© 2021 Aïna Logan
De la edición y maquetación: 2021, Roma García.
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Dedicada a todas esas mujeres que, aun siendo mayores
todavía sueñan con encontrar algún compañero/a de viaje
que las acompañe en el último trayecto del camino.
―¡Que no, que no me quedo! Ya te lo dije, tengo una
habitación reservada el hotel de la ciudad y voy a pasar allí la
noche. Te dije que tengo que volver mañana por la mañana sin
falta. ¡Por favor Joseph, no insistas más!
Desde que nos encontramos en la iglesia en el funeral de
mamá, mi hermano no dejaba de decirme que me quedara unos
días en Lamar para hablar de lo que íbamos a hacer con la casa
donde vivíamos de niños.
Yo ya le había dicho que no me interesaba nada de todo
aquello, que decidieran lo que decidieran, lo iba a aceptar; es
más, había dejado de ir por allí hacía más de quince años. No
me interesaba nada de aquel pueblo perdido en la nada, en la
que había pasado los primeros años de mi vida y que, en un
momento dado, no me lleva a mis mejores recuerdos.
El acto religioso había sido frío, no había demasiada gente
en la pequeña iglesia, el pueblo era pequeño y apenas
quedaban personas de la edad de mamá que pudieran
conocerla para estar allí.
La iglesia seguía igual que la última vez que estuve, casi en
ruinas y sin que nadie quisiera poner de su parte para arreglar
aquel viejo edificio que se estaba cayendo en pedazos. Sentía
como si algo fuese a suceder si nos movíamos más de la
cuenta. Parecía como si las piedras viejas se encogieran con
los movimientos de la gente y chirriaran emitiendo un leve
sonido para que pudieran ser escuchadas de tanto tiempo
calladas.
No me encontraba bien allí, estaba deseando que acabara
todo aquello, lo único que sentía era dejar allí a mamá y saber
que no volvería a verla.
Me fui despidiendo de todos los asistentes y Joseph volvió a
insistir.
―Tan solo son unas horas Camila, no creo que por unas
horas que compartas con tu familia te impidan hacer lo que
tengas que hacer en la ciudad mañana.
―Lo siento Joseph, tú sabes cómo me siento yo aquí, hace
años que no he vuelto a este lugar y ni siquiera hubiera venido
al funeral si no fuera por tu bendita insistencia. No. No me
quedo ―sentencié de una vez por todas.
No quería, no me apetecía nada compartir con algunos
miembros de la familia a los que no había visto desde ni sabe
cuándo. No, no quería.
A medida que iba despidiéndome de los asistentes, me di
cuenta que apenas quedaba nadie en el recinto de la iglesia, en
las que todavía se enterraban a los muertos alrededor de ella.
Poco a poco me fui quedando sola. Volví al interior para
darle mi último adiós a mamá. Sentía que parte de mi se iba a
quedar allí para los restos de mi vida y que jamás podría
recuperarlo. Mamá era como una segunda piel, como algo
pegado a mi toda la vida, siempre sentí que era algo más que
una madre. Mantuvimos una buena relación, nos conocíamos
perfectamente. En ocasiones, yo sentía que en alguna otra vida
hubiéramos sido hermanas gemelas, incluso padecíamos las
mismas enfermedades la una y la otra, teníamos los mismos
síntomas, he incluso lesiones de nacimiento muy similares. Sí,
había algo entre ella y yo diferente al resto de madres e hijas
que yo conocía. Sin embargo, en esto, ella siempre iba por
delante allanado el camino para que yo sufriera menos en el
recorrido.
Los últimos años habían sido difíciles de llevar para las dos,
sin embargo, sabía que la echaría de menos el resto de mi vida.
Me senté de nuevo a su lado y volví, por enésima vez, a
darle las gracias por dedicarme parte de su vida. Habíamos
estado solas muchos años desde que papá murió. Su deterioro
físico y cognitivo tuvo mucho que ver en esos años donde
apenas se podía mover y no entendía nada de lo que yo le
decía, siempre se negó a ponerse un audífono que nos hubiese
facilitado la vida a las dos, ella oiría mejor y yo gritaría
menos. También me acostumbré a esto.
―Lo siento mamá, siento mucho no haber estado contigo
siempre que me necesitaste… Siento mucho no entenderte en
algunas cosas que la vida nos puso en el camino, para ti
estaban tan claras, y yo, ni siquiera era capaz de ver. Lo siento
mamá… Lo siento mamá… lo siento ―repetía constantemente
hasta que una mano suavemente se posó en mi hombro.
―Hola ―dijo en un tono casi imperceptible esa voz―. Soy
el Pastor de la iglesia, quieres que te acompañe hija.
Sí, me di cuenta, le reconocí enseguida, y le sonreí por su
gesto amable que parecía no querer molestar. No sé porque,
pero no me asustó, por laguna razón me sentía tranquila en
aquel momento.
―No padre, muchas gracias, se lo agradezco, pero en estos
momentos lo que necesito es estar a solas. Muchas gracias.
―Como quieras hija. Quédate el tiempo que necesites.
―Gracias, muchas gracias ―le contesté mientras se
despedía levantando su mano, al tiempo que se alejaba su
figura hacia la puerta de salida de la iglesia.
Seguí allí unos instantes más sin saber durante cuánto
tiempo. A veces lloraba, a veces sonreía al recordar momentos
de una y otra índole que iba trayendo de mi memoria a medida
que iba recordando mis últimos años con mamá.
Cuando pude levantarme de aquel banco en el interior de la
iglesia, con un paso lento y pausado fui acercándome a la
salida. No quería irme y dejar allí a mamá definitivamente.
Sabía que nunca más iba a volver al pueblo, pero una visión en
mi mente y un claro y suave sonido de voz, que no supe de
donde venia, me susurro al oído… ― “Tranquila, la vida no
acaba aquí, todavía tienes mucho que ofrecer al mundo. Ahora
es el momento de volver a ser quien eras. Date esa
oportunidad y siente que eres mucho más que una hija o una
hermana. Eres un ser único que está en este mundo para hacer
que los demás sean felices y lo vas a hacer AHORA”
Miré a uno y otro lado sin saber de dónde procedía esa voz
intentando encontrar algo o alguien que identificara lo que
estaba escuchando.
Busqué y busqué por toda la iglesia al Pastor a ver si había
sido él, pero no lo vi por ninguna parte. Seguía buscando con
la mirada y el oído bien puesto, pero no volví a escuchar nada.
Sí, quizá ha sido el Pastor y como siempre, absorta en mis
pensamientos, no había sido capaz de verlo alejarse esta vez.
No, no encontré a nadie dentro de la iglesia y la puerta de
salida parecía que estaba cerrada.
―¡Otra vez mi imaginación!, me dije. Otra vez Camila,
creo que vas a tener que hacerte mirar esto…, ya oyes voces…
¡qué mal estás chica! ¡Jesús que mala es la vejez! Iba
diciéndome en voz alta mientras caminaba hacia la salida de la
iglesia.
Miré por los alrededores y no vi a nadie, no había ni un
alma en aquel recinto, estaba comenzando a anochecer y no
me gustaba nada conducir de noche.
Abrí la puerta del auto y me senté en el asiento, tomé un par
de respiraciones profundas y arranqué el motor, me puse el
cinturón de seguridad y sin pensarlo más, me dirigí a la ciudad
donde había reservado una habitación para pasar la noche.
Quería poder descansar para estar fresca a la mañana
siguiente, y salir temprano del hotel. Tenía unas cuantas horas
de camino hasta la ciudad donde vivía.
Volví a mirar todo el recinto sin ver a nadie en él. Deje allí a
mamá sabiendo que jamás iba a volver a aquel lugar. No solo
dejé parte de mi corazón allí, sentí que mi alma se
despedazaba mientras me alejaba.
―Adiós, mamá. Hasta la próxima.
Me senté en la cama de mi cuarto en el hotel y lloré
desconsoladamente la muerte de mi madre. Jamás me había
sentido tan sola como en aquel momento de mi vida, y no era
una soledad física, sino esa soledad de sentir que no hay nadie
más en este mundo que tú.
La familia la sentía lejos, muy lejos de mí, y sí, no solo
físicamente sino emocionalmente. Me había distanciado de
ellos por esas convicciones que a una se le despiertan en
algunos momentos de la vida y que, en ocasiones, no tienen
mucho sentido. Sin embargo, yo creí que, si lo tenía, cuando
nadie aparece en casa para ver cómo está la situación, o echar
una mano si era necesario.
No, nadie lo hacía.
Me sentí mal con aquello y comencé a distanciarme de mi
hermano Joseph y mucho más con el resto de la familia,
mientras duro aquel encierro perpetuo en el que estaba metida
cuando mamá empeoró.
No, no me sentí acompañada en ningún momento y si nadie
sabe que existo, yo no existiré para nadie.
La verdad es que llevaba dos años que no me estaba
sintiendo muy bien. Había envejecido mucho en los últimos
meses, no me cuidaba nada, había dejado de arreglarme, total;
a mi edad, ya estaba mayor, no salía apenas a la calle… para
qué arreglarse entonces. Tenía motivación cero y solo me
sentía bien, inmersa en los escritos que ocupaban todas esas
partes del día que no estaba con mamá. Las historias que iban
saliendo de mi desbordada imaginación, y que a veces, porque
no siempre era así, iban tomando forma cuando las plasmaba
en las decenas de hojas que iba rellenado en mi ordenador.
Esa era mi vida… esta es al fin y al cabo mi historia.
Me había vuelto increíblemente introvertida, yo…, que
siempre era el alma de las fiestas y reuniones. ¿Dónde quedó
eso ahora? Ni siquiera recuerdo la última vez que puede
divertirme, reír a carcajadas disfrutando en compañía de
alguien que no fuese un meme en las redes sociales. No, no
recuerdo dónde se quedó mi alegría desbordante y las ganas de
comerme el mundo.
Estaba a unos pocos años de comenzar una nueva década,
esa a la que todos temen porque te lleva directa a la jubilación:
los cincuenta. ¿A qué podía aspirar ya? ¿Cómo pensaba que
sería mi vida entonces, más que mirando la soledad que me
acompañaba como única amiga inseparable?
Una mezcla de pensamientos absurdos completaba la
realidad en la que estaba viviendo, mientras me relajaba
tomando una ducha antes de bajar a cenar al restaurante del
hotel.
Me sequé el pelo y al sentarme en la cama, me dejé caer
hacia atrás, supongo que, absorta en mis pensamientos y sin
duda excesivamente cansada de todo un día de sentimientos y
emociones a flor de piel. Me quedé dormida al instante. Me
desperté pasadas las seis de la mañana.
Al despertar me di cuenta de que, ni siquiera había abierto
la cama, debí sentir algo de frío durante la noche y me tapé
con la misma bata de baño con la que había salido de la ducha.
Afortunadamente se acercaba el verano y la temperatura era
agradable. Todavía tardé unos minutos en desperezarme, sentía
que me dolía todo y apenas podía moverme. Creo que estaba
demasiado cansada para salir directamente y conducir más de
seis horas hasta Denver.
Me di la vuelta en la cama y volví a quedarme dormida por
unos instantes. Eso pensaba yo si no hubiese sucedido aquel
encuentro.
Alguien se sentó a mi lado en la cama, yo sentía que era
mamá. Me acariciaba el pelo a la vez que decía ― “Tranquila
Camila, todavía tienes mucho que hacer aquí, debes dejar tu
legado. Debes dejar impreso todo lo que nos has podido decir
en palabras, lo que no has podido expresar antes de ahora.
Tranquila Camila, algo maravilloso te está esperando, todavía
tienes mucho que transmitir al mundo. Debes hacerlo. Es tu
misión aquí. No has sido consciente hasta ahora, pero lo serás
a partir de hoy. Debes despertar de tu letargo y contar las
maravillosas historias que te has estado guardando desde que
eras una niña. ¡Ánimo! Yo estaré contigo, estaré a tu lado,
aunque no me veas, me sentirás en cualquier instante de tu
vida. ¡Ahora Camila, tu vida empieza Ahora!”
Me desperté bruscamente buscando el reloj para saber qué
hora era, sentía que se me estaba haciendo tarde para volver a
casa. No quería conducir sin parar para descansar y tampoco
que se me hiciera de noche y no poder continuar mi viaje.
Descubrí que ese instante de tiempo que fue mi duermevela,
en realidad había pasado más de una hora.
Me levanté sobresaltada, buscando desesperada la ropa para
ponerme y salir escopetada hacia casa, pero… ¿Por qué estaba
corriendo de esa manera? ¿Qué me estaba sobresaltando tanto?
Mientras me estaba calzando mis zapatos pensé por un
momento, pero… ¿Por qué estoy corriendo tanto? ¿Qué me
está pasando? Estás sola Camila, vives sola, nadie te espera en
casa más que Lion, mi maravilloso amigo y fiel compañero
Lion, mi gato. Él está bien atendido por Sonya, mi vecina,
amiga y confidente durante años, ella lo cuida bien mientras
estás fuera. ¿Por qué te preocupas, por quién te preocupas? Ya
no tienes que correr porque mamá ya no está, ya no te
necesita. ¿Qué te está pasando Camila? Me repetía una y otra
vez mientras me dejé caer en la cama, abatida por todo lo que
me estaba sucediendo.
―A ver… tranquilízate Camila, porque así no vas a
ninguna parte ―comencé a hablarme a mí misma en voz
alta―. Qué ha pasado en esta hora que has estado dormida…
¡una hora! ¡Me he quedado dormida una hora! No puede ser,
me parecieron solo unos minutos… ¡Otra vez esa voz! Ya,
pero esta vez son alucinaciones tuyas… estás sola en esta
habitación. No, aquí no tienes escusas como en la iglesia…
¡Dios… me estoy volviendo paranoica! ¿Qué está pasando?
Después de unos minutos de reflexión, pude recobrar lo que
yo consideré mi tranquilidad emocional y decidí desayunar sin
prisas en el hotel.
―Sí, será mejor así. Tómatelo con tranquilidad, llegar una
hora antes o una hora después no va a cambiar nada tu
situación actual. Por tanto, voy a disfrutar de lo que más me
gusta cuando estoy en un hotel, el desayuno.
Acabé despacio de vestirme, me recogí el pelo en un moño
que resaltaba más mi cara. Los moños, por lo general, me
habían sentado bien. Siempre había sido una chica muy bella,
y yo lo veía cuando me miraba al espejo y me maquillaba ese
poco que hacía que resaltara mi belleza y parecía incluso más
joven, a pesar de ello, y aunque madura, no había perdido esa
belleza que me acompañó desde que era una jovencita; a pesar
del tiempo transcurrido y de las amargas vivencias de los
últimos años.
