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Introducción Al Estudio de La Edad Media (Ruiz de La Peña, Juan Ignacio)

Este documento presenta una introducción al estudio de la Edad Media. Explica los conceptos clave como la especialización histórica en diferentes disciplinas como la historia del derecho, la economía y la cultura. También analiza la periodización histórica y la elaboración del concepto de Edad Media, incluyendo sus límites temporales y subperíodos. Finalmente, revisa la metodología de la enseñanza e investigación de la historia medieval y las fuentes históricas disponibles para este periodo.

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Introducción Al Estudio de La Edad Media (Ruiz de La Peña, Juan Ignacio)

Este documento presenta una introducción al estudio de la Edad Media. Explica los conceptos clave como la especialización histórica en diferentes disciplinas como la historia del derecho, la economía y la cultura. También analiza la periodización histórica y la elaboración del concepto de Edad Media, incluyendo sus límites temporales y subperíodos. Finalmente, revisa la metodología de la enseñanza e investigación de la historia medieval y las fuentes históricas disponibles para este periodo.

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Juan Ignacio Ruiz de la Peña

Introducción al estudio
de la Edad Media

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30^ .200 l /

INTRODUCCIÓN
AL ESTUDIO
DE LA EDAD MEDIA
por
JUAN IGNACIO RUIZ DB LA PEÑA

sigto
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COIOMBIA
siglo veintiuno editores, sa
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C PIA7A S, MADRID JJ IVANA

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PLANTEAMIENTOS DB CARÁCTER GENERAL
siglo veintiuno de Colombia, Itda I. La historia: la palabra y tí objeto, 1.—II. Los condiciona­
AV Jó \7-nrvuttrao BOCOTA O Í «XOMMA mientos del quehacer histórico: especialimcián y periodización, 7.
1. La especialización histórica: diversificación, relaciones e inte­
gración de las ciencias históricas, 7.—A) La Historia del Dere­
cho, 9.—B) La Historia Económica, 12.—C) La Historia de la
Cultura, 15.—D) La Historia Eclesiástica, 18.—E) La Historia
de las Mentalidades, 20.—2. La periodificación histórica, 28.—
3,0,, fljV
A) Periodificación y categorías periodológicas, 29.—B) La perio­
dificación tripartita de la Historia: su crítica y vigencia, 36.
EL CONCEPTO DE EDAD MEDIA
I. La elaboración del concepto de Edad Media, 45.—1. Génesis
de la noción de «Medievo» y acuñación del nombre, 45.—2. La
valoración de la Edad Media, 48.—II. Los elementos del concep­
to de Edad Media, 58.—1. El arco temporal: límites extremos y
R.?. ÁSl-W periodización interna del Medievo, 59.—A) El término inicial de
la Edad Media, 60.—B) El término final de la Edad Media, 69.—
C) La periodización interna del Medievo, 74.—D) El problema
de la universalidad del concepto de Edad Media, 90.—2. La Edad
Primera edición, octubre de 1984 Media hispánica, 94.
© SIGLO XXI DE ESPAÑA EDITORES, S. A. APROXIMACIÓN A LA METODOLOGÍA DB LA ENSEÑANZA Y DE LA INVESTIGA-
Calle Plaza, 5. 28043-Madrid CIÓN DE LA HISTORIA MEDIEVAL

© Juan Ignacio Ruiz de la Pena Solar I. Introducción, 115.—1. Consideraciones previas, 115.—2. Prin­
cipales corrientes que confluyen en la configuración de la meto­
DERECHOS RESERVADOS CONFORME A LA LEY
dología histórica actual, 121.—A) La historiografía positivista, 124.
Impreso y hecho en España B) La Escuela de los Ármales, 130.—C) El materialismo histó­
Printed and made in Spain rico, 135.—II. La enseñanza de la Historia Medieval, 142.—1. Con­
Diseño de la cubierta: El Cubri sideraciones pedagógicas de carácter general, 142.—2. La pro­
ISBN: 84-323-0497-2 gramación y el desarrollo de la enseñanza de la Historia Medie­
Depósito legal: M. 34.551-1984 val, 147.—III. La investigación de la Historia Medieval, 160.—
1. Introducción, 160.—2. Niveles de expresión de la actividad in­
Compuesto en Artes Gráficas Fernandez, S. A. Oudrid, 11 vestigadora, 163.—3. Ciencias «auxiliares* y medios y técnicas ins­
Impreso en Closas-Orcoyen, S. L. Polígono Igarsa trumentales de la investigación de la Historia Medieval, 174.—
Paracuellos del Jararaa (Madrid) A) Las ciencias auxiliares tradicionales, 181.—B) Las ciencias
«coadyuvantes»: Geografía, Lingüística, Arqueología y otras disci­
plinas y técnicas cooperadoras de la investigación medievalis-
ta, 193.—C) La cuantificación en Historia Medieval, 216.—4. La
investigación medievalista en España en los últimos años, 232. A Isabel, Teresa, felina y ^aria
4. LAS FUENTES DE LA HISTORIA MEDIEVAL 251
1. Las fuentes históricas: planteamientos generales, 252.—A) El
concepto general de fuente histórica, 252.—B) Clasificación de las
fuentes, 257.—2. Las fuentes medievales y su tipología, 263.—
A) Fuentes escritas. 270.—a) Fuentes narrativas, 271.—b) Fuen­ La bibliografía de orientación didáctica dirigida a los estucu
tes literarias en sentido estricto, 280.—c) La documentación de de Historia es en España muy escasa. Hay ciertamente °
archivo, 286.—B) Fuentes no escritas, 297.—3. Obras auxiliares de introducción metodológica de carácter general, en su
para el manejo de las fuentes, 300. ría traducidas de autores extranjeros, cuyo interés práctic •
ORIENTACIÓN BIBLIOGRÁFICA 307 embargo, por ese mismo carácter de generalidad y dado e ^
355 de especialización que configura las enseñanzas históricas ^
ÍNDICE DE NOMBRES marco universitario actual, no pueden responder cumplí
te a la acuciante demanda de conocimientos propedéutic
los estudiantes de todas y cada una de las diversas discip
o áreas en que se articula la docencia y la investigación
Historia.
Por lo que a la Historia Medieval se refiere, no existe Y ^
España ninguna obra que cumpla una función didáctica ^
traducción a los conceptos básicos, iniciación a los me
técnicas de investigación y conocimiento de las fuentes, ^
ámbito concreto de los estudios universitarios b i s t o n c ° ' ¡ e n t o
excelentes manuales de rigurosa actualización en el trata ^
de los temas medievales y cuidada presentación; pero na
responda a las orientaciones didácticas antes a p u n t a c l a s - d e m ¿ s
«leas guías extranjeras de Halphen, Paetovv, Pacaut..., »
de estar ya, en muchos aspectos, superadas, n o res ' ¡ones
mente accesibles —por estar agotadas y no existir traduc:
o nuestra lengua—, y no pueden en consecuencia curop
función orientadora del estudiante que se inicia en los e ,
universitarios de Historia Medieval. Los profesionales esp ^
tic la enseñanza superior en esta disciplina h a n centrad
Hivamente su producción de carácter didáctico en el cani F •
•.inalado, de la elaboración de manuales y exposiciones
Junto, y más recientemente de antologías y selecciones
los; obras en todo caso de indudable mérito, P e r o ° e
está ausente el tratamiento frontal de los ternas a los q
IWBgO refiriendo. , .
bMloSTÁÍlC
De la constatación de ese sensible vacío °TJac^a
l.i-, mgareni ¡as brindadas por mi personal v v-' l8Tg9 6 B P" '
. le »i «iitc- . i . l.i Universidad y en el campo específico de
VIII Juan Ignacio Ruiz de la Peña 1. PLANTEAMIENTOS DE CARÁCTER GENERAL

ñanza de la Historia Medieval, contrastada con el sentir de otros


colegas, nació la idea de escribir este libro, concebido y elabora­
do con una clara finalidad: facilitar a los estudiantes noveles
de nuestra disciplina unas orientaciones básicas de iniciación al
conocimiento de los conceptos fundamentales, métodos de tra­
bajo, tipología de las fuentes y bibliografía sobre el Medievo.
Esos objetivos didácticos finales explican ciertas caracterís­
ticas de esta obra, como pueden ser: la combinación de conte­
nidos teóricos conceptuales y de enfoques eminentemente prác­ I. LA HISTORIA: LA PALABRA Y EL OBJETO '
ticos de determinadas cuestiones; el tono, más descriptivo o in­
formativo que interpretativo, de la exposición misma; el deli­
Desde que por vez primera aparece hasta el momento actual, la
berado recurso a la reproducción textual de pasajes, a veces
palabra Historia, trasunto latino del úrcopéu de la Grecia clá­
bastante extensos, que puedan ejemplificar posiciones historio-
sica, ha recorrido un largo camino en el que, en sucesivas etapas,
gráficas de especial expresividad sobre los temas que aquí se
ha visto evolucionar sus originarias acepciones —de búsqueda,
abordan; e incluso un cierto aire de distanciamiento del autor
indagación de testimonios y, al mismo tiempo, exposición de los
que no supone en ningún caso desentendimiento de los proble­
resultados de esa actividad investigadora, sentido en que la em­
mas que se plantean: creo sinceramente que mis personales po­
plea Herodoto—; perfilarse en sucesivas mudanzas sus referen­
siciones quedan, expresa o implícitamente, de manifiesto a lo
cias objetivas; delimitarse, en progresivas y enriquecedoras ex­
largo de todo el libro.
periencias, sus diversos y complementarios contenidos concep­
Una última advertencia debo hacer. A nadie se le ocultan las tuales. Creo que no es necesario volver a trazar la evolución se­
dificultades de un trabajo encaminado en la dirección que ins­ guida por el significado del término que da nombre a nuestra
pira el que ahora se ofrece, ni la carga de subjetividad que in­ ciencia. Se ha hecho ya en numerosas ocasiones y de manera
dudablemente comporta en las sucesivas fases del largo proceso rigurosa y documentada, pudiendo servir de ilustradores ejem­
de su elaboración: desde la previa labor de acarreo y selección plos las páginas que han consagrado al tema, entre otros,
de materiales hasta la fase final de redacción para la publica­ H. I. Marrou, en su excelente ensayo Qu'est ce que l'histoire2;
ción. Esto hace que, por fuerza, ciertas cuestiones y muchas J. Topolski, en uno de los capítulos de su Metodología de la in­
obras, incluso aportaciones valiosas, no hayan podido tener ca­ vestigación histórica, en el que hace incluso una representación
bida en este libro, por esa exigencia selectiva que nunca se gráfica de la evolución experimentada por nuestro término a lo
remata no ya a gusto de todos sino incluso de acuerdo con uno largo del tiempo 3 ; y entre nosotros, L. Suárez Fernández en su
mismo. En otros casos, lo que es más justificable, se ha tenido libro Grandes interpretaciones de la Historia*.
que prescindir de la utilización de publicaciones recientes, al­
gunas fundamentales, llegadas a nuestras manos cuando ya es­ 1
taba el original dispuesto para la imprenta. El tratamiento conjunto que con frecuencia se da a los problemas
conceptuales y metodológicos de la ciencia histórica obliga a tener en
Los trabajos de las características del que se materializa aho­ cuenta, además de la bibliografía que anotaremos a lo largo de este pri­
ra en este libro están sujetos, por su misma naturaleza, a per­ mer capítulo, buena parte de las obras que se citan en el capítulo tercero,
manente revisión de enfoques y de contenidos. Y su autor debe al 1abordar cuestiones de carácter general sobre el método histórico.
En «L'Histoire et ses méthodes», dirigida por Charles Samaran, Re-
estar abierto a todo tipo de críticas y sugerencias, siempre enri- cherche, conservation et critique des témoignages, Encyclopédie de la
quecedoras. Bienvenidas sean, por interés propio y de los even­ Pléiade, París, Gallimard, 1961, pp. 3-33.
tuales lectores y beneficiarios de lo que en estas páginas pueda ' J. Topolski, Metodología delta ricerca storica, trad. italiana, Bolonia,
encontrarse de provechoso. Societá editrice il Mulino, 1975, p. 72. Redactado ya el original de este
libro, se publicaba la trad. española de esta obra fundamental (Madrid,
Cátedra, 1982). Por obvias razones hemos mantenido nuestras referencias
iniciales a la edición italiana que queda registrada en la presente nota.
' Pamplona, BUNSA, 1976.
4 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general S
das ciencias sociales', «en el grupo de las disciplinas humanas como forma de conocimiento científico, es decir, con las diver­
de todos los órdenes y de todos los grados, al lado de la antro­ sas posiciones de la historiografía: P. Vilar acaba de resumir
pología, la sicología, la lingüística, etcétera» l0. las tres grandes concepciones de la historia objeto, a las que
La sensibilización por el problema de la conceptuación cien­ «corresponden naturalmente tres grandes concepciones de la
tífica del quehacer histórico se hace presente, con mayor o menor Historia-conocimiento» '*. Existe, sin embargo, en el momento
intensidad, en las tres grandes corrientes que han contribuido a presente una innegable concordancia, expresa o tácita, que por
perfilar la moderna concepción de la Historia: el positivismo encima de ideologías y tendencias hace del estudio del hombre
—tan gustoso, como señala Kula, de los razonamientos sobre en la plenitud de sus conexiones sociales articuladas en el hilo
el tema de la clasificación de las ciencias— "; la Escuela de los conductor del tiempo, el objeto propio de la ciencia histórica
Annales, uno de cuyos más caracterizados representantes en sus diversas manifestaciones. «Tenemos derecho, por acuer­
—L. Fébvre— se complacería en calificar la historia de «estudio do convencional, a reservar la palabra 'historia' para designar,
científicamente elaborado», fórmula que —son sus palabras— el proceso de la investigación del hombre en sociedad» u .
«implica dos operaciones, las mismas que se encuentran en la
base de todo trabajo científico moderno: plantear problemas y Un registro ejemplificativo de las consideraciones que sobre
formular hipótesis» u ; y el marxismo, debiéndose precisamente el objeto de la historia brinda la lectura de algunos de los auto­
a Marx y Engels —como ha recordado muy recientemente P. Vi- res más representativos de las tendencias que confluyen en la
lar— la expresiva afirmación, contenida en La ideología alemana moderna concepción de nuestra ciencia, permite constatar hasta
(1845), de que «no conocemos más que una ciencia, la ciencia qué punto, y superando matizaciones de irrelevante operatividad
de la historia» IJ. práctica, pueden hoy suscribirse las precedentes palabras de
E. H. Carr.
L. Fébvre, en uno de los preciosos ensayos reunidos en sus
Combates por la historia, nos recuerda cómo
Un objeto o ámbito de conocimientos que le son propios y el
manejo de una metodología —mejor diríamos, en plural, meto­ Los hombres son el objeto único de la historia [...] una historia que
dologías— adecuadas a la aprehensión de dicho objeto. Estos no se interesa por cualquier tipo de hombre abstracto, eterno, inmu­
son, en íntima ligazón, los dos rasgos que definen el carácter table en su fondo y perpetuamente idéntico a sí mismo, sino por
científico de la historia. Correspondiendo al tercer capítulo de hombres comprendidos en el marco de las sociedades de que son
este libro la exposición de los problemas y reflexiones sobre su miembros. La historia se interesa por hombres dotados de múlti­
ples funciones, de diversas actividades, preocupaciones y actitudes
metodología, nos toca ahora hacer unas primeras y breves con­ variadas que se mezclan, chocan, se contrarían y acaban por con­
sideraciones sobre el objeto de la historia. cluir entre ellas una paz de compromiso, un modus vivendi al que
La idea de cuál fuera ese objeto ha evolucionado en el tiempo denominamos Vida.
y en correspondencia con la concepción misma de la historia
Seguidamente añadirá: «el objeto de nuestros estudios no
• A. Eiras Roel, «La enseñanza de la Historia en la Universidad», en es un fragmento de lo real, uno de los aspectos aislados de la
Once ensayos sobre la Historia, Madrid, Fundación Juan March, 1976, pá­ actividad humana, sino el hombre mismo, considerado en el
gina 210. seno de los grupos de que es miembro». De acuerdo con estos
" L. Febvre, Combates..., p. 40.
" W. Kula, Problemas y métodos de la Historia económica, trad. de principios:
M. Bustamante, Barcelona, Península, 1973, p. 52.
" L. Febvre, Combates..., pp. 42 ss. En estrecha conexión con esta de­ la historia es el estudio científicamente elaborado de las diversas
finición se presenta la propuesta por H. I. Marrou, El conocimiento his­ actividades y de las diversas creaciones de los hombres de otros
tórico, Barcelona, 1968, p. 67, que apostilla E. Mitre Fernández, Historia
y pensamiento histórico, Buenos Aires, Paidos, 1974, pp. 13 ss.
u
P. Vilar, Iniciación al vocabulario del análisis histórico, Barcelona, " Iniciación..., p. 26.
Crítica, 1980, p. 9. ■ E. H. Carr, ¿Qué es la Historial Barcelona, Setx Barra!, 1972, p. 64.
6 Juan Ignacio Ruiz de ¡a Peña
Planteamientos de carácter general 7
tiempos, captadas en su fecha, en el marco de sociedades extrema­
damente variadas y, sin embargo, comparables unas a otras (el pos­ P. Vilar, en u n a d e las ú l t i m a s elaboraciones del bagaje c o n ­
tulado es de la sociología); actividades y creaciones con las que ceptual historiográfico d e s d e u n a perspectiva marxista, p r o p o n ­
cubrieron la superficie de la tierra y la sucesión de las Edades 1 4 . drá como

El h u m a n i s m o d e M. Bloch, s e d e s b o r d a e n este pasaje, an- objeto de la ciencia histórica [...] la dinámica de las sociedades hu­
tológico, d e su t e s t a m e n t o historiográfico: manas. La materia histórica la constituyen los tipos de hechos que
es necesario estudiar para dominar científicamente este objeto:
El objeto de la Historia es esencialmente el hombre. Mejor dicho: hechos de masas, heclios institucionales, acontecimientos10.
los hombres. Más que el singular, favorable a la abstracción, con­
viene a una ciencia de lo diverso el plural, que es el modo grama­
tical de la relatividad. Detrás de los rasgos sensibles del paisaje, de
las herramientas o de las máquinas, detrás de los escritos aparente­ EL LOS CONDICIONAMIENTOS DEL QUEHACER HISTÓRICO:
mente más fríos y de las instituciones aparentemente más distan­ ESPECIALIZACIÓN Y PERIODIZACION
ciadas de los que las han creado, la historia quiere aprehender a
los hombres. Quien no lo logre no pasará jamás, en el mejor de los La historia, «ciencia del p a s a d o h u m a n o » , p o d e m o s r e c a p i t u l a r
casos, de ser un obrero manual de la erudición. Allí donde huela con el g r a n Bloch. O b j e t o complejo y m u l t i f o r m e , c o m o com­
carne humana, sabe que está su presa 1 7 . pleja y m u l t i f o r m e se manifiesta la actividad h u m a n a en el su­
ceder del t i e m p o , q u e h a i m p u e s t o ya d e a n t i g u o al h i s t o r i a d o r
H e r e d e r o d e la t r a d i c i ó n historiográfica d e Fébvre y Bloch, la ineludible exigencia d e p a r c e l a r s u c a m p o d e observación en
F . B r a u d e l escribía en 1950: á r e a s d e l i m i t a d a s en función d e : a) la diversidad d e á m b i t o s te­
máticos, y b) la articulación cronológica. Queda así p l a n t e a d o ,
Hay que abordar, en sí mismas y para sí mismas, las realidades en relación con el o b j e t o del q u e h a c e r historiográfico, el doble
sociales. Entiendo por realidades sociales todas las formas amplias c o n d i c i o n a m i e n t o de la especialización y división t e m p o r a l —pe-
de la vida colectiva: las economías, las instituciones, las arquitectu­
ras sociales y, por último (y sobre todo), las civilizaciones; realida­ riodización o periodificación— d e la historia.
des todas ellas que los historiadores de ayer no han, ciertamente,
ignorado, pero que, salvo excepcionales precursores, han conside­
rado con excesiva frecuencia como telón de fondo, dispuesto tan
sólo para explicar —o como si se quisiera explicar— las obras de 1. La especialización histórica: diversificación, relaciones
individuos excepcionales, en torno a quienes se mueve el historia­ e integración de las ciencias históricas
dor con soltura I a .
«La experiencia cotidiana nos dice q u e n u e s t r o t i e m p o recibe
su p a r t i c u l a r t o n o , s u c a r á c t e r , su r i t m o , de u n complejo de
G. Fasoli, en s u Guía al estudio de la historia, señala c o m o
m a n i f e s t a c i o n e s q u e v a n d e s d e la e s t r u c t u r a del e s t a d o a la ra­
o b j e t o d e n u e s t r a ciencia a los hombres; p e r o a l o s h o m b r e s , ma­
pidez d e los m e d i o s d e comunicación, de la actividad d e los par­
tiza la medievalista italiana,
tidos políticos al a r t e a b s t r a c t o , d e la música dodecafónica a la
en su realidad concreta, contingente, diferenciada, no el hombre, p r o d u c c i ó n i n d u s t r i a l en serie, etc.; así c o m o la filosofía esco­
concepto abstracto o naturalista: todas las acciones humanas tie­ lástica, el dolce stil nuovo, la oposición e n t r e güelfos y gibelinos,
nen pues valor histórico en cuanto indisolublemente ligadas con el la actividad m e r c a n t i l y el estilo gótico son manifestaciones q u e
tipo de sociedad, de civilización, de cultura en la que los individuos confirieron su p a r t i c u l a r c a r á c t e r a la época d e Dante.» Con el
están inmersos'». p r e c e d e n t e e j e m p l o t r a t a G. Fasoli d e m o s t r a r la evidencia de
u
la imposibilidad de q u e t o d a s las manifestaciones en que c a d a
Combates..., pp. 39 ss. sociedad, en cada m o m e n t o , e x p r e s a su realidad existencial pue­
" Introducción a la Historia, México-Buenos Aires, FCE, 4.* ed., 1965,
páginas 24 ss. d a n ser científicamente e s t u d i a d a s c o m o se p r e s e n t a n en su con-
'* La historia y las ciencia, sociales, Madrid, Alianza, 3.' ed., 1974, p. 29.
" Guida.... p. 11
" Iniciación..., p. 43.
8 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general '»

junto, en su complejidad, aunque con frecuencia entre esas di­ A) La Historia del Derecho
versas expresiones vitales hay un nexo evidente, bastante más
profundo que el de una simple sincronía. «Nadie puede presumir Entre las disciplinas históricas con plena carta de naturaleza
de estudiar y presentar simultáneamente manifestaciones tan que gozan de una ya larga tradición autonómica, tanto en el
variadas; es preciso tomar conciencia de que cada una de ellas plano de la investigación como en el de la docencia, ocupa un
debe, inevitablemente, ser considerada por separado, una al lado lugar preferente la Historia del Derecho. «Disciplina antigua y
de la otra; en caso contrario se tendrá una representación [del que en ciertas épocas desempeñó un papel preponderante en la
pasado] que podrá acaso ser poética o pintoresca, como ciertos historiografía» 23 , la Historia del Derecho y su filial la Historia
artículos periodísticos, ciertas impresiones de viaje o ciertas de las Instituciones han prestado una contribución muy desta­
páginas de novela; pero no se habrá logrado ofrecer una repre­ cada al progreso de la ciencia histórica, en general, y al de de­
sentación, una interpretación racional propiamente histórica» 21 terminadas ramas de dicha ciencia, en particular. Hace ya mu­
De ahí la necesidad de una especialización, de unas «historias cho tiempo que G. Bauer reconoció su influencia decisiva en el
especiales», con su objeto y métodos de trabajo peculiares, cuya desarrollo de la heurística: «la utilización sistemática del docu­
existencia, en el panorama actual de la ciencia histórica, es, a la mento como fuente histórica sólo se ha instituido con la pro-
vez, consecuencia y síntoma de su propio progreso. Las relacio­ fundización de los conocimientos de la ciencia jurídica» 24 ; mo­
nes presentadas en los quinquenales Congresos Internacionales dernamente Kula hablaría de la «legendaria deuda de gratitud»
de Ciencias Históricas por cualificados especialistas de todo el de la Historia Económica hacia la Historia del Derecho, recor­
mundo, dan clara idea de la variedad de intereses, problemas y dando cómo aquélla surgió en muchos países, al menos en par­
orientaciones de la moderna historiografía, en una continua y te, «primero en su seno y después unida [a ella]», siendo en to­
enriquecedora ampliación de los tradicionales horizontes de la dos muy elevado y cualificado el número de «eminentes histo­
historia. «La práctica de la vida científica —escribe W. Kula— riadores del derecho que han alcanzado grandes méritos en la
ha llevado a la emancipación de un gran número de disciplinas historia económica» B .
[históricas], cuyos criterios de diferenciación se entrelazan a En nuestra patria los estudios de Historia del Derecho y de
menudo de las más diversas formas» 22 . las Instituciones, cuyos fundamentos científicos establece el as­
Nos referiremos brevemente a algunas de esas disciplinas turiano F. Martínez Marina a principios del pasado siglo, han
que, desgajadas del tronco común de la historia, viven hoy una contribuido también poderosamente al ensanchamiento del ho­
vida más o menos autónoma o constituyen áreas tradicional- rizonte de los conocimientos históricos, sobre todo para la época
mente bien delimitadas en el marco de lo que de modo conven­ medieval y en estrecha y tradicional relación con los progresos
cional podemos calificar de «historia general». Ese rápido re­ de la heurística y la crítica textual.
paso de las principales especialidades históricas irá acompañado En las últimas décadas, sin embargo, la profunda conmoción
de una referencia a los problemas, teóricos y prácticos, que plan­ que afecta a la concepción misma de la historia, en el marco
tean su justificación como disciplinas independientes, sus in- de las ciencias sociales, y a los planteamientos sobre nuevas ba­
terrelaciones, su diversa operatividad según las épocas —más ses de la especificidad de los límites objetivos y metodológicos
lejanas o próximas— en las que se las considere; y a la cuestión de las diversas disciplinas históricas, se ha dejado sentir con
fundamental de su articulación en las coordenadas de la ciencia especial intensidad en el, hasta ahora, sólidamente cimentado
histórica entendida como ciencia de una historia integral o edificio de la ciencia histórico-jurídica. Uno de nuestros más
total. eminentes cultores de esta disciplina, F. Tomás y Valiente, ha
a
Problemas y métodos..., p. 63.
*a Introducción..., p. 219.
Problemas.... p. 63; véase también su comunicación «Histolre du
Droit et Histoire économique», en las Actas del I Coloquio internacional
■ Cuida... p. 25. del Instituto de Historia del Derecho de la Universidad de Granada (1973),
páginas 303-319.
" Problemas y métodos..., p. 71.
10 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general II

analizado y clarificado, con la aportación de valiosas reflexiones de «orientación sociológica del derecho», que se sigue espontá­
personales, los términos en los que aparece planteado el debate neamente de los nuevos planteamientos del conjunto de las cien­
en torno a los problemas epistemológicos de la Historia del De­ cias humanas y que ha sido asumida ya por sectores muy cuali­
recho en nuestra patria 26 . ficados de la ciencia histórico-juridica, puede contribuir —está,
de hecho, contribuyendo— de modo decisivo a un mayor y más
Se trata de recuperar para esta disciplina su identidad como estrecho entendimiento entre los cultores de esta especialidad y
ciencia histórica, sin perder de vista, obviamente, su esencial los de las demás disciplinas históricas, al conjugar la atención
entramado jurídico, superando el rígido formalismo que la con­ por el estudio de las normas y de las instituciones jurídicas con
cebía como «historia de la dogmática jurídica, como sucesión de el conjunto de relaciones humanas que ellas ordenan y de facto­
sistemas o como historia de una realidad jurídica entendida como res de muy diversa naturaleza —políticos, religiosos, socio-eco­
forma normativa pura» zr. nómicos— que condicionan su gestación y desenvolvimiento en
Por la naturaleza del objeto de sus estudios, el historiador el marco de sociedades concretas. L. G. de Valdeavellano, en su
del derecho y de las instituciones se ve obligado a manejar un renovador y magistral Curso de Historia de las Instituciones es­
método de conocimiento histórico en estrecha alianza con una pañolas, establecía como materia propia de esta disciplina «el
metodología jurídica. Ciencia histórica que «requiere, además, conocimiento y exposición de las diferentes estructuras político-
el auxilio de un tratamiento jurídico-dogmático de su objeto» a , constitucionales que se han constituido en el territorio, histórica
la concepción que de ella tengan los historiadores del derecho o actualmente español, en su evolución como organismos totales
—simultáneamente y, con frecuencia, injustamente denostados y en la de sus distintas instituciones de Derecho público [...]
desde el campo de la ciencia jurídica y de la ciencia históri­ [y] [•■•] la formación de la estructura político-constitucional de
ca 29 — dependerá en primer término de su propio concepto del España en los distintos períodos de su evolución histórica, o sea,
derecho. «Pienso que la especificidad de nuestra disciplina —es­ de los hechos de la Historia general que hayan sido de significa­
cribe Tomás y Valiente— y el camino para su integración con ción para la constitución político-social y de los factores eco­
otras ramas de la historia debe construirse en torno al concepto nómicos, sociales y culturales que le hayan servido de fundamen­
de derecho» x . La tendencia moderna que podríamos calificar to» 31 . Por su parte, Tomás y Valiente, en el ensayo ya citado,
escribe: «[...] el objeto de la Historia del Derecho no puede
* «Historia del Derecho c Historia», en Once ensayos..., pp. 159-181. consistir en la mera descripción cronológico-lineal de lo norma­
Véase también A. García Gallo, «Historia. Derecho e Historia del Dere­ tivo y lo técnico jurídico desligado de su contorno, sino en el es­
cho», en Anuario Hisl. Der. Esp., xxni, 1953, pp. 5-36; J. A. Escudero, tudio de los modos de creación del Derecho dentro de cada for­
«Derecho y tiempo: dogmática y dogmáticos», en An. Hist. Der. Esp., xi., mación social y del conjunto constituido en cada formación por
1970, pp, 269-286. e Historia del Derecho: historiografía y problemas, Ma­
drid, 1973; B. Clavero, «La Historia del Derecho ante la historia social», todas las instituciones jurídicas coexistentes»; más adelante pre­
en Historia. Instituciones. Documentos, i. Universidad de Sevilla, 1973, pá­ cisa: «cualquier estudio histórico institucional debe descansar
ginas 239-261; J. M. Pérez Prendes, «Notas para una epistemología histó- sobre una doble obsesión: la de describir esa tensión (entre el
rico-juridica», en las Actas cit. en la nota anterior, pp. 269-288; S. de Dios, marco normativo y las relaciones sociales) en sus dos direccio­
«El Derecho y la realidad social: reflexiones en torno a la Historia de las
Instituciones», en Hist. Inst. Doc, ni, 1976. pp. 187-222; B. González Alonso, nes y la de explicar la función de cada institución dentro de la
«Algunas consideraciones sobre la Historia del Derecho español», en Oua- formación social en que se dio, a través de su conexión (que va­
derni Fiorentini per la storía del pensiero giuridico moderno, 10, 1981. riará según la institución de que se trate) con la economía, el
páginas 361-382. Véanse además las últimas exposiciones de conjunto de
R. Gibert, J. Lalinde, J. M. Pérez Prendes. F. Tomás y Valiente y A. Gar­ poder político, las creencias religiosas, etcétera» 32 .
cía Gallo que registramos en el apartado correspondiente a la Orientación
bibliográfica, p. 332. Las citas han sido largas, pero creo que merecía la pena de­
" F. Tomás y Valiente, ob. cit., p. 171. tenerse en ellas porque fijan con gran expresividad las posicio­
" L. García de Valdeavellano, Curso de Historia de las Instituciones es­ nes mantenidas desde el campo de la historia del derecho y de
pañolas, Madrid, Revista de Occidente, 1968, p. 98.
" Véanse en este punto las atinadas consideraciones de J. A. Escudero " Página 101.
en su obra cit. supra, nota 26.
» Ob. cit., p. 171. " Ob. cit., p. 173.
a Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 13
las instituciones por dos significados representantes de esa nue­ de la ciencia histórica sin filiaciones ni tendencias ideológicas
va «orientación sociológica», a la que antes aludía, superadora manifiestas. «En nuestros días —recuerda certeramente Tomás
de las tradicionales concepciones dogmáticas y formalistas de y Valiente— gran parle de la historiografía liberal o simplemen­
la disciplina". Como contrapartida, muy elocuente resulta tam­ te no marxista, es también historia económica» 35 .
bién la posición que recientemente y desde el frente de los cul­ La independización de la historia económica suscitaría la
tores de la «historia general» manifestaba García de Cortázar en hostilidad de los sectores más aferrados a las tradiciones histo-
un enjundioso estudio sobre el ordenamiento jurídico del Seño­ riográficas enraizadas en el positivismo. Sin que compartamos
río de Vizcaya en la Edad Media3*. la tajante afirmación de W. Kula cuando dice que «los historia­
Posturas, en definitiva, que revelan la superación de un tra­ dores siempre han visto con desagrado la aparición y desarrollo
dicional, infecundo e injustificado antagonismo —o, por lo me­ de una nueva especialidad histórica, la historia económica», cree­
nos, recelo— entre los historiadores del derecho y los historia­ mos que lleva razón el gran historiador polaco al señalar, se­
dores «generales»; y la evidencia de un acercamiento que sólo guidamente, cómo «más de una vez era desaprobada por quie­
consecuencias beneficiosas aportará al progreso de la ciencia nes soportaban perfectamente las disciplinas autónomas como
histórica. son la historia del derecho o la historia militar» *. Por más que
muchos de los primeros y mejores estudiosos de la historia eco­
nómica no hubieran hecho profesión de fe marxista e incluso
B) La Historia Económica fueran duramente denostados, después, desde este campo 37 , es
claro que entre las razones que contribuyeron a suscitar y man­
Entre las especialidades históricas que mayor y más rápido ni­ tener una actitud de vigilante recelo ante el auge creciente ex­
vel de desarrollo han adquirido en las últimas décadas figura perimentado en las últimas décadas por la nueva especialidad,
la Historia Económica. Su afirmación en el marco de las disci­ no fueron las menores las de tipo ideológico:
plinas históricas como especialidad autónoma debe no poco al
profundo viraje que por obra de relevantes individualidades, Los investigadores que se ocupaban de los fenómenos de la base
como H. Pirenne —el «gran historiador de la economía occiden­ económica eran sospechosos —y aún lo son— de buscar en los fe­
tal», se complace en llamarle Braudel— y del grupo formado nómenos por ellos indagados la determinación de lodo el discurso
de la historia y en primer lugar los fenómenos políticos e ideoló­
en torno a los Aúnales se produce, sobre todo desde el tercer gicos. En fin, eran sospechosos, a menudo sin razón, de apoyarse
decenio del presente siglo, en la orientación de la historiografía consciente o inconscientemente en el materialismo histórico x .
europea, dominada hasta entonces por la tradición positivista.
Paralelamente y a medida que se abría paso con creciente pu­ La elaboración del concepto de historia económica se cons­
janza una nueva interpretación materialista de la historia, a par­ truye a partir de la peculiaridad de su objeto —«la historia eco­
tir de los postulados marxistas, aumentaría el interés por el aná­ nómica es la historia de los hechos económicos», dirá entre nos-
lisis histórico de los fenómenos económicos, y no sólo entre los
historiadores abiertamente adscritos al marxismo, cuyo número " Ob. cit., p. 170.
e influencia son hoy bien notorios, sino entre los cultivadores * Problemas y métodos.... p . 78.
" Son ya un lugar común, entre la historiografía marxista más radica­
lizada —que no es necesariamente la más rigurosa en sus planteamientos—,
" Tales concepciones se hacen presentes, sobre todo, en la densa y es­ las arbitrarias acusaciones contra los historiadores no participes de su
pléndida producción hisloriográfica del profesor García Gallo y en la de­ ideología —aunque respeten e incluso apliquen pertinentemente los postu
sús discípulos, vertebrados en torno ni Anuario de tlisloria del Derecha lados metodológicos del materialismo histórico—, a los que con frecuencia
Español. Debe advertirse, sin embargo, que las tradicionales posiciones tachan de burgueses, liberales y acientíficos. No es ésta, desde luego, la
mantenidas por el ilustre historiador del derecho acusan en los úhirnos posición de la mayor y mejor parte de los historiadores marxistas actuales
años una clara inflexión hacia tendencias más abiertas y próximas a las que, como Kula, Topolski, Vilar y un largo etcétera de nombres ilustres,
representadas por los propios Valdeavellano, Valiente o Pérez Prendes. han contribuido a iluminar con su obra los contornos de una ciencia que
" «Ordenamientos jurídicos y estructura social del Señorío de Vizcaya no debe ni puede ser patrimonializada por ideologías exclusivistas, cual­
(siglos xn-xv)», en Historia del Pueblo Vasco, i, San Sebastián, 1978, pá­ quiera que sea su signo.
ginas 225-267. » W. Kula, Problemas..., p. 78.
14 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 15
w
o t r o s Vicens Vives —, y d e su t r a t a m i e n t o d e s d e u n a s coorde­ b a r r e r a académica y la integración en un q u e h a c e r c o m ú n d e
n a d a s metodológicas que d e b e n c o m b i n a r las técnicas p r o p i a s h i s t o r i a d o r e s e h i s t o r i a d o r e s d e la economía es hoy u n h e c h o
de la ciencia histórica y los i n s t r u m e n t o s d e análisis a p o r t a d o s q u e se pone d e manifiesto en la n o r m a l cooperación d e u n o s y
p o r la ciencia económica. E n t o d o caso h a b r á q u e t e n e r en cuen­ o t r o s a la realización de e m p r e s a s historiográficas c o m u n e s 4 2 .
ta q u e n o s i e m p r e el i n s t r u m e n t a l p r o p o r c i o n a d o p o r la econo­
m í a convencional e s a d e c u a d o a los fines específicos p e r s e g u i d o s
en su t r a b a j o p o r el h i s t o r i a d o r * .
C) La H i s t o r i a d e la C u l t u r a
P a r a Kula, quizá el m á s lúcido i n t é r p r e t e , d e s d e u n a perspec­
tiva m a r x i s t a , d e la especifidad d e la nueva disciplina y d e los En t é r m i n o s m u y d i s t i n t o s a los d e la historia del d e r e c h o o la
p r o b l e m a s q u e p l a n t e a n s u s relaciones con las d e m á s ciencias h i s t o r i a e c o n ó m i c a , se plantea el p r o b l e m a d e las diversas espe­
históricas, cialidades q u e e n la p r á c t i c a suelen a g r u p a r s e bajo la genérica
la historia económica constituye en igual medida una parte inte­ y a m b i g u a r ú b r i c a d e Historia de la Cultura. D e j a n d o al m a r g e n
grante tanto de la historia como de la economía. Se ocupa parcial­ el viejo d e b a t e s o b r e los c o n c e p t o s d e cultura y civilización,
mente de la problemática tradicional de la historia y por otro lado derivación d e la tradicional d i c o t o m í a q u e el p e n s a m i e n t o ale­
de la problemática habitual de la economía. En cada una de sus m á n establecía e n t r e n a t u r a l e z a y espíritu 4 1 , se t r a t a a h o r a d e
experimentaciones se sirve —o cuando menos debería hacerlo— de c o n s i d e r a r u n a r e a l i d a d con la q u e el h i s t o r i a d o r se enfrenta
los métodos elaborados p o r las dos ciencias, tales como la heurís­ en su cotidiano q u e h a c e r : la d e la existencia d e u n a serie n o
tica o la hermenéutica, el análisis de la contabilidad de las empresas
de trabajo o las series estadísticas 4 1 . escasa d e disciplinas históricas —la historia del a r t e , de la lite­
r a t u r a , d e la filosofía, d e la ciencia, d e la c u l t u r a m a t e r i a l . . . —
q u e en su m a y o r p a r t e h a n n a c i d o y h a n llegado a alcanzar un
E n n u e s t r a p a t r i a , y lo m i s m o o c u r r e con o t r a s especialida­ alto g r a d o d e diferenciación fuera del c a m p o d e acción d e la
des históricas q u e se h a n c o n s t i t u i d o y se d e s a r r o l l a n fuera del ciencia histórica.
m a r c o facultativo d e los e s t u d i o s d e «historia general», la his­
toria e c o n ó m i c a c o m o disciplina académica se articula en los E n relación con estas disciplinas, la a c u s a d a especificidad de
p l a n e s d e e s t u d i o d e las facultades de ciencias e c o n ó m i c a s . E s t a s u s metodologías unida a su tradicional desconexión de los cua­
situación — o b s e r v a b l e t a m b i é n en o t r o s países— n o es o b s t á c u l o d r o s convencionales d e la «historia general» —desconexión q u e
p a r a que en la p r á c t i c a científica los h i s t o r i a d o r e s «generales» nunca h a b í a llegado a p l a n t e a r s e con o t r a s especialidades de
a s u m a n n o r m a l m e n t e las r e s p o n s a b i l i d a d e s d e la docencia y la reconocida a u t o n o m í a d o c e n t e e investigadora—, h a g e n e r a d o
investigación d e los f e n ó m e n o s e c o n ó m i c o s : d e forma casi ex­ u n a situación d e i n c o m p r e n s i ó n de la que se r e s i e n t e p o r igual
clusiva p a r a los p e r í o d o s m á s lejanos del p a s a d o —las e d a d e s la labor d e los cultivadores d e esas especialidades y la d e los
Antigua y Media—, m i e n t r a s que los h i s t o r i a d o r e s «económicos» h i s t o r i a d o r e s stricto sensu.
c e n t r a n f u n d a m e n t a l m e n t e su a t e n c i ó n en los t i e m p o s m o d e r ­
H a c e a l g u n o s a ñ o s , P. F r a n c a s t e l ejemplificaba tal e s t a d o d e
nos, a c e n t u á n d o l a a m e d i d a q u e nos a p r o x i m a m o s al p a s a d o
cosas con referencia a la historia del a r t e , d e n u n c i a n d o «la per­
m á s i n m e d i a t o . E n t o d o caso, la s u p e r a c i ó n d e la artificiosa
plejidad de los h i s t o r i a d o r e s c u a n d o se e n f r e n t a n al a r t e o a la

" «Hacia una Historia Económica de España», nota metodológica en a


La revista Moneda y Crédito, por ejemplo, brinda sus páginas a las
Hispania, xiv. 19S4. pp. 507-510. colaboraciones de especialistas procedentes del campo de la «Historia
" Cf. Kula, ob. cil., pp. 49 ss.; A. Barceló, «Historia y teoría econó­ General». Dos ilustres historiadores de la Economía —R. Tamamcs y
mica (Esbozo de una dinámica intersistemas)». en Hacia una nueva his­ G. Aries— han participado en la elaboración de la Historia de España
toria, Madrid, Akal, 1976, pp. 35 ss. Una buena exposición de conjunto editada por Alfaguara. Y al segundo de ellos se le debe la redacción del
sobre los problemas y las corrientes actuales de la Historia económica tomo vil de la Historia de Asturias, de reciente publicación. A estos ejem­
puede verse en el libro de C. F. S. Cardoso y H. Pérez Brignoli, Los plos, correspondientes a tres distintos niveles de producción historiográ-
métodos de la historia, Barcelona, Crítica, 1976, al que tendremos ocasión fica, podrían sumarse muchos otros acreditativos de una estrecha y cor­
de referirnos frecuentemente en el capítulo tercero de esta obra. dial relación interdisciplinar.
41
Problemas..., p. 53. u
F. Braudel, La Historia y las ciencias sociales, p. 138.
16 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 17
literatura» y la incomprensión manifestada hacia ellos por los de la música, ¿cuánto mejor fruto no hubieran podido haber
«historiadores del arte» 44 . rendido los esfuerzos solitarios de musicólogos de la talla de Ri­
Por la misma época W. Kula señalaba también cómo bera, Torner, Anglés o Subirá —la nómina podría alargarse— de
en los manuales de historia de algún país se insertan en los capítu­ haber contado con el concurso de los historiadores? ¿Y qué de­
los relacionados con la cultura, precisamente los «restos» de la cir, en otra dirección, del aislamiento científico en que han le­
misma que no se incluyeron en otros capítulos y que con harta vantado sus sólidas construcciones de etnografía o de historia
frecuencia corresponden a las disciplinas históricas más tradiciona­ de la cultura material individualidades como L. de Hoyos Sáinz
les y definidas, como son el arte, la ciencia y la enseñanza, los o, más modernamente, J. Caro Baroja?
fenómenos de carácter etnográfico, costumbrista, etcétera 45 .
Dentro y fuera de nuestras fronteras, las cosas han cambiado
bastante en los últimos años. «Extraños unos a otros en la prác­
Más recientemente y entre nosotros, J. M. López Pinero se
refería al tradicional alejamiento de la historia de la ciencia del tica de sus actividades —volvemos a citar a Francastel— histo­
horizonte intelectual español y a la efectiva desconexión entre riadores e historiadores del arte constituyen, en el fondo, los
ésta y la historia: unos como los otros, los últimos representantes de una civiliza­
ción del libro enteramente ligada a la consideración de los he­
Exceptuando casos muy aislados, para el científico [la historia de chos del lenguaje y hasta de la escritura» *1. La afirmación de
la ciencia] constituía, a lo sumo, una curiosidad «humanística» des­ que «la historia de las diferentes ramas del arte, de la historia
conectada de su actividad profesional [...] Su presencia en el am­ de la ciencia, la enseñanza, la técnica y la cultura material, cons­
biente filosófico era punto menos que nula. Para la inmensa mayo­ tituyen y deben constituir disciplinas aparte y especializadas en
ría de los historiadores quedaba reducida a un incómodo epígrafe, el marco de la ciencia histórica», es perfecta y deseablemente
al que en las obras de síntesis solía dedicarse unas frases apresura-.
das del capítulo cultural*6. compatible con la afirmación de su solidaria integración e in-
terrelación en ese mismo marco. Sobre todo cuando se consi­
dera cuántas nociones plenamente incorporadas a las categorías
No hace falta salir de nuestra patria para verificar hasta qué conceptuales de la «historia general» —«Edad Media», «Renaci­
punto podrían suscribirse las precedentes afirmaciones sobre la miento», «Barroco», «Ilustración», «Antiguo Régimen»...— sur­
incomunicación entre historiadores e historiadores del arte, de gieron en el seno de aquellas disciplinas vecinas *•; y cuántos
la 4iteratura, de la filosofía, de la ciencia...: basta echar una préstamos tomaron éstas de las aportaciones de la historio­
ojeada retrospectiva a los manuales de historia al uso hasta hace grafía.
veinte o quince años, o quizá menos. Hubo, ciertamente, dentro
de nuestras fronteras anticipaciones geniales en el camino hacia En las más recientes exposiciones históricas de conjunto y
la superación de las barreras entre historiadores e historiadores sea cual sea el arco cronológico que las enmarque, el tratamien­
del arte o de la literatura: recuérdense las aportaciones historio- to de los aspectos «culturales» —volvemos al empleo convencio­
gráficas de un Gómez Moreno o un Menéndez Pidal. Pero como nal de este término— dista hoy mucho ya de concebirse y des­
contrapartida ¿qué fue, en buena parte, la encendida y aún co­ arrollarse como un mero apéndice a los temas políticos, socia­
leante polémica entre Américo Castro y Sánchez Albornoz, sino les, económicos o jurídicos con los que, no sólo en la reelabora­
el reflejo de la radical incomprensión entre cultivadores de es­ ción intelectual del historiador sino en la realidad concreta, exis-
pecialidades históricas —historia «neta» frente a historia de la tencial, de las sociedades estudiadas, se manifestaron indisolu­
literatura— excesivamente celosos de sus respectivas competen­ blemente unidos. Lo mismo cabría decir en relación con las
cias? Dentro de un ámbito temático tan específico y al mismo construcciones históricas de carácter monográfico que por su
tiempo, con una personalidad tan acusada como el de la historia temática específica inciden frontalmente, y no sólo de forma

" «Arte e Historia: dimensión y medida de las civilizaciones», en Hacia " «Arte e Historia»..., p. 60.
una nueva Historia, cit., pp. 59 ss. *• Cf. L. E. Halkin, «Les catégories en histoire», en Les catégories en
*» Problemas..., p. 62. histoire. Eludes publiées par Ch. Perelman, Université Libre de Bruxelks,
*• «Historia de la Ciencia e Historia», en Once ensayos..., p. 145. Editions de l'Institut de Sociologie, 1969, pp. 13 s.
18 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 19
episódica como habrían hecho seguramente en otra época, en dad— derivan de la complejidad de las relaciones en que se
el análisis de manifestaciones de la creación literaria, filosófica desenvuelve su campo de observación. En efecto, la historia de
o técnica, según los casos*. las iglesias particulares y sobre todo de la Iglesia Católica —que
es la que más profunda y duradera huella ha dejado en la for­
mación y desarrollo del ciclo cultural occidental— es la de una
D) La Historia Eclesiástica organización que engloba en su conjunto principios doctrinales
de carácter ideológico —teoría y práctica de la religión— y as­
Entre las especialidades de la ciencia histórica que han gozado pectos institucionales y normativos que afectan tanto a su pro­
tradicionalmente de una entidad reconocida y ocupado un espa­ pia entidad organizativa interna como a las relaciones con otras
cio bien definido en el marco de las enseñanzas académicas fi­ organizaciones sociales y políticas, al comportamiento de sus
gura la Historia Eclesiástica. miembros, a las estructuras económicas ligadas a la configura­
Durante mucho tiempo, la mayor y mejor parte de la histo­ ción de la base material sustentadora de esa misma organización
riografía se escribió por eclesiásticos y en función de los círculos como centro de poder y de influencia política y social ... Con­
de interés de la propia Iglesia. B. Lacroix ha mostrado con un cebido así su objeto, y en una consecuente aplicación de las
abrumador aporte de erudición la decisiva influencia de la tra­ actuales concepciones totalizadoras o integradoras de la histo­
dición eclesiástica en las elaboraciones historiográficas del Me­ ria, la necesidad de una coordinación de técnicas y métodos que
dievo, sobre todo en sus primeros siglos: «cuatro veces de cada combinen las aportaciones de los especiaüstas en las diversas
cinco es un clérigo el que escribe, un monje, a veces el obispo ciencias históricas en una labor de investigación colectiva, ad­
de la diócesis, el abad del monasterio...; el historiador laico quiere en el ámbito de los estudios de historia eclesiástica ma­
aparecerá más tarde, a medida que se afirmen las lenguas na­ yor sentido, quizá, que en el de cualquiera de las demás disci­
cionales [...]»". Pero incluso bastante tiempo después el pro­ plinas históricas.
greso de la historia, la adquisición por ésta de unos perfiles pro-
tocientíficos ligados al desarrollo de las ciencias auxiliares —pa­ De hecho, sin embargo, la historia eclesiástica como disci­
leografía, diplomática y cronología, fundamentalmente—, se plina académica autónoma ha estado confinada en muchos paí­
asociará a la obra de eclesiásticos y al servicio, sobre todo, de ses, entre ellos el nuestro, en los centros de estudios eclesiás­
la investigación de la temática religiosa. ¿Cómo no recordar la ticos. Y el precio de la incomunicación entre los historiadores
decisiva labor de J. Mabillon (1632-1707) y J. Bolland (1597-1665), de historia «civil» y los de historia «eclesiástica» fue, como no
justamente analizada y valorada por J. Topolski en su magistral podía ser menos, el tratamiento tangencial por parte de unos y
exposición de los modelos de la investigación histórica a lo largo otros de los problemas que, de acuerdo con una óptica clasifi-
del tiempo? 51 . catoria fuertemente enraizada en la tradición historiográfica po­
sitivista, correspondían en una arbitraria compartimentación
A la práctica científica de la investigación y la docencia de temática a los especialistas del bando contrario.
la historia eclesiástica corresponde actualmente un ámbito te­ Las modernas concepciones integradoras de la ciencia his­
mático sumamente amplio, cuyas íntimas imbricaciones con los tórica han contribuido no poco a superar esas barreras y facili­
objetos y métodos propios de las demás especialidades históricas tar una fructífera interrelación entre la historia eclesiástica y
—tanto de las más tradicionales como de las de mayor nove- las distintas especialidades históricas. La ya larga serie de tra­
bajos auspiciados desde 1947 por el Instituto de Estudios Me­
* Una expresiva muestra de esas nuevas orientaciones integradoras dievales de Montreal (Les Conférences Albert-Le-Grand), consti­
puede verse en el conjunto de ensayos reunidos en la obra colectiva, diri­ tuyen un ejemplo bastante elocuente entre otros muchos, en
gida por J. Le Goff y P. Nora, Hacer la Historia. A ella tendremos ocasión
de referimos frecuentemente en el capítulo tercero de este libro. este punto. Empresas colectivas recientes, como la publicación,
" «L'historien au Moyen Age». Les Conférences Albert-le-Grand, Mon- en nuestra patria, del Diccionario de Historia Eclesiástica, y de
treal-París, Inst. D'Etudes Medievales, 1971, pp. 15 s. la Historia de la Iglesia en España, o la celebración de reuniones
51
Metodología, pp. 107 ss. y congresos sobre temas de esta especialidad —sobre todo refe-
20 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 21

ridos a la época medieval— reúnen a estudiosos de la historia como una disciplina sino como esfera de interés de n u m e r o s o s
procedentes de los más diversos campos 52 . investigadores» *; la Historia militar, que tiene un lugar reser­
Por otra parte, el creciente interés por el estudio de las for­ vado en los centros superiores de enseñanza militar; la Historia
mas de espiritualidad popular y de los fenómenos religiosos de de la medicina, también con acomodo académico al margen de
masas, en el marco de la historia social o de la nueva historia las facultades de Historia; la Historia de la técnica, asumida nor­
de las mentalidades, ha contribuido también poderosamente a malmente por los cultivadores de la Historia de la cultura ma­
la incursión de los historiadores «generales» en campos tradicio- terial; la Historia del urbanismo, tan íntimamente ligada a la
nalmente acotados por la historiografía eclesiástica; y no sólo esfera de interés propia de los historiadores del arte; la Histo­
por parte de los que, como los medievalistas, centran sus inves­ ria de la instrucción; la Historia de la historiografía.
tigaciones en marcos cronológicos de manifiesta posición domi­ Todavía podría alargarse más esta nómina ejemplificativa de
nante de la Iglesia 53 , sino por los estudiosos de épocas más re­ la que, y ya como cierre, no puede estar ausente una referencia,
cientes en las que esa posición preeminente de lo eclesiástico algo más detenida, a una especialización de la investigación his­
había ya declinado de manera ostensible. En este sentido y en tórica que, figurando entre las de implantación más reciente,
la historiografía patria las aportaciones de J. M. Cuenca, por parece llamada a conseguir rápida fortuna: la Historia de las
citar sólo un ejemplo, representan una clara muestra de esa mentalidades.
corriente de interés a la que aludimos.
No nos encontramos aquí, al menos en el estado actual del
desenvolvimiento de las ciencias históricas, ante una disciplina
plenamente autónoma, en el sentido en que venimos aplicando,
E) La Historia de las Mentalidades en los ejemplos precedentes, el término autonomía; se trata
más bien de una tendencia u orientación, un modus operandi
En las páginas precedentes hemos dado un rápido repaso a aque­ que polariza las preocupaciones investigadoras compartidas por
llas especialidades que, en el conjunto de las ciencias históricas, un sector, cada vez más amplio, de los historiadores actuales.
han adquirido un mayor rango autonómico en la práctica cien­ Surgida como prolongación profundizadora de la «Historia
tífica y académica. La nómina de esas disciplinas podría, obvia­ social» de cuño tradicional, como búsqueda de alternativas de
mente, ampliarse con la consideración de otras historias «espe­ recambio a una rígida interpretación economicista de aquélla,
ciales» cuyo grado de independización, sin embargo, bien por y bajo un primer y decisivo impulso recibido de la sicología
la falta de plena madurez de un método propio, por la limitación social, la Historia de las mentalidades debe su definitiva consa­
de su ámbito objetivo o por el hecho de que éste pueda ser sus­ gración a las formulaciones teóricas, propuestas metodológicas
ceptible de tratamiento en el marco de una disciplina de con­ y aportaciones en la práctica investigadora de algunos de los
tenidos más complejos, no han alcanzado el nivel de las ciencias más significados representantes de la que se ha dado en califi­
históricas que han sido ahora objeto de nuestra atención. car, con razón, de Nueva Escuela Histórica Francesa 55 . Pueden
Una referencia más pormenorizada que la meramente intro­ incluso fijarse los hitos fundamentales del proceso de elabora­
ductoria aquí expuesta, habría de tener también en cuenta, por ción de esa nueva especialidad histórica, que tiene su punto de
ejemplo, la Historia política, entendida, restrictivamente, como arranque en L. Fébvre y han continuado y perfilado G. Duby,
la historia de las prácticas de gobierno, de los sistemas políticos R. Mandrou y J. Le Goff *
y de las relaciones entre Estados; la Historia de los movimien­
tos sociales, que «en su conjunto se distinguen realmente no " Kula, Problemas..., p. 69. El auge adquirido por esta temática en los
a
últimos años ha propiciado incluso una dedicación editorial específica a
Recientemente, por ejemplo, se celebraba en Oviedo con ese carácter las monografías referidas a este concreto campo de la investigación his­
multidisciplinar la «Semana de Historia del monacato cántabro-astur-leo- tórica. La colección «Historia de los movimientos sociales» que, con un ya
nés», conmemorando el XV Centenario del nacimiento de San Benito. largo registro de títulos, mantiene la Editorial Siglo XXI, constituye en
u este sentido un elocuente ejemplo.
Véase en este punto, por ejemplo, las páginas introductorias del re­
ciente libro de E. Mitre, Judaismo y Cristianismo. Raices de un gran con- ■ Sobre ella volveremos en el capitulo tercero.
liiclo histórico, Madrid, Istmo, 1980. " «Está claro... que en el campo científico es la historia de las menta-
20 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 21

ridos a la época medieval— reúnen a estudiosos de la historia I omo una disciplina sino como esfera de interés de numerosos
procedentes de los más diversos campos 52 . Investigadores» 54 ; la Historia militar, que tiene un lugar reser­
Por otra parte, el creciente interés por el estudio de las for­ vado en los centros superiores de enseñanza militar; la Historia
mas de espiritualidad popular y de los fenómenos religiosos de de la medicina, también con acomodo académico al margen de
masas, en el marco de la historia social o de la nueva historia las facultades de Historia; la Historia de la técnica, asumida nor­
de las mentalidades, ha contribuido también poderosamente a malmente por los cultivadores de la Historia de la cultura ma­
la incursión de los historiadores «generales» en campos tradicio- terial; la Historia del urbanismo, tan íntimamente ligada a la
nalmente acotados por la historiografía eclesiástica; y no sólo a de interés propia de los historiadores del arte; la Histo­
por parte de los que, como los medievalistas, centran sus inves­ ria de la instrucción; la Historia de la historiografía.
tigaciones en marcos cronológicos de manifiesta posición domi­ Todavía podría alargarse más esta nómina ejemplificativa de
nante de la Iglesia 53 , sino por los estudiosos de épocas más re­ la que, y ya como cierre, no puede estar ausente una referencia,
cientes en las que esa posición preeminente de lo eclesiástico algo más detenida, a una especialización de la investigación his­
había ya declinado de manera ostensible. En este sentido y en tórica que, figurando entre las de implantación más reciente,
la historiografía patria las aportaciones de J. M. Cuenca, por parece llamada a conseguir rápida fortuna: la Historia de las
citar sólo un ejemplo, representan una clara muestra de esa mentalidades.
corriente de interés a la que aludimos.
No nos encontramos aquí, al menos en el estado actual del
desenvolvimiento de las ciencias históricas, ante una disciplina
plenamente autónoma, en el sentido en que venimos aplicando,
E) La Historia de las Mentalidades en los ejemplos precedentes, el término autonomía; se trata
más bien de una tendencia u orientación, un modus operandi
En las páginas precedentes hemos dado un rápido repaso a aque­ que polariza las preocupaciones investigadoras compartidas por
llas especialidades que, en el conjunto de las ciencias históricas, un sector, cada vez más amplio, de los historiadores actuales.
han adquirido un mayor rango autonómico en la práctica cien­ Surgida como prolongación profundizadora de la «Historia
tífica y académica. La nómina de esas disciplinas podría, obvia­ social» de cuño tradicional, como búsqueda de alternativas de
mente, ampliarse con la consideración de otras historias «espe­ recambio a una rígida interpretación economicista de aquélla,
ciales» cuyo grado de independización, sin embargo, bien por y bajo un primer y decisivo impulso recibido de la sicología
la falta de plena madurez de un método propio, por la limitación social, la Historia de las mentalidades debe su definitiva consa­
de su ámbito objetivo o por el hecho de que éste pueda ser sus­ gración a las formulaciones teóricas, propuestas metodológicas
ceptible de tratamiento en el marco de una disciplina de con­ y aportaciones en la práctica investigadora de algunos de los
tenidos más complejos, no han alcanzado el nivel de las ciencias
más significados representantes de la que se ha dado en califi­
históricas que han sido ahora objeto de nuestra atención.
car, con razón, de Nueva Escuela Histórica Francesa 55 . Pueden
Una referencia más pormenorizada que la meramente intro­ incluso fijarse los hitos fundamentales del proceso de elabora­
ductoria aquí expuesta, habría de tener también en cuenta, por ción de esa nueva especialidad histórica, que tiene su punto de
ejemplo, la Historia política, entendida, restrictivamente, como arranque en L. Fébvre y han continuado y perfilado G. Duby,
la historia de las prácticas de gobierno, de los sistemas políticos R. Mandrou y J. Le Goff56.
y de las relaciones entre Estados; la Historia de los movimien­
tos sociales, que «en su conjunto se distinguen realmente no * Kula. Problemas..., p. 69. El auge adquirido por esta temática en los
últimos años ha propiciado incluso una dedicación editorial especifica a
n las monografías referidas a este concreto campo de la investigación his­
Recientemente, por ejemplo, se celebraba en Oviedo con ese carácter
multidisciplinar la «Semana de Historia del monacato cántabro-astur-leo- tórica. La colección «Historia de los movimientos sociales» que, con un ya
nés», conmemorando el XV Centenario del nacimiento de San Benito. largo registro de títulos, mantiene la Editorial Siglo XXI, constituye en
u este sentido un elocuente ejemplo.
Véase en este punto, por ejemplo, las páginas introductorias del re­
ciente libro de E. Mitre, Judaismo y Cristianismo. Raices de un gran con­ * Sobre ella volveremos en el capitulo tercero.
flicto histórico, Madrid, Istmo, 1980. * «Está claro... que en el campo científico es la historia de las menta-
22 Planteamientos de carácter general 2i
Juan Ignacio Ruiz de la Peña

Las a p o r t a c i o n e s d e estos a u t o r e s , y en especial las d e Duby ■ últimos rescoldos d e la historia «historizante», el s o s t e n e r la


y las p á g i n a s q u e Le Goff 58 ha dedicado a clarificar las a m b i ­ supremacía d e lo colectivo s o b r e lo individual, el p o n e r el acen­
g ü e d a d e s y equívocos q u e p l a n t e a esa nueva Historia de las men­ to en la afirmación d e q u e t o d a c o n d u c t a individual r e s p o n d e a
talidades, d e s t a c a n su e s t r e c h a relación con o t r a s ciencias hu­ una d e t e r m i n a d a situación y d e q u e el h o m b r e debe s e r consi­
m a n a s —la etnología y la lingüística p a r t i c u l a r m e n t e — ; su vin­ d e r a d o en el s e n o del g r u p o .
culación a los n u e v o s m é t o d o s y técnicas q u e h a n v e n i d o coope­ E n e s t a línea a n t i c i p a r í a ya F é b v r e la s u p e r i o r i d a d de u n a
r a n d o ú l t i m a m e n t e al p r o g r e s o de la investigación histórica: el historia social «no referida al h o m b r e , nunca al h o m b r e , sino a
e s t r u c t u r a l i s m o , la aplicación d e técnicas d e cuantificación, la las sociedades h u m a n a s , a los g r u p o s organizados»; o p o d r í a ha­
arqueología; y, s o b r e todo, la exigencia q u e esa Historia p o s t u l a blar Bloch d e la existencia d e u n «clima feudal», expresión é s t a
d e un r e p l a n t e a m i e n t o a fondo d e los m o d o s operativos d e tra­ que e n c o n t r a r í a t i e m p o d e s p u é s un fiel c o r r e l a t o en la r e s p u e s t a
t a r el m a t e r i a l d o c u m e n t a l s o b r e el q u e t r a b a j a n s u s cultiva­ d a d a p o r Duby al i n t e r r o g a n t e s o b r e la esencia del feudalismo,
d o r e s . Se t r a t a t a n t o d e c o n s i d e r a r d e s d e n u e v a s p e r s p e c t i v a s e n t e n d i d o p o r él «ante t o d o [ c o m o ] u n a disposición espiri­
d e análisis las fuentes «tradicionales» d e la Historia — B . La- tual» 6I . E n e s t e sentido, fue posible p l a n t e a r u n a i n t e r p r e t a c i ó n
croix, p o r ejemplo, d e s t a c a r á las posibilidades q u e en este p u n t o de las Cruzadas d e s d e n u e v a s p e r s p e c t i v a s d e análisis q u e atri­
ofrecen los textos n a r r a t i v o s medievales 5 9 —, c o m o de profun­ buían u n p a p e l f u n d a m e n t a l en la génesis d e e s t a e m p r e s a a la
dizar en el e s t u d i o d e las q u e Le Goff ha l l a m a d o «fuentes privi­ sicología de m a s a s 6 2 ; o c o b r a especial relieve la afirmación d e
legiadas» de la Historia de las mentalidades: la hagiografía, las la existencia d e u n a nueva m e n t a l i d a d b u r g u e s a , nacida al calor
manifestaciones d e la creación a r t í s t i c a y literaria, la simbolo- del r e n a c i m i e n t o u r b a n o q u e se o p e r a e n la E u r o p a de los si­
gía, los r e s t o s de la c u l t u r a m a t e r i a l , los d o c u m e n t o s q u e inci­ glos xi al XIII. Los ejemplos, en fin, p o d r í a n multiplicarse.
d e n d e m o d o especial en los diversos a s p e c t o s q u e p u e d e adop­
E n o t r o o r d e n d e cosas debe d e s t a c a r s e la e s t r e c h a vincula­
t a r la m a r g i n a c i ó n social, la educación, la formación d e modelos
ción e n t r e la Historia de las mentalidades y la Historia de la his­
c u l t u r a l e s ; y, en fin, d e todo a q u e l l o q u e c o o p e r e p o s i t i v a m e n t e
toriografía, en la m e d i d a en q u e ésta es fruto d e un a m b i e n t e ,
a r e c o m p o n e r , en expresión d e L. Fébvre, «todo el u n i v e r s o so­
d e u n clima intelectual y d e u n a s exigencias n a c i d a s , en defini­
ciológico, intelectual, moral», en el q u e se desenvuelven, en u n
tiva, d e un d e t e r m i n a d o sistema c u l t u r a l ; y su n o m e n o s í n t i m a
d e t e r m i n a d o t i e m p o y lugar, las sociedades.
relación con las d i v e r s a s p r o p u e s t a s de periodización del c u r s o
m i s m o d e la h i s t o r i a 4 3 .
Ese n u e v o c a m p o o p e r a t i v o d e la investigación histórica ejer­
A J. Le Goff d e b e m o s u n precioso e n s a y o d e d e t e r m i n a c i ó n
ce un e n o r m e a t r a c t i v o q u e deriva, s o b r e todo, en p a l a b r a s de
de los c o n t o r n o s del á m b i t o objetivo d e la Historia de las men­
Le Goff, «del d e s a r r a i g o q u e ofrece a los intoxicados d e la his­
talidades. P a r a el ilustre medievalista francés, n o se define é s t a
toria e c o n ó m i c a y social y e s p e c i a l m e n t e d e u n m a r x i s m o vul­
«solamente p o r el c o n t a c t o con las d e m á s ciencias h u m a n a s y
gar» *°. P e r o s u p o n e , p o r o t r a p a r t e , la definitiva r u p t u r a con los
p o r la e m e r g e n c i a d e un d o m i n i o r e p r i m i d o p o r la historia tra­
dicional».
lidades la que ha salvado la palabra y es su uso en francés el que ha
reintroducido la palabra en inglés y la ha transmitido al alemán, al es­ Es también el lugar de encuentro de exigencias opuestas que la
pañol, al italiano (mentality, Mentalitüt, mentalidad, mentalitd). Aquí la dinámica propia de la investigación histórica actual fuerza al diá­
eclosión de la nueva escuela histórica francesa ha asegurado —hecho ex­ logo. Se sitúa en el punto de conjunción de lo individual con lo
cepcional— el éxito de la palabra, de la expresión y del género (los tres
teóricos de la historia de las mentalidades son Lucicn Fébvre, 1938, Geor- colectivo, del tiempo largo y de lo cotidiano, de lo inconsciente y lo
ges Duby, 1961, Robcrt Mandrou, 1968)» (J. Le Goff, «Las mentalidades.
Una historia ambigua», en Hacer la Historia, ni, p. 90). " «¿El feudalismo, una mentalidad medieval?», en Hombres y estruc­
" «Histoire des mentalités», en L'Histoire el ses méthodes, pp. 937-966; turas..., pp. 18 ss.
a
véase también la serie de estudios reunidos en su libro Hombres y estruc­ Cf., por ejemplo, la obra, ya clásica, de P. Alphandery y A. Dupront,
turas de la Edad Media, Madrid, Siglo XXI de España, 1977. L'ldée de Croisade, 2 vols., París, 1954-1959. O la de Delaruelle, sobre el
" Cf. su estudio cit. supra, nota 56. mismo tema.
• «LTiistorien ...», p. 13. " Le Goff, «Las mentalidades...», p. 94; cf. también L. E. Halkin, «Les
" Ob. cit., p. 85. catégories...», p. 16, y la referencia de B. Lacroix cit. supra, nota 61.
24 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 25
intencional, de lo estructural y lo coyuntural, de lo marginal y lo
general. El nivel de la historia de las mentalidades es el de lo coti­ I | especialización histórica no contradice la exigencia de una
diano y de lo automático, lo Que escapa a los sujetos individuales concepción unitaria de la Historia. Sus fundamentos son funcio-
de la historia porque es revelador del contenido impersonal de su Mlea y radican más en requerimientos de tipo ideológico, en las
pensamiento [...] La historia de las mentalidades es a la historia de limitaciones prácticas del quehacer del historiador y en el li­
las ideas lo que la historia de la cultura material es a la historia bérrimo derecho que le asiste a elegir el propio objeto de sus
económica M. investigaciones que en una diversidad esencial de la realidad
misma investigada. La afirmación del carácter «total» o «inte­
La cita precedente, de una expresividad que excusa de todo gral» de la Historia, por encima de las variadas manifestaciones
comentario, pone de manifiesto la imprecisión con que se nos que puede adoptar el suceder histórico o, dicho en otros tér­
ofrecen los límites de la que todavía no puede ser considerada, minos, el comportamiento social en su doble articulación geo-
en rigor, como una disciplina histórica consolidada, sino como lemporal, se proclama con absoluta unanimidad desde las, apa­
una especialidad en proceso de construcción: «pese, o mejor a rentemente, más encontradas posiciones historiográficas. Vea­
causa de su carácter vago, la historia de las mentalidades está mos, por ejemplo, el elocuente testimonio que en este punto
en vías de establecerse en el campo de la problemática histó­ brindan las siguientes consideraciones de W. Kula:
rica»65. Es innegable en todo caso, que ese nuevo modo de «ha­
cer historia» se está afirmando cada vez con mayor fuerza en La base de la diferenciación de las disciplinas históricas especiali­
la esfera de intereses de la moderna historiografía. Con referen­ zadas es más bien un método que una categoría de los fenómenos
cia a la historia medieval, su incorporación a las exposiciones investigados. La necesidad de dominar el procedimiento específico
de conjunto se acusa sensiblemente en los manuales al uso, brin­ de indagación de un aspecto determinado de la vida social (econó­
dando, por otra parte, en el campo de la investigación monográ­ mico para los historiadores económicos, jurídico para los historia­
fica, aportaciones de positiva y renovadora proyección**. dores del sistema, militar para los historiadores militares, etc.) se
manifiesta necesariamente al menos en la práctica de la especiali­
Su futuro, en el marco de una «historia total», se ofrece pro­ zación de las ciencias históricas. La ciencia conoce a los polihisto-
misorio, aunque no exento de riesgos, sobre todo para las épocas riadores en el terreno de los hechos, pero no conoce a los polihis-
toriadores en el terreno de los métodos*8.
más lejanas, provistas de menor y menos diversificado bagaje
documental y, consecuentemente, propicias a las generalizacio­
nes abusivas, a la formación de clichés históricos que con fre­ En una línea afín a la del historiador polaco, P. Vilar insis­
cuencia se justifican, o explican, por esa indigencia de las fuen­ tiría también, recientemente, en la ineludible exigencia episte­
tes que constituye la penosa servidumbre del historiador de los mológica de una concepción unitaria, global, de la Historia, por
tiempos antiguos o del primer Medievo. Pero «si se evita que encima de la contingente necesidad de la especialización:
sea un cajón de sastre, coartada de la pereza epistemológica, si
se le dan sus utensilios y sus métodos [la Historia de las men­ [...] puede suceder incluso que el historiador, por las dificultades
de su oficio, se vea obligado a especializarse en un análisis parcial;
talidades] hoy tiene que desempeñar su papel de una historia será historiador de la economía, o sea, de las infraestructuras, his­
distinta que, en su búsqueda de explicación, se aventura por el toriador de la política o de las instituciones, historiador de las ideas
otro lado del espejo» ". o de las representaciones —religión, arte— o sea, de las sobres-
tructuras. Hay que insistir en la necesidad de pensar globalmente
la historia, a la vez en todas sus relaciones estructurales y en todos
sus movimientos [...]**.
" Ob. clt., p. 85.
■ ibid., p. 96. Desde el frente de la historiografía marxista pasemos ahora
" Véase la muestra ejemplificativa que incluye J. Le Goff al final de al de la militancia de la Escuela de los Annales, en cuyo frontis­
su estudio repetidamente citado; y que podría ampliarse, para los últimos picio no ha dejado de ondear la bandera de la «historia total»,
años, con la aportación de un nutrido registro de nuevos títulos, algunos
de los cuales se citan en la Orientación bibliográfica que cierra este libro. " Problemas..., p. 56.
■ Le Goff, Ob. cit.. p. 96. " Iniciación..., p. 73.

.'
2n
Juan Ignacio Ruiz de la Peña I'liinteamientos de carácter general 27

enarbolada hace ya más de medio siglo por M. Bloch y L. Fébvre: He aquí ya planteado, frontal mente, el problema de la supe-
«[...] no hay historia económica y social. Hay la historia sin más, ti de la vieja concepción artesanal del trabajo histórico, que
en su unidad. La historia que es, por definición, absolutamente i '.iilleva el de la organización de una estrecha cooperación entre
social», dirá Fébvre™, uno de cuyos artículos reunidos en los i"ilns los especialistas de las diferentes disciplinas históricas, la
Combates lleva el elocuente título Contra el espíritu de especia­ iiie,ta en común de planteamientos y métodos por los historia-
lidad'". No menos explícito sería su discípulo F. Braudel en su I s del derecho, de la economía, de la política, de las religio­
preciosa disertación sobre Las responsabilidades de la Historia: nes, del arte o de la cultura material... para iluminar con luces
BU se proyecten desde ángulos diversos y complementarios to­
Hay que recogerlo todo para reintegrarlo en el marco general de la llos los recovecos que, en cada momento y en cada lugar, pre-
historia, para que, a pesar de las dificultades, de las antinomias y
de las contradicciones fundamentales, la unidad de la historia, que •ii i la el curso de la Historia. Porque «ningún problema se ha
es unidad de la vida, sea respetada71. i i ido nunca encerrar en un solo marco» 75 , y porque «en la
práctica de una especialización legítima, en el cultivo laborioso
«le su jardín» cada uno debe esforzarse «en mantenerse al co-
La especialización, síntoma de crecimiento científico, signo
i lente de la labor del vecino», como exigía Braudel, después
de los tiempos modernos, se impone, pero no tiene por qué aten­
de afirmar rotundamente que «no hay salvación fuera de los
tar contra la concepción unitaria de la Historia. Por el contrario,
métodos de trabajo en equipo» K.
puede reforzarla siempre y cuando se cumplan determinadas
condiciones enraizadas en la convicción de que «no existe nin­ No hace mucho y entre nosotros, J. A. García de Cortázar
guna disciplina histórica capaz de dar luz a sus propios proble- ■ escribía: «El reconocimiento de la complejidad de la ciencia
mas, utilizando sólo sus propios materiales y sus propios méto­ histórica, como proyecto global de conocimiento del hombre en
dos» 73 . Esas condiciones serían, en suma, las siguientes: que se lu sociedad en evolución a través de los tiempos... reclama in­
coordinen los esfuerzos de los cultivadores de cada parcela del mediatamente la urgente necesidad que los nuevos métodos de
«todo histórico» y se olvide el principio tradicional de confina­
Investigación histórica tienen de una relación interdisciplinar,
miento en compartimentos estancos de cada una de esas parce­
las; que se concentren los esfuerzos en la búsqueda de criterios y por ello mismo, de un trabajo en equipo [ . . . ] » n . Una rela­
o conceptos integradores que ayuden a superar «la actual situa­ ción interdisciplinar que debe comenzar por las disciplinas his­
ción de especializada dispersión de las disciplinas históricas»; tóricas más próximas: entre las que se ocupan, por ejemplo, de
y que, en fin, los especialistas de cada materia abdiquen de los la historia de la cultura material —arqueología prehistórica, ar­
radicales principios de una malentendida autonomía científica queología histórica, etnografía— disociadas durante tanto tiem­
dando entrada a los préstamos, siempre enriquecedores, de los po; o entre la Historia del derecho y la Historia económica7*,
campos vecinos. En todo caso deberá tenerse en cuenta que: o, en fin, entre tantas y tantas otras ramas del árbol de la His­
toria que se necesitan mutuamente por la imbricación de sus
El camino hacia la «historia integral» no es la anulación de las dis­ ámbitos objetivos y la intrínseca interdependencia o, por lo me­
ciplinas especializadas, sino la consolidación de las mismas. Como nos, complementariedad, de los métodos que les son propios.
quiera que el más genial de los investigadores no es capaz de domi­ AI mismo tiempo se trata de lograr una integración que no con­
nar a la vez todos los modernos y complejos métodos de indagación siste —como advierte Tomás y Valiente para la Historia del
en todas las especialidades, sólo podremos acercarnos a la 'historia Derecho— en una mera yuxtaposición de la especialidad propia
integral' por medio de una labor colectiva1'.

" Combates..., p. 39. » Braudel, ob. cit., p. 35.


" Véanse pp. 159 ss. " Ibid., p. 31.
" La historia y las ciencias sociales, p. 37. " «Los nuevos métodos de investigación histórica», en Once ensayos...,
" Kula, Problemas..., p. 68. página 37.
" Kula, ob. cit., p. 79. ™ Remitimos al estudio de Kula cit. supra, nota 25: «Histoire du
Droit...»
28
Juan Ignacio Ruiz de la Peña ¡'¡(tuteamientos de carácter general 29
junto a otras ramas historiográficas, «y que respete la especifi­ l'.l historiador piensa no sólo lo humano. La atmósfera en que su
cidad de nuestro objeto y de nuestros métodos» ". amiento respira naturalmente es la categoría de la duración
Pero todavía esa relación interdisciplinar debe ir más lejos: i |; el tiempo de la historia, realidad concreta y viva abandonada
traspasar los limites de las ciencias históricas para beneficiarse | ni impulso irrevertible, es el plasma mismo en que se bañan los
(I i lómenos y algo así como el lugar de su inteligibilidad [...]°.
de las aportaciones de las demás ciencias sociales; y, en contra­
partida, proporcionar a éstas los frutos del progreso científico
de la Historia. Como ya proclamaba Fébvre, hay que «negociar Braudel, el gran renovador del concepto del tiempo histórico,
perpetuamente nuevas alianzas entre disciplinas próximas o le­ nos habla de éste como
janas; concentrar en haces sobre un mismo tema la luz de de esa coordenada inapreciable, sutil y compleja que sólo los histo-
varias ciencias heterogéneas; ésa es la tarea primordial, la más i ladores sabemos manejar y sin la cual ni las sociedades ni los indi­
urgente y la más fecunda sin duda, de las que se imponen a viduos del pasado o del presente pueden recuperar el ritmo y el calor
una historia que se impacienta ante las fronteras y los compar­ ilc la vida85.
timientos estancos» 80 . Y esto debe ser así por exigencias mis­
mas del oficio de historiador, porque los historiadores —dirá Y entre nosotros, L. Suárez afirmará que sin la historia «fal­
Braudel—, junto con los sociólogos, «somos los únicos en tener laría en la conciencia científica una dimensión humana esen­
derecho de mirada sobre todo lo humano [...] [y] [...] cuando cial: la del tiempo» 84 .
tratamos de reconstruir al hombre hace falta que reinstalemos Cualquiera que sea el modo de su interpretación, tiempo y
juntas las realidades emparentadas que se unen y viven en un espacio constituyen las coordenadas en las que se articulan los
mismo ritmo»". hechos históricos 85 ; y el análisis de éstos, el nacimiento y des-
urrollo de la ciencia histórica ha estado, desde siempre, estre­
Interdisciplinariedad de las ciencias históricas e interrela- chamente ligado a la consideración de aquellas dos nociones
ción de éstas y las demás ciencias sociales. Un problema que
fundamentales.
constituye, sin duda, el gran reto que tiene planteada hoy la
Historia y que se manifiesta con peculiares características para Dejando para más adelante la referencia a las conexiones de
los cultivadores de cada uno de los grandes ámbitos temporales la historia con la geografía, detengámonos ahora en la reflexión
en que la práctica académica y las exigencias de la investigación sobre su división o articulación en el tiempo, es decir, en el pro­
han dividido —periodizado— el curso del suceder histórico. blema de la periodización o periodificación histórica.
Sobre este tema y sobre los concretos problemas operativos
que plantea en relación con la Historia Medieval, en general, y A) Periodificación y categorías periodológicas
en particular con la del Medievo hispano, volveremos en el ter­
cer capítulo de este libro. La periodización es un concepto historiográfico fundamental
que deriva de la esencia misma del suceder histórico y de su
aprehensión por el historiador. Por periodización se entiende el
2. La periodificación histórica proceso de división y ordenación de la materia histórica en uni­
dades —períodos— limitadas por referencias temporales.
La dimensión temporal es esencial al concepto mismo de his­ La existencia de la periodización deriva, en principio, de la
toria. A partir de la premisa de que la historia es «la ciencia necesidad que todo historiador tiene de manejar unas ciertas
de los hombres en el tiempo» nos recuerda Bloch, una vez más, categorías que le permitan articular el objeto de sus investiga-
cómo
"u Introducción..., p. 26.
" «Historia del Derecho e Historia», p. 167. La Historia y ¡as ciencias sociales, p. 42.
■ Combates..., p. 30. " Grandes interpretaciones de la Historia, Universidad de Navarra, 1981,
u página 18.
La Historia y las ciencias sociales, p. 59. u
Véase Topolski, Metodología..., pp. 268 ss.
30 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
Planteamientos de carácter general 31
ciones y exponer coherentemente sus resultados: «[...] necesa­
riamente, el discurso sobre la realidad histórica debe ordenarse en torno al problema de la periodización histórica. Para algunos,
en torno a polos que, de una parte, confieran a la exposición «generalmente los espíritus empíricos, este procedimiento no
una cierta unidad y, de otra, permitan integrar la diversidad de tiene valor en sí mismo; no es más que un medio práctico de
los sucesos bajo determinadas perspectivas que transformen la usar la cronología, de situar unos hechos por relación a otros,
simple continuidad en conexión significativa» 16 . de señalar afinidades y diferencias en el desenvolvimiento del
proceso histórico»' 0 . La periodización así entendida tendría un
Las «categorías históricas», entendidas en sentido amplio mero valor instrumental; y los períodos serían simples catego­
como bagaje conceptual del que se sirve el historiador en su rías abstractas, referencias temporales sin objetiva individuali­
trabajo o, por expresarlo con palabras de Lalande, como «con­ dad. Pueden ejemplificar esta posición las siguientes palabras
ceptos de vasta comprensión en los que se engarzan las ideas y de H. Gelzer:
los hechos» ", son de muy diversa naturaleza y constituyen en
muchos casos adaptaciones o reelaboraciones historiográficas Todas las periodificaciones y delimitaciones en el curso de la His­
de nociones procedentes de otros campos científicos. Conceptos toria son sólo condicionales y por ello completamente voluntarias.
tales como civilización y cultura pertenecen al lenguaje filosó­ La Historia misma, en la que cada acontecimiento está en relación
fico; pueblo, Estado o nación al vocabulario político, hace notar causal con el que le precede y con el que le sigue, no hace ningún
L. E. Halkin cuando afirma que «no existen categorías históri­ corte, es un continuo sucesivo".
cas propiamente dichas fuera de las categorías periodológicas:
Prehistoria, Antigüedad, Edad Media, Renacimiento, Tiempos El pasaje con el que F. Vercauteren abre su sugestivo ensayo
Modernos, Época contemporánea, etc.», recordando de paso has­ La Edad Media, desconectado del contexto en el que el propio
ta qué punto muchas de estas categorías han sido también im­ autor matiza cumplidamente el sentido de esas afirmaciones pre­
portadas por los historiadores desde otras disciplinas como la liminares, podría resultar también muy elocuente en este punto:
Literatura o el Arte8*.
El carácter esencial de la palabra «edad media» es el no tener en
Las categorías periodológicas son, pues, inherentes a la esen­ sí misma ninguna significación. La «edad media» es una «media
cia misma del quehacer historiografía), condición indispensable edad» que se sitúa necesariamente entre una edad que le precede
y otra que le sigue; no puede pues, en rigor, definirse más que porn
para lograr una síntesis científica de conocimientos. Todo his­ referencia a las otras edades que la enmarcan cronológicamente .
toriador, necesariamente, se ve obligado a recurrir a la periodi-
zación como instrumento de análisis de la materia histórica es­
tudiada; a la ordenación temporal de esa materia, incluso a la En el polo opuesto a la consideración del valor meramente
de tipo más convencional, como puede ser la que se basa en la instrumental de la periodificación está la de aquellos historia­
simple sucesión de los siglos. «La necesidad que nos impulsa a dores «frecuentemente los espíritus metódicos, para quienes la
la periodificación no es otra que la de iluminar la oscura trama periodización implica un juicio de valor y comporta una cuasi-
de los fenómenos históricos, de compendiar y ordenar la ma­ realidad, creando entidades cronológicas con una fisonomía y
deja de las relaciones históricas» K . una existencia bien definidas» 93 . En esta línea, el historiador
tratará de descubrir el ritmo del suceder histórico y de mostrar
Pero no todos los historiadores comparten idénticos puntos cómo los períodos o divisiones temporales de ese suceder no
de vista sobre el valor de esa técnica usual de su trabajo y sobre tienen un mero valor referencial sino que poseen su propia es­
la fundamentación objetiva de las divisiones periodológicas re­ tructura y originalidad. «La división de la historia en períodos
sultantes de su aplicación. consistirá pues, a fin de cuentas, en analizar una civilización en
Dos posiciones extremas polarizan los términos del debate sus elementos constitutivos, desentrañar su estructura, estable-

" F. Chátelet, Naissance de Vhistoire, París, 1962, pp. 115 s. " Véase F. Vercauteren, «Le Moyen Age», en Les catégories..., p. 30.
" Cit. por L. E. Halkin, «Les catégorics...», p. 11.
" Halkin, ob. cit., p. 13. " Cit. por Bauer, Introducción..., p. 154.
" Bauer, Introducción..., p. 154 s. " Vercauteren, ob. cit., p. 29.
" Ibid., p. 30.
32 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 33

cer una jerarquía entre sus diversos sectores, descubrir sus lí­ En suma, pues, la periodización puede y debe revestir diver­
neas recíprocas, aproximar sus diferentes evoluciones» 94 . sas formas según las modalidades y la amplitud de los fenóme­
Así entendido, el proceso de periodizar o periodificar la his­ nos investigados, la dimensión temporal en que se articulen y
toria se nos ofrece como fruto de una actividad intelectual del el ámbito espacial en que se consideren. Y en cualquier caso, los
historiador aplicada a y condicionada por el carácter cambiante criterios que se manejen al aplicarla tendrán que ser tan flexi­
de la realidad misma historiada. bles y dinámicos como la realidad estudiada. La misma perio­
dización no es aplicable a cualquier orden de hechos ni a cual­
quier país indistintamente; ni es indiscriminadamente válida
para todos los campos de la vida social, para todas las manifes­
Es claro que la historia entendida como suceder del complejo
taciones de la vida cultural, para todos los estados y para todos
de relaciones espirituales, políticas, económicas, culturales, que
los países 98 .
constituyen la civilización humana —empleado aquí, una vez
más, el término civilización en una acepción sumamente am­ Del concepto de especialización histórica, consecuencia de
plia"—, se presenta como un continuo, sin censuras ni divisio­ la multiplicidad de aspectos que presenta el objeto de la historia
nes en períodos claramente definidos, confinados entre hitos y que analizábamos en el apartado precedente, se sigue la afir­
cronológicos precisos y sin relación cada uno de ellos con el mación de la necesidad de periodizaciones especiales, adaptadas
que le precede o le sigue. «La interpretación de los grandes su­ al peculiar ritmo con que se renuevan o transforman en el curso
cesos históricos —las invasiones germánicas, la Reforma, la Re­ del tiempo las diversas manifestaciones de la vida social.
volución Francesa, etc.— como 'catástrofes' que han hecho tabla La Historia del Derecho y de las Instituciones, por ejemplo,
rasa de todo lo anterior, es hoy una concepción totalmente su­ exige una periodificación que atienda «a los modos de creación
perada» **. del derecho» y a la «larga duración de las instituciones [que]
Pero no es menos cierto que esta afirmación del sentido de es causa de que parte de las de una etapa subsistan, más o me­
continuidad de la historia no debe impedirnos apreciar los di­ nos modificadas, en otras subsiguientes». En función a estos
ferentes caracteres con los que cada época se presenta, diversos postulados metodológicos y entre nosotros, Tomás y Valiente
de los que confieren su ritmo peculiar a la anterior o a la si­ sugiere una articulación periodológica de la Historia del Dere­
guiente, aunque el tránsito de una a otra se produzca por una cho español que no se ajusta —no podría ajustarse— a las perio-
lenta evolución. El período, la categoría periodológica, brota, dificaciones históricas usuales concebidas en función del ritmo,
así, del mismo proceso cognoscitivo del historiador —«pensar diferente, que presenta el desarrollo de los fenómenos políticos,
la historia es periodificarla», dirá B. Croce—, condicionado por sociales o económicos; y aduce como expresivo ejemplo, entre
la naturaleza cambiante de los fenómenos investigados y por su los muchos que podrían invocarse en objetiva justificación de
propia dinámica en el tiempo y en el espacio. su propuesta, el hecho de que «nuestro Tribunal Supremo aplicó
hasta la entrada en vigor del Código Civil de 1889 leyes de las
El período histórico se presenta como un lapso de tiempo que es Partidas para resolver pleitos civiles» " . Y recientemente A. Mac-
una unidad ideal, cuya esencia se identifica con la existencia de un kay advertía cómo casi todas las instituciones hispánicas de
hecho o de una idea o con un complejo de hechos o de ideas que comienzos de la Edad Moderna se desarrollaron durante el cur­
domina y predomina, que constituye un verdadero «problema cen­ so de los siglos xrv y xv: «más que aceptar la división conven­
tral» y da al período histórico su carácter y su ritmo interior, dis­ cional entre 'medieval' y 'moderno', la historia de las institucio­
tinguiéndolo de todos los otros períodos, caracterizados a su vez por
otros y diversos problemas 97 . nes sugiere que es más interesante pensar en términos de un
ancien régimen español que abarca los últimos siglos de la Edad
Media y los primeros de la Moderna» 10°.
" C. Van de Kieft, «La périodisaüon de ITnstoirc du Moyen Age», en
Les caiégories..., p. 52.
" Remitimos nuevamente a F. Braudel, La Historia y las ciencias so­
ciales, pp. 134 ss. " Ibid.. p. 23.
* G. Fasoli, Cuida.... p. 21. " Ob. cit., p. 179.
" Fasoli, ob. cit., p. 22. "» La España de la Edad Media, Madrid, Cátedra, 1980, p. 158.
34
Juan Ignacio Ruiz de la Peña
I'hinieamientos de carácter general 35
Si del campo de la Historia jurídica e institucional pasamos
al de la Historia de la Iglesia y, concretamente, de la Iglesia i Hilaridad de la materia histórica sino en función de unas coor-
Católica, la simple consulta de los manuales al uso, como puede ilrnadas espaciales de análisis, ya sea el marco geográfico de
ser el clásico de Fliche y Martín o, entre nosotros, el de Llorca, i un ciclo cultural —Occidente, Oriente, Mundo Islámico—,
García Villada y Montalbán, servirá igualmente para mostrarnos mal, regional o simplemente local. Gina Fasoli aduce, a pro­
la peculiaridad de los criterios periodízadores aquí aplicados, pósito de esta otra perspectiva de los problemas periodológicos,
en función precisamente de un ritmo histórico de la Cristiandad un.i serie de ejemplos que por su expresividad reproducimos:
que se identifica con el de la Iglesia, en tanto que institución
temporal"". i l 476 tiene para el Imperio de Oriente significado diverso del que
nfrece para el Imperio de Occidente [...] La evolución de la institu-
¿Y qué decir, continuando con los ejemplos de las periodiza- monárquica o de las instituciones parlamentarias sigue líneas
1
ciones «especiales», de la evolución del arte o de la literatura? i "i"ilógicas completamente diversas en Inglaterra, en Francia, en
¿Qué significado pueden tener en estos campos sucesos como l«usía; la Reforma protestante y la Contrarreforma tridentina no
los que se producen en 1492? ¿Qué relación podría establecerse Interesan a la Europa oriental, de religión ortodoxa, y la periodiza-
entre el rápido ritmo con que se renuevan las manifestaciones I Ion que de ella deriva es diversa y no se puede aplicar indistinta-
" ule si se pasa de un país a otro [...] IIH .
de la creación artística y la lentitud con que evoluciona el pen­
samiento jurídico o han progresado, hasta hace bien poco tiem­ El problema de la periodización puede, en suma, plantearse
po, las ciencias físicas y naturales o las técnicas industriales? l' de múltiples perspectivas. La validez de cada propuesta con-
También el curso de la historia económica plantea unos pro­ i' i.i de articulación periodológica vendrá determinada por la
blemas de periodificación complejos en los que inciden podero­ Objetiva legitimación de los criterios aplicados en cada caso por
samente, en los últimos años, las posiciones ideológicas del ma­ ■ I historiador, en el uso de su libérrimo «derecho a establecer
terialismo histórico. De la especificidad de esa periodización y una especial periodificación para cada fenómeno investigado
del debate sobre su aplicación se ha ocupado con detalle, desde por él» Ios.
una óptica marxista, W. Kula m.
Si de la consideración de las «grandes especialidades» de la
historia pasamos a campos de observación más concretos, la exi­ Pero de la misma manera que en la moderna historiografía y
gencia de periodízaciones particulares se plantea igualmente desde las más encontradas posiciones metodológicas se afirma
como un mecanismo de análisis historiográfico de importancia rotundamente la aspiración a una construcción global de la his­
fundamental. Puede servir de ejemplo en este punto la sugestiva toria —la «historia total» de Bloch y sus seguidores; la historia
propuesta de periodización de la historia urbana hecha por del «todo social», de la que nos acaba de hablar P. Vilar en su
H. Stoob en seis etapas —a contar desde el siglo xi hasta nues­ reciente y lúcida interpretación de las claves conceptuales de
tros días— que encuentran sus propios cuadros de referencias la dialéctica marxista m—, hay que mantener, revivificándola y
en las peculiaridades del ritmo con que se ha desarrollado el revisándola en lo que sea preciso, la aspiración a una periodifi­
fenómeno urbano y al margen de las periodificaciones al uso cación general de la historia; a la elaboración de unas categorías
para el estudio de otros órdenes de fenómenos históricos m. periodológicas válidas, con todas las reservas y limitaciones in­
herentes a un intento de este tipo, para una exposición de con­
Finalmente, hay que recordar que los problemas epistemo­ junto de la historia basada en la convicción, ampliamente com­
lógicos de la periodización se nos presentan desde otra óptica partida, de que «en determinadas circunstancias de espacio y
distinta cuando se plantean no en relación preferente con la pe- tiempo, todos los acontecimientos tienden a producirse en uni­
dad» "".
" Van de Kieft, ob. cit., p. 46.
"• Remitimos nuevamente a su obra Problemas y métodos..., pp. 93 ss. 104
G. Fasoli, Cuida..., pp. 23 s.
"* H. Stoob, •Kartographische Móglichkeiten zur Darstellung der Sta- * Kula, ob. cit., p. 107.
dtentstehung im Mitteleuropa», en Hisiorische Raumforschung, l, Brema, '" Iniciación..., p. 42.
1956, pp. 21-76.
*n L. Suárez Fernández, «La exposición en el campo de la Historia.
Nuevos temas y nuevas técnicas», en Once ensayos..., p. 25.
36 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 37
B) La periodificación tripartita de la historia: su crítica y vi­ luí que sigue a la caída de Constantinopla en 1453 «ad nostra
gencia
témpora».
Con ligeras alteraciones en las fechas propuestas por Keller
La división cronológica del curso de la historia considerada en OOmO términos inicial y final de los períodos históricos, aquella
su conjunto, esto es, la periodización general histórica, «no fue división tripartita adquirirá en los años siguientes plena carta
fruto del arbitrio individual —dirá Croce— sino que ha acom­ ile naturaleza, saliendo «al encuentro del aprendizaje memorís-
pañado el desenvolvimiento mismo de la conciencia moderna». tlco de la materia» "°. Como instrumento pedagógico, se intro­
«La periodificación de la Historia Universal —escribe Bauer— ducirá también con el tiempo en las exposiciones de conjunto
sólo fue posible en un momento determinado, en aquél en que, de las historias nacionales: cuando en 1761 Ch. Wastelain pu­
alzando la vista por encima de las fronteras del propio pueblo, blica su manual de historia de Bélgica lo hará bajo el título
se reconoció el suceder de todos los ciclos culturales como un üescription de la Gaule Belgique selon les trois ages de l'histoire,
conjunto relacionado; con lo que, en resumidas cuentas, se lo­ I 'anden, imoyen et le moderne "'.
gró precisamente, una Historia Universal» l0*.
El historicismo consolidará definitivamente la clásica tripar­
Del espíritu renovador del humanismo, fecundado por la tición de la historia; pero de su crisis y del alumbramiento,
aportación ideológica del protestantismo, y cancelando los hasta desde la segunda mitad del siglo xrx hasta el presente, de nuevas
entonces vigentes sistemas de periodificación —por ejemplo, el concepciones historiográficas francamente hostiles entre sí, en
del esquema teológico de las cuatro monarquías— surgiría la muchos casos, y en todos en abierta contradicción con las de la
división tripartita que acompañará hasta los tiempos modernos historiografía tradicional decimonónica, iban a seguirse severas
el desenvolvimiento de la conciencia historiográfica del mundo críticas a aquella división tripartita y la propuesta de nuevos
occidental y que articula el curso de la historia en tres grandes modelos de periodización que, en ciertos supuestos, eran la in­
períodos o edades: la Antigua, la Medía y la Nueva o Moderna. evitable consecuencia de la aplicación al problema de una deter­
La consagración de esta tripartición de la historia, plantea­ minada filosofía. Se abría asi una polémica que afectaba muy
da inicialmente en relación con la literatura y el arte m, tiene de cerca a los mismos fundamentos epistemológicos del que­
lugar en el siglo xvil. En 1644, el teólogo holandés Gisberto Voe- hacer histórico y que, todavía hoy, está muy lejos de poderse
tius dividiría la historia de la Iglesia occidental en tres edades: considerar resuelta en términos satisfactorios, es decir, en el
sentido de haberse logrado un principio de acuerdo entre las
la antiquitas Ecclesiae, que se extendía hasta el siglo vi; la in­
diferentes escuelas o tendencias que concurren a dicho que­
termedia aetas, que se cerraba con el estallido de la querella hacer.
luterana en 1517; y la nova o recens aetas, que comprendía la
etapa iniciada en aquella fecha, hasta el tiempo del autor. Con En unos casos, y desde posiciones diametralmente opuestas,
la escuela protestante alemana de aquella centuria y, concreta­ las críticas derivaban de la afirmación de la linealidad o con­
mente, de la mano de Cristóbal Keller o Cellarius (1638-1707), tinuidad del complejo de relaciones humanas que integran el su­
profesor de la Universidad de Halle, la división tripartita se in­ ceder histórico y que se resisten a su confinamiento en compar­
troduce definitivamente en los manuales académicos de historia. timentos estancos —Antigüedad, Edad Media, Tiempos Moder­
PubUca Keller una Historia dividida en tres períodos: Historia nos— representados como categorías historiográficas de rígidos
antigua (1685), cuyo límite final lleva hasta la época de Cons­ contornos cronológicos. Así, mientras Marx sostenía que «la his­
tantino el Grande, a principios del siglo iv; Historia medii aevi toria de la sociedad ... no conoce ninguna delimitación estricta
(1688) «a temporibus Constantini Magni ad Constantinopolim a entre las épocas» 1 ", B. Croce rechazaría «francamente el erró­
Turcis captam»; e Historia nova (1696), comprensiva de la eta- neo procedimiento de conceptualizar las épocas», preconizando
el desprendimiento «de la sujeción mecánica a los períodos cro-

"• Introducción..., p. 149.


