El arte después de la muerte del arte: Rafael Argullol
Graciela Solórzano Castillo
231298
Rafael Argullol, “Introducción”, en La actualidad de lo bello. Paidós: España, 1998.
El libro La actualidad de lo Bello, está precedido por un estudio introductorio hecho por el
profesor Rafael Argullol. En él, el autor hace una recapitulación de los diversos aspectos que
Gadamer plantea en su obra. Para ello, comienza con una analogía para hablar del trabajo del
discípulo de Heidegger, dejando ver a través de ella la recepción que tiene del texto. La compara
con un concierto en donde el arte de la música sale intacto de los instrumentos, pero el espacio
no es propicio para la acústica, haciendo así una crítica a lo que él denomina “la comodidad
intelectual”.
Argullol pone énfasis en diversos aspectos que podemos encontrar en la propuesta de
Gadamer. Entre ellas, están dos disputas de índole filosófico que han precedido a la tradición
desde tiempos antiguos en el caso de “la poesía” y “la filosofía” y a partir del siglo XIX, en el de
“el arte clásico” y “el arte moderno”. Podemos pensar, en este caso, en autores y autoras que han
reflexionado sobre estas dos querellas. Pienso, por ejemplo, en el hermoso trabajo realizado por
María Zambrano, Filosofía y poesía, en el que adjudica al poeta el amor por la fragmentación,
mientras que el filósofo se siente atraído hacia la unidad, creando entre uno y otro una brecha
difícil de remediar.
De este modo, a partir de la proposición “el arte ha muerto”, Argullol nos habla sobre el
diálogo que emprende Gadamer con Hegel primero y después con Kant, instaurando “la cultura
de la justificación del arte”, en la que defenderá sobre todo su carácter cognoscitivo como una
actividad propia para la adquisición de conocimiento. Esta necesidad de justificar o hacer una
indagación sobre la importancia del arte nace a partir de que este se queda sin su contexto. Es
decir, cuando el arte se separa tanto de las instituciones y la iglesia, que después del arte
grecolatino le proporcionaban su finalidad. Es así que nace una conciencia más autónoma del
arte que sabe que no necesita una finalidad práctica para justificarse a sí mismo.
Así, tomando como punto de partida el pensamiento kantiano y las reflexiones que
aparecen en la Crítica del juicio, Gadamer retoma la postura idealista que considera que hay una
relación entre la percepción espiritual de lo bello que nos muestra hasta cierto punto el orden
verdadero del mundo, recordando un poco algunas posturas platónicas. De este modo, tenemos
una belleza libre de concepto y de significado.
Una de las críticas que plantea Argullol consiste en que Gadamer pasa por alto la
diferencia entre “arte” y “experiencia estética”. Pues Kant, respecto al primero, aún mantiene una
postura clasicista hasta cierto punto. Es con la disolución de esta diferencia, la entrada del
subjetivismo al nivel artístico, y no solo al estético, en donde encontramos la aparición de la
modernidad. De este modo, con esta transición paradigmática de una modernidad carente de un
dios, el arte se vuelve un medio para buscarlo a través de la forma. Así, de esta forma, se nos
introduce al texto en el que Gadamer encontrará tres funciones antropológicas vigentes en la
actividad artística: el juego, el símbolo y la fiesta.
Gadamer, en La actualidad de lo bello. Paidós: España, 1998.
En la introducción de su texto, Gadamer nos plantea las problemáticas que pretende resolver a lo
largo de las páginas. La principal es aquella que responde a la relación del arte antiguo con el
arte moderno y en qué sentido podemos encontrar un puente entre ambos. Así, la célebre
afirmación de Hegel que anuncia la muerte del arte, es uno de los motivos que hacen emprender
esta cuestión. Gadamer considera que resulta necesario percibir esta proposición no en un sentido
completamente literal, sino que más bien, con esta afirmación, Hegel identificó la necesidad que
tendría el arte desde ese momento de buscar una justificación. Esta es justo la labor que se
propone Gadamer a través de los fundamentos antropológicos en lo que cree que descansa el
arte: el juego, el símbolo y la fiesta.
Así, uno de los rasgos más importantes que destaca Gadamer, en torno al arte, es la
necesidad de que sea vivido por la comunidad. Y es la comunidad del artista la que cambia en el
arte moderno, pues en años anteriores se veía cobijado por el resguardo de instituciones como la
iglesia que le daban su finalidad. De este modo, el artista ahora busca su propia comunidad a
través de una marginalización que lo presenta como un exiliado. Entran así también en juego
aspectos importantes como la conciencia histórica, que como menciona el autor, en ella no solo
radica la perspectiva metodológica o erudita, sino una forma de espiritualidad que permitirá
entrar dentro del acontecimiento de lo bello. Y es algo que me parece muy interesante dentro de
este trabajo, la postura idealista que se desprenderá de antecedentes como el filósofo Platón,
quien considera necesario para las almas exiliadas el encuentro con la belleza y el amor.
Recordemos, por ejemplo, que en el arte del renacimiento y de los Siglos de Oro, posteriormente,
permea en el arte un neoplatonismo en el que el amor y la belleza nos conducen a la verdad y la
virtud, por ejemplo, el caso de la obra, La dama boba, del dramaturgo Lope de Vega, en la que el
desarrollo del personaje se da con el encuentro de esta y el amor.