No lo pensé más, me vestí, me maquillé con sencillez,
recogí todas mis cosas y bajé a desayunar al bar del hotel.
No sé qué había pasado, por un momento me sentí confiada,
contenta, me sentía feliz a pesar de los momentos tristes de día
de ayer. Presentía que mamá estaba conmigo, a mi lado, que
no me había dejado del todo y además me estaba insuflando
alas para volar, ahora que estaba liberada de tanta carga
emocional en esos pasados años.
Cerré la puerta de mi habitación con la certeza de que había
dejado allí la carga de mi pasado. Ahora solo debía pensar en
cómo llenar mi futuro.
―Por lo pronto, lo primero que quiero hacer es…
desayunar, ¡estoy hambrienta!
Tomé el ascensor hasta el lobby del hotel y me dirigí a la
cafetería. Caminado por el hall descubrí…, me descubrí
caminando más erguida que de costumbre, como si algo
hubiese inflado mi cuerpo de tal forma que no era la chica
encorvada y hundida de unos días atrás. Miré a mi alrededor y
comprobé que no había nadie en el local. El camarero me hizo
una indicación de que pasara y me sentara en una mesa. Con
una sonrisa me dijo.
―Siéntese señora, ahora le sirvo lo que desee.
Tomé asiento en una de las mesas redondas del local
mirando hacia la puerta de entrada, a mi izquierda estaba la
barra. El camarero se dirigió a mí con mucha amabilidad y me
preguntó:
―Buenos días señora Lean, ¿Qué desea tomar?
―Buenos días, pero… ¿Cómo sabe mi nombre?
―Bueno, como ve no hay muchos huéspedes, somos un
hotel pequeño y conocemos a todos nuestros clientes, sobre
todo cuando hay tan pocos. Además, nuestro director piensa
que debe ser así, él quiere que se sientan como en casa y no
echen de menos nada. Así es que, lo que desee ordenar la
señora, se lo traeré.
―Caramba… ¿puedo pedir un deportivo?
―Bueno… ¡si es eso lo que desea para desayunar! Yo no se
lo recomiendo, está un poco correoso para el desayuno ―me
contestó el simpático camarero siguiendo mi broma.
―Gracias, tiene usted razón, quizá sea mucho para tomar a
estas horas. Tráigame mejor un café bien cargado y lo que
mejor crea usted que pueda tener para acompañarlo. Muchas
gracias.
―Gracias a usted señora. Ahora mismo se lo sirvo.
La broma del camarero activo mi sonrisa y pensé que podía
vivir de nuevo a pesar de perder algo muy importante para mí.
Al recordar a mamá volvió la tristeza a mi rostro y baje la
cabeza.
Volví a levantarla cuando vi entrar por la puerta del bar a un
caballero maduro, alto, delgado, elegantemente vestido con un
traje de sastre que le sentaba como un guante. Su aspecto era
muy cuidado, era evidente que cuidaba mucho su apariencia.
Su pelo canoso le daba un aire más atractivo si cabe. A medida
que se acercaba pude advertir el ligero perfume que su reciente
afeitado traía hasta mi como un ligero aire de brisa marina.
Tenía un porte muy especial y pude apreciar una bella mirada
de repartía por toda la cafetería como buscando algo que no
encontraba. Llevaba la mano derecha metida en el bolsillo de
su pantalón perfectamente planchado.
Sí, muy atractivo. A medida que se acercaba, pude apreciar
bien su cara, las formas angulosas de su rostro y… ¡caray! si,
era bastante guapo, pensaba…
“A ver… a ver…Camila, tú no te fijas en esas cosas
últimamente, los hombres dejaron de interesarte hace años.
No, no es que me interesen las mujeres, no es eso, es que no te
interesa el amor. Esa “forma” de amar, dejó de existir para ti
hace años. Sí, es verdad… es un hombre atractivo,
condenadamente atractivo, pero…nada más. A ver, a ver
Camila… ¡vuelve a tus sentidos bonita!”
Absorta en mis propios pensamientos, no pude percibir
como el caballero se acercaba a mi mesa, cuando me di cuenta
estaba a dos pasos de mí.
―Buenos días señora, ¿está todo a su gusto?
No daba crédito, me estaba hablando a mí y yo sin
enterarme.
―¡Oh! Sí… bien…, el… camarero me está preparando algo
para desayunar.
―Sí, Sean es siempre muy amable y… mejor persona.
―¡Ah sí! Parece que le conoce bien. Viene usted mucho por
aquí, deduzco.
―Sí, muy a menudo, prácticamente vivo aquí.
―¡Caramba! ¿Conoce usted bien el hotel entonces?
―Sí, bien, muy bien. Soy el director.
Me quedé sin habla, petrificada, ¡además era el director!
Creo que mis ojos se abrieron tanto que no podía cerrarlos de
la impresión. Eso no me lo esperaba.
―Disculpe señora Lean…, ¿me permite hacerle compañía
en el desayuno? No me gusta nada comer solo.
Embobada todavía por la inesperada proposición del
caballero le dije:
―Como usted quiera, está usted en su casa. Nunca mejor
dicho.
Él sonrió con una amplia sonrisa que acentuaba aún más su
atractivo que dejaba ver su perfecta dentadura. ¡Dios…
realmente es un hombre muy atractivo!
―No pretendo molestarla señora Lean, solo acompañarla.
Mi nombre es Eric Palmer y como le dije, soy el director del
hotel. Disculpe mi torpeza, no me he presentado cuando le di
los buenos días.
―¡Oh! No se preocupe señor Palmer, yo tampoco he sido
muy cortés con usted, es mi sentido del humor del sur. No hay
nadie en estos momentos, para que comer usted en una mesa y
yo en otra, así Sean solo tiene que limpiar una… ¿verdad? Lo
ve… mi humor del sur. ¡Claro!, siéntese por favor.
―Gracias señora Lean. Un placer.
El camarero se acercó de nuevo a nosotros y pregunto:
―Le sirvo lo mismo de siempre señor Palmer.
―Sí, Sean, lo mismo. Gracias.
Eric Palmer y yo nos quedamos solos mientras Sean se
dirigía a la cocina a preparar nuestros desayunos. No sabía
cómo iniciar o, mejor dicho, continuar aquella conversación
totalmente inesperada en ese momento. Menos mal que él
rompió el hielo que se estaba formando alrededor mío, no
sabía dónde meterme, abrumaba la presencia de aquel hombre.
―Y bien, señora Lean, ¿ha pasado una buena noche, le ha
faltado algo, necesita algo más…? espero que haya estado
todo a su gusto. Tiene una oportunidad de oro para quejarse en
este momento, está con la persona adecuada.
―Todo bien señor Palmer, apenas he tenido tiempo de
disfrutar más de sus muchas comodidades. Solo he estado unas
horas y tengo que marcharme tan pronto como me tome este
desayuno.
―¿Tiene mucha prisa?
―Sí, realmente sí. Debo entregar un trabajo en las próximas
horas y he dejado solo a mi compañero de vida. Tengo que
volver enseguida.
―Vaya, y ¿qué le ha traído por aquí para marcharse tan
rápido? Si me permite preguntar.
―La muerte de mi madre ―dije bajando la mirada hacia la
taza de café que Sean nos estaba colocando a cada uno en la
mesa.
―Vaya… sí que he sido inoportuno.
―No se preocupe, por hablar de ello no va a mitigar mi
tristeza, ni va a ser menos dolorosa su pérdida.
―Disculpe mi torpeza señora Lean, estas cosas nunca son
previsibles en una conversación.
―Ya le dije… no pasa nada ―comenté con una forzada
sonrisa dando un sorbo a mi café caliente―. Muy rico el café
señor Palmer, muy rico.
―Gracias, soy un gran amante del café, y me gusta ofrecer
el mejor a mis clientes, si eso les hace felices, a mí también.
En ese momento llegó Sean con un par de tostadas
francesas.
―¡Pruébelas señora Lean, son la especialidad de la casa!
Ahora, estamos en temporada baja y es muy temprano todavía,
pero viene mucha gente del pueblo a desayunar solo por las
tostadas de Natalie, la cocinera. Es francesa y desde que las
pusimos en el menú de desayuno parece que nos hace más
felices.
―Es curioso como una tostada con un café por las mañanas
puede cambiarle a uno el día, ¿no cree? ―propuso el señor
Palmer.
―Quizá, yo desayuno tostada todos los días y no me siento
especial ―teniendo en cuenta, la insustancial tostada que yo
me hacía para desayunar, apenas con lo que hubiera rondando
por la nevera.
―Bueno… eso es porque todavía no ha probado estas.
―Está bien, habrá que hacerle caso, es usted toda una
autoridad en tostadas.
―¡Oh no, no lo crea! Yo solo soy bueno comiéndolas
―dijo con esa preciosa sonrisa que se gastaba.
“¡Madre mía Camila… pero si te estás sintiendo bien y todo
en compañía con este señor! ¡Pero que estás pensando so
boba! Es el director del hotel… no se va a fijar en una mujer
como tú. ¿Tú te has visto? En estos últimos años apenas te
arreglas, ni siquiera vas a una peluquería a que te arreglen ese
pelo tan desastroso y mal peinado que llevas. Sí… ¿Cuánto
tiempo hace que no visitas una peluquería? Ahora recuerdo…
más de un año querida… ¡llevas más de un año…! ¿Y la ropa?
¿te has visto la ropa? ¿Cuántos años hace que no te compras
nada y si lo haces ni siquiera te lo pones? ¿Sigues pensando en
dejarlo para los domingos, como te decían cuando eras
pequeña? ¡Qué desastre… con lo elegante que va él…! ¿cómo
se va a fijar en ti? Es más… ¿y si está casado…?
―¿Señora Lean… señora Lean?
―¿Qué… qué? ―Absorta en mis dichosos pensamientos
inacabables, no estaba oyendo nada de lo que el señor Palmer
me estaba diciendo.
―Señora Lean…
― Discúlpeme señor Palmer, parece que se me ha ido el
santo al cielo, nunca mejor dicho ―no le dejé terminar, es
cierto que por un momento me alejé de allí.
―No, discúlpeme usted a mí, por traer algo tan delicado a
esta conversación.
―Realmente usted no sabía nada. No se preocupe, todo está
bien.
―Y usted, ¿hace mucho que dirige este hotel?
―Bueno sí… unos cuantos años ya. Mi padre lo dirigió
antes que yo y siempre me sentí bien haciendo este trabajo, así
es que no me lo pensé mucho y decidí que era lo mejor que
podía hacer. Soy muy feliz sabiendo que cuando las personas
que se alojan aquí, se van contentas y vuelven a menudo en
otras temporadas al sentirse bien tratadas. Está muy cerca de la
cascada del cañón. Ese turismo es muy importante para el
hotel.
―Sí, es un buen hotel, yo diría que el único, los demás son
fondas, o habitaciones en casas. Para un pueblo tan pequeño es
genial tener un establecimiento como este. Ya se hablaba
mucho de él cuando era niña y se empezó a construir.
―Sí, lo sé, fue la visión de mi padre que siempre quiso
tener un hospedaje especial como en una ciudad… creo que, lo
que no pudo prever, es que sería la cascada la que lo
mantendría con vida durante todos estos años.
―Es muy agradable la conversación con usted señor
Palmer, pero debo irme ―dije terminado mi último sorbo de
café― Por cierto, las tostadas, buenísimas, es bien cierto que
son muy agradables… y la textura… no me extraña que la
gente las quiera para desayunar…, y para el resto del día.
Gracias por su compañía y su conversación señor Palmer
―levantando la mano para que Sean, el camarero me trajese la
cuenta.
―Permítame que la invite a desayunar señora Lean ―dijo
haciendo un gesto al camarero de que todo estaba bien.
―¡Vaya! Gracias, muy amable señor Palmer.
―¿Me permite que la acompañe al coche?
“¡Caray! además de atractivo es amable y quiere
acompañarme al coche, al final me va a costar irme de aquí…”
―Claro, como no.
Me deje acompañar por ese hombre guapo hasta el parking
que estaba delante del hotel. No había que ser muy listo para
dirigirse al único coche que había aparcado, teniendo en
cuenta que el otro no era mío.
Abrí la puerta de auto y me despedí del señor Palmer
extendiéndole mi mano derecha.
―Ha sido un placer conocerla señora Lean, espero verla
pronto por aquí, solo por placer y no por algo tan importante.
―Sí, tiene razón, siempre pienso que debería tomarme unos
días libres y al final nunca lo hago. Sí, es muy probable que
volvamos a vernos señor Palmer. Gracias por su hospitalidad.
―Un placer señora Lean, un placer ―me dijo tomando mi
mano y como antiguo caballero intentó besarla, y la retiré
enseguida de su mano.
No le dejé, que absurdez, eso ya no se lleva… que tontería.
Él se dio cuenta y no hizo ni el más mínimo gesto ni
comentario al respecto. Solo sonrió y terminó de abrirme la
puerta del coche para que entrara. Me sentía rara, nerviosa
ante aquel hombre tan apuesto en el que su amabilidad me
cargaba un poco, era como si estuviera fuera de lugar, como si
estuviera viviendo en una época distinta. Bien es cierto que los
dos somos “mayorcitos” pero creo que hay cosas que ya no se
estilan y parecen estar de más. Casi me sentí molesta al final.
Arranqué el motor y me puse en marcha, levantando la
mano como saludo de despedida del señor Palmer, él me
respondió con el mismo gesto.
“¡Otra vez! Sí, tú…Tú sí que eres absurda Camila, pensando
estas cosas, ahora… en este momento precisamente…
¿Cuántos años hace que nadie es amable contigo? ¿Cuánto
tiempo hace que no te tomas un café con un hombre guapo que
pretendió ser amable? ¡Eh! ¿Di, cuando?”
Sí, era verdad, mucho, hacía mucho tiempo de eso, ¡tantos
años que, apenas recuerdo cuántos! Estaba tan acostumbrada a
la vida en solitario que… ni siquiera supe apreciar cuando
alguien es amable y nada más. Apenas puedo recordar el
tiempo que llevo viviendo sola, con esta profesión que me
mantiene aislada del mundo, viviendo solo en mi mundo
imaginario, compartiendo con mis personajes y mis historias
toda mi vida, bueno…, y con Lion, mi amor gatuno con el que
comparto absolutamente todo. Apenas salgo de casa más que
para lo meramente imprescindible, estoy bien con esto que
quiero vivir y no necesito nada más ni a nadie más.
