo real. Pe ro ñ o para e n sal­
zarlo, ni para cargar de razón, co n efe cto s retroactivos, el proceso que nos
trajo hasta aquí (reeditando, por enésim a vez, el engaño de contar la historia
desde el punto de vista de los vencedores) sino, ju sto a la inversa, para m o s­
trar su fragilidad, para destacar precisam ente que lo que algunos se em peñan
en co nsid erar universal y necesario - p o r el solo hech o de haber term in ado
o cu rrien d o - es en realidad histórico y contingente. He aquí el gesto más co n ­
secuentem ente histó rico posible. En co n ira de lo que a m enu do los propios
historiadores acostum bran a hacer, los autores que participan en el presente
volum en proponen un retorno a lo que bien pudiéram os co nsid erar el pro­
gram a fundacional del discurso h istó rico (una especie de ju ram e n to h ip o -
crático del profesional de la historia): el punto de vista no puede ser ajen o al
devenir histórico m ism o. C on vertir el p re se m e e n un lugar a salvo en m odo
alguno constituye un gesto m aterialista sin o al co n trario, po r m ás que p a­
rezca regalarle a lo que hay una aparatosa dignidad o ntológica.
¿Cuál es la m ejor form a de enfrentarse a los heredados discu rsos de la le ­
gitim ación, en los que tantas veces incurrieron los historiadores? ¿Cuáles son
las m ás eficaces h e r ra m ie n ta s -o quizá fuera m e jo r d ecir las a r m a s - co n las
que elaborar un discurso q u e pueda enfrentarse co n firmeza argum entativa
y solidez teórica a tales discursos? A fortunadam ente para quienes pensam os
que el pasad o co n tin ú a constitu y end o una fu ente casi inagotable de le cc io ­
nes, no hay n i form a n i h erram ien tas privilegiadas, sin o que la tarea adm ite
ser llevada a cab o de m uy diversas m aneras (y todas estarán b ie n si alcanzan
su o b je tiv o ). Lo im portante es que el p rop ó sito , el o bjetivo final, esté claro: a
los in te n to s de san cionar lo real p resentánd olo co m o la desem bocadura in ­
evitable del pasado, hay qu e oponer una historia critica y eficaz. C ritica para
dem oler esas co n stru ccion es narrativas, obsoletas y com placientes, que ob­
turan realm ente la posibilidad de entender la fragilidad de lo que pasa, y eficaz
porque n o olvide que, a fin de cuentas, lo que está en j uego es la posibilidad (o
n o ) de co n trib u ir a que el m u nd o sea diferente. E s cierto que, a estas alturas,
n o hay form a de asegurar si esa diferen cia lo haría realm ente m e jo r o peor
(¡ha habido errores tansangrantes en nuestro pasado reciente!). Pero e n todo
caso seria bu en o que, al m en o s p o r una vez e n la vida, n o s dejaran que fuera
co m o querem os (y n o co m o quieren otros, siem pre los m ism os).

B arcelona, 2 1 de abril de 2 0 0 7
Prólogo del editor

La idea de editar u n m anual de filosofía de la historia su rg ió , por un lado,


en el m arco de las reu niones periódicas que venía realizando el grupo de in ­
vestigación en torno de los proyectos P IC T 0 4 1 3 9 7 1 de la A gencia N acional
de Prom oción C ie n tífica y Tecnológ ica y U BA C YT* F 1 0 0 en el In stitu to de
Filosofía de la Universidad de B u eno s Aires. Se trataba de efectuar una tarea
co m ú n que al m ism o tiem po n o n o s desviase de los trabaj os individuales de
los m iem b ro s del eq u ip o en torno de la tem ática que n o s h ab íam os p ro ­
p uesto investigar. Por otro lado, la experiencia de m u ch o s años en el dictado
de la cátedra de F ilosofía del H istoria e n la U niversidad de Bueno s Aires me
hacían consciente de la necesidad de ofrecer al lector interesado una o rienta­
ció n general antes de intern arse en el laberin to de las teorías y d iscu sion es
acerca del sentido, alcan ce y lím ites del co n o cim ien to h istó rico.
E l form ato elegido fue el de artícu los breves co n ind icacio nes bibliográfi­
cas básicas, en lo p o sib le en ed icio n e s de textos aseq u ib les en nu estro
idiom a, o sea un térm ino m edio entre el diccionario y el H an d b oo k. E n el caso
de la teoría histórica no se disponía de algo parecido. El pionero D ictionary o f
C on cepts o f H istory de H arry R itte r1se p u b licó ya hace m ás de 2 0 años y tam ­
poco contam os aún co n una obra de referencia com o algún Com pan ion d edi­
cado a teoría de la historia com o los de la serie que publica la editorial Blackwell
de Oxford. Las introducciones generales a la teoría histórica actualm ente en
curso suelen estar dem asiado apegadas a una tradición determ inada (anglo­
sajon a, francesa, alem ana, e tc.) o han sid o escritas desde una d eterm in ada
co rriente filosófica.2A los m iem bros del equipo de trabaj o se un ieron luego

1Greenw ood Press, Nueva York, W esport, Londres, 1 986.


2 No quisiera dejar de m encionar aquí a tres textos que ya se han convenido en clásicos por la reper­
cusión que han tenido, redactados desde enfoques m uy diferenies. A pesar de que por la fecha en
que fueron escritos no recogen la discusión de los últim os años su lectura sigue siendo de interés:
Aron, Raym ond: Introducción a la filo so fia de la historia (1 9 3 8 ), ed. Losada, trad. de Ángela H. de
Gaos, Buenos Aires 19 4 6 , reedit. en 2 0 0 6 .
una serie de prestigiosos colegas y especialistas que m ostraron su buena dis­
p o sición a participar de la em presa y que sin duda han co n trib u id o su stan­
cialm ente a enriquecerel plan originario.
La m eta del libro es servir co m o punto de partida para exp loracio n es fu­
turas a m odo de una guía m uy general por un territorio cuyo m apa no estaba
trazado y cuyas fronteras tanto internas com o externas son di fusas. Las refe­
rencias a autores y teorías en algunos casos tangenciales podrán ser co m p le­
tadas co n o tros recursos b ib lio g ráfico s y datos d isp on ibles en la red. Soy
plenam en te consciente de qu e el texto ofrecido no agota ni m u cho m enos el
cam po que se propone describir a grandes rasgos. Fallan aún algunos artícu­
los sobre tem as y autores relevantes, pero en algún m om ento ha sido necesa­
rio, tam o por el espacio co m o por el tiem po d isp on ible, p o nerle u n punto
final a esta edición.
El dest ino de este manual está en manos del 1ector. En la m edida en que de­
m uestre ser un instrum ento útil para aventura rse por el territorio de la teoría
histórica y servir de orientación para futuras excursiones por paisajes especí-

Podría d ecirse que el libro deAron introdujo la preocupación porla dim ensión histórica en la tra­
dición de una filosofía francesa de cuño racionalista y reflexiva de la prim era mitad d elsiglo xx. La
filosofía “crí tica” de la historia que el autor propone se dirige tanto contra la concepción hegeliana
de la m isma com o contra el positivismo. La influencia de la obra de W ilhelm Dilthey, Heinrich Ric-
kert y particularm ente de Max W eber es n otoria sin que esto le quite originalidad a la propuesta.
Acerca de la im portancia de la obra para la época el lector interesado puede consultar: el artículo de
G eorges C anguilhem , “Raymond Aron et la ph ilosophie critique de l’h isto ire”, E nquéte, M ax
Weber, 1 9 9 2 , http://enquete.revues.org/document 138.h tm l,
Walsh, W. H .: Introducción a la filosofía d e lahistoria ( 1 9 6 1 ),Siglo XXI, trad. de FlorentinoM . Torner,
M éxico 1 9 6 8 . El m érito del libro de W alsh es haber vuelto a hacer plausible luego de su gran des­
crédito en el ám bitoacadém icoen el m undo anglosajón lanecesidad de una filosofía de la historia.
Claro que para ello se rechaza toda con cepción “especulativa” acerca del sentidoy fin de la historia
y ella queda reducida a la problem ática epistem ológica. Su fuerte no es precisamente la historia de
la disciplina. La em presa es tam bién aquí denom inada filosofía “critica" de la historia, h oy la aso­
ciaríam os a una filosofía “an alítica”, si bien todavía n o estaba presente el exam en lingüístico del
discurso histórico que condujo al narratívísm o.
Por últim oel libro de Henrí Marrou: Dekonocim kntohistórico ( 1 9 7 5 ), ed. Per Abbat, trad. de Stella
Abreu, B uen o s Aires, 1 9 8 5 , presenta un acercam iento original a los tem as e interrogantes del
cam po. Se d ebe tener en cuenta que el autor es un historiador de la antigüedad tardía y del cristia­
nism o, filosóficam ente cercano al personalism o. El libro no recoge la controversia epistem ológica
de los últim os años, pero su lectura sigue siendo recomendable. No es casual que Paul Ricoeur haya
dedicado a su m emoria su m onumental Tiem poy narración, e d . Siglo XXI, obra ricay com pleja, que
m ásallá de las tesisdel autorofrece un panoram a de las discusiones y problem as de la teoría de la
historia contem poránea.
fíeos, una posterior edición podrá conducir a una ampliación y reformulación
de los textos presentados.
Q uisiera agradecer a todos aqu ello s que p articiparon en la redacción de
los artícu los que lo co m p o nen y m en cion ar muy particularm ente a nuestro
coleg a, el Prof. Jo s é Sazb ón , que ya no está entre n o so tros y que se p restó a
co n trib u ir a la em presa con dos trab ajo s en los que el le cto r reen con trará la
erudición y claridad co ncep tual que caracterizaban su labor filosófica.
No puedo dejar de m encion ar aquí m i profundo agradecim iento a las ge­
nerosas palabras de M anuel Cruz, que sirven de presentación de este libro.
Esta p u b licació n no h u biese sid o p osib le sin el apoyo fin anciero de la
A gencia N acional de Prom oción C ie n tífica y T ecn oló g ica de la A rgentina
co m o parte del proyecto m encionado.

D aniel B rau er
C on sejo N acional de Investigaciones C ientíficas y T écnicas
U niversidad de Buenos Aíres
Introducción

La reñexión filosófica en torno del significado


del pasado y el proceso de configuración de sus
principales temas y problemas

Daniel Brauer
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
Universidad de Buenos Aires

El propósito de las siguientes páginas es ofrecer al lecto r u n m arco de re­


ferencia general para contextualizar la lectura de los diferentes artícu los que
se presentan a co n tin u ació n . El o b jetiv o es trazar algo así co m o las coord e­
nadas de u n m apa que no p retend e po r cierto ser ex h au stiv o , sin o o rienta-
tivo, y dado el escaso espacio en que es esbozado, a sabiendas in com p leto y
aproxim ativo, que pueda ofrecer una visió n de co n ju n to de u n territo rio
antes de em prend er el viaje a una reg ió n particular que se defin e por sus
tem as y problem as. Por lo tanto, no se dirige al especialista sino a un público
am plio dispuesto a in iciar un cam in o de ulteriores lecturas que ofrece estí­
m ulos y dificultades.
La necesidad de la em presa viene dada por el hech o de que la p reocu p a­
ción por la historia no sólo forma parte del cam po de trabajo del historiador,
sino que concierne a diversas disciplinas, enfoques e intereses, pero tam bién
co n ciern e al ciudadano que participa en la cultura de su tiem po.
Ya desde sus orígenes la historia ha sido un territorio a la vez fascinante y con­
trovertido y lo sigue siendo por distintos motivos en el debate contem poráneo.
“H istoria” tiene en nu estro lenguaje co tid iano actual diversos sig nifica­
dos. En prim er lugar, llam am os historia (1) al pasado hum ano en general. En
segundo lugar, a una serie de acontecim ien tos que constituyen el tem a parti­
cu lar de que se o cupa en cada caso un lib ro de historia (II), algo que p resu ­
pone de algún m odo una selección y un punto de vista para poder ser llevado a
cab o. En terce r lugar, d en o m in am os historia (III), p recisam ente por ello, a
un texto en el que un "historiador” expone los resultados de su trabajo, dicho
de otro m odo a la “histo rio g rafía”. En cu arto lugar, el co n cep to da cu enta
tam bién (IV ) del p roceso de investigación, r ecolección y relev am ien to de ¡os
d atos, critica de las fuentes y testim on ios, al arm ado de una “h isto ria” que
asociam os co n el taller del historiador. En quinto lugar, hablarnos de la H is­
toria, en este caso con m ayúscula, para referirnos a u n proceso objetivo e im ­
person al qu e abarca los avatares de la evolu ción d e la vida c olectiv a de la
h u m an idad en su organización so c ia ly política. En este sentido (V ), lo histórico
n o se refiere solam ente al pasado sin o que inclu y e co m o parte de él al pre­
sente y al futuro. Es en esta acepción que la palabra aparece en frases com o “el
proceso de la historia”, o referido a acontecim ientos aún en curso, “la historia
lo juzgará”. La palabra “proceso” debe tomarse aquí e n su doble significación,
com o transcurso y com o tribunal.
Por ú ltim o , so lem o sen ten d er por “historia” (V I) aquello que “se cu enta”
de algo, u na narración de h e ch o s o aco n tecim ien to s, in d epen dientem en te
de su carácter ficticio o real. Así, co ntam o s una historia acerca de sucesos re­
currentes o m ás generalm ente, por el contrario, que rom pen la cotidianidad,
ya sea para dar sim plem ente n o ticia de ello, o porque lo consideram os de in­
terés particular, pero en todo caso, porque nos parece que concierne de algún
m odo a alguien a quien está dirigida la palabra. Éste es, com o se ve, un sentido
muy am plio del térm ino, que incluye tanto la no ticia co m o el argum ento de
una novela, la anécdota co m o el chiste y que trasciende el cam po de la histo­
riografía, pero que ésta tiene en com ún con otros ám bitos por su fo r m a discur­
siva, particularm ente con la ficción literaria y el m ito.
Esta superposición de sentidos en una m ism a palabra da cuenta de diver­
sos aspectos de un fenóm eno pero tam bién de cam bio s h istó ricos en la m a­
nera de e ntender el concep to.
La palabra “h isto ria” aparece po r prim era vez en H eródoto (c. 4 8 4 - 4 2 0
a . O - Allí designa una serie de averiguaciones basadas fundam entalm ente
en n arracion es testim on iales acerca de aco n tecim ien to s del pasad o que re­
sultan di fía les de delim itar en form a estricta desde un punto de vista actu al,
tanto p o d as diferentes cu estiones que abarca-geo gráficas, bélicas, etnográ­
ficas, m itológicas, e t c .-, com o por su carácteren algunos casos anecd ótico y
disperso. C o n todo, lo stextos reunidos bajo ese nom bre si bien no tienen un
tema unitario se refieren a hechos del pasado con un doble objetivo en el que
se van perfilando las características que tendrá de ahí en adelante el género.
El prim er objetivo, tal com o lo establece el autor en su breve Proem io, consiste
en “evitar que, con el tiem po, los h ech os hum anos qu ed en en el o lvido”.1 El
tema aquí son “las singulares empresas realizadas, respectivam ente, por grie­
gos y bárbaros”2. El segundo o bjetivo consiste en establecer “el motivo de su
m utuo enfrentam iento ”.3
Lo prim ero tiene que ver con una lucha co ntra el olvido, co n la transm i­
sión de los hech os del pasado a los contem poráneos y generaciones futuras.
Cabe señalar que se trata de la narración de acontecim ientos “singulares”, re­
sultado de acciones colectivas (tanto de los “griegos” com o de los '‘bárbaros”)
y co n esto el autor se refiere a la vez a hechos que se destacan porsu im portan­
cia y condición inusual, com o por su carácterejem plar. Si bien el relato tiene
co m o uno de su s e je s centrales las co n fro n tacion es b é licas entre g riegos y
persas no se trata de una m era d escrip ció n de los aco n te cim ien to s sino - y
ésta es la segunda ta re a -d e establecer tam bién sus cau sas, “el motivo de sus
m utuos enfrentam ientos”,4 aquello que co nd u jo a ellos.
Aun cu ando en Tucídides no aparezca el térm in o “h isto ria ”,5 el nu evo
cam po del sab er ya se encu entra co n solid ad o, el proceso de paulatina ru p ­
tura con la visión m itológica de los hech os y la búsqueda de criterios más ri­
g urosos para la validación de las fu entes testim oniales se profundiza. Es en
virtud de esta vo cació n de veracidad que está p resente d esde sus orígen es,
aun cu and o pueda no co n v en cer la ingenuidad de sus prim eras tentativas,
que la historia nace co m o “co n tem p o rán ea” y no se rem onta en el pasado a
m ás de dos o tres gen eracion es, q u erien d o dar cu enta de un tiem po que se
considera com ún de alguna manera a protagonistas, narradores y p ú b lico .

1H eródoto, El Egipto Antiguo, L ib io l Clío, Proem io, traducción de Carlos Schratlcr. Planeta-DeA -
gostini, Madrid, 1 9 9 6 ,p. 15,
n b id em .
Md..
4íd.
5 Para la historia del concepto de historia, véase la entrada: G cschíchte, en: C c s ih k M ic h c C r u n S e -
griffe. Hístorisches Lcxikon z u rp olitisch -sozialen S p m ch em D eu tsch h n d , ed itado por Orto Bruner,
W erner C onzey Reinhardt Koselleck, tomo 2 , Klett-Cotta.Stuttgart 1 9 7 5 , p. 5 9 7 en adelante. Para
lo que sigue - la visión de la historia en el m undo an tigu o- véase la prim e ra parte a cargo de C hris-
tiari Meyer, pp. 5 9 7 -6 1 0 .
De este lexto hay una ve rsión castellana en form ato de libro: Reinhart K oselleck, historia/His loria,
Trotta, trad. de Antonio Gómez Ramos, Madrid, 2 0 0 4 .
Resulta cu rio so que la palabra “histo ria”, en el sentido de u n género par*
ticu lar de escritu ra acerca del pasad o, se presente por prim era vez, de
acu erdo co n los textos que nos han sido legados de la antigüedad clásica, en
el Cap. IX de la Poética de A ristóteles ( 3 8 4 - 3 2 2 a. J . C .) (véase 1 45 la 3 6 ss.),
es decir en u n escrito de un filósofo y no de un historiador. Las breves líneas
en las que A ristóteles hace r e fe re n c ia -e n form a muy crítica por cierto—al al­
can ce y lím ites de ta tarea del “histo riad o r” resultan m u y significativas por
varias razones. En prim er lugar, porque se señalan allí problem as básicos de
los que toda futura epistem ología de la historia deberá dar cu enta, con inde­
pendencia de la co n cep ció n aristotélica de la m ism a. E n segundo lugar, por­
que sorp rend entem ente desde el p un to de vista actual el tem a es tratado en
el m arco de lo que hoy calificaríam os de una teoría estética y co lo ca a la h is­
toria e n la ce rcan ía de la po esía en g en eral, y d el dram a en p a rtic u la r—aun
cu a n d o , co m o verem o s, la em p resa esté co n d en ad a al fracaso. Y e n tercer
lugar, p o rq u e co n sid era a la h isto ria co m o una form a degradada del saber.
C on viene aq u í d eten ern o s e n la cita de A ristóteles po rqu e ha sid o decisiva
para la histo ria de la d iscu sión en torn o del status de la historia co m o form a
del co n o cim ie n to .
Luego d e estab lecer que la diferencia entre la obra del “h isto riad or” y la
del poeta no radica en que “uno hable en prosa y el otro en verso”,6 ya que esto
es algo m eram ente secundario, A ristóteles considera que ella debe buscarse
m as b ie n en el h e ch o “de que uno narra lo que ha su ced id o y el otro lo que
puede su ceder”.7 Pero de ahí extrae el autor la para nosotros hoy extraña co n ­
secuencia de que la “poesía es más fi losófica y elevada que la historia, pues la
poesía refiere m ás bien lo u n iversal, la historia en cam bio lo particular".8 La
afirm ación según la cu al la histo ria sería m enos “filosó fica” y por lo tanto
m enos cien tífica que la poesía no puede sino residí ar paradójica si se la co n -
trasta c o n la p retensión de'rigor y cie n tificid ad que lorm a p an e de los su ­
p uestos de la disciplin a h istó rica tal co m o se ha ido estableciend o al m enos
desde el siglo xix, pero resulta com prensible desde la perspectiva tanto de la
epistem ología aristotélica,9para la cual el saber tiene com o referente lo uni-

" Cito de acuerdo con la versión castellana de Eilhard Schlesinger: Aristóteles, Poética, Emecé, Bue­
nos Aires 19 4 7 , Cap. ¡X,p.óO .
Hd..
3 íd„
g A m enos que se piense de acuerdo con la in geniosa hipótesis de Cario Guinzburg, según la cual

22 -
versal, co m o de su teoría estética e n la cual la particularidad só lo debe servir
de vehículo, en una obra lograda, para hacer visible lo general. La obra de arte
tipifica la acción hum ana y de este m odo form a parte de un cam ino que co n ­
duce al enten d im ien to de su d inám ica.
Lo que A ristóteles echa de m enos en la historia, a diferencia de lo que su ­
cede en el d ram a, es la unidad significativa de los acontecim ien tos, su co nca­
ten ació n , p o r la cu al cada h e ch o form a parte de un p ro ceso , que tiene u n
co m ienzo y u n desarrollo o rientad o s hacia un fin acabado y adquieren se n ­
tido en tanto co nd u cen a él. En la historia, en cam bio, lo que daría cierta uni­
dad al relato es la mera pertenencia de su cesos yuxtapuestos a u n período de
tiem po co m ú n y no una co n e x ió n interna.
E n esta visión negativa de la historiografía seguram ente A ristóteles tenía
en m ente la obra de Heródoto que nom bra en este co ntexto y quizás otros au ­
tores que hoy n o podem os precisar, en cuyos relatos sólo recon ocía una cro ­
nología azarosa de aco n te cim ien to s sin rigor alg uno . Sin em b arg o, sus
co nclu sio nes n o dejan de ser discutibles ya que la relación entre lo particular
y lo universal tam po co en u n texto de h isto ria necesariam ente aparece d es­
vinculada, no solam ente p o rqu e el histo riad or n o puede d ejar de recu rrirá
esqu em as g enerales y co n cep to s un iversales co m o por e j. E stad o , R evolu­
ción , e tc ., sino tam bién porque la historia es esencialm ente com parativa y el
caso particular se hace inteligible co m o una variante de form as posibles. Tal
es tam bién el m odo de proceder de Aristóteles mism o en su Constitución de los
aten ien ses que, com o es sabido, form aba parte del estudio las co nstituciones
de c ie n to cin cu e n ta y o ch o ciu dades griegas para cuya tarea recu rre entre
o tras fu entes tam bién , aunque co n reservas, a histo riad ores co m o H eró-

A ristótdes identificaba la palabra “historia" con lapoco seria empresa de H eródoto, mientras que
colocaba al “anticuarianismo” de Tucídídes en la tradición de la retórica, que de acuerdo con su pro-
pia con cep ció n ofrecía un m étodo serio de in ferencia y de prueba de acon tecim ien to s pasados.
Véase el a rticu lo: A rístotk on History. Once more, en: History, R hetoric an d P ro o f.H m n o v er y Londres,
1 9 9 9 , pp. 3 8 -5 3, esp. 45 y ss. De hecho en el texto de la Retórica 13 6 0 a 3 6 , se encuentra una ver­
sión más benévola del cam po historiográfico, pero que a m i ju icio lo coloca más cercano a la política
que a la retórica. Véase El Arte d e la Retórica, versión española de E. Ignacio Granero, EUDEBA, Bue-
nosAires, 1 9 6 6 , Cap J V ,p .6 1 y ss„ así en p. 6 3 Aristóteles sostiene: T e r o o c u rre q u e n o es posible
c o n o c e r e n con ju nto todo esto solamente porm ed io d e la experiencia lograda en la propia ciudad,
sin o que es necesario, para acon sejaren esta m ateria, poseerla historia de todo aquello que se ha
ideado en los otros pueblos”.
d o to id y T u cíd id es.11 Adem ás, lo sucedido por el hech o de hab er acontecido
forma parte tam bién de “lo que puede suceder”. Con todo, Aristóteles parece
echar de m eno s en la historia no tanto la posibilidad, sino cierta co heren cia
interna necesaria. “Lo universal consiste en que a determ inado tipo de h o m ­
bre, corresponde decir u obrar determ inada clase de cosas según lo verosím il
o lo n ecesario . Lo particular, en cam bio , co nsiste en decir, por e jem p lo, lo
que obró A lcibíades y qué cosas padeció”.12 Pero, ¿qué puede ser más verosí­
m il por sorp rendente que parezca que lo que realm ente sucedió?
C on viene ahora deten ern o s m uy brevem en te en la obra casi dos siglos
posterior de Polibio (2 0 0 a 1 2 0 a .C .), ya que encontram os en ella, com o en la
de n in g ú n otro histo riad or de la antigüedad clásica p o r su am plitu d, una
serie de reflexiones m etahistó ricas que co n tien en tanto una crítica a la co n ­
cep ción aristotélica de la historia co m o , p arad ójicam en te, una ulterior ela­
b o ración de las propias ideas del filósofo a favor de la m ism a.13
En efecto , una crítica porqu e para Polibio la historia es una em presa que
co nfiere un saber leg ítim o 14 y adem ás de una relevancia in su stitu ible. Su
tema principal no es tanto una serie de acontecim ientos bélicos -c o m o lo era
en H eródoto y T u cíd id e s-sin o la política com o tal y particularm ente —com o
en A ristó teles- las co nstitu ciones p o líticas.15
Por otra parte, Polibio se apropia de elem entos de la filosofía aristotélica
en general y tam bién com parte la oposición entre tragedia e historia, sólo que
invierte co m p letam en te la valoración que am bas tenían para A ristóteles
desde el punto de vista del co n o cim ien to : la m isión de la prim era es persua­
dir al esp ectad o r aunque el co n ten id o de lo narrado sea falso; el historiad or
en cam bio, sólo tiene por guía la verdad.16

10La constitución de los atenienses, J 4 , 1 5 ,2 0 , traducción, y notas de Manuela García Valdés, Planeta-
DeAgostini,M adrid 1 9 9 6 ,p .8 2 y 's s ; p .9 7 y s s .
11 Ib., 1 8 ,2 9 ,3 3 .
12I b .,p .6 0 y s s .
,3S o b relain flu en cia d e Aristóteles en Polibio véase el Prólogo de Manuel Belasch Recort a su tra­
d ucción: Polibio, H istorias, Planeta-DeAgostini, M adrid 1 9 9 9 , pp. 5 -1 0 .
14 “No hay enseñanza más clara que el conocim iento de los hechos pretéritos”, op. cií., Libro 1 1 , p.
13.
15La “historia pragm ática” es en Polibio a la vez una historia política y un com plem ento necesario
de la política. Véase la nota 7 de Manuel Balach Recort al Libro l, pp. 1 5 -1 6 de la edición citada an­
teriorm ente.
16 Op. d i., 11, cap. 5 6 , p. 1 0 y s s .,p . 2 1 3 (crítica a lh istoria d o rF ila rco).
I'ero adem ás de lo que se trata ahora es de dar cu en ta de un aco n te ci­
miento nu evo, el su rgim iento in co n te n ib le y apogeo del Im perio R o m a n o ,
que a m odo de una fuerza centrípeta hace que la trayectoria de las historias
i le los reinos particulares co n v erjan hacia él. C on Polibio la historia deja de
\er regional y se vuelve por prim era vez ecu m én ica, “universal”, en la m edida
en que Rom a abarcaba cada vez m ás el m u ndo co n o cid o . Precisam ente por
ello tam bién adquiere un carácter teleológico en la m edida en que el im perio
m ism o se va co nfigu rand o co m o la m eta del a co n te ce r.17 La su cesió n de
a co n tecim ien to s adquiere de esta m anera su sentido u n ita rio y significativo,
"orgánico”, 18 en el cual cada evento si bien es singular form a parte co n stitu -
n va de un todo. Esta n o ció n de una unidad orgánica en que las partes apare­
cen concatenadas en relación co n una totalidad ordenada teleológicam ente
presenta paradójicam ente rasgos com u nes co n la visión aristotélica de la tra­
gedia.19
Desde un punto de vista epistem ológico lo decisivo es que para Polibio la
historia no se o cu p a de establecer la v erosim ilitud , sino de la v e r d a d 20 de lo
sucedido y a la vez no puede renunciar a la búsqueda de una explicación cau ­
sal de la serie de avatares de que trata y m ostrar así la n ecesidad de lo que ha te­
nido lugar, aun cu ando el tipo de e x p licació n de que se sirve el autor y el
papel que desem peña en ella la “fortun a” -q u e opera sin duda aquí más que
com o un recurso lite ra rio -, d ifícilm ente sería aceptada p o r un h isto riad or
contem poráneo.
Pero a pesar de que para Polibio la irrup ción del Im perio R om ano repre­
senta un h ech o nuevo, único y trascendental de la historia hu m ana, esto no
significa que haya abandonado definitivam ente el esquem a de una visión cí­
clica del aco n te ce r h istó rico que co n d u ce luego del su rg im iento y auge de
una form a de organizar la vida política a su necesario perecim iento.
De acuerdo co n una visión por cierto algo esqu em ática y unilateral -q u e
perdura aún com o un lugar com ú n de las historias de las co n cep cio n es de la
h is to ria -, los griegos, com o la trad ición g recolatina en general, no d isp on ­
drían de una co n cep ció n ni abierta ni d ireccio nal de las transfo rm acion es

17 Los ‘ hechos ( ...) com ienzan a referirse a un único fin”, 1 3, op. cít., p. 17, véase 14, p. 18.
18Ibídem.
19 Sobre la conexión con la estética aristotélica ha llamado la atención Reinhard Koselleck en el ar­
tículo citado anteriorm ente, p. 5 9 9 , véase además la nota 20.
20 La historia “una vez elim inada la verdad, resulta un relato in servible". Op. cit., 1 14, p. 3 4 .
h istó ricas, sin o que en analogía co n los ciclo s de la naturaleza y particu lar­
m ente los procesos biológicos, pensaban el devenir de las instituciones hum a­
nas com o un desarrollo circular a través de una serie de fases que condu cían a
su auge y decadencia. En un ensayo brillante A rnaldo M om igliano ha m o s­
trado la endeble base sobre la que se erige el esquem a m encion ad o.21N o o bs­
tante , el autor adm ite que la visión cíclica de la historia resulta predom inante
en los filósofos y no así en los historiadores griegos y rom anos.22
A un en el una y otra vez citad o dictum de C icerón -p a r a quien la historia
pasa a quedar subordinada a la o rato ría-se g ú n el cual: “La historia es el testigo
de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, mensajero
de la antigüedad’’,23 puede reco n o cerse una co n cep ció n p rem od erna en la
m edida en la que ésta se convierte en un arsenal de ejem p los m orales y situa­
cio n es análogas a d isp osició n del p resente, cuya u tilidad es h ech a p o sib le
p recisam ente por la ausencia de la novedad radical para la que no en co n tra­
m os respuestas en el pasado. Pero la instalación de la historia bajo la égida de
la retó rica co m o una form a particu lar de narración puede recon oce rse aún
e n su co nsagración en el írívium medieval.
Si b ie n co n v ien e e je rce r cie rta reserva e scé p tica, co m o h em o s visto,
frente a generalizaciones esqu em áticas, lo que no puede negarse es qu e co n
la irru p ció n del cristian ism o y co n él, de la trad ición ju d ía , se prod u ce una
tran sfo rm ació n decisiva e n la co m p re n sió n del cam bio h is tó ric o , aun
cu ando la transición pueda no h ab er sido tan brusca co m o se suponía c o n ­
tinúe co e x istie n d o co n otras visiones o sea el resultado de in flu en cias m u ­
tuas. E n prim er lugar, p orqu e el m u nd o deja de ser un co sm os e tern o para
co n v e rtirse e n algo p rod u cid o p o r D io s y po r lo tanto datado. El h o m bre
m ism o hace su aparición sobre la tierra en u n tiem po determ inado y su per­
m an en cia e n ella se extiende desde el co m ienzo de su creació n hasta la S al­
vació n , el A p ocalip sis, la llegada del M esías, o el fin de lo s tiem p o s. Los
aco ntecim ien to s adquieren un nuevo sentido en cuanto están dirigidos a un
desenlace tem ido o esperado, a la vez que se convierten e n sím b olo s o signos

21 Amálelo M omigliano, "El tiempo en la historiografía antigua” en: Ensayos clchistoiiogm fia antigua
y m oderna, F.C .E., trad de StellaM astrangelo, M éxico, 1 9 9 3 , pp. 1 5 4 -1 7 5 .
22lb .,p . 166.
2J C icerón, D e Oratore Libro 11 ( 2 .3 6 ): “Historia est testis tem porum , lux veritatis, vita m em oriae,
m agistra vitae, nuntia vetustatis”.
i Ir la voluntad divina. La historia deja de ser cíclica para volverse direccional
y lo singular (com o el nacim iento de Cristo) se convierte en acontecim iento
único e irrepetible.
Una obra em blem ática para el periodo es La ciudad de Dios de San Agus-
(in, en la que la historia pagana se conjuga co n la historia teológica. Ambas
“ciudades” la terrena y la divina se originan en la am bigüedad de la libertad
hum ana y se desarrollan en forma paralela. La prim era es el resultado de la
caída y el p redom inio del “am or de sí”, la segunda de la renuncia de sí y del
am or a Dios. La historia co m o el tiem po m ism o son el resultado de la C rea­
ción y discurre por una serie de etapas, pero lo decisivo no está en la serie de
peripecias hum anas en sí sino en su relación con el acontecim iento decisivo
ya sucedido, la resurrección de Cristo y la venida del juicio final.24
Estam os m uy lejos aún de la concep ción m oderna de la historia y su sur­
gimiento paulatino resulta difícil de atribuir a autores, períodos o aconteci­
m ientos aislados y particulares.25 Para ello es necesario que se den una serie
de condiciones que hagan posible la génesis de ciertas nociones que hoy nos
parecen haber existido siem pre. Entre esos factores pueden enum erarse los
siguientes. El encuentro co n el “Nuevo Mundo” (1 ) y otras formas de civiliza­
ción en general, cuya heterogeneidad abre nuevas perspectivas para juzgar y
relativizar el propio p asad o. La creciente conciencia del anacronismo (2 ), es
decir, en el hecho de que las instituciones hum anas y las formas de pensar se
van m odificando y no dependen de una naturaleza inm utable; es necesario
tener en cuenta aquí los debates y cam bios conceptuales que trajo consigo el
redescubrim iento de la cultura antigua (2 a ) en el “R enacim iento” (palabra
que m uestra aún su dependencia de un esquema cíclico). Si este debate tuvo
com o eje principal a la pintura y la escultura la controversia vuelve a presen-

21 Véase San Agustín, La ciudad de Dios, (escri[o en tree l4 1 3 y 4 2 6 d.C .), Libros 1 1 -1 4 ,1 9 -2 2 , Tomo
XVI de las O bras, trad. d ejó se M oran, BAC, Madrid 1 9 5 8 (bilingüe). Acerca del libro puede con ­
sultarse: Etienne Gilson, La m etam orfosis de la ciu d a d d e Dios,Troquel, trad. de B. Agüero, Buenos
Aires 1 9 5 4 , R oben A. M a rk u s,S aec u lu m :H istoiy a n d S oeiely in th c T h eo b g )'ofS tA u g u stin e,2 a .ed .,
Cambridge University Press, 1 9 9 9 .
25 No quisiera dejar de m encionar aquí a la obra excepcional de Ib n ja ld ú n , que con el título Intro­
ducción a la historia universal ( 1 3 7 4 - 13 8 2 ) ha sido traducida al español por Juan Feres (por pnmera
vez en 1977)co nu nE stu d io p relim inard eE líasT rabu lse, M éxico, E C .E., reim presión 2 0 0 5 . Digo
inclasificable porque el libro es tanto histórico com o filosófico. En él conviven el esquema provi-
dencialista con la perspectiva secular, la historia dinástica con la social y cultural, en una sim biosis
original e inclasificable.
larse un siglo d espués en el ám b ito de la literatura en la céleb re “querella de
los antiguos y m o d ern os”26( 2 b ) .
A todo esto deben agregarse las transform aciones en la imagen de la natu­
raleza en la que la eternid ad del un iverso aristotélico es m odificada p oco a
poco p o r la incorporación de la dim ensión tem poral (3 ), tanto porque la tie­
rra, y co n ella el universo, adquieren una historia (3a), com o por el hech o de
que las especies biológicas com ienzan a ser vistas com o resultado de m odifi­
cacion es evolutivas (3 b ), al com ienzo co m o “degeneraciones” de un m odelo
p aradigm ático.27
O tro factor decisivo esla separación paulatina de la historia teológica de
la historia terrenal o civil y el establecim iento de una cu ltu ra secular que al­
canzará su apogeo en la Ilustración francesa (4).
Se trata de distintos procesos que no tienen un origen com ú n y se dan en
forma paralela obedeciendo a una dinám ica propia, pero con m últiples entre-
cruzam ientos que convergen en la gestación de la idea moderna de historia.
La filosofía de G ianbattista V ico puede considerarse una figura de transi­
ció n , puesto que se encu entran en él en fascinante sim biosis elem entos de la
co n c ep ció n clásica y m edieval de la historia ju n to a una visión de la in c i­
piente cien cia m oderna y del papel activo del hom bre en la transform ación y
evolución de las instituciones políticas. Aquí la retórica se vuelve decisiva, ya
n o co m o m era ex p o sició n de lo su ced id o , sino co m o una form a de persua­
sió n que interviene en la acción histórica m ism a. Pero las transform acion es
so cio p o líticas se m antienen en el m arco de un esqu em a cíclico “e tern o ” de
c o r s ic r ic o r s i.28
Tanto en lo a n terio rco m o en lo que sigue, m en cion o a una serie de auto­
res tanto po r ser los más co n o cid o s co m o por el h ech o de que sus nom bres
fu ncionan aquí al m odo de indicadores para orientar al lector en sus e x p lo ­
racio n es po r el territo rio d e scrip to , no pretendo hacer ju sticia a su pen sa­
m iento co n estas breves in d icacio n e s ni m en o s aún desdeñar el de tantos
otros que no son nom lirados.

26 V éasejosé Am onio MaravalI,Ant!i’uos_y ¡rutilemos, Alianza, Madrid (1 9 6 5 ) 1998; Marc Fumarolt:


La s abejas y las a iiifm , 1 1A l.im ilado, Madrid, 2 0 0 8 .
-' Véase sobre esto Sk-pht i , loulm in y ju n e G oodííeld, El d escu brim ien tod el tiem po, trad. c a st.N .
M íg u e z.P aiJo s.B u er.js 'in_s, 1 9 6 8 .
28 Véase latrad u L fió r.d c | M Bermudo de la tercera ed ición de 1 744; Giam battista V ico, Ciencia
n u ev a ,2 vol. H yspam erica. M adrid, 1 9 6 5 .
Con la "m odernidad" el tiem po h istórico adquiere una nueva dim ensión
y sentido. La meta del devenir ya no se encu entra fuera de él o hacia su final,
sino que le es inm anente. Lo que acontece ya no es enton ces el producto de ia
in terv en ció n de la providencia en su cu rso. Son las a ccio n e s del h om bre
m ism o en situ acion es po lítica y so cialm en te co n d icio n ad as lo que está en
ju e g o en ella. El tem a central pasa a ser la no ció n de p r o g r e s o (y co n e lla .su
co n tracara, la de d e c a d e n cia ) y la h isto ria profana co m o form a del sab er es
desplazada así del recinto de la retó rica y de la m oral en la que estuvo en ce ­
rrada durante siglos para ser puesta en relación con las ideas de libertad y ju s ­
ticia. Lo que im porta ahora no es tanto la genealogía y la legitim idad de origen
del poder, sino el cam bio en el terreno de las form as de o rganización social y
política. La historia pasa a ser le ida en clave em ancipatoria.
So stener que la idea de “salv ación” es reem plazada por la del “progreso”
terrenal no significa adherir a la controvertida tesis de la “secu larizació n”,29
según la cual las filosofías de la historia de la m odernidad no serían otra cosa
que versiones m undanas de co n cep to s teoló gicos co n los que m antendría
supuestos com unes, entre ellos una visión escalológica del d evenirhum ano.
Si bien pueden descubrirse en algunas de sus m ú ltiples versiones rasgos co ­
m unes co n la tradición religiosa, el concep to de progreso no necesariam ente
deriva de ella y puede in te rp re ta rse -ta l com o la m ayoría de los autores que
lo a cu ñ a ro n - com o una innovación que conduce a la critica de esa tradición.
Aquí nuevam ente resulta apropiado evitar las generalizaciones y estudiar las
form as particulares en que el co n cep to es establecido.
Según K oselleck la palabra “H isto ria” (en la ace p ció n V señalada al c o ­
m ienzo), en el sentido de un proceso continuo que describe las peripecias de
la evolución del género hu m ano , es un producto tardío de un cam bio h isió -
rico -co n cep tu al que puede datarse hacia la segunda m itad del siglo xvin.
Antes de la Historia (G eschichte) en singular existían las “historias” (Geschicli­
ten) en plu ral, es decir aquello que se cu enta acerca de aco n tecim ien to s d e ­
term in ados. En nu estro idiom a co m o en portugués, francés o en italiano,
am bos sentidos están fun didos en la m ism a palabra, m ientras que la d istin­
ción sem ánt ica por la cual la palabra alem ana Geschichte com ienza a adquirir

29 La fuente m ás conocid a de esta tesis polém ica es el libro de Karl Lówith: El sen tido d e la histo ria ,
(1 9 5 4 ) trad. (del o riginal aparecido en inglés) p o r j. Fernández B uján, Aguilar, M adrid, 3 a ed.
19 6 8 . Hay una nueva traducción reciente publicada por la edit. Katz de Buenos Aires.
cada vez m ás el significado de lo acontecido y el vocablo Historie pasa a deno­
m inar su n arració n , es u n resultado de un desplazam iento de sentidos que
resulta revelador.30
Pero esta transform ación sem ántica no podría entenderse sin el im pacto
de ese gran acontecim iento que representó la Revolución Francesa. U n su ­
ceso que m odifico no sólo defacto, durante su breve período tum ultuoso, el
m apa político y el calendario del m undo europeo y por lo tanto la medida del
espacio y del tiem po, sino también porque se convierte, en palabras de Kant,
en “signo histórico" (Geschitszeichen) a p artir del cual retrospectiva y p ros­
pectivam ente es repensada y reescrita la historia. Es que las formas de orga­
nización social se presentan ahora com o: (1 ) intencionalm ente modificables
y el criterio de su validez pasa a ser no su mera vigencia sino su capacidad de
ser leg itim ad as-n u evam en te en térm inos de K a n t- ante el “tribunal de la
razón", (2 ) el terreno de la historia es puesto así irrevocablem ente en co n e ­
xión directa co n la política, co m o un ám bito de realización paulatina de for­
m as ideales de Estado. Su dinám ica pasa a definirse en función del carácter
“reaccionario" o “revolucionario” de los acontecim ientos que tienen lugar en
ella. Lo que pasa a ser su piedra de toque es una noción diversam ente defi­
nida y entendida de “perfectibilidad" y de “progreso” del “género hum ano”.
En tercer lugar (3 ), y precisam ente p o r eso, nos enfrentam os así a un espacio
de m últiples controversias entre la Ilustración, partidaria de una interven­
ción activa en la realización de los ideales de “la razón” y lo que con Isaias Ber­
lín puede llam arse la “co n trailu stració n ”,31 cuy o énfasis está puesto en la

J0 Además del artículo sobre la historia del concepto de historia citado, particularmente la sección
V “La form ación del con cepto m od erno de historia", redactada por Reinhardt Koselleck, op. d i.,
pp. 6 4 7 - 7 1 7 véase: del m ismo autor: “H istoria magistra vitae. Ü b e rd ie Auflósung des Topos im
H orizom neuzeitlich bewegter G eschíchte” [“Historia magistra vitae. Acerca de la disolución del
topos en el h orizom e de la movida historia de la m odernidad”! , contenido en su libro: V ergm gene
Z u bn/í.ZurSm am ífegeschichílidierZriíO T.Suhrkam p.FrancfondelM eno 1 9 8 9 ,Versiónal espa­
ñol: Koselleck, Reinhart: Futuro p asado. Sobre la sem á n tic ad e los tiem pos históricos, Paidós, trad, de
N orberto Sm ilg, Barcelona, 1 9 9 3 .
31 Es sabido que la Ilustración ha tom ado distintos derroteros en Francia, Gran Bretaña, España y
América Latina. Además, resulta difícil encasillar a m uchos autores en algunode los polos de esta
d icotom ía, tanto el pensam iento de M ontesquieu com o el de Rousseau, por ejem plo, contienen
elem entos que han inspirado a am bas tradiciones. A esto se agrega la influencia que se han ejercido
m utuam ente am bas corrientes, com o en el caso del m ismo en Herder.
La llamada Segunda Escuela de Francfort se entiende a sí misma com o una continuación de la tra­
dición ilustrada, com o puede com probarse en el libro d ejürgen H abermas: El discurso filosófico de
tradición y la crítica a los “excesos” de una racionalidad desencarnada que re­
niega de la tradición y de la providencia.
En efecto, la “filosofía de la h istoria” -té rm in o acuñ ado p or V oltaire-se
ocupa de responder a la pregunta p o r el sentido global de los acontecim ien­
tos desde un punto de vista secular, en conform idad con el estado de la cien­
cia de la época. Pero la pregunta misma se hizo posible tras el abandono m ás
o m enos drástico del esquema teológico-escatológico. Se inaugura así lo que
podríam os caracterizar co m o una prim era etapa de la filosofía de la historia,
que sus detractores - q u e veían en ella un intento de establecer a priori el
curso de la h isto ria- caracterizan co m o filosofía “especulativa” o “sustancia-
lista” de la historia y que, si bien resulta difícil de delimitar, conduce en líneas
generales de Voltaire, pasando por Diderot, C ondorcet, Turgot, hasta Hegel,
M arx y C om te. Esto no significa que no puedan encontrarse con cep cio n es
p osteriores (y anteriores) acerca de la direccionalidad de la historia, tem a
que, p o r el contrario, recientem ente ha vuelto a ponerse en el escenario de la
discusión, por ejem plo por las especulaciones de F rancis Fukuyam a acerca
del “final de la historia”.32 La diferenciación de períodos en la historia de la fi­
losofía de la historia no puede ser estrictam ente cronológica; en ella se super­
ponen un criterio epocal co n uno concep tual que conciern e al paradigm a
dominante desde el cual es encarado el problema. Por cierto que en sus diver­
sas e tapas se presentan textos notables ace rea de aspectos que han estado en
el centro de la discusión intelectual de otro tiem po. Pero no es casual que su
rehabilitación se suela llevar a cabo desde un horizonte co ntem po ráneo de
relevancia.

, 19 9 1. Pero la crítica de Ado rno y H orkheim er al llum inism o no deja de ser


am bigua: A dorno, T h eo d o ry Horkheim er, Max: D ialéctíca d e l a l l m m á ó n , Trot ta, Madrid 2 0 0 1 .

libro d eA d o m o y H orkheim er.


Más com plicado aún resultaría querer aplicar esta antinom ia entre la Ilustración y sus adversarios
a las tesisde Walter B enjam in acerca de la transform ación histórica. Véase: W alter B enjam in: Zur
Kritik d erG ew ait ud A ndete A ufsátze, Suhrkam p, Fracfort del Meno 197 l,p p . 7 8 -9 4 . Hay varias tra­
ducciones al español, in cluso accesibles en Internet. La bibliografía sobre estos arduos fragmentos
es ya muy extensa. Particularm ente útil resulta el libro de M ichael Lówy: Aviso de incendio, E C .E .,
Buenos Aires, 2 0 0 2 .
“ Fukuyam a, Fran cis.: “T h een d of history?", The nation al interest, 1 6 ,1 9 8 9 . La traducción caste­
llana de este polém ico artículo se ha publicado en diversas versiones y resulta accesible incluso en
Internet. El autor ha am pliado sus tcsiscm -l libro posterior: F.lfin d e la h isto ñ a y el últim o hom bre,
Planeta, trad. de V. Elias, Buenos Aire-,, 1
So n m ú ltiples los factores que produ cen la crisis de la idea decim onónica
de progreso. La desilusión acerca de la discrepancia entre el avance científico
y te cn o lóg ico y el m ejoram iento m oral del ho m bre ya había sid o u n tem a de
la co n tro versia filosófica al m e n o s desde R ousseau, pero so n los grandes
aco ntecim ien to s de las guerras m undiales del siglo xx, la creciente diferencia
entre las ex p licacio n es ofrecidas po r estos m odelos y la investigación h is tó ­
rica em p írica acerca del pasad o y las prognosis anticip adas acerca de un fu­
turo e m an cip a torio cu lm in an p o r p rod u cir un e scep ticism o generalizado
acerca del alcan ce y valor de la em presa co m o tal. No puede pasarse p o r alto
el papel decisivo que en el siglo xx desem peña la crisis del m arxism o y del lla­
m ado “socialism o real” en relación co n una idea de progreso de la que se co n­
sideraba heredero de la Ilu stració n .33
Lo que encontram os en esta etapa en el cam po de la historiografía es el d o­
m inio de los estu d io s em p írico s, así co m o la p reocu p ació n por parte de los
histo riad ores por el establecim iento de las reglas del can on de la práctica de
u n discurso q u e se establece acad ém icam en te en form a definitiva tom ando
distancia de toda m etafísica h istó rica y se define por su ca rá cte re m p iric o y
e clé ctico . La h isto ria se in d ep en d iza de toda teoría p articu lar para conv er­
tirse en u n cam p o de estudios e in v e stig ació n , lo cual no va en desm ed ro al
m ism o tiem p o de su necesidad de h ip ó tesis teóricas, tanto acerca de su o b ­
je to co m o de sí m ism a.
Las fases q u e d escrib en a co n tin u a c ió n en form a esqu em ática los tem as
prínci pales de la filosofía de la historia desde el sí glo xix hasta com ienzos del
xxi no p u ed en considerarse en form a aislada de las p rincip ales discusion es
filosóficas y epistem ológicas de la época de las que se nutren y contribuyen a
m odilicar.
La co rrie n te de pensam iento qu e ha dado en llam arse “h ísto ricism o ”
puede co n sid erarse co m o co n stitu y en d o una transició n hacia una segunda
e ta p a de la filosofía de la h isto ria o ccid en ta l, en la m edida en que en ella la
preocu p ació n por temas su stantivos acerca de la naturaleza del cam bio his-
tó rico y del papel que desem peñan los individuos en él, van sien do cada vez
m ás dom inados por cu estiones metodológicas y epistem ológicas. En efecto, en

" E l lib ro d ejü rg e n H abermas: Jjzrecons/iwióndelm aíerialism ohisíórico.Taurus, Madrid, 1 9 7 2 ,


trata de refundar el llamado materialismo histórico sobre nuevas prerm sasyconélineludiblem ente
¡an oció n de progreso.
el h isto ricism o de fines del siglo xix y de la prim era m itad del sig lo x x , que
tiene su s raíces en el pensam iento rom án tico y en la llam ada E scu ela H istó ­
rica del D erecho -a m b o s n o caren tes de su puestos m etafísicos la histo ria
mism a en su m ezcla de azary necesidad se convierte en paradigm a ú ltim o 34
y se aban d ona tod o esqu em a te leoló gico que se le pretend a im p o n er desde
fuera. Si bie n esta p o sición -q u e d ebe ser estudiada por cie rto en su s diver­
gentes v e rsio n e s- n o deja de plantear problem as teóricos serios, dada su ten­
dencia al relativism o a la vez que no puede ren unciar com p letam ente al uso
de esquem as norm ativos, se ha m ostrado quizá precisam ente por su eclecti­
cism o prop icia a la inv estigación em p íricam en te co nd icio n ad a ,35 E n todo
caso, ya al m eno s desde el p red om inio d el paradigm a h isto ricista el debate
en to m o de la teoría histó rica n o puede llevarse a cabo sino co m o una refle­
x ió n una y otra vez retom ada vinculada c o n la p ráctica histo rio g ráfica y el
análisis de sus obras.
Lo que caracteriza a esta segunda etap a, en g eneral, es una preocu pación
n o tanto por los avatares hu m an o s en sí, sin o p o r el m o d o de dar cu en ta de
ellos. Se trata de aclarar e n el cu rso de su d esarrollo56 (2 a ) de qué m anera es
posible delim itar el cam po propio de la disciplin a frente a las cien cias n atu ­
rales. U na controversia que tiene lugar desde fines del siglo xix y la prim era
mitad del x x - y en cuya órbita podem os sit uar a autores com o W ilhelm W in -
delban d , H e in rich R ic k e rt, W ilh e lm D ilthey, y m ás tardíam ente R. G. C o-
llin g w o o d -, p o r citar a los m ás co n o cid o s. Esta d iscusión será retom ada en
la segunda mitad del siglo xx y se vuelve m ás com pleja en la m edida en que la
h isto ria debe d eslindar su teoría y m étod o s frente al auge e im p acto de las

34 Esprecisam ente frente a un historicism o que cond uce a lo que podría llamarse la m usealización
del pasado que reacciona la crítica de N ietzsche.
35Véase ante todo laentrada “historicism o" en este manual. Para una visión de con ju nto del movi­
m iento historicista y el debate teórico con él vinculado, particularm ente en Italia, puede con sul­
tarse con provecho el libro de Fulvio Tessttore, recien tem en te trad ucido a n uestro idiom a:
Interpretación ckl historicismo, Anthropos, Barcelona, 2 0 0 7 .
36 Señalo en lo que sigue en form a esquem ática - c o n tod os los in con ven ien tes que esto trae con ­
s ig o - una sene d e fases que caracterizan el desarrollo de debates teóricos en to rno de la teoría his­
tórica , en los que predominan determ inados tem as y problemas. Estas fases n o pueden datarse con
precisión y no resultará difícil encontrar autores anteriores y postenores que tam bién se ocupan de
ellos, del m ism o m odo que autores contem poráneos a esos periodos que se ocupan de otras cues­
tiones, D e lo que se trata aquí es de mostrar tendencias y el m odo en que se van desplazando temá-
ticascontroversiales. Lo cual no significa porcierto qu ese haya llegado a la “solución” definitiva de
las polém icas anteriores.
cien cias sociales en su propio te rren o .37 Esta tem ática y discusión puede re­
enco ntrarse paralelam ente en el interio r del m arxism o entre q u ien es ven la
unidad o la op osició n y co m p le m e n tació n entre el llam ado “m aterialism o
d ialéctico ” y el “m aterialism o h istó rico ".M
Por o tro lado y e n estrech a relació n co n esta cu estió n se presenta (2 b ) la
necesidad de una revisión y elucid ació n co ncep tual de uno de los supuestos
del historicism o. Me refiero a lo qu e podría llam arse un anacronism o co n sti­
tutivo del discurso histo rio g ráfico , es decir, la distancia a la vez inelu dible y
problem ática entre el pasado y el presente desde el que se escribe la historia.
Si bien el perspectivism o era ya, al m enos desde C hladeníus39 un tópico de la
d iscusión historiográfíca, la d iscu sión se profundiza en la m edida en que se
aban d on a la idea de un a naturaleza hu m ana in m u table y el tiem p o m ism o
afecta al ho rizo nte cu ltu ral y co n cep tu al desde donde se traza la m irada. Es
la interde pendencia de la imagen del pasado de un presente cam biante lo que
debe ser dilucidado.
El carecer “co n tem p o rán eo ” del pasado es precisam ente lo que está en la
m ira de las teorías de autores co m o B enedetto C roce y el ya citado R. G. C o ­
llin gw ood, pero que alcanzará una m ayor claridad concep tual, al m enos en
lo que atañe al planteo de las dificultades del prob lem a, sólo en la herm en éu ­
tica de H ans-G eo rg Gadam er, e n la que el historicism o es revisado y a la vez
co n d u cid o en una nueva dirección.

37 Para una visión de conju neo acerca de esto , véase el libro de j ürgen Habermas: Zu r Logik d erS o-
Zíalwissenschafien, Suhrkam p, Francfort del Meno 1 9 7 1 , trad. en español (de la cuarta edición): La
,2 0 0 7 .
mo apa­
rato conceptual en la mayoría de los debates teóricos acerca del curso de la historia desde fines del
siglo xix hasta la actualidad. Su desarrollo puede explicarse por ires factores: un debate teórico in ­
terno, u ñ a r
y, por últim o, la recepción y toma de posición frente a c
de ahí que n os reencontrem os en su seno c o n un m arxism o cienttfícista, historicista, estructura-
lista, an alítico , etcétera.
Acerca de estos desarrollos el libro de H elm ut Fleischer, M an ásm u s und G esch ich te, Suhrkam p,
Francfort del M eno, 1 9 7 2 (hay versión castellana: M arx ism oe h istoria, C aracas, 1 9 6 9 ) resulta útil
aún hoy, a pesar de que sólo llega hasta fines de los años 6 0 . No com am os todavía, que yo sepa, con

,(1 7 5 2 ), r
prelim inar de C hristoph Friederich y un Prólogo de Reinhard Koselleck, Bóhlau, Víena-Colonia-
Graz, 19 8 5 .
El com plejo de problem as de que se ocupa una tercera fase (3 ) está en re­
lación con el auge de la teoría de la ciencia en el cam po de los estudios filosófi­
cos. Resulta natural entonces contrastar las teorías acerca del m étodo de las
ciencias de la naturaleza con los de la historia, con lo cual la vieja polém ica es
retom ada, pero ahora en nom bre de una “filosofía analítica de la historia” y
desde la perspectiva de una dilucidación de los m odelos de explicación de que
se sirve el historiador y definen el status científico de su disciplina. Podría de­
cirse de un m odo aproxim ado que desde fines de los años '5 0 hasta fines de
los ’7 0 el tem a central de la filosofía de la historia era el debate entre “explica­
ción” y “com prensión” en el que participaron filósofos de la tradición analí­
tica tanto co m o los partidarios de un enfoque herm en éu tico , sin que esto
signifique que la reivindicación de un paradigm a específico para la historia
haya sido una prerrogativa de los últim os, o que no se haya intentado una
simbiosis de ambas posiciones, com o sucede a su m anera en la obra de Georg
H. W right o de Paul Ricoeur, aunque desde perspectivas diferentes.40
En cuarto lugar, desde los años ’7 0 hasta m ediados de los ’8Ü (4 ) lo que ha
estado en el foco de la controversia es el redescubrimiento de la naturaleza in­
eludiblemente narrativa del discurso histórico. Aquí convergen lo que suele
caracterizarse co m o “giro lingüístico” en la teoría de la historia, con algunos
rasgos de la co n cep ción “posm oderna” (“el fin de los grandes m etarrelatos”
segúnJean-Frangois Lyotard) y tendencias del llam ado posestructural ismo
(com o p o rej. en Roland Barthes) que paradójicam ente vuelve a co lo cara la
historiografía en la cercanía del arte o, en sus versiones extrem as, d irecta­
m ente co m o género literario (tal es el caso en la co n cep ció n de Hayden
W hi te). Un lugar incóm odo si se tienen en cuenta las pretensiones de verdad
y cientificidad que caracterizaban a la historia desde su instauración com o
cam po del saber acerca del pasado y que, com o vimos al com ienzo, a pesar de
considerarla una em presa fallida, ya le había asignado Aristóteles.
Por últim o, puede hablarse hoy de un “giro m em orialista” (5 ) en la teoría
histórica, a juzgar por el auge de las discusión acerca del testimonio y las m oda­
lidades de la memoria (colectiva, social, histórica), sus dimensiones (política y

40 Desde los años 601a revista H istory and T heory, editada por la Universidad W esleyan (M iddle-
low n, Connecticut/EE.UU.) y publicada por la editorial Blackwell se ha convertido poco a poco en
el foro principal de la teoría, discusiones e historia de la filosofía de la historia. Algunosde sus Bri-
h efie o números consagrados a temas específicos contienen una bibliografía cronológicam ente or­
denada de las obras consagradas a la filosofía de la historia (Beiheft 1 ,3 ,7 , 1 0 , 1 2 , 1 3 , 1 8 , 2 3 , 2 8 ) .
ética), las cerem onias institucion ales del recuerdo (m useos, m o n u m en to s,
etc.) y el papel de la m em oria co m o factor constitutivo de las identidades n a­
cionales. El debate va m ás allá en este caso del ám bito puram ente académ ico
y form a parte de una p ráctica cu ltu ral que interv iene en la esfera p ú b lica y
abarca diversos discursos, desde los m edios de com u nicación , el cine, la lite­
ratura y m ú ltiples d iscip lin as.41
Esta p re o cu p ació n por la m em o ria co n stitu y e un fenóm eno c o m p le jo
que ob e d e ce a m ú ltip les factores, entre e llo ssin duda la m ed itació n critica
acerca de los “trau m as" que caracterizan ala historia del siglo x x e n general y
del llam ado "H olo cau sto ” en particular. Desde el punto de vista de la teoría,
la reh abilitada no ció n de m em o ria responde a una sana reacció n frente a las
un ilateralidades de un narrativism o extrem o que parecía reducir la filosofía
de la historia a cu estiones epistem ológicas y lingüísticas.
F ren te a una n arración h istó rica asép tica e im personal del pasado re­
cien te, la m em oria de los a co n te cim ien to s vividos im plica no só lo una
“vuelta del su je to ”,42 sino tam b ién y ante todo un tener que enfrentarse con
una realidad del pasado que n o se agota en sus interpretaciones y co n stru c­
ciones discursivas posibles y a la vez que requiere ser pensada de un m odo no
arbitrario. M ásque com o una oposición, la relación entre m em oria e historia
debe ser pensada co m o la de una co p ertenencia y co m plem entariedad en la
que am bas se construy en .43
Si b ien lo anterior rep resenta el intento de ofrecer al lector e squ em ática­
m ente algunas líneas de orientación para ulteriores lecturas en el vasto pano­
ram a de la histo ria de la filosofía de la histo ria co ntem p o ránea (y aquí
“contem po ránea”significa no sólo la filosofía actual sino el modo en que actual­
m ente puede reconstruirse retrospectivam ente su historia), tam bién es cierto
que algunos temas centrales no pueden subsumírse en las categorías propuestas
y obedecen a un desarrollo que si bien está vinculado con el anterior discurre en

Cabe m en cion ar aquí la revista: History an dM em oty , editada p o r ellm titu te fo r (heStudy o /H ííto-
ricalC onsciou sn ess (Instituto para el E studio de la C on cien cia H istórica)de íaU niversd ad de Tel
Avív y publicada por la Indiana University Press.
42 Com o lo caracteriza Beatriz Sarlo en su libro: Tiempo p asado. Cultura de la m em oria y giro subjetivo.
Una discusión, Paidós, Buenos Aires 2 0 0 5 , p. 17 en adelante.
41 H1 lector encontrará una visión de con ju nto acerca del estado actualde la cuestión, adem ásde in­
teresantes propuestas teóricas en uno de los últim os libros d e Paul Ricoeur: L a m em oria, la historia,
el olvido ( 2 0 0 0 ), HC.E., México, 2 0 0 4 .
turma paralela. C onesto m e refiero a tres grandes cuestiones sin las cuales la des­
cripción del cam po que nos concierne no podría estar completa.
E n prim er lugar, ap u n to a un espacio teórico que se ubica entre la historia
y la filosofía, cu yos lím ites son bo rro sos y que d en o m in o co n el nom bre ge­
nérico de “h is tó r ic a ’ ( ) , térm ino acu ñado por Gustav D roysen en el siglo xix
pero utilizado aquí en un sentido am plio, que incluye no sólo las reflexiones
de los propios historiad ores acerca del m étodo y sentido de la em presa, sino
tam bién la teorización de nuevas formas de hacer historia que van más allá de
la can ó n ica historia del E sta d o -n a c ió n , co m o lo han sid o ya en el siglo xx la
“historia so cia l” o m ás recientem ente la “h isto ria o ra l”, la “h isto ria in te le c­
tual”, etc. o la “historia ecológica”, en la que el saber de la tradición hum anista
y de las cien cias so ciales se u ne al co n o cim ie n to técn ico acerca de las leyes
que rigen la transform ación de la naturaleza.
En segundo lugar, cab e m encionar aquí co n e l nom bre de “historicidad" ( )
a la exploración de la dim ensión histórica del m odo de ser h um ano, una elu ­
cid ació n que ha tenido su auge en las filosofías de la e xiste n cia del siglo xx
(H eidegger, Jaspers, el p rim er Sartre44) y qu e a diferencia del pensam iento
griego que bu scab a la esencia atem poral de lo hu m ano co lo ca a ésta e n el
co n te x to de un ho rizo n te fin ito e h istó rico que le es co n stitu tiv o . A quí nos
alejam os del taller del historiadorpara acercarnosa la antropología filosófica.
U n m odo de p ensam iento em parentado co n el h is to r ic is m o y e n el que d ebe
incluirse también la pregunta herm enéu tica acerca de las form as históricas del
saber, y particularm ente del saber de sí.
P or ú ltim o , tam bién form a parte de las preocu p acio n es de una filosofía
de la historia en sentido am plio, la reflexión en torno de las con dicion es histó­
ricas del h om bre con tem p orán eo ( ) . Éste es el lugar para la indagación acerca
de la situ ación histó rica en que se in scrib e la reflexión filosófica. Al m enos
desde la m odern idad tardía se tiene co n c ie n cia de la relació n del p e n sa­
m iento co n la propia época. Pero temas tales com o el genocidio planificado,
la crisis eco ló g ica, la tem ida perspectiva de au to aniqu ilación de la especie a
través de una guerra nuclear, e tc ., y por otro lado, las nuevas posibilidades y
a la vez desafíos que trae consigo la revolución en las com u nicaciones y en las
form as de p ro d u cció n , la biotecnología, in te rn et, e tc ., no estaban ni podían

44Ya la Crítica d e la razón d ialéctica, trad. M. Lamana, Losada, 2 vol., Buenos Aries, 1 9 6 3 , se enea-
m ina a una teoría social sin abandonar las prem isas de un individualism o m etódico que busca re-
estar en la agenda de los filósofos clásicos de la historia que solemos asociar
de una forma u otra con la idea de “progreso”, pero no pueden quedar ausen­
tes de una teoría filosófica acerca de la historia. El fenóm eno de la globaliza­
ción vuelve a hacer actual la n oción de una “historia universal" y con ello la
urgencia de nuevas form as de pensam iento, tanto acerca de los a co n teci­
m ientos del pasado com o de las condiciones del futuro hum ano.
C om o hem os visto, ya desde Aristóteles el trabajo del historiador ha sido
una y otra vez cuestionado desde distintos pum os de vista. El escepticism o,
el llam ado “pirronism o h istórico” -d e l cual el “narrativism o” extrem o no es
sino una nueva versión— ha sido un fenóm eno que ha acom pañado com o
una som bra tanto a las obras de los historiadores com o a la de los filósofos de
la historia. Pero tam bién es cierto que es precisam ente el juicio crítico el que
abre las puertas a la discusión teórica y la revisión de los supuestos y co n tri­
buye de esa m anera a la evolución de sus paradigm as y sus métodos.
Si bien el carácter frágil y provisorio del saber es un problema que la historia
com parte con todas las ciencias em píricas, en ella esto parece agudizarse en la
medida en que -particularm ente en lo que respecta a la historia presente- nos
enfrenta en ocasiones a relatos históricos incompatibles. Pero esto no debe ha­
cem os olvidar que tanto la prueba documental com o la explicitación de los cri­
terios de evaluación de los datos, así com o, por último, el examen crítico de los
m arcos de interpretación generales en que éstos son inscritos la proveen de ins­
trumentos para limitar el arbitrio y hacer plausible una imagen de lo sucedido.15
Más allá de las múltiples controversias, tanto epistem ológicas com o po­
líticas -d a d o que la re-visión del pasado tiene consecuencias para el pre­
se n te - que pueda suscitar, e n lo qu e se refiere al con ocim ien to d el p a s a d o la
historia es lo m ejo r qu e tenem os.
Se trata de un cam po del saber por cierto controversial pero al que no po­
dem os renunciar porque forma parte del intento siempre renovado por dar
respuesta a aquellas preguntas enraizadas en la naturaleza misma de la razón
hum ana, que en el caso de la historia conciernen tanto al terreno de lo teórico
co m o de lo p ráctico, tanto al pasado com o al futuro.'16

<5H e tratado este tema en el artículo: '‘Significado y verdad en la narración histórica. Una re-visíón
de la o bjetivid ad historiográfica”, en: Revista la tin o a m er ica n a d eF ilo so fía , vol. XXVI, N" 1 (otoño
2 0 0 0 ), pp. 4 7 - 6 6 .
46 Las célebres preguntas d e Kant se encuentran en: C ritica de la razón pura (A 8 0 5 ., B 8 3 3 ), en la tra­
d ucción al español de M ario C aim i, Buenos Aires 2 0 0 7 , p. 8 2 0 y ss.
I.a historia y las acciones humanas.
I.as tesis de Robin G. Collingwood
R o sa Belvedresi

La historia, co m o una estrategia para co m p ren d erel pasado, fue co nsid e­


rada desde sus orígenes una actividad cercana a la literatura y al arte. E fecti­
vamente, resultaba im portante la capacidad que el historiador pudiera tener
tic expresar vividam ente lo que requería cierta habilidad estilística, el a co n ­
tecim iento del pasado que tom ase co m o tem a. Un tópico central resultaban
ser las h istorias de tono ép ico , centradas en un person aje o h e ch o p ertin en ­
temente exaltado por un lenguaje que en nada se al ejaba del literario. Esta ca­
racterización de la historia fue puesta en segundo plano hacia el siglo xix en
cuanto se intentó fortalecer sus rasgos científicos y, en tal sentido, m antenerla
diferenciad a de la literatura, en cu an to relato de lo que e fectiv am en te o cu ­
rrió1. D ebe recon ocerse en este intento claram ente los esfuerzos de la d en o ­
minada “filosofía crítica de la h isto ria”, una línea de desarrollo que puede
rastrearse desde D roysen hasta D ilthey1.
Hacía m ediados del siglo xx se genera una discusión que tom a a la historia
com o cam po de batalla, dicha discusión se centra en la utilización de un m o ­
delo explicativo co m ú n a todas las cien cias, el caracterizad o co m o “nom oló-
gico-deductivo”3. La capacidad de explicar y a la vez predecir que garantizaba

1Mientras que la literatura se m anejaría dentro del terreno de lo verosímil, es decir, form ularia re­
latos de lo que pudo haber ocurrido.
1El apelativo de “crítica" deriva, p or un lado, de la form ulación diltheyana de una cuarta critica
(que com pletaría el trío propuesto por Kant), y que incluiría a la razón h istórica, por otro lado, es
una d enom inación com ún entre los intérpretes con el o bjeto de distinguirla de su antecesora, la fi­
losofía “especulativa" de lahist oria, entendiéndose por esta últim a una postura filosófica m ás in­
teresada en la form ulación de “p rofecías” que en dar cuen ta de los instruraen to sco gn itivos para
tratar con el pasado.
1Este m od elo, tam bién con ocid o c o m o d e cobertu ra legal ( “covering law m od el”), según la acer­
este instrum ento lo transform aba en una especie de línea divisoria entre cien ­
cia y no -cien cia: si cierta m anifestación cu ltu ral co n pretensiones científicas
parecía resistirse a utilizarlo, enton ces, claram ente, dichas pretensiones eran
fallidas. La posibilidad de que la historia proveyera explicaciones que se ade­
cu aran al m odelo p ropu esto fue cu estión de larga discusión desde los '4 0 en
a d e la n te . E n ese c o n te x to d eb en u b icarse los aportes que algunos teórico s
harán en relación co n , p o r u n lado, despegar la condición de cientificidad de
la po sib ilid ad de u tilizar el m o d elo n o m o ló g ico -d e d u ctiv o 4, y e n segundo
lugar, indagar acerca de alternativas pecu liares a la historia para e x p licar su
o b je to de estudio.
U na voz interesante en este debate, si b ie n no adecuadam ente escuchada
en su m om ento, fue la de Robin G. Collingwood (1 8 9 1 -1 9 4 3 ), arqueólogo in­
glés cuya obra influiría luego en W Dray (y po r cuyo interm edio se abriría toda
una línea novedosa de indagación sobre la explicación h istó rica). La teoría de
la historia que C ollingw ood presenta es m uy interesante, aunque no exen ta
de dificultades y lim itaciones. P robablem en te, el p rim er pun to a recon ocer
sea el énfasis en definir a la historia com o interesada en las acciones de los seres
hu m ano s del pasado, de m o d o tal que el pasado “histó rico ” quedará d elim i­
tado a aquello que pueda rem itirse, m ás o m enos directam ente, a las acciones
hum anas. D e este modo, todo lo referido a consideraciones que involucraran
otros aspectos, tales co m o , por e j,, las co n d icion es m acro de u n ev e n to , sólo
podrían considerarse en segundo lugar en relación co n la p rim ad a interpre­
tativa de las acciones5.

tada denom inación de W. Dray. fue propuesto p o rau torescom o Hempel y Popper, y caracteriza al
tipo de explicación que tiene por explanans una premisa que específica lascímclicionesparticulares
que d escrib en la situación en la q ue se prod ujo el evento a ser explicado y otra que con tien e leyes
ti nivcisales; de ambas prem isasse infiere el enunciado que describe el evento particular a explicar
(explan an d u m ). Tam bién se suele d ecir que las leyes actúan de “puente” entre las cond iciones y el
explanandum , perm itiendo inferir el últim o de lasprim eras.
4 Laaplicacíondel modelo nom ológico-deductivose notó tempranamente problem ática,)' debió ser
refom iulado de variadas formas para poder dar cuenta de las pecul iarídadesde tos recursos explica­
tivos utilizados por los científicos; así surgieron las variantes induciivo-probabilísticas.eiureotras.
5 Me refiero a consid eraciones acerca del peso que podrían tener factores com o el equilibrio de
poder entre los paísesal estallar una guerra, o lascon d icio nes económ icas o el con flicto de clases
que posibilitan un a revolución. Para hacer m ásclara la perspectiva diferencial que el enfoque de
Collingw ood introduce, com párese la definición que del vocablo “historia” da el D iccionario de la
Lengua E spañola. Real A cad em ia Esp añ ola: “C on juruod e los sucesos o h echos políticos, sociales,
eco n ó m ico s, culturales, etc., de un pueblo o de una n ación.”, (esla definición 4 q u e aparece en la
edición XX I de 1 9 9 2 ).
I . La historia como ciencia6

E n toda la o bra de C ollingw ood se n o ta una doble in siste n cia, a prim era
vista contradictoria. Por un lado, distingue agudam ente entre historia y cie n ­
cia, m ientras que, al m ism o tiem po, insiste en que la verdadera historia es la
'‘historia cie n tífic a ” tal co m o surgió durante el siglo xix. C uando C o llin g ­
wood enfrenta cien cia e historia, por “cie n cia ” debe entenderse “cien cia na-
i ural”, y esta o p o sició n respon d e, básicam e n te , a su interés en h acer d e la
historia una form a de co n o cim ie n to autónom a cuyo desarrollo no se ajusta
al m o nism o m etod o ló gico n atu ralista; de ahí su rechazo a la posibilidad de
que se apliqu e a la h isto ria el m o d elo de e x p licació n p o rsu b su n ció n de u n
caso particular a leyes generales. C uando, en cam bio, C ollingw ood define a
la historia co m o “cie n tífic a ”, está p ensando en lo que d e co m ú n tiene el c o ­
n o cim ien to h istó rico co n cu alqu ier o tro co n o cim ie n to co n preten sion es
cien tíficas, es decir, e n cu anto co m ien za co n la fo rm u lación de pregun tas
cada vez más precisas que el historiad or intenta responder apelando a la evi­
dencia histórica disp onible7.
La prim era caracterización del concep to de historia que Collingwood for­
m ula es p articularm ente interesante en cu anto la señala co m o la “cien cia de
la naturaleza hu m ana”. El concep to de “naturaleza h u m an a” resulta p rob le­
m ático ya que obliga a su poner algo fijo e inm utable en el hom bre que puede
descubrirse por m edio de los m étodos de las cien cias naturales. D e esta m a ­
nera sería p o sib le, al igual que para el m u ndo natural, determ in ar regulari­
dades que perm itan la form ulación de leyes de aplicación universal, o por lo
m enos, aplicables a una am plía variedad y cantidad de casos.
Según señala en su autobiografía, fue al rededor de 1 9 3 0 cuando llegó a la
co n clu sió n de que la historia, en cuan to la verdadera ci encia de los asu ntos

6Algunas de las id easd esatrollad asen losapartad ossiguiem es lash eex p u esto ya; “H istotíay sen-
tido: los apones d e R .G . Collingwood al reconocim iento del valor práctico de la historia” (en Ada-
movsky, E. (ed,): Histoiiay sentido, Exploivcioncsen teoría historiográfica, Buenos Aíres, El cielo por
asalto, 2 0 0 2 ).
7 “La historia tiene esto en com ún con cualquier otra ciencia: que elhistoriad or no está autorizado
a afirm ar ninguna parle de con ocim ien to , excep to donde p u e d a ju stifica r su pretensión ex h i­
biendo en prim er lugar parasí m ism o, y en segundo lugar paracualquiet otro que sea capaz y que
desee segur su dem ostración, las razones en las que se basa”, I he ¡dea ojH ístory (en adelante: ÍH, p.
2 5 2 ( 2 4 4 ), a continuación de la paginación de la ed íció nen inglésse indica entre paténtesis la pá­
gina correspondiente a la traducción española).
h u m an o s, es la ú n ica “cie n cia de la n aturaleza h u m an a”. El an teceso r m ás
claro de una “cien cia de la naturaleza hu m an a” fue H um e qu ien , sin e m ­
bargo, habría com etido el error de pensarla en analogía con las ciencias natu­
rales8. Ése fue el in ten to de las filosofías de lo s siglos xvíi y xvm, que,
seducidas por el m odelo triunfal de las ciencias naturales, no percibieron que
lo que se co n sid erab a la naturaleza hu m ana no era m ás que lo s m odos de
pensar y com portarse de sus contem poráneos: “Hum e nu nca muestra la más
leve sospecha de que la naturaleza hum ana que está analizando en su obra fi­
losófica es la naturaleza del o ccid en te europeo a com ienzos del siglo xvm”9;
el suyo “fue en realidad un estudio histórico de la m ente europea co n tem p o ­
rán ea”10. Lo m ism o o cu rrió antes co n L o c k e , y luego co n K ant, en todos los
casos, el objetivo que se propusieron fue en co n trar una cien cia que al m odo
de una cien cia política “natural” perm itiera aplicar ciertas recetas que pudie­
ran resolver los problem as hu m ano s11; estos intentos fracasaron porque fue­
ron falseados “por el su p u esto de que las m entes hu m anas h an fu ncionado
en todo tiem po y lugar co m o aquellas de los europeos del siglo xvm”12.
N ing u n o de ellos se percató de que p rop o nían sólo un e n ten d im ien to
“ex tern o ” de los fenóm enos hu m anos al equipararlos a los fenóm enos natu­
rales. Así, C ollingw ood dirá de H um e q u e , aun cuando éste critiqu e el c o n ­
cep to de sustancia espiritual, al co n ceb ir lo m ental com o un proceso su jeto a
leyes sigue aceptando el supuesto de que la naturaleza hum ana nunca podría
alterarse. Para Hum e: “es un iversalm ente recon ocido que hay una gran un i­
form idad entre las acciones de los hom bres, en todas las naciones y épocas, y
que la naturaleza hum ana se m antiene incluso en sus princip ios y o peracio-

8 Elerror consistiría en suponer que para “com prenderla naturaleza de nuestra mente deberíam os
proceder del m ismo modo que cuando in tentam os com prender el mundo a nuestro alrededor [...]
viendo cóm o ¡los eventos naturales] caen dentro de tipos generales y cóm o estos tipos generales
están interrelacionados. A estas ínterrelaciones las llamamos leyes de la naturaleza”; de manera aná­
loga, al observar “los m odos en que nuestras propias m entes y las de otros se com portan bajo cir­
cunstancias dadas” intentam os “establecer las leyes que los gobiernan”, IH, pp. 2 0 5 - 6 (2 0 1 - 2 0 2 ) .
9 ÍH, p .8 3 ( 8 8 ) .
10An A u tobiog rap h y (en adelante: A , p . 1 15 (1 1 7 ), a continuación d éla paginación de la ed íció n en
inglés se indica entre paréntesis la página correspondiente a la traducción española).
1' Collingw ood debe teneren mente aquí la esperanza de Kant de que algún día llegarán un Kepler
o un New ton que, al igual que ocurrió en las ciencias naturales, reducirán la m ultiplicidad de los
fenóm enos h istóricos a la aplicación de leyes universales de la historia.
l2A ,p. 1 1 6 ( 1 1 7 ).
ncs”13. De ahí en ton ces que la naturaleza hum ana debiera com prenderse en
i elació n co n “su p arecido co n la naturaleza p rop iam ente d ic h a ”14, es d ecir
“transfiriend o ” (la ex p resión es de H u m e) lo qu e co n o ce m o s de n u estros
contem p o ráneo s al estudio de las g en eracion es anterio res. ¿En qué se dife­
rencia la posición de C ollingw ood de estas tesis de Hum e?
En los textos que conform an la introducción a The Id ea o f H istory va a soste­
ner que la utilidad de la h istoria es que sirve “‘para’ el au to con ocim ien to h u ­
mano”lo que significa que provee a cada uno 110 de un conocim iento personal
acerca de sí m ism o , sino de “su natu raleza com o h o m b re"; la historia “nos e n ­
seña lo que el hom bre ha hech o y así lo que el hom bre es”15. Y nos aclara luego
que “au to con ocim ien to, aquí, significa [... 1 un co n o cim ien to de sus faculta­
des co g noscitivas, su pensam iento o en ten d im ie n to o razón”16. La historia
científica nos provee co n una especial “p enetración” de la situ ación en la que
los h om bres se en cu en tran , pero cu anto m ás profundam ente se puedan c o ­
nocer las circu nstancias y los personajes inv olu crados en ellas, co n m ás cla­
ridad surge la co n c lu sió n de que lo que los h o m b re s h an sid o y han h ech o
varía eno rm em ente de un caso a otro. De ahi que cada h ech o h istó rico deba
entenderse en relac ión con su contexto y n o com o ejem plo de un tipo general,
ya que los procesos históricos no pueden reducirse a la ident ificación de etapas
que se su ceden m ecánicam ente. Los procesos históricos parecen ser fenóm e­
nos que por su unicidad n o adm iten ser explicados por re ferencia a leyes uni­
versales. Sin em bargo, la m ism a posibilidad de su co m prensió n debe estar
ligada co n poder extraer algún tipo de conclusiones generales de m anera que
tenga sentido decir que su co nocim iento provee con un “o jo entrenado” para
la situación17. Si cada evento histórico es irrem ediablem ente ú n ico , si los acto­
res que participaron en ellos son absolutamente irrepetibles, ¿qué tipo de co m ­
p rensión se puede extraer aquí, salvo la co n secu en cia negativa de que,
puesto que nada ocurre dos veces, ninguna extrapolación es posible?

IJHume,D .:/\ním ¡m n;Q m fernmgH M Km Undmfí7ndm g;N ew York,Liberal Arts Press, 1 9 5 5 , pp.
9 2 -3 .
14 Cfr. IH ,pp. 8 2 -4 (8 7 -8 9 ).
ls I H ,p .l0 { 2 0 ).
16 IH ,p. 2 0 5 (2 0 1 ). La posición más clara que Collingw ood elaboró respecto de esta cuestión está
expresada en su “H um an History an d Human Natu re” de 1 9 3 6 (ÍH, pp. 2 0 5 - 2 3 1 ). El texto esu n a
conferencia dada por Collingwood en la British Academy, y uno de los pocos incluidos en The Idea
o f History publicado en vida de C ollingw ood, (Pmccedings nfth e Bri tish A code rny, vol. x x ii).
'M ,p .l 0 0 ( 1 0 2 ) .
Los h e ch o s h istó ricos s o n , enton ces, p rocesos en los “que algo está cam ­
bian do en alguna otra co sa’’18.1 .o que caracteriza a un proceso histórico, y lo
diferencia de uno natural, es que en cada una de sus etapas hay una retención
de algo de la anterior que se m antiene “encap sulado” en ella: no debe co nfu n­
dirse entre “un proceso natural, en el cual el pasado m uere al ser reemplazado
p o r el presente, y un proceso histó rico, en el que el pasado, en cuanto es h is­
tóricam en te co n o cid o sobrevive en el presen te”19. Por ejem p lo, el co n cep to
de “civ ilización ” tal co m o aparece en The N ew L eviathan representa “un pro­
ceso por el que una com u nidad sufre un cam bio m ental de una condición de
relativo b a r b a r is m o a otro de relativa c iv ilid ad ”20. E s un “cam bio m ental”, es
decir, n o una sim ple m odificación del m edio am biente sino un cam bio en la
co n cien cia hum ana: “la esencia de este proceso es el control de las em ociones
de cada h om bre por su intelecto: e stoes, la autoafirm ación del hom bre com o
voluntad”21. Este proceso tiene una dirección representada por el im pulso de
volverse cada vez más civilizado22.
Ahora b ie n , si los procesos históricos son procesos de cam bio con una d i­
rec ció n , es obvio que ello da po r su puesto qu e es posible la co m p aració n
entre distintas etapas del p roceso, y a la vez plantea el problem a del progreso
histó rico, e s decir, de la verificación de la d irecció n que efectivam ente ha to ­
m ado el proceso en cu estión . Si se adm ite esto , sería posible establecer u n i­
form idades de algún tip o entre los d istin to s procesos h istó rico s, pero
en ton ces, ¿C ollingw ood está defendiendo la m ism a cien cia de la naturaleza
hu m ana q u e antes criticó?
La co n c ep ció n h u m eana su pon e que el co n o cim ie n to que podam os ad ­
quirir so b re la naturaleza h u m an a no p rodu cirá n in gun a m o d ificació n en
nosotros, d el m ism o m odo qu e la naturaleza n o es modificada por el co n o ci­
m iento qu e tengam os so bre ella, pero, “al lleg ar a pensar m ás verdadera­
m en te so b re la co m p re n sió n hu m ana estam o s m e joran d o nuestra propia
co m p re n sió n . A si qu e el d esa r r o llo histórico d e la cien cia de la n a tu r a le z a hu ­

13 IH ,p ,1 6 3 ( 1 6 3 ).
lí,/H,p.225(220).
:ú The New Leviathan (en adelante N L), § 3 5 .1 . Tam bién: “civilización es el proceso de convertir a
una com unidad no-social en una so cied ad ",N L ,§ 3 7 .2 2 .
21 NL, § 3 6 .8 8 .
22 N L J 3 4 .5 1 .
m a n a im plica un d esarrollo h istórico de la n atu ra lez a h u m a n a m ism a " 13. El c o ­
nocim iento histórico tiene consecuencias prácticas en cu anto altera nuestras
concep ciones de lo que podem os hacer: el pasado histórico “no es un pasado
m u erto; al com prend erlo históricam ente lo incorp oram o s a nu estro pensa­
m iento presente y n o s p erm ite, al desarrollarlo y criticarlo, usar esa herencia
para nuestro propio avan ce”24.
C ollingw ood defiend e com o o b je to de la histo ria a lo que d enom ina
“m índ ”, que puede entenderse co m o “m ente” o, m ejor, “lo m ental”, y en par­
ticular un tipo de actividad de la m ente que es el pensam iento (actividad que
en realidad constituye a la m ente, pues “la mente es lo que hace” y “todo estu ­
dio de la m ente es un estudio de su s actividades”25). E n el apartado siguiente
se verá qu é in v olu cran esos co n c ep to s, pero lo que aquí hay que señalar es
qu e esto lleva a C olling w o od a afirm ar qu e, en cu anto lo qu e el h isto riad o r
co n o ce so n pensam ientos pasados, “al c o n o ce r lo que algún otro pensó, [el
historiad or] sab e que él m ism o es capaz de p ensarlo. Y d e scu b rir qu e es
capaz de hacerlo es descu brir qu é tipo de h om bre es. Si es capaz de com prender,
al repensar, los pensam ientos de m u chos tipos de gente, se sigue que debe ser
tam bién m u cho s tipos de hom bre. En realidad, debe ser un m icrocosm os de
toda la historia que puede conocer. Su propio autocon ocim iento es al m ism o
tiem po su co n o cim ien to del m undo de los asuntos h u m an o s”26.
Cuando Collingwood define a la historia com o “la cien cia de la naturaleza
h u m an a” está tom ando una clara d irecció n h istoricista: no es posible deter­
m in ar una “e se n cia” hum ana in m u tab le, la deno m inad a “naturaleza h u ­
m ana” se resuelve en el proceso histó rico perm anente en el que los ho m bres
están inm ersos. La “naturaleza hu m an a” es, ni más ni m en o s, que la h istoria
que resulta de las accio n e s de los ho m b res. Al reco n o cerse h istó rico s, los
ho m bres com prenden su propia naturaleza, es decir, com prenden que nada
está d eterm in ado de antem ano. Por eso “no hay leyes de desarrollo o p ro ­

231H, p .8 4 (8 9 ), cursivas mías. Collingwood caracteriza c o m o “realism o”a la tesis filosófica según
la cual el con ocernoaftera loque escon o cid o , por lo que la postura hum eanasería, en térm inosde
Collingw ood, realista. Las críticas al “realismo” ocupan una parte im portante de su obra, así apare­
cen en textos tem pranos com o Spcculum M entís, y tam bién en Aulobiography.
- Tesis sim ilares son sostenidas por ciertos enfoq ues sobre las ciencias s ocíales que entienden que
el conocim iento que provee la teoría social influye sobre las autocom prensiones que los actores tie­
nen acerca de sí mismos y de la sociedad d éla que forman parte.
25 ÍH ,2 2 6 ,2 2 1 ( 2 2 0 ,2 1 6 ).
26A ,p p .1 1 4 -5 (1 1 6 ) , cursivas mías.
greso”27 ya que las etapas previas de un proceso histórico “no determ in an” a
las po sterio res28. Sin em bargo, si los p rocesos histó ricos pueden co m p ren ­
derse es porque presentan cierta racionalidad y continuidad con el presente.
Esto im p o ne lím ites serios a una p o sición histo ricista extrem a que, si fuera
co n secu en te, debería d efend erla peculiaridad de cada é p o cay la im posibili­
dad de com prenderla desde otro contexto temporal. Una posición tal obligaría
a Collingw ood a negar el valor práctico que le ha reconocido a la histo ria. Pa ra
entender acertadam ente có m o pueden com prenderse los procesos h istó ri­
co s sin red u cirlos a casos de leyes generales, y cóm o se puede sortear un his-
toricism o extrem o que sea una variante del escepticism o, habrá que analizar
có m o es posible que el historiad or “reactu alice” lo s pensam ientos que co n s­
tituyen la m ateria de d ichos procesos.

2. Las acciones humanas como objeto de estudio


del historiador

En The Idea o f History Collingwood plantea la pregunta “¿Qué clase de cosas


averigua la historia?”, y respon de: “resgestae, accion es de seres hum anos que
han sido realizadas en el pasado”29. D ichas acciones diferencian a la historia de
la naturaleza, lo que explica por qué no hay, en sen tid o estricto, historia de la
naturaleza. U na acción es un tipo especial de evento que, dirá Collingw ood, re­
sulta ser la unidad de un “exterior” y u n “interior”. El exterior será definible en
térm inos de cuerpos y m ovim ientos, mientras que por interior habrá de enten­
derse aquella parte del evento que “sólo puede describirse en térm inos de pen­
sam iento”30. M ientras que los procesos naturales son una secuencia de meros
fenóm enos (es decir, de aco n tecim ien to s considerados en su pura exteriori­
dad), lo s de la historia “son procesos de accion es, que tienen un interior que
consiste en procesos de pensam ientos, y lo que el historiad or bu sca es estos
procesos de pensam iento. Toda historia es la historia del pen sam ien to”31. La ter­
minología puede resultar extraña, y requiere cierto contexto de interpretación.

