SCRIPTA FULGENTINA
Año XXVIII - Nº 55-56 NOTAS Y COMENTARIOS
2018
Páginas 155-195
La alegría del Evangelio y la Conversión
Misionera de la Iglesia en América1
Documento Conclusivo del V CAM
JOSÉ CERVANTES GABARRÓN
Instituto Teológico San Fulgencio. Murcia
I. EL V CONGRESO AMERICANO MISIONERO (2018)
El V CAM en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia)
1. La Iglesia Católica en América ha celebrado su V Congreso Americano
Misionero (V CAM) en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) del 10 al 14 de julio
de 2018. Con el lema “América en Misión: El Evangelio es alegría” y con
el tema: “La alegría del Evangelio, corazón de la misión profética, fuente de
reconciliación y comunión” se ha llevado a cabo este gran acontecimiento mi-
sionero, con el objetivo de: “Fortalecer la identidad y el compromiso misionero
Ad Gentes de la Iglesia en América, para anunciar la alegría del Evangelio a
todos los pueblos, con particular atención a las periferias del mundo de hoy y
al servicio de una sociedad más justa, solidaria y fraterna”. En coordinación
con los Directores de OMP de América y la Conferencia Episcopal Boliviana,
1 Desde el Consejo de Redacción de Scripta Fulgentina agradecemos el poder publicar
como primicia en Europa este documento conclusivo del V CAM. Gracias a José Cervantes
Gabarrón, sacerdote misionero en Bolivia y profesor de Sagrada Escritura en el Instituto Teo-
lógico San Fulgencio.
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la Comisión Teológica del mismo preparó los contenidos del Congreso a lo
largo de cinco años, durante los cuales se han celebrado dos Simposios Inter-
nacionales, en Puerto Rico (2015) y en Uruguay (2016) respectivamente, así
como otros muchos Congresos nacionales misioneros en cada país o jurisdic-
ción eclesiástica de todo el continente de América. De aquellos dos Simposios
internacionales se han publicado los libros2 en torno a los ejes temáticos del
Congreso, que han sido los siguientes: El Evangelio, la alegría, la comunión y
la reconciliación, la misión y el profetismo.
El papa Francisco y la identidad misionera de la Iglesia
2. El papa Francisco ha impulsado desde el comienzo de su pontificado la
identidad misionera de la Iglesia. La misión consiste en transmitir la fe como
anuncio explícito y testimonio vivo del Evangelio, pero el papa Francisco se
ha concentrado en la idea de la misionariedad de la Iglesia. Ésta es un ele-
mento esencial de la comunidad cristiana y pertenece a su propia naturaleza
e identidad, tal como afirma el Concilio Vaticano II, pues realmente la alegría
de dar a conocer a Jesucristo apremia a los creyentes a llevar a cabo la Nueva
Evangelización.
Los elementos fundamentales de la identidad misionera
3. Entre los elementos más destacables de la conciencia de la identidad mi-
sionera de la Iglesia, según el papa Francisco, podemos resaltar los siguientes:
a. El anuncio de Cristo se hace desde la Iglesia y como Iglesia.
b. «El impulso misionero es una señal clara de la madurez de la comunidad
eclesial»3.
c. La misionariedad es un aspecto esencial, programático y paradigmático
de la vida de la Iglesia.
d. Todo cristiano debe ser testigo del Evangelio con fervor, alegría, coraje
y esperanza para poder así anunciar a todos, el mensaje de Cristo.
2 Comisión Teológica del V Congreso Americano Misionero, I Simposio Internacio-
nal de Misionología. El Evangelio, fuente de reconciliación y comunión, Conferencia Episcopal
Boliviana – Obras Misionales Pontificias, La Paz, 2015 y Comisión Teológica del V Con-
greso Americano Misionero, II Simposio Internacional de Misionología. El Evangelio de la
alegría impulsa la misión, Conferencia Episcopal Boliviana – Obras Misionales Pontificias,
La Paz, 2016. Ambas publicaciones están accesibles en la sección “documentos” de la página
web: http://www.vcambolivia.com/
3 Verbum Domini, 95.
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e. El deseo de compartir esta experiencia de gran alegría es el impulso para
la acción misionera de la Iglesia.
f. Frente a los males presentes en el mundo en que vivimos, los creyentes
somos misioneros, mediante el anuncio y el testimonio profético de los
valores del Evangelio.
g. Frente a toda crisis, especialmente la de valores, el Evangelio de Cristo
es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión y cercanía de Dios,
que nos capacita para vencer el mal y conducirnos hacia el camino del
bien.
La novedad magisterial del concepto de “misionariedad”
4. Es de destacar la importancia de que el papa introdujera en el número dos
de su primer mensaje para la jornada mundial de las misiones 2013 la palabra
“misionariedad”, asumiendo así un nuevo término, conocido ya en la teología
de la misión4, pero no utilizado hasta ese momento en la doctrina de la Iglesia.
Sin intentar hacer una definición del mismo, el papa Francisco se refería con
ese término al “mandato confiado por Jesús a los Apóstoles de ser sus «testigos
en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch
1,8), no como un aspecto secundario de la vida cristiana, sino como un aspecto
esencial: todos somos enviados por los senderos del mundo para caminar con
nuestros hermanos, profesando y dando testimonio de nuestra fe en Cristo y
convirtiéndonos en anunciadores de su Evangelio.” Con el término “misionarie-
dad” el papa Francisco quiere mostrar al mundo una Iglesia no autorreferencial,
descentrada de sí misma, una Iglesia en misión evangelizadora, una Iglesia que
rompe sus fronteras, amplía los límites personales y geográficos de la fe y se
orienta hacia el mundo entero y hacia sus múltiples periferias para anunciar la
alegría del encuentro con Cristo mediante el Evangelio.
Los desafíos actuales para la Misión “Ad Gentes”
5. Siguiendo la orientación marcada por el Concilio Vaticano II, desde
la Gaudium et Spes y con el decreto Ad Gentes, y la Conferencia de Aparecida
del CELAM, la Iglesia se muestra esencialmente misionera cuando se abre a
los desafíos del mundo contemporáneo para buscar las respuestas adecuadas
desde el Evangelio y la Palabra de Dios. Somos conscientes de los grandes
4 Por ejemplo, cf. J. Esquerda Bifet, “La misionariedad de la Iglesia en América Latina,
a la luz del discipulado evangélico” Medellín, 125 (2006) 99-120.
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cambios rápidos y profundos que zarandean las culturas y las sociedades de
esta época posmoderna, que, sometida y encandilada por las nuevas tecnolo-
gías, sigue sin resolver eficazmente problemas enquistados del hombre y del
mundo. Entre estos retos nuestra Iglesia está preocupada especialmente por
los siguientes grandes fenómenos de nuestro continente: La crisis de la familia
con todos sus problemas derivados, el desprecio y la violencia contra la vida
y la dignidad humana, la vulneración de los derechos humanos, el dominio
económico de unos pocos que genera desempleo y pobreza, el panorama de
injusticia y de falta de solidaridad que deja tras de sí el ser humano en la
época del secularismo, la necesidad de cuidar a la Hermana Madre Tierra,
la preocupante situación de desigualdad y de violencia a que está sometida
la mujer, las migraciones, la situación de la población indígena, los aspectos
sombríos y vergonzosos de la misma Iglesia, golpeada sobre todo por los
escándalos de la pederastia, el descenso de las vocaciones sacerdotales, la
modernidad débil y relativista así como la negatividad y la inmoralidad in-
herentes a dicha modernidad.
La participación del Pueblo de Dios en la preparación del V CAM
6. La consideración de todos estos puntos, con sus correspondientes orienta-
ciones desde la fe cristiana han sido ampliamente tratados en las fases previas
del Congreso, sobre todo, en los Simposios Internacionales y los Congresos
nacionales misioneros ya mencionados. También se han realizado otras valiosas
publicaciones en cada país acerca de estos temas en el itinerario de preparación
del V CAM. A partir de todos esos trabajos y publicaciones la Conferencia Epis-
copal de Bolivia y las Obras Misionales Pontificias elaboraron el Instrumentum
Laboris del V CAM que ha servido de base para los trabajos de las comunidades
cristianas católicas que viven su sentido misionero en toda América, siguiendo
la metodología habitual de la Iglesia: Ver, Juzgar y Actuar. El sondeo llevado a
cabo en América recoge las aportaciones de los miembros activos de las igle-
sias con una muestra representativa de diez mil encuestas, con la cual se ha
desarrollado una metodología de participación activa y plural de toda la Iglesia
en los países de América5.
5 Los datos más significativos del sondeo aparecen en el libro del Congreso: Comisión
Teológica del V Congreso Americano Misionero, V Congreso Americano Misionero En
Vivo. América en Misión: El Evangelio es alegría, Conferencia Episcopal Boliviana – Obras
Misionales Pontificias, La Paz, 2018, pp. 75-162. Accesible en la sección “documentos” de
la página web: http://www.vcambolivia.com/
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La realización del V CAM, un encuentro de gracia para la Iglesia de América
7. La realización del V CAM ha sido, sin duda, un momento de gracia y de
fiesta para la Iglesia en América, a través del cual se puede avivar la misionarie-
dad de la comunidad católica para hacerse presente en las realidades del mundo
con la fuerza transformadora y con la alegría del Evangelio, que nos impulsa a
trabajar abriendo vías de comunión y de reconciliación en los ámbitos sociales
y políticos, interreligiosos y eclesiales. Con sentido misionero y evangelizador
y con audacia profética, este Congreso pretende fomentar a partir de ahora
los cambios pertinentes en las actividades y en las estructuras eclesiales, de
modo que esta Iglesia “en salida” responda con fidelidad a Dios en su misión
abierta “Ad Gentes”, especialmente a los pobres y a los descartados, a los que
no conocen ni a Cristo ni los valores que emanan del Evangelio y de la Ale-
gría de su anuncio. En continuidad con el caminar misionero del continente,
los Congresos Misioneros denominados CAMs-COMLAs se constituyeron en
hitos importantes, pues van marcando un avance en la conciencia misionera de
nuestras Iglesias e involucran a muchos sectores del Pueblo de Dios, porque
la misión ha sido y sigue siendo una fuerza unificadora que asume todas las
dimensiones de la vida pastoral. Para ello contamos con la mediación extraor-
dinaria y el ejemplo testimonial de todos los santos y mártires del continente
americano, entre los cuales se ha destacado como signo en este Congreso la
primera santa boliviana, Nazaria Ignacia.
8. Las profundas e iluminadoras conferencias que han tenido lugar han sido
las siguientes: La primera, “La alegría Apasionante del Evangelio”, a cargo
de Mons. Guido Charbonneau (Honduras), la segunda, “Anunciar el Evangelio
al mundo de hoy” a cargo de Mons. Santiago Silva (Chile), la tercera, “Dis-
cípulos testigos de la comunión y de la reconciliación” a cargo del P. Sergio
Montes, S.J. (Bolivia), la cuarta, “Misión Profética de la Iglesia hoy” a cargo
de Mons. Luis A. Castro (Colombia), y la quinta, “Misión Ad gentes en América
y desde América”, por Mons. Vittorino Girardi (Costa Rica)6.
9. Además de las cinco Subasambleas para profundizar los temas de la ma-
ñana, se desarrollaron también doce talleres sobre los siguientes temas: Laicos y
consagrados en la Misión; Misión, ecumenismo y diálogo interreligioso; Misión
y Evangelización de la cultura –pueblos originarios, Misión y reconciliación;
6 Todas las ponencias han sido publicadas en su integridad en el libro del Congreso:
Comisión Teológica del V Congreso Americano Misionero, V Congreso Americano Misio-
nero En Vivo. América en Misión: El Evangelio es alegría, Conferencia Episcopal Boliviana
– Obras Misionales Pontificias, La Paz, 2018. Accesible en la sección “documentos” de la
página web: http://www.vcambolivia.com/
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Misión Ad Gentes en y desde América; Misión y Ecología, Familia Misionera;
Misión y Catequesis; Nuevas formas de Cooperación Misionera; Jóvenes y Mi-
sión, Misión y Migrantes; Misión y Formación Sacerdotal – Fidei Donum. Los
cuatro Conversatorios estuvieron dedicados a los temas: Nuevas perspectivas de
la misionología; Comunicación y Misión; La Infancia y Adolescencia misione-
ra; Misión y Pastoral Universitaria. De los cuales emanaron las propuestas de
conversión misionera para la misión Ad gentes en América y desde América,
así mismo en la Iglesia de América.
