Ficha de cátedra para estudiantes de Recursos Culturales II (Licenciatura en Turismo) y
Patrimonio Cultural Turístico II (Guía Universitario de Turismo). Facultad de Turismo –
Universidad Nacional del Comahue, y otras asignaturas, que la autora autorice, de esta Casa de
Estudios u otras.
El campo artístico de la Argentina en el siglo XIX1
Lucía Sartino*
En la presente ficha, en el marco del patrimonio cultural de Argentina, se propone
caracterizar la situación del campo artístico en el país durante el siglo XIX, puntualmente
en lo que a las artes visuales se refiere. Bajo este rótulo se incluyen, además de la pintura,
a otras expresiones y manifestaciones artísticas de la época (por ejemplo: litografía,
grabado, dibujo, acuarela, y luego la aparición de la fotografía).
Hasta el 1800 no se asiste a una escena artística, o un campo artístico, conformada. Se
está en un proceso de conformación y afianzamiento, de construcción, de búsqueda de un
arte con identidad nacional. Si bien durante el siglo XIX aparecen algunas
manifestaciones artísticas con un indudable valor estético, éstas no llegan a agruparse bajo
el rótulo de “arte nacional”.
La Revolución de mayo de 1810 provocó una inevitable transformación del sistema
simbólico imperante hasta ese momento. Se genera una formulación de un universo de
imágenes nuevo que represente a las nacientes organizaciones políticas, como así también
a los cambios producidos en las estructuras sociales y culturales. En el ámbito de la
producción artística, nuevos géneros pictóricos como el retrato principalmente, las
pinturas costumbristas, de temas históricos y de paisajes comienzan a asomar entre las
obras de carácter marcadamente religioso de la pintura colonial. Asimismo, surgen los
proyectos de monumentos de hombres ilustres y gestas históricas. 1811 es el año de la
erección de la primera manifestación artístico-conmemorativa de la nueva era, la Pirámide
de Mayo, monumento celebratorio del primer aniversario de la Revolución de 1810. Se
emplazó en el medio de la Plaza de la Victoria. La construcción misma de este
monumento fue un hito fundante en el campo artístico de la época. (Munilla Lacasa,
1999).
En el ámbito de la pintura, se destacaron los “Pintores Viajeros”, artistas provenientes de
Europa. Muchos venían por voluntad propia, aunque otros lo hacían a pedido de alguna
1
Nota: Las imágenes son a título ilustrativo; para ver aspectos formales o técnicos en detalle puede
consultarse la Internet. Los créditos de las ilustraciones están referenciados al final del trabajo.
*
Para citar: Sartino, L. (2020). El campo Artístico Siglo XIX en Argentina. Ficha de cátedra. (2020). (MS).
Recursos Culturales II/ Patrimonio Cultural II. Universidad Nacional del Comahue - Facultad de Turismo.
Lic. Lucía Sartino-2020
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figura política importante de la época. En sus obras, estos artistas dejaron una impronta
europeizante en sus aprendices, hecho que se aprecia en las producciones de la época. Los
pintores viajeros supieron dejar importantes registros que retratan el paisaje y la gente del
siglo XIX. Estas imágenes garantizan la memoria histórica.
El pequeño mundo artístico se concentraba en la ciudad de Buenos Aires, al menos
durante la primera mitad del siglo XIX. El estilo pictórico que predominó fue el
costumbrismo. A pesar del esfuerzo de representar los usos y costumbres propias de la
identidad nacional que se estaba configurando, se filtraron elementos del romanticismo y
el realismo. En consecuencia, se genera una tensión entre ese despertar de la conciencia
artística y autónoma nacional con tendencias y manifestaciones modernas que venían de
Europa, de la mano de estos “Pintores Viajeros”. Esa intención de la búsqueda de la
identidad nacional en el arte se va a manifestar en la representación de rasgos propios,
tradiciones, con sus propias características.
Este género surge de la mano de la conformación de los estados nación, por lo tanto, en
el arte, y a través de éste, se verá representada la necesidad de definir e identificar una
identidad y una cultura propia.
En ese estilo amplio mencionado anteriormente se mostrarán muchos aspectos sociales y
culturales, desde la elite porteña hasta los sectores populares (se incluían en esta categoría
al gaucho y al indígena). Es a través de estas representaciones que surge la imagen del
“Otro”, representando desde lo pintoresco, vinculado a la singularidad, la irregularidad,
la variación o la rudeza. Un otro que, finalmente, puede ser “comprendido estéticamente”.