“¿Lo sabes Camila? No necesitas a nadie, porque lo tienes
todo, pero…”
Sentí como las lágrimas asomaban en mis ojos. Sí, es
porque echo de menos a mamá, si es por eso.
“¡Ah sí! ¿Eso crees? ¿Echas de menos a mamá? No seas
absurda, ¡claro que la echas de menos! pero los últimos tres
años ella ya no estaba viviendo contigo y has estado más sola
que nunca. ¿Cuántos van? ¿Recuerdas cuantos van? ¡Cuenta…
cuenta…! Veinte… no, alguno más… veintiuno, veintidós,
veintitrés, veinticuatro ¡Veinticuatro años desde la última vez
que alguien se interesó por ti! ¡Joder veinticuatro años ya!
Claro… así estás, que ni sientes ni padeces, ni siquiera
recuerdas la última vez que alguien fue amable contigo.”
“Sí, tienes razón Camila, ¿cómo has dejado que esto
ocurriera? No, no me interesan los hombres, no, no me
interesan las relaciones humanas más allá de las que construyo
en un papel. No, no me interesa nada que tenga que ver con la
carne, solo interés espiritual con seres inertes que construyes
en tu imaginación y que no pueden hacerte daño, ¿verdad?”
Claro, eso era. Solo me estaba protegiendo de mí misma, de
lo que sentía y me hacían sentir, de las emociones pasadas con
las que no quería lidiar en ese momento.
De repente, me di cuenta de que ya me había alejado del
pueblo unos kilómetros. ¿Dónde había estado entonces?
¿Quién ha conducido hasta aquí? Es curiosa la mente cuando
nos enfrascamos en nuestros pensamientos, hacemos cosas
como autómatas y no somos capaces saber cómo las hemos
hecho.
Aquí sigo, absorta en mis pensamientos camino a casa.
Sentí que debía parar un momento; creo que mi cabeza está
demasiado ocupada para continuar.
Afortunadamente, estaba pasando por uno de los parajes
más bonitos que había camino a casa, decidí detenerme a un
lado de la carretera y sentir un poco el aire fresco a ver si
ordenaba mis ideas con la belleza del paisaje que me
acompañaba.
Paré mi coche en un pequeño claro que se dejaba ver en la
calzada, al lado del camino que me llevaba al bosque.
Me adentré por el aquel sendero que me llevaba a un claro,
un maravilloso arbolado de hayas, encinas y robles que me
esperaba al final. Lo conocía bien, había jugado de niña por
aquel bosque muchas veces, cuando iba a pasear con mamá, y
recoger alguna que otra bellota que caían de los robles y
encinas después del verano. En ocasiones, sobre todo más
cerca del otoño, cuando ya estaban maduras, nos comíamos
unas cuantas sentadas a sus pies, pelándolas de una en una,
iban cayendo, pero… ―no comas muchas decía mamá, que
pueden sentarte mal―, y así era, en muchas ocasiones, volvía
a casa con alguna indigestión.
Aquel olor, aquella brisa, me recordaba todo a ella y no
pude reprimir el llanto al recordar a mamá. Me dejé caer sobre
la hierba fresca, humedecida todavía por el rocío de la mañana
y lloré todo lo que no había llorado en años.
No sé cuánto tiempo estuve allí, solo sé que al final debí
quedarme dormida. Me despertó un ligero ruido de ramas
moviéndose…, observé al abrir los ojos a un pequeño corzo
que se alimentaba muy cerca de mí. Para no asustarlo, no quise
moverme bruscamente y poder disfrutar de su presencia tan
cercana durante unos minutos. Cuando se alejó, me di cuenta
que prácticamente se me había ido la mañana entre el paseo y
la siesta.
Comencé mi vuelta a la carretera no muy a prisa, estaba
dispuesta a disfrutar de aquel paseo y de aquel lugar tan
emblemático para mí; al fin y al cabo, sentía que la mañana ya
estaba perdida.
Disfrutando de la visita a uno de los más hermosos lugares
que recordaba de niña, fui descendiendo por la ladera hacia el
lugar donde había dejado mi coche.
Escuchaba el sonido de los pájaros, el viento sobre las
ramas de los árboles y algún que otro ruido que me mantenía
alerta a mi regreso. Ya veía la carretera desde el risco antes de
mi última bajada, pero desde allí no se veía el coche todavía.
Al llegar al último tramo cercano a la carretera, pude
vislumbrar a alguien que estaba cerca del auto. Me asusté y di
un paso atrás para esconderme detrás de un gran árbol
centenario que abría el camino de subida hacia el bosque, y
que siempre fue mi referencia cuando pasaba por allí.
Aquella persona estaba apoyada en mi auto como
esperando. ¿Me estaba esperando a mí? ¡Dios mío, yo allí
sola!, ¿qué podía hacer?
“¡Maldita sea Camila, porque no te has traído las gafas, no
ves que, no ves una mierda de lejos!” No, no podía distinguir
quien estaba parado allí, era evidente que era un hombre, por
lo menos eso me parecía desde donde yo estaba.
¡Qué hago… que hago! ¡Como hago… y si me acerco y
quiere atracarme…! Caray… ¡siempre con la manía de no
llevar mucho dinero encima! A veces es mejor llevar algo,
dárselo y que te dejen en paz, pero otras…, aun así, no se
quedan contentos. ¡Mierda!… y no se va… es más, no se
mueve de allí.
“A ver… piensa, piensa un poco… ¿o vas a quedarte detrás
de este árbol hasta que decida irse…? ¿Y si no se va? No te
vas a quedar aquí todo el día esperando que el desconocido se
vaya, tendrás que enfrentarte a esta situación… ¡digo yo!”
Me quede unos minutos observando al tipo y no, no parecía
que quisiera irse de allí. Bueno… ya está, tendrás que coger el
coche, así es que mueve el culo y que pase lo que tenga que
pasar, échale un par…
Salí de detrás del árbol muy decidida a enfrentarme al
desconocido, y salir corriendo lo más deprisa que se pueda de
aquel lugar.
“¡Joder… ¿por qué me habré parado aquí hoy… no se me
había perdido nada…, nada… Eres estúpida… y ¿ahora
que…? ¡Mierda, mierda, mierda! No puedo distinguirle desde
donde estoy. ¡Joder, no veo una mierda…!”
A medida que me iba acercando al coche mi visión iba
siendo un poco más clara y la situación parecía que se iba
asentando.
No sabía dónde meterme cuando reconocí a la persona que
estaba plantado apoyándose en mi coche. Di media vuelta para
esconderme de nuevo detrás de un pequeño árbol que apenas
me cubría, pero, al oír…
―¡Señora Lean!
¡Tierra trágame! Era el atractivo señor Palmer, el director
del hotel, ¿cómo me había encontrado? ¿cómo podía saber que
estaba allí?
―Disculpe… ¡Señora Lean!
Saqué la mejor de mis sonrisas, y me acerqué a él con más
vergüenza que el miedo que, en un principio, había sentido.
―¡Señor Palmer…! pero… ¿qué hace usted por aquí?
―Menos mal que he podido encontrarla señora Lean. Llevo
más de dos horas esperándola. No me atreví a entrar en el
bosque porque no sabría cómo encontrarla, entonces me decidí
esperarla aquí, pensé que no tardaría usted mucho, pero
¡caray!, no sé si es que se ha perdido, o lo que quería es
disfrutar mucho del paisaje.
―Pero… señor…―no me dejó terminar.
―Salí inmediatamente del hotel después de usted, pero ya
no pude alcanzarla. Le pisa usted fuerte al acelerador señora
Lean. Se dejó usted el teléfono encima de la mesa y consideré
que debía alcanzarla para traérselo, solo habían pasado quince
minutos de su partida. Sean lo vio cuando recogía la mesa.
―¡Oh señor Palmer! Le estoy muy agradecida, la verdad es
que no lo había echado de menos porque no lo he necesitado…
¡Dios que despiste! Le estoy muy agradecida, muy
agradecida… Ahora con los teléfonos móviles, lo llevamos
todo en ellos, y perderlo hubiese sido un caos para mí.
―Sí, eso pensé yo, a mí me pasa lo mismo, por eso decidí
alcanzarla. Menos mal que se paró usted aquí, creo que no la
hubiera alcanzado si no fuese así, pude distinguir su coche
cuando lo vi parado en este claro de la carretera, pero… ¿Qué
le hizo parase aquí si me permite preguntar?
―Mil gracias señor Palmer. Sí, claro que le permito
preguntar, después de lo que usted acaba de hacer, es difícil
negarle… Pues… los recuerdos. El recuerdo de mi madre y las
veces que había paseado por estos bosques al final del verano
y la cosecha de bellotas que compartíamos con alguna
indigestión posterior… Todo eso señor Palmer, y solo eso…
―Vaya, veo que no estoy muy acertado en el día de hoy,
solo le traigo recuerdos tristes cuando le pregunto.
―¡Oh no, por favor no se preocupe! Discúlpeme usted a mí,
pero están siendo unos días difíciles los que estoy pasando
últimamente, solo es eso. Las emociones están a flor de piel y
en ocasiones es difícil controlarlas.
―Sí, ya lo veo en sus ojos. Parece que ha llorado un poco.
―Un poco sí ―me ruboricé cuando le oí decirme eso.
―Permítame ofrecerle algo… ya que estamos los dos aquí y
estamos tan cerca de la cascada, que le parece si la visitamos y
comemos juntos ¡Eh!
―Pero yo…
―Pero nada señora Lean, no puede negarse.
―La verdad es que no puedo, después de lo que usted acaba
de hacer, pero tengo que estar en la ciudad ya le dije que…
―Pero nada señora Lean, si ha podido esperar hasta ahora,
podrá esperar un poco más, ¿no cree?
―Sí, creo que se lo debo, ha venido hasta aquí y usted
también está perdiendo su precioso tiempo conmigo.
―No, no lo crea, solo elijo señora Lean, solo elijo.
―Está bien, señor…
―Eric, que le parece si nos llamamos por nuestro nombre y
dejamos los formalismos.
―Eric… sí claro.
―Aunque sé que sabe el camino, sígame Camila.
―Le sigo Eric, le sigo.
Llegamos a la Cascada del Cielo, que así se le llamó a
aquella maravilla de la naturaleza; yo detrás de él, él delante
de mí.
“A ver, a ver, a ver Camila… que estás pensando ahora… es
el director del hotel, es amable por haberte encontrado para
entregarte el teléfono, pero… ¿Qué andas pensando más?”
―Sí es verdad, que estoy pensando, es solo un hombre amable
que ha tenido un gesto amable con un cliente de su hotel―
“que imaginación bonita… claro…, siempre dándole a la
cabeza con tus historias… pero que no se te crucen, ¡que no se
te crucen!, porque ahora, estas viviendo la tuya propia no la de
tus personajes” ―Sí, es verdad, es verdad… estoy tan sola y
tan enfrascada en mis relatos que a veces siento que estoy
viviendo sus vidas y no la mía. Mi vida ha sido y son mis
personajes y las historias que ellos quieren contar, y dejo de
lado la mía la mayoría de las veces.
Y yo, absorta en mis pensamientos, casi ni veo la señal que
Eric me estaba haciendo para que, aparcara el coche en el
llano que estaba preparado para ello, delante de la bellísima
cascada.
Hacia tantos años que no venía por aquí, y tengo tantos
recuerdos de este maravilloso y mágico lugar, que cuando bajé
del coche parecía como si fuese la primera vez, como si no lo
conociera de nada, la sorpresa me embaucó de nuevo, como
esa primera vez que disfruté en compañía de mi madre, de la
presencia de aquel lugar y no hubiese pasado el tiempo.
La Cascada del Cielo. No me extraña nada que le hubieran
puesto ese nombre. No era demasiado alta, quizá no llegue ni a
los cuatro metros de altura, ni siquiera muy grande,
probablemente unos seis de ancho, pero estaba enclavada en
un paraje boscoso bellísimo, y con un frondoso verdor a su
alrededor.
Los árboles la tapaban por completo, se hace muy difícil
encontrarla si no conoces dónde está. A uno de sus lados crece
desde no sé cuándo, un increíble árbol distinto a todos los
demás, único y mágico, situado en un lateral del pequeño lago
que encharca su caída y que parece sacado de cuento de hadas.
Sus raíces están a la vista y puedes sentarte entre ellas como si
de un asiento natural se tratara. ¿Cuántas veces vine aquí tan
solo a disfrutar del paisaje y el ruido del agua al caer?
¿Cuántas veces me he bañado desnuda en su pequeño lago?
Apenas puedo recordarlo. Su solo recuerdo me provoca querer
hacerlo de nuevo. No conozco un placer mayor que bañarse
desnuda en lugares perdidos donde nadie pueda verte. No, no
puedo recordar cuantas veces lo he hecho, porque está en mi
memoria como algo que jamás desaparecerá. He sido tan feliz
aquí… ¡Dios que belleza volver a contemplar esta maravilla de
la naturaleza! Gracias, gracias por permitirme volver a ver
esto.
―¿Es mágico verdad? ―me decía Eric―. Camila…
―¡Qué… qué…! ―absorta en aquella belleza ni le
escuchaba. ¡Oh sí, sí! ¡Es fantástico Eric, es fantástico! Adoro
este lugar. Gracias por traerme de nuevo aquí. Me alegro de
haber aceptado tu invitación.
―A ti por aceptar, es un placer para mí estar aquí contigo
en estos momentos.
―¿Sí…, seguro? ¿me dices eso después de todos los
inconvenientes que te he causado en el día de hoy?
―Bueno… como te he dicho, es un placer verte de nuevo,
el teléfono ha sido una preciosa excusa para ello.
―Pero…, ¿de verdad querías volver a verme?
―La verdad es que me quedé con las ganas de compartir
más conversación contigo.
―Eres muy amable Eric, pero seguro que tu día a día será
más interesante que devolver un teléfono a una clienta
olvidadiza.
―Sí, es probable, pero esto lo hace distinto. Además, como
sabes, no estamos en temporada, y realmente no pasa nada,
esto ha sido…, una forma de darle más valor al día de hoy.
―Vaya, me siento importante. Te apetece que nos sentemos
un rato en las raíces de este árbol.
―Sí, claro.