Las conclusiones del V Congreso Americano Misionero
10. A continuación, exponemos las conclusiones que emanan de la rica
reflexión que ha ocupado nuestra atención y nuestras actividades desde la
preparación hasta la celebración del V Congreso Americano Misionero. En
las mismas recogemos las preocupaciones de la Iglesia ante los desafíos del
mundo actual, las ideas maestras que han iluminado los temas tratados en el
mismo y, finalmente, las propuestas de líneas de acción y de acciones concretas
que pueden contribuir sobremanera con la fuerza del Espíritu a la renovación
misionera de la Iglesia en América.
II. LA REALIDAD HUMANA COMO PUNTO DE PARTIDA DE LA
MISIÓN
Riqueza sociocultural y simbólica en diálogo con el Evangelio
11. A nivel sociocultural se constata la gran riqueza cultural y lo que ésta
ofrece como terreno en el que pueda ser sembrado el anuncio del Evangelio,
aún cuando éste ya fue comunicado en una primera evangelización y como pro-
yección para la misión en el mismo continente u otros. Los valores culturales,
sus expresiones simbólicas, como también las prácticas concretas de usos y
costumbres contienen dones para la humanidad que, bien asumidos y en diálogo
con los valores del Reino, pueden ser una forma de expresión contextual del
Evangelio, con notas de alegría, profecía y comunión.
Mirada interpelante a la realidad humana en América
12. Siguiendo las líneas maestras trazadas en el Concilio Vaticano II y
teniendo en cuenta las consideraciones realizadas en los distintos momentos
por el CELAM, especialmente en la última Asamblea de Aparecida (2007),
160
enumeramos a continuación las diferentes realidades y problemáticas que se
han percibido como elementos fundamentales de carácter social, cultural, mo-
ral y económico en estos últimos años y que constituyen, a grandes rasgos, las
debilidades y desafíos de la vida humana actual en el continente americano.
Los rostros y cuerpos sufrientes de los pobres y humillados
13. Las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano siempre
han destacado los rostros y cuerpos lacerados de pobres y humillados de nues-
tro continente. La lista es extensa: pecadores, pobres, humillados, marginados
socio–culturales, migrantes y trabajadores mal pagados, comunidades indígenas
y afroamericanas; los rostros de niños sometidos a la pornografía y la prosti-
tución, niños víctimas del aborto, portadores de graves enfermedades (VIH o
SIDA, por ejemplo), personas con capacidades diferentes, analfabetos tecnoló-
gicos…, entre tantos otros. A estos rostros y cuerpos sufrientes hay que añadir
los que actualmente nos conmueven: personas en situación de calle; migrantes;
enfermos; adictos dependientes o tóxicos dependientes, y encarcelados (DA, n.
407-430). La Iglesia, Cuerpo de Cristo resucitado, está llamada a abrazar todos
estos cuerpos crucificados cuyo drama no es quedarse en la periferia de los
bienes y del crecimiento de la sociedad, sino haber quedado fuera del desarrollo
integral como personas (DA, n. 65).
La constatación de cambios rápidos y profundos
14. En los primeros años del siglo XXI podemos constatar grandes cambios
y profundos que se producen a gran velocidad, tal como ya afirmaba el Concilio
Vaticano II (cf. GS 4). Las proporciones del cambio son mundiales y a la vez
se convive con procesos más regionales, nacionales o locales. El documento
de Aparecida (DA) recoge el concepto de globalización para referirse a este
fenómeno y vincula su difusión a los amplios canales que los mass media es-
tablecen. Al mismo tiempo millones de personas empobrecidas están ajenas a
la aparente globalización de la comunicación e información; la llamada brecha
digital no es sólo generacional sino principalmente socioeconómica.
La crisis de la familia requiere la luz del evangelio
15. La crisis de la familia se manifiesta en la inconsistencia de los matri-
monios, la provisionalidad del amor de la pareja hombre y mujer, la vida en
concubinato, y abarca desde la desestructuración familiar y la desatención a
161
los ancianos hasta el vaciamiento del contenido mismo del concepto de matri-
monio, al permitir ya en algunos países su utilización para regular la relación
entre homosexuales.
La preocupación por la vida y la dignidad humana
16. En muchos países se establecen perversas redes de tráfico humano, nar-
cotráfico y pornografía infantil, así como situaciones de violencia física, sexual
y psicológica. El crimen y la inseguridad ciudadana están presentes de distintas
formas en nuestras sociedades. Son también lacerantes las problemáticas que
la migración forzosa, el desplazamiento por violencia o la situación de refu-
giados manifiestan como males de nuestra sociedad, a los que no responden
las políticas estatales. Y no en último lugar hemos de mencionar, como gran
atentado contra la vida humana, el aborto, cuya legalización en muchos países
se ha generalizado y normalizado irresponsablemente.
El sistema económico vigente genera exclusión
17. El consumismo y la primacía de lo económico en el mundo globalizado
tienden a generar grandes exclusiones. Se antepone el valor del dinero sobre
la dignidad de la persona humana y sobre la creación entera. Se constatan si-
tuaciones de subempleo, desempleo y empleo informal como algo cotidiano en
nuestras sociedades.
La preocupante situación de la mujer
18. Se constata la violencia a la que son sometidas muchas mujeres en dis-
tintos espacios sociales, la inequidad de condiciones en las que compiten con
los varones o los prejuicios y sesgos machistas y patriarcales que dominan la
sociedad. También en la Iglesia persisten formas de poder que infravaloran a la
mujer y no permiten que sea verdadera protagonista de la misión de la Iglesia.
El cuidado necesario de la hermana madre tierra
19. El medio ambiente, la biodiversidad, el calentamiento global, la so-
breexplotación de recursos naturales son temáticas que preocupan mucho y que
tienen que ver con el cuidado de la casa común. El sistema económico provoca
y promueve una depredación de los recursos de la creación, llegando incluso a
amenazar la propia subsistencia del género humano.
162
Carencias en la vida política y democrática
20. Estamos muy lejos todavía de llegar a ser democracias verdadera-
mente participativas en el nivel económico. Son especialmente llamativas
las problemáticas de abuso de poder de parte de algunos gobernantes y la
ineficiencia de los sistemas de justicia. Una queja constante a lo largo del
tiempo y de la geografía americana es la falta de justicia real para los más
pobres y vulnerables.
Sombras alarmantes para la Iglesia
21. En cuanto cristianos nos preocupan muchísimo los escándalos de pedo-
filia y abusos sexuales perpetrados por miembros de gran responsabilidad en la
Iglesia, los cuales, lejos de cumplir su misión como testigos fieles de Jesucristo,
han golpeado profundamente a toda la Iglesia con un daño irreparable para las
víctimas y para la misma Iglesia. Asimismo, el impacto negativo en las voca-
ciones sacerdotales y religiosas, la pérdida del sentido de lo trascendente, el
insuficiente diálogo con las culturas antiguas y emergentes, y la existencia de
una religiosidad difusa, individualista, mágica o ritualista, constituyen grandes
preocupaciones de nuestra Iglesia actual.
La modernidad débil y relativista
22. En la sociedad laicista y secularizada predomina el afán de dinero, de
poder y de placer, rechazando los principios morales y los mensajes religiosos.
Predomina el “pensamiento débil”. Se ha producido un alarmante descenso de
las vocaciones eclesiásticas y religiosas. También se acrecentó el secularismo
llevando consigo un retroceso de la práctica religiosa y de las referencias
cristianas en el comportamiento. Sin pretender demonizar el fenómeno de la
secularización, cuyas aportaciones a los valores humanos, sociales y culturales
son muy valiosas, aquí se destacan solamente las consecuencias negativas por
la pérdida del sentido de la trascendencia divina en la vida de la persona y de
la sociedad.
La persona vacía, fragmentada y despersonalizada
23. La persona, en muchos casos, es un sujeto llevado sólo por los es-
tímulos, sin calado interior, interiormente vacía, fragmentada, como sin co-
lumna vertebral, sin principios y llena de traumas y complejos heredados y/o
163
asumidos, que se mueve sólo en las lógicas del resentimiento y la venganza,
de la apatía y la indiferencia, de la insolidaridad y el egoísmo. El drama de
nuestras sociedades es la progresiva «des–personalización» y la progresiva
«individuación».
III. ANUNCIAR EL EVANGELIO AL MUNDO DE HOY
El Evangelio de Cristo, Muerto y Resucitado
24. El primer tema desarrollado en la iluminación teológica sobre las debi-
lidades y desafíos en esta realidad americana es el “Evangelio”. Cuando Jesús
Resucitado envía a los apóstoles a la misión lo hace con el mandato de ir por
todo el mundo, de hacer discípulos, de bautizar y de enseñar todo cuanto él ha
mandado (cfr. Mt 28,19-20), lo cual está contenido en los Evangelios. Pero,
desde el comienzo de la Iglesia, el Evangelio originario del cristianismo es el
anuncio de Cristo muerto y resucitado. San Pablo, en la carta a los Corintios,
nos da una primitiva fórmula de fe cristiana o “kerigma”, a la cual él mismo de-
nomina “el Evangelio”: “Les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí:
que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado
y que ha sido resucitado al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a
Cefas... (1Cor 15,3-5)”7.
Jesús, crucificado y resucitado, es el Señor
25. De la mano de Pablo y Pedro podemos seguir profundizando hasta decir
que el Evangelio es el anuncio de que Jesús es el Señor8. Por eso Pablo escribe
a los Romanos: “Esta es la palabra de fe que predicamos: que, si confesares
con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios lo resucitó
de los muertos, serás salvo” (Rom 10,8-9) […] Y San Pedro lo anuncia a los
judíos: “Sépalo bien todo Israel que, a este Jesús, a quien ustedes crucificaron,
Dios lo ha hecho Señor y Mesías.» (Hch 2,36).
El Evangelio del Reinado de Dios
26. La comunidad cristiana primitiva vinculó el Evangelio de Dios direc-
tamente a la persona de Jesús y en los Evangelios incorporó el contenido del
7 Cf. IL 70.
8 Cf. IL 71.
164
mismo Evangelio a la predicación y a la actividad de Jesús, centrada en el
anuncio de la cercanía del Reino de Dios9. El Evangelio, en cuanto es Buena
Noticia, está relacionado estrechamente con el Reino de Dios. Al comienzo
de su ministerio, saliendo del desierto, Jesús anuncia el Reino de Dios como
la determinada y concreta Buena Noticia que viene de Dios: “Predicando el
Evangelio de Dios y diciendo: Se ha cumplido el plazo y se ha acercado el
Reino de Dios. Conviértanse y crean en el Evangelio” (cfr. Mc 1,14-15; Mt
4,17) […] El Reino de Dios es prioridad absoluta para Cristo y sus apóstoles:
“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se les dará por
añadidura” (Mt 6,33). Pero Jesús no sólo anuncia el “Reino de Dios” sino al
“Dios del Reino”, es decir, no se anuncia a un Rey sino a un Padre que reina y
quiere reinar como padre sobre sus hijos, que son hermanos unos de otros. El
Reino que proclama el Hijo hecho hombre es la soberanía de Dios en cuanto
Padre. De aquí que aceptar el Reino es hacerse hijo de Dios y hermano de
los demás.
El dinamismo liberador de Jesús en el anuncio del Reino de Dios
27. El Reino de Dios se acerca a los seres humanos en primer lugar en la
actividad liberadora de Jesús. Según el Evangelio de Marcos el anuncio del
Reino (Mc 1,14-15), como don de Dios, es una realidad viva y dinámica, que
nada ni nadie puede detener. Su definitiva proximidad es una propuesta abierta
y universal para que la humanidad participe en la salvación que Dios le ofrece.