27 N L, § 7 .2 8 .
28 NL, § 9.4 8 .
29I H ,p ,9 (1 9 ).
30IH ,p . 2 1 3 (2 0 8 -2 0 9 ),
31 IH, p .2 15, cursi vas m ías (2 1 0 ).
En prim er lugar, debe señalarse lo que dichos “pensam ientos”, que resul­
tan ser el o b je to privilegiado de la ate n ció n de los histo riad ores, no son. Si
bien los p ensam ientos son procesos m entales, los que le interesan a la h isto ­
ria no se reducen a procesos psicológicos (lo que a su vez haría depender a la
historia de otra cien cia, la psicología32), ya q u e , en cu anto tales, se dan en un
co ntexto vital que resulta inaccesible para el historiador. Así, señala C olling­
wood, la em o ció n que em barga a quien descubre por prim era vez la dem o s­
tración de un teorem a n o resulta rep etible para o tro, au n cu an d o éste sí
pueda recon struir los pasos que llevaron a esa dem ostración . De m odo que,
si bien form a parte de la actividad psíqu ica de alguien, el p ensam iento es un
o b je to de in d ag ació n co m p le jo , ya que no se agota en d ich a cu alidad p sí­
q u ica (a la que C olling w o od co nsid erará co m o su asp ecto “su b je tiv o ”, en
cu anto está inm erso en el flu jo de co n cien cia inm ediata de alguien), n i tam ­
p o co es un puro co n ten id o recon struib le lógicam ente (lo que caracterizará
co m o su asp ecto “o b je tiv o ”, e n ten d ien d o po r esto a aquella dim en sió n del
pensam iento que cu alq u ier otro puede, p o te n cialm e n te , recon stru ir en su
propia m ente, tal co m o la d e m o stración de u n teorem a). El p ensam iento
d ebe co nsid erarse e n térm in os su bjetiv os y o bjetiv o s, qu eriend o decir co n
esto que es el resultado de la actividad m ental de alguien que no es el historia­
dor, y recon ociendo que, al m ism o tiem po que hay aspectos de dicha activi­
dad que son irrecu perables, tam bién hay un aspecto que puede ser pensado
nu ev am ente (p o r el histo riad or o, inclu so , po r el m ism o su jeto en otro m o ­
m en to , en otro nuevo co n texto p síq u ico ).
E n este punto C ollingw ood introduce dos señalam ientos im portantes: 1.
qu e el co ntexto presente en el que se puede pensar de nuevo un pensam iento
pasado debe ser p ropicio; y 2. que volverá pensar el m ism o pensam iento no
im plica ninguna “fusión” de identidades entre el actor original y el intérprete.
Estas especificaciones apuntan a salvar dos críticas tradicionales. Una su pon­
dría que la posición de C ollingw ood involucra un riesgo cierto de extrapola­
ció n de las categ orías del h isto riad or a las del a cto r cu yo s pen sam ien tos
intenta interpretar, co n el consigu iente peligro de incu rrir en anacronism os
o de perder objetividad. U na segunda o b je ció n (clásica entre los críticos a la
co m p rensió n) entiende que lo que C ollingw ood propone n o es m ás que una
variante de la em patia, m ecanism o p sico lóg ico in con trastable que su pon e

32 C om o habría sido e l caso para Di Ithey.


que com prender un pensa m iento es “volverse” el actor original, así al leer las
m em orias de N apoleón , n o s transform aríam os en él33.
U na vez aceptado que “toda historia es la historia del pensam iento”, sur­
girá en to n ce s la pregunta “¿cóm o disciern e el historiad or los pensam ientos
que trata de d e sc u b rir?”, la respuesta es: “'rep ensánd o los en su propia
m en te”; “toda historia es la reactualización [re-enactm ent] de p ensam ientos
p asad os e n la propia m ente del h isto riad o r"34. El co n sid erar a la historia
com o el produ cto de las accion es hum anas, cuyos interiores (los pensam ien­
tos) d eben ser d escu b ierto s por el historiad or, co nd u cirá a C ollingw ood al
rechazo del m odelo naturalista de exp licación35 y a la form ulación de una al­
ternativa a d ich o m o d elo . La can didata a ocu p a r el lugar de esa alternativa
será la tesis de la re-actu alización o re-creació n (segú n có m o se tradu zca el
térm in o re-en actm ent).
N o m e voy a ex te n d e r aquí sobre las co n secu e n cias que se siguen de la
tesis de la re-actualización co m o propuesta de un m od elo de explicación h is­
tórica, ni tam p o co so bre las evalu aciones diversas que ha recib id o 36. En lo
que sí quisiera p o n e r el énfasis es en que rescata la perspectiva de los actores
h istó ricos (lo que los so ció lo g o s caracterizan co m o el punto de vista “su b je ­
tivo”) y e n que obl iga a form ular b ajo una nueva luz el co ncep to de causa, en
cu anto su pon e adm itir a los p ensam ientos co m o “causas” de las accion es. A
pesar de afirm ar que “para el h isto riad or n o hay d iferencia en tre d escu brir
qué o currió y d escubrir p o r qué ocurrió”37 lo que aparentem ente im plica un

11No voy a profundizar aquí en las críticas que identifican com prensión y empalia, baste decir que
dicha identí ficación no es sostenible en los textos de la mayoría de los autores criticados Considero
que más bien se trata de una confusión en los críticos producto en parte det lenguaje metafórico que
los autores com prensivistas suelen usar, así porej .d ich o s autores suden referir aL im erio r" de las
acciones, lo que exige “penetrar” el “exterior” paracom prenderadecuadam enteel “significado''de
una 'expresió n vital" (algunas de estas expresiones, adem ás de ser utilizadas porC ollingw ood, se
pueden en co n traren Dilthey).
34ÍH .p, 2 1 5 ( 2 1 0 ),
35 En cuanto dicho m odelo se cent ra en la noción de causa entendida en sentido humearlo (ind e­
pendencia lógica de causa y efecto) y supone que toda relación causal es legaliforme.
36 Me refiero fundament alm em e la n io a los que la consideran exclusivamente com o una propuesta
de modelo de explicación histórica (y se han dedicado a perfeccionarla) como a los mas críticos que
apuntan a que sería una forma de intuición em palica de los contenidos mentales de o¡ ras personas.
Sí voy a h acer alguna referencia luego a quienes consideran que la re-aclualizaci ón obliga a asumir
una posición individualista en térm inos metodológicos.
37 ÍH ,p. 177 (1 7 5 ); tam bién M , p. 2 1 4 ( 2 1 0 ).
rechazo a la posibilidad de indagar p o r las causas de los evento s del pasad o ,
C ollingw ood tam bién recon oció que “no significa que palabras co m o ‘cau sa’
estén necesariam ente fuera de lugar co n referencia a la histo ria; significa so ­
lam ente que son usadas allí en un sentido especial [... 1 L a cau sa del evento p a r a
él [el historiador], significa el pen sam ien to e n lá m e n te d e la p erson a p o r cuya ac­
ción eí evento seprodujo”. Y aclara “cu ando un cien tífico se p regu n ta‘¿por qué
este trozo de papel de torn aso l se vuelve rosa?’ quiere d ecir ‘¿en qu é tipos d e
ocasion es los trozos de papel de tornasol se vuelven rosa?’. C uando un histo ­
riador pregunta ‘¿p o rqu é Bruto apuñaló a Cesar?’ quiere decir ‘¿qué pensaba
Bruto que lo hizo d ecid irse a apuñalar a C esar?’”38. Lo im p o rtan te aquí es el
esfuerzo de C ollingw ood por p ropo ner una teoría de la causalidad histórica
que, a la vez que independiza la noción de causa de la de ley otorga status cau ­
sal a los “p ensam ientos” (tal co m o la desarrolla en An E ssay on M etaphysics).
H abrá que co n ced er el punto de que la re-actualizaci ón involu cra cierta
a p roxim ación individualista, m etod o ló gicam ente hab lan d o , a los asu ntos
h istó rico s39. En particular, si se trata de re-actualizar p ensam ientos, d ich o s
p ensam ientos son la actividad de una m ente que siem pre es p erson al, por lo
que lo s pensam ientos a re-actualizar han sido pensados originariam ente por
un indiv iduo. C olling w ood aclara, de m anera m ás bien esp o rád ica, que es
posible hablar de “la m ente colectiva (cualquiera sea el significado exacto de
esta expresión) de una com unidad o de una época” o que “la actividad mental
es una posesión comunitaria, y casi todas las operaciones que ejecutan nuestras
m entes son operaciones que aprendim os de otrosque ya las han ejecutad o”40,
y qu e los pensam ientos de tal m ente colectiva se pueden re-actualizar. Si se
co n sid eran m u cho s de los ejem p los, sobre todo arqu eoló g ico s, que utiliza,

38IH, pp. 2 1 4 -3 ; cursivas mías. Cfr. cié m odo similar Croce, para quien conceptos com o el de causa
son “antihistóricus”, aunque se use la palabra, el concepto es ilegitim o en historia: ‘'así com o no se
trata de vedar el uso de la palabra c a u sa , [... ] sólo se desea sugerir que hay que valerse de e lla s ! *ts
palabras com o “causa" com o m eiáforas, y no creer que d escriban el p roced im ieiuo efectivo d d
pensam iento histórico”, Teoría e historíacle la historiografía; Buenos Aires, Im án, 1 9 5 3 ,p. 2 6 0 .
39 La adscripción a C ollingw ood de una posición individualista m etodológica se origina en la co-
n ocidaafirm aciónde D onagand eque C ollingwood "fue un individualista m eto d o ló g ico en d sen ­
tido más fu erte de este discutible term ino. En su opinión, las explicacion es históricas más
elem entales lo son de los actos de individuos”, y también •"los historiadores, en to nces.n o pueden
explicar los procesos de grupos a m enos q ue puedan resolverlos en actos in dividuales o clases de
tales actos”, The L a íer P hilosophy o f G. C o ü m g w ü d ; O xford, C larendon Press, 1 9 6 2 , p 2 0 6 y p.
2 07 (cursivas mías).
40 IH, 2 1 9 ,2 2 6 (2 1 4 ,2 2 0 ).
y se p o n e n en co n ju n to una can tidad de a firm acion es dispersas, este apa­
rente individualism o m etodológico puede m atizarse. Así, p or ejem p lo, dice
q u e el histo riad or “está interesado en las costum bres sociales que crean [los
hom bres] por medio de su pensam iento co m o un m arco en el que estos ape­
titos (se refiere a los ap etito s bio ló g ico s! en cu e n tran satisfacción en los
m o d o s san cio n ad o s p o r la co n v e n ció n y la m o ralid ad ”41; habla favorable­
m ente de V ico co m o preocu pad o por la “estru ctura real de la sociedad en la
que vivim o s”42 y critica a los ilu m inistas po r su esp íritu “an tih istó rico ” que
les im pide ver a las “in stitu cion es co m o creadas por el espíritu de un pueblo
e n su desarrollo h istó rico ”43. A pesar de que el sentido de estas afirm aciones
debilitaría una tesis individualista fuerte, debe reconocerse que Collingwood
se equivoca al negarles algún estatus teórico a las condiciones objetivas redu­
ciéndolas , com o lo hace, a la percepción o el pensam iento que los agentes tie­
n en de ellas. Ello le im pide ad m itir que hay asp ecto s de la realidad histórica
que o peran com o co n d icion es no reconocidas de las accion es de los agentes
y lo obliga a su p on er que é stos tienen siem p re u n co n o cim ie n to acabado de
los resu ltad os de su s accio n es. Sin em bargo, eso s resultados muy co m ú n ­
m ente no pueden producirse o se producen de un m odo diferente al previsto
en razón, ju stam en te, de que la realidad histó rico-so cial es m u cho más co m ­
p leja de lo que los propios acto res puedan percibir. Reservar u n lugar expli­
cativo para lo s a sp e c to sn o in te n cio n ale s de los procesos h istó rico s no n o s
o bliga a adm itir que lo s h o m b res n o so n en absoluto respon sables p o r lo que
hacen (com o parece tem er C ollingw ood), sino que perm ite m ostrar la co m ­
plejidad de la situ ación en la que se in sertan , y sus esfuerzos por m an ejarla.
U n punto debiera resultar claro , la re-actualización se salva de las críticas
que la co n sid eran una variante de la em patia, y p o r lo tanto u n m ecanism o
psicológico de dudosa cientificidad y de difícil co n tro l, porque Collingw ood
insiste en repetidas ocasiones en que la historia es un co no cim iento inferen-
cial que procede interpretando testim on ios. Lo que esto significa será anali­
zado en el apartado siguiente.

41ZH, p. 2 1 6 (2 1 1 ).
42Í H ,p .6 6 (7 2 ) .
« ÍH .p p . 7 8 ( 8 4 ).
3. La interpretación de la evidencia histórica

“¿Cómoprocede la historia? La historia procede interpretando la evidencia:


donde evidencia es un no m bre co lectiv o para cosas que son llam adas d o cu ­
m ento s, y un d o cu m e n to es u na co sa ex iste n te aquí y aho ra, de un tipo tal
que el historiad or, al p ensar en ello, puede alcanzar respuestas a las preguntas
que se plantea acerca de los eventos pasados”44. Si, enton ces, toda historia es la
historia del pensam iento, si el pensam iento es el interior de las accion es reali­
zadas en el pasado que el h isto riad or debe p o d er volver a p ensar p o r sí
m ism o de la m anera apropiada, el p u n to de partida de esto lo co n stitu y e la
disponibilidad de evidencia m aterial (lo s testim on ios o do cum ento s en sen ­
tido am plio) que conform aría algo así co m o la “base em pírica” co ntra la cual
contrastar las diversas interpretaciones historiográficas. Es decir, es po r estar
frente a ciertos o b je to s del m u nd o que p en sam os “h istó ricam e n te ", lo que
para C olling w o od significa que form ulam os preguntas co n la finalidad de
que las respuestas a esas preguntas no s perm itan entender los aco ntecim ien­
tos histó ricos de los que esos o bjetos son evid en cia m aterial.
La evid en cia h istó rica no so n só lo las fuentes escritas; m ás todavía, in ­
clu so si está exclusivam ente com puesta por textos exige el m ism o trabajo de
interpretación que si fuera solam ente m aterial no e scrito : p o d em o s ignorar
“el hech o de que son narrativas y tratarlas exactam ente en el m ism o m odo en
que hubiesen sido tratadas si no fueran narrativas”45. De esta m anera, los d o­
cu m entos escritos deben ser considerados co n criterios sim ilares a otros res­
tos m ateriales (m on u m e n to s, u ten silios, m o biliario , m o ned as, restos de
co n stru ccio n e s e tc.). Frente a am b os tip os de o b je to s la pregunta que d ebe
form ularse es “¿qué sig n ifican ?”, la que puede plantearse tanto resp ecto de
una carta co m o de una urna funeraria. Estos o b je to s no h ablan po r sí m is­
mos: “son mudos excepto para una m ente que pueda interpretarlos”, incluso
si se trata de una narrativa co m o la de Tu cídides46. De m odo que las fuentes

44 ÍH, p. 10 (1 9 ), cu rsiv as m ías.


45 l.ecturcson theP hilosop h y o fH istory (en adelante: L 2 6 , p .3 8 6 ). Más aún: “n o hay d istin ción en
p rin cip io entre fuentes escritas y no escritas [... ] es m ás fácil u sar las fu en tes e scritas que las no e s­
c ritas, sim p le y sen cillam e n te p o rq u e las fu en tes e sc ritas p u e d e n ser u sad as c o m o a u to rid a d e s”;
OutlinesofaPhilosophyofHíiWry,p. 4 8 9 .
46L 2 ó ,p .3 ó 9 ,
ese ritas, entendiendo po r ellas a los testim on ios de las autoridades, es decir,
aquellos texio s que se pretenden la verdadera descripción de lo que o cu rrió ,
no gozan de n in g ú n privilegio. La evid en cia h istó rica co m o tal exige in ter­
p retación y no dice nada salvo e n respuesta a una pregunta17. De igual m odo
que el cien tífico bacon iano '‘p o ne e n cu estió n ” a la naturaleza, el historiad or
debe so m eter a sus pruebas a un in terrog atorio exhaustiv o: “el h isto riad or
tiene qu e d ecid ir exactam ente qué es lo que quiere saber; y si no hay autori­
dad qu e se lo diga, co m o en realidad (u n o lo aprende al fin) n u n ca la hay,
tiene que e n co n trar un pedazo de tierra o algo qu e tenga la respuesta oculta
en ella y obten er la respuesta”48. La evidencia histórica enton ces, es u n objeto
fís ic o d e cu a lqu ier tipo que en cu an to es un resto o huella del pasado funciona
com o in d icio o rastro del o los eventos que lo produjeron. E n cu anto o b je to ,
la evid en cia n o es inventada por el historiad or, ni tam poco está a su alcance
el rechazarla sin ju stificació n .
H ay un pu n to co n flictivo en el análisis que C olling w ood hace de la evi­
dencia h istórica y es el que tiene q u e ver co n su insistencia en que dicha evi­
dencia es siem pre de u n tipo p e cu liar: a saber, o b je to s fab ricad os co n un
p ro p ó sito 49. D ebe r econ ocerse que C olling w ood exagera el énfasis en esta
cu e stió n . Si b ien es cierto que gran parte de l a evidencia del historiad or son
o b jetos (com p leto s o restos de ello s) p rodu cto de la actividad hu m ana pro-
positiva (en cu anto fueron hech os p a r a algo), com o es el caso de docum entos
escrit o s , artefactos de caza, restos de viviendas o incluso obras artísticas, no
parece ju stificad o restringir a p r io r i el cam po de los datos posibles que el h is­

47 Estoy usando aquí “in terpretación ’’ en un sentido am plío para designa ría tarea herm enéu tica
que se propone descubrir el significado de los restos o testimonios considerados por el historiado r.
48 A, p. 81 ( 8 5 ). La exhortación baconiana de que el cien tífico natural debe “poner a la naturaleza
en cuestió n ” significa q ue: “el cien u fico d eb e lom ar la iniciativa, d ecidiendo p o rs í m ism o lo que
q uiereconocery iorm ularestoen.su propia mente en la forma de una pregunta; y [...) debe en con ­
trar lo s m ed ios para obligar a la n aturaleza a respond er I... ] Ésta es tam bién, aunque Bacon no lo
sabía, la verdadera teoría d elm étod o histórico”, iH , p. 2 6 9 (2 5 9 -2 6 0 ).
w Así, al d istinguirentre historia y p seu dohtstoria(aquellasc,iend asque, com o la geología, la pa­
leontología o la astronom ía tienen alguna n oción de tem poralidad o de cam bios en el tiem po) se­
ñala que “am bas consistían en narrativas: pero en la historia éstas eran narrativas de actividad
prepositiva, y la evidencia para ellas consistía en las i eliquiasque habían dejado detrás suyo (libros
o restos de vasija, el principio era d m ismo) que se -volvían evidencia precisamente en cuanto el his­
toriador las concebía en términos de propósito, esto es, com prendía para qué eran", A , p. 109 (1 1 1 ).
También: elarqueólogo puede usar piedras y metales “com o evidencia histórica sólo en cuanto en­
tiende para qué eran”, A, p. 1 0 8 ( 1 1 0 ).
toriador pueda uti lizar. La historia bien puede usar evidencia de otro tipo, en
cuya in terp retació n las cien cias naturales ju e g a n un papel im p o rtan te, por
e j., al d eterm in ar la cron olo g ía de u n fenó m eno natu ral que destruyó una
ciudad. La relevancia de este t ipo de evidencia radica en su v incu lació n con
la acción hum ana (p o r e j., si dicho fenóm eno natural m otivó una m igración
m asiva), y no parece prov echoso excluirla del cam p o d é lo h istó rico po r no
ser el resultado de actividad prepositiva alguna50. Es claro que el énfasis en el
carácter propositivo de los restos históricos le viene bien a Collingw ood para
ap licar la re-actu alización com o m odo de in te rp re tació n de estos restos:
frente a un objeto el historiador trataría de d escu brirel pensam iento que está
en su o rig en, d igam os p or caso, qué se qu ería lo grar al fab ricarlo (e sto im ­
plica que la tesis de la re-actualización incluiría algo m ás que u n sim p le m o ­
delo de ex p licación h istó rica). No cre o , sin em b arg o, que la am p liació n del
co n cep to de evidencia histórica de m odo de incluir a cu alquier objeto m ate­
rial que sea un rastro del pasado ponga e n peligro las tesis de C ollin g w o od ,
ya que se ajusta bastante bien al sentido de m uchas otras de sus afirm aciones.
Así, por e j . , él m ism o so stien e que la evid en cia “debe ser algo aquí y ahora
p e rce p tib le "p ara el h isto riad o ry que “la totalidad d el m u n d o percep tible,
enton ces, es p otencialm ente y e n princip io, evidencia para el historiad or”51.
C on siderar algo co m o “evidencia histórica" significa varias cosas: la pri­
m era, que se ha ingresado en la etapa de la historia cien tífica, o historia pro­
piam en te dicha; la segunda, que el histo riad or adopta h acia el pasado una
actitud claram ente activa (en la medida en que toda evidencia debe ser inter­
pretada); la te rce ra , que el co n o cim ien to del pasado tiene sus propios crite ­
rios de validación y acep tació n. El térm in o “e v id en cia” no es usado aquí en
un sentid o filosófico (co m o la señal de una certeza su bjetiv a al estilo carte­
sian o) sin o com o el elem ento de prueba m aterial en el que se basa la argu­
m en tació n histo rio g ráfica. Debe en ten d erse por “evid encia h istó rica” un
co n cep to cercano al de “elem ento de pru eba" que se utiliza en los procesos
ju d iciales.
C ollingw ood o pone la h istoria establecid a co m o discip lin a cien tífica a
otras form as an terio res de hacer historia a las que co nsid era deficitarias y

50 El c aso de la ciu d ad de stru id a p o r un fenóm en o n atural es m en cio n ad o p o r von W right ai an ali­


zar la pertinencia d e distin tos esq u e m as explicativos que "c oo p eran ” en d a rla e xp licación de lo que
o cu rrió; Explicaciárycorrrprenslón, M adrid , A lianza U n ive rsid a d , 1 9 7 9 ..
51 l H ,p .2 4 7 (2 3 9 ).
, «i,.i» I u , , ii 111 ap o sición a ellas, afirm a que nu estro co n o cim ie n to de
I.. .. \ estam os estudiando es siem pre indirecto, m ediado a través
. ti l.i ti ii ri |¡relación crítica de nuestras fuentes”33 “el cono cim iento en virtud
di-I cual un h om bre es un historiad or es un co no cim iento de lo que la eviden-
s iü a su disposición prueba sobre ciertos eventos”54.
La historia se vuelve una form a autónom a de co no cim iento al abandonar
el co n cep to de autoridad: “cu an d o el testim on io es reforzado por la evid en­
cia, nuestra aceptación de él ya n o será la aceptació n del testim onio com o ta l;
e s la afirm ación de algo b a s a d o e n la evidencia, esto es, es cono cim iento histó ­
rico ”55. Al proced er de esta m anera, el historiad or rechaza el ideal epistem o­
ló gico del co n o cim ie n to del pasad o por fam iliarid ad: la evid en cia lo es
siem pre d e otra cosa que sólo puede co n o cerse in ferencialm ente a través de
la interpretación de esa m ism a evidencia, el pasado no es algo con lo que po­
d am os “en trar e n co n ta cto ” a través de las d eclaracio n es de qu ien es fueron
testigos d irectos. El h isto riad or cie n tífico ( “b a co n ia n o ”) tom a la iniciativa
p lanteándose prim ero qué quiere investigar, a partir de allí form ula pregun­
tas que deberá responder interpretando la evid en cia, y no podrá contentarse
co n los dichos de una autoridad: “el historiador no puede responder pregun­
tas sobre el pasad o a m enos qu e tenga evid encia so bre é l. Su evid en cia, si la
‘tiene’ es algo aquí y ahora en el m u ndo presente”. El historiador nada puede
hacer si n o tiene evidencia, y si un hecho pasado no hubiese dejado huella de
ningún tipo en el m undo presente “sería un evento pasado para el que no h a­
bría evidencia aho ra, y nadie [...1 podría saber nada de él”36.

52 Se refiere en especia] a lo que denom inó “se issors-amí-jMStó-liistoi/’, o historia de tijeras y engrudo,
que no só lo representa u n a e ta p a previa de la discip lin a lal corno la c o n oce m o s, sin o q u e encarna
lo que podría considerarse la concepción de “sentido com ún". Según ella, una vez q u ecl historia­
dor ha d efin id o el tem a q u e le resulta interesante, su p rincip al tarea es la b ú sq u e d a y edició n de los
d o c u m e n to s p en i n e m e s, m an ten ién d o se al m argen de ag re g ar a q u ita r algo a lo que e so s d o c u ­
m entos dicen. U n estadio posterior, au n q u e tam bién deficiente, lo constituyó la h isto n a critk a que
se esforzó po rcritica r las a firm ac io n esd e las au to rid a d e s. A m bascom partenu npu nto d c partida
erróneo: su p o n er que la verdad h istórica está disp on ib le (de m anera m ás o m en os exp lícita) en los
dichos de las autoridades, y que, por lo tanto, losd ocum entosescritosconstiiuyenlaúraca eviden­
cia histórica utilizable.
531 2 6 ,p . 38 2 .
5“ ÍH, p. 2 5 2 (2 4 4 ), c u rsiv as m ías.
5i IH, p. 2 5 7 (2 4 8 -2 4 9 ) , cursivas mías.
* A , p. 9 6 (9 9 ). Lo qu e en otro lugar den o m in a “argum ento desd e el silencio" que, si bien e s m eto ­
d o ló g ic am e n te in d e fe n d ib le , y a q u e la ev id e n c ia no ag ota el c am p o del p asad o h istórico , “en la
práctica todo h istoriad o r lo u sa, y lo usa in cesan tem en te” , L 2 6 ,p 3 8 8 .
La historia, e n to n ce s, tiene p o r tem a las accion es del pasad o, cuyo inte-
i u>r procura re-actualizar, m anteniendo a la evidencia histórica com o piedra
(le toque de las interpretaciones que propone.

4. Conclusiones

La teoría de la historia de C ollingw ood m antiene vigencia no sólo porque


haya sido retom ada por autores más recientes para resolver algunas cu estio ­
nes problem áticas del co no cim iento del pasado. A mi m odo de ver, el interés
más relevante proviene de la in tu ición que ofrece acerca de cu ál d ebe ser la
tarea de la filosofía de la historia, ubicándola a la distancia j usta de los extre­
m os peligrosos de las esp ecu lacion es abstractas y de su red u cción (y absor­
ción) p or una epistem ología.
No puede pasarse p or alto el interés p olítico que C ollingw ood recon oce
que tiene el co n o cim ien to del pasado, en la m edida en que pueda ser de u ti­
lidad para com prender m ejor el presente. Así, insistió en un enfoque “h istó­
rico ” del nazism o, del cu al fue co ntem p o ráneo , co n el o b je to de despejarsu
opacidad y m ostrar de qué m odo se relacionaba co n el proceso de desarrollo
de la m entalidad europea. El nazism o, enton ces, no podrá entenderse (com o
lo haría C roce) com o un “paréntesis” de la historia, sino co m o el resultado de
u n proceso histórico peculiar que “llegó a existir, co m o lo h acen las cosas his­
tóricas, gradualm ente”57.
El presente no puede entenderse sin referencia al pasado del cual ha sur­
g ido, p o r lo que toda situ a c ió n , h ech o o p erson aje de nu estro m u ndo co n ­
tem poráneo es el producto de un pasado que lo ha hech o posible. La utilidad
de la historia para C ollingw ood no es, enton ces, tanto que sea “maestra de la
vida”, es decir, que p udiera p rop o rcion ar un repertorio de respuestas p o si­
bles a tipos de situaciones, sino una especie de lente que, al perm itirnos mirar
en detalle y profundidad, hace posible m ostrar com o proceso h istórico de lo
que de otro m odo aparece co m o un p rod u cto esp o n tán eo y azaroso, una
co n ju n ció n excep cio n al de inn u m erab les factores, frente a lo cu al, co m o si
fuera u n fenóm eno natu ral, no p u d iésem o s h acer m ás que so p o rtarlo . Al
m ostrar el desarrollo de un proceso histórico, Collingw ood hace hincapié en

57 NL, § 4 5 .2 4 .
su dim en sión hu m ana, en cu anto produ cto de ciertas accion es de las cuales
debem os h acern o s cargo ya qu e, al no haberlas evitado, som os en p ane res­
p onsables de que un fenó m eno co m o el nazism o , p or ejem p lo , se transfor­
mara en una am enaza co ncreta para la hu m anidad58.
Del m ism o m o d o que el avance del fascism o y el nazism o d esveló a C o ­
llingw ood y lo hizo pensaren la manera en que la historia podía aportar a m e­
jo ra r la lu cha e n su co n tra, ig ualm en te n o so tros, co n tem p o rán eo s de otras
tantas catástrofes, podem os co n trib u ir a una co m p ren sió n m ás precisa del
m undo en el que estam os insertos y de nuestras propias posibilidades de ac­
ció n , cu an d o co n sid eram o s “h istó ricam en te", al d ecir de C ollingw ood, los
sucesos de nu estro tiem po. D ichos sucesos se nos presentarán, enton ces, ya
no com o fogonazos in controlab les, sino com o resultados de las accion es de
los hom bres y m u jeres que son nuestros sem ejantes. Se nos hará explícita la
dim ensión histórica del presente, y de esta m anera, podrem os reconocer que
som os actores del drama que nosotros m ismos hem os contribuido a escribir.

58 C ollingw o od fue p articularm en te crítico de la j ulitu. ttm ern a nttm d * u pal | -i e m u td e t que
h ab ía ío m e rm id o iir a situ a r ió tiq u e .a lp o sib tlita n Ilo itak j m i to d 1 isk i'inii n. - 11 i i ~ m r i i
h a b ía sid o c o r r e sp u n sn b k 'd e l e sla llid o d e la Se gu n d a u n i r i M m i.li I d i \ i ., >111 i. t u n l
de C ollingw ood tío lúe favorablem ente rec ¡b id a p o Jrik d ií jt j .k n _ i i' >nu n l u iitu o i i i
B retañ a que estab a finalm ente trab ajan d o i in i fi c a i h u i h l m h a t ontr 1 11 tli i, 1 uu id e r d t ( ollita,
w o o d fue du ra para el e stom ago de su s colegas de O x io id ’';T o u lm in ,S .: Iníroflucfion (A, p .x ix ). Este
m alestar se su m ó al aislam ien to q u e C ollin gw o od ya su fria po r s u s p o sic io n e s filosóficas.
Bibliografía recomendada

C o l l i n g w o o d , Robín George ,An A u tobiography, (A ) [ 1 9 3 9 j , co n introducción de S .


Toulm in, O xford , C laren d on Press, 1 9 7 8 ; (tra d . española: M éxico, E C .E , 1 9 5 3 ,
trad .J. H ernández C am pos).
................, Robin G eorge, An Essay on M eta p h y sics, O xford, C larendon Press,
1940.
-------------------- , Robín G eorge, “Lectures on the Philosophy ofH istory", (L 2 6 ), 1 9 2 6 ,
incluido e n IH .p p . 3 5 9 - 4 2 5 .
-------------------- , Robin G eorge, “O utlines ofa Philosophy of History”, 1 9 2 8 , incluido
en IH .p p . 4 2 6 - 4 9 6 .
-------------------- , Robín G eorge, S p eailtim M entís, O xford, Clarendon Press, 1 9 2 4 .
-------------------- , Robin G eorge, T he Id ea o JH isto iy ( ÍH) 11 9 461, edición revisada y am ­
pliada pot'J. van d er D ussen, O xford , O xford U niversity Press, 1 9 9 4 ; (trad , esp a­
ñola: M éxico, E C .E , 1982, trad. E. O ’G o rm an y J. H ernández Cam pos; traducción de
la edición clásica de T. K n o x d e 1 9 4 6 ).
-------------------- , Robin G eorge, T h e N ew L ev ía th a n (N L) [ 1 9 4 2 ], O xford, Clarendon
Press, 1 9 9 2 ; edición revisada por D. Boucher.
Ornar A cha

1. Introducción

La Escuela de F ran k fu rt com prende a un co n ju n to de pensadores agru­


pados en to m o del Instituí für Sozialforschungcreado en Alemania en 1 923.
Dirigido inicialm ente por Cari Grünberg, el Instituto tuvo una m arcada filia­
ción m arxista y una acentuada preocupación por la historia del m ovim iento
obrero. E n esos p rim ero s tiem pos am paró a intelectu ales ligados co n la iz­
quierda revolucionaria (com o Karl K orsch) y m ás co ncretam ente al Partido
C om unista de A lem ania (F ran z B o rk enau , Karl A ugust W ittfog el, Ju lián
G u m perz), aunque no tuviera una id e n tificació n po lítica ex traacadém ica.
En enero de 1931 M ax í íorkh eim er (1 8 9 5 - 1 9 7 3 ) se encargó de la dirección
del Instituto. R odeado p o r estudiosos co m o Leo Lów enthal, F ried rich Po-
llock, com enzó una nueva etapa distanciada del entendim iento determinista
del m arxism o, que caracterizó a la época de G rünberg.
A pesar de que la d ire cció n de H o rk h e im e r no fue fran cam en te to le ­
rante co n las d isid en cias teóricas, el In stitu to ad optó una m ay or variedad
en sus tem as y problem as. En princip io cultivó una aten ció n filosófica m ás
radical y se propuso u n program a de investigaciones destinado a continuar
la ren ov ació n del m arxism o abierta co n H istoria y c on cien cia d e c lase de
G eorg Lukács y, p articu larm en te, a brin d ar una evalu ación de la situ ación
co ntem poránea.
Lo que se co no ce co m o Escuela de F rankfu rt com prende sin duda a m u­
ch os m ás autores que los que serán tratados aquí, y no cabe duda de que el
sesgo de la lectura a través de la “filosofía de la historia” de sus escritos no in ­
tenta dar cu enta de todas sus obras. Aun el restringido elen co seleccio nad o
( M I lorkheim er, T h eodor Adorno, W alter Benjam ín, Herbert Marcuse y jü r-
gen H aberm as) posee d iferencias que el rótulo de “E scu ela” tiende a desva­
necer. T extos im p o rtan tes de pensadores qu e perteneciero n en algún
m o m ento al In stitu to co m o W ittfog el, F ranz N eum ann y Erich F ro m m , y

cuya obra podría ser analizada en la problem ática que es objeto de este cap í­
tulo, serán dejados de lado por razones de espacio.
La tom a del poder de Adol í Hitler obligó al Instituto a emigrar. Se crearon
filialesen Suiza, Londres y París. E n esta últim a ciu dad co n tin u ó la p u b lica­
ción del órgano Z eilschriftfü rS ozialforschu ng. Desde m ediados de esa década
hasta 1 9 4 9 el Insti tuto se trasladó a los Estados U nidos. En 1 9 5 0 reim ció sus
actividadesen Frank fu rt. C on la muerte de A dorno en 1 9 6 9 y laju bilacíó n de
H o rk heim er una nueva generación integrada por Alfred S c h m id tJ. Haber-
mas, Albrecht W ellmer, O skarN egt, parecía dar pie a una renovación. Sin em ­
bargo, esa nueva cam ada fue o cluida en bu ena m edida por la im portancia y
celeb rid ad prontam ente lograda por H aberm as, quien no solam ente co n ti­
nuaría los principales temas de la Escuela, sino que los conduciría a una crítica
que cerraría un ciclo , sólo disputado por la obra reciente de Axel H onneth.
La trayectoria de la Escuela de Fran k fu rt estuvo co n d icion ad a por una
doble crisis: en p rim er lugar la del relato b u rg u és-occid en tal del progreso
según sus reverberaciones en la cultura en lengua alem ana; en la tram itación
de esa problem ática había otro núcleo co n el cual el aj usté de cuentas teórico
era n ecesario: la crisis del m arxism o. En el intervalo de am bas crisis se d es­
plegó la problem ática de la historia,

2. Theodor Adorno y Max Horkheimer: de la teoría


crítica a la filosofía fragmentaria de la negatividad

La aspiración política que a pesar de sus m últiples m atices caracterizó a la


íeor ía c r ítica exigió la co n stru cción de una narración histórica que co m p ren­
diera una noción de futuro. En el caso del prim er Horkheim er ese futuro era el
socialista, la sociedad “racional” o más genéricam ente la aspiración a un cam ­
bio social respecto del orden existente. En esa tensión temporal que anidaba en
la estructura misma de. la teoría se constituyó una im aginación histórica.
La historización de la teoría en H orkheim erencontró una primera formu­
lación en un ensayo de 19 3 0 sobre Los com ien zos d e la filo s o fía bu rguesa d é l a
11istoria. Allí vinculaba estrechamente esos inicios de la filosofía de la historia con
la consolidaciónsocioeconóm ica y cultural de laburguesía. Su factura se enten­
día solamente en la com prensión del tránsito del feudalismo al capiialism o. Sus
limitacionesse debían a las mismas razones. La crítica más im portante fue la que
dirigió a M aquiavelo en un doble sentido. Por un lado M aquiavelo eternizaba
las categorías históricas de su época. Por otra, reducía la historia a un psicolo-
gismo, es decir, escindía al individuo de su contexto so cial
Por otra parte, H ork heim ersub ray abau n logro im portante en la teoría vi-
quiana de la historia que nos muestra la relevancia que un interés por la filosofía
de la historia tenía para la teoría crítica. Rechazando cualquier perspectiva tras­
cend ente y transhistórica, H orkheim er valoraba positivam ente la bú squ ed a
de un “sentido” que ensayó el autor de la S cíen za N uova. Esa reflexión ofrecía
un ejem p lo de su im portancia al señalar q u e -c o m o lo m ostraba V ico- siem ­
pre era posible la recaída en la barbarie.
U na co n feren cia p ron u n ciad a d os añ o s m ás tarde presenta u na m ayor
elaboración . Su o b je to era explicar el co n cep to de historia y su relación con
la p sicología. H o rk h eim er se distanciaba de dos co n cep tu alizacio n e s de la
historia. Por un lado, de la emp rendida por el neokaniism o que pretendía es­
tablecer las co n d ic io n e s de posibilidad de todo co n cep to de h isto ria y por
ende era ap o log ética de la historiog rafía e x iste n te . Por o tro , de la reflexión
sobre la “histo ricid ad ” de la fenom enología ex isten cial, que tenía el defecto
de no preocuparse por los resultados de la investigación cien tífica.1Enton ces
retrocedía ala filosofía de la historia de Hegel puesto que ella considerábase -
riam ente, según H orkheim er, el “ju e g o recíp ro co de la historia em pírica y la
filosofía de la h isto ria”. Valoraba el papel inconsciente de los individuos res­
p ecto del lelos in m an en te de la h isto ria, aun que cada u n o persiguiera sus
fines particulares. Sin em bargo, la filosofía hegeliana de la historia no lograría
e x p licar la progresión de la Idea en la h isto ria, y el acceso su p erio r a la c o n ­
cien cia de la libertad aparecía com o el poder autónom o del espíritu configu-
rador de la historia. H o rk heim er afirm aba que la co n cep ció n eco n ó m ica de
la historia elaborada po r Marx perm itía su perar aquella rep resentación m e ­
tafísica y tendía hacia una teoría científica. El m arxism o m antenía el lugar de
lo inconsciente visto en H egel, pero en el sentido del m odo en el cual “la eco-

l M . H orkheim er, “Historia y psicología" ( 1 9 3 2 ), en T eoriacritica, Amorrortu, Buenos Aires, 1 9 7 4 ,


pp. 2 2 -2 3 .
11. >i nt.i. ir u- ii n ma al hom bre”. Aunque admitía que semejante determ inación
I.. MIi,m <>i it Iuc 11 a simplificaciones excesivas, Horkheim er subrayaba que esa
i »l >|n lóii “110 debe llevar a d escon ocer el h ech o de que la situación eco n ó -
inu ,i de los hom bres influye hasta en las m ás finas ram ificaciones de la vida
.m ím ica”. Com o consecuencia, la psicología de los individuos tendría que ser
h istorizada y en m odo alguno referida a una naturaleza hum ana universal.
Lo que viven, percibeny sienten los individuos es irreductible a lo que pien­
san de sí m ism os. Ésa era precisam ente la razón m ás im portante para soste­
ner un concepto de historia.
El tratamiento más radical de estas cuestiones fue realizado por los m iem ­
bros de la Escuela de Frankfurt luego de la consolidación del poder de Hítler,
ante el espectáculo de la Segunda Guerra Mundial y la masacre en los cam pos
de concentración. La experiencia y condición de exilio perm itió a estos inte­
lectuales com prender tem pranam ente los significados filosóficos de tales su­
cesos. Allí encuentra su lugar el volum en term inado en 1 9 4 4 pero publicado
en 1 9 4 7 p o r Horkheim er y Adorno: D ialektikderA u jkláru n g. La escritura de
T h eod o r A dorno ( 1 9 0 3 - 1 9 6 9 ) con cern ien te a tem as histórico-filosóficos
adquirió relevancia p o resto s m ism os años y conservó pregnancia hasta sus
últimos estudios.
La tesis de Dialéctica de la ilustración es c racial en la construcción de la teoría
crítica que, com o el m arxism o, se veía continuadora de los aspectos emancipa-
torios que, enfrentado al oscurantismo feudal, pretendían radicalizar el pensa­
m iento racionalista francés e inglés y el idealismo alemán. Horkheim er y
A dorno sostenían que la historia y la realidad desm intieron la convicción de
que el uso de la razón aseguraba el progreso de la libertad y felicidad. Por el con­
trario, esa misma razón se mostró com o demasiado útil para la consecución de
fines de dom inación y un nuevo tipo de barbarie bajo la forma del positivismo.
Reformulaban así la noción weberiana de la cosificación del m undo. Mientras
para la interpretación de Lukács ese proceso se derivaba del fetichismo de la
m ercancía, y por ende se ligaba internamente con el capitalismo, Horkheimer
y Adorno lo extendían a toda la historia pues expresaba una modalidad de larga
duración de la relación sujeto-objeto (aplicado por igual a la naturaleza y a los
seres hum anos). De aquí que lo iniciado com o una dialéctica de la ilustración
deviniera en una filosofía de la historia.
C o n ceptualm ente, pues, el razonar cosificante, m eram ente subjetivo,
pertenecía más a una “razón instrum ental” que a la historicidad capitalista.
I)e allí no derivaban un relativism o absoluto ni abandonaban el co n cep to de
razón, sin o que alertaban co n tra la co nfianza ing enua en esa racionalidad
instrum ental. “N o tenem os nin gun a duda - y es nu estra p etició n de p rin ci­
p io -’’, escribían , “respecto a que la libertad en la sociedad es inseparable del
pensam iento ílum im sta. Pero consideram os haber descubierto con igual cla­
ridad que el co n cep to m ism o de tal pen sam ien to, no m en o s que las form as
histó ricas co n cre tas y las in stitu cion es so ciales a las que se halla e stre ch a­
m ente ligado, im p lican ya el g erm en de la regresión que h o y se verifica por
doquier. Si el ilum inism o n o acoge en sí la conciencia de este m om ento regre­
sivo, firm a su propia co n d en a. Si la reflexión so bre el asp ecio destru ctor del
progreso es dejada a sus enem igos, el pensam iento ciegam ente pragmatizado
pierde su carácter de su p eración y co n servació n a la vez, y por lo tanto tam ­
b ién su relación co n la verdad”.2
La razón no aparece aquí sino com o una capacidad técnica de expansión
cuantitativa y m anipulatoria de la naturaleza y de la dem ografía hum ana. La
racionalidad técnica se m antiene en exterioridad a sus objetos. La realidad y
la h isto ria son reificadas y conv ertid as en co le cc io n e s de datos y h e ch o s
d onde la su bjetividad no las transform a sin o bajo el régim en de una cientifi-
cid ad co n tra la cu al la “fantasía rev olu cio n aria” se hace u to p ism o y en todo
caso degenera en confianza pasiva en la tendencia o bjetiva de la historia.
El d iag nóstico p resentad o por A dorno y H o rk h eim er adopta un tono
apesadu m brado qu e deno ta tam bién la deg radación de las e speranzas de
cam bio radical de la década anterior. En parte por las exigencias contextúales
del trabajo en los E stados U nidos, en parte por una in clin ación de m ás larga
y profunda duración del devenir de la teoría crítica, la pretensión de im plica­
ció n p ráctica de la actividad intelectual filosófica que aparecía en H o rk h ei­
m er deja paso crecien te a una postura negativa de lo dado, que sí no cede al
conform ism o está cribada por un escepticism o frente a todo m esianism o re­
volucionario.
Es preciso d ecir aq u í que p o r enton ces la legitim idad de una filosofía de
la historia crítica era m enos evidente. Efectivam ente, lo s autores co n cib en un
lazo entre la im posibilidad de otorgar sentido p ositivo a la histo ria y la deli­
m itació n negativa de la teoría crítica. “Desde el m o m ento en que la historia

2 M. H orkheim er y Th. Adorno, D iakktikd erA u jkláru n g . Philosaphische Fragm ente, Físcher, Frank-
furt/Main, 1 9 8 8 ,p. 3; Dialéctica del iluminismo. tr. H, A. M urena, Sur, Buenos Aires, 1 9 6 9 ,p p . 9 -1 0 ,
com o objeto de una teoría unitaria, com o algo construible, no es el bien, sino
precisam ente el horror, el pensamiento es en realidad un elemento negativo.
La esperanza de un estado m ejor se funda - e n la m edida en que no sea pura
ilusión- m enos en la certidum bre de que tal estado sería garantizado, estable
y definitivo, que en la falta de respeto p o r aquello que -e n medio del sufri­
m iento u n iv ersal- se aparece co m o tan sólidam ente fundado”.3 H pensa­
m iento crítico ya no aparecía co m o capaz de contribuir a la em ancipación
com o parecía posible una década atrás, sino que reclamaba su derecho a fun­
dar un inclaudicable sitio de resistencia.
En M ínima moralia ( 1 9 5 1 ) A dorno extendió las consecuencias de esta
sensibilidad. La im placable ironía co n la cual A dorno pasaba revista a la ex­
periencia contem poránea no era externa al filosofar por aforismos. La escri­
tura de Adorno no era extraña a su noción de historia. El recurso al fragmento
suponía una m uy determ inada concep ción de la tarea filosófica, pero en ello
se conjugaba también una com prensión de lo social y de lo histórico. Adorno
rechazó el m odo “sistem ático” de acom eter la escritura filosófica pues en ello
se ocultaba la pretensión de sim plicidad y la suposición de totalidad que di­
sonaba de su concepto de dialéctica. Ésta no designaba la estructura del cam ­
bio sino que operaba negativam ente en la pretensión totalitaria de instituir
un sentido o un destino. Im pedía, así, toda pretensión de filosofía prim era
que calaba, com o su expresión antihistórica m ás acabada, al pensamiento de
Husserl. Con la fenomenología, el pensam iento burgués se conform aría con
lo estático, y renunciaba a la com prensión del cam bio. Siguiendo la idea mar-
xista de que luego de 1 8 4 8 la burguesía había dejado de ser em inentem ente
progresista, Adorno explica las generalidades abstractas de la fenomenología
por la razón instrum enta] q u e, en nom bre de la ciencia, se im ponía sobre el
pensam iento crítico y dialéctico.
En oposición a la máquina de la razón identificante o instrum ental, se tra­
taba -e n c a m b io - de elaborar una razón que contem plara lo no-idéntico. Si
la verdad no residía en el Todo, tam poco lo hacía dogm áticam ente en el mero
fragmento, pues Adorno no descartaba el m om ento constructivo a que podía
acceder la teoría crítica. La cuestión fundamental era, después del derrum be
de las ilusiones progresistas y racionalistas que delató el nazism o, cóm o
constituir una alternativa que sostuviera la posibilidad de pensar desde una

3D ialektik, c it., p. 2 3 6 ; Dialécüca, c it., p. 26 6 .


“vida dañada”. En tal contexto la tarea de la filosofía se distanciaba de la cons­
trucción de grandes sistemas para descubrir esos intersticios donde la nega-
lividad sostenía la resistencia a un orden de dom inación. La historia carecía
de una espina progresiva.4 Solam ente en la filosofía adorniana de la m úsica
la historia m ostraba el logro progresivo de una m ayor perfección. En cuanto
a la historia de la sociedad, la pérdida de un sentido trascendente, la destitu­
ción de la confianza revolucionaria, no se trocó sin em bargo en el abandono
del criticism o y m enos aún en la confirm ación del orden existente. Perdida
la co nexió n entre teoría y praxis, sólo en el arte se conservaba el cuestiona-
m iento de lo dado co m o m om ento utópico

3. Herbert Marcuse: de Hegel a Freud

La aspiración de H . Marcuse (1 8 9 8 - 1 9 7 9 ) a una organización racional de


la sociedad no capitalista defendía la perm anencia de la individualidad com o
instancia de un goce que cuestionara lo existente. No se trataba del acceso de
las “masas” a los beneficios de la productividad m aterial, ni del consum o acrí-
tico de las conquistas científicas com o aparecía en la política y en la filosofía
progresista de la historia de la socialdem ocracia.
Sumarse a la tendencia del progreso tecnoeconóm ico capitalista no resol­
vería au tom áticam ente el peligro reaccionario del fascism o porque éste se
apoyaba también en las “realizaciones” del capitalismo. En este sentido Mar-
cuse com partía el nexo entre capitalism o y fascismo que sena com ún a la Es­
cuela de Frankfurt. No se trataba de una relación causal sino de la com ún
cualidad represiva que com partían, y de la que también se alimentaba la for­
m ación económ ico-social soviética. Dos temas surgían entonces com o pro­
gram a de investigación filosófica. En prim er térm ino la elaboración de una
teoría crítica que superara las confianzas histórico-filosóficas del m arxism o,
con la condición de m antener vigentes sus aspectos crítico-revolucionarios.
En segundo térm ino, la indagación del vínculo entre civilización y represión,
que remitía a la problem ática psicoanalítica.
En estas vías se constituyó la filosofía de la historia en M arcuse. Dos eran
los reproches q u e, en esta faena, dirigió a Hegel. El prim ero no residía tanto

■*Th. A dorno, “Progreso" ( 1 9 6 2 ), en Consignas, Am orrortu, Buenos Aires, 1 9 7 3 .


en mi “id ealism o ” sin o en n o h ab er extraíd o las co n secu e n cias radicales de
algo que el heg elianism o sabía p erfectam en te: qu e la historia se realizaba
com o un aprendizaje pero tam bién com o una alienación. El se g u n d o -y aquí
se legitimaba la intervención de M arx -e ra que para acceder a esa com prensión
había que salir de la m etafísica para acceder a una teoría social. Sin em bargo,
M arx desplegó sólo parcialm ente esta co n d ició n trágica que am enazaba co n
cu estionar la inevitabilidad del com u nism o.
Ma rcuse op onía reparo a la filosofía de la historia de M arx. Su nú cleo b á ­
sico era la desm entid a de la prognosis m arxiana según la cual el doble efecto
de la p au p erización de las m asas prole tañ as y la o rg anizació n m asiva de la
clase obrera cond u cirían al capitalism o aún a crisis revolucionaria. El capita­
lism o había sufrido crisis im portantes, pero las había superado y había acre­
centado el co n su m o de las m asas regim en tándolas en el co n fo rm ism o . Sólo
en los ú ltim o s año s de la década de 1 9 6 0 M arcuse consid eraría m atices en
esta tesis de la o p u len cia capitalista al observar la dinám ica del Tercer
M undo. M ientras tan to su exam en co n trariab a netam ente la previsión de
M arx. N o so lam en te no h u b o e m p o b re cim ie n to generalizado de la clase
obrera, sino que se creaban nuevas necesidades y satisfacciones. El abordaje
crítico consistía en tem atizar que esas satisfaccion es eran represivas y garan­
tizaban la su bsu nción totalitaria del individuo. La acu m ulación del capital se
cim entab a e n la exp lotació n del trabajo y en la m u ltip licación del consum o.
La felicidad y el g oce a u té n tico , la m o d ificació n del m u nd o y la actitud c r í­
tica, parecían in co m p atib le s co n una so cied ad cada vez m ás program ada y
repetitiva. La realidad p arecía hab er perdido su d ialéctica. La prom esa m o ­
derna de la libertad retrocedía ante las m odalidades totalitarias de existencia,
que no siem pre adoptaban las form as de un Estado brutal sino que apelaban
a prácticas m ás su tiles y eficaces de dom inación.
La p resu nción de que existe u n goce p ro p io , libre, es la co n d ició n de p o ­
sibilidad de la crítica m arcusiana a la productividad represiva del capitalism o
m onopolista. C om o es sabido, esto seria cu estionad o m ás tarde por M. Fou -
cault porque esta “hipótesis represiva” no da cu enta de la historicidad y de la
co n s tru cc ió n del deseo. El nú cleo de este asp ecto del proyecto teórico de
M arcuse se co n stru y ó en p o lém ica co n F reud. En El m alestar en la c u ltu ra ,
entre otros textos, Freud sostuvo que la vida en sociedad suponía un m onto
de represión de las m o cio nes pulsionales. A la contrad icció n entre el p rin ci­
pio de placer y el prin cip io de realidad p rop io de toda ex p erien cia vital era
preciso agregar un cu anto propio del trab ajo destinado a la co existen cia. La
represión de las p u lsio nes, so bre tod o sexu ales, que exigía el trabajo im p li­
caba el desasimiento de sus potencias vinculantes entre los individuos y el acre­
centam iento correlativo de la p u lsió n de m u erte. Esto suponía la inflación de
la represión, lo que a su vez condu cía a nuevas cuotas de frustración. Era ésa la
dialéctica de la cultura que la G ran G uerra, según Freud, había probado.
E n E rosy civilización, M arcuse critica b a la rep resen tación freudiana del
m alestar co n tem p o rán eo . La ex p lica c ió n ofrecida por F reud le parecía par­
ticu larm ente p e rju d icial dado el ca rá cte r dialéctico y agonal que caracteri­
zaba al p sicoanálisis (y que traicion aba el “revisionism o”) .
El capitalism o exigía, ésta era la tesis básica, un “plu s de rep resión” sobre
el que se podría considerar el m ín im o indispensable para sostener m aterial­
m ente a una so cied ad co m p leja (in fraestru ctu ra, ad m in istración , servicios
generales) Ese excedente era el exigido p o r la acum ulación de capital. Existía
una co n e x ió n en tre plusvalía y plu s de rep resió n. Freud fue cieg o ante esta
co n d ición h istó rica de la eco no m ía lib id inal. El princip io de realid ad -p ro -
clam aba M a rcu se - es un lím ite m aleable y n eg ociable. Los co ncep to s p sico­
ló gicos e m p lead o s por Freud en una vena naturalista eran co n cep to s
políticos, M arcuse e labo ró un a narrativa de la co n fo rm ació n de individuos
sobre-reprim í dos por las exigencias del trabajo en el m undo capitalista y por
la situación de la cu ltu ra contem poránea.
La co n trad icció n entre pulsión y razón que aparecía en térm inos trágicos
en Freud, historizada por la teoría del plus de represión, abría una vía utópica
para la vida feliz, para el goce casi pleno de la sensualidad, que llevaría en una
sociedad socialista a la e stetización de la vida. El Gran R echazo que exigía la
vida co n tem p o rán ea prom etía el logro de una “vida hu m ana au tén tica” en
una sociedad “no represiva”.
La notable expansión de la riqueza capitalista en el O ccid ente de posgue­
rra, sin em bargo, desm entía que la represión de los im pulsos libidínales fuera
inherente a las form aciones sociales contem poráneas. Entre los años 5 0 y 6 0
se observaba la expansión del consum o de la m ano de la evidente am pliación
de la vida e ró tica. El aum ento de la sensualidad de la vida no parecía in com ­
patible con la acu m ulación del capital ni co n la organización de la so ciab ili­
dad que g eren ciaba el E stado de Bienestar. La im p o sició n de una lógica
positiva, antidialéctica, elim inaba la no ció n de cam bio que no fuera el creci­
m iento cuantitativo.
I liicsasi )sicgo por el cierre del horizonte de cam bio social radical, de la re­
di u y u h h le lo p osible que ocasio nab a la in tegració n de laclase obrera en los
ideales consum istas, fue elaborad o por M arcuse en E! hom bre unidim en sion al
( 19 6 4 ). E ste texto apunta u n a estació n p e cu liar de la trayectoria teórica de
Marcuse. A diferencia de autores com o Benjam ín, Adorno y aun H orkheim er,
M arcuse se disting u ió p o r u n o p tim ism o h istó rico que no lo ab an d o n ó in ­
clu so en la torm enta del nazism o. La últim a etapa del p ensam iento de M ar-
cu se se a rticu ló co n los m o v im ien tos p rotestatario sy crítico s de la segunda
m itad de la década de 1 9 6 0 . E n to n ce s el pesim ism o de El h om bre u n idim en ­
sion al fue m atizado co n la em ergencia de nu evos sujetos del cam bio com o los
estudiantes, las m u jeres fem inistas, los grupos ecologistas, los sectores técni­
co s e intelectuales politizados, que en o pinión de M arcuse m antenía vigente
la idea de rev olu ció n y la aspiración a la felicidad.

4 . W alter Benjamín: materialismo histórico


y subversión del tiempo

De los autores de la prim era generación de la Escuela de Fran k fu n , W alter


B enjam ín ( 1 8 9 2 - 1 9 4 0 ) presenta el perfil más singular. El carácter extrem ada­
m ente co m p lejo de su prosa pertenece a una propiedad, la de su pensam iento,
que halla su sitio en una com prensión estética del conocim iento y de lo real. Esta
inteligencia n o deriva de la confluencia inestable entre el m esianism ojudio y el
marxismo adquirido luego, sino en ese continente del saber que es el de la morfo­
logía. Esa corriente intelectual inaugurada por J . W Goethe se plasma en Benja­
m ín en el fundam ental trabajo sobre Las afin idades electivas. La interm inable
controversia entre las lecturas que insisten en la persistencia del saber ju d ío y del
materialismo histórico en Benjamín, en su disputa, dej an sin formularla pregunta
por el horizonte que hizo posible esa coexistencia necesariamente inestable.
La m orfología es el suelo donde Benjam ín urdió una com prensión plástica
de lo h istó rico , que puede aco g er y violentar am bas bib lio te cas para c o n ju ­
garlas según las exigencias del m om ento. Pero no solam ente extrajo de allí su
m irada dialéctica (en co n traste con la heredada de H eg el), sin o qu e tam bién
derivó de esa fuente la n o ció n de “idea” que sostuvo su epistem ología sem ió­
tica. Idea designaba en Benjam ín lo originario, lo perdido, y lo que debía ser
recuperado. No es por azar que el texto donde esa noción fue fundam entada,
el “E rk en n tn isk rítisch e Vorrede" del estu d io sobre dram a b arro co ale m á n ,
estuviera encab ezad o por una cita de lo s m ateriales en to m o de la teoría de
los colores de Goethe. La precedencia del lenguaje sobre la filosofía de la h is­
toria se basaba en la on to -teolog ía de las palabras donde se nu tría su im agi­
n ación histó rica. En un p rim er m o m en to, aquel del orig en, el verbo divino
se hacia m u nd o, las palabras y las co sas no se distinguían. Pero ese lenguaje
se habría perdido en la vida alienada. La “idea” era precisam ente esa ocurren­
cia donde el pensam iento arquetípíco se hacía real. Ese m o m ento, donde ya
no hab ría n ostalgia de lo perdido sin o recreación del m u n d o , ad optó p ri­
m ero su m odelo en la reden ción y luego se radicalizó en la revolución.
A unque el estudio sobre Las afin idades electivas estuviera organizado bajo
la form a de te sis, an tí tesis y sin te sis, el c o n c ep to de dial éctica en B enj am in
poseía una arm adura muy distinta a la confiada m etafísica de su fundido h e-
geliano y m arxian o . Tem atizaba el c a m b io , pero en m odos m ú ltip les, an ta­
g ó n ico s, co n retrocesos, saltos y co n flicto s , sin d estin o s ni su p eracio n es
últim as. R eposaba e n lo s fragm entos, pero no era una m icro lo gía pues asp i­
raba a construir el horizonte de la experiencia. La certidum bre de que esa dia­
léctica se co n stitu y ó - c o n m atices que aquí no pueden ser e x a m in a d o s- en
una “epistem ología”, lo sugiere su relevancia para los trabajos consagrados a
la crítica del arte co m o para su am bicioso proyecto de reconstitu ción de la e x ­
periencia de la m odernidad en el París del siglo xix.
D iscutiré aquí el d o cu m en to m ás im po rtante de la filosofía de la historia
en B enjam in: las llam adas “tesis sobre e l co n cep to de historia” de 1 9 4 0 .
La in terv en ció n teórica de B en jam ín tam bién d epositaba en la h erencia
de M arx una esperanza de em ancipación. Pero que no se trataba de una o p e­
ración de “aplicación” de un cuerpo teórico-político externo preconstituido,
sin o de la in filtració n de u n cu erp o e x trañ o que lo tensio na in te rn am e n te.
“U n m u ñeco co n un traje turco, una pipa en la bo ca, sentado ante el tablero
que trastorna una am plia mesa. Por un sistem a de espejos se despertaba la ilu­
sión de que esa m esa era translúcida por todas partes. E n verdad tenía adentro
un enano jo ro bad o que era un maestro en ajedrez, y que guiaba a discreción la
m ano del m uñeco. E n la filosofía puede re presentarse un equivalente a ese ar-
tilugio. Debe ganar siem pre la m uñeca que se llama ‘m aterialism o h istórico”’.5

5 “Uber den B egriíí der G esch id ite", ese l texto de las “tesis", en G esam m elte S c h r ifte n J , 2 , Suhr-
kam p, FrankfurtAMain, 1 9 9 1 , p. 6 9 3 . l^ scira ssig u ien tessein d ica rá n en el texto po rlasigla BG.
¿C óm o sostener que ese m u ñeco llam ado m arxism o gane siem pre la par­
tida? Sin duda p o r las cu alidades del enano jo ro b ad o que m ueve a su gusto la
m an o , que de otra m anera perm anecería rígida o no produciría los efectos de­
seados. Exactam ente por esa introducción del enano al interior de la m uñeca
es plausible la victoria: “E llo puede adm itirse cuando [el ‘m atenalism o h istó­
rico’] tom a a la teología a su servicio (in ihrem Dienst nimmt), que hoy e s-c o m o
se s a b e - pequeña y o d iosa, y de todos m odos no debe dejarse ver” (Ibíd .). La
extrañeza del cuerpo “teología” es adm itidam ente intrusivo, desagradable.
E n la segunda “te sis” Benj am in co m ien za a desarrollar la cu estión m en ­
cio nad a tan m isteriosam en te en la prim era. E n ella discute la relació n del
tiem po co n la felicidad. El tiem po, generalm ente entendido co m o un trans­
currir sin cualidades, subordinaba la tem poralidad com o una instancia “tras­
cen d en tal” de la historia. La felicidad nada tendría que ver e n ello.
La propuesta de Benjam ín pertenece a un esquem a teórico muy diferente
al objetivista (ontológico o ep istem o ló gico). La no ció n benjam iniana de h is­
toria es la e x p o s ic ió n de las realizaciones y de los fracasos, del cu m plim iento
de la prom esa de la redención (felicidad) y de su destrucción. La experiencia
de un m u n d o y una biografía d o lorosos, de las deudas de felicid ad , no se
debe sólo a la debilidad, sino a las luchas donde hu bo v en c id o s. Ésa es la lógica
“a co n trap elo ” de la historia. D e allí una pregunta fundam ental: “¿Nos roza a
no so tros el m ism o soplo de aire que el que lo hizo sobre n u estros an teceso ­
res? ¿No está en co n co rd an cia co n el eco que hiere n u estros oídos el de los
desde ahora m utilados? ¿No tienen las m ujeres que hem os cortejado herm a­
nas que ja m á s co n o ce rem o s?” (BG , 6 9 3 - 6 9 4 ) . B enjam ín responde que sí.
Pero no podría encontrarse una relación causal entre el tratam iento de la his­
toria y el p rin cip io m eto n ím ico que n os co n ecta con esa infelicidad del p a­
sado. N arrar ese pretérito im plica una identificación voluntaria y la carga de
u n ad eu d a.
Podem os ver aquí que el co n cep to “teoló gico ” de la historia (que perma­
n ece aún sólo co m o in d ic a c ió n ) im plica un su puesto m etodológico, que d e­
n o m in aré principio m e t o n ím ic o , por el cual todo aco n tecim ien to rem ite
in m ed iatam en te a una histo ria o culta. L a s e m a n t iz a c ió n d e l a p o l í t i c a y d e la
h is t o r ia o p e r a tá c it a m e n t e d e s d e u n a t e m p o r a lid a d h a c ia la o t r a . Benjam ín llama
ilu m in a c ió n a la estru ctu ra del m o m ento -m ó n a d a y f e n ó m e n o o r i g í n a r i o -
donde tiene luga ría verdad en la historia b ajó la forma de im á g e n e s d ia lé c t ic a s
y cuyo m étodo e se l m o n t a je .
La historia marxista tiene una responsabilidad: liberar a la tradición de las
garras de los opresores. Es una sensibilidad que no responde ajustadam ente
al m arxism o objetivista-evolucionista. A llí no interviene la su bjetividad. En
cam bio la perspectiva de Benjam ín aduce que la esp eran za es una convicción
sin la cual la co n stru cció n del saber histó rico , tal com o él prefiere, n o es p o ­
sible. La llamada esperanza no es otra cosa que el quiebre de la determ inación
lan habitual en la ideología fisicalista. E s deseo de interv enció n política de la
historia en las cadenas de discursos que se cruzan con prácticas. La esperanza
va m ás allá de lo dado para abrir el ám bito de lo posible. El recuerdo activo, la
rem em oración (E in geden ken ), establece esa posibilidad.
Es, enton ces, en la práctica política donde la historia existe. Fuera de ella
es nada: n o posee efectos. La oportunidad para escribir la historia no está ga­
rantizada: “La verdadera imagen del pasad o pasa rápidam ente. El pasado es
retenido sólo co m o una im agen que es percibid a com o en un relám pago en
el instante de su cognoscibilidad, que jam ás volveráa ser visto” (BG , 6 9 5 ). Por
el co ntrario, una p o sición co m o la del “h istoricism o" que se lim ita ilu soria­
m ente a describ ir el devenir del m u nd o, tiene u n im aginario o b je to etern o ,
siem pre allí. La historia historicista n o tiene historia.
Benjam ín reclam a lo opuesto para el materialism o histórico. El m arxism o
es perspectivista, y tiene la arrogancia de elegir sus o b jetos. La esperanza de
que el co n o cim ien to de esos o b jeto s sea útil no depende tanto de su ad ecu a­
ció n realista co m o del papel id e o ló g ico -p o lítico del sab er elaborad o en un
co ntexto de disputa.
¿Es siem pre el co n cep to de progreso reo de las im pugnaciones que B e n ja­
m ín co n tan bu enas razones le endilga? Aun Adorno, con la desconfianza que
le cau saba que desp u és de A uschw itz se h ablara tan lig eram en te de “p ro ­
g reso ”, elabo rab a la idea de que filo sófica m en te el co n c ep to podía actuar
co m o crítica de la realidad. Quizá la n o ció n de reden ción tan propia de la vo­
luntad de rev olu ció n o cu lte, tam bién e n B enjam ín, una m etáfora de p ro ­
greso. La tarea negativa de B enjam ín atina al co m ien zo de una crítica del
ev o lu cion ism o en p o s de una in te rv e n ció n en una in stan cia (lo real) que,
co m o el capitalism o, no m orirá de m u erte natu ral.
Se com prende entonces que el tiem p o-a h ora sea el proceso mism o de la re­
volución o la acción ju sticiera. El tiem p o-a h ora es la inversión de la evolución
u n iform em en te variada. Existe, pues, una relación de h o m o log ía en tre el
proced im iento su bjetivam ente sobredeterm inado de co n stitu ción político-
narrativa de la historia y la disputa em ancip atoria de las g eneraciones pasa­
das (y actuales) por su lib eración. “La histo ria”, no s dice B enjam ín, “es el o b ­
je to de una co n s tru cc ió n cu yo lugar no lo form a el tiem p o h o m o gén eo y
vacío, sino el tiem po-ahora (Jetztzeit) pleno. Así era paraRobespierre la anti­
gua Rom a, un pasado cargado co n tiem p o -ah o ra, que hacía saltar fuera del
co n tin u u m de la historia” (B G , 7 0 1 ).
La práctica historiadora deseable es concebida por Benjam ín bajo el régi­
m en de la política: “La p o lítica - d i c e - o sten ta el prim ado so bre la h isto ria”.
Esta su prem acía señala que no se trata de una relación de contigüidad entre
segm entos tem porales. Del pasado al presente se podría postular una yuxta­
p o sición dada por el transcu rrir propio y o b jetiv o del co sm os; del pasado al
ahora (qu e es siem pre n u estro) existe una relació n de d eseo , de req u eri­
m ien to , de au x ilio , que sale de toda linealidad. El tiem p o -a h o ra para B e n ja­
m ín constituy e el aco n tecim ien to total de la historicidad: la transform ación
radical del m u ndo, la creación de la felicidad, la elim inación del sufrim iento,
la venida del m esías, es decir, la revolución.
La teoría, el p rin cip io co n stru ctiv o , es la clave que in fo rm a a la h istoria,
que por ende no se acu m u la, sino que se construye. La clave es que lo s signos
hered ad os de los a co n te cim ien to s pasados só lo interesan en la m edida en
que ingresen en nuestros esqu em as de inteligilibilidad dictados po r n uestra
voluntad política y estética. Son las esperanzas presen tes las que aprovechan
la produ ctividad de sentido de aquellos signos, que co m o en los éxtasis nos
im pactan de un m odo diferente a las experiencias de un m undo doloroso. El
im pacto es com o el de la revolución, que es superior pues trastorna ese mism o
m undo trágico. El co no cim iento , enton ces, no s enseña a experim entar el éx ­
tasis de la lib eració n y la felicidad. B en jam ín alude a este efecto su bjetiv o
co m o la experiencia del pasado en cu anto “m ónada”, es decir, co m o el sh ock
que exp erim en tam o s en el am or o en el “instante de peligro”. La ruptura del
presente, el descom poner la cadencia del tiem po, es la virtud más im portante
del saber histórico, y ello por su capacidad de enseñanza sobre las capacida­
des h u m anas de ir m ás allá de la instrum entalidad rep roductivay estru ctu ­
rada del m undo social.
¿Cuál en esta teoría es la especificidad histórica del pasado? Sin duda no
que h a y a pasado. Si B en jam ín aceptara esa d efin ició n estaría en co n tra d ic­
ción : el pasado sería establecido en la instancia objetiva del tiem po có sm ico
y la historiografía tendría razones para reclam ar un cam po propio de análisis.
U historicidad de Benjam ín no corresponde con la facticidad. Por en contra­
rio, es la aprehensión historiadora actu al la que confiere de carácter histórico
a la facticidad que ún icam ente es tal si pertenece a nuestra co n cep ció n de la
historia. La histo ricid ad de u n su ceso está dada por el recuerd o que realiza­
mos en el presente. Por eso la filosofía de la historia de Benjam in es quizá más
exactam ente una teo ría d e la m em oria.
La deriva de la histo ria en m em o ria hace em erger la cu e stió n de la d ife ­
ren cia h istó ric a . B e n ja m in , en su p e rsp ectiva d ialé ctica tan particu lar, su ­
braya la prevalencia del presente sobre la presunta m ism íd ad de lo pasado.
Esa bú sq u ed a de p o litiz a ció n que es tam bién una e ste tiz a ció n se hace en
n o m bre de las g e n e ra c io n e s o p rim id as v en cid as. Pero B e n ja m in no n o s
p rovee del d e re c h o a n arrar un a h isto ria de lo s v e n cid o s. ¿De dónde o b ­
tiene su s cré d ito s u n h isto riad o r b e n ja m in ia n o para “rec u p e ra r” la e x p e ­
riencia de un o brero de M anchester en 1 7 9 0 ? ¿No hay en la “actu alizació n ”
u n fo rzam ie n to , un a nu ev a o p re sió n , so b re aqu el su je to ex p lotad o ? La
perspectiva teoló gica su tu ra la d iferen cia histó rica, p ero n o está claro que
ello esté ju s tific a d o , y m en o s aú n (para n o salir d el e sq u em a de p e n sa ­
m ien to de B e n ja m in ) qu e sea p o lític a m e n te ú til. Por e je m p lo , e scrib ir
sobre “los do m in ad o re s” en todo tiem p o d esd ibu jaba la particularid ad de
la d o m in ació n n azi de la d écada de 1 9 3 0 . Si la h isto ria está co n stitu id a
siem p re p o r “estad o s de e x c e p c ió n ”, ¿en qué se d istin g u e la a n iq u ilació n
ju d ía del nazism o de la n o ch e de San Bartolom é?
Sin em bargo, el co n cep to de historia que atraviesa la reflexió n de B en ja­
m in no debe ser entend id o solam ente co m o un ej e rcicio especulativo, sino
que es m ás adecu ado co m p ren d erlo co m o un prefacio a u na investigación
“em pírica” sobre la historia de la m odernidad en la París decim onónica. Sólo
en ese espacio d onde la com pu lsa de fuentes posee una im portancia radical
es que se extienden las tesis histórico-filosóficas.

5. Jürgen Habermas: hacia una racionalidad


“posmetafísica”
J. H aberm as (1 9 2 9 ) fue el heredero de la primera generación de la Escuela
de Frankfurt y adoptó un cam ino propio que refiguró globalm ente su len-
g u ajey sus co ncep to s lundam entales, aunque no haya renunciado a sus pre­
tensiones ético-políticas m ás hondas.6 En lo q u e de la tradición frankfurtiana
aquí co m p ete, sin em bargo, el quiebre elaborado por Habermas pretende ser
m ás radical. En efecto , en su obra m adura, declara que su teoría de la acción
co m u n icativ a es u n a alternativa para su perar la filosofía de la h isto ria que
había cond u cid o a la teoría crítica al fracaso. El co n texto histórico del pensa­
m iento haberm asiano era m uy diferente al que prim ó para sus predecesores.
La crisis del m u nd o burgués ya no era evid en te en la sociedad opulenta del
o ccid en te capitalista de posguerra. La reco n stru cció n de Alem ania y la tra­
m itación del pasado nazi situaban tam bién otros desafíos.
La recuperación del co n cep to de racionalidad precedía a la reevaluación
de la ilu stració n y la m o d ern id ad . Para ello H aberm as propuso distinguir
entre la acció n dirigida a fines (teleológ ica) que caracterizaba el ám bito de la
“razón instru m ental” y el obrar ling üístico-com unicativ o.
E n la filosofía de Lukács, que había ubicado en el proceso de trabajo el na­
cim iento de la alienación, existía u n sitio donde la “cosificación” del mercado
capitalista podía ser superado (la acción revolucionaria de la clase obrera di­
rigida por su a u to co n cie n cia, el p artid o ). En la de A dorno y H o rk heim er la
cosificación, el p ensam iento identificante, era derivada de la relación su jeto-
o b je to , y p o r ende d escansaba en el viejo tándem de las filosofías de la c o n ­
cien cia.7 Tam poco ellos n o elaboraron la relación su jeto-su jeto mediada por
el lenguaje cuya ausencia H aberm as reprochara ya a M arx.
La in terlo cu ció n con la herm enéutica im pulsó a Haberm as hacia una de­
fin ición de su p roy ecto de una “teoría crítica de la so cied ad ”. En efe cto , su
disputa co n H . -G . G adam er sobre la necesidad de com plem entar la herm e­
néutica filosófica co n una crítica de la ideología y su oposición a la pretensión
de universalidad de esa herm enéutica a través de un program a de investiga­
ció n so cial co n base em p írica, derivó en la d oble tarea de fundam entar una
teoría de la co m u nicación y de constituir una propuesta de sociología que no
se agotara en la lingüisticidad.8
La form ulación de una teoría de la sociedad se constituyó com o teoría de la
evolución en la prim era mitad de la década de 1 9 7 0 . En Zur Rekonstruküon des

6 Cf, una discusión m ás am plia sobre H abermas en el estudio de Esteban Speyer en este volum en.
?J, H aberm as, le o n a de }a acción com unicativa. ¡, C ritica d e la razón ju n cio n a h sta ,T n m u $ , Madrid,
1 9 9 9 , p. 4 7 2 - 5 0 8 . En adelante citaré esta obra de 198 1 e n d o s volúm enes com o TAC, I ó 11, en el
cuerpo del texto.
8 Sobre el debate Gadam er-H abermas, cf. el estudio de Esteban Lythgoe en este m ism o vo 1am en .
historischen M ateríalismus (1 9 7 6 ) se plasmó ese proyecto que supuso un intento
de “desm ontar una teoría y luego (...) recom ponerla en forma nueva con el
único objeto de alcanzar m ejor la meta que ella mism a se ha im puesto: tal es el
modo norm al de habérselas con una teoría [el m arxismo] que en algunos pun­
tos necesita una revisión, pero cuya capacidad estimulante di sta m ucho de estar
agotada”.9 Tres eran las tareas a realizar: 1) despejar toda filosofía de la historia
sin derivaren u n planteo positivista, 2) estudiar los fundam entos norm ativos
de la teoría m arxiana, y 3) establecer el lugar de la acción com unicativa en la di­
námica del cam bio sociohistórico propuesto por el m aterialismo h istórico.
El nervio de la p ropuesta “m aterialista h istó rica1’ de H aberm as consistió
en defender la idea de que el desarrollo del yo m uestra en el nivel o nto g ené­
tico el proceso de form ación de m o d o s h istó rico s de vida so cial ling ü ística­
m ente m ediada. Las so cied ad es se p o d rían ordenar p artiend o desde las
form aciones m ás sencillas a las m ás co m p lejas siguiendo los patrones del yo
e im ágenes del m u ndo que organizan el o brar com u nicativo. Tales esquem a-
tizaciones no tenían un correlato historiográfico necesario. N o eran traduci­
bles inm ed iatam ente a un programa de investigaciones histórico-em píricas,
sino que se m antenían en el nivel teórico, en todo caso utilizables para el dis­
curso práctico al m odo de la idea de historia universal en K ant: “la aplicación
diagnóstica de las teorías evolutivas ún icam ente tiene sentido en el contexto
de la co n stitu ción discursiva de la voluntad, esto es: en una argum entación
práctica en la cual se trata de averiguarpor qué en ciertas situaciones ciertos ac­
tores eligen ciertas estrategiasyciertas norm as de acción en lugar de o tras”.10
Esas construcciones “universales”, desde luego y contra Habermas, pueden ser
vistas co m o e tn océn tricas y parciales.
Cinco años m ás tarde Habermas publ ico su Teoría d é la acción com unicativa,
que continuaba y m odificaba la teoría de la evolución. Allí partía del últim oes-
tadio, la m o d ern id ad , siguiendo a M ax W eber en su teoría del d esen can ta­
m iento del m u ndo (TA C , l,p . 1 9 7 y s s .;ll,p p . 4 6 2 -4 6 9 ) . La legitim idad de
la sociedad que antes proveía la religión se escind ió en los ám b itos profanos
de la ciencia, la moral y el arle. En éstas se verificó un proceso de “especializa-
ció n ” que las alejó de la com u nidad de habla cotidiana y dism inuyó sus po­
tencias para co n trib u ir a la co n stitu ció n de norm as. A unque la ilu stració n

’ J . Habermas, La reconstrucción del m aterialism o histórico, Taurus, Madrid, 1 9 8 3 , p. 9.


10 Ib íd ., p. 23 2 .
confió en poder derivar las elaboraciones de las elites en esos ám bitos para la
“ilu m inación” del resto de la sociedad, la autonom ízación creciente en “sub­
sistem as” las privaba crecientem ente de realizar esa confianza progresista. A
ello debía agregarse el desacople entre el m u ndo de la vida regido por la ac­
ció n co m u nicativa y el “sistem a” de la eco n o m ía capitalista y del Estado de
Bienestar. A unque H aberm as era am biguo en lo que co n ciern e al W elfare
S tate, en ese caso y en el de la m ercantilízación de la vida, la m odernidad que
se liberó del autoritarism o feudal a través de la publicidad ( O JJen tlkhkeit), ha
produ cido una colonización de la m ism a po r el sistem a regido por la acción
racional -teleológica que im pide la co n stitu ción de formas nuevas de convi-
ven ciaso cial. El desacople dio paso a la colonización.
La oclu sió n de la racionalidad del m u ndo de la vida por la racionalidad
in stru m e n tal im p lica una crític a so cial p o rqu e al ser elim in ada la eficacia
creativa de la co m u n icación se rep rim en sus potencias. La co n stru cción in ­
tersu bjetiv a de no rm as y proy ectos co m u n es, al ser realizados m ediante
actos de habla, suponen idealm ente una serie de requisitos que está constre­
ñid o a cu m p lir todo particip ante e n el in tercam bio lingüístico (preten sión
de validez, ex on eració n de co ercion es, actitud hipotética, presentación de
razones o pruebas, etc.). Tales exigencias de la situación m oderna de habla
prom ete la constitución de una imagen crítica de 1m u ndo, que para Habermas
puede ser considerada la más universal en la m edida que es la más abstracta y
so bre todo porque puede dar cu enta de los horizontes herm enéuticos de
otras culturas tanto co m o de las pérdidas de sentidos respecto de ellas o res­
pecto del pasado de las sociedades hoy m odernas (TAC, 11 ,5 6 7 -5 6 8 ).
I,a construcción de la teoría de la acción comunicativa restablece los crédi­
tos del proyecto ilustrado al consolidarse a través de una idea de racionalidad
no basada en la filosofía de la conciencia y que no aspira a una fundam entación
última. Sin em bargo, es suficientem ente sustantiva com o para reclamar la su­
perioridad histórica del tipo de acción que la preside com o parte de una repre­
sentación em ancipatona de la historia. Es así com o Habermas se constituye en
defensor de una narrativa de la razón donde la m odernidad aún tiene tareas
que cumplir. En esa tarea es que se ha destacado com o un crítico del posm o­
dern ism o , que él califica com o un sim ple y llano conservatism o. En el seno
de esta po sición abrigó tam bién sus interv encio nes en las disputas sobre la
historia alem ana co ntem p o ránea (co m o en la H istorikerstreil) y el “uso pú ­
blico de la historia”.
Coda

Entre la búsqueda de una teoría social no positivista y la intenciónpráctica, las


cuestiones de la racion alidad y del progreso aparecen com o las fundam entales
para la com prensión de las preocupaciones histérico-filosóficas de la Escuela
de Frankfurt. El gran obstáculo para sostener una alternativa a la colonización
del mundo por la racionalidad técnica estuvo dado por la carencia de una pro­
puesta consistente por parte de la prim era generación. El sesgo crítico-nega­
tivo de A dorno y H orkheim er, sin em bargo, quiso ser superado por M arcuse
y Benjam in. E n el prim ero por una erótica general. En el segundo, p o r una
m orfología politizada de la historia co m o discontinuidad vengadora. En
am bos casos el voluntarism o prim a sobre la capacidad de la teoría para ser re­
futada y conve rtida en acción política. La estrategia de H aberm as, propia de
otro m om ento histórico, im plica una recon strucción del proyecto de la ilus­
tración q u e , en una era posm odem a, se halla sitiada por las críticas al etnocen-
trismo d e su evol ucionism o y de su idea “universal” de razón.
Bibliografía recomendada

B u ck -M orss, S usan, O rigen d e la d ia lé c tica n egativa. T h eo d o r W A dorno, W alter B en -


ja m in y el Instituto d e F ra n k fu rt, Siglo X X I, M éxico, 1 9 8 1 .
Jay, M artin, L a im a g in a c ió n dialéctica. H istoria d e la E scuela d e Fran kfu rt y el Instituto de
Investigación S o c ia l (1 9 2 3 -1 9 5 0 ), Taurus, M adrid, 1 9 9 1 .
R u s c o n i , Gian E n rico , T eoría critica d e la s o c ied ad , Martínez R o c a , Barcelona, 1 9 6 9 .
M c c a rth y , T h om as, L a teo ría critica d ejü rg en H a b erm a s, Tecnos, M adrid, 1 9 8 9 .
Estructuralismo e historia
Jo s é S a z b ó n

La oposición o fricción entre los co n cep to s de E structura y de H istoria - a


propósito de su respectivo alcan ce h e u rístico y radio co g nitivo o la alterna­
tiva de su bo rd in ar u n co n c ep to al o tro o b ie n articu lar a am b o s paritaria­
m ente en el seno de te o rías g e n e ra le s -co n stitu y e u n o de lo s cap ítu lo s m ás
in teresan tes de la h isto ria in telectu al del siglo xx. E n él se co n d en san una
trama de perdurables alteraciones e n el pensam iento im perante hacia m edia­
dos de siglo qu e in cid irán tanto e n el d iseñ o de m o delos de las cie n cias h u ­
m anas co m o en la e x ten sión de program as filosóficos y, m ás en general, en la
co n sid eración recíp ro ca de la filosofía y las cien cias so ciales. Asim ism o, las
prolongaciones de esa m u tación incidirán en las actitudes m ás difusas su sci­
tadas por la decan tació n de un nu evo sen tid o co m ú n que progresivam ente
fue co n vi rtiendo en m oneda corriente los ideologem as nacidos del em pobre­
cim iento paulatino de los argum entos innovadores.
H acia m ediados del siglo xx, la afirm ación de la n o ció n de estru ctu ra en
las cien cias hum anas y sociales indu jo u n m ovim iento renovador q u e , tanto
por la dilatación de sus áreas de aplicación com o po r la evidencia de una in s­
piració n un iform e tras lo s distintos m o d elo s inv olu crad os, asu m ió rápida­
m ente el n o m bre g en érico de “E stru ctu ralism o ”. De las m atem áticas a los
estudios literarios, de la lingüística al psicoanálisis, de la exégesís de m itos ar­
caico s a la crítica cu ltu ral co n tem p o rán ea, un m ism o im p u lso estru ctu ra-
lista, variadam ente especificado, su scitó enton ces la im presión de que, en el
plano del m étodo, se hab ía vuelto factible aquella co nflu encia que los ad ep ­
tos del C írcu lo de V iena co n cib ie ro n co m o una “cie n cia u n ificad a”. A sí, en
los año s 6 0 y en Francia -e s ce n a rio privilegiado de esta e x p a n s ió n - resultó
natural que los epistem ólogos se refirieran a tal un ificación co n térm inos c o ­
lectivos co m o “cie n cias estru ctu rales", “m étod o s e stru ctu rales”, “lógica de
las estru ctu ras”, etc. C iertam ente, la ju stific a ció n de ese ecu m en ism o de un
tipo de proced im iento intelectivo vastam ente plegado a una m ultitud de o b ­
je to s p articu lares estaba dada po r la form alidad y generalidad de la n o ció n
m atricial. “Estructura”, en efe cto , designa un co n ju n to de elem entos m u tu a­
m ente solid arios que co n fo rm an una totalidad autorregulad a cu yo eq u ili­
brio es tal que la m o d ificació n de un co m p o n e n te altera y recon fig ura el
c o n ju n to ; y “m étod o e stru ctu ral” es, p or su parte, aquel que perm ite po n er
e n e vid en cia esa tram a relacio n al, las propiedades de los elem en tos y sus
leyes de fu n cio n am ien to , trasvasan do las entid ad es y sus o p eracion es a un
m odelo descriptivo.
La plu ralid ad de tales m o d elo s y los diferentes prop ó sito s a los qu e ser­
vían e stim u laro n la co existen cia de m uy d istintas v ersiones del m étod o es­
tru ctu ral, e je m p lificad as (para m e n cio n ar u n as p o cas) p o rla s teorías de la
form a o del cam p o (G e sta ltth eorie, F ield T h eary ) y po r el estru cturalism o ge­
nético en p sicología; por el estru ctural-fu ncio nalism o en sociología yen a n ­
tro p olog ía; p o r la teoría de los ju e g o s (C arn es th eo ry ) en e co n o m ía y en
ciencia política, etc. A la luz del posterior desarrollo de la historia intelectu al,
se pueden apreciar algunos rasgos externos com u nes a la gran mayoría de las
vertien tes estru ctu ralistas que se abrían paso en las cien cias especiales: 1)
ellas se d esenv o lvían en el seno de m arco s d iscip lin ario s que fijaban el a l­
cance operativo de sus hallazgos; 2 ) e n co nsecu encia, m ás allá de convalidar
las prom esas de la inspiración estru ctu ral, no poseían una vo cació n ex p an ­
siva en cu anto fórm ulas que, exitosas en un dom inio, pudieran extrapolar su
validez a d o m inio s diferentes; 3 ) esa m ism a auto con tención las alejaba de la
tentación de proponerse corno piedra de toque de la plausibilidad de po stu ­
lados filosóficos o form as de co n cien cia u h o n z o n te sa x io ló g ico s.e sd e c ir de
m odalidades asertivas generalizantes cu yo rango no es conm en surable con
el del co n o cim ien to parcelado de las cien cias hum anas particulares; 4 ) lim i­
tadas, por últim o, en cada caso a audiencias sectoriales en el seno d éla co m u ­
nidad cie n tífica, su recep ció n no su p eró esos m árgenes, sus desarrollos no
m ovilizaron el interés de un público am pliado, su léxico no alim entó una re­
tórica de co nsum o mediático ni sus practicantes accedieron a un plano de vi­
sibilidad notoria.
U na ex ce p ció n dentro del cu adro general f u e la constituida por la o rie n ­
tación alentada por el antropólogo Claude Lévi-Strauss (1 9 0 8 - ), quien sentó
las bases de una expansión transdisdplinaria que decantó un saber transver­
sal en las cien cias hum anas y m ovilizó luego ese saber co m o un eficaz disua­
sivo de algunas im perantes posturas filosóficas, trascend iend o , finalm ente,
los ám b ito s acad ém ico s hasta crear un p oderoso estím u lo in telectu al e n la
opinión culta, aparentem ente receptiva a lo que cabría llam ar una “m utación
de paradigm as” en el p ensam iento co n tem p o rán eo . En la m edida en que las
brillantes realizaciones de la versión lévistraussiana del m étod o estructural
su pon ían un releg am ien to de lo s d atos y el tipo de co m p re n sió n que su m i­
nistraba el co n o cim ie n to h istó rico así co m o una fu erte m arginació n del
papel de la co n cien cia e n e l com portam ien to social, el paradigm a em ergente
fue valorado en razón de su aptitu d para d e scu b rir reg u lacion es cu ltu rales
que se ejercían en un plano inconsciente y, a la vez, dislocado de las co n tin u i­
dades accesibles al historiador. U no y otro aspecto - la detección de un sustrato
inconsciente de las operaciones conscientes de la m ente y la reconstrucción de
ese sustrato com o una organización form al, inafectada por la contingencia his­
tó r ic a - fueron entendidos por Lévi-Strauss co m o la herencia ejem p lar del es­
tru ctu ralism o lin g ü ístico y fo n o lóg ico qu e fecundaría a las disciplin as
sociales perm itiéndoles acceder al estatus de verdaderas ciencias. De esta m a­
nera, el difu ndido prestigio de la no ció n de estru ctura entre los p racticantes
de las cien cias hu m an as quedó aso ciad o, en la o rien tació n lévistraussiana,
con posiciones de principio que volvían sospechables el papel de la co n cie n ­
cia en la p rodu cción de significaciones y el aporte de la historia a la dilu cida­
ció n de los resortes profundos que harían inteligible su función. Es oportuno
tratar su cesivam ente esos aspectos.
La secundariedad de la co n cie n cia e n la génesis de las significaciones e s ,
para Lévi-Strauss, una de las enseñanzas princip ales de la aplicación del m é­
todo fonológico de Trubetzkoy que é l, po r su parte, considera form alm ente
ex ten sible al estudio de los problem as de p arentesco . Así co m o el lingüista
ruso bu scaba las leyes generales d e los sistem as fonológicos en el nivel d e la
infraestructura in co n scie n te de los fen ó m en o s lin g ü ísticos co n scie n te s, el
antropólogo francés, en un tem prano (1 9 4 5 ) artículo-program a, se propuso
transponer el procedim iento a su propio cam po guiado por el desiderátu m de
un hallazgo de leyes que convalidara a la disciplina co m o una cien cia so cial.
Puesto que los térm inos de parentesco constituían, al igual que los fonem as,
“elem entos de sig nificación” y que esa significación la adquirían por su inte­
gración en sistem as, la p ostulación general de Lévi-Strau ss sería que los sis­
temas d e p aren tesco ,co m o los sistem as fonológicos, eran elaborad os por el
espíritu “en el plano del pensam iento in consciente”; alcanzado tal nivel, que­
daba abierta la posibilidad de apreciar, en ese tipo de fenóm enos, “el ju ego de
leyes generales, pero ocu ltas”.1
La necesaria tran sició n del plano de lo s fen ó m en o s co n scie n te s al de su
estructura in c o n s c ie n te -c o n la consigu iente adscripción de aquéllos a prác­
ticas so ciales de ilusoria auto com prensió n y de ésta a la tram a relacional e n ­
cu b ie rta que el m odelo d escu bre co m o su clave e x p lica tiv a - co nstitu í rá el
reiterado gesto científico que Lévi-Strauss eleva a profesión de fe teórica. “Prin­
cipio fundam ental” de su no ció n de estructura es que ésta no rem ite a la reali­
dad em p írica, sin o a los m odelos co nstru id o s a partir de ella; pasar de la
primera a los segundos supone dejar atrás la “estructura aparente” para acceder
a la “estructura profunda”, teniendo presente que las elaboraciones conscientes
se in terp o n en com o “o bstácu los” en esa tarea (A E , 2 5 1 -2 5 4 ) . El concep to de
estructura así entendido, co n su partición inflexible consciente/inconsciente
(y sus homologas: manifiesto/encubierto, empírico/construido, ilusorio/cons­
titutivo, etc.) dilató sus áreas de aplicación desde las relaciones de parentesco
hasta un co n ju n to m uy am plio de p rácticas y creaciones culturales, entre las
cuales lo s m itos indígenas ocupan un lugar de excepción p o r la vastedad del
estudio a ellos dedicado y asim ism o por algún ocasional co tejo de sus atribu­
tos co n los de la ideación h istórica. A la luz de los reclam os de cientificidad y
del alcanzado ideal de un co n o cim ien to o bjetivo que Lévi-Strauss atribuye a
la inspiración lingüística de su antropología e stru ctu ral-la cu al, co n el eje m ­
plo paradigm ático de Trubetzkoy, se apoyaba e n las virtualidades heurísticas
del acceso al in c o n s cie n te -, es interesante retener el cotejo que el autor hace
entre la historia y la etnología. Am bas d is c ip lin a s-a firm a - tienen el m ism o
o b jeto (la vida so cial) y el m ism o o bjetivo (u n a m e jo r inteligencia del h o m ­
bre) , pero se d istinguen una de otra p rincip alm ente po r la e lección de pers­
p ectivas com plem entarias: “la historia organiza sus datos en relación con las
e x p re sio n e s co n scie n te s de la vida so c ia l, y la etnolo g ía en relació n con las
condicion es inconscientes" (A E, 19). C onviene, entonces, volverla atención
a la percep ció n lévistraussiana de la historia para a p re ciarm e jo r lo sco n to r-
n o s de la prob lem ática que la o p one, en cu a n to r e sg estae, a la estru ctura y,
co m o historia reru m gestaru m , al Estructuralism o.

1Lévi-Strauss, Claude: Antropología estructural ( 1 9 5 8 ), trad.: Elíseo Verón, Eudeba, Buenos Aires,
1 9 6 8 , p. 3 2 . (En adelante: AE seguido del N° depágina.)
I•I punto de partida para esta disquisición reside en la opción decisiva que
•■i11ione el m en cion ad o “p rin cip io fu ndam ental”: co n tra otras versiones del
r-.i i ucturalismo a n tro p o ló g ico -b ie n representadas en el m étodo condu cido
Iwir el inglés R ad cliffe-B row n -, L évi-Strau ss defiende la ín d o le irreductible
ilcla estructura social a las relaciones sociales existentes, así co m o el carácter
¡mi ficial de las reglas de p aren tesco , n o derivable de los lazos biológicos. En
i «i Kisición a la deriva naturalista de las instituciones sociales y a la fijación em -
I >insta e n e l diseño de los m o delos correspondientes, Lévi-Strauss establece
r<m firm eza la d isco n tin u id ad de lo s n iv eles; su n o ció n de la “estru ctu ra”,
|e)i*sde incorporar de entrada el registro de un co n ju n to de h ech os observa­
dos, co nd u ce a un tip o de m odelo de e labo ración y de in telig ibilid ad lógica
n i un sentido acord e co n el im pulso inaugural de la lingüística saussuriana,
basado en la inteligibilidad de la lengu a com o un sistem a de relaciones n e ce ­
a r ía s sólo accesible m ediante un enfo qu e sin crónico. En cu anto sistem a de
signos, la lengua es aprehendida siem pre en uno de su s estados, es decir, en
un m om ento de equ ilib ración de sus un idades, el que co rresp o n d e a lo que
Saussure llam a “el e je de las sim u ltan eid ad es”, m etód icam en te o p u esto al
“eje de las su cesiones”, el cual rem ite a las alteraciones del sistem a a través del
i icm poy, p or tan to , a la histo ria y la e v o lu ción (Saussure prefiere h ab lar de
"diacronía”). La ejem plaridad de la iniciativa saussuriana -s u bachelardíano
"corte e p iste m o ló g ic o "- reside en el deslind am iento rigu roso de la lingüís-
i tea estática respecto de la lingüística evolutiva con el co nsigu iente prim ado
cog noscitivo de la p rim era, ya que indagar las m u tacio n es del sistem a im ­
plica saber có m o el sistem a está constituido.
Lévi-Strauss, quien repetidam ente ha invocado la obra de Saussure y de su
escuela com o paradigm ática para las disciplinas h um anas y sociales, reasume
por su cuenta, en el terreno antropológico, la idea de que la inteligibilidad de
los fenóm enos sociales debe buscarse en el sistem a relacionalclel que form an
parte y que ese o bjetivo sólo es obten ible asumien do una perspectiva sin cró ­
nica de la que, por definición, está ausente la tem poralidad histórica. La pro­
longación co n sisten te de esa a ctitu d , acom pañada de una co n cep ció n de la
historia (resg esta e) co m o su cesión de hech os discretos y dispersión “aconte-
cim iental” cuyo co nocim iento es, para la etnología, instrum entalm ente servi­
cial pero co n cep tu alm en iesu baltern o ,realzaa la estructura co m o verdadero
o b je to teórico y, en el m ism o m o v im ie n to , relega a la d iscip lin a que provee
aquel tipo de in fo rm ació n (h istoria r eru m g esta ru m ) a un estatus categ orial
ancilar respecto del m étodo cien tífico privilegiado, el Estru ctu ralism o.2Tal
es la situación que delinea la correlación distintiva historia-etnología cuando
Lévi-Strau ss vuelve m ás específica la co n ex ió n intern a a esa división del tra­
bajo acad é m ico . Pues el e tn ó lo g o , en su o p in ió n , tom a en co n sid eración
tanto lo s procesos h istó rico s co m o las ex p resion es co n scien tes de los fenó­
m eno s so ciales, pero só lo co n el fin de “elim in ar todo lo que ello s d eben al
aco n te cim ien to y a la refle x ió n ”; lo que le im p o rta es trascend er “la im agen
co n scie n te y siem pre diferente que los h o m b re s se form an de su devenir”
para arribar a “un inventario de posibilidades inconscientes” cuyo repertorio
prov ee, en definitiva, “un a arquitectu ra lógica a [los] desarrollos histó ricos”
(AE, 2 3 -2 4 ) . Los térm inos so n inequívocos y rem iten a uno de los propósitos
m ás am b icio so s de L évi-Strau ss, declarado, entre otros lugares, en un diá­
logo filosófico co n Paul Ricoeur. C uando e n esa ocasión este últim o entendió
que el asedio lévistraussiano a un “inventario" de esas características asumía
la form a de u n “k antism o sin su jeto trascend ental”, la descripción fue acep ­
tada sin sobresaltos por su interlocutor, para quien el bu scado “inventario de
las co n striccion es m entales” podía, sí, recordar a K ant, pero co n la diferencia
de q ue, en este caso, la indagación se situaba fuera de la propia cu ltu ra, des­
p lazándose a los lím ites m ás alejad os. M ed iante tal “transp osició n de la in ­
vestigación k an tian aal dom inio etn o ló g ico ”, el antropólogo estructuralista
buscaba determ inar “las propiedades fundam entales y constrictivas" válidas
para todas las m entes, cualesquiera fu eren las sociedades involu cradas.3

1 En distintas oportunidades, Lévi-Strauss buscó atenuar esa relación de subordinación. Así, en el


párrafo final de D u m íelau x cendres (Plon, París, 1 9 6 6 , p. 4 0 8 ): “Al afirmar resueltamente sus pre­
tensiones. ..e l análisis estructural no rechaza la historia. Al contrario, le asigna un lugar de prim er
plano: el que por derecho corresponde a la contingencia irreductible sin la cual no se podría con-

elp o d e ry la inanidad d elaco ntecim iento ”.