Bauer, Introducción..., p. 145.
" Cf. R. García Villoslada, Edad Media, t. n de la Historia de la F. Vercauteren, «Le Moyen Age», p. 32.
Iglesia Católica de la BAC, Madrid, 1963, pp. 19 y 20. Cit. Kula, ob. cit., p. 97.
<8
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Planteamientos de carácter general 39

nológicos» y poniendo en guardia a los historiadores «contra la nuevas categorías que, a fuerza de erosionar la periodificación
confusión de períodos cronológicos con períodos reales» , u . tradicional, terminarían despojándola de sentido» "'.
En otros casos, las críticas contra la división tripartita tra­ En esta línea renovadora, la ya clásica obra de Braudel sobre
dicional vendrían del frente de los «culturalistas» y filósofos de El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Fe­
la historia que imputaban a aquel modelo de periodificación la lipe II, publicada en 1949 y ampliada en versión posterior 1 ",
doble responsabilidad de reducir la extensión de ésta y «lo que representaría «un desafío más radical a la periodización tradi­
es peor aún, empequeñecer la escena histórica», vinculándola cional del que había supuesto, por ejemplo, la historiografía
exclusivamente al desarrollo de un determinado ciclo cultural: marxista» "*. Las tesis braudelianas, a partir de su concepción
el occidental. Merece la pena, por su excepcional expresividad, de la historia como «dialéctica de la duración» '", con la distin­
reproducir íntegramente el durísimo juicio formulado al respec­ ción de los tres ritmos del suceder histórico —el tiempo corto,
to por O. Spengler: medio y largo— y la elaboración de un andamiaje categorial de
las estructuras ligadas a la consideración de la larga duración 1W,
Edad Antigua-Edad Media-Edad Moderna: tal es el esquema, increí­ iban a incidir especialmente en la periodificación de la época,
blemente mezquino y fallo de sentido, cuyo absoluto dominio sobre de inseguro tratamiento, que se extendería entre las postrime­
nuestra mentalidad histórica nos ha impedido una y otra vez com­ rías de la Edad Media entendida al modo tradicional (siglos xrv
prender exactamente la posición verdadera de este breve trozo de y xv) y las del siglo xvni: para Europa Occidental, estos cuatro
universo que desde la época de los emperadores alemanes se ha des­ o cinco siglos de vida económica constituyen una «etapa de lar-
arrollado sobre el suelo de la Europa occidental. A él, más que a y.a duración» que «a pesar de todas las evidentes transformacio­
nada, debemos el no haber conseguido aún concebir nuestra historia ■
en su relación con la historia universal —es decir, con toda la histo­ nes, poseyeron una cierta coherencia hasta la conmoción del
ria de la humanidad íntegra—, descubriendo su rango, su forma y la siglo XVIII y la revolución industrial de la que todavía no hemos
duración de su vida. Las culturas venideras tendrán por casi increí­ salido. Estuvieron caracterizados por una serie de rasgos comu­
ble que ese esquema, sin embargo, no haya sido puesto nunca en nes que permanecieron inmutables mientras que a su alrededor,
duda, a pesar de su simple curso rectilíneo y sus absurdas propor­ entre otras continuidades, miles de rupturas y de conmociones
ciones, a pesar de que de siglo en siglo se va haciendo más insensato renovaban la faz del mundo» ,2S.
y de que se opone a una incorporación natural de los nuevos terri­
torios traídos a la luz de nuestra conciencia histórica "*. En la posición braudeliana, asumida por un amplio sector
historiografía) de la moderna Escuela Francesa, continúa pre­
La crisis de la periodificación tripartita tradicional de la his­ sente, aunque con renovadas dimensiones temporales, la perio-
toria se agudizará en los decenios medios del presente siglo. ilificación trimembre: «lejana y referencial, la Antigüedad, una
J. J. Carreras ha analizado en un reciente ensayo " 5 los términos Edad Media concebida como época señorial-feudal, que se pro­
en que se establecería la revisión crítica del esquema clásico y longa generosamente hasta el xvi-xvill, donde comienza a entre-
la propuesta de nuevos modelos de periodización, destacando los ,u
Ibid., p. 54.
cambios que, a partir de los Congresos internacionales de Cien­ '" Segunda ed., 2 vols., París. 1966.
cias históricas de Roma (1955) y Viena (1965), se habían operado '" Carreras, ob. ch., p. 55.
en los planteamientos del problema: «De lo ideológico, ideolo­ '" La Historia y las ciencias sociales, p. 82.
'* Mejor, quizá, que a través de su magna obra sobre El Mediterrá­
gías de gobierno, se pasaba a lo social y a lo económico. A par­ neo..., el pensamiento de Braudel puede seguirse en sus artículos y ensa­
tir de aquí, la revisión iba a hacer su camino, introduciendo yos teóricos: véanse, por ejemplo, los reunidos en el libro ya citado La
Historia y las ciencias sociales, en especial el que dedica a «La larga dura­
ción» (pp. 60-107). Una revisión reciente de algunos de los conceptos nu­
m cleares de las tesis del gran historiador francés pueden verse en el libro
La Historia como hazaña de la libertad, México, FCB, 1971, pp. 271 ss. también citado de P. Vilar, Iniciación al vocabulario del análisis histórico.
'" La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la His­
toria Universal, Madrid. Espasa-Calpe, 10.* ed., i, pp. 43 s. "' La 'Historia y las ciencias sociales, pp. 73 s. El mismo Braudel, en
lu otra ocasión, aplicaría la expresión «Antiguo régimen» con referencia uni­
«Categorías historiográficas y periodificación histórica», en Once en­ versalista a toda la historia comprendida entre los siglos xv y xvín (CiW-
sayos..., pp. 51-66.
Hsation matériellc et capitalisme, XV-XVIII, París, 1967). p. 12.
40 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Vi.miramientos de carácter general 41

verarse con los comienzos del precapitalismo, hasta la cesura 1 permanencia del modo de producción y la formación so-
de las revoluciones burguesas» m .
< luí propias del sistema feudal.
Desde puntos de partida distintos, la historiografía marxista I 1 coincidencia, pues, entre los modelos de periodificación
en su revisión crítica de la tradicional división tripartita de la n los últimos decenios, han revisado el tradicional esque-
historia llegaría a conclusiones claramente afines a las del pen­ ¡partito de la historia es evidente y se expresa, básicamen-
samiento braudeliano. Dejando para más adelante la considera­ I». en «la afirmación de una amplia fase o época de transición,
ción detenida de los principios metodológicos del materialismo 1 un mundo histórico, entre un período lejano, abierto toda-
histórico m, hagamos ahora una rápida referencia a la proyec­ la Antigüedad, y un presente muy distinto, inaugurado por
ción de la dialéctica marxista sobre el concreto problema de la IUK rupturas revolucionarias del siglo xvín» m.
periodificación. Anticipemos la importancia fundamental que los
autores adscritos o próximos a esta posición conceden a la pe- Lo mismo que en la propuesta braudeliana —según hemos
riodización totalizadora de la historia, y los reproches —no siem­ visto— continuaba presente la periodificación trimembre, el mó­
pre justos— que, desde este campo se han dirigido contra los fate marxista gira también en torno al mismo esquema tripar-
historiadores de otros frentes, a quienes se acusa con frecuencia iunque cada una de las partes reciba ahora una nominación
de haber subestimado el problema y de haberse limitado a ar­ mu-va, resultante de la aplicación de la noción de modo de pro­
ticular sus exposiciones de conjunto sobre la historia universal ducción. Pero en ambos casos los hitos referenciales de las ca-
en los esquemas convencionales de la periodización tradicio­ legorías periodológicas tradicionales se han visto modificados
nal m. ni el tiempo y, para la dialéctica marxista, en el espacio, ya que
MI modelo de periodificación ha sido elaborado con unas preten­
El modelo propuesto por la historiografía marxista se encuen­ siones de validez universal ausentes en los proyectos anteriores.
tra íntimamente ligado al concepto de modo de producción, a Así pues, la referencia crítica de la periodización tripartita tra­
su proyección dinámica en el tiempo y a la categoría clave de dicional se resuelve en una fundamental constatación: la de
formación económica social, que «expresa la unidad de una tota­ que, en palabras de J. J. Carreras, «los mojones se han desplaza­
lidad social de todos los conceptos que la integran, 'fuerzas do o difuminado a niveles estructurales».
productivas', 'relaciones de producción', 'superestructuras
ideológicas', etc.» I2S. Dicho modelo divide el curso de la historia La Edad Media parece prolongarse mansamente hasta el siglo XVTTI,
en tres grandes épocas, vinculadas a la vigencia sucesiva de tres mientras que fenómenos señeros, como el Renacimiento o la Refor­
modos de producción —el esclavista, el feudal y el capitalista— ma, se proyectan hacia atrás, por no hablar de la prolongada tran­
que generarán otras tantas formaciones económico-sociales yux­ sición en la que se resuelve la decadencia del mundo antiguo, en
tapuestas en el tiempo y cuya correspondencia con las tres eda­ sustitución de la tesis de su final catastrófico m.
des —Antigua, Medieval y Moderna— de la periodificación tra­
dicional quebrará —como ocurría con el modelo propuesto por
Braudel y acogido por sus seguidores de la Escuela Francesa— Llegados a este punto se hace precisa una rápida reflexión final
en el tratamiento del período «situado entre el feudalismo pleno sobre el valor que, en la actualidad, puede atribuirse a la tra­
del Medievo y la revolución industrial y política del s. xvín» m. dicional periodificación tripartita de la historia.
Esta época, la del «Antiguo Régimen» braudeliano, quedaría en­ La aceptación de un determinado modelo de periodización
globada así dentro de una misma «época feudal», que prolon­ integral o total estará en función de los aspectos considerados
garía en varios siglos la duración de la «Edad Media» tradicional como prevalentes en el complejo de la masa histórica periodi-
ficada. Los modelos aportados por las revisiones críticas de la
10
Carreras, ob. cit., p. 57. división tripartita tradicional de la historia son atendibles en
m
Cf. el capítulo tercero, I, 2, C. la medida en que son congruentes con ese principio; pero ni
" Cf. Kula, Problemas..., p. 110. constituyen una alternativa de validez exclusiva a la periodiza-
121
Remitimos a la bibliografía cit. infra, capítulo tercero, J, 2, c; véase
también
m Carreras, ob. cit., p. 60.
Carreras, ob. cit., p. 62. '" Ibid.
<a Ibid., p. 51.
42 Juan Ignacio Ruiz de la Peña ¡'¡•miramientos de carácter general
a
ción clásica ni puede resolverse la postura critica frente a ésta
en la cómoda afirmación de su carácter meramente conven­ perspectiva de análisis histórico «total», afirmamos la vi-
cional. I.I actual de la división tripartita de la historia —Edad An-
lltfiíu, Edad Media y Edad Moderna— bajo las siguientes condi-
Es obvio que las tres categorías periodológicas de la Anti­
güedad, el Medievo y la Modernidad no pueden ser aceptadas en . y reservas.
sus límites tradicionales por los historiadores de la economía i n primer lugar, la consideración del carácter contingente
o por los que atribuyen al juego de las fuerzas económicas una lU esas categorías periodológicas y la flexibilidad de los térmi-
función nuclear, determinante del desarrollo social en todas sus ionológicos que las enmarcan, contingencia y flexibilidad
múltiples manifestaciones, y esto con independencia de filiacio­ i" podrían igualmente referirse a cualquier otra propuesta de
nes ideológicas o de escuela con frecuencia diluidas en las con­ i 11 Melificación integral 132 . Esta afirmación lleva lógicamente, a
cretas exigencias de las tareas historiográficas. Pero con no me­ i | idmisión de etapas intermedias o transicionales, de coexis-
nos razones podría cuestionarse si la periodificación tripartita i de estructuras heredadas de una época precedente con
entre sociedad esclavista, sociedad feudal o señorial y sociedad Otras que pugnan, y terminan, por imponerse, dando el «tono»
capitalista, sería aceptable, por ejemplo, para un historiador del ni nuevo periodo: «lo que señala el efectivo paso de un período
derecho y de las instituciones sin riesgo de distorsionar grave­ ■i otro es el prevalecer de lo que es nuevo, diverso, sobre lo que
mente los ritmos propios de la materia historiada en este caso U9. o* viejo» UJ .
Lo que estamos replanteando aquí es, en definitiva, el pro­ En segundo término, la insistencia en la exigencia de las pe-
blema ya aludido en las páginas precedentes de la multiplicidad loi l i/aciones especiales, tanto más necesarias cuanto más se re­
de la periodificación, de la consideración de periodificaciones li­ luce el ámbito temático de la indagación histórica. Dicha exi-
gadas al conocimiento de lo «parcial» o de lo «total», respetando Bncia postula la de la interdisciplinariedad o interrelación de
en todo caso la indiscutible conexión epistemológica entre am­ liis especialidades históricas, tanto por razón de la materia como
bos niveles de indagación histórica IJ0. Y es precisamente la po­ por las divisiones funcionales basadas en criterios temporales o
sibilidad, y la necesidad, de la existencia de periodizaciones es­ laográficos; nos referimos a la deseable coordinación que debe
peciales, atentas —como señalábamos ya más arriba— al pecu­ ir entre historiadores de la economía, del derecho, de las
liar ritmo de los fenómenos singularmente considerados en el religiones, del arte... con los historiadores «generales»; entre
complejo de relaciones que constituyen la masa histórica, la «medievalistas» y «modernistas»; entre «occidentalistas», «ara-
que permite legitimar la vigencia de un modelo de periodifica­ lii .las» y «orientalistas»...
ción total o integral —el clásico— que no por tradicional carece
Y finalmente, el reconocimiento de las limitaciones que plan­
de fundamentaciones objetivas y que goza todavía, en la práctica
tea la aplicación universalista del esquema tripartito tradicional,
científica docente e investigadora, de una aceptación que cierta­
miicebido y desarrollado en función de una historia europeo-
mente no ha podido captarse ninguna de las propuestas surgidas
céntrica: «en el fondo de nuestro pensamiento, esta periodifica­
de las modernas revisiones críticas de aquel esquema tripartito.
ción está unida a la historia de nuestro propio ciclo cultural:
«El historiador —escribe Vercauteren— es libre de escoger
no tiene valor ni siquiera para el curso del devenir de Rusia.
el punto de ruptura a condición de poder justificarlo, es decir,
Solamente se incluyen en ella la vieja cultura mediterránea y la
de mostrar que su elección tiene un fundamento racional por­
historia de los pueblos romano-germánicos, comprendida en
que un cierto numero de factores —de hecho un cierto número
aquélla» LM. Dejando para más adelante las matizaciones que esta
solamente— le parecen dar cuenta de la realidad y de la legitimi­
tajante afirmación de Bauer exige, al menos en lo que concierne
dad de su interpretación» U1. Por nuestra parte, y siempre desde
a la legitimidad de hacer extensivo el concepto de Medievo a
otras dos entidades culturales —el mundo islámico y el bizan­
tino— que quedarían fuera, en principio, de una consideración
■" Remitirnos
e Historia», nuevamente
pp. 177 s. al ensayo de Valiente, «Historia del Derecho
» Cí. Kula, Problemas.... p. 94.
m
m
Cf. en este punto Halkin, «Les catégories...», p. 14.
«Le Moyen Age», p. 37. •" G. Fasoli, Cuida..., p. 23.
114
Bauer, Introducción..., p. 146.
44
Juan Ignacio Ruiz de la Peña EL CONCEPTO DE EDAD MEDIA
estricta del área occidental, puede afirmarse, siguiendo a Ver-
cauteren, que la tripartición de la historia general tiene hoy
plena carta de naturaleza, el menos en el marco cultural euro­
peo IM.
Y cerramos las precedentes consideraciones sobre la crítica
y vigencia actuales de la tradicional división tripartita de la his­
toria con un pasaje entresacado de las reflexiones preliminares
del precioso ensayo de Carreras, que tantas sugerencias nos ha
brindado:
I A expresión Edad Media, que da nombre a una de las catego-
Las modernas categorías historiográficas han alumbrado nuevos ni­ ii.is periodológicas resultantes de la clásica, controvertida y, a
veles, salvando cesuras que se creían insuperables. Pero en el nuevo
universo histórico los términos antiguo, medieval y moderno siguen pesar de todo, plenamente vigente división tripartita de la His-
conservando su valor referente. En cierto sentido, aunque no en el loria, encierra una triple apelación: cronológica o de referencia
suyo, tendría razón Croce cuando afirmaba que la división en tres i un arco temporal determinado; espacial, que viene dada por
edades es constitutiva de la historia europea °*. el ámbito que enmarca geográficamente su desarrollo; y final­
mente, «por extensión —a veces abusiva pero innegable— la
palabra alude también a una noción de valor, de naturaleza ge­
neralmente peyorativa»'.
Cualquier intento de elaboración de un concepto de la Edad
Media postula la consideración de esas tres cuestiones funda­
mentales y la referencia previa al momento y modo de forma­
ción de la noción de dicho período, como entidad histórica do­
tada de propia singularidad, y de atribución al mismo del nom­
bre que habría de individualizarlo historiográficamente 2 .

1. LA ELABORACIÓN DEL CONCEPTO DE EDAD MEDIA

1. Génesis de la noción de «Medievo» y acuñación del nombre

Fueron los humanistas, en la segunda mitad del siglo xv y en


la centuria siguiente, los que inventaron el concepto y el nom­
bre de Edad Media: al volver su mirada inquisitiva hacia la
deslumbradora cultura de la Antigüedad clásica percibieron que
entre ellos y el mundo antiguo que el humanismo tomaba como
modelo se interponía un largo período que iban a juzgar desde­
ñosamente, abominando de esos mil años que se ofrecían a sus
ojos como un inmenso paréntesis de tinieblas entre dos épocas
de esplendor. Su profundo desdén por esa edad se revelaría

1
A ,oyen A e
F. Vercauteren, «Le Moyen Age», p. 29.
1
Z
m Xf ! p. 51.
Ob. cit., « '- P- 30- En el correspondiente apartado de la Orientación bibliográfica final,
se ofrece un registro detallado de obras de carácter introductorio sobre
el concepto de Edad Media, p. 312.
46
Juan Ignacio Ruiz de la Peña / / . nncepto de Edad Media Al

incluso en el nombre que le aplicaron: tiempos medios, Edad ni nombre individualizador, que aparecerá por vez primera en
Media, es decir, una edad de paso, de tránsito, entre dos fun­ I4ft9 y bajo la forma media tempestas en una edición de Apuleyo
damentales: la antigua y la moderna. «Los sabios clasicistas del ln luí por el obispo de Alesia Giovanni Andrea dei Bussi, en la
Renacimiento, no acertaron a ver en esos diez siglos sino una Bui íste alude al cardenal Nicolás de Cusa como buen conóce­
época de ignorancia y grosería. Para ellos era una prolongada le los «tiempos medios». En el futuro encontraremos con
noche de mil años entre dos épocas de luz: la de la antigüedad, Blcrta frecuencia en la obra de humanistas, filólogos, juristas e
de la que no estudiaban sino la literatura en su Edad de Oro, Injuriadores expresiones como media aetas, que emplean Joa­
y la del renacimiento de la antigüedad, a la que saludaban con quín Watt en 1518, Adriano Junius en 1575 y el jurista Conisius
esperanzas entusiastas»'. El nombre de Edad Media se presen­ i 1601; médium aevum, que vemos utilizar a Melchor Goldast
taba «como resultado de la perplejidad en que se hallaba quien «ti 1604, al jurista y político Etienne Rausin en 1639, o al profe-
intentaba dominar de alguna manera el espacio vacío entre la «•n Jorge Horn en su Orbis politicus de 1667.
Antigüedad caída y la reconstrucción de la cultura antigua» 4 .
La individualización del Medievo como una categoría perio- De todas esas expresiones —media tempestas, media témpora,
dológica dotada de entidad propia e interpuesta entre la Anti­ nicilia aetas, médium aevum—, será esta última la que acabe
güedad clásica y el renacimiento de esa Antigüedad, la funda­ i"ii imponerse, adquiriendo el sentido técnico y ofreciendo pron-
mentan los humanistas, en principio, en criterios filológicos y ii las connotaciones cronológicas con que hoy comúnmente la
literarios, al destacar la profunda diferencia existente entre el nnpleamos. Quien contribuyó definitivamente a popularizarla
modo de escribir el latín en su época y en las que les precedían: . 'ni Cristóbal Keller, profesor de la Universidad de Halle, en su
«ellos se dan cuenta de que su generación había realizado un famoso manual escolástico publicado en 1688 —al que ya se
progreso estilístico y lingüístico en el uso de esa lengua y que iludió al tratar de los orígenes de la división tripartita de la
la que empleaban era más noble y más clásica que la que se IH loria— que titularía Historia medii aevii a temporibus Cons-
había venido utilizando hasta entonces en cartas y crónicas. De tantini Magni ad Constantinopolim a Turcis captam. A partir
ahí a despreciar el latín de sus predecesores y también la época de este momento la expresión Médium Aevum adquiere plena
durante la cual se había escrito en semejante lengua no había carta de naturaleza, vertiéndose en las lenguas nacionales y ge­
más que un paso, que pronto fue franqueado» 5 . neralizándose su uso en la enseñanza.
En resumen, podemos concluir, con Vercauteren, que la no­
ción de Edad Media y el nombre mismo hacen su aparición en
Flavio Biondo (1388-1463), uno de los contados humanistas aten­ In Italia de la segunda mitad del siglo xv, y resultan de una cons­
to a la historia general del Medievo, es quien primero advierte tatación filológica y literaria: la existencia, entre la época en
en su Historiarum ab inclinatione romanorum decades cómo el la que se escribía el latín clásico y aquella otra en la que los
largo período comprendido entre los siglos v y xv constituye una humanistas volvían al uso de ese mismo latín, de un período
unidad histórica cerrada en sí misma (unum historiae corpus) durante el cual la lengua degenera, haciéndose «bárbara y vul­
y caracterizada por la aparición, a partir de las invasiones de gar». Pero es a los pedagogos a quienes corresponde el mérito
godos y vándalos en Italia, de un sermo barbarus, vulgar, que de haber generalizado la noción y el término de Edad Media:
sustituirá a la lengua de la extinta latinidad romana: he aquí MI difusión está en función de una práctica docente de la his­
ya claramente formulado el criterio de orden filológico sobre el toria general, fenómeno nuevo que apenas se manifiesta más
que el humanismo fundará la noción originaria de Edad Media. que a partir del siglo xvin y, sobre todo, del xix. «Si este último
Pero Flavio Biondo todavía no atribuye a ese largo müenio ha sido bautizado como 'siglo de la historia' no solamente se
debe al hecho de que haya habido entonces grandes historia­
' Mourret, La Iglesia y el mundo árabe, Madrid, 1919, p. 1; cit. por dores y eminentes eruditos que hicieron progresar, a pasos agi­
S. Montero Díaz, Introducción al estudio de la Edad Media, Universidad gantados, el conocimiento científico de la historia, sino también
de Murcia, 1948, p. 72.
4 porque es precisamente en esa centuria cuando el estudio de la
Bauer, Introducción..., p. 164.
' Vercauteren, ob. cit., p. 31. historia universal y nacional se impone en los programas de
48 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
I i i micepto de Edad Media 49
enseñanza, sustituyendo a los rudimentos de historia sagrada y
de historia antigua que habían sido el objeto de las enseñanzas Imrie y de decadencia» 7 . El juicio sobre la Edad Media vertido
entre Jos siglos xvi y XVIII» '. pul J. Bodin en su Methodus ad facilem historiarum cognilionem
), resume en términos sobradamente elocuentes la opinión
Me aquel período merecía a los sectores más representativos
2. La valoración de la Edad Media •ir la historiografía de la época: para el gran jurista e historia-
i'i. autor del primer manual de metodología histórica, la Edad
En el juicio que el Medievo mereció a los hombres de las épo­ Media eran «doce siglos de barbarie universal»*.
cas siguientes y en la evolución de esa valoración influirían Los hombres del siglo xvi y sus sucesores del xvn no tuvie-
profundamente dos factores: a) la incidencia de las concepcio­ i"ii comprensión para los grandes valores del Medievo, ni si­
nes ideológicas que se suceden en el tiempo y que condiciona­ guiera acertaron a descubrir lo mucho que en ellos mismos y
rán, inevitablemente, la toma de posición frente a esa edad; D BUS obras había del espíritu medieval que tan apasionada e
b) la lenta elaboración —mucho más lenta que para otros perío­ ni Mistamente juzgaron. En efecto, los grandes poetas y escrito-
dos históricos— del conocimiento erudito de aquella época. irs del Renacimiento y del Barroco continuarán encontrando
• ii los inagotables temas medievales algunos de sus mejores mo­
lí vos de inspiración. Recuérdese sino la corriente que anima lo
Ya hemos visto cómo los humanistas, sugestionados por esa An­ mejor de la producción teatral de Shakespeare, o en España el
tigüedad que se ofrecía a sus ojos como una «Edad de Oro» que libre paso que dan a esa misma temática medieval los mejores
ellos, imitándola, aspiraban, al menos formalmente, a restaurar representantes del teatro nacional del Siglo de Oro: Lope o
o renovar, dan la espalda a los siglos medios hacia los que mani­ Calderón. Y es que el hombre del Renacimiento y aun del
fiestan un hondo menosprecio que agravarán, en el siglo xvi, Barroco es, «un hombre desdoblado, perteneciente a dos mun­
los nuevos planteamientos ideológicos de la reforma protestan­ dos. De ahí dimanan la complejidad y la riqueza de su poder
te. En efecto, el período que se extiende entre la época de Cons­ creador. El hombre penetró en el Renacimiento con la experien-
tantino el Grande y Lutero se configurará para los escritores i.i y con la preparación medievales». Cita Berdiaeff el caso de
protestantes como una etapa de honda postración religiosa, de una de las personalidades más características del siglo xvi
corrupción eclesiástica y de falseamiento del purismo religioso —Benvenuto Cellini— que se nutría, como sus contemporáneos,
primitivo. Los intelectuales y artistas del Barroco heredarían de la atmósfera de la Antigüedad pero que en nada eran gentes
esta concepción peyorativa del Medievo. del espíritu antiguo: «eran hombres en cuyas almas rugía la
Ya aludimos antes a cómo el nombre mismo de Edad Media lempestad producida por el choque de los principios paganos y
que, ocasionalmente, comienza a utilizarse en la segunda mitad cristianos, antiguos y medievales» 9 .
del siglo xv y con más insistencia en la centuria siguiente, con­ No debe olvidarse, por otra parte, que ya desde las postri­
solidándose definitivamente en el siglo XVII, era revelador de merías de la decimosexta centuria, cuando empiezan a reman­
una mentalidad, de una valoración —negativa— de la época a darse las corrientes historiográficas surgidas en el seno de las
la que se aplicaba. Esa expresión «traduce bien el desprecio que controversias entre católicos y protestantes, se perciben los ini­
reformadores, sabios y artistas experimentaban hacia esos si­ cios de una crítica histórica y comienzan a publicarse las pri­
glos intermedios entre la Antigüedad y su Renacimiento, Los meras colecciones documentales, la época medieval será inevi­
primeros no veían en ellos sino un largo período de deformación tablemente objeto de atención erudita 10. En los últimos dece-
sistemática del cristianismo primitivo, de obliteración creciente
del ideal evangélico. Los otros los calificaron de 'sombríos', * L. Génlcot, El espíritu de ¡a Edad Media. Barcelona, Ed. Noguer, 1963,
'oscuros' o, en Italia, de 'góticos', considerándolos como una pagina 17.
época estéril y opaca, si no, peor aún, como una edad de bar- ' Ed. y trad. al francés de P. Mesnard (1951), en Ouvres philosophiques
de lean Bodin, p. 167.
' Ob. cit., pp. 32 s. * N. Berdiaeff, Una nueva Edad Media, Reflexiones acerca de los des­
linos de Rusia y de Europa, Madrid, Apolo, 7.' cd., 1937, p. 14.
" Véase en este punto J. Topolsld, Metodología..., pp. 102 ss.
.so
luán Ignacio Ruiz de la Peña /:'/ concepto de Edad Media 51
nios del siglo xvt aparecen en varios países de Occidente las pri­ romana como una época de oscuras y sombrías supersticio­
meras ediciones de fuentes: los Annalium et historiae... Franco- nes» u .
rum scriptores, Rerum Anglicarum scriptores, Scriptores rerum
Germanicarum; entre nosotros se destaca la figura pionera del Es sobre todo en Francia donde se manifiesta, entre los par­
gran Jerónimo Zurita. La historiografía erudita del xvn, al, tiem­ tidarios de las luces, una mayor hostilidad frente a todo lo que,
po que continúa la labor de publicación de repertorios docu­ de alguna manera, evocaba el período medieval. Los hombres
mentales (colecciones de Duchesne, Baluze, Bolland, Ughellí, más representativos de esta época, con rarísimas excepciones,
Labbé, etc.) produce las primeras obras auxiliares de interés destacan el oscurantismo, la superstición y la barbarie imperan­
fundamental para el manejo de los textos (el célebre Glossarium tes en los siglos medievales. «Humanistas y protestantes habían
[...] mediae el infimae latinitatis, de Du Cange; el De doctrina condenado, por diversas razones, ciertos aspectos del Medievo;
temporum, de De Patavius, una de las obras pioneras en el des­ los iluministas hicieron extensiva a todas las manifestaciones del
envolvimiento de la cronología), y J. Mabillon en su famosa De espíritu, a todas las actividades humanas la condena que los
re diplomática establece los fundamentos del estudio científico humanistas habían pronunciado contra la literatura y el arte
de los diplomas. Va hemos visto también cómo por esta misma del Medievo por razones estéticas, y que los protestantes ha­
época J. Horn y C. Keller fijaban definitivamente el nombre de bían extendido al pensamiento religioso y a las instituciones
Edad Media y definían sus connotaciones periodológicas. En eclesiásticas» '*.
España obras como la de Moret, para Navarra, o la del P. Car­ El juicio que mejor sintetiza esa actitud crítica de la intelec­
vallo, para Asturias, entre otras que podrían aducirse, dan tualidad dieciochesca hacia la Edad Media es, sin duda, el ver­
idea del alto nivel alcanzado por una historiografía en la que la tido por Voltaire, en un pasaje, muchas veces invocado ya y ver­
atención por la época medieval se deja sentir cada vez con más daderamente antológico, inserto en el capítulo xu de su famoso
fuerza. Essai sur les moeurs et l'esprit des nations (1756); en él define
con singular causticidad los caracteres del periodo que se abre
Pero no debemos dejarnos seducir por falsos espejismos. con la disolución del Imperio occidental:
Es cierto que a lo largo de los siglos xvi y XVII el Medievo se
configura e individualiza empíricamente como una etapa inter­ Cuando uno deja la historia del Imperio romano para adentrarse en
media entre la antigua unidad y perfección del Imperio romano la de los pueblos que le sucedieron en Occidente, se asemeja a un
y de la Iglesia primitiva y el nuevo sistema político de los esta­ viajero que, saliendo de una ciudad espléndida, se adentrase en un
paraje desértico e inhóspito. Veinte jergas bárbaras suceden a la
dos que configuran la Europa de la Modernidad; «pero no es hermosa lengua latina que se hablaba desde los confines de Iliría al
analizado ni estudiado en sus particulares caracteres, ni enten­ monte Atlas. En lugar de las sabias leyes que gobernaban la mitad
dido en sus valores positivos» ". No hay en los siglos del Rena­ de nuestro hemisferio no se encuentran más que costumbres salva-
cimiento y del Barroco —podemos afirmar con Montero Díaz— Jes [...] El entendimiento humano se encuentra sumido en las su­
una inteligencia histórica de la Edad Media en su conjunto, en­ persticiones más despreciables e insensatas. Hasta tal punto esto es
tendida como grandiosa y orgánica unidad B . así que los monjes se constituyen en señores y príncipes, tienen es­
clavos y estos esclavos se resignan con su suerte. Europa entera se
debate en este envilecimiento hasta el siglo xvi y no logra superarlo
inás que merced a terribles convulsiones.
La incomprensión por los valores medievales continúa en el si­
glo xvm. La concepción peyorativa de la Edad Media iba a ser La concepción peyorativa del Medievo, generalizada en mayor
en esta centuria todavía más negativa que en las precedentes, o menor medida por toda la Europa del xvm, iba a dejar en
de acuerdo con la propia textura ideológica de la Ilustración Francia una huella mucho más profunda y duradera que en los
«que caracteriza los siglos de dominio absoluto de la Iglesia demás países y que traspasaría incluso la barrera reivindicadora
del romanticismo político y literario. Vercauteren lo explica por
» G. Fasoli, Cuida..., p. 63.
u
° Introducción al estudio de la Edad Media, p. 73. M
Bauer.Introducción..., p. 145.
G. Fasoli, Guida..., p. 67.
52 53
Juan Ignacio Ruiz de la Peña lil concepto de Edad Media
la considerable influencia ejercida por el clasicismo francés ■ su edad hicieron los hombres de la siguiente centuria bajo el
—sobre todo en el marco de la enseñanza— que no pudo extir­ mi lujo de la corriente espiritual que, después de la Ilustración,
par totalmente la idea de que lo referente a la Edad Media era 'innovió los cimientos de la cultura occidental: el Romanti-
retrógrado y mediocre. Sobre esta noción incidirían, además, i timo, Este movimiento «realizaría el primer esfuerzo profundo
profundamente los presupuestos mismos de la Revolución fran­ \ lerio para comprender históricamente la Edad Media» ". Al
cesa y del liberalismo que eran, en principio, hostiles a todo lo >ulto iluminista de la razón, el Romanticismo opondrá «el culto
«feudal» y «medieval». «Toda la élite intelectual y social —in­ B la tradición en todos sus aspectos: político, religioso, artís-
siste Vercauteren— ha contribuido a propagar en Francia esta HCO, mostrando especial interés por el período que el Iluminis-
idea hasta el siglo xix» u . nio v la Revolución Francesa habían combatido y negado: el
Muy pocas fueron las voces disonantes en el coro general de Mi ilievo» ". «Por obra de la magia romántica —recordará entre
la despiadada crítica dieciochesca hacia el Medievo. Ciertamente, Rnotros García de Cortázar— la 'edad sombría y tenebrosa' se
la tesonera erudición de este siglo continuó la labor de recopila­ H.msformaba en 'aurora luminosa de la civilización cristiana de
ción de textos iniciada ya dos centurias antes: los nombres de i'. (idente'. Junto a las ruinas de los castillos y a las yedras que
Durand, Bouquet, Eccard, Rymer .... entre otros, se asocian en iden por las torres de las catedrales, todo el período me-
esta época a la publicación de colecciones de fuentes fundamen­ in vil se veía ahora con una inmensa luz, la luz de un entusias­
tales para el conocimiento del pasado medieval de Francia, Ale­ mo frecuentemente acritico» ".
mania e Inglaterra; entre nosotros, el P. Flórez iniciaba en 1747
la publicación de la España Sagrada, continuada a su muerte Dos factores decisivos y complementarios coadyuvaron a esa
por Risco. Pero sobre la obra nada despreciable de todos estos i prensión y exaltación románticas del mundo medieval: a) el
destaca, con luz propia y como genial anticipación, la figura i niisjderable esfuerzo de la erudición decimonónica, exhumando
señera del italiano L. A. Muratori (1672-1750), en quien concurre niu masa ingente de fuentes que iban a permitir la ampliación
la actitud erudita y colectora, plasmada en sus obras monumen­ V profundización hasta límites impensados del tradicional hori-
tales —los veintiocho volúmenes de los Rerum Italicarum Scrip- Onte de conocimientos sobre la denostada Edad Media; y b) el
lores, las Antiquitates italicae Medii Aevi y los Annali d'Italia— iliD a los principios de nacionalidad y de patria, tan íntima-
y la condición de haber sido el primero en tratar de captar con inime ligado a la esencia misma del pensamiento romántico y
amor y profundidad el proceso medieval de una historia nacio­ Ir MIS concepciones ético-políticas, que hacían de la nación el
nal —la italiana— entendiendo la Edad Media no, al modo tra­ ■ |i vertebrador del trabajo historiográfico, buscando precisa-
dicional, como una simple fractura entre la Antigüedad clásica te sus orígenes políticos y culturales en el Medievo.
y la Edad Moderna, sino como continuidad histórica, dotada de Por lo que se refiere al primero de los factores señalados, la
personalidad propia y de poder creacional, entre aquellas dos labor de publicación de textos de época medieval desplegada
etapas '*. i "i la erudición decimonónica, paralela al desarrollo de las cien-
uixiliares y coadyuvantes de la historia, supondrá un avance
considerable respecto a lo hecho hasta entonces, permitiendo
t iiiar las bases de un medievalismo científico. A título mera-
A la radical incomprensión del siglo xvín por los valores de la iii' me ejemplificativo señalaremos algunos hitos de ese trabajo
Edad Media iba a suceder la apasionada reivindicación que de i inhumación de fuentes del que todavía hoy somos deudores
t 11 que todavía hoy tiene que recurrir, frecuente e inevitable-
" Vercauteren, ob. cit., p. 36.
'• Sobre Muratori y su obra véase G. Fasoli, ob. cit., pp. 38 s.. 64 ss. mente, el medieval ista 20 .
y 172; también los trabajos reunidos en la Miscellanea di studi múralo-
riani, Módena, 1951. Sobre la incomprensión que los contemporáneos de " Montero, ob. cit., p. 75.
Muratori manifestaron por su labor resulta altamente significativa la acti­ " G. Fasoli. ob, cit.. p. 40.
tud del ilustrado Ch. de Brosses en la entrevista que mantiene en 1740 " J A . García de Cortázar, Historia General de la Edad Media: la Alta
con el erudito italiano y de la que se hace expresivo eco Vercauteren en Media, Madrid. 1970. p. 11.
su ob. cil., p. 34.
Una visión de conjunto en A. Boscolo, Le fonti della storia medioevo-
54
Juan Ignacio Ruiz de la Peña II] concepto de Edad Media 55
En plena euforia de exaltación nacionalista, se iniciaba en Ins elaboraciones de esta historiografía nacionalista romántica.
Alemania, en 1826, la publicación de los Monumenta Germaniae liaste recordar, entre otros muchos, los nombres de G. Waitz y
histórica, probablemente la más importante de todas las gran­ I'. Giesebrecht, discípulos directos de Ranke, en Alemania;
des colecciones de textos medievales que han visto la luz hasta A. Thierry, J. Michelet o F. Guizot en Francia; G. Finlay en In­
el presente. En Francia se ponía en marcha, pocos años más glaterra; A. Herculano en Portugal. En España y en plena época
tarde, la colección de Documents inédits relatifs á l'histoire de i "ináutica, la anticipación genial de F. Martínez Marina sentaba
France bajo la inspiración de Guizot, y Migne iniciaba la publi­ •obre las sólidas bases de dos obras fundamentales —la Teoría
cación de los primeros volúmenes de su monumental Patrología. ¡le las Cortes y el Ensayo sobre la legislación...— los cimientos
En Inglaterra, a mediados del siglo xix, asistimos a la publica­ ilc una ciencia histórico-jurídica e institucional que, discurrien­
ción de los fundamentales Calendars y de la colección Rerum do ya por los cauces del positivismo, ganaría espléndidos frutos
Britannicarum medii aevi Scriptores. En Italia, además de las rn los decenios finales del xix. La época romántica conoce tam­
colecciones documentales de ámbito regional, se inicia en 1887 bién, finalmente, la floración de numerosos centros e institucic-
y bajo los auspicios del Instituto Histórico Italiano, la edición le investigación histórica —baste citar un único y elocuente
de las Fonti per la storia d'Italia. En Portugal y a lo largo de la ejemplo: el de l'École des Chartes (1821)— que potencian
segunda mitad de la centuria, hacen su aparición los Portugaliae ln publicación de las primeras revistas históricas especializadas
Monumenta histórica en serie continuada posteriormente. V en las que, igualmente, el interés por el estudio de la época
También en nuestro país la edición de colecciones de textos, BSdieval ocuparía un lugar de privilegio. Sobre este punto vol­
bien de carácter general o de contenido específicamente medie­ veremos más adelante.
val, se inicia tempranamente, mereciendo citarse entre las pri­
meras los seis volúmenes de la Colección de cédulas, cartas pa­ En relación con el segundo de los factores señalados como
tentes, provisiones [...] copiadas de los registros y escrituras I Uve de la reivindicación de la Edad Media por el Romanticis­
existentes en el Real Archivo de Simancas, por T. González (1829- mo constituye ya un lugar común la afirmación de que en la
1833). A esta meritoria publicación siguen otras de frecuente bnse de la comprensión romántica del Medievo se encuentra,
consulta para el rnedievalísta, como son la Colección de docu­ une todo, la exaltación de los principios de nacionalidad y de
mentos inéditos para la Historia de España, el Memorial Histó­ i'itiia que, en el siglo xrx, darán al traste con los imperialismos
rico Español, la Colección de fueros [...], de Muñoz y Romero, de viejo y nuevo cuño: los italianos sacudiéndose el yugo de
Las Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla, Los Có­ Austria y la tutela papal; los alemanes superando viejas dife­
digos españoles [...], la Colección de Cánones de la Iglesia de rencias regionales para constituir bajo la dirección de Prusia el
España, y, en fin, un larguísimo etcétera en el que habría que (jran Reich de la nacionalidad germana; eslavos y griegos luchan­
incluir las numerosas colecciones documentales de ámbito regio­ do contra el secular dominio turco y volviendo sus ojos esperan­
nal (recuérdense los nombres de Gorosabel, Iturriza, Miguel Vi- zados hacia Rusia, la Bizancio rediviva, cuyos zares —como re­
gil, López Ferreiro, Bofarull..., entre otros muchos), que, en cordará C. Dielh— no abandonaron nunca la ilusión de poderse
no pocos casos, constituyen todavía hoy publicaciones de obliga­ coronar algún día en la irredenta basílica de Santa Sofía de
da consulta. Constan tinopla.
Paralelamente a la labor erudita de exhumación de fuentes Todos vuelven su atención hacia la Edad Media, donde «hun­
se desarrolla en la Europa decimonónica una vasta producción día su raíz histórica todo patriotismo»; en ella «toda moderna
historiográfica de signo nacionalista y contornos ya claramente nación habría de buscar sus leyendas originarias, sus primeros
científicos, en cuyo arranque se sitúa la figura señera del alemán héroes y fundadores», el origen de sus lenguas vernáculas, in­
L. Von Ranke 21 . La Edad Media ocupará un lugar preferente en cluso —como haría Inglaterra— el precedente de sus cuadros
institucionales básicos. «Toda nación encontró en la Edad Me­
le, Cagliari, Editrice Sarda Fossataro, 1975, pp. 17-27, con especial refe­ dia motivos que exaltaban su orgullo nacional: los alemanes la
rencia a las fuentes italianas.
" Sobre su pensamiento historiográfico remitimos a la bibliografía ci­ fundación de los reinos romano-germánicos, salidos del seno del
tada infra, capítulo tercero, nota 21. antiguo Imperio y la renovación imperial medieval; los france-
56 Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media 57

ses reivindicaban a Carlomagno, sentían como gloria propia la años antes. La música nacionalista desempolva también los te­
Cruzada y el espíritu caballeresco que impregnaba tantos aspec­ mas populares de raíz medieval o recrea los viejos carmina es­
tos de la vida medieval; los italianos descubrían allí la gloria de condidos en los archivos catedralicios y monásticos.
las repúblicas marítimas, las comunas, las luchas contra los ex­ Los románticos del xix, tradicionalistas o progresistas, salen
tranjeros germanos; los españoles la épica confrontación secular al encuentro de la Edad Media. Aquéllos ensalzan su heroísmo,
contra los moros; los ingleses el origen de una constitución que sus ideales caballerescos, su sólida fe cristiana que levantó la
parecía que debía ser el modelo ideal para todos los pueblos maravillosa arquitectura de las catedrales góticas cantadas por
civilizados; los rusos el origen y formación de la gran patria Chateaubriand. Estos recuerdan que en la Edad Media tuvieron
rusa. Pero en la Edad Media los historiadores románticos vie­ lugar las primeras grandes conquistas técnicas de la humanidad
ron, sobre todo, la formación de la civilización europea, forjada y los primeros gritos de rebeldía social y reivindicación política:
por el cristianismo: noción ésta que no se ha perdido ni de la los representantes del socialismo y del anarquismo teórico y prác­
que todavía se ha renegado» 22 . tico de primera hora, o los hombres de la comuna parisina del
El movimiento romántico, en todas sus amplias y diversas setenta, no ignoraban que las primeras expresiones populares
manifestaciones, se lanzó impetuosamente al estudio y glorifica­ de signo colectivista y comunizante habían tenido por escenario
ción de las manifestaciones vitales del milenio medieval. Filóso­ las campiñas y ciudades de la Europa del siglo xiv.
fos, poetas, artistas, exaltados de la tradición o del progreso,
hacen de la Edad Media el centro de su atención. Son los pen­
sadores y los poetas los que rompen el fuego, un fuego cuyos El historicismo romántico impregnará el estudio de la literatura
primeros resplandores brillan con fuerza en Alemania donde ya y la lengua, el arte, el derecho y las instituciones, la filosofía, las
en los decenios finales del XVIII se habían alzado voces, como tradiciones populares, propiciando el nacimiento de nuevas dis­
las de Herder o Von Müller, reivindicativas del Medievo. El pro- ciplinas históricas: historia de la lengua y de las literaturas pri­
torromántico A. G. Schlegel, en 1804, cantaría la «Edad Media» mitivas románicas y germánicas, historia del derecho y de las
en sus inflamados versos «A los poetas del Sur». Su hermano instituciones, etnografía y folklore... «Se intuye la 'totalidad' de
Federico, en 1811, afirmaba que «un sólo recuerdo como el del la historia —afirma, quizá con excesivo optimismo, G. Fasoli—;
Cid era de más valor para una nación que toda una biblioteca se intuye que para cada pueblo y en cada época se deben con­
llena de obras literarias, hijas únicamente del ingenio y sin un siderar los hechos religiosos, filosóficos, poéticos, jurídicos, ar­
contenido nacional». El historiador Bóhmer, también alemán, tísticos, morales, etc., en recíproca relación, porque no se po­
cuando en 1818 visita Estrasburgo y contempla los restos medie­ drían entender unos aspectos ignorando los otros» 24 .
vales que a cada paso se tropieza en la ciudad dirá: «Nadie me
convencerá nunca de que la Edad Media que creó tales obras Pero la historiografía romántica ofrece también otros mu­
fue una época de barbarie.» «El Medievo cristiano de las Vorle- chos aspectos no tan positivos. Su mismo entusiasmo por los
sungen —escribe G. Falco— es la simple, neta inversión del Me­ valores medievales llevó a los hombres de esta época a la forja
dievo del Iluminismo» °. de clichés, de visiones parciales o distorsionadas del Medievo
que, después y durante mucho tiempo, lastrarían el cabal cono­
Poetas, escritores y artistas encuentran en la Edad Media una cimiento e interpretación de esa edad.
inagotable fuente de inspiración. El siglo xrx es el siglo de la Por otra parte, el mismo espíritu nacionalista, inspirador de
pintura de tema histórico, del romancero nuevo, de los dramas la mayor y mejor parte de las elaboraciones historiográficas ro­
que escenifican pasiones, personajes o hechos del Medievo; la mánticas propició un modo de hacer historia condicionado por
arquitectura neogótica pone torres a la catedral de Colonia, ape­ prejuicios, miopías o intereses políticos o pretendidamente pa­
nas distinguibles hoy del cuerpo genuinamente gótico del edifi­ trióticos, del que no se librarían en muchos casos ni siquiera
cio, o remata las obras del Duomo de Milán, iniciadas quinientos los más conspicuos y rigurosos cultivadores de la nueva ciencia B.
n
G. Fasoli, Guida..., p. 42. " G. Fasoli, ob. clt., p. 42.
" La polémica sul Medioevo, Ñapóles, Guida Editori, 1977, p. 374.
" En nuestra patria, por ejemplo, los prejuicios nacionalistas llevarían
i
58 59
Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media

El nada infrecuente acriticismo en la confrontación con los I. El arco temporal: limites extremos y periodización interna
textos que iba exhumando la erudición decimonónica, en la re­ del Medievo
colección misma de los materiales de estudio fue, también, otro
de los graves puntos débiles de la historiografía romántica. Pese «En la necesaria pero escolar división de la historia humana,
a todo, hay que volver a reconocer que a ella le cabe ese honroso hay pocos compartimentos aparentemente mejor definidos que
papel pionero de reivindicación del mundo medieval que hemos la Edad Media. Se hace empezar en la caída del mundo antiguo,
intentado ejemplificar en las páginas precedentes. con la fragmentación política y cultural del Imperio romano,
En el mismo siglo xix, una nueva corriente filosófica —el que se efectuó lentamente, a lo largo del siglo v de nuestra era,
positivismo— con una profunda incidencia en el desarrollo de por otro de esos desplazamientos de tribus germánicas que se
la ciencia histórica, puliría los excesos del romanticismo y orien­ acostumbra a llamar 'las grandes invasiones'. Tradicionalmente
taría los esfuerzos de la naciente historiografía medievalista se hace terminar en el crepúsculo del siglo xv, cuando el esplen­
por los cauces de una crítica razonada, de una mayor preocu­ dor del Renacimiento italiano, el descubrimiento de los nuevos
pación de orden técnico en el manejo de las fuentes y en la continentes y muy pronto las escisiones de la cristiandad ro­
individualización del espectro de fuerzas históricas, poniendo mana abren camino al mundo 'moderno'.»
especial énfasis en la consideración de los aspectos institucio­ El precedente pasaje, con el que E. Perroy inicia la Introduc­
nales y políticos y en el derecho. El positivismo propició la cons­ ción al volumen n i de la Historia de las Civilizaciones, dedicado
titución de un método histórico cuya influencia ha perdurado, a la Edad Media, refleja, efectivamente, una opinión ya tópica,
en forma más o menos atenuada, hasta épocas muy próximas a sobre los límites cronológicos extremos del Medievo, durante
la actual. mucho tiempo aceptada sin discusión por la literatura manua-
De esta corriente y de las que, nacidas a caballo entre la lística y consagrada por la práctica científica, docente e investi­
pasada centuria y la presente, han venido marcando el desen­ gadora, acerca de la cual —como el propio Perroy subraya a
volvimiento de las últimas etapas de la historiografía medieva­ renglón seguido— se podría discutir mucho, y cuya fundamenta-
lista y contribuyendo, en mayor o menor medida, a perfilar su ción objetiva se viene, de hecho, cuestionando en los últimos
estado actual, volveremos a ocuparnos en la introducción al si­ decenios en el marco de la polémica sobre la revisión de los
guiente capítulo de este libro, esquemas tradicionales de la periodificación histórica; debate
aún abierto al que tuvimos ya ocasión de referirnos en el capí­
tulo precedente.
II. LOS ELEMENTOS DEL CONCEPTO DB EDAD MEDIA A nosotros nos toca ahora exponer los términos en los que
se ha venido formulando por la historiografía tradicional, desde
La delimitación del concepto de Edad Media, en relación con la época humanística, el problema del arco temporal de la Edad
la periodificación de la historia comúnmente admitida, plantea Media; y los planteamientos actuales del mismo, deducidos tanto
el doble y complementario problema de determinar: a) los lí­ de la consideración de trabajos y ensayos específicamente de­
mites cronológicos de esa categoría periodológica; y b) el ám­ dicados al tema, del tipo, por ejemplo, de los aportados hace
bito geográfico al que es aplicable. poco más de un decenio por Vercauteren y Van de Kieft *, como
de la de las exposiciones de conjunto y manuales al uso, influi­
dos en mayor o menor medida por las modernas posiciones re­
visionistas de las categorías periodológicas clásicas. Y aunque,
como nos acaba de recordar R. Pernoud en un precioso ensayo,
a T. Muñoz y Romero, historiador de indiscutible mérito, a negar la in­
fluencia franca en la configuración de la sociedad y de las instituciones " F. Vercauteren, «Le Moyen Age», y C. Van de Kieft, «La périodlsation
de la España medieval: cf. su «Refutación del opúsculo 'Fueros francos. de l'Histoire du Moyen Age»; ambos trabajos, repetidamente citados en
Les communes francaises en Espagne et en Portugal pendant le Moyen las páginas precedentes, se incluyen en la ya mencionada obra colectiva
Age'», pubL en la Rev. Gral. de Legislación y Jurisprudencia, Madrid, 1867. sobre Les catégories en Histoire, pp. 29-39 y 41-56, respectivamente.
60 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Ei concepto de Edad Media 61
«todo el mundo sabe que un problema bien planteado está ya to aspecto que ahora tratamos, la de E. Gibbon s— mantendrán
medio resuelto» r , somos conscientes de que el hallazgo de la con muy ligeras variantes el término de ruptura en el siglo v,
otra mitad de la solución al que ahora se expone como referen­ término que en el siglo xix se estabiliza por influencia del ro­
cia obligada a un planteamiento conceptual sobre el Medievo, manticismo y del sesgo nacionalista del movimiento historiográ-
nunca podría ir más allá del planteamiento de nuevos proble­
mas y nuevas hipótesis —recordamos una vez más a Fébvre— fico que aquél alumbra. Desde comienzos, pues, de la pasada
de valor contingente, coyuntural; ideas «que cada nueva gene­ centuria la afirmación de que la Edad Media comenzaba con las
ración supera, a medida que avanza la investigación histórica y invasiones germánicas, interpretadas catastróficamente, y la con­
abre otras perspectivas al conocimiento perfectible del pasa­ siguiente destrucción del Imperio romano de Occidente y crea­
do»». ción de los nuevos reinos bárbaros, se convierte ya en un lugar
común; y aunque no falten en la historiografía decimonónica
propuestas de hitos periodológicos más tempranos como término
a quo del Medievo —313 (Edicto de Milán), 330 (fundación de
A) El término inicial de la Edad Media Constantinopla), 395 (muerte de Teodosio y consumación de la
división política del Imperio)...—, el año 476, fecha de la deposi­
En el rápido repaso dado en las páginas precedentes al proceso ción de Rómulo Augústulo, último emperador romano-occiden­
de elaboración historiográfica de la noción de Edad Media, tu­ tal, sería la referencia llamada a disfrutar de mayor aceptación
vimos ocasión de comprobar cómo la actitud de los humanistas, BO los manuales al uso*.
primero, y de los pedagogos, después, que entre los siglos xv Durante bastante tiempo, la cesura entre la Antigüedad y la
al xvin contribuyeron a perfilar y difundir esa noción y el nom­ Edad Media se fijaría, sin discusión, en torno al fenómeno de
bre mismo de Medievo, comportaba ya una toma de posición la ruina de la romanidad occidental y del establecimiento de los
en relación con el punto de arranque de aquel período. Flavio estados germánicos en las antiguas provincias del Imperio, has­
Biondo situaría la cesura histórica entre la Antigüedad y la ta que H. Pirenne publica en 1922, en la Revue Belge de Philo-
Edad Media en el hecho del asalto de Roma por godos y ván­ logie el d'Histoire, el primer avance de una renovadora tesis
dalos. Las invasiones germánicas, para la generalidad de los hu­ sobre el comienzo del Medievo, ampliamente desarrollada pos­
manistas y para la historiografía protestante de primera hora, teriormente y publicada en 1937, muerto ya su autor 31 . El Maho-
iban a constituir la referencia fundamental del inicio del Me­ ma y Carlomagno del gran historiador belga iba a suponer una
dievo, ligado a la fractura de los fundamentos del latín clásico y demoledora crítica a la tradicional interpretación catastrofista
al comienzo del milenio de progresiva degradación de la Iglesia de las invasiones germánicas y una profunda revisión de los
romana, respectivamente. planteamientos periodológicos tradicionales sobre el Medievo.
Posteriormente, se tendería a retrasar ese término a quo, La posición de Pirenne en relación con el tema abordado en
retrotrayéndolo a hitos especialmente significativos en el des­ su famoso libro, la resume él mismo en los términos siguientes:
arrollo de la historia política y religiosa del Imperio: J. Horn lo Las invasiones germánicas no pusieron fin ni a la unidad mediterrá­
situaría en torno al año 300, y muy próximo a él se mueve Cris­ nea del mundo antiguo, ni a lo que se puede comprobar como esen­
tóbal Keller, quien hace arrancar el comienzo de la Edad Media cial en la cultura romana, tal y como se conservaba aún en el si­
de la época del emperador Constantino. glo v, en la época en que ya no hay emperador en Occidente.
Las elaboraciones historiográficas del xvín y de los prerro­ Pese a los trastornos y las pérdidas que resultaron de las invasiones,
mánticos —entre las que destaca especialmente, para el concre- no aparecen principios nuevos, ni en el orden económico, ni en el
orden social, ni en la situación lingüística, ni en las instituciones.
Lo que subsiste de civilización es mediterráneo.
" R. Pernoud, ¿Qué es la Edad Media?, prólogo de L. Suárez Fernán­
dez, Ensayos Aldaba, Madrid, EMGSA, 1979, p. 221. » Véase G. Falco, La polémica..., pp. 257 ss.
" M.21.
Ríu, Lecciones de Historia Medieval, Barcelona, Teide, 6.' ed., 1979, " Cf. S. Mazzarino, El fin del mundo antiguo, México, UTEHA, 1961.
página " Citamos por la segunda edición española de Alianza Editorial, Ma­
drid, 1979.
60
Juan Ignacio Ruiz de la Peña /:/ concepto de Edad Media 61

«todo el mundo sabe que un problema bien planteado está ya lo aspecto que ahora tratamos, la de E. Gibbon B— mantendrán
medio resuelto» 27 , somos conscientes de que el hallazgo de la con muy ligeras variantes el término de ruptura en el siglo v,
otra mitad de la solución al que ahora se expone como referen­ término que en el siglo xix se estabiliza por influencia del ro­
cia obligada a un planteamiento conceptual sobre el Medievo, manticismo y del sesgo nacionalista del movimiento historiográ-
nunca podría ir más allá del planteamiento de nuevos proble­ fico que aquél alumbra. Desde comienzos, pues, de la pasada
mas y nuevas hipótesis —recordamos una vez más a Fébvre— centuria la afirmación de que la Edad Media comenzaba con las
de valor contingente, coyuntural; ideas «que cada nueva gene­
ración supera, a medida que avanza la investigación histórica y invasiones germánicas, interpretadas catastróficamente, y la con­
abre otras perspectivas al conocimiento perfectible del pasa­ siguiente destrucción del Imperio romano de Occidente y crea­
do» 24 . ción de los nuevos reinos bárbaros, se convierte ya en un lugar
común; y aunque no falten en la historiografía decimonónica
propuestas de hitos periodológicos más tempranos como término
<i quo del Medievo —313 (Edicto de Milán), 330 (fundación de
A) El término inicial de la Edad Media Constantinopla), 395 (muerte de Teodosio y consumación de la
división política del Imperio)...—, el año 476, fecha de la deposi­
En el rápido repaso dado en las páginas precedentes al proceso ción de Rómulo Augústulo, último emperador romano-occiden­
de elaboración historíográfica de la noción de Edad Media, tu­ tal, sería la referencia llamada a disfrutar de mayor aceptación
vimos ocasión de comprobar cómo la actitud de los humanistas, en los manuales al uso 30 .
primero, y de los pedagogos, después, que entre los siglos xv Durante bastante tiempo, la cesura entre la Antigüedad y la
al xviii contribuyeron a perfilar y difundir esa noción y el nom­ Edad Media se fijaría, sin discusión, en torno al fenómeno de
bre mismo de Medievo, comportaba ya una toma de posición la ruina de la romanidad occidental y del establecimiento de los
en relación con el punto de arranque de aquel período. Flavio estados germánicos en las antiguas provincias del Imperio, has­
Biondo situaría la cesura histórica entre la Antigüedad y la ta que H. Pirenne publica en 1922, en la Revue Belge de Philo-
Edad Media en el hecho del asalto de Roma por godos y ván­ logie et d'Histoire, el primer avance de una renovadora tesis
dalos. Las invasiones germánicas, para la generalidad de los hu­ sobre el comienzo del Medievo, ampliamente desarrollada pos­
manistas y para la historiografía protestante de primera hora, teriormente y publicada en 1937, muerto ya su autor 31 . El Maho-
iban a constituir la referencia fundamental del inicio del Me­ nia y Carlomagno del gran historiador belga iba a suponer una
dievo, ligado a la fractura de los fundamentos del latín clásico y demoledora crítica a la tradicional interpretación catastrofista
al comienzo del milenio de progresiva degradación de la Iglesia de las invasiones germánicas y una profunda revisión de los
romana, respectivamente. planteamientos periodológicos tradicionales sobre el Medievo.
Posteriormente, se tendería a retrasar ese término a quo, La posición de Pirenne en relación con el tema abordado en
retrotrayéndolo a hitos especialmente significativos en el des­ su famoso libro, la resume él mismo en los términos siguientes:
arrollo de la historia política y religiosa del Imperio: J. Horn lo Las invasiones germánicas no pusieron fin ni a la unidad mediterrá­
situaría en torno al año 300, y muy próximo a él se mueve Cris­ nea del mundo antiguo, ni a lo que se puede comprobar como esen­
tóbal Keller, quien hace arrancar el comienzo de la Edad Media cial en la cultura romana, tal y como se conservaba aún en el si­
de la época del emperador Constantino. glo V, en la época en que ya no hay emperador en Occidente.
Pese a los trastornos y las pérdidas que resultaron de las invasiones,
Las elaboraciones historiográficas del xvin y de los prerro­ no aparecen principios nuevos, ni en el orden económico, ni en el
mánticos —entre las que destaca especialmente, para el concre- orden social, ni en la situación lingüística, ni en las instituciones.
Lo que subsiste de civilización es mediterráneo.
" R. Pernoud, ¿Qué es la Edad Media?, prólogo de L. Suárez Fernán­ " Véase G. Falco, La polémica..., pp. 257 ss.
dez, Ensayos Aldaba, Madrid, I:MI;.SA, 1979, p. 221.
" M.21.
Ríu, Lecciones de Historia Medieval, Barcelona, Teide, 6.* cd., 1979, "11 Cf. S. Mazzarino, El fin del mundo antiguo, México, UTEHA, 1961.
página Citamos por la segunda edición española de Alianza Editorial, Ma­
drid, 1979.
62 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
La ruptura de la tradición antigua tuvo como instrumento el avance El concepto de Edad Media 63
rápido e imprevisto del Islam. Tuvo por consecuencia separar defi­
nitivamente Oriente de Occidente, poniendo fin a la unidad medi­ contribuido a acentuar el interés por el estudio de esas cinco
terránea. Países como África y España, que habían seguido partici­ centurias que se extienden entre finales del siglo m y del si­
pando en la comunidad occidental, gravitan ahora en la órbita de glo VIII; una época mal conocida tradicionalmente y cuya ima­
Bagdad. Lo que aparece en ellos es otra religión, otra cultura en gen de dark ages, tan ligada a la tradición historiográfica in­
todos los terrenos. El Mediterráneo occidental, convertido en un lago
musulmán, deja de ser el camino de los intercambios y de las ideas glesa tributaria de la obra de Gibbon, va dejando paso en los
que no había dejado de ser hasta entonces. últimos decenios a una nueva y más exacta comprensión.

El ensimismamiento occidental, consecuencia de las nuevas


circunstancias históricas, irá seguido del ascenso de los carolin- Actualmente existe una tendencia, casi generalizada en la his­
gios, en alianza con la Iglesia y al margen del Imperio oriental, toriografía medievalista, a situar el punto de partida del estu­
y de una gradual feudalización que es consecuencia de la regre­ dio de la Edad Media occidental entre finales del siglo m y del
sión económica. «La Edad Media, por conservar la locución tra­ siglo v, haciéndolo coincidir con el proceso de crisis política
dicional, comienza. La transición ha sido larga. Puede decirse del Imperio que se inicia en los últimos decenios de la tercera
que cubre todo un siglo, que va desde 650 a 750. Durante este centuria y concluye con el establecimiento de los nuevos reinos
período de anarquía se pierde la tradición antigua y los nuevos «bárbaros» y el cese de la autoridad imperial de Occidente,
elementos toman la delantera. La evolución finaliza en el año 800, dos siglos después. En dicho proceso concurren también fac­
con la constitución de un nuevo Imperio que consagra la rup­ tores socio-económicos y culturales imbricados en el cuadro
tura de Oriente y Occidente [...]» a. general de la crisis, lo que contribuye, obviamente, a que esa
coincidencia en la determinación del punto de arranque del
La sugestiva tesis de Pirenne iba a ser, a su vez, cuestiona­ nuevo ciclo histórico medieval sea compartida tanto por la his­
da muy pronto y desde frentes muy diversos: tanto desde las toriografía «occidentalista» M como por los partidarios del ma­
posiciones de los que continuaban aferrados a la vieja concep­ terialismo histórico, ya que todos, en definitiva y sean cuales
ción catastrofista de las invasiones germánicas 33 , como por fueren los criterios preferentemente manejados en sus plan­
parte del nutrido grupo de historiadores que negarían a la pre­ teamientos de análisis, encuentran buenas razones justificati­
sencia islámica en el Mediterráneo las decisivas consecuencias vas de esa elección.
de orden político, económico y cultural que él le atribuía, o
bien, que mantenían la tesis de una continuidad, sin cesuras Para los historiadores marxistas o próximos al materialismo
apreciables, entre la Antigüedad y el Medievo 34 . En todo caso histórico, la crisis del Imperio supondrá la del modo de pro­
quedaba abierto un debate —uno más en la larga historia de ducción esclavista y el alumbramiento de otro determinante de
la historiografía «periodológica»— que aún está vivo y que ha una nueva formación económico-social, basada en los principios
de la feudalidad señorial que dará el tono al mundo medieval 36 .
u
Mahoma y Carlomagno, pp. 228 s. La postura de un amplio sector de la historiografía no marxista
" Por ejemplo, A. Piganiol, L'empire chrétien, París, 1947, véase en es­ podría quedar ejemplificada con la expresada, quizá en térmi­
pecial p. 422. nos excesivamente rotundos, por L. Génicot, para quien «[...]
u
Un resumen de las controversias suscitadas por la tesis de Pirenne el hecho decisivo [en la iniciación de la Edad Media], sin disputa
puede verse en R. Boutruche, Seigneurie et Féodalilé, París, 1959, pp. 31 s. alguna, fue el paso del Rin y del Danubio por las tribus germá­
El más enconado contradictor del gran historiador belga sería probable­
mente W. C. Bark en su libro Orígenes del mundo medieval, Buenos nicas. La civilización medieval nace, en efecto, de la colaboración
Aires, EUDÜBA, 1972, pp. 7 ss. Una revisión del debate pcriodológico y de de Roma con los bárbaros y con la Iglesia. La Edad Media co-
las enriquecedoras aportaciones que motivó en A. F. Harvighurst, The
Pirenne thesis. Analysis, crilicism mu! revisión, Bostón, 1958. Entre nos­
otros véase E. Mitre Fernández, «Transición al Medievo y continuidad
económica (algunos puntos de vista)», en Rev. de la Universidad de Ma­ " Tomamos este término en el sentido puramente referencial en que
drid, vol. xvín, núm. 69, pp. 267-280. Huelen emplearlo los historiadores marxistas.
* Cf. la obra colectiva La transición del esclavismo al feudalismo, Ma­
drid, Akal, 1975. También P. Anderson, Transiciones de la Antigüedad al
leudalismo, Madrid, Siglo XXI, 1979.
64 Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media 65

mienza, pues, en el momento en que estos tres factores entran que, en último análisis, no son más que fórmulas reduccionistas
en estrecho contacto, es decir, con las grandes invasiones» ". del problema a un planteamiento de dicha época como «fin del
Las posiciones mantenidas por la historiografía actual can­ mundo antiguo» o «comienzo de la Edad Media», en la ya clásica
celan definitivamente las viejas fórmulas de ruptura periodo- interpretación de F. Lot 41 . Esa inseguridad al tratar de caracte­
lógica y la interpretación catastrófica de las invasiones como rizar una etapa de transición, bifronte, que participa de rasgos
causa determinante del final de la Antigüedad. «No son necesa­ comunes al final e inicio de dos épocas pero que carece de per­
rias arduas argumentaciones —escribe E. Sestan— para adver­ fil propio, tiene su origen en la influencia que sobre nuestra
tir que la teoría catastrófica, por su misma naturaleza, comporta mentalidad de historiadores continúa ejerciendo la alternativa
un período de tránsito en términos temporales mucho más breve Antigüedad-Edad Media, heredada de las conceptualizaciones pe-
que el que supone la teoría de la continuidad, la cual, concate­ riodológicas acuñadas por el humanismo que, hasta el presente,
nando las transformaciones sobre un ritmo lento, de matizacio- han venido lastrando la comprensión cabal del pasado. «La in­
nes casi insensibles, cuyo cambio se aprecia sólo en los términos seguridad en el ordenamiento de las edades tiene su origen en
extremos de apertura y de cierre, se extiende mucho más en el falsas categorías históricas», dirá F. G. Maier, para quien «nada
tiempo y deja un amplio margen de incertidumbre a la perio- es más instructivo acerca de la inseguridad de la historia que
dización» M. la constante discusión sobre la frontera temporal entre la An­
tigüedad y la Edad Media, ya que la cuestión de los límites tem­
Pero esta postura, hoy generalizada y contraria a la admisión porales se identifica necesariamente con el problema de la sig­
de una cesura violenta entre la Antigüdad y el Medievo, dista mu­ nificación y ordenamiento histórico de una época» a .
cho de solucionar el problema de fondo: el de la determinación
del término a quo de la Edad Media; problema que persiste, Decía F. Lot que en la historia de la humanidad hay períodos
aunque replanteado desde perspectivas de análisis mucho más en los que «parece que hay una ruptura de continuidad sicoló­
racionales: las que brinda la que pudiéramos llamar «teoría de gica» y las generaciones del momento no se reconocen ya en las
la frontera temporal elástica», tributaria de los conceptos brau- anteriores. Un contemporáneo de Séptimo Severo o incluso de
delianos, ya antes aludidos, sobre la larga duración y el ritmo Diocleciano —ejemplifica el historiador francés— podría reco­
lento en la historia. Ciertamente, el comienzo de la transición, nocerse en un antepasado del tiempo de Augusto: sus gustos, su
de «il passaggio daH'Antichitá al Medioevo in Occidente» 39 , hay lengua, su arte, su concepción del mundo, sus pasiones no ha­
que situarlo en el proceso de crisis de la romanidad, que —como brían experimentado en este intervalo de dos o tres siglos más
ya antes señalábamos— se manifiesta en todos los ámbitos de que modificaciones superficiales, que no alterarían la continui­
la vida del Imperio y no solamente en el político. Pero ¿cuándo dad de la imagen esencial de la sociedad. Pero —se pregunta a
puede considerarse cerrada esa crisis? ¿Cuándo concluye la continuación Lot— «¿qué hay de común entre un contemporá­
transición? ¿En qué momento se abandona el umbral del Me­ neo de Diocleciano y otro del rey Dagoberto? El mundo que con­
dievo y se está ya dentro de él? templan las gentes del siglo vni es completamente distinto del
que tenían ante sus ojos las gentes del siglo m o del rv; el Im­
El tratamiento inseguro de esa época transicional persiste y perio romano no existe, salvo en Oriente y bajo una forma que
no ha bastado a eliminarlo la elaboración de conceptos como r ya no es latina; nuevas naciones lo han invadido y ellas, a su
los de «Antigüedad tardía» y «temprana» o «alta Edad Media» *\ " vez, se ven amenazadas por otros pueblos más feroces y más
" El espíritu de ¡a Edad Media, p. 18. extraños aún; lenguas, leyes y costumbres nuevas se han im­
" «Tardo antico e alto Medievale: Difficoltá di una periodizzazione». en puesto. La mentalidad ha cambiado [...]» 4J .
// passaggio dall'Aniichiiá al Medioevo in Occidente, Settimane di studio
delKCenlro Italiano di Studi suIl'AHo Medioevo, rx, 1962, pp. 15-37.
Bajo esta rúbrica el «Centro» de Spoleto dedicará el vol. cit. en la " F. Lot, La fin du monde antigüe et le debut du Moyen Age, citamos
nota anterior al esclarecimiento del tema de la transición, analizada tanto por la ed. de Editions Albin Michel (París, 1968).
en sus planteamientos conceptuales de base como en su multiplicidad de " Las transformaciones del mundo mediterráneo. Siglos III-VIII, vo­
manifestaciones: jurídico-institucionales, culturales, económico-sociales, ar­ lumen 9 de la «Historia Universal Siglo XXI», Madrid, Siglo XXI, 1972,
tísticas y religiosas. páginas 9 y 7.
u
" Remitimos nuevamente al ensayo de Sestan anteriormente citado. La fin du monde antigüe..., p. 12.
66 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
/■'/ concepto de Edad Media 67
El ejemplo precedente tiene, ciertamente, un valor meramen­
te referencial; pero constituye un buen punto de partida —entre Se ha rebasado ya ampliamente esa frontera convencional
otros que podrían proponerse— para la reflexión sobre la con­ <lil 600 y, sin embargo, hemos de avanzar aún una centuria más
clusión de ese largo proceso de cambio que significaría para pura que el cambio de decorado histórico del mundo mediterrá­
Occidente la apertura de un nuevo ciclo histórico definitiva­ neo adquiera unos perfiles definitivamente nuevos. Y es enton-
mente desvinculado ya de la tradición antigua. | H cuando, a pesar de las correcciones que en los puntos esen­
A lo largo de un eje temporal que comprendiese los decenios ciales de sus planteamientos económicos anulan o modifican
finales del siglo vi y primeros del vil, con el año 600 como vér­ profundamente la clásica tesis de Pirenne, la consideración de
tice convencional, el observador percibe una sucesión de acon­ 11 irrupción islámica como causa del definitivo colapso de la
tecimientos significativos de un cambio profundo en la vida de tradición antigua en el área mediterránea ofrece todavía puntos
los pueblos del área mediterránea. La ambiciosa obra de reinte­ ■flexión que no han podido invalidar los contradictores del
gración imperial acometida por Justiniano (f 565) manifiesta sus i ni historiador belga 45 , y que mantienen plena operatividad en
irreconciliables contradicciones: «nadie en el mundo occidental el debate sobre el término a quo de la Edad Media.
—dirá Génicot— se reconoce en aquel Bizancio con sus funcio­ Entre los autores que, en los últimos años, han reivindicado
narios griegos, sus comerciantes sirios o judíos, sus soldados ger­ la vigencia de los planteamientos básicos de Pirenne en relación
mánicos, eslavos o iranos» 44 . Muy pronto nuevos acontecimien­ Km la permanencia de la unidad de las regiones mediterráneas
tos precipitarán la ruptura entre las dos antiguas partes del ionio espacio histórico hasta el siglo vin, destacan los puntos
orbe romano, acelerando la helenización de la oriental y preci­ • le vista de F. G. Maier.
pitando en el Occidente latinc-germánico el oscurecimiento de
las tradiciones romanas; las figuras más representativas de la Para éste, Constantino el Grande y Carlomagno constituyen
cultura occidental en el siglo vi habían vivido todavía en un loa lutos referenciales extremos del proceso histórico que en el
mundo espiritual típicamente romano: la obra de Boecio o Ca- iir.i europeo-mediterránea, marca el tránsito de la Antigüedad
siodoro lo atestigua en Italia; incluso Isidoro de Sevilla (f 636) ni Medievo; siendo la unidad de ese proceso y del ámbito cul-
puede ser considerado en muchos aspectos como un «romano imal mediterráneo —con centro ahora en Constantinopla— la
rezagado», no en vano fue en la España visigoda donde quizá premisa fundamental de su reflexión sobre esos cuatro siglos
por más tiempo y con mayor vitalidad se mantuvo la tradición ■ a los que el entrecruce de elementos procedentes de la tradi-
antigua. Pero ya en su coetáneo Gregorio de Tours, descendiente • i< M i romano-tardía con las nuevas condiciones impuestas, so­
de la vieja clase senatorial de la Galia, el sentimiento de lo nuevo bre lodo, por la presencia de eslavos y musulmanes, transforman
del «Regnum Francorum» se sobrepone claramente a la tradi­ si perfil de la existencia europea, dando paso al nuevo mundo
ción clásica. Rtedleval. El cambio aparece plenamente consolidado a finales
& i siglo vni con el reparto definitivo de la cuenca mediterrá-
Entre tanto, nuevas fuerzas políticas hacen acto de presen­ en la que se configura un sistema político pluralista: el
cia en Europa. El asentamiento de los lombardos en Italia dará ili-l Imperio bizantino, continuador del Imperium Romanum
origen a la última formación estatal germánica en el solar del Christianum e integrador del naciente mundo eslavo, en los Bal-
antiguo Imperio, constituida en unas condiciones que muy poco s y Asia Menor; el califato árabe islámico en el Oriente
tienen ya que ver con las que habían marcado el establecimien­ rVóximo, África del Norte y España; el dominio carolingio sobre
to de los reinos bárbaros del siglo v. Por esta misma época, de­ un marco europeo occidental gravitando sensiblemente hacia el
cenios finales del siglo vi, la oleada asiática de los avaros inunda te. Los fundamentos del Estado, la sociedad, la economía y
la Europa central, dando origen a un imperio de contornos poco 11 ' nltura han cambiado profundamente en el escenario de esa
definidos que, con centro en la región Panónica, se mantendrá
hasta el reinado de Carlomagno. Al mismo tiempo y en años
sucesivos, los pueblos eslavos irrumpen en el área balcánica. • Véanse, por ejemplo, seguidamente, las posiciones de F. G. Maier, en
«ii «ibra cit. supra, nota 42.
41
" Véase también este punto J. A. García de Cortázar, Historia... la Alta
El espíritu de la Edad Media, p. 41. i l id Media, cuyo iv capítulo titula «El segundo y definitivo reparto del
•naneo (640-800)».
68 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
El concepto de Edad Media 69
Europa carolingia construida sobre las bases de un nuevo sis­
tema feudal que dará el tono a la Edad Media. «Desde finales B) El término final de la Edad Media
del siglo VIH, Europa, Bizancio y el mundo islámico, con sus
conflictos y sus mutuas influencias, configuran la imagen del El problema de la cesura entre el Medievo y la Modernidad lo
futuro.» Cada una de esas tres grandes regiones históricas re­ plantearía la historiografía tradicional en términos similares a
presentará, por otra parte, un tipo de cultura peculiar. los de la fijación de la frontera temporal entre la Antigüedad y
Tal es, a grandes rasgos, la posición de F. G. Maier en rela­ la Edad Media: proponiendo una serie de hitos cronológicos
ción con el problema de la transición del mundo antiguo al coincidentes con acontecimientos de indudable significación en
medieval: una posición en la que no es difícil percibir los ecos el curso del proceso histórico. Entre esas fechas «periodológi-
tardíos de la tesis clásica de H. Pirenne. cas», la llamada a adquirir mayor fortuna desde época temprana
Por nuestra parte, estimamos que la gran dificultad en la ca­ sería la de 1453, año de la conquista de Constantinopla por los
racterización de una época —la que discurre entre los siglos iv turcos otomanos, propuesta ya por Cristóbal Keller como tertni-
y vui— cuyo sentido de transitoriedad pierde ya todo su signifi­ nus ad quem de su Historia Medii Aevii y que ofrece sobre otras
cado por el simple hecho de su larga duración, estriba funda­ posibles opciones cronológicas la ventaja de resultar hondamen-
mentalmente en el laconismo informativo de las fuentes que, si le significativa para las tres grandes regiones históricas —Occi­
bien nos permiten percibir las líneas epidérmicas de los procesos dente, Bizancio y el mundo islámico— que configuran una ima­
políticos, religiosos e incluso culturales del período en cuestión gen del Medievo no exclusivamente europeocéntrica. Otra fecha
y para un área que amplía muy poco el marco geográfico del de indudable significación y frecuente manejo ha venido siendo
antiguo Imperio romano, impiden conocer a fondo sus niveles la de 1492, año del descubrimiento de América que abriría in­
estructurales, sociales y económicos, más profundos. sospechadas perspectivas a la expansión de Occidente. Un tercer
hito periodológico de especial relevancia en el plano de la his­
En cualquier caso, sin embargo, el estudio de esa época, de toria religiosa, aunque sus consecuencias se dejarían sentir pro­
acuerdo con lo que es ya práctica comúnmente admitida 47 , co­ fundamente en otros ámbitos de la vida política, cultural y so­
rresponde plenamente a la esfera de intereses del medievalista cio-económica de Europa, sería el año 1517, en el que se produce
como condición indispensable para poder adentrarse con seguri­ el estallido de la querella luterana.
dad en el conocimiento del período en el que se desenvuelve su
labor docente e investigadora. De todas estas fechas, o de otras susceptibles también de
Y cuando éste se sitúa en un campo de observación occiden­ ser tenidas en cuenta, podría repetirse lo ya dicho en relación
tal no puede prescindir de hechos significativos como el que, en con los hitos cronológicos que se proponían como divisoria en­
el año 754, un anónimo cronista mozárabe que escribe en la Es­ tre la Antigüedad y el Medievo: su valor es puramente conven­
paña ocupada por los musulmanes, llame por vez primera euro­ cional y su representatividad, incluso en relación con los concre­
peos a los combatientes que, bajo el mando de Carlos Martel, tos fenómenos que manifiestan, muy discutible: la pérdida por
triunfan sobre los islamitas de Poitiers; ni que, varios decenios Bizancio de su protagonismo histórico, mantenido en medio de
después, el historiador franco Nithard califique a Carlomagno profundas contradicciones y dificultades durante la Edad Me­
de pacificador de Europa. dia, es muy anterior a 1453; la verdadera transcendencia de los
No le faltaba razón a L. Génicot para afirmar que «con los descubrimientos colombinos de 1492 tardaría todavía varios de­
carolingios la Edad Media despunta en el horizonte». Medievo, cenios en manifestarse y, por otra parte, la expansión oceánica
desde luego, europeo, y cuya referencia a otras civilizaciones la habían iniciado ya los portugueses años antes; en relación con
coetáneas diversas de las surgidas de la Antigüedad mediterrá­ la rebelión luterana de 1517, los propios historiadores eclesiás­
nea, presenta una serie de problemas de acoplamiento periodo- ticos han preterido el valor crucial de esta fecha en favor de
lógico sobre los que más adelante volveremos. otras que, como la de 1303 —atentado de Anagni y muerte de
Bonifacio VIII— simbolizarían mejor «el levantamiento de la
Edad Nueva contra la Edad Media»*1.
el " S S S & ^ ^ T Í l f g g ^ - a S T ™**™™» en
— wiemaaon bibliográfica, pp. 309 ss. ** Cf. R. García Vllloslada, Historia de ¡a Iglesia. DI Eiliut M,.h., ■ n
70
Juan Ignacio Ruiz de la Peña /•"I concepto de Edad Media 71
La concepción evolutiva de la historia, contraria a los cortes tllguesea en torno a África, primeras remesas de oro), es decir,
períodológicos inflexibles, ha llevado a la moderna historiogra­ hacia 1475, pero a menudo el desencadenamiento tajante de la
fía a considerar el paso de la Edad Medía a la Modernidad como tra de expansión se demora aún hasta 1492 (Colón) e incluso
fruto de una etapa de transición que se desarrollaría, sin em­ hasta los primeros años del siglo xvt» 52 .
bargo, en un arco temporal mucho más reducido que el que En torno a esa misma frontera elástica, con vértice conven­
une la Antigüedad y el Medievo; y cuyo término final, menos t u a l en el 1500 concluirán, en fin, sus exposiciones de conjun­
controvertido también que el lerminus a quo de la Edad Me­ to nuestros medievalistas n .
dia, habría que situar en torno al 1500. «Entre 1450 y 1550 se
produjeron transformaciones tales que los eruditos no han po­
dido dudar. Es innegable que, en ese momento, un mundo nue­ 1.a aceptación de ese término ad quem de la Edad Media, que
vo, en gestación desde el siglo XIII, e incluso más pronto en »e sitúa en un arco temporal que engloba los decenios finales
ciertos aspectos y en determinados núcleos religiosos e intelec­ del siglo xv y primeros del xvi y que parece gozar de amplio
tuales, queda constituido definitivamente [...] En los dominios uinsenso en la historiografía medievalista actual, no debe, sin
más diversos las cercanías del año 1500 señalan, pues, bien cla­ rmbargo, hacernos olvidar los problemas períodológicos que se
ramente el fin de la civilización [medieval] [...] Por todas par­ ii del tratamiento de la transición del mundo medieval a
tes un espíritu 'moderno', más enamorado de la libertad que de Isa «tiempos modernos», y que se plantean, sobre todo, a partir
la disciplina rechaza el espíritu medieval, de estricta obediencia • leI Congreso Internacional de Ciencias Históricas de Roma
cristiana. Las fuerzas que libera, tanto en el plano del indivi­ (1955), por una parte, y por otra, en relación con las posiciones
dualismo como en el del Estado, destruyen ese sentido comuni­ metodológicas del materialismo histórico.
tario y ese internacionalismo que constituyeron los caracteres
esenciales de la Edad Media en su apogeo» *. Vercauteren seña­ La historiografía marxista, a partir de su concepción dialéc­
lará cómo los diferentes criterios elegidos para definir el co­ tica de la continuidad histórica como sucesión de los modos de
mienzo de los tiempos modernos —el renacimiento de la litera­ producción esclavista-feudal-capitalista, considera la Edad Media
tura antigua, la expansión del capitalismo, la reforma religiosa— como una época de vigencia de la formación económico-social
«se sitúan todos hacia 1500»*, J. Heers, en la advertencia pre­ Icudal que sobrevivirá, a niveles estructurales, a las crisis de las
liminar a su Historia de ¡a Edad Media escribe: «los límites nuperestructuras políticas, culturales e ideológicas que se re-
cronológicos que se establecen, tal vez menos despreciables que nuelven en el mundo occidental en torno al 1500. La organiza­
otros, son los tradicionales en la enseñanza e investigación de ción señorial-feudal y la formación socio-económica a ella liga­
la Historia Medieval, tanto en Francia como en el extranjero»; da, después de su etapa de auge en el Medievo se prolongaría
unos límites que fija entre la época de las migraciones y for­ todavía por espacio de varios siglos en una larga transición has-
mación de los reinos germánicos de Occidente y las postrime­ tn la consolidación «del capitalismo industrial y de las relaciones
rías del siglo xv". Recientemente, P. Vilar situaba también el «ocíales que le corresponden» M. Un ejemplo muy representativo
«viraje que conduce de la Edad Media en crisis a los tiempos u
modernos expansivos» en la misma frontera temporal: «comien­ u
Iniciación..., p. 89.
za a la vez [ese 'viraje'] con los repoblamientos de las regiones Remitimos de nuevo a la Orientación bibliográfica, pp. 309 ss.
" P. Vilar, Iniciación..., p. 95. Sin embargo, las posiciones del gran his­
afectadas por las hambrunas y las guerras (en Francia, reinado toriador francés en orden a una correspondencia entre las divisiones his­
de Luis XI) y con los primeros viajes de descubrimientos (por- tóricas convencionales —Antigüedad, Edad Media, Edad Moderna y Edad
Contemporánea— y el desarrollo dialéctico de los modos de producción,
i ti I como aparecen expuestos en su reciente libro, suponen un sustancial
leplanieamiento de los esquemas pcriodológicos tradicionalmente mante­
págína 27. Véase también la valoración que de este hecho hacía reciente­ nidos desde una óptica marxista (cf. su ob. cit., pp. 86-95). Véanse también
mente H. A. Miskimin, en su obra citada infra, nota 61. IM consideraciones que hacíamos en el capitulo anterior, al tratar de los
problemas generales de la periodificación; las obras colectivas El Feuda­
* Génicot, El espíritu de la Edad Media, pp. 18-20. lismo, Ayuso, Madrid, 1972, y La transición del feudalismo al capitalismo,
" Ob. cit., p. 38. Madrid, Ciencia Nueva, 1967; y W. Kula, Teoría económica del sistema
" Labor Universitaria, Manuales (Barcelona, 1976), p. 7. feudal, Madrid, Siglo XXI, 1974.
Juan Ignacio Ruiz de ¡a Peña El concepto de Edad Media 7í

de la periodificación del Medievo desde esta óptica metodoló­ diante el tratamiento unitario del conñictivo arco temporal tran-
gica nos la ofrece, en la literatura manualística, la Historia de sicional tendido entre los siglos xiv y xvi, como hacen, por citar
la Edad Media, de E. A. Kosminsky, en la que la exposición de un ejemplo bien conocido, R. Romano y A. Tenenti en el volu­
la «Edad Media tardía» se inicia con los grandes descubrimien­ men a su cargo de la Historia Universal Siglo XXI, en el que
tos geográficos y el comienzo de las usurpaciones coloniales, bajo el título Los fundamentos del mundo moderno, con el ex­
prolongándose hasta la revolución burguesa en Inglaterra (1640- presivo subtítulo «Edad Media tardía. Reforma, Renacimiento»,
1660), con la que «comienza un período nuevo en la historia de se ofrece una visión de conjunto de «la historia económica, cul­
la humanidad: los tiempos modernos» 55 . tural y política de Europa, desde 1350 a1 1550»60. O, en otros
Aunque desde posiciones de partida diversas de las del ma­ supuestos, adelantando la apertura del ciclo «moderno» en el
terialismo histórico, tuvimos ocasión de referirnos también, en sentido de considerar la etapa bisecular (siglos xiv y xv) que en
el capitulo anterior, a la revisión que de la periodificación con­ la periodificación convencional al uso del Medievo corresponde
vencional del Medievo y en relación con el desplazamiento de a la llamada Baja Edad Media, como una Modernidad «tem­
sus hitos finales habían supuesto los planteamientos braudelia- prana» o un «alto» Renacimiento: el reciente tratamiento perio-
nos, acogidos por un amplio sector de la moderna historiografía dológico dado a la economía europea de esa época por H. A. Mis-
francesa *. kimin constituye un elocuente ejemplo de esta tendencia 6 '.
Un segundo punto conflictivo en la consideración de la tran­ Sin perjuicio de volver seguidamente sobre este tema, esti­
sición del Medievo a la Modernidad es el de la caracterización mamos que no deben desorbitarse los términos del problema de
periodológica del Renacimiento, término utilizado por vez pri­ la divisoria temporal entre la Edad Media y la Moderna, una
mera a mediados del siglo xvi por Vasari y objeto de frecuentes vez sentado, y aceptado, el principio de la continuidad del pro­
equívocos y malentendidos 57 , que ha dado lugar a una encendida ceso histórico y del carácter contingente de las categorías perio-
polémica, sobre todo entre la historiografía italiana M. La cues-! dológicas impuestas en la práctica científica de la investigación
tión de la caracterización del Renacimiento se liga estrechamen- I y la enseñanza de la historia. Medievalistas y estudiosos de los
te al debatido tratamiento que deba recibir la etapa en la que I «tiempos modernos» es inevitable, y necesario, que se encuen­
germinan y se desarrollan las crisis que darán paso a la coyun- I tren y se enriquezcan con préstamos mutuos en el tratamiento
tura expansiva con la que se abre la Modernidad; a la considera-1 de una época bifronte en la que confluyen los intereses de unos
ción de los elementos «modernos» que se anticipan en el ámbito I y otros.
períodológico convencional de la Edad Media y de la proyección I
de la herencia medieval en la Modernidad «iniciada en la eclo- I Las consideraciones sobre la continuidad del suceder histó­
sión renacentista» 5 *. rico y el valor relativo de las cesuras temporales, adquieren, por
otra parte, especial relevancia cuando del nivel de una exposi­
Problema éste que se ha tratado de orillar, en unos casos, me- J ción histórica de carácter global o total se desciende al estudio
a de sectores concretos del todo social, con ritmos de desarrollo
Madrid, Ayuso, 1976, p. 253.
* Cf. supra, capítulo primero, n, 2, B. que difícilmente pueden acoplarse a las categorías periodoló-
" Cf., por ejemplo, F. Masai, «La notion de Renaissance. Equivoques gicas convencionales; o cuando el ámbito de observación del
et malentendus», en Les catégories en Histoire, cit., pp. 57-86. historiador se reduce, en el espacio, a un escenario regional,
* La bibliografía es abundantísima. Dos buenas aproximaciones al tema comarcal o local. Lo que se plantea en estos casos es la afir­
pueden verse en A. Sapori, «Medioevo e Rinascimento: proposta di una
nuova periodizzazione», en Nuove Questioni di Storia Medioevale, Milán, mación de la exigencia de periodizaciones especiales, válidas
Marzotari Editorc, 1964, pp. 597-621; y D. Cantimori. Slorici e Storia, Tu- siempre que se justifiquen y compatibles, desde luego, con una
rín. Einaudi, 1971, en cuya segunda parte se recogen una serie de trabajos I posible y necesaria periodización integral de la historia, tema
del autor sobre el concepto de Renacimiento. éste abordado ya en el capítulo anterior 62 .
* Véase en este punto las reflexiones con que E. Mitre cierra su expo­
sición de conjunto del proceso histórico medieval europeo. Introducción
a la Historia de la Edad Media europea, Madrid, Istmo, 1976, pp. 391 ss.; " Volumen 12 de la colección, Madrid, 1972.
también J. Valdeón, Historia general de la Edad Media (siglos XI al XV), " A. Miskimin, La economía de Europa en el alto Renacimiento (1300
Madrid, Mayfe, 1971, pp. 192-194 y 355-358. a 1460), Madrid, Cátedra, 1980.
" Cf. supra, capítulo primero, n, 2, B.
74
Juan Ignacio Ruiz de la Peña
l'l concepto de Edad Media 75
C) La periodización interna del Medievo 65
laudad, este método pragmático presenta la ventaja de contem­
Dentro del dilatado arco temporal que corresponde, en la tra­ plar a la vez un conjunto de sectores a fin de establecer qué
dicional división tripartita de la historia, a la Edad Media, la elemento central determina la estructura de todo el período» **.
exigencia de una periodización o división interna se impone tan­ A partir de estas premisas, el autor hace su propia propuesta de
to por razones objetivas, derivadas del mismo curso cambiante periodización del Medievo que se ajusta básicamente a la clá­
del proceso histórico en ese largo milenio, como por ineludibles sica división tripartita —alta, plena y baja Edad Media—, pero
condicionamientos metodológicos: las fuentes con las que cuen­ formulada con tales reservas e interrogantes que deja al lector,
ta el medievalista, las ciencias auxiliares y las técnicas instru­ realmente, en una situación de razonable incertidumbre, abierta
mentales de que se sirve en su trabajo, los modelos de análisis, a la propia reflexión y reveladora, en todo caso, del principio ya
las conclusiones a las que pueda llegar, serán muy distintas se­
gún sea la época del Medievo en la que se centre su investiga­ aludido por nosotros anteriormente según el cual en historia es
ción. «iempre más fácil plantear problemas que encontrar solucio­
nes 6S.
En 1969 publicaba C. Van de Kieft su breve pero enjundioso En la actualidad, los términos en que aparece planteado el
artículo sobre «La periodización de la historia de la Edad Me­ problema de la periodización interna del Medievo no difieren,
dia» 64 , que constituye un obligado punto de partida para toda Mistancialmente, de los contemplados por Van de Kieft.
reflexión posterior sobre el problema. En este ensayo el histo­ Siempre desde una perspectiva de observación europeocén-
riador holandés pasa revista a una representativa muestra de Irica, la historiografía medievalista actual 6 ', en general, suele
propuestas de periodización de la Edad Media extraída de ma­ desglosar el despliegue del período que constituye su campo de
nuales, exposiciones de conjunto y obras de interpretación sobre DBtudio en tres grandes fases: alta, plena y baja Edad Media;
el período bien conocidas. Destaca los criterios, diversos, que etapas que corresponden a la división en Frühmitíelalter, Ho-
pueden ser manejados en los procesos de ordenación cronoló­ chmittelalter* y Spatmittelalter del léxico germánico; tót o
gica en función de los sectores —político, social, económico, ins­ liaut, plein y tardif o bas Moyen Age, en la terminología fran­
titucional, eclesiástico...— de la multiforme realidad histórica; cesa; alto o primo Medioevo, etá comunale o Medioevo di mezzo
y la tradicional vinculación de las periodizaciones del Medievo y basso o tardo Medioevo, en la italiana. Naturalmente este es­
a la civilización occidental, concepto éste, por lo demás, de dis­ quema no es inflexible y se simplifica a veces haciéndose dico-
cutibles contornos; para terminar afirmando la necesidad de tómico e introduciendo etapas intermedias entre la Antigüedad
tratar de penetrar, en sus ritmos peculiares, los distintos estra­ y la alta Edad Media, entre ésta y la baja o entre el bajo Me­
tos de una civilización, sus interrelaciones, su diversa jerarquía dievo y los tiempos modernos, llegándose a unos acoplamientos
y su diferente evolución. Desde esta perspectiva integradora o periodológicos que se reconducen normalmente a esa ordena­
globalizadora habría que preguntarse —según Van de Kieft— si ción tripartita, tradicional y susceptible, por otra parte, de ser
«existen en la Edad Media períodos que, observados en su con­ ttdaptada a las tres sucesivas tendencias —estancamiento, ex­
junto, presentan caracteres tan acusados que pueden ser consi­ pansión y crisis— que se observan en el desarrollo del mundo
derados como verdaderos períodos sui juris. Partiendo de la to- medieval occidental.
Con carácter general y siempre con referencia a la órbita
" La presentación de los rasgos generales del despliegue histórico del europea, puede afirmarse que el arco temporal de cada una de
Medievo, europeo y peninsular, que se hace en este capitulo encuentra su esas tres fases que corresponderían a la tripartición entre alta,
indispensable complemento bibliográfico en la Orientación básica, tanto
de obras de síntesis como referidas a ámbitos temáticos específicos, que
se incluye al final de este libro. Ello nos permite aligerar ahora un aparato » Ob. cit., p. 55.
crítico que se limitará normalmente a la cita de algunas exposiciones de " Véase en este sentido M. Ríu, Lecciones..., pp. 20 ss.
conjunto, síntesis parciales, y ensayos interpretativos de fácil acceso y " Remitimos una vez más a las exposiciones de conjunto registradas
manejo por los estudiantes. en la Orientación bibliográfica, pp. 309 ss.
" En «Les catégories en hlstoire», cit., pp. 41-56. " En el volumen 11 de la serie «Historia Universal Siglo XXI», obra de
J. Le Goff, el título original (Das Hochmittelalter) se traduce impropia-
iiiciiie por La Baja Edad Media.
76
Juan Ignacio Ruiz de la Pe
til concepto de Edad Media TI
plena y baja Edad Media, es decreciente. A la muy larga du
ción de la primera de ellas, en la que se asiste a la disolución »l referirnos al problema de la fijación del término a quo de la
del mundo antiguo y a la génesis de la nueva sociedad feudal lídad Media.
medieval en el curso de un proceso de cinco o seis siglos (iv-V Las tres centurias largas (siglos VIII-XI) que, en nuestra pro­
a x-xi), sucede la fase de expansión o plenitud del Medievo que
se mantiene de dos a tres centurias (XI-XII a xin-xiv), y a la que puesta de períodificación, corresponderían a la alta Edad Media,
sigue la crisis bajomedieval, que se desarrolla y se resuelve a quedan inmersos en esos primeros y prolongados «tiempos os-
lo largo de una etapa de aproximadamente siglo y medio de du­ luros» —dark ages— cuyos orígenes, en una periodización más
ración (xiv-xv) y que da paso, en el último tercio de la decimo< nmplia del temprano Medievo, se suelen remontar hasta el si­
quinta centuria, a una inversión de la coyuntura con el comien­ glo v, y frente a los cuales los medios y los métodos de trabajo
zo de una nueva expansión que nos introduce en los tiempos del medievalista se desenvuelven bajo la presión de unos con­
modernos. dicionamientos muy distintos de los de las etapas posteriores.
I-a escasez y laconismo de las fuentes historiográficas y de la
Los hitos extremos de la primera de las tres etapas resultan­ documentación de archivo y la frecuente contaminación de di­
tes de esta períodificación pueden modificarse con la introduc­ chas fuentes, transmitidas muy pocas veces en su forma origi­
ción, no infrecuente, de una variable que afectaría al arco tem­ nal, confieren para esta época un singular relieve al trabajo de
poral de la alta Edad Medía en el sentido de desglosar de ésta, la crítica textual, a la labor del paleógrafo y diplomista; la in­
para darle un tratamiento propio como «época de transición de digencia de fuentes escritas, por otra parte, sitúa los resultados
la Antigüedad al Medievo», la comprendida entre los siglos rv de la arqueología en un lugar preferente, en cuanto proporcio­
y VIH. Los eventuales desplazamientos cronológicos de los tér­ nan un soporte fundamental para la reconstrucción histórica
minos inicial y final de las otras dos etapas —plena y baja Edad de esas tempranas épocas, confirmando y ampliando el parco
Media— no alterarían sensiblemente su duración. En todo caso fruto que brinda la explotación de los textos 69 .
y siempre de acuerdo con el principio del cambio evolutivo
opuesto a las fracturas periodológicas inflexibles, entre las eta­ Como características estructurales más acusadas del perío­
pas resultantes de la periodización interna del Medievo habrá do pueden señalarse su escasa entidad demográfica, a la que
que considerar la existencia de épocas coyunturales de duración se asocia una economía estancada de base rural y rendimientos
media —varios decenios—, en las que se producen los cambios muy bajos, en la que la producción industrial, la actividad co­
de tendencia —calificados a veces y no afortunadamente como mercial y la circulación monetaria están reducidas a la mínima
«virajes»— que señalan el paso de un período a otro. expresión, como corresponde a una época de crisis profunda de
la civilización urbana.
En el orden político, después del definitivo reparto del área
Hechas estas consideraciones previas, trataremos seguidamente mediterránea y frenado el expansionismo islámico en Poitiers
de plantear y justificar nuestra propuesta de periodización in­ (732), de los restos salvados del naufragio del Occidente cris­
terna del Medievo, formulada, en principio, desde una perspec­ tiano emergerá un primer intento de síntesis europea en torno
tiva europeocén trica. ul papado y a la única fuerza política superior que ha logrado
sobrevivir: el reino carolingio; el nuevo Imperium a cuya ca­
Situamos el punto de arranque de ía etapa inicial de la his­ beza figura como imperator romanorum un monarca germano
toria medieval europea en el siglo VIII, prolongando su duración —Carlomagno— fue una obra grandiosa pero prematura que
hasta el xi, siglo éste bifronte, centuria de cambio en la que se
npenas sobreviviría a su creador. «De la época comprendida en­
manifiestan ya claramente los primeros síntomas de una nueva
coyuntura expansiva. El período comprendido entre los siglos rv tre los años 751 y 956 —dirá J. Dhondt— puede decirse que los
al vin sería considerado como época de «transición del mundo ncontecimientos colaboraron uno tras otro a la frustración de
antiguo al mundo medieval», de acuerdo con la exposición jus­
tificativa de este tratamiento hecho en las páginas precedentes,
* Sobre este punto volveremos más adelante, en el capítulo 4, al tratar
de las fuentes.
Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media 79

un posible ensayo de unidad europea» 70 . Al universalismo polí­ bida en función del desarrollo de una civilización «occidental»,
tico-religioso de aquel primer intento de res publica christiana cuyos caracteres estructurales se encuentran todavía en una fase
fraguado en la Navidad del año 800 y llamado a integrar bajo la embrionaria que no se corresponde con la plenitud alcanzada,
doble guía del emperador y del papado a todos los pueblos en la misma época, por las civilizaciones de otros ámbitos extra-
cristianos —viejos y nuevos— del Occidente, sucede la disgre­ europeos.
gación interior, el triunfo de los particularismos nacionales avi­ En los últimos decenios, la imagen tradicionalmente sombría
vado por un proceso de gradual feudalización de las estructuras de los siglos altomedievales ha ido cobrando perfiles más níti­
políticas en el que el sistema institucional feudo-vasallático idea­ dos gracias a la luz que han proyectado sobre ella nuevos estu­
do por los carolingios para mejor asegurar el control de los dios: una elocuente muestra de ese interés la constituyen la
vastos territorios sometidos a su autoridad, iba a manifestarse serie de volúmenes que, sobre los más diversos aspectos de la
con unos efectos disolventes, totalmente opuestos a los previstos historia de esta época, ha venido publicando desde 1954 el Cen­
por Carlomagno y sus sucesores. tro Italiano di Studi sull'Alto Medioevo.
Por otra parte, Europa va a verse sometida en esta época a Esas aportaciones renovadoras de la moderna historiogra­
los ataques de nuevos pueblos bárbaros, sucesores de los avaros fía sobre los siglos del temprano Medievo han contribuido a mo­
y musulmanes de los siglos vn y v m —eslavos, normandos y dificar no pocos puntos de vista generalmente admitidos sobre
húngaros—, que sólo en el siglo x podrán ser definitivamente este período; a adelantar el cambio de coyuntura que conduce
reducidos e integrados en el marco cultural de Occidente. a la expansión de la plena Edad Media, remontando, por ejemplo,
Los factores negativos de estos «tiempos oscuros» también los precedentes del gran renacimiento cultural europeo del si­
se manifiestan en el empobrecimiento de la cultura, postración glo xu al siglo x e incluso más lejos del «renacimiento carolin­
profunda que no queda paliada por la débil luminaria del «re­ gio» del siglo ix, o anticipando a la décima centuria los inicios
nacimiento» carolingio, y en la crisis de la vida espiritual y de del despegue económico de Occidente. Y en todo caso, esas apor­
las estructuras eclesiásticas. En el siglo v m , una nueva querella taciones han servido para destacar en estos siglos de tinieblas
religiosa surgida en el seno de la Iglesia oriental —la herejía una serie de aspectos positivos, con frecuencia olvidados o mi-
iconoclasta— vuelve a quebrar los débiles lazos entre Roma y nusvalorados, entre los que no es el menos importante el encua-
Constantinopla; no se trata todavía del cisma definitivo, pero dramianto que en el marco de la cultura cristiana, occidental y
la nueva ruptura contribuirá a ahondar las ya insalvables dife­ oriental, reciben a lo largo de los siglos v m al x nuevos pueblos
rencias entre las dos antiguas partes del orbe romano. En Occi­
—eslavos, sajones, frisones, normandos, magiares...— que con­
dente, el prestigio moral de los papas y de la Iglesia desciende
hasta cotas de degradación tales que llevarán al analista Baronio tribuyen a ensanchar considerablemente el escenario de esa pri­
a calificar el siglo X de «Edad de Hierro» del pontificado (secu- mera Europa del temprano Medievo.
lurn ferreum, plumbeum, obscurwn). Desde mediados de la décima centuria comienzan a manifes­
tarse las condiciones objetivas que posibilitarán la apertura de
La postración europea contrasta, dentro de las mismas coor­ un nuevo período en la historia del Occidente cristiano, marca­
denadas temporales pero en distintas órbitas geográficas, con do por el signo de la expansión interior y exterior. Aun recono­
la brillantez, empalidecida por eclipses temporales, del mundo ciendo el valor meramente convencional de las fechas concretas,
bizantino, educador de los pueblos eslavos, y el auge de la nueva el observador del proceso de transición de la Europa alto me­
civilización musulmana, que vive en estos siglos su «edad clá­ dieval a la de la plenitud de los siglos xu y XIII, no puede por
sica»; también para las civilizaciones asiáticas, en las que el
menos de detener su atención en una serie de hitos cronológicos
budismo juega un fundamental papel de desarrollo e integración,
son éstos tiempos de esplendor. Esos contrastes sirven para po­ de indudable significado referencial.
ner de manifiesto el relativismo de una periodificación conce- En el año 955 Otón I derrotaba a los húngaros en Lech. Con­
trolada, ya tiempo atrás, la expansión de musulmanes y eslavos
w y aniquilados los avaros, con este triunfo decisivo y con lo paz
La Alia Edad Media, en «Historia Universal Siglo XXI», vol. 10, Ma­
drid, 1972, p. 174. concertada unos decenios antes entre Carlos el Simple y los e»-
80 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
El concepto de Edad Media 61
candinavos, cesaba la agobiante y devastadora presión que Euro­
pa venía soportando desde hacía siglos. Poco después de la vic­ en las postrimerías del siglo xi, haría posible la puesta en mar­
toria de Lech el monarca germano accede al título imperial (962). cha de la gran empresa de las Cruzadas.
En los años siguientes, los soberanos de los reinos marginales También en el horizonte cultural de la undécima centuria se
al Imperio otoniano se hacen cristianos: Miecislao I de Polonia anuncian los primeros resplandores del brillante renacimiento
en el 966; por la misma época recibiría el bautismo el danés del siglo siguiente. En los decenios finales del siglo xi el romá­
Haroldo Diente Azul; en el 995, con la conversión de su rey nico triunfa en todo el ámbito europeo —en el año 1088 se ini­
Esteban I, se cristianiza Hungría. Desde principios del siglo xi cian las obras de la gran iglesia románica de Cluny—, y nace
todos los nuevos pueblos ganados para la cristiandad occidental la canción de gesta.
proporcionan a Europa una sólida cobertura defensiva frente a En la base de todas estas transformaciones que se encadenan
posibles futuras invasiones. a lo largo de una fase transicional cuyo vértice cronológico suele
situarse a mediados de la undécima centuria, está «el movimien­
El cese de las amenazas exteriores y el afianzamiento, rela­
to demográfico que, de 1050 a 1250, transformó la faz de Euro­
tivo, de la seguridad interior, bajo el desarrollo de las institu­
pa: en los confines del mundo occidental, la colonización de las
ciones de paz, favorecerá desde el siglo xi la reactivación del
llanuras ibéricas y de la gran llanura que se extiende al otro
comercio, fenómeno estrechamente ligado, por otra parte, a los
lado del Elba; en el corazón mismo de las tierras viejas, los
inicios del proceso de renacimiento urbano y de la consiguiente
bosques y los yermos sometidos a la acción dominadora del
aparición de un nuevo estamento social —la burguesía— que
arado; en los claros abiertos entre los árboles o la maleza, sur­
irrumpe en la rígida estructura tricotómica de la época prece­
gen nuevos núcleos de población sobre el suelo virgen; por to­
dente.
das partes bajo la incesante presión de los roturadores, en
En el orden político, al embrionario feudalismo carolingio torno a los lugares habitados de antiguo, se amplían los espacios
sucederá, desde el siglo x, un desarrollo de las instituciones feu- cultivables» n .
do-vasalláticas que cristalizará en un sistema plenamente con­ Expansión demográfica y expansión agrícola marchan al uní­
solidado en la centuria siguiente, abriéndose así, en la historia sono: la una no se explica sin la otra. Esta se manifiesta en un
del régimen feudal europeo, la época que L. Ganshof ha llamado mayor y mejor aprovechamiento de los recursos que brinda el
del «feudalismo clásico» 71 . sector primario, tanto por la ganancia de nuevas tierras produc­
También en el plano de las estructuras religiosas y de la tivas, gracias a las incesantes y grandes roturaciones, como por
organización eclesiástica el siglo xi ofrece, para la historia de una más racional explotación del terrazgo con la generalización,
la Europa occidental, decisivas novedades. La primera de ellas desde el siglo xi, de mejoras técnicas en el utillaje agrícola y
es la ruptura entre el papado romano y el patriarcado de Cons- en las industrias asociadas a la empresa campesina y con la in­
tantinopla en 1054, que determinará la definitiva separación en­ troducción de nuevos sistemas de cultivo de mayor y más diver­
tre los dos orbes del mundo cristiano. Tras esta dolorosa, pero sificados rendimientos. El aumento de población que experimen­
inevitable, amputación, que ponía fin a una larga cadena de en- ta la Europa occidental desde mediados del siglo xi se nos ma­
frentamientos y tensiones iniciadas con los comienzos de la cri­ nifiesta a partir de los escasos testimonios cifrados, directos y
sis de la romanidad, en el siglo rv, la Iglesia occidental empren­ fiables, de esta época —entre los que el famoso Domesday Book,
dería con la reforma gregoriana la búsqueda de una nueva ima­ redactado en el año 1086, tiene valor fundamental—, completa­
gen y la afirmación de una independencia que iba a conducir dos por las noticias que se deslizan en las fuentes narrativas y
a una situación de prolongado conflicto con el Imperio de la en la documentación de archivo y, sobre todo, por las decisivas
aportaciones de la arqueología. Sobre estas bases puede esta­
que, en primera instancia, el papado saldría robustecido en su
blecerse que, ciertamente, se produjo en Europa, hasta la grave
autoridad y con un prestigio sobre la cristiandad occidental que, fractura de mediados del siglo xiv, una incesante expansión de­
mográfica fruto de la mejora general de las condiciones de vida
" £/ Feudalismo, prólogo y apéndice sobre las instituciones feudales
en España de L. García de Valdeavellano, Barcelona, Ariel, 1963, pp. 91 ss.
■ M. Bloch, La société féodale, París, Albin Michel, 1968, pp. 110 s.
82 /■'/ concepto de Edad Media 83
Juan Ignacio Ruiz de la P
i. adencia carolingia»'*. Un ejemplo puede resultar especial­
y de la atenuación de los azotes del hambre, la enfermedad y
mente ilustrativo en este punto. Por vez primera aparece la pa-
guerra. «Al disminuir la mortandad por accidente y mejorar
liilita «burgués» (burgensis) en una epístola del conde de Anjou
condiciones de alimentación y las posibilidades de subsistenci
Imilques Nerra, fechada en el año 1007 ". Sin embargo, el reco-
se produce un extraordinario aumento demográfico —escrf
nmimiento expreso de la nueva realidad socio-económica que
J. Le Goff— que provee a la Cristiandad de hombres y prod"
• umbría este término tardaría más de dos siglos en tener aco-
tos, mano de obra y un stock humano del que tomará sus ho
Kida en las obras doctrinales, literarias y jurídicas 7 8 : hasta el
bres el comercio» 73 . Por otra parte, los perfeccionamientos téd
iifilo xin la concepción de la estructuración de la sociedad esta-
nicos aplicados al trabajo agrícola liberarán una considerable
ilii ligada al esquema tripartito de los «tres estados» —oratores,
masa de población excedentaria que irá a engrosar los nuevos
•Iclcnsores, bellatores o pugnatores y laboratores o agriculto-
centros de producción y consumo representados por las comuni­
irs— según el clásico modelo fijado por los obispos Adalberón
dades urbanas que nacen o renacen en esta época.
ilc Laón y Gérard de Cambrai, en 1016 y 1036, respectivamente,
El crecimiento demográfico y el desarrollo económico influi­ rs decir, algunos años después de que, por vez primera, el conde
rán decisivamente en la dinamización de la movilidad de la po­ >l>- Anjou emplease el término burgensis que sólo se incorporaría
blación, geográfica y social, en contraste con los estrechos hori­ ni tradicional esquema tricotómico cuando el nuevo mundo ur­
zontes vitales del hombre de la alta Edad Medía. Nos encontra­ bano, en gestación desde el siglo XI, se había impuesto definitiva­
mos, en fin, ante una coyuntura expansiva generalizada en la mente en la configuración de la sociedad medieval".
que los factores del gran despegue del mundo occidental se
entrecruzan de tal manera que «a veces parece difícil distinguir
lo que es causa de lo que es consecuencia» (Le Goff).
En el curso del siglo x n y, sobre todo, en el xin, el renacimiento
En todo caso y en relación con ese «viraje» de mediados del Kuropeo, el take-off de la cristiandad occidental, alcanza sus co-
siglo xi —ya señalábamos antes la impropiedad de hablar de tiis máximas. «La Edad Media —dirá Génicot— encuentra su
«viraje», «ruptura» o «revolución» para calificar el fenómeno de ■ quilibrio en este período de un centenar de años, que se abre
cambio que estamos considerando—, hay que advertir la hon­ hacia 1125 ó 1150 y constituye uno de los grandes momentos de
dura cronológica de sus fundamentos que nos obliga a valorarlo, la Historia» K. Esa época áurea del mundo europeo coincide, por
sugiere Le Goff, no como punto de partida sino más bien como otra parte, con un retroceso paralelo del mundo musulmán —mi­
una aceleración en el interior de un movimiento ascendente que nado por las contradicciones internas de las que emergerá la
se había iniciado mucho antes y cuyas consecuencias todavía nueva interpretación turca del Islam—, y del Imperio bizantino,
tardarán algún tiempo en manifestarse en su plenitud 74 . Yal
M. Bloch observaría, refiriéndose a las profundas transformacio­ * La Edad Media, t. m de la «Historia General de las Civilizaciones»,
nes que se operan hacia mediados de la undécima centuria y Barcelona, Destino, 5.* ed., 1977, p. 260.
que marcan la divisoria entre «dos edades feudales sucesivas " R. Pernoud, Histoire de la burgueoisie en f'ranee, i, París, 1960, pá­
de tonalidades muy diferentes»: «Non poiní brisure, certes, mais ginas 21 s.
" En las fuentes diplomáticas, sin embargo, se reconoce antes la pre­
changement d'orientation, qui malgré inevitables décalages, se- tenda de los representantes del nuevo estamento social a los que se cali­
lon les pays ou les phénoménes envisagés, a presque touts les fica ya con el nombre de «burgueses». Para España, por ejemplo, véase
courbes de l'activité sociale» ". Y G. Duby señala también que la excelente obra de L. García de Valdeavellano, Sobre los burgos y los
hasta bien entrado el siglo xii, el desarrollo del crecimiento burgueses de ¡a España medieval, Madrid, 1960.
™ Véase en este punto, entre otras muchas obras que podrían aducirse,
europeo prosigue «sin que se deformen sensiblemente los cua­ J. Le Goff, La civilización medieval, cit, pp. 319 ss.; M. David, «Les 'labo­
dros políticos y sociales que se habían formado al terminar la ratores', du renouveau économlque du XII sicele á la fin du XIV siécle».
en Revue de Droit {raneáis et étranger, 4.' serie, núm. 37, 1959, pp. 195 y
IOS, especialmente; y el reciente libro de G. Duby, Les trois orares ou
■ La Baja Edad Media, pp. 11 s, l'imaginaire du jéodalisme, París, 1978 [Tres órdenes o lo imaginario del
'* Ob. cit., pp. 6 ss. l.-udalismo, Barcelona, Petrel, 1979].
15
Ob. cit., pp. 98 ss. " Ob. cit., p. 21.
84 Juan Ignacio Ruiz de la Pe lil concepto de Edad Media xs
al que el reencuentro con Occidente propiciado por las Cruza '
sumiría en una gravísima crisis de la que saldrá definitivamen ililato árabe. Antes de su desaparición, la hegemonía de la civi­
quebrantado, consumiéndose, desde la restauración nacional lización se había desplazado a la Europa occidental» M.
1261 a la conquista de Constantinopla en 1453, en una lenta ag A la expansión política exterior europea de los siglos XII y
nía de dos siglos marcada por el progresivo achicamiento d \ni. que se manifiesta, sobre todo, en el Próximo Oriente con
su base territorial —sometida a las agobiantes presiones de es) las Cruzadas, pero también en los avances por tierras del Este
lavos y turcos—, el creciente intervencionismo económico de 1 \ en la Península Ibérica, donde la progresión reconquistadora
occidentales y la recíproca incomprensión entre éstos y los r • le los Estados cristianos se muestra incontenible, corresponde
leólogos que precipitará la ruina final del milenario Imperid un desarrollo paralelo del comercio a larga distancia que, favo-
romano de Oriente. H ido por los perfeccionamientos técnicos —aparición de la
i ii ¡Lila y del timón de codaste, aumento del tonelaje de los
La referencia a esta etapa de la historia occidental corno navios—, el progreso de la vida urbana y la prosperidad econó­
«época de la plenitud medieval» se ha convertido ya en un lugar! mica de Occidente, alcanzará en la decimotercera centuria sus
común. Cuando se aplica tal calificación a dicho período bise>j 11'las máximas.
cular —sus límites extremos, de acuerdo con el tantas vece* Desarrollo económico, expansión demográfica, renovación de
invocado principio evolutivo o de continuidad histórica, se anta los cuadros sociales, son, en estrecha interrelación, las manifes-
cipan a veces a los decenios finales del siglo xi o se prolongan i i' iones más significativas de los cambios estructurales de la
hasta los primeros del xiv—, «¿se pretende acaso afirmar quej I 11 ropa de la «plenitud medieval». Si el incesante aumento de
la historia europea de la época de Carlomagno o la de tiempo»
de la guerra de los Cien Años no eran con los mismos títulos I roturaciones, en las tierras nuevas y viejas, con los consi­
'plenamente medievales'? Indudablemente no, dirá J. ValdeónJ guientes procesos repobladores que determinarán un replantea-
Pero ocurre que la mayoría de los conceptos, de las ¡mágenesi iniento, sobre nuevas bases, de las tradicionales relaciones entre
o de los tópicos que circulan a propósito de la sociedad, la i iiores y campesinos, es representativo de la prosperidad rural,
cultura o el espíritu peculiar de la Edad Media, se han constituí-) >l renacimiento de la vida urbana, con la fundación a todo lo
do a partir de los problemas específicos que vivieron los eurc-| lugo y ancho de la geografía occidental de un incontable nú­
peos desde mediados del siglo xi hasta finales del siglo x m » "J mero de ciudades y villas nuevas, significa la definitiva consoli­
En el umbral de ese período de expansión se sitúa, inevita­ dación del principio de la división del trabajo, de la economía
blemente, la puesta en marcha, en el año 1096, de las Cruzadas. mercantil e industrial y de los nuevos grupos sociales burgueses
Ese gran episodio militar que, en opinión de Le Goff, «no será que introducen un elemento hondamente dinamizador en la es-
más que la fachada épica a la sombra de la cual se intensificará; inictura tradicional de la sociedad feudal. «Este parece ser el
el comercio pacífico» ffi, mientras que para otros, como R. Grous- momento —dirá G. Duby refiriéndose a los últimos decenios del
set, constituye «la primera expansión colonial de Occidente» a, siglo xn— en que, decididamente y en todas partes, no solamen­
cualquiera que sea la valoración que de él se haga —y desde te en Italia, la vitalidad urbana es superior a la de los campos.
luego ha sido juzgado de muy diversas maneras— es indudable I.sios, en el desarrollo económico, no serán en adelante sino
que se corresponde, en su desarrollo cronológico, con la época nimples acólitos seguidores: el campesino cede al burgués el
áurea de la historia del Occidente medieval. «Las Cruzadas pApel de animador y, en los medios de vanguardia, las resisten­
—dirá S. Runciman— constituyen un hecho central en la his­ cias mentales serán doblegadas en todas partes» 18 . Con razón
toria de la Edad Media. Antes de su iniciación el centro de nues­ puede decir Le Goff que en el proceso de reactivación de la vida
tra civilización estaba situado en Bizancio y en los países del económica que Europa vive en esta época, las ciudades «susti­
tuyen a los monasterios de la alta Edad Media» 86 .