Pero no dice el evangelio qué es el Reino, ni dónde está, ni en qué consiste. En
todo caso es algo que es dado por Dios, pues se trata de una realidad que tiene
en él su origen. Del contexto se puede deducir que el Reino está vinculado a
la actividad liberadora de Jesús en favor de los oprimidos y excluidos, de los
enfermos y marginados y en abierta oposición a las instituciones religiosas de
su tiempo. La autoridad de Jesús puesta al servicio del hombre anula el poder de
los dirigentes de la sinagoga y antepone la atención al ser humano necesitado al
día sábado. Ese dinamismo liberador del hombre respecto a cualquier estructura
opresora fue iniciado con la actuación de Jesús y es la fuerza imparable del
Reino de Dios, que, como una semilla diminuta, va creciendo y desarrollándose
en la historia sin que nadie sepa cómo.
9 Cf. IL 75.
165
La llamada a la conversión implica un cambio de mentalidad
28. El mandato contenido en el mensaje de Jesús: “Conviértanse y crean
en el Evangelio” (Mc 1,15) es una llamada a la conversión. Creer en este
evangelio es entrar en el Reino de Dios. La conversión conlleva principal-
mente un cambio de mentalidad, una visión nueva de la vida, del hombre y
de la sociedad. Este cambio invita no sólo a creer en Dios, sino a creer que
la persona de Jesús, su mensaje y su obra de liberación, su misión profética,
su destino de muerte violenta e injusta y su esperanzadora vida nueva de la
resurrección constituyen paradójicamente la singularísima y sorprendente
Buena Noticia de la salvación para los seres humanos, pues en la acogida de
su palabra, en la percepción de su presencia y en el seguimiento radical de
sus pasos se vive el dinamismo del Reino de Dios. Jesús anuncia el Reino
de Dios sobre todo con la entrega de su vida en Jerusalén. Jesús asumió li-
bremente las consecuencias de su encarnación hasta la muerte en cruz, para
regalarnos relaciones del todo nuevas, haciendo que su Padre sea para siempre
«nuestro Padre». Pero el paso decisivo para convertirse en discípulo de Jesús
y participar del Reino, no será otro que reconocer en Jesús al Hijo de Dios,
cuando, como el centurión (Mc 15,39) contemplemos su muerte en la cruz.
Sólo con esta reorientación de la mirada y de la perspectiva hacia Jesús en la
cruz y, con él, hacia todas las víctimas de la injusticia y los sufrientes de este
mundo se producirá en nosotros la auténtica metanoia o conversión que pide
el Evangelio y permite entrar en el Reino de Dios ya en la historia presente.
Jesús crucificado y resucitado es el Evangelio de Dios
29. Sin embargo, Jesús es no sólo el Evangelizador sino el Evangelio mis-
mo del Reino de Dios y creer en el evangelio es lo mismo que creer en Jesús
(Mc 1,15). Este evangelio es de Dios, en cuanto se trata del cumplimiento de
la promesa hecha por Isaías, cuyo autor es Dios (Is 40,12-31; 51,16; 61,2).
Aquella promesa se realiza en Jesús de Nazaret, en cuanto Él es el Mesías que
proclama y comienza el Reino de Dios y lo hace de la forma que compete al
Hijo de Dios, es decir, como Dios oculto que se revela en la debilidad de la
muerte de Jesús y suscita la fe hasta en los paganos, como el centurión (Mc
15,39). Esta es ya una novedad absoluta del Evangelio. Este Jesús ¡El Crucifi-
cado! es ya el Evangelio. Y después, al tercer día, Jesús resucitó con lo cual el
Padre firma y sella aquella sorprendente, paradójica, inaudita e incomparable
Buena Noticia. Jesús es “el Crucificado Resucitado”. Una Noticia tan singu-
larmente Buena, excepcional y única, que la Biblia griega reservó la palabra
166
griega neutra, “el Evangelio”, exclusivamente para el anuncio de la persona
de Jesús y de su muerte y resurrección como la cercanía y la presencia del
Reino de Dios. La evangelización tiene un centro y un proyecto. El centro
es Jesucristo en cuanto «Hijo de Dios», pues, por Él Dios reina como Padre.
El proyecto es Jesucristo, pero en cuanto «Señor de la historia», porque todo
en Él y por Él está llamado a alcanzar su plenitud para que, al final de los
tiempos, todo vuelva al Padre.
El Reino de Dios, un don gratuito a los pobres
30. El Reino es don gratuito de Dios para todos los seres humanos y particu-
larmente para los pobres (Mt 5,3) y para los pecadores. El aspecto tal vez más
significativo que configura el anuncio de Jesús sobre la proximidad del Reino
es concebirlo como don gratuito de Dios. Si la soberanía de Dios no depende
de una actuación humana previa, resulta que esa soberanía está en principio
ofrecida a todos, sean quienes sean y hagan lo que hagan. Así se explica no
sólo que el Reino llegue primero a los pobres, sino también la predilección que
los textos del Nuevo Testamento muestran por los pecadores.
El Reino de Dios y los discípulos
31. Asimismo, el Reino requiere discípulos, y discípulos del Hijo, pues sólo
él construye un nuevo Pueblo donde Dios ejerce su soberanía de Padre bonda-
doso. Al transformar el pan en su Cuerpo que va a ser entregado y el vino en
su Sangre que va a ser derramada, dispone al discípulo a lo que va a ocurrir en
la cruz con los frutos de perdón y nuevas relaciones. El discípulo y la Iglesia
se reconocen y alimentan de la mesa de la Eucaristía, sacramento o misterio de
la Nueva alianza. Esta mesa es pacto de amistad y vida nueva, porque alimenta
la nueva identidad o nuevas relaciones adquiridas por la enseñanza de Jesús
(Galilea) y su entrega (Jerusalén).
La evangelización, fruto del encuentro con el Resucitado y de la vida co-
munitaria
32. La evangelización de Pablo se desarrolla en distintos momentos y con
pluralidad de misioneros. Es pluriforme y polifónica con variadas formas y
múltiples misioneros, pero todos discípulos de Jesús. La misión evangelizadora
proviene del encuentro con el Resucitado, no cualquier encuentro, sino «con
un acontecimiento, con una Persona» (Deus caritas est, nº 1) que cambia la
167
vida. La evangelización es el fruto de una comunidad en comunión que tiene
por fuente el gozo de una misma experiencia: ¡Cristo ha resucitado y lo «hemos
visto»! (Lc 24,33-35; Jn 20,18). De aquí dos consecuencias: la primera evange-
lización fue intracomunitaria, y el contenido de la evangelización consistía en
ofrecer esa misma experiencia de comunión con el Señor y con los hermanos
recibida en el encuentro con el Resucitado.
La evangelización en San Pablo: memoria, mímesis y misión
33. El encuentro con el Resucitado da lugar en la generación apostólica a
tres movimientos indispensables para la evangelización: a)- la memoria, que
consiste en mirar hacia atrás para recuperar la figura de Jesús, de lo que él
hizo y dijo pero como fuente de sentido para sus vidas y la comunidad; b)- la
mímesis, que consiste mirarse en Jesús, para seguir sus enseñanzas, imitar sus
disposiciones y conductas, pero en las nuevas realidades a las que se enfren-
taban; c)- la misión, que consiste en mirar hacia delante y, a la luz de cómo lo
hizo Jesús, formular modelos innovados de misión que les sirvieran para anun-
ciar a otros la Buena Noticia en el mundo que vivían. Conocimiento de Jesús,
imitación e innovación misionera provocaban una evangelización en diálogo
con las realidades que las comunidades vivían y, a la vez, mostraban un estilo
alternativo de vivir, diverso al de la sociedad grecorromana, estilo que llama-
ba la atención. El contenido de la evangelización es una Persona: Jesucristo
en cuanto Hijo de Dios y Salvador. Ofrecer y acompañar el encuentro con Él
como acontecimiento fundante y generador de conductas nuevas es la labor de
una comunidad evangelizadora. Conscientes del papel de la comunidad en el
proceso de la fe, Pablo y sus grupos acompañan el kerigma con un trato inter-
personal, caracterizado por el cariño y la preocupación por el otro. El kerigma
se proclamaba a los mismos en diversas circunstancias, e incluía a la familia.
La evangelización, fuente de nuevas relaciones humanas
34. Con los que aceptaban a Cristo se formaban pequeñas comunidades. Allí
se continuaba la catequesis, se celebraba la liturgia y se practicaban obras de
solidaridad. La evangelización paulina tiene su centro en las nuevas relaciones
que se reciben por la irrupción en la vida del misterio trinitario (la «justifica-
ción»). Ingresar a la comunidad del Resucitado, exige modos novedosos de
relación: de «hermano» (1 Cor 1,11), «santo» (1 Cor 1,2) e «hijo de Dios»
(Rom 8,16). Luego, los evangelizadores educan en las nuevas disposiciones y
conductas que exigen las nuevas relaciones: consuelo; hospitalidad; orar unos
168
por otros; preocuparse por el bien de los demás; inclusión y participación de la
mujer; atender a los pobres; compartir bienes; corrección fraterna, entre otras.
Varias de estas eran sorprendentes para su tiempo, porque anulaban comporta-
mientos comunes de la época como la venganza, la preocupación por el honor,
el servilismo, la relación en base al poder.
La Iglesia Misionera, icono de la Santísima Trinidad
35. La Iglesia es sacramento universal de salvación y por ello es el lugar
de la presencia y acción sacramental de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero
si antes se decía que «fuera de la Iglesia no hay salvación» (extra Ecclesiam
nulla salus), hoy se entiende que fuera de su estructura visible se encuentran
«elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cris-
to, impelen hacia la unidad católica» (Lumen gentium, nº 8). El hecho de que
la plenitud del misterio salvador de Cristo resida en la Iglesia no significa que
fuera de ella no se encuentren destellos de salvación, lo que los padres llamaban
«semillas del Verbo». La Iglesia es también misterio de comunión y de vida,
de misericordia y de servicio en cuanto icono de la Trinidad. La Iglesia hace
realidad por sus ministerios y carismas la obra salvadora del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo, porque ella está creada a imagen de la Trinidad. La Iglesia,
como Pueblo de Dios redimido, tiene la potestad y capacidad de ofrecer las
mediaciones de encuentros con el Señor (Palabra, Sacramentos, Enseñanza…)
que generan el discipulado misionero (DA, nsº 246-257). La Iglesia, con sus
dones ministeriales y carismáticos, es misionera y está al servicio de la huma-
nidad. Para esta misión se nos regala un triple ministerio con los sacramentos
de iniciación cristiana: el profético, el sacerdotal y el real o gestor del Reino
en el mundo. Anunciar a Jesús para que sea conocido es revelar y acompañar
el proyecto salvador de «humanidad nueva» o «creatura nueva» que genera
el encuentro con Cristo. La Iglesia para el mundo, sobre todo hoy, ha de ser
escuela de humanidad.
El testimonio de vida de los misioneros
36. En esta sociedad, la primacía de la evangelización la tiene «el testimo-
nio», ofrecido como fruto significativo del encuentro con el Resucitado (cfr.
Evangelii nuntiandi, nº 41). Hoy es sobre todo el testimonio de comunión y de
misericordia lo que «atrae» a otros a recorrer la hermosa aventura de la fe y
hacer de Cristo el centro de sus vidas: «La Iglesia, como “comunidad de amor”,
está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que es comunión y así atraer
169
a las personas y a los pueblos hacia Cristo. Por tanto, la comunión vivida con
intensidad es por sí misma misionera: «La comunión y la misión están profun-
damente unidas entre sí […] La comunión es misionera y la misión es para la
comunión» (DA, nº 163; ver nsº154-163).
IV. LA APASIONANTE ALEGRÍA DEL EVANGELIO
El encuentro con el Resucitado, fuente de alegría apasionante
37. La alegría de los discípulos y misioneros tiene su motivación más
profunda en el encuentro personal con Cristo Resucitado (cf. Mt 28,9; Jn
20,20). Por ello, el aspecto fundamental de la alegría en el Nuevo Testamento
es el encuentro con el Resucitado, fuente de la alegría apasionante de la vida
cristiana. La aparición de Cristo Resucitado a las mujeres en Mt 28,9 y a los
discípulos en Jerusalén revela la gran alegría por la resurrección de Cristo.