3 Lévi-Strauss, Claude: “Ré penses a quelques questions”, Esprit, N" 3 2 2 , París, noviem bre 1 9 6 3 ,
p p . 6 3 0 y 6 3 3 . El autor se refiere a la siguiente caracterización que hace Ricoeur del “Inconsciente”

n al, com bin atorio... un sistema categoría! sin referencia a un sujeto pensante". (Cf. Ricoeur, Paul:
“Structure et h erm éneu tique”, en el m ism o N° de Esprit, p. 6 0 0 ) . E n otro diálogo de la m ism a
época, Lévi-Strauss se expresa en térm inos parecidos sobre el sentido de su “kantism o". E in cluso
agrega: “filosóficam ente, me siento cada vez m ás kantiano... porque creo que la antropología es una
filosofía del con ocí m íen toy el c on ce p toy pienso que sólo situándola en el plano de este últim o se
puede tratar de h acerla progresar”. Cf. C aruso, Paolo: ConversacionesamLevi-Strauss, Foucaulty
, 1 9 6 9 ,pp. 2 3 y 3 3 .
Si la bú squ ed a de ese In co n scien te clasificatorio e stab lece un horizonte
transcultural que vuelve e m p íricam en te irrelevante toda m arca h istórica,
o tros desarrollos pa rticulares de la obra de Lévi-Strauss tienen en cu enta las
m odulacion es del tiem po h istó rico y su pertinencia para la tarea an tro p o ló ­
gica . H asta tal p un to aprecia esa p ertinen cia que en diversas oportu nidades
ha d esestim ado la fórm ula “p u e b lo s sin h isto ria” co m o u n a ap elación des­
acertada que sólo alude a una situación de h e ch o , lam entable, es decir, la fre­
cu ente au sencia o pobreza de reg istros del pasado en las so cied ad es que
estudia el antropólogo. Si bien “la historia de estos p ueb los no s es totalm ente
d e scon ocid a” y, p o r eso, “quedará parasiem pre fuera de nu estro alcance, no
cabe concluir que ella no existe” (A E, 92 -9 3 ). Cuando en cam bio es posible o b ­
tener datos sobre estados sucesivos de una com unidad indígena (en la Antro­
pología estructural se m encionan algunos ejem plos), el antropólogo atesora esa
inform ación, pues ella le perm ite enriquecer sus claves interpretativas. Lévi-
Strauss ha insistid o en las ven tajas de co n tar co n in fo rm acio n e s p recisas
sobre las alteraciones en la vida de lo s pueblos estudiados por el antropólogo
para una m e jo r detecció n de las estru ctu ras y de los factores que las m o d ifi­
can. Ese interés, e n su caso, es coheren te co n una am bicionada recuperación
de lo co ncreto (reverso de su recelo del form alism o) q u e , para él, constituye
el test final de la investigación etnográfica: en el diálogo co n R icoeur, afirm a
que “el etnólogo trata tam bién de restituir el sentid o , com pletando sus prue­
b as objetivas por la intuición”4 y, en otro lugar, se lam enta cuando el acceso al
pasad o es ya im p o sible y sólo restan in co n ex o s v estig io s de una form a de
vida, de que “lo esencial, es d ecir la m anera e n que todo eso se co m b inaba en
u n a e x p erien cia vivida... h a desap arecid o , y desaparecí do para sie m p re ”.5
P or eso, cu anto m ayor sea el co n o cim ien to de las transiciones que p reced ie­
ron al estado actual de las sociedades estudiadas, m ás válido será el resultado
de ese estudio.
A hora b ie n , e n cada o casió n esa actitud receptiva ante lo s datos que
puede proveer la inv estigación h istó rica no se desvia de una p ercep ció n de
tal co n cu rso co m o auxiliar y m ed iatizable: es m ás la datació n y la fijació n
tem poral de un desarrollo que la historicidad de la sociedad en la que incidió
ese desarrollo. Si e ntend em o s la histo ricid ad com o u n atrib u to d inám ico y

4 Lévi-Strauss, Claude: “Réponses" cit., p, 6 4 1 .


5 Lévi-Strauss, Claude: “D iogénecouché”,Les íempsmodernes, N° 1 1 0 ,Parts, m arzo 1 9 5 5 , p. 1 2 0 3 .
una aptitud para articular el presente vivido co n un devenir que afecta el o r­
denam iento social, hay que recordar que Lévi-Strauss ha singularizado a las
sociedades “prim itivas” com o aquellas que “bien instaladas en la h istoria” de­
tentan “una sab id u ría p articu lar” tal que las h ace refractarias a la alteración
de su e stru ctu ra y les p erm ite resistir a toda “irru p ció n de la h isto ria en su
seno ”. La d istinción -tip o ló g ic a , no e m p írica -e n tre sociedades “frías” y “ca­
lientes”, bu scaba]ustam ente describ ir có m o , a diferencia del dinam ism o so ­
cial y tecn o lóg ico de las ú ltim as, en las prim eras “su m edio interno esta [baj
próxim o al cero de tem peratura histórica” (AE, XLIV-XLV). Pero fuera de esos
extrem os tip o ló g ico s-d e alcan ce “sobre todo teórico ”- , Lévi-Strauss nunca
eludió la prob lem ática del ca m b io y las situacion es de dinám ica social, refi­
riénd ose, según los casos, a las “tran sfo rm acion es d iacró n icas de la estru c­
tura” o a una “d ialéctica e stru ctu ral [que] no co n trad ice al d eterm in ism o
histó rico y m ás b ie n so licita su co n c u rs o ” (AE, 2 8 1 ,2 1 8 ) e , in c lu so , e n un
contexto de reflexión program ática, situó “la idea de una historia estructural”
(AE, X X X III) en la vecindad de las e labo racion es afines del histo riad or Fer-
nand Braudel.
De los eje m p lo s hasta ahora m encion ad os, lim itados pero rep resentati­
vos, se puede co n clu ir que, inscribiendo la renovación de su disciplina en la
vía real abierta a las cien cias hu m anas p o r la ling ü ística de Sau ssure, Lévi-
Strauss establece la prim acía excluyem e de la inteligibilidad lógica de los m o ­
delos estructurales pero arriban d o , en cada ca so , a su co n stru cción luego de
una indagación concreta del o bjeto de estudio en la que la inform ación y aun
los concep tos de la historia desem peñan, cuando su disponibilidad y su per­
tinencia lo aco n sejan , una fu nción m ediadora y auxiliar aceptada y reco n o ­
cida p o r el antro pó log o . Por co n sig u ien te, la querella sobre los m éritos
respect ivos de la historia y la estru ctura (o el Estru clu ralism o ), al m eno s en
lo que se refiere a las p osiciones de Lévi-Strauss, debe aclararse en un plano
distinto al i nm anente al program a etnológico - y las consiguientes realizacio­
nes—de este autor. D ado que la instan cia em b lem ática de esa querella es la
enérgica reacció n suscitada en Lévi-Strauss por ciertos aspectos de la orien­
tación filosófica d eJean-PauI Sartre en C rítica de la razón d ialéctica, es conve­
n iente aludir sin téticam en te a la argum entación p o lém ica esgrim ida a ese
propósito en el últim o cap ítu lo de El p en sa m ien to salv aje, una o bra, por lo
demás, central en la constelación de produ cciones intelectuales que encu m ­
braron al Estructuralism o y consolidaron su irradiación.
En la C ritica -c u y o declarado horizonte era la búsqueda de instrum entos
c ríticos aptos para una in te le cció n dialéctica “de la H istoria en cu rso y de la
Verdad en devenir”6- los prelim inares d escriptivos co n ced ía n una especial
atenció n al doble atributo de libertad e inercia, de praxis vivida y sedim ento
o bjetivado que d efinía el estatus de los g rupos y, en ese co n te x to , el autor se
servía am pliam ente de las investigaciones de Lévi-Strauss para m editar sobre
la naturaleza de “esas extrañas realidades intern as, a la vez organizadas y or­
ganizadoras" (C R D , 4 8 7 ) que eran las e stru ctu ras. En té rm in o s generales,
Sartre efectuaba una transcripción filosófica de los desarrollos analíticos y de
los e je m p lo s circu n stan ciad o s que o frecían esas in v estigacion es, p re o cu ­
pado siem pre por in co rp orarilu stracio n es concretas de la tensión dinám ica
entre necesidad y libertad y por el resguardo de “lo su bjetiv o., .co m o un m o­
m ento necesario del proceso o bjetivo " (C R D , 6 6 ): en el lím ite , para él, la d i­
ferencia de acceso a la realidad hu m ana entre el etn ó lo g o y el h isto riad or
debía superarse m ediante la co n stitu ción de una “antropología estru ctural e
histó rica” (CRD, 1 0 4 -1 0 5 ) . El últim o capítulo de El p en sa m ien to salvaje des­
arrolla una im p u gn ació n m ú ltip le del program a sartreano q u e , abarcando
cu estiones de m éto d o , teoría, filosofía e ideología,7 es particularm ente cáu s­
tica en lo que se refiere a la lectura e tn ocen trista que h ab ría h e ch o Sartre de
los datos an tro p o lóg ico s, correlativa de un p ostulado cu lp ablem en te d o g ­
m ático com o lo seria la equiparación entre hum anidad e historicidad. Dado
que el nervio de la crítica está en el tratam iento del concep to de historia, resu­
m irem os la posición de Lévi-Strauss al respecto utilizando un esquem a facili­
tador extractado de un m om ento analíticam ente ejem plar en la reconvención
que el antropólogo dirige al autor de la C ritica. En e fecto , Lévi-Strauss se in te­
rroga allí sobre la m odalidad sartreana de invocar a la h isto ria ya que, dice,

6Sartre,Jean-Paul: Critique íid araiso nd iíikctújue.t.l.G allim ard , París, 1 9 6 0 , p. 11. (En adelante:
CRD seguido del N° de página.)
7En térm inos generales, la argum entaciónantisartreana de “Historia y d ialéctica”—el últim o capí­
tulo de El pen sam iento s a lv a je - es la m anifestación más expresiva del rechazo del Estructuralism o
a varias aserciones filosóficas cuya obsolescencia constituía ia premisa negativa de su elaboración
teórica; la actividad constituyente de la conciencia, la soberanía del sujeto, la translucidez de la pra­
xis, la reapropiación del sentido de la Historia, el conjeturable fin de las alienaciones. Las diversas
líneas del postestructuralismo considerarán ese conjunto de postulados, en los casos en que resur­
gen, com o puros arcaísm os, m ás pasiblesdel sarcasmo que de la refutación. En ese aspecto, el texto
lévistraussiano prom ovió un em ergente sentido com ún tanto más eficaz cuanto que sus tesis d i­
suasivas no inspiraron ninguna contraargum entación de relieve en el cam po filosófico.
“cuesta trabajo descubrir si se trata de [(a)] esa historia que los hom bres hacen
sin sab erlo; o de [(b)] la historia de los ho m bres tal co m o los historiadores la
hacen, sabiéndolo; o, por últim o, de [(c)] la interpretación, p o rel filósofo, de
la historia de los hom bres, o de [(d)¡ la historia de los historiadores”.8
Esa distribución -irón icam en te esgrimida para sugerir un confusionism o
co ncep tu al favorecido por el uso polisém ico de la n o ció n de h is to ria - no es­
tru ctu ra la rép lica lévistraussiana, pero aqu í resulta útil para distinguir sus
blan co s e sp ecífico s. De éstos, el m ás o sten sib le es el papel p resuntuoso del
filósofo de la h isto ria, por u n lado exégeta intran sigente del relato histó rico
(d ), p o r otro dispensador e tn o cé n trico de h istoricidad (c ) a sus congéneres
cu ltu rales y, siem p re, o rácu lo o m n iscie n te de la praxis ciega de los agentes
(a ), todo ello en abism al co ntraste co n el saber puram ente clasificatorio que
seria el propio de la disciplina histórica (b). Esta últim a caracterización es, de
h ech o, la epistem ológica piedra de toque de la argum entación; Lévi-Strauss
le consagra un espacio m u ch o m ayor que a las otras refutaciones y, tam bién,
en el m arco de toda su o bra, el tratam iento co ncep tual m ás dilatado.
Sus n o tas p rin cip ales so n éstas: la h isto ria (b ), co m o toda discip lin a, se
vale de una co d ificació n (la cron olog ía) cuyos “d o m inio s” (m ilenios, siglos,
años) son discontinuos; siendo sólo m étodo y no estando necesariam ente “li­
gada al h om bre”, su utilidad consiste en inventariar los elem entos “de una es­
tructura cu alquiera, hum ana o no hu m ana” (P5, 3 8 0 ); tiene una relación de
sim etría co n la etnolo g ía, en cu an to am bas se o cupan del aban ico de las so ­
cied ad es hu m anas, una e n el tiem po y la otra en el espacio. A firm ada co n
vigor esta deflación de la em inen cia de la historia (b ) co m o rama del co n o ci­
m iento social, L évi-Strauss puede e jercer todo su sarcasm o co n los desliza­
m ientos especulativos (d) y las im postaciones injustificadas (c) a que ella ha
dado lugar. En particular, es el inm oderado apego a la tem poralidad (com o
categ oría d elm ito ria) el o b jeto de su irrisión : e n lo que parecen ser ecos de
una antigua im paciencia ante el bergsonism o,9 sugiere que la ilusión de tem ­
poralidad restituida, de acceso “al ser m ism o del cam bio ” que daría la historia

8 Lévi-Strauss, Claude: El pensam iento salvaje (1 9 6 2 ), in d .: Francisco González Aramburo, Fondo


de C ultu ra Económ ica, M éxico, 1 9 6 4 , p. 3 6 3 . (.En adelante: PS seguido del N" de página.) En lo que
sigue, utilizarem os las letras interpoladas para distinguir las d iferentes acepciones de ' historia'’
según la cita.
9 C f., p. e j., algunas alusiones en la autobiografía intelectu al de Lévi-Strauss: Tristes tropiques
(1 9 5 5 ),U n io n g é n é r a le d e d itio n s ,P a rís ,1 9 6 3 ,p p .3 7 y 4 2 .
se origina en nu estra supuesta aprehensión del “devenir person al com o un
cam bio co n tin u o ”: así, el co n o cim ien to histórico co incid iría “co n la eviden­
cia de! sentido ín tim o ” (P S, 3 7 1 - 3 7 2 ) . Su co n cep ció n de la índole disconti-
nuista del p roced im ien to del h isto riad or (c o d ifica c ió n , clasificació n ,
selección) es la refutación de ese sofism a, así com o la im p u tación a Sartre de
“sociologizar el Cogito" (P S, 3 6 1 ) o sea de asignar a la propia so cied ad un
punto de vista in co n d icio n ad o , lleva a la d enun cia del e tn o ce n trism o de la
C ritica y se com plem enta co n la disuasiva relativización de la co nciencia h is­
tórica, verdadero b lan co estratégico del ataqu e, ya que él acu m ula, uno tras
otro, los varios disensos: filosófico, historiográfico, po lítico, cultural.
A sí, el em bate co n tra la co n cie n cia histórica es plu rid im en sional y pone
en evid encia los d iversos registros sobre los que ha in cid id o el E stru ctu ra­
lism o en su refiguración de la escena in telectual. La fundam ental enseñanza
saussuriana según la cual en el sistem a de la lengua “sólo hay diferencias sin
térm in os positivos” se prolonga en Lévi-Strauss en la tesis de que “la verdad
del h o m bre reside e n el sistem a de sus d iferen cias”, prem isa ésta que des­
m onta la equiv alencia de h u m anidad e histo ricid ad , ya que la aprehensión
de esta últim a es un atrib u to localizado, p ropio de nu estra cu ltu ra y, desde
luego, inexistente en los “pueb los sin h isto ria”. En esta p erspectiva, la co n ­
cie n cia h istó rica es apenas un ingredien te in tern o a una variedad cu ltu ral
entre las m iles que dan testim onio de la condición hu m ana; una particulari­
dad, por tan to , cuya reivindicación supone “m u cho eg ocen trism o y m ucha
ingenuidad” (PS, 3 6 0 -3 6 1 ) . Pero Lévi-Strauss no se lim ita a recusar la extra­
polación de la historia (y el saber de ella) a una hum anidad general; pone en
foco las co n d icio n e s m ism as en que se despliega la co n c ie n cia histórica
cu ando ésta encu entra su asidero en las instan cias fundadoras de la política
m oderna, es decir en el proceso de la R evolución Francesa.
En ese p u n to , la polém ica deriva en una liqu id ació n astutam ente c o n ­
ju n ta del proyecto filosófico de Sartre, del saber difuso y convencional de esa
R evolución y del soporte cognoscitivo de una p olítica progresista inspirada
en su legado. El libro de Sartre invocaba a m enudo coyunturas precisas de la
Revolución Francesa con el doble fin de exhibir, en la dinám ica de la acción ,
la am bigüedad del sentido de lo s hech os (en parte derivada de la co lisión de
los “p royectos” y de su aprehensión sesgada por los actores) y por otro lado,
en la historiografía relativa, el tratam iento insatisfactorio de tales episodios.
El horizonte crítico y totalizante de la razón dialéctica enco ntrab a, en esa ar-
titu la ció n de m ú ltiples iniciativas contra puestas y un id ireccio nales deter­
m in acio nes de estructura, un terreno de e lección para indaga r las co n d icio ­
nes de acceso a “una Verdad de la H istoria” (C R D , 1 5 2 ). Lévi-Strauss, por su
parte, recom pon e esos propósitos con deliberada brusquedad: elp rob lem a
planteado por Sartre, d ic e , “puede redu cirse a éste: ¿en qué co n d icion es es
posible el mito de la Revolución Francesa?” (PS, 3 6 8 ). Hay que tener presente
todo lo que se ju eg a en ese circu nscrip to giro lexical, ya que el autor, co n sp i­
cu o especialista de la m itología aborigen, esboza aquí una paridad funcional
entre los cuadros interpretativos de la filosofía de la historia y las form aciones
im aginarias de! “p ensam iento salvaje”: en u n e y otro caso, la fig u rad o » del
pasado derivaría de una fantasía constructiva pasible de redu cción antropo­
lógica. El corolario de este vuelco es una inversión com pleta de la relación de
inclusión: para Sartre (y el m aterialism o h istó rico), los hallazgos de la antro­
pología so n exp licad o s, e n definitiva, por co n c ep to s h istó rico s; para Lévi-
Strauss, la ideación histórica constituye un caso especial (en el abanico de las
cu ltu ras) sobre el que tienen ju risd icció n los co n cep to s antropológicos.
Si b ie n no es la prim era vez en que se alude a un “m ito de la R evolución
F ran ce sa” - e n 1 9 5 4 1 o h ab ía h ech o el histo riad or Alfred C ob ban , co m o un
provocativo incípit de su alegato rev isionista-, la calificación lévistraussiana
tiene un filo más agudo porque, tras la Revolución Francesa, afecta a cualquier
co nstelación de hech os lejan os a la que se pretenda adjudicar una interpreta­
ción relevante para la acción presente. Éste es un desarrollo particular de la crí­
tica de la razón h istórica cuya prem isa es la índole provisional y contingente
de la a trib u ció n de sig n ificad o ; creem os co m p ren d er lo que se dirim e en la
R evolución Francesa porque ésta todavía está “en foco”, pero bastaría tom ar
distancia de tal situación para que esa im pregnación de sentido, esa “verdad
vivida” pierda su intelig ibilidad y decline su nitidez hasta extinguirse por
co m p leto . A hora b ien , la im p licación p o lítica de este argum ento está dada
por su inm ediata conversión e n ju icio sobre los soportes ideológicos de la ac­
ción: si la historia de la R evolución Francesa sigue sum inistrando claves y ca­
tegorías com prensivas pani el p resen te, el ecl ipse de su sen tido debe volver
o b so lescen te ese fu ndam ento. L évi-Strau ss ju zg a, en co n secu en cia, que
quizá “la edad de oro de la co n cien cia histó rica” ya ha co nclu id o , y , por ello,
desalienta e xp lícitam ente la su posición del “ho m bre de izquierda” de vivir
todavía aquella época en que era posible “una congru en cia entre los im pera­
tivos p rá ctico sy los esquem as de interp retació n” (PS, 3 6 8 -3 6 9 ) . De esta h i­
pótesis, sin em b arg o, él n o deriva el desalien to de eso s esfu erzo s, si b ie n el
m odo en que los autoriza su p on e una “sab iduría” d ifícilm en te p racticable,
ya que im plica una co nciencia desdoblada que por un lado asum e a la h isto ­
ria co m o fu ndam ento cognoscitivo y, por otro, la reco n o ce co m o m ito; en la
acció n , in corp ora sus luces, en la reflexió n advierte su o pacidad. No fue,
desde luego, este insond able co n sejo el legado perdurable d e El pen sam ien to
salvaje, pero sí su intransigente aclim atación del nuevo saber estructuralista,
especie de In sta u rad o m agn a -s o s te n id a por las dem ás obras del a u to r - que
su scitaba, entre o tro se fe cto s, la parsim oniosa ero sió n de las filosofías de la
conciencia y las filosofías de la historia (en cuya intersección se había situado
Sartre).
En particular, la devaluación de la co n cien cia histó rica, asim ilada ahora
a form ación m ítica, y una insidiosa depresión del sentid o , entendido en ade­
lante co m o rem anente su perficial de articu lacio n e s su by acen tes, fueron
am b os resultados de la red u cción antropológ ica que co n sostenido aliento
había practicado Lévi-Strauss ilustrándola sin atenuante en “H istoria y dia­
léctica”. Incluso es posible leer la fundación del postestracturalism o (o de al­
gunas de sus tendencias) en el críp tico apotegm a según el cual “todo sentido
e sju sticia b le de un m eno r sentido, que le da su m ás alto sen tid o ” (P S, 3 7 0 ),
am plificación del j uicio adm onitorio de que “es vano indagar el sentido m ás
verdadero bu scán d olo en la c o n cie n cia h istó rica” (PS , 3 6 7 ). Este d ictum y
o tros sim ilares (entre ellos, el que d enun ciaba en “la h isto ricid ad , el últim o
refugio de un hum anism o trascendental”: PS, 3 8 0 ) fueron representativos de
una consistente im paciencia ante lo s topo i en que se hab ía dem orado la filo­
sofía francesa hasta e n ton ces sin sentirse inclinada a revisarlos luego de las
ad quisiciones de las cien cias estru cturales. De allí que un secto r em ergente
de esa filosofía, sensible a tales adquisiciones y dispuesto a coordinarlas con
diversos program as renovadores, adoptara tam bién, ante las certidum bres
del Cogito, la fenom enología marxistizante y la retórica del H om bre y sus pro­
du ccio nes (o sus alienacion es) una actitud de rechazo q ue, en la coyuntura
de lo sañ o s 6 0 , era inescind ib le del co n tig u o im pu lso m o d ern izante que el
Estructuralism o estaba sedim entando. Aquí restringirem os el com entario a
dos filósofos -M ic h e l F ou cau lt ( 1 9 2 6 - 1 9 8 4 ) y Louis A lthusser ( 1 9 1 8 -
1 9 9 0 ) - que en esos años fueron invariablem ente asociad os por los observa­
dores de la escena intelectual (Sartre in cluido) con la deriva estructuralista y
su repudio del hum anism o y del historicísm o.
Por lo dem ás, co m o en tal derivación p red om inan los aspectos crítico s
(aquí: lo que el Estructuralism o rechaza) sobre los constructivos, es habitual
qu e el pensador particular rem arque su margen de autonom ía y se distraiga,
en cam b io , d e aquella deuda: tanto Fou cau lt co m o A lthusser negaron la fi­
liación estracturalista de sus trabajos en el m ism o m om ento en que su amplia
recepción descansaba en ese supuesto. Pero am bos edificaron su obra sobre el
terreno que Lévi-Strauss (y algunos otros) despejaron: el recelo de la conciencia
- “enemiga secreta” de las ciencias h u m anas-, la erosión de la soberanía del su­
je to , el escarnecim iento del hum anism o historicista, la relatívizacíón de la h is­
toria aco n te cim ien tal (tam b ién argum entad a por F e rn an d B raud el), etc.
fueron tem as heredados que cada uno articuló co n los propios.
La fase de la producción de Fou cault m ás claram ente asociada con la difu­
sió n del E structuralism o (y e n la que éste m ism o es una referencia explícita)
está representada por sus libros L as p a la b r a s y las cosas (1 9 6 6 ) y L a arqueología
del s a b e r (1 9 6 9 ): e n el prim ero, acom ete una descripción diferencial de las for­
m as en que se organizó y especificó el saber del hom bre - e n Europa o ccid en­
t a l- desde el R enacim iento hasta el siglo x x , estudián dolas com o co n j un tos
sin crón icos cu yos respectivos princip ios cognoscitivos ( “episíemes”) se esca­
lonan a lo largo del periodo en una escansión discontinua; e n el segundo, pre -
senta u na teoría general -c r ític a y program ática a la v e z - de los discursos a
nivel categorial, desechando las clasificaciones y articulaciones convenciona­
les e introduciendo una serie de nociones sustituí ivas aptas para dar cu enta de
un funcionam iento que se explica por regulaciones anónim as y, por tanto, aje­
nas a la actividad de una conciencia constituy ente.
E n u n caso tácita, en el o tro m anifiesta, la polém ica co n lah isto ria de las
ideas es la co n tracara c rítica del proyecto “arq u e o ló g ico ” foucaultiano tal
com o éste se despliega en los libros m encionados: inicialm ente, co m o brusca
e in tríg am e refigu ración del sab er hu m anista y cie n tífico ; luego, co m o
agenda teórica de los co ncep to s que perm itirían pensar y ju stificar ese dislo-
cam íento y, con él, el de la perspectiva obsolescente de la historia d élas ideas.
F ou cault bu sca radicalizar una m u tación epistem ológica que encu entra ya
en acto - e n los historiad ores de la revista Annales y en la historia de las cie n ­
cias renovada por R achelardy C anguilhem , p, e j - y que es tributaria de una
n o ció n , la de disconti nu id ad , a la que é l, p o r su p arte, otorga tan to u n a fun­
ción constructiva en su teoría del discurso com o un rol deconstructivo frente
a los supuestos teleológícos, totalizantes, antropológicos y subjetivistas de la
Iüstoria de las ideas. Es en el deslinde m etodológico de estos rasgos deserta-
bles donde se in stala su “arq u eolo g ía”, una vez abo lid o el “n arcisism o tras­
cen d en tal” de la v ieja d iscip lin a. Pero tanto esta últim a im p u tació n co m o
otras veh em entes que L a arq u eo lo g ía del saber dirige a su enem igo filosófico
no son, en su acum ulativa insistencia, m ás que una dilatación hiperbólica del
argum ento antihisto ricista que Lévi-Strau ss había ex p u e sto , co n so bria efi­
cacia, en Elpensamiento salvaje.
Esa p asión v in d icativ a y ese d u ro sarcasm o m o v ilizad o s co n tra el h u ­
m anism o y las filosofías de la co n cie n cia -a n te s p re v a le cie n te s- otorgaron
al gesto rupturista de F ou cau lt una e jem p larid ad y una cu alid ad d o ctrin a ­
ria más p erturbadoras que las análogas “im p licacion es filosóficas" adverti­
das en el estru cturalism o lévistraussiano. Ilustrativa de ese salto de n iv e l-y
asim ism o de la propagación m ás fluida de los id e o lo g e m as- fue la reson an­
cia alcan zad a p o r el tem a co n c lu siv o de L as p a la b r a s y las c o s a s : al su g erir
u n in m in e n te “fin d el h o m b re ”, F o u ca u lt añ ad ía u n iró n ic o co ro lario
n ietzscheano a las ya sedim entadas adquisiciones del Estructuralism o y pro­
v o cab a, co n tal rispida fórm ula, un debate m ás in ten so (y e q u ív o co ) qu e el
que pudo su scitar antes Lévi-Strau ss al a se v e ra r-ta m b ié n e n línea co n esas
ad q u isicio n e s-q u e “el fin últim o de las cien cias hum anas no [era] constituir
al h om bre, sin o disolverlo” (PS, 3 2 6 ).
C om o F o u cau lt, tam bién A lthu sser niega la vigencia del h o m bre co m o
unidad norm ativa o figura reguladora de la m editación filosófica y la investi­
gació n so cial; pero el “antihu m anism o te ó rico ” que propone tiene una fun­
ció n polém ica m ás riesgosa porque busca instalarse, d isuasivam ente, e n un
cu erp o de p en sam ien to p o líticam en te m ediado y para co rre g ir esa m ed ia­
ció n : su interv enció n es la de un filósofo com u nista que revisa el can on para
devolver eficacia a las m etas partidarias.
M ás allá de la am bigua fortuna de ese p ropósito, lo que interesa aquí es la
articulación de sus recursos con los ofrecidos por el Estructuralism o en su faz
m ás construetivista. E n Althusser, el antihum anism o no sólo devela los pun­
tos ciegos de la filosofía de la época sino tam bién los del co rp u s heredado por
el que, idealm ente, se regiría la práctica revolucionaria: en particular, la ver­
tiente an tropológico-hu m anista de la obra m arxiana (cristalizad a en n o cio ­
n es perdurables co m o “alienación ", “fetich ism o”, e tc.), cuya neutralización
co n d icio n a e n ton es el rescate de las verdaderas in n o v acio n es teóricas de
M arx, incom patibles con aquella “problem ática”.
1) d escru tin io realizado, em erge u n M arx co n sp icu am en te cie n tífico
cu ya práctica teórica p o see los atrib u to s que un lecto r atento de B ach elard ,
C anguilhem y Braudel podía recon ocer com o epistem ológicam ente válidos:
d iscontin uidad entre lo real y su in telección , ruptura con nociones ideológi­
cas que libera el trabajo del concep to , disolu ción de unidades históricas im a­
ginarias y producción de historias diferenciales, etc. Si la autoridad reconocida
a eso s autores n o deriva necesariam ente de una lectura en clave estruc tura-
lista, la incorporación de sus incitaciones en el m arxism o reconstruido de Al-
th u sser m uestra su arm on ía con ella, hasta el pu n to de vertirse en un léxico
que, en un m om ento ulterior, será objeto de autocrítica, aunque preservando
las n o cio n e s adquiridas- A pesar de algunos deslindes respecto de aspectos
característico s del Estructuralism o - e l prin cip io m etód ico del corte sin cro-
nía/diacronía, p. e j l a em presa de A lthusserse inscribe en su órbita no sólo
por el adoptado rechazo del em pirism o de los m odelos al que opone una o p ­
ció n form alizante, sino tam bién por la reconducción de ciertas postulaciones
so bre el papel de lo im ag inario en la vida social. Po r e jem p lo, la im portante
d istin ció n de A lthusser entre el “o b je to real” y el “o b je to de co n o cim ie n to "
evoca la distinción lévistraussiana entre la realidad em pírica y el m odelo apto
que dará cu enta de ella: en u n o y otro caso, el énfasis está puesto en la hetero­
geneidad de esos p lan o sy en la preservación de la actividad constructiva de
la abstracción.
Por otro lado, la co n cep ció n que tiene A lthu sserd e la id eo lo g ía-in n o v a­
dora respecto al m arxism o clá sico -se g ú n la cual esta última no es un com po­
nente exclusivo de las sociedad es clasistas, sin o una dim ensión coextensiva
de tod o estado social, ya que -c o m o dice e n L a revolución teó rica d e M arx
( 1 9 6 5 ) - “constituye una estructura esencial en la vida h istórica de las so cie­
dades”, evoca, por su parte, la su by acencia irredim ible de la fu nción m ítica
que L évi-Strau ss hizo valer co ntra la su puesta ilu stració n de la co n cie n cia
histórica. Hacia la época, sin em bargo, otras fueron las correspondencias de­
lectadas entre las virtualidades de una óptica estructuralista y los co ncep to s
que A lthusser buscaba natural izar en el m arxism o, p. e j. la consideración, en
los m odos de producción, de una com binaci ón de “elem entos del sistem a de
form as” o -e n ese m ism o c o n te x to - la caracterización de los hom bres com o
“po rtad ores” o “soportes" de relaciones de prod u cció n: am bas fueron luego
defendidas por A lthusser en Elem entos de au tocrítica (1 9 7 4 ) com o marxianas
y n o estructuralístas, si bien en el m arco de una adm isión de haber “flirteado”
con la term inología de esta co m e n te (au nque con el antecedente prestigioso
del “co q u eteo " co n la term inología de H egel que habla reco n o cid o M arx en
su m o m e n to ). Por otro lado, su aleg ació n de la inco m p atib ilid ad de otros
co m p o n e n te s de su teoría con el E stru ctu ralism o es válida y debería ser
o ciosa en un clim a intelectu al m en o s cargado de recelos so bre autonom ías,
fronteras epistem ológicas, influencias y paradigm as com partí dos: de h ech o,
la creatividad del enfoque de A lthusser produjo efectos disem inados en m u­
ch o s cam pos de trabajo, dentro y fuera del m arxism o , de tal m odo que la h i­
bridación por él realizada no fue sino la prim era de una larga serie.
N o obstante, durante ese p erío d c convergieron sobre él y sobre Fou cault
la disgustada reacció n y el m alestar qu e su scitaban el descarte del h u m a ­
nism o y la d ilu ció n de la co n cie n cia h istó rica. F iló so fo s, ensayistas e h is to ­
riadores en co n traro n irritante, su p erficial y aventu rada tanto la irón ica
desin teg ración de la figura del H o m bre co m o la encarnizad a refigu ración
discontinuista de la Historia, vistas, una y otra iniciativa, co m o el natural des­
em boque de una im provisada d octrina de la estru ctura.30A hora bien, m ie n ­
tras los filósofos F ou cau lt y A lthusser se esforzaban po r negar celosam ente
cu alquier adscrip ción al Estructuralism o —L a arq u eología del s a b e r y E lem en ­
tos d e a u to crítica d e d ic a n , en cada ca so , varias páginas a ese fin - , el e scrito r
Roland Barthes ( 1 9 1 5 - 1 9 8 0 ) , ensayista de m utables em p eño s intelectuales,
asum ía, en su e stación estructuralista, una identidad p lena con la co rrie n te ,
a la que b u scó dotar de un a norm ativ a term in olog ía razonada y, por otro
lado, de una fu n d am en tació n cu ltu ral de su em ergencia co m o rasgo de
época. En el p rim ercaso , en los E lem en tos de sem iología ( 1 9 6 4 ), introducidos
b a jo la audaz p rem isa de una co rre cc ió n al program a de Saussure - “no es la
lin g ü ística una p arte de la cie n cia g eneral de los sig n o s, sin o la sem iolog ía
una parte de la ling üística”1‘- y , en el seg und o , en u n ensayo fulgurante que
po nía de m anifiesto el sustrato exp eriencial e ideativo del que tom aban in s­

¡t>Algunas deesas criticas: Sa rtre je a n -P a u l: “Entrevista de Bernard Pingaud" ( 1 9 6 6 ), en Sebrelt.J.


J . (co in p ..): Sartre p o r Sartre, Jorge Álvarez, B uenos Aires, 1 9 6 8 , pp. 2 0 7 - 2 17; Garaudy, Roger:
“Struciuralisme et ‘Mort de l’Homme'", LaP ensée, Paris, N° 1 3 5 , 1 967. pp. 1 0 7 -1 2 4 ; Le Bon.Sylvie:
“U n positivista desesperado: M ichel Foucault", en A A .W : Anáfisis de M ichel Foucault, Tiem po
C on tem porán eo, Buenos Aires, 1 9 7 0 , pp. 9 4 - 1 2 1 ; T h om pson, Edward P : M iseria de la teoría
( 1 9 7 8 ), trad. :Joaq uim Sem pere, Critica, Barcelona, 1 9 8 1 .
11 Barthes, R o lan d :‘'Presen tación ” [de Elem entos d e sem iología! (1 9 6 4 ), en A A .W : La sem iología,
trad.: Silvia Delpy, Tiempo C ontem poráneo, Buenos Aires, 1 9 7 0 , p. 12.
piració n los m o d elo s estru ctu rales. C o n ceb id a b ajo la esp ecie de un d in a­
m ism o particular, “¡a actividad estru cturalista” se desplegaba y era operada
p o r u n nu ev o tipo h u m ano , “el hom bre e stru ctu ral”, que aparecía co m o un
co n secu e n te d escubridor de fo rm asy ex p lorad or del se n tid o .12 Pero sobre
todo Roland Barthes fue quien in trodujo perdurablem ente el exam en del dis­
cu rso h istó rico e n la agenda estru cturalista, in corp oran d o una perspectiva
a la vez lingüística, retó rica e id e o ló g ica.13 En la m edida en que ese enfoque
b u scab a dilu cid ar los d ispositiv os de p rod u cció n de sig nificación y verosi­
m ilitud e n la escritura histó rica articulando el fu ncionam ien to de los recur­
so s literarios co n las o p cio n e s fo rm ales del historiad or, esa parte de la o bra
de B arthes fue tan to anticip adora co m o p rom otora de algunas tem áticas es­
tratégicas pu estas en circu lació n p o r lo s “n u ev os” filósofos de la h is to ria .14
Pero, desde lu ego, éstos co m enzaron a desarrollar su s ejercicio s teórico s en
una escen a in telectu al co m p letam en te renovada, hasta el punto de que sus
có d ig o s de r ec o n o c im ie n to , lé x ico s y p rob lem áticas volvieron casi irre co ­
n o cib le la antigua an tin o m ia - y las resu ltan tes t e n s io n e s - del E stru ctu ra ­
lism o y la H istoria.

12 Barthes, Roland: “Eactivité siructuralisie” (1 9 6 3 ), en Es m b critiques, Seuil, París, 1 9 6 4 , pp. 2 1 3 -


220.
11 l a s principales textos de Roland Barlhes fundadores de esa problem ática son: “F.i discurso de la
historia” ( 1 9 6 7 ), cnSazbón,Jo5é(com p.):Estiucttm ¡fam c>yií¡cra¡ura, Nueva Visión, Buenos Aires.
1 9 7 0 , pp. 3 5 - 5 0 ,y “EI efecto d e realid ad "( 1 9 6 8 ) ,en AA.VV.: Lo Verosímil, trad .: B eatrizD oíriots,
Tiem po C ontem poráneo, BuenosAires, 1 9 7 0 ,pp. 9 5 -1 0 1 .
14 Los principales exponentes de la “nueva” filosofía de la historia siguen enconi rando útil la med i-
t ación de Roland Barthes sobre la escritura histórica, asi con 10 algunos de los conceptos que él p ro ­
puso para analizarla. C f., p .e j., W h iie, H ayden: Figura! R calism , Srudics in th e M imesis E/Jai, T he
joh n sH o p kin sU n iversity Press, Baltim ore, 1 9 9 9 , pp. 2 0 - 2 6 , 3 7 -3 9 ; Ankersm it,ER.:H istoiy and
Trvpologv. T he Pase a n d F a llo fM eta p h o r , U niversity o f C alifornia Press, Berkeley, 1 9 9 4 ,p p . 1 3 9 -
1 4 4 .1 5 6 - 159; Kellner, Hans: Languagc and H is to ria l Representatíun. Cett¡ng ¡he Story Craohed, The
University o f W isconsin Press, 1 9 8 9 , pp. 1 1 5 - 1 1 7 ,2 9 6 -2 9 8 ; Vann, Richard T.: “Turning lin g u is-
tic lh s to r y a n d lh e o r y a n d History and T h eoiy , 1 9 6 0 -1 9 7 5 ”,en A n kersin it,F ran k y Kellner, Hans
(eom ps.): A New P h ilosop h yof History, TheU niversity o f Chicago Press, Chicago, 1 9 9 5 , pp. 5 6 -5 9 .
Bibliografía recomendada

R em oto F ran ce sco , E structura e H istoria. L a a n tropología d e L év i-S trau ss, trad.: Fran-
cesc Serra Cantarell, A. R edondo editor, Barcelona, 1 9 7 2 .
Sazbón Jo sé (c o m p .), E stru cturalism o e h isto ria , Nueva Visión, Buenos Aires. 19 7 2 .
Schm idt Alfred, Historia_y esíructura. C ritica d el estru ctu ralism o m arx ista , trad .: Gus­
tavo M uñoz, Alberto C orazón editor, M adrid, 1 9 7 3 .
CARUsoPaolo, C o n v ersacion es con Lévi-Strau ss, F ou c a u lty L a c a n , tra d ,: E Serra C an­
tarell, A nagram a, Barcelona, 1 9 6 9 .
La filosofía alemana y los problem as de
“la” historia (1 7 7 4 -1 8 3 0 ). La metafísica del Plan

M artín H, Sisto

¿A caso no n ecesitarían co n o cer el P lan ?


Herder

Un en sa y ojilo sójico
q u e trate d e c o n s tm ir la h is t o ñ a universal
con a rreg lo a un Plan d e la N a t u r a le z a ...
no s ó lo d eb em os c o n sid erarla com o posib le,
sino q u e es m en ester q u e lo pen sem os
en su efec to propulsor.
Kant

Pero se d ic e qu e este p lan


se h a lla ocu lto a nuestros ojos
e in clu so seria tem erid a d q u erer conocerlo.
Hegel

La expresión “idealism o alem án” en el á m bito de la filosofía de la historia,


tiene su fundam ento. C om prend em os baj o dicha expresión a varios autores
que se o cuparon del tema: Lessing (1 7 2 9 - 1 7 8 1 ), F ich te ( 1 7 6 2 - 1 8 1 4 ) , Sche-
Uing ( 1 7 7 5 - 1 8 5 4 ) y o tros m enos co n o cid o s. Pero co n sid eram o s sus hito s
fundam entales las obras de Herder (1 7 4 4 - 1 8 0 3 ), Kant ( 1 7 2 4 - 1 8 0 4 ) y Hegel
( 1 7 7 0 - 1 8 3 1 ). No es que éstas agoten los desarrollos de esta corriente de pen­
sam iento; pero sí perm iten com prenderla en sus temas fundam entales, sobre
los cu ales se darán las variaciones.
El o b jeto de este capítulo es presentar esos temas, para m ostrar, en medio
de las distintas posiciones que en los capítulos siguientes verem os m ás en de­
talle, los fu nd am entos qu e n o s perm iten co n sid erar a estas filosofías com o
parte de una mism a co rriente de reflexión.
Los epígrafes que lo encabezan ya nos anticip an algo del objetivo com ún
y a su vez de los d istin to s tem p eram en to s filosó ficos en que se co n ju ga.
D icho objetivo es descubrir el Plan. La expresión proviene de la Biblia y la tra­
dición ju d e o c ristia n a ; pero sin duda en el m arco de estas filosofías pasa a
so nar co m o algo detectivesco. Y la resonancia tiene su razón de ser. Una m i­
rada superficial podría ver en estas filosofías m u cha teología. Pero ju zgar por
ello que de lo que estam o s hab land o es de “cu e stio n e s religiosas” sería un
error de perspectiva, p orqu e se traía ju sta m e n te de lo co ntrario. En un ám ­
bito que desde hacía sig lo s se co n sid eraba prop io de la teología ju d e o c ris ­
tiana, la nueva filosofía pretende incu rsio nar evaluando su derecho propio,
el de la sola razón, b lo fie Vernunft, exp resión que se volverá clásica en la filo­
sofía m o d ern a. Se trata de determ in ar si aqu el Plan divino que D ios parece
ten er respecto d é la h isto ria es p o sib le co n o ce rlo , al m en o s parcialm ente, y
de v erd e qué se trata.
El itinerario que recorre el capítulo co in cid e bastante co n lo que sucedió
cronológicam ente. Porque de planteos m etafísicos ligados con cuestiones re­
ligiosas, advertirem os que la discusión va adentrándose cada vez más en dis­
qu isicio nes p rácticas y epistem ológicas.

Algunas coordenadas de la herencia recibida

Pero ya este intento tenía sus antecesores, y conviene retom ar la situación


de la filosofía de la historia en donde se inserta la obra de Herder. C om o hemos
visto, la expresión “filosofía de la historia” fue acuñada por Voltaire con el libro
que tenía el mism o nom bre, aunque luego el filósofo francés cam biaría el título
en la edición posterior. Sin embargo la expresión quedó. La exposición de Vol­
taire pretendía respon derá la doctrinad e Bossuet; com o señala Brum fitt, “re­
em plazar a Bossuet (...) éste era el o bjetivo princip al”.1Bossuet era un jesu íta
encargado hacia fines del siglo xvn de la instrucción del delfín de Francia y es­
cribió un Discurso sobre la H isloriauniversal (1 6 8 1 ). En este libro la Providencia

1 T hecom plet Works o j Volteare, p .3 2 , IntroductionQ . H. Brum fitt). Tomo 59, Instituí et Musée Vol­
taire, Genéve-U niversity o f Toronto Press, 1 9 6 9 .
aparece co m o la parte ad o ra fundam ental, no sólo en la historia religiosa sino
tam bién en la civil. F rente a las graves lu chas religiosas de la épo ca, Bossuet
considera en principio que de haber unidad religiosa en Europa, ésta no se logra
identificando e lem en tosen com ú n entre las distintas sectas. Ya otro filósofo
había entrado en polémica a fines del siglo xvii con la posición de Bossuet: Leib-
niz. El filósofo alem án escribiría m ás tarde una T e o d ic e a (1 7 1 0 ). En discusión
co n Fierre Bayle, también com o Bossuet, demuestra cóm o la Providencia actúa
en la Historia. Pero el acento aquí está dado por el título del prim er apartado de
su libro: “Tratado sobre la correspondencia entre la fe y la razón”. Leibniz, tam ­
bién científico y diplom ático, intenta a diferencia de Bossuet una conciliación
entre las religiones sobre la base de un entendim iento com ú n. Para ello bu sca
m ostrar có m o las verdades reveladas del cristianism o son e n realidad accesi­
bles a la mera razón. Sólo que en térm inos históricos llegar a ellas es fruto de un
largo proceso . Ahora b ie n , com o dichas verdades son necesarias para la salva­
ción, Dios las reveló al hom bre en un determinado m om ento de la Historia. De
tal m odo, esta “teodicea"2-n o m b re acuñado por L e ib n iz - atenúa la co nsid e­
ración de la Encarnación com o el acontecim iento decisivo que divide en dos la
Historia, y vuelve relativo el “antes” y “después” de C risto. Aun así, y a diferen­
cia de la antigüedad, en donde la Historia esentendida en térm inos circulares,
en la concepción de Leibniz sigue preservando el esquem a lineal de la tradición
ju d eocristian a: es decir, la H istoria no es entendida e n térm inos cíclico s, a
m odo de laN aturaleza, sino co n un origen y un destino diferentes entre sí. El
título com pleto de esta obra leibniziana es el siguiente: E n sa y o s d e t e o d ic e a s o b r e
l a b o n d a d d e D ios, l a lib e r t a d d e l h o m b r e y el o rig en d el m a l. El sello de Leibniz du­
rará largo tiempo. Así Hegel, por ejem p lo, señala en las L ec c io n es s o b r e F ilo s o fía
d e la H isto r ia U n iv e r s a l:

“Nuestra consideración es, por tanto, una Teodicea, una justificación de


Dios, como la que Leibniz intentó metafísicamente, a su modo, en categorías
aún abstractas e indeterminadas: se propuso concebir el mal existente en el
mundo, incluyendo el mal moral, y reconciliar al espíritu pensante con lo ne­
gativo" (LFHU 3 ó)3.

1 De 1griego "theos" D ios, y “á ikazei n" decir correctam ente, j uzgar, decidir.
■*En este capítulo y los siguientes abundaré en citas que a m i modo de ver son claves para la lectura
de sus textos, y que dada la extensión de la obra de estos filósofos, ellas sirvan com o puntos de re­
ferencia para afrontarlos. La aclaración de las abreviaturas seencuen tran en la Bibliografía.
Pero el acento que notábam os en Leíbniz será m u cho más que u n acento,
co m o verem os luego.
A la relativización del antes y despu és de la H istoria que h em os m e n c io ­
nado , se le sum ará luego la p u jan te au to con cien cia de la Ilustración: es una
época en la que se reflexiona m u cho sobre el lugar de la cultura del tiem po en
relación co n la H istoria. La autocon ciencia ilustrada genera una revisión h is­
tórica co n el fin de esclare cer su lugar. Y el resultado - u n p oco b u s c a d o - es
una interpretació n de la Historia en la q ue, e n cierto sentido, el m ovim iento
ilustrado resulta el vértice de todo su acontecer. C uando uno lee los textos de
algún pensador de la Ilustración, da la im presión de que toda la H istoria esta
esp erand o este m o vim ien to cu ltu ral. Y m u ch o s de ello s bu scan rastros de
ilustración en la Historia anterior. El lema de esta autoconciencia histórica es
La R azón . Esta co n cie n cia de si de la Ilu stració n logrará su esp len d or co n la
R evolución Francesa, de la que se proclam a inspiradora. R ecordem os que la
R evolución F rancesa intentará cam biar la d atación de la H istoria en su tota­
lidad: pretendía co nstituirse en el año cero.
V oltaire, d ecíam o s, quizás el rep resen tan te m áxim o de la Ilu stració n ,
narra una h isto ria en la cu al la in terv en ció n d ivina no cu en ta co m o parte
efectiva, en contraste co n la obra de Bossuet. T iem po después tam bién tom a
p o sic ió n co n tra el o p tim ism o de Leibniz en una pequeña o bra, cu yo título
n o s dice m u ch o : C an d íd e, ou Voptim ism e (1 7 5 9 ) . Pues cu rio sam en te, aun
sien d o ilu m in ísta, Voltaire rechaza el o p tim ism o racionalista leibn iziano.
So b re este trasfon d o de d iscu sio n es su rgirán las nuevas teorías filosóficas
sobre la Historia, co m enzan d o p o r Herder.

“La” Historia y sus problemas

Podríam os considerar el ensayo de H erder titulado Tam bién u n a filoso fía


d e la historia p a r a la edu cación de la hu m a n id a d (1 7 7 4 ) co m o la inau gu ración
de una segunda etapa e n la co n stitu ció n de la filosofía de la histo ria, en
cu an to ám b ito propio de reflexió n. Hay un arco de cin cu enta y cu atro años
entre esta obra de Herder y la pub licación de la últim a edición de Hegel de la
Enciclopedia de las Ciencias jü osóficas en com pendio (1 8 3 0 ). En la discusión que
tiene lu g ar a lo largo de este p erío d o se han de tener en cu en ta las o bras de
Herder, de K ant, de Hegel y la de sus interlocu tores: desde Voltaire, Leibniz,
Bossuet, pasando por M ontesqu ieu, R ousseau e ls e lin ; hasta Lessing, Sch i-
11er, H am m an, S chelling y ot ros. Vayam os ahora a los térm in os clave del v o ­
cab ulario p erten ecien te a estas filosofías y esta época y a los prob lem as
fundam entales que intentan form ular y darles solución.
U na prim era palabra que es necesario aclarar es la m ism a de H istoria4, o
m ejor, la ex p resión “La H istoria”. En el sentido m ás am plio en que hab lan
estos filósofos, ésta no es co n ceb id a co m o algo con entidad p ropia, algo así
com o una sustancia co n leyes particulares que gobiernan su m ovim iento. I ü
H istoria es básicam en te pensada por ellos co m o “el e s c en a r io ”, u n todo en el
que tarde o tem prano se hacen pú b licas las accion es de los ho m bres y los re­
su ltados de sus obras. Ya Bossuet se exp resaba en esos térm in os5. Se trata de
co m p re n d e rla tram a de la H istoria, de igual m odo que si e ntrásem os en un
teatro en el m ed io de u na fu n ció n . La m etáfora del e scen ario (S ch au p la tz,
W eltb ü h n e , Szenen, T h e a t e i; W e lt t h e a t c r ) es usada frecuentem ente por los tres
filósofos:

“( ...) porque todas las escenas (Szenen) en que cada actorsólo desempeña un
papel en el que puede desempeñarse y ser feliz, todas esas escenas también
pueden constituírun todo, una representación total.. ."(Herder, TF 114)
“(...) no es posible evitar cierta desgana cuando se contempla su ajetreo sobre
la gran escena del mundo (W eltbühne) (Kant, ¡HUC 41) ( ...) el gran teatro
(Schauplatz) de la sabiduría suprema. . . ” (Kant, íHUC 63)
“Hay la conocida anécdota de César, que refiere que en un pequeño munici­
pio halló las mismas aspiraciones y actividades que en el gran escenario
(Schauplatz) de Roma. Los mismos afanes y esfuerzos se producen en una pe­
queña ciudad que en el gran teatro del mundo (Weluheater)." (LFHU 39)

Estos filósofos se proponen indagar si existe un a trama que subyace a to das


las tramas, y en caso de que fuera así, determ inar quiénes son los acto res.
Podem os a rtic u la rlo s p rob lem as a los que intentan resp on d er H erder,
Kant y Hegel en dos co nstelaciones tem áticas.

1 Por los m otivos aquí expuestos, utilizarem os la palabra “H istoria” con m ayúsculas, teniendo en
cuenta que el objeto de estos pensadores es fundam entalm ente '‘La” h istoria, en el sentido que lo
aclaram os eneste capítulo.
3 “Un telabrégé, M onseigneur, vos propose un grand sp ectacle” (p. 6 6 6 ) Discuurssurl'hisroire uni-
verselle, Ouvres, Textesétab líset annotés par l’abbé Ve lat ei Yvonne Champailler, Paris, Gallim ard,
1961.
1. Problemas metafísicos y prácticos. La continuidad de la
civilización

La filosofía de la historia co n sid era en p rim er plano al h om bre y su obra


en térm inos colectivos: en cu anto “civilizaciones”, “generaciones”, “pueblos”
o m ás genéricam ente “hu m anidad”. Es en este contexto que se encuadran los
prob lem as d e l m a l, e l d e l a e f e c t i v i d a d d e la a c c ió n hum anay de su lib e r t a d , y el
d e la in t e r v e n c ió n d e D io s e n e l m u n d o c o m o P r o v id e n c ia . Porque la cu estión del
d estino últim o del hom bre individual se e n cu en tra en u n segundo p lan o , y
queda en princip io relegada al ám bito religioso. Esto no significa que la prio­
ridad entre e stos dos p lanos, y p o r consigu iente el prob lem a del destino del
individuo y del género hum ano no sean asunto de discusión central, com o lo
v erem os en lo s cap ítu lo s que sig u en , co n la po lém ica entre H erder y K ant.
M uchos años después, la prioridad del plano colectivo será motivo de una de
las críticas de Kierkegaard hacia H egel. Este problem a y sus consecuencias se
p resentarán e n toda su gravedad en la m edida en que se entienda el destino
individual co m o u n fen ó m en o que el deven ir h istó rico a bsorbe p o r co m ­
p leto, tal co m o se puede interpretar la filosofía de Hegel.
C on la expresión “continuidad de la civilización" querem os indicar gené­
ricam ente el fenóm eno p o r el cu al los hom bres em plean la vida para generar
obras cu ltu rales adm irables o bien grados de desarrollo cu ltu ral n o tab le, no
sólo para sí m ism os, sino tam bién para la posteridad. Y sin em bargo la H isto­
ria nos m uestra una su cesió n de ruinas. C om o subrayan nuestros autores:

“Transitorio es todo en la historia. A la entrada de su templo están escritas las


palabras: Vanidad y Caducidad. (...) nuestra vida transcurre sobre los escom­
bros de constituciones y reinos destruidos." (Herder, 1FHH 48 7 )6
“No es posible evitar cierta desgana cuando se contempla su ajetreo [el de la
historia humana] sobre la gran escena del mundo; (...) a la postre se nos figura
que el tapiz humano se entreteje con hilos de locura, de vanidad infantil y, a
menudo, de maldad y afán destructivo..." (Kant IH U C 41 )7

6 Todo el com ien zo del libro X V d e IFHH desarrolla esta cuestión. “Triste suerte la del género hu-
m anoque a despecho de todos susesfuerzos está condenado a la rueda de Ixionte, atadoa la peña
de Sísifo y sentenciado a la angustia de T ám alo . Nos vem os en el trance de querer y luchar sin ver
jam ás el fruto com pleto de nuestros esfuerzos ni ver de toda la historia un verdadero resultado de
to dos los afanes hum anos". (IF H H 4 8 8 )
7Véase tam bién IHUC 5 5 .
“La historia nos arranca a lo más noble y más hermoso, por qué nos interesa­
mos. Las pasiones lo han hecho sucumbir. Es perecedero. Todo parece pasar
y nada permanecer." (Hegel, LFHU 25)

La pregunta es en to n ce s acerca del sentido que pueda tener todo este es­
fuerzo. No sólo los acontecim ien tos del 11 de septiem bre de 2 0 0 1 nos su sci­
tan nu ev am ente estas pregun tas; tam bién qu ien es han asistid o a los
resultados po sterio res a la Segunda G uerra M undial se las h ic ie ro n , aparte
del ho rror vivido por m illones de seres hu m anos, que fue tan grave que hizo
que esas preguntas lógicam ente pasasen a un plano m uy inferior.

“( ...) ¿a quién, a qué fin último, ha sido ofrecido este enorme sacrificio? Aquí
es donde habitualmente se plantea el problema de aquello que ha constituido
el comienzo gene ral de nuestras consideraciones. ” (Hegel, LFHU 64)

Este sacrificio tendrá sin duda u n valor moral inestim able, pero la exigen­
cia hu m ana im p lícita en este esfuerzo es, co m o cap tan e sto s filósofos, m ás
am plia todavía. No nos basta que el valor de esas obras quede redu cido al as­
pecto m oral. El intento de respon der a este problem a se abre cam in o en dos
direcciones, una teórica y otra práctica.
La dirección p ráctica apunta a la respon sabilidad histórica co m o co n cep to
articulador. Se pregunta si tiene sentido hablar de la responsabilidad por una
tarea en co m ú n de nuestra generación, es decir, si m ás allá de la respon sabi­
lidad m oral inm ed iata en cu anto a nu estras accion es, ten em os alguna o b li­
gación com o generación co n respecto a q u ien es nos suceden.

“[Hay que] considerar con preocupación cómo va a ser posible a la posteri­


dad cargar con el peso de la historia que le vayamos dejando al correr de los
siglos." (Kant, IHUC 63)

H erder llega a cu estion arse in clu so sobre n u esira resp on sabilid ad con
respecto al legado de las generaciones precedentes. C om o vem os, son temas
que raram ente se ven dentro de lo que llam am os “é tica”.
Ahora bien , la pregunta de carácter práctico acerca de la responsabilidad
histórica llevará a retom ar de un m odo nuevo la reílexión acerca de un tópico
teórico de la filosofía y de la teología clásicas: la cuestión de si Dios o - e n la ver­
sió n más in m an e n te- la N atu raleza nos ay u d a en esta ta rea. ¿Podem os en co n ­
trar fu nd am entos de esta co labo ració n? Los tres filósofos respon derán que
s í; pero cada uno a su m o d o , distinguiendo el rol que toca a Dios y a los ho m ­
bres respectivam ente.
La continuidad de la civilización hum ana se encuentra con diversos o bs­
táculos, de los cuales dos so n especialm ente graves: las guerras y las catástro­
fes n atu rales. Las guerras constituyen una preocu pación constante de los tres
au to res, esp ecialm en te e n K ant: la fed eració n de naciones que este últim o
p ropone, apunta directam ente a dar una so lu ción política a esta am enaza de
d estru cción. Los efectos de las catástrofes m ás bien cu estionan tanto la fe re­
ligiosa co m o la visión progresista de la m ism a Ilu stració n . C o n la plum a de
Voltaire (P oém es sur le d esastre de Lisbonne, e l su r ¡a loi naturelie, escrito al año
sig u ien te del terrem oto de L isboa de 1 7 5 5 ) y el co n te x to cu ltu ral de la
é p o ca , la cu e stió n ad q u iere una fuerza de o b je c ió n particular. E n lo que
c o n c ie rn e a la P rov id en cia, la pregunta será la qu e se repite en la filosofía y
en la e x isten cia de casi tod o ser hu m ano: si D io s quiere el bie n del h om bre,
¿cóm o p u ed e ser que p erm ita tanto este tipo de su cesos, co m o tam bién los
e fecto s de la m aldad h u m an a so bre los co n g én eres, e specialm ente los in o ­
cen tes? ¿Hay una ayuda o guía de la Providencia a pesar - o quizá para algu­
n o s a tra v é s-d e estas circu nstancias negativas? Pregunta antigua, pero que
a p artir de esta é poca se plantea co n un n u ev o d esafío, co m o verem os m ás
adelante. N uestros filósofos tratarán de ver sí hay un legado que trasciende
las destru ccion es y el p erecer de las civ ilizacion es y e n caso positivo, de de­
term in ar en qué co nsiste.
Las distintas reflexiones apuntan, en form a explícita en Herder y en K ant,
a la esp era n z a y a no desfallecer en la propia obra:

‘‘Si yo lograra unir las escenas más dispares sin entremezclarlas, si lograra de­
mostrar en qué forma se relacionan (...) [Qué estímulo para tener esperanzas
para obrar, para creer incluso allí donde no se ve nada o no todo!’’ (Herder TF 63)
“La historia, que se ocupa de la narración de estos fenómenos, nos hace con­
cebirla esperanza ( ...) de que podrá descubrir en el juego de la libertad hu­
mana en grande un curso regular.. (Kant, IHL/C 39; véase también epígrafe
del presente capítulo)

T am bién para e stim u lar esta esperanza se trata de b u scar el Plan, de lo


co ntrario la realidad h istórica
“(...) continúa siendo una objeción incesante cuya visión nos obliga a desviar
con desagrado la mirada y, desesperados de encontrar j amas en él una integra in­
tención racional,nos lleva a esperarla sólo en otro mundo... ’’ (Kant, IH U C 6 3 )8.

N otem os que la esperanza era para la teología trad icion al9 una de las tres
virtudes teologales. Pero aquí adquiere otras resonancias. No se trata e n p rin ­
cip io de la virtud teologal sin o de determ in ar si es p o sib le en co n trar fu nda­
m ento co n la so la razón - e n esp ecial, in d ep en d ien tem en te de la Sagrada
E sc ritu ra - para sostener una espera positiva.
Por ú ltim o , u n o de los asp ecto s co m u nes en las respuestas de estos p en ­
sadores a los problem as planteados es la tesis de que la H is t o r ia e s u n a e s p e c ie
d e e d u c a c ió n d iv in a d e l g é n e r o h u m a n o . No sólo nu estros tres filósofos so stie ­
n e n cada uno a su m anera esta tesis (y el opúsculo de 1 7 7 4 de H erder la lleva
en el título); otros contem poráneos la com parten. Q u ien se destaca en ello es
G o tth o ld E p h raim Lessing ( 1 7 2 9 - 1 7 8 1 ) , e n especial co n su ensayo L a e d u ­
c a c i ó n d e l g é n e r o h u m a n o , de 1 7 8 0 (co m o vem os p o ste rio r a la prim era obra
de Herder sobre el tem a). Basta citar el prim er parágrafo de su libro:

“Lo que la educación es para el hombre individual, lo esla Revelación para el


género humano”.

Aquí “Revelación” es sinónim o de “H istoria”. Y debem os aclarar enton ces


algunas im plicaciones. La religiosidad a prim era vista de estos autores, e x a­
m inada más a fondo, m uestra una m o d ificació n profunda de la religiosidad
m ism a, no sólo d el cristian ism o . Y lo que e n p rin cip io uno su p on d ría una
sim patía h acia la religió n iniciada co n Je s u cristo , raram ente de h e ch o lo es
co n respecto al cristianism o tal co m o se m ostraba so cialm ente en la é p o ca y
co m o tradicionalm ente se lo había entendido.
De hech o, Lessing entiende la Revelación no en el sentido tradicional, es
decir com o todo aquello que D ios ha dado a conocer a los hom bres a través del
pueblo de Israel, luegojesucristo, y la salvación que viene con su persona. En un
sentido casi contrario, sostiene que toda la Historia es revelación, y llega a co n ­

* Aun cuando cabe aclarar que sólo ciertas versiones del cristianism o refieren !a esperanza ex clu ­
sivam ente al más allá.
9 En todo este capítulo la expresión “tradicional” no es sinónim o de “tradicionalisia”.
t ra p o n e r este se n tid o m á s a m p lio a la p reten sió n d e qu e las religiones revelad as
(n o s ó lo del cris tia n is m o ) p r o p o r c io n a n u n c a m in o im p o sib le de tran sitar p o r
o tro s m e d io s . T am b ién el c ristia n ism o de la trad ició n a c e p tab a qu e to d o era re ­
v e la c ió n , p e ro n o en el m is m o s e n tid o , au n q u e e s to n o sign ificase q u e a m b o s
tip o s d e r e v e la c ió n fu esen c o n tr a p u e s to s . D esd e e ste p u n to de v ista, L essin g
co n tin ú a la p o sició n in iciad a p o r Leibniz p resen tad a m ás a rrib a. Si la revelación
cristia n a es relativ izad a c o m o u n co n o cim ie n to qu e tam b ién p u ed e alcan zarse
p o r o tro s m e d io s ra c io n a le s , e n to n c e s la p re te n s ió n del c ris tia n is m o d e q u e el
n a c im ie n to d e je s u c r is to d iv id e la H istoria en a n te s y d esp u és, p ierd e fu erza10.
O t r o a s p e c t o d e la d o c t r i n a d e L e s sin g , p e ro q u e e n c o n tr a m o s d e alg ú n
m o d o e n H e rd e r, y p r o g r e s iv a m e n te m á s a c e n tu a d o e n K a n t, H eg el y lu e g o
M a r x , es el c a r á c t e r e s c a t o l ó g i c o d e su s filosofías d e la h is to ria . O , d ic h o e n
fo rm a m á s p r e c is a , el c a r á c t e r in m a n e n te d e la m e ta d e la H isto ria . Si p a ra el
c ris tia n is m o d e la tra d ic ió n el fin d e la H isto ria c o n s is te e n u n ju ic io final d e
lo s h o m b re s p o r p a rte d e D io s , j u ic io tra s c e n d e n te a la H is to ria , e n e sta s filo­
so fía s d i c h o e s ta d io ú ltim o p a s a a c o n f o r m a r el m o m e n to c r o n o ló g ic o final
d e la H is to ria tal c o m o la c o n o c e m o s , c o n distin tas c a ra cte rís tica s d e a c u e rd o
c o n c a d a a u to r. Se d is c u te , p o r e je m p lo , si p a ra H eg el se m e ja n te final exis te .
P e ro n o es difícil p r o b a r q u e en su filosofía la H isto ria está p lan tead a en fo rm a
a p ro x im a tiv a a u n o b je tiv o in m a n e n te , y n o h a cia u n a ru p tu ra c o n la H isto ria
e n q u e v iv im o s , tal c o m o ta m b ié n s u c e d e en K an t. M u ch o s e s tu d io s o s r e c o ­
n o c e n e n j o a q u í n d e l F i o r e ( 1 1 4 5 - 1 2 0 2 ) u n i m p o r ta n te a n te c e s o r d e e sta s
id e a s . F u e q u iz á s el p r i m e r o e n t e m p o r a liz a r la S a n tísim a T rin id ad : P a d re ,
H ijo y E s p íritu S a n to c o r r e s p o n d e n a tres é p o c a s d e la h u m a n id a d . E l id e a ­
lis m o a le m á n to m a r á e s ta id e a y la d e s a rro lla rá e n su filosofía d e la h is to ria ,
c o m o v e r e m o s e s p e c ia lm e n te e n H e g e l.
P e r o a n te s d e p a s a r al sig u ie n te a p a rta d o , v e a m o s u n p o c o m á s e ste m o ­
d e lo p e d a g ó g ic o d e la H isto ria . A n á lo g a m e n te a la v id a del in d iv id u o , la H is­
to r ia d e l g é n e r o h u m a n o tie n e su in fa n cia , su a d o le s c e n c ia , su a d u lte z . La
in fa n c ia co in c id e c o n la h is to ria d el p u e b lo h e b re o del A n tig u o T e s ta m e n to .
P a ra d a r d ir e c ta m e n te u n a id e a d e e ste tip o d e in te rp re ta c ió n :

10 La revelación es para el cristianism o no sólo con ocim ien to de sí que Dios otorga, sino tam bién
salvación, porque ambas cosas son no un mero saber sino la persona d ejesucristo. En este capítulo
nos lim itam os al aspecto cognoscitivo, que se obtiene por abstracción. Por razones de espacio no
ahondam os aquí en el tem a, baste señalar que es muy im portante para com prender el destino de la
filosofía de la historia.
“M ientras co n d u cía Dios a su pueblo elegido por todos los grados de la ed u ­
cación infantil, habían proseguido los dem ás pueblos del orbe su cam ino a la
luz de la razón. Los m ás de ellos se habían quedado m uy por detrás del p u e­
blo elegid o; sólo algunos se le habían ad elantado. Es lo que su ced e tam bién
con los niños a quienes se deja crecer por sí m ismos: m uchos se quedan en es­
tado com pletam ente tosco y unos cuantos se autoform an m aravillosam ente”
(Lessing, 5 7 7 ).

E n L e ssin g es e v id e n te la le c tu ra d e la H isto ria d e n tro d el m o d e lo alu d id o


sin d e m a s ia d o s e n tid o crític o . L a h isto ria real p a re c e ser u n a e x c u s a p ara ju s ti­
ficar el m o d e lo , m ie n tra s qu e éste n o p ro p o rcio n a u n a clave fecu n d a d e le ctu ra.
Sin e m b a rg o , la a n a lo g ía d e la H isto ria c o n las ed a d e s d e la v id a c o n s titu y e u n
m o d e lo h e rm e n é u tic o c o n sta n te en la literatu ra en sayística d e la é p o c a . C u a tro
a ñ o s d e s p u é s , el m is m o K a n t, al c u a l n o le faltaba v o lu n ta d d e s e n tid o c r i t i c o ,
co m ie n z a su fa m o so en sa y o ¿Q u é e s la Ilu s tr a c ió n ? d e sp u é s d icie n d o :

“La ilu stración es la salida del hom b re de su m inoría de ed ad . Él m ism o es


culpable de ella. La m inoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del
propio en ten d im ien to, sin la d irección de otro. U no m ism o es culpable de
esta m inoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del enten­
dim iento, sino en la falta de decisión y ánim o para servirse co n independen­
cia de él, sin la con d u cció n de otro. ¡S apere au del ¡Ten v alor de servirte de tu
propio en tendim iento! He aquí la divisa de la ilustración”.

E n la o b ra m a d u ra d e H e g e l la a n a lo g ía p rá c tic a m e n te d e s a p a r e c e , q u izá
p o r la m a y o r a d m ir a c ió n p o r la cu ltu ra g r ie g a , a la q u e su g e n e r a c ió n a n h e la
c o m o id eal e n m u c h o s d e su s a s p e c to s .

2. Los problemas epistemológicos

L a a p r o p ia c ió n d e e s ta s c u e s tio n e s , m u c h a s d e e llas h a s ta el m o m e n t o
p e r t e n e c ie n te s e x c lu s iv a m e n te a la te o lo g ía , n o se p r o d u c e s in u n e s fu e rz o
co n s id e ra b le a n ivel e p is te m o ló g ic o , si se q u iere re s p o n d e rla s c o n “el a u x ilio
de la so la r a z ó n ” (y e n p a r te e s ta d is c u s ió n v e rs a rá s o b re la c o n c e p c i ó n d e la
ra z ó n ). E s p r á c tic a m e n te lo ú n ic o q u e K a n t v a lo riz a d e la p rim e ra p a rte d el
lib ro d e H e r d e r I d e a s p a r a u n a f i l o s o f í a d e la h is to r ia d e la h u m a n id a d ( 1 7 8 4 ) :
Mu |un-mi n| c .« cíe n le ( . . . ) está en la valentía co n que el autor supo superar
l i i ■,( 111|mli is propios de su e sta d o -q u e tan frecuentem ente estrechan la fi-
l<>-.i >1i.i para atenerse a la m era búsqueda de la razón y a lo que ella, p or sí
111 r.m a , puede alcanzar. En este punto le deseam os m uchos continuadores”
(R c s cñ a d e K a n t, 1 0 2 ).

D el in te n to d e re s p o n d e r a lo s p ro b le m a s a rrib a e x p u e s to s c o n el a u x ilio
de la so la r a z ó n s u rg irá n así n u e v o s p la n te o s e p iste m o ló g ico s11. P u es re s p o n ­
d e r a tal d e sa fío re q u ie re d e s a r r o lla r o tro s tip o s d e a rg u m e n ta c io n e s . T o d as
e s ta s p r e o c u p a c i o n e s se c o n c e n t r a n e n u n a p a la b ra : el P la n . Se t r a ta d e e n ­
c o n t r a r u n “P la n ” e n la H i s t o r i a , q u e p o r u n la d o p a re c e ta n r e a c ia a la s is te ­
m a tiz a c ió n y a la v e z ta n c o n c e r n ie n te a lo h u m a n o . E s en e sta d ire c c ió n e n la
q u e se d e s p le g a rá n lo s m a y o r e s e s fu erzo s in te le ctu a le s d e n u e stro s filósofos;

“Porque si renunciam os a este principio [se refiere a en contrar este p lan ], ya


no nos encontram os con una Naturaleza regular sino con un juego arbitrario;
y el d escon solad o r'p o co m ás o m enos’ viene a ocu p ar los hilos conductores
de la razó n .” (K ant, IH U C 4 2 )
“Pero, en la rep resen tación , la razón es la percepción de la idea; etim ológica­
m ente es la p ercepción de lo que ha sido expresado (logos) de lo verdadero.”
(H egel, L FH U 6 1 )

L a p r o v o c a c ió n les lle g a rá s o b re to d o d es d e lo s re su lta d o s d e la física y la


i n c ip ie n te c ie n c ia n a tu ra l d e e n t o n c e s , y s e rá la s ig u ien te: ¿C ó m o p u e d e ser
q u e h a y a u n o rd e n e n la n a tu ra le z a , q u e p o d a m o s co n o c e r, y qu e la H isto ria,
q u e a ta ñ e al h o m b r e - l a m á s im p o rta n te d e las c r i a t u r a s - n o lo te n g a?

“¿C óm o este D ios iba a h a c e r caso om iso de su sabiduría y bondad y a pres­


cindir de todo plan en la disposición y organización del conjunto de nuestro
género ( ...) después de que tanto nos había m ostrado de las leyes de su desig­
nio en la creación inferior que m enos nos interesa?" (Herder, IFHH 12 )
“¿Pues de qué sirve ensalzar la m agnificencia y sabiduría de la creación en el
reino natural irracional, y recomendar su estudio, si la porción que corresponde
al gran teatro de la sabiduría suprema, cuyo fin contiene -l a historia del género
h u m a n o -, continúa siendo una objeción incesante.. .?”(K ant,ÍH U C 63)

11 La filosofía anterior a Kant no necesariam ente m ezclaba filosofía con Revelación, razón con fe.
No esaq uí el lugar para un exam en adecuado de la cuestión. En el caso específico de la considera­
ción de la historia, lo que sucede es que es la teología jud ía y cristiana tomaron en consid eración a
la historia antes de que ésta fuese objeto de la filosofía.
D e b e m o s c o n s id e r a r d o s c a ra c te rístic a s p e c u lia re s q u e p re se n ta la H is to ­
ria c o m o o b je to a e ste d esafio.
La p rim e ra es la d is c u s ió n e n to r n o d e la p o s ib ilid ad de la c ie n c ia d e lo p a r ­
t ic u la r . É s ta p a r e c e n o s e r p o s ib le , d e a c u e r d o c o n la tra d ic ió n a ris to té lic a y
p la tó n ic a ( d e sin g u la r ib u s n o n es t s c ie n t ia ). A m b a s c o rrie n te s , q u e r e c o rre n la
h is to ria d e la filoso fía, a u n la a r is to té lic a , q u e fre n te a la p la tó n ic a p re te n d e
r e c u p e r a r el v a lo r o n to ló g ic o ir r e d u c tib le d e lo in d iv id u a l, s o s tie n e n q u e
s ó lo p o d e m o s c o n o c e r lo g e n e ra l p re s e n te e n las c o s a s , n o lo irr e d u c tib l e ­
m e n te p a r tic u la r . Y la h is to r ia c o m o c ie n c ia se p re s e n ta c o m o el in te n to p o r
a n to n o m a s ia d el c o n o c im ie n to d é l o p a r t ic u la r H e rd e r, p o r e je m p lo , a fro n ­
ta rá e sta c u e s tió n c o m o p ro b le m a p rin cip a l. Su e sfu e rz o se d irig e a c a p ta r lo
in d iv id u a l, y a se tra te d e u n a c iv iliz a c ió n , u n a é p o c a y c u ltu r a , e n su ir r e p e ­
tib le e s p e c ific id a d . P a ra K a n t la H is to ria e s fu n d a m e n ta lm e n te s u c e s ió n de
a c o n te c im ie n to s (ta l c o m o se d e d u c e -a u n q u e n o d e f in e - d e su H is t o r ia n a -
t u r a ly t e o r í a g e n e r a l d e l c ie lo , 1 7 5 5 ) . R e s p o n d ie n d o a lo s e s q u e m a s e x ito s o s
d e la c ie n c ia d e la é p o c a , K a n t a p u n ta rá m á s b ie n a e n c o n tr a r r e g u la r id a d e s .
H e g e l, fin a lm e n te , te n d rá e n c u e n ta a m b o s in te n to s : la b ú s q u e d a d e u n a d i­
n á m ic a e x p lic a tiv a d e la H is to ria q u e n o d e sc u id e la p e cu lia rid a d d e su s m o ­
m e n to s c o n c r e to s .
P e r o a e s ta p a r tic u la rid a d d e l o b je to “H is to ria ” se le a g re g a u n e le m e n to
n o p re se n te e n lo s p ro c e s o s n a tu ra le s : la lib e r t a d . E s d ecir: ¿h ay re g u larid ad es
a p e s a r - o a t r a v é s - d e la lib e r ta d h u m a n a ? E n su é p o c a la s o c io lo g ía se e n ­
c o n tr a b a e n u n e s ta d o e m b r io n a r io , p e ro c ie rto s fe n ó m e n o s d o n d e n a tu r a ­
le z a y lib e rta d q u e p a r e c e n e n t r a r en c o m b i n a c ió n , e n la c u a l es d ifícil
d is c e r n ir la a c c i ó n d e c a d a u n o , lla m a n to d a v ía h o y la a te n c ió n . E s u n d a to
m u y in te re s a n te p o r e je m p lo , el q u e n o ta K an t al p rin c ip io d e las IH U C :

“Así, los m atrim on ios ( ...) p arecen , ya que la libre voluntad h um an a ejerce
tan grande influencia en los prim eros, no estar som etidos a regla alguna que
pudiera perm itirnos determ inar co n anticipación su núm ero y, sin em bargo,
las tablas estadísticas anuales de los grandes países nos m uestran que trans­
cu rren con arreglo a leyes naturales con stan tes...” (K an t, IH U C 6 3 )

Y y a H e rd e r se ñ a la b a :
1 ) t leí h- 11a desalentar al hombre, a mi parece r, el hecho de que con los dul-
i es alanés que él llama amory en los cuales pone tanto empeño sirva casi tan
ciegamente como las plantas a las leyes de la naturaleza.” (Herder, I F H H 47)

Estas regularidades atañen al aspecto “cíclico ” del ho m bre, y son m ás bien


hoy e n día o b je to d é la so cio lo gía. Pero sirve co m o pregunta sobre el actuar
libre del hom bre en la Historia y sobre cuál es el verdadero actor. Es más bien
dentro de este co n texto donde se encu entra tanto la expresión “intención de
la N aturaleza” de K ant12, co m o la de “astucia de la razón” de H egel13. Si lo que
escandaliza a m enudo es que se u tilicen estos esquem as lógicos para “ju stifi­
car” los m ales sufridos en el m undo en función de un bien colectivo posterior
-s in duda se presta para una critica en esta d ire cció n -, sin em bargo, estos es­
quem as han sido form ulados teniendo en cuenta m ás bien fenóm enos co m o
los que no taba en 1 7 7 6 A dam Sm ith . Éste observaba fenóm enos sociales en
donde la p rosecu ción de lo s intereses individuales n o term in aba en la ab so ­
luta incom patibilidad, sino que entraban dentro de una lógica por la cual ser­
vían in d irectam en te al c o n ju n to de lo s h o m bres afectad o s. Es este tipo de
m ecanism os el fenóm eno que fundam entalm ente llam a la atención de n u es­
tros filósofos de la h isto ria. El in te n to co n siste en plasm ar la trad ición reli­
giosa de la Providencia co n estos fenóm enos destacados en su época.
La bú squ ed a de recursos m e tod o ló gicos que perm itan llevar a cab o este
tipo de e x p licacio n e s se co n cen tra rá preferentem ente e n el problem a de la
cau salidad. Las so lu cion es o scilarán entre exp licaciones de tipo m ecanicísta
y de tipo teleológico.
O tra cu estión estrecham ente relacionada es si se a p ren d e,y en qué m edida,
d é la Historia.

“Es tarea de la historia de determinadas cienciasy naciones llevar la cuenta de


estos puntos máximos alcanzados.. "(Herder, ÍFHH505)
“(...) los conceptos correctos acerca de la naturaleza de una constitución po­
sible exigen una experiencia muy grande, entrenada por la historia, y, sobre
todo, una buena voluntad dispuesta a aceptarla.” (Kant, IH U C 5 1)

12También entra en esta consideración la expresión "ese gran artista llamado Nat m aleza" de la Paz
P erpetua (suplem ento prim ero, De la garantía de la paz perpetua). El desarrollo teórico constituye
una extensa parte de h C rítica d elJu ic io .
13 Para acced er al concepto expuesto por el m ism o Hegei, rem itim os a la Enciclopedia de 1 8 3 0 ,
§2 0 9 . Nótese que d icho parágrafo se encuentra dentro delapartado denom inado “Q uim ism o'.
Hasta llegar a la paradójica y provocativa tesis de Hegel:

“Suele aconsejarse a los gobernantes, a los políticos, a los pueblos, que vayan
a la escuela de la experiencia en la historia. Pero lo que la experiencia y la his­
toria enseñan es que jamás pueblo ni gobierno alguno ha aprendido de la his­
toria ni ha actuado según doctrinas sacadas de la historia. Cada pueblo vive
en un estado tan individual, que debe resolver y resolverá siempre por sí
mismo.” (LFHU 157y ss.)

El tem a n o es nuevo. Pero en este nuevo contexto filosófico, la cu estión de


la h is t o r ia m a g is t r a v it a e es im portante ya no sólo por razones prácticas. El in ­
terés de la reflexión reside ahora especialm ente en que si a c e p t a m o s q u e la H is­
t o r ia e n s e ñ a , q u ie r e d e c i r q u e h a y a lg o d e r e g u la r e n e lla .
Por últim o encontram os el problem a de la r e la c ió n d e l a filo s o fía c o n la c ie n -
c ia h is t ó r ic a .

“Significaría una falsa interpretación de mi propósito creer que con esta idea
de una historia universal, que implica en cierto sentido un hilo conductor a
priori, pretendo rechazar la elaboración de la historia propiamente dicha, la
que se concibe de modo puramente empírico...” (Kant, ¡H UC64)

La discusión aquí parte de la consideración de la relación entre los relatos


de los historiadores de entonces y las nuevas interpretaciones de los filósofos;
ya tenía sus anteceden tes en las discusion es análogas co n la teolo gía. Luego
aparecen otros aspectos en esta discusión, especialm ente la relación que hay
entre la filosofía y las categorías que se descubren presentes en las elaboracio­
nes del historiador. Será Hegel quien desarrollará sistem áticam ente la refle­
xión sobre el tema.
Sobre este trasfondo prob lem ático, vam os a considerar las diferencias y
ver si hay algún tipo de evolución. N os detendrem os en los capítulos siguien­
tes en algunos escritos clásicos de estos filósofos.
Bibliografía recomendada

B rau er, Daniel, “La filosofía idealista de la historia” en Filosofía d e la H istoria. E nciclo­
p e d ia Ib e ro a m e r ica n a d e F ilo s o fía . T rotta, M adrid, 1 9 9 3 .
H egel, Georg, Lecciones sobre lafilo so fia d e la historia u niversal, en 2 tomos ( 1 8 3 7 ), R e­
vista d e O cciden te A rgen tin a, Buenos Aires, 1 9 4 6 . L FH U
H e rd e r Joh an n G ., F ilo so fía d e la H istoria p a r a la E ducación d e la H u m an idad (1 7 7 4 ).
Trad. :E .T ab ern ig, Nova, Buenos Aires, 1 9 5 0 . TF
-------------------- Joh an n G ., Ideas p a r a u n a filo s o fía d e la h isto ria d e la hu m an id a d (1 7 8 4 ),
trad.: J. R oviraA rm engol, Losada, Buenos Aires, 1 9 5 9 . IFH H
K a n t , Im m an u el, F ilo so fía d e la H isto ria , Buenos Aires, 1 9 5 8 , trad.: E. Estiú. C on ­
tiene varios textos. Las referencias de nuestro capítulo son al texto Id ea p a r a una his­
toria un iversal en sen tido c o sm op olita. 1HUC, presente en esa edición También en ella
se encuentra la cita que pertenece a la Reseña de Kant a la prim era parte del libro de Her-
d erlF H H .
L e s s in g , G otthold E . , E s c r ito s filo s ó f ic o sy teológicos. Edición preparada y traducida
por Agustín Andreu Rodrigo. Editora N acional, M adrid, 1 9 8 2 . En especial: L a ed u ­
cación d el g én ero h u m an o (1 7 8 0 ) , p. 5 7 3 .
Verónica Tozzi

Introducción

D u ra n te la p r im e r a m ita d d e l sig lo x x , la d is c u s ió n e n to r n o d e la e s tr u c ­
tu ra y ju s tific a c ió n de las e x p lic a c io n e s d ad a s p o r los h is to ria d o re s c o n c e n tró
la a te n c ió n d e m u c h o s filó so fo s a n g lo s a jo n e s d e la h is to ria , p e rte n e c ie n te s
to d o s a la t r a d ic ió n d e la filo sofía a n a lít ic a .1A su v e z , el e n fo c a r el d e b a te e n
to r n o d e la n o c ió n d e “e x p lic a c ió n ” c o m o c o n c e p to c lav e p a ra d iscu tir el s ta ­
tus e p is te m o ló g ic o d el c o n o c i m i e n t o h is to rio g rá fic o d e b e e n g ra n p a rte su
o rig e n al p o lé m ic o artíc u lo d e C a ri H e m p e l L a fu n c ió n d e la s ley es g e n e r a le s en
la h is t o r ia . E s te tr a b a jo , a p a r e c id o e n 1 9 4 2 , tien e el m é rito d e h a b e r lo g ra d o
q u e la d is c u s ió n g ira ra a lre d e d o r de la a p licab ilid ad o n o a la h is to ria del m o ­
d e lo d e e x p l i c a c i ó n e x p u e s t o e n é l, lla m a d o d e la c o b e r t u r a leg al o d e s u b -
s u n c ió n n ó m i c a (e n a d e la n te T .C .L ). U n e je m p lo d el p ro p io H e m p e l n o s
fam iliarizará c o n su p ro p u e s ta . S u p o n g a m o s q u e q u e re m o s e x p lic a r el e s ta ­
llid o d el r a d ia d o r d e u n a u to m ó v il d u ra n te u n a n o c h e h e la d a . A lg u ie n m e ­
d ia n a m e n te v e r s a d o s o b re el te m a p o d r á n o m b r a r o tr o s a c o n te c im ie n to s

1Con la expresión filosofía analítica de la historia no se pretende dar la im agen de un grupo hom o­
géneo de filósofos, por el co n tra rio , dentro de esta c o m en te en con tram os autores tan opuestos
com o Hempel y Dray. Sin em bargo pueden encontrarse ciertas sim ilitudes en el tratamiento de los
problem as. Las tesis que reflejan estas coincidencias pero no p o rim plicar aceptación sino o bjeto
de polémica son: existe una distinción entre enunciados analíticos y enunciados sintéticos; la tarea
específica de la filosofía es la búsqueda por m edio del análisis conceptual de las representaciones
privilegiadas, búsqueda que no se da en el ám bito de la m ente sino en el ám bito del lenguaje; la filosofía
descubre la forma lógica o estructura gramatical profunda a partir del análisis del lenguaje (ideal o
natural); ¡a epistem ología (la teoría del conocim iento) dom ina la antología.
miiH (lando cu cnta de su o cu rrencia: “...e l veh ículo perm aneció en la calle
d n ia n tc toda la no ch e ; su radiador, de h ie rro , se en co n trab a lleno de agua
hasta el borde y co n la tapa atornillada herm éticam ente. La tem peratura, d u­
rante la no ch e , d escen d ió a 4 °C , al an o ch ecer, a -4 °C , en la m añan a; la p re ­
sión barom étrica era norm al; la p resión que soporta el m aterial del radiador
e s x ”( 1 9 7 9 ,p . 2 3 4 ) . ¿C u áles so n las razones que nos perm ítan co n e ctar los
su cesos aducidos con el que querem os explicar? Esp ecíficam ente, el co n o ci­
m iento de ciertas co n ex ion es generales em p íricas que nos dicen que “( . . . ) a
0°C , co n presión atm osférica n o rm al, el agua se congela; por debajo de 4°C ,
la presión de una masa de agua aum enta al descender la temperatura, si el vo­
lum en perm anece co n stan te o dism inuye; cuando el agua se congela, la pre­
sión nuevam ente aum enta, [y, finalm ente, cierta] ley cuantitativa referenteal
cam bio de la presión del agua en función de su temperatura y volum en”(ibíd).
D ados los su ceso s aducidos y los enunciados generales que los co n ectan co n
el su ceso que querem os explicar, este últim o, el estallido del radiador, resulta
algo esperable o inevitable.
En su cesiv os trabajos H em pel ofrece send os relatos accesibles al sentid o
co m ú n de ex p licacio n e s de su ce so s de d iferente tipo co n el o b je to de m o s­
trarnos sus sem ejanzas. En gran parte se trata de explicaciones de fenóm enos
n atu rales y, co m o en el caso e x p u esto aqu í, tod o s apelan a o tros a co n te ci­
m ientos anteriores que darían cuenta del que querem os explicar. Ahora bien,
el punto de H em pel es revelar que en todos los casos se presupone la existen­
cia de leyes g enerales, las cu ales nos garantizan qu e la elección de los h ech o s
aducidos para dar cu enta del que se quiere explicar no es arbitraria. Las leyes
pueden ser enunciadas explícitam ente o no y es posible constatar num erosos
casos en donde no se las enun cia, p ero , lo im portante es q u e , explícitas o no,
sin leyes no habría e x p lica c ió n . Veamos un ejem p lo más: se nos dice que los
ag ricu ltores del D ust Bow l em ig raron a C alifo rn ia “po rqu e” la sequ ía y las
torm entas de arena co n tin u as hacían cada vez m ás precaria su ex isten cia, y
porque California parecía brindarles m ejores condicion es de vida. A diferen­
cia del ejem p lo anterior aquí no s encontram os co n un acontecim ien to de un
tipo distin to , estam os ante un a co n te cim ien to hu m ano , la cond u cta de un
grupo de cam p esin o s en un m o m ento y lugar e sp ecífico s, pero al igual que
en el caso anterior, se nos ofrecen co m o explicativos ciertos sucesos particu­
lares, referidos a un tiem po y lugar e sp ecífico s. Dado que estam os ante la
ocurrencia de aco n tecim ien to s hu m anos y que lo que querem os exp licar es
la co nd u cta de ciertas personas específicas en su tiem po y lugar específicos,
a sim p le v ista, la co n statació n de lo s h e ch o s ad u cid o s parecería su ficien te
para explicar el hech o en cu estión, no haría falta nada m ás y asi lo h an co nsi­
derado m u ch o s teórico s de la histo ria. Sin em bargo, aun cu an d o no lo haga
exp lícitam ente, esta ex p licación se basa en una h ip ó tesis universal según la
cual las poblaciones tenderían a em igrar a regiones que ofrecen m ejores co n ­
d iciones de vida, sin esta p resu p o sición general acerca de la c o n d u cta h u ­
m ana, la ex p licació n resultaría arbitraria. E n defin itiv a, para H e m p e l, una
ex p licación estrictam ente cien tífica de la o cu rren cia de cu alqu ier aco n teci­
m iento específico en u n cierto lugar y tiem p o , sea natural o hum ano (social e
h istó rico ), co n siste e n in d icar n o só lo las co n d icio n e s o las cau sas de dicho
aco ntecim ien to , sin o tam bién las leyes que co n ectan co n d icion es y su ceso a
explicar.
P recisarem os un p o co más las afirm aciones h ech as hasta aquí. Es im por­
tante tener en cu enta que para H em pel la e xp licación es fundam entalm ente
una estructura lingüística, m ás específicam ente, un razonam iento. El en u n ­
ciad o que cu m ple la fu nción de co n clu sió n del razonam iento explicativo es
el que describe el h ech o que querem os explicar y será llam ado explan an dum .
Las prem isas del razonam iento, las que cu m plen la fu nción explicativa, son
llam adas explan an s, y co n stan de dos tipos de enun ciados; aquellos que ex ­
presan los aco n tecim ien to s particulares o co n d icion es iniciales para la o cu ­
rrencia del h ech o a exp licar y aquellos que expresan las leyes g enerales.2 E n
su cesivos artícu los H em pel expresará estas exigencias de un m odo m ás es­
tricto , esp ecíficam en te, dirá que toda ex p licación cie n tífica debe seguir un
m o d elo , el m odelo nom o lógico deductivo de explicación, el cual requiere 1)
que el ex p lan an d u m sea d ed ucible de la in form ació n co n ten id a en el e x p la ­
n an s, porque de lo co n trario este últim o n o podría co n stitu ir una base ad e­
cu ada para el ex p lan an d u m , y, 2 ) qu e el e x p lan an s e n u n cie , ju n to co n las
co n d icion es iniciales, al m enos alguna ley general para la d erivación del e x ­
plan an du m (cf. 1 9 7 9 , p. 2 5 0 ).
H em pel reconoce que no toda e x p licación cien tífica de aco ntecim ien to s
particulares se basa en leyes universales estrictas, pues reconoce que m u chas
de ellas utilizan leyes de tipo estadístico o probabilístico. En este caso, la c o ­
nexión entre explan an s y explan an dum será inductiva y no deductiva. De este

2 E xplanans y explanandum son dos neologism os introducidos por Hempel.


m odo, podem os distinguir dos tipos básicos de explicación por leyes: el no-
m ológico deductivo: que cu enta co n leyes generales universales y cuya rela­
ció n entre explan an s y ex p lan an d u m es deductiva, y el estadístico indu ctivo,
que cu enta con leyes generales probabílísticas o estadísticas y cuya conexión
entre ex p lan an s y ex p lan an d u m es inductiva, es decir, el ex p lan an d u m se d e­
riva o infiere del ex p lan an s co n probabilidad- Dada la presencia de leyes ge­
nerales (u niversales o estad ísticas) en el e x p lan an s y el propósito cu m p lid o
p o r am b os de m ostrar qu e lo descrito por el ex p lan an d u m es u n caso de una
ley m ás general, p odem os co n sid erar a am b os m odelos co m o dos casos del
m o d elo m ás general de la su bsunción n óm ica o , siguien do a W illiam Dray, la
teoría de la cobertura legal. Los siguientes esquem as ilustran la estructura ló­
gica de am b os tipos de e x p licació n ;

Leyes generales
E nu nciad o s que co n fo rm an el explanans
__________________________C on d icio nes iniciales
E nu nciado que d escribe el aco ntecim ien to a explicar: explan an dun

¿C óm o e ntra la h isto ria, la disciplin a que co n v oca al p resente lib ro , en


esta d iscu sión ? Si vo lv em os al e jem p lo de lo s cam p esino s de D ust Bow l,
H em pel m ism o advierte la dificultad que presenta para esta disciplina cu m ­
plir co n los requisitos propuestos. La presuposición universal de que las per­
sonas tiend en a em ig rara regiones que les o lrezcan m ejores co n d icion es de
vida dista m u ch o de ser una ley universal, n i siqu iera una regularidad e sta ­
dística, pues se enfrenta a múltiples casos en contrario. Por ello m ism o, H em ­
pel dirá q u e en el caso de las ex p licacion es dadas por los histo riad ores
haríam os b ien en considerarlas m ás que exp licaciones científicas (en el sen ­
tido dado por él a esta expresión) esbozos de explicación, sugiriendo que de­
berían “com pletarse”, es decir, m ediante subsecuente investigación podrían
precisar su s co n d icion es iniciales y regularidades presupuestas co n el fin de
llegar a ser explicaciones hech as y derechas (cf. 1 9 7 9 , p. 2 4 0 ). En definitiva,
esta afirm ación es co heren te co n la fu nció n de los m odelos de exp licació n ,
éstos no p retenden describir lo que los cien tíficos de hech o hacen sino in d i­
car en térm in os razonab lem ente precisos la estru ctu ra lógica y la ju stific a ­
ció n de diversos m odos en que la cien cia em p írica responde a las preguntas
que piden una explicación (cf. ib íd .p . 4 0 5 ). Paradójicam ente, a pesar del tí­
tulo de su prim er artículo, La/unción d e las leyes gen erales en la historia, Hempel
no estaba interesado en dilucidar la función de las leyes generales en la historia
ni siquiera en dilu cidar có m o so n las explicaciones e n la historia sino en pro­
poner una teoría general sobre la explicación científica, u n m odelo tan general,
que tam bién la historia, a pesar de su actual estado de subdesarrollo frente a la
precisión déla ciencias físicas y naturales, tam bién debería y podría alcanzar.3

1. Retrospectiva con respecto al debate sobre


la explicación histórica4

La discusión acerca d e la T .C .L . discu rrió en un p rim erísim o plano alre­


ded o r de R l ) la necesid ad de leyes generales y R 2) la ex igen cia de una rela­
ció n lógica entre ex p lan an s y ex p lan an d u m . La satisfacció n de am b os
requisitos garantiza - e n el m arco de la T.C. L - la su bsu nción del caso a expli­
car bajo regularidades (la llamada cobertura legal), y por tanto otorgan/uerai
explicativa (y ju stificació n ) a la explicación. En otras palabras, m uestran que
el hech o en cu estión era de esperar. M últiples críticas a esta co n cep ció n n o se
dem oraron , sin e m b a rg o , a pesard e su variedad pu ed en clasificarse en dos
tipos. La prim era ofrece otros enun ciados que cu m plan la fu nción de co ber­
tura y que, sin ser estrictam ente universales, su bsu m an al ex p lan an d u m .5 La

3En nuestro m edio Félix Schustcr nos ofrece un ejem plo de reconstrucción en térm inos hempelia-
n os de una explicación de un suceso h istórico concreto o , más específicam en te, de una secuencia
de sucesos históricos con cretos. En E xplicacum y predicción. 2 a ed. Buenos Aires, C LACSO, 1 9 8 2 ,
se centrará en un período de la historia argentina, la Revolución de M ayo y en especial, en el papel
protagónico de M ariano M oreno. Más allá de H em pel, su conclusión será q u ees posible formular
explicaciones nom ológicas deductivas en historia asi com o tam bién form ular predicciones.
11.a expresión "explicación histórica'’ se refiere, por un lado, a aquellas explicaciones que dan los
historiadores o que aparecen en los libros de h istoria. E n este capítulo, sólo tendré en cuenta este
sentido. Por otro lado, tam bién refiere a u n tipo especifico de explicación que destaca com o expli­
cativos factores históricos. Este sentido está asociado con el historicism o defendido por historia­
d ores del siglo xix, quienes, según la definición de M. M andelbaum (Íüsíory, M an and R em o n
Baltimore 1 971), consideraban que para una com prensión adecuada de la naturaleza de cualquier
fenóm eno y para una adecuada evaluación de su valor éste debe considerarse en términos del lugar
que ocupó y el rol que ju g ó dentro de un proceso de desarrollo.
5 U n representante clásico es P. G ardiner (1 9 6 1 ), para quien la vaguedad inevitable de las generali­
zaciones del historiador perm ite derivar lógicam ente el ex p lan an d u m del ex p lan an s, y al m ism o
tiempo . .h ablaracerca d élo qu esu ced ió en o casio n es particulares,en toda su variedady en toda
su r iq u eza...“ (p. /7).
segunda exp lora otras fu entes de fuerza explicativa alternativas a estos dos
requisitos (n o hay necesidad de cobertura y por tanto se diluye la necesidad
de co n ex ión deductiva o inductiva entre explan an s y explan an dum y de leyes
generales), pues señalan, en el caso específico de la disciplina histórica, m os­
trar la esperabilid ad (p re d icitib ilid ad ) del su ceso no es lo que m otivó a los
historiadores a buscar la explicación. Las recon strucciones tradicionales del
debate lo reducen al lugar que cu m plen las leyes generales en la explicación:
fundam ental, debilitado o ninguno. Por tanto, serán tres las principales po ­
siciones. E n el prim er caso, encontram os a los teóricos ortodoxos de la cober­
tura legal co n H em pel a la cabeza. En segundo lugar, los teóricos m oderados
de la cobertu ra legal, entre lo s que se encu entran Pa trick Gardiner, Alan D o-
nagan y, para algunos, M ichael Scriven en cuanto a que, com o veremos ense­
guida, dilucida un tipo de enunciado general de carácter debilitado im plícito
por los histo riad ores en su s exp licacion es. F in alm en te, e n co n tram os un
grupo al que llam aré p luralistas y qu e se m anifiestan co m o opositores radi­
cales a la T.C .L. y que cu en ta co n W illiam Dray y tam bién en algún sentido
Scriven, en la m edida en que si bien reconoce la existencia de enunciados ge­
nerales (sus llam ados truism os) éstos no cum plirían una función subsuntiva.
A hora b ien , si p ensam os en la dirección tom ada por la filosofía de la h is­
toria posterior, paralelamente a los giros histórico y pragm ático en la reciente
filosofía de las cie n cia s, existe una clasificación alternativa aunque no exclu­
yeme de la anterior, relacionada con los criterios de aceptación de explicacio­
nes dadas por los historiadores. En otras palabras, la diferencia más importante
debe buscarse en el hech o de si consideraban que la evaluación de la explica­
ción debía o no responder a los intereses de los historiadores, es decir, si res­
pondían a un c riterio ob jetivo o p rag m ático , tal co m o ellos m ism os los
denom inaron. Según esto, el aspecto com ú n entre los moderados y los plu­
ralistas a la T.C.L. es el de retrotraerla discusión de las cuestiones lógico-for­
m ales (para evaluar la ex p licació n ) a las de tipo pragm ático. Ello significa
d ilu cidar la estru ctura y ad ecu ació n de las exp licacio n e s dadas en historia
por referencia a los intereses del historiad or, evitando así im poner desde
afuera un m odelo que resulte ajeno. Veremos de este m odo a todos ellos pre­
ocupados explícitam ente por d a r cuenta de lap rác tíc a histórica rea!. En térmi­
nos m etod o ló gicos, el en fo qu e pragm ático se tradu ce en una evaluación
contexto-dependiente de la co rrección de las explicaciones en historia, esto
es, se identifica la pregunta que pide una explicación -q u é es lo que se qu iere
e x p lic a r - o, con resp ecto a qué el su ceso resulta enig m ático co m o para re­
qu erir e x p lica ció n . La co rre cc ió n de la e x p lica c ió n dependerá de si res­
ponde o no a la pregunta form ulada; en defin itiv a, la co rre cc ió n de la
e xp licación n o puede evaluarse po r si se adecúa a un m o d elo pensado para
respon d er a in tereses y o b je tiv o s de otros cam p os de estu d io . El resultado
positivo de esta co n tien d a fue la d iv ersificación de las m aneras de e x p licar
n o red u cib les a una e stru ctu ra ú n ica, y a la vez acep tab les co m o e x p lica ti­
vas, cuyas diferentes estructuras se debían a que respondían a diferentes re­
q u erim iento s de explicación.