" Ob. cit., p. 7. " Historia de las Cruzadas, Madrid, Revista de Occidente, t. i, 1954,
página XIII.
1962," Mercaderes
p. 12. y banqueros de la Edad Media, Buenos Aires, BUDEBA,
™ Guerreros y campesinos. Desarrollo inicial de la economía europea,
u
Las cruzadas, Buenos Aires, EUDEM, 1965, p. 121. traducción de J. L. Martín, Madrid, Siglo XXI, 2.' ed., 1977, p. 333.
* La Baja Edad Media, p. 47.
86
Juan Ignacio Ruiz de la Peña
El concepto de Edad Media 87
En el horizonte cultural, el siglo Xil y, sobre todo, el xin,
brindan también los frutos más cuajados del clasicismo medie­ Y. Renouard el proceso de definición de «les traits durables de
val. En toda Europa asistimos a una eclosión de las culturas l'Europe occidental»".
nacionales, de la mano de las lenguas vernáculas, compatible
con un ecumenismo intelectual y artístico que tiene en el triun­
fo del gótico, en las grandes síntesis de la especulación escolás­ A la imagen de «plenitud», «equilibrio», «expansión», que ofrece
tica y en el florecimiento de las universidades sus expresiones la civilización occidental en los siglos centrales del Medievo, se
más significativas. En el orden eclesiástico, la vieja pugna entre contrapone la de las dos centurias finales del mismo, «período
sacerdocium e Imperium, la lucha por el dominium mundi, se oscuro, del que la historia ha conservado, sobre todo, el recuer­
resuelve ahora a favor del papado, al tiempo que la renovación do de catástrofes, de grandes conflictos políticos y espirituales» 90 ,
de las formas tradicionales de la espiritualidad, con la aparición y que tratará bajo unas rúbricas definitorias que intentan preci­
de las órdenes mendicantes y de movimientos reformadores que samente traducir el fenómeno de ruptura con la armónica evo­
no siempre discurren por los estrictos cauces de la ortodoxia lución de la época precedente: «los tiempos difíciles», «la época
doctrinal, constituyen también un claro exponente del cambio de la gran depresión», «los siglos críticos»...
de las actitudes mentales de la época.
A la hora de situar el punto de arranque de ese período crítico
En el plano político, la tendencia expansiva se expresará en al que, en la tradicional periodificación tripartita del Medievo se
el triunfo de unas nuevas concepciones jurídico-públicas que ha venido aplicando la calificación de baja Edad Media, hay que
preparan la crisis de las instituciones feudo-vasalláticas —pujan­ remontarse a los decenios finales del siglo xili: en ellos comien­
tes todavía en esta «segunda edad feudal» o etapa del «feuda­ zan ya a manifestarse los síntomas precursores de la crisis que
lismo clásico», en expresión de Ganshof— y el consiguiente hará eclosión en la centuria siguiente y que afecta a todos los
triunfo del principio del autoritarismo monárquico. En la base órdenes vitales de la civilización occidental. Hace ya bastantes
de ese fortalecimiento de las monarquías nacionales se encuen­ años, H. Pirenne en una obra pionera consagrada al análisis de
tra el renacimiento de los estudios del Derecho romano-justi- la evolución de la economía y sociedad europeas en la Edad Me­
nianeo en Occidente, que se inicia en el siglo xil en la Universi­ dia, hablaría con referencia a los inicios de la decimocuarta cen­
dad de Bolonia —privilegiada por Federico I en 1154— y en turia de la «estabilización del frente económico», del frenazo
torno al jurisconsulto Irnerío, inspirador de una escuela de emi­ dado a los progresos continuos que hasta ese momento venía
nentes romanistas en la que la obra de los grandes doctores de experimentando la economía occidental en todos los dominios ".
la «Recepción» —Búlgaro, Martino, Hugo, Jacobo, Azo, Acur- Las nuevas perspectivas de análisis aportadas por la moderna
sío...—, sienta los fundamentos doctrinales de la nueva articu­ historiografía al estudio de la crisis económica europea de fines
lación jurídico-pública del poder monárquico. del Medievo 92 , obligan a retrotraer a finales del siglo x m los
Época, en fin, del clasicismo medieval, de la expansión ex­ comienzos de un estancamiento que se acusa en el plano de las
terior e interior de Europa, que «abarcó prácticamente a todos estructuras económicas, pero se expresa también en procesos
paralelos de fisuras ideológicas, desequilibrios sociales y con-
los planos del vivir humano, lo mismo los económicos que los
políticos o los culturales [...] [y] [...] que duró, prácticamente
sin interrupción, hasta el último tercio del siglo x i n » n . Una ■ Y. Renouard, «1212-1216. Comment les traits durables de l'Europe
centuria ésta que en el despliegue histórico del Medievo «pre­ occidentale moderne se sont definís au debut du xm siécle», en Anuales
de IVniversité de Paris, 28, 1958, pp. 5-21.
senta rasgos propios en la mayor parte de los sectores de la * J. Heers, Occidente durante los siglos XIV y XV, Nueva Clío, Bar­
vida social, incluso en aquellos en que permanece fiel a sus pre­ celona, Labor, 1968, p. v.
decesores», como ha destacado L. Génicot en el magistral estu­ " Historia económica y social de la Edad Media, México, FCE, 8.* ed.,
1961. p. 140.
dio que le dedicó w . Un siglo, el x m , en cuyos comienzos situaría " El punto de partida se encuentra, probablemente, en la ponencia
" J. Valdeon, ob. cit.. p. 8. colectiva de M. Mollat. P. Joliansen, M. Postan, A. Saporl y Ch. Verlinden,
«L'économie européene aux derniers siceles du Moyen Age», presentada al
" Europa en el siglo XIII, Nueva Clío, Barcelona, Labor, 1970, p. vm. X Congreso Internacional de Ciencias Históricas, Roma, 1955, t. vi, su­
plemento pp. 659-810.
88 Juan Ignacio Ruiz de la Peña H¡ concepto de Edad Media 89
tradicciones políticas e institucionales que, progresivamente bien, con las inevitables matizaciones locales, por todos los paí­
agudizadas a partir de 1300, trazan el límite a la expansión de ses del área occidental europea M.
la Cristiandad occidental y configuran el marco de la crisis bajo-
medieval 9J. Las superestructuras políticas feudales se derrumban al fal­
larles la base de sustentación de unas estructuras socio-econó­
Un jalón fundamental en el desencadenamiento de esa crisis, micas minadas por la crisis agraria, la recesión demográfica, el
en gestación desde varios decenios antes, se sitúa en las terri­ cambio de los sistemas productivos y la ruina de la vieja aristo­
bles hambres de los años 1315-1317, que marcan el comienzo de cracia militar.
un proceso de contracción demográfica en el que incidirán, con Cambian también las actitudes mentales de la sociedad; las
devastadores efectos, la Gran Peste de 1348-1350 y los brotes expresiones culturales en la medida en que traducen un deter­
epidémicos que se suceden, a veces con intervalos muy cortos, minado clima ideológico y siguen la suerte de las propias trans-
hasta bien entrado el siglo xv, retardando la recuperación de los lormaciones que éste acusa; y todo el entramado institucional
efectivos de la población europea. A la fractura demográfica se eclesiástico carente ya —como el sistema político feudal— de la
asocian estrechamente los desajustes económicos y una situa­ base sustentadora que había tenido hasta finales del siglo xui.
ción casi endémica de conflictividad bélica que tiene su hilo Si el Gran Cisma de Occidente es, sin duda, la expresión más
conductor en la llamada guerra de los Cien Años: un enfrenta- grave y palmaria de las contradicciones internas de las super­
miento político que se inicia, con los caracteres de una guerra estructuras eclesiásticas en las postrimerías de la Edad Media,
de tipo feudal, en el cuarto decenio del siglo xiv y que iría ad­ las nuevas formas de religiosidad popular, la búsqueda de nue­
quiriendo los rasgos propios de una verdadera guerra nacional, vos caminos a la sensibilidad espiritual y al final, con frecuencia,
en cuyas sucesivas fases, hasta su definitiva liquidación en la la ruptura heterodoxa o, al menos, la liberación de nuevas fuer­
segunda mitad de la siguiente centuria, se verán involucrados la zas creadoras de signo individualista, son los síntomas más
mayor parte de los países del área occidental. claros del cambio de referencias ideológicas que acompaña el
tránsito del Medievo al Renacimiento: del hombre inserto en la
Acaso ningún testimonio resuma mejor las dificultades de societas christiana al hombre moderno —así se autocalificaban
todo tipo que ensombrecen el horizonte de la vida europea de la ya los seguidores de Occam (f 1347)—, que cultiva desde prin­
tardía Edad Media y el grado de autoconciencia que los contem­ cipios del siglo xiv una ars nova, se entrega a las efusiones mís­
poráneos tenía de ellas, que la rogativa pública incorporada al ticas de la devotio moderna y toma ya clara conciencia, como
ritual litúrgico de esa calamitosa época: «a fame, bello et peste hace Coluccio Salutati (f 1406), de lo que él mismo llamará
libera nos. Domine». El efecto combinado de estas tres maldi­ noslra modernitas.
ciones apocalípticas determinará el cuarteamiento de las estruc­
turas sociales y político-institucionales y de las actitudes men­ Porque, en definitiva, el mundo que aflora al compás de la
tales que habían dado el tono a la vida de la plena Edad Media. lenta recuperación que Europa inicia en torno a 1450 y que tan
La exasperación del campesinado, sobre el que recaerá el peso fielmente reflejan algunos pasajes de las Memorias del agudo
principal de los desajustes económicos, se expresará en revueltas observador que fue Commynes, el mundo salido de la crisis de
espontáneas de inusitada violencia —la insurrección del litoral los siglos xrv y xv, poco tiene ya que ver con la imagen que nos
flamenco, la jaequeríe francesa de 1358, las revueltas inglesas ha legado la que Génicot llamaría «Edad de Oro» del Medievo
de 1381— que encuentran su correspondencia por la misma épo­ y que corresponde a sus dos siglos centrales: XII y x m .
ca en una sucesión de graves conflictos urbanos. La geografía La crisis bajomedieval fue, ciertamente, una crisis general.
de los movimientos sociales, urbanos y campesinos, en la Euro­ Sin embargo, a la hora de valorar su incidencia sectorial y por
pa bajomedieval muestra claramente la expansión de una situa­
ción de desequilibrio que respondía, en última instancia, a la ** La mejor exposición de conjunto sobre el tema continúa siendo,
influencia de unos factores infraestructurales compartidos tam- quizá, la ofrecida por M. Mollat y Ph. Wolff, Uñas azules, Jacques y
Ciompi. Las revoluciones populares en Europa en ¡os siglos XIV y XV,
Madrid, Siglo XXI, 1976. Para el ámbito castellano véase J. Valdeón, IJOS
*» Cf. Le Goff, La Baja Edad Media, pp. 264 ss. conflictos sociales en el reino de Castilla en los siglos XIV y XV, Madrid,
Siglo XXI, 1975.

4
w
Juan Ignacio Ruiz de la íil concepto de Edad Media 01

á r e a s geográficas hay q u e p o n e r en g u a r d i a s o b r e los p e l i g r a


i ion del Medievo e s t a b a p l a n t e a d a d e s d e u n a perspectiva exclu-
d e una i n t e r p r e t a c i ó n excesivamente amplificadora d e s u s efefl
tivamente e u r o p e o c é n t r i c a , c o m o c o r r e s p o n d e a un concepto
tos, y t e n e r en c u e n t a —corno advierte H e e r s — las v a r i a n t e !
historiográfico — l a E d a d Media— q u e se gesta en el Renaci­
regionales q u e p r e s e n t ó d e n t r o del á m b i t o o c c i d e n t a l " . El mo­
miento, en el s e n o d e u n á r e a cultural c o n c r e t a —la occidental—
d e r n o t r a t a m i e n t o hisfonográfico d e esta época, con la e x p l o t a
y en función del p r o p i o desarrollo d e ese ciclo c u l t u r a l .
cíón sistemática d e u n a d o c u m e n t a c i ó n de p r o p o r c i o n e s cuan* 1
tativas y d e una diversidad tipológica m u c h o m a y o r e s q u e la La E d a d Media, c o m o categoría periodológica, se inserta en
las fuentes disponibles p a r a las e t a p a s a n t e r i o r e s del Medievo *f el e s q u e m a t r i p a r t i t o d e periodificación d e la Historia q u e , c o m o
e s t á sirviendo p a r a d e s t r u i r o, al menos, revisar ciertos cliché n veíamos en el capítulo a n t e r i o r d e este libro m, n o tiene u n a va­
históricos y generalizaciones abusivas t r a d i c i o n a l m e n t e a d m i t ' j lidez universal. La d u r a crítica f o r m u l a d a p o r O. S p e n g l e r s o b r e
das en la caracterización d e ese p e r i o d o crítico w . uquel tradicional m o d e l o d e periodificación, p o r n o s o t r o s allí
reproducida, e n c u e n t r a su c o m p l e m e n t o , p o r lo q u e al c o n c r e t o
Y en todo caso, y a diferencia d e lo q u e veíamos q u e o c u r r í a concepto d e E d a d Media se refiere, en el siguiente pasaje del
en la e t a p a d e t r á n s i t o d e la Antigüedad al Medievo, la crisis q u e mismo Spengler:
se a n u n c i a en las p o s t r i m e r í a s del siglo x m , s e manifiesta pl&J
ñ á m e n t e a p a r t i r del tercer decenio d e la siguiente c e n t u r i a y 1.a expresión «Edad Media», acuñada en 1667 por el profesor Horn,
se resuelve d a n d o p a s o a la M o d e r n i d a d , es «ante todo, crisis en Leyden, cubre hoy una masa informe de historia, que se halla en
d e crecimiento, u n a revuelta c r e a d o r a , un a l u m b r a m i e n t o » *. ■.ontinuo aumento, y que se limita de modo puramente negativo por
Si Huizinga p u d o b a u t i z a r los siglos xiv y xv con la frase aquello que no cabe, bajo ningún pretexto, en los otros dos conjun­
feliz d e «Otoño d e la E d a d Media», las m i s m a r a z o n e s p o d r í a n tos [se refiere a la Antigüedad y los Tiempos Modernos] ordenados
tolerablemente al menos. Ejemplos de lo que digo son el tratamien­
justificar —y d e h e c h o h a n venido justificando d e s d e h a c e algún to inseguro y la vacilante estimación de las historias de Persia, Ara­
t i e m p o " — el t r a t a m i e n t o de ese p e r í o d o bisecular c o m o u n a bia y Rusia. Pero sobre todo hay una circunstancia que no puede
«Primavera d e la E d a d Moderna», p o r q u e «los d i v e r s o s elemen-¡ desconocerse por más Üempo, y es que esa supuesta historia del
tos d e la crisis d e fines del Medievo tienen su c o n t r a p a r t i d a e n inundo se Umita de hecho, en un principio, a la región del Mediterrá­
o t r o s t a n t o s rasgos de los comienzos del m u n d o m o d e r n o » "*. neo oriental, y luego, a partir de las irrupciones germánicas, con
No en vano s e h a p o d i d o decir q u e F r a n c e s c o P e t r a r c a , na­ un súbito traslado de la escena a la Europa occidental, queda re­
cido en 1304, u n a ñ o d e s p u é s del a t e n t a d o d e Anagni y diez an­ ducida a unos sucesos importantes sólo para nosotros y, en conse­
tes del Defensor Pacis, de Marsilio d e P a d u a , es ya «el p r i m e r cuencia, sobremanera aumentados de tamaño, siendo así que, en
h o m b r e m o d e r n o » "". realidad, se trata de acontecimientos meramente locales, indiferen­
tes, por ejemplo, a la cultura árabe, que es la más próxima.

La «Edad Media» es la historia de la comarca en que domina el


D) E] p r o b l e m a d e la universalidad del c o n c e p t o d e Edad idioma latino de la Iglesia y de los sabios. Los grandes sinos del
Media cristianismo oriental que, con anterioridad a Bonifacio, había pene­
trado por Turquestán hasta China y por Saba hasta Abisinia, no
han sido tenidos en cuenta por esa Historia universal,as.
A lo largo d e las p á g i n a s p r e c e d e n t e s h e m o s tenido ocasión d e
d e s t a c a r i n s i s t e n t e m e n t e c ó m o n u e s t r a p r o p u e s t a d e periodiza-
Las apreciaciones d e Spengler, q u e se c o r r e s p o n d e n con jui­
■ Occidente durante los siglos XIV y XV, pp. 69 s. cios de o t r o s m u c h o s a u t o r e s en el s e n t i d o de r e s t r i n g i r la apli­
** Remitimos a las consideraciones que hacemos al tratar de las Fuen­ cación del c o n c e p t o de Edad Media al á m b i t o c u l t u r a l de los
tes medievales, en el capítulo 4.
pueblos r o m a n o - g e r m a n o s y d e d o m i n i o de la Iglesia Católica IM,
" Cf. J. Heers, Historia de la Edad Media, pp. 213 ss.
" J. Le Goff, La Baja Edad Media, p. 282. son a t o d a s luces i n j u s t a s .
" Cf. supra, en este mismo capítulo, al referimos al término final de m
la Edad Media, p. 69, y la bibliografía citada en las notas 58 v 61. m
Cf. supra, n, 2, B.
"» J. Valdeón, ob. cit., p. 192. La decadencia de Occidente, i, p. 49.
"" R. García Villoslada, ob. cit., p. 27. "* Cf.. por ejemplo, el pasaje de Bauer que reproducíamos supra, ca­
pitulo 1, p. 43.
1
'2
Juan Ignacio Ruiz de la Peí M
lil concepto de Edad Media
En primer lugar, aun aceptando el principio, para nosotroí
incuestionable, de la aplicación restrictiva de nuestra categoría sulmana— cumplió en relación con el Occidente europeo 108 ; en
periodoiógica al ámbito europeo, habría que puntualizar qué se He eje de convergencia —lo destaca certeramente Runciman—
entiende exactamente por Europa en las sucesivas fases del d e a entre las tres grandes civilizaciones medievales —Occidente la­
pliegue histórico del dilatado milenio medieval. Evidentemente! tino, Bizancio y Oriente musulmán— que fueron las Cruzadas;
no es lo mismo la Europa de que nos habla en el siglo ix el en la presencia del Islam, en su interpretación turca, desde fina­
cronista Nithard que la que se lanza abiertamente en la décimo^ les del siglo xiv en el Sudeste europeo. Si el definitivo reparto
quinta centuria a la gran aventura de la expansión ultramarina;! del Mediterráneo, por obra de la expansión islámica, en los si­
porque, de Ja misma manera que Europa «en tanto que tema glos vn y VIII, constituía un obligado punto de referencia en el
historiografía), es una cosa para la Edad Media y otra para los urranque de la Edad Media europea propiamente d i c h a m , es
Tiempos Modernos» "*, es también una realidad cambiante a innegable que la presencia de los turcos otomanos en los Bal­
medida que su fuerza expansiva va integrando en su seno, en el canes se sitúa en el umbral de la Edad Moderna de Europa y
curso del Medievo, nuevos pueblos y nuevas culturas. «Europa del Islam.
es ante todo —escribe H. Kellenbenz— el resultado de Ja con<j
frontación entre la antigüedad, el cristianismo y el germanis­ Pero es que hay, además, razones objetivas mucho más pro­
mo» ,06. No parece por ello congruente excluir del ámbito euro­ fundas que las simples confrontaciones periféricas —políticas
peo aJ mundo bizantino, ya que, sin entrar en el debate sobre el o culturales— para asociar el desenvolvimiento del mundo islá­
desigual grado de influencia de Jos ingredientes romanistas, he­ mico al de nuestro propio ciclo cultural occidental, desde el
lenistas y orientalistas en la configuración de su civilización, es momento en que el Islam, en el siglo vn, irrumpe vigorosamen­
obvio que la antigua parte oriental del Imperio romano, medi­ te en la escena histórica. El gran orientalista C. Cahen las re­
terránea por su localízación y cristiana por su cultura, continuó sume en un pasaje que, por su expresividad, no nos resistimos
siendo, a lo largo de Ja Edad Media, europea; porque «quien dice a transcribir íntegramente:
antigüedad dice mundo griego y romano, y también eJ cristia­
nismo se representa en dos campos, eJ de Ja Iglesia romano-cató­ El origen y desarrollo del Islam tienen la apariencia de un prodigio.
Un pueblo hasta entonces casi desconocido se había unificado bajo
lica y eJ de la Iglesia greco-ortodoxa. En fin, al mundo de los el impulso de una nueva religión... Los estados más antiguos se
Estados sellados por la nueva marca germánica se añade el derrumbaban y desde el Syr-Darya hasta el Senegal las religiones
mundo eslavo ganado al cristianismo» "". establecidas se inclinaban ante la recién llegada, la misma que prac­
tican hoy unos trescientos millones de personas. La civilización sur­
Por otra parte, Ja Edad Media como categoría periodoiógica gida de estas conquistas iba a figurar como una de las más brillan­
tes y sería, en muchos aspectos, maestra de Occidente, después de
elaborada desde una perspectiva europeocéntrica, creemos que haber recogido y vivificado a su vez gran parte de la herencia de la
puede ser también válidamente aplicable, en sus líneas básicas, Antigüedad. A lo largo de trece siglos, ya sea en paz o en guerra, la
al desarrollo de otra entidad cultural marginal a Europa: el historia musulmana estuvo en continua relación con la nuestra, des­
mundo islámico. Y esto porque muchos de Jos cuadros de refe­ arrollándose ambas a partir del mismo fondo originario. Y aunque
rencia de Ja historia europea —y por supuesto bizantina— están ambas hayan llegado a ser profundamente divergentes, su compara­
ción no puede dejar de ayudarnos en una labor de mutua compren­
indisolublemente ligados al desenvolvimiento del ciclo islámico sión. Por todas estas razones, y no solamente porque, como ocurre
por la misma época: basta pensar en su expansión por la cuen­ con la India y con China, un hombre del siglo xx no puede perma­
ca mediterránea; en el papel de transmisor de la cultura clásica necer ajeno a ninguna de las familias de la Humanidad, es preciso
greco-oriental que el Islam —fundamentalmente la España mu- que la historia del mundo musulmán ocupe en nuestra cultura un
lugar considerable; es indispensable que superemos una concepción
de la civilización que esté vinculada a pueblos y espacios geográficos
"" H. Kellenbenz, «Historia universal e imagen europeocén (rica de la privilegiados; que sepamos que antes de Santo Tomás, nacido en
Historia», en El método histórico, Pamplona, EUNSA, 1974, p. 76.
m
H. Kellenbenz, ob. cit., p. 76. "" Cf. in/ra, en este capitulo, al referirnos al Medievo hispánico, p. 94.
"" Cf. supra, en este mismo capitulo, al referirnos al término inicial
de la Edad Media, p. 60.
94
Juan Ignacio Ruiz de la Peña
Isl concepto de Edad Media 95
Italia, había vivido Avicena, nacido en Asia Central, y que las mez­
quitas de Damasco y de 110Córdoba son anteriores a las catedrales de
Francia o de Alemania... . i el planteamiento de algunas cuestiones fundamentales de
Upo conceptual.
En primer término, la justificación misma del empleo de esa
expresión —«Edad Media española»— que parece presuponer la
Fuera del triple ámbito cultural del Occidente latinc-germáníco, existencia de un concepto de España como entidad histórica de
el Oriente bizantino-eslavo y el mundo islámico, resultaría ilu­ contornos definidos y susceptibles de recibir un tratamiento uni-
sorio tratar de aplicar nuestro concepto europeocéntrico del
tario o global del desarrollo de su propio proceso vital a lo largo
Medievo a otras civilizaciones de la periferia asiática, africana
o, con más razón, a las culturas de la América precolombina. Los de aquel período. En segundo lugar, habrá que tener en cuenta
contactos de Europa con los imperios de Asia, incluso del lejano en qué medida el desenvolvimiento del Medievo hispano se ajus­
Oriente, y del África negra, que ciertamente los hubo, fueron ta o se aparta de las pautas más o menos ampliamente com­
hasta el final de Medievo meramente episódicos, llevados a cabo, partidas por el conjunto de Estados, pueblos o civilizaciones
con frecuencia, por intermedio del mundo bizantino o del islá­ insertas en el mundo occidental en esa época, destacando en su
mico y protagonizados por aventureros —como Marco Polo—, caso las características particulares que mejor puedan definir
comerciantes, diplomáticos o peregrinos, sin que contribuyesen la singularidad de nuestro propio proceso histórico en ese con­
a ampliar la escena histórica del mundo propiamente europeo. texto general europeo y las afinidades con el mismo. Por último,
«El paso a lo que llamamos Tiempos Modernos hace mucho habrá que considerar la forma en que se articula el despliegue
más intensa la confrontación con las regiones y civilizaciones temporal del Medievo hispano, es decir, su periodificación, den­
extranjeras que lo que había sido en la Edad Media... Las rela­ tro de las coordenadas periodológicas que hemos propuesto,
ciones con el marco extraeuropeo se desarrollan a partir de los con carácter general, para la Edad Media contemplada en su
descubrimientos y las conquistas [...] Solamente con los descu­ conjunto.
brimientos y la expansión ultramarina, las interrelaciones entre
A tratar de dar respuesta a esos tres interrogantes dedicare­
el mundo europeo y el mundo de ultramar llegan a ser más nu­
merosas y más densas [ . . ] » ' " . mos las páginas que siguen.

Y es justamente a partir de ese momento cuando la Historia,


europeocéntrica en el Medievo, comienza a hacerse universal, El primer rasgo que se destaca nítidamente en la consideración
porque hasta entonces «las civilizaciones medievales, por imbri­ de la Edad Media española es el de la pluralidad de los proce­
cadas que estuviesen unas con otras, no conocían en absoluto sos vividos sobre los escenarios, igualmente diversos, que confi­
la concordancia de los acontecimientos mundiales» , u . guran la realidad geográfica de lo que, ya desde mucho tiempo
antes, se venía llamando Hispania.
2. La Edad Media hispánica En lo que hoy continuamos llamando España, asumiendo
una apelación geográfica definitivamente consagrada por la pro­
pia Historia, acuñada por los romanos y natural e históricamen­
La consideración del Medievo hispánico en el contexto del pro­ te identificable con la Península Ibérica —«[...] porque españo­
ceso histórico general de esa época implica, a nuestro modo de les somos todos», dirá el gran portugués Luis de Camóens en
Os Lusiadas—, las especiales circunstancias creadas por la inva­
'" C. Cahen. vol.
El Islam. sión musulmana a principios del siglo VIII y el subsiguiente pro­
perio
páginasotomano,
1 s. 14 de I:
la Desde losUniversal
«Historia orígenes Siglo
hastaXXI»,
el comienzo
Madrid,del Im­
1970, ceso reconquistador, darán lugar a la aparición de una estruc­
'" H. Kellenbenz, ob. cit., pp. 77 y 81. tura política pluralista que, al actuar sobre factores diferencia­
les preexistentes de indudable operatividad, determinarían la
"J La Edad Media, t. ni de la Historia General de las Civilizaciones, afirmación de un particularismo de base que, más o menos en­
página 562. cubiertamente, ha sobrevivido hasta nuestros días en las gran-
96
Juan Ignacio Ruiz de la Peí til concepto de Edad Media 97
des formaciones históricas q u e se integran en el E s t a d o y h
p a t r i a e s p a ñ o l e s : Galicia, Asturias, Andalucía, León-Castilla, Va» i iu ia con u n a diversidad étnica d e b a s e ia, en dos b l o q u e s —el
congadas, N a v a r r a , Aragón, Cataluña, Valencia. i i i s t i a n o y el m u s u l m á n — q u e con los m i s m o s j u s t o s títulos
E s c r i b e Maravall en la i n t r o d u c c i ó n a su espléndida o b r a El •i' sienten p r o t a g o n i s t a s d e la historia que se vive en E s p a ñ a ;
concepto de España en la Edad Media: pero q u e , p o r o t r a p a r t e , se vinculan a ó r b i t a s de civilización
diversas —la c r i s t i a n d a d e u r o p e a y el m u n d o islámico— q u e
De una extensión puramente geográfica no cabe narrar una historia, convergen p r e c i s a m e n t e en el solar h i s p a n o .
como no sea la que, incurriendo en una estupenda contradictio in\ Si d e la c o m p r o b a c i ó n de esa p r i m e r a y r o t u n d a dicotomía
adjecto, venimos llamando una historia natural. Pero la historia a I m í e las dos E s p a ñ a s del Medievo p a s a m o s al análisis d e lo q u e
secas es cosa de hombres, es algo que acontece y que sólo puede
contarse de un grupo o de unos grupos humanos a los cuales les | iiií el escenario p e n i n s u l a r d e los reinos hispánicos, sólo c o n
pasa algo en común, lo que permite construir sobre esa base un I muchas r e s e r v a s y matizaciones c a b e a d m i t i r esa « c o m u n i d a d
relato histórico dotado de sentido. Ese grupo humano, objeto de una ■ I* p r o t a g o n i s m o histórico» d e la q u e nos habla Maravall y q u e
historia —porque aunque se trate de grupos, en la medida en que 1 Contradice la evidencia de la i n d e p e n d e n c i a d e los p r o c e s o s vi­
pueden ser reunidos en un mismo destino histórico aparecen for­ vidos p o r c a d a u n o d e esos reinos, al m a r g e n d e las conexiones
mando un grupo superior—, por el hecho de ser a su vez sujeto de y afinidades, en c i e r t o s a s p e c t o s f u n d a m e n t a l e s , q u e e n t r e ellos
un acontecer en conjunto, toma un carácter de comunidad, al que
se corresponde el carácter unitario del espacio en que se encuentra ic o b s e r v a n . Ese p l u r a l i s m o q u e , p l e n a m e n t e cristalizado en la
instalado. La unidad de ese que propiamente más que espacio es baja Edad Media, se expresa en la existencia d e c u a t r o E s t a d o s
ámbito, resulta precisamente del hecho indicado: de ser el escenario a u t ó n o m o s — P o r t u g a l , Corona d e Castilla, N a v a r r a y Corona de
en que mora un grupo humano al que algo le sucede en c o m ú n I U . Aragón— se manifiesta en u n a p r á c t i c a investigadora q u e ha
llevado a los medievalistas hispanos —incluimos b a j o e s t a rú­
brica a los p o r t u g u e s e s — a u n a c o t a m i e n t o de su especialización
¿ E n q u é m e d i d a las c o m u n i d a d e s que, d e s d e principios del
en el m a r c o d e esas g r a n d e s formaciones políticas; e incluso, y
siglo v i u — m á s a d e l a n t e j u s t i f i c a r e m o s la elección d e este hito
hay p r u e b a s recientes d e ello, al d e s a r r o l l o d e exposiciones d e
inicial de n u e s t r a E d a d Media—, coexisten en el suelo hispá­
nico s e sienten solidarias e i n t e g r a d a s en un m i s m o d e s t i n o conjunto i n d e p e n d i e n t e s p a r a cada u n a d e ellas " ó .
histórico? El p r o p i o Maravall sostiene q u e « E s p a ñ a es, p a r a M u c h o m á s p r o b l e m á t i c o se ofrece el a c o p l a m i e n t o del pro­
n u e s t r o s h i s t o r i a d o r e s medievales, una entidad h u m a n a asenta­ ceso histórico seguido p o r Al-Andalus a u n a concepción u n i t a r i a
da en un t e r r i t o r i o q u e la define y caracteriza y a la cual Je de la E s p a ñ a medieval cuya elaboración se ha venido plantean­
sucede algo en c o m ú n , toda una historia p r o p i a » •**. C r e e m o s ,
do, t r a d i c i o n a l m e n t e , desde u n a perspectiva q u e se s i t u a b a con
sin e m b a r g o , q u e esta afirmación del ilustre h i s t o r i a d o r del
inequívocas p r e f e r e n c i a s en el m a r c o d e los reinos cristianos " 7 .
p e n s a m i e n t o político, f o r m u l a d a en t é r m i n o s tan categóricos,
n o resiste una d e s a p a s i o n a d a confrontación con la evidencia d e La E s p a ñ a m u s u l m a n a , p o r la propia originalidad d e la civiliza­
una E s p a ñ a p l u r a l q u e ofrece la historia d e los p u e b l o s penin­ ción q u e d e s a r r o l l ó , debe s e r c o n s i d e r a d a en sí m i s m a c o m o
sulares en el c u r s o d e la E d a d Media; salvo que, e m p e q u e ñ e ­ a c r e e d o r a a u n t r a t a m i e n t o a u t ó n o m o ; p e r o su textura vital n o
ciendo Ja escena histórica, se o t o r g u e la exclusividad del con­ p u e d e ser e n t e n d i d a en su plenitud fuera del m u n d o islámico,
c e p t o España a Jos territorios bajo control d e los reinos cris­
m
tianos. Baste pensar en la importancia cuantitativa de los muladies de Al-
Andalus.
■" Véase, por ejemplo, el t. rv de la Historia de España dirigida por
Efectivamente, d e s d e comienzos del siglo v i u la Península M. Tuñón de Lara, en la que bajo el titulo general de Feudalismo y con­
a p a r e c e dividida, n o sólo políticamente sino p o r insalvables fac­ solidación de tos reinos hispánicos (siglos XI-XV), J. Valdeón, J. M. Sal-
tores d e disociación religiosa n o s i e m p r e en exacta correspon- rach y J. Zabalo estudian separadamente el proceso histórico de la Corona
de Castilla, Corona de Aragón y Navarra, respectivamente, en aquella épo­
IU ca (Barcelona, Labor, 1980).
J. A. Maravall, El concepto de España en la Edad Media. Madrid, "' Baste observar que han sido los orientalistas extranjeros, clásicos y
Instituto de Estudios Políticos, 2.' ed., 1964, p. 17.
"' Ibid., p, 48. modernos, los que han elaborado las mejores exposiciones de conjunto
sobre la España musulmana: desde Dozy y Levl Provencal hasta Watt,
Chejne, Guichard o Arié, por citar sólo algunos representativos ejemplos.
98 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
til concepto de Edad Media 99
del que forma parte, ni al margen de sus es'trechos contacto»
con la España cristiana y, a través de ésta, con sus vecinos Iludieron ejercer en la detención de ese proceso expansivo más
europeos. Respecto a la España cristiana esa interrelación es ufl^ "ll.i del propio escenario peninsular; y dentro de éste, rehusan-
hecho indiscutible y esencial en la configuración de su proceso pD el asentamiento en las áreas de la periferia montañosa nor-
histórico medieval: «De una u otra forma —señala Watt— fue i. tam.
la necesidad de luchar por su propia existencia frente a los mu-) En segundo término, tampoco puede ignorarse la existencia
sulmanes lo que engrandeció a la España cristiana. España enq ilc una cierta conciencia de unidad de España que, afirmada ya
contró su espíritu en Ja Reconquista» "8. U'inpranamente, en los inicios de la Reconquista —Crónica del
Anónimo Mozárabe de 754, ciclo cronístico de Alfonso III el

Supuesta la diversidad de la España medieval hay, sin embargo,


J Magno—, sería posteriormente asumida y reelaborada por la li­
li i.itura popular y culta de los Estados cristianos, desarrollán-
lose con perfiles bastante claros desde el siglo xn. No interesa
una serie de rasgos comunes que, en mayor o menor medida,! i i-producir aquí y ahora los testimonios que avalan esa plasma-
coordinan el desenvolvimiento de los procesos históricos vivi­ i inn literaria de una idea unitaria de España en la Edad Media
dos por el conjunto de «Estados, sociedades y civilizaciones» 1 " y de los que se hace puntual inventario en obras bien conoci­
que coexisten, en la Edad Media, en el ámbito peninsular; y que das, como, por ejemplo, la de Sánchez Albornoz sobre España,
como contrapartida, singularizan el Medievo hispano en el con* un enigma histórico m, la ya citada de Maravall o la más recien­
texto general del Medievo europeo. te de J. N. Hillgarth sobre los reinos hispánicos entre 1250 y
El primero de esos «factores de integración», muy atendible [816 m . Puede objetarse que esas ideas integradoras de una Es­
y que afecta por igual a los dos grandes bloques —cristiano e ] paña como entidad superior, superadora de la estructura plura­
islámico— que se reparten el dominio sobre el escenario penin­ lista de la historia medieval peninsular, fueron desarrolladas por
sular, es precisamente la identidad de ese ámbito o marco terri­ un estamento minoritario, al servicio muchas veces de los inte-
torial. En su formulación originaria el concepto de España es, nsi's políticos de los sectores dominantes; y discutirse su grado
indudablemente, un concepto geográfico. Pero no puede per­ ili- impregnación en la conciencia popular. Esto es cierto; pero
derse de vista que, como recordaba recientemente M. A. La­ ni i lo es menos el hecho de que ésa fue la tónica habitual y
dero, «toda geografía, en cuanto supera los mínimos niveles des­ general, por la misma época e incluso en tiempos posteriores,
criptivos, es geografía humana y conceptúa conjuntamente sobre b otros ámbitos históricos; y que no por ello «se puede negar
las tierras y sobre los pueblos que las habitan»; por ello «la un nivel de validez generalmente reconocido» a esas ideas des­
formación de un concepto geográfico es siempre base para de­ arrolladas por los sectores dominantes, porque «los historiado-
finir realidades humanas y, por lo tanto, puede serlo de realida­ ctuales saben bien la distancia que había entre esta actitud
des históricas más complejas» ,J0. Sin perjuicio de insistir más Ideológica y las realidades históricas de base, pero no se puede
adelante en la influencia que los concretos condicionamientos olvidar que las ideologías también forman parte de la reali-
geográficos ejercen en el desarrollo de las sociedades Ul , y sin
caer en fáciles y trasnochados determínismos geográficos, no j
debe minimizarse el hecho de que, desde la perspectiva de nues­ La concepción de España como un ámbito geohistórico do-
tra historia peninsular y en particular relación con el proceso ludo de una cierta personalidad propia en el conjunto de la
de la expansión musulmana por el ámbito hispánico, existe hoy lúiropa medieval aparece claramente expuesta en la historiogra­
una cierta tendencia a valorar la influencia que las diferencias fía de los reinos hispano-cristianos, al margen de que los textos
geoclimáticas entre la Península y las tierras ultrapirenaicas
m
Véase en este sentido las consideraciones de Watt, ob. cit., pp. 31 y
"' W. Watt, Historia de la España islámica, Madrid, Alianza, 1970, p. 186. R>.
"f Bajo este subtítulo presenta E. Mitre su reciente exposición de con­ '" Buenos Aires, Sudamericana, 2 vols., 1962.
w
junto de La España medieval, Madrid, Istmo, 1979. J. N. Hillgarth. The Spanish Kingdoms, 1250-1516. 2 vols., Oxford Uni-
■* M. A. Ladero Quesada, España en ¡492, Madrid, Hernando, 1979, p. 8. versity Press, Londres, 1976. IHay trad. cast., Barcelona, Grijalbo, vol. i,
"■ Cf. infra. capítulo 3, ni, 3, B. 1979,
ln
y vol. n, 1983.]
Ladero, ob. cit., p. 8.
100 Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media 101

castellanos pongan en ciertos casos especial énfasis en una una Italia o una Inglaterra medievales» , w . Ni que el efecto dis-
unidad bajo el signo de sus propios intereses políticos; o de gregador que, indudablemente, ejerció la invasión y conquista
que los navarros y catalanoaragoneses, también en función de de la Península por los musulmanes y en cierto sentido, por lo
concretas situaciones coyunturales, se complazcan en destacar menos en el político, acentuó el posterior curso de la Recon­
los factores de sus propias peculiaridades comd «naciones» den­ quista, no fuese compatible con la persistencia de una concep­
tro del marco hispánico U6. ción unitaria de España. Lo expresó con palabras exactas el
Desde fuera de España, incluso, y ya desde época temprana, profesor Vicens Vives cuando, refiriéndose a la ruptura de la
existe una evidente conciencia de esa entidad unitaria de los continuidad del Estado visigótico y a la destrucción del anda­
pueblos y Estados que integran la que con frecuencia aparece miaje económico, jurídico y espiritual que tiene su origen en la
calificada en las fuentes europeas bajomedievales de «nación irrupción musulmana de principios del siglo v m , nos dice que
española»: «hispani» se llama en los diplomas y capitulares caro- «entonces nacen las Españas en su plural unidad» 13°.
lingios a los peninsulares que se acogen a las tierras ultrapire­
naicas a raíz de la invasión islámica; de «España» habla el abad
de Cluny, Pedro el Venerable, cuando movido por su curiosidad Pero de todos los factores que contribuyeron a dar al desenvol­
intelectual viene a la Península y visita la corte de Alfonso VII vimiento del Medievo de los pueblos hispánicos un mayor sen­
en 1141; Pedro Hispano sería el gran teólogo portugués de la tido de coherencia y unidad históricas y a singularizarlo de los
decimotercera centuria que ocupa el solio pontificio con el nom­ procesos vividos en otros escenarios del ámbito europeo por la
bre de Juan XXI; como «nación española» se designará por los misma época, el decisivo fue, sin duda, la Reconquista. Con ra­
padres conciliares de Constanza el conjunto de los diversos Es­ zón pudo hablar Mará valí de «la idea de reconquista como pro­
tados peninsulares. Podrían, en fin, multiplicarse los ejemplos grama de nuestra historia medieval», escribiendo:
que acreditan, fuera de España, el reconocimiento del hecho na­
cional español «en el sentido genérico, polivalente y no político Desde los primeros momentos hasta el final de la larga lucha sos­
que el término de nación podía tener para las mentes de aque­ tenida por los reinos cristianos contra el señorío de los árabes en
la Península, durante cerca de ocho siglos, la palabra España apa­
llos siglos», en coincidencia con la idea desarrollada por las pro­ rece ligada estrechamente, más aún, esencialmente a esa tan sin­
pias fuentes historiográficas y literarias del Medievo hispano gular acción. En este aspecto, España designa en nuestra Edad Me­
que tienden a identificar la Península «como un ente histórico dia el ámbito de una Reconquista y el objeto o término último de
plenamente real, aunque no uniforme ni contrapuesto a la rea­ la misma. No es, pues, posible entender lo que España significa para
lidad diversa de sus reinos» lí7. Puestos a elegir, entre los muchos los cristianos medievales sin aclararse esa conexión entre España y
disponibles, un texto en el que se concilie esa visión unitaria de la empresa histórica que en ella se desenvuelve y que la postula
como su propia meta u l .
la España cristiana con la variedad de los pueblos que la habi­
tan, acaso pocos superen el interés testimonial que nos ofrece
el hermoso poema en el que se canta la conquista de Almería Dejando a un lado las oportunistas manipulaciones ideológi­
por Alfonso VII, que congregó a los «duces Hispani Francige- cas que, al servicio de un malentendido «nacionalismo español»
naeque», a la cabeza aquéllos de las milicias de cada una de las se han hecho del concepto de Reconquista —como se hizo del
comunidades política, institucional y lingüísticamente diversas, concepto mismo de España— U2, la historiografía actual, con una
englobadas bajo la rúbrica común de «españolas» l28. unanimidad que puede calificarse de plena, ha restituido al pro­
ceso reconquistador y a sus obligadas secuelas —la repoblación,
la frontera, la inserción del ideal hispano de reconquista en las
No parece, pues, haber motivo «para ignorar que existe una
España medieval, igual que hubo una Alemania, una Francia, '" Ladero, ob. cit., p. 9.
"• Aproximación a la Historia de España, 5.* ed., Barcelona, Vicens
Hillgarth, ob. cit., i, pp. 27 ss. Vives, 1968, p. 59.
Ul
El concepto de España en la Edad Media, p. 249.
Ladero, ob. cit., p. 9. m
Véase en este punto las consideraciones de J. L. Martín en la intro­
Madrid, Ed. L. Sánchez-Belda, 1950. pp. 165 ss. ducción a su obra La Península en la Edad Media, Barcelona, Teide, 1976.
102 Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media 103
ideas político-religiosas de cruzada que alientan desde fines del precisa y clara en función precisamente de la existencia «entre
siglo xi en la Cristiandad occidental—, su valoración de verda­ la entrada de los musulmanes en la Península, el año 711, y la
dero eje vertebrador y definidor del Medievo peninsular como incompleta restauración de la unidad nacional, en las postrime­
experiencia histórica sin paralelo en la Europa de la época. rías del siglo xv», de «una línea argumental de la que los con­
Esta proposición, sentada hace ya rqás de cincuenta años por temporáneos tenían conciencia, manifestándola en ocasiones a
Sánchez Albornoz en su precioso ensayo España y Francia en la través de sus escritos»; y concluye este autor diciendo que «un
Edad Media, causas de su diferenciación política, desarrollada español puede, sin la menor dificultad, afirmar que la Edad Me­
después por el venerable maestro hasta convertirse en verdadera dia es aquella etapa histórica de más de setecientos años, duran­
línea argumental de toda su densa producción científica y asu­ te la cual se fue perfilando y asentando sobre una base cristiana
mida por un amplio sector de nuestra historiografía política e y plural la conciencia nacional española» l36.
institucionalista, ha sido retomada por la inmensa mayoría de Desde planteamientos conceptuales y metodológicos bien di­
los medievalistas, españoles y extranjeros, de hoy IJ3; y recono­ versos, P. Vilar ha sostenido en términos inequívocamente coin-
cida, con las lógicas matizaciones y revisiones de planteamiento, cidentes con los de la historiografía de cuño más tradicional la
como clave interpretativa fundamental de las peculiaridades po­ influencia vertebradora de la Reconquista en la forja de la his­
lítico-institucionales, socio-económicas e ideológicas que marcan toria hispánica: «La propia lentitud de la Reconquista —escri­
con impronta profunda y originalísima la historia de la Penín­ be— señala toda su importancia. Una rápida expulsión de los
sula en la Edad Media e incluso en sus proyecciones ulteriores, infieles hubiera cambiado la suerte de España, pero no hubiera
dentro y fuera de España. Merece la pena hacer un rápido modelado su estructura impregnando las costumbres y el espíri­
muestreo revelador de esa coincidencia, afirmada desde las más tu, como pudo hacerlo una cruzada de varios siglos. Sin duda,
diversas posiciones historiográficas de partida, antiguas y actua­ los jefes de una España fragmentada no tuvieron constantemen­
les, tradicionalistas e innovadoras. te, en el transcurso de acontecimientos inconexos, una concien­
«Sin el Islam —escribe Sánchez Albornoz— España hubiera cia perfectamente clara de los fines perseguidos. Pero la pre­
seguido los mismos derroteros que Francia, Alemania e Ingla­ sión de las necesidades, en un país pobre y de población cre­
terra [...] El Islam conquistó toda la Península, torció los des­ ciente, hizo en todas partes de la Reconquista una empresa de
tinos de Hispania y le señaló un papel diferente en la tragico­ colonización permanente, a la vez que una guerra santa. La so­
media de la Historia [...] La necesidad de combatir a diario ciedad medieval española se fundó sobre esa necesidad de ex­
contra los musulmanes impidió de manera trágica a la España pansión y sobre ese impulso de fe» ,37. Recientemente A. Mackay
europea seguir un proceso de desenvolvimiento parejo al de los volvía a poner el énfasis en los factores diferenciales de la
otros pueblos hermanos de Occidente» IM. Para Maravall, «pro­ España medieval, que no fueron otros que la presencia en ella
bablemente no hay otro país en el que se dé un hecho tan extra­ de «los conceptos relacionados con la frontera y la reconquista
ordinario como el que representa aquel que, llenando todo el [...] llave para entender el desarrollo histórico de España». Para
período de nuestra Edad Media, se ha llamado 'la Reconquista' el hispanista inglés está meridianamente claro que «la idea de
[...] Nada hay que se parezca en Europa a la Reconquista es­ 'Edad Media' en España ha sido radicalmente diferente de aque­
pañola» IB . Frente a las dificultades que para otros ámbitos his­ lla que ha prevalecido en el resto de Europa», y que «muchos
tóricos europeos puede entrañar la delimitación de lo que llama­ de los rasgos peculiares del desarrollo histórico ibérico se ex­
mos Edad Media, L. Suárez destacaba recientemente cómo en el plican en términos de la experiencia fronteriza y la dureza de
caso de España la definición del Medievo aparecía mucho más una empresa, la reconquista, que había conseguido casi la tota­
lidad de sus objetivos a finales del siglo x m » YX.
1,5
Remitimos a la Bibliografía de Historia Medieval de España que re­
gistramos al final de este libro, pp. 327-354. "* Prólogo al libro de R. Pemoud, ¿Qué es la Edad Media?, Madrid,
"* De la invasión islámica al Estado continental. Entre la creación y el Aldaba Ensayos, 1979, pp. 11 s.
ensayo, Universidad de Sevilla, 1974, p. 17. '" P. Vilar, Historia de España, Barcelona, Crítica, 1979, pp. 26 ss.
*" El concepto..., pp. 249 s. "• La España de la Edad Media, cit., p. 12.
104
Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media 105

Singularidad del Medievo hispano en relación con los rasgos ca­ «eslabón entre la Cristiandad y el Islam» •*. Finalmente, los Es­
racterísticos del Medievo occidental no significa disociación de tados ibéricos, desde que en el curso de los siglos XI al x n se
Europa como superior unidad de cultura en la que la España
medieval cristiana se articuló plenamente, si bien por caminos rompe a su favor la correlación de fuerzas con Al-Andalus, se
a veces peculiares y, para ciertas áreas peninsulares, con cierto articulan plenamente en la red de estructuras socioeconómicas
retraso. tejida por el mundo europeo de la época, en su mismo modo de
producción; según la sugestiva aunque discutible tesis no hace
Es claro que hasta el siglo xi la mayor parte de la cristian­ mucho desarrollada por R. Pastor de Togneri acerca del sentido
dad ibérica —la constituida por los Estados occidentales— vive del enfrentamiento Islam-Cristiandad en el escenario peninsular,
de espaldas a Europa una etapa de ensimismamiento, absorbida España habría asumido el papel de «frontera occidental de la
en la lucha por una precaria supervivencia frente al poder is­
lámico. Pero a partir de esa centuria se reanudan los vínculos formación feudal europea en la que queda incluida y de la cual
con las tierras ultrapirenaicas que los reinos y condados pire­ es parte» 143.
naicos nunca habían llegado a romper totalmente. Y la España Parece clara, en todo caso, la vocación europeísta de los
cristiana, al tiempo que recibe y se impregna de los moldes vi­ Estados hispánicos del Medievo, aunque el mismo hecho recon­
tales vigentes en el mundo occidental, proyecta hacia él los quistador condicionara el momento y la forma de sus dos fun­
fecundos y granados frutos de su simbiosis cultural con el mun­ damentales proyecciones: la político-comercial, más temprana,
do musulmán. de la Corona de Aragón por el ámbito mediterráneo; y la en un
principio exclusivamente comercial de la Corona de Castilla por
Desde una triple perspectiva pueden ser considerados los ne­ el mundo atlántico.
xos entre la cristiandad ibérica y la europea en la Edad Media. El hecho de que en la Introducción a la ambiciosa obra colec­
En primer término, y como ha puesto de manifiesto reiterada­ tiva, en curso de publicación, sobre la Typologie des sources de
mente Sánchez Albornoz, los núcleos peninsulares de resistencia Moyen Age occidental y al fijar los límites de la encuesta, se
al Islam crearon un oportuno glacis defensivo que actuó como incluyan dentro de la órbita geohistórica así definida a «l'Occi-
protector frente a la tendencia expansiva de los musulmanes por dent latin et á l'Espagne árabe ainsi qu'aux documents produits
tierras ultrapirenaicas. «La ardua cruzada llevada a cabo contra sur leur sol», ratifica el pleno reconocimiento, desde la pers­
el Islam a través de los siglos —dirá A. Mackay— había dado a pectiva de los medievalistas europeos, de esa vinculación histó­
España el papel de paladín de la Europa cristiana contra el in­ rica de los Estados y comunidades ibéricas, incluida la islámica,
fiel» •*; desde el campo de los arabistas, sin embargo, no faltan al Occidente medieval m.
opiniones contradictorias que atribuyen al juego de otros facto­
res la causa determinante de la detención de la progresión re-
conquistadora musulmana en el umbral del reino de los fran­ La estrecha interdependencia entre los conceptos de Reconquis­
cos '*. En segundo término, los centros culturales de la España ta y Edad Media hispánica comporta inevitablemente que la
cristiana —singularmente Toledo— actuaron de correa transmi­ periodificación de ésta aparezca condicionada por el desarrollo
sora entre la tradición intelectual y científica del Oriente islá­ del proceso reconquistador y de las consecuencias de todo tipo
mico y el Occidente cristiano, como han puesto magistralmente que del mismo se derivaron.
de relieve R, Lemay y más recientemente Guichard y el mismo La aceptación de la conquista de la Península por los musul­
A. Mackay Ml . España desempeño así en la Edad Media, y en manes, a principios del siglo vui, como hito referencial del co­
expresión feliz de nuestro Menéndez Pidal, el papel de verdadero mienzo de la etapa medieval de la historia de España, no parece
>» Ob. cit., p. 12. lu
"° Véase, por ejemplo, Watt, ob. cit.. pp. 28 ss. España, eslabón entre la Cristiandad y el Islam, Madrid, Espasa-
141
R. Lemay, «Dans l'Espagne du xni siécle. Les traductíons de l'arabe Calpe, Col. Austral, 1956.
au latín», Annales, año 18, núm. 4, 1963; P. Guichard, Structures sociales "• Del Islam al Cristianismo. En ¡as fronteras de dos formaciones eco­
•orientales» el "occidentales* dans l'Espagne musulmane, París, 1977; nómico sociales, Madrid, Península, 1975, p. 11.
A. Mackay, La España de la Edad Media, cit. '** Tendremos ocasión de referirnos reiteradamente a dicha «Introduc­
ción», debida a L. Génicot, en el cap. 4, dedicado a las Fuentes.
106
Juan Ignacio Ruiz de la Peña 107
El concepto de Edad Media
ofrecer dudas razonables. La cesura que abrió ese hecho en el
curso del proceso histórico español clarifica para el ámbito pe­ del mismo: el año 1492. Fue éste, ciertamente, «fundamental
ninsular el problema tan debatido de los inicios del Medievo para la historia. castellano-leonesa desde el punto de vista polí­
europeo y el inseguro tratamiento al que, según vimos en un tico, religioso y económico»; pero no es menos cierto que la im­
apartado anterior, se hacía acreedor el largo período de transi­ portancia de los hechos que concurren en esa fecha y justifican
ción del mundo antiguo al plenamente medieval. Efectivamente, su elección como término final de la Edad Media en el particu­
en las exposiciones de conjunto de la Edad Media hispánica, la lar proceso histórico de la Corona de Castilla —conquista de
época que transcurre entre el cese de la autoridad imperial ro­ Granada, expulsión de los judíos y descubrimiento de América—,
mana en la Península y la irrupción islámica del 711 y que no fue compartida en igual medida por las demás formaciones
corresponde al establecimiento y desarrollo en ella de una nueva políticas —Portugal, Navarra y la Corona de Aragón— que se
estructura política —la del Estado visigodo—, o se excluye )45 o reparten con el reino castellanoleonés el protagonismo de la his­
es objeto, en todo caso, de un tratamiento autónomo que con­ toria peninsular l47. Esta observación, necesaria en una concep-
templa ese período —siglos v al vil—, más que como una intro­ tuación que trate de superar la identificación que con frecuencia
ducción a la Edad Media propiamente dicha, como un apéndice se ha hecho entre la historia y los intereses de Castilla y los de
de la Hispania romana —«el epigonismo visigodo» del que habla la España medieval contemplada en la «plural unidad» de los
Vicens—, cuya inclusión vendría justificada en función de la Estados y comunidades que la integran, no invalida, sin embar­
valoración de las propias consecuencias de la conquista musul­ go, la aceptación del valor referencial de ese año 1492, sin que
mana y de la inserción del despliegue histórico de la Edad Me­ haga falta insistir ahora en lo ya dicho sobre el sentido de las
dia peninsular en el contexto más amplio del Medievo europeo M. «fechas periodológicas». Un año que se sitúa plenamente en una
Pero si la fecha del 711 tiene un valor «periodológico» intrín­ coyuntura de cambio profundo, no sólo de la trayectoria histó­
seco e incontestable como referencia inicial de nuestro Medievo, rica peninsular sino de los destinos de todo el mundo occidental
por lo que el hecho que representa significó para la generalidad —del que España forma parte— que se encuentra, en las postri­
de los pueblos de España, no puede decirse lo mismo de la que merías del siglo xv, en el umbral de la Modernidad 14>.
tradicionalmente se ha venido invocando como término final
Dentro del período acotado entre principios del siglo vni y
finales de la decimoquinta centuria como arco temporal de la
M
Véase, por ejemplo, la Historia de España ed. por Gredos, en la que Edad Media hispánica, la división interna del mismo suele des­
se traían en volúmenes independientes La época visigoda, de J. Orlandis, glosarse en tres etapas que, aunque marcadas en la historia pe­
1977, y la Edad Media, 1970, de L. Suárez Fernández. El mismo tratamiento ninsular por la singular incidencia, reiteradamente invocada, de
recibe la época visigoda en la períodificación de la Historia de ¡a Iglesia la ecuación Reconquista-repoblación-frontera, se corresponden
en España (BAC), en curso de publicación: mientras el vol. i se dedica a
La Iglesia en la España romana y visigoda, 1979, el n, 1982, corresponde en líneas generales con la periodización tripartita que, siguiendo
a La Iglesia en la España de los siglos VIII-XIV. una tendencia ampliamente compartida por la historiografía
"* Véanse las exposiciones de conjunto de J. L. Martín y E. Mitre, ya actual, proponíamos también nosotros en el apartado anterior
citadas anteriormente, y la de J. A. García de Cortázar, La época medieval, para el desarrollo general de la Edad Media occidental.
en Historia de España Alfaguara, vol. n, Madrid, 1973. La inclusión en un
mismo volumen de la época romano-germánica y de la etapa inicial del Los tres primeros siglos de la Reconquista —la que Udina
desenvolvimiento de los núcleos cristianos de la Reconquista, dentro de la Martorell "» llamará «Alta Reconquista» (siglos vin-ix-x)— son
Historia de España dirigida por M. Tuñón de Lara y publ. por Labor,
parece responder a exigencias convencionales puramente editoriales y se de una evidente hegemonía en la Península del poder musulmán.
hace en todo caso desde niveles períodológicos claramente deslindados
(J. J. Sayas Abengoechea y L. A. García Moreno: Romanismo y germa­ '" Cf. J. L. Martín, en la Introducción a su obra ya citada, La Península
nismo. El despertar de los pueblos hispánicos Isiglos 1V-XJ, Madrid, 1981). en la Edad Media.
Para P. D. Klng, la existencia del reino visigodo corresponde a «una época M
Véase Ladero, España en 1492, cit.; y la serie de estudios publicados
crepuscular, postelásica. de un lado; un periodo de gestación, la alta Edad en Cuadernos de Historia, Anexos de la Revista Hispania, 1: «El tránsito de
Media, de otro», destacando este autor la influencia ejercida por las prác­ la Edad Media al Renacimiento», Madrid, 1967.
ticas políticas visigodas en las épocas siguientes (Derecho y sociedad en
el reino visigodo, Madrid, Alianza Universidad, 1981, p. 11). "* F. Udina Martorell, «Consideraciones acerca de los inicios del Me­
dioevo hispánico y la Alta Reconquista», en Hispania, iiiim. XLIII, pp. 211-
234.
108
Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media 109
En la España insumisa y al correr del tiempo se afirma, lenta y
trabajosamente, la independencia de los núcleos que en su ori­ lelamente a lo que sucede en toda Europa, a la hegemom'a de los
gen se asocian a movimientos locales de resistencia, desvincula­ invasores sucederá el triunfo de los cristianos» 151. El papel de
dos ya totalmente de la tradición política visigoda; a pesar de los protagonistas en el bando cristiano ha variado, sin embargo,
que las primeras crónicas cristianas —las del ciclo de Alfon­ sustancialmente. A la hegemonía astur-leonesa de la primera Re­
so III—, en un explicable intento de legitimación del reino astur conquista, que encuentra incluso su expresión doctrinal en unas
y de su papel hegemónico sobre los demás núcleos de la cris­ imprecisas formulaciones políticas imperiales, sucede ahora la
tiandad ibérica, traten de establecer una continuidad entre la preponderancia vascona, representada por los navarros bajo el
extinta monarquía gótica y los reyes ovetenses ,S). De esos nú­ mandato de Sancho III el Mayor (1000-1035). El cambio de deco­
cleos norteños será el asturiano el que primero llegue a conso­ rado no es sólo político: con la supremacía navarra se inicia la
lidar unas estructuras políticas estables, ampliando pronto su plena incorporación del vasto sector occidental de la España
reducido ámbito territorial inicial a toda la franja cantábrica cristiana a las corrientes institucionales y culturales ultrapire­
peninsular, desde Galicia al País Vasco, y extendiendo progre­ naicas; y se abre el proceso de renacimiento urbano, renovación
sivamente sus fronteras meridionales, que se fijan ya a finales social y reactivación de la vida económica que señalará para el
del siglo ix en el Duero. Los núcleos orientales de resistencia, norte peninsular el final de su «Alta Edad Media».
surgidos en los valles pirenaicos —Navarra, Aragón y condados A la etapa que en la periodización al uso del Medievo occi­
catalanes— se ven hondamente mediatizados en la fase primera dental se califica de «época de plenitud», y cuyo término inicial
de su existencia por la doble influencia ejercida por el poder situábamos en los significativos cambios estructurales que se
carolingio y los poderes musulmanes locales de la Frontera Su­ operan en Europa a partir de la undécima centuria, corresponde
perior, sobre los que la autoridad central cordobesa tendrá, un período de crecimiento de los reinos cristianos que se tra­
durante bastante tiempo, un control muy precario. La consoli­ duce en la progresiva ruptura de la correlación de fuerzas entre
dación de esas comunidades orientales y su evolución hacia for­ dichos reinos y Al-Andalus, a favor de aquéllos, y en un espec­
mas políticas estables es mucho más lenta: en el curso del tacular avance de sus fronteras en todo los sectores; es la que
siglo x llegarán a afianzar una personalidad jurídico-pública pro­ recientemente llamaba el profesor Moxó «gran época de la re­
pia, siendo entre todos ellos el reino de Navarra el llamado a población expansiva» at.
mejor y más rápida suerte histórica.
Desde mediados del siglo xi hasta mediados del siglo x m , y
La instauración del poder califal en Al-Andalus y las contra­ en el contexto de una frontera en movimiento, van afirmándose
ofensivas lanzadas por los musulmanes en la segunda mitad del los perfiles político-constitucionales, ideológicos y socioeconómi­
siglo X contra los Estados cristianos norteños determinarían un cos de la España cristiana; paralelamente, el repliegue de Al-
prolongado estancamiento de la progresión reconquistadora y Andalus se traducirá en un progresivo achicamiento de su ám­
repobladora de éstos hacia el Sur, y un intervencionismo cre­ bito territorial, en beneficio de sus vecinos cristianos, sin que
ciente de los musulmanes en las graves crisis internas que minan los sucesivos establecimientos en la Península de almorávides y
la vida política de esos Estados, sobre todo del astur-leonés. almohades se traduzcan, a la larga, en otra cosa que en momen­
Sólo el hundimiento de la superestructura califal y la consiguien­ táneas pausas de la progresión reconquistadora y repobladora
te atomización política de Al-Andalus en una pluralidad de rei­ de aquéllos y en la plena articulación de la Reconquista —em­
nos —los «taifas»— permitirán a la cristiandad peninsular su­ presa durante mucho tiempo de proyección exclusivamente pe­
perar su profunda postración y recuperar la iniciativa en la ninsular— en la superior idea europea de Cruzada.
empresa reconquistadora. Al filo del año mil «la historia de Mientras en el sector oriental la dinámica política seguida
España entrará en otra fase, en que su signo se invertirá y, para- desde la muerte de Sancho III el Mayor por los reinos y con­
dados pirenaicos, tras diversas alternativas, tiene un signo inte-
*" Resulta especialmente elocuente en este sentido la rúbrica con la que U1
el anónimo autor de la Crónica Albeldense (881-883) inicia su historia de m
J. A. García de Cortázar, ob. cit., p. 50.
los monarcas astures: «Ordo gothorum obetensium regum.» S. de Moxó, Repoblación y sociedad en ¡a España cristiana medieval,
Madrid, Rialp, 1979, pp. 199 ss.
110
Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media 111
grador que, superando la atomización que dicho ámbito ofrece
cristianos ibéricos en esta etapa de plenitud; ni en las peculiari­
en la primera Reconquista, desemboca en la formación de dos
dades que el juego de esos factores, exclusivos del ámbito his­
grandes formaciones políticas estables —Navarra y la Corona
pano, impondría al desenvolvimiento de dicho proceso, diferen­
de Aragón—, en el espacio occidental el proceso es inverso; la
ciándolo del que, por la misma época, experimentan los países
idea unitaria encarnada por el reino astur-leonés y expresada en
europeos: los términos en que, entre nosotros, se plantea la re­
el título imperial que sus monarcas se arrogan, se verá despla­
lación población-tierra, o los «tirones demográficos» —en expre­
zada por el empuje de los particularismos regionales; a media­
sión de Sánchez Albornoz— impuestos por la repoblación ex­
dos del siglo x n Portugal se constituye en Estado independiente
pansiva de los extensos territorios ganados al Islam, explican,
y los destinos de Castilla y León, que parecían fuertemente sol­
por citar un solo ejemplo, «la ausencia [en España] de algunos
dados bajo el mandato de Alfonso VI y Alfonso VII, nuevamente
de los rasgos fundamentales de las economías de otros países
se disociarán a la muerte de éste (1157). Habían de pasar casi
de la Europa occidental» Ui. Al lado de esta nota diferencial po­
ochenta años hasta que, en 1230, los dos reinos se fundiesen
drían citarse muchas más: el retraso en incorporarse al general
definitivamente en una sola Corona.
renacimiento de la vida urbana y a una economía de signo mc-r-
El siglo x m , el gran siglo del clasicismo medieval europeo, cantilista; el claro predominio, al menos para el área castellana,
marcará también el momento de máxima expansión de la so­ de la ganadería sobre cualquier otra fuente de recursos, tan
bien analizado por Ch. J. Bishko 154 ; las singularidades del des­
ciedad cristiana peninsular y la quiebra definitiva del poder is­
arrollo constitucional de los Estados peninsulares —la alborno-
lámico en Al-Andalus. El triunfo de las Navas de Tolosa (1212), ciana «inmadurez del feudalismo hispano», tan discutida por la
empresa que representa la plena impregnación de la Reconquis­ más reciente historiografía medievalista IM —; y sobre todo la
ta peninsular en el ideal cruzadista europeo, sellará el destino coexistencia entre las tres comunidades —cristiana, islámica y
de la España musulmana: la explotación de este gran éxito mili­ judía—, cuya influencia en la forja de la personalidad histórica
tar libró a los cristianos la rápida ocupación de Andalucía, I de España daría ocasión a la encendida polémica entre A. Cas­
prácticamente consumada medio siglo después. Mientras los des- j tro y C. Sánchez Albornoz, verdadera piedra de toque para la
tinos de Navarra pasan a gravitar en la órbita de influencia de apertura de un debate interpretativo de nuestra historia que
Francia, Portugal y la Corona de Aragón concluyen su particular I dista mucho, al presente, de estar cancelado.
proceso reconquistador. Antiguos y renovados pactos con los
castellanos cerraban a los catalanoaragoneses las posibilidades Las peculiaridades que ofrece el desenvolvimiento de la his­
de progresión por las tierras peninsulares: ante ellos quedaba toria hispánica en esta época de afirmación de «los fundamentos
franco el camino a una expansión por el mundo mediterráneo de la sociedad hispano-cristiana» y de un paralelo «declive del
que constituirá una de las líneas arguméntales básicas de la his­
toria de la Corona de Aragón en la tardía Edad Media. La per­
manencia islámica en el reino nazarí de Granada y en la zona m
"• A. Mackay, ob. cit., p. 84.
Ch. J. Bishko, «El castellano hombre de llanura. La explotación
del Estrecho servirá a los castellanos para que el viejo ideal de ganadera en el área fronteriza de la Mancha y Extremadura durante la
reconquista, la lucha en la frontera —por lo demás estabilizada Edad
m
Media», en Homenaje a J. Vicens Vives, i, Barcelona, 1965.
hasta 1350—, continúe gravitando en su propia dinámica polí­ Véase las posiciones mantenidas por Pastor de Togneri en su ob. clt.
tica, marcada desde finales del siglo x m por el signo de conti­ supra, nota 143; A. Barbero y M. Vigil, La formación del feudalismo en la
Península Ibérica, Barcelona, Crítica, 1978. En términos menos radicales
nuas y graves crisis internas que llegaron incluso a poner en se plantea la críüca a la postura tradicional en varios estudios de S. de
peligro, a principios de la centuria siguiente, su misma existencia Moxó, a los que se hace frecuente referencia en su obra cit. supra, nota 152,
como Estado. y en H. Grassotti, Las instituciones feudo-vasalldticas en León y Castilla,
2 vols., Spolcto, 1969. El principal valedor de la posición institucionalista
inicialmente mantenida por Sánchez Albornoz continúa siendo L. García
No vamos a insistir en las decisivas y bien conocidas proyec­ de Valdeavellano, «Sobre la cuestión del Feudalismo hispánico», en el vo­
ciones que la ecuación Reconquista-repoblación-frontera tuvo en lumen Homenaje a Julio Caro Baroja, 1978, pp. 1001-1030, artículo reciente­
el proceso expansivo de la sociedad y la economía de los reinos mente reeditado en El feudalismo hispánico y otros estudios de historia
medieval, Barcelona, Ariel, 1981, pp. 7-62.
112
Juan Ignacio Ruiz de la Peña El concepto de Edad Media 113
l56
Islam» son compatibles con la plena articulación de aquella no pocos aspectos oscuros de la historia de las diversas forma­
sociedad en unos moldes existenciales de cuño occidental. La ciones políticas peninsulares en esa conflictiva centuria, y a mar­
originalidad de esa inserción reside precisamente en la forma car directrices a la investigación monográfica sobre esa época,
en que se plantea por el singular papel que la dialéctica —no que ha brindado ya excelentes resultados.
exclusivamente militar— cristiano-islámica confiere al espacio
peninsular en estos siglos del pleno Medievo, haciendo de ese Las más recientes exposiciones de conjunto sobre la Edad
espacio —como señalábamos en páginas anteriores— frontera y Media española contemplan, en fin, todas sin excepción, esa etapa
lugar de encuentro entre dos culturas. Con razón ha podido ha­ final del período en el marco de la crisis general de la Europa
blarse para esa época de una «Península —término perfectamen­ de los siglos xiv y xv'»'. Y se observa también una cierta conver­
te intercambiable por el de España— entre Europa y el norte gencia de puntos de vista a la hora de elegir la fecha «periodo-
de África» ,57. lógica» que simbólicamente señalaría el término final de la etapa
expansiva del Medievo peninsular y, consiguientemente, el ini­
No es fácil establecer una cronología precisa del desarrollo cio de la «baja Edad Media hispánica», situándose ese límite
de la tercera y última etapa del despliegue del Medievo válida cronológico en los años 1348-1350, momento álgido en España y
para el conjunto de Estados peninsulares; fundamentalmente en Europa de la recesión demográfica ocasionada por la gran
porque esa linea argumental vertebradora, que había sido para Peste Negra que, en estrecha interrelación con otros factores
todos ellos la empresa de la Reconquista y la repoblación, ha —depresión económica y desequilibrios sociales, transformacio­
perdido ya prácticamente todo su valor referencial, desde fina­ nes de las actitudes mentales, conmociones políticas, reformas
les del siglo xiii, para la Corona de Aragón y Portugal y todavía institucionales—, configuran la gran crisis de finales del Me­
más para Navarra, conservándolo sólo en el futuro y en mucha dievo. Crisis generalizada en toda la Península aunque, obvia­
menor medida que hasta entonces para la Corona de Castilla y mente, ofrezca matices y variantes regionales e incluso locales,
el reino nazarí de Granada. cuyo alcance exacto sólo podrá valorarse con el incremento de
En cualquier caso, sin embargo, conocemos hoy los rasgos las investigaciones monográficas muy centradas en su ámbito
fundamentales de los procesos no exclusivamente políticos des­ temático y geotemporal.
arrollados en la Península durante los dos siglos finales de la La recuperación de los últimos decenios del siglo xv, que se­
Edad Media con la claridad suficiente como para poder afirmar ñala en España y en Europa el tránsito hacia la Modernidad,
que los reinos cristianos ibéricos, estrechamente ligados a los nuevamente replantea en el ámbito peninsular el juego de al­
demás países europeos, se vieron como ellos afectados por la gunos de los factores que habían constituido en el despliegue
profunda depresión que padeció el mundo occidental en el tar­ del Medievo hispano líneas arguméntales y claves interpretativas
dío Medievo y cuyo vértice se sitúa en torno a 1350 ,M. Para el de valor fundamental: la coexistencia cristiano-judeo-islámica;
reino castellano en particular el trabajo de J. Valdeón, La crisis la superación de una estructura política plural por otra unita­
del siglo XIV en Castilla. Revisión del problema, ha centrado ria, conseguida —al menos en términos de una unión personal—
puntualmente los términos en que se plantea la cuestión IM ; por los Reyes Católicos para Castilla y Aragón; la reconquista,
mientras que en la fundamental obra colectiva, La investigación repoblación y frontera, referidas ahora al espacio residual del
de la historia hispánica del siglo XIV'«, se contiene un estima­ reino de Granada, pero cuya influencia pesará en la futura tra­
ble núcleo de aportaciones que han contribuido a desentrañar yectoria histórica de las comunidades hispánicas. No pueden,
desde luego, explicarse algunos de los rasgos más característi­
■* Tomamos ambas rúbricas de las exposiciones de conjunto de Cortá­ cos de la historia de España en la Modernidad sin recurrir a
zar y Mitre anteriormente citadas. esa ecuación que condiciona esencialmente el desarrollo del
m
de la J.obra.
L. Martín, «La Península en la Edad Media», título de la iu parte Medievo peninsular: A. Mackay ha interpretado, con razón, la
'" Remitimos una vez más a las exposiciones de conjunto hasta aquí
proyección imperial del siglo xvi como consecuencia natural de
citadas, y al estudio de J. Valdeón que anotamos seguidamente.
'" Rev. de la Universidad de Madrid, xx, núm. 79, 1972, pp. 161-184. '" Remitimos nuevamente a los registros bibliográficos del final de este
•" Madrid-Barcelona, csic, 1973.
libro.
116
Juan Ignacio Ruiz de ¡a Peña Aproximación a la metodología 117

«los tipos de hechos que es necesario estudiar para dominar investigaciones sobre la estructura metodológica de la historia, las
científicamente este objeto» 3 . peculiaridades de cada disciplina histórica representan un objeto de
consideración de la metodología general de la historia sólo en la
Por otra parte, de la misma manera que las consideraciones medida en que las confrontaciones establecidas en aquellos ámbitos
sobre el ámbito objetivo de la ciencia histórica nos planteaban sirven para demostrar las propiedades metodológicas generales de
el problema de la especialización o multiplicidad de las discipli­ las ciencias históricas*.
nas históricas, y en correspondencia con esa diversidad, habrá
que formularse ahora la afirmación de una pluralidad de mé­ El precedente pasaje, entresacado de los planteamientos in­
todos históricos, cuyo desarrollo precisamente ha contribuido, troductorios que el gran historiador polaco hace en su esplén­
más que su propia especificidad objetiva, a la diferenciación y dida Metodología de la investigación histórica, clarifica con tra­
autonomía científicas de las disciplinas históricas especializa­ zos precisos los términos de la cuestión ahora formulada sobre
das 4 . el sentido de la metodología general de la historia y sus rela­
ciones con la metodología de las disciplinas históricas especia­
Pero la existencia de métodos históricos especiales no con­ les. Aquélla quedaría así definida, en palabras del propio To­
tradice la afirmación de la existencia de una metodología gene­ polski, como «una ciencia muy abstracta que quiere llegar a
ral de la historia, del mismo modo que la especialización histó­
rica no se opone —como dejábamos establecido en la primera afirmaciones que puedan referirse a todas las ciencias históri­
parte de este libro— a la inexcusable exigencia de una concep­ cas». En este sentido, la metodología general de la historia «no
ción unitaria, total, de la historia 5 . Se podría concebir la rela­ puede penetrar en la problemática especial de cada disciplina,
ción entre la metodología general de la historia y la metodolo­ que debe con su propio trabajo llegar a la elaboración de sus
gía de las disciplinas históricas especiales del modo como se métodos específicos» 7 .
entienden las relaciones existentes entre la metodología general
de la ciencia y la metodología de las consideradas ciencias espe­
ciales. En este sentido puede afirmarse, siguiendo a Topolski, La reflexión metodológica se traduce, en la práctica de la activi­
que dad del historiador, en una toma de posiciones configuradoras
del modus operandi de su quehacer científico, en la doble ver­
la metodología general de la historia considera las cuestiones inde­ tiente —docente e investigadora— en que dicho quehacer se ex­
pendientemente del material concreto examinado por las diversas presa, pudiendo definirse los métodos históricos como «conjun­
disciplinas históricas. No se interesa por las peculiaridades del obje­ to de operaciones intelectuales que permiten reunir, sistematizar
to de investigación propio de aquella disciplina, esto es, no examina y valorar los testimonios históricos, ordenándolos con vistas a
la historia desde un punto de vista particular (por ejemplo, militar,
económico, ideológico), sino que analiza «la historia» de la sociedad una interpretación de los hechos que describen o de los que
humana como una entidad que posee sus categorías fundamentales son simples referencias» 8 .
(por ejemplo, tiempo, espacio) y sus conexiones (por ejemplo, rela­ En la práctica historiográfica la noción de método o méto­
ción entre las esferas económica e ideológica). De igual forma, no dos —el plural conviene mejor a la diversificación funcional de
examina las singularidades de los métodos de reconstrucción de cada nuestra ciencia— aparece indisolublemente ligada al concepto
uno de los sectores de la historia considerados por distintas disci­
plinas históricas, sino que se ocupa de los métodos de reconstruc­ que, bajo la influencia de las ideologías o interpretaciones de la
ción de la historia en su conjunto. Los métodos especiales propios historia dominantes en cada momento, tenga el historiador en
de cada disciplina son tomados en consideración sólo como versio­ relación con el objeto específico del conocimiento histórico y
nes de los .principios fundamentales que son propios en cambio de acerca de la forma de tratamiento o captación y exposición de
la metodología general de la historia. También con referencia a las ese objeto. «La teoría global, concepción general que sobre la
forma y los mecanismos de evolución de la sociedad posee cada
' Iniciación..., cit., p. 43.
4
Cf. W. Kula, Problemas y métodos..., cit.. p. 18; J. Topolski, Metodo­ • Topolski, ob. cit., p. 57.
logía..., p. 61.
■ Cf. Kula, ob. cit., pp. 18 ss. ' Ibid.
' García de Cortázar, ob. cit., p. 32.
118
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 119
historiador —dirá García de Cortázar— [se basan] en determi­
nados principios, con frecuencia incluso de naturaleza filosó­ reciente obra de P. Vilar, Iniciación al vocabulario del análisis
fica, es decir, ajenos a los marcos específicos de la reflexión histórico, constituye, quizá, el ejemplo más elocuente B .
científica social» 9 . Esa influencia determinante de las preocu­ Por otra parte, el concepto de método o métodos históricos
paciones, concepciones e ideologías —cambiantes— en la funda- se complementa con el de las técnicas de la investigación histó­
mentación epistemológica de la ciencia histórica y en los plan* rica, en cuanto la operatividad de aquéllos está en función del
teamientos metodológicos que la acompañan son inherentes al nivel de perfección y adecuación al objeto de estudio logrados
concepto mismo de historia, en la medida en que ésta es, como en el dominio de dichas técnicas, pudiendo definirse éstas como
dirá Carr, un diálogo entre el pasado y el presente l0. «Es indu­ "procedimientos concretos de tratamiento del material histórico
dable que la concepción filosófica dominante en cada tiempo o reunido de acuerdo con un método, por lo que su condición es el
en cada historiador influye de un modo muy intenso sobre el de instrumentos, muy variados por supuesto, de la investiga­
concepto del acontecer histórico», escribe el profesor Suárez ción» •*. Ya sea englobadas dentro de una noción amplia de
Fernández "; y en términos parecidos se expresa otro de nues­ i étnicas de la investigación histórica o, por el contrario, hacién­
tros medievalistas —E. Mitre— cuando al referirse a los cam­ dolas objeto de consideración independiente, las llamadas «cien­
bios evidentes que el conocimiento histórico experimenta en cias auxiliares» de la historia —más adelante volveremos sobre
el curso del tiempo observa cómo «cada generación de historia­ la procedencia de tal calificación— forman también parte de la
dores tiene su peculiar interpretación del pasado de la humani­ esfera de intereses de la metodología histórica. Las obras, clási­
dad según sean las ideas que primen en cada época», ejemplifi­ cas y modernas, sobre problemas de metodología incluyen inva­
cando esta aseveración con la comparación entre las preferencias riablemente en sus páginas el tratamiento de dichas disciplinas
que la historiografía decimonónica manifestaba por una histo­ auxiliares a, «base metodológica para el trabajo del historiador»,
ria fundamentalmente política y el tratamiento prioritario que y cuyo creciente desarrollo, perfeccionamiento y ampliación, al
en la historiografía actual reciben los fenómenos de carácter so­ servicio de ese trabajo, ha contribuido de manera decisiva «a
cial y económico u . salvar la categoría científica de la historia» l6. Un expresivo ejem­
plo en este punto nos lo ofrece una de las obras fundamentales
Además de una concepción o teoría global sobre la historia, que sobre metodología histórica han visto la luz en los últimos
que incide poderosamente en la posición metodológica del his­ veinticinco años: la que con el título de L'histoire et ses mé-
toriador, ésta presupone un bagaje conceptual teórico, el domi­ ihodes (Ed. Gallimard, París, 1961) y bajo la dirección de
nio de una serie de nociones fundamentales que se encuentran Ch. Samaran, reúne un nutrido elenco de aportaciones sobre las
en la base de todo quehacer historiográfico. No nos estamos disciplinas, tradicionales y modernas, técnicas y medios instru­
refiriendo ahora a la traducción, a términos actuales, del len­ mentales que han servido para enriquecer la actividad historio-
guaje de las fuentes históricas, es decir, al manejo por el histo­ gráfica y prestar mayor solidez a sus resultados. Más ade­
riador de unos códigos lingüísticos ligados a su labor heurística, lante nos referiremos con detalle a las cuestiones relati­
y de crítica y valoración de las fuentes, cuestión ésta a la que vas a las «ciencias auxiliares» en su proyección sobre el
se aludirá más adelante con referencia concreta al ámbito espe- 1 concreto ámbito de la investigación histórica medievalista.
cífico de la historia medieval; sino a la posesión de un utillaje
conceptual de carácter general como instrumento metodológico I Entre las «exigencias previas de un método de investigación
del historiador, preocupación que se hace patente en toda la
" A lo largo del presente capitulo tendremos ocasión de registrar un
moderna y abundante producción bibliográfica dedicada a los cierto número de obras en las que se abordan las principales cuestiones
problemas de la metodología histórica actual, y de la que la conceptuales y metodológicas con las que se enfrenta actualmente la
ciencia histórica.
"0 Cortázar, ob. cit., p. 32.
• lbid. Valga, como expresivo ejemplo, la acogida que da a estos temas
10
E. H. Carr, ¿Qué es la Historia?, clt., p. 73. J. Topolski en su excelente obra repetidamente citada, bajo el epígrafe:
" Grandes interpretaciones de la Historia, cit-, p. 16. «La metodología central de la historia, la heurística y la crítica de las
u
Historia y pensamiento histórico, Buenos Aires, Paidos, 1974, p. 13. fuentes. Las ciencias auxiliares de la historia» (pp. 61 ss.).
" Mitre, ob. cit., pp. 22 t.
120 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 121

histórico, actual, correcto y eficaz», incluye García de Cortázar l7 , revisten los tratamientos heurísticos y las ciencias y técnicas
además de otros factores que ya han sido objeto de precedente «auxiliares» de la historia, a las que anteriormente nos refería­
atención por nuestra parte, la concepción de la realidad y, por mos. De ahí que el progreso de los métodos históricos no pueda
ello, de la materia histórica, como estructurada y científicamen­ dejar de ir íntimamente ligado al desarrollo de las exigencias
te pensable, lo que supone la aplicación en su estudio de teo­ criticas en relación con las fuentes y haya determinado, como
rías, modelos e hipótesis de funcionamiento, parciales o globa­ señala el mismo profesor García de Cortázar, «el fortalecimien­
les. La hipótesis «aparece como un principio supuesto para ex­ to no sólo de una serie de técnicas de fijación de textos (entre
plicar o presentar inteligiblemente una serie de hechos cuyas las que se incluye el empleo de ordenadores), sino de las pro­
relaciones no se comprenden claramente», pudiendo expresarse, pias ciencias auxiliares tradicionales de la historia —diplomá­
según su grado de elaboración, bajo dos formas distintas: la tica, arqueología numismática— y de otras nuevas en su aplica­
interrogación y la proposición. El modelo sería, según el mismo ción a aquélla» ".
autor, un «conjunto de hipótesis coordinadas y sistematizadas Señalemos, por último, que siendo el objetivo final y, al mis­
que proporcionan una explicación global del tema de estudio y mo tiempo, la justificación funcional de la propia existencia del
sirve, por ello, de guía a la investigación». Mientras los modelos «oficio de historiador» la presentación de los resultados de su
se refieren a aspectos parciales de la realidad investigada pu­ trabajo, tanto en la forma oral en que se manifiesta normalmen­
diendo, pues, ofrecer una casuística muy variada —cada «caso» te su función docente, como en la obra escrita en que se brinda
puede tener su propio modelo—, el conjunto de la evolución glo­ el fruto de su labor investigadora, también los diversos niveles
bal de la sociedad sólo puede interpretarse desde la perspectiva y modos que pueda revestir esa doble expresión del quehacer
de una «hipótesis totalizadora» para la que García de Cortázar historiográfico habrán de ser tenidos en cuenta en nuestras re­
reserva la calificación de teoría. La aplicación a la investigación flexiones metodológicas. Reflexiones que se sitúan, sistemática­
histórica de modelos e hipótesis de trabajo de carácter parcial o mente, entre el concepto o teoría global de la historia en gene­
global constituye un instrumento metodológico de la máxima im­ ral, y de la historia medieval en particular, objeto de los dos
portancia —como tendremos ocasión de comprobar más adelan­ primeros capítulos de este libro, y de las fuentes, cuyo estudio
te, al referirnos a su empleo en el ámbito específico de la investi­ se hace en el capítulo 4 del mismo. A esas consideraciones meto­
gación medievalista—, y manifiesta los progresos de los moder­ dológicas dedicamos el contenido de este capítulo 3, refirién­
nos planteamientos epistemológicos de la propia ciencia histó­ dolas al marco concreto de la especialidad medievalista, desarro­
rica. En todo caso, habrá que tener en cuenta que la operatividad llando en él los aspectos que, genéricamente, han quedado aquí
de tales instrumentos de trabajo estará subordinada a la tarea apuntados y haciendo una previa y sucinta exposición introduc­
previa de fijación y valoración de los testimonios que consti­ toria sobre las diversas corrientes que han contribuido a perfi­
tuyen la materia prima del quehacer del historiador: «es nece­ lar el estado de la metodología histórica actual. Una visión final
sario que sea el propio investigador quien los construya a partir, de conjunto acerca de la evolución reciente de la historiografía
por supuesto, de todo tipo de fuentes —escritas, arqueológicas, medievalista en España, sus hitos fundamentales y principales
geográficas—» "; lo contrario sólo conduciría a un apriorismo orientaciones y tendencias temáticas, cierra el presente capítulo.
infecundo, generador de una obra carente de la solidez que pres­
ta a la investigación la confrontación directa con los materiales
a partir de los cuales se levantan las construcciones —mayores
o menores— de la historia. 2. Principales corrientes que confluyen en la configuración
de la metodología histórica actual
De ahí la importancia fundamental que, en unos planteamien­
tos metodológicos rigurosos, de rango verdaderamente científico, La aparición en 1566 de la obra de J. Bodin, Methodus ad facilem
historiarum cognitionem, suele señalarse como fundamental hito
" Los nuevos métodos... rít.; cf. también M. Bouvier-Ajam, Essai de de referencia en el desenvolvimiento de la moderna metodología
Méthodologie historique, París, Le Pavillon, 1970, pp. 57 ss. especialmente.
" Cortázar, ob. cit., p. 37. " Ob. cit., p. 39.