Asimismo, el relato de los discípulos de Emaús que, tanto desde el punto de
vista literario como teológico, gira en torno a la centralidad del mensaje que
anuncia que “Jesús vive” (cfr. Lc 24,23), nos abre el camino para descubrir
cómo se pasa de la tristeza a la gran alegría por el Resucitado. A partir de
ese relato se pueden indicar varios ámbitos de la presencia del resucitado,
que pueden iluminar toda realidad humana, especialmente las situaciones de
decepción y de frustración de cualquier persona, hasta llevar a la plenitud de
la alegría.
De la tristeza a la alegría en el encuentro con el Resucitado
38. En la escena del camino de Emaús la presencia de Jesús, el viviente, en
el camino de la vida es una presencia desapercibida, pero no por ello menos real.
Es una presencia discreta, misteriosa, que consuela, que interpela, que invita a
la comunicación, al recuerdo, a hacer memoria. En el encuentro con el otro y
con los otros, abierto al diálogo, va el Señor abriendo el corazón humano para
pasar de la tristeza a la alegría. Lo primero que requiere el diálogo es el reco-
nocimiento y la valoración del otro y de los otros, así como de su palabra. El
camino “hacia Emaús” es el camino de la humanidad sufriente, decepcionada
y deprimida, el lugar de la humanidad frustrada y desesperanzada. Y Jesús, el
Viviente, sin que sepamos exactamente cómo, se ha acercado y es el compañe-
ro de aquellos discípulos y de todos los dolientes de la historia. Pero por esta
presencia del Resucitado, incluso desapercibida, el corazón humano empieza a
ponerse en ascuas y a palpitar a ritmo emocionado.
170
Junto a “los otros” en las periferias del mundo
39. Jesús, el resucitado, habiéndose acercado, “caminaba con ellos” (Lc
24,15). El Resucitado no se desentiende de este mundo, sino que se hace ca-
minante solidario y encontradizo, para entablar diálogo con sus hermanos y
reconducirlos a la vida y a la alegría. Como Jesús, también la Iglesia ha de
ser mediadora de este encuentro y debe salir a las “periferias geográficas y
existenciales” –como dice el papa Francisco-, para ir en busca de los alejados,
de los diferentes y, sobre todo, de los excluidos y descartados en el ámbito
eclesial, social y político. Y hay que dar la palabra a los “otros”, para que los
desfavorecidos, los diferentes y los marginados puedan narrar su historia, contar
sus hechos, sus preocupaciones, sus frustraciones y fracasos. Especialmente la
palabra de las mujeres ha sido minusvalorada y desacreditada en la sociedad,
sin embargo, su testimonio y su palabra constituyen la palabra más relevante de
todo el texto de Emaús al anunciar a los discípulos el mensaje que ellas, a su
vez, habían recibido en la tumba vacía, a saber, que Cristo vive (cfr. Lc 24,23).
La presencia del Resucitado en la Palabra compartida
40. La misión de la Iglesia consiste a todos los ámbitos de la vida humana,
de manera especial en ir a los espacios de muerte, de decepción y de deses-
peranza, en ir al mundo del dolor y del desconsuelo, para oír y transmitir en
el fondo de tanto sepulcro la gran palabra de la esperanza y la alegría que
anuncia la vida que procede de Dios Padre. En el relato de Emaús mientras
Jesús explicaba todo esto el corazón de los discípulos estaba ardiendo de
alegría. Es la palabra de Jesús que comunica la gran alegría de la salvación.
Esta alegría se produce por la presencia inaudita del Resucitado en la Pala-
bra. Y toda la acción evangelizadora y misionera de la Iglesia debe apuntar
a la presentación explícita del misterio de Jesucristo, pues de él hablan todas
las Escrituras. Los evangelios relatan el camino de Jesús que nos invita a
la entrega de la vida a favor de los demás. Y entre sus mensajes de alegría
destaca el anuncio de las Bienaventuranzas, auténtica síntesis antológica de
la alegría del Evangelio.
La “dicha”, plenitud de alegría en las bienaventuranzas
41. El Sermón de la montaña del evangelio de Mateo comienza con las
bienaventuranzas (Mt 5,1-12) donde Jesús proclama la dicha del Reino de
Dios como una propuesta de alegría, de alcance universal, que presenta a
171
los pobres de la tierra y a los que se hacen pobres por amor a Dios y al
prójimo como los destinatarios primeros de la dicha propia del Reino. La
palabra “dichoso” expresa una profunda alegría interior en la persona, que
no depende de las circunstancias externas a la persona. Esa alegría no la
puede quitar nada ni nadie, porque tiene su origen en Dios y su Reino; se
puede vivir hasta en situaciones adversas o de sufrimiento y el motivo de la
alegría es siempre, explícita o implícitamente, Dios. El Papa Francisco ha
escrito en Gaudete et Exsultate: “La palabra “feliz”, o “bienaventurado”,
pasa a ser sinónimo de “santo”, porque expresa que la persona que es fiel a
Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (GE
64). Las bienaventuranzas, por ser la dicha cuya fuente es Dios, constituyen
el mejor fundamento de la “opción preferencial y evangélica por los pobres”
en el mensaje de Jesús.
La alegría paradójica de las bienaventuranzas en Dios
42. Las bienaventuranzas contienen paradojas sagradas, especialmente en
las primeras de Mateo en el sermón de la montaña y sus paralelos lucanos:
en ellas hay afirmaciones fundamentales que revelan a los seres humanos en
estados de severa dificultad, pobreza, aflicción, desamparo, hambre, sed, como
destinatarios del Reino de Dios y de los bienes de consuelo, alegría y superación
de las necesidades. También el favor de Dios tiene como destinatarios a todos
aquellos que actúan con misericordia a favor de los necesitados, con limpieza
de corazón, generando la paz en el mundo hasta asumir incluso la persecución
por su fidelidad a la justicia de Dios. En todas las bienaventuranzas la alegría
tiene su origen en Dios que es la verdadera causa de la “dicha” en plenitud y
de la “santidad” de la que participan los seres humanos.
La gran alegría y la misericordia de Dios
43. La alegría del Evangelio está íntimamente vinculada a la misericordia de
Dios Padre cuya manifestación más plena ha sido la entrega de su Hijo Jesús
hasta dar la vida y resucitar de entre los muertos. Lo ha formulado espléndida-
mente el apóstol Pedro en su Primera Carta (1Pe 1,3-6). Asimismo, la revela-
ción divina manifiesta la alegría del Padre en la parábola del hijo pródigo (Lc
15,32). En ella la conmoción del padre que “misericordea” culmina en un beso
efusivo y en la fiesta que desencadena. Como el padre de la parábola del hijo
pródigo, Jesús es también el Buen Pastor que experimenta la alegría cuando
encuentra a la oveja perdida (Lc 15,5).
172
La alegría de las Bienaventuranzas es la alegría de la Pasión de Cristo
44. El amor de Cristo hasta la entrega de la vida en la Pasión es el que nos
lleva desde su alegría a la plenitud de la alegría (Jn 15,13-14). “Nadie tiene amor
más grande que quien da su vida por sus amigos: Ustedes son mis amigos” (Jn
15,13-14). El amor de Jesús consiste en exponer la vida a favor de los otros, tal
como él hizo en la cruz. Ése es el amor que revela al Padre, y que constituye la
alegría en plenitud para la vida humana. […] La Primera carta de Pedro acentúa
el tema de la alegría con la bienaventuranza dedicada a la Pasión de Cristo (1 Pe
4,12-13) […]: “Al contrario, estén alegres en la medida que tienen parte en la
pasión de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocen de la alegría
desbordante”. La adhesión a la persona de Cristo es lo que capacita a los creyen-
tes para vivir como él y según él. […]: haciendo el bien, como personas justas
y confiando siempre en Dios (cf. 1 Pe 4,18.19; 2,23; 3,17-18). Es precisamente
este sufrimiento el que ya lleva consigo, paradójicamente, la gloria y por tanto la
dicha y la gran alegría de la bienaventuranza. De esta alegría es particularmente
testigo todo misionero pues “Dios le concederá valor y fortaleza para que vea la
abundancia de gozo que se encierra en la experiencia intensa de la tribulación y de
la absoluta pobreza” (AG 24). Por ello Pedro proclama la dicha cristiana en medio
del sufrimiento fundamentándola en que el Espíritu de la gloria reposa sobre los
creyentes: “Dichosos ustedes, si son injuriados por el nombre de Cristo, pues el
Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre ustedes” (1 Pe 4,14).
La alegría procedente del amor sacrificial es el colmo de la alegría
45. También San Pablo anuncia la alegría de la fe en sus cartas, como un don
del Espíritu en los creyentes, propiciado por el Evangelio y la acogida del mismo
(1 Tes 1,6; 3,9). […] La alegría es al mismo tiempo un fruto del amor, del sacri-
ficio por los demás. El sacrificio personal conduce a la alegría cristiana. Creer en
Cristo supone sufrir por Cristo (Flp 1,29-30). El sacrificio es la prueba del amor y
por eso la alegría que de él se deriva es el colmo del amor. Por eso Cristo muerto
y resucitado, el Señor, es el fundamento de la alegría y el Reino de Dios es defi-
nido por Pablo como justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo (cfr. Rom 14,17).
La alegría Eucarística por la presencia del Resucitado en el pan partido
46. La alegría cristiana tiene su culminación en la celebración eucarística10.
En el relato de Emaús la celebración eucarística de la fracción del pan es la
10 Cf. IL 124-129.
173
presencia reconocida y gozosa del Resucitado en el mundo y constituye, tal
como ha formulado reiteradamente el Concilio Vaticano II, la fuente y cumbre
de la vida cristiana. La Eucaristía es “Pan partido para la vida del mundo”. Este
gesto primordial de “partir el pan” revela en sí mismo la identidad profunda del
crucificado y resucitado (Lc 24,35), recapitula todo su misterio y constituye el
símbolo primordial de la vida de Cristo y de la Iglesia.
La alegría eucarística es exultante
47. De manera semejante en Hch 2,46 se indica que los creyentes partían el
pan en las casas y compartían la comida con gran alegría y sencillez de corazón.
La alegría de la Eucaristía es una alegría exultante, mesiánica, desbordante. Tras el
encuentro con Jesús y el reconocimiento de su identidad, los discípulos de Emaús,
llenos de alegría, experimentaron la liberación profunda que significa el paso de
una vida sumergida en el absurdo, la frustración y la desesperanza a una conducta
nueva, caracterizada por el testimonio gozoso de la presencia viva del Señor.
V. TESTIGOS DE LA COMUNIÓN Y DE LA RECONCILIACIÓN
La misericordia de Dios sobre el hombre en su situación de miseria
48. La misericordia es el rostro polifacético del amor de Dios ante la mise-
ria del hombre, al cual Dios le ofrece la ayuda concreta y adecuada mediante
sus misericordias, es decir, mediante sus obras concretas de misericordia. Y esa
misericordia es la que Dios quiere también entre los seres humanos, tal como
refleja la expresión de Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Os 6,6; cf.
Mt 9,13; 12,7; Mi 6,8; Is 58,6-10). Jesucristo es el rostro vivo de la misericordia
del Padre (MV 1) y nos invita a poner en práctica la misericordia entre nosotros
especialmente en la parábola del buen Samaritano (Lc 10,29-37). Ésta resalta la
ejemplaridad de la misericordia en el que se hizo prójimo de aquel ser humano
sumido en la miseria. “Misericordear” consiste en volcar el corazón hacia el otro
en situación de miseria y prestarle ayuda adecuada, oportuna y concreta. Es el
amor que lleva consigo la valoración y el reconocimiento del otro, independien-
temente de su procedencia y de su identidad social, étnica, cultural o religiosa.
Testigos de comunión y de misericordia
49. Ser testigos de comunión y misericordia significa proponer la dimensión
materna de la Iglesia mediante comunidades acogedoras, de cercanía afectuosa,
174
escucha y diálogo, que comparte y sale al encuentro de todos (DA, ns° 226,d;
272; 363). Ser testigos es rescatar la dimensión social de la vida cristiana, ocu-
pándose de la dignidad humana, de la atención desinteresada de enfermos y po-
bres, ignorantes y marginados, migrantes y refugiados, víctimas de la violencia
y encarcelados (DA, ns° 98; 105; 140; 275). También es exigencia de la vida en
santidad, la que no se vive sino en diálogo con las necesidades del mundo. Hay
que evangelizar «cristificando la corporalidad» por lo que hay que anunciar que
Jesús es «el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre» (DA, n° 392)
en quien «habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9).