2. Modelos de explicación alternativos a la T. C.L.


dados en historia

De las inn u m erab les criticas a la ap licació n del m odelo hem p eliano a la
historia, sin duda la de W illiam Dray es la m ás destacada por su com binación
de crítica analítica destructiva y de propuesta pragm ática constructiva. En su
Law s an d E xplanations in H isíory, Dray m uestra detalladam ente a través de un
sinnúm ero de argum entos por qué aun cu ando podam os e lu cid arlas gene­
ralizaciones im plícitas a diferentes explicaciones dadas por los historiadores,
es tas generalizacion es no son ni necesarias nisu ficie n te s para la co rrección
de la e x p lica c ió n , pues lo que im porta, dirá Dray en sin tonía co n su interés
pragm ático por la p ráctica histó rica real, e ss i respon den o no a la pregunta
form ulada; la tarea del filósofo de la h isto ria será en to n ce s id en tificar estas
preguntas. Éste es el caso de la “explicación racional”, aquella q ue, frente a la
pregunta ¿por qué A hizo x ?, no señala las co n d icion es que h acen que la a c­
ción haya tenido lugar, sino las razones del agente, no interesa si la acción era
esperable y predecible sino si era razonable. El explan an s no incluye un enun­
ciado legal sino un principio de acción co m o “en una determ inada situación
lo que hay que h acer es tal co sa”. Lo im po rtante en esta e x p lica c ió n , señala
Dray, es su contingencia, el agente podría haber actuado de m anera diferente
o igual pero por otras razones, o irracionalm ente, o no todo lo adecuado que
la situación perm itía (cf. 1 9 7 0 , cap. 5 ),6

, véase G. vonWright, Ex¡rf¡«Kíón_y comprensión. Alianza, Madrid, 1979.


i )i ro ejem plo de explicación de sucesos históricos sin subsunrión wrnica,
es c! co n o cid o “e x p licar có m o fue p o sib le ”, tam bién dilu cidado por .Oras:
m odelo q u e, p o r otra parte, intenta ser el esqu em a de la narrativa. La p re ­
gunta inicial se interesa por algún h e ch o esp ecifico del cual n o tenem os c o ­
no cim ien to , que explique, dé cuenta de algún acontecim ien to llam ativo, ya
que, de acu erdo co n nu estras expectativ as, el m ism o resulta im p o sible. La
explicación revelaría una pieza de un rom pecabezas que daría sentido a toda
la situación m ostrándola com o posibleC Ibíd., C ap. 6) El caso refiere a un re-
lator de baseball de la V ictoria, B. C. quien dijo:

“( . . . ) e s u n a p e lo ta la r g a a l c e n tr o d e l c a m p o , y e s tá p o r g o lp e a r e n lo a lto d e l
c e r c o . E l c e n tr a l, e s tá a tr á s , e s tá d e b a jo d e e lla , la a tr a p ó , y el b a te a d o r q u e d ó
fu e r a . L a a u d ie n c ia q u e s a b ía q u e e l c e r c o e s ta b a a 2 0 p ie s d e a ltu ra n o p o d ía
im a g in a r s e c ó m o el c e n t r a l a tr a p ó la p e lo ta . L o s e s p e c ta d o r e s p o d ía n h a b e r ­
le s d a d o la im p r o b a b le e x p lic a c i ó n . A tr á s d e l c e n t r a l h a b ía u n a a lta p la t a ­
f o r m a p a r a e l m a r c a d o r . E l c e n tr a l s u b ió c o r r i e n d o la e s c a le r a y a ta jó la p e lo ta
a 2 0 p ie s s o b r e el te r r e n o .” ( I b i d . , p p . 3 . )

La explicación de un suceso por estado-contraste (sta te-con tra st), pro­


puesta por M ichael Scriven, e so tra alternativa no subsuntiva de explicación,
pues m uestra que una investigación histórica aguda no se limita a preguntar
por las causas de los sucesos en general -p o r qué se ciio tal cosa o alguien hizo
tal c o sa -sin o , por qué ocurrió esto en lugar de aquello, o po rqu é hizo tal cosa
en lugar de otra. La explicación consistirá de dos rasgos conectados: a) el tipo de
factor que es de su interés (psicológico o m otivacional, caracterológico o co n ­
trolable, local o distante) y que tiene que ver co n la elección de la causa ,7 y b) lo
que puede llamarse un estado contraste (con trabátate): es decir lo que se habría
dado si el factor no hubiera intervenido. La función del contraste se muestra en
el hech o de que la pregunta ¿p o rq u é ju a n ha desarrollado u n cán ce rd e piel?,
puede significar ¿porqué tiene cán cer aho ray hace un mes no? o, ¿po rqué su
herm ano, quien trabajaen el mism o lugar, no lo contrajo7 En el prim erease, se

• Scriv en, M . “Causes, C o rm ca io n sa n d C ond iuon ¡n H istory", en Dray (eo m p,), P hilosophical
A nalysis a n d H istory, New York, Harper & Row, 1 9 6 6 . Por psicológico o m orivaeional, Scriven
quiere dar a em ende ¡c o m o no del t odo consciente o m anejable por el actor, cuestiones referidas a
su carácter o a sus d isposiciones, las cuales hacen que tienda a com portarse de determ inadas m a­
neras, Porcaracterológico o controlable se refiere alas particularidades de [asituación, si son idio­
sincrásicas o m anípulables.
contrasta con un estado propio libre de cáncer anterior y en el segundo con una
persona muy sim ilar a él líbre de cáncer. B ajo el prim er contraste puede surgir
una respuesta co m o una exposición a rayos ultravioleta para Ju an . E n el se­
gundo caso, puede surgir una respuesta acerca de ciertos factores constitutivos
de ciertos individuos de una p oblación proclives a desarrollar cáncer. Poste­
riorm ente, Scriv en se ocupa de las g eneralizaciones usadas en historia, las
llama truismos y las caracteriza com o enunciados nórmicos: d icen que todo cae
bajo una cié rta categoría excepto aquello a lo que ciertas co n d icion es se apli­
can. Y aunque el enun ciado n órm ico no indica explícitam ente lo que cuenta
co m o co n d icion es excepcio nales, em plea un vocabulario que nos rem ite a
nu estro co n o cim ien to de ellas. Si el truismo no se aplica al caso particular, no
significa que sea refutado sino sólo que no se aplica aquí.8
U n últim o eje m p lo de ex p licació n alternativ o a la T. C .L. que qu iero in ­
clu ir aquí n o s lo ofrecen los fam osos filósofos del d erecho H art y H onoré en
su sugestivo e influ y ente “Causal Ju d g em en t in H istory and T h e Law ”9,
donde señalan que en estas disciplin as de lo que se trata es, n o de e n co n trar
leyes generales, sino de distinguir en el co n ju n to de co nd icion es anteceden­
tes de los fenóm enos, aquellas que so n causa de las que so n m eras co n d icio ­
nes, Por e je m p lo , la cau sa de una gran ham b ru na en la India puede ser la
seq u ía para el cam p esin o indio, pero para la W orld F ood será el fracaso del
gobierno indio en co n stru ir reservas y la sequía la co n d ición . En otro orden
de cosas, la esposa de un hom bre que sufre de úlcera de estóm ago identifica­
ría al haber com ido perejil com o la causa de una indigestión de su m arido; un
m éd ico, en cam b io , co n sid eraría la ú lcera co m o la cau sa y la com ida co m o
m era ocasió n . A qué llam arem os la causa de un aco n te cim ien to , es un pro ­
blem a que resolverem os en térm inos del cam po de investigación en cu estión
y es una decisió n que tom arem os en térm in os de los intereses y finalidades
de quien habla. Pero este recon ocim iento no nos hace descuidar el lado lá c­
tico de la ex p licación cau sal, pues si bien el factor que eleg im os co m o causa
de un acontecim ien to depende de su valor práctico, de aquello que podem os
co n tro lar y m anipular, es fundam ental que sea realm ente una co n d ició n
(au nque por su p u e sto n o la única).

6 Toda explicación , según S criv en , implica un aspecto lógico (identificación de explicaciones po­
sibles conectadas form almente con el acontecim iento aexplicar) y otro contextual objetivo (selec-
cion arapartird el an álisisdel material em pírico laq ue se aplicaal casopartícular).
9En Dray, W (co m p .), PhilosophicalA ndysisan dH istory, New York, H arper& R ow , 1 966.
¿En qu é sentido son alternativos a la T.C .L. estos m odelos de explicación?
El criterio de la pregunta que pide una ex p licación nos ayudará a responder
esta cu estión. En la T .C .L ., la descripción que rem ite al suceso a explicar des­
taca aquellos aspectos en cu anto a su o currencia localizable espacio-tem po-
ralm en te, por ello , la e x p lica c ió n tenderá a m ostrarlo co m o necesario ,
probable o esperable. En aquellos m odelos aplicados a la historia en los cu a­
les no hay su b su n ció n n ó m ica, la fo rm u lación d el ex p lan an d u m no será en
cuanto a suceso ocurrido o q u e ocurre sino, co m o en el caso de la explicación ra­
cio n al, en cu anto a su ad ecu ación o no con lo qu e d eb ía hacerse. E n los casos de
c ó m o fu e posible y estado con traste, se dará cuenta de un hech o com plejo co m ­
pletando algunas piezas que le darían un m arco de posibilidad y norm alidad.
Pero, aún queda po r responder ¿por qué no recon ocer que siem pre y en toda
e x p licación científica hay presupuestas generalizaciones aunque sean d ebi­
litadas que cu m plan un rol de co bertu ra, las cu ales son en definitiva las que
otorgan “fuerza explicativa” a la explicación? D e este modo, si bien acordarí­
am os que la T.C .L. estricta n o da cu enta de la práctica histórica real, una ver­
sió n debilitada de la m ism a sí lo logra. Para respon der esta cu estión y poder
apreciar co m o co existen tes y no redu cibles ex p licacion es que p resuponen
g en eralizacio n es d ebilitad as y e x p lica c io n e s que no p resu p o n en leyes en
a b so lu to , d e b e m o s n o tar lo sig u ien te: no se rechaza la in te rv e n ció n de
e n u n ciad o s generales d e b ilitad o s en razón d e qu e, al no ser e strictam en te
u niversales, su bsu m en tanto la ocu rrencia co m o la no o currencia de los su ­
cesos a explicar, una o bservación co rrientem ente h ech a a estas alternativas.
Sino m ás bien a la relevan cia (n o a la ju stificació n ) de mostrar que una acción
es algo frecuente, cu and o la pregunta es otra: si era lo que había que hacer o
si era p o sib le. Ilustraré este p u n to h acien d o ex p lícitas las g eneralizacion es
debilitadas para que podam os determ inar cuál es su rol en la e x p licación . En
p rim er lugar, traeré a co la ció n una o b je c ió n h e ch a por J . Pitt al m od elo de
“explicar có m o fue posib le”. Según su o b serv ación ,10 Dray sólo puede elegir
cie rto s en u n ciad o s (sing u lares) y no o tros co m o co n d icion es in iciales que
expliquen có m o (p o r e jem p lo) el jardinero central (cen terfield er) atajó la p e­
lota, porque su pone una “ley de tendencia” que da cu enta de la co nexión . La
misma informaría que losjardineros centrales en la m ism a situación efectúan

10 Pitt J . H “G en eralization in H ístoricalE xplan ation ". T h e Jou rn al ofPhilosophy 5 6 ,1 9 5 9 , pp.


5 7 8 -5 8 6 .
ese tipo de acció n . Sin em bargo, D ray cu enta co n una co n tra o b je c ió n para
hacer, pues en rigor de verdad, d ich o enu n ciad o respon de a la pregunta
“¿por qué x hizo tal co sa?”, y no a “¿cóm o pudo ser posible que x hiciera algo
que, a partir de los datos co n o cid o s, era im posible?”, que era lo que e specífi­
cam ente se preguntó. Es decir, no nos im porta saber que la gente usualm ente
actúa así en las m ism as co n d icion es, sin o saber có m o pudo h acerlo cu and o
de lo s datos co n o cid o s resultaba im po sible. D e m anera que la inform ació n
fallante, señala Dray, ún icam ente muestra que elsu ceso era posible (ni n e ce ­
sario ni prob able). A un en las m ism as co nd icion es, el central podía no haber
atajad o la p elo ta, pu n to no su ficien tem en te rescatado por la T.C .L. d ebili­
tada. Lo m ism o podem os decir de otro ejem plo del m ism o tipo expuesto por
D ray:

M. Ashiey sugirió en su England in th e!7 th Century, que la explicación de la


disolución del Short Parliament en 1640 se encuentra en el tardío arribo de
Laúd y Strafford al Privy Council para encontrarse con que la decisión ya es­
taba tomada. La fuerza de tal explicación no es mostrar porqué esta improba­
ble decisión fue tomada; es mostrar cóm o fu e que fu e tom ada a pesar de la
presuposición de que no sería así, una presuposición que surge de la presen­
tación de Strafford por Ashiey como un hombre de gran influencia, y como
opuesto a la disolución. La explicación rechaza la presuposición de que Straf­
ford habría prevenido lo que de hecho ocurrió, registrando el duro hecho de
que él simplemente no estaba allí. (Dray, 1957, p. 7, de Harmondsworth,
1 9 5 2 ,p. 72.)

Nuevam ente, una vez obtenida la inform ación fallante que posibilita lo
ocurrido, si bien la búsqueda de la m ism a es guiada por consideraciones gene­
rales que cum plirían un papel heurístico, la validez de la explicación no puede
d ependerde la validez de la tendencia, aún existe la posibilidad de que los ac­
tores en las mismas condiciones actúen de otra manera. Los principios genera­
les que guían la búsqueda d e los datos faltantes que perm iten la reconstrucción
manifiestan una función heurística fundamental pero no agotan la explicación,
pues adm ite que aun dadas todas las co n d icion es los actores n o actúen del
m odo en que lo hicieron. Estos casos no son análogos, com o pretende P itt,al
citado po r él m ism o y que pregunta “có m o pudo ocurrir que esta solución al­
calina sum ergida en papel tornasol n o se haya vuelto azul, dado los co n o ci­
m ientos corrientes acerca de la soluciones alcalinas". La inform ación ofrecida
en cuanto a que el ayudante derramó ácido nítrico no sólo muestra que el acon­
tecim iento era posible, sin o que además era necesario dadas las leyes de la quí­
m ica. Dadas esas condiciones, el suceso no podía no ocurrir, cosa que sí podía
en el ejem p lo del parlam ento. Por todo esto, es que Dray pretende m ostrar la
independencia e irreductibilidad de su m odelo explicativo.
Para term in ar, será fu nd am ental co n c lu ir co n el intento final de A rthur
Danto ( 1 9 6 8 ) de escapar de esta aparente m ultip licidad de form as de co n ce­
b ir la explicación en historia, aparentem ente incom patibles. D anto propone
un análisis en las que ellas m u estren su co m plem entariedad m ás que ex clu ­
sión . B rev em en te, su estrategia apunta a señalar que en sentido estricto una
e x p licació n n o exp lica los aco n te cim ien to s e n sí m ism os sin o bajo alguna

que perm itirán cada una ser incluidas en diferentes propuestas explicativas.
Así, e x p resion es co m o L a S eg u n d a G u erra M u n dial, L a G u erra F ría , si bien
n o m bran aco ntecim ien to s, co m o tales no pueden ser co nclusio nes de argu­
m entos deductivos o inductivos, para ello d eben ser incluidos e n alguna ora­
ció n . De este m odo, un m ism o aco n te cim ien to podrá ser d escrito de tal
m anera qu e se presente co m o un aco n tecim ien to ejem p lo de tipo m ás gene­
ral - e l estallido de un co nflicto b élico, el estallido de un rebelión p o p u lar-, y
por tanto podrá se r su bsu m id o bajo una ley g eneral, o podrá ser descrito
com o un acontecim ien to específico , que lo describa en su particularidad - e l
estallido de la Segunda Guerra Mundial, el levantam iento de los cam pesinos
de la Francia del siglo xvm co ntra Luís X IV -, y que para ser explicado resulte
m ás relevante qu e se lo incluya en una narrativa.
Esta breve ilu stración de diversos tipos de ex p licación relevantes para la
historia n o s perm itió apreciar a grandes rasgos có m o discurrió el debate en
la filosofía anglosajona de la h istoria, aproxim adam ente en la prim era mitad
del siglo (m ás exactam ente, hasta mediados de los ’6 0 ). Así tam bién he inten­
tado ilustrar la im portancia de la d iscusión en cu anto a la dilu cid ación de la
riqueza y variedad de lo que significa “explicar adecuadam ente el p asad o".

3. Pluralismo metodológico y racionalidad

La polém ica en torno de si hay uno o varios tipos de e xp licación adecua­


dos para la historia es una p olém ica por la posibilidad de recon struir racio ­
nalm ente la práctica historiográfíca, y la p osibilidad de una recon stru cció n
racional de la p ráctica historiográfíca su p on e que se ha p odido m ostrar que
el h istoriad or puede dar cu enta objetivam en te el pasad o, lo cu al puede h a ­
cerse de dos m aneras. La p n m era, la m anera hem peliana, su pon e que la re -
c o n stru cció n racio nal de la práctica hísto rio gráfica debe proced er a
desentrañarla estructura lógica de su sp rod u ctos cogm tívos, concretam ente
sus e x p licacion es de los su cesos del pasado. Es m ás, en el caso he m p e lian o ,
se prom ueve un m odelo ideal - d e carácter n o rm a tiv o - de e x p licación cie n ­
tífica que cum ple requisitos lógicos co n el cual se evaluará cu anto se acercan
o se alejan de él las exp licaciones co n cretas de los h istoriad ores. La segunda
m anera de recon stru ir racionalm ente la práctica histo rio g ráfíca proced erá
p reguntánd ose cu áles son los o b jetiv o s, p ropósitos e intereses de los h is to ­
riadores reales y evaluará la p ertin en cia, ad ecu ació n y relevancia de sus e x ­
p licacio n es so bre lo que o cu rrió según el co n te x to e n qu e se lleva a cab o la
investigación.
E n su e stu d io so bre la e x p lica c ió n e n h isto ria, G ard in er señala que no
d eb em o s olvidar la p ráctica co n cre ta de lo s h isto riad ores. Por ello , si b ien
hay no hay qu e so slay ar el lugar im p o rtan te que o cupa (tanto en la cie n cia
co m o en la vida co tid ian a) el p atrón general de ex p licació n po r co rre la cio ­
n es de a co n te cim ien to s m ed ian te leyes g enerales, en d efin itiv a la ad ecu a­
c ió n d el len g u aje d e p e n d e d e ¡os p r o p ó s ito s d e q u ien h a b la . Po r su p a rte , en
respuesta a tod o s aqu ello s (G ardiner, Dray, Scriv en, D an to ) que propician
un e n fo q u e p ra g m á tic o , H em p el en A sp ectos d e u na e x p lic a c ió n c ien tífica
señ ala qu e el p r o p ó s ito de los m od elos d e e x p lic a ció n c ien tífica no es d e s c rib ir
lo qu e realm en te h a c e n los cien tíficos, sin o “rec o n stru ir” la e stru ctu ra lógica
y la ju s tific a c ió n de lo s d ife re n te s m o d o s en que la c ie n c ia e m p írica r e s ­
p o n d e a pregu n tas qu e piden u na e x p lica c ió n , en o tras p alab ras, r e c o n s ­
tru ir el argu m ento qu e c o n stitu y e la e x p lica c ió n o e sb o z o e x p lica tiv o de
m an era m ás co m p le ta p o sib le , só lo así será p o sib le evalu ar su seried ad .
C om o puede verse a q u í, a un que n u n ca fue señ alad o, esta disp u ta fue e x ­
p lícitam ente una p olém ica por los intereses del c o n o cim ie n to , sólo que en
u n a versión an alítica, es d ecir ni m etafísica ni trasce n d e n tal sin o lin g ü ís­
tica. La plu ralid ad m e to d o ló g ica reclam ad a p o r los cr ític o s de H em pel y
el co n secu en te carácter su igen eris de la histo ria, esto es, su heterogeneid ad
m e to d o ló g ica resp e cto de o tras c ie n c ia s , se e x p lica rá p o r d ife re n cia s de
p rop ó sito s y n o en la su p u esta a lte rid ad de la “realidad h is tó ric a m ism a ”
resp ecto de la “realidad físico -n atu ral”.11 En buena m edida, la discusión
acerca de la aceptabilidad o no de la unidad metodológica de las ciencias co n ­
dujo a los opositores a la propuesta hem peliana a buscar una alternativa dis­
tinta de la propuesta en el siglo diecinueve p o r los teóricos de la verstehen o
filósofos idealistas de la historia. Ellos, en su o posición al positivism o, afir­
m aban que los historiadores se interesaban po r los deseos, pensam ientos y
sentim ientos de los agentes, entidades m entales no accesibles a la observa­
ción, cuyo acceso exige que el historiador tenga algún tipo de revival o recree
esos sentim ientos y pensam ientos co m o para alcanzar una aprehensión in­
tuitiva de ellos Los críticos hem pelianos intentaron una defensa pragm ática
del carácter único de los acontecim ientos históricos y de explicaciones cau­
sales no legaliformes de los mism os.
Patrick Gardiner, un teórico m oderado de la T .C .L., y un defensor del cri­
terio p ragm ático, no niega que en la historia pueda prim ar el interés por ex ­
plicar los acontecim iento históricos co m o irrepetibles, pero la unicidad del
acontecim iento histórico es una función del interés del historiador, decir que
un acontecim iento es único es incom pleto si no se dice en qué aspectos lo es.
Lo dado es neutral; “y nuestros ju icio s de unicidad dependen entre otras
cosas de la elección, punto de vista, propósitos y convivencia de los h o m ­
bres” (pp. 5 8 -5 9 ) . Por tanto, no hay necesidad de ninguna “aprehensión in­
tuitiva” de alguna “realidad especial”.12 En resum en, Gardiner se opone, por
un lado, a la reificación categorial a la que, según él, sucum bieron los teóricos
de la verstehen y los filósofos idealistas de la historia com o Collingwood, y su­
braya que tales categorías surgen de los propósitos e intereses del historiador.
Pero tam bién se opone a los positivistas co m o Hem pel al señalar que si la
aceptación de categorías depende de ¡os propósitos y no del hecho de reflejar ¡a rea­
lidad, no hay fundamento para entronizar como esenciales y exclusivas unas en de­
trimentos de otras.
E s, sin em bargo, en la sugerencia de analizar la noción de causa en térmi­
nos contextúales, en donde se puede apreciar el rechazo por parte de todos
los autores de los que hem os estado hablando en el presente capítulo a la rei-

11W. O uthw aite, New P hilosophies o f Social Science, R ealism , H erm eneu ticsan d Critical Theory. The
M acm illan Press, Hampshire, 1 9 8 7 , denom ina tem or de ontología al antirrealism o de la filosofía
analítica.
12 A esta idea subyace, el ideal de que el con ocim ien to seguro es el con ocim ien to directo (pp.
55/57).
ficación categ orial y a la necesidad de algún p roced im ien to esp ecial de a c ­
ceso directo a entidades m entales y co nexion es causales. A quello que co n si­
derem os la causa de un fenóm eno dependerá del cam po de cono cim iento en
el que estem os involucrados y del lenguaje usado en ese co n texto , por tanto,
las diferencias acerca de la estru ctura lógica de las ex p licacio n es en historia
se basarán, en p rim er lugar, en el papel que o torguen a la p ráctica histó rica
real y a sus prop ó sito s, de manera q u e , a partir del análisis de los textos histó­
ricos, elu cid arán diferentes p ropósitos que guían la ele cció n de un facto r
com o cau sal, en co n tran d o , e n to n ce s, diferentes n ociones de causa (com o lo
anorm al en un co n te x to , lo que marca la diferencia, lo que podem os m anejar
o controlar, ser un caso de una ley).

4. La versión analítica del carácter suigeneris de la historia

C om o se m ostró en el parágrafo anterior, el debate en torno de la exp lica­


ción adecuada en historia giró preem inentem ente alrededor de los propósi­
tos e intereses de la inv estigación cien tífica, sean de los histo riad ores
co ncretos (tal cual se refleja en sus escritos) o del ideal de ciencia. Aun el pro­
pio Hempel, quien se colocaba del lado “objetivo” frente al análisis pragm ático
de la explicación, destacaba el propósito de la misma: mostrarla esperabilidad
del suceso. Podem os decir de un m odo general que todos los protagonistas,
al dilucidar los intereses subyacentes a la explicación, se preocuparon por di­
solver el abism o entre, por un lado, el carácter interesado y, por o tro , el carác­
ter objetivo - n o a r b itra r io - del co n o cim ie n to (e x p lica ció n ). H em pel lo
intentó por el lado de la co n ex ión entre e x p lica c ió n y p red icción . Sus cr íti­
cos, por el lado de la dilu cidación del co ntexto de la ex p licació n y el recon o ­
cim ien to de diferentes co n texto s de investigación . Po r otro lado, todos se
cuidaron de ofrecer una fu ndam entación últim a de la explicación en la reali­
dad histórica m ism a, evitando de este m odo contraer com prom isos “me tafísi-
co s” con entidades dudosas. Tal cual surge de la lectura de los protagonistas en
el debate, todos ellos interpretaron a los defensores del carácter su igen eris de
la historia com o sosteniendo dos prejuicios: por una parte, una noción de re­
alismo com o representación pictórica, y, por o tra,u n ideal de co no cim iento
por co n tacto d irecto, pues ¿de qué otro m odo, se preguntaría un an alítico ,
puede interpretarse la recom end ació n de la necesidad de rep ensar o revivir
los estados m entales de los agentes del pasad o?15 Frente a esta consideración
“m etafísica" de la irred u ctib ilid ad de la ex p licació n histó rica a la T.C .L. e s­
tricta ofrecieron una co n sid eración “analítica" de la m ism a, es decir, en tér­
m inos del lenguaje usado por los historiadores.
E n su m a, la perspectiva de análisis de la práctica histórica concreta suge­
rida por Gardiner, Scriven y Dray testifican de los inicios del rum bo que tomó
la filosofía de las cien cias en general y de las cien cias sociales en particular a
partir de lo s 6 0 , en co n so n an cia co n el giro pragm ático y ling ü ístico (h ere ­
dero del W ittgenstein tardío) que estaba dando la filosofía. M ovim iento que
para no so tros, los interesados en la com prensión de los sucesos hum anos del
pasad o, ha quedado claram en te sin tetizado en la obra de G eorg H. von
W right. C on fo rm e co n su origen co n tin e n tal y su inspiración w ittgenstei-
niana ha intentado m ostrar la continuidad entre la forma en que los historia­
dores y cie n tífico s so ciales co m p ren d en y ex p lican el m u ndo so cial co n la
form a en que los actores se com prenden a sí m ism os en sus vidas cotidianas.
E n El d e te r m in is m o y el estu dio del h om bre recog e todos estos ap o rtes se ñ a­
lando que lo que sig n ificam o s con el térm in o acción (o b je to de estu d io de
estas disciplinas) “( . . . ) es norm alm ente condu cta com prendida, ‘vista’ o d es­
crita a través del prisma de la intencionalidad, es decir, de m odo que signifique
algo o esté orientada hacia un fin ... ” (1 9 8 0 , p. 190). Numerosas explicaciones
de la acción hum ana individual o colectiva han sido propuestas por los estu­
diosos de d ichos asu ntos en térm inos de d eterm in antes in te rn o s -in te n c io ­
nes y motivos de los ag e n te s- y determ inantes externos, por su participación
en diversas form as de vida o pertenencia a diferentes instituciones. Estas e x ­
p licacio n es utilizan co tid ian am en te un lenguaje causal para referirse a
am bos tipos de determ inantes; sin em bargo, una adecuada com prensión de
la relación entre ellos y la acción no puede hacerse en los térm inos pretendi­
dos p o r la T.C .L. Por el lado de los d eterm in an tes internos, porqu e no hay
leyes causales conocidas que co n ecten acontecim ien tos m e n ta le s-d e se o s y
cre e n cia s - co n acontecim ien tos físicos -a c c io n e s o co n d u ctas-, la conexión

15 Expresiones tales com o el historiador debe “volver a vivir la experiencia de 1pensam iento de oí ra
persona” (D ilthey), que “toda la historia es la historia del pensam iento" y que “el historiador debe
recrear la experiencia pasada” (CollmgwGod) fueron especialmente criticadas. Una lectura atenta
(del tipo de la efectuada por Dray) a los trabajos de C ollingw ood, especialm ente a su crítica de la
historiografía de “tijerasy engrudo”, habría evitado asociarlo con una teoría del conocim iento tan
ingenua.
entre deseos y creen cias (las razones del actuar) co n la a cc ió n es con ceptu al.
D eseos y cre e n cias son una razón su ficien te (n o una cau sa) para actuar en
co n so n an cia.14
En el caso de la relación entre la acció n y los determ in anles e x tern os (de
mayor in terés para los estudiosos del pasado) ella no es intrínseca pero tam ­
poco cau sal, pues no es contrad icto rio que u n agente al q ue, por ejem p lo, se
le hubiese ordenado entregar un dinero, com prendiera la orden, fuera capaz
de cu m plirla y no lo hiciera. En el m u ndo social no hay leyes en el sentido de
leyes naturales, sí puede hab er co rrelacio nes estadísticas entre determ in an­
tes externos y accion es, índices de obediencia o desobediencia, grados de in-
ternalizació n que nos perm iten h acer p red icciones, pero tales predicciones
no co rro boran leyes que co n ecten los determ inantes intern os co n las accio ­
nes. Las razones para no llam ar leyes a las correlaciones entre determ inantes
ex tern os y accion es residen no tanto en su im p recisión ni a su dependencia
de sociedades concretas, sino más bien, en el hech o de que dependen de fac­
tores , norm as y pautas institucionalizadas que so n su sceptibles de transfor­
m ació n en el cu rso de la historia co m o resultado de la a cc ió n h u m ana. En
co n clu sió n , vonW right, al igual que Dray en la filosofía de la historia, W in ch
en la filosofía de las ciencias so ciales, y co ntem po ráneam en te Ricoeur, G id-
densy David Carr, ha co n trib u id o al esfuerzo de pensar la realidad social de
un m odo m ás rico que el ofrecido p o r los defensores de la T.C .L. en cien cias
sociales, de m anera de lograr conectar nuestras teorías sociales co n el m undo
vivido y experim en tado por los propios actores. Todos ha señalado el hech o
de que las categorías y concep to s utilizados para referirnos a las accion es h u ­
m anas, al m anifestar u n carácter in ten cion al irred u ctib le, inv olu cran en su
significado que el actor, en las m ism as circu nstancias, podría hab eractu ad o
de otra m anera.

HSí J uan tiene calor y quiere que entre aire fresco y sabe que abriendo la puerta satisfará su d eseo ,
si Juan abre la puerta entonces com prendem os cabalm ente por qué hace lo que hace, ninguna ge­
neralización nos ayuda a entender esto m ejor. Si no actúa en consonancia, no lo entendem os en ab­
soluto; nos resulta irracional o antirracional.
Bibliografía recom endada

D anto , Arthur.AnalydcaíPhi/osophyo/Histor^Columbia.University Press, 1968.


D ray, William, Laws and Explanation in History, Oxford, 3aed. At the Clarendon Press
(Oxford University Press), 1970.
Gardiner , Patrick, La naturaleza de la explicación histórica, México, UNAM, 1961.
H empel , Cari, La lógica de la explicación, Buenos Aires, Paidós, 1979.
V on W right , Georg H ., “El determinismo y el estudio del hombre”, en Manninen y
Toumela (comp.) Ensayos sobre explicacióny comprensión, Alianza, Madrid, 1980.
Filosofía de la historia y filosofía de la acción.
Aspectos ontológicos y lingüísticos

Francisco Naishtat

1. Introducción

La acción hum ana ha sido originariam ente el foco de las narraciones y de


los estudios históricos. Esto es inequívoco en la herencia clásica, y por em ­
p ezar en H eródoto y Tucídides, quienes conceb ían la historia co m o relato
digno de la m em oria, co m o obra de arte para la gloria de los h éro es, en
donde la acción es el principio de singularización histórica po r excelencia.
Esta tradición h eroica de la historiografía, ya agrietada co n el surgim iento
de la historia social en el siglo xix, acusa una ruptura radical co n la historio­
grafía d e Anuales, en donde se produce un descentram iento historiográfico
respecto del pivote tradicional de la n ación , la política y el E stad o, co n sus
galerías de héroes y de grandes batallas, en provecho de procesos anónim os,
m enos visibles y llam ativos a prim era vista, pero de m ayor peso en la escala
de la larga d u ración . Las m entalidades, la vida cotid ian a, o las relaciones de
poder, com o es bien sabido, pasaron así, en la joven historiografía del siglo
pasado, a definir la nueva agenda disciplinar, produciendo a su vez una tem -
poralización cifrada en grandes unidades discontinuas de espacio-tiem po
histórico, en detrim ento de la continuidad tem poral presupuesta en la his­
toriografía clásica.
Esta revolución conceptual se acom pañó de un doble desencantam iento
en relación a la acció n : por una parte perdió centralidad historiográfíca el
protagonism o de la acción heroica y de los notables, en provecho de una his­
toria de los “pequeños hom bres”: lo que desde siempre carecía de historia ad­
quiere así carta de ciudadanía en la agenda de investigación: las instituciones
dom ésticas, las relaciones de género, los asilos psiquiátricos, las tasas de sui-
c id io y de m o rtand ad in fan til, las cárceles, el trabajo y el co m e rcio , la po ­
breza, el ocio , las institucion es escolares, etc. Y si los héroes no abandonan la
escena narrativa, en general n o será de la m ano d el historiad or profesional,
sino del novelista y del lego que estos serán revivificados. En paralelo a la h is­
toriografía estructural que m arca el siglo xx, aparece así toda una panoplia de
histo ria novelada qu e se encarga de conservar algo del aura de los elegidos.
Por otra p arte, la idea rom án tica d éla historia co m o sujet o , es decir, no la del
su jeto en la historia, sin o la de un su jeto de la h istoria, considerada id e o ló g i­
cam ente co m o la realización y el despliegue progresivos de la razón, la liber­
tad o la hu m anidad del h o m b re, quedaría co m o una figura (G estal t) propia
de un a é p o ca d eterm in ad a de cu ltu ra. C om o señala e lo cu en tem en te Paul
Veyne, el historiador actual no se preocupa tanto por saber a dónde va el tren,
sino lo que pasa dentro d é lo s vagones1.
E ste do ble d e sen can tam ien to , el de la a cc ió n heroica y el de la historia
co m o su je to , n o debe sin em bargo llev arnos a pensar que en adelante la a c ­
ció n intencional quedaría desplazada de la historia y reem plazada por el é n ­
fasis en las m eras co n d u ctas, en los procesos su b co n scien tes o en las férreas
estructuras late n tes de la vida so cial. Es u n error m etodológico sustituir el en ­
cantam iento de la historia heroica por el encantam iento de las estructuras so ­
ciales, transfo rm ad as en in stan cias co sificad as de la vida social. Es verdad
que durante bu ena parte del siglo xx, la im pronta, por un a parte, del modelo
n o m o lóg ico -cau sal de las cien cias positivas y, por otra, de las e x p licacion es
fu ncionales y/o e stru ctu rales de las cie n cias so ciales, pudieron su gerir una
o b literación lisa y llana de la acc ió n intencional y de la conting encia históri­
cas, ocluyendo el peso de la actividad humana y de las e lecciones de los actores
en el desenvolvim iento histórico. E n verdad, las estructuras y los procesos de
larga duración co bran interés histórico precisam ente porque tienen a la acti­
vidad hu m ana co m o b a se y sostén de su propia rep roducción, de suerte que
es esa referencia últim a a la in teracció n de los ho m bres la que im prim e la in­
herencia histórica hasta de los férreos procesos sociales. Esto ha sido central
tam bién para un fu ndador de Afínales, corno el céleb re histo riad or M arc
Blo ch , qu ien escribía:

1Veyne, Paul, C om m en t on écrit l'h im ire, Seuil, París, 1 9 7 9 , p. 30.

134
“Tras lo s i asgos s e n s ib le s del p a is a je , la s herramientas o la s m á q u in a s , tra s lo s
e s c r ito s e n a p a r ie n c ia m á s fr ío s f i a s in s t it u c io n e s m á s d is ta n c i a d a s d e q u ie ­
n e s la s e s t a b le c ie r o n , la h is t o r ia q u ie r e c a p ta r a lo s h o m b r e s . Q u ie n n o lo
lo g r e n u n c a s e r á , e n e l m e jo r d e lo s c a s o s , s in o u n o b r e r o m a n u a l d é l a e r u d i­
c ió n . E l b u e n h is t o r ia d o r s e p a r e c e a l o g r o d e la le y e n d a . A h í d o n d e o lf a te a
c a r n e h u m a n a , a h í s a b e q u e e s tá s u p r e s a ”2.

Por ende, las relaciones entre la historia y la acción perm anecen siempre en
la mira de la teoría y la filosofía de la historia. C ontra todo diagnóstico de un
aplanam iento de la intervención intencional hum ana, los acontecim ientos de
las últim as décadas del siglo pasado, entre otros el consabido desm oron a­
m iento del socialism o soviético en 1 9 8 9 -9 0 , han tenido un doble efecto: po r
una parte han deshecho lo que quedaba de la metafísica idealista de la historia
con su idea de un progreso ineludible y de un sentido final de la historia univer­
sal; por otro han reforzado el sentim iento de una contingencia e incertidum bre
radicales en la historia, lo que refuerza la perspectiva de la acción . La acción h u ­
m ana reencontró así un papel en la teoría social e histórica com o el umbral que
resiste a la cosificación de las relaciones y las estructuras. Por otra parte, y desde
un plano epistem ológico, el énfasisen las peculíandadesdel lenguaje historio-
gráfico ha reintroducido la perspectiva del relato verdadero com o la forma ca ­
racterística de la produ cción h istoríográfica, lo que acaba dando a la acción
hum ana y a su desenvolvim iento dram ático un papel axial en la com prensión
histórica. Seguram ente el modo en que esta reem ergencia de la acción plantea
sus relaciones co n la historia no puede serya el de la im pronta clásica, sino que
transita por el co m plejo cam po de 1as con troversias ontológico-li ngüísticas y
epistemológicas, un cam po de relaciones que no son siem pre claras y unívocas,
y que no está exento de intrincadas aporíasy dificultades teóricas, con diferen­
tes niveles de interrelación. Es este cam po controversial que nos proponem os
abordar aquí, recorriendo las articulaciones entre una filosofía de la historia y
una filosofía de la acción que acusan el giro lingüístico de las últim as décadas.

*Blocl\M arc, Apología piiraliihistpriaoelojiciocklhistoriador, trad.: María Jim énez y Danielle Zas-
iavsky, Fondo ele Cultura Económ ica, M éxico, 1 9 9 6 , p. 1 3 9 . Desde luego, es con cebible una h is­
toria déla T ie ira -c o m o la que escribe Buffon en 1 7 4 9 - o una historia natural del C íelo, com o la que
escribe Kant en 1 7 5 5 , pero en estos casos conviene distinguir entre las historias naturalesy la his­
toria a secas, donde los procesos no in tencionales sólo cuentan com o con texto de la actividad so ­
cial y del desenvolvim iento humanos en general. Lo dicho no niega una tendencia, de la mano de
la estadística y del influjo de la ciencia em pírica, a una suerte de naturalización de la historia, donde
2 . Historia y acción en los niveles ontológicos
y lingüísticos

E n relació n con la h isto ria y la a cc ió n hay al m enos dos entrad as a su


cam po problem ático, esto es, prim eram ente, el acceso on tológ ko, balizado ya
por la vieja controversia m etafísica entre la libertad y el d eierm inism o; aquí
nuestro tem a n o s confronta con:
(i) la existe ncia y el alcan ce de las accion es hum anas;
(ii) la im b ricació n que la acción plantea entre la libertad y la causalidad;
(.111) el problem a correspondiente de la iniciativa en la historia, y del limite
y el co ntro l que ejerce el acto r sobre su a cción ;
(iv) la relación entre la acción y el aco n tecim ien to de gran escala;
(v) la cuota de responsabilidad histórica de un actor, a la luz de la relación
en tre su m era iniciativa individual y las sucesivas descrip cio nes e inter­
pretaciones que aparecen en la línea de las consecuencias p revistas e im ­
previstas de su a cc ió n , es decir, de la relació n entre el s en tido m en tad o
(m otivacional) de la acción y su sentido histórico o narrativo (historiogrúfico),
que aflora en la mira del acontecim iento y que replantea con toda acuidad
la p rob lem ática de la autoría de la acción y de su adscrip ción en la h isto ­
ria, en particular de las accion es colectivas.

En el p lano ep istem ológ ico o m etah istó rico aparece la vieja co n fro n tación
en tre la m etodología histórica y la estructura de las ciencias nom ológico-cau-
saies; se trata de:
(vi) establecer cóm o se explican los su cesos en la historia y, en particular,
s i estas ex p licacion es son del tipo nom ológico-dedu ctivo, en algunas de
stts versiones m ásajustad as a lo histórico;
(vil) si el com pren der (Verstehen) es una ope ración com plem entaria, o bien
incom patib le respecto del ex p lica r (E rk lá ren );
(ix ) estab lecer la situ ación del relato o la narración en relación a la opera­
ció n explicativa y/o com prensiva.

la fascinación por la descripción estadística y otras herram ientas de la ciencia positiva genera la i lu ­
sión de una historiografía sin actores ni acción humana. En verdad, estas herramientas sólo cobran
relevancia histortográfica com o auxiliares de una com prensión que en últim a in stancia remite al
desenvolvimiento intencional.
En la m edida en que el segundo nú cleo de prob lem as form a parte de los
tem as ep istem o ló gicos m ás fam iliares y m ás clásico s de la m eiateoría histó ­
rica3, y dado los lím ites del espacio disp onible en e ste vo lu m en, p rivilegia­
m os aquí el prim er núcleo de problem as, es decir, el intrincad o terreno de la
an tología de la acción en relaci ón co n la histo ria, aun que de la m ano del len­
guaje, que e s aqu í nu estro h ilo de A riadna para n o q u ed ar atrapad o s e n la
m alla de las ap o rías m etafísicas. Só lo desde esta ú ltim a persp ectiva, y e n la
m edida de las dificultades concep tuales aparecidas, dam os cabida a los tóp i­
co s epistem o ló gicos de la historia, privilegiando aqu ello s que están en rela­
ció n m ás específica con la problem ática de la acción.

2.1. Ontología de la acción, lenguaje e historia

Aceptar que los problem as de la acción en la historia adm iten un nivel on-
toló g ico no sig nifica ree d itarla agenda de la m etafísica clásica. M ás bien se
trata de ver si podem os hacer inteligible la existencia de la acción intencional
baj o condicion es que están a su vez determ inadas po r relaciones causales. Es
sabido que K ant planteó este problem a y le dio so lu ción a través de su teoría
de los dos m u nd os, el de la naturaleza, cerrado por el d e te rn in ism o cau sal,
y el de la libertad, abierto a una cau sa e iniciativa lib res. La fuerza de la so lu ­
ció n crítica estriba e n dejar planteada la posibilidad de la a cc ió n voluntaria
co m o una cu estión de p ersp ectiv a , del prism a a través del cu al abordam os la
conducta, liberando por ende la cu estión de la libertad hum ana de la necesi-

3 La controversia epistem ológica focal en m etodología histórica estu vo definida durante décadas
por la polémica sobre el status d éla explicación histórica, consecu tiva a la aparición en 1 9 4 2 del ar­
tículo de Hempel “Fu n c tio n o f General Laws in History", reim preso en H em pel, C ari, L aex p lica -
cion científica. Estudios sobre la filo so fía de la cien cia, Paidós, B arcelona, 1 9 9 6 , pp. 2 3 3 - 2 4 6 , La
publicación por Collingw ood unos años después de ¡ d e a o f History, dio todo el espesor aesta polé­
m ica , entre los polos de las tesis nom ológicas de Hempel y de las ideas com prensivístas de Collm g-
w ood, en diálogo con la tradición herm en éu tica alem ana de p rin cipios del siglo xx; véase
Collingwood, Robín George, The ¡ d e a o f History, Oxford University Press, Oxford, 1 946, En las dé­
cadas que siguieron, W üliam Dray, Raymond Aron, Rex Mart in, H enrik von W righl para m en cio ­
nar sólo a algunos de los autores que tomaron parte en el debate, desarrollaron el punto de vista de
la inherencia intencional en las explicaciones historiográficas, y de la im posibilidad de derivarlas
de leyes generales. Véase en este sentido, M artin, Rex, Histórica! Explanación, C orn ellU niversity
Press, lihaca, 1 9 7 7 . Tam bién aquí Cf. M anuel C ruz, “Com prensión histórica, a ccio n e identidad”,
e n A nales delS em in ario d e M etafísica,N ° 2 8 - 1 9 9 4 , Ed. Com plutense, M adrid, 1 9 9 4 .
dad de un cono cim iento de las prim eras causas, com o en cam bio era de rigor
en la m etafísica dogm ática desde la tradición aristotélica. Kant pretendió de
esta m anera resolver la cu estión de la acción desde un com o si (ais ob): puesto
que no podem os alcanzar un conocim iento últim o del m undo, y que nuestro
conocim iento em pírico deja abierta consiguientem ente la posibilidad de una
cau salidad lib re , e n to n ce s la razón m oral no s im p ele a dar u n co n ten id o
p ráctico a esta m era p o sib ilid ad , hacien d o com o si nu estra co n d u cta fuera
siem pre el resultado de nuestra libertad, es decir, com o si del hecho de que d e­
bem os hacer A, enton ces p od em os h acerlo 4.
Ahora b ie n , este dualismo perspectivista es procedente en el plano a p ñ o ii
de la interioridad m o ra l, donde en princip io podem os separar los dos m u n ­
dos y depurar nuestras m áxim as, apartando de las m ism as la inclinación em ­
p írica; pero en el terreno de la histo ria efectiva y a posterio ri, do nd e el
problem a no es la d epuració n de un p roced er libre, sino la im bricación de la
libertad y de la necesidad, la so lu ción kantiana no term ina de aclarar el pro ­
blem a. Kant era muy consciente de esta dificultad, y la cuestión la historia fue
siem pre para él de una arduidad radical. De hech o, Kant se encontró con esta
problem ática casi por el m ism o tiem po en que desarrollaba los princip ios de
su filosofía p ráctica, en 1 7 8 4 . Sin em b arg o, la so lu ció n que K ant b o sq u eja
por en ton ces para pensar la libertad en la historia no alcanza el nivel de radi-
calidad crítica que posee su teoría de la fu ndam entación m oral: co m o es sa­
b id o, K ant reedita una visió n teleológica so bre la histo ria, apoyado - e s
c ie r t o - en un p un to de vista (S tan dpu nkt) m oral, que le lleva a interpretar la
causalidad histórica en los térm inos de una sabiduría de la naturaleza, com o
si las in c lin a cio n e s que m u even a los h o m bres pudieran a su vez c o m p re n ­
derse co m o u na astu cia de la n a tu r a le z a 5, viendo en el ju e g o de estas inclin a­
cio nes naturales la realización in con scien te de un progreso de la libertad en
el m u n d o 6. Pero Kant d eja aquí sin e xp licar có m o es posible una in terv en ­

4 La ley moral es de este modo la ratio cognoscendi de la libertad, la cual es a su vez la ratío esscndi de
la ley moral. Véase Kant, Im m anuel, Critica de ¡a razón p ráctica, trad .J. R. Armengol, Losada, Bue­
nos Aires, 1 9 9 3 , p. 8.
5 Es Eric W eil quien introduce la idea de que en la filosofía de la historia de Kant opera una '“astucia
de la naturaleza” ( “ruse de la nature”), que el francés distingue así de una “astucia de la razón1’, con ­
cepto de tenor más hegeliano, y que im p lica -este ú ltim o -u n sujeto de la historia, inexistente en
Kant. Véase, W eil,E ric, P ro blém eskan tien s( 1 9 7 0 ) ,V rin,P arís,p. 1 1 8 ,2 aed., 1990.
6 Kant, 1., “Idea para una historia universal en clave cosm opolita’’ ( 1 7 8 4 ), en Kant, 1., ¿Qué es la IIus-
traciórt? Trad. R. R. Aramayo, Alianza, M adrid, 2 0 0 4 , pp. 9 5 -1 1 8 .
ció n libre y consciente de los ho m bres en la historia, esto es, cóm o es posible
que la acció n libre se im b riqu e co n scie n te m e n te co n la necesid ad . K ant no
fue ajeno a este prob lem a, y su idea de la Ilu stració n co m o una salida (Aus-
gan g) de la m inoría de edad lo dem uestra claram ente, al plantear de hech o la
realidad de una historia que avanza no sólo m erced a los im pu lsos naturales
hum anos que reencauza una astucia de la naturaleza, sino sobre todo merced
a una intervención deliberada y libre de los hom bres. Sin em bargo, las so lu ­
cio n es que la filosofía crítica alcanza en las dos décadas que siguieron a Id ea
de h istoria universal en sentido cosm opolita ( 1 7 8 4 ) refuerzan la perspectiva de
un finalism o h istó rico a partir de una teoría del j uicio teleo ló g ico , pero no
abordan el e scollo o ntológico de una libertad im bricada en la necesidad.
El problem a que se trata de resolver es el mism o que M arx resum e en una
célebre fórm ula de su 18 B ru m a ñ o d e Louis B on aparte:

“Los hom bres hacen su propia historia, pero no la hacen arbitrariam ente, en
las con d icion es p o r ellos elegidas, sino en las con d icion es directam ente
dadas y heredadas del pasado’’7.

Planteado en los térm in os de la filosofía de la acció n , este prob lem a c o ­


rresponde a la posibilidad de una acción hum ana en un m undo em pírico que
po r su parte adm ite co n d icio n e s cau sales in d ep en d ien tes del agente. Y es
quizá en los térm inos de la filosofía de la acción que podem os hacernos plau­
sible una solución. Enfrentado con este p rob lem a, en e fecto , Paul Ricoeur re­
envía a una idea ingeniosa del filósofo de la acción H enrik von W right, quien
proponía com parar esta situación co n la de una intervención hum ana en un
sistem a cib e rn é tico sem icerrado, aislado bajo co n d icion es cau sales dadas,
pero con un ju ego en sus condicion es iniciales, com o para dejar u n espacio a
la iniciativa externa. En este m odelo extrem adam ente sim plificado podem os
darnos una idea inteligible de lo que significa actu ar baj o condicion am ientos
causales: para von W right, actuar es intervenir, esto es: a) hay una indeterm i­
nación al inicio; b) pero una vez desencadenado el prim er m ovim iento m er­
ced a nu estra iniciativa, el sistem a se p one en m o vim iento según reglas de
ju ego propias. Desde lu ego, todo lo que el m odelo de von W right logra hacer
plausible es que no hay contradicción entre la causalidad y la libertad. De ahí

7 M arx, Karl, Le 18B ru m aire de Louis B on ap a rte, Editions Sociales, París, 1 9 6 9 , p. 15.
e n m ás, las situ acion es en tre la historia y el sistem a cib e rn é tico divergen ra­
dicalm ente: p o ru ñ a parte, la acción histórica no procede jam ás en co nd icio ­
nes am bientales aisladas, y por ende no puede representarse con el grado de
form alización d iscreta y exhaustiva que adm ite el m odelo cib e rn é tico : aun
cu an d o la histo ria adm ita co n d icio n am ie n to s y regularidades cau sales e x ­
tem p orán eas al ag en te, existe una co n tin g en cia densa entre la intervención
hum ana y sus efectos previsibles, que hace que toda representación arbórea ex
an te tenga un grado de in exactitud y de error que se increm enta a m edida que
los efecto s rep resentados se alejan del p rim er m o vim ien to , term in ando por
volverse co m p letam en te o b scu ra despu és de una distancia su ficien te en el
tiem p o 8.
Lo que el m odelo de von W right nos aporta, sin em bargo, es la idea - b a s ­
tante fam iliar para el sentido c o m ú n -d e que la acción intencional es una in­
tervención, una iniciativa, en un m edio am biente independiente y som etido a
sus propios cond icion am ientos causales. De este modelo casi trivial podemos
extraer no obstante algunas consecuencias relevantes para una ontología de la
acción histórica. En prim er lugar, la acción tiene la doble peculiaridad de per­
tenecer a la iniciativa de un agente y deJijarse en el m undo m ediante una co n e­
x ió n cau sal e m p írica qu e es p o ten cialm en te abierta y em p íricam ente
indepen diente en la línea de sus efectos. E xtrem ando esta situación, Donald
D avidson escrib ía que todo lo que los agentes h u m ano s h acem o s directa­
m ente es m over nuestro cu erpo y que el resto es “up to nature"9. Sin adherir al
naturalism o del filósofo norteam ericano, que hace del m ovim iento corpóreo
la tierra firm e de la a cció n , co m o si ese m o vim ien to, a su vez, no estuviera
atravesado por m ediaciones sim bólicas y culturales susceptibles de interm e­
diar en los m o vim ientos aparentem en te m ás directos del cu erp o , p odem os
c o n ced er con A rthur D anto que actuar es siem pre ejercer una capacidad b á­
sica - o acción básica en el lenguaje de D a n to - que no requiere de acción inter­
m ed iaria, y que h em o s ap rend id o a co n tro lar sin o bserv ación , esto es, sin

8 El punto de vista de von W right aparece en su d á s ic o E x p licació n y com p ren sión i 1 9 7 1 ), Alianza,
M adrid, 1 9 8 7 ,p p . 5 7 -1 0 6 . Asim ism o, el com entario de Paul Ricoeur, en Ricoeur, P., El discurso de
lo acción ( 1 9 7 7 ), Cátedra, M adrid, 1 9 8 1 ,p p . 1 2 1 -1 3 1 , retomado en Ricoeur, P, Sí mismo como otro
( 1 9 9 0 ) , S. XXI, M éxico, 1 9 9 5 . Respecto de la im posibilidad de la representación discreta ex ante,
véase Bergson , H enri, Essai sur les données im m édm tes de la con science (1 9 2 7 ), Presses Univ. de
F ran ce.P rís, 1 9 9 1 ,p. 1 3 3 y s s .
9 Davidson, Donald, Essays onA ctionsand Events, O xford Clarendon Press, Oxford, 1 9 8 0 , p. 59.
que haya m argen de incertidum bre em pírica entre el m ovim iento y su resul­
tado. C uál sea esta acció n b ásica, si u n m o v im ien to n atu ral y d iscreto del
cu erpo o un m ovim iento del cu erpo preinterpretado sim bólicam ente co m o
p ro n u n ciar una palabra, salu dar o h a c er una m u eca, no anula el h e ch o de
que para h acer ciertas accion es realizam os d irectam en te otras accio n es para
las cu ales n o d iscern im os consigu ientem en te otra acción interm ediaria. En
este sentid o p reciso , el m ovim iento del cu erp o propio se encu entra segura­
m ente entre las m ás tem pranas de estas capacidades básicas, pero ni es infa­
lible, ni se trata tam poco de las ún icas que podam os po seer10.
U na vez adm itido este co n cep to , podem os co nced er que la acción (n o bá­
sica o co m p le ja ) es po r ende aqu ella que realizam os m edian te u n a(s) ac-
c ió n (es) b á s ic a (s ). Por e je m p lo , ab rir la p uerta es una a cc ió n co m p le ja que
realizam os m ediante las accion es básicas de estirar el b razo, em pu ñar el p i­
caporte, girar la mano y em pujar. Sin em bargo, m ientras que los m ovim ien­
tos del b razo y de la m ano no n ecesitan intentarse para h acerse, ni p or ende
observarse para saberse realizados por el agente11, la apertura de la puerta po ­
dría depararno s una sorpresa sí, por ejem p lo, la e n co n trásem o s bloquead a
por una fuerza co n traria, y de igual envergadura, ejercid a desde el lado
opuesto al nuestro. Aquí tendría sentido decir que el intento de abrirla puerta
n o tuvo el resultado esperado. La d istin ció n entre el intento y la acción sólo
cobra sentido en la acción co m p leja, donde aparece u n eslabón interm edia­
rio entre el m ovim iento corp óreo y su resultado. Pero no podem os hablar, en
g eneral, del intento d e a l z a r e l b r a z o o del intento d e d e c ir “h o la ”, a m e n o s de
im aginar situaciones artificíales para la que el m ovim iento de alzar el brazo o
de p ron u n ciar una palabra resulten accion es co m p lejas (el caso de una per­
sona a q u ien acaban de extraer el yeso de su brazo y en sa y a los m ovim ientos
del m ism o co n la ayuda de su o tro b razo, o el caso de una p erson a transida
por el p ánico que no logra articu laru n a palabra).

105obre la noción de acción b á sica , D anto, Arthur, “Acciones básicas”, en W hite, A. R. (co m p .), La
/¡losofiade ¡a acción, Fondo de Cultura E conóm ica, M éxico, 1 9 7 6 , pp. 6 7 - 8 7 . Sobre la relatividad
de esta noción en relación a nuestras capacidades adquirídasy heredadas, véase, Searle J o h n , In-
te.nüonaüty.A n essay in (he P h ib sop h y o f M'mci, C am brid g e Univ. Press, C am bridge, M assachusetts,
1 9 89 , p. 100. Asim ismo m is com entarios en N aishtatE , problem asfilosóficos en la acción individual
y colectiva. U n aperspectiva pragm ática, Prometeo, Buenos Aíres, 2 0 0 5 , p. 1 0 9 y ss.
11Sobre la noción de “conocim iento sin observación”, Cf. A nscom be, Elizabeth, Intención, Paidós,
Barcelona, 1 9 91 .
Tam bién p odríam os im aginar que logram os abrir la p uerta, pero que al
hacerlo, una corriente de viento helado nos paraliza de frío. En este caso la ac­
ció n tiene el resultado esperado (puerta abierta) pero los efectos de dicho re­
su ltado n o s deparan una so rp resa. Podríam os m u ltip licar al infinito los
e jem p los d e efectos indeseados o im previstos de u n aaccíó n tan sim ple: lo im ­
portante es q ue, al fijarse en el m u nd o, la acción ingresa en el dom inio de los
efectos p rob ables, quedand o afectada, en paralelo a su cu ota de p revisibili-
d ad , de un m argen de riesgo e in certid u m b re que es propio de la co n d ición
on loíógica del actuar.
Por end e vem os que lo q u e h a c e el agente al actuar no es algo que quede
e n teram en te b ajo su co n tro l. La filosofía de la acción , b ajo la im pro nta del
giro lin g ü ístico co n te m p o rán e o , se ha prevalido de la d istin ció n fregeana
entre la descripción defin ida y su referente para plantear el problem a de esta in ­
determ in ación de la acción , que es asim ism o una indeterm inación en su co*
n o cim ie n to , en los térm in os de una te o r ía d e las d escripcion es d efin id as: una
mism a acción A cae bajo un abanico indeterm inado de descripciones defini-
d asD lt D2 D n ,D n + 1 , . . . B ajo algunas de estas d e scrip cio n es, la acción
co rresp o nd e al resultado esperado y es por ende intencional; b aj o otras des­
cripciones, sin em bargo, corresponde a un efecto indeseado o, por lo menos,
inv olu ntario . Pero todas estas d escrip cio n es rem iten a la m ism a a c c ió n , en
tanto se encu entran originadas en la m ism a cau salidad-agen te11. Por ejem plo,
H am let m ata involuntariam ente al padre de O felia pretendiendo m atar a un
espía: en este caso tenem os dos descripciones verdaderas de la mism a acción:
D i : blam let m ata a un individuo o cu lto en la hab itación de G ertrudis; D 2 :
H am let m ata a Polonio. Baj o D ^ la acció n es in ten cion al y baj o D 2 no lo es.
Bajo D |, en efecto, Hamlet realiza ese contenido proposicional com o algo que
entendía h a c e r ; bajo D2 , en cam bio, Ham let realiza ese contenido p reposicio­
nal com o algo que desconocía. Esta diferencia rem ite a la com pleja cu estión
del dolo, y plantea, m ás allá del m ism o, las intrincadas diferencias entre el dolo
y la respon sabilidad. H am let es respon sable de la m uerte de Polonio, porque
sabía que e staba m atando a un ind iv id uo o cu lto , y podía por ende prever
q ue, al m atarlo, podría tratarse de u n cab allero del palacio, y por ende del
padre de O felia. Pero H am let no es aquí cu lp able, en el sentido de haber m a­

12 Cf. Anscom be, E ., op. cit. y, sobre el “efecto acordeón” en relación con las descripciones de la ac­
ción , Feinberg, Jo e l, “Acción y responsabilidad", en W hite, A. R. (co m p .), op. c i t , pp. 1 3 9 -1 7 4 .
tado a P o lo n io con dolo o intencionalidad. El derecho p enal distingue aquí
entre el hom icidio doloso (con intención al hacer) y el hom icidio culposo (por ac­
cid en te ), reco n o cie n d o toda una serie de casos in term ed ios, co m o el dolo
eventual, que rem iten al mayor o m enor grado de previsibilidad del efecto in-
deseado por parte del agente.
Retenem os por ende tres principios: a) u n aacció n A sólo puede señalarse,
distinguirse o considerarse bajo una determ inada descripción D (A), es decir,
n o disp on em os de un m odo de acceso a A, a m en o s que sea en el m arco de
una descrip ció n D(A ); b ) existe al m eno s una d escrip ció n D^(A) bajo la cual
A es intencional, es decir, tal que el enunciado D,-(A) describe lo que el agente
hace com o a lg o qu e éste en tiende h a c e r ; c) existe un e fecto acord eó n e n las des­
crip cio n e s de A tal que el arco de estas últim as puede estirarse arbitraria­
m ente según la línea de sus e fecto s, y recon traerse nu evam ente en torno de
alguna d escrip ció n b ásica (de do nd e el n om bre de efecto a c o r d e ó n ), lo que
h ace que b a jo algunas de estas d escrip cio n es A es in tencion al y no lo es bajo
otras. La co n ju n ción de estos princip ios nos perm ite ahora considerar un as­
pecto prim ordial de la acción en la historia, a saber, que los motivos y el resul­
tado esperado de toda acción A dan a los su m o , si la acción tiene el éxito
e sperado, una d eterm inada d e scrip ció n verdadera D q(A ); sin em bargo la
m ism a acción A, una vez abierta la caja de Pandora de su in teracció n co n
otras accion es hum anas y de su im bricación causal con todos los aleas em p í­
rico s, co bra una serie de significados in d ep en d ien tes del sentid o m en tad o
originalm en te po r su agente (fen óm en o expresado en el térm in o sartreano
de con trafin alidad), es decir, admite una cadena de descripciones o significa­
dos Dn (A ), D n + 1 (A), distintos de los m otivos originales.
Este aspecto de la acción, ensalzado por Hannah Arendt y Paul R ícoeu r13,
está ilu m inado aquí desde una teoría de las d e scrip cio n es, pero puede per­
fectam ente pensarse para la interpre tación de la acción , ya que al abanico de
las descripciones corresponde a fo rtio r i un abanico posible de las interpreta­
cio nes y de los significados, según los aspectos que se realcen de la acción en
la línea del tiem po. F.n efecto, co m o señala ya F reg e14, a toda descripción c o ­
rresponde un sentido (Sinn) que distinguim os de la den otación o referen cia (Be-

13 Arendt y Rico euren sig nilicado h erm enéu tico.Sartrcen contrafínalidad.


14 Frege, G ottlob, “Sobre elsen tid oy la denotación”, en S im p so n .T h o m a sM o ro íco m p .),S em án ­
ticafilosófica: p roblem as y discusiones, S. X X I, Buenos Aires, 1 9 7 3 , pp. 3 -2 8 .
deu tun g). De esta m anera, nos en co n tram o s, desde la filosofía lingüística de
la acción , co n el arduo problem a historiográfico-herm enéutico de la natura­
leza del significado que perm ite com p ren d er (Verstehen) una acción hum ana,
es decir, la alternativa entre:
(a) la captura del significado o rig inal dado p o r el agente en térm in os de
sus motivos de actuar;
(b ) la d ete rm in ació n del sig n ificad o in d ep en d ien tem en te del ag ente, a
partir de las in terp retacio n esbasad as en su im p acto h istó rico, sobre la base
del denso entram ado interactivo que la engarza en el m undo histórico-social.
M ientras q u e la trad ición de la Verstehen e n la línea de D ilthey y W eber
prioriza el sentid o m entado de la acció n y la co nsigu iente revivificación (N a-
ch erleb en ) de e ste se n tid o por el historiad or, la perspectiva n a rrativista m ás
reciente, aunada asim ism o co n una trad ición que recon oce raíces e n H egel,
piensa el significado histórico de la acción com o independiente de sus m o ti­
vos originales. Se enfatiza, en este últim o sentid o , que una y otra vez los aco n ­
tecim ien to s h istó ric o s trascien d en los m o tivo s individuales, lo s cu ales
q uedan e n teram en te d esb ordados p o r la in terp retació n que el h isto riad or
arriesga de la acción .
C on siderem os, p o r ejem p lo, lo se v e n to s.d e diciem bre de 2 0 0 1 en la Ar­
gentina. Aún es dem asiado pronto para arriesgar interpretaciones históricas,
pero es posible suponer, sobre la base de las crón icas period ísticas y de las in ­
dagaciones so cio ló gicas, que estos aco n tecim ien to s tuvieron, en su prim er
inicio, un os m otivos bastante lim itados, com o el rechazo al “c o r a lito finan­
ciero” o la ansiedad social generada por los saqu eos en el co nu rban o bo nae­
rense (in terpretación débil); sin em bargo, tam bién es posible suponer, dadas
las n u m erosas narraciones h isto rio g ráficas y poli tológicas que p usieron el
acento en el im p acto radical de e sto s eventos e n la p olítica nacion al, que la
historiografía va a reservarles u n sig nificad o m u ch o m ás am plio que aquel
d eterm in ado p o r las m otivaciones de los ahorristas que eventualm ente d e­
tonaron el estallido popular, interpretan do los m ism os aco n tecim ien to s en
clave de una fractura política inédita en la historia d em ocrática del país (in -
terpretaciónfu e r t e ) . N o cabría, sin em bargo, tratar apresuradam ente de fala­
ces las interpretaciones fuertes, argum entando que los motivos disparadores
fueron bastan te m en o s trascen d en tes que los de una fractura p o lítica; en
efecto, el giro dram ático que co b ró la política nacional después de 2 0 0 1 , y la
p rofusión inédita de la actividad y m ovilización asam blearia que tuvo lugar
durante todo 2 0 0 2 , perm iten arriesgar un significado histórico de la revuelta
de d iciem bre de 2 0 0 1 que n o estaba e n la mens de los acto res. La acció n se
desdobla así en u n sentido m entado y un sentido narrativo. A m bos son relevan­
tes para la historiografía. El sentido m entad o rem ite a la su bjetiv id ad de los
acto res que p rod u jero n los su ceso s; el sentido que aquí llam am os n arrativo
rem ite a la interpretación m ism a de d ich os sucesos según la secu en cia tem ­
poral en la que quedan apresados p o r el historiador. E n los térm in os de la fi­
losofía de la acción , el sentido narrativo se apoya en el efecto acord eón de las
redescripciones de la acción , sin qu e estas últim as sean siem pre d e scrip cio ­
nes b ajo las cuales los agentes recon ocen sus m otivos originales.

2 .2 . Ontología revisada: los colectivos, la acción


y el acontecimiento

El efecto aco rd eó n en las d e scrip cio n e s de la acció n revela po r ende u n


p rim er contraste radical entre el “Q u ién " de la acción y sus “Q u é ”: m ientras
que estos últim os se m u ltiplican redescribiendo la acción según la secuencia
indeterm inada de su s resultados y co n secu en cias, el “Q u ié n ” es en prim era
in stan cia su an claje firm e , que opera co m o una su erte de n o m bre prop io o
designador rígido de la acción, m antenido invariable a lo largo de sus “Q ué",
Al m enos ésta es la interpretación “oficial” del efecto acord eón, tal com o apa­
rece en los tratados estándar de filosofía de la acción. El ejem p lo típico es: Ga-
vrilo Prinzip m u eve el dedo, aprieta el g atillo, dispara su arm a, desplaza
(in v o lu n tariam en te) m o lécu las de o xíg en o hacia el polo N orte, hiere al ar­
ch id u q u e Ferd in an d o , mata al archid u qu e F erd in an d o, prod u ce un golpe
contra Austria, venga a Serbia, arruina las vacaciones de lord Grey, encoleriza
aW ilh em 11, desencadena la Primera Guerra M undial, e t c .15. Hasta dónde se
trate de mostrar el índice de separabilidad de las descripciones en relación con
el agente, el ejem p lo, aunque bastante caricatural, cu m ple su propósito.
Sin em bargo, esta m ism a cadena de redescripciones pone de m anifiesto
lo s lím ites de una adscripción in v ariab le: podem os e n e fecto adscribí r (a tri­
bu ir) a Gavrilo Prinzip la acción bajo las prim eras descrip cio nes, pero ya no

15 Searle J o h n , op. cit. , p. 9 1 .


11. h h 11ii is ; itlscn bir solam en te a él la acció n baj o las últim as. El estallido de la
l’i i m a a G uerra M undial dista m u ch o de ser el resultado o el efecto de un
único acto o rig in al, aun cu and o este ú ltim o se considere co m o u n m ero d is­
parador. El tratam iento “en a co rd eó n ” del estallid o de la Prim era Guerra
M undial es así ingenuam ente lineal y, en la m edida en que la secuencia de las
redescripciones se hunde en la densidad de la historia, pierde to da verosim i­
litud y elo cu en cia: la Prim era G uerra M undial no tiene u n au to rin d iv id u al
discretam ente id en tificable, co m o e n cam b io lo tiene el atentado del terro ­
rista serbio.
Los filósofos analíticos de la acción , em pero, dispondrían de un salvocon­
d ucto para salir de esta dificultad: co m o la a cc ió n es una cosa bajo un as des­
crip cio n e s y u n a co sa diferente b a jo o tras, se puede relajar la p retensión
individual o m o no-atributiva de la teoría (i.e. de un solo agente a lo largo del
acordeón) y adm itir que bajo algunas descripcio nes la acción tiene un cierto
d ueño (G avrilo P rinzip ) y b a jo o tras d e scrip cio n e s tiene o tros dueños (en
este caso las n acion es involu cradas e n el d ram a). D e esta m añ era, baj o algu -
ñas descripciones una m ism a acción es individual y baj o o tras, colectiva. Se
trataría así de un fenóm eno sem ejante al de la separación que resulta del des­
pliegue de la a cc ió n en el m u n d o : la a cc ió n de S no só lo cam bia de carácter
sin o que cam bia tam bién de “d u eñ o ”.
Sin e m b arg o, ¿qu é p erm ite e n to n ce s se g u ir h ab lan d o d e la m ism a a c­
ción? Si el agente no es el m ism o , ¿qué cosa fu ndam enta e n ton ces la unidad
del acordeón de las descripciones, esto es, la unidad referencial o denotativa
q u e , en analogía co n la teoría de las d escrip cio n es definidas de Frege y Rus-
sell, daba co n sisten cia a la teoría del “efecto aco rd eó n ”? Por otra parte, esta
so lu ción analítica escond e un salto entre lo s resultados de acción , com o un i­
dades d iscretas que se pueden a d scrib ir a person as o g rup os, y un a con teci­
m ien to, co m o sín tesis o co n c e p to co le ctiv o de gran escala. Este hiato ha
escapado al análisis estándar de la filosofía analítica de la acció n . En efecto,
en la n arración h istó rica el “Q u ié n ” d é la a c c ió n , y la o p e ració n co rresp o n ­
diente de la adscripción , no pueden tratarse ya com o en la acción individual,
p orque en la escala m acro scóp ica que su ele ser la del relato historiográf ic o ,
no p o d em o s id e n tificar d is cr e ta m e n te a los “a u to r e s ” d e un a con tecim ien to ,
co m o la guerra, el estallido o la rev olu ció n. ¿Q uién es so n los “au to res” de la
R evolución F ran cesa? C om o resp u esta, lo s histo riad ores proced en en dos
pasos co m p lem entario s:
a) s ccu en cialíza n , según la llam ada explicación gen ética, el gran aco n te ci­
m iento A, de m anera que aparezca co m o una su cesión de eventos de m enor
escala E j , E 2 ,... ,En , engarzados causalm ente unos co n otros, los cuales pue­
den a su vez tratarse co m o resultados de acci ón individual o grupal. D e esta
m anera, cada gran acontecim iento es com o un drama en v an os actos, y estos
últim os son la base de adscrip ció n para el aco ntecim ien to co m o un todo.
b) construyen un os tipos ideales históricos16, por ejem plo, “la elite ilustrada de
P arísy labu rg u esía com ercial en ascen so, s u m a d a a u n os estratos cam pesin os en
ban carrota, p o r entonces d esplazados a la c ap ita l’’, que so n las síntesis o los tipos
ideales de los actores involucrados en cada uno de los actos m enores del drama.
Ahora bien , el aco ntecim ien to general sigue careciendo de au tor, porque
incluso si el gran drama puede descom ponerse en una secuencia de actos que
podem os adscribir separadam ente de m anera intencional, la secuencia total
no está contenida en ninguno de estos últim os, y es por ende esencialm ente
im p red ecib le para sus co n tem p o rán eo s, au n cuando arroje expost un os in ­
d icios de plausibilidad al h isto riad or17. No existe nin gún acto que perm íta a
sus co n tem p o rán eo s calcu lar o rep resentarse la totalidad de la secu en cia, y
por ende esta últim a no puede ser nu nca el resultado de una acción decidida
y deliberada, co m o lo es u n su c eso de escala m icro h istó rica. E l lenguaje del
teatro m uestra así inequ ívocam ente su lim itación para la histo ria, porqu e la
obra d ramática tiene en general un au tor, que se ha representado el dram a en
su c o n ju n to , m ientras q ue, co m o acab am os de ver, los actores de la historia
carecen de guión. Los acontecim ien tos tienen actores sin guión ni autor pero
que son, co m o actores, la carne viva del desenvolvim iento histó rico , la m a­
teria su bjetiv a que la V erstehen, cu al el ogro de la fábula de M arc B lo ch , in ­
tenta capturar, revivificar o m eram ente com prender, para exp licar los actos
del drama y establecer sus co n d icion es de posibilidad.

16 Sobre la noción de Upo idea1histórico, C í. Weber, M ax, “La ‘objetividad’ cognoscitiva de la ciencia
social y de la política so cia l", en Ensayos sobre m etodología sociológica, A m orrortu , Buenos Aires,
1 9 9 0 , pp. 3 9 -1 0 1 ,
17 Paul Veyne desarrolla la idea de q ue: a) cualquier proceso o gran ac onteciiniento admite una se­
cuencia de sucesos intermedios que se pueden explicar paso a paso, la conocida explicación genética
en historia; b )elaco n te cim ie m o total perm anece im predecible desde cualesquiera de los m ini­
eventos que lo com ponen , de m anera tal que nadie puede tener una representación previa del
m ism o, y esto en virtud de lacoriting en ciao n tológ icaqu e es propiad eld esenvolvim iento h istó­
rico, y que genera cadenas de causación múltiple y de com plejidad irreductible aúna arborescencia
discreta y cerrada; Cf. Veyne, Paul,op. cit., p. 7 0 .
Para la Verstehen, en efecto , hay, bajo cada tipo ideal, unos individuos que
satisfacen los criterio s de la a cc ió n in ten cio n al y la red co n cep tu al m otivo-
elección -decisión . Bajo cada uno de estos tipos generales hay individuos que
persig uen una fin alidady se m ueven id e o ló g ic a m e n te en acu erdo co n m o ti­
vos, c álcu lo , n o rm asy ex p e ctativ as sociales de to d o tip o . Pero la Revolución
F r a n ce s a p ropiam ente d icha es u n a individualidad histó rica de gran escala
que no es p recisam ente, en cu anto R evolución F ran cesa y bajo e s a descripción,
el resultado co n scien te de una in terv en ció n d eliberada de tod o s los indivi­
duos involucrados en el gran dram a, co m o sí lo e s, en cam bio, H arn éala insu­
rrección, h a b ló e n la A sa m b lea Nacional, detuvieron al rey Luis X V I en Varennes,
procesaron al rey Luís XVI, tr a z ó el p lan de d efen sa en el fla n c o n orte d e la capital,
cerraron las iglesias y las u niversidades, etc. Poder ver a los actores y a sus accio­
nes por d ebajo del gran acontecim ien to o del proceso de gran escala, nos per­
m ite d e s e n c ia liz a r la totalid ad histó rica y cap tu rar las su bjetiv id ad es
involucradas, para explicar co n adecuación com prensiva el acontecim ien to
histórico. Por otra parte, recon ocer en el acontecim iento histórico de gran es­
cala un dram a que carece de autor y de un plan deliberado y previsible, es in ­
disp en sable para evitar cu alq u ie r visión ing en u am en te consp irativa de la
historia, y desde ese m ism o punto de vista, para hacerse cargo de la co m p le­
jid ad de las cadenas m últip les de causación histórica. La consecuencia para­
dójica de este contraste ha sido perfectam ente percibida po r Hannah A rendt,
quien la sintetiza al decir que los dramas históricos tienen seguramente actores
individuales que caen bajo la lógica d é la acción in ten cion al, pero carecen de
au tores, en contraste total co n , pongam os, una obra o un crim en pasional18.
E s en este sentido que la lógica individual del efecto acordeón queda aquí
un po co estrecha. Bajo d ich o m o d elo todavía se aplica lo que Paul R icoeur
analiza según la analogía del texto literario. El filósofo francés ad u c e 19, en
efecto, qu e de la m ism a m anera en que S, al e scrib ir una o b ra , es autor de un
texto cu y o s varios sen tid o s quedan ahora atrapados en el m aterial escrito
co m o fo ndo infinitam ente disponible, y sep ara d os en adelante de los motivos
originales de S, de m odo que adm iten en lo sucesivo una panoplia indefinida

18 Para este pum o de la d ifeiencia entre autor y actor, en el m arco de la diferencia establecida por
Arendt entre o b ra y acción, cf. Arendt, H annah, La condición h um an a ( 1 9 5 8 ) , Paidós, Barcelona,
19 9 3 , pp, 1 9 9 -2 7 6 . -
19Ricoeur, Pau l, Del texto a la acción. Fondo de Cultura E conóm ica, M éxico, 2 0 0 0 , p. 1 6 9 y ss. Asi­
m ism o, Cruz M anuel, Ftíoso/ía de ¡a Justaría, Paidós, Barcelona, 1 9 9 6 , pp. 1 5 1 -1 6 4 .
y siem pre abierta de interpretaciones posibles a la luz del siem bre inacabado
trabajo de la critica literaria, la acció n es tam bién una “fijació n ” en el m u nd o
de un acto o riginal o in te rv e n ció n , cu yo sentid o queda atrapado e n el a b a­
nico de sus consecuencias y de su inte rrelación social, abriendo por ende una
secu en cia ind efinid a e infinita de in terp retacio n es p o sib le s, que so n resu l­
tado del trabajo de la herm enéutica histórica, social, política, ju ríd ica, e tc ., y
que resultan por ende independientes de los m otivos de su au tor. La analogía
es muy su gerente; sin em bargo, co m o dijim os u tsupra, admite un lím ite claro
cuando pasam os de la vida ordinaria a la escala de los acontecim ien tos histó­
ricos: b a jo la d escrip ció n R evolución F r an cesa, ya n o po d em o s id e n tificar a
unos autores c o m o lo hacem os co n las acciones individuales del tipo de m ovió
el d ed o y d isp aró el a r m a . La analogía de Ricoeur en tre la acción y la teoría del
texto literario encu entra aqu í el m ism o escollo que el m od elo del aco rd eó n
“oficial".
C on este problem a tocam os la célebre controversia del individualism o m e­
todológico vs. h olism o m etodológico. Hay m u chas versiones de la p o sición h o -
lista, pero la relevante aqu í co n siste en so sten er q u e existen fo rm acio nes
colectivas co m o los p ueblos o las clases sociales cuya entidad n o puede des­
co m p o n e rse e n sus co n stitu y e n tes individuales sin o qu e, p o r el co n trario ,
son el resultado de un salto de niv el, que es característico de la ontología del
a con tecim ien to h istórico: de acu erd o co n la po sició n ho lísta, los ind iv id uo s
co n stitu y en tes no son e n teram en te co n scien tes de estar alim en tand o , m e ­
diante las accion es individuales que ejecutan, unas acciones y aco ntecim ien­
tos co le ctiv o s de gran escala, lo s cu ales sólo p ueden co m p ren d erse b a jo la
gestalt o fig u r a irreductible de una totalidad, que es el m arco h istórico bajo el
que puede solam ente capturarse la acción o el aco ntecim ien to de peso h istó ­
rico. D e este m odo, opera aquí una suerte de m an o invisible: los actores in d i­
viduales, sin sab erlo siem pre, se e n cu en tran en verdad e je cu tan d o una
acción de gran escala, cuya lógica se articula según la figura de un co lectiv o
indivisible, que el historiador ha sabido capturar co m o una singularidad h is­
tórica. R eco n ocem o s fácilm ente en esta p o sición la hu ella de H egel, qu ien
pensaba las accion es de los actores individuales co m o em bebidas en la reali­
dad h istó rica de lo s pu eb los, q u e so n en últim a in stan cia el verdadero p ro ­
pulsor, y por ende el único explan an s, del acontim iento de gran escala. Desde
luego, entre los individuos ordinarios y los p u eb los, Hegel reconocía la inter­
m ediación de los individuos extraordin arios ag r a n d e s h om bres, es decir, de los
grandes je fe s históricos, pero estos últim os so n a su vez m eros instrum entos
de los pueblos, que perm anecen en últim a instancia com o los agentes verda­
deros)? co n cretos de la histo ria20.
A diferencia de la explicaciones ideológ icas de la acción individual, el ho-
lism o es aqui afín ya sea a un tipo de explicación estructural, tal que la estru c­
tura latente es causa d é la a cc ió n m anifiesta, o bien a u n tipo de ex p licación
fu n cio n alista, es decir, tal que la acción m anifiesta individual es el in s tru ­
m en to fu n cio n al al servicio de una totalidad latente. En cu alqu ier caso , el
aco n tecim ien to de gran escala es considerado co m o irred uctib le a la acción
individual, requiriendo por consiguiente el pasaje a una antología sui generís
de carácter m acro scóp ico u ho lista, en la que vem os aparecer a los p ueblos,
las clases, las culturas, las naciones, e tc . Ahora bien, sin negar la existencia de
una escala m acro scóp ica en los aco n tecim ien to s histó ricos, sin redu cir por
ende estos ú ltim o s al resultado o la autoría de unas cu antas accio n es in te n ­
cio n ales d iscretam en te id en tificables, p odem os sin em bargo su p on er que
detrás de cada aco n te cim ien to m acro scóp ico hay n o tanto una o nto lo gía
irreductible y esencializada de los colectivos, com o una síntesis hístoriográ-
fica que el investigador realiza precisam ente a partir de un sinfín de accion es
y su cesos de m eno r escala (in dividuales y/o g u íp ale s).
Desde este punto de vista alternativo, u n aco ntecim ien to m acroscópico,
co m o Revolu ción F r a n c e s a , es una sín tesis h istó rica singu lar que no es n i el
p rod u cto de un co lectiv o esencializad o , ni tam poco la obra deliberada de
una agen cy intencional, es decir, de unos cuantos agentes que procederían ex
an te dándose la m eta explícita y el propósito m anifiesto de la revolución. En
este sen tid o , el aco n te cim ien to de gran escala no tiene ni au to rn i au tores, y
esta carencia no viene del hecho de que sus autores sean en verdad de tamaño
colectivo, sino del hecho de que el acontecim iento es una síntesis e x p ostja cto
para la que no encontram os una representación deliberada anterior o sim ul­
tánea a la acción , co m o si se tratara del resultado deliberado de una interven­
ció n . Pero al o p erar co m o una síntesis o un tipo id eal, el aco n tecim ien to se
articula siem pre a partir de u nos actores que hacen cosas e interactúan entre
s í, aunque lo que éstos hagan no sea h ech o b a jó la d escripción del aco n tecí-

20 Hegel, G eorgW ilhem Friedrich, Lecciones sobre lafiloso/ia de la ¡m iaría universal, trad. José Gaos,
A lianza, M adrid, pp. 4 3 - 1 3 8 . En relación con la noción hegeliana defig u ra (G estalt), Cf. Brauer,
D aniel, “La filosofía idealista de la h istoria", en M. Reyes Mate (ed .), F ilosofía d e la historia, EIAF,
Trotta.M adnd, 1 9 9 3 , p. 11 5 .
miento m acroscópico, que es m ás bien una síntesis e x p o s t del historiador. En
definitiva, hay perfectam ente un salto de nivel entre la acción individual y el
aco n tecim ien to h istó rico, pero este últim o n o e se l fruto de un desnivel on-
tológico entre los ind iv id u o sy lo s colectivos, sino el fruto de un salto interpre­
tativo entre la in te racció n individual te leoló gicam en ie caracterizad a, y su
interpretación historiográfica a través de una trama narrativa.

2.3. Entre las acciones y la historia, ni holismo


nireduccionismo: superveniencia. ¿Pero cuál?
D ich o de o tro m odo, el aco n te cim ien to h istó rico , aun cu and o siem pre
tenga “por d ebajo ” a unos individuos que interactúan, y p o r ende a una su b-
j etividad que es el foco últim o de nuestra co m p ren sió n , n o posee ya la form a
de una acción discreta del tipo de “S hace A ”, y ni siqu iera de una acción c o ­
lectiva del tipo “S |,S2 , ... ,5^ hacen A". El acontecim i ento n o p u ed e atribuirse
a ningún plan ideológicam ente pautado, a ningún d ecisor individual o co lec­
tivo. Y sin em bargo, tam poco deseam os im plicar una ontología sustancial ciel
acontecim iento, e stoes, que este últim o sea considerado com o una totalidad
sustantiva y su prain dividu al, enteram en te libre de las accio n es de m icroes-
cala, co m o fruto de un esp íritu o figura co lectiv a in co n m en su rab le a toda
su bjetividad in d iv id u al. ¿Cuál es e n ton ces la pauta de la relación su igen eris
entre el acontecim ien to y las accion es intencionales? H em os dado una pauta
u tsu pra, al d ecir que todo aco n tecim ien to es una cadena de cau sación m ú l­
tiple o genética que se co m p o n e de una m iríada de a cc io n e s individuales,
respecto de las cuales, sin em bargo, resulta irreductible. Esta relación de d e ­
p en d er d e , y sin embargo no reducirse a . . . evoca incuestionablem ente la re­
lación de su perven ien cia, m ediante la q ue, en un c o n te x to d iam etralm ente
diferente al de la filosofía de la h istoria, el o xoniense R ichard H aré21 intentó

21 Se dice que una propiedad P superviene en una clase de propiedades Q si y sólo si: 1) si (existe x)
tal que P(x), entonces (para todo z) tal que z es indiscernible de x en relación con la dase de propie­
dades Q , es el caso que P(z)¡ 2 ) x no puede variar respecto de P, d ejar de ser P o volverse más que P
(respectivamente m enos que P)sin cambiar respecto de algún miem bro de Q. A partir de i 9 7 0 Da­
vidson tom ó de Richard Haré el térm ino de su perven iencia (el o xoniense lo em pleaba en un c o n ­
texto de discusión sobre los térm inos de valor com o bello o fotenoy su relación con las propiedades
fácticas) para pen sarla relación entre los conceptos m entales y los con ceptos físicos: de la m isma
trazar la diferencia de nivel e n tre , pongam os, los valores m orales y los actos in ­
ten cio n a les, a saber: la b o n d a d de una persona S es irred u ctib le a cu alqu ier
co n ju n to d iscreto de sus acto s in ten cio n ales y, sin em bargo, cu alquier alte­
ración en las valoraciones que hacem os de S, su pon e para Richard Haré que
algo haya variado en el co n ju n to considerado de los actos intencionales de S
y, recíp rocam ente, si se considera una variación relevante de los actos in te n ­
cionales de S, serem os condu cidos a revisar de m anera tajante nuestra valora­
ción m oral de S. E n una palabra, la valoración de una persona no es indem ne
resp ecto de su s p rácticas co n cre tas, aun que no haya nin gú n c o n ju n to de
p rácticas concretas que sirva de defin iens para u n a valoración m oral, Richard
Haré proponía d en o m in ar'‘su perveniencia" a esta relación, y afirm aba que de
este m odo las propiedades m orales supervienen e n las propiedades Tácticas de
la acción , sin reducirse de m anera alguna a propiedades fácticas de cualquier
tipo.
D e m anera análoga, podríam os decir que el acontecim ien to de nivel m a­
croscó p ico n o es exactam ente la autoría de un os individuos determ in ables,
co m o tam p o co es redu cible a u n n ú m ero dado de accio n es individuales, y
sin em bargo, este a co n tecim ien to superviene en las accion es e interaccio nes
individuales, e n el sentid o de que cu alquier m o d ificació n en la caracteriza­
ción del aco n tecim ien to su pon e una revisión de su base em pírica y práctica,
y p o r ende de la cadena de accion es que lo integran, y que, recíp ro cam en te,
si hay una m o d ificació n (significativa) de su base em pírica y de las accion es
co nstitutivas, en to n ce s debe revisarse el carácter del aco ntecim ien to co m o
un todo. De esta m anera, preservam os sim ultáneam ente las accion es in te n ­
cionales y el carácter no reductible del aco ntecim ien to , rechazando la doble
tentación del esenriaítsm oydel reduccionism o.
La relació n de su p erv eniencia n os perm ite así percibir la necesidad que
los histo riad ores y los so ció lo go s tienen de hu sm ear por debaj o de los co n ­
cepto s generales co m o R evolución F ran cesa para encontrase co n las interac­
cio nes co n cre tas de los actores y despejar de este m odo una exp licación del

m anera que para Haré los conceptos de valor supervienen en lo sco n cep tcs íá a ic o s sin reducirse a
esios últim os, para Davidson los conceptos mentales supervienen en losconceptos fisícossin redu­
cirse aestos últim os; véase Haré, Richard, The Language ofM oráis, O xford, Q arend on Press, 1 952,
O xford, pp. 8 0 - 8 8 ; véase asim ismo Davidson, Donald, “M em alEvenis”,e n Davidson, D ., op. cit. ,

níence and Mind, C am b rid ge Univ. Press, 1 9 9 3 .


acontecim iento que sea adecuada desde el punto de vista de su com prensión,
es decir, de la cap tu ra de la su bjetiv id ad em peñada en la acció n . Por una
p arte , no se trata de asum ir un punto de vista ingenuam ente teleoló gico-in-
dividualista y de pensar con spirativam en te que el acontecim ien to histórico es
la em presa asociativa de u nos cu antos agentes que acuerdan una revolución
co m o podrían aco rd ar la co n stru cc ió n de u n m u seo, o sim p lem en te de u n
puente; por otra parte, sin em bargo, tam poco se trata de otorgar al aco n teci­
m iento una autonom ía en relación co n las interacciones hum anas individua­
les, las cu ales su m in istran , m edian te procesos de m enor escala engarzados
u n os a otros según una causación co m p leja, la materia prim a del desen vol vi­
m iento histórico. Desde luego, convendría mitigar aquí, en relación con la h is­
toria, una visión empirista ingenua de la superveniencia, que nos conduciría a
pensar que una vez definidos los hechos hum anos de escala menor, el aconte­
cim iento queda fijado de una vez parasiem pre, com o si hu biese una co rres­
pondencia biunívoca entre los sucesos en la escala m icro y los acontecim ientos
en la escala macro. En verdad, entre los sucesos definidos por las acciones en el
m arco de condicion es estructurales específicas, y el acontecim ien to histórico
propiam ente dicho, se entromete el m arco de interpretación conform ado por el
contexto y el h orizonte al interior del cual opera el desentrañam iento de sen ­
tido, que da la característica del aco n tecim ien to . De esta m anera, no es ver­
dad stricto sensu que una vez dados lo s hech os en la escala m icro h istó rica,
queda definido el aco n tecim ien to en la escala m acro h istó rica, ya que un os
m ism os hechos, según el m arco de interpretación y el contexto que se adopte
en la com prensión, pueden dar lugar a diferentes aco ntecim ien to s, análoga­
m ente a com o en la m ecánica cu ántica la o bservacióny su co n texto de labo ­
ratorio pueden alterar el co m p o rtam ien to del fenóm eno observado. No se
trata sim plem ente de que al tom ar una porción de pasado más am plia, la na­
rración h istórica cam bíe la característica de ese pasado, un fenóm eno m uy
b ien visto por el narrativism o a partir de A rthur D an to 22, y que deja ya en
claro que el pasado está siem pre abierto, por la m isma apertura del futuro. Se
trata también de que el contexto de interpretación en el que se tom an los hechos

2- Sobre la idea d e u n a “ap e rtu rad cl p asad o" corno con dició n h istoríográfica intrínseca de la narra­
c ió n ,v in cu lad a con el carácter ab ierto del fu turo, C f. D an to , A rthur, H istoriay n arración , F aid ó s,
Barcelona, 1 989. D eboa una con versación con O scarN ud ler la idea de relacionar la noción d esu ­
perveniencia con la d e c on tex tod e interpretación, e vitan d o así la idea de u n a su p erv en ien cia in g e ­
n u am en te em pirista.
tiene un papel constitutivo en la conform ación ontológica del aco n teci­
m iento interpretado. La misma noche del 14 de ju lio de 1 7 8 9 no define el
mismo acontecim iento en dos contextos de interpretación sensiblemente di­
ferentes. Es sabido que en su diario personal Luis XVI escribió, en la nota co ­
rrespondiente a ese día, “Ríen”, nada. Luis XVI no era historiador m tenía por
qué serlo; tam poco fue un político avezado, sino más bien un monarca bas­
tante m iope, cuya m o d eración rozaba el inm ovilism o. Sin em bargo, el
"Rien” del diario personal del rey para lajornada del 14 de julio no es excep­
cional, e ilustra el fenóm eno que se quiere destacar; los acontecim ientos su­
pervienen en los hech os y las accion es de m eno r escoda, perc siem pre al
interior de un marco interpretativo, cargado no sólo de la amplitud co n que
se toma el pasado, sino de valores y de una preínterpretación de la realidad,
de m anera que solam ente ai in terio r de un m ism o marco se cum ple que la
invariabilidad de los hech os de escala m icro produce invariabilidad del
acontecim ien to. Por ende no es cualquier relación de superveniencia la que
apuntalam os para definir la relación considerada entre el acontecim iento y
la acción , sino una superveniencia herm enéu ticam ente condicionada por el
contexto de interpretación.
Bibliografía recomendada

A re n d t, Hannah, L a c o n d ic ió n humana, Paidós, Barcelona, 2001.