5
122
Juan Ignacio Ruiz de la Peña
Aproximación a la metodología 123
d e la h i s t o r i a . Desde ese m o m e n t o , los modelos o p a r a d i g m a s d e
la investigación histórica y las consideraciones metodológicas a h o r a a ofrecer un r á p i d o a p u n t e de las t r e s g r a n d e s c o r r i e n t e s
a ellos ligadas e x p e r i m e n t a r á n un profundo y p r o g r e s i v a m e n t e —positivismo, Escuela d e los Annales y m a t e r i a l i s m o histórico—
e n r i q u e c e d o r p r o c e s o d e renovación que c u b r e en el siglo xix, q u e , en m a y o r o m e n o r m e d i d a , han c o n t r i b u i d o a perfilar los
a p a r t i r s o b r e todo d e la espléndida c o n t r i b u c i ó n historiográfica rasgos d e la metodología histórica m á s r e c i e n t e y se hacen pre­
d e L. R a n k e (1795-1886), la e t a p a calificada d e «período d e la s e n t e s , a u n q u e el r e t r o c e s o d e la p r i m e r a d e esas tendencias sea
reflexión genético-erudita»; en ella la historia, s u p e r a d o ya el hoy manifiesto, en el q u e h a c e r docente e investigador de la his­
e s t a d i o d e afirmación d e su s e n t i d o critico y d e despojo d e las toriografía actual.
a n t e r i o r e s d e p e n d e n c i a s del m i t o , la leyenda o la fábula, conso­ Fuera d e n u e s t r a a t e n c i ó n q u e d a también la referencia a las
lida d e c i d i d a m e n t e su posición c o m o ciencia, a s u m i e n d o un pa­ posiciones m a n t e n i d a s d e s d e el c a m p o d e la filosofía d e la his­
pel de p r i m e r o r d e n en el á m b i t o d e las ciencias h u m a n a s ; se toria que, a u n q u e p r ó x i m a s en el t i e m p o , h a n tenido en realidad
define la figura del h i s t o r i a d o r profesional, p e r t r e c h a d o d e u n u n a gloria efímera y u n a influencia p r á c t i c a m e n t e n u l a en los
a m p l i o bagaje i n s t r u m e n t a l b a s a d o en los conocimientos filo­ modelos metodológicos d e la historia que hoy se h a c e , c u a n d o
lógicos y geográficos y en el perfeccionamiento d e las «ciencias «no sólo p a r e c e q u e van r e m i t i e n d o las c o n s t r u c c i o n e s filosó-
auxiliares» d e la historia; y los h i s t o r i a d o r e s se constituyen en ficc-teológicas d e la historia, sino q u e t a m b i é n es m a y o r la in­
figuras centrales de la Universidad d e la época 2 0 . m u n i d a d de la ciencia h i s t ó r i c a frente a ellas» 2 2 . E s t a m o s pen­
E s t a m b i é n entonces c u a n d o se afirma u n a tendencia —la sando, f u n d a m e n t a l m e n t e , en las figuras d e 0 . Spengler —La
positivista— q u e m a r c a r á con p r o f u n d a y d u r a d e r a i m p r o n t a el decadencia de Occidente. Años decisivos33— y A. T o y n b e e —A
M
desenvolvimiento de n u e s t r a ciencia. La reacción c o n t r a esa study of History —, cuya o b r a histórico-filosófica serla, ya h a c e
c o r r i e n t e a p u n t a r í a m u y p r o n t o en la o b r a d e K. M a r x y F. £ n - años, o b j e t o d e franco r e c h a z o p o r a l g u n a s de las personalida­
gels, a u n q u e h a b r í a d e p a s a r todavía b a s t a n t e t i e m p o a n t e s d e des m á s r e p r e s e n t a t i v a s d e la Escuela H i s t ó r i c a Francesa y d e
q u e la nueva concepción m a r x i s t a se a f i r m a s e definitivamente la historiografía m a r x i s t a 2 5 .
en el horizonte historiográfico. Desde otros c a m p o s de la filoso­
fía d e la historia s u r g i r á n también, a p a r t i r d e las p o s t r i m e r í a s
del siglo xix, n u e v o s p l a n t e a m i e n t o s antipositivistas —el idea­
lismo crociano, el «culturalismo» d e M. Weber, 0 . S p e n g l e r y
dos puede resultar útil la síntesis de J. Vogt, El concepto de la historia de
A. Toynbee...—; p e r o h a b r á q u e e s p e r a r h a s t a finales del tercer Ranke a Toynbee, Madrid, Guadarrama, 2.' ed. española, 1974; y las de
d e c e n i o d e la p r e s e n t e c e n t u r i a , con el n a c i m i e n t o de la Escue­ D. Cantimori, Storici e Storia, Turín, Einaudi, 1971, en cuya primera parte
la d e los Annales y la p o s t e r i o r y p a u l a t i n a reelaboración del trata de algunas grandes figuras de la historiografía de las dos últimas
m a t e r i a l i s m o histórico, p a r a a s i s t i r al ocaso d e las concepciones centurias, dedicando la segunda a una serie de ensayos sobre el concepto
de Renacimiento; R. G. Gollingwood. Ensayos sobre la filosofía de la His­
y m o d e l o s metodológicos d e la historia positivista. toria. Barcelona, Barral Editores, 1970, se refiere fundamentalmente a
Croce y Spengler; K. Lowith, El sentido de ¡a Historia, Madrid, Aguilar,
No h a r e m o s a q u í un análisis detenido de la evolución d e las 4.* cd., 1973, analiza el pensamiento histórico de Burckhardt, Marx, Hegel,
g r a n d e s i n t e r p r e t a c i o n e s d e la historia y d e los p l a n t e a m i e n t o s Proudhon, Comte, Condorcet, Turgot, Voltaire, Vico, Bossuet, Joaquín de
metodológicos a ellas ligados, a p a r t i r de esa p r i m e r a etapa de Fiore, San Agustín, Orosio. la Biblia. Otras obras fundamentales se ano­
tarán oportunamente en las páginas siguientes.
reflexión crítica cuyo p u n t o d e a r r a n q u e s i t u á b a m o s en la o b r a 71
Carreras, «Categorías historiográficas...», cit., p. 66.
de J. Bodin a n t e s citada. Dicha evolución p u e d e seguirse con " La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la His­
detalle a través d e las p á g i n a s d e algunos d e los estudios ya toria Universal, trad. de M. G. Morcnte, Madrid, Espasa Calpe, 10.' ed.,
r e g i s t r a d o s en éste y a n t e r i o r e s capítulos 2 1 . V a m o s a l i m i t a r n o s 2 vols., 1958; Años decisivos, trad. de L. López-Ballesteros, Madrid, Espasa
Calpe, 3.* ed.. 1938.
" Topolski, ob. cit., pp. 123 ss. " Los doce volúmenes de la monumental obra de Toynbee aparecerán
" Nos referimos especialmente a la obras de Topolski (Metodología...), entre 1934 y 1961.
Suárez Fernández (Grandes interpretaciones...), Mitre (Historia y pensa­ * Cf., por ejemplo, L. Fébvre, «Dos filosofías oportunistas de la Histo­
miento histórico). Vilar (Iniciación...), Marrou (El conocimiento histórico). ria: de Spengler a Toynbee», en Combates..., pp. 183-217; desde una óptica
Entre otros muchos estudios que podrían añadirse a los hasta aquí cita- marxista véase especialmente Y. Kosminsky, La filosofía de la historia
según Toynbee, Buenos Aires, Juárez Editor, S. A., 1969.
124
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 125
A) La historiografía positivista
las ilusorias ataduras de una imparcialidad a ultranza, eran
actividades que «se nos denunciaban como las más peligrosas
Al iniciarse la presente centuria imperaba en Europa una forma —escribía en 1941 L. Févbre—, porque plantear problemas o for­
de hacer historia enraizada en el movimiento filosófico que en­ mular hipótesis era simplemente traicionar, hacer penetrar en
cuentra su primera expresión sistemática en la obra de A. Com- la ciudad de la objetividad el caballo de Troya de la subjetivi­
te (1798-1857), Cours de philosophie positive (1830-1842). Los ob­ dad» 29 . Uno de los últimos representantes de la corriente posi­
jetivos de esa historiografía positivista se resumen en la famosa tivista —L. Halphen— en un precioso ensayo contestado por el
y lapidaria frase puesta por Ranke en la introducción a la pri­ propio Févbre *> —quien por lo demás, no se recata en rendir
mera edición de su magna Geschichte der romanischen und un tributo de reconocimiento a la labor del que llamará su
germanischen Volker (1824), y que había de campear después en «viejo amigo»—, resumiría los planteamientos metodológicos
los seminarios de historia por él fundados en las universidades fundamentales de aquella tendencia en los términos siguientes:
alemanas: la misión del historiador es, sólo, mostrar los hechos «Basta con dejarse llevar en cierta manera por los documentos,
como acontecieron en la realidad («wie es eigentlich gewesen»). leídos uno tras otro, tal y como se nos ofrecen, para asistir a
Los planteamientos metodológicos del positivismo histórico que­ la reconstrucción automática de los hechos» 11 .
darían definitivamente perfilados en la clásica obra de C. V, Lan-
glois y Ch. Seignobos, Introduction aux eludes historiques El historiador inglés E. H. Carr ha trazado con rasgos pre­
(1897), que ha ejercido una profunda influencia en la historio­ cisos las características y proyecciones de la historiografía posi­
grafía posterior 26 . Veinte años antes y bajo la dirección de tivista:
G. Monod, nacía la Revue Historique que vendría a ser, en cierto [...] el siglo xrx fue una gran época para los hechos [...] Cuando
modo, la publicación periódica más representativa de la nueva Ranke apuntaba [...] en legítima protesta contra la historia mora-
tendencia positivista. lizadora, que la tarea del historiador era «sólo mostrar lo que real­
mente aconteció» [...] este no muy profundo aforismo tuvo un éxito
Calificada por sus contradictores franceses de «historia eve- asombroso. Tres generaciones de historiadores alemanes, británicos
nemencial» —historia episódica— (P. Lacombe, F. Simiand) o de e incluso franceses, se lanzaron al combate entonando la fórmula
«historia historizante» (H. Berr, L. Fébvre, F. Braudel), esa con­ mágica [...] Los positivistas, ansiosos por consolidar su defensa de
cepción positivista, «atenta al tiempo breve, al individuo y al la historia como ciencia, contribuyeron con el peso de su influjo a
acontecimiento» a, rindió culto a los «hechos históricos», singu­ este culto de los hechos. Primero averiguad los hechos, decían los
positivistas; luego deducid de ellos las conclusiones [...]".
lares e irrepetibles, presentes en los documentos, en los que «el
historiador debía recogerlos todos objetivamente, sin elegir en­
tre ellos»2*, merced a la aplicación de un riguroso método crí­ Se refiere seguidamente Carr a los devastadores efectos que
tico de decantación y análisis textual. El culto a los hechos, a esa «herejía decimonónica», según la cual «la historia consiste
la documentación en la que éstos se brindaban y a la objetivi­ en la recopilación de la mayor cantidad posible de datos irre­
dad en su presentación constituirían los principios fundamenta­ futables y objetivos», tendría en los últimos cien años para el
les de esa historiografía tradicional erudita. Desviarse de ellos, historiador moderno, «produciendo —dice— en Alemania, Gran
plantear problemas o formular hipótesis, reconocer al historia­ Bretaña y Estados Unidos una creciente masa de historias lác­
dor su capacidad subjetiva de reelaboración del pasado, libre de ticas, áridas como la que más, de monografías minuciosamente
especializadas, obra de aprendices de historiadores sabedores
cada vez más acerca de cada vez menos, perdidos sin dejar
* Su huella es patente entre nosotros, por ejemplo, en la obra clásica rastro en un océano de datos» B .
de Z. García Vlllada, Metodología y critica históricas, 2.' ed., Barcelona,
1921, hasta hace bien poco tiempo muy utilizada en la preparación de
Memorias metodológicas y pedagógicas de nuestra disciplina. " Combates..., p. 43.
" F. Braudel, La Historia y las ciencias sociales, cit., p. 64. " «Sobre una forma de hacer la historia que no es la nuestra. La his­
toria historizante», en Combales..., pp. 175 ss.
" C. V. S. Cerdoso y H. Pérez Brignoli, Los métodos de la Historia. In­ 11
Introduction a l'Histoire, París, PUF, 1946, p. 50.
troducción a tos problemas, métodos y técnicas de la historia demográ­ a
¿Qué es la Historia?, pp. 11 ss.
fica, económica y social, Barcelona, Critica, 1976, p. 19. u
Ob. cit., p. 20.
126
Juan Ignacio Ruiz de la Peña
Aproximación a ¡a metodología 127
Y entre nosotros escribe el profesor Suárez Fernández: «En
todos los países de Occidente, incluso España, numerosos inves­ por los progresos realizados durante este mismo período —se
tigadores, alentados por el positivismo, se lanzaron a la ardua refiere a la época de dominio casi absoluto de la historiografía
tarea de descubrir datos, confrontar documentos, explorar con positivista— en la conquista científica de instrumentos de tra­
minucia fuentes a fin de establecer severamente los hechos... bajo y de métodos rigurosos»*.
Pero entonces sucedió que, al descender los historiadores a un Y en efecto, hoy ningún historiador, sea cual fuere su ten­
detalle tan minucioso, encontraron un campo virgen de tales dencia, deja de reconocer el papel —fundamental— que en un
proporciones que acabaron perdiéndose en él y lo que se había momento determinado de la historia de la historiografía des­
considerado como fase previa de una tarea llegó a convertirse empeñó el positivismo, a partir precisamente de la cesura que
en meta exclusiva de sus aspiraciones. La monografía sustituyó en torno a los años 1850-1870 introdujo ese movimiento: reaccio­
a las Historias generales» 1 *. nando contra los frecuentes excesos del acriticismo romántico *;
Condicionada por lo que el mismo Carr llamaría el «fetichis­ introduciendo una rigurosa preocupación de orden técnico en
mo decimonónico de los hechos», completado y justificado por el tratamiento de las fuentes, limitadas en buena medida —debe
un «fetichismo de los documentos»", la historiografía positivis­ reconocerse también— a los textos cronísticos y a la documen­
ta, al preconizar una metodología puramente empírica, en la que tación de archivo; estimulando el desarrollo de la heurística y
el objeto de la observación quedaba radicalmente separado del de la crítica textual, gracias a los progresos de las «ciencias
sujeto de la misma —el historiador—, convirtió los medios con­ auxiliares» de la historia —paleografía, diplomática, numismá­
ducentes a la elaboración del trabajo histórico en fin mismo de tica, epigrafía, cronología...— y de la lingüística, la geografía e
ese trabajo. Porque «elogiar a un historiador por la precisión incluso la etnografía y la antropología social.
de sus datos es como encomiar a un arquitecto por utilizar, en En sendas obras metodológicas, inspiradas en los principios
su edificio, vigas debidamente preparadas o cemento bien mez­ del materialismo histórico y que gozan hoy de merecida popu­
clado: ello es condición necesaria de su obra, pero no su función laridad —me refiero a la ya tantas veces citada de J. Topolski
esencial, ya que esa función, que la historiografía positivista y a Los métodos de la historia, de C. F. S. Cardoso y H. Pérez
elevó al rango de objetivo de primer orden, es precisamente la Brignoli—, se reconocen los innegables méritos del positivismo,
que corresponde al ámbito de intereses de las llamadas 'ciencias gracias al cual —dirá el primero de aquellos autores, en la se­
auxiliares' de la historia»*. gunda mitad del siglo xix la historia asume un papel de primer
orden en el ámbito de las ciencias h u m a n a s " ; mientras Car­
Los testimonios hasta aquí reunidos manifiestan los aspectos doso y Brignoli, por su parte, señalan cómo el método crítico
negativos de los planteamientos metodológicos del positivismo. perfeccionado por la historiografía positivista «tuvo y tiene su
Pero sería injusto enjuiciar exclusivamente bajo ese prisma el utilidad» porque «es necesario situar los documentos en el
ingente trabajo desarrollado por los historiadores adscritos a tiempo y en el espacio, clasificarlos, criticarlos en cuanto a su
tal tendencia y no reconocer las innegables aportaciones que autenticidad y credibilidad», aunque ese trabajo erudito, de vi­
han rendido al progreso de nuestra ciencia. tal importancia, ya no pueda recabar la mayor y mejor parte
Es cierto que esa historia tradicional, atenta fundamental­ de la actividad del historiador, «como ocurría cuando predomi­
mente a los grandes acontecimientos, ha empequeñecido el pro­ naba la concepción positivista de la historia» 41 .
pio escenario del acontecer humano y nos ha dejado del pasado
de Jos hombres —dirá Braudel— «fulgores pero no claridad; M. Bloch reconocerla también que la tesonera erudición deci­
hechos pero sin humanidad» 17 . Pero, como el mismo gran his­ monónica había luchado valientemente contra los peligros del
toriador francés reconoce, «quizá se tratara del rescate a pagar ensayismo infecundo: «la escuela alemana, Renán, Foustel de
Coulanges, devolvieron a la erudición su rango intelectual. El

u
Grandes interpretaciones..., p 120 - Ob. cit., P . 66.
Ob. cit., p. 21. ■ En la corrección de esos excesos se llegaría a veces a otros del signo
* UOb.hiscit., p. 14. contrario: los propios del hipercriticismo positivista.
" 'oria y las ciencias sociales, p. 28. *41 Topolski, Metodología..., p. 126.
¡x>s métodos..., p. 20.
128 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 129
historiador fue traído de nuevo a su banco de artesano» *. Y en­ ral —como la de Peuples et Civilisations, que tanto debe a la
tre nosotros, escribía L. Suárez: «La Historia del siglo xix, gi­ dirección de L. Halphen— o de carácter específicamente me­
gantesca en sus resultados pues devolvió al pasado de la Huma­ dieval, como la clásica Cambridge Medieval History, tan ligada
nidad sus verdaderas proporciones incluso en épocas que ni re­ a la tradición empirista británica en la que el positivismo en­
motamente se sospechaba que existieran, se hizo humilde en contró campo abonado para sus planteamientos metodológicos.
sus expresiones y creó un verdadero culto a la precisión» 45 . Centros de estudio e investigación que contribuyeron decisiva­
Dirá F. Braudel que el error de la «historia historizante» con­ mente, en el pasado siglo, al progreso científico de la especiali­
sistió en escoger una de las historias posibles a expensas de las dad medievalista y que, en algunos casos, continúan desarro­
demás 44 . Pero cabe preguntarse ante esta afirmación: ¿estaba llando su labor, nacerían también bajo esa misma orientación
la historiografía de la segunda mitad del pasado siglo y princi­ positivista: la famosa Ecole des Chartes constituye, quizá, el
pios del presente en condiciones de hacer otra cosa? Y, por otra ejemplo más elocuente en este sentido.
parte, ¿habrían sido posibles —y explicables— los renovadores
La influencia de esa corriente tradicional en el desenvolvi­
planteamientos metodológicos de M. Bloch o de L. Fébvre sin
miento de la historia política, jurídico-institucional, eclesiástica
la previa labor, por ejemplo, de un Michelet, un Thierry o un
e incluso en una incipiente historia económica de tipo erudito
Foustel de Coulanges? («mucho hay de C. V. Langlois y de
ha sido muy grande; como lo ha sido —a nivel de planteamien­
Ch. Seignobos en M. Bloch», reconoce el propio Braudel). Lo
tos metodológicos— la Initiation aux études d'histoire du Moyen
recusable sería que el historiador de hoy, cerrando los ojos ante
Age, de Halphen 45 , obra de innegable utilidad todavía hoy. Ac­
las nuevas perspectivas que los progresos de la metodología
tualmente, el positivismo se bate en franca retirada, mantenien­
histórica —en continuo proceso de enriquecimiento— le brin­
do sus últimos reductos, dentro de la especialidad medievalista,
dan, continuara enseñando o investigando como lo hacían los
en el campo de la historia del derecho y de las instituciones: el
viejos maestros de hace más de medio siglo. Pero dejar de
historiador belga F. L. Ganshof, autor de una espléndida mono­
reconocer los méritos de la labor desarrollada por la historia
grafía sobre el feudalismo, de cuño netamente institucionalista,
erudita de cuño positivista no sólo sería injusto sino que su­
es, quizá, en el momento presente, el último gran representante
pondría la negación de un elemental principio de comprensión
de una tendencia historiográfica en declive ya desde hace varios
de la tradición historiográfica más reciente.
decenios *.
En nuestra patria la incidencia de los planteamientos meto­
dológicos del positivismo se dejarían sentir también con fuerza
En el campo específico de la historia medieval, la incidencia de en el pasado siglo, inspirando un tipo de historia política que
la historiografía positivista fue muy grande, precisamente por
la especial atención que prestó al perfeccionamiento de las cien­ encontraba unas singulares razones justificativas en las peculia­
cias instrumentales, en particular la paleografía y la diplomá­ ridades que el fenómeno de la Reconquista confiere al proceso
tica, y a la lingüística, que revisten para la investigación me- medieval hispano. Igual que en otros países, la historia jurídico-
dievalista singular interés. institucional se beneficiaría muy especialmente de aquella in­
fluencia, que se hace patente en la obra de los representantes de
Ya hemos destacado en otro lugar de este libro hasta qué la llamada Escuela de Hinojosa 47 . En la actualidad, un sector
punto los medievalistas de hoy éramos deudores de la ingente
y cuidadosa labor de exhumación de grandes colecciones docu­
mentales acometida en toda Europa bajo la influencia de las " París, PUF, 3.' ed., 1952.
orientaciones positivistas. Las mismas que inspiraron, en su día, m Véase P. Zerbi. // Medioveo netla storiografia degli ultimi vent'anni,
Milán, Vita a Pensiero, 1977; y para el pensamiento historiografía) de F. L.
la publicación de grandes colecciones históricas de ámbito gene- Ganshof, en particular, cf. A. Guerreau. Le Feodalisme. Un horizon théori-
que, París, Le Sycomore, 1980, pp. 78 ss.
" Introducción a la Historia, clt., p. 70. " Cf. A. García-Gallo, «Historia, Derecho e Historia del Derecho», en
Anuario de Historia del Derecho, xxiu, 1953, pp. 5-36; R. Gibert, «Eduardo
" Grandes interpretaciones..., p. 131. de Hinojosa y la Historia del Derecho», Bol. de la Universidad de Grana­
* La historia y las ciencias sociales, p. 75. da, xxiv, 1952, pp. 194-209. Véase también la bibliografía cit. en el capitu-
130 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
Aproximación a la metodología 131
importante de nuestra historiografía jurídica continúa mante­
niendo, a través fundamentalmente de las páginas del Anuario sociale, entre 1939-1941 y 1942-1945, respectivamente; en 1946,
de Historia del Derecho Español, una tendencia formalista de concluida la segunda guerra mundial, recibiría el definitivo titu­
evidentes conexiones con los planteamientos conceptuales y me­ lo de Annales. Economies, sociétés, civilisations, enunciativo de
todológicos de cuño positivista 4 *. sus tendencias científicas integradoras. Esta publicación perió­
dica, una de las más notables en el panorama de la historiogra­
fía actual, daría nombre al amplio sector de historiadores iden­
B) La Escuela de los Annales tificados con las orientaciones fundamentales, y posteriormente
enriquecidas con nuevas aportaciones, de sus fundadores, que
Desde planteamientos estrictamente historiográficos m , la reac­ formarán la que se ha dado en llamar Escuela de los Annales.
ción más importante y efectiva frente a la corriente positivista En la evolución de las concepciones y métodos de la moder­
se inicia en Francia a principios del presente siglo por obra de na historiografía, la aparición de los Annales supone un hito
H. Berr y, sobre todo, gracias al esfuerzo conjunto de dos de referencial de capital importancia. Hasta tal punto que puede
sus sucesores inmediatos —M. Bloch y L. Fébvre— secundados afirmarse, siguiendo a P. Chaunu, que «la historia aún viva, la
por un amplio sector de la que, con razón, habría de llamarse, historia cuyas experiencias continúan alimentando nuestra in­
al correr del tiempo, la Nueva Escuela Histórica Francesa. vestigación, es posterior a los años 1929-1933. Lo que es anterior
tiene valor de documento. Y esto es así porque la historia y
H. Berr será el gran precursor de la síntesis histórica cien­ las ciencias humanas han sufrido un importante giro en su orien­
tífica 90 , frente a la parcelación monográfica a la que había con­ tación por influjo de la gran crisis económica del siglo xx» a .
ducido el positivismo y a sus síntesis eruditas que no eran, con
frecuencia, más que simples clasificaciones de hechos' 1 . En 1900
fundaba la Revue de Synthése Historique, portavoz de la nueva
tendencia y denominada posteriormente Revue de Synthése, en En el primer capítulo de este libro hemos tenido ocasión de alu­
la que, en 1906, otro de los pioneros de la nueva escuela fran­ dir, ocasionalmente, a los principales puntos vertebradores de la
cesa —F. Simiand— publicaba su luminoso ensayo Méthode his­ concepción y planteamientos metodológicos del conocimiento
torique et science sociale, duro alegato contra lo que él mismo histórico postulados por Bloch y Fébvre en dos obras que pue­
llamaría la «historia evenemencial». También bajo los auspicios den considerarse como programáticas de la renovadora Escuela
de H. Berr se iniciará la publicación de la colección Evolución de los Annales: la Introducción a la Historia (Apologie pour
de la humanidad, orientada a ofrecer una visión de conjunto del l'Histoire ou métier d'historien) y los Combates por la historia;
pasado humano, una historia universal, desde las nuevas pers­ también hemos hecho frecuentes referencias al pensamiento his-
pectivas metodológicas. toriográfico de F. Braudel, discípulo de ambos que ostenta ac­
El impulso inicial de una renovadora concepción de la his­ tualmente, con justos títulos, la jefatura de dicha escuela. Nos
toria sería asumido y fortalecido por M. Bloch (1886-1940) y limitaremos ahora a ofrecer, en una rápida visión de conjunto,
L. Fébvre (1878-1956), fundadores en 1929, en Estrasburgo, de la las líneas fundamentales de esa corriente historiográfica que
revista que se llamaría inicialmente Annales d'histoire économi- con tan profunda y duradera huella ha marcado el desarrollo
que et sociale; Annales d'histoire sociale y Mélanges d'histoire de la reciente metodología histórica, y a destacar sus rasgos in­
novadores frente a la historiografía tradicional.
lo 1, al referirnos,
Derecho, nota 26. dentro de las especialidades históricas, a la Historia del Es, quizá, a través de una confrontación directa con los prin­
cipios básicos inspiradores de la historia positivista como mejor
" Remitimos a las consideraciones expuestas en el capítulo 1, n, 1, A, y
a la bibliografía allí aportada. puede mostrarse hasta qué punto la Escuela de los Annales in­
" Que excluyen, por tanto. los procedentes del campo de la Filosofía fluirá en la quiebra de un modo de hacer historia que, ante el
de la Historia (cf. Topolski, Metodología..., pp. 155 ss.). empuje combinado de las nuevas orientaciones preconizadas por
ed-," París,
La syntliése
1953. en histoire, son rappori avec la synthése genérale, nueva
11 a
Topolski, ob. cit.. pp. 179 ss. P. Chaunu, «¿Es necesario privilegiar una determinada forma de His­
toria?», en Et Método histórico, Pamplona, EUNSA, 1974, p. 41.
132 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 133

dicha escuela y otras tendencias de paralela o posterior implan­ Finalmente, frente a la parcelación excesiva, a la hipertrofia
tación, entre las que se destacan las aportaciones del materia­ de la especialización a que había conducido el gusto positivista
lismo histórico, se ha venido batiendo en retirada desde el cuar­ por los trabajos monográficos, aislando los componentes de la
to decenio de la presente centuria. compleja realidad histórica, Bloch, Fébvre y sus continuadores
A la pretensión positivista de una historia objetiva, mera­ afirmarán, como objetivo prioritario, la aspiración a una histo­
mente descriptiva, el grupo de los Annales opondrá el deber y ria total, que se sigue de la concepción del sentido unitario de
derecho del historiador a plantear problemas y formular hipó­ la historia, en la que no se privilegie una determinada temática
tesis: «plantear un problema, dirá Fébvre, es precisamente el en detrimento de las demás —como se había hecho hasta enton­
comienzo y el final de toda historia» M. Al «fetichismo por el do­ ces— y se contemplen todos los aspectos —políticos, sociales,
cumento», que hacía del historiador un mero exegeta de los tex­ económicos, culturales...— que, en sus recíprocas relaciones, in­
tos, se opondría ahora la exigencia de una labor de profundiza- tegran la trama del suceder humano.
ción investigadora que fuese mucho más lejos en el enfrenta- A los rasgos precedentes, extraídos de la comparación con los
miento con los testimonios del pasado, porque, escribe Bloch, principios fundamentales sustentados por la historiografía tra­
«los textos o los documentos, aun los más claros en apariencia dicional, deben añadirse algunas otras características que ma­
y los más complacientes, no hablan sino cuando se sabe interro­ tizan las líneas de tendencia de la Escuela de los Annales. Así,
garlos» M. habría que destacar su atención por las cuestiones geográficas,
Frente a una historia fáctica, que se quedaba en la epidermis por el estudio del medio natural convertido en un punto de re­
del suceder humano, se alzará una historia de las estructuras flexión fundamental para los estudios históricos, como se pone
que trata de penetrar en el descubrimiento de las íntimas cone­ nítidamente de manifiesto en la gran obra de F. Braudel, El
xiones internas de los hechos. Por debajo de la tradicional «his­ Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Feli­
toria de ondas cortas», escribe Braudel, «se instala, con imper­ pe Z/ 57 : «la mutua interrelación entre las estructuras geográ­
ceptibles inclinaciones, una historia de muy largos períodos, una ficas económicas, sociales y políticas, planteadas en sus dimen­
historia lenta en deformarse y, por consiguiente, en ponerse de siones temporales, pasó a ser el centro de atención de los his­
manifiesto a la observación»; se trata de la «historia estruc­ toriadores» 58 . Consecuente con esa integración del espacio en
tural», ligada al concepto de larga duración, entendiéndose aquí sus planteamientos metodológicos, la escuela francesa iba a pres­
por estructura «una organización, una coherencia, unas relacio­ tar una especial atención a la región como marco de la inves­
nes suficientemente fijas entre realidades y usos sociales... que tigación histórica, estimulando el desarrollo de los estudios de
el tiempo tarda enormemente en desgastar y en transportar...» H . historia regional 59 .
Se trata, en definitiva, de la «historia de las profundidades» de
la que hablará otro de los grandes representantes de la nueva La ampliación del campo temático de la historia tradicional
escuela histórica francesa: J. Le Goff5*. y la denuncia «de la casi exclusividad otorgada [por ella] a la
investigación histórica sobre el Estado, sobre la política, sobre
" Combates..., p. 42. las instituciones [...] en nombre de los derechos de la historia
" Introducción..., p. 54. total» 40 , fue otra de las grandes conquistas de la Escuela de los
" La historia y ¡as ciencias sociales, pp. 53 y 70. Entre nosotros. Mara- Annales, impulsora de los estudios de historia económica y so­
vall define la «estructura histórica» como «la figura en que se nos muestra cial y de otros campos de investigación —de los que sobresale
un conjunto de hechos dotados de una interna articulación en la cual se en los últimos tiempos la historia de las mentalidades colecti­
sistematiza y cobra sentido la compleja red de relaciones que entre tales vas—, de un estrecho diálogo con las ciencias sociales y de la
hechos se da. Es, por tanto, un sistema de relaciones dentro del cual cada
hecho adquiere su sentido en función de todos los otros con los que se
halla en conexión»; y añade el mismo autor: «siempre que un conjunto
se nos ofrece como una totalidad distinta de la yuxtaposición de sus da­ " Cf. P. Chaunu, «L'hlstolre géographique», en Revue de l'enseignement
tos estamos en presencia de una estructura» (Teoría del saber histórico, supérieur, núms. 44-45, 1969, pp. 66 ss.
Madrid, Revista de Occidente, 3.* ed., 1967, p. 188). " Cardoso y Pérez Brignoli, Los métodos de la historia..., p. 390.
* Sobre su pensamiento historiográfico véase la atención que le dedica ■ Cardoso y Pérez Brignoli, ob. cit., p. 390.
P. Zerbi en su obra cit. supra, nota 46.
" P. Chaunu, «¿Es necesario privilegiar...?», p. 44.
134 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
Aproximación a la metodología 135
aplicación de métodos cuantitativos —la historia serial"— en
el tratamiento del material histórico, destacando en este último dieval no ha quedado al margen de esas renovadoras tendencias
punto los esfuerzos desarrollados por E. Labrousse y sus discí­ metodológicas: nombres como los de G. Duby o J. Le Goff —por
pulos a partir, fundamentalmente, del renovador Congreso In­ citar sólo dos de las más representativas figuras entre los me-
ternacional de Ciencias Históricas, celebrado en Roma en 1955. dievalistas franceses herederos de la tradición científica del gran
Otra de las preocupaciones metodológicas más hondamente sen­ Bloch— son hoy familiares en las aulas de nuestras universida­
tidas por la Escuela de los Annales será la elaboración de mode­ des; y los modelos aportados por el círculo de los Annales, sus
los, guias y encuestas para la investigación, de las que con fre­ propuestas y directrices para la investigación, son compartidos
cuencia se incluyen interesantes ejemplos en las páginas de la por un amplio sector del actual medievalismo hispano.
revista del grupo.
Señalemos, finalmente, siguiendo a Cardoso y Pérez Brignoli,
la responsabilidad social que para Bloch y Fébvre implicaba el C) El materialismo histórico
ejercicio del oficio de historiador, «muy típica de quienes vivie­
ron las crisis profundas de las dos guerras mundiales [...]»; La tercera de las grandes corrientes que proyectan su influencia
para ellos «la historia debía plantear problemas, respondiendo sobre la actual concepción y metodología de la historia tiene
a las inquietudes del presente» **. Es este un rasgo que restituye su origen en los principios teóricos de la dialéctica materialista
al cultivador de la ciencia histórica una dimensión humanística contenidos en las obras de K. Marx y F. Engels, entre cuyos
patente en todo momento en la obra de aquellos dos grandes continuadores inmediatos se destacan las figuras de V. Lenin
maestros, uno de los cuales —M. Bloch— pagó con su vida el (Desarrollo del capitalismo en Rusia, El Estado y la revolución,
precio de sus propias convicciones, del compromiso social que El imperialismo, fase superior, etapa suprema del capitalismo),
había marcado el rumbo de su fecunda y limpia trayectoria. J. Plejánov (La concepción materialista de la historia), y más
tardíamente el propio Stalin (Sobre el materialismo histórico
Podríamos, en suma, resumir las innovaciones de concepto y el materialismo dialéctico).
y de método aportadas por la Escuela de los Annales a la re­
ciente evolución de la ciencia histórica con las siguientes pala­ Discípulo de Hegel, Marx rompe pronto con la tradición filo­
bras de P. Chaunu: sófica idealista de su maestro. En 1844 publica la Crítica de la
filosofía hegeliana del derecho público, desarrollando en sus es­
[...] esta gran renovación de los años treinta implica: una amplia­ critos posteriores, personales o en colaboración con Engels (La
ción del campo, una aspiración a la totalidad, una investigación se­ ideología alemana, el Manifiesto comunista, El capital, la Con­
gún las exigencias de una problemática tomada de las ciencias hu­ tribución a la crítica de la economía política, La guerra civil en
manas y de las grandes preocupaciones del tiempo presente, un es­ Francia, etc.), los principios de una nueva filosofía que invertía
fuerzo sistemático de cuantificación *\
radicalmente los términos del idealismo hegeliano y sentaba las
bases de la interpretación materialista de la historia 65 .
La influencia ejercida por las orientaciones de la nueva escuela Para comprender y valorar el sentido originario de la apor­
histórica francesa en el desenvolvimiento de la historiografía tación marxista a la teoría y al método del materialismo histó­
hispana de las últimas décadas ha sido muy grande, correspon­ rico y la posterior evolución de la historiografía presidida por
diendo a J. Vicens Vives el mérito de ser su primer y más en­ sus postulados, es necesario hacer algunas consideraciones de
tusiasta propagador* 4 . El ámbito específico de la Historia Me- principio.
La primera de ellas se refiere a la propia dimensión histórica
" P. Chaunu, ob. cit., pp. 49 ss.; Cardoso y P. Brignoli, ob. cit. pp. 28 ss.
" Ob. cit., p. 393. cf., por ejemplo, las consideraciones que hace J. Fontana Lázaro en su
articulo «Ascenso y decadencia de la escuela de los 'Annales'», en Hacia
■ Ob. cit., p. 46. una nueva Historia, cit., pp. 109-127.
" Cf, J. María Jover, «Corrientes historiográficas en la España contem­ " Una información más detallada sobre las obras que impostan el ma­
poránea», en Once ensayos.,., pp. 228 s. No han faltado, sin embargo, en terialismo histórico puede verse en la bibliografía que citamos en las no­
España contradictores y críticos de los postulados de la escuela francesa: tas siguientes y en algunos de los estudios registrados supra, nota 21.
136 Juan Ignacio Ruiz de la Peña 137
Aproximación a la metodología

del p e n s a m i e n t o filosófico d e Marx. Ni éste ni su c o l a b o r a d o r lorias, q u e el m a t e r i a l i s m o histórico ha e x p e r i m e n t a d o a p a r t i r


Engels d e s a r r o l l a r o n en s u s escritos una teoría s i s t e m a t i z a d a d e de s u s fundadores; y, s o b r e todo, en el c u r s o de los ú l t i m o s de­
la historia. R e c i e n t e m e n t e P. Vilar r e c o r d a b a c ó m o «Marx h a b í a cenios, en los q u e los h i s t o r i a d o r e s m a r x i s t a s , r o m p i e n d o los
p r e c i s a d o que el objetivo d e su o b r a teórica no era i n t e r p r e t a r rígidos m o l d e s en q u e c o n c r e t a s c i r c u n s t a n c i a s políticas —hoy
el m u n d o sino c a m b i a r l o , es decir, h a c e r servir el análisis his­ en b u e n a p a r t e s u p e r a d a s — les h a b í a n confinado y en enrique-
tórico p a r a e n t e n d e r p r o f u n d a m e n t e el h e c h o social e influir cedor c o n t a c t o con o t r a s c o r r i e n t e s historiográficas —fundamen­
s o b r e s u s modificaciones» 6 6 . C i e r t a m e n t e , las p r e o c u p a c i o n e s t a l m e n t e la r e p r e s e n t a d a p o r la Escuela de los Annales— h a n
historiográficas n o e s t á n en m o d o alguno ausentes d e las apor­ venido d e s a r r o l l a n d o u n gigantesco esfuerzo de organización d e
taciones del filósofo a l e m á n , y se hacen p a t e n t e s , s o b r e t o d o ,
sus e s q u e m a s teóricos y metodológicos n. No es e x t r a ñ o , pues,
en su o b r a m e n o r 6 7 ; p e r o ni llegan a f o r m a r u n definido c u e r p o
que u n o d e los m á s lúcidos r e p r e s e n t a n t e s a c t u a l e s d e la histo­
d e d o c t r i n a ni los e s q u e m a s i n t e r p r e t a t i v o s d e las «sociedades
ria m a r x i s t a h a y a p o d i d o calificarla d e «historia en c o n s t r u c ­
e n movimiento» p r e s e n t e s en las o b r a s de Marx y E n g e l s tienen
la rigidez dogmática q u e en las p o s t e r i o r e s reelaboraciones del ción» " .
m a t e r i a l i s m o histórico llegaría a veces a a t r i b u í r s e l e s 6 8 . R. Ga- E n relación con lo a n t e r i o r m e n t e e x p u e s t o y en función igual­
r a u d y invoca, en este p u n t o , un e j e m p l o cuyo valor t e s t i m o n i a l m e n t e d e la valoración e i n t e r p r e t a c i ó n del m a t e r i a l i s m o histó­
excusa d e todo c o m e n t a r i o : c u a r e n t a a ñ o s d e s p u é s d e q u e M a r x rico en s u s reelaboraciones c o n t e m p o r á n e a s , debe t e n e r s e en
y Engels escribieran su o b r a s o b r e La ideología alemana (1846), c u e n t a que sus d o s c o n c e p t o s n u c l e a r e s — m o d o de producción
é s t e , refiriéndose a la t r a n s f o r m a c i ó n d e las fuerzas p r o d u c t i v a s ■* y formación económico-social— t a m p o c o a p a r e c e n definidos en
y las relaciones d e p r o d u c c i ó n c o m o c r i t e r i o definidor —allí pro­ los e s c r i t o s originarios de Marx y Engels. Hay que c o n s i d e r a r ,
p u e s t o — d e los p u n t o s d e r u p t u r a en el desenvolvimiento his­ p o r o t r a p a r t e , la a t e n c i ó n s e c u n d a r i a p r e s t a d a p o r a m b o s a las
tórico, señalaría c ó m o esa afirmación «ponía en evidencia h a s t a sociedades p r e c a p i t a l i s t a s , a n t e r i o r e s en todo caso al siglo xvi,
q u é p u n t o n u e s t r o s c o n o c i m i e n t o s d e historia económica e r a n en el q u e el capitalismo, en coexistencia con u n m o d o d e pro­
e n t o n c e s incompletos» (son p a l a b r a s textuales suyas); y el pro­ ducción feudal todavía d o m i n a n t e h a s t a el siglo x v m , comienza
pio M a r x o b s e r v a b a t a m b i é n , r e t r o s p e c t i v a m e n t e y en relación a i n s i n u a r s e con la formación d e un m e r c a d o m u n d i a l q u e s e
con la m i s m a cuestión, q u e «esas a b s t r a c c i o n e s , c o n s i d e r a d a s ■ t r a d u c i r á en u n a gradual «universalización» d e la historia 7 2 . Y
en sí m i s m a s , d e s c o n e c t a d a s de la historia real, n o tienen nin- i deben t e n e r s e p r e s e n t e s , finalmente, las c o n c r e t a s c i r c u n s t a n ­
g ú n valor. P u e d e n servir, en el m e j o r d e los casos, p a r a s i t u a r j cias q u e c o n d i c i o n a r o n la p r o d u c c i ó n filosófica d e K. Marx, al
m á s c ó m o d a m e n t e el m a t e r i a l histórico [.,.] p e r o en nigún m o d o m e n o s en su p r i m e r a e t a p a ; la p u g n a con u n a s concepciones
p r o p o r c i o n a n [...] un e s q u e m a según el cual p u e d a n clasificarse idealistas, e n t o n c e s d o m i n a n t e s , q u e h a b í a llevado — c o m o el
las é p o c a s históricas»* 9 . p r o p i o Engels reconocería p o s t e r i o r m e n t e — a u n a supervalora-
ción d e la influencia d e las «bases económicas» en los elemen­
Ese c a r á c t e r a b i e r t o , a n t i d o g m á t i c o d e las formulaciones con­ tos « s u p e r e s t r u c t u r a l e s » de las sociedades, d e j a n d o así plantea­
t e n i d a s en la a p o r t a c i ó n originaria d e Marx y Engels c o n t r i b u y e d o o t r o de los p r o b l e m a s centrales con q u e s e e n f r e n t a n los
a explicar los d e b a t e s e i n t e r p r e t a c i o n e s , a m e n u d o c o n t r a d i c - actuales i n t é r p r e t e s del m a t e r i a l i s m o h i s t ó r i c o : el d e la articula­
ción d e las relaciones b a s e - s u p e r e s t r u c t u r a 7 1 .
" Iniciación..., p. 40.
" El propio P. Vilar en el prólogo de su obra cit. recuerda la taxativa
reivindicación del carácter científico de la Historia hecha por Marx y En­ " Véanse las esclarecedoras consideraciones que dedican a esta cues­
gels, en 1845. en La ideología alemana. tión Cardoso y Pérez Brignoli en su obra tantas veces citada, pp. 66 ss. es­
" Recientemente aludirían Cardoso y Pérez Brignoli a «la tentación de pecialmente.
11
transformar los esquemas de evolución de Marx y Engels —de cuyo ca­ P. Vilar, Historia marxista, historia en construcción. Ensayo de diálo­
rácter hipotético e inacabado sus autores estaban muy conscientes— no go con Althusser, Anagrama, Barcelona, 1974; y en el vol. i de Hacer la
ya en guías para la investigación sino en verdades absolutas e intocables» Historia, cit., pp. 179-219.
(Los métodos.... p. 62). n
Cardoso y Pérez Brignoli, Los métodos..., p. 363; y J. J. Carreras, «Ca­
" R. Garaudy, Kart Marx, París, 1964, pp. 97 ss., cit. por F. Vercauteren, tegorías historiográficas,..», pp. 61 ss.
«Le Moyen Age...», cit., pp. 37 8. " Cardoso y Pérez Brignoli, ob. cit., pp. 376 ss.; y Carreras, loe. cit.
138
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 139

Los principios fundamentales de la interpretación marxista de A partir de estos principios teóricos, cuyo grado de elabora­
la historia se encuentran muy dispersos en la extensa y desigual ción distaba mucho de constituir un verdadero sistema, la orga­
producción del filósofo alemán y de su colaborador F. Engels1*. nización de los conceptos fundamentales de la nueva interpreta­
Pero es probablemente en el célebre «Prefacio» de su Contribu­ ción materialista de la historia conocerá una primera etapa —la
ción a la critica de la economía política, donde Marx expone de posterior a la revolución de 1917— marcada por el dogmatismo
un modo más sistemático las concepciones básicas que, asumi­ estaliniano, en la que se sostiene una noción de modo de produc­
das, desarrolladas y completadas en parte por él mismo, en ción determinada exclusivamente por el juego del desarrollo de
otras de sus obras, por sus seguidores inmediatos, y, sobre todo, las fuerzas productivas y de las circunstancias de las relaciones
por los modernos intérpretes de su pensamiento, constituirán el de producción. El determinismo histórico de la base económica
andamiaje teórico y metodológico del materialismo histórico. sobre las superestructuras sería, en esta concepción, absoluto,
Según Marx, los hombres, en la producción social de su exis­ incurriéndose así, con el establecimiento de un rígido esquema
tencia entran en unas relaciones —«relaciones de producción»— de sucesión de diversos modos de producción, en una interpre­
que corresponden a un determinado grado de desarrollo de las tación mecanicista del curso de la Historia que ignoraba las con­
«fuerzas productivas materiales», es decir, del conjunto de fac­ notaciones dialécticas dimanantes de la libertad humana y con­
tores o elementos técnicos, materiales o mecánicos, de produc­ vertía el materialismo histórico «en una vulgar filosofía de la
ción, y que son independientes de su propia voluntad. Esas rela­ historia... La investigación histórica se transformaba en ilustra­
ciones, de naturaleza económica, constituyen la infraestructura ción de las 'verdades' consagradas» M.
de la sociedad, «la base real sobre la que se levanta una super­ A partir de la década de los años cincuenta se abre el gran
estructura jurídica y política y a la que corresponden formas debate, aún no cancelado, de los teóricos del materialismo his­
sociales determinadas de conciencia», esto es, unas ideologías. tórico, orientado en una doble dirección:
El modo de producción de la vida material es así el elemento
determinante de los aspectos de la vida social, política e ideo­ a) La ruptura con el rígido formalismo al que, en una in­
lógica: «no es la conciencia de los hombres la que determina la terpretación rigorista y excesivamente dogmática de los princi­
realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina pios marxistas, se había llegado en una etapa anterior.
su conciencia». Al entrar las fuerzas productivas, en su desarrollo b) La profundización, a partir de esos mismos principios,
en contradicción con las relaciones de producción existentes se en la formulación teórica y aplicación práctica de los dos con­
produce una tensión, «se abre una era de revolución social» y las ceptos nucleares y complementarios del materialismo histórico
transformaciones de «la base económica» afectan a los elemen­ —los de modo de producción y formación económico-social—;
tos superestructurales que se sustentan en ella. «Al considerar en la elaboración de conceptos «intermedios», desatendidos has­
tales trastornos habrá que distinguir entre el trastorno material ta ahora —etnia, nación, estado, guerra...— "; y en la búsqueda
de las condiciones económicas de producción y las formas jurí­ de una explicación dialéctica satisfactoria al aspecto quizá más
dicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una pala­ polémico que enfrenta actualmente la historiografía marxista:
bra, las formas ideológicas bajo las cuales los hombres adquie­ el problema de las relaciones, en la estructura del todo social,
ren conciencia de este conflicto y lo resuelven.» La explicación entre la infraestructura o base económica y los elementos su­
de la conciencia que cada época tenga de sí misma debe, pues, perestructurales, jurídico-políticos e ideológicos™.
interpretarse «por las contradicciones de la vida material, por
el conflicto que existe entre las fuerzas productoras sociales y las * Cf. Rubio Llórente: Introducción a los Manuscritos: economía y filo­
relaciones de producción» B . sofía, de Marx, Madrid, Alianza, 5.' ed., 1974, p. 17; Cardoso y Pérez Brig-
noli, ob. cit., pp. 62 y 22.
" Cardoso y Pérez Brignoli, ob. cit., p. 69; en la clarificación de ese
bagaje conceptual acaba de insistir P. Vilar, Iniciación..., pp. 134 s.
" Un registro bastante completo de esa producción puede verse en " «[...] en realidad el problema que se plantea a la historia no es el
Topolski, ob. cii., pp. 245 s., nota 32.
de las infraestructuras por un lado y el de las sobreestructuras por el
" Contribución a ¡a critica de la economía política, Madrid, 1970, pp. 37
y siguiente. otro, sino el de las relaciones estructurales entre los dos niveles diferen­
ciados, teniendo en cuenta que cualquier esfuerzo (y hoy en día abundan)
140
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 141
Debe señalarse, por otra parte, la influencia que las renova­ actual, al margen de planteamientos ideológicos y fronteras po­
doras concepciones del estructuralismo histórico y las posicio­ líticas.
nes mantenidas por la moderna Escuela Francesa, por obra so­
Esa incidencia era ya reconocida hace bastante tiempo por
bre todo de F. Braudel, han ejercido en esa remodelación del
L. Fébvre, para quien un historiador actual (escribía en 1935)
andamiaje conceptual y metodológico del materialismo histórico,
«por poco cultivado que sea [...] está impregnado inevitable­
en la que se inscriben un nutrido repertorio de estudios divul­
mente de la manera marxista de pensar, de confrontar los he­
gadores de las nuevas orientaciones de la historiografía marxis-
chos y los ejemplos; y esto es así aunque nunca haya leído una
ta, bien conocidos en nuestra patria. La lectura de ensayos, ar­
línea de Marx, aunque se considere un ardiente 'antimarxista'
tículos y obras como las de Althusser", M. Harnecker M , E. Fio-
en todos los terrenos salvo el científico» M.
ravanti 81 , Cardoso y Pérez Brignoli 82 , P. Vilar w , por citar sólo
algunas de las aportaciones más recientes y difundidas en nues­ Y hace todavía pocos años, un medievalista tan poco sos­
tros medios universitarios M, permite establecer los términos en pechoso de connotaciones marxistas como L. Génicot, destacaba
que actualmente se plantea el debate teórico y metodológico y valoraba positivamente la influencia del marxismo en la his­
de esa historia marxista «en construcción» —retomamos la ex­ toria, al atraer «felizmente la atención sobre la suerte y la ac­
presión de Vilar— que ha aportado nuevas y enriquecedoras ción de las masas, al igual que sobre algunos móviles de las
perspectivas al horizonte de nuestra ciencia. clases superiores [y aportar] de este modo elementos de valor
para la solución de problemas muy diversos. De ahí deriva la
obligación —continúa Génicot— de seguir los trabajos de los
eruditos de los países del Este»8*.
La influencia del marxismo en el pensamiento histórico contem­ Entre nosotros, Tomás y Valiente se referiría también, en un
poráneo ha sido muy grande, no sólo por el hecho de que la pasaje reproducido ya anteriormente, a la impregnación marxis­
historia que se hace y se enseña en una parte importante del ta inducida por la elevación del interés historiográfico hacia los
mundo —en todos los países comprendidos dentro de la órbita temas socioeconómicos 87 . Una impregnación que ha marcado
socialista— es historia marxista, sino por su proyección cada también su impronta, como más adelante veremos, en el desen­
vez mayor en los ámbitos temáticos —sociedad y economía— de volvimiento de la historiografía medievalista hispana de los úl­
atención preferentemente compartida por la historiografía timos .años.
En resumen, y para cerrar esta rápida referencia a la presen­
que tienda a justificar la separación, en el análisis histórico, entre los cia del materialismo histórico en la configuración de los plan­
diversos 'niveles' de la estructura global, bajo el pretexto de la evidente
autonomía relativa de estos niveles, constituye en realidad un retorno teamientos conceptuales y metodológicos de la historiografía
cómodo a los viejos hábitos que diferenciaban 'la historia de las ideas', contemporánea, podemos centrar esa influencia en los tres pun­
'la historia política', 'la historia del arte', etc.» (P. Vilar, Iniciación..., tos fundamentales sobre los que llamaban la atención Cardoso
página 59, los subrayados del autor).
y Pérez Brignoli: 1) el estímulo por los estudios de procesos eco­
™ 1974.
Laia, «Ideología y aparatos ideológicos del Estado», en Escritos, Barcelona, nómicos y sociales a largo plazo, incluyendo un análisis de las
" Los conceptos elementales del materialismo histórico. Madrid, Si­ consecuencias sociales de las transformaciones tecnológicas y
glo XXI, 20.- ed., 1971. económicas; 2) un interés renovado de la investigación de las
" El concepto de modo de producción, Barcelona, Península, 1972. clases sociales y el rol de los movimientos de masas en la his­
"u Los métodos..., cit., toria; 3) una preocupación creciente por los problemas de in­
Historia marxista, historia en construcción, cit.. Iniciación..., cit. Una terpretación y en especial por el estudio de las leyes o mecanis­
buena síntesis de carácter divulgador puede verse en su articulo «L'histoire
aprés Marx», en L'histoire aujourd'hui, núms. 44-45, 1969. mos de evolución de las sociedades y por su comparación".
" La densidad de la bibliografía sobre el materialismo histórico es abru­
madora y sería enojoso hacer siquiera un mínimo registro de ella. Puede " «Techniques, sciences et marxisme», en Annales, vn, núm. 36, 1935,
encontrarse una buena y reciente aproximación a los aspectos fundamen­
tales de las relaciones entre el marxismo y la historia, acompañada de página 621, cit. por Cardoso y Pérez Brignoli, Los métodos..., p. 70.
una útil selección bibliográfica, en M. Bertrand, Le marxisme et l'histoire, " Europa en el siglo XIII, cit., p. 267.
París, Edltions Sociales, 1979. " «Historia del derecho e Historia», cit., p. 170.
" Los métodos..., p. 71.
142
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 143

ñas excepciones quizá, la ciencia histórica no tiene otros hoga­


II. LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA MEDIEVAL res que la Universidad [...] a diferencia de otras ciencias apli­
cadas y tecnológicas, que poseen sus laboratorios experimenta­
El medio natural donde desarrolla su labor el medievalista es les alejados del bullicio de las aulas, sus hogares propios al
la Universidad. Es en el marco universitario donde convergen margen de la docencia».
en estrecha y complementaria relación las dos funciones en que Esto escribía el profesor Eiras Roel en un interesante ensayo
se desdobla el cultivo científico de toda disciplina: la investiga­ publicado hace seis años bajo el título «La enseñanza de la His­
ción y la docencia. «Ciencia histórica y docencia universitaria
son inseparables en la práctica»* 9 . toria en la Universidad» 90 , haciéndose eco de una preocupación
unánime y hondamente compartida por los profesionales de la
Dejando para el siguiente apartado los problemas que plan­ docencia universitaria en un momento —que es todavía actual—
tea la investigación de la historia medieval y las orientaciones y en el que tanto los fundamentos epistemológicos de la ciencia
tendencias actuales del medievalismo hispano, expondremos en histórica como las mismas concepciones tradicionales de su ar­
éste algunas consideraciones fundamentales de carácter meto­ ticulación en los estudios universitarios están sujetos a profun­
dológico sobre el desarrollo de las enseñanzas de nuestra disci­ da y renovadora revisión. Precisamente porque la única forma
plina en la Universidad. posible de supervivencia de la Historia como «esquema necesa­
rio de comprensión e interpretación de las actividades huma­
nas», depende de un magisterio intelectual que se expresa, en
La reflexión sobre el ejercicio de la función docente confiada al primera y fundamental instancia, en la comunicación cotidiana
profesor universitario en la concreta especialidad de la Historia con los alumnos, en las aulas y seminarios de la Universidad, el
Medieval, deberá hacerse a partir de una concepción global de profesor universitario deberá estar especialmente atento a la
la enseñanza universitaria, de sus características y de sus fines, aplicación de la metodología y de las técnicas educativas que,
para pasar seguidamente a los problemas específicos que condi­ en función de las exigencias del estado actual de la ciencia his­
cionan el desarrollo de la docencia en aquella particular disci- I tórica y de las concretas posibilidades del medio en que des­
puna y a la propuesta de unos principios pedagógicos aplicados arrolla su labor, se muestren como más operativas para el cum­
a la misma. Estas formulaciones concretas entendemos que de­ plimiento de las actividades pedagógicas que, en inseparable
ben ser fruto tanto de la propia experiencia profesional, con­ alianza con las investigadoras, constituyen la razón de ser de
trastada y enriquecida con la de los colegas en el ejercicio de su doble cualificación de historiador y docente.
aquella función docente, como de un exacto conocimiento de Hay que reconocer, sin embargo, que las preocupaciones di­
las tendencias y perspectivas actuales de la didáctica aplicada dácticas que manifiestan la aspiración a una permanente actua­
a la especialidad medievalista en la Universidad. lización y mejora en la calidad de la enseñanza de la Historia,
no han llegado a materializarse en nuestra patria, por el momen­
to, en el desarrollo de unas tareas colectivas, coordinadoras de
1. Consideraciones pedagógicas de carácter general los esfuerzos y de las iniciativas del profesorado universitario,
comparables a las llevadas a cabo en otros países 91 , o incluso
«La enseñanza universitaria de cualquier disciplina no puede en el nuestro para el grado de los estudios secundarios 92 . Un
ser otra cosa que la transmisión del saber de esa ciencia con­ primer intento en este campo, el Seminario sobre «Didáctica de
creta a la altura de su propio tiempo [...] [y] [...] al hablar de la Historia en la Universidad» celebrado en Madrid, en noviem-
un conocimiento histórico actual no podemos referirnos a otra
cosa que a la historia que se hace, se vive y se difunde, o sobre » Ob. cit., pp. 186 s.
la que tal vez se polemiza, dentro de la Universidad. Con algu- " Remitimos en este punto a la amplia información bibliográfica que
brinda el libro de J. Poinssac-Niel, La tecnología en la enseñanza de la
" A. Eiras Roel, «La enseñanza de la Historia en la Universidad», en Historia, Barcelona, Oikos-Tau, 1977.
Once ensayos..., cit., p. 187. " Nos referimos a las actividades desarrolladas por los ice y orienta­
das a la formación permanente de los docentes de Bachillerato.
144
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 145

bre de 1976, bajo los auspicios del Instituto Nacional de Cien­ La enseñanza de la Historia en los diversos grados académi­
cias de la Educación, y en el que corrió a cargo del recordado cos ha estado inevitablemente condicionada —como la actividad
profesor Salvador de Moxó el desarrollo de la ponencia «La investigadora en este campo— por la ideología y sistema cultu­
Historia medieval en el marco de la enseñanza universitaria»", ral dominantes en cada época. Durante mucho tiempo imperó
no ha tenido continuidad. Las reuniones de los medievalistas en nuestras universidades un tipo de orientaciones pedagógicas
hispanos, prodigadas en los últimos años con ocasión de la cele- que, acordes con los principios metodológicos del positivismo
bración de congresos que han contribuido a ampliar considera­ —a los que se ha hecho ya referencia en el apartado anterior—
blemente el horizonte de conocimientos de nuestra especialidad pondrían especial acento en la explicación de una historia lineal,
y han aportado enriquecedoras contribuciones metodológicas, fundamentalmente descriptiva, basada en la noción del hecho
han sido inspiradas, fundamentalmente, por preocupaciones do histórico tal como los positivistas la entendían, en la convicción
progreso en una de las dos vertientes —la investigadora— en —según F. Furet— de que «el suceso es único y no se puede
que se expresa la articulación científica de la historia en el que­ integrar en una distribución estadística, y que este suceso único
hacer universitario, con olvido de la segunda y complementaria es el material por excelencia de la Historia» ". En este contexto,
dimensión docente de ese quehacer. Muy raramente los estrictos la enseñanza de la historia privilegiaba la consideración de los
problemas pedagógicos de la didáctica de la historia medieval hechos políticos y militares, con olvido o preterición de otros
en la Universidad han llegado a plantearse de una manera fron­ aspectos de la realidad social cuyo estudio sería reivindicado,
tal como objetivo exclusivo o prioritario de una reunión de tra­ con carácter prioritario, en la posterior concepción de una «his­
bajo de nuestros medievalistas. toria total» postulada por los fundadores de la Escuela de los
La verificación de esta realidad no se opone a la evidencia Annales: M. Bloch y L. Fébvre. Esta, abierta a la influencia de
de la preocupación didáctica asumida por los departamentos de las nuevas corrientes metodológicas, a un contacto cada vez más
Historia Medieval de la Universidad Española y orientada a un fecundo con las demás ciencias sociales y a la aplicación de unas
perfeccionamiento de la metodología de la enseñanza en esta técnicas educativas orientadas a lo que J. Poinssac-Niel llamará
especialidad, acorde con las más actualizadas técnicas educati­ «racionalización del acto pedagógico»*6 imprimiría un nuevo
vas y de la que son elocuente ejemplo, en los últimos años, la rumbo a la didáctica de los estudios históricos, congruente con
publicación de excelentes manuales universitarios, obras de sín­ los objetivos que a nuestra ciencia fijaba L. Fébvre y que resu­
tesis y selecciones y antologías de textos de las que se da por­ mía en su tantas veces invocada fórmula: «plantear problemas
menorizada relación en la Orientación bibliográfica final. Sin y formular hipótesis».
embargo, la coordinación de todos esos esfuerzos individuales
Así, una didáctica de la historia que situaba como objetivo
no pasa de ser una aspiración carente en el momento presente
prioritario la adquisición de conocimientos, sobre el aprendizaje
de la instrumentación que podría proporcionarle, por ejemplo,
en la investigación, ha dejado paso a una nueva concepción me­
un régimen de reuniones periódicas entre medievalistas para la
todológica que trata de conjugar armónicamente las dos ver­
siempre enriquecedora comunicación de las propias experiencias j
tientes de la función docente del profesor universitario: el ma­
pedagógicas y la publicación de los resultados obtenidos en esos
gisterio de éste no puede limitarse a una mera actividad infor­
seminarios de trabajo sobre el estado actual de los problemas P
mativa, transmisora de un cúmulo, más o menos denso, de
que la didáctica de la Historia Medieval plantea en el marco de
los estudios universitarios» 4 .
en La Rábida (Huelva) un nutrido grupo de profesores de Historia Me­
dieval para intercambiar experiencias en relación con los problemas espe­
cíficos que plantea la enseñanza de dicha disciplina en la Universidad.
" E n el programa de dicho curso campeaban los objetivos siguientes: Es de esperar que la continuidad de este tipo de contactos pueda aportar,
1) examinar la problemática que ofrece la Didáctica de la Historia en la en el futuro, lfneas programáticas de actuación conjunta que ayuden a
Universidad, 2) intercambiar experiencias sobre técnicas y situaciones de superar la actual situación de aislamiento y desinformación en que se
aprendizaje en la enseñanza de la Historia y sus resultados, 3) proponer desenvuelve la vertiente docente de nuestro quehacer profesional.
unas conclusiones que sirvan de punto de partida para posteriores reunio­
nes de estudio. " F. Furet, «Historia quantitative ct construction du fait historíque»,
en Annales (enero-febrero 1971), p. 63.
" Escrito lo que antecede, en el mes de junio de 1982 nos reuníamos H
La tecnología..., p. 86.
146
Aproximación a la metodología 147
Juan Ignacio Ruiz de la Peña
conocimientos, sino que ha de orientarse también, decididamen­ ñas históricas, el profesor universitario debe hacer prevalecer
te, a la formación de investigadores, llamados a integrarse en en todo caso el principio de la pedagogía activa y del método
los cuadros de una actividad científica que, en el caso de laí inductivo, encauzando la capacidad creativa del estudiante —en
disciplinas históricas —y como recordaba Eiras Roel en un pa­ ciertos casos investigador potencial— con la iniciación en las
saje antes reproducido— tiene en las aulas universitarias su ho­ técnicas del trabajo científico y ampliando, en fin, un horizonte
gar casi exclusivo. de la propia disciplina —la Historia Medieval— de la que la ima­
gen del novel alumno universitario no pocas veces estará las­
trada por los viejos clichés de la historia erudita. «Frente a la
El previo y fundamental problema de la docencia universitaria postura tradicional de mera recepción pasiva e irreflexiva de
que debe tener presente el profesor se refiere al destinatario de unos datos o conocimientos poco comprendidos y menos valo­
sus enseñanzas —el alumno—, y se plantea en el primer curso rados, el auténtico universitario debe estimular su atención de
en que éste toma contacto con la enseñanza superior. Es en este un modo activo y positivo con miras a lograr, ante todo, una
punto donde más en falta se echa la ausencia de una efectiva verdadera comprensión de los conocimientos objeto de estudio,
conexión entre los estudios de bachillerato y los universitarios, j a reflexionar, luego, sobre el sentido y alcance de los mismos
que pudiera contribuir a facilitar al alumno el tránsito entra para llegar, finalmente, a su plena y consciente asimilación. Sólo
dos grados de enseñanza en los que las diferencias no son sólo, tras una labor mental de esta índole, constante y reposada, po­
por lo que a recepción de conocimientos se refiere, cuantitativas drá entrar en posesión de un esquema conceptual que refleje
sino que implican, como señala certeramente J. M. Font Ríus, fielmente el entramado de la disciplina estudiada y de sus dife­
la necesidad primaria para el universitario novel «de adoptar rentes aspectos, en lugar de un mero acopio de referencias ais­
una nueva actitud fundamental, ante el estudio, que desplaca ladas independientes y sin relación entre sí»".
los métodos y corruptelas desgraciadamente tan arraigados en Un planteamiento realista de la didáctica de nuestra disci­
los estudios secundarios» 97 . plina en la Universidad deberá, pues, tener en cuenta priorita­
Para el ilustre medievalista catalán, autor de una modélica riamente la situación del alumno, diversa según el nivel de los
Guía de ¡a Cátedra de Historia del Derecho Español, cuyas orien* I estudios en que se imparte su enseñanza. Deberá ponerse tam­
taciones pedagógicas introductorias, por obvias razones de ve­ bién especial atención en el tratamiento pedagógico dado a las
cindad disciplinar, son en buena medida tranferibles al campo enseñanzas del primer curso de la carrera, en el que se sientan
concreto de nuestra especialidad las bases de un aprendizaje que debe suponer, normalmente,
una radical cesura en el í'fer académico del estudiante.
[...] la característica del estudio universitario estriba fundamental­
mente en una mayor iniciativa personal por parte del alumno, en I
una mayor libertad y flexibilidad de sus facultades discursivas para
la apreciación de aquella parcela de la realidad humana o vital ob- 2. La programación y el desarrollo de la enseñanza
jeto de la respectiva disciplina, sin ceñirse ciega y rutinariamente de Historia Medieval
a la reproducción mecánica de unas determinadas frases o expre­
siones según la redacción ofrecida por un libro de texto". El ejercicio de la actividad docente, cualquiera que sea el nivel
en que se imparta, postula como exigencia metodológica y di­
«Memoria sin inteligencia no sirve de nada al estudiante de dáctica, fundamental y previa, una cuidadosa programación de
historia», recuerda M. Pacaut en su Guia. Frente a la enseñanza las enseñanzas. Puede definirse la programación como la fun­
meramente raemorística y la docencia dogmática, de las que I ción mediante la cual se fijan los elementos que integran el con­
tanto tiempo se resintieron de forma muy especial las discipli-J tenido de una disciplina, sus niveles de articulación a lo largo
de la carrera universitaria, así como los objetivos que han de
" Gula irse logrando en los mismos, los medios al servicio de la reali-
página 5. de la Cátedra de Historia del Derecho español, Barcelona, 1972,
" Ibld.
" Ibid.
148 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 149
zación de esos objetivos y las formas de evaluación del rendí* .lemico y a las disponibilidades del Departamento en profesora-
miento de los alumnos. Jo cualificado y en medios auxiliares de trabajo.
Los resultados obtenidos en cada curso académico depende­ e) Una clara percepción de las vertientes que ofrece la ense­
rán en buena medida de cómo se haya hecho la programación ñanza universitaria, ya que esa oferta se dirige no exclusiva­
del mismo. Dicha programación deberá tener en cuenta, además mente a futuros especialistas sino a un alumnado que, en buena
de los principios pedagógicos básicos a los que hemos hecho re­ medida, enderezará su rumbo profesional por los senderos de
ferencia anteriormente, una serie de factores que, en unos casos, la enseñanza media. Consecuentemente y en el campo específico
tienen un carácter general y son comunes a cualquier disciplina de la Historia Medieval, deben contemplarse y combinarse la
universitaria, mientras que en otros vienen impuestos por la función informativa con la iniciación a la investigación; los cur­
especificidad misma de la enseñanza de la Historia y, en con­ sos generales o básicos, orientados a proporcionar unas sólidas
creto, de la Historia Medieval. Entre esos factores recordemos, visiones de conjunto de la especialidad medievalista en el con­
a título meramente orientador, los siguientes: texto de una formación histórica e incluso pluridisciplinar más
amplia 102, con los cursos de profundización en el aprendizaje
a) La participación activa en la labor de programación de del trabajo científico de la propia especialidad.
todo el equipo de profesores integrado en el Departamento, bajo
la dirección del titular del mismo, sea cual sea su cualificación f) Flexibilidad en la concepción y desarrollo de los progra­
y grado de dedicación docente, ya que todos, en mayor o menor mas e incorporación de las técnicas de evaluación que en cada
medida y con diverso nivel de responsabilidad, participan en la caso se presenten como más adecuadas para apreciar el rendi­
común tarea formativa del alumno. miento de los alumnos a lo largo del proceso académico.
b) Unos claros planteamientos epistemológicos de la disci­ g) Es deseable que la programación se materialice, al co­
plina. «La enseñanza de toda disciplina en la Universidad —es­ mienzo de cada curso académico, en una gula orientadora para
cribe H. Henckhausen— debería empezar por una explicación de el estudiante.
su carácter de disciplina —su disciplinariedad— para que el es­
tudiante conociese las posibilidades y los límites de la que ha
elegido» 10°. La vigencia en el marco de la enseñanza superior del principio
c) En relación con lo anterior, una clara expresión de los de libre programación, la actual política de autonomía univer­
fines y objetivos específicos perseguidos en el área de conocí- sitaria y el propio desarrollo de la Universidad española y las
mientos de que se trate —en nuestro caso la Historia Medie­ variantes locales que ofrece, explican las diversas formas en que
val—, contemplándolos dentro del marco más amplio de los ob*| nuestra disciplina se inserta en los planes de estudio de los di­
jetivos generales del proceso de la enseñanza en que esos conoci­ ferentes centros universitarios del país. En cualquier caso, sin
mientos se integran. Convendría recordar en este punto las pa­ embargo, entendemos que existen unos principios pedagógicos
labras con que G. Fasoli, A. Berselli y P. Prodi se refieren a la comunes, exigidos por la metodología de la enseñanza de la His­
función de la enseñanza —y recíprocamente del aprendizaje— I toria Medieval, que deben ser lenidos en cuenta a la hora de
de la Historia en la Universidad, entendida no sólo como trans­ establecer su articulación en los cuadros de la docencia univer­
misión de conocimientos sino también como puesta a disposi­ sitaria. Trataremos de referirnos a ellos brevemente.
ción del alumno de los medios y métodos con los que pueda La concepción progresiva de la enseñanza, tendente a pro­
desarrollar la investigación histórica, con puntual referencia a porcionar al alumno un conocimiento de la disciplina que vaya
las fuentes y la bibliografía 101 . desde una primera visión de conjunto de la Historia Medieval,
d) Adecuación de los contenidos de la enseñanza al nivel de sus contenidos y de sus problemas, y a través de un gradual
en que se imparta, a las limitaciones temporales del curso acá- proceso de especialización, a una práctica en la iniciación de la

™ Cit por J. Poinssac-Nlel, La tecnología..., p. 204. m


™ Cuida..., p. 9.
Sobre la inexcusable exigencia de la relación interdisciplinar en los
estudios de Historia Medieval tendremos ocasión de volver más adelante.
150 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 151

investigación, aconseja su articulación en sucesivos niveles a lo Un tercer curso, de carácter opcional, coincidiendo con el úl­
largo de la carrera universitaria. Ese desarrollo progresivo de timo año de la carrera, se orientaría ya decididamente a la
la enseñanza permite, por otra parte, solventar la polémica cues­ iniciación en la actividad investigadora, desarrollándose con gru­
tión del tipo de cursos —generales o monográficos— que deben pos reducidos de alumnos bajo la directa tutela del profesorado,
impartirse en la Universidad; conciliar los propios intereses y cuyos trabajos se articularían en los programas de investigación
objetivos profesionales del alumnado, ya que, como antes seña­ del Departamento. El interés prioritario es aquí el de la capta­
lábamos, la enseñanza de la Historia Medieval no sólo está en ción de vocaciones al medievalismo y la vinculación del estu­
función de la forja de vocaciones al medievalismo científico sino diante a las tareas departamentales, prefigurándose en las acti­
que se dirige a un sector importante de futuros licenciados orien­ vidades de este último curso opcional las Memorias para la
tados a la docencia en los estudios de bachillerato; y, finalmen­ obtención del grado de Licenciatura en la especialidad de His­
te, facultar el desarrollo de la actividad docente del profesor toria Medieval.
universitario en los dos frentes —teórico y práctico— en que se Un grave problema que tiene planteado actualmente la ense­
manifiesta. ñanza universitaria española es el de los cursos monográficos
De acuerdo con los principios expuestos podrían distinguirse de doctorado, impartidos a postgraduados en muchos casos con
tres cursos o niveles en la enseñanza de nuestra disciplina. vinculación efectiva a los departamentos e incluso con respon­
El primero de ellos, de carácter general e introductorio, se sabilidades docentes directas. El alumno de estos cursos, con
orientaría a proporcionar al alumno novel en el inicio de su frecuencia encauzado ya en una investigación especializada, se
carrera universitaria una visión de conjunto de la época, lleván­ ve obligado a seguir enseñanzas de disciplinas ajenas a la que
dole a «la comprensión de los caracteres específicos de la civili­ polariza su dedicación, con lo que el profesor que imparte di­
zación y de la sociedad medievales» 10}, y una información básica chos cursos ve mediatizada la eficacia de su labor por la con­
sobre el estudio científico de la especialidad. A partir de la ad­ currencia de un alumnado paradójicamente más heterogéneo que
quisición de esos conocimientos de base y en un segundo nivel el que se encuentra en el nivel superior de los estudios de Li­
docente, las enseñanzas deben plantearse ya con el carácter de cenciatura. La revisión de tal situación, así como la revitaliza-
cursos monográficos, que sería deseable que versaran sobre ción funcional de los cursos de doctorado es, en la hora actual,
áreas temáticas de la disciplina de especial actualidad historio- una de las muchas cuestiones que demandan urgente solución
gráfica: las posibilidades en este campo son, obviamente, muy en nuestra vida universitaria.
variadas. Los trabajos prácticos de seminario, complementarios Otro problema merecedor de especial atención y que se plan­
de las clases teóricas y centrados en el tema elegido en cada tea con características locales diversas es el de la inclusión en
caso, irían acompañados de un aprendizaje en el conocimiento las enseñanzas universitarias de cursos de historia regional. En
de las fuentes y de las técnicas e instrumentos auxiliares de la un momento de revitalización de las universidades regionales y
investigación, y de una estrecha relación interdisciplinar con los en el que se manifiesta una clara tendencia a la regionalizacíón
Departamentos que puedan prestar un concurso más directo y de la investigación histórica; y en un Estado como el español,
eficaz en el progreso de los estudios medievales: Paleografía y que se caracteriza por la existencia de evidentes particularismos
Diplomática, en primer término, sin olvidar el contacto con otras de base regional cuya legitimación última se funda, precisamen­
áreas disciplinares —Lingüística, Epigrafía y Numismática, Ar­ te, en razones históricas, la inclusión de dichos cursos tiene, o
queología, Arte, Geografía...—, incluso a nivel interfacultativo puede tener, en la mayor parte de los casos una incontestable
como es el caso de las relaciones con la Historia del Derecho "*. justificación.

■ M. Pacaut, Cuide..,, dt., p. 16.


■** En relación con los tratamientos Interdlsdplinares en las enseñan­ La labor docente del medievalista y la receptiva del estudian­
zas de nuestra disciplina véanse las consideraciones que se hacen en la te de Historia Medieval se manifiestan, a lo largo del curso aca­
Presentación al vol. de Edad Media de la Nueva Historia de España en '
sus textos, Santiago de Compórtela, Pico Sacro, 1975. p. 11 especialmente. démico y en los distintos niveles en que se imparte la enseñanza
152 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 153

de la disciplina, en una triple vertiente: a) las clases teóricas, mente necesarios en el tratamiento de una materia como es la
b) las clases prácticas y c) los trabajos de Seminarioia. propia de nuestra disciplina. Se trata, en definitiva, de que el
La explicación teórica, constitutiva de lo que se ha venido lla­ alumno «superando el escueto aprendizaje de datos casuísticos,
mando lección magistral, ha sido tradicionalmente el eje funda­ inconexos entre sí, realice el esfuerzo de integrarlos con su sig­
mental de la actividad docente universitaria. Esa función nu­ nificación y valor propios en el cuadro mucho más amplio de
clear de la clase oral continúa manteniéndose en relación, sobre unas visiones de conjunto, de unas síntesis temáticas, plantea­
todo, con el desarrollo de los cursos generales o básicos del pri­ das sucesivamente por la misma evolución histórica» l06. La in­
mer ciclo de las enseñanzas universitarias; y debe ajustarse, clusión de prelecciones o temas de introducción historiográfica
para su mayor efectividad, a unos elementales principios peda­ en los programas, así como el esbozo de unas características
gógicos impuestos tanto por la naturaleza misma de toda ex­ generales de cada una de las etapas en que se periodifican los
posición oral como por la consideración de la situación del contenidos de los procesos históricos, puede contribuir a una
alumno y por las especiales características de la disciplina cuya más eficaz exposición y comprensión de la materia.
enseñanza se imparte.
Debe considerarse, en todo caso, que «la capacidad recep­
La primera de esas condiciones es la de que el profesor des­ tiva del oyente es mucho más limitada que la del lector»"",
arrolle sus tareas de clase ajustándose a un programa o temario debiendo adaptarse por tanto las exposiciones a un nivel de
en cuya elaboración ha de ponerse especial cuidado, tanto en la conocimientos del alumno que, al inicio de los cursos generales
distribución de las áreas temáticas como en la proporcionalidad del primer ciclo, suele mostrarse, en general, bastante pobre. En
de los contenidos, que debe hacerse siempre desde una concep­ este sentido, se prestará especial atención a la adquisición por
ción «total» de la Historia. La posible distinción, meramente el estudiante de un elemental vocabulario historiográfico m, ex­
funcional u operativa, en un primer curso o nivel entre una His­
plicándole, como aconseja Pacaut, el sentido exacto de ciertos
toria Medieval Universal y una Historia Medieval de España, se
subordinaría en todo caso a las exigencias metodológicas docen­ términos, nociones o conceptos, incluso a veces aparentemente
tes que harán necesaria la eventual referencia de planteamien­ elementales con los que tendrá que familiarizarse a lo largo del
tos de carácter general —en las explicaciones del programa de curso.
Historia Medieval de España— y, recíprocamente, alusiones al La asistencia regular y la participación activa del alumno en
Medievo peninsular en el marco de la exposición del proceso las clases teóricas constituye el medio más eficaz para un mejor
histórico del Medievo europeo o islámico. Mientras los progra­ aprovechamiento de las mismas. Debe tenerse en cuenta, por
mas del curso general básico, por su propia finalidad, tienen un otra parte, que la clase oral no es exclusivamente un monólogo
carácter de estabilidad o permanencia, sin perder de vista la del profesor, sino que debe basarse en un diálogo entre éste y
necesidad de su revisión actualizadora o puesta al día de sus los alumnos sobre los aspectos expuestos por el primero en la
contenidos, los de los cursos monográficos deben tener, lógica­ clase anterior o anteriores. «Con este intercambio se aspira a
mente, la flexibilidad impuesta por la propia dinámica de las recoger las sugerencias, dudas y puntos dificultosos que puedan
áreas temáticas elegidas en cada caso. ofrecerse a los alumnos para su debido esclarecimiento, así como
En otro orden de cosas, el desarrollo de las exposiciones ora­
les debe ajustarse a los criterios de claridad conceptual, coordi­
nación y coherencia discursiva, capacidad de síntesis y de arti­ "• Font Rius, Gula..., p. 6.
culación de lo particular o casuístico en un sistema de plantea­ ■
m
Bauer, Introducción al estudio de la Historia, dt., p. 508.
Esta preocupación se hace claramente patente en las recientes obras
mientos introductorios e integradores, que se hacen especial- de metodología histórica. Véanse, por ejemplo, las ya citadas de P. Vilar,
m
Cardoso y Pérez Brignoli y J. Poinssac-Niel; en estas dos últimas se incluye
En relación con el desarrollo de las enseñanzas de nuestra disciplina un útil apéndice del vocabulario histórico más usual. Muy recientemente
en sus diversos niveles y en su doble vertiente, teórica y práctica, pueden y con referencia especifica al ámbito del medievo, se han publicado dos
encontrarse útiles consideraciones pedagógicas en las guias, asi como en obras de gran utilidad: R. Fedou, Léxico de ¡a Edad Media, Madrid, Tau­
algunos manuales y en las selecciones y antologías de textos que se citan ros, 1982; y P. Bonnassic, Vocabulario básico de la Historia Medieval,
en el oportuno apartado de la Orientación bibliográfica final. Barcelona, Critica, 1983.

6
154
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 155
la ampliación y detalle de extremos particulares que puedan novel encontrará el marco natural de sus actividades, la biblio­
presentar especial interés» "".
teca, los medios necesarios para su iniciación en el aprendizaje
La toma directa de notas y apuntes, por el alumno, de las de la disciplina y, en fin, el calor y ambiente propios de un cen­
líneas fundamentales de la explicación teórica del profesor no tro universitario de estudio.
excluye, en modo alguno, el auxilio de los manuales y exposicio­
Las clases prácticas y los trabajos de Seminario ofrecen una
nes de conjunto de la disciplina; la consulta de guías, obras
gama muy variada de posibles actividades. M. Ríu incluye en el
introductorias y de una bibliografía bien seleccionada por áreas
apéndice a sus Lecciones de Historia Medieval unas «sugeren­
temáticas y fácilmente accesible. Mucho se ha discutido sobre
cias para las clases prácticas y seminarios de iniciación a la in­
la función del manual —el «triste manual» del que hablaba
vestigación medieval» de gran interés pedagógico, que nos li­
Bloch— en el proceso de la enseñanza universitaria. Actualmen- |
beran de extendernos sobre unos extremos planteados y tratados
te el estudiante español de Historia Medieval, a diferencia de lo
allí con especial detalle y amplitud y a través de expresivas
que ocurría no hace todavía muchos años, puede disponer de
ejemplificaciones'". Nos limitaremos a hacer ahora algunas rá­
un nutrido repertorio de exposiciones de conjunto sobre nuestra
pidas consideraciones sobre algunos aspectos fundamentales de
disciplina, tanto en relación con el proceso histórico general del
esta importante vertiente docente de nuestra disciplina.
Medievo como referentes a la Edad Media peninsular, entre las
que figuran al lado de las de los especialistas extranjeros, con I Entre los ejercicios susceptibles de desarrollo en las clases
frecuencia traducidas, un selecto núcleo de manuales universita­ prácticas ocupa un lugar preferente, por su valor formativo, la
rios publicados en los últimos años por los medievalistas his­ lectura, comentario e interpretación de las fuentes de conoci­
panos y adaptados a las más modernas corrientes historíográ- miento de la época, ya se trate de textos narrativos, diplomas o
ficas, con rigurosos, amenos y claros planteamientos metodoló­ documentos escritos de otra naturaleza. Realizados en perfecta
gicos. La utilización de un buen manual constituye un irrempla-J sincronía con las clases teóricas y refiriéndolos a los temas que
zable auxiliar del alumno, aunque debe tenerse en cuenta, en vayan siendo objeto de las exposiciones orales, los comentarios
todo caso, que —como recuerda Antiseri— el manual no es un de textos brindan al alumno la posibilidad de contrastar los
fin en sí mismo sino solamente un medio —valioso, desde lue­ conocimientos adquiridos en aquéllas y en la lectura de las per­
go— en el aprendizaje del estudiante no . En la bibliografía de tinentes obras de consulta con el testimonio directo de las fuen­
este libro se ofrece una relación orientadora de manuales y ex­ tes en las que se refleja la realidad histórica. A través de estas
posiciones de conjunto, españoles y extranjeros, así como de sesiones prácticas se hace jugar a los documentos el papel de
algunas guías, obras de consulta y una bibliografía básica por ejemplos del proceso histórico estudiado" 2 . «La simple lectura
grandes áreas temáticas, que ha sido reunida pensando funda­ de las crónicas, anales, documentos, obras literarias, cartas pri­
mentalmente en los alumnos que siguen los cursos generales de vadas, textos legislativos, etc., de una época determinada per­
nuestra disciplina. mite conocer muchísimos más detalles de las formas de vivir,
pensar y reaccionar de las gentes de una clase social o de un
país concreto, que cuanto se pueda leer en las síntesis escolares
sobre el mismo tema o aspecto» , u .
Las clases prácticas constituyen el obligado complemento de las
lecciones teóricas. Por su propia naturaleza estas sesiones deben A pesar de que el enorme valor formativo de la lectura y co­
desarrollarse en grupos reducidos de trabajo, exigiendo la par­ mentario de textos en la enseñanza de la Historia fue ya recono­
ticipación directa de todos los profesores del Departamento. Su cido hace mucho tiempo, lo cierto es que hasta tiempos recien­
lugar de celebración será el Seminario, en el que el alumno tes y en el concreto ámbito de nuestra especialidad el alumno
universitario se veía obligado a recurrir a colecciones de textos
"• Font, Gula..., p. 8; véase también C. Torres Delgado, Introducción
al estudio de la Historia Medieval (Gula para estudiantes), Granada, 1977, 111
página 100. IU
Cito por la 6." ed., Barcelona, Teide, 1979, pp. 66 ss.
"° D. Antiseri, Didatlica delta Storia ed epistemología contemporánea, J. A. García de Cortázar, Nueva Historia de España en sus textos,
Roma, Armando Editore, 1971, pp. 44 ss. páginas 8 y 13 ss.
IU
M. Ríu, Textos comentados..., clt., Introducción.
156 Juan Ignacio Rute de la Peña Aproximación a la metodología 157

en ediciones e x t r a n j e r a s , ya q u e la oferta d e este tipo d e o b r a s liadas c o n rigor histórico, p u e d e n t a m b i é n c o n t r i b u i r eficazmen­


en la bibliografía nacional y referidas a la E d a d Media era prác­ te a u n a m e j o r c o m p r e n s i ó n del m u n d o medieval p o r el a l u m n o .
t i c a m e n t e nula. Las p r e o c u p a c i o n e s pedagógicas p l e n a m e n t e asu­ No es necesario s u b r a y a r a q u í la exigencia, p a r a este tipo d e
m i d a s en los ú l t i m o s a ñ o s p o r el p r o f e s o r a d o español d e n u e s t r a t r a b a j o s y actividades, d e u n a e s t r e c h a coordinación interdisci-
especialidad h a n venido a llenar ese sensible h u e c o ; y hoy, los plinar con los d e p a r t a m e n t o s d e las especialidades en las q u e
a l u m n o s u n i v e r s i t a r i o s p u e d e n c o n t a r con a l g u n a s excelentes converge d i r e c t a m e n t e el i n t e r é s del medievalista.
selecciones y antologías d e textos p a r a la E d a d Media Universal
E n t r e o t r a s t a r e a s p r o p i a s d e las clases prácticas, en u n a pri­
y p a r a el Medievo h i s p a n o , c o m o son las r e c i e n t e m e n t e publica­
m e r a e t a p a d e a p r e n d i z a j e del e s t u d i a n t e d e Historia Medieval,
das p o r los profesores M. Ríu y c o l a b o r a d o r e s , J. A. García d e
n o p u e d e faltar la familiarización con el t r a t a m i e n t o del mate­
C o r t á z a r y E. Mitre. T a n t o en é s t a s c o m o en o t r a s publicaciones
e x t r a n j e r a s del m i s m o c a r á c t e r , d e las q u e se da p u n t u a l refe­ rial cartográfico — l e c t u r a e i n t e r p r e t a c i ó n d e m a p a s históricos,
rencia en la Orientación bibliográfica final, y, en general, en a los q u e el p r o p i o p r o f e s o r r e c u r r i r á en el c u r s o de las explica­
b u e n a p a r t e de las guías p a r a e s t u d i a n t e s y o b r a s d e metodolo­ ciones teóricas—, y el c o n o c i m i e n t o d e las técnicas m á s elemen­
gía, a n o t a d a s t a m b i é n p o r n o s o t r o s , se ofrecen sugerencias, co­ tales del t r a b a j o científico: la redacción d e fichas bibliográficas
m e n t a r i o s y e s q u e m a s q u e facilitan al a l u m n o o r i e n t a c i o n e s so­ y d e c o n t e n i d o , la confección de e s q u e m a s y gráficos, el vaciado
b r e la forma en que d e b e realizarse el e x a m e n y crítica d e los de revistas, la lectura y recensión d e libros y artículos, la confec­
textos medievales; y se le b r i n d a la p e r t i n e n t e bibliografía s o b r e ción d e ficheros t e m á t i c o s , d e p e r s o n a s , e t c . " 6 . O t r a actividad
las o b r a s d e c o n s u l t a q u e d e b e m a n e j a r p a r a el d e s a r r o l l o d e de alto valor formativo es la p r e p a r a c i ó n d e t e m a s p o r el p r o p i o
este tipo d e actividades. El auge a c t u a l d e los estudios históricos a l u m n o , b a j o la o r i e n t a c i ó n del profesor, así c o m o su exposi­
en m a r c o s regionales ha d e j a d o sentir la conveniencia de f o r m a r ción y discusión e n sesiones d e s e m i n a r i o .
florilegios d e textos medievales referidos a u n á m b i t o geopolí-
tico c o n c r e t o , p u d i e n d o servir d e e j e m p l o y e s t í m u l o , en e s t e
sentido, la reciente antología p u b l i c a d a bajo la dirección d e S u p e r a d a la fase previa d e adquisición de u n a visión d e conjun­
García de Cortázar s o b r e el Medievo del País Vasco " 4 . to s o b r e la disciplina y d e u n a u l t e r i o r profundización en deter­
m i n a d o s t e m a s monográficos —en un segundo nivel d e la ense­
P e r o la d o c u m e n t a c i ó n escrita n o agota las fuentes d e cono­ ñanza—, y en posesión del bagaje d e c o n o c i m i e n t o s básicos so­
c i m i e n t o del m u n d o medieval. P o r ello, en las clases p r á c t i c a s bre los m e d i o s e i n s t r u m e n t o s del t r a b a j o científico y las ciencias
deben t e n e r t a m b i é n c a b i d a las sesiones d e d i c a d a s a la a u d i c i ó n «auxiliares» d e la H i s t o r i a Medieval (en el siguiente a p a r t a d o
y c o m e n t a r i o de o b r a s musicales d e aquella época, el c o n t a c t o d e d i c a m o s d e t e n i d a a t e n c i ó n a estos a s p e c t o s ) , el a l u m n o e s t á
d i r e c t o con los restos y vestigios m a t e r i a l e s del Medievo, la con­ en condiciones d e iniciarse e n los t r a b a j o s d e investigación.
sulta e i n t e r p r e t a c i ó n d e cartografía y p l a n o s a n t i g u o s ; las visi­
Aunque las posibilidades q u e se ofrecen en este c a m p o son,
tas d e archivos, bibliotecas, m u s e o s y m o n u m e n t o s y las excur­
o b v i a m e n t e , múltiples, e n t e n d e m o s q u e hay t r e s principios fun­
siones d e c a m p o q u e , c u i d a d o s a y p r e v i a m e n t e p r e p a r a d a s y c o n
d a m e n t a l e s q u e deben s e r t e n i d o s en c u e n t a , en t o d o caso, a la
intervención activa del a l u m n a d o , ofrecen un g r a n i n t e r é s peda­
h o r a d e la elección d e los t e m a s q u e c o n s t i t u i r á n las líneas d e
gógico '". La proyección y c o m e n t a r i o d e diapositivas q u e refle­
t r a b a j o d e los c u r s o s d e iniciación a la investigación:
j e n a s p e c t o s de la vida cotidiana y d e la c u l t u r a m a t e r i a l de la
época e incluso de películas comerciales c o n c e b i d a s y d e s a r r o - a) Que dicha elección se haga d e a c u e r d o con las a c t u a l e s
tendencias y o r i e n t a c i o n e s historiográficas, s u b o r d i n a n d o —aun­
' " Introducción a la historia medieval de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya q u e n o olvidando— el a s p e c t o m e r a m e n t e e r u d i t o del t r a b a j o
en sus textos, San Sebastián, Txertoa, 1979. a esa condición d e actualidad q u e es, r e a l m e n t e , la savia vivi­
"' Un sugeridor ejemplo de las posibilidades que brinda este tipo de ficadora d e t o d o p r o c e s o d e investigación científica. La familia-
actividades lo constituyen los «Apuntes comentados de un viaje arqueo­
lógico por tierras de la Castilla medieval», recientemente publicado por
M. Ríu en el vol. de Estudios dedicados al profesor D. Julio González, "* Sobre todas estas actividades facilita útiles modelos M. Ríu en el
Universidad Complutense de Madrid, 1980, pp. 399-422. apéndice a sus Lecciones, cit. supra, nota 111.
158
Juan Ignacio Ruiz de la Peña
Aproximación a ¡a metodología 159
rización con los textos literarios del Medievo, por ejemplo, ofre­
ce al alumno un campo experimental especialmente sugestivo, toria Medieval en el contexto de un movimiento científico uni­
que puede canalizarse bacía la elaboración de trabajos de ini­ versitario que es o debe ser, por propia definición, universa­
ciación sobre temas de historia social e historia de las mentali­ lista.
dades.
b) Que los temas objeto de estas actividades, en la medida
en que van a correr a cargo de estudiantes que se encuentran ya Decíamos antes que el marco natural donde desarrollan su tra­
en el último nivel de su carrera universitaria, que han optado bajo los alumnos es el Seminario, centro coordinador, por otra
libremente por seguir los cursos de la especialidad medievalista parte, de las tareas —docentes e investigadoras— de todos los
y que, en muchos casos, están en vías de preparar una Memoria miembros del Departamento de Historia Medieval, de conexio­
de Licenciatura y, eventualmente, de vincularse de manera efec­ nes interdisciplinares y de relaciones con colegas de otras uni­
tiva a las tareas del Departamento, se subordinen al propio versidades.
programa de investigación desarrollado por éste. Nacidos en el pasado siglo en Alemania por iniciativa del
c) En aras de un mayor rendimiento y utilidad del trabajo historiador Ranke, en nuestra patria hace ya muchos años que
e incluso de un mejor y más cómodo aprovechamiento de los Z. García Villada resaltaba la importancia de los Seminarios o
recursos documentales que pueden brindar tanto los testimo­ Laboratorios históricos en la formación integral del estudiante
nios arqueológicos como los fondos archi vis ticos del entorno y en el intercambio de experiencias científicas entre el profeso­
más próximo, que se preste especial atención a la investigación rado universitario " 7 .
de la propia historia regional. En el marco de estas investiga­ Como centro especializado de estudio y de investigación, el
ciones de base regional las posibilidades que se ofrecen son muy Seminario debe contar con los medios fundamentales para el
variadas. A título meramente ejemplificativo podrían citarse las cumplimiento de estos fines. Una biblioteca selecta y actualiza­
siguientes: formación de una carta arqueológica, lo más comple­ da, en la que se dé entrada a la más importante bibliografía
ta posible, del espacio regional en la Edad Media; inventario y sobre la disciplina y a las obras de consulta básicas para el ma­
catalogación de los fondos documentales bajomedievales rela­ nejo de las fuentes. No pueden faltar tampoco las revistas y pu­
tivos a la región, tanto de los archivos que se han conservado in blicaciones periódicas de la propia especialidad y, en coordina-
situ como de los de otras procedencias; elaboración de estudios nación con los departamentos de la Sección de Historia, debe
de historia rural y urbana —a partir de la documentación pu­ ser posible el acceso a las principales revistas históricas gene­
blicada e inédita— de base local o comarcal, tratando de cubrir rales. Junto a los fondos bibliográficos se hace imprescindible
todo el ámbito regional; elaboración de una completa cartogra­ disponer de las principales colecciones de fuentes, al menos de
fía, también de ámbito regional, para la época medieval, com­ las de ámbito nacional, hacia las que se orientarán básicamente
binando el manejo de la documentación escrita con una pro­ los trabajos del Departamento. La eventual existencia en éste
gramada labor de campo. de un servicio de publicaciones que dé salida a la propia pro­
ducción investigadora, puede facilitar los intercambios con otras
universidades y centros de estudio y contribuir así, con econo­
No hará falta señalar que en la elección de un marco regio­ mía de medios, al enriquecimiento de los fondos bibliográficos
nal para el desarrollo de este tipo de trabajos se ha eludido el del Seminario. También aquí se hace patente la exigencia de una
riesgo de convertir la actividad científica en una mera erudición estrecha relación interdisciplinar con otros Departamentos cu­
acumulativa de valor meramente local. Las orientaciones del yas bibliotecas son obligado lugar de consulta para el medieva­
profesorado, el exacto conocimiento de la bibliografía y de los lista: Paleografía y Diplomática, Lengua y Literatura, Arte, Geo­
métodos de trabajo actuales y de los programas de investiga­ grafía, etc.
ción de otras universidades nacionales, así como la asistencia
de los propios alumnos a reuniones de estudio y congresos de El Seminario de Historia Medieval debe contar, además, con
ámbito nacional e internacional, permiten obviar aquellos ries­ una serie de medios audiovisuales y de instrumentos técnicos
gos y articular las tareas de un Departamento concreto de His-
"' Metodología y crítica históricas, cit., pp. 351 ss.
160 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 161
elementales, como son el lector de microfilms, aparatos proyec­ precedentes— la doble y complementaria vertiente de su que­
tores de diapositivas, laboratorio fotográfico, incluso una pe­ hacer profesional en el marco de la Universidad.
queña filmoteca y archivo discográfico para audiciones de mú­ En cualquier especialidad científica el nivel de desarrollo de
sica medieval. En un planteamiento realista de la actual situa­ las investigaciones que le son propias constituye la mejor refe­
ción universitaria española, es impensable la existencia de otros rencia para medir su grado de madurez y vitalidad. En el campo
medios e instrumentos más sofisticados y de elevado costo —má­ de las ciencias históricas el espectacular progreso experimenta­
quinas reproductoras, ordenadores, etc.—, que, sin embargo, do en los últimos años por los estudios de la especialidad me­
puede y debe haber en servicios centrales interfacultativos del dievalista —consecuencia combinada de la renovación de sus
centro universitario. planteamientos epistemológicos, del alumbramiento de nuevos
ámbitos de estudio, de la ampliación y perfeccionamiento de sus
métodos de trabajo y de una permeabilidad cada vez mayor a la
No quisiéramos cerrar estas rápidas consideraciones sobre la recepción de los beneficiosos préstamos de otras ciencias socia­
enseñanza de la Historia Medieval sin aludir a la proyección les e incluso de técnicas aportadas por las ciencias aplicadas "8—
extrauniversitaria de la actividad docente del profesor. tiene su expresión más elocuente en el enriquecimiento de la
La Universidad es, ciertamente, el medio natural en que éste producción historiográfica a todos los niveles. Además de la só­
desarrolla su trabajo. Pero la Universidad sirve a la sociedad lida implantación de los estudios de Historia Medieval y de su
en que está inmersa, y el universitario debe acudir a cualquier gradual diversificación en el marco universitario y en estrecha
lugar donde la demanda social requiere sus servicios. Los cursos conexión con este hecho —al que ya antes nos referíamos— la
de extensión universitaria, cuidadosamente programados y des­ multiplicación de los centros de investigación y de las reuniones
arrollados, estarían llamados a cumplir un papel de eficaz ins­ entre especialistas son, a la vez, síntoma y motor de la notable
trumento de promoción y difusión culturales, llevando la voz del expansión de la producción científica medievalista.
profesor a los rincones más apartados del espacio regional que Los centros de estudio e investigación histórico-medievalista
corresponde a cada centro universitario; los cursos de formación —algunos de tan venerable antigüedad como los de los bolán-
impartidos a los profesores de Enseñanza Media en coordina­ distas y benedictinos de Saint Maur, los más nacidos al calor de
ción con el ICE; el contacto con el alumnado superior de los los tesoneros esfuerzos de la erudición decimonónica'"— se
Institutos; las conferencias y coloquios abiertos; incluso la com­ han multiplicado en el curso de los últimos decenios, auspicia­
parecencia en los medios de comunicación cuando sea requeri­ dos por los organismos culturales oficiales y vinculados normal­
do para ello, forman también parte del quehacer docente del mente a la institución universitaria. Centros como el de Études
profesor universitario. Y en el caso concreto del historiador, res­ Superleures de Civilisation Médiévale, de Poitiers, o el de Studi
ponden al ineludible compromiso social que éste debe asumir Sull'Alto Medievo, de Spoletto, por citar sólo dos de los ejem­
en todas las manifestaciones de su actividad vocacional y pro­ plos más representativos en el marco europeo, han contribuido
fesional. decisivamente en los últimos tiempos a la promoción de los es­
tudios medievales y al enriquecedor acercamiento entre los cul­
tivadores de esta especialidad histórica a0. Otras instituciones de
ITJ. LA INVESTIGACIÓN DE LA HISTORIA MEDIEVAL
"* Cf. infra, en este mismo apartado, al referirnos a las ciencias auxi­
liares y coadyuvantes de la investigación de la Historia Medieval.
1. Introducción "* Aludíamos ya a este hecho al tratar, en el capitulo 2, del proceso
de elaboración del concepto de Historia Medieval. De los centros de estudio
fundados en el pasado siglo la Ecole des Charles puede ser considerada
La labor del medievalista no sólo no se agota en el ejercicio de como la creadora del método histórico «clásico» (cf. A. Gucrrcau, Le
sus funciones docentes ordinarias sino que éstas son insepara­ Féodalisme..., cit., p. 169).
bles del desarrollo de la actividad investigadora, siendo la ense­ "" Al Centro de Poitiers, además de la celebración de cursos regulares
ñanza y la investigación —como quedaba ya dicho en las páginas de estudio se le debe la puesta en marcha del úiil Répertoire de medie-
valistas y de la revista Cahiers de Civilisation Médiévale; mientras que la
162 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 163
parecido signo han impulsado la relación interdisciplinar del tribuyendo a desterrar definitivamente la vieja concepción arte-
medievalismo, como ha venido haciendo con espléndidos resul­ sanal del trabajo del historiador, a fortalecer su propia imagen
tados el Institut Interfacultaire d'Etudes Medievales de la Uni­ profesional y a impulsar, en definitiva, el progreso de la ciencia
versidad Católica de Lovaina ,21. Al desarrollo de nuevas especia­ histórica.
lidades surgidas del actual y creciente proceso de diversificación La multiplicación de los centros de estudio y de las reunio­
de la Historia Medieval, o de disciplinas que, con una ya larga nes de especialistas se ha traducido en una notable ampliación
tradición científica autónoma, han visto estrechadas sus cone­ y diversificación, en los últimos años, de la publicfstica medieva­
xiones con la nuestra en los últimos años, consagran, en fin, sus lista; y ha situado a nuestra disciplina entre las más sólida­
esfuerzos centros de estudio con proyectos investigadores de mente asentadas en el contexto de las ciencias históricas. En las
ámbito más especializado, como pueden ser, entre otros, el ya páginas que siguen y en la Orientación bibliográfica final ten­
famoso Institut d'Archéologie Médiévale, de la Universidad de dremos ocasión de hacer un rápido muestreo de esos recientes
Caen, el Centro di Studi sulla Spiritualitá Medievale de la Acca- progresos, con especial referencia a lo hecho en España.
demia Tudertina, en Todi, o la brillante escuela de Arqueología
Medieval de Varsovia. Sería excesivamente prolijo hacer una
nómina de los centros dedicados a la investigación medievalista, La actividad del profesor universitario de Historia Medieval,
siquiera de los más importantes m; relación que, por otra parte, considerada en la vertiente investigadora, descansa en la explo­
se encuentra en continuo proceso de crecimiento y a la que ha­ ración y estudio de las fuentes y de los medios extra-fontes que
bría que sumar otras florecientes asociaciones e instituciones constituyen su soporte erudito; se auxilia con el concurso de
científicas con implantación fuera del ámbito europeo 1D, cuya planteamientos metodológicos y el manejo de las ciencias auxi­
activa presencia en el campo de la investigación medievalista se liares y técnicas instrumentales pertinentes; y se materializa en
ha venido manifestando elocuentemente, por ejemplo, en las nu­ una obra escrita. Invirtiendo ahora los términos de ese proceso
tridas representaciones que, de todo el mundo, concurren quin- del quehacer intelectual del medievalista consideraremos breve­
quenalmente con sus aportaciones a los Congresos Internaciona­ mente, en los epígrafes siguientes, los aspectos relativos a las
les de Ciencias Históricas. formas de expresión de los resultados de la labor investigadora
y a las técnicas y ciencias auxiliares o cooperadoras de dicha
labor, para cerrar el presente apartado con una revisión de las
Los simposios, congresos y, en general, reuniones de medieva- cuestiones y sugerencias que plantea el estado actual de la in­
listas, ya sean de ámbito internacional o nacional y con diverso vestigación medievalista hispana. El examen de la problemática
grado de especialización temática, vienen prestando también de las fuentes de nuestra disciplina constituirá el objeto del
una poderosa contribución a la relación entre los cultivadores capítulo 4 de este libro.
de nuestra disciplina, a la ampliación de los campos de la inves­
tigación tradicional y al perfeccionamiento y renovación del ba­
gaje metodológico y de las técnicas de trabajo. Y la concurren­ 2. Niveles de expresión de la actividad investigadora
cia de los medievalistas a congresos abiertos a otros sectores de Los resultados finales de la labor investigadora del historiador
la investigación, propicia la cooperación interdisciplinar, con- se traducen en la obra histórica. La diversa forma en que ésta
se materializa estará en función de los propios planteamientos
labor desplegada por el Centro de Spoletto se ha venido materializando conceptuales y metodológicos del autor y de las técnicas que
en la publicación de una colección de estudios que son hoy base de in­ maneje, de la amplitud del objeto sometido a estudio, de la in­
excusable consulta para el conocimiento de la alta Edad Media europea.
ul
A él se debe la fundamental obra colectiva, en curso de publicación, tencionalidad perseguida por el investigador; y vendrá condicio­
sobre las fuentes de la Edad Media occidental a la que tendremos ocasión nada, en todo caso, por las posibilidades que puedan ofrecer los
de referirnos con detalle en el capítulo 4. dos pilares básicos de su trabajo: las fuentes y el material bi­
m
Se alude a ellos en las guias y obras de introducción que relacio­ bliográfico disponibles.
namos en la Orientación bibliográfica final.
" Para España véase el último apartado de este mismo capitulo. Un intento de establecer una tipología de los niveles de ex-
164 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 165

presión de la investigación medievalista nos llevaría a considerar fase previa al proceso de estudio propiamente dicho; y materia­
cuatro grupos fundamentales de modalidades que puede reves­ lizan esa labor de acarreo en los apéndices documentales de sus
tir la obra historiográfica y que, por lo demás, son comunes, en publicaciones monográficas. De hecho la crítica textual y edi­
líneas generales, a todas las disciplinas históricas: ción de una importante parcela de fuentes medievales —las de
naturaleza jurídica— se viene haciendo en buena medida en
a) la edición crítica de fuentes, nuestra patria, en los últimos años y de manera ejemplar, desde
b) el trabajo monográfico, la exposición de conjunto y el el campo de la investigación histórica institucionalista.
ensayo,
c) la recensión o reseña bibliográfica, los «estados de la cues­
tión»; las guías, cuestionarios o propuestas metodológicas para
la investigación, La monografía —exposición de los resultados de un trabajo cien­
tíficamente elaborado sobre una cuestión o un conjunto de cues­
d) las obras de divulgación.
tiones afines de carácter particular—, se sitúa en la base de la
labor investigadora del historiador; y se liga al inevitable pro­
ceso de especialización que se opera en el seno de las diversas
Refiriéndonos a la primera de las modalidades descritas debe
advertirse que, en rigor, la edición critica de fuentes de conoci­ disciplinas históricas.
miento no constituye una tarea específica del medievalista, ar­ Además de las limitaciones inherentes a la concreción de su
ticulándose de lleno en el ámbito de trabajo propio de los pa­ ámbito temático, la monografía se ha resentido, tradicionalmen-
leógrafos y diplomatistas. La publicación de fuentes no es, en te, de los condicionamientos propios de todo tipo de actividad
si misma, una obra histórica, sino el presupuesto de ésta. Ese concebida y realizada, en la mayor parte de los casos, individual­
carácter de medio y no de fin de la actividad estrictamente in­ mente. De hecho, es la forma de expresión por excelencia del
vestigadora comporta, por otra parte, el reconocimiento del va­ trabajo científico en el que hace sus primeras armas el histo­
lor fundamental de una tarea —la de exhumación de materia­ riador: las memorias de licenciatura y de doctorado.
les— que «es árida, exige mucha erudición y es poco espectacu­ Nada se opone, sin embargo, al desarrollo de investigaciones
lar, pero que instrumentalmente es indispensable» w y condi­ monográficas en equipo. Y por fortuna, el trabajo colectivo se
ciona en buena medida los progresos de las investigaciones hace cada vez más presente en este campo. En todo caso, la
monográficas y de las contracciones de síntesis en el campo de mayor parte de la producción publicística medievalista se nutre
la Historia Medieval. Si es cierto que los documentos —dando de aportaciones, individuales o colectivas, de carácter mono­
a esta palabra su sentido más amplio— no son en sí mismos gráfico.
Historia, no lo es menos que no se puede hacer Historia sin Como condiciones óptimas en que debe ser llevada la inves­
ellos; o, por decirlo con palabras de Sánchez Albornoz, «las tigación monográfica podemos referir al ámbito específico de
fuentes históricas son las canteras de donde extraer sillares para la Historia Medieval las que Tomás y Valiente señala para la
elevar el edificio de la Historia. Su multiplicación en estos días historia jurídico-institucional, cuando sugiere que «debe hacerse
y su talla mediante los avances de la crítica externa e interna de con unos postulados conceptuales y metodológicos claros. De lo
las mismas contribuye, cada día un poco más, a asegurar el cono­ contrario puede incurrirse en la elaboración de estudios propios
cimiento científico del pasado y a facilitar la misión de los cul­ de una historiografía positivista, carentes de preocupación y de
tivadores de la ciencia de los porqués, la Historia» U5. nervio teórico» **.
En relación con la monografía, como forma primaria y fun­
Los propios medievalistas, sin embargo, asumen directamen­ damental de expresión de la investigación histórica, debe po­
te con frecuencia el trabajo de edición de fuentes en relación nerse el creciente desarrollo de los estudios de historia local,
inmediata con la temática objeto de su labor investigadora, como género que, tradicionalmente lastrado por el intrusismo de una
'" F. Tomás y Valiente, «Historia del derecho e historia», cit., p. 174. erudición seudocientífica, está hoy plenamente dignificado e in-
m
C. Sánchez Albornoz, Ensayos sobre historiografía. Historia y Liber­ m
tad, Madrid. Júcar, 1974, p. 49. Tomás y Valiente, ob. cit., p. 174.
166 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 167
corporado a los cauces por los que discurre buena parte de la obviamente, está ausente del trabajo monográfico del especia­
labor investigadora monográfica del medievalismo m . Las ati­ lista. Sánchez Albornoz, con su prosa brillante, se refería no
nadas consideraciones formuladas hace algún tiempo por G. Fa- hace mucho a las sucesivas etapas del proceso investigador en
soli sobre el valor de la «historiografía local» como condición los términos siguientes:
indispensable para el desenvolvimiento, sobre sólidas bases, de
una «historiografía general» u>, encuentran en este punto su na­ La Historia requiere tres tareas sucesivas. Es necesario comenzar
tural complemento en las palabras que dedicaba recientemente por el descubrimiento, estudio y edición científica de los testimonios
P, Vilar a la vindicación del interés «de las monografías que per­ históricos, es decir, las fuentes. Después es preciso aprovechar esos
miten una 'micro-observación' a menudo reveladora». Por vía de testimonios históricos acumulados y cernidos para redactar mono­
grafías sobre temas más o menos extensos que se estudien y re­
ejemplo, señala el gran historiador francés cómo «una ciudad o suelvan la muchedumbre infinita de problemas históricos que nos
una pequeña región agraria pueden aportar muchas informacio­ surgen al paso en las diversas facetas de la Historia. Y es forzoso,
nes sobre las estructuras de una sociedad, siempre que se ten­ por último, levantar sobre los cimientos de tales ediciones científicas
gan puntos de comparación o se multipliquen las monografías». y de tales monografías críticas, las grandes construcciones histó­
La importancia de las aportaciones monográficas de ámbito lo­ ricas. Todos sirven, más o menos, si han adquirido la preparación
cal deriva de la existencia de lo que Vilar llama organismos técnica precisa para las dos primeras y nobilísimas tareas. Cabe
sólo a las mentes preclaras, a los grandes talentos, a los historia­
típicos, representativos del funcionamiento global de las socie­ dores mejor dotados acometer o realizar la postrera y más difícil y
dades: «en el caso del régimen económico feudal, un señorío gloriosa empresa "*.
revela el mecanismo de funcionamiento, por la base, de la so­
ciedad señorial». En definitiva, «combinar la observación de las
mícroestructuras con el análisis de las estructuras globales es, La exposición de conjunto, como expresión que es de una la­
pues, un método fecundo» en la medida en que «una micro- bor de síntesis, se nutre de los resultados de una previa activi­
observación bien llevada puede [...] constituir un testimonio dad investigadora propia y ajena; y cada vez con más frecuen­
sobre el mecanismo esencial que caracteriza una estructura glo­ cia, cuando la amplitud de su ámbito temático así lo exige y
bal» ■». por su pretensión totalizadora, se presenta como fruto de la
cooperación de diversos especialistas.
Participando de unas características básicas comunes, pue­
den darse en la elaboración de las exposiciones de conjunto va­
Las colecciones documentales, las aportaciones de carácter mo­ riantes de fondo y forma de las que se sigue el establecimiento
nográfico y otras formas menores de trabajo científico de in­ de modalidades dentro de este género historiografía), en el que
vestigación directa sobre las fuentes —los artículos de las re­ una distinción al uso, aunque de perfiles no siempre claramente
vistas especializadas— constituyen el soporte fundamental de precisos, es la de los manuales y tratados. Según Bauer, «una
las exposiciones de conjunto de nuestra disciplina histórica. Si finalidad práctica que tiene por objeto resumir de un modo fá­
en la trayectoria del profesor universitario las monografías son, cilmente 'manejable' los resultados de todo lo que se encuentra
en cierto modo, el punto de partida de su función investigadora, en la bibliografía sobre el tema, dicta al Manual la ley de su
aquéllas representan la culminación de sus aspiraciones de re- ordenación interna». El tratado no tendería tanto a dar una vi­
elaboración e interpretación globalizadora del área de conoci­ sión íntegra del tema, como hace el manual, persiguiendo prio­
mientos que cultiva; y se configuran, en tal sentido, como una ritariamente una finalidad didáctica: «son fines didácticos los
obra historiográfica de madurez con una amplia proyección que, que determinan la selección, la ordenación y la organización de
la materia, de tal modo que el estímulo científico es equivalente
m
Cf. injra, al tratar de la bibliografía de Historia Medieval de Es­ al de la utilidad pedagógica». De ahí la estrecha vinculación de
paña. Sobre el interés de las monografías locales véase E. Sáez, este género historiográfico con la Teoría de la Educación IJI .
«Privilegios de la Orden de Santiago a Caravaca», en Hispania, u, 1942,
página 123.
m
G. Fasoli, Guida..., cit., pp. 183 ss. Ensayos sobre historiografía, p. 127.
■ P. Vilar, Iniciación..., p. 76, los subrayados del autor. Bauer, Introducción..., pp. 504 $.
168 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 169
Entre los diversos géneros historiográficos, las exposiciones de concepto y método comunes a las ciencias históricas en su
de conjunto constituyen la mejor referencia para conocer el ni­ conjunto, han sido objeto de referencias reiteradas a lo largo de
vel de desarrollo alcanzado en cada momento por las investiga­ las páginas precedentes. De ellos recordemos sólo el interés de
ciones sobre la época, área geopolítica o ámbito temático que los Once ensayos sobre la Historia (1976), desarrollados por
las limita; pero son, además, un claro exponente de los plan­ prestigiosos especialistas en diferentes áreas disciplinares de
teamientos epistemológicos y metodológicos de actualidad. Este nuestra ciencia, que muestran muy elocuentemente el grado de
mismo carácter condiciona, sin embargo, su vigencia: a dife­ preocupación y el rigor de planteamientos alcanzados por la
rencia de lo que ocurre con las elaboraciones monográficas, que historiografía hispana en la reflexión epistemológica sobre as­
cuando están sólidamente construidas pueden mantener duran­ pectos fundamentales del quehacer del historiador universitario.
te muchos años el mismo frescor del momento en que se publi­ No deben silenciarse, sin embargo, los peligros que acechan
caron, las exposiciones de conjunto, incluso las mejores, están al ensayismo histórico y que denunciaba M. Bloch —como ya
sujetas a un continuo proceso de revisión y actualización im­ vimos anteriormente— cuando se refería a los riesgos que en­
puesto por el propio progreso de la actividad investigadora que trañan para los grandes ensayos de interpretación el faltar «al
las nutre y que ellas mismas manifiestan. deber primordial de la veracidad pacientemente buscada» o pri­
En el apartado final de Orientación bibliográfica damos no­ varse «de esa sorpresa siempre renovada que sólo procura la
ticia de las más recientes exposiciones de conjunto de nuestra lucha con el documento» ,J4. Entre nosotros Sánchez Albornoz
disciplina, habiéndose destacado ya en páginas anteriores el no­ recordaba también, precisamente en uno de los últimos ensayos
table avance conseguido en los últimos años por la historiogra­ salidos de su prolífica pluma, que no era historiador quien cons­
fía medievalista hispana en este importante sector publicístico. truía «deliciosas teorías sobre cimientos poco sólidos sin afir­
marlos en los hechos» ,M.