Como se mencionó, en el siglo XIX empiezan a cobrar mucha importancia los retratos de
familia, y sobre todo los retratos a pedido por la elite porteña y los sectores políticos.
Estos retratos debían ser lo más fiel posible al rostro de quien modelaba, para, de esta
manera, ser recordados en la posteridad. Un formato muy utilizado en la época fue la
miniatura, la cual consistía en una técnica muy delicada y detallista de aplicación de
pigmentos en forma de puntos o rayas sobre una superficie de marfil. Por lo general se
exhibían en medallones. Quien se destacó en este tipo de representaciones fue el pintor
viajero nacido en Suiza Jean Philippe Goulu. Arribó al país en 1816 y desarrolló su
actividad hasta su muerte, acaecida en Buenos Aires en 1853. Este tipo de arte cae en
desuso con la llegada del daguerrotipo. Esta técnica pre-fotográfica permitía la copia
exacta de la figura humana, hecho frente al cual la miniatura no pudo competir.
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Figura 1: Cirila Crespo de Sívor (Jean Philippe Goulu, 1832).
En la primera mitad del siglo XIX aparecen las primeras representaciones litográficas de
las gestas militares de José de San Martín a cargo de Theodore Gericault, representante
de la pintura romántica y maestro de E. Delacroix. La representación de estas figuras y
los procesos de independencia nacional, así como los hechos históricos contribuyen a la
construcción de esa identidad nacional en el campo cultural.
Figura 2: Batalla de Maipú (T. Géricault 1818)
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Figura 3: Don José de San Martín (T. Géricault. 1819)
Vale mencionar que Géricault realiza estas litografías en París a partir de los relatos de
Ambrosio Crámer, quien fuera un militar francés que participó en las guerras
napoleónicas y más tarde, establecido en el Río de la Plata, en las guerras de la
Independencia junto a San Martín. Es decir, el artista realiza estas obras que llegan a
Buenos Aires en 1820, a partir de relatos y basándose en las obras del artista tardocolonial
correntino Pablo Núñez de Ibarra, primero en darle rostro a San Martín, Belgrano, entre
otros.
Otro de los pintores viajeros que se instala en Buenos Aires a principios del siglo XIX es
el inglés Emeric Essex Vidal. Cuenta con numerosas obras, sobre todo acuarelas que
representan escenas de la vida cotidiana del Buenos Aires decimonónico: paisajes,
costumbres argentinas, trajes típicos y faenas, entre otras. Uno de sus álbumes más
conocidos es Ilustraciones pintorescas de Buenos Aires y Montevideo, de 1820. Los
álbumes de artistas viajeros fueron propios de la producción artística local durante el
primer tercio del S. XIX, en los cuales se evidencia una necesidad de registro científico
de la naturaleza americana, con sus particularidades botánicas y zoológicas, como así
también personas con sus costumbres. En ellos subyace un gusto por lo exótico, tanto en
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términos naturales como sociales, y una inclinación hacia el conocimiento curioso del
mundo extra europeo, propio del pensamiento occidental desde el S. XVIII. Estos álbumes
contribuyeron a la difusión y circulación de las características regionales americanas por
medio de la imagen tanto en Europa como en América.
Retomando el mencionado álbum de Emeric Essex Vidal, encontramos obras como “El
mercado”, “Vista del Cabildo desde la Recova”, “La Plaza”, en las cuales se puede
observar un registro de los paisajes urbanos de la época que documentan cómo se veía
Buenos Aires por aquellos años.
El interés pictórico de Vidal se centró en la descripción de los usos y las costumbres del
habitante de la ciudad y del campo, con sus trajes típicos y faenas cotidianas al comenzar
el período independiente. Su visión respondió a la nueva mirada del pensamiento
científico del siglo XVIII sobre la naturaleza. La ilustración la consideró como
componente de la realidad aprehensible por medio del conocimiento y la ciencia y, por
ende, susceptible de ser modificada por la acción de la cultura. Así, cronistas, viajeros,
expedicionarios y gobernantes se afanaron en conocer la vastedad americana para poder
dominarla y convertirla en una tierra domesticada y productiva. Los artistas no estuvieron
ajenos a este proceso y Vidal es un claro ejemplo de ello. (Munilla Lacasa, 1999).
Richard Adams: artista escocés que realizó las primeras pinturas al óleo que se conocen
en Buenos Aires.
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Figura 4: Vista de Buenos Aires. Ribera norte (Adams, 1832).