La evangelización como encuentro de corporalidades
50. Pensemos, entonces, la evangelización como encuentros de rostros y
corporalidades: la mía con la de Jesús. Pablo emplea el término «imagen» para
explicar la transformación a la que está llamado el discípulo de Jesucristo quien
es la «imagen de Dios invisible» (Col 1,15; 2 Cor 4,4). El cristiano, partícipe
de la vida trinitaria por el Bautismo, ha dejado atrás «la imagen» del hombre
terrenal, la del primer Adán, para reproducir «la imagen» del Hombre celes-
tial, Jesucristo, nuevo Adán (Rm 8,29; 1 Cor 15,45.49), imagen a la que está
llamado a adquirir en plenitud por la acción del Espíritu (2 Cor 3,18; DA, nº
27). Por Jesucristo, «imagen de Dios invisible», el discípulo «se despoja» del
hombre viejo con sus obras y «se reviste» de una nueva corporalidad conforme
a «la imagen de su Creador», para que Cristo sea todo en todos (Col 3,9-11).
Un modo privilegiado de evangelizar hoy es mediante rostros y cuerpos trans-
formados que se proponen como «iconografías del Resucitado» para revelar
sus rasgos en medio de cuerpos desfigurados por el dolor y el vacío existencial
que sin saberlo buscan plenitud para sus vidas. Más que discursos se requieren
«imágenes» como las del que, por ser discípulo de Jesús, testimonian clara-
mente alegría, paz, felicidad, solidaridad…, no porque lo dice, sino porque su
rostro y su cuerpo lo expresan mediante la forma que saluda, conversa, gesticu-
la, abraza…, es decir, mediante cómo se relaciona empleando su corporalidad
como canal de comunicación. Se trata de rostros y cuerpos que visibilizan con
claridad al Resucitado en medio de los rostros y cuerpos de nuestra sociedad.
Evangelizar, transformándose en imagen de Cristo
51. Esto significa que para evangelizar hay que transformarse en imagen de
Cristo y comunicar corporalmente lo que Dios hace en mí y en su comunidad
por su Hijo y la acción del Espíritu. Nuestra corporalidad se evangeliza cuando
175
en el encuentro con Cristo adquirimos progresivamente sus sentimientos y acti-
tudes (Flp 2,5). Un rostro evangelizado es un «hombre nuevo» (Ef 2,15; 4,24)
o una «criatura nueva» (2 Cor 5,17; Gál 6,15) que, transformado en imagen de
Cristo, refleja por su corporalidad lo que el Resucitado hizo en él.
La familia protagonista de la Evangelización
52. Otra nota distintiva de la evangelización hoy debiera ser el protagonis-
mo de las familias cristianas y de las comunidades eclesiales (DA, n. 432-437 y
n. 178-180). Al igual que el discípulo está llamado a «corporalizar» a su Señor,
las familias y comunidades a «encarnar» la Iglesia con sus dones, carismas y
servicio. Su vocación es ser Iglesias domésticas. De este modo, familias y co-
munidades en quienes toda la Iglesia está presente, tienen la misión de irradiar
el Rostro resucitado de su Cabeza, Jesucristo, y ponerse al servicio del mundo
como sacramento de comunión y vida para todos.
Reconciliar en un mundo de violencia contra la mujer
53. América Latina (AL) es la región más violenta del mundo hacia las mu-
jeres, tal como señala un informe de la ONU sobre las mujeres en 2017. Esta
violencia tiene mayores índices en Centroamérica y México. Las tasas de femi-
nicidio en la región son las más altas del mundo. Según el informe, en 16 países
de América Latina y el Caribe se registraron en 2016 un total de 1.831 asesinatos
de mujeres frente a 1.661 en 2015. Acompaña a la violencia hacia las mujeres,
una violencia social más amplia y que afecta a 42 ciudades de América Latina.
Reconciliar en un mundo de pobreza y desigualdad
54. A la violencia acompaña la pobreza y en algunas situaciones están íntima-
mente imbricadas. La CEPAL presentó este año el Panorama Social 2017 de AL y
el Caribe, en el que se muestra que la pobreza extrema pasó de 8,2% en 2014 a un
10% en 2016. Mientras que la pobreza aumentó de 28.5% en 2014 a 30.7% en 2016.
La desigualdad en los ingresos en la región (de acuerdo al coeficiente de Gini), pasó
de 0,538 en 2002 a 0,467 en 2016, siendo la región más desigual del mundo.
Reconciliar en un mundo roto por la corrupción
55. Junto a tales problemáticas sociales de impacto en la región se da tam-
bién la corrupción en muchos gobiernos, instituciones y empresas, tal como se
176
ha podido evidenciar en los últimos años. La corrupción constituye una gran
dificultad para que la riqueza de los pueblos pueda beneficiar a más personas,
debido a la ambición y a la codicia de muchos dirigentes sociales, políticos y
económicos. Las democracias están atravesando dificultades muy amplias en
su espectro (institucional, de representación, de control social y de ejercicio
del poder), lo que ocasiona inestabilidad política y agudas crisis sociales y
económicas que, como siempre, afectan más a los pobres, a los marginados, a
los “descartables” por quienes intercede continuamente el papa Francisco.
Otras situaciones humanas clamorosas
56. Otras situaciones como el narcotráfico, el tráfico humano, la calidad
de vida en salud y educación, o el fenómeno migratorio (con las indignantes
imágenes y el llanto de los niños separados de sus padres en la frontera entre
USA y México, recientes aún en la memoria), son clamores de la vida que nos
invitan a una respuesta de fe. Una de las más sentidas son las crisis que se dan
en las familias, desde la desintegración y el cambio de valores o la inestabilidad
y crisis de sentido de las mismas. Los núcleos familiares, deben ser parte de
un compromiso misionero para generar encuentros sanadores, reconciliadores
y de defensa de la vida.
Realidades eclesiales que reclaman justicia
57. También a nivel eclesial tenemos tristes y dolorosas realidades que
claman justicia como son las situaciones de abuso y pedofilia en distintas ju-
risdicciones eclesiásticas del continente, los escándalos sobre el uso del dinero.
Todo ello nos está hablando de crisis de humanidad y no pueden ser ignoradas
ni pueden transferirse responsabilidades exclusivas a determinadas instancias.
Para un cristiano, la humanidad es su familia y el mundo su casa, pues comparte
con toda persona humana (más allá de sus creencias y opciones) una condición
que es don y creación de Dios. Las dificultades y problemáticas de la humanidad
tienen que ser asunto de la labor misionera de la Iglesia, sea donde sea, porque,
parafraseando a san Agustín, nada humano nos es ajeno.
El clamor de la Hermana Madre Tierra
58. Cada día vamos teniendo más conciencia (lo que no necesariamente
signifique más acciones para el cambio) respecto de la crisis medioambiental
global, con la contaminación de las aguas, el extractivismo secante de minera-
177
les, petróleo o gas; las deforestaciones que amenazan la biodiversidad y los
ecosistemas, por lo que la vida humana también se ve amenazada, la conta-
minación del aire y las emisiones de gases que generan el efecto invernadero,
así como la explotación irracional de la tierra y sus recursos para financiar la
riqueza de unos cuantos en sociedades cada vez más consumistas.
La Misión reconciliadora de Cristo y de la Iglesia
59. La esperanza cristiana, frente a la historia y las historias, realiza su
misión de reconciliación para recrear desde la justicia las rupturas que se
presentan en nuestro mundo. Pues la sangre derramada por Jesús en la cruz
es la que obra definitivamente la más profunda reconciliación entre Dios y
humanidad, así como con la creación. Así nos señala el himno Cristológico
de Colosenses (Col 1, 15-22): “Él es la imagen del Dios invisible, primo-
génito de toda creatura. Porque por medio de él fueron creadas todas las
cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; Tronos,
Dominaciones, Principados o Potestades; todo ha sido creado por medio de
él y para él. Él es anterior a todo y todo se mantiene en él. Él es también la
cabeza del cuerpo de la Iglesia; él es el principio, el primogénito de entre
los muertos, y así es primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera
toda plenitud, y por él quiso reconciliar todas las cosas consigo, haciendo
la paz por la sangre de su cruz, con todos los seres, así del cielo como de
la tierra. Y aunque ustedes antes estaban alejados y eran de ánimo hostil,
ocupados en malas obras, sin embargo, ahora él los ha reconciliado en su
cuerpo de carne, mediante su muerte, a fin de presentarse santos, sin mancha
e irreprensibles delante de él”.
La reconciliación, consecuencia extraordinaria del perdón
60. La reconciliación con Dios y entre los seres humanos está directamen-
te unida al perdón, pues es su consecuencia inmediata (IL 148-164). Pablo
propone el evangelio de la reconciliación (Ef 6,15), que encuentra su raíz en 2
Cor 5,17-20: “Donde hay un cristiano hay humanidad nueva; lo viejo ha pa-
sado; miren, existe algo nuevo. Y todo esto es obra de Dios, que nos reconcilió
consigo a través de Cristo y nos encomendó el servicio de la reconciliación…
poniendo en nuestras manos el mensaje de la reconciliación… Por Cristo se
lo pido, ¡déjense reconciliar con Dios!”. La reconciliación fraterna presupone
la reconciliación con Dios, fuente única de gracia y de perdón, que alcanza
su expresión y realización en el sacramento de la penitencia que Dios nos
178
regala a través de la Iglesia. Mediante su Pasión, Muerte y Resurrección el
Señor Jesús nos da el don de la reconciliación como obra del Espíritu Santo.
La misión de reconciliación en todas las dimensiones
61. La misión de reconciliación es hoy urgente, en sus múltiples dimen-
siones: con Dios, con la humanidad, con nosotros mismos y con la naturaleza,
pues, como señala el Papa Francisco en la Encíclica Laudato Si`, hay una sola
crisis socio ambiental: “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social,
sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución
requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la
dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza” (LS 139).
“Pero hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico
se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las
discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como
el clamor de los pobres” (LS, 49).
La reconciliación en el seno de la comunidad eclesial
62. En el seno de la comunidad cristiana también es precisa y urgente una
reconciliación que nazca del reconocernos pecadores e invitados continua-
mente a experimentar la misericordia de Dios que sana todas las heridas. En
un mundo que pierde el sentido de Dios, debemos buscar una más profunda
unión con Cristo en los misterios de su vida. Hay muchas víctimas que claman
justicia frente a relaciones de poder que derivaron en abusos y han mellado el
testimonio que deberíamos dar como personas creyentes en el Dios de Jesús. Y
aún se mantienen roles y ejercicio de poder que son contrarios al mensaje del
Evangelio porque pretenden privilegios, humillan a los pequeños del Reino de
Dios o marginan el protagonismo de la mujer en la comunidad cristiana, cuando
en todos los espacios de nuestras comunidades son ellas las que más participan,
sirven, acogen y engendran a la vida de fe.
El perdón, verdadero camino de salvación
63. El perdón se practica en un proceso que lleva a la reconciliación. El
perdón exige que, de una u otra forma, el agresor y la víctima recorran “de
nuevo”, juntos, ahora de forma sana, la misma historia que acabó en desgracia
por la agresión, o por el pecado. El perdón es un acto salvador que se opone
al acto condenatorio, regenera al pecador, regenera a los otros y regenera el
179
tejido social donde se produjo el acto pecador. Sólo quien perdona salva de
verdad y en plenitud. Perdonar supone sanar al pecador y, a la vez, debe sanar
la realidad donde se produjo el pecado y debe sanar la realidad que fue dañada
por el pecado. El Crucificado es el intermediario, libre de toda culpa e inocente,
que actúa como reflejo, en el que queda reflejada la injusticia de la situación y
actúa como juez y sentencia. Dictamina la injusticia de la situación, pero emite
un juicio absolutorio al cual puede acogerse el culpable.
La práctica del perdón, camino hacia una nueva sociedad
64. No se puede transformar la sociedad si no se introduce en su seno la
práctica del perdón. Ésta es una dimensión profundamente misionera del per-
dón. Sólo el perdón es capaz de recrear y regenerar lo destruido por el pecado.