C r u z , M a n u e l, Filosofía de la historia, P a id ó s , B a r c e lo n a , 1996.
R ic o e u r , P a u l, Del texto a la acción, F o n d o d e C u ltu ra E c o n ó m ic a ., B u e n o s A ire s .
2 00 0 .
W h ite , Alan R., Lafilosofía de la acción, Fondo de Cultura Económica, México, 1976.
Nicolás Lavagnino

El presente capítulo se propone p recisar algunas cuestiones relativas a


un tem a controversial: la filosofía de la historia de Karl M arx ( 1 8 1 8 - 1 8 8 3 ) .
La controversia se d eb e, en p a rte , a que una de las pecu liaridad es de M arx
co m o pensador y teó rico social radica en que su obra se ha expandido
m u ch o m ás allá de los límites de un trabajo m eram ente intelectual, convir­
tiéndose al m ism o tiem po en parte constitutiva de un proyecto político, de
una transform ación histó rica, de relevantes y diversos m ovim ientos socia­
les, así co m o de un ideal ético. Se debe tam bién a que para cualquier co n ­
cep ció n m arxista el térm in o “historia” ocu p a un lugar clave, tal que su
consideración filosófica se torna crucial, urgente y, p o r ello m ism o, objeto
de debate. La coexistencia de orientaciones teóricas y de pretensiones de ín­
dole práctico -p o líticas en o casiones ha conllevado el riesgo de reducir el
com plejo pensam iento de M arx sobre la historia a una serie de form ulacio­
nes categóricas y u n ívocas, lo cual sup one a la vez un tipo de consisten cia
d ocum ental que las m ism as fuentes no proveen: la obra de M arx y las refe­
rencias en la misma relativas a la historia asum en por m om entos un carácter
fragm entario, m ientras que en o tros adoptan form ulaciones principal­
m ente polém icas. Por to d o esto la reducció n del pensam iento de M arx
sobre la historia a una línea analítica canónica no puede sino em pobrecer el
fértil, am biguo y p o r m o m en tos co n trad icto rio cu erp o teórico objeto de
análisis. De aquí que el siguiente estudio aspire a presentar algunos puntos
de partida, o vectores interpretativos que, m ás que oponerse, puedan co m ­
plem entarse, interactuar y legitimarse recíprocam ente, com o forma de des­
plegar de m anera m ás en riquecedora aquellos asp ecto s que resultan
fundamentales en la com prensión de la filosofía de la historia de Karl M arx,
así co m o de aquellas tensiones y aporías que la recorren.
¿Q ué es la historia para Karl M arx?1En las seccio nes siguientes se desple­
g arán tres lín eas de in d ag ació n q ue, altern ativ am en te, podrían postularse
co m o princip ios interpretativ os válidos para intentar responder a este in te ­
rrogante. E n prim er lugar, tratarem os la h isto ria co m o to la lid a d d e sentido,
po r m ed io de la cual se llega a u n a d e term in ació n universal del devenir h u ­
m ano . De acuerdo co n este enfoque, presentado en los escritos tem pranos de
la obra de M arx -p r in c ip a lm e n te los M anu scritos ec o n ó m ico s y filo s ó fic o s de
1 8 4 4 2- , el devenir hu m ano se com prende a partir de la idea de realización de
las d eterm in acio n es esen ciales del h o m bre, para la cual resulta fundante el
co n cep to de alienación, y de la contraposición perm anente entre la sociedad
en d even ir y la sociedad realizada. Esta prim era p o stu lación será reform u-
lada posteriorm ente, partiendo de la crítica de la idea mism a de una determ i­
n ación norm ativa hum ana esencial, para adoptar un enfoque “naturalizado”
en el cu al la totalidad de sen tid o del devenir es co m p rend id a por m ed io del
recurso a la postulación de una teleología antropológica: la historia es el pro­
ceso de e v o lu ción de la esp ecie -h o m in iz a ció n del m ono—, y es en co n sid e ­
ració n al fin m ism o del p roceso qu e la totalidad del recorrid o adquiere su
s e n tid o -y de allí la prim acía de lo teleo ló g ico -.
U n segundo recorrido interpretativo panirá de la consideración de la h is­
toria en M arx co m o u na f ilo s o fía d e la p r a x is h u m a n ista y e m a n cip a toria, tal
co m o es p resentada en las Tesis sob re F e u e r b a ch y o tros escrito s de lo s años
1 8 4 5 -6 3. La historia, co m o una dim ensión m ás de la praxis hum ana, es vista
d esd e u n p un to de vista ce n trad o en el estudio de la acción y la in te n ció n ,
m eno s interesado por la p o stu lación de totalidades de sentido y m ás o rie n ­
tado a la com prensión del proceso co n creto por m edio del cual el hom bre se
desenvuelve a trav ésd el tiem po. La preocu p ació n p o r establecer un centro

1E n realidad respecto de la cuestión de la autoría y paternidad del m arxism o tal vez seria con ve-
m en ted iscern irun auto r-co n cep tcxm áspropiam entellam ad oM arx-En gels.q uerecojay exprese
las virtudes y los defectos de la obra de am bos autores de m anera global, antes que atribuir roles a
cada autor por separado; de todos m odos por conveniencia en la exposición nos referiremos a Marx
únicamente. Sobre esta cuestión, específicamente la importancia de Friedrich Engels (1 8 2 0 -1 8 9 5 )
en la con cepción m arxista de la historia, véase Alvin Gouldner, Los tíos marxismos, Alianza E d ito­
rial, M adrid, 1 9 8 3 ,pp.2 7 4 -3 1 1 .
: Karl Marx, M an uscrílosdc econom ía y filosofía, Alianza, Madrid (1844] ,1 9 7 7 .
5 En especial Las tesis sobre feu erb a ch de 1 8 4 5 , l a ideología alem a n a , Pueblos Unidos, M ontevideo,
(1845 -46] 1 9 6 8 (usualm ente la edición del segundo incluye a las Tesis), y La Sagrada Fa milia, Gri-
jalb o ,M éxico [1 8 4 3 -4 J1 9 6 0 .
su bjetiv o para el análisis de la p raxis establece una prim era tensió n co n los
escri tos ele 1 8 4 4 , así com o tam bién delimita un espacto de contradicción con
ulteriores elaboraciones; la historia aparece de acuerdo co n este segundo e n ­
foque com o un proceso em pírico y verificable que no requiere consideracio­
nes en torno de lo ideal, sino más bien directrices m etodológicas en pos de un
análisis m aterialista de la sociedad . La historia tiene aquí u n desarrollo co n
final abierto, contingente -desaparece la matriz te leoló gica-, para cuya co m ­
p rensió n se requ iere un m ayor d eten im ien to en la actividad hu m ana c o n ­
creta y e n las relaciones su je to -o b je to y entre su jetos: el devenir h istó rico es
considerado aquí com o el resallado del actuar de los individuos y grupos h u ­
m anos según su s necesid ad es y de acu erdo co n las circu n stan cias. Este se ­
gundo recorrid o puede verse co m o una crítica antino rm ativ a y co m o una
depuración del m aterialism o con el o bjetivo de produ cir una m irada m enos
d eterm inista y m ás centrada en el proceso histó rico m ism o.
La tercera linea de análisis tom ará en cu enta lo s intentos de M arx de d es­
arrollar la historia a partir de u n concepto lógico-objetivo y de la articulación de
una abstracción estructural, tal com o puede apreciarse en sus textos “m adu­
ros”4. La historia puede verse así co m o un p roceso n a tu ra l, o b jetiv o , so m e­
tido a la acción de leyes generales que regulan el desarrollo correlativo de las
fuerzas productivas y de las relaciones de produ cción. Se pasa del análisis de
la acción y la in te n c ió n hu m anas a co nsid eraciones en torno de las “fuerzas
m otoras” que las regulan. El hom bre es considerado ahora co m o un “porta­
dor de relaciones sociales”, a las que expresa pero no determ ina. Inm erso en
esas relacio n es el h o m bre evo lu cion a atravesando una serie de etapas por
m edio de deslizam ientos determ in ados p o rle y e s naturales de m ovim iento
eco n ó m ico . Sí el prim er enfoque produ ce una m irada teleológica y totaliza­
dora del devenir del h om bre, y sí la segunda perspectiva propone un hu m a­
nism o centrado en la praxis y la acción su bjetiv a, este tercer sesgo deriva en
una abstracción form alizante que pretende respon der al unísono a los in te­
rrogantes diversos que m otorizaban a los dos prim eros: ¿qué sentido tiene el
recorrid o hum ano? y ¿a través de qué proced im ientos co n cretos se efectúa?

4 N os referim os aq uí a lo sc u a d e m o s p re p aratorios p ara El cap ital, c o n o c id o s co m o los Crim dt isse


(1 8 5 7 -5 8 ), su Crítica de la econ om ía política (1 8 5 9 )e n cuya intro ducció n M arx ex p re sa su c o n ce p ­
c ió n “ló gic o -o b je tiv a” de la h istoria d e m anera ad m irab le m e n te c la r a y £1 capital m ism o (1 8 6 7 el
Ntiold'il.avat’nino

I- La historia como totalidad de sentido

D esde el co m ien zo m ism o de su lab o r intelectu al M arx co n tó c o n una


co ncep ció n del hom bre que contrastaba la co n d ición mism a de la existencia
co n las p o ten cialid ad es aso ciad as co n la naturaleza hu m an a5. La idea de
“e m an cip ació n ” h u m an a, co m o su peración de un estado de subyugación y
so m etim ien to , cu m plirá de aquí en m ás un papel fundam ental. E n los M a­
nuscritos M arx postula que la historia es la realización de las determ inaciones
esenciales id eales p resentes e n el h o m bre. De lo que se trata es de postular
una unidad de sentid o para e l c o n ju n to de la ex p erien cia hu m ana c o n s is­
tente en u n ificarla existencia co n la esencia del hom bre. “Toda la llamada h is­
toria un iversal no es sin o la cre ació n del h o m b re m ediante el trabajo
hu m ano , co m o un llegar a ser la naturaleza, h o m b re ”6. El m ovim iento de la
historia co n siste en el do loroso acto de creació n y su rgim iento del hom bre.
La sociedad que “está llegando a ser” se diferencia respecto de la “sociedad re­
alizada” p o r el hech o de que m ientras la prim era co n stitu y e una fase ne g a­
tiva, caracterizad a por la alien ació n -e n tr e el trabajad o r y el m edio de
p roducción, entre el producto del trabajo y la actividad laboral, entre el ho m ­
bre y la especie, entre el ho m bre y su e s e n c ia -, la segunda supone al hom bre
en la total y p letórica m an ifestació n de su esencia. La futura realización del
hom bre es vista com o una recuperación o reintegración del hom bre respecto
de sí m ism o. Hay en esta su ce sió n evolutiva u n aspecto de necesidad: “el
h o m bre tuvo que verse red u cid o a esa pobreza absolu ta para poder e n g en ­
drar desde sí a su riqueza ín tim a”7.
Aquí vem os actuan do d o s ideas cen trales e n la co n cep ció n m etafísica
rnarxista que provienen de Hegel, aunque convenientem ente reformuladas.
Por un lado, la d istinción entre esen cia y ap a rien c ia produce un espacio c o n ­
ceptual que requ iere una teoría capaz de e x p licarlo 8. Si el ho m bre tiene una
esencia que no term ina de m a n ife sta rse -a u n q u e se postula que lo h a r á - es
necesario co m p ren d er qué es lo que puede originar la discrepancia entre lo

1P o rejem p lo ,cn u n a d c las cartas dirigidas a Arnold Ruge en 1 8 4 3 , véase Karl M aix y Fried nch En-
gcls: C d k ctec l W orks, Law rence and W ish a n , 1 9 7 5 , V I , p p . 3 9 8 -4 0 0
(’ Ifn Karl M arx y F riedrich E n gels, O b ra sc om p k m s, tom o c om p lem e n tario I, p. 540,
7E n K a riM a r x y F rie d r ic h E n g e ls,o p .c ¡í.,p . 5 4 4 , p. 5 7 9 y p . 5 4 2 .

tal",N ew LejtR evíew , 6 5 ,1 9 7 l,p p . 6 9 - 8 5 . PP P P


que se postula idealm ente y lo que acontece. Dad o que las relaciones que e s­
tablecen los hom bres no so n transparentes para los m ism o s, se necesita una
interpretación que provea un sentido al desenvolvim iento social. Por el otro
para la dinám ica del aco n te ce r se requ iere un princip io explicativo que ju s ­
tifique los cam bios postulados. A partir de la idea hegeliana de “cam bio d ia ­
léctico", M arx e n co n tró una fu ente de p rop u lsió n d inám ica basada en la
co n trad icció n : un o b je to es la fuente de su propio m o vim iento, de forma tal
que en el p roceso de su p eración -su p resió n de u n e stado de cosas (a u jh e-
bung) , se transform a en su opuesto. Para que esta dinám ica fuera posible era
necesario postular una situación de fluidez de forma tal que los m ovim ientos
dialécticos supusieran objetos en constante transfo rm ación, antes que o b je ­
tos rígidos. Una metafísica de la fluidez podría servir co n m ayor fidelidad que
una co n cep ció n basada en la estabilidad de los o b jetos a un enfoque de lo so­
cial centrado en el cam bio. Así M arx hall ó en la dialéctica un princip io diná­
m ico e integrador qu e co n trib u y ó a dar co n sisten cia a su c o n cep ció n de la
histo ria. Estas co n sid e racio n e s, co m o verem os más ad elante, habrán de
tener una im portancia crucial a la hora de precisar co n cep tu alm en te qué es
lo que se entiend e p o r naturaleza h u m ana, en cu alqu iera de lo s enfo qu es
m arxistas antes presentados.
En lo que atañe al en fo q u e de la totalidad de sen tid o se o bserva có m o la
form a social com u nista brotará de las contradicciones del h om bre actual, de
una m anera necesaria -p o rq u e corresponde con las determ inaciones ideales
atrib uid as a la e s p e c ie -: la su peración del estado de alien ació n perm itirá la
ap rop iación de la esen cia del ho m bre po r el h o m b re , e im p licará “la verda­
dera disolución del conflicto entre el h om bre y la naturaleza, entre el hom bre
y lo dem ás hom bres, la verdadera superación de la lucha entre la existencia y
la esencia, entre la libertad y la n ecesidad, entre el individuo y la especie. Se
trata de la solución al enigm a de la historia”9. Así, la negatívidad de la existen­
cia alienada tiene una relación de sentido co n la positividad que se avizora en
el futuro. El esquem a de pérdida y re-integración perceptible en este enfoque
ha llevado a que algunas interpretaciones de la obra de M arx se centren casi
exclusivam en te en la idea de que la h isto ria es una totalidad que se cierra
sobre sí m ism a, una unidad viva orientada hacia fines, en la cual el sentido te-
leológico de una meta hacia la que se o rientan todos los esfuerzos hu m anos
N u o la sL a v a g n in o

se im pone de m anera avasallante. Considerado co m o una secularización del


esquem a religioso de pérdida y realización, co m o un sistem a ético religioso,
tal la interpretación de Karl Lówith en su obra clásica El sentido de la historia10,
la c o n c ep ció n de la h isto ria en M arx queda redu cida a un mero p roceso de
salvación centrado en una m eta final significativa. La prim acía se co nced e a
lafo r m a del proceso en su co n ju n to, a la secuencia o trayectoria histórica que
se delinea en la síntesis de una plu ralidad de aco n tecim ien to s, an tes que al
análisis de lo s procesos co n cretos que le dan carnadura.
Sin em bargo, lo que aquí se propondrá es tom ar a esta interpretación más
com o un punto de partida que com o una conclusión general sobre la co ncep­
ción histórica de Marx. La crítica que M arx em prenderá de los j óvenes hegelia-
nos y de los m aterialistas que, com o él m ism o, h ab ían seguido a F e u e rb a ch ,
servirá para centrar aún m ás la mirada en la historia, en lo que supone una re­
fo rm u lación al in terior del prim er enfoque propu esto. La reb elión m ateria­
lista co n tra el esen cialism o y el racio n alism o heg elian o , ejem p lificad a por
F eu erb ach en L a e sen cia del c ristia n ism ou , im p licaba una crítica an tro p o ló ­
gica de la religión según la cual D ios es una idea resultante de la objetivación
de la propia entidad específica o genérica por parte de los seres hum anos. No
o bstante la au sencia de una reflexió n sobre el cam bio y la e v o lu ción en el
m u nd o m aterial vuelve a F e u e rb ach ajen o a la histo ria y la h isto ricid ad ,
pun to que M arx no dejará de rep ro charle, en especial en las conocidas Tesis,
donde opondrá el m aterialism o de F euerbach, al que llama “contem plativo"
p or estar centrad o en la co m p re n sió n teórica y en la p o stu lación de in d iv i­
duos abstractos, co n el suyo, al que considerará abocado especialm ente a la
com prensión de la actividad crítico-práctica e inm erso en el estudio del pro­
ceso h istó rico co n creto. M arx alegará que F eu erb ach se ha abstraído del
curso de la historia y que ha fijado el sen tim ien to religioso a partir de un in ­
dividuo aislado ab stracto , apartánd olo de lo social. A dicionalm ente p re ­
tende decir que el m aterialism o de Feuerbach es a-histórico porque su punto
de partida y arribo es la sociedad burguesa, m ientras que su (nuevo) m ateria­
lismo im plica no sólo la historicidad sino tam bién la idea y la práctica de una
nueva sociedad h u m an a12.

10 Karl Low ú h , El sentido de la historia, Aguilar, Madrid ¡1 9 4 9 ], 1 9 5 6 .


11 Ludw igFeuerbach, La ¿senriadfl cristianismo, Trotta, Madrid [1 8 4 1 1 ,2 0 0 2 .
12 Karl Marx, Tesis sobre F eu erb a c h , en La ideología alem an a, edición citada en nota 2 , pp. 6 6 5 -6 6 9 .
A partir de la crítica de Feuerbach se hace perceptible un cam bio en el e n ­
foque de la historia com o totalidad. No es la historia la que porta una unidad
de sentido que se m anifiesta en la existencia de los ho m bres, ni la que utiliza
a los hom bres com o un m edio. Por el contrario es la actividad de los hom bres
que persiguen sus p ropios fines la que la co n stitu y e. La histo ria nada hace,
nada d elim ita. N o e jerce nin gun a fu n ció n esp ecífica. Por el co n trario, es el
h om bre real, vivo, el fu nd am ento de todo lo que ella es. Este h in cap ié en la
dificultad de co n c eb ir u n m e ta -su je to o m n iscien te que abarque el d esp le­
garse de una historia unitaria, prepara el terreno para una com prensión h is­
tórica alejada de pretensiones especulativas que lleven a co n ceb ir la historia
co m o una entidad co n fines propios e independientes.
El progresivo abandono de la idea de una determ inación esencial del h o m ­
bre y de la idea de una totalidad del proceso histórico orientada a fines debía lle­
var a una reconsideración de la pregunta por el devenir hu m ano, sólo que
fundamentando la respuesta sobre nuevas bases. N o obstante Marx no abando­
nará nunca la idea de una progresión o evolución a partir de la cual pueda pen­
sarse una radical cesura entre las formas sociales an tago n istas-d e las cuales la
sociedad capitalista es la ú ltim a - que conform an “la prehistoria de la sociedad
hu m ana” y las form as no antagónicas, propiam ente hum anas e “históricas”.
Esto equivale a sugerir que la futura sociedad postcapitalista cuenta com o socie­
dad humana propiamente dicha, com o plenitud de la condición hum ana, y esta
postulación requiere una fundamentación. Para ello, en escritos com o los Grun-
drisse, la conclusión del devenir histórico se pone en relación con la superación
de las sociedades regionales en la medida que sean abarcadas por una sociedad
universal que comprenda a todos los hom bres y elimine los antagonismos. Pero
esa sociedad porvenir no es el mero fruto de una pura consideración teórica. La
idea de Marx de una sociedad humana va adquiriendo un sentido em pírico-no-
m inal, que carece de referencias teleológicas o determinaciones esenciales, y pre­
tende ser el resultado previsible de una serie de procesos observables, tal com o lo
refiere en El M anifiesto: “el aislamiento nacional y los antagonismos entre los pue­
blos desaparecen de día en día con el desarrollo de la burguesía, la libertad del co­
m ercio y el mercado mundial, con la uniformidad de la producción industrial y
las condiciones de existencia que les corresponden”13. La co n sid eració n de

13 Karl Marx y FriedrichEngels, M anifiesto del Partido Comunista, Anteo, BuenosAires, [1848] 1 973,
P- 57.
M arx so bre la d o m inación británica en la India perm ite clarifica resto: Ingla­
terra, pese a labrutalidade hipocresía de sus actos, cum ple una función h istó­
rica progresiva, co m o “instrum ento inconsciente de la historia”, al introducir
las fuerzas capitalistas e n la atrasada India. El aco ntecim ien to h istórico sirve
co m o signo de la pauta de largo plazo que M arx cree h ab er elucidado: la cre ­
ación de las bases m ateriales de la futura sociedad com unista sobre la base de
la constante revolución de las fuerzas productivas en el periodo capitalista de
la historia14. Esta reform ulación del estatuto teórico del punto de llegada h is­
tó r ic o -q u e no lo es tanto, porque com o forma evolutiva no constituirá un es­
tado irreversible o in m u tab le, cosa que co ntrad iría la m etafísica m a rx ista -,
su p on d rá una nueva dinám ica h istó rica qu e p rescin d irá por co m p leto del
tipo de evo lución co n flictiva y d ialéctica propia de las form as sociales basa­
das en el antagonism o. Esta carencia de antagonism os conllevará la elim in a­
ció n de tod o po d er p o lític o -e x p re s ió n de la div isión de cla s e -, pero no de
todo m ovim iento so cial. Sim p lem ente “las evo lu cion es sociales d ejarán de
ser rev olu cio n es p o lític a s”15. E ste p u m o de vista perm ite una recon sid era­
ció n del p roceso en su co n ju n to .
La evolución del h o m bre, así concep tuad a, supone la em ergencia de una
nueva e sp e c ie , po r m ed io de la e fectu ación de un p roceso por co m p leto in ­
m erso en la historia natural. Lo que define a la nueva especie es que se carac­
teriza tanto p o r se r c o n scie n te co m o por se r so cial. En la m edida que los
h o m b res pueden co o p e rar y p lan ificar su h acer se van diferencian d o del
reino anim al. El ám b ito qu e po sib ilita y expresa esa d iferenciación es el del
trabaj o y por ende la pauta evolutiva del hom bre se reconfigura com o un pro­
ceso de creciente o rganización co nsciente de la p rodu cción so cial. En tanto
los ho m bres pongan lím ites a la capacidad an ticip atoria de su co n cie n cia, y
n o planifiquen ni cooperen en la efectuación de su vida so cial, estarán dando
indicios de que aún no han logrado escindirse de la anim alidad. Los dos pla­
nos que se o p o n en , el de la n ecesidad y el de la lib ertad , se asim ilan a la a n i­
m alidad y a la hum anidad.
E l so cialism o expresa así la su p eración de la lucha por la propia e x isten ­
cia . “Los hom bres cu anto más se alejan de la bestia, tanto más se constituyen

14Véase “La dom inación británica en la India”y “Futuros resultados de la dominación británica en
la India", en O bras escogidas, IV, Ed .C ienciasd el H om bre, B uenosAires, 1 9 7 3 .
15 Karl M arx, M iseria d eía jilo so fia ,S ig lo X X I, Buenos Aires, [1 8 4 6 -4 7 ], 1 9 7 0 , p. 160.
en autores cíe su h istoria, co n scie n te m e n te ”, escrib e E n g e lse n el A nti-D üh-
ring15. Por el co ntrario el sistem a de libre co n cu rren cia capitalista im pone a
la produ cción m aterial un sistem a ana rquico propio de la co n d ición anim al.
El salto del reino de la necesidad al reino de la libertad im plica rá que la lucha
po r la existencia ha term inado y que el hom bre co m o especie ha encarado la
tarea de una auténtica socialización, co nsciente de sus propias potencialida­
des, lo que perm itirá h acer la h isto ria de una m anera plenam en te racional.
Así dispuestas las cosas la visión reform ulada pareciera una depuración de la
prim era versión del enfoque de la totalidad histórica, elim inando las preocu­
paciones por las determ inaciones esenciales del hom bre y asum iendo el carác­
ter más contingente del proceso - e n cierto sentido “naturalizado" e inse rto e n
el cic lo m ás am plio de la ap arició n y d esarro llo de u n a esp ecie b io ló gica
co m o diferenciada del resto del reino anim al en virtud de su capacidad c o o ­
perativa y de plan ificació n -. Lo que habilita la perspectiva “naturalizada” es
una consideración de la historia desde un punto de vista m enos especulativo,
m en o s “filoso fan te” quizás, advertido de la in con v en ien cia de po stu lar hi-
postáticam ente in ten cion es y finalidades autónom as para el p roceso h is tó ­
rico com o totalidad. Aun así am bas versiones recurren a una idea del devenir
hum ano susceptible de ser concebido en su totalidad co m o un proceso de al­
can ce universal, unívoco y basado en la realización o co nsum ación de ciertas
d isp o sicio n e s-id e ale s o “naturales”- inherentes al ho m bre co m o especie.

II- La historia como actividad vital


Hasta aquí se han considerado distintas versiones de la co n cep ció n mar-
xista de la historia co m o totalidad de sentid o vinculada co n el deven ir del
hom bre y la realización, despliegue y desarrollo de susdisposiciones inheren­
tes. La profundización de estos enfoques han puesto en claro la necesidad de
entroncar estas reflexiones con consideraciones relativas a la práctica concreta
de los seres hum anos en sociedad y, por ende, de intentar precisar cuál puede
ser el núcleo de aquella su bjetividad práctica. La pregunta por la esencia del
h om bre y por su naturaleza cobra aquí prim ordial relevancia y es a su esclare­
cim iento que se aboca la línea interpretativa centrada en la praxis histórica.

“ FriedrichE ngels.A ttüD úím rtg. La subversión de la cienciap ord sí ñorfc'ugínDúhring, G rijalbo, M é­
xico [1 8 7 8 ], 1 9 6 8 , p .1 2 3 .
I )i‘i rechazo a las ab straccion es de Feu erb ach queda claro que la historia
no es una instancia autónom a co n fines propios, sino que es el resultado de la
acción hu m an a. E n L a id eo lo g ía a le m a n a M arx precisa qué quiere d ecir con
ello: “La historia no es otra cosa que la secuencia de las generaciones particula­
res, cada una de las cuales explota los materiales, capitales y fuerzas de produc­
ció n que le son transm itidos por las generaciones anteriores, continuando así,
por un lado, bajo circu nstancias totalm ente m odificadas, la actividad here­
dada , y po r el otro lado, m odi ficando, con una actividad totalm ente al terada,
las antiguas circu n stan cias”17. De acu erdo con esto la preocu pación por las
f o r m a s totalizadoras del devenir hum ano disminuye. Lo que gana en relevan­
cia es la atenció n puesta en las situacion es y accion es que constituyen la h is­
toria , en la com prensión del fu ncionam iento concreto del proceso h istó rico .
De aquí el resuelto ánim o m aterialista con el que se aborda la cuestión. La h is­
toria se cu m p le baj o su puestos em p íricam ente d em ostrables: la existencia
de seres con ciertas capacidades, y ciertas n ecesidades a ser satisfechas que,
por e llo , en d eterm in adas circu n stan cias desarrollan cierta actividad pro­
ductiva y por el hech o de hacerlo ingresan en relaciones sociales específicas.
E n este esqu em a resulta fu ndante el m ecanism o que establece necesidades
hu m anas crecien tes y el carácter derivado de las relaciones sociales que los
h o m b res e stablecen para satisfacerlas. M etodológ icam en te M arx opta por
privilegiar el análisis materialista, apelando a un em pirism o que desconfia de
toda especulación o abstracción que no cu ente com o contraparte con un co ­
rrelato m aterial verificable. La “prod u cció n m aterial” se vuelve así el funda­
m ento de la totalidad de los procesos vitales reales que configura el ser del
hom bre. La co n cep ció n h istó rica global se deriva enton ces de ese cim iento.
Los procesos reales de prod u cció n son el punto de partida para una explica­
ción de los distintos d om inios de la actividad social que incluye, desde laac-
ció n del E stad o , hasta la e x isten cia de distintas form as de la co n cie n cia, la
religión, las artes, la filosofía y ¡am o ral. Si el estudio de la historia déla hum a­
nidad es una derivación de la historia de la industria y el intercam bio es por­
que la últim a provee la vía de entrada para analizar todo lo demás.
En esta situación el com u nism o no se le figura a M arx com o un ideal o un
horizonte norm ativo. Se trata de una hipótesis su sceptible de ser verificada
em píricam ente, de acuerdo con el m ovim iento real que se desprende de la si­
tuación actual, ju z g a evid ente el su rgim iento de una clase rev olucionaria a
partir de una tam bién cristalina situación de desgarram iento y contradicción
en la form ación social vigente que está llevando a la des tracció n de las otrora
fuerzas productivas, desgarram iento que sólo puede ser superado por m edio
de una rev olució n co m u n ista, que elim ine la m iseria que p ropala el estado
actual de cosas.
El resum en de este enfoque centrado en la praxis postula para la historia
no una su cesió n d e estados de cu m p lim ien to d ialéctico y necesario , sin o la
ex isten cia de un proceso abierto, co n tin g en te y plagado de situacion es sin ­
gulares. La imagen de la historia se construye no a partir de una idea o form a
general del p roceso h istó rico , sin o que se cen tra en la actividad hu m ana,
co m o derivada de ciertas necesidades. E n las Tesis sobre Fe u erb ach se intenta
articular un n ú cle o para la su bjetividad p ráctica centrada en el co n cep to de
n ecesid ad y que serviría para anudar las relaciones entre su je to s y entre su ­
je to y objeto.
El corazó n de la su bjetividad práctica, tal co m o es d efinido en la Vi Tesis
sobre F eu erbach apunta a precisarla naturaleza m enesterosa del hom bre. Allí
se dice que “F eu erb ach resuelve la esencia religiosa en la esencia hu m ana.
Pero la esencia hum ana no es algo abstracto e inm anente a cada individuo. Es
en realidad, el co nju nto de las relaciones sociales”18. El núcleo de esta afirma­
ció n reside en la idea de que lo que sea qu e sea la naturaleza hu m ana no
puede captarse retrocediendo a cierto atributo “intern o ”, a la subjetividad de
los su jetos individuales. Esto puede ser tom ad o o b ie n com o una supresión
de la esfera su bjetiv a, en lo que constituye u n franco giro o b je tiv is ta -y que
conform a el tercer enfoque que analizarem os en el presente ca p ítu lo -, o bien
co m o una afirm ación de que el carácter de la esencia hu m ana no puede ser
entendido al m argen de configuraciones sociales históricam ente determ ina­
das. La cu estión aquí reside en q u e, si hay co n stan tes an tro p o lóg icas, un
resto persiste co m o atributo específico de los individuos m ás allá de las m o ­
dalidades históricam ente d eterm inadas, en tanto qu e si n o las hay, la to tali­
dad de lo que co nstitu y e la esencia del h o m bre es p ropio de las relacio nes
sociales. La crítica de M arx a Feuerb ach por co n sid erar exclu sivam en te lo
prim ero, n o necesariam en te supone que esté afirm ando sólo lo segundo. Al­
gunas precisiones son aquí relevantes.
M arx parece requ erir el estab lecim ien to de ciertas características g ené­
ricas hu m an as -a n te s v im o s el h e ch o de se r so cial y c o n s c ie n te , es decir,
p o seer la cap acid ad de co o p e rar y p la n ific a r -. Éstas co n stitu y en la “n a tu ­
raleza hu m ana en general”, co n ceb id a prim ariam ente co m o un ente activo
y p rod u ctivo , una totalidad de necesid ad es e im p u lso s y de d isp osicio n es
refe re n te s al c o m p o rta m ie n to , tal co m o lo d e sarro lla en los G ru n d r is s e 19.
E n esta to talid ad pu ed en d isce rn irse im p u lso s derivados de la fisiolog ía,
natu ralm en te h eredados; e stím u lo s del m edio natural y so cial; y n o ved a­
des esp o n tán eas cread oras, su scep tib les de p rod u cir efectos histó rico s de
ca m b io 20. E n lo referente a las necesid ad es se reco n o cen tres tipos: v itales,
relacionadas co n la su b siste n cia , incluidas las dem andas sex u ales.d e libre
m o vim iento y de actu ación ; sociales, relacionadas co n las volicion es en pos
de la a u to afirm ació n , el se n tim ien to de recip ro cid ad y el reco n o cim ie n to
d esig u al; p o r ú ltim o n e ce sid ad e s “c u ltu r a le s ”, esté ticas o esp iritu ale s en
se n tid o am p lio , que e x p resan d em and as del ju e g o lib re de fuerzas y de la
libre au to ex p re sió n 21.
El sistem a de las n ecesid ad es hum anas aparece así estru ctu rad o co m o
una muí ti dim ensí onalidad irreductible que n o puede reconocerse m ás que
analíticam ente. En la práctica de h ech o, en la actividad concreta, se fusionan
e integran dos o m ás de esas dim en siones. No o bstante esa irreductibilidad,
el sistem a de las n ecesid ad es e im p u lso s h u m an o s configura u n e scalon a-
m iento en el cual unas partes entran en d ependencias parciales co n o tr a s -lo
que no su pon e un funcionalism o o determ in ación, com o habrem os de acla­
ra r-, Lo que quiere decirse co n esto es que una pane considerable de las ener­
gías p uestas en los niveles m ás co m p le jo s de actividad hum ana tiene co m o
m otivación últim ay a la vez, co m o condición de posibilidad, la aspiración de
satisfacer las necesidades más elem entales. Si algo constituye el corazón co n ­
cep tu al del sistem a de las necesid ad es hu m anas, el m ism o estaría definido
p or el ansia de asegurar la a u to n om ía person al y una posición so cial a d e­
cuada. Es esta com pleja estru cturación de necesidades e im pulsos lo que ha­
b ilita la co m p ren sió n de la a cc ió n so cial co m o un entram ado de prácticas

19 Karl M arx, Grundrisse: E lem entos fu n d a m en ta les p a ra ¡a critica d e la econ om ía política, Siglo X X I,
M éxico 11 8 5 7 - 5 8 ],1 9 7 7 , V .l.
20 Karl M arx, op. ú t , p .1 5 7
11 Sobre esta cuestión véase Helm ut Fleischer, M on ism o e historia, M onte Ávila, C aracas, 1 9 6 9 .e s ­
pecialm ente pp. 5 9 -7 1 .
orientadas por el interés de satisfacer lasn ecesid ad es, lo que a su vez c o n fi­
gura tipos posibles de interacción dinám ica basadas principalm ente en la po ­
laridad igualitarism o-privilegio.
Por sobre este sustrato genérico se asienta la “naturaleza hum ana histó ri­
cam ente m odificada”, que es som etida a cam bio s h istó ricos de acuerdo con
los produ ctos y las relaciones de p rod u cció n creados p o r los h om bres. Este
enfoque requiere que las relaciones so ciales no sean objetivad as categorial-
m ente por cu anto las relaciones hu m anas refieren a co m p o rtam ien to s c o n ­
creto s, lo cu al su p on e qu e los h o m b res n o se en cu e n tran “e n ” relacio n es
sociales determ inadas sino que actúan para dom eñar el m u ndo exterior y así
satisfacersusnecesidades. Las relaciones son categorialm ente dependientes
de lo s individuos, en tanto que entes su stanciales que pueden relacionarse,
y n o a la inversa.
C om o vim os hasta aquí el conjunto de atributos que constituyen la esencia
del hom bre incluye pues aquel mínim o genérico definido com o constante - r e ­
lativo a características biológicas, sociales y relativas a las m odalidades posibles
de transfo rm ación h is tó ric a -, y la totalidad com prensiv a o m áxim o de for­
m as p osib les que las relacio n es so ciales pueden asu m ir de acu erdo con las
m o d ificacio n es h istó ricas de la naturaleza hu m ana, tan to lo que ya ha sido
co m o lo que puede ser. La idea de una etapa superior de la hum anidad, com o
realización de la norm a o postulado sigue, com o vem os, vigente, pero tras la
critica a Feuerb ach ya no fue posible seguir avanzando p o r el terreno de una
determ inación esencial ideal y se com ienza a hablar de “naturaleza hu m ana”,
entendiendo a ésta co m o “totalidad de necesidades e im pu lsos”. Esta “natu­
ralizació n ” de los atrib u to s esp ecífico s del h o m b re , y su caracterización
co m o m ixtura de atributos inherentes a la su bjetividad p ráctica y de atrib u ­
tos derivados de relaciones sociales objetivas, será de prim ordial im portancia
para entenderlas oscilaciones de M arx a la hora de utilizar fórm ulas objetivas
o su bjetivas. E n lo atinente a co n sid eracion es form ales, que hagan ab strac­
ció n de accion es co n cretas, o a sentencias totalizadoras que confieran sig n i­
ficado a la im agen histórica en un sentido integral, el lenguaje o bjetivante de
la determ in ación ló gico-estru ctu ral, propio del énfasis en las relaciones so ­
c ia le s -p o r ejem p lo las co nsid eraciones en torno de las fuerzas productivas
y las relaciones de p ro d u cció n -re su lta rá de particu lar utilidad. Por el co n ­
trario, a la hora de tratar con el su jeto histó rico real, aquel que al actuar e fec­
túa la realización concreta del m undo social, las form ulassubjetivo-prácticas
perm itirán una p erspectiva m u cho más enriqu eced o ra. En el trayecto mar­
cado p o r estas o scilacio nes quedará así señalada otra línea de tensión funda­
m ental e n la co n cep ció n m arxista de la historia.

III- La historia como proceso legal

U na h isto ria cen trad a en las accion es co n textu alizad as de los ho m bres
concretos podría encontrarse en la situación de tener que explicar por qué las
a ccio n e s hu m anas frecu en tem en te co n d u ce n a resultados opuestos a los
bu scad os. Si los ho m bres hacen su propia histo ria, en el sentido de que per­
siguen su s propios fines, lo cierto es que la dinám ica social excede en m ucho
tal im agen sencilla, h acien d o posible partir de u n supuesto distinto del que
exp u sim os a n terio rm en te. Las m otivaciones co n scien tes de los individuos,
b ajo este enfoque, tendrán una im portancia subordinada. Aquello que se re­
qu iere es un p rin cip io integrad o r que ex p liq u e tanto a las m otivaciones
co m o a los resultados. Éste es el afán que llevó a la búsqueda de “fuerzas m o ­
toras” capaces de estru cturar las m otivaciones hum anas y de condicionarlas
efectiv am en te. La tercera p erspectiva so bre la c o n cep ció n de la historia en
M arx revive ciertas o rie n tacio n e s teleoló gicas de las actividades hu m anas,
pero b a jo una nueva m odalidad.
En lo s Grundrisse, así co m o en la Contribución a la crítica de la econ om ía p o ­
lítica de 1 8 5 9 , se esboza un decurso histórico centrado en la progresión de las
form as e co n ó m icas so ciales que encu entra su clave interpretativa en la idea
de “c o n d ic io n a m ie n to ”. Veam os có m o opera. Los su puestos de los que se
parte en este enfoque son: 1) la ex isten cia de una organización física de los
seres hu m anos en función de la naturaleza física, 2 ) organización que co nd i­
cio n a la p ro d u cció n de los m ed io s de vida, p rod u cció n que a su vez co n d i­
ció n ala vida material y la m anera de ser en su totalidad, lo cual supone 3) una
co nexión entre la producción de los medios de vida, la vida económ ica co lec­
tiva y las dem ás organizaciones sociales, de la vida política y el Estado, lo cual
im plica 4 ) el co n d icio n am ie n to de la vida d el Esp íritu p o r parte de ese tra­
m ado m aterial y produ ctivo22.

Para una e x p o sició n esq u e m á tic a de estos y o tros su p u e sto s de la con cep ció n m arxista de la his-

A ires, 1973*, p p . 2 1 9 -2 4 7 . P §
A partir de estos su puestos se articula un m odelo de lo social que apela a
las figuras de la estru ctu ray la determ in ación para m o strar có m o las id eo lo ­
gías de los diversos g rupos están determ i nadas por el m odo de p ro d u cció n ,
es d e cir la base estru ctu ral, la cu al abarca 1) los m ed io s de pro d u cció n que
consisten en los recursos naturales a d isposición de d eterm inado grupo h u ­
m ano en un tiem p o y lugar determ in ad os, la p o b lació n p o ten cialm en te
capaz de realizar trabajo prod u ctivo , y el sto ck te cn o ló g ico disponible y 2)
los m odos de p rodu cción, esto es, “las proporciones reales de fuerzas hu m a­
nam ente u tilizables dadas”; por otro lado la su perestructura co n siste en las
instituciones, las leyes, las formas de organización estatal, las costum bres, las
tradiciones y hábitos que sancionan las form as sociales efectivas por un lado,
y los ám bitos de la religión, la ciencia y el arte, que proporcionan racionaliza­
cio n e s de la estru ctura social existente por el otro. E sto im plica el co n d ic io ­
n am ien to de la po lítica por la eco n o m ía y de la co n c ie n cia p o r el ser so cial,
co m o ejem p lifica M arx en su C on tribu ción a l a c rítica d e la econ om ía p olítica:
“En la produ cción social de sus vidas los hom bres entran e n relaciones de ter­
m inadas, necesarias e independientes de su voluntad; relaciones de p rod u c­
ción que corresponden a ciertas etapas de evolución de sus fuerzas materiales
de p rod u cció n . El co n ju n to de estas relacio n es de p ro d u cció n form a la e s­
tructura económ ica de la sociedad, la base real sobre la que se erige el edificio
ju ríd ico y político y a laq u e corresponden determ inadas form as de co n cie n ­
cia social. El m odo de p rodu cción d é la vida material co n d icio n a el proceso
de la vida so cial, p o lítica e in te le ctu al en general. N o es la co n c ie n cia del
h o m bre la que determ in a su ser so cial sin o, por el co n trarío , es su ser social
el que determ ina su co n cien cia (...) Y del m ism o m odo que no podem os ju z ­
gar a un individuo p o r lo que él piensa de sí, no po d em o s ju zg ar tam p o co a
estas épocas de co n m o ció n por su co n cie n cia. Por el co n trario , hay que e x ­
plicarse esta co n c ie n cia por las co n tra d ic cio n e s de la vida m aterial, p o r el
co n flicto existente en tre las fuerzas productivas so ciales y las relacio nes de
prod u cció n ”23.
A través de una analogía co n el individuo se extrap ola una co n d ició n al
plano social, la cual adem ás abre el paso a un m odelo de explicación del cam ­
bio histórico: las co n trad iccio n es intern as en el m odo de p rod u cció n , entre

23 Karl Marx, Prólogo a la contribución a la crítica d e la econ om ía p o lítica, Estudio, Buenos Aires,
[ 1 8 5 9 ],1 9 7 5 ,pp. 8-9 .
N kúlu s Lavag nin o

fuerzas p rodu ctivasy relacio nes de p ro d u cció n , conllevan tensiones o b je ti­


vas que aseguran la in e stab ilid ad y m u tab ilidad de cu alq u ier form a social
histó rica. Todo esto es co n sisten te co n lo que analizam os antes sobre la m e ­
tafísica m arxista en lo relativo a la d ialéctica del cam bio y e n lo referente a la
distinción entre esencia y apariencia, lo cual sugiere que aunque variem os de
enfo que am bas o rien tacio n es m etafísicas básicas persisten com o estru ctu ­
rantes cru ciale s de lo que co n stitu y e una co m p ren sió n p ropiam ente m ar­
x ista de la h isto ria. Por o tro lado se su pon e un tip o de d eterm in ism o o de
co n d icion am ien to que si bie n no necesariam ente es unilineal, p retende re­
su m irla s ten d en cias g en erales del d esarro llo h istó ric o , con los problem as
que esto su pone.
E n esta línea analítica lo que term in a articu lán d o se es u n co n cep to a b s­
tracto de so cied ad co m o u n co n ju n to e stru ctu ral de relacio n es de p rod u c­
c ió n . “La so cied ad n o está co n stitu id a p or in d iv id u o s, sin o que expresa la
sum a de relacio n es e n las que eso s individuos se e n cu en tran ”, escribe M arx
en los G ru ndrisse2*. N os en co n tram os ante una inversión de lo que en la se c­
ció n ante rior denom inam os dependencia categorial de las relaciones con los
individuos en tanto que entes sustanciales. A quí, po r el co n trario , son los in ­
dividuos los que son dependientes de las relaciones que los ubican en deter­
m inados co ntexto s sociales. Pareciera que los contenidos y m odalidades del
actuar hu m an o carecieran de relevancia o no dependieran en últim a instan­
cia de la agencia h u m an a. En la form ulación extrem a que postula este e n fo ­
que las relacio n es de p ro d u cció n en las que ingresan lo s ho m b res son
necesarias e indepen dientes de sus voluntades. Los hom bres hacen la h isto ­
ria, pero bajo co n d icion es que ellos no eligen, sino en circu nstancias dadas,
establecidas y heredadas. E s m ás, podría decirse que los hom bres ya están de­
term in ados y que actúan co n fo rm e el co n texto en el cual vienen a ser, el cual
se com porta com o un “dato o bjetivo ”. Esta inversión de la conceptualización
de M arx en to m o del carácter de las relaciones sociales tiene por objeto refor­
zar una nueva línea interpretativ a: el proceso h istó rico es visto p rin cip al­
m ente co m o un ciclo evolutivo de progreso de las fuerzas p roductivas que
su pone recurrentes reacom odam ientos de las relaciónesele producción.
Tanto e n los textos antes m encionados com o en El c a p ita l, los sujetos apa­
recen m enos co m o ejecu to res de accion es autodeterm inadas y cada vez más
co m o portadores de relaciones e in tereses de cla s e , co m o criatu ras o m eras
expresiones de esas relaciones. De acuerdo con este enfoque la evolución so ­
cial es descripta co m o un “proceso h istó rico n atu ral”, en el cu al lo que está
e n ju e g o no es una defin ició n de la co n cep ció n antropológica o filosófica de
la naturaleza hu m ana, sin o la acció n de ciertos p rin cip io s, leyes o te n d e n ­
cias que co n d icion an los tipos de relacio nes que los h o m b res pu ed en esta­
b le c e r en tre ello s. E sto es po sib le p o rq u e los h o m b re s q u e d an red u cid o s,
co m o vim os, a m eras p erson ificacio nes de categorías eco n ó m icas en virtud
de la autonom ía que las “relaciones” han ganado respecto de los ho m bres en
su co n d ición alienada. El desarrollo social queda librado a un ritm o esp o n ­
táneo n atu ral, n o su bo rd in ad o a in te n ció n o p lan ificació n alguna sin o de­
p en d ien te en u ltim a in stan cia de “leyes de m o v im ien to e c o n ó m ic o ” cuya
e lu cid ació n es el o b je tiv o de la crític a de la eco n o m ía p o lítica qu e M arx se
propone realizar. La pregunta es si ese ritm o espontáneo som etido a leyes es
algo que puede ser su perado en una sociedad p o stcap italista, p o r lo que se
trata de una m era caracterización del m ovim iento de las form as so ciales ca­
pitalistas, o si se trata de una in te n ció n m ás abarcadora, que p retend e co n ­
sid erar g lob alm en te a la h isto ria co m o un p ro ceso h istó ric o natural y
legalm ente o bjetivo.
La co m prensió n de la historia com o un “m ecanism o natural” alcanza su
m áxim a e x p resión cu an d o M arx intenta e sp ecificar e n qué co n siste n las
“leyes naturales” de los m ovim ientos sociales. En el Prólogo de El capital, re­
fiere a un coijientarista ruso, en térm inos aprobatorios, que com enta “el m é­
todo d ialé ctico ", que es el suyo: “Para M arx só lo una co sa es im p o rtante:
encontrar la ley de los fenóm enos en cuya investigación se ocupa. (...) C on el
diferente desarrollo de la fuerza productiva se m odifican las relaciones y las
leyes que las rigen. (...) El valor científico de tal investigación radica en la elu­
cid ació n de las leyes particulares que rigen el su rg im iento, e x iste n cia, d e s­
arro llo y m u erte de un o rganism o so cial d eterm in ad o y su reem plazo por
otro, su p erio r al p rim ero. Y es éste el valor q ue, de h e ch o , tiene la o bra de
M arx”: Para concluir, M arx mism o se pregunta “Al caracterizar lo que él llama
m i verdadero m étodo de una m anera tan certera (...) ¿qué hace el articulista
sino d escribir el m étodo díaléctico?”2ri.

25 Karl M arx, El capital, Siglo X X I, M éxico [ 1 8 6 7 ], 2 0 0 2 , trad. Pedro S c a ro n .T .l, E pílogo a ia se­
gunda edición, pp. 17 -1 9 .
N icolás L iv ag n in o

¿Cuál es el carácter de esas leyes? De m anera concom itante, ¿cóm o puede


entend erse la idea de co n d ic io n a m ie n to , tal co m o vim os anterio rm ente en
relación con las relaciones a establecer entre la producción de la vida m aterial
y los dem ás dom inios de la vida social? U n lugar com ú n e n lo que hace a la ca­
r acterización de M arx co m o p en sad ores d enom inarlo com o “determ inista
eco n ó m ico ”. En lo que sigue intentarem os especificar qué es lo que se está di­
ciendo co n sem ejante acu sación y en qué caso consideram os apropiado el ró­
tulo y e n cuáles n o . Para ello es conveniente distinguir tres tipos p osib les de
determ in ism o presentes e n M arx26.
En p rim er lugar p o d ría po stularse un evolu cion ism o unilineal que p resu ­
pone un tránsito ún ico e inexorable para todas las sociedades en todo tiempo
y lugar. C ada etapa sería así co ro lario in elu ctable de la anterior y co n d ición
de la siguiente, por lo que oponerse a este decu rso resultaría tan inú til com o
resistirse al curso de un río co n las propias m anos. Un segundo tipo de deter-
m inism o, sincrónico p articu larista, alude al tipo de inexorabilidad que se des­
en cad en a u n a vez que tal o cu al sociedad desarrolla d eterm in ados rasgos
propios de un m odo de p rodu cción. Esto e s, se trata de leyes no-universales,
qu e sólo e x p lican de term in ad os tram os o se c cio n e s del d esenv olvim iento
histó rico. Por últim o es p osib le recon ocer un d etern in ism o u niversal, tipo de
sentencia general que involu cra a la totalidad de los tram os o seccio nes de la
historia, sin distingos particularistas. Son afirm aciones que valen para todo
sistem a de clases, no im porta cuál sea éste. Este tipo de determ inism o univer­
sal es, a o jo s de Engels, “la esencia del m aterialism o h istó rico ”.
A nu estro ju icio , es claro que el determ in ism o del prim er tipo fue rech a­
zado po r M arx y Engels27, R especto de los otros dos es innegable su presencia

26 Seguim os aquí la clasificación presentada en el ya citado libro de Alvin Gouldner, lx>s dos marxis­
mos, Alianza Editorial, Madrid, 1 9 8 3 , en especial el capitulo 8 sobre los d etern in ism o s económ i­
cos en el m arxism o. Véanse pp. 2 4 6 - 2 7 5 . G ouldner en cu en tra ejem plos de d eterm inism os
“particularistas” en el volum en 1 de El capital. Para otros caso sd e determ inismo universalse sirve
de citas d elvolum en 3 de El capital, referencias al M an ifiestoC om un ktay determ inados fragmentos
de El 1 8B rum ario de Luis B on aparte. Véase Gouldner, op .cit., p. 2 6 3 -2 6 4 .
17 La con cepció n del M odo de Producción A siático -véase m ás adelante nota 3 0 - es una m uestra
de que Marx no pretendía establecer una secuencia inexorable de realización válida para Lodo tiempo
y lugar. En el análisis de la “cuestión rusa", que no podemos tratar aquí, Marx consideró seriamente la
posibilidad d e senderos di ve rgentes basados en una sucesión distinta de las etapas históricas. Para
esta cuestión remito a Theodor Shanin (ed.): Ei M a n tard íoy la vía rusa. M arxy la p eriferia del cap i-
talism o, Revolución, Madrid, 1 9 9 0 y al análisis que hace de la cuestión Gouldner, op. cit., p. 2 6 4 .
e n ciertas po stu laciones del propio M arx, lo cual llevó a inn u m erab les pro­
b lem as en la ap licació n de la teoría y en la p ráctica p o lític a . Sin em bargo lo
que n os interesa ahora es destacar la relación entre esta fascinación de M arx
p o r las determ in aciones y las “leyes objetivas” y las características m ás gene­
rales del pensam iento cien tífico de su ép o ca .
En prim er lugar, desde p rincip ios de siglo xix la n o ció n de cien cia estaba
im pregnada por la idea positivista de que la naturaleza se hallaba b a jo e l d o ­
m in io de leyes un iversales, d o m in io que in clu ía al h o m b re y su m ente. S e ­
gu nd o , los su p u esto s de la n o ció n básica de la cie n cia que M arx utilizó
im p licab an una div isió n entre el m u nd o y la m en te, e n el que el prim ero se
aparecía ante el segundo com o un universo de o b jetos m ateriales dispuestos
e n el tiem po y el espacio, separado por com pleto de la co nciencia hum ana, la
cual no constituía m ás que una esfera derivada y subordinada al “allá afuera”.
Este paradigm a exigía una m ente capaz de obrar co m o e sp ejo de la natura­
leza28. En tercer lugar se suponía una n o ció n del cam bio de la m ateria v in cu ­
lado con una secuencia de estados físicos que se su ceden por necesidad
absolu ta, c o n c ep ció n derivada de la de d eterm in ació n natural de Laplace.
Por últim o, se consideraba que todas las leyes dependían en últim a instancia
de u n c o n ju n to ulte rio r de leyes a las que se r ed u cían ; así, p o r e je m p lo , las
m ú ltip les leyes físicas dependen de la “ley fundam ental de la m ecán ica”. De
m anera análoga el m arxism o heredó esa pasión por las “últim as instancias” y
el d escubrim iento de las “leyes fu ndam entales”.
Por cierto, una posibilidad interpretativa consiste en considerar tales pre­
tensiones nom ológicas com o un m ero tributo de M arx al vocabulario de su
época. La idea mism a de condicionam iento bien puede suponer no una deter­
m inación taxativa por parte de los presupuestos objetivos, limitan te de la po­
sibilidad de la acció n subjetiva o suponiendo que esos presupuestos
“produ zcan” realm ente una determ inada co n d u cía , sin o el sim ple reco n o ci­
m iento del grado de posibilidad de que algúnsujeto la suscite. De acuerdo con
esto, una lectura centrada en la praxis, com o vim os a n tes, no elim inaría la p o ­
sibilidad de incidencia de las condicion es previas y extem as en relación co n la
actividad hu m ana, pero las consideraría com o determ inaciones parciales e in -

La crítica de la epistem ología tradicional, en particularsu idea del conocim iento com o represen­
tación especular o reflejo de la naturaleza, constituye el centro de interés de autores com o Richard
R ortyen libros com o P hilosophy an d the M irrorojN ature, O xford , 1 9 8 0 .
com pletas. La actividad hum ana se encu entra condicion ada en el sentido de
que hay un espacio variable para el despliegue de lo posible, pero su realización
efectiva, dados ciertos m edios materiales, ciertas disposiciones de com porta­
m iento y cierto m arco co ncep tual, es un proceso enteram ente contingente29.
De m anera sim ilar podría co n sid erarse a las leyes en M arx co m o meras
"tend encias”, a las que n o casualm en te casi siem pre presenta atenuadas por
“ten d en cias c o n tra -re sta n te s”. N o es m en o s evid en te que M arx n u n ca in ­
ten tó codificar u n esqu em a de desarrollo de la totalidad de la historia, au n ­
que resulta claro qu e las in clin acio n e s o b jetiv an tes en la obra de M arx
cu m p lieron un rol im p o rtan te en el e stablecim ien to de una tipología de las
transiciones históricas, la cual ha desem peñado un papel relevante en num e­
rosas diatribas políticas e hístoriográficas.
Tal tipología parte de la base de que la so cied ad h u m ana su p on e en su
ev o lu ció n una serie de avatares co n lo s cu ales intenta su perar su desgarra­
m iento inicial, acaecido en el com ienzo m ism o de la historia: la constitución
de una sociedad de clases basada en la división social del trabajo y la apropia­
ció n desigual del prod u cto 30. Esta sociedad estratificada, alienada, parte de
una situación m ítica originaria a la cual se le asigna un papel de sim étrico e in­
verso al p um o de llegada del recorrido histórico: una sociedad donde no hay
propiedad privada, porqu e no hay clases so ciales ni división so cial del tra­
bajo. Lo que separa a am b os polos tem porales es que se pasa de una nulidad
de desarrollo de las fuerzas p rodu ctivas a su realización y p lenitu d , m ar­

19 Sobre esta cuestión Helm ut Fieischer, op. cit., especialm ente pp. 8 5 -8 9 .
M Es pertinente aclarar una diferencia que podría darlugar a confusiones. Para M arx la división de
clases n o se halla, en térm inos estrictos, al com ienzo de la historia sino que m ás bien le antecede
una suerte de com unidad originaria carente de conflictos concernientes a la distribución de los re­
cursos. Tal com unidad puede ser vista, bajo nuestra perspectiva, com o una suerte de postulación
lógica necesaria para el desarrollo de su concepción global y específica de la historia, que reconoce
caracteres em p iríco sq u e podían ser observados en sociedades rtocapitalistas de su época. Marx
considera a la historia de la h um an id ad en su totalidad com o el transcurso con flictivo entre dos
polos no conflictivos de distinta índole. U no esla com unidad originaria ya m encionada,y elotro
el mundo com unista. C uando sugerimos que la historia com ienza con un “desgarramiento in icial”
tan sólo querem os señalar el hecho de que la con cep ció n de la historia de M arx consiste básica­
mente en el tortuoso pasaje de un polo hacia otro. Pero Marx no se detiene demasiado en la descrip­
ción de am bos polos ni podem os com prend er los m ism os sin las etapas conflictivas e
intrínsecam ente contrad ictoriasqu e m edian entre am bos. Aun cuando en el M anifiesto Comunista
se habla de las características del p un tod e llega da, las m ism as revisten un carácteru tó p icoy poco
específico. E sen virtud de lo anteriorm ente m encionado que sostenemos que la visión de la histo­
ria de M arx es em inentem ente conflictiva.
cando la capacidad por parte de la especie de apropiarse progresivam ente de
la totalidad de recursos de Ja naturaleza de una m anera ju sta e igualitaria.
Entre una etapa y otra se ex tien d e un valle in term ed io de agonía y c o n ­
flicto que está signado por el enfrentam iento, la división, la alienación de los
hom bres en una sociedad de clases, la cu al asum e tres form as típicas e v o lu ­
tivas: la sociedad antigua clásica, en la cual la relación prototípica es la que se
da entre am o y esclavo, luego la so cied ad feudal, que m arca el e n fre n ta ­
miento entre señores feudales y siervos, y finalm ente en un extrem o agónico
de p o sesió n y d esposesión , de p o sib ilid ad es de realizació n y realidades de
im p o sibilid ad , de riqueza m aterial y m iseria so c ia l la sociedad capitalista,
signada p o r el en fren tam ien to entre cap italistas y proletario s. C om o una
cuarta forma típica, a un costado de la historia, y su pon iendo un desafío teó ­
rico de m agnitud que no p odem os tratar aq u í, tenem os el m odo de p ro d u c­
ció n asiático, que es una forma social que n o evoluciona ni retrocede al punto
de partida y que sirve para caracterizar a todas aquellas sociedad es extraeu -
ropeas que no siguieron autónom am ente el tránsito hacia el capitalism o 31.
Esta estru ctu ra del dram a histó rico provee en to n ce s una in terp retació n
del papel de la burguesía, com o el agente que destruye todas las barreras que
im piden la co n stitu ció n de la situ ación agónica final, esto es: elim ina todas
las form as de propiedad no burguesa, se basa en la acu m ulación del capital y
en la revolución constante de las fuerzas productivas, barre co n las fronteras
nacionales y las prebendas corporativas, elim ina la escasez desde el punto de
vista de la prod u cció n y avasalla todos los derecho s y significatividades que
no puedan expresarse en el único lenguaje que ella entiende, el del capital. La
sum isión de todas las form as de vida a un m ercado de dim ensiones m undia-

31 El M odo de Producción A státicono fue desarrollado exhaustivam ente por M arx en ninguno de
sus trabajos publicados en vida. Se encuentran referencias en dos artículos relacionados con la d o ­
m inación británica en la India, citados en la nota 13, y los lincam ientos establecidos en los Cru n-
drisse y que perm anecieron inéditos hasta el siglo xx. En este últim o trabajo M arx desarrolla un
catálogo de formas sociales que incluye, ju n to al m odo de producción prim itivo, al esclavista y al
feudal, un triodo que obra m ásbien com o '‘callejó n sin salida” para las sociedades que caen en é l,
que son básicam ente todas m enos las occidentales. El M odo Asiático ha sido más exhaustivam ente
tratad oa lo largo del siglo xx, en la m edida que se han ten id o en cuenta los desafíos teó rico s que
com porta. Tratamientos sistem áticos se encuentran en PerryAnclerson, '¡ransicionesde k antigüe­
dad al feu dalism o, Siglo XXI, M éxico, 1 9 7 2 , y del mismo autor, El Estado absolutista, Siglo X X I, M é­
xico, 1979. Otros autores relevantes para la cuestión so n jea n Chesneaux, Karl Wittfogel y M anan
Sawer, entre oíros. Para una bibliografía sobre este tema véase PerryAnderson, El Estado absolutista,
Apéndice 1, que relie re específicamente a la cuestión.
N icolás L a va gn in o

les en el que todos son expropiados, y del cual nadie puede escapar, es la c o n ­
d ición b ásica para que el co n flicto de clases lleve a su e nfrentam iento final
entre la sum a de los desposeídos y el ca p ita l
El riesgo que presupone tom ar demasiado literalm ente esta tipología evo­
lutiva es que reintroduce la cuestión relativa al sentido de la historia, pe ro ahora
co m o derivado de un orden lógico-objetivo de la m ism a. Si en la prim era sec­
ción apuntábam os los problem as que suponía una consideración teleológica
o centrada en la idea de realización, en esta últim a parte resurge el p rob lem a,
pero ante la posibilidad de una consideración puramente mecanicista de la his­
toria. Podem os decir que am bas vertientes proveen un m arco consistente de
interpretación y guías para la acción e intervención práctico-política, pero al
costo de sintetizar y reducir a form ulaciones sum arias y mam pulables un co n ­
ju n to com plejo de postulados teóricos y conceptuales.

IV- A modo de balance

Parafraseando al p ropio autor, estam o s le jo s de su p on er que haya un


“enig m a” en la co n cep ció n de la histo ria de M arx que requiera se r resuelto.
Por el co n trario , lo que puede reseñarse es la e x isten cia de una serie de te n ­
siones y aportas inelim inables que constituyen parte de la riqueza y atractivo
de la co n c e p ció n m ism a y que sirven co m o estím u lo para reanudar la tarea
interpretativa.
D e entre todas esas tensio nes, una aparece co m o fundam ental, atrave­
sando los tres enfoques aquí presentados. C om o hem os visto una de las bases
del entero sistem a de pensam iento marxista reside en el condicionam iento de
la co n cien cia por el ser32. Para cierta lectura la prim acía del ser social sobre la
determ inación consciente constituye la piedra de toque de un modelo de p en­
sam iento basado en la estructura y las co m pu lsio nes estru cturales co m o so-
breim p u estas a la voluntad. En cierta m edida esta interpretación resulta
consistente co n el rechazo del idealism o por parte de un m aterialismo que re­
pudió la n o ció n de un su jeto que m ediante su s propias d eterm in aciones
puede arribar a la resolu ción del enigm a de la histo ria. Pero si bien en la des-

32 Karl M arx, P rólogo a la c o n tr ib u d ó n a la critica de la econ om ía p olítica , pp. 8 -9 . Véase tam bién La
ideología alem ana, p. 26.
cripción de la sintaxis social M arx tendió en ocasiones a reforzar el papel de la
estructura -p a r a fo rtalecerla inexorabilidad del d iagnóstico que quería e x ­
tra e r-la dinám ica histórica no podía basarse puram ente en determ inaciones
im personales, so pena de deshum anizar el propio designio hu m ano. Las de­
term in aciones estru cturales podían, en últim a instan cia, ser horadadas p o r
m edio de la crítica, entendida com o la praxis subjetiva de los desposeídos de­
v en idos p rodu ctores lib rem ente asociad os. Su de scrip ció n de la co n d ició n
p roletaria m uestra palm ariam ente esta tensión irreso lu b le, ya que tal co m o
aparece caracterizada, su pon eu na absoluta abyección , desposesión, miseria
y alienación. Y sin em bargo de allí, com o del m ás bajo lodazal, ha de extraerse
la piedra más preciosa. Frente ala construcción de un sistem a ciego, no inten­
cional , irracional, naturalizado, se contrapone una visión que ofrece a los des­
poseídos una m isión terrenal, provista del prem io de la salvación redentora:
la em ancipación hu m ana com o resultado de una praxis social superadora de
las lim itaciones propias de las formas antagónicas de la sociedad. Esta cuadra­
tura del círculo n o pudo resolverse sin apelar en algún grado a la voluntad, la
acción in tencional y subjetiva por fuera del devaneo de la estructura.
La in ten ción del presente cap ítu lo ha sido m ostrar có m o esas tensiones,
lejo s de invalidarel pensam iento de M arx sobre la historia, entregan p un tos
de p artida in teresan tes para la reflexió n . El o b jetiv o es m o strar có m o cada
una de las lecturas, e n la m edida que no se extrem e el razonam iento co n d u ­
ciéndolo a señalam ientos unívocos, categóricos y sesgados, permite enfatizar
productivam ente m om entos distintos de la consideración sobre lahistoria de
M arx. Para ello quizá resulte pertinente realizar algunas precisiones en tom o
de las form as en que puede concebirse un sistem a de ideas articulado y co m ­
p lejo com o el de M arx. D iversos autores han señalado que cu alquier cu erpo
teórico supone la articulación co n ju n ta de categorías sustantivas, d inám icas
y est ru ctu ralesB . A las prim eras co rresp o n d en la d e term in ació n de cu áles
so n los e lem en tos fu n cio n ales e sp e cífico s a ten er en cu en ta, cu ál es el e s ­
quem a de individuación social co n el que se pretende trabajar. La considera­
ció n del ho m bre co m o prod u ctor y la reflexió n so bre el carácter de la
m ercancía so n esb ozo s de tales categorías. Las segundas tratan sobre los as­
pecto s diacrónicos y evolutivos que se postulan para el sistem a antes indivi­
dualizado. Las co n sid eracion es sobre la praxis en térm in os de acción

33 Por ejem plo, Helm ut Fleischer, op. d£.,p. 3 9 -4 0 .


•.ul>|c n va tendiente a satisfacer necesidades y dar cuenta de intereses, tanto
i v ino c I establecimiento de una tipología para las transiciones macrohistóricas
corresponden a este nivel teórico. Las últimas refieren a propiedades formales
a estipular entre las distintas instancias-estáticas y dinám icas-del sistema. Las
relaciones de cam bio, de correspondencia, de determinación o condiciona­
miento expresan este momento teórico. Aquí, y siguiendo a F leischer, puntua­
lizaremos que uno de los problemas más frecuentes en la com prensión de la
concepción histórica de Marx radica en el privilegio excesivo concedido a una
o más de estas instancias y la obliteración o elisión de las restantes.
De esta manera puede ve rse que la respuesta a los interrogantes antes plan -
teados en tom o de qué es la historia, qué sentido tiene el recorrido humano y a
través de qué procedimientos concretos se efectúa, ha implicado para cada uno
de los vectores interpretativos aquí expuestos, un balance argumental distinto.
Para el enfoque ideológico o evolutivo totalizador, la primacía concedida a la
pregunta por el sentido histórico llevó a cent rarse en los aspectos d inámicos del
sistema teórico, recostándose en categorías sustantivas un tanto esencialistas y
en categorías estructurales poco definidas: las propiedades formales definidas
no son más que una elaboración elemental de la metafísica que Marx habrá de
sostener a partir del momento en que de finió sus relaciones con Hegel y Feuer-
bach. La interpretación centrada en la praxis pudo, en cambio, tratar de manera
más precisa las categorías sustantivas, definiendo un lugar distintoy más enri-
quecedor para el análisis del sujeto histórico y enfocando de manera más con­
creta y contextuada la dinámica del sistema social postulado, aunque al costo de
desentenderse de la pregunta por el sentido del devenir humano y de permitir
cierta vaguedad en la utilización de lascategorías estructurales. Porúltimo la in­
tención objetivante desarrolló hasta sus últimas consecuencias las propiedades
formales del sistema, aunque pagó por ello con la desfiguración del sujeto en­
cargado de dar cuerpo y vida al mismo. Las categorías elementales del sistema
se vaciaron designificación humana, convirtiéndose en merasmstanciaciones
de propiedades sistémicas, con lo cual el foco interpretativo terminó centrán­
dose en una pura dinámica estructural crecientemente abstracta.
Cada uno de estosbalances y equilibrios interpretativos, se ha apuntado,
supone problemas y hallazgos, méritosy falencias, pero en conjunto articulan
una im agen vivida de la capacidad del pensamiento de Marx sobre la historia
para convertirse en una matriz interpretativa capaz de dotar de significados al
recorrido que los hom breshan ido trazando en el devenir de los tiempos.
Bibliografía recomendada

C ohén, Gerald, La teoría de la h istoria de K arl Marx. U n adejen sa, SigloXXI, Madrid,
1 98 6 .
Gouldner , Alvin, Losdos marxismos, Alianza Editorial, Madrid, 1 983.
Korsch , Karl, M arxism o y filo so fía , Era, M éxico, 1 971.
M a n d e l , E rn est, El capital. Cíen años d econ troversias en torno a la o b ra d e K arl Marx,
Siglo XXI, M éxico, 1 9 8 5 .
M a r x , Karl y E n g ei .s , Friedrieh, W erke, Dietz, Berlin, 1 9 5 6 (4 0 volúmenes).
R o s d o l s k y , Rom án, Génesis}' estructura de El capital, Siglo XXI, M éxico, 1989.
E n el presente escrito utilizam os el térm in o “filosofía latin o am erican a”,
no en el sentido am plio de la totalidad de la filosofía produ cida en la reg ió n ,
sin o en un sentido restringido, esto es, referido a la tradición de pensam iento
propia de A m érica Latina, que asum e el qu ehacer filosófico co m o una tarea
de reflexión co ntextual sobre la situación general y los problem as co n cretos
de una com unidad históricam ente situada.
Esta tradición encuentra su antecedente más im portante e n ju a n Bautista
A lberdi, autor de un fam oso texto. Ideas p a r a p resid irá la confección de un curso
d e filo s o fía con tem p orán ea en el C olegio d e H um anidades (M ontevideo, 1 8 4 0 ),
qu e ha sido u n án im em en te considerado co m o el program a co n tin en tal de
esa filoso fía.
A partir d el m an ifiesto alberd iano , a lo largo de la segunda m itad del
siglo xix y las prim eras décadas del xx, ese cam po intelectual se fue en riq u e­
ciendo con aportes procedentes de diversos m arcos doctrinales -o rig in ad o s
en m atrices de pensam iento e u ro p e o -, que cristalizaron en form as pecu lia­
res de reflexió n , siem p re atravesadas p o r la bú sq u ed a de una d efin ició n
identitaria y por la vocació n de afirm ación de la cu ltu ra y la capacidad cre a­
dora de lo s h o m b res y m u jeres de “nu estra A m érica”. E n tre o tras m u ch as
ex p resiones, ja lo n a n este desarrollo el socialism o u tó p ico de Sim ón R od rí­
guez, el liberalism o radical de F ran cisco Bilbao, el pen sam ien to an tiim p e-
ralista de Jo sé M artí, el socialism o de cu ñ o positivista de Jo sé Ingenieros, el
m arxism o ind o am erican o de Jo sé C arlos M ariátegui, la filosofía del m e x i­
can o de Sam uel R am o s, e tc. Sin e m b a rg o .e s en lo s a ñ o s ’4 0 del siglo p a­
sado, a partir del aporte intelectu al de jó s e G aos en M éxico y de F ran cisco
R om ero en la A rgentina, que se consolida la filosofía latinoam ericana com o
un espacio d iscip lin ar y académ ico particular, co n sentido y alcan ce co n ti­
n e n ta le s1.
Finalm ente, en la década de los ’6 0 todos los esfuerzos señalados con flu­
yen en la efectiva constitución de un proyecto filosófico con una orientación
definida y un cam po de p roblem as esp ecífico s, entre los cuales n o es m enor
el lugar o cu p ad o p o r la reflexió n en to rn o de la historia. C u estio n es tales
co m o el estatuto universal de la historia, el carácter ideológico y eurocéntrico
del relato h istó rico heg em ó n ico , el papel ju g ad o en la historia p o r el su jeto
latino am ericano , las m odalidades de desarrollo de la dialéctica histórica en
el m arco de relacio n es glob ales de poder, devien en e n ton ces eje s de d iscu ­
sió n y de po lém ica filosófica. F n torno de los m ism o s se produ ce un a p ro ­
funda reform ulación del program a de la “filosofía latinoam ericana”, que en
adelante y durante bastan te tiem po estaría im pregnado por la inqu ietu d en
torno de su autenticidad y su originalidad. H acia lo sañ o s ‘7 0 , esa preocu pa­
ción se articularía co n la exigencia de producir un com prom iso de la filosofía
con el proyecto de liberación nacional y social de los pueblos latinoam erica­
nos, que, aunque recibió lo sd u ro sem batesd e los golpes militares en el Cono
Sur, que se su ced íero na partird e 1 9 7 3 , y de la posterior im plem entación del
neoliberalism o en la región, ha m antenido su vitalidad hasta el presente.
Puede decirse q ue, e n los ú ltim os cin cu en ta años, la filosofía latino am e­
ricana ha girado en to m o de una suerte de leitm otiv: la situación dependiente
de A m érica Latina. Esta cu estión -v is ib í lizada e n los años '6 0 a partir de las
transform aciones sociales y políticas que abre el proceso de descolonización
de Asia y Á frica -v in o a o cupar desde en ton ces el centro de la escena teórica
y pasó a ser percibid a, dentro de esa tradición filosófica, com o el rasgo espe-
cíficod el propio lugar (colonial yperiféríco) de enunciación. A continuación
nos concen trarem os precisam ente en las figuras del pensam iento latinoam e­
ricano co ntem p o ráneo que, en el últim o período señalado y a la luz de la re­
ferida p rob lem ática de la d ep end encia, han prod u cid o los desarrollos
concep tuales m ás im portantes en el terreno de la filosofía de la historia.

1D o sicx io sc lá s ic o sd n sf i t t a f . son R< tu'u> f r m a n o U '^ 'V 'S ü b r e la h b s o íia e n I b e r o a m é ­


rica”, en L eo p o ld o Z ea in n o 1 V íi líi^Huh í u F 'v 'j u „ » ’iit «"atcm ft’m portintíi.Coici'cion Ten-
Sarniento de América M o u o b r u t n iu d i h l u . a a . n ! n >ht.a 9 6 8 ,3 7 - 4 5 ;y tia o b .jo s c ( ís i5 2 ) ,
E n w in o a h jú ú s o jía n M \iu> d iu w , iMbu t m h u i t 110 de la filosofía la historia. fú!-
m undo O ’Gorm an puh'i -u 'iw ■ i < ,k 4 ) i n > r t , . M éxico, 1 9 ? S , donde sostiene
la tests de que e i ' descub rm jL ni i « < m iu io u n u i ’ i i ’ d<! pensam iento europeo, por obra de
laeu alliaeesu p rim era»/ o d t j i m .iM .U tin ' 1 íd ia u d e n r,ly e u ro c én trica .
H abítualm ente se tom a co m o p rom o tor del referido relanzam ientoy re­
orientación de la filosofía latinoam ericana, ocurrido en los ’6 0 , a Augusto Sa-
lazar Bondy ( 1 9 2 5 - 1 9 7 4 ) . En 1 9 6 8 este filósofo peruano da a co n o c e r su
ensayo ¿Existe u n a filo so fía d e nuestra A m érica?, cuyas tesis producen una re­
vulsión en el cam p o de la filosofía latinoam ericana, pues cu estionan fuerte­
m ente la visión optim ista que pred om inaba hasta en to n ce s sobre los
progresos logrados por la actividad filosófica desarrollada en Am érica Latina
y so bre el valor y la calidad de sus resultados2. Salazar pasa revista a la p ro ­
d u cció n filosófica en el co n tin e n te , d esde la co n q u ista de A m érica hasta la
época contem poránea, y concluye afirm ando el sentido com pletam ente im i­
tativo de la reflexión filosófica latinoam ericana. Entre sus rasgos caracterís­
tico s, el peruano señala: a) la sim ilitu d del esqu em a evolutivo de tod o s los
países de la reg ió n , ex p licab le a partir de una m ism a receptividad acn'tica y
un iversal frente al pensam iento eu rop eo , que es el que m arca el ritm o del
d esenv olvim iento histó rico del filosofar en A m érica Latina, su setap as, sus
continuidades y sus rupturas; b ) la ausencia de una tendencia m etodológica
y/o teórica característica; c) la distancia entre los filósofos profesionales y el
co nju nto de la com unidad, que redunda en la im posibilidad de constitu iru n
pensam iento nacional con resonancia en am plios secto res de la población y
co n una im pronta diferencial; d) la ausencia de aportes originales, que am e­
riten ser incorporados en una historia m u ndial de la filosofía.
Este diagnóstico fuertemente negativo es sostenido a partirde una mirada
que resitúa de m odo radical la perspectiva que había prim ado hasta entonces
cu and o se planteaba el interrog ante sobre el valor y sen tid o de la filosofía
entre nosotros. Son dos las intervenciones sustantivas de Salazar. En p rim er
lugar, enm arca la pregunta sobre la originalidad de nuestra filosofía en el pa­
noram a más am plio de la situ ación cu ltu ral en general, cuya autenticid ad
cu estiona severam ente. En segundo lu g ar.juzg aesa inautenticidad cultural
co m o el resultado de un déficit de la realidad histó rica co n creta de Am érica
Latina, a la que evalúa en térm in os de su bdesarrollo so cio e co n ó m ico y d e­
pendencia política. La cultura latinoam ericana - e n consecuencia tam bién la
filo s o fía -e s un p rodu cto m alogrado, en ajen ad o, una m istificación resu l­
tante de una actitud plagiaría de nuestros intelectuales, que adoptan produ c­

2 Salazar Bondy, Augusto (1 9 6 8 ), ¿Existe unofilosofía de nuestra A mérica?, 15 ed ., Siglo XXI, M éxico,
2001.
tos cu ltu rale s ex trañ os y se ilu sio nan co n una im agen de sí m ism os y de su
m undo social y cultural que no corresponde a la realidad. Y la raíz de esta de-
fectividad cultural se encu entra en el plano e co n ó m ico y social: la cultura ele
dom inación resulta ser el correlato necesario del atraso social, la d epend en­
cia política y el subdesarrollo eco nó m ico .
A unque por m om entos el planteo adolece de un sesgo determ inista -q u e
ha sido criticad o , entre otros, po r Arturo Roig3- , la vocación que parece an i­
m ar a Salazar es la de una tom a de co n cie n cia por parte de los in telectu ales
acerca de la necesidad de transform ar las estru cturas sociales y políticas y la
de aco m p añ ar esta transfo rm ación real con una paralela transform ación de
la filosofía, que la ponga al servicio de la creació n de una “cu ltu ra de lib era­
ció n ” y de la ca n ce lació n e fectiv a del su bd esarro llo , la m arginación y la de­
pen d en cia. Todo lo cu al su p on e, prim eram ente, una tarea destru ctiva de
preju icio s y falsos m ito s e , inm ed iatam en te, la co n stru cción de categorías y
valores g enuinos y liberadores. E n este sentido puede decirse que Salazar es
el p ro m o to r del program a de la Filosofía de la lib eració n que se form ularía
unos años después.
Las tesis de Salazar co n te n ía n ciertas ap reciacio n es m edu lares so bre el
particular desarrollo histórico que ha pautado el ritm o vital de América a par­
tir del descubrim iento y la conquista, y sobre la necesidad y las posibilidades
de som eterlo a un proceso de cam bio. E n su co n cep ció n , la conquista señala
un corte co n todo el pasado indígena y una ruptura con las tradiciones in te ­
lectuales vernácu las del co n tin en te, que o riginan un vacío cu ltu ral, a partir
del cual habrá qu e arrancar de cero. La filosofía es, en A m érica Latina, un
árbol transplantado; com ienza abruptam ente co n la introducción de las c o ­
rrientes de pensam iento predom inantes en la España de la época, de la m ano
del conquistador extranjero, y co n la finalidad de afianzar el predom inio po ­
lítico y cu ltu ral. Este co m ien zo im pronta toda la evolución h istó rica p o ste­
rior, originando la rep etición del m ism o gesto, del m ism o com portam ien to
im itativo, que genera, con el transcurso del tiem po, el panoram a de una su ­
cesión de doctrinas filosóficas extrañas y carent es de raíces en nuestra reali­
dad. Una situación tal de alienación e inautenticidad sólo puede superarse a

3C fr„ por ejem p lo , Roig, Arturo A ndrés, "'Filosofía y alienació n en Am érica Latina", Eipensa-
m iento L atin o am erican o}- su av en tu ra , vol. 1, C en tro E d ito r d e A m érica Latía n a, Buenos Aires,
1 9 9 4 ,9 2 - 9 4 .
partir de una ruptura revolucionaria, un salto histórico qu e perm ita trascen­
der la situación dada hacia form as de vida nuevas y m ás auténticas. En esta
em presa tiene reservado la filosofía el papel de dar el im pu lso decisivo al m o ­
vim iento integral (e co n ó m ico , p o lítico, so cia le in telectu al) de transform a-
ció n y lib e ració n .
La posición de Salazar selló fuertem ente la reflexión y los debates filosó ­
ficos p rodu cidos en las d écadas siguien tes, e influyó, aun que de diferente
m odo, en los pensadores más destacados del cam po.
E n e fe c to , la filosofía de la historia de Leopoldo Zea ( 1 9 1 2 - 2 0 0 4 ) puede
ser entendida co m o una respuesta a lo s d esafíos plantead o s p o r Salazar A!
año siguiente de la aparició n del po lém ico ensayo del peruano, Zea p ublica
La filo so fía am erican a com o filo so fía sin m ás (1 9 6 9 ) , donde rep lícalas tesis fun­
dam entales del prim ero, particularm ente su diagnóstico radicalm ente nega­
tivo sobre la cu ltu ra y el p ensam iento latin o am erican o s, al tiem po que
traslada la solución del problem a desde el plano eco nó m ico y social -d o n d e
Salazar había ubicado sus causas: la dependencia y el su bd esarro llo -al plano
de la co nciencia4.
El m exicano entiend e que, de algún m odo, la evaluación de Salazar rela­
tiva a la inautenticidad de las producciones filosóficas del pasado asume des­
apercibid am ente las pautas co n las que se valora h ab itu alm ente la filosofía
europea. Pero su ced e que la exp eriencia hu m ana latin o am erican a es d ile-
rente ala del hom bre europeo; en consecuencia, lo s parám etros de pondera­
ció n de n u estros p rod u ctos cu ltu rales no pueden ser lo s m ism os. C om o
pueblos conform ados a partir de la conquista, la identidad de los latinoam e­
ricanos porta necesariam ente las trazas de la incorporación violenta de A m é­
rica al m undo europeo. La filosofía europea fue traída a estas tierras com o se
trajo la lengua y toda la cu ltu ra de los reinos de E sp añ ay Portugal; pero fue
tomada a préstam o y utilizada para pensar, conservar o transform ar una rea­
lidad hisló ricay social p articular}' específica. Eso no la hace m enos filosofía
que la europea, sim plem ente la hace distinta. Y, si b ie n es cierto que el uso ele
una filosofía nacida en o tros horizontes puede am e ritar un en ju iciam ien to
crítico, es necesario v a lo ra re n prim er lugar, que al m om ento de inautentici-

’ Zea, Leopoldo (1 9 6 9 ), LajH osojiaam ericanac o m o filo x fla sin m ás, 18 eci., SigloX X I, M éxico, 2 0 0 1 .
Cfr. tam bién: D ialéctica d e la conciencia a m eric an a. Alianza, M éxico, 1 9 7 5 ; L a tin oam érica.T ercer
M undo, Extemporáneos, M éxico, 1 9 7 7 ; Discurso desde la marginaekm v ía b a r b a r ie ,F .C .E ., M éxico,
1992.
ciad inicial siempre siguió otro de auténtica asimilación, puesto que la filoso­
fía im portada fue aplicada a la solución de problem as propios. En segundo
lugar, es decisivo com prender que la superación de ese prim er m om ento de­
fectivo no se logrará a partir de la decisión voluntarista de proceder a la des­
trucción de todo un pasado filosófico alienado, para construir desde cero una
filosofía auténtica.
Esta actitud -q u e es la de Salazar, según Z e a -, por el contrario, está en el
origen de una dialéctica histórica patológica, originada en el fenóm eno de la
dependencia de Am érica respecto de Europa. Esa dialéctica, reiteradamente
aplicada por el hom bre latinoamericano desde la conquista hasta el presente,
nace de la necesidad, experim entada por el h om bre subordinado y so m e­
tido, de construirse una identidad, y se resuelve en la adopción de la identi­
dad del am o, que le im pone su m odelo de hum anidad. Se origina entonces
un “secular em peño en negarse a sí m ism os” para ser otros.
De allí que nuestra historia, la de A m érica Latina, sea el perm anente pa­
saje de una forma de dependencia (colonialism o) a otra (neocolonialism o,
en sus diversas etapas y m odalidades). Esta dialéctica defectiva nos lleva a
negar nuestra dependencia a partir de la incorporación de otro modelo igual­
m ente surgido de una matriz cultural ajena. Así, por ejemplo, la independen­
cia de España se hizo co n las ideas de la ilustración europea y no co n ideas
surgidas de una experiencia propia. El resultado es una yuxtaposición de for­
m as de vida extrañas, que no alcanzan a cuajar en una síntesis superadora, en
teAufhebung de Hegel. Pues, precisam ente, de lo que se trata, para Zea, es de
practicar correctam ente la dialéctica hegeliana, entendida com o un proyecto
asuntivo, capaz de producir la experiencia fundamental de asimilación y su­
peración de todos los m om entos del pasado y de conform ación de una “uni­
dad de pasado, presente y futuro”. “Ser plenamente consciente para no tener
necesidad de volver a serlo” es la consigna del filósofo mexicano. La tom a de
conciencia de la dependencia y la alienación es en sí misma el principio de la
desalienación, de la independencia, de la libertad.
La dialéctica asuntíva que propone Zea exige la superación de la antino­
m ia euro p eo/ am erican o , dom inador/ dom inado, y el paso a ú n a form a de
pensarse a sí m ism os com o “hom bres sin más”, sin que ello signifique dejar
de ser am ericanos o negar nuestra realidad. En lo que respecta a la filosofía,
sucede otro tanto: practicar la Aujhebung es asum ir las sucesivas filosofías que
hanjalonad o nuestro recorrido intelectual co m o expresiones de una exp e­
riencia vital particular, signada por la dependencia y p o r la in corporación
violenta de nuestro horizonte vital al m undo europeo; en definitiva, es hora
de ponernos a filosofar “sin m ás”. Cuando esto hagam os, el resultado será
una auténtica filosofía universal, que por añadidura será latinoamericana por
el solo hecho de haber sido producida en este lado del m u n d o .
A diferencia de Salazar, Zea no percibe com o extraña, com o un árbol exó­
tico “transplantado”, a la filosofía hech a en el pasado en A m érica. Y ello se
debe a que evalúa de m uy diferente m odo el hecho histórico de la conquista:
para Zea la incorporación violenta de Am érica Latina al m undo europeo-oc-
cidental es un hecho objetivo e irreversible, al tiem po que constituyente de
nuestra identidad m estiza5. Com o resultado de ello nuestra cultura es here­
dera de la cultura europea y nuestra historia es la continuación de la historia
europea. En este sentido se ha sostenido que Zea acepta, en térm inos genera­
les, el veredicto hegeliano según el cual A m érica es “un eco del viejo m undo
y la expresión de una vitalidad ajena”, con la única salvedad de que lo inter­
preta en un sentido histórico positivo, com o un juicio sobre la América de los
tiem pos de H egel, la A m érica que estaba todavía fuera de la historia porque
era el país del porvenir del Espíritu6. Ese m om en to ha cam biado, ajuicio de
Zea: la Europa imperialista, luego de las dos guerras m undiales y la desinte­
gración del sistema colonial, sufre una crisis que pone en duda la pretensión
de universalidad de su concep to de hom bre; paralelam ente, A m érica - p r i ­
m ero la saj ona y luego la latin a- ha entrado en la historia y asume su papel de
continuadora y realizadora de la prom esa occidental de libertad.
Plenamente inserto en la tradición de una filosofía de la historia universal,
Zea le reconoce a la m odernidad europeo-occidental -hered era de H eg el-su
concepción hum anista y universalista de la historia com o progresiva realiza­
ción de la libertad; su crítica se limita a cuestionar la aplicación de ese ideal en

5Raúl F ornet B etancourt ha enfatizado el sesgo “latinista” de la con cep ció n de la historia latino ­
am ericana de Leopoldo Zea, claram ente pensada com o una única historia: la del m estizaje, la de
las com unidades nacionales surgidas en la independencia en base al criollo y al m estizo, donde no
tienen ninguna cabida las culturas indígenas. Cfr. Fornet Betancourt, R., Crítica intercultural de la
filoso fía la tinoam ericanaactual, Trotta, M adrid, 2 0 0 4 ,2 8 - 3 3 .
6 Esta tesis sobre la recepción de la sentencia hegeliana en el pensam iento de Zea es sostenida por
GregorSauerw ald en su agudo artículo: “¿Es Am érica el eco del viejo m undo y el reflejo de vida
ajena?”, Cultura, Banco C entral del Ecuador, vol. V, N° 14, Q uito, 1 9 8 2 ,3 3 - 6 6 . La afirm ación de
Hegel se encuentra en sus Lecciones de filosofía de la historia universal, Revista de O ccidente, Madrid,
1 9 4 0 ,9 0 .
un se m ido exclusivista, parcial, d iscrim inatorio de otras culturas. O ccid ente
se traicionó a sí m ism o cu an d o , en nom bre de la libertad, oprim ió y esclavizó
a otros pueblos. El esclavo dom inado enfrenta ahora la m irada del europeo,
que descubre en ella el verdadero significado de su pretendida civilización y
universalidad. Esa falta se paga co n la pérdida del rol p rotagó nico, que E u ­
ropa cede ahora a A m érica -a rd id de la historia que ya estaba insinuado en la
metáfora hegeliana de la m igración del Espíritu de O riente a O ccid en te -. Así,
dentro del m arco ideológico de la d ialéctica del am o y del e sclav o , Zea p lan ­
tea que el papel de A m érica Latina co nsiste en oblig ar al europeo a reco n o ­
cerlo en su hum anidad y a redefinirse com o ho m bre en un sentido universal.
La filosofía de la historia de Leopoldo Zea se b asa, por tanto , en la am plia­
ció n de la dialéctica hegeliana hasta incluir en ella a A mérica Latina, el co n ti­
nente d om inado y esclavizado, negado en su hu m anidad, que, a partir de la
tom a de co n cien cia de su situación social y cultural, salda sus cuentas co n su
propio pasado, consigo m ism o y con el o tr o -e l d o m in ad o r-; redescubre e n ­
ton ces la universalidad de los valores de la cu ltu ra o ccid en tal, para exigir
ahora su efectiva aplicación a toda la hum anidad.
En las antípod as de Zea, la “F ilosofía de la lib eració n ” de Enrique D ussel
( 1 9 3 4 ) asum e co m o propio el diagnóstico de Salazar Bondy; tam bién para él
toda la filosofía latinoam ericana anterior está marcada por “la alienación pro­
pia de toda la cultura colonial: era un pensar que estudiaba el pensar europeo
y que de esa m anera desem bocaba en la realidad europea que aquel pensar
pensaba”7. C on secu entem en te, en lugar de la am pliación de la dialéctica h e ­
geliana propu esta p or Zea, Dussel b u sca la su p eración de la dialéctica y del
propio H egel, al que considera el filósofo paradigm ático de la “M odernidad
europea-occidental".
A partir de las categorías levinasianas de “totalidad” y “alteridad”, Dussel
interpreta el desarrollo de O ccid en te com o una su cesión dialéctica de totali­
dades, de civ ilizacion es h eg em ón icas siem pre fundadas sobre la e x clu sión
del O tro, en sus diferentes form as históricas: los esclavos, los bárbaros, los in­
fieles, los herejes, las m u jeres, etc. Este gesto alcanza en la M odernidad euro­
pea una expresión ap o teótica, en que la negación de la alteridad se extiende
a todas las dem ás culturas hu m anas (asiáticas, africanas y am ericanas).

