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Venganza Fatal, o La Familia de Montorio

Este documento presenta un resumen biográfico de Charles Robert Maturin, autor de la novela gótica Melmoth el errabundo. Maturin nació en Dublín en 1780 y estudió en el Trinity College, donde se graduó en retórica y composición poética. En 1806 publicó su primera novela, La familia de Montorio, bajo seudónimo. La obra tuvo una buena recepción por parte de Walter Scott. Maturin continuó escribiendo novelas góticas con poco éxito comercial hasta la publicación de su obra maestra Melm

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Venganza Fatal, o La Familia de Montorio

Este documento presenta un resumen biográfico de Charles Robert Maturin, autor de la novela gótica Melmoth el errabundo. Maturin nació en Dublín en 1780 y estudió en el Trinity College, donde se graduó en retórica y composición poética. En 1806 publicó su primera novela, La familia de Montorio, bajo seudónimo. La obra tuvo una buena recepción por parte de Walter Scott. Maturin continuó escribiendo novelas góticas con poco éxito comercial hasta la publicación de su obra maestra Melm

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Charles Robert Maturin (1780-1824), autor de la inmortal novela gótica

«Melmoth el errabundo» (1820) colección Gótica nº 21, tomó prestado a los


veinticuatro años el castillo de Udolfo de Ann Radcliffe, lo rebautizó con el
nombre de Muralto un guiño al canónigo de san Nicolás, de Otranto,
encendió una vela y se sentó a contarnos la horrible tragedia de la familia
Montorio. Una historia espeluznante.
Maturin había estudiado en el Trinity College de Dublín, su ciudad natal, y
tras graduarse se sumerge de manera absorbente en el estudio de obras de
muy diversos géneros que van cayendo en sus manos, ya sea filosofía,
teología, historia, novela o poesía. No obstante, la literatura es la gran pasión
de su vida, la pasión que le transporta y le arrastra finalmente hasta el mismo
borde de la locura. Se ordena clérigo en 1803, y desde entonces trata de
hacer compatible su carrera eclesiástica con la de novelista y autor teatral.
Acabó su primera novela, Venganza fatal en 1806, que publicó al año
siguiente en Londres bajo seudónimo, y en 1816 estrena su famoso drama
Bertram. Después de escribir tres novelas más sin gran éxito entre 1808 y
1818, publica su monumental Melmoth en 1820, obra cumbre de la literatura
gótica.
«La familia de Montorio» (aparecida originalmente con el título de «Venganza
fatal») es un relato oscuro, una maraña de historias lo vuelven intrincado.
Maturin va contando a un tiempo, separadamente, las zozobras de Ippolito y
de Annibal, los hermanos Montorio, con los que viajamos a pie y a caballo
por buena parte de la región de Nápoles. Sobre ellos se cierne la influencia
de un personaje siniestro, el desconocido para Ippolito y el confesor para
Annibal. Una fatalidad traba las vidas de los moradores del castillo de
Muralto formidable, ennegrecido, silencioso, residencia de la familia
Montorio, y sus destinos se deslizan de forma inexorable hacia la catástrofe
final.

ebookelo.com - Página 2
Charles Robert Maturin

Venganza fatal,
o la familia de Montorio
Valdemar: Gótica - 70

ePub r1.0
orhi 24.02.2018

ebookelo.com - Página 3
Título original: The Fatal Revenge; or, the Family of Montorio
Charles Robert Maturin, 1807
Traducción: Francisco Torres Oliver
Ilustración de cubierta: Francisco Torres Oliver

Editor digital: orhi


ePub base r1.2

ebookelo.com - Página 4
Prólogo
«Dadme un castillo, y os contaré una historia
que os pondrá los pelos de punta».

Así debió de pensar Charles Robert Maturin (1780-1824) cuando, a los


veinticuatro años más o menos, tomó prestado un castillo de Ann Radcliffe, lo
rebautizó con el nombre de Muralto —un guiño al canónigo de san Nicolás, de
Otranto—, encendió una vela, y se sentó a contarnos la horrible tragedia de la familia
Montorio. Una historia espeluznante.
Cuando escribía, nada debía turbar su concentración. No le importaba que hubiera
gente pululando o hablando alrededor: se sellaba la frente con una oblea y se pegaba
los labios con miga de pan para significar que, aunque lo vieran, en realidad estaba en
otra parte, en su mundo. Durante esas horas, su espíritu se perdía en las regiones
oscuras de la ficción; «parecía que abandonaba por completo el cuerpo, dejando atrás
un mero organismo físico; su rostro largo y pálido adquiría el aspecto de una máscara
mortuoria, y sus ojos grandes y saltones adoptaban una mirada vidriosa». Se cuenta
también —lo cuenta un periodista; no se sabe si es cierta la anécdota; algunos
biógrafos la ponen en duda— que una vez tuvo media hora al obispo de Meath, que
había ido a ofrecerle un ascenso, en el cuarto de al lado, esperando a que terminara un
pasaje; y cuando salió por fin, lo hizo teatralmente, en camisón, con una pluma de
escribir prendida en el pelo, declamando como en un escenario, y al terminar el
parlamento se desplomó en el sofá como si sufriese un desmayo; con lo cual, al
prelado le faltó tiempo para salir corriendo.
Acabó La familia de Montorio, en 1806, y consiguió que se la publicasen en
1807, en Londres y bajo seudónimo —dos datos a tener en cuenta—, en el taller de
impresión de Longman, Hurst, Rees y Orme. Pero tuvo que pagar de su bolsillo los
costes de la edición.
Pero quizá no le preocupaban mucho en esa época las cuestiones económicas.
Todavía no le agobiaba la falta de dinero; pronto le agobiaría, de manera rampante,
quitando un breve periodo, hasta su muerte. Había cumplido veintisiete años, y desde
hacía tres era ministro de la Iglesia reformada de Inglaterra. Había abrazado la
religión por consejo paterno; de este modo continuaba la tradición familiar, se
aseguraba un porvenir y, sin duda, ascendería como su abuelo y su bisabuelo, que
alcanzaron el deanato. Nada más ordenarse lo asignaron a una parroquia de mala
muerte del condado de Galway; pero gracias a las amistades de su padre, o a las del
padre de Henriette, su esposa —se habían casado el año anterior—, lo trasladaron a la
iglesia de san Pedro de Dublin, situada en un barrio elegante. Su sueldo, sin embargo,
era exiguo: ochenta libras al año. Pero la joven pareja vivía sin estrecheces porque, al
regresar a la capital, se había instalado en la casa paterna de Maturin. Su padre era un

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alto funcionario del servicio de Correos y gozaba de prestigio: a su mesa se sentaban
personajes públicos y jerarcas de la Iglesia.
Maturin firma esta primera novela, La familia de Montorio, con el seudónimo de
Dennis Jasper Murphy. También firmará así la segunda, The Wild Irish Boy; y la
tercera, The Milesian Chief. Debajo del seudónimo, el editor especifica esta vez:
«Autor de Montorio». Unos años más tarde, como no había conseguido ganarse el
favor de los lectores, decidió escribir teatro; y entonces, debido a los pasos que tuvo
que dar para que le representasen su primera pieza, y al éxito que obtuvo con ella, se
vio obligado a abandonar definitivamente ese fingimiento.
Al principio adopta el seudónimo por temor. Porque es clérigo, y sabe que los
clérigos literatos suelen despertar recelo en sus superiores; lo que le podía acarrear
dificultades. Por otra parte, los tiempos andan revueltos en Irlanda: aún se respiran
aires independentistas, después de los conatos de levantamiento del decenio anterior,
con la consiguiente represión, y un pastor anglicano debe mirar dónde pisa en una
ciudad mayoritariamente católica, a pesar de que él se siente profundamente irlandés.
Pero quizá tenga que ver también en la decisión de esconderse tras un nombre
supuesto, esa especie de inseguridad, o temor, o timidez que suele asaltar al autor
novel en el momento de someterse por primera vez al juicio del público y de la
crítica, verdadero bautismo de fuego. En cualquier caso, no son pocos los escritores
de su tiempo que prefieren ocultar el nombre en su primer libro: Horace Walpole,
Clara Reeve, Ann Radcliffe, M. G. Lewis…; el mismo Walter Scott publica
anónimamente su primera novela, Waverley, en 1814; en las siguientes, y durante
bastante tiempo, solo se le conoce como «el autor de Waverley». No obstante, y
aunque joven, Maturin cuenta con una sólida preparación: ha estudiado en el Trinity
College, donde se gradúa, y de donde sale con honores «en retórica y en composición
poética», y familiarizado con los clásicos griegos y latinos. Además, es un lector
insaciable («omnívoro», dice algún crítico): se sumerge de manera absorbente en
todo lo que cae en sus manos, ya sea filosofía, teología, historia, novela o poesía. Lo
que más le atrae, no obstante, es la literatura. Maturin ha nacido no tanto para
predicar —que lo hará de manera irreprochable— como para dejar correr sin trabas el
torrente de su imaginación en forma de una prosa incontenible. Esa es la gran pasión
de su vida, la pasión que le transporta, y le arrastra finalmente —en la larga y febril
gestación de Melmoth el errabundo, obra en la que vierte pedazos dolorosos de su
propia existencia— hasta el mismo borde de la locura.
Así que, cuando decide ponerse a escribir La familia de Montorio, conoce a fondo
a los grandes de la novela gótica, y sabe excavar en ellos para extraer el mineral que
necesita. Y el resultado es una espléndida demostración.
La familia de Montorio aparece por primera vez en 3 tomos. Los editores
(Longman) le imponen un subtítulo para hacerla atractiva: Fatal Revenge. Él lo
encuentra muy comercial («a very book-selling appellation»); no le hace gracia, pero
accede. Y se imprime como Fatal Revenge; or, The Family of Montorio. Al año

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siguiente, en 1808, la misma editorial le publica su segunda novela, The Wild Irish
Boy, también en 3 tomos; y también tiene él que correr con los gastos. Y en 1812
Henry Colburn le publica la tercera, The Milesian Chief, en 4 tomos. Esta vez el
editor le paga ochenta libras por ella.
Y en ese mismo año de 1812 ocurre una circunstancia que marca en su vida un
antes y un después. Esa circunstancia se llama Walter Scott.
Ocurrió lo siguiente: en la revista Quartely Review, en el número correspondiente
a mayo de 1810, tres años después de la aparición de La familia de Montorio, Walter
Scott publica una reseña que le sirve de pretexto para dar un repaso a las novelas
populares de entonces, denunciar su escasa calidad, y lamentar su falta de
originalidad y la estupidez de sus intrigas. De ese puñado de novelas salva
únicamente la del señor Murphy, a la que dedica un largo análisis, y de la que cuenta
más tarde que le impresionó su estilo vigoroso y el poder nada común de su
imaginación. No obstante, le encuentra defectos —su «exceso» en particular—;
también lamenta que el autor se haya dejado influir por esa especie de vicio
radcliffiano de querer explicar los prodigios. Para Scott, es como si después de
acabada una función de teatro se empeñasen en mostrarnos los mecanismos de la
tramoya; empeño tanto más chocante, en el caso del Montorio, cuanto que ninguna
explicación es capaz de volver tales prodigios medianamente creíbles, o posibles
desde una perspectiva natural. Con todo, Walter Scott anima al joven Murphy a
seguir escribiendo, y le recomienda que busque el consejo de algún autor con
experiencia, y se deje guiar por él. En cierto modo, lo que hace W. Scott no es sino
responder a las palabras finales de Maturin en el prefacio: «Tengo veinticuatro años,
carezco de padrinos y consejeros literarios…»
Walter Scott publica su reseña sin firma; por lo que Maturin tarda en averiguar
quién lo elogia y le manda ese alentador mensaje. Al enterarse por fin, en 1812, le
escribe para identificarse, y expresarle su agradecimiento. Y a partir de ese momento
se inicia entre ellos una correspondencia que durará hasta la muerte de Maturin, en
1824. Y sir Walter Scott se convierte no solo en su amigo, sino también en ese mentor
que le había aconsejado que buscase; y le va a proporcionar constante aliento y
ayuda.
Y desde ese momento, Charles Robert Maturin se vuelve visible literariamente.
De cómo era físicamente tenemos hoy idea gracias al dibujo de Brocas
conservado en la National Gallery de Dublin, y reproducido por primera vez en la
edición de Melmoth de 1892, según informa R. E. Lougy en su monografía sobre él:
lo vemos con una nariz larga, ojos grandes y visionarios, cabellos rizosos y revueltos
que le dan un aire entre renacentista y romántico, y haciendo un gesto
enigmáticamente indicativo con la mano izquierda. Asimismo, gracias a las críticas y
noticias de prensa que aparecieron sobre él en su tiempo, a las notas necrológicas y
reseñas biográficas posteriores, y a los estudios que se han realizado sobre su vida y
su obra ya en el siglo XX, conocemos también multitud de facetas de su personalidad.

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Era alto, delgado, bien proporcionado, y realzaba su figura con ropas oscuras, cuerpo
ajustado y medias claras; vestía llamativamente elegante. Le gustaba igualmente lucir
a Henrietta —joven, graciosa, inteligente, de voz bonita y cultivada—, muy acicalada
y maquillada. Maturin no responde exactamente al modelo de figurín. Más que un
petimetre romántico como pretende Balzac, era, dicen sus compatriotas, el irlandés
más extravagante de su tiempo. «Nous l’avons rencontré en octobre —cita el profesor
Maurice Lévy de la revista Deux Mondes— sur les bords d’un lac, armé d’une ligne
immense, vêtu comme un beau danseur de Londres ou de Dublin, en escarpins et bas
de soie [«Lo hemos encontrado en octubre, a orillas de un lago, provisto de una
enorme caña de pescar, vestido como un bello bailarín de Londres o de Dublin, con
escarpines y medias de seda»…]. Como un bailarín. El símil no parece casual; porque
lo cierto es que le gustaba bailar, «bailar al elegante estilo francés». Cuenta Idman —
que ha estudiado con amplitud su vida y su obra— que era el primero en iniciar el
baile y el último en dejarlo; que el salón de baile era su templo de inspiración y de
culto; que incluso se encargaba personalmente de organizar sesiones matinales de
baile en casa de los miembros predilectos de su coterie, dos o tres por semana; y que
estaba muy pagado de su gracia y su donaire; también, que le deleitaba la compañía
de las damas: entonces se mostraba alegre y animado. En cambio, cuando se
encontraba rodeado solo de hombres y la situación se prolongaba, se impacientaba y
se ponía de malhumor. Y cuentan que sus chifladuras y fantasías eran tantas que
podría llenarse un libro con ellas; así que no es extraño que su nombre estuviera
continuamente en boca de sus conciudadanos y en las páginas de los periódicos; a tal
extremo que Idman asegura que las fuentes más abundantes para conocer a nuestro
hombre (aunque quizá «no las más fiables») son los periódicos y las revistas de su
tiempo. Con motivo del estreno en 1816 del Bertram, su famosa pieza dramática, no
fueron pocos los que quisieron conocerlo; y más de un escritor dejó constancia de su
sorpresa ante la gran disparidad entre el joven alegre y ocurrente que tenía delante, y
el genio tenebroso y terrible que escribía unas historias que encogían el alma, y de
que este Petronio clerical subiese al púlpito a tronar y predicar el abandono de las
vanidades seculares después de haberse dado, como quien dice, un baño de
mundanidad.
Pero estas pinceladas solo proporcionan un retrato congelado de él; y su vida,
como la de todo ser humano, es fluida; puro devenir: el número de hijos aumentaba
deprisa, las deudas se multiplicaban —no siempre por su falta de sentido práctico—,
los problemas con sus superiores crecían al ritmo de su popularidad, y su situación
era cada vez más complicada y sombría. Muy pronto se había dado cuenta de que
dentro de la Iglesia tenía cerrado el camino, y de que nunca saldría de coadjutor. «De
la Iglesia no espero nada», escribe a Walter Scott en 1813. En 1816, a raíz de la
representación del Bertram, se cierne sobre él una amenaza no exenta de tintes
políticos que procede precisamente de sus superiores, y el ministro de la guerra,
Palmerston —cuenta Claude Fierobe—, escribe al ministro de Asuntos Irlandeses

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intercediendo por él. Pero lo cierto es que las ideas de algunos personajes de sus
novelas resultan escandalosas, a menudo son claramente ofensivas y blasfemas, y
despiertan la sospecha de que, no ya lo que escribe, sino él mismo como sacerdote,
está contaminado de heterodoxia; lo que da lugar a interminables acusaciones; de tal
manera que se siente obligado a pedir una y otra vez que no le interpreten
torcidamente. Todavía en 1824, el año de su muerte, desde el prefacio de su última
novela, suplica a los lectores (en realidad, a los críticos literarios y a sus superiores
eclesiásticos) que no le imputen los errores y opiniones con que modela a sus
personajes. Porque él es un buen cristiano y un buen pastor, firme en sus principios,
elocuente en sus sermones y sincero en su profesión. Y tampoco escribe por el deseo
de entretener, sino que aspira a conjugar la doctrina de la fe con la literatura; o más
bien, valerse de esta para difundir aquella: «su compromiso con la religión le hacía
escribir con el propósito de difundir su interpretación del cristianismo».
Pero nunca logró el aprecio de los críticos de su tiempo ni la satisfacción de los
obispos. La familia de Montorio no despertó el interés de nadie, excepto el de Walter
Scott. El resto de sus novelas y dramas, salvo el aplauso que cosechó Bertram —y
aun este recibió atroces andanadas de Coleridge que hirieron profundamente a
Maturin—, fueron acogidas con la misma indiferencia; o, en el caso de Melmoth, con
declarada hostilidad. En 1816, desengañado, había escrito a W. Scott: «No tengo
poder de conmover ni esperanzas de instruir, y ningún drama mío ni obra de otra
clase arrancarán jamás una lágrima, ni darán una enseñanza al corazón; así que me
gustaría que me dejasen hacer lo único para lo que sirvo: sentarme junto a mi Caldero
mágico, mezclar mis oscuros ingredientes, observar el burbujeo y ver surgir a los
espíritus, y mostrar al mundo la mejor de mis delicias». Es lo que hizo en 1818,
después de cosechar tres fracasos; y el resultado fue Melmoth el errabundo. Pero con
Melmoth no consiguió otra cosa que exacerbar la ferocidad de los católicos y de los
anglicanos; unos y otros censuraron y condenaron sus excesos de imaginación; y se
preguntaban —y le preguntaban— cómo un ministro de la Iglesia no tenía problemas
de conciencia a la hora de divulgar esas obscenidades y ofensas a Dios, esas novelas
que no tenían un solo pensamiento que pudiera considerarse normal, una sola página
en la que el lector pudiera encontrar elegancia. «Con su estilo gólgota, sus
monstruosidades y sus tinieblas —dice M. Lévy—, Maturin se hizo culpable del
crimen menos fácilmente perdonable: la falta de gusto».
Y su osadía de escribir y publicar Melmoth fue considerada de un «nauseabundo
exhibicionismo moral».
Entre La familia de Montorio y Melmoth el errabundo media casi toda la carrera
literaria de Charles Robert Maturin —no muy larga, diecisiete o dieciocho años a lo
sumo—. Sin embargo, entre estas dos novelas hay conexiones más sólidas que entre
el resto de su producción; no en vano participan del mismo espíritu «gótico», y las
innovaciones que aporta la una se repiten dilatadas y enriquecidas con innumerables
matices en la otra. Así que, cuando nos adentramos en la historia de la familia

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Montorio —si hemos leído Melmoth—, tenemos la impresión de encontrarnos en
lugares ya visitados. No es que las dos se desarrollen en un mismo espacio físico: con
John Melmoth habíamos recorrido media España; ahora, con los hermanos Montorio
viajamos, a pie y a caballo, por buena parte de la región de Nápoles, aun cuando la
historia es contada ante las puertas de Barcelona. Pero da igual; para Maturin, la
geografía tiene valor de metáfora; en esto se sitúa en el polo opuesto de Ann
Radcliffe, a la que admira, y a la que intenta imitar. Ann Radcliffe utiliza las
montañas, los valles, los ríos, los bosques como escenarios sublimes donde enmarcar
sus episodios, y les dedica páginas de cuidadas descripciones con lo mejor de su
talento. Para Maturin, en cambio, el verdadero territorio es interior; tanto los
precipicios, los volcanes, los torrentes como los subterráneos, las criptas o las
prisiones, no son sino la acotación de un espacio emocional en el que aloja una
pasión o un estado de conciencia. No otra cosa es el castillo de Muralto, formidable,
ennegrecido, silencioso, cuyos habitantes lo recorren como sombras melancólicas…
«Matadero blasonado y amurallado», lo llama Annibal una vez.
En las dos novelas, el relato avanza con idéntico procedimiento: revelaciones
orales, cartas, poesías, confidencias sorprendidas, confesiones, digresiones… un
narrador cede la palabra a otro, y este la cede a un tercero, para luego volver a
tomarla el primero, o el segundo. La familia de Montorio, menos larga que Melmoth,
es estructuralmente más ambiciosa. El autor va contando a un tiempo, separadamente,
las zozobras de Ippolito y de Annibal, sobre los que se cierne la influencia de un
personaje siniestro, que para Ippolito es el desconocido, y para Annibal, el confesor.
El vínculo más identifiable a primera vista entre La familia de Montorio y
Melmoth el errabundo es sin duda el trasunto de «réprobo eterno» —eco lejano entre
el judío errante y el doctor Fausto—, que en La familia de Montorio se insinúa en
forma de esbozos o tanteos; esbozos o tanteos que Maturin utiliza para caracterizar al
menos a dos personajes, al confesor y, en un largo pasaje, al propio Ippolito que,
huido, acosado por el fanatismo y la calumnia, deja escrito a su amado Cyprian antes
de abandonarlo: «¡Ojalá pudiera convertirme en un ser errante y vagabundo sobre la
faz de la tierra!»

***

La familia de Montorio es un relato oscuro. En su trama se entrecruza una maraña


de historias que la vuelven intrincada y difícil. Pero, como en las tragedias griegas,
una fatalidad traba todos sus episodios, que van sucediéndose encadenadamente hasta
la catástrofe final. Nada parece ocurrir de manera gratuita ni parece contingente,
desde el descubrimiento del esqueleto por parte de Annibal hasta la muerte de los dos
hermanos. No ya una decisión, sino ni siquiera un gesto de los personajes escapa a
esa inexorabilidad; y la misma fuerza irresistible que los empuja parece marcar
también los acontecimientos del cosmos. «Solo el primer movimiento es voluntario;

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los demás son consecuentes e inevitables», sentencia el gran ilusionista, solemne y
tremendo, persuadido de ser él quien gobierna la maquinaria implacable que ha
construido y puesto en marcha, y de controlar la rotación de sus engranajes. Hasta
que, en el instante definitivo, en ese instante que ha estado preparando durante años,
con el que ha soñado tanto tiempo, y por el que se ha sometido con paciencia infinita
a disciplinas y privaciones inimaginables, en ese instante supremo, los engranajes lo
atrapan y lo trituran también.
Fco. Torres Oliver
Villajoyosa, marzo de 2008

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PREFACIO
La presente novela se inscribe en un género que deploran no poco los que son o
dicen ser afectos a la causa de la literatura. Cuentos de «diavolerie» para asustar a
los niños, horrores germanos, son los calificativos más suaves que nos dedican.
Cualesquiera que sean los productos literarios traídos en el barco apestado de las
letras alemanas, me encantaría que los inspectores competentes los declarasen
contrabando. Pero sinceramente creo que los asuntos de estas novelas y romances
están calculados para liberar la reserva de sentimiento y fantasía de toda suerte de
lectores. Dudo que exista en nuestro interior una fuente de emoción más poderosa y
general que el miedo que proviene de los objetos aterradores del mundo invisible.
Quizá ninguna ha predominado, en determinada etapa de la vida, de manera tan
indeleble en las personas de todas las clases y todas las condiciones. El amor, que se
tiene por la pasión más universal, lo han sentido muy pocos en toda su pureza;
algunos no han llegado a conocerlo, ni siquiera en su forma más simple y elemental.
Lo mismo puede decirse, a fortiori, de otras pasiones. En cambio, ¿quién es el
que no ha recordado inopinadamente, estando solo o a oscuras, alguna conseja que ha
oído contar? ¿Quién el que no se ha estremecido por un influjo que no reconocería ni
siquiera ante sí mismo? Yo podría explorar esa pasión hasta su fuente más alta y
manifiesta.
Me basta, para mi propósito, afirmar su existencia y su predominio, que no
discutirán los que han tenido experiencia de ella. Es absurdo menospreciar esta
pasión, y burlarse de su influjo. No es la débil y trivial reacción del niño que
desdeñan los adultos. Es el ansia del espíritu; «la pasión de los inmortales» que temen
y anhelan a su morada definitiva.
El uso abusivo que hacen de esta pasión escritores vulgares e impíos no es razón
para proscribirla. Es verdad que el libro mágico ha caído a menudo en poder de un
zafio ignorante, como William Deloraine cuando abandonó la abadía de Melrose con
su tesoro maravilloso. Caliban se apodera muchas veces de la varita y la túnica de
Próspero. Pero en manos de un maestro, ¡Dios mío, qué prodigios puede obrar!
He leído novelas, narraciones de fantasmas, en las que el espectro se muestra tan
familiar con la carne y el hueso, y tan dócil, que debo confesar que casi esperaba que
alguno de sus interlocutores humanos, como los conspiradores de la obra del señor
Bailey, «abriera su cajita de rapé y saliese de ella ondulando». Tales escritores ponen
en ridículo lo que Shakespeare ha considerado y tratado como algo sobrecogedor.
Esos son los que han suscitado el clamor en contra de convertir el teatro de la
literatura en una fantasmagoría, y de sustituir esas formas —visibles a «los ojos de
quien se vuelve en un acceso de frenesí»— por figuras de una linterna mágica
alemana. Pero pace tantorum virorum, he tenido la osadía de fundar el interés de este
romance en la pasión del miedo sobrenatural, y casi únicamente en ella. Es penoso
reclamar la censura merecida e inevitable: cada libro tiene sus defectos, y en lo que

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atañe al mío, doy mi cordial bienvenida a los críticos. No soy insensible al elogio, ni
inaccesible, espero, a la animadversión. Si la juventud, los usos literarios y el
«pecado original» de la premiosidad nacional merecen alguna atenuación del rigor,
sea crítico o ecléctico, y de los fríos y cortantes vientos del norte, me permito
informar al lector de que tengo veinticuatro años, carezco de padrinos y consejeros
literarios, y soy irlandés, de nombre

Dennis Jasper Murphy


Dublin,
a 15 de diciembre, de 1806.

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INTRODUCCIÓN

En el sitio de Barcelona, llevado a cabo por los franceses en el año 1697, dos
jóvenes oficiales participaron en la fase más violenta y enconada. Su apariencia
causaba cierta sorpresa y perplejidad: su melancolía era española, su acento italiano,
y sus nombres y vestimenta franceses.
Se distinguieron en la acción por una especie de arrojo irreflexivo y desesperado
que parecía igualmente insensible al elogio y al peligro. Tomaban parte en todos los
coups de main y en todas las salidas osadas y peligrosas, frecuentes en un asedio
tenaz, al que imprimen un carácter más violento y variado que el de una campaña
normal. Aquí se encontraban en su elemento. Pero con sus compañeros oficiales se
mostraban tan fríos, tan distantes, tan adustos que incluso los que admiraban su
valentía o lamentaban su tristeza los miraban con embarazosa y vacilante simpatía.
Con todo, aunque no eran propensos a aceptar el favor del que su comportamiento les
hacía acreedores, sus reacciones eran siempre espontáneamente conciliadoras. Y
emanaba de sus figuras y gestos tan manifiesta nobleza, y era tan llamativo su afecto
mutuo, y tan hondo y desesperanzado su abatimiento que todos trataban de indagar en
sus vidas, movidos por un impulso más fuerte que la curiosidad. Nadie consiguió
averiguar nada; nada pudieron saber, o siquiera colegir.
Durante el asedio, llegó un oficial italiano de mediana edad para asumir el mando
de un puesto destacado. Su primer encuentro con estos dos jóvenes fue sorprendente:
se quedaron mudos, mirándose largamente. De la mezcla de emociones que pasó por
sus semblantes, los numerosos testigos que los rodeaban no notaron una más
significativa que otra.
En cuanto se separaron, el oficial italiano fue abordado con preguntas sobre los
desconocidos. No contestó a ninguna; sin embargo, admitió que conocía detalles
bastante extraordinarios sobre estos jóvenes, que eran, dijo, naturales de Italia.
Unos días más tarde, las tropas francesas tomaban Barcelona. El asalto fue
terrible; los jóvenes oficiales se batieron en lo más enconado de la lucha; buscaban,
anhelaban el peligro; resistían a pie firme en medio de las granizadas de balas y de
metralla; se arrojaban al mismo corazón y cráter de las explosiones; literalmente, se
«batían en el fuego». Todos preveían cuál iba a ser el resultado de su arrojo tremendo,
pero eran inútiles las llamadas e intentos de disuadirlos que les llegaban de todos
lados.
Una vez tomada la ciudad, se organizó una búsqueda general de los hermanos.
Con dificultad, fueron encontrados sus cuerpos, y llevados con triste ceremonia ante
el jefe de la operación. El oficial italiano estaba presente; y todos se volvieron hacia
él.
En el silencio general había una petición. Comprendió el italiano, y accedió a
responder.
—Ninguna circunstancia —dijo— me habría excusado de la revelación que voy a

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hacer, salvo esta en la que veo a los valerosos y desdichados jóvenes. Sé sus nombres,
su país y sus desventuras. Revelarlos no puede ya acarrearles daño alguno: se hallan,
definitivamente, a salvo de la deshonra y el dolor. En cambio, para los que viven no
está de más la enseñanza; así que a ellos va destinado lo que paso a contar, ya que
puede serles de utilidad.
Y a trechos, como requería su longitud, refirió la siguiente historia:

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CAPÍTULO I
Saeva Pelopis domus.
HORACIO
«Cruel progenie de Pélope»

Hacia el año 1690, la familia de Montorio, una de las más distinguidas de Italia,
habitaba su solar ancestral en la vecindad de Nápoles. Pero quizá convenga esbozar
una idea de su carácter antes de entrar en la historia de sus extraños destinos.
Estaba marcado por rasgos insólitos y violentos, que suelen ser raros en regiones
más templadas. Pero en un país como el que fue teatro de estas aventuras, en el que el
clima y el paisaje influyen en el ser humano casi tanto como el hábito y la educación,
el asombro se disuelve, y la manifestación más sorprendente de los fenómenos
morales se muestra como un reflejo de los naturales.
La familia Montorio encarnaba plenamente la noción general del carácter italiano:
débil pero terco; crédulo pero desconfiado; inflamado por un deseo desmedido de
alcanzar los secretos y la comunión con el otro mundo, pero hundido en la
superstición nacional y local. Los palacios eran frecuentados por grupos de monjes,
magos, alquimistas y astrólogos; y en el estado más supersticioso del país de la
superstición, la Casa de Montorio destacaba por su débil y sombría credulidad. El
temperamento y los hábitos del actual conde eran, como los de sus predecesores,
extravagantes. Había tomado prematuramente posesión de la riqueza y los títulos
ancestrales tras la muerte inesperada del señor anterior y su familia. Anonadado por
extrema desgracia, el conde abandonó precipitadamente el castillo; y transcurrió
mucho tiempo antes de que decidiese dejar Apulia y regresar. Cuando al fin lo hizo,
se vio claramente que el daño sufrido era incurable. Volvió acompañado de su esposa,
sus hijos y un nutrido séquito de sirvientes; y desde ese momento no hubo caras
alegres ni voces animadas dentro de las murallas de Muralto. Los viejos criados que
habían permanecido allí durante la ausencia del señor, y habían sentido esa ausencia
como su propio exilio, vieron ahora con pesar que el cambio que traía su regreso era
casi peor. La vida del castillo y su actual dueño les hacían echar de menos a su
antiguo señor; y la alegría de aquellos días felices arrojaba una sombra más densa
sobre la tristeza solemne de los presentes. Prodigaban elogios a su antiguo amo; y
como es propio del entusiasmo recordar solo las virtudes que place alabar, a la vez
que celebraban las excelencias y las gracias de su carácter, olvidaban que había sido
celoso, violento y vengativo más allá incluso de la irritabilidad italiana; que su
credulidad era absoluta, su ira irresistible, y su venganza despiadada. Pero las
numerosas gracias de su persona, y el triste destino de morir súbitamente cuando
disfrutaba de su más intensa sensibilidad y de las delicias domésticas, oscurecían la
memoria de sus defectos; y los que le recordaban, lo recordaban solo como un amo
de mirada benevolente, y de mano pronta al regalo.

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Frente a la imagen de tales días y personajes, el contraste de los de ahora no podía
ser más grande: el conde, sombrío, reservado, solitario, rechazaba cualquier
acercamiento, se aislaba de todo afecto; y cuando sus sirvientes osaban mirarle a los
ojos, decían ver en ellos una expresión que les hacía retirarse con indefinible e
instintivo temor. El humor del amo, aunque sea desabrido, impregna en poco tiempo
a la casa entera. Los criados andaban sigilosos por los aposentos como si les asustase
el eco de sus propios pasos; las órdenes se impartían en voz baja y se cumplían en
silencio; y casi el único sonido que se oía entre sus muros era el de la campana
llamando a los moradores al descanso o a la oración. A veces, esta calma se rompía
de manera súbita y extraña, cuando el conde, acompañado de su confesor, mandaba
llamar en plena noche a la familia para que acudiese con él a la capilla, donde se
entregaban a severos ejercicios ascéticos hasta la madrugada; o, a menudo, presa de
agitaciones espirituales más terribles aún, sacaba de su sueño a la condesa y a sus
hijos, y obligaba a todos a acompañarlo a Nápoles, de donde, tras una breve estancia,
regresaba una vez más a la soledad y el silencio del castillo. Tan extraño
comportamiento daba pie a multitud de rumores; pero las últimas desgracias y el
conocido carácter de la familia eran suficiente explicación, y no tardó la curiosidad
en cansarse de un asunto que no daba satisfacción a las interrogantes. Además, el
conde había llegado ahora a esa etapa de la vida en que un hombre es representado
principalmente por los hijos, en que las aristas más afiladas de su carácter se
difuminan en el recogimiento y el sosiego… en que delegaba su ambición, ya en
retroceso, en aquellos por los que ha luchado, y transfiere sus esperanzas y
expectativas sociales a sus jóvenes sucesores.
De la numerosa familia del conde, aún vivían cuatro hijos y cuatro hijas. Todos
compartían las peculiaridades de la casa; en especial los dos mayores. Entre los
miembros de la familia, la figura de la condesa destacaba de manera señalada y
original. Con su belleza todavía no tocada por el tiempo ni su ánimo mermado por la
debilidad de su sexo o su país, participaba sin embargo del desaliento de su esposo.
Pero si bien el origen y grado de ese secreto pesar parecían los mismos, los modos de
sufrirlo eran muy distintos. En él, era el abatimiento de un espíritu agobiado por la
aflicción; en ella, el de un espíritu decidido a reprimirla. Él era brusco y atrabiliario,
propenso al desánimo; en cambio ella era tranquila, serena y reservada. Pero su
serenidad era evidentemente la del dolor dominado; la serenidad del que, tendido en
el potro del tormento, no permite que se le escape un gemido. En el círculo más bajo
de las obligaciones domésticas, se desenvolvía con un despego que no era ni
indolente ni afectado, sino fruto más bien de la abstracción de una mente capaz de
ocupaciones elevadas, y para la que atender a los quehaceres ordinarios no
representaba ningún esfuerzo, ni la suspensión de su actividad interior. Realizaba los
más severos ejercicios ascéticos que su supersticioso marido le exigía con la
paciencia imperturbable del que se somete a un remedio pero no espera alivio de él;
en los hijos no encontraba consuelo; en el marido no buscaba consejo; cualesquiera

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que fuesen sus secretos sufrimientos, parecía dispuesta a soportarlos sin ayuda, sin
alianzas, en soledad. Ofrecía la imagen de un gran espíritu, como César cuando cayó
al pie de la estatua de Pompeyo, pero cubriéndose el rostro mientras caía.
De su progenie, a las que más quería era a las hijas; y de los varones, a los dos
más jóvenes; aunque los mayores eran manifiestamente los más favorecidos por la
naturaleza, como por la sociedad. En Nápoles, el hermoso y disipado Ippolito, el
mayor de todos, era el deleite de las reuniones sociales, el alma de todas las fiestas;
alejado del retiro, de la tristeza del castillo y de sus habitantes, autorizado por su
rango a concurrir a las tertulias más selectas, y provisto por su padre de una
espléndida renta, Ippolito se zambullía en todas las locuras voluptuosas de Nápoles,
dispuesto a resarcirse de la severa sujeción de sus años tempranos. Todo el rico
repertorio de fantasías que la juventud, el talento y la sensibilidad pueden presentar, y
la adulación magnificar y embellecer, Ippolito trataba de hacerlas realidad en su
brillante y tumultuosa carrera. Así, la llama de su genio, que debía haberse
alimentado con un cultivo profundo e interior, se consumía en insensatas y
excéntricas llamaradas; y la sociedad, con atolondrado egoísmo, agotaba el talento en
cuya exhibición se placía. Si la naturaleza o el hábito hubiesen enseñado a este joven
a dirigir la imaginación y vencer las pasiones, su ser se habría respondido a una meta
más valiosa que al placer de la disipación o el ejemplo de una fábula. Ippolito se
parecía a su madre en las gracias personales, que reproducían los cánones acabados
de la antigüedad clásica: un rostro encendido con los ricos matices de la belleza
italiana, y un cutis moreno en el que el calor de la conversación o el sentimiento, la
viveza del gesto o el movimiento casual encendían un rubor elocuente; unos ojos
cuyo fulgor, a veces moderado, a veces intenso, cuando tenía apartados los rizos, o
dejaba que le cayesen sobre ellos, denotaba sensibilidad en cada cambio de dirección;
rasgos en los que la expresión misma del alma fluctuaba en forma de mil encantos
mezclados y cambiantes. Tal era la morada física que encerraba un espíritu osado,
fogoso, crédulo y volátil de razón tan poco disciplinada como las pasiones. Poseía
talento, pero se deleitaba más en exhibirlo que en ejercitarlo; exhibición que era de lo
más fantástica: le encantaba elevarse a las regiones inexploradas del pensamiento,
erigir en el vacío las fábricas etéreas de la fantasía, trasponer los confines del
intelecto, y abismarse en el mundo de las sombras y las formas incorpóreas. Este
desarreglo espiritual se le había agravado con el tiempo, al extremo de que ninguna
proposición le impresionaba si no era en forma de paradoja, ni ningún suceso le
interesaba si no lo oscurecía alguna sombra de misterio o de aventura. Pero dicha
anomalía era solo parcial; se limitaba al modo de aprehender, no de perseguir
objetos; porque, una vez que se descubría la dirección de su mente, acechando su
parte observable, podía preverse su progreso futuro sin concederse dilaciones ni
desvíos. Con tan férvida y arrebatada disposición había emprendido el estudio de la
astrología; estudio del que nadie sino los que han viajado conocen su influencia, que
es tan general como profunda, y por la que se sabe que la nobleza extranjera mantiene

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en sus palacios a un astrólogo profesional, más como auxiliar de conocimientos
normales que como agente de secreta superstición. Para un espíritu como el de
Ippolito, esta pretensión tenía un peligro especial: al proponerse como objeto de
estudio algunos de los asuntos más asombrosos para el sentido, tentaba a su espíritu
demasiado impresionable frente a estas materias. Pocos son insensibles a la emoción
que produce el espectáculo nocturno del firmamento italiano; espectáculo en el que la
Hueste del Cielo se despliega en magnitud, número y esplendor jamás presenciado ni
imaginado en nuestro nuboso y contraído hemisferio; y pocos son capaces de calcular
la tremenda ansiedad a que llegan esas emociones, cuando el observador cree
contemplar en esos objetos majestuosos a los árbitros de su destino, sigue en su
progreso el movimiento misterioso de los hados, y trata de extraer de su posición el
conocimiento de sucesos que todos anhelan conocer, aunque saben que el hecho de
alcanzarlo no puede retardar o acelerar su marcha, disminuir su certidumbre, ni
mitigar su rigor. Al principio, este estudio se limitó a los acontecimientos más
importantes de la vida; pero al poco tiempo, su influencia se ensanchó tanto que lo
aplicaba a lo más trivial, incluso a esos momentos alegres que se consideran una
interrupción del pensamiento serio. Si alguien sacaba a relucir este tema, callaba la
risa, se suspendía la diversión, y el atolondrado Ippolito se quedaba ensimismado, o
se volvía afanosamente inquisitivo. Una prueba de esto tuvo lugar una vez, poco
después de su llegada a Nápoles, acompañada de circunstancias algo particulares. En
la época alegre del carnaval, cuando la superstición concede a sus devotos relajar la
austeridad, Ippolito asistió a un baile de máscaras que daba un napolitano de alcurnia.
Esa noche, a cada hora se aparecía él caracterizado como un personaje diferente, y
siempre ocurrente, o retozando con bulliciosa ligereza. En el jardín, con las luces
atenuadas, el follaje, las fuentes, los cantos invisibles y la luz entretejida de la luna
que hacía que pareciese un boscaje encantado, andaba él, unas veces como el pastor
de Guarini y otras como el héroe de Ariosto; ora atraía a la multitud con una canción
o una explosión de elocuencia, ora lisonjeaba a una máscara femenina con graciosa
galantería. Por último, cansado de corretear, se puso un disfraz de dominó y,
mezclándose entre los grupos, dejó que le divirtiesen como él había divertido con
prodigalidad. Al poco rato le llamó la atención una máscara que había estado dando
vueltas toda la velada, y que no parecía tener relación con ningún grupo. Su figura y
su atuendo eran fantásticos, más incluso de lo que autoriza un disfraz: combinaba los
rasgos de gitano y de astrólogo con un atuendo simbólico; su máscara representaba
un rostro frenético y demacrado; y su lenguaje, a diferencia de la jerga singular de la
región, era sombrío, solemne, insólito. Se había acercado varias veces a Ippolito a lo
largo de la noche, aunque cada vez que él intentaba dirigirle la palabra se alejaba
bruscamente. Sin embargo, su ademán y su tono eran invitadores; porque unas veces
cantaba, y otras declamaba los versos siguientes entre los grupos:

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Agentes de este orbe mundano,
ya en la cima luminosa de la dicha,
o en la negra morada del dolor,
cautivos de la esperanza, presos del cuidado,
pero locos, al fin, por conocer
los cambios de la mística corriente:
oíd mi canto, honrad mi arte,
creedme, y dignaos escuchar.

II
Es mi oficio encender los colores de la vida,
acrecer su dicha, paliar su aflicción,
suprimir las sombras y ahuyentar las dudas;
a la gente carente de futuro;
sosegar el sueño febril de las pasiones,
alimentar de la ambición la llama oculta,
refrenar el gozo con amenaza de males,
y dar al dolor promesa de placer,
hasta que la esperanza, en la mímica contienda,
se vista con el color de la verdad y la forma de la vida.

III
No me falta artificio para alcanzar la fuente
que remeda el reino reducido de la tierra;
donde baten las aguas contra el cielo,
rebaso el lugar donde sus límites se funden,
y en medio de las rodantes esferas
leo sus caracteres invisibles.
Esas formas menguantes, desvaídas,
estorbos de la luna, que navegan vagamente,
y revelan al ojo que los lee
lo que ningún mortal podría oír:
después, hiendo el silencio de la noche,
detengo el cometa en su carrera,
monto sobre sus ardientes alas,
y en él cabalgo envuelto en mis conjuros.
¡Agentes de este orbe inferior,
creedme, y dignaos escuchar!

La fiesta estaba acabando y la gente se dispersaba; y cuando ya se alejaban


alegres los últimos murmullos, la máscara se acercó otra vez a Ippolito. Este se

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volvió. La máscara se detuvo, y le habló con voz temblorosa y vacilante:
—Joven —dijo—; esta noche preside tu estrella favorable.
—Pues hasta ahora he notado muy poco su influjo —dijo Ippolito con
despreocupada jovialidad—: He venido a divertirme; pero no he encontrado más que
aburrimiento y decepción. He buscado el néctar en los labios de una Hebe, y casi me
asfixia su olor a diavola. Estaba a punto de llevar a la diosa de la castidad a un
casino, cuando, al suplicarle que saliese del eclipse, se quitó la máscara, y descubrí a
Diana convertida en Hécate. Me he topado con una vestal cuyo santuario…
Aquí le interrumpió la máscara, mezclando reflexiones morales con un discurso
convencional, para informarle de que había sido comisionada por los astros para
anunciarle la llegada inminente de un mentor etéreo, un pequeño silfo, benévolo y
solícito.
—Ahora mismo —dijo—, está viniendo veloz del planeta Mercurio, a lomos de
un rayo de luz invisible… invisible a los ojos de todos, excepto a los míos. La misión
que trae es perfeccionar tu moral; y tu felicidad será su satisfacción y su recompensa.
Adoptará un cuerpo y un lenguaje como los tuyos. Te servirá, te vigilará y te
aconsejará. Guárdate de rechazarlo; porque si lo haces, abrirá sus alas sobrenaturales,
y la dicha se alejará de ti para siempre.
Este discurso tuvo pleno efecto en el espíritu de Ippolito dada su peculiar
inclinación. De haberse referido a cualquier otro asunto, lo habría escuchado con
sorna; pero el hecho de empedrarlo con los términos de la astrología despertó su
interés y su curiosidad. El momento y el lugar, también, reforzaron de manera
insospechada la impresión: la soledad que acababa de suceder a la multitud, y el
silencio al bullicio, del que aún perduraba un murmullo confuso en sus oídos; la luz
confusa que alumbraba parcialmente el rostro de la máscara; la voz, que en todo
momento adoptó una gravedad de lo más doliente y natural.
—¿Cuándo y dónde veré a ese mensajero? —dijo Ippolito, casi serio—; si tenéis
poder para anunciarme su venida, igualmente lo tenéis para aligerarla. Mostradme su
persona, dejadme oír su voz.
—Si lo hago —le interrumpió la máscara—, ¿creerás mi predicción, lo admitirás
a tu servicio, le concederás tu confianza?
Ippolito asintió. La máscara vaciló incrédula. Ippolito, encendido ahora de
curiosidad, lo prometió solemnemente:
—Mira aquí —dijo la máscara, sacando de debajo de su vestidura un espejo en el
que había escritos extraños caracteres—. Mira aquí; y serás complacido.
Ippolito miró ansiosamente en el espejo; vio asomar un rostro, por encima de su
hombro, y desaparecer. Fue una visión fugaz, pero su efecto fue imborrable; porque
tenía una expresión tan conmovedora que una vez vista era difícil olvidar. La máscara
se alejó y, mientras Ippolito seguía perplejo, se perdió entre los grupos y las sombras.
Sentía su asombro a la vez placentero y frustrante; placentero porque se
conciliaba con su fascinación por el prodigio, y frustrante porque dejaba insatisfecha

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la curiosidad que le había despertado. Mientras regresaba a casa despacio, casi
esperaba ver surgir al prometido visitante de la sombra de una columna al pasar junto
a ella, o cruzarse en su camino dirigiéndole algún extraño saludo. Sin embargo, llegó
al Palazzo di Montorio sin ningún incidente. Y se disponía a subir la escalinata
cuando se le acercó una figura delgada que había estado apoyada en la balaustrada,
casi invisible, y solicitó que la acogiese con el lenguaje de la máscara; mientras
hablaba se quitó un gran sombrero que le ocultaba la cara, revelando la misma
fisionomía que Ippolito había visto fluctuar en el espejo del mago. Incapaz de hacer
otra cosa que mirar, estudió al individuo, y por un instante le asaltó la duda de si
pertenecería o no a este mundo; luego, tras un esfuerzo por recobrarse, le habló con
oportuno humor: le preguntó de qué esfera había caído, y si había cabalgado a lomos
de un meteoro o de un rayo de luna. Su burla solo recibió como respuesta una súplica
vehemente de que le aceptase; e Ippolito, afectado por los sucesos de la noche más de
lo que estaba dispuesto a reconocer, y a resistir, accedió finalmente. Tal era la
disposición de este joven voluble, cuyo juicio e imaginación estaban en guerra
perpetua y desigual, y que en un momento dado se reía de los sentimientos para, al
momento siguiente, dejar que estos decidiesen el curso de su vida. Ignoraba si la
persona que acababa de admitir era o no un asesino o un hereje; pero admitirla
halagaba la inclinación que dominaba en él: su amor a lo maravilloso.

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CAPÍTULO II
¡Ah, desdichada! ¡En vano te creíste esposa de Dios!
POPE

Al día siguiente, Ippolito se enteró de un reciente suceso que era tema de


conversación en las tertulias que visitaba. En las historias sobre prodigios nunca nos
conformamos con el suceso en sí, sino que inquirimos los motivos, aunque los
resortes más sutiles de las acciones humanas escapan a menudo a los mismos que las
ejecutan. Pero aquí había amplio espacio para la conjetura: Rosalía di Valozzi, hija de
una noble familia de Nápoles, reunía los dones naturales más peligrosos: una figura
atractiva, y un espíritu sensible «hasta la locura».
En ella se combinaban los modos más suaves y más fuertes de esta peligrosa
cualidad. Hay una sensibilidad doméstica que se consume en las vicisitudes
ordinarias y en las pequeñas desdichas de la vida, y hay una alta sensibilidad que,
haciendo caso omiso de las maneras inferiores de sufrimiento humano, crea para sí un
orden de dignidad heroico, insensible a la aflicción.
Las suyas eran las versiones más sutiles de la una y la otra, aunque purificadas,
amalgamadas, reconciliadas; la primera, sin su trillado despliegue de exhibiciones
diarias; la segunda, sin su orgullosa y pedantesca inutilidad. Así que no conocía ese
alivio de que gozan la sensibilidad vulgar y la romántica por separado (la una a causa
de la natural disminución del sentimiento dividido, la otra por la necesaria atenuación
de la arrogancia sobrehumana), y sus sentimientos se combinaban en esa exquisita
mezcla de dulzura y firmeza que, aunque buscaba su objeto y su ejercicio entre las
cosas de este mundo, utilizaba para obtenerlos una capacidad y una energía que solo
guardaban proporción con las grandes metas del otro.
Estas facultades excepcionales las desarrolló primero en un escenario
singularmente apropiado para sacar lo que tenía dentro, y estimular la incipiente
sensibilidad de su joven espíritu: en el bosque, cuya sombra densa sosegaba y
solemnizaba, en el mar, cuya inmensidad y serenidad infundía quietud al alma, en las
montañas, cuya feroz fisonomía inspiraba miedo y maravilla, en las moles de ruinas
góticas y griegas cuyas piedras exhalaban ese espíritu innominado de antigüedad que
nos hace temblar con delicioso temor en el suelo marcado por sus restos. En esos
parajes vagaba Rosalía, todavía niña; en ellos, su alma se impregnaba de una tintura
de entusiasmo, llena, rica y profunda. Porque en medio de esos parajes se alzaba el
convento donde Rosalía, con otras hijas de la nobleza, recibía educación. Aquí
vagaba, sin acompañamiento; porque la melancolía es insociable y el entusiasmo es
impaciente frente a la sujeción y las interrupciones; en cuanto a los sentimientos a los
que se abandonaba, no quería compartirlos, y evitaba toda suerte de control. Aquí
dedicaba su vida a estimular su sensibilidad, ya demasiado exquisita para la razón, y
casi para la vida, en vez de a perseguir la utilidad racional y la felicidad alcanzable; a

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elevarse hasta el hacedor de otro sistema, rodeada de formas y objetos de su propia
creación, cuyo esplendor proclamaba su falta de realidad, y cuyos exquisitos y falaces
deleites la incapacitaban para la sencillez de un goce sustancial. La naturaleza y la
soledad conducen gradualmente a la abstracción; y del conjunto de imágenes
abstractas, las más poderosas y espléndidas son las de la presencia y perfección de la
Deidad. A estas, por tanto, se elevaba su espíritu de manera natural; y ninguna
impresión de objetos externos o temporales conseguía pervertir el homenaje de sus
sentimientos.
Así que a los catorce años, sin plantearse que sus sentimientos pudieran tener otra
meta y ocasión de ejercicio que las actuales, ni que existiese ningún motivo de interés
fuera de los límites del claustro y del ámbito del monacato, anunció su intención de
tomar el velo dentro de los muros del convento donde se había educado. Su familia,
demasiado rica para adoptar la política de las familias menesterosas italianas, de
hacer profesar a la hija más joven, oyó con disgusto esta decisión, y trató de
disuadirla. Ella se mantuvo inflexible, y sus padres le pidieron que aplazara su
decisión solo un año, proponiéndole que lo pasase con ellos en Nápoles. Rosalía
accedió con ese desdén hacia la tentación del que suele venir el más grande peligro. Y
más para gratificar sus sentimientos religiosos con un acto solemne que para
afianzarlos con un vínculo inviolable, sola, a medianoche, al pie del altar, hizo
promesa vehemente de volver al convento, una vez que el mundo hubiese cesado de
importunarla, y tomar el velo. Así fortalecida, entró en el mundo, dispuesta a
concederle una mirada desdeñosa antes de abandonarlo definitivamente… y en su
primera aparición fue recibida con alegría y asombro. Su belleza pensativa y monjil,
la sencillez de sus maneras, y su espíritu, en el que el rubor del entusiasmo y la
sombra de la melancolía se alternaban como los matices diversos de un cutis
hermoso; la despreocupación con que dejaba fluir sus sentimientos, a la vez que
dominaba con feliz excelencia lo que los refinamientos de la práctica y los esfuerzos
del arte suelen enseñar con sufrimiento y trabajo, todo esto hacía de ella, incluso para
el más sofisticado sentido de la moda, un festín nuevo y exquisito. Rosalía se retrajo
al principio; porque, aunque no era consciente de sus prendas, la notoriedad la
cohibía, y era demasiado asustadiza ante el halago. Pero nos reconciliamos fácilmente
con el elogio que se nos dispensa; así que no tardó en encontrar grato estar algún
tiempo más en el mundo, para iluminarlo y deleitarlo.
En medio de este halo de admiración, cuando una dulce conciencia de placer
parecía que le iba invadiendo solapadamente el espíritu y los sentidos, se volvió, de
repente, más solitaria y ensimismada que nunca: sus mejillas palidecieron, y la
mirada se le quedaba perdida. La familia, que observó el cambio y le preguntó la
causa, recibió respuestas evasivas; y cuando su solicitud, cada vez más grande
conforme veía que aumentaba su postración, se hizo insistente, les respondió que su
determinación de tomar el velo se estaba retrasando demasiado, y que había decidido
no dilatar más ese paso.

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Aunque todos lamentaron esos escrúpulos de conciencia, nadie se opuso; y al año
de haber entrado en el mundo, lo abandonó para siempre. Pero desde el instante en
que la reja se cerró tras ella, su silencio se convirtió en abatimiento, y su melancolía
en desdicha. Y al cabo de unos meses de languidecer sumida en un desaliento
desesperanzado, desapareció una noche al concluir el oficio de vísperas, y no la
volvieron a ver. Nadie pudo explicarse el motivo ni los medios de tan extraño suceso;
y después de las habituales pesquisas y lamentaciones, solo alguna descabellada
conjetura, o alguna exclamación de extrañeza, recordaron la suerte de Rosalía.
Cuando Ippolito regresó al palacio, encontró una carta de su hermano Annibal,
que vivía con la familia en el castillo, y con el cual mantenía una correspondencia
regular. La unión que esto había generado entre ellos era sorprendente, dada su
diferencia de carácter. Annibal era tímido, callado y receloso en la misma medida que
Ippolito era osado, crédulo y espontáneo; pero los dos participaban por igual de la
afición al estudio de oscuras materias que caracterizaba a la familia, y de esa
resolución tenaz con que se lanzaban a una búsqueda quimérica, por extravagante que
pareciese. El tenor de la carta era más o menos como sigue:

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CAPÍTULO III
Praeterea fuit in tectis de marmore templum
Hinc exaudiri voces, et verba vocantis.
VIRGILIO

Un templo de mármol se alzaba en la arboleda;


a veces, cuando ella visitaba la bóveda solitaria,
extrañas voces salían de la tumba de su esposo.
DRYDEN

He tenido la atención tan ocupada en extraños sucesos y en las reflexiones que me


sugerían, que hace bastante que estoy sin escribirte. Ahora que me dispongo a
contártelos, vuelvo a darle vueltas a los detalles, muy simples a primera vista, aunque
ponen de manifiesto algo que suspende la incredulidad misma y apunta a cosas
oscuras y desconocidas… Pienso en todo esto, y me parece estar soñando; y en vano
intento dar forma y consistencia a las sombras que fluctúan a mi alrededor.
Me he dormido y me he vuelto a despertar. He estado un rato junto a la ventana;
son el madroño y el laurel, que se agitan debajo; es la brisa fresca del mar que llega
hasta aquí; veo el sol estático en el cielo… Todo eso son objetos del sentido que
dejan en mí su impresión lógica y habitual. En cambio, las cosas de las que he sido
testigo últimamente no son menos palpables. Tú que te sueles reír de mis lúgubres
quimeras, disponte ahora a compartir el ridículo, o a renunciar a la evidencia de tus
sentidos.
La vieja capilla, fuera de las murallas del castillo, lleva mucho tiempo en ruinas, y
actualmente está llena de obreros. Ya conoces mi afición a las ruinas. Después de la
siesta me di un paseo hasta allí; encontré las grandes puertas cerradas, y que los
obreros entraban por una grieta abierta debajo de un ventanal hecho añicos. Al
asomarme por esa abertura, los diversos detalles que se veían: fragmentos de
albañilería, grupos de lugareños, unos trabajando, otros mirando alrededor, y la
silueta de un muchacho que, medio oculto entre los arbustos, tocaba unas notas
singulares con su flauta, me inspiraron esa tristeza placentera que nace de la
contemplación de lo antiguo deteriorado y de la moderna apatía, del esplendor
desolado con gente ignorante contemplando sus restos. Y estaba yo apoyado en un
saliente de la grieta, invisible, cuando me llegó una conversación, sin duda sugerida
por el lugar, que habría dado lo que fuera por oír en una noche ventosa junto a un
fuego medio apagado. Era sobre espíritus y sombras, sobre velas que se encendían
solas, y campanas que tañían sin que nadie las tocase dentro de esos muros desiertos.
Escuchaba gratamente excitado de curiosidad, hasta que ciertas alusiones oscuras me
hicieron reaccionar. Presté atención, pero no lograba comprender; hablaban de que
«el conde no iba a descansar mejor en la cama que sus antepasados en la tumba si se
supieran esas cosas», añadiendo que «el viejo y canoso Michelo, aunque no decía

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nada, estaba bien enterado». Si bien mi primer impulso, al volver al castillo, fue
mandar llamar al viejo ayuda de cámara para que saciase mi sed de prodigios con sus
consejas, lo único que pretendía era distraerme una hora oyendo alguna leyenda que
no hiciese falta creer ni me diese que pensar. Poco recelaba lo que me aguardaba;
poca sensación tenía de hallarme en el trance del que es empujado gradualmente
hacia un precipicio cuyos terrores no puede medir ni evitar. Michelo acudió a mi
llamada. Deseoso de obtener de él toda la información, y conociendo su carácter
tímido y reservado, procuré formularle hábilmente la petición. «Michelo —dije—, he
oído contar muchas veces leyendas de la familia de las que guardas no pocas en tu
memoria; pero me han dicho que conoces algunas más maravillosas y terribles aún,
historias que no osarías revelar a oídos vulgares, y que confío que hagas una
excepción con los míos». Este discurso, que lejos de acusarle, señalaba tan solo que
lo que supiera no estaba reñido con la más pura inocencia, produjo un efecto terrible
en el anciano. Le temblaron los labios, le cambió la expresión, y me suplicó
vehementemente que no le obligase a hacerme la revelación que pedía. La impresión
que me causó su nerviosismo fue indecible. La vaga curiosidad con que había
iniciado la conversación se me convirtió de pronto en la persecución de algo de lo
que no tenía una idea clara, pero cuya importancia aumentaba con su oscuridad.
Le dije que estaba convencido de que sabía algo «que quizá yo, como hijo de esta
casa, debía conocer; debía investigar, y no por mera curiosidad». Le aseguré que
contaría con mi favor si me ayudaba; y en caso contrario, incurriría en el enojo de
nuestro padre. Aunque su respuesta fue confusa y entrecortada, no es fácil que la
olvide. «¡Oh, signor, por lo que más queráis! no le digáis a vuestro padre nada de esta
conversación; no atraigáis su ira sobre nosotros; su ira será terrible. Poco sabéis, y
poco sé yo también, ay de mí; porque si así fuese, o diese crédito siquiera a lo que he
oído, cómo iba a pasar por delante de la capilla, como hago todas las noches, y
atravesar esas habitaciones desiertas, ni atreverme a dormir en la torrecilla, encima
del aposento que… donde el viento gime tan lastimero que si me pusiera a pensar
acabaría imaginando que es… que acabaría volviéndome loco». Le pedí que se
sosegase, aunque yo estaba lejos de tener el sosiego que le recomendaba. A mi
insaciable avidez por lo maravilloso se sumaron ahora otros sentimientos: no podía
creer (aunque fingía que sí) que la agitación del anciano se debiera a consejas propias
de una servidumbre supersticiosa. Se incorporó, reprochándose el «haberse
traicionado estúpidamente, y haberse dejado sorprender por una pregunta inesperada
y unos ojos sagaces». No quiero aburrirte repitiendo las amenazas, las súplicas, las
reconvenciones, las excusas y las evasivas. Al final accedió a conducirme por la
noche a su torrecilla aislada y lejana, porque temía que la familia nos descubriese o
incluso nos viese hablando. La noche, como cualquier plazo al que la ansiedad añade
una longitud imaginaria, tardó en llegar.
Cuando subíamos a la torrecilla me pareció observar en el rostro del anciano una
expresión de fingida tranquilidad, fruto del esfuerzo de una astucia concentrada y

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resuelta. Se sentó, despabiló la lámpara, y seguidamente me preguntó qué quería que
me contara. Con el nerviosismo de la expectación, en ese estado de suspenso del que
espera una revelación, se me había ido eso totalmente de la cabeza; y dándome cuenta
de que podía burlar mi curiosidad inventándose cualquier patraña, le pedí,
precipitadamente y sin intención ninguna, que me relatase las circunstancias por las
que nuestro padre, que a lo que yo sabía tenía un parentesco lejano con el señor
anterior, había llegado a recibir los títulos de la familia. Se quedó desconcertado,
aunque sin posibilidad de retroceder; y se me ocurrió que, si lograba hacer que
empezase, era casi seguro que con su habitual locuacidad acabaría revelando lo que
pretendía ocultar. Tras alguna dilación, me informó que ese señor era tío nuestro, y
hermano de nuestro padre. Hizo un retrato del hombre que pareció animar su
elocuencia; lo describió como una combinación de las más excelentes cualidades y
las pasiones más violentas. Su amor era locura; su valor, temeridad; su odio, arma
mortal; y de su venganza, aunque honorable, como la califican los caballeros de
Nápoles, nadie escapaba con vida. «Vuestra casa —prosiguió— ha sido muy dada a
estudios secretos; vuestro tío en particular era muy versado en extraños libros y artes,
y en una manera de consultar los astros sobre si iba a ser feliz o desdichado. ¡Ay!,
mejor habría hecho en consultar a su propio corazón. Muchas noches pasaba mi señor
encerrado en los altos torreones del castillo; y cuando bajaba, paseaba en su aposento
durante horas, hablando consigo mismo sobre trinos, sextiles, cuadrantes, horóscopos
y ascensiones, palabras difíciles que se me quedaron de tanto oírselas repetir, aunque
no sé qué significan.
»De haber sido yo el señor de este castillo, tampoco habría querido saberlo.
Porque un santo benedictino me aseguró una vez que todo eso es herejía, y que no
son más que nombres diferentes que dan a Lucifer». Trataré de resumir lo que me
contó: habló del matrimonio de nuestro tío con la más bella, dulce y celestial de las
mujeres. Dijo que había tenido hijos. Aún se conservaba el retrato de la condesa, dijo,
en una parte no habitada del castillo, con casi todo el mobiliario de aquellos días
dichosos; allí los había trasladado él, al regreso de nuestro padre. Es una historia
dramática y confusa; contó que la felicidad conyugal de nuestro tío se truncó debido a
una propensión a la violencia y a la melancolía que adquirió de repente, y cuyos
comienzos Michelo hace coincidir enfáticamente con la llegada de nuestro padre al
castillo, con un criado de su confianza llamado Ascanio. «Incluso durante la fiesta y
regocijos por la llegada de mi señor —dijo—, los criados que traía de Nápoles
comentaban en voz baja que la dama tendría que adoptar una vida de solitario y
penoso esplendor; porque, debido a los celos de mi señor, o a algún secreto motivo de
inquietud que ya entonces arrojaba una sombra de tristeza sobre el bellísimo rostro de
ella, los dos parecían decididos a vivir en el más completo retiro. La situación se
volvió aún más sombría y extraña; mi señora lloraba a solas en su cámara; mi señor
se paseaba en silencio en la suya; vuestro padre parecía desolado ante la aflicción de
que era testigo, y hablaba separadamente con el uno y el otro, supongo que tratando

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de reconciliarlos y apaciguarlos. Finalmente anunciaron que mi señor, vuestro tío, se
disponía a realizar un viaje a las islas griegas; la condesa, cercano ya el momento del
alumbramiento, no lo acompañaría; solo sería asistido por Ascanio. Ascanio, a la
sazón, parecía gozar en exclusiva de la confianza de los dos hermanos. Yo no lo
envidiaba; mi amor y fidelidad a mi señor eran, como deben ser en un criado,
modestos y distantes, aunque profundos; lamentaba la aflicción de mi señor, pero no
se me ocurría indagar en ella. En cambio Ascanio era osado, impertinente y sutil».
«¿Vive aún ese Ascanio? —pregunté—. Podría ampliar tu historia con algún detalle
particular». «Desde luego que podría —dijo el anciano—. No, signor; está muerto.
Tuvo un fin espantoso y extraño». No quise tirarle de la lengua. «Cuando llevaba ya
mi señor unos meses ausente, observamos que en el castillo reinaba la más grande
consternación; a cada hora llegaban correos de fuera; la condesa no abandonaba
nunca sus aposentos, y vuestro padre parecía abrumado y nervioso. Por último, hacia
el final del otoño, una estación que había sido sofocante y malsana, la montaña se
mostró tempestuosa, y la gente, oyendo sus fragores, decía que anunciaban que
pronto iban a acontecer sucesos extraños. Nos reunieron en la sala del castillo para el
rezo de vísperas, porque por entonces estaban reparando la capilla. Una ráfaga de aire
caliente entró por el ventanal, y algunos criados que habían estado en Nápoles ese día
nos contaron que la montaña había emitido extraños ruidos durante la noche, y que la
ciudad aguardaba con terror la llegada de la noche; uno de ellos dijo que, junto a
aquellos retumbos, se oía un rumor sordo que salía del bosque, y que las copas de los
árboles se agitaban aunque no soplaba ningún viento. “Sí —dijo otro—; pero eso no
es lo más extraño que he visto yo en el bosque hoy”. Le pedimos que nos lo contara,
y el criado aseguró entonces con gran seriedad que se le había aparecido el conde su
señor, ese día, a poca distancia de… Ante esta fantástica alusión a alguien que
sabíamos que se hallaba en las islas griegas, nos echamos a reír; y de repente el
hombre se levantó de su silla y, dirigiéndose a la galería con la que comunica la gran
escalera, dijo en voz alta: “Mirad; allí sube”, haciéndole señas desde la balaustrada.
Un instante después estaban todos en la galería, y oyeron claramente ruidos de pasos.
Algunos afirmaron haber visto pasar una sombra en la escalera. Pero otra cosa hizo
que desviáramos en seguida la atención: llegó Ascanio, agotado y sin aliento; y
apartando con ambas manos a los que lo asaltaban con preguntas, se dirigió corriendo
al aposento de vuestro padre. Entretanto, la oscuridad del atardecer había aumentado
poblándolo todo de sombras; de la montaña brotó una masa de vapor, y el sol pareció
como un globo borroso y sangriento en medio de una bóveda inmensa de nube negra.
Cada uno de nosotros murmuró una plegaria para sus adentros; pero nadie confesó en
voz alta su miedo. Un momento después, una columna de fuego más clara que el
mediodía se elevó de la montaña, arrojando un resplandor espantoso de luz
amarillenta sobre el bosque y la playa, con los bordes emitiendo relámpagos y el
centro blanco de intenso calor. Se quedó en suspenso unos instantes a su máxima
altura, o así parecía a nuestros ojos, y a continuación se precipitó por las laderas del

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monte en forma de torrentes de lava; siguió un fuerte temblor de tierra; el aire y los
elementos entraron en prodigioso movimiento, y los relámpagos, o más bien
meteoros anchos y escamosos, siseaban y se contorsionaban con horrísono juego en
la punta de las torrecillas y el coronamiento de las ventanas. Cuando pasó la primera
impresión de terror, pensé en la condesa y sus hijos; solía pasar el tiempo con ellos en
una torre alta y solitaria, que estaba seguro que había sido reducida a cenizas. Subí
corriendo la gran escalera, cuando… Ahora viene lo aterrador de esta historia. Es
demasiado para mí; dejadme tomar aliento, y que me dé un poco el aire, signor».
Comprensivo con el viejo criado y su historia, le ayudé a levantarse y le sostuve
hasta la estrecha ventana. Unos momentos después respiraba mejor; observé cómo se
iba recuperando. No dejaba de mirarlo a los ojos; y de repente la mirada se le quedó
fija, ausente; extendió un brazo hacia fuera de la ventana; el aliento que acababa de
recobrar le abandonó por completo, se había quedado sin habla; seguí con los ojos la
trayectoria que su dedo señalaba. La noche era tranquila y oscura; al pie de la ventana
se veía la capilla ruinosa… y descubrí una luz, pálida pero inequívoca, que iluminaba
sus muros y los arbustos de alrededor. La observé con atención: se desplazaba sin que
la sostuviera ninguna mano, sin que la acompañaran ningunos pasos; recorrió el
presbiterio (vi cómo fluctuaba al pasar por delante de nuestra ventana), y desapareció
en la tumba de nuestro tío. Michelo y yo seguimos paralizados casi una hora, mudos,
sin respirar apenas… y entonces la vimos reaparecer. Intenté tragar el nudo que me
obstruía la garganta. «Michelo —dije—, ¿alguien ha visto eso antes?» «Yo, muchas
veces —dijo el anciano—; estando solo». «¿No tiene forma visible, no la acompaña
ningún ruido?» «Muchas veces», volvió a decir. «¿Y lo has comunicado alguna vez?»
«Signor; a vos únicamente confesaría yo lo que he presenciado: se habla mucho de
otras apariciones extrañas dentro de estos muros; esta es muy reciente. Hace pocas
noches, cuando la vi por primera vez, tuve la tentación de seguirla. Pensé que podía
ser alguien a quien la curiosidad o la ignorancia le conducían hasta ahí, y entré sin
miedo. La luz avanzaba delante de mí, y desapareció en la tumba del conde Orazio; oí
algo que brotó de ella, no sé si podría llamarlo gemido, aunque sonó parecido a una
voz humana. Me acerqué, no sé cómo; todavía me estremezco al contarlo, aunque en
aquel momento no sentí miedo. La pesada reja de la cripta estaba abierta del todo;
bajé… sí, bajé; surgió otra vez un resplandor; y al tiempo que siseaba en el ambiente
húmedo, los velos ondularon con visible movimiento; los ataúdes se sacudieron sobre
las andas… algo, que no pude distinguir ni soy capaz de describir, flotó delante de
mis ojos, una mano (que no era normal) se posó sobre mi cara y me la apretó; era
huesuda, y fría, y húmeda. Perdí la conciencia y, cuando me recobré, estaba tendido
fuera de la capilla, sobre la hierba, con mi farol ardiendo a mi lado. ¿Había caminado
todo ese trecho en trance? Regresé corriendo a mi aposento, me detuve a recobrar el
aliento, y mis ojos se posaron en ese espejo que estáis mirando: ¡¡¡tenía la cara llena
de hilillos de sangre!!! No se lo he contado a nadie, salvo ahora a vos».
Nadie que hubiera oído la voz vehemente del anciano, y visto la palidez de su

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rostro, habría podido no creerle. Tú conoces mi afición a razonarlo todo. Pero ¿qué
podía pensar de lo que acababa de ver y oír? Era demasiado palpable para atribuirlo a
la imaginación, pero demasiado insensato para encontrarle una lógica; así que me
esforcé, igualmente en vano, en considerarlo un mero vapor de la mente, o juzgarlo
por cualquier regla de razonable solución. De Michelo y su relato pasé a pensar en
mí. Insensiblemente, empecé a imaginarme en su situación, poseyendo oscuros
secretos al parecer, e incitado a entrar en contacto con lo sobrenatural. Me pregunté
hasta dónde me cogería prevenido tal eventualidad. Pensé en la posibilidad de que
fuera un engaño. Analicé mi manera de ser, y el probable poder que tales impresiones
ejercerían en mí si me expusiera a ellas. El resultado me produjo una extraña
satisfacción. Me sentí como si me llamasen para someterme a esa prueba y saliese
airoso de ella. Soy fuerte de cuerpo, firme de nervios, y lento de comprensión; soy
muy poco propenso a la jovialidad y a la fantasía; rara vez les doy rienda suelta; y
cuando lo hago, vigilo ambas expansiones como vigila el viajero la danza falaz de
unos fuegos fatuos para evitar su ilusión. Tal carácter tiene un punto débil: la afición
a las cuestiones visionarias que, según he oído, ha distinguido siempre a nuestra
familia.
Pero ni siquiera ejerce una influencia habitual ni manifiesta en mi espíritu.
Difunde más una penumbra que una oscuridad; su efecto ha sido el del crepúsculo
cuyas sombras inspiran un temor dudoso y placentero, no el de la medianoche que
puebla sus rincones tenebrosos de formas amedrentadoras. La conclusión de mis
deliberaciones ha sido la misma, quizá, que si no hubiese deliberado: satisfacer el
simple y original impulso de curiosidad con una investigación de lo que en vano
pretendo atribuirle una naturaleza más elevada. Decidí presionar a Michelo para que
terminase de contarme su historia; y decidí también visitar la tumba del conde Orazio
por la noche. No necesito decirte que acepté con gusto el ofrecimiento de Michelo de
acompañarme. Conoce pasadizos secretos del castillo que podemos utilizar para que
no nos vean. «Signor —dijo—, es mejor que vayamos por esos pasadizos hasta los
aposentos, tanto tiempo cerrados, de vuestro tío y su esposa la condesa. Me
permitiréis que vaya con los ojos cerrados. Vos me guiaréis, signor; y cuando estemos
cerca, hablad con buen ánimo, y dejadme sentir vuestra mano en la mía».
Acepté todas estas condiciones. Y ha llegado la noche; la familia descansa, y yo
estoy en la torre esperando a Michelo. ¡Ippolito!, ¿qué hay en esa naturaleza y ese
estado a que aspira nuestra parte superior, que la creencia en su realidad resulta
espantosa, y se nos hace insoportable la idea de su presencia o proximidad visible?
No tengo un temor definido acerca de lo que pueda encontrar o ver, pero noto dentro
de mí una desazón y una alarma, como si presintiese algún mal de dimensiones
demasiado grandes, o de caracteres demasiado terribles, aun siendo venidero.
Compruebo, al menos, que ese pensamiento no deja espacio a ningún otro, aunque en
sí mismo es vago e indeterminado. Me he traído libros, pero no soy capaz de leer. He
empezado varias cadenas de pensamiento; todas las he desechado con sobresalto al

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imaginar que estaba en la cripta. A pesar de mi resolución, la respiración se me
acelera, y un nudo me oprime la garganta. Intento pasear arriba y abajo en este
angosto aposento; no me sirve de nada… mis pasos se reducen a un pequeño trecho,
más allá del cual casi me da miedo aventurarme, y las pisadas suenan demasiado. Se
acerca la hora; dentro de unos instantes tocará la campana. Casi empiezo a lamentar
que no esté más lejos el momento que estaba deseando. Casi temo oír la llegada de
Michelo… ¡Atención! Suena la campana; esta vieja torrecilla parece oscilar con su
resonancia. Y el silencio que sucede, ¡qué profundo, qué callado! Podría oírse el
chillido del búho. ¡Ah!, un relámpago acaba de deslumbrarme. Me acercaré a la
ventana; el fragor de los elementos será bienvenido en un momento como este… La
noche es oscura y revuelta; el viento embiste con rachas furiosas contra la ventana.
Las nubes desfilan deprisa como un rebaño disperso. Hay un murmullo que viene de
abajo, del bosque, que si fuese de día no me importaría escuchar; pero en mi actual
estado de ánimo, no me atrevo a prestar atención. ¡Ojalá hubiera llegado mi anciano
guía! Cualquier temor es soportable si tenemos cerca un ser humano… ¿Ha sido mi
imaginación ese alarido?… Otro; y otro… ¡Imposible! ¡Atención! Hay tumulto en el
castillo; luces y voces al pie de la torrecilla… ¿Qué es lo que dicen?