Uno de los géneros historiográficos más atractivos y mejor re­


presentados en el campo de los estudios medievalistas es el en- Un lugar importante entre las diversas formas que puede adop­
sayo. Carente, en su forma más pura, de aparato crítico y eru­
dito 1H, «quiere atraer nuestra atención por su modo sugestivo tar la actividad historiográfica lo ocupan las recensiones y rese­
de considerar la materia. Sólo entreabre las puertas por doquier ñas criticas de las publicaciones científicas, orientadas a infor­
y deja a nuestro cargo el que por nosotros mismos encontremos mar sobre el contenido y valor de las mismas. Es ésta una tarea
el camino» UJ. cuya importancia se manifiesta en el especial cuidado que las
revistas ponen en las secciones dedicadas a la crítica de traba­
En este sentido, el ensayo se presenta, quizá, como la forma jos y artículos de la propia especialización. Y que se revela tanto
expresiva más idónea para abordar cuestiones de carácter con­ más importante cuanto mayor y más diversificado es el volumen
ceptual y metodológico, inducir reflexiones sobre aspectos in­ de publicaciones, que llega a veces a provocar una verdadera
terpretativos del tema planteado en cada caso, formular hipó­ sensación de asfixia bibliográfica al profesional de la Historia,
tesis de trabajo y sugerir directrices a la investigación básica. por muy limitado que sea su campo de acción.
Algunos de los más representativos ejemplos de la literatura Una recensión bien hecha contribuye poderosamente a des­
ensayística sobre aspectos generales o particulares de la Edad brozar el camino del especialista, brindándole una primera selec­
Media quedan reflejados en el registro bibliográfico final de ción del material erudito que acompañará el desarrollo de su
este libro. Otros muchos ensayos en los que se tratan problemas actividad investigadora; también le permitirá establecer un or­
m den de prioridades en el enriquecimiento de la biblioteca de su
Esto supone el reconocimiento a su autor del dominio de las apoya­ centro de trabajo. Una recensión rigurosa, realizada por un es­
turas bibliográficas y documentales de la exposición que desarrolla. Cf.,
por ejemplo, la justificación que Sánchez Albornoz hace en las páginas pecialista en la materia objeto de la publicación recensionada,
introductorias de su monumental ensayo España, un enigma histórico,
del hecho de prescindir en él del habitual aparato critico y erudito. ,M
Bloch, Introducción..., p. 70.
m
Bauer, Introducción..., p. 505. 10
Ensayos..., p. 49.
170
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 171
puede contener en sí misma apreciaciones críticas e incluso dicas que cumplen una función orientadora de inapreciable valor
aportaciones documentales de primera mano que comportan una para el profesional de la Historia. Entre nosotros, el índice His­
verdadera labor de investigación en su autor. tórico Español, fundado en 1953 por el profesor Vicens Vives, es,
Por desgracia, sin embargo, las reseñas bibliográficas no en este punto, una obra de obligada referencia.
siempre cumplen los requisitos básicos que exige el desarrollo
de tan delicada y cualificada actividad y que Bauer resumía en
los cuatro puntos siguientes: 1, educación científica del crítico;
2, dominio de la materia; 3, dotes para desarrollar su pensamien­ En estrecha relación con la labor crítica historiográfica está la
to de un modo claro y lógico; 4, fuerza moral de querer servir orientada a la presentación de estados de la cuestión y de guías
sólo al tema, es decir, a la verdad U4. y repertorios bibliográficos. En el primer caso se trata de ex­
En efecto, no es infrecuente que una tarea que exige un ele­ poner la situación en que, en un determinado momento, se en­
vado grado de especialización y un gran caudal de conocimien' cuentran las investigaciones sobre un tema monográfico, hacién­
tos se confíe a historiadores noveles —a titulo de aprendizaje dolo de forma sistemática y siendo de desear que se supere el
intelectual— o a no especialistas; tampoco lo es, por desgracia, mero nivel informativo, enriqueciendo la labor de acarreo y de
que quien somete a crítica una publicación se deje llevar por crítica de las publicaciones sometidas a examen con sugerencias
subjetivismos y prejuicios que empañan el principio de meri­ metodológicas y propuestas de directrices para investigaciones
diana objetividad que debe presidir, por un elemental sentido ulteriores en el ámbito temático de que se trate. Ejemplos bas­
de probidad científica, todo tipo de actividad censora. tante ilustrativos de este tipo de actividad de orientación histo­
riográfica se pueden ver en las páginas del Anuario de Estudios
La mayor parte de las revistas especializadas extranjeras, de Medievales, revistiendo especial interés, en este campo, el con­
las que hacemos una relación ejemplificativa en el apartado fi­ junto de comunicaciones presentadas al I Simposio de Historia
nal de este libro, incluyen la correspondiente sección biblio­ Medieval, celebrado en Madrid del 20 al 23 de marzo de 1969 y
gráfica en la que la crítica de libros se encomienda, normalmen­ publicadas con otros trabajos afines en la temática y orientación
te, a reputados especialistas. Tampoco falta este importante de aquella importante reunión de medievalistas nacionales y ex­
apartado informativo en nuestras revistas nacionales, destacan­ tranjeros bajo el título La investigación de la Historia Hispánica
do el rigor de la mayoría de las que incluyen en sus páginas el del siglo XIV. Problemas y cuestiones (Madrid-Barcelona, csic,
Anuario de Historia del Derecho, Anuario de Estudios Medieva­ 1973).
les e Híspanla. Revista Española de Historia, por citar sólo las
de más amplia difusión en el campo específico de la Historia Las guías y repertorios bibliográficos, bien sean de carácter
Medieval; la última de las citadas ha venido manteniendo, en general y sobre todo los de ámbito monográfico, cumplen igual­
los últimos años, una sección fija que bajo el título «Estudios mente un función informativa fundamental para el investiga­
críticos», acoge reseñas de cierta extensión, que sobrepasan am­ dor. Sin perjuicio de volver sobre este tipo de trabajos y al
pliamente los límites de la mera recensión o los aún más breves margen de las orientaciones contenidas en las guías y obras
de la simple nota bibliográfica. También en muchas revistas de introductorias para estudiantes ya citadas anteriormente, y en
ámbito temático o espacial más restringido, en las publicacio­ otras a las que nos refiramos más adelante, destaquemos ahora
nes periódicas vinculadas a los Departamentos de Historia Me­ los relevantes servicios que como instrumento de acercamien­
dieval o interdepartamentales de nuestras Universidades, e in­ to entre los medievalistas europeos e hispanos y de aproxima­
cluso en revistas de divulgación histórica se deja sentir la pre­ ción a su obra científica vienen cumpliendo, en los últimos
sencia habitual de esa importante modalidad de la actividad años, dos publicaciones básicas: el Répertoire des médiévisíes
historiográfica representada por la recensión. européens puesto en marcha en 1960 por el Centre d'Etudes Su-
Debe advertirse, por otra parte, que la información biblio­ perieures de Civilisation Médiévale de Poitiers; y el Repertorio de
gráfica constituye en sí misma el objeto de publicaciones perió- Medievalismo Hispánico, que dirigido por el profesor Sáez Sán­
chez y nacido en el seno del Instituto de Historia Medieval de
Bauer, Introducción..., p. 506. España de la Universidad de Barcelona, por él fundado, ha ve-
172 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 173

nido a llenar un sensible hueco en el campo de la información Ciertamente los profesionales de la Historia no han perma­
sobre el desenvolvimiento de la historiografía en nuestra disci­ necido sordos a esa demanda social. Y en el campo específico de
plina. la especialidad medievalista son muy abundantes y expresivos
los testimonios de la participación activa del profesorado uni­
Dejando para un tratamiento más detenido en el apartado que versitario en esta empresa de divulgación histórica. Libros como
dedicamos a los métodos, técnicas y ciencias auxiliares de la in­ el de R. Pernoud, ¿Qué es la Edad Medid? U4, o, entre nosotros,
vestigación medieval, la publicación de cuestionarios, guias y el de J. L. Martín, La Edad Media a su alcance m, son dos re­
propuestas metodológicas, cerramos éste con una breve y obli­ cientes y reveladoras muestras de buen hacer en este ámbito de
gada referencia a una modalidad de la actividad historiográfica interés historiográfico. La nota liminar con la que el profesor
cuya importancia actual corre pareja a la de la labor docente Martín abre su sugestiva panorámica del pasado medieval his­
extrauniversitaria —ya analizada— y encuentra su última justi­ pánico constituye, por otra parte, una clara toma de posición
ficación en las razones de «compromiso social» del historiador ante el problema ahora apuntado'*.
que invocábamos en relación con aquélla. Se trata de las obras La participación en la elaboración de enciclopedias e histo­
de divulgación histórica, dirigidas al gran público y orientadas ria regionales o la colaboración en la prensa, periódica o diaria,
a satisfacer una demanda de conocimientos, cada vez más apre­ son igualmente tareas a las que se siente hoy plenamente incor­
miante, en los diversos campos de nuestra disciplina, que se porado el historiador, y forman parte del compromiso profe­
asocia no pocas veces al interés por el reconocimiento de las sional y vocacional de divulgar los propios saberes más allá de
bases de la propia identidad regional o nacional o al deseo, los círculos normalmente restringidos en los que se desenvuelve
urgido también por la presión social, de tratar de encontrar en habitualmente su quehacer científico.
la Historia la clave de la inteligibilidad de muchos problemas Una última y obligada reflexión, en relación con las formas
actuales. I expresivas que puede revestir la obra historiográfica del me­
Los profesionales de la Historia han sabido asumir plena­ dievalista, debe referirse a la envoltura formal de la misma. Un
mente ese importante reto que supone romper con los límites trabajo histórico no puede dejar de atenerse a la regla funda­
de una investigación hecha por y para especialistas, acercando mental de toda exposición escrita que es la de la claridad en la
a la sociedad por esa vía de la obra —libro o revista— de divul­ ordenación y presentación de la materia y la capacidad para
gación, la reelaboración de una actividad publicística que, tra- despertar el interés de sus destinatarios. «La piedra de toque
dicionalmente, había quedado confinada en los estrictos ámbitos para saber si una obra está bien construida se encuentra en el
de la Universidad y de los centros e instituciones científicas. hecho de que sea interesante» Ml. Obviamente, las características
No hace mucho tiempo uno de nuestros medievalistas, el pro­ de la temática abordada en cada caso y los propios objetivos
fesor Suárez Fernández, nos ofrecía unas lúcidas consideracio­ del investigador condicionarán en buena medida la amenidad
nes sobre esa irrenunciable dimensión de la labor del historia­
dor de oficio que se expresa en la respuesta dada, a través de "* Traducción y prólogo de L. Suárez Fernández, Madrid, «Ensayos
su propio quehacer intelectual, a las exigencias de la sociedad Aldaba», Magisterio Español, 1979.
en la que él está inmerso y a la que, en definitiva, sirve. Porque, "• Ed. Universidad de Salamanca, 1978.
M0
son sus propias palabras, «Encerrados en nuestro mundo, los universitarios hemos olvidado
con frecuencia que la Universidad es una institución pública pagada por
y al servicio de todos los ciudadanos; nos hemos justificado, en el mejor
además de una ciencia, la Historia es en el hombre un sentimiento de los casos, con la publicación de trabajos que sólo leerán los especia­
de adhesión o de interés por el mundo del cual se cree protagonista, listas, y no hemos hecho nada por llegar al gran público del' que nos
y esto genera una demanda que ha de ser satisfecha... Si los profe­ hemos acordado, indirectamente, a la hora de pedir al Estado que aumen­
sionales de la Historia no colman estos deseos, alguien lo hará, con te los presupuestos universitarios, que nos ofrezca mejores condiciones
grave riesgo para la conciencia histórica del hombre medio'" para seguir trabajando en campos que empiezan y terminan en nosotros
mismos. Afortunadamente, la situación va cambiando y el universitario se
OT considera, cada vez mas, miembro de la sociedad en que vive y, por tanto,
«La exposición en el campo de la Historia. Nuevos temas y nuevas
técnicas», en Once ensayos..., cit., pp. 21 s. a su141
servicio [...]».
Bauer, Introducción..., p. 498.
l75
174 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología

de la obra histórica; un trabajo científico de orientación eminen­ excusable del quehacer historiográfico y condiciona la misma
temente erudita y dirigido a un sector minoritario de especia­ validez científica de sus resultados.
listas no ofrece en este punto las posibilidades que puede brin­
dar una exposición desarrollada con intención divulgadora y di­
rigida a un público mayoritario. Tradicionalmente se ha venido calificando de «ciencias auxilia­
res» de la Historia a un conjunto restringido de disciplinas que
Pero en todo caso y cualquiera que sea la finalidad perse­ pueden resumirse en la siguiente enumeración, que incluye Bauer
guida por una obra histórica, «ésta ha de ser siempre, en su en su conocida Introducción y a la que se adaptan, con ligeras
género, una obra artística», entendiendo por tal, con palabras variantes, la generalidad de los manuales clásicos de metodolo­
de Bauer, «una creación bien ponderada en su medida y en sus gía histórica: «la ciencia de la escritura (Paleografía), la ciencia
medios, arquitectónicamente construida y que muestre, en to­ del documento (Diplomática), la ciencia de las inscripciones
das sus partes, la agudeza intelectual de su autor. Debe quedar (Epigrafía), la ciencia de los sellos (Sfragística), la ciencia de la
patente que el autor ha sabido dominar su materia, tanto inte­ medida y computación del tiempo (Cronología), la ciencia de
lectual como formalmente» , c . los escudos y blasones (Heráldica), la ciencia de las monedas
(Numismática) y la Genealogía» 144.
También se podría referir, con plena propiedad, la misma
3. Ciencias «auxiliares* y medios y técnicas instrumentales de calificación a otras ciencias que han venido prestando una tra­
la investigación de la Historia Medieval dicional y estrecha colaboración al desenvolvimiento de las in­
vestigaciones históricas: la Lingüística, la Geografía, la Arqueo­
«Sólo un número muy reducido de investigadores pueden vana­ logía, la Etnología, la Estadística, la Economía y, en fin, a un
gloriarse de hallarse bien preparados para leer y criticar una largo etcétera que haría sumamente enojosa su relación. Más
carta puebla medieval, para interpretar correctamente los nom­ recientemente y a impulsos del propio progreso de aquéllas, de
bres de lugares (que son, ante todo, hechos lingüísticos), para la ampliación de sus antiguas esferas de interés y de las últimas
fijar sin errores la fecha de los vestigios de un habitat prehis­ y renovadoras directrices en el desarrollo de los estudios histó­
tórico celta, galorromano; para analizar las asociaciones vege­ ricos, (Oda una serie de nuevas técnicas y métodos de trabajo
tales de un prado, de un barbecho, de un erial. Sin embargo, se han incorporado al bagaje instrumental, cada vez más com­
sin todo ello ¿cómo pretender escribir la historia de la ocupa­ plejo, del historiador, permitiendo no sólo la ampliación del
ción del suelo? Creo que pocas ciencias están obligadas a usar ámbito de las fuentes tradicionales, con la incorporación de nue­
simultáneamente tantas herramientas dispares. Y es que los he­ vos testimonios, sino el aprovechamiento de posibilidades, hasta
chos humanos son de los más complejos, y el hombre se coloca hace poco desconocidas, de aquellas mismas fuentes, durante
en el extremo de la naturaleza» ,a. mucho tiempo sólo parcialmente explotadas, o su utilización a
El pasaje precedente, escrito hace cuarenta años por M. Bloch, partir de remozadas perspectivas de análisis.
centra, creemos que en términos bastante exactos, la cuestión Desde la introducción y generalización en el empleo de orde­
que nos toca abordar ahora y que no es otra que la de la rela­ nadores hasta las conquistas de la Palinología, tan ligadas a los
ción entre la actividad investigadora del historiador de oficio en estudios de historia del clima; o desde el empleo de las más sofis­
general —y del medievalista en particular— y una serie de téc- _ ticadas técnicas cartográficas hasta el aprovechamiento de las re­
nicas y disciplinas, en muchos casos dotadas de plena carta de veladoras aportaciones de la fotografía aérea, todo un conjunto,
autonomía en su objeto y en sus métodos, respecto de las cua­ cada vez más amplio y perfeccionado, de nuevos medios de tra­
les dicha actividad se desarrolla a veces en un grado de depen­ bajo se ha integrado plenamente, en los últimos años, en el
dencia tan estrecha que su concurso constituye la premisa in- quehacer profesional del historiador. Podríamos decir, con pala­
bras de García de Cortázar, que «la acelerada introducción [de
» Ibid., p. 497.
"* Bloch, Introducción..., p. 57. Ob. cit., p. 226.
176 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 177
esas técnicas] y la rápida universalización de su empleo cons­ han ocupado de los problemas de metodología histórica y de
tituyen, sin duda, una de las características más significativas las relaciones interdisciplinares de la Historia. En este sentido,
de los métodos actuales de investigación en Historia, cualquiera una corriente de opinión generalizada tiende a distinguir diver­
que sea la época o el tema sobre el que versen» l45. sos grados de dependencia entre la ciencia histórica y sus «cien­
«En la hora actual —escribía hace trece años R. Delort— la cias auxiliares» y a matizar el carácter, cambiante y relativo,
Historia que aspira a ser 'total' es susceptible de encontrar de tal expresión. Ya Bauer advertía que «si se quiere hablar de
una eficaz ayuda entre todas las ciencias, tanto humanas como ciencias auxiliares de la Historia en sentido restringido, en cuan­
exactas; sociología, demografía, economía política y matemática, to que no se trate de ramas del saber que sean por si mismas
astronomía, física atómica o cósmica... permiten una mejor verdaderas ciencias, sino que son parte de la Historiología mis­
comprensión y explicación de los fenómenos históricos» m. ma, que deben ser conocidas y cultivadas, dentro de su propio
Entre las obras de introducción conceptual y metodológica campo de acción, por todo historiador que quiera investigar y
citadas ya en anteriores apartados de este libro puede encon­ nos sirven de auxilio para la utilización de las fuentes, sólo la
trarse cumplida información sobre esa ampliación del campo Paleografía y la Cronología tienen el valor de tales. Por el con­
tradicional de las llamadas «ciencias auxiliares» de la Historia, trario, la Arqueología, la Epigrafía, la Papirología, la Diplomá­
debiendo destacarse todavía, como publicación de conjunto quizá tica, la Numismática, la Heráldica, sólo son capítulos especiales
más completa, la ya clásica de L'Histoire et ses méthodes, diri­ de la Heurística histórica y representan sencillamente distintos
gida por Ch. Samaran; y recordar una vez más las innovadoras modos de aplicación de las reglas generales que rigen en el exa­
orientaciones de la obra colectiva Faire de l'histoire. Nouveaux men crítico de la Ciencia Histórica. La Genealogía, que se acos­
Problémes, dirigida por J. Le Goff y P. Nora y recientemente tumbra a incluir entre las Ciencias históricas, es sólo un campo
traducida al castellano l47. Una especial referencia a las ciencias especial de aplicación de la Ciencia histórica misma» '*.
e instrumentos auxiliares del medievalista se encontrará en las
guías y obras de introducción de Halphen, Paetow, Pacaut, etc., Modernamente, se tiende a reservar la calificación de «cien­
también ya citadas, y especialmente en R. Delort, Introduction cias auxiliares» de la Historia a las que tradicionalmente se han
aux sciences auxiliaires de l'histoire iU. desarrollado en estrecha asociación con la heurística y la crí­
tica de las fuentes. Así se hace, por ejemplo, en la obra, repeti­
damente citada, sobre L'Histoire et ses méthodes, en la que el
estudio de tales disciplinas se articula bajo la rúbrica de «Scien­
La primera cuestión que plantea el tratamiento de las relacio­ ces auxiliaires traditionelles», vinculadas a la indagación de los
nes entre la Historia y las llamadas «ciencias auxiliares» es pre­ testimonios «figurados» (Arqueología, «Historia sin textos». Nu­
cisamente la de la calificación del grado de autonomía científica mismática, Sigilografía) y «escritos» (Epigrafía, Papirología, Pa­
de éstas y de las conexiones que mantienen con aquélla, consi­ leografía, Criptografía, Diplomática, Onomástica, Genealogía y
derada como ciencia «fundamental». Heráldica) 15) . A. von Brandt considera como problemas propios
El empleo indiscriminado de la tradicional adjetivación de de la esfera de intereses de las llamadas «ciencias auxiliares»
«auxiliares» con referencia a las múltiples disciplinas, tanto pro­ las relativas a la heurística y la crítica externa e interna de las
cedentes del campo de las ciencias sociales como del de las fuentes, incluyendo entre esas disciplinas a la Archivística y Bi-
aplicadas, que en muy diversa medida prestan su concurso a la blioteconomla. Paleografía, Diplomática, Sfragística, Cronología,
labor investigadora del historiador, es desde luego, abusivo. Y Genealogía, Heráldica, Numismática, Metrología y Estadística
así lo han entendido cuantos autores, antiguos y modernos, se | histórica Ui. J. Topolski se ha preocupado también de destacar
el carácter relativo del concepto de «ciencias auxiliares de la his­
1U
Los nuevos métodos..., p. 39. toria»: para el autor polaco se podría, en principio, calificar de
A. Colin,Delort,
"* R. 1969, p.Introduction
9. aux sciences auxiliaires de l'histoire, París,
'" Bajo el título Hacer la Historia, 3 vols., Barcelona, Laia, 1978-1980. Introducción..., pp. 226 s.
"* Colección «U», Serie «Historia Medieval», dirigida por G. Duby, Pa­ Véase la serie de estudios comprendidos entre las pp. 191-767.
rís, 1969.
Cit. por J. Topolski, Metodología..., p. 61.
178 Juan Ignacio Ruiz de ¡a Peña Aproximación a la metodología 179

«auxiliar» del historiador cualquier disciplina cuyos resultados plinas cuyas características fija Delort en los términos siguien­
o métodos éste utilizase en su trabajo de investigación. En esté- tes:
sentido amplio —dice— es obvio que serían auxiliares la Econo­ De una parte se trata de ciencias enteramente autónomas, que tra­
mía, la Sociología, la Lógica y otras muchas ciencias, «y aún, en bajan con métodos que les son propios (genealogía, arqueología) y
medida siempre mayor, la Matemática; y también la Ciberné­ materiales singulares: sellos (silografía), blasones (heráldica), mo­
tica y la Teoría de la información». Pero Topolski, asumiendo la nedas (numismática), nombres de personas (antroponimia) o de lu­
distinción propuesta por W. Semkowicz entre «ciencias coadyu­ gares (toponimia), escrituras (paleografía), estructura de las actas
vantes» y «ciencias auxiliares» de la Historia, refiriendo esta (diplomática), fechas (cronología)...; pero, por otro lado, todas ellas
última expresión a las conceptuadas así tradicional monto por su tienen una dimensión histórica fundamental, todas convergen sobre
relación con la heurística y con la crítica externa de las fuentes, la historia, que ellas mismas contribuyen a construir y en la que
escribe: encuentran la razón principal, a veces única, de su existencia u \

Se puede afirmar en general que las ciencias auxiliares de la his­ Desde otra perspectiva, hay que tener en cuenta que al lado
toria están conectadas con la heurística y con la crítica externa de de esas «ciencias auxiliares» tradicionales, cuyo grado de de­
las fuentes, esto es, con las primeras etapas del trabajo del histo­ pendencia de la Historia, como ciencia «fundamental» es obvio,
riador; mientras que las ciencias coadyuvantes de la historia, sumi­ otras disciplinas autónomas a las que podría aplicarse la con­
nistrando conocimientos que no provienen de las fuentes y fijando sideración de «colaboradoras» de la nuestra tienden cada vez
la atención sobre las nuevas posibilidades del método de investiga­
ción, se conectan con las etapas sucesivas del trabajo del historia­ más a constituirse en verdaderas «ciencias auxiliares» de ella,
dor, esto es, con la hermenéutica (crítica interna) y con toda la como observa el mismo Delort, en particular en el marco de las
llamada síntesis (principalmente explicación causal y evaluación). ciencias humanas: la demografía histórica, por ejemplo, que, al
No es preciso subrayar que junto al desarrollo de la ciencia, tanto menos para la Edad Media cae dentro del campo de acción ex­
el concepto de ciencias auxiliares de la historia como el de ciencias clusivo de los historiadores; la sociología, antropología, etnolo­
coadyuvantes de mla historia, como las ha llamado W. S., está sujeto gía históricas... «Está fuera de toda duda que la concepción de
a modificaciones . la historia total multiplica estas ciencias marginales, a caballo
entre dos o más ciencias de base, de las que se presentan como
Parecidos puntos de vista mantiene R. Delort, quien, des­ ramificaciones, géneros o auxiliares (un excelente ejemplo en
pués de referirse en un pasaje que reproducíamos anteriormen­ este sentido lo constituye, según su propio nombre, la sicología
te a los servicios que prestan a la investigación e interpretación histórica).» De entre esas disciplinas, «numerosas y de contornos
de los fenómenos históricos las más diversas ciencias humanas todavía poco claros», Delort destaca, como más perfectamente
y exactas, muestra sus reservas sobre la procedencia de aplicar constituida y útil la geografía histórica, con ciertas aplicaciones
a tales disciplinas, fundamentales en sí mismas, la calificación de la cartografía y de la foto-interpretación. También la lingüís­
de «auxiliares» de la Historia, proponiendo como término más tica sería acreedora de atención especial, sobre todo en relación
adecuado el de «colaboradoras» o «complementarias» en el sen­ con la importancia fundamental de los textos para el estudio de
tido de que aportan los recursos de sus técnicas o de sus preocu- I la Edad Media155.
paciones a nuestra ciencia, que, a su vez, les corresponde pres- j
tándoles servicios comparables 1B. En otro sentido cabe decir que el tema de las conexiones en­
tre la Historia y otras ciencias básicas —Sociología, Economía,
Derecho, etc.— generadoras de disciplinas tales como la historia
De lo hasta aquí expuesto una conclusión parece clara: la no­ social, historia económica, historia del derecho..., debe abordar­
ción de «ciencias auxiliares» de la historia dista mucho de tener se, y así lo hemos hecho ya en el capítuol 1 de este libro, desde
unos contornos precisos. Pero no es menos cierto que existe una la amplia perspectiva conceptual de la «especialización de las
base de acuerdo en referir tal calificación a un núcleo de disci- ciencias históricas».
m m
Ibid., p. 64. Ibid., p. 10.
"* Introduction..., p. 9. " Ibid.
180 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 181

Y en todo caso deberá insistirse en que el empleo del tér­ A) Las ciencias auxiliares tradicionales
mino «auxiliares», si se prefiere a los más pertinentes de «coad­
yuvantes», «colaboradores» o «complementarias», tiene necesa­ Entre las ciencias tradicionalmente consideradas como auxilia­
riamente y en relación con las ciencias básicas no'originaria ni res de la Historia en su sentido más estricto no todas contribu­
necesariamente ligadas a la heurística y crítica de los textos, un yen en la misma medida a la labor investigadora del medieva­
sentido relativo, meramente funcional y de reciprocidad, en cuan­ lista. Algunas, como la Epigrafía, tienen su campo de aplicación
to que, desde la perspectiva del Derecho o de la Economía, por preferente, aunque no exclusivo, en el área de la Historia Anti­
ejemplo, las aportaciones de la Historia pueden ser contempla­ gua; otras, como la Estadística, operan fundamentalmente sobre
das y aplicadas eventualmente como propias de una disciplina de una documentación cifrada que sólo se encuentra en cantidad
carácter instrumental. y calidad suficientes a partir de la época final del Medievo. De
las disciplinas que se presentan más estrechamente asociadas a
nuestra especialidad deben citarse, en primer término, «las dos
«Los medios de una investigación histórica —escribía no hace compañeras asiduas del medievalista: la Diplomática y la Paleo­
mucho H. Moniot— son los materiales documentales y la activi­ grafía» l57.
dad intelectual (problemática, crítica...) que los busca, los reco­
noce, los explota, los hace útiles [•••]. por lo demás ambos im­
bricados de forma indisoluble y continua» ,56. Desde la concreta Anteriormente tuvimos ya ocasión de destacar hasta qué punto
perspectiva de la Historia Medieval, que es la que aquí nos in­ el nacimiento y afirmación del medievalismo se asocia a los orí­
teresa especialmente, la consideración de las ciencias auxiliares, genes de los estudios paleográficos y de la Diplomática cientí­
medios de trabajo y técnicas instrumentales de la investigación fica, «la más venerable ciencia auxiliar de la historia» —dirá
medievalista entendemos que comporta el planteamiento de las con razón Tessier—, obra fundamentalmente de los esfuerzos
siguientes cuestiones: eruditos y críticos de don Jean Mabillon y de los bolandistas 1M.
La Paleografía, «ciencia de las escrituras antiguas» a>, cons­
a) El conocimiento y manejo de una serie de medios auxilia­ tituye una de las más importantes disciplinas auxiliares de la
res de tipo general, ligados al propio aprendizaje académico de la Historia, apreciación ésta que adquiere su plena dimensión pre­
disciplina, como pueden ser las guías, glosarios, diccionarios, cisamente en el dominio de los estudios sobre una época, la me­
atlas y otras obras de consulta, de las que incluimos una relación dieval, en la que no existen todavía textos impresos.
ejemplificativa en las notas incorporadas a las páginas de este Tradicionalmente se ha destacado la íntima relación del his­
capítulo, en el dedicado a las Fuentes y en la Orientación biblio­ toriador con el conocimiento de la escritura, llegándose a afir­
gráfica final. mar que «la Paleografía no es una ciencia en sí misma, sino que
b) La referencia a las «ciencias auxiliares tradicionales» —en se incluye por completo dentro del marco de la investigación
el sentido que dejábamos expuesto más arriba— de la Historia histórica» "°. Probablemente ese innegable carácter, que los co­
Medieval. nocimientos paleográficos ofrecen, de condición previa de la
c) Las aportaciones de otras ciencias «coadyuvantes» o investigación histórica en su más amplio sentido, extendida in­
«complementarias» que prestan a la investigación en nuestra es­ cluso a los dominios lingüísticos y literarios, ha contribuido a
pecialidad histórica un concurso especialmente estrecho y va­ oscurecer sus perfiles de disciplina autónoma, dotada de méto­
lioso. dos de trabajo propios y de una esfera de intereses igualmente
d) Una referencia final a la aplicación de algunas nuevas
técnicas instrumentales incorporadas al quehacer del medieva­ '" M. Pacaut, Guide.... p, 122.
lista. "' Cf. supra, capitulo 2, i, 2.
"• Una sumaria orientación bibliográfica sobre los estudios paleográ­
114
«La historia de los pueblos sin historia», en Hacer la Historia, ficos se ofrece, dentro del capitulo sobre Las Fuentes, en el apartado que
página 120. dedicamos a las obras auxiliares para su manejo.
'*• Bauer, Introducción..., p. 245.
182 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 183

peculiares que le confieren un rango muy superior al de nicm vii(laderamente autónomo, de esta disciplina. Efectivamente y
instrumento del quehacer historiográfico, como luego veremo», en la medida en que la escritura constituye uno de los factores
En su evolución, y tomando como hito referencial la publica» iales de toda civilización, el estudio de sus ciclos, de su
ción, en 1681, de la famosa obra de Mabillon, De re diplomática, tipología y de sus cambios se asocia inexorablemente a la con­
los estudios paleográficos han ido experimentando un gradual sideración de manifestaciones culturales y políticas y de actitu­
proceso de definición de su campo de interés específico, inde­ des mentales de las que la escritura se presenta como vehículo
pendizándose, primero, de la Diplomática, y en sucesivas etapa» expresivo de una representatividad a veces superior a la que
de la Epigrafía y de la Codicología, para perfilarse finalmenta pueda ofrecer cualquier otro.
como objeto propio y exclusivo de la Paleografía «la escri R. Marichal, por ejemplo, pone de manifiesto las íntimas re­
consignada en los manuscritos» Ml. laciones entre la escritura y la arquitectura góticas en el entra­
Para el medievalista, la lectura de las fuentes manuscri mado mental de la sociedad de esa época del Medievo: «Puede
la aptitud para valorarlas paleográficamente o para enjuiciar I Dnsiderarse la escritura gótica como la expresión gótica de cier-
grado de fiabilidad de las transcripciones y ediciones de las mis­ I.I dialéctica. Las analogías que pueden constatarse entre ella y
mas —cuando, como ocurre con frecuencia, su trabajo se basa la arquitectura no son —o sólo son fortuitamente—, visuales,
en materiales documentales ya publicados— son condiciones quo »on intelectuales; resultan de la aplicación a la escritura de una
configuran el manejo de los conocimientos paleográficos como forma de razonar que se encuentra en todas las producciones
una inexcusable exigencia práctica de su labor investigadora. ilcl espíritu» ,a. G. Duby, por su parte, subrayaría la fundamen­
Exigencia que comporta el dominio del latín medieval —en quo tal importancia de la restauración del uso de la escritura en la
se escriben buena parte de los documentos de la época— y el administración carolingia bajo unos nuevos módulos formales
conocimiento de los diferentes tipos de escritura, de los sistema!
—los que inauguran el ciclo «carolino»— considerando este hecho,
usuales de abreviatura y del léxico, sumamente fluctuante, del
período, claves para una correcta lectura e interpretación de lo» desde su perspectiva de medievalista, como una de las princi­
textos. Por otra parte, la práctica paleográfica del medievalista pales consecuencias de la reconstrucción política del monarca
se beneficia de una serie de aportaciones técnicas que han con» franco '*♦. Entre nosotros, García de Valdeavellano, a la hora de
tribuido modernamente a facilitar su labor de exploración di­ enjuiciar la situación de profunda postración cultural de las tie­
recta de las fuentes: al margen de la valiosa ayuda que le brin­ rras cristianas del Noroeste de la Península, tras el «renaci­
dan los diccionarios, repertorios, glosarios y otras obras de miento» de la época de Alfonso III, nos dirá que el siglo x fue
consulta concebidas precisamente como medios auxiliares del una ruda centuria «un siglo de escasas letras, del que apenas
trabajo paleográfico 'a, la aparición de medios de reproducción se conservan otros escritos que los diplomas oficiales y los do­
como la fotografía, de sofisticados sistemas de copia, la genera* cumentos de aplicación del derecho, redactados en una prosa
lización en el empleo del microfilm y la aplicación de procedi­ bárbara y caligrafiados en torpe letra cursiva visigoda» , u . Mara-
mientos técnicos —rayos infrarrojos o ultravioletas— que per­ vall, refiriéndose al proceso de renovación cultural y política
miten la lectura de textos en muy precario estado de conserva­ i]iie se opera en la primera época de la Reconquista de las tierras
ción, han representado en este campo un avance de inestimable eatalanas, destaca la especial significación que reviste la intro­
valor. ducción de la escritura carolingia, equiparándola a las transí ur­
inaciones que se producen en el orden de las estructuras litúr­
Pero además de su fundamental importancia instrumental, gicas, artísticas y jurídicas:
la Paleografía aporta al medievalista elementos de conocimien­
to que son, en definitiva, los que configuran el rango científico,
"' Bauer, ob. cit., pp. 248 s.; A. Dain, «Introductlon á la paléographie», *" Cit. por J. Le Goff, «Las mentalidades...», en Hacer la Historia, m,
página 94.
en L'histoire et ses méthodes, pp. 258 ss.; G. Cencetti, Paleografía latina, "* Guerreros y campesinos. Desarrollo inicial de la economía europea
Roma, Societa Ediloriale Jouvence, 1978.
ISOO-1200). trad. de J. L. Martín. Madrid, Siglo XXI, 1977, p. 97.
"■* Remitimos nuevamente al apartado sobre obras auxiliares..., dentro
del capitulo 4 que dedicamos a Las Fuentes. " Historia de España, i, segunda parte (ed. de 1963), p. 191.
Aproximación a la metodología 185
184 Juan Ignacio Ruiz de la Peña

Mientras se da una dependencia política, más o menos efectiva, de Diplomática, c o m o técnica q u e le p e r m i t e , a través del análisis
los reyes francos, las gentes que se encuentran en Cataluña prac­ de las e s t r u c t u r a s formales, una exacta valoración d e los diplo­
tican ia escritura común a los mozárabes, lo que ilustra del carác­ mas, su c o r r e c t a datación, la identificación d e los n o m b r e s pro­
ter de esas gentes. Y, en cambio, cuando se pasa a una situación de pios q u e en ellos a p a r e c e n y, finalmente, la d e t e r m i n a c i ó n d e su
independencia real, se produce la penetración de una influencia cul­ autenticidad, interpolación o falsedad m. T a m b i é n aquí se h a c e
tural, progresivamente, como a un fenómeno de esta naturaleza co­ preciso el c o n c u r s o d e o b r a s d e c o n s u l t a del tipo d e las q u e
rresponde. Aparece la caligrafía carolingia. Es, pues, un hecho que a p u n t á b a m o s al referirnos a los t r a b a j o s paleográficos: diccio­
se da en perfecto paralelismo con los que hemos señalado en los
órdenes de la liturgia, el arte y el Derecho"*. narios, cronologías, r e p e r t o r i o s y glosarios de diverso c a r á c t e r "'.
Pero el interés de la investigación d i p l o m á t i c a n o se agota en
el sólo, a u n q u e f u n d a m e n t a l , análisis d e la e n v o l t u r a formal d e
los d i p l o m a s . La observación cuidadosa d e las cláusulas formula­
Nacida, c o m o ya vimos, en e s t r e c h a alianza con la Paleografía rias d e los textos, d e las invocaciones, intitulaciones, escatoco-
—asociación q u e se m a n t i e n e , a p e s a r d e la especificidad de s u s los...; el t r a t a m i e n t o c u a n t i t a t i v o de su frecuencia, de s u s modi­
á m b i t o s , en los planes d e e s t u d i o de n u e s t r a s Universidades— ficaciones; el análisis c o m p a r a t i v o d e los m o d e l o s redaccionales
la Diplomática «tiene p o r o b j e t o esencial el e s t u d i o de la f o r m a de los d i p l o m a s . . . ofrecen al h i s t o r i a d o r vías i n s o s p e c h a d a s de
e x t e r n a de las a c t a s expedidas p o r las cancillerías», l l a m a d a s a c e r c a m i e n t o al m e d i o a m b i e n t a l en q u e los d o c u m e n t o s se re­
t a m b i é n d i p l o m a s (L. Halphen) l67. G. Tessier la define c o m o «co­ dactan. De ahí las posibilidades q u e en este p u n t o se le b r i n d a n ,
n o c i m i e n t o r a z o n a d o d e las reglas formales q u e se aplican a los por e j e m p l o , al investigador d e la sicología y sociología históri­
a c t o s e s c r i t o s y a los d o c u m e n t o s asimilados», y p o n e s u s orí­ cas, d e los c o m p o r t a m i e n t o s y de las e s t r u c t u r a s mentales, c o m o
genes en relación con «una reacción del espíritu crítico al con­ pone d e manifiesto J. Le Goff en relación p r e c i s a m e n t e con la
t a c t o con los d o c u m e n t o s d e archivo, r e p r e s e n t a d o s a los ojos historia de las m e n t a l i d a d e s :
de los h i s t o r i a d o r e s del siglo xvii p o r las carias medievales y,
s o b r e t o d o , p o r a q u é l l a s q u e l l a m a b a n la a t e n c i ó n p o r su pre­
[...] [la] lectura de los documentos se aplicará sobre todo a las
sentación e s p e c i a l m e n t e c u i d a d a o p o r la i m p o r t a n c i a del per­ partes tradicionales, casi automáticas, de los textos y los monumen­
sonaje en cuyo n o m b r e e s t a b a n intituladas» '*". tos; fórmulas y preámbulos de cartas que indican las motivaciones
El p r o g r e s o científico d e los e s t u d i o s d i p l o m á t i c o s e s deu­ —verdaderas o de fachada—; topoi que son la osamenta de las men­
dor, en buena medida, de la p r e o c u p a c i ó n p o r establecer la auten­ talidades [•••] Este discurso obligado y maquinal —en que uno pa­
rece hablar para no decir nada, en que se invoca a diestra y a
ticidad o falsedad d e los textos q u e c o n s t i t u y ó , en la p a s a d a cen­ siniestra, en ciertas épocas, a Dios y al diablo, en otras, a la lluvia
turia, u n o de los pilares f u n d a m e n t a l e s d e los p l a n t e a m i e n t o s y al buen tiempo—, es el canto profundo de ¡as mentalidades, el
metodológicos del positivismo, a los q u e t a n t o d e b e la h e u r í s t i c a tejido conjuntivo del espíritu de las sociedades, el alimento más
y el d e s a r r o l l o d e la crítica textual. I n s t i t u c i o n e s c o m o la famosa precioso de una historia que se interesa más por el bajo continuo
École des C h a r t e s , fundada en 1821, o la Académie des I n s c r i p - que por la palabra fina de la música del pasado™.
tions et Belles-Lettres 1M, s o n elocuentes e j e m p l o s de e s t a preocu­
pación configuradora d e la m o d e r n a ciencia d i p l o m á t i c a . En n u e s t r a p a t r i a y hace ya m u c h o s a ñ o s —en 1932—, J. Be-
neyto se p r e g u n t a b a el p o r q u é d e la persistencia en los d i p l o m a s
No h a r á falta volver a insistir s o b r e la fundamental i m p o r t a n ­
españoles, h a s t a m u y e n t r a d a la E d a d Media, d e esas estereotipa­
cia i n s t r u m e n t a l q u e p a r a el medievalista ofrece el m a n e j o de la
das cláusulas i m p r e c a t o r i a s «alusivas a dos m a l a v e n t u r a d o s per­
sonajes, D a t a n y Abirón, así c o m o al t r a i d o r J u d a s , cuya desdi-
"* El concepto de España en la Edad Media, cit., p. 187.
'** Sobre este concepto volveremos en el capítulo siguiente, al referir­ "° Asi como la fijación de los modos oficiales y oficiosos de redactar
nos a la tipología de las fuentes escritas de la Historia Medieval.
'" «Diplomatique», en L'Hisloire el ses mélhodes, pp. 633-676; del mis­ las actas (cf. M. Pacaut/Cuide..., p. 129).
111
mo autor: La Diplomatique, col. «Que sais je?», París, 1952; y La Diplo­ Remitimos a la bibliografía que citamos, dentro del capítulo sobre
matique, París, PUF, 1965; A. Pratcsi, Genesi e forme del documento me- Las Fuentes, en el apartado dedicado a las obras auxiliares para su
dievale, Roma, Jouvence, 1979. manejo, pp. 300 ss.
'" Tessier, «Diplomatique», pp. 647 ss. ™ «Las mentalidades...», p. 91 s.

I
186 Juan Ignacio Ruiz de la Peña I Aproximación a la metodología 187
chada suerte se reclama contra quien se oponga a lo estipulado». un gran contraste, por ejemplo, con la del Occidente medieval,
Lo recordaba Maravall m y acaso la respuesta exacta se encuen. por el número y, más aún, por la proporción con el resto de la
tre en ese nuevo marco de interés historiográfico que son las documentación: obras literarias y textos de archivo» w. Estos
mentalidades. Muy recientemente, J. L. Martín 174 insistiría en últimos han desaparecido prácticamente en el mundo antiguo,
las reveladoras consecuencias que el examen sistemático de esas salvo en Egipto o en algunos puntos del desierto de Siria y Pa­
cláusulas formularias de los diplomas, tan injustamente olvida­ lestina. Es así en relación con la Historia Antigua donde la Epi­
das o tenidas por irrelevantes, puede ofrecer para descubrir tan­ grafía ha encontrado, tradicionalmente, sus primeros y más
tos aspectos estructurales, íntimos, de esa «historia de la lenti­ atentos cultivadores y ha brindado sus mejores frutos. Con ra­
tud en la historia» —recordemos nuevamente las palabras de Le zón dice Robert que «se podría hablar para los países griegos
Goff— que es la historia de las mentalidades " 5 . L y romanos de una civilización de la epigrafía» "*.
Desde la concreta perspectiva de la Historia Medieval, la va­
loración de las aportaciones de la ciencia epigráfica se resiente
Al lado de las disciplinas auxiliares tradicionales vinculadas a la
de los condicionamientos que acabamos de señalar. Los medie-
investigación sobre testimonios escritos, y al lado de la Paleom
valistas han prestado un interés lógicamente preferente por las
grafía y la Diplomática, iiene también un lugar la Epigrafía qfl
fuentes narrativas y literarias y por los documentos de archivo
«ciencia de las inscripciones». El trabajo del epigrafista no se
que se brindaban en número y expresividad muy superiores a
limita, sin embargo, a la lectura de éstas y, eventualmenle, a la
los siempre escasos epígrafes. Los grandes y valiosos «corpus»
restitución del texto en los casos de mutilación, sino que stM
epigráficos formados para la Historia Antigua no han tenido,
extiende también a su «explicación lingüístico-filológica y a la
por desgracia, correspondencia para la época medieval. Y sin
valoración de su contenido» (Bauer). De ahí las estrechas rela­
embargo, no deben perderse de vista los importantes resultados
ciones de la ciencia epigráfica con olías disciplinas: la DiplomáM
que la Epigrafía ha brindado ya, y puede continuar ofreciendo
tica, la Historia del Derecho y de las Instituciones, la Geografía
en el futuro, al conocimiento de una etapa del Medievo —la más
y, sobre todo, la Lingüíslica en todos sus complejos dominiosH
temprana— precisamente para cubrir las lagunas de una docu­
«La búsqueda de las inscripciones, su limpieza y la independiza-
mentación escrita —la de los siglos v al x— sumamente escasa
ción de su texto, su descripción, la preparación de transcripcio­
y lacónica y no pocas veces manipulada.
nes y calcos, eventualmenle la reproducción del monumento qufll
las contiene, todo esto exige una serie de conocimientos técnlH Hace ya más de cincuenta años escribía Bauer: «aún se lo­
eos de capacidades físicas que deben ir unidos a los conocimien­ grará un campo de trabajo más vasto en la Epigrafía cuando
tos propios de esta especialidad científica» " 6 . se oriente hacia la Edad Media más enérgicamente de lo que lo
ha hecho hasta ahora» '".
El interés de las aportaciones de la Epigrafía a la investiga-
ción histórica es muy desigual según las épocas; y está en fun­ Podrían aducirse elocuentes pruebas de los preciosos servi­
ción, fundamentalmente, de la importancia cuantitativa y cuali-j cios que las investigaciones epigráficas han brindado ya a la
tativa de otras fuentes escritas distintas de las que constituyen I investigación medievalista en una triple vertiente: a) facilitan­
el ámbito específico de conocimiento de dicha ciencia. L. Robert | do la verificación de informaciones contenidas en textos de du­
señala cómo «la epigrafía antigua del mundo clásico presenta | dosa fiabilidad, b) supliendo la inexistencia o insuficiencia de
otras fuentes escritas, y c) completando con la aportación de
ln
El concepto de España en la Edad Media, pp. 188 s. variados y valiosos materiales las informaciones contenidas en
"' «Utilidad de las fórmulas 'inútiles' de los documentos medievales», otro tipo de testimonios documentales. Un ejemplo próximo al
en Semana de Historia del Monacato cdntabro-astur-leonés, Oviedo, 1982, ámbito de la investigación de la más temprana etapa de la Re­
páginas 81-86. conquista puede resultar, en este punto, bastante significativo:
™ Ob. cit., p. 87.
"* Bauer, Introducción..., p. 254. Una buena y reciente exposición de
conjunto sobre el tema en R. Favreau, «Les ¡nscriplions medievales», fas­ 177
cículo 35 de la Typologie des sources du Moyen Age occidental, Lovainu, «Epigraphie», en L'Histoire..., p . 453 ss.
1979. ™ Ibid.
m
Introducción, loe. cit.,
188 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 189

el descubrimiento, lectura e interpretación de la lápida de con-] grafía— con una sólida tradición entre las llamadas ciencias
sagración de la pequeña ermita de Santa Cruz de Cangas (año auxiliares de la Historia y que se encuadran en el marco de las
732), ha servido para comprobar la autenticidad del pasaje de que forman una especie de «malla intermedia entre el estudio
la Crónica de Alfonso III en el que se refería precisamente e l ' neto de las fuentes escritas y las diferentes ramas de la Ar­
hecho fundacional de dicho templo por el rey Fáfila, hijo y su­ queología» IM.
cesor de Pelayo, en términos que coinciden plenamente con la La Numismática, como actividad empírica o mero coleccio­
información del epígrafe, desvaneciéndose así las sombras de nismo, es muy antigua y está muy generalizada; como disciplina
duda que sobre la autenticidad de dicho texto cronístico —sal­ científica su objeto viene dado por «el estudio de las piezas mo­
vadas ciertas y notorias interpolaciones— había desencadenado netarias, que no se confunde con el de ¿a moneda, más vasto,
el agudo hipercriticismo de L. Barrau-Dihigo. AI mismo tiempo, referido a complejos mecanismos económicos y sociales, que
la lápida de Santa Cruz aporta informaciones de valor excepcio­ analiza la moneda en todos los sentidos que este término en­
nal en relación con las prácticas de sucesión al trono en la pri-l cierra: como instrumento de pago, como medida de valor, como
mera etapa de la Monarquía astur "°. Por otra parte, los recien-J unidad monetaria de un país, como montante total de los recur­
tes estudios de A. Barbero y M. Vigil sobre Los orígenes sociales sos fiscales del Estado en determinada época, etc.» '". En todo
de la Reconquista m constituyen también un expresivo ejemplo caso, sin embargo, la Numismática constituye «la base segura
de inteligente aplicación de los datos aportados por la Epigrafía e irremplazable para tales investigaciones».
al planteamiento y esclarecimiento de interesantes problemas i En su aplicación a los estudios de Historia Medieval se ve
en el concreto ámbito temático de la investigación desarrollada favorecida por la existencia de un estimable número de textos
por dichos autores. financieros y por las aportaciones de dos disciplinas hermanas
—la Heráldica y, sobre todo, la Sigilografía— que facilitan los
indispensables elementos comparativos para el análisis de los
caracteres externos de las monedas. Dado, por otra parte, que
Aunque las fuentes escritas han venido proporcionando tradición
sólo tardíamente las monedas metálicas conocen la competencia
nalmente —y continúan haciéndolo— la más importante base
de la moneda escrituraria, estudiar la historia de las piezas mo­
documental a la investigación medievalista, existen otro tipo de
netarias en la Edad Media equivale —como señala Delort— a
testimonios materiales, en cantidad y calidad muy apreciables,
estudiar, en suma, su historia monetaria "*.
que proporcionan un complemento imprescindible para los es
tudios de nuestra especialidad y que incluso, para determina­ El interés que los estudios numismáticos ofrecen a la inves­
das épocas y lugares, se presentan con el rango de fuentes de tigación de la Historia Medieval es muy grande, sobre todo en
importancia prioritaria 182 . En su conjunto, ese tipo de «témoi- relación con las etapas más tempranas de esa Edad, como han
gnages figures» xa constituyen el campo de acción de una cien­ subrayado, por ejemplo, Delort o Duby, para la época franca 187.
cia básica —la Arqueología— cuyas relaciones con la Historia Y con carácter general y para todo el Medievo, tanto en el ám­
Medieval, como más adelante veremos, se han estrechado consi­ bito occidental como para los escenarios marginales de África
derablemente en los últimos tiempos. Dentro de esos testimo­ y Asia, los hallazgos monetarios y su estudio sistemático, la
nios maleriales se destacan, sin embargo, dos tipos de objetos formación de «corpus» y catálogos numismáticos hecha con una
—las monedas y los sellos— cuyo estudio constituye el ámbito rigurosa metodología científica y con el concurso de otras dis­
específico de sendas disciplinas —la Numismática y la Sigilo- ciplinas auxiliares —nos referíamos antes a los especiales ser-

*° Cf. C. Sánchez Albornoz, Orígenes de la nación española. El reino] '" Delort, Introduction..., p. 214. Cf. también Ph. Grierson, «Les mon-
de Asturias, 11, Oviedo, 1974, p. 258. naies», y M. Pastoureau, «Les sccaux», fases. 21 y 36 de la Typologie,
"' Reunidos en volumen publicado por Ariel, 1974. Véase también, de 1977 y 1981.
ambos autores. La formación del feudalismo en la Península Ibérica, Bar­ "» Delort, ob. cit., p. 298.
celona, Critica, 1978.
1U
Cf. infra, capítulo 4, al referirnos a las fuentes no escritas. "• lbid. _
IU
Cf. L'Hisloire el ses mélhodes, pp. 191 ss. '" Delort, ob. cit., p. 321; Duby, Guerreros y campesinos..., pp. 77 ss.,
especialmente.
190 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 191
vicios de la Heráldica y la Sigilografía; habría que aludir tam­ extrínseco más visible y a menudo como la única garantía de
bién a los que ofrecen en este campo la Lingüística, la Geografía, su autenticidad», presentándose bajo esta perspectiva como un
la Arqueología...—, brindan al medievalista unas perspectivas capítulo de la ciencia diplomática "'. Por otra parte, considera­
de conocimiento histórico de múltiples proyecciones: desde el dos en sí mismos, los sellos participan de la doble naturaleza
establecimiento de itinerarios comerciales hasta el testimonio de los documentos escritos —entrando así dentro de la esfera
de la independencia política de una ciudad o un Estado —como de acción de la Paleografía— y figurados, con una representativi-
señala J. Babelon IM—, pasando por variados aspectos de la his­ dad, en este segundo supuesto, que puede revestir múltiples for­
toria «evenemencial», institucional o social —el conocimiento de mas y simbolismos y que hace de la Sigilografía «una de las
movimientos migratorios, por ejemplo—, sin olvidar, obviamente, mejores auxiliares de la Arqueología, la historia del arte o de
todo el complejo entramado de la historia económica de la que las mentalidades» m.
la ciencia numismática se presenta como una de las disciplinas
auxiliares con crédito preferente. De la rápida exposición precedente sobre las características
y posibilidades del estudio de los sellos 1W se desprende la im­
El manejo de las colecciones y repertorios numismáticos se portancia de esta disciplina —aparentemente de rango secunda­
articula pues con pleno derecho, entre los medios instrumen­ nte— para la investigación de la Historia Medieval; y la necesi­
tales imprescindibles para el medievalista m. dad de que el medievalista incluya en su bagaje instrumental el
Estrechamente ligada a la Diplomática y a la Numismática conocimiento de los problemas teóricos y prácticos que plan­
se presenta otra de las tradicionales disciplinas auxiliares de la tea 1 ".
Historia: la Sigilografía o «ciencia de los sellos». De la consi­
deración de cuál es su objeto de estudio —el sello, entendiendo
por tal «la impresión sobre una materia plástica de imágenes o
caracteres grabados sobre una materia dura (la matriz) y sir­ La Genealogía y la Heráldica completan, en estrecha alianza,
viendo sobre los documentos que autentifica de signo de autori­ el cuadro de las «ciencias auxiliares tradicionales» de la Histo­
dad, de propiedad y a xeces de sistema de cierre, para una per­ ria. Sobre ambas han pesado una serie de prejuicios derivados,
sona física o moral»— se sigue el interés que pueden revestir las sobre todo, de motivaciones ideológicas que se inscriben en el
aportaciones de esta disciplina en el ámbito de la investigación giro experimentado por los estudios históricos a partir de la
medievalista. Unas aportaciones que se asocian directamente Revolución Francesa y que asociaban, en exclusiva, las investi­
—como recuerda Delori— a la historia social y de modo espe­ gaciones heráldicas y genealógicas a la historia de unos sectores
cial a la de aquellos individuos que, por razón de su autoridad sociales nobiliarios y de unas estructuras políticas que se resen­
o de su riqueza —reyes, caballeros, nobles, prelados y miembros tían del profundo descrédito con que se enjuiciaban ciertos as­
de la alta clerecía, gentes acomodadas—, ocuparon una posición pectos especialmente representativos del Antiguo Régimen m. La
preminente; afectando también a las personas morales, ciuda­ restitución a ambas disciplinas de su plena operatividad cien­
des y concejos, corporaciones profesionales, entidades eclesiás­ tífica es, ya desde hace tiempo, una realidad incuestionable,
ticas, que dispusieron y usaron de sellos propios "°. destacándose de modo especial el interés de sus aportaciones
al campo específico de la investigación medievalista.
Desde el punto de vista de su impostación metodológica, los
La Genealogía tiene por objeto «el estudio de la filiación de
estudios sigilográficos, como antes adelantábamos, aparecen es ;
trechamente vinculados a la investigación sobre documentos es­ '" Delort, ob. cit., pp. 273 s.
critos, «a las actas de las que el sello se ofrece como el rasgo »' lbid.
"' Y. Metman en estudio cit., p p . 426 ss., expone las sugestivas perspec­
'" «Numismatique», en L'Histoire et ses méthodes, pp. 329 ss. tivas que pueden ofrecer las enseñanzas sigilográficas a la investigación
'" Cf. in/ra, capitulo 4, al tratar de las obras auxiliares para el manejo histórica.
de las fuentes. Véase también la documentación numismática que aporta "* Ofrecemos unas orientaciones bibliográficas básicas en el a p a r t a d o
Delort a su ob. cit. sobre las obras auxiliares para el manejo de las luentes que incluimos
"" Sobre las principales categorías de sellos en la Edad Media véase en el capitulo 4, p p . 300 ss.
Y. Metman, «Sigillographie», en L'Histoire..., pp. 408 ss. ' " Cf. J. M. de Tupigny, «Généalogie» y «Héraldiquc», en L'Histoire...,
páginas 724 ss y 740 ss., respectivamente.
192 Juan Ignacio Ruiz de la Peña 193
Aproximación a la metodología
6
las personas y de la sucesión de las generaciones»" . En sus apli­ Heráldica, que contribuye a vincular de modo especial esta dis­
caciones prácticas actuales, los estudios genealógicos —de una ciplina a la investigación medievalista, es que las armas tienen
antigüedad que se remonta ya a la época de redacción de los su origen esencialmente en la Edad Media, como pone de mani­
textos bíblicos l97 y que en la Edad Media informan la floración fiesto el vocabulario heráldico básico? 2 .
de géneros historíográficos de gran pujanza "•— desbordan am­
pliamente el interés exclusivo de la historia nobiliaria. Es cier­
to que «el mundo feudal, entre otros, no puede ser comprendido Señalemos, para terminar, que en un recorrido por las ciencias
sin una información lo más completa posible de los parentescos auxiliares tradicionales de la Historia no puede estar ausente
y de los linajes, que no sólo determinan las sucesiones y las he­ una alusión a la Cronología, como instrumento que proporciona
rencias, sino que crean los lazos de fidelidad y de vasallaje» "*. «la posibilidad inmediata de situar un suceso en relación con
Pero la Genealogía no se limita solamente al estudio de las fi­ otros» 203 , brindando al investigador «los medios auxiliares para
liaciones aristocráticas; su interés se proyecta sobre otros am­ la comprensión de las fuentes, la determinación en el tiempo y
plios sectores de la historia social, permitiendo analizar, por el encadenamiento de los hechos históricos» 204 . De ahí la impor­
ejemplo, los procesos de asimilación de minorías étnicas, de tancia de los repertorios cronológicos generales y, sobre todo,
fusión y de alianzas entre grupos familiares de diversa condi­ de las cronologías especiales, de uso inexcusable para el inves­
ción, constituyendo una prueba fundamental para el análisis de tigador de la Historia Medieval205, sin contar las nuevas perspec­
los fenómenos de movilidad social: facilitando cómodos puntos tivas de la moderna cronología científica a las que más adelante
de referencia a la hora de confeccionar repertorios cronológicos nos referiremos.
y brindando, en fin, otras múltiples aplicaciones a la investiga­
ción histórica en función de intereses diversos, como pone de
manifiesto M. Péronnet en su sugeridor estudio Généalogie et
histoire xo. B) Las ciencias «coadyuvantes»: Geografía, Lingüística, Ar­
queología y otras disciplinas y técnicas cooperadoras de la
La Heráldica, «ciencia de los símbolos hereditarios», cuyo investigación medievalista
rango de disciplina plenamente consolidada no sería reconocido
hasta el siglo xix, gracias a los esfuerzos del estudioso Max Pri- En el fecundo y cada vez más intenso «diálogo entre la Historia
net"", mantiene estrechas relaciones con la Sigilografía, la An- y las ciencias humanas» —empleamos la feliz expresión de Brau-
troponimia y, sobre todo, la Genealogía. Delort resume los prin­ del— es, sin duda, el mantenido con la Geografía el que presen­
cipales campos en que se manifiesta el interés de los estudios ta más hondas raíces y el que ha brindado, quizá, mayores su­
heráldicos desde la concreta perspectiva de la investigación me­ gerencias al historiador: son «las sugestiones de la Geografía»,
dieval ista: «la asimilación de las armas a los nombres, como de las que nos habla Delort 206 ; es la «coacción geográfica» que
medio de identificación individual ... transmisible en las fami­ explica Braudel cuando atribuye a los condicionamientos del
lias al menos por los varones»; su inestimable valor testimonial medio un rango estructural fundamental, el propio de las que
de múltiples aspectos de la vida medieval, que ponen de relieve él llama «prisiones de larga duración»:
los estudios arqueológicos; su interés como rasgo característico
de la mentalidad de la época, que viene dado por el hecho de El hombre es prisionero, desde hace siglos, de los climas, de las
la elección de determinada representación, simbólica o no, y por vegetaciones, de las poblaciones animales, de las culturas, de un
las razones de la misma. Otra característica específica de la
*° Delort, ob. cil., p. 251.
■ Pacaut, Guide..., p. 122.

m Tupigny, «Généalogie», p. 724, y Delort, Inlroduction..., p. 226. "* Bauer, Introducción..., p. 266. Sobre la cronología medieval véase
Tupigny, ob. cit. Delort, ob. cit., pp. 103 ss.; en las pp. 118 ss. trata de los aspectos modernos
'" Véase infra, capitulo 4, al ocuparnos de Jas fuentes narrativas. de la cronología científica.
'" Pacaut, Cuide..., p. 125. "* Remitimos nuevamente al repertorio de obras auxiliares para el ma­
300
En la Revue Historique, t. ccxxxix, 1968, pp. 111 ss. nejo de las fuentes que se incluye al final del capítulo 4, pp. 300 ss.
m
Inlroduction..., pp. 149 ss.
"' Tupigny, «Héraldique», p. 741.
194 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 195

equilibrio lentamente construido del que no puede apartarse sin siglo, una orientación que preconizaba, bajo nuevos supuestos,
correr el riesgo de volverlo a poner todo en tela de juicio. Consi­ el acercamiento entre las dos ciencias, asociando a eminentes
dérese el lugar ocupado por la trashumancia de la vida de mon­ historiadores y geógrafos en una común y fecunda tarea inter-
taña, la permanencia en ciertos sectores de la vida marítima, arrai­
gados en puntos privilegiados de las articulaciones litorales; repá­ disciplinar. En Francia, el magisterio de V. de La Blache actua­
rese en la duradera implantación de las ciudades, en la persistencia ría de poderoso aglutinante de esa colaboración que contaría
de las rutas y de los tráficos, 1en la sorprendente fijeza del marco desde el primer momento —lo recordaba recientemente P. Vi-
geográfico de las civilizaciones ". lar212— con la decidida entrega de los máximos representantes
de la Escuela Histórica Francesa y que llevaría —bajo los de­
El estudio histórico, sea cual sea la época sobre la que se signios de la «síntesis histórica» y de la «historia total»— a las
proyecte, es indisociable de las consideraciones geográficas por primeras formulaciones teóricas de una nueva Geografía «his­
el hecho mismo de que el espacio es una de las dos coordena­ tórica». En ese marco de relaciones E. Berr confiaba a L. Fébvre
das fundametales —la otra es el tiempo, la dimensión cronoló­ la redacción del primer volumen de la monumental serie «La
gica208— en que se articula el suceder del hombre en sociedad. Evolución de la Humanidad», portador de un título sobrada­
Y para el hombre, desde épocas remotas, como ha recordado mente elocuente: La Terre et Vévolution Humaine. ¡ntroduction
uno de los geógrafos más cercanos a las preocupaciones histó­ géographique á l'histoire (París, 1922). Heredero directo de la
ricas —Vidal de La Blache— «la idea de país es inseparable de tradición científica de la Escuela Francesa, F. Braudel, asumien­
la de sus habitantes» m . Es lógico, pues, que la Historia y la do plenamente los postulados de sus maestros Bloch y Fébvre
Geografía hayan mantenido desde sus orígenes, en la doble ver­ sobre la exigencia de una estrecha alianza entre la Historia y la
tiente de la investigación y de la docencia, una unidad casi in­ Geografía, en su magna obra La Méditerranée et le monde médi-
separable 2,°. Esa asociación, que a través de diversas alterna­ terranéen á l'époque de Philippe II, llevará a sus últimas conse­
tivas, ha estado vigente hasta el momento actual, se manifiesta cuencias los planteamientos de la moderna Geohistoria.
hoy bajo la forma de una disciplina —la Geografía histórica, la Los historiadores y geógrafos hispanos no permanecerían aje­
Geohistoria braudeliana—, que conjuga las preocupaciones y los nos a las preocupaciones suscitadas por la convergencia entre
métodos de ambas ciencias, con aportaciones de técnicas y me­ las investigaciones de sus respectivos campos. A los viejos y
dios instrumentales de otros campos ajenos, en principio, al ám­ todavía en muchos casos útiles diccionarios histórico-geográfi-
bito de aquellas dos 2 ". cos, que irían viendo la luz en el curso del siglo xix, se sumaría
En el proceso que siguieron las diversas formas de entender después la publicación de manuales y tratados de geografía his­
las relaciones entre la Geografía y la Historia, merece la pena tórica, entre los que el de A. Melón Ruiz de Gordejuela (Geogra­
apuntar algunas referencias fundamentales que centran los tér­ fía histórica española, Madrid, 1928), tiene ya valor de clásico y
minos en los que, en el momento actual y desde la perspectiva se articula plenamente en las renovadoras corrientes de su épo­
del historiador, se plantean tales conexiones. ca. Actualmente, la incorporación de introducciones geográficas
Frente a la tradicional y hoy ya definitivamente desacredi­ es un hecho frecuente en las exposiciones históricas de conjun­
tada idea del determinismo geográfico, que «intenta explicar el to, tanto a nivel nacional como regional 2U .
suceder histórico con los medios de la Geografía» y cuyo má­ En el punto de convergencia de los intereses comunes al his­
ximo teórico sería F. Ratzel, y a las oportunistas concepciones de toriador y al geógrafo que definen el campo de la Geografía his-
la Geopolítica, se abriría paso, desde principios del presente
!U
1,1
Iniciación..., p. 41.
*" La Historia y las ciencias sociales, cit., p. 71. Véanse, por citar sólo dos ejemplos, el tomo t de la Historia de
"* Cf. supra, capítulo 1, al tratar de la periodización histórica. España Alfaguara, Madrid, 1973, que incluye, previamente a la exposición
*" Príncipes de géographie humaine, París, 1948, p. 3. de la Edad Antigua, una amplia Introducción dedicada al planteamiento
"° Bauer, Introducción..., p. 227.
m de los «Condicionamientos geográficos», de A. Cabo; y el tomo i de la
Sobre las diferencias cjue puede sugerir el empleo de una u otra ex­ Historia de Asturias, Salinas, 1978, que se inicia también con una Intro­
presión véase Ch. Higounel, «Le géohistoire», en L'Histoire..., pp. 74 s., ducción sobre el marco geográfico regional de F. Quirós Linares y cola­
especialmente. boradores.
196 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 197

tórica se sitúa un complejo haz de cuestiones, en continuo pro­ idénticas, que favorecían la adaptación de los árabes y su inte­
ceso de enriquecimiento, entre las que se destacan, como funda­ gración con las poblaciones a u t ó c t o n a s m .
mentales, las tres siguientes: Si nos referimos a la acción del hombre sobre el medio, cuya
incidencia se acentúa al compás del desarrollo demográfico y de
a) La consideración de la influencia de los condicionamien­ los perfeccionamientos técnicos, también los testimonios adquie­
tos geográficos en el desenvolvimiento de los procesos histó­ ren una dimensión fundamental para la comprensión de la vida
ricos. de las sociedades medievales: los procesos de deforestación, las
b) La influencia de la acción humana, es decir, de los fenó­ obras de drenaje y saneamiento en las tierras marginales del
menos históricos en la transformación del medio geográfico. litoral, la construcción de diques y el aprovechamiento indus­
c) Los préstamos recíprocos de la Geografía y de la Historia trial de las fuerzas naturales; las grandes roturaciones y colo­
en la configuración de nociones básicas para ambas disciplinas m nizaciones, confoi madoras de unos paisajes agrarios que, en no
y en la aplicación de técnicas y métodos de trabajo —el método pocos casos, han subsistido hasta nuestros días; el fenómeno,
cartográfico, por ejemplo— que en el campo de la investigación fundamental, de los asentamientos urbanos; la articulación geo­
histórica se han venido mostrando extraordinariamente fecun­ gráfica de las rutas de la trashumancia pastoril, de los itinera­
dos. rios mercantiles, terrestres y marítimos. La Geohistoria se hace
también presente en el estudio de los procesos políticos del mun­
Desde la concreta perspectiva del medievalista son innumera­ do medieval, en la configuración de los Estados, en la conside­
bles los ejemplos que podrían aducirse de la estrecha conexión ración de la noción de frontera que, como ha observado aguda­
entre la Geografía y el suceder histórico del Medievo, y que de­ mente Higounet, los anglosajones conservaron en una de sus
muestran «hasta qué punto un buen estudio del marco geográ­ acepciones medievales, aplicándola a los espacios marginales de
fico es indispensable al historiador» 215 . La obra de V. V. Sa- la colonización en América del Norte 2 ".
markin. Geografía histórica de Europa occidental en la Edad
Si referimos nuestras consideraciones al concreto ámbito de
Media1'6, resulta aquí de gran utilidad.
la Historia medieval hispana, las sugerencias de la Geografía ad­
Los factores geográficos condicionaron, a veces en muy pro­ quieren una significación especial, sin paralelo, quizá con la que
funda medida, el desenvolvimiento de las sociedades medievales, puedan ofrecer en ningún otro espacio del mundo medieval oc­
mostrándose la influencia del medio tanto mayor cuanto más cidental. Con razón lo advierte R. Delort cuando afirma tajante­
elemental es el grado de desarrollo del grupo humano que lo mente que los condicionamientos geográficos fueron «uno de
habita. Entre otros muchos ejemplos cita Delort el de la Ingla­ los componentes fundamentales de la Reconquista ibérica» 220 .
terra medieval que «poblada de campesinos, se convierte en el Las apelaciones a la Geografía jalonan las páginas de algunos
curso de los siglos xrv y xv en un país de pescadores y comer­ de los mejores ensayos interpretativos sobre el Medievo penin­
ciantes» 317 . C. Cahen, profundo conocedor del mundo islámico sular: Sánchez Albornoz, en su España, un enigma histórico;
medieval, ha hecho notar la estrecha relación existente entre los Maravall, en El concepto de España en ¡a Edad Media; ¿cómo
límites de la expansión musulmana y la existencia, dentro de los explicar, sin el inevitable recurso a la influencia del medio geo­
mismos, de unas «condiciones climáticas de vida» básicamente gráfico, nociones fundamentales en el entramado del proceso
histórico de nuestra Edad Media, como son las de reconquista,
114 repoblación y frontera, sobre las que recientemente volvía
El creciente desarrollo de las investigaciones históricas en marcos
regionales, comarcales o locales ha incidido en la preocupación por la A. Mackay221? ¿La consideración misma del nacimiento de «las
clarificación de categorías conceptuales que, considerándose en principio
del dominio de la geografía, se presentan para el historiador con un valor
referencial fundamental. Véase, por ejemplo, entre nosotros, el sugestivo
ensayo de J. Caro Baroja, «Sobre los conceptos de región y comarca», en "'
m
El Islam, cit., p. 29.
Ensayos sobre ¡a vida tradicional española, Barcelona, Península, 1968. «La géohistoire», pp. 75-78: Le probléme de la frontiére.
"» Delort, ob. cit., p. 153. *" Ob. cit., p. 152.
m
"• Madrid, Akal, 1980. En su obra, ya citada anteriormente, La España de la Edad Media.
m
Delort, ob. cit., p. 153. Desde ¡a frontera hasta el Imperio (¡000-1500), Madrid, Cátedra, 1980.
198 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 199
Españas en su plural unidad» —de que nos habla Vicens222— trumento fundamental en los procesos de integración de datos
no está íntimamente ligado a conceptualizaciones que entran de que propugna la nueva metodología histórica:
lleno en el ámbito de intereses de la Geohistoria?
Entre los múltiples aspectos sobre los que se proyectan las [...] la cartografía facilita el tránsito de la pura descripción a la
interpretación de los fenómenos en cuanto que favorece la fusión
aportaciones de la Geografía histórica hay, desde la concreta en el cerebro de imágenes correspondientes a uno o más sistemas
perspectiva de la investigación medievalista, dos áreas en las relacionables. En este sentido, puede decirse que la plasmación car­
que dichas aportaciones revisten especial interés: los estudios tográfica es en sí misma, o puede serlo, un resultado, una síntesis de
de historia agraria —recientemente García de Cortázar sistema­ relaciones puramente mecánicas codificadas previamente; ello ex­
tizaba las sugerencias que los datos de la Geografía brindan en plica la universalidad de su aplicación a los más variados temas y
este campo 223 —, y los de historia urbana, para los que la fun­ problemas, hasta el punto de que hoy la investigación histórica pa­
damental y también reciente obra de P. Lavedan y Ch. Hugueney rece empeñada en demostrar que todo es cartografiable; tal es la
sobre el urbanismo en la Edad Media proporciona valiosos pun­ difusión adquirida por este procedimiento2".
tos de referencia 224 . Tanto en las investigaciones centradas en
estos dos ámbitos temáticos como, en general, en toda su com­ El estudio de «las variaciones históricas de las condiciones
pleja red de contribuciones a la investigación medievalista, la naturales», esto es, de las modificaciones, en el tiempo, de la
Geohistoria cuenta con el concurso de disciplinas auxiliares en­ cubierta vegetal, de los movimientos del suelo, y del nivel de
tre las que se destacan las contribuciones de la Arqueología y las aguas, de las oscilaciones climáticas 228 , constituye un com­
la Toponimia (véase infra, pp. 205 ss.), y de técnicas e instru­ ponente fundamental de la moderna Geografía histórica que
mentos de trabajo que constituyen supuestos metodológicos fun­ exige la aplicación de técnicas y procedimientos analíticos, a
damentales de su impostación científica. veces sumamente sofisticados, configuradores de un espacio cien­
tífico que desborda ampliamente las posibilidades de lo que ha
Entre esas técnicas hay que referirse, en primer término, al sido llamado, con razón, «el territorio del historiador» TS . En
método cartográfico, estrechamente asociado al manejo de la este punto es obligada una referencia a las aportaciones que la
fotografía aérea y de la toponimia 225 . La cartografía histórica Historia del clima ha venido brindando a la investigación medie­
presenta una aplicación ambivalente que es la que le confiere valista, ayudando a valorar y explicar la incidencia de las varia­
su especialísimo rango instrumental de primera importancia ciones climáticas en el desenvolvimiento de los procesos socio­
para el investigador: por una parte, la «carta» geográfica cons­ económicos, en los cambios de coyuntura y desencadenamiento
tituye en sí misma una fuente de conocimiento histórico 226 plena de fases críticas que tienen su traducción inmediata en los fenó­
de sugerencias; pero, además, la cartografía brinda un medio menos históricos. Por otra parte ha contribuido a abrir pers­
de representación e interpretación de los fenómenos estudiados pectivas insospechadas al desarrollo de la moderna cronología
que se ofrece a la investigación histórica, en general, y al me­ científica 23°.
dievalista, en particular, como precioso recurso en las formula­
ciones de los resultados de su trabajo. Recientemente, García La aportación, pionera, de E. Le Roy Ladurie a este funda­
de Cortázar destacaba el desarrollo de la cartografía como ins- mental capítulo de la Geografía histórica —empleamos aquí esta
expresión en un sentido sumamente amplio—, ha sido decisiva:
su obra Times of feast, times of famine. A history of climate
m
Aproximación a la Historia de España, cit., p. 59. since the year ¡000 (1971)231 resume buena parte de las inno-
m
La historia rural medieval: un esquema de análisis estructural de sus
contenidos a través del ejemplo hispanocristiano. Universidad de Santan­ lr
Los nuevos métodos de la investigación histórica, cit., p. 42.
der, 1978. pp. 13 ss.
m
L'urbanisme au Moyen Age, Ginebra-París, 1974. "m Delort, ob. cit., pp. 152 ss.
123
Sobre sus características y valiosas aplicaciones véanse las excelen­ Le territoire de ¡'historien es el titulo de un volumen colectivo, pu­
tes páginas de Ch. Higounet, ob. cit., pp. 82 ss., y R. Delort, ob. cit., pp. 182 blicado por Gallimard en 1973, en el que se incluyen una serie de intere­
y siguientes. santes artículos sobre la temática apuntada, entre ellos el de E. Le Roy
2,4 Ladurie, cit. injra.
Cf infra, en el capitulo 4. al referirnos, dentro del apartado dedica­ m
do a Las Fuentes, al valor testimonial de los antiguos planos urbanos. Delort, ob. cit., pp. 118 ss.
"' Nueva York, Doubleday, 1971, y Londres, Alien and Unwin, 1972. Esta
200 Aproximación a la metodología 201
Juan Ignacio Ruiz de la Peña

vadoras contribuciones del autor en este sugestivo campo de medida en que ese conocimiento se basa, en parte fundamental,
investigación, enriquecidas con posteriores estudios, no sólo a en el manejo de testimonios transmitidos por las fuentes escri­
nivel de propuestas metodológicas de carácter general" 2 sino tas: obviamente, la comprensión, interpretación y utilización de
en aportaciones de carácter monográfico, a veces de ámbito muy dichos testimonios sólo será accesible merced al dominio de los
concreto y de especial relevancia en el área específica de la in­ resortes lingüísticos y filológicos que constituyen su medio de
vestigación medievalista 233 . Habrá pocos aspectos de la investi­ expresión.
gación histórico-geográfica en los que se haga patente la exigen­ No es, pues, extraño que la preocupación por los problemas
cia de unas relaciones interdisciplinares, superadoras de viejos lingüísticos, en su más amplio sentido, se haga presente con
prejuicios artesanales del trabajo científico, con tanta fuerza insistencia en las reflexiones metodológicas de la moderna his­
como en este campo del estudio retrospectivo de las variaciones toriografía, al margen de personales tendencias de escuela o fi­
climáticas. El propio Le Roy Ladurie lo proclamaba en uno de liaciones ideológicas, y frecuentemente con especial referencia
sus últimos y, quizá, más sugerentes artículos: a la época medieval. Un autor como Bauer, acreedor ya a la
consideración de clásico, advertía hace más de medio siglo: «a
[...] sólo se da buena historia del clima interdisciplinaria y compara­ ningún historiador se le puede exigir que domine toda la téc­
tivamente. Del estudio de los hielos ai de las vendimias, del «oxíge­ nica füológica, pero la necesidad de una colaboración, de auxi­
no 18» a los treerings, de las crónicas medievales a las lecturas ri­ lios y prestaciones recíprocos entre Filología e Historia, debe
gurosas del termómetro, la meteorología diacrónica atestigua, a tra­
vés de múltiples caminos, la unidad profunda (aunque diversificada presentársele, como principio general, a la conciencia de todo
en cuanto a métodos) del saber que nos dispensa"4. investigador que se dedique a la especialidad de las fuentes me­
dievales» 23í. M. Bloch escribía: «a hombres que en la mitad de
su tiempo no podrán alcanzar el objeto de sus estudios sino a
No hace mucho escribía J. C. Chevalier: «en el gran juego con­ través de las palabras, ¿por qué absurdo paralogismo se les per­
temporáneo de las aproximaciones interdisciplinares, parece har­ mite, entre otras lagunas, ignorar las adquisiciones fundamen­
to evidente, mejor natural, que lingüística e historia tienen que tales de la lingüística?» a 7 ; y el genial fundador de los Annales,
confrontarse; en esta ciencia del movimiento de los pueblos que en su tantas veces citada Introducción a la Historia, dedicará
la historia instituye, sería raro que no tuviera su papel la cien­ unas páginas magistrales a lo que él mismo califica de «pro­
cia que estudia ese medio esencial de comunicación, los L blema fundamental de la nomenclatura» 2M . M. Cohén, por su
guajes» a s . parte, es autor de un lúcido ensayo, pleno de sugerencias, sobre
las relaciones entre Lingüística e Historia i w . Duby, el gran his­
En realidad, la asociación entre la Historia y los complejos toriador de las sociedades y de las actitudes mentales del Me­
dominios de la Lingüística y de las técnicas filológicas ha sido dievo, situaría en lugar preferente, entre las disciplinas de las
siempre sentida por el historiador como una exigencia natural que la investigación de la historia social «puede esperar estímu­
de su propio quehacer profesional. El fundamento de esa cone­ lo e información», a la Lingüística, al lado de la sicología social
xión no se plantea, como podría ocurrir en relación con otras y la antropología, porque —dirá— «la estructura de una socie­
disciplinas «coadyuvantes» de la Historia, en términos de un dad [...] está directamente relacionada con todo lo que depende
mero pragmatismo científico, sino que se encuentra en la base del ritual [...] con la forma en que esta sociedad toma concien­
misma del proceso intelectual del conocimiento histórico, en la cia de sí misma, con el sistema de referencias que respeta, con
el vocabulario que emplea [...]» vo. W. Kula, en su fundamental
obra revisa y amplía la del propio Le Roy Ladurie, Histoire du climat obra Problemas y métodos de Historia económica, y en relación
depuis Van mil, Flammarion, París, 1967.
*" Cf. su ensayo: «El clima. La historia de la lluvia y el buen tiempo»,
en Hacer la Historia, m, pp. 10-35; al final del mismo se incluye una útil m
orientación bibliográfica. Introducción..., p. 239.
"' E. Le Roy Ladurie, Montaillou, village occitan de 1294 á 1324, Parl$, 07
Introducción..., p. 57.
Gallimard, 1975.
m
«El clima...», p. 32. "• Véanse pp. 121 ss.
m
"• «La lengua. Lingüistica e historia», en Hacer la Historia, ni, p. 99. «La Linguistique et l'Histoire», en VHistoire..., pp. 823 ss.
*" Hombres y estructuras de la Edad Media, cit., p. 244.
202 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 203

t a m b i é n con las investigaciones históricas d e las e s t r u c t u r a s so­ píos p o d r í a n multiplicarse, sin olvidar, a d e m á s , que una parcela
ciales, p o n d r á especial a c e n t o en el i n t e r é s q u e ofrece la exacta muy i m p o r t a n t e d e la investigación medievalista h i s p a n a s o b r e
c o m p r e n s i ó n y «traducción» d e la terminología histórica p a r a la t e m á t i c a específica d e las sociedades islámica y j u d í a d e la
el análisis d e la e s t r u c t u r a f e u d a l w . Y ya p o r c i t a r un ú l t i m o Península han e s t a d o t r a d i c i o n a l m e n t e confiadas a a r a b i s t a s y
e j e m p l o , en u n a línea d e clara d e p e n d e n c i a —en este p u n t o con­ h e b r a í s t a s con formación b á s i c a m e n t e lingüística.
c r e t o — d e las reflexiones s i e m p r e vivas d e Bloch, J. T o p o l s k i En la i n t e r p r e t a c i ó n d e los h e c h o s lingüísticos, en la aplica­
d e s t a c a r í a — t a m b i é n c o n c o n c r e t a s referencias al m u n d o me­ ción de lo q u e Topolski llama «código terminológico», el medie­
dieval— la fundamental i m p o r t a n c i a q u e en «la lectura d e la valista debe p r o c e d e r con s u m o cuidado. «Cada época — d i r á
información de las fuentes» p r e s e n t a el m a n e j o , c o m p l e m e n t a r i o , Kula— nos ha legado su p r o p i a terminología en c u a n t o a la de­
d e los q u e él llama códigos lingüístico (del lenguaje é t n i c o del finición d e la e s t r u c t u r a social en ella existente, la c o m p r e n s i ó n
i n f o r m a d o r ) y terminológico (del lenguaje de la época) 2 4 2 . de la cual constituye u n a t a r e a esencial p a r a el h i s t o r i a d o r , ya
que forma p a r t e de la g r a n labor de comprensión de las fuen­
Las e s t r e c h a s conexiones q u e m a n t i e n e n la Historia y la Lin­
tes»1"'. La misión de éste radica p r e c i s a m e n t e en i n t e r p r e t a r el
güística explican el h e c h o d e q u e , a veces, en u n a m i s m a p e r s o n a
sentido exacto d e esa terminología, en t r a t a r de restituirle el
se r e ú n a la doble condición d e h i s t o r i a d o r y filólogo: en n u e s t r a
significado q u e tuvo en su m o m e n t o y, finalmente, en hacerla
p a t r i a , el e j e m p l o de la fecunda o b r a historiográfica d e R. Me-
inteligible al h o m b r e d e hoy, p o r q u e «la c o m p r e n s i ó n d e c i e r t o s
néndez Pidal es s o b r a d a m e n t e elocuente. Sin salir del m i s m o
términos históricos p a s a a través de su ' t r a d u c c i ó n ' a los con­
m a r c o p e n i n s u l a r , e n c o n t r a m o s reveladores t e s t i m o n i o s d e c ó m o
ceptos c o n c r e t o s d e la ciencia actual» 2 4 7 . P e r o es a q u í d o n d e es­
h i s t o r i a d o r e s y lingüistas, desde s u s respectivos c a m p o s , a veces,
triba el m a y o r riesgo: en el peligro de d i s t o r s i o n a r el s e n t i d o
o bien en t r a b a j o d e equipo, han c o o p e r a d o a e s t r e c h a r u n a s
originario d e u n o s h e c h o s lingüísticos o léxicos al t r a t a r d e en-
relaciones interdisciplinares q u e en el á r e a específica d e la His­
contrales u n a equivalencia en p a l a b r a s actuales, q u e bajo su
toria medieval se manifiestan d e a b s o l u t a necesidad. Baste re­
identidad formal, designan en realidad ideas, c o n c e p t o s o viven­
c o r d a r , p o r vía d e e j e m p l o , las a p o r t a c i o n e s de s e m á n t i c a his-
cias d e signo m u y diverso.
tóricc-jurídica d e P. Merea, p a r a quien m u c h o s p r o b l e m a s d e
c o n c e p t o (en relación con las instituciones medievales) se re­ E s el peligro q u e acecha al h i s t o r i a d o r , y s i n g u l a r m e n t e a l
suelven en análisis d e i n t e r p r e t a c i ó n léxica M J ; o el r e v e l a d o r historiador d e las sociedades o d e las instituciones del Medievo
e s t u d i o s o b r e el F u e r o d e S a l a m a n c a , a la luz d e la Lingüística —piénsese, p o r c i t a r u n sólo e j e m p l o , en las múltiples acepcio­
y la Historia, d e M. Alvar, c o o p e r a d o r con E. Sáez, R. Gibert nes que e n t r e n o s o t r o s tiene el t é r m i n o «fuero» m— de t r a t a r
y A. Ruiz Zorrilla en o t r a f u n d a m e n t a l o b r a — m o d e l o d e colabo­ de «conceptualizar a posteriori lo q u e en su t i e m p o n o se con-
ración interdisciplinar— s o b r e los F u e r o s d e Sepúlveda 2 4 4 ; o las ceptualizó» J 4 9 . El riesgo d e i n c u r r i r en lo q u e R. B o u t r u c h e ha
a p o r t a c i o n e s de Gual C a m a r e n a , N. Guglielmi o J. Faci al cono­ llamado «los a b u s o s del lenguaje», y q u e d e n u n c i a Topolski
cimiento del léxico del c o m e r c i o , las p r e s t a c i o n e s señoriales y
la vida r u r a l , r e s p e c t i v a m e n t e , d e n u e s t r o Medievo 2 4 5 . Los ejem- punid, t. xxvt, 1966; J. Faci, «Vocablos referentes al sector agrario en León
y Castilla durante la Alta Edad Media», en Moneda y Crédito, 144, 1978.
I ii los últimos años son ya muchas las publicaciones reveladoras de la
"' Véanse pp. 379 ss. estrecha alianza entre las investigaciones históricas y lingüisticas: entre
•" Metodología..., pp. 458 ss. las más recientes merece especial atención el excelente libro de J. A. Sesma
¡ Muñoz y A. Líbano: Léxico del comercio medieval en Aragón (siglo XV),
" Entre los estudios de este autor dedicados al tema merecen desta­
carse los siguientes: «Em torno da palavra 'Couto'», en Estudos de His­ Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1982.
toria do Direilo, Coimbra, 1923, pp. 109-135; «Sobre la palavra 'atondo'», "* Problemas y métodos..., p. 379.
en Anuario de Hist. del Derecho, i, pp. 75-85; y «Em torno da palavra "• lbid.
'forum'», en Rev. Port. de Filología, i, 1948, pp. 485-494. *" Cf. A. García Gallo, «Aportación al estudio de los fueros», en Anua-
*" Publicaciones históricas de la Diputación de Segovia, 1953. i lo de Hisi. del Der. Esp., xxvi, 1956. Y recientemente J. A. Sardina Pára-
M nii.. El concepto de fuero. Un análisis filosófico de la experiencia jurl-
M. Gual Camarena, Vocabulario del comercio medieval. Colección de
aranceles aduaneros de la Corona de Aragón (siglos XIII y XIV), Diputa­ Monografías de la Universidad do Santiago de Compostela, 1979.
ción Provincial de Tarragona, 1968; N. Guglielmi, «Posada y Yantar. Con­ "• F. T. Valiente: recensión de la obra de S. de Moxó, «La disolución
tribución al estudio del léxico de las instituciones medievales», en His- del régimen señorial en España», en An. Hist. D. Esp., xxv, 1965, p. 613.
204 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 205
recurriendo a ejemplos brindados ya hace muchos años por las mucha mayor amplitud» 252 . El feudalismo tuvo su propio sis­
agudas reflexiones de M. Bloch:
tema terminológico, su vocabulario específico, que han contri­
Las posibilidades de cometer un error en el desciframiento de las buido a descifrar estudios de la enjundia, por ejemplo, del de
informaciones recabadas de este código (terminológico) son notables, K. J. Hollyman: Le développement du vocabulaire féodal en
y se encuentran a menudo en la praxis histórica. El lenguaje, gene­ France pendant le haut moyen agea¡. Era un vocabulario que
ralmente, es —como notó justamente M. Bloch— más tradicional estaba en función de un «clima», de un «estado de ánimo» —las
respecto a los cambios que acontecen en los objetos, en sus carac­ expresiones, bien conocidas, son de Bloch y de Duby— en de­
terísticas y en las relaciones entre los objetos por él descritos. A finitiva, de una «mentalidad» propia de un ámbito geotemporal
menudo nos servimos, durante generaciones, de la misma denomi­
nación para designar realidades ya diversas. Por ejemplo [...] el y de unas situaciones determinadas; pero que —en este caso
latino servus, que significaba «esclavo», pasó a las fuentes medieva­ como en otros muchos de la vida social, económica, institucio­
les cuando la institución de la esclavitud había ya desaparecido y nal, religiosa, del Medievo— sobrevivió a esas situaciones y a
había aparecido la servidumbre. No raramente el historiador debe su «clima mental», porque «para desesperación de los historia­
aportar correcciones a la terminología que encuentra, tratando de dores, los hombres no tienen el hábito de cambiar de vocabula­
reducir al mínimo las divergencias entre lenguaje y realidad"0. rio cada vez que cambian de costumbres» 2S4 .
Conocer los códigos que sirven a la lectura de las informa­
Y sigue Topolski, recordando a Bloch: «los documentos tien­ ciones brindadas por las fuentes no es fácil, porque aquí no
den a imponernos su propia nomenclatura; si los escucha, el existe la posibilidad, como en la vida contemporánea, de con­
historiador escribe bajo el dictado de una época diversa cada frontar dichos códigos y corregir la recepción de los testimonios
vez. Pero por otra parte, piensa naturalmente según las catego­ directamente, mediante un acuerdo con el informador. Se puede
rías de su propio tiempo y, por ende, con las palabras de dicho decir, con Topolski, que cuanto mayor sea nuestro bagaje de
tiempo». Es una tarea difícil. «Apenas aparecen instituciones, conocimientos sobre la época en que se centra nuestra atención
creencias, costumbres más profundamente impregnadas de la —y conviene recordar aquí que «un fenómeno histórico nunca
vida de una sociedad, la trasposición a otra lengua, hecha a ima­ puede ser explicado en su totalidad fuera del estudio de su
gen de una sociedad diversa, se convierte en una empresa pre­ momento» 255 — tanto mayores serán las posibilidades de éxito
ñada de peligros. Pues escoger las equivalencias significa pre­ en el manejo de los códigos interpretativos, entre los que pre­
suponer semejanzas» 251 . valecen los lingüísticos. De ahí la importancia excepcional que
para el historiador reviste la ciencia filológica y que se hable
¿Cuántas divergencias en planteamientos de categorías y con­ del método filológico para designar «el procedimiento que con­
ceptos básicos del Medievo, cuántas querellas doctrinales de re­ duce a la traducción de las informaciones de las fuentes a tra­
sonancias escolásticas no tienen su origen en esas interpretacio­ vés del uso de los códigos lingüísticos» 256 .
nes terminológicas que disocian el léxico significante de la rea­
lidad significada? Inevitablemente hay que evocar aquí la larga,
infecunda y todavía no resuelta querella en torno al entramado
conceptual del sistema feudal medieval: «entre los historiadores Dentro de los vastos dominios de la Lingüística, dos disciplinas
—escribe Bloch— el uso tiende a enmarañar, de la manera más —la Toponimia y la Onomástica—, estrechamente ligadas al es­
enojosa, las expresiones «régimen feudal» y «régimen señorial». tudio del espacio y de los individuos que lo habitan, respectiva­
Es asimilar arbitrariamente a la red de lazos de dependencia mente, prestan un concurso especialmente valioso a la investi­
característica de una aristocracia guerrera un tipo de sujeción gación medievalista.
campesina de muy distinta naturaleza, que, además, existía des­ m
de mucho antes, duró mucho más y tuvo, en todo el mundo, Introducción..., p. 132.
^ Ginebra-París, 1957. Véase el comentario que dedica a esta obra
G. Duby, en Hombres y estructuras..., pp. 18 ss.
*■ Metodología..., p. 459 s. "*
m
M. Bloch, Introducción..., p. 31.
"' Ibid. m
Ibid.
Topolski, Metodología..., p. 416.
206 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 207

La Toponimia consiste en el estudio de los nombres de lugar, Mientras la Toponimia es inseparable de la Geografía histó­
es decir, de los nombres atribuidos por el hombre (significan­ rica, la Antroponimia, asociada a la consideración del hombre,
tes) a las realidades geográficas (significados). Estas realidades del individuo, presta su eficaz colaboración al estudio de las
pueden ser rasgos característicos del relieve (orónímos), de la colectividades, de los grupos familiares, vinculándose así estre­
hidrografía (hidrónimos), del suelo y sobre todo del medio bio- chamente a la historia social, la Genealogía y la Demografía260.
geográfico (fitónimos, por ejemplo). El lugar nominado, si no El interés que esta disciplina encierra para el medievalista
habitado en todos los casos, ha sido al menos reconocido por se descubre a poco que se considere las preciosas sugerencias
los hombres: su nombre es pues un testimonio de las relaciones 1 que brindan los nombres personales, como testimonio indica-
del hombre con el medio; la forma de ese nombre evoca la len­ livo de la procedencia de los pobladores de un lugar, de los
gua empleada por los que lo han elegido y, a menudo, la inten­ Irasvases demográficos, de las profesiones de los individuos, de
ción o las razones de dicha elección Wl . sus mismas cualidades físicas y morales, políticas... Cada época
Los estudios toponímicos, apoyados en una sólida documen­ histórica está marcada por la presencia de una antroponimia
tación cartográfica, tienen para el investigador de la Historia particular. Por ello —como observa Delort— la datación de los
medieval una significación de valor excepcional, que va unida al nombres puede ser de sumo interés para la datación de los
proceso de formación y consolidación de las lenguas nacionales textos: «ver aparecer un Felipe en un diploma franco del si­
y a su representatividad en relación con fenómenos políticos, glo v m , o un Roberto en una silla episcopal del siglo IV, prueba
demográficos, sociales, económicos, religiosos y culturales, a la falsedad del documento» 261 . Pero la Antroponimia tiene aún
cuya aparición, desarrollo y transformaciones se asocia frecuen-' ámbitos de interés más amplios: «es un reflejo de las mentali­
temente la presencia de este tipo de testimonios. R. Delort ha dades de su época». Su significación en este punto se pone de
puesto de relieve, con aportación de un nutrido elenco de ejem­ manifiesto por el hecho mismo de la elección de determinados
plos, esa fundamental dimensión de la toponimia en el marco nombres que se asocian a la vigencia de un cierto sistema de
histórico de la Francia medieval 1¡> . Sus consideraciones, perfec­ valores, de creencias, de modas religiosas o sociales. Desde otra
tamente válidas para otros ámbitos, son también aplicables, y perspectiva, el estudio de las familias, de los linajes, se bene­
ampliables, en el marco de la Península Ibérica, donde el fenó­ ficia también de las aportaciones de esta disciplina, que entra
meno medular del proceso histórico de nuestro Medievo —la así en «estrecha relación con la Genealogía 2a .
ecuación reconquista-población— no puede explicarse sin el pre­
cioso recurso complementario de la investigación toponímica. De las precedentes y rápidas consideraciones sobre las cone­
Baste señalar en este punto, por citar un único y significativo xiones entre la Historia Medieval y la Lingüística, en sus diver­
ejemplo, las aportaciones que ese tipo de estudios brindan al sos dominios, se sigue el reconocimiento del fundamental valor
análisis del controvertido problema de la despoblación y repo­ instrumental que para el investigador de nuestra disciplina tiene
blación del Valle del Duero, objeto de las posiciones encontra­ el manejo de las gramáticas históricas, de los estudios de his­
das de Menéndez Pidal y de Sánchez Albornoz, fundamentadas toria semántica, de glosarios generales y especializados, de re­
por ambos autores, en buena medida, en la diversa interpreta­ pertorios toponímicos y onomásticos. Este tipo de obras cons­
ción de los testimonios ofrecidos por la toponimia m . tituyen medios de extraordinaria eficacia en la explotación de
las fuentes de conocimiento del Medievo263.
m
Delort, Introduction..., p. 184.
"*
m
Ob. cit., pp. 199 ss., especialmente.
R. Menéndez Pidal, «Repoblación y tradición en la cuenca del Duero», "■ Véase Delort, ob. cit., pp. 216 ss., y P. Lebel. «Onomastlque», en L'His-
en Enciclopedia Lingüistica Hispánica, i, Madrid, 1959, pp. xxix ss.; C. Sán­
chez Albornoz, Despoblación y repoblación del Valle del Duero, Buenos toire..., pp. 704 ss.
Aires, 1966. Una aportación reciente a este tema es la de A. Barrios, « Cf. Delort, ob. cit., p. 225.
«Toponomástica e historia. Notas sobre la despoblación en la zona meri­ **
m
Delort, ob. cit., loe. cit.
dional del Duero», en Estudios en memoria del profesor D. Salvador de Remitimos, una vez más, al apartado que dentro del capitulo 4 dedi-
Moxó, i, Madrid, 1982, pp. 115-134. • .míos al registro de algunas obras básicas para el manejo de las fuentes.
208 Juan Ignacio Ruiz de la P Aproximación a la metodología 209

Entre las ciencias que, en los últimos años, han experimentado nes historiográficas han venido postulando en los últimos tiem­
un mayor acercamiento a la Historia Medieval ocupa un lugar pos. La Arqueología se ha beneficiado, además, de las modernas
destacado la Arqueología. aportaciones tecnológicas —la fotografía aérea, el perfecciona­
Durante mucho tiempo y hasta época relativamente próxi­ miento de las técnicas estratigráficas, la aplicación de instrumen-
ma, el campo específico de esta disciplina estuvo casi exclusiva­ los de análisis y sistemas de datación de extraordinaria preci­
mente referido al estudio del mundo antiguo y de las culturas sión, etc.— que han potenciado considerablemente sus posibili­
prehistóricas. En un sentido lato se consideraba a la Arqueolo­ dades al servicio de la Historia. Hay que tener en cuenta, ade­
gía como la ciencia de las «antigüedades» explicándose la impor­ más, el replanteamiento sobre nuevas bases de los propios fun­
tancia y el desarrollo de la ciencia arqueológica en relación con damentos epistemológicos y metodológicos de la disciplina, como
la Antigüedad prehistórica, oriental y clásica por la inexistencia ha puesto de manifiesto A. Schnapp 265 : la superación de una Ar­
o escasez de fuentes escritas, lo que conferia un singular relieve queología meramente descriptiva o ligada a las corrientes este-
al descubrimiento y estudio de los restos materiales del pasado ticistas de la erudición artística y la incorporación por los ar­
más lejano. Para el Medievo, o al menos para sus etapas más queólogos de las preocupaciones y técnicas de trabajo de los
evolucionadas, las cuestiones arqueológicas se consideraban den­ historiadores («el monumento debe ser para el arqueólogo —es­
tro de la esfera de interés de los historiadores del arte, a los cribe J. Hubert— lo que el documento manuscrito es para el
que la Historia Medieval prestaba eventualmente el concurso diplomista o el filólogo, un testimonio que hay que criticar y
de sus métodos de trabajo y de las informaciones suministra­ datar»).
das por los textos. Las aportaciones de Viollet le-Duc o los es­ A todas las precedentes consideraciones debe unirse la in­
tudios de J. A. Brutails (por ejemplo, sus dos obras fundamen­ fluencia decisiva de un doble hecho: la importancia cada vez
tales: L'archéologie du Moyen Age et ses méthodes. Eíudes cri­ mayor que en el campo de la investigación medievalista se re­
tiques, París, 1900; Précis d'archéologie du Moyen Age, París- conoce a la explotación de las informaciones brindadas por las
Toulouse, 1908), constituyen ejemplos bastante significativos de fuentes no escritas; y las nuevas orientaciones temáticas que en
las orientaciones clásicas de la Arqueología en relación con la nuestra especialidad han servido precisamente para destacar el
Edad Media. valor de los testimonios materiales y, consiguientemente, la im­
En muy poco tiempo, sin embargo, esos planteamientos tra­ portancia de las técnicas arqueológicas a su servicio. El auge
dicionales dejaron paso a una concepción y a una praxis díame- actual de los estudios demográficos, económicos y sociales (for­
tralmente distintas en el entendimiento de las relaciones entre mas de habitat, despoblados, sistemas de explotación, asenta­
nuestra disciplina y la ciencia arqueológica. mientos rurales y urbanos, utillaje agrícola, tecnología indus­
trial), han contribuido de manera decisiva a fomentar el interés
En ese cambio han influido diversos factores. En primer tér­ por todo lo concerniente al vasto campo de la cultura material
mino, la ampliación del campo de estudio del medievalismo a del Medievo, y a utilizar las posibilidades que en este campo
entidades culturales de las áreas marginales de África y Asía brindaba la aplicación de la metodología y las técnicas de la
con una documentación escrita muy pobre —comparativamen­ ciencia arqueológica.
te con la del mundo medieval occidental, bizantino o de las
áreas de difusión del Islam clásico—, cuando no inexistente en G. Duby definía en 1970 con palabras exactas ese reciente
absoluto, en las que el recurso a la documentación arqueológica proceso de integración de las preocupaciones arqueológicas en
se constituía en fuente prioritaria o exclusiva de conocimiento la órbita de interés de los historiadores de la sociedad medie­
histórico 26 *. Por otra parte, la aproximación de la Historia Me­ val 2M:
dieval a la Arqueología se articula en el fecundo y general pro­
[..-] desde hace algunos años se observa [entre dichos historiadores]
ceso de conexiones interdisciplinares que las nuevas concepcio- una sensibilidad para otros problemas que abre el camino hacia una
verdadera superación. Este enriquecimiento de la problemática va
*• Cf. H. Moniot, «La historia de los pueblos sin historia», en Hacer la
Historia, i, pp. 117-134; cf. también, mira, capítulo 4, al referirnos a la "* «La arqueología», en Hacer la Historia, n, pp. 9-31.
tipología de las fuentes de la Edad Media. "• Hombres y estructuras de la Edad Media, p. 244.
210 Juan Ignacio Ruiz de la P Aproximación a la metodología 211

acompañado de una renovación del material documental utilizado, ñeros del a c e r c a m i e n t o e n t r e h i s t o r i a d o r e s y arqueólogos, es
Podemos señalar dos direcciones en lo que respecta a una sociología cribía2":
de la Edad Media. La primera conduce al esbozo de una arqueología]
de la civilización material. Se trata de una gran novedad en Francia, A los ojos del historiador, la arqueología medieval es una investiga­
donde la arqueología medieval, preocupada por las obras de arle, ción metódica, que tiene por objeto revelar, según la exacta suce­
estaba hasta entonces al servicio de la historia de la creación artlsj sión de los tiempos, los aspectos materiales de la civilización que
tica. Siguiendo el ejemplo del extranjero, y en especial de los paises| no pueden hacer conocer los documentos escritos; y se constituye
del este europeo, los investigadores se pusieron a estudiar los VON en una verdadera ciencia auxiliar de la historia.
ligios más humildes... Por el momento se realizan excavaciones so­
bre todo en los emplazamientos de aldeas. Esta elección es signiffc Una nueva ciencia arqueológica se disponía, p u e s , a r o m p e r
cativa de la hegemonía ejercida por la problemática económica yi
demográfica en el dominio de la historia social. En efecto, la mayor los viejos moldes, a «recoger e i n t e r p r e t a r los testimonios m á s
parte de los arqueólogos se dedican a estudiar los pueblos aban­ modestos d e las civilizaciones d e s a p a r e c i d a s » , a ir m á s allá d e
donados a fines de la Edad Media, en el momento de la inversión la s i m p l e recuperación, descripción y recreación artística de los
de la coyuntura económica y demográfica del siglo xiv... Pero la m o n u m e n t o s , p a r a exigir d e éstos, d i r á H u b e r t , «no s o l a m e n t e
arqueología de la vida cotidiana ofrece también un medio de anv) el s e c r e t o del a r t e sino d e la vida, p a r a r e c o n s t r u i r con la ayuda
pliar el panorama y de librar un poco a la historia social de su de esos t e s t i m o n i o s m o n u m e n t a l e s n o sólo la filosofía artística
dependencia con respecto a la historia económica... Desearíamoi
también el desarrollo de una arqueología de los signos de diferen­ sino la civilización d e u n a época».
cia» ion social, de los emblemas, de las costumbres, de todos los A. S c h n a p p ha evocado en un a r t í c u l o r e c i e n t e m e n t e v e r t i d o
índices de lujo, en todos los niveles de la jerarquía de las fortunas, al castellano el proceso d e renovación d e los m é t o d o s y d e la
hasta en los más ínfimos teoría d e esa «arqueología nueva»; s u s t e n d e n c i a s , s u s m e d i o s
y s u s p o s i b i l i d a d e s 2 " . De hace u n o s a ñ o s a esta p a r t e , en los
países occidentales, d e u d o r e s en este p u n t o d e los t r a b a j o s pio­
Ya a n t e s q u e Duby, J. Le Goff en la introducción a su esplén­ neros d e la investigación arqueológica y d e la historia de la cul­
dida o b r a La civilización del Occidente medieval161 advertía so­ tura material d e s a r r o l l a d o s en los países del E s t e — b a s t e re­
b r e la i m p o r t a n c i a d e los p r o g r e s o s d e la Arqueología en la am­ c o r d a r las r e n o v a d o r a s a p o r t a c i o n e s d e la escuela polaca—, la
pliación del tradicional h o r i z o n t e d e n u e s t r o s c o n o c i m i e n t o s so­ puesta a c o n t r i b u c i ó n d e los m é t o d o s históricos y arqueológicos
b r e el m u n d o d e esa é p o c a : en la investigación de la H i s t o r i a del Medievo ha h e c h o realidad
la existencia de la Arqueología Medieval. Una disciplina a cuyo
La arqueología agraria reencuentra los campos abandonados, las servicio se e n c u e n t r a n c e n t r o s d e estudio, publicaciones perió­
poblaciones desiertas, e incluso allí donde no quedan ni apena»
piedras, descubre las vicisitudes del habitat humano, ligado al flujo dicas, c o n g r e s o s y r e u n i o n e s d e expertos, y que cuenta con u n a
y reflujo de la demografía, a las mutaciones de las economías, a va a m p l i a bibliografía básica y monográfica; todos estos fac­
las crisis de las sociedades. Lost villages, villorrios perdidos de In­ tores la configuran c o m o u n a d e las especialidades, d e n t r o del
glaterra, Wüstungen, yermos en zonas que antes fueron cultivada» umplio c a m p o de la Historia Medieval, a s e n t a d a s o b r e m á s só­
de Alemania, y los vestigios concretos del avance de los pastos, del lidas bases científicas y con un e s p e r a n z a d o r futuro q u e le brin­
retroceso del agricultor y del campo, producto de la crisis del feu- I da el c o n s t a n t e p r o g r e s o d e los i n s t r u m e n t o s y m e d i o s técnicos
dalísmo medieval. a su disposición.