1 Dussel, E nrique, Pura una ¿tica de la ¡iteración latin o am erica n a , I, Siglo XXI, Buenos Aires,
19 7 3 .1 1 .
El sistem a m undial actual, con sus 5 0 0 años de historia, es fruto de esa dia­
léctica de la totalidad. Su origen se rem onta a finales del siglo xv, cuando ,ap a r-
íirde la conquista de América y p or su interm edio, se produce la transformación
de Europa -q u e hasta enton ces había sido una cultura parti cular y periférica,
asediada por la cultura tu rco-m u su lm an a-en el nuevo “centro” de la historia
m undial. Pues fue precisam ente la invasión y el saqueo del continente am eri­
c a n o -q u e eufem ísticam ente suele llamarse “descubrim iento”- e l verdadero
“tram p olín” desde el cual los europeos saltaron a la m odernidad: la acum ula­
ció n del oro am ericano a partir de la apropiación del trabajo indígena y afri­
cano, así com o el desarrollo tecnológico y la expansión m ercantil posibilitados
por esa acu m ulación , le dieron a Europa una ventaja com parativa sobre las
dem ás culturas de la época (particularm ente la árabe y la china).
C om o puede verse, el énfasis de la interpretación de la historia que propone
Dussel está en el lugar ocupado por América Latina: primera periferia de la Mo­
dernidad com o sistem a-m undo, entró en ella com o su otra cara, la dom inada,
e xplotadayencubierta. Ella es la verdadera clave del m undo m oderno.
De esta form a, la M odernidad es el resultado de u n proceso constitutiva­
m en te m u ndial, prod u cto de las relacio nes asim étricas establecid as p o r la
v iolen cia. 1 4 9 2 es el o rig en del m ito e u ro cé n trico de la M odernidad y del
proceso de e n cu brim ien to del no europeo. Esa negación de la alteridad es el
n ú cleo constitutivo de la d ialéctica de la totalid ad , del sistem a que se cierra
sobre sí m ism o y excluye al otro.
Prueba de ello es que el ego cogito m oderno sólo se constituye un siglo des­
pués d el ego con qu íro hisp an o -lu sitan o que im p u so su poder sobre el indio
a m erican o , y lleva sus trazas: la n eg ació n de la a lte rid a d .su absorció n en la
m ism idad. Efectiv am en te, el “yo p ie n so ” cartesian o , form a paradigm ática
del su jeto m o d ern o, está so stenid o e n la ex clu sió n de la m aterialidad del
cu erp o real. Y esa e x clu sió n só lo d eviene p o sib le a p artir de una neg ación
práctica anterior: la destru cción del O tro a partir de la negación de sus n ece­
sidades, la su bsu nción de su actividad vital subjetiva en produ ctos objetiva­
dos, expropiados y acu m ulados com o capital8.

8 Cfr. D ussel, Enrique, 1492. El en cu brim iento d el Otro. H a d a d origen t k l “m ito d e la M odern idad",
Plural Editores y Facultad de H umanidades y Ciencias de la E d ucación, U. M .S .A .,L a Paz, 1 9 9 4 ;
La producción teórica de M arx. Un com en tario a los G rur.drisse, Siglo X X I, M éxico, 1 9 8 5 , H acia un
M arx descon ocido, Siglo XXI, M éxico, 1 9 8 8 ; El último M arx (¡8 6 3 -1 8 8 2 ) y la liberación la tm oam eri-
cm a,5 ig loX K .l,1 9 9 0 ',É ticad ela ¡!b eración en la ed ctd d elag bbalizacw n y laex clu áón ,M 3 ¡d rid ,T roii¡L ,
1 9 9 9 ; y Hacia una filoso fía política c rítica, Desclée de Brouwer, Bi lb ao, 2 0 0 1 .
Esa v iolen cia irracion al necesita ju stifica rse frente a los propios o jo s de
quienes la im plem entan. Y de allí surge el m ito de la superioridad de la civili­
zación europea, m odelo de hum anidad y prototipo de universalidad, y de su
co rresp o n d ien te m isión educadora y em ancipad o ra de los p ueblos atrasa­
dos, del O tro; una misión que debe ejercerse a cualquier costo, incluso del sa­
crificio del dom inado, que resulta legitim ado com o recurso “excep cio nal”.
El sistem a capitalista m undial es la últim a expresión de esa violencia irra­
cional, que, en la form a de la estrategia de acu m ulación capitalista, amenaza
con arrastrar a la hum anidad al genocidio de su mayor parte: el Sur en su casi
totalidad, las naciones endeudadas, las clases oprim idas, los inm igrantes, las
m ujeres, los niñ os desnutridos, las culturas originarias, las razas sumergidas,
las crecientes masas de pobres y excluidos que habitan los suburbios del pri­
m er m undo.
Frente a esta lógica de d estru cción y de m u erte, es necesario rom per con
la lógica de la totalidad y ab rim o s al O tro , al n o -se r del sistem a: el pobre, los
pueb los p eriféricos, los h o m b re s y m u jeres latino am ericano s som etidos.
Esta form a alternativa de filosofía, que asume la perspectiva de las víctim as y
exige la transfo rm ación del sistem a que las victim iza, es la “filosofía de la li­
beració n ”. U na filosofía q ue, producida desde la experiencia de la exteriori­
dad, so stien e a la vida de los su je to s co rp orales, reales y necesitad os co m o
princip io m aterial universal de la ética y de la política criticas.
Para d espejar esa alternativa, Dussel em prende una tarea destructiva de
toda la trad ición onto ló gica o ccid en tal, a través de la cual se abre paso para
fundar, a partir del d escu brim ien to de lo e n cu b ie rto , un nuevo co m ienzo
que haga posible pensar lo universal de otro m odo y desde otro lugar. El pen­
sam iento de D u ssel co n tien e, de este m odo, el proyecto de inaugurar una
nueva edad de la filosofía y de la historia hum ana.
En relación co n lo prim ero, el filósofo argentino no pretende negar toda
la filosofía eu ropea, pero sí superarla. A hora bien , entiende esa su peración
no co m o prolong ación del sistem a (negación de la negación) sino co m o re­
creació n a partir de la afirm ación de la exteriorid ad del O tro. En lugar de la
dialéctica de la mism idad, Dussel p ropone la an aléc tíc a , m om ento ético (no
o n to ló g ico ), extrasistém ico, que perm ite trascen d er el antiguo orden para
afirmar u n o nuevo.
En relación con lo segundo, Dussel plantea lasu bsu nció n de la M oderni­
dad en la líTrans-modernidad”. Sólo co n o cid a la falsedad del m ito civilizato-
rio, sólo descubierta la irracionalidad e in ju sticia de su violencia sacrificial;
sólo afi rmada la in o cen cia de las victim as, será posible superar la lim itación
esencial de la razón eu ro cén trica, ilu strada, heg em ón ica, d ialéctica, m o ­
derna. Entonces la razón m oderna podrá ser trascendida, esto es, no negada
en cu anto tal, sino sólo e n su form a h istó rica particular. De esta form a la
“T rans-m odernidad" su bsu m e lo s contenidos em ancipadores que la M oder­
nidad supone (ciertam ente recon ocidos por el autor), pero los pone al servi­
cio de un proyecto un iversal de lib eració n , que perm ita la realización de la
A lteridad hasta aquí oprim ida y negada.
De esta forma, la profundidad de la crítica latinoam ericana a la filosofía de
la historia eurocéntrica e im perial encu entra un hito fundam ental en la filo­
sofía de la lib eració n de E n riqu e D ussel. La ad o p ció n de la perspectiva del
O tro, le permite al filósofo argentino-m exicano poner en evidencia el provin­
cialism o o p articularism o operante en la pretendida aspiración universalista
de aquella co n cep ció n , a la que propone reem plazar p o ru ñ a nueva filosofía
de la historia. En este caso, se trata de una co n cep ció n de alcance verdadera­
m ente universal, pues incorpora efectivam ente a la totalidad de las culturas
que configuran el sistem a-m u n d o y, de m odo particular, otorga a A m érica
Latina su lugar propio, sistem áticam ente negado o invisibilizado, com o m o ­
m ento constitutivo de la M odernidad.
A hora bien, la radicalidad de la exigencia dusseliana de ubicarse desde la
exterioridad del sistem a co m o totalidad no está exenta de riesgos. El m ás n í­
tido co ncierne a la mirada que ese gesto su pon e en dirección al pasado in te­
lectu al, en lo relativo tanto a su po nd eración en sí m ism o co m o al m o d o en
que se construye la in scripción de la propia reflexión en una determ inada tra­
dición de pensam iento. Dussel adopta una forma de enun ciación del propio
discurso que, en ocasiones, parece obturarla valoración de los elem entos au­
ténticos, afirmativos de la identidad de los sujetos-otros, que pueden en co n ­
trarse en la filosofía latinoam ericana producida en el pasado. En definitiva,
un tal po sicion am ien to enfrenta al filósofo al dilem a de p ensar su labor en
térm inos de un proyecto filosófico e histó rico de carácter fu ndacional, con
todas las dificultades teóricas y prácticas que encierra todo intento de partir
de cero.
Tam bién el núcleo de la reflexión histórica de Arturo Roíg ( 1 9 2 2 ) se cons­
truye en confrontación co n la concep ción hegeliana de la historia, entendida
co m o un desarrollo ú n ico , racional y afirm ativo. Sin em b arg o, su pecu liar
valoración del pasado filosófico de América Latina y, en general, de toda su cul­
tura, aleja a Roig de cualquier diagnóstico que, en la línea de Salazar Bondy,
ponga en cuestión la capacidad creadora y transform adora de los hom bres y
mujeres del continente frente al legado cultural recibido de Europa.
Heredero crítico de la trad ición historicista d éla filosofía hispanoam eri­
cana que impulsó en los años ’4 0 el “transterrado” m exicanojosé Gaos9, Roig
se posícionará a buena distancia, tanto de Zea com o de Dussel. Poruña parte,
el hegelianismo de Zea, su concep ción de la dialéctica com o un proceso fun­
damental m ente intelectual, es objeto de sospecha y de critica sistem ática en
los textos de Roig. Por otra, su filosofía postula, co m o una de sus tareas fun­
dam entales, la reconstrucción y reivindicación de un pasado intelectual la­
tinoam ericano peculiar y filosóficamente valioso, sin cuya rem em oración y
vivificación es im posible pensar la filosofía presente y proyectar la futura.
Tras la advertencia de que no hay una reiteración más evidente del gesto c o ­
lonialista que la atribución de un carácter m asivam ente m istificador y alie­
nado al pensam iento producid o en la región en épocas pasadas, Roig
posiciona a la historia de las ideas co m o vía fundam ental para el co n o ci­
m iento y la afirm ación de la identidad latinoam ericana.
El au to r retom a la afirm ación de Hegel en la Introducción a la historia de la
filosofía, donde se señala que el com ienzo de la filosofía se produce entre los
griegos y que encuentra su condición de posibilidad en la autoafirm ación de
un sujeto q u e, poniéndose a sí m ism o co m o valioso, tiene tam bién por va­
lioso el co n o cerse a sí m ism o 10. Es im portante subrayar, según Roig, que el

9 Roig planteó en lo sa ñ o $ ’70 una crítica a la noción de "circunstancia”, legada a Gaos por su m aes­
tro Ortega y Gassec, porconsideraria sesgada poruña orientación más espacialque histórica y, por
tanto, poco apropiada para la com prensión de la conflictividad de los fenóm enos sociales. Sin em ­
bargo, en lo relativo a la im portancia concedida al d escubrim iento de antecedentes filosóficos en
el pasado, para el ejercicio presente y futuro del pensam iento latinoam ericano, R oig se sitúa com o
continuador d ejó se Gaos, quien decía: “La filosofía p a sa d a será filosofíao no según las decisiones
de la futura. Los maestros son hechos por los discípulos. El pasado, por el presente. Lo anterior, por
10 posterior [ ...] ,£ ! pen sam iento h is p a n o -a m er ica n o d elp a sa d o será lo q u e d ecid a el del presen tey f u ­
turo”-, en Gaos, José, ‘‘Significación filosófica del pensam iento hispanoamericano'’, Cuadernos A m e­
ricanos, N° 2 ,1 9 4 3 ,7 6 . En el m ismo sentido, para Roig la filosofía latinoamericana em ancipadora
encuentra su condición de posibilidad en una Historia de las ideas capaz de descubrir(y construir)
una tradición del m ism osigno.
10Cfr. Hegel, Georg , Introducción a la historia de lafilosofía, 9 a ed., Aguilar, Buenos Aires, 1 9 7 7 ,2 6 0 -
2 6 4 . Sobre k c r í tica de Roiga la filosofía de la historia hegeliana, cfr. Roig, Arturo Andrés, T eoriay
c ríticadelpen sam ien to latinoam ericano, F. C. E ., México, 1 9 8 1 ,1 l- 1 7 y 7 6 -9 9 .
su jeto referido po r Hegel, condición de posibilidad del nacim iento de la filo­
sofía y de su h istoria, rem ite a una co m u nid ad constituida co m o Estado (un
“p ueblo” co n co n cien cia de su lib ertad ), donde el individuo (particularidad)
está integrado en lo universal. En sintonía co n esta apreciación, para expresar
su p ecu liar co n c ep ció n del agente de la histo ria, R oig u tiliza la categoría de
su bjetividad. C o n ella, y a partir de su d istinción con respecto al co n cep to de
subjetividad, enfatiza el carácter social del su jeto, que no es nu nca u n y o , sino
un no so tros, un su je to co le ctiv o , plu ral, que se define a sí m ism o por o p o si­
ció n a otros su jetos co n lo s que se encu entra en co n flicto , en una sociedad y
una coyuntura histórica determ ínada.
A partí r de esta tesis hegeliana y por analogía co n el a p riori lógico form al
de Kant, el autor postula la ap riorid a d antropológica del su jeto co m o princi­
pio del filosofar. Sin em bargo, el a priori de Roig no se refiere a las condiciones
de posibilidad de la experiencia en general, sino a aquellas que perm iten in ­
terrogarse po r la em ergencia del pensam iento filosófico en A m érica Latina,
esto es, p o raqu ellas co n d icion es que posibilitan la co n fo rm ació n de un dis­
cu rso propio y que rem iten , no a los lím ites dentro de los cuales es legítim o el
u so de la razón en gen eral, sin o al su je to em p írico y co n cre to q u e, en cada
caso, co no ce, y a la realidad histórica y social en que está inm erso. En la filoso­
fía de “nuestra A m érica” no se encu entra, por tanto, un “co m ien zo ” absoluto
d e un desarrollo ún ico y necesario, sin o “recom ien zos”, esto es, m o m en tos
ep isó d icos en los q u e tiene lugar el lanzam iento y relanzam iento de la pro-
bl emá tica de la id entid ad .
De esta form a, el a p riori an tro p o lóg ico intro d ucid o por R oig opera una
“inversión de H egel” a partir de Hegel m ism o, y contiene una crítica a la co n ­
cepción de la d ialéctica hegeliana co m o procesoafirm ativo, en el cual la hu ­
m anidad alcanzaría cada vez grados m ás altos de co n cien cia. Para el filósofo
argentino, la in terp retació n de la h isto ria co m o u n recorrid o co n tin u o ,
donde sobresalen lo s hitos que no quiebran el desarrollo sin o que lo articulan
en m om entos de una unidad y donde transita un su je to -u n o , que sostiene el
proceso y m archa en una determ inada dirección y hacia una m eta prefijada y
racio n al, n o es otra co sa que la exp resión de una “po lítica filo só fica”, de un
“proyecto de co n tin u id ad ”, generado a partir de un m odo particular de ejer­
cicio del poder.
La critica de R oig a H egel se ex tien d e a la co n c ep ció n del fu tu ro co m o
“sid o”, com o algo ya dado potencialm ente en el m om ento histórico anterior,
por lo cual la historia seria un proceso absolu tam en te inteligible y necesario
d onde el E sp íritu , en su progreso d ia lé c tic o , m o straría “novedades” pero
n u nca “alteridades”. E n co n secu en cia, la histo ricid ad de lo h u m ano , carac­
terizada p re cisam e n te po r la im p revisibilid ad del futuro, se desvanece,
dando lugara una ontología evolutiva. M uy por el contrario, la distinción, en
los escritos de R oig, entre una “dialéctica puram ente discursiva”, que otorga
racionalidad y sistem aticidad a una interpretación de lo histórico, y una “dia­
léctica real”, co m o p roceso abierto a u n futuro que puede quebrar las totali­
zaciones discursivas, perm ite acentuar la categoría de “negatividad” y otorgar
una clara preem inencia a la p rax is hu m ana, co m o co n d ición de la trasform a-
c ió n h istó rica y co m o in stan cia que e x ced e y d esborda el nivel puram ente
discursivo. Roig pone así en sospecha la co ncep ció n de la filosofía y de su h is­
toria co m o cam po del puro pensar.
Por otra parte, la historicidad que m uestra A m érica Latina no tiene nada
en co m ú n co n la d ia lé c tic a d e lp e n sa rp u ro , gobernada por la necesidad ra­
cio n al. U na m irada atenta sobre n u estro pasado descubre una h istoricidad
secreta, n o historiad a, silen ciad a, co nfo rm ad a po r un co n ju n to disgregado
de aco n te cim ien to s y d iscu rso s m arginales a la histo ria “o ficial", que a lo
su m o ha quedado registrada en la forma de rupturas carentes de significado,
de m om entos de irracionalidad que no encajan dentro del relato ju stificador
del pasado.
Para Roig, el estudio de los textos de los grandes intelectuales del continente
perm ite com prender la historia de Am érica I-atina com o un esfuerzo siem pre
interrum p ido pero siem pre renaciente de e jercicio de un a priori antro po ló ­
gico, en el que se produ ce el lanzam iento y relanzam iento de la problem ática
de la afirm ación del hom bre am ericano11. En este sentido, la produ cción sim ­
b ó lica latinoam ericana conform a una co m p leja y conflictiva discursividad,
q u e , co m o la espina dorsal del pensar en Amé rica Latina, articula las diversas

11 Roig encuentra “recom ienzos” de la filosofía latinoam ericana en los textos de numerosos intelec­
tuales del con tin en te, por ejem plo: Eugenio E spejo, Ju a n a In és de la C ruz, Sim ón Rodríguez,
Sim ón Bolívar, M anuela Sáenz, Andrés Bello, Esteban Echeverría, JuanBaut¡sta Alberdi, Domingo
Faustino Sarm iento, Juan M ontalvo, Francisco Bilbao, José Martí, Manuel Ugarte, José Ingenieros,
J o sé C arlosM ariátegui, Ernesto Guevara, M auricio López, etc. Cfr. Roig, Arturo Andrés, la u t o p ia
en el Ecuador, Banco Central del Ecuador, Q uito, 1 9 8 7 ; Cam inos de la filosofía la tinoam ericana <U n i­
versidad del Zulla, M aracaibo, 2 0 0 1 ; É tica d el p o d ery m oralid ad de la protesta, F.DIUNC, M endoza.
2 002 .
formas históricas de em ergencia del hom bre latinoam ericano, en un proceso
transido de luchas y m arcad o por derro tas, fracasos e in te rru p c io n es, pero
tam bién por victorias y renacim ientos .A lo largo de ese d esarrollo, cuyo tras-
fondo está co nstitu id o por u n panoram a de violencia sorda y prolongada, el
hom bre latinoam ericano ha producido la inversión teórica y práctica del dis­
curso colonialista europeo. En efecto, en lugar de la atrib ución a A m érica del
papel de “eco del viejo m u ndo" y “reflejo de vida ajena” y de la negación al su ­
je t o am ericano de la cap acid ad de transfo rm ar la h isto ria - d o s p ostulados
sistem áticam ente presentes en las filosofías de la historia eurocéntricas, im ­
p rentad as por el veredicto h e g e lia n o -, la filosofía latino am ericana, que re-
co m ien za en cada e je rcic io del a p r io r i an tro p o ló g ico , d ib u ja su itinerario
zigzagueante com o una form a de cono cim iento asentada sobre el autorreco-
n o cim ien to del su jeto latinoam ericano y, adem ás, co m o un sab er “m atinal”
y “de utopía”, p or o p osició n a la función vespertina, de ju stificació n y consa­
g ración del p asad o, otorgada por H egel a la filosofía y sim bo lizad a p o r el
bú h o de M inerva.
U n recorrid o p or la filosofía latinoam ericana de la histo ria m ás reciente
e n cu en tra un hito relevante en la obra de F ranz H in kelam m ert. N acido en
A lem ania ( 1 9 3 1 ) , pero radicado prim ero en C hile ( 1 9 6 3 - 1 9 7 3 ) y desde
1 9 7 6 en C osta R ica, la línea de trabajo de H in kelam m ert configura una rara
y fecunda articu lació n de teología, eco n o m ía y filosofía. El resultado es una
re flexión que aborda la crítica de la sociedad actual, sus m ecanism os opera­
tivos y sus m ito s leg itim ad ores, desde una m irada co m p rom etid a co n los
prob lem as de A m érica Latina. D esde ese lugar de e n u n ciació n , en ten d id o
co m o una realidad so cial e histó rica plena de p osib ilidades de resistencia y
contestación frente a la M odernidad com o cultura hegem ónica, por ser preci­
samente su cara oculta y dominada, este filósofo ha producido una deconstruc­
ción sistemática de la idea de progreso, muy en sintonía con el pensam iento de
W alterB enjam in.
H inkelam m ert interpreta la historia a la luz de la tradición teológica pau­
lina de critica a la idolatría de la ley Según esta perspectiva, desde sus más o s­
cu ro s orígenes, la hu m anidad ha estado im pu lsada p o r u na d ialéctica de
som etim iento y de rebelión frente a lo instituid o, lo objetivado, lo abstracto,
que puede sintetizarse en la o posición sujeto/ ley: la em ergencia de un p rin ­
cip io subj e tivo, que afir ma la vida y se resiste a I cu m plim iento de una norm a
sacrificial, por un lado, y el pod erd e la ley sacralizada y arbitraria, que niega
la vida y la libertad hu m anas, por otro. El su jeto es, en este sentido, el acto de
rebelión legítim a contra las leyes e institucion es d espóticas12.
Este co n flicto atraviesa la historia hum ana. El cristianism o lo recibe de la
tradición ju d ía , le da una dim en sión universal y lo transmite a la cultura m o ­
derna occid en tal; en el seno de esta últim a, la tensión sujeto/ ley no sucum be
ante la secularización de la co n cien cia religiosa operada en el siglo xvm, sino
que, por el contrario, la sobrevive bajo un ropaje nuevo, ahora profano.
Precisam ente entonces, a p anir de la Ilustración y de las revoluciones bur­
guesas, el polo institucion al de la antinom ia se revela bajo una form a esp ecí­
fica de n eg ació n del su jeto: la propia del individualism o lib eral, co n su
sacralización de la ley del valor y del m ercado. En el m arco del contrato ju r í­
dico entre equivalentes, las relaciones m ercantiles, devenidas hegem ónicas,
despojan a lo s individuos de toda determ in ación cualitativa y co ncreta y los
co nfo rm an co m o m eros propietarios privados de m ercancías equivalentes,
cuyo libre consentim iento es la única condición válida del intercam bio. La di­
m ensión de reconocim iento m u tu o, com o sujetos de necesidades y sujetos di­
rectam ente so ciales, es exclu id a y trasladada a las cosas. Éstas, penetradas
ahora por la relació nju ríd ica contractual, adquieren vida propia y se relacio­
nan entre sí com o seres autónom os. En virtud de este fenómeno - “fetichism o
de la m ercan cía” lo llam ó M a rx - se opera una inversión, por la cu al lo h u ­
m ano-concreto (el sujeto vivo, corporal y necesitado) resulta subsum ido bajo
el im perio de lo abstracto (la relación m ercantil, el individuo, el contrato).
H inkelam m ert retom a la cu estión del fetichism o de la m ercancía y la ge­
neraliza, más allá del m ercado, a todo el sistem a institucional de las sociedades
m odernas. Verdadera clave de interpretación del enigma de la existencia h u ­
m ana, el fenóm eno del fetich ism o pone al d escubierto la esencia del capita­
lism o: cu lm in ación de la racionalidad m o d ern a, es un sistem a habitado por
una pulsión de muerte, que se expresa fundamentalmente en la tendencia a la
ab stracció n , a la creación de dispositivos abstractos (len guaje, cie n cia, insti­
tu cio nes, leyes). Esta tend encia, com o es obvio, es inherente a la co nd ición
hum ana, q u e , por su finitud, requiere del desarrollo de tales dispositivos. Su
necesidad radica en que, al perm itirnos pensaren térm inos de universalidad

12Cír. H inkelammert, FrarezJoseph.Elgritodel sujetó. Del teatro- mundo del evangelio de Juan al pcrro-
mundodelagíobflfeación, 2 a e d ., S a n jo s é , Costa Rica, D E 1 ,1 9 9 8 ; L a fe d e A b r a k a m y e l Edipo occi­
dental, 3 a e d ., San José, Costa Rica, DEI, 2 0 0 0 ; y El retom o del sujeto reprimido, Bogotá, Universidad
Nacional de C olom bia, 2 0 0 2 .
y am pliar el ám bito lim itado y restringido de la experiencia directa, disparan
el proceso de h u m an ización ; sin em bargo expresan , sim u ltáneam ente, el
deseo im posible - y potencialm ente p elig ro so - de eludir la muerte com o traza
im borrable de nu estra co n d ición . C uando esta dinám ica se desencadena
-c o m o sucede en la sociedad capitalista, que exacerba la tendencia a suplir la
finitud hum ana por la construcción de mecanism os abstracto s-, “el sueño de
la razón produ ce m o n stru os”: los p rod u ctos ab stractos de la actividad h u ­
m ana se independizan de sus creadores, los dom inan, aplastan y matan.
Ello se debe a que la racionalidad m oderna -q u e para H inkelam m ert está
definitivam ente basada en la relación m edio-fin y; por tanto >en el cálculo de
costos y b e n e ficio s-e s radicalmente reductiva y fragmentaria: ignora la totali­
dad concreta hombre-naturaleza que configura el marco de toda acción directa
y calculada, sobre la cual ésta revierte y produce efectos “no in tencionales”. En
la época actual, en virtud del “ach icam ien to ” del planeta que ha resultado de
la revolución tecno lóg ica y de la globalización de los m ercad o s, esos efectos
“n o in te n cio n ale s” h an alcanzado la envergadura de crisis g lob ales, que
p o n en de m an ifiesto q u e el “asesinato e s su icid io ”. La paup erización cr e ­
cien te de la p o b lació n , la violencia social que afecta cad a vez m ás a la co n v i­
vencia hum ana y la destru cción irreve rsible del m edio am b iente configuran
tres m anifestaciones de esa situación critica, que m uestra la gravedad del pe­
ligro que se cierne sobre el planeta.
El origen de esta situación se encuentra, para H inkelam m ert, en los resor­
tes profundos del im aginario constitutivo de la M odernidad. M ás allá de su
pretendido carácter secular, en la racionalidad m oderna subsisten m itos p o ­
d erosos, que o rien tan la actividad hu m an a -p a rticu la rm e n te el d e scu b ri­
m iento cie n tífico , la a p licació n te cn o lóg ica y el in tercam bio m e r c a n til-e n
d irecció n al logro de m etas im po sibles, ubicadas m ás allá de los lím ites que
im pone la co n d ición hum ana. Se trata siem pre de m etas pensadas en térm i­
nos de instituciones perfectas, convertidas en verdaderos ídolos, a lo s que se
ofrece la vida h u m ana en sacrificio.
El n ú cleo de ese co m p o rtam ien to irracion al, su p u estam en te in c o n ­
gruente con la razón m oderna, es para H in kelam m ert el m ito del progreso o
del crecim ien to ind efinid o. Prod ucto de la alianza en tre tecn o log ía y e m ­
presa, laboratorio y fábrica, este m ito introduce una trascendencia externa a
la vida hum ana, a la que im pone una tensión hacia el futuro, resultado de la
proyección infinita de los desarrollos técn icos presentes.
C on el triunfo de la burguesía y la instaurac ion de la sociedad capitalista,
el m ito del progreso devino la escalera que une la tierra con el nuevo cielo se­
cularizado. E n él habitan las utopias del ego im aginar m oderno. Pues, a pesar
del alegato k an tian o sobre el carácter regulativo y trascend ental de las u to ­
pías, la razón utópica m oderna tiende sistem áticam ente a concebirlas en tér­
m in os de m e can ism o s id ealizados de fu n cio n am ien to perfecto, pensados
co m o ám bitos efectivos (em p írico s) de p lenitud posible.
De esta suerte, el mito del progreso, operante e n la proyección de utopías,
sirve en la práctica com o sacralización del statu quo. El sistema vigente pasa a ser
considerado corno un rnomenio necesario en un can u 110 que conduce por apro­
xim ación a la meta de plenitud re a l O perando de este m odo, la razón utópica
ha originado los sucesivos regímenes totalitarios del siglo xxy alimenta actual­
m ente la estrategia capitalista de acum ulación global, impuesta por las grandes
burocracias privadas de las empresas de producción mundial y sostenida m ili­
tarmente por lo que hoy se proyecta com o un poder político hegemónico total13.
La co n stru cció n de m etas definitivas de la historia colapso en el siglo xx,
a partir del sistem ático fracaso de los reiterados experim entos sociales que se
ensayaron a lo largo de la cen tu ria y que cu lm in aron en la estrepitosa caída
del socialism o r e a l Sin em bargo, en el nihilism o contem poráneo, expresión
de la totalización del m ercado co m o fatalidad frente a la cual no hay alterna­
tivas, sigue respirando la lógica del progreso. Se trata ahora de la idea de una
infinitud co m o p roceso infinito en el tiem po, sin m eta y sin d ir e c c ió n -q u e
celebra la co nflagració n que se avecina o se refugia en la ilusoria im agen del
sacrificio de una parte de la hum anidad para la salvación del resto -, pero que,
m ás allá de su apariencia rem ozada, es co n tin u ació n de la m ism a dinám ica
deshum anizante de la M odernidad.

n I ,a critica de la razón utópica pane de considerar la proyección de utopias com o una dim ensión

espacio d”e realización de lo posible. Por tanto no es, ella mism a, antiutópica; lo que le im porta ilu­
m inares la falacia de la ilusión trascendental de que es presa la razón utópica cuando proyecta con ­
ceptos abstractos y los con cibe com o una realidad alcanzable. C om o se ve, la critica a la razón
utópica de 1 Im kelam m erl remite a la con cepció n kantiana de la razón com o origen de principios
trascen d en taleseíncon d icio nad o s(n oem píricos), que no surgen de la experiencia niencueniran
en ella una referencia inm ediata, pero que rem iten a la totalidad de las cond iciones de toda expe­
riencia posible. La razón, a travésde sus ideas, puede conceptuar lo in co n dicio n ad o.com o aquel

rien d a. Cfr. Kant, l., C rítica de la razón p u ra, M éxico, Porrúa, 1 9 7 7 ,1 6 8 - 1 7 4 ; y H inkelam m ert,
Franz, Crítica d e la razón utópica, Bilbao, D esclée de Brouwer y ju n ta de Andalucía, 2 0 0 2 .
C om o el Angelus N ovus de Benjam ín, H m kelam m ert advierte sobre la n e ­
cesidad de detener, m ientras todavía sea posible, el flujo catastrófico que lla­
m am os “prog reso ’-, ese m odo de m irar la histo ria co m o un tiem po lineal y
h o m o gén eo lanzado al íuturo. Para ello es n ecesario ren u n ciar a la o p ció n
por el suicidio co lectiv o, que es la del m ercado global y la ley del valor. En d e­
finitiva, co m o siem pre en la historia de la hu m anid ad , pero hoy co n m ás ur­
gencia que nunca, la posibilidad de intervenir el sistem a vigente y dotarlo de
racionalidad dep end e de la resistencia del su je to , esa dim en sió n de lo h u ­
m ano que la “ja u la de hierro” de la sociedad capital ista reprim e y neutraliza
a partir d esu reducción am ero individuo. “Pero el ser h u m a n o -n o s d ic e - d i­
fícilm ente se reduce a ser individuo. Siem pre tiene un pie fuera de la ja u la ”14.
Ese pie es la e speranza de la histo ria, e l M esías que p ued e en trar p o r la p e ­
queña puerta de cada seg u n d o 15.
C rítica radical del progreso y rescate de la oportunidad m esiánica abierta
por la resistencia hum ana configuran en H inkelam m ert dos ejes de una filo­
sofía de la historia que ilum ina, desde A m érica Latina, una lectura sin co n c e ­
sio n es del presen te. C on ella cerram os un recorrid o p o r lo s m o m en tos
fu ndam entales de la reflexió n latin o am erican a so bre la h istoria de los ú lti­
m os cincuenta años. A lo largo de los m ism os la preocupación por las propias
condiciones filosóficas para producir una interpretación original y auténtica
de la realidad latinoam ericana y m undial fue cediendo lugar al ej ercicio so s­
tenido de un p ensam iento confiado en su capacidad crítica y en la p ertinen­
cia de su lugar de enun ciación para la produ cción de una interpretación de la
historia con fuertes pretensiones de universalidad y originalidad.

14E J . Hm kelam m ert, “La vida es m ás que el capital. La dem ocracia de ciudadanosy el proyecto de
la sociedad en laq u e quepan todos los seres hum an os", Pasos. Segunda É poca, N °1 1 3 ,D E 1 , San
Jo sé , Costa Rica, m ayo-junio de 2 0 0 4 ,1 5 .
" B e n ja m ín , Walter, “Tesis de filosofía de la historia”, P ara una crítica d e la violencia, 3 a ed ., Premia,
M adrid, 100-1 3 2 .
Bibliografía recomendada

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Deusto, Bilbao, 2004.
C erutti Guldberg . Horacio(1983) Filosofiadela liberación latinoamericana,F. C. E.,
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M iró Q uesada , Francisco, Despe rtary pm yectodelfilosofarlatinoam ericano.F. C .E ,
México, 1974.
Después del fin de la historia
Cecilia Macón

El últim o m edio siglo ha representado un quiebre sustancial en el cam po


de la filosofía de la h istoria: una cesu ra que se adivina no sólo a través de la
transform ación de la disciplina m ism a, sino tam bién gracias a los m odos que
adquirió la red efin ición de la propia ex p erien cia histó rica. Es así co m o n o ­
cio n es tales co m o “p rog reso ” o “su je to h istó rico ” han com enzado a ab rir su
sentido originario para llevar a p o sicion es q ue, en algunos casos, p o nen en
cuestión ciertos presupuestos teóricos y prácticos con que cargan las nociones
mismas. Los distintos genocidios del siglo xx han cum plido en este sentido un
papel vital: n o cio nes ilum inistas tales com o ‘progreso’ o ‘em an cip ació n ’ han
debid o , al m eno s, ser reform uladas a la luz de los program as de exterm inio
m asivo ejecutad os bajo sus m ism as premisas.
Este escenario, ya radicalm ente transform ado, sufrió a partir de entonces
una serie de trasto cam ien to s que o blig aro n a la propia red efin ició n del
cam po de la filosofía de la historia. La difu sión de los m edios m asivos de co -
m u n icació n ju n to a la g lo b a liz a ció n -ta n to financiera com o cu ltu ra l-c o rr e
hoy paralela a la p rofundización de ciertos nacionalism os y el desarrollo de
una sociedad civil que reform ula los instru m ento s trad icion ales al organi­
zarse introduciendo d ebates alrededor de la cu estión de la identidad y de la
representación política.
La ruptura de la confianza en el progreso, el cu estionam iento de la so be­
ranía de los individuos y de los Estados ha sido paralela a la e x h ib ició n de la
conting encia de las conv icciones. El surgim iento de nu evos su jetos h istó ri­
co s, la crisis del hu m anism o -re a firm a d a co n la in tro d u cció n de u n m arco
teó rico para el e c o lo g is m o - y los nu ev os d esarro llo s del co sm o p o litism o ,
dan cu enta de una resem antización del sentido h istó rico m ism o basado en
una m ediación co m p leja y, por lo tanto, del despliegue m ism o de la n o ció n
de libertad.
C ecilia M acón

La h isto ria deja de ser p ensada en to n ce s b a jo el p resupu esto de un sen-


lido último unificado, sino en tanto un m odo de ilu m inar el presente a partir
de lo irresuelto del pasado. Sin em bargo, y tal co m o verem os a continuación,
este nuevo e scenario abre la posibilidad de la co n cep tu alízación de un se n ­
tido - o se n tid o s-h istó rico al m argen de la fuerte carga concep tual im plícita
en la n o ció n de progreso.

1. Las crisis del “progreso”

A un co n u n claro antecedente en la crisis desplegada durante los años si­


g uientes a la P rim era G u erra M undial, es co n la irru p ció n y co n cep tu alíza­
ció n de lo s g e n o cid io s m o d e rn o s que la crisis de la n o ció n de progreso
com ienza a reafirm ar su p enetración en cada una de las dim ensiones de la ac­
tividad hum ana. N o se trata sólo de cu estionar el alegado progreso m oral que
sostuvo gran parte de los desarrollos ilu m inistas, sin o tam bién la existencia
m ism a de una curva ascendente intuida, por ejem p lo , en el despliegue de la
historia del arte. Su pone enfrentarse, b ajo distintas m odalidades, a un cues-
tionam iento radical sobre la eficacia de idea de continuidad.
U no de los efectos del genocidio nazi sobre el cam po filosófico resultajus-
tam ente en el desarrollo teórico de la llamada posihistoria, una mirada escép­
tica sobre el pasad o destinada a atacar los fu ndam entos de cu alqu ier teoría
sobre el progreso hu m ano. Sin em bargo, e sc o n la caída del Muro de Berlín en
1 9 8 9 cu an d o el co n cep to reap arece en el debate p ú b lico co n particular
fuerza. Es j ustam ente en ese año que F ran cis Fukuyam a p u b lica su artículo
“¿El fin de la histo ria?”. A llí, p o co s m eses antes del co lap so del g ob ierno de
A lem ania O riental, el politólogo norteam ericano intenta argum entar que el
derrum be de los regím enes com unistas expresa el bienvenido Fin de la histo­
ria: la dem ocracia liberal, libre de co ntradicciones internas, resulta el “punto
final de la evo lu ción ideológica de la h u m an id ad ”1. Se trata, com o él m ism o
señala, no del fin de la su cesión de acontecim ien tos, sino de la conclusión de
un proceso ú n ico , evolutivo y co h e ren te . R esguardado b a jo su inspiración
hegeliana, F u kuyam a asegura que la histo ria, en definitiva, ha estado siem ­
pre orientada hacia la realización de la d em o cracia lib eral: el ú n ico sistem a

1Fukuyam a, E lfin d ela h isto n a y e lú ltím o hom bre. Planeta, Buenos, Aires, 1 9 9 2 , p . l l .
co n capacidad para generar el recon ocim ien to entre lo s su jetos. Las críticas
desplegadas co n tra el texto de F uk uyam a excedieron el terren o académ ico
para form ar parte del debate p ú b lico : desde la lectura de Perry A nderson
asentada sobre la n ecesidad de reivin d icar un futuro p o sib le para el so cia ­
lism o, hasta las o b je cio n e s posteriores a los eventos de 11 de septiem b re de
2 0 0 1 , cu and o se to rn ó visible qu e cie rto s co n flicto s ya no po d ían ser vistos
co m o ” guerras de periferia”, cada voz se ocu p ó a su m anera de o bjetar el tono
triunfalista del texto.
Q u e Lutz N íeth am m er haya p u b licad o su Posthistoire tam bién en 1 9 8 9
aleja cu alquier posibilidad de azar tem poral para volver la co incid encia algo
m ás que sin tom ática. A partir de n oviem bre co n la caída del M uro de Berlín
m u ch o s proclam aron que “el fin de la h isto ria” había aban donado el cam po
de la esp ecu lación teórica para tornarse políticam ente real. Sin em bargo, la
investigación de N ietham m er no sólo tiene o b jetivo s diversos de los e stric­
tam ente estratégicos desplegados por Fukuyam a, sino que adem ás investiga,
n o el acceso definitivo al objetivo final del progreso, sino las distintas teorías
abocadas a analizar la ausencia de algún tipo de princip io m o to r de la h isto ­
ria. De acuerdo a la recon strucción realizada por N ietham m er, gran parte de
las miradas posthistóricas de la posguerra europea definen su origen co n cep ­
tual en los desarrollos de Antoine C ou m o t. Más allá de la im posible precisión
en adju dicarle a C o u m o t el apelativo de “padre de la p o sth isto ria”, lo cierto
es que el filóso fo y m atem ático del Segundo Im perio desplegó una idea ín ti­
m am ente relacionada: según su análisis, los tiem pos históricos resultan m o ­
m ento s de transició n h eroicos y tu rb u len tos insertados entre dos perío d os
estables, llam ad os “n o -h istó rico s”. De acu erd o co n esta reco n stru cció n , en
el siglo xix el co n c ep to de ‘p o sth isto ria’ no en cerrab a fru stració n ni p esi­
m ism o cu ltu ral, sino la esperanza de que el caos de la historia seria superado.
E n su análisis N ieth am m er evalúa no só lo el pu n to de partida de C ou rn o t,
sino tam bién el rol cu m plid o por la filosofía del siglo x x e n la m etam orfosis
del concepto en un síntom a del pesim ism o m oral. Es así com o los desarrollos
de W alter B e n jam ín , A rnold G e h len 2, Peter B rú ck n er, Sigm u nd F reu d , y
m u y especialm ente, Ernst Jü n g e r son elegidos com o paradigm as de este e s­
píritu de época. El rol cum plido por la novela Eum esw il d e jü n g e r resulta en

2 N ietham m er PosAistórie. H as Hístory C om e to a n d End?, Verso, Londres y Nueva York, 1 9 9 2


( 1 9 8 9 ). Trad,: Patrick Camiller, pp. 11 y 18.
in ,« im <ln<-|i-iii[>lilicador3.S u recorrid o te ó n co se ocupa de restaurar el rol
.1. I,i lil iri i.ul m tcrior com o m ecanism o com pensatorio por la pérdida de so-
> i.il >i Ialad , im aginando una histo ria que no puede cam biar porque ya no se
conocen cam inos que valgan la pena desafiar; se trata, en definitiva, de desple­
gar el cam ino teórico que im plica cam biar la historia por el m ito ,
La p o sth isto ria - e n su versión co n tem p o rán ea- sea definida a partir de la
evidencia del progreso corno cam ino hacia la autodestrucción del hombre - a la
manera de Peter B rü ck ner-, com o una definitiva esterilidad de la temporalidad
global, o sumergida en una inevitable orientación hacia la autoaniquilación-tal
com o pretenden De Man y A nders-, tiende a refutar cualquier principio de m o­
vim iento de la historia. Según la d efin ició n de N ietham m er se trata de “una
utopía negativa específica de la pérdida de perspectivas en las sociedades in ­
dustrializadas avanzadas”4. N ie th a m m e ra se g u ra q u e la po sthisto ria no es
una teoría desarrollada; sino m ás bien una “sensibilidad sintom ática”5 donde
la crítica a los p rin cip ios de m o vim iento de la historia expresan la tensión
entre los intelectu ales y las masas en el m arco de la sociedad industrial. Esta
“postdata d esencantad a a la filosofía de la h istoria del siglo xix” co nstitu y e
una sen sibilid ad refractaria a cu alq u ier direcci onalidad de la filosofía de la
historia tradicional que, según N ietham m er, busca efectuar un giro volunta-
rista para lo grar el sentid o y el p rop ó sito qu e ya no se puede en co n trar en la
realidad histórica. N osenfrentam os enton ces “a una revuelta originada en la
co n cien cia co n trad icto ria presente en los reclam os de una grandeza espiri­
tual que falla en su vínculo con las m asas”6. Se trata, en definitiva de la puesta
en evidencia del abism o que se abre entre las masas e intelectuales desilusio­
nados de su s antiguos co m prom iso s con grandes m ovim ientos p o lítico s.
“La fantasía que sostiene a la posthistoria es la de un cu rso de los eventos
sin se n tid o ”,7 señala N ietham m er para p reguntarse m ás tarde: así co m o la
posthistoria presupone cierto tipo de co n tin u id ad , ¿será posible establecer
m etanarra ti vas a partir de esta evidencia?
El uso de la no ció n de posthistoria ha dem ostrado ciertam ente su fertili­
dad para expresar un co n ju n to de transform aciones claves de las últim as dé­

3Niethammer, Ib íd ., pp. 2 6 y 69.


4 Niethammer, Ib íd .,p . 148.
3 N iethammer, Ib íd ., p . 13 8 .
6 Niethammer, Ib íd .,p .138.
7Niethammer, Ibíd ., p. 144.
cadas. Resta analizar enton ces, no sólo su potencia explicativa, sin o tam bién
m odos alternativ os en que se ha acercad o a d efin ir u n nuevo sen tid o h istó ­
rico al margen de la no ció n de progreso.
U no de los cam in o s destinados a resp o n d erel interrogante que im pulsa
este capítulo se en cu en tra en el uso de la n o ció n de p o sth isto ria para dar
cu enta de transform aciones radicales sufridas por el cam po del arte. Ha sido
ju stam en te A rthur D anto -o rig in alm en te un filósofo de la h is to ria - quien se
ocupó de caracterizaren tanto “p o sthistó rico ”el arte actual. De acuerdo con
su análisis, a partir de la década del sesenta - c o n el surgim iento del arte p o p -
enfrentam os un cam p o artístico transform ado. Si hasta en ton ces la id e n ti­
dad del arte dependía del lugar que cada expresión ocupaba e n el relato de su
historia, las últim as décadas sacaron a la luz u n nuevo cam ino: los artistas se
han liberado de la carga de la historia y han com enzado a p o ner el arte al ser­
vicio de m etas personales o políticas, haciendo a un lado el objetivo de m over
lo s lím ites o am pliar la historia del arte “fuera del linde de la h isto ria”8. Este
cam bio su stancial -q u e para D anto su pon e el a cceso a la verdadera natura­
leza del arte -a d v ie rte que ya no resulta posible id e n tificare n el arte una d i­
recció n a tomar. Se trata e n ton ces de dem arcar el “fin de cierto relato que se
ha desplegado en la historia del arte durante siglos, y que ha alcanzado su fin
al liberarse de los co n flictos de una clase inevitable en la era de los m anifies­
to s”, propia del m o d ern ism o 9. Las afirm aciones de D an to e x h ib e n , por
cie rto , una vocación clara po r llevar el análisis más allá de su cam po origina­
rio para transform arlo en el punto de partida para el diagnóstico de un esp í­
ritu de época. Así es com o aventura que tanto “en el fin de la historia com o en
el fin del arte se plantea la libertad en dos sentid o s del térm ino. Los seres h u ­
manos, com o los describieron M arx y E ng els, son libres de ser lo que quieran
ser, y so n libres desde cierta agonía histó rica que dispone que, en cu alqu ier
escen ario , haya un a form a de ser au tén tica y u n a no a u tén tica, la prim era
apunta hacia el futuro y la últim a hacia el pasado. Y los artistas al final del arte
son igualmente libres de ser lo que quieren ser; de ser cualquier cosa e incluso
de ser todas”10. D an to insiste en que de lo que se trata es de ver el presente
com o una revelación: “Mi única afirm ación acerca del futuro es que éste es el

8 D anto, Después del fin d el arte. PaidósO 9 9 7 ), Buenos Aíres, 2 0 0 3 . p. 3 7 .


*, D a n to ,Ib íd .,p .5 9 .
wD a n to ,lb id .,p .6 7 .
. i H 1.1 Ih i t l.l .K i inclusión de un proceso histórico cuya estructura cam bió de
(•. >11m vi-.iblrineiue”11. Ese cam bio radical im pone un rasgo fundam ental: el
I >1111 ,i Ir.i iu» co m o una característica que afecta el cam po artístico , pero que
i.nublen define una dim en sió n nueva a partir de la cu al otorgar sentido al
I n oceso histórico al margen del uso de la n o ció n de progreso. Se abre e n ton ­
ces, a través del uso desplegado p o r D an to de la n o ció n de p o sthisto ria, un
prim er acercam iento al concep to de “plu ralism o” co m o cam ino privilegiado
en tren de expresar un nuevo m odo del sentido histórico.
Ha sido el reciente trabajo de W endy Brow n, Politics Out ofH istory, uno de
los textos clave en tren de dar respuesta a nuestro interrogante central y refle­
xio n ar so bre su s eventuales e fecto s p o líticos. Allí se da cu enta de diversos
m ecan ism os para evitar q u e, ante la d isolu ció n de una narrativa p o lítica,
su rja la pura m elancolía. F rente a la d esestabilización de las narrativas p o lí­
ticas, ¿que otra cosa cuenta adem ás de la anarquía? En vistas de la ausencia de
su stitu to s p o lítico s para “la co m p re n sió n progresiva de dónde ven idos y
h acia adonde vam os”12 la co n cie n cia p o lítica debe desplegarse en térm inos
distintos a los del progreso m oderno y redefinirse en tanto parcial y provisio­
nal . Hoy, señala B ro w n , el futuro es m en o s p re v isib le , m ás in c ie rto , m enos
prom etedor de lo que la m odernidad su puso; pero, sim ultáneam ente, estos
m ism os rasgos sugieren e n el presente una porosidad y un potencial que nos
p erm ite ir m ás allá de los lineam iento s de la m odernidad. R etom ando c o n ­
ceptos desarrollados po r Jacq u e s D errida, Brow n entiende al presente com o
u n espacio plagado de espectros y fantasm as que nos acechan tanto desde el
futuro com o del pasado. R econocer que “las cosas muertas viven, n o im plica
co h e ren cia n i do m in io o sistem atización , pero p erm ite acercar una nueva
n o ció n de identidad p o lítica que evite la desh istorizació n im puesta por la
posthistoria”. En el m arco de una redeñnición donde el pasado ya no expresa
u n origen sino una dim ensión que siem pre vuelve, el nuevo sentido de agen­
c ia 13, só lo será im ag inab le, aventu ra Brow n, en tanto pura co n ju ra c ió n . Se
abre enton ces la posibilidad de restablecer un vínculo entre pasado, presente
y futuro que su pere los su puestos de la continuidad radical.

" D a n to ,Ib íd .,p .68.


12 Brown, Politics o u t o f History, PrincetonU niversity Press, Princeton, 2 0 0 1 , p, 3.
13B ro w n ,Ib íd .,p ,1 5 1 .
Los argu m ento s de Brow n están dirigid os no só lo h acía plan teo s co m o
los reco n stru id o s p o r N ieth am m er o las p rop u estas de F u k u y am a, sin o
tam bién hacia ciertas consecuencias de posturas posm odernas de las que su
m irada es tam bién deu d o ra. E fe ctiv am e n te , gran parte de los d ebates des­
pleg ad os alred ed or de la n o ció n de progreso se p ro d u je ro n a la lu z del in ­
greso en la escen a filosófica de teorías p o sm o d ern as. N o se trata, co m o en
algunas de las evalu aciones del H o locau sto y otros g e n ocid io s, de un cu es-
tion am iento inferido a partir de ciertos aco n tecim ien to s, sin o de u n o em a­
n ad o de la critica teó rica a las p rem isas de la m o d ern id ad . S i Fu k u yam a se
o cu p ó de argum entar el fin de la histo ria e n cu an to el o b jetivo del progreso
puede co nsid erarse realizado, y N ieth am m er ex p u so lectu ras qu e evalúan
el progreso co m o un cam ino hacia la destru cción, las m iradas posm odernas
tienden a ex p on er al progreso co m o una im posibilidad. Es asi co m o Lyotard
da cu enta de la “co n d ició n p osm odern a” en térm inos de una actitud m ental
basada en la n ovedad p erm anente, una prem isa capaz de hacer del tiem po
una d im en sió n e sen cialm en te fugaz y efím era. En este m arco , d o nd e la ra­
dical co n tin g en cia reem plaza al flu jo co n tin u o que une pasad o, presente y
futuro, el progreso deviene, m ás que un m ito o una instancia su perada, una
im posibilidad esencial.
Diversos debates teóricos desplegad os en los últim os años abren sin em ­
bargo la cuestión hacia una re form ulación capaz de superar la certeza en finales
varios sin om itir las consecuencias de las posthistorias. Tal com o ha señalado
Birulés, durante la segunda mitad del siglo xx la filosofía se ha m ovido a partir
de diversos intentos por desanimar el anhelo de generalidad ju n to a proclam as
del final de la historia14. Sin em bargo, continúa Birulés, la “m uerte de la muerte
del su je to ” ha dado lugar a una re-em ergencia del su jeto originada en su pri­
mera m u erte: som os su jetos porque algo constitutivam ente ajen o a nosotros
im pide que seam os una co n cien cia absoluta; puede haber e n ton ces sujetos
porque la brecha que se suponía que el su jeto podía salvar se recon oce ahora
co m o insalvable. Del m ism o m odo, y construyendo un paralelo co n los deba­
tes alrededor de la redefinición de ‘su jeto’ podem os aventurar, guiados por las
preguntas de Brow n, la em ergencia de un nuevo sentido histórico a la luz de la
posth istoria - condenada tal vez a ser su esp ectro-.

14 Birulés, “U critica de lo que hay: entre memoria y olvido", en: Cruz, Manuel (com p .): Hacia dónde
va el p a sad o , Paidós, Barcelona, 2 0 0 2 , p. 141.
C cália Macón

2. Hacia un nuevo sentido histórico

La crisis de la noción de sentido histórico ha dado lugar, en años recientes,


a su reform ulación en térm in os co m p lejos capaces de co nciliar una revisión
so bre el co n cep to de progreso co n la co n stitu ción de algún tipo de narrativa
tal vez m ás co n tin g en te, pero igualm en te efectiva. Es en este sentid o que la
centralidad otorgada a los nuevos su jetos po líticos ha m odificado, no sólo la
fo calizació n de la tem ática h isto rio g ráfica, sin o tam bién u n nu evo m arco
para la definición del sentido histórico. Paralelamente, el surgim iento de una
teoría para dar cu en ta del fen ó m en o de la g lob alizació n ha intro d ucid o as­
p ecto s hasta ahora inexp lo rad o s alreded or de la concep tualización del pro ­
greso que co n tien en fuerte efecto s políticos.
A continuación expondrem os algunos de los desarrollos de estas dos ten­
d en cias teóricas con el o b je tiv o de desplegar, m ás tarde, algunos prim eros
p rincip ios donde esbozar alternativas para m etanarrativas históricas.

2. L “Nuevos sujetos”: feminismo, multiculturalismo


y.agente histórico

Los debates desplegados alrededor de la incorporación de nuevos sujetos


a la escena po lítica h an generado una transform ación radical en el m odo de
reform ular el co n cep to de su jeto. Se trata, en definitiva, de una resem antiza-
ción que im pulsa nuevas miradas sobre la noción de progreso a la luz de la in ­
co rp oració n de nuevas m iradas sobre lo político.
En los últim os años el su rgim iento del m u lticulturalism o redefinió la es­
cena po lítica para dilu ir definitivam ente cu alquier posibilidad de co n ceb ir
el su jeto del progreso en térm in os de una entidad hom ogénea. N acido en el
co n te x to de la evid en cia de in ten so s p rocesos de m ig ració n que vincularon
a los países centrales co n el Tercer M undo de una manera inédita, llevó a m o­
dificar el co n cep to y valor de la cu ltu ra, para in tro d u cir una m irada plural
allí, d onde hasta en ton ces, prim aba el m o no p olio de la unidad y la transpa­
rencia. La centralidad otorgada a la cu ltu ra se basa tanto en la reivindicación
co m u n itarista del rol que cu m p le en la co n stitu ció n de un su je to m oral,
co m o , de acu erdo a la versión liberal, por tratarse de una dim ensión n ecesa­
ria para o torgar co n te x to y fu ndam ento a un valor liberal fundam ental tal
co m o es la autonom ía. Es a partir de las criticas desplegadas contra el lib era­
lism o raw lsiano basadas en su su puesta o rien tació n atom ísta y asocial, que
el m u lticu ltu ralism o enfatiza el rol de la cu ltu ra en tanto p ane esencial de
nuestro co n te xto e inseparable de aquello que som os co m o person as1’ .
Iris M arión Y ou ngy Bhikhu Parekh resultan figuras centrales a la hora de
reafirm ar el rol que cab e a la cu ltu ra al o frecer una identidad. La perspectiva
liberal, por su parte, queda condensada en el pensam iento de W ill K ym licka
para quien e sto s señalam ientos so n presen tad os co m o co m p atib les co n el
apoyo a la autonom ía com o valor fundam ental: es la cultura quien otorga las
fu entes desde donde e s p osible co n stru ir una vida autó nom a. D e lo que se
trata en definitiva es de argum entar que el reco n o cim ie n to de la diversidad
constituye una expresión del progreso moral.
E s en d esarrollos del fem inism o d onde resulta p osib le id en tificar algu­
n as de las re fo rm u lacio n e s m ás so fisticad as de la n o c ió n de su j eto y, c o n
ellas, el d esp lieg u e u n a base co n c e p tu a l para una nu ev a co n c e p ció n del
sen tid o histó rico .
E n e fecto , la teoría fem inista tom a co m o pu n to de partida el ataque a lo
que es presentado co m o una d icotom ía liberal fundam ental: la que enfrenta
lo p úblico a lo privado. A través de la prem isa “lo personal es po lítico ” se m o ­
difican los lím ites entre aquellas dos esferas haciendo posible que la su jeció n
fem enina en el ám bito d om éstico se transform e en objeto de debate político.
Se trata, adem ás, de desafiar otras dicotom ías establecidas que reafirm anes-
tereotipos co m o la q ue enfrenta a la em o ció n co n la razón. Estos elem en tos
se basan en una critica radical al c o n cep to liberal de su je to co m o agente au­
tónom o: individuos considerados iguales, in d ep en d ientes y racionales; a s­
pectos que no sólo cargan con una dim ensión descriptiva, sino tam bién co n
una fu ertem ente prescriptiva. El efecto de la valorización de estos atributos
hace de las m u jeres su jetos su bordinad os, dependientes e irracionales; ale­
jad as de cu alquier posibilidad de encarn arla categoría de agente.
Así co m o los d esarrollos de Susan M oller O k in han resultado clave a la
hora de analizar la distinción público/privado com o m ecanism o de opresión
de género, capaz de legitim ar la in acció n del Estado en cu estion es que a fe c­
tan a las m u jeres, C arol P atem an se encarg ó de ex p on er el m odo en que el

15 Kelly, MulUculturalismReconsidered, Polity, C am bridge, 2 0 0 2 , p. 5 y ss.


co n trato so cial su p on e uno de carácte r estrictam en te sexu al donde se ase­
gura la su bordinación fem enina. En la década del ’8 0 el debate alrededor del
víncu lo entre los co n cep to s de equidad y diferencia ha llevado al desarrollo
de un asp ecto clave a la hora de redefinir la su bjetividad y con ella la n o ció n
de agente p o lítico : p o líticas de la id en tid ad do nd e la diferencia d eja de ser
pensada co m o atributo para definirse en tanto relacional. El prim er objetivo
em ancipatorio queda así definido en térm inos del reconocim iento de la pro­
gresiva co m p lejizació n de las identidades co m o pu n to de partida necesario
para e n ca rar un ju sta d istrib u ció n de b ien es. Esta reform u lació n del c o n ­
cepto de agente político se traduce en la revisión de una noción fundam ental
para la filosofía de la historia co m o es la de agente h istó rico: ya n o se trata de
identificar el sentido h istórico en u n proceso em ancipatorio universalízable,
sin o de in tro d u c ir en el co n c ep to una d im en sió n plural. Esta revisión c o n ­
ceptual m odifica tam bién el desarrollo de estrategias para definir la focaliza­
ción del interés del relato h istó rico: frente a la recon strucció n de procesos de
“larga d u ració n ” y del despliegue de ciertas estru cturas -s e a n estas sociales,
eco n ó m icas o cu ltu ra le s -, se intenta dar cu enta de u n pasado d onde lo s es­
p acios de resisten cia gestados p o r las m u je re sa l m argen del p oder oficial o
los m ecanism os de autolegitim ación de los sectores dom inantes cobran una
centralidad clave.
Si el seg und o de los asp ecto s perm ite m odificar ciertos co n ten id o s de la
d iscip lin a h is tó ric a , e l p rim e ro co la b o ra en la in tro d u c ció n de u n n u ev o
co n c ep to de progreso. Ya no se trata de una no ció n atada a la unilinealidad
y la u n iversalid ad , sin o una co m p atib le co n la diversidad y la apertura del
sentid o .
La po sib ilid ad de expresar la ex isten cia del “progreso” resulta así v in cu ­
lada con un agente histórico plural donde cada sujeto aparece atravesado por
una m u ltitud de identidades desde donde resulta posible gestar m o d o s de
em an cip ació n tam bién diversos. E l progreso surge en ton ces de la p o sib ili­
dad de articula r este p luralism o sin ero sio nar sus atrib utos y de exp resaren
la recon stru cció n histórica las com plejid ad es del proceso que llevó a redefi-
nir el sent ido histó rico com o un proceso de com plejización creciente. Es este
aspecto el que será tom ado com o punto de partida por las teorías sobre la glo-
balización para redefinir el sentid o h istó rico global.
2.2. Globalización, nacionalismo y cosmopoli tismo

El su rg im ien to -o el recon ocim ien to- de la globalización trajo consigo un


debate capaz, no sólo de p oner e n cu estión el orden m undial surgido tras la
caída del M uro de B erlín , sin o tam b ién de e n carar el d iseñ o de estrategias
para reform ular el sentido histó rico. Tal co m o el m u lticulturalism o, las teo­
rías sobre la globalización tom an com o punto de partida la descripción de un
estado de cosas para establecer una co m p lejizació n de las teorías de la histo ­
ria vigentes.
E l eje cen tral para la d efin ició n de la g lob alizació n nace de u n p rim er
dato: la constitución de un único m ercado financiero internacional. Definida
en tanto com presión espacio-tem poral, aceleración de la interdependencia,
integración g lo b al, co n cien cia de la co n d ición global o fin de la geografía, la
globalización co n tie n e , en lo m aterial y en lo sim bó lico , d os asp ecto s clave,
ju n t o al au m en to en la m agnitud y la intensidad de los flu jo s glob ales, sur­
gen , com o resultado de esa interacción, cam bios constantes en los principios
que organizan la vida social y cu ltu ral: la incertid u m b re y la o ccid en taliza-
ció n - o para algunos la “am erican izació n ”- de lo co tid ian o atraviesa h o y
cada instan cia de d ecisió n. Es, tam bién , tal co m o ha analizado H ellein er la
realización de la histo ria de long du rée: un proceso h istó rico global d esp le­
gado a lo largo de un extenso período de tiem po.
D esde el análisis de la cu ltu ral, ex p o sicio n e s tem pran as co m o la de
M cLuhan y su descripción del nacim iento de la “aldea global” en tanto un sis­
tema nervioso central global guiado por tecnologías de la inform ación, hasta
los desarrollos de Stuart Hall sobre la relación inédita establecida entre centro
y periferia m erced a los flujos culturales con su “im pacto plu ralizante” sobre
la form ación de identidades, la dim ensión cultural ha sido esencial al debate
sobre la globalización.
Se trata, por lo tanto, de u n proceso co m p lejo donde las variables cu ltu ­
rales, fin an cierasy p o líticas se articu lan con las p sico lóg icas y las estéticas:
desde las m ás p ú b licash asta las m ás radicalm ente privadas. A lgunos de los
efectos de este nuevo escenario en la vida cotidiana han sido analizados por
Richard S e n n e tt16. De acu erdo co n su lectura a partir de la g lob alizació n fi­
nanciera el su rgim iento de un m ercado laboral flexible p rovocó ladesapari-

16Cfi.Sennett, La corrosión d d c a rá cter, Anagrama, Barcelona, 2 0 0 0 ( 1 9 9 8 ). Trad.: Daniel Najmías.


ción de una rutina estable en lo ssu jetos; un m arco de radical inseguridad que
d ificu lta el su rg im iento de u na identidad m oral. Tal co m o analiza M anuel
C astells17, en la globalización el caos y la relación entre lo estable y lo variable
h an expresado el m odo en que se define un cam bio radica! por el cual un “es­
p acio de flu jo s" reem plaza un “espacio de lugares”: m ediante la circu lació n
de la inform ación ya todo puede ser ubicado en cu alqu ier lugar.
Dentro del marco de la globalización, no sólo se debate la acelerada in tro ­
du cció n de in estab ilidades y de co nexion es inédi ta s, sino tam bién la re for­
m u lació n de la d im en sió n lo cal m ism a. Los desarrollos de Saskia S a sse n 18
dedicados al su rgim iento de las “ciudades glob ales” dan cu enta ju stam en te
del proceso de transform ación sufrido po r espacios urbanos constituidos en
centros de com and o d e la eco no m ía g lob al,
N os e n fren tam os, p or cie rto , a un p roceso que ha sid o o b je to de un in ­
tenso d ebate, Desde el m arxism o se ha señalado qu e la g lobalización es ape­
nas un m o m ento m ás en el despliegue del capitalism o y que su recorte
co n cep tu al no resulta m ás que un m ito, una ideología destinada a ocultar
q u e , de lo que se trata es de legitim ar la centralización de la econom ía en Es-
tad osU n id os, Europa y ja p ó n . Para filosofías liberales com o la d e jo h n Gray
que co n cen tran su atención en la reivindicación del pluralism o, la globaliza­
ció n es vista co m o un proy ecto de h o m o gen eización no só lo cu ltu ral sino
tam bién moral d estinado a disolver el rol de las com u nidades y la fam ilia19.
O tros teóricos co m o Paul Hirst h an optado por señalar que el diagnóstico de
la glob alización señala fenóm enos que están lejo s de ser inéditos y que, por
el contrario no resultan m ás que una continuación de la lógica del propio ca­
pitalism o.
Dentro de la esfera pública, los m ovim ientos antiglobalización han intro­
ducido críticas centradas en la hipótesis de que la globalización expresa exclu­
sivamente el modo en que las corporaciones multinacionales atentan contra la
dem ocracia al decretar, con su poder om ním odo, la m uerte del Estado20.
O tros analistas del p roceso han advertido que la g lob alización abre la
agenda po lítica h acia una tran sfo rm ación rad ical. Es así co m o el d esafío al

17C fcC astells, laerdde la in jo rm a a ó n (3 Vol.), S ig lo X X I, M éxico ,2 0 0 3 .


18 Cfr. Sassen, L a ciu á ad g loba l, Eudeba, Buenos Aires, 1 999.
19Gray, Falso am an ecer, Paidós (1 9 9 5 ), Barcelona, 2 0 0 0 , p. 13 y ss.
20 Cfr. H irst, GIobafeaEionínQuesíion.Polity, Cambridge, 1996.
principio de territorialidad perm ite introducir tem áticas inéditas co m o la de
la ju sticia transnacional encargada de debatirlos principios de ju sticia distri­
butiva a nivel global. Los desarrollos de Thom as Pogge y C h ristop h er Beitz
han resultado e n este sentid o fu ndam entales: el desafío de la glob alizació n
consiste en extender ciertos principios hasta enton ces lim itados a las fronte­
ras nacionales co m o la ju sticia distributiva, hacia un nivel m undial.
Cada una de estas interpretaciones del fenóm eno de la g lobalización e x ­
presa a su m anera d iag nó stico s que e x h ib e n rasgos de la p o sthístoria. Sea
desde una m irada o ptim ista o una de rasgos pesim istas, se proclam a la evi­
dencia de algún tipo de fin: el Estado, la diversidad o bien la realización de la
d om inación perfecta.
F rente a estas tendencias globalizadoras ha com enzado a ponerse en evi­
dencia el su rgim iento de nacionalism os locales y procesos de secesió n capa­
ces de d efin ir un esp acio e n tensió n no só lo co n la so beranía de los
estados-nación, sino tam bién co n las pretensiones de m undialización. El re­
co n o cim ien to de obligaciones especiales para co n los co n n acion ales, de los
derechos de autodeterm inación y el actual énfasis en el valor de la nacionali­
dad co m o fu ente de identidad colectiv a21, definen un espacio co m p lejo. De
h ech o, la llam ada “historia p o sco lo n ial” se ha o cupado de desafiar los p rin ­
cip ios organizativos de la histo ria tal co m o ha sid o recon stru id a por O c c i­
dente -d e n u n cia d o s p o r su v ín cu lo co n el co lo n ialism o y el po d er del
E sta d o -n a c ió n - para reclam ar una mirada sostenida en la co n cie n cia de los
grupos subordinados de regiones periféricas22. La globalización dista e n ton ­
ces de poder ser concep tualizada co m o u n m ero p roceso acum ulativ o para
enfrentarse a la fragm entación.
U no de los co n c ep to s clave d esarrollados por la teoría política para dar
cu enta de esta tensión es el de “co sm o p o litism o ”. Se trata, co m o ex p on d re­
m os a continuación , de un desarrollo teórico que intenta reintrod ucir el sen ­
tido h istó rico en el proceso de la g lo b alizació n , un fen ó m en o al q u e, hasta
en ton ces, m u ch o s habían interpretad o co m o signo del fin de la historia. Es
en este m arco co n cep tu al -d e sa rro lla d o p rincip alm ente p o r U lrich Beck y
David H e ld -d o n d e, a través de una reform ulación de la n o ció n de progreso,
pueden inferirse consecuencias im portantes para la filosofía de la historia. El

21Miller, Sobre la nacion alidad, Paidós, Barcelona, 1 9 9 7 (1 9 9 5 ). Trad.: Ángel Rivera.


22 Cfr. Said, Orientalism o, De Bolsillo, Barcelona (1 9 7 8 ), 2 0 0 3 .
co sm op o litism o parte de una prim era dim en sión descriptiva para d esarro­
llar una estrategia con co n secu en cias norm ativas: los últim os años del siglo
xx presenciaro n una transform ación radical del co n ten id o dado a la no ció n
de soberanía. S i, a partir de la Paz de W estfalia ( 1 6 4 8 ) el Estado m oderno se
había legitim ado, entre otras estrategias, a través de su territorialidad, la glo­
balización pone en cu estión el princip io de legitim ación del estado centrali­
zado: la lógica de absorción de p equeñas unidades queda hoy cuestionad a a
través del surgim iento de soberanías superpuestas, descentradas y de distin­
tos perspectiva de penetración. Se trata, tal com o asegura Held, de una visión
ajena al alegado “fin de la historia”: mientras la proclama de Fukuyam a oculta
tensiones cen trales co m o las existentes entre ‘d em o cracia’ y ‘lib eralism o ’, o
las desplegadas alreded or de lo s lím ites de las lib ertad es indiv iduales23, el
co sm opo litism o, aun cu ando parte del consen so co nstru id o alrededor de la
dem ocracia, se encarga de exponer la progresiva com plejización del sistem a.
La estru ctu ra de una org anizació n co m o la U nió n Europ ea perm ite,
desde esta perspectiva, visualizar la posibilidad concreta de una articulación
com pleja de acto resh ístó rico-p olítico s de distintos niveles: los tradicionales
lím ites territo riales se su p erp o n en a la rep resentación de O N G s, m in orías,
co rp o racio n es o sin d icatos. Se trata de recon cep tu alizar la d em o cracia - y
co n ella la n o ció n de a u to n o m ía -e n relación con la interdependencia entre
los estados y sociedades que involucran nuevas formas de ciudadanía. El m o­
delo w estfaliano desplegado desde 1 6 4 8 hasta 1 9 4 5 H destinado a asegurar
la ex iste n cia de lo s estad o s hab ría entrado definitivam ente en crisis. Aun
siendo un hecho que la globalización de la cultura atenta contra m ecanism os
rep roductivos de las sociedad es tradicionales25 alterando la geografía situa-
cio nal de la vida política y so cial, sim ultáneam ente, la cu ltu ra de m asas glo­
bal -A p p a d u ra i- es capaz de generar el recon ocim ien to de la diferencia y
diversidad de m odos de vida. Las nuevas redes de co m u nicación e inform a­
ció n estim u lan así form as inéditas de identidad cultural constituyendo una
red densa de relaciones entre las culturas.
La d em o cracia co sm op o lita es vista así co m o la futura realización de la
paz perpetua kantiana: una hospi talidad universal donde la ley cosm opolita

n H dd , La d em o c r a c ia y d o rd en g Io b a l,P íá d ó s, Barcelona, 2 0 0 0 , p. 5 y ss.


24H ek i,lb íd .,p .7 7 .
25H d d ,i b íd .,p .l2 2 y s s .
dem anda cierta su bordinación de las soberanías regionales, nacionales y lo ­
cales a u n m arco legal abarcad o r.sin por ello ignorar el rol de ju risd iccio n es
que aparecen ahora co m o su perpuestas, pero nu nca anuladas. Teníe ndo en
cuenta que dentro de este co n texto las aso ciacio n es pueden ser autogober-
nadas a distintos niveles26 queda disuelta la posibilidad de que el co sm o p o ­
litism o se lim ite a am p liarla centralización westfalíana.
La constitución de una sociedad civil internacional es presentada desde esta
perspectiva co m o fundam ental. U n gobierno global organizado a partir de la
constitución de partidos políticos también globales articulados con la sociedad
civil global resultaría una forma eficaz de regular los m ecanism os financieros y
corporativos. Tras el pretendido fin de la historia, el cosm opolitism o intenta,
en definitiva, construir una nueva metanarrativa donde lo local y lo global re­
sulten articulados en redes cada vez más com plejas27: del parentesco a la tribu,
desde allí hacia la ciudad, m ás tarde al Estado y, finalm ente, a u n m undo co s­
m opolita , una sociedad internacional pluralista capaz de pensar su historia en
térm inos globales. En palabras de Held la dem ocracia cosm opolita es “un sis­
tema de g ob ierno que surge de y es adaptado a distintas co n d icion es e inter­
co n e x io n es de diversos pueblos y naciones. Sus actores so n académ icos,
O NGs, m edios, g obiernos localesy regionales, organizaciones interguberna­
m entales, y expresiones de la sociedad civil global".
Los argum entos desplegados alrededorde los posibles m ecanism os de le­
gitim ación de esta dimensión cosm opolita han dado lugar a un intenso debate.
U na de las respuestas m ás sofisticadas ha sido la sostenida po rH ab erm as. Es
así com o en La con stelación postnacion al entiende que los derechos hum anos
son la condición de posibilidad de la autodeterm inación del dem os y la defini­
tiva fuente de legitim idad para una dem ocracia cosm opolita: norm as legales
que expresan únicam ente un contenido moral capaz de definirla totalidad del
sistem a norm ativo. R esultan adem ás capaces de in stitucion alizar las co n d i­
ciones com u nicativas para una form ación de la voluntad política razonable.
La presencia de com unidades dialógicas se torna enton ces esencial: los seres
hu m ano s necesitan ser reflexivos sobre los m odos en que deciden in c lu irá
algunos y excluir a otros del dialogo. El consenso, por lo tanto, no debe ser lo­
grado a costa de las diferencias cu ltu rales o ind iv id u ales. E fe ctiv am en te, el

26 Held, Ibíd ., p. 2 3 4 .
27 Brown en H n y McGr, p . 4 5 9 .
o bjetivo de Habermas es construir una dialéctica entre una teoría universalista
y el particularism o en un co n texto donde el Estado-nación está desapare­
cien do. La legitim ación de la dem ocracia cosm opolita im pone d e lib eració n
apoyada en reglas racionales: una m ed iación co m p le ja capaz de ten er en
cu en ta tanto la racionalidad co m o la diversidad, cuya legitim idad surge de
un p roced im iento que puede dar su stento al rol central otorgado a los d ere­
ch os hum anos. E s así co m o la posibilidad de una ciudadanía global, capaz de
abrir las fronteras nacionales y recon ocer la m ovilidad global co m o un d ere­
ch o hu m an o resulta u n o de lo s e je s fu ndam entales para dar lugar a u n m o ­
m en to h istó rico que haga de la g lobalización - a veces a pesar de algunos de
sus a c to re s - la expresión de un nuevo sentido histórico.

3. La irrupción del posthumanismo

El desarrollo de ciertos trabajos identificados co n el posthum an ism o re­


sulta vital a la hora de analizar la crisis de la no ció n de progreso, aunque tam ­
bién intuiciones alrededor de su re formulación. Es en este sentido que la matriz
establecida por el b ritá n ico jo h n Gray resulta particularm ente esclarecedora.
En tanto liberal cercano a los reclam osecologistas, Gray28 ha cuestionado una
tradición occidental basada en “creencias erróneas y arrogantes sobre los se res
hu m anos y su lugar e n el m u nd o ”. Desde su perspectiva, tan to el liberalism o
com o el m arxism o “piensan a la hum anidad com o una especie cuyo destino es
trascender los lím ites naturales y conquistar la tierra”. La creencia hum anista
es ju zgada enton ces co m o m era expresión de una ilu sió n . El apotegm a: ”los
h u m an o s so n ce n tr a le s” n o resu lta m ás que el p rin cip io c e n tra l u tilizado
p o r la hu m an id ad e n tren de neg ar su in ev itab le co n tin g e n cia . La c o n ­
fianza en el progreso -u n o de lo s ej es del p roy ecto h u m a n ista - resulta así
fatalm ente cu estion ad a: “C reer en el p ro g re s o -s e ñ a la G r a y - e s creer que,
al usar lo s nu evos poderes d ados por el co n o cim ien to cien tífico, los hu m a­
n o s p u e d e n lib erarse de los lím ite s q u e d iferen cian su s vidas de los otros
an im ales.” Se trataría así de una versión secu lar de lafe cristiana. Hoy, d é lo
q u e se tra ta -p r o c la m a G r a y -e s de socavar cu alq u ier e x p resión de funda-
m entalism o, sea ésta religiosa o científica.

28 Gray, SícaivDogs, G ranta, Londres, 2 0 0 2 .


Las preten sion es de au to co n cie n cía -q u e aspiran a d efin ir aquello que
nos diferencia de los an im ale s- deja de ser una virtud para convertirse en una
discap acid ad 29: só lo “cre e m o s” que nuestras accio n es expresan d ecisiones
propias. Para desplegar su argum ento Gray hace uso de teorías tan disím iles
co m o el b u d ism o Z en, el co n stru ctiv ism o de Fran cisco Várela, N ietzsch e o
Sch o p e n h au e re intenta dem o strar que la m o ra lid a d -e je del h u m a n ism o -
no resulta se rm ás que una superstición. La ética, afirm a Gray, no necesita de
ningún fundam ento.
Las críticas de Gray hacia el concep to de progreso -e n te n d id o co m o “ape­
nas el deseo de inm ortalidad co n un toque tecnoíu tu nsta”iü- son más que ra­
dicales: “la h isto ria n o es progreso o d ecad en cia, sin o pérdida y ganancia
recurrente”31, y lo que es m ás y siem pre de acuerdo con su análisis, “progreso
y asesinatos en m asa van en tándem ”32. Sin em bargo, en tren de desplegar su
crítica, Gray establece una distinción fundamental. De lo que se trata es de re­
chazar toda co n stru cción de la vida pública que esté basada en la fe en el pro­
greso. Es esa creencia - e n tanto una suerte de su p e rstició n - la que debería ser
ob jeto de nuestra condena.
Allí es donde este cuestionam iento se cruza con su expreso antihum anism o.
El mundo digital, en tanto un universo por el que vagamos sin lograr com pren­
der, fue creado co m o una e x ten sión de nuestra co n cien cia, pero rápida y fa­
talm ente logró su perarla: la te cn o log ía ya n o obed ece a n in gu n a voluntad.
Tam poco lo hace el curso de la historia donde los lím ites entre naturaleza y tec­
nología han sido de fm itivamente disuel tos. Sólo volviendo definitivo el olvido
de la excepcionalidad hum ana resultaría posible pensar alguna modalidad para
fin de la historia ajeno a las pretensiones místicas de inm ortalidad.
Sin em bargo, el su rgim iento de otras versiones del posthum an ism o des­
plegó, a veces a su pesar, est rategias a la hora de reformular la noción de sentido
histórico. El caso d ejacq u es Derrida y su desarrollo del concep to “dem ocracia
por venir” resulta en este sentido paradigm ático. Desde su perspectiva, ante
la ausencia de una un iversalidad de norm as que puedan apoyar la dem ocra­
cia, se sugiere la afirm ación de un futuro radicalm ente abierto que incluya su

“ Gray, Ibíd., p. 6 1.
“ Gray, Ibíd. ,p . 198.
31 Gray, Ibíd., p. 155.
32 Gray, Ibíd., p .9 6 .

É
C ecilia M acón

propia norm atividad. Se trata, por cierto, de una norm atividad que es útil a
la hora de rec o n ce b ir la dem o cracia. Derrida afirm a que es posible d eco ns-
truir los fundam entos m etafísicos, frecuentem ente racionalistas de la moder­
nidad o ccid en tal y aún m a n te n e rla s prom esas del Ilu m in ism o , una de las
cu ales es, ju stam ente» la idea de d em o cracia. A quello que D errida define
com o “dem ocracia por venir” consiste en “una dem ocracia que debe tener la
estru ctura de una prom esa” capaz de red u cirla violencia. Desde el punto de
vista d ern d ean o, la identidad se constituye a través de un proceso abierto de
rep etición q u e no es n u n ca final, pero que requ iere de esa co n tin u a rep eti­
ció n, una identidad diferida h a d a un futuro que nu nca llega com o tal. El m o ­
vim ien to de la rep etición prom ete el establecim ien to de una identidad que
está constantem ente socavada y referida a la repetición. Siendo enton ces im ­
posible dar cuenta de una identidad final y cerrada, estas definiciones suponen
que el futuro no es un horizonte de expectativas o de posibilidades determina­
das, sin o un “p un to ciego” en el horizonte que cede a otros ho rizo ntes, e sp e ­
ranzas e in terp retacio n es. La d em o cracia, en una d im en sió n que Derrida
denom ina ‘p o st-u tó p ica', dem anda así su asociación con una teoría decons-
tructiva y cu asi-trascen d en tal del futuro abierto capaz de expresar una per­
fe ctib ilid ad infinita. Se trata de una d em o cracia capaz de ab rir un espacio
en tre su c o n d ic ió n actu al y su esp acio futuro situán dose entre el presente-
presente y el p resente-futuro, entre la p re se n ciay el futuro p o rv enir; u n e s­
pacio en el q u e la d efin ició n del ideal, y el sentid o de térm inos clave co m o
‘igualdad’ y ‘lib ertad ’, se m an tie n e n abierto s y de donde resulta inferida la
h isto ricid ad de la política. El futuro abierto se transform a así en una co n d i­
ció n de po sib ilid ad del evento, de la id en tid ad , la decisió n , la resp on sabili­
dad, la h o sp italid ad , y la relació n co n el otro, co n cep to s que definen los
co m p rom iso s norm ativos de la dem o cracia u b ican d o la otredad originaria
en el espacio de una cierta ind ecibilid ad y la h ospitalidad in con d icio n al
com o un ideal regulativo pero n ouniv ersal. La violencia, afirma Derrida, no
es m ás que el resultado de la pretensión de cerrar el futuro. Esta expresión del
posthum anism o im plica una invención constante de reglas donde lo político
no puede ser redu cido a lo hum ano. Se trata, de acuerdo co n D ernda, de una
“histo ricid ad fu tu ral”: un cu rso h istó rico esen cialm en te abierto al futuro y
refractario a cu alquier expulsión de sus propias aporías.
D entro de este co ntexto es im portante señalar el im pacto académ ico, po­
lítico y m ed iático , logrado p o ru n trabajo co m o Im p erio de M ichael Hardt y
A ntonio Negri. De acu erdo co n su m irada sobre una g lobalización que co n ­
sideran irreversible es necesario reconstruir un panoram a atento a las inesta­
bilid ad es p o sm o d ern as. La d e clin ació n del poder del E stad o -n ació n no
im p lica que la so beranía haya entrad o en d ecad en cia, sin o que asistim os a
una nueva forma global de soberanía llamada “im perio”33: “el im perio no es­
tablece nin gún centro de poder y no se sustenta en fronteras o barreras fij as.
Es u n aparato descentrado y desterritorializador de dom inio que progresiva­
m ente incorpora la totalidad del terreno global dentro de sus fronteras abier­
tas y en p erm anente ex p an sió n . E l im p erio m aneja id entid ad es híbrid as,
je ra rq u ía s flex ibles e in tercam bio s p lu rales a través de redes ad aptables de
m ando”. F rente a la fu n d ó n policial ejercida po r el im perio hacia la m ultitud
-d e fin id a co m o nu ev o agente h is tó r ic o - a ésta le cab e in v en tar nuevas for­
m as d em o cráticas y u n nu ev o p o d e r co n stitu tiv o 34. E ste nu ev o e scen ario
co n tien e adem ás su propia lógica histó rica: “El im perio agota el tiem po h is­
tórico , su spende la historia y co nv oca al pasado y al futuro dentro de su pro ­
pio orden ético ( . . . ) el im perio presenta su orden co m o perm anente, eterno
y necesario”35. Es a la multitud a quien le corresponde m odificar estas preten­
sio nes de necesidad del orden im perial. E xiste, p or lo tan to , la exigencia de
un nuevo princip io m o to r de la historia capaz de expulsar tanto esta alegada
eternidad co m o la lógica acum ulativa del progreso ilustrado.
El esbozo de un nuevo sentido para la historia puede ser identificado tam ­
b ién en los trabajos de Paolo Virno. A quí es la reform ulación de una su b je ti­
vidad transform adora la encargada de rearm ar una tram a teórica para
nu estro prob lem a. El filósofo italiano ha desarrollado una propu esta d esti­
nada a dar cuenta del su jeto po lítico en térm inos alternativos, capaces de ar­
m onizar co n sociedades transform adas: form as de vida post fordistas donde
la dupla público-privad o y el par colectiv o-individual han estallado defin i­
tivam ente36. Resulta necesario, afirm a Virno, pensar la su bjetividad p o lítica,
no ya en térm inos de p ueblo - a la m anera de H o b b e s -sin o de m u ltitu d -re ­
cu p eran d o una n o ció n de raíz spinozian a d o nd e resultaba identificada la
base de las libertades p o líticas-. La m ultitud es definida en tanto “una plura­
lidad qu e p ersiste co m o ta l”, “la form a de existencia so cial y po lítica de los

33 H ardt-Negri, Im perio, Paidós, Buenos Aires, 2 0 0 1 ,p ,1 4 .


34 H ardt-Negri, Ibíd., p. 17.
35 H ardt-Negri, Ibíd., p.27.
36 Virno, G ram ática de la multitud, C olihue, Buenos Aires, 2 0 0 3 . Trad.: Adriana Gómez, p. 16.
Cecilia M acón

m u cho s en tanto m u chos: form a perm anente, no episódica o intersticial”. Si


el pueblo expresa una voluntad ú n ica, la m ultitud rehuye de la unidad polí­
tica, pero n o o p onién d ose al U no, sin o p redeterm inándolo. Es un U no que
ya no es el Estado, sino el lenguaje, el intelecto, las facultades com unes del gé­
nero hu m an o 37. De acuerdo con las intuiciones de V írno, en un marco donde
el corazón de lo estatal es la adm inistración y no el sistem a político parlam en­
tario38, surge la posibilidad de recon struir una verdadera esfera pública defi­
nida com o no-estatal donde la publicidad resulte el principio co n stitu cion al
de una dem ocracia no-representativa. Y es en el m arco de esta esfera pública
que se hacen presentes las dos form as clave de acción política ejecutadas poi
la m u ltitud: la d esobediencia civil y el éxodo o defección. Hay así en la co n s­
trucción teórica de Virno un recon ocim iento del quiebre en los m odos de ac­
ció n d en tro de la esfera p ú b lica aso ciad os co n la tram a del progreso y la
propuesta del inicio de una nueva co n stitu ció n de su sentido.

4. Algunas conclusiones

Resulta así posible id entificarvaríosejes eventuales desde donde construir


u n sent ido de la historia posterior a las advertencias impuestas sobre la posthis­
toria. Sentidos atentos, tanto a las críticas desplegadas contra el progreso y el hu­
manismo, com o a la evidencia de ciertas transformaciones a nivel de la sociedad
civil. Sea enton ces a través del recon ocim iento de una diversidad inestable de
subjetividades, las com plejidades de la globalización, el posthum anism o o las
discontinuidades radicales, la crítica al concepto ilum inistade progreso parece
estar abriéndose hacia la definición del sentido histórico en términos innovado­
res. Se trata del reconocim iento de cierto tipo de continuidad sostenida en el
pluralismo y la superposición de categorías donde el e je , no necesariamente as­
cendente, que conecta distintos m om entos históricos, experim enta m odos al­
ternativos de articular esas diferencias. Se trata de sugerir el sentido im plícitoen
la vocación por historizar las categorías en uso sin hacer de la inm anencia un
caso de lo trascendente. De abrir, tal vez, un prim er abismo entre el sentido his­
tórico y la predeterm inación del curso de la historia.

37V im o ,Ib íd .,p .l7 .


38V irn o ,Ib id .,p .6 8 .
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P rinceton, 1 9 9 0 .
Martín H.Sisto1

... la historia no nos revela precisam ente


el d ev en ir d e cosas extrañas a nosotros,
sino nuestro p ro p io devenir...

Dónde está la filosofía de la historia de Hegel

En com paración con H erdery con Kant, el filósofo más fam oso e n relación
a la filosofía de la historia es, sin duda, H egel. El m ás leído y el m ás discutido.
Y sin embargo, Hegel no escribió ningún libro que se llame “Filosofía de la his­
toria” o algo por el estilo. Las ediciones de la Leccion es de filo s o fía d e ¡a historia
(e n adelante L FH U )2 que poseem os hasta el m om ento en castellan o, y casi
todas las ediciones en alem án, son una recon strucción de sus clases que reali­
zaron su h ijo Karl y algunos discípulos del filósofo. En la prim era parte de este
capítulo n o s concen trarem os en el co ntenid o fundam ental de la co n cep ció n
hegeliana de la historia, tal com o se n o s ha transm itido en las LFH U , haciendo
referencia de paso a los problem as derivados de sus distintas ediciones.
En la segunda, que hem os denom inado “Hegel 11”, tom arem os co m o re­
ferencia ciertos estudios recientes, que m uestran que lo que se e ncu entra en
las fam osas L FH U , no es to d a, y m eno s su m e jo r y m ás original filosofía de la
historia. V erem os seguidam ente en qué d ire cció n apuntaría este intento de
reco n stru cció n de su filosofía. U na co n c e p ció n de la h isto ria q u e, dada su
m uerte prem atura, Hegel habría dejado apenas sugerida.
Al le cto r que sólo quiera aproxim arse a las clásicas L FH U , le bastará co n
la prim era p arte. De h ech o, la recep ció n del siglo xix y xx se lim ita p ráctica­

1Este artículo fue realizado m ediante un subsidio d éla Fundación An torchas.


2Todas las citas se refieren al prim er tomo, excepto que se especifique que se refiere al segundo.
m ente a esas lecciones, en lo que concierne a nuestro tema. Pero no podem os
no invitarlo tam bién a la aventura de la segunda.

Las lecciones famosas y otros textos: Hegel I

Cuestiones filológicas preliminares

Las LFH U están redactadas en u n lenguaje am en o , más sencillo de c o m ­


prender que las obras publicadas por el filósofo m ism o, com o la F en om en o­
logía del Espíritu (en adelante F EN ), y esto explica en parte su gran influencia
tanto en el siglo xix com o en el xx.
El estilo no es casual: se trata en gran parte de los apuntes de los alum nos
de Hegel, tom ados durante sus clases, donde al parecer el filósofo era m ás di­
d áctico que cu ando escrib ía. Sin em bargo una lectura m ás atenta nota d ifi­
cu ltades para su co m p ren sió n : algunas frases m uy herm éticas, en algunos
casos las m ás im portantes, co n cep to s fundam entales sin definir, pasajes re­
petitivos. Ya por ello vale la pena por eso hacer algunas aclaraciones de índole
filo-lógica, que no eran necesarias en el caso de Herder y Kant.

Las ediciones clásicas: en alem án hay dos básicas.

a) La del h ijo de Hegel, Karl, que se rem onta a 1 8 4 0 , y que resulta una ver­
sió n perfeccionada de la prim era ed ición que existe, realizada a cargo de
Eduard Gans, discípulo de Hegel, en 1 8 3 7 , con sucesivas reediciones que
corrigen detalles.
b ) Más amplia que la de Karl Hegel es la de Georg Lasson, publicada entre
1 9 1 7 -1 9 2 0 , que am plía notablem ente a la edición de Karl Hegel. La ver­
sión de Lasson está traducida al castellan o por J osé G aos en 1 9 2 8 y es la
que seguim os en nuestras citas. La prim era parte, publicada con el título
L a razón en la historia, fue revisada por J. HoíTmeister en 1 9 5 5 , el cual ad­
vierte , sin em bargo, que se necesita de una revisión m ás a fondo.

Hegel había expresado su intención de publicar un libro sobre el tema. Se


conserva un m anuscrito suyo que resulta un borrador, bastante prolijo, co n
grandes espacios en blanco que sugieren una división d é lo s temas y que pa­
recen estar destinados a com pletarse; luego algunos discursos destinados a
las clases inaugurales de las leccion es; p or ultim o algunos apunt es su eltos.
Su muerte (en 1 8 3 1 , a los 61 años) habría dejado al parecer el trabajo en mero
proyecto. C om o h o m en aje y co n scien tes de la im portancia de estas le cc io ­
nes, sus d iscíp u lo s plasm aron su filosofía de la histo ria en form a de libro,
sobre la base de ese m aterial y de lo s apuntes de las clases que habían logrado
reunir. Esta primera edición apunta a ofrecer una versión pulida de las leccio­
nes y para ello elim ina pasajes que lo s editores consideraban repetidos. Las-
so n , en to n ce s, para no perder m aterial, tend ió a agregar todo lo que tenía a
disposición. C om o se trata de varios apuntes fu ndidos, hay varias repeticio­
nes, tal co m o observam os en la tradu cción castellana.
Ambas ediciones tienen un defecto clave. Al poner las clases de los diver­
sos años todas ju n ta s, se pierde bastante el carácter evolutivo de su pensa­
m iento a lo largo de una década; y corre el riesgo de tom arse bastante co m o
“d o ctrin a” ya estable problem as que Hegel estaba explorando. Tal c o m o se ­
ñala su hijo en el prefacio de su ed ició n , nuestro autor era uno de esos filóso­
fos que volvía a pensar e n clase los co n cep to s preparados previam ente, y
cada lección era “un nuevo hech o del pensam iento”3. Sobre esto volverem os
en la segunda parte del presente capítulo.
L as nuevas ediciones y ¡a situación ac tu al: Desde hace algunos años se están
reconstruyendo co n gran precisión las leccion es sobre religión, filosofía del
derecho, estética, historia de la filosofía de Hegel una por una. De filosofía de
la historia, se han editado hace po co las prim eras leccion es que dio Hegel en
B erlín en el sem estre del invierno alem án 18 22/ 234. Y se en cu en tra e n pro­
yecto la edición de las lecciones posteriores. Sobre la base de ellas se podrá re­
construir el pensam iento de Hegel e n su desarrollo.

3Prefacio de Karl Hegel a la segunda edición,Jubi/dumsausgabí in z m m ig B á n d e n , Stuttgart 1 961.


Bd 1 1 ,1 8 .
4 G.W. E Hegel: Vorlcsungcn ü b erd ie Philosophie derW eltgcschichle. Berlín 1822/23. N achschriften
von K .G .J. von Griesheim , H .G .H otho und E C .H .V von Kehler, H erausgegeben von K.H .Ilting,
K.Brehm er und H.N. Seelm ann. H amburg, E Meiner Verlag 1 9 9 6 . Band 12 derVorlesungen. Aus-
gewahlíe Nachschriften und Manuskripte.
A. Estructura y desarrollo

E n tod as las versiones qu e ten em os a d isp osició n , advertim os en el d e s­


arrollo de las leccion es tres partes:
1) una intro d u cció n al fu ndam ento de la con sideración filo s ó fica de la h is­
toria, desde el pun to de vista de su o b jeto propio ( I a), y en co m p aració n co n
otros m odos d e a f ron ta r y escrib ir la h is to ria ( l h);
2) un desarrollo de los conceptos fu n d am en tales co m o m odelo teórico para
la lectura filosófica de la historia: la libertad política, el espíritu del pueblo, el
rol de los individuos y el Estado.
3) Y por ú ltim o , una exposición n arrativ a de la historia universal desde el
p un to de vista filosófico.

1. El modo de consideración filosófica

C on K ant hem o s visto u n nu ev o punto de vista e n el m odo de afrontar fi­


lo só ficam en te la h isto ria. H egel lleva a fondo la d irecció n em prendida por
K ant. P o d em o s hablar tam bién e n H egel de un nu evo p u n to de vista tam ­
bié n , que notablem ente incorp ora ideas de Herder,
A referirse a lo que denom ina “historia pragm ática”, Hegel señala que ese
m odo de e scrib ir historia.