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CAPÍTULO IV
—————Nec mens mihi, nec color
Certa sede manet, humor et in genas
Furtim labitur, arguens
Quam lentis penitus macerer ignibus.
HORACIO

Mi razón huye confusa,


palidece el dudoso color de mis mejillas;
y mis lágrimas delatan resbalando
la llama durable de mi alma.
DRYDEN

No fue posible sacarle al portador de esta carta ninguna información adicional. A


Ippolito se le iba despertando, mientras la leía, el espíritu visionario que tenía dentro,
y deseó haber sido él quien estuviera en el castillo para regalar su imaginación con
oscura imaginería de terrores espectrales. En cambio Annibal, de temperamento
diferente, se resistía con fuerza a la supuesta impostura y se sometía con renuencia al
influjo que tan enigmáticamente se le imponía. Pero Ippolito sentía a la sazón tanta
curiosidad por su joven criado como Annibal por el suyo anciano. Divertido por las
asombrosas circunstancias de su presentación, Ippolito le había asignado un aposento
contiguo al suyo, y eximido de todos los trabajos serviles. Era, a decir verdad, una
concesión gratuita; porque de haber caído Cyprian, como se llamaba, de la esfera de
otro planeta, apenas habría sido más ignorante de tales menesteres. Ippolito se dio
cuenta, y dejó que se ocupase de lo que quisiera.
Cyprian era menudo, delgado y endeble de cuerpo, con un espeso cabello castaño
que le ocultaba las mejillas, y acentuaba la oscura y pensativa tristeza que
perpetuamente le teñía el semblante. Rara vez levantaba la cabeza, rara vez
desaparecía de su rostro la expresión concentrada; pero cuando esto ocurría, un súbito
y ansioso destello de inteligencia delataba un espíritu de energía contenida, y de
habitual desaliento. Aunque aceptó de buen grado un puesto de servidumbre, poseía
modales refinados y conocimientos propios de las clases más altas de la sociedad.
Sentado ante el órgano o el arpa, Cyprian dejaba fluir entre sus finos labios
semiabiertos un hilo de sonido más parecido a la respiración que a los acentos
modulados por el arte y la práctica; eran suspiros de la música misma, en tanto sus
dedos, hundiéndose en las cuerdas, casi parecían participar de una sensibilidad viva, y
olvidar el poder del movimiento en la cadencia. Como pintor, su mérito era también
distinguido; sin embargo, nada de cuanto hacía resultaba forzado, ni siquiera
acabado; parecía estar en posesión del genio del arte sin sometimientos a reglas ni
preceptos, y en todo reflejaba una especie de fragilidad, una cierta delicadeza de
imperfección, propia de los esfuerzos inconexos de un cerebro que solo necesita
hallarse estable para llegar a la perfección. Pero pronto se hizo evidente que ni como

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pintor ni como músico descuidaba esa influencia que demandaba misiones superiores.
Asumió su puesto de instructor de Ippolito con un espíritu y una autoridad que
verdaderamente parecían venirle de arriba. Ippolito le escuchaba con sorpresa; pero
era la sorpresa con que la dulzura del censor desarma de enojo, y con que su
elocuencia infunde admiración.
Tomando a broma, empero, una discusión con el muchacho, recurrió a los poderes
retóricos y dialécticos de los que se solía valer, pensando que con cuatro frases
brillantes confundiría rápidamente a su pobre interlocutor. Pero en vano desplegó
toda su engañosa sofistería. Cyprian, sencillo, serio, sincero, atacó a su florido
adversario con la elocuencia de un hombre y el fervor de un ángel. No se dejó
deslumbrar por la verbosidad, ni desconcertar por las sutilezas, y en vano empujó el
orgullo a Ippolito a defender una causa de la que su conciencia desertaba. La
conclusión del debate probó que no era por la victoria por lo que el joven había
discutido; había procedido con diez veces más ardor para extraer la consecuencia
práctica de obligar a Ippolito a hacer concesiones. El orgullo de este era tan ingenuo
que no osaba practicar lo que no era capaz de defender; y el muchacho arrancó al
libertino atolondrado la promesa de reformarse. Pero aún quedaba una empresa más
difícil: encauzar su vida hacia una opción mientras aún se hallaba en suspenso, y
hacer posible la transición de una conducta a otra; si bien ocultando esa transición, e
impidiendo las oscilaciones en el vacío intermedio. Así que, en este momento,
Cyprian desplegaba todas sus cualidades: en pintura, en armonía y en poesía; y sobre
todo, su gusto difundía un hechizo sobrio y tierno como la luz de la luna bañando el
paisaje… hasta que Ippolito empezó a encontrar satisfacción en el ejercicio
consciente de cualidades que albergaba en su interior, y que sin embargo tomaba por
nuevas adquisiciones; con lo que Cyprian consiguió despertar a los placeres
olvidados de la naturaleza y el gusto a un espíritu saturado de perniciosos
estimulantes y de voluptuosidad artificial. Pero a los espíritus así habituados no se les
aparta fácilmente de abandonarse al exceso periódicamente; y cuando llegaba la
noche, ni el gusto ni el talento de Cyprian lograban impedir la crónica comezón de la
abstinencia. Cuando estos fracasaban, incluso el alma reflexiva del pequeño
instructor cedía a su solicitud por el discípulo: con graciosa petulancia de postiza
autoridad, rodeaba a Ippolito con sus brazos delgados y, con femenina zalamería, le
recordaba que no debía salir; zalamería a la que él se rendía con la sonrisa
enfurruñada de quien lo hace de mala gana.
Les encantaba vagar por la costa, contemplar la rica franja púrpura del final del
día sobre un paisaje que se fundía en la sombra, y recrear los ojos en mil siluetas
híbridas y quiméricas. El mar extendía su infinita superficie de esplendor, punteada
de esquifes y galeras, con los muelles y promontorios extendiendo sus líneas
estrechas en él, rematados con torres vigía que retenían en lo alto la luz del sol; y con,
al nordeste, el Vesubio alzando su mole de tumultuosa oscuridad. Allí se demoraban
escuchando los ruidos tranquilos del atardecer, el blando soplo de la brisa, el

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murmullo de las olas, las voces rasposas de los marineros, y los acentos suaves de los
campesinos que bailaban en grupos en la playa, que, aunque distintos, se mezclaban
con el bordoneo incesante que una ciudad populosa produce al anochecer, formando
una especie de música animal que sosegaba, si no animaba. Allí se estaban hasta que
Ippolito, «no conmovido sino transportado», brindaba a Cyprian ocasión para abordar
el asunto de su inacabable cuidado.
Hablaba de las cosas terrenas que, con toda su belleza y su excelencia, no son
sino un velo que se extiende sobre la perfección plena e impasible que no nos es dado
contemplar sino a través de ellas; decía que la disolución de los seres de este mundo
no es otra cosa que la supresión de dicho velo. Cuando esto ocurre, lo que oculta
irrumpirá sobre nosotros con toda su gloriosa excelsitud, inundando nuestros sentidos
de un gozo inefable «como no han visto los ojos, ni los oídos han oído».
Ippolito, escuchándole, estaba «casi convencido de que era cristiano».

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CAPÍTULO V
Cum subite e sylvis, macie confecta suprema
Ignoti nova forma viri, miserandaque cultu Procedit.
VIRGILIO

Cuando surge del bosque, ante nosotros,


un ser entre espíritu y humano,
enjuto, macilento, desmedrado,
tan sin carne que hombre no parece.
DRYDEN

Segunda carta de Annibal

En la anterior terminé bruscamente. Me interrumpí creyendo que había ocurrido


algo importante; fue una decepción: los gritos provenían de un criado que, al pasar
cerca de la capilla, vio o imaginó ver algo que le dio un susto de muerte. Le oí contar
lo sucedido. No quiero saber más historias de esas; me alteran los nervios y perturban
mis facultades cuando más necesito fortalecerlas y concentrarlas. Tengo el
presentimiento de que voy a ser llamado a realizar algo que requerirá mucha energía
de pensamiento y de acción. El único detalle digno de contar sobre el susto de este
hombre es que, al recobrarse, pidió que lo condujeran a nuestro padre, y una vez ante
él solicitó que estuviese presente su confesor. Nuestro padre accedió con una presteza
que me llenó de asombro; pero no encontraron al monje por ninguna parte. Nuestro
padre, entonces, pareció recordar algo que le turbó. E iba a despedir al criado cuando
surgió el monje de una pequeña puerta de su oratorio, y se acercó a nosotros. Su
aparición en ese instante, con el rostro flaco y cetrino, los nudos de su disciplina
manchados de sangre, la holgura de sus hábitos negros prestando una especie de
oscuridad flotante a su figura, dejó en mí una imagen nada agradable de evocar; en el
criado que había pedido verlo el efecto fue terrible: se desvaneció otra vez, y tuvieron
que llevárselo del aposento. Descubrí que Michelo había aprovechado la confusión
del momento para frustrar mi propósito de hacer una visita a la capilla esa noche;
propósito que no sabría decir si los últimos incidentes contribuyeron a desalentar o a
reforzar. ¿Te he hablado ya del confesor? Si no es así, permíteme que lo haga ahora.
Es un ser extraño. En otro tiempo fue clérigo del rito griego, a cuyos errores
renunció, y poco después ingresó en el convento cercano a Nápoles, cuyo superior lo
recomendó como persona de excepcional fervor y santidad. A esto añadía la fama de
su severa casi sobrenatural austeridad; títulos que le hacían aún más grato a los ojos
de nuestro desalentado padre.
Jamás he visto una figura y una actitud más ultraterrenas, ni una apariencia más
ajena a los seres y los asuntos de este mundo que las de este hombre al que llaman
padre Raffaello Schemoli. En sus ojos grandes y fijos parece haberse apagado para
siempre todo fuego humano; su rostro muestra las huellas del pasado, más que las

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pasiones o experiencias del presente; es como el lecho de un torrente ya
desaparecido, pero cuya violencia ha dejado surcos profundos y desiguales, ahora
secos. Los poquísimos que conocen o han visto a este hombre hablan de él con una
especie de oscuro temor; para ellos es, desde luego, motivo de superstición y de
quimera, con el que se fomentan a sí mismos el miedo. Incluso a mí, la impresión que
me produce a veces es la de uno de esos seres que están en comunión con ambos
mundos, y son capaces de burlarnos asumiendo forma y conducta humanas, mientras
desarrollan sus oscuras actividades en un elemento distinto del nuestro. Me da
vergüenza referirme a él en términos tan supersticiosos, pero tendrías que verlo.
Michelo me estuvo rehuyendo durante los tres días siguientes; al final lo encontré en
el corredor oeste. Y sin aguardar a su respuesta, aunque estaba decidido a no darla
por oída, le dije que iría a su aposento esa noche, y lo dejé. Pero en cuanto me
presenté en su cámara, cuál no sería mi asombro al encontrarme con su obstinada
negativa a concluir la historia de la desaparición de nuestro tío. Le supliqué y le
razoné; pero se mantuvo firme; entonces le amenacé con recurrir a nuestro padre. Él
meneó la cabeza enérgicamente: «No es probable que mi señor intervenga en este
asunto —dijo—. Sabe todo lo que yo pueda contar, y tal vez no le guste que os lo
cuente». Irritado, le insinué que podía recurrir a medios violentos. «La violencia no
puede hacer otra cosa que destruir —dijo—; ¿y qué satisfacción encontraríais en
acabar con un anciano infligiéndole dolor unos días antes de que encuentre la paz
definitiva?» ¿Qué podía yo replicar a tan dramática obstinación del anciano? Con
todo, seguí insistiéndole, hasta que, paseando una mirada escrutadora alrededor de la
cámara, se levantó, me agarró las manos un instante, y susurró: «Signor, me está
prohibido». Creo que con su gesto quería comunicarme la impresión que en seguida
saqué de sus palabras: que el poder que se lo vedaba no era humano; sin embargo, mi
ansiedad era irresistible, y más aún tras esta oscura alusión. Y continué haciéndole
preguntas vagas e indirectas, esperando lograr por ese medio que me lo desvelara.
«¿Hace mucho que murieron mi tío y la condesa?» «Sus tumbas están en la vieja
capilla desde hace dieciocho años». «Eso es muy impreciso, Michelo; lo que sabes es
seguramente más concreto». «¿Es posible, de verdad, distinguir a los muertos de los
vivos? —dijo frenético—. Hay algunos que van y vienen, y andan entre nosotros
como si estuviesen vivos, cuando en realidad hace mucho que les pusieron encima un
buen montón de tierra y una lápida. En cuanto al conde Orazio —rectificando—,
ojalá tengan paz sus huesos. Pero desde luego, no descansan en la capilla de sus
antepasados». «Explícate, Michelo». «Lo haré, signor; porque eso sí lo puedo contar.
Poco después de la noticia de la muerte de la condesa…» «Entonces, ¿la condesa ha
muerto?…» «Perdonad, signor; solo me refiero a la noticia de su muerte… Yo
regresaba de un viaje (al que me había mandado vuestro padre); y cuando estaba
llegando al castillo, de noche, vi iluminada la capilla, y oí cánticos de muchas voces
que entonaban el réquiem. Me dirigí allí a toda prisa, y me enteré por los criados de
que mi señor había muerto en el extranjero, y que en esos momentos estaban

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enterrando sus restos, traídos por Ascanio. Al principio me quedé de piedra. ¡¡¡La
condesa, los hijos, mi señor, todos, en espacio de unos meses!!! Cuando me recobré,
entré en la capilla. El oficio había terminado; los monjes y los criados se estaban
dispersando; la mayoría de las antorchas se habían apagado; solo se oía el tañido
lento de la última campana. Me acerqué al féretro; todos habían bajado a la cripta a
preparar su lecho definitivo. Me había quedado solo; y quise contemplar el rostro de
mi señor por última vez. Al inclinarme sobre el paño mortuorio, tuve la impresión de
que se movía; retrocedí; pero me acerqué otra vez y, con mano temblorosa, lo retiré.
No había sudario ni mortaja. Miré el interior con asombro: no había cadáver ni nada
que perteneciese a un cadáver; el féretro solo contenía el paño mortuorio y un vestido
extendido. Volví a cubrirlo; oí pasos de los asistentes que subían de la cripta. Me
retiré…» Le pregunté en vano qué pensaba de tan extraordinario hecho; finalmente
dijo: «A veces, signor, creo que si está efectivamente muerto, lo han enterrado en
algún lugar remoto y profano, y el pobre errabundo viene a buscar descanso entre sus
antepasados, aunque no lo consigue». Una larga pausa siguió a esta explicación
melancólica y poco satisfactoria. Pensé que estos sucesos debieron de causar
perplejidad cuando ocurrieron, y le pregunté si nadie había expresado dudas al
respecto, si no se habían hecho indagaciones, y si la sociedad se había mostrado
apática ante estas maravillas.
Michelo empezó su relato con temor: «Poco después de estos hechos —dijo—, mi
señor, vuestro padre se retiró a sus posesiones de Apulia, donde habéis nacido vos, y
la mayor parte de vuestra familia. Yo me quedé en este castillo, del que llevaba
nuevas a vuestro padre. Hará unos diez años, emprendí ese viaje a finales del otoño.
Como tenía que cruzar forzosamente los montes apulianos, había tomado la
precaución de buscar a alguien que me diese hospedaje en esa región agreste; este
hombre, como es costumbre allí, se trasladaba con su rebaño según las estaciones. Yo
esperaba encontrarlo en un rincón boscoso de las montañas; pero tras pasarme la
tarde buscándolo, encaminé finalmente la mula hacia el pie de las montañas con la
esperanza de dar con algún otro cobijo donde pasar la noche. Y llegué a una cabaña
en la que había un grupo de campesinos sentados alrededor de un animado fuego de
leña; me uní a ellos, y descubrí entre ellos a mi antiguo hospedero: les estaba
contando una historia asombrosa, así que me puse a escuchar como los demás. Era
disparatada y extraña; sobre algo que habían visto hacía poco en las montañas, y que
había causado tal terror a los de allí que habían bajado a refugiarse en el valle; no
entendí de qué se trataba; unos lo describían como un espíritu benévolo, otros como
un demonio del mal; unos decían que era un hombre como ellos, otros afirmaban que
perseguía a los viajeros hasta hacerlos enloquecer para llevárselos a su guarida y
devorarlos. Con esta conversación fue pasando la noche, y una vez que se vaciaron
las botellas, y el fuego se hubo reducido a brasas, nos tumbamos sobre pieles y hojas
que había por allí, dispuestos a dormir.
»Las extrañas historias que acababa de oír me tuvieron un rato desvelado; y

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mientras el fuego difundía su resplandor por la cabaña, casi imaginé ver siluetas que
se estremecían. Finalmente, sin embargo, encomendé mi alma al santo patrón de las
montañas, y procuré descansar. Oí un ruido suave en la puerta, como si levantasen el
pestillo y lo dejasen caer. Me despabilé inmediatamente, y me incorporé sobre un
codo; aún tenía la cabeza llena de lo que habían contado, y me quedé mirando la
puerta. Unos instantes después se abrió; apareció alguien, se quedó en suspenso un
momento, y entró. Nada más aparecer, pensé que era el ser que habían visto en las
montañas. Desde luego, era espantoso y horrible; y moviéndose, a la luz mortecina de
las brasas, sin duda parecía una criatura salida de la cárcel del dolor. No sé si fue
debido a la curiosidad, o a la misma extremidad del miedo, pero al darme cuenta de
que no hacía caso de mí, no desperté a nadie. Por último se acercó al fuego, e inició
un murmullo bajo, acompañándolo de gestos extraños; empecé a temer que estuviera
practicando alguna hechicería; pensé que la cabaña iba a salir por los aires con los
que estábamos dentro. Pero al cabo de un rato se levantó y se fue. Después, durante
toda la noche, sopló un viento fuerte de las montañas con unos gemidos largos y
aislados que parecían provenir de una voz humana. Por la mañana reanudé mi viaje».
«¿Y no tuvo eso consecuencia ni explicación?» «A partir de entonces, cada vez que
viajaba a Apulia, signor, indefectiblemente oía repetir la misma historia. Y un par de
años más tarde, cuando pasaba las montañas, a la caída de la noche, llegué a un
desfiladero poblado de espeso y oscuro bosque; un bosque de fresnos y olmos y
castaños. Al adentrarme en él, me pareció que me llamaba una voz; era un tono como
no había oído en mi vida. Me volví, y vi que se acercaba la mismísima figura que
había visto en la cabaña del bosque; mi mula se paró. Cuando estuvo delante de mí,
dijo algo que me pareció mi nombre. Estaba oscuro; a mi alrededor tenía una gran
espesura de árboles, y las copas apenas dejaban pasar la luz. Quise internarme más a
toda prisa, pero la mula no me obedecía. Temblando, me santigüé; entretanto la figura
se llegó hasta mí. Habló; pero su voz sonó más salvaje que el aullido de un lobo. Su
lenguaje era todo muecas y chillidos; sin embargo, me retenía, y parecía deseoso de
hablarme. Le dije algo, no recuerdo qué, en tono tranquilizador; y noté, al perder un
poco el miedo, que articulaba palabras. Habló extensamente en una especie de verso
extraño que, aunque no entendí, no se me ha olvidado: entre otras cosas dijo:

Hay otro de nosotros aquí,


los dos vivimos solos;
el cuervo al vernos alza el vuelo;
y palidece la loba
que nos sorprende cuando hay luna.

«Entonces recobré algo de valor, y le hablé de manera coherente; pero me


interrumpió:

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Ve con mi mensaje;
no huyas haciendo muecas,
como esos seres que anidan nocturnos
en la cavidad de mi pecho.
Un grumo de fuego tengo en la garganta
que ahoga el esfuerzo de mi confesión;
atado me tienen con oscuro hechizo,
y no puedo contar mi historia,
y mando a menudo el mensaje
en las hojas que caen y en la tormenta.
Está en el rugido del mar
en el gemido del viento que gime en las copas;
y cada forma que adopta la naturaleza
lo escribe con bruñidos caracteres.
No hay ojos que lo puedan leer,
no hay lengua que lo pueda contar;
así, hasta que esa acción horrible se sepa,
mi grito sonará en el bosque y las rocas.

»Al terminar me soltó, y reemprendí la marcha a toda prisa. Pero un rato después
volvió a aparecérseme; y me estuvo persiguiendo así toda la noche. Unas veces me
cogía la brida de la mula y me miraba fijamente a la cara; otras lo veía saltar como un
duende entre las ramas de los árboles, de donde aterrizaba a mis pies para, a
continuación, con un grito salvaje, dar un salto y perderse en el bosque. Llegué,
cansado y sin aliento, a una aldea del interior del bosque, y…» «Pero ¿en qué ayuda
todo eso a explicar nada de lo que pudo ocurrir en el castillo?» «Perdonad el exceso
de palabras de este anciano, signor; si no cuento las cosas como me ocurrieron, seré
incapaz de contarlas. No queda mucho, ya que esa última vez me quedé a pasar la
noche con el viejo del valle que me solía hospedar. Lo vi nada más entrar; ardía de
ganas de contar una noticia extraña, y no esperó mucho para hacerlo. “Hace dos
noches —dijo—, oímos llamar a la puerta, y tuvimos mucho miedo de que fuese el
vampiro; pero al abrirla por la mañana, lo encontramos tendido allí delante, sin
sentido ni movimiento. Cuando lo entramos, y revivió, empezamos a sospechar que
se trataba de una criatura humana; y al recobrarse, nos habló como un cristiano; y, lo
mismo que haría un cristiano, nos rogó que le diésemos cobijo y bendita caridad. Y
hablaba como el que vuelve de un largo trance, y los sentimientos humanos empiezan
a despertar en su corazón. Todo ese día estuvo débil y desmadejado, aunque hablaba
como una persona muy devota; pero hacia la noche empezamos a sentirnos algo
inquietos otra vez: no sabíamos qué mal podía tener, y temiendo que fuera
desconocido, encendimos un buen fuego y pasamos la noche sentados alrededor,
rezando el rosario y velándolo tendido; de cuando en cuando se agitaba y gemía,

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aunque no se despertó en toda la noche”. Por la mañana se encontraba más débil aún,
y les rogó por el amor de la Virgen que le buscasen un hombre piadoso a fin de
recibir los ritos de la cristiana caridad, y la gracia que se concede con ellos.
Mandaron deprisa por un monje santo a un monasterio de la montaña. Cuando este
llegó, se sobresaltó al ver al moribundo; pero después de hablar con él, y recibir
claras y piadosas respuestas, se dispuso a oír su confesión, y a administrarle los
últimos sacramentos. El campesino y su familia salieron de la cabaña, y dejaron solos
al monje y al moribundo; estuvieron encerrados todo el día, hasta el anochecer; y
cuando el anciano volvió a entrar, se quedó mudo de impresión ante la escena: al
penitente apenas le quedaba un soplo de vida, y el confesor parecía casi en el mismo
trance; sostenía el crucifijo con mano temblorosa hacia el moribundo; y en el instante
en que este exhaló el último aliento, cayó desmayado. Mientras hacían lo
humanamente posible para reanimarlo, murmuró unas palabras extraordinarias; todos
creyeron que se refería a algún terrible secreto de la confesión que acababa de oír. En
cuanto se recobró, se preparó para regresar al monasterio. Pero entonces empezó una
tormenta, y no tuvo más remedio que esperar. Un angustioso desasosiego le
dominaba. Deambulaba por la cabaña, se asomaba a la ventana; finalmente preguntó
al viejo campesino si podía proporcionarle elementos para escribir. “Porque —dijo—
si se me va de la memoria el más pequeño detalle de lo que tengo que dar testimonio,
puede que después me traiga consecuencias”. Dieron al monje lo que pedía, se sentó,
y se pasó la noche escribiendo, santiguándose de rato en rato, tras soltar la pluma, y
esforzándose en continuar. Cuando terminó por fin, se levantó y dijo que debía
regresar al monasterio. “Y nosotros —dijo el viejo— vamos a prepararnos para
seguirle con el cadáver, a fin de que le den sepultura”. Pregunté si aún lo tenían allí, y
corrí al cuarto donde se hallaba tendido. Me acerqué a él con curiosidad y temor;
porque lo recordaba de nuestro encuentro en el bosque, cuando ningún poder habría
podido persuadirme de que fuera humano. Me incliné sobre él; había desaparecido de
su semblante la desfiguración de la suciedad y el hambre y la locura. Me quedé
mirándolo; no daba crédito a mis ojos, y seguí mirándolo y mirándolo; era
efectivamente la figura que yo había visto en el bosque; y esa figura, signor, era…
Ascanio». «¿Cómo, Michelo, quién? ¿El criado de confianza del que me hablaste la
otra vez?» «El mismo, signor. En mis últimas visitas a Apulia, había notado ya la
ausencia de Ascanio, y oído a los criados hacer extrañas suposiciones». «Pero,
entonces, ¿del monje, y del motivo secreto de la confesión… no llegó a saberse nada;
siguen sin solución esos enigmas, sin un final?» «Tengan paz las almas de los
difuntos —murmuró Michelo santiguándose—. Dicen que se recurrió a extraños
medios para acallar esa historia. Poco después de volver yo al castillo, corrió el rumor
de que el monje estaba en posesión de un secreto oscuro y terrible relacionado con la
familia de Montorio; se convirtió en motivo de pública consternación y ansiedad.
Toda la región de Nápoles tenía los ojos puestos en la agitación del monasterio;
decían que iban a poner algo en conocimiento de la autoridad secular, y que el monje

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que había confesado al moribundo errante había recibido permiso para ir a hablar con
el Papa; otros decían que no era el mismo desde que había recibido dicha confesión, y
que la había puesto en conocimiento del prior, quien debía asumir la dirección del
caso. Por último, es verdad que el monje emprendió el viaje con numerosa escolta;
que iba muy nervioso; que viajaba con extraordinaria diligencia; que se le oía decir a
menudo (aunque gozaba de perfecta salud) que no acabaría vivo el viaje, y que,
llegados a una oscura posada del camino a Roma, desapareció y no volvió a saberse
de él. Hubo mucha investigación y mucho revuelo. El posadero y la familia fueron
llevados a la Inquisición, y varias personas del pueblo vecino fueron detenidas; se
ofrecieron enormes recompensas a quien diese alguna información sobre el monje o
los documentos que supuestamente llevaba consigo cuando desapareció. El prior del
convento, apoyado, dicen, por los enemigos de la familia Montorio, llevó a cabo la
investigación con el celo y la tenacidad de un inquisidor. Pero la tumba guarda sus
secretos demasiado bien. Así, signor, desapareció la única posibilidad que quedaba de
poder conocer esos sucesos, por lo que seguimos sumidos en la ignorancia y el
temor».
No me atrevo a insinuar siquiera, Ippolito, lo que me vino a la cabeza en el
instante en que dejó de hablar. Puedes deducirlo tú, si quieres, por la pregunta que le
hice: «¿Le afectaron mucho esos sucesos a mi padre?» «Mucho le afectaron, sí, esos
sucesos», dijo el anciano, como temiendo utilizar otras palabras que las mías.
«Quizá —dije— su actual abatimiento se debe a que le afectan aún». «Estoy
convencido —dijo Michelo— de que aún le afectan —hizo una lúgubre pausa; la
campana dio las tres—. Es tarde, signor, llevamos muchas horas hablando de esta
triste historia. Permitid que os acompañe a vuestra cámara».
Me levanté maquinalmente. Todavía sonaban sus palabras en mis oídos, y no se
apagaron después de retirarme a descansar.

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CAPÍTULO VI
——Attonitusque legis
terrai frugiferai————

No es raro que estas cartas no hiciesen especial efecto a Ippolito. Su espíritu no


era propenso a responder a la impresión que Annibal pretendía comunicarle. Cada
detalle de lo que contaba dejaba claro que cierta extraña sombra envolvía a los
difuntos condes. Sin embargo, Ippolito, de natural inocente y noble, leyó atentamente
las cartas no con recelo, sino con curiosidad; y la misma avidez que puso en leer este
relato de misterios hizo que le pasara totalmente inadvertida la posibilidad de que su
padre tuviera algo que ver con estos sucesos como la oscura penetración de Annibal
quería darle a entender. Sus dos pasiones dominantes, el amor a lo maravilloso y el
amor a la aventura heroica, le inspiraron la idea de que se había perpetrado una
acción opresora o violenta, cuya reparación le estaba reservada. Y pensando en aliviar
el sufrimiento, o en defender la virtud, se le encendieron las mejillas, y el pecho se le
dilató e inflamó de generoso entusiasmo. Cyprian le hizo volver de este transporte de
heroísmo invitándole a su habitual excursión de la tarde. Ippolito, que se hallaba en
ese estado de ánimo que se complace en sí mismo y en sus propósitos, accedió; y la
sonrisa que, al asentir, iluminó su hermoso rostro le confirió casi un resplandor y una
bondad angelicales. Cada vez que le asomaba esa expresión, Cyprian se volvía
bruscamente de espaldas temblando. Cuando ese rostro se hallaba medio desviado, lo
observaba con fijeza, como si su mente fuese ojo; y cuando se volvía hacia él sin
ninguna expresión especial, se aventuraba tímidamente a alzar los ojos. Pero si
Ippolito sonreía, Cyprian se encogía con un placer morboso y desdichado tan difícil
de describir como de explicar.
Salieron. Era uno de esos atardeceres cuya belleza resulta difícil de imaginar a
quien no está familiarizado con el paisaje y el clima italianos. Había un centelleo
animado pero apacible que se extendía por la tierra, y el mar, y el cielo; había un
resplandor que no deslumbraba, una opulencia que no saciaba; y no había ni una nube
en el cielo, ni una mancha oscura en la tierra; los ojos vagaban por toda la extensión
del panorama, cuya luz hacía que pareciese inmensurable, y descansaban en él con
plena complacencia. El poniente, que presentaba una ancha franja de luz dorada; el
mar, que fragmentaba su reflejo con el movimiento de su superficie y de las naves;
los entrantes boscosos de la costa, y los promontorios tapizados con los verdes más
preciosos, la interminable variedad de formas y sombras, desde los arbustos marrón
oscuro a los brotes plumosos de las ramas que temblaban con la brisa y dejaban ver el
azul del cielo entre sus hebras; las torres y los palacios, cuyas espléndidas fachadas
brillaban al oeste como jaspes y topacios con el sol del ocaso: todas estas cosas
componían una especie de armonía visual, tan perceptible para la vista como una
armonía de sonidos para el oído.

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Subieron por un sendero que conocían, hasta un rincón cubierto de madroños y
magnolios, y se sentaron a contemplar la perspectiva.
Tras un rato en silencio:
—Decidme —dijo Cyprian—, ¿qué más precisa la formación de un poeta, además
de impregnarse de paisajes como este?
—Hacen falta muchas cosas más —dijo Ippolito—: Trabajo, arte y estudio, y
conocimientos que se adquieren con la experiencia, con la observación de las formas
combinadas de la vida artificial, y con esos hábitos hereditarios de asociación de
sentimiento y lenguaje que han de conquistarse mediante una relación íntima con las
obras de autores similares. El que meramente se abandona a las impresiones de la
naturaleza adquirirá efectivamente una sensibilidad, pero será un sentimiento
silvestre y solitario, que no puede embellecer por falta de un cultivo interior, ni puede
comunicar por falta del concurso y el colorido de un lenguaje apropiado.
—Disculpad —dijo Cyprian—; parece que vuestras propias palabras están de mi
parte: habláis de hábitos de asociación hereditarios que pasan de unos poetas a otros.
Admito que es cierto; y si eso es cierto, ha de seguirse que las primeras
representaciones se distinguieron por su fidelidad y excelencia; ahora bien, los
primeros poetas debieron de copiar de la naturaleza únicamente, porque la sociedad
se hallaba en un estado primario y elemental, y los primeros artistas carecían de
modelos anteriores.
—Cuando hablo de los primeros poetas —dijo Ippolito—, no me refiero a los
aborígenes del Parnaso, a los bardos de las tribus salvajes, tan salvajes como ellas,
cuyas efusiones eran orales y tradicionales; me refiero a los poetas de una época
cultivada, aunque no tanto como la nuestra. La naturaleza debe ser efectivamente el
objeto de la representación poética; pero debe ser la naturaleza modificada y
conformada con los hábitos existentes y con el gusto de la sociedad.
—Si yo fuese poeta —dijo Cyprian—, invertiría esa regla, y solo admitiría en mis
composiciones la influencia de las maneras predominantes en la medida en que
fuesen acordes con la naturaleza. De la especie que llaman pastoril, por ejemplo,
suprimiría el adorno y aderezo fantástico que la priva de aquello con lo que la
observación y la imaginación han mantenido siempre alianza. Pastores que dejan a un
lado todo interés por los objetos y los placeres sencillos de la vida pastoril para
perseguir a sus amadas con discursos que deberían resultarles indiferentes e
incomprensibles, y dedican un tiempo que la vida rural no puede permitirse a hablar
de penas y deleites que incluso el refinamiento finge sentir, y que aquí, por tanto,
despoja a la ficción de toda semejanza con la verdad; todo eso lo cambiaría por
imágenes verdaderas y visibles de la vida rural: por el pequeño zagal cazando una
luciérnaga, o criando gusanos de seda, o sesteando en una sombra, o yendo a parar,
persiguiendo a una oveja extraviada, a un paraje de soledad inexplorada, avanzando
con pasos asustados por sitios cuyos ecos no suenan humanos, y descubriendo
escenarios que ningunos ojos han contemplado nunca, salvo los del genio del lugar; o

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tocado por la superstición local y rural, temblando a la luz de la luna o bajo la
tormenta, entre unas ruinas que toma por el lugar de reunión de seres que no son de
este mundo. O, si han de enamorarse los pastores, los representaría amando como
pastores, con fidelidad sencilla, con unos celos sin melindres, con favores que una
vida de pastores puede desear y recibir, y con esperanzas de un goce rústico, como el
que puede alcanzar el trabajo y disfrutar la sencillez. Estoy seguro de que imágenes
así agradarían a los que aman la naturaleza; los que no, que busquen en las óperas y
los carnavales pastores y pastoras suficientemente corteses y artificiosos.
—Deberías estudiar la poesía de los heréticos ingleses, en penitencia por tu
heterodoxia poética —dijo Ippolito—; aunque tal vez tendría poco de penitencia esa
tarea. Hace algún tiempo que conozco al capellán de la embajada inglesa; se le
considera hombre de letras en su país, y si no fuera porque es hereje, diría que es una
persona lúcida y de probidad. Me cuenta que (debido a la hosca independencia del
alma de su pueblo, a lo riguroso del clima, o a un gusto derivado de sus antecesores)
hay en su poesía un espíritu completamente diferente del que alienta en la
continental: es una llamada sencilla a los sentimientos fuertes y comunes de nuestra
naturaleza, a menudo expresada en el lenguaje con que los que hablan en la vida
corriente visten sus ideas. Y me dice que el efecto es inimaginable para el lector
acostumbrado a la poesía italiana. Las aventuras remotas y heroicas están casi
desterradas de sus dramas y poemas, que hablan con emoción del campesino
menesteroso llorando sobre sus pequeñuelos famélicos, del maníaco que grita en el
páramo nocturno, de la vejez que se consume en la soledad de la miseria; del honesto
trabajador aplastado en su lucha dolorosa y estéril por la opresión y la adversidad, en
vez del príncipe delirante o el héroe declamatorio. Tienen también una especie de
poesía (desconocida de todos, creo, salvo de las naciones del norte de Europa) que
contribuye a conservar ese gusto: historias tradicionales de sus antepasados, toscas
crónicas de gente osada y belicosa, cuyo lenguaje suena violento incluso a los oídos
de sus admiradores, y está dotado de un ritmo antiguo y singular que se asocia
irremediablemente, en el espíritu del oyente, con pensamientos de tiempos muy
antiguos, con recuerdos melancólicos y sobrecogedores. Son baladas del occidente y
norte de Europa; están puestas en una melodía simple y monótona, y son cantadas
con entusiasmo.
»Hay una nación salvaje y poco conocida en una isla de Occidente, cuya poesía
nacional es más rica aún, y cuya armonía dicen que es más conmovedora que la
inglesa; he olvidado su nombre, pero se trata de un pueblo muy dotado, cuyo nombre
saldrá alguna vez de la oscuridad. El pequeño poema que voy a leerte relata las
acciones de un rudo caudillo de ese país:

BRUNO-LIN, EL FORAJIDO IRLANDÉS[1]


A. D. 1302
Bruno-Lin despertó en plena noche,

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empuñó la clava y, usando de su fuerza,
salió a la larga empresa, con los suyos,
de llenar su sala de comida y botín.

Comida y botín buscó su gente


de la torre guardada a la cabaña.
Banda desalmada: lanza en mano
ningún enemigo podía resistirles.
Todo lo arrasó la banda sanguinaria
sin hallar comida en cuatro millas.
En Melik[2], morada de sagrada paz,
irrumpen y queman las celdas del convento;
rompen la píxide al pie del presbiterio,
arrojan el vino a la cara del sacristán.

Con mueca feroz empuña la clava


(dura y pesada de manejo,
de cobre forrada, herrada de acero)
la luna un instante asoma entre nubes.
Y blandiéndola, jura por santa María
salir al encuentro del pobre viajero.

Y sale de su torre Bruno-Lin


en la hora más oscura de la noche,
cruzó el húmedo pantano, el brezo enmarañado,
saltando inquieto como el fuego fatuo,
sin descanso, hasta poner el pie
donde el vado[3] divide la corriente perezosa.

Sobre la ancha corriente del Shannon,


ningún otro paso había,
donde, bajo un arco de oscuros pilares,
hoy sus aguas azules espejean.

Apostado tras la roca musgosa,


el paso esperaba de viajeros solitarios.
Ningún ruido le llega,
ninguna figura se mueve temerosa.
El mochuelo maullaba en su oculto agujero,
el río arrullaba con manso murmullo.
Y de pronto sonaron ruidos callados.
Un rumor le llenó los sentidos,

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y su fija mirada vio formas nocturnas
temblando imprecisas.
La calma tremenda de la hora
oprimía su alma con fuerza especial
bruno maldijo la callada intensidad,
blandió la clava para darse valor
prefería el trueno de la tempestad,
el rugido de las olas encrespadas.

Suena un paso: él sigue tras la roca;


otro paso: ahí llega el viajero solitario.

Era una noche de lúgubre cariz:


su mano sin arma, su lanza en reposo;
su corcel bardado marchando sin rienda,
los pies yertos pisando el estribo.
Tres veces se adentró en la orilla
mientras una voz de dolor poblaba el río;
en las tres; a la luz menguante de la luna,
una nube de sangre manchó las aguas.

Saltó Bruno de su apostadero.


Descargó su clava en el corcel
aplastándole el hueso de la frente,
bañando de sangre la lanza hasta la coz.
Loco de dolor, el caballo
voló como un meteoro,
dejando en mal trance al jinete,
que al instante en el agua se hundió.

Bruno saltó combativo sobre el hombre,


lo sacó a tierra segura;
sobre el hierro resonante y la malla desgarrada,
la gruesa clava cayó como granizo.
No puede levantarse, le falta el aliento,
la lanza trabada, la espada enfundada,
del tajo y desgarro la sangre le mana,
le vence el desmayo y le mengua la fuerza,
la cabeza flaquea, el pecho se agita,
el fin confiesa de una vida perseguida:
«Enterradme en la santa orilla del Melik»,
y tras una plegaria le abandona el aliento.

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Bruno retrocedió tres pasos.
Miró largamente el cadáver,
luego trató de levantarlo en brazos.
Y sintió que era el peso de un hombre muerto;
arrancó la malla del pecho ensangrentado
arrancó las gemas de su emplumada cimera
del escudo libró el brazo izquierdo
y medio desenvainó la bruñida espada;
pero no quiso levantar la visera,
por no ver el semblante del muerto;
sobre la roca musgosa deposita sus despojos
para acechar el paso de otro viajero solitario.

Ahí llega: es un hombre solo, humilde,


de andar cansado, y pobre condición
envuelto va en hábitos oscuros,
y rezando en voz alta el rosario.
Bruno, desdeñoso, a este enemigo
con astucia o armado podría atacar,
o trabar batalla con él;
y saliéndole delante, dijo: «Muere».
«Por la santa madre de Cristo, no me matéis;
no os suplico porque tenga apego a la vida,
sino por la lucha preciosa de un alma
por el que murió en la Cruz.

Guerrero: anchos son mis dominios,


puertas de hierro defienden mi castillo,
y una guardia armada velaba mi sueño.
Guerrero: yo tuve una escolta de hombres fuertes.
Esta mano, que guió a mi osada compañía
en el feroz saqueo del Pale,
armada de ancha espada labrada,
¡esta mano ha matado a mi único hermano!

¡Ah, quién va a dar descanso a un asesino!


Aún, aún siento dentro al gusano,
aún arde en mí el fuego del pecado
mientras vengo vagando del este al oeste.
Cincuenta coros pedí para su réquiem;
en cincuenta capillas arden cirios,

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cincuenta sacerdotes velan la noche,
con misas cantadas y ritos alumbrados.

Sobre cruz florida y adornada tumba


su bandera ondea con fuerza belicosa;
las campanas tañerán hasta el día del juicio.
¡Ah, quién dará descanso al asesino!
Siento dentro al gusano que no muere,
aún arde en mí el fuego del pecado,
mientras vengo vagando de este a oeste.

Ayuda imploro a cada nombre santificado


del claustro soberbio a la cueva de ermitaño;
a la roca, al pozo, incansable me dirijo,
en el túmulo descanso la cabeza;
llorando postrado paso el día,
mis rodillas son de piedra, de asta mis ojos,
y todo es vano; penitencia, disciplinas,
ritos y reliquias, las cuentas del rosario,
la pálida vigilia, y los hábitos de peregrino.

Y ahora camino con paso inseguro.


Estos ricos regalos ganará Melik,
última cuarta de mis dominios
(el negro demonio me acosa sin tregua)
para ganar la paz del alma que se va,
o librar del pecado al alma que se queda.
Guerrero: por piedad enfunda tu arma,
a fin de que tu última oración prevalezca
a fin de que tu alma parta en paz,
a fin de que triunfe con gloria duradera,
no hundas un alma aún no perdonada».

Bruno no quiso saber de esta queja;


poca era su capacidad de penitencia,
escasa su piedad por las santas vestiduras.
«Peregrino, una breve absolución te valdrá
si sabes rezar sin libro:
reza, pues aquí quedará tu cuerpo».
¡Mucho se debatió el hombre angustiado!

Pero Bruno lo agarró sin esfuerzo

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como se arranca una planta del suelo mojado,
y lo arrojó a la negrura de abajo,
en tanto el viento arrastraba su grito:
«¡Ojalá pueda llegar a la oscura capilla,
y expirar allí a su sombra!»,
hasta que las aguas apagaron su voz.
Entonces volcó Bruno de su bolsa
una píxide, un cáliz, un cirio,
un crucifijo, una imagen de altar,
un vaso, una vestimenta de sacristía,
y una provisión de riqueza monacal.

Todo lo dejó sobre la roca musgosa.


Inútil decir cuántos infelices
cayeron bajo su clava esa noche:
inútil decir los ricos botines
que arrostrando trances peligrosos
obtuvo esa noche de viajeros solitarios.

Al fin emprende Bruno el regreso,


son pesados los despojos que lleva,
una parte le encorva los hombros,
otra la lleva en su ancho manto,
y otra va atada en el extremo de su clava.
A casa vuelve con agobiado paso.
Pisando el musgo con pies pesados,
apenas doblando la cabeza,
cuando ve que un meteoro de fuego es su torre,
que brilla como mágica morada
y al llegar observa junto al río,
cómo las llamas señalan el camino,
con brillante y prodigiosa luminaria.

Acude corriendo, sus secuaces


de comida y trofeos habían llenado la sala.
Con grandes voces se celebran,
enseñando el botín, restañando la sangre,
cuando Bruno acalló brusco el festín.
Los ojos tenía encendidos de desdén,
y arrojando al suelo la depredación
descansó sobre su clava con ocioso ademán.
Mientras, sus secuaces se miraban entre sí.

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Y entonces, con ademán temeroso:

«¿Quién llena de luz nuestra casa?


Sobre la alta cresta de estos muros,
torres y atalayas
ventanas y aspilleras,
resquicios y aberturas enrejadas,
un torrente de llamas se alza
cuando al llegar era todo oscuridad».
Ninguna causa encontraron.
Mucho meditaron, y murmuraron:
«La vela que alumbra la sala
brilla en una grieta del muro,
no más ancha que la torre de Melik,
que se alza en el borde del Shannon».

Pero saliendo en seguida del asombro,


gozaron alrededor del vivo fuego,
entre chanzas alegres y burlas,
pasándose el cáliz de unas manos a otras,
cuando: ¡Silencio! ¡Silencio!
¡Alguien llama a la puerta atrancada!
Toda la banda sacó su puñal,
toda contuvo el aliento temblando,
agarrando la mesa por debajo,
mirando con ojos espantados.
Más fuerte, la coz del hierro
de un astil descargó nuevos golpes;
el más osado de los comensales,
con la boca apretada, el gesto precavido,
sacó la espada con mano segura,
y salió… para no volver más.

Arreciaban con fuerza los golpes,


el barrote saltaba en astillas;
sale otro provisto de clava;
su oído vacila inseguro;
escucha bajando;
ni voces ni pasos se oyen,
fuertes, más fuertes suenan los golpes.
Unos no se mueven, otros acuden corriendo.
Bruno sigue sentado en su silla.

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Ve cómo su banda, uno tras otro,
baja la escalera de piedra
al húmedo piso enlosado;
oye repicar de sandalias de hierro,
oye cómo alcanzan la puerta arqueada,
donde acaba todo rumor.

Se quedó sin ningún compañero.


Su corazón rechazó quedarse solo;
y con osada mirada orgullosa
se puso de pie lentamente. A través de la niebla
ve el arco oscuro de la puerta.
Parece un hechizo, se santigua,
murmura muy bajo un avemaria.
La puerta se abre por sí misma,
¿qué formas son esas que en la niebla,
ora se insinúan, ora se disuelven
envueltas en las llamas fatuas de la ciénaga,
y, ya cerca, ya lejos, recorren el filo de la nube,
desfilan por el lomo del cerro,
y bajan a lo espeso del valle
de zarzas y de malezas,
rígida la cabeza, ganchuda la mano,
con garras y dientes, de fuego cubiertas,
fugaces y visibles todas ellas?

Formas vestidas de pálido fuego,


centelleantes como escarcha nocturna,
envueltas en remolinos de llamas,
que giran veloces, ligeros,
llevándolas por los aires
en tanto en sus cuerpos sutiles,
brilla incierto el azul tenebroso,
en sus tostadas calaveras de cuencas candentes,
como tachones de acero sobre morriones,
o cirios sepulcrales de luz de zafiro,
o rojos carbunclos engastados en ébano.

Era una visión espantosa; pero el osado Bruno


pensó que era un extraño cortejo
de duendes grotescos,
desfilando en la niebla y el pantano.

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Todo un cortejo espectral
formaban los asesinados.

Con el ceño severo y la malla rasgada


el caballero descubrió su cuerpo acuchillado;
cárdeno brilló el pálido penitente,
al trazar una cruz insegura en el aire:
y lejos, muy lejos, en vela brumosa,
otras sombras venían más tristes.
Raudo, deprisa, corrió el homicida;
en mitad del horror se lanzó de cabeza.
En esa hora de tiniebla y pavor,
le urgía con fuerza el impulso del alma.

Adelante el pensamiento le empuja;


adelante su paso inconsciente.
Y al volver los ojos con miedo,
ve cómo el cielo va enrojeciendo;
la nube de espectros, voluta inflamada,
envuelve las torres de su castillo:
figuras gigantes con brillo de acero
blanden sus dardos y espadas;
arrojan sus rayos sulfúreos.
En la torre crestada están sus figuras
con bocas sin molde terreno
(en las rejas de las ventanas,
en la puerta de luchas marcada)
llaman a la guerra con trompas de ébano.
Todos los colores y pálidos matices
lucía la claridad ultraterrena;
sombrías iban las formas brumosas,
con fulgores de rico crisólito,
de ópalos y rubíes la malla plateada,
y destellos de esmeralda y amatista.

Adelante se lanzó el espantado homicida,


hasta que el Shannon le cortó la carrera:
adelante le incitaba su casa incendiada
y mientras corría con paso apresurado,
se desplomó sobre su cabeza,
volando en sulfúrea tormenta.
Gritos le llegaban, voces, gemidos espectrales,

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que le herían como golpes de látigo.

Oscuro discurre el río de noche,


quieta y callada va su superficie,
ningún destello devuelve de luz impía.
El asesino se detuvo un instante,
y con grito espantoso (que aún resuena,
y recorre las brumas del agua)
se arrojó a ella. Los vientos callan al fin,
el eco se duerme; y todo se sosiega.

—Reconozco —dijo Cyprian— que encuentro en estos versos un placer que no


veo en los fríos y sentenciosos concetti de nuestra poesía. Cómo me gustaría ser uno
de esos arcadi, o de los que ocupan un lugar tan eminente en el mundo literario que
les permite extender su influencia a las artes.
—¿Por qué te gustaría tener esa influencia, y cómo la emplearías? —dijo Ippolito.
—Me gustaría tenerla —contestó Cyprian— porque la conexión entre la literatura
y las artes es íntima e inseparable; así que me gustaría hacer que unas y otras fueran
canal de perfeccionamiento recíproco. Cuánto más grande sería el efecto si, en vez de
los rígidos personajes de nuestro drama, que salen con ropas de ahora a soltar
gorgoritos de música moderna, en contraste con los personajes clásicos o románticos
cuyos nombres usurpan, el bardo de esos tiempos y lugares remotos que acabáis de
describir apareciese con tosco y flotante ropaje, con sones de un canto sin metro,
abordando episodios de una historia antigua y prodigiosa, y todo en un escenario
acorde con el personaje: no entre resplandores de luces y decorados artificiales, sino
entre peñascos y ruinas, el murmullo de las aguas, y el temblor de la luna. Hablo de
un personaje, pero ¿no podrían ser centenares, con la melodía apropiada de su tiempo
y nación, tal vez simples, rudos, salvajes, pero más interesantes por los emocionados
recuerdos que evocarían que las más elaboradas composiciones de los modernos
armonistas?
—¿Y qué harías —dijo Ippolito— para extender semejante perfeccionamiento al
campo de la pintura?
—Bueno —dijo Cyprian—, a ese lenguaje mudo cuyas posibilidades estoy
convencido de que aún se hallan inexploradas, lenguaje hoy solo inteligible para los
ojos, le enseñaría a hablar directamente al alma. En vez de copiar el colorido de un
artista, el dibujo de otro, los árboles, la luz del sol, y las ruinas según se transmiten de
siglo en siglo con un perfeccionamiento y una imitación maquinales que excluyen la
originalidad, haría que el pintor observase la vida a su alrededor y dentro de sí
mismo; haría que copiara de la naturaleza en estado de movimiento, de la vida
existente, de esas formas y matices de la manera y el sentimiento que se hallan en
perpetuo estado de fluctuación a nuestro alrededor, y son más numerosos, más

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variados y más vívidos de lo que puedan haber sido, desde el estado rudimentario de
la sociedad, en los tiempos de los antiguos maestros; haría que todas mis figuras
fueran personajes; y todos mis grupos, circunstanciados y narrativos. Pero para la
representación sensible, vale más un ejemplo que un argumento. Yo he visto un
cuadro pintado por un oscuro maestro; el asunto era corriente: se trataba del entierro
de un cadáver; y representaba el instante después de cerrar la cripta; por algunos
elementos supuse que se trataba del entierro de una persona joven y, por la expresión
de un viejo (cuya actitud no tenía nada de especial), tuve el convencimiento de que
era su hijo único. El semblante del sacerdote reflejaba una casta y santa tristeza,
como la que sienten sin duda los hombres a los que la firme esperanza en una vida
mejor hace perfectamente llevaderas esta clase de golpes. En cambio el infortunado
padre inclinaba la cabeza ante el sacerdote que acababa de celebrar los últimos ritos;
le daba las gracias con la humildad de una aflicción resignada por haberle quitado
para siempre el último asidero y apoyo terrenal. Había algo en la expresión del
anciano, que trataba de relajar el gesto contraído de angustia con una sonrisa amable,
mezclando la obligación del momento con sus sentimientos desgarrados, y de no
olvidar el decoro en medio de la amargura… que no sé explicar. El resto de lo que
había en la galería lo contemplé con bastante tranquilidad. Asuntos así son los que yo
introduciría, o me propondría en cada esfuerzo del espíritu, o del gusto; y fueran
literarios o artísticos, los complementaría con detalles apropiados de paisaje y
personas.
—Y este paisaje, ¿con qué grupo lo asociarías? —dijo Ippolito; Cyprian calló—.
¿Y si yo te cogiera el lápiz, y me convirtiera en un artista de tu nueva escuela? Siento
que me viene la inspiración; deja que pruebe… Esbozaré un silfo pequeño y amistoso
induciendo con amable arte a un libertino frívolo y calavera, con la sensibilidad
viciada de placer, a abrazar esos goces puros e inocentes que le avergüenza tener
tanto tiempo olvidados.
—¡Oh, mi señor, mi amado señor! —dijo Cyprian—; intentadlo; y asombraos de
haberlos abandonado alguna vez. Esa luz difusa que nos vela las formas y los colores
de la tierra confiere al cielo una densa y sombría majestad que amo más que el azul
radiante del mediodía, más incluso que el resplandor ambarino del ocaso. Mirad la
bóveda del cielo, encima de nosotros, qué inmensa, qué espaciosa, sin una estrella, y
sin una nube. Tiene algo de serena estabilidad e inmutable duración. Se alza sólida; y
su silencio habla de eternidad.
—Y mira allá lejos, encima de Capri —dijo Ippolito—, donde el cielo es más
pálido: una estrella pequeña parpadea con su fuego de plata; y sobre ella la luna, con
su creciente ladeado, que asciende despacio. ¿No parece una corteza de perla flotando
en el océano azul oscuro? Y mira; mientras hablamos, diez mil estrellas empiezan a
brillar. Ahí está mi Saturno nativo, exactamente donde señalo; qué pálido se ve esta
noche; ¡ojalá tuviese un telescopio espiritual para leer los caracteres escritos en esa
mancha oscura! —murmuró pensativo; y Cyprian observó con angustia el cambio de

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su expresión—. Observa —dijo recobrándose—, en este silencio profundo del
anochecer, la nitidez de los ruidos más débiles y lejanos. Escucha la campana que
llega de la ciudad; creo que sé exactamente de qué convento es; ¡qué solemne difunde
su tañido en el aire… es un toque de difunto!
—Descanse en paz el alma que se va… ¡Ahora contemplará este paisaje con otros
ojos! —dijo Cyprian santiguándose.
—Sí; en un instante, cómo ha cambiado su perspectiva, sus atributos, el alcance
de su existencia y su movimiento —dijo Ippolito—; de estar en el lecho oscuro y
angosto de la agonía, donde lo único de la naturaleza que percibiría era la llama
desmedrada debatiéndose en la palmatoria, a ver, un instante después, con la visión
ilimitada y radiante de un espíritu, la naturaleza entera con sus mundos, sus sistemas,
sus leyes, sus causas y sus movimientos. Y sí: ¡al mismísimo Primer Motor! ¡Algo
verdaderamente prodigioso!
—Allí le seguiremos nosotros. Aunque no ahora, sino transcurrido un espacio de
tiempo, que para la duración de ese mundo será un instante —dijo Cyprian—; y estad
seguro de que esos momentos frescos y saludables de pensamiento apacible,
sustraídos a los febriles torbellinos del mundo, tendrán un efecto que no se olvidará ni
pasará inadvertido. Allí son contadas y evaluadas las mejores horas de nuestra vida; y
nuestras mejores horas, creo, transcurren en medio de la quietud de la naturaleza y el
silencio del pensamiento.
Descendieron, y regresaron a Nápoles.

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CAPÍTULO VII

El ascendiente que había adquirido Cyprian con estas conversaciones sobre el


espíritu de Ippolito era grande y singular. Incluso el modo oscuro con que había
entrado a su servicio y la peculiaridad de sus modales añadían una sombra de temor a
impresiones que de otro modo habrían sido débiles y fugaces. Dado su sexo, no podía
inspirar amor; sin embargo, demasiado femenino para los sólidos sentimientos de una
amistad varonil, Cyprian revoloteaba alrededor de su amo como un silfo guardián,
con la oficiosidad del celo incansable y el deleite en comunicar pureza.
Ya en Nápoles, Cyprian observó que pasaba el tiempo sin que Ippolito fuera a
reunirse con él, aunque habían bajado juntos del carruaje. Cuando al fin apareció, le
notó extraño y cambiado. Tenía una expresión desencajada, asombrada, con los labios
blancos y la mirada perdida. De repente hizo una serie de preguntas a los criados en
el tono del que quiere satisfacer su curiosidad sin desvelar el motivo; pero no logró
sacarles ninguna información: «No habían visto a nadie», «no habían oído nada»;
hasta que algo más que la imposibilidad de encontrar respuestas hizo que Ippolito
interrumpiera súbitamente su interrogatorio. Poco después, fue a vestirse para acudir
a una reunión, y Cyprian se encerró en su aposento, donde, en ausencia de su amo, se
dedicaba a escribir, y donde (alguien a quien el hábito de fisgar de los criados
italianos había inducido a vigilarle afirmaba que) se abandonaba a emociones tan
intensas que era asombroso que tan delicada persona fuera capaz de soportarlas.
Al regresar, Montorio llamó a su ayuda de cámara para que le atendiese a solas.
Su gabinete era contiguo a la habitación de Cyprian; y este, obedeciendo a un
impulso que justificó ante sí mismo con la preocupación por su amo, pegó el oído al
tabique, en un estado de ansiedad que las voces bajas que le llegaban a intervalos no
hacían sino aumentar. De cuando en cuando distinguía palabras sueltas como
«extraño», «espantoso», «tremendo», y toda suerte de expresiones de asombro.
Seguidamente el criado hizo cierto comentario, al parecer con intención de explicar o
atenuar la importancia de algo, e Ippolito contestó con vehemencia:
—Imposible; como que estoy vivo y en mis sentidos, que le he visto… Tres veces
esta noche: claro y terrible.
A continuación sonó un murmullo del criado que, en parte por lo prolongado de la
tensa atención, y en parte por la respuesta, Cyprian dedujo que preguntaba sobre una
sombra o figura. Siguió otra respuesta imprecisa de Ippolito, aunque Cyprian no pudo
determinar si la falta de precisión se debía a que la figura era demasiado confusa o
demasiado horrible para describirla.
Cesó la conversación; y apenas acababa Cyprian de sentarse ante sus papeles, y se
ponía a hojearlos con manos nerviosas y mirada vacía, cuando irrumpió Montorio.
Empezó a pasear sombríamente arriba y abajo; luego, como el que despierta poco a
poco de un sueño opresivo, miró a su alrededor, y exhaló un suspiro profundo.
Cyprian, deseoso de atribuirse a sí mismo el desasosiego que le dominaba para no

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irritar a un espíritu atormentado, dijo con timidez:
—He estado escribiendo desde que me leísteis la poesía inglesa, y ese es el
motivo de este estúpido embarazo. Deseaba enseñároslo, y a la vez me da vergüenza.
Le tendió un papel, que Ippolito tomó con apatía. Y mientras leía, Cyprian estuvo
observando su semblante con una expectación que tenía poco que ver con el juicio
que mereciera su poema.

LA DAMA Y SU PAJE

I
Fue a una hora dulce y tranquila,
de una cálida noche de estío,
cuando la dama, en su blanco palafrén,
cruzaba el páramo gris.

II
A menudo tiraba de la rienda,
como si oyese detrás un ruido.
Un temor le engañaba el oído:
eran solo susurros del viento.

III
Un paje lleva delante de ella,
guiando despacio la rienda de seda,
cuidando con gran deferencia
la larga cola de su vestido.

IV
Y ese paje era un caballero
que por amor a la muy alta dama,
así la servía,
aunque enemigo jurado era del padre.

V
Una luz ha surgido en la niebla,
y el paje se detiene y palidece:
«¡Mira, señora, al pie de aquel árbol
cómo arde un fuego azul!

VI
Es el príncipe-duende de la noche
en su orgía fantasmal;

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detente, dulce dama; toma esta cruz en la mano,
o aquí moriremos los dos.

VII
Porque dicen las leyendas que un hechizo
lo protege de toda herida mortal,
menos de esta hoja mojada
en el agua de una pila bendita».

VIII
Afligiose la dama al ver partir al paje;
temía no volver a verle más,
pues en secreto su alma penaba
de un amor que la hacía temblar.

IX
¡Ah!, ¿qué ruido sale del suelo
que luego se alarga en el aire?
No quiere mirar, y presa de miedo
murmura estremecida una plegaria.

X
En el páramo sombrío una brisa embalsamada
sopla dulce de rosas y violetas,
y la azul lavanda, goteante de rocío,
siembra el suelo junto a la dama.

XI
«Venid, gentil doncella, a nuestra morada.
Aquí podréis solazaros;
las luciérnagas prestarán su luz
a nuestra danza alrededor del fresno.

XII
Con alas enjutas jugaremos en las corrientes
que discurren bajo el mar
y subiremos a la luna, si al fin accedes
a ser mi amor y mi dama».

XIII
Miró la dama de soslayo, alzó los ojos;
ante sí vio a un joven tímido,

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era en verdad doncel hermoso
como nunca vieron ojos de doncella.

XIV
Los rizos le caían abundantes
velándole el cuello de nívea blancura;
sus ojos eran de crisólito, y sus alas
como las plumas del pavo real.

XV
La aurora boreal brillaba en sus pupilas,
sus mejillas eran pálidas y tristes;
un surco de cuidado había en ellas
que un espíritu podía leer y lamentar.

XVI
Su vestido celeste a sus párpados presta color.
El alma parecía desbordarle de dolor,
y la blanca, blanca rosa de sus sienes,
hacía más intensa su intensa palidez.

XVII
«Te he estado contemplando todo el día,
y velado de noche mientras dormías,
te amo, señora, intensamente,
con un amor más caro que mi vida.

XVIII
Tus suspiros en sueños he oído, señora,
y también tus susurros cuando rezas;
ningún mortal había cerca,
solo yo, llorando mi tristeza.

XIX
Con ojos certeros, señora,
he visto asomar en ti el amor;
sé que tu pecho suspira, señora,
y que no puede ser por mí».

XX
Nada dijo la dama; su sangre ardiente
daba a sus labios un cálido color;

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apretaba el crucifijo de su pecho,
el corazón le seguía siendo fiel.

XXI
«Descansa aquí, gentil señora,
mi ánimo alegre y trovador,
con el laúd, con el arpa
tañerá para ti una melodía».

XXII
Todo enmudeció en la loma de los duendes,
todo calló en el valle de la tarde,
nada se oía, ningún crujido de rama,
ninguna hoja se agitaba.

XXIII
Y entonces, una nota lenta
se difundió en el aire dormido.
Era como el canto de una sirena
peinándose su hermosa cabellera.

XXIV
Como una endecha flotando sobre el mar,
grave del marinero solitario,
que mientras duermen los mortales, canta, se duele,
o sale con la luna a navegar.

XXV
Luego se elevó como un cántico gozoso
que acude a refrescar al ermitaño:
como querubines que dejan su morada celestial
para traer consuelo a su hora postrimera.

XXVI
¡Cómo late el corazón de la dulce dama!
No por miedo ni temor ninguno;
el canto salvaje su sentido ha cautivado,
y, ansiosa, no quiere otra cosa que escuchar.

XXVII
Pero ¿quién corre con el alma en los ojos,
blandiendo un alfanje de acero?

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Por su rubor, antes que la dama lo diga,
podría señalarlo un pequeñuelo.

XXVIII
(Era un duende maligno con disfraz de caballero,
era un ardid del rey de los trasgos;
su visión ofrecía una figura tan bella
que el alma de la dama afloró a sus mejillas).

XXIX
«Sosiega el temor; aquí está tu caballero
con la espada bendecida por su santo patrón:
ningún duende osará ponerla a prueba,
pues fue sumergida en las aguas de Sant’Angelo.

XXX
Y el fraile y el libro del convento,
aguardan para oficiar nuestras nupcias;
deprisa, mi señora, que la noche no espera
y ya se agrisan las nubes de oriente.

XXXI
Pero dame el crucifijo de tu pecho,
y dame el rosario también.
Yo te guiaré por el páramo peligroso,
por mi fe de caballero fiel».

XXXII
Y ella, ¡ay!, le dio el crucifijo,
y le dio también el rosario;
cogió ambas cosas, y las arrojó al suelo con enojo
levantando así una tropel de elfos.

XXXIII
Al punto empezaron a chillar
y a bailar formando muchos corros;
y la leve cintura de la casta dama,
finalmente ciñó el rey de los elfos.

XXXIV
La dama tenía suelto el cabello, el pecho desnudo;
y el rey de los elfos, con ojos osados,

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besaba sus labios, la piel de su pecho,
y luego agarraba sus rizos dorados.

XXXV
Pero un duro golpe hizo al alevoso
soltar a su hermosa presa,
y gimiendo de dolor, huyó malherido;
y la tribu espectral se disolvió en el aire.

XXXVI
«Te he salvado, mi amor, con la ayuda del cielo;
te he salvado de daños mortales».
Nada dijo ella; tan solo lo miró
y se desmayó en los brazos de fiel caballero[4].

Ippolito leyó estos versos con la indiferencia del que está absorto en otros
pensamientos; no obstante, parecía deseoso de librarse de ellos buscando
ansiosamente algo en que fijar la atención. Así que cogió los papeles que Cyprian
tenía delante, y se puso a leerlos. Cyprian, nervioso, se levantó y le suplicó que se los
devolviese.
—No son para ser leídos…
—Haces que aumente mi deseo de examinar una composición escrita… para no
ser leída —dijo Ippolito con lánguida sonrisa.
—No deben ser leídos por vos. No pueden daros ningún placer; son la simple
historia de amor de una mujer; y vos y yo creemos que las mujeres no saben amar; no
es una historia para contar en los momentos alegres, o cuando el trato con personas
veleidosas y frías ha endurecido el corazón, y no os deja ver que hay seres que viven
solo para sentir, y que mueren de sentimiento. Escoged otra hora, y traed con vos otro
corazón. No os exigiré una compasión extravagante, porque sé que el asunto que
tratan se aparta demasiado de la línea y tópico del sentir mundano para esperarlo. Ni
creo que el verdadero sufrimiento busque nunca alivio, sino en la paciencia de una fe
incontestable. Es lo único que os pediría; pero me temo que os lo pediría en vano en
este momento.
—Cyprian —dijo Montorio conmovido por estas palabras—, la frivolidad en la
que me ves inmerso es fastidiosa y artificial; tengo un corazón capaz de apasionarse,
pero en vano busco el objeto que me inspire esa pasión. Hace muy poco que he
entrado en la sociedad pertrechado con los sentimientos ardientes de la juventud, y
exaltado por la esperanza: me han sido rechazados, aplastados, casi sofocados esos
sentimientos. Me he sometido a un penoso compromiso con el depravado sistema de
la sociedad; tomo a la ligera a los frívolos del día, y me consumo en la esperanza de
una excelencia imaginaria. A las que son hermosas las puedo admirar; pero solo

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puedo amar a la que es capaz de amar… —juntó las manos, alzó sus ojos oscuros,
ardientes al cielo, y se quedó con el gesto y la energía de la inspiración.
—Si ese ser ha existido alguna vez —dijo Cyprian—, esta es su historia.
—¿Y vive aún —dijo Ippolito—; y se la puede encontrar?
—No; ya no vive; se ha ido, como mueren algunos, sin ruido, y sin dejar
recuerdo. Todo lo que suele sujetar el recuerdo o la imagen de un difunto la ha
abandonado: murió sin una lágrima, sin una lápida, ¡sin una sepultura!
»Es un relato de emociones, no de hechos: no hay oídos ni ojos que hayan sido
testigos de su aflicción; y nunca el ser al que dedicó sus pensamientos llegó a
compartir uno solo con ella. Es preciso, antes de empezar a leer estos fragmentos, que
os diga que la autora era joven en años y en espíritu, e hija de la sencillez y el
entusiasmo; unión no imposible en la juventud. Entró en el mundo, y este la envolvió,
la deslumbró y la llenó de confusión. Pero sus sentimientos se expandieron como el
ojo que se habitúa al resplandor de una luz reciente. En el tumulto de nuevos
placeres, descubrió a alguien a quien miró con la sonrisa del amor recién nacido; fue
su última, su postrera sonrisa: él siguió indiferente, porque la ignoraba; y ella jamás
le confesó su amor; hasta que su póstuma revelación no fue ya el crimen en una
vestal.
Ippolito se dispuso a escuchar, aunque era ya tarde, porque todo se conjugaba
para inclinarlo a prestar atención: la luz atenuada, el aposento tranquilo, cuya
fragancia estimulaba los sentidos, la actitud de sosegada tristeza de Cyprian, que
ocultaba su rostro con las manos, y leía con la voz del que teme delatar, al leer, sus
propias emociones.
—El primer fragmento —dijo— describe lo que siente al verlo:

1 de abril
Son las doce de la noche, todo está callado a mi alrededor; ni una brisa, ni
un murmullo suena arriba ni abajo. Y yo, en medio de esta quietud de la
naturaleza, ¿qué soy y cómo soy? ¿Qué es este tumulto febril de pensamientos
y emociones que contrasta con el silencio que me envuelve y lo hace más
grande? ¿A quién he visto? No lo sé; no quiero decir su nombre; no quiero
pensar quién es; soy muy feliz. Mis sentimientos se recrean calladamente en
su tesoro interior. La alegría, dentro de mí, es tranquila y balsámica como el
sol matinal de un día de primavera. No hay nadie tan dichoso como yo esta
noche, salvo él. Debe de ser feliz; es tan hermoso… ¿Cómo puede conciliarse
una agitación desbocada y una calma tan grande como las que siento yo esta
noche? Tengo el ánimo agitado, pero mi alma está serena…

7 de abril

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La insipidez suntuosa, las caras de hastío, las fiestas fastuosas de la
sociedad arrogante… se han desvanecido. Todo eso es tedioso para mí; ha
dejado de impresionarme. ¿Qué me importa dónde estoy, cuando él está
siempre conmigo? La simple formulación de un pensamiento, de un deseo no
expresado, de un movimiento de labios espirituales, lo trae a mí. Tenemos un
precioso depósito de pensamientos gratos en los que nos gusta demorarnos a
solas, sin expresarlos, sin que nadie lo sospeche. El mío es el pensamiento de
él…
En medio de la multitud, me llega el susurro espiritual e inaudible de su
nombre. Pienso en él, y la dicha me invade como el perfume callado de la
noche; como una música que se difunde sobre las aguas iluminadas por la
luna…

9 de abril
Hoy he permanecido sentada durante horas, sin conciencia de pensar,
aunque sin sentirme vacía; su imagen me llena el alma como una fascinación.
Ha pasado mucha gente por delante de mí; he oído sus pasos sin darme cuenta
de sus personas. ¿No es esto como el amor? Imposible: una vestal no puede
amar. No; en mi felicidad no hay sufrimiento de amante; no hay inquietud, no
hay celos, no hay tortura de esperanza imposible, no hay angustia de
desencanto. No; yo puedo abandonarme a esos sueños sin peligro, y sin
temor; porque no puedo amar. No es en su belleza en lo que pienso; es en él
mismo. Sin embargo, recuerdo bien su figura de ángel, sus mejillas radiantes,
y los rizos de su cabello castaño. Pero no pienso en esas cosas; no me hace
falta: las tengo siempre delante.

***

20 de abril
¿De dónde me viene este deseo desconocido de mezclarme con el mundo?
¿Acaso es que quiero verlo otra vez? ¿Y por qué querría verlo? Los que han
presenciado el paso de un meteoro, y han contemplado su radiante estela con
las manos y los ojos levantados, no se esperan a que vuelva; ¿por qué habría
yo de consumir mi vida mirando? No tengo otra esperanza. ¿Qué estoy
haciendo? ¿Adónde he ido? Esperanza; él: a veces es peligroso pensar en el
peligro.

30 de abril
Pienso demasiado en él; lo que antes me parecía imposible, es cierto: creo

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que pienso demasiado en él. ¿Debo abandonar este amado pensamiento, este
hechizo cuyo callado agente me abre la visión momentánea de un maravilloso
territorio espiritual? ¿Quién robaría al pobre ermitaño su único tesoro, el
rostro amable de su Virgen, el único sonriente que se le ha permitido ver
nunca, y hacia el que se vuelve en las horas de soledad y de vacío con
fervorosa e inextinguible devoción?
Así habría esperado que su imagen fuera para mí en la vigilia de las horas
oscuras, en la soledad de mi celda… ¿Y debo renunciar a ella?

***

En este momento entraron varios criados, cada uno de los cuales dijo algo a
Ippolito en voz baja; y este, tras preguntarles consternado, salió precipitadamente del
palacio, y no volvió hasta el atardecer del día siguiente.

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CAPÍTULO VIII
Gaudet imagine rerum.
Disfruta evocando cosas pasadas.

El castillo de Muralto, residencia de la familia Montorio, era totalmente diferente


de las mansiones modernas de la nobleza italiana. Muy pocos vestigios de la
arquitectura gótica quedaban en el continente que siguieran habitadas.
Los palacios italianos se caracterizan por la elegancia, la ligereza y la novedad.
En sus pulidas construcciones utilizan el mármol combinado con materiales que en
los climas nórdicos se consideran preciosos; se encuentran embellecidos con todos
los órdenes y ornamentos de la arquitectura, y la imagen que ofrecen no puede estar
más lejos de la lobreguez y la solemnidad. Este castillo, en cambio, había sido
construido en tiempos de los reyes normandos de Sicilia; poseía todo el carácter
imponente y severo de esa época, y estaba ennegrecido por los rigores del tiempo.
Las murallas como pilas de roca, el espesor de los lienzos ciegos, las esquinas
reforzadas con torreones almenados, las puertas estrechas coronadas con los escudos
gastados de la casa y sus alianzas, unas con pedestales, otras con restos de estatuas
gigantescas que en otro tiempo se alzaron sobre ellas, y cuyos enormes fragmentos
obstruían el paso a los que su vetusta grandeza invitaba a admirarlas… Todos estos
elementos parecían materializar las descripciones de los romances góticos, y llenar el
espíritu de melancólico temor y abrumadora solemnidad. Se levantaba en una
eminencia de la rica Campania, al pie de la montaña. En medio de una comarca de
fértiles cultivos y centelleantes palacios, el castillo alzaba su fachada castigada y
belicosa; parecía guardar un hosco reposo, herido por las guerras y el tiempo, y
contar la grandeza de las épocas que lo habían visto en su esplendor. Tal era el
castillo, que es preciso describir para mejor entender unos hechos que resultarían
oscuros e incomprensibles si hubieran tenido lugar entre los muros de un palacio
moderno.
Unos días más tarde llegó otra carta de Annibal:

***

Había comunicado a Michelo mi intención de visitar los aposentos tanto tiempo


cerrados. Él intentó disuadirme otra vez; pero cuando las razones que se aducen son
contradictorias, se invalidan mutuamente; total, lo que consiguió fue que me
confirmara aún más en mi propósito, diciéndome unas veces que no descubriría nada,
y otras que lo que descubriese podía ser fuente de interminable desazón. Me molestó
que el anciano me tratase como si fuese un niño que solo pretende satisfacer una
curiosidad pueril, y se le puede desviar de ella con argumentos pueriles.

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Empecé a exponerle mis motivos y, como guiado por un destello de inspiración
que de pronto ilumina lo que se nos ocultaba, me expresé sin pretenderlo con una
vehemencia y una solemnidad de las que hasta ese momento no había sido
consciente. Le dije que no creyera que trataba de satisfacer un impulso caprichoso y
gratuito, sino que lo hacía con un propósito concreto, de oscura pero real importancia,
y que, como real que era, requería todo el celo, energía y capacidad del espíritu más
fuerte.
«Si mis presentimientos son ciertos, Michelo, gozaré del más alto honor otorgado
a un hombre: confirmar el testimonio y cumplimiento de los designios divinos; si no
es así, al menos me libraré de dudas y temores que se me están volviendo
insoportables; descubriré y castigaré la impostura, y desde luego obtendré un remedio
contra cualquier engaño futuro». Al decir esto me volví hacia él; pero su semblante
seguía impasible. En realidad, no tengo ningún motivo para recelar de él.
Seguidamente le hablé de mi intención de visitar los aposentos esa misma noche, y le
pregunté si podía facilitarme las llaves. «Soy yo quien guarda esas llaves desde hace
años, signor; en mi juventud gocé de la mayor confianza de vuestro tío, y todavía hoy
hay comisiones que mi señor, vuestro padre, no está dispuesto a confiar a otros, y por
tanto aún se me permite a mí desempeñarlas».
Observo que Michelo es de los que torturan a sus oyentes con continuas alusiones
a secretos que nunca acaban de revelar, de los que elevan la expectación a un grado
de suspenso doloroso, y te deja jadeante e insatisfecho; y no tanto por malevolencia,
o por el desliz de una indiscreción, como por una lucha perpetua entre su espíritu
agobiado por un peso demasiado grande para sus fuerzas (y del que ansía librarse
contándolo), y las admoniciones de la conciencia, que le dice que no está bien
revelarlo, o el temor, que le susurra que no sería prudente.
Así que me he acostumbrado a su actitud, y me abstengo de importunarlo. Ha
prometido acompañarme; pero dada la belleza de estas noches, durante dos seguidas,
nuestro padre ha pedido que llevasen hielos y refrescos al pabellón de la fuente. No
tuvimos más remedio que acompañarle. Allí, en medio de la satisfacción de todas las
apetencias y el regalo de todos los sentidos; con músicas, perfumes, flores y
banquetes; perspectivas, a través de celosías enramadas, de jardines exuberantes y
cálidos crepúsculos como el ámbar, que espejeaban, casi en el límite de la vista, en un
río parpadeante de brillo indefinido de agua y de bosque, sobre los que flotaba una
melodía lejana tan dulce y desmayada que parecía reverberar en la concha espiritual
de los que escuchaban; en medio de tales escenarios, nos hallábamos sentados con
lúgubre humor, mudos y tristes profanadores de la naturaleza y el gozo, más como
estatuas decorando el festín que como seres humanos participando de sus deleites.
La tercera noche esperé a Michelo en mi aposento. Llegó a la hora acordada; la
hora en que reina la quietud del crepúsculo. Todo estaba tranquilo en el castillo, y la
luz grisácea que entraba por las ventanas prometía silencio y oscuridad. Recorrimos
deprisa las galerías abovedadas que conducían a la planta inferior de la torre; luego,

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abriendo una puerta que daba acceso a un largo corredor, entramos en una región
desconocida del castillo. Aquí desapareció todo signo de vida y habitación: las
paredes tenían aspecto de no haber albergado jamás a ningún ser humano. El eco
mismo estaba dotado de una extraña resonancia, como si lo despertasen por primera
vez unos pasos humanos. Llegamos a otra puerta que no parecía haber sido abierta
nunca; Michelo metió una de las varias llaves que acababa de sacar, y tuve que
ayudarle con todas mis fuerzas para que cediese. Entonces descubrimos el pie de una
escalera de caracol que se perdía en las alturas, y Michelo se detuvo en el pasamanos
a recobrar el aliento. Subimos; era estrecha y oscura, y nos condujo a otra puerta; y
aquí tuvimos que volver a unir nuestras fuerzas para abrirla. Michelo, que se quedó
agotado con este esfuerzo, entró tambaleante tan pronto como se abrió, y se dejó caer
en una silla. Le seguí, sin dejar de mirar a mi alrededor. Era un aposento amplio,
evidentemente atestado de muebles descoloridos; pero en el que no se veía nada con
claridad porque la luz que entraba por las ventanas desvencijadas y rotas solo
permitía distinguir los bultos. Michelo retiró vacilante las cortinas de una de ellas.
Ahora recorrí la estancia con la mirada: el deterioro procedía más del abandono que
del tiempo. El polvo lo cubría y casi lo enterraba todo. Estaba el mobiliario completo
de una cámara. La cama se alzaba con su dosel oscuro y desgarrado; pero aún
conservaba las cortinas, las columnas y el plumaje. «Esta era la alcoba nupcial del
conde Orazio —dijo Michelo—. Aquí pasó la condesa la mayor parte de su triste
vida; y aquí»… Se dio la vuelta.
Le pregunté por qué habían cerrado estos aposentos, y por qué se permitía que se
deteriorasen unos muebles costosos que podrían decorar los cuartos más modernos.
«Tal vez porque habrían despertado recuerdos dolorosos —dijo Michelo
tartamudeando—. Cuando mi señor regresó al castillo, recibí la orden de traer aquí
todos los muebles, y cerrar estas puertas para siempre. Orden que siento haber tenido
que infringir». Lleno de un asombro que era fruto de las circunstancias del lugar y de
las oscuras ideas que inspiraban, volví a insistir a Michelo que terminase de contarme
lo que había empezado en la cámara de la torrecilla.
Me escuchó con angustia y perplejidad, pero con obstinada resolución. Paseó la
mirada por el aposento como si temiese que fueran oídos los balbuceos incoherentes
que le salían. «No puedo; no me atrevo. No sabéis en qué apuro me encuentro —se
retorcía las manos y hablaba en tono lastimero—. Una mano de hierro me atenaza;
me domina oscura pero palpablemente. No; no puedo; no me atrevo». Y en ese
momento, sin saber por qué, se me ocurrió de pronto una pregunta, y se la hice:
«Michelo, ¿tiene algo que ver este silencio tuyo con el confesor Schemoli?» Jamás se
me olvidará la cara que puso al oírme: le afloró una expresión aterrada, como si al
formularle la pregunta me hubiese puesto yo en peligro. Se levantó y, llevándose un
dedo a los labios, me indicó elocuentemente con ese gesto su miedo a que nos
oyesen; aunque era imposible que hubiese ningún oyente humano donde estábamos.
Me quedé tan confundido ante esta reacción que me abstuve de repetir la pregunta. Y

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siguió un largo silencio. «¿Queréis ver el otro aposento, signor?», dijo.
Le seguí con ese hosco mutismo con que accedemos a la proposición de alguien
que acaba de decepcionarnos, al que, malhumorados, deseamos ocultar que estamos
interesados en el resto de su información. Entramos en la otra habitación… Escribo
esto, y me detengo a pensar: me doy cuenta de lo importante que puede ser ese
momento en la relación de mi vida; y me asombra haberme acercado a él,
inconscientemente, con tan poca emoción. Esta otra pieza estaba, como la primera,
oscura y deteriorada. La luz que entraba por las ventanas manchadas y borrosas, los
últimos rayos de la tarde se conjugaban bien con lo que revelaban: la muda
descomposición de lo perecedero, la polvorienta quietud de la desolación, y la
memoria del viejo criado señalando con mano consumida las reliquias de lo que en
otro tiempo proporcionó morbosos y melancólicos placeres.
Empezó a descubrir los retratos: primero el del conde Orazio. Creo que el pintor
ante el que posó debió de temblar cada vez que alzaba los ojos hacia él; debió de
sentir lo que el profeta al contemplar directamente el rostro de Hazael y predijo los
sufrimientos de su pueblo. Es uno de esos rostros que revelan el carácter a la primera
ojeada: la frente audaz y reflexiva, las cejas oscuras y casi juntas, la nariz aguileña y
prominente, la curva orgullosa del labio superior en la que incluso la sonrisa parece
aliarse con el desdén, el color rico, oscuro, sanguíneo de la tez, que es como el de las
pasiones del amor. De un personaje así cabría esperar los más violentos arrebatos, el
heroísmo más orgullosamente severo, lo mismo una virtud de altura sobrehumana
que un acceso de extravagante depravación, el esplendor impasible de un ángel, o la
poderosa y airada malignidad de un demonio.
Michelo sostuvo el cuadro con los ojos apartados, y lo volvió a colgar temblando
de pies a cabeza. «Y este —dijo, descubriendo otro— es el de la condesa Erminia.
Cuando miro este retrato, me da la impresión de que se desvanecen veinte años, y
siento lo que sentí cuando la vi por primera vez, tal como era: con ese encanto alegre
y descuidado. Sin embargo, incluso entonces hubo quien dijo que a través de su
belleza y su esplendor se adivinaba tristeza y desaliento. Yo no veía eso; era tan
encantadora que siempre la encontraba sonriente». Creo que siguió hablando. Dejé de
oírle, aunque el rumor de sus elogios se demoraba en mis oídos como algo que
concordaba con mis propios sentimientos, y que era grato, aunque no distinto para
mí. Seguí en mudo transporte de admiración. Me arrodillé ante el retrato sin decir
nada, sin un suspiro, casi sin un pensamiento. Era la primera vez que contemplaba la
belleza, la primera vez que conocía el amor: no llamo belleza a la combinación de
colores, a la que los fríos ojos del juicio otorgan el elogio de la armonía y a
continuación se olvidan de ella; no, es la comunicación de un placer desconocido; es
el descubrimiento de esa cuerda inexplorada del espíritu que pulsa por primera vez la
mano de la armonía; es la comprensión de esas formas que flotan en el sueño de la
madrugada, en las meditaciones del anochecer: es el retrato de Erminia. En el espacio
de lo que me pareció un instante, experimenté todas las emociones que acompañan al

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variado carácter de la pasión: la angustia deliciosa, el gozo doloroso, el temor más
dulce que la esperanza, la esperanza más dulce que el deleite, la existencia visionaria,
el sueño representado, el tono alto y sobrehumano que solo esta pasión confiere a los
sentimientos y al carácter. En un instante he vivido la vida entera de un amante; ya no
era un cuadro ante lo que me arrodillaba: estaba convencido de que aún vivía el
original. Me parecía más probable que el sol se borrase del cielo que no que se
permitiese a tal ser abandonar la existencia sin dejar rastro ni testimonio. Había una
autenticidad de sentimientos en mí, y una firmeza de convicción de que aún existía,
que no sé a qué atribuirlas, si no es al vivido encanto de esa figura: una frente que
pensaba; unos ojos que hablaban; unos labios que sonreían, que sonreían
mudablemente, con un cambio vivo y sensible; unos cabellos ante los que, para no
alterar su tenue guedeja, contenía el aliento mientras los contemplaba. Estaba como
en sus días de temprana felicidad. La escena y la actitud eran bucólicas: un cervatillo,
al que ella tendía la mano, huía veloz; yo tenía extendida la mía también. Y sus
cabellos: son de ese color castaño oscuro, cuyas ondas se hacen más oscuras, y los
rizos, como zarcillos, tienen ese reflejo bruñido del sol que semeja el follaje de un
cenador, dotado de las ricas calidades de la luz otoñal. ¡Ay, cómo quisiera jugar con
esos rizos, asomarme a esos ojos intensos, besar ese cuello palpitante…! Dirás que
estoy loco; quizá lo esté; lo estaba cuando, arrodillándome y rindiendo homenaje a la
hermosa figura, prometí salir al mundo en busca del original, reservarle todos mis
afectos con una consagración de vestal; hacer de mi vida una larga peregrinación de
amor, y no dar paz a mi cuerpo ni a mi alma hasta encontrarla y poseerla.
Se piense lo que se piense de tal propósito, yo al menos experimenté con él lo que
esperaba: sosegó mi espíritu; exaltó y gratificó mis sentimientos; y de su misma
condición de irrealizable saqué un augurio realmente alentador. Parecía estar a la
altura de la dignidad de mi pasión; parecía prometer que ninguna dificultad impediría
esa búsqueda; que ya la había emprendido, desafiándolo todo.
La luz se estaba yendo deprisa. Había transcurrido una hora desde que entramos
en el gabinete, y me había olvidado por completo de mi propósito original; pero
cuando iba a salir se me ocurrió una idea. Y bendije mi providencial destreza para el
dibujo. Saqué mis tablillas, y antes de que se desvaneciera del todo la luz que, como
mi propia mirada, parecía demorarse en el rostro del retrato, tracé un boceto con tal
fidelidad que me convenció de que el inventor de la pintura tuvo que ser el amor.
Seguí cotejándolo con el retrato a una luz con la que nadie sino el ojo estimulado por
la pasión podría haber distinguido nada. Al colocar el boceto, tan perfecto al
principio, junto al retrato, me pareció falto de mil detalles. Seguí añadiéndolos, más
por gusto que con la esperanza de mejorarlo. Pero Michelo, aterrado por mi tardanza,
me suplicó tan fervientemente que lo dejase, ya que nos exponíamos a ser
descubiertos, que finalmente abandoné. Era ya tarde cuando llegué a mi habitación
sin percance y a oscuras. Me senté junto a la lámpara a reflexionar (como
probablemente habrás imaginado) en las perspectivas con que había iniciado mis

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pesquisas, y la quimérica misión por la que las había suspendido. El hombre que va
con el dudoso convencimiento de cumplir una orden celestial y de poseer la vaga
dignidad de un agente del cielo, armado con los poderes de su naturaleza, y temiendo
esa demanda más que ninguna, y que al llegar dedica la hora de la prueba a
permanecer arrodillado delante de un cuadro, y a volcar su pasión en la
representación insensible de una difunta, no constituye precisamente un ejemplo de
resolución humana. Mientras estaba dedicado a estos sensatos razonamientos, mis
ojos se posaron en el dibujo que tenía en las manos, y me perdoné a mí mismo. El
resto de la noche la pasé haciéndome reproches y decidiendo ser más firme en
adelante; pero lo terminé y lo coloreé. Ahora estoy con la familia; llevo el retrato de
Erminia guardado en el pecho, y me siento como el que ha descubierto un tesoro y
sonríe pensando que los de su alrededor no saben nada, como el que lleva consigo un
talismán contra los cuidados y el dolor, contra la apatía del sentimiento dormido y el
vacío de una vida ociosa.