En esta obra llamada “Vista de Buenos Aires. Ribera norte” del año 1832, Adams retrata
la primera impresión que tenían los extranjeros que llegaban de ultramar. Tiene infinidad
de detalles en primer plano tales como las siluetas de los edificios característicos y las
torres y cúpulas de las distintas iglesias del centro urbano recortándose contra el cielo.
Otro de los artistas viajeros fue, César Hipólito Bacle2, litógrafo suizo que se radica en
Buenos Aires en el año 1828. Entre sus obras más importantes se destaca Trajes y
costumbres de la provincia de Buenos Aires. La misma consta de seis cuadernos con seis
litografías cada una, coloreadas a mano por él y realizadas entre 1833 y 1835. En ellas
describe y representa oficios y trabajos de los sectores populares, vestimentas típicas
femeninas de la época. Este artista se caracterizó por su tono caricaturesco y su burla de
la moda femenina del momento. Al igual que Vidal, Adolphe d’Hastrel y León Palliere,
es uno de los mejores ilustradores de la época.
2
Cabe mencionar que la esposa de este artista, Adrienne Macaire de Bacle, se destacó en el arte y
ejecución de las miniaturas.
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Figura 5: Peinetones en casa (Bacle, 1834).
En este contexto la circulación de obra siempre fue parcial, reducida a un grupo selecto
de la sociedad, y esto es consecuencia, entre otras cosas, por la falta de espacios e
instituciones destinadas a la exposición y circulación de las obras de arte. Con la llegada
del artista austríaco José Mauroner, en el año 1828, se organiza una exposición en el actual
Colegio Nacional de Buenos Aires. Contó con más de cuatrocientas obras de artistas
italianos, franceses, españoles, entre otros. A partir de esta reunión artística el diario “El
tiempo” publica la que se considera como la primera crítica de arte en el país. Durante las
primeras décadas del siglo XIX se muestran ciertos avances en el proceso de
conformación de una escena artística local, con el surgimiento de un espacio de
producción, circulación y consumo de obras de arte. La creación en 1815 de la Academia
de Dibujo, contribuyó sin duda a la construcción artística. Esta academia funcionó hasta
1821, y luego, en ese año con la creación de la Universidad de Buenos Aires, fue
incorporada al Departamento de Ciencias Exactas y transformada en la Cátedra de Dibujo
de la Universidad. El método de aprendizaje se vinculaba más bien a la geometría,
arquitectura y perspectiva, dado que la intención era formar dibujantes técnicos que luego
se desempeñarían como constructores de obras públicas.
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Durante gran parte del siglo XIX el campo del arte continuó desarrollándose en manos de
artistas extranjeros, pero se asiste a una nueva oleada. Carlos Enrique Pellegrini,
ingeniero, llega al país en 1828, contratado por Rivadavia para llevar adelante trabajos de
obras hidráulicas, pero la situación del país lo lleva a otros oficios como la pintura,
destacándose en la representación de los rincones de Buenos Aires y la técnica del retrato.
Posiblemente, dado su conocimiento ingenieril, sus obras representan un importante
corpus documental en las cuales se puede observar la evolución edilicia y urbana de la
ciudad. En 1835 realiza su cuaderno Recuerdos pintorescos y fisonómicos del Río de la
Plata, el cual consta de veinte láminas con imágenes de la ciudad y sus edificios, así como
salones y bailes típicos, escenarios gauchescos. A su vez, entre estas imágenes resaltan
aquellas que representan las “Fiestas Mayas”, celebraciones que se instauran en Buenos
Aires para conmemorar la Revolución de Mayo, las cuales daban un marco de
identificación a los porteños a la vez que funcionaban como recuso de propaganda del
poder político. Pellegrini deja un importante documento iconográfico sobre cómo eran
estas fiestas y los distintos grupos sociales que asistían.
Figura 6: Fiestas Mayas en la Plaza de la Victoria (Carlos Enrique Pellegrini, 1841).
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Como se mencionó anteriormente, Pellegrini fue un artista en lo que a los retratos se
refiere, muy solicitado entre la elite porteña. Tenía una gran influencia del romanticismo,
por lo que sus retratos se caracterizaban en captar las emociones y sentimientos del
retratado, junto con una preocupación minuciosa de los detalles. En el año 1831 pinta los
retratos de Lucía Carranza de Rodríguez Orey y Juana Rodríguez de Carranza, entre otros.
En sus obras resalta muy bien las indumentarias, peinados femeninos, penetra en los
rostros con efusión romántica de los que extrae su personalidad: “Descubrimos rasgos y
facciones característicos de familia. Cada retrato tiene un signo particular; cada personaje
representa un mundo diferente de sentimientos y de formas de reaccionar afectivamente.