Y h a c e , en fin, veinte a ñ o s , en el m o m e n t o en q u e en los En este sentido, p a r a el medievalista h i s p a n o , el p u n t o de


m e d i o s históricos occidentales se v i s l u m b r a b a n ya, c l a r a m e n t e , referencia m á s próximo y el que puede m o s t r a r n o s el m o d e l o
las posibilidades q u e la relación con la Arqueología a b r í a a la n seguir es la ingente labor, j u s t a m e n t e r e c o r d a d a p o r Duby,
investigación de la H i s t o r i a Medieval, L. H u b e r t , u n o de los pió- que h a n venido d e s a r r o l l a n d o en Francia, en los ú l t i m o s a ñ o s ,
el I n s t i t u t o d e Arqueología Medieval de la Universidad de Caen,

Primera ed. Grenoble-París. 1964. [Trad. cast., Barcelona, Juventud "* «Archéologie Médiévale», en L'Histoire,.., pp. 1226 ss.
"• Cf. supra, nota 265.
212 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 213
bajo la eficaz dirección de M. de Boüard, la vi Sección de la verdadera escuela de arqueólogos medievalistas que ha brinda­
Escuela de Práctica de Altos Estudios o los laboratorios univer­ do ya óptimos frutos.
sitarios de arqueología medieval, como el de la Universidad de
Después de la desaparición de A. del Castillo, el profesor Ríu,
Aix. La edición de manuales, guías y obras de introducción, por
vinculado también a la Universidad de Barcelona, ha pasado a
ejemplo, el Manuel a"Archéologie médiévale. De la Fouille á
ser en la actualidad el principal animador de la nueva Arqueo­
l'histoire, del propio M. de Boüard, con abundante y selecta bi­
logía medieval hispana. Fruto de su colaboración con M. de
bliografía m; la puesta en marcha de publicaciones periódicaSi
Boüard es la publicación del primer manual en español de Ar­
como la revista Archéologie médiévale, cuya primera entrega
queología Medieval274, en el que se aportan materiales y se apun­
aparecería en 1971; el desarrollo, en fin, de ambiciosos progra­
tan innovadoras directrices a la investigación en este campo.
mas de prospección arqueológica son síntomas claros de la vita­
Por otra parte, y al lado de las más recientes contribuciones, in­
lidad de la nueva especialidad, que cuenta también con una gran
dividuales o colectivas, en el ámbito de dicha disciplina, algunas
implantación en Inglaterra (ya en 1957 nacía en Londres la re­
del interés del monumental estudio dedicado por L. Caballero
vista Medioeval Archeology), Italia (con sus Coloquios Interna­
y J. I. Latorre a varias iglesias visigodas 275 , hay que destacar el
cionales de Arqueología Medieval, que periódicamente reúnen a
significativo hecho de la celebración en 1980, en Toledo, de unas
arqueólogos medievalistas de todo el mundo), y en general, en
primeras jornadas de trabajo de Arqueología Medieval, con un
todos los países occidentales, incluido el nuestro.
sugestivo programa, cuya continuidad puede contribuir decisi­
El desarrollo de los estudios de Arqueología Medieval es, en vamente a consolidar la implantación de la nueva especialidad
nuestra patria, un fenómeno de implantación relativamente re»! en los medios científicos y universitarios de nuestra patria.
cíente, aunque todo permite augurar a esta especialidad, en el
momento presente, un fecundo porvenir científico. De aporta­
ciones pioneras pueden considerarse los trabajos que, bajo la J En el marco de las relaciones interdisciplinares, de una Historia
dirección del profesor Palol, han prestado innovadoras perspec­ con pretensiones de «totalidad», y, de manera específica, con re­
tivas al controvertido problema —aludido ya en páginas ante­ ferencia al nuevo ámbito de interés representado por los com­
riores— del alcance de la efectiva despoblación del Valle del Due­ portamientos y actitudes mentales de la sociedad medieval, se
ro 271 : los resultados de las prospecciones arqueológicas en tie­ sitúan las conexiones, cada vez más estrechas, que nuestra dis­
rras meseteñas introducen interesantes elementos correctores ciplina está anudando con nuevas parcelas de las ciencias hu-
en la ya clásica tesis de Sánchez Albornoz sobre el «vaciamiento
demográfico» de las tierras comprendidas entre la cordillera m
Manual de arqueología medieval. De la prospección a la historia,
Cantábrica y el gran río m. A. del Castillo, desde la Universidad Barcelona, Teide, 1977. La adaptación del texto de M. de Boüard va acom­
de Barcelona, ha sido otro de los principales propulsores de los pañada de un amplio apéndice sobre ÍM arqueología medieval en España,
modernos estudios de Arqueología Medieval en nuestra patria, páginas 377490. Entre las últimas aportaciones de M. Riu en esta linca es
de destacar el volumen misceláneo, por él dirigido, sobre Necrópolis i
contribuyendo a su desarrollo tanto con la aportación de esti­ sepultures mediex'als de Catalunya, anexo 1 de Acta/Mediaevalia, Facultad
mables trabajos monográficos, homologables en sus plantea­ de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona, 1982. Bajo la
mientos y resultados con los de los especialistas galos m, como dirección del mismo M. Ríu y de S. Claramunt, se viene publicando por
con la formación de un núcleo de investigadores, germen de una el Departamento de Historia Medieval y el Instituto de Historia Medieval
de la Universidad de Barcelona la revista Acta Histórica el Archaeologica
Mediaevalia (desde 1980), en la que se presta especial atención a los tra­
m
bajos de arqueología. Otra reciente publicación periódica universitaria es­
París, Société d'Editions d'Enseignemeni Supérieur. 1975. pañola, con referencia específica a la nueva especialidad temática, son
"' Véase en este punto últimamente J. Valdeón, «Problemas generales los Estudios de Historia y de Arqueología Medievales del Departamento de
del poblamiento y demografía en la Edad Media Peninsular», en Las ¡ar­ Historia Medieval de la Universidad de Cádiz, cuya primera entrega apa­
mas del poblamiento en el Señorío de Vizcaya durante la Edad Media, reció en 1981.
Bilbao, 1978, pp. 14-16. Y el artículo de A. Barrios, anteriormente citado. m
m
Cf. su obra cit. supra. nota 259. La iglesia y el monasterio visigodo de Santa María de Melque (To­
m
Véase, por ejemplo, «El manso medieval A. de Vilouse», en Home­ ledo). Arqueología y Arquitectura. San Pedro y Santa Comba de Bande
naje a J. Vicens Vives, vol. i, Barcelona, 1965. (Orense), Ministerio de Cultura, Subdirección General de Arqueología, Ma­
drid, 1980.
Aproximación a la metodología 215
214 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
Medievo la relación con la Etnología que la que hace el propio
manas: la Sociología y la Sicología social y la Etnología, Etno­
grafía y Antropología cultural. Duby en la nota liminar de la primera de las dos últimas obras
En otro lugar de este libro aludimos ya a las interesantes citadas, cuando, con referencia a los «movimientos de creci­
sugerencias que la relación con todas esas disciplinas, y en es­ miento que lentamente, entre los siglos vi y xn, han hecho sa­
pecial con la Etnología, aportaba a la nueva historia de las lir a Europa de la barbarie», escribe:
mentalidades, remitiéndonos a las opiniones sustentadas en este Es evidente, en la actualidad, que los pioneros de la historia econó­
punto por Le Goff y G. Duby; para el primero de ellos «el his­ mica medieval han sobreestimado, a menudo involuntariamente, la
toriador de las mentalidades se aproximará al etnólogo, inten­ importancia del comercio y de la moneda. La labor más necesaria
tando alcanzar como él, el nivel más estable, más inmóvil de —y sin duda también la más difícil— consiste, pues, en definir las
las sociedades» y se encontrará «de forma particular, con el bases y los motores auténticos de la economía en esta civilización,
sicólogo social»2'*. y para llegar a esta definición las reflexiones de los economistas
contemporáneos son menos útiles que las de los etnólogos.
*) Desde una perspectiva más amplia, las relaciones entre la
Historia y la Etnología han sido nítidamente analizadas por
Ch. Parain 277 . Recientemente, H. Moniot hacía especial hincapié Algunas páginas más adelante, el gran historiador francés,
en los valiosos préstamos de las escuelas etnológicas de tipo nos brindará un concreto y significativo ejemplo de hasta qué
«histórico-cultural», firmemente implantadas en los países ger­ punto las reflexiones histórico-etnológicas pueden iluminar la
mánicos y en EEUU, al conocimiento de la «historia de los pue­ comprensión de fenómenos fundamentales en el entramado so­
blos sin historia» m: un expresivo ejemplo en este sentido nos cioeconómico de la temprana Edad Media europea:
lo ofrecen las sociedades de la Arabia preislámica, para cuyo
estudio, además de las conquistas de la Arqueología, los méto­ Cabe la posibilidad de que el culto a los árboles y a los bosques
—una rúbrica íntegra de los cánones del concilio de Leptines, re­
dos y técnicas de la ciencia etnográfica, como ha recordado unido en 743 en la Galia francesa, invita a combatirlo y, todavía en
C. Cañen 579 , han venido prestando un decisivo concurso. el siglo xi, el obispo Burcardo de Worms, denuncia sus tenaces su­
En el campo específico de la investigación medievalista, la pervivencias— haya dado lugar a poderosos tabúes que frenaron las
teoría y práctica de las relaciones de la sicología social y la actividades de los roturadores, que limitaron la extensión de la
etnología con la Historia encuentra, quizá, sus mejores formu­ tierra alimenticia a las lindes de los claros incluso donde no falta­
laciones en la obra histórico-sociológica de G. Duby: a través ban los brazos y donde los estómagos estaban vacíos. La propaga­
ción del cristianismo tardó largo tiempo en romper totalmente estos
de ensayos y artículos, como «¿El Feudalismo, una mentalidad tabúes.
medieval?», «Historia y sociología del Occidente medieval. Con­
clusiones e investigaciones», o «Las sociedades medievales. Una
En España, la tradicional carencia de un planteamiento ri­
aproximación de conjunto» 210 ; o en libros como Guerreros y\
guroso de las relaciones interdisciplinares de las ciencias huma­
campesinos. Desarrollo inicial de la economía europea (500-
nas y la propia inmadurez del desarrollo de los estudios de
1200) m, y el reciente Les trois ordres ou l'imaginaire du fóoda-
Etnología, Etnografía y Sicología social, hasta hace bien poco
lisme2C. Seguramente no encontraremos una más exacta valora­
tiempo marginados de la política educativa universitaria, han
ción de los fecundos resultados que puede aportar al estudio del
retrasado las deseables conexiones entre la investigación medie­
valista y esas disciplinas. No puede, sin embargo, silenciarse la
"* «Las mentalidades», clt., p. 82.
*" «Etnología e Historia», en Hacia una nueva Historia, cit., pp. 7-33. labor precursora, desplegada normalmente en condiciones de
"* Cit. supra, nota 264. I precariedad y aislamiento, que ha venido desarrollando en este
"* El Islam, cit., p. 4. campo desde hace bastantes años J. Caro Baroja. A él se debe
" Reunidos en el libro, ya citado. Hombres y estructuras de la Eda» el primer planteamiento profundo de las relaciones entre los
Media. métodos histórico y etnológico 283 ; e incluso una preciosa y pio-
»' Madrid, Siglo XXI de España, 1977. trad. de J. L. Martín.
" París, Gallimard, 1978. Hay traducción española (Madrid, Petrel, 1980),
lo mismo que del último titulo de Duby, El caballero, la mujer y el cura, «La Investigación histórica y los métodos de la Etnología (morfolo-
Madrid, Taurus, 1982.
216 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 217

ñ e r a aproximación, d e s d e la perspectiva del etnólogo, al e s t u d i o Si no se pueden disociar la historia económica y la historia social
d e los c o m p o r t a m i e n t o s sociales en n u e s t r o Medievo: nos refe­ es, sobre todo, a causa de la demografía, esencial para ambas. Los
r i m o s a su ensayo Una visión de la vida medieval. Glosas al precios, por ejemplo, dependen fundamentalmente de la oferta y de
Rimado de Palacio2M. la demanda, es decir, en gran medida del número de vendedores y
E n el e s t a d o a c t u a l d e la investigación medievalista hispana, del número de compradores eventuales. A su lado, la historia social
debe preocuparse del número de productores, de cada categoría de
el creciente i n t e r é s p o r el e s t u d i o d e las a c t i t u d e s m e n t a l e s I productores y del número de no productores: no se puede esclarecer
— q u e tiene su principal valedor en el p r o f e s o r J. L. M a r t í n — , e l I la estructura social de una ciudad, por ejemplo, sin establecer el
a c e r c a m i e n t o a t e m a s historiográficos tales c o m o la religiosidad porcentaje de los artesanos, mercaderes, etc., en relación con su po­
p o p u l a r o los g r u p o s m a r g i n a d o s , y el r e c o n o c i m i e n t o del ines­ blación total "*,
t i m a b l e valor d o c u m e n t a l d e las fuentes literarias, p e r m i t e n
a b r i g a r las m e j o r e s e s p e r a n z a s d e colaboración con las cien­ N o hace m u c h o s a ñ o s escribía F. F u r e t : «la historia cuanti­
cias sociales a las q u e nos h e m o s referido. tativa está a c t u a l m e n t e d e m o d a , así en E u r o p a c o m o en Esta­
dos U n i d o s : en efecto, d e s d e hace casi m e d i o siglo [él escribe
en 1971] asistimos al d e s a r r o l l o r á p i d o del e m p l e o d e fuentes
C) La cuantificación en Historia Medieval c u a n t i t a t i v a s y de p r o c e d i m i e n t o s d e r e c u e n t o y cuantificación
en la investigación histórica» 2 8 6 . C i e r t a m e n t e , d e s d e los m á s di­
Al lado d e o t r o s n o m e n o s i m p o r t a n t e s , a los q u e h e m o s h e c h o versos c a m p o s ideológicos y a p a r t i r d e las posiciones metodo­
ya referencia en las p á g i n a s p r e c e d e n t e s , u n o de los rasgos m á s lógicas m á s d i s p a r e s se a f i r m a la vigencia d e la «historia cuanti­
característicos d e la «nueva Historia» es, sin d u d a , la aplicación tativa». E n el m e s d e j u n i o d e 1971 y o r g a n i z a d a s p o r el Centre
generalizada de] m é t o d o c u a n t i t a t i v o al t r a t a m i e n t o y ordena­ National d e R e c h e r c h e s d e Logique, se c e l e b r a b a n en B r u s e l a s
ción d e los t e s t i m o n i o s b r i n d a d o s p o r las fuentes y a la formu­ unas i m p o r t a n t e s j o r n a d a s d e e s t u d i o s o b r e «la cuantificación
lación d e los r e s u l t a d o s d e la labor investigadora. en H i s t o r i a » : en la i n t r o d u c c i ó n al v o l u m e n q u e recoge los tra­
bajos p r e s e n t a d o s a dicha reunión 2 8 7 se dice, con razón, q u e el
La difusión a c t u a l d e las técnicas d e cuantificación es conse­ tema d e la m i s m a «está i n d i s c u t i b l e m e n t e en el c e n t r o d e las
cuencia de u n doble h e c h o : a) el r e p l a n t e a m i e n t o de los p r o p i o s p r e o c u p a c i o n e s d e t o d o s los historiadores» y suscita c a d a vez
f u n d a m e n t o s epistemológicos d e las ciencias h i s t ó r i c a s : la refe­ m a y o r interés a n u e v a s t o m a s d e posición q u e van desde la
rencia p r i o r i t a r i a del c o n o c i m i e n t o histórico a los «hechos de noción amplia d e la historia cuantitativa c o m o el simple r e c u r s o
m a s a s » , o b j e t o «susceptible d e análisis científico c o m o c u a l q u i e r a las fuentes cifradas, h a s t a u n a concepción m á s r e s t r i n g i d a y
o t r o p r o c e s o n a t u r a l » , h a b i d a c u e n t a d e que «los g r a n d e s rasgos precisa, que la c o n t e m p l a c o m o disciplina q u e r e c u r r e sistemá­
d e la evolución h u m a n a h a n d e p e n d i d o s o b r e todo del resultado t i c a m e n t e al e m p l e o d e modelos m a t e m á t i c o s .
estadístico de los hechos anónimos»; b) el auge creciente de los
e s t u d i o s d e historia social y e c o n ó m i c a , c a m p o s de aplicación M i e n t r a s J. Topolski afirmaba, desde Polonia, q u e «el análi­
p r e f e r e n t e s — a u n q u e n o exclusivos, c o m o luego v e r e m o s — del sis c u a n t i t a t i v o ha a d q u i r i d o a c t u a l m e n t e d e r e c h o d e ciudada­
m é t o d o c u a n t i t a t i v o , y en cuyo vértice o p u n t o d e convergencia nía en la investigación histórica» 2 "", J. Le Goff, desde la plata­
se sitúa la historia demográfica, que afecta directa y conjunta­ forma d e los Annales, reivindicaba i g u a l m e n t e la plena incorpo­
m e n t e a las investigaciones sociológicas y e c o n ó m i c a s , c o m o ad­ ración d e la cuantificación al q u e h a c e r h i s t o r i o g r á f i c o m ; y
vierte G. F o u r q u i n :
10
«Reflcxions de méthode sur le quantitatif et l'histoire du moyen age
occidental», en La quanti/ication en histoire, Travaux du Centre National
de Recherches de Logique, Editions de L'Université de Bruxclles, 1973,
pía y funcionalismo», en Razas, pueblos y linajes, Madrid, Rcv. de Oc página 77. La cita del pasaje anterior está tomada de P. Vilar, Iniciación...,
dente, 1957, pp. 5-25. página 26 y siguiente.
*" Ibid., pp. 53-64. Sobre este tema han vuelto recientemente A. Frar "• «Lo cuantitativo en historia», en Hacer la Historia, i, p. 55.
Silva y M. Romero Tallafigo, «Un testimonio de la crisis de la socied
feudal en el siglo xtv: El rimado de Palacio de P. López de Ayala», *" Cf. supra, vol. cit. en la nota 285,
Hispania, xu, 1981, pp. 485 ss. "• Metodología..., cap. «Métodos cuantitativos de la historia», pp. 555 ss.
"* «Lo cuantitativo no es la historia. Pero no puede haber historia sin

I
218
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 219
G. Fourquin sostenía que «lo cuantitativo es necesario a todas auxiliar científico para las más diversas ramas del saber y, obvia­
las ramas de la historia» y que «incluso la historia política re­ mente, para una moderna historia cuyas exigencias desbordan
quiere que el punto de vista no cualitativo no sea omitido» 8 9 . ya ampliamente las posibilidades de cooperación ofrecidas por
Para A. E. Coornaert «la historia construida sobre las cifras, por la variada gama de sus «ciencias auxiliares tradicionales» m. Por
los números, abre puertas cerradas, ilumina perspectivas cu­ ello
biertas de sombras»; y L. Génicot escribía en 1970 que «sin
cifras, sin medidas, las dimensiones de lo real escapan y la his­ La inclusión de la estadística histórica en el grupo de las disciplinas
toria hace y se hace ilusión» B l . auxiliares de la historia enseñadas en las Universidades, es un pos­
tulado apremiante, tanto más ya que cada vez es más destacado el
En términos todavía más radicales, Le Roy Ladurie llegaría papel que el análisis de los fenómenos masivos juega en la proble­
a afirmar tajantemente que «en última instancia (una última mática de las investigaciones históricas: la realización de este pos­
instancia tan lejana que en algunos casos está fuera del alcance tulado se impone también ya que el enorme bagaje de las investi­
de las investigaciones actuales, que quizá sólo es imaginaría) gaciones de carácter cuantitativo en la ciencia mundial, requiere para
sólo es historia científica la cuantificable» m. su utilización crítica y razonable el conocimiento de los métodos
aplicados **.
La plena incorporación de los métodos cuantitativos a la
moderna investigación histórica Vi comporta, inevitablemente, la
inclusión de la Estadística entre las disciplinas auxiliares o coad­
yuvantes de nuestra ciencia, aunque tal inclusión deba hacerse La sugestión del número, de la medida, de los tratamientos cuan­
desde unas perspectivas y con unos condicionamientos muy dis­ titativos se hizo primeramente presente, como es lógico, en los
tintos de los que rigen las relaciones entre la Historia y las estudios de Historia Contemporánea; más tarde fue la Historia
ciencias instrumentales o complementarias —Paleografía, Diplo­ Moderna la que entró por los cauces de la cuantificación; final­
mática, Geografía, Lingüística, etc.— vinculadas ya a ella por mente tenían que intentarlo —y lo han hecho— los medievalis-
una muy estrecha y larga tradición. tas, venciendo una tenaz y arraigada desconfianza que había
que deshechar si realmente se aspiraba a la construcción de una
Al margen de la pluralidad de acepciones que puede encu­ historia estructural «á part entiére»2*7. De aportación pionera
brir el término «estadística», el método estadístico, entendido en este campo puede considerarse la interesante ponencia que,
como «un modo específico de análisis numérico de un tipo es­ referida a los problemas demográficos de la Edad Media, pre­
pecial de fenómenos colectivos» *♦, constituye, como hace notar sentó al IX Congreso Internacional de Ciencias Históricas, cele­
W. Kula, un medio de investigación y, consiguientemente, un brado en París en 1950, el equipo formado por Cipolla, Dhondt,
Postan y Wolf, bajo el título Démographie: Moyen Age.
base cuantitativa» («Ordres mendiants et urbanisation», Annales, año 25,
número 4. 1970, p. 941). Indudablemente la cuantificación histórica, en relación con
*• Réflexions..., p. 77. la Edad Media, debía plantearse sobre unos supuestos muy dis­
" Cit. por Fourquin, ob. cit., p. 77. tintos de los que regian las investigaciones sobre épocas plena­
** Cit. por J. Poinssac-Niel, La tecnología en la enseñanza de la His­ mente estadísticas o, al menos protoestadísticas. Los problemas
toria, cit., p. 205.
"' La bibliografía es en este punto muy abundante. Una buena y re­ en nuestra especialidad afectan a la disponibilidad misma de
ciente aproximación a los problemas que plantea la aplicación de la cuan- una masa abundante de datos o testimonios cifrados, es decir,
tificación a la historia, a las tendencias actuales de la historia cuantifi- a las características singulares de unas fuentes de conocimiento,
cada y a los limites a la cuantificación, se encuentra en la obra de Car- las del Medievo, que, salvo para su etapa final y aun aquí con
doso y Pérez Brignoli, ya citada anteriormente, sobre Los métodos de la
historia, pp. 29 ss., y 35 ss., especialmente. Muy útil es también el estudio muchas reservas, no pueden ser homologadas en este punto con
de R. Floud, Métodos cuantitativos para historiadores, Madrid. Alianza, la documentación de los tiempos modernos; afectan, por otra
1975, con amplia bibliografía. Para el ámbito específico de la Edad Media parte, a los campos o sectores temáticos susceptibles de ese tra-
véase R. Fossier. «La démographie médiévale: problémes de méthode», en
Annales de Démographie Historique, 1975, pp. 143-165.
"* Problemas y métodos..., p. 251.
"• Cf. W. Kula, Problemas y métodos..., pp. 251 ss.: «La estadística his­
tórica». " Ibid.
m
Fourquin, ob. cit., p. 75.
220 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 221
tamiento cuantitativo, a la forma de aplicación del mismo y al Imposible tratar de establecer, siquiera sea de forma elemental,
grado de fiabilidad de sus resultados. series fiables. La existencia, a partir de la época carolingia, de
Se trata, en suma, de establecer hasta qué punto es científi­ unos núcleos documentales de cierta entidad, entre los que se
camente válido aplicar modelos estadísticos a la investigación destaca la presencia de algunos expresivos polipticos —sobre
de una época que se articula plenamente en el larguísimo cursus todo el célebre del abad Irminón— sólo permite en el mejor de
histórico de la que con razón han llamado los sociólogos y eco­ los casos y como ha hecho con muchas reservas G. Duby, a b o
nomistas era preestadística 2 *. Sobre estos problemas haremos cetar unas líneas o niveles muy generales de las tendencias
seguidamente algunas rápidas consideraciones. demográficas, de las estructuras sociales o del desenvolvimien­
to de la vida económica en esta temprana Edad Media301. El
concurso de los testimonios arqueológicos —sobre todo los da­
En primer término se plantea la cuestión de las fuentes, de tos aportados por las prospecciones en las necrópolis— y las
existencia en la Edad Media de una documentación que revis eventuales informaciones que puedan brindar unas fuentes na
las características de los testimonios propiamente estadístic< rrativas todavía muy escasas y concisas, sirven de apoyo a las
—registros, documentos contables, censos, etc.—, de series sufi­ hipótesis que puedan establecerse en el concreto ámbito de los
cientemente expresivas de datos cifrados o, al menos, de fuentes estudios demográficos.
relativas a fenómenos individuales pero que se manifiesten a A partir del siglo xi y, sobre todo, de la centuria siguiente,
escala masiva y con un grupo determinado de rasgos que se las fuentes aumentan y se diversifican; y consiguientemente se
repitan de modo sistemático, haciendo posible su elaboración le ofrece a la historia cuantitativa la posibilidad de avanzar so­
estadística JW. bre bases más seguras, aunque todavía la documentación cifra­
En relación con este primer punto hay que tener presente la da sea en esta época excepcional y no permita establecer en
desigual distribución cuantitativa y cualitativa de las fuentes a ningún caso series continuas de cierta representatividad. Entre
lo largo del dilatado período medieval y, para las mismas épo­ esas excepciones la más sobresaliente es, sin duda, la famosa
cas, el contraste de la riqueza documental entre diferentes áreas Descriptio totius Angliae de 1086, más conocida con el nombre
geopolíticas (la ostensible desigualdad, por ejemplo, entre In­ de Domesday Book. En el siglo xin, y coincidiendo con la plena
glaterra y Francia). G. Fourquin, en sus breves pero sugeridoras cristalización de las estructuras urbanas y con el nivel óptimo
«Réflexions de méthode sur le quantitatif et l'histoire du moye" alcanzado por los procesos de crecimiento demográfico y de ex­
age occidental» J0°, distingue, en el despliegue histórico del Me­ pansión económica que se venían desarrollando desde dos cen­
dievo y en relación con las posibilidades que esta época ofrece turias antes, y gracias también al fortalecimiento creciente de
en el terreno de la investigación demográfica, tres etapas que las monarquías feudales y al gradual perfeccionamiento de las
él llama «los tiempos oscuros» (entre los siglos v y x), «la edad instituciones financieras, la documentación susceptible de tra­
de la expansión» (del año 1000 al 1300, aproximadamente), y la tamiento cuantitativo aumenta ya de manera considerable. Sin
época del «declive demográfico y sus limites» (siglos xiv y xv); entrar en el detalle enumerativo de este tipo de fuentes —más
las consideraciones de Fourquin son perfectamente transferibles adelante volveremos sobre su tipología— baste indicar ahora
del campo de la demografía a otros terrenos operativos de la que la demografía y la historia social y económica pueden ya
historia cuantitativa. beneficiarse en el siglo x n i de una documentación cifrada y con­
table ligada a la existencia de la fiscalidad urbana, señorial y
En la primera de esas etapas la documentación cifrada es real —que estimula la confección de censos y padrones— y a
sumamente escasa y, cuando la hay, muy poco significativa por los progresos de las contabilidades urbanas y rurales y las de
su carácter fragmentario, su discontinuidad y su localizado los príncipes, sobre todo en las regiones italianas, cuna de los
primeros y mejores contables 302 . Hacen, en fin, acto de presen-
*• Cf. Ph. Wolff, «L'Etude des économles et des soclétés avant 1"
statistique», en L'Histoire.... pp. 487 ss.
"* Cf. W. Kula, Problemas y métodos..., pp. 264 ss. G. Duby, Guerreros y campesinos..., cit., pp. 7 ss.
*• Cit. supra, nota 285. Fourquin, ob. cit., p. 80.
222 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
Aproximación a la metodología 223
cia, en ciertos casos ya desde la segunda mitad del siglo XH, los
primeros Libros de Feudos y Libros de cuentas generales en los por vez primera y de forma sistemática —ya señalábamos el
grandes reinos occidentales o de ámbito regional, comarcal o carácter excepcional del Domesday Book— datos directos y a
local, así como las contabilidades individuales —todavía muy ru­ menudo oficiales para la historia demográfica. Los padrones
dimentarias—, las listas de oficios, los obituarios..., en tanto ciudadanos se hacen cada vez más completos y continuos, hasta
que las ordenanzas municipales y las fuentes normativas de ca­ el punto de que para los siglos xrv y, sobre todo, el xv, son ya
rácter general brindan datos cifrados, cada vez en mayor nú­ muchas las formaciones urbanas en las que pueden hacerse es­
mero y de más expresividad, para la historia de los salarios y timaciones de población Hables e incluso seguir la evolución
de los precios. demográfica de las m i s m a s m . La confección de registros y cen­
Al mismo tiempo las fuentes indirectas o subsidiarias de la sos de población obedece, en primer término, a razones fiscales
historia cuantitativa, es decir, las que ofrecen datos cualitativos y militares, pero su interés —como hace notar Delort— desbor­
susceptibles de ser aprovechados prudentemente con fines esta­ da ampliamente el límite estricto de esas preocupaciones para
dísticos, aumentan también en número y relevancia: la super­ incidir de manera directa en la historia económica y social y,
ficie de las ciudades o el número de parroquias de una localidad lógicamente, en la demográfica, gracias a las precisas referen­
o de una comarca constituyen —como sugieren Verlinden y cias de todo tipo que facilitan 30*. Aparecen los registros de fue­
Duby— eficaces medios para la elaboración de estimaciones de­ gos, de tallas, de estimas, de fogatges, de avaria o de gabella
mográficas con ciertos visos de veracidad. Entre nosotros y re­ possessionum —los nombres varían según los lugares— que per­
cientemente, García de Cortázar ha puesto especial énfasis en miten conocer el número de hogares, tomados éstos como uni­
el valor de los testimonios cualitativos en relación con las inves­ dad de tributación *". Estas evaluaciones tienen un ámbito va­
tigaciones de historia agraria y urbana m. riable: local, comarcal, regional; pero incluso pueden afectar a
todo el territorio de un reino, como ocurre en Inglaterra y Fran­
Hacia 1300, en unos casos antes, en otros después de esa cia donde, en 1328 se confecciona un documento de extraordina­
fecha referencial, «la documentación comienza a adoptar ya as­ rio interés, en cierto sentido comparable al Domesday Book: Les
pectos 'modernos', tanto por el volumen cada vez más conside­ paroisses et les feux des baillies et sénéchaussées de France, or­
rable de los documentos conservados como por la masa crecien­ denado probablemente, como sugiere Delort, para hacer conocer
te de fuentes directamente utilizables para la historia cuantita­ al nuevo rey Felipe VI los recursos de todos sus estados**.
tiva. Hace acto de presencia la era no de las estadísticas (pues
los datos numéricos son todavía, a menudo, cortos y disconti­ Los «Libros de Feudos» y las descripciones de dominios se­
nuos), pero sí, al menos, de las preestadísticas. Por primera vez, ñoriales, laicos y eclesiásticos, también se multiplican; así como
por ejemplo, se pueden conocer no solamente las estructuras los aranceles de portazgo, los catálogos o repertorios parroquia­
sino incluso la coyuntura económica. Y al menos en cierta me­ les y las listas de beneficios eclesiásticos; y los libros de cuen­
dida, se pueden, en fin, descubrir los movimientos de larga du­ tas, entre los que ocupan un lugar preferente los extraordinarios
ración e incluso, aunque no siempre, los ciclos más cortos. Esto registros papales aviñonenses. La documentación contable de
en la historia de los precios y de los salarios, que ilumina ya carácter privado ofrecerá, por otra parte, fuentes de excepcional
indirectamente la demografía» (Fourquin). Desde mediados del interés para el análisis cuantitativo de los fenómenos económi­
siglo xrv, entre los clérigos que están al servicio de las adminis­ cos: los libros de cuentas de Marco Datini estudiados por F. Me-
traciones eclesiásticas y entre el personal de las compañías mer­ lis, constituyen en este campo el ejemplo más elocuente 309 . Los
cantiles, generalmente italianas, se percibe ya una elemental for­ libros de matrículas de las Universidades, los registros parro-
mación aritmética y se inicia, todavía tímidamente, el empleo de
las cifras árabes 30 *. M
Entre nosotros véase, por ejemplo, el excelente libro de A. Collantes
En el curso de los dos últimos siglos del Medievo aparecen de Toran, Sevilla en la baja Edad Media. La ciudad y sus hombres, Se­
villa, 1977.
~ Delort, ob. clt., p. 62.
La Historia rural medieval..., p. 135. *" Fourquin, ob. cit., p. 81.
Delort, Introduction..., p. 57. "• Delort, ob. cit., p. 64.
* F. Melis, Aspetti delta vita económica medievale, t. i, Florencia, 1962.
Aproximación a la metodología 225
224 Juan Ignacio Ruiz de la Peña
utilizar los métodos cuantitativos puestos a punto por los sicó­
quiales, los libros de las cofradías y asociaciones profesionales
logos sociales» 3U . Para la historia eclesiástica es obvio el interés
y otros tipos de documentos, muy diversos en cantidad y cali­
que ofrece la posibilidad de evaluaciones sobre el número de
dad, que se hacen presentes en los tiempos finales del Medievo,
parroquias o de beneficios eclesiásticos, por ejemplo, que brin­
contribuyen a enriquecer el elenco de fuentes susceptibles de
da la documentación bajomedieval. En el campo de la historia
tratamiento estadístico sobre las que se sientan las bases de una
de la cultura la eficacia de las técnicas de cuantificación tam­
nueva historia cuantitativa de la Edad Media.
bién se ha puesto de relieve, incluso para etapas muy tempranas
Debe tenerse en cuenta, además, que las exploraciones archi- carentes casi totalmente de datos cifrados: P. Riché nos ofrece
vísticas no han agotado todavía las posibilidades de encontrar un significativo ejemplo de cómo el tratamiento estadístico de
nuevas fuentes de información cifrada para las épocas más tar­ las suscripciones de los diplomas de los siglos IX y x puede
días del Medievo, aunque, desgraciadamente, no cabe abrigar arrojar reveladores testimonios sobre el grado de desarrollo cul­
grandes esperanzas de hallazgos reveladores para etapas más tural de la sociedad de la época 3,J . Incluso en sectores tan ale­
tempranas. Refiriéndose a los registros de fuegos y hogares de jados, en principio, de las sugerencias cuantitativas, como po­
los siglos xiv y xv escribía Fourquin: «casi cada año un docu­ dría ser la historia política, las consideraciones estadísticas pue­
mento de este tipo emerge de los archivos» 3IP , y entre nosotros den aportar vías interpretativas del mayor interés; así lo han
L. M. Bilbao y E. Fernández de Pinedo concluían una sugeridora acreditado, por ejemplo, G. Fourquin y L. Génicot en relación
comunicación en torno al problema del poblamiento y de la po­ con el ascenso de los capetos a partir de Felipe II Augusto 314 .
blación vascongada bajomedieval con un pasaje que suscribimos
plenamente:
[...] nuestros antepasados produjeron documentación de rango de­ Nos hemos referido hasta aquí, muy brevemente, a las fuentes
mográfico o traducible a términos demográficos. Que ésta se haya de la historia cuantitativa de la Edad Media y a las perspectivas
definitivamente perdido está por probar. La sorpresa individual sue­ que aquélla abre en diversos sectores de la investigación medie-
le producirse por azarosos hallazgos. Pero sólo la inventariación sis­
temática de nuestros archivos, el esfuerzo conjunto de los investiga­ valista. Pero la aplicación del método cuantitativo al tratamien­
dores y la colaboración organizada pueden responder con rigor al to de la documentación bajomedieval —hasta el siglo x m las
tema propuesto por este simposio"'. posibilidades de tal aplicación son muy limitadas y, por su ca­
rácter excepcional, no pueden ser consideradas globalmente—,
presenta serios problemas que condicionan la operatividad mis­
El campo tradicional de aplicación de las técnicas cuantitativas ma del método cuantitativo y la validez de sus resultados. Pro­
está constituido preferentemente, según veíamos, por los secto­ blemas que dimanan no sólo de la escasez y del laconismo de
res sociológico, económico y demográfico. Sin embargo, los tra­ las fuentes —quedó dicho que éstas a veces se ofrecen con abun­
tamientos estadísticos de la documentación medieval se están dancia y expresividad—, sino, y sobre todo, de la dificultad de
revelando también fructíferos en otras áreas. Le Goff ha desta­ interpretación de los testimonios cifrados y de la frecuente dis­
cado como uno de los intereses de la historia de las mentalida­ torsión en el empleo indiscriminado de las técnicas de cuantifi­
des «las posibilidades que ofrece a la sicología histórica de vin­ cación, transfiriendo, sin más a una época preestadística un mo-
cularse a otra gran corriente de la investigación histórica hoy: dus operandi inicialmente concebido en función del análisis de
la historia cuantitativa. Ciencia en apariencia de lo inmóvil y lo una fenomenología histórica —la de la época plenamente esta­
matizado —dirá el gran historiador francés— la historia de las dística o, al menos, protoestadística que cuenta con unos ma­
mentalidades puede, por el contrario, con ciertas adaptaciones, teriales muy diferentes, en cantidad y calidad, de los que brin-

•"> Ob. cit., p. 81. 1,1


«Las mentalidades...», p. 84.
111
Se refieren los autores al celebrado en 1975 en Bilbao sobre Las Iu
Véase su fundamental obra: Education et culture dans l'Occident
formas del poblamiento en el Señorío de Vizcaya durante la Edad Media, barbare, París, 1962.
el pasaje reproducido corresponde a la p. 336 de las Actas de dicho Sim­ 114
posio, Bilbao, 1978. Fourquin, ob. cit., p. 77.
226 Juan Ignacio Ruiz de la Peña 227
Aproximación a la metodología
dan las fuentes medievales. Cardoso y Pérez Brignoli, en su ma­
la concurrencia a las grandes ferias y concentraciones mercan­
nual de metodología repetidamente citado, han señalado con tra­
tiles de comerciantes de todo el mundo, confeccionándose a par­
zos precisos los límites a las posibilidades de cuantificación
tir del siglo XIII libros y manuales delta mercatura, de marca-
histórica; unas posibilidades que ellos, adoptando una postura
tantie, etc., que facilitaban el conocimiento de los cambios y las
excesivamente radical y que desde nuestra concreta perspectiva
correspondencias de las unidades de medida empleadas en los
de medievalistas no podemos suscribir enteramente, parecen ne­
países occidentales; de este tipo de textos —fundamentales para
gar que puedan darse plenamente para una época que, como la
las evaluaciones metrológicas— se han conservado algunas inte­
Edad Media, se inscribe dentro de la llamada «era preestadis-
resantes piezas 317 .
tica»**.
Uno de los problemas centrales que presenta la historia cuan­
Quedó ya dicho y acreditado que no sólo era deseable sino titativa para la época medieval es el de la aplicación de coefi­
posible hacer historia cuantitativa referida a la Edad Media. cientes de población a los fuegos y hogares, cuestión ésta que se
Resta añadir que cuando la cuantificación se intenta debe ha­ plantea en el ámbito de las evaluaciones demográficas de modo
cerse teniendo presentes algunos factores esenciales. En pri­ análogo a como la multiplicidad de las medidas y de las mone­
mer lugar, y aquí entramos de lleno en un problema de manejo das entorpece los análisis cuantitativos en la historia de los
del «código sicológico» del hombre medieval o, dicho en otros precios y de los salarios 3 ".
términos, en una cuestión que se inscribe en la órbita de interés
de la historia de las mentalidades, debe contarse con las ideas La traducción de fuegos a habitantes debe tener presente la
que gran parte de los hombres de esa época tenían acerca de incidencia de elementos correctores, en los coeficientes aplica­
nociones tales como la cifra o la medida y que, desde luego, bles a aquéllos, de gran variabilidad según las épocas, el medio
distaban mucho de parecerse a las actuales. «Para la mayor par­ local de que se trate —rural o urbano—, la concepción misma
te de los individuos [en la Edad Media] la cifra no significaba del grupo familiar, etc. Las dificultades de interpretación de los
gran cosa», dirá Delort, señalando a continuación cómo para los testimonios cifrados pueden conducir en este punto a conclu­
cronistas e historiadores, incluidos los de la reputación de un siones de nula o escasa Habilidad. J. Heers, refiriéndose a la
Froissart, «la estimación de los ejércitos en 30 000 ó 60 000 hom­ crisis económica y recesión demográfica de fines de la Edad Me­
bres no corresponde a nada»; el propio Delort ofrece algunos dia, destaca los problemas con que tropieza aquí «la evaluación
expresivos ejemplos de la carencia de Habilidad de ciertos testi­ estadística de la coyuntura», advirtiendo cómo los intentos de
monios cifrados referentes a aspectos de la historia económica, precisión excesiva y las abusivas generalizaciones ponen «en tela
social y demográfica, pero también advierte sobre la precisión de juicio el valor e interés de numerosos trabajos de historia
de los cronistas-mercaderes3I*. La constatación de hechos de tal demográfica», del mismo modo que «la utilización sistemática,
naturaleza fue, como apunta certeramente Fourquin, la razón sin control alguno, de las cifras de precios y salarios [deriva]
principal de la hostilidad mostrada por la historiografía medie- en conclusiones precipitadas o en errores de todo tipo» 3 ". En
valista tradicional hacia cualquier ensayo de tratamiento cuan­ el marco peninsular, las dificultades de utilización de la docu­
titativo y estadístico. mentación demográfica del siglo xiv han sido subrayadas, entre
otros, por J. M. Pons Guri con referencia a los fogatges catala­
Algo parecido a lo que ocurre con las cifras se observa con nes 3J0, y recientemente por L. M. Bilbao y Fernández de Pinedo
las medidas y equivalencias monetarias: los problemas de me­ en relación con los libros de fuegos navarros de esa centuria 111 .
trología en la Edad Media presentan con frecuencia dificultades
casi insuperables que exigen la cuidada y sistemática elabora­
ción de repertorios metrológicos. La preocupación por las equi­ "' Cf. Delort, ob. dt., pp. 58 ss. Entre nosotros, véase M. Gual Cama-
valencias en las medidas y en los cambios de las monedas, se rena, El primer manual hispánico de mercadería (siglo XIV), csic, Bar­
celona, 1981.
dejaría sentir sobre todo con la gran expansión del comercio y ,u
Fourquin, ob. dt., p. 82.
'" Historia de la Edad Media, cit.. pp. 217 s.
Los métodos de la historia, pp. 50 y 41, especialmente. ™ «Un fogatgement de l'any 1358», en Bol. Real Academia de Buenas
Introduclion..., pp. 56 s. Letras de Barcelona, xxx, 1963-1964.
U1
«En torno al problema del poblamiento y la población vascongada
228 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 229

Las dificultades son aún mayores cuando las evaluaciones se estudiado; [...] podemos dudar que un enfoque enteramente cuan­
hacen a partir de testimonios cualitativos. Ejemplos típicos en titativo de toda la problemática histórica sea un día posible"9.
este sentido los constituyen la interpretación demográfica de los
despoblados o los cálculos de población de ciudades a partir Efectivamente, a fuerza de querer cuantificar lo que no pue­
de la atribución de- un número determinado de habitantes por de ser cuantificado o sólo puede serlo en pequeña medida o
Ha. de superficie urbana: la generalidad de los historiadores con muchas reservas, se corre el peligro de que renazca la vieja
del urbanismo —últimamente lo han hecho Lavedan y Hugue- desconfianza que los medievalistas de hace medio siglo mostra­
ney, Ennen, Wolff...— ponen en guardia sobre las reservas con ban por el tratamiento estadístico de las fuentes: la expresada,
que deben acogerse los cálculos hechos a base de la relación por ejemplo, por H. Pirenne —como recuerda Fourquin— hacia
superficie-habitantes m. algunos trabajos pioneros de demografía medieval. Se corre,
además, el riesgo de perder de vista el verdadero objeto de la
¿Cuáles son, pues, los límites que se le imponen al medieva-
investigación histórica, de distorsionar el sentido último de nues­
lista a la hora de intentar hacer historia cuantitativa? Podríamos
tro quehacer profesional:
decir, con Fourquin, que los dictados por la prudencia; por la
convicción de que «no se puede hacer decir a las cifras y a los
[...] el riesgo de perder de vista al hombre en sociedad, que, en su
números más de lo que ellos mismos pueden decir»; no es empecinada búsqueda de los números, no han sabido evitar con
lícito tratar de hacer historia serial cuando se carece de series frecuencia quienes los tienen habitualmente al alcance de sus fuen­
continuas y significativas; no se puede, en definitiva, hacer lo tes es, sin duda, una recomendación para volver a dar entrada en
que Génicot llama «une cuantification á tout prix» m. «El his­ nuestra investigación, junto a deseables y fiables cuantificaciones,
toriador actual que en algo se respete —escribía no hace mucho a todo el complejo mundo de las cualidades, mucho más definidor
C. Seco— debe inundar sus páginas de esquemas estadísticos, normalmente... de ese vivir en sociedad cuyo conocimiento cons­
aunque en algunos casos los árboles no permitan ver el bosque tituye el objetivo último de la Historia1*.
y en otros sea el bosque el que no permita reparar en los árbo­
les»124. Especialmente duras son las condenas que Cardoso y
P. Brignoli fulminan contra la cuantificación «a todo evento»:
La cuantificación y el tratamiento estadístico de las fuentes se
[...] la introducción de los datos numéricos de manera sistemática han visto beneficiados, en los últimos años, con la concurrencia
a las investigaciones históricas, además de no resultar siempre posi­ de innovadoras técnicas que abren a la investigación histórica,
ble, no resuelve necesariamente los problemas, ni cierra los debates; comprendida la que se desarrolla en el ámbito de la Edad Me­
la cuantificación no es una panacea, y tampoco una solución mágica. dia, perspectivas insospechadas hace sólo veinticinco o treinta
Es frecuente, al revés, que las discusiones y controversias relativas años. Nos referimos fundamentalmente a la introducción y di­
a un aspecto dado de la historia se vuelvan, a partir de la utilización
de las técnicas cuantitativas, más agudas que antes, aunque cambien fusión del empleo del ordenador para la clasificación de los
de lenguaje [...] Además, grandes dominios de la realidad histórica archivos y la sistematización de los datos brindados por los do­
permanecen cerrados a la aplicación de cualquier tratamiento cuan­ cumentos —escritos o de otro tipo— que J. Poinssac-Niel no ha
titativo sistemático, sea por la ausencia de los datos necesarios o dudado en considerar «el suceso más importante acaecido en
debido a la naturaleza irreductiblemente cualitativa del fenómeno las últimas décadas en nuestra disciplina» w . Le Roy Ladurie,
en un estudio ya citado anteriormente, señalaba cómo el orde­
en la Edad Media», en Las formas del poblamiento en el Señorío de V nador se había incorporado plenamente, en los últimos tiempos,
caya, Bilbao, 1978, pp. 305-336. al bagaje instrumental habitual de los historiadores; y entre
02
Véase, por ejemplo, Ph. Wolff, Structures sociales el morphologies nosotros A. Eiras ha analizado con detalle las grandes posibili-
urbanías dans le développement hislorique des villes (Xll-XVII sueles),
tirada aparte del XIV Congreso Internacional de Ciencias Históricas, San
Francisco, 1975, p. 29.
*" Fourquin. ob. cit., p. 83. Los métodos..., pp. 40 s.
01 J. A. García de Cortázar, La Historia rural..., p. 135.
«La biografía como género historiográfico», en Once ensayos..., pá­
gina 110 en nota. La tecnología..., p. 158.
230 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 231

dades que las nuevas técnicas brindan en diversos campos de En las páginas precedentes hemos pasado revista a las ciencias
aplicación de la investigación histórica m. auxiliares y cooperadoras y a los medios y técnicas instrumen­
«Toda la concepción de la archivística se ve radicalmente tales que en la hora actual se brindan a la investigación de la
transformada en el instante mismo en que sus posibilidades Historia Medieval. Iniciábamos este apartado con unas palabras
técnicas quedan multiplicadas por el tratamiento electrónico de de M. Bloch; y otras palabras suyas podrían perfectamente re­
la información», escribe F. Furet, quien, refiriéndose a la con­ capitular todo lo hasta aquí expuesto: «la lista de las 'disciplinas
junción de los métodos cuantitativos y de los nuevos medios auxiliares' que proponemos a nuestros principiantes es dema­
instrumentales a su servicio destaca las perspectivas que abren siado reducida» 133 .
en orden a «la constitución de archivos nuevos, conservados en Pero ¿podría ser acaso de otra forma? Ciertamente no: la
cintas perforadas, que remiten no sólo a un sistema nuevo de progresiva ampliación del ámbito conceptual de la Historia, de
clasificación, sino sobre todo a una crítica documental diferente sus campos de interés; la consiguiente multiplicación de las
de la del siglo xrx»; con la utilización de los nuevos y sofistica­ fuentes y de las disciplinas que hacen posible su manejo y la
dos avances tecnológicos, continúa el mismo autor, aflorarán elaboración de los testimonios que ellas brindan desbordan
«inmensos sectores dormidos de documentación [...] por lo de­ —como el propio Bloch reconocía hace cuarenta años y hoy,
más, fuentes ya explotadas en el pasado volverán a emplearse lógicamente, en mucha mayor medida que entonces— los cono­
para otros fines, si el investigador les confiere un significado cimientos de los investigadores mejor dotados. Por más que el
nuevo» sa. proceso de especialización reduzca las parcelas de trabajo de la
investigación, ésta ya no puede plantearse como un mero que­
El campo de aplicación de los ordenadores es en la investiga­
hacer artesanal, como una actividad individual. «Entonces no
ción muy amplio, e incluye «todas las clases de datos históricos
queda otro remedio que sustituir la multiplicidad de aptitudes
reductibles a un lenguaje susceptible de programación: no sólo
en un mismo hombre por una alianza de técnicas practicadas
listas fiscales o tarifas de mercado, sino también series de cuer­
por diferentes eruditos, pero dirigidas todas ellas a la elucida­
pos literarios relativamente homogéneos, como cartularios de
ción de un tema único. Este método supone la aceptación del
la Edad Media o las Memorias de los estados generales de la
trabajo por equipos»**.
Francia monárquica» 130 .
En relación con el concreto ámbito de la investigación me- En la hora actual cobran pleno sentido las palabras con que
dievaüsta, ya hace diez años L. Fossier y M. Crehange daban a se presentaba el primer volumen de la obra colectiva Nueva
conocer un interesante informe sobre el tratamiento por orde­ Historia de España en sus textos, de reciente publicación:
nador de las fuentes diplomáticas de la Edad Media, describien­
do sus problemas y sus perspectivas 131 . Desde entonces las [...] los autores no creen innecesario insistir, una vez más, en la
complejidad de la tarea del historiador, en cuanto que, al estimarse
aplicaciones prácticas de las nuevas técnicas se han venido pro­ cada vez más la Historia como la ciencia que sintetiza, a nivel de
digando cada vez más; y es de esperar que los modelos elabora­ los tiempos, los procesos globales vividos por la sociedad, es impres­
dos por la historiografía medievalista extranjera sirvan de estí­ cindible entrar en el análisis e interpretación de aquéllos de forma
mulo para la difusión de unos métodos de trabajo que en los correcta, lo que quiere decir estar en posesión de los plurales ins­
medios medievalistas hispanos aún se encuentran en una fase trumentos de análisis necesarios para enfrentar los problemas, los
embrionaria de experimentación 112 . temas, también plurales, del desarrollo histórico. Si, a nivel de em­
presa científica, cada vez aparece como más urgente la relación
interdisciplinar, a nivel de estudio individual cada vez resulta más
*" Cf. su recensión de los trabajos presentados al V CIHB de Lenln- imprescindible la formación multidisciplinar, única capaz de pro­
grado, en Hispania, 117, 1971, pp. 215-239. porcionar al historiador, o aprendiz de historiador, agudeza en sus
*" Lo cuantitativo en historia, clt., pp. 61 ss. planteamientos y rigor en sus formulaciones*".
•"
m
Ibid.
En los Annaíes, afio 1971, enero-febrero, pp. 249-285. m
m
Cf. recientemente I. Ollich, «La historia medieval 1 les noves tecnl- Introducción.... p. 57.
ques d'análisis per ordinador: els testaments de Vic del segle xm», en " Ibid.
Acta histórica et arquaeológica mediaevalia, 1, Barcelona, 1980, pp. 11-27. ■ Ob. clt., p. 11.
232 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 233
Formación multidisciplinar del alumno, dentro siempre de temáticos tradicionales de la actividad investigadora, con la apa­
unas posibilidades razonablemente limitadas; trabajo en equipo rición y diversificación de nuevas áreas de interés historiográ-
del investigador; y colaboraciones interdisciplinarias de la cien­
cia histórica, en el marco de los estudios universitarios. Sobre fico que polarizan la atención preferente del medievalismo his­
estos pilares debe asentarse la preparación para el oficio de his­ pano.
toriador, en general, y obviamente del medievalista. Una prepa­
ración que —como apuntaba recientemente P. Vilar— «sin des­
echar las viejas reglas de conocimiento y crítica de los textos, J. M. Jover Zamora en un lúcido y reciente análisis de las
de consulta de las fuentes directas y, por tanto, de los archivos, Corrientes historiografías en la España contemporánea**1', si­
comporta igualmente unas iniciaciones sólidas: 1) en la dente- tuaba el punto de arranque de la última de las etapas de nues­
grafía; 2) en la estadística; 3) en el cálculo económico; 4) en los tra más próxima «historia de la historiografía» coincidiendo con
fundamentos matemáticos del análisis sociológico (probabilida­ la fase que él mismo califica de «expansión de los años sesenta»,
des, sondeos, etc.); 5) en la información (para la utilización de y proponiendo como caracteres distintivos de la misma, entre
las fuentes masivas: documentos fiscales, notariales, prensa, et­ otros, los siguientes: la renovación y ampliación de los cuadros
cétera)»" 6 . de la investigación histórica, en estrecha relación con el especta­
cular desarrollo experimentado en los últimos años por la insti­
tución universitaria que ha ido acompañada de los inevitables
relevos generacionales en el estamento docente y de un consi­
4. La investigación medievalista en España en los últimos años derable aumento cuantitativo del alumnado, y del creciente in­
terés del hombre de la calle por las parcelas de conocimiento
Aunque a lo largo de las páginas precedentes hemos tenido ya que constituyen el objeto de nuestra ciencia; cierta absorbente
ocasión de referirnos a ciertas proyecciones, en el concreto ám­ primacía de la historia social; la aparición de subespecializacio-
bito de nuestra patria, de los problemas y directrices fundamen­ nes, algunas surgidas en el seno de Facultades distintas de la de
tales de la moderna investigación medievalista, se trata ahora Filosofía y Letras; la recepción de una metodología marxista;
de resumir en una exposición de urgencia los rasgos más carac­ «el viraje del medievalismo hacia nuevos horizontes, tendiendo
terísticos que definen el reciente desenvolvimiento de los estu­ a superar los modelos de las clásicas crónicas de reinos aislada­
dios medievalistas hispanos. mente considerados».
Tres grupos de cuestiones básicas deben, en nuestra opinión, Dejando al margen la última de estas consideraciones, direc­
ser tenidas aquí en cuenta.
tamente referida a la Historia Medieval, es obvio que las demás
Por una parte, las reformas y transformaciones experimen­ características que atribuye el profesor Jover al panorama gene­
tadas en el curso de los últimos años por los propios elemen­ ral de la historiografía hispana más reciente se proyectan tam­
tos constitutivos de lo que podríamos llamar la infraestructura bién en mayor o menor medida, como veremos seguidamente,
de la actividad investigadora —institución universitaria, centros en el campo específico de la investigación medievalista, en el
de estudio e investigación—; así como los nuevos planteamien­
tos metodológicos de dicha actividad y su articulación en las que se darán además otros rasgos peculiares que interesa desta­
coordenadas y directrices del quehacer científico del moderno car aquí.
medievalismo europeo.
Un segundo punto de reflexión, íntimamente relacionado con Por de pronto, a la hora de situar el comienzo de la etapa actual
los anteriores, se refiere a la afirmación de una clara tendencia de la historiografía medievalista hispana, la década de los años
al desarrollo de los estudios medievales en marcos regionales. sesenta constituye, como para las demás especialidades históri­
Finalmente, y también en conexión con los supuestos prece­ cas, un obligado punto de referencia. Efectivamente, a lo largo
dentes, debe ser tenida en cuenta la renovación de los ámbitos de ese decenio se escalonan una serie de hechos que, en si mis-
Iniciación..., p. 47, los subrayados del autor. m
En Once ensayos.... dt., pp. 215-247.
234
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 235
mos, representan una evidente y renovadora aceleración en el
desenvolvimiento del medievalismo hispano y prefiguran, en cier­ tas de diversos países que dedican su atención a una de las
to modo, la espectacular expansión que en el conjunto de las épocas más significativas de nuestro pasado histórico» 3 ".
ciencias históricas y en el marco de las enseñanzas universitarias En la década de los años sesenta, se inicia, por otra parte, un
conocen, en la hora presente, los estudios de nuestra disciplina. movimiento de reforma de la política educativa universitaria y
Repasemos algunos de esos hitos significativos. de la estructuración de sus enseñanzas, y un proceso de expan­
sión de la propia institución docente que se expresan, funda­
En 1962, y bajo la inspiración y dirección del profesor E. Sáez, mentalmente, en el campo específico de nuestra disciplina en un
se constituía en la Universidad de Barcelona el Instituto de His­ doble hecho: la creación de nuevas secciones de Historia con
toria Medieval de E s p a ñ a m que, poco tiempo después (1964), la consiguiente dotación de nuevas plazas de Historia Medieval,
ponía en marcha la publicación del Anuario de Estudios Medie­ que facilitarían el acceso de una dinámica generación de medie­
vales. Por primera vez los medievalistas hispanos contaban con valistas a los cuadros, progresivamente rejuvenecidos, de la do­
una publicación periódica propia, exclusivamente referida a la cencia e investigación universitarias; la implantación de una
temática de su especialidad; la nueva revista, por otra parte, concepción «horizontal» de las enseñanzas de historia, su estruc­
concebida y estructurada de acuerdo con los más modernos turación departamental congruente con los principios generales
planteamientos metodológicos, iba a mostrarse como un eficaz admitidos de especialización docente e investigadora —frente a
vehículo de comunicación interdisciplinar —baste consultar la la tradicional configuración de las disciplinas de Historia Gene­
composición originaria de su consejo de redacción y la natura­ ral (Universal y de España)—; y los primeros ensayos de subes-
leza de los estudios que acoge— y fecunda conexión con los pecialización inevitablemente ligados a las relaciones interdis-
medios medievalistas extranjeros, dando cumplida noticia del ciplinares e interfacultativas y a una mayor apertura hacia los
desarrollo del movimiento científico de nuestra especialidad, campos afines de otras ciencias sociales.
dentro y fuera de España.
La expansión iniciada en los años sesenta con el desarrollo
El doble y enriquecedor proceso de acercamiento entre los de los elementos infraestructurales sustentadores y estimulantes
medievalistas españoles y entre éstos y el número cada vez ma­ del progreso de la actividad investigadora medievalista, conti­
yor, en cantidad y calidad, de hispanistas extranjeros que de­ nuará manifestándose con creciente vitalidad en la década si­
dicaban sus afanes al estudio de nuestro Medievo, se vería esti­ guiente. La multiplicación de los centros universitarios desde
mulado pocos años después con la celebración de dos importan­ 1970, respondiendo a las exigencias planteadas por el nuevo cli­
tes reuniones científicas: el I Congreso luso-español de Estudios ma sociocultural del país, ha sido verdaderamente espectacular;
Medievales (Oporto, 1968), que venía a reforzar los tradicionales en todos ellos y en el marco de las Facultades de Filosofía y
y estrechos lazos del medievalismo peninsular; y sobre todo el Letras, la constitución de nuevos Departamentos de Historia
I Simposio de Historia Medieval, que tuvo lugar en marzo de Medieval ha servido de poderoso estímulo al progreso de la in­
1969 en Madrid y que congregaría a un nutrido elenco de docen­ vestigación en el ámbito específico de nuestra especialidad. A
tes e investigadores españoles y extranjeros para la organización las actividades desplegadas por los viejos y nuevos centros de
y planificación del estudio de los problemas del siglo xrv en la estudio e investigación del medievalismo hispano, dentro y fuera
Península. La gran novedad ofrecida por estas jomadas radi­ de nuestras fronteras —la Sección de Estudios Medievales del
caba, en palabras del presentador de las Actas que recogen sus csic, el Centro de Estudios Medievales de Aragón, el Centro de
conclusiones, en tratarse de un primer ensayo «de colaboración Estudios e Investigaciones «San Isidoro» de León, el Instituto de
organizada que agrupó a los principales investigadores del Me­ Historia de España fundado en Buenos Aires por el maestro
dievo hispánico, tanto de España y de Portugal como de otros Sánchez Albornoz, el Instituto Español de Historia Eclesiástica
países de Europa», constituyendo un elocuente testimonio «de de Roma, el ya aludido Instituto de Historia Medieval de España
la pujanza del medievalismo español y del peso de los hispanis- en Barcelona...—, se unirá, en los últimos años, la dinámica la-

Cf. el Anuario de Estudios Medievales, I, 1964, pp. 659-664. *" La investigación de ¡a historia hispánica del siglo XIV. Problemas
y cuestiones, Madrid-Barcelona, csic, 1973, presentación de E. Sáez.
236 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 237

bor desarrollada desde los Departamentos de Historia Medieval también por su propia fuerza en el contexto del medievalismo
de las antiguas y nuevas Universidades. Constituidos en verda­ mundial, nuestra reciente historiografía ha sido especialmente
deros centros de estudio e investigación, estos Departamentos, sensible a la influencia de las orientaciones de la Escuela His­
en colaboración con organismos culturales de ámbito nacional tórica Francesa 341 , a cuya difusión en España tan decisivo con­
o local, cuentan con sus propios servicios de publicaciones y, a curso prestaría, ya en la década de los años cincuenta, la figura
veces, con sus revistas especializadas ^ y contribuyen a la pro­ señera de J. Vicens Vives 3C . Buena parte de la investigación de
moción de reuniones científicas de medievalistas que en algunos nuestra especialidad, sobre todo en el ámbito temático de la
casos se desarrollan con periodicidad regular: las celebraciones historia social y económica, viene discurriendo en los últimos
de las Semanas de Estudios Medievales, por citar un sólo ejem­ años por los cauces y de acuerdo con los modelos trazados por
plo, han alcanzado ya, bajo los auspicios de la Universidad Autó­ los medievalistas franceses y belgas. Baste recordar, por citar
noma de Barcelona, su décima edición. un sólo ejemplo, la aplicación pionera de los planteamientos me­
La proliferación de simposios y jornadas de estudio en el todológicos de G. Duby al estudio de nuestras estructuras agra­
ámbito peninsular y en el curso de los últimos años es un sín­ rias, hecha en 1969 por García de Cortázar al estudiar el dominio
toma sobradamente elocuente del auge alcanzado por nuestra del monasterio de San Millán de la Cogolla; y la puesta a dis­
especialidad en el panorama actual de la historiografía española. posición de los universitarios españoles, pocos años después,
No haremos aquí un inventario detallado de esas reuniones cien­ de la sugestiva visión de conjunto del mismo Duby sobre el en­
tíficas, a las que tendremos ocasión de aludir en las páginas que tramado socioeconómico europeo de la alta Edad Media, a tra­
siguen y al dar, en su caso, cuenta de sus Actas en la Orienta­ vés de la traducción del profesor J. L. Martín 343 . Deben también
ción bibliográfica final. Baste indicar ahora que ese movimiento, destacarse las renovadoras perspectivas que a la reciente inves­
cuyo desarrollo puede seguirse a través de las secciones infor­ tigación medievalista hispana han prestado las aportaciones me­
mativas de las publicaciones periódicas especializadas, se corres­ todológicas del materialismo histórico: los trabajos de W. Kula,
ponde con una creciente y provechosa presencia del medievalis- por ejemplo, y la aplicación del modelo de análisis que propone
mo hispano fuera de nuestras fronteras y con una profunda en su fundamental Teoría económica del sistema feudal*** cons­
renovación de los planteamientos metodológicos de las investi­ tituyen también obligado punto de referencia para nuestra his­
gaciones en el campo específico de nuestra disciplina, que han toriografía en el mismo ámbito, hoy preferente, de la vida so­
incorporado plenamente, en los últimos años, los modelos y cial y económica, con independencia de personales posiciones
técnicas de trabajo e incluso los ámbitos temáticos preferentes ideológicas que puedan condicionar, y de hecho han condiciona­
por los que discurre la mayor y mejor parte del medievalismo do en ciertos casos, otras interpretaciones globales o sobre as­
europeo. pectos particulares del desarrollo histórico de nuestro Me­
dievo 345.
Por otra parte y en respuesta a la demanda de una población
estudiantil en continuo crecimiento, la introducción y difusión
dentro de nuestras fronteras de la producción publicística ex­ "'
w
Cf. supra, en este mismo capítulo, i, 2, a.
tranjera, servida con frecuencia en traducciones fácilmente acce­ Véase Jover, ob. cit., p. 229.
sibles, ha contribuido también poderosamente a la articulación *" J. A. García de Cortázar, El dominio del monasterio de San Milldn
de ¡a Cogolla (siglos X al XIII). Introducción a la historia rural de Cas-
del medievalismo hispano en las grandes coordenadas metodoló­ lilla altomedieval, Universidad de Salamanca, 1969; G. Duby. Guerreros y
gicas y temáticas de la Historia Medieval que se enseña y se campesinos. Desarrollo inicial de la economía europea (500-1200), Madrid,
investiga hoy en las universidades y principales centros de estu­ Siglo XXI de España, 2.' ed., 1977.
w
dio de un mundo científico cuyas fronteras desbordan ya am­ Madrid, Siglo XXI, 1974. De la influencia del materialismo histórico
en la configuración de la metodología histórica actual nos ocupamos en
pliamente los estrictos límites de la Europa nuclear. este mismo capítulo i, 2, c
Por obvias razones de proximidad geográfica y lingüística y » Véase, por ejemplo, la obra ya citada de Pastor de Togneri, Del Islam
al Cristianismo. En las fronteras de dos formaciones económico-sociales y
la introducción de la misma autora al conjunto de artículos reunidos en su
*• Hacemos una relación de ellas en el apartado final dedicado a la libro Conflictos sociales y estancamiento económico en la España me­
Bibliografía de Historia Medieval de España, pp. 328 ss. dieval, Barcelona, Ariel, 1973. En contra de la aplicación de la dialéctica
238 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 239

E n la línea d e renovación metodológica q u e ha venido mar­ y fuera d e E s p a ñ a , u n h e c h o incuestionable q u e obedece, funda­


c a n d o el desenvolvimiento d e la r e c i e n t e investigación medieva- m e n t a l m e n t e , a un triple e s t í m u l o . De u n a p a r t e las p r o p i a s exi­
lista h i s p a n a hay q u e a n o t a r , finalmente, la positiva influencia gencias funcionales y metodológicas derivadas d e la existencia
ejercida p o r la celebración d e r e u n i o n e s científicas t a n impor­ de « e s t r u c t u r a s regionales» bien definidas, en el m a r c o d e á m b i ­
t a n t e s c o m o las I J o r n a d a s d e Metodología Aplicada d e las Cien­ tos s u p e r i o r e s d e rango «nacional» o «estatal»; c o m o e s s a b i d o
cias H i s t ó r i c a s , c e l e b r a d o en la Universidad d e S a n t i a g o de sería éste u n o d e los p o s t u l a d o s m á s h o n d a m e n t e a r r a i g a d o s
Compostela en 1973 y cuya sección t e r c e r a se dedicaría a la en los p l a n t e a m i e n t o s d e la Escuela d e los Annales M. E n segun­
H i s t o r i a Medieval 3 *; así c o m o la publicación d e p r o p u e s t a s de do t é r m i n o , la creciente vitalidad d e las universidades regiona­
m o d e l o s , e s q u e m a s y c u e s t i o n a r i o s p a r a el d e s a r r o l l o d e inves­ les, cuyo decisivo papel en la nueva orientación de los e s t u d i o s
tigaciones c e n t r a d a s en d e t e r m i n a d o s á m b i t o s t e m á t i c o s , asu­ históricos destaca o p o r t u n a m e n t e J. Poinssac-Niel: «El des­
m i d a p o r n u e s t r o s medievalistas siguiendo u n a t e n d e n c i a m u y arrollo d e c e n t r o s d e investigación, el n a c i m i e n t o d e publicacio­
generalizada en la historiografía francesa, bien reflejada en las nes d e g r a n calidad, la toma d e conciencia progresiva d e las
p á g i n a s d e los Annales y d e u n a gran operatividad funcional **. posibilidades que ofrece la a u t o n o m í a universitaria, son o t r o s
A e s t a p r e o c u p a c i ó n r e s p o n d e n , en los ú l t i m o s a ñ o s , aportacio­ tantos d a t o s nuevos que modifican la imagen tradicional de u n a
nes tan i n t e r e s a n t e s c o m o la de M. Ríu, Esquema metodologic historia s e p a r a d a de la vida y de la realidad regional» **. Y final­
per a Vestudi d'un monestir (I Colloqui d ' H i s t o r i a del monaquis- mente, las p r o p i a s d e m a n d a s d e las colectividades político-so­
m e cátala, vol. i, S a n t a Creus, 1967); la a p r o x i m a c i ó n d e J. L. ciales a las q u e , e n definitiva, el h i s t o r i a d o r sirve, en la m e d i d a
Martín a la p r o b l e m á t i c a q u e plantea el e s t u d i o de «La sociedad en q u e , en p a l a b r a s d e G. Fasoli, «en la historiografía se reflejan
m e d i a e inferior de los r e i n o s hispánicos» (en La investigación las situaciones objetivas y las a s p i r a c i o n e s políticas del t i e m p o
de la historia hispánica del siglo XIV, Madrid-Barcelona, csic, y del lugar en los q u e el investigador escribe», r e c u r r i e n d o la
1973); el sugestivo t r a b a j o de S. d e Moxó, Los señoríos: cuestio­ gran medievalista italiana al e j e m p l o q u e en este p u n t o b r i n d a
nes metodológicas que plantea su estudio (en las Actas d e «la rica producción historiográfica [de su p a í s ] relativa a las
I J o r n a d a s de Metodología Aplicada d e las Ciencias Históricos, instituciones d e la región siciliana, d e la región s a r d a , etc.» 3 5 0 .
a n t e s citado); y ú l t i m a m e n t e el ú l t i m o m o d e l o p r o p u e s t o p o r
E n el c a m p o específico del medievalismo h i s p á n i c o , la his­
J. A. García de C o r t á z a r p a r a las investigaciones d e la Historia
toriografía regionalista tiene u n a larga tradición y conoce en la
r u r a l medieval: Un esquema de análisis estructural de sus cor
hora a c t u a l u n a e x t r a o r d i n a r i a pujanza f u n d a m e n t a d a n o sólo
tenidos a través de! ejemplo hispanocristiano (Universidad
en los e s t í m u l o s de c a r á c t e r general q u e a p u n t á b a m o s anterior­
S a n t a n d e r , 1978).
mente, sino en el incuestionable p l u r a l i s m o que es c o n s t i t u t i v o
del p r o p i o p r o c e s o h i s t ó r i c o vivido e n el Medievo p o r los pue­
blos p e n i n s u l a r e s y al q u e tuvimos ya ocasión d e r e f e r i r n o s con
S e ñ a l á b a m o s al principio d e e s t a s reflexiones c ó m o u n o d e lo» cierto detalle en o t r o lugar d e este libro.
rasgos m á s c a r a c t e r í s t i c o s q u e p r e s e n t a el d e s a r r o l l o d e la re­ E n t r e n o s o t r o s , la elección de la región c o m o m a r c o d e u n a
ciente investigación medievalista h i s p a n a era, sin d u d a , su en- investigación histórica e n c u e n t r a su justificación n o en discuti-
c u a d r a m i e n t o e n m a r c o s regionales.
M
La regionalización d e los e s t u d i o s históricos es hoy, d e n t r o Cf. supra, en este mismo capítulo i, 2, a. Refiriéndose a la historia
francesa, diría Braudel: «nuestro país, como cualquier otro, es una cons­
marxista a una interpretación histórica de la temprana Edad Media his­ telación de civilizaciones vivas, aunque de pequeño radio» (La Historia y
pánica, véase C. Sánchez Albornoz, «Historia y libertad», en Ensayos sobrt las ciencias sociales, p. 173). Y muy recientemente escribía P. Vilar: «no
historiologia, cit., pp. 175 ss. olvidemos que el mundo, si bien está 'estructurado' en grupos demográ­
*" Se publicaron sus Actas en 1975. ficos, sociales, económicos, etc., lo está también en grupos étnicos y po/1-
ticos: de lo que se deduce otra vertiente de las investigaciones: estruc­
•" Nos fue especialmente útil, por ejemplo, el espléndido «Questionnaire turas regionales en el interior de una 'nación', estructuras nacionales en el
pour una enquéte sur le sel dans l'histoire, du xiv au xvni siécle», da Interior de un continente, etc.» (Iniciación..., p. 63).
J. Le Goff y P. Jeannin, en Le rote du sel dans l'histoire, París, 1968, par»
la elaboración de nuestro estudio, en colaboración con I. González, sobtf *" La tecnología..., cit., pp. 175 s.
La economía salinera en la Asturias medieval, Universidad de Oviedo, 1971 "* Cuida. ., cit., p. 28.
240 Juan Ignacio Ruiz de la Peí 241
Aproximación a la metodología
bles criterios referenciales de carácter exclusiva o predominan»
temente geoadministrativos, sino en la efectiva evidencia de su de la Edad Media Vascongada organizados hasta 1975 por la
propia identidad como formación diferenciada, con rasgos cul­ Diputación de Vizcaya; c) la publicación, en los últimos años,
turales, lingüísticos, étnicos, socioeconómicos, políticos... que le de una serie de exposiciones de conjunto también de ámbito re­
son propios; y, sobre todo, en el sentimiento de un particular gional —historias de Mallorca, Andalucía, Asturias, País Vasco,
protagonismo a lo largo del tiempo que es el que en definitiva, Galicia, etc.— que confiadas a profesionales de la investigación
como advierte Maravall, hace que una extensión puramente geo­ y de la docencia universitarias, están concebidas y desarrolladas
gráfica se transforme en escenario en que mora un grupo hu­ de acuerdo con los más actuales y rigurosos planteamientos me­
mano al que algo le sucede en común y pueda, por tanto, legí­ todológicos de nuestra disciplina; y la aparición de una serie de
timamente, ser tomado como base de un relato histórico dotado revistas y publicaciones periódicas en el seno de algunos De­
de sentido ai. partamentos de Historia Medieval, centradas igualmente en una
temática investigadora de carácter regional. No hace falta seña­
Son esas razones las que han hecho que, según señala lar, además, que una proporción considerable de nuestra publi-
J. M. Jover, en la tendencia a dar un tratamiento regional a loi cística monográfica medievalista se vincula también estrecha­
grandes temas de la historia española, el camino hubiese sido mente a los mismos marcos referenciales de ámbito regional. En
preparado a fondo por los medievalistas: «con sus ventajas y el registro de «Bibliografía de Historia Medieval de España», que
sus inconvenientes —escribe Jover— la 'parcelación geográfica' se incluye al final de este libro, se ofrece una muestra represen­
de nuestro conocimiento de la historia medieval es una realidad tativa de esta orientación de nuestra historiografía.
bien definida y cada área regional tendrá sus propios exper­
tos» « . Al margen de sus fundamentaciones objetivas y metodológi­
cas, la regionalización de los estudios medievales está sirviendo
El encuadramiento tradicional de buena parte de la investi­ en España para corregir no pocos desequilibrios informativos
gación medievalista hispana en marcos regionales se ha venido que teníamos en el conocimiento de los procesos históricos de
acentuando en los últimos años gracias, sobre todo, a la dina- aquella época, ampliando considerablemente el horizonte de di­
mización de la vida universitaria con la creación de nuevas Fa­ chos conocimientos a espacios geopolíticos periféricos que, como
cultades de Historia en regiones que hasta entonces carecían Galicia, Asturias o el País Vasco, constituían hasta hace aun
de ella —aludíamos ya a este fenómeno en las páginas preceden­ bien pocos años un verdadero yermo historiográfico. En este
tes— y a los propios planteamientos políticos de la estructura sentido son reveladoras las palabras de J. N. Hillgarth en su
institucional del Estado, con el reconocimiento de las autono­ aproximación al estudio de los reinos hispánicos de la Edad
mías de las nacionalidades y regiones. Dicho encuadramiento, Media:
por otra parte, se manifiesta en distintos niveles de expresión:
a) los enfoques metodológicos de base regional que se vienen Mucha historiografía ibérica reciente es unilateral, demasiado preo­
dando en los campos de investigación de interés preferente en cupada, por ejemplo, de Castilla la Vieja más que de Castilla la
la actualidad: historia social, económica, institucional MJ ; b) en Nueva, o de Cataluña aisladamente, excesivamente enfocada hacia
la celebración de congresos y simposios consagrados al estudio la supuesta «decadencia catalana» del siglo xv, hasta el punto de que
de la historia regional: entre los últimos podrían recordarse el olvida el auge concomitante del resto de la península y especialmen­
Congreso de Historia de Andalucía o los Simposios de Estudioi te de Castilla y Portugal. La Corona de Aragón no abarca solamente
a Cataluña. Las contribuciones de Valencia, el propio Aragón y Ma­
llorca son olvidadas a menudo, aunque su importancia es creciente
Ul
El concepto de España en la Edad Media, clt., p. 17. a partir de 1300. Vizcaya y Andalucía son objeto actualmente de es­
151
«Corrientes historiográficas...», p. 231. tudios intensivos; pero muy poco se ha hecho hasta ahora con otras
m regiones como Asturias...
Cf., por ejemplo, Cortázar, La economía rural medieval: un esquema
de análisis histórico de base regional, en el vol. n de las Actas de las yi
citadas I Jornadas de Metodología Aplicada de las Ciencias Histórica*, Hillgarth escribía el pasaje reproducido hace sólo seis años 354 .
Santiago, 1975, pp. 3140; y algunos de los títulos de los estudios incluidoi
en el volumen La investigación de la historia hispánica del siglo XIV, clt, Pues bien, no es aventurado afirmar que en el corto espacio de
supra, nota 339.
"* The Spanish Kingdoms: 1250-1516, Londres, Oxford University Press,
242 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 243

tiempo transcurrido desde entonces hasta el momento presen* Debemos advertir, en primer término, que cuando hablamos
te (1982) sus consideraciones han quedado ya en buena medida de «medievalismo hispano» nos referimos no sólo a las investi­
invalidadas por el rápido incremento cuantitativo y cualitativo gaciones desarrolladas por medievalistas españoles sino a las
de una investigación regionalista orientada precisamente al e* que se hacen también, dentro y fuera de España, por medieva­
tudio de las áreas geopolíticas más olvidadas y peor conocida» listas extranjeros. Efectivamente, el estudio de nuestra Edad
de nuestro Medievo. Media ha ejercido tradicionalmente un extraordinario poder de
convocatoria fuera de nuestras fronteras. El interés intrínseco
de los singulares procesos históricos vividos en el suelo penin­
Con absoluta unanimidad se viene afirmando por los cultivado­ sular en aquella época; la proyección extrapeninsular de esos
res de nuestra disciplina la indudable influencia que las preocu- procesos —labor de transmisión cultural al mundo occidental,
paciones y sistemas ideológicos de cada momento y en cada expansión comercial atlántica de la Corona de Castilla, expan­
lugar ejercen como condicionante de la labor de historiador, a sión político-comercial de la Corona de Aragón—; y, en fin, la
la hora de elegir éste los ámbitos temáticos de su investiga­ riqueza de nuestros archivos 156 , han actuado de poderosos esti­
ción » . mulantes en la atracción del interés de ese medievalismo extran­
Esta apreciación de resonancias crocianas es perfectamente jero que, en los últimos tiempos ha contribuido no poco a en­
aplicable a la esfera de intereses preferentes que orientan en la sanchar el horizonte de nuestros conocimientos sobre el pasado
actualidad la mayor y mejor parte de la investigación medieva- medieval hispano. Nombres como los de D. Lomax, A. Mackay,
lista, y nos sitúa ya frente al último punto de reflexión de este Dufourcq, Gautier Dalché, Hillgarth, Manca, Bonnassie, Carrére,
apartado: el relativo a los grandes temas que polarizan la aten­ Childs y un larguísimo etcétera que haría interminable la rela­
ción de ese reciente medievalismo hispano. ción, configuran en la hora actual la extraordinaria pujanza de
la militancia hispanista en el campo del medievalismo, sin contar
No haremos aquí un recuento, no ya exhaustivo sino ni si­ los entrañables vínculos que nos unen a la escuela fundada por
quiera ejemplificativo, de la publicística medievalista de los úl­ Sánchez Albornoz en tierras argentinas.
timos años en nuestra patria, de la que, por obvias razones, sólo
podremos ofrecer una pequeña muestra, aunque intentamos al Como contrapartida, sin embargo, hay que señalar «la extre­
menos que fuese suficientemente representativa, en la Orienta­ mada indigencia de nuestra historiografía en planteamientos
ción bibliográfica final, y que, por otra parte, puede seguirse que desborden el área peninsular» 157 . Debe advertirse, en todo
con detalle en los repertorios y guías de información bibliográ­ caso, que esa falta de proyección extrapeninsular se refiere ex­
fica, general y especializada, y en las revistas científicas y pu­ clusivamente al ámbito temático de las investigaciones mono­
blicaciones periódicas que en dicha Orientación se registran. Nos gráficas que, con raras excepciones, se centran normalmente en
Interesa ahora, simplemente, abocetar las principales tendencias la problemática específica de los reinos hispanos; pero no a las
y ámbitos de interés de nuestra investigación medievalista actual exposiciones de conjunto y de carácter general sobre el Me­
en la medida en que la vigencia preferente de determinadas dievo europeo —ya quedaba dicho en otro lugar de este libro
áreas temáticas contribuye a explicar —como ha sido siempre a cómo en los últimos años nuestra literatura manualística se ha
lo largo del tiempo— el propio entramado mental del medieva­ visto enriquecida con la producción de nuestros propios espe­
lismo hispano en la etapa última de su particular historia de la cialistas—; ni, por supuesto, a las coordenadas metodológicas,
historiografía. Por otra parte, las consideraciones de carácter que como también señalábamos anteriormente, se insertan ple-
general que aquí hagamos encontrarán en todo caso el pertinen­
te respaldo bibliográfico en el registro de publicaciones con que
se cierra este libro, "* Véase, por ejemplo, la referencia que Y. Renouard hacía tres déca­
das atrás a las posibilidades que los archivos peninsulares podrían brin­
dar a un mejor conocimiento del tráfico marítimo del puerto de La Ro-
1976. La17.
cita precedente en la trad. española de Grijalbo (Barcelona, 1979), chellc, en «Les voics de comunication entre pays de la Méditerranée et
página pays de l'Atlantique au Moycn Age», Mélangcs Louis Halphen, París, 1951,
*" Véanse las sugestivas consideraciones que hace en este punto A. Eiras, página 589 especialmente.
m
La enseñanza de la Historia en la Universidad, cit., p. 208. Jover, ob. cit., p. 245.
244 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 245
ñ á m e n t e en los p l a n t e a m i e n t o s de la Historia Medieval q u e se gica d e u n sector c a d a vez m á s a m p l i o d e h i s t o r i a d o r e s del dere­
escribe y s e enseña hoy en los países científicamente m á s avan­
zados. cho q u e , s u p e r a n d o la tradicional concepción formalista y dog­
mática d e su p r o p i a disciplina, t i e n d e a s i t u a r el e s t u d i o d e los
En lo q u e r e s p e c t a a las o r i e n t a c i o n e s temáticas preferentes procesos d e formación y d e s a r r o l l o del e n t r a m a d o j u r í d i c o y
d e la investigación medievalista hispana hay q u e destacar, como político-administrativo d e la E s p a ñ a medieval en el m a r c o d e
rasgo fundamental d e la renovación d e los á m b i t o s d e interés las e s t r u c t u r a s socioeconómicas q u e en cada lugar y en c a d a
d e n u e s t r a reciente historiografía, un evidente deslizamiento m o m e n t o condicionan dichos p r o c e s o s M . P o r o t r a p a r t e , las
desde el c a m p o d e la historia política, e n t e n d i d a al m o d o tradi­ conexiones e n t r e h i s t o r i a d o r e s del d e r e c h o e h i s t o r i a d o r e s «ge­
cional c o m o historia d e los a c o n t e c i m i e n t o s político-militares y nerales» en el c a m p o específico del m e d i e v a l i s m o son c a d a día
ligada f u n d a m e n t a l m e n t e al p r o c e s o d e la Reconquista, al de la más e s t r e c h a s y frecuentes 3 * 3 , g e n e r a n d o trasvases en la aten­
historia social y económica, f o r m u l a d a c o m o m a r c o específico ción i n v e s t i g a d o r a d e éstos a á m b i t o s d e e s t u d i o q u e d u r a n t e
d e la l a b o r investigadora con todas las r e s e r v a s que implica la m u c h o t i e m p o h a b í a n e s t a d o confinados d e n t r o de los d o m i n i o s
concepción d e u n a «historia total», que a s u m i m o s p l e n a m e n t e . que se c o n s i d e r a b a n p a t r i m o n i o exclusivo d e los especialistas
La historia política c o n t i n ú a , sin e m b a r g o , m a n t e n i e n d o un de la h i s t o r i a j u r í d i c a e institucional. Las instituciones político-
i n t e r é s innegable, t a n t o la q u e gira en t o r n o a las actuaciones a d m i n i s t r a t i v a s c e n t r a l e s y locales, así c o m o s u s e l e m e n t o s for­
d e d e t e r m i n a d a s figuras d e la realeza p e n i n s u l a r d e la época, males e incluso s i m b ó l i c o - j u r í d i c o s M , el régimen señorial, cuya
s u s t e n t a d o r a d e u n a historiografía e n t r e v e r a d a con el género multiplicidad d e v e r t i e n t e s tan bien h a s u b r a y a d o Moxó 3 6 S , y el
biográfico 3 5 í , c o m o la q u e se refiere a p r o b l e m a s d e política in­ p r o b l e m a del feudalismo h i s p a n o , d e s e n c a d e n a n t e d e u n anima­
t e r i o r o exterior 3 5 9 , a a s p e c t o s concretos del p r o c e s o reconquis­ do d e b a t e e n t r e medievalistas institucionalistas, d e c u ñ o tradi­
t a d o r m, o a la ecuación Reconquista-repoblación-frontera consi­ cional, e i n n o v a d o r e s , d e orientación sociológica 3 6 6 , son a l g u n o s
d e r a d a en su c o n j u n t o y en unas proyecciones que d e s b o r d a n ejemplos d e la a t r a c c i ó n ejercida en los ú l t i m o s a ñ o s s o b r e nues­
a m p l i a m e n t e los tradicionales p l a n t e a m i e n t o s d e una historia tros medievalistas p o r los t e m a s t r a d i c i o n a l m e n t e a t r i b u i d o s a
m e r a m e n t e episódica o «evenemencial», r e s i t u á n d o s e el análisis la c o m p e t e n c i a exclusiva d e los h i s t o r i a d o r e s del d e r e c h o y d e
de dicho p r o c e s o en los t é r m i n o s en que a d q u i e r e su v e r d a d e r a las i n s t i t u c i o n e s .
d i m e n s i ó n : los p r o p i o s t a n t o d e la historia política como, y en
ciertos aspectos quizá en m a y o r m e d i d a , d e la historia d e la La indiscutible p r i m a c í a de la historia social y e c o n ó m i c a ,
población, la economía y la sociedad. Exposiciones de conjunto que se señala, con razón, c o m o uno d e los rasgos característicos
recientes del tipo de las de A. Mackay o S. d e Moxó son buena de la e x p a n s i ó n historiográfica d e la d é c a d a de los sesenta, d e
p r u e b a d e ello. la renovación d e la historia tradicional y de la a p r o x i m a c i ó n d e
las ciencias sociales J 6 7 , se p o n e e s p e c i a l m e n t e d e manifiesto en
La orientación hacia la historia social y económica se mani­ el e x t r a o r d i n a r i o auge que en los ú l t i m o s a ñ o s e s t á n c o n o c i e n d o
fiesta incluso — c o m o ya a d v e r t i r á J. M. Jover— «en cierta in­
flexión del clásico medievalismo institucionalista d e raíz histó- "*
m
Cf. supra, capitulo 1, n , 1, A.
rico-jurídica» 3 6 1 . E n el c a p í t u l o p r i m e r o tuvimos ya ocasión de Especial interés tuvo el Congreso reunido en Granada en 1973, entre
historiadores del derecho e historiadores «generales», con asistencia de
referirnos a los n u e v o s p l a n t e a m i e n t o s d e orientación sociolo- W. Kula y P. Vilar, y en cuya ponencia de Historia Medieval tuvimos el
honor de participar en compañía de J. Valdeón y M. A. Ladero. Las Actas
w de dicho Congreso Internacional de Historia del Derecho se publicaron
Véase, por ejemplo, los recientes estudios de Recuero, González en 1976.
Mfnguez o J. González sobre Alfonso VII, Femando IV y Fernando III,
respectivamente, que anotamos en la Orientación bibliográfica. *• Sirvan como ejemplo los estudios de J. M. Lacarra y B. Palacios
m Martín sobre el juramento de los reyes de Navarra y la coronación de
El de J. Valdcon sobre la guerra civil castellana o la refundición los reyes de Aragón, respectivamente, que anotamos en la bibliografía.
amplificada del de L. Suárez sobre nobleza y monarquía, también anota­ m
dos en la Orientación bibliográfica. En la aportación metodológica que anotábamos más arriba.
m ** Aludíamos a los términos en que está planteado dicho debate supra,
Puede servir de modelo, entre otros, el de Ladero sobre la guerra do capitulo 2, nota 155.
Granada, cit. igualmente en la Orientación bibliográfica. •" Remitimos nuevamente a los ensayos ya citados de J. M. Jover y
•" Ob. cit., p. 243. A Eiras.
246 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 247

las investigaciones del medievalismo h i s p a n o c e n t r a d a s en dos de los e s t u d i o s s o b r e el fenómeno u r b a n o en los diversos reinos
á m b i t o s t e m á t i c o s d e c o n t o r n o s bien definidos: la historia ru­ p e n i n s u l a r e s y en sucesivos m o m e n t o s del Medievo, p a r a com­
ral y la historia u r b a n a . E s , p o r o t r a p a r t e , en estas dos esferas p r e n d e r el a l c a n c e d e los p r o g r e s o s a los q u e a l u d í a m o s " 3 . Tam­
d e i n t e r é s historiográfico d o n d e a d q u i e r e , quizá, su plena opera- bién en e s t a á r e a los medievalistas h a n c o n t r i b u i d o n o p o c o a
tividad la concepción «integral» o «total» del p r o p i o quehacer un m e j o r c o n o c i m i e n t o d e n u e s t r a s instituciones a d m i n i s t r a t i ­
del medievalista: la imposibilidad práctica d e u n a s compartí- vas a nivel local, al a b o r d a r con frecuencia el análisis d e las
m e n t a c i o n e s artificiosas e n t r e realidades vitales, n o sólo socio­ organizaciones m u n i c i p a l e s en el contexto d e las e s t r u c t u r a s ur­
e c o n ó m i c a s sino t a m b i é n institucionales, j u r í d i c a s , geográficas, b a n a s e n t e n d i d a s c o m o un todo social.
c u l t u r a l e s , que n o p u e d e n analizarse s e p a r a d a m e n t e p o r q u e no
Del e n r i q u e c i m i e n t o d e p e r s p e c t i v a s a p o r t a d o p o r la historia
se explican las u n a s sin las o t r a s ; y la exigencia del auxilio de
social y e c o n ó m i c a se han beneficiado t a m b i é n o t r a s p a r c e l a s
las ciencias c o a d y u v a n t e s d e n u e s t r a investigación —Lingüística,
c o m p r e n d i d a s e n e s e á m b i t o t e m á t i c o o e s t r e c h a m e n t e vincula­
Arqueología, Etnografía, Geografía... 3 6 *—, de las técnicas al ser­
das al m i s m o . Así, los a s p e c t o s demográficos y relativos a las
vicio d e esas ciencias y, e n fin, d e la relación pluridisciplinar.
formas d e p o b l a m i c n t o que, a d e m á s d e p l a n t e a r s e n o r m a l m e n t e
Los m o d e r n o s e s t u d i o s d e historia r u r a l medieval en nuestra en el m a r c o d e los e s t u d i o s d e historia rural y u r b a n a , h a n sido
p a t r i a deben n o poco a la influencia d e los p l a n t e a m i e n t o s me­ objeto en los ú l t i m o s a ñ o s d e a p o r t a c i o n e s específicas 3 7 4 o de
todológicos de la vecina Escuela Francesa; y a p a r t i r de las reuniones científicas en m a r c o s regionales 3 7 5 . O la historia bio­
i n n o v a d o r a s a p o r t a c i o n e s d e J. A. García de Cortázar, en su ya gráfica referida a a c t i t u d e s m e n t a l e s y modelos d e comporta­
c i t a d a o b r a s o b r e el d o m i n i o m o n á s t i c o d e S a n Millán, y d e m i e n t o d e individuos o g r u p o s familiares, en la línea d e crecien­
G a u t i e r Dalché s o b r e el de S a n t o Toribio d e Liébana, se han te interés p o r los e s t u d i o s d e las p e r s o n a l i d a d e s c o m u n e s del
m u l t i p l i c a d o e s p e c t a c u l a r m e n t e , g i r a n d o s o b r e todo en el m a r c o rango de las q u e Le Goff e s p e r a b a q u e algún día obtuviesen el
de los s e ñ o r í o s eclesiásticos* 9 , en m e n o r m e d i d a en el de los «derecho a la Historia» del q u e hablaba L. Fébvre 3 7 6 y q u e nos
nobiliarios 37° o bien t o m a n d o c o m o á m b i t o de referencia una sitúan d e lleno frente al sugestivo c a m p o d e la Historia d e las
base c o m a r c a l d e c o n t o r n o s precisos 3 7 1 . Mentalidades.
Los p r o g r e s o s e x p e r i m e n t a d o s en los ú l t i m o s a ñ o s por los Aunque la historiografía medievalista h i s p a n a se ha incor­
e s t u d i o s d e h i s t o r i a u r b a n a e n n u e s t r a p a t r i a s o n homologables p o r a d o c o n c i e r t o r e t r a s o a e s t a esfera d e i n t e r é s , h a b r i n d a d o
a los logrados en el sector d e la historia r u r a l . Basta c o m p a r a r ya los p r i m e r o s y g r a n a d o s frutos d e la nueva orientación inves­
el p a n o r a m a q u e trazaba hace poco m á s d e dos decenios tigadora q u e se expresa, s o b r e t o d o , en el r e d e s c u b r i m i e n t o del
J. M. L a c a r r a d e la situación en q u e se e n c o n t r a b a n entonces en
E s p a ñ a las investigaciones en este c a m p o s n con el e s t a d o actual "' Un buen estado de la cuestión, para la historia urbana del reino
castellano-leonés puede verse en los recientes estudios de C. Estepa y
Gautier Dalché anotados en la bibliografía. El mismo C. Estepa acaba de
m
Cf. supra. en este mismo capitulo, ni, 3, B. presentar un «Estado actual de los estudios sobre las ciudades medievales
*• El mas reciente de dichos estudios es el de I. Torrente Fernández, castellano-leonesas» al Congreso de historia castellano-leonesa recientemen­
El dominio del monasterio de San Bartolomé de Nava, Universidad de te celebrado en Valladolid (octubre de 1982).
Oviedo, 1982. En él podrá encontrarse un estado de la cuestión baslante "' Por ejemplo, el de Carrasco sobre la población navarra en el si­
completo. glo xiv cit. en la bibliografía. Cf. también B. Vincent, «Receñís travaux de
™ Véase, por ejemplo, el reciente libro de C. Alvarez sobre El condado démographie historique en Espagne (xiv-xvm siéclcs), en Ármales de Dé-
de Luna en la baja Edad Media, León, 1982, también con un completo mographie Historique, 1977. pp. 463-491.
repertorio bibliográfico. "' Véanse las Actas, también citadas, del Simposio sobre «Las formas
'" Por ejemplo, el de E. Pórtela sobre IM región del obispado de Tuy, del poblamicnto en el Señorío de Vizcaya durante la Edad Media».
Santiago de Compostela, 1976; y últimamente J. A. García de Cortázar y "* Cf. J. Le Goff, Mercaderes y banqueros de la Edad Media, Buenos
C. Diez Herrera, La formación de la sociedad hispanocristiana del Can- Aires, EUDEBA, 1963, p. 10. También J. Heers, Le clan familial au Moyen
tdbrico al Ebro en los siglos VIII a XI. Planteamiento de una hipótesi! Age, París, Presscs Universitaires de France, 1974, recientemente traducido
y análisis del caso de Liébana, Asturias de Santularia y Trasmiera, San­ por Ed. Labor. En esta linea se inscriben aportaciones del tipo del estu­
tander, Ed. de Librería Estudio, 1982. dio dedicado por Pastor de Togneri al arzobispo Gelmirez. o de la mono­
*" «Orientation des études d'histoire urbaine en Espagne entre 1940 grafía de C. Batlle sobre la familia barcelonesa de los Deztorrent, o de
et 1957., en Le Moyen Age, 1958, pp. 317-339. nuestra semblanza del burgués ovetense Alfonso Nicolás.
248 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Aproximación a la metodología 7.49

fundamental valor testimonial de los textos literarios y de cier­ medida siempre relativa en que los aspectos económicos puedan
to tipo de documentación religiosa para la reconstrucción de aislarse de los demás componentes de la realidad histórica «to­
muchos aspectos de la vida social medieval no trascendidos en tal», debe señalarse el progreso experimentado en los estudios
las fuentes narrativas stricto sensu y diplomáticas que, hasta sobre las actividades propias del sector industrial y comercial,
hace bien poco tiempo, proporcionaban el caudal informativo aunque se vaya aquí todavía muy a la zaga de la investigación
más importante a los estudios de nuestra especialidad " 7 . Es de de las estructuras económicas agrarias desarrollada en el marco
justicia recordar aquí un lejano y aislado precedente en la va de la historia rural. Aportaciones como las de Gual Camarena,
[oración del extraordinario interés que los testimonios litera­ Santamaría, Carrére o Dufourcq, para el comercio en el área
rios ofrecen al medievalista: nos referimos al precioso trabajo oriental; Cortázar, Ladero —éste en el contexto de los temas
de E. de Hinojosa, El derecho en el Poema del Cid, publicado hacendísticos— o Childs, para la Corona de Castilla; Iradiel, en
en 1899í7*. En los dos últimos decenios los estudios en esta línea relación con la industria textil castellana, o nosotros, para un
se han multiplicado, debiendo quizá situarse en el punto de sector productivo tan específico como el de la sal, constituyen
arranque de la nueva corriente historiográfica el ensayo de algunos ejemplos indicativos entre otros muchos que, en buena
J. Caro Baroja, ya citado anteriormente. Una visión de la vida me­ parte, hemos tratado de reflejar en la Orientación bibliográfica
dieval. (Glosa al canciller Ayala). El libro de L. Stéfano sobre final.
la sociedad estamental castellana a la luz de la literatura bajo- La inflexión hacia lo social y económico se hace igualmente
medieval; algunos de los trabajos reunidos en las Actas del patente en la reciente bibliografía de historia eclesiástica, en la
Congreso sobre la pobreza y la asistencia a los pobres en la que se viene acusando, en los últimos años, la preocupación por
Península ibérica, celebrado en Lisboa en 1972 n»; la atención el análisis de las estructuras capitulares catedralicias en la baja
preferente prestada por Hillgarth a las fuentes literarias en su Edad Media en sus diversas proyecciones, con especial referen­
exposición de conjunto sobre los reinos hispánicos bajomedie- cia a los cuadros normativos —constituciones episcopales, actas
vales, o la atracción ejercida recientemente por el tema especí­ sinodales— que permiten una más exacta valoración de las
fico de la condición de la mujer m constituyen, entre otros mu­ actitudes mentales y de los niveles de religiosidad de la época 3a.
chos que podrían aducirse, ejemplos bien significativos de un En el marco de la historia religiosa, el viejo tema de las rela­
nuevo ámbito de interés de nuestra historiografía medievalista ciones con las minorías judía y musulmana en el ámbito penin­
que se sitúa entre la historia social y la historia de las mentali­ sular continúa suscitando un interés bien patente, por ejemplo,
dades, a partir —como antes apuntábamos— de un redescubri- en la celebración de congresos como el de «Toledo judaico»
miento del valor testimonial de los textos literarios basado en (1972) o el de mudejarismo (Teruel, 1975); en la publicación de
la convicción de que «es a través de los poemas, la literatura re­ un elevado número de estudios monográficos y de exposiciones
ligiosa (especialmente los sermones), la filosofía y las novelas de conjunto, como la reciente de L. Suárez sobre los judíos es­
como uno puede penetrar con paso más seguro en el pasado» m. pañoles en la Edad Media o la sugestiva aproximación de E. Mi­
En el concreto campo de las estructuras económicas y en la tre al tema de las relaciones judeo-cristianas en unas coordena­
das históricas generales 383 . Lo mismo cabría decir de una temá­
tica tan estrechamente ligada en sus orígenes al proceso de la
'" Cf. infra, capitulo 4, i, 2, A, b, al referirnos a las Fuentes escritas de Reconquista peninsular como es la de las órdenes militares,
la Edad Media. enriquecidas en los últimos años con una amplia bibliografía
"" En Estudios sobre la Historia del Derecho español, Madrid. 1903,
páginas 73-112. Véase también el reciente libro de María E. Lacarra, El que se suma a las aportaciones fundamentales en este campo,
Poema de Mío Cid: Realidad histórica e ideología, Madrid. 1980. y también recientes, de J. L. Martín, D. W. Lomax o Benito
m
Por ejemplo, el de J. L. Martín sobre La pobreza y los pobres ett Ruano M,
los textos literarios del siglo XIV.
m
Véase «Las mujeres medievales y su ámbito jurídico». Actas de las m
Segundas Jornadas de Investigación Interdisciplinaria organizadas por el Por ejemplo, los estudios de Martin Martín, Fernández Conde y Sán­
Seminario de Esludios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Ma­ chez Herrero, citados en la Orientación bibliográfica.
drid, 1983. m
Se anotan también en la Orientación bibliográfica.
■ Los reinos hispánicos..., p . 18. ~ lbid.