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CAPÍTULO IX
Sed mihi vel tellus optem prius, ima dehiscat,
Vel pater omnipotens adi at me fulmine ad umbras,
Ante pudor quam te violo, aut tua jura resolvo.
VIRGILIO

Pero ojalá la tierra exhiba su abismo espantoso,


y, abriéndolo, me arrebate del radiante día;
ojalá sea arrojado por el señor de los cielos,
traspasado por el trueno, envuelto en llamas,
del reino de la luz a las tinieblas del averno,
antes, ¡sagrado honor!, que traicionar tu causa
de palabra o pensamiento, que violar tus leyes,
PITT

En esta carta romántica descubrió Ippolito claras huellas de una pasión verdadera,
que surge en las circunstancias más inesperadas, y lucha contra dificultades ante las
que cualquier otra habría decaído por juzgarlas insuperables. Pero ahora no tenía
tiempo ni ganas de pensar en asuntos de tan poco fuste. Un personaje oscuro y
desconcertante acaparaba sus pensamientos. Desde la noche en que diera muestras de
gran agitación después de regresar de una excursión con Cyprian, no había recobrado
el sosiego. Parecía ensimismado, o sostener un intenso debate interior; la perplejidad
y el recelo presidían todas sus acciones, y eran tan imprevisibles que hacían pensar
que se hallaba ocupado en alguna actividad nada común. El día lo pasaba
habitualmente solo; hacia la medianoche abandonaba el palacio, sin que nadie supiera
adónde iba. Ante este cambio, sus compañeros de diversión se reían, sus amigos se
asombraban, y Cyprian lloraba. Pero no podían hacer otra cosa que preguntarse y
callar; su mutismo era impenetrable. A veces se mezclaba con la sociedad, y reía y
revoloteaba con la ansiosa exaltación del que ha decidido darse una tregua en su
dolor; pero tanto si se divertía él como si divertía a otros, en cuanto el reloj daba las
doce se desvanecía el encanto. Pasada esa hora, ni los placeres ni las insistencias
conseguían retenerle: se levantaba, despedía a los criados, y no lo volvían a ver hasta
la mañana siguiente, en que regresaba solo, despacio, por la Strada di Toledo.
Algunas veces admitía la compañía de Cyprian, y escuchaba la continuación de sus
fragmentos, porque no lo importunaba reclamándole sus comentarios o su
aprobación; y Cyprian, ignorante de todo artificio, continuaba leyéndole con la
esperanza de que el silencio se debiera a su atención; o, incluso cuando descubría que
no escuchaba, transigía a cambio del placer de estar junto a Ippolito.

7 de mayo
Esta duda perpetua es peor que cualquiera de las alternativas: hacer lo que
temo hacer o verlo otra vez, aunque sea pecado de un momento. ¿No sería

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mejor que consumir la vida en esta incertidumbre desventurada, en la que no
encuentro ni la resolución de la inocencia, ni el goce de la culpa? ¿Y si no lo
veo más? Pero ¿por qué no verlo, teniéndolo siempre en el pensamiento?
¿Acaso no es más seductor, más fatalmente hermoso, a los ojos de la
imaginación que a los del sentido? Sí, lo veré; fijaré mis ojos en él; descubriré
qué distinta es su persona respecto de mi pensamiento, su imagen respecto de
este sueño. Y después dejaré de pensar en él.

16 de mayo
Lo he vuelto a ver; todavía estoy sin aliento; todavía me siento incapaz de
analizar mi interior; aunque debo pensar… Sí, he pensado bastante en mi
vida. Y seguiré pensando horas y horas mientras viva, en el convento. ¡Ah,
qué gloriosamente hermoso es! Qué pensamientos revolotean alrededor de su
imagen; como la música que precede a la proximidad de un visitante etéreo;
como las nubes ámbar y rosa que visten y se funden con la forma sutil de
alguna criatura de los elementos. En esa radiante luminosidad espiritual se me
apareció. Cuando las sombras del crepúsculo empezaban a envolver a los
grupos del Corso, esperé (me atreví a esperar) a que pasara. Amparada en la
oscuridad, pasaría sin verme; no me oiría suspirar, solo yo sentiría el ardor de
mis mejillas; y podría verlo, incluso podría tocarlo cuando pasara. En un
grupo que se acercaba, vi una pluma que destacaba por encima de las demás;
avanzó… ¡Ay, qué temblorosa palpitación, qué sofocante oleada de
expectación! Era tan excesivo el gozo que no podía creerlo. ¡Se acercaba!; no
lo vi ni lo oí; en ese instante todo se volvió niebla y oscuridad a mi alrededor;
pero sentí su presencia: era él; y sentí que se alejaba. Y su desaparición fue
como el desvanecimiento de una fragancia; rica, lánguida, embriagadora;
desde ese instante quedó en el aire una morbosidad deliciosa; sentía una
opresión suave en el corazón. Era incapaz de hablar; de haberme dirigido
alguien la palabra, solo habrían podido contestarle mis lágrimas. He estado
toda la noche en vela, repitiéndome de cuando en cuando: «Lo he visto».
Empieza a entrar el amanecer en mi cámara, aunque la noche se retarda en el
Corso, y dentro de mí…

20 de mayo
¿Puedo continuar en este estado de embobamiento? Sin embargo, me
atrevo a examinar mi corazón: él es alimento y descanso para mí; sin embargo
digo que no amo; es pensamiento, sueño y visión para mí; sin embargo digo
que no amo; ofrezco a él mis plegarias; y sin embargo no amo. ¿Adónde
dirigirme? Me siento terriblemente asediada. Dejad que me ponga en manos

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de Aquel a quien he ofendido, antes que en las de ese corazón que me ha
traicionado y destruido. ¿Debo decir: «he pecado»? ¿Ha de ser, entonces,
pecado amar?

27 de mayo
Pero era amor; sentía que flotaba milagrosamente; no tenía conciencia de
la corriente; pero al hacerse de día, estoy en el océano inmenso: sola, helada,
asustada. De haber oído contar esto en mis días de inocencia, ¡cómo habría
condenado a la desdichada que se engaña y traiciona a sí misma! ¡Ah, tú que
alardeas de una virtud que no ha sido puesta a prueba, que desafías a las
tentaciones que la misericordia te ha ahorrado! En otro tiempo, yo era pura
como tú; como tú, era orgullosa. Pero me he apartado del rebaño. Me he
extraviado en el desierto. La sierva del Señor ha abandonado a su amor
primero, al guía de su juventud, y ha ido en pos de extraños…

3 de junio
No hay luz ni tinieblas en mí ahora, me hallo en un estado contradictorio y
crepuscular, y quisiera dormir. ¡Ojalá me venciera un sueño plácido y
profundo como cuando soñaba que no amaba, y tuviera las visiones que
iluminaban ese sueño, y aquellas revelaciones radiantes que habían bebido la
luz del meteoro y eran figuras celestiales! Han desaparecido.

***

Hablan de llevarme a Roma: que me lleven a donde quieran… ¿De dónde


me viene esta pasividad? Él se ha ido de Nápoles. Me golpeo el pecho, pero
mi corazón sigue latiendo allí.

7 de julio
¿Qué han hecho de mí unos meses, unos poquísimos meses? ¡Dios mío!
Yo era feliz. Es un pecado hacerme desgraciada. Pasaba los días absorta en las
cosas divinas, muerta, aunque en el mundo, para las cosas del mundo, viva
solo para las personas que estaban donde yo creía que estaban mi tesoro y mi
corazón. Puros eran mis placeres, mis esperanzas sobrenaturales, mi espíritu
corregido y sosegado; una luz que bajaba del cielo difundía grata y callada
claridad a mi alrededor, y me encantaba pasear envuelta en esa luz. La
mañana me despertaba para la oración; por la noche meditaba en el día
inmaculado y me dormía rezando. Estimaba que cada día debía ser como el

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anterior, exento de culpa y de sufrimiento, y que debía volar con ese mismo
movimiento, como con alas de querubín, hacia ese lugar donde creo seguro y
cercano mi gozo. ¿Tan breve espacio ha pasado, y me he perdido ya? ¿Soy ya
este ser febril, enajenado, culpable, que cada día osa recorrer un trecho más
de permisividad, trecho ante el que habría temblado el día anterior, y que, con
la mirada vuelta hacia atrás, calcula angustiado lo lejos que se encuentra de la
senda de la paz, y que no está más cerca de aquel por quien se ha apartado
hasta perderse?

***

15 de julio
Ha venido a mí con sonrisa de ángel; ha amanecido en mí como la mañana
con sus mil matices y formas luminosas. El gozo, la belleza, el esplendor,
todo cuanto es alegre y rico en la vida, todo cuanto puede seducir a los
sentidos y al corazón danzaba a su alrededor en mágica visión. Miré, y
escuché, y sucumbí: era el amor. En la sonrisa de su nacimiento, en el alba
angélica de la pasión recién nacida, ¿quién piensa en los gemidos y la
angustia? Pero dejad que absuelva al cielo; desde el principio temblé y tuve
miedo; rocé la copa con labios vacilantes. Pero ¡ah, qué dulce, qué dulce este
licor!

17 de julio
No me han valido de protección mis atribuladas devociones frente a mis
largos y voluptuosos sueños diurnos, mi frialdad frente a pensamientos
elevados. ¡Ojalá estos sufrimientos me hicieran odiar su causa! Si estas horas
de angustia que me consumen pudieran volverme impaciente o resistente,
habría esperanza. Pero, ¡ay!, por muchas lágrimas que derrame, jamás podré
borrar con ellas los caracteres que su imagen escribió en mi corazón la
primera vez que lo vi.
Día y noche le doy vueltas a esto en silencio, con desamparo. Ninguna
reacción me despierta, salvo un impaciente desasosiego. Culpable, me aferro a
ella. Desdichada, me aferro a ella. Condenada por mí misma, me aferro a ella.
Me he hundido en una pasividad insulsa y letárgica, y los reproches de la
conciencia me suenan como la tormenta en el oído de un vejestorio bajo
techado, que fastidia a su sordera, pero no turba su apática comodidad.

21 de julio
Rezo… aunque una oculta esperanza me dice que no me valdrán esas

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plegarias; varío sus expresiones; creo que redoblo mi fervor, aunque algo me
susurra que las retiraría si temiese que iban a ser oídas.
He decidido enfrascarme en alguna labor durante el día, ocultarme a mí
misma en qué lo ocupo siempre; pero aunque creo que estoy concentrada, una
conciencia de que pensar en él va a ser su única actividad parece burlarse de
mis esfuerzos; y lo constato sin emoción, sin el menor deseo de resistir, y sin
miedo a rendirme. Las decisiones tomadas con embarazo no duran, las
resoluciones de la vida sostienen una batalla timorata con su materialización.
Las lágrimas son ahogadas por las complacencias, cuyas débiles
amonestaciones eliminan el placer a la vez que dejan la culpa; y las plegarias
son contradichas, en el instante de rezarlas, por los susurros de un corazón
rebelde.
¡En esto me he convertido! ¡Objeto de mi pasión fatal, ven y mira qué has
hecho de mí…! No. No vengas a ver cómo gozo en mi culpa; no vengas a
derramar compasión sobre sufrimientos cuyo inventario me proporciona un
extraño y espantoso deleite.

23 de julio
Es inútil: no resisto más. No puedo vivir y no ser como soy. Para dejar de
ser culpable, debo dejar de ser… No me atrevo a querer eso; ni lo quiero. Esta
aflicción es demasiado preciosa para mí, y no cambiaría las lágrimas
solitarias, nocturnas, amargas del corazón por todos los placeres que he
probado. ¿Y me atrevo a llamar sufrimiento a esto? ¡Ah, no! No, no. Su
sonrisa, su malvada, embrujadora sonrisa, me reprueba cuando lo hago.
Sus ojos me miran; parecen preguntarme si me quejo. Extraño, prodigioso
ser, ¿qué has hecho conmigo? Su imagen asoma a mi alma como la luna en las
noches de tormenta. En medio de masas oscuras, en medio de agitadas
volutas, en medio de rayas quebradas y furiosas, irrumpe con breve y glorioso
esplendor, cubriendo de belleza las formas inquietas y agitadas, mientras el
viajero, agobiado, mira hacia arriba y bendice su visión por un momento.

25 de julio
¿Es un crimen amar? ¿He cambiado de pasión, o solo su nombre? En mi
niñez, amaba los colores del ocaso, el soplo de la brisa vespertina, la luna
pálida y errante dando lustre con su luz a las cenefas algodonosas de un cielo
de verano. Digo que amaba esas cosas; ¿puedo no amarlo a él de la misma
manera, con inmaculado, plácido, sereno amor? ¿Acaso no es obra de la
misma mano; no ha sido creado todo para ser amado? ¿Es mi maldición que
deba mezclar la culpa con los sentimientos que otros se permiten con toda

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inocencia? ¿No puedo pensar de él lo que pienso de esas otras cosas: que es
claro, hermoso, distante, inalcanzable? ¿No puedo sentarme a ver pasar la
vida, sin deseos de elevarme a las alturas? No, no; estas cosas brotan de la
pluma, no de mi corazón.
El pensamiento salvaje, ingobernable, el deseo del ensueño, no me atrevo
a decir cuál, me enseña que una vestal no puede amar a un ser humano como
amaba el rayo de luna en su niñez.

26 de julio
Hay mil flujos y reflujos de sentimiento que solo conoce quien ama; y que
continuamente me hacen temblar de miedo a que mi agitación los descubra a
los demás. Oigo su apellido sin emoción cuando alguien alude con él a algún
miembro de su familia; pero cuando lo aplican a él, cuando el que lo
pronuncia se refiere a él de manera despreocupada, tiemblo toda entera, se me
nublan los ojos; deshecha como estoy, mi alma sonríe con triste y culpable
alegría al sonido de ese nombre…
Yo casi nunca me atrevo a pronunciarlo; se me hace un nudo en la
garganta que me impide respirar; pero qué gozo cuando oigo pronunciarlo, y
cuántos pretextos sutiles y desdichados utilizo para encauzar la conversación
de manera que tengan que hablar de él; y cuando lo consigo, y cuando dicen
su nombre, ¡no se dan cuenta de cómo callo, cómo tiemblo! ¡Ah!, ¿y qué si es
así? ¿Acaso no me ve un ojo, para esconderme del cual de buen grado dejaría
que me descubriese el mundo entero…?
… Muy grandes son mis sufrimientos. Quién sino yo ha conocido la
infelicidad sin alivio; quién sino yo ha conocido la desesperación sin
esperanza. Nos engañamos a nosotros mismos con los términos: cuando
decimos desesperación no queremos indicar que no hay posibilidad de alivio,
sino que el alivio está lejos, o es dudoso… Pero ¿hacia dónde volverme?
¿Hay una mota de luz en mi horizonte? No, no. A oscuras, desamparada,
atravieso torrentes de desesperación. Lucho sin fuerzas. Me levanto sin
consuelo. Me hundo sin esperanza. En las horas de angustia insoportable,
cuando el espíritu, cansado de sufrir, y espoleado para obtener de él una
energía frenética, se ve forzado, como una viuda importuna, a llamar
ansiosamente a la puerta de la esperanza; en esas horas, me digo a mí misma:
¿quién me ayudará? Mostradme las dificultades que hay que vencer,
mostradme los sufrimientos que hay que soportar; dejadme contender con
todos los seres terrenales y posibles, y lo haré. ¿Qué no estoy dispuesta a
hacer? Pero soy como el polvo en un torbellino. Como una hoja en el torrente
que ha barrido el bosque. La fuerza y la corriente de las cosas me arrastran.
Para mi gusto, la naturaleza debería invertir su orden: la Deidad debería

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cambiar. La mujer debería buscar al hombre, y ser aceptada. La vestal debería
poder renegar sin merecer castigo; así que me vuelvo a la esperanza, me
vuelvo al tiempo, me vuelvo al espacio; me vuelvo al yo (porque al yo, que
posee infinitos recursos y es fuente de consuelo inagotable, nos volvemos y
agarramos al final), y todo es desesperación. Pero ¿me atreveré a decirlo? He
hecho mi transacción: sí, he vendido mi alma por una sonrisa, me he
traicionado con un beso. ¡Ay, amor mío, amor mío, no has pedido demasiado!
No me mires con esa sonrisa de inocente belleza. No me mires con esa mirada
fatal, fatal. No te aparezcas ante mí con esa figura seductora. No lo hagas, o
pensaré que todo, todo es demasiado mezquino. Pero verdaderamente, has
pedido mucho, amor mío…

27 de julio
De la luna, a veces pienso que él la está mirando cuando yo la contemplo,
y entonces se me llenan los ojos de lágrimas de placer, y me las enjugo para
captar el instante en que la miramos los dos a la vez. De la brisa, adivino que
le refresca la cara, y entonces presento mis mejillas enjutas y pálidas para
recibir ese placer con él.
Pero mi deleite supremo es susurrar su nombre, a hurtadillas, al oído de la
noche, en la hora profunda y callada, cuando el vaho nocturno flota quieto en
el aire, tenue como el aliento de un niño, cuando las hojas del álamo y del
chopo permanecen inmóviles, cuando el mismo silencio sisea al oído.
Entonces me encanta acodarme en el alféizar de la ventana y susurrar su
nombre, primero suavemente; luego deprisa, fuerte, produciendo miríadas de
imágenes que flotan y centellean a mi alrededor.
Luego, de madrugada, el tibio rubor, el nacimiento vernal de la pasión
angelical, se apodera de mí. La primera entrevista, la emoción arrobada de
joven alarma, la expansión de un sentimiento nuevo, la irrupción de un mundo
de deleite: todo eso está en mí; lo evoca su nombre. Y dejo que me invada,
siento que me precipito en su caudal inconsciente. Una imagen de nueva y
osada indulgencia me detiene. Me sobresalto, retrocedo, pero solo para ver el
trecho recorrido. Es menos imposible ir demasiado lejos que volver. Vacilo,
estoy perdida… Cuando me recobro, descubro que estoy llorando. Pienso que
debería derramar lágrimas de penitencia, y me doy cuenta de que solo son
lágrimas de pasión…

29 de julio
¿Y es un crimen amar? No puedo conciliar el pensamiento de la culpa con
el de él. Cuando miro dentro de mí, cuando su imagen me sonríe, cuando la

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oleada de incipiente placer me inunda el corazón, dejo de sentirme culpable;
ya no me siento desdichada. Soy solo la feliz visionaria que ha renunciado a la
vida por un sueño gozoso…
Sí; a veces me asaltan el temor y la perplejidad. A veces daría un mundo
por saber si estoy perdida totalmente, si no hay esperanza para alguien que se
ha atrevido a amar. He ido a acodarme en la ventana con angustia y solicitud,
he observado el curso brillante de las estrellas, les he preguntado: «¿hay
alguna esperanza?» He pensado decidirlo por la primera que vea caer a la
derecha… el que regula el vuelo del gorrión podría dirigir la caída del
meteoro para beneficio de su criatura expectante y temblorosa. He estado ahí
hasta que ha caído una a la derecha; y he comprobado que no me traía ningún
sosiego…
Al regresar, esta noche, me he cruzado en la puerta con un perro que me
ha mirado pensativo; con sus ojos tristes y mudos fijos en mí. He seguido
andando, y él ha seguido mirándome. Con la impertinencia de mi desventura,
le he dicho: «¿Eres acaso un espíritu; tienes poder para servirme?» Me he
alejado deprisa, a tiempo de salvar la cordura.

—¿Y con esa sensibilidad —exclamó Ippolito, que no podía más—, ha


consentido el mundo que languideciera y muriera? ¿Ha existido un corazón así, y se
ha permitido que estallara? ¡Ah, solitaria y temblorosa criatura! De haber sido yo el
destinatario de tus afectos, con lo profundos y amables que eran, ¡cómo te habría
buscado, cómo te habría consolado, cómo te habría secado a besos tus preciosísimas
lágrimas, y habría indagado en tus tímidos ojos la luz de la esperanza restaurada!
—Eso solo son dulces palabras —dijo Cyprian—. ¿Qué podíais haber hecho por
alguien a quien la naturaleza y la sociedad condenaban?
—La naturaleza —dijo Ippolito— no es enemiga del amor; y en cuanto a la
sociedad, la habría llevado en brazos por toda la faz de la tierra, mientras ella se
reservase para mí; me habría enfrentado con todo el que se hubiese opuesto; habría
desafiado a quien hubiese pretendido difamarla; la habría llevado a algún retiro
apacible, santificado por la soledad y el amor; por ella, habría desdeñado y
renunciado a un mundo incapaz de comprender y valorar un gozo como el nuestro; y
en la pausa del plácido deleite, sonriendo, le habría preguntado si el amor no
compensaba todas sus penas.
—Horribles, deliciosas y embriagadoras palabras —murmuró Cyprian—. La
habrían llevado a la perdición; gracias a los santos, no las oyó; así no sumó la
deshonra a sus sufrimientos. La mató el lento y cruel veneno que iba bebiendo; no la
copa de la férvida impureza: murió de amor, pero pura y penitente. De haber oído
esas palabras, incluso moribunda habría sentido la tortura del deseo; el tumulto de la
lujuria, el gemido de la agonía, se habrían mezclado con el suspiro de las ansias; no

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habríais podido retener a la pecadora en este mundo, y habríais arrebatado al cielo
una penitente. Pero no, no; ahora descansa en lecho oscuro. No puede oíros; sus oídos
se han cerrado como se cierran al morir.
—Muchacho —dijo Ippolito—, nos habría salvado a los dos; ella no habría
muerto de pasión desengañada, y yo me habría ahorrado muchas horas oscuras y
febriles. Pero divago: yo no era el destinatario de la pasión que describes.
—Sois vos, y solo vos —dijo Cyprian con una explosión de sentimiento—. Es a
vos a quien ella amaba, y por quien ella ha muerto. Por vos desafió los peligros del
placer culpable; por vos se atrevió a desear; por vos tembló, penó y lloró. Creedme:
ella os amaba, Montorio. Y murió por vos.
—¿Por mí? ¿Por mí? —exclamó Ippolito, al tiempo que se estremecía, y un rubor
de cálida vergüenza le encendía las mejillas y la frente—. ¿Y por qué no ha vivido
por mí? Cyprian; te estás burlando de mi vanidad.
—No —dijo Cyprian, que se había levantado envuelto en su capa, y reviviendo
con súbita animación—. No; no me burlo de vos; su espíritu ronda cerca de nosotros
para confirmar esta revelación. Decidme, Montorio, ¿la habríais amado?
—Te burlas de mi credulidad —dijo Ippolito sonriendo.
—No; por su presencia, por su presencia cercana que siento en este instante, que
no me burlo. Contestad a mi pregunta: ¿habríais podido amarla, Montorio?
—¿Que si habría podido? —repitió Ippolito, lanzando una mirada al cielo—. Si
su espíritu está efectivamente presente, quede satisfecho con el homenaje de mi
corazón.
—Está presente —dijo Cyprian con vehemencia—; está presente, y sin duda
cerca de nosotros, hasta que sea absuelto.
—Muchacho entusiasta, ¿qué quieres decir? ¿Qué pretendes?
—Imaginad por un momento que yo soy ella —dijo Cyprian, cayendo a los pies
de Ippolito y ocultando su rostro—. Imaginad que soy ella; dadme un beso.
—Muchacho entusiasta.
—Dadme solo un beso, y su espíritu se irá complacido y absuelto.
—Visionario; haces lo que quieres de mí. Jamás había besado yo a nadie de mi
propio sexo; pero haz lo que quieras conmigo.
Medio ruborizándose, medio torciendo el gesto, le ofreció sus labios rojos, y
Cyprian los rozó y se desmayó.

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CAPÍTULO X

Carta de Annibal di Montorio

Me han atormentado tanto la confusión y las dudas desde que te escribí que era
incapaz de pensar sensatamente, ni de separar los sucesos de los sentimientos que los
acompañaban. Así que aplacé la continuación de mis cartas con la esperanza de
escribirte finalmente con calma y sosiego. Mis esperanzas han sido vanas. Las
extraordinarias circunstancias en las que me he visto implicado me han privado de
toda capacidad de discriminar y reflexionar; se encuentran tan imbricadas en mi
modo de pensar que soy incapaz de hacer otra cosa que describirlas; y aun eso, no
como haría un espectador, o como una mente filosófica tendería a hacer, sino con la
confusión de los sentidos, la minuciosidad supersticiosa, y todas las débiles
explicaciones de un temor real y presente. No sé si lo preferirás a un relato más
ecuánime; pero si no, tendrás que transigir por necesidad; porque es lo único que en
mi actual estado de ánimo puedo proporcionarte.
Se acercaba la noche en que había decidido visitar nuevamente los aposentos, y
dejar que Michelo me contase su historia. Recordaba cómo la vez anterior me había
dominado el miedo primero, y luego el gozo; así que decidí ahora hacer acopio de
todas mis fuerzas, y confirmar toda la resolución que pudiera preservarme de la
debilidad y el engaño.
Incluso leí viejas leyendas en nuestra biblioteca, de esas en las que abundan
aventuras como la mía; me esforcé en tomar parte activa en el relato, y superar la
timidez, o adquirir la entereza de la que hacían gala sus diversos actores. Pasé algún
tiempo ejercitándome en esta disciplina mental; aunque encuentro que sin efecto, si
su influencia debía preservarme del temor.
A medida que se acercaba el momento se me hacían más acuciantes las ansias de
ver el paraje que iba a visitar. Salí a la terraza que conduce a la torre, al pie del muro
donde estaba el aposento; su aspecto exterior era como el de dentro: oscuro, solitario,
desierto. Vi una hilera de ventanas estrechas que, a juzgar por su dirección, supuse
que daban luz a la larga galería por la que me había guiado Michelo. Estaban
desguarnecidas, y se abrían a cierta distancia del suelo; pero los numerosos huecos
del muro y los fragmentos de almenas caídas me ayudaron a encaramarme hasta su
altura. Me asomé sin peligro; era una hora en que los criados andaban atareados en
una parte alejada del castillo, de manera que podía tomarme el tiempo que quisiera.
Me asomé al interior. Como había supuesto, la ventana daba luz a la galería, que me
pareció, como la noche en que la había recorrido, húmeda, y oscura, y desierta; pero
al mirar hacia el fondo, a ras del alféizar, vi salir de la pared del otro extremo una
figura; avanzó despacio, con paso inseguro, en mi dirección. Solo puedo decir que era
una figura humana porque iba envuelta en ropas holgadas; aunque, debido a la
oscuridad, no distinguía la forma o clase de hábitos.

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Se fue acercando. Me produjo cierta alarma pensar que iba a pasar junto a la
ventana donde yo estaba apostado. Iba con la cabeza cubierta y con un brazo
extendido; la oscura capucha le ocultaba la cara. Yo estaba tan fascinado y enajenado
de curiosidad que hasta que no lo tuve a unos pasos no se me ocurrió que podía
descubrirme; aflojé los dedos y escondí la cabeza detrás del ancho alféizar. Pasó; y
aunque noté a través de los cristales rotos el aire que agitaba con su marcha, sus pasos
no hicieron ruido ninguno; alcé la cabeza: se alejaba, y lo vi perderse en la lejana
oscuridad. Seguí un rato en el alféizar; no se oía ningún ruido ni se veía ninguna
figura. No sabía qué pensar. No era Michelo, eso seguro; y no había nadie más que
pudiera tener acceso a esos lugares, salvo por medios que casi estaba tentado de creer
que poseía el personaje aquel. Me entretuve en vagas y poco convincentes conjeturas,
hasta la hora en que Michelo había prometido acudir en mi ayuda. Cuando sonó la
hora, se presentó puntual; y tomando las mismas precauciones, llegamos a los
aposentos sin ser vistos. Michelo se detuvo nuevamente a recobrarse del temor y de la
marcha. Yo examiné los aposentos más detenidamente, y con mejor luz que la vez
anterior. «Signor —dijo Michelo, llamándome—; os he traído aquí para poder
contaros sin interrupción, y sin sobresaltos, lo que en cualquier otra parte del castillo
no sería prudente hacer a medianoche, ni siquiera en mi apartada torrecilla. Hemos
venido para evitar las sospechas que me temo que ya hemos despertado con nuestras
frecuentes conversaciones. Aquí en cambio es imposible que nos vean». Yo no estaba
tan seguro; pero me callé lo que había visto, y le pedí que prosiguiera. En ese
momento me llamó la atención una extraña mancha del piso. «¿Puede ser esto,
Michelo, un efecto de la sombra que arrojan las ventanas cerradas?» Michelo no dijo
nada.
«Mira dónde se extiende en largas rayas oscuras, y terminan junto a aquella
puerta». «Es sangre», dijo el anciano con un escalofrío. «¿Sangre? —repetí—.
¡Imposible; esa mancha se extiende por media habitación! Para dejar un rastro así
tendría que haber habido en este aposento, no ya un homicidio, sino una matanza».
«Es sangre —repitió el anciano levantándose y acercándose a mí, que examinaba las
manchas—. Aquí cayó; y aquí, en esta pared, hay salpicaduras; debió de brotar con
violencia; y las huellas acaban aquí, en esta puerta»… Me detuve; todas las causas y
signos dispersos, que hasta ahora habían estado flotando inconexos en mi cerebro,
produciéndome solo una parcial sensación de temor, o de asombro, o de ansiedad,
ahora se ensamblaron con fuerza, dando lugar a una espantosa convicción.
«O sea, Michelo, que aquí hubo un asesinato, y tú sabes de qué venas salió esta
sangre; seguramente estuviste presente en esa hora, fuiste testigo del crimen, y sin
embargo guardas un silencio obstinado. Pero quizá tus extraños sufrimientos se deben
a las visitas de la víctima; quizá ronda por este lugar donde fue derramada su sangre,
en espera de recibir absolución, de ser llamada; y quizá haya sido vista su sombra
esta noche, vagando por los corredores de esta cámara». «Seguid adelante —dijo el
anciano con solemnidad—; hacia donde una mano más poderosa que la mía parece

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conduciros. Yo podré guiaros muy poco trecho; mi tiempo es breve, y mi tarea
limitada. De grado habría continuado, pero un poder al que no me es dado resistir me
lo impide». Siguiendo el rastro, llegamos al otro aposento: aquí terminaba. En mi
impaciencia por descubrir, volví a fijarme otra vez en las losas sueltas del suelo, y en
el vapor húmedo e inmóvil que flotaba en el aire.
Crucé la habitación; el piso crujió debajo de mí; frenético de impaciencia decidí
romper las tablas; tarea para la que me sentía con fuerzas, y que probablemente me
aliviaría o daría empleo a mis nervios, que a duras penas lograba contener, excitados
hasta el último grado, tensos, vehementes y terribles. «Deteneos, deteneos, signor —
dijo Michelo—; aunque estos aposentos parecen desiertos, tienen un visitante. El
conde, vuestro padre, tengo sobradas pruebas, suele venir a estas cámaras siempre a
la misma hora. Y temed su venganza si descubre que pies distintos de los suyos han
hollado este suelo ensangrentado; ¡su venganza es terrible!» «Es la segunda vez —
dije con enfado, aprovechando sus palabras—, la segunda vez, Michelo, que me
haces esa advertencia; es claro que tiene un significado que va más allá del temor; y
sea cual sea ese significado, me lo vas a decir antes de que abandonemos este lugar:
¿Qué sabes o sospechas de su venganza?» «Su venganza es terrible», dijo una voz
profunda, distinta, junto a mí.
«Otra vez me lo repites», dije; porque la impaciencia me impedía discernir con
claridad. «Yo no he dicho nada; no he abierto la boca —dijo Michelo, asustado, y
pegándose a mí—. Ha sido una voz que ha salido del muro. Vámonos de aquí, por
san Gennaro, vámonos, si es que salimos vivos».
Yo no estaba, como él, paralizado ni muerto de miedo; pero tenía algo confusos
los sentidos. Por mucho que queramos resistir a la presencia o al miedo a la presencia
de los muertos, nos es casi insoportable. La podemos resistir en una conseja porque
es una conseja; y la conciencia de que se trata de una fantasía equilibra la angustia de
la credulidad. Pero yo sentía la opresión de una evidencia que parecía irresistible, y
también el natural temor que comparto con el campesino y el niño, y que mi
percepción más experimentada aumentaba quizá añadiendo muchos detalles menudos
y sutiles. Reflexioné un momento. Me invadió una oleada de quimérico heroísmo; y
decidí examinar el entarimado, cuando Michelo, incapaz de hablar, me agarró el
brazo y me señaló la pared opuesta. Mis ojos siguieron instintivamente a los suyos, se
detuvieron en la figura de un hombre armado representado en el tapiz, cuyos trazos
pronunciados hacían que destacara fuertemente incluso con aquella luz mortecina.
Señalaba con el arma que sostenía la dirección que yo había pensado explorar; tenía
la cabeza echada hacia atrás, y su perfil enérgico señalaba la misma dirección.
Mientras lo contemplaba, sus ojos parecieron cobrar vida: se movieron; me miraron;
se volvieron hacia el lugar que apuntaba su arma; y el arma tembló con lento y
palpable movimiento. Luego se quedó inmóvil, apagado, muerto como una figura
artificial. Lo que había visto y oído fue suficiente para mí. Me enardecí, me exalté,
me excité; una dignidad excelsa tiñó mis sentimientos; me sentí llamado a ejercer de

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agente del destino, aunque intuía que estaba rodeado de horrores, que pisaba un suelo
no hollado por los vivos, que me llamaban voces ante las que se estremece la
naturaleza. Pero para mí eran instrumentos por los que se me llamaba a cumplir
alguna gran empresa, y los agarré con mano crispada pero audaz.
Empecé a explorar el aposento. El enmaderado de las paredes tenía las tablas
desclavadas y sueltas por efecto del tiempo y el abandono. Pero solo descubrían el
muro sólido. Examiné más detenidamente un panel que parecía menos deteriorado
que el resto. Resistía, pero no fue obstáculo para la fuerza que yo sentía en esos
momentos; y en poco tiempo lo arranqué de la pared. No tardó en disiparse la nube de
polvo que había levantado, y descubrí en el interior, débilmente iluminada, una
escalera de caracol de peldaños toscos y desiguales. Susurré unas palabras de ánimo a
Michelo, que se había recostado exhausto en la pared, y me dispuse a bajar. Él intentó
disuadirme; no le hice caso. La escalera, por la que era imposible bajar con pie firme,
parecía excavada en el muro, a juzgar por la tosquedad de los escalones; una claridad
desleída entraba en ella desde una claraboya que parecía estar a una altura enorme, en
el techo. El polvo que levantaba a cada paso apenas me permitía distinguir dónde
pisaba; y los densos vapores que había notado en la cámara parecían reinar también
en este paso.
La escalera, después de bajar unas vueltas, terminaba en una puerta que no
pudimos abrir con ninguna llave, ni hacerla ceder con ningún esfuerzo. Michelo, que
me había seguido, confesó que no sabía, ni se le ocurría, según lo que conocía del
castillo, adónde daba esta puerta. Nos pareció que aquí terminaba nuestra excursión;
y miré alrededor con desaliento. Estaba convencido de que había un secreto a mi
alcance; y no dar con él, después de tanta expectación y tantos trabajos, me resultaba
inaceptable. Mi mismo empeño me reprochaba este fracaso. Incluso la densa y
lóbrega quietud del lugar parecía burlarse de mi impaciencia.
Cuando regresaba de mala gana, estudiándolo todo palmo a palmo, observé un
trozo de muro en el que se apreciaba como una fractura regular entre los sillares, que
formaba casi un ángulo recto. Apliqué allí la mano, cedió a la presión, y se
desprendieron gran cantidad de cascotes que cayeron a mis pies. Me sentí inspirado;
con la ayuda de Michelo, no tardé en descubrir una puerta bajo una delgada capa de
yeso que se deshacía al tacto, sin otra cosa que la ocultara o la cerrara. La abrí
arrastrando, y reveló un hueco, apenas lo bastante ancho para pasar. Entré inclinado y
encogido, y debido a sus dimensiones (en parte palpando y en parte gracias a la tenue
claridad que la claraboya enrejada aún proporcionaba), tropecé en seguida con una
especie de arcón desvencijado y mal cerrado. Con impaciencia frenética, procedí a
abrirlo recurriendo a la fuerza. Por el golpeteo suelto y pesado de su contenido,
adiviné con un estremecimiento qué era. Sin embargo continué mi trabajo. Michelo
se animó de pronto, y se esforzó en ayudarme. Con la fuerza febril que me prestaba
mi ansiedad, cedieron las tablas carcomidas, y lo conseguí finalmente. ¡Ah, Ippolito,
Ippolito! ¡Mis manos tropezaron con los huesos roídos y deshechos de un esqueleto!

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Sus miembros secos repiquetearon al desprenderse las tablas. La luz cayó sobre su
cabeza, prestándole una calidad más mortal a las cavidades de la boca y los ojos.
Pálido, jadeante, retrocedí con un estremecimiento; se me enfrió el ardor del esfuerzo
y de la búsqueda; había llegado a un punto terrible de la prueba, y el mudo y macabro
testigo que tenía ante mí había hablado. La palabra asesinato sonó en mis oídos
mientras lo miraba, aunque aún me sentía inseguro e inquieto. Había puesto al
descubierto el crimen, aunque seguían siendo un misterio la víctima y quienes lo
habían perpetrado.
Entretanto, me di cuenta de que Michelo se inclinaba sobre el cadáver y lo
estudiaba con atención; le vi estremecerse y juntar las manos. Hay estados de ánimo
que el ser humano solo es capaz de comunicar con su actitud. Corrí a su lado, entré en
el nicho, y observé el esqueleto otra vez. Michelo, con elocuente y muda expresión,
señaló uno de los brazos consumidos: tenía una mano cortada. Nos miramos,
conscientes los dos de lo que el otro estaba pensando. Finalmente dije, articulando
trabajosamente las palabras: «Michelo, ¿lo que sabes sobre el pasado te sugiere algo
que pueda explicar esto? Si es así, no hagas daño a tu propia alma, y al alma de la
víctima asesinada, ocultándolo más tiempo». El anciano se dio un golpe de pecho, y
se santiguó.
«Yo soy inocente —murmuró—; yo soy inocente. Pero estos restos me traen a la
memoria una historia que tenía olvidada desde hace tiempo, y que cuando la oí, pensé
que era una patraña inventada para disipar el misterio de aquella noche terrible.
Corrió el rumor de que aquella noche trajeron a alguien en secreto al castillo y que lo
asesinaron y enterraron en un lugar ignorado. Nadie intentó averiguar quién era, ni
quién lo mató, ni por qué».
Esta explicación hizo que aumentaran mis sospechas, aunque no que disminuyese
mi perplejidad. Parecía cierto que se había cometido una acción abominable aquella
noche de la que tanto se ha hablado; sin embargo, la mano ejecutora seguía oculta a
los ojos de los hombres y de la Inquisición. «Una pregunta más, Michelo, y dejo de
importunarte: ¿crees que este es el cuerpo de mi tío, del conde Orazio?» «Hay
muchos detalles, signor, que me inclinan a creer que es el cuerpo del difunto conde; y
hay otros que indican que no. Pero ¿por qué iba yo a sugeriros que fue asesinado?
Dicen que aquí —prosiguió— suenan campanas; que se ven pasar sombras; que unas
veces desfilan junto a las ventanas largas procesiones con luces llameantes; y que
otras se han oído cantos fúnebres». «Eso son historias que se cuentan en todas partes,
y que se creen los incautos». «Signor; yo mismo las he visto»… «¿Qué has visto?»
«He visto cosas, signor, que hacen que no me sorprenda demasiado este
descubrimiento. He visto luces que iban de un lado a otro; y he oído ruidos que salían
de esos aposentos, a una hora en que sabía que no podían deberse a ninguna causa
humana». «¿Eran esas apariciones que dices como la que vimos en la capilla?» «No
me preguntéis más, signor —dijo el anciano—; hasta aquí, y más de lo que estaba a
mi alcance complaceros, ha quedado satisfecha vuestra curiosidad. Vayámonos ahora

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de este tétrico lugar».
Sus palabras enfriaron mi exaltación, ese valor pasajero que la excepcionalidad
del momento me había inspirado me abandonó de repente. Miré a mi alrededor. Dos
seres solitarios que temblaban ante un descubrimiento que solo les comunicaba terror,
a la luz evanescente del crepúsculo, en la torre remota y desierta de un antiguo
castillo, lejos de la ayuda y la presencia humanas, e incapaces de enfrentarse a nada
más, aunque temerosos, mientras seguían allí, de que alguien les sorprendiera; eso
éramos Michelo y yo. Un escalofrío me recorrió al pensarlo. La seguridad de
sentirme un delegado del cielo me había abandonado; me había convertido en un ser
humano asustado, sitiado por cosas y amenazas ante las que retrocede la naturaleza, y
ansioso por escapar ciegamente de ellas; como el niño que, cerrando los ojos y
huyendo aterrorizado, imagina que se pone a salvo.
Aparté la vista de la repugnancia que tenía delante; miré hacia el pasadizo oscuro
y estrecho, y me sorprendió mi propia temeridad al explorarlo. Unos momentos antes,
nada me habría impedido avanzar; ahora, nada me haría seguir. Durante un instante
me asombré de mí mismo, y casi atribuí mi cambio a un influjo que formaba parte de
los misterios de este lugar. Pero el cansancio, sumado a mi timidez, disolvió este
asombro; comprendí que era solo el natural decaimiento después de la
sobreexcitación, y que si al cielo le placía utilizarme como agente, impediría que la
confianza de su instrumento se convirtiera en presunción, abandonándolo de cuando
en cuando a las flaquezas de la naturaleza, a sus hábitos comunes de entusiasmo y
abatimiento, a los normales flujos y reflujos del espíritu, que prueban que nuestras
mejores fuerzas son de resistencia imperfecta y de duración limitada.
Ayudé a Michelo, a la luz que aún quedaba, a tapar la cavidad con las piedras y
escombros que habíamos retirado, y luego nos dispusimos a salir de la escalera.
Mientras volvíamos, procuramos no mirar las oscuras y calladas paredes, ni el techo,
donde la claridad era tan pálida y lejana que me recordaba la que llega a los ojos del
cautivo a través de los barrotes de su mazmorra; ni siquiera la tosca escalera, que
debía de ser la que utilizó el asesino para llegar furtivamente hasta el lecho de su
víctima dormida, o llevársela para esconderla en el nicho que acabábamos de
descubrir. Pero, a donde mirase, veía algo que despertaba pensamientos sombríos.
Aceleré el paso.
Cruzamos deprisa y en silencio el gabinete y la alcoba, con el aliento contenido
de temor, y cogidos el uno al otro, procurando no levantar la vista del suelo; aunque
con la sensación a cada instante de ir a descubrir ante nosotros algo que no osábamos
decir en voz alta. Habíamos llegado a la escalera por la que teníamos que bajar,
cuando oímos claramente, en el aposento que acabábamos de dejar, pisadas sonoras
de alguien que parecía seguirnos. Michelo, muerto de miedo, se detuvo en el borde de
la escalera. Con un esfuerzo desesperado, lo arrastré conmigo, y bajamos corriendo.
Las pisadas se iban haciendo más audibles y rápidas detrás de nosotros. No me
atreví a mirar hacia atrás, corría a ciegas, tirando de mi compañero jadeante.

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Cada vez sonaban más cerca; notaba cómo se curvaban los peldaños bajo las
pisadas detrás de mí; temía sentir de un momento a otro la dentellada de sus
«colmillos ardientes». Pero ahora habíamos llegado a la puerta que comunicaba con
el pasadizo: la abrí arrastrando, y con esa precaución instintiva que el miedo adopta
contra lo que lo provoca, sin atreverme a mirar, tiré de ella después de pasar, y la
cerré, al tiempo que me pareció oír detrás una exclamación, aunque no sé si de dolor
o de terror. Fuera cual fuese el poder de quien nos seguía, debió de renunciar; porque
no volvimos a oír ningún ruido, ni topamos con obstáculo alguno. Atravesamos la
galería en silencio, y llegamos a la parte habitada del castillo sin ser vistos.
Estos incidentes no me han aclarado ni confirmado nada; solo me han dejado
perplejo y lleno de terror. He estado pensando, pero sin llegar a ninguna conclusión.
He deliberado, pero sin ser capaz de decidir. Unas veces me parece una temeridad
este empeño mío, ¡y otras una supina cobardía!
¿Soy un agente del cielo, o un juguete del miedo y el engaño? ¿Me llamaba la voz
que oí, o me prohibía seguir? ¿Se ha desenvainado el arma para indicarme que siga o
para hacerme retroceder? ¿Debo detenerme, o seguir?
En este estado de confusión, miro el retrato de Erminia… y recobro una deliciosa
paz momentánea. Addío.

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CAPÍTULO XI
Ut assidens implumibus pullis avis
Serpentinum allapsus timet
Magis relictis; non, ut adsit, auxilii
Latura plus præsentibus
HORACIO.

Así, el pájaro abandonó a su implume pollada


viendo subir a la serpiente,
ya que con gran angustia teme
que quedarse no les sirva de nada.
FRANCIS

Cuando esta carta llegó a Nápoles, Ippolito se encontraba aún más hundido en la
tristeza y la abstracción. Había renunciado a las diversiones pasajeras que otras veces
le habían sacado del abatimiento; y salvo las horas en que asistía a esas citas
nocturnas, ocupaba su tiempo en oscuras y solitarias meditaciones. Y llegó la carta;
pero ningún criado osaba molestar a su amo, cuando hasta ahora no les había
inspirado ningún temor. Y Cyprian, al oírlos discutir, aprovechó la ocasión para ver a
Ippolito. Este llevaba varias horas encerrado en su aposento. Cyprian llamó a la
puerta, con la carta en la mano. Una voz que jamás había sonado desabrida, preguntó:
—¿Quién es?
—Miedo me da contestar a esa voz —dijo Cyprian—; habladme con otro tono, y
contestaré: «Soy Cyprian».
—Puedes pasar —dijo Ippolito.
Cyprian entró tímidamente. Su amo estaba tendido en el sofá; se cubría los ojos
con la mano. Esta actitud revelaba un deseo de contrarrestar el desasosiego con el
relajamiento corporal.
—Ha llegado una carta de vuestro hermano —dijo Cyprian tendiéndosela; y como
Ippolito seguía indiferente, la dejó, tras un momento de vacilación, y fue a sentarse
delante del sofá con los brazos cruzados.
—¿Por qué esperas? —dijo Ippolito, con voz hueca y lánguida.
—No lo sé —dijo Cyprian, cuya angustia le estalló ahora en lágrimas, y corrió
hacia la puerta—. No sé por qué vivo. Ni tengo alegría, ni sirvo para nada ahora. No
sé por qué vivo.
Cegado por las lágrimas, trataba inútilmente de abrir la puerta. Ippolito se levantó
de un salto y le retuvo.
—Perdóname, Cyprian; no me había dado cuenta de que eras tú. He oído tu voz,
pero no he visto que estabas ahí. Perdóname. Desde hace bastantes días, tengo los
sentidos confusos y embotados. Me los han trastornado las noches en vela. Incluso
ahora, te miro, y no me pareces el de antes. Y si adoptaras de repente una figura
extraña como las que he visto hace poco, no me causaría ninguna sorpresa.

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—¡Oh, no habléis así! —dijo Cyprian—. ¿Qué figuras y sufrimientos son esos
que decís? ¿Qué sueño de quimérica angustia os persigue y atormenta? ¿Qué brazo
invisible os ha arrancado de la vida y los placeres y os ha encadenado a la prisión del
dolor y la soledad? ¿Os persigue el poder de los vivos, o el de los muertos? Pero tal
vez soy importuno porque no tengo miedo. Hace dos días, dos terribles días, que me
encuentro privado de vuestra presencia; de vuestra presencia, que es el alimento de
mi vida. Mil veces en ese tiempo me he acercado a vuestra puerta; he escuchado,
deseando oír alguna expresión alegre o alguna señal que me animase a entrar; y me
he retirado acongojado porque solo oía vuestros gemidos. Soy desventurado; he
perdido el temor a enojaros. Pero incluso eso soportaré si no me apartáis de vuestro
lado; reprendedme, miradme con enojo si podéis; pero dejad que esté cerca. El sonido
de vuestra voz me compensará de cualquier cosa que digáis. La imagen de vuestra
angustia cuando estáis ausente, vuestra angustia imaginada, es mil veces más terrible
que cuando estáis delante. O quizá el veros hace que sea leve todo sufrimiento.
—¿Quieres estar cerca de mí? —dijo Ippolito, aparentando comprender con
dificultad lo que acababa de oír—. ¿Acaso no sabes que la desdicha es contagiosa?
—¿La desdicha? —repitió Cyprian—; ¿de dónde, de dónde proviene esa queja
obstinada de sufrimiento voluntario? Si os quejáis vos, ¿a quién no se le consentirá
gemir? ¡Ay, a pesar de lo hermoso, de lo brillante, de lo brillantísimo que sois, más
parecido al fantasma radiante de una ilusión juvenil que a un ser de carne y hueso,
partícipe predestinado de la fragilidad y el sufrimiento, casi parecéis no tener ningún
deseo, ningún temor! ¿Qué es ese siroco del espíritu que irrumpe en pleno meridiano
de la vida y abrasa la frescura de todos los deleites? ¿Por qué he de hacer yo el
inventario de las bendiciones a las que no podéis estar ciego, con ninguna de las
cuales ha olvidado distinguiros la naturaleza? ¡Dios mío!, ¿por qué necesito
recordaros quién sois?
—No hace falta que me recuerdes quién soy. Lo sé; demasiado bien lo sé. Soy un
ser perseguido, atormentado, acosado. La presa impotente de un torturador invisible.
Cyprian: un cruel fuego interior me consume. Los manantiales de la vida, las fuentes
del deleite, se han secado dentro de mí. Siento agostadas las energías de la mente, y
marchitas a causa de la meditación de un asunto terrible, como les ocurriría a mis
ojos si los fijara en un punto de intenso calor, del que, sin embargo, no pudiera
apartarlos. Un asunto, un único asunto está perpetuamente presente dentro de mí.
Hacia donde me vuelva, lo encuentro, y cualquier cosa que haga tiene que ver con él.
Más aún: cuando, cansado de sufrir, me quedo casi vacío de pensamientos y
sentimientos, una sensación sorda y desabrida de dolor mezcla su levadura con esos
momentos de inconsciencia.
»Cyprian, acabas de arrancarme esto con tu piedad cruel, superfluamente cruel,
contigo y conmigo. Tus penas pueden aumentar por contagio de las mías; en cambio
las mías no se mitigan aunque tú participes de ellas. He soportado la tormenta
demasiado tiempo para protegerte; ahora expones a ella tu debilidad; y ya no me

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queda la dignidad del sufrimiento solitario, ni tengo la ayuda de un apoyo valedero.
—¡Oh, no! —dijo Cyprian—; no conocéis el poder y la eficacia de un afecto
sólido, de un afecto que se niega a mezclar su luz con la llama abrasadora del goce, a
sumar sus notas al canto coral del halago y el placer; las reserva para las horas
aciagas, cuando el que sufre, perplejo, recorre con la mirada un mundo desierto,
cuando descubre que lo que sujetaba no es más que polvo en sus manos, cuando lo
que esperaba que fuese suelo firme es una simple caña; entonces llega el momento, la
hora del afecto sincero; entonces corre a él; lo coge de su fría mano; le susurra
palabras de consuelo a su oído confuso; se agarra a él con toda la fuerza de su ser,
con una fuerza más poderosa que el sufrimiento y la muerte; soporta el conflicto de la
hora oscura, y se adentra en el valle de la muerte con su compañero. Porque esa es su
auténtica naturaleza y poder; solo esas contingencias lo hacen aflorar y le dan
realidad; solo entre ellas despliega sus poderes, y cobra conciencia de su exigencia; y
más aún, busca su recompensa. No me habléis por tanto de sufrimientos y de penas;
es por eso por lo que os busco y no quiero dejaros. Algo me susurra que esta es la
hora de la confianza, no del desaliento; que puedo hacer mucho para serviros y
salvaros; que puedo llevar a cabo algo que dejará maravillados a los hombres, ante la
energía de mi celosa fragilidad. Montorio, os amo, os amo; y para este sentimiento
nada hay imposible. Montorio, quiero examinar vuestro corazón; y me vais a confesar
la causa cuando la descubra…
—Contente, mi gentil, mi querido muchacho; extiendes tus ramas endebles a la
tempestad que te ignora. Cuando llegue te abatirá al polvo, y se precipitará sobre mí
sin obstáculo. Cyprian, he sostenido una lucha angustiosa; el enemigo me ha
acometido de manera implacable una y otra vez; mis fuerzas y mis defensas van
menguando, y acabará prevaleciendo; sí, ya me tiene en tenebrosa esclavitud.
—¡Ay! —dijo Cyprian—, ¿por qué agrandamos las triviales zozobras de la vida
con palabras de tan triste y misterioso significado, que al oírlas casi nos convencemos
de que sufrimos algo que la humanidad jamás ha soportado, y exigimos tal dignidad
por sufrirlas, y tal mérito por confesarlas, que finalmente empezamos a encontrar
placer en la desgracia? Tal vez os hayáis tenido que enfrentar a algún mal común, a
alguna caída de la flaqueza humana, o a un pecado propio de la juventud. Vuestro
espíritu noble, generoso, y acostumbrado largamente al lujo, retrocede ante el dolor, o
ante el recuerdo de sus errores. Pero todavía siente miedo; el vuestro ha debido ser,
ha tenido que ser, venial; y si vuestras reflexiones han previsto la censura de la
sociedad, debéis escucharlas con el sosiego y la justeza requerida, y no consentir que
tuerzan la recta dirección de vuestro espíritu una vez que ha vuelto al sendero
verdadero.
—¿Es a Cyprian a quien estoy oyendo confundir —dijo Ippolito— los colores del
bien y del mal, y enseñar a un espíritu honesto a abdicar de esa prevención al elogio
que le proporciona su mejor seguridad, así como su más alta recompensa? ¿Es este mi
instructor?

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—¡Perdonadme, perdonadme por vos mismo! —dijo Cyprian—. Sois vos quien ha
corrompido mi juicio y mi corazón. Mi amor por vos casi me ha anulado las
distinciones del bien y del mal. Cuando os miro, Montorio, no puedo creeros
culpable; no puedo creer que vuestro espíritu sea menos perfecto que vuestra persona;
y me esfuerzo con afecto culpable en atribuir a otros el engaño que sufre mi juicio.
¡Cómo he trabajado por devolveros a la senda de la pureza y de la paz, de la que
vuestras encendidas tentaciones y pródiga juventud habían logrado desviar a vuestro
noble corazón! ¡Cómo os he vigilado y aconsejado! ¡Cómo he peleado y os he
importunado! ¡Cómo he temblado y rezado por vos! ¿Qué podría obligarme a atacar
ese gran propósito y meta de mi vida? ¿Qué, sino el mismo afecto que me empujaba a
llevarlo a cabo? No soporto veros sufrir. Os he visto errar, y he arriesgado la vida; sí,
he arriesgado la vida, para haceros volver y recuperaros. Pero cuando os he visto
sufrir, no he podido hacer otra cosa que llorar, y sentirme culpable; he olvidado el
gran objetivo de mi misión; he olvidado que soy vuestro instructor; y he recordado
solamente que os amaba. Perdonadme, Montorio; por vos mismo, perdonadme.
—Todo te lo perdono, Cyprian, menos que derroches ese amor desbordante en un
desdichado al que hiere pero no puede beneficiar.
—¡Oh, no digáis eso!; yo tengo grandes recursos; más que esperanzas y consejos.
Recursos considerables.
»¿Qué peso es ese que os agobia el espíritu? Montorio, he vigilado vuestras
salidas nocturnas. ¿Habéis sido atraído a las veladas febriles de la casa de juego? ¿Os
habéis convertido en un desdichado enfangado en cálculos y probabilidades, en pieza
de caza de hábiles truhanes, en víctima arruinada del engaño de los granujas? ¡Ah,
gracias doy a los santos por la sana lección de vuestra ruina! En esa espantosa
ocupación, triunfar es sin la menor duda estar perdido; aunque caer en la ruina hace
posible la salvación. No os desaniméis; la fortuna de vuestra casa es inmensa; y
vuestro padre, aunque he oído que es riguroso y severo, es también orgulloso, y no
consentirá que el honor de su familia quede empañado por una deuda. O en caso de
que vuestras pérdidas no requieran la fortuna de una casa para enjugarlas, yo tengo
recursos, Montorio; recursos, felizmente guardados para los momentos de tribulación;
tomadlos, amado mío, tomadlos todos.
—Detente, Cyprian, detente. Tu suposición es equivocada. Mis vigilias no son de
jugador; aunque son desdichadas, y casi quisiera que lo fueran.
—¡Ay!, ¿por qué son entonces —dijo Cyprian angustiado y sorprendido—, qué
hay más terrible que la desgracia y la ruina? ¿Leo otra causa en vuestros labios
apagados, en vuestras mejillas ensombrecidas, en vuestra mirada perdida? Esos,
dicen, son síntomas de los que aman. ¿Amáis, Montorio? ¿Es posible que améis, y sin
embargo, viváis en la desesperación? Pero no, no; ¡demasiado feliz sería esa mujer!;
demasiado dichosa, creo, para la satisfacción del capricho concedido; demasiado
dichosa para el triunfo insignificante de su desdén; no es posible que se haya
castigado a sí misma para infligiros dolor. Y si lo ha hecho, que os vea ahora; ahora,

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con esa sombra seductora de belleza melancólica, y no tendrá… y no tendrá… ¡Ay!,
¿qué es ese gemido, Montorio? ¿Sois acaso víctima del amor, de una pasión
desbocada? ¡Pero, qué digo! He oído hablar de mujeres desventuradas, que son
capaces de amar a cambio de oro, que acogerían en sus brazos a la deformidad y la
decrepitud, antes que a vos, si os superasen en el precio de la perdición de su cuerpo
y de su alma. Por una mujer así no podríais languidecer mucho tiempo. ¡Ay!, ¿qué
estoy diciendo? Perdonadme, perdonadme, amado mío; no me hagáis agente
involuntario de corrupción; no arranquéis de mi agónico afecto su larga, su última y
querida integridad. ¡Ay, ay, así es la locura de mi amor culpable! Soportaría saberos
criminal; pero no puedo, no puedo soportar saberos desdichado.
—Deja de embrollarte con esa casuística espiritual; no te atormentes con
remordimientos superfluos de una culpa que te imputas. Me es imposible darte el
consuelo de que pienses que el mío es un caso de sufrimiento que se puede compartir,
o que se halla al alcance del consuelo ordinario. Ojalá, ojalá fuese víctima de
cualquiera de las penas que imaginas, o de todas las que puedas enumerar, en vez de
lo que soy.
Cyprian, totalmente perplejo de desaliento, se quedó callado. Se había ido
acercando a Ippolito conforme proseguía la conversación, y ahora, cogiéndole la
mano, murmuró débilmente;
—Si esa última y espantosa culpa, estigma de la sociedad civilizada, espantosa
imposición de un fantasma arbitrario, es vuestra; si habéis eliminado de este mundo,
y de la esperanza, a vuestro hermano imprudente y ofensor, y si por un crimen que el
hombre no podría perdonar, lo habéis mandado a responder de todo ante el supremo
Juez; con su carrera inacabada, su tarea inconclusa, su alma no absuelta, su salvación
no obtenida; si habéis encontrado que lo que la sociedad puede paliar y perdonar, la
conciencia no puede, ¡aún hay una aurora de esperanza! Si los agentes de la justicia o
la venganza os persiguen, huyamos, huyamos juntos de esta tierra de costumbres
sanguinarias y pervertidas, donde la dolorosa alternativa de la infamia o la culpa
incita a la mano rebelde de la virtud a acciones que su elogio no puede purificar ni su
sanción expiar. ¡Oh, huyamos, y las plegarias de los hombres santos y buenos estarán
siempre con nosotros; en ellas y en los oficios de nuestra sagrada fe hay una bendita
virtud que hace posible alcanzar la paz y la remisión del alma gravemente asediada!
—¿Puede, entonces, ser perdonado el homicidio? Pero si el puro crimen,
cometido bajo una intensa tentación y una causa acuciante, no osa suplicar clemencia,
¿qué puede pedir el que no obedece a ningún motivo, ni lo justifica ningún pretexto,
ni lo protege ninguna conspiración? ¿La culpa persistente, arraigada, inveterada?
Pues eso, todo eso, no es nada comparado con las sombras de esta visión tenebrosa.
—No comprendo ese lenguaje terrible —dijo Cyprian, con expresión aterrada—.
Si tenéis algo que revelar, decidlo rápidamente, porque tengo embotados los sentidos,
y estoy cansado de suplicar.
—Tengo una historia que contar, pero no es para tus oídos —se levantó

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impulsivamente y cogió a Cyprian del brazo—. Desventurado muchacho, ¿por qué te
has unido a mí con esa fuerza desvalida? Soy un ser perseguido y acosado; todas las
noches, ¿me oyes, Cyprian?, todas las noches encienden un fuego en mi corazón; y
me ponen una daga en la mano; al llegar la medianoche, los ministros del destino me
rodean; me incitan, me empujan hacia delante, hacia delante; a mi alrededor todo está
quieto, es la quietud espantosa del momento previo. Mi aproximación no puede ser
advertida; mi golpe no puede ser esquivado; mi víctima no puede resistirse; mis
cómplices no pueden traicionarme. Sin embargo, vacilo, quisiera renunciar, quisiera
retroceder; pero no puedo sustraerme a mi destino.
Cyprian escuchaba impotente con horror.
Ippolito se acercó a la ventana; se apoyó contra la celosía enramada; la brisa de la
noche agitaba hacia atrás sus negros cabellos. Cyprian le contempló con una mezcla
dolorosa de angustia y amor más amarga que la muerte. En esas visiones en las que el
espíritu, agobiado por el sufrimiento, vaga en busca de consuelo, pero solo encuentra
que se le vuelve más hondo y refinado, imaginó ver esos preciosos rizos desgreñados
por la tribulación; esas mejillas, aunque brillantes, consumidas y pálidas; esa noble
figura hundida y atormentada; y sintió una punzada que no debía manifestar; y a
duras penas logró sofocar un grito que le subió a los labios. Ippolito estaba acodado
en la ventana; miraba hacia el jardín del palacio; la brisa que agitaba los rosales y los
naranjos jugaba en sus mejillas; el sol poniente filtraba sus rayos en un follaje
centelleante y moteaba el agua de una fuente que gorgoteaba entre ellos, caía en su
taza en forma de lluvia plateada y, remansada y profunda, reflejaba sin una mancha,
sin una sombra, el azul brillante y hermoso del cielo. Ippolito estuvo largo rato
callado; finalmente murmuró:
—Contemplo todo esto sin alegría ni emoción; el peso que me agobia el alma me
oprime los sentidos también. O tal vez me he convertido ya en un átomo calamitoso y
discordante en medio de toda esta armonía y amor. ¿Acaso estoy ya en guerra con la
naturaleza? ¡Ah, qué espantoso ser un extraño en tu propio orden y especie!; no poder
beber la brisa de la noche o brillar con los rayos del sol poniente; no conocer siquiera
el placer que esos insectos encuentran en sus rayos. Desear en vano la vida tranquila
de la fuente que fluye, de la hoja que cae. Pero no: investido de una terrible
responsabilidad, estoy obligado a actuar; a tallar con esfuerzo extenuante la losa que
me va a reducir a polvo. ¿No hay otra empresa para mí, entre los miles y miles de
líneas de vida humana que se ramifican y entrecruzan en interminable movimiento e
infinita dirección? ¿No hay para mí otra opción que esta? ¿Para mí, cuyo corazón
jamás abrigó un sentimiento de enemistad contra ningún ser vivo, que ignoraba qué
entendían los hombres por la palabra odio? En mis días de juventud, Cyprian, evitaba
molestar al insecto que revoloteaba a mi alrededor, aplastar al reptil que se arrastraba
a mis pies. ¿Y debo… debo hacerlo… sin posibilidad de negarme? ¿No tengo
escapatoria? ¡Autor de mi ser y mi destino, escucha mis gemidos, escucha mi
desesperación! ¡Padre, no son estos los gemidos de un corazón rebelde! ¡No es esta la

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desesperación de un agraviado! Pero perdóname, perdóname.
Mesándose los cabellos a puñados, se arrojó al suelo. Cyprian, aterrado, incapaz
de contenerse, corrió a él y trató de levantarlo y apaciguarlo. Unos momentos
después, Ippolito se incorporó súbitamente, tambaleante; tenía el cabello desgreñado,
los puños apretados, la mirada febril y extraviada, el rostro oscurecido por mil
sombras; una mancha ardiente y rojiza le teñía cada mejilla.
—¿Adónde vais? —exclamó Cyprian sujetándolo cuando se dirigía a la puerta.
—Al teatro, a la casa de juego, al burdel —rugió—; a los ríos de vino, a las
canciones de locura. No puedo soportarlo. Deja, suéltame, Cyprian. ¿O acaso quieres
acompañarme a la disipación, al frenesí, a la ruina?
Ninguna súplica consiguió apaciguarlo, ningún esfuerzo pudo retenerlo: cogió la
espada y la capa, y abandonó precipitadamente el palacio, gritándole a Cyprian
desquiciadamente que le siguiera. El desventurado Cyprian se detuvo; este instante le
pareció el decisivo de su vida y su felicidad. Ser visto en las calles de Nápoles era
enfrentarse a una muerte cierta y terrible. Hacía tanto tiempo que consideraba su vida
un medio de servir a su amo que apenas se habría detenido a pensar en tal posibilidad.
Pero ¿qué esperanza había en seguir la carrera de un maníaco? ¿Qué aprovecharía a
Ippolito que él presenciase las orgías de las que no podía salvarlo? Se demoró un
momento. Triunfó su gran afecto, y sintió que el peligro al que se exponía y la
desesperación de servir a su amo se desvanecían ante el triste y desconocido placer
que nos produce siempre el simple gesto de unirnos a la persona amada; incluso
cuando la ayuda es imposible, y el consuelo infructuoso. Siguió a Montorio. Pero lo
siguió con pasos vacilantes. La apasionada fuerza de sus sentimientos no podía
acallar la alarma que sentía al ir por primera vez a pie y sin protección por la calle.
Frágil y aterrado, trataba de mantener no obstante el paso precipitado de Ippolito, el
cual, con esos destellos de sentimiento generoso que lo iluminaban incluso en medio
de la tormenta de sus pasiones, le dirigió unas palabras consoladoras, aunque
incoherentes; luego, sosteniéndolo con un brazo, siguió presuroso. De cuando en
cuando, Cyprian intentaba decir unas palabras conciliadoras; pero la angustia que le
causaba ver sus mejillas febriles y su mirada perdida las hacía retroceder a su
corazón; o si las pronunciaba, le salían tan inarticuladas que Ippolito no hacía caso.
Siguieron andando deprisa, aunque sin rumbo aparente, en tanto Cyprian, con la
provisional cautela del temor, trataba de distinguir las calles en las que quizá en breve
podía quedar abandonado. Poco después llegaron al final de esa parte de la ciudad en
la que se alzaba el palacio de Montorio; entraron en un paraje cerrado, oscuro y
solitario. Ippolito, a quien el rumor y concurso de las calles que recorrían parecían
haber sumido en la abstracción, se detuvo ahora y miró ansioso a su alrededor, como
asombrado por la quietud y soledad del lugar.
—¿Por qué hemos venido aquí? —dijo Cyprian con timidez.
—Porque —dijo Ippolito tartamudeando— es un lugar desierto y oscuro; porque
es el apropiado para la ruina y la desdicha. Me gusta contemplar esta callada

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lobreguez; oír el viento cavernoso que agita los árboles. Ojalá las sombras de la
noche se aposentaran en este lugar para siempre; ojalá pudiera apurar aquí mi ser y
mi conciencia con aturdida y estúpida apatía.
Se apoyó contra un árbol con la capa recogida en un brazo. Dos veces intentó
Cyprian hablar con el corazón rebosante, pero no consiguió decir una sola palabra
coherente. Ippolito oyó los angustiosos balbuceos junto a él.
—¿Aún estás ahí, Cyprian? ¿Vas a pegarte a mí? Déjame, no me acompañes; este
combate a oscuras debo afrontarlo solo. Evitar la portentosa concentración de
sombras que me envuelve sería tanto como querer detener el avance de la noche que
va extendiéndose a nuestro alrededor. Aléjate de mí, Cyprian, y ponte a salvo. ¿Por
qué tendría yo que destruirte, mi dulce e inocente muchacho? No te acerques a mí, y
deja de amarme. Si no fuese por mí, habrías florecido con inmaculada y dichosa
pureza; pero quisiste tentar al destino de un hombre arruinado; quisiste caminar junto
a mí por esta senda oscura e inexplorada que hay que recorrer dolorosamente y
concluir con desesperación. Aléjate ahora que aún puedo advertirte, que aún puedo
apiadarme, que aún siento compasión de ti. Dentro de unos momentos me volveré
feroz e indestructible como la fiera acosada que se arroja sobre las armas de los que
la acosan y las tritura con sus colmillos.
—¿Es esta, entonces, nuestra última hora de bondad y de paz? ¿Es requerido mi
agónico afecto para su prueba final? ¿Queréis efectivamente dejar de ser Ippolito?
Entonces ya no tengo más que decir, ni más que sufrir. Con todo, debo sujetaros con
mi mano moribunda; debo seguir junto a vos con esa fuerza que vence todas las
cosas, el amor, ¡que es más fuerte que la muerte! Ignoro el destino que os aguarda;
llega envuelto en nieblas; tampoco estoy ansioso por disiparlas, por descubrirlo. Me
basta con que sea el vuestro. Así que, por esta poderosa necesidad que es el amor,
tendrá que ser el mío. La única meta de mi breve y desdichada existencia habéis sido
vos: por vos he vivido, y con vos debo morir.
Cegado por el miedo, ahogado por los sollozos convulsos, se agarró a Ippolito,
quien, zafándose de él con una carcajada insensata, corrió hacia un edificio donde
acababan de encender luces, y en el que iba entrando gente. Estupefacto de asombro,
Cyprian se quedó mirando este cambio; pero el miedo instintivo a quedarse solo le
impulsó a seguirle. Una vez dentro, ni siquiera su ignorancia le impidió comprender
qué actividad se desarrollaba allí dentro: era una casa de juego, de la más baja
categoría al parecer. Ya había varios enfrascados en la ocupación de la noche.
Ippolito se sumó a ellos con tan viva y osada ansiedad que su compañero lo miró con
angustia redoblada. Su ademán impetuoso, su impaciencia vociferante, su noble
figura, a la vez que amedrentaban a la mayoría, atrajeron a unos cuantos taimados
merodeadores que lo consideraron desarmado por la embriaguez y lo tuvieron por
presa fácil. Cyprian, asustado, solo, inadvertido, aturdido por la luz, por la confusión,
por la algarabía, impresiones nuevas y condenables para un espíritu puro de vestal, y
de vida casi tan recluida como la de una vestal, conservaba empero su capacidad de

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observación, gracias a ese sentimiento por el que se había expuesto a perderla. De
estas violentas vicisitudes dedujo no que los sufrimientos de Ippolito eran demasiado
grandes para el poder de la razón, sino que eran demasiado intensos para la
resistencia de alguien que, aunque no carecía de fortaleza natural, hacía tanto tiempo
que se había acostumbrado a recurrir a placeres y consuelos artificiales que era
incapaz de reequilibrar su presente tribulación con el habitual balance de alivio
extrínseco, y se retorcía en convulsiva desesperación, y daba libre curso a esas
agonías de postración y de furia, de abatimiento y de locura que eran casi tan terribles
para el testigo como para el que las sufría.
No tuvo tiempo de reflexionar; porque Ippolito, cuyo éxito había sido tan
fulgurante como inesperado, derramando el dinero que le afluía de todos lados de la
mesa, repartiéndolo entre los lazaroni que montaban guardia en la puerta, y con un
grito de triunfo, abandonó la casa de juego a toda prisa.
Cyprian fue tras él con toda la celeridad y el temor que le quedaban. Lo llamó,
pero no recibió respuesta; intentó seguir la dirección de sus pasos; pero descubrió que
estaba siguiendo a un desconocido. El miedo y la angustia lo dominaron entonces;
vagabundo en una ciudad populosa, cohibido, solo, y expuesto a peligros más
grandes que los que parecían amenazarle, por un momento en su vida sintió una
angustia que no tenía nada que ver con sus sentimientos hacia Ippolito. Siguió
andando deprisa, aterrado, por numerosas calles y avenidas, con el pensamiento
ciegamente puesto en seguir, aunque con creciente alarma a cada paso, hasta que se
encontró nuevamente en las proximidades del palacio de Montorio. De pronto le vino
Ippolito al pensamiento: era imposible continuar tras él; aunque le era igualmente
imposible abandonarlo. Entonces se le ocurrió dirigirse al palacio de Alberotti, que
estaba a poca distancia, y del que solo sabía que su dueño era tío de Ippolito, para
informarle de los últimos sucesos, y suplicarle que interviniera. Aunque la idea era
poco razonable, y entrañaba el evidente peligro de ser reconocido, se dirigió allí con
fuerza renovada dispuesto a hacerlo. Pero al llegar al palacio de Alberotti encontró el
acceso obstruido por numerosos carruajes, y el pórtico iluminado con antorchas. Se
celebraba una conversazione a la que había acudido gran parte de la nobleza
napolitana, entre la que habría quienes inevitablemente lo reconocerían, y su muerte
por tanto sería segura.
Renunció, pues, a este último recurso, cansado de cuerpo y ánimo; dio unos pasos
de regreso, pero el pensamiento de Ippolito entregado a la disipación y la depravación
le infligió una profunda punzada. Le flaquearon las piernas; se dejó caer en la
escalinata de una casa vecina, y prorrumpió en ese torrente de agonía desconsolada
que nos hace ver que somos tan incapaces de reprimirla como de encontrar consuelo
en ella.
El súbito vacío de la calle, la dulzura de la noche, la quietud, el silencio, y el
apaciguamiento de las emociones se concertaron para sumirlo en una especie de
plácida imbecilidad. Había cesado la explosión de emociones apasionadas y ahora

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solo le salían blandas y abundantes lágrimas. Demasiado agotado para sentimientos
intensos o angustiosos, las imágenes que habían desfilado ante él habían dejado en su
espíritu una estela de tristeza melancólica, no de locura y desesperación. Cada
imagen de antigua ternura y luminosidad, cada sueño con que había adornado el
pensamiento de Ippolito, y dotado de matices atrayentes o destellos de esplendor,
ahora, en cruel contraste, le hacían cobrar conciencia de su actual estado. Hundido en
el vicio y la desdicha, la degradación de sus propios sentimientos le estremecía el
alma, y percibía la diferencia entre los que acompañaba a las lágrimas del transporte
y los del dolor de la humillación. Entre el ser ante el que casi se postraba en
adoración, y el ser al que seguía para rescatar y se inclinaba para levantar.
Después de llorar sentía alivio. Se levantó, calmado y triste, y decidió regresar al
palacio de Montorio, con la débil esperanza de que los criados tuvieran alguna noticia
de su veleidoso señor. Al doblar la esquina de la Strada di Toledo, le llamó la
atención una lámpara que ardía ante la imagen de san Genaro; y con ojos
compungidos, se volvió para elevar una breve oración, cosa que las tribulaciones de
su espíritu le habían hecho olvidar demasiado a menudo. Cuando se acercaba a la
lámpara, pasó por delante de él, presurosa, una figura embozada. Pero no le valía
ningún disfraz:
—¡Montorio! ¡Montorio! —casi gritó.
Dejó al santo y echó a correr tras él. Iba tan deprisa que le costaba seguirlo, y
hacía esfuerzos para no perderlo de vista. La dirección en que iba lo alejaba del
palacio. Finalmente, Cyprian lo vio entrar, a lo lejos, en una casa grande que parecía
llena de gente. Cyprian se detuvo, dudando. Quizá había estado siguiendo a un
desconocido, hacia un lugar donde era peligroso ir. Había adquirido una especie de
valor fragmentario en estos frecuentes apuros.
Vio a cierta distancia a dos caballeros de ademán grave. Se acercó a ellos, y en un
tono que era como el del ángel extraviado que busca el camino hacia una región más
pura, les preguntó qué casa era aquella en la que había entrado el caballero que había
pasado ante ellos. El de más edad se le quedó mirando un instante.
—Quizá, signor —dijo—, no debería contestar a vuestra pregunta; pero dado que
vuestra juventud y aspecto me inducen a esperar que no la hacéis por ningún motivo
personal, os informaré: es la casa de Nerina di——, la cortesana más conocida de
Nápoles.
Siguieron andando, y Cyprian se quedó solo. Aunque estupefacto ante esta
información, le había llegado cada sílaba, y era plenamente consciente de su
significado.
Montorio en una casa de lenocinio y de deshonra; la última meta de su frustrada
vida; su única esperanza extinguida… Pero, pese a que había perdido toda
perspectiva del bien, el miedo al mal seguía en él; el peligro de entrar en los confines
del vicio no podía evitarlo; sí, en cambio, el de permanecer dentro de ellos. Cyprian
vaciló en seguirle. Pero ahora le había desaparecido el delicado arrebol de sus

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sentimientos. La impresión del encuentro había hecho disminuir el peligro; o más
bien, comparado con el de Ippolito, todo peligro parecía diluirse.
Desde el instante en que había contemplado fatalmente a Montorio no había
vuelto a ser él mismo. Había adoptado, paciente y sucesivamente, el talante que el
temperamento y las vicisitudes de Ippolito le habían obligado a asumir. Sus sonrisas o
sus penas eran el eco uniforme y necesario de las de su amo; había sido sujeto pasivo
de su afecto, cuya felicidad podían controlar las circunstancias exteriores, y cuya
fidelidad no podía, nunca. Seguirlo hasta el borde de la ruina parecía ser el único
camino que le señalaba; zambullirse en ese abismo con él, desde su punto final, le
parecía el único modo de cumplir la rigurosa pero absoluta misión que le había sido
asignada.
Estas reflexiones se le agolparon en el cerebro en un instante, y casi sin darse
cuenta se encontró en un aposento de la casa. Nadie hacía caso de sus preguntas por
Montorio; todos estaban ocupados en algo que parecía muy alejado del propósito que
le había llevado allí. Asqueado, mareado, aterrado, fue de habitación en habitación,
llamando, preguntando. La casa estaba llena de voces, de risas, de tumulto. Notaba el
corazón encogido, los sentidos doloridos, las piernas flojas. Medio insensible, pero
sin dejar de llamar, empujó una puerta y, al abrirse, descubrió a Montorio rodeado de
unos cuantos jóvenes licenciosos de la nobleza, bebiendo, cantando, ebrios ya y
anegados de vino. El grupo (alguno de ellos le había visto con Montorio) miró
divertido a Cyprian, como objeto de burla y persecución. Lo rodearon, le abrumaron
con burlescas felicitaciones, y compitieron en distinguirle con honores festivos.
Con esa fuerza corporal y de espíritu que a veces debemos a una ausencia parcial
de la razón, Cyprian se zafó de ellos; se dirigió tambaleante a donde Ippolito se
hallaba recostado, y exclamó:
—¡Salvadme, salvadme; salvad vuestra propia alma… Sacadme de esta casa de
pecado, o moriré a vuestros pies!
Ippolito, saliendo de su estupor, protegió a Cyprian con su arma; rechazó a los
que lo acosaban con una fiereza que asustó incluso a los que la embriaguez hacía
sentirse enojados, y salió de la casa con su protegido. Les siguieron unos cuantos
disolutos vociferando; pero en seguida dejaron de oírles. Aspiraron la brisa fresca y
húmeda de la noche; observaron el casto y callado resplandor de las estrellas;
captaron el rumor profundo y apagado con que la noche regala el oído.
Llegaron al palacio de Montorio en silencio; y Cyprian observó con alegría que
Ippolito se disponía a entrar. Habían subido hasta al pórtico, cuando el reloj de la gran
sala dio las doce. Ippolito se sobresaltó y se detuvo, y a la luz de las lámparas de la
entrada vio Cyprian que sus ojos se volvían temerosos, y que daba media vuelta.
—¿Adónde, adónde vais? ¿Os he buscado, os he salvado para esto? —exclamó
Cyprian agarrándolo con impaciencia y angustia renovadas.
—Suelta, déjame. No debo retrasarme; no debo llegar después de las doce. No
corro ningún peligro; a donde voy no tienen acceso el bien y el mal humanos; la

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virtud y el vicio son cosas negativas. En esta hora dejo de ser un agente mortal;
suéltame; ha llegado mi hora y no debo retrasarme.
—Esas son palabras de locura —dijo Cyprian forcejeando para sujetarlo, aunque
sin esperanza—. ¿Adónde no os he seguido? ¿Y por qué habríais de rechazarme? ¡Ni
el miedo, ni el peligro, ni el pecado me han disuadido! ¡Oh, no me dejéis! ¿Qué
puedo presenciar que sea peor que mis temores? ¿Qué puedo sufrir que sea tan
terrible como vuestro peligro?
Suplicó en vano. Ippolito desapareció a una velocidad que las fatigas de la noche
hacían maravillosa, y Cyprian entró en el palacio nuevamente dominado por una
angustia que los sufrimientos no habían consumido.