Porque el gran valor de los retratos de Pellegrini es haber retratado lo invisible de lo
visible, el paisaje interno de emociones y de afectos” (Munilla Lacasa, 1999).
Figura 7: Doña Lucía Carranza de Rodríguez Orey (Carlos Pellegrini, 1831).
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Alrededor de 1830 aparecen otros artistas, pero en este caso, italianos; tal es el caso de
los hermanos Cayetano y Nicolás Descalzi. Entre sus obras más destacadas pueden
mencionarse los retratos de Juan Manuel de Rosas, alrededor de 1835. En ellos Rosas
aparece con sus atributos militares: el uniforme, la banda, las medallas que dan cuenta de
su poder. Este artista y su hermano Nicolás tendrán una estrecha vinculación con Rosas.
Nicolás Descalzi fue comisionado por Juan Manuel de Rosas como astrónomo explorador
para el reconocimiento de ambas márgenes del río Negro hasta la confluencia del Limay
con el Neuquén, en la campaña al “Desierto” en 1833.
Figura 8: Juan Manuel de Rosas (Cayetano Descalzi, 1835).
.
Junto con Carlos Enrique Pellegrini, Fernando García del Molino y Carlos Morel,
contribuye a difundir la imagen de Rosas y del federalismo en general a través de todo
tipo de objetos y soportes de uso cotidiano: guantes, abanicos, relojes, lámparas con la
efigie del “Restaurador”.
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Como se mencionó Fernando García del Molina, chileno nacionalizado argentino,
también será un pintor de la federación, realizando retratos de Rosas y de toda la familia,
plásticamente valiosos y con un claro mensaje político de adhesión al régimen rosista. A
través de este artista, la imagen del restaurador se masificó.
En lo que respecta a Carlos Morel, si bien contribuyó a la difusión de la imagen de Rosas,
también se dedicó a representar costumbres, episodios militares, cuadros de conjunto
logrando ciertos efectos de dramatismo propios del romanticismo. En 1841 publica ocho
litografías denominadas Colección de escenas y vistas del país donde representa escenas
costumbristas. Tres años después publica Usos y costumbres del Río de la Plata. Ambas
colecciones fueron las más destacadas de su carrera.
En la década del 40 del siglo XIX se destacaron dos artistas: el francés Raymond Quinsac
Monvoisin y el alemán Mauricio Rugendas. Monvoisin llegó a Buenos Aires en 1842.
Fue el pintor más importante que llega en esa época. Con una sólida formación académica,
estudió las costumbres locales y pintó algunos cuadros descriptivos. Una de sus obras más
conocidas es “Soldado de Rosas”, de 1842. Realizada en óleo sobre cuero, representa al
gaucho federal, con los colores del federalismo y el mate como símbolo identitario, en
una actitud de descanso, reposo o desgano.
Figura 9: Soldado de Rosas (Monsoivin, 1842).
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Respecto a Rugendas, éste realizó dos viajes a América: el primero en la década de 1820,
contratado como dibujante de la expedición a Brasil de Hans Langsdorff. En este viaje
logra una representación descriptiva de los paisajes, flora y fauna. El segundo lo realiza
entre 1831 y 1847, arribando a México, Chile, Perú, Bolivia, el Río de la Plata y Brasil.
En este segundo viaje, por su formación completa y academicista, influye decisivamente
la visión del arte como apoyo documental de la ciencia y su obra aporta un importante
documento para la historia cultural del país.
Uno de sus los cuadros más significativos es el “El rapto de la cautiva”, pintado en 1845,
inspirado en el poema del escritor Esteban Echeverría “La cautiva”. Laura Malosetti Costa
afirma que la temática del rapto de mujeres blancas formaba parte del imaginario
rioplatense. El tema expresaba en lenguaje simbólico, el conflicto entre la civilización y
la barbarie y representaba al “indio” con gran fuerza y violencia. En vinculación a esto,
por su parte Munilla Lacasa sostiene que:
“En los dibujos que realiza predomina un interés etnográfico presente en la descripción
naturalista de la figura humana, en los detalles minuciosos de los retratos indígenas, con
sus peinados y vestimentas, armas y danzas típicas. Pero también, (…) representa escenas
de los asaltos indígenas a las poblaciones blancas y del rapto de sus mujeres” (Munilla
Lacasa, 1999).
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Figura 10: El rapto de la cautiva (Mauricio Rugendas, 1845).