El castigo sólo es bueno si ayuda al pecador a reconocer las consecuencias de
su pecado, a reconocerse pecador y, por tanto, a disponerse a pedir perdón. Por
ello no tienen sentido en nuestros Estados ni la pena de muerte ni la cadena
perpetua. Cristo en la cruz es el prójimo samaritano que nos perdona a todos
los pecadores e intercede por nosotros ante el Padre poniendo fin a la cultura
cainita de la aniquilación del otro y abriendo el camino de la cultura samaritana
de la atención, regeneración y rehabilitación del otro.
La llamada de Dios a la Comunión universal
65. Siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos
unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal,
una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde
(cf. LS, 89). Esta Comunión, perfilada desde la reconciliación con Dios, con la
humanidad, con nosotros mismos y con la naturaleza exige un testimonio de
misericordia por unos y por otros: “No puede ser real un sentimiento de íntima
unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón
no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos” (LS, 91).
Ésta es la visión de una ecología integral que apunta a realizar la plenitud de
Comunión de Vida en Dios. El deseo de Comunión, de que Dios sea todo en
todo (1 Cor. 15, 28), se va materializando en nuestra vida presente cuando la
unidad, la comunión de bienes para la humanidad, el respeto a la diferencia,
la aceptación de opiniones diferentes, la diversidad de carismas, el servicio
desinteresado más allá de nuestras creencias o el diálogo con otras culturas
y religiones son las acciones que emprendemos con valentía y sin miedo por
afincarnos en nuestras propias seguridades y certezas.
180
La “koinonía”, comunión con Dios, con la Iglesia y con los pobres
66. La plenitud de la reconciliación es la “koinonía” o comunión profunda
espiritual y visible, con Dios y con los hermanos. A partir de la comunión con
Dios, que se hace celebración en la Eucaristía, los creyentes estamos llamados
a vivir la más profunda comunión con los hermanos de la comunidad eclesial,
compartiendo la vida, los dones recibidos y los bienes, con ellos y con todos
los pobres, sean éstos miembros o no de la comunidad cristiana. La koinonía o
“comunión con Dios y con los hermanos” es la meta última de la misericordia y
de la reconciliación. La koinonía es solidaridad en el compartir los bienes en la
comunidad (Hch 2,42) y con los pobres, cercanos y lejanos, tal como se expresa
en la línea maestra de la evangelización de nuestro continente mediante la opción
preferencial y evangélica por los pobres, cuyo argumento teológico y cristológico
fundamental se encuentra en 2Cor 8,9: “Cristo se hizo pobre por nosotros”.
El fundamento cristológico de la opción preferencial y evangélica por los
pobres
67. Como el mismo Jesús se identifica con los que sufren (Mt 25,31-46), el
servicio a los pobres «es una dimensión constitutiva de nuestra fe» por lo que la
opción por ellos está implícita en la fe cristológica; de aquí se deduce –por un
lado– que la adhesión a Jesús «nos hace amigos de los pobres, y solidarios con
su destino» y –por otro– que el servicio a ellos es servicio al Señor crucificado
que, en ellos y por ellos, anhela adquirir los rasgos propios del Resucitado que
humaniza y da dignidad (DA, n. 257 y 392-393). Así como los primeros discí-
pulos testimoniaban su fe siendo solidarios en tiempos de guerras, hambrunas,
pestes…, así la Iglesia que vive e irradia los rasgos del Resucitado debe salir
al encuentro, por exigencia de su misma fe, de los rostros y cuerpos marcados
con los rasgos ensangrentados del Crucificado.
El dinamismo de liberación integral, de humanización y de reconciliación
68. Estos rasgos desafían al evangelizador por cuanto el Resucitado clama
que nos acerquemos con amor solícito para liberarlos y devolverles la vida. La
evangelización más que nunca tiene que ser propuesta de humanización integral
para estos rostros que están lejos de reproducir la imagen del hombre perfecto,
Jesucristo. Por esto, no podemos concebir el anuncio de Cristo sin que sea
fuente de un «dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconci-
liación y de inserción social» (DA, n. 359). El conocimiento y la vivencia de
181
la Doctrina Social de la Iglesia es fundamental para formar las conciencias y
ayudar a construir sociedades y economías al servicio del desarrollo integral
de las personas (DA, n. 99f; 395; 505).
La comunión Eucarística, máxima expresión de la koinonía
69. La koinonía tiene su origen en Dios que nos llama a vivir en estrecha
e íntima comunión y alianza con Cristo (cf.1Cor 1,9). Esta relación de amor
profundo es manifestación de la fidelidad de Dios en su amor a los seres huma-
nos, que tiene en la comunión eucarística su máxima expresión (1Cor 10,16).
Por eso la comunión en la fracción del pan es participar del Espíritu de unidad,
de fraternidad y de entrega, que se deriva del cuerpo y de la sangre de Cristo
en la Eucaristía, es compartir el Espíritu eucarístico de sacrificio en la entrega
de la vida a los demás y es vivir la solidaridad con los necesitados y con los
pobres hasta las últimas consecuencias. Asimismo, la koinonía es una llamada a
compartir la pasión y resurrección de Cristo, lo cual significa para los creyentes
que hemos de estar dispuestos a asumir y a transformar todo sufrimiento en
oportunidad de gracia para amar y hacer el bien a los demás, con espíritu de
verdadero sacrificio espiritual (cf. Heb 13,16), como Cristo hizo en su Pasión.
VI. MISIÓN PROFÉTICA DE LA IGLESIA EN LA ACTUALIDAD
La identidad profética del creyente católico
70. En virtud del Bautismo todo creyente participa de la Misión proféti-
ca de parte de Dios, que nace del encuentro personal con Dios. Entre Dios
y el profeta tiene lugar un encuentro maravilloso, un encuentro de amor, un
encuentro personal, de persona a persona, mediante el cual el profeta recibe
un encargo que lo saca de sí mismo y lo pone a mirar hacia adelante con una
misión de beneficiar a la humanidad y específicamente para buscar al que está
perdido, sea éste persona o pueblo. Etimológicamente un “profeta” significa
la persona que habla claro en nombre de Dios, delante de otros y orientado al
futuro. El profetismo es ante todo dedicación a la Palabra de Dios. El primado
de la Palabra es para transmitir el mensaje de Dios al pueblo. El profeta hace
uso de tres medios: la palabra hablada, la palabra escrita y la acción simbólica.
En aras de la claridad, el profeta, ayer y hoy, se hace ante todo discípulo para
ser iluminado en contacto con el pueblo y con Dios. Antes de ser maestro el
profeta es discípulo y tiene una sensibilidad especial por las exigencias de la
justicia hacia las periferias.
182
Profetas de la justicia y de la misericordia
71. Hay en el profeta una sensibilidad especial por las exigencias de la
justicia hacia las periferias. El primero de los profetas del Antiguo Testamento
que pusieron por escrito su mensaje fue Amós, en cierto modo, paradigma de
todos los profetas. Él da a conocer los sentimientos de Dios que rechaza un
culto aislado de la vida, una liturgia separada de la justicia, una fe despojada
de obras. Por eso, su palabra es dura y clara: “Yo detesto, rechazo sus fiestas.
Aparten de mí el ronroneo de sus canciones, no quiero oír la salmodia de sus
arpas. Que fluya sí el derecho como agua y la justicia como arroyo perenne
(Amós 5,21-22.24). Estas dos palabras de Amós, Mispat y Sedaqá, Derecho
y Justicia, parecen dos expresiones iguales, como dos sinónimos y a veces
así son usadas en la Biblia. Pero, en realidad, estos dos términos expresan
realidades diferentes: Mispat es la justicia aplicada rectamente por el juez
según lo determinan las leyes, sin excepciones, con todo su peso y su rigor.
Sedaqá es la justicia aplicada por el justo el cual tiende a modificar la estrecha
justicia añadiéndole ese tanto de misericordia que le impida transformarse
en injuria. En la parábola del hijo pródigo, el hermano mayor pedía estricta
justicia (Mispat); el papá en cambio juntaba la justicia con la misericordia
(Sedaqá).
Misión y profetismo centrados en Jesucristo y en el Reino de Dios
72. El ministerio profético sigue siendo necesario hoy como lo fue en el
pasado. Por eso, necesitamos evocar al profeta por antonomasia: Jesús de
Nazaret. Él es el profeta –y más que profeta–, que puso en práctica de la ma-
nera más radical los principales elementos del ministerio y de la imaginación
profética. El profetismo y el testimonio del discípulo misionero se insertan
en el proyecto de Jesucristo, que es instaurar el Reino de Dios y de su amor
en los corazones humanos y en las relaciones sociales (IL 172-179). El co-
mienzo de la novedad de vida que el Reino lleva consigo se hace patente en
la palabra y en las obras de Jesús, pero alcanza su culmen y su plenitud en
la cruz gloriosa del Señor, en su muerte y resurrección, donde el Reinado de
Dios ya ha llegado a los hombres con potencia (cf. Mc 9,1). El profetismo y
el testimonio cristiano, desde una Iglesia misionera, se orienta hacia el Reino
de Dios: El Papa Francisco lo ha expresado formidablemente: “El eclesio-
centrismo se previene y se cura con el remedio de centrarse en la misión:
poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en
Jesucristo, de entrega a los pobres” (EG 97). “La sociedad tiene necesidad
183
de testigos en todos los campos: artistas, científicos, trabajadores, especia-
listas, profesores, padres y madres etc.” (cf. Documento de Aparecida 496).
La Opción preferencial y evangélica por los pobres en una Iglesia profética
73. Uno de los aspectos trascendentales de la Iglesia posconciliar en Amé-
rica ha sido y sigue siendo la opción preferencial y evangélica por los pobres.
Aparecida destaca que Jesús está presente en los más necesitados11 y pone su
énfasis en los pobres: “Para la Iglesia, la opción por los pobres es una categoría
teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica”12. “Por eso [dice
el Papa] quiero una Iglesia pobre para los pobres”13 y “La necesidad de resolver
las causas estructurales de la pobreza no puede esperar”14. Es indispensable
prestar atención para estar cerca de las nuevas formas de pobreza y fragilidad15
y afrontar proféticamente la cuestión de la dignidad humana y el fenómeno de
la migración, los problemas ecológicos y la situación de las personas mayores.
La opción por los pobres procede del mismo Jesús
74. Esta opción por los pobres procede de Jesús. Los pobres son los pri-
meros destinatarios del Evangelio de Jesucristo (Lc 4,16-30). Jesús asume la
misión profética de Is 61,1-3 y la interpreta en un sentido universal de libera-
ción de los pobres y oprimidos. La misión de los discípulos es la misma que
la de Jesús y consiste en anunciar a todos los abatidos la cercanía del Reinado
de Dios, esto es, comunicar que los últimos, los marginados, los pobres y los
indigentes son los predilectos del amor de Dios y ocupan el primer puesto en la
misericordia divina. Jesús les enseña que la entrega propia de la vida misionera
debe caracterizarse por la gratuidad, la pobreza asumida y la libertad para la
misión, por la valentía, el coraje y la confianza en Dios ante las dificultades
y por una radicalidad extrema en la fidelidad al Reino de Dios (cf. Mt 10,1-
42). Uno de los retos más urgentes que hoy tiene nuestro mundo es derribar
los muros de la exclusión social, de la explotación económica, de la injusticia
estructural y del racismo xenófobo.
11 Cf. Documento de Aparecida, 31.
12 Evangelii Gaudium, 198.
13 Evangelii Gaudium, 198-199.
14 Evangelii Gaudium, 200.
15 Cf. Evangelii Gaudium, 210-215.
184
La misión de la Iglesia es hacer discípulos y seguidores de Jesús
75. En el final del Evangelio de San Mateo (Mt 28,16-20) Jesús Resucita-
do se aparece a los Once discípulos para encomendarles la misión definitiva y
universal. El encargo misional de Jesús consta sólo de un imperativo: “Hagan
discípulos a todos los pueblos”. El mandato no tiene fronteras, es un envío de
carácter universal, que impulsará a los enviados a convertir en discípulos a todas
las gentes y pueblos, a todas las etnias y culturas, para hacer una sola familia
humana en torno al único Dios y Padre de Jesucristo. Hacer discípulos consiste
en dar a conocer a Jesús para hacer que otros lo sigan. Para ello deben aprender
el nuevo estilo de vida propuesto por Jesús y estar dispuestos a seguirlo hasta
la cruz siendo testigos y misioneros de la paz, de la alegría y del perdón en el
mundo (cf. Jn 20,19-23).