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CAPÍTULO XII
Turn demum horrisono stridentes cardine sacræ
Panduntur portæ. Cernís, custodia qualis
Vestíbulo sedeat.
VIRGILIO, lib. VI.

Entonces, se abre sola la puerta eterna;


con espantoso ruido chirrían los goznes de bronce.
Ves en la entrada qué espectro avanza,
trae soldados, forma la guardia.
DRYDEN

Carta de Annibal di Montorio

Cualquiera que sea el final de estas pesquisas, ya lamento las consecuencias de


haberlas emprendido, y no puedo volver sobre las circunstancias que voy a contarte
sin reprocharme mil veces mi timidez y, más aún, mi obcecación. Comuniqué a
Michelo la duda y la incertidumbre que me habían dejado la última visita a los
aposentos, y él, deseoso de aprovechar cualquier pretexto para excusarse de la tarea
que le había impuesto, expresó su creencia de que el ocupante de esa torre había
manifestado el desagrado que le había causado nuestra intrusión con las muestras que
habíamos presenciado, de las que afirmó que una mala interpretación podía
exponernos a peligros que no se atrevía a concretar. Desafortunadamente para los
dos, hice caso de su temor; y creyendo, o más bien obligándome a creer, que una
fuerza a la que sería impiedad resistir nos cerraba esa vía, decidí acudir a medianoche
a la capilla, y visitar la tumba del conde Orazio, donde las apariciones que estaba
decidido a investigar eran más frecuentes y evidentes, y donde mi sospecha de que se
debían a algún agente como yo, atemperaba el miedo que en la torre me había
resultado insoportable. Michelo, cansado de poner reparos tanto como yo de
importunarlo, no se opuso; y cuando (para contrarrestar mi propia pusilanimidad al
renunciar a la torre) determiné visitar la tumba esa noche, prometió acompañarme.
Debía conseguir las llaves. Se negó con tal terror a ir nuevamente por los
corredores subterráneos que me abstuve de proponérselo. Reunimos sin tardanza unos
pocos pertrechos: capas largas, una lámpara dentro de una linterna, y la espada que
decidí llevar yo. Hicimos estos preparativos con el mayor sigilo, y nos separamos.
Durante el resto del día rehuí instintivamente los ojos de Michelo, por temor a que
alguien nos sorprendiese intercambiando una mirada, y desbaratase nuestro plan.
Al fin llegó la noche; se separaron los desalentados y regulares miembros de
nuestra casa, y yo me retiré a mi aposento. No paraba de pensar en el plan de la
noche, a la vez que me esforzaba en apartar de mi cabeza los incidentes de la última
visita a la capilla: pero se alzaban ante mí nítidos y claros; los veía allí donde mirase
mientras paseaba arriba y abajo. Los sentía mientras luchaba por arrancármelos del

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pecho, donde me oprimían como un peso denso e impalpable.
Con ellos me acudían multitud de presentimientos de males indefinidos; el
espantoso tropel parecía desplegarse para la batalla de medianoche en la tumba. Mis
terrores aumentaban; y aunque me daba cuenta de que la aparición de Michelo sería
señal para que dichos terrores comenzaran su asedio, sin embargo ansiaba su llegada,
la presencia de un ser humano. Un ruido en la puerta interrumpió estas reflexiones
indeseadas; era Michelo. «Chist, soy yo, signor. ¿Estáis preparado?» «Lo estoy».
«Entonces, signor, hablad y caminad quedamente». «¿Por qué esta cautela? ¿No se ha
retirado la familia?» «Todos, signor; salvo los pajes que acuden ahora a velar en la
cámara de mi señor, el conde. Pero además, signor…» «Además, ¿qué? ¿Por qué esa
vacilación?» «Hay alguien en la casa —acercando su cara pálida a la mía, y
susurrando—; alguien que nunca duerme. O si lo hace, puede ejecutar tantas acciones
como un hombre vivo, y muchas más, aunque parezca dormido». «Eso es absurdo,
Michelo; desecha esos delirios que te infunde el miedo». «Está bien, me callo. Pero
caminad suavemente, signor». Avanzamos por la galería con paso precavido;
habíamos llegado ahora a la escalera. «Alto», dije. Michelo se volvió, y se sobresaltó
al verme cerca del aposento del padre Schemoli; me lo dijo en voz muy baja.
«Sigamos —dije—. He visto al confesor retirarse a su aposento hace una hora». «Sí
—murmuró Michelo—; pero sabe Dios en qué otros puede estar ahora». Bajamos la
escalera con la linterna cerrada, sobresaltándonos cada vez que el viento sacudía las
ventanas o crujían los peldaños bajo nuestras pisadas. Llegamos a la gran sala, y nos
escabullimos por ella casi sin tocar el enlosado.
El silencio profundo de la noche, la humedad y la hueca resonancia del suelo de
mármol, la altura inmensa y oscura de las paredes y el techo, en los que nuestra
lámpara solitaria arrojaba un resplandor desmedrado y mortecino, hacían que
pareciese que cruzábamos una cripta. Michelo metió la llave en la gran puerta, y yo
cubrí la cerradura con la capa para amortiguar el chirrido. No te extrañe esta
minuciosidad; no puedo imaginarme avanzando en silencio, encogido, sin desear a
cada paso que estuvieses a mi lado; porque, voluntariamente o no, siempre esperamos
que algo recompense nuestros sufrimientos, ya sea en forma de participación o de
comprensión. Salimos al patio exterior, y sentí que el aire del cielo me refrescaba,
aunque soplaba húmedo y sofocante.
Entramos en la capilla; y llegados a la tumba del difunto conde, sorteando
multitud de obstáculos ruinosos, ocultamos las lámparas, nos embozamos en nuestras
capas a fin de disimular nuestra figura lo más posible (por si nos veían); y
apostándonos detrás del zócalo que sobresale del sepulcro, nos dispusimos a aguardar
acontecimientos en un estado de nervios difícil de describir. Nada había que relajase
la profunda tensión: no sonaba ningún ruido; no había ninguna luz, no se veía ningún
movimiento. Era una de esas noches en las que notas de cuando en cuando una ráfaga
de aire abrasador, y vuelve otra vez el silencio, una noche en la que parecen agitarse
dentro de uno tumultos de nubes espesas y negras, en la que de tanto esperar la

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tormenta, empezamos casi a desear que estalle pronto.
La luna, luchando con las nubes, tiñó un momento sus masas sombrías e inquietas
con una luz súbita y brillante que se desvaneció al instante siguiente. El rocío goteaba
con casi perceptible pesantez. En los detalles imprecisos del edificio, en las tumbas y
los monumentos, en los ventanales oscurecidos por el follaje, en los arcos ruinosos,
estas irrupciones de luz y oscuridad jugaban con tan sombrío influjo que cualquiera
habría necesitado tener los sentidos muy firmes para estar seguro de no ver otra cosa
que lo que se veía de día.
Sin embargo, me daba cuenta de que debía hacer acopio de firmeza, e intentar
hablar con Michelo. «Dime —le dije—, ¿por qué, siendo las criptas de esta capilla lo
bastante numerosas y espaciosas para acoger a toda nuestra familia, se tuvo que erigir
un monumento para el conde Orazio; alguien, además, cuyo final tengo motivos para
creer que fue oscuro y trágico? ¿Y por qué, sobre todo, lo erigió en esta fábrica
ruinosa y desierta, en vez de hacerlo dentro de los muros del castillo, que aún
frecuenta la familia?»
«Hay un extraño rumor —susurró el anciano— acerca de este sepulcro; y del
motivo por el que lo construyeron. Muchas cosas han contribuido a que se me fuera
de la memoria; pero vuestra pregunta me lo recuerda ahora. No hace falta que os
diga, signor, lo aficionada que ha sido vuestra ilustre familia a cultivar estudios
secretos. Pero de todos sus miembros, el más apasionado fue el conde vuestro
bisabuelo, que se entregó en alma y vida a ellos; y no solo eso, sino que algunos lo
dicen en un tono como dando a entender que lo hizo literalmente… Pero, signor, ¿qué
estoy diciendo? Descansen en paz sus huesos, que yacen a unos pasos de nosotros».
«¿Por qué esa interrupción, Michelo?» «¿No es un temeridad, signor, hablar de los
muertos cuando los tenemos tan cerca?» Procuré ocultar el efecto que me hizo este
comentario, pero le insté a que prosiguiese.
«Pues bien, signor —bajando la voz como para que no le oyese el difunto—,
comoquiera que sea, ningún poder logró apartarlo de sus estudios; y finalmente se
dijo que con sus artes había construido un espejo capaz de mostrar cualquier suceso y
persona que se desease ver. Lo cierto es que cuando murió, mi amo vuestro abuelo se
pasó muchos días encerrado en el estudio de su padre, examinando y destruyendo sus
instrumentos y sus libros; y dicen que salían voces extrañas y lastimeras de ese
aposento mientras lo hada. Pero fue un trabajo forzado por la necesidad; porque
parece ser que la Inquisición empezaba a mirar con sospecha sus actividades, y había
despachado ministros para que las examinasen, y registrasen el castillo.
»Dicen que, poco antes de morir, el conde había descubierto con sus artes que
existía un paraje en el recinto del castillo que sería escenario de la desgracia y
destrucción de la familia. Al punto se dedicó a averiguar cuál podía ser ese paraje; y
concluyó que, si se requería mucha habilidad para averiguar su existencia, mucha
más se necesitaría para descubrir el lugar. Sin embargo, no se desanimó vuestro
bisabuelo, sino que perseveró resueltamente, y finalmente descubrió que dicho lugar

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fatal era el mismísimo en el que ahora estamos». «¡Cómo! ¿El sitio donde se levantó
esta tumba?» «El mismo, signor. Y he oído contar que el conde informó a su familia
de todo esto; pero el descubrimiento quedó relegado al olvido, hasta que vuestro tío,
el conde Orazio, muy versado también, como he dicho, en esos estudios, al oírlo,
mandó erigir un monumento para él en este lugar, con la esperanza, por este medio,
de cumplir y, sin embargo, frustrar la predicción; vencerla y, sin embargo, no parecer
desafiarla».
Pocos que ligasen lo que yo había visto en este lugar con lo que ahora oía podrían
reprobar la emoción que me dominó durante un momento. Pero, aunque la denuncia
era terrible, hay una solemnidad en aquello que suponemos relacionado con nuestro
destino, que lo despoja de ese horror espantoso que acompaña a otros asuntos de
carácter sobrenatural, y que marca los límites del pavor y el horror. Ante una
sentencia, el espíritu se inclina con controlada y melancólica pasividad, sobrecogido
pero no convulso, sin la aversión y el rechazo del terror quimérico. Como mis
intentos de sosegar mis emociones habían sido infructuosos, recurrí al silencio y a la
meditación en busca de alivio. La campana dio las doce.
Michelo ahora, ansiosamente, pero en voz muy baja, dijo:
«Mirad, signor; mirad a través de esa grieta de la pared; podréis ver… No, signor,
más abajo, más abajo. Debéis inclinaros, signor… ¿Veis ahora un trozo del castillo,
justo en lo alto de la gran escalera?» «Veo esa parte del castillo, que creo que es
inmediata a la escalera grande».
«Ahí, signor, está el aposento del padre Schemoli. Esa parte de la torre, y esa
ventana estrecha en la que veis arder una luz, pertenece a su oratorio. Pues bien,
signor, todas las noches se ve esa luz en la ventana hasta la medianoche; y siempre,
cuando suena la campana, dicen que desaparece; y que desde esa hora no se le puede
encontrar, ni se sabe a qué se dedica. Solo una cosa se sabe: que no está en su
aposento. Dicen que sus amigos nunca lo tienen desocupado. Unas veces celebra con
ellos un festín en la cripta, y otras los acompaña en sus procesiones por esa torre, y
canta en sus misas impías de medianoche». «¿Qué dices, Michelo, a qué te refieres?»
«No me hagáis caso, signor. Observad la lámpara. Mirad, signor, mirad: el resplandor
disminuye; ya no está. Por san Pedro, que pasará por aquí dentro de un momento».
Deseché la emoción con que observé la extinción de la lámpara, ya que me
pareció totalmente trivial. «¿Y qué podemos deducir de eso, Michelo? ¿No le está
permitido al confesor apagar la lámpara a medianoche?» «¡Ah!, pero, signor —
bajando la voz a un hilo casi inaudible—, es que a partir de ese momento dicen que
comienzan las extrañas apariciones de esta tumba». «No tardaremos en poder juzgar
la verdad de eso», dije, tratando de sacar fuerzas de la inteligencia. La expectación
que me creaba apenas me permitía respirar. Seguí mirando fijamente al vacío, porque
no sabía en qué dirección podía aparecer la visita. «Mirad, signor, mirad —exclamó
Michelo—; allí… ¿Lo creéis ahora, signor; lo creéis, ahora que lo veis?» Mientras
hablaba, surgió una luz igual que la que habíamos visto antes, pálida, mortecina, que

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empezó a desplazarse a lo largo de la galería abovedada que desemboca en la nave
este de la capilla. Vi con asombro cómo subía del extremo más bajo, donde sabía que
no había ninguna puerta ni acceso.
Seguí mirando cómo se acercaba, porque lo hacía despacio: pareció surgir del
suelo; subía poco a poco, avanzando tenue, temblorosa, sepulcral.
Michelo se apoyó en una arista del monumento, y me agarró un brazo. No sonaba
ningún ruido; incluso el viento había callado. Yo oía los latidos de mi corazón. En ese
momento la luna, asomando por encima de las nubes agitadas, vertió súbitamente sus
raudales de luz en la galería, se filtró inquieta por las grietas de la techumbre, y dio de
lleno en el arco que comunicaba con la capilla. Entonces descubrí una figura de pie,
bajo el arco; era gigantesca, oscura; no tuve tiempo de distinguir su forma y su
actitud; la luz fue breve y repentina, y la visión confusa e imprecisa; pero descubrí
que, envuelta en su ropaje, sostenía la luz que habíamos visto, que la luna reducía a
un parpadeo desmayado. Le apreté el brazo a Michelo a manera de aviso; él me
devolvió el apretón; no hablamos ninguno de los dos. Todo quedó a oscuras; incluso
desapareció la lucecita. «Nos ha visto», murmuró Michelo. «Chist —dije—;
esperemos en silencio a ver si se acerca». «Aquí hay alguien —dijo el anciano—;
noto un ligero hundimiento del piso junto a mí, como de unos pies». «Chist —dije—;
todo está en silencio; nadie puede moverse sin hacer ruido». «Pues aquí cerca hay
alguien —susurró otra vez—; porque he notado un movimiento del aire». «Es el
murciélago —dije—, que da pasadas por encima; o el aire que mueve la hiedra; yo no
he oído ni he notado nada». «¡Ah, no, signor!; hay algo extraño en el aire; un frío
rancio y sofocante, como si alguna criatura malsana nos echase encima su aliento».
Efectivamente, me llegó un soplo de aire no como el de la noche, fuerte y cálido;
sino frío y repugnante como la vaharada de un pudridero. Nos estremecimos;
comprendí que debía hacer un esfuerzo para librarme de la parálisis que se estaba
apoderando de mí. «Michelo, no nos dejemos confundir por segunda vez. Esa figura,
sea quien sea, probablemente se está acercando; antes de que nos tenga bajo su
influjo extraño, voy a ir a su encuentro; tanto si viene con buenas o con malas
intenciones, sabré cuál es su fuerza y qué pretende».
La voz contenida de Michelo intentando disuadirme se perdió en el viento que
suspiraba cavernosamente en las naves laterales. Salí de mi escondite, avancé
tanteando en dirección a la luz y la figura; porque la nave central estaba ahora
completamente a oscuras. Di unos pasos, noté que alguien pasaba deprisa junto a mí,
no con las pisadas claras y alternas de unos pasos humanos, sino como si se deslizase
sin tocar el suelo y fuese transportado sin esfuerzo. Me detuve y alargué los brazos;
tropecé con algo que me pareció una mano levantada, extendida por así decir,
señalando hacia fuera. Entonces dije en voz alta a Michelo que abriese la linterna y
guardase la puerta de la cripta. Por el ruido que siguió, supuse que intentaba
obedecerme; pero en ese instante brotó de la tumba un grito de horror, desapareció la
luz, y la puerta de la cripta se cerró con un estampido atronador. Todo quedó en

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silencio y a oscuras. Me dejó paralizado; llamé a Michelo, y me estremecí al oír el
eco de mi propia voz. Traté de moverme, pero me pareció como si un paso más allá
de mis pies se abriese un abismo. Finalmente, me libré de esta inmovilidad; me
acerqué a tientas a la tumba, y llamé a Michelo otra vez, convencido de que se había
desmayado. Tanteé el pavimento y el zócalo con el pomo de la espada. No encontré a
Michelo: parecía que la tumba había abierto la boca y se lo había tragado. Empujé
con todas mis fuerzas la puerta de la cripta sin resultado, y aunque casi esperaba que
al abrirse revelara una visión capaz de secar los ojos o trastornar el cerebro, seguí
empujando con desesperación; mis esfuerzos no consiguieron nada, ni hubo ningún
ruido que los alentara. Una vez me pareció oír débilmente un gemido, pero se perdió
en el confuso zumbido que la tensión de escuchar me llenaba los oídos. El miedo y la
vergüenza y la impaciencia me aturdían. Obligar al anciano, víctima desdichada y
renuente, a una empresa que le aterraba; traicionarle en el mismo dominio y círculo
de esta; abandonarle agonizando en medio de horrores en los que era peligroso
pensar; hacer todo eso me era imposible.
De buen grado me habría enfrentado al ser que me había asustado para rescatar a
su desventurada presa; pero no había esperanza ni posibilidad de prestarle ayuda. No
podía abrir la cripta; y alarmar al castillo habría significado atraer sobre nosotros el
enojo de nuestro padre, lo que habría sido tan terrible como la amenaza de cualquier
poder. Más de una hora pasé en esfuerzos e intentos infructuosos; por último, pensé
en la posibilidad de despertar a alguno de los criados que se alojaban en el ala
adyacente del castillo, y comprar su silencio sobre el objeto para el que requería sus
servicios con alguna recompensa.
Salí de la capilla dispuesto a cumplir este propósito, cuando me asaltaron terrores
hasta ahora desconocidos para mí: estaba solo, en esa hora de la medianoche, entre
los muertos y sus moradas, y probablemente cerca de algún ser cuya influencia e
imagen se me hacían más terribles por su misma condición de indefinido e
inimaginable; porque fluctuaba con el aspecto vago de la incertidumbre entre
elementos y agentes de diferentes mundos; porque no le podía atribuir ningún motivo
claro ni sensible de temor, ni estaba preparado en absoluto frente a él, como lo están
siempre los hombres que van a enfrentarse a un enemigo humano, y a veces a un
enemigo invisible.
Abrumado por estos sentimientos, seguí andando de todos modos. La noche
estaba ahora callada y oscura. A cambio de vislumbrar un atisbo de luz en la sombra
espesa y enorme que el castillo desplegaba ante mí, habría dado yo la mitad de lo que
valía. No se veía ninguna. En ese silencio profundo (que hacía que el eco de mis
pasos pareciese el de una multitud) no se perdía el más tenue ruido. Casi había
llegado a la terraza del castillo, y estaba deliberando a qué ala dirigirme, cuando me
llegó el ruido áspero de la puerta de la cripta al arrastrar. Me detuve; oí que se
cerraba. Inseguro, temeroso, aunque con un alivio vago y expectante, regresé
apresuradamente. Una brisa ligera me agitaba el cabello. Se retiraron de oriente las

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volutas de nube y vapor como los pliegues de un cortinaje oscuro, y surgió la luna
serena y brillante sobre un campo azul profundo, tiñendo de plata las masas
fracturadas e inquietas que se retiraban. La bendije, y me pregunté cuántas veces
había contemplado yo esta hermosa claridad con apatía, o con un placer ajeno al de
quien, sorprendido por la noche, la saluda, o al del viajero al que socorre.
Busqué otra vez la nave lateral. La luna derramaba una luz clara como el día a
través de los ventanales. Vi la tumba del conde Orazio, y vi una figura sentada en
ella. Avancé con esperanza y temor. Era Michelo; estaba sentado como un marinero
que descansa en una roca pelada después de la tempestad y el naufragio; estaba
macilento, extenuado, jadeante. Corrí hacia él, pero no pareció oír mis pasos; tenía la
cabeza levantada y la mirada fija en el arco de la galería; la luna prestaba una palidez
amarillenta a su semblante. Lo miré a los ojos; los tenía vidriosos, ausentes. Le toqué
la mano; estaba fría y yerta. Me estremecí; apenas me parecía una criatura de este
mundo. Un instante después me reproché mis aprensiones; quise preguntarle, decirle
unas palabras de consuelo, pero me lo impidió un miedo que no provenía de Michelo.
«¡Dolor, dolor!», gimió el anciano con un acento que no parecía mortal, los
brazos en alto, los ojos dilatados, y su actitud y toda su persona tocadas de un
transporte profético. Me aparté instintivamente de él. «¡Dios mío, Michelo!, ¿qué te
ocurre? Deja que te aleje de este lugar; jamás me perdonaré haberte obligado a venir.
Ven deprisa conmigo; mi padre puede despertarse a estas horas. Puede ordenar a los
criados que le acompañen a una de sus vigilias en la capilla, y descubrirnos. ¡Vamos
deprisa, Michelo!» «¡Dolor, dolor!», repitió el anciano; y dobló la cabeza y se
desplomó al pavimento.
Me lo llevé en brazos de la capilla, tambaleándome bajo el peso de sus años y de
su insensibilidad. El aire le hizo revivir; y observé, a la luz de la luna, que volvía algo
así como color a su rostro muerto. Mientras lo miraba, y le hablaba, una sombra más
densa que las de las ramas de los cipreses cruzó el lugar. Alcé los ojos, y vi salir, de
detrás del contrafuerte en el que me había apoyado con mi carga, la figura informe
que había notado. Se ocultó la luna; la figura pasó por delante de mí, en dirección al
castillo. Abrí la boca, pero no me salió la voz; extendí un brazo, pero no encontré
fuerzas para seguirla, y vi con estos ojos cómo entraba en el muro del castillo, en el
ángulo del contrafuerte de una torre, cuyos recios perfiles eran visibles en la sombra.
No había puerta ni abertura, pero no encontró ningún obstáculo. La luna surgió de
nuevo en el instante en que desaparecía, y Michelo abrió sus débiles ojos a su luz. Se
puso de pie temblando; y tuve que sostenerlo. Continuamos andando hacia el castillo;
no hablamos ninguno de los dos, aunque él profería grandes gemidos, y cerraba los
ojos a intervalos. Llegamos a la gran sala, cuya puerta habíamos dejado abierta. Toda
capacidad y deseo de indagar habían muerto en mí.
Michelo, al oír nuestros propios pasos en el pavimento de la sala, y comprender
que estábamos en la región de los vivos, se santiguó con mano temblorosa, y volvió a
desmayarse. Me costó bastante llevarlo a mi aposento, y varias veces me pareció oír

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como si alguien se me adelantara: noté un movimiento en el corredor distinto del que
yo ocasionaba; pero me hallaba en ese estado en que es difícil evitar que el miedo nos
cree ilusiones. Cuando revivió y volvió en sí, me suplicó que le ayudase a llegar a su
aposento. Tenía la mirada extraviada, y sus palabras eran incoherentes. Estuve
dudando, pero finalmente accedí. «Signor, llevadme a mi torrecilla —dijo—; otras
manos me sacarán de allí; llevadme a mi lecho. En breve recibiré un descanso
mejor».
Lo ayudé. Me había abstenido de importunarlo; pero su frenética resolución, el
misterio de su silencio, junto con mi convicción de que estaba fuera de peligro,
contribuyeron a despertar en mí una ansiedad que no pude resistir. Lo senté en su
silla, encendí la lámpara y, cuando iba a marcharme, no muy convencido, le pregunté:
«Michelo, ¿qué has visto?» «Los secretos de la tumba», dijo el anciano sin vacilar y
sin un suspiro. Su firmeza me animó. «¿Te atreverías a contármelos, Michelo?» «¿Os
atreveríais vos a escuchar, si yo me atreviese?», dijo el anciano; sus ojos, dotados
ahora de una luz extraña, se clavaron en mí. «Me atreveré. Que Dios me ayude, y
todos los santos; porque ningún interés personal, debilidad ni temor condicionan el
ánimo con que aguardo la revelación de estos misterios». «Esta noche no, signor —
dijo el anciano, recayendo en la debilidad—; dejadme esta noche, dejadme en manos
del silencio y del cielo. Necesito rezar, y prepararme; mi tiempo es breve, y mi tarea
terrible. Pero venid mañana a mi torrecilla, llamad; y si sigo vivo, os responderé». Se
dejó caer ante un crucifijo, y rezó fervorosamente. La lámpara iluminaba sus sienes
blancas y sus ojos cerrados. Me retiré; y al cerrar la puerta del estrecho aposento,
sentí como si cerrase la de una tumba.

***

Las líneas que anteceden las escribí durante lo que quedaba de esa noche aciaga,
ya que estaba demasiado excitado para poder conciliar el sueño. No te las he querido
mandar para añadir una relación de nuestra…

***

Ippolito, estoy consternado de vergüenza y de compunción: Michelo se muere. El


primer criado con que he topado esta mañana me ha dicho (me he esforzado en
escucharle como con sorpresa) que Michelo se encuentra mal, y que ha pedido la
asistencia de un monje de san Nicolo, de Nápoles. «Es extraño, signor —ha dicho el
criado—, que teniendo en el castillo un confesor tan piadoso como el padre Schemoli,
prefiera que venga alguien del monasterio de san Nicolo».
Me esforcé en aceptar esta noticia; porque aunque Michelo se hubiera puesto así
por la impresión recibida, no era concebible que le durase o fuera grave, y mucho

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menos mortal; y decidí visitarlo al anochecer, plazo suficiente para alejar cualquier
sospecha, si la había. Pero cuál no fue mi alarma cuando oí declarar al médico de la
familia que probablemente el paciente no viviría hasta la noche. Su sistema vital
había sufrido una conmoción que no era capaz de descubrir ni eliminar. «Michelo no
se muere de vejez ni de enfermedad, pero no es probable que llegue a la noche». He
oído rumores en el castillo de que nuestro padre, al enterarse, ha querido verlo, pero
que él se ha negado. ¡Extraña condescendencia, y extraña negativa! Dos veces he
intentado verle hoy, pero aún no ha salido su confesor; llevan horas los dos solos.
¡Atención! Me llaman; subo a verle ahora. El monje acaba de abandonar el castillo de
repente. Estoy sumamente afectado. Hace un momento me sentía nervioso; pero esta
llamada, y la expectación que me produce, me inspiran una enorme tensión. En
medio de la pena que siento por este anciano desventurado al que he matado tan
seguramente como si le hubiese clavado un estilete en el corazón, subsiste una
impresión de solicitud, de duda y de miedo que estoy deseoso de apaciguar con esa
extraña información que va a confiarme. La hora, el lugar, el propósito son de lo más
solemnes. ¡Acudo al lecho de un moribundo para averiguar los secretos de la
tumba…!

***

Acabo de regresar; ¿cómo se disipará la impresión que traigo conmigo? Tengo el


espíritu tan embargado que siento como si no pudiera pensar en nada más; y escribo,
casi como pienso, maquinalmente. He visto a Michelo en su camastro. Un simple
candil alumbraba el aposento; tenía el crucifijo en las manos, al que dirigía los ojos
de cuando en cuando. Había otra persona; una vez que me he acostumbrado a la
escasa luz, he reconocido a su sobrino Filippo. «Signor Annibal —dice el anciano—,
acercaos; tengo muchas cosas que contar; aunque lo que me queda de tiempo sigue
bajo el gobierno de quien lo tiene desde hace mucho, y hasta que se cumpla
determinado plazo, no puedo revelar nada de importancia. Signor, me estoy muriendo
como veis; este es el pago a mi largo y culpable silencio. Yo hacía cuenta que guardar
silencio no era participar; pero el lecho de muerte convence a quienes pretenden
engañarse a sí mismos. El santo monje que se acaba de ir es ahora depositario de mi
última confesión; preparaos, signor, para las consecuencias. Habéis perseguido un
descubrimiento que saldrá al paso de vuestros esfuerzos. Yo mismo, que hubiera
querido ocultarlo con expedientes conciliadores, he tenido que ser instrumento de su
revelación. Lo veo acercarse con la indiferencia del que ya no es parte de este mundo;
pero a vos, a vos, ¿cómo os puedo preparar, joven noble e impetuoso, cómo os puedo
preparar para recibirlo? ¡La Casa de Montorio deberá caer!»
El asombro, la indignación, me dejaron sin habla un momento; no era el
moribundo que tenía ante mí alguien a quien podía pedir satisfacción; pero deseé
fervientemente que esas palabras las hubiera pronunciado otro para haberlo ensartado

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con la espada.
«Bien está —dije—; puesto que tal anuncio no viene de un vivo; aunque no creo
que sea verdad ni aun viniendo de un muerto». El anciano besó el crucifijo. «Acoja
mi alma Aquel hacia el que se apresuran mis pasos».
No dije nada y, temblando, le hice una seña de que continuara.
«Todavía no, todavía no, signor. Aún no ha llegado el momento; mientras no
llegue, no soy libre. Pero son muchos los signos de que se acerca.
»No tardará, signor; decidme la hora, y decidme el instante». «Dentro de cinco
minutos —dije— serán las once». «Cinco minutos —repitió él—; parece muy breve
plazo para quien ha visto correr sesenta y cinco años; sin embargo, quisiera que
hubiesen pasado ya. Seguid mirando, signor, y contad cada segundo que pasa». Así lo
hice. El anciano repetía los números según los iba diciendo yo. «Y ahora, signor,
ahora —dijo—, ¿se ha cumplido ya el último?»
«La manecilla está en el último; ya llega. Y ahora… las campanadas». «Las once.
Filippo, déjanos solos».
Se retiró Filippo, y yo me acerqué más.
El anciano empezó a hablar débilmente y con muchas pausas.
«Llega el momento de mi disolución. Pronto será conocido lo que he ocultado, y
lo que sé. Presiento demasiado bien que la revelación afectará al destino y el honor de
vuestra casa. Así que la empresa de mi última hora debe ser prepararos para recibirla,
signor. Hay un ser… que no pertenece al mundo de los vivos. Sus pensamientos y sus
acciones se nos escapan; sin embargo, pasa ante vuestros ojos, y anda, y habla, y se
muestra en todo como una persona viva. Bueno, pues ese ser, del que no me atrevo a
dar el nombre, me ha tenido mucho tiempo bajo su dominio; de manera que no osaba
hacer ni decir nada sino por su mandato, ya que tiene un poder que los hombres no
pueden resistir. Pero ya me he liberado, porque me estoy muriendo. Pronto seré como
él, y verlo no me causará ningún temor. Pero mientras puedo valerme de mi voz
humana, dejad que os advierta de lo que se cierne sobre vuestra casa, signor. Él es el
genio maligno que la amenaza, la potencia comisionada para obrar y presenciar su
destrucción». «¿De quién hablas?» Se santiguó la frente. «No puedo nombrarlo; lo
único que puedo decir es lo que ha dicho él; porque lo que ha dicho,
irremediablemente, ocurrirá.
»Muchas noches lo he visto confusamente, muchas noches me ha llegado al oído
su murmullo profundo al pasar; pero anoche, anoche… —dijo con un
estremecimiento—, ¡fue cara a cara!» «Pero ¿a quién? ¿Dónde? No retrases más esa
información; ¿a quién has visto, y qué has oído?»
«Yo estaba en la puerta de la cripta —dijo tartamudeando—, donde me habíais
dejado; avancé por la nave… Noté una presencia sobrenatural; me mandasteis que
abriese la linterna; intenté hacerlo, pero una especie de influencia me retuvo. Una
mano fría y huesuda me sujetaba; la sangre me corrió por las venas con el frío
movimiento del gusano. Se abrió de golpe la puerta de la cripta, y un torbellino me

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arrojó al interior; la puerta se cerró sobre mí, y sentí como si ya no perteneciese a este
mundo… No perdí la cabeza; me daba cuenta de que estaba entre los muertos, y con
alguien que me sobrecogía más que ellos; pero aún me quedaba una especie de
macabro valor. Era como si el contacto de esa mano me igualara a su dueño. Tuve
ánimos para mirar a mi alrededor. La luna penetraba a través de las grietas de la
cripta. Vislumbré su figura desplazándose entre ataúdes y huesos; y en esa claridad
imprecisa y estremecedora pareció mezclarse con ellos; y entonces se metió en el
ataúd del conde Orazio, del que brotó una voz que me dijo (yo estaba atento, con
todos los oídos del cuerpo y del espíritu tensos)…»
«Dolor y muerte», murmuró una voz que provenía de debajo de nosotros. Su tono
no era humano; fue más como el gemido de una ráfaga nocturna, como el rumor largo
y profundo de un mar lejano. Pero el mensaje que contenía era inequívoco y claro.
Al anciano se le erizaron los cabellos y le centellearon los ojos. «¿Qué acabáis de
oír?», dijo. La verdad era demasiado terrible y cercana para ocultarla o negarla. «Una
voz —dije—. Ha dicho: “¡Dolor y muerte!”». Juntó las manos y se dejó caer de
espaldas: «El arrepentimiento llega demasiado tarde; ha sido el grito mortal del
espíritu; debo morir; morir sin haber hablado; sin haber expiado».
Se relajó, aspiró con trabajo, se ennegreció. Me arrodillé frenético a su lado.
«¡Habla, te conmino! mientras te queda aliento… mientras te queda un momento.
Habla, si quieres partir en paz, si quieres ir al paraíso». De su garganta salió un
estertor. Yo estaba inclinado sobre él, esperando angustiado a que articulase una
palabra. Murmuró hacia dentro con voz profunda: «Demasiado tarde… Erminia…
Orazio… —dijo otro nombre que no entendí—. Asesinados, asesinados. Tengo sus
figuras delante de los ojos; y la sangre de los dos sobre mi alma». Se estremeció,
sufrió una convulsión, y expiró. Llamé a Filippo para que me ayudase; pero era inútil
toda ayuda: ¡Michelo se había ido!

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CAPÍTULO XIII
Tempus abire tibi est___
HORACIO

«Es hora de que abandones los escenarios voluptuosos».

En el palacio de Montorio todo era confusión y exceso. Todo el ascendiente que


Cyprian había ganado sobre él, y las concesiones que le había arrancado, se habían
ido al traste con esta nueva ocurrencia de celebrar una bacanal.
Ippolito volvió a sus antiguos pasatiempos con una avidez que prometía resarcirle
de su corta abstinencia. Sus días eran días de placer; sus veladas, veladas de
diversión; pero sus noches seguían siendo noches de misterio. Cada día se mostraba
más irritado, más agitado, más intratable. Su angustia interior parecía ser más intensa,
a juzgar por sus esfuerzos para sofocarla. Y a menudo, mientras agitaba los dados o
bebía vino, su semblante ojeroso revelaba que su corazón estaba muy lejos de
participar de ninguna alegría o solaz. El estragamiento de sus orgías y sus vigilias
combinadas, las fatigas de su espíritu que buscaba el tumulto incluso en el placer y
desterraba el sosiego del descanso mismo, le estaban devorando el cuerpo y el
carácter por igual.
El espíritu elevado y romántico, el vaivén de los sentimientos altivos y delicados,
la despreocupada y feliz vivacidad, el juego de la alegría espontánea, todo eso lo
había perdido; en su lugar tenía intervalos de abatimiento y de furia, de ánimo
exaltado a extremos desdichados y furiosos, o se hundía en taciturno desaliento. Solo
le quedaba la belleza; porque, inflamado con la llama febril del desenfreno, o pálido
con el sombrío cansancio de las noches en vela, seguía siendo hermoso.
En tales momentos, Cyprian lo miraba con esa complacencia patética y dolorosa
con que contemplamos las paredes desconchadas y estropeadas de nuestra casa natal,
o las ramas heridas y desmochadas del árbol que nos encantó con su belleza y nos
refrescó con su sombra.
Una de esas noches en que Cyprian, recluido en la total soledad, pensaba con
amargura en el ser que en otro tiempo le había llenado y deleitado esta clase de
momentos, recibió el anuncio de que un desconocido de rango solicitaba verle. Era
una petición insólita y alarmante, y al principio estuvo a punto de negarse a recibirlo;
pero su preocupación perpetuamente alerta le sugirió que el objeto de esta visita
podía tener que ver con Ippolito, así que mandó que hiciesen pasar al desconocido.
Entró. Era un oficial español de edad madura. Al aire decidido e imponente de su
oficio añadía la dignidad de su nación; y saludó a Cyprian con esa soltura que denota
familiaridad con muchas esferas de la vida.
—El signor Cyprian, supongo —dijo. Cyprian hizo una inclinación de cabeza—.
No ignoro, signor, vuestra calidad y vuestra adhesión al conde Montorio; mi

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confianza en vuestro celo es el motivo de esta visita. Yo mismo lo conozco y lo
estimo; es un joven noble de valía y honor. De lo contrario, un castellano —dijo
retorciéndose los bigotes— no sentiría ningún interés por él.
Cyprian, ablandado por estos elogios a Ippolito, escuchó con un placer que no
sentía desde hacía tiempo.
—Por esa razón —dijo el español—, siento profundamente el estado en que le
veo hundido; pero antes permitidme preguntaros si sus hábitos familiares han sufrido
el mismo menoscabo que los sociales. Vos, naturalmente, los conocéis bien, y podéis
juzgar si en casa parece desasosegado, nervioso y desigual; o si esas muestras son
únicamente consecuencia de los excesos a los que se abandona cuando sale.
—¡Ay; no, caballero! —dijo Cyprian—. Una nueva y espantosa revolución ha
trastornado la contextura entera de su espíritu; le aqueja a todas horas y en todas
partes. En casa no conoce el sosiego; ya no es Ippolito di Montorio.
—El cambio es, pues, tan intenso como extenso —dijo el español—. Hace
apuestas que sería locura aceptar; se hunde a menudo en la embriaguez, vicio raro en
vuestro clima; recorre las moradas licenciosas de Nápoles, como si todo su esfuerzo
lo cifrara en perder la razón y en consumir la salud. No obstante, no tiene todo esto
visos de ser consecuencia de un deseo furioso de placer, sino la impaciencia de un
dolor; esos excesos parecen la espantosa alternativa a una angustia insoportable. Los
vicios que acabo de enumerar —dijo el soldado liberal— podrían perdonársele a un
joven acomodado de complexión sanguínea, pero ningún exceso debería conducir a
un noble a atentar contra su propia dignidad y la grandeza de su linaje, ni a mezclar la
ligereza con el libertinaje.
Cyprian conocía la naturaleza humana lo bastante para saber que los motivos para
la rectitud varían según el carácter y los hábitos de quien los concibe. Así que,
aunque rechazaba las distinciones de esta teoría mundana, aceptaba las consecuencias
extraídas de ella.
—Al principio —dijo el español—, creía que esto era un arranque de súbita
impetuosidad, consecuencia de algún desengaño en sus opiniones o en sus pasiones;
pero recientes circunstancias me inducen a pensar que a un espíritu tan noble y de
tanta energía no puede pervertirlo ninguna causa baladí; y el suceso de esta última
noche confirma mis sospechas.
—¿Sospechas? ¿Qué sospecháis? —exclamó Cyprian levantándose nervioso.
—Sospechas —dijo el español en el tono más bajo de su voz profunda— de que
está atado a alguna clase de relación perniciosa para su alma o para el bienestar de su
cuerpo, de la que intenta librarse, aunque demasiado tarde, o demasiado débilmente.
Si no conociese bien el sentido del honor del conde Ippolito, temería que se hubiera
asociado a alguna siniestra conspiración contra el Estado; pero como lo conozco, creo
que persigue algún secreto desquite; aunque retrocede a menudo, unas veces ante la
magnitud o lo odioso de la acción, y otras ante el peligro de los medios que debe
utilizar para llevarla a cabo.

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—¡Imposible! —dijo Cyprian encendido—; es imposible que Ippolito se deje
arrastrar a ninguna acción siniestra o rencorosa. Si lo hiciera, ese peligro le haría
renunciar a semejante propósito.
—Iba a deciros —dijo el español— qué es lo que me ha llevado a esta conclusión:
sus propias palabras, que unas veces se le escapan sin querer, y otras se las arranca un
súbito dolor. Aunque, en todo caso, no son concluyentes. Sin embargo, me apresuro a
informaros de lo ocurrido anoche; porque no necesito recordaros, signor, que un
castellano no se precipita en sacar conclusiones.
Cyprian se dio cuenta de que lo había ofendido con su brusquedad; pero la
emoción que sentía le impidió también disculparse.
—Anoche —prosiguió el español—, nos reunimos bastantes en un casino cercano
al Corso; hubo juego alto, y varios desconocidos se sumaron a la partida; algunos
enmascarados, como es habitual. El conde Ippolito tomaba parte en ese estado
agitado y febril que acabamos de lamentar. Hacía apuestas enormes, y se daba ánimos
bebiendo sin parar. Sus voces, su impaciencia, su ademán y su figura, que exhibía una
especie de demencia espléndida y disoluta, le convertían en centro de todas las
miradas. De repente, todas se volvieron hacia un desconocido que apareció de pronto,
al que me es tan difícil describir como definir la impresión que nos causó a los que
estábamos. Vestía una capa larga, negra, en la que se envolvía de arriba abajo.
Llevaba una máscara sobre la que colgaba el plumaje de su sombrero, de forma que
casi se la tapaba. Avanzó despacio, sin conocer a nadie al parecer, y sin que nadie lo
conociera tampoco. Su presencia, aunque no suspendió el juego, sí suspendió la
animación. Las vivas y sonoras voces de los jugadores se fueron reduciendo casi a un
murmullo; los mirones dejaban sitio libre donde él se acercaba, y un viejo caballero
de Malta me contó que había notado un frío extraño en el aliento del desconocido al
pasar junto a él.
»Jamás habría creído que un hombre callado causara tal impresión si no hubiese
experimentado yo también una sensación extraña que no puedo describir ni quiero
recordar, una sensación que jamás he tenido en la brecha ni en el combate. Esta
persona, después de mucho deambular, fue a situarse finalmente junto a la mesa en la
que jugaba el conde, de pie, inmóvil, enfrente de él. Yo estaba cerca. Un observador
superficial habría imaginado, por la conducta del conde, que este no había advertido
su presencia; pero sus voces cada vez más altas y sus modales cada vez más
arrebatados me hicieron comprender lo contrario. Los ojos de todos estaban fijos en
la mesa. El desconocido, tras permanecer callado unos momentos, empezó a hacer
gestos extraños e incomprensibles, evidentemente dirigidos al conde. La única
reacción de este fue pedir y beber más vino, y doblar sus apuestas. El desconocido
entonces alzó un brazo lentamente y, sacándolo de la capa, señaló directamente al
conde. Era un brazo huesudo, gigantesco; alguien dijo que tenía salpicaduras de
sangre; yo no vi ninguna. El conde, inclinándose sobre la mesa, ordenó furiosamente
a su contrincante, que se había quedado paralizado, que atendiese al juego. Siguieron.

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El desconocido no dijo nada; pero sacó un reloj, y lo acercó a la vela que había junto
al conde; la llama lo iluminó; las manecillas señalaban las doce. Muchos que estaban
de pie en el otro lado dijeron que tenía grabadas extrañas figuras detrás. Tampoco las
vi, dado que estaba enfrente. Montorio apartó la luz con impaciencia. El desconocido
se hizo atrás; y todas las miradas le siguieron. Se quedó inmóvil delante del conde; se
palpó la ropa como buscando algo. Entonces corrió por el casino la sospecha de que
quizá era un asesino, y el rumor se extendió a todos los rincones. Pero en seguida lo
apagó una sorpresa: el desconocido sacó una daga manchada, la levantó, e hizo con
ella un ademán lento de amenaza hacia Montorio. Ante esta escena, este perdió toda
su fiereza. Se quedó mirándolo un instante, y exclamó, en un tono entre alarido y
carcajada: “El infierno ha ganado”, y abandonó la mesa. El desconocido se guardó la
daga, y se fue despacio de la sala, volviéndose a cada momento para hacerle señas a
Montorio, que le siguió con pasos vacilantes, los ojos cansados, y un temblor en el
cuerpo.
»Eso ocurrió anoche, en presencia de varias personas de rango, en un casino
concurrido. Los testigos prefirieron no seguirlos; y cuando preguntaron a la
servidumbre, esta dijo que los habían visto pasar, pero que se perdieron
inmediatamente en la oscuridad de la noche.
Cyprian escuchaba con angustiada perplejidad.
—He hablado con algunos amigos del conde Montorio, y hemos llegado a la
conclusión de que la escena que presenciamos únicamente puede atribuirse a una de
las causas que he dicho. Así que hemos decidido averiguar si su familia ha observado
en él el mismo cambio; y en caso de ser así, recomendar que se tomen medidas para
descubrir y eliminar esa causa. Vuestro afecto, y la beneficiosa influencia que se dice
que ejercéis en los hábitos y el talante del conde, os señalan como persona idónea
para esta misión. Así que en vuestras manos la dejo; y dejo también a vuestra
discreción decidir qué puede ser más eficaz en este caso, si recurrir a su familia, al
consejo espiritual, o a las autoridades.
Iba Cyprian a darle las gracias por esta información cuando los interrumpieron
grandes voces que procedían de la entrada.
—Es el conde que viene del Corso —dijo el español— con algunos camaradas
bulliciosos. Yo había quedado también en venir a cenar con ellos, y he aprovechado
la invitación para adelantarme a informaros.
—Quedaos, pues, os lo ruego —dijo Cyprian—. Hacedle compañía esta noche.
Está tan acostumbrado a salir a esta hora que su regreso me llena de extraños
presagios; quizá esta noche se propone romper esas ligaduras que le tienen atado. Por
favor, quedaos con él, y no dejéis que se abandone a la locura de la disipación. Vos
sois un hombre de espíritu y brazo firmes, un hombre al que yo acudiría en mi hora
de peligro, y le pediría que se quedase a mi lado. Yo estaré en la habitación de al
lado; si ocurriese algo, recordad que me tenéis a mano.
Los participantes en la juerga subían ahora por la escalera; el español fue a

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reunirse con ellos, y Cyprian corrió a una habitación contigua, donde estuvo
debatiéndose entre la esperanza y el temor.
Pero no tardaron en agitarle sentimientos menos remotos: pronto le llegaron los
comentarios de los comensales, y escuchaba con un horror que, a la vez que le
impulsaba a irse, le ataba a su silla, a la impureza, a la depravación, y al desenfreno
que emanaba de aquellos hijos del goce y del regalo. La alegría, cuyo rasgo más
encantador es la ligereza, la habían desterrado por completo con sus groserías
repugnantes, su degradación ofensiva y sus bromas sacrílegas. A menudo habría
querido tener una varita mágica, o «las alas de la mañana», para rescatar a Ippolito de
la contaminación, en la que su parcial esperanza se resistía a creer que se hubiera
sumergido de manera voluntaria.
Pero la voz de Ippolito era la más fuerte, incitando al frenesí de una euforia
artificial. Y empezaba Cyprian a encontrar algún consuelo pensando que esto
implicaba que había aplazado su visita de medianoche; cuando, en una de esas pausas
súbitas y totales que se producen en todo júbilo ficticio, oyó decir a Montorio:
—Si entrase alguien ajeno y viese esta manera de divertirnos, ¿qué pensaría de
nosotros?
—Explicaos —dijo un caballero.
—¿Se le ocurriría pensar que puede haber entre nosotros alguien que no quiere
afrontar esta hora a solas, que acude a esta fiesta no para divertirse, sino para
protegerse?
Muchos de los que oyeron la pregunta se echaron a reír, y todos contestaron que
no.
—¿Imaginaría —prosiguió Montorio con más énfasis— que puede haber quien
haya venido para evitar a alguien que le persigue; para huir de una influencia capaz,
incluso aquí, de apagar las luces, envenenar los vinos y hacer que las caras coloradas
de mi alrededor parezcan alumbradas por un resplandor azul sulfúreo?
—¡No, no, no! —vociferó otra vez la compañía.
—¿Imaginaría que, dentro de unos momentos, enmudecerán las voces de los
bulliciosos y palidecerán todos los semblantes?
Otra vez se repitió la negativa; pero fueron menos las voces, y en tono menos
convencido.
—Pues entonces —dijo Montorio—, se equivocaría.
Un silencio acogió este extraño comentario.
—¿Qué significan esas preguntas? —murmuraron los caballeros.
—Os habéis puesto pálido, conde Montorio —dijo el español.
—¿De veras? ¿Y por qué iba a ponerme pálido? —dijo Ippolito en tono
atropellado—. Aún no ha sonado mi hora; así que divirtámonos hasta ese instante.
¿Por qué estáis todos sentados a mi alrededor como estatuas y callados como
espectros? Dejad que note la presión de vuestras manos y la música de vuestras
voces. Reíd, reíd de nuevo; os lo suplico, reíd; yo también reiré… Aunque cuando lo

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intento, un cuervo parece que grazna en mi garganta.
Cogió una guitarra, y se arrancó con extemporáneas estrofas que, a la vez que las
recitaba, adaptaba a una melodía variada y sin medida.

I
Llenad la copa; a los males de la vida
no doy el valor de una pluma,
nada nublará esta noche mi alma,
ni ocultará el sol de mi alegría.

II
He sufrido hasta dolerme el corazón
y he gemido, pero ahora, sin poesía,
mi último cuidado se ahoga en esta copa,
mi último suspiro se apaga en ella.

III
Gozaré con amarga alegría,
me reiré de las penas frustradas;
no quiero naufragar en el dolor:
y sí despertar con la mañana.

IV
Una dulce flor, última rosa,
adorna este lívido otoño;
y los caros rayos del gozo
que irrumpen donde menos los buscamos.

Arrojó la guitarra.
—Desafino; no tengo el tono ni en el alma ni en la voz. Pero necesito música.
Que vaya uno de vosotros a llamar a Cyprian. Que venga en seguida con su arpa.
Cyprian, que había estado escuchando cada palabra, se asustó al oír esto, y se
apresuró a abandonar la habitación contigua. Pero los criados vieron dónde se
refugiaba; y al salir los caballeros a cumplir lo que el humor tornadizo de su amo les
había pedido, abrieron la puerta de golpe y lo descubrieron. Ippolito lo llamó a
grandes voces; y Cyprian, que obedecía a esa llamada de manera inconsciente y
maquinal, fue, aunque avergonzado y aterrado. Muchos caballeros estaban ebrios, y
todos habían reanudado la ruidosa animación que las preguntas de Montorio habían
interrumpido. Unos clamaban que querían jugar, otros que necesitaban más vino;
pero Ippolito, con abundantes e hiperbólicos elogios a la destreza de Cyprian, mandó
traer el arpa, e insistió en regalar a la compañía con sus interpretaciones. Cyprian,

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callado pero serio, le suplicó con la mirada que le ahorrase este trance; pero la
petición se volvió más insistente. Llegó el arpa, y tuvo que sentarse con triste y dolida
renuencia a cumplir un menester que no podía estar más lejos de su ánimo y del
ambiente adecuado. Tocó con mano temblorosa. Las notas inseguras parecían llorar,
como él, la mudanza de su destino. Los momentos en que, con el esfuerzo de su
talento, había esperado despertar los sentidos y deleitar la virtud; en que el silencio
del elogio llegaba más hondamente a su delicada sensibilidad que las ruidosas
felicitaciones que, lejos de animarle, le aterraban; en que esperaba que el vaivén de
los placeres que refinaban el espíritu de Montorio y la influencia que lo corregía
hubiera repartido su vida entre el ejercicio y el gozo de la virtud, en vez de dejarle
vacío en las pausas del báquico frenesí, y con la inteligencia menospreciada y
prostituida… esos momentos y esas esperanzas le venían a la memoria, y las lágrimas
le caían sobre sus manos inquietas mientras recorrían las cuerdas.
Pero la emoción que le estremecía añadió el sentimiento a lo que le negaba la
habilidad; alzó los ojos hacia Montorio, y le llegó la inspiración. Le pareció, en
medio de los bulliciosos, un espíritu frágil y errabundo seducido por una hueste
apóstata, y mezclado en una lamentable asociación. Su luminosidad disminuía,
aunque no se apagaba: «abatido, pero no destruido» La intensidad del sentimiento
exaltó el entusiasmo de su genio, y derramó notas que podían haber devuelto tal
espíritu a su esfera y su gloria original. Todos estaban mudos de arrobamiento; habían
olvidado el festín; sus oídos y miradas estaban pendientes del músico, y el reloj dio
las doce sin que nadie lo oyera. En ese instante, Ippolito profirió una exclamación,
saltó de la silla, y se quedó de pie, con los brazos tendidos hacia la puerta. Todas las
miradas siguieron la dirección de la suya. Los criados que se habían agrupado junto a
la puerta se apartaron atropelladamente, al tiempo que surgía en ella la figura que
muchos habían visto la noche anterior en el casino.
Su aspecto era tal como el español lo había descrito: una figura oscura, informe,
gigantesca; ocultaba su rostro con un antifaz, y el plumaje le tapaba la cabeza. Los
caballeros no paraban de mirarla y de murmurar. Cyprian se pegó a Ippolito, en tanto
la figura avanzaba despacio hacia el centro del salón. Se había producido un absoluto
silencio; incluso había cesado el susurro de capas de los invitados al dejar sus copas
sin probar y volverse hacia el desconocido. Y casi se oía la respiración acelerada de
todos, cuando el desconocido, apartando sus ojos de Ippolito, ante el que se había
detenido, se dirigió a la compañía:
—Vengo sin haber sido invitado. ¿No hay nadie que quiera hacerle los honores al
desconocido? Entonces yo mismo me doy la bienvenida.
Se sentó junto a la cabecera de la mesa, en tanto sus vecinos dudaban si apartarse
o no. Su aspecto los había llenado de asombro, pero su voz los heló; había algo tan
singular en el tono, era tan cavernoso, tan enérgico, tan claro, y a la vez tan distante,
que los que le oían no escuchaban sus palabras, sino el sonido, y estaban pendientes
de su eco como de algo que provenía de algún punto invisible.

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Ippolito se hundió lentamente en su silla, todavía con el rostro vuelto y los ojos
fijos en el desconocido.
—Siga la alegría, caballeros —dijo el personaje, otra vez en un tono que
paralizaba todo atisbo de buen humor—; el asunto que me trae es solo con el conde
Montorio.
—No me tendréis, a menos que me arrebate de aquí un torbellino. Ningún poder
conseguirá llevarme de grado y vivo a vuestros dominios.
—Conoces mi propósito y mi poder: no os retraséis; no os resistáis, no
retrocedáis.
—Es de lo más extraño —murmuró Ippolito con voz hueca, pegándose al
respaldo de la silla y agarrándole el brazo al español, mientras sus ojos se desviaban
continuamente hacia el desconocido—; de lo más extraño. Lo veis sentado; veis su
figura sólida y visible entre nosotros; todos los ojos lo pueden ver y todos los oídos lo
pueden oír. Es de lo más extraño. Las sombras que se alzan ante nosotros en nuestros
sueños nocturnos y diurnos, o esas más consistentes que se aparecen en las escenas de
horror, en la soledad de la medianoche, en los panteones de los muertos, en las
cámaras de la brujería, una modesta influencia puede suprimirlas con la misma
facilidad con que son evocadas; puede disiparlas la luz, la presencia humana, incluso
el esfuerzo de una mente concentrada. Pero cuando nos persiguen hasta el mismo
reducto y círculo de nuestro refugio, cuando se sientan ante nosotros, en medio de
nuestra diversión y de nuestro vino, en medio del resplandor de las luces y el grato y
confortante sonido de las voces humanas; cuando hacen eso, y no hay manera de
ahuyentarlas, ¿qué podemos pensar?
—Ippolito di Montorio —dijo el desconocido—; no os retraséis, no os resistáis,
no retrocedáis. ¿Debo pronunciar las palabras de poder, mostrar el sello de vuestro
pacto?
—Llamad a vuestros instrumentos y vuestros poderes —exclamó Montorio con
una carcajada—. Que me prendan con sus garras; sacudid esta casa hasta los
cimientos y sepultadme bajo sus ruinas; o llevadme si podéis. No seré una presa fácil.
El desconocido se levantó; Cyprian profirió un grito, los caballeros saltaron de
sus sillas murmurando, dispuestos a sacar la espada. El desconocido alzó el brazo.
—Hijos de este mundo, apartad —dijo con voz atronadora—; ningún interés os
incumbe aquí. Ippolito di Montorio, yo os reclamo; la campana ha sonado ya, y ha
pasado la hora. Ippolito di Montorio, venid conmigo.
Ippolito siguió callado e inmóvil. El desconocido, como antes, sacó un reloj: eran
las doce y cuarto.
—¿Sabes qué hora es? —dijo—. ¿Sabes qué hay que hacer en esta hora? Ippolito
di Montorio, ven.
Ippolito no se movió. El desconocido sacó la daga terrible; las manchas eran
numerosas y lívidas; la volvió a blandir hacia Montorio, cuyos ojos, fijos en ella,
parecían haber perdido toda racionalidad.

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—Por este instrumento espantoso, yo te conjuro; por aquel cuya sangre mancha
esta hoja, yo te conjuro; te conjuro por los que vieron derramarla, a quienes no
puedes defraudar ni eludir. Ippolito di Montorio, acompáñame…
—Falso… Eso es una falsedad —tronó Ippolito—. Él vive, la sangre corre aún
por sus venas, y ninguna daga la drenará jamás. ¿Por qué os quedáis todos junto a mí
con mortal turbación? Prendedlo, encerradlo. Si lo dejáis un instante más, sus
hechicerías os encadenarán a vuestras sillas; os llevará a todos por los aires a millas
de aquí. Quitadle esa daga… Tengo revelaciones que hacer.
Mientras hablaba, él y la compañía rodearon al desconocido; sacaron ahora las
espadas, y tendieron los brazos hacia él para detenerlo. Podo era confusión y tumulto;
Cyprian, que corrió a ellos, se metió en la barahúnda de voces: «¡Cogedlo!» «¿Dónde
está?» «¡Aquí!» «¡Ahí va!» «¡Ha desaparecido!»
Los invitados se miraron unos a otros con desconcierto. En el aposento había
únicamente dos puertas, pero no le habían visto salir por ninguna. Hubo unos
momentos de desconcierto; porque Montorio, exclamando: «El que se sienta con
fuerzas que me siga», abandonó el palacio a toda prisa. La compañía, en parte con esa
perplejidad que se deja llevar por la primera voz que oye, y en parte porque hacer
algo representaba un alivio, salió también asistida por los criados, a los que parecía
producirles un pavor ominoso quedarse detrás. Y de cuantos presenciaron esta
extrañísima escena, solo Cyprian se quedó en el aposento desierto.
Una vez todos en la calle, se dieron cuenta de la necesidad de tomar diferentes
direcciones. Entre ellos había un noble que había sido muy amigo del padre y del tío
de Ippolito, pero al que los años no habían enseñado a abstenerse de las diversiones
juveniles. La aparición del desconocido le había causado una honda impresión y
estaba muy nervioso: todo el tiempo había estado pendiente de su figura, de su voz,
de sus palabras; y ante la proposición de dividirse en distintas direcciones, escogió la
que ofrecía menos probabilidades de dar con él, y no consintió que nadie lo
acompañase. Pero con el tumulto de la embriaguez y del terror, nadie dio importancia
a este empeño, y dejaron que el noble caballero fuese solo.
Otros dos, que habían seguido la suya sin éxito y regresaban al punto de
encuentro, oyeron voces sofocadas y ruidos como de lucha detrás del campanario de
una iglesia que sobresalía. Se detuvieron, en esa pausa en la que los sentidos intentan
confirmar lo que perciben, y entonces oyeron claramente una exclamación terrible
que más tarde todavía resonaba en sus oídos:
—¡Dejadme, no sabéis quién soy!
—¡Pues por estos muros sagrados —dijo el noble que había preferido ir solo—
que lo sabré antes de soltaros! No os atreváis a enfrentaros a mí, sino dadme vuestro
nombre. Vuestra vida está a mi merced, si verdaderamente sois de este mundo.
Hubo un silencio, y a continuación un grito espantoso que brotó de los labios del
último que había hablado. Acudieron corriendo los dos que habían oído el lance, y
hallaron al noble solo, tendido en el pavimento, desmayado. No oyeron pasos ni

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vieron siquiera la sombra del que había estado con él. De todos modos, tenían que
auxiliar a su compañero en primer lugar, ya que al parecer estaba malherido.
Los que se habían dispersado en otras direcciones regresaron al oír los gritos, y
ayudaron a transportar al duque di—— al palacio. Todos esperaban, cuando se
recobrase, conocer de él, y de los que habían estado en el atrio, detalles sobre el
individuo que acababan de perseguir. Pero esta recuperación se presentaba larga y
difícil. Llegó la ayuda médica, y al herido le fue volviendo poco a poco la conciencia
y el habla. Aunque solo para aumentar el suspenso de los oyentes; porque de cuando
en cuando murmuraba: «Lo he visto; es él…» Pero la debilidad le impidió responder
a ninguna pregunta. Otra cosa atrajo entonces la frustrada atención e interés de los
presentes: descubrieron, por las ansiosas preguntas de Cyprian, que Ippolito no había
regresado con los demás, y no sabían qué dirección había tomado.
El duque fue llevado ahora, todavía parcialmente insensible, a su carruaje, y la
alegre compañía se disolvió atemorizada, impresionada e insatisfecha. Por la mañana
volvieron a asediar con renovadas preguntas al herido postrado en el lecho.
Continuaba casi inconsciente. Ninguna revelación le sacaron los amigos, ninguna
queja le sacó su médico, y ninguna confesión su director espiritual. Pasó unos días en
ese estado de delirio, y finalmente expiró pronunciando las mismas palabras.
Ippolito, a la mañana siguiente del festín, regresó nervioso, como siempre, pero
asombrosamente activo. Dedicó el día a visitar a sus camaradas, para rogarles
vehementemente que no dijesen nada sobre lo ocurrido la noche anterior. No les costó
complacerle, porque era poco lo que habrían podido contar, aparte de su propio
miedo e incertidumbre. E Ippolito volvió a sus vigilias sin interrupciones ni
injerencias. Pocos días después llegó un billete de Annibal, cuya primera parte hacía
referencia a cierta carta que había recibido de Ippolito.

Carta de Annibal

Entonces estás como yo: en tu carta describes a un ser como el que me


tiene dominado a mí. ¿Qué podemos pensar? ¿Quién es ese que nos guía, y
adónde? Me da miedo avanzar, y me da miedo detenerme; y tampoco sé si las
acciones correspondientes disiparán o suscitarán dudas, confirmarán mi
sospecha de impostura o que se trata de un poder que llega a todas partes y se
vale de las personas y situaciones más remotas para cumplir sus fines. Una y
otra alternativa me reafirman en mi intención de continuar las pesquisas, que
deberán conducirme finalmente al descubrimiento del engaño o la verdad.
Cómo exaltamos nuestros motivos. Si se analizaran los míos, quizá se vería
que la principal razón de mi heroísmo quimérico es la mera curiosidad; sin
embargo, he presenciado cosas que hacen que esta curiosidad sea casi un

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deber. Filippo, que se ha vuelto muy adicto a mí desde la muerte de su tío, me
asiste a menudo con una cara de lo más significativa, como invitándome a
preguntarle. Pero sería dejarme tomar el pelo por la vulgar superstición. No
tiene nada que contar que yo quiera saber. Es evidente que Michelo no le
reveló lo que a mí me ocultaba.

***

Las 11 de la noche
En el castillo hay un enorme revuelo: por lo visto ha llegado un mensajero
de Nápoles con una noticia extraordinaria, y se ha ido; nadie sabe qué es, ni
quién la envía. Pero han empezado a hacer preparativos a toda prisa, en
silencio. ¿Qué puede significar?
Acaba de estar aquí Filippo. «¿Sabéis las nuevas que han llegado de
Nápoles, signor?» «¿Qué es lo que sabes? Porque parece que has venido a
contármelo». «¿Yo, signor? Nada, signor; os aseguro que no sé nada de cierto.
Yo solamente acabo de oír que se espera una gran visita de Nápoles; que se
están haciendo grandes preparativos para recibirla, y que su llegada ha
sorprendido muchísimo a mi señor, vuestro padre. Y nadie recela cuál puede
ser el motivo de esa visita», añadió, mirándome astutamente con sus ojos
oscuros. «¿Y tú sabes quién es esa visita, Filippo?» «Ahí, signor, no osaría
aventurar ninguna opinión; aunque dicen —bajando la voz, a pesar de que
estábamos solos—, aunque dicen que se trata del duque di Pallerini, privado
de Su Majestad. No es su ministro oficial, sino más bien un agente de
confianza, por así decir, al que siempre se le encomiendan servicios
importantes y secretos; ya me entendéis, signor».
La gravedad con que le escuchaba le hizo callar. ¿Debo creer a este
hombre, o no? Percibo en él una sagaz diligencia que me gusta. ¿Tendrá esta
visita alguna relación con el objeto de mis indagaciones? Lleno de perplejidad
y de temor como estoy, me agarro a cualquier cosa en busca de alivio; y todo
me decepciona y me defrauda…

Mediodía
Efectivamente, acaba de llegar el duque. ¿Has oído algo, ahí en Nápoles,
sobre el objeto de su visita? Si se trata de un asunto importante y reservado,
reconozco, con solo haberlo visto un momento, que es el hombre perfecto
para eso. Al principio solo observas en él una suavidad de cortesano; pero si
te fijas, descubres que es únicamente un velo que oculta otras cualidades. Su
conversación se limita a cosas calculadamente indiferentes, de las que el
encanto de sus modales hace olvidar su intrascendencia. Sus mismas palabras

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parecen pesadas en la balanza del decoro diplomático, aunque notas que sus
movimientos más triviales obedecen a un propósito. Me hace el efecto de un
asesino cerebral que acecha agazapado detrás de lo que dice, dispuesto a saltar
sobre su presa. Pero a menudo sacamos conclusiones no de lo que vemos,
sino de lo que estamos decididos a ver. Su presencia ha infundido algo así
como vida a esta lúgubre casa. Nuestro padre, nuestra madre, parecen
alegrarse de la visita. El resto de la familia, yo incluido, la acogemos como un
paréntesis en esta monotonía gris.

***

Filippo acaba de estar aquí otra vez; traía pintado en la cara un secreto que
no podía contener mucho tiempo. «¿Recuerda el signor —ha dicho— que hay
aposentos en el castillo que al parecer no ha pisado nadie desde hace muchos
años, de los que tenía las llaves mi tío?» «He oído hablar de ellos, sí». «Pues
yo he oído decir, signor, que desde la muerte de mi señor, vuestro tío, ni se
han visitado, ni se han abierto, ni se ha acercado nadie por allí». «Eso —dije
casi instintivamente— sé que no es verdad». «Yo también», replicó Filippo
vivamente. «¿Tú?», dije con asombro. «Y si mi signor se digna escucharme
—añadió—, oirá algo más extraño aún. Nuestros aposentos, signor, están
situados cerca de esa torre; el mío está justo debajo de un corredor que dicen
que comunica, por una escalera, con esos aposentos; y a menudo, cuando
estoy acostado escuchando el viento que gime al colarse por dicho corredor,
me parece oír otros ruidos mezclados con él. Desde no hace mucho, esos
ruidos han aumentado, y a veces me parece oír pasos; pasos que entran en mi
cuarto y se pasean alrededor de mi cama; tan claros y distintos son. Pero el
peligro que corrí al comentar la aventura de la antigua capilla me ha enseñado
a callar y aguantarme el miedo.
»Sin embargo anoche, signor, vuestro padre nos dio orden de agasajar a
los criados del duque, y convidarlos con abundante vino; así que no
escatimamos siquiera el lacrimæ Christi. Son unos bribones redomados, y
muy astutos. Cuanto más vino trasegaban, más callados se volvían. Al final
fingieron amodorrarse; algunos se durmieron de verdad; y entonces
descubrimos que llevaban enormes estiletes debajo de la capa. ¡Es muy raro
que un noble vaya a visitar a otro con criados armados!» «¿Eso es todo lo que
querías contarme, Filippo?» «Excusadme, signor. Como iba diciendo, nos
separamos tarde; y nada más meterme en la cama oí como si abriesen la
puerta del corredor; presté atención; era un ruido que no había oído nunca;
porque aunque en ese corredor suenan pisadas a veces, parece que procedían
del muro. Jamás había oído ninguna cerradura ni puerta, hasta anoche. La
abrieron como con cautela, y luego sonaron muchos pasos encima de mí. Me

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incorporé, y miré al techo instintivamente. Es un techo viejo, en mal estado,
con grietas; y por ellas pude ver que pasaba una luz, que se perdió después de
dejar atrás la distancia de mi cuarto. No sé, signor, si fue que el vino me dio
valor; pero me levanté, salí sigilosamente, y me dirigí a donde unos pocos
escalones conducían a una puerta de ese corredor; los subí: la puerta estaba
abierta; y al mirar desde allí, vi claramente varias figuras; entre ellas, una que,
por los hábitos, sin duda era un monje. Seguí escondido hasta que se fueron.
Entonces oí que abrían otras puertas. Y durante el resto de la noche estuve
oyendo ruidos que me llegaban de esa dirección; ruidos que habría
confundido con el viento si no hubiera visto lo que vi. Pero ahora, signor,
viene lo más extraño de todo: pensando en lo ocurrido por la noche, esta
mañana, cuando no había criados a la vista, me he atrevido a ir a ver esa
puerta. Todavía estaba abierta. Dos veces he estado allí, y sigue abierta. Mejor
dicho, signor: cerrada, pero sin pasar el cerrojo. Así que, si mi signor siente la
curiosidad puede visitar esos aposentos…» Yo estaba sorprendido de lo que
contaba. «Has dicho —dije, ocultando que ya lo sabía—, has dicho que tu tío
tenía las llaves de esos aposentos; ¿quién las guarda ahora?» «Eso, signor, no
lo sabe nadie. Más aún, nadie llegó nunca a saber de cierto que las tuviera el
viejo Michelo. Él no lo dijo nunca. Los criados solamente lo sospechaban, y
le preguntaban por ellas para hacerlo rabiar».
Medité unos momentos. Eran muchos los detalles, incidentes y personas
que intervenían inconsciente pero ordenadamente en el mismo asunto; todos
dispares en cuanto a los medios, pero todos coincidentes en el fin; todos
procediendo de una manera involuntaria pero uniforme que sugería la idea de
un designio superior. Su progreso no lo detenía ningún estorbo, ni lo
disuadida ningún temor, ni al parecer acababa con la muerte de su motor
principal. Todas estas cosas me traían la convicción de que caminaba
fatalmente en la dirección que señalaban sin poderme resistir, y de que aunque
lo hiciera, mis esfuerzos serían vanos. Así que capitulé en silencio. Con
temor; no con abatimiento. Me resignaba, pero sin desanimarme. «Sí —dije,
con una gravedad que pareció sorprender a mi criado—. Sí; vamos a visitar
esos aposentos. Esta noche, los criados, cansados del trabajo y embotados
seguramente por el vino, dormirán como troncos. En cuanto el duque se retire
a dormir, vienes aquí, y haremos esa visita». Filippo asintió con tal animación
que centellearon sus ojos oscuros.
Ippolito: otra vez me dirijo a esa torre. Mil veces decepcionado por la falta
de resultados claros y las increíbles dificultades, voy esta noche convencido
de que no será una visita infructuosa.
Adiós.

***

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Fue y, asombrosa e inexplicablemente, los habitantes del castillo no
volvieron a verlo nunca más.

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CAPÍTULO XIV
Que ambos mundos se disloquen
antes que comer con temor, y dormir
atormentados por esos sueños terribles
que de noche nos estremecen.
Macbeth

El motivo de la visita a la que se refiere la carta de Annibal queda explicado en la


que sigue, que precedió en un día a la llegada de quien la escribía, e iba dirigida

Al Conde di Montorio

Su Majestad, el Rey de Nápoles, siempre atento a los intereses de sus


súbditos, y especialmente celoso del honor de las esferas superiores, ha
recibido cierta información que le mueve a ordenar la investigación de
determinados sucesos que, según parece, han acaecido en la ilustre casa de
Montorio. Convencido de que sus miembros expondrán sobradas razones que
los exculpen por entero de la responsabilidad que se les imputa, y de que no
verán con resentimiento, sino con gratitud, la oportunidad que Su Majestad
soberana les brinda para tal propósito.
El duque de Pallerini, a quien Su Majestad se ha dignado encomendar tan
delicado e importante asunto, suplica licencia para llamar la atención del
conde de Montorio sobre este nuevo ejemplo de la real benevolencia, y
hacerle saber que la encuesta será reservada, sin las formalidades de un
tribunal, ni la concurrencia de testigos y documentos públicos. El duque de
Pallerini anuncia, pues, el placer de una visita al castillo del conde, de donde
está seguro de volver con pruebas más que suficientes del absurdo de las
imputaciones que se le ha encomendado esclarecer.