―¿Lo conoces? ¿Sabes qué tipo de árbol es? Siempre me
intrigó saber qué hacía aquí un árbol tan diferente a las
especies autóctonas que hay por todo alrededor. Parece que no
encaja nada aquí y sin embargo lo hace tan diferente y mágico
que, envuelve a todo el lugar con su magia. ¿No crees?
―Sí, lo conozco, tiene una historia muy bonita detrás y con
un triste final. Pero la gente que conoce la historia y el lugar
viene aquí para confirmar su amor eterno.
―¡Ah sí! Caramba y ¡cómo no conozco yo esta historia, mi
madre nunca me contó que fuese tan especial!
―Bueno, quizá no la conociera, o no quiso contarte algo
fantasioso en un lugar tan mágico como este, para no crearte
así más expectación. Todo el mundo dice que es una leyenda,
pero yo creo que fue una historia real.
―¿Y puedes contármela?
―¡Claro! Ves este árbol tan diferente a los otros, dicen que
nació solo, que nadie lo plantó aquí.
―¿Cómo, pero eso no es posible?
―Por eso se considera una leyenda, por lo irreal de la
historia, pero si te paras a pensar en los hechos, es
perfectamente normal que este árbol haya crecido de la nada.
―Bueno, bueno… están creciendo mis expectativas a
medida que me vas desvelando el secreto.
―No es ningún secreto, pero en mi familia, fue pasando la
historia de padres a hijos.
―¡Por favor cuéntamela ya, me tienes en ascuas!
―¡Ya va, ya va…! Este árbol, es una Glicinia japónica, una
Wisteria ¿lo conoces?
―Sí, he visto fotografías bellísimas de la floración de estos
árboles, sí… parecen de cuento de hadas.
―Pues nació aquí porque la persona que está enterrada
debajo de este árbol, llevaba un ramo de glicinias en el
momento que murió y le enterraron con él.
―¡Caramba Eric, me asustas! Dije levantándome corriendo
de donde estaba sentada, encima de sus raíces. Siento como si
estuviera ultrajando un lugar sagrado.
―Lo es, para algunas personas, es como un lugar sagrado.
Hace muchos años una pareja de enamorados a los que sus
familias negaban su amor, decidieron que este sería el lugar
para sus encuentros amorosos. Cuando desaparecían de sus
casas y sus familias no eran capaces de encontrarlos,
decidieron poner a un vigilante que les siguiera, para conocer
el lugar de su encuentro. Al cabo de un tiempo, se descubrió
que, éste era su lugar de encuentro. Por aquel entonces, no se
conocía la cascada como ahora, porque estaba mucho más
cubierta de bosque y era muy difícil encontrarla. Al descubrir
el escondite, la familia de ella, decidió encerrarla en su cuarto
para que nunca más le volviera a ver. Y así fueron pasando los
meses y meses, y tuvo que pasar más de un año para que ella
pudiera salir de su escondite.
―Y cómo hizo, ¿se escapó?
―No, su cuidadora, que también había sido su nodriza,
apenada por el sufrimiento de la joven, la dejó salir para ir al
encuentro de su amado. Al ver que él no acudía, decidió
suicidarse ahogándose en el lago. Pasaron los días y no saber
nada de ella, al no conocer su paradero, decidieron preguntarle
a él, dónde era el lugar de sus encuentros, y por eso
descubrieron este paraje tan inusual por aquí.
―¡Dios que horror, pobre chica!
―Sí, pero él también sufría con su ausencia. Después de
conocer el fatal desenlace, se negó a comer y a vivir. Nadie
podía hacer nada por él, y un día, al ir a su habitación para ver
cómo se encontraba, descubrieron que su cuarto estaba vacío.
Desesperada la familia, comenzó a buscarle en vano por toda
la ciudad, hasta que, decidieron ir al lugar de encuentro de los
enamorados.
―Y…
―Le encontraron allí, muerto, llevando en la mano un ramo
de glicinias púrpura, al lugar donde su amada murió.
―Caray, Eric, sí que es una triste historia…
―Después de tanto sufrimiento, las familias decidieron
enterrarlos juntos en este lugar, a él con el ramo de glicinias
que llevaba en ese momento y se cree que de ahí nació
después el árbol.
―Así es que… ¿estamos sentados en la tumba de los
enamorados?
―Así es Camila.
―¡Qué bonita y que triste historia Eric!
―Pero… la conmovedora historia no solo la tienen ellos, es
también la historia del árbol. ¿Conoces cómo son realmente
las glicinias?
―No, sé que son unos árboles curiosos, pero no los
conozco muy bien.
―Las glicinias, son árboles que van en contra de lo que un
árbol normal hace en su vida.
―¿Cómo es eso?
―La glicinia es tan especial que, florece en mayo, cuando
la primavera a alcanzado su máxima plenitud, y mucho antes
de comenzar a que surjan sus tallos verdes y las hojas.
Normalmente, los árboles echan primero las hojas y después
las flores, en el caso de la glicinia es al revés, cuando está
plagada de flores por todas partes, comienzan de salir los
brotes verdes, después, se convertirán en sus preciosas ramas
verdosas que, complementan las bellísimas floraciones. Sus
ramas se retuercen entre ellas como si se abrazaran para toda
la eternidad.
―Sí, eso sí lo sabía, pero nunca lo había relacionado así, es
un árbol muy especial…
―Sí, sí lo es. Además, sus flores son ramilletes que florecen
en cascada que caen con una dulzura de color púrpura y
belleza sublimes. Los colores de las flores de la glicinia son
delicados, suaves, inconfundibles…, como si no quisieran
destacar demasiado. Aquí, en este entorno, se dan las
condiciones necesarias para que la planta crezca y evolucione.
Como ves, esta cascada está en un pequeño claro que deja
entrar la luz del sol directa y eso es lo que la glicinia quiere
para crecer y florecer. Es como si la cascada de agua y la
cascada de flores se unieran en un amor eterno la una con la
otra, y por eso este lugar tiene la magia que posee. Los
árboles, tienen el poder de sanar los corazones. Éste, en
especial lo es, porque sanó los corazones de las familias que se
opusieron al amor de estos dos jóvenes.
―¡Wao, es una historia increíble, tanto por la parte humana
como por el significado de todo este entorno natural! ¡Qué
maravilla de historia Eric!
―Por eso lleva el nombre de la Cascada del Cielo, porque
los amantes estarán por fin juntos en ese cielo que no pudieron
vivir aquí.
―Es increíble Eric, además eres un gran contador de
historias. Fantástico, que bonita para incluirla en alguna de las
mías o como base de alguna de mis novelas.
―¿Cómo? ¡No me digas que eres escritora!
―Sí, lo soy, y por eso mi premura por estar en la ciudad
hoy, es el día de la entrega de mi última novela al editor. Me
va a matar por el retraso cuando le cuente que me he tomado el
día libre.
―¡Ah, pero al final vas a hacerlo, vas a tomarte el día libre!
―Sí, creo que después de tantos años encerrada, creo que
merezco un poco de respiro, aunque solo sea por un día.
Volver a este sitio, la añoranza de mi madre y todos los
recuerdos que entraña estar aquí lo merecen, y yo también.
―Bueno…, la verdad es que no te pregunté a lo que te
dedicabas. Nunca pensé que podías ser escritora. Consideré
que tendrías una empresa, empleados… y por eso las prisas.
―Bueno… no sabes lo exigente que puede ser un editor a la
hora de meterte prisa por sacar tu nueva novela. Tienes unos
plazos que cumplir y hasta ahora lo he sido, cumplidora. La
enfermedad de mamá no me dejaba mucho tiempo para mí, así
es que la decisión fue tomada, escribir y cuidar de ella, no me
planteé nada más.
―¿Y tú?
―Yo soy feliz con lo que hago, me siento muy bien cuando
escribo, mi vida es plena con ello, solo la responsabilidad de
cuidar de otra persona hace que ya no dispongas de tiempo
para ti, todo lo demás, está de más.
―Si me permites preguntar, ¿y tus sentimientos? ¿no te
sientes sola?
―¿Acompañada de tanta gente? No, sola nunca me he
sentido. Me acompañan cientos de personajes que pululan en
mi cabeza y a veces no me dejan en paz. Es muy difícil estar
sola.
―Tu ya me entiendes Camila, ¿no echas de menos el amor?
―¿Amor, qué amor?
―Bueno… el de una pareja.
―No sé lo que es eso. No quiero hablar de ello ―Dije un
tanto molesta por la pregunta.
―Disculpa, no quise importunarte.
―Lo siento, Eric, pero hay temas que no toco, y éste es uno
de ellos.
―Está bien. Tengo hambre, ¿qué te parece si comemos
algo? Sé de un lugar que te encantará y se come muy bien.
―Sí, la verdad es que me muero de hambre, ¿Qué hora es?
―Son casi la dos de la tarde.
―Caray sí que ha pasado el tiempo… En este lugar es como
si el tiempo no existiera. Ok, vamos entonces. Te sigo.
Recorrimos el camino de vuelta al lugar del parking
prácticamente en silencio. Yo no quería que me preguntara
nada más, y creo que él intuía que algo no andaba bien cuando
me formulo la última pregunta. Su silencio fue el respeto que
me dedicó en aquel momento. No podía plantearme contestar a
esas preguntas de alguien que acababa de conocer y aunque
muy amable, yo sentía que no debía mentirle.
Subí al coche con el único fin de seguir a Eric donde me
llevara. Estaba feliz y no sabía por qué. Acababa de enterrar a
mi madre y sin embargo me sentía feliz, eran dos sentimientos
que se encontraban constantemente en mi mente.
“¿Por qué crees tú que te ha hecho esa pregunta Camila?”
―Pues… no sabría que decirte… es posible que sea muy
curioso y solo este deseoso de saber algo más de la persona
que acaba de conocer, o quizá esté interesado por ti.” “Anda
ya Camila…, ya sabes lo que va a ocurrir si eso es así… y qué
es lo que te preocupa, ¿lo que pueda ocurrir, o que se entere de
lo todo lo que ocultas?”
Enfrascada en mis pensamientos, y en cómo lidiar con la
conversación que se quedó en el aire y que podía volver a
surgir, llegamos al restaurante donde Eric me llevaba a comer.
El lugar estaba cerca de la ciudad, pero lo suficientemente
alejado para tener ese toque rústico que lo definía como un
restaurante tradicional y no de comida rápida. Me alegró
comprobar que así era. El local era cómodo, limpio y con la
sencillez justa que lo hacía acogedor. Al otro lado de la sala,
una persona nos hizo un ademán de aprobación con una
sonrisa, era evidente que conocía a Eric, por la familiaridad de
trato cuando se acercó a nosotros.
―¡Muy buenos días señor Palmer, encantados de verle de
nuevo por aquí!
―Hola John, ¿señor Palmer?
―Disculpa Eric, pero vienes con una señora…
―John, te presento a la señora Camila Lean.
―Señora Lean, encantado de saludarla y de que nos visite
en compañía del señor Palmer.
―¡Oh no se preocupe por mi John! No tiene por qué quedar
bien, el señor Palmer y yo acabamos de conocernos, así es que
no tiene que disimular nada, por favor.
―Disculpe señora Lean. Por favor acompáñenme a la mesa.
La sospecha del camarero, y la sinuosa sonrisa de ambos
pareciera que, yo era otro ligue más del señor Palmer. No me
preocupa en absoluto lo que pueda pensar John. Lo tenía claro.
Sé que aquel encuentro con Eric, no fue más que casual por las
circunstancias que se dieron. No quiero pensar en nada más.
Muy amable Eric, aparto la silla de la mesa para ofrecerme
el asiento y él se sentó frente a mí. Era todo tan agradable que
por un momento olvidé que me había traído hasta allí, además
de, todas las circunstancias que se dieron para que estuviese
aquí sentada comiendo con una persona a la que había
conocido tan solo de unas horas atrás.
Me sentía confusa porque todo lo que había planeado para
mi día de hoy se había ido al garete, nada sucedió como lo
había previsto cuando salí del pueblo de mamá. No entendía
cómo me había atrevido a acompañar a un hombre que no
conocía de nada y estar comiendo con él en estos momentos.
“Estás loca” pensé, pero que podía hacer ahora… todo había
surgido así y simplemente me dejé llevar. Aquí estás Camila,
comiendo con un atractivo caballero que está siendo muy
amable contigo, te acompaña en el día de hoy y… ¿no tendrá
nada que hacer? Me pregunto, ¿cómo está aquí perdiendo el
tiempo con una desconocida?
Mi cabecita, como siempre, no paraba de dar vueltas a todo
lo que estaba ocurriendo en esos momentos. “Pero… ¿Qué
estoy haciendo aquí? Acabo de enterrar a mi madre y estoy
comiendo en un restaurante unas horas después, con un
desconocido… ¿Qué te está pasando Camila?”
―¡Camila… Camila!
Enfrascada en mis propios pensamientos, como era habitual
en mí, no estaba oyendo nada de lo que Eric me estaba
diciendo.
―Camila
―Sí… sí… disculpa Eric.
―¿Pensando en tus cosas o en esos personajes que tanto
dan vueltas por la cabeza de una escritora?
―En serio Eric, discúlpame, estaba pensando en mil cosas a
la vez y no he podido escuchar lo que me decías.
―Nada importante, solo qué es lo que te apetece comer.
John nos ha dejado la carta y tú ni te has enterado.
―Discúlpame por favor, son tantas cosas en tan poco
tiempo que, no termino de asimilar.
―Quizá debí dejarte marchar y no proponer que te quedaras
un poco más por aquí.
―Bueno…, después de todo, creo que esto es mejor que
echarse a morir en casa cuando dejas que algo muy importante
de tu vida se vaya, ¿no crees? No, estoy bien, ya te dije que
son muchos acontecimientos juntos. No me hagas caso. ¿Qué
me recomiendas comer?
Eric comenzó a relatarme las bondades del restaurante de su
amigo John y sus especialidades gastronómicas. Todo me
parecía fabuloso y la verdad es que tenía hambre, el paseo por
la Cascada del Cielo y la panzada a llorar que me di en el claro
del bosque, despertó mi apetito.
―Está bien, tomaré eso entonces. Gracias por la sugerencia.
Entre bocado y bocado de los deliciosos platos que
estábamos degustando Eric me iba contando cómo fue su vida
y por qué estaba, en el hotel.
―Mi padre me dejó el hotel. Yo trabajaba con él por aquel
entonces, en el que tenemos en la ciudad.
―¿Cómo? No me habías dicho que había un segundo hotel.
―Sí, siempre lo hubo, realmente es la joya de la corona, sin
él no podría seguir manteniendo el pequeño hotel de pueblo.