Los principios y tareas de la misión según Ad Gentes
76. Con este gran sentido misionero el objetivo del decreto conciliar “Ad
Gentes” era delinear los principios de la actividad misional. En Ad Gentes se
destacan las ideas de Dios Trinidad que llama a la gratuidad, a la encarnación
y a la interioridad, la de la Iglesia como misterio de comunión y de la actividad
misionera. Entre los grandes principios destaca el de la inculturación16, según
el cual, manteniendo la fidelidad a la Palabra, se debe hacer una iluminación
crítica de las costumbres, del sentido de la vida y del orden social, con gran
respeto a las culturas. Se distinguen tres tareas: la acción misionera con los no
cristianos; la acción ecuménica con los no católicos; y la acción pastoral con
los católicos17 (cf. AG 6).
La llamada a la conversión misionera y profética de la Iglesia
77. A partir de Ad Gentes se han ido sucediendo documentos eclesiales18
de gran relevancia para la misión: Desde Medellín (1968) hasta Aparecida
(2007) con la creación del Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización
(2010) y la publicación Evangelii Gaudium del Papa Francisco (2013) se ha
ido madurando como una llamada a la conversión misionera de la Iglesia. El
16 Cf. AG 22.
17 Cf. AG 6.
18 Documentos Misioneros de la Santa Sede: Apostolicam actuosidades (1965), Evan-
gelii nuntiandi (1975), Redemptoris Missio (1990), Cooperatio missionalis (1998), Evangelii
Gaudium (2013)
185
profeta es una persona llamada y enviada para transmitir la Palabra que él ha
recibido; su tarea consiste en captarla, interpretarla, formularla y comunicarla
al oyente. Lo específico del profetismo es el contacto inmediato con Dios que
envía a presentar un mensaje peculiar y concreto para un tiempo y una situación
determinada. Se ha de hacer un programa misionero para orientar a la Iglesia
a salir a la calle y llegar a las periferias con el anuncio del Evangelio.
Una Iglesia de diálogo entre la fe y la razón, la ciencia y las culturas
78. Otro aspecto esencial para evangelizar hoy es el diálogo entre la fe y la
razón, las ciencias, las culturas, y entre la fe que anunciamos y los múltiples
sentidos que aportan los hombres contemporáneos, ansiosos de un sentido
unitario y pleno para sus vidas. La sabia articulación entre el anuncio de Je-
sucristo y el diálogo con las culturas es un don del Espíritu, constitutivo de la
evangelización (DA, n. 237; cfr. n. 465-466; 497,b). «Los discípulos, quienes
por esencia somos misioneros en virtud del Bautismo y la Confirmación, nos
formamos con un corazón universal, abierto a todas las culturas y a todas las
verdades, cultivando nuestra capacidad de contacto humano y de diálogo» (DA,
n. 377; cfr. n. 283; 363).
Misioneros e interlocutores con los otros
79. Nos corresponde, por tanto, «ser interlocutores» para el diálogo evan-
gelizador con la sociedad y sus culturas, que también nosotros vivimos, y en
las que estamos llamados a testimoniar a Cristo (Pablo VI, Ecclesiam suam,
n° 63). «Interlocutores» como los padres de la Iglesia que llevaron adelante
con lucidez el diálogo de fe con sus contemporáneos en lenguajes y categorías
de pensamiento que entendieran, suscitando la pregunta por Dios y el sentido
último de la vida. «Interlocutores» que no tratan a los demás como un «objeto»
o «destinatario» del mensaje, sino que dialogan con ellos a partir de sus propias
búsquedas, como Pablo a los atenienses (Hech 17,23). Esta evangelización
considera la historia personal y social como «lugar teológico» de la presencia
y acción de Dios, y requiere de empatía, de mirada cordial y conciencia crítica
de las situaciones, sean las que sean.
Protagonismo de los laicos en una comunidad misionera y ministerial
80. Si la Iglesia se entiende a sí misma como comunidad de discípulos
misioneros enviada a anunciar el Evangelio, la evangelización no puede ser
186
compromiso exclusivo del clero y de los consagrados (DA, nº 209), los cuales
ejercen su misión profética mediante su ministerio y mediante su estado de
vida de consagración plena a Dios y a su Reino. Los laicos, por su parte, tanto
en las diócesis, como en las parroquias y comunidades no son destinatarios de
la acción misionera de los que han recibido el sacramento del Orden, sino que
por ser bautizados y confirmados les corresponde en propiedad la misión de la
Iglesia que extiende la misión de Cristo. A los laicos, por tanto, les incumbe la
misión de la Iglesia insertos en las complejas y variables realidades tanto del
ámbito doméstico (familia, trabajo, vecindarios) como de los ámbitos social,
económico y político, donde se toman las decisiones de la vida ciudadana y del
bien común (DA, n. 501-508). La labor evangelizadora como el ámbito donde
se realiza requiere de laicos con sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual
y misionera.
Protagonismo corresponsable de las mujeres en las decisiones, actividades
y ministerios evangelizadores
81. Además de contar con la confianza de sus pastores, los laicos deben
tener la autonomía necesaria, los ministerios y encargos que les permitan
vivir, insertos en mundo, sus compromisos de discípulos misioneros de ma-
nera responsable (DA, nº 211). Particularmente las mujeres no pueden seguir
ocupando un segundo o tercer lugar en la Iglesia (DA, nº 213), sino que por
identidad y misión deben tener parte activa en las decisiones, elaboración y
ejecución de la evangelización. Abrir estos espacios eclesiales no es un favor
que se concede, sino exigencia de su identidad de laicas bautizadas. Sin un
laicado formado, partícipe de la ministerialidad y carismas de la Iglesia para
poder actuar «como verdadero sujeto eclesial y competente interlocutor entre
la Iglesia y la sociedad, y la sociedad y la Iglesia» no será posible una nueva
evangelización (DA, n. 497a).
VII. PROPUESTAS CONCLUSIVAS DE CONVERSIÓN MISIONERA
PARA LA MISIÓN AD GENTES EN AMÉRICA Y DESDE AMÉRICA
1º LA MISIÓN AD GENTES EN Y DESDE AMÉRICA
Jesucristo, el Enviado del Padre en el Espíritu
82. El autor de la Carta a los Hebreos nos invita a tener fija la mirada en
Cristo Jesús (cfr Heb 12, 2). Es lo que queremos hacer para introducir nuestras
187
reflexiones acerca de la “Misión Ad Gentes en y desde América”. El amor de
Dios Trinidad se ha hecho envío en Jesús. Y lo que marcó constantemente la
autoconciencia de Jesús y su actuar ha sido precisamente el hecho fundamen-
tal de “sentirse enviado”. Sólo en el cuarto Evangelio, este título (Enviado),
de forma directa o indirecta aparece unas cuarenta veces. Es el título que más
expresa su conciencia. Cuando, sirviéndose del texto de Isaías 61, 1ss, Jesús
se autopresenta en la sinagoga de Nazaret, afirma que el Espíritu del Señor lo
ha enviado a dar la buena noticia a los pobres (cfr Lc 4, 18). Cristo se siente
ante todo el Enviado por el Padre en el Espíritu para realizar el proyecto
salvífico madurado en el Corazón del Misterio trinitario. Jesucristo todo lo
vive y todo lo asume en función de lo que Él es y se autopercibe, a saber,
como el Enviado (Misionero). Jesús es servidor del anuncio del misterio del
amor infinito de Dios-Trinidad “que quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2, 4). La Misión es su suprema
diaconía.
La Iglesia es Misión
83. Según el Evangelista San Juan, las últimas palabras de Jesús en la cruz
fueron: “Todo está cumplido” (Jn 19, 30). El plan salvífico de Dios ha llegado
así a su consumación en el Misterio Pascual de Pasión, Muerte y Resurrección
de Cristo. La acción misionera, como acción salvífica, no comienza con la
Iglesia, sino que propiamente la misma Iglesia nace de la Misión y prolonga en
el tiempo y en el espacio, en cuanto que “Sacramento Universal de Salvación”
(AG 5) la acción de Dios Trinidad. La misión salvífica brota de la acción de
Cristo y del Espíritu Santo teniendo en el amor del Padre su origen primero
(cfr AG 2). El amor “hasta el extremo” que Cristo nos manifiesta, es el mismo
amor del Padre que lo ha enviado al mundo, por el impulso del Espíritu. La
misión no comienza con la Iglesia, sino que ésta, la Iglesia, se pone a disposi-
ción de la Misión, constituida ella misma en misión ¡La Iglesia es misión! La
actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío de la Iglesia y la
causa misionera debe ser la primera pues la salida misionera es el “paradigma
de toda obra de la Iglesia” (EG 15).
La humanidad entera es el campo inmenso de la única misión global
84. Hay pues, estudiosos de misionología que consideran, debido especial-
mente a los fenómenos complejos de la globalización y de las migraciones, que
no cabe ya distinguir las misiones dentro de la única misión de la Iglesia. Ya no
188
sería de ninguna utilidad tal distinción. Como hay un único Dios que quiere la
salvación de todos, así hay una única Iglesia, servidora del Reino, sacramento
universal de salvación, cuya vida es misión. Ya no habría misiones extranjeras,
ni países o territorio de misión: la humanidad entera es el campo inmenso de
la única misión de la Iglesia. Es una misión global que nos lleva a afrontar un
sistema que mata con hambre, que mata con guerra, que mata al planeta y nos
mata dentro de él.
La misión en América
85. En América conviene tener presente lo que nos dicen nuestros Pasto-
res reunidos en Aparecida (2007) y lo que ya se había afirmado en las ante-
riores asambleas de Puebla (1979) y de Santo Domingo (1992). La situación
es de extrema urgencia: la población latinoamericana desde 1974 al 2004 ha
aumentado sorprendentemente un 80%, mientras que los presbíteros sólo un
40% y las religiosas un 10 %, sin olvidar que los religiosos, presbíteros o
hermanos, han disminuido un 26%... Muchos de estos religiosos llegaban de
Europa y en los últimos años no hay jóvenes misioneros que los sustituyan.
Además, hay otra realidad que nos cuestiona profunda y dolorosamente y
que no nos debe dejar indiferentes…Después de 500 años de presencia y
de evangelización de la Iglesia en América, desafortunadamente aún no ha
surgido una Iglesia de rostro Amerindio, con una jerarquía propia y vida
consagrada.
La vocación a la santidad en el compromiso misionero
86. Para madurar la vocación misionera Ad Gentes hay que entrar en la
lógica cristiana de lo más, de lo mejor, de lo máximo. Mediocridad cristiana y
compromiso misionero no son compatibles, como recuerda el Papa Francisco en
Gaudete et Exsultate: “Dios nos quiere santos y no espera que nos conforme-
mos con una existencia mediocre, aguada, licuada (1). “A cada uno de nosotros
el Señor nos eligió para que “fuésemos santos e irreprochables ante Él por el
amor” (Ef 1, 4). Se trata de un anhelo de santidad que está en imprescindible
conexión con el compromiso misionero”. Y añade: “la santidad es parresía:
es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo […]
Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo esto se incluye
en el vocablo parresía, palabra con que la Biblia expresa también la libertad
de una existencia que está abierta porque se encuentra disponible para Dios y
para los demás.
189
La misión desde América
87. Es sorprendente lo que afirma el Decreto Ad Gentes en un luminoso texto
de espiritualidad misionera: “En una vida realmente evangélica, el misionero, con
mucha paciencia, con longanimidad, con suavidad, con caridad sincera, da testi-
monio del Señor, si es necesario, hasta el derramamiento de la sangre. Pedirá a
Dios fortaleza y valor para conocer la abundancia del gozo que se encuentra en la
experiencia intensa de la tribulación” (AG 24, 2). En la medida en que en nuestro
continente tengamos cristianos que se abran valientemente a la “seducción” de
Cristo, crucificado y vivo, es decir, al fuerte atractivo de la contemplación de su
Rostro, se hará realidad lo que afirma el documento de Puebla: “ha llegado la hora
de intensificar los servicios mutuos entre Iglesias particulares y de proyectarse
más allá de nuestra propia frontera ad gentes. Es verdad que nosotros mismos
necesitamos misioneros. Pero debemos dar desde nuestra pobreza. Por otra par-
te, nuestras iglesias pueden ofrecer algo original e importante: su sentido de la
salvación y de la liberación, la riqueza de su religiosidad popular, la floración de
sus ministerios, su esperanza y la alegría de su fe” (DA 368).