Esta carta, verdadera elaboración de un político italiano, que en el primer párrafo


disfrazaba lo odioso de su oficio haciendo al rey su impulsor, ocultaba el carácter
débil y espurio de la misión fingiendo desaprobar la publicidad ofensiva que suponía
la constitución de un tribunal, e impedía la posibilidad de una preparación al ocultar
el objeto, al tiempo que desarmaba la ansiedad que este suscitaba afectando tratarlo
con ligereza. Fue llevada por un correo que la entregó en mano al conde. Este estuvo
una hora meditando después de leerla, y a continuación mandó llamar a la condesa.
Entró la condesa, salieron los sirvientes, y el conde cerró con llave la puerta de la
antecámara. Al regresar señaló la carta que estaba sobre la mesa. Y cubriéndose la
cara, se dejó caer en su silla.

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La condesa la leyó sin decir palabra, ni se le alterase el semblante; luego, con un
gesto que la cautela había hecho habitual, la rompió y la arrojó al fuego. El conde
alzó los ojos lentamente y se quedó mirándola. Era una mirada firme que podía
sostenerse sin rechazo; la de ella, en cambio, escrutaba y se clavaba más cargada de
oscuro significado del que dejaba traslucir.
—Se avecina una tormenta —murmuró el conde.
—Pues que estalle —replicó la condesa—. ¿Qué tenemos que temer, o precaver?
—¿Qué tenemos que temer? —repitió el conde—. ¿Lo decís con desesperación o
con desafío? ¿Qué tenemos que temer? Los que se ven forzados a fiar en agentes
humanos, o a utilizarlos, siempre tienen motivo para temer. La impotencia del poder
humano nos confunde y exaspera. El brazo es incapaz de ejecutar siquiera su propia
función. El espíritu debe descender de esas ideas intrépidas y osadas que lo expanden
casi con una sensación de omnipotencia, al prosaísmo de los medios y los agentes;
debe recurrir a desdichados a los que teme y odia; a desdichados que andan siempre
sopesando el precio de la sangre con una mano, y el de la traición con la otra. Confiad
el secreto de vuestra culpa a un ser humano, solo a uno; susurradlo a un solo oído, por
remoto, por seguro, por inatacable que os parezca, y… temblaréis como tiemblo yo
ahora.
—¿Y por qué tembláis? ¿No nos hemos asegurado con juramentos y sobornos y
miedos y peligros recíprocos el silencio de cuantos conocen nuestra acción o
participaron en ella? ¿No hemos cerrado todas las bocas y atado todas las manos?
Más aún, ¿no tenemos de algunos absoluta, terrible, definitiva garantía de su silencio
y su discreción?
—¡Chist, chist, chist! —dijo el conde agitando una mano con impaciencia,
mientras con la otra seguía tapándose la cara—. ¡Siempre… siempre las palabras!…
Sean las voces que sean, las oigo mezcladas con lo que ellos dicen; sean cuales sean
los objetos que miro, las encuentro escritas en ellos; y vos misma me hostigáis con
ellas. ¿No podéis hablar sin referiros a ese asunto? O si lo tocáis, ¿por qué tenéis que
hacerlo tan declaradamente? ¿No podéis hablar como quien lo ignora; o si lo sabe,
como el que desconoce los detalles? No necesito ningún recordatorio… ninguno.
—¿Qué significa ese apocamiento inconsecuente, que no se espanta de la acción,
pero sí de nombrarla? Cuando aún era tiempo de evitar el daño, podíais habéroslo
permitido; ahora que ya no podéis, debéis cambiarlo por esas perspectivas de
provecho que os movieron a cometerla. Invirtiendo absurdamente el orden del deseo
y el remordimiento, perdemos la paz de la inocencia y el goce de la culpa. Si el
remordimiento puede evitar la culpa, que la preceda; pero si la culpa promete el goce,
hagamos que el goce vaya después. ¡No, Montorio, nosotros no podemos permitirnos
esa inconsecuencia! Extrañas acciones nos han familiarizado con un lenguaje extraño.
Debemos deliberar en los fríos y duros términos de la necesidad.
—Entonces, si debemos… si debemos hablar como asesinos nocturnos en su
cueva sanguinaria, si ha de ser así, sentaos junto a mí, cerca, y callada; y estudiemos

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de qué lado nos viene el peligro, y cómo averiguar adónde apunta, y con qué fuerza.
—Solo hay un lado del que puede venirnos peligro. La mujer no hablará; no
hablará porque tiene parte en la culpa; pero Ascanio, ¡ah, Ascanio!; con ese trabajo
inacabado, del que no tenemos noticia ni confirmación, me llena de extrañas
aprensiones, y tiñe mis pensamientos y mis sueños desde que abandonamos Apulia.
—Ojalá fuera eso lo único que me atormentara a mí —murmuró el conde para sus
adentros.
—Esa historia tenebrosa, nunca contada del todo, esas patrañas de los lugareños
apulianos, he pensado a menudo que podrían ser un rastro de Ascanio, en tal caso, el
monje de la montaña… la confesión, las cartas de velada amenaza que recibisteis del
prior del monasterio…
—Que ahora es prior de san Nicolo, de Nápoles —interrumpió el conde.
—¿Es verdad eso, Montorio?
—Desde luego; pero ¿por qué tembláis?
—De ese convento mandaron un confesor al viejo Michelo para que le asistiera
en su agonía.
—¡Cierto, cierto! —dijo el conde, dándose una palmada en la frente—. ¡Ah, qué
caos tengo aquí! Se me cruzan unos pensamientos con otros, entrechocan los detalles,
y nada me aparece seguro ni recto. No tengo ningún motivo de temor, salvo la
conciencia de la culpa. Esos incidentes han podido acontecer en el curso normal de
las cosas: que se le hubiese ido la cabeza a ese hombre en sus últimos momentos, que
le asistiera un monje en su lecho de muerte, que el prior de un convento haya sido
trasladado… sin que nada de eso suponga amenaza ni peligro para mí. Pero hay una
coherencia, un encadenamiento de circunstancias, una especie de orden y
articulación; como si una mano sigilosa, lenta, invisible estuviera dedicada a
desenredar y poner al descubierto el tren entero. ¿O es maldición de la culpa creer
que todas las causas y agentes comunes de la naturaleza son elementos de delación,
ver la tempestad en un radiante mediodía? Lo es, lo es. El gusano que hay dentro de
mí nunca muere, y convierte cada pensamiento y objeto en su morboso alimento.
—Montorio, ¿he venido aquí para oír vuestras lamentaciones? Si hay peligro, el
tiempo apremia y debemos prepararnos. ¡Chist, atención! ¿Qué ruido es ese? ¿Habéis
cerrado la puerta de la antecámara?
—Sí. Chist: otra vez. Estamos perdidos; alguien ha estado escuchando.
—¿Os dais por perdido? ¿Acaso no tenéis una daga? Posiblemente solo es uno, y
no os será difícil despacharlo.
Se habían levantado; corrieron a la puerta.
—¡Cómo! ¿Más sangre? —dijo Montorio, medio retrocediendo—. ¿Debe correr
más sangre?
La condesa replicó con una mirada y el gesto de ir a quitarle la daga. Pero el ruido
lo había producido el descorrer de cerrojos de otra puerta: la que comunicaba con el
aposento del confesor, el cual, abriéndola, entró repentinamente. Montorio regresó

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tambaleante a su silla, en tanto su esposa, con gesto involuntario de temor, alzó la luz
para alumbrar el rostro del visitante y cerciorarse de que era efectivamente él.
El monje habló en tono apresurado, pero sin la ansiedad del que ha descubierto
algo:
—Os conozco bien; conozco el secreto de vuestra tribulación; conozco vuestro
propósito.
—¿A quién, y qué conocéis, y a qué viene esta intromisión? —dijo la condesa,
interponiéndose con hábil ligereza entre el conde y el confesor para ocultar el rostro
súbitamente pálido del primero, al que lanzó una mirada de furia contenida y le
murmuró entre dientes—: ¡Qué vergüenza, qué vergüenza!
—Es inútil —dijo el conde con una expresión de angustia y horror—; es inútil. Lo
sabe todo.
—Lo sé todo —repitió el monje.
—Repite vuestras palabras. ¿Sois su apuntador? O, si lo sabe todo, ¿no tenéis a
mano el remedio? —le señaló la daga; luego, volviéndose osadamente hacia el monje
para ocultar los movimientos del conde, le preguntó otra vez qué sabía y por qué
estaba allí.
El monje soltó una carcajada. A Montorio y a la condesa se les heló la sangre;
casi desearon que les hubiese revelado su descubrimiento.
—Señora —dijo—, no me presionéis. Conozco la acción, el momento, el lugar y
el significado. Y puedo repetir la señal del secreto. He leído su marca en la frente.
¿Os acordáis de Ascanio, vuestro miserable agente? ¿Os acordáis del monje de la
montaña… de la confesión… de las cartas del prior… de cómo temblabais ante sus
veladas insinuaciones?
—¿Quién, quién es este? —dijo la condesa aterrada.
—¿Debo continuar, o he sacudido ya vuestra alma? ¿Os acordáis de Orazio y
Erminia, traicionados, acorralados, asesinados?
—¡Callad, callad! ¡Oh!, ¿quién sois?
—¿Os acordáis —dijo el monje con una voz que les paralizó—, os acordáis de
aquella noche, de aquella noche terrible en que estallaban los truenos, y la tierra se
abrió para infundiros temor en vano? ¿Os acordáis de la torre norte, de la escalera
angosta, de la lobreguez de aquel atardecer? ¿Cómo se debatía vuestra víctima?
¿Cómo os maldijo al morir? ¿Su grito de agonía? Seis estocadas le disteis con la
daga… Yo las siento todas. Con la séptima, la sangre saltó hasta la empuñadura.
Oísteis sus estertores… visteis cómo se retorcía… Observasteis sus convulsiones…
¡Ja, ja, ja! Vamos, tranquilizad a vuestro esposo: está blanco y parece que se va a
desmayar.
Soltó el brazo de la condesa, que le sujetaba con fuerza. Se apartó ella
tambaleante, y se derrumbó sin sentido. El conde estaba petrificado, con la daga
medio sacada.
—Atended a la dama —exclamó el monje—. No he venido a infundiros terror,

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sino a salvaros. Estáis en peligro; sé de dónde viene, sé su naturaleza… incluso su
intensidad. Pero no temáis; no podrán hacer nada sin mí; estáis a salvo de todo poder
humano, y de toda humana venganza. Soy vuestro escudo oscuro e invisible.
Mostraos osado, decidido ante ellos. Montorio, hombre triste y asustado: mostraos
osado y decidido.
Desapareció por la puerta secreta. El conde levantó a su esposa. La condesa se
recobró. Murmuró:
—¿Estamos…?
—Solos —dijo el conde.
—¿No habéis pedido ayuda? ¿Nadie nos ha visto?
—¡Nadie!
—Bien, bien —jadeó la condesa— ¡Antes morir que ser descubiertos!
Se levantó, apoyándose sin fuerzas en Montorio, y con la energía de su espíritu
luchando contra su debilidad corporal. Apenas podía tenerse en pie. Pero su mirada y
su voz eran firmes.
—¿Qué voz terrible es la que me ha hablado?
—No era una voz terrible. Ha dicho que tengamos valor y ánimo. Sí. Y desde que
ha hablado, siento dentro de mí un valor y unas fuerzas singulares.
—¿Estáis loco, Montorio? Sabe nuestro secreto… Id tras él; va desarmado, y aún
debe de andar por el corredor.
—¡Mujer! ¡Mujer! —exclamó Montorio frunciendo el ceño—; débil y osada a la
vez. Hace un momento os habéis desmayado al oír nombrar la sangre; y ahora me
instáis a derramarla. No lo perseguiré. Aunque estuviese aquí, mi espada no lo
tocaría. Zenobia: ese hombre es el mismísimo agente de nuestro destino. Desde el
instante en que vi sus ojos negros y oí su voz profunda, sentí que mi espíritu y mi
genio se sometían a él. En nuestra primera entrevista comprendí que poseía el secreto
que me agobia el alma; y que lo poseía no con la vulgar satisfacción de un espíritu
entrometido, sino con la profunda conciencia y compasión que no piensa en el
crimen, sino en el criminal. Ha rezado con fervorosa agonía conmigo y por mí,
noches enteras, hasta asomar en su frente pálida gotas gruesas como las de la muerte.
Pero nunca, hasta ahora, había insinuado hasta dónde llega lo que sabe. Cuando hablo
con él, parece perfectamente enterado de cosas ocurridas hace mucho, por muy
secretas y muy insignificantes que sean; donde yo he estado, parece haber estado él
también, haber visto lo que yo he visto, y saber lo que yo sé. Su presencia y su voz
obran sobre mí como un hechizo; mi espíritu, cansado de sufrir, se hunde en esa
languidez que precede al desenlace, o se inclina ante su árbitro con consciente
sumisión y me dice que descanse en él. Incluso ahora, al irse, me ordena que sea
fuerte y decidido. No temeré: descansaré en él.
—Montorio, tomáis el asombro de vuestro espíritu atormentado por la confianza
del que conserva el dominio sobre sí. Este es el monje de la montaña que vuestra
superstición quisiera transformar en ministro de vuestro destino; posee el secreto de

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la confesión; y quizá solo aguarda la llegada de Pallerini, mañana, para revelársela.
¿Y consentís, consentís ver a la serpiente deslizándose dentro de vuestros muros, y
afilando el aguijón que os va a clavar, sin hacer nada por aplastarla?
—Ahora es imposible alcanzarlo —dijo Montorio.
—¿Imposible?
—Sí. Cuando vino a vivir aquí, me dijo que no se le llamase nunca de noche;
porque, dijo, en esas horas debe cumplir una tarea que no admite aplazamiento ni
suspensión.
—Una excusa para tener ocasión de espiar.
—No; a menudo, en mis ejercicios nocturnos, lo he mandado llamar; pero nunca
lo han encontrado. Las puertas del castillo se cierran al anochecer; pero él las cruza
sin obstáculo ni ruido; conoce sus accesos secretos mejor que nosotros. Lo he visto
salir de los muros donde no hay ninguna puerta; lo he visto en los corredores de… de
la torre. Pero no hay medio de encontrarlo por las noches.
—Vuestra explicación casi me tienta a compartir vuestra confianza en él. Porque
si no, lo único que nos queda es la fortaleza involuntaria de la desdicha, que convierte
sus instrumentos de sufrimiento en instrumentos de consuelo. Al menos, me contento
con esperar a mañana; porque, ¿qué podemos hacer ni saber hasta entonces?
—¿Decís algo, Zenobia?
—No; estaba envainando la daga que habéis dejado caer.
—Me ha parecido oíros murmurar la palabra «mañana»; pero suelo equivocarme
muchas veces. Buenas noches, Zenobia. Decid a los criados que entren, y mandad
hacer los preparativos para que todo resulte lo más alegre mañana.
La condesa se levantó para irse; pero al pasar por delante del conde, este le agarró
un brazo; alzó los ojos. Temblaron los párpados de los dos. El conde tenía los dientes
apretados; irguió el cuerpo en un tenso movimiento. La retenía con fuerza; aunque sin
decir nada.
—¿Qué es esto, Montorio? Hablad; ¿qué veis, Montorio, qué sentís? Decid
algo… ¿debo pedir ayuda?
—No os mováis; no habléis —siseó él a través de los dientes cerrados.
—¿Qué, a qué viene esto?
—Allí… allí… allí —suspiró despacio, mientras la tensión que le dominaba
empezaba a relajarse; volvieron a moverse sus ojos, y sus músculos recobraron el
tono y el sentido.
Se recostó en la silla, con el brazo de ella todavía sujeto, y casi arrastrándola con
él.
—Escuchad; no debéis dejarme esta noche.
—¿Que no os deje?
—No; me ha venido el anuncio. Conozco ese lenguaje mortal que me dice lo que
va a ocurrir esta noche.
—¿Lo que va a ocurrir esta noche?

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—Sí. Siempre, cuando me viene, la vista se me vuelve borrosa, me silban los
oídos, la piel se me eriza, y me tiembla la carne. Entonces sé que me levantaré, que
pasearé dormido. Por eso debéis quedaros a mi lado, Zenobia. Por la manera de
mirarme los que velan junto a mí, sé que hablo en esas visitas nocturnas. Debéis
quedaros a mi lado, Zenobia. Nadie más que una asesina debe oír los delirios del
asesino.
—Sí, velaré con vos. Esa es la recompensa de nuestra osadía. Pero ¿cómo sabéis
que os llegará eso esta noche?
—Siempre que la mención de ese asunto me trastorna el espíritu, sé que me
visitará. Tengo también una breve convulsión que la precede. Me habéis visto
excitado a causa de ese acceso; pero ahora… Preparaos para la noche, mi buena
esposa. ¡Para qué noche debo de prepararme yo!

***

—¿Qué hora es? —dijo el conde alzando los ojos pesados hacia su esposa.
—Son casi las doce.
—Entonces falta muy poco; siento que me llega ya el primer aviso, una pesadez
más grande que el sueño; aunque no es como el embotamiento del sueño.
—¿No hay medio de impedirlo o atenuarlo, no podéis orientar los pensamientos
en otra dirección?
—¿Podéis vos? —replicó Montorio, fijando la mirada en ella.
—¿No es posible, al menos, rechazar el sueño, y rechazar así ese terrible
compañero?
—No, no —murmuró él con la premiosidad de un sopor no deseado—; he
intentado mil veces mil procedimientos, pero jamás he podido resistir el plomo de ese
sopor antinatural. ¡Ah, os burlaríais, Zenobia, si os contara a qué cosas infantiles y
absurdas he recurrido para evitar esas visitas nocturnas! He dedicado el día al
cansancio y la noche a la disipación; pero cada vez que llegaba, aunque el sueño que
me vencía era profundo como la muerte, me levantaba casi en el instante en que mi
cabeza tocaba la almohada. Me he puesto a velar junto a la ventana contemplando la
luna y las nubes, sus cambios y sus formas. He concentrado mis pensamientos en un
único punto y objeto, y cuando se me escapaba de la conciencia, he tratado de
retenerlo. He contado las chispas de las ascuas y las figuras de los tapices, para
obligar la atención y mantenerme así despierto. Pero cada vez que llega la
medianoche, el sueño se apodera de mí con toda la horrible conciencia de que no es el
sueño normal, de que no me trae el descanso, sino un infierno hirviente que me estaba
aguardando. He mandado a mis criados que me lean, variando el tono y el asunto, con
la orden, si veían que me adormilaba, de sacudirme hasta despabilarme. Pero todo es
inútil; en cuanto he vuelto a la conciencia, los he sorprendido a todos dormidos con el
libro entre las manos; y al reprenderles su negligencia han caído de rodillas,

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declarando que no habían podido despertarme, ni evitar caer ellos bajo la misma
influencia.
—Válgame Dios; ¿y desde el instante en que se os cierran los ojos?
—Los ojos no se me cierran nunca; esas noches —dijo Montorio, con el
semblante dolorosamente pálido— los tengo abiertos todo el tiempo que duran los
vagabundeos.
—Va a ser para mí una visión espantosa veros así.
—Sí, pero tenemos que sobrellevarlo; tenemos que aprender a conciliarnos con
nuestro destino, y con toda su terrible circunstancia y ocasión. Pero escuchad: por
horrible que sea la visión, no cerréis los ojos; no los cerréis un solo instante. Si lo
hacéis, el sueño os vencerá; y los bribones que tengo ahí fuera podrán oírme, o entrar
furtivamente. No; aunque agotada y asustada, la esposa del homicida no debe dormir.
—No temáis; ni me dormiré ni me asustaré.
—Por desesperados que sean mis forcejeos, mis tormentos, mis convulsiones;
aunque veáis que se me erizan los cabellos, que mana sangre de mi nariz, que me
empapa el sudor de una espantosa agonía, no me despertéis, Zenobia. Dejad que la
visión vaya perdiendo fuerza; porque si despertase en medio de ese paroxismo
perdería la razón de manera irrecuperable. ¡Ah, Zenobia, veo, con esta luz, que
vuestros ojos empiezan a vagar, y vuestra voz suena apagada; despertad, despertad!
No os durmáis, Zenobia. Decidme la hora, y cuánto tiempo llevamos deliberando.
—Tenéis el reloj junto a vos.
—Sí, pero quiero que os mováis, y oír que me responde vuestra voz; decidme la
hora, mi buena esposa.
—Son las doce y cuarto.
—¡Un cuarto de hora, un cuarto de hora nada más! Yo creía que habría pasado lo
menos una hora. Cuando, mediante un gran esfuerzo, he podido resistir su influjo una
hora, ¡con qué placer he oído dar la una, y he pensado que se había acercado todo eso
la mañana, que se había alejado todo eso la terrible noche! Pero incluso esa mísera
tregua se me niega esta noche. Siento que un sueño mortal me llega deprisa;
habladme, habladme, Zenobia; dejad que sienta vuestra mano, que note que os
movéis. No, no; todo se paraliza, se entumece, se adormila.
—Procurad levantaros, y pasear arriba y abajo por vuestro aposento; yo os
sostendré.
—Es inútil, es inútil —murmuró el conde—; me dormiría sobre el movimiento de
una ola.
—Al menos, retiraos a la cama antes que se apodere de vos; quizá podáis
descansar un poco.
—No, no; seguiré sentado en esta silla. Aunque dormido, siento el horrible
esfuerzo de levantarme de la cama.
La última frase le salió casi inarticulada: se estremeció; gimió; cayó hacia atrás;
se le cerraron los ojos un instante, pero los volvió a abrir, y se quedó mirando.

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Inmóvil, muerto, las manos le temblaban débilmente; y su respiración, pesada, sonaba
como un estertor. La condesa, asustada, agarró instintivamente el crucifijo que
llevaba colgado sobre el pecho; pero lo soltó en seguida. Una expresión terrible cruzó
por su semblante;
—¿Qué tengo yo que ver contigo? —medio murmuró, medio pensó; a
continuación cogió un libro que había sobre la mesa y se puso a leer con la atención
concentrada y vehemente, sin permitir que su mirada se desviase de la página. Los
gemidos de Montorio la molestaban; se puso a leer en voz alta, en un intento de
sofocarlos. Pero se iban volviendo cada vez más fuertes y terribles; finalmente dejó
de entender lo que leía, y el libro se le cayó de las manos.
A los gemidos siguieron otros sonidos inarticulados; y de repente empezó a hablar
con una voz tan clara, aunque tan poco humana, que la condesa pensó que seguían
siendo gemidos.
—Zenobia, Zenobia —dijo en tono bajo y rápido—; ¿adónde os habéis ido? ¿Qué
es ese resplandor melancólico por el que os sigo? ¿Es efecto de las ascuas? ¿No?
Entonces debe de estar cerca. Descorreré las cortinas de esta cama. ¿Sois vos,
Zenobia? ¡Que un rayo me fulmine, es Erminia! ¡Dejadme, dejadme huir!; no, no, no.
Su mirada me paraliza, su contacto me hiela. ¿Debo quedarme aquí, eternamente de
pie, clavado, congelado, tocándonos, mirándonos a la cara? No puedo mover los pies
ni desviar los ojos; ni siquiera imaginarme lejos de aquí. ¡Ah, su frío sudario me
envuelve como un manto de nieve; sus brazos muertos me rodean; el frío dardo de
sus ojos me oscurece el cerebro! ¡Socorro, ayudadme, Zenobia! ¡Me hundo, me
hundo con ella! ¡Océanos de niebla y nieve! ¡Tormentas de lluvia y cellisca! ¡Ah,
frío, y frío, y frío!
Le castañeteaban los dientes de manera espantosa, y la silla trepidaba con el
temblor de sus piernas.
—¿Adónde, adónde vais ahora? —murmuró—. Ya sé, conozco vuestra morada;
¡sé de dónde sale esa luz antinatural! No me llevaréis a esa torre; está en el castillo, lo
sé; y no en esa bahía brumosa. Me esconderé en esta sima, y lo impediré. ¡Ah! Aquí
es; me muevo sin mover los pies, y sin cambiar de sitio. ¡Es cosa de brujería! Rezaré
y me santiguaré, y ningún mal tendrá poder sobre mí. Padre Schemoli, santiguadme
en el pecho izquierdo; aquí, cerca del corazón; porque dicen que lo tengo turbado e
impuro; me santiguaría yo mismo, pero mis manos están manchadas de sangre. ¡Ah!,
¿qué mano ha escrito en mi pecho: Orazio, Erminia, Verdoni, con letras de azufre
ardiendo? Pido que sea la señal de la cruz. ¡Favor, aquí! ¡Agua! ¡Lavad este acero!
¡Borradlo! ¡Rompedlo! ¡Me penetra la carne! ¡Se bebe mi sangre! ¡Ahora me rodean
todos! ¡Salvadme, salvadme! ¡Soy su ardiente alimento! ¡Ah, sus tenazas al rojo! ¡Me
abrasan! ¡Ah, arrancadme el corazón de una vez! Mirad cómo se lo reparten. Se
desparrama, y arde; ¡y las llamas suben y suben! Prenden en mis cabellos, mis ojos se
derriten; ardo azul, y verde, y rojo… ¡Soy un infierno! ¡Fuego, fuego, fuego!
Su rugido fue estruendoso y horrendo, saltó de la silla con los brazos extendidos,

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haciendo gestos como el que lucha con las llamas. Un alarido brotó de la garganta de
la condesa, pero al punto lo reprimió con convulsiva firmeza. A esta explosión siguió
un silencio mortal; y en ese intervalo la condesa oyó la respiración profunda y pesada
de los pajes dormidos en la antecámara. Comprendió que su letargo era anormal. Pero
la seguridad que eso representaba compensaba el miedo a que hubiesen sido testigos,
y escuchó con alivio.
El conde se levantó, y se dirigió a la puerta despacio pero con paso firme; allí
pareció encontrar a alguien, a quien dijo en tono bajo y tranquilizador:
—Es cierto, mi señor, es cierto; seréis satisfecho. Tenéis motivo. Aguardad a que
me traigan las llaves de la torre norte. ¡Bellacos asquerosos!, ¿por qué las traéis
manchadas de sangre y llenas de gusanos? Lleváoslas de aquí, y… ¡Ah, las puertas se
abren solas! Buen augurio, mi señor. Vos primero, os lo ruego. No; lo haría, pero
estos pisos viejos gimen bajo el peso de un hombre; y si entro yo primero podríais
pensar que gimen porque soy yo quien los pisa.
Dio una vuelta por la habitación, tocando y señalando diversos objetos; la
condesa se retiraba de los sitios a los que se acercaba.
—Mirad, mi señor, mirad: todo está a salvo. Morirán personas, y habrá que
enterrarlas… Y habrá vapores mortales; y niebla. Niebla, mi señor; pero eso son
cosas que se disipan; ¿y quién pensará en ellas, entonces? ¡Ah, golpead con furia el
muro, malvados! ¡Malvados! ¿Quién ha abierto un boquete en esa pared? ¿Quién
señala escalera abajo? No bajéis ahí, Pallerini. No hay nada; nada. Solo un esqueleto
desarticulado, unos cuantos huesos secos y revueltos, una visión lamentable de
nuestra mortal condición. Nada puede decir. ¿Quién ha oído hablar a los muertos? No
le pidáis tampoco que escriba; no tiene medios. Mirad; lo tocaré: es una visión
espantosa, pero inofensiva. Sin embargo, si fuese yo el asesino, manaría sangre por
los agujeros de la calavera. ¡Ah!, ¿qué es eso? ¿Quién ha levantado su brazo
descarnado y tableteante para darme con él en la boca? ¡Otra vez! ¡Y otra! Salgamos,
vámonos. Donde los muertos se mueven, no es lugar para nosotros. Pero ya lo habéis
visto; no ha dicho que haya sido yo —calló, hizo con el brazo un gesto lento,
autoritario—: Disponed el festín, el vino, la música; pero mirad que no haya cuchillos
como dagas en la mesa; y no consintáis que los criados pongan esa cara de
facinerosos. ¡Ea, vamos; haya alegría! —se dejó caer en su silla y abrió los brazos—.
Dadme vino. ¡Eh! ¿Quién es ese? ¡Ascanio! Vete de aquí, con tu cara hosca y de
pocos amigos. Hace tiempo que quería verte, Ascanio; pero no es este el momento ni
el lugar. Así que vete. ¿Por qué te quedas ahí, mirándome con esa sonrisa? Te repito
que no es el momento. ¡Noble Pallerini, a vuestra salud! —contrajo la boca—. ¡Ah,
qué pócima! ¿Qué es? ¡Sangre de Erminia! ¡Bellacos!, ¿por qué me servís esto? ¿Y
qué habéis puesto ante mí? ¡Una daga ensangrentada! ¿Por qué me miráis
horrorizados? ¿Por qué reís vos, Pallerini? Eh, traed una vela. ¡Luces! Son Orazio,
Erminia y Verdoni… ¡Fuera!; se acabó la fiesta: hay muertos entre nosotros. Las
luces son de azufre; la música son aullidos. Fuera, fuera; ¿quién me tiene sujeto a esta

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silla? El suelo se está hundiendo debajo de mí; más, y más, y más. ¡No puedo
respirar, ni sentir, ni ver! ¡Aaah!
Se tambaleó… gritó… y se despertó. La condesa corrió a sostenerlo.
—¡Chist, chist, Montorio; no pasa nada! Estáis vivo; habéis despertado; estáis en
mis brazos.
Montorio se estremeció; y vaciló apoyado en ella. Fijó los ojos en su esposa, pero
no la veía: su voz se mezclaba con las voces de su sueño. La condesa volvió a
hablarle suavemente, con voz susurrante, para tranquilizarlo.
—¿Estoy vivo? ¿Estoy a salvo? ¡Pero sigo siendo un asesino! Gracias a Dios, aún
no ha llegado mi hora, mi hora de fuego y de agonía.
—Chist, chist, Montorio; sed vos mismo otra vez. ¿Os acobardan los miedos que
visitan al niño dormido… las fantasías de un sueño?
—¿Y vos carecéis de temor y de aprensión? ¿Dormís toda la noche? ¿No tenéis
sueños tenebrosos, de esos que no visitan a los niños que duermen?
—Muchas veces. Pero me río de ellos, y de mí misma. A menudo me interrumpen
el descanso horrendos sobresaltos. A menudo veo, a través de las cortinas de mi
lecho, figuras que me observan fijamente, figuras sin ojos que me miran desde su
vacío. Y oigo a menudo alrededor de mi lecho ruidos apagados, dudosos, que el
sentido no sabe si proceden de él mismo o le llegan del exterior. Entonces descorro
las cortinas, o enciendo la lámpara de noche, o me burlo de los miedos que llegan
demasiado tarde para impedir nada, y son demasiado triviales para traerme
remordimientos.
—Dejad de hablar —dijo Montorio—. Los consuelos que salen de la boca del
culpable son como las plegarias del hechicero: se invierten nada más pronunciarlos.
No quiero vivir esta vida de horror sino con la esperanza de ganar una mitigación en
la otra.

***

Siguieron sentados, en silencio, casi hasta el alba. Un ruido de la puerta secreta


los sacó del ligero sopor que los dominaba. Nuevamente apareció el monje ante ellos.
Le miraron con el estupor impotente con que miramos al que posee el secreto de
nuestra ruina, pero sobre el que no tenemos ninguna influencia que nos garantice su
silencio.
—He estado muy lejos de aquí —dijo—. He aprendido muchas cosas. Quisiera
hablar con los dos.
La condesa lo miró con desagrado; pero el confesor no hizo caso. Se dispuso a
hablar; el conde le indicó una silla.
—Hablad, entonces; pero hacedlo bajo; los criados están en la antecámara —dijo
la condesa—. Y retiraos la capucha, reverendo padre, porque tengo los sentidos
embotados y cansados de luchar toda la noche, y apenas os oigo.

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—¿Por qué ese deseo? —dijo el monje—. Nadie me ha visto nunca con la
capucha retirada; ni nadie me verá, hasta…
Calló. El conde y la condesa se inclinaron hacia delante con el rostro oculto y el
oído atento. El monje atacó su discurso en voz baja, acompañándolo con gestos
vehementes, mientras Montorio y su esposa intercambiaban de cuando en cuando
mudas miradas de temor. El monólogo duró hasta que las luces de la guardia se
volvieron débiles y mortecinas en la claridad azul que se filtraba a través de las
cortinas. Entonces el confesor se enderezó de la silla, en la que se había apoyado para
hablar.
—Así pues —dijo, recogiéndose sus hábitos oscuros—, debéis prepararos
inmediatamente.
—No temáis por nosotros; nuestra actitud no revelará otra cosa que sosiego y
tranquilidad.
—Disculpad, señora; nunca he dudado de vuestra capacidad para adoptar el porte
y el lenguaje que más os convienen. Yo hablo —dijo con descuidada ironía— de otra
preparación. Hablo de un sitio difícil de ocultar, y difícil de disimular; de un sitio
hacia el que podrían orientarse las pesquisas de Pallerini, y donde esas pesquisas
podrían sacar a la luz a un testigo mudo pero terrible de nuestro secreto. ¿Conocéis
un sitio así en este castillo, mi señora?
—Se refiere a la torre norte; al nicho mortuorio que hay en la escalera secreta.
—¿Por qué, por qué lo detalláis con tan espantosa minuciosidad? Sí, lo conozco,
reverendo padre; y debemos anticiparnos a cualquier posible registro de ese lugar:
hay que retirar de ahí el cadáver.
—¿Cuándo, y cómo, y quién lo ha de hacer? —dijo el monje con voz cavernosa.
—Esta misma noche —dijo la condesa.
—Y lo vais a hacer vos —añadió Montorio.
—¿Yo?
—Sí, vos. No discutáis; yo soy un hombre con el alma acosada y maltrecha. No
podría visitar ese paraje.
Las pocas cuestiones que quedaban las acordaron en susurros. Se retiró el monje.
El conde llamó a sus criados, y no tardó el castillo en acometer los alegres y afanosos
preparativos para la llegada de la visita.

***

Un día y una noche duraron los agasajos.


—¿Puedo esperar que me recibáis esta noche a las doce en vuestro aposento,
conde?
—Allí os recibiré, duque.
Pero esa noche, cuando la familia se hallaba reunida en la sala, entró el confesor y
susurró algo al conde. Este se sobresaltó, se levantó nervioso y, delegando los

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honores en la condesa, se retiró.
—No olvidaréis nuestra cita, ¿verdad, conde? —dijo el duque, cuando Montorio
pasó junto a él, con tan fugaz solemnidad que apenas pareció sustraerse un segundo a
la alegría reinante.
—Voy a prepararla —fue la respuesta. Y Montorio y el monje se retiraron.
La condesa, que comprendía la necesidad de sus esfuerzos, los redobló; aunque
de haber sabido el motivo por el que se ausentaba el conde, casi habría preferido
cambiar su silla de anfitriona por el potro de tormento. Llegó la medianoche; y no fue
posible sostener más tiempo la alegría fingida y superficial. La condesa casi hablaba
para sus adentros; y el duque pareció perplejo y receloso cuando un criado le anunció
que el conde estaba en su aposento. Era la señal para la entrevista. La familia se
dispersó. El duque se retiró a su cámara y, cuando comprendió que el castillo
descansaba, fue en busca de Montorio.
El conde y la condesa estaban solos. El duque entró en silencio, con dos
sirvientes. Los rostros, las personas, las fórmulas del encuentro experimentaron un
cambio súbito y total. No hubo saludos, ni alegría, ni cortés jovialidad. Los
semblantes reflejaban únicamente matices diferentes de recelo o de hosca seriedad,
como correspondía al carácter de los diversos inquisidores y acusados. El duque
avanzó.
—¿Es necesario —dijo Montorio señalando a los asistentes—, es necesario que
estén presentes vuestros lacayos en este extraordinario procedimiento?
—Espero que toméis esta explicación que voy a daros —dijo el duque— como
una prueba más del respeto hacia vos que anima el procedimiento entero: estas
personas son oficiales de la justicia, disfrazados de criados, y designados para tomar
por escrito los detalles del interrogatorio que se me ha encomendado llevar a cabo;
otros se han distribuido por vuestro castillo, igualmente disfrazados, prestos a
ejecutar las órdenes que el desarrollo de este interrogatorio pueda obligarme a dar. En
estas condiciones, conde, comprenderéis que cualquier oposición sería
completamente vana; así que confío en que recomendéis la delicadeza que el
expediente sugiere.
—Proceded a vuestra comisión —replicó el conde.
—¿No desea la condesa retirarse? —dijo el duque—. Este no es lugar para la
presencia de una mujer, ni los términos y asuntos de nuestra entrevista pueden ser
gratos a sus oídos.
—El lugar donde se pone en tela de juicio el honor de mi familia es el más
apropiado para mí —replicó la condesa.
Los secretarios se sentaron en una mesa baja del fondo del aposento. El conde
quitó las luces que había cerca de él, y el susurro de los papeles fue lo único que
rompió un silencio prolongado y general.
—¿Teníais un hermano, conde?
—Lo tenía.

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—¿Estaba casado, y con hijos?
El conde asintió.
—¿Cuánto tiempo hace que sufrió su trágico y terrible fin?
—Veinte años.
—Y durante tan largo periodo, ¿no se ha hecho ninguna investigación? ¿No os ha
suscitado ningún interrogante el fin de vuestro hermano?
—Disculpad; no hizo falta ninguna investigación. Fui debidamente informado de
lo ocurrido y de las circunstancias.
—No obstante, ¿no emprendisteis ninguna acción para que se castigase al
homicida?
—El homicida se castigó a sí mismo: mi hermano se dio muerte por su propia
mano.
—¿Cómo? Eso está en contradicción con el informe y los documentos que obran
en mi poder.
—Mi hermano se quitó la vida en un acceso de desesperación al enterarse de la
muerte de su esposa.
—Así pues, la muerte de su esposa precedió a la suya. ¿Fue también un suicidio?
—No; estaba preñada. Los terrores de la última erupción, ocurrida hace veinte
años, le provocaron un parto prematuro; y murieron ella y el niño.
—Eso, como es natural, es fácil de establecer: una mujer de su rango,
evidentemente, debió de ser asistida de manera adecuada.
—El peligro se presentó de forma demasiado repentina y mortal; solo fue
atendida por la nodriza de sus hijos.
—¿Vive aún?
—No; no sobrevivió mucho tiempo a su ama.
—Una extraña fatalidad se ha abatido sobre todos los agentes de este caso; la
tormenta de aquella noche causó numerosas víctimas, conde. Pero habéis mencionado
a los hijos. ¿Cómo desaparecieron?
—Esa noche fueron llevados a casa de la hermana de la nodriza para que no
molestasen a la condesa; murieron de una enfermedad propia de la infancia.
—¡Qué oportuno, llevárselos del castillo esa noche! Sin duda su madre conoció la
paz poco después de que se fueran. Pero ¿puedo preguntar si vive la mujer que los
tenía cuando murieron?
—Sí vive —interrumpió la condesa—. En la actualidad vive en los Abruzzos; se
llama Teresa Zanetti.
—¿El aire de los Abruzzos sienta bien a los niños débiles y enfermos?
—Tenemos motivos para creer que sí —comentó la condesa—. Nuestros hijos
mayores, Ippolito y Annibal, fueron criados por esa mujer, y en la misma casa de
campo; y hoy son dos jóvenes sanos y fuertes.
—Volviendo al conde Orazio —dijo el duque—; tengo entendido que murió en
Grecia. ¿Fue allí donde se suicidó y, si es así, quién presenció el suicidio?

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—Encomendamos a un criado de confianza que le llevase la noticia: pero al oírla,
mi hermano sufrió un acceso de locura, y se arrojó de un peñasco, en el cual se
hallaba descansando al volver de una partida de pesca.
—Y de sus numerosos criados (porque un noble no emprende solo un viaje a
Grecia), ¿no hubo ninguno que impidiera esa tragedia?
—Iba solo, porque le gustaba disfrutar de la soledad. Ascanio lo encontró solo; y
un simple brazo no iba a reducir la fuerza de la locura, que a menudo puede con
varios.
—Naturalmente, sosegasteis el dolor de ese triste suceso mandando erigir un
público y espléndido monumento; ordenasteis traer los restos de vuestro hermano, y
la familia le rindió solemnes exequias.
—Ascanio, comprendiendo el dolor que me habría causado saber que el cuerpo de
mi hermano estaba tan horriblemente destrozado que era impensable enterrarlo
debidamente, mandó celebrar un funeral y simuló dar sepultura a sus restos. Más
tarde me enteré de que habían quedado tan dispersos que habría sido imposible.
—¿Nadie llegó a ver esos restos, aparte del fiel Ascanio?
—No me ocupé de indagar cuántos pescadores nativos vieron el cadáver.
—Parece, por vuestra propia confesión —dijo el duque, mientras las plumas de
los secretarios rasgueaban sin parar—, que ignoráis si vuestro hermano murió o no,
puesto que solo tenéis como confirmación la declaración de un único doméstico que
no aportó ni testigos ni pruebas de su declaración, y que podría haberos engañado en
la parte más fundamental del suceso mismo. ¿Puedo preguntar si ese Ascanio vive
aún?
—Murió hace unos años.
—¿Murió estando a vuestro servicio?
—No; se había ido. No sé al servicio de quién estaba.
—Qué extraño que se despida un criado tan útil, de tanta confianza y tan discreto.
—Si esperáis que os dé una relación de los criados que se han ido, me temo que
vuestra comisión va a dar un resultado muy poco satisfactorio.
Siguió una larga pausa; el duque habló en voz baja con sus secretarios.
—¿Afirmáis, entonces, que ignoráis los motivos de Ascanio para dejar vuestro
servicio; y lo que le haya podido ocurrir desde entonces?
—Lo afirmo.
—Conde —dijo el duque—, hay dos maneras de soslayar el resultado de una
encuesta: con medias respuestas engañosas y sutiles, o con hoscas y tajantes
negativas; esta segunda manera es, desde luego, la más segura; porque la sutileza
siempre corre peligro de ser atraída hacia una trampa y ser descubierta. Pero la
negativa es el escudo de la obstinación. Sin embargo, me temo que ni siquiera eso os
valdrá; porque no vengo desarmado a esta grave comisión. Tengo documentos, conde
Montorio; ¡documentos y pruebas de peso!
—Eso es falso —dijo una voz detrás de él. El interrogador, el acusado y los

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secretarios se volvieron estupefactos. Descubrieron al monje de pie, junto a la silla
del primero. Nadie lo había visto entrar. Tenía el rostro oculto. Y después de hablar se
quedó tan inmóvil y hierático que todos dudaron de que la voz hubiese salido de él.
—¿Quién es este que está entre nosotros? —preguntó el duque en un tono que
denotaba la resolución del temor—. Hablad, ¿de dónde salís, y por qué habéis entrado
aquí?
—Poco importa de dónde o por qué vengo —dijo el monje sin mover un músculo
—; básteos saber que conozco puntualmente vuestros poderes y vuestra comisión; no
tenéis ninguna prueba, y quien las tiene, no las entregará fácilmente a reyes ni a
ministros.
—¿En virtud de qué derecho os entrometéis en este asunto —demandó el duque
—, o con qué poderes pretendéis discutir el ejercicio de los míos?
—El poder por el que vengo —murmuró el monje— no admite resistencia ni
discusión. El poder que me ha comisionado no obra con la limitación de las acciones
terrenas; no pretende remediar la falta de pruebas dando crédito a la suposición, ni
suplir la carencia de testigos con una confesión arrancada a la fuerza. No me
consiente, como os ha consentido a vos el vuestro, renunciar a una investigación
clara, ni que se la degrade tachándola de falsedad. Y me autoriza desde este instante a
exculpar al conde Montorio, y a declarar que no existen contra él acusadores,
testigos, ni pruebas.
—Magnífico expediente, conde —dijo el duque indignado—. Vuestro confesor,
con la ayuda de una puerta secreta, desempeña su papel de manera admirable. Pero el
próximo interrogatorio se efectuará en un lugar a salvo de la intrusión de clérigos
presuntuosos —y mientras hablaba, se volvió hacia el conde; pero la cara de
inesperada estupefacción con que este miraba al extraño defensor le desengañó
inmediatamente, pese a lo predispuesto que estaba a sospechar una connivencia entre
ambos.
—¿Por qué persistís en contender con vuestra propia conciencia? —prosiguió el
monje con dogmática aspereza—. Repito que no tenéis pruebas; que no tenéis
ninguna. Están muy lejos, y enterradas donde nadie las puede alcanzar. Y son tales
que nadie las puede calcular.
—Luego admitís que existen pruebas —dijo el duque con el habitual recurso de
valerse de cualquier concesión, aunque sin esperar sacar nada positivo.
—Sí, las hay —dijo el monje—. Pero no son para la luz del día, ni para
conocimiento de los hombres; existen, pero no las nombréis, porque hay en los
horrores supremos una dignidad que no debe violar la lengua de los hombres
corrientes. Y para el débil instrumento que vos sois de una autoridad extrínseca e
inocua, existe también una prueba; una prueba suficiente de que no tenéis «nada que
hacer en este asunto», de que aún no ha llegado el momento, y de que cuando llegue,
no se os llamará para tal empresa; que es cosa solo de espíritus elevados y escogidos.
Seguidme; os mostraré esa prueba.

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El duque pareció indeciso; el conde y los escribanos estaban mudos de asombro.
—Seguidme —repitió el monje—. Debemos ir solos.
Había en este hombre una audacia, una desenvoltura, una melancólica seguridad
que estaban por encima de lo humano. Parecía moverse en una esfera aparte,
totalmente exento de sufrimiento, de debilidades, de cualquier rasgo que pudiese
conciliario con la compasión o la simpatía; y no volverse a mirar los hábitos y los
sentimientos de los hombres sino para desdeñar al débil y fulminar al culpable.
Poseía una solemnidad tremenda que hacía aterradoras sus intimaciones y las volvía
irresistibles; quienes las oían no podían sustraerse de seguirlas; y los que las seguían,
lo hacían con una mezcla casi indefinible de confianza y temor.
El duque se levantó, pero se miró la espada, como dando a entender que estaba
dispuesto a enfrentarse a cualquier peligro; la sonrisa ferozmente desdeñosa del
monje se perdió en los oscuros pliegues que le ocultaban el rostro. El duque y él se
dirigieron despacio a otro aposento. En cuanto al conde y a la condesa, es imposible
describir la emoción con que habían presenciado esta escena y ahora aguardaron su
conclusión; les impedía exteriorizarla la presencia de los secretarios que, asombrados,
y no sabiendo cómo proceder, no se habían movido de donde estaban. Ignoraban los
motivos del monje para esta intervención, y las provisiones que había adoptado para
que tuviese todo el efecto; de lo que sí estaban seguros era de que conocía su delito, y
de que parecía decidido a que nadie más lo supiese y pudiese acusarlos. Pero, con la
incertidumbre de sus conciencias culpables, a veces pensaban, por el modo de
llevarse al duque, que iba a comunicarle una revelación más cierta y terrible; y ese
temor, que se transmitían el uno al otro con miradas tan elocuentes como las palabras,
se les hacía insoportable por la misma imposibilidad de discutirlo abiertamente, o de
concertar un expediente que pudiera retardar o mitigar su peligro; una mirada, un
gesto indicativo de preocupación, habría degradado su ademán de dignidad ofendida,
que consideraban obligado mantener ante los escribanos; pero escuchaban con
sobrecogida atención el rumor de voces que llegaba de cuando en cuando de la
habitación contigua. Esta espera, que juzgaban insoportablemente larga, duró solo
unos minutos; porque el duque volvió precipitadamente del otro aposento con el
horror en el semblante; y, tras ordenar sin apenas aliento a los escribanos que se
retirasen, balbuceó una atropellada disculpa al conde por esta visita y sus
circunstancias. Toda duda, tartamudeó, había quedado despejada, toda sospecha
disipada, y no cumplía ahora otra cosa que excusarse por las molestias ocasionadas y
retirarse. Lo que hizo cuando ya empezaba a clarear, dejando al conde y a la condesa
exculpados, con una mezcla de perplejidad y recelo.

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CAPÍTULO XV

—Traigo el arpa —dijo Cyprian—. ¿Puedo tocarla? ¿Os leo estos versos que
encontramos en la gruta de Posilippo? He coloreado el boceto de Castel Nuovo que
tanto alabasteis, ¿os gustaría verlo?
Un mortal silencio siguió a cada pregunta. Ippolito, al que iban dirigidas,
continuaba con las manos entrelazadas, y la mirada fija en un punto, totalmente en
silencio.
—Soy muy desdichado —suspiró Cyprian tras una pausa, que el mutismo de su
compañero hizo que pareciese soledad.
—Eso es falso —dijo Ippolito—; y al decirlo, sabes que lo es.
—¡Ah!, ¿qué palabras son esas —dijo Cyprian—, y a quién os dirigís con esa
expresión y ese gesto tan serios?
—¿No habéis dicho que soy un asesino? —exclamó Ippolito, levantándose.
—¡Virgen santísima, tranquilizaos! ¡Aquí no hay nadie, ni nadie ha hablado más
que yo!
—¿No está aquí? —dijo Ippolito suspirando, y mirando con aire ausente a su
alrededor—. Habría jurado por todos los santos que lo he visto, y que acababa de
hablar conmigo. Pero siempre está cerca de mí. Es extraño, Cyprian, pero lo veo en la
oscuridad, le siento cuando estoy solo; siempre está a mi lado.
—Puede ser, querido Ippolito; nuestros sentidos son órganos débiles y propensos
al engaño; los míos creo que me fallan también; incluso mientras hablo, me parecéis
distinto de antes; vuestra voz no suena como la que he escuchado en horas más
amables —lloraba y sollozaba con emoción no contenida.
—Eso no es verdad —dijo Ippolito, que no le había oído—; pero cambiemos de
conversación. Todo poder está limitado por el lugar y el tiempo; y el cambio de uno y
otro puede modificar ese poder. Digo esto porque… porque… si oyes que salgo para
Capua esta noche…
—¿Esta noche? ¿Salís de Nápoles esta noche? —exclamó Cyprian.
—Sí —dijo Ippolito—; puede que esta noche —luego añadió—: Si el poder que
me persigue controla los elementos; si la mano que trata de alcanzarme puede llegar a
cualquier parte, entonces seré como el que se queda sin fuerzas para luchar: me
encogeré cuando la sienta; y seré…
—¡Ah, piedad, por el amor del cielo!; no me hagáis temblar con esos miedos
terribles; no los soportaré mucho más. ¿Qué sería de vos, o qué haríais? Os
acompañaré; si huís, dejadme ir con vos.
—¿Venir conmigo? Nunca; quiera Dios que ese destino oscuro y caprichoso visite
mi cerebro, y deje en paz el tuyo.
Lo dijo con grave ternura, posando una mano sobre la cabeza de Cyprian. Cyprian
notó que se le hacía un nudo en la garganta, y que la cabeza le daba vueltas. En
medio de todos sus sufrimientos, jamás se le había ocurrido que la persona que amaba

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fuera a dejarlo; ahora que le llegaba ese anuncio, sintió como si nunca hubiese
conocido la desventura hasta este momento. Una incapacidad para suplicar o
protestar le dominaba; con ojos nublados y manos temblorosas, trató de seguir a
Ippolito, repitiendo débilmente:
—Huiré con vos; dijisteis que me amabais; llevadme con vos. ¡Os seguiré
descalzo y mendigando por el mundo! ¿No dijisteis que me amabais?
Hablaba a las paredes: Ippolito se había ido; Cyprian se quedó paralizado,
boquiabierto, y luchando inútilmente por liberarse de lo que sentía como un hechizo o
un sueño. No tardó en disipársele esa sensación: el reloj dio las doce, y al punto le
vino al pensamiento el compromiso de Montorio a esa hora misteriosa. Se arrodilló, y
rezó con nuevo y fervoroso dolor por él, por quien empezaba a temer que era vano
rezar.

***

A esa hora, la hora de la medianoche, en un paraje subterráneo del que nadie


conocía el lugar ni la dirección, y a través de señales y caminos ocultos, se había
congregado un grupo de seres cuyo aspecto estaba en terrible consonancia con el sitio
y el motivo del encuentro. Muchos de estos seres mostraban las deformaciones de
esos horrores fantásticos que despiertan y sobresaltan al durmiente, o se insinúan a
los ojos del medroso cuando se encuentra solo en la oscuridad; otros estaban
inmersos en una negrura en la que el ojo imaginaba discernir siluetas y sombras
indeciblemente más siniestras de lo que la luz podría revelar. Todos estaban
silenciosos e intensamente ocupados; pero sus gestos y movimientos eran tan
distintos de los de los vivos que no era fácil comprender qué hacían. Un resplandor
espasmódico los iluminaba, procedente de un esqueleto humano que, en posición
erecta, ocupaba un nicho del subterráneo: alrededor de sus huesos parpadeaba un
fuego pálido y azulenco que no los consumía; en el fondo de sus cuencas ardían dos
llamas. En otras cavidades de los muros ardían velas sostenidas por manos marchitas
cuya mortal amarillez acentuaba la luz que difundían, y que revelaba otras visiones
de horror: sombras y siluetas en las paredes y el techo, en cuyas tenebrosas e
inmensurables dimensiones el ojo buscaba en vano un término o límite. Unas se
movían en un horrendo remedo de vida; otras estaban tan quietas como en la tumba,
de la que parecían recién arrancadas. En un extremo, si es que era tal, y
confusamente, colgaba algo que hacía de separación entre este espacio y una cripta
interior, aunque el ojo no alcanzaba a distinguir si se trataba de una cortina o una
pantalla transparente, ya que en ella se insinuaban espesas sombras como de pliegues.
Delante se extendía algo que semejaba un altar, sobre el que flotaba una nube densa
que ocultaba lo que hacían en él y los instrumentos que empleaban; a través de esa
niebla se veía un resplandor mortecino, en el que se movían sombras de seres aún
más terribles; sobre el altar había tendido el cuerpo de un hombre, lívido, relajado,

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como si acabase de morir; pero estaba con los ojos abiertos, y ese brillo vidrioso que
solo la muerte suele dar les prestaba una luz extraña, como de vida. Tenía la mano
derecha levantada, y el dedo en los labios; y esta postura, y la fijeza de los ojos,
conferían un efecto elocuente y terrible al cadáver. De pronto sonaron tañidos de
campana, como a una enorme distancia bajo tierra. Al oírlos, el suspenso y la duda se
hicieron visibles en el gesto de los reunidos, que cesaron en su actividad, y se miraron
dubitativos unos a otros y alrededor. Se apagaron poco a poco los tañidos,
despertando resonancias hasta una lejanía incalculable. La pausa fue breve: sonó otro
ruido, acompañado de una súbita ráfaga de viento; las luces se agitaron y
parpadearon, y sus llamaradas hicieron más intensa la sensación de frío húmedo. En
el silencio mortal que siguió, no se oyó otra cosa que el chisporroteo de las llamas.
Un instante después, sonaron pasos que bajaban una escalera; se fueron acercando y
haciendo más sonoros. «Ya es nuestro para siempre», exclamó la asamblea. ¡E
Ippolito irrumpió en la cripta!…

***

Esa noche, en el palacio, súbitos y breves ruidos turbaron multitud de veces el


inquieto descanso de Cyprian; pero tanto se mezclaban con los de su ensueño que le
parecían los mismos, y procuraba volver a dormirse. Finalmente, un criado lo sacó
del embotamiento en que suelen caer los que duermen mal para preguntarle a qué
hora deseaba comer, ya que era casi mediodía. Algo sorprendido por la pregunta, le
dijo que consultara a su amo.
—El signor se ha ido —replicó el criado.
—¿Se ha ido? —gritó Cyprian—. ¿Adónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Habla!
—Adónde y cómo, signor, ninguno de nosotros lo sabe —replicó el criado—.
Salió de Nápoles como a las dos de la madrugada, con solo un criado; habéis tenido
que oír el trasiego de los preparativos, porque nada más llegar nos despertó a todos,
y… Pero, signor, quizá os lo explique en esta carta que ha dejado para vos…
—He oído el ruido de su partida —exclamó Cyprian—; lo he oído, y no me daba
cuenta de que se iba… ¡Desventurado, desventurado de mí!
Abrió ansiosamente la carta; el contenido no contribuyó a sosegar su emoción:

Huyo a no sé dónde, ni me importa, de una persecución de la que no


tengo esperanza de escapar, pero no puedo seguir soportando. El que me
arroja de aquí tiene poder para seguirme a todas partes. No puedo hacerle
frente ni perderlo de vista; pero huyo porque no estoy dispuesto a ser presa
fácil. Correré hasta el final de la cadena; cuando llegue a su extremo
intentaré arreglármelas para encontrar una tregua, ya que no la liberación.
Un destino espantoso va a abatirse sobre mí, me arrancará del gozo y la

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plenitud de la vida, que ningún mortal ha amado como yo, y me arrastrará
a… ¡Ah, ojalá fuera posible aceptar la desdicha y sustraerme a la culpa!
Ojalá pudiera convertirme en un ser errante y vagabundo sobre la faz de la
tierra, sin morada, sin descanso, sin afecto doméstico, de manera que evitase
al menos eso. No sé adónde voy. Te escribiré, pero tú no me escribas a mí,
porque probablemente no estaré en ningún lugar más de una noche. Además,
la dirección podría delatarme. ¡Ay! ¿De qué sirve el ingenio humano frente al
ser con el que debo contender? Adiós, amado Cyprian, mi locura y mi
desdicha me han dejado sin una lágrima que poder derramar, sin un tierno
pensamiento que poder dedicarte. Hubo un tiempo en que no habría querido
hacerlo. Pero soy de temperamento vivo, insensato, atropellado. Pero ¿qué
puedo darte a cambio de tu paciencia, de tu sufrido amor, de tu sumisión, y
afecto, y fidelidad casi conyugal? Soy un hombre acosado y con el corazón
deshecho. No puedo rezar; ¡no quiero bendecirte porque sobre mí pesa una
maldición! —MONTORIO.

El criado, cuando terminó de leer la carta, le informó que el signor había


dispuesto que siguieran manteniendo el palacio para él como hasta ahora, y que sus
órdenes fueran puntualmente obedecidas por toda la casa. Cyprian no lo oyó. Todo
ese horrible día lo pasó en una especie de estupefacción, sin que ese estado le
ahorrara una sola punzada de dolor. Montorio, su nombre y su presencia, le parecían
siempre tan imprescindibles para su existencia que ahora, sin él, no tenía conciencia
de vivir. Vagó de habitación en habitación, con la mirada perdida, en busca de algo
cuya ausencia le imprimía una expresión de indecible desamparo.
Hacia el atardecer, vencido por el desmadejamiento corporal, se dejó caer en el
sofá, y sintió que le volvía el recuerdo al aumentarle el dolor. Ya de noche, entró un
criado a anunciarle que había llegado un desconocido, sin dar a nadie su nombre ni
informar de sus intenciones. Cyprian se alarmó, aunque estaba demasiado débil para
preguntar ni prepararse, cuando el desconocido entró en la estancia, e indicó al
doméstico con una seña que se retirara. La luz era escasa; pero Cyprian descubrió en
su aire sorprendente ciertos rasgos de la casa Montorio. Avanzó.
—Siento que en esta casa estoy seguro —dijo—; sin embargo, entro con duda y
con temor.
—En la casa de Montorio, señor caballero —dijo Cyprian—, está seguro el honor
de todo hombre.
—Yo poseo derechos —dijo el desconocido, vacilando— que quizá fuera mejor
que callase; no obstante, el tono de vuestra voz me inclina a confiar. Debéis de ser
Cyprian. Yo soy Annibal de Montorio.
—¡Annibal! —repitió Cyprian con alegría incontenible—; ¡Annibal! ¡Oh, corred
tras él, seguidle, traedlo de vuelta! ¿O acaso lo habéis encontrado ya, y está con vos?

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¡Hablad, hablad de él!
Annibal se sobresaltó.
—¿Dónde está Ippolito? He venido a pedirle protección… ¿Dónde está Ippolito?
—¡Oh! —dijo Cyprian, retrocediendo y angustiado de terror—; ¿no está con vos?
He creído… he pensado que sabíais su paradero. Sois su hermano, y al veros… ¡Oh!,
¿entonces no sabéis dónde está?
—Me dejáis asombrado… Me alarmáis. Ignoraba su ausencia. He venido en
busca de refugio, huyendo de un peligro, de una situación extrema. No estando él, ya
no me siento seguro. Pero ¿cómo seguirlo, cuando vos no sabéis dónde está?
Decidme —recobrando su cautela habitual—, ¿han sido contratados recientemente
los criados que tenéis aquí? ¿Y son de la ciudad?
—Creo que sí.
—Entonces no corro peligro, al menos durante un tiempo. Pero estoy agotado y
muerto de sueño. Me he pasado el día escondido en el bosque; permitid que tome
algún refrigerio, y que nos atienda mi criado que ha escapado conmigo; os daré
cuenta de todo… de todo lo que sé; y de todo lo que temo. Mi hermano tiene
depositada una confianza ilimitada en vos.
Cyprian obedeció, temblando de solicitud insatisfecha, y temiendo el anuncio de
alguna desgracia.
Fue servido el refrigerio, y Annibal tomó su silenciosa comida con reserva y
temor, atendido por Cyprian, que hacía esfuerzos para abstenerse de preguntar, y
Filippo, que no podía contener su locuacidad por la euforia que le producía el haber
escapado su amo y él, y su propia destreza para conseguirlo.
Habían traído luces con la misma discreción, y Filippo se había ido. Annibal se
levantó. Inspeccionó la sala, cerró las puertas; sacó un estilete de debajo de la ropa y
fue a dejarlo sobre la mesa, junto con dos pistolas. Cyprian observó estos
preparativos con una opresiva sensación de temor. Regresó Annibal; prestó atención a
los pasos de un criado que pasaba en dirección a otras habitaciones; dejaron de oírse,
y todo quedó en silencio. Llegó la medianoche; Annibal miró a su alrededor con
expresión de seguridad; luego, volviendo a su silla junto a Cyprian, y apretándose la
frente como el hombre que lucha con su propia debilidad y cansancio para recordar
los incidentes que le agobiaban, dijo:
—El aprecio que os tiene mi hermano justifica estas confidencias que voy a
haceros. Ninguna fuerza, salvo la confianza, podría arrancármelas. Se trata de algo
tenebroso y lleno de amenaza. No sé a qué peligros os expondréis al compartirlas.
Pero contrastando lo que ambos sabemos sobre este oscuro asunto, tal vez podamos
averiguar cosas que de otro modo nos pasarían inadvertidas. O quizá lo hago
cediendo a la debilidad de mi espíritu abrumado. Un camino oscuro, incierto, se abre
ante mí. Debo recorrerlo solo, sin guía ni compañero; y antes de emprenderlo quiero
confiar a otro lo que tal vez no tenga otra ocasión de contar. Me gustaría pensar que
no se perderá lo que sé, como probablemente me ocurrirá con la vida. Así que voy a

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contaros las circunstancias que en espacio de cuatro meses nos han acontecido a
Ippolito y a mí. De las últimas, según me ha dicho él, no sabéis nada. En realidad,
creo que de ninguna, excepto los efectos, que era imposible ocultar.

***

Había avanzado Annibal bastante en su relato cuando tuvo que dejarlo porque
Cyprian no podía seguir escuchando: impulsado por una agonía de devoción y terror,
se había arrojado al suelo suplicando a los santos que perdonasen al desventurado
errabundo e intercediesen por él. Annibal se sumó con igual devoción, aunque más
sosegada, incluyendo su propio nombre en sus jaculatorias.
—¿Habéis terminado? —dijo Cyprian, levantándose—. Era cuanto teníais que
contarme, ¿verdad? —Annibal negó con la cabeza—. ¡Dios misericordioso!, ¿hay
más horrores? Ni todo el oro del mundo me haría seguir escuchando otra hora.
—Solo llevamos media desde que empezamos —dijo Annibal.
—Pues a mí me ha parecido un término espantosamente largo —dijo Cyprian—.
De todos modos, no puedo seguir escuchando; solo me interesa hablar de él. Pasemos
la noche aquí, en vela, y tratemos de averiguar adónde puede haberse dirigido.
—Por ahora —dijo Annibal—, no creo que sea posible saber adónde ha ido. Al
escapar del castillo, había pensado unirme a él, y convencerlo de que nos fuéramos a
Francia; el talante belicoso de Luis XIV y de su gobierno es un estímulo para los
jóvenes arrojados y aventureros; y si la mano del cielo no se extiende sobre nosotros
para mal, podremos olvidarnos de nuestro país, de nuestro nombre, y de estas
desgraciadas obsesiones que parecen inseparables de ambas cosas.
—¿Habéis sufrido entonces una persecución similar? —dijo Cyprian—. ¿Habéis
sido expulsado de vuestro hogar? Es horrible. ¿Es un demonio el que persigue vuestra
casa?
—Un demonio —dijo Annibal lúgubremente— al que ningún poder es capaz de
desviar de su presa, y al que ningún exorcista puede someter; un demonio sediento
que exige sangre.
Se levantó, y empezó a pasear por la habitación agitando los brazos.
—Cyprian, me asaltan horribles presentimientos. Sí; me iré a Francia. ¡Allí tengo
parientes, además! Aquí me falta el aire, el corazón se me atasca. Pero no debo partir
al menos hasta mañana por la noche; mejor debería decir hasta esta noche (porque
veo que empieza a clarear), ya que solo puedo viajar en la oscuridad. Si no estáis
saturado de estas cosas tenebrosas e insensatas, de estas cosas que desquician la razón
y hacen estremecer la fantasía, os contaré una historia… os contaré algo que me ha
ocurrido.
—Adelante —dijo Cyprian en tono fuerte y hueco—; ahora puedo oír lo que sea.
—No; ahora no —dijo Annibal, retractándose de su propósito—; ahora necesito
descansar; me echaré en este sofá. Poned las pistolas cerca de mí, Cyprian, y dejad

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esa daga floja en su vaina. ¡Cómo tembláis! Esperad; lo haré yo mismo.
Se tumbó en el sofá, pero un instante después se incorporó y preguntó a Cyprian
si no intentaba dormir.
—Estoy demasiado preocupado por vos para dormir —dijo Cyprian—; permitid
que me quede en la antecámara, donde me llegará el más leve ruido, y podré
despertaros en seguida. Sería un remedo miserable del sueño, del descanso confiado y
tranquilo, acostarse con dagas en la almohada, y levantarse para sorprender los pasos
del asesino.
—Yo dudo, también, que mi breve sueño sea tranquilo y profundo; tengo dentro
una tranquilidad sombría, concorde con el momento.
Dio permiso a Cyprian para que saliese a la habitación de fuera, cerró la puerta y
se dispuso a descansar.

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CAPÍTULO XVI
¿Por qué me rindo a esa sugestión,
cuya imagen horrenda me eriza el cabello,
y hace que el corazón me golpee las costillas
en contra de lo que es natural?
Macbeth

Durante el día Annibal le dio a Cyprian unas hojas con la explicación de lo último
que le había ocurrido, después de esbozarle brevemente los antecedentes
imprescindibles; o sea, el asunto de su correspondencia con Ippolito. «Donde es
escasa», le dijo, «puedo suplir las lagunas, después, de palabra; la he escrito estando
solo y encerrado; por tanto, no esperéis otra cosa que el detalle de unos sentimientos
solitarios y personales; la diversidad estaba vedaba por la aridez de la total soledad; y
el adorno por la ausencia de cuidado en un manuscrito que creía que no iba a ver
nadie hasta después de mi muerte».

***

La segunda noche de la llegada de Pallerini al castillo, tomé la decisión que me


había sugerido Filippo de visitar la torre. Cuando pienso en lo que esperaba de este
paso, y lo comparo con lo que efectivamente ocurrió, no acabo de creer que el ser que
era entonces, con cierta mezcla de temor y curiosidad en el espíritu, y con una
expectación que contrarrestaba el escepticismo, y una credulidad que la experiencia
había puesto en alerta, que se hallaba en ese estado de suspenso en el que el miedo no
es demasiado grande ni el cuidado demasiado severo, pueda ser el de ahora, de
espíritu colmado y sentimiento tenso, que ha visto los terrores de su destino sin una
nube ni una sombra, sin mitigación ni interposiciones, cuyo miedo carece de
esperanza, y que no tiene el consuelo de la incertidumbre humana ni el cobijo de la
oscuridad natural. Esa noche cenamos en la galería grande: hacía mucho calor.
Observé que el duque y nuestro padre estaban enfrascados en su conversación, y me
fui de la mesa sin que nadie lo advirtiera. Me dirigí a mi aposento, adonde esperaba
que Filippo no tardase en acudir; pero estaba ya allí, con sus ojos oscuros llenos de
algo. A menudo se los había visto repletos de asombro y curiosidad; nunca de temor.
Se anticipó a mis preguntas: «¡Ay, signor! ocurren cosas muy extrañas esta noche
entre estos muros… cosas que nadie imaginaría que pudieran suceder tan cerca de
nosotros, tan espantosamente cerca —y añadió, pegándose a mí y susurrando muy
bajo—: No vais a creer lo que he visto, signor». «¿Qué has visto, Filippo?» dije,
bajando la luz. «¡Al confesor! ¡He visto al confesor, signor! Lo sabía hace tiempo. Se
lo he dicho al conde; quiera el cielo que la Inquisición le eche el guante. Ojalá santa
Ágata y el cardenal primado de Nápoles le ajustasen las cuentas. Había un viejo

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cartujo en mi pueblo que descubría la presencia de un espíritu en menos que canta un
gallo; de su convento expulsó a un duende recalcitrante que llevaba un montón de
tiempo resistiendo el agua bendita y el latín. ¡Ah!, si yo encontrase a ese monje, os
aseguro que le iba a quitar las ganas de pasearse por las criptas y tratar con los
muertos y…» «Tranquilízate, Filippo; si tienes algo que contar, cuéntalo sin rodeos ni
exageraciones; el tiempo apremia. Y además, no quiero que me distraigas del asunto
que me ocupa». «Signor; os contaré sin exageraciones lo que realmente… Pero
disculpad si lo hago entre sobresaltos. Recordad que es medianoche, y que hablo de
cosas que me horrorizan… Sabéis, signor, lo receloso que estoy con ese padre
Schemoli, como dice que se llama; aunque, por lo que he oído, nadie vio nunca a su
padre, ni a su madre, ni a ningún pariente suyo; sino que hace unos años, cuando
pronunció los votos en el convento dominico de Gaeta, corrió el rumor de que unos
pescadores que naufragaron en una horrible tempestad lo habían visto, iluminado por
un relámpago, en lo alto de un acantilado, en una isla desolada del mar de Grecia.
Aunque eso no tiene nada que ver». «Cosa que debías haber tenido en cuenta,
Filippo». «Pues bien, signor; yo siempre lo vigilo con recelo y temor; y al verlo pasar
anoche, claramente, por la galería de la torre norte, me vino la idea de que tenía que
ver con los extraños ruidos de esa torre y las historias que cuentan. Así que lo he
estado buscando todo el día por el castillo; porque, signor, me gusta estudiar la cara y
los ojos de una persona cuando me inspira sospecha; siempre pienso que puedo
descubrir algo en ellos. Pero ha sido inútil. Finalmente he pensado que era una
osadía, que hay en el castillo quienes se meterían en un nido de escorpiones antes que
acercarse a su aposento; cosa que me repetía a mí mismo cuando me dirigía hacia allí.
Sé que los tabiques y las puertas se encuentran en mal estado; y pensé que quizá a
través de algún agujero o grieta podría sorprenderlo haciendo alguna rareza. Mirad,
signor, vos sois hombre de estudios, y puede que tengáis una explicación mejor de
vuestros sentimientos; pero yo estoy convencido de que una voz audible sonó dentro
de mi cabeza, por así decir, advirtiéndome que si iba no sería en vano; la oí tan clara
como si uno de estos retratos me hablase desde su marco. Me pareció muy extraño;
sin embargo, eso mismo me dio valor. Así que a mediodía, cuando casi toda la
familia estaba durmiendo, me dirigí allí calladamente, con el aliento contenido, y sin
dejar de mirar en todas direcciones, aunque no había nadie a la vista. Y al llegar a la
puerta misma, no pude evitar echar una ojeada hacia atrás para asegurarme de que no
había nadie; porque tenía la sensación de que me venían siguiendo todo el rato, y de
que caerían sobre mí ante la puerta. Pero todo estaba tranquilo, no había un alma en
la galería; y la puerta estaba cerrada. Un ruido tenue sonaba dentro de su aposento; de
cuando en cuando cesaba, y luego volvía a empezar; como si alguien estuviese
haciendo algo y se interrumpiese para evitar que lo oyeran; probé a mirar por mil
rendijas, tratando de obtener la mejor visión del interior; finalmente me metí en un
hueco lóbrego y polvoriento, detrás un antiguo retrato; porque toda la parte de la
torrecilla oeste está medio en ruinas; y dicen que esa es precisamente la razón por la

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que él escogió dicho alojamiento. Desde allí lo vi perfectamente: sentado con la
capucha retirada. Nunca, salvo en los sueños de la fiebre, he visto una cara como esa.
Tenía un brazo extendido; y por su actitud comprendí que hablaba con gesto serio,
irritado diría yo (como haría en el confesonario, reprobando a un penitente), aunque
parecía que estaba solo. Cambié de posición, en la grieta, para averiguar quién había
con él, y… Sí, signor, vi con estos ojos»… «¡Chist!, Filippo; calla, que puede oírte
alguien, además de mí». «Entonces, signor —se me acercó de puntillas—,
permitidme al menos que hable bajito; porque siento que voy a chillar si no lo hago».
«Pues adelante; continúa si quieres». «Vi sentado en una silla frente a él, Madre
santísima, un esqueleto mondo, tieso, y con la horrenda tranquilidad del que hace una
visita a un compañero. Se me emborronó la vista. Habría preferido verlo injuriar y
maltratar a esos huesos muertos, como dicen que hacen los que practican las artes
infernales; porque estar sentado frente a frente en pleno día, como un hombre delante
de otro, con los restos podridos de la tumba, con algo tan repugnante a los ojos
mortales… ¡ah, me pareció más horrible que la noche en que lo sorprendí en la cripta
de la antigua capilla! No pude soportar esa visión, y me aparté de la raja. Y cuando
me iba, oí dentro un tableteo seco, como si se pusiese en movimiento un objeto
extraño. Eché a correr, y no me sentí a salvo hasta que bajé la escalera grande y vi a
suficiente distancia el estrecho ventanuco del oratorio, como la boca de la guarida de
un brujo». «Una visión horrenda, desde luego; pero no tiene nada que ver con el
asunto que nos ocupa; enciende esa otra lámpara y sígueme». Me levanté. «Esperad,
esperad, signor; eso no es todo. ¡Ah, estas cosas espantosas ocurren a menudo cerca
de nosotros sin que nos demos cuenta! Pensar que estamos junto a la cámara de un
ser que tiene tratos con los muertos… Pues bien, esta noche, signor, esta noche lo he
vuelto a ver». «Reprime esos aspavientos, Filippo; cuentan cosas que son peores que
tu historia». «¡Ah, signor!, es que ha sido exactamente así: los brazos se me
levantaban, los dientes me castañeteaban, y los ojos se me han abierto como platos al
verlo salir de su aposento y venir por la galería». «¿Por qué te cruzas en su camino, si
lo único que consigues es pasar miedo?» «No he podido evitarlo, signor; no he
podido. Habría echado a correr, pero tenía las piernas paralizadas; se acercaba
despacio como si caminara cargado. No me ha visto; esos ventanales dejan entrar
poca luz, y yo estaba acurrucado al pie de uno de ellos. Al pasar, me ha dado la
impresión de que sonaba algo con sus pasos. Me he fijado en él, por detrás, y he visto
que por debajo de su ropa asomaban los pies del muerto. ¡Ah!, en ese ser hay cosas
que son de vivos y cosas que son de muertos, así que no sabemos a quién estamos
viendo cuando pasa ante nosotros, ni en qué se va a transformar mientras lo miramos.
Lo he seguido, aunque sin saber adónde iba, ni sentir el suelo bajo mis pies. Ha
bajado unos cuantos escalones a la izquierda, donde sabéis, signor, que hay un muro
ciego y grueso como este. Entonces me ha parecido ver algo que me costaría toda una
vida explicar: no sé si se abrió el muro para recibirlo, o se hundió el suelo debajo de
él, o lo agarró una mano negra y gigantesca; o se extendió un olor a azufre en el

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instante de desaparecer». «Está bien, está bien; pero ¿qué has visto en realidad?»
«Pues he seguido tras él. No sé cómo me sentía, pero me he puesto a seguirle, cuando
de repente se vuelve hacia mí. ¡Santos benditos, no era el monje! Era una calavera lo
que me estaba mirando, con un brazo descarnado que me señalaba hacia atrás. He
echado a correr, pero sin osar volverme mientras lo tenía cerca, no fuera a
perseguirme. Eso ha sido hace más de una hora, y aún lo veo en todas partes: en las
paredes, en los techos; cuando la luz decae, lo sigo viendo. Incluso cuando cierro los
ojos. Jamás dejarán de mirarme esas cuencas profundas y oscuras». «¿Es así como te
preparas para acompañarme, sugestionándote con terrores acerca de alguien que,
sobrenatural o no, no tiene nada que ver con nosotros, ni con el plan de esta noche?»
«¿Vais a ir a la torre esta noche, signor?» «Allí voy, Filippo». Me levanté y cogí la
lámpara, porque sabía que era más fácil convencerle con el temor a la vergüenza que
con argumentos; aunque no me gustaba la idea de ir solo. Todos somos esclavos, en
todas las etapas de nuestra existencia y en todos los niveles de inteligencia, de un
miedo íntimo a la otra vida y a sus criaturas. El más sabio de nosotros, en el mismo
cenit de su lucidez, se sentirá súbitamente impresionado y coartado por una influencia
que le llega con los recuerdos de la niñez, con los sueños de la enfermedad, con una
visión nocturna o solitaria, con una historia, con una admonición, o con el mero
comentario de un criado o de una vieja del más bajo nivel de inteligencia o de
condición social, de cuyas fuerzas se ríe, se estremece y se rinde. Filippo me siguió
en silencio, avergonzado de exteriorizar sus miedos, aunque contrariado por tenerlos
que someter a una prueba más. Ippolito (porque es a ti a quien escribo estas páginas,
aunque dudo que llegues a verlas): deberás imaginar los pasos sigilosos, la
respiración contenida, la mirada baja y recelosa de los ojos que acompañan a esta
marcha, para poder describirte el efecto. Llegamos a la puerta de la galería. La
empujamos. Estaba abierta. En otro momento, este detalle me habría causado
extrañeza; pero ahora, la expectación me embargaba de tal modo que lo acepté con
esa satisfacción ciega que sentimos ante algo que inesperadamente nos facilita un
trabajo. Al entrar en la galería, no obstante, me asaltó una sensación desagradable. La
primera vez que la pisé lo hice guiado por el pobre Michelo, el desventurado anciano
al que mi curiosidad o mi miedo había causado la muerte. Con gesto instintivo, alcé
la lámpara hacia el rostro de Filippo para averiguar si estaba afectado; porque notaba
un cambio en mis percepciones que me predisponía a ver y justificar cualquier
extraña aparición en ese momento; y dos o tres veces, no de manera inconsciente pero
sí involuntaria, me oí a mí mismo llamarle Michelo. «No me llaméis Michelo aquí,
signor». Me turbó e irritó oír ese nombre; aunque era yo quien lo había pronunciado
primero, causándole un dolor que él deseaba olvidar.
Con muchas aprensiones de este género, unas veces resistiéndolas, y otras
resistiéndolas en vano, llegamos a los aposentos. Las puertas estaban abiertas
también; pero procuré apartar la atención de los detalles secundarios, calmar la
efervescencia y diversidad de mis pensamientos, y concentrarme solo en