Sin embargo, yo no me iría nunca de allí. Me hace muy feliz
vivir rodeado de naturaleza y tener a mano todo esto de lo que
hemos disfrutado hoy, la verdad, no tiene precio. El hotel de la
ciudad es un gran hotel. Yo ya no quiero tanta responsabilidad.
―Pero entonces, ¿cómo haces cuando estás por aquí tanto
tiempo?
―Hace años que lo dejé en manos de un gerente y fue lo
mejor que pudimos hacer. Yo me libero de las grandes cargas y
él gana más dinero, dispone también de un porcentaje de las
ventas.
―¡Genial entonces! ¿Por eso estás más por aquí?
―Sí. Voy buscando una vida más cómoda y tranquila. He
trabajado mucho durante años y cuando papá falleció me
propuse cambiar de estrategia de negocio y aunque los
ingresos son menores, mi vida ha ganado calidad y eso era lo
que realmente quería.
―Muy bien planteado, quizá yo deba replantearme lo
mismo ahora que mamá no está. Ya no tengo ese
condicionamiento y debo pensar más en mí.
―Estoy seguro que lo pensarás a partir de ahora y saber que
la vida es mucho más que el trabajo y el cuidado de nuestros
mayores.
―Tienes razón, lo dejamos todo por esas dos razones.
Cuando llegas a una edad ya no te planteas nada más que vivir
lo mejor posible y disfrutar de lo poco o lo mucho que la vida
tiene para ti.
―Siempre se puede sacar más partido a la vida. Ser mayor
no es condición para cerrarse y no disfrutar de lo que la vida
viene a ofrecerte.
―Creo que ya no hay mucho que hacer a una determinada
edad ―contesté convencida.
―No estoy de acuerdo contigo. La edad no debe ser una
excusa, y sí un aliciente para hacer todo aquello que no has
podido disfrutar hasta entonces.
―¿Tú crees?
―No solo lo creo, lo afirmo y lo defiendo. Ser feliz no tiene
fecha de caducidad. El cuerpo íi tiene fecha de caducidad, y es
el cuerpo el que sostiene tu alma y es el alma la que
permanece siempre joven. ¿No lo crees así?
―La verdad es que tienes razón, a veces me ocurre eso
cuando me levanto por las mañanas y siento que ya me duele
todo, pero soy muy feliz cuando hago lo que amo, parece que
mi alma baila a mi lado cuando mi cuerpo me grita que no da
para más. Sí, claro… tienes razón. Quizá no lo había visto
desde ese punto.
―¿Y qué vas a hacer entonces cuándo llegues a casa?
―volvió a preguntar Eric.
―Todavía no lo sé. Desde luego llamar inmediatamente a
mi editor que estará bufando porque aún no le he entregado mi
último manuscrito.
―¿Pero él sabe de lo que te ha ocurrido recientemente?
―Sí claro, pero los editores solo ven el negocio y yo he
estado muchos años cumpliendo, porque no he tenido más
vida que el cuidado de mamá y mis escritos. Nunca fallo Eric.
―Hasta hoy.
―Hasta hoy.
―Y ¿qué pasaría si no se lo entregaras en el tiempo
establecido?
―Pues mis ingresos disminuirían lo suficiente para empezar
a preocuparme por ello.
―¿No tienes suficiente dinero para vivir?
―Sí, sí lo tengo. En todos estos años he sido una
hormiguita y tampoco he tenido ocasión de gastar. Sí, tengo
ahorros y no me siento preocupada por ello, pero también soy
responsable de mi trabajo.
―Pero te condiciona.
―Un poco sí, sobre todo cuando se acerca el tiempo de la
entrega y no está acabado el trabajo, ahí sí que me estreso
bastante.
―¿Y no hay alguna manera de que puedas trabajar más
relajada y tomarte la vida con más calma?
―Supongo que sí, pero hasta ahora no me había planteado
todo eso. Creo que tendré mucho tiempo para saber qué es lo
que quiero y debo hacer a partir de estos momentos.
―¿Me dejas que te ayude con esto?
―¿Qué me ayudes? ¿Con qué?
―Con esta visión tan particular que tienes de la vida y de
cómo vivirla.
―Bueno…, quizá yo lo quise así, o no tuve más remedio
que aceptar lo que me estaba pasando y no me planteé nada
más.
―Pero tú tienes que seguir viviendo tu propia vida y más
ahora que ya no tienes la responsabilidad de cuidar de nadie
más que de ti misma.
―Es posible que necesite unos días para reestructurar toda
mi existencia, sí… es posible.
―¿Me dejas acompañarte?
―¿Cómo?
―Sí, me gustaría ser partícipe de ese cambio y ayudarte si
me necesitas en algún momento.
―Pues… no sabría que decirte, apenas sé lo que debo hacer
a partir de ahora.
―Disculpa, quizá me estoy metiendo donde no debo.
Acabamos de conocernos y esto puede parecer que quiero
meterme en tu vida. Solo veo que…
―Soy una pobre mujer desamparada y sola y tú eres mi
ángel salvador.
―No quise decir eso. Discúlpame.
―Bueno… yo tampoco estoy en mi mejor momento, quizá
esta conversación debamos dejarla para más adelante.
―¡Claro!
―Es cierto Eric, hace poco tiempo que nos conocemos y
hemos congeniado muy bien. Discúlpame… Agradezco tu
sinceridad. Siento que tú me entiendes. No sé… es como si
comprendieras a la perfección, cómo y de qué te hablo, y ni
siquiera tenemos vidas parecidas. Tú en tu hotel ves y
conversas con decenas, cientos de personas, y yo, vivo y
trabajo sola durante todo el tiempo, apenas si tengo relación
con la chica del super que me pregunta cómo está Lion cuando
compro comida para él. Discúlpame tú a mí, no quise parecer
borde, pero en este momento tengo que reconstruir mi casa, mi
vida, o lo que queda de ella, después de todo lo que me ha
pasado últimamente; y ya te digo que no es fácil, porque
convivo muy bien con la soledad.
―Te ofrecía mi amistad sincera Camila.
―Gracias ―le dije a Eric mientras tomaba su mano encima
de la mesa.
Él, contesto a mi gesto acariciando mis dedos, yo no estaba
dispuesta a más y me sentí incomoda con la situación y la
retiré enseguida.
“Qué te pasa Camila, qué estás haciendo, es un buen
hombre que está siendo amable contigo.” ―comenzó de nuevo
esa vocecita que me acompañaba últimamente.
Pero hacia tanto tiempo desde la última vez que alguien se
me insinuó que, había perdido la costumbre de contestar a la
amabilidad de alguien interesado por mí, si es que lo estaba.
Pensé en averiguar algo de él.
―Bueno Eric…, cuéntame algo de ti. Estás casado, tienes
hijos…
―Lo estuve, pero ahora no.
―¿Divorciado?
―Viudo, no volví a casarme a pesar de los años que han
transcurrido desde entonces.
―Vaya, lo siento
―¡Hace tantos años de eso ya! ―comentó Eric
visiblemente apenado.
―Disculpa, ahora soy yo la impertinente. No debí
preguntar.
―¡Oh no Camila! Afortunadamente está superado, aunque
cuando lo recuerdo siento que todavía el corazón se me
conmueve.
―Entonces no está superado.
―Lo está, créeme. La muerte nunca nos es indiferente y si
es una persona joven con la vitalidad de diez, lo es mucho
más.
―¿Quieres hablar de ello?
―¡Claro, no me importa en absoluto! Stella era una mujer
vital y muy muy guapa, vivamos bien, viajábamos y teníamos
una vida que cualquiera puede desear; pero los niños no
llegaban. Habían pasado diez años desde que estábamos juntos
y ella cada día iba perdiendo su juventud al ver que no podía
tener un bebé. Consultamos varios especialistas y hacíamos
todo lo que ellos nos decían con el fin de tener un hijo, pero
no, no llegaba. Se fue deprimiendo cada vez más hasta que un
día le diagnosticaron un cáncer que acabó con ella en seis
meses ―Eric carraspeo y dio una gran bocanada de aire, sentí
que se emocionaba demasiado, y yo me sentí culpable por
haber sacado la conversación; esta malsana curiosidad que me
acompañaba siempre.
―¡Oh discúlpame Eric! No debí preguntarte ―le dije
poniendo mi mano encima de la suya.
―No te preocupes Camila, solo son recuerdos amargos que
llegan si se les busca, pero que no forman parte de mi vida en
estos momentos. Solo son recuerdos guardados en lo más
profundo del corazón.
―Ya, pero yo los he sacado a flote y eso no hace que me
sienta bien.
―Estoy bien Camila ―dijo tomando mi mano de nuevo y
acariciándola con suavidad, esta vez no la retiré.
―Caramba Eric, sí que soy inoportuna, con lo bien que
estábamos disfrutando de este día y de esta deliciosa comida.
―Y lo vamos a seguir haciendo ―comentó Eric
reponiéndose con una vitalidad fuera de serie―. Stella me lo
enseñó cuando estaba tan enferma. Nada ni nadie puede
hacerte perder el ánimo de seguir adelante y conseguir tus
sueños. Ella no consiguió el suyo de ser mamá, y yo después
de su muerte me dediqué en cuerpo y alma al hotel,
poniéndolo en primera línea y ser el mejor hotel de la ciudad.
Durante diez años no hice otra cosa que construir el
patrimonio que tengo hoy; papá ya estaba muy mal en aquel
entonces, y yo tomé toda la responsabilidad en el juego de los
negocios. Por eso, querida Camila, tengo mucho que
agradecerle a mi esposa, su muerte no fue en vano, ella me dio
las fuerzas y el tesón necesario para ser quien soy hoy.
―Fue una gran mujer.
―Sí, sí lo fue, y una gran maestra para que yo aprendiera a
apreciar lo que soy y lo que tengo. Me enseñó a amar la vida y
todo lo que de ella viene de serie, a veces lo olvidamos o no
somos conscientes de las cosas maravillosas que nos ofrece a
diario, miramos para otro lado o simplemente las dejamos
pasar como si no fueran para nosotros. ¡Qué equivocados
estamos querida Camila! ¡Qué equivocados que estamos!
―Caramba, me dejas sin palabras
―¡Una autora sin palabras!
―Bueno… no es fácil contestar a esto Eric. Las personas
somos tan diferentes unas de otras…, pero cuando se está
predestinado a estar juntos, se convierte en la más fascinante
historia que se pueda contar. ¿No crees?
―Creo que cuando dos personas se conocen y conectan no
deberían separarse nunca, “hasta que la muerte nos separe”
como los amantes de la cascada ¿recuerdas?
―Sí claro…, parece un tópicazo, pero si le quitas las
connotaciones religiosas que lleva, te das cuenta de lo
maravilloso de esas palabras.
―Así es, la muerte es lo único que puede separar esas dos
almas, pero la vida puede que te muestre que no todo está
acabado y que todavía te queda mucho que hacer aquí.
―Sí. Es una bonita forma de ver la vida.
―¿Y tú? No lo ves así. ¿Cómo ha sido tu vida? Te casaste,
tienes hijos.
―No, como te dije, solo vivo con Lion. Y no, no me casé
nunca ni tuve hijos.
―¿Puedo preguntarte por qué? Eres una mujer bellísima en
estos momentos, y no es difícil deducir que en tu juventud
dejaras a todos muertos por tus huesos.
No pude más que lanzar una carcajada de extrañeza por la
deducción a la que había llegado Eric.
―No Eric, no. Eso que tú supones… nunca pasó.
Discúlpame, pero no quiero hablar de ello.
―Ok, no te pregunto más, cuando quieras. Estaré aquí para
cuando quieras hablar de ello.
―Además… debo irme, no quiero que se me haga de noche
por el camino. No me gusta nada conducir por la noche.
―Está bien, te acompaño ―dijo Eric levantando la mano
haciéndole un gesto a su amigo John que asintió con la cabeza
sin moverse de donde estaba.
Salimos del restaurante camino al parking para coger el
coche. Me sentía muy bien. Había pasado un día precioso en
compañía de un hombre atento, educado y condenadamente
guapo. ¿Qué más podía pedir? Hacia tanto tiempo que no
recordaba pasar unas horas tan maravillosas que, me habían
parecido como si estuviera en un sueño. Un sueño que debía
acabar como todos los sueños cuando una despierta.
―Gracias por tu compañía Eric, me ha encantado volver a
la Cascada del Cielo y la comida ha estado estupenda. Felicita
a John de mi parte.
―Para mí ha sido un placer Camila. Ha sido un placer
conocerte y compartir todas estas horas contigo, yo también
hacía tiempo que no pasaba un momento en tan buena
compañía. Me gustaría volver a verte.
―¡Oh bueno…! Eric yo… tengo que equilibrar mi vida en
estos momentos y por un tiempo, reconstruirla. Sí, eso me
llevara un tiempo, pero…
―No te preocupes Camila, esperaré. Te dejo mi teléfono,
llámame cuando tú quieras ―me dijo sacando de su chaqueta
una cartera especial para tarjetas de visita.
―Está bien. Así lo haré.
―Nos vemos pronto entonces ―comentó abriéndome la
puerta del auto para que yo entrara.
Me giré para darle las gracias, pero el hueco entre él, yo, era
tan pequeño… Sentí tan cerca su cuerpo pegado al mío que,
apenas si podía moverme. Sus labios casi me rozaban cuando
empecé a sentirme incómoda con la situación. Puse mis manos
sobre su pecho con la intención de apartarlo de mí, sin
embargo, su cercanía hizo que mis piernas empezaran a
temblar. Mi cuerpo se estremeció como no era capaz de
recordar y…
―Lo siento Eric, debo irme ―dije con una temblorosa voz
que denotaba mi estado de agitación nerviosa que la situación
me estaba provocando.
―Disculpa, sí, está bien, cuando tú quieras.
―Gracias Eric, hasta la vista.
Quería salir de allí a como diera lugar. Hacía muchos años
que no me veía en una situación parecida. Mi vida amorosa
había desaparecido por completo unos años atrás y nunca me
volví a preocupar si algún día volvería a pasar algo parecido.
No quería tener nada con nadie, mis experiencias anteriores
no fueron demasiado buenas y un día decidí que nunca más.
Nunca más tendría nada, nada más, con nadie más.
Arranqué el motor y salí disparada de allí como si huyera de
un enorme peligro. Sí, claro que sí, el peligro de enamorarme
de nuevo, y perder una vez más. “¡No, no señor, eso no
volvería a pasar! Esa parte de tu vida está cerrada Camila,
¿dónde vas, que pretendes con la edad que tienes?”