. .. los acon tecim ien tos siguen con stituyendo la base; y la actividad del co n ­
cepto queda reducida al contenido formal, universal, de los hechos, a los prin­
cipios y reglas. Se reconoce, pues, que el pensamiento lógico es necesario para
las deducciones, que así se hacen de la historia; pero se cree que lo que las ju s­
tifica, debe provenir de la experiencia. En cam bio, lo q u e lafilosofia entiende p o r
co n cep to es o tr a co sa ; el con cep to es aq u í [Hegel se refiere aq u í a l m odo adecu a d o de
h ace rfilosofía] la actividad m ism a del ccm ceptoy no la concurrencia d e una m ateria
y una f o r m a qu e vienen c a d a u n a d e s a l a d o . (L F H U 1 7, resaltados M.S.)

Este tema, expresado en térm inos bastante herméticos, no encuentra su ex­


posición en las LFHU, es sólo anunciado. Intentarem os desarrollarlo en la se­
gunda parte. Pero podem os decir sin téticam en te lo siguiente. Para Hegel la
filosofía va a la historia no con una m era teoría que ordena los fenóm enos para
hacerlos inteligibles. La filosofía pretende captar el principio de m ovim iento
de la historia m ism a. Y este principio es la libertad, tal com o Hegel la entiende.
La h istoria afrontada co m o un todo da Ju g aren una p rim era ap rox im a­
ció n a tres “categorías”. En prim er lugar, la de variación : en su asp ecto positivo,
es la sucesión de infinidades diversas de p ueblos y cu ltu ra s e n la belleza y e x ­
presión que ofrecen. El asp ecto n egativo es la d e cad en cia y la ruina de todo
esto y la m elancolía que produce en el espectador. A este aspecto le sigue una
categoría a la que Hegel no le da u n nom bre preciso -q u iz á la m ejor d eno m i­
nación sea “rejuv en ecim ien to " (L F H U 2 6 ) - , pero la idea esésta:

.,. una nueva vida surge déla muerte. Es éste un pensamiento que los orien­
tales ya concibieron ( ...) más umversalmente conocida es ( ...) la imagen del
fénix, de la vida natural, que se prepara eternamente su propia pira y se con­
sume sobre ella, de tal suerte, que de sus cenizas resurge una nueva vida reju­
venecida y fresca. Pero ésta es sólo una imagen orien tal; conviene al cuerpo,
no al espíritu. Lo occidental es que el espíritu no sólo resurge rejuvenecido,
sino sublimado, esclarecido. (LFHl/25/26.)

La rem isión de Hegel a esa im agen y la distinción de estas categorías, co n ­


firm an có m o en sus le ccio n e s tiene p resente las reflexio n es de H erder. Sin
em bargo con “rejuven ecim ien to” Hegel entiende algo más preciso y m ás h u ­
m ano que la perspectiva teológica de Herder.
El “prim er resultado" de estas co nsid eraciones es que n o s preguntam os:

¿Cuál es el fin de todas estas formas y creaciones? No podemos verlas agota­


das en su fin particular. Todo debe redundar en provecho de una obra.

Surge así la pregun ta por el Plan de la P rov idencia q u e d ejam os para la


co n clu sió n , pero que aquí adelantam os co m o m odo de co n sid eración filo­
sófica. Hegel señala que la prim era m e n ció n significativa de una razón que
gobierna las cosas se da co n Anaxágoras, m ás precisam ente con su co n cep to
denous, retom ado luego por Sócrates, P lató n y la tradición occid en tal.

Pero he señalado esta primera aparición del pensamiento de que la razón rige
al mundo, así como las deficiencias que había en él, sobre todo porque lo d icho
tiene su perfecta aplicación a otra forma del mismo pensamiento (...) la forma
de la verdad religiosa que dice que el mundo no está entregado al acaso, ni a
causas exteriores, contingentes, sino que una Providencia rige el mundo.(...)
apelaría a la fe eneste principio, bajo esta forma religiosa, si la índole propia de
la ciencia filosófica no prohibiese hacer supuestos... (LFHU 28.)
Le corresponde a la filosofía indagar por esta razón que rige al m u ndo, de
m odo más com pleto y cabal que la religión. A esta razón la denom ina Hegel,
com o Kant, “Idea” [Id ee]. Pero es una idea que está presente en la historia, que
rige a la h isto ria , y no es só lo u n m odo de co n sid erarla. Pasam os ahora al re­
sultado de la co nsid eración filosófica propio de Hegel.

2. Elementos fundamentales para una lectura filosófica


de la historia

Las le cc io n e s p re se n tan u n a e sp e c ie de m arco te ó rico para d ich a le c ­


tu ra, q u e tie n e co m o c o m p re n sió n la Id ea y su d e sarro llo e n la H isto ria.
E ste m a rco está co n s titu id o p o r lo que H egel co n sid e ra a) el s u je to de la
h is to ria , el E sp íritu y lo s in d iv id u o s; b ) el p rin cip io fu ndam ental q ue e x ­
plica el m o vim iento en la h is to r ia - la lib e r ta d -, y su m odo de co n c re ció n ,
el E stad o ; y p o r ú ltim o c ) lo s in d ic a d o re s que e n u n a civ iliz a c ió n n o s
m u estra qué grado de desarrollo tienen en la lib ertad y qué aporte realizan
a la h isto ria.

El sujeto de la historia

El su je to fundam ental en la historia es para Hegel lo que denom ina el E s­


píritu IG eisí]. Sin em bargo esto no significa que los individuos carezcan de
rol en la historia, co m o veremos. A quí Hegel retoma el concep to que ya habí­
am os visto en Herder, pero se vuelve más abarcador.
Si tu viésem o s qu e caracterizar sin téticam en te qu é es el “Esp íritu” para
H egel, podríam os decir para aproxim arnos que es la Humanidad en cu anto
transm isora de la Cultura. H u m anidad y C ultura c o n m ayúscula, pues son
entendidas com o la totalidad de las generaciones hum anas y en la m edida en
que son portadoras de la cultura entendida com o un todo. La cu ltura no sólo
en el saber, sino e n la m odelación o cu ltivo que im plica en los hom bres, que
la transm iten con sus m ism as existencias, en tanto cultura vivida. Para expre­
sar toda esta significación en alem án, nos vem os obligados a utilizar dos e x ­
presio nes: “Kultur”, que es lo que no rm alm ente entendem os p o rcu ltu ra , y
“Bíldung”, que se puede traducir co m o “form ación”.
Pero esta equiparación por sí sola se presea a equívocos. Es sólo una form a
deaproxim arse y necesita de ulteriores precisiones. El vocablo “Esp íritu” tal
co m o lo usa Hegel su ena hoy extraño y ofrece ulteriores co nno tacio nes:
a) Sin duda se trata de una palabra que tiene fuertes rem in iscen cias reli­
g io s a s 5. En sus L eccion es de F ilo so jía d e la R eligión , Hegel - n o só lo él, pues se
trataba de un d iálogo so stenid o co n su g en eración , en tre e llo s Sch e llin g y
H ó ld erlin - divide la historia, desde el punto de vista religioso, e n tres etapas:
la del Padre, la del H ijo y la del Espíritu San to [cfr. LFH U 4 5 ). E n la prim era,
la del P adre, Dios es esa autocon ciencia absoluta “totalm ente O tro ", infinita­
m ente distinta, tal co m o aparece para el pueblo ju d ío . En la era del Hijo J e s u ­
cristo es, según H eg el, el prim er ho m bre que tiene la co n cie n cia de sí co m o
unidad de lo finito y lo infinito. La B uena N ueva que trae es fu nd am ental­
m ente ésta: en un h om bre co incid en hum anidad y divinidad. Así interpreta
Hegel la E ncarnación . Pero lo que co m enzó co n un hom bre está destinado a
volverse realidad para todos los h o m bres. Ésta es la é p o ca del E spíritu. El
“R eino de D io s”, el que viene co n la edad del Esp íritu, es aquí una idea de co ­
m unidad secularizada6, que retom a, de un m odo nu evo, el valor del co sm o ­
p olitism o, pero en un sentido m ás totalizador, no sólo político, sin o tam bién
religioso7.
b ) Pero tam bién tiene este co n cep to co n n o tacio n es p olíticas, acentuadas
p or la situ ación co y u n tu ral. A lem ania, en los inicios del 1 8 0 0 , se encu entra
dividida en una m ultiplicidad de reinos, que a su vez se distinguen co nfesio ­
n alm en te. R ecordem os que es allí donde ha o cu rrid o la R eform a de Lutero.
La m ayoría de las dem ás naciones de Europa, co m o F ran cia, E sp aña, Ingla­
terra o R usia, gozan de sólida unidad p o lítica. La inv asión nap o leó n ica
vuelve aprem iante para la intelectualidad alemana este problema de la unidad
política alemana. Preocupación fundam ental de Hegel y de su generación es la

5 Todavía se d iscute cuál es la posición religiosa de Hegel. De cualquier m odo es m uy difícil soste­
ner, en mi o p in ió n , que Hegel acepte la existencia de u n Dios trascendente.
"C fr. especialm ente Encic/opcdiíi, §§ 5 6 6 -5 7 1 . El tem a está am pliam ente d esarrolladoen M .Bor-
guesi, L’eíáiíüospiritoín Hegel, Rom a, Edizfcm iStudium, 1995 .
7 H egel, en consonancia con la Ilustración alem ana, y a diferencia de la francesa, intenta una c o n ­
ciliación con la conciencia religiosa cristiana. La valo riza com o una aproxim ación a la verdad, pero
a su vez la absorbe bajo la filosofía. El concepto, con el que trabaja la filosofía, es superior epistem o­
lógicam ente a la representación, que mezcla ideas e im ágenes, y en la que se basa la religión. El c o n ­
cepto es su verdad más pro funda, porque está m ás cerca de la com prensión racional acabada, entre
otros motivos. La filosofía n o es más ancíllae teologhiae, esclava de la teología, sino al revés.
de un trabajo cultural (p o r lo tanto no reducido a la acción m eram ente p o lí­
tica) , que perm ita realizar una integració n de fondo8. T am bién aquí es rele­
van te el asp ecto religioso del co n cep to de esp íritu , en la m edida en que la
co nciliació n interna alem ana depende en ese m om ento tam bién de una co n ­
ciliació n entre distintas co n cep cio n es del cristianism o.
C o n lo dicho vem os có m o el co n cep to de “Esp íritu” es un co n cep to com -
p lejo . Convergen en él varias connotaciones.
Si tenem os en cuenta las connotaciones políticas, se com prende m ejor por
qué la libertad en su aspecto político recibe en Hegel un estatus prioritario.
Pasam os ahora al p rin cip io de m o vim iento de la histo ria la libertad
C om prender el concep to y la dinám ica de la libertad es en el fondo co m pren­
der el Plan de la Providencia.

El principio-guía de la historia: la libertad

H egel considera a la libertad com o la determ inación [Bestimmung] funda­


m ental del Espíritu. La lib ertad , de acuerdo con una de las form ulaciones de­
finitivas de Hegel y en su sentido más am p lio , es el espíritu “bei sich selbst”, el
espíritu que está (o reside) en sí m ism o:

La m ateria tiene su sustancia fuera de sí. El espíritu, p or el contrario, reside


en sí m ism o (Bei-sich-selbst-Sein) ; y esto justam ente es la libertad. Pues, si soy
d ependiente, me refiero a otra co s a , que no soy y o , y no puedo existir sin esa
cosa extern a. Soy libre cu an d o estoy en mí m ism o. ( LFHU 4 2 .)

Esta lib ertad se da tanto a nivel teórico co m o p ráctico . La lib ertad , en


estos diversos aspectos, es algo que “está sien d o ”, com o lo muestra la histo ­
ria, y no es un resultado aún definitivo. La libertad es el principio del Espíritu,

8Es otro italiano quien desarrolla este tema, con una amplia d ocum entación sobre el con texto his-
tó rico-político de la posiciónde Hegel. Cír. D. Losurdo, Hegel e la lib e rta d a moderni, Roma, Editori
Riuniti, 1 9 9 2 . La tesis principal de este extenso libro de Losurdo esque Hegel intenta disociar los
ideales de la Revolución Francesa de Francia de la invasión napoleónica, que a los ojos del pueblo
alemán habían quedado estrecham ente vinculados. Esta situación era aprovechada por los conser­
vadores, que alu diana la invasión para rechazar dichos ideales. Hegel, entre otros de su generación,
em prende una batalla cultural al respecto.
tanto a nivel personal com o co m u nitario , y es la que dicta el m otivo del des­
arrollo de éste. La meta es el espíritu, en am bos sentidos, que es libre y se sabe
libre. Es im portante según Hegel que este proceso sea llevado a la au to con -
cien cia, es decir, que los ho m bres se den cu enta de que son los artífices de lo
que parece obra ajena, de ahi el sentido de la frase famosa:

La historia universal es el progreso en la conciencia de la libertad. [LFH U 48.1

Veamos su cintam ente el co n cep to de libertad en sus diversos aspectos:

a) A nivel teórico se es libre en la medida en que lo s co n cep to s de las cosas


no están dados po r una entidad trascen d en te, sin o que es el m ism o esp íritu ,
es decir las generaciones de las que h ab lábam o s, las que los estab lecen y los
van m odificando sobre lo establecido por las anteriores, y asi sucesivam ente.
De este m o d o , los co n c ep to s de las co sas resultan accesib les a la razón h u ­
mana . Pero este aspecto teórico no se reduce a una actividad m eram ente co n ­
tem plativa, pues seg ún H egel, co m o verem o s m ás adelante al h ab lar del
concep to de “historicidad” habitam os un m undo forjado por el h om bre; con
su acción va plasm ando la m ateria que le proporciona la naturaleza:

La h istoria del espíritu es su acció n , pues el espíritu no es m ás que lo que


hace, y su acción es hacerse en cu an to espíritu objeto de su conciencia, apre­
henderse a sí m ism o explicitándose. Este aprehenderse es su ser y su princi­
pio, y su con su m ació n es al m ism o tiem po su enajenación y el paso a otra
con cep ción . [P rincipios de la F ilosofía del D erech o § 3 4 3 . |

Tanto los acontecim ien tos co m o las institucion es de un pueblo son parte
de esta “e x p licita ció n ”. E l Esp íritu só lo se co n o ce en sus ex p licitacio n e s,
co m o el artista sólo se co n o ce en su obra. Al verla observa sus lim itaciones y
reelabora otra idea, a la que dará realización. Y así transcurre la dinám ica su b­
yacente a la historia.
b) A n iv el m oral, las no rm as tam p o co están dadas por un ser tra sce n ­
dente, sino que tienen en su form ación la mism a dinám ica; de aquí que Hegel
dé prioridad a lo que llam a “eticid ad ”, co n resp ecto a la m o ralid ad , la cu al
queda reservada al ám bito del asentim iento subjetivo a las norm as heredadas
y la capacidad de transform arlas.
c) A unqu e esta n o ció n se e n cu en tra en las L FH U , éstas en su desarrollo
tom an un asp ecto de la lib ertad , la lib ertad p olític a . A quí Hegel sigue de
cerca la n o ció n clásica de la libertad po lítica (EN C agregado al § 5 3 9 ): la p o ­
sibilid a d qu e tienen todos los m iem b ro s d e u na com u n id ad de p a r tic ip a r e n el g o ­
bie r n o d e la com u n idad d é l a qu e fo r m a n parte, d a d o qu e son con sid era d os com o
seres au toconcientes, es decir, hom bres, y p o r lo tanto libres e iguales. Esta libertad
p o lítica se co n creta en lo qu e hoy co in cid e aproxim adam en te co n el “d ere­
ch o p ú b lico ”, cuyo órgano es el Estado. Su co n cep to se encu entra expuesto
y desarrollado en lo s P rincipios d e ¡a F ilo so fía d el D erech o [en adelante P F D ].
Las LFH U versan sobre el desarrollo en la historia este aspecto de la lib erta d
y en este sen tid o se en cu en tran en continuidad con los PFD. Hegel induda­
ble m e n te pone el acento en la libertad co m o p articip ació n en el g ob iern o y
n o en la libertad co m o esp acio de posibilidades individuales. En esto c o n ti­
nú a la lín e a rou sso niana. D e este sen tid o p o lític o co n v ien e h acer algunas
o bservaciones.
Po r em pezar, este asp ecto p o lítico pretende rescatar un ideal cercan o al
tercero de la Revolución Francesa, lafr a te r n id a d , que para Hegel, con varian­
tes, resulta ser uno de los m áxim o s valores de realización hum ana. Ese ideal
es com partido por m u cho s de su g eneración. Pensem os por ejem plo en el úl­
tim o m ovim iento de la N ovena Sinfonía de Beethoven, cuyo texto es una oda
d e S c h ille ry que hoy esel him no de la U nión Europea.
La realización del hom bre no está en el m ero bienestar, o el desarrollo in ­
dividual de su s cap acid ad es p sico físicas. A quí el filósofo adm ira el ideal
( “id ealizad o ” quizá) de la polis griega: el h o m bre se realiza en la m edida en
que la com u nidad a la que pertenece se realiza, Estado. Es m ás, se trata de un
ideal superior al de la m era realización individual y por el cual puede llegara
ser razonable sacrificar la propia vida. La libertad individual es una quim era
sin la realización de la lib ertad política, p orqu e de hecho se term ina dep en ­
diendo de otra cosa, generalm ente ilusoria. La m ás com ún de las ilusiones es
la d ep en d en cia de un m ás allá co m o so lu ció n futura a las co n trad iccio n e s
presentes. E s en la realización de la libertad política que se puede em pezara
vivir no m ás dividido, u n ificado a todo nivel.
Hegel categoriza a los individuos co m o los "m edios" [Mittel] del Espíritu
para llegara la libertad. Desde el punto de vista de la historia universal, hay bá­
sicam ente dos tipos de individuos. Por un lado, el de gente en su mayoría, que
con su acción lleva adelante día a día la cu ltura vivida y que encarnan un cierto
tipo de mentalidad. Esta categon'a es denominada en las L F H U “lo s individuos
com o conservadores”. Tam bién con sus intereses y sus pasiones. Los hombres
en general presentan un derecho que vale la pena destacaren Hegel en relación
con ciertas interpretaciones reductivasque se han hecho de su pensam iento:

L o s h o m b r e s e x ig e n q u e , si h a n d e la b o r a r p o r u n a c a u s a , é s t a le s a g r a d e ;
q u ie r e n e s ta r e n e lla c o n su o p in ió n y c o n v ic c i ó n d e la b o n d a d d e la c o s a , d e
s u le g itim id a d , d e s u u ti lid a d , d e la v e n ta ja q u e r e p r e s e n t a p a r a e llo s , e tc .
(L F H U 6 5 .)

D e la co n ju n ción entre interés singular y general depende el progreso de


un Estado: “U n Estad o estará bien co n stitu id o y será fu erte en sí m ism o
cu an d o el interés p rivado de los ciu dadanos esté un ido a su fin general y el
uno encu entre en el otro su satisfacción y realización”. (LFH U 6 8 .)
La otra categoría la constituyen los g ran des hom bres de la historia. Todavía
hoy se lanzan co le ccio n e s de libros que llevan títulos con expresiones pare­
cid as. Estos individuos intuyen el sig nificado del m o m en to que se está vi­
viendo y el paso - l a t e n t e - que se puede realizar. So n h o m b res p rácticos
(L F H U 7 7 ). A gotan la vida en la realización de lo que in tu y en , y term ina
sien do p o r lo general una vida triste, en nada digna de envidia. C o m o e je m -
p lo sd a Hegel a A lejandro Magno y a Ju lio César, entre, otros.
D os ejem plos pueden dar una idea de la relación que hay entre el Espíritu
y "los grandes individuos”. El prim ero es el caso de C olón:

E l e s p ír itu c a b a lle r e s c o d e lo s h e r o ic o s n a u t a s p o r t u g u e s e s y e s p a ñ o le s , el
c u a l [n o te m o s e l s u je to ] e n c o n tr ó u n n u e v o c a m in o h a c ia la s I n d ia s O r i e n ta ­
le s y d e s c u b r ió A m é r ic a .

Es luego de esta cita que se m enciona a C olón. 1.os m otivos de este ú ltim o ,
según Hegel, eran otros:
Lil fin de C olón era particularm ente un fin religioso; su designio era em plear en
una nueva cru zad a los tesoros d élos ricos países de las Indias, que estaban aún por
descubrir, y con vertir a sus habitantes paganos al cristianism o. El hom bre averiguó
que la tierra es redonda, o sea, algo cerrad o para él; y la navegación se encontró faci­
litada p o r el m edio técn ico de la aguja im antada, recién descubierto, co n el cual
aquélla dejó de ser m era navegación costera. (L F H U 3 5 2 .)

Y es m u y interesante lo que dice a co ntinu ación : “lo técnico se descubre,


cu an d o surge la n ecesidad de ello ”. Es decir: Hegel invierte el orden causal
que presentan habitualm ente lo s relatos de los historiadores.
O tro ejem p lo que m uestra el m odo de razonar hegeliano ese i caso de Lu-
tero y la Reform a y que no s perm ite co m parar d irectam ente con la d escrip­
ció n de H erder que hem os citado en el capítulo correspondiente:

La cau sa p róxim a de la R eform a es harto conocida. Fue el im púdico e igno­


m inioso tráfico de las indulgencias y la costu m bre de expiar el mal y el pe­
cado co n dinero. Pero, en sum a, la ocasión es indiferente; cuando una cosa es
n ecesaria en sí y p o r sí y el espíritu h a llegado a su plenitud, lo m ism o da que
aparezca de este o de aquel m o d o . U n acontecim iento semejante no se halla
tam p oco vinculado con un individuo, com o aquí, por ejemplo, Lutero, sino
que los grandes individuos son engendrados p or los tiem pos mismos,
(L F H U 3 5 8 .)

La mentalidad de un pueblo y sus indicadores

El E sp íritu se configura h istó ricam en te en su desarrollo en térm in o de


pueblos, más precisam ente en los espíritus de cada pueblo [\feifegcisí]. Las ge­
n eracio nes hum anas son g eneraciones que se configuran en pueblos. Cada
uno de estos pueblos realiza sucesivam ente un apot te en el desarrollo.

Hay que considerar el espíritu de un pueblo com o el desarrollo delprincipio


que está encubierto en la forma de un oscuro impulso, que se expansiona y
tiende a hacerse objetivo. Este espíritu del pueblo es un espíritu determinado,
un todo concreto, que debe ser conocido en su determinación. (LFHU 5 0 .)
Podem os en ten d er hoy este “p rin cip io" co n el térm in o “m entalidad".
H egel tom a aquí de autores com o M ontesquieu aspectos del m étodo so cio ­
lógico (y recordem os que su o bra princip al se titu la El espíritu de las leyes).
Existe una determ inada m entalidad en un pueblo, que im pregna el fondo de
todas su s m anifestacio nes cu ltu rales, a las que Hegel d enom ina “esferas”
[S pherenj. Estas esferas funcionan para el filósofo y el historiador a m odos de
“in dicadores”de esta m entalidad.
B la s son el tipo de Estado, el tipo de educación, la religión, el arte, la ciencia, la
industriay la constitución estatal. De este m odo Hegel, en varios pasajes, habla
de lo típico de los ingleses, los españoles, los norteam ericanos. La u bicación
y características geográficas, com o en Herder, j uegan u n papel im portante, y
Hegel le dedica todo un apartado.
Ahora bien : dicho “m étodo so cio ló g ico ” se co m b in a e n el p ensam iento
hegeliano co n la teoría de la libertad expuesta a grandes rasgos anterior­
m ente. El aporte de este principio de cada pueblo es significativo p a r a la his­
to ria u niversal en la m edida en que co n trib u y e al progreso de la libertad
política. C om o se trata aquí de libertad p o lítica, Hegel no duda en escrib ir
tanto en los PFD com o en la Enciclopedia y que aparece tam bién en las LFH U :

Ese pueblo es el pueblo dominante ¡h e m c h e n d e] en la historia universal en esa


época determ inada, y sólo p u ed e h a c er é p o c a una vez en la historia. Frente a ese
absoluto derecho suyo que le otorga el serrepresentante del estadio actual del
desarrollo del espíritu universal, los espíritus de los otros pueblos carecen de
derecho y, al igual que aquellos cuya época ya pasó, no cuentan m ás en la his­
toria universal. {§ 3 4 7 PFD9.)

Aqui la expresión “derecho” no se refiere al derecho internacional. Se refiere


al principio espiritual que se está aportando. Sin em bargo lasexpresio nesno
dejan p o reso de ser, com o m ínim o, tristes. Y frente a los acontecim ientos que
estamos viviendo gene ran una mezcla de una especie de realismo y de rechazo,
A este conjunto de esferas Hegel lo denom ina el “material ¡M aterial] de la
realización”, porque son las configuraciones concretas del realizarse progre­
sivo de la libertad. La configuración fundam ental para Hegel, entre todas las
enum eradas, es el Estado.

9 Cfr. tam bién E N C 1 55 0 .


El concepto de Estado

Hegel se preocupa por m ostrar un concep to am plío de Estado. No se trata


de un se cto r particular,

.. .el Estado no es una abstracción que se oponga a los ciudadanos, sino que
éstos son elementos, en los cuales, como en la vida orgánica, ningün miem­
bro es fin ni medio (LFHl/89),.. Llamamos Estado al individuo espi ritual, al
pueblo, en cuanto está en sí articulado, en cuanto es un todo orgánico. Esta
denominación se halla expuesta a la ambigüedad, porque con las palabras
Estado y derecho del Estado, designamos habitualmente sólo el sector polí­
tico, adiferencia de la religión, la cienciay darte. Pero aquí se tomaelEstado
en sentido más amplio, tal como usamos la expresión de “reino”, cuando de­
signamos la manifestación de lo espiritual. (LFHU 91.)

El E síad o es la exp resión ju ríd ica d é la vida de u n pueblo y “el o b je to in ­


m ediato de la historia un iversal” (LFH U 9 1 ).
Estas ideas hegelianas harán tradición. Y tam bién lo harán las objeciones.
U na de ellas es que el d estin o del h om bre individual parece quedar d i­
luido en la realización futura de su co m u nid ad . Para quien ha abnegado su
vida, H egel parece o frecerle sólo la m em oria de la p o ste rid a d -q u e a decir
v e rd a d -e s bastante olvidadiza.
O tra o b je ció n es que el planteo hegeliano co lo ca un acento muy fuerte en
el Estado, expresión ju ríd ica de la co m u n id ad . La intro d u cció n de los P F D ,
en donde se e xp onen los fu ndam entos del estado dice que “lo d o lo racional
¡vernünftig} es real [wirklich] y todo lo real es racio n al". La frase es fam osa y
provocativa. Trae in m ed iatam en te un p roblem a de interpretación, p orque
nuest ro sentid o co m ú n n o lo p u ed e aceptar así nom ás. En tre otras pregun­
tas: ¿habla del Estado que tenem os frente a nu estros ojos? Lo consideram os
no siem pre m uy racional, en el m ejor de los casos. ¿Habla de un Estado ideal?
P erfecto, ¿pero h asta qué pu n to es real, hasta q u é p un to no otra quim era
m ás? Se sigue d iscu tiend o el sentid o de la frase todavía hoy. Y los aco n te ci­
m ientos p o líticos de casi dos siglos que m edian entre la filosofía hegeliana y
nu estro presente se han encarg ad o de generar un rechazo por este ideal de
fraternidad y co n m otivo de so b ra, dadas las experiencias vividas de intentos
de establecerlo bajo co acción o m ediante la m arginadón de disidentes.
Estas reflexiones se siguen si consideram os el Estado desde la óptica de la
tradición déla filosofía política. Sin em bargo , en su co n cep to de com u nidad
- d e la cual hem o s d ich o que el Estad o es la ex p resión ju ríd ic o -p o lític a -,
Hegel hace de algún m odo eco de la n o ció n cristiana de com u nidad e clesial.
D icho aspecto consiste en que la com unidad no lo es tan sólo “políticam ente”
sin o tam bién “espiritualm ente”, es decir, que recon ocen la dim ensión co m u ­
nitaria y por tanto la com u nidad concreta co m o esencial para el sí m ism o del
ser individual.
Pero si lo tom am os en este sentido surgen tam bién o bje cio n e s. En la tra­
d ició n cristiana la co m u n id ad es e se n c ia l, p ero aco m p añ a al ho m bre en su
cam ino a un destino trascendente a esta vida. En segundo lugar, si la co m u ­
nidad espiritual tiene su expresión ju ríd ica en el Estado, y a la cual tiene que
subordinarse toda otra realidad espiritual, m ás que libertad lo que el ind iv i­
duo puede llegar a exp erim en tar es una gran o presión. Sería el caso inverso
de un a teocracia, pero co n un resultado peor, p orqu e ni siqu iera hab ría un
m ás allá que no s co n su e le .
E stas o bjecion es tienen fuerza. Pero n o estarían dirigidas a la filosofía de
H egel si no tuviesen e n cu enta las observaciones siguientes.
E n prim er lugar, que la idea que su byace a la filosofía hegeliana es que la
realización m eram ente individual (es d ecir individualista) no sólo es insufi­
ciente, sino im posible; el hom bre queda de hech o en la insatisfacción. Es una
filosofía crítica del individualism o.
En segundo lugar, hay que señalar que para Hegel toda libertad referente al
d e r e ch o político qu e no s e con creta en n orm a ju r íd ic a es ilu soria. Éste es otro de
los m otivos por los cuales el centro de su discusión está en el co ncep to de E s­
tado. Por eso señala que “en el Estado alcanza la libertad su objetividad y vive
en el goce de esa objetividad". (LFH U 9 1 ), y por ello es “el objeto inm ediato de
la histo ria u n iversal” (L F H U 9 1 , el su brayado es m ío [M .S.J. Así Hegel se
opone a toda la línea de pensam iento que asocia la libertad co n algún estado
de naturaleza.
En tercer lugar, una de las ideas fundamentales de las L FH U es la siguiente:
que las co nqu istas e n térm in os de d erech o p o lítico son co lectiv as y rara­
m ente se ha logrado u n recon ocim iento ju ríd ico al individuo que se m ueve
por una causa en form a solitaria.
P or e je m p lo , d ich as co n q u istas p re su p o n e n p aso s d ados a n te rio r­
m ente . U n reclam o en el siglo vi a. C. po r la abo lición de la esclavitud resul­
taría para Hegel un ep iso d io aislado sin co n secu e n cias. Y por ello m ism o,
un ju ic io m o ral neg ativ o so b re la ép o ca co n valores é n eo s actu a le s, sería
an acró n ico .

3. La narración filosófica

U na vez presentado el m arco teó rico , H egel exp one la historia desde el
pun to de la filosofía. Aquí se m uestran articulados y ejem p lificados los co n ­
ceptos expuestos en la prim era parte. La narración m uestra que el ideal n o es
una m era declam ación de lo que debe ser, sin o que se está realizando.
A grandes rasgos las L F H U (cfr. pp. 1 2 5 - 1 2 6 ) siguen la división trazada
por la filosofía del d erech o e n los § 3 5 4 - 3 5 8 (P F D ), en el m u ndo o riental,
griego, rom ano y germ ánico:

Los orientales sólo han sabido que uno es libre, y el m undo griego y rom ano
que algunos son libres, y nosotros que todos los hom bres son en sí libres, que
el hom bre es libre c o m o h om bre. [LFH U 49.1

Pero esta d istinció n, qu e sigue el criterio e stricto de la evolución de la li­


bertad política, se ve enriquecida por su bdivisiones de acuerdo con los p u e­
b lo s qu e co n stitu y en cada un o de esos “m u nd os”. Así, por ejem p lo , al
m undo oriental le corresponden C hina, India, Persia, Fenicia, Israel y otros.
E s obvia aquí la conv ergencia de la división política kantiana apenas es­
bozada en Id e a p a r a u na h istoria universal en sen tido cosm opolita, co n la divi­
sió n cu ltu ra l herd erian a de la h isto ria e n té rm in o s de civ ilizacion es. El
interés de este relato es ver có m o Hegel m ism o las selecciona y configura de
acu erd o co n la idea de lib ertad . Ésta es e x am in ad a e n cada civ ilización
tanto desde el p unto de vista del grado de autodeterm inación de un pueblo
co m o de las personas. A m odo de e jem p lo, citem o s u n pasaje de la e x p osi­
ció n so b re la Ind ia. El “id ealism o ” qu e en co n tram o s en la India existe

Sin con cep to y sin razón, un idealismo regido por la m era imaginación, sin li­
b ertad , un en su eñ o que tom a su origen y su m aterial de la existencia, pero
que to d o locon vierte en cosa puram ente im aginaria. (LFHU II2 9 4 .)
U n idealism o sem ejante se m uestra incapaz de concretarse en insti tucio -
nes sólidas que breguen por la libertad, y por tanto incapaz de hacer historia.
E n los fenicios se hace un aporte m uy interesante:

En el ánimo audaz del marino se echa de ver el principio, según el cual el


hombre debe confiaren sí mismoy obrar por sí mismo (...) Los babilonios y
los nómadas dependen del suelo (...) El mar es el elemento inconstante,
donde los hombres se ven atenidos a su inteligencia, obligados a estar siem­
pre alertas (...) Éste es un principio totalmente distinto del que consiste en re­
cibirlo todo de la bondadosa naturaleza. Para la industria, la naturaleza cesa
de ser un poder y es tratada explícitamente como algo someiido, como algo a
que el hombre da una forma adecuada a sus fines. (LFHl/II 378.)

La lectura de la narración filosófica hegeliana supone el m arco teórico ex­


puesto anteriorm ente. Pero es la parte m ás atractiva de la obra. En los cursos
u n iversitario s se la deja generalm en te de lado p or el h e ch o de que m u ch as
fu entes histó ricas de las qu e parte so n ya obso letas. Pero esa lim itación no
afecta el valor fundam ental de esta narración. Los breves pasajes citados bas­
tan para dar una idea de la m aestría de Hegel en describir la idiosincrasia d e un
p u eblo articu lad a en referen cia a l principio de la libertad. U na m aestría co m p a­
rable a la que m uestra M ontesquieu en El espíritu de las leyes o Tocqueville en
L a dem ocracia en A m érica.

B. Filosofía e historiografía.

1. Tipos historiográficos

Parte de las leccion es de Hegel estaban dedicadas a la historiografía. Pero


n o sólo por interés crítico y especulativo a fin de u b icare n el co n ju n to la h is­
toria filosófica, sin o tam bién porqu e era un gran lecto r de historia desde su
ju v e n tu d . Hegel realiza a grandes rasgos una caracterización de la histo rio ­
grafía más conocida de su época, en algunos tipos fundam entales [cfr. L FH U
1 51].
1. La historia originaria (ursprüngliche). Considera aquí a H eródoto, Tucí-
dides, pero tam bién a otros no tan antiguos. Estas historias están escritas ge­
n eralm ente p o r testigos p artícip es d irectos de los aco n tecim ien to s que
com parten la mentalidad de la época. Tienen cierta ingenuidad, pero a la vez
son por eso m ism o d o cum entos preciosos para com prender en forma vivaz
las vivencias de lasituación. Y debido a estas características, leerlas da placer.
Aparte de esos grandes historiadores ya citados, es com ú n que estén escritas
por estadistas, co m o el caso de Ju lio C ésar o , co n respecto a la Edad M edia,
por obispos. Valor especial tienen en ellas lo s discursos, que ingenuam ente
dan cuenta de la mentalidad de la época.
2. La historia reflexiva. Hegel subdivide este tip o , y la evaluación de estas
historias es dispar. Son todas reflexivas porque entre el relatory los aco nteci­
m ientos existe una distancia de tiem po y de mentalidad. El historiador gana
e n co m p ren sió n y co n cie n cia de los a co n tecim ien to s al verlos desde una
perspectiva más am plia; pero su relato pierde así vivacidad y capacidad c o ­
m unicativa de la m entalidad, tal com o era vivida en primera persona. No por
ello dejan de ser, en ciertos casos, obras m aestras. Hay distintos tipos de his­
toria reflexiva:
a) La historia gen eral. Abarcan éstas grandes períodos. La característica es
la abreviatura. En una frase de un libro quedan condensados m u chos aco n ­
tecim ientos h istóricos: p ensam ientos, accion es, sufrim ientos, conquistas.
Pero son necesarias para una visión de conjunto, aunque tienden a ser dema­
siado sobrias.
b ) Hegel llama p ragm áticas a las historias reflexivas en las cuales se apunta
a enfatizar los enlaces causales. Y tam bién denom ina así a las que tienen un
fin m oralizante. A m bas son muy criticadas por Hegel. Ellas pretenden sacar
enseñanzas de la historia, calcando esquem as del pasado com o si fuesen di­
rectam ente aplicables a las situaciones presentes. Pero el presente es siem pre
novedoso.
c) El tipo crítico de historia. En realidad no se trata de un m odo de hacer
h isto ria, sino m ás bien lo que hoy denom inaríam os una teoría critica de ella,
muy difundida en ese m o m ento en Alem ania (L F H U 158). Son estos h isto ­
riadores, com o R. Níebuhr, los que reprocharán a la filosofía el ir a la historia
co n apriorism os, y a ellos a los que Hegel les dedicará una am plia respuesta,
co m o verem os más adelante.
d) La historia especial. Se ubican aquí tanto las historias de pueblos determi­
nados com o las del arte, la religión y las historias constitucionales. Son los rela­
tos más cercanos a la historia universal filosófica, porque dan un punto de vista
universal sobre elem entos particulares, y favorecen una visión de conjunto.
La clasificación presentada podría darla im presión deque la historia filo­
sófica es otro tipo m ás. Pero no es así. La tarea de hacer historia lleva por sí sola
a la necesidad de la consideración filosófica. Veamos brevem ente por qué,

2. Las proposiciones de la ciencia histórica

Aquí ya vam os más allá de las LFH U . En ellas más que desarrollado es alu­
dido, al acusar recibo de un reproche que dirigen a la filosofía de la historia
algunos historiadores de su tiempo. Ellos sostienen que la filosofía al abordar
ia historia tergiversa los hech os en fu nción de un esqu em a previo. C om o
hem os visto, la Idea para Hegel no es una im p o sició n a priori sin o que nace
de la consideración de los hech os m ism os y de la naturaleza de lo espiritual.
Incluso Hegel les hace notar lo siguiente:

El historiógrafo corriente, medio, que cree y pretende conducirse receptiva­


mente, entregándose alos meros datos, no es en realidad pasivo en su pensar.
Trae consigo sus categorías y ve a través de ellas lo existente. (LFHU 2 2 ,)

¿En qué consiste esta actividad del historiador, y qué supuestos im plica?
En el agregado del § 5 4 9 de la E n ciclopedia de las Cien cias F ilosóficas (1 8 3 0 )
desarrolla la distinción entre interés subjetivo y objetivo que apenas enuncia
en las LFH U , O bserva que, de h e ch o , de la infinita m u ltip licidad que se
ofrece com o m aterial previo para el relato, el historiador no sólo debe forzo­
sam ente seleccionar, sino que de algún m odo esjustam ente ésa su tarea. Por
lo general, no nos interesan relatos hasta los ínfim os detalles. La cuestión e n ­
tonces se traslada al principio de selecció n .
Para co m p rend er la distinció n entre estos tipos de in terés y có m o fu n­
ciona el interés objetivo com o principio de selección, Hegel plantea la analo­
gía co n la actitud de un ju e z; éste debe ser im parcial co n respecto a los
intereses de las partes, pero debe ser “parcial” con respecto al derecho y la ju s ­
ticia. El historiad or político no debe escrib irla historia obedeciendo a in te­
reses de poder, influencias, etc. Pero sí apun tar al ideal de la historia de un
pueblo que es su constitución en Estado, y éste com o realización de la liber­
tad . La evolución en la libertad p olítica es aquí el princip io de selección. Al
respecto Hegel resulta categórico, pero tiene una gran virtud: dice de acuerdo
co n qué criterio se le ccio n a y está dispuesto a fundam entarlo. No es el caso,
según su parecer, de m u cho s de los historiadores que le reprochan a la filoso­
fía de ir a la histo ria co n co n c ep to s “a p rio ri" (y da e je m p lo s ), C uando uno
analiza sus relato s, su pon en m u chas cosas a p riorí y sin fundam entar.
In clu so sostiene H egel que ese princip io de selecció n corresponde al in ­
terés genuino del lector cu and o lee historia:

“Cuando tenemos ante la vista la lucha de los griegos contra los persas o el
duro dominio de Alejandro, nos damos muy bien cuenta de lo que nos inte­
resa, que es ver a los griegos libres de la barbarie. Nos interesamos por la con­
servación del Estado ateniense (...) Figurémonos que Alejandro fracasase en
su empresa. (...) no nos sentiriamossatisfechos. Tenemos en ello un interés
material, objetivo. La razón... se propone fines que interesan esencialmente
al espíritu, al ánimo, y que ya en la lectura nos mueven a la tristeza, la admi­
ración o la alegría”. ILFHU24.]

Al carácter inevitable del p rincipio d e selección se le sum a el tipo de estru c­


tu ra que tiene el relato , esen cialm en te teleoló gica. Podrá escribirse otra es­
tructu ra; pero co m o m ín im o, la narración resultará muy aburrida:

Una historia sin finalidad alguna y sin juicios de esta clase sería solamente un
desahogo tonto de la representación, y no alcanzaría siquiera la categoría de
cuento infantil, pues incluso los niños piden que los cuentos tengan un inte­
rés, es decir, un fin establecido que se pueda al menos sospechar, y que los
acontecimientos y acciones guarden relación con ese fin. (ENC §549n.)

T anto la fu n d am en tació n del p rincip io de selecció n co m o la estru ctura


n ecesitan de la reflexión filosófica.
Ahora bien , si el filósofo n o va con un m ero a priori a la historia, pero tam ­
poco, co m o el historiador, es pasivo en su pensar: ¿qué relación hay entre sus
categorías y la realidad histórica? Q ue significa preguntar: en el ám bito de la
filosofía de la h is to ria , ¿en qu é co nsiste el pu nto de vista del llam ad o “idea­
lism o absolu to ”?
H em os visto también la dinám ica del espíritu en la cita anterior de las PFD.
Si la autoconciencia es un m om ento esencial tanto com o la realización obj etiva
en institucion es, y las diversas obras: ¿cóm o es m ás exactam ente la relación
entre este tom ar conciencia y las realizaciones objetivas, entre las cuales está el
Estado?
Pero esto no s sugiere otra observación. Ya co n lo s ejem p los de C olón y de
Lutero podem os constatar que la historia parece ser m ás am plia que la h isto­
ria política. ¿C óm o p odem os caracterizar la historia en su total amplitud?
Son estas “fisuras” que surgen en la exposición de las LFHU las que lleva­
ron en los estudios de Hegel a otras investigaciones recientes, y que podem os
a rticu la ren la n ecesidad de p o n e r co m o base de su filosofía de la h isto ria el
co ncep to de h istoricidad, com o verem os pronto.

Hacia una concepción más amplia de la consideración


filosófica: Hegel II

A. Historia e historicidad

Las L FH U , al m enos tal com o están publicadas, n o son una exposición de


carácter especulativo. C o n cep tos fundam entales co m o el de espíritu , lib er­
tad, Estado, no encu entran en ella una exposición filosófica acabada. Ésta no
es una o b serv ació n ex tern a: el m ism o Hegel rem ite a o tros tratados para la
co m prensió n de los co n cep to s fundam entales y aquí parte d irectam ente de
los resultados. D e h e ch o , co m o hab rá observado el lector, tuvim os que pro­
ceder así para explicarlos, Veamos qué im plicaciones tiene esto con u n e jem ­
plo clave: el co n cep to m ism o de historia:

No necesito decir lo que es historia, ni lo que es historia universal. La repre­


sentación general es suficiente y sobre poco más o menos concordamos con
ella. Pero lo que puede sorprender, ya en el título de estas lecciones, y lo que
ha de parecer necesitado de explicación, o más bien de justificación, es que el
objeto de nuestro estudio sea una filosofía de la historia universal y que pre­
tendamos tratar filosóficamente la historia (Discurso inaugura! de las lecciones
del 8 de noviembre de 1830).

Q uien ha tenido contacto co n las obras escritas de H egel, puede n o tar que
éste no es el m étodo hegeliano típ ico 10. E n este te x to , que es un discurso aca­

10Retomo aquí, en forma reelaborada, algunas de las sugerencias de WalterJaeschke en los trabajos
citados en la Bibliografía (véase).
dém ico y que forma parte de la edición de las lecciones, Hegel da por descon­
tado el significado del co n cep to , se lo entrega a la representación popular, y
pasa luego directam ente a m ostrar el motivo del tratam iento filosófico. No es
propio de Hegel abordaras! los concep tos, es decir, separando la exposición
del conten ido, por un lado, de la exp osició n del m étod o filosófico por el o tro .
C o n o tros co n cep to s (el ser en la C ien cia de la L óg ica, el esto en la F EN , para
citar dos de los co n cep to s co n o cid o s de H egel) es ju stam e n te la pregunta
“qué e s”, lo que pone en crisis la rep resentación habitu al de ellos y da lugar,
desde el vam os, desde la m ism a pregunta, al tratam iento filosófico. Algo si­
m ilar ocurría en lo s diálogos platónicos, por eje m p lo , cuando Sócrates en La
R epública pregunta a Trasím aco qué es la ju sticia.
Pero la gran pregunta es: ¿qué es la historia?. Y en las LFHU hay que su po ­
n er la respuesta m ás que encontrarla. E s obvio que el filósofo no podía pro­
ceder especulativam ente en un discurso inaugural. Pero entonces no tenem os
qu e p e r d e r de vista esta ob serv a c ió n , esto es, qu e se trata de un d iscu rso , y no
considerar que, porque esté publicado bajo la forma de libro, seria lo m ism o
que si H egel h u b iese escrito so bre filosofía de la h istoria. De h e ch o , p or los
testim on ios que se conservan I legel estaba preocu pado en sus últim os años
por retom ar toda la parte intro d u cto ria.
Si al no encontrar una form ulación del co n cep to de historia en las LFHU,
recurrim os para entender qué es la historia a las obras por él publicadas, nos
enco ntram os co n escasas y herm éticas alusiones co m o las del capítulo final
de la F EN , “El Sab er A bso lu to ”. En ellas la historia es un co n cep to m ás bien
“recapitulad o r”, el exp licitarse de un itinerario recorrid o, y es definida con
expresiones com o las siguientes:

F.l movimiento consistente en hacer brotar la forma de su saber de sí es el tra-


bajo que el espíritu lleva a cabo como historio real. (FEN 469.)

o b le n

El devenir que sabe, el de venir que se mediatiza a sí mismo, el espíritu enaje­


nado en el liempo. (FEN 472.)

No resulta difícil entender por qué las lecciones fueron más populares que
estas nociones de la FEN. Pero estas escuetas definiciones de historia de la FEN
no dicen algo muy dístint o que el § 3 5 3 de las PFD citado anteriorm ente, Estas
definiciones nos perm iten ir más allá de la historia considerada com o conjunto
de hech os para pasara lo histórico co m o dim ensión esencial y exclusiva de lo
espiritual m ism o, esto es, el concep to de historicidad \Geschích-dichkeii]

Historicidad

E n las LFH U se habla de la historia universal y no de la historia a secas. Sin


em bargo el prob lem a de m étodo que veíam os an tes perm anece. Tam bién
aquí se trata de una rep resentación h abitu al (todavía hoy vigente: se siguen
escribiendo libros de la historia universal). C om o sucedía hasta hace algunos
años, la “historias universales” tom aban por lo general co m o eje a la historia
p o lítica11.
Sin em b arg o, la histo ria para Hegel excede el ám b ito de la histo ria “u n i­
versal”, aun que este adjetivo pareciera ser lo más am plio p osib le. C onviene
h ablar m ás bien de “histo ricid ad ”. Para el filósofo la h istoricidad es la caracte­
rística de lo espiritual m ism o 12. Lo espiritual es e sen cialm en te h istó rico.
C on viene citar in exten so un párrafo hacia el final de las L eccion es de H istoria
de la F ilo so fía’ 3, que expone co n m ucha claridad esta n o ció n , n o s aclara aún
m ás la no ció n de espíritu y nos “co n ecta” co n un filósofo al que ya dedicam os
un capítulo:

A primera vista, estas hazañas del pensamiento [se refiere Hegel a las teorías
filosóficas anterioresi, en cuanto históricas, parecen pertenecer al pasado y
hallarse más allá de nuestra realidad presente, Pero, bien mirada la cosa, se ve
que lo que nosot ros somos, lo somos, al mismo tiempo, históricamente Iges-
chichtlích] [.,, 1. La razón concierne de sí misma que hoy consideramos como
patrimonio nuestro y que forma parte del mundo actual no ha surgido de im­

11 De h ech o, en la exposición sistem ática que constituye la E nciclopedia d e las Ciencias Filosóficas
(publicada en vida por Hegel, en adelante ENC), los parágrafos correspondientes a la historia uni­
versal (§ 5 4 8 -5 52) se encuentran en la sección del “espíritu objetivo” dentro de la parte “El Estado”
( § 5 3 5 -5 5 2 ). Esto confirm aría que la historia universal es historia fundam entalm ente política,
12 La necesidad de basar la filosofía de la historia de Hegel en el concepto de historicidad la plantea
- d e acuerdo con m isco n ocim ien to s-W .ja esch k e.V éa seJa esch k e (1 9 9 5 ).
15Nótese que no hablam os aquí de las lecciones d e filoso fía de la historia sino de historia de lafilo sqfia ,
que igual resultan pertinentes al caso .
proviso, en forma directa, como si brotase por sí sola del suelo del presente,
sino que es también, esencialmente {wesentlich], una herencia y, más en con­
creto, el resultado del trabajo de todas las anteriores generacionesdel linaje
humano. [...] las artes de la vida externa, la gran masa de recursos y aptitu­
des , de instituciones y hábitos de la convivencia social y la vida política son el
resultado de las reflexiones, de la inventiva, de las necesidades y de la pena,
del ingenio, la voluntad y la creación de la historia anterior a nuestro tiempo.
Lo que hoy somos 1... ] lo debemos también a la tradición, la cual se deslizaa
través de todo lo que es perecedero y, por tanto, pasado, como una cadena sa­
grada, según la frase de Herder f... ]
Pero esta tradición no es solamente una buena ama de casa que se dedique a
guardar fielmente lo recibido para transmitirlo íntegramente a los herederos.
I...]
El contenido de esta tradición es lo que ha creado el mundo espiritual. El espí­
ritu universal no se está quieto; y es este espíritu universal lo que nos interesa
examinar aquí. Puede ocurrir que en una nación cualquiera permanezcan es­
tacionarios la cultura, el arte, la ciencia, el patrimonio espiritual en su conjunto;
tal parece ser, por ejemplo, el caso de los chinos, quienes probablemente se ha­
llen hoy, en todo, como hace dos mil años. Pero el espíritu del mundo no se
hunde nunca en esta quietud indiferente [gleichgültige Ruhcl. Esto reside en
su concepto simple; su vida es acción. Y la acción tiene como premisa una ma­
teria existente sobre la que se proyecta y que no se limita a incrementar, a en­
sanchar con los nuevos materiales que le añade, sino que, esencialmente,
elabora y transforma. Este heredar consiste a la vez en recibir la herencia yen
trabajarla. Pero, al mismo tiempo, esta herencia queda reducida al nivel de
una materia prima que el espíritu se encarga de metamorfosear. Lo recibido
se transforma de este modo y la materia se enriquece a la par que se trans­
forma. ( ...)
Lo que vale tanto como decir que el curso de la historia no nos revela precisa­
mente el devenir de cosas extrañas a nosotros, sino nuestro propio devenir, el de­
venir de nuestra propia ciencia14.

14La cita correspon d e a la trad ucción castellana de Lecciones sobre la historia d e ¡afilosofia, en ires
tomos, M éxico, Fondo de Cultura Económ ica, quinta reim presión en castellano, 1 9 9 5 . Me he per­
m itido algunas m od ificacion esen la traducción de W Roces, aclarando en las variaciones signifi­
cativas el térm ino alem án correspond iente. Incorporé tam bién algunos subrayados del propio
Hegel (en cursiva). La de Roces se trata de una traducción de la segunda ed ición en alem án, de
1842, cuya preparación estuvo a cargo de Karl LudwigM ichelet (cfr. Hegel W erke, Band 18, Frank-
furt a.M. 1 9 7 1 , pág. 2 0 ). Recientem ente, la edición critica de las lecciones de la editorial Félix Mei-
ner confirm a la autenticidad de este texto, el cual reproduce un m anuscrito de Hegel para la
El pasaje es m u y sim ilar al que h em o s visto de H erder, y a él rem ite en
form a explícita. Pero hay acen tos de Hegel m uy significativos:
1) antes que nada el carácter constitutivo de lo heredado históricam ente:
la historia no es algo externo al observador, sino que locon stü u y e;
2) esta h erencia, sin em bargo, no es algo que determ ina a un su jeto abso­
lutam ente pasivo; cada generación, a su vez, la rejorm u la co n su trabajo;
3 ) por ú ltim o , el espíritu universal no es una entidad que se sitúa m ás allá
de estas generaciones, sino que m ás bien es el co n ju n to de ellas en la m edida
que form an p arte, en su labor y en su ser, de esa herencia.
La historicidad es así:
a) tanto el h ech o de estar constitu id o s h istó ricam en te,
b ) co m o la co n cien cia de esto m ism o.
Aún falta precisar: tenem os una historia y reflexionam os sobre esta h isto ­
ria; pero esta reflexión no es m eram ente una constatació n, sino que tam bién
tiene influ encia so bre el ru m b o h istó ric o , y p o r lo tanto n u estro ser. Hay
com o una especie de mutua in fluencia entre “a”y “b ”. Q ueda así más claro el
significado de las definiciones de historia que daba en form a críptica la F en o­
m enología. Y tam bién queda más claro el concep to hegeliano de Espíritu.

B. Las tesis fundamentales: progreso y providencia

En la filosofía hegeliana de la historia confluyen la filoso fía de H erder y la


de Kant. Resulta sim plificador hablar de “síntesis”, pues la convergencia se da
dentro de la im pronta in confundible de Hegel. E n todo caso si no un intento
de reelaborar lo transm itido, tal com o afirma su concepto de historicidad, que
no llegó a elaborarse del todo. Los espacios en blanco del m anuscrito no esta­
ban m eram ente destinados a llenarse con desarrollos y ejem p lificacio n es.
Era un intento que todavía Hegel se enco ntrab a en la fase de exp loració n. Y
eso es lo que m uestran las variaciones de las leccion es a lo largo de los cursos
y la p reocu pación de H egel hacia 1 8 3 1 de volver a la parte teó rica.

in troducción a h s lec c io n es de filoso fía de la historia, fechadoen 1 823. Cfr. Vorksungen üb erd ie Ges-
chichiederP hilosoph íe.E inkU u ng . Oríentalísche PhilüSophie.Hamburg, F élix M einerVerlag, 1 9 9 3 ,
neu herusgegeben von W ak e rja esch k e. Cfr. especialm ente págs. 6 -9 . E s ja e sch k e quien llama la
atención sobre este párrafo.
Resta form ular dos preguntas, que h e m o s planteado a H erder y a K an t, y
que tenernos en la obra de Hegel material cierto y suficiente com o para respon­
derlas: ¿hay progreso para Hegel? A lo ya expuesto, añadim os a modo de res­
puesta directa lo que señala Hegel en los Principios de la Filosofía del D erecho:

Se plantea aquí la cuestión de ¡aperfectibilidad y educación del género humano.


Los que han afirmado esta perfectibilidad han vislumbrado algo de la natu­
raleza del espíritu, que tiene en el "conócete a ti mismo" la ley de su ser, y han
comprendido que al concebir lo que él es, el espíritu se da una forma másele-
vada que la que constituía su ser. (Observación al § 343.)

H ay efectivam en te progreso. Luego, ¿hay providencia para Hegel?

Para aquéllos que han rechazado este pensamiento, es espíritu se ha mantenido


en cambio como una palabra vacia, así como la historia unj uego superficial de
esfuerzos y pasiones casuales, lo que ellos denominan meramente humanos. In­
cluso cuando expresan la creencia en un gobierno superior con las expresiones
“providencia”y “plan providencial”, estas representacionessiguensiendo in­
completas , en la medida en que declaran expresamente que el plan de la provi­
dencia es incognoscible e inconcebible. (Observaciónal §343.)

H ay p rov id en cia ta m b ién . Y m uy peculiar. La providencia se puede c o n o ­


ce r p orqu e es hu m an a, es este trabajo por la lib e r ta d -ta l co m o la en tien d e
H e g e l-e n todas las direcciones, transm itido con sus resultadosde una gene­
ración a otra. E s un plan que trasciende al individuo particular, pero que no
trasciende a la hum anidad en térm in os generacionales.
La pregunta por el m al, en un contexto sem ejante, pierde la fuerza de o b ­
je c ió n (au nque no la gravedad) que tenía en épocas de Herder. La explicación
que Hegel ofrece es la “astucia de la razón”:

La idea universal no se entrega a la oposición y a la lucha, no se expone al peli­


gro; permanece intangible e ilesa, en el fondo, y envía lo particular de la pasión
a que en la lucha reciba los golpes. Se puede llamar a esto ti ardid de la razón (List
der Vernun[t\; la razón hace que las pasiones obren por ella y que aquello me­
diante lo cual la razón ¡lega a la existencia, se pierda y sufra daño. Pues el fenó­
meno tiene una parte nula y otra parte afirmativa. Lo particulares la mayoría de
las veces harto mezquino, frente a lo universal. Los individuos son sacrificados
y abandonados. La idea no paga por sí el tributode la existencia y de la caduci­
dad; págalo con las pasiones de los individuos. (LFHU83/84.)
R etom am osaqu í la co nju nción de la idea de la providencia co n los inten­
tos exp licativo s de finales del siglo xvm de lo s fen ó m en o s en los cu ales una
m u ltip licid ad de intereses egoístas sirve sin saberlo a un interés o b jetiv o
co m ú n . C om o su ced e con otros co n cep to s, co m o h em o s visto, tam p o co es
e n las LFH U d onde encontram os una explicación “té cn ic a ” de la “astucia de
la razón”. Ésta no se encuentra en la exposición de su teología, sino en el apar­
tado “Teleología”, en la secció n “El Q u im ism o ” en la E n ciclopedia de las C ien ­
cias Filosóficas. Allí dice en el § 2 0 9 ;

Esto la saber], que el fin subjetivo en tanto poder lo fuerza) de este proceso en
el que lo objetivóse desgasta por fricción mutua y se supera, se detiene fu era
de ellos [del Mecanismo y del Quimismo] y es lo que en ellos está mantenién­
dose, es la astucia de la razón.

C on sem ejante ex p licación se entiende p o rq u é ha prevalecido la versión


m ás popular de la LFH U sobre el co n cep to de ésta exp u esto e n la Enciclope­
dia. C on viene al m e n o s citar la ex p licació n del trad u ctor al castellan o y c o ­
m entador de la Enciclopedia, R. Valls Plana:

Las propiedades físicasy químicas del objeto exterior se ponen al servicio de


los fines del espíritu y así alcanzan su propio concepto y “libertad” porque su­
peran sus límites propios. Pero el texto añade, para explicar el significado de
la “astucia de la razón”, un cierto desgaste por roce o frotación que parece alu­
dir, bajo esta imagen mecánica, a las fricciones específicamente humanas o
quizás al antagonismo natural entre individuos y estados que Kant incluyó en
la “insociable sociabilidad” de los humanos (...) Lo natural, con sus antagonis­
mos carentes de finalidad inmediata aparente, sería lo que despierta el espí­
ritu. Es más, éste, existiendo de suyo fuera del conflicto natural, vive de él.

La vida esp iritu al surge co m o “ch isp a ” de la fricció n de lo natu ral, que
llega a un lím ite. Análogam ente su cedería así en la vida espiritual co m u n ita­
ria y su lógica propia, fruto de la fricción “natural” entre los individuos. La as­
tucia de la razón es una lógica íntim a que rige la sociedad hum ana.
Hem os visto la inm anencia del concep to de Espíritu al de las generaciones
h umanas. Está lejos de la co ncep ció n de un Dios trascendente que “provee” a
los hombres. Las crípticas definiciones de “historia” de la Fenomenología, co m o
la del § 3 4 3 de lo sP F D , m uestran al co n cep to de historia de la filosofía hege-
liana rad icad o e sen cialm en te en la d in ám ica del espíritu . La m eta fís ica del
p!anesSich-Selbst-Metaphysik,m etafísicadenuestrasobrasydewsotrosmismos
en cu an to g eneraciones. Lo que b u scáb am o s “m ás allá de” está en nosotros,
en la dinám ica de nu estra vida espiritual.
D e una reflexión sobre la historia considerada en el fondo com o co n ju n to
de acaecim ientos externos, tal co m o predom ina en H erdery en Kant, hem os
pasado al co n cep to de historicidad. U n co n cep to que está presente de algún
m odo ya en H erder, pero que Hegel lo colo ca com o dinám ica interna y esen ­
cial de la vida espiritual.
La razón tiene una h isto ria , a diferencia de lo que pensaba la 11ustración.
Éste es un aporte de peso del idealism o alem án, en especial de H e g e l
A ún m ás: en la h isto ria puede h ab er “razó n ”, tal co m o dice el título que
H offm eister puso a la prim era parte de las LFH U : “La razón en la histo ria” (el
subrayado es m ío, M .S.) [Die Vernunfiin der Geschichte]. Hasta allí podem os
conceder.
Pero que la historia sea racional es difícil de aceptar, al m enos en cu anto la
filosofía n o s pretenda revelar su secreto. O bien el m al y las graves lim itacio ­
nes que padece el hom bre tienen una razón de ser que escapa a nuestra co m ­
prensión, y aun recon ocien d o el aporte de estos autores a la form ación de la
sociología co m o disciplina, en lo que co n ciern e al Plan bu scado volvem os al
p un to de partida. O bien , si es tod o es co m p ren sib le, se tratará de una racio ­
nalidad profundam ente irracional. La filosofía posterior del siglo xix e x p lo ­
rará dram áticam ente estas posibilidades, y los aco n tecim ien to s del siglo xx
hablarán m ás qu e la filosofía m ism a.
Bibliografía recom endada

B r a u e r , D a n ie l: "La f ilo s o f ía id e a lis ta d e la h is t o r ia ”, e n Fílosojíade la Historia. Enci­


clopedia Iberoamericana de Filosofía. Trotta, Madrid, 1993.
H egelG. F. W . Enciclopedia de las ciencias filosóficas encompendio, tercera edición de
Hegel, 1830. trad. y notas de Ramón Valls Plana (no incluye los “agregados” [Zu-
satzj), sobre la base de la edición crítica. Enzyklopádie derphilosophischen Wissens-
chaften (1832-45), Band 111,1996, Suhrkamp, Frankfurt a.M.
------------------Lecciones sobre la filosofía de ¡a historia universal, en 2 tomos (1837),
1946, Revista de Occidente Argentina, Buenos Aires. LFHU Es trad. de la ed. Lasson
de 1917. Esta versión fue revisada en su primera parte porJ . Hoffmeister (1955): Vor-
lesungenüberdie Philosophie derWeUgeschichte, Band 1: Die Vernunft inderGeschichte,
1994, Meiner, Hamburg. La ed. de Karl Hegel se encuentra en Vor-lesungen überdie
GeschichtederPhilosophie, (1832-45) 1996, Suhrkamp, Frankfurt a.M. De la versión
en castellano de Gaos existe una reedición en un solo tomo en Editorial Alianza.
----------------- Vorlesungen überdie Philosophie derWeUgeschichte (1822-23), Nachsch-
riftenvonK.G.J. von Griesheim, H.G.Hotho undEC.H.Y von Kehler. Hg.VonK.H.
Ilting, K. Brehmer und ILN. Seelmann, 1996, Meiner, Hamburg.
----------------- Fenomenología del espíritu, (1807) 1966, FCE, México. (Fen)/Phánome-
nologie des Geistes 1996, Suhrkamp, Frankfurt a.M.
------------------Principios de la Filosofía del D erechoo Derecho Natural y Ciencia Política,
(1821)(PFD ) 1975, trad.:J.L.Vermal, Sudamericana, Buenos Aires. /Grundlinien der
Philosophie des Rechts ( 1832-45) 1996, Suhrkamp, Frankfurt a.M.
Ja e sc h k e , Walter: “Die Geschichtlichkeit inder Geschichte”, en HegelJahrbuch 1995,
herausgegeben von A. Arndt, K. Bal y H. Ottmann, Berlin, Akademie Ve rlag, 1 9 9 6 .
------------------Espíritu e historia, 2000, Pont. Univ. Católica de Chile, Santiago.
El “aporte” de Herder en 1 7 7 4 , y sus ideas
(1 7 8 4 -1 7 9 1 )
Martin Sisto1

,..Dejemos de un lado toda la metafísica


y atengámonos a la fisiología y a la experiencia.

...Donde se ejerce arte,


hay sentido de arte que lo ejerce...

H erder escribe dos libros sobre filosofía de la historia. Tam bién u n a filoso­
f í a d e la h istoria d e la h u m an idad (1 7 7 4 ) [en adelante T am bién u na F ilo so fía...,
T F en las citas] e Id ea s p a r a u n a filo s o fía d e la h istoria d e la h u m a n id a d (1 7 8 4 -
1 7 9 1 ) [en adelante ideas]. El segundo es m uy extenso (la ed ición castellana
tiene unas 7 0 0 páginas en letra ch ica), y fue publicado en partes separadas (4
en total). La prim era parte de este cap ítu lo de nu estro m anu al se co n cen tra
en También u n afilosofía, la segunda e n Ideas. Si tenem os en cuenta el volum en
de cada libro, la e x ten sión que le ded icam os a cada un o no es proporcion al.
He dado bastante espacio al prim ero, aun cuando m ás que u n libro es un en ­
sayo. Sin em b arg o, T am bién u n a filo s o fía co n tie n e “germ in alm en te” (ex p re­
sión cara a H erder y a Kant) las ideas que e n la obra posterior se desarrollarán
o corregí rán. Por ot ro lado, aún cuando am bas obras son las más im po rtantes
en lo que co n ciern e a la filosofía de la historia de Herder, en las ex posicio nes
es frecuente en co n trar el desarrollo de su filosofía casi exclusivam en te ce n ­
trado en Ideas. Para proporcionar otra ó p tica, enton ces, no m enos com pleta
en cu anto a los co n c ep to s fu ndam entales, darem os bastan te espacio al e n ­
sayo inicial de H erder sobre el tem a y en la secció n siguiente m arcarem os las
líneas m ás im portantes de su segunda obra.

! Este artículo fue realizado m ediante un subsidio de la Fundación A ntorchas, a la cual agradezco.
En n u estro libro h e m o s dado im p o rtan cia a la filosofía de H erder. Es
que cu an d o uno lee estos escrito s después de h ab er accedido al m eno s in i­
cialm en te a la o bra de K ant y H eg el, co m o le su ced e a la m ayoría de los le c ­
tores, resulta sorp rendente n o tar có m o en la p o sición de Kant está presente
de fo n d o la p o lé m ica co n H erder, y có m o e n la filoso fía de la h isto ria de
Hegel se e n cu en tran co m o in sp iración inn egable varios leit m otiv de la filo­
sofía herderiana.
Tam bién u na f i lo s o f í a ... se p u b lica en form a anónim a, d ebido pro b ab le­
m ente a las fuertes criticas que dirige al gobierno. El subtítulo e s A porte a m u­
c hos a p o r te s del siglo. El “tam b ié n ”, co m o aclarará años d espu és, tiene un
sig n ificad o irón ico y hace referencia a la m u ltitud de ensayos que por esa
é poca se p u b lican siguien do la nueva “m oda" generada por Voltaire: la filo­
sofía de la historia. E l libro es esencialm ente u n a polém ica co ntra la Ilu stra­
ción, en especial contra Voltaire y el d espotism o ilustrado de Federico 11. Pero
la crítica abarca tam bién a Bossu et, H um e, M ontesquieu y m u cho s otros. La
p o sición positiva de H erder está expuesta en form a fragm entaría y co n s ti­
tuye, dicho sin téticam en te, un intento pecu liar de m ostrar que la Providen­
cia de D ios guía el cu rso h istó ric o .
In ten taré sistem atizar las c rític a s a la Ilu stració n (I) y la p o r c ió n c o n s­
tructiva de H erder (11). C om o hem os dicho este opúsculo tiene el estilo de un
ensayo. Sin em bargo no por ello carece de densidad concep tual y de una ín ­
tim a co n e x ió n lógica entre las ideas. Es probable que a m u chos lecto res a c­
tuales de filosofía la lectura de H erder les resulte fatigosa, co m o en su
m om ento le su ced ió a K an t. E fectiv am ente, el estilo herderiano es m uy par­
ticular, co m b in a los co n c ep to s filosó ficos c o n m etáforas y u n p articu lar
vuelo literario. Por ello nu estra labo r será e n to n ce s la de su brayar las ideas
fundam entales presentes y m ostrar su estru ctu ració n lógica. N uestro estilo
será sin duda m ás á rid o , pero e n favor de acentu ar fu ertem ente lo que una
lectura superficial de H erder puede desconocer.

I. No somos el centro

C reo que e l im p acto fu ndam ental en el lecto r de hoy, al h o je ar este e n ­


sayo, es el de d escu b rir dichas h ace m ás de dos siglos, con m u cha frescura,
las críticas a la Ilustración que se escuch aban co m o novedosas en el siglo xx.
H erderse enfrenta a d os vertientes de la Ilustración, no sólo porque n ie­
gan la Providencia, sino porque am bas, para negarla, deform an la ciencia his­
tórica, C onsidera que la vertiente progresista que escrib e la histo ria en
térm inos de increm ento de la virtud y la felicidad colectiva, no es una postura
ingenua, y señala có m o para su teoría deform a las fuentes a disposición, (T F
6 0 ). Rechaza tam bién la visión esc ép tica de Voltaire (T F 6 1 ), que seleccio n a
algunos pasajes co n fu so s de la historia para generalizar un ju ic io so bre ella
en su co n ju n to , y así deform a los m ateriales de que se disponían en su época
(T F 6 2 ). Es im portante notar que la objeción fu n dam en tal a am ba s c o m e n te s es
de ín dolehistoriográfica, no religiosa. Para aclarar m ás esta observación, entre­
m os en detalle en las tergiversaciones m etodológicas de la Ilustración que se ­
ñala nuestro autor.
El defecto fundam ental de la Ilustración es su egocen trism o histórico. Este
egocen trism o da lugar, en la historiografía ilustrada, a un an acron ism o en la
consideración de la histo ria, y se d ocum enta en los siguientes errores.
En prim er lugar, la Ilu stració n ju z g a m oralm en te las ép o cas pasadas en
fu n ció n de sus p ropios estándares, toda vez que se d e d ica, co n puritanism o
ingenuo, a “denigrarsiglos enteros acusándolos de barbarie, de m iserable de­
recho p ú b lico , su perstición y n ecedad” (T F 7 6 ). Pero la historia nos mués tra
otra cosa:

L a n a tu r a le z a h u m a n a ( . . . ) tie n e q u e a p r e n d e r lo to d o , f o r m a r s e p r o g r e s iv a ­
m e n te ( ...) , p o r lo ta n to se fo r m a rá e s p e c ia l o e x c lu s iv a m e n te e n e s o s a s p e c to s
e n q u e s e le o f r e c e n o c a s io n e s p a r a la v ir t u d , la lu c h a , e l p r o g r e s o ( . . . ) [ p o r
e s o ] u n a n a c ió n p u e d e te n e r , p o r u ñ a p a r te , v ir tu d e s d e la ín d o le m á s s u b lim e

y por o tr a fa lla s g r a n d e s , c o n s t it u i r e x c e p c io n e s , p r e s e n ta r c o n t r a d i c c io n e s
y v a c ila c io n e s q u e s o r p r e n d e n , a to d o s m e n o s a a q u e l q u e te n g a u n a im a g e n

id e a l d e v ir tu d , d e d u c id a d el c o m p e n d io d e s u s ig lo . . . ( T F 5 5 ) ,

M ás allá de la n o ció n distorsionada del pasado, el m ovim iento ilustrado


tiene im agen sobreestim ada de sí m ism o y no ve sus propios defectos. Por ejein -
p ío, algunas de las co n q u istas de las é p o cas recientes de las que se eno rg u­
lle ce , no se deben en realidad a luchas desin teresadas por ideales. Y si nos
fijam o s b ien , ni siqu iera so n co n qu istas: lo que en realidad su cede es que
transfieren un problem a de un ám bito a otro. Corno sucede co n la esclavitud;
¡Qué miserables eran los espartanos que utilizaban a sus ilotas para la agricul­
tura; qué bárbaros los romanos que encerraban a sus esclavos en prisiones
subterráneas! [Herder evoca la lectura de los antiguos que hace la Ilustración]
En Europa la esclavitud ha sido abolida (...) porque se calculó que los escla­
vos costaban más y que rendían menos que la gente libre. Nos permitimos
una sola cosa: utilizar tres continentes como esclavos, comerciar con ellos,
desterrarlos en minas de plata e ingenios de azúcar” [T F 104].

Es ya el hech o m ism o de c o m p a r a r entre sí ép ocas históricas, lo que co n sti­


tuye para H erder un in ten to im p o sib le , po rqu e cada civ ilización tiene sus
propios patrones de evaluación. C uando se pretende com parar, se torna in ­
evitable la proyección d e preferen cias person ales o culturales p or u nadeterm in ada
ép o c a . Así sucede co n W inckelm ann: aunque según Herder es uno de los m e­
jo re s historiadores del arte antiguo, juzga sin embargo las obras de arte egipcias
de acuerdo con una escala griega. Lo m ism o sucede co n tantos histo riad ores
que ju zg an otras cu ltu ras con valores europeos (T F 4 0 ).
En la historiografía ilustrada, en segundo lugar, el anacronism o se conjuga
co n una con cepción del con ocim ien to ab stracta . Sus h istoriad ores pretenden
abarcar lo que quieren co n o cer co n co n cep to s que son m eras generalizacio­
nes. Aquí Herder tiene presente en especial a M ontesquieu (T F 9 0 ), que con
conceptos com o “m onarquía”, por ejem p lo, engloba fenóm enos políticos di­
ferentes, situados en co n te x to s cu ltu rales tam bién muy distintos. Q uedan
com prendidos b ajo la m ism a crítica tanto la organización en cuadros y clasi­
fica cio n es (T F 5 4 ), co m o el intento clasificatorio de h E n cic lo p e d ia (“Filosofía
de dos ideas, el asunto m ás m ecánico del m u ndo” TF 9 0 ). El motivo de fondo
es que las p a la b r a s g en era les no dan cu en ta ex a c ta de lo qu e n om bran :

Se describe un pueblo entero, un período, una comarca ¿a quién se ha des­


crito? ( ...) ¿A quién se refirió la imagen descriptiva? A la postre no se hace
más que sintetizarla en una palabra general de la que quizá cada uno piensa y
siente lo que quiere (TF 51).

Estas ideas no carecen de efectos antropológicos. En el interio r del h o m ­


bre, esta co ncep ció n abstracta genera un dualism o entre razón y sentim iento,
y un consigu iente debilitam ien to de este últim o:
¿ E s o s r a z o n a m i e n to s d if u n d id o s d e m a s ia d o im p r u d e n te e in ú t il m e n t e p o ­
d r á n h a b e r o h a b r á n d e b ilita d o r e a lm e n te lo s s e n t im ie n t o s , lo s i m p u l s o s , la
a c tiv id a d v ita l? ( T F 9 1 ) . . . la c a b e z a y el c o r a z ó n e s tá n s e p a r a d o s ; d e s g r a c ia ­
d a m e n te e l h o m b r e y a h a lle g a d o al p u n to d e o b r a r n o d e a c u e r d o c o n lo q u e
s a b e , s in o c o n lo q u e q u ie r e ( T F 9 5 ) .

Por últim o m erece m ención especial la crítica al despotism o. Federico 11 de


Prusia se e n cu en tra por ese e n ton ces en su a p o g e o . F orm ad o en la filosofía
fran cesa, hospeda en su co rte al m ism o V oltaire. Los avances en la adm in is­
tración van a la par de una política cu ltu ral de afrancesam iento ; a los ojos de
H erder y de m u cho s co ntem po ráneo s, el gobierno de F ed erico II es el adve­
nim iento de “los filósofos de París” (T F 9 5 ) al poder2.

II. De cómo surgió Venecia

Tesis general

Para Herder hay progreso y hay Providen cia y se dem uestra que hay Provi­
dencia principalm ente p orque hay progreso. ¿Cóm o los ju stifica? Se im pone
aquí una tarea no fácil de recon stru cció n de la argum entación, debido al es­
tilo de H erder. Pero tam bién debido al tipo de em presa que H erder intenta
llevar a cab o, para lo cual advierte la necesidad de nuevos recursos m etodo­
lógicos, de los que todavía quizá no dispone. Pues, del desafío de la Ilu stra­
ció n , H erder acepta la exigencia de que las dem o stracion es sean sobre base
em pírica y que estén al alcance de la mera razón. No se aceptan explicaciones
que cierran el problem a rem itiendo a Dios com o j ustificante, sino que el sen­
tido de la d em o stración es el inverso: “Se ve que el que trata el asunto es un
e x tran jero, que tanto podría ser m u su lm án co m o m am eluco , para e scrib ir
todo e sto ” (T F 7 0 ). Aquí se encuentra un m otivo im portante de la d istancia
que toma de Bossuet: “Bossuet inventó una historia, pura declam ación y pré­
dica y registro de fechas que superó en m u ch o al sencillo Je n o fo n te y a Tito
Li vio” (1 0 7 ).

2Éste es uno de los tópicos donde se puede com parar la posición política de H erdery la de K ant.En
la evaluación de Kant sobre el gobierno de Federico II, cfr. su ensayo ¿Qué es la Ilustración?}' el ca­
pítulo de este m anual dedicado a Kant.
Al m ism o tie m p o , H erder no qu iere a d o p ta r u n p r o ce d im ien to a p r io r ís tk o
com o el de L eibniz (au nque tom ará los esqu em as de la teoría leibniziana de las
m ónadas para su co ncep ció n de las civilizaciones). En eso tam bién está cerca
de la actitud de la Ilustración; a la exigencia “em pirista” ilustrada le responde
gustoso co n su vasto cono cim iento de la historia. La ju stificación de la Provi­
d encia será e n to n ce s de tipo a p o s t e r io ñ , y se desarrolla en dos d ireccio nes.
U n co n ju n to de reflexiones m uestra la acción de la Providencia mediante ale­
gorías. F.l otro lo hace de m odo concep tual.

Comprensión mediante recursos alegóricos

Las aleg orías p rin cip ales so n tres. La prim era es la del á rb ol (T F 1 0 9 ).
Cada parte del árbol alude a una civ ilización o nación o p ueb lo. Las copas
frondosas viven de lo q u e le dan las ram as y a su vez éstas del tro n co . Éste ú l­
tim o representa a la civilización fundam ental; se encuentran germ inalm ente
en ella todas las institucion es indispensables para que la historia pueda pro­
seguir (T F 2 7 ). La posición ética que se deriva de esta alegoría es la necesidad
y el deber del reconocim iento del legado. La vista desde la copa es más amplia
gracias a todo el árbol que la sostiene. Q ue todo este conjunto forme una un i­
dad fecunda, bajo la figura del árbol, es decir, que haya posibilidad de legado,
de aprovechar el esfuerzo de los pueblos anteriores, m uestra al m enos la po­
sibilidad de progreso. C om o nadie ha diseñado esto y sin embargo responde
aú n a idea inteligente y benéfica, m uestra que hay Providencia.
Las ed ad es de la vida es la otra alegoría. Si consideram os las etapas de nues­
tra vida, una se apoya en lo m adurado por la anterior: la vejez, en la exp erien­
cia de la m adurez, y así co n las otras. Con esta metáfora Herder da a entender
que hay p rogreso, porque la experiencia de las civilizaciones posteriores no
podría tener lugar sm el legado recibido. Volviendo a la metáfora, los criterios
de la m adu rez so n m ás profundos que los de la infancia y la adolescen cia.
Pero ju zgar, por ejem p lo, lo actuado en la adolescencia con criterios propios
de la madurez constituye un desenfoque: en ese entonces no se tenían dichos
criterio s, y para lleg ara estos criterio s m aduros se necesitab a la p ráctica, el
ensayo y el error de la etapa ad o lescen te. Del m ism o m odo la co nciencia h is­
tórica presente puede estar desenfocada con respecto las civilizaciones an te ­
riores (T F 6 1 ,3 0 / 3 1 ), tal co m o sucede en la Ilustración.
La tercera im po rtante es la del universo, y si bien rem ite a la Providencia
(D ios asiste a cada civ ilización en su individualidad propia, n o m eram ente
en fu nción de o tra), apunta sobre tod o co n tra el eg ocen trism o “historiográ-
fico” ilum im sta:

Mira el universo desde el cielo hasta la tierra ¿qué es medio, qué es fin? ¿Acaso
no es todo medio para millones de fines? ¿No es todo fin de millones de me­
dios? La cadena de bondad todopoderosa y omnisciente está enlazada y en­
tretejida mil veces; pero cada eslabón de la cadena es un eslabón en su lugar,
forma pane de ella y no se ve dónde ella está fijada. Cada uno tiene la ilusión
de sentirse centro; en la i lusión siente todo a su alrededor solo en la medida
en que éste proyecta sus ondas o rayos sobre ese punto (TF 114/115).

¿Por qué utilizar m etáforas y n o sólo desarrollos co n cep tu ales o encad e­


nam ien to s ló gicos dem o strativ os co n clu y en tes? P o d em o s co n jetu rar al
m enos tres m otivos.
En prim er lugar, porque no es po sib le. Pero no es posible no por defecto,
sino por la naturaleza m ism a de la Providencia. C om osucede co n la metáfora,
la Providencia tam poco se im pone, sino que d ejau n m argen de libertad al re­
conocim iento . Así pasa en las relaciones hum anas cuando alguien nos hace un
favor sin acentuar el h ech o de que lo está haciendo. Por ello, este aspecto e x ­
cede a la teoría historiográfica: es u n recon ocim iento que le corresponde a
quien asiste a los h ech os, sin obligarlo desde el punto de vista lógico, sino más
bien m oralm ente. Vuelvo a subrayar, para evitar equívocos superficiales: Her­
der no pretende que la historiografía llegue a conclusiones sobre la Providen­
cia. Lo que sí exige es que la cien cia histórica n o deform e los m ateriales y la
historia para negarla Providencia o im pedir su libre reconocim iento.
En segundo lugar, estas alegorías no s o frecen un m odo de pensam iento
alternativo, que no s perm ite d escu b rir los su p u esto s no cu estion ad os de la
historiografía ilum inista.
Sin em bargo, por últim o , una co n fro n tació n co n la c ie n cia de la época
m uestra que las alegorías no so n pura m etáfora. H erder utiliza a n aló g ica­
m ente los esquem as teóricos de la biología y de la cosm ología de entonces, si­
guiendo el precep to m e tod o ló gico de basarse en sus d em o stracion es en la
mera razón. Sólo que, com o señala Palti en el trabajo citado en nuestra bib lio ­
grafía , esas cie n cia s estaban en un m o m en to crítico desde el p un to de vista
epistem ológico, a diferencia de lo qu e su cedía co n la m atem ática y la física,
sobre las que se apoya por ejem plo Kant. Aun así, a Herder le faltaría una fun-
darnentación de la utilización analógica en la filosofía de esos recursos. Pero
teniendo presentes estas observaciones, el texto - u n poco pesado para el le c­
tor acostum brado a la rigurosidad co n cep tu al, co m o le sucederá a Kant con
la obra posterior de Herder, id eas-, se revela cargado de referencias a teorías
cien tíficas y adquiere así u n interés nuevo para el lector.
A ludo b rev em en te, para dar u n e je m p lo , a la teoría biológica. Tanto para
la alegoría del árbol co m o la de las ed ad es, H erder coma de la biología los es­
quem as de la teoría preform ativa. El preform ism o sostenía que todos los ras­
gos y los órganos de un ser vivo estaban co ntenid o s en form a germ inal e n las
célu las in iciales3. C uando H erder hab la del patriarcado, por e je m p lo , s o s­
tiene analógicam ente que en él ya estaban contenidas las “tendencias” (léase
aquí institu cion es en sentido g eneral) fundam entales para la supervivencia
de la civ ilización hu m ana4: “Ser hu m ano, ho m bre, m u jer, padre, m adre,
h ijo , hered ero , sacerd o te de D ios, regente y padre de fam ilia tenía que for­
m arse allí para todos los m ilen ios” (T F 29 ).

Demostración mediante desarrollos conceptuales

a) Que hay progreso

H erder sostiene que hay progreso pero no prop o rcion a co n exactitu d el


concep to . De acuerdo co n el texto e n general, podem os entenderlo co m o la
evolución h istórica en las respuestas a las n ecesidades. Esta evolución en las res­
puestas es entendida tanto en las capacidades internas del hom bre co m o en
las realizacio nes in fraestru ctu rales co n las que están asociad as. Pero cab e
aclarar que en el paso de una civi lización a o tra, este progreso es com patible
con pérdidas y que no consiste en un aum ento de la felicidad. La idea de feli­
cidad es inm anente a cada civilización.

3 “E sto s prim eros de sarro llo s eran, p o r s u p u e st o , tan sim p le s, tan d e lica d o s y m arav illo sos com o
los que se ad vierten en to d a s las m anifestaciones de ¡a naturaleza. La sem illa cae en la tierra y d e s ­
a p are ce; el e m b rión se form a en lo o cu lto, co m o tal vez no lo ap rob aría a p n o ri la lente del filósofo,
y k p lan ta su rg e to talm en te fo r m a d a ” (T F 2 6 ). Cfr. N o ta d e Irm sch er, pág. 1 1 5 , a la ed ició n d e
1d ea s... d e H erd er (1 9 9 0 ). E xp olíen te p rin c ip al d e esta te o ría e s ja n Sw amm erdam. Q u ien recien­
tem ente ha de sarro llad o este tenia es E. Palti (véase Bibliografía).
■*En cuan to a lasc o n ce p cio n e s p resen tes en la alegoría del un iv erso , cfr. p ág. 1 1 2 , op. c il
El a d ca fe d el p r og reso es el e n cu e n tro en tre las n e ce sid a d e s y el m ed io
geográfico co n creto en el que d eben abrirse paso. Este e n cu en tro (y d esen ­
cu entro) genera la búsqueda de so lu cion es, que van desde la respuesta a los
p roblem as m ateriales hasta la respuesta a las necesid ad es de org anización,
convivencia civil y exp resión cu ltu ral. Se progresa sólo en la m edida en que
el m edio geográfico estim ula.

El Egipto no tenía prados naturales; el habitante tenía que aprender, pues, la


agricultura. ¡Cuán fácil se hacía ese difícil aprendizaje graciasal Nilo fertiti-
zador! El Egipto no tenia maderas; había que aprender a construir con pie­
dra; existían suficientes yacimientos de piedra: el Nilo resultaba cómodo
para el transporte. ¡A qué altura llegó el artel El Nilo desbordaba; se requerían
mediciones, desagües, diques, canales, ciudades, aldeas. ¡De cuántas mane­
ras se estaba apegado a la gleba! Pero a su vez ¡cuántas organizaciones des­
arrolló esa gleba! (TF 37/8).

Es e n esas prácticas tendientes a satisfacer las necesidades donde co n cre ­


tam ente se g eneran los v alo res m o ra les. El co sm o p o litism o , por e jem p lo,
nació co n los fenicios:

... fundar un nuevo mundo en el mar ( ...) El primer estado comercial fun­
dado íntegramente sob re el come rcio ( ...) Por lo tanto, mientras desaparecía
el odio hacia los extranj erosyel aislamiento hermético de los demás pueblos,
y aunque el fenicio visitara a las naciones no precisamente por filantropía,
nació una especie de amorinternacional, de cosmopolitismo, de derecho de
gentes del que naturalmen te no podía saber nada u na tri bu encerrada (TF 41).

El encuentro entre necesidades y m edio geográfico, ju n to co n los valores


m o rales que genera, dan lugar a un d eterm in ado “e sp íritu ", esp íritu del
tiem po (Zeitgeist) o de una civ ilización . Éste n o es una entidad m etafísica,
sino m ás bien un m od o de afron tar ¡as circunstancias y d e construir, un determ i­
nado “genio” (T F 1 2 1 ), que tiñe todas las exp resion es de la civ ilización en
cu e stió n : “... el espíritu penetra hasta en las in stitucion es y co stu m bres más
in sign ifican tes.. (T F 8 1 ). Este concep to de “espíritu” tiene sus raíces in d u ­
dables en la obra de M om esquieu. Pero en Herder este “g enio ” se vuelve d e­
term inante de todos los ám b ito s de la existencia de un pueblo. Y constituye
un paso interm edio hacia el co n cep to hegeliano de esp íritu .
Dada la inevitable rem isió n a nu estras circu nstancias p re se n te s-la “pos­
guerra” en Irak , y los Estados U nidos, que en m u ch o s com entarios son co m ­
parados co n la Rom a de hace dos mil a ñ o s-, vale la pena ejem plificar lo dicho
co n el caso de los rom anos:

Virgilio los describió en contraste con los griegos (...): Tu rege re imperio popu­
las, Romane, memento (Eneida, VI, 851: “Tú, romano, recuerda de imponer tu
imperio a los pueblos”) (asi Virgilio) idealizó el valor de los romanos ( ...) d
espíritu romano... (TF 48).

N otem os có m o este princip io es la clave de una co nstelación de valores:

La disposición magnánima a prescindir de la voluptuosidad, la molicie e in­


clusive de las diversiones más delicadas y a obrar en pro de la patria; la re­
suelta valentía heroica de no precipitarse ni de arrojarse al peligro, sino de
esperar, meditar, preparar y obrar, la marcha inconmovible sin dejarse ame­
drentar por nada que se llamara obstáculo, la resolución de mostrarse más
grande precisamente en la desgracia y a no desesperar; finalmente, el gran
plan siempre mantenido de no conformarse hasta que sus águilas cubrieran
nada menos que al mundo entero (TF 48).

Y aun así, los rom an os no so n la gran sim p atía de H erder, al co n trario,


dada su predilección por las diferencias y lo especifico: “se había dado el pri-
tnerpaso para destruir lo scaracteres nacionales de cada una, para echarlas a
todas d en tro de u n m olde ú n ico que se llam aba ‘pu eb lo rom an o ”’ (T F 50 ).
Por eso nu estro filósofo debe hacer esfuerzos para poder incardinarlos en el
Plan. La función histórica de los rom anos le trae a Herder problem as teóricos:
es allí donde dice que n o se puede h ab lar “ni de ven tajas o desventajas, sin o
sólo de efecto s” (T F 5 0 ). De tal m o d o , que la utilidad concreta de Rom a la re­
co n o ce só lo en el desarrollo del d erecho de g entes y, sobre todo, en la situa­
ció n po stro m ana: “Todas las n acio n e s co nstru y en con estos escom bro s o
sobre ellos un m undo enteram en te nuevo de lenguas, costum bres, tend en­
cias y pu eb los” (T F 5 0 ).
A hora b ie n ; aun cu ando H erder ju zga e n form a tan negativa a su propia
é p o ca , n o bu sca volver a u n m o m en to pasad o, antes que nada porque el re­
torno, de hecho, no es p o sib le:
Por otra parte en ningún país la cultura tampoco ha podido retroceder, no ha
podido ser por segunda vez lo que había sido la primera. La ruta del destino
es rígida como hierro; el escenario de ese tiempo, de ese mundo ya había des­
aparecido; los fines, cualesquiera que fuesen, ya habían pasado. ¿Acaso el día
de hoy puede llegar a ser el de ayer? Y puesto que el avance de Dios en las na­
ciones prosigue con pasos de gigante, ¿se podrán provocar retrocesos pueri­
les mediante esfuerzos humanos?

Esta im posibilidad de retorno estará claram ente presente en la filosofía de


la historia de H egel, pero tam bién en la de K ant, en su co n cep to de m em oria
colectiva, talco m o veremos en el capítulo correspondiente. El motivo de esta
“irreversibilidad” es fundam ental, porqu e está relacionado co n el co n cep to
de esp íritu . S u genio “ya dij o todo lo que tenía que decir. Su im presión sobre
los tiem pos ya se ha traducido, la espada ya se ha gastado y la vaina yace vacía
y dest rozada” (T F 12 1 )
Los actores de la historia son D ios y los ho m bres, pero estos últim os en la
m edida en que participan de un determ inado espíritu, es decir, de una deter­
m inada civilización. D ifícil entender hasta qué pun to y en qué proporciones
los ho m bres pueden influir en el transcurso histó rico. E s co m o si a ellos les
correspondiesen sus intereses y sus accion es hasta la m ediana escala, pero el
Plan total le corresponde a D ios.
La n atu raleza h u m an a e s m uy plástica para todos los cam bios geográficos,
pero considerada e n sí m ism a, no evolucion a. Hay un cierto pesim ism o a n ­
tropológico, y en esto piensa m uy parecido a K ant, co n el cu al co m p arte su
cristianism o protestante de cu ño pietista:

.. .probablementeel hombre siempre seguirá siendo hombre, según la analogía


de todas las cosas, nada más que hombre. Figura angélica y diabólica en el
hombre ( ...) . El hombre no es más que un ser intermedio, arrogantey tímido,
aspirante en la necesidad, desfalleciente en la inactividad y voluptuosidad,
nada sin estímulo ni ejercicio, casi todo cuando progresa paulatinamente por
el impulso; jeroglífico del bien y del mal, que colma la historia ( ...) esta criatura
doble puede sermodificadade mil maneras y casi tiene que serlo... (TF 113).

Éstas so n las características del progreso. Pasem os enton ces al actor prin­
cipal.
b) Que hay Providencia

L os factores enum erados no son suficientes para explicar, ni la continuidad


histó rica a pesar de la caída de las civilizaciones, ni determ inados fenóm enos
históricos fundamentales para la conservación de la especie hu m ana, com o los
que verem o s a co n tin u a c ió n , ni el progreso m ism o. Hay factores que clara­
m ente im p lican a hip ó tesis de la Providencia.
E n prim er lugar, la u bicación g eo g rá fic a m ism a es providencial, en la m e ­
dida en que estim u la el desarrollo de las capacidades hu m anas y los valores.
Es m ás, la sucesión concreta qu e se dio p a r a el g é n er o h u m a n o (geografía de
O rien te, de E g ip to, e tc .), m u estra cierto ca rá cte r providencial al favorecer
una progresión en la madurez del h om bre, co m o también el hech o de que las
prim eras zonas g eográficas fu eron decisivas para g en erarlas institu cion es
b ásicas de la civ iliz a c ió n . E n esa prim era ép o ca “todas las prim eras co n tin ­
gencias pueden ser consideradas tam bién co m o disposiciones de una provi­
dencia m atern al te n d ien tes a desarrollar un delicado germ en dual de la
e sp ecie en te ra ” (T F 2 5 ). La co n statació n del carácter providencial de estas
circu nstancias que hace H erder es extensa y rem itim os al texto.
O tro fenóm eno que es necesario destacares que determ inados m o m en ­
tos decisivo s en la e v o lu ción en la respuesta a las necesidades no fu e r o n p la ­
n ead os p o r el h om bre y, sin em barg o , m u estran u na fe c u n d id a d in co m p a rable.
Hay una racionalidad que trasciende los planes de la razón hum ana:

O bien fueron acontecimientos tan grandes, lanzados al azar, diríamos, que


excedían a toda fuerza y posibilidad humana y a los que los hombres casi
siempre se oponían y cuyas consecuencias nadie imaginaba como plan pre­
meditado; o bien fueron pequeñas contingencias, más bien hallazgos que in­
ventos, aplicación de algo que ya se tuvo durante mucho tiempo sin verloy
sin usarlo, no fue más que un simple mecanismo, un nuevo artificio, una ma­
niobra lo que modificaba al mundo ( I f 83).

Herder da tres ejem p los de este fenóm eno. U no es el fenóm eno de la co n ­


form ación de ciertas c iu dades Q ue de esas islas haya surgido Venecia, y que
sus características geográficas hayan tenido tanta incidencia en el desarrollo
del co m e rcio de la ép o ca ( T F 8 3 ) ; o bien que desde la in cip ien te Rom a haya
n acid o la “cab ecera del m u n d o ” (T F 8 3 ) sin que nadie hu biese calculado su
lugar estratégico para el m undo de ese entonces, es digno de asom bro y signo
a favor de la Providencia,
O tro ejem p lo, m ás elaborado teóricam ente, es la R efo rm a P rotestante.