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inspeccionarlo todo, y fijarme en cualquier circunstancia que explicase por qué
habían sido abiertos y visitados la noche anterior. Recorrí los dos cuartos sin prisa,
mirando en torno mío; pero no vi nada especial. Filippo iba más despacio, con la
morosidad del miedo, lámpara en alto, fijándose solo donde la luz alumbraba de
lleno. En el segundo aposento descubrí que habían quitado un tablero de la pared. En
seguida me vinieron a la memoria los detalles de mi última visita. Me dirigí
maquinalmente hacia allí; y Filippo, al verme entrar, no pudo contenerse. «¡Ah,
signor, cómo se nota que conocéis estos lugares horribles!; ¿acaso vais a bajar por esa
escalera, que parece conducir a la tumba? —se estremeció—. Si entrase yo ahí,
pensaría que la puerta se iba a cerrar detrás de mí, y que iba a quedarme encerrado
para siempre en esa oscura caverna. Pensaría —acercando la luz a la puerta con mano
temblorosa— que iba a descubrir los huesos putrefactos de algún desventurado, de
cuyo fin no se ha enterado nadie, arrojado a uno de esos rincones polvorientos».
Consiguió inquietarme al hacerme revivir, sin pretenderlo, todo lo que yo quería
apartar de mi pensamiento; porque comprendía que si me demoraba en las cosas
espantosas que recordaba o imaginaba, perdería toda resolución, y cuando llegase la
prueba suprema, si es que llegaba, no estaría en situación de afrontarla.
Le cogí la lámpara y, ordenándole que esperase en el aposento, bajé la escalera.
«Perdonadme, signor —dijo, siguiéndome ansiosamente—; si surge algún peligro, no
debéis afrontarlo solo». Pero no me costó convencerle de que esperase, ya que no
quería que descubriese lo que yo había visto, ni supiese lo que yo sabía. Era
demasiado despierto y porfiado; y si veía lo que allí había, no dejaría de sacar
conclusiones, demasiado atrevidas quizá. En cuanto a mí, tenerlo a mano aliviaría la
sensación de lobreguez y soledad.
Me metí solo; la lámpara ardía con dificultad en el aire denso. Habría querido ir
deprisa sin mirar más allá del límite de la luz que portaba; pero mi propósito era
investigar, y me sentía obligado a hacerlo. La abertura de la puerta-panel y la de la
escalera no podía decirse que fueran normales. En seguida llegué al sitio donde había
descubierto el esqueleto; ahora se hallaba abierto y vacío. Era el mismo nicho; pero
no había ni rastro de su anterior inquilino. Me quedé de una pieza. Mis pensamientos
fluían como ríos que se entrecruzaban oscuros, inquietos, turbulentos, cada uno
llenándome de perplejidad durante el breve momento que prevalecía. Todavía estaba
asomado a ese hueco, sumido en la duda y el temor, aunque con la sensación de que
se me estaban pasando, cuando vi a Filippo en lo alto de la escalera, haciéndome
señas. No reaccioné en seguida porque estaba completamente absorto, y me resistía a
sus gestos impacientes como el durmiente se resiste a las sacudidas que le damos para
despertarlo; pero antes de darme cuenta de cuál era su alarma, oí que se acercaban
pasos, y vi otras luces arriba. Eran pasos decididos y rápidos. Comprendí que no se
trataba de ningún espectro, y subí corriendo con mil emociones y propósitos. En un
instante quedaron sofocados, aplastados, borrados: mi padre y su confesor estaban en
la cámara. ¡Ah, cuántos pensamientos cruzaron por mi cabeza en esa pausa

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momentánea! Me olvidé de mi situación y de mis miedos. Las alusiones de Michelo,
los descubrimientos que habíamos hecho él y yo, el carácter y costumbres de nuestro
padre, el bien guardado secreto de estos aposentos ensangrentados… Ippolito, eres mi
hermano: después, he tenido ocasión de ver más que confirmadas mis sospechas; si
no, preferiría morir antes que contarte todo esto. Pero ¿qué es lo que he averiguado?
¿Qué tengo que añadir? Aunque mis pensamientos eran confusos y remotos, mis ojos
estaban involuntaria y dolorosamente fijos en los de nuestro padre: tenía una
expresión terrible. El monje, detrás de él, sostenía en alto una vela con su mano
huesuda, y su rostro estaba en sombra. «¿Qué haces aquí, Annibal?», dijo nuestro
padre con voz entrecortada de ira. Me quedé callado; porque ninguna réplica podía
aliviar mi agitación. «¡Desdichado, rebelde, parricida! —tronó—. ¿Qué haces aquí, y
quién te ha traído?» Su enojo me hizo reaccionar. «¿Por qué? ¿Acaso es un crimen
estar aquí?», dije. «Eso lo vas a saber —exclamó con fiereza—, al menos por el
castigo que merece». Dio media vuelta; y al descubrir a Filippo, pareció que le daba
un acceso de locura. Sacó la espada y embistió contra él con tal fuerza que el criado
se salvó milagrosamente saltando a un lado; pero la arremetida fixe tan enérgica que
la espada se hincó en la pared y se quedó clavada. Desarmado, volvió a arrojarse
sobre él; y de no ser porque intervinimos el monje y yo, lo habría arrojado escaleras
abajo, o lo habría estrangulado contra el zócalo. ¡Ah, es horrible sujetar unos brazos
que forcejean a la vez que miras unos ojos sanguinolentos, unos labios contraídos y
lívidos, y oyes los bramidos de un hombre convertido en demonio de pasión!
«¡Bellaco! —tronaba, echando espumarajos, y casi sin que pudiéramos sujetarlo—.
Por culpa de individuos como tú soy perseguido, calumniado y puesto en sospecha;
mi castillo se ha vuelto una prisión, y tiemblo cada vez que sorprendo las miradas de
mi propia servidumbre. Os reunís junto al fuego a conspirar, y hasta el búho parece
que me grita “asesino” desde las almenas». «¡Chist, chist, no digáis locuras!»,
murmuró el monje en un tono especial. «Seguidme —dijo nuestro padre, volviendo a
su estado de sombría hosquedad—. ¿Dónde está mi espada?» Miró hacia el lugar
donde se había quedado clavada. La luz que el monje se apresuró a levantar le
alumbró el rostro de lleno: no querría yo tener en el pecho, por muchos millones que
me ofrecieran, un corazón concertado con la expresión que afloró a su semblante
unos segundos. La espada se había ido a hincar en un sitio de la pared donde la
mancha de sangre destacaba de manera palpable. Con los ojos (que parecía incapaz
de apartar o cerrar) terriblemente fijos en ese punto, dijo dos veces, desfallecido, y
para sus adentros: «¿No hay nadie que quiera darme mi espada? ¿No hay nadie que
quiera acercarse a esa pared?» Fue el monje, la arrancó y se la devolvió. Nuestro
padre dio media vuelta con el esfuerzo del que trata de levantar la cabeza, henchir el
pecho, y caminar con orgullo; pero su paso era desigual, y le temblaba todo el cuerpo.
Nos ordenó secamente que le siguiéramos; no fui capaz de negarme, y estaba tan
enajenado que no pensé en mi situación. El monje, que llevaba la luz, se detuvo un
momento, como para vernos desfilar de la habitación. «Venid deprisa, padre; estoy a

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oscuras y solo; ¡vamos, vamos, venid!» Fue elevando la voz, como si se acercase
rápidamente algo que le causaba alarma; el final fue casi un chillido. El monje se
apresuró a salir, y le seguimos. Nuestro padre se colocó entre nosotros al bajar la
escalera. No puedo explicarte mis sentimientos: eran oscuros, confusos, extraños.
Estaba convencido de que un peligro se cernía sobre mí, pero no lograba identificarlo
ni calcularlo. Ippolito: no sé si me vas a censurar o a admirar; pero si analizo lo que
sentí en ese momento, creo que fundamentalmente fue placer; un placer dudoso,
sombrío; pero a la postre, placer. El descubrimiento que había hecho parecían
confirmarlo plenamente esta persecución de nuestro padre, su ira, su terror, y otros
mil detalles. Y ya se debiera al orgullo que me inspiraba mi propia sagacidad y
perseverancia, a la satisfacción irresistible que acompaña a la disipación final de la
duda y la perplejidad, o a alguna otra fuente secreta dentro de mí, lo cierto es que era
claramente consciente de un placer no pequeño. Pero en medio de todo este terror y
de este peligro, lo que sentía estaba a punto de acabar dramáticamente. Llegamos
abajo sin oír otra cosa que nuestros propios pasos. Torcí impensadamente hacia la
izquierda, donde el corredor comunicaba con el castillo. Nuestro padre y el monje se
detuvieron. Adiviné una consulta homicida en esa pausa. Los miré. La lámpara
alumbraba poco debido al movimiento, y no reveló un solo rasgo de sus caras en el
que poder confiar o leer compasión. Me asusté mortalmente. «Ese es el pasadizo —
balbuceé, señalándolo— por el que se sale de la torre». «Pasadizo —dijo nuestro
padre lúgubremente— que tardarás mucho en recorrer». Mis oídos captaron sus
palabras en ese estado de confusión en que comprendemos su significado pero se nos
confunden los sonidos. Sabía que me amenazaba un peligro, pero era incapaz de
imaginar su naturaleza y su grado. Nuestro padre dio unos pasos a la derecha, abrió
una puerta con dificultad, y me indicó con la mano que entrara. Obedecí con un
desaliento estúpido que me privaba incluso del deseo de resistir. Había una especie de
vínculo oscuro entre él y esa torre, de manera que lo sentía como el señor del lugar, y
del tiempo, y obedecí al gesto de su mano como si fuese yo el instrumento de su
poder. Un instante después se cerró la puerta detrás de mí. Los rostros humanos se
habían quedado fuera. Sus pasos se perdieron en seguida, y oí cómo se iban cerrando
puertas, una tras otra, cada vez más lejos. Pero no tuve conciencia de que me quedaba
solo hasta que se apagó completamente el último eco.
Cuando miré a mi alrededor, todo era oscuridad y silencio. No tardó en despuntar
el alba, y me reveló un cuarto desolado, tan cubierto de polvo por el largo abandono
que las paredes, las ventanas y el techo parecían dormir el mismo sueño gris e
indistinto. No había nada que destacase especialmente; podía uno estar mirando hasta
volvérsele la vista tan borrosa como los objetos, sin que estos la aliviasen con alguna
variedad: todo era uniforme, denso, inerte. Un momento después había completado la
penosa inspección, y me abismé en mis propios pensamientos. Intenté orientarlos
hacia fuera. No había nada que me los fijara o atrajera. Salió el sol, y el largo, largo
día fue transcurriendo sin que hubiese nada en que ocuparme. «El hombre acudía a su

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trabajo y su labor» mientras yo permanecía sentado, presa de una fría parálisis. La
llegada del monje con la comida me liberó de unas ideas que momentos antes me
habían llenado de angustia. También me trajo medios con que prepararme un lecho; y
tan miserablemente deseoso de variedad está el espíritu en esa clase de situaciones
que todo lo miré con ojos desamparados. La misma posibilidad de que me cambiasen
de encierro, que ahora vi frustrada, había representado un implícito alivio para mí.
Vino y se fue envuelto en un mutismo que mis súplicas no consiguieron romper; ni
arrancarle siquiera una mirada que indicase un deseo o un futuro propósito de hablar.
Se marchó y me dejó solo. ¡Qué soledad, estar encerrado! Ojalá no vuelva a sufrir
una experiencia como esa. Cualquier otra aflicción genera la fuerza necesaria para
resistirla. Ha habido quienes cantaban en la hoguera, y sonreían en el potro de
tormento. Pero el sufrimiento enervado, la sórdida languidez, el vacío desamparado
del confinamiento solitario, en el que el tiempo transcurre sin que nada lo marque o
lo mida; en el que la luz y la oscuridad son lo único que distingue el día y la noche,
en vez del trabajo y el descanso; en el que, con el embotamiento de la inactividad, el
hombre siente que se va volviendo parte de los objetos inertes que lo rodean, igual
que las cadenas que se le hunden en la carne con fría y sorda sensación empiezan a
formar parte de ella… ¡Ah!, ¿qué significa todo eso para un ser dotado de
pensamiento, de movimiento, de inteligencia? La conciencia de la vida sin sus
atributos… la oscuridad de la muerte sin su descanso.
Cuando cesó este primer tumulto de emociones, y comprendí que efectivamente
me habían dejado solo, me puse a considerar con qué recursos contaba; porque me
horroriza la completa inactividad. No tenía libros, ni pluma, ni ningún instrumento o
medio para dibujar. Lo único que podía hacer era… explorar mi cerebro, y
alimentarme de lo almacenado en él. Había leído y reflexionado más que la mayoría
de los jóvenes de mi edad; y me esforcé en convencerme de que, a falta de objetos
externos, abismarme en la meditación sería una ayuda más que un impedimento. Pero
al poco tiempo me di cuenta de lo diferente que es cuando acudes a ella en busca de
alivio. No podía pensar. Cualquiera que fuese el curso por el que pretendiese
encauzar mis pensamientos, ya fuera somero o profundo, en seguida se volvía
insípido y languidecía hasta perder toda consistencia. A cada intento de ejercicio
mental sucedía una abstracción monótona, vacía de objeto, de asunto, de nada que
estimulara la reflexión, así que me aferraba lúgubremente a las cosas de alrededor sin
extraer de ellas una imagen ni una consecuencia. Aquí estaba desterrado todo
consuelo exterior. El que se cansa puede arrojar el libro, o cambiar de compañero, o
entregarse a la meditación sin temor al vacío. Yo no podía hacer nada de eso. Mi
condena debía ser sin remisión ni variedad, y mi desaliento sin esperanza. Cuánto
tiempo luché, y cuán amargamente tuve que desistir. Incluso intenté entablar debates
interiores, plantear objeciones, construir respuestas; pero mi capacidad de razonar se
desvanecía dentro de mí. Me esforzaba en interesarme en un asunto, en encontrar
placer donde sabía que lo había sentido antes; en considerar importante aquello por lo

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que había luchado a menudo; pero todo resultaba frío, oscuro, remoto. No conseguía
establecer contacto espiritual con nada; sin embargo, me daba cuenta de que me
convenía mantener lo más alejado posible aquello que se interponía. Finalmente
empecé a hablarme a mí mismo en voz alta con la esperanza de fijar la atención y el
interés. Intentaba afirmar, y refutar, e interrumpir, con la forzada afectación de los
debates encendidos y apasionados de sociedad. Las palabras se me embarullaban sin
querer; y aunque fingía hablar con vehemencia, tenía los ojos y el pensamiento
maquinalmente pendientes de la puerta y de las ventanas, situadas a una altura
inalcanzable.
El monje me visitaba solo una vez al día, estoy convencido de que con toda
intención; pero al menos una vez al día tenía la satisfacción de ver su cara grave, y oír
siquiera sus pasos lentos y descorazonadores. ¡Me es imposible decir con qué
ansiedad aguardaba ese momento, y cómo estaba atento a oír los chirridos de la llave
al resistirse la cerradura herrumbrosa, a fin de sentir más tiempo la presencia de un
ser humano (como yo lo consideraba)!… ¡Cómo alargaba yo los preparativos para la
comida que traía, a fin de obligarle a estar más tiempo delante de mí! ¡Cómo
multiplicaba mis preguntas, aunque sabía que no las iba a contestar, solo porque la
conversación se hacía más humana viendo a la persona a la que hablas! ¡Cómo me
levantaba sin probar la comida para observarlo cuando se iba, y me quedaba en
suspenso para averiguar, forzando los sentidos, si era su última pisada, o la
penúltima, lo que oía! Sin embargo, eso no era sino una balsa de aceite comparado
con lo que soportaba por las noches. Durante el día podía recorrer las regiones de mi
cerebro y examinar sin temor sus rincones más tenebrosos; pero las primeras sombras
de los arcos profundos de las ventanas eran aviso de que debía cerrar el acceso a toda
idea insensata, o solemne, o fantástica; a todo lo que tuviese relación con los
sentimientos que el lugar podía sugerir. Medía el reducido círculo de mis
pensamientos con la cautela del que avanza por un pasadizo con miedo a que surja un
asesino de cualquier recodo y se abalance sobre él. Cuando llegaba la hora de la
oscuridad, que ninguna luz artificial atenuaba, ni las sombras retrasaban su llegada
para hacerla amable, dejaba de mirar a mi alrededor; porque las siluetas, sólidas
durante el día, empezaban a desdibujarse con la luz dudosa. A menudo me quitaba la
capa y me envolvía la cabeza con ella, no fuera que algún otro ruido se ocultase en el
susurro de sus pliegues. Pero aunque la oscuridad a mi alrededor era siempre espesa,
sabía que podía haber quietud sin reposo y opresión sin cansancio. Me era imposible
dormir: permanecía despierto para velar mis pensamientos, y sobresaltarme con
instintivo temor cuando alguno derivaba hacia los detalles de la noche última. Si me
dominaba el sopor, el hábito me sacaba de él en el instante en que me visitaba alguna
de esas imágenes. Tras la experiencia de la primera noche, decidí dormir más, al
menos, valiéndome del cansancio corporal. Las dimensiones del aposento me
permitían muchos modos de ejercicio; porque, como sabes, soy fuerte y activo. Así
que cada intervalo de una hora, según podía calcular, me levantaba a ejercitar los

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músculos. ¡Pero qué aburrido es el esfuerzo en solitario sin el estímulo de una
competición, el espíritu atlético sin una meta o un triunfo que disputar con otros! Me
levantaba y me esforzaba hasta el agotamiento. Notaba, sin embargo, cuando me
hallaba en ese estado tumultuoso en que los movimientos se vuelven en cierto modo
involuntarios, que los míos se orientaban todos a trepar. Una de las veces conseguí
subir por el muro desigual con sorprendente agilidad; pero me solté en cuanto me di
cuenta, porque sabía que no tenía posibilidad de escapar por ese medio. Pero cuando
lo dejé (el ritmo que el ejercicio violento imprime a la sangre y al ánimo parece
comunicarse a todas las cosas, por lo que el ejecutante, después, mira en torno suyo
con una sensación de euforia que el mundo parece compartir: los árboles y los
campos se mecen y ondean ante sus ojos), cuando lo dejé, ninguna voz me aclamó. El
eco del ruido que hice resonó larga y pesadamente en los corredores; y los muros
siguieron inmóviles, oscuros, impasibles, como si quisieran mostrar su desprecio
hacia el esfuerzo insignificante por escapar incluso al pensamiento de su influjo,
hacia unos ejercicios por la salud y la libertad practicados en una prisión. Miré a mi
alrededor con desaliento. Casi esperé oír una carcajada siniestra junto a mí; casi
esperé ver las figuras de esos (si es verdad que los hay) que se placen en frecuentar
las prisiones para recrearse en el sufrimiento; en turbar el breve sueño del cautivo; en
presentarle, en la oscuridad de su celda, sombras que aguardan la hora del descanso
para sorprenderlo; en mandar a su reja las caras y los murmullos de aquellos a los que
ama, y cuando abandona de un salto su yacija, asomar por los barrotes un semblante
deforme que hace mofa de él. ¡Ah, qué preñada de imágenes espantosas está la
soledad! Finalmente, pensé en lo que había leído sobre los recursos que otros han
utilizado en la soledad de la prisión. Pensé con amargura en el escaso interés con que
había leído esas cosas. La tercera noche, no obstante, empecé a hacer muescas con el
cuchillo en la madera de la puerta para contar los días que pasaba encerrado. Pero al
darme cuenta de que era un completo cautivo, y de que había adoptado tan pronto los
comportamientos y hábitos del que lleva años consumiéndose en la enfermedad y la
esperanza diferida, en la muerte lenta de la ansiedad prolongada… el cuchillo se me
cayó de las manos, y me eché a llorar. ¡Ah, que nadie me hable, que nadie me hable
en lo sucesivo, de los poderes de los que adquiere conciencia el espíritu en soledad!;
de la utilidad de la reclusión, y de los descubrimientos con que nos deleita el
conocimiento interior. El hombre solitario no conoce otra cosa que la aflicción y el
vacío. La soledad es un principio hostil que repugna a la naturaleza; es el letargo de la
vida, la tumba del espíritu.
Ese fue el estado general de mis sentimientos durante mi encierro. La undécima
noche, cuando ya me suponían quebrantado por el cansancio o por la impaciencia del
confinamiento, me disponía a dormir, cuando me pareció oír pasos. Me incorporé con
esperanza y temor. Se acercaban. No hay palabras que puedan expresar los
sentimientos encontrados con que los oí acercarse: vi luz a través de las rendijas de la
puerta; oí girar la llave, y chirriar los goznes. La libertad no habría podido

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compensarme de semejante momento. ¡Era nuestro padre!
Se acercó con paso lento, indeciso, según me pareció; alzó la luz que traía, y
paseó ávida y atentamente la mirada a su alrededor. Me dio la impresión de que había
otros fuera. Al descubrirme, se irguió orgullosamente. Me levanté para escuchar lo
que tuviera que decirme. «Annibal —dijo bajando la luz y clavando sus ojos en mí—;
como ves, no soy hombre al que se pueda provocar impunemente». «Lo que veo —
dije— es que podéis castigar sin que medie provocación; ¿o por qué estoy aquí? ¿Por
haber visitado una parte de la morada paterna? ¿Por haber entrado donde no puedo
molestar ni alarmar?» «Debía haberte bastado mi voluntad de que no se abran esos
aposentos. ¿De quién puedo esperar obediencia, cuando mis propios hijos sobornan a
los criados para que transgredan mis órdenes? ¿Y qué —añadió tras una pausa—, qué
has obtenido con tu desobediencia? ¿Qué has visto o has conseguido que mereciera el
riesgo de mi enojo? No has encontrado más que polvo y escombros… nada que no se
pueda ver en otras ruinas». Había una extraña calma en su voz que me despertó de la
apatía que me dominaba. Alcé los ojos. Me miraba con tan singular expresión que al
punto me hizo reparar en lo último que había dicho, y comprender su significado. Sus
preguntas, evidentemente, pretendían sonsacarme qué había visto, qué había hecho o
qué había descubierto; si había dado con algo que no siempre se puede encontrar en
unas ruinas.
La confirmación de que había venido no a compadecerse de mí y a liberarme,
sino a sondear e interrogar a quien creía que el confinamiento había ablandado y
debilitado, me deprimió y me dio fuerzas a la vez. Semejante falsedad me sublevó.
Me pareció que no era mi padre, sino un asesino que aprovechaba la ventaja de tener
a su víctima desarmada; y decidí resistirle con las fuerzas que me quedaban, y
rechazarlo, confundirlo y derrotarlo. Aún tenía la posibilidad de contraatacar; porque
había oído contar muchas veces cómo habían sacado a más de uno revelaciones que
se esforzaba en ocultar, haciéndolo caer súbitamente en un arrebato de ira, o
responder a una réplica inesperada.
«Cualquiera que sea el descubrimiento que haya hecho —dije—, estoy
convencido de que carece de interés para Vuestra Señoría, y por tanto no puede ser
causa de vuestro enojo». «Entonces, ¿has hecho descubrimientos? —dijo, impaciente
—. ¿Y por qué debe presumirse que carecen de interés para mí?» «Yo al menos no
esperaba que lo tuvieran —dije con maliciosa satisfacción—. Pero dado que Vuestra
Señoría dice que no hay nada que descubrir, que nada hay aquí que no podamos
encontrar en otras ruinas, debo suponer que lo que he visto es una ilusión o una
insignificancia; y en uno y otro caso, ¿qué interés puede tener para vos?»
Sus ojos llamearon, y le temblaron los labios. «¡Bellaco insolente, te burlas, y
gozas rebelándote porque crees que no tengo poder para castigarte, pero te equivocas!
Poseo medios terribles… medios que ni imaginas. No me obligues a recurrir a ellos.
Recuerda que no serán momentáneos, porque no están concebidos para arrancar una
confesión, sino para castigar la porfía. No; yo no necesito tu confesión, muchacho

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estúpido. Yo sé todo lo que tú puedas saber; y también la explicación, cosa que tú no
sabes. Pero reconozco que deseo disponer de una excusa para perdonarte y levantarte
el castigo. Dime, pues, cuántas veces has venido aquí con ese viejo falsario al que la
muerte ha salvado de mi enojo. Dime qué te contó, y qué te enseñó; dime…»
Calló, como si de pronto se hubiese dado cuenta de que estaba mostrando
demasiada ansiedad. No pude reprimir el impulso que sentí en ese instante. Me
incorporé y, clavando los ojos en él, exclamé: «Si os lo dijera, agravaríais aún más mi
cautiverio, o me mandaríais a donde todos dejamos de sufrir». Pero en cuanto hube
satisfecho ese impulso, comprendí que lo que había dicho era peligroso y estúpido; y
confundido, desvié los ojos. «Si —dijo con la voz del que está decidido a sacrificar
sus pasiones a una meta—, si tan temible soy, ¿por qué no tienes miedo de mí? Te
aseguro que no sería infundado. Piensa hasta dónde llega mi poder, y piensa que estás
a su alcance. La resistencia que hasta ahora se te ha permitido ofrecer la atribuyes
erróneamente a una quimérica fortaleza de espíritu y de principios que imaginas que
ninguna prueba puede doblegar. Créeme: eso es solo porque la prueba hasta ahora no
ha sido rigurosa —sentí que la tierra me faltaba bajo los pies—. Has crecido en el
lujo, Annibal, y entregado al espíritu romántico de un retiro contemplativo. Para ti, la
soledad no implica sufrimiento mientras no la acompañen esas privaciones que la
caracterizan como castigo. Siempre que te traigan alimento abundante y aceptable, y
tus medios de descanso sean cálidos y amplios, la soledad a que te sometan no tendrá
ningún efecto sobre ti. Pero si te quitan esos estímulos de ficticio valor, si te niegan la
luz, y el calor, y el espacio, y la libertad, descubrirás cómo ese valor que imaginas
que mana inagotable del principio resulta ser siervo efímero de una causa
contingente, demasiado insignificante para contar entre los altos motivos de un héroe
encadenado».
Sus palabras me encogieron el corazón. ¡Cuán profundamente ciertas eran! ¡Cuán
superfluamente cruel su ironía! ¡Ah!, es fácil resistir a los que solo se valen de las
armas ordinarias del castigo, cuyos golpes podemos calcular y esquivar; a los que
dirigen sus golpes a las partes expuestas y preparadas para el común asalto diario.
Pero cuando el torturador se te acerca armado con un conocimiento superior de tu
naturaleza, cuando sabe exactamente qué nervio responderá con la más intensa
vibración de dolor, qué puntos débiles estás deseoso de guardar y ocultar, cuáles son
las vías y accesos a los centros de sufrimiento más íntimos y vitales de tu persona,
entonces, entonces llega el dolor de verdad, entonces llega el miedo de verdad, el
sometimiento desesperado. Eso es lo que yo sentí, aunque aún quería ocultarlo.
«Sé que tenéis mucho poder —dije—, y creo que no tenéis piedad. Sin embargo,
no me considero falto de recursos. Aún conservo intacto el espíritu; mi enojo contra
la opresión es connatural, y mi conciencia está limpia de agravios. Ese es mi gran
sostén y asidero. No voy a declamar sobre la excelsitud de la inocencia encerrada en
una mazmorra; sería ridículo, y opuesto a la naturaleza. Probablemente sufriré
mucho; pero ese sufrimiento, estoy convencido, lo harán soportable las grandes

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ayudas que acabo de citar. No dormiré mejor sobre una losa que debajo de ella; pero
hasta que me destruyáis la salud, dormiré tranquilo; y no me asustará, mientras esa
luz confusa dure, contemplar los rincones de mi mazmorra por toscos y tenebrosos
que sean, ni, cuando esté acostado, escuchar los cambiantes aullidos del viento en los
corredores; lo peor que puedan anunciarme será que esa noche va a ser oscura y fría».
Mientras hablaba, una ráfaga sonora sacudió la puerta, y agitó y avivó la llama de la
lámpara.
«¿Eso es todo? —dijo nuestro padre con una voz que pretendía que sonase
despreocupada—. ¿Estás seguro?» «Me recrearé, incluso divertido —dije; porque me
sentía exaltado y con enormes ganas de seguir hablando—, en las sombras fantásticas
que la oscuridad y mi visión nublada hagan surgir de los muros de mi prisión… tal
vez mi tumba». Me vinieron las imágenes mientras hablaba; y me asomaron lágrimas,
no de desaliento, sino de tristeza y convicción.
«¿Fantásticas? —murmuró él para sus adentros—, ¿llamas fantásticas a esa clase
de figuras?» «¿Qué figuras?», dije, sobresaltándome a mi vez. Alcé los ojos; le
sorprendí mirando de manera extraviada por la cámara. Extendió un brazo, y lo
retrajo. Dio un paso atrás, casi encogiéndose, hasta que se pegó a mí. «¿Qué es lo que
veis —dije—, que hacéis ese gesto?» «¿Acaso no tienes ojos, que no lo ves? Tú eres
el causante; el que lo ha llamado aquí. ¿Por qué hablas de esas cosas? Mencionarlas
siempre trae esto» —alargó un brazo hacia atrás para agarrarme; no para que
observara, sino para apoyarse, mientras señalaba con el otro, desplazándolo
lentamente a su alrededor con el movimiento quimérico que veía. Me estremecí
horrorizado. Era la primera vez que tenía delante a alguien convencido de la
presencia de una naturaleza espiritual. Mis ojos siguieron involuntariamente la
dirección de los suyos; pero no veía nada, salvo el fondo oscuro y vacío del cuarto,
que el ofuscamiento que se estaba apoderando de mí volvía más oscuro aún.
«No me hagáis señas —prosiguió en voz baja—; ese no es el sitio… No… no
podéis mostrarlo… Aquí, en esta habitación, estoy a salvo».
Su expresión se dilató en un rictus demasiado horrible para llamarlo sonrisa. «En
nombre de cuanto hay sagrado, ¿con quién habláis, y qué señaláis?» «¿Quién está
junto a mí? —dijo—. ¡Ah, eres Annibal! ¿Por qué me agarras así del brazo? ¿Qué
miras tan fijamente? Ahí no hay nada… nada, créeme». «Yo no veo nada —dije—,
pero vuestras palabras me desconciertan». «Entonces mira hacia otro lado. Ya ves que
no hay nada; extiendo el brazo así, ¿te das cuenta?, y no tropieza con nada; pero las
sombras de estos antiguos aposentos a menudo adoptan formas caprichosas —se pasó
la mano por la frente una o dos veces—, Annibal, cuando tengo el espíritu agotado
como ahora, suelo decir incoherencias. No las escuches; y si lo haces, atribúyelas a la
ansiedad que me causas, y hablemos de asuntos que te atañen: Annibal, revélame qué
has visto y oído».
Me quedé estupefacto ante semejante cambio, de amenazarme con un castigo
espantoso a intentar ocultar su culpa con las argucias más abyectas. No pude contener

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mi indignación. «Lo que he visto y oído —dije con vehemencia— confirma mis
descubrimientos». Estas palabras enérgicas le sacaron al punto de su horrible
abstracción. «¿Cómo te atreves —dijo con severidad—, cómo te atreves a persistir en
esa parodia de sospecha y ofensa? Porque es una parodia: engañas a tu propia
credulidad y falseas tu propia convicción a fin de perseguirme y calumniarme; no
tienes ninguna prueba… lo que has visto en la torre no lo admite como tal sino un
espíritu malvado que prefiere acusar mentalmente a su padre de asesinato a que falte
alimento a sus ansias frenéticas de emoción». «Me acusáis injustamente —dije,
asombrado ante la claridad de sus alusiones, pero dispuesto a sacar partido de su
aparente disposición a razonar—; lo que he descubierto me lo han revelado una serie
de acontecimientos que ni podía controlar ni conocía su origen. Os aseguro que seguí
esos pasos encogido y lleno de aprensión, con un miedo que sobrepasaba el natural,
con sombríos presentimientos cuyas consecuencias me temo que se van a confirmar
sobre mi cabeza. Las visiones que he tenido…» «¿Visiones? —me interrumpió—;
solo ha habido una, y maldita la insensatez que me ha tentado a revelarla. Pero cómo
iba a pensar que ese viejo fisgón te llevaría a husmear precisamente en ese sitio». Lo
dijo con tan involuntaria rapidez que estoy convencido de que imaginó que no le oía;
como el hombre que, sin darse cuenta, responde a sus propios pensamientos. Pero
cada palabra me llegó tan clara como si su propósito fuera grabármelas en el cerebro.
Creo que leyó el horror en mi cara; porque retrocedió, y dijo con furia: «Tu semblante
es horrible; me fulminarías con los ojos si pudieses; veo una expresión en ellos peor
que la que brillaba hace un momento. Lo importante es que estén callados ellos, y no
digas nada tú, aunque veas esas cosas. Pero tú no eres como ellos; a ti puedo
prenderte y encerrarte, y hacerte sufrir. Y recuerda que en esta contienda de
persecución llevas las de perder. Tengo medios para infligirte más de lo que puedas
imaginar, más de lo que podrías creer. El espíritu que ha resistido la oscuridad y la
soledad puede ser doblegado hasta el menosprecio y la degradación. ¡Desdichado, no
conoces siquiera la mitad de mi poder! Ignoras que estoy en posesión de un secreto
cuya revelación podría convertirte en un vagabundo, en un mendigo sin nombre ni
fortuna, con el escarnio aullando a tus talones y el hambre obligándote a seguir; que
esta misma noche podría arrojarte de mi puerta a la indigencia y a la infamia».
«Arrojarme a la indigencia podréis; pero no a la infamia. Y pido a Dios que os haga
confesar ese secreto, y me arrojéis de vuestra casa como amenazáis. Porque tal vez no
me libre de la infamia mientras lleve vuestro nombre y viva en este matadero
blasonado y amurallado. Si me fuera dado ganar mi propio nombre, y establecer mi
propia fama, querría solo tener limpio el corazón, las manos fuertes, la espada que me
habéis quitado, y este precioso retrato que me infunde nobles pensamientos». En el
transporte de entusiasmo, me saqué del pecho el dibujo, lo besé, y lo mojé con cálidas
lágrimas. Él se inclinó para verlo, con indiferencia me dio la sensación; pero, ¡Dios
mío, qué efecto le produjo! ¡La expresión con que unos momentos antes había mirado
o parecía mirar las sombras de los muertos había sido plácida y serena, comparada

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con esta mezcla de emociones terribles! ¡Era de horror y de júbilo salvaje! Lo
observó unos instantes con avidez y desesperación, ¡y a continuación trató de
arrebatármelo! «¿Dónde…? ¿Cómo…? ¿En virtud de qué hechizo o brujería has
conseguido eso? Dámelo. Me pertenece. Es mío. ¡Desdichado!, ¿cómo te atreves?…
Te has apoderado de él para perderme y hacerme enloquecer. No intentes oponerte; se
lo arrebataría a un lobo hambriento». «A mí no me lo quitaréis —dije, protegiéndolo
con firmeza—; me ha acompañado en la paz y la libertad, y nadie me privará de él en
el cautiverio. No me importa quién lo vea, ni que se sepa su procedencia; lo he
copiado de un retrato de esa torre. El original lo llevo en mi corazón: es su elegida,
futura dueña de él. He hecho promesa solemne de buscarla por todo el mundo;
promesa que cumpliré si salgo con vida de este lugar». «Muchacho desventurado y
miserable; si es verdad eso, no sabes lo que dices —juntó las manos con fuerza dos o
tres veces en un gesto de consternación; hablaba, evidentemente, sin reserva ni temor
—. Mis crímenes han maldecido el mundo. El veneno chorrea de los bordes de
nuestro vestido. Las generaciones venideras volcarán su cargamento de pecados sobre
mi cabeza. ¡Annibal, Annibal, óyeme bien!: me has llenado el alma de desolación;
¿quién sino tú me ha visto humillado de este modo? No hablo dominado por la pasión
o la venganza; por una venganza como la que tu desventurada obcecación, me
estremece pensar, podría dirigir contra mí. No quiero hundir la tuya en la
condenación eterna. Annibal, si vieses alguna vez el original de ese retrato, huye de
él, de su morada, de su contacto, de su vista. Si su pensamiento te visita, destiérralo
como harías si se tratase de un espíritu maligno con los susurros tentadores del
mismo Satanás; cuando te asedie, acude a un hombre santo y pídele que te enseñe la
penitencia y la plegaria virtuosa para arrojarlo de tu lado. Recuerda que esta
advertencia no la hace alguien movido por debilidad del amor —calló porque le
ahogaba la ansiedad—. Annibal, déjame verlo, te lo ruego. Deja que vea ese rostro,
solo una vez más. Lo veo tan a menudo envuelto en llamas y horrores que quisiera
verlo en paz, sonriente de vida —lo dijo con la caima tremenda del sufrimiento
cotidiano; se lo mostré con mano precavida—. Pobre Erminia —murmuró para sí; y
lo contempló con esa ternura apenada y compungida con que miramos un semblante
transido de dolor—. ¡Pobre Erminia!», exclamó otra vez, sin dejar de mirarla.
Entretanto, yo me había recobrado. «Si ya no vive el original —dije, sin esperanza de
que contestara—, ¿qué puedo temer de lo que, a lo más, sería una aparición? El
original ha muerto y descansa en su tumba; ¿debo huir entonces de su sombra?» «No,
no —dijo en voz baja—; no descansa en su tumba». ¡Nuevamente observé que su
mirada se quedaba fija en ese vacío horrendo y sin nombre que denota la presencia de
algo invisible al órgano común de la vista! Otra vez se me heló la sangre. «Os lo
ruego —dije, levantándolo y sosteniéndolo con firmeza—, os lo ruego; no os dejéis
anonadar de ese modo otra vez; no soporto veros así. Vuestros criados están ahí fuera;
mandad que vengan, antes que dejar que os domine. No puedo soportarlo. Soy un ser
cautivo, solitario, atemorizado; veré vuestro rostro demacrado en todos los rincones;

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en todas mis pesadillas». No podía moverlo. Parecía que tenía las piernas trabadas y
tiesas; los ojos, también, los tenía absolutamente fijos; no podía hacer que los
desviara. Parecía que hablaba con gesto serio a alguien que estaba entre la puerta y él;
pero sus palabras se perdían en un murmullo inarticulado. Mis ojos seguían la
dirección de los suyos; y aunque un miedo casi rayano en la agonía me aguzaba la
vista, no conseguía distinguir nada. «Sí —dijo con esa voz baja y extraña—;
¡demasiado bien la veo! ¡No sois de este elemento! Ahora surgís del suelo, ¡os dirigís
a la puerta! ¡No se han ido aún… aún no! No. Son más grandes… más oscuros…
¡más feroces! —calló, pero no se apaciguó su terror; yo no podía hablar; luego añadió
en tono más profundo, con solemne entusiasmo—: ¡Si sois efectivamente reales, y
venís con poder, y con un propósito concreto; aguardad, y me reuniré con vosotros si
me está permitido; porque a ese modo de asentir con la cabeza y llamar con gestos
nadie puede resistirse! Quedaos ahí, y teneos ante mí visiblemente; comprobaré si
sois realmente como parecéis. ¡Voy con vosotros! ¡Ahora! ¡Ahora! —agarró una luz
en cada mano y fue derecho a la puerta—. ¡No están! ¡No están! No quiero volver a
mirar, no vaya a ser que surjan otras figuras —y mientras retrocedía, dijo—: Por el
Cielo, me han oído los de fuera… se están riendo de mí… ¿También tú te ríes,
desdichado rebelde? Tú me has traído esto. A esta debilidad me han reducido tus
crueles persecuciones». Abandonó el aposento, dejándome con la convicción de que
los planes del culpable los frustran a menudo sus propios terrores, y que su cobardía
contrarresta suficientemente su malevolencia. Pero toda la utilidad de la lección se
esfumó con los temibles recuerdos que la acompañaban. Si el objeto de su visita era
castigar, desde luego lo había cumplido. El terrible espectáculo de un ser
debatiéndose bajo el peso de la acción cometida, o la conciencia de un crimen,
agobiaba mi alma casi como si hubiese participado yo también; cada ráfaga de viento,
esa noche, me traía aquella voz baja y extraña con la que había hablado, según creía
él, con seres que no eran de este mundo; veía su cara pálida y desencajada cuando
cerraba los ojos, y cuando los abría pasaba ante mí silencioso, en la oscuridad; cada
vez que me dormía, lo veía en sueños. Pero «con la mañana llegó el gozo»; un gozo
como ninguna madrugada me había traído desde que estaba encerrado. Bajo la
conducción del monje, fui trasladado de ese lóbrego lugar a otro de la misma torre,
más espacioso y luminoso. Y respondiendo magnánimo a mis insistentes súplicas,
dijo que me traería algún libro.
Cuando salió a cumplir su promesa, me invadió una sensación nueva; como si una
luz de esperanza acabara de caer sobre mi vida. No es posible describir la frescura y
novedad de mi alegría ante la idea de disponer de un recurso que tanto tiempo me
había sido negado; que me asombraba haberlo desechado en otro tiempo por apatía,
capricho o abandono; que me asombraba que, poseyéndolo, pudiese nadie sentirse
desdichado; que me asombraba, sobre todo, no haber comprendido hasta ahora su
valor. Durante la hora que el monje estuvo ausente me sentí demasiado dichoso para
contemplar la posibilidad de un desencanto. Mil sensaciones risueñas me

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embargaban. Con la generosidad propia de la alegría, habría querido comunicar mi
estado de ánimo a esos haraganes que bostezan ante las bibliotecas, a esos cuyos ojos
recorren los libros sin enterarse de su contenido. Mi inminente ocupación me parecía
inagotable: me acordé de cuando me quejaba si no tenía varios libros entre los que
escoger. Ahora, en cambio, me bastaría uno para enfrascarme el día entero.
Podré detenerme en cada frase, me decía; y aunque su significado carezca de
novedad, o de originalidad, pensar en ella me suscitará alguna cadena de
pensamientos; llegaré a algún descubrimiento, a alguna nueva combinación o
semejanza entre objetos hasta ahora no alumbrada; al menos, me distraerá la
actividad. Estaré intensamente, deliciosamente ocupado; y cuando vuelva de mi
excursión intelectual, miraré cuántas páginas me quedan por leer, cuánta ayuda que
interponer entre la sensación de soledad, o la hora de la oscuridad, y yo. Aunque la
lectura nunca ha ido acompañada de tales consecuencias, mis impresiones eran tan
nuevas que confiaba en disfrutar de todo esto, y más, tan pronto como tomase
posesión de ese nuevo tesoro; y decidí racionar juiciosamente mis reservas; no
permitir que mis ojos vagasen indiferentes sobre una sola página; detenerme a
reflexionar sobre ellas, a saborearlas, digerirlas con morosidad epicúrea. Casi deseaba
que mis facultades fueran más lentas, estar obligado a avanzar más despacio, y así
retener más tiempo. Finalmente llegó el tesoro: un único libro. Fue una biblioteca
entera para mí. Apenas me entretuve en dar las gracias a mi hosco servidor: abrí el
libro, y se desvaneció como una ilusión. Tan acuciante era mi apetito literario, y tan
prolongada mi hambre de lectura, que no podía contenerla, como no hubiera podido
contener la fuerza de un torrente: me lancé sobre mi escaso alimento, y cuando me di
cuenta estaba llegando a la mitad del libro sin haber puesto en práctica mi plan de
leer solo una página. Al terminarlo (era temprano aún), decidí leerlo otra vez, y volví
a empezar; pero no tardé en darme cuenta de que el placer ya no era el mismo; era
menor incluso que el que se obtiene de una segunda lectura; ante mí tenía una tarea;
me daba cuenta de que debía realizarla para tener tranquilidad. No podía levantar la
vista con el dichoso abandono del que sabe que no está irremediablemente atado a un
único recurso; yo sabía lo que hacía; que debía persistir aunque me faltasen la
atención y el placer, y lo hiciera por tanto con fastidio. Además, como estaba
oscureciendo, no me apetecía adentrarme ahora en muchos pasajes visionarios en los
que, en el tumulto de mi primera fruición y a la luz del día, me había recreado con un
gozo especial. Surgían al comienzo de una página; y los recorría con ojos rápidos,
cohibidos, como si temiese que los caracteres se volvieran de trazo más grueso
mientras los leía.
En general, observé que disfrutaba menos de lo que había esperado; mis ideas
desfilaban demasiado confusas y rápidas para poder recrearme en ellas. Continué
sorbiéndome un pasaje tras otro con ciega admiración y vértigo infantil, sin pausas ni
distinciones. Sin embargo, incluso meditar sobre esto me proporcionaba ocupación y
era ocupación lo que buscaba. La tenía en abundancia: mi confusión de ideas no me

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dejaba dormir; cambiaba de postura una y otra vez; me repetía los trozos que había
leído, y descubría que los que me venían a la cabeza eran los que menos me habían
interesado. Al poco rato, lo que recordaba se me hizo aburrido e insulso debido al
desasosiego, y deseé sinceramente olvidarlo todo.
Cuando la campana del castillo dio las doce, escuché con alivio momentáneo sus
tañidos, cómo se apagaba su larga y profunda resonancia; los mismos rincones de mi
cámara respondieron a ellos, y a la vez que se perdían, parecía que se propagaban
arriba, abajo y alrededor. Los estuve escuchando hasta que mi imaginación llenó la
pausa de sonido. Ojalá hubiera seguido llenándome eternamente los oídos. Y
entonces, una voz humana, fuerte, distinta, gritó de manera desgarrada «¡asesinato,
asesinato, asesinato!», tres veces; tan cerca que me pareció que salía del muro que
tenía a mi lado. No puedo describirte la impresión que me produjo; cualquier impulso
que hubiera podido tener de socorrer a esa persona, de gritarle unas palabras de
aliento, de lamentar mi encierro, y de decirle que un ser humano muy cerca lo oía y
se condolía, lo ahogó la súbita e inexpresable convicción de que esas voces no habían
salido de un ser mortal. No me explicaba de dónde venían, ni había forma de
averiguarlo. Eran irresistibles, imborrables; y me encadenaron al silencio. No fui
capaz de preguntar ni de decir nada; ni siquiera de llamar al carcelero para que me
informase. Todo ese día me sentí como el hombre cuya paz corroe un secreto. Miraba
con profundo desaliento a mi alrededor, las paredes, las ventanas, los rincones
oscuros del aposento, como si tuviesen conciencia de lo que habían oído; como si
pudiesen vomitar y revelar las voces terribles que se habían tragado. En medio de este
desaliento, me acordé del libro; lo cogí, y con una diligencia digna de mejor
recompensa, leí de nuevo cada sílaba, y me detuve en las mismas interjecciones, con
una minuciosidad supersticiosa que me hizo sonreír al darme cuenta. Pero fue inútil.
Había perdido mi capacidad de sentir placer. Era como esos individuos vulgares que
en cuanto tienen una dolencia la achacan al corazón; el interés que prestaba me
dejaba una sorda sensación de inquietud interior que no podía desechar, e incluso
temía advertir. Pero mucho antes de que anocheciera, me había terminado el libro.
Sin embargo, estaba dispuesto a no «dejarme atormentar antes de tiempo»; había
resuelto mantener alejada la impresión de lo que había oído con todos los medios a
mi alcance, hasta la medianoche, hora en que quizá ya no me sería posible. ¡Ah, no
sabes lo que son los lánguidos esfuerzos de la soledad! Disponer de mil maneras el
escaso mobiliario, lo más diferente que se me ocurría; imponerme la obligación de
pasear arriba y abajo por la habitación siguiendo una grieta del suelo, y cuando mis
pasos se volvían inseguros al ir estrechándose, mirar atrás, no fuese que una mano me
empujara para hacerme perder la trayectoria; seguir las vetas serpenteantes de las
tablas del zócalo, que me distraían y atormentaban con su parecido a las ramas de los
árboles y arbustos; seguirlas con la mirada donde eran visibles, y con el tacto cuando
no. Eran recursos miserables de una situación que reclama variedad, aunque priva al
ánimo de todo poder y de los medios de ejercerlo; y estos recursos miserables eran un

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alivio en mi horrible estado. Aunque ni siquiera pude disfrutar de ese alivio mucho
tiempo.
Llegó la hora. Durante muchos minutos estuve callado, jadeando, como
esperando el ruido que me asustaba. Tenía el libro abierto ante mí. No veía una sola
palabra en él. Sentí el movimiento lento y progresivo que te va acercando al horror.
Sentí que se me erizaba el cabello. Sentí que se me abrían los poros, y la conciencia
de que fría, solapadamente, se iba extendiendo sobre mí algo que no podemos
nombrar. Un siseo me llegó al oído. Mis ojos estaban dilatados. Era como si, en el
silencio intenso del preámbulo, se me fueran acercando invisibles pero de manera
perceptible todos los poderes oscuros, dispuestos a empezar su trabajo. La manecilla
de un pequeño reloj que me habían traído seguía moviéndose en silencio. Un mundo
habría dado por un ruido cuando vi que llegaba a la hora. Sonó la campana del
castillo. Fue solo un momento —no habría podido soportarlo mucho más—; y la voz
volvió a gritar «¡asesinato!» Fue, si cabe, más horrible que la noche anterior; había en
ella más angustia; era más la voz del que siente en el cuello los dedos del homicida,
del que grita con todas las fuerzas de su desesperación por encima de su misma
capacidad, del que exhala la fuerza agónica de su ser con el grito que será el último
que profiera en vida. Ni siquiera el que oye un grito así puede sentir lo que sentí yo.
Ver al hombre, tenerlo efectivamente delante en la situación más espantosa que se
pueda ver o imaginar, no es nada comparado con el puro terror, la duda, la sospecha
de que hay junto a ti un ser que no es de este mundo. Entre ellos y nosotros se abre un
abismo donde asomarse o vacilar es más terrible que cualquier tormento físico. No es
posible describir la naturaleza y grado de esa sensación misteriosa. Su oscuridad, su
carácter remoto, su carencia de forma constituyen su poder y su influencia. No sé si
mi cerebro estaba exhausto de tanta agitación; pero recuerdo que me dormí tan
repentina y profundamente que al despertar me sobresalté, y que me despabilé en un
instante: el monje estaba sentado frente a mí, junto a la mesa en la que tenía el reloj y
una lámpara. Apoyaba la cabeza en una mano y observaba el reloj en silencio. Al
punto comprendí con total claridad: a esa hora, su visita solo obedecía a un propósito.
¡Ah!, cómo expresar el horror que invade el corazón de quien, solo y sin amparo, se
despierta a medianoche para encontrarse entre los muros de su prisión, y descubrir
enfrente el rostro de su asesino, pálido, concentrado, cruel, junto a la luz desmedrada
de su lámpara.
Me incorporé de un salto, aunque estaba sin fuerzas para resistir. Me quedé
mirándolo gravemente. Él no levantó la cabeza ni dijo nada. Su silencio me
desconcertó. Ejercía una especie de sortilegio sobre mí; no podía romperlo; no podía
hablar: tenía los ojos fijos en él, y mis pensamientos corrían vertiginosos,
comparados con mi incapacidad de expresarlos. Se me ocurrieron mil motivos para
que no hablara: tal vez esperaba a que llegase algún ayudante y me redujera, o le
ayudara a arrojar mi cadáver a un hoyo oscuro y apartado donde nadie pudiera
encontrarlo, donde un hermano pusiera los pies sin sospechar mi muerte. Tal vez

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aguardaba una señal para abalanzarse sobre mí; tal vez que trajesen algún medio
nuevo y horrible de darme muerte para administrármelo; tal vez —y sería lo peor—
me habían administrado ya ese medio en la comida, o mientras dormía, y había
venido a comprobar su efecto, a presenciar mis ansias, mis ojos desorbitados, mi
rostro contraído, mis músculos agarrotados, sin el auxilio que todo ser humano espera
y presta por igual.
Todavía me atormentaban estos pensamientos cuando la manecilla del reloj
señaló la una. El monje alargó la mano, lo tocó, y alzó la cabeza. «Ahora ya puedo
hablar», dijo clavando sus ojos grandes y graves en mí. Me asaltó mi anterior
sospecha. «Entonces —dije—, vais a anunciarme mi fin; presiento que habéis venido
a eso; presiento que habéis venido a asesinarme —movió la mano en un gesto de
tristeza; solo se me ocurría una razón para ese movimiento—. Hablad, os lo ruego.
Vuestros ojos son oscuros y me asusta leer en ellos; incluso mirarlos. ¿Cuál es
vuestro propósito?» «La muerte», dijo el monje. «Entonces, ¿debo morir, morir en
este rincón oscuro, sin ninguna opción, sin lucha, sin una tabla donde agarrarme?
¡Ah, Dios misericordioso!» «¿De qué tenéis miedo? —dijo el monje levantándose—.
Mi tarea es la muerte; pero no la vuestra. ¿De qué tenéis miedo? Mirad esta mano;
han pasado muchos años desde la última vez que empuñó un arma; años desde la
última vez que la sangre hirvió en sus venas —le miré la mano; la toqué
involuntariamente: la tenía fría; callé, esperando una explicación de su presencia y
sus palabras—. Mi tarea es la muerte; tarea largo tiempo aplazada, y largo tiempo
inacabada. Por ella he sido llamado, y he estado años vagando sin esperanza ni
descanso. Muchas peregrinaciones he hecho sin compañía ni testigos; nadie me ha
conocido, nadie ha sabido mi nombre o mi propósito. Pero el plazo se acaba, y pronto
habré dado fin a mi empresa. De momento, se me ha permitido venir a conversar con
vos». Hablaba tan reposadamente que me dio tiempo a serenarme. Su extraño
discurso me tenía asombrado. «No sé qué queréis decir, ni a qué tarea os referís —
dije—. Si mis sentidos no me engañan, sois el padre Schemoli, consejero de mi
padre». «Lo soy —dijo en un tono especial—; soy perpetuo compañero de vuestro
padre». «Sé quién sois. Os veo pálido y extraño con esta luz melancólica; pero sé
quién sois. Lo que no sé es con qué objeto venís a esta hora, ni comprendo lo que
acabáis de decir». «¿Solo me conocéis como el padre Schemoli? ¿No me habéis visto
nunca con otra apariencia? ¿No recordáis la última vez que me visteis?» «La
recuerdo; fue en la torre oeste; llevabais una luz; acompañabais a mi padre; os
recuerdo bien». «¿No me habíais visto nunca allí?» «No; fuera cual fuese mi
sospecha, nunca os he visto por allí». «Pensad, pensad: ¿qué descubristeis, enterrado
y mohoso, en uno de los corredores?» «Descubrí una terrible visión —dije con un
estremecimiento—; pero en mi siguiente visita al lugar, la habían hecho
desaparecer». «No; la visteis, aunque con otra forma. La visteis tan claramente como
me veis a mí ahora». «No sé qué queréis decir. Vuestra voz me hiela la sangre, pero
no os comprendo». «No queréis comprenderme; mirad mis ojos, mi rostro, mis brazos

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—dijo levantándose y extendiendo los brazos—; la última vez que los visteis estaban
podridos y descarnados, sepultados en ese rincón inmundo. Sin embargo, la fuerza de
su constitución, de su forma, de su carácter, habrían sorprendido a unos ojos menos
sagaces y atentos que los vuestros». Mientras hablaba —¿fue mi imaginación o el
hechizo de la hora y el lugar?—, sus ojos, su boca, su nariz, todas las oquedades de su
rostro se volvieron más profundas y oscuras; la piel de su cráneo rapado, a la luz
desmayada de la lámpara, parecía tensa y amarillenta como el hueso de una calavera;
y las articulaciones de sus manos grandes y nudosas eran tan pronunciadas y visibles
como si se le hubiera secado la carne. Tragué una especie de bulto que me taponaba
la garganta, e intenté resistir la impresión de sus palabras y de su aspecto; porque
ofendía mi convicción y mis sentidos a unos extremos que ningún terror local,
impostura ni fantasía podían justificar. «¿Es esto burla o extravío? ¿Pretendéis
seducir mis ojos y mis oídos? Si os he comprendido, insinuáis algo que no podría
engañar la credulidad de un niño, ni siquiera la del supersticioso. ¿Queréis hacerme
creer que vos, a quien he visto ejercer todas las funciones, a quien he visto ir y venir
entre nosotros, sois alguien que murió hace años, que ahora habitáis otro cuerpo, que
la carne que yo he tocado hace un momento no es real? ¿Acaso pensáis que la prisión
y los sufrimientos me han reducido a semejante debilidad? ¿Creéis que tengo el
espíritu igual de encadenado y entumecido que el cuerpo? Y aunque así fuese, ¿creéis
que tengo los sentidos embotados y anulados hasta ese extremo; que no soy capaz de
oír, de ver, de sentir ni de juzgar las impresiones que los objetos dejan en esos
sentidos, tan bien como si ahora no fuese medianoche, y no estuviese en esta prisión
oscura, y con esta luz sencilla y humilde? ¡Fuera de aquí! ¡Aún no he llegado a esa
debilidad!» Me escuchó sin alterarse. «Ya que queréis juzgar solo por el testimonio
de vuestros sentidos, ¿por qué no consultáis mejor el de vuestro oído? ¿Nunca habéis
oído antes esta voz? ¿Ni recordáis dónde?» «Sí —dije con esa vehemencia que
impone la verdad—; sí, creo que sí; aunque no recuerdo cuándo, quizá porque el
miedo me nubla la percepción, o se me nublan los recuerdos. Es como una voz que he
oído en sueños, o como esos sonidos que nos visitan en la oscuridad y se mezclan con
el viento. Sin embargo, observo también que no es la misma con que habláis con la
familia».
No dejaba de mirarlo mientras hablaba, tratando de encontrar en su rostro algún
rasgo que me ayudase a identificar el tono anterior de su voz. Se situó frente a mí, y
me miró fijamente. «¿Qué voz —dijo— fue la que confirmó al aterrado Michelo, en
la torre oeste, que la venganza de vuestro padre sería terrible? ¿Qué voz cruzó ante
vos con el viento cuando contemplabais la tumba de Orazio? ¿Qué voz susurró al
oído del moribundo “aflicción y muerte” cuando estabais arrodillado junto a su
lecho? ¿Qué voz grita “asesinato” cada noche desde profundidades jamás medidas
siquiera por la imaginación desde que fueron erigidos estos muros? ¿No es la que os
habla ahora?» Su acento se había ido volviendo cada vez más grave, casi hasta
apagarse; pero en la última pregunta, su fuerza casi me traspasó los oídos. Su figura

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se había agrandado: casi flotaba en la oscuridad. La luz alumbraba únicamente sus
manos extendidas, que casi resplandecían. El resto de su figura lo ocultaba una
oscuridad general e imprecisa. Yo estaba sumido en la confusión y el temor; como
solo se siente el que descubre de pronto que otros conocen su secreto, como el que
descubre que lo que creía importante ocultar está en poder de otro, y juega con él.
«¡Virgen santa!, ¿quién sois? ¿Dónde estabais escondido? ¿Cómo me seguisteis?
¿Quién pronunció esas palabras…? O si fuisteis vos…» «No podéis admitir cosas que
ofenderían a la credulidad del niño y del supersticioso; no podéis creer que haya
asumido otra forma que la que ahora tengo; estáis preparado con vuestros
razonamientos, vuestras refutaciones, y vuestras pruebas físicas y lógicas, para
explicar todas las presencias y apariencias que se ofrezcan a vuestra percepción —
prosiguió con burla—. ¿Podéis decirme, entonces, qué ser visita cada noche el
cementerio de la antigua capilla? ¿A quién visteis cuando decidisteis entrar en la
cripta? ¿A quién sorprendisteis en los corredores de la torre oeste? ¿Quién extendió
un brazo y os señaló el ojo vivo del muro muerto? ¿Quién cerró, y no pudisteis abrir,
la puerta de la cripta? ¿Quién —cuando descubrió que vuestra pretensión de violar
los secretos de los muertos no era sino una débil e impía curiosidad—, quién se
trasladó de esa torre, sin ser visto, a la madriguera miserable y oscura desde donde os
llega mi grito cada noche? ¿Quién podrá decirlo, si no podéis vos?»
Al oír estas palabras, el miedo, y cualquier emoción que pudiera haberme
inspirado, se desvanecieron ante la perspectiva que abrían de satisfacer mis dudas, mi
asombro, mi larga e insaciable curiosidad. No puedo explicarte la impresión que me
produjo esta enumeración tan clara, tan puntual en sus partes. Infundió nueva vida al
sentimiento que predomina en mi naturaleza; imágenes remotas, brumosas, siempre
recordadas con duda y perplejidad, volvieron ahora a mi memoria con la fuerza de
una luminaria. Un centenar de preguntas se me agolparon en los labios, y un centenar
de deseos en el corazón. Todo mi interior era desasosiego, inflamada expectación.
¿Quién, al ver mis ojos ardientes (porque sentía que me ardían en las cuencas) y mis
manos extendidas, quién habría creído que me dirigía a semejante ser, a una criatura
hecha, en su aspecto más favorable, no para atraer, sino para causar repulsión; ahora
agravada y envuelta por la niebla, y la oscuridad, y los terrores sin forma de un
agente sobrenatural?
«¿De verdad poseéis esos conocimientos? ¿Sois de verdad el ser al que apuntaban
las sospechas de Michelo, y mis propias esperanzas, y las dudas que tanto tiempo
perseguíamos? ¿Podéis allanar esos parajes abruptos por los que he vagado tanto
tiempo? ¿Dejarán de tropezar mis pies definitivamente en las montañas de la
oscuridad? ¿Me diréis todo… todo lo que deseo saber… todo (porque podéis) lo que
necesito saber? Si hacéis eso, os creeré, os honraré, os veneraré. Sacadme de esta
casa de tinieblas, y de prisión, y de culpa; enseñadme lo que ha sido tormento y meta
de mi vida, decidme si soy víctima de los engaños del miedo y de la credulidad; o,
como me ha susurrado a veces la confianza, he sido escogido para algo grande, y

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excelso, y remoto. Hacedme saber eso, y me consagraré a vuestro servicio; por
cuanto hay sagrado, me ataré con un vínculo y un medio tan terrible que incluso vos,
con todo el horror de vuestro genio y propósito, lo tendréis por sagrado y temblaréis
al oírlo».
Con la vehemencia del discurso, no había reparado en que la lámpara empezaba a
parpadear. Me di cuenta al seguir su mirada. «¿No decís nada? —dije—; la lámpara
se está apagando. Hablad, antes de que se consuma del todo; porque entonces, quizá,
temblaré al oír vuestra voz, y querré que os marchéis. Hablad, os lo suplico. Es
espantoso quedarme en las tinieblas con tales sentimientos agitándose dentro de mí;
satisfacedlos antes de iros. ¿Os vais? ¿O es que me engaña esta luz agonizante?»
Solo le veía los ojos y las manos, que movía espasmódicamente a la luz insegura.
«Esa lámpara me advierte que debo irme; debo acudir a mi otra tarea; debo velar a la
cabecera de vuestro padre». El tono en que dijo estas palabras me convenció de que
no hablaba en su calidad terrena. La luz se extinguió. Dejé de verlo. Desapareció en
la oscuridad sin ruido de puertas ni rumor de pasos. ¡Dios mío, qué sensación me
invadió al sentirme solo después de lo que había visto y oído! Me arrebujé debajo de
mi capa, y deseé que la vista, el oído y la memoria se me apagaran por completo.
Tenía la sensación de haber conseguido un extraño tesoro; la convicción de que la
visita y sus comunicaciones eran sobrenaturales y maravillosas; pero me asustaba
asomarme a mi propia conciencia; me daba miedo pensar en ellas; eran demasiado
descabelladas y oscuras para admitirlas como compañeras de la noche y la soledad.
Quería pensar a fondo en lo que había presenciado, pero no antes de que amaneciese.
Deseaba vehementemente que un sueño profundo y pesado apaciguase mi cabeza
aturdida, que me latía, me daba vueltas, me zumbaba; hasta que, sujetándomela con
las manos, traté de cerrar todos sus accesos a los pensamientos y las sensaciones. Fue
una noche lúgubre. Oí dar todas las horas. Despuntó la mañana; y cuando vi
finalmente iluminadas las paredes con el sol radiante y alegre, me tumbé a descansar
con una confianza y una satisfacción que no creo que vuelva a experimentar nunca
cuando me acueste por las noches.
El padre Schemoli me visitó, como de costumbre, durante el día. No había en su
continente la menor huella de lo ocurrido en la víspera. Me encogí al verlo entrar;
pero en seguida me sorprendió su silencio y su expresión impasible. Le hablé; le
hablé de la noche anterior, primero con preguntas de carácter general. Pero no obtuve
respuesta. Me puse nervioso; le insistí, le exigí, le supliqué en vano. Después de estar
el rato habitual, se marchó sin haber relajado un solo músculo, sin decir una palabra,
o indicar con una mirada o un gesto que me hubiese oído siquiera. Se marchó,
dejándome en ese estado de desasosiego en el que uno empieza a poner en duda el
testimonio de sus sentidos, y a no saber si las cosas que le preocupan no son sombras
de un sueño.
Pasó el día. Llegó la noche con su cortejo de pensamientos sombríos y tristes. No
conseguía rechazarlos. Dejé de intentarlo. Mi espíritu se había hundido en la

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languidez de una larga y vana resistencia, o familiarizado con cosas extrañas y
repulsivas a nuestra naturaleza; me parecían el mobiliario apropiado de mi prisión.
Me volví hacia ellas con lúgubre apatía, sin rehuirlas, ni rechazarlas como había
hecho al principio. Con ese estado de ánimo, no es de extrañar que los pensamientos
del sueño fueran tan oscuros como los de la vigilia. En realidad, todos fluctuaban
entre la visión y la conciencia; a menudo he partido de un punto al que me habían
conducido, y me he preguntado: ¿era un sueño inasible? Esa noche, cansado por la
vigilia de la anterior, me tumbé en el camastro en cuanto empezó a oscurecer. Apenas
hube cerrado los ojos, me sentí investido de esos poderes extraños que el sueño
concede, más allá de todos los poderes de la vida.
Imaginé que Michelo vivía todavía, y que me guiaba a los aposentos de la torre
oeste. Estaban espléndidamente decorados, y llenos de gente que se volvía a mirarme,
como si esperase algo con mi llegada. Pasé entre ellos, hasta esa cámara cuyas
manchas siniestras recordaban los peligros que mi curiosidad o mi valor desafiaban.
Estaba más iluminada que el resto. En la cabecera de una mesa suntuosa se hallaban
sentados nuestro tío y su esposa, tal como los había visto en sus retratos: alegres,
jóvenes, radiantes. Desde cierta distancia, parecía que se sonreían el uno al otro, y a
los de alrededor; pero al acercarme, su sonrisa se cambió en una expresión extraña;
como si se esforzasen en ocultar una intensa angustia. Seguí avanzando, con el temor
de que su expresión influyera en mis sentimientos. Al llegar, nuestro tío me cogió la
mano y me atrajo hacia él; luego, abriéndose la camisa de colores vivos, me enseñó
su pecho atravesado con dagas y manchado de sangre. Me estremecí y, mientras le
miraba el pecho, se arrancó del costado una de las dagas y la hundió en el de su
esposa, que cayó agonizante junto a él. Y con uno de esos cambios súbitos que en los
sueños no suscitan asombro, se transformó de repente en el padre Schemoli, con su
cabeza rapada y sus hábitos de monje, y se puso a cantar el réquiem sobre el cadáver
de su esposa. Un millar de voces le contestaban. Miré a mi alrededor; los alegres
partícipes se fueron convirtiendo en una procesión de monjes, con velas y cruces. Y
el aposento era una cripta. Las luces, mientras miraba, se volvieron azulencas y
pálidas; y poco a poco, pero perceptiblemente, el cadáver se fue descomponiendo
hasta convertirse en un esqueleto envuelto en un sudario ensangrentado. La fila de
monjes se transmutó en una hueste espectral, con aspecto de muertos, pero con
ademán y movimientos de vivos. Sus ojos se volvieron cavernosos, y sus vestiduras
una piel azul descolorido. Las manos que llevaban las velas eran amarillentas y flacas
como ellas. Yo los observaba a mi alrededor, todos de pie, en un solo punto del suelo:
iban bajando; sus figuras desaparecían en la oscuridad, al tiempo que los últimos
cánticos del réquiem me llegaban a retazos apagados, y como desde muy abajo.
Después cambió la escena, y me descubrí recorriendo habitaciones espaciosas pero
vacías y lúgubres. Del suelo, de las paredes, de cada rincón, surgía mi nombre en
tono apagado, pero distinto: Annibal, Annibal. Lo oía por todas partes. Siguiendo esa
llamada, pero sin saber apenas la dirección, iba de aposento en aposento. Finalmente,

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llegué a uno que tenía una atmósfera de especial soledad; la voz se apagó con un
siseo que se propagó en el aire como si hubiese conseguido su propósito. Miré a mi
alrededor, expectante. En el centro había extendida una capa suntuosa. Me acerqué,
consciente de que este era el punto final de mis vagabundeos. No sé por qué, la
levanté. Pero la solté, y retrocedí: debajo yacía un cadáver ensangrentado. Cuando me
retiraba, la prenda empezó a moverse, y a levantarse; y entonces la figura sacó una
mano, me agarró —no podía zafarme—, y me metió debajo de la capa ensangrentada.
El suelo se hundió debajo de nosotros, y descubrí que me hallaba en un pasadizo
bajo, largo y oscuro. La figura inició la marcha, haciéndome señas de que la siguiese.
A lo lejos se veía una luz débil y azulenca. Fui detrás de la figura mutilada. Entramos
en un lugar que parecía una capilla. Y vi otra vez a nuestro tío, de pie, junto a un
altar. Los cirios que ardían encima de él difundían la extraña luz que había visto. Era
espantoso el contraste entre el mobiliario de la capilla, que era alegre y nupcial, y la
figura del caballero y la de una dama sentada cerca del altar, envuelta en un sudario y
mortaja. Se le acercó el caballero; se levantó ella, y nuestro tío empezó a recitar las
fórmulas de la ceremonia nupcial. El caballero extendió su brazo ensangrentado, y la
dama alargó la mano: era Erminia. Me dije a mí mismo: «¿Es esto una boda?» Corrí
furioso, movido por un impulso apasionado de celos y de terror. Me descubrió la
dama, profirió un grito, dejó el altar y, cogiéndome de la mano, me llevó ante nuestro
tío. Este me miró un instante; luego me abrazó, y vi que se convertía de nuevo en el
padre Schemoli. Me libré de su abrazo, y me aparté con un movimiento instintivo de
repugnancia y horror.
Me desperté con el forcejeo, y descubrí que el monje estaba otra vez sentado
frente a mí, observando el reloj junto a la lámpara todavía encendida. Totalmente
despabilado por la impresión, me incliné a mirar si había llegado la hora: eran las
doce pasadas. Sentí un alivio que ni siquiera el descubrimiento del visitante, allí
presente, fue capaz de anular. No dijo una palabra, como en la noche anterior, y su
silencio volvió a dominarme. Su figura era grave y extraña. Nos miramos largamente.
Yo no era capaz de apartar los ojos de él ni de decir nada. Quienquiera que nos
hubiese visto habría creído que me tenía bajo el influjo de algún sortilegio, hasta que
él apartara sus ojos de mí y lo disipara con su dedo extendido. Tan intensamente
perduraban en mí las imágenes del sueño reciente que su presencia real no me
causaba más impresión que la quimérica. Había dejado de ser agente; pero al parecer
venía como intérprete. Una vez más, cuando la manecilla del reloj señaló la una, alzó
los ojos y dijo: «Ahora puedo hablar». «¿Qué es —dije, familiarizado ya con su
aparición— lo que os prohíbe hablar hasta este instante? Parece que se os concede
una extraña libertad llegada esta hora. Yo os exhortaría a que vinierais a hablar
conmigo de día, cuando la conversación es más natural y más semejante a la de los
hombres. Pero os gusta venir a mí sigilosamente y de noche, mientras duermo, y
mirarme con ojos extraños, y hablarme con la voz de los sueños y la imaginación».
«Es porque a esa hora mis poderes son limitados; no puedo hablar cuando quiero, ni a

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quien quiero. Solo me está permitido hacerlo a determinada hora, y a una sola
persona. Esta pesada vestidura que me envuelve me oprime, y estorba mis
movimientos; pero son los crespones de un espíritu-peregrino, y a veces dejan pasar
el resplandor para dar testimonio de su extraño huésped». «¿A qué os referís; qué es
lo que os coarta y os constriñe?» «Esta forma de apariencia carnal que aloja a mi
espíritu prisionero y en pena». ¡Dios mío, qué aspecto tenía en ese momento!: triste,
borroso, evanescente. Mis ojos apenas podían delinear su figura, que parecía fundirse
con la oscuridad que la envolvía. «En pena, en efecto —dije, casi crédulo, con un
estremecimiento—; ya que estáis encerrado en semejante forma. Pero ¡qué insensata,
qué monstruosa ficción insinúan vuestras palabras! ¡Dios mío, no me hagáis perder la
razón mientras os miro; guardadme de una credulidad que me privaría del uso de mis
sentidos, que me haría víctima de una pesadilla horrenda e imposible! ¿A qué no se
me podría empujar si os creyese? Sometido a vuestro influjo, podríais hacer de mí un
asesino. No; estas visitas nocturnas, y los terrores que me traéis, no son sino el
principio de ese suplicio con que mi padre me amenaza. Veo malevolencia en esta
persecución: ha utilizado la soledad, y el encierro, y la privación de cuanto
corresponde a mi rango y a mis años, y no ha conseguido doblegarme el ánimo.
Ahora os envía a vos, a quien la naturaleza y el hábito os ha hecho apto para
mensajero del horror; y os envía para amedrentarme y aterrorizarme; manda que
griten voces en el corredor, y envía un rostro como el de los condenados para que lo
sorprenda mirándome en el momento de despertar. ¡Dios mío! —exclamé,
levantándome, espoleado por el calor y la angustia de un miedo cada vez más grande
—, qué acoso despiadado; y no son estos sus últimos ataques; me perseguirá hasta la
locura. Gritaré hasta mi último aliento en este agujero; me estallarán los nervios de
los ojos ante alguna visión espantosa; moriré de terror, y moriré solo. ¡Ah, apartad de
mí ese rostro! Veo, percibo una sonrisa de burla y de tormento en vuestro silencio. Lo
sé; sé que la próxima noche estaréis aquí; oiré vuestros gritos propagándose en la
oscuridad y en el viento de los corredores. Entonces vendréis a visitarme con alguna
otra forma, quizá me arrancaréis de mi sueño —me había ido formando un cuadro
que perfilaba y confirmaba todo lo descrito—. ¡Fuera —exclamé, arrojándome en el
camastro y tapándome la cabeza con la capa—; marchaos! Cierro los ojos para no
veros». «Si fuese ese mi propósito —dijo él con tranquilidad—, ¿por qué no haber
actuado antes, cuando la impresión era más eficaz por ser inesperada? ¿Y por qué
arrojo un velo sobre la forma quimérica de mi ser, y converso con vos como haría un
hombre con otro hombre? Si mi propósito fuese aterrorizaros, ¿por qué habría de
obrar así?» «No lo sé; vuestro oficio y costumbre es comerciar con el misterio,
atormentar con la duda. Si no, ¿por qué no decís claramente qué pretendéis y os
marcháis? Bastante oscura es ya esta cámara sin vuestra presencia. Pero no —me
levanté y le agarré la mano—; esta noche no. Mañana; contádmelo mañana, a
mediodía, y os escucharé». «Mañana a mediodía no podré; yaceré en mi rincón
ensangrentado. No puedo salir a la luz, ni valerme de una voz que pueda oír el

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hombre». «Vuestra figura externa —dije— estará aquí». «Solo será mi apariencia»,
dijo él. «Pero ¿por qué os son tan necesarias la oscuridad y la soledad? ¿Sois acaso un
búho, o un cuervo, que deben habitar en las ruinas y ulular a la luz de la luna?» «Os
contaré una historia más oscura que la del búho posado en las ruinas desoladas, y que
la del cuervo que golpea con su pico la ventana del moribundo». «Entonces ahorraos
el trabajo; no quiero oírla. Y dejadme; bastante tengo con los terrores de la soledad y
mis propios pensamientos». «No pensabais así cuando obligasteis al viejo Michelo a
llevaros a la torre oeste para que vigilase con vos la tumba; cuando me seguisteis de
sitio en sitio, y casi me descubristeis en una empresa que nadie debe ver». «Entonces
no estaba encerrado en esta prisión —dije—; y por tanto no se me permitía hablar con
vos. Extraño ser, que sabéis a un tiempo atraer y repeler; que sabéis templar el miedo
con la curiosidad; que sabéis poner más empeño a la vez que aparentáis relajar la
influencia. Siento que no resisto más. Domináis todas las puertas del espíritu
humano; podéis hacerme sentir miedo, y deseo, y encogimiento, y suspenso, y
determinación a vuestro antojo; incluso cuando más creo que os temo, sabéis recurrir
a algún objeto de secreto estudio o interés anhelado por mi curiosidad, para forzarme
a ceder y a suplicar. Siento que mi corazón, y mi espíritu, y mi destino están a vuestra
merced o a vuestro capricho. Habéis estado conmigo a solas; me habéis visto cuando
nadie me veía; habéis sorprendido mis pensamientos cuando no los expresaba.
Continuad, contadme lo que queráis; anunciadme lo que debo saber, o hacer…
adelante; algo me dice que debo creerlo todo». «Hace veinte años, yo era como vos
ahora, un mortal con pasiones y hábitos mortales. Hace veinte años, la sangre corría
por mis venas, en ellas me latía el pulso de la vida; y el caudal que manaba por ellas
era intenso y fogoso. Yo vivía una vida de pecado y de locura. El cielo y las cosas
sagradas quedaban muy lejos de mi pensamiento; y el poder que abandoné me
abandonó. Me entregué a un espíritu réprobo. Mi vida transcurrió en una hoguera de
inextinguible maldad, y tuvo un fin sangriento. Unas manos impías y asesinas me
arrastraron a la tumba; manos, como las mías, inflamadas de maldad y empapadas de
sangre; manos que se me ha asignado ver alzarse cada noche implorando perdón, y
denunciar que se alzan en vano. Mi cuerpo fue arrojado al hueco donde lo
descubristeis; y mi alma…» «¿Adónde ha ido? Os lo ruego, no os detengáis ahí.
Decidme: ¿adónde ha ido vuestra alma?»
«Eso no debo decirlo; ni vos podéis oír secretos del mundo de las sombras; los
que me envían, que siempre rondan cerca, surgirían ante vos como un relámpago y
me arrebatarían, si intentase revelaros qué hacen. Y su sola visión os fulminaría;
destruirían esta gruesa torre y la derrumbarían sobre vuestra cabeza; no me molestéis
con preguntas ni me interrumpáis cuando hablo; mi tiempo es breve, y mis palabras
limitadas; pero estad seguro de esto: ninguna visión de enajenado, ningún recuerdo
del asesino en su agonía, ninguna imagen de horror religioso ha rozado siquiera los
confines del mundo de la aflicción. Tras un término de años (durante el que se me
concedió una remisión del sufrimiento, para cabalgar sobre pesadillas a través de un