Tomé la autopista a la máxima velocidad permitida y un
pensamiento que llenaba totalmente mi cabeza. “No, no
volverá a ocurrir. Estoy bien sola, no necesito a nadie en mi
vida, soy autosuficiente y no hay nadie que pueda cubrir
ningún hueco. Todo está cubierto. Mi vida es genial, tengo
Lion, a Sonya y mis historias que llenan toda mi vida. ¡No,
definitivamente no! Nadie más”.
Absorta en mis pensamientos, el teléfono comenzó a sonar.
Por un momento miré mi bolso que estaba en el asiento del
copiloto. “¡No puedo cogerte, voy conduciendo!
¡Lo siento, no puedo atenderte!” Le iba diciendo a la
inesperada llamada que no dejaba de sonar y sonar.
La intriga, la curiosidad y la sospecha de que pudiera ser
Eric, me hizo decidir parar en cuando vi la oportunidad de
hacerlo, y ver quien estaba insistiendo tanto. No podía ser
Eric, yo no le había dejado mi número…, “pero que tonta soy,
¡puede tomarlo de los datos del hotel! Además… ¡es imposible
que haya llegado al hotel, buscar mis datos y llamarme!”
Me obsesionaba que pudiera ser él, y creo que, en el fondo,
quería que así fuera.
―¿Dónde se supone que andas? ―contestó la voz que
habló nada más contestar la llamada.
―Estoy de camino Charlie.
―Quedamos que hoy sería el último día de entrega Camila
―me dijo con un tomo serio y algo enfadado.
―Estoy de camino y acabo de enterrar a mi madre Charlie,
dame una tregua.
―Te he dado los tres últimos meses de tregua, ¿te parece
poco, ese retraso supone miles de dólares de ventas que no se
han realizado?
―Lo sé Charlie, te prometo que mañana a primera hora lo
tienes en tu despacho. Trabajaré toda la noche si es necesario,
seguro que te lo entrego mañana. ¡Prometido!
―Camila, sabes que siento lo de tu madre, y los años que
pasaste a su lado cuidándola, pero a partir de ahora no puedo
ser más condescendiente contigo. Los plazos son los plazos y
tú sabes que, a mí también me presionan.
―Lo sé Charlie, lo sé. ¡De verdad, no te miento! Y no solo
acabo la historia que te debo, traigo otra que ronda mi cabeza
que, te aseguro que será otro Best Seller.
―Mas vale que así sea Camila o nos crucifican a los dos.
¿Qué te ha pasado, por qué todavía estás de camino?
―No quiero entretenerme en contarte todo ahora mismo.
Me he parado para contestar tu insistente llamada. Hablaremos
de esto cuando tengamos un rato. Voy a colgar, ya estoy cerca
de la ciudad y en cuanto llegue a casa me pongo con ello.
―Está bien Camila, está bien. Hablamos mañana.
―Gracias Charlie. Gracias de nuevo.
Despedí a Charlie y me puse de nuevo en marcha dirección
a casa. Tenía muchas ganas de abrazar a Lion, mi peludo y el
verdadero amor, el sí que llenaba toda mi vida.
Cuando llegué a casa, allí estaba, al otro lado de la puerta
esperándome y maullando sin parar mientras la abría. Sentía
su cariño a distancia, y él sabía que yo le amaba como no
había amado a nadie en el mundo. Siempre estaba a la espera
cuando salía de casa, pero esta vez había sido mucho tiempo
comparado con el que le dedicaba cuando, salía a comprar al
super, o a tomar un café con mi amiga Sonya.
―¡Hola Lion, siento haberte dejado solo tanto tiempo mi
corazón, mi pequeño Lion! Te amo.
Le tomé en mis brazos y su ronroneo calmó la ansiedad que
traía después de hablar con Charlie, y con mis pensamientos
asentados en el último instante que viví con Eric, cuando nos
despedíamos.
“Que tonta eres Camila… pero que tonta eres, ¿por qué no
le dejaste besarte, a ver por qué?” Pues sí ―pensé―. ¡Por qué
no dejé que me besara!
Mis miedos no habían desaparecido en todos estos años. Yo
creí que sí, pero no, no habían desaparecido. Solo los había
escondido en algún rincón de mi corazón y cuando se hurga, se
busca, vuelven a salir a la luz.
Eric sacó de mí eso que había escondido y que, sin duda,
nunca hubiera salido si no le hubiera conocido.
―¡Dios mío Eric, que has hecho conmigo!
Unos minutos más tarde sonó el timbre de la puerta. Era
Sonya, mi querida amiga Sonya.
―Oí la puerta y sentí que llegabas, como Lion, que lleva
unas horas de acá para allá. ¿Cómo estás Camila? ¿Por qué has
legado tan tarde? Me dijiste que estarías aquí antes de las doce
del mediodía. Son casi las diez de la noche.
―No te lo vas a creer Sonya, ni yo misma me lo creo. ¡No
te lo vas a creer!
―¡Ay Camila, por dios, suéltalo ya que me tienes en
ascuas! Has discutido con tus hermanos y no habéis llegado a
un acuerdo. Has pinchado o te has quedado sin gasolina. ¡Mira
que conociéndote como te conozco y lo despistada que eres es
muy probable que…!
―No Sonya no, ¡calla que ahora te cuento!
―¡Dale!
―He conocido a alguien.
―¿Cómo que has conocido a alguien? Alguien…alguien…
lo que supongo que es alguien…
―Sí, he conocido a un hombre espectacular.
―Ya me lo estás contado todo ―me dijo sentándose en el
sofá con su gatita Cintia en brazos―. No me voy a ir de aquí
hasta que no me lo cuentes todo con pelos y señales. Bueno…
quizá lo de pelos no debería decirlo ¿no?
―No seas boba Sonya, no ha pasado nada entre nosotros.
―¡Ya me parecía a mí! Conociéndote como te conozco…
―Sí, me conoces muy bien, estos últimos años han sido
muy duros, y tu compañía, ha sido de mucha ayuda con todo
lo que me ha pasado. Si no fuera por ti, no sé qué hubiera
hecho.
―Para eso están las amigas ¿no crees?
―Tú lo eres porque has estado.
―Pero, por Dios, Camila, cuéntame que has hecho.
―Nada Sonya, precisamente nada y eso es lo que me tiene
desconcertada.
―Pero… me has dicho que has conocido a alguien…
―Sí, Eric. Me ha dejado tocada Sonya, y eso que yo
pensaba que ya estaba desahuciada por los hombres. Esta
edad, y sobre todo… este cuerpo ¡ya sabes!
―Pero él sabe…
―No, no Sonya no, ya te dije que no pasó nada entre
nosotros.
―Porque tú no quisiste ¡claro!
―No pude Sonya, no pude hacerlo, ni siquiera dejé que me
besara.
―Pero… ¿ni un beso?
―Ni un beso, sabía que, si lo hacía, me obligaría a verle de
nuevo porque, me caló muy hondo, Sonya, muy hondo. Me
gustó mucho.
―Y ahora qué vas a hacer.
―Seguir con mi vida y olvidarme de él. En unos días todo
se me habrá pasado, ya lo verás.
―Huy, huy, huy Camila, ¡creo que te has enamorado!
―¡Ni hablar, eso no es para mí!
―Eso no es para nadie hasta que llega “la persona” y lo
cambia todo. De hecho, no era para ti hasta hoy mismo.
―No Sonya, no. En cuanto empiece con la promoción de la
novela y toda la parafernalia en torno a ella, no voy a tener
tiempo para pensar en amoríos que no se van a dar,
simplemente porque yo no lo quiero.
―¿Es que no vas a volver a verle?
―No, claro que no.
―¿No te ha pedido tu teléfono, y tú, no le has dejado el
tuyo?
―No, no se lo he dejado. Él me dejó su tarjeta, pero no voy
a llamarle.
―¡Definitivamente Camila, estás loca! Un tío
impresionante se interesa por ti y… Ni siquiera puedo recordar
la última vez que te comiste una rosca, y me dices que, no vas
a llamarle. Sí, definitivamente estás como una cabra.
―Estoy muy bien así, tú lo sabes, no necesito esto en mi
vida, me distrae de mis asuntos y no quiero prestar atención a
algo que puede hacerme sufrir.
―O cambiarte la vida para siempre.
―Puede ser, pero mira de que estamos hablando ahora,
¡eh!, no de mis personajes y de cómo tratarles, como hacemos
tú y yo en nuestras tardes de café y galletas de jengibre y
canela.
―Ya, pero en este caso… él es real, no es un personaje.
―Sí, real… y muy real.
―¿Está bueno?
―Demasiado bueno. Además, es un gran tipo, y eso es lo
que me emociona. No solo es un hombre apuesto, es muy
buena persona.
―¡O sea, que lo tiene todo y tú quieres más!
―Yo no quiero nada, ya lo sabes.
―Creo que deberías replantearte esto Camila, puedes ser la
oportunidad de tu vida y parece que la estás dejando pasar por
esos miedos tuyos con tu cuerpo. Déjate llevar Camila. Date
una oportunidad de ser feliz. Y si fuera él. ¡Y si fuera él la
persona que la vida te está ofreciendo para que, por fin seas
feliz de verdad!
―Quizá Sonya, pero quiero seguir con mi vida tranquila.
―Ya no lo vas a estar, a partir de hoy ya no vas a volver a
estar tranquila.
No seguimos la conversación. Tenía que ponerme a escribir
lo que quedaba de mi novela, y poder entregarla como le
prometí a Charlie, a primera hora de la mañana. Sabía que me
iba a llevar gran parte de la noche, no podía perder más tiempo
con Sonya, ella y yo, podíamos seguir hablando de ello, en
otro momento.
Dispuse todo lo que necesitaba para mi trabajo nocturno, y
una gran jarra de café por si me vencía el sueño. Me sentía
muy cansada, por el día tan atípico que había vivido. No me
importó. Noté como una increíble vitalidad me invadía. Me
puse con mi trabajo en compañía de mi querido amor, Lion.
Terminé pasadas la tres de la madrugada cuando puse punto
y final a mi nueva novela. Todo ese tiempo, me acompañó el
recuerdo de Eric que hacía que me parara por un instante, para
después continuar escribiendo.
Cerré mi ordenador y me fui a descansar, tenía que
levantarme temprano para enviar el manuscrito a Charlie a
primera hora de la mañana. Pero, como siempre que estoy tan
cansada, me es imposible dormir; esto, y el vivo recuerdo de
Eric acercándose a mi para besarme. Sentí su cuerpo pegado al
mío, y su pecho, cuando puse mis manos sobre él. Mi cuerpo
volvió a estremecerse, como lo había hecho en aquel
momento.
―Déjate de tonterías Camila y duerme algo o mañana no te
mantendrás en pie.
Di media vuelta en la cama y ya no pude recordar nada más,
hasta que el despertador sonó a las siete de la mañana, como
era habitual. Remoloneé unos diez minutos, estaba exhausta,
pero enseguida me puse en marcha.
―Nada como un buen café cargado para despejarse, una
buena ducha, y estaré lista para lo que el día tenga para mí
―me dije poniendo los pies en el suelo al levantarme de la
cama.
Me metí en el baño. Volví a verme como cualquier otro día,
desnuda ante el espejo, observando mi cuerpo, una vez más.
Un llanto desconsolado me invadió y me retorció. Acabé
sentada en el suelo hecha una bola con él. Sentí de nuevo,
cómo ese dolor me invadía al observar mi cuerpo deteriorado,
ajado, flácido, y el sufrimiento, se hacía cada vez más grande.
“No, no puedo tener nada con nadie, jamás podré estar
desnuda delante de nadie más que de mí misma. Si a mí me
produce esto cada vez que me miro al espejo… qué pensaría
él… No, no puedo, jamás podré”
Cuando el dolor fue pasando, pude por fin meterme en la
ducha, y al enjabonarme, notaba como este pobre cuerpo,
condicionaba toda mi vida.
Me puse en marcha y me dirigí a ver a Charlie como le
prometí. Podía haberle enviado el manuscrito por mail, pero
quería verle y comentarle los últimos cambios y como el
nuevo Best Seller ya estaba ocupando mi cabeza al completo.
Lo que, si tenía claro, es que no iba a hablarle de Eric; aunque
me sometiese a lo que él llama su tercer grado, que consiste en
una batería de preguntas tales que, para que se calle le
contestas. Esta vez no Charlie, esta vez no.
Afortunadamente no fue así, tenía tanto trabajo que no
pudimos ni compartir nuestro café de rigor cuando le visitaba
en su oficina.
Cuando volví a coger el coche para volver a casa, miré al
asiento del copiloto y pude ver la tarjeta que Eric me había
dado. La dejé en el asiento, y no quise volver a mirar. La miré
con extrañeza, no sabía si cogerla y guardarla en mi cartera,
dejarla allí, o tirarla de una vez por todas.
“Sé sensata Camila” ―otra vez esa voz. “Sé sensata, quizá
puedas necesitarle en alguna ocasión, él se ofreció
amablemente” ―Sí claro, claro que fue amable, pero yo no
quiero nada con él.
En ese tira y afloja con mi mente, decidí tomar la tarjeta y
guardarla en mi cartera. No sé para qué, me dije, yo lo tengo
claro.
Unos días más tarde Charlie me llama muy contento para
darme la noticia del siglo.
―Querida Camila, se acabaron los centros comerciales para
firmar tu próxima novela.
―¡Qué me dices! Entonces dónde vamos a firmar. Es el
lugar donde más vendemos. Ya sabes que no te pongo pegas a
la firma de libros por el importante ingreso que nos supone.
¿Dónde es?
―Me han hecho una oferta que no he podido rechazar, y
que sin duda te catapultará a la cumbre de los autores de este
año. Vas a ser muy, muy conocida a partir de este momento.
―¡Caramba Charlie, suéltalo ya!
―El Wistiria Falls Hotel, nos ha hecho una propuesta a la
que no hemos podido negarnos, para tus tres próximas
novelas.
―¡Wow, Charlie, es el mejor hotel y más lujoso de la
ciudad! Clientes exclusivos de un poder adquisitivo alto.
¿Cómo es posible?
―Parece que están cambiando su manera de actuar en
cuanto a los eventos y están incluyendo más temas culturales
en su agenda de este año. El gerente nos ha hecho esta
propuesta para las tres próximas novelas, cómo te dije. Estará
la televisión nacional y todos los periódicos se harán eco del
nuevo proyecto de apertura cultural del hotel. ¡Y en temporada
alta!