Hacia 1850 se asiste a un desarrollo de la vida cotidiana y cultural. Bares, clubes, lugares
de circulación, exhibición y venta de obras de arte. En este contexto aparecen los
coleccionistas, que transforman sus hogares en galerías, y cada vez hay más producción
y público interesado. Al mismo tiempo el estado argentino otorga becas a los artistas
locales para formarse en estudios europeos de gran trayectoria.
Uno de los artistas que se destaca en esta época es Prilidiano Pueyrredón; arquitecto y
encargado de los planos de la actual casa de Olivos. Asimismo, reforma la Pirámide de
Mayo y le da su fisonomía actual. Este artista se dedicó a retratar paisajes, temas históricos
y desnudos femeninos.
En la segunda mitad del siglo XIX la Argentina será testigo de profundos cambios en la
función del arte, potenciados por una intensa actividad política orientada a desarrollar el
campo artístico. En el arte de este período se cruzarán reflexiones acerca de la
nacionalidad, su afirmación y sus rasgos distintivos.
Esto va a propiciar la génesis de un primer campo artístico autónomo unido a los
proyectos socio-políticos sostenidos por algunos de los sectores de las elites intelectuales
y políticas centralizadas en la ciudad de Buenos Aires. Estas nuevas formas del arte ya
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son creaciones de los primeros artistas nacionales (que se había formado en Europa) y sus
obras se definirán por su circulación local, en un territorio profundamente politizado,
donde la imagen era una de las armas para la construcción del consenso y la identidad de
la reciente nación. Han quedado atrás las pinturas que visibilizaban la mirada extranjera
sobre el territorio en la primera mitad de siglo XIX. Aun así, las formas del arte nacional
de este período, van a tener su mirada puesta en Europa como territorio modélico a
replicar. El campo artístico de este período crecerá tendiendo a una mirada hacia y desde
afuera. Hacia Europa viajaban los pintores en busca de formación y reconocimiento,
triunfar en Europa o en su defecto en Estados Unidos se va a convertir en la medida de la
consagración de los primeros artistas nacionales.
Italia, Francia y luego España serán los destinos elegidos por los jóvenes becados por el
Estado argentino, futuras promesas del arte nacional. En muchos otros casos, estos artistas
recibirán ayuda de una élite intelectual con base en Buenos Aires; políticos, hombres de
ciencia y literatos que buscan instalar unas “Bellas artes” que se equiparen al modelo de
nación moderna que se empieza a desarrollar. Domingo F. Sarmiento, Rafael Obligado,
Perito Moreno, Eduardo Laglyze y Eduardo Schiaffino son algunos de los nombres que
irán perfilando la actividad artística en términos estéticos e ideológicos.
Influidos por sus ideas positivistas sobre el progreso, entendían el cultivo de las bellas
artes como modo de adquirir el status de nación civilizada frente a los ojos de otras
naciones.
La imagen de sí que va a crear la incipiente nación moderna argentina será de un marcado
occidentalismo; la civilización como un valor único, universal y mensurable se percibirá
en los términos unívocamente europeos que se opondrá a la barbarie interna. El criollismo,
propio de las familias patricias, se alimentará del paisaje rural y el costumbrismo en un
primer momento en la búsqueda de la construcción de una imagen nacional donde
quedarán por fuera otras alteridades constituyentes. Las formas analíticas del
costumbrismo, en la búsqueda de los rasgos distintivos, ya no serán las elegidas en la
búsqueda de una imagen nacional que haga frente a la multiplicidad étnica del territorio.
Para 1850, Argentina alcanzó un nivel propicio de organización interna para plantearse
de nuevo el objetivo de establecer su soberanía sobre los territorios indígenas autónomos.
Así se idearía y llevaría a cabo la denominada “Conquista del Desierto”. Los cambios en
las políticas gubernamentales y la afirmación territorial del estado moderno argentino
influirán en los modos de representación del “Otro” interno.
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En las últimas décadas del siglo XIX, el recién conformado estado centralista decidió
asumir el desafío de conquistar y consolidar sus “fronteras interiores”, eufemísticamente
llamadas “el Desierto”. Estaban constituidas por las extensas áreas que, desde la época
colonial, permanecían bajo el control de los grupos indígenas. Durante casi tres siglos las
poblaciones originarias de la Patagonia y del Gran Chaco habían conservado su
independencia a costa de un casi continuo estado de tensión bélica, ocasionalmente
alterada por algún tratado de paz poco duradero. La supresión de la alteridad, dentro de
las nuevas fronteras internas, es la condición de posibilidad para la paz interior y
prosperidad económica que marcará la génesis ideológica y estética de la denominada
generación del 80 en argentina.