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aire oscuro y malsano; para esconderme entre los cortinajes del enfermo, y surgir ante
sus ojos cuando se retiraban sus criados, hasta que gritaba que volviesen; para gemir
y atraer hacia el torrente, o el despeñadero, o la caverna, al viajero extraviado o al
hijo errante de la desesperación, que se precipitaban detrás de mí, y descubrían con
ojos agónicos quién los hacía caer en el engaño; para rendir así un servicio
abominable a las más diabólicas naturalezas, a los íncubos, a los vampiros y a los
gules; para llevarles nuestros restos putrefactos, como alimento execrable, desde los
diversos abismos que los habían engullido; para ver a los gusanos pululando y
cayendo de su presa; para sentir el dolor de nuestra carne devorada con una
sensibilidad mortal no totalmente extinguida, como esa débil conciencia de dolor que
tenemos mientras dormimos, la precisa para turbar nuestros sueños, y asaltar las
defensas de la percepción), tras un término de años pasados de este modo, una noche
en que los demonios señoreaban los aires, empujado por las horcas quebradas del
rayo, las balas afiladas del granizo, y los gritos y alaridos y risas orgiásticas de las
huestes de las tinieblas, me refugié en la caverna de una montaña, y clamé por que
cerrase sus entrañas de roca sobre mí; pero me vi obligado a seguir, en tanto los
flancos de los montes bramaban bajo las pezuñas hendidas de mis perseguidores.
Seguí corriendo por oscuros y secretos senderos, de la naturaleza jamás visitados por
el sol, empapados de humedades, agostados por los vientos, abrasados por los fuegos
meteóricos de esa mazmorra de la fábrica del mundo, hasta trasponer una abertura
por la que cabrían todos los ejércitos, y salí a una llanura inmensa, en el centro de la
montaña, donde pilas de rocas ardientes y encantadas, con nombres prohibidos
tallados en ellas, impedían la huida incluso a los espíritus desencarnados. Creí que
había llegado a mi meta final, y casi pensé con alegría que los últimos truenos
reducirían a polvo esa prisión adamantina. Pero me equivocaba, sí. Aunque espíritu
irredento, me engañaba con la esperanza. Era una llanura inmensa en la que, en otros
tiempos, hubo una ciudad enorme con muchísimos habitantes; habitantes que habían
sido idólatras y malvados, invocadores de poderes y estudiosos de las artes del
mundo tenebroso e inferior.
»Así que el poder supremo, enojado, hizo que una inmensa masa de fuego
volcánico irrumpiese en el centro de la ciudad; y en una noche la consumió con todos
sus habitantes, al tiempo que vomitaba piedras y masas minerales y derramaba fuego
sólido por todo alrededor que, haciendo bóveda sobre ella, formó una montaña que
ocultó su nombre y su lugar y su memoria por los siglos de los siglos. Y a partir de
entonces, ha sido guarida predilecta de los espíritus impuros; nadie más podría llegar
a esa ciudad y vivir. Allí he visto formas que nadie debe nombrar, ni decir cuál es su
ocupación. Me acurruqué en un rincón, a cubierto de las luces abominables; y allí
descubrí que mi vuelo había sido involuntario, que nada era menos deliberado que
una tregua del dolor, y que incluso la diversión de los demonios tenía que ser
malvada. En aquel lugar, un gran fuego, alimentado con un combustible ultraterreno,
elevaba sus largas lenguas foliadas, verdes, rojas y blancas. A su alrededor,

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incrustadas en la roca e iluminadas con esa luz cambiante, había figuras de hombres
de sólido azufre o mineral derretido, cuerpos fundidos y mezclados, fruto monstruoso
de un parto volcánico; eran un conciliábulo de hechiceros que se habían reunido para
celebrar sus ritos tenebrosos la noche misma en que fueron sorprendidos y abrasados
por el fuego del mundo inferior. Se hallaban petrificados alrededor de la hoguera
mágica que habían encendido, todos en la actitud en que los había sorprendido el
castigo, hundidos en las paredes del vasto templo de la magia donde se habían
congregado, ahora convertido en una caverna de esa región interior. Aún mostraban
en sus rostros petrificados el gesto y el miedo de la hora poderosa; aún estaban
armados con sus sigilos, sus terafim y sus talismanes. En el centro de la hoguera
había un cuerpo humano medio consumido desde hacía dos mil años, parcialmente
evocado con algún mágico propósito cuando les llegó la muerte a todos; y hasta que
el hechizo se invierta, allí continuará el cuerpo eternamente. Pero un poder más fuerte
que ellos, el poder de mis compañeros, los obligó a volver de ese sueño de horrenda
existencia, para que reanudasen ese rito inacabado, y despertasen el cadáver del
centro de las llamas. Obedecieron, ya que no podían resistirse a las palabras de poder;
y vieron cómo su crimen se convertía en su castigo. Fue una visión espantosa, incluso
para un alma condenada: sacados de la roca humeante que querrían que hubiese caído
sobre ellos y los hubiese ocultado; con sus figuras de escoria metálica y ceniza en que
los rasgos humanos, de tonos púrpura y rojo y verde calcinados y sucios, luchaban
horriblemente por salir la masa candente y negruzca; sus ojos de piedra moviéndose
con una vida extraña; abiertas sus bocas selladas para emitir una voz como el rugido
de los vientos subterráneos, y agitándose alrededor del fuego cuyas llamas les
apuntaban de manera deliberada. Concluida la ceremonia, el cadáver quedó libre, y
los muertos vivientes se recluyeron de nuevo en sus mortajas adamantinas. Entonces
se entonaron fórmulas y escribieron caracteres que nadie de este mundo podría oír y
seguir viviendo; y para cumplir mi penitencia, me vi forzado a ocupar el cuerpo al
que habían restituido sus funciones en el que debo seguir encerrado hasta que
concluya el plazo de mi sufrimiento, y sean enterrados mis huesos, y castigado mi
asesino mortal». «Callad, callad —dije con vehemencia—; no puedo seguir
escuchando. La cabeza me da vueltas, la vista se me nubla; si seguís hablando
mientras os miro, me quedaré sin aliento. ¿Puede un hombre creer esas cosas? ¿Puede
un hombre creer todo eso?», me repetí a mí mismo; pero al mismo tiempo me
pregunté: «¿Puede un hombre inventar todo eso?» «Sí —prosiguió—; estos son
huesos sólidos de tiempos pasados. Esta piel oscura la ha tostado un sol dos mil años
más viejo que el que os alumbraba a vos ayer. Este cuerpo pertenece a un habitante de
aquella ciudad antigua, resucitado para usarlo en tenebrosas brujerías la misma noche
de su destrucción. ¡Ah!, pensad lo que supone volver a sentirse encerrado en una
carne pecadora, sin los poderes de la vida ni el deseo de vivir; mirar el mundo a
través de los órganos confusos de la muerte; ver a los hombres como sombras a mi
alrededor, y ser una sombra para ellos; percibir los objetos y agentes mundanos que

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impresionan mis sentidos apagados como si fuesen las imágenes de un sueño, pero
estar terriblemente despierto a esa imaginería, a todos esos movimientos ocultos a los
hombres. Cuando estoy entre vosotros, veo figuras y oigo voces; hablo con los
muertos, y no obstante deambulo entre los vivos; ¿cómo puedo perder esta terrible
sensación de otro estado de existencia? Ningún ser vivo la podría adquirir, pero los
muertos jamás la pueden perder… si es que hay otros muertos como yo con una
misión que cumplir. No puedo deciros qué palabras me han sido reveladas, ni qué
sombras hay en este instante junto a mí».
Mientras él hablaba, el entusiasmo y el temor me asaltaban alternativamente
como el vaivén del oleaje en el océano. Yo había proferido mis últimas palabras bajo
el influjo del miedo; ahora, involuntariamente también, dije movido por el otro
impulso: «Vos podéis, debéis hacer que vea esas formas; debo oír esas voces. ¿Están
tan cerca de mí los secretos del otro mundo y no puedo captarlos?» «No podéis; nadie
puede contemplar esas cosas, y seguir con vida». «Yo estoy dispuesto a arriesgar la
mía —dije con frenética ansiedad— con tal de verlas». «Mortal, perverso y
arrebatado; sacrificaríais la vida para satisfacer una curiosidad impía, y en cambio oís
sin emoción a un espíritu desesperado que os pide a gritos remisión y descanso desde
el pozo donde no hay agua». «¿A mí? ¿Quién me llama? ¿Quién apela a mí? ¿Qué
debo hacer; y por qué yo? ¡Ah, no me llaméis, no acudáis a mí! Temo que la muerte
tienda sus trampas a mi alrededor mientras hablo con vos. Contentaos; me habéis
llenado de horrores, habéis encendido en mi alma un fuego que jamás se apagará.
Quedad satisfecho, y marchaos. Esta es una hora irracional, poblada de pensamientos
tenebrosos, y asechanzas de los poderes malignos. Dejadme. He oído demasiado; he
pensado demasiado». «No; no puedo dejaros; no debo dejaros. Repetiré mi visita
cada noche; cada noche oiréis mi historia, quizá contada por otras voces. Largo
tiempo se me ha ocultado el nombre de mi liberador. Durante años, he estado
condenado a vagar por el mundo, acosado por los elementos, proscrito por el hombre,
ignorado por todos, aunque obligado a visitar cada noche el lugar donde mis huesos
desventurados se consumen, a recorrer noche tras noche el suelo de la capilla
exhalando gemidos que harían estremecer a los espíritus, con mi carga desdichada, a
abrir la tierra con las manos, y darles en ella profana sepultura, mientras los demonios
que acechan a las almas perdidas de esas criptas, con bramidos y cirios encantados,
remedando el rito que no he recibido, los sacan otra vez, y los arrojan entre risas y
maldiciones a ese nicho salpicado de sangre donde no tienen descanso. Era penoso
visitar así cada noche ese lugar, aunque el sol se había puesto para mí en los desiertos
de África. Finalmente, se me permitió entrar en este castillo con una personalidad que
me resguarda de las miradas frecuentes, y de tener que mezclarme demasiado con los
hombres. Sin embargo, pese a mi retiro, los criados no me quitaban ojo, me temían y
me vigilaban, y su curiosidad ha sido castigada. Aquí he sabido quién deberá
liberarme de mi tenebrosa esclavitud: sois vos, Annibal di Montorio. Vos debéis
recoger mis huesos insepultos, depositarlos en tierra consagrada con los ritos

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pertinentes, con el toque de campanas y la bendición de un hombre santo. Pero,
Annibal di Montorio: vuestra misión no acaba ahí. Del suelo gimiente donde fui
asesinado brota una voz que clama “sangre por sangre”».
«Callad, callad, o me volveré loco. Si sigo oyendo esas palabras, no merezco
vivir. Sé su terrible significado; sé a quién apuntan; pero es imposible, es antinatural,
es la perdición. No debo escucharos, no me atrevo; sois, efectivamente (los
pensamientos se me iban volviendo cada vez más solemnes), sois efectivamente lo
que decís: un espíritu maligno. Las cosas que me habéis dicho no podría concebirlas
un ser humano, no podría relatarlas un mortal. Las creo completamente; y creo que
sois un espíritu de la tentación, un espíritu de la falsedad, lleno de insinuaciones
pavorosas. ¡Ay, Virgen María, vértigo me da pensar en la oscuridad a la que me
habéis conducido! ¡Aparta, maligno; aléjate de mí! Seas quien seas, hueles demasiado
al poder que te inspira. En un instante te veré huir gritando, acosado por una jauría de
duendes aulladores, arañado por sus garras y sus colmillos. ¡Ah, no me miréis así! Os
compadezco; por el cielo con todos sus santos, os compadezco, y rezaré por vos.
Todos los oficios de la gracia y el amor se harán por vos: misas, plegarias,
peregrinaciones; vuestros huesos descansarán en tierra consagrada, con la cruz, con
reliquias, con agua bendita, y ceremonias para expulsar al poder que os tiene en
tenebrosa prisión. Todos los requisitos que puedan dar la paz a un alma separada se
cumplirán por vos; pero no habléis más, no insinuéis nada más; no quiero seguir
escuchándoos. No me miréis con esos ojos oscuros, llenos de intención; sé quién es;
lo sé todo… pero que sea otra mano. ¿Acaso soy yo el ángel de la venganza para
cruzar los aires con esa misión aterradora, hasta las entrañas de la naturaleza, hasta el
grito de la humanidad, hasta la sangre de un padre?»
Ippolito, si no descubres por ti mismo estas frases sueltas de horror y aversión del
mensaje que leo en las palabras del espectro, yo no me atrevo a ser más explícito. Él
sí me comprendió, desde luego: «Habéis comprendido cuál es la misión; cuando se
trata de un designio del destino, descubrirlo y obedecerlo son una misma cosa: pero
estáis hecho de carne, y estáis lleno de aprensiones carnales. Aún no habéis alcanzado
esa triste y solitaria exención del sentimiento mortal que todo agente del destino lleva
grabada en la frente. No habéis entrado en la densa nube de vuestra misión, de la que
brotan relámpagos y truenos, y aterra al común de los hombres. Pero volveremos a
vernos». «¡Nunca, nunca! ¡En nombre de lo más sagrado, si es que lo sagrado tiene
poder sobre vos, os suplico que os vayáis; no me atormentéis más! Podréis
empujarme a la desesperación, pero jamás a la culpa. Retiraos; os lo ruego y os lo
ordeno. No debemos vernos más. No sé a qué terrores podría precipitarme vuestra
presencia. La locura, o algo peor que la locura, me amenaza cuando os veo. Vuestras
palabras penetran hasta el fondo de mi ser. Nada podrá arrancármelas jamás. Jamás
podré olvidar vuestra apariencia y vuestra historia. No hace falta que me la repitáis.
Si os importa la salvación y la paz de un alma inmortal, dejadme, y no vengáis a
verme más».

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Negó tristemente con la cabeza. Siguió meneándola, acompañando este gesto con
una expresión tan desconsolada que me froté los ojos dos o tres veces, dudando si no
sería la debilidad lo que me hacía ver esa oscilación. Finalmente dijo: «Mis visitas no
dependen de mí. Estaba condenado a vagar por el mundo hasta encontrar al ser
escogido por el Destino para dar descanso y reparación a mi cadáver y a mi alma;
ahora que os he encontrado, vuestra sombra, vuestros miembros, vuestra conciencia,
vuestra alma y vuestro corazón no serán más íntimos y omnipresentes compañeros
vuestros que mi terrible historia y yo. Noche tras noche, os visitaré; rondaré junto a
vos durante el día; mis susurros jamás abandonarán vuestros oídos ni mi presencia
vuestra imaginación. Huid de mí, sumergíos en otros escenarios y ocupaciones,
cambiad de país, de identidad, de hábitos… y os seguiré a través de todo espacio, y
viviré con vos a través de toda vida; la voluntad eterna me ha maridado con vos.
Suspended el oleaje de los mares, detened la luna en su carrera, cambiad todas las
cosas bajo el trono del cielo, y desesperad luego de expulsarme de vos. Los poderes
de ambos mundos se hallan igualmente armados contra vuestra impía oposición. Ni el
infierno dulcificará sus tormentos, ni el cielo revocará sus decretos. Puedo
perseguiros de manera aún más terrible; puedo hablaros con la voz tumultuosa del
lago hirviente de fuego y azufre. Quizá perdáis la razón en esta lucha, pero debo
perseguiros hasta que mi cuerpo y mi alma encuentren la paz. Entonces, cuando haya
sido asestado el golpe definitivo —los ojos se le pusieron en blanco y se agrandó su
figura—, y la ira, la ira largo tiempo contenida del cielo, haya reducido a polvo estas
torres negras y ensangrentadas, entonces, por única y postrera vez, me veréis en mi
forma original, a horcajadas de estas murallas malditas, figura gigantesca de fuego,
abrir las criptas donde el asesinato ha dormido décadas, y arrancar los secretos
culpables de una casa cuyos anales de crímenes y desdichas acabarán en mí».
En vano intenté interrumpirlo, o no escucharlo. Era como pretender acallar los
delirios de la Sibila, o detener la tormenta del cielo. Siguió inundándome los oídos y
el alma con un torrente de palabras y pensamientos que me hacían jadear y mirar
desorientado a mi alrededor, tratando de saber si la voz me llegaba de arriba o de
abajo, si los muros se estremecían, si el suelo se levantaba bajo mis pies, o se abría
para exhalar esa voz atronadora. Tan absorbida tenía la atención que, hasta que no
calló, no me di cuenta de que estábamos a oscuras. Con el tumulto de mis
pensamientos, se me había vuelto a escapar esta circunstancia que había querido tener
firmemente en cuenta. Alcé la lámpara de llama vacilante, y vi su figura imprecisa en
el instante de retirarse, aunque no pude distinguir en qué dirección desaparecía, dada
la negrura de mi cueva, Dejé la lámpara y tendí los brazos, tanteé a mi alrededor
llamándolo, hasta que el eco de mi voz, fantásticamente agravado, y deformado por
las mil resonancias de esos corredores interminables, volvió a mí de manera temible;
y con un movimiento instintivo, encogí los brazos, no fuera a tocar los de él, o de
algún otro ser extraño, y su fría garra me paralizase.
Me tumbé en el camastro a esperar una noche terrible; pero la energía de mis

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sentimientos contrarrestó su desbocada agitación. Me encontraba demasiado lejos del
ámbito de la naturaleza humana para que sus miedos me afectasen. A cada ataque y
asalto de un pensamiento inquietante oponía una resistencia y un desafío como nunca
había hecho antes, y ahora me llenaba de sorpresa. El resto de la noche dormí
profundamente sin que me turbase ninguna pesadilla ni sobresalto.
Al día siguiente, cuando desperté, miré a mi alrededor con una sensación nueva.
Extendí las manos y me dije, casi en voz alta: soy un ser nuevo. Me levanté, y paseé
por la habitación con el ademán orgulloso del que se halla por encima de la
sensibilidad y atributos naturales. Sentía que había estado en comunión con un
morador de otro mundo, de ese mundo pavoroso para nuestra conciencia y alejado de
nuestras concepciones. Una sombría dignidad me envolvía. Un sentimiento de
orgullo, exento de las precarias cualidades del orgullo mundano, me animaba. Me
consideraba superior a los reyes y a todos los poderosos de la tierra. ¿Cuál es su
poder?, me decía a mí mismo; dura unas horas y, gusanos como son, tiemblan bajo su
yugo. Para conseguirlo consultan en secreto y arman a su gente, su conservación les
quita el sueño, y cuando lo pierden, su pérdida los aniquila. En cambio el poder del
que yo estoy investido se extiende a un estado futuro e inacabable. Dependientes de
mí hay toda una categoría de seres, cuya sustancia es indisoluble y cuya duración es
eterna. Para solicitar mi ayuda, han sido cambiadas las leyes del cielo y rasgado en
dos el velo del templo de la eternidad. Puedo reducir y someter a tormento a seres
que, si andan sueltos, podrían violar y desintegrar el orden y los elementos en que
vivo; y puedo hacerlo, valiéndome de poderes superiores a los más grandes de la
naturaleza… poderes que me han sido especial y exclusivamente conferidos por un
periodo que sobrepasa el de mi propia vida, y quizá la de la humanidad.
No veía lo horrible de tan flamante privilegio con todas estas consideraciones, o
más bien con el vigor y el ánimo refrescados con que empezamos el nuevo día,
ocupado en una especial cadena de pensamientos, e iluminado por un sol radiante y
matutino. Miré a mi alrededor, y los pocos objetos que ofrecía el espacio de mi celda
se convirtieron en combustible para mi percepción y mi conciencia dilatadas. Sus
impresiones diversificaban mis pensamientos sin disminuirlos. Observé el sol, o
mejor dicho su luz que, cuadriculada por la gruesa carpintería, caía sobre los anchos
arcos de las ventanas. Lo miraba como si fuese capaz de dominarlo, y hacer que sus
rayos dieran la vuelta. Pensé con desdén en su función: hacer que miríadas de
criaturas semianimadas abandonen el sueño animal por el letargo de la mente; una
noche de sopor por un día de vacuidad; llamar a los seres exactamente igual que lo ha
hecho desde su primer amanecer en la tierra, con exactamente igual procedimiento, a
un reposo exactamente igual.
Y pensé en mí, escogido por la mano del cielo para llevar a cabo un designio
secreto y sublime: abrir el libro oculto de los crímenes, y leérselos a un mundo
sobrecogido; agarrar como Sansón los pilares de esta fábrica de iniquidad, derribarla,
y morir aplastado bajo sus ruinas gigantescas. Pensé que el corazón del hombre,

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movido por sus esperanzas y temores más vitales, por su tierno amor a la vida y
tembloroso de solicitud por el futuro, abrazaría los anales de mi vida, en tanto las
historias de las naciones, de los reinos y de sus adalides se volverían efímeras
burbujas de tiempo que se desharían en sus manos. Contemplé las paredes de mi
prisión con desdén; con secreto, rencoroso desdén. Sí, pensé, podéis fruncir el ceño y
humillarme; podéis hacer más densas vuestras sombras y más sólidos vuestros
cerrojos; pueden los vientos del cielo dar a vuestro mortero la solidez de la roca, y
hacer de vosotros una mole adamantina. Pero El que me llama levantará el brazo, y
vosotros, y todos los obstáculos terrenos, desapareceréis como el humo. Podéis mirar
con mirada torva a otros cautivos; podéis dejar morir aquí, en el anonimato y el
olvido, a esos hijos de la tierra; y pueden ellos alzar los ojos, temblar bajo vuestras
bóvedas de hierro, y decirse a sí mismos «no tengo redención». Pero ¿qué sois para
mí, cuando la Potestad que me guía puede sacarme del fondo del océano, arrancarme
del cráter del volcán, mandar a los elementos que retrocedan, o hacer que se abra la
tumba, «porque me necesita»?
Me recreé en estas reflexiones. Tenía el espíritu lleno de una valentía terrible, de
una exaltación audaz, de una sublimidad salvaje y tenebrosa. La materia de mis
sentimientos era el miedo; pero un miedo depurado de toda mezcla grosera, de toda
debilidad terrenal. Era auxiliar de seres ultramundanos, no su presa; ya no me
agarraba al manto que arrastraba el profeta sino que, montado en su carro de fuego,
volaba veloz por toda la extensión del espacio, al tiempo que las formas de los
elementos se inclinaban a mi paso y mi poder: Durante horas, estuve dando vueltas
arriba y abajo de mi prisión, que era espaciosa y de techo alto, pero cuyas paredes me
devolvían el aliento. Cada vez paseaba más ansioso, con el cuerpo sudando y
palpitando, el espíritu flotando, hasta que me di cuenta de que hacía rato que había
pasado la hora de que apareciese mi visitante.
Apenas le di importancia. Finalmente oí que se acercaban pasos, y que metían una
llave en la cerradura. El hábito de prestar atención a los pequeños detalles me había
aguzado tanto los sentidos que en seguida adiviné, por la manera lenta e inexperta de
girar, que no la manejaba la mano de siempre. Y no bien había llegado a esta
conclusión, se abrió la puerta de golpe, como si el carcelero se hubiese impacientado
por la lentitud; y medio sollozando, medio gritando, entró Filippo y se arrojó a mis
pies. Jamás había experimentado, ni volveré a experimentar, tan profunda
demostración de lo mudables que son los sentimientos humanos. En un instante
cambió todo dentro y fuera de mí. Me alegró conciliar mi oscura y brumosa elevación
espiritual con los cálidos y modestos sentimientos que despertaba en mí la visión de
un ser humano, mi camarada de carne mortal, con sus flaquezas y sus afectos, y que
tan devoto se mostraba. Me alegró bajar del precipicio de la existencia aérea y
reclamar mi parentesco con el hombre. Dejé unos momentos que desahogase sus
emociones. Me apaciguaba, me complacía sentirle derramar sus cálidas lágrimas y
sus besos sobre mis manos, mi vestido, mis rodillas, en rápida y ansiosa sucesión.

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Solo me inclinó a contenerlo la consideración de que quizá nos estaban observando, y
que sus elocuentes muestras de adhesión podían exponerle a algún peligro. Me
esforcé en levantarlo. Lo comprendió él, y escuchó mis temores. No había nadie
cerca, dijo. Nadie pensaba en vigilarnos, ni sospechaba de nosotros; todos se fiaban
de él gracias a los santos, y en especial a su patrón san Filippo, que le había ayudado
a engañar a nuestro padre, e incluso al diabólico monje, como él llamaba al confesor
con aversión manifiesta.
Yo no podía ocultar mi asombro ante su aparición y sus palabras. Me había creído
aislado del mundo, de toda cercanía y afecto humanos; y de ningún modo podía
suponer que permitirían visitarme con total libertad a alguien que compartía conmigo
la persecución que me tenía encerrado; pero era inútil hacerle preguntas y más
preguntas: Filippo impuso su ansiedad y su euforia, impidiéndome hablar hasta
pasada la primera media hora; y aun entonces, a duras penas pude sacarle una
explicación coherente sobre el medio por el que nos habíamos vuelto a reunir.
«¡Ay, signor! —dijo—, ¿os acordáis de la noche terrible en que os detuvisteis al
pie de la escalera, abrieron esa puerta oscura, y la cruzasteis tan pálido que pensé que
bajabais a vuestra tumba? Pues aún no había tenido tiempo de pensar nada, cuando al
intentar seguirlos me dieron un empujón, echaron la llave y me dejaron encerrado en
el corredor. No sabía qué se proponían. Se me ocurrieron cosas terribles. Pero me
dominaba una enorme pesadez, no sé si debido al atontamiento que se había
apoderado de nosotros, o a la falta de sueño, o a los sucesos de la noche; el caso es
que me senté en el suelo, me envolví la cabeza con la capa, y allí estuve sin
moverme, aunque no inconsciente. Me sentía extraño, signor, ahora que recuerdo.
Pero no tenía miedo; no proferí ni una sola queja; aunque creía que tenía las horas
contadas; oí con embotamiento unos pasos que se acercaban; pensé que sería alguien
encargado de despacharme; pero cuando llegaron junto a mí, y comprendí que debía
levantar la cabeza para ver a quién tenía delante, di un grito, aunque no por ningún
dolor, ni por ningún peligro: era el monje. Me agarró del brazo, me levantó sin
miramientos, y me ordenó que le siguiese. ¡Virgen santa, por qué sitios me llevó! Qué
joya sería este castillo para la Inquisición, o para una banda de salteadores, con tantos
pasadizos, subterráneos, y cámaras de gruesas paredes, sin ventanas, ni tragaluces, ni
acceso ninguno de comunicación humana, y con un aire en el que a duras penas
conseguía arder nuestra lámpara… ¡un aire como el aliento de la cripta! Pensé que si
me dejaban allí moriría, tendría una muerte cierta y miserable, incluso sin violencia ni
padecimiento; pero no conseguí obtener del monje la más ligera indicación de lo que
se proponía hacer conmigo. A veces pensaba que era tan fuerte como él, que no había
nadie cerca que nos ayudase al uno ni al otro; y que si apagaba la luz, podría echar a
correr y esconderme en alguna revuelta de los subterráneos, lo que era preferible a
seguirlo dócilmente como un buey al matadero. Estos pensamientos me venían de
cuando en cuando, y miraba de reojo la cara oscura que iba a mi lado, para calcular si
era atacable, y si delataba alguna debilidad o temor. Pero, ¡ay, signor!, en seguida

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desviaba los ojos sin la menor esperanza. Nada hay humano en él. Me temo que no es
un hombre. Si yo supiera cuáles son mis armas, y quién es mi compadre, me aferraría
a la vida y lucharía por ella tanto como el más pintado de Italia; pero cuando estoy
cerca de ese monje, me siento… ¡no sé cómo decir! El aire que me llega de él es
gélido; clava en mí sus ojos grandes y muertos, y su voz me llega como el retumbo de
una tormenta cuando nos tapamos los oídos porque nos da miedo oírla. ¿No os parece
un ser extraño, signor?», dijo, volviéndose de repente y mirándome con sus ojos
oscuros dilatados por el miedo. «Lo es, desde luego —dije involuntariamente—; pero
continúa», dije tras una pausa. «¿Creéis que es un hombre como nosotros?»,
prosiguió con creciente ansiedad, y con la cara más estirada. «No lo sé; no sabría
decir. Te ruego que no hables más de él; sigue con lo que estabas contando; pero
nómbralo lo menos posible». «Bien, signor; pues he pasado cuatro días solo y a
oscuras. Pero ¿cómo seguir, si no puedo nombrar al monje? Era en el único en quien
pensaba, el único al que veía, salvo ahora a vos. ¡Ay!, signor, imaginad lo que
representa pasar cuatro días en total soledad, en completa oscuridad, excepto cuando
venía él a traerme la mísera ración de comida; entonces, la mísera luz que traía me
permitía adivinar confusamente la inmensidad de ese subterráneo. Era extraño,
signor; pero lo veía mejor no estando él. Cuando él entraba con la luz, todo parecía
envuelto en niebla, en una especie de vaho tembloroso, azulenco, que se extendía más
allá de los límites de ese pálido resplandor; y en cuanto se iba todos los nichos y
rincones oscuros, antes invisibles, se recortaban claros y perceptibles a mis ojos. En
vano me envolvía cada vez más la cabeza con la capa; en vano me decía: estoy a
oscuras; esas cosas no están delante de mí; me encuentro en un rincón cerrado y
oculto donde nadie puede entrar y del que nadie me sacará. Sin embargo… Bueno,
me parecía que caminaba sin rumbo, me precipitaba por una pendiente empinada,
oscura, iba a parar a un sitio lóbrego, seguía a una luz extraña que parpadeaba delante
de mí, hasta que de repente surgía en la oscuridad una cara demacrada que me
sonreía, y me hablaba. Entonces yo regresaba tanteando a la paja, hasta donde me
seguía; y traspasaba la capa y me miraba por entre sus pliegues; porque me daba la
sensación de que la seguía viendo, aunque cerraba los ojos y estaba en medio de una
total oscuridad».
Pese a lo melancólico de la peripecia, me alegraba conversar con alguien, y
contrastar mis sentimientos con los de otro en parecida situación.
«¡Ah, signor —exclamó Filippo con ardor—, qué dichosos son los caballeros
instruidos y cultos, que pueden buscar en su interior, y recordar lecturas, e inventar
conversaciones, y tener consigo, en su cautividad y soledad, todo cuanto tuvieron o
amaron, gracias a la fuerza de su mente! Yo estaba convencido de que nunca iba a
sentir esa profunda y pesada soledad si conseguía traer a mi memoria algo en que
pensar, algo que me transportase lejos de ese lugar oscuro, y me pusiese entre las
cosas y las personas con las que en otro tiempo he sido feliz. ¡Pero el cielo me asista!,
no sabía nada que expulsara de mi corazón esa soledad. Hice lo único que sabía: rezar

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las oraciones que mi tío Michelo me había enseñado, cada vez que me traían la
comida, porque no tenía ningún otro medio de saber la hora; y también trataba de
recordar lo mejor que podía algunos versos de Ariosto que había oído a un recitador
en Nápoles. Descubrí que la memoria me aumentaba asombrosamente con la
oscuridad y la soledad: me vinieron a la cabeza muchos versos que había olvidado, y
los repetí una y otra vez; más aún, incluso añadí algunos, sin duda muy distintos de
los originales. Pero ¿a qué no recurriría, y qué no encontraría interesante, un
prisionero solitario? De todos modos, tenía tal soledad y vacío dentro de mí, tal falta
de ocupación y de pensamiento que incluso envidiaba al ser mudo y hosco que me
traía la comida. Él al menos tenía que cerrar puertas, recorrer pasadizos, y ocuparse
de cosas. ¡Y cómo os envidiaba a vos, signor, que tenéis el poder de llenar toda
soledad leyendo vuestros libros y conversando con vuestros amigos, por lejos que
estén de vos!»
Las palabras de Filippo me ruborizaron. Me daba cuenta de cuán poco gozaba yo
de esa felicidad, y cómo las circunstancias podían reducir los espíritus a un mismo
nivel, desnudarnos de los accidentes transitorios, y mostrar que una vena común de
sufrimiento y de debilidad recorre el pecho de todos, una vez que la eliminación de
distinciones externas nos permite descubrir y reconocer las afinidades.
«Pero continúa, Filippo. Has dicho que tu total soledad ha durado solo cuatro
noches». «Sí, signor; al término del cuarto día, el confesor, después de traerme la
cena y esperar a que acabara de comer, me dijo que le siguiera, y me dispusiese a
abandonar el subterráneo. Su ademán es tan autoritario que me quita el valor para
preguntar o resistirme cuando habla. Lo seguí sin chistar, ni saber, mientras me
guiaba, si iba a morir o a volver a la vida. Empezaba a recelar que a lo primero,
cuando me di cuenta de que me conducía al aposento de vuestro padre. Aún no era de
noche; pero las velas estaban ya encendidas porque vuestro padre odia la oscuridad.
Al entrar en la habitación estaba allí de pie. Había alguien más, pero no lo distinguí
bien porque tenía los ojos debilitados y las piernas me temblaban. Vuestro padre me
miró con asombro. “¿Es este Filippo —dijo, volviéndose al monje—; este espectro,
esta sombra es Filippo?” El encierro me había dejado una flojedad infantil. Su voz
sonó compasiva. ¿Qué voz no me habría sonado grata después de un silencio de
cuatro días? Quise suplicarle. Creí que mi aspecto le había conmovido; pero me falló
la voz, y me quedé temblando, mudo, ante él. “Filippo —dijo—, ya has visto qué
consecuencias trae desobedecer; ya has comprobado que puedo castigarte, y que toda
provocación y oposición es inútil. Sé que eres de los que piensan con la cabeza, y no
un vulgar zoquete; así que condescenderé a razonar contigo. Si dejamos que los
jóvenes románticos y sus criados husmeen por todas partes, inventando o diciendo
que han descubierto prodigios, ¿qué descanso puede tener el honor de una familia,
qué persona podrá sentirse en paz? No permitiré que saques a la luz cosas que no
harán sino confundirte; porque incluso las desgracias de una familia ilustre, si se
divulgan, acarrean una especie de deshonra por los prejuicios de la sociedad; al

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menos, no está bien que la lengua de un criado se explaye en ellas y las propale por
ahí”.
»Parecía sincero y razonable todo lo que decía; su afabilidad, sus palabras
amables y llenas de humanidad sonaban raras y deliciosas a mis oídos, a la vez que
hacían que me sintiera avergonzado y culpable; condené interiormente mi
desobediencia y mi curiosidad. Intenté balbucear una excusa, pero él me interrumpió:
“Está bien —dijo—; no pretendo aplastarte, sino corregirte. Ya has sufrido bastante;
pero dado que la influencia de tu joven amo podría ponerte otra vez en peligro, sería
culpa mía si volvieses a cometer la misma falta. Así que vete; y si eres agradecido,
sabe que estás obligado a mí. Marco, mi mayordomo apuliano aquí presente, te
llevará con él a las propiedades que allí poseo; tiene instrucciones de colocarte en un
puesto algo inferior al suyo, donde podrás aprender los hábitos de la regularidad y la
obediencia. No me abrumes con agradecimientos; no… no quiero oírlos”. Traté de
decir unas palabras incoherentes de gratitud, pero me rechazó con una impaciencia
que me confundió. “No quiero saber más del asunto. No lo soporto. ¿Queréis
llevároslo de aquí, padre? —no abrí la boca—. Saldrás inmediatamente —dijo—. El
mejor momento para viajar es la noche; por la mañana habrás llegado al final del
viaje. Marco será tu guía”. Se retiró escoltado por su confesor. “Ven, compañero de
viaje —dijo Marco, abriendo la marcha—. ¿Nos ponemos en camino? La noche se
nos echa encima”.
»Ahora lo vi claramente por primera vez: era un individuo extraño, de aspecto
feroz. Me asombraba encontrar a un sujeto así en el aposento del conde, entre cuyas
virtudes nunca destacó la condescendencia. Pero todo a mi alrededor era admirable; y
con el gesto del conde, y lo inesperado de mi liberación, en seguida dejé de pensar en
la pinta de Marco, y le dije que estaba preparado para seguirlo. Pero al verme tan
débil, y que me tambaleaba; se acercó a la mesa donde había una jarra de vino.
“Toma —dijo—; bebe; por un viaje rápido y sin percances. Bébetelo de un trago;
necesitas recobrar fuerzas”. Cogí el vaso, a la vez que lo miraba con los ojos ausentes
de la debilidad; aunque me llamó la atención su expresión, a pesar de mi flojedad; era
una expresión extraña. Incluso ahora me asusta pensar en ella. Salimos en seguida;
Marco se encargó de que no me viera nadie de la casa. Nos dirigimos a las cuadras.
Yo me sentía enardecido por el vino; y emprendimos el viaje a caballo, charlando
animadamente. Poco después, no obstante, mi compañero enmudeció y se abismó en
sus pensamientos. Le hice mil preguntas sobre el viaje, cuál era su objeto, y su
destino. Solo conseguí sacarle una respuesta muy breve y ambigua; esta: “Tu viaje
será corto y cómodo; terminará mañana por la noche”. Entonces me puse a hablar del
conde, y de su benevolencia conmigo; pero noté que, mientras yo hablaba, él se iba
poniendo sombrío y nervioso; así que le pregunté cuánto tiempo llevaba al servicio
del conde Montorio. “Llevo sirviéndole —dijo— muchos años”. “Pues no recuerdo
haberte visto nunca, hasta esta noche”, dije. “Es muy posible; no siempre se me ve en
la casa; aunque pocos pueden alardear de estar más constantemente dedicados a él, ni

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de prestar más útiles servicios a su excelencia”. “Servicios secretos, al parecer”, dije
medio en broma. “Probablemente; pero no por eso menos útiles”, dijo con seriedad.
»Continuamos en silencio, y esa noche dormimos en la choza de un viñedo de la
Campania; de esas que, como sabéis, sirven para vigilar la uva en la época de la
vendimia, se construyen con palos, ramas y otros materiales desechables. Ese fue
nuestro alojamiento. Yo tardé en dormirme; porque no paraba de pensar en todo lo
ocurrido en las horas previas al viaje; y no llevaba mucho rato acostado mi
compañero cuando descubrí que era inútil intentar dormir: empezó a hablar consigo
mismo, y a dar voces con tal vehemencia que habríais creído que allí dentro había
una trifulca de gente armada, corría la sangre, y el suelo estaba sembrado de
cadáveres. Unas veces gritaba que limpiasen las dagas; otras, que escondiesen las
ropas manchadas de sangre; otras: “¡Ah!, ¿aún forcejeáis? ¡Ponle una rodilla en el
pecho y agárralo por el cuello! Sí, eso bastará. Ahora ciérrale los ojos y límpiale esa
espuma sanguinolenta de la boca”. Luego, incorporándose, gritó: “Mirad, mirad,
compañeros; se ha escapado; corred tras él; seguidlo. El conde mi señor os da la
mitad de sus tierras a cambio de su sangre”.
»Eran extrañas esas palabras, pero confieso que mientras contemplaba la luna
brillante, y recibía la brisa a través de la ventana de hojas, tan fresca y grata después
de los calores húmedos de la mazmorra, las escuchaba con una curiosidad distante,
más que con temor. Mirando al cielo claro, me pareció identificar la misma estrella
que solía ver posada sobre la torre oeste cuando volvía del bosque; titilaba entre las
almenas, signor, exactamente igual que la llama débil de una vela en una ventana. Al
verla en lo alto, sobre las colinas oscuras de los viñedos, pensé en el castillo y en vos.
Y aunque eran muy extraños el viaje y el compañero con el que lo hacía, habría dado
lo que fuera por que hubieseis estado conmigo; así que determiné averiguar dónde os
tenían en cuanto llegásemos a Apulia, y liberaros si era posible».
«Filippo, creo que esto es un añadido que no tiene nada que ver con la historia.
¿Con la alegría de tu inesperada liberación te pusiste a pensar en mí?» «¿Por qué no,
signor? ¡Ah, no sabéis con qué celeridad la cabeza del recién liberado del sufrimiento
vuelve a imágenes que realzan el contraste con su estado anterior! Pensar en mí era
pensar en vos; porque pensar en mí era pensar en un ser solitario, en un ser
desamparado, encerrado y consumido; así que pensaba en vos. Todo lo que
recientemente sentía por mí, lo trasladaba a vos; no era afecto, signor, sino intenso
recuerdo… Recuerdo de la mazmorra y la oscuridad, de la luz lacrimosa, de la
comida que apenas veía, de las caras extrañas me que miraban mientras dormía, de
los sapos que ahuyentaba en el instante de despertar; en todo eso pensaba; así que,
¿cómo podía dejar de pensar en vos?
»Al amanecer reanudamos la marcha; cabalgamos por una región boscosa y
salvaje todo el día, y paramos a dormir en el hueco de un castaño durante las horas de
calor. Al anochecer estábamos en un bosque espeso, con senderos enrevesados, y no
muy frecuentados al parecer. Marco se quedaba callado de cuando en cuando; miraba

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en todas direcciones con desconfianza; detenía a la mula, observaba entre los árboles,
y aguzaba el oído, cuando el viento que se había levantado gemía entre las ramas, a
veces igual que una voz humana. Era inútil preguntarle; y estaba empezando a
afectarme su mutismo, y lo oscuro de la noche, cuando de repente, después de llevar
un rato murmurando para sus adentros, espoleó con violencia a su mula, dio la vuelta
y, agachando la cabeza, vino hacia mí tan veloz que lo esquivé por los pelos. Le
pregunté por qué había hecho eso. “Ha sido un pronto de esta mula, maldito penco —
dijo, azotando al animal y situándose detrás de mí—. Será mejor que no te estorbe el
paso —dijo, cruzando a la otra rodada—. Sí, sí; así marchas mejor”, murmuró. Y sin
más salió disparado, y desapareció en una espesura de matorrales que había a la
derecha. Ante esta reacción, me sobresalté por primera vez, y fui tras él lo más
deprisa que podía. Pero era inútil: el hombre conocía el bosque y sus senderos
oscuros. No aflojé la marcha hasta que dejé de oír el galope de su mula. Poco
después, el bosque se abrió inesperadamente a la derecha, y vi un edificio grande y
viejo que parecía las ruinas de una casa, apropiada para vivienda de un guardabosque.
No se veían dependencias, ni ningún signo de labores campesinas; era extrañamente
lúgubre. Marco estaba en la puerta; había desmontado, y hablaba con un sujeto de
mala traza. Al verme, vinieron a mi encuentro con aparente satisfacción. “Este es tu
hospedero —dijo Marco—; se llama Venancio. Te habrás asustado al verme salir al
galope y dejarte solo… pero sabía que seguirías el sendero; nadie se pierde una vez
que lo toma”. “De todas maneras, ha sido una estupidez dejarlo solo —dijo Venancio
de malhumor—. Podía haber desaparecido, y habría sido inútil buscarlo. Vamos,
muchacho, desmonta; no lamentarás encontrar una buena cama, y un buen descanso
después de una jornada de viaje”. Descabalgué y lo seguí a una estancia amplia y
melancólica. Había una mesa grande y rústica con una jarra de vino encima, y
sentados alrededor de ella un par de hombres o tres mal vestidos, con esos rasgos de
ferocidad que la pobreza y el aislamiento imprimen en los que viven en una región
deshabitada. Parecieron indecisos sobre si irse o no cuando entramos; pero Venancio,
con ademán autoritario, les ordenó que volviesen a sus sillas. Se sentaron otra vez y
me miraron con descaro. En un rincón oscuro de la estancia había una vieja miserable
ocupada en algo, que me miraba también, de cuando en cuando, de manera rara; no
sabía si con odio o con temor.
»Nos acomodamos alrededor de la mesa, y bebimos. Hablaron poco; y aun ese
poco, entrecortado y distante, y lleno de alusiones que yo no entendía, pero con
mucho significado para los otros, según todas las apariencias. Marco echó su silla
para atrás, me midió con una mirada lenta, larga, de la cabeza a los pies; luego hizo
un gesto de asentimiento a Venancio, contrajo los dedos despacio y apretó el puño de
repente con gesto violento; Marco agarró con fuerza el puño de su estilete, pero uno y
otro se quedaron inmóviles al darse cuenta de que los estaba observando.
»Me invadió un malestar presagioso; me esforcé en sobreponerme, porque no
sabía por qué me sentía así. Intenté iniciar una conversación, dado que todos

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hablaban con monosílabos y mudas miradas. El nombre de Venancio me resultaba
familiar. “Por cierto —dije al hospedero—, yo he oído ese nombre antes; aunque el
que se llamaba como tú no lo honraba que digamos”. “Es muy posible”, dijo. “El
individuo que digo —expliqué— era un famoso asesino de Mesina; sus atrocidades
fueron numerosas, y las más extraordinarias que he oído contar”. “¿Por qué dices
fueron? —dijo uno de los compinches—; tengo entendido que vive aún, y que sigue
siendo tan malvado como siempre”. “Así se condene —dijo otro—. Todo podría
perdonársele, menos estafar a sus camaradas, como hizo cuando se ganaron una
bonita recompensa por un trabajo que hicieron”.
»Venancio los miró con hosquedad. “Puede que le pagaran mal a él”, dijo. “Creo
que no me habéis entendido bien —dije—. La persona de la que hablo no era un
artesano; era un asesino”. “Ya —dijo uno—; pero ¿no sabes que seguramente tenía
ayudantes, y tenía que haberles pagado decentemente —lanzando una mirada
furibunda hacia el otro lado de la mesa—, ya que habían cumplido; aunque fuera un
trabajo sucio? ¡Ja, ja!”, soltó una risotada horrenda, arrancando grandes astillas de la
mesa con la navaja. “Pero he oído decir —dije, aunque no sabía cómo continuar—
que burlaba toda persecución de la justicia, y después de innumerables asesinatos y
crímenes, le siguieron la pista hasta la misma costa, donde se escondió en las redes de
una barca; y cuando el pobre pescador empezó a costear por la noche, con su farol a
popa (porque esa es la manera de pescar allí), salió Venancio y lo obligó a apagar la
luz y dirigirse a Nápoles; una vez allí, mató al infeliz para que no lo delatase, y lo
enterró en la arena; después cambió de nombre, y se refugió disfrazado en el bosque.
Esa dicen que fue su última hazaña”. “No, no; esa no fue la última, camarada —dijo
uno—. Puedes creerme”. “Parece que lo conocéis”, dije. “Demasiado bien”. “¿Habéis
sido víctimas de él?” “Innumerables veces”, dijo, meneando la cabeza. “¿Lo habéis
visto, entonces?”, dije, insistiendo con torpe impertinencia. “Tan claramente como
veo a todos los de esta mesa”, dijo. “¿Y creéis que está vivo aún?” “Tan vivo como
nuestro hospedero”, dijo. “Venga —dijo Venancio de repente—; ya está bien de
hablar de mi tocayo; quizá, como muchos otros, le empujó al crimen la necesidad; y
seguro que ahora estará arrepentido de haberse mezclado con rufianes que lo espían y
lo ofenden y sospechan de él, pero de los que puede librarse un día, como se ha
librado de otros estorbos”. Ante este comentario dos de ellos empezaron a renegar en
voz baja, y el tercero, de cara especialmente feroz, dijo: “Sí, sí; pocos hay que sepan
librarse de los estorbos como Venancio; su vida pertenece al verdugo, su alma a
Lucifer, y su honor al primero que le ofrezca un dólar por cortarle el cuello a su
padre”.
»Acabó la frase con una explosión tan salvaje, tan diferente de la risa que me heló
la sangre; aunque evidentemente era una manifestación de desafío y de odio
desdeñoso. “Su honor —dijo Venancio, incómodo— no tiene tacha; él jamás ha
traicionado ni amenazado a sus camaradas”. “No —dijo el otro, impaciente—; se
conforma con tratarlos tan mal que no tiene por qué amenazarlos, y a robarles tan sin

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piedad que no tiene por qué traicionarlos”. Los otros se sumaron con enfática
amargura a esta sentencia, aunque con una especie de mofa salvaje. Tenían la cara
encendida, y sus voces sonaban roncas y cascadas.
»Nuestro hostelero se quedó pensando un momento; luego, de repente, apoyando
los brazos sobre la mesa y mirándolos a la cara, dijo en tono rápido y decisivo:
“Camaradas, os voy a contar algo de ese Venancio que demuestra que era un granuja
sensible y avisado: tenía dos o tres perros que empleaba unas veces para ladrar, y
otras para morder; de cuando en cuando les echaba algún hueso, cosa que a ellos
nunca les parecía bastante por sus servicios; así que, cada vez que él tenía algún
asunto, se dedicaban a aullar, y a gruñir, y a estorbar; y si un desconocido se metía en
la perrera, la jauría se abalanzaba sobre él, y lo devoraba hasta los huesos y lamía la
sangre, antes de que Venancio hubiese tenido tiempo de trincharlo y dar a cada uno su
parte; conque una noche —dijo, tendiendo el brazo cuan largo era sobre la mesa— les
dijo: ‘Oídme bien, perros sanguinarios: como volváis a abrir las fauces de esa
manera, por la santa cruz que os rebano el cuello. ¿No os dais cuenta de que soy
vuestra vida, de que mi nombre os guarda de la justicia, de que os doy cama, de que
os doy de comer y os procuro trabajo; de que si me perdéis estáis acabados; de que
nadie os ofrecerá otro empleo que el de espías, de esos que son estrangulados una vez
que han cumplido su misión de delatores? ¿Adónde iréis, o qué haréis? Vuestra
cadena es mortificante y vuestra comida no es buena; pero ¿qué pueden esperar unos
mestizos como vosotros? Nadie os querría sino para disfrutar maltratándoos; nadie os
tendría sino para daros patadas. Vuestra única ocupación sería poner en fuga a los
pordioseros y despedazar mujeres y niños; y si alguna vez os salieseis del lugar de
vuestras correrías, os perseguirían con el fuego, el acero, el veneno y las maldiciones;
os descuartizarían y esparcirían vuestros pedazos, con los buitres y los cuervos dando
vueltas ansiosos sobre vosotros. ¿Acaso no lo sabéis, perros? ¿Eh, perros del
demonio; acaso no lo sabéis, que os atrevéis a gruñir?’
»”Su furia era terrible. Se erguía, pateaba, se le erizaban los cabellos, sus ojos
despedían chispas, su voz era atronadora, y daba unos puñetazos en la mesa que
aflojaban las tablas”. “Tengo entendido que a raíz de eso se apaciguaron”, murmuró
Marco. “Él sabía mantenerlos a raya, porque no eran más que perros”, dijo Venancio
con airada y malévola acritud. Su discurso fue tan inesperado, tan vehemente, y tan
voluble que lo escuché sumido en estúpido asombro, tratando de encontrar la clave de
la metáfora sin conseguirlo, porque su pasión la desvirtuaba; no sabía a quién iba
dirigido ese torrente; parecía amedrentar a los presentes, que escuchaban, se
estremecían, y no abrían la boca.
»Pero en la pausa que siguió, cuando calló su voz atronadora, empecé a adivinar,
lenta, penosamente, el sentido de lo que veía. Sin embargo, la punzada de angustia
fue tan intensa, tan repentina que arrojé de mí el pensamiento como si me sacudiese
de la mano un reptil. Era demasiado terrible para aceptarlo; me subió una oleada de
calor y, seguidamente, otra de frío mortal; los dientes empezaron a castañetearme,

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aunque me ardían las mejillas; la frente se me cubrió de gruesas gotas. Me bebí el
vaso de vino con ansiedad, y después otro; pero seguía con la sensación del que ve en
sueños una cara horrible, intenta no verla, pero siente que se va volviendo cada vez
más grande, que lo mira desde todas partes, y que se le adentra por los ojos, le llega al
cerebro, y lo hace enloquecer. Así encontraba yo ese pensamiento: aunque luchaba
por expulsarlo, continuaba dentro de mí.
»“Estoy cansado; quisiera ver la habitación donde voy a dormir”, dije,
levantándome con el gesto desesperanzado del que busca alivio en el mero acto de
moverse. “La verás— dijo Venancio poniéndose de pie—. ¡Tú, Bianca, trae una luz!”
La vieja le llevó la luz y, al pasar por delante de mí, me la acercó a la cara. La suya
parecía de bruja: con la piel terrosa, los ojos enrojecidos y hundidos, el pelo
desgreñado, y una expresión singular de feroz malevolencia, se encaró a mí un
instante. Se me encogió el corazón. Subí detrás de Venancio por una escalera estrecha
y ruinosa. Abrió una puerta, a la izquierda, y me pasó a una pieza amplia y oscura
como las demás. La cama estaba al fondo. Miré las ventanas instintivamente; eran
altas y estaban enrejadas. Eran lo único del edificio que habían reparado, al parecer.
“Esta es tu habitación —dijo Venancio—; espero que descanses bien aquí”. Me volví
hacia él mientras hablaba para averiguar si había en su cara motivo para la esperanza
o para el temor; pero alzaba tanto la luz que solo vi su cabeza y sus cejas morenas,
inclinado sobre la cama como estaba.
»“Un momento —dije cuando iba a abandonar la habitación—; bajaré a tomar
otro vaso con vosotros”. No quería quedarme solo aún, aunque de esos hombres
podía temer cualquier cosa. Su presencia me ofrecía una especie de protección
desconocida. Tenía, además, la vaga esperanza de haber interpretado mal la dudosa
expresión de sus caras de pocos amigos; ¿y quién no se agarra con todas sus fuerzas a
cualquier esperanza de vida? Venancio no se opuso a que volviese con ellos. Y bajaba
yo la escalera, cuando la vieja, alzando la voz, me dijo que me había dejado la capa
en la cámara. “Ve a recogerla”, dijo Venancio. Atento a cualquier augurio que la
casualidad pudiera brindarme, pasé ante la vieja que parecía haberse detenido a
propósito, y entré en la habitación. Busqué la capa por todas partes en vano. La vieja
me dijo que mirase en determinado rincón. Lo hice; y a la luz de la lámpara que
llevaba, descubrí que el rincón que decía estaba manchado de sangre. La mía se me
heló en el corazón. Venancio me ordenó que volviese con la luz; regresé
tambaleándome, pero él ya había desaparecido. Se me había ofuscado la vista, y al
llegar abajo no distinguí los corredores: eran oscuros e intrincados. Eché a andar por
uno sin fijarme en qué dirección tomaba, hasta que me asustó la singular lobreguez y
oscuridad de la parte del edificio por la que avanzaba. El viento silbaba detrás de mí
con un quejido agorero, y las hojas desvencijadas de las ventanas tableteaban como
sacudidas por una mano poderosa. Me detuve. Me vino el pensamiento de huir. A mi
alrededor estaba todo desierto, y presentía que una vez en el bosque volaría como un
pájaro. Avancé deprisa y sin ruido. El corredor terminaba en una puerta baja a cierta

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distancia. Me dirigí a ella. Estaba abierta. Pero al acercarme oí voces dentro; las
voces de Marco y Venancio. Habría preferido oír el siseo de una serpiente. ¡Ah, es de
lo más terrible y demoledor descubrir que los seres humanos que hay cerca de ti, que
podrían darte ayuda o consuelo, comprenderte o estar a tu lado, se han armado de un
propósito mortal para destruirte y que, secreta o violentamente, piensan acabar
contigo! Sin esperanza de escapar en ninguna de las direcciones que comunicaban
con la parte habitada del edificio, y deseoso de sacar la mayor información posible de
lo que hablaban, me aposté junto a la puerta. Sus voces eran bajas, producían un
murmullo difícil de distinguir; pero el miedo me afinaba el oído de tal manera que no
me perdí una sílaba.
»“¿Dónde está ahora?”, dijo Marco. “Arriba; no muy contento con su cuarto”.
“Menos lo va a estar cuando se entere de que es el último que va a tener; pero ¿por
qué esperar a que se acuesten los demás?” “Tengo miedo de que vuestro cuartel haya
levantado sospechas. He observado que pasan cerca de aquí más viajeros de los que
pueden tener relación con el bosque, y no quiero voces ni ruido de lucha hasta que
sea de noche, no sea que haya oídos indiscretos por los alrededores. Por eso me
parece mal que lo dejaras en mitad del bosque. Podía haberse escapado; podía haber
recelado de tu cara avinagrada y haber huido; porque, a pesar de vivir aquí tantos
años, un niño podría despistarme entre tantas revueltas; y después, la primera noticia
que nos habrían dado de él habría sido una puñalada, por dejar que escapara”. “¿Y
qué iba a hacer? Maldita sea; yo estaba tan preocupado como tú, al no reuniros
conmigo en el lugar acordado; todo por culpa de ese estúpido de Nicolo. Además,
casi se me había olvidado el sendero. El compadre es casi tan alto como yo; y seguro
que habría vendido cara su vida. Ha habido un momento en que se me ocurrió
terminar con él. Puse mi mula a todo galope y fui contra él; y si lo llego a derribar lo
habría despachado de unas cuchilladas; pero se echó a un lado y me esquivó”. “¿Y ha
seguido cabalgando contigo?” “Sí; parece que no sospecha nada; de lo contrario,
Zeno y los otros lo habrían alertado con tantas alusiones; y tú con tu furia, abajo en la
cámara. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué ganas me han dado de reír cuando le he oído preguntar con
toda seriedad sobre ti, y cómo contabas historias de ti mismo! ¿O crees que estaba
empezando a darse cuenta de quién eres, y ha adoptado esa táctica para protegerse?”
“No lo sé; parece simple y confiado. Aunque hace un momento, en la cámara, me ha
parecido ver que una sombra le cruzaba por la cara. Tenía las mejillas pálidas y le
temblaban los labios. Pero no ando bien de la vista. A veces se me antoja que tengo
delante cosas raras; y esa bruja, también… Jal vez me equivoque, pero me ha
parecido que dejaba a posta la capa del compadre en el rincón donde rematamos al
monje para que viera la sangre”. “Sí, es un detalle que ha irritado a Zeno y a los
otros”. “Sí —repitió Venancio con enojo—; esos cobardes rapaces… Se creen que
con cortarle el cuello a un campesino desarmado o prender fuego a una cabaña de
cuando en cuando ya tienen derecho a la misma parte que los que sirven a la primera
nobleza, dan satisfacción a los príncipes y hacen que paguen con gusto, que

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despueblan una región con solo hacer correr su nombre… ¡Bellacos! Porque me han
perseguido hasta esta madriguera, donde me toca vivir pobre y atemorizado, y tengo
que degollar a un desdichado sirviente, se creen que…” “¡Chist, chist! ¿Ha sido el
viento? Ha sonado como un gemido. ¡Qué ruidos más lúgubres se oyen en esos
corredores!” “¡Ja, ja!, se te han puesto las mejillas como las de tu viajero. Si vivieras
aquí como yo, oyendo el viento cuando recorre este viejo edificio, y ruidos que
prefiero no imaginar, te curarías de esas quimeras”. “¡Por el amor de Dios!, ¿tan
obsesionado estás? Porque para eso sería mejor volver a nuestro antiguo oficio en el
corazón de una ciudad populosa, como hacíamos en Mesina. Allí, solo teníamos que
apostarnos en la esquina de un callejón oscuro, de noche, y una vez que nos
deshacíamos del cadáver en algún sótano o edificio en ruinas, nos íbamos a la taberna
a celebrarlo, y a beber a la salud del despachado en cuanto nos lavábamos las
manos”. “Es verdad; aquí, en estos parajes deshabitados, en la oscuridad del bosque,
me vienen pensamientos que nunca se me ocurrían en Mesina. Ya no soy el mismo.
No es que me arrepienta; ni mucho menos. Te juro por la santa misa que no soy
ningún encogido. Si los padres de la Inquisición vinieran a sermonearme, no iban a
conseguir que tartajeara un padrenuestro; ni siquiera que me persignara; aunque a
veces lo hago sin querer, por temor, o porque me viene un momento de debilidad.
Pero no sé qué me pasa últimamente. Marco, tú sabes que no soy de los que ven
visiones. ¿Me creerás si te cuento lo que vi la otra noche estando sentado en esta silla,
mientras el viento aullaba entre los castaños como ahora?” Marco cambió de postura
para escuchar la historia. Yo me alejé de allí maquinalmente. Aunque no tenía claro
miedo de su presencia. Creo que, si se hubieran abalanzado sobre mí los dos, no me
habría defendido, ni habría echado a correr. Era incapaz de pensar nada; solo
caminaba con las piernas flojas, como movido por un instinto, por una sensación de
miedo mortal a ver a estos asesinos o a oír sus pasos. No sé cómo recorrí el pasillo, ni
cómo volví a bajar la escalera, pero lo hice; y recuerdo que dejé la lámpara en el
suelo con la tranquilidad del que piensa que puede necesitarla otra vez; pero entonces
me abandonó toda sensación. No tenía una sola duda, ni una sombra de esperanza, ni
un rincón de mi cerebro donde refugiarme. Lo sabía todo, y lo había sabido de golpe.
Y sabía lo peor: que no saldría de este aposento; unos pocos instantes eran cuanto me
quedaba de vida. ¡La muerte, la muerte inesperada y repentina! ¡Qué pensamiento
anonadador! ¡Cómo barre el alma y la despoja de toda fuerza y esperanza! Mis ojos
despedían materialmente fuego. Los dientes me rechinaban. Los poros los tenía tan
abiertos que sentía gruesas y frías gotas de sudor en cada uno. Los cabellos se me
habían puesto de punta y me siseaban como serpientes. Aspiré con dificultad. Pensé
que la muerte se estaba apoderando de mí. Intenté moverme, pero tenía las piernas
paralizadas. Intenté pronunciar alguna palabra, pero solo me subió un graznido que
no llegó a salir. La lámpara, el techo, el suelo, se multiplicaron en un minuto, y a
continuación desaparecieron. No sé el tiempo que estuve así; pero cuando muera, sin
duda probaré por segunda vez el sabor amargo de la muerte. Me recobré en seguida;

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me sentí completamente despierto, y tan consciente de lo que oía y sabía que me
levanté de un salto, no fuera que entrasen y aprovechasen que me tenían en el suelo.
Miré y escuché a mi alrededor. Todo estaba callado, salvo el viento, que ahora
soplaba con furia, y cuyo rumor cavernoso recorría el pasillo de mi cámara como un
susurro de vestidos y pisadas, y mecía los altos árboles cuyas sombras cruzaban ante
la ventana con un movimiento extraño a mis ojos asustados.
»Aún seguía atento, aunque sin esperanza de oír nada que me trajese consuelo,
cuando me pareció que del pie de la ventana subían voces con el viento. Quizá eran
viajeros que atravesaban el bosque, de los que había hablado Venancio. Con la
ansiedad de una esperanza repentina, me encaramé en el alféizar agarrándome a los
barrotes, y miré hacia abajo. Había una luna débil que las nubes ocultaban de cuando
en cuando al desplazarse por el cielo; el crepúsculo no había desaparecido del todo.
Al principio no vi nada, salvo las copas de los árboles. Pero al fijarme, distinguí la
silueta de un hombre cuya capa, agitada por el viento, había tomado por una rama.
Tenía algo en las manos que no lograba identificar. Y al poco se le unió otro con la
cabeza descubierta. Sus voces me llegaron distintas y claras. El recién llegado era
Venancio.
»“¿Qué haces aquí —dijo—; gandulear, cuando hay trabajo que hacer?” “No
estoy ganduleando —dijo el otro con hosquedad—; mira esta azada, y mira la maraña
de raíces que acabo de arrancar de ese pino. ¿Te parece gandulear cavar una fosa en
un suelo como este?” “No es bastante larga”. Inclinándose a medirla: yo veía todos
sus movimientos. “Pues agrándala tú —dijo el otro, soltando la azada—; prefiero
trabajar para el diablo antes que para ti. ¿Ahora no sé cavar una fosa? He mandado
una banda de hombres como nunca ha juntado nadie, mientras a ti te daban en Mesina
unos ducados por asestar algún golpe cobarde y escabullirte en la oscuridad”. “Está
bien, está bien; no hay por qué pelear; los dos hemos visto tiempos mejores, y
mejores trabajos que despachar a un miserable lacayo; aunque este compadre parece
que va a dar quehacer también. Harán falta tus brazos, o los de Zeno, para darle un
buen apretón en el cuello”. “¿Entonces no hay que pincharlo?” “No; no quiero más
sangre. Mancha las habitaciones, y hace pensar a los extraños cosas que pueden
resultar inconvenientes. Acuérdate de los peregrinos de la otra noche, cómo se fueron
de repente cuando creíamos que los teníamos seguros. Recuerda, Nicolo; en cuanto se
haya dormido vais y lo estranguláis. Yo me quedaré a tomar otra jarra en la
habitación de abajo, y estaré atento a cuándo se acuesta”. “Por mi alma, preferiría
enfrentarme a un individuo armado con una daga y luchar cuerpo a cuerpo, a
estrangular a un hombre dormido. Después paso un mes que no soy el mismo. A
donde miro, veo su cara ennegrecida, sus dientes apretados y sus ojos saltones.
¡María santísima! ¿Recuerdas al último que matamos en esa habitación? ¿Cómo se
debatía, y jadeaba, y le arrancaba mechones de pelo a Marco mientras agonizaba? Era
horriblemente fuerte; lo que resultó peor para él. No había forma de rematarlo; en
cuanto lo derribábamos al suelo volvía a levantarse. Desde entonces, sus ojos no han

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dejado de mirarme; los veo en la oscuridad. ¡Madre mía! Ahora mismo me están
mirando desde este hoyo… ahí… ahí, Venancio”. “¡Quita, idiota! Y aunque
estuvieran, ¿qué? ¿Acaso pueden matarte los ojos de un muerto?” “Pueden, pueden.
Toma tú la azada; yo no vuelvo a meterme ahí ni por todo lo que vayan a pagar por el
trabajo de esta noche”. “¡Ja, ja! Escucha cómo aúlla el viento detrás de ti. ¿Serán
gemidos del muerto? ¡Ja, ja!”
»Siguió acosando al asustado rufián con espantosas carcajadas. Me solté de los
barrotes, con el alma anegada de angustia y de desamparo, y me dejé caer al suelo.
Acababa de oír cómo decidían mi muerte. Acababa de ver mi sepultura; visión
infausta que pocos hombres han tenido en vida. Antes de que se consumiera la
lámpara, antes de que se apagase la llama, antes de que transcurriese una hora más,
sería un cadáver congestionado, tendido, tieso. Mis pensamientos recorrieron con
asombrosa velocidad todas las circunstancias de los días pasados. ¡Ah, cómo maldije
la barbarie de vuestro padre, que por una falta trivial y fácil de impedir que se
repitiera me mandaba a donde mis gritos no pudiesen llegar a oídos humanos, para
que me matasen unos caníbales; que me encerraba para debilitarme y ablandarme;
que me desarmaba con promesas y condescendencias, y me dejaba sin un medio con
que resistir o escapar! ¡Ah, cómo maldije la estupidez de haberme fiado de él, de no
haber comprendido las numerosas insinuaciones que mi oscuro compañero me había
hecho, y de haberme dejado llevar como una oveja al matadero! Recordé los
comentarios que se les habían escapado, y que me habían brindado la ocasión de
salvarme: podía haber huido al bosque; podía haberme enfrentado a Marco. “Yo era
casi tan fuerte como él”; más aún… todavía… todavía podía escabullirme por los
senderos del bosque, si conseguía salir. Todos estos pensamientos, y mil más, me
acudían tan claros, tan intensos que casi me hacían enloquecer. ¡Ah, qué amargo era
descubrir que perdía la vida por un momento de estupidez, y que no lograría salvarla
por mucho que discurriera o me esforzara!
»Me parecía que había arrojado por la borda mi seguridad, que había ahuyentado
y puesto en fuga toda posibilidad de salvación, y me había lanzado de cabeza a una
trampa que se había cerrado sobre mí para siempre. Tras un momento de dolor
profundo y contenido, me acometió un acceso de auténtico frenesí; corría por toda la
habitación, golpeaba las paredes, me agarraba a las ventanas, y rechinaba los dientes
dominado por la rabia y la locura. Finalmente, empecé a mirar a mi alrededor con
algo más de sosiego, aunque con la inflamada penetración y feroz impaciencia de la
demencia. Estoy seguro de que me volví loco, aunque aún perduraba en mí una idea
poderosa, y me sentía capaz de utilizar todas las fuerzas de mi alma y mi cuerpo
mientras esa idea me siguiera estimulando. No había muebles en la habitación que
pudiera utilizar como arma para defenderme o como medio de escapar. Desesperado,
aunque con denodada y perseverante atención, no distinguía nada en las paredes
oscuras o en el suelo; pero examinando este último a la luz de la lámpara, descubrí un
tablero con argolla que parecía una trampa. No dudé en utilizar semejante

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instrumento en semejante lugar, aunque con poca esperanza de poder esconderme
mucho tiempo allí a donde condujera. Y nervioso y lleno de ansiedad, probé a
levantarla, y lo conseguí.
»Había debajo una cavidad oscura, que me pareció que corría entre el piso de la
habitación y el techo de la de abajo, y que probablemente se prolongaba hasta cierta
distancia, o comunicaba con otras oquedades o pasadizos. Bajé y gateé un trecho;
estaba lleno de escombros, entre los que me abrí paso medio asfixiado por el polvo.
Pero no tardé en encontrar cortado el camino; mi mano topó con un bulto de ropa, lo
agarré precavidamente y, retrocediendo a cuatro patas, lo saqué a mi habitación. La
lámpara aún ardía en el suelo, y a su luz descubrí que era un montón de prendas
viejas y manchadas de sangre, con más desgarrones de los que podía justificar un
deterioro natural. Las estaba mirando, cuando una ráfaga de viento sacudió la puerta
y bramó junto a las paredes; la llama de la lámpara se estremeció, y ardió de lado,
expandida.
»Miré alrededor, buscando con aterrada expectación al dueño de estas ropas que
delataban un lance siniestro, para confirmar el descubrimiento. En las paredes
jugaban extrañas sombras con la llama inquieta de la lámpara. Tras muchas
vacilaciones, fui a dejar las ropas en su sitio, y seguí avanzando a tientas por el
pasadizo; segundo intento en el que descubrí una luz; continué gateando, y comprendí
por los ruidos, así como por la luz, que pasaba por encima de un trozo de techo roto
de la habitación en la que estaba reunida la banda; los vi claramente a través de
numerosas grietas. Oí que repetían mi nombre varias veces, y vi que hacían gestos
horribles cada vez que me mencionaban. El viento era ahora tan fuerte, y aullaba con
tal fuerza entre las vigas sobre las que me apoyaba que no podía distinguir las
palabras que decían, salvo mi nombre; ni habría entendido eso siquiera, quizá, de no
haber tenido los sentidos en esa intensa alerta que solo es capaz de despertar la
ansiedad por escuchar una deliberación sobre la vida de uno mismo.
»Al poco rato empecé a pensar que quizá podía utilizar este pasadizo para algo
mejor que escuchar una conversación cuyo asunto sabía ya demasiado bien; así que
gateé con la respiración contenida, y comprobé, para mi indecible alegría, que había
dejado atrás la habitación donde estaban reunidos. Las rajas eran cada vez más
frecuentes, por lo que supuse que me acercaba a una parte ruinosa, quizá abandonada,
del edificio, de la que tal vez había posibilidad de escapar; los escombros eran cada
vez más reducidos, y el pasadizo mismo se ensanchaba, por lo que no tuve duda de
que había sido construido a propósito, para disponer de una salida secreta. Seguí
gateando, y vi una débil luz debajo, recortada entre dos vigas. Acerqué un ojo a la
grieta más grande que tenía cerca, y descubrí que procedía de una lámpara que ardía
abajo, a cierta distancia; la luz que proporcionaba era tan débil que tardé en darme
cuenta de que se trataba de una habitación amplia y desmantelada, en el fondo de la
cual había una figura oscura, tendida en un jergón; la estuve mirando mucho rato sin
distinguir bien; y al darse la vuelta, reveló el cuerpo más consumido y cadavérico que

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he contemplado jamás, cubierto de harapos manchados de sangre. El viento aullaba
alrededor de su lecho, y los gemidos que producía se mezclaban con los del hombre
acostado. Por un momento pensé que sería alguna víctima de esta banda de
rufianes… Pero ¿por qué, entonces, le habían perdonado la vida? En cualquier caso,
el desdichado no estaba en condiciones de resistir, ni de alertar a nadie. Los quejidos
que profería indicaban que sufría grandes dolores; así que si bajaba sigilosamente a
esa habitación, estaba seguro de poder escapar, ya que sin duda se hallaba en el
extremo del edificio, donde el viento batía las hojas de las ventanas. Pensé que era el
momento de decidirme: los asesinos estaban distraídos bebiendo, la tormenta era
estruendosa, y el hombre postrado era incapaz de impedir que huyera; sin embargo,
ninguna de estas circunstancias me favorecería un momento más.
»Estaba examinando la abertura más grande por la que me iba a descolgar, dado
que era lo bastante ancha, cuando sonó un ruido fuerte abajo; me aparté, se abrió la
puerta, y uno de los de la otra habitación entró con una lámpara y provisiones; las
dejó al lado del que estaba acostado, pero este las rechazó. El otro le dirigió unas
palabras de ánimo, por lo que comprendí que el del jergón era de la banda. Sin duda
le habían herido en alguna refriega reciente, y ahora sufría la tortura de unas heridas
enconadas, sin alivio ni esperanza, ya que no le buscaban ayuda para no arriesgarse a
ser descubiertos. Tras unas frías palabras de consuelo, el que había llevado la comida
dio media vuelta para irse; pero el otro, en medio de su debilidad y su dolor, le
suplicó que se quedase con él unos momentos. “No puedo —dijo su socio, desabrido
—; hay que despachar un asunto esta noche. Tenemos a uno en la habitación de al
lado que dentro de media hora cambiará la cama donde duerme por otra más fría en el
bosque”. (¡Media hora! ¿Quién de los que no han oído anunciar su muerte, y no han
experimentado el horror de medir los momentos de ese plazo, puede saber lo que yo
sentí ante esas palabras?). “¡Ah, Saviolo! —gimió el del jergón—, no me cuentes
ahora esas cosas; ¿cómo puedes hablar así, viéndome como me ves, y sabiendo que
no tardará en alcanzarte el juicio de Dios, como me ha alcanzado a mí?” Saviolo
gruñó un juramento a su lámpara, que casi apagó un soplo de viento repentino. “¡Ay
—prosiguió el moribundo—; ojalá tuviese el auxilio de un hombre santo; ojalá
tuviese delante un crucifijo, y me enseñasen alguna oración, antes de irme!… Tengo
sobre mi conciencia horribles fechorías. Nadie sabe lo que sé; no son vulgares
asesinatos de oscuros campesinos lo que podría aclarar. Yo estuve metido en una
horrible conspiración contra la paz y el honor de un noble joven. ¡Ay!, hace tiempo
ocurrieron cosas que habrían engañado al diablo; engañado y arruinado. Y creo que lo
han conseguido”. Nuevamente soltó Saviolo una maldición a su lámpara, que casi se
apagó. Y paseando la mirada a su alrededor, se fijó en el techo, por cuyos boquetes se
colaba el viento en todas direcciones.
»Vi que miraba con recelo, y me hice atrás al instante, aterrado ante el retraso que
su presencia me estaba ocasionando. Porque ¿quién perdería un segundo, teniendo
media hora de plazo para salvarse? Y mientras él no se marchase, yo no podía hacer

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nada. De nuevo se dispuso a irse, cuando el malherido insistió en retenerlo. “¡Ay!,
quédate, por el amor de la Virgen; estate conmigo un momento, que ya viene; ya lo
oigo venir”. “¿Quién viene?”, dijo Saviolo deteniéndose y palideciendo; la luz
alumbraba su cara recia. “El malo, el malo; que me hace compañía todas las noches;
unas veces está sentado a mi lado, y otras surge del suelo ante mí. ¡Siempre…
siempre está conmigo; y ya pronto estaré yo con él!”
»“Calla, calla; no digas tonterías. Vuélvete de cara a la pared, cierra los ojos y
procura descansar. Y otra cosa: si oyes gritos dentro de media hora, no se te ocurra
venir con esas vendas sanguinolentas a darnos un susto tremendo como la otra vez,
antes de que hayamos terminado”. “¡Ay, Saviolo; sé buen compañero y espera un
momento! No me dejes… solo será un momento. Ya veo la pezuña por debajo de la
cortina”.
»Saviolo salió precipitadamente, con una maldición que retumbó en la habitación.
El atribulado moribundo se encogió debajo de sus harapos. Había llegado la ocasión:
uno se había ido corriendo, y a buen seguro que el otro se escondería aún más si oía
ruidos cerca de él. Así que tenía media hora para ponerme a salvo. Empecé a quitar
grandes pedazos de yeso; estaba tan seco que se desprendía con facilidad, junto con
los listones a los que estaban pegados. En poco tiempo había abierto un boquete por
el que podía meter el brazo o la pierna. Temía hacer una brecha demasiado grande, ya
que los materiales se hallaban en muy mal estado y podían ceder bajo mi peso; así
que me apoyaba en una viga mientras los desprendía. Me dispuse a descolgarme; la
abertura era lo bastante amplia para pasar sin dificultad, y la viga aguantaba bien.
Eufórico de alegría, fui incapaz de seguir durante un instante, y tuve que enjugarme
las lágrimas que me impedían ver. Luego calculé cuidadosamente la distancia. Había
lo menos doce pies hasta el suelo; era una habitación de techo alto. Pero una caída así
no podía hacerme daño, ni me dejaría aturdido. Solo tenía miedo de que el golpe
alarmara a los rufianes; pero eso sería inevitable. Decidí, tan pronto como tocara el
suelo, cruzar corriendo la habitación, y saltar por la ventana. Si podía, obligaría al
herido, al que parecía repugnarle la sangre, a decirme en qué dirección podía escapar.
»Me deslicé por el boquete en silencio, aunque resueltamente, y me quedé
colgando. El herido no dio muestras de enterarse; no lo oí moverse ni gemir. Yo
estaba con las piernas en el aire, los codos apoyados en las vigas; e iba a soltarme,
cuando, por algún movimiento desafortunado, un montón de cascotes que había
apartado se colaron por el boquete y cayeron con estrépito; parte de ellos fue a dar en
el jergón. El moribundo, asustado, profirió un grito; y continuó dando voces; de
manera que iba a saltar y suplicarle que se callase, cuando oí que se acercaban pasos,
antes de que me diera tiempo a saltar, y casi a auparme a mi escondite.
»Volvió a entrar Saviolo, soltando maldiciones como antes. Pero descubrí que el
propósito que traía no era muy amable, sino el de amenazar al enfermo. Y para mi
horror, oí que le decía: “Malditas sean tus voces; ¿quieres despertar al fulano, hacer
que se entere de dónde está, y tener que luchar con él, en vez de despacharlo

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tranquilamente mientras duerme?” El pobre desdichado aseguró con vehemencia que
había alguien en la habitación, a juzgar por el ruido que había sonado, y por los
violentos desprendimientos del techo. Saviolo pareció poco inclinado a creerle; los
ruidos dijo que eran cosa de la imaginación; y en cuanto a lo del techo, que lo había
causado la tormenta. “Porque justo encima de tu cabeza hay un pasadizo entre una y
otra planta, del que ninguno de nosotros sabe adónde conduce, y por el que se cuela
el viento con una furia tremenda. Pero de todas formas —prosiguió—, como no hago
falta, me quedaré contigo; así impediré que vuelvas a gritar antes de que terminen; se
bastan ellos solos para encargarse del trabajo, si no lo despiertas y lo encuentran
prevenido”.
»¡Ay, Virgen santísima y san Felipe, con qué angustia oí que iba a cortarme la
huida, cerrando así el último respiradero de mi vida! Si se quedaba, ya no podía saltar
abajo; era un individuo musculoso y decidido; alguien menos fuerte, pero dispuesto a
defender su vida, desde luego podría vencerlo; pero yo estaba desarmado; él llevaba
puñal y pistolas en el cinturón, y el mismo medio de escapar me pondría a su merced,
ya que al soltarme probablemente caería al suelo. Me quedé indeciso unos instantes,
vacío de desesperación, y oí que le decía al herido que Zeno iba a subir a comprobar
si el forastero dormía, y si era así, avisar a los encargados de estrangularlo para que
fuesen y acabasen en seguida.
»Ante este terrible anuncio, casi estuve a punto de saltar e intentar la única
posibilidad desesperada de salvarme, porque las demás se habían esfumado: todas las
otras direcciones las tenía cerradas, y la muerte me miraba de frente. No obstante,
sentí el impulso irreprimible de evitar el peligro inmediato. Si alguno de ellos entraba
en mi habitación y la encontraba vacía, comprenderían por dónde había huido y me
matarían en esta madriguera oscura sin tener que luchar; así que retrocedí sin mirar
dónde ponía las rodillas y las manos, con ciega resistencia al mal inevitable, medio
asfixiado por el polvo y los escombros, gateando, aplastando huevos de pequeñas
sabandijas domésticas, y apartando nidos de lagartos y sapos cuya baba fría me
producía escalofríos al arrastrarme entre ellos.
»Por último, llegué al aposento de mi encierro, levanté la trampa y, al ir a recoger
la lámpara que aún ardía al lado, casi esperé que una mano me empujase abajo otra
vez. La habitación estaba vacía; nadie había entrado en mi ausencia. Tras un
momento de deliberación, cerré la trampa, dejé la lámpara sobre la mesa, y me eché
en el camastro a decidir con calma desesperada mi último plan para huir. Apenas me
había tumbado cuando oí unos pasos pesados y lentos en la escalera. Aunque tenía
medio pensada una forma de escapar, y parte de ella era dejar que entrara Zeno sin
tratar de impedírselo, puesto que él no venía a matarme, sin embargo me es imposible
decir con qué agonía le oí acercarse… acercarse inexorablemente; con qué tensa
atención intentaba distinguir si eran pasos de verdad o me engañaba el viento, cuya
fuerza hacía crujir la ruinosa escalera continuamente. Pero eran pasos; eran los pasos
de un hombre que venía a ver si estaba preparado para ser asesinado. Subió cauteloso,