―¡Genial Charlie, es una gran propuesta!
―¡Prepárate Camila Lean para tu despegue definitivo!
―Ya me tocaba Charlie, no crees.
―Pues sí, después de todos estos años trabajando sin
descanso, ya te tocaba estar en lo más alto.
―Te lo agradezco mucho Charlie, es una gran oportunidad
para mí.
―Dentro de un mes estará todo listo para lanzar tu novela,
en unos días te digo las fechas para que vayas preparándote
para ello.
Ok Charlie. Gracias.
La conversación con Charlie subió mi autoestima a niveles
que yo no conocía hasta el momento. Era la oportunidad de mi
vida, por fin iba a ser una escritora reconocida a nivel
nacional, hasta El Presidente, se había alojado allí cuando
visitaba la ciudad.
No podía ser mejor noticia. Había llegado muy lejos desde
la nada, con mucho esfuerzo diario y tesón para seguir
adelante. Comencé a escribir pasados los cuarenta y se hace
muy cuesta arriba llegar a la cumbre a las autoras que
empiezan tarde como yo, sobre todo a las mujeres. Había
escalado puestos a nivel local y de Estado, me entrevistaban en
radio y televisión, pero nunca a nivel nacional, y esto va ser
distinto. Sí, esto iba a ser muy distinto a lo que había vivido
hasta ahora.
Me sentía flotar. Yo en el Wistiria Falls Hotel. Nunca me
atreví a entrar por lo exclusivo que era.
Unos días más tarde, durante un paseo de domingo, Sonya
me propuso tomar un café en su jardín. Me pareció una locura
―nos van a sacar el hígado por un café Sonya, estás loca―,
pero al final nos decidimos a entrar, costase lo que costase, por
una vez seguro que nuestra cartera ni lo notaria, además, nos
lo merecemos ―me decía Sonya cuando estábamos entrando
por la puerta.
Me sentí como si de pronto fuera rica. No es que me fuera
mal, ganaba lo suficiente para vivir con comodidad, pero no
estaba en la élite de los escritores más vendidos. Tomar la
decisión de tomar un café en el hotel más lujoso de la ciudad,
no era algo habitual, pero como bien me dice siempre Sonya,
“un día es un día” Y eso hicimos.
Entramos por uno de los accesos directos al jardín del hotel
que daba a una de las calles. Escuchábamos música desde
fuera y eso hizo que nos decidiéramos a entrar. Una pequeña
orquesta nos recibió con sus canciones de siempre, animando a
todos los asistentes a bailar. Algunos ya lo estaban haciendo
cuando entramos.
Nos sentamos en una de las mesas del jardín del hotel y un
sonriente y amable camarero no sirvió como si lo fuéramos de
verdad.
―Buenas tardes señoras, ¿que desean tomar?
Sonya y yo nos miramos y asentimos.
―Dos Mojitos, por favor ―contestó Sonya.
―Enseguida.
Sonya y yo nos miramos y dijimos “nos vamos a tomar
estos Mojitos y los vamos a disfrutar como si fueran los únicos
en el mundo” No recuerdo tomarme un Mojito tan a gusto
como me lo tomé ese día.
Por otro lado, yo quería ver el hotel por dentro y saber
dónde se iba a producir mi despegue como autora. Sabía que
aquello iba a ser un antes y un después en mi vida. Subí las
escaleras centrales de mármol que separaban el jardín del hall
del hotel para asistir a la toilette. No sabía por dónde mirar, era
todo tan espectacular y deslumbrante que me impresionó,
había estado en varios hoteles a lo largo de mi vida, pero no en
uno tan elegante con este. El increíble hall tan amplio, lleno de
plantas exóticas y extraordinarios sillones de estilo clásico,
jarrones de porcelana de todos los tamaños. Grandes lámparas
de araña doradas colgaban de los altos techos…
―¡Wow Camila ―me dije―, esto es impresionante, había
visto cosas bonitas, pero esto las eclipsa todas.
Volví junto a mi amiga para seguir disfrutando de esa
maravillosa tarde y de la melodiosa música con la que nos
estábamos deleitando.
Dos meses más tarde, volví al hotel, pero entré por la puerta
grande. Me presenté en la entrada y una azafata perfectamente
vestida para la ocasión, me dirigió a la sala donde me
esperaba, el gerente y Charlie para darme las últimas
indicaciones de lo dispuesto para la presentación de la novela,
y la posterior firma de libros.
Estaba entusiasmada, feliz y rematadamente nerviosa.
Sentía que aquel día iba a ser muy especial, pero me fue
imposible calmar mis nervios por completo.
Charlie me presentó al gerente del hotel Thomas Parks.
―Es un placer conocerla señora Lean.
―Muchas gracias señor Parks, es un honor para mí poder
presentar mi novela en su hotel.
―El honor es nuestro, señora Lean. Charlie nos ha hablado
muy bien de usted y creímos en la posibilidad de ser un
referente en la primera presentación de libros, contribuyendo a
promocionar y expandir la cultura y el fomento de la lectura
por toda la ciudad.
―Sin duda es una gran contribución, no solo para mí en
estos momentos, sino para muchos otros autores que necesitan
la promoción de sus obras.
―Muchas gracias por aceptar ser nuestra primera invitada.
―Es difícil negarse a promocionar en un sitio tan bello y
elegante como este señor Parks. Gracias a ustedes por
invitarme.
La gala empezaba en una hora y Charlie y yo fuimos
recorriendo cada una de las partes por donde iba a transcurrir
todo el evento, el atril donde daría mi pequeño discurso de
presentación, hasta la mesa en uno de los laterales de salón
donde tendría lugar la firma de libros.
Me había vestido para la ocasión con un vestido ceñido de
color violeta claro con un pañuelo de tonos violetas oscuros
anudado al cuello, cayendo sus puntas por cada lado de mi
hombro derecho. Al lado izquierdo, llevaba un pequeño
broche de oro que había heredado de mi madre, y que sin duda
era mi mejor homenaje al recordarla. Ella hubiera estado
presente este día en el que, si estuviera aquí, sería la mujer
más feliz del mundo viendo como yo estaba cumpliendo mi
sueño más preciado: convertirme en una autora de éxito.
―Este día va por ti mamá, que siempre creíste en mí y en
mi talento desde niña. Hoy por fin se cumple tu sueño y el
mío. Gracias mamá por creer en mí.
Casi no podía contener las lágrimas recordando a mamá,
pero me dije, hoy no, hoy es el día más especial que he vivido
en muchos años y voy a disfrutar de él hasta donde de lugar.
Como estaba planeado a las seis de la tarde comenzó a
llenarse de gente el salón de actos. Estaba abrumada, nerviosa
pero absolutamente dichosa de estar allí y ver como cada vez
entraba más y más gente a la presentación.
El señor Parks había invitado a la flor y nata de la ciudad al
evento y a todos los clientes que se encontraban en ese
momento hospedados en el hotel. Realmente la sala se llenó en
un abrir y cerrar de ojos. Todos iban ocupando su lugar por
riguroso orden de entrada y lugar donde sentarse. Yo le pedí a
Charlie que dejara un lugar preferente para Sonya, poder verla
delante de mí me daba tranquilidad al ver alguien conocido
entre tanta gente extraña.
―Me siento rara Camila entre toda esta gente, ¿tú no? ¿No
te parece extraño que aquí las extrañas seamos nosotras dos?
―Bueno Sonya, yo no me siento especialmente tranquila
con toda esta gente tan elegante, pero es mi presentación, la
mayor y mejor oportunidad que he tenido en mi vida, así es
que no voy a desperdiciar ni un solo momento de este día.
―Claro Camila, lo entiendo, es mi sensación, tú estás
acostumbrada a los eventos, aunque ninguno de este calibre,
pero yo no.
―No te preocupes por nada. Solo mantente pendiente de mí
y que cuando yo te mire, sienta que tengo alguien delante en
quien confiar.
―También esta Charlie.
―Sí, pero no es lo mismo. A Charlie no le cuento mis cosas
intimas y a ti sí.
―Está bien, tu tranquila que lo vas a hacer como nunca esta
vez.
―¡Dios te oiga Sonya… Dios te oiga!
El acto comenzó unos minutos más tarde y como había
presagiado Sonya, todo salió genial. Después de la
presentación del gerente Parks y la breve introducción de
Charlie, presenté mi nueva novela. Explicando la historia, noté
como algunas lágrimas se escapaban de los rostros de las
señoras, que tomaban sus pañuelos de sus bolsos para
enjuagarlas.
Todo estaba hecho, lo que yo había previsto se estaba
dando. Las personas que allí se encontraban estaban deseando
comprar mi libro inmediatamente.
Comencé a firmar libros mientras una orquesta amenizaba
el coctel de la recepción que se dio después de la presentación.
Había más de doscientas personas en el evento, y aunque tenía
una asistente que me ayudaba con los libros que iba firmando,
estaba exhausta mirando de vez en cuando para encontrar a
Sonya, en cuanto podía levantar la cabeza de los libros que
estaba firmando.
En una de esas percibí que tan solo quedaban tres personas
en la cola y me dije; “caray por fin se acaba esto, me está
doliendo todo y no sé si podré ya con el ultimo de la fila,
apenas puedo sostener el bolígrafo en mi mano”.
Entonces fue cuando mi asistente le preguntó a la última
persona que se acercó su nombre.
―Palmer, Eric Palmer
Al oír ese nombre me sobresalté y mi corazón dio un vuelco
que parecía que se quería salir del pecho. Miré hacia arriba y
vi a Eric, de pie frente a mi diciéndome:
―Podría dedicármelo, por favor señora Lean.
―Claro señor…
―Palmer, Eric Palmer
―Será un placer señor Palmer.
Apenas si podía enlazar las letras de la dedicatoria de Eric.
“Pero que hace él aquí… Dios, lo que menos esperaba hoy
es que él estuviera aquí. Dios mío, ahora que empezaba a creer
que le había olvidado al no saber de él en estos tres últimos
meses. No puede ser verdad, esto no me puede estar pasando a
mí”
―Muchas gracias señora Lean. Siento que no hayamos
podido saludarnos antes.
―¡Eh… bueno… sí! ―En esto que mi asistente se despidió
y nos dejó a solas.
―Nunca me llamaste Camila.
―Lo siento Eric, demasiado trabajo… ―dije excusándome
como pude.
―Entiendo. Confiaba que lo hicieras por el gran día que
pasamos juntos.
―Sí Eric, fue estupendo, pero…
―Pero…
―Lo siento. Lo siento ―dije mientras me levantaba de la
mesa e intentaba alejarme de él.
―Sigues alejándote de ti, y no soy capaz de saber el porqué
de tu rechazo, pero estoy seguro que lo voy a saber ―me
susurro cuando pasaba a su lado tomándome de brazo para que
no me fuera―. Permíteme que te invite a una copa ―me dijo
mientras tomaba dos copas de la bandeja que el camarero nos
estaba ofreciendo.
―Me gustaría que fueras sincera conmigo y que me digas
por qué has rechazado mis besos cuando me acerqué a ti. Solo
es un beso Camila y somos lo suficiente mayores para saber
que los besos no hacen daño.
“¡Que no hacen daño…! ―me decía yo―. Si lo hubiera
hecho estoy segura que ya no podría vivir sin ti el resto de mi
vida, por eso lo hice”
―¡Camila!
―Discúlpame Eric, seguro que tienes razón, pero yo
también tengo las mías.
En ese momento vi que se acercaba mi salvación, Sonya.
―Hola, soy Sonya Patterson ―dijo acercando su mano
derecha a la de Eric―. ¿No me presentas Camila?
―¿Oh sí, disculpa? El señor Palmer…
―Llámeme Eric, Sonya. Y… ¿usted es…?
―Soy la mejor amiga de Camila. Sí Eric, ella me habló de
ti ―soltó lo que para mí fue una bomba, no sabía dónde
meterme.
―¡Sonya!
―Entonces Camila te hablo de mí, espero que bien.
―¡Oh sí! Muy bien Eric.
―Entonces no está todo perdido
―¿Cómo? ―replicó Sonya despistada.
De repente se dio cuenta que estaba de más y se despidió
discreta.
―Disculpadme, pero tengo que saludar a alguien ―dijo
levantando la mano como si saludara realmente a alguien y
que yo sepa, solo me conocía a mí en toda la sala.
―Otra vez solos Camila.
―Sí ―dije visiblemente nerviosa cuando tomé de nuevo
una copa de champán de la bandeja que el camarero nos volvió
a ofrecer.
La bebí de un trago, no sabía que decirle a Eric ni que
excusa poner a mi falta de comunicación con él. Estaba
nerviosa, estar a su lado me estaba alejando de la tranquilidad
emocional que había tenido hasta ese momento. Sentí que todo
lo demás que estaba a mi alrededor, la gente, los libros, todo el
evento, se difuminaba y estuviéramos solos los dos.
“Uf Camila, creo que te estas emborrachando, cuidado
porque cuando te emborrachas lo sueltas todo”
Enfrascada de nuevo en mis pensamientos alcohólicos, esta
vez, no vi acercarse a Thomas Parks, el gerente del hotel.
―Hola, me alegro que conozcas al promotor del evento
Camila. ¿Ya os habéis presentado?
―¿Cómo? ¿Promotor del evento?
―¡Thom!
¿Era real lo que estaba oyendo?, o realmente estaba tan
aturdida por las dos copas de champán. ¿Había oído que
Thomas Parks dijo que Eric era el promotor de evento o solo
es lo que creí oír?
―Disculpa Eric, os dejo a solas.
―¿Cómo es eso Eric, puedes explicarme?
―Claro que puedo Camila y lo haré encantado porque
fuiste tú la que me llevo a pulir esta idea, pero solo lo haré si
después me explicas, por qué no me has llamado en estos
meses.
―¡Está bien, está bien! ―solo quería que me dijera cómo
había sido eso.
―Después de nuestro encuentro, puse en marcha algo que
llevaba dándole vueltas unos meses atrás. Tú me diste la idea y
solo fue hacer algunas llamadas.
―Pero… ¿yo que tengo que ver en todo esto?
―Te busqué y llegué a Charlie, pero él se negó a decirme tu
teléfono y tu dirección, entonces, yo le propuse este evento,
porque estaba seguro que era la única manera de volver a
verte.
―O sea, ¿has organizado todo esto para mí, solo para
volver a verme?
―Sí.
―Te has vuelto loco Eric, te habrá costado muchísimo
dinero.