La dulce y confortadora alegría de evangelizar
88. Los documentos de Santo Domingo (1992) y de Aparecida (2007) reco-
nocen que se ha ido difundiendo en nuestro continente una mayor conciencia
del compromiso misionero ad gentes, pero añaden que “es preciso que entremos
en una nueva primavera de la misión ad-inter gentes” (DA 379). “Recobremos
pues el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evan-
gelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo –como Juan
el Bautista, como Pedro y Pablo, como los otros Apóstoles, como esa multitud
de admirables evangelizadores que se han sucedido a lo largo de la historia de la
Iglesia–con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta
la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá que el mundo actual -que
busca a veces con angustia, a veces con esperanza- pueda así recibir el Evan-
gelio a través de ministros del Evangelio cuya vida irradia el fervor de quienes
han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar
su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el
mundo” (EN 80 y DA 552). Nos ayude la compañía siempre cercana, llena de
comprensión y ternura, de María santísima. Ella, Estrella de la Evangelización,
Reina de las Misiones, Nuestra Señora de la Visitación, nos enseñe a salir de
nosotros mismos y a mantenernos fieles en el camino de la misión, el camino
de amor, de sacrificio y de alegre servicio.
190
2º PROPUESTAS DE CONVERSIÓN MISIONERA EN LA IGLESIA
AMERICANA
Educar en la alegría del Resucitado y de las Bienaventuranzas
89. Es preciso potenciar al máximo entre los servidores de la Palabra de
Dios, el conocimiento y la profundización en el misterio central de la fe cris-
tiana, que es el Misterio Pascual de la muerte y resurrección de Jesús y com-
partir sistemáticamente con nuestro Pueblo la preeminencia del mensaje de
las Bienaventuranzas (IL 236-259), que constituyen la verdadera antología del
Evangelio y que resumen la alegría de todo el mensaje cristiano y de los valo-
res del Reino de Dios y su justicia, fomentando la opción preferencial por los
pobres y la creación de espacios de atención a los que sufren y a los excluidos.
Salir a las periferias del mundo para ir al encuentro de los “otros”
90. Es preciso fomentar espacios de diálogo y de alegría en nuestras comu-
nidades e ir a las periferias del dolor, de la marginación y de la pobreza. Crear
medios, métodos e instrumentos para ir a los alejados de la fe y transmitirles la
alegría del Evangelio con un corazón abierto a la universalidad, especialmente
en medio del sufrimiento. Avivar el sentido Ad Gentes e ir con la alegría del
Evangelio al encuentro de las culturas y de la cultura, de la diversidad cul-
tural de nuestros pueblos y del crecimiento cultural de nuestras gentes, con
una atención particular al mundo indígena, a los sectores de población de los
inmigrantes, de todas las víctimas de la violencia y de la droga. Siempre con
el método específico y valores propios del Evangelio que impulsa el diálogo
fraternal, la escucha de los “otros”, de los diferentes y los que sufren, hay que
hacerse presente en los ambientes culturales y generadores de cultura, en las
universidades e instituciones educativas, así como en los medios de comunica-
ción y en las redes sociales de comunicación.
Fomentar el conocimiento de la Biblia y de los Evangelios
91. Se propone promover el conocimiento de la Biblia y especialmente de
los Evangelios como fuente de renovación cultural, de encuentro entre cultu-
ras y pueblos y como camino de paz entre las diversas religiones, y buscar un
espacio público, abierto y plural desde el punto de vista teológico en la Uni-
versidad pública de los países de América (IL 267-270). Asimismo, se propone
crear escuelas interparroquiales misioneras para fomentar sistemáticamente el
191
conocimiento y la difusión de la Biblia como Palabra viva y permanente de
Dios que regenera la vida. También se deben instaurar catequesis bíblicas en
los intersticios de las catequesis sacramentales. La Escuela con Jesús, propia
de la Infancia y Adolescencia Misionera (IAM), en su itinerario de formación
humana, bíblica, espiritual y propuesta de experiencia comunitaria y misionera,
es un espacio propicio y privilegiado para acompañar a niños, adolescentes
y jóvenes en el crecimiento de su fe en comunidad, manteniendo en ellos un
corazón sensible y abierto a la misión ad gentes.
Promover las Comunidades de vida Misionera
92. Se propone promover y apoyar al máximo las Comunidades de Vida
Misionera, desde las Comunidades Eclesiales de Base como desde otras formas
de vida comunitaria eclesial y de movimientos eclesiales, como forma concreta
de vivir la dimensión misionera de la Iglesia, inmersa en el mundo y en las
realidades humanas, sociales y políticas con el método de la Revisión de Vida,
con sus tres pasos fundamentales (Ver, Juzgar y Actuar), como instrumento de
análisis y de transformación personal, eclesial y social desde la fuerza del Es-
píritu (IL 274). Asimismo, se deben seguir fomentando las nuevas y múltiples
formas de cooperación misionera existentes en nuestros países.
Promover la comunión de bienes en la Iglesia y con los pobres
93. Asimismo, crear, fomentar y desarrollar la institución de Cáritas en
todas las comunidades cristianas parroquiales y no parroquiales, con el fin de
hacerse presente desde la práctica de la caridad y de todas las obras de mise-
ricordia de manera organizada y estructurada ante las necesidades materiales
y sociales de nuestra población, especialmente entre los más pobres y nece-
sitados, tanto de cerca como de lejos (IL 275). De este modo se desarrolla la
estructura fundamental de la Iglesia para gestionar la comunión de bienes en
la Iglesia y con los más pobres y necesitados.
Promover la Reconciliación en todos los ámbitos de la vida
94. En primer lugar, hay que fomentar el sacramento del perdón y de la mi-
sericordia de Dios, así como promover, cuidar y atender la Reconciliación en el
ámbito familiar desde nuestras comunidades y parroquias. Es urgente educar para
la reflexión, la escucha, la valoración mutua, el respeto, la comunicación y el en-
cuentro, el amor, el perdón, la alegría sana, la felicidad compartida, la serenidad,
192
la lucidez, la armonía. Asimismo, hay que promover el diálogo entre las religiones
orientado a la Reconciliación. La Iglesia debe ayudar a que todos los actores so-
ciales y políticos participen activamente en los procesos de reconciliación. Sobre
todo, se debe consolidar la opción por los pobres como vía de Reconciliación, y,
no en último lugar, la reconciliación ecológica en favor de la creación de Dios,
cuidando con responsabilidad nuestra Casa Común, la “Hermana, Madre Tierra”.
Fomentar la conciencia de la misión profética y liberadora en todos los
ámbitos sociales
95. Hay que despertar y alimentar la conciencia de la misionariedad de la
Iglesia, cultivando la dinámica vocacional de la Iglesia y de sus miembros en
el servicio al mundo entero. Asimismo, hay que elaborar desde conferencias
episcopales un proyecto misionero, que debe impregnar los planes pastorales
y renovar nuestras estructuras de evangelización, haciéndonos caminar hacia
la misión Ad Gentes, especialmente orientada a todos los ámbitos donde no se
conoce a Cristo o no se viven los valores del Evangelio, particularmente las
comunidades indígenas y los sectores de población dedicados a la gestión eco-
nómica, empresarial, social y política de nuestras sociedades. Y hay que hacer
también un esfuerzo intenso de conexión con la vida real de la gente, asumiendo
y promoviendo la Lectura Creyente de la Realidad como metodología excelen-
te del diálogo con el mundo y de la comunicación del Evangelio, haciéndose
presentes en los diversos ambientes con los medios adecuados y saliendo a
las periferias existenciales y geográficas del mundo para ir al encuentro de los
alejados (IL 290-95). Asimismo, se apoya a las instituciones eclesiales, publicas
y privadas, que trabajan en la creación y desenvolvimiento del Observatorio
Eclesial Americano de los Derechos Humanos con el objetivo de realizar infor-
mes de carácter profético acerca de las situaciones de exclusión, marginación,
opresión, injusticia, corrupción y extorsión de los derechos humanos, sociales,
políticos y económicos en todos los países de América.
La evangelización de la familia como clave cristiana de la transformación
social y cultural
96. Trabajar en un diseño específico de atención a la institución de la familia
y a los problemas familiares desde la Iglesia. A imagen de la familia trinitaria y
de la familia de Nazaret las familias cristianas deben ser comunidades domés-
ticas de vida y de amor auténticamente cristiano. Para ello es preciso trabajar
en el campo educativo y catequético en la formación de los jóvenes para que
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experimenten la vivencia madura del amor como entrega total al otro. Es ne-
cesario trabajar sistemáticamente en la atención eclesial desde las parroquias
a los problemas de las parejas, antes, en y después del matrimonio. Es urgente
consolidar el respeto a la dignidad de la persona en el marco familiar para que
ningún miembro de la familia sea maltratado, particularmente las mujeres y los
niños. Es también urgente educar en el respeto a la vida como un don de Dios
desde el primer momento de la concepción hasta la muerte natural. Es apre-
miante asimismo educar a los jóvenes desde las familias y desde las parroquias
en el sentido y en el valor cristiano de la sexualidad.
Potenciar una Iglesia misionera más ministerial y laical
97. Potenciar el desarrollo de una “Iglesia en salida” que vaya rompiendo
los moldes de una Iglesia demasiado Clerical y abra caminos firmes y decididos
hacia una Iglesia más Ministerial y con participación laical que pone su mirada
en Cristo y en los hermanos necesitados, desorientados y en los no creyentes.
Potenciar una Iglesia en la que los laicos asuman su gran responsabilidad tes-
timonial y misionera orientada desde la alegría del Evangelio al servicio a los
otros, a los que sufren y a los pobres. Se deben plantear en serio formas de
liderazgo laical (de varones y mujeres) en la comunidad eclesial, con respon-
sabilidades, funciones y autoridad correspondiente, reconociendo su servicio a
la evangelización como una realidad viva.
Promover y cuidar las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa
98. Es preciso promover y cuidar las vocaciones a la vida sacerdotal y
religiosa como formas de vida evangelizadora y profética en el mundo actual.
Para ello hay que replantear el modelo de “formación” que se tiene y procurar
un proceso formativo basado en la experiencia de Dios, de contacto con la rea-
lidad y de madurez humana y de fe. Es importante implementar la dimensión
misionera como línea transversal en la formación humana, espiritual y teológica
de los candidatos a la vida sacerdotal y consagrada, y también colocar la asig-
natura de misionología en el pensum de estudio de los seminarios e institutos
de formación teológico pastoral.
Celebrar la fe y la religiosidad popular en clave misionera
99. Hay que cuidar mucho todas las celebraciones de la Eucaristía, cumbre
y fuente de nuestra vocación cristiana, y de los sacramentos, y prepararlas con
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esmero, extremar la acogida, potenciar los gestos y signos, cuidar el lengua-
je, la homilía, los cantos, la música, las moniciones, de manera que conecten
mejor con la sensibilidad, preocupaciones e inquietudes del hombre de hoy.
Especialmente hay que cuidar mucho más la preparación y celebración del
sacramento del Perdón y de la reconciliación. Hay que atender con esmero los
demás sacramentos, como el Bautismo, el Matrimonio, la Unción de los enfer-
mos, sin descuidar la importancia enorme de los funerales (pastoral del duelo).
Asimismo, se debe depurar y orientar la religiosidad popular según el Evangelio
la rica religiosidad popular y la devoción de nuestros pueblos americanos a la
Virgen María, reflejada en todas las advocaciones marianas del continente. Así
mismo, es necesario reconocer que celebran la fe y la vida de múltiples mane-
ras, de distintas formas y con diversidad de expresiones: es ahí donde hay que
desarrollar sensibilidad misionera y respuestas entusiastas y comprometidas
desde el Evangelio.
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