9
250 Juan Ignacio Ruiz de la Peña 4. LAS FUENTES DE LA HISTORIA MEDIEVAL
Al margen de las precedentes consideraciones queda la de la
fundamental labor de exhumación de fuentes y estudios de crí­
tica textual. La publicación, en los últimos años, de un crecido
número de nuevas y depuradas colecciones documentales y de
catálogos de archivos, al lado de los viejos y siempre útiles re»
per torios de fuentes, contribuyen decisivamente a facilitar la
investigación básica del medievalista en la fase primera de su
desarrollo: la de acarreo y ordenación de los materiales.
Y, ya para terminar, insistimos una vez más en el hecho de
que la indicación de algunas líneas temáticas polarizadoras de La historia, en cuanto «estudio científicamente elaborado», como
la atención preferente del medievalismo hispano y la manifiesta se complace en definirla L. Fébvre, descansa sobre las fuentes.
inflexión de éste hacia los problemas de historia social y econó­ Con palabras de M. Pacaut podemos afirmar que «la materia
mica, no pueden en ningún caso hacernos perder de vista el prima de la historia es el documento', escrito o no, que repre­
carácter contingente y relativo que con frecuencia tienen esas senta para el historiador el único testimonio verdadero del pa­
compartimentaciones sectoriales de la actividad investigadora sado, testimonio que debe someter a un examen minucioso para
hasta aquí apuntadas, ya que en muchos casos sólo se trata de asegurarse de su autenticidad, descubrir su sentido real y medir
destacar la precedencia en el tratamiento de un determinado su valor» 2.
aspecto sobre los demás del complejo entramado del fenómeno De esto se sigue la afirmación de la importancia fundamen­
histórico sometido a estudio. tal que tiene un exacto conocimiento, clasificación, valoración y
Porque, en definitiva —recordamos aquí una vez más las pa­ tratamiento de las fuentes como presupuesto obligado para la
labras de Fébvre—, «no hay historia económica y social. Hay his­ labor del historiador, tanto en su actividad investigadora del
toria sin más, en su unidad. La Historia que es, por definici pasado como en el ejercicio de su función docente, ya que en la
absolutamente social». exposición de conjunto de una disciplina histórica, el recurso
a los testimonios directos como elementos ejemplificadores de
los procesos sometidos a examen constituye un instrumento de
insustituible funcionalidad didáctica 3 .
En la primera parte del presente capítulo expondremos bre­
vemente algunas consideraciones de carácter general sobre las
fuentes históricas, su concepto y clasificación; en la segunda
nos referiremos con más detenimiento a los problemas especí­
ficos que plantean las fuentes de la Edad Media, proponiendo
una tipología de las mismas y sometiendo a examen sus diversas

1
Entendido aquí en sentido amplio y no como sinónimo de diploma.
Véase infra.
' Cunde..., p. 95.
1
En esta linca se orientan, entre nosotros, algunas obras fundamenta­
les aparecidas en los últimos años y anotadas ya anteriormente; por
ejemplo, el t. de Edad Media de la Nueva Historia de España en sus
textos, de la que es autor J. A. García de Cortázar, o los Textos comen-
lados de época medieval, obra colectiva dirigida por M. Riu; véanse tam­
bién los manuales de la Collection U, Serie «Historia Medieval», dirigida
por G. Duby, París, A. Colin, 1968 ss.; y en general las antologías de textos
que citamos en lugar correspondiente del apartado de este capítulo dedi­
cado a las obras auxiliares para el manejo de las fuentes.
252
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 253
modalidades, mientras que un tercer epígrafe se dedica a regis­
señalar que «puede ser fuente de la historia en el sentido más
trar algunas obras auxiliares fundamentales para su manejo.
amplio de la palabra, todo lo que nos proporciona el material
para la reconstrucción de la vida histórica», considera como
«fuentes históricas propiamente dichas todo lo que ha llegado
1. Las fuentes históricas: planteamientos generales
hasta nosotros como erecto cognoscible de los hechos» 6 .
A) El concepto general de fuente histórica Modernamente y entre nosotros, M. Ríu, en las páginas in­
troductorias a la obra colectiva Textos comentados de época
medieval, propone la siguiente definición, a la vez sencilla y ex­
Las propuestas de definiciones de lo que deba entenderse por
tensamente comprensiva:
fuente histórica son, como es lógico, muy numerosas y se han
formulado desde muy diversas perspectivas, evolucionando al En sentido amplio, entendemos por «fuentes históricas» todos aque­
compás de los avances de la ciencia histórica en general y de llos instrumentos, escritos, objetos, restos y testimonios directos o
las ciencias y técnicas instrumentales con ella conectadas, de la indirectos que utilizamos para conocer los tiempos pasados y escri­
ampliación de los tradicionales horizontes del conocimiento en bir su historia'.
nuestra disciplina y de los cambios de orientación en la esfera
de intereses de la investigación histórica. Para cerrar la precedente relación ejemplificativa de defini­
Entre las definiciones que pueden considerarse como clásicas ciones de fuentes históricas recogemos, finalmente, la propuesta
por su influencia en los posteriores intentos de elaboración de por J^ Topolski, en su Metodología, después de someter a fino
un concepto general de las fuentes históricas, merecen desta­ análisis una significativa muestra de las mismas, y adoptada
carse las propuestas por E. Bernheim, en su Introducción^aj como punto de partida de sus interesantes consideraciones so­
estudio de la Historia*, quien nos habla, primero, del «material bre la teoría del conocimiento de las fuentes:
del cual nuestra ciencia obtiene sus conocimientos», para con­
cretar en una segunda definición que las fuentes son ej insul­ Fuentes históricas son todas las informaciones que se refieren a la
tado de la actividad humana que por predestinación, por su vida de los hombres en el pasado, junto a sus canales de trans­
misión.
misma existencia, origen u otras circunstancias son especialmen­
te aptas para el conocimiento y la comprobación de los hechos
históricos». De acuerdo con esta definición y según elocuentes ejemplos
aducidos por el propio Topolski, habría que considerar como
Muchos autores han formulado posteriormente definiciones fuente tanto la información sobre el hecho de que en determi­
similares, siguiendo claramente a Bernheim. C. V. Langlois y nado tiempo y lugar ha sucedido el acontecimiento, como el
Ch. Seignobos, en su introducción a los estudios históricos^, documento —por ejemplo, una crónica— a través del cual esa
después de la afirmación que sintetiza uno de los postulados información ha sido recibida; de igual modo, tendrían la misma
básicos del credo positivista imperante en la historiografía euro­ consideración de fuente tanto la información de que en ciertos
pea de principios de siglo —«la historia se hace con documen­ años los inviernos fueron rigurosos a juzgar por la observación
tos»— dicen de éstos que «son las huellas dejadas por el pensa­ de los anillos arbóreos, como los mismos troncos de los árboles
miento y las acciones de los hombres del pasado». que contienen esa información*.
G. Bauer, en la repetidamente citada Introducción al estudio
de la Historia, dedica especial atención a los problemas de la
heurística o conocimiento general de las fuentes: después de La elaboración de la moderna teoría de las fuentes históricas
debe mucho a la tradición historiográfica positivista, precisa­
4
Traducción española de la tercera edición alemana por P. Galindo, mente por influencia de los presupuestos metodológicos que la
con el título: Introducción al estudio de la Historia, Barcelona, Colección
Labor, 1937.
1
' Traducción española de la cuarta edición francesa por D. Vaca. Ma­ Introducción..., pp. 218 y 221.
drid, 1913. ' Textos..., p. 3.
' Metodología..., p. 450.
254 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 255
informaban: construcción de una crítica documental rigurosa, avance espectacular de las ciencias sociales «coadyuvantes» con
cuidadosa selección de los testimonios y obsesiva preocupación la historia, al enriquecedor estrechamiento de los lazos inter-
por la fidelidad hacia el dato suministrado por esos testimonios. disciplinares y a la aportación de nuevas técnicas c instrumen­
El desarrollo de las ciencias histórico-jurídicas —Derecho Ro­ tos de análisis aplicados al tratamiento de los viejos y nuevos
mano, Derecho Canónico, Historia General del Derecho— bajo materiales de estudio. No insistiremos aquí sobre estas cues­
el impulso de esa misma corriente positivista, incidiría podero­ tiones ya abordadas, con aportación de la bibliografía pertinen­
samente en este campo, con su dogmática formalista —distin­ te, en el capítulo 3, n i .
ción, por ejemplo, entre fuentes de producción y fuentes de
En relación con esa ampliación del tradicional concepto de
conocimiento del Derecho—, con la inclusión en los planes de
enseñanza de estas disciplinas del estudio de las fuentes, como «fuente histórica» merece la pena transcribir, por su ejemplili-
capítulo previo al estudio y exposición de la historia jurídica cadora elocuencia, el largo y enjundioso pasaje con que L. Fé-
e institucional'; y, en fin, con la utilización sistemática del do­ ipostillaba el lema positivista según el cual «la historia se
cumento como fuente histórica que, según señala G. Bauer y hace con textos»:
recordábamos nosotros anteriormente «sólo se ha instituido con Hay que utilizar los textos, sin duda. Pero lodos los textos. Y no
la profundización de los conocimientos de la ciencia jurídica» l0. solamente los documentos de archivo [...] También un poema, un
cuadro, un drama son para nosotros documentos, testimonios de
Modernamente, el horizonte tradicional de las fuentes his­ una historia viva y humana, saturados de pensamiento y de acción
tóricas se ha ensanchado de forma considerable. Ya el mismo en potencia [...] Está claro que hay que utilizar los textos, pero no
Bauer hacía notar cómo «lo que puede ser puesto a contribu­ exclusivamente los textos. También los documentos', sea cual sea su
ción y utilización como fuente depende de dos circunstancias: naturaleza: los que hace tiempo que se utilizan y, principalmente,
a) de la elección del objeto a tratar, y b) del estado de investiga­ aquellos que proporcionan el feliz esfuerzo de las nuevas disciplinas
ción en que en ese momento se encuentre la ciencia y, desde como la estadística, como la demografía que sustituye a la genealo­
luego, no sólo del de la ciencia histórica sino también del de gía en la misma medida, indudablemente, en que debemos reem­
plazar en su trono a los reyes y a los príncipes; como la lingüistica
las demás ciencias» ". que proclama con Meillet que todo hecho lingüístico pone de mani­
Los cambios que, en los últimos decenios, se han venido pro­ fiesto un hecho de civilización; como la psicología que pasa del
duciendo en la concepción misma de la historia y en los intere­ estudio del individuo al de los grupos y las masas. Y tantas otras
ses prioritarios de los historiadores —por ejemplo, el desplaza­ disciplinas [se refiere seguidamente a los análisis del polen aplica­
miento desde la llamada historia «evenemencial» a los nuevos dos al estudio del poblamiento antiguo]: ese polen milenario es un
documento para la historia. La historia hace con él su miel, porque
campos de la historia «social y económica» o a los todavía más la historia se edifica, sin exclusión, con todo lo que el ingenio de los
recientes de la historia «de las mentalidades»—, han potenciado hombres pueda inventar y combinar para suplir el silencio de los
la exploración y explotación de cierto género de fuentes tradi- textos, los estragos del olvido ".
cionalmente marginadas o apenas utilizadas: los ejemplos en
este punto podrían multiplicarse; baste sólo destacar el interés
creciente por las obras de creación literaria como fuente funda­ Otra cuestión previa y fundamental a tener en cuenta en re­
mental para las elaboraciones de la historia «social». A la gra­ lación con las fuentes históricas es la de su desigual distribución
dual ampliación del espectro de las fuentes han cooperado, por cuantitativa y cualitativa en el tiempo y, consecuentemente, el
otra parte, tanto la incorporación de nuevos materiales suscep­ diverso comportamiento del historiador y la distinta operativi-
tibles de aprovechamiento en la investigación histórica como dad de las ciencias y técnicas e instrumentos auxiliares de que
una mayor y mejor utilización de los tradicionales, gracias al se vale, según las épocas que constituyen el arco temporal de
su actividad investigadora.
' Cf., por ejemplo, los manuales de G. Sánchez o A. García-Gallo, que Para las más antiguas, la escasez de los testimonios —fun­
citamos en el apartado correspondiente a la Bibliografía de Historia Me­ damentalmente de la documentación escrita— suele ser extre­
dieval de España. ma: «entre noticia y noticia pasan intervalos de decenas de
" Introducción.... p. 219.
11
IbitL, p. 218. " Combates..., pp. 29 y 30.
256 Juan Ignacio Ruiz de la Peñé las fuentes de la Historia Medieval 257

años a duras penas interrumpidos por documentos de oti i nmo ocurre con las narrativas. La aparición y difusión de la
turaleza, como una inscripción, una moneda, un sello [...]»"■ Imprenta incidirían profundamente en ese cambio.
Esto ocurre en la Edad Antigua y el Alto Medievo, período Uj El aumento cuantitativo y cualitativo de las fuentes históri-
los que el historiador debe colmar las grandes lagunas de la trn cns, que se comienza a dejar sentir, en ascenso continuo, duran­
dición escrita recurriendo a todo tipo de testimonios indirecto», te la baja Edad Media, conlleva el consiguiente cambio en el
de muy diversa naturaleza, que se le brinden. R. Menéndez Pl comportamiento del historiador, porque si la escasez del ma-
dal ha reflejado con una brillante y expresiva imagen la serví i'iuü informativo constituye una dificultad para éste, la super­
dumbre que entraña para el historiador la indigencia documen­ abundancia de los testimonios le crea igualmente dificultades,
tal de ciertas etapas, como la de los primeros siglos de la recon» obligándole a una cuidadosa selección de las fuentes y a una
quista astur-leonesa: gran capacidad de síntesis. Es precisamente ese aumento del
material informativo el que amplía de modo considerable el
La historiografía cristiana se encerraba en un laconismo tan desabí i panorama de las actividades humanas en las épocas moderna y
do que, sin poner atención a los caracteres, a las costumbres o a In­ contemporánea, forzando a la parcelación o limitación del cam­
móviles, se contentaba respecto de los sucesos más grandiosos y con­ po de observación del historiador: la especialización histórica
movedores de la vida nacional con una breve enunciación cuando no y el empleo de un tecnicismo adaptado a esa complejidad temá­
los pasaba en silencio; era tan árida y escasa que, como fuente seca
en estío, parece que gotea tan sólo para exasperar nuestra sed ". tica se nos ofrece para las Edades Moderna y Contemporánea
en toda la plenitud de su operatividad funcional, mientras que
—como señala certeramente G. Fasoli— «para los periodos de
Para estas épocas, las fuentes epigráficas o numismáticas, los que quedan pocas fuentes, para las sociedades con estruc­
por ejemplo, se ofrecerán con el rango de material informativo turas sociales y económicas rudimentarias, podemos considerar
de la máxima importancia frente al valor muy subsidiario que sus diversas actividades y presentarlas en una síntesis satisfac­
puedan representar los testimonios de esa misma naturaleza toria» ".
para el estudio de los tiempos modernos. Y a pesar de la puesta
a contribución de todo tipo de testimonios disponibles, el histo­
riador de la Antigüedad o del temprano Medievo es consciente
de que no pocos aspectos de la vida en esas edades nunca po­ B) Clasificación de las fuentes
drán ser conocidos o sólo lo serán de forma muy fragmentaria
e imperfecta, precisamente por la falta de documentos. Del concepto de «fuentes históricas» se sigue el problema de su
clasificación, tan controvertido como la determinación misma
A medida que avanzamos en el tiempo y en proporción in­ de dicho concepto.
versa a la lejanía del período estudiado, las fuentes históricas Aunque los primeros intentos de clasificación de las fuentes
aumentan cuantitativamente, se diversifican y se hacen más y remontan a la Edad Moderna —J. Bodin en la segunda mitad
más expresivas. Para los tiempos modernos disponemos de mo­ del siglo xvi y, sobre todo, la escuela erudita del siglo xvn con
dalidades de fuentes inexistentes o muy escasamente represen­ las primeras colecciones de documentos y la aparición de la
tadas en la Edad Media: memorias, diarios personales, publica­ preocupación crítica y de las inquietudes heurísticas de autores
ciones periódicas de muy diverso carácter, relaciones estadís­ como J. Mabillon—, será la historiografía decimonónica la que
ticas, etc.; sin contar los nuevos tipos de testimonios que, ya en sus manuales y obras de introducción comience a desarrollar
para la época contemporánea, brindan los avances técnicos de una sistematización u ordenación de las fuentes con pretensio­
los últimos tiempos: la fotografía, el cine, la radiofonía, la tele­ nes totalizadoras, aunque desde perspectivas y de fundamentos
visión... Otras fuentes existentes ya en época antigua y medieval muy discutibles. Los intentos de clasificación se multiplican en
cambian profundamente sus perfiles en el período siguiente, el futuro tomando como referencia fundamental, sobre todo en­
tre los historiadores germanos, la distinción básica que Bern-
" G. Fasoli, Cuida..., p. 129.
" La España del Cid, i, pp. 5 s. u
Cuida..., pp. 129 ss.
258
Juan Ignacio Ruiz de la Peña 259
Las fuentes de la Historia Medieval
heim propone entre «restos» y «tradiciones», entendiendo que
estos últimos responderían en origen a la «intención de servir las diversas manifestaciones que ofrece cada uno de los «he­
al futuro conocimiento histórico» ausente en los «restos», que chos» citados.
«se introducen en nuestro presente como huellas de un tiempo Las «fuentes históricas en sentido estricto» las divide Bauer,
pasado» '*. atendiendo a su forma de transmisión, en tres grandes grupos:
No tendría sentido tratar de incluir aquí un muestrario —que 1) fuentes transmitidas oralmente, 2) fuentes transmitidas por
siempre resultaría incompleto— de las diversas tentativas de cla­ escrito o impresas, y 3) fuentes transmitidas por medio de la
sificación de las fuentes históricas realizadas hasta el presente; representación plástica. La segunda de estas categorías, por su
tentativas que, por otra parte, adolecen en muchos casos de gran amplitud, es objeto de una subdivisión casuística que agru­
evidentes errores formales, semánticos o materiales; que han pa las fuentes por su referencia a la vida práctica, al orden
sido concebidas, otras veces, en función de criterios excesiva­ volitivo y a la vida del espíritu. También las fuentes transmiti­
mente rígidos, sin plantearse la posibilidad de consideración al­ das por medio de la representación plástica, menos numerosas
ternativa de determinados testimonios en tipos o modalidades y entre las que figuran las proporcionadas por los avances de la
diversas de fuentes; o que, en otros casos, no contemplan los técnica moderna, se desglosan en varios grupos.
nuevos materiales que el progreso de la ciencia histórica, de las Con independencia de que los criterios clasificatorios de
ciencias humanas y de las técnicas instrumentales ha venido in­ Bauer puedan prestarse a discusión, ni más ni menos que como
corporando en los últimos tiempos al acervo tradicional de ocurre con tantas otras tentativas de ordenación, debe recono­
aquéllas ". Baste recordar ahora, entre las muchas existentes, cérsele a este autor el mérito de haber intentado, al menos, una
algunas propuestas de clasificación u ordenación de las fuentes sistematización totalizadora de las fuentes históricas que me­
históricas que, o bien por su valor de clásicas o, lo que es más joraba notablemente las en uso hasta entonces °.
atendible, por su actualidad, rigor de planteamientos y ducti­
lidad en los criterios que las inspiran, pueden constituir una
muestra indicativa y útil como planteamiento general y previo Entre los modernos intentos de ordenación general de las fuen­
al análisis específico de la tipología de las fuentes del Medievo. tes merece la pena tener en cuenta la sistematización, semilla
y flexible, propuesta por G. Fasoli y en la que se combinan cri­
terios clasificatorios fundados en la presencia o ausencia de fac­
tores voluntaristas en los testimonios y en su diverso revesti­
Entre las que hemos calificado de clásicas merece citarse, una miento formal 20 .
vez más, la que desarrolla G. Bauer a partir de su concepto de
Según esta clasificación habría que establecer una primera
fuente histórica, del que nos hacíamos eco antes, y del postu­
división de las fuentes históricas en dos grandes apartados:
lado según el cual «los hechos en sí mismos pueden ser también
a) las intencionales o testimonios en sentido propio, y b) las
fuentes, del mismo modo que es fuente todo lo que oralmente,
preterintencionales o restos (avanzi).
por escrito o de cualquier otra manera, nos da a conocer aque­
llos hechos» '*. Distingue este autor entre «fuentes de la historia Las primeras agruparían a «todas aquellas manifestaciones
en sentido amplio» y «fuentes históricas en sentido estricto». encaminadas a dar noticia de ciertos hechos, en función de in­
Dentro del primer grupo establece una división entre las «rea­ tereses prácticos y contingentes de más o menos larga duración,
lidades como tales» (hechos geográficos, corporales, de la vida
práctica, del orden volitivo, de las facultades intelectuales) y las " No podemos compartir la opinión de Topolski cuando afirma que las
críticas a la clasificación de Bernheim por parte de casi todos los repre­
«exteriorizaciones de esas realidades» en correspondencia con sentantes de la historiografía germánica, entre ellos Bauer, y sus nuevas
propuestas de sistematización «han introducido más confusión que utilidad
para el desenvolvimiento de la teoría de las fuentes históricas» (Metodo­
" Cf. Bauer, Introducción.... p. 222. logía..., p. 452). Todo debate de orden conceptual planteado con rigor y
" Cf. los ejemplos que recoge Topolski, en su Metodología,.., pp. 451 ss.; reflexión es esclarecedor y aporta siempre elementos aprovechables, si­
y también lo ya expuesto en el capítulo anterior, ni, 3. quiera sea en forma negativa, a tener en cuenta en las elaboraciones
" introducción..., pp. 218 ss. posteriores.
" Cuida..., pp. 131 ss.
260 261
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval
o dirigidas al uso e información de los historiadores futuros». diversa naturaleza; y id) los «restos escritos», constituidos por
Dentro de este tipo de fuentes se incluyen dos modalidades fun­ todas las obras científicas y literarias que reflejan el ambiente
damentales: a) los testimonios directos, proporcionados por la en el que se han gestado, el tono cultural de su época.
tradición oral, y b) la tradición escrita, que se presenta bajo la Frente a otros esquemas clasificatoríos excesivamente res­
doble forma de la narración y el documento. Las fuentes narra­ trictivos o rígidos, el propuesto por G. Fasoli, concebido en
tivas son todas aquellas relaciones que se proponen dar noticia torno a las dos categorías nucleares de las fuentes «intenciona­
de ciertos hechos o de una serie de acontecimientos, como pue­ les» y «preterintencionales», es lo suficientemente amplio y dúc­
den ser, por ejemplo, las crónicas, los anales, las biografías, en til como para acoger y ordenar de forma aceptable los múltiples
la Edad Media, a las que hay que añadir en época moderna materiales que sirven al conocimiento histórico. Ciertamente,
otros nuevos géneros como las memorias, autobiografías, perió­ el criterio prioritariamente formalista que preside la distribu­
dicos, etCyPara los documentos propone G. Fasoli la siguiente ción de las diversas modalidades de fuentes dentro de cada uno
definiciórí:j3' t pd as las escrituras, de cualquier tipo, que se re­ de aquellos dos grandes grupos es discutible, como lo es la
fieren a intereses públicos y privados del momento en que son misma neta distinción de éstos basada en la presencia o ausen­
redactadas y de los que se quiere dejar constancia»; la palabra cia de elementos intencionales. La propia autora es consciente
documento aparece aquí empleada en un sentido restringido, de ello cuando observa que hay fuentes que pueden ser aloja­
distinto de la acepción amplia con que se suele utilizar corrien­ das en una u otra categoría indistintamente, citando el ejemplo
temente como sinónimo de fuente. De la diversa naturaleza de típico del famoso tapiz de Bayeux, susceptible de ser conside­
la realidad contemplada en los textos documentales deriva la rado como una pieza con una función puramente ornamental,
distinción —fundamental— entre documentos públicos y priva­ es decir, como avanzi manufatti, o como una representación
dos, división que se presta a amplio debate, por lo que a la figurada con un propósito de narración histórica, esto es, como
documentación medieval se refiere, y sobre la que volveremos una fuente narrativa intencional. O cuando señala que todos los
al abordar el análisis casuístico de las fuentes de esta época. testimonios intencionales contienen elementos preterintenciona­
les y que, en definitiva, muchas fuentes participan de una u otra
En cuanto a las fuentes preterintencionales (avanzi), deben categoría —intencional o preterintencional— según el uso que
entenderse como tales aquellos restos de muy variado carácter de ellos haga el historiador 21 .
cuya función originaria o cuya naturaleza no estaban destinadas
a dejar constancia de los hechos, pero que por su sola existencia
tienen ya el valor de fuentes históricas, suministradoras de infor­
maciones o materiales para la reconstrucción del pasado. Den­ Otros intentos, igualmente modernos, de sistematización de las
tro de esta categoría de testimonios no intencionales se incluyen fuentes históricas tratan de conseguir una integración de las
los siguientes grupos de materiales: a) los restos propiamente divisiones más difundidas mediante el recurso a fórmulas de
dichos, es decir, producto del trabajo humano (avanzi manufat- clasificación muy simples que, por esa misma simplicidad, per­
ti), obviamente muy numerosos y cuyo valor para el conoci­ mitan una flexible combinación de criterios teóricos y funcio­
nales, acordes con la peculiaridad del conocimiento histórico y
miento histórico tiene una importancia diversa según las épocas,
de la práctica de la investigación. Como ejemplo representativo
siendo mucho menor para el estudio de los tiempos modernos de esta tendencia podría citarse la clasificación dicotómica pro­
—de mayor abundancia de testimonios escritos— que para el puesta por J. Topolski, que distingue entre a) fuentes directas
de la Antigüedad o el período medieval; b) los restos lingüísticos e indirectas, y b) fuentes escritas y no escritas 0 .
v léxicos, que contribuyen a mostrarnos los componentes étni-
cos-culturales de los pueblos: en este campo, la toponimia y la En relación con la primera de esas dos divisiones, las fuen­
onomástica son especialmente significativas para la historia an­ tes directas vendrían caracterizadas por el hecho de proporcio­
nar un conocimiento ausente de mediatización, sin intermedia-
tigua y medieval, teniendo, como las fuentes del grupo anterior,
una importancia mucho menor para la historia moderna y con­
temporánea; c) las tradiciones religiosas y populares de muy " Cuida..., p. 137.
° Metodología..., pp. 454 ss.
262 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 263

ríos y, por tanto, sin problemas de credibilidad del informador, que ponían de manifiesto los ejemplos de sistematización hasta
mientras que en las fuentes indirectas, esto es, las que repre­ aquí expuestos se nos ofrecerá con mayor evidencia aún.
sentan los hechos históricos con la ayuda de signos convencio­
nales (escritura, lenguaje o de otra naturaleza), se da la media­
ción de un informador y el consiguiente problema de investiga­ 2. Las fuentes medievales y su tipología
ción de su credibilidad. La segunda clasificación, que adopta
como criterio distintivo de las fuentes la existencia de la escri­ Para cada época y según sea el ámbito cultural que se considere,
tura, pone de relieve la fundamental importancia de las fueni las fuentes de conocimiento histórico se ofrecen en número,
escritas para los historiadores stricto sensu. Ambas ordenacio­ bajo formas y en condiciones de utilización muy diversas. Den­
nes se completan y admiten subdivisiones en cada una de las tro del dilatado período —casi un milenio— que cubre la etapa
grandes categorías que contemplan a ; y eventualmente, una mis­ histórica tradicionalmente conceptuada como Edad Media, el
ma fuente podrá ser considerada bajo distintos puntos de vista, tratamiento de las fuentes plantea una serie de problemas de
adscribiéndose a modalidades diversas: una lápida sepulcral muy complejas características que hacen sumamente compro­
con inscripción, por ejemplo, pertenecerá a la categoría de las metido cualquier intento de establecer una clasificación o tipo­
fuentes escritas o a la de las no escritas según se atienda en ella logía de las mismas aceptablemente coherente.
a la existencia de esa inscripción o se la examine como monu­ La primera de esas dificultades deriva del hecho, ya aludido,
mento de la cultura material; una crónica, considerada bajo el de su desigual distribución cuantitativa y cualitativa en aquel
prisma de la información en ella contenida, pertenecerá al grupo largo arco temporal y en los diferentes ámbitos geográficos.
de las fuentes directas, mientras que, como obra literaria, se Así, mientras los documentos de archivo constituyen un mate­
alojaría entre las indirectas. rial de fundamental importancia para la reconstrucción histó­
Estos ejemplos, aducidos por el propio Topolski, sirven para rica del Medievo occidental, son de muy escasa representatividad
poner de relieve que incluso las ordenaciones planteadas en el en el mundo islámico 24 y prácticamente desconocidos en las
más riguroso contexto metodológico tienen un carácter contin­ culturas periféricas de Asia y África, para las que determinados
gente e indicativo que es inherente a todo intento clasificatorio géneros de textos narrativos —los libros y relatos de viajes 25 y
en cuanto éste comporta siempre la consideración prioritaria sobre todo los modernos trabajos de la Arqueología2*— aportan
de un determinado módulo de división o agrupamiento entre probablemente el principal caudal informativo.
varios posibles. Limitando nuestro campo de observación al ámbito histórico-
La sistematización de los materiales históricos constituye, cultural del mundo occidental, al que se asocia la noción misma
ciertamente, un capítulo obligado en la elaboración de la teoría de Medievo y la justificación estricta de su aplicación como
general de las fuentes; pero en ningún caso debe llevar a la categoría historiográfica dotada de sentido propio, el problema
creación de unas categorías conceptuales rígidas, en pugna con de la importancia numérica y expresividad informativa de las
el carácter eminentemente pragmático, funcional, del conoci­
miento y de la información que las fuentes prestan a la labor " «... salvo escasas excepciones, no disponemos para el Próximo Orien­
del historiador. te de nada equivalente a los documentos de archivo sobre los que se basa
la historia de la Edad Media europea, sin que pueda suplir esta falta la
Si de una consideración global de las fuentes históricas des­ abundancia de literatura» (C. Cahen, El Islam. I: Desde los orígenes hasta
cendemos al análisis centrado en un ámbito más limitado —como el comienzo del Imperio otomano, en «Historia Universal Siglo XXI», vo­
puede ser el intento que seguidamente haremos de establecer lumen 14. Madrid, 1970, p. 2.
* Los de los monjes budistas, embajadores y peregrinos musulmanes
una tipología específica para las fuentes de época medieval— ese proporcionan, quizá, la mayor y mejor parte de las noticias sobre dichas
carácter de contingencia y relatividad al que antes aludíamos y culturas.
" Pueden servir de ejemplo en este punto las excavaciones arqueoló­
n
gicas promovidas y desarrolladas por el Instituto Francés del África Ne­
Las relaciones entre ambas clasificaciones aparecen gráficamente re­ gra y la Universidad de Dakar, que tanto han contribuido al esclarecimien­
presentadas en una tabla de correspondencias inserta en la p. 457. to de algunas civilizaciones africanas de época preislámica.
264 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 265

fuentes en el tiempo obligaría a establecer una primera pauta tica, poco propicia siempre a mostrar interés por los fenómenos
de análisis siguiendo los criterios de periodización interna de sociales y económicos —escribe el gran historiador belga— mi­
la Edad Media, desarrollados anteriormente. Las divisiones cro­ diendo la importancia de los sucesos por lo que significaban para
nológicas propuestas, por ejemplo, por G. Fourquin, en relación la Iglesia y centrando su atención en la sociedad laica en tanto
con las fuentes de tipo demográfico, y por nosotros examinadas se vinculaba con la sociedad religiosa 12 .
en el capitulo anterior 27 , pueden ser tenidas aquí en cuenta. El monopolio informativo de los sectores eclesiásticos unido
Tomando como límites temporales extremos del Medievo, a al rechazo manifestado por la societas christiana hacia los ele­
los efectos que ahora nos interesan y de acuerdo con el proyec­ mentos que le eran ajenos, debe ser tenido también en cuenta
to de trabajo de los colaboradores en la excelente obra Typolo- por el medievalista para evitar caer en los fáciles espejismos
gie des sources du Mayen Age Occidental, las fechas convencio­ que," eventualmente, pueden producir las fuentes de la época
nales de 500 y 1500 *», la característica dominante de los siglo cuando se refieren precisamente a los pueblos no integrados en
altomedievales es la penuria y el laconismo de las fuentes. No esa sociedad. Un ejemplo típico, entre otros muchos, lo consti­
vamos a repetir aquí lo ya expuesto, con carácter general, en el tuye el juicio historiográfico que tradicionalmente se ha venido
capítulo anterior sobre la importancia que la escasez y la falta manifestando sobre el proceso expansivo de los normandos por
de expresividad de los testimonios escritos de la época confiere la Europa occidental, y que se basa en los testimonios de los
a las informaciones aportadas por las fuentes no escritas; ni cronistas cristianos coetáneos. Merece la pena reproducir las
sobre el aumento y diversificación que aquéllas experimentan atinadas observaciones formuladas en relación con este hecho
a partir del siglo x n y, especialmente, en las dos centurias fina­ por J. Dhondt, que pueden dar idea de hasta qué punto la par­
les del Medievo, en los umbrales de la que se ha dado en llamar cialidad de las informaciones puede distorsionar una imagen
«época protoestadística» M. histórica:
Otro de los problemas específicos de las fuentes medievales La mala fama de que gozaron, y aún gozan, los normandos [...]
y que se deja sentir hasta bien avanzado el período, se refiere a tiene su origen en la circunstancia de que, debido a su paganismo,
la unilateralidad de la procedencia de buena parte de las mis­ no podían ser considerados más que como enemigos mortales por los
mas, lo que condiciona obviamente su representatividad y obliga historiadores de la época, casi siempre sacerdotes o monjes. A lo
al historiador a actuar con suma cautela a la hora de valorar largo de mil años, los historiadores de Europa occidental han se­
unos testimonios lastrados por la parcialidad de los intereses guido mecánicamente las huellas de sus colegas espirituales del si­
glo IX, y no sólo, ciertamente, porque los anales carolingios sean
de los informantes. «Hasta la baja Edad Media —dirá Génicot— para nosotros la fuente principal de los acontecimientos (los propios
la mayor parte de las fuentes tienen un origen clerical y este normandos no han dejado testimonios escritos de lo ocurrido y han
hecho influye una vez más en su representatividad y sobre la permanecido, por ello, espiritualmente sin defensores); una causa
significación de sus aserciones y de sus silencios» 30 . B. Lacroix, de la influencia ejercida en los modernos historiadores por las an­
en un pasaje ya reproducido anteriormente, recordaría a propó­ teriores apreciaciones sobre los normandos radica también en el
sito de la historiografía medieval cómo, hasta el triunfo de las hecho de que nuestra perspectiva se halla habituada a determinadas
lenguas nacionales, «cuatro veces de cada cinco es un clérigo equiparaciones. Entre otras la identificación del elemento pagano
el que escribe» Jl . Y hace ya bastantes años, H. Pirenne pondría con el salvajismo, y la de la cultura escrita con la verdadera cul­
en guardia contra la parcialidad de la documentación eclesiás- tura".
La exclusiva vinculación de la producción historiográfica y
" Cf. supra, III, 3, c, al tratar de la cuantificación en Historia Medieval. diplomática, hasta época muy avanzada del Medievo, a los cír­
" Cf. L. Génicot, «Inlroduclion», fase. 1 de la Typologie..., Université culos dominantes eclesiásticos y laicos debe ser tenida también
Catholique de Louvain, Institut Interfacultaire d'Etudes Medievales, Bre- en cuenta como factor corrector de los desequilibrios informa­
pols-Tumhout, 1972, p. 9. tivos sobre ciertos sectores sociales y aspectos vitales del mun-
" Cf. supra, capitulo 3, m, 3, c, al referirnos a la cuantificación de la
Historia Medieval. u
" «Introduction», p. 10. Las ciudades medievales, Buenos Aires, 1962, p. 92.
u
La Alta Edad Media, en «Historia Universal Siglo XXI», vol. 10, p. 11.
■ •L'hlstorien...», cit., pp. 15 s.
266 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 267

do medieval. «Les champs sans seigneurs sont aussi des ch;¡mps problemas: su pobreza o su imprecisión en los dominios técnicos y
sans histoire», diría con razón M. Bloch. Y así es como muchas jurídicos, por ejemplo".
parcelas de la realidad, social y económica, de los primeros
tiempos de la Edad Media aparecen sumidas en absoluta penum­ A pesar de que en el curso del tiempo y sobre todo en la
bra, pudiendo incurrirse fácilmente en la acuñación y acepta­ etapa postrera del Medievo, la multiplicación cuantitativa y la
ción de clichés históricos construidos sobre la endeble base de diversificación de las fuentes, la aparición de un cierto sentido
informaciones brindadas por una documentación escasa, lacó­ crítico en los cultivadores de los géneros historiográficos, la
nica, unilateral en su procedencia y aplicada a veces con abusi­ liberación del monopolio eclesiástico y, en fin, un mayor rigor
vas generalizaciones. Imágenes tópicas que, como la de la reli­ en el tratamiento de los datos cifrados, en el empleo del léxico
giosidad del hombre medieval, forjada a base de datos «casi y en los planteamientos conceptuales, contribuyen a paliar en
todos seleccionados para nosotros por generaciones de cronis­ parte algunos de esos problemas, básicamente todos ellos sub­
tas que por su profesión se ocupaban de la teoría y la práctica sistirán, más o menos atenuados, hasta el final de nuestro pe­
de la religión y que por lo tanto la consideraban como algo de ríodo.
suprema importancia» M, pierden, sin embargo, sus aparentemen­
te inconmovibles contornos en el momento en que la amplia­ Los factores hasta aquí expuestos y otros que se podrían aña­
ción del espectro de las fuentes permite contemplar y analizar dir —por ejemplo, la falta de una clara percepción en la
testimonios no vinculados al servicio de la ideología dominan­ Edad Media de géneros o tipos de fuentes netamente diferen­
te 35 . «Sospecho que aún hoy —escribía hace algún tiempo E. ciados, la posibilidad de que cierto número de éstas puedan ser
H. Carr— una de las fascinaciones que ejerce la historia antigua contempladas y presentadas bajo diversas categorías M, etc., con­
y medieval radica en la impresión que nos da de tener a nuestra tribuyen a configurar la problemática específica de las fuentes
disposición todos los datos, dentro de unos límites controla­ de la Historia Medieval y explican las dificultades que ofrece su
bles»; y el mismo autor añade un poco más adelante: «cuando sistematización, agravadas por la evolución misma experimen­
me siento tentado, como ocurre a veces, a envidiar la inmensa tada en su tratamiento historiográfico bajo la presión que, en
seguridad de colegas dedicados a la historia antigua o medieval, cada momento, condiciona las orientaciones y tendencias de la
me consuela la idea de que tal seguridad se debe, en gran parte, investigación medievalista,
a lo mucho que ignoran de sus temas» 36 . Por ello es obvio que cualquier intento de establecer una tipo-
Hay además otros problemas específicos que plantea el tra­ logia de las fuentes medievales deberá presentarse con las ma­
tamiento de las fuentes medievales derivados de una serie de yores reservas, rehuyendo las compartimentaciones rígidas y
complejos factores que resume Génicot, en la Introducción a la adoptando criterios de gran flexibilidad. En la que proponemos
ya citada Typologie des sources du Moyen Age occidental: a continuación podrían resumirse los principios que la inspiran
en los términos siguientes:
[...] de la mentalidad de la época, especialmente de la obsesión por
la antigüedad o, más generalmente, del respeto a las autoridades; a) La afirmación de su carácter meramente indicativo y
de la ignorancia de la propiedad intelectual y por consiguiente de pragmático, eludiendo el dogmatismo que supondría tratar de
lo que nosotros llamamos plagio; de la concepción de la verdad y, conceptualizar ahora lo que en su tiempo no se conceptualizó:
en consecuencia, de la falsificación, de una cierta ligereza en el tra­
tamiento de los datos cuantitativos; de la ausencia relativa de sen­ en este caso las categorías o tipos de fuentes sometidas a
tido crítico. En otros casos, es el vocabulario medieval el que plantea examen.

" Ob. cit., pp. 10 s.


» E. H. Carr, ¿Qué es la Historia? Barcelona, Sebe Barral, 1972, p. 18. " L. Génicot, ob. cit., p, 9, al referirse a las Vitae Sanctorum. Recuér­
" Véase lo que decimos más adelante al referirnos al interés que pre­ dese también el ejemplo típico del tratamiento diverso que podría recibir
sentan en este punto las fuentes literarias.
» Ob. cit., pp. 17 y 19. el famoso tapiz de Bayeux, aludido en el apartado anterior de este mismo
capítulo, p. 261.
268 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 269

b) La adopción de criterios de clasificación que tengan en lialmente en cuenta por nosotros los ensayos de sistematización
cuenta, tratando de armonizarlos en la medida de lo posible, específicamente referidos a la época medieval. Y de éstos, de
los siguientes factores: los caracteres externos o envoltura for­ modo particular, los siguientes: la completa y bien conocida
mal de las fuentes, su contenido y el objetivo perseguido en su clasificación que incluye Van Caenegem en su fundamental obra
producción 39 . Kurze Quellenkunde des westeuropaischen Mittelalters, Eine
c) La firme convicción de que en la práctica investigadora typologische, historische und bibliographische Einführung, ed,
el medievalista debe poner a contribución el mayor número de F. L. Ganshof, Vandenbroeck und Ruprecht (Gotinga, 1964), pá­
fuentes disponibles y de la más diversa tipología. Un ejemplo ginas 9-116; la ya citada Introduction aux sciences auxüiaires de
representativo en este punto pueden proporcionarlo las inves­ l'Histoire, de R. Delort, cuya primera parte se dedica al análisis
tigaciones, tan en boga actualmente, sobre temas de historia ur­ y clasificación de las fuentes escritas del Medievo; pero el es­
bana: al lado de la documentación que podríamos calificar de fuerzo más ambicioso y renovador para establecer una clasifi­
«convencional» —textos narrativos, diplomas— no puede en cación de las fuentes medievales comprensiva de todas las que,
modo alguno prescindirse de los testimonios arqueológicos o modernamente, se han incorporado al espectro tradicional e Ín­
del manejo de una documentación cartográfica, incluso tardía tegradora de «nuevos métodos y campos de trabajo para poder
—por ejemplo, los planos catastrales modernos— si se quiere reunir elementos de estudio hasta hace poco insospechados» *
trazar un cuadro completo de la vida urbana de una localidad es, sin duda, el asumido por el Instituto Interfacultativo de Es­
medieval. El manejo contrastado de las informaciones más va­ tudios Medievales de la Universidad Católica de Lovaina: la
riadas en su procedencia, características y contenido es el único elaboración en régimen de colaboración interdisciplinar de la
recurso corrector con el que el investigador medievalista puede también ya citada Typologie des sources du Moyen Age Occi­
superar, en parte, las dificultades que presenta el tratamiento dental, bajo la dirección de L. Génicot, autor de la «Introduc­
de las fuentes de la época y que dejábamos ya señaladas: indi­ ción», que constituye el primero de los fascículos de esta obra,
gencia cuantitativa, pobreza y parcialidad informativas, frecuen­ en curso de publicación. Entre nosotros, resultan especialmen­
te distorsión de la realidad histórica, etc. Una concepción «total» te orientadoras las páginas introductorias que a la tipología y
de la Historia comporta necesariamente una consideración to­ características de las fuentes medievales, con la aportación de
talizadora e íntegradora de sus fuentes de conocimiento, lo que abundantes indicaciones bibliográficas, dedica M. Ríu. en la
nos sitúa de nuevo ante el delicado problema de la «capacita­ obra colectiva Textos comentados de época Medieval (siglo V al
ción» profesional del medievalista, del juego de las ciencias XII), Teide, Barcelona, 1975.
«auxiliares» y «coadyuvantes» de la investigación en nuestra es­ e) En nuestra propuesta de clasificación de las fuentes me­
pecialidad y, en fin, de la exigencia de las relaciones interdisci-
dievales adoptamos como punto de partida la división de las
plinares, del trabajo en equipo.
mismas en dos grandes categorías formales: fuentes escritas y
d) Señalemos finalmente que en nuestra propuesta de sis­ no escritas. Dentro de la primera de ellas distinguimos tres gru­
tematización de las fuentes limitamos el campo de análisis al pos nucleares: 1) fuentes narrativas, 2) fuentes literarias en sen­
ámbito histórico del Occidente medieval; y que, por otra par­ tido estricto, y 3) documentos de archivo. Las informaciones
te, no pretendemos ofrecer una relación exhaustiva de las mis­ aportadas por las fuentes no escritas se ordenan en dos aparta­
mas sino simplemente la presentación de sus categorías o tipos dos: 1) fuentes monumentales, y 2) testimonios del paisaje y de
más representativos. Además de las clasificaciones que incluyen la naturaleza.
las obras de metodología histórica de carácter general, clásicas
y modernas, aludidas ya en el anterior apartado de este mismo Debe tenerse en cuenta que el tratamiento que demos ahora
capítulo —Bauer, Fasoli, Topolski, etc.— han sido tenidos espe- a los distintos tipos de fuentes alojadas en las categorías des­
critas estará limitado, en ciertos casos y para evitar reiteracio­
" Génicot propone como criterios de clasificación los siguientes: «en nes superfluas, por la referencia que hayamos podido hacer a
lugar preferente el objetivo por el que un documento ha sido creado; y
subsidiariamente la forma y el contenido del mismo» (ob. cit., p. 9). * Cf. M. Ríu, Textos comentados..., p. 8.
270 271
Juan Ignacio Ruiz de ta Peña Las fuentes de la Historia Medieval

las m i s m a s en el capítulo a n t e r i o r , al o c u p a r n o s d e las ciencias e i n t e g r a n d o la categoría de las l l a m a d a s fuentes narrativas en


auxiliares y c o a d y u v a n t e s d e la investigación d e la H i s t o r i a Me­ sus diversos géneros, t r a d i c i o n a l m e n t c o b j e t o d e t r a t a m i e n t o
dieval.
tipológico a u t ó n o m o en el h e t e r o g é n e o c o n j u n t o d e los textos
literarios.
A éstos se c o n t r a p o n e u n segundo b l o q u e fundamental de
A) Fuentes escritas fuentes e s c r i t a s : el q u e i n t e g r a los d o c u m e n t o s q u e t r a n s c r i b e n
una acción a d m i n i s t r a t i v a financiera, económica, jurídica, reli­
N o hace m u c h o t i e m p o , P. C h a u n u reivindicaba en u n a formu­ giosa... (Handlungstexte) y que se d e s t a c a n p o r la precisión y
lación d e c a r á c t e r general el papel d e fuente f u n d a m e n t a l p a r a el rigor d e su v o c a b u l a r i o y d e los d a t o s q u e consignan, lo q u e
el h i s t o r i a d o r de los d o c u m e n t o s e s c r i t o s : les confiere, en cierto m o d o , un m a y o r g r a d o d e credibilidad
testimonia] q u e el q u e ofrecen las fuentes intencionales. -»-
El papel del texto resulta primordial. Se puede afirmar, sin miedo
de ser desmentido por el porvenir, que a pesar del refuerzo de las Los textos literarios, en s u s diversas v a r i a n t e s , se nos h a n
ciencias exactas, del carbono catorce y de las anomalías de los cam­ c o n s e r v a d o f u n d a m e n t a l m e n t e en las bibliotecas; m i e n t r a s q u e
pos magnéticos, de la dendrocronología y de los análisis fisicoquf- las fuentes del s e g u n d o g r u p o , es decir, las que d o c u m e n t a n u n a
micos de los objetos, comenzando por el libro mismo que puede ser acción, han llegado h a s t a n o s o t r o s en los fondos d e los archivos,
medido indirectamente mediante la tirada, la historia permanecerá dfl m u y variada p r o c e d e n c i a : d e ahí el n o m b r e d e « d o c u m e n t o s
en lo esencial tributaria de lo escrito. Lo que nosotros podemos de archivo» con q u e g e n e r a l m e n t e se les clasifica ° .
esperar mejorar depende de una mejor lectura, de un tratamiento
más elaborado del dato primitivo, que es una observación, una me­
dida, un cálculo elemental efectuado por un testigo, cuyo testimonio,
gracias a la escritura, ha llegado hasta nosotros". a) F u e n t e s n a r r a t i v a s
La historiografía medieval ** h u n d e s u s raíces en los a u t o r e s cris­
tianos del Bajo I m p e r i o . De ellos t o m a su p r e o c u p a c i ó n p o r los
En el c a m p o específico de n u e s t r a especialidad y a p e s a r de valores religiosos y espirituales a los q u e s u b o r d i n a la historia
la i m p o r t a n c i a creciente q u e en el horizonte a c t u a l d e la inves­ «civil», el s e n t i d o providencialista que h e r e d a d o de San Agustín
tigación medievalista e s t á a d q u i r i e n d o el t r a t a m i e n t o y explo­
u
tación d e los t e s t i m o n i o s n o escritos, s o b r e todo p a r a las épocas Va« Caenegem, ob. cit., pp. 11 ss.; Delort, ob. cit., p. 31; Génicot («In-
t e m p r a n a s , los textos c o n t i n ú a n s i e n d o «las fuentes m á s impor­ troduction», pp. 17 ss.) establece una clasificación de las fuentes escritas
t a n t e s d e la H i s t o r i a de la E d a d Media» 4 2 . basada no en módulos formales sino en el criterio prioritario del objeto
por el cual ha sido producido el documento, atribuyendo una importancia
Pueden distinguirse dos categorías básicas d e fuentes escri­ secundaria a su forma y contenido. En todo caso individualiza como
t a s medievales. De u n a p a r t e la i n t e g r a d a p o r aquellos docu­ una categoría específica de contornos bien definidos el grupo de las fuen­
tes narrativas y el de las que él llama fuentes literarias propiamente dichas.
m e n t o s que expresan p e n s a m i e n t o s (Gedankentexte), pudiendo 44
Remitimos, con carácter general, a las obras ya citadas de B. La-
t e n e r u n a intencionalidad diversa —didáctica, n a r r a t i v a , etc.— croix, Delort y Van Caenegem. Una buena exposición de conjunto, a tener
y u n a n a t u r a l e z a i g u a l m e n t e variable —filológica, jurídica, teo­ también en cuenta, es la de A. Buscólo, ya citada en otro lugar de este
lógica, histórica, literaria, etc.—, y c o r r e s p o n d i e n d o a todos ellos libro: Le fonti delta storia medioevale, Cagliari. Editrice Sarda Fossataro,
1975. Otra aportación de gran interés en este punto es la de B. Gucnée,
la calificación d e textos literarios, e m p l e a d a a q u í en u n a pri­ «L'hislorien par les mots», que sirve de introducción a la obra colectiva:
m e r a y m u y a m p l i a acepción. D e n t r o d e este g r a n g r u p o d e fuen­ Le métier d'historien au Moyen Age. Eludes sur l'historiographie mé-
tes se d e s t a c a n con r a s g o s b a s t a n t e s definidos aquellas que diévale, París, Publications de la Sorbonne, 1977. A lo largo del presente
fueron c o m p u e s t a s p o r s u s a u t o r e s con u n a n e t a intención d e apartado tendremos ocasión de anotar bibliografía específica sobre deter­
minados géneros y obras concretas; una orientación bibliográfica mas am­
o r d e n histórico, siendo susceptibles de u n a utilización i n m e d i a t a plia puede verse también en el apartado que dedicamos a las obras auxi­
liares para el manejo de las fuentes. El libro de B. Sánchez Alonso, 11 is­
" P. Chaunu, «¿Es necesario privilegiar una determinada forma de His­ tmia de la historiografía española (Madrid, 1947), continúa siendo todavía
toria?», en El método histórico. Pamplona, Universidad de Navarra, 1974, hoy la más completa exposición de conjunto sobre el tema en el ámbito
página 38. hispánico. Para la historiografía alto medieval véase el vol. xvit de las
** R. Delort. ¡ntroduction..., p. 14. publicaciones del Centro de Estudios sobre el Alto Medievo, Spoleto.
272 Juan Ignacio Ruiz de la Peña IMS fuentes de la Historia Medieval 273
y de San Jerónimo —depositario éste del magisterio de Eusebio hay que advertir que no siempre es posible establecer una neta
de Cesárea— informará la mayor parte de la producción histo distinción entre esos diversos géneros —y otros que luego exa­
riográfica latina posterior, y la tendencia a la elaboración de minaremos—, ni resulta concluyente, en orden a la tipificación
historias universales; características que encontramos, por formal de un texto determinado, la propia calificación que pue­
ejemplo, en las obras tempranas de Orosio, discípulo de San da darle su autor: un ejemplo elocuente de esta ambigüedad
Agustín y obispo de Braga, del ya citado Eusebio de Cesárea y nos lo ofrece Otón de Freising, tío y apologista de Federico
de su continuador San Jerónimo, de Idacio, obispo de Chavea, Barbarroja, en su famosa «Historia de dos ciudades» que inti­
de Sulpicio Severo o de Próspero de Aquitania. tula Historia sive Chronica.
La primera fuente de todas esas tentativas historiográfica» La historiografía medieval, el modo de entender y escribir la
de dimensión universal y de sentido providencialista vendrá historia, aun respondiendo a unos módulos básicos que, en lo
dada por «el primer relato del primer historiador de todos lo»
tiempos: Moisés». La relación de los hechos parte de Adán y esencial, se mantienen prácticamente inalterables en el tiempo,
se continúa hasta el presente: «cada reino, cada rey, sea medo, experimentará una lógica evolución al compás del desenvolvi­
persa o romano, se sitúa por relación a la historia del pueblo miento y de los cambios políticos, sociales y religiosos del medio
hebreo, que sirve de punto de referencia a todo lo que su­ en que el historiador se mueve y a cuya influencia no puede sus­
cede» ". traerse su obra. Basta comparar, por ejemplo, la obra de un

[ Ya en la fase inicial del desarrollo de la historiografía me­


dieval cristiana (siglos v al v m ) , se perfilan sus tres género»
nucleares, que define San Isidoro, en las Etimologías (i, 44),
Orosio ( t 418) con la Flavio Biondo (f 1463) o Mateo Palmieri
(t 1475); o, para no recurrir a comparaciones extremas, contras­
tar la aridez de la producción historiográfica «nacional» de los
bajo la rúbrica De generibus historiae: la Historia, los Annales primeros siglos del Medievo con la relativa amplitud de la de
y la Crónica. los grandes historiadores del brillante renacimiento del siglo x n
—Orderico Vital, Foucher de Chartres, Guiberto de Nogent,
En principio, la historia —cuyas raíces se encuentran en los
Otón de Freising y tantos otros— para percibir las exactas di­
autores de la Antigüedad greco-latina: Herodoto, Salustio, Tito
Livio...—, es la «obra de un contemporáneo autor y testigo ocu­ mensiones de esa evolución. En nuestra patria, un contraste
lar de los hechos [...] Salustio, por ejemplo, es un historiador». muy elocuente podría resultar, por ejemplo, de la comparación
Los anales —nacidos en los primeros siglos del Medievo y de de las breves crónicas del ciclo asturiano de la Reconquista con
gran importancia como fuente de conocimiento de esa temprana dos textos narrativos, también de la decimosegunda centuria,
época— se proyectan hacia los hechos pasados: «el historiador tan expresivos y ricos de información —aunque diversos en su
se hace analista a medida que se aleja de su época». La ordena­ carácter y ámbito temáticos— como pueden ser la Crónica Ade-
ción cronológica de los hechos, realizada muy sucintamente por phonsi Imperatoris o la Historia Compostelana.
el analista, se amplifica en las crónicas: la obra del cronista es Los acontecimientos políticos generan ciclos historiográficos
«una descriptio temporum, concebida sobre todo para informar con características propias en determinadas épocas. Así, el esta­
al lector de lo que llamaríamos hoy la continuidad histórica y blecimiento de los reinos romano-germánicos en el solar del
los ritmos de larga duración»*. De todos los grandes géneros viejo Imperio romano occidental va acompañado de la floración
historiográficos del Medievo el cronístico será, quizá, el más ex­ de historias dedicadas a los nuevos pueblos: Jordanes puede
tendido y el que goce de mayor auge, acaso por el prestigio ser considerado en este punto como pionero, con su obra dedi­
mismo que le confería la autoridad de sus fundadores: San cada a los godos; Gregorio de Tours dedicará su atención a los
Jerónimo y su maestro Eusebio de Cesárea. En cualquier caso francos; San Isidoro a los suevos, vándalos y, sobre todo, visi­
godos; Beda el Venerable a los anglos; Paulo Diácono a los
** B. Lacroix, «LTiistorien...», p. 43, lombardos ... Paralelamente se desarrolla en Oriente una his­
toriografía, de rango superior a su contemporánea occidental,
* Ibid., p. 38. Véase también M. Me. Cormick. «Les annales du haut
moyen age», fase. 14 de la Typotogie, 1975; y K. H. von Kriiger, «Die Uní- que nos pone en contacto con los nuevos pueblos del Este que
versalchroniken», fase. 16 de la Typotogie, 1976. presionan sobre las fronteras del Imperio bizantino y que ter-
^"H^^I^HH

274 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de ¡a Historia Medieval 275

minarán por establecerse en sus territorios: búlgaros, magiarc», ciona en la baja Edad Media para alcanzar sus más altas cotas
eslavos, rusos, turcos, mongoles. En el punto de arranque do en los umbrales de la Modernidad: la Generaciones y semblan­
esta brillante historiografía bizantina, que constituye la base da zas, de Pérez de Guzmán, y el Victorial o Crónica de don Pero
las diversas historiografías nacionales que florecerán después de Niño, escrita por Gutierre Diez de Games, son, entre otros,
los nuevos estados de la Europa oriental, se sitúa la obra del ejemplos bien elocuentes del auge logrado por el género bio­
gran Procopio, cronista de Justiniano. gráfico en la Península, ya en la época final del Medievo 51 .
Al tiempo que se escriben las historias, los anales y las i Estrechamente relacionada con la producción biográfica es­
nicas se desarrollan otros géneros que, por relación a éstos, po­ tán la autobiografía y tres tipos historiográficos —los retatos de
dríamos calificar de secundarios, aunque en muchos casos i I viajes, los diarios y las memorias— que Van Caenegem incluye
interés de esta producción historiográfica «menor» alcance co­ en el grupo de las fuentes narrativas que él considera creaciones
tas comparables a la de las tres principales manifestaciones de originales del Medievo 52 . En realidad todos estos géneros, con
la narrativa medieval. Entre estos géneros deben recordarse la»
gestas y genealogías *7, también con raíces en la Antigüedad cris­ excepción de los relatos o relaciones de viajes, no alcanzan ple­
tiana: expresivos ejemplos de las primeras encontramos, en Es­ no desarrollo hasta finales de la Edad Media y principios de la
paña, en los Gesta comitum Barcinonensium o los famosos Ges­ Modernidad, ya en plena eclosión de la historiografía humanís­
ta Roderici Campidocti, sobre la figura del Cid; las genealogías, tica, aunque pueden encontrárseles precedentes aislados en épo­
referidas normalmente a la ascendencia dinástica de casas prin­ cas anteriores. Así, entre las autobiografías tempranas merecen
cipescas, se desarrollan sobre todo en la época carolingia: entro citarse las de Guiberto de Nogent y Giraldus Cambrensis, para
nosotros tienen gran interés para el estudio de los orígenes de los siglos x n y xin, respectivamente 53 ; es notable, en la décimo-
la dinastía navarra las conocidas Genealogías de Roda o de segunda centuria, el diario de Galbert de Brujas y, ya en la pri­
Meya. mera mitad del siglo xv, el famoso Journal d'un bourgeois de
París (1405-1449), con interesantes detalles sobre múltiples as­
Emparentado con estos géneros se encuentra el biográfico, pectos de la vida cotidiana 54 ; en cuanto a las memorias, será
dilectamente inspirado en los modelos latinos, que comienza a Francia el país de más antigua tradición en el cultivo de este
manifestarse con fuerza también en la época carolingia, aunque género, del que pueden rastrearse ya precedentes en ciertos pa­
con escasa originalidad: ejemplo típico de esta producción his­ sajes de la obra de Gregorio de Tours, y cuyo definitivo punto
toriográfica w lo constituye la famosa Vita Karoli, biografía de de arranque puede situarse en las Memorias, de Felipe de Com-
Carlomagno escrita por Eginardo siguiendo fielmente las pautas mynes, diplomático al servicio de Luis XI y Carlos VIII. De la
marcadas por Suetonio en sus «Biografías Imperiales». El gé­ producción memorialística hispana del tardío Medievo destacan
nero biográfico conocerá un amplio desarrollo a lo largo de los escritos de Leonor López de Córdoba, referidos a la repre­
toda la Edad Media. Vidas de papas, obispos, abades 49 , reyes, sión padecida por la familia de la autora después de la entroni­
príncipes y nobles laicos esmaltan abundantemente el desen­ zación de Enrique de Trastámara, y de interés como comple-
volvimiento de la historiografía medieval: el Líber Pontificalis,
fundamental para el conocimiento de la historia del papado en
el Alto Medievo 50 , la «Historia» de Otón I, que inicia Liutprando " Además de las referencias de carácter general que aporta B. Sánchez
de Cremona; la Vita Ludovici, del gran Siger de Saint-Denis; Alonso en su obra ya cit., cf. J. L. Romero, «Sobre la biografía española
las Vidas de Conrado II y Enrique IV... La biografía se perfec- del siglo xv y los ideales de vida», en Cuadernos de Hist. de España, i,
II, Buenos Aires, 1944; J. L. Bermejo Cabrero, «La biografía como género
historiográfico en 'Claros Varones de Castilla'», en Cuadernos de Historia.
" Cf. L. Genicot, «Les généalogies». fase. 15 de la Typologie, 1975. Anexos de la Rev. Hispania, 6: «Estudios sobre la sociedad hispánica en
" B. Lacroix niega a lo biografía verdadero rango de género historio- la 52
Edad Media», Madrid, 1975.
gráfico, ob. cit., p. 44. Génicot agrupa en un mismo apartado las Memorias, diarios y auto­
" Cf. M. 1981.
Sot, «'Gesta episcoporum' 'gesta abbatum'», fase. 37 de la biografías («Introduction», p. 17).
Typologie, u
Mención especial por su excepcional interés testimonial merece la
* Líber Pontificalis, texte, introduction et conunentaire par L'Abbé L extraordinaria autobiografía de Abelardo, Historia Calamitatum.
Duehesnc, 3 vols., París, E. de Boccard, 1981. * Reimpresión de la edición de 1881, Ginebra, Slatkine Reprints, 1975.
276 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 277

mentó informativo de algunas noticias contenidas en las Cró­ ríos de la Cristiandad dieron también ocasión al desarrollo de
nicas, de López de Ayala. una vasta producción narrativa que comprende desde los inven­
Dentro del amplio género de los relatos o narraciones de tarios o relaciones de reliquias hasta las guías, como el famoso
viajes tiene cabida una extensa y variada producción de interés Liber Sancti Jacobi, pasando por las descripciones e itinerarios
fundamental para el conocimiento de procesos que, como las de peregrinos, de los que encontramos abundantes y expresivos
Cruzadas, las corrientes peregrinatorias, las relaciones diplomá­ ejemplos referidos a las peregrinaciones jacobeas n . Una de las
ticas y comerciales, manifiestan la dinámica movilidad geográ­ más tempranas manifestaciones del género de los libros de via­
fica del mundo medieval y la comunicación entre áreas cultu­ jes está representada por el curioso «Itinerario» escrito por la
rales muy diversas y distantes. En una Edad Media «que no monja Eteria, que se desplaza hasta Jerusalén a fines del si­
era menos ávida de noticias de lo que pueda serlo la Edad Con­ glo iv y compone un relato esmaltado de interesantes noticias.
temporánea» (G. Fasoli), los relatos de viaje, de muy diversa En esta misma línea ofrecen también indudable interés las
naturaleza, completaban y perfeccionaban los canales de trans­ relaciones de viajes y geográficas, de las que la historiografía
misión oral de la información por obra de mercaderes, religio­ hispano-musulmana ofrece algunos expresivos ejemplos, como
sos, peregrinos y vagantes de todo tipo. pueden ser las obras del Idrisí y El Nuxrisí (siglos x n y x m ,
Las Cruzadas, cauce de comunicación e intercambio entre respectivamente). Pero sin duda el más lamoso de todos los via­
mundos culturales dispares, favorecerían la floración de todo jeros medievales fue Marco Polo, que nos ha dejado las impre­
un ciclo historiográfico que desborda ampliamente los aspectos siones de sus aventuras hasta tierras del lejano Oriente en el
épicos de la secular empresa expansiva del Occidente latino para célebre // Milione. Las relaciones diplomáticas darían también
introducirnos en el conocimiento de los más hondos significa­ ocasión a la redacción de un nutrido elenco de libros o narra­
dos de ese proceso que S. R une imán considera como «un hecho ciones viajeras, pudiendo citarse entre las obras pioneras de este
central en la historia de la Edad Media» H . Los cronistas dedican género la Relatio de Legatione Constantinopolitana, de Limpian­
en unos casos sus preferencias a la exaltación de los caballeros do de Cremona (siglo x). Para nosotros, reviste especial interés
cruzados, presentando su narración los caracteres propios de la Historia del Gran Tamorlán, compuesta por Ruy González de
las gestas: así hace Radulfo de Caen, en sus Gesta Tancredi Sici- Clavijo a principios del siglo xv y en la que se recogen las impre­
liae Regís...; en otros el relato, a veces anónimo, constituye una siones del autor, embajador de Enrique III en la lejana corte de
«historia» de conjunto sobre el desarrollo particular de alguna aquel monarca.
de las expediciones: interés fundamental para el conocimiento
de la primera Cruzada tiene, por ejemplo, la crónica titulada
Anonymi Gesta Francorum et Aliorum Hierosolimitorum; en Dentro de los que podríamos calificar de «géneros mayores» de
ocasiones se trata de relatar episodios concretos, como el de «La la historiografía medieval hay que insistir, finalmente, en la di­
conquista de Constantinopla», en la que desemboca la cuarta versificación de los ámbitos temáticos y de los marcos referen-
Cruzada, que nos transmite Godofredo de Villehardouin. Las ciales de las narraciones; y en los cambios que —de acuerdo
variantes, en fin, que la historiografía de las Cruzadas presenta con lo ya apuntado anteriormente— experimenta la producción
son múltiples, enriqueciéndose además, como hace notar M. Ríu *, historiográfica desde las etapas iniciales de su desenvolvimien­
las aportaciones de los autores latinos mediante el contraste con to hasta la aparición de la obra de los humanistas que, en los
las fuentes narrativas griegas y árabes, fundamentalmente, de la siglos xv y xvi, clausura el ciclo de las fuentes narrativas del
época. Medievo.
Con las Cruzadas, las peregrinaciones a los grandes santua- Así, frente a la historiografía «civil» se desarrolla la «ecle-

* Historia de las Cruzadas, Madrid, Revista de Occidente, 1956, i, pá­ " Cf. L. Vázquez de Parga, Las peregrinaciones a Santiago de Compos-
gina XIII. «La Cruzada ha hecho más que todos los otros sucesos de la tela, i, cap. «Itinerarios y relatos de viajeros», pp. 201 ss. Véase también
Edad Media para devolver a sus historiadores un sentido del relato y de en este punto M. Heinzelmann, «Translationsberichtc und andere Quellen
su dignidad» (B. Lacroix, «L'historien...», p. 28). des Reliquicnskultes», y J. Richard, «Les récils de voyages ct de pelerina-
" Textos comentados..., p. 28. ges», fases. 33 y 38 de la Typologie, 1979 y 1981.
278 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval

siástica»; y al lado de las historias y crónicas de ámbito general por un considerable número de textos relativos a las vidas de
o proyección universal —representadas, por ejemplo, en la Es­ los santos, a sus milagros, al descubrimiento, traslado y venera­
paña del siglo XIII por el Chronicon Mundi, del Tudense, o la ción de sus reliquias... que proporcionan abundantes noticias
General e grand Estoria, de Alfonso X—, florecerá durante toda no sólo históricas, en sentido estricto, sino de gran interés para
la Edad Media una historiografía nacional que refleja la nueva los estudios litúrgicos, teológicos, literarios y, sobre todo, como
ordenación política surgida de la decadencia del Imperio carc- señala G. Fasoli, facilitan «indicaciones precisas sobre la men­
lingio, la madurez de nuevos pueblos y nacionalidades —la «Cró­ talidad y la religiosidad de ciertos ambientes, en ciertos mo­
nica de los Eslavos», de Helmod; la Historia Sancíi Canutis Re- mentos» 41.
gis, de Aegelnoth, primera obra escrita en latín en Dinamarca; La publicación sistemática de las Acta Sanctorum se inicia
la «Crónica de Bohemia», de Cosme de Praga, etc.—, y el frac­ por J. de Bolland —uno de los grandes representantes de la his­
cionamiento feudal de la autoridad estatal, que tendrá su corre­ toriografía erudita del siglo xvn— en 1643, continuando su obra
lato literario —como señala G. Fasoli— «en una vivacísima his­ hasta el presente los PP. Bollandistas a cuyo cargo corren las
toriografía local, episcopal, monástica, ciudadana, tanto más vi­ Analecta Bollandiana, revista especializada en los estudios hagio-
gorosa cuanto mayores sean las fuerzas que se oponen a las dos gráficos.
supremas autoridades universales» 51 . El manejo de este tipo de fuentes, por su misma naturaleza,
Por otra parte, en la Baja Edad Media las lenguas vernácu­ es para el historiador sumamente delicado, debiendo extremarse
las comienzan a desplazar al latín en la misma medida en que ante ellas el rigor crítico —como ya hiciera J. de Bolland— por
a los historiadores eclesiásticos se imponen cada vez con mayor estar frecuentemente involucradas en los textos hagiográficos
fuerza los autores laicos «dignos sucesores de Eginardo y Ni- noticias fabulosas y por la imposibilidad, también frecuente, de
thard», dirá B. Lacroix, que comunican una nueva .sensibilidad contrastar sus informaciones con datos fidedignos de los docu­
a sus escritos. «Las fuentes narrativas de los últimos siglos me­ mentos o facilitados por las fuentes no escritas. En todo caso,
dievales —escribe M. Ríu— no pudieron menos que verse in­ y con las cautelas críticas señaladas, las fuentes hagiográficas
fluidas por el ambiente en que surgían, disociadas cada vez más pueden aportar testimonios de gran valor para una más exacta
la sociedad rural y urbana, la laica y la eclesiástica, a la vez que comprensión del mundo medieval.
se acentuaba la diferencia de clases, intereses e ideales» 59 . Un
repaso, por ejemplo, a la historiografía hispana del tardío Me­
dievo, desde las Crónicas, de Pedro López de Ayala, a la Historia- Una última consideración, como cierre a este rápido repaso a
rum Fernandini Regis Aragoniae, de Lorenzo Valla, ya con claros las fuentes narrativas del Medievo, se impone: el interés de
atisbos humanísticos, pasando por las historias de sucesos par­ estos textos no radica solamente en lo que relatan, en los con­
ticulares, como la que narra el célebre episodio del Paso hon­ tenidos informativos concretos que brindan al historiador con­
roso protagonizada por Suero de Quiñones, o por los florilegios temporáneo y que éste, en todo caso, deberá contrastar, veri­
biográficos, como las ya citadas Generaciones y Semblanzas, de ficándolos y completándolos, con los datos de los documentos
Pérez de Guzmán, nos pone en contacto con muchas páginas y de las fuentes no escritas, sino también en la forma en que la
que, en opinión quizá excesivamente optimista de B. Sánchez narración se desarrolla y se refleja el ambiente en el que el autor
Alonso, «no hubieran recibido distinta factura escritas por hom­ escribe, el clima cultural, los ideales religiosos y políticos del
bres de nuestro tiempo».
tanto Van Caenegem como Génicot. También Delorl dedica un apartado es­
pecial, dentro de las fuentes narrativas a la hagiografía medieval (Intro-
duction..., pp. 45 s.).
Grupo aparte, entre los tipos o modalidades de las fuentes narra­ " Guida..., p. 143. Véase también R. Aigrain, L'hagiographie. Ses sour-
tivas medievales, forman las fuentes hagiográficas«°, integradas ces, ses méthodes, son htstoire, París. 1957; B. de Gaiffier. «La mentalité
de lTiagiographe medieval d'aprés quelques travaux récents», en Analecta
" Guida... p. 33. Véase también la obra de Boscolo cit. supra, nota 44. Bollandiana, 86, 1968, pp. 391 ss. Y recientemente G. Phllippart, «Les légen-
diers et autres manuscrits hagiographiques». y Dom Dubois. «Les martyro-
" Textos comentados..., p. 19. loges du moyen age latín», fases. 24-25 y 26 de la Typologie, 1977 y 1978.
" Como modalidades independientes la contemplan en sus tipologías

\
280 Las fuentes de ¡a Historia Medieval 281
Juan Ignacio Ruiz de la Peña

medio en el que la obra bistoríográfica florece. En este sentido, lización historiográfica, aunque cuenta ya con una larga tradi­
los estudios sobre la historiografía medieval, objeto de especial ción, está adquiriendo en los últimos tiempos un extraordinario
atención en los últimos años, se articulan plenamente en el cada auge, debido fundamentalmente al creciente interés que la mo­
vez más pujante desarrollo de esa «historia de las mentalida­ derna investigación medievalista viene mostrando por los estu­
des» a la que la obra de los historiadores, analistas, cronistas, dios de historia social, en general, y especialmente por la atrac­
biógrafos de la Edad Media ha prestado una fundamental con­ ción ejercida por la nueva historia de las mentalidades: para
tribución a. ésta —dirá Le Goff— los textos literarios se presentan con el
rango de verdadera fuente privilegiada* 4 .
En otro lugar de este mismo libro hemos tenido ya ocasión
de destacar el inestimable valor documental de las fuentes lite­
Un grupo de fuentes medievales de contornos bien definidos y rarias en el marco de los nuevos campos de interés historiográ-
próximos a los de los textos narrativos hasta aquí considerados, fico alumbrados por la actual investigación medievalista, y las
en particular las memorias, diarios y autobiografías, es el que posibilidades que su explotación ofrece en relación con la coope­
forma la correspondencia, bien entendido que nos referimos ración que a nuestra especialidad vienen prestando ciencias
ahora no a las carias oficiales emanadas de una autoridad y do­ humanas como la Sociología y Sicología social, la Etnología, la
tadas de fuerza imperativa (mandatos pontificios, relaciones di­ Etnografía y la Antropología cultural (cf. supra, cap. 3, m , 3, B,
plomáticas, correspondencia administrativa), o a las de carácter al final). Y al referirnos a las orientaciones y tendencias de la
comercial, sino a las que manifiestan relaciones de tipo per­ historiografía medievalista hispana en los últimos años, hemos
sonal ". Entre los testimonios epistolares de época medieval que hecho también una referencia al actual movimiento reivindica-
se nos han conservado, algunos son muy tempranos y revisten tivo del valor testimonial básico de los productos de la creación
gran interés precisamente por su valor complementario de la literaria en la construcción de una historia de pretensiones tota­
parca información que brindan los textos historiográficos: tal lizadoras, citando el ya lejano y pionero precedente de E. de
ocurre, por ejemplo, con las cartas de San Bonifacio, de Alcuino Hinojosa, con su magistral estudio El Derecho en el poema del
de York, de Hincmaro de Reims o de Gerberto (futuro papa Cid, y lo últimamente hecho en este campo, en el que son de
Silvestre); y, entre nosotros, con las de San Braulio. La produc­ destacar las aportaciones de medievalistas —historiadores y li­
ción epistolar se hace más abundante a medida que avanzamos teratos— como L. Stéfano, Hillgarth, J. L. Martín, Deyermont,
en el tiempo; pero aunque ya en las postrimerías de la Edad Mackay, Valdeón, Rodríguez Puértolas y un afortunadamente
Media encontramos bloques de correspondencia de considera­ largo etcétera; e incluso de etnólogos, como Caro Baroja (cf.
ble importancia por su número y contenido —recuérdese, por supra, cap. 3, n i , 4).
ejemplo, la del monarca aragonés Martín el Humano— no será
hasta los tiempos modernos cuando este género adquiera sus No insistiremos aquí sobre lo ya expuesto anteriormente, li­
óptimas posibilidades de aprovechamiento como fuente histó­ mitándonos ahora simplemente a hacer unas rápidas considera­
rica. ciones recapituladoras sobre la fundamental importancia testi­
monial de los textos literarios, cuyo manejo generalizado como
fuente histórica por el medievalista no tiene, sin embargo, salvo
raras excepciones, la misma larga tradición que los demás docu­
b) Fuentes literarias en sentido estricto ^ _ mentos escritos: los historiográficos y la documentación de ar­
Bajo la rúbrica de Fuentes literarias propiamente dichas agrupa chivo.
L. Génicot, en su Introducción tantas veces citada, un complejo
conjunto de géneros (poesía lírica, descriptiva, cantada; teatro El gran interés de las fuentes literarias estriba, fundamental­
profano y religioso; literatura épica y narrativa, etc.) cuya uti- mente, en el Inapreciable valor testimonial que, con el triunfo
de las lenguas vernáculas, confiere a esas obras el hecho de que
sea a través de ellas como primero y, quizá, más elocuentemente
* Lacroix, ob. cit., p. 13. _^^
" Cf. Delort, ob. cit., p. 52, y G. Constable, «Letters and Letter-CoIIec- M
«Las mentalidades. Una historia ambigua», cit., pp. 92 s.
tions», fase. 17 de la Typologie, 1976.
in
282
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 283
se manifiesta la independización de la cultura escrita respecto
del monopolio de la Iglesia; y mejor se expresa la desvincula­ ccaccio, en su Decamerón, o a los Cuentos de Canterbury, de
ción popular de las ideologías de las clases dominantes. Con la Chaucer, o a tantas otras obras literarias de la época que, como
diversificación y popularización de los géneros literarios en los recordaba entre nosotros M. Riu, reflejan fielmente los cambios
siglos finales del Medievo, las posibilidades de contrastar unos que se están produciendo en las actitudes mentales de las últi­
testimonios documentales que durante mucho tiempo habían mas generaciones medievales y nos brindan el fondo histórico
sido patrimonio exclusivo de los círculos de poder —eclesiás­ de un mundo en transformación**.
ticos y laicos— con otros brindados por canales informativos Y esto es así porque —son palabras recientes de A. Deyer-
mucho más abiertos y espontáneos, permiten al historiador res­ mont que suscribimos plenamente— «la literatura está tan ínti­
tituir al pasado una imagen sin duda más próxima a la realidad, mamente unida a la historia como a la lengua»*7.
en la medida en que ésta inspira directamente en muchos ca
al creador de la obra literaria, con frecuencia trasunto fiel d
entorno existencial, vehículo liberador de contradicciones, sen­ Entre las fuentes literarias, dando a esta expresión su sentido
timientos y vivencias, personales y colectivas, que de no habér­ más amplio, hay una serie de textos de gran importancia tanto
senos transmitido por ese medio, difícilmente habríamos podi­ por su número como por la valiosa información que aportan
do llegar a conocer y valorar en su exacta medida. sobre los más diversos aspectos de la vida medieval, que tenien­
Una permanente sorpresa acecha al medievalista que aleján­ do una intencionalidad narrativa carecen de una directa pro­
dose de las vías testimoniales tradicionales —las fuentes histo- yección historiográfica y, por otra parte, no pueden ser inclui­
riográficas, los diplomas— se adentra en el todavía poco trillado dos tampoco en el grupo de las fuentes estrictamente literarias.
terreno de las fuentes literarias stricto sensu; y dentro de éstas, Una sistematización elemental de este tipo de documentos es­
sobre todo, se acerca a las que sintonizan con la creatividad y critos no alojables en la categoría de la documentación de ar­
el espíritu populares. ¿Quién, por ejemplo, después de una lec­ chivo ni en los apartados —fuentes historiográficas y textos li­
tura atenta de nuestra Cantigas de escarnio, puede continuar terarios propiamente dichos— en que dividíamos las fuentes
aceptando sin reservas algunos esquemas conceptuales que so­ literarias en sentido amplio, permitiría distinguir en ellos, aten­
bre la mentalidad religiosa de la sociedad castellana de la plena diendo su diversa naturaleza y contenido, una serie de modali­
Edad Media se venían repitiendo, como verdad consagrada, has­ dades cuyos contornos con frecuencia se entrecruzan, partici­
ta hace bien poco tiempo? ¿Cómo penetrar en el sugestivo mun­ pando a veces un mismo texto de las características propias de
do de la religiosidad popular de esa misma sociedad sin conocer varias de dichas modalidades.
la ingenua devoción mariana que trasciende de los Milagros de Entre esas fuentes ocupan un lugar relativamente bien de­
Nuestra Señora o de las Cantigas alfonsinas, o la interpretación finido el grupo de las que podríamos calificar de obras técnicas.
que de los grandes misterios de la religión se hace en los dra­ En ellas habría que incluir un heterogéneo conjunto de piezas
mas litúrgicos que se representaban en nuestros templos a fina­ documentales que comprendería desde los tratados cinegéticos
les del Medievo? —como el famoso De arte venandi cum avibus, del Emperador
Con razón ha podido escribir M. Pacaut que «la vida caballe­ Federico II, o nuestro Libro de la Montería— hasta manuales y
resca, por ejemplo, se expresa mejor en las canciones de gesta tratados técnicos de economía rural —los Housebondrie ingle­
y en la poesía cortesana que en los diplomas; y el alma de la ses; las Reglas, de Roberto Grosseteste; el Ruralium commodo-
Edad Media se vuelve a encontrar en los poemas y en las rela­ rum opus, de Pietro Crescendi—; de arquitectura —como el
ciones epistolares» a . Si queremos conocer verdaderamente el Álbum, de Villard de Honnecourt—; de historia natural, como
clima de tensión moral y las contradicciones espirituales que el conocido De animalibus, de Alberto el Grande. Habría que
conmueven a la atormentada sociedad europea del siglo xiv no tener en cuenta también, en este apartado, los manuales baje-
tendremos más remedio que acercarnos a los relatos de Bo-
** Textos comentados..., p. 18.
• Guide..., p, 116. " «Edad Media», p. 4, en Historia y critica de la literatura española,
dirigida por F. Rico, Barcelona, Critica, 1980.
284 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 285

medievales de mercadería* 8 , tan interesantes por sus datos ci­ tre el sacerdocium y el imperium que desde finales del siglo xi,
frados, los de inquisidores —como el de Bernard Gui—, los in­ con la querella de las investiduras y la pugna entre la primacía
numerables tratados monetarios, de medicina y, en general, de de la autoridad papal y la tendencia cesaropapista, abrirá un
las ciencias experimentales y especulativas cuya enseñanza se encendido debate de teoría política en la Cristiandad occiden­
impartía en las universidades medievales y quedan reflejados tal: obras como el Libro a Enrique (1085-1086), del obispo de
en la nómina ejemplificativa de las que Génicot califica de fuen­ Alba Benzon; la Defensa del rey Enrique (1081-1084), de Pedro
tes de la historia del pensamiento y escritos sobre los estudios Crasso jurista de Rávena; la Orthodoxa defensio imperialis
y la vida escolar"1. (1112), de Gregorio de Farga; los Libelli de lite imperatorum el
Otro grupo importante de fuentes comprende las obras de pontificum saeculis XI et XII conscripti, se inscriben entre las
orientación didáctico doctrinal, bien sean de naturaleza religio­ más conocidas en ese contexto de literatura «de combate». La
sa, jurídico-institucional o política. De estas últimas podrían ci­ producción literaria de carácter polémico continuará en tiempos
tarse infinidad de expresivos e interesantes ejemplos. Entre los posteriores, radicalizándose al compás de los nuevos derroteros
más antiguos figura el De ordine palatii, compuesto por Hinc- de la conflictividad entre la Iglesia y el Estado, pudiendo adu­
maro de Reims en 882; gran importancia revisten también tra­ cirse como expresivos ejemplos en este sentido la famosa obra
tados como el Dialogas de scaccario, en la Inglaterra de finales de Egidio Romano, De ecclesiastica potestate (1302), o la no me­
del siglo XII, o el Tractatus de legibus Angliae, redactado por la nos conocida Defensor Pacis (1324), de Marsilio de Padua, los
misma época. Los tratados de derecho público y privado, feudal Escritos políticos, de Guillermo de Occam, y ya en los umbra­
y canónico proliferan a lo largo de la baja Edad Media, así como les de la Modernidad la De concordantiu Catholica, de Nicolás
las colecciones jurisprudenciales ^ y las compilaciones jurídico- de Cusa".
privadas que —como las famosas Coutumes de Beauvaisis— aun El conflicto ideológico entre el cristianismo y otros credos
careciendo de fuerza normativa, tienen un extraordinario valor religiosos, en especial el judaismo —objeto de reciente análisis
doctrinal. por E. Mitre 72 —, originaría un ciclo propio de literatura doc­
Los tratados doctrinales políticos se multiplican en las dos trinal y polémica que adquiere especial relevancia en los Esta­
centurias finales del Medievo, ocupando un lugar destacado en­ dos hispánicos a finales de la Edad Media —prolongándose en
tre ellos el conocido De regimine principum, de Egidio Romano. los tiempos modernos— en relación con los orígenes de lo que
Los reinos hispánicos no permanecerán al margen de esa fecun­ se ha dado en llamar «problema converso» 73 . En otro sentido y
da producción literaria de orientación didáctico-doctrinal: obras dentro también de las coordenadas de la literatura religiosa de
como el famoso Libro de los Estados, del infante don Juan Ma­ orientación didáctico-doctrinal, el interés mostrado por la mo­
nuel, el Regitnent de la cosa pública, de Francesco de Eiximcnis, derna historiografía medievalista hacia el mundo de las formas
o la Suma, de Rodrigo Sánchez de Arévalo, por citar sólo algu­ de la espiritualidad popular ha suscitado una creciente corrien­
nas de las mejor conocidas, son de consulta imprescindible para te de atención al tratamiento de cierto tipo de obras que refle­
cualquier intento de aproximación a la historia de nuestro pen­ jan con singular expresividad los cambios de la sensibilidad
samiento político bajomedieval. religiosa que se producen en la sociedad bajomedieval —Ars
Un capítulo de especial interés, dentro del grupo de las obras moriendi, Imitación de Cristo, escritos de los espiritualistas fla­
de intencionalidad doctrinal, lo integran los escritos de carácter mencos y renanos—, o de otras que, como la literatura catequé-
polémico. Y entre éstos los referidos a la secular dialéctica en- tica, nos ponen en contacto directo con las prácticas espirituales
y las actitudes mentales de la época: el análisis que reciente-
" Recuérdese, entre nosotros. El primer manual hispánico de merca­
dería, publicado por Gual Caraarena. cit. ya en otro lugar de este libro.
" «Introduction», pp. 19 s. Véase en este punto la obra colectiva Ars " Véase Delort, ob. cit., pp. 42-44, y Van Caenegem, ob. cit., pp. 53 s.
libéraux et phüosophie mi Moyen Age, Montreal-Paris, 1969. ™ Judaismo y Cristianismo. Raíces de un gran conflicto histórico, Ma­
™ Cf. Ph. Godding, «La jurisprudence»; G. Fransen, «Les collcciiones drid, Istmo, 1980. Para la época medieval véase especialmente pp. 119 ss.
canoniques», y J. Gilisscn, «La coutume», fases. 6, 10 y 41 de la Typologie, " E. Benito Ruano, Los orígenes del problema converso, Barcelona,
1973, 1973 y 1982. El Albir, 1976.
^^H^H

286 Juan Ignacio Ruiz de la Peña


Las fuentes de la Historia Medieval 287
m e n t e ofrecía J. L. Martín del Catecismo de Pedro de Cuéllar1*
da b u e n a idea d e las posibilidades q u e p u e d e ofrecer una ex­ E. Baluze publica en 1677 los Capitularía regum francorum,
plotación sistemática d e este tipo d e fuentes d o c t r i n a l e s . J. S i r m o n d reunía los c á n o n e s conciliares de la Galia en 1629,
S e ñ a l e m o s , finalmente, la c o n s i d e r a b l e i m p o r t a n c i a q u e en F. L a b b é y G. Cossart iniciaban años d e s p u é s la colección de
el m a r c o d e la nueva h i s t o r i a d e las m e n t a l i d a d e s reviste el in­ las a c t a s y cánones d e la totalidad de los concilios.
v e n t a r i o y análisis d e las bibliotecas medievales, c o m o ya seña­ D u r a n t e m u c h o t i e m p o , sin e m b a r g o , n o todo tipo d e docu­
laba o p o r t u n a m e n t e J. Le Goff l s , el c o n o c i m i e n t o d e las o b r a s m e n t o s fue p u e s t o a c o n t r i b u c i ó n p o r los h i s t o r i a d o r e s , sino,
q u e a l i m e n t a b a n la curiosidad intelectual d e los h o m b r e s d e la f u n d a m e n t a l m e n t e , los constitutivos d e dos categorías con fre­
época y la filiación d e esos lectores M . cuencia unificadas en la práctica heurística: los diplomas y las
actas, es decir, los textos e m a n a d o s d e cancillerías reales o se­
ñoriales o bien p r o d u c t o d e las facultades n o r m a t i v a s de las
c) La d o c u m e n t a c i ó n d e a r c h i v o a u t o r i d a d e s eclesiásticas o municipales, o constitutivos o decla­
^ r a t o r i o s d e d e r e c h o s y, en todo caso, a u t e n t i c a d o s n o t a r i a l m e n t e .
La i n c o r p o r a c i ó n sistemática y masiva del « d o c u m e n t o d e ar­
chivo» a los materiales m a n e j a d o s p o r el h i s t o r i a d o r fue pro­ F u e r o n este tipo d e textos los q u e n u t r i e r o n , f u n d a m e n t a l m e n ­
d u c t o d e una lenta evolución q u e se a b r e con los p r i m e r o s atis­ te, las g r a n d e s colecciones d o c u m e n t a l e s s a c a d a s a la luz p o r
bos d e una historia crítica y, s o b r e todo, a p a r t i r d e la o b r a d e la t e s o n e r a erudición d e c i m o n ó n i c a — e n t r e n o s o t r o s , p o r ejem­
la historiografía e r u d i t a del siglo x v n , y q u e debe n o poco plo, la Colección, d e T. González, o la de las Cortes de... León y
— c o m o ya se a p u n t a b a a n t e r i o r m e n t e — a la decisiva influencia Castilla...—; y los q u e h a b r í a n de a l i m e n t a r h a s t a t i e m p o s n o
d e la ciencia del Derecho y d e las instituciones j u r í d i c a s . Ya el m u y lejanos las elaboraciones monográficas d e los e s t u d i o s o s d e
g r a n p r e c u r s o r J. Bodin, h i s t o r i a d o r y j u r i s t a , en s u Melhodus la historia j u r í d i c a c institucional del Medievo: todavía L. García
ad facilem historiarum cognitionem (1566) — p r i m e r m a n u a l d e de Valdeavellano, en su magistral e s t u d i o s o b r e El mercado en
metodología histórica—, a b o g a b a p o r la utilización d e las fuen­ León y Castilla durante la Edad Media, h a r á c o n s t a r que su tra­
tes d o c u m e n t a l e s , q u e h a s t a e n t o n c e s y todavía p o r m u c h o tiem­ b a j o «se b a s a f u n d a m e n t a l m e n t e s o b r e noticias p r o p o r c i o n a d a s
p o d e s p u é s o c u p a r í a n un lugar subsidiario en relación con las p o r los d i p l o m a s , e s t o es, p o r el g r u p o d e fuentes d e la historia
n a r r a t i v a s , a f i r m a n d o la p r i m a c í a de los d o c u m e n t o s públicos j u r í d i c a q u e se d e n o m i n a d o c u m e n t o s d e aplicación del dere­
s o b r e los p r i v a d o s . En el siglo siguiente y coincidiendo con el cho» " .
a p a s i o n a d o d e b a t e s o b r e la a u t e n t i c i d a d d e los d i p l o m a s mero-
vingios, se p r o d u c e la definitiva consagración científica d e los
e s t u d i o s paleográficos y d i p l o m á t i c o s p o r o b r a , fundamental­ T o m a n d o c o m o p u n t o de p a r t i d a la definición d e documento
m e n t e , de J. Mabillon, en su De re diplomática libri sex (1681); q u e recogíamos ai t r a t a r d e la clasificación general d e las fuen­
y comienzan a multiplicarse las colecciones d o c u m e n t a l e s : tes h i s t ó r i c a s 7 8 , y a n t e s d e h a c e r el registro d e las diversas mo­
dalidades d e fuentes que a g r u p a m o s en el p r e s e n t e a p a r t a d o ,
*• «Propiedad, sexo y religión. La sociedad castellana del siglo xiv en el h a r e m o s u n a s breves c o n s i d e r a c i o n e s s o b r e el interés d e este
Catecismo de Pedro de Cuéllar», en Historia 16, 19, 1977. Véase C. Vogel,
«Les 'libri paenitentiales'», fase. 27 de la Typologie, 1978. tipo d e textos y s o b r e los p r o b l e m a s q u e plantea su clasificación.
" En el estudio cit. supra, nota 64. Las fuentes d o c u m e n t a l e s , e n t e n d i d a s en un s e n t i d o a m p l i o
" Véase, por ejemplo, M. Día/ y Díaz, Libros y librerías en la Rioja q u e d e s b o r d a los límites e s t r i c t o s d e las categorías d e los diplo­
altomedieval. Instituto de Estudios Riojanos, Logroño, 1979. Dos recientes m a s y d e las a c t a s , han a d q u i r i d o m o d e r n a m e n t e u n a importan­
c interesantes publicaciones de sendos inventarios de bibliotecas, nobiliaria
y capitular, son las de M. C. Quintanilla Raso: «La biblioteca del mar­ cia considerable, a c o r d e con las nuevas tendencias p r e d o m i n a n ­
qués de Priego (1518)», en Estudios dedicados a D. Julio González Gon­ tes en la historiografía medievalista hacia la t e m á t i c a institu­
zález, cit., pp. 347 ss., y M. L. Guadalupe, «El tesoro del cabildo zamorano: cional, social y económica. E n cierto m o d o n o sería a v e n t u r a d o
aproximación a una biblioteca del siglo xiu». en Studia Histórica, vol. i,
número 2, Salamanca, 1983, pp. 167 ss. Con carácter general véase, en este
pumo. A. Dcrolez, «Les catalogues de bibliothéques», fase. 31 de la Typo­
logie, 1979. " 2." ed., Universidad de Sevilla, 1975, p. 14 en nota.
" Cf. G. Fasoli, Cuida..., p. 133. Véase también A. Pratesi, Genesi e
forme dei documenti medievali, Roma, Jouvence, 1979.
288 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 289
afirmar que las fuentes documentales han desplazado en los úl- con el postulado básico del carácter «total» de la historia. Ni
limos tiempos a las narrativas del lugar privilegiado que éstas debe llevarnos a minusvalorar la importancia de las narrativas,
han venido usufructuando durante siglos, al servicio de un que­ que constituyen ya de por sí una tentativa de interpretación
hacer historiográfico que concedía una atención prioritaria a historiográfica y brindan además el hilo conductor en el que se
los aspectos de la historia política. engarzan los datos proporcionados por los documentos.
A favor del documento juega su propia naturaleza de fuente
«preterintencional», que le confiere un grado de certeza mayor
que el que ofrecen las informaciones brindadas por las fuentes La tipología de los documentos de archivo es muy variada, como
narrativas, porque no tienen, como las narraciones históricas en variados son los criterios clasificatorios a los que este tipo de
sus diversas formas, la intención de presentar una particular fuentes puede adaptarse.
reconstrucción e interpretación de los sucesos a los contemporá­ Desde el punto de vista de sus caracteres externos o forma­
neos y a la posteridad: «actas y documentos son parte integran­ les habría que establecer —como hacen, por ejemplo, Van Cae-
te del asunto mismo al que se refieren, y por ello se ajustan negem o G. Fasoli— una primera distinción entre actas y docu­
perfectamente a la realidad cierta —o tenida como cierta— sien­ mentos siricto sensu u , es decir, entre los escritos preparatorios
do por tanto plenamente dignos de fe»79. «Los testimonios que de un acto o una decisión y aquellos otros en los que se deja
aportan son —en principio— sinceros, límpidos, auténticos»* 0 . constancia del acto final: las actas de un proceso de la senten­
Los documentos constituyen un complemento imprescindi- cia; los registros contables del balance conclusivo; los formula­
i'ble de la información ofrecida por las fuentes narrativas, no rios notariales de la carta donde se explícita el negocio jurídico;
sólo porque permiten rectificar muchas veces errores de éstas las actas que recogen las deliberaciones de un concejo en orden
o verificar y ampliar sus noticias" sino, y sobre todo, porque a la formulación de una petición al poder superior del documen­
nos introducen en el conocimiento de aspectos de la vida his­ to en que dicha petición se contiene, etc. En la práctica, sin
tórica práctica ausentes de las crónicas, anales, historias, bio­ embargo, «las dos expresiones son intercambiables y se habla
grafías y demás géneros historiográficos de época medieval. «Si de actas notariales cuando sería más exacto hablar de documen­
nosotros trabajásemos exclusivamente sobre las fuentes narra­ tos; se dice actas diplomáticas, cuando sería más correcto decir
tivas ignoraríamos todo lo relativo a las instituciones romano- documentos diplomáticos, etc.» 43 .
germánicas, porque ningún cronista lo trata; no sabríamos ex­ Siguiendo un mismo criterio formal, por la estructura diplo­
plicarnos el problema de la formación del municipio, porque las mática y grado de solemnidad que pueden adoptar, también
crónicas tampoco lo tratan [...]», y, en definitiva, podríamos podrían distinguirse diversas categorías documentales, del do­
añadir a estos dos expresivos ejemplos propuestos por G. Fa- minio de los diplomatistas, que no es preciso detallar aquí. Si
soli que el conocimiento de tantos y tantos otros aspectos de se atiende a la personalidad de los otorgantes —rey, papa, seño­
la vida del Medievo no sería posible o quedaría completamen­ res, prelados, autoridades municipales, particulares, etc.—, se
te desdibujado sin las informaciones proporcionadas por los obtendría igualmente un amplio espectro de modalidades de
L documentos en su múltiple variedad. fuentes documentales.
Esta valoración no debe hacer caer en el olvido el esencial En cualquier caso y desde la concreta perspectiva de la in­
carácter integrador que debe presidir el manejo por el historia­ vestigación medievalista, debe advertirse que en la sistematiza­
dor de las fuentes —de todas las fuentes—, en correspondencia ción de toda la extensa gama de fuentes alojables dentro de la
«documentación de archivo» los criterios clasificatorios mera­
" G. Fasoli. ob. cit.. pp. 158 s. mente formales deben ceder ante los funcionales y operativos
" Delort, ob. cit., p. 55. del objeto y contenido de los textos. Y esto no sólo porque las
" La historia particular de un reinado o de un monarca, aun descan­
sando sobre una obra narrativa extensa y sólida, precisa del apoyo de los
documentos, como puede comprobarse, por ejemplo, a la hora de tratar " Para el primero constituyen el tercero de los grupos que distingue en
de establecer una cronología exacta o un itinerario de los monarcas his­ su uclasificación de las fuentes medievales ya citada.
toriados en la Serie Central de las Crónicas de los Reyes de Castilla. G. Fasoli, Guida..., pp. 158 ss.
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preocupaciones del medievalista, en contacto directo con un
tema de investigación, se dirigen a la búsqueda y explotación a una casuística dictada fundamentalmente por los contenidos
de los testimonios pertinentes a su concreto ámbito de estudio intrínsecos de los propios textos. El primero de ellos, según ade­
al margen, en principio, de su envoltura externa, sino por el lantábamos antes, después de agrupar en un tercer apartado de
hecho mismo de la dificultad y relatividad que ofrecen no po­ fuentes medievales los documentos y las actas, aloja en un cuar­
cas veces los intentos de calificación formal de los documen­ to bloque de textos los «documentos fiscales y socioeconómi­
tos 84 . Un simple ejemplo puede dar idea de lo contingente de cos», que clasifica en los siguientes apartados: 1) documentos
tales calificaciones: se trata de la división aparentemente sen­ de dominios o señoríos, 2) documentos fiscales, 3) documentos
cilla, entre documentos públicos y privados. ¿Cuál sería aquí referentes a personas, 4) libros de cuentas y 5) escrituras de
el criterio de distinción?, ¿aquél que atribuyese el rango de pú­ negocios e inventarios.
blicos a los emanados de una autoridad pública y considerase Delort, bajo el título genérico de «los documentos de His­
privados a los otorgados por particulares, o bien el criterio ob­ toria», distingue dos grandes bloques de textos: los documentos
jetivo de la naturaleza de las relaciones o intereses a los que cifrados y repertorios, entre los que incluye los empadronamien­
se refiere el texto? A esto añádase la relatividad que las nocio­ tos y censos, documentos contables y las listas y repertorios
nes de «público» y «privado» tienen en la vida jurídica medieval, personales; y las actas, que clasifica según su procedencia, con­
como han tenido ocasión de mostrar cumplidamente A. García tenido y estructura formal ■*.
Gallo y J. M. Font Ríus en sus intentos de clasificación de los Las precedentes consideraciones y propuestas de clasifica­
fueros y cartas pueblas 85 . ción de «la documentación de archivo» han sido tenidas en cuen­
ta por nosotros a la hora de hacer un rápido recuento de este
De hecho, en las mismas sistematizaciones de las fuentes de tipo de fuentes, que acompañamos de la referencia de algunas
la Historia Medieval a las que hemos tenido ocasión de referir­ piezas para las distintas categorías documentales anotadas, a
nos insistentemente a lo largo de las páginas precedentes, no título meramente ejemplificativo.
se guardan excesivas consideraciones, a la hora de ordenar los
«documentos de archivo», con rígidos formalismos clasificato-
rios que muchas veces sólo inducen a confusión, al proyectar
sobre realidades pretéritas categorías conceptuales pensadas y Un primer grupo de fuentes, de gran interés desde el punto de
elaboradas en función de realidades presentes. La ordenación vista de la historia demográfica, social y económica, estaría in­
propuesta por Génicot en la «Introducción» a la Typologie des tegrado por los documentos cifrados y susceptibles de trata­
sources du Moyen Age occidental es, en este sentido, suficiente­ miento estadístico, siquiera sea de forma elemental. A las diver­
mente expresiva. Y aunque más respetuosas con los modelos sas modalidades que pueden adoptar, a su desigual distribución
convencionales, las clasificaciones de los «documentos de ar­ a lo largo de la Edad Media y a los problemas que plantea su
chivo» que hacen Van Caenegem y Delort se atienen también manejo nos hemos referido ya con cierto detalle en el capítu­
lo 3 (ni, 3, C) al tratar de la «cuantificación en Historia Medie­
val»; también se aportaban algunos ejemplos representativos
" Alude Delort al debate abierto —y todavía no resuelto plenamente— de cada una de las categorías de textos alojablcs en este primer
en torno a la noción misma de acta, citando la comunicación que sobre
el tema presentó J. Sckanet en el Congreso de Viena de 1965 y aludiendo grupo de «documentos de archivo». No vamos, pues, a insistir
a los distintos puntos de vista que mantienen los historiadores, juristas en las consideraciones allí expuestas, limitándonos ahora a hacer
y diplomatistas a la hora de encontrar una definición adaptada a los di­ una breve recapitulación de la casuística que presenta ese blo­
versos tipos de documentos que pueden estar comprendidos dentro del
concepto de acta (cf. ob. cit., p. 75). Esclarecedoras consideraciones en que de fuentes.
relación con este tema pueden verse en el libro de Pratesi citado en la
nota 78. Figuran entre ellas los censos, descripciones generales o par­
" Del primero véase su «Aportación al estudio de los fueros», en el ciales, catastros, libros de impuestos, libros de feudos, inven­
AHDE, xxvi, 1965, p. 413 especialmente. Y de Foni Ríus la introducción a tarios de dominios, nóminas parroquiales..., que obedecen fre-
su espléndida obra Carlas de población y franquicia de Cataluña, Madrid-
Barcelona, 1969.
" Ob. cit., pp. 55 ss.
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c u e n t e m e n t e en su r e d a c c i ó n a motivaciones d e tipo f i s c a l " . en las fuentes p u b l i c a d a s o inéditas p e r o en todo caso conocidas