Lo que incitaba cualquier reforma no eran sino insignificancias que jamás tu­
vieron desde un principio el plan monstruoso que cobraron luego. Por el con­
trario, muchas veces cuando se trazaba de antemano un plan grande, humano,
auténticamente meditado, fracasaba. Todos vuestros grandes concilios, empe­
radores, reyes, cardenales y señores del mundo jamás lograrán cambiar algo,
pero Lutero, ese monje tosco, ignorante, sí lo logrará. Y lo conseguirá partiendo
de cosas insignificantes de las que él mismo no prevé el alcance... (TF 84).

Pero lo m ás in teresan te es la teoría presente de fo n d o en la p o sició n de


Herder:

¡Cuántas veces se habían levantado Luleros semejantes y habían sucumbido!


Se les había tapado la boca con llamas y humo, o bien su palabra no encontró
un ambiente suficientemente libre para retumbar. Pero ahora es primavera;
la tierra se abre, el sol calientay surgen mil plantas nuevas. Hombre, casi con­
tra tu voluntad, nunca has sido más que un pequeño instrumento ciego. ( ...)
(T F 8 4 .8 5 ).

De nada sirven los esfuerzos individuales si los tiem pos no están m adu­
ros. Es una po sició n que en esp ecial Hegel dará elab o ració n teórica. Si nos
atenem os a las exp licaciones de lo s grandes cam bio s h istóricos que da Her­
der, la reform a de Lutero, tal co m o es expuesta en la cita anterior, parece ser
en su filosofía el prototipo del cam bio histórico.
C om o últim o e jem p lo podem os citar el efecto de ciertos inventos, e n espe­
cial la im prenta y la brújula:

Se invéntala imprenta. ¡Ycuánto cambia el mundo! (...) Todos saben leery


deletrear; todos los que saben leer se ilustran. ¿Quién puede calcular las re­
voluciones en todos los continentes producidas por una pequeña aguja en el
mar? Se descubren países mucho más grandes que Europa (TF 87).

Nuevam ente aquí lo m ás interesante es la teoría de base: si los tiem pos no


son propicios, lo que en otras circu nstancias podría tener un enorm e efecto
pasa aquí desapercib id o. Q ue esa co in cid en cia entre el invento y el tiem po
propicio se dé, nos habla de la Providencia. Pues esos inventos

por lo general no son más que simples invenciones mecánicas, conocidas


parcialmente desde hace mucho tiempo, con las que se jugaba y que de
pronto, por una ocurrencia, fueron aplicadas de un modo determinado que
modificó al mundo (TF 87),

O tro factor im posible de reducir a explicaciones naturalistas o planes h u ­


m anos es el fenó m eno de la in creíble con tin u idad entre u na civilización)/ otra,
después de destru cciones terribles:

... el destino volvió a darle cuerda (...) al gran reloj que se había detenido
¡Como rechinaron sus engranajes! (TF 78) El azar o más bien la fuerza bruta
que obra libremente se agotó en las formas pequeñas de la forma grande, que
difícilmente podía haber sido imaginada por un político. Caos en que todo ten­
día a una nueva creación más elevada sin saber cómo, con qué figura (TF 81).

H erder tam bién afronta la gran o b je c ió n a la Providencia que e s el p r o ­


b le m a del m al. N uestro filósofo co nsid era que el m al no tiene fu ndam entos
absolutos co m o para constituir una o b je ció n definitiva. M uchos fragm entos
de la histo ria nos m u estran , o bie n d esgracias y penas que son o casió n para
u n nu ev o ru m bo , o b ie n defecto s p rop io s de una cu ltu ra que da lugar, sin
e m b arg o , a b e n e ficio s p aralelos para la hu m an id ad , Y vim os el ejem p lo de
Rom a. Los m ales que los ho m bres co m eten so n considerados a veces com o
circu nstancias aprovechadas por la Providencia mism a para otro bien :

Lo que menos quiero haceres defender las eternas migraciones populares y las
devastaciones, las guerras y hostilidades feudales, losejércitos monásticos, las
peregrinaciones, las cruzadas. Sólo las quiero explicar, hacer ver cómo en todo
alienta un espíritu, cómo hay fermentaciónde fuerzas humanas... (TF 78).

E x p licarn o quiere d ecirjustificar. La pregunta acerca del m alsufrido per­


sonalm en te queda en el in terrog an te, que la cien cia no da respuesta, ni la fi­
losofía de la historia.
Hay cie rto s fenó m eno s qu e sí p odem os en co n trarles una ex p licació n
co m patible con la existencia de la Providencia. Por ejem p lo , H erder co n si­
dera que hay casos en que lo s vicios generan valores y virtudes: “ ¡ Cuánto les
debe la cu ltu ra de Europa a los fenicio s engañadores y ávidos!” (T F 4 3 ): co n
ellos, por ejem p lo, el co sm opolitism o va de la m ano del afán de lu cro 5.
A veces los m ales son considerados, sorp rendentem ente, com o circu ns­
tancias generadas por la Providencia mism a :

... ahora lleva a los bárbaros a que aniquilen la literata ra del mundo emero,
la biblioteca de Alejandría (casi un continente que desaparece) y ahora los
trae para que mendiguen y obtengan un pequeño resto de literaturay lo im­
porten a Europa por un lado totalmente distinto, por caminos que nadie
habla soñado ni deseado. (...) Todo es un gran destino no pensado por los
hombres, no esperado ni provocado por ellos (TF 84).

Herder llega a su afirm ación más ch ocante: “Tam bién el curso de la Provi­
dencia llega a su destino pasando por m illones de cadáveres” (T F 1 34). La e x ­
p resió n es lam entable y ha sido citad a en varías o casio n es para atacar la
posición de Herder, com o una teoría capaz de ju stificar atrocidades. Pero te ­
niendo en cu enta el co n texto , su filosofía de la historia claram ente no lleva a
esa conclusión. Lo que intenta m o strares que, a pesar de todos los m ales que
vem os, en la historia terrena hay sin em bargo un designio divino, y qu e la
existencia de sem ejante designio se puede afirm ar p o r la razó n , aun que sea
inescru table en su sentido exhaustivo: aun cuando no llegáram os a v e rla in ­
tención últim a (...) aun cuando no la vislum brásem os m ás que a través de los
orificios y las ruinas de las escenas aisladas (T F 6 2 ).
El pr o b le m a del destino hu m an o individual queda resguardado en parte por
el h e ch o de que cada civ ilización tiene en sí su propio cent ro de felicidad, y
en él se realizaria. Esta respuesta no es totalm ente satisfactoria. Pero se ve que
hasta allí llega el alcan ce del libro y H erder m ism o lo adm ite. La filosofía no
agota los grandes interrogantes, y su tarea, en parte, es no pretender cerrarlos
arbitrariam ente.
E n sín te sis, ¿por qué la razón p uede afirm ar que e n la historia hay Provi­
dencia?: Porque en la realidad histórica se dan ciertas coincidencias inteligentes
ben eficiosas no p lan ead as p o r el hom bre. Estas coincidencias nos hacen pregun­

5 La e x p re sió n “v icio s p riv ad o s, virtudes pú b !ícas"se le atrib u ye a Bern ard de M andeville (1 6 7 0 -


1 733), quien en 1 7 1 4 p ub lica la Fábu la de las abejas. E s m uy p robable q u e H erder h ay a leído a M an-
deville. Al m om e n to de lae d ic ió n d e e ste m an u al, no p ude verificar la fuente que lo afirm a.
tar por una finalidad más am plia y su scitan la esperanza de que tam bién lo
negativo tenga una funci ón positiva en la totalidad, o al m enos, que no sea la
últim a palabra.

c) El tipo de causalidad

A un cu an d o H erder no lo trata co m o tem a aparte, en lo que hem os ex ­


puesto se e n cu en tra presente una co n c ep ció n de la causalidad histórica.
A quí tratarem os brevem ente d os p rob lem as: 1) qué tipo de causalidad es
predom inante en la historia; 2 ) cuáles son los agentes, y si son colectivos o in ­
dividuales.
H erd erhab la en térm inos de “ferm en ta ció n ” y denom ina el tip od e causa­
lidad que co rresp o n d e a su co n c ep to de espíritu y a lo s fenóm enos co le cti­
vos. El individuo puede generar grandes cam bios, com o vimos co n Lutero o
co n el fen ó m en o de ciertos in v entos, pero só lo en la m edida en que el su s­
trato de las circunstancias lo perm ita, es decir, si están dadas ciertas condicio­
nes. La Providencia actúa indirectam ente, ya sea a través de la ferm entación
(pu es lo que hace es “plantar una sem illa", de acuerdo co n el esquem a del
preform ism o ), ya sea a través de lo fo rtuito. En cada aco ntecim ien to co n cu ­
rren m u chas causas, im posibles de enum erar po r co m p le to :" ... se ve que la
form ación y el progreso de una n ació n siem pre es só lo obra del d estino , re­
sultado de mil causas concurrentes, de todo el elem ento en que viv en .. . ” (T F
9 3 ). Herder rechaza las explicaciones históricas que pretender encontrar “la”
causa; que concurran m uchas causas significa que siem pre hay algo, en la ex­
plicación de un evento, que se n o s escapa. Considera que hay periodos espe­
ciales en lo s cu ales las fuerzas están m aduras para un cam bio , y basta un
detalle para que hagan eclo sió n , co m o hem os visto con el caso de los inven­
tos y la R eform a Protestante.
Se puede hablar enton ces de una causalidad “espi ritual". E n el transcurso
h istó rico hay una causalidad m a te r ia l que está dada por el en cu en tro entre
necesidades y m edio geográfico. Éste es el tipo de causalidad fundam ental.
Por el c o n tra rio , no hay c au salid ad “id e a l”, en el sentido de que los cam bios
históricos hayan sido generados por las ideas de los intelectuales o de los pro­
yectos de los políticos:
En rigor las ideas nunca dan más que ideas; algunas dan claridad, exactitud y
orden en el pensar, pero eso es todo lo que se puede contar con seguridad.
Pues el modo en que ha de mezclarse todo eso en el alma, lo que encuentra en
ella y lo que debe modificar, la fuerza y la duración que debe teneresa trans­
formación y finalmente la manera en que debe mezclarse e incorporarse en
las mil circunstancias y articulaciones de la vida humana, tanto más de toda
una época, de todo un pueblo... (TF 93).

Los diferentes saberes, a d iferencia de la co ncep ció n abstracta de la Ilu s­


tración, so n u n tom ar co n cien cia sistem ático y esclareced or de las distintas
prácticas. Y éstas n a c e n , co m o v im o s, del intento de respon der a las n ecesi­
dades en un m edio geográfico determ inado.

¿Acaso le has enseñado alguna vez a un niño a hablar con la gramática filosó­
fica? ¿Le has enseñado a caminar con la más abstracta teon'a del movimiento?
¿Acaso se ha tenido, se ha podido o debido explicarle el debermás fácil o más
difícil por medio de una demostración de la ética? (TF 34).

Hay, p o r últim o , una cau salidad teleológ ica que p o d em o s detectar frag­
m entariam ente. Las civilizaciones llevan adelante todas su s labores en fu n ­
ció n de la felicidad de sus m iem bros. Pero la finalidad últim a de esta
causalidad, en lo que a la historia en su co n j un tóse refiere, no la conocem os.

III. La comprensión histórica

Éste es quizás uno de los grandes aportes de Herder a la historiografía. Lo


propio de lo h istórico es lo individual. El historiador experim enta “lo inefable
que es la peculiaridad de un h om bre, lo imposible que resulta expresar distin­
tamente lo distintivo, tal como éste lo siente y lo vive” ( T F 5 1). La referencia vale
tam bién para el carácter de una nación. Se trata de “aprender, m adurar lenta­
m ente, de p enetrar profundam ente antes de ju z g a r” (T F 8 9 ), co n “co n o c i­
m ientos polvo rien to s y detallados, en que en cada caso debe ser tratado y
ju zgado co m o lo que es” (T F 9 0 ), en profundo co ntraste c o n los m étodos
ilustrados, que pretenden saltear la fatiga de una labor ineludible: “¿Para qué
trabajar, sond ear afanosam ente en su profundidad, co m o en un sótano? Se
razona” (T F 90).
A parte de esta labor que p odríam os llam ar de “inventario”, com prender
una d eterm inada civ ilización requ iere adem ás tres condicion es. En prim er
lugar, u n a cie rta .simpatía p revia co n lo estu d iad o : "para se n tir en u n solo
se n tim ie n to y un gesto a tod as [las c a ra cte rística s de un a n ació n ] ju n ta s ,
para e n co n tra r una palab ra cuya plenitud perm ita im aginar o leer to d o ...
(T F 5 1 ).
Para Herder podem os hablar de co nocim iento en la medida en que con el
co ncep to se genere el sentim ien to correspondiente. La mera inform ación no
es todavía co n o cim ien to . Esta idea es aquí sólo aludida y la desarrolla en su
obra D el con ocer y del sentir del a lm a hu m an a ( 1 7 7 8 , pero que com ienza a ela­
borar desde 1 7 7 4 ). C on ocer lo histórico requiere entonces recuperar no sólo
la idea, sin o tam bién el sentim ien to correspon dien te que generaba en los c o n ­
tem poráneo s. Sólo así se puede co m p rend er el valor para ello s de una pala­
bra ( T F 5 2 ). Ésa es la segunda condición. Así sucede tam bién con las obras de
arte:

Estas estatuas colocadas por vosotros sobre pedestales en los caminos, ¿pue­
den transformar en griego a cada transeúnte para que las mire como tal, que
las sienta y se identifique con ellas? Difícilmente. Esas poesías, esas hermosas
arengas al modo ático ¿pueden crear el clima de la época en que estas poesías
y arengas producían milagros? (TF 96).

La tercera condición es la de entender las realizaciones de una civilización


en fu n d ó n de la intención perseguida al realizar sus obras:

Pero, querido griego, pretendesque esas estatuas [Herder se refiere a las egip­
cias] tengan que ser nada menos (...) que modelos de las bellas artes de
acuerdo con tu ideal, llenas de encanto, acción y movimiento, de todo lo cual
nada sabía el egipcio, o lo cual ni respondía a su finalidad. Eran momias, re­
cuerdos de padres muertos o antepasados, con toda la precisión de sus rasgos
faciales, tamaño, de acuerdo a cien reglas establecidasa las que estaba sujeto
el muchacho, es decir precisamente sin ningún encanto, sin acción, sin mo­
vimiento, en postura yacie nte con las manos y los pies cargados de paz y
muerte, en el ideal de su intención (T F40).
IV Observaciones ulteriores y conclusiones

Lo que Herder observa a la Ilustración parece no aplicarlo a la Ilustración


m ism a en cuanto m om ento histórico. Prácticam ente no valora nada. Aun a sí,
Ernst Cassirer llega a sostener la interesante tesis de que la crítica que Herder
realiza a la concep ción unitaria de razón, y con la cual se separa de la época, no
constituye una ruptura violenta con el siglo de las Luces, sin o que ju stam ente
es de la Ilustración mism a de donde obtiene los recursos para su posición:

La superación de ia I lustración por Herder es, realmente, una autosupera-


ción, significa una de esas derrotas en que se hace más clara quizás su victoria
y en la que logra uno de sus más resonantes triunfos espirituales [Lafilosofía
de la Ilustración, 2 6 0 j.

D ejo al lector, después de todo lo expuesto en este cap ítu lo del m anual y
los anteriores, la tarea de evaluar si la tesis de Cassirer es sostenible.
E s p rob able que la ausencia de v aloracio n es de la Ilu stració n se deba a
q u e , d espués de tod o , H erder se sien te parte respon sable de su propio m o ­
m ento histó rico y considera que su tarea es m ás bien la de m arcar los lím ites
y corregir direcciones. A e stose sum a que el presente histó rico se caracteriza
por ser u n proceso todavía abierto y po r lo tanto es difícil captarlo en todo su
alcance: “Nos aproxim am os aún a nueva escena, aunque m ás no sea que por
d e sco m p o sició n ” (T F 1 3 8 ). Y con esta afirm ación tocam os tam bién el p ro ­
blem a del futuro. Sobre él tiene H erder una esperanza g enérica, pero aclara:
“Mi m isión n o es vaticinar”,

y menos vaticinar cuál podría ser, será y casi tendría que ser el único sustituto
y la fuente de nuevas fuerzas vitales en un escenario tanto más amplio; de
dónde un espíritu nuevo podría sacar y sacará toda la luz y la disposición hu­
mana hacia la cual aspiramos ( ...) Sin duda hablo de tiempos muy lejanos
aún (TF 139).

Es claro que las afirm aciones a favor de la Providencia necesitan una fun-
d am entación más sistem ática, que en este ensayo no está. ¿Por qué enton ces
estaba tan contento Herder de su “aporte”? La cuestión está en el objetivo. Se­
ñala en el Prefacio de su obra posterior Id e a s ... que su ensayo Tam bién u n a ji-
¡ o s o fía ... es sólo “una h o ja volante [ein fliegendes B latt, un panfleto, M .S ],
una aportación a aportaciones, provista tam bién de figura propia”. Es decir,
el o bjetivo de ese ensayo es fundam entalm ente la propaganda. Tam bién Vol-
taire co n su filosofía de la histo ria hacía propaganda6. Aquí en esta obra de
Herder.se tra ta d e m ostrar qu e tanto ¡a versión escéptica com o la progresista de la
Ilustración se basan en ju n dam en tos débiles, sim plificaciones, prejuicios, etc. Her-
d e r b u s c a p o n e r en crisis esas posicion es.
A ños después co m ienza a redactar una filosofía de la historia que co n sti­
tuye ya u n tratad o . Veam os al m en o s b revem en te algunos asp ecto s im por­
tantes de la continuidad y la evolución co n respecto a las ideas expuestas.

La providencia en la naturaleza y en la historia:


Herder 11(1784) y las reseñas kantianas

C on la p u b licación e n 1 7 8 4 de la prim era parte de Ideas p a r a u na filo s o fía


de la h istoria d e la h u m a n id a d , entram os e n el terren o de la d iscu sió n co n
K ant7. La ú n ica ci ta que H erder hace de él es cu rio sa: se encu entra e n la m is­
mísim a prim era página, y es valorizadora. Pero ella se refiere a un escrito del
period o p re crítico 8, es d ecir antes d el profund o giro filosó fico en el pensa­
m ien to de Kant qu e se d o cu m en ta en su o bra C rítica d e la razón pu ra. A lo
largo de la obra Herder ignora absolutam ente esta últim a obra, apenas publi­
cada tres años atrás por Kant, su antiguo y adm irado profesor en Kónigsberg.
Q ue la cita sea del período anterior a la Crítica difícilm ente sea casual, aunque
en la interpretación de este h ech o se pueden hacer co njetu ras m uy variadas.
Por los co m entarios del círcu lo de co n o cid o s, Kant habría considerado que

^Thecompkíc o/Voltai/^Imroduction. Tomo 5 9 , Instituí etM usécV oltaire.G en cve-U niversiiyof


T o ro n io P re ss.1 % 9
In tro d u cció n (j.H . B ru m h tt)p .l4 : ''H e w is h e d to w rite a w o rk w h ich w o u ld b e b o th a n e ífe a iv e
p i a r oí propaganda and o b jn u\ e account o íancien t history”.
'K uIim -u 'o n t r u n - h i ii-i v i m e x c e d e a s u é p o c a .H o y e n d í a s o m e c o n o c ib l c s s u s p o s í d o n e s
u s i ’tu iv t i i r h p >¡ un u . rud iT e o riaC rític ay la H e rm e iú u tic a(c fr, p ore je m p lo B rau er, D .:“La
'ilnsi if¡ iid t ah -11 ut la m -¡ na t n F ilosofiad e la Historia. E nciclopedia [beiv ainericana de Filosofía.
I w t u ’ ttd iu l i w , p s ~ . IV ahí u n o d e lo sm o tiv o sim p o rta n tesd c la reconstru cción de esta
hi l tn j Vi_u k n
" H sí 1 u« i . ' i u h t t ,n i ü ,_ < .m ) ü l ( M c i e lo ( 1 7 5 5 ) .
la falta de m ayor difu sión de su obra se debía a su viejo alu m n o 9. Esta so sp e­
cha de K ant quizás exp liqu e una cierta anim osidad en las reseñas a Id ea s de
H erder. D esde el p u n to de vista m eto d o ló g ico , la ún ica p o sición en la que
convergen am bas filosofías es en la intención de no basarse en razonam ientos
“m etafísicos”, co m o reza el epígrafe de este capítulo. Así señala Herder:

Quien desee sólo especulaciones meta físicas, las tendrá en un camino más
corto; mas yo creo que éstas, separadas de las experiencias y analogías de la
naturaleza, son un viaje por los aíres que raras veces llevará a buen puerto
(Ideas, 13).

Y es esto, co m o vim os antes, lo único que Kant rescatará en su reseña. Nos


co n cen trare m o s en algunos tem as fu ndam entales de esta extensa o bra de
H erder, no sin m echar nu estro co m e n tario co n las referencias a las reseñas
que Kant sobre la m ism a.

1. La finalidad sin fin

E n esta obra, Herder desarrolla explícitam ente sobre bases científicas una
filosofía de la histo ria que intenta m o strar que D ios interv iene a favor del
h om bre. En las obras filosóficas del siglo xvui sobre filosofía de la h isto riab a
posibilidad de sostener el obrar de la Providencia en la historia se apoya en el
supuesto de que la Providencia actúa en la naturaleza. Si aquí no la en co n tra­
m os, la tesis de la Providencia en la historia prácticam ente se derrum ba. Para
ello el tem a de las catástrofes naturales, co m o verem os m ás adelante, resulta
u n testcru cial.
La p r im e r a p a r te de Id ea s, por e llo , se o cupa de la Providencia en la n atu­
raleza. C onsidera có m o , tanto la d isp osició n co sm oló g ica co m o la de la n a­
turaleza terrestre se encu en tran a favor del desarrollo y flo recim ien to de la
vida hu m ana. C om ienza co n una e x p o sició n de la co sm olo g ía, para pasar
luego al reino vegetal, anim al, y finalm ente al h o m b re , en el cual se corona la
naturaleza. En los ú ltim os cap ítu lo s d escrib e có m o se da el progresivo des­
arrollo de las facultades hasta llegar al su rgim iento de la razón y la libertad.

9E stiú E m ilio, “La filosofía kan tian a de la historia” , en Filosofía de k Historia (K an t), 1 9 5 8 , B uen o s
A ires, p. 13.
H erder habla de “progreso” en la N aturaleza. El título del capítulo ID reza
“Todo el engranaje de fuerzas y form as no es retroceso ni estancam iento, sino
progreso”. El concepto no está definido, perocontextualm ente podem os enten­
derlo com o la evolución desde las especies inferiores hasta llegar el hom bre. La
finalidad de todo este proceso natural es el florecim iento de la hum anidad, e n ­
tendida ésta fundam entalm ente en térm inos de capacidad racional, libertad y
belleza (Id e a s 145; tam bién aquí falta una definición explícita de hu m anidad,
aun cuando H erderera exigente co n Kant respecto del térm ino “género”). Se
trata - d e acu erdo con una interesante e x p re sió n - de una “finalidad sin fin”
(Ideas 1 4 5 ): “¿Quién puede decir, entre los m ortales, que alcance o haya alcan­
zado la im agen pura de la hum anidad que en él se esconde?”
En todo este desarrollo, la in terv en ció n de la Prov idenciase e jerce al c o ­
m ienzo:

Cuando se cerraron las puertas de la creación, los organismos ya elegidos


existían como caminos y puertas determinados en que en lo sucesivo las fuer­
zas inferiores habrían de moverse y seguir desarrollándose en los límites de
la naturaleza. Ya no se generaron nuevas formas; pero se modificaron y trans­
formaron por obra de las mismas fuerzas inferió res, y lo que se llama orga­
nismo no es propiamente sino una guía que las conduce a una formación más
elevada (ideas 136).

Esas fuerzas ya tienen en form a latente una finalidad (“guía que las c o n ­
d u ce”).
En el organism o del hom bre hay dos elem entos que lo distinguen específi­
cam ente de los dem ás seres y de los cuales deriva todo el desarrollo hum ano
posterior. El prim ero e ssu posición erguida. Todala constitución física y orgá­
nica del hom bre apunta al surgim iento de esa posición (Ideas 9 4 ). Y d e esa posi­
ción, se deriva la casi totalidad de las características hum anas especificas. Depende
de ella, por ejem plo, que el hom bre haya desarrollado m ás la vista que el olfato.
El desarrollo del olfato, por el contrario, es propio del animal que está cerca del
suelo. Tam bién, gracias a su postura erguida “el hom bre tiene unas m anos li -
bresy artísticas, instrum entos idóneos para las manipulaciones más delicadas
y para buscar c onstantemente ideas nuevas y claras”(Ideas 1 06). Y así otras de­
rivaciones. El sentido de la explicación es totalm ente teleológico: la postura er­
guida se ju stifica argum entativam ente sólo por la finalidad.
El segundo elem en to e sp ecífico es el “divino don del h a b la ” (Id eas 1 0 7 ):
“Solo m edíante el habla se unifican vista y oído y aun la sensación de todos los
sentidos" (Ideas 1 0 8 ). La posición erguida es condición necesaria pero n o su­
ficiente para que su rja este don (Id eas 1 0 7 ,1 0 9 ) . A quí entra la Providencia
tam bién: por eso es d on divino. La co n stitu c ió n orgánica del h o m b re favo­
rece tam bién la libertad (Ideas 1 1 0 ), entendida com o capacidad de d om inar
los instin to s y dirigirlos: H erder señala fenóm enos co m o el h ech o que ya en
el vientre m atern o, el m ayor desarrollo del h om bre se da en la cabeza, a dife­
rencia de los otros anim ales, y que los prim eros sentidos en desarrollarse son
los m ás delicados, es decir la vista y el oído.
Este tipo de explicaciones llam an sin duda la atención. Pero es que el pro­
pósito princip al de H erder consiste en argum entar a favor de la Providencia
no m ediante una teoría m etafísica, sino m ostrando sus huellas en la realidad
y podem os ver que es una argum entación bastante “m aterialista” o al m enos
m uy inm anente a la naturaleza. Herder hab la del Creador, pero en térm inos
m ás bien del “paso de Dios en la Naturaleza, [de) las ideas q u e , de h ech o, nos
expuso el Eterno en la serie de sus o bras” (1 3 ).
El filósofo tam bién observa cóm o los hom bres, al perseguir sus propósitos in­
d iv id u a les,H ev an a cum plim ien to sin s a b e r lo la intención d e la n atu raleza . H a­
b lan d o por ejem p lo de la ju v e n tu d del h o m bre y la ten d en cia a la
procreación:

¡C riatu ras d u lcem en te ilusas, gozad de nu estra época! Pero sab ed que con
ello no realizaréis v uestros p equeños su e ñ o s sin o, gratam ente obligadas, el
m áxim o designio de la naturaleza” (Ideas 4 8 ).

O tras veces la naturaleza realiza sus fines por m edio de la hostilidad entre
lascreaturas:

A hora b ien , la N aturaleza ju g u etea y se ejercita en d erredor de los h o m b res


en la m áxim a diversidad de d isp o sicio n es y organism os. D istrib uyó los
m o d os de vida y los in stin to s, en ce n d ió la ho stilidad en tre las esp ecies, a
p esar de que tod as esas aparentes co n tra d icc io n es p arecen llevar a un fin
( Id ea s 5 9 ).

Estas dos últim as citas son fundam entales. Ellas an ticip an dos ideas que
parecerían de la originalidad kantiana y n o lo son. La referencia de Kant al fe­
n ó m e n o d e lo s m a t r im o n io s e n la in tr o d u c c ió n d e s u p r im e r en s a y o s o b r e el
te m a , Idea d e u n a historia u n iv ersa l en sentido cosm opolita, e n c u e n t r a a q u í su
a n t e c e d e n t e e n la p r ím e r a c ita ;

Así, los m atrim onios (....) p arecen, ya que la libre voluntad hum ana ejerce tan
grande in fluen cia (...), n o estar som etid os a regla alguna que pudiera perm i­
tim o s determ inar con a nticip ación su n ú m ero y, sin em bargo, las tablas esta­
d ística s an u ales de los grand es países n o s m uestran que transcu rren con
a rre g lo a le y e sn a tu ra le sc o n sta n te s.n o m e n o sq u e lo sca m b io sa ttn o sfé rico s
q u e , sien d o i imprevisibles sin gu larm en te, en su c on ju n to consiguen m an te­
ner en un curso h om ogéneo y constante el crecim iento de las plantas, el curso
de las aguas y otros fenóm en os naturales.

Y la id e a d e K a n t s o b r e e l a n t a g o n is m o q u e g e n e ra la N a tu r a le z a e n f u n ­
c ió n d e u n fin , p r e s e n te e n e l p r in c ip io c u a r to d e d ic h o e n s a y o , p ie r d e o r ig i­
n a lid a d a n te n u e s tr o s o jo s si te n e m o s p r e s e n te la ú ltim a c ita q u e h i c im o s de
H e r d e r. P e r o q u iz á ta m p o c o H e r d e r e s e l p io n e r o a l r e s p e c to ; se tr a ta m á s
b ie n d e tó p ic o s q u e era n p a r te d e la d is c u s ió n de la é p o c a . S e b u s c a c o m p r e n ­
d e r d e te r m in a d o s fe n ó m e n o s s o c ia le s e n lo s c u a le s lo q u e n a c e c o m o in t e n ­
c io n e s p a r tic u la r e s d e lo s h o m b r e s , c o n f o r m a u n p r o c e s o e n p r in c ip io
b e n é f ic o q u e tie n e u n a r a c io n a lid a d p r o p ia in d e p e n d ie n te m e n t e d e d ic h a s
in te n c i o n e s in ic ia le s . D e e s te m o d o e s t o s p r o c e s o s b e n é f ic o s .d a d a la in te li­
g e n c ia e n e llo s p r e s e n te , s o n a tr ib u id o s a la P r o v id e n cia , a D io s.
A l m e n o s p o r e sta s o b ra s , H e r d e r tie n e so b r e la rea lid a d y lo s se re s q u e h a ­
b ita n e l m u n d o u n a m ira d a p o s itiv a . A p u n ta a c a p ta r e n c a d a co s a y e n c a d a
p r o c e so la b o n d a d y b e lle z a q u e p r e se n ta n , y ésta e s s u a ctitu d e p is te m o ló g ic a
d e b a s e , c o m o h e m o s v isto a n te s c o n e l p r in c ip io d e la sim p a tia . A d em ás p ara
H erd er, s in esta p o sitiv id a d c o m o h ip ó te sis, será d ifícil c o n o c e r. S in em b a r g o ,
e l n e s g o d e n u e s tr o a u to r es q u e a v e c e s e sta p o sitiv id a d lo lle v a , al m e n o s e n
Id ea s, a p r e te n d e r e x p lic a r todo. P o r e je m p lo , c u a n d o s o s tie n e q u e h a y m o ­
m e n to s e n q u e e l h o m b r e p a d e c e te r r ib le s m a le s d e b id o a q u e la N a tu r a le z a
to d a v ía p ro g re s a . E s e l c a s o de lo s terrem otos, y V o ltaire v u elv e a la e sc e n a :

.. .co m o la naturaleza n o se d etien e nu n ca en su tarea, y m enos aún la d es­


cuida o retarda a favor de un favorito, la solidificación y form ación ulterior de
la tierra, su fuego interior, sus in u n d acio n es y todo cu an to c o n ello se rela­
c io n a , ten ían que seguir su m archa d urante m u cho tiem po y a m enud o, aun
cuand o vivieran ya ho m b res en la tierra. ( . . . ) . En la actualidad, las convu lsio­
nes de esa especie enorm e son m enos frecuentes (...) Eran im propias de u n fi­
lóso fo las im p reca cio n es que casi com o u n a b lasfem ia d irigía V oltaire a la
divinidad a causa del terrem oto de Lisboa. ¿No no s d eb em o s n o sotros m is­
m o s y todo lo nu estro, aun nuestra m orada, la tierra, a los elem entos? Si éstos
despiertan periód icam ente y reclam an lo suyo ob edecien d o a leyes naturales
que siguen a ctu and o; ( ...) ¿suced ería otra cosa que lo qu e ten ía que suceder
según las leyes eternas de la sabid uría y del orden? (Ideas 2 5 ).

D ifícil e n co n trare n estas líneas una ex p licación satisfactoria para quien


haya perdido un ser querido en el terrem oto, y el prob lem a se vuelve in e lu ­
dible para todos nosotros co n el terrible m arem oto su cedido en el índico re­
cientem ente (diciem bre de 2 0 0 4 ). Sem ejante explicación no hace sino irritar
aún m ás una posición corno la de Voltaire. La gran pregunta que surge, entre
otras, es: ¿Providencia para quién? El reclam o del filósofo francés apuntaba
a una exigencia hu m ana que no se co nfo rm a con ese tipo de elucid acio nes.
H erder concluy e la “e x p lica c ió n ” co n un corolario que tendrá su recep ció n
bastantes años d esp u és, co m o verem os m ás adelante. A quí ya no se lim ita a
la naturaleza y entram os en el terreno de la historia:

Al igual q u e en un a n atu raleza llen a de cosas m u d ables se h ace obligad o el


m o vim ien to, así resul ta tam b ién o b ligada la d ecad en cia, n atu ralm en te (...)
Pero ese cam b io ja m á s afecta a lo in terno de la naturaleza, la cu al, sup erior a
toda ruina, cual ave fénix resurge siem pre de sus cenizas y florece con rem o ­
zadas fuerzas. Ya la form ación d e nuestra m orada y de todos los m aterialesa
qu e p udo dar lugar, tiene que p repararnos, p ues, para la cad u cid ad y m u ta­
c ió n de tod a la h isto ria h u m a n a ; es lo qu e vem os cada vez m e jo r c o n c u al­
qu ier visión m ás aproxim ad a (Ideas 2 5 ).

M uchos años m ás tarde en co n tram os esta cita:

U na nueva vida surge de la m uerte. Éste es un pensam iento q u e los orientales


ya concibi eron, qu izá su pen sam ien to m ás g ran d e, y desde luego el m ás alto
de su m etafísica (...) la im agen del fén ix, de la vida n atu ral, que se prepara
etern am en te su propia pira y se c on su m e sobre ella, de tal suerte que de sus
cenizas resurge una nu eva vida rejuvenecida y fresca (...) El rejuvenecimiento
d el espíritu no es un sim p le reto rn o a la m ism a figura; es una p u rificació n y
elab oración de si m ism o.
N a tu r a lm e n te q u e la te o r ía a q u í p r e s e n t e e s u n a m á s e la b o r a d a y c o n
o tr o s c o n c e p t o s id e o l ó g ic a m e n te d ife r e n te s . P e r o e sta ú lt im a c ita e s d e las
L ecciones d e Filo so fía d ela H istoria U n iv e rsa !10 d e H e g e l, y h a y q u e b u s c a r u n a
e x p lic a c ió n m u y f u n d a m e n ta d a p a r a n o d e d u c ir q u e H e g e l al d a r le c c ió n a
lo s a lu m n o s tie n e p r e s e n te p o r m o m e n to s e n s u s c la s e s in tr o d u c to r ia s el
t e x t o d e H erd er.
E n lo s ú lt im o s c a p ítu lo s d e e s ta p r im e r a p a r te d e Id eas, e l a u to r s o s tie n e
q u e la s fu e r z a s f u n d a m e n ta le s q u e m u e v e n a la r e a lid a d h u m a n a s o n d e í n ­
d o le espiritu al. H e r d e r la s p o s t u la m o s tr a n d o la in s u f ic ie n c ia , en d iv e r so s
c a s o s , d e la s e x p lic a c io n e s m e r a m e n te n a tu r a le s. L a a c c ió n d e d ic h a s fu erzas
p u e d e s e r c a p ta d a só lo e n su s e f e c to s , m ie n tr a s q u e el m o d o e n q u e a c tú a n e s ­
c a p a al a c c e s o d e la o b s e r v a c ió n h u m a n a . La r e la c ió n e n tre fuerza y o rg a n ism o
re c ib e e n H e r d e r u n e x a m e n r e la tiv a m e n te c o m p le jo . C o n él a p u n ta a m o stra r
c ó m o , si n o p o d e m o s h a b la r d e u n a fu erza sin r e fe r ir n o s a l o r g a n is m o e n q u e
a c tú a , n o p o r e llo p o d e m o s a f ir m a r la c a d u c id a d d e d ic h a s fu e r z a s u n a vez
q u e el o r g a n is m o p e r e c e . E ste d e s a r ro llo e s .d e p a so , u n o de lo s fu n d a m e n to s
p a ra p o s tu la r la in m o r ta lid a d d e l a lm a y el d e s tin o d el h o m b re in d iv id u a l.

2. De la alegoría a la ciencia: nuevos problem as epistem ológicos


y críticas de Kant

E n el c a p ítu lo anterior h e m o s su b ra y a d o c ó m o , e n la n a c ie n te filosofía d e la


h isto ria , la b ú sq u e d a de u n a e x p lic a c ió n m á s in m a n e n te d e la P ro v id en cia lleva
a d e sa rro lla r n u e v o s r e c u rs o s m e to d o ló g ic o s y e p is te m o ló g ic o s . E n e ste ap ar­
ta d o n o s c o n c e n tr a m o s e n e ste a s p e c to , q u e es en d ond e c o n v e rg e el n ú c le o de
la d is c u s ió n entre. H e rd e r y K a n t e n lo q u e ai añ e a filo so fía de la h isto ria .
H e r d e r h a b la c o m e n z a d o el lib r o p r o p u g n a n d o la e lim in a c i ó n d e la s
qu a lita te s o c c u lta s 1‘ en la e x p lic a c ió n d e lo s f e n ó m e n o s , y te r m i n a e s t a p r i­

10 Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, en 2 to m os (1 8 3 7), 1 0 4 6 , Revista de O ccidente.


B uenos Aires. Pág. 2 5 . C abe observar que perten ece a los ag re gad o s de los apuntesde los oyentes
d e su s leccion es.

D e scarte s será o b je to d e critica de Spínoza p o r la utilización de qu alitates cutidlas p ata e xp licar la


unión de alm a y c u e rp o ( Etica V, Prefacio). Cfr. com entario M B oilacher p. 9 4 8 en H enkrW 'o k c,
Band 6, D eutsche Klassiker Verlag, Fran kfu n , 19 8 9 .
m era parte p o stu lan d o fuerzas esp iritu ales in c o g n o scib le s, pero d etecta-
b les en sus efecto s, en el organism o hu m an o . D eterm inar si es incoherente
o no co n su an u n cio in ic ia l, im p lica tod o un e labo rad o d esarro llo . Pero la
ap arició n , en las e x p lica c io n e s, de estas fuerzas, p erm ite qu e aun el ú n ico
m é rito que K ant r e c o n o c ía al lib ro , qu ed e red u cid o al m ero r e c o n o c i­
m ie n to de la in te n c ió n , la cu al, seg ú n la reseña k a n tia n a , só lo e n cu e n tra
co n su elo “en el fecu nd o cam po de la p o esía”: “.. .este recurso [a fuerzas e s­
p iritu ales in c o g n o scib le s] sigue sie n d o m etafísico e, in clu siv e , m uy do g ­
m ático , aunque el au to r repudie la M etafísica, porque así lo quiere la m oda
(Reseña d e K an t 10 0 )”. Y si H erder no hizo la m ás m ínim a alusión a la C rítica
d e la razón p u r a , al m e n o s ahora escuch ará alguna de sus enseñanzas. La di­
ficu ltad de su e x alu m n o para lleg ar a la d e te rm in ació n de las cau sas ú lti­
m as es p e rfectam en te co m p ren sib le. Esas “Id eas” . .so n tan e x o rb itan tes
que la razón tiene que retroceder co n espan to ante ellas, lo cu al n o se lo d e­
b e m o s im pu tar, sin e m b arg o , a n u estro au to r, sin se r in ju s to s ” (Reseña de
K an t 101).
Claro está que dichas ideas son entendidas dentro del m arco teórico k an­
tiano. Pues co m o dice el com ienzo de la C rítica de la razón p u ra,

La razón hu m ana tiene, en una especie de cono cim ien tos, el destino particu­
lar de v erse acosa d a p o r c u estio n es qu e no puede apartar, pues le so n p ro ­
p uestas p o r la naturaleza de la razón m ism a, pero a las q u e tam p oco p uede
contestar, porque sup eran las facultades de la razón hu m ana.

Las alegorías en la nueva obra de Herder no son tan num erosas, y el autor
recorre con asom brosa erudición las investigaciones cíen tíficas de su época.
Predom ina la explicación teleológica. Y arriesga en dichas explicaciones can­
tidad de co n jetu ras. El filósofo co m b in a co n clu sio n es cien tíficas co n g ene­
ralizaciones sobre la base de ind u cciones no m uy co m p letas, ju n to a poesía
y distintos tip os de e speculaciones, entre las cu ales prob ablem ente algunas
sean in tu icio n es geniales. El tono de fastidio de la reseña de Kant a esta p ri­
m era parte se debe en especial a la falta esta claridad m e tod o ló gica que e n ­
cu en tra en el libro y el m odo que tiene H erder de expresarse. M uchas
observaciones, que revelan lo fatigoso que para Kant resultaba este estilo, lle­
gan a una ironía pesada, com o ésta:
“D ejem o s que el critic o del b ello estilo filosófico o, en últim a in stan cia, el
au tor m ism o .in v estig u en , p or ejem p lo , si n o hu biese sido m e jo r d ecir: ‘n o
sólo el día y la n o c h e , y el c a m b io de las esta cio n e s, m o d ifican el clim a’ q u e ,
com o en la página 9 9 : ‘no sólo el día y la n o ch e, y la ronda bailada p or las cam -
b ian tes estacion es, m o d ifican el clim a’ ’’ (Reseña de Kant 1 09).

La crítica de Kant no se encu entra sólo en la reseña m encionada. Pero será


quizá la últim a vez en que haya referencias explícitas de uno a otro filósofo en
sus obras. De allí en más hab rá m u tu as referencias críticas sin no m brarse, y
queda a la tarea de los e stu d io so s, y por qué no d el lector, recon struir toda
esta polém ica "sorda1,.
Al año siguiente, luego de la aparición de la segunda reseña crítica de Kant
a la segunda parte del libro de Herder, escribirá u n ensayo, C om ienzo verosímil
d e la historia hu m an a, que intenta tam bién especular sobre el surgim iento de
la historia hum ana. C asu alm ente advertirá al com ienzo:

“Pu esto que las con jetu ra s, ( ...) sólo se deb en anu nciar com o ejercicios co n ­
ced id o s a la im a gin a ció n -a c o m p a ñ a d a p or la r a z ó n - co n fines de recreo y
salud del ánim o, pero no com o o cu p ación seria, no se podrán m edir con una
historia establecid a y acreditada, en cuan to d ocum ento real, sobre aco n teci­
m ien to s cu y o exam en d escan sa e n fu n d am en tos m uy d istin tos a los de la
mera filosofía de la naturaleza Justam en te por eso, y porque aquí me arriesgo
a u n sim p le v iaje de placer, so lic ito que se m e p erm ita em plear u n d o cu ­
m en to sagrado com o carta para d icho v ia je .. . ” 0 18).

Para nu estro asom bro, Kant tom ará com o pun to de partida la Biblia y no
la cien cia. Pero lo hace por m o tivo s m etód ico s, no religiosos, aun cuando
Kant tam bién es creyente. Si tenem os en cu enta lo expuesto m ás arriba sobre
Herder, po d em o s no tar que la elección no es ingenua. En e fe cto , para K ant,
en estos d o m in io s donde la cie n cia todavía n o ha entrado con seguridad,
m e jo r partir de un su puesto de la trad ición y ver ad o n d e n o s lle v a, que dar
por segura una cadena de co n jetu ras presuntam ente científicas.

Si no q u erem os vagar en m ed io de con jetu ras, tendrem os que p o n erel p rin­


cipio en algo que ninguna derivación realizada por la razón h u m an a, a partir
de cau sas natu rales a n teced en tes, podría d educir, a saber, la ex isten cia del
ho m b re, considerada, com o es natural, en su plen o desarrollo, es decir, inde­
pen d izad a de lo s cu id a d os m atern a les ( . . . ) “su p on go lalu p au -j.i Iiuin.in.il
habitand o en u n ja rd ín ” som etida a u n clim a siem pre d u lce. Y, loq u e iikUvi.i
es m ás, la con sid ero com o ya h ab ien d o dado un g randioso paso e 11 la Ital 11 h
dad de servirse de su s fuerzas; luego, no p arto del estad o por co m p leto sa I
vaje de su naturaleza. E n efecto , si yo tratara de llen ar tales hu eco s, que
p resum iblem en te abarcaron largos períodos de tiem p o, le ofrecería al lecto r
con jetu rasen exceso y dem asiado p ocas verosim ilitudes, P or tanto, el p rim er
ho m b re pod ía estar erguido y hab lar (Génesis II, 2 0 ) ( 1 1 8 ).

“Postura erguid a” y “h ab la”; ex actam en te los d os elem en tos esp ecífico s


que ya H erder atrib u ía al ser h u m ano . “Ideas" que ya H erder había e x p re ­
sado. Kant dice lo m ism o pero con un carácter epistem ológico totalm ente di­
ferente. Sin em bargo es cierto que en el libro de H erder no se e n cu en tra una
fu n d am en tació n ep istem o ló gica de sus in v estigacion es tal co m o p resenta
Kant en sus tratados. Evidentem ente Kant es en este aspecto un ejem p lo n o ­
table en la historia de la filosofía, Pero hay que adm itir que Herder, si b ien lo
hace solam ente de pasada, presenta sí algunos princip ios sobre lo s cuales se
apoya su filosofía. Por ejem p lo en el capítulo: “C om paración de las diversas
fuerzas orgánicas que actúan en el anim al”, señalaseis, entre los cuales se en-
cu en tran lo ssigu ien tes:

1. D ond e hay u n a a cc ió n en la n a tu ra leza, debe h a b e r una causa q u e actú e


( . . . ) ; 2 . N adie p ued e trazar un lím ite allí d onde una acc ió n eviden te puede
ser prueba de una fuerza existen te y donde ya no haya de serlo ( . . . ) 3. D onde
se ejerce arte, hay sen tid o de arte q u e lo ejerce ( .. . ) 4 . Puede h ab eren la crea­
ción m u ch os m edios de los cuales no sepam os absolutam ente nada por care­
cer órganos para ellos...

Y ahora m ás allá de la p o lém ica co n K ant, la clave de co m p re n sió n de la


em presa herderiana quizá se e n cu en tre sin téticam en te expresada en el p á­
rrafo que sigue:

¿Por qué sup oner, pues, p arad ojas in d em ostrables, com pletam ente co n tra ­
d icto rias, cu a n d o la co m p lexió n d el se r h u m a n o , la h istoria de su esp ecie y,
fin alm en te, com o m e p a rece, toda la analogía de la organizació n de nu estra
tierra no s cond u ce a otra in terpretación? (Ideas 9 0 ).
D esde el pun to de vista e p istem o ló gico, Ideas m u estra un esfu erzo con si­
d e r a b le p o r ex p o n e r lo s resultados á e n tífic o s d e la é p o c a e n v is t a s a u n a in t e r p r e -
tación filo s ó fic a d e la historia. E sta in terp retació n es el resultado de una
reflexión a posteriori, tal co m o subraya Herder, pero tam bién una hipótesis o
perspectiva que influye en la d irecció n de la investigación. La interpretación
contiene un m om ento ético: en las argum entaciones que niegan la Providen­
cia ve H erder m ás una voluntad prefijada qu e la fidelidad a los resultados de
la ciencia. Y la hipótesis de la Providencia, para Herder, perm ite respetar m ás
la totalidad de d atos a disp osició n que las teorías que la rechazan. É ste es el
intento de Herder, al que le seguirán otras tres partesen los siete años siguien­
tes. Nos detendrem os sólo e n un p unto, m uy im portante para la filosofía de
la historia, e n esp ecial si tenem os en cuenta la recepción hegeliana posterior,

3. La “cadena” de la tradición

Al año sig uien te (1 7 8 5 ) se pu b lica la segunda parte del lib ro. In d irecta­
m en te dirige criticas al e scrito de K ant, co m o verem os en el p róx im o cap í­
tulo. H arem os m en ción aquí solam ente au n co n cep to central de esta parte:
la trad ició n , u n o de los e je s de p o lé m ica so bre el cu al se dividen las aguas
entre conservadores y progresistas (a ello se d eben las com illas e n el título de
este apartado) pero que a m enu do se pasa po r alto en la discusión a fondo.
Para Herder, la fundam ental acción de la Providencia en el nivel ya no na­
tural sino h istó rico , se m anifiesta en la tradición, tanto que señala: “He aquí
el princip io de la historia de la hum anidad, sin el cual no existiría tal historia”
(¡d ea s 2 6 0 ). Para nu estro filósofo, la tradición es antes qu e n ad a un hecho, que
m ás allá d e nuestras ideas, no s ó lo n o p od em os coloc arn osfu era , sino qu e d esde el
vam os estam os con form ados p o r ella:

M ientras el h o m b re perm anezca en com p añía de los ho m b res no puede sus­


traerse a estacu ltu ra formativa o deform ante; la tradición se apodera de él, in­
form a su m entalid ad y sus m iem bros. Cual sea la tradición y la maleabilidad
del h o m b re, tal será su form a d efin itiva (ideas 2 6 2 ).

Es ella la que n o s perm ite h ab lar de h isto ria de la h u m anidad com o un


todo (Ideas 2 6 0 ), de “la” H istoria. Y es ella la que nos perm ite pasar de la ani-
m aliciad a la hu m anidad progresivam ente ( Id ea s 2 6 0 ) . I’oi r i lo |ntn< >.1 1 1
fuerzas orgánicas, la tradición es uno de los principios d elafü u so k u lt- l,i I ■■
to ria(/ d eas2ó l).

La filosofía de la historia que sigue fielm ente la cadena de la tradición es, por
lo tan to, la ú n ica verdadera h istoria de la h u m anid ad , sin la cual tod o s los
acon tecim ien tos del m u nd o no son m ás que hu m o o fantasm as espantosos.
( . . . ) Sólo la continu id ad de la cadena formativa sabe ordenar tantas ruinas en
un c o n ju n to d ond e, si b ien d esaparecen las figuras h u m an as, sobrevive vic­
torioso el espíritu de la hu m anid ad ( Ideas 2 6 5 ).
¡Áurea cad ena de la cultura que enlazas toda la tierra y to c a s a través de Lodos
lo s ind ivid uos h a s ta e l trono de la Prov id en cia. ..! (Ideas 2 6 6 ) .

Di fícil negar el valor de la tradición en estos aspectos. El p r o b le m a crucial


está en d e term in a r cuál e s el p rin cip io crítico qu e p er m ite m o d ifica r y correg ir la
tradición , de m odo que n o sea só lo una “cad en a”. La filosofía de H erder está
probablem ente en condiciones de responder a esta pregunta, m ás allá de que
su respuesta no s conform e. Pero hasta aquí llegam os en nuestra exposición.
N uestras referencias textuales a H erder en lo que respecta a la trad ición tie­
nen otra m otivación m ás. Es qu e Hegel parece seg uir casi paso a paso estos
párrafos de Herder en sus clases de filosofía de la historia. “C asi", co m o vere­
m os en el capítulo sobre la filosofía hegeliana.
En 1 7 8 7 se publica la tercera parte de Ideas, y en 1 7 9 1 la cuarta, formando
en su co n ju n to un libro de unas 7 0 0 páginas de eru dición. Sólo a las dos pri­
m eras dedicará Kant una reseña. Ahora pasem os ya a los aspectos co n stru c­
tivos de la filosofía kantiana de la histo ria, y d ejam os que el crítico sea en
adelante Herder.
Bibliografía recomendada

HERDERjohann G ottfried : Filosofía de la Historia para la Educación de la Humanidad,


( 1 7 7 4 ) 19 5 0 Trad.: E. Tab em ig , Nova, Buenos Aires. La trad ucción estricta del titulo
tendría que ser También una filosofía de lo historia. (TF Introducción de Eugenio Puc-
ciarellí “Sob re H erder y el n a cim ien to de la con c ien cia h istó rica”. La traducción e s­
tricta del títu lo d ebería ser “T am bién una Filo sofía de la H istoria para la Educación
de la H um anid ad ”. Así ( “TF ") la h em os citado en este cap ítu lo, porque la diferencia
com o vim os es im p orta n te.
-------------------- E n alem án: A uch ein e PhilosophiederG eschichtezurBíldungder Mens-
chheit. Beitragzu vicien Beítragen desJahrhunderts, (1 7 7 4 ) 1 9 9 0 R edara, Stuttgart. (En
las citas, “TF")
-------------- ¡deas para una filosofía de la historia de ¡a humanidad, ( 1 7 8 4 ) 1 9 5 9 , trad .:
— ■
J.R o v ira A rm en gol, Losada, Buen os Aires. (En lascitas: "Ideas"')
--------------------E nalem án: Ideen zurPh ilosaphíe derGeschichte derM enschhcit.herausge-
gebeft von M. Bollacher, D eutsche Klassiker Verlag, Frankfurt a.M. 1 9 8 9 (Band 6 von
J.G . Herder W erke) La edición posee valiosos com entarios de Bollacher al tex to ,

E n cu an to a la bibliografía referen te a la p olém ica entre H erder y Kant:

K a n t Im m anuel: Filosofía de laHistoria, 1 9 5 8 , B uen os Aires, trad. de E. Estiú.

D icho volum en contien e una in tro d u cción de Estiú donde habla de la polém ica. De
allí liem o s citad o los sigu ientes esc ritos:
-------------------- C o n la abreviatura “Reseña de Kant”, el e scrito: “Sob re el lib ro “Ideas
para una filosofía de la historia de la hum anidad" de J . G. H erder";
-------------------- “C om ienzo verosím il de la h istoria hu m ana”;
-------------------- Enalem ánseencuentranen:K antI.:Schn/te!i2urG «drídifspli¡!o5í;phit\
1 9 7 4 , R e cla m , Stu ttg a rt.

Sob re H ERDER:

B e r l í n , lsah ía Vicoy Herder. Dos estudios en lahistoriade las ideas. ( 1 9 6 0 ) 2 0 0 0 , trad .:


C arm en G onzález del Tejo, E d icion es Cátedra. M adrid. Ésta de Berlin es ya una e x ­
p osición clásica, no sólo de la filosofía de la historia sin o de la filosofía berd enana en
su co n ju n to . A su vez, él m ism o a d v ien e que no se trata de una e x p o sició n integral,
sin o que se con cen tra en lo que B erlinju zg a rnásoriginal de la filosofía de Herder, en
esp ecia l,a q u ella sid ea sq u e v a n co n tra la principal co rrien te del pen sam ien to de su
época, que según B erlin son el popu lism o, el exp resionism o y e 1pluralism o,
P a l f i Elias, “La m etáfora de la vida”. La filosofía de la historia de H erdery losdesarro-
llos desigu ales en las c ien cia s naturales de la ü u siracíó n tard ía”, en/lporías: tiempo,
modernidad, historia, sujeto, nación, ley, 2 0 0 1 , Alianza, M adrid-Buen os Aires. El su b ­
titulo ya no s dice m u cho del con ten id o de este artículo. C om o hem os anticipado en
una nota, el trab ajo de Palti, entre o tros tem as, hace ju s tic ia a la filosofía de Herder,
ffiosu aiid u c ¿ lili) lo q u e u'i ella parece falte de riger, c in tro m isió n arbitraria de r e ­
cursos n o legítim os en el ám b ito filosófico, se tra ta en realidad del in ten to de in tro ­
d u cir esq u em as c o n ce p tu a le s d el ám b ito cien tífic o d entro de la filosofía de la
historia, ju sta m en te con el in tento de llegar a m ayor rigor. Así lo q u e parecen p rob le­
m as privativos de la filosofía de H erder, son en realidad heren cia y reflejo de los p ro­
blem as m etodológicos con que se baten las cien cias naturales in cipientes de la época.
El a rtículo favorece una relectura m uy interesante de la o bra de H erder
Hermenéutica e historia

1. Particularidades de la hermenéutica
La voz griega h erm en éia significa prim ariam ente ‘expresión (de un pensa­
m iento)’ y fue am pliam ente utilizada por la filosofía griega co n distintas acep­
ciones. Sin em bargo, la expresión ‘herm en éu tica’c o m o tal no aparece antes del
sigl o xvii, y sólo promediando el siglo xx, cuando dejó de concebirse co m o una
ciencia de las reglas de interpretación y reivindicó el estatus de filosofía primera,
tom ó el lugar de privilegio que ocupa actualm ente en el pensar filosófico. Ju n to
co n esta evolución de este co n cep to , tam bién se ha m odificado su relación con
la historia. En sus orígenes intentó p roporcionar herram ientas para cerrar el
abismo abierto por el paso del tiem po en la com prensión de nuestros ancestros.
En una segunda etapa se buscó en ella los fundam entos epistem ológicos de la
historia com o ciencia. Finalm ente, en tanto filosofía primera ha intentado cons­
tituirse en el fundamento de todo conocim iento histórico.
Q uienes se dedican al estudio de estas temáticas com parten tres supuestos
fundamentales. El primero de ellos apunta a que toda expresión refiere au n sen­
tido que alguien quiso exteriorizar. De hecho, se podría decir que el enunciado
es algo secundario, un derivado, que depende de lo que Agustín dio por llamar
el ve rbum intcrius. Esta postura distancia a la herm enéutica de las posiciones fi­
losóficas más logicistas que sostienen la autosuficiencia de los enunciados pre­
posicionales. Elsegundo elemento que distingue a estos filósofoses el señalar el
hiato que existe entre lo que se pretendió decir y la palabra concreta. U na vez
dicha, la expresión pierde su contacto con el contenido de la palabra interior, lo
que la vuelve pasible a distorsiones debido a la ambigüedad, la multiplicidad de
sentidos, o la distancia cultural que separa al autor del intérprete. En la medida
en que lo que prima esel verbo in terio ry n o la expresión, se vuelve necesario re­
alizar una com prensión m ediata, que lo reconstruya y verifique. El tercer su­
puesto com partido es la existencia de una relación form al entre lo individual y
el todo en tanto anticipación intuitiva de lo individual, com o condición de po-
sibílidad de toda interpretación. M ientras la herm enéutica considera que este
círculo es virtuoso, los logicistas lo ven com o vicioso. Desde su prim erplanteo
por Georg Antón Friedrich Ast (1 7 7 6 -1 8 4 1 ) hasta nuestros días ha variado os­
tensiblemente . La teorta herm enéutica del siglo xix concebía a la relación formal
entre el todoy lo individual com o un principio metodógico que acaba superán­
dose en la com prensión com pleta del texto. M. Heideggery sus seguidores, por
el contrano, consideran a este círculo com o un mom ento de la estaictura onto-
lógica de la com prensión, que no se anula en la com prensión total.
A pesar de com partir estos supuestos no se puede considerar que este tér­
mino defina una com ente filosófica, com o tam poco un área de incum bencia en
com ún. Quienes utilizan este término para calificarsusinvestigacionespueden
diferir primeram ente en sus raíces filosóficas. Entre otros encontram os herede­
ros de la tradición fenom enológica existenciaria, com o es el caso de Gadam er y
Rícoeur, continuadores del pensam iento de Dilthey, tal com o M isch, Lipps y
Bolín ow, filósofos anglosajones críticos de las corrientes logicistas más duras,
com o Rorty, y hasta quien se ha basado en la ortología de N . Hartm ann, com o la
obra de Betti. Incluso existen grandes disidencias ace rea de qué es el lenguaje,
entre quienes sostienen una visión instrum entalista, y los que tienen una con­
cepción constitutiva. Los prim e ros los conciben com o una herram ienta o ins­
trum ento que sirve para co m u nicary ordenar nuestra aprehensión previa de la
realidad. Sólo po rque hem os com prendido la na tu raleza de la realidad, logratnos com ­
p ren d er el significado d é la s p ala bras. La posición constitutiva, por el contrario,
sostiene que el lenguaje es la condición de posibilidad de la aprehensión del
mundo. Com o lo explica el mayor exponente de esta posición, H . G. Gadamer,
“El lenguaje no es una de las dotaciones de que está pertrechado el hom bre
com o está en el m undo, sino que en él se basa y se representa el que los hombres
sim plem ente tengan mundo"1. Ln herm enéutica tam poco se define por un área
filosófica de incum bencia en particular. De hecho se podría distinguir e ntre una
herm enéutica que com prende las acciones hum anas, una de corte exegético,
que establece criterios para la interpretación de obras y textos, una herm enéu­
tica epistem ológicaque prescribe criterios metodológicos de las ciencias hum a­
nas, y una hermenéutica filosófica, que analiza las implicaciones ontológicas de
concebir al ser hum ano com o un ser histórico que comprende lo que lo rodea.

1Gadamer, H. G., Verdady m étodo, p. 53 1 .


2. La base histórica en los orígenes de la hermené m u a

Desde sus inicios la h e rmené utica buscó restablecerel diálogo con el pasad i >
h istó rico , dando lugar a que se opusieran dos líneas a las que Gadam er deno -
mina recom í n ic d ó n e integración2. La prim era busca la determ inación original
de una obra. Toda obra es un objeto tem poral que pertenece a un m undo que
determina su significado. Si este mundo desaparece, pareciera quela única m a­
nera de lograreste objetivo es reconstruyendo su mundo de origen. Los integra-
cionistas, porsu parte, no proponen la restitución del pasado, sino la m ediación
del pen sam ien to con la vida actual. Los estoicos fueron los prim eros en sostener
esta posición, al sistematizar la práctica de las llamadas interpretaciones alegó­
ricas o alegare sis com o modo de elim inarlas tensiones que había entre los mitos
de la tradición y la co ncep ció n racional que esta corriente filosófica tenía del
m undo, sin prescindir por ello de la autoridad de quienes los precedieron. La
misma consistía en encontrar un sentido m ás profundo detrás del literal .esp e­
cialm ente donde el sentido literal fuera chocante o absurdo. Los estoicos esta­
blecieron los crite rios y límites en la tarea del intérprete y el nivel de im plicación
del sentido oculto en elliteral. Esta posición integracíonista fue trasladada a la
tradiciónjudía por Filón de Alejandría (cu. 25 a.C .-5 0 d .C .), quien com para la
relación entre el sentido literal y el alegórico, con la que existe entre el cuerpo y
el alma. Al igual que el alma, el sentido alegórico es invisible; sólo los iniciados
están en condiciones de verlo invisible a través de lo visible. La alegorización ra­
dical a la que conduce obra de Filón, lo llevó al descrédito entre losexegetasju -
díos de la Torá, m ás inclinados a la interpretación verbal de las leyes, pero
abonaron el proyecto del cristianism o antiguo de conciliar la anu nciación de
je s ú s con la relativización de la ley jud ía. P o ru ña parte, el Nuevo Testam ento
impedía tomar al Antiguo al pie de la letra, especialmente respecto de sus profe­
cías acerca del Mesías. Por la otra, la rem isión de je s ú s a la tradiciónjudía'hacía
imposible el de jarla de lado. D icha tensión dio lugar a interpretaciones alegóri­
cas del Antiguo Testam ento, denom inadas tipología, en la que la persona de
jesú sera la pauta de interpretación. Orígenes de Alejandría (1 8 5 -2 5 4 ) extendió
la interpretación alegórico-tipológica al Nuevo Testamento. Así com o el A nti­
guo Testamento era una tipología del Nuevo, éste era, a su vez, una tipología del
‘Evangelio E tern o ’. La universalización de la tipologización y la adopción de

¡ Cf. G. H. Gadamer, Verdad y m étodo, p. 2 1 9 ,


m u chos elem entos paganos, especialm ente de Filón y de los misterios órficos,
llevó a que su tesis fuera considerada demasiado extrema. Con todo, su doctrina
de los tres estratos de significado de las Sagradas Escrituras: el corporal, el aní­
m ico y el espiritual, cada uno ligado con un nivel mayor de iniciación fue to ­
m ada p o r la herm enéutica m edieval y devino en la cuádruple significación de
las Escrituras: la literaria, la alegórica, la moral y la anagógica, referida al final de
los tiem pos3. C ontra esta tendencia alegorizante que había sum ido a las Escri­
turas en el olvido, Martín Lutero (1 4 8 3 -1 5 4 6 ) defendió la norma de la primacía
del texto. El principio reformatorio de la sola scriptura parte de la concepción pa­
trística de que la Biblia es un texto trasparente El significado espiritual del texto
no es un m ás allá sólo accesible para iniciados, sino que está contenido en la fiel
e jecu ció n del sentido literal. Las escrituras m ism as contienen la clave para su
com prensión. El m ovim iento de la C ontrarreform a criticó la ingenuidad de
considerar que sólo recurriendo a otras partes del texto y a la intuición del Espí­
ritu Santo, se podían com prender los pasajes oscuros. Fue Matthias Flacius Illy-
ricus quien respondió a esta crítica y le aportó a la Reforma la clave para
interpretar estos pasajes oscuros. Frente a la posición del C oncilio de Trento,
Flacius sostuvo que la oscuridad no se debía a las Escrituras m ism as, sino sim ­
plem ente al cono cim iento insuficiente de gram ática y lengua por parte de la
Iglesia.

3. La hermenéutica como fundamento epistemológico


de la historia
El interés moderno por los textos antiguos y la jurisprudencia diversificaron
el ám bito de aplicación de la h erm enéutica rom piendo la identificación que
tenía hasta el m om ento con la teología. Sin em bargo, era básicamente una dis­
ciplina auxiliar, una 'preceptiv a', análoga a la retórica en el arte de hablar y la
poética en el arte de la versificación, que planteaba un conjunto de reglas y ejem ­
plos al servicio de la praxis de la com prensión, los cuales variaban de acuerdo al
área de incum b en cia. Friedrich Ernst Daniel Schleierm acher (1 7 6 8 -1 8 3 4 ) fue
el primero en abandonar dicha preceptiva y buscar la fundamentación del pro­

! G rondin cita un poema didáctico de Agustín de Dacia, que dice: “El sentido literal enseña lo que
sucedió; el ale górico, lo q ue debes creer, el m oral, lo que debes hacery el anagógico, hacia dónde
debes tender.”, cf. j . Grondin, introducción a la h erm en éu tic a jib só fk a , p. 60.
ceder exegético, problematizando a la com prensión e n tanto tal. Inspirado e n la
prim acía kantiana de la teoría del conocim iento por sobre la teoría del ser, pro­
puso un tratado sobre com prensión e interpretación basado en principios filo­
sóficos, que buscara la unidad de las distintas especialidades exegéticas no en el
contenido de la tradición, sino en la unidad d e unprocedim iento. Su posición se basa
en la universalización del malentendido en la experiencia de lo aj eno. En su opi-
nión, resulta ingenuo suponer que inm ediatam ente hay com prensión y que la
interpretación se lim itaría a casos excepcionales. Ai unlversalizarse el m a l­
entendido la interpretación pierde ese rol pedagógico que tenía en la herm enéutica del
siglo X¥in, y se vuelve uno con la com prensión. Para este filósofo el objetivo de la her­
menéutica consiste en com prenderlo que el autor quiso decir, y no si lo dicho es
o no verdad. El intento de co nciliar el aspecto universal propio de la filosofía
kantiana, con la vertiente romántica de estableceruna relación viva con el autor
fue el gran desafío de este pensador. Para hacerlo distinguió dentro de cada inter­
pretación dos m om entos diferentes, pero interrelacionados: el gramátic o y el
psicológico. La interpretación g ram ática u objetiva se apoya sobre los caracteres
del discurso com unes a una cultura. Este com ponen te es em inentem ente nega­
tivo ya que indica los límites de la com prensión, determinados por el lenguaje en
tanto un co n ju n to de palabras y reglas de uso com partido por una com unidad
de hablantes. Q uien se com unica porinterm edio de estas reglas es el individuo.
Corresponde por lo tanto a la interpretación psicológica el com prender este pen-
sam ientoindividualporm edio de una operación de equiparación. En dicho pro­
ceso se vuelven conscientes aquellos elem entos que habían quedado
inconscientes en el autor original, a fin de com prenderlo m ejor d e lo que él m ism o se
h ab ría com prendido. El fuerte com ponente ‘adivinatorio’ de este m om ento ha
sido criticado por su arbitran edad. C on todo, algunos in térpretes sostienen que
este último m om ento más que arbitrario sería un análogo al contexto de descu­
brim iento en las teorías epistemológicas contem poráneas, en el sentido en que
en su seno se construyen hipótesis de interpretación sin seguir una lógica es­
tricta. Sólo en el m om ento critico se establece si la hipótesis propuesta da cuenta
de lo que se intentó com unicar originalmente.
l a escuela histórica del siglo xix com partía con la hermenéutica de su época,
la teoría rom ántica de la individualidad y la aplicación del esquem a de tod o sy
de partes, lo que propiciaba la construcción de una epistemología de la historia
con bases herm enéuticas. Sin embargo, los planteos de Scheierm acher no eran
suficientes para dicho proyecto pues se centraban en la com prensión de textos
aislados. Fue W ilhem D ilthey (1 8 .3 3 -1 9 1 1 ) quien lom ó la herm enéutica ro­
m ántica para enfrentarse al problem a m etodológico fundamental de explicar
cóm o era posible el conocim iento histórico. Su objetivo era oponerse a la teoría
n eokantiana de la historia de W indelband y Rickert, que planteaba un sujeto
epistem ológico abstracto y sin vida. Su crítica a ¡a razón histórica destaca las d i­
ferencias que existen entre la explicación de la naturalezay la com prensión del es­
píritu. En el cono cim iento de la naturaleza el hom bre se dirige a fenóm enos
ajenos a é l, cuya coseidad fundam ental se le escapa. En el orden hu m ano, en
cam bio, el hom bre no es un extraño para el hom b re independientem ente de las
distancias que lo separen. Así nos explica, “comprender, entendido en el sentido
am plio en que hay que presentarlo ahora, constituye el m étodo fundam ental
para todas las operaciones de las ciencias del espíritu... Así com o en las ciencias
de la naturaleza el conocim iento de las leyeses posible únicamente m ediante el
núm ero y la m edida, aplicados a las experiencias y a las reglas contenidas en
ellas, así tam bién en las ciencias del espíritu toda proposición abstracta sólo se
puede ju stificar por su referencia a la vida an ím ica, tal com o se nos da en la vi­
vencia y en la com prensión”-1. A diferencia de las categorías de la naturaleza, que
se aplican a fenómenos exteri ores med ¡atizados por los sentidos externos, las vi­
vencias son captadas inmediatamente tal com o son por medio de la vivencia in­
terior. La conexión interna, o en cadenam ien to que permite este tipo de captación
es la vida, en tanto fuerza productiva compartida por todos los seres humanos.
Se ha objetado el hecho de la idea de que unsustrato vital inm ediato y com par­
tido por todos los seres hum anos permite prescindir del elemento crítico enfa­
tizado por Schleierm acher y Droysen. La om isión de que las descripciones y
análisis de la vida del alma tienen carácter hipotético y pueden ser falsas o co ­
rrectas, volvería a filtrar el tema de la arbitrariedad propia de la interpretación
alegónca. Hayherm enéutas com o Gadam ery Ricoeur, que sostienen que dicha
arbitrariedad no existe desde el m om ento en que no hay una aprehensi ón inm e­
diata de la vida psíquica del otro, sino que está mediado porsus manifestaciones
sensibles. C om o explica Dilthey, “ la existencia ajena se nos da, por fuera, en
hechos sensibles, en ademanes, sonidos y acciones, y sólo mediante u n proceso
de ‘reproducción’ de lo que aparece así en los sentidos por signos aislados co m ­
pletamos esta interioridad”3. l a s obras o los textos son m anifestaciones que se

4 Dilthey, W , H m undohistórico, Fondo de Cultura E conóm ica, M éxico, 1 9 4 4 , p. 339 ,


5 Dilthey, W., El mundo histórico, p. 32 2 .
elevan por encim a del flujo histórico y se independizan del m undo que les clic
origen. Esjustam ente la autonomía del texto la que proporciona el com ponente
objetivo y critico propio de las ciencias. Gadamer, en cam bio , le objeta el hecho
de que para justificar epistemológicamente las ciencias del espíritu Dilthey haya
reducido el m undo histórico a un mero texto. “De este m odo Dilthey acaba pen­
sando la investigación del pasado histórico com o descifram iento)/ no com o ex p e-
rienciahistórica”6.
Iit línea epistem ológica iniciada por D ilthey fue continuada por Georg
M isch ( 1 8 7 8 - 1 9 6 5 ) , T h e o d o rí.ip p s ( 1851 -1 9 1 4 ) y Otro F ried richB o lIno w
(1 9 0 3 -1 9 9 1 ), quienes buscaron llevar a cabo una lógica herm enéutica que esta­
bleciera la relación genética entre el conocim iento y la vida. Q uien continúa el
proyecto diltheyniano de hacer de la herm enéutica una m etodología de las
ciencias hum anas en el siglo xx fue Em ilio Betti (1 8 9 0 - 1 9 6 8 ), quien en su obra
A llgem ein eA u slegu ns¡ehrealsM ethodikderG eistesw issen schaften(Laherm en éu-
ticacom o la m etodologiagen eral de las ciencias hu m anas) rescata la rigurosidad y
la garantía de objetividad com o valores de las ciencias hum anas, en contrapo­
sición con el ‘relativismo’y ‘subjetivism o’ al que conducen la hermenéutica filo­
sófica de H eideggery Gadamer. A diferencia de Gadamer, este autor considera
a la interpretación co m o un proceso contem plativo, no productivo, que co n ­
siste en recon ocer las intenciones del autor a través de las form as co n sentido
plasmadas en la obra. El intérprete debe encontrar el sentido de lo interpretado
antes que otorgárselo. Para evitarel psicologism o de Dilthey, la interpretación
se centra en las form as representativas, o bjetos idealesyatem porales7. La auto­
nom ía de estas form as enviste a la interpretación de objetividad. Sin em bargo,
esta objetividad no es absoluta, sino relativa, debido a la distancia entre lo es­
crito y el intérprete, y el com ponente subjetivo presente en toda interpretación.
La reivindicación de los prejuicios es vista com o una manera de violentar toda
posible interpretación. Para este pensador, si la interpretación es una actividad
ideológica cuyo fin es la com prensión, su desarrollo y resultados deben poder

6 G adam er,H . G, V eráady m étodo, p. 303.


7 Para Betti la com prensión se funda en una estructura triádíca constituida porel su jeto, la forma
representativa y el objeto . El sujeto accede al o bjeto por intem edio de las form as representativas.
La noción de ‘form a’ designa toda relación unitaria de elem entos sensibles que m antienen la marca
de quien la ha forjado. Grondin observa que la noción de ‘forma’ perm anece algo vaga para no que-
dar restringida a las formas escritas (Grondin, J ., Uhonzon herm eneu tiquede Iap en séeam tem p o rain e,
Vrin, Paris, 1 9 9 3 , p. 163).
ser co ntroladosde m anera objetiva, co n la ayuda de cuatro cánones que él de­
fine, dos relacionados al objeto y dos al sujeto. El primer principio es el de la au­
tonom ía herm enéutica o de la inm anencia del criterio herm enéutico, según el
cu al el sentido debe ser inm anente al texto y n o la proyección del inte rprete.
Este princip io tiene el problem a de cóm o determ in arla adecu ación al o b jeto
interpretado. El segundo can on de la totalidad y de la coherencia de la aprecia­
ció n herm enéutica proporcion a un criterio negativo com o respuesta. El
m ism o exige que el o b jeto sea interpretado co m o un tod o arm onioso y co h e ­
rente d onde las partes se aclaren recíp rocam ente. El tercer princip io de la a c­
tualidad de la interpretación se enfrenta a los objetivistas que bu scan la
erradicación del sujeto. Según este canon el intérprete debe procurar seguir in­
teriorm ente el proceso creador de lo interpretado. C on todo, énfasis de la su b­
jetiv id ad del intérprete no im plica caer en u n su bjetivism o, porque se lim ita a
la espontaneidad de un sujeto trascendental, purgado de todo trazo de indivi­
dualidad. Consciente de que el tercer can on asum e que el significado original
es u n fin asin tó tico de la co m p rensió n y que en toda com prensión surge un
'sentido enriquecido’, Betti pone un límite a la actualidad del com prender, m e­
diante el principio herm enéutico de la concordancia entre el intérprete y la in­
terpretación. Más allá de las dificultades en la aplicación de estos cánones y las
criticas que se le realizaron cad a uno d e ellos, esta línea de pensam iento fue
eclipsada por la herm enéutica filosófica iniciada porM artín Heidegger (1 8 8 9 -
1 9 7 6 ) y H ans Georg Gad am er (1 9 0 0 - 2 0 0 2 ).
O tra línea de p ensam iento que d estaca el papel de la herm enéutica en el
co n o cim ie n to h istó rico tiene su o rigen en las In vestigaciones filo s ó fica s de L.
W ittg enstein. En esta o bra se critican los su puestos nom inalistas de su Trac-
tatus lógico-philosophicus (1 9 2 1 ) y del círcu lo de Viena, a favor de la teoría de
ju e g o s del len g u aje. A unqu e en ella no se u tilic e el térm in o h e r m e n é u tic a ,
p ued e co n sid erársela co m o tal en tan to bu sca aclarar el fenóm eno lin g ü ís­
tico desde su realidad vital. Los estudios de la historia de la epistem ología de
T. K uhn fortalecieron el nexo entre herm enéutica e historia en la filosofía an ­
glosajo na, el cu al es profundizado por R. Rorty. E n su denun cia co ntra todo
proyecto universalisante o trascendental, este filósofo retom a la teoría k uh-
n ian a de ca m b io s de p a r a d ig m a s y d isting ue al co n c ep to de h e rm en éu tica
com o el opuesto ideal del de epistem ología. M ientras que en la epistem ología
tod o s lo s hablantes co m p arten una racionalidad, en la herm enéutica se está
dispuesto a ad qu irir la je rg a del in te rlo cu to r en lugar de red u cirla a la suya
propia8. E n el discurso norm al de cada paradigm a, d onde las diferencias son
sim plem ente cuestiones de m atiz, se está operando desde una posición clara­
m ente epistem ológica. C uando uno se enfrenta a un a tradición que no es la
suya, co m o sucede co n lo s historiadores, y por lo tan to , term ina por no co m ­
prender lo que se d ice, su análisis debe dejar de serepistem o lóg ico para co n ­
vertirse en h erm en éu tico . Este filósofo destaca el carácter edificante de esta
p o sición que, en lugar de sistem atizar una po sición ye n co n trar una verdad
objetiva, hace hincapié en esta bleceru n a conversación con aquellas tradicion es que
no s son ajenas.

4. La hermenéutica como fundamento ontológico


de la historia

La hermenéutica m oderna pretendía erigirse com o método alternativo al de


las ciencias naturales, pero su planteo supone una cierta subordinación a estas
últimas, en tanto surge com o respuesta a la carencia de las ciencias hum anas de
un m étodo análogo a las explicaciones fisicomatemáticas. La herm enéutica fi­
losófica , en cam bio, rompe con esta línea y lie va a cabo un análisis trascendental
que horada los planteos ep ist em ológicos tradi cionales con el objeto de sacar a
luz las condiciones ontológicas de su posibilidad. La pregunta que los guía ya no
es más ¿cóm o sabem os?, sino ¿cuál es el m odo de ser de este ser que existe co m ­
prendiendo? El pasaje de la herm enéutica epistem ológica a la herm enéutica fi­
losófica, se produce a partir de una reelaboración heideggeriana del concep to
de com prensión, donde éste deja de ser descrito com o u na forma posible de co ­
nocim iento, y se lo considera com o el fenóm eno fundamental del ser hum ano,
en tanto le permite descubrir el m undo, y ser de acuerdo a determ inadas posi­
bilidades. A este cam bio, se le agrega elproponerel carácter proyectivo y activo
de la com prensión, enlugar desu pasividad tradicional: . .elcom prender tiene
en sim ism o la estructura existenciaria que llam am os ‘proyección’. Proyecta el

8Cf. R. Rorty, L a filoso fía y d e s p e j o d é la naturaleza, Cátedra, Madrid, 1 9 9 5 ,p . 2 9 0 . K ncierta forma


esta acepción de herm enéutica escercan a a la planteada por el propio G adam er: “El term ino ‘her­
m enéutica’ rem ite a la tarea del intérprete o traductor, que interpreta y com unica algo que resulta
incom prensible porque está d icho en una lengua extraña, aunque sea en la lengua de lo sd io ses,
hecha de señales y signos" (V erdady m étodo, p. 6 3 5 ).
ser del D asein9sobre su por-m or-de-qué tan originalmente com o sobre la signi-
ficatividad o m undanidad de su respectivo m u n d o . El carácter de proyección
del com prender constituye el ser-en-el-mundo respecto al estado-de-abierto de
su ‘ahí’, en cu anto‘ahí’ de un poder-ser. La p royección es la estructura existen-
ciaria del ser del lib re e sp a c io del íá ctico p o d e r-s e r”t0. E sta c o n c e p ció n
lleva a una doble m odificación co n relación a la historia; la prim era en lo r e ­
ferido a la h isto ricid ad del c o n o cim ie n to y la segunda en lo qu e se po d ría
d eno m inar la ‘realidad histórica’. Con respecto a la primera modificación, el ca­
rácter proyectivo de la com prensión afecta a la definición misma de la historici­
dad del conocim iento. Toda aprehensión tem ática del pasado se realiza dentro
de una totalidad de sentido, que afecta la manera en que se lo descubre y concep-
tualiza. La escuela histórica sostenía que no hay una aprehensión definitiva del
pasad o, porqu e nu nca se com prende totalm ente el sentido de la historia. Sin
em bargo, a m edida en que ésta se va desarrollando, se profundiza dicha co m ­
prensión y por lo tanto, la de los acontecim ientos individuales, por lo que se po ­
dría hablar de una suerte de progreso en el conocim iento histórico. En el caso de
Heidegger, en cam bio, n o habría un progreso de este tipo pues el sentido está es­
tructurado sobre prejuicios. El estudio de acontecim ientos del pasado parte de
preconcepciones heredadas, las cuales se verán modificadas tras su estudio. Éstas,
a su vez, volverán a modificar el sentido del acontecim iento y así al infinito. Esta
metodología es, lógicamente hablando, una petición de principio, pero Heideg­
ger sostiene que dicha estructura no tiene nada que ver con la lógica, sino que es
la constitución ontológíca del Dasein. El cumplí miento de las condiciones fun­
dam entales de u n posible interpretar radicaría en no empezar por desconocer
las co ndiciones esenciales para llevarlo a cabo. l_o decisivo para este filósofo no
es salir del círculo, sino entrar en él del m odo ju sto . Más allá de este desarrollo
ci reular del conocim iento, los prejuicios sobre los que se basa Incom prensión
también podrían modificarse de manera sustancial y, en consecuencia, los acon­
tecim ientos históncos serán descubiertos de otro modo. El modo de ser del D a-
seinyla estructura proyecti va déla comprensión modifican también el concepto

*E ste térm ino fue utilizado por H eideggerpara referirse a la existencia humana. Inicialmente Gaos
lo había traducido com o ser-ahi, pero debido a diversos p roblem asen esta traducción v otras que
se han intentad o, la tendencia actual, no sólo en castellano, sino tam bién en otros idiom as, es no
traducir el térm ino (cf. las aclaraciones de J. Rivera a su traducción de Ser y tiempo. Editorial U ni­
versitaria , Santiago, 1 9 9 7 ,p .4 5 4 ).
10 M. Heidegger, S ery tiem po, p . 16 3 .
de historia. Generalmente se asocia a lo histórico con un hecho pasado. Heideg-
ger disocia la idea de historia con todo aquello que no seahum ano: lo primaria­
m ente histórico es el D asein ; lo que hace frente dentro del m undo lo es de
manera secundaria. De este m odo, lo histórico no puede ser un hecho, sino sólo
proyectos. El modo de ser del D asein impide que se predique de un proyecto el
ser pasado, la historia no es entonces proyectos pasados. En su lugar, se lo asocia
con la estructura de tradición y herencia. La historia es concebida enton ces
com o una su ene de cantera de mundos, que heredamos de quienes no son más.
Está en nosotros el hacem os de estas posibilidades latentes y proyectamos sobre
ellas.
Si bien Heidegger le dio un giro a los supuestos ontológicos sobre los que se
podría fundar una epistemología de lasciencias hum anas, no se detuvo en este
debate, porque su preocupación era de índole ontológica. Gadam er fue quien
entró en el m ism o al relacionar la ontología de Heidegger con la epistemología
de Dilthey. Esta co nfrontación ya está presente en el título m ism o de la obra
donde se “... co n fronta el co n cep to heideggeriano de verdad co n el concep to
diltheyniano de m étodo. La cuestión es luego saber hasta dónde la obra merece
llamarse: Verdad Y M étodo, y no debería ser más bien intitulada: Verdad O M é­
todo"11. Al igual que Heidegger, Gadam er no conside ra que la epistemología de
las ciencias sociales deba ser descartada; lo que plantea, en cam bio, es que el in­
terés del filósofo se debe centrar en el fundamento ontológico de dicha episte­
mología. “L apraxisdelhistoriadordel d e re c h o -e x p lica -ig u a l que la del ju ez,
tiene su s‘métodos’ paraevitarel error; en esto estoy enteramente de acuerdo con
las consideraciones del historiador del derecho. Sin embargo el interés herme-
néutico del filósofo empieza ju stam ente allí donde se ha logrado evitar el error,
pues éste es el punto en el que tan to e l historiador com o el dogmático atestiguan
una verdad que está m ás allá de lo que ellos co no cen, en cuanto que su propio
presente efímero es reconocible en su hace r y en sus hechos”'2. Su intención, por
lo tanto, no es establecer principios m etodológicos sobre có m o m odificar las
ciencias humanas para poder legitimarlas filosóficamente, sino que responde a
la pregunta trascendental acerca de qué posibilita toda com prensión.
La propuesta de este filósofo se apoya en dos pilares fundamentales, a saber:
sostener que ¡a herm enéutica debe com prender el sentido del texto, n olaintención del

' 1Rieouer, P., Du texte á l’actíon, p. 97.


12 Gadamer, H, G., Verdady m éto d o,p. 15.
autora el carácter constitutivo del lenguaje. C o n respecto al primer punto,hay un
alejam iento respecto de la tradición romántica que valoraba una obra por la re­
lación vital que tenía con su creador y no por el sentido que descubre. Para G a­
damer, en cam bio, la pretensión de verdad de una obra debe ser tomada en serio
y no puesta entre paréntesis. C om prend er lo que alguien dice es ponerse de
acuerdo en la cosa, no ponerse en el lugar del otro y reproducir sus vivencias.
C on respecto al segundo punto lo que se enfatiza es la unidad interna entre len­
guaje y pensam iento. El espíritu no tiene una relación directa co n las cosas
allende de la palabra, ni ésta “... ocupa su lugar en el espíritu com o un segundón
ju n to a la species, sino que es aquello en que lo que se lleva a térm ino el co n o ci­
m iento, donde la spedes es pensada por entero’’13. Gadam er coincide con H ei­
degger en que toda co m p rensió n se funda en prejuicios heredados, y dichos
prejuicios se encuentran en un lugar tan básico com o es el lenguaje. Se crítica di­
rectam ente a las co ncep cio nes instrum entalistas que consideran que el intér­
prete se sirve de las palabras co m o de una herram ienta. Justam ente en torno de
esta cuestión se produce la disputa con Habermas, el cual aun reconociendo que
la conciencia histórico-efectual pone fin a un objetivismo ingenuo, critica la uni­
versalidad que Gadam er le pretende dar. En su opinión, existen ciertos factores
reales que determinan a la realidad social y que escapan al lenguaje, por lo que la
herm enéutica debería pasar por el poder emanci patorio de la crítica a la ideolo­
gía. Gadam er observa que a la base de esta critica existe una concepción instru-
m entalista del lenguaje. La co m prensió n es siem pre trascendentalm ente
lingüística y, por lo tanto, basada en prejuicios. Suponer que la reflexión puede
dar lugar a una objetividad es pretender pasar por alto estos fundamentos y, por
lo tanto, o cu ltarlas verdaderas dependencias. C on todo, esto no significa en
modo alguno que la conciencia articulada lingüísticamente determine la reali­
dad material de la praxis vital, sino sim plem ente que no hay ninguna realidad
social, con todas sus presiones reales, que no se exprese en una conciencia lin­
güísticamente articulada.
L osdos pilares sobre los que se apoya la herm enéutica gadameriana permi­
ten superar el gran obstáculo de la concepción rom ántica de la in terpretación, a
saber: la independencia de la obra respecto de su autor yla distancia temporal
que los separa. En la medida en que la comprensión busca una reproducá'ón del
sen tido original que el autor le quiso dar a la obra, el tiempo se erige en un obs­
táculo infranqueable. Si, en cam bio, lo que se interpreta esel sentido de la obra,
com o una instancia independiente de su autor, esta distancia deja de ser un obs­
táculo, para constituirse en un elemento indispensable, pues le agrega el aspecto
crítico y de puesta en distancia que de lo contrario carecería. En e fecto, los pre­
ju icios actúan en una lógica de pregunta y respuesta, perm itiendo abrir posibi­
lidades, y logrando la/itsión d e horizontes del presente y del texto, por lo que es
preciso distinguir los prejuicios verdade ros bajolo scu ales com prendem os, de los
falsos que producen m alentendidos. La distancia temporal es la que nos perm ite
llevara cabo dicha distinción, para descartar unos e in clin am o s po ro tros. La
com prensión proyectiva permite saltar el dilema de la distancia temporal entre
una obra y su autor, pero modifica estructuralm ente a la herm enéutica. D ado
que la fusión de horizontes im pide distinguir la subj etividad del intérprete y la
objetividad del sentido del texto, la aplicación se incorpora al parinterpretación-
com prensión com o un tercer m om ento. Porap licaciónse hace referencia al m o­
m ento constructivo en el que una realidad autónom a se utiliza en la situación
actual del intérprete. Así, mientras la tradición consideraba a la aplicación com o
una instancia a posteriori propia de algunas áreas particulares com o la ju rídica y
la teológica, para G adam er es una parte constitutiva de toda com prensión.
Mientras la hermenéutica romántica buscaba una comprensión pura y objetiva
del sentido de la obra, la incorporació n de la aplicación com o m om ento in te­
grante de la com prensión im plica que no hay una única interpretación de una
obra o un acontecim ien to del pasado, sino que depende de la situación desde
donde se la com prenda. Si un texto, ley o m ensaje desalvaciónha de serenten -
dido adecuadam ente, esto es, de acuerdo co n las pretensiones que él m ism o
m antiene, debe ser com prendido en cada m om ento y en cada situación co n ­
creta de una manera nueva y distinta. De esta m anera, la herm enéutica deja de
concebirse com o una tarea que busca romper con la barrera temporal para apre­
hender de una vez y para siempre el sentido de lo dicho o hecho, y en su lugar, se
plantea un historicism o de segundo grado intrínseco al proceso interpretativo
com o tal, que impide cualquier aprehensión definitiva de sentido.

5. ¿Reducir la historia a la hermenéutica?

Si en los orígenes de la herm enéutica, la historia aparecía com o un obstáculo


ajeno a ella que debía ser superado, la herm enéutica filosófica acaba por asim i­
larla dentro de su seno. Reinhart K oselleck ( 1 9 2 3 - ) reprocha ju stam ente el
hecho de que '‘com o la teología, la jurisprudencia, la poesía y su interpretación,
tam bién la historiase convierte en un subcaso del com prenderexistencial. Para
poder vivir, el hom bre, orientado hacia la com prensión no puede m enos que
transform ar la experiencia de la historia e n algo co n sentido o, por así decirlo,
asim ilarla h erm en éu ticam en te"14. Este h istoriad orobserva que dentro de la
teoría de la historia remite a toda una gama de categorías extralingüísticas, pero
el hecho de que se recurra a la hermenéutica para comprenderlas, no implica re­
ducir a la historia a la herm enéutica y convertirla en un subcaso de ésta. Paul Ri~
co eur ( 1 9 1 3 - ) ha buscado articular esta posición que destaca los aspectos
extralingüísiicos presentes en la historia, con la posición de Gadamer, para
qu ie n lo que caracteriza a todas nuestras historias y las convierte en tales es el
hecho de que las co ntam o s, y contam os estas innumerables historias una y otra
vez. Justam entelo que establece en T iem poy relato e s que, aunque exista una ar­
ticulación narrativa de la historia, ésta no se cierra en sí m ism a, sino que está
abierta al m u ndo. Su análisis de la triple mimesis muestra com o toda historia se
configura narrativamente a partir de una precom prensión del mundo de la acción
y 1uego es refigurada por el lector. La apertura del texto al mundo lo lleva a soste­
ner que todo discurso histórico tiene una referencia suígeneris en el sentido en
que no pretende describirlo mism o que sucedió sino su análogo. Esta relación
es denominada representancía en lugar de representación, y para describirla el fi­
lósofo no utiliza el análogo d éla pintura, sino del abogado: toda narración his­
tórica tom a el lugar del acontecim ien to histórico. De esta manera, “las cosas
deberían haber pasado como se dice eneste relato; graciasala grilla tropológlca,
el ser-como del evento pasado es llevado al lenguaje”15.

K oselleck, R. y G adam er H. G ., Historia)» ftermenéuiica, Paidós, Barcelona, 1 9 9 7 ,p. 69.


15 Ricoeur, R, Temps e t r é a t, Seuil, París, 1 9 8 3 , Tomo 111, p. 2 2 4 .
Bibliografía recomendada

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Bibliografía general

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PREFACIO
Sobre el discurso histórico (o acerca de cóm o vinim os a parar a q u í)............. 9

PR Ó LO G O DEL E D IT O R ............................................................................................ 15

IN TR O D U C C IÓ N
El co no cim iento histó rico y la bú squeda de su significación teórica:
Introducción g en eral......................................................................................................19

C ollingw ood, Robin.


La historia y las accion es hum anas. Las tesis de R obín G. Colli n g w o od .... 3 9

Escuela de F rankfu rt.


H istoria, negatívidad y criticism o en la Escuela de F ra n k fu rt........................ 5 9

Estructuralism o.
Estru ctu ralism oe h isto ria............................................................................................ 7 9

Filosofía alem ana.


La filosofía alem ana y los problem as de “la” historia (1 7 7 4 - 1 8 3 0 ) .
La metafísica del P lan..................................................................................................... 9 9

Filosofía analítica de la historia.


El debate sobre el t ipo de explicación en la d isciplina histórica en
la filosofía analítica de la histo ria ............................................................................. 11 5

Filosofía de la acción .
Filosofía de la historia y filosofía de la acción.
A spectos onto ló gicos y lin g ü ístic o s ...................................................................... 1 33

La filosofía de la historia de Karl M a rx .................................................................. 1 57


F i l o s o f í a l .t n iK K u n e r ic a n a .

F i l u s o l i .i l . i i i n o a m e r í c a n a d e ia h i s t o r i a ............................................................................... 1 8 3

I in de la historia.
Después del fin de la h is to ria ................................................................................... 2 0 3

Hegel, Friedrich.
Plan hu m an o y plan d iv in o ...................................................................................... 2 2 5

Herder, Jo h a n n G ottfried.
El “aporte” de Herder en 1 7 7 4 , y sus ideas ( 1 7 8 4 -1 7 9 1 1 ..............................2 5 5

H erm enéutica.
H erm enéutica e h isto ria.............................................................................................2 8 9
Historia político-intelectu al.
Las nuevas tendencias en la historia p o lítico -in te le ctu a l................................... 9

H is to n c ism o .................................................................................................................... 2 3

H u sserl.Edm u nd.
La historia en el pensam iento de Edm und H u sse rl........................................... 3 7

Kant, Im m anuel.
Kant y el pun to de vista filosófico sobre la h is to r ia ............................................ 51

M arxism o.
M arxism o, historia e h is to rio g ra fía .........................................................................6 9

M em oria colectiva.
M em oria colectiva y políticas de la m e m o ria ....................................................... 91

M em oria; traum a.
Trauma, m em oria e h is to ria ..................................................................................... 1 05

Narrativismo.
El debate sobre narratividad en la nueva filosofía de la h is to ria ..................... 1 1 7

N ie tzsche, F ried rich .


El lugar de la historia en el pensam iento de N ietzsch e ......................................139

Progreso y decadencia.
Los cursos de la historia. A rqueología de las ideas de p rogreso
y d e c a d e n cia .................................................................................................................... 1 55

Psicoanálisis.
El psicoanálisis y el tema de la histo ria: Fre ud y L a ca n ................................... 175
R icoeur, Paul.
La herm enéu tica histó rica de Paul R ic o e u r ........................................................1 93

Testigo; te stim o n io ..................................................................................................... 2 1 3

V ico, Giam battista.


El co n cep to de histo riaen V ic o .............................................................................. 2 2 5

Voltaire.
Voltaire: histo riay ra z ó n ............................................................................................2 3 9

W eber, M ax.
M axW eber: una lectura en clave h istó ric o -filo só fic a .................................... 2 5 5
Impreso por TREINTADIEZ S.A en noviembre de 2009
Pringles 521 ](C 11183A EÍ)
Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Teléfonos: 4864-3297 / 4862-6294-
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