En este contexto se comprende con mayor claridad las obras del pintor argentino Ángel
Della Valle. A partir de 1887 el artista dedica su atención casi exclusivamente al drama
de la pampa: gauchos, malones, soldados de frontera y la inmensidad del paisaje son los
temas a los que recurrirá una y otra vez. Los gauchos aparecen transfigurados en
personajes marginales, pero heroicos y trágicos. En una de sus obras más destacadas, “La
vuelta del malón” (1892), Della Valle relata una escena largamente frecuentada en la
literatura y el teatro desde una mirada romántica. Esa representación muestra los intereses
de la clase terrateniente (de la cual él era parte) que se vio beneficiada por la
“pacificación” del “desierto” en manos del general Julio A. Roca.
Este cuadro presenta una imagen demonizada de los pueblos originarios y los exhibe
como profanadores de la fe cristiana. La identificación de los “indios” y sus acciones con
el desierto terrible e inexorable era una metáfora frecuente de la literatura de la época.
Este cuadro invierte los términos del despojo justificando toda la violencia ejercida contra
las poblaciones originarias (Malosetti Costa, 1999).
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Figura 11: La vuelta del malón (Della Valle, 1892)
Para 1880, década clave en la configuración de lo que será la Argentina actual, Buenos
Aires ya era una importante caja de resonancia para las nuevas ideas que provenían de la
Europa liberal y positivista. El darwinismo social y la idea del progreso tenían su
paradigma de referencia en la Europa blanca y hacia ese modelo se dirigió el esfuerzo
poblacional. Tal como lo expresa Valverde “Es conocido el hecho de que las teorías
biológicas han sido usadas a veces como modelos para una política social mediante una
interpretación tendenciosa de las mismas. Así, el liberalismo y el laissez faire
individualista se apoyaron algunas veces en el denominado darwinismo social”
(Valverde, 2019: 15). En consecuencia, se dictaron leyes de inmigración y entre 1871 y
1914 llegaron más de cinco millones de inmigrantes.
El “desierto” (el paisaje de la pampa), el gaucho, y después el “indio”, una vez
desactivados como peligro, serán asimilados iconográficamente para integrar una
melancólica mirada hacia un pasado mítico que se convierte en imagen simbólica de las
raíces de la nacionalidad que buscará homogeneizar la alteridad ahora extranjera (pero
blanca) que puebla las ciudades.
Según el curador Roberto Amigo, la pintura fue una de las armas utilizadas en el debate
sobre la identidad política de la nación argentina. La mirada sobre el paisaje en la segunda
mitad del siglo XIX se enriquecerá por un nuevo medio técnico de producción de
imágenes que llega al país, la fotografía. Las expediciones científico- militares de la
“Conquista del Desierto”, a fines de la década de 1870, expandió las fronteras nacionales
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a través de las escenas que retrataron los fotógrafos que participaron de la campaña y
colaboraron en la construcción de la identidad visual de los territorios conquistados.
En 1879 el uso de la fotografía en el escenario patagónico articuló la observación
científica de la realidad con su apreciación estética. El resultado fue la cuantificación de
un espacio a ser explotado y la elaboración de un imaginario-paisaje que dio visibilidad
al tópico literario del “desierto”. (Penhos, 2007)
La idea de paisaje, el punto de vista elevado, la vista panorámica y la búsqueda de
fidelidad descriptiva, emparentan formalmente el trabajo fotográfico de Encina y Moreno
de 1884 con las producciones pictóricas de Cándido López en la guerra del Paraguay,
creados once años después de esta y publicados en Buenos Aires en 1895.
Figura 12: Después de la batalla de Curapaytí (Cándido López, 1893).
En ambos artistas habita la tensión entre la invención y el registro fidedigno de “lo real”.
La minuciosidad documental con la que Cándido López representaba a sus composiciones
lo alejó de los cánones estéticos de su tiempo. Es probable que su formación previa como
fotógrafo incidiera en sus obras. Tanto las de él como las fotografías de Encina y Moreno
no fueron consideradas como arte en su momento, sino sólo valoradas como documento.
Otro artista que se servirá de la fotografía para sus creaciones pictóricas de tema histórico
será el pintor uruguayo Juan Manuel Blanes. Formado en Florencia, se consagra en
Buenos aires en 1871 con el cuadro “Un episodio de fiebre amarilla”. En él se aprecia un
lenguaje pictórico académico aprendido en Italia que se evidencia en el escorzo dramático
y la factura de su pincelada. Abordaba un tema profundamente sensible para la opinión
pública porteña, la epidemia de fiebre amarilla que había asolado la ciudad a principios
de la década de 1870.