A los ejemplos q u e c i t á b a m o s d e n t r o de este a p a r t a d o d e fuen­ del Medievo p e n i n s u l a r .
tes, en el c a p í t u l o a n t e r i o r , referidas al á m b i t o e u r o p e o , podría­ T a m b i é n en el epígrafe del capítulo a n t e r i o r d e d i c a d o a la
m o s a ñ a d i r en el m a r c o p e n i n s u l a r a l g u n a s piezas e s p e c i a l m e n t e cuantificación en Historia Medieval h a c í a m o s referencia a los
r e p r e s e n t a t i v a s , c o m o p u e d e n s e r los colmella d e n u e s t r o s mo­ d o c u m e n t o s d e n a t u r a l e z a c o n t a b l e , con m e n c i ó n expresa de
nasterios e iglesias c a t e d r a l e s d e la Alta E d a d Media, d e carac­ a l g u n a s i n t e r e s a n t e s piezas de este tipo d e textos, e n t r e los q u e
terísticas afines en ciertos a s p e c t o s a los famosos polípticos se incluyen t a n t o las c u e n t a s generales — p o r ejemplo, los fa­
carolingios, a u n q u e d e época algo m á s tardía ya q u e , c o m o es m o s o s Pipes Rolls ingleses, cuya publicación a s u m i r í a u n a enti­
sabido, é s t o s d e s a p a r e c e n en el siglo x; las nóminas p a r r o q u i a ­ d a d e s p e c i a l m e n t e c r e a d a al efecto: la Pipe Roll Society; o las
les bajomedievales, en g r a n p a r t e inéditas, q u e se c o n s e r v a n en Comptes géneraux de L'Etat bourguignons"—, c o m o las par­
n u e s t r o s a r c h i v o s catedralicios 8 8 ; los bien conocidos libros de ciales — p o r e j e m p l o , la i m p o r t a n t e s e r i e d e las Customs ac-
fuegos n a v a r r o s y c a t a l a n e s ; los Becerros o descripciones de los counts, f u n d a m e n t a l e s p a r a el conocimiento del comercio inglés
dominios señoriales y reales, e n t r e los q u e o c u p a u n lugar des­ bajomedieval, o los peajes y aranceles d e portazgo tan a b u n d a n ­
tes a p a r t i r del siglo x n — , y las individuales, e n t r e las que
t a c a d o el famoso Becerro de las behetrías, mandado componer
c i t á b a m o s a n t e r i o r m e n t e las famosas d e F r a n c e s c o di Marco
p o r P e d r o I 8 9 , y algunos eclesiásticos, c o m o el del m o n a s t e r i o
Datini. N u e s t r o s archivos n o dejan t a m p o c o de ofrecer u n a elo­
d e San J u a n de Corias r e d a c t a d o en la p r i m e r a m i t a d del si­
c u e n t e d o c u m e n t a c i ó n d e e s t a s c a r a c t e r í s t i c a s : e n t r e la publi­
glo x m , el d e S a n I s i d o r o de León, d e principios del xiv o el del c a d a d e época m á s t e m p r a n a tienen especial i n t e r é s las Cuentas
o b i s p a d o d e Oviedo, c o m p u e s t o en el p e n ú l t i m o decenio de di­ y Gastos de Sancho IV, que incluye M. Gaibrois en el apéndice
cha c e n t u r i a ; los t r e s figuran e n t r e los q u e h a n sido o b j e t o d e al t o m o i d e su g r a n o b r a s o b r e a q u e l m o n a r c a (Madrid, 1922);
m á s reciente e s t u d i o 9 0 . Son i g u a l m e n t e n u m e r o s o s , a p a r t i r del en las dos c e n t u r i a s finales del Medievo son m u y a b u n d a n t e s
siglo x m , los censos y tallas u r b a n a s que ofrece la d o c u m e n t a ­ t a n t o los libros d e c u e n t a s parciales c o m o los de los m o n a s t e ­
ción municipal, p u d i e n d o a f i r m a r s e , con c a r á c t e r general, que rios, o b i s p a d o s * 2 e incluso hospitales y cofradías; lo m i s m o ca­
c a d a u n a d e las m o d a l i d a d e s r e g i s t r a d a s p a r a el á m b i t o occi­ bría decir d e los peajes y aranceles d e p o r t a z g o , figurando e n t r e
dental e u r o p e o de los textos a los q u e nos h e m o s referido al los p u b l i c a d o s en los ú l t i m o s a ñ o s la i n t e r e s a n t e serie d e los
principio, se e n c u e n t r a r e p r e s e n t a d a , en m a y o r o m e n o r medida, de las poblaciones n a v a r r a s de P a m p l o n a , Tudela, S a n g ü e s a y
Carcastillo, todos ellos d e m e d i a d o s del siglo xiv 9 3 , los a r a n c e l e s
" Algunos de los fascículos, ya publicados, de la repetidamente citada a d u a n e r o s de la Corona d e Aragón (siglos x m y xiv), e s t u d i a d o s
Typotogie, abordan el tratamiento global de determinadas categorías de p o r Gual Camarena* 4 y o t r o s m u c h o s a escala local 9 5 .
fuentes ahora registradas. Véanse especialmente M. A. Arnould, «Les re­
leves de feux»; N, Coulet, «Les visites pastorales», y R. Fossier, «Les po-
Iyptiques et censiers». fases. 18, 23 y 28, 1976, 1977 y 1978.
" Publicado bajo la dirección de M. Mollat, 3 vols., París, 1965.
" Por ejemplo, la redactada por orden del prelado don Gutierre para ™ Véase en este punto S. Morcta, Rentas monásticas en Castilla. Pro­
el obispado de Oviedo en 1385, que manejamos en nuestra Historia de blemas de método. Universidad de Salamanca, 1974.
Asturias: Baja Edad Media, Salinas, 1979. " J. A. Martín Duque, J. Zabalo y J. Carrasco, Peajes navarros: Pam­
" Se acaba de publicar una nueva —y ya necesaria— edición crítica plona (1351), Tudela (1365). Sangüesa (1362), Carcastillo (1362), Pamplona,
del mismo preparada por G. Martínez Diez, bajo los auspicios del Centro 1973.
de Estudios e Investigaciones San Isidoro de León. " Vocabulario del comercio medieval, Tarragona, 1968. Y recientemente
K
Sobre el primero véase E. García García, El monasterio de San Juan J. A. Sesma y A. Líbano, Léxico del comercio medieval en Aragón (si­
Bautista de Corias, Publicaciones del Departamento de Historia Medieval glo XV), Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1982.
de la Universidad de Oviedo, 1980; el segundo ha sido estudiado por w
Aportación pionera en la publicación de este tipo de textos fue la
C. Estepa Díaz, «El dominio de San Isidoro de León según el Becerro de de A. Castro, «Unos aranceles de Aduanas del siglo xn», Rev. de FU- Es­
1313», en León y su historia, m . Centro de Estudios e Investigaciones San pañola, VIII, ix y x (1921-1923). Un estado actual de la cuestión para la
[éddoro, 1975; dimos a conocer el tercero nosotros en la comunicación Corona de Castilla lo acaba de ofrecer J. Gautier Dalché, «Les péages
presentada a las I Jornadas de Metodología Aplicada de las Ciencias Histó­ dans les pays de la Couronne de Castille. Etat de la question, réflexions,
ricas, celebradas en Santiago de Compostela, 1973, y publicada en sus perspectives de recherches», en Les communications dans la Péninsule
Actas; actualmente preparamos su edición crítica. ¡bérique au Moyen-Age, Actes du Colloque tenu á Pau les 28 et 29 Mars
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También hemos hecho mención anteriormente de otras mo­ interés que ofrecen para el conocimiento de la estructura poli-
dalidades de documentos de especial interés desde el punto de tica de los Estados occidentales, sin olvidar su incidencia en
vista demográfico y social, como son las listas de personas ela­ otros aspectos de la vida de relación social y económica, a las
boradas por motivos muy variados: de oficios, libros de matrí­ disposiciones normativas emanadas del poder público superior.
cula universitaria, registros parroquiales, los obituarios o libros Entre estas fuentes legislativas 10° ocupan un lugar prioritario,
de aniversarios y los rotuli mortuorum96, de los que brindan en el tiempo, las famosas capitulares carolingias. Las constitu­
también abundantes ejemplos los archivos generales, catedrali­ ciones o decretos reales, tratados, ordenanzas y, en general, dis­
cios, monásticos y municipales. Especial interés tienen en el posiciones legislativas dictadas directamente por el poder sobe­
Medievo hispano los libros de repartimiento —de los que se han rano —civil o espiritual—, o bien mediante pactos o por vía
conservado un buen número y en gran parte están ya publica­ arbitral, se multiplican, diversificando su tipología, a partir del
dos 97 — que sirvieron para instrumentar jurídicamente los pro­ siglo xx, sin que falten en la época precedente —baste recordar
cesos repobladores._de las ciudades ganadas a los musulmanes los famosos Juramentos de Estrasburgo (840)—. Pueden citarse
desde el siglo xin, al compás de la expansión reconquistadora por vía de ejemplo y entre los documentos de este tipo más
por tierras levantinas y andaluzas. conocidos los siguientes: el Dictatus papae, de Gregorio VII
(1075), que sienta las bases de la teocracia pontificia; el Con­
cordato de Worms (1122), que zanjaba la querella de las Inves­
«La serie mejor conservada, más conocida y en muchos aspec­ tiduras; la Carta Magna inglesa de 1215; la Bula de Oro (1356),
tos todavía la más prestigiada (entre los 'documentos de ar­ que instrumentaría la organización jurídico-pública del Impe­
chivo') es la que concierne a los textos legislativos, administra­ rio; la sentencia arbitral de los compromisarios de Caspe (1412)
tivos y judiciales —todos los escritos en los que se expresan que ponía fin al interregno de la Corona de Aragón, etc.
las relaciones jurídicas del hombre en sociedad (G. Tessier)— Además de las disposiciones legislativas de carácter general,
y que constituyen el objeto de la más venerable ciencia auxiliar el poder soberano dicta normas de ámbito de vigencia más res­
de la historia: la diplomática»". tringido, territorial o local; en el marco peninsular pueden ser­
Prescindiendo ahora de un análisis de las categorías docu­ vir de ejemplo decretos reales como los promulgados por Al­
mentales resultantes del tratamiento diplomático de este tipo fonso V en la Curia regia leonesa de 1017-1020; y sobre todo,
de fuentes y de los problemas que plantea su estructura for­ el ingente núcleo formado por los fueros y cartas pueblas que
mal, proceso de transmisión manuscrita y, en general, otras articularán la vida jurídica, social y económica de nuestras ciu­
cuestiones que entran de lleno dentro del campo de acción de dades y villas y que han sido reunidos desde principios del
la ciencia diplomática", nos limitaremos aquí a hacer un rápido siglo xix "", en colecciones documentales de fundamental interés
recuento de las principales modalidades que presentan estos para el medievalista mereciendo destacarse, entre las publicacio­
documentos, atendiendo a sus contenidos e importancia para la nes de los últimos años, la modélica edición de las Cartas de
investigación medievalista. población y franquicia de Cataluña, preparada por J. M. Font
En primer término hay que referirse, por el extraordinario Ríus m.
Al lado de las leyes emanadas del poder soberano revisten
1980, sous la direction de P. Tucoo-Chala (París, 1981), pp. 73-78. Sobre también gran importancia los textos normativos dictados por
este tipo de fuentes véase con carácter general G. Despy, «Les tarifs de
tonlieux», fase. 19 de la Typologie, 1976. las autoridades señoriales —eclesiásticas y nobiliarias— en el
" Cf. «Les documents nécrologiques». fase. 4 de la Typologie..., por ámbito de su jurisdicción; los acuerdos o actas de las asambleas
N. Huyghebaert, 1972. municipales, reflejados a veces en ordenanzas de mucha más
" El último de ellos es el de Almería, publicado por C. Segura Graiño,
Madrid, 1982.
" Delort, ob. cit-, pp. 74 ss. m
*" Véase L. Génicot, «La lol». fase. 22 de la Typologie. 1977.
" Remitimos al capitulo 3 de la presente obra, ni, 3, A. Una buena y Inaugura esta serie de publicaciones la famosa Colección, de T. Gon­
reciente síntesis sobre estos temas en el libro de Pratesi cit. supra, zález,
m
6 vols. (Madrid, 1829-1833).
nota 78. Cf. supra, nota 85.
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expresividad para el conocimiento de las realidades socio-econó­ señoriales, dominicales o jurisdiccionales, a los que se refieren.
micas de la vida local que las disposiciones, con frecuencia De ahí el enorme interés que ofrece su publicación. En el mar­
meramente formularias, dictadas por el poder central m. Las co de la historiografía hispana y conforme a lo ya apuntado en
colecciones que recogen las actas de las asambleas políticas el apartado final del anterior capítulo, el estudio de los grandes
generales —las de los Estados Generales de Francia, convocados dominios, sobre todo de los eclesiásticos, hecho fundamental­
a partir de Felipe el Hermoso; la serie de las Reichstage germa­ mente a partir de los cartularios y colecciones documentales
nas, desde Carlos IV; las actas de nuestras Cortes— ofreces procedentes de los archivos monásticos, catedralicios, nobilia­
igualmente un interés que desborda el estricto marco de las rios, ha venido polarizando en los últimos años la atención de
relaciones jurídico-públicas. un importante sector de nuestra investigación medievalista.
En el orden eclesiástico, las disposiciones concordatarias y
conciliares, las actas sinodales y los acuerdos capitulares, nos
ponen también en contacto con aspectos fundamentales de la Dentro del marco de las fuentes escritas es obligado hacer una
vida social del Medievo y de las actitudes mentales de esa so­ última referencia a un tipo de documentación de difícil acopla­
ciedad. Entre las recientes orientaciones temáticas de nuestra miento en las categorías hasta aquí consideradas. Nos referimos
investigación medievalista, el estudio de las disposiciones ema­ a los productos de la creación musical, cuyo valor como uno de
nadas de los sínodos diocesanos y las constituciones episcopales los múltiples elementos configuradores del clima cultural del
están siendo objeto de un mantenido interés que se justifica Medievo no puede ignorarse. A la transcripción y estudio de los
cumplidamente por el valor testimonial que este tipo de fuen­ manuscritos musicales se viene dedicando desde hace tiempo
tes ofrece, como acabamos de apuntar, para el conocimiento de una especial atención por la musicografía europea; mientras que
los comportamientos, principal aunque no exclusivamente reli­ en nuestra patria la estela de la actividad pionera y ya lejana
giosos, de las sociedades locales de la época "*. de individualidades como Pedrell, Ribera, Subirá, Torner o An-
Destaquemos finalmente la importancia de una última e in­ glés, parece reanimarse últimamente, alumbrando aportaciones
gente masa de textos diplomáticos: los que reflejan actos jurí­ del mérito, por ejemplo, de la de I. Fernández de la Cuesta,
dicos de las personas físicas y morales —corporaciones profe­ autor de un catálogo de manuscritos y fuentes musicales de la
sionales, universidades, comunidades municipales y comunida­ España medieval de muy reciente publicación m.
des eclesiásticas— entre los que revisten especial interés las
colecciones diplomáticas de estas últimas: en ellas se reflejan
los títulos constitutivos y las modificaciones de sus dominios B) Fuentes no escritas
señoriales, y se presentan a veces compilados bajo la forma de
inserciones cartularias. Frente al carácter estático que normal­ Probablemente sea en la cada vez mayor y más sistemática ex­
mente ofrece la información proporcionada por los inventarios plotación de los testimonios no escritos donde con más fuerza
y descripciones de propiedades, polípticos, colmella. Becerros..., y eficacia se manifiesta, en los últimos tiempos, la ampliación
las colecciones diplomáticas, combinadas con otro tipo de fuen­ del tradicional campo de las fuentes históricas medievales.
tes —por ejemplo, los libros de cuentas o incluso los testimonios También a este tipo de fuentes hemos tenido ya ocasión de
arqueológicos— nos permiten una visión dinámica de la evolu­ referirnos con cierto detalle y con la aportación de la pertinente
ción de las estructuras sociales y económicas en los círculos orientación bibliográfica en el capítulo 3 (3, A y B), al tratar de
las relaciones de la Epigrafía, la Numismática, la Sigilografía y
m
Cf. M. A. Ladero Quesada e I. Galán Parra, «Las ordenanzas locales la Heráldica con la investigación de la Historia Medieval; y más
en la Corona de Castilla como fuente histórica y tema de investigación especialmente al dedicar nuestra atención a los problemas y
(siglos XIII al xvm), en Anales de la Universidad de Alicante. Historia posibilidades que para los estudios medievalistas ofrecen las
Medieval, 1982, pp. 221-243.
"* Cf. supra, capítulo 3, m, 4. Sobre este tipo de fuentes véase G. Fran-
sen, «Les collections canoniques», y 0. Pontal, «Les statuts synodaux», "• Manuscritos y fuentes musicales en España. Edad Media, Madrid,
fascículos 10 y 11 de la Typologie, 1973 y 1975. Alpuerto, 1980.
298 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 299
conquistas de la ciencia arqueológica y la relación con otras ceptuación que pueden recibir determinadas piezas alojables en
disciplinas «coadyuvantes» de la nuestra, como la Geografía, la este grupo de las «fuentes monumentales»: citábamos antes el
Etnografía y la Historia de la Cultura Material. ejemplo típico que brinda en este punto el famoso tapiz de
Por ello una vez más y para evitar superfinas repeticiones de Bayeux, susceptible de ser considerado como verdadero docu­
reflexiones y datos aportados anteriormente, nos limitaremos mento de carácter narrativo.
aquí a hacer una rápida recapitulación sobre las principales mo­ Entre los testimonios incluidos dentro del apartado al que
dalidades de testimonios no escritos de aplicación directa a la nos venimos refiriendo figuran una serie de materiales cuyo tra­
investigación medieval, siguiendo fundamentalmente la propues­ tamiento y estudio constituye el objeto específico de algunas
ta de sistematización que de este tipo de fuentes hace L. Génicot, de las ciencias «auxiliares» de la Historia: así el de las mone­
en su «Introducción», repetidamente citada. das, medallas, sellos, armas y blasones e inscripciones corres­
Una primera división obligaría a distinguir entre las «fuentes- pondería a la Numismática, Sigilografía, Heráldica y Epigrafía;
monumentales» y la información que puede brindar la conside­ y desde la perspectiva histórica ha sido considerado en el capí­
ración de los paisajes —rurales y urbanos— y la propia natu­ tulo 3, m , 3, A. En parecidos términos se plantea el tratamiento
raleza. de otros testimonios —instrumentos manuales, de medida, uti­
Dentro del primer grupo pueden señalarse una serie de blo­ llaje agrícola, etc.— de la historia de la cultura material; o la
ques o categorías de objetos, producto de la creatividad humana prospección de necrópolis y restos humanos de que se ocupa la
y susceptibles de proporcionar un caudal informativo de extra­ Arqueología Medieval con la aplicación de las pertinentes téc­
ordinario interés para el medievalista, que pasamos a considerar nicas de análisis.
rápidamente. Digamos ya, para terminar, que una referencia especial mere­
De una parte la arquitectura l 0 6 , en sus diversas modalidades cen aquellos objetos a los que la sensibilidad del hombre me­
(religiosa, civil, militar); l a s artes figurativas (escultura, pintura, dieval atribuía una singular representatividad que se asocia al
artes gráficas, tapicería) y las artes industriales (cerámica ,OT , conjunto de actos, ceremonias y expresiones constitutivas
orfebrería, productos textiles, objetos de ajuar doméstico o mo­ —como recordaba no hace mucho entre nosotros B. Palacios
biliario). El estudio de todos estos materiales vinculados a la Martín— de la que P. E. Schramm llamaría, con razón, la Sim­
producción artística o industrial entra de lleno dentro del cam­ bólica del Estado m. El precioso estudio del gran medievalista
po específico de acción de la Historia del Arte y de la Arqueo­ germano sobre Las insignias de la realeza en la Edad Media es­
logía Medieval, y remitimos por lo tanto a lo expuesto en el pañola m, ejemplifica perfectamente el interés que ofrece, en el
correspondiente apartado del capítulo anterior, insistiendo una marco de nuestra disciplina, el tratamiento de este tipo de tes­
vez más en la importancia que unánimemente se viene atribu­ timonios documentales.
yendo a las «fuentes monumentales» —desde Huizinga, que ya
la proclama en su clásica obra El Otoño de la Edad Media,
hasta M. de Boüard, el gran valedor de la nueva arqueología La consideración de los vestigios del pasado medieval «revela­
medieval— en el marco de la investigación medievalista. A des­ dos por el análisis retrospectivo de las fotografías aéreas (y) de
tacar también que una óptima explotación de la información los planos parcelarios modernos y contemporáneos» "°, se ha
brindada por este tipo de fuentes sólo es posible con el con­ incorporado plenamente en los últimos años a la práctica in­
curso de la documentación escrita relativa a los objetos consi­ vestigadora de nuestra especialidad, en relación sobre todo con
derados: piénsese, por citar sólo un ejemplo, en el enorme in­ los estudios de historia agraria y urbana y de los fenómenos de
terés que ofrece el estudio de los testamentos o de los registros poblamiento.
e inventarios de bienes. Señalemos, finalmente, la diversa con-
"• La coronación de los Reyes de Aragón (1204-1410). Aportación al estu­
m dio de las estructuras medievales, Zaragoza, Anubar, 1975, p. 8.
Cf. L. F. Génicot. «L'architecture. Considérations genérales», fascícu­ "• Traducción de L. Vázquez de Parga, Inst. de Est. Políticos, Madrid,
lo 29 de la Typologie, 1978. V H 1960.
"• Cf. A. Matthys, «La céramique», fase. 7 de la Typologie, 1973. '» Génicot, ob. cit., p . 32.
P"

300 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 301

También en el capítulo anterior y al referirnos a la coopera­ investigación de la Historia Medieval, se anotaban ya algunas de
ción de la Geografía a la investigación medieval ( n i , B), tuvi­ las obras básicas de carácter auxiliar para el manejo de las fuen­
mos ya ocasión de aludir a las cuestiones sugeridas por el apro­ tes de la época. Valor fundamental tienen también los fascícu­
vechamiento de este tipo de fuentes —los paisajes rurales y los de la Typologie citados en las páginas precedentes. Por otra
urbanos— cuyo interés destacaban recientemente García de Cor­ parte, en las Guias que quedan registradas, dentro de la Orien­
tázar '" y J. M. Lacarra, para quien «ante el plano de una ciudad tación bibliográfica final, en el apartado de Bibliografía de His­
podremos leer, como en un libro, la historia de la misma [...] toria Medieval Universal, puede encontrarse también una más
[y] [...] además podremos en muchos casos, al estudiar su plan­ detallada información; entre nosotros, resulta especialmente
ta, reconocer las transformaciones económicas y sociales de la útil la que se facilita en las páginas introductorias de la obra
ciudad y la estructura socioeconómica de sus pobladores a tra­ colectiva, dirigida por M. Ríu: Textos comentados de época me­
vés de los tiempos» ta. dieval. Por ello nos limitaremos ahora a ofrecer una breve y
El valor de los planos antiguos y modernos como elemento elemental relación de esas publicaciones de valor instrumental,
de primera importancia para el análisis de la morfología y fun­ tanto extranjeras como españolas, omitiendo la referencia de
ciones de las ciudades medievales, será unánimemente destaca­ las que hayan sido anotadas por nosotros a lo largo de los capí­
do por los historiadores del urbanismo m . tulos tercero y cuarto del presente libro.
Entre las obras relativas a los dominios de las ciencias auxi­
Tampoco insistiremos aquí en los problemas relativos a los aná­ liares «tradicionales» —Paleografía, Diplomática, Numismática,
lisis de los suelos, de los depósitos de polen y demás elementos Sigilografía, Cronología, Heráldica, Genealogía— y a las citadas
que se han constituido, en los últimos tiempos, en objeto de esa anteriormente, pueden sumarse algunas otras fundamentales.
Historia del Clima a cuyas recientes conquistas, en su aplicación
al ámbito de la investigación medieval, nos referíamos igual­ Arribas Fernández, F., Paleografía documental hispánica, Valla-
mente en el capítulo 3, Mi, B. Quizá sea en este campo, como se­ dolid, 1965.
ñalaba no hace mucho M. Ríu ,M comentando la reveladora apor­ Batelli, G., Lezioni di paleografía, Ciudad del Vaticano, 3.* ed.,
tación de R. Noel al estudio de Les depóts de poüens fossiles,B, 1949^.
donde las posibilidades que se le abren al medievalista configu­
ren una de las más originales y renovadoras proyecciones de las Candías López, A., Diplomática hispano-visigoda, Zaragoza, Ins­
«nuevas fuentes» de nuestra disciplina. titución «Fernando el Católico», 1979.
Capelli, A., Dizionario di abbreviature latine ed italiane, Milán,
5.» ed., 1954.
3. Obras auxiliares para el manejo de las fuentes Cronología, cronografía e calendario perpetuo, Milán, 2.* ed.,
1930.
En el capítulo tercero de este libro y al referirnos, dentro de su Capelli, R., Manuale de numismática, Milán, 2.* ed., 1961.
apartado n i , a las ciencias «auxiliares» y «coadyuvantes» de la Carson, R. A. G., Coins: ancient, medioeval and modern, Londres,
1962.
111
La Historia rural medieval..., cit., pp. 13 ss.: «Los datos de la Geogra­ Delorme, J., Les grandes dates du Moyen Age, «Que sais-je?»,
fía física». París, PUF, 1964.
lu
«Las villas navarras y la colonización urbana», en Las formas del Eubel, C, Hierarchia catholica medii aevi, 2 vols., Munich, 2.*
poblamiento..., cit., p. 174.
IU
Acerca del interés de este tipo de documentación cartográfica véase, edición, 1913-14. Hay reimpresión posterior.
por ejemplo, P. Lavedan y J. Hugueney, L'urbanisme au Moyen Age, Ferraro Vaz, J., Numaria medieval portuguesa, 1128-1383, 2 vols.,
Ginebra, Droz, 1974, p. 162.
"* Textos comentados..., p. 8. Lisboa, 1960.
m
Fascículo 5 de la tantas veces citada Typologie des sources du Moyen Floriano, A. C, Curso general de paleografía y diplomática es­
Age Occidental, 1972.
pañolas, 2 vols.. Universidad de Oviedo, 1946.
302 Juan Ignacio Rtiiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 303
García Caraffa, A., Enciclopedia heráldica y genealogía hispano­ tado n i del capítulo 3 ni en el capítulo 4. Para las cuestiones
americana, 59 vols., Madrid, 1919-1936. relativas a la Arqueología medieval remitimos a las publicacio­
García Larragueta, S. A., Cronología (Edad Media), Pamplona, nes allí registradas y, de modo especial, a la amplia orientación
Universidad de Navarra, 1976. bibliográfica que se incluye en el apéndice de la traducción de
García Villada, Z., Paleografía española, precedida de una intro­ la obra de M. de Boüard: Manual de Arqueología Medieval. De
ducción sobre la paleografía latina, 2 vols., reimpresión, Bar­ la prospección a la historia, al cuidado de M. Ríu, Barcelona,
celona, El Albir, 1974.
Ed. Teide, 1977.
Gil Farrés, O., Historia de la moneda española, Madrid, 1959.
Heiss, A., Descripción general de ¡as monedas hispanocristianas Aigrain, R., L'hagiographie. Ses sources, ses méthodes, son his-
desde la invasión árabe, 3 vols., Zaragoza, 1963. toire, París, 1953.
Mateu Ibars, J., y M. D., Bibliografía paleográfica, Universidad Baldinguer, K., La formación de los dominios lingüísticos en la
de Barcelona, 1974. Obra fundamental de orientación biblio­ Península Ibérica, Madrid, 1963.
gráfica.
Barthe, J., Prontuario medieval, Universidad de Murcia, 1979.
Mateu Llopis, F., Bibliografía de la historia monetaria de Es­ Batany, J.; Contamine, Ph.; Guenée, B.; Le Goff, J., «Plan para
paña, Madrid, 1958. el estudio histórico del vocabulario social del occidente me­
Menéndez Pidal, J., Catálogo de sellos españoles de la Edad Me­ dieval», en Ordenes, estamentos y clases, Madrid, Siglo XXI,
dia, Madrid, 1931. 1978.
Rivero, C. M. del, La moneda arábigo-española, Madrid, 1933. Blatt, F., Novum glossarium Mediae Latinitatis ab anno DCCC
Stiennon, I., Paléographie du Moyen Age, A. Colin, París, 1973. usque ad annum MCC, 5 fase, Hafniae, 1957-1965.
Vives, A., La moneda española, 2 vols., Madrid, 1924-1926. Cejador, J., Vocabulario medieval castellano, Madrid, 1929. Hay
Vives, J.; Agustí, J., y Voltes, P., Manual de cronología espa­ reimpresión.
ñola y universal, Madrid, 1952. Cinquiéme Congrés International de Toponymie et d'Anthopo-
Voltes, P., Tablas cronológicas de la historia de España, Barce­ nymie. Actes et Mémoires, 2 vols., Salamanca, 1958.
lona, Ed. Juventud, 190. Coraminas, J., Diccionario crítico etimológico de la lengua cas­
Wagner, A. R., Heralds and heraldry in the Middle Ages, Oxford, tellana, 4 vols., Madrid, 1970.
2.' ed., 1956. Cremaschi, G., Guida alio studio del latino medievale, Roma,
1959.
Dauzat, A.; Rostaing, Ch., Dictionnaire étymologique des noms
Especial interés para los estudios paleográficos y diplomá­ de lieux en France, París, 1963.
ticos hispanos revisten las ponencias y comunicaciones reunidas Diez Melcón, G.: Apellidos castellano-leoneses (siglos IX-XIII),
en las Actas de las I Jornadas de Metodología Aplicada de las Universidad de Granada, 1957.
Ciencias Históricas (Santiago, 1975), vol. III, sección 6, particu­ Du Cange, Glossarium ad scriptores Mediae et Infimae Latinita­
larmente la ponencia de A. Canellas, «La investigación diplomá­ tis, reimpresión, 5 vols., Graz, 1954.
tica sobre cancillerías y oficinas notariales: estado actual y po­ Enciclopedia lingüística hispánica, dirigida por M. Alvar, A. Ba-
sibles investigaciones», con amplia bibliografía. Para los domi­ día, R. Balbín, L. P. Lindley Cintra, Madrid, 1960-1967, 2 vols.
nios de la Genealogía y la Heráldica, en especial, tiene gran in­
Incluye aportaciones de gran interés.
terés la revista Hidalguía, a la que aludiremos al referirnos a la
Bibliografía de Historia Medieval de España. Guillaume, P., y Poussou, J. P., Démographie historique, A Colin,
Col, U, Serie «Histoire médiévale», París, 1970.
Anotamos seguidamente algunas obras básicas sobre los do­ «La démographie médiévale. Sources et méthodes», Annales de
minios de otras ciencias complementarias o coadyuvantes de la la Faculté des Lettres et Sciences Humaines de Nice, núme­
investigación medievalista —Lingüística, Onomástica, Toponi­ ro 17 (1972).
mia, Demografía— que no figuran entre las citadas en el apar- Lapesa, R., Historia de la lengua española, Madrid, 3.» ed., 1955.
302 Las fuentes de la Historia Medieval 303
Juan Ignacio Ruiz de la Peña

García Caraffa, A., Enciclopedia heráldica y genealogía hispano­ tado m del capítulo 3 ni en el capítulo 4. Para las cuestiones
americana, 59 vols., Madrid, 1919-1936. relativas a la Arqueología medieval remitimos a las publicacio­
García Larragueta, S. A., Cronología (Edad Media), Pamplona, nes allí registradas y, de modo especial, a la amplia orientación
Universidad de Navarra, 1976. bibliográfica que se incluye en el apéndice de la traducción de
García Villada, Z., Paleografía española, precedida de una intro­ la obra de M. de Boüard: Manual de Arqueología Medieval. De
ducción sobre la paleografía latina, 2 vols., reimpresión, Bar­ la prospección a la historia, al cuidado de M. Rlu, Barcelona,
celona, El Albir, 1974. Ed. Teide, 1977.
Gil Farrés, O., Historia de la moneda española, Madrid, 1959.
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desde la invasión árabe, 3 vols., Zaragoza, 1963. toire, París, 1953.
Mateu Ibars, J., y M. D., Bibliografía paleográfica, Universidad Baldinguer, K., La formación de los dominios lingüísticos en la
de Barcelona, 1974. Obra fundamental de orientación biblio­ Península Ibérica, Madrid, 1963.
gráfica. Barthe, J., Prontuario medieval, Universidad de Murcia, 1979.
Mateu Llopis, F., Bibliografía de la historia monetaria de Es­ Batany, J.; Contamine, Ph.; Guenée, B.; Le Goff, J., «Plan para
paña, Madrid, 1958. el estudio histórico del vocabulario social del occidente me­
Menéndez Pidal, J., Catálogo de sellos españoles de la Edad Me­ dieval», en Ordenes, estamentos y clases, Madrid, Siglo XXI,
dia, Madrid, 1931. 1978.
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Stiennon, I., Paléographie du Moyen Age, A. Colin, París, 1973. usque ad annum MCC, 5 fase, Hafniae, 1957-1965.
Vives, A., La moneda española, 2 vols., Madrid, 1924-1926. Cejador, J., Vocabulario medieval castellano, Madrid, 1929. Hay
Vives, J.; Agustí, J., y Voltes, P., Manual de cronología espa­ reimpresión.
ñola y universal, Madrid, 1952. Cinquiéme Congrés International de Toponymie et d'Anthopo-
Voltes, P., Tablas cronológicas de la historia de España, Barce­ nymie. Actes et Mémoires, 2 vols., Salamanca, 1958.
lona, Ed. Juventud, 190.
Coraminas, J., Diccionario critico etimológico de la lengua cas­
Wagner, A. R., Heralds and heraldry in the Middle Ages, Oxford,
2.» ed., 1956. tellana, 4 vols., Madrid, 1970.
Cremaschi, G., Guido alio studio del latino medievale, Roma,
1959.
Dauzat, A.; Rostaing, Ch., Dictionnaire étymologique des noms
Especial interés para los estudios paleográficos y diplomá­
ticos hispanos revisten las ponencias y comunicaciones reunidas de lieux en France, París, 1963.
en las Actas de las I Jornadas de Metodología Aplicada de las Diez Melcón, G.: Apellidos castellano-leoneses (siglos IX-XIII),
Ciencias Históricas (Santiago, 1975), vol. m , sección 6, particu­ Universidad de Granada, 1957.
larmente la ponencia de A. Candías, «La investigación diplomá­ Du Cange, Glossarium ad scriptores Mediae et Infimae Latinita­
tica sobre cancillerías y oficinas notariales: estado actual y po­ tis, reimpresión, 5 vols., Graz, 1954.
sibles investigaciones», con amplia bibliografía. Para los domi­ Enciclopedia lingüística hispánica, dirigida por M. Alvar, A. Ba-
nios de la Genealogía y la Heráldica, en especial, tiene gran in­
día, R. Balbín, L. F. Lindley Cintra, Madrid, 1960-1967, 2 vols.
terés la revista Hidalguía, a la que aludiremos al referirnos a la
Bibliografía de Historia Medieval de España. Incluye aportaciones de gran interés.
Guillaume, P., y Poussou, J. P., Démographie historique, A Colin,
Anotamos seguidamente algunas obras básicas sobre los do­
Col. U, Serie «Histoire médiévale», París, 1970.
minios de otras ciencias complementarias o coadyuvantes de la
investigación medievalista —Lingüística, Onomástica, Toponi­ «La démographie médiévale. Sources et méthodes», Annales de
mia, Demografía— que no figuran entre las citadas en el apar- la Faculté des Lettres et Sciences Humaines de Nice, núme­
ro 17 (1972).
Lapesa, R., Historia de la lengua española, Madrid, 3.* ed., 1955.
304 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Las fuentes de la Historia Medieval 305

Lebel, P., Les noms de personne, París, 1963. Vercauteren, F., Atlas histórico y cultural de Europa, Barcelona,
Lexicón des Mittelalters, Artemis Verlag, München und Zurich Ed. Nauta, 1965.
(s. a.), serie de fase, por orden alfabético en curso de publi­ Vicens Vives, J., Atlas de Historia universal, 9." ed., Barcelona,
cación. Teide, 1969.
Menéndez Pidal, R., Orígenes del español. Estado lingüístico de Westermanns, G., Atlas zur Welt-Geschichte, t.: Das Mittelalter,
la Península Ibérica hasta el siglo XI, Madrid, 3.» ed., 1950. Berlín, 1963.
Molí, F. de B., Gramática histórica catalana, Madrid, 1952.
Moreu Rey, E., Toponimia catalana. Assaig de bibliografía, Bar­
celona, 1972. a Las selecciones, antologías y florilegios de textos medievales
Norberg, D., Manuel practique du latin médiévale, París, 1968. para estudiantes son muy numerosos. En los últimos años, a los
Piemont, P., La toponymie. Conception nouvelle, Estrasburgo, publicados en el extranjero se ha sumado un estimable núcleo
1969.
de aportaciones de nuestros medievalistas. Ofrecemos una re­
Rodón Binúe, E., El lenguaje técnico del feudalismo en el si­ lación ejemplificativa de algunas de las colecciones más reco­
glo XI en Cataluña (Contribución al estudio del latín medie­
val), Barcelona, 1957. mendables:
Von Wartburg, W., Franzósische etymologisches Worterbuch, 16 J
Brentano, R., The Early Middle Ages, Toronto, Herbert H. Ro-
volúmenes, Tubinga, 1948-1959.
wen ed., 1964.
Vroonen, E., Anthroponymie universelle comparée, Bruselas,
Calmette, J.; Higounet, Ch., Textes et documents d'histoire: Mo­
1967.
yen Age, París, PUF, 1953.
Cantor, N. F., The medieval World, 300-1300, 2.» ed., Londres,
Los atlas históricos constituyen un instrumento de trabajo Me. Millan E., 1969.
fundamental para el medievalista. Entre las ediciones escolares Espinosa, F., Antología de textos históricos medievales, Lisboa,
básicas pueden tenerse en cuenta las siguientes. Livraria Sa da Costa, 1976.
García de Cortázar, J. A., Nueva Historia de España en sus tex­
Calmette, J., Atlas historique. II: Le Moyen Age, 4.* ed., París, tos: Edad Media, Santiago de Compostela, Ed. Pico Sacro,
PUF, 1959. 1975.
Claramunt, S.; Ríu, M.; Torres, C ; Trepat, C. A., Atlas de His­ García Gallo, A., Textos jurídicos antiguos, csic, Madrid, 1953.
toria Medieval, Barcelona, Aymá, S. A. Editora, 1980. Exce­ Glenisson, J., y Day, J., Textes et documents d'histoire du Moyen
lente y. actualizada obra, con una útil orientación bibliográ­ Age, XIV-XV siécles, París, SEDES, 1970.
fica.
La Ronciére, Ch. de; Contamine, Ph.; Delort, R.; Rouche, M.,
Grosser Historischer Weltatlas, Munich, 1954-1970. Interesan los L'Europe au Moyen Age. Documents expliques, Collection U.
tomos i y II. Serie Histoire Médiévale, 3 tomos, París, A. Colin, 1969-1971.
Hazard, H. W., Atlas of Islamic History, Princenton University
Press, 3.» ed., 1954. Latouche, R., Textes d'histoire médiévale, V-XI siecle, París,
Kinder, H., y Hílgemann, W., Atlas histórico mundial, Madrid, PUF, 1951.
Istmo, 1970. Interesa el tomo i. Lozano, A., y Mitre, E., Análisis y comentarios de textos históri­
Kovalevsky, P., Atlas histórico y cultural de la Rusia y del mun­ cos, vol. i: Edad Antigua y Media, Madrid, Alhambra, 1979.
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Me Evedy, C, The Penguin Atlas of Medieval History, Penguin Pulían, B., Sources for the history of medieval Europe, ¡rom
Books, 3.» ed., 1969. the mid-eighth to the mid-thirteenth century, Oxford, Basil
Matthew, D., Atlas of Medieval Europe, Oxford, Phaidon, 1983. Brackwell, 1966.
306 ORIENTACIÓN BIBLIOGRÁFICA
Juan Ignacio Ruiz de la Peña

Ríu, M.; Batlle, C ; Cabestany, J. F.; C l a r a m u n t , S.; Sal-


rach, J. M.; Sánchez, M., Textos comentados de época me­
dieval (siglos V al XII), Barcelona, E d . Teide, 1975.

S e ñ a l e m o s , finalmente, q u e u n a o b r a d e c o n s u l t a básica p a r a
la a p r o x i m a c i ó n a las g r a n d e s colecciones d e fuentes medievales
es el famoso Repertorium fontium historiae Medii Aevi primum
ab Augusto Potthast digestum..., R o m a , I n s t i t u t o S t o r i c o Italia­
no p e r il M e d i o Evo, varios vols. d e s d e 1962. BIBLIOGRAFÍA DE HISTORIA MEDIEVAL UNIVERSAL*

Bibliografía general

A) Guías, diccionarios y repertorios de información


bibliográfica

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doni, 1951.
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Ltd, 1973.
Dictionnaire d'histoire universelle, dir. por M. Mourre, 2 vols., París,
Eds. Universitaires, 1968.
Fasoli, G.; Bcrselli, A.; Prodi, P., Cuida alio studio della Storia.
Medievale, moderna, contemporánea, 3.' ed., revisada y amplia­
da, Bolonia, Patrón, 1970. Aunque de carácter general, esta guía
interesa muy especialmente al período medieval.
Halphen, L., Initiation attx études d'histoire du Aloyen Age, 3.' ed.,
París, PUF, 1952.
¡nternational Medieval Bibliography, dir. por R. S. Hoyt y P. H.
Sawyer. Publicación de periocidad trimestral con amplia infor­
mación bibliográfica, Leeds, desde 1967.
Pacaut, M., Guide de l'étudiant en Histoire Medievale, París, PUF,
1968.
Paetow, L. J., Guide to the study of medieval History, 4." ed., Nue­
va York, 1973.
Quirin, H., Einführung in das mittelaUerlichen Geschichte, Braun-
scbweig, 1965.
Répertoire international des médiévistes, preparado por E. R. La-
bande y B. Leplant, 2 vols., Poitiers, CESCM, 1971. Está en prensa
una nueva entrega. Obra fundamental de carácter informativo.
Torres Delgado, C , Introducción al estudio de la Historia Medieval
(Guia para estudiantes), Granada, 1977.

* Debe entenderse este concepto en el sentido restrictivo que le da­


mos supra, cap. 2, II, 1, D.
308 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Orientación bibliográfica 309
B) Revistas principales C) Grandes colecciones y series bibliográficas
fundamentales
Buena parte de la actividad investigadora en nuestra disciplina
tiene en las revistas científicas su cauce de expresión. De ello se Historia Universal Siglo XXI, interesan a la Edad Media los siguien­
sigue la necesidad de manejar, al menos, las más importantes, de tes vols.: 9, Las transformaciones del mundo mediterráneo, por
las que tratamos de ofrecer aquí una relación, ordenada por países, F. G. Maier, Madrid, 1972; 10, La Alta Edad Media, por J. Dhondt,
y que incluye, además de aquellas revistas específicamente dedica­ 1971; 11, La Baja Edad Media, por J. Le Goff, 1971; 12, Los fun­
das a la temática medieval, otras de contenido histórico más am­ damentos del mundo moderno. Edad Media tardía, Renacimien­
plio que dan también frecuente acogida a estudios de nuestra to, Reforma, por R. Romano y A. Tenenti, 1971; 13, Bizancio,
disciplina. Las revistas y publicaciones periódicas españolas y por­ por F. G. Maier, 1974; 14, El Islam, 1. Desde los orígenes hasta
tuguesas se relacionan en el apartado de Bibliografía de Historia el comienzo del Imperio otomano, por C. Cahen, 1972.
Medieval de España, pp. 328 ss. La Evolución de la Humanidad, Biblioteca de Síntesis Histórica,
segunda ed. española, México, UTEHA, desde 1953, 30 vols. para
ALEMANIA: Deulsches Archiv für Erforschungen des Mittelalrters la Edad Media. Hay nueva edición francesa de bolsillo, París,
(1937); Historische Zeitschrift (1859); Historisches Jahrbuch A. Michel, desde 1968.
(1880). Nueva Clio. La historia y sus problemas, Barcelona, Labor, desde
1967. En los oportunos apartados citaremos los volúmenes refe­
ARGENTINA: Anales de Historia Antigua y Medieval (1955). ridos a la Edad Media.
BÉLGICA: Le Moyen Age (1888), es quizá la principal revista de nues­ Recueils de la Société Jean Bodin. Excelente serie referida en bue­
tra disciplina; Revue Belge de Philologie et d'Histoire (1922); na parte a la historia institucional, Bruselas, 36 vols. publicados
Revue d'Histoire Ecclésiastique (1939). entre 1935 y 1978, no se refieren exclusivamente a la época me­
CANADA: Medioeval Studies (1939). dieval.
ESTADOS UNIDOS: Medievalia et Humanística (1934); Speculum (1926). Serie Histoire médiévale, dirigida por G. Duby, Colección U, París,
FRANCIA: Anuales. Econotnies. Sociétés. Civilisations (1929); Archéo- A. Colin, desde 1968. Incluye obras de síntesis general, síntesis
sobre aspectos parciales, selecciones de textos comentados y
logie Médiévale (1971); Biblíothéque de l'Ecole des Charles (1839); obras referidas a las ciencias auxiliares y complementarias de
Cahiers de Civilisation Médiévale (1958); Revue Historique (1876); la investigación de la Historia Medieval. Colección de suma uti­
Revue des Eludes Slaves (1921). lidad.
INGLATERRA: Medioeval Archeology (1957); Past and Present (1952). Settimane di Studio del Centro Italiano di Studi sull'Alto Medioe­
ITALIA: Bullelino deü'Istituto Storico Italiano per il Medio Evo vo, Spoleto, 27 tomos publicados entre 1945 y 1981: el último
e Archivio Muratoniano (1923); Italia médiévale e umanistica bajo el titulo Nascita dell'Europa ed Europa carolingia: un'equa-
zione da verificare, 2 vols. Serie fundamental para el conoci­
(1958); Rivista Storica Italiana (1884); Studi Medievali (1960); miento de este período de la Edad Media.
Schede Medievali (1981). The Cambridge Medieval History, Thc Cambridge Univcrsity, 9 to­
SUIZA: Cahiers d'Histoire Mondiale (1956). mos, 6." ed., 1964-1968. Obra clásica y todavía útil.
Para la Historia del Imperio Bizantino interesan las siguientes re­ Deben tenerse en cuenta, además, los Rapports de los Congresos
vistas: Internacionales de Ciencias Históricas, de periodicidad quinquenal,
en los que se da amplia cabida a la temática medieval. Inte!
Byzanlinische Zeitschrift (1892); Byzantion (1925); Revue des Etu- en especial los de los últimos treinta años: París (1950)-Bucarest
, des Byzantines (1946). (1980).
Otras muchas revistas históricas incluyen también, entre sus cola­
boraciones, estudios dedicados a la temática medieval: American
Historical Review, Analecla Bollandiana, Economic History Review, D) Obras de síntesis, manuales universitarios
Revue de Droit Etranger et Francais, Traditio, etcétera. y exposiciones de conjunto

Lo mismo en este apartado que en los siguientes de la Bibliografía


general, entre la ingente masa de publicaciones existentes hemos
tenido que recurrir a una drástica selección, procurando registrar
310 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Orientación bibliográfica 311
solamente aquellas obras, clásicas y modernas, más fácilmente ac­
cesibles al estudiante y, a nuestro juicio, de claro valor informativo. Previté-Orton, C. W., Historia del mundo en la Edad Media, 3 vols.,
Al lado de las extranjeras, con frecuencia traducidas, se incluye Barcelona, Ramón Sopeña, 1967.
un estimable repertorio de publicaciones recientes de los propios Ríu Ríu, M., Lecciones de Historia Medieval, Barcelona, Teide, 6." ed.,
medievalistas hispanos. Deben tenerse en cuenta, además, los to­ 1979.
mos pertinentes de las grandes colecciones y series citadas en el Russell, J. B., Medieval Civilization, Nueva York, J. Wiley and
apartado anterior, asi como las que se incluyen en el referido a Sons., 1968.
las obras de introducción y ensayos interpretativos. Suárez Fernández, L., Edad Media, Madrid, Espasa Calpe, 2." ed.,
1972.
Suárez Fernández, L., De la crisis del siglo XIV a la Reforma, t. vi
Barbagallo, C, // Medioevo, 2 vols., Turín, Unione Tipografico-Edi- de la Historia Universal, Pamplona, EUNSA, 1980.
trice Torinese, 1968. Valdeón Baruque, J., Historia general de la Edad Media (siglos XI
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De VIslam á ¡a Reforme, t. 2 de la «Histoire Universelle», bajo la
dirección de R. Grousset y E. G. Léonard, Enciclopédie de la E) Áreas de civilización bizantina e islámica
Pléiade, París, Gallimard, 1957,
Entre las mejores síntesis en castellano sobre la historia de Bi-
Fossier, R., Le Moyen Age, 3 tomos, París, A. Colin, 1982-1983. zancio debe destacarse, especialmente, la de Maier, F. G., Bizancio,
García de Cortázar y Ruiz de Aguirre, J. A., Historia General de la vol. 13 de la ya d t . Historia Universal Siglo XXI, Madrid, 1974.
Alta Edad Media, Madrid, Mayfe, 1970. La continuación de esta
obra corre a cargo de J. Valdeón (cf. infra).
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riográfico del materialismo histórico, prolongándose hasta el útil.
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Lacarra, J. M., y Regla, J., Historia de la Edad Media, Barcelona, Calpe, 1963.
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312
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Orientación bibliográfica 313
Una bibliografía más pormenorizada se registra en las entradas
de los correspondientes apartados temáticos. A tener también en Montero Díaz, S., Introducción al estudio de la Edad Media, Uni­
cuenta las Actas de los Congresos Internacionales de Estudios Bi versidad de Murcia, 1948.
zantinos y las revistas ya citadas anteriormente. Nuove Questioni di Storia Medioevale, Milán, Marzorati Editore,
1964.
Una buena síntesis en castellano para la historia del mundo mu­ Pernoud, R., ¿Qué es la Edad Media?, prólogo de L. Suárez Fer­
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Para una bibliografía más pormenorizada, véanse los correspon­ Cipolla, C , ed., The Fontana Economic History of Europe. The
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Mouton, 1969. García Pelayo, M., El reino de Dios, arquetipo político, Madrid, Re­
Una bibliografía más pormenorizada sobre los aspectos del pre­ vista de Occidente, 1959.
sente apartado se recoge en los registros de las correspondientes
áreas temáticas. Pacaut, M., La theocratie. L'Eglise et le pouvoir au Moyen
París, Aubier Montaigne, 1957.
b) Aspectos culturales y artísticos Pacaut, M., Les estructures politiques de VOccident medieval. Pa-
rís, A. Colin, Col. U., 1969.
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Buhler, J., Vida y cultura en la Edad Media, México, FCE, 1946. Barcelona, Ariel, 1983.
Cinotti, M., Arte de la Edad Media, Barcelona, Teide, 1968. En los correspondientes apartados por áreas temáticas podrá en­
Curtius, E. R., La literatura europea y la Edad Media latina, Mé­ contrarse más amplia bibliografía.
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Chailley, J., Histoire musicale du Moyen Age, París, PUF, 2." ed., d) La Iglesia, la vida espiritual y las mentalidades
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val, Barcelona, Península, 1982. Morghen, R., Medioevo cristiano, Bari, Laterza. 1970.
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Cohn, N., Los demonios familiares de Europa, Madrid, Alianza, rís, Nathan, 1970.
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las ideologías, 2, Madrid, Zero, 1978.] Vauchez, A., Religión et société dans l'Occident medieval, Turín,
Chelini, J., Histoire religieuse de l'Occident medieval, París, A. Co­ Bottega d'Erasmo, 1980.
lín, Col. U., 2.* ed., 1970.
Delaruelle, E., La piété populaire au Moyen Age, Turín, 1975.
Delumeau, J., Un chemin d'histoire. Chrétienté et chrisdanisation, Bibliografía por áreas temáticas
París, Fayard, 1981.
Anotamos en este apartado una breve selección de estudios agrupa­
Faire croíre. Modalités de la diffusion et de la réception des mes-
sages religieux du XII' au XV' siécle, Mesa redonda organizada dos por temas o bloques temáticos. La numeración y el enunciado
por I'École Francaise de Rome en colaboración con I'Institut genérico que en cada caso les precede están en función de la pe-
d'Histoire Médiévale de l'Université de Padoue (Roma, 22-23 de riodización interna de la Edad Media y de los rasgos generales que
junio de 1979), Roma, École Francaise de Rome, 1981. de sus sucesivas etapas se exponen en el capítulo 2 de este libro.
Deben tenerse aquí presentes las advertencias que hacemos en la
Foreville, R., Gouvernement et vie de I'Eglise au Moyen Age, Lon­ introducción a este mismo apartado de la Bibliografía de Historia
dres, Variorum Reprints, 1979.
Medieval de España, pp. 336-337.
Gaudemet, J., La société ecclésiastique dans l'Occident medieval,
Londres, Variorum Reprints, 1980.
Giordano, O., Religiositá popolare nell'Alto Medioevo, Bari, Adria-
tica Editrice, 1979. 1. La transición del mundo antiguo al mundo medieval
Héresies et sociétés dans VEurope preindustrielle, París, Mouton,
La bibliografía sobre esta época es abundantísima. Una buena
Historia de la Iglesia Católica, vols. n y n i : La Edad Media y síntesis en castellano es la de Maier, F. G., Las transformaciones
La Edad Moderna, por R. García VUloslada, Madrid, BAC, 1963. del mundo mediterráneo, ya clt., vol. 9 de la Historia Universal
Hay varias ediciones. Siglo XXI, y para Bizancio la del mismo autor en el vol. 13 de la
Histoire de I'Eglise, dirigida por Fliche y Martín, París, Bloud ct misma colección. Interés fundamental tienen los tomos m y ix de
Gay, desde 1934. Interesan para la Edad Media los vols. rv Settimane di Studio, de Spoleto (1956 y 1962). Como obra introduc­
al xiv. toria véase también Fournier, G., L'Occident de la fin du V siécle
Knowles, M. D., con la colab. de D. Obolensky y C. A. Bouman, a ía fin du IX siécle, París, A. Colin, Col. U., 1970. Para las áreas
de civilización asiática, una buena síntesis es la que se incluye
La Iglesia en la Edad Media, t. n de la «Nueva Historia de la
en la ya citada obra colectiva dirigida por Perroy, E., La Edad l¿<
Iglesia», Madrid, Cristiandad, 1977. dia, y para Persia en particular el libro de Ghirshman, R., Viran
Manselli, R., La religión populaire au Moyen Age; problémes de des origins a ¡'Islam, París, Payot, 1951. Véanse, además, las sxpa
méthode et d'histoire, Conference Albert-Le-Grand, MontreaJ-Pa- siciones de conjunto relativas a Bizancio.
rís. 1975.
Masoliver, A., Historia del monaquisme cristiá, Abadía de Montse­ Anderson, P., Transiciones de la Antigüedad al feudalismo, Madrid,
rrat, 1978.
Mitre, E., Sociedad y herejía en el Occidente Medieval, Madrid, Siglo XXI, 1979.
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Mitre, E., Judaismo y Cristianismo. Raíces de un gran conflicto ford, 2.* ed., 1965.
histórico, Madrid, istmo, 1980. Browning, R., Justinian and Theodora, Londres, Wcindt-H'i-ld and
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318
Juan Ignacio Ruiz de la Peña
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Lot, F„ El fin del mundo antiguo y los comienzos de la Edad Me­ tés. 1981.
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Perroy, E., Royaume et sociétés barbares, París, Les Cours de Sor­ Tienen gran interés los tomos n , xvi, xx y xxvii de Settimane di
bonne, 2: ed., 1961.
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Rémondon, R., La crisis del Imperio Romano de Marco Aurelio a
Anastasio, Barcelona, Nueva Clío, Labor, 1967.
Boussard, J., La civilización carolingia, Madrid, Guadarrama, 1968.
Simón, M., y Benoit, A., El judaismo y el Cristianismo antiguo, Durand, F., Les vikings, París, PUF, Col. «Que sais-je?», 1965.
Barcelona, Nueva Clío, Labor, 1972.
Dvornik, F., Les Slaves. Histoire et civilisation de l'Antiquité aux
Vetere, B., Strutture e modelli culturali nella societá merovingia. debuts de l'époque contemporaine, París, Seuil, 1970.
Gregorio di Tours una testimonianza, Casoria (Ñapóles), Conge-
do Editore, 1979. Fichtenau, H., L'Empire carolingien, París, Payot, 1958.
Folz, R., Le courennement imperial de Charlemagne, París, Galli-
Werner, K. F., Structures politiques du monde franc (VI'-XII' sié-
cíes), Londres, Variorum Reprints, 1979. mard, 1964.
Halphen, L., Carlomagno y el Imperio carolingio, México, UTEiu,
«La evolución de la humanidad», 1956. Hay nueva ed. francesa
de Albin Michel.
2. El mundo islámico, Bizancio y las civilizaciones Haskins, Ch. H., The normanas in european history, Nueva York,
africanas y asiáticas en la Alta Edad Media The Norton Library, S. A. (1966).
Hensel, W., Die slaven im frühen Mittelalter. Ihre materielle Kul-
Deben tenerse en cuenta las exposiciones de conjunto relativas a tur, Berlín, Akademie Verlag, 1965.
las áreas de civilización bizantina e islámica (p. 311). Interés fun­ Lowmianski, H., Transformations sociales en Europe Céntrale et
damental tiene el t. x n de Settimane di Studio, de Spoleto (1965). Oriéntale, XIII Congreso Internacional de Ciencias Históricas,
Para las civilizaciones africanas en esta época aportan estudios de Moscú, Eds. Naouka, 1970.
gran interés las siguientes publicaciones periódicas: Cahiers d'Etu- Macartney, C. A., The Magyars in the Ninth Century, Cambridge,
des Africaines (desde 1960) y The Journal of African History (des­
de 1965). Para las civilizaciones asiáticas véase también la síntesis The Cambridge University Press, 1968.
de J. Auboyer incluida en la obra de E. Perroy ya citada anterior­ Musset, L.# Les peuples scandinaves au Moyen Age, París, i'ni,
mente (p. 310). 1951.
Musset, L., Las invasiones. El segundo asalto contra la EufOpa
cristiana (S. VH-XI), Barcelona, Labor, Nueva Clío, 1968.
Deschamps, H., L'A frique noire précoloniale, París, PUF, Col. «Que Obolensky, D., The retation between Byzantium and Russia (Ele-
sais-je?», 1962, e Histoire genérale de l'Afrique noire, 1970. venth to Fifteenth Century), x n i , CICI, Moscú, Naouka, 1970.
Gabrieli, F., Mahoma y las conquistas del Islam, Madrid, Guadarra­ Oxenstierna, E. G., Los vikingos, Barcelona, L. de Caralt, 1966.
ma, 1967. Perroy, E., Le monde carolingien, París, Les Cours de Sorbonne,
Grousset, R., Histoire de l'Asie, París, PUF, Col. «Que sais-je?», 1958. 2: ed., 1974.
Lemerle, P., Cinq eludes sur le XI siécle byzantin, París, CNRS, Vlasto, A. P., The entry of the Slavs into Christendom. An htíro
1977. duction to the medieval history of the Slavs, Cambridge, The
Mantran, R., La expansión musulmana (siglos VII al XI), Barce­ University Press, 1970.
lona, Nueva Clío, Labor, 1973. Deben tenerse además en cuenta buena parte de las obras que
citamos más adelante con referencia al área temática 6 (p. 320).

t
320
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Orientación bibliográfica 321
4. Sociedad y economía en el Occidente altomedieval Devailly, G., L'Occident du X siécle au milieu du XIII siécle, Pa­
rís, A. Colin, Col. U., 1970.
Deben tenerse presentes la mayor parte de las síntesis parciales Fliche, A., La querelle des Investidures, París, Aubier, 1946.
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Téngase en cuenta las exposiciones de conjunto referidas al mundo Romero, J. L., La revolución burguesa en el mundo feudal, Buenos
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Deben tenerse en cuenta dentro de este apartado temático las obras Miskimin, H. A., La economía de Europa en el Alto Renacimiento
que citábamos en los apartados G), b) y d) (pp. 314 y 315) de la (1300 a 1460), Madrid, Cátedra, 1980.
Bibliografía general. Miskimin, H. A., La economía europea en el Renacimiento tardío
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Mollat, M., y Wolff, Ph., Uñas azules, Jacques y Ciompi. Las revo­
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Rutenburg, V., Movimientos populares en Italia (siglos XIV-XV),
La bibliografía sobre este ámbito temático es abundantísima, pu- Madrid, Akal, 1983.
diendo considerarse como punto de arranque de la moderna histo­
riografía la ponencia de Mollat, Johansen, Postan, Sapori y Verlin- 12. La crisis de la Iglesia y de los fundamentos
den en el X CICH de Roma (1955), que ya citábamos en lugar opor­ espirituales
tuno. A las exposiciones de conjunto y síntesis parciales citadas en
los correspondientes apartados de la Bibliografía general añadi­ Ténganse en cuenta las obras citadas en los apartados G), b ) y d)
mos ahora un breve repertorio de estudios sobre aspectos globales (pp. 314 y 315) y las anotadas entre las del área 10 (pp. 323-24).
y específicos del período, advirtiendo que deben tenerse también
en cuenta algunas de las obras citadas en el apartado correspon­ Alvarez Palenzuela, V. A., El Cisma de Occidente, Madrid, Rialp,
diente al área temática 9 (pp. 322-23). 1982.
Chaunu, P., Le temps des reformes. La crise de la Chretienté. L'écla-
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Deben tenerse en cuenta, además de las exposiciones de conjunto Roca, 1970.
para la época, en especial la ya citada de Chevalier, las obras re­
gistradas en los apartados G), c) (p. 315) y en las áreas temáticas
referidas a la dinámica política en épocas anteriores. BIBLIOGRAFÍA DE HISTORIA MEDIEVAL DE ESPARA

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Barcelona, Nueva Clío, Labor, 1973. primer y modélico intento en este sentido lo constituye el libro
Harvey, J., The Black Prince and his age, Londres, B. T. Batsford de S. Jiménez Gómez: Guía para el estudio de la Edad Media ga­
Ltd., 1976. llega (Universidad de Santiago de Compostela, 1973).
Kendall, P. M., Louis XI, París, Fayard, 1971. [Luis XI, Barcelona, No disponemos tampoco de ningún diccionario u obra enciclopé­
Juventud, 1974.] dica exclusivamente referida al Medievo hispano. Todavía puede
Lettenbauer, W., Moscú la tercera Roma, Madrid, Taurus, 1963. resultar útil la consulta del desigual Diccionario de Historia de Es­
Perroy, E., La Guerra de los Cien Años, Madrid, Akal, 1982. paña, 2.' ed., Madrid, Revista de Occidente, 1968; y para un ámbito
Ross, C , The) wars of the Roses, Londres, Thames and Hudson, temático restringido el Diccionario de historia eclesiástica de Es­
paña, dirigido por Q. Aldea Vaquero, T. Marín Martínez y J. Vives
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y publ. por el Inst. Enrique Flórez del csic, 4 vols., Madrid, 1972-
14. Las nuevas interpretaciones del Islam, Asia 1975.
y el repliegue final de Bizancio Para el seguimiento de la producción bibliográfica sobre nues­
tro Medievo, cuyo desarrollo cuantitativo y diversificación temá­
Téngase en cuenta la bibliografía de conjunto sobre las áreas de tica en los últimos años pueden calificarse de espectaculares, dis­
civilización bizantina e islámica (p. 311). ponemos de las periódicas entregas del Índice Histórico Español
(desde 1953) y de una obra fundamental en curso de publicación:
Baringuer, F.. Mahomet II le Conquérant et son temps: 1431-1481, el Repertorio de medievalismo hispánico, dirigido por E. Sáez,
París, Payot, 1954. del que han visto la luz hasta el presente tres tomos (Barcelona,
Dennis, G. T., Byzantium and the franks. 1350-1420, Londres, Vario- El Albir, 1976, 1978 y 1983), con entradas de los autores cuyos ape­
llidos están comprendidos entre las letras A y R. Todavía presta
rum Reprints, 1982.
servicios el libro, ya clásico, de B. Sánchez Alonso: Historia de la
Fall, Y. K., L'Afrique a la naissance de la cartographie moderne. historiografía española, vol. i, 2.* ed., Madrid, csic, 1947.
Les caries majorquines: XTV-XV siécles, París, Editions Kar- Las exposiciones de conjunto, manuales y síntesis sobre la Edad
thala, 1982. Media española (véase infra, pp. 330-31) van acompañados de los
Grousset, R., L'Empire des steppes, París, Payot, 1939. correspondientes registros bibliográficos, normalmente bastante com­
Runciman, S., La caída de Constantinopla, Madrid, Espasa Calpe, pletos. Por otra parte, las notas, reseñas y recensiones, así como
Col. Austral, 1973.
328 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Orientación bibliográfica 329

los estudios críticos y citados de la cuestión que ofrecen las re­ dernamente y con carácter ocasional incluye trabajos de nuestra
vistas y publicaciones periódicas especializadas (véase infra), disciplina Moneda y Crédito (1942).
constituyen en todo caso el mejor canal informativo sobre el des­ Entre las revistas y publicaciones periódicas de ámbito espacial
envolvimiento de la producción bibliográfica. En este sentido y restringido, dentro del marco peninsular, deben recordarse, espe­
como ejemplos de repertorios sistemáticos, aunque hayan sido ya cialmente, la Revista Portuguesa de Historia, Facultad de Letras
desbordados por el desarrollo de la publicística más reciente, pue­ de la Universidad de Coimbra (1941); los Estudios de Edad Media
den mencionarse los de C. E. Dufourcq y J. Gautier-Dalché insertos de la Corona de Aragón, Centro de Estudios de Edad Media de la
en la Revue Historique, CCXLV y CCXLVIII (1971 y 1972), y en la Alo­
yen Age, LXXIX (1973). De suma utilidad para el investigador son Corona de Aragón (1945); Archivos Leoneses. Revista de estudios
los repertorios bibliográficos sobre áreas temáticas concretas, como y documentación de los reinos hispano^iccidentales, Centro de Es­
el de D. W. Lomax para «Las órdenes militares en la Península tudios e Investigación «San Isidoro», de León (1947). Revistas his­
durante la Edad Media», en Repertorio de Historia de las ciencias tóricas españolas sobre áreas temáticas concretas, de interés para
eclesiásticas en España (Salamanca, 1976), o el de E. Sáez, «La do­ el medievalista, son también, entre otras, Al-Andalus (1932), Sefa-
minación germánica en Híspanla. Perfil histórico y bibliografía», rad (1941), Hispania Sacra (1948), Hidalguía (1958).
en Passaggio dal Mondo Antico al Medio Evo. Da Teodosio a San La pujanza adquirida por los estudios medievales en marcos
Gregorio Magno, pp. 255-337, Roma, Accademia Nazionale dei Lin­ regionales, unida a la expansión de la institución universitaria, ha
ce!, 1980; o los referentes a un ámbito geohistóríco determinado: propiciado en los últimos años la aparición de un estimable nú­
por ej., el de M. A. Laredo Quesada, «La investigación histórica cleo de revistas y publicaciones periódicas desde los Departamen­
sobre la Andalucía medieval en los últimos veinticinco años (1951- tos de Historia Medieval de las Facultades de Filosofía y Letras
1976)», en las Actas del I Congreso de Historia de Andalucía, vol. i: de algunas Universidades españolas, a veces en régimen de colabo­
Andalucía Medieval (Córdoba, 1978); o el de A. Ubicto Arteta, ración interdisciplinar. Siguiendo el orden de su aparición deben
Historia de Aragón en la Edad Media: bibliografía para su estudio, citarse en este apartado las siguientes: Ligarías, Departamento de
Zaragoza, 1980. Historia Medieval de la Universidad de Valencia (1968); Asturiensia
Medievalia, Departamento de Historia Medieval de la Universidad
de Oviedo (1972); Cuadernos de Estudios Medievales, Departamen­
to de Historia Medieval de la Universidad de Granada (1973); Mis­
B) Revistas y publicaciones periódicas celánea Medieval Murciana, Departamento de Historia Medieval de
la Universidad de Murcia (1973); Historia. Instituciones. Documen­
La única revista de ámbito nacional dedicada específicamente a la tos, publicación interfacultativa de la Universidad de Sevilla, De­
temática de Historia Medieval es el excelente Anuario de Estudios partamentos de Historia del Derecho, Paleografía y Diplomática e
Medievales, Instituto de Historia Medieval de España de la Univer­ Historia Medieval (1974); Aragón en la Edad Media, Departamento
sidad de Barcelona (desde 1964). de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza (1977); Medie-
Algunas de las principales revistas históricas nacionales de ca­ valia, Instituto Universitario de Estudios Medievales de la Univer­
rácter general han venido prestando especial atención a los estu­ sidad Autónoma de Barcelona (1980); Acta Histórica et Archaeo-
dios sobre nuestra Edad Media, destacándose, entre ellas, el Anua­ logica Mediaevalia, Departamento de Historia Medieval e Instituto
rio de Historia del Derecho, que desborda ampliamente la temá­ de Historia Medieval de la Universidad de Barcelona (1980); Estu­
tica de interés específicamente histórico-jurídico, fundado en 1924 dios de Historia y de Arqueología Medievales, Departamento de His­
bajo el patrocinio del Centro de Estudios Históricos, dependiente toria Medieval de la Universidad de Cádiz (1981). La Sociedad Ca­
de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Cientí­ talana de Estudios Históricos, filial del Instituto de Estudios Ca­
ficas, precedente del actual csic, del que acaba de publicarse un talanes, iniciaba en 1969 la publicación de sus Estudis d'historia
útil tomo u bis (1982) de Historia e índices, e Hispania. Revista medieval, interrumpida desde hace varios años.
Española de Historia, csic, Instituto Jerónimo Zurita (1940). Una Habría que citar, todavía, una extensa relación de revistas y pu­
atención preferente hacia los estudios medievales dedican también blicaciones periódicas de otras Universidades, instituciones y or­
los Cuadernos de Historia de España, fundados en 1945 por C. Sán­ ganismos culturales de ámbito nacional, regional o local, en las
chez Albornoz en el seno del Instituto de Historia de España de que se da ocasionalmente entrada a estudios medievales: Revista
la Universidad de Buenos Aires. Otras dos revistas nacionales de de la Universidad de Madrid, Principe de Viana, Archivum, Compos-
larga tradición, en las que se ha dado entrada a interesantes es­ tellanum. Cuadernos de Estudios Gallegos, Berceo, etc., etc. Una
tudios sobre nuestro Medievo, son el Boletín de la Real Academia completa relación de las mismas puede verse en el IME.
de la Historia y la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos; mo- Hay que tener en cuenta, finalmente, la presencia de trabajos
330 331
Juan Ignacio Ruiz de la Peña Orientación bibliográfica

de Historia Medieval de España en no pocas revistas históricas Soldevilla, F., Historia de España, 8 vols., Barcelona, Ariel, 1947-
extranjeras, especialmente en las de orientación hispanista, como 1959. Interesan a la Edad Media los vols. i y a
la Revue Hispanique (donde publicaría hace ya más de medio si­ Suárez Fernández, L., Historia de España. Edad Media, Madrid,
glo L. Barrau-Dihigo sus espléndidas aportaciones sobre el Reino Gredos, 1970.
de Asturias), Bulletin of Hispanic Studies, Bulletin Hispanic, Hís­ Valdeón Baruque, J.; Salrach, J. M., y Zabalo, J., Feudalismo y
pame Review, Annales du Midi (de especial interés para los Esta­ consolidación de los reinos hispánicos (siglos xi-xv), t. rv de la
dos del área pirenaica), etc. «Historia de España», dirigida por M. Tuñón de Lara, Barce­
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C) Obras de síntesis, manuales universitarios El tratamiento autónomo de la época visigoda cuenta con al­
y exposiciones de conjunto gunas estimables visiones de conjunto:
Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, t. n i : España
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García de Cortázar, J. A., La época medieval, en «Historia de Es­ King, P. D., Derecho y sociedad en el reino visigodo, Madrid, Alian­
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a la Baja Edad Media, 2 vols., Madrid, Revista de Occidente, Thompson, E. A., Los godos en España, Madrid, Alianza Editorial,
3.* ed., 1963. Hay ediciones posteriores que no alteran el texto 1971. Sugestivos, aunque en algunos casos discutibles plantea­
de la citada. Cubre la época medieval hasta el año 1212. mientos.
Hillgarth, J. N., The spanish kingdoms. 1250-1516, 2 vols.. Londres, Visigothic Spain: new approaches, E. James (comp.). Oxford, Cla-
Oxford University Press, 1976. Hay traducción española del vol. i: rendon Press, 1980.
Un equilibrio precario: 1250-1410, Barcelona, Grijalbo, 1979, y Una bibliografía más pormenorizada para este período se recoge
acaba de aparecer (1983) la del vol. n : La hegemonía castellana en la correspondiente área temática (pp. 337-38).
(1410-1474). Pormenorizados registros de fuentes y bibliografía.
Historia de España, dirigida por R. Menéndez Pidal, Espasa Calpe.
Interesan a la época medieval los vols. m , rv, v, vi, vil (último
publicado), xiv y xv. D) Obras de introducción y ensayos interpretativos
Historia general de España y América, de Ed. Rialp, en curso de
publicación. Interesa a la baja Edad Media hispánica el tomo V Cantarino, V., Entre monjes y musulmanes, Madrid, Alhambra,
(Madrid, 1982). 1978.
Jackson, G., Introducción a la España medieval, Madrid, Alianza Castro, A., La realidad histórica de España, México, Porrúa, 4." ed.,
Editorial. 1974. 1971. Obra polémica de gran interés contestada por C. Sánchez
Martín Rodríguez, J. L., La Península en la Edad Media, Barcelo­ Albornoz, en la que se registra en este mismo apartado.
na, Teide, 1976. Incorpora capítulos introductorios de carácter Maravall, J. A., El concepto de España en la Edad Media, Madrid,
general. Pormenorizada bibliografía por áreas temáticas. Instituto de Estudios Políticos, 2.» ed., 1964.
Mitre, E., La España medieval. Sociedades. Estados. Culturas, Ma­ Menéndez Pidal, R., España, eslabón entre la Cristiandad y el Is­
drid, Istmo, 1979.
lam, Madrid, Espasa Calpe, 1965.
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Edad Media los vols. 4 al 8. Sánchez Albornoz, C., España, un enigma histórico, 2 vols., Buenos
O'Callaghan, J., A History of Medieval Spain, Ithaca, Cornell Uni­ Aires, Sudamericana, 1962.
versity Press, 1975. Vicens Vives, J., Aproximación a la Historia de España, Barcelo­
Rivero, I., Compendio de Historia medieval española, Madrid, Ist- na, Vicens Vives, varias ediciones desde 1952.
mo, 1982.
Sayas Abengoechea, J. J., y García Moreno, L. A., Romanismo y E) Reconquista, repoblación y frontera
germanismo. El despertar de los pueblos hispánicos (siglos
IV-X), t. II de la «Historia de España», dirigida por M. Tuñón La Reconquista española y la repoblación del país, obra colectiva
de Lara, Barcelona, Labor, 1981. que recoge las conferencias del Curso celebrado en Jaca en
332 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Orientación bibliográfica 333
agosto de 1947, con aportaciones de A. de la Torre, J. M. La- b) Economía, sociedad, mentalidades
carra, J. M. Font Rfus, J. Pérez de Urbel, J. González, I. de la
Concha y F. Ynduraín; csic, Zaragoza, 1951.
Lomax, D. W., The Reconquest of Spain, Londres, Longman, 1977. Actas de las I Jornadas de Metodología Aplicada de las Ciencias
Dedicada específicamente al proceso político-militar de la Re­ Históricas, vol. i i : Historia Medieval, Santiago de Compostcla,
conquista. 1975.
A pobreza e a assisténcia aos pobres na Península Ibérica durante
Mackay, A., La España de la Edad Media. Desde ¡a frontera hasta a Idade Media, Actas de las I Jornadas Luso-españolas de His­
el Imperio (1000-1500), Madrid, Cátedra, 1980. toria Medieval, 2 vols., Lisboa, 1973.
Moxó, S. de, Repoblación y sociedad en la España cristiana medie­ Cuadernos de Historia. Anexos de la revista Hispania, 6 (1975):
val, Madrid, Rialp, 1979.
Estudios sobre la sociedad hispánica en ¡a Edad Media.
Pastor de Togneri, R., Del Islam al Cristianismo. En las fronteras Dufourcq, Ch. E., y Gautier Dalché, J., Histoire économique et so-
de dos formaciones económico-sociales, Madrid, Península, 1975. dale de l'Espagne chrétienne au Moyen Age, París, A. Colin,
1976. Acaba de publicarse la trad. española por Ed. El Albir,
Barcelona, 1983, con amplio apéndice bibliográfico.
F) Síntesis, obras colectivas y misceláneas Historia social y económica de España y América, dirigida por
sobre aspectos parciales J. Vicens Vives, Barcelona, Vicens Vives, 1972. Interesan a la
Edad Media los vols. i y n .
a) Derecho e Instituciones Martín, J. L., Evolución económica de la Península Ibérica (siglos
Vi-XIlI), Barcelona, El Albir, 1976.
Font Ríus, J. M., Instituciones medievales españolas. La organiza­ Martín, J. L., Economía y sociedad de los reinos hispánicos de la
ción política, económica y social de los reinos cristianos de la Baja Edad Media, 2 vols., Barcelona, El Albir, 1983.
Reconquista, Madrid, csic, 1949. Ubieto Arteta, A., Ciclos económicos en la Edad Media española,
Gacto Fernández, E., Temas de Historia del Derecho: Derecho me­ Valencia, Anubar, 1969.
dieval, Universidad de Sevilla, 1977. Vicens Vives, J., con la col. de Nadal Oller, J., Manual de Historia
Gama Barros, H. da, Historia da Administracao pública em Por­ económica de España, Ed. Vicens, 8." ed., Barcelona, 1971.
tugal nos sécalos XII a XV, 2.' ed., dirigida por T. de Sousa- Una bibliografía más pormenorizada sobre los aspectos del pre­
Soares, 11 vols., Lisboa, 1945-1954. Obra clásica y todavía muy sente apartado se recoge en los registros de las correspondientes
útil.
áreas temáticas.
García Gallo, A., Manual de historia del Derecho español, 2 vols.,
Madrid, 1971. c) Aspectos culturales e historia eclesiástica
García de Valdeavellano, L., Curso de Historia de las instituciones
españolas. De los orígenes al final de ¡a Edad Media, Madrid, Alborg, J. L., Historia de la literatura española, i: Edad Media y
Revista de Occidente, 1968. Renacimiento, Madrid, Grcdos, 2: ed., 1970.
Lalinde Abadía, J. L., Derecho histórico español, Barcelona, Ariel, Ar5 Hispaniae. Historia Universal del arte hispánico, Madrid, Plus
1974. Ultra, 1947 ss. Interesan a la época medieval los vols. n al x.
Pérez-Prendes Muñoz de Arracó, J. M., Curso de Historia del Derecho Blanco Aguinaga, C ; Rodríguez Puértolas, J., y Zavala, I. M., His­
español, Madrid, Darro, 1973. toria social de la literatura española (en lengua castellana), Ma­
Sánchez Albornoz, C , Estudios sobre las instituciones medievales drid, Castalia, 1978. Afecta a la Edad Media el vol. i.
españolas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1965. Bozal, V., Historia del Arte en España, vol. i, Madrid, Istmo, 1978.
Sánchez Albornoz, C , Investigaciones y documentos sobre las ins­ Deyermond, A. E., La Edad Media, t. i de la Historia de la Litera­
tituciones hispanas, Santiago, Editorial Jurídica de Chile, 1970. tura española, Barcelona, Ariel, 1973.
Tomás y Valiente, F., Manual de Historia del Derecho español, Ma­ Díaz y Díaz, M., De Isidoro al siglo XI (Ocho estudios sobre la
drid, Tecnos, 1979. vida literaria peninsular), Barcelona, El Albir, 1976.
Diccionario de historia eclesiástica de España, cit. en el aparta­
do A) (p. 327).
Diez Borque, J. M., La Edad Media, t. i de la «Historia de la Li­
teratura española», Madrid, Taurus, 1982.
332 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Orientación bibliográfica 333

agosto de 1947, con aportaciones de A. de la Torre, J. M. La- b) Economía, sociedad, mentalidades


carra, J. M. Font Ríus, J. Pérez de Urbel, J. González, I. de la
Concha y F. Ynduraín; csic, Zaragoza, 1951. Actas de las I Jornadas de Metodología Aplicada de las Ciencias
Lomax, D. W., The Reconquest of Spain, Londres, Longman, 1977. Históricas, vol. n: Historia Medieval, Santiago de Compostela,
Dedicada específicamente al proceso politico-militar de la Re­
conquista. 1975.
A pobreza e a assisténcia aos pobres na Península Ibérica durante
Mackay, A., La España de la Edad Media. Desde la frontera hasta a Idade Media, Actas de las I Jornadas Luso-españolas de His­
el Imperio (J000-J500), Madrid, Cátedra, 1980. toria Medieval, 2 vols., Lisboa, 1973.
Moxó, S. de, Repoblación y sociedad en la España cristiana medie­ Cuadernos de Historia, Anexos de la revista Hispania, 6 (1975):
val, Madrid, Rialp, 1979. Estudios sobre la sociedad hispánica en la Edad Media.
Pastor de Togneri, R., Del Islam al Cristianismo. En las fronteras Dufourcq, Ch. E., y Gautier Dalché, J., Histoire économique el so-
de dos formaciones económico-sociales, Madrid, Península, 1975. dale de l'Espagne chrétienne au Moyen Age, París, A. Colin,
1976. Acaba de publicarse la trad. española por Ed. El Albir,
Barcelona, 1983, con amplio apéndice bibliográfico.
F) Síntesis, obras colectivas y misceláneas Historia social y económica de España y América, dirigida por
sobre aspectos parciales J. Vicens Vives, Barcelona, Vicens Vives, 1972. Interesan a la
Edad Media los vols. I y n.
a) Derecho e Instituciones Martín, J, L., Evolución económica de la Península Ibérica (siglos
VI-XIII), Barcelona, El Albir, 1976.
Font Ríus, J. M., Instituciones medievales españolas. La organiza­ Martín, J. L., Economía y sociedad de los reinos hispánicos de la
ción política, económica y social de los reinos cristianos de la Baja Edad Media, 2 vols., Barcelona, El Albir, 1983.
Reconquista, Madrid, csic, 1949. Ubieto Arteta, A., Ciclos económicos en la Edad Media española,
Gacto Fernández, E., Temas de Historia del Derecho: Derecho me­ Valencia, Anubar, 1969.
dieval, Universidad de Sevilla, 1977. Vicens Vives, J., con la col. de Nadal Oller, J., Manual de Historia
Gama Barros, H. da, Historia da Administracao pública em Por­ económica de España, Ed. Vicens, 8.' ed., Barcelona, 1971.
tugal nos séculos XII a XV, 2." ed., dirigida por T. de Sousa- Una bibliografía más pormenorizada sobre los aspectos del pre­
Soares, 11 vols., Lisboa, 1945-1954. Obra clásica y todavía muy sente apartado se recoge en los registros de las correspondientes
útil. áreas temáticas.
García Gallo, A., Manual de historia del Derecho español, 2 vols.,
Madrid, 1971. c) Aspectos culturales e historia eclesiástica
García de Valdeavellano, L., Curso de Historia de las instituciones Alborg, J. L., Historia de la literatura española, i: Edad Media y
españolas. De los orígenes al final de ¡a Edad Media, Madrid, Renacimiento, Madrid, Gredos, 2.' ed., 1970.
Revista de Occidente, 1968. Ars Hispaniae. Historia Universal del arte hispánico, Madrid, Plus
Lalinde Abadía, J. L., Derecho histórico español, Barcelona, Ariel, Ultra, 1947 ss. Interesan a la época medieval los vols. n al x.
1974. Blanco Aguinaga, C; Rodríguez Puértolas, J., y Zavala, I. M., His­
Pérez-Prendes Muñoz de Arracó, J. M., Curso de Historia del Derecho toria social de la literatura española (en lengua castellana), Ma­
español, Madrid, Darro, 1973. drid, Castalia, 1978. Afecta a la Edad Media el vol. i.
Sánchez Albornoz, C, Estudios sobre las instituciones medievales Bozal, V„ Historia del Arte en España, vol. i, Madrid, Istmo, 1978.
españolas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1965. Deyermond, A. E., La Edad Media, t. i de la Historia de la Litera­
Sánchez Albornoz, C, Investigaciones y documentos sobre las ins­ tura española, Barcelona, Ariel, 1973.
tituciones hispanas, Santiago, Editorial Jurídica de Chile, 1970.
Tomás y Valiente, F., Manual de Historia del Derecho español, Ma­ Díaz y Díaz, M., De Isidoro al siglo XI (Ocho estudios sobre la
drid, Tecnos, 1979. vida literaria peninsular), Barcelona, El Albir, 1976.
Diccionario de historia eclesiástica de España, cit. en el aparta­
do A) (p. 327).
Diez Borque, J. M., La Edad Media, t. i de la «Historia de la Li­
teratura española», Madrid, Taurus, 1982.
334 Juan Ignacio Ruh de la Peña Orientación bibliográfica

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Fernández de la Cuesta, I., Historia de la música española. 1: Des­
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Granjel, L. S., La medicina española antigua y medieval, Ediciones
Universidad de Salamanca, 1981. González Jiménez, M., y López de Coca Castañer, J. E., Historia de
Andalucía, dirigida por —, vols. i y ii, Ed. Planeta, 1980.
Historia de ¡a Iglesia de España, dirigida por R. Garcfa Villoslada,
en curso de publicación. Han visto ya la luz los tomos i, de­ Historia de Galicia, Madrid, Alhambra, 1981. Interesa a la Edad
dicado a La Iglesia en la España romana y visigoda, y n . La Media la parte m , de la que son autores M. C. Pallares y E. Pór­
Iglesia en ¡a España de los siglos VIII-XIV, Madrid, BAC, 1979 tela Silva.
y 1982. León medieval. Doce estudios, ponencias y comunicaciones presen­
Historia y crítica de la literatura española, vol, i: Edad Media, tadas al Coloquio «El Reino de León en la Edad Media», Cole­
dirigido por A. Deyermond, Barcelona, Crítica, 1979. Selección gio Universitario de León, 1978.
de estudios sobre la literatura de la época. Martínez Diez, G., Álava Medieval, 2 vols., Vitoria, 1974.
López Estrada, F., Introducción a la literatura medieval española, Ruiz de la Peña Solar, J. I., Historia de Asturias. Baja Edad Media,
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Millas Vallicrosa, J. M., Nuevos estudios sobre la historia de la 1977-1978. Afectan al período medieval los vols. I y n .
ciencia española, Barcelona, csic, 1960.
Yarza, J., La Edad Media, en «Historia del Arte Hispánico», Ma­ 2) Corona de Aragón y Navarra
drid, Alhambra, 1979.
Una bibliografía más pormenorizada sobre los aspectos del pre­ Aragón en su historia, Zaragoza, Caja de Ahorros, 1980. Interesa a
sente apartado se recoge en los registros de las correspondientes la Edad Media la segunda parte, de la que son autores A. Ca-
áreas temáticas. nellas y J. A. Sesma Muñoz.
Lacarrá, J. M., Aragón en el pasado, Madrid, Espasa Calpe, Col.
d) Historias regionales. Exposiciones de conjunto, obras colectivas Austral, 1972.
y misceláneas sobre las diversas formaciones políticas y comu­ Lacarra, J. M., Historia política del reino de Navarra, desde sus
nidades étnico-religiosas de la Península orígenes hasta su incorporación a Castilla, 3 vols., Caja de Aho­
rros de Navarra, 1972-1973. Hay una síntesis bajo e] titulo His­
1) Corona de Castilla y Portugal toria del reino de Navarra en la Edad Media, Pamplona, 1976.
Primer Congreso de Historia del País Valenciano, vol. u : Prehis­
toria. Edades Antigua y Media, Universidad de Valencia, 1980.
Actas de los simposios organizados por la Diputación de Vizcaya
sobre los siguientes temas: Edad Media y Señoríos: El Señorío Regla, J., Introducció a la Historia de la Corona d'Aragó, Palma
de Vizcaya (Bilbao, 1972), La sociedad vasca rural y urbana en de Mallorca, Raixa, 1969.
el marco de la crisis de los siglos XIV y XV (Bilbao, 1975), Las Regla, J., Historia de Cataluña, Madrid, Alianza, 1974.
formas del poblamiento en el Señorío de Vizcaya durante la Santamaría, A., Mallorca del medioevo a la modernidad, en «His­
Edad Media (Bilbao, 1978). toria det Mallorca», t. m , Palma de Mallorca, 1970,
Actas del I Congreso de Historia de Andalucía, vol. i: Andalucía Soldevilla, F, Historia de Catalunya, Barcelona, Alpha, 2." ed., 1963.
medieval, Córdoba, 1978. Hay resumen en castellano bajo el título Síntesis de historia de
Barrau-Dihigo, L., «Recherches sur lliistoire politique du royaume Cataluña, Barcelona, 1978.
asturien», Revue Hispanique, u i (1921), pp. 1-360. Debe tenerse en cuenta, además, la Importante publicación pe­
riódica Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, ya citada
Benito Ruano, E., y Fernández Conde, J., Historia de Asturias. Alta
Edad Media, Salinas, Ayalga, 1979. en el apartado B) (p. 329), y las Ponencias de los Congresos de la
Bourdon, A. A., Histoire du Portugal, París, PUF, 1970. Corona de Aragón.
336 Juan Ignacio Ruiz de la Peña Orientación bibliográfica 337

3) España musulmana y minorías étnico religiosas El gran incremento experimentado por la producción bibliográ­
fica sobre el Medievo hispano en el curso del último decenio no
Actas del I Congreso Internacional de Mudejarismo, Teruel, 1975. puede, obviamente, quedar reflejado en esta breve relación, con­
Arié, R„ L'Espagne musulmane au temps des Nasrides (1232-1492), feccionada con fines fundamentalmente didácticos y tendente a
París, E. de Boccard, 1973. facilitar al alumno el conocimiento de algunas obras de consulta
Arié, R., España musulmana (siglos VIII-XV), t. m de la «Histo­ básicas. De ahí que, salvo en supuestos excepcionales, nos veamos
ria de España», Barcelona, Labor, 1982. obligados a omitir la noticia de muchos artículos y trabajos de
Baer, Y., A History of jews in Christian Spain, Filadelfia, The Jews indudable interés, aparecidos en las revistas y publicaciones espe­
Publication Society of América, 1961. Hay trad. española re­ cializadas, y de no pocos libros igualmente interesantes para una
ciente: Historia de los judíos en la España cristiana, Madrid, profundización en el conocimiento de las diversas áreas temáticas
Alíalo na, 1981. o para el eventual desarrollo de una investigación monográfica. En
Burckhardt, T., La civilización hispano-drabe, Madrid, Alianza, 1977. todo caso, en el apartado de Bibliografía general dábamos ya una
Cagigas, I. de las, Minorías étnico-religiosas de la Edad Media es­ referencia sumaria de los principales manuales, revistas y reper­
pañola. Los mozárabes, Madrid, Instituto de Estulios Africanos, torios bibliográficos en los que puede seguirse con detalle el des­
1947, 2 vols. envolvimiento de la historiografía medievalista hispana y ampliar
Cagigas, I. de las, Minorías étnico religiosas de la Edad Media es­ los breves registros que aquí presentamos.
pañola. Los mudejares, Madrid, IEA, 1948-1949, 2 vols. Debe advertirse, por otra parte, que el acoplamiento exacto en­
Chejne, A. G., Historia de la España musulmana, Madrid, Cátedra, tre las unidades temáticas y el pertinente aparato bibliográfico
1980. Con una completa bibliografía. no siempre es posible. Para evitar repeticiones innecesarias remiti­
Guichard, ?., Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad remos abreviadamente, en cada caso, a las publicaciones de interés
islámica en Occidente, Barcelona, Banral, 1976. que hayan sido ya citadas con anterioridad.
Imamuddin, S. M., A political History of Muslim Spain, Dacca,
1961.
Ladero, M. A., Granada. Historia de un país islámico (1232-1571), 1. La España visigoda
Madrid, Gredos, 2." ed.. 1980.
Sánchez Albornoz, C, La España musulmana según los autores is­ Véanse las exposiciones de conjunto del t. m de la Historia de
lamitas y cristianos medievales, 2 vols., Barcelona, 1946. España, dirigida por Menéndez Pidal, Orlandis, King y Thompson,
Simposio «Toledo judaico», 2 vols., Toledo, 1972. De contenido que ya citadas (p. 331); también el Manual de García-Gallo, para los as­
desborda ampliamente el marco local que podría sugerir su
título. pectos jurídico-institucionales (p. 332); M. Díaz, De Isidoro al si­
glo XI (p. 333), y el t. i de la Historia de la Iglesia de España (pá­
Suárez Fernández, L., Judíos españoles en ¡a Edad Media, Madrid, gina 334), obras igualmente citadas con anterioridad.
Rialp, 1980. Con una completa y actualizada bibliografía sobre
el tema. Barbero, A., y Vigil, M., La formación del feudalismo en la Penín­
sula Ibérica, Barcelona, Crítica, 1978.
Torres, C, El antiguo reino nazarí de Granada (1232-1340), Grana­ D'Abadal, R., Del reino de Tolosa al reino de Toledo, Madrid, Real
da, Anel, 1974.
Vernet, J., Los musulmanes españoles, Barcelona, 1961. Academia de la Historia, 1960.
Watt, W. M., Historia de la España islámica, Madrid, Alianza, 1970. Fontaine, J., Isidore de Seville et la culture classique dans l'Es-
pagne wisigothique, 2 vols., París, Ktudes Agustiniennes, 1959.
García Moreno, L., El fin del reino visigodo de Toledo. Decailriuia
y catástrofe. Una contribución a su crítica, Universidad Autóno­
Bibliografía por áreas temáticas ma de Madrid, 1975.
Gibert, R., «El reino visigodo y el particularismo español», en Es­
Se ofrece en el presente apartado una selección de obras y estudios tudios visigóticos, i, Roma-Madrid, 1956.
agrupados por temas o bloques temáticos que presentan una cierta Jiménez Duque, B., La espiritualidad romano-visigoda y mozárabe,
unidad. También aquí, como advertíamos con referencia a la bi­ Madrid, Fundación Universitaria Española, 1977.
bliografía por áreas temáticas de Historia Medieval Universal, la Lacave Riaño, J. L., «La legislación antijudía de los visigodos», en
ordenación que se hace está en función del análisis del concepto
de «Edad Media hispánica», desarrollado en el capítulo 2 de este Simposio Toledo Judaico, i, Toledo, 1972.
libro. Orlandis, J., Historia social y económica de la España visigoda,
Madrid, Confederación Española de Cajas de Ahorros, 1975.
Orientación bibliográfica 339
338 Juan Ignacio Ruiz de la Peña

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Palol y Sa I d i as, P. de, Arte cristiano de la época visigoda, Barce­ Makki, M. A., Ensayo sobre las aportaciones orientales en la Espa­
lona, 1968. ña musulmana y su influencia en la formación de la cultura
Reinhardt, W., Historia general del reino hispánico de los suevos, hispanoárabe, Madrid, Instituto de Estudios Islámicos, 1968.
Madrid, Publicaciones del Seminario de Historia Primitiva del Manirán, R., La expansión musulmana (siglos VII al XI), Barce­
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Sánchez AJbornoz, C, Estudios visigodos, Roma, Instituto Storico Ruiz Asensio, J. M., «Campañas de Almanzor contra el reino de
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y del beneficio hispanos, Buenos Aires, EUDBBA, 2." ed„ 1974. Espasa Calpe, Col. Austral, 1974.
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quista, Esplugues de Llobregat, Ariel, 1974. dent, París, Plon, 1958.
Vives, J., Concilios visigóticos e hispano-romanos, ed. preparada Torres Balbás, L., Ciudades hispane-musulmanas, 2 vols., Madrid,
por —, con la colaboración de T. Marín y G. M. Diez, Barcelona- Instituto Hispano-Arabe de Cultura. Una síntesis del mismo au­
Madrid, csic, 1963. tor en la obra Resumen histórico del urbanismo en España,
Zeumer, K., Historia de la legislación visigoda, Barcelona, 1944. cap. dedicado a «Las ciudades hispano-musulmanas», Madrid,
Instituto de Estudios de Administración Local, 1968.
Vernet, J., Literatura árabe, Barcelona, Labor, 1966.
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la desmembración del califato: aspectos políticos, estructuras lona, Ariel, 1978.
sociales y económicas, espiritualidad y cultura
3. La resistencia al Islam en la España cristiana hasta la muerte
Véanse las exposiciones de conjunto y estudios de Arié, Burckhardt, de Sancho III (1035). La repoblación y la organización político-
Chejnc, Guichard, Sánchez Albornoz, Vernet y Watt, ya citadas en administrativa de los Estados hispano-cristianos
el apartado correspondiente de la Bibliografía general (p. 336) La
obra de Chejne, en particular, ofrece una completa bibliografía.
También los volúmenes recientemente publicados de la Historia de Varías obras fundamentales sobre estos temas han sido ya citadas
Andalucía, dirigida por González Jiménez y López de Coca, igual­ en diversos apartados de la Bibliografía general. Recordemos, en­
mente citada (p. 335). tre las principales, las siguientes: La Reconquista española y la re­
población del país (p. 331); Moxó, Repoblación y sociedad... (p. 332);
Barrau Dihigo, «Rccherches...» (p. 334); Sánchez Albornoz, Orígenes
Cruz Hernández, M., Filosofía hispano-musutmana, 2 vols., Madrid, de la nación española (p. 335); Lacarra, Aragón en el pasado e His­
Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, 1975. toria política del Reino de Navarra... (p. 335). Véanse también las
Cuevas, C , El pensamiento del Islam, Madrid, Istmo, 1972. obras de Barbero y Vigil, La formación del feudalismo... y Sobre
Chalmeta, P„ El «señor del zoco» en España: edades media y mo­ los orígenes sociales..., cit. en el área temática sobre la España
derna. Contribución al estudio de la historia del mercado, Ma­ visigoda (pp. 337-38). Interesan igualmente algunos de los estudios que
drid, Instituto Hispano-Arabe, 1973. se registran en las áreas temáticas siguientes, especialmente el da
Chalmeta, P., «Concesiones territoriales en AI-Andalus (hasta la lle­ Bonnassie para el ámbito catalán (p. 341). De los numerosos estu­
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García Gómez, E„ Poesía arábigo-andaluza, Madrid, 1952. en la Bibliografía general (p. 332) y se aprovechan también en el re­
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también para estos temas, y especialmente los de Sánchez Albor­ Linage Conde, A., Los orígenes del monacato benedictina tfl la Pen­
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De las obras ya citadas anteriormente véanse, en especial, las si­
guientes: Moxó (Repoblación y sociedad), Pastor (Del Islam al Cris­ Segles XIII i XIV, Barcelona. Vicens Vives, 1969.
tianismo), García de Valdeavellano (Curso de Historia de las insti­ Estepa Díaz., C , Estructura social de la ciudad de León (siglos XI-
tuciones), Sánchez Albornoz (Estudios sobre las instituciones e In­ XIII), León, Centro de Estudios e Investigación San Isidoro,
vestigaciones y documentos) y las incluidas en el apartado sobre 1977.
economía, sociedad, mentalidades (p. 333); también deben ser te­ García García, E., San Juan Bautista de Corlas. Historia de un se­
nidas en cuenta las exposiciones de conjunto acerca de las mino­ ñorío monástico asturiano (siglos X al XV), Universidad de
rías judia y mudejar (p. 336) y las de ámbito regional. Por otra Oviedo, 1980.
parte, algunas de las obras ya anotadas en los registros de áreas García de Valdeavellano, L., Sobre los burgos y los burgueses de la
temáticas anteriores (pp. 34142) afectan también a los temas de ahora, España medieval. Notas para la historia de los orígenes de la
en especial las de Bonnassie (La Catalogne), Cortázar (El dominio burguesía, Madrid, Real Academia de la Historia, 1960.
de San Millón), García Gallo (Las instituciones sociales), Gautier García de Valdeavellano, L., El mercado en León y Castilla durante
Dalché («LTiistoire monetaire» e Historia urbana), Verlinden (L'escla-
vage), así como todas las referentes al proceso repoblador que se la Edad Media, Universidad de Sevilla, 2.' ed., 1975.
citan en el apartado anterior. Debe advertirse, por otra parte, que González García, I., y Ruiz de la Peña, J. I., «La economía salinera
la mayoría de los estudios que figuran en la bibliografía del área en la Asturias medieval», Asturiensia Medievalia, 1, Oviedo, 1972.
temática 8 (p. 346), sobre la Iglesia y la vida espiritual —en espe­ Gual Camarena, M., Vocabulario del comercio medieval. Colección
cial los referidos a las peregrinaciones a Santiago, las órdenes de aranceles aduaneros de la Corona de Aragón (siglos XIII y
militares y el monacato—, entran de lleno en el ámbito de interés XIV), Diputación Provincial de Tarragona, 1968.
de la historia social y económica, así como algunos relativos a la Hinojosa, E. de, El régimen señorial y la cuestión agraria en Ca­
organización concejil y régimen señorial que se incluyen en su co­ taluña durante la Edad Media, en Obras completas, vol. n , Ma-
rrespondiente apartado temático. Es en este campo historiográfico dridí csic, 1955.
de las estructuras sociales y económicas donde más intensamente Iradiel, P., Evolución de la industria textil castellana en los si­
se ha centrado la investigación de los últimos años, por lo que la glos XIU-XIV. Factores de desarrollo, organización y costes de
breve selección bibliográfica que sigue debe completarse necesaria­ la producción manufacturera en Cuenca, Universidad de Sala­
mente con la que brinden los repertorios, obras informativas y re­ manca, 1974.
vistas y publicaciones periódicas citadas al principio de la Biblio­ Klein, J., La Mesta. Estudio de la Historia económica española
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paña musulmana (p. 336); también la ya citada <k A M ■■
8. La Iglesia y la vida espiritual España de la Edad Media (p. 332).

Avalle Arce, J. B., Temas hispánicos medievales, Mu<lri<l Ci..i..-


Véanse el Diccionario de historia eclesiástica, ya citado (p. 327),
como obra de consulta de carácter general. Para las órdenes mi­ 1974.
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bliografía general; también interesa parcialmente al presente tema Cuatro estudios sobre el nacimiento de la IU-Í I román
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especialmente, los estudios ya citados de Grassotti, Las institucio­
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Juan Ignacio Ruiz de la Peña ÍNDICE D E N O M B R E S
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* » * «*****, Madrid, Instituto

15. Hacia la unidad hispánica

Véase el t. x v n de la Historia de España, dirigida por R. Menéndez


Pidal, vols. i y ir: La España de los Reyes Católicos, Madrid, 1969.
Interesan también a esta área temática algunas de las obras cita­
das en la bibliografía de las dos anteriores y de la 11 (p. 349). Baronio, 78
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Azo, Porci, 86 Bohmer, 56
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Babelon, J., 190 Bonifacio VIII, 69
Badia, A., 303 Bonifacio, San, 91, 280
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Baluze, Eticnne, 50, 287 Bossuet, J.-B., 123n
Barbero. A., llln., 188 Bouquct, Martín, 52
Barccló, A., 14n Boüard. M. de, 212. 213, 298. 303
Bark, W. C, 62n Boutruche, R., 62n., 203
«La bibliografía de orientación didáctica dirigida a lo.
diantes de Historia es en Españ > muy escasa. Por lo~ qutr'a la
Historia Medieval se refiere, no existe hoy ts:
obra que cumpla una función didáctica de Introducción a ios con
cepros básicos, Iniciación a los métodos, y técnicas? de
gación y conocimiento -¡o las fuentes, en ese ó¡',j¡to
de !o.- estudios unive: altarlos ni;:.ór¡cos Hay excelente.. na
les ae rigurosa actualizodón er el tratamiento na loi tei
evales y culoada presentación: pero nadó .¡onda a
las orientaciones didácticas amos apuntadas, t&te l'h'o está
concebido y elaborado con una clara finalidad: facilitar a los
estudiantes ovelys de esta discipline unas 0"i"
cas ae Iniciación al conocimiento de loa conceptos íundamditt-
les, métodos Je trabajo, tipología de les fuentes li :íia
sobre el Medí"', o.»

Juan inacl i Ruiz de la Peña Solar, nacido e.i.1 ./vieuc


jviedc ., 41),
*u,
es en la lad Catedrático de Historia Med¡
v: ;¡dad de Oviedo.
Doctor n Derecho e HlstoHa, ha sloo br
icario del r q l C ,
ituto «.' ónlmo Zurita* y de la Fundación Jufli
Es auto, le numerosos estud'os sufre temas ae s
i, destaa 'do, entre otros, los 8 is: c' ':-..
a ? la I id Me\ 'a M966): La economía sallner
adlsval (1972) Loa procasos tardío ■■-'. n <u
las tierras de! norte dil Duero (siglo-: ' i lüTS).
Historia -le Asturias: i Befe Edad Medie (1979), i ■ as­
turianas ■) la •' dad ■ a. Es lid o II ni
Dirine actueinent. a Revista Asturlensla M& v las
miembro del Consejo i - Reducción de Ib hevlste / / le
la Junta Dir^ot'va de la Sociedad Españc: . - .viau
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