Otra de las cosas importantes que menciona Gadamer en esta introducción es cómo el
concepto de estética es algo que aparece como consecuencia del cientificismo, y que sería Kant
quien pondría en marcha una de las reflexiones más importantes al respecto: ¿Qué verdad
encontramos dentro de lo bello? De la belleza, podemos decir, que escapa del concepto, está
más allá de él. Por ejemplo, las artes más efímeras como podrían ser la música, la literatura o el
teatro, son más reacias a conceptualizarse que la pintura, la escultura o la arquitectura. Pero esto
no quiere decir que el arte exilie el concepto por completo, sino que más bien este sirve como
una caja de resonancia que permitirá mantener el eco aún después de la ejecución. Asimismo, es
importantísimo lo que Gadamer menciona respecto a la crítica, pues dice que esta no nace como
algo posterior a la experiencia de lo bello, sino que ella misma es esa experiencia. De este modo,
debemos de tomar en cuenta que desde la perspectiva kantiana lo “bello” no solamente es una
serie de valores subjetivos, sino que implica lo común, lo que todos entendemos como “bello” y
que no debemos confundir con el “gusto”, como cuando digo que prefiero las verduras antes que
la fruta.
Me parece muy fructífero este texto sobre la experiencia de la belleza. Considero que la
postura de Gadamer rescata un idealismo para poner en marcha una justificación del arte, lo cual
me parece un trabajo extraordinario, pues se vale de esa conciencia histórica que lo hace
remitirse a autores como Kant, Hegel, Platón. Esta introducción cumple a cabalidad con su
función, justificar el trabajo de Gadamer y proporcionarnos las herramientas iniciales para
comprender su trabajo
I
El juego
El primer elemento antropológico que Gadamer menciona es el juego, el cual define como sostén
del culto religioso amparándose en la postura de autores como Huazinga y Guardini. De este
elemento identifica, primero, su carácter de movimiento que no tiene finalidad en sí mismo, sino
que es una expresión de la identidad de los organismos vivos, que se mueven y así, en este
mismo movimiento, se confirman a través de la representación. Pensemos, de esta manera, en
todos los juegos infantiles que provienen de la tradición y al mismo tiempo han sido una
representación de ella y de los elementos que lo constituyen, los sujetos en comunión. Podemos
poner, también, como ejemplo, la razón que entra dentro de la dinámica lúdica, que está repleta
de reglas que al final de cuentas tienen como propósito que el sujeto que juega se pueda ver
como espectador. Esta razón es un rasgo esencial de nuestra naturaleza como seres humanos y al
entrar en el juego, a través del elemento del movimiento puede proyectarse, proyectándonos
también a nosotros. Otro elemento significativo del juego es la importancia de la compañía.
Nunca se juega solo, incluso cuando únicamente hay públicos, pues estos automáticamente se
convierten en participes de la experiencia. Pensemos en los espectadores de una pelea de box que
se reúnen en un bar y piden cierto alimento y bebida mientras en el convivio esperan los
resultados de los golpes en el rostro, un ritual. Asimismo, como el juego es una representación
del sujeto sin finalidad, el arte también lo es.
De la misma forma, el arte moderno busca limitar la distancia entre la obra y el espectador.
Se le exige a este que participe en el juego interpretativo. Por ejemplo, una de las cuestiones que
se han planteado del arte en la modernidad es el de la pérdida del objeto artístico, pero dice
Gadamer que esto no es así realmente, puesto que, aunque la obra se caracterice por la
efimeridad, como en una puesta en escena o en un poema que se suelta el aire, permanece algo
importantísimo, la identidad hermenéutica que sirve como testigo de que eso estuvo ahí. ¿Y qué
es esta identidad? La cabida que tiene el arte de ser interpretado.
Esta capacidad de interpretación se ve sujeta a la variación y la diferencia, si pensamos en
el condicionamiento histórico; pero al final de cuentas, aunque Kant esté determinado por su
contexto y menosprecie el valor de los colores en pos de la forma en el caso de la pintura, lo que
marca el hecho hermenéutico es eso que él ve en la forma. Eso es lo que podríamos tomar en
cuenta para rebatir el distanciamiento entre el arte moderno y el arte antiguo.
Así, Gadamer marca el sentido del verbo “percibir”. Este no solo consiste en recibir
estímulos a través de los sentidos, sino que nosotros los hemos tomado como algo verdadero. Y
esa percepción ha aparecido a través del juego, mostrándonos la experiencia auténtica del arte.
Me parece muy interesante este aspecto retomado por el autor, pues nos da una perspectiva que
conjuga un aspecto epistemológico con uno estético. De este modo, cuando habla de la postura
kantiana de la belleza en la naturaleza, aprecia más la postura de Hegel quien afirma que solo
comprendemos o percibimos lo bello en la naturaleza porque hemos sido educados en la belleza
de la creación del hombre. Ahora bien, finalmente, nos dice el filósofo, el arte nos remite a una
indeterminación y esa indeterminación solo puede ser comprendida con el siguiente concepto: lo
simbólico.
II
Lo simbólico
Para hablar de este concepto, Gadamer se remite a la etimología para explicarlo y encontrar una
integración del significado. Menciona que, en la antigüedad, el símbolo era una piedra que se le
daba al huésped para poder reconocerlo a él y su estirpe con los años. Entonces, el símbolo desde
esta visión nos permite realizar una representación y es ahí donde el filósofo toma la referencia
de Platón y su creencia de las almas fragmentadas que buscan su otra parte. Así, el símbolo como
complemento dentro de sí no solo remite a…, sino que representa eso, guarda dentro de sí un
fragmento de ese ser. La relación con el arte se da de la misma forma. Como mencionó antes, la
finalidad del arte es una finalidad sin utilidad, sino en una auto representación. De la misma
forma, el símbolo guarda una naturaleza parecida.
Entre las características que enumera del símbolo identifica la particularidad de los
contrarios. Así, la diada encuentro y ocultamiento es una parte esencial de esto. El ocultamiento
y el descubrimiento alude esta bé