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Figura 13: Un episodio de fiebre amarilla (Blanes, 1871).
El cuadro muestra de manera casi fotográfica las condiciones humildes de los inmigrantes
italianos y el grado de exposición frente a la fiebre amarilla. También se aprecian los
agentes sanitarios José Roque Pérez y Manuel Gregorio Argerich, personajes públicos de
la ciudad que sucumbirían más tarde a la enfermedad.
En 1896 Blanes realizará una pintura por encargo, con el tiempo, se convertirá en ícono
de la “Campaña del Desierto”. Se trata de “Ocupación militar del Río Negro en la
expedición al mando del general Julio A. Roca”. El cuadro de es una representación
figurativa realizada al óleo sobre tela, de gran tamaño (3.55 x 7.10 metros) y formato
horizontal que presenta al general Julio A. Roca festejando el Día de la Independencia a
orillas del río Negro en Choele Choel el 25 de Mayo de 1879.
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Patrimonio Cultural Turístico II (Guía Universitario de Turismo). Facultad de Turismo –
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Estudios u otras.
Figura 14: Ocupación militar del Río Negro en la expedición al mando del General Julio
A. Roca (Blanes, 1896).
La precisión casi científica de las imágenes tenía como base una fotografía tomada por
Antonio Pozzo, el fotógrafo oficial que acompañó la campaña militar de Roca en 1879.
En esta continuidad de ejemplos puede observarse la relación de reciprocidad entre los
nuevos modos técnicos de mirar el paisaje y la representación simbólica del mismo en la
búsqueda de la conformación de la identidad nacional.
Figura 15: Campaña del Desierto (Antonio Pozzo, 1879).
Unos años antes de lo mencionado anteriormente, en 1876 se funda la Sociedad de
Estímulo de Bellas Artes, la primera agrupación independiente de artistas con
características modernas. De ella formaron parte Eduardo Sívori, Eduardo Schiaffino y
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Carlos Gutiérrez, entre otros. Ellos se consideraron los precursores e iniciadores de la
actividad artística en el medio porteño. Claro está que la cultura porteña era mayormente
literaria y se percibía cierto retraso en las formas de las bellas artes respecto al modelo
moderno de la nación que se promulgaba. La prensa fue el escenario ideal para que los
artistas polemizaran y publicaran sus críticas de obras y exposiciones y, además, estimuló
el arte nacional con el fin de reclamar en el campo intelectual un lugar para las artes
plásticas, junto a la prestigiosa actividad literaria.
Figura 16: tapa del primer y único número de El Arte en el Plata. Revista Quincenal
Artística y Literaria - Órgano de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, considerada la
primera revista de Buenos Aires dedicada a las artes plásticas.
La Sociedad de Estímulo de Bellas artes contribuyó, en gran medida, a la profundización
de la actividad artística en Buenos Aires. En 1880, con la eclosión del proyecto liberal, la
idea de progreso como núcleo central y la expansión del proyecto agroganadero,
Argentina comenzó a insertarse en el mercado internacional. Por otra parte, comenzó a
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producirse un creciente consumo de bienes culturales por parte de sectores burgueses que
acceden al prestigio que estos bienes culturales conllevan.
En 1882 se realiza la primera Exposición Continental Sudamericana en Buenos Aires que
emulaba las exposiciones universales3 desarrolladas en París. De la organización de la
sección de Bellas Artes participa la Sociedad Estímulo de Bellas Artes. De esta manera
se unificaban los progresos propios de la industria moderna con el creciente arte nacional.
Uno de los artistas que desde Europa enviará sus obras fue Eduardo Sívori, miembro
fundador de dicha sociedad. En 1887, el cuadro “El despertar de la criada”, que ya se
había exhibido en el Salón de París, es enviado a Buenos Aires, y expuesto con reserva
(por el tema), en la muestra internacional.
Figura 17: Le lever de la bonne (El despertar de la criada. Sívori, 1887).
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Exposición Universal: nombre genérico de varias exposiciones de gran envergadura celebradas por todo
el mundo a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
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Esta obra fue sumamente polémica para el público de la época, que consideró hasta
pornográfico exponer el cuerpo desnudo de una mujer representante de la clase
trabajadora.