―Solo es una promoción más del hotel
―¿Una promoción más del hotel?
―Sí, recuerdas que te comenté que había otro hotel en la
ciudad, era este.
―¿Cómo? ¿Me estás diciendo que eres el dueño del
Wistiria?
―Sí, lo soy
―Entonces, Thomas Parks es el gerente del que me
hablaste.
―Sí.
―¡Cómo has podido…, sin decirme nada…!
―Te lo hubiera dicho si supiera dónde encontrarte.
De nuevo el camarero volvió a pasar con la bandeja del
champán y tomé de nuevo una copa que bebí en dos sorbos.
No podía creer lo que estaba escuchando.
―¿Has organizado todo esto para volver a verme?
―He organizado todo esto para darle la oportunidad a una
escritora a ser más conocida, y así… volver a verte. Me gustas
Camila y no fui capaz de entender tu rechazo. Necesitaba
encontrarte para que me dieras la oportunidad de hacerte feliz.
No daba crédito a todo lo que estaba sucediendo en esos
momentos. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estaba yo mientras
sucedía todo esto?
Cada vez me sentía más mareada y confusa. Estaba
enfadada por no saber que todo esto era cosa de Eric y nadie
me había dicho nada. Eric tomó mi mano en la suya y volví a
hacer lo mismo, le rechacé.
―Camila yo…
―Por favor Eric, necesito pensar en ello ―le decía
mientras intentaba levantarme del sillón donde estábamos
sentados. Sin embargo, mi estabilidad era la del champán y no
la mía, me tambaleaba y Eric se levantó y me sujetó.
―Déjame que te acompañe a tu habitación.
―No, puedo ir sola.
No, no estás para ir sola ―hizo un ademán a uno de los
camareros y salimos por el jardín para no pasar por delante de
todo el público que estaba en la fiesta.
Erick y yo, entramos en una suite, me ayudó a sentarme en
el sofá. Pidió al camarero que me trajera un café bien cargado
y cerró la puerta del cuarto.
―Te has vuelto loco Eric. Hacer todo esto por una mujer
que no vale la pena.
―¿Eso crees?
―No solo lo creo, lo afirmo categóricamente ―le decía con
la voz cazallosa del alcohol que hablaba por sí solo.
―Entonces, pensemos que lo he hecho por la escritora que
si lo vale. Ok.
―Ok. Si tú lo dices.
―¿Y por qué crees que no vales la pena como mujer? A mí
sí me lo parece.
―Porque soy una mierda de mujer. Este cuerpo es una
mierda.
―Yo no hablaría de mi cuerpo así.
―¡No claro, el tuyo es espectacular!
―¿Y por qué el tuyo no lo es?
―No me hagas reír Eric, el mío es una mierda.
―No deberías hablarle así a tu cuerpo Camila. Yo no creo
que esté tan mal.
―Está deteriorado, cansado, abatido y se refleja en mi piel
por todo lo que hemos pasado juntos ―seguía con esa lengua
de trapo que el alcohol producía en mí.
―Me encantaría que me contaras eso.
―No me gusta mi cuerpo Eric por eso te rechazo, a ti y a
cualquiera que se acerque a mí. Ahora me ves delgada, pero he
sido muy obesa y tengo varias operaciones en este cuerpo
cansado de tanto sufrimiento. Por eso no estoy dispuesta a
enseñárselo a nadie. No he querido besarte porque sabía que
me gustabas mucho y acabaríamos en la cama.
―Yo te veo muy bien, no entiendo porque dices esas cosas.
―Tú me ves bien porque vestida no se ven las estrías, la
flacidez y las cicatrices que me han acompañado toda mi vida.
―¿Te avergüenzas de tu cuerpo?
―Sí, por eso no quiero nada contigo.
―Y de tu Alma, ¿te avergüenzas también de tu alma?
―¡Ah no, de ella no!
―Pues… el cuerpo es el recipiente que contiene el alma, y
a mi tu alma me parece bellísima, por eso, me gustaste desde
que te conocí. Me gusta como eres y con todo lo que tienes
Camila, tu cuerpo incluido.
En ese momento llamaron a la puerta y Eric salió a abrir,
pensé que iba a deshacerme de él y quedarme sola a dormir la
mona, realmente me sentía muy mareada.
Era el camarero con el café que había encargado.
―Tómate esto Camila, te sentará bien. No entiendo como
un par de copas de champán te han producido esta reacción…
―No, dos no, cuatro.
―Si las puedes contar es que no estás tan mal como
pensaba, pero estás muy mareada y apenas puedes tenerte en
pie.
―El alcohol, nunca ha sido un aliado para mí, siempre me
ha hecho efecto enseguida.
―Todo Camila, tómalo todo.
―De verdad haces esto por mi Eric, pero ¿Por qué? Soy
una simple mujer solitaria sin grandes proyectos de vida más
que contar mis historias. ¿Por qué un hombre como tú se
puede fijar en una chica como yo?
―Porque eres una gran mujer, aunque tú no lo consideres,
por la fortaleza que has demostrado a lo largo de tu vida
saliendo adelante por ti misma sin ayuda de nadie, porque has
estado ahí, sin desfallecer cuidando de tu madre a pesar del
esfuerzo que supone cuidar de una persona en sus condiciones.
¿Te parece poco todo esto? A mí me parece muy valorable.
―Si tú lo dices…
―Creo que es mejor que te lleve a la ducha para quitarte
ese mareo y puedas descansar mejor.
―No, no, a la ducha voy yo sola.
―Me tienes miedo
―No quiero que me veas desnuda.
―Te veré igualmente porque no pienso dejarte sola.
Me levantó del asiento sujetándome con sus brazos, apoyé
mi cabeza en su pecho y dije con una sonrisa.
―¡Qué bien se está aquí, y que bonito suena tu corazón
Eric, me quedaría así el resto de mi vida! ¡Mira escucha como
suena el mío!
Eric bajó su cabeza para oír mi corazón y dijo:
―Creo que se acompasan perfectamente Camila ―dijo
levantando mi cara y besando mis labios con una ternura que
desconocía hasta ese momento.
―Me has besado Eric.
―Sí lo he hecho
―¿Puedes volver a hacerlo por favor?
―Claro, con mucho gusto
El café y sus besos hicieron su efecto y me sentí más
despejada.
Eric me besó con pasión a la que yo correspondí, y fue ahí
cuando no pude negarme más al amor que él me estaba
brindando. Negarle mi amor era negarme a mí misma, y no iba
a volver a hacerlo nunca más.
Me había negado año tras año sin saber desde cuándo. Mi
cuerpo se deterioró demasiado y no era un cuerpo bonito con
el que compartir una noche de amor. Solo una persona especial
puede tratarme a mí y a mi cuerpo especial, con ese cariño,
como Eric lo hacía.
Por fin me sentí confiada y dejé que él fuese recorriendo mi
cuerpo con sus manos mientras me besaba apasionadamente.
Mi vestido violeta y mi pañuelo estaban ya en el suelo cuando
Eric me dijo:
―No quiero que pienses que me estoy aprovechando de ti
porque estas mareada.
―Ya no lo estoy Eric
―Mejor. Me encanta besarte, lo deseé desde el primer
momento en que te vi. Sabía que tú y yo estábamos
predestinados.
―¿Tú crees? ¿crees en las casualidades de la vida?
―Creo que no existe nada casual que no esté antes
predestinado.
―Entonces… todo lo que ha ocurrido entre nosotros,
nuestro encuentro, la cascada, la historia de los amantes, ¿todo
estaba predestinado?
―Estoy seguro de ello. Déjame amarte Camila.
―Llévame a la cama Eric, porque esto también está
predestinado.
Recorrimos el pequeño trecho de la sala a la cama de la
suite del hotel donde me llevo Eric.
Caímos despacio sobre la cama sin dejar de besarnos ni un
solo momento. Sentía como cada vez nos encendíamos más y
más, y nuestra pasión se desbordaba.
Me despojó de las pocas piezas que llevaba encima y se
paró a observar mi cuerpo. Por un momento sentí vergüenza
cuando intentaba taparme con mis manos, pero él las apartó
con suavidad y mis dudas desaparecieron.
Pasó sus dedos por cada una de mis cicatrices, de mis estrías
de años, besándolas. Por cada poro de mi piel pasó sus labios y
me hizo sentir como su amor me llenaba de vida y quitaba
importancia a un cuerpo ajado por las vicisitudes de la vida.
No me importaban más mis estrías, mis cicatrices, ni mi
flacidez de años de pérdida de peso. Todo estaba bien de
repente, porque él me hacía sentir una mujer deseada.
Me miró y me dijo lo bella que era, lo feliz que se sentía
estando a mi lado.
―Este cuerpo ajado como tú le llamas, contiene un alma
bella, joven y maravillosa que me enamoró. Déjate amar
Camila, deja que te haga feliz.
Hicimos el amor toda la noche sin saber ni dónde
estábamos, era como si quisiera recuperar el tiempo perdido de
todos estos años en los que me había negado a amar y a que
me amaran. Había huido de todo lo que tuviera que ver con el
amor de pareja y más cuando, lo veía tan cerca como me pasó
con Eric. Al momento desaparecía sin dejar rastro.
Afortunadamente Eric no desistió y me buscó para darme lo
mejor que tenemos para ofrecer, el amor, nuestro amor.
No pude recordar la última vez que fui tan feliz. Quería
quedarme con ese momento, con esa felicidad que sentía y que
no deseaba que desapareciese. Lo único que debo recordar a
partir de ahora, es que, soy yo, la única que me limité en el
amor, soy yo, la única que me negué al amor, por lo que mis
pensamientos sobre él, me había condicionado y no mi cuerpo,
como yo siempre creí.
Creí que nadie podría amarme si no era bella por fuera, pero
mi interior gritaba para que me amaran. Eric recogió el testigo,
y me ofreció todo lo que tenía para dar, su amor.
A la mañana siguiente cuando despertamos abrazados,
entrelazados como el tronco de la Glicinia, pensé “No voy a
dejar que te vayas de mi esta vez”. Vino a mi mente, el día que
visitamos la Cascada del Cielo y la historia de los amantes que
él me contó:
―Sabes Eric, me gustaría volver a la Cascada del Cielo, ¿te
apetece que vayamos?
―Claro, ¿por alguna razón?
―Quiero volver allí contigo, pero de una manera distinta a
como estuvimos la primera vez. Ahora es distinto. Aquella
historia de los amantes, sentarnos allí, y ver cómo nos ha
influido a nosotros… ¿no crees que tenga algo que ver?
―Es muy posible. Cuando la vida nos pone algo en el
camino debemos valorar lo que tiene que ver con nuestra vida,
porque rechazamos muchas cosas que pueden hacernos felices,
por otras que nos hacen muy desgraciados. Afortunadamente
nosotros rectificamos a tiempo y descubrimos que nuestro
amor está por encima de convencionalismos sociales o
prejuicios morales.
―Creo que la vida nos ha dado otra oportunidad de
amarnos tal y como somos y de darnos, tal y como somos.
Y… dime Eric, ¿por eso le pusiste el nombre de Wistiria al
hotel?
―Como te dije, conocía la historia de los amantes desde
niño, y siempre me resultó atrayente como una planta se
convierte en un árbol grande y se extiende libremente. Busqué
información y le sugerí a papá ponerle ese nombre al hotel, ya
que sería una buena forma de contarle a los clientes el porqué
de ese nombre, y en un lugar como este. Ya ves… fue
premonitorio. El hotel se convirtió en uno de los más elegantes
del Estado en el que se alojan personalidades famosas del cine,
y hasta El Presidente, se alojó aquí con su esposa y visitaron la
Cascada del Cielo. La historia de los amantes es nuestro mejor
reclamo a la hora de publicitar el hotel.
Después de desayunar juntos en el hotel como cuando nos
conocimos, tomamos camino hacia la Cascada del Cielo.
Todavía me parecía más impresionante esta vez, quizá porque
iba acompañada del hombre que amaba.
Recordamos el día y los lugares por los que fuimos pasando,
los lugares dónde nos sentamos, las risas y las conversaciones
que mantuvimos aquella mañana.
Me sentía radiante, feliz y esperanzada con todo lo que
estaba ocurriendo a mi alrededor. Recordé a mamá que
siempre me decía que algún día iba a ser muy feliz, pero solo
cuando yo lo decidiera.
“Así es mamá, por fin he decido ser feliz”
De repente sonó el teléfono, era Charlie, me llamaba para
decime que la venta de mi novela se había disparado y estaba
agotada la primera edición en tan solo un día.
No se podía pedir más. Solo agradecimiento tenía mi
corazón en aquel momento.
―Sabes una cosa Eric, te parecerá una locura, pero quiero
hacer algo que ni yo misma estoy segura de ello, pero me
apetece muchísimo hacer.
―Me asustas Camila.
―No, no creas. No creas que es descabellado, soy es un
reto personal que quiero hacer. Quiero bañarme desnuda en el
lago. ¿Me acompañas?
―Totalmente. Me encantan esas locuras, y esta, es
compartida.
Acabamos desnudos dentro del agua chapoteando como dos
niños pequeños. Eric me abrazó como si no quisiera que me
escurriera.
―Déjame que te abrace como lo hace la Wisteria, para que
no te me escapes nunca más.
Esta novela nació de un sueño mientras descansaba un día
de febrero de 2021. Me levanté de repente y pensé que debía
anotar todo lo que estaba fluyendo en mi cabeza en aquellos
momentos, pero estaba tan cansada que, no podía hacerlo. Una
voz me repetía una y otra vez: ―Que no se te olvide esto, que
no se te olvide―. Tanto lo dije, que al final me levanté para
poder anotarlo. Siempre que me digo esto, al final no lo
recuerdo a no ser que ese sueño, sea algo premonitorio para
mí.
Me parecía que podía ser una bonita historia que contar, y
aquí está.
No es más que una bella historia de amor, en esa etapa en
que las historias de amor pasan a un segundo plano, o a un
tercero, cuarto… y así indefinidamente.
Encontrar el amor de pareja pasados los cincuenta años,
puede ser el mayor descubrimiento para un hombre o una
mujer que, quizá ya hayan tirado la toalla por pensar que ya es
tarde para ellos.
Sabía perfectamente como comenzar a contarla porque estas
primeras palabras del primer capítulo lo soñé tal cual, lo que
no sabía es dónde me llevaría.
Gracias por leer otra de mis historias.
Gracias, mil gracias por leerme.
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Con tu gesto, me ayudas mucho a que pueda llegar a más
personas y te estaré infinitamente agradecida.
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