Cabe aclarar que por esa época el desnudo era considerado el punto más alto del arte, la
vara con la que podía medirse la perfección alcanzada en términos académicos. Además,
era objeto de fantasías eróticas y por ende sujeto a discusiones de orden moral. Una
situación similar vivió Eduardo Schaffino, quien también expondrá un desnudo. Su obra
con una adhesión más ligada a una estética simbolista dada su cercanía al artista Puvis de
Chavannes en Francia, recibió críticas de otro orden. Incluso se llegó a poner en duda su
autoría, razón por la cual llegó a batirse a duelo con el crítico de arte Eugenio Auzón que
publicaba en la prensa bajo el seudónimo A. Azul de Prusia.
En 1884 bajo la dirección de Francisco P. Moreno, primo de Schiaffino, se inaugura el
Museo de Historia Natural de la Plata. Allí fueron conducidos los últimos “rebeldes” de
la “Conquista del desierto” terminada el año anterior donde en calidad de prisioneros y
objetos de exposición el lonko Modesto Inakayal y su familia acabaron sus días.
En 1895 finalmente y con Eduardo Schiaffino como el principal mentor y primer director
se inaugura en Buenos Aires el Museo Nacional de Bellas Artes donde se albergará la
primera colección de obras del patrimonio nacional. La nueva burguesía de Buenos Aires
buscó distinguirse de las clases populares y establecer lugares y códigos de sociabilidad
exclusivos. Con la edificación de este museo y similares, la élite y la nación comenzaron
a tener sus “templos” en los que se cristalizaron diferentes aspectos de su pasado y de su
futuro. La historia, la ciencia y el arte ya tenían su lugar.
Los sueños de paz y de progreso que había alentado el roquismo parecían desvanecerse
en una aguda crisis económica e institucional. La crisis de 1890 representa un quiebre a
nivel político y económico que pone en jaque la aparente solidez del modelo liberal
positivista. La aparente estabilidad fue erosionada por la brusca caída de los salarios,
desocupación y un movimiento de huelgas nunca antes visto. Durante la gestión de Roca,
la Argentina había tomado crédito, principalmente para la construcción de ferrocarriles,
la modernización de la ciudad y el puerto de Buenos Aires. El siguiente gobierno, a cargo
de Miguel Juarez Celman, cuñado de Roca se caracterizó por denuncias de corrupción y
autoritarismo y sus políticas llevaron al país a un período de especulación financiera. El
resultado fue quedar a merced de Inglaterra, su mayor acreedor. La crisis político
económica también alentó que las ideas del socialismo y el anarquismo llegadas de
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Europa con la segunda ola inmigratoria se fueran instalando en la sociedad urbana
porteña. (Romero, 1997)
El cuadro de Ernesto de la Cárcova, “Sin pan y sin trabajo” es una clara muestra del
contexto social, político y económico del país. El artista, formado en Europa, presenta su
obra en un claro lenguaje naturalista.
Figura 18: Sin pan y sin trabajo (Ernesto de la Cárcova, 1894)
Su obra presentaba un tema urbano y contemporáneo: la miseria y la desesperación de la
familia de un obrero desocupado. Esta pintura fue celebrada en su exposición en el
Ateneo4, omitiendo su costado político. “Sin pan y sin trabajo” es la pintura más recreada
en la historia del arte argentino, y condensa la lucha contra la injusticia social. En las luces
y sombras de esta pintura, se intuyen los mismos derroteros de la modernidad argentina.
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Con el surgimiento del Ateneo en 1893 comenzaron a realizarse las primeras exposiciones de artistas
locales. Reunidos en el Ateneo los artistas comienzan a reflexionar acerca de un arte nacional.
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Bibliografía
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1870)”. Catalogo. Buenos Aires: Museo Nacional de Bellas Artes.
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Sociedad y Política. Nueva Historia Argentina. Vol. I. Buenos Aires: Editorial
Sudamericana.
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Penhos, M. (2016) “Las fotografías del álbum de Encina, Moreno y Cía. (1883) y la
construcción de la Patagonia como espacio geográfico y paisaje. Huellas, (9). Pp. 65-80.
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Catálogo. Buenos Aires: Museo Nacional Bellas Artes.
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Valverde, F. (2019). “La crisis del darwinismo en los comienzos del siglo xx” en Nudler,
O. (comp.) El mundo amenazado: Las crisis globales y su repercusión en las ciencias, la
filosofía y la literatura en el primer tercio del siglo XX [en línea]. Viedma: Editorial
UNRN.
Créditos de las imágenes
Figura 1: https://www.bellasartes.gob.ar/coleccion/obra/3735/
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Figura 15:
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Figura 17: https://www.bellasartes.gob.ar/coleccion/obra/1894/
Figura 18: https://www.bellasartes.gob.ar/coleccion/obra/1777/
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