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lo oí detenerse en la puerta, y que descorría el cerrojo despacio, como el que teme
despertar a un durmiente; entró, y noté que se acercaba a mi cama. Fingí dormir
profundamente. Mientras se acercaba, me invadió una sensación horrible, como la
opresión que acompaña a una pesadilla; era la lucha de la naturaleza dentro de mí;
había decidido permanecer quieto; pero el instinto me incitaba a luchar, o a huir.
Llegó junto a mí; le oí contener el aliento. Se inclinó, me acercó la lámpara casi a la
cara. Al parecer comprobaba si mi sueño era real o fingido; pero no me atreví a
moverme. Habría dado lo que fuera a cambio de mirarle por el rabillo del ojo en ese
momento, haber leído la expresión de su semblante, si no había compasión o
humanidad. Pero no me atreví. Sin embargo, mientras pensaba que podía estar
considerando la posibilidad de hacerlo él, y que al instante siguiente sentiría el
estilete en mi carne antes incluso de vérselo desenvainar, en ese trance mismo, signor,
¿me creeréis?, me subieron a la boca unas ganas incontenibles de reír. A la boca,
porque en el alma no tenía otra cosa que desesperación; sin embargo, era irresistible:
los músculos de la cara se me relajaron en un movimiento que sentí como de risa,
aunque luchaba con la turbación del miedo, y la palidez de la muerte que esperaba.
Él, en cambio, me vio de manera tan distinta que murmuró para sus adentros: “¡Pobre
infeliz! Duerme inquieto”; apartó la lámpara y se fue. No me atreví a volverme
siquiera, ni a abrir los ojos, hasta que oí cerrarse la puerta. Conté sus pasos que
bajaban la escalera, y entonces me levanté de un salto. No podía refugiarme en
ningún sitio, salvo dentro de mí. Ya no se interponía nadie entre la muerte y yo. El
siguiente visitante vendría por mi sangre.
»Corrí a la puerta y la atranqué lo mejor que pude. Esto, aunque no era una
defensa, los retrasaría. Apagué la lámpara, bajé por la trampa y, tras encajar la tapa,
gateé hacia el puesto de antes. Al pasar por encima de la habitación donde estaban
reunidos, miré por una grieta. Estaban sentados; pero en ese momento uno se dispuso
a levantarse. Me alarmé, dejé de mirar; y seguí gateando hasta que llegué a la
habitación del enfermo. Miré hacia abajo: la visión era mucho más optimista de lo
que esperaba: el enfermo estaba callado; la lámpara aún ardía, y Saviolo se había
dormido. No había un instante que perder; me deslicé lo más sigilosamente que pude
por el boquete del techo y me quedé colgando, agarrado a la viga. Estuve así un
momento, hasta que sentí mi propio peso. Y libre de obstáculos, me encomendé a san
Felipe, me solté, y el golpe fue menos violento de lo que había temido. Los
durmientes no se movieron. Miré alrededor, sin moverme de donde había caído, para
cerciorarme de la realidad de mi descenso con tan poco ruido y peligro, y de que la
inmovilidad de los dos hombres no era fingida. Todo estaba tranquilo. Me enderecé y,
avanzando con una cautela que solo los que se hallan en tal situación pueden adoptar
e imaginar, empecé a explorar la habitación. No había más que una ventana; la
lámpara ardía sobre la chimenea, delante de la cual dormía Saviolo en una silla. Sin
tocar el suelo apenas, me dispuse a cruzar por delante de él. Cuando estaba a su
altura, me detuve involuntariamente y, con un impulso que no pude reprimir, le miré

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a la cara. Tenía los ojos abiertos, y me miraba fijamente. El terror que me asaltó no
me nubló la razón; y tras ese segundo de estupor, vi que no reaccionaba: no decía
nada, ni hacía ningún gesto para detenerme. Lo observé con más atención y noté, por
la expresión fija y apagada de los ojos, que dormía profundamente. Una breve
reflexión me devolvió la confianza. Había oído decir que hay personas que duermen
así, sobre todo si tienen la conciencia negra o agobiada. Me alejé de puntillas, y puse
la lámpara más alejada de él para que la luz no le diera en la cara. Llegué a la
ventana. Tenía dos hojas grandes abatibles; pero descubrí angustiado que para
alcanzarlas debía pasar por encima del jergón del enfermo; incluso pisarlo. Ya que
había llegado a donde estaba, tenía esperanza de que el herido no se enterara ni oyera
nada si pisaba con cuidado. Levanté un pie, lo pasé por encima del lecho, y me agarré
al marco de la ventana. Una tremenda ráfaga de viento que dio contra ella en ese
instante casi me hizo temer que se me quedara en las manos. La solté, y miré a mi
alrededor asustado. Solo sonaba la respiración pesada de Saviolo, y el gemido del
techo viejo y ruinoso al colarse el viento por él. Consciente de que estas demoras que
el miedo me ocasionaba se estaban haciendo interminables, apoyé la rodilla en el
marco, y agarrándome con ambas manos fui a levantar el pie del jergón, cuando el
enfermo, con una exclamación desmayada como de sorpresa, alargó un brazo y me
cogió por el tobillo. Sentí que la vida, y la razón, me abandonaban en ese trance. Ni
pensaba, ni forcejeaba, ni se me ocurría abrir la boca. Simplemente me sujetaba a la
ventana con una fuerza que la sacudía, a la vez que miraba con ojos desencajados la
mano que me atenazaba. Ni por mi libertad, ni por mi vida, sería capaz de vivir otra
vez los dos instantes que transcurrieron, antes de darme cuenta de que se había
agarrado a mí en la agonía del dolor, de manera involuntaria, instintiva, sin
despertarse; de que se sujetaba a lo que tenía más cerca sin conciencia de lo que
hacía, y sin sentir ningún alivio en eso. Pero tal descubrimiento me trajo muy poco
consuelo. Porque podía seguir reteniéndome hasta que fuera demasiado tarde para
huir; y si quería librarme de su mano tenía que forcejear, y seguramente despertarlo.
Así que, lleno de angustia (de una angustia que no ha sentido nadie nunca, sino solo
el que cuenta un instante entre él y la muerte; muerte que agravaba la presencia
cercana de una posibilidad de salvarse, y el aumento cierto del sufrimiento), esperé a
que me soltase como única posibilidad de salvación. Dos segundos después, con el
mismo gesto súbito, aflojó la mano, exhaló un gemido inarticulado, y se volvió hacia
el otro lado. En cuanto me dejó, sentí que me subía tal oleada de calor que casi me
solté yo también de la ventana, de pura debilidad. Pero hice acopio de fuerzas, y traté
de abrirla. No era fácil, y no me atrevía a mirar atrás, no fuese a encontrarme con los
ojos de Saviolo. Lo conseguí, no obstante, y me asomé al aire libre y al bosque
abierto. La noche era completamente oscura, y terrible la tempestad; su fragor sonaba
abajo en el bosque, pero no sabía si cuando saltase llegaría a él. Porque no tenía
tiempo para deliberaciones; ni podían conducirme a nada. A mi alrededor, y encima y
debajo de mí, no había más que tumulto y oscuridad. Salté y, tras una breve caída, fui

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a dar en algo sólido; cedió, y volví a caer, con más dolor y más golpes que antes.
Finalmente llegué al suelo, magullado y maltrecho. Todo era blando y estaba mojado;
de lo contrario me habría roto un brazo o una pierna en esta doble caída. A poca
distancia, oí el gruñido de un perro y el repiqueteo de una cadena. No me atreví a
moverme, ni a explorarme para averiguar si tenía alguna herida, por temor a que sus
ladridos me delatasen; un momento después empecé a pensar que había ganado poco,
aparte de contusiones y haber corrido peligro, arrojándome por la ventana. En un
cobertizo, que era donde pensaba que había ido a parar, podía ser descubierto y
asesinado fácilmente. Así que me levanté con toda la precaución de que fui capaz;
pero no podía tenerme en pie. Pensé que me había torcido o roto el tobillo sobre el
que había caído. Este descubrimiento supuso otro sobresalto, más intenso que el dolor
que había sentido al intentar levantarme; y aunque nervioso y sin gana, me vi
obligado a quedarme tumbado en la paja mojada del suelo. Unos momentos después
la luna asomó por entre las nubes, y su claridad me permitió distinguir lo que me
rodeaba. Estaba en un gran cobertizo, toscamente construido con barro y ramas de
árbol, y parcialmente cubierto con paja. No comunicaba con el edificio principal;
pero era abierto por los lados; sin embargo, no podía escapar. Había hecho un agujero
en el sitio donde había caído, y por él se veía una parte del edificio, severo, ruinoso,
apenas discernible dadas las negras nubes y la densas sombras de los árboles que
había alrededor. Creo que la angustia que me dominaba habría rayado en locura si no
la hubiese atenuado una especie de estúpido alivio que me producían la idea de que
me había alejado de los asesinos y el sueño de imposible esperanza de hallarme en un
sitio donde, por su proximidad a la casa, no era probable que buscasen. Apaciguado
por estas expectativas contradictorias que, sin embargo, el amor a la vida hacía
probables, persuadido de que debía seguir donde estaba, dado que no podía moverme,
me quedé tumbado, con la mirada fija en el edificio, e intensamente atento a
cualquier ruido. Poco rato después vi que en el edificio que tenía justo enfrente subía
despacio una luz. Era tan débil, y se desplazaba con tantas pausas de siniestro
significado, que al punto comprendí que era el individuo designado para matarme,
que subía a mi habitación. Intenté levantarme; pero me lo impidieron el dolor y la
flojedad. La luz se detuvo, y desapareció. Un instante después, el edificio entero se
llenó de gritos de asombro, voces que se llamaban y se respondían unas a otras, luces
que surgían y desaparecían en todas las ventanas que tenía a la vista. Interpreté
acertadamente todo esto: el individuo había subido a mi habitación, la había
encontrado vacía, y llamaba a los demás para que me buscasen y me detuviesen.
Todo esto me hizo comprender que, si les daba por venir a donde yo me encontraba,
estaría irremediablemente perdido. Tras media hora de suspenso insoportable, durante
la que registraron todos los rincones del edificio, oí claramente que salían por una
puerta distinta, al parecer, de aquella por la que yo había entrado a la casa, y que
estaba en el extremo opuesto a la habitación del enfermo. Lo cual era un atisbo de
seguridad para mí; ¡pero qué precaria esta seguridad! Cualquiera de ellos podía venir

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a registrar el cobertizo. Un impulso fortuito, un movimiento impensado, podía hacer
que alguno viniera a este lugar. Sus voces, no obstante, se fueron volviendo cada vez
más distantes, y sus silbidos y aullidos sonaban muy dentro del bosque, a juzgar por
lo débiles que el viento los traía hasta mí. Había renacido en mí la esperanza de
salvarme, cuando aquel demonio de Saviolo (que al parecer se había despertado con
la barahúnda de la casa, y me buscaba también) se asomó a la ventana que yo tenía
encima, y exclamó: “¡Por aquí, por aquí; ha debido escapar por esta ventana; está
abierta, buscad ahí abajo!” Contuve el aliento, y escuché con desesperación. No hubo
respuesta; su voz no les llegaba; oí cómo los maldecía por estúpidos, y murmuraba
algo así como que iba a bajar él. Intenté levantarme, y descubrí con indecible alegría
que el daño que me había hecho no era grave. Podía sostenerme de pie, y andar,
aunque débilmente. Cualquier recuperación era para mí alentadora, aunque no estaba
en condiciones de hacer un esfuerzo considerable. Avancé hacia el mastín que había
encadenado cerca de mí y al que tenía esperanza de propiciarme. Me gruñó
ferozmente; pero cuando estuve cerca, para gran asombro mío, estiró el cuello y me
hizo fiestas con la mayor docilidad. Lo reconocí casi en seguida. Era un perro que yo
había tenido en Nápoles, que me seguía a todas partes, y al que había dado de comer
con mi mano; y aunque hacía cuatro años que lo había perdido, reconoció mi voz en
seguida. Sin duda era la providencia de san Filippo.
»No había hecho más que quitarle la cadena, cuando se abrió una puerta cercana
de la casa; y a través de las rendijas del cobertizo, vi que venía Saviolo con una
linterna, mirando con recelo alrededor. Llevaba en la mano su daga desenvainada.
Vino al cobertizo despacio, pero derecho, y me vio en seguida al entrar. Y con un
grito de júbilo, corrió hacia mí. Yo tenía pensado un plan; azuzar al perro con voces y
gestos, y el fiel animal se lanzó sobre él como un tigre, lo agarró de la capa, lo
derribó al suelo y lo retuvo, como esperando mis órdenes. Saviolo profirió un grito, y
con su semblante de demonio contraído de dolor, suplicó que no lo matase con las
más abyectas expresiones de angustia y terror. Le dije que no tenía intención de
matarlo; que solo quería que no me matasen ellos a mí, pero que para salvarme
necesitaba reducirlo, a fin de poder huir. Así que le dije que arrojase las pistolas y la
daga. “Me matarás si lo hago”, dijo el malvado con una horrible mezcla de miedo y
malevolencia en el semblante; porque no tenía otro pensamiento que el de la traición
y la sangre. “No lo haré —dije—; no lo haría por nada del mundo; aunque se trate de
un desdichado de manos asesinas como tú. Arroja la daga y las pistolas, y no te
pasará nada; sigue con ellas un momento más, y el perro te despedazará”. Las arrojó a
cierta distancia. Las recogí, y me armé. Saviolo me miró asustado. No comprendía
que alguien las tuviera en su poder sin hacer un uso sanguinario de ellas. A
continuación lo obligué a decirme dónde estaban los caballos de la banda, qué
dirección había tomado esta, y si quedaba alguien en la casa. No quise preguntarle
qué camino atravesaba el bosque porque sin duda me habría indicado el más
peligroso. Luego llamé al perro, que lo soltó, y el desdichado, sacándose un cuchillo

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del pecho, lo hundió en el cuello de mi defensor, que expiró instantáneamente. La
rapidez de esta acción fue tal que apenas me di cuenta de que se volvía hacia mí. Nos
trabamos; y tras una lucha enconada, le quité el puñal. No sé cómo me contuve y no
se lo hundí en el corazón. Lo derribé al suelo con rabia, y cuando se levantó lo até,
con unas cuerdas que había encontrado, a un poste del cobertizo; y lo dejé,
rechinando los dientes, escupiéndome, contorsionándose con la furia de un demonio.
»Encontré los caballos donde había dicho, y monté inmediatamente en uno. Dado
que la banda no los había utilizado, supuse que creían que yo estaba cerca; así que
probablemente merodeaban por los alrededores; pero si lograba alejarme de la
vecindad de la casa, estaría salvado. Tomé la dirección opuesta a la de ellos. No hace
falta que os refiera mis vagabundeos por el bosque, cuántas veces me aparté del
sendero para ocultarme en unos matorrales, y salí al momento siguiente por miedo
precisamente a lo mismo; cuántas veces me detuve porque no me atrevía a seguir, y
cuántas me dio miedo detenerme; cuántas veces escuché el viento con horror, y el
silbido profundo que arrastraba consigo por el bosque; cómo parecía susurrar
palabras de muerte cuando soplaba entre los matorrales; y cuántas veces retrocedí
cuando, al sacudir los árboles, sus ramas arrojaban súbitamente una sombra en mi
camino. Salí sin percance del bosque, después de todos mis terrores, cuando ya
amanecía. Pero no bien me sentí libre de ese peligro, me asaltó el temor a otro igual
de inminente.
»¿Adónde podía ir, o a quién acudir? Me había escapado milagrosamente de las
manos de vuestro padre, pero sabía que podían alcanzarme en cualquier parte de
Italia. ¿Adónde dirigirme, que el dinero no pudiera comprar mi sangre? Vuestro padre
podía levantar todo un ejército contra un desventurado como yo, y san Filippo no
podría valerme en una larga persecución. Vais a pensar, signor, que el final de estas
deliberaciones fue la más insensata locura, pero emprendí la carrera hacia el castillo
de vuestro padre; decidí venir directamente aquí, y presentarme ante él. Lejos, sabía
que no estaba seguro; pero pensé que quizá si mostraba esta extraña confianza en él,
podría asegurar mi salvación.
»Esa misma noche llegué al castillo sin más peligros ni aventuras. Los criados,
que ignoraban el plan contra mí, me abrieron sin sorprenderse. Pedí ver
inmediatamente al conde. Me condujeron a él. Estaba solo cuando entré; las pocas
velas que había encendidas ardían sobre una mesa cerca de él, de manera que no me
distinguió hasta que me tuvo delante. Entonces casi saltó de la silla, y se quedó
mirándome unos instantes, con una mirada de horror; incapaz de hablar. Yo estaba
helado: la temeridad de mi plan me paralizó en el momento de llevarlo a cabo.
»Por último, dije atropelladamente en voz baja: “Mi señor, os sorprende verme
aquí. El malvado con el que viajaba pretendía matarme. Le he descubierto, y he
huido. Escuchad, mi señor: tenéis sospechas de vuestro hijo Annibal; pero nadie más
que yo podría certificarlas. Cualquier cosa que yo sepa se perderá para vos si muero;
y cualquier secreto que tenga vuestro hijo solo podréis averiguarlo por mi intermedio,

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ya que tengo su confianza y me cree ligado a su persona. Puedo serviros más
eficazmente con mi vida que con mi muerte, y puedo serviros más eficazmente que
ninguno de los malvados encargados de matarme. Tened en cuenta, mi señor, que mi
muerte puede ser vuestra ruina; y mi vida un gran servicio. Si en este momento me
arrebataran de vuestra presencia o me matasen delante de vos, mil lenguas lo
pregonarían. Si incluso me emparedasen en vuestras mazmorras, o me envenenasen y
enterrasen secretamente en ellas, mi desaparición levantaría sospechas; sospechas que
os perseguirían hasta el fin de vuestros días, y quizá os los abreviarían. Dejad que
viva entonces. Os seré fiel por temor y por gratitud. Ningún malvado, comprado al
precio de un asesinato, puede serviros tan fielmente como quien os sirve a cambio de
su vida… su vida restituida y confirmada. Cuando podía haberme puesto a salvo
huyendo lejos de vos, he venido aquí porque sé que mi vida es importante para vos;
tan importante como para mí”.
»¿No fue una audaz apuesta por la vida? Pero sabía que era la única. Sabía,
además (y creedme, signor, que incluso en ese momento difícil, tuve presente esta
reflexión), que mi éxito podía ser de enorme importancia para vos; que si lo
convencía, me conducirían a vos, que hablaríamos, haríamos planes, y quizá
escaparíamos juntos; que aliviaría vuestros padecimientos, y quizá os salvaría la vida.
»El efecto que produjo en el conde fue el que mi esperanza había previsto. Mi
repentina aparición y mis palabras le habían impresionado, y cualquier atención que
el estupor del momento le permitiera prestar estaba condicionada por lo que yo decía;
y por la perspectiva de oír revelaciones y de disponer de futuros servicios. No
obstante, me ordenó con un gesto que me fuera. Le supliqué nuevamente que me
confirmase mi seguridad. Me lo prometió por su honor; y me fui satisfecho.
»Al abandonar la habitación no pude por menos de maravillarme de mí mismo;
mi propia existencia me parecía un prodigio que ninguna fuerza del cuerpo ni del
espíritu en su apogeo habría podido salvar. Un efecto de esta afortunada temeridad
fue el de apaciguar a mi enemigo, poderoso e inexorable, y escapar de un peligro que
me habría perseguido toda la vida y en cualquier parte del mundo. Me mezclé con los
criados, y me asombré de que no sintieran la misma sorpresa que yo ante mi
aparición con vida, sin ocurrírseme que no sabían la causa de mi ausencia, y que
quizá no llegarían a saberla nunca.
»Poco tiempo después me llamó el conde. Encontré con él al padre Schemoli, ese
pájaro agorero. Los dos me escrutaron como si quisieran hurgar en mi alma; luego
intercambiaron una mirada como dándose a entender que me tenían demasiado a su
merced para preocuparles. Me acerqué; me hicieron saber qué esperaban de mí. Hasta
ese momento no supe cómo había sido interpretado mi ofrecimiento a vuestro padre.
Ahora quedó claro que me iban a utilizar como espía; que la preferencia y confianza
con que me honrabais iban a convertirlas en instrumento para sacaros cierta
información que no me describieron abiertamente, aunque estaban dispuestos a no
cejar hasta conseguirla. Mi afecto a vos hizo que me estremeciera ante tal

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proposición, hasta que comprendí que la mejor manera de desbaratar su intriga era
fingir que participaba en sus planes; y que delatar mi indignación y mi horror solo
equivaldría a sacrificar la posibilidad de serviros a una inoportuna exhibición de mi
celo. Así que los escuché en silencio, y con la cabeza inclinada en señal de profunda
atención, para ocultar los cambios que se operaban en mi semblante. No sabía cuánta
iniquidad podía caber en el espíritu humano; jamás hubiera creído que fuese tanta,
hasta que oí manifestarla en las instrucciones que me daban para sonsacaros el
secreto que creen que poseéis. La meta era una; pero los medios estaban repletos de
superflua y complicada bellaquería, y era tal la verborrea con que exponían sus
lecciones de falsedad y engaño que, recordando su manera habitual de hablar,
parecían dos extranjeros a los que se consiente que lo hagan en su propia lengua, y
compensan con súbita volubilidad su larga abstención y silencio. Parecía que
utilizaban un lenguaje nuevo y natural. Yo les prometí estricta obediencia, y fingí
tomar mentalmente nota de sus instrucciones; por fin me ordenaron que me retirase,
asegurándome que mi lealtad era el único salvoconducto de mi vida, y que a la menor
sombra de duplicidad por mi parte, me caería un castigo que no podía imaginar, ni
conseguiría evitar. Seguidamente me dieron estas llaves, con la orden de visitaros. Y
pensando que venía a veros, se me han borrado todos los planes que tenía para
escapar. Pero he recibido licencia para venir a menudo a estar con vos, y asistiros en
lugar del confesor… Incluso puedo estarme horas en vuestro aposento. Esas son las
instrucciones que tengo; y raro será que, con tales ventajas para deliberar y madurar,
estemos mucho tiempo en esta prisión».
Yo tenía tantas ganas como Filippo de gozar ahora de esta alegría y dejar toda
preocupación para más adelante. Disfrutaba sin restricción de su simplicidad, de su
profunda devoción por mí, de su huida milagrosa, y pensaba que cualquiera que fuese
el resultado de nuestros planes, mi cerebro, cansado de luchar con fuerzas que
sobrepasaban lo natural, encontraría alivio trazándolos, o incluso en las
circunstancias que hacían posible trazarlos.
Me sosegué, no obstante, lo bastante para recordarle a Filippo que la situación
requería andar con sumo cuidado; que no era imposible, incluso, que la actual
indulgencia fuese solo parte de una maquinación más solapada; que era preciso, en
cualquier caso, que distrajese a mi padre con algún progreso; de lo contrario le
prohibiría las visitas, y su decepción, o su recelo, le inducirían probablemente a
deshacerse de él; que cada pieza de información que le diese debía tener en cuenta el
tiempo que necesitábamos para ejecutar cualquier medida que adoptásemos para no
tener que adelantarla o aplazarla, sino que se acompasara la una con la otra. Sobre
todo, le encomendé, con una seriedad que no entendió, que se fijase en el confesor, y
me repitiese cada movimiento que observara o recordara de él. Nuestra conversación
se alargó hasta una hora tardía, y tuve que pedirle que se fuera; porque empezaba a
nacer dentro de mí algo así como una esperanza, y no quería malograr esta lucecita
prolongando nuestra alegría.

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Apenas se marchó, hubiera querido llamarlo. Temblaba ante la idea de
enfrentarme solo a los terrores de la hora que se acercaba. Como había pronosticado
mi visitante, su aparición se volvía más terrible cada noche, y la expectación que me
suscitaba, más insoportable. Me estremecía pensar en qué podía acabar. Había
hablado oscuramente de un posible trastorno de la razón, y empezaba a notar con
horror los síntomas de este pronóstico. No hay ningún mal que pueda compararse al
de ver cómo se acerca y progresa la pérdida del juicio; no hay daño que la
imaginación no pueda soportar, salvo el que anula todo poder de prevenir, resistir o
mitigar cualquier otro. Incluso en mi actual estado de ánimo, ese sentimiento era
intensamente doloroso, dado que en cierto modo confirmaba lo que menos deseaba
yo creer: que fueran ciertos los poderes y facultades de ese ser extraordinario. Me
estremecí interiormente ante una convicción que me repugnaba, con esa conciencia
que encuentra imposible dudar de las evidencias, aunque se resiste a admitir la
conclusión. Había, no obstante, una circunstancia que me consideraba aún en
situación de poder descubrir (lo que me ayudaría en gran medida a juzgar su
pretendida naturaleza sobrenatural), y era su modo de entrar en mi aposento. Si era un
ser capaz de atravesar los muros y vencer los obstáculos materiales, como parecía,
creería todo cuanto tuviera que revelarme. Si necesitaba la asistencia de que se vale
un ser humano para trasladarse de un espacio a otro, disfrutaría desenmascarando su
impostura, y obteniendo un triunfo sobre este individuo asombroso, cuya
superioridad sobrehumana me causaba envidia y admiración. Y absorto en estos
pensamientos, empezó a invadirme un extraño sopor. Al principio conseguí
rechazarlo, sin una conciencia clara de que su influencia fuera grande; pero poco
después sentí que me abandonaba toda capacidad de pensar.
Impaciente ante esta inoportuna debilidad, me levanté y empecé a pasear por la
habitación. No me sirvió de nada. Al poco rato, incapaz de dar un paso más, me vi
obligado a tumbarme en la cama; y me quedé dormido en seguida. No fue mucho
rato, y me desperté no sé cómo. Antes de despabilarme del todo, mis ojos buscaron al
padre Schemoli; y lo descubrieron, como de costumbre, sentado junto a la mesa, en la
que aún ardía la lámpara.
Sin delatar mi emoción, sin pronunciar una palabra ni proferir una exclamación,
me quedé mirándolo, en espera de que dijese algo más de lo que le había oído hasta
aquí. La idea de sus poderes preternaturales, mezclada con mis pensamientos, me
imbuía el total convencimiento de que sabía lo que Filippo me había contado; y
aguardé su comentario con la misma seguridad que si hubiese estado presente en
nuestra conversación. Pero no aludió a este asunto, ni a ningún otro, salvo al que
sacaba constantemente en sus visitas, sobre el cual derramaba un torrente de
elocuencia sobrenatural que yo ya no intentaba resistir ni interrumpir. Era terrible
oírlo. La admiración que me producía su oratoria apasionada se diluía en otros
sentimientos más extraños y espantosos; percibía en él un poder y una prueba de otro
mundo. El terror contenía a la vez que hacía más intenso mi deleite; y la atención se

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me quedaba en suspenso ante el asombro que me causaba cómo alguien podía oírlo y
seguir viviendo. El espíritu se elevaba a la altura del orador; me sentía transportado
en las alas de su voz hasta los confines del mundo invisible, flotando sobre lo informe
y el vacío. Le escuchaba con un gozo insensato y terrible, con un gozo que me volvía
tan extraño a mí mismo como todo cuanto me rodeaba; un gozo cuyo vértigo me
impedía medir la altura a la que había ascendido, la distancia a la que me había
alejado de los sentimientos y hábitos comunes de la humana naturaleza. Sé que es un
estado extraño y caprichoso; a mí me asombra también, y no sé describirlo ni
presentarlo de manera plausible; pero he oído hablar de seres que, dotados de una
fuerza interior que rebasa lo natural, son capaces de mantenerse en lo alto de un
peñasco pelado para contemplar una tempestad en el océano, de desviar los rayos en
su quebrada trayectoria, de ahuyentar la tormenta cuando esta se abate sobre el
bosque, o hace temblar las montañas. He oído hablar de esos seres; pero jamás he
creído que ningún pecho humano albergase tales poderes, hasta que he escuchado a
este extraño personaje. Y esa noche, bien porque lo animaba mi silencio, o bien
porque cumplía su comisión, me habló más abiertamente de su objeto; me reveló que
estoy predestinado a ser un asesino. ¿He dicho asesino? Comparado con el crimen
que dijo que cometería, el asesinato podría considerarse una acción humanitaria, un
tributo a la sociedad. En un lenguaje de fuerza tremenda, sin pausa, sin límites, sin
eufemismos, lo repitió una y otra vez. Más aún: me describió los pormenores, la
preparación a que sometería mi cerebro, el gradual endurecimiento de mi corazón, la
determinación de mi espíritu y mi conciencia, con una penetración y un detalle que
revelaba un profundo conocimiento de las fibras más íntimas del hombre, ante el que
yo retrocedía en vano… y en vano intentaba protegerme alegando desde el absurdo
de su discurso y sus descripciones al absurdo de su predicción.
Pero como no podía refugiarme en la incredulidad, traté de refugiarme en la
cólera; quise atemorizarlo o rechazarlo mostrándome furioso, y le pregunté cómo
osaba hacerme acreedor de semejante crimen; ¿acaso no era yo un ser con albedrío?
¿Acaso no podía escoger ejecutar una acción y rechazar otra? Nada sino la locura me
empujaría a perpetrar el horror que predecía, y en tal caso la misma locura me
eximiría del peso de la conciencia, y de la culpa de la volición. Le acusé, a mi vez,
sucesivamente, de impostor, de maníaco, y finalmente, de espíritu maligno encarnado
y delegado para conducirme a la condenación eterna, y confirmar la suya con su
triunfo infernal. Repudié todo trato con él. Lo colmé de reproches y maldiciones. Me
tapé los oídos y cerré los ojos para protegerme de él; solo hice uso de la voz, y con
ella lo maldije y le ordené que se fuera. Cuando dejé de bramar, y se apagaron los
ecos de la prisión, profirió una carcajada que me heló la sangre. Y al levantar los ojos
hacia él, había desaparecido.
La huella que me dejó fue más fuerte que la de la noche anterior, pero más
soportable. La sensación de opresión o de persecución despierta cólera y resistencia.
Había algo tan determinado y tenaz en estas apariciones nocturnas, tan persistente e

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importuno en sus continuas referencias al asunto que yo ya había rechazado y me
había negado a escuchar, que lo percibía como un desafío a mi capacidad de
resistencia, y lo combatía con todas mis energías. Ahora había un campo definido y
preciso en el que luchar, en el que medir nuestras fuerzas: las suyas, una insistente
persecución; las mías, una oposición dispuesta a no desfallecer. Me congratulaba de
hacer acopio de mis fuerzas intelectuales, y de reconocer el campo y objeto de
nuestra contienda. Decidí que si debía sucumbir, no sería sin haber luchado con toda
el alma. Olvidaba que con eso no hacía sino confirmar la naturaleza de mi tormento;
solo le daba forma y sustancia, en vez de procurar disiparlo como una visión de la
soledad, como un sueño que flotaba en los densos vapores de mi mazmorra.
Sin duda se fían bastante de Filippo. Hoy han dejado que me traiga útiles para
escribir. Los he acogido con alegría, como otros. Me he entretenido con ellos durante
la primera hora; he garabateado extrañas figuras en el papel. Pero al examinarlas, me
ha sorprendido ver el número de instrumentos de muerte y tortura que he dibujado;
¡qué coloración más tremenda comunica mi espíritu a cosas que son triviales e
insignificantes!
Dice Filippo que no cesan de importunarlo con preguntas sobre mí, y sobre la
información que me ha sacado. «Les he contado una historia plausible sobre vuestras
primeras visitas a la torre —me ha dicho—, y sobre las conversaciones que tenemos a
diario. Pero tengo mucho cuidado de no caer en exageraciones ni en consideraciones
demasiado serias, no sea que esperen alguna confirmación en vuestros movimientos o
sentimientos que sería imposible encontrar. Entretanto, evito sus sospechas y gano
tiempo, que es lo único que necesito».
Como habrás notado, en esta relación, incluidas las conversaciones, he traducido
siempre el lenguaje de Filippo. El vulgo se suele expresar con fuerza, sobre todo
explicando; pero es insufriblemente tedioso, reiterativo. Y puesto que he conservado
la sustancia de lo que cuenta, no hace falta que consigne sus expresiones y
vulgarismos.
Se sienta a mi lado, y habla de planes para escapar. Habla únicamente; porque
pese a su disposición entusiasta no ha sido capaz de dar siquiera un atisbo de
razonable esperanza en nada de cuanto ha propuesto hasta ahora. El castillo está
demasiado bien guardado: lleno de criados durante el día, y con todos los accesos
cerrados por la noche. Él cree que está lleno de corredores subterráneos y rincones
secretos; pero aunque llegásemos a ellos, podríamos perecer allí dentro de cansancio
e inanición.
He empezado un diario; y en espacio de tres días he escrito todo lo que acabo de
contar hasta aquí. A partir de ahora lo continuaré a trozos.
Filippo me mira de cuando en cuando con enorme preocupación. Dice que me
encuentra tan cambiado, tan flaco y macilento, y tan abstraído en cierto modo que no
puede creer que esta alteración sea solo consecuencia del encierro. Me importuna con
una insistencia a veces difícil de resistir, pero no debo decirle nada. O piensa que soy

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un maníaco, o que estoy bajo el influjo de algún espíritu maligno. El nombre mismo
de padre Schemoli (del que tiene un concepto terrible) le inspira terror; y puede
incluso que la devoción que me tiene no esté a salvo del rechazo que le produce mi
trato con él.
«Signor —me ha contado—, en mi pueblo había un hombre que se creía
embrujado por el diablo, el cual lo tentaba para que cometiese un crimen. Esto se lo
contó confidencialmente a alguien que no paraba de preguntarle por qué estaba
siempre triste; y fue este y se lo contó a otro; total, que al poco tiempo empezaron los
vecinos a evitar al pobre hombre como si fuera un verdadero asesino. Nadie quería
encontrarse con él a solas; nadie pasaba cerca de su casa de noche; nadie quería
sentarse a su lado; porque tanto si creían que de verdad lo perseguía el diablo, como
él decía, o si lo tenían por un visionario, el caso era que les inspiraba tal miedo y
recelo que lo evitaban como a un malhechor. Y al cabo de vivir algún tiempo solo,
desapareció finalmente; y corrieron extraños rumores sobre su marcha.
»Unos meses más tarde, corrió la noticia de un singular asesinato que se había
cometido en Venecia. Ninguna enemistad tenía el asesino con la víctima, ni la
conocía; solo había indagado su modo de vida, y al saber que no tenía parientes a los
que afectase su pérdida, y que era de buen carácter, y acababa de recibir la
absolución, exclamó: “Es mi hombre”. Y sin más lo apuñaló. Luego se entregó a la
justicia, completamente consciente de su crimen, y pidió que no tuviesen merced de
él, si bien había cuidado que su crimen causara el menor perjuicio posible a la
sociedad y a la víctima.
»Cuando preguntamos cómo se llamaba este hombre extraordinario, nos
enteramos de que era el que se había ido de nuestro pueblo. Y ahora perdonadme,
signor, pero ningún ser humano se ha parecido nunca tanto a ese individuo como vos
ahora: tenéis la misma mirada extraviada y oscura, con esa contracción de la frente y
esas mejillas hundidas. Yo lo vi la mañana antes de que se fuera. Se hallaba
enfrascado, trazando una raya en una capa de hojas marchitas, sobre la que estaba
inclinado. Y vos, inclinado como estáis sobre ese papel, dibujando rayas, sois su
mismo retrato. Decidme, signor, por el amor del cielo, ¿qué es lo que os abruma? Es
algo que no tiene que ver con vuestro encierro, lo sé; cuando os hablo de él os
mostráis tranquilo y resignado, y escucháis lo que digo con la mayor serenidad; pero
si os menciono la noche, o la soledad, o al confesor, vuestro semblante cambia de tal
modo que apenas lo reconozco».
Puedes imaginar la angustia que esto me produjo. La simpatía que me inspiraba el
desventurado protagonista de esa historia me hizo comprender qué debía esperar de
una revelación similar. Le pedí que callase; pero, cuando salió de la habitación,
murmuró algo sobre el padre Schemoli. ¿Acaso llevo escrita en la frente la
persecución de que soy objeto? ¿Pueden los criados leer que me instigan a que
cometa un homicidio? Si es así; casi sería mejor que lo cometiera; de ese modo se
acabarían los recelos, y el «miedo que atormenta».

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Sus visitas son continuas, y su persecución se vuelve más insistente y agobiante.
Ahora habla claramente del asunto; propone los medios y, sin abandonar su lenguaje
y su halo de misterio, los expone con una desenvoltura que me hiela la sangre.
¿Qué hacer? Me siento angustiosamente acosado; me siento demasiado asediado
y acorralado. Quiera Dios que consiga escapar de esta prisión. Aunque tuviera el
poder de perseguirme, ¿no lo reducen y lo aumentan el tiempo y el lugar? Él mismo
se ha referido justamente a eso; ha dicho que su poder se limita a determinada hora y
a determinado lugar. Ojalá consiga huir de él; ojalá no vuelva a oír su voz nunca más,
y mi cabeza atormentada pueda descansar una noche sin que la turben las visitas del
horror. Ese ser no puede ya alimentar mi curiosidad, ni fascinar mi imaginación. Lo
único que siento ante su presencia es aversión, mortal repugnancia, y terror. No es
extraño. Ninguna mente humana es capaz de soportar más; la presión ha llegado ya al
último extremo; habrá de aliviarla la locura, o una inmovilidad profunda y estancada
de sus poderes. Los asuntos que han absorbido mi interés no son los normales de la
meditación humana. El cerebro solo soporta verlos de lejos; y aun entonces de
manera parcial y transitoria; no puede tener contacto ni relación habitual con ellos sin
que cambien sus caracteres e incluso su misma naturaleza. Podemos seguir con los
ojos la nube lejana cuyos bordes desgarran los relámpagos, y cuyos truenos finales
descargan su peso sobre el viento, y sentir el corazón ligero y exaltado con esas
manifestaciones de horror gratificante; pero ¿quién soportaría vivir perpetuamente en
medio de la furia y las tinieblas de la tempestad; quién se recrearía en los relámpagos
que estremecen su alrededor, y agarraría el rayo que cae para fulminarlo? Mi espíritu
ha cambiado por completo. Tengo miedo de esas cosas, y si vuelvo a la vida será para
buscar algún refugio. Una especie de indignación me invade ante la perversión a que
han sometido mis facultades. ¿Por qué estoy encerrado en esta casa de horrores,
tratando con espíritus y seres condenados, y con secretos del mundo infernal,
mientras hay tantos caminos abiertos al honor y al placer, a las diversas relaciones
humanas, al disfrute de la vida? Lucho por volver al punto del que me he apartado;
por sentirme hombre, y sentirme entre los hombres otra vez; por «comunicarme con
seres de carne y hueso».
¿Qué son estos presagios que me oprimen? ¿No voy a volver nunca a la vida, a
ser otra vez yo mismo? Sus palabras me acuden sin quererlo. No puedo expulsarlas
de mi cerebro, pero no quiero creerlas. Dice que mis primeros hormigueos de
curiosidad, mis reuniones con Michelo, mis visitas a la torre y a la tumba eran actos
que yo no podía decidir ni evitar, que pertenecían a esa gran cadena de agentes que
nos ata indisolublemente el uno al otro, cadena que no se puede imponer ni romper, y
a la que ni siquiera las fuerzas de la naturaleza serían capaces de quitar ni añadir un
solo eslabón. Me he negado a creerlo; sin embargo, ¡cómo concuerda con el proceso
de mis sentimientos! ¡Qué impetuosamente me había lanzado en su persecución sin
haberme preparado! No había sido natural ni prudente. Y no me sorprende el cambio
enorme y repentino que he sufrido, del sosiego y la indiferencia a un celo furioso y

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una actividad arrebatada e irreprimible. Tampoco esto ha sido natural. ¡Cómo
acumulo argumentos para mi propia confusión! ¡Cómo me declaro resuelto a no
creer, pero no hago más que reunir pruebas para hacerlo, y respeto la repugnancia que
pretendo denunciar! Maldigo el impulso, sea voluntario o predestinado, que me llevó
a esa indagación. ¿Qué motivo me empujaba? Mi conciencia estaba limpia y mi
descanso era sereno. ¿Quién me convirtió en indagador de secretos de sangre, en
escrutador de almas humanas? ¿Qué tenía yo que ver con esto? Ninguna voz me
llamaba; ninguna mano me había hecho una seña; ningún sueño ni visión me habían
advertido; mi oficiosidad ha sido deliberada; mi obstinación incorregible. Si había
oído esas oscuras confidencias, ¿•qué derecho tenía a investigarlas? Si un abismo se
abre a mis pies, ¿voy a lanzarme de cabeza en él para averiguar la causa? ¿No podía
haber cruzado el terreno inseguro y sospechoso con el mismo paso precavido con que
pasa un niño entre sepulturas?; no le importan los secretos que haya bajo sus pies,
sino dejarlos atrás sin percance; anda con pisada tenue, no sea que turbe su sueño
tremendo; apenas respira, no sea que su aliento les suene como una llamada; no se
atreve a susurrar el nombre divino en la plegaria medrosa que murmura, no sea que
tenga algún poder desconocido en ese lugar sobrecogedor.
¡Ay, pero he ido más allá de la mera investigación! La fatal pretensión de
considerarme investido de una dignidad sobrenatural; la arrogancia de creerme un
agente del Cielo, un instrumento escogido por Él (ser el polvo de los pies del que
reina por encima de todas las potencias terrenas)… eso, eso me ha perdido. Es una
sensación que se siente raramente; rara vez la admite ningún modo de vida; el
corazón del hombre apenas tiene sitio para ella; pero es de un poder excepcional y
deslumbrante. Ojalá pudiera cambiarla por la más tímida humildad, por la ignorancia
más servil, por la superstición más anonadadora que haya deprimido nunca un pecho
humano. A los que así son, su mismo exceso de temor les pone a salvo del peligro, en
vez de encontrarse, como yo, sometidos y atados a estos horrores, mezclados en
impía intimidad con todo lo espantoso e ilícito que la naturaleza humana puede
conocer. Ojalá fuera yo la vieja arpía que, tiritando bajo su pequeño haz de leña, se
santigua al oír estas cosas, y se estremece al observar que su humilde luz adquiere un
tono azulenco mientras cuenta una conseja; o el niño que finge dormir a sus pies para
que no le manden a la cama antes de que ella termine, con la imaginación demasiado
excitada para quedarse solo y a oscuras… Ojalá fuera uno de esos seres. Su miedo, su
ignorancia son su seguridad. El Cielo nunca escoge a tales instrumentos para sus
fines elevados; comen su humilde pan y beben su agua en paz; mientras que el
auxiliar del cielo que se retarda en su camino es devorado por un león. Pueden no
moverse de su sitio, como sus rústicas colinas cubiertas de provechoso verdor, y ser
dichosos con esa plácida belleza, mientras que aquellos cuyas raíces se hunden hasta
el mundo inferior, cuyos pies han suplantado a los cimientos de la tierra, están
impregnados de fuego y destrucción, abrasan las regiones por donde pasan, y son
despedazados por su propia explosión. ¿Por qué he cargado con esta fatal

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responsabilidad? ¿Qué me importaban los crímenes de otros? El mundo entero podía
haber trabajado en algún descubrimiento prodigioso, y yo haber vivido una larga vida
sin que se me pidiese colaboración, ni haber sabido nada de él. Estas cosas no vienen
a buscarnos a nosotros; es nuestra curiosidad nefasta la que suprime la barrera que
nos separa de ellas. Podía haber temblado la tierra que pisaba, y vomitado recónditos
secretos; podían las brisas haberme traído los gritos de un espíritu no absuelto; podía
haberse vuelto azul la llama que me alumbraba; incluso los perros podían haberse
encogido temblando, conscientes de una presencia invisible; yo podía haber pisado
una tumba inoportuna, o haber dormido en una cámara manchada de sangre secreta
sin haber sabido nada de ella, y mi sueño habría sido tranquilo, y mi espíritu habría
descansado sereno. Habría pasado por la vida con la placidez del grumete que duerme
encima de la jarcia, mientras los espíritus de la tempestad se juntan y se precipitan
con el viento que le arrulla. Indagar crímenes secretos de los que no somos parte
interesada es como adquirir la facultad de ver espectros. Antes de tenerla, todo es
seguridad e inocencia; después, la soledad se vuelve inquietante y la oscuridad
terrible. La conciencia de la culpa es tan mala como su comisión. El que conoce los
crímenes de otro comparte su peso y su tormento; y, o bien es llamado a expiarlos y
arrojado de la vida tranquila y del curso natural de la acción humana a una aventura
osada y temeraria que persigue sin simpatías ni recompensa (porque los sentimientos
que acompañan a ese estado son demasiado excepcionales para que nadie los
comparta, y su final no es la propia exaltación, sino el castigo de otros), o se
convierte en partícipe de los crímenes de otro al no desvelarlos. Sufre más que el
agente verdadero; sus remordimientos son iguales, su miedo a ser descubierto es
igual; pero su conciencia del daño infligido a la víctima y de las consecuencias de que
se descubra es más grande; porque tiene miedo de que le diputen malvado solo por
amor a la maldad, porque no tiene el motivo de la enemistad, ni la tentación de una
ganancia. El asombro de la humanidad ante una acción personal, si es osada y
temeraria, más aún, si es notoriamente atroz, comporta involuntariamente cierto
grado de reconocimiento; pero el malvado gratuito, que no es culpable, no porque no
se haya atrevido, sino porque tuvo miedo, recibe con todo merecimiento el
menosprecio y la maldición de todos. A esa alternativa me ha reducido mi fatal
curiosidad; alternativa agravada por circunstancias especialmente espantosas para mí.
Sea cual sea el asunto que te hayan revelado, Ippolito, ¿puede ser tan terrible como
este que insinúo? ¿Me comprendes? Instintivamente, confío en que no; aunque
deberías comprenderme para juzgar con justeza mis luchas interiores. Hace un mes,
habría considerado mi corazón contaminado por la visita casual de ese pensamiento
que ahora es huésped perpetuo. Me sobrecoge pensar en cuando pierda el horror
saludable que esta asiduidad acabará borrando. ¿Qué haré entonces? ¿Qué seguridad
encontraré? Un malvado en la teoría es medio malvado en la práctica. El hábito
confiere a nuestras virtudes una seguridad tan fuerte como el principio; a un alma
asediada como la mía, quizá más. Es imposible que el espíritu más puro se demore en

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pensamientos malvados y homicidas, por ajenos y neutrales que sean, sin notar que su
contaminación no solamente le infecta el cuerpo, sino que influye también en sus
acciones; los impulsos de maldad, de venganza, de causar daño, le vendrán sin
obstáculo y le dejarán sin arrepentimiento. Eso mismo es lo que yo siento; siento
cómo crece el demonio en mi interior. ¡Ah, Ippolito! ¿Qué, qué va a ser de mí?
Apenas puedo respirar, apenas puedo sostener la pluma; estas son las últimas líneas
que escribo. No las leerás; las enterrarán con su autor. No sobreviviré a esta noche.
Filippo está llorando a mi lado… No puedo describir la escena; el golpe de la muerte
es demasiado fuerte para mi espíritu. No sé qué pensar, ni casi sé dónde estoy; pero
presiento en qué me convertiré dentro de poco.
Hace como una hora ha entrado Filippo con el horror pintado en la cara. Ha caído
a mis pies y, jadeando y sin poder hablar, me ha mirado a los ojos. Cuando ha
conseguido articular, me ha anunciado con voz entrecortada que «voy a morir», que
«me quedan unas horas de vida». Le he escuchado con incredulidad y asombro.
Nuestro entendimiento no acepta fácilmente la idea de morir: de morir tan pronto y
tan de repente. Por último, su angustia ha aguijoneado mis miedos. Entonces le he
dicho algo; pero no hacía caso, porque era incapaz de atender y casi de hablar. Con
dificultad, y muchas interrupciones, me ha contado por fin que desde hacía poco
había observado que mi padre y el confesor se enfrascaban en frecuentes
deliberaciones de las que no le decían nada a él; que esto le había hecho sospechar, ya
que hasta ahora le hacían partícipe de todo por ser su agente principal; que esta tarde,
viendo a mi padre abstraído, ha aprovechado para ocultarse en un rincón de su
cámara cuando entraba el confesor. Era una decisión peligrosa, pero había tenido un
presentimiento tan singular y ominoso que no ha podido contenerse de hacerlo.
«Al principio se pusieron a hablar en voz baja —me ha contado—; y con unos
silencios tan largos que no les entendía nada; un rato después, el conde, como si no le
hubiera convencido nada de lo que el monje proponía, se ha arrellanado en la silla,
exclamando: “No sé cómo librarme de ese estorbo”. “Estorbo —dice el monje— es
una manera de llamar a lo que no tenemos resolución para quitarnos de encima”. “No
es resolución lo que me falta —replica el conde—, sino que no sé qué medio
emplear”. “El que tiene resolución, no vacila en utilizar el medio que haga falta”, ha
comentado el confesor. “Pero se trata de mi hijo, padre”, dice el conde. “Por eso
mismo, a su crimen se añade el agravante de la desobediencia”, dice el monje. “Pero
¿en mi propio castillo?”, dice el conde. “Así será más secreto y seguro”, ha replicado
el monje. “Pero sería otro… otro… otro…” tartamudea el conde en tono lastimero,
incapaz de acabar la frase. “Los anteriores lo hacen necesario; el primer movimiento
es voluntario; los siguientes son sus consecuentes e inevitables”, insiste el tentador.
“Por mi alma —dice el conde respondiendo, al parecer, a sus propios pensamientos
—, entre estos muros no estoy a salvo, ni cabe guardar un secreto. Hay testigos…,
calla de repente. “Nuestro éxito depende tanto de la elección como del uso de los
medios”, dice el monje. “Cuando empleamos como agentes las pasiones violentas, su

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explosión nos suele alcanzar también a nosotros; pero todavía hay medios
insospechados”. ¿Conocéis vos esos medios, santo padre?, le interrumpe el conde.
“Por supuesto”, dice el monje. “¿Y conocéis a alguien dispuesto a aplicarlos?”, ha
preguntado vuestro padre en tono más bajo. “Sí”, dice el confesor. Luego se han
quedado callados largo rato; los hijos de Satanás parecían comprenderse sin palabras.
Me daban ganas de abalanzarme sobre ellos, y arrancarles el corazón con las manos.
»El conde, considerándose obligado a romper el silencio, dice en tono aturrullado:
“Buen padre, no necesito deciros que esto debe hacerse de manera… de manera que
no haya alboroto ni levante sospechas. Tenéis, como es natural, pruebas suficientes de
la eficacia y rapidez de lo que proponéis”. “He tenido muchas pruebas”, dice el
monje evasivo. “Pero —continúa vuestro padre en un tono y un gesto de creciente
ansiedad, aunque en voz muy baja—, pero ¿de tal naturaleza que no dejan duda de su
eficacia?” “¿Acaso queréis que dude de mis propios sentidos?”, contesta el monje con
impaciencia. “Perdonadme, padre —dice el conde—; pero no habéis dicho que hayáis
visto la confirmación de su eficacia”. “Pero ¿no es el oído uno de los sentidos?”, dice
el confesor, recapacitando. Me daba la impresión, signor, oyéndolos hablarse así, que,
concertados como estaban en la maldad, cada uno deseaba poseer información de
alguna iniquidad del otro que le proporcionase más adelante alguna influencia sobre
él. A ese motivo atribuí la ansiedad de vuestro padre por arrancarle la confesión de
que había sido testigo presencial del poder de ese medio (supongo que debe de
tratarse de veneno); porque aunque la culpa del uno no era concebible sin la
implicación del otro, sin embargo los temores empujan continuamente al malvado a
adoptar una cautela provisional, y a asegurarse la subordinación de sus cómplices. El
monje se levantó para irse. “No debéis enojaros, padre”, dice el conde. “Perdonad;
pienso ocuparme de eso con la sangre fría”, ha dicho el monje en un tono especial.
“Id entonces; y mandadme deprisa a los criados… deprisa, padre; y dejad abiertas las
puertas al salir, que pueda oír vuestros pasos y vea que vienen ellos. No puedo estar
solo ni un momento. ¡Soy muy desventurado!” Esta última petición ha sido
providencial para mí, porque me he escabullido por detrás de los cortinajes hasta la
puerta y he llegado a mi aposento en un instante».
Al concluir ha caído otra vez a mis pies llorando. Habría sido un acto
misericordioso dejarme morir sin saberlo; puesto que iba a morir. Probablemente me
pondrían en la comida un veneno que no se distinguiría por ningún sabor particular;
su efecto sería probablemente como la llegada del sueño; no sufriría el sabor amargo
de la muerte, el intervalo de expectación y agonía. Me ha sugerido mil planes para
escapar o para resistir. Todos son descabellados: no es un enemigo aislado ni una
situación aislada contra lo que tengo que luchar; estoy completamente a su merced;
estos muros me tienen atado. Si resisto a cualquier violencia, pueden dejarme perecer
de hambre; lo que sería horrible. ¡Ojalá tuviese un arma a la que recurrir en mi hora
de necesidad! No la tengo; la muerte llegará como la noche: sumiendo la creación
entera en una oscuridad impenetrable y sin esperanza. He apartado a Filippo, lo he

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sacado de aquí casi a la fuerza; sus lamentos me trastornan. Quisiera poder pensar;
tengo el cerebro turbio y pesado; este golpe me ha dejado aturdido. La muerte, la
muerte. ¿Qué es la muerte? La gente se pasa la vida hablando de ella con la mayor
tranquilidad; y también los sabios; pero ¿quién la ha comprendido? ¿Quién la ha visto
acercarse, la ha medido con los ojos de la mente, la ha descrito y expresado en sus
justas dimensiones, y le ha dicho: ahora sé las cosas que no puedes ser, ni puedes
traerme? No; es imposible; si se nos concediese el habla en nuestra última agonía,
algo sabríamos de ella; si pudiésemos siquiera describir por señas el gradual
oscurecimiento de los sentidos, y la exclusión del mundo y sus objetos; si pudiésemos
decir por señas en qué instante soltamos el asidero vital de la sensibilidad y nos
asomamos al alba de una nueva percepción… Pero no; he nacido para morir; he visto
morir a muchos; sin embargo, no sé nada de la muerte. Ser grande e invisible cuyo
nombre debe pronunciar solo el silencio: ¿adónde voy? Todas las conjeturas de la
razón, todas las iluminaciones de la fe, me abandonan ahora. Podría hablar de esas
cosas como los demás, y creerían que mis ideas son claras y verdaderas; pero a mi
alrededor no hay más que tinieblas. Una montaña se alza entre las regiones de esta
vida y las de la otra; ni a través ni por encima de ella puede ningún hombre vivo
obtener una visión fugaz o descubrir un paso; las nubes se han posado sobre su
cumbre, y su centro lo ocultan las tinieblas. Sentado a su pie, miro en vano hacia
arriba, tiemblo de ignorancia, y estoy boquiabierto de expectación. ¿Hacia dónde
camino, o hacia quién? ¡Cuántos temores de la carne me rodean! ¡Qué mortal soy
incluso en esta hora solemne! El miedo al dolor, aunque sea el último que sufra; las
punzadas de curiosidad, aunque no la satisfaré con esta sensibilidad, son en mí, creo,
más fuertes que todos los demás sentimientos. El modo y la circunstancia de la
muerte son para mí más terribles que el acto mismo; de este no me hago idea
ninguna; pero del posible dolor y de la agonía de la lucha tengo una noción
demasiado, demasiado clara. ¿Me afectará primero a la razón, o a los sentidos?
¿Sentiré cómo se me va oscureciendo y apagando la mente, o se me nublará la vista,
se me debilitará el pulso, el oído se me volverá confuso? ¡Ah!, ¿cuál es la primera
señal de que el peregrino emprende ese viaje; el primer redoble que llama al cobarde
al último gran combate; y cuándo decidiré «sacudir mi yo como otras veces»,
rechazar los débiles asaltos de la debilidad; sentir, saber que ninguna fuerza puede
pararlos ni amortiguarlos; que aunque parezcan débiles, son el inicio de ese proceso
prodigioso que en unos instantes convertirá mi cuerpo en polvo, y desalojará mi
espíritu, que vagará en un estado nuevo y desconocido, cuya concepción solo puede
comenzar con la existencia?
Me envolveré la cabeza para no pensar más; es inútil. ¿Será muy doloroso? ¿Será
largo este combate? ¿Cómo sé que no es grata la llegada de la muerte? Nadie ha
vuelto para decírnoslo; quizá nuestros miedos son lo único que la inviste de dolor.
¡Pero no, el rostro de los muertos no refleja ninguna expresión placentera!: el hocico
pronunciado, el rictus de la boca, los ojos dilatados y saltones, el cabello erizado,

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como de resistencia… Esos no son rasgos de un estado placentero. No; la muerte es
horrible en todos los sentidos. He oído decir, también, que son los jóvenes y los que
gozan de salud los que más suelen sufrir, y que tienen un desenlace más largo que los
débiles y los viejos achacosos; porque se agarran a la vida con fuerza terrible, y hay
que golpearlos repetidamente y ensañarse con ellos para que se suelten. ¡Así que la
muerte es espantosa en todos los sentidos para mí! ¡Dios todopoderoso!, ¿es posible?
¿Han transcurrido ya dos horas desde que me han anunciado que voy a morir? Parece
que acaban de decírmelo ahora mismo. ¡Ah!, ¿quién puede pensar que la vida es larga
cuando sabe que va a morir? Qué deprisa, qué rápida incluso para los ojos, va la
manecilla de ese reloj; mientras lo escribo, veo cómo cambia de posición. Si se
detuviera una hora, ¿qué daño representaría para el mundo una hora? Podría
detenerse incluso un día, un año, sin que la humanidad se enterase; ¡aunque si lo
hiciera, a su término me encontraría, como en este momento, sumido en terribles
conjeturas! Ningún plazo bastaría para prepararse para lo que es indefinido… Todo a
mi alrededor es portentoso, como si acabase de empezar a vivir. ¿Puede este pequeño
mecanismo, su minúsculo movimiento, acarrear un efecto tan formidable? ¿Puede el
progreso de esa pequeña saeta precipitar a un espíritu inmortal al otro mundo?
Siempre he oído decir que es como el curso de un río; pero ahora lo ven mis ojos,
siento su fuerza, mido su rapidez: nadie puede resistirlo ni hacer que vuelva. Unos
instantes más y… ¿Son pasos, eso? Sí, son pasos; los oigo… ¡Ya vienen! ¡Voy a
morir! Dios bendito, ¿no hay remedio? ¿No hay aplazamiento? ¡Ah, quién tuviera la
espada que llevan al costado los haraganes por ahí! ¡Quién estuviera en un bosque, y
pudiera arrancar una rama de árbol para defenderse! ¿No podría arrancar una viga,
una piedra de estos muros gigantescos, para arrojarla sobre sus cabezas? Por el cielo,
no voy a ofrecerles el cuello. Defenderé mi vida con fuerza terrible. Me haré un arma
con algo: que sientan cómo las manos de la desesperación son capaces de sembrar
teas, y saetas, y muerte.

***

Aquí terminaba el manuscrito; y Cyprian, cuando acabó de leerlo, miró con


asombro a Annibal, vivo todavía. Las palabras finales daban a entender que iba a
tener una muerte que agravaría con su resistencia desesperada. Annibal siguió
contando lo sucedido, ahora de palabra:
—Estas líneas las escribí con muchos intervalos de miedo y meditación. Era
pasada la medianoche cuando oí que se acercaban pasos. Tras sostener dentro de mí
una lucha que no tengo palabras ni fuerzas para describir, me levanté y me quedé
mirando la puerta; el único utensilio al que podía echar mano era una silla pesada; la
agarré frenéticamente a manera de palo. Estoy seguro de que si la llego a descargar
contra alguien le habría aplastado la cabeza. Los pasos se detuvieron en la puerta.
Apreté los dientes, y me erguí con los músculos tensos. Descorrieron el cerrojo y,

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antes de que yo pudiera levantar el arma, entró precipitadamente Filippo. No había
tiempo para preguntas ni explicaciones; respirando con dificultad, se limitó a
hacerme seña de que lo siguiese. Su gesto me calmó inmediatamente. Comprendí que
significaba que íbamos a ponernos a salvo y a volver a la libertad.
»Cogí la lámpara y fui tras él. Al salir del cuarto, me dirigí al pasadizo que
bajaba, cuando él me sujetó del brazo; solo profirió una exclamación, pero me dio a
entender que debíamos tomar la dirección contraria. Encabezó la marcha con paso
rápido y firme. Yo llevaba baja la lámpara para que no se apagase; porque este
corredor parecía más largo y más alto que los otros, y aunque el aire era húmedo y
olía a cerrado, se notaba algo de corriente. Me sorprendía la falta de precaución con
que caminaba Filippo: iba como si estuviésemos a plena luz del día. Al final del
corredor se detuvo de repente; y cogiéndome la lámpara y envolviéndose en su capa,
avanzó despacio, temblando, y con el aliento contenido, indicándome con una seña
que le imitase. Así lo hice; pero en la pieza en la que entramos no descubrí motivo
ninguno para esta súbita cautela. Era una estancia espaciosa y desolada, y al
resplandor que la luz medio velada difundía en ella, solo pude distinguir unos bultos
indefinidos que destacaban en la oscuridad. Al acercarnos a la puerta del otro
extremo, Filippo aminoró el paso, cada vez más precavido; yo eché una atenta mirada
alrededor. Entonces distinguí un bulto negro en el rincón al que nos dirigíamos;
parecía demasiado informe para que fuese la causa del miedo de Filippo. Sin
embargo, cuando estuvo junto a él, abrió los ojos como con horror, y casi se
tambaleó; me incliné para verlo de cerca, y en ese instante me pareció que se agitaba.
Filippo, aterrorizado, profirió algo así como un gemido o una exclamación, y siguió
andando tan deprisa que me quedé solo y a oscuras casi antes de darme cuenta de que
había desaparecido. Lo seguí maquinalmente, y me estremecí al pasar ante ese bulto
extraño. Justo cuando llegué a la puerta, se movió otra vez; oí claramente un susurro
de ropas. Me alejé con la celeridad que imprime el auténtico miedo. Mis sensaciones
habían cambiado por entero; sin embargo, transcurrido un momento, mi terror volvió
a ser el monje terrible y su veneno; si bien la inexplicable y repentina aparición de
Filippo, la luz vacilante que me guiaba, este callado y fantástico andar por pasadizos
de desolación irrespirable, y el bulto extraño que acababa de ver, unido a la confusión
y el horror de mis recientes emociones, me volvían tan susceptible a las impresiones
momentáneas y concretas que era como si careciese de tribulaciones personales,
como si no estuviese huyendo para salvar mi vida, mi vida conservada y amenazada
de una hora a otra. Con todo, influido por lo que había imaginado ver, le pregunté
ansiosamente a Filippo, al que acababa de alcanzar y ahora reanudaba la marcha:
“Esa cámara… —dijo de manera incoherente—. No me preguntéis… Apresuraos…
Vuestra vida corre peligro a cada instante… Ahora no se mueve”.
»Obedecí en silencio; cruzamos otras cámaras y recorrimos otros pasadizos que
yo no había visto nunca, ni sabía que tuviese esta inmensa fábrica. Y mientras
caminaba, no podía por menos de pensar con horror en las innumerables víctimas de

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la arbitrariedad y la barbarie de sus antiguos señores, lejos del conocimiento y la
compasión de sus semejantes, aunque viviesen bajo el mismo techo y dentro de los
mismos muros, cuyas familias quizá ignoraban su paradero, y lo que sufrían, y cuyos
gemidos eran respirados tal vez por sus amigos o sus hermanos sin saber que los
labios que los exhalaban estaban cerca de ellos. Luego, me pareció que dejábamos
atrás esa ala del castillo. Entramos en una gran sala cuyas puertas tenían el marco
más alto que ninguna de cuantas habíamos cruzado, y que, por el aspecto simple y
sólido de su estructura, parecía que se encontraba en un extremo, y comunicaba
probablemente con el patio de armas.
»Aquí se detuvo Filippo, y destapando la linterna, empezó a examinar distintas
puertas. En varias meneó la cabeza con desencanto. Yo lo seguía maquinalmente; por
último, corrió hacia una que se hallaba oculta en la sombra, y probó insistentemente
una llave que se sacó del pecho. Por lo que tardó, y el ruido que siguió a su esfuerzo,
supe que lo había conseguido. Su chirrido me aceleró el corazón. Un instante después
Filippo retiró la llave, y desapareció bajo un arco oscuro que yo no había visto,
llevándose la linterna. Me quedé completamente a oscuras. Tenía el espíritu
desfallecido de tantas pruebas y sufrimientos reales e imaginados. En cuanto
desapareció me sentí víctima de un terror visionario. Pensé en su aparición, casi
imposible de llevar a cabo por medios humanos; en su singular ligereza de
movimientos y su silencio, su expresión desencajada y antinatural, sus palabras
ominosas, su desaparición inesperada y sin ruido; pensé en las extrañas advertencias
que reciben los que tienen cerca su disolución de los que la han sufrido ya; pensé que
lo probable era que Filippo se hubiera expuesto al peligro, incluso mortal, movido por
su apego a mí; pensé en el bulto misterioso de esa cámara tenebrosa, que tenía todo el
aspecto de un cadáver, junto al que había pasado con un estremecimiento. Sentí que
no podría mantener mucho tiempo más estas horribles imágenes; me estaban
socavando los últimos restos medio recobrados de razón. Había una explicación más
probable de que me dejase; pero mi habitual confianza en él se resistía a aceptarla.
»Miré a mi alrededor en busca de alguna posibilidad de continuar por mí mismo;
las nubes densas que asomaban por las altas ventanas entre los pilares impedían que
entrase la más pequeña claridad, y no sabía siquiera remotamente en qué parte del
edificio me encontraba.
»Estaba mirando aún, cuando me llegó un rumor apagado. Presté atención; era
una voz que siseaba, mezclada con pasos vacilantes. Me quedé inmóvil, entre la
esperanza y el temor. “¡Chist!”, oí a cierta distancia. Deseando creer que fuera
Filippo, contesté repitiendo lo mismo: “¿Sois vos? —dijo la voz, más articuladamente
—. Os estaba buscando”. ¡El tono de estas últimas palabras me reveló que la voz era
de mi padre!
»No hice nada; no dije nada: estaba petrificado, sin habla. De haberme atravesado
el pecho un estilete casi habría sentido alivio en ese momento. Los pasos se
acercaron; la sangre que parecía haber abandonado mi cuerpo me volvió como una

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súbita oleada de calor; me asaltaron extraños y odiosos pensamientos. Estábamos a
oscuras. Recordé la visita del monje-espectro; recordé palabras que nunca ha oído
nadie más que yo, para no volverlas a oír nunca más. La vista se me emborronó; un
resplandor rojizo tembló en la sala, aunque yo no veía nada con esa luz. Las piernas
me flojeaban; pero la influencia que me tenía inmovilizado disminuyó. Los pasos se
alejaban evidentemente. Y mientras retrocedían, me pareció oír maldiciones junto al
muro. Me costaba respirar; pero el aire se volvió fresco otra vez; y aunque la
oscuridad era grande, sus sombras, me pareció, se volvieron menos densas y
opresivas.
»De repente, sentí que me agarraban con violencia. Forcejeé para liberarme. Oí la
voz de Filippo. Le consideré un traidor, y que todo el misterio había quedado claro.
“¡Desdichado —dije, agarrándolo a mi vez—; me has traicionado!”
»“¿Qué locura es esa? —susurró él en voz baja, pero vehemente—. ¡Por la Virgen
santísima, seguidme; pero no habléis!”
»“¡Me llevas a la muerte!”, dije; pero le seguí sin resistencia.
»Ahora descubrí que estábamos en la más completa oscuridad. Bajamos unos
cuantos escalones y nos detuvimos. Lo acosé con preguntas en voz baja; pero no
obtuve ninguna respuesta. El miedo y la expectación hacían que me sintiera
impaciente; e iba a reprocharle en voz alta, cuando oí cerca como si abriesen una
puerta. Un instante después, Filippo me condujo al patio de armas.
»Estábamos fuera, al aire libre, abierto y bendito del cielo. Aspiré esa libertad; no
era un sueño pasajero. Ensanché el pecho para aspirarlo, extendí los brazos como si
fuese materia tangible. Sentí un delirio de gozo súbito, incontenible.
»Cuando me volvió el sentido, descubrí que estábamos entre ruinas, rodeados de
unos edificios que no recordaba haber visto nunca; pero que, por su aspecto, supuse
que eran residencia de los criados del castillo. Aún se veían parpadear luces en una o
dos torrecillas grotescamente colgadas de las murallas gigantescas y ciegas. Filippo
se agachó y recogió la linterna que había ocultado hábilmente detrás de un trozo de
almena caída; atravesamos el patio en silencio, tropezando a menudo con los
fragmentos diseminados. Cruzamos algunos arcos cuya oscuridad atenuaba
parcialmente nuestra luz medio tapada; y finalmente llegamos a una puerta baja que
se abría en la muralla. Aquí debíamos extremar la cautela. Esa parte hace tiempo que
se encuentra en estado ruinoso; nuestro camino se estrechaba en forma de un sendero
desigual que se prolongaba en una cornisa, y nuestro único asidero eran los salientes
y las matas crecían en la muralla desmantelada.
»Finalmente, el resplandor de la linterna alumbró, arriba, un arco tosco y ruinoso
que parecía haber conectado en otro tiempo con un puente levadizo. Me descolgué,
agarrándome a sus paredes desiguales y melladas en las que los destellos
parpadeantes de nuestra luz tallaban formas fantásticas, hasta el foso, casi cegado
debajo del arco por los escombros caídos. Lo cruzamos; bajamos la pendiente, y
llegamos al bosque sin percance.

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»Ahora abrumé con expresiones de agradecimiento, aprobaciones y preguntas a
Filippo, que estaba demasiado ocupado en santiguarse y rezar a su santo patrón para
hacerme caso.
»Por fin, tumbados detrás de un pequeño castaño, porque no consintió él que
siguiéramos, me contó de qué medios se había valido.
»“Cuando me mandasteis que me fuese, signor —dijo—, resignado a morir al
parecer, me marché de vuestro lado dispuesto a hacer cualquier cosa, menos consentir
que murieseis sin prestaros ayuda. Debía hacerlo tanto por mi salvación como por la
vuestra. No creía que me perdonaran la vida, que me permitiesen vivir, como un
medio de traicionaros, dado que ya no les haría falta ese medio. Volví al aposento del
conde, que en ese momento se disponía a reunirse con la familia en la sala, donde
cenan habitualmente.
»”No observé ningún cambio en su expresión ni en sus palabras. Toleró mi
presencia, como de costumbre, sin hacerme caso. Lo seguí a la sala y me mezclé con
los otros criados. Esta noche observé que el confesor estaba presente. Debido al aire
de profunda abstracción que siempre le envuelve, era imposible adivinar sus
pensamientos, y si su humor era el de siempre o no.
»”Al acercarse a la familia, que aún no se había sentado, noté que llevaba, como
es su costumbre, un pequeño frasco con zumo de limón, que mezcla con agua, y que
constituye su única bebida, y suele dejar junto a su cubierto. Yo estaba cerca de él. El
movimiento de su brazo me permitió descubrir que llevaba otro frasco guardado bajo
la ropa. Sentí una alarma mortal; no tuve duda de que era el instrumento de vuestra
muerte. En uno de sus movimientos, se le torcieron el cinturón y el rosario; y para
ajustárselos tuvo que dejar el otro frasco sobre la mesa, a la que ahora había vuelto la
espalda. Fue el instante crítico. Tenía el frasco con el zumo de limón a la derecha, y
el otro a la izquierda. Con la celeridad y el silencio del pensamiento, los cambié. Se
dio la vuelta; se metió el frasco en el bolsillo; y vació el otro en el vaso de agua que
tenía delante del plato.
»”Con este cambio, pensé que lo único que había hecho era ganar tiempo; que en
seguida descubrirían que el monje había sido envenenado, y que vos solo habíais
tomado zumo de limón. De manera que si no discurría algún medio de escapar en ese
plazo, de nada me habría valido la maniobra, salvo para castigar al que había
intentado daros muerte. Pero el éxito y celeridad de mi primer paso era un augurio tan
prometedor que lo acepté muy de grado
»”Entretanto la familia seguía reunida. El conde y su confesor intercambiaban a
menudo frases en voz baja. Yo observaba con indecible alegría que este último bebía
de cuando en cuando del vaso que tenía delante. Hacia el final de la comida el conde
mandó llamar al chambelán, le dijo unas palabras al oído, y este sacó una llave
herrumbrosa de su cinturón y se la dio al confesor, que se la guardó bajo la ropa. Yo
no me perdía un solo detalle. Supuse que el monje había juzgado necesario
procurarse la llave del chambelán, probablemente para ocultar el cadáver. Me fijé en

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la forma y tamaño de la llave; y aunque no tenía nada especial, sospeché, por la
supuesta intención con que la reclamaba, que debía ser de alguna puerta exterior del
castillo; así que, si la conseguíamos, nuestra salvación estaría asegurada. Decidí,
pues, vigilar atentamente al monje; porque, por la conversación que os he repetido,
había llegado a la conclusión de que el veneno debía ser de efecto rápido y discreto, y
no tardaría el monje en sentir los primeros síntomas, y si estaba cerca de él en ese
instante, y le quitaba la llave, todo iría bien.
»”Se separó la familia. El monje se retiró. Lo seguí a prudente distancia, y lo vi
entrar en su aposento… en ese aposento terrible incluso a mediodía. No sé qué fuerza
me animaba; pero ahora, de noche, solo y a oscuras, quitando la lámpara solitaria y
mortecina que ardía en el corredor, me arrodillé delante de su puerta a escuchar
cualquier ruido de dentro. Eran más de las doce cuando oí que se acercaba a la puerta
con paso decidido, como si se le acabara de ocurrir algo. Me retiré deprisa. Salió.
Primero lo vi asomarse, levantar la palmatoria, y mirar hacia el fondo del corredor.
No se oía el más pequeño ruido. Avanzó; y me pareció que suspiraba. Luego echó a
andar deprisa; iba tan ligero que en seguida me dejó atrás. Sus pasos, no obstante,
eran una guía para mí en la profunda quietud de la noche. Tomó la dirección de
vuestro aposento. Esperaba a cada instante verlo vacilar, oírlo gemir, mientras le
seguía de puntillas, orientado por la vela que desparramaba su llama claramente en la
oscuridad.
»”Siguió andando, no obstante, sin vacilación, hasta que entró en una amplia sala,
no inmediata a vuestro aposento. Estaba vacía, y lejos de la parte habitada del
castillo. Yo casi temblaba siguiéndolo tanto rato; pero el pensar en vos me daba
aliento. Me detuve en el corredor que conducía a la sala. Al entrar exhaló un gemido.
Se detuvo unos instantes en el centro de la estancia; luego se dirigió a un retrato que
había en el fondo, y acercó la palmatoria. Lo contempló largamente. Y al darse la
vuelta, la llama le alumbró de lleno el semblante. Jamás lo había visto tan
tremendamente afectado. Tenía una expresión de angustia como no le había visto
nunca, ni creía que fuera capaz de sentirla. Seguidamente dejó la palmatoria sobre
una losa de mármol, y se sentó con los brazos cruzados, junto a ella.
»”Yo no le quitaba ojo: ningún cambio había en su cara, ninguna indecisión en su
gesto. No se comportaba como el que ha bebido un veneno. Yo temblaba de miedo.
Dudaba y temblaba. Recordaba lo que había oído contar de él, y las cosas que había
visto. Maldecía mi temeridad al suponer que se le podía atacar con los medios
humanos de destrucción. Era evidente que nadie podía infligirle daño. Y si no le
pasaba nada, ¿qué iba a ser de mí?
»”Mientras me asaltaban estos pensamientos, debo confesaros que solo me
impedía dejarlo todo y echar a correr el convencimiento de que, si efectivamente no
era un ser de este mundo, ninguna distancia me guardaría de él. Y aún estaba
deliberando y temblando cuando se levanta de pronto, como aguijado por un dolor
repentino. Me inclino hacia delante, con la respiración contenida, y nuevamente

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esperanzado. Desde donde estaba no podía distinguir los cambios de su semblante;
pero parecía que se había puesto algo más amarillo, y que tenía pálida la cara. Un
momento después se me disiparon todas las dudas: aspiró con dificultad, se
estremeció, y cayó.
»”Entonces he corrido sin temor. Me he acercado a él. Tenía los ojos vidriosos y
en blanco. Evidentemente, sufría las ansias de la muerte. No he guardado el respeto
que se le debe a todo ser humano: le he registrado la ropa. He encontrado las llaves, y
he corrido a vuestro aposento, incapaz de hablar ni de explicaros nada. Os he
conducido a donde yacía el cadáver; porque sabía, al haberse detenido allí, que debía
estar en la dirección de algún pasadizo o puerta al exterior. He seguido el rastro, en
parte por cálculo, y en parte de memoria; porque he recorrido otras veces esa región
del castillo; y he acertado.
»”Y ahora, signor, decid adiós a las mazmorras, los venenos y los monjes.
Estamos a salvo de esos muros siniestros; y si alguna vez volvemos a entrar en ellos,
san Filippo tendrá toda la razón en no escuchar nuestras plegarias para que nos
libere”.
»Esto es lo que me contó Filippo, y yo escuché con asombro y agradecimiento.
Reconocí la intercesión del poder divino en nuestra salvación. Sin embargo, no podía
dejar de pensar con horror en el monje, y en su muerte repentina y terrible. Cierta
incredulidad maquinal se mezclaba, y se mezcla aún, en mis sentimientos sobre este
asunto. Me parece que ese ser está por encima de los accidentes de la humanidad…
que es un ser que no existe en el sentido mortal, y por tanto no puede perecer en el
sentido mortal.
»Aún no se me ha borrado la impresión que ha infundido en mí durante mi
encierro en la cámara de Muralto. Le he mencionado a Filippo la voz que oí en la sala
cuando me dejó de repente. Dice que es cosa de la imaginación; puede que fuera esa
la causa. Su salida precipitada se debió a que se acordó de repente de una puerta que
hay en un pasadizo contiguo, y corrió a probar si se abría; pero no quería que yo me
pusiese nervioso si no podía ser.
»Le pregunté por qué no reanudábamos la marcha; y dijo que el hombre que traía
hielo al castillo, que viajaba de noche para evitar el calor, andaba probablemente por
el camino que debíamos tomar, y era mejor que no nos viesen hasta que llegáramos a
Nápoles.
»Nos quedamos a esperar en el bosque, y alcé los ojos, no sin temor, hacia el
castillo, cuya silueta negra y enorme destacaba incluso en la oscuridad de la noche y
las sombras confusas del bosque y de las montañas. Bastante a la izquierda, las ruinas
de la capilla, una mancha que me despertaba recuerdos terribles, se alzaban siniestras
e informes. Mientras las contemplaba, casi esperaba ver aquella luz misteriosa
desplazándose a lo largo de sus muros, y alumbrando las copas de los árboles y los
arbustos que las rodean. Y aún estaba mirando cuando, efectivamente, surgió una luz.
La observé con emoción. Pero en seguida descubrí que se trataba de una estrella (la

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única que titilaba ahora en el cielo), justo debajo del arco de la ventana
desguarnecida.
»En ese momento, pasó alguien cerca de nosotros; Filippo me aseguró que era el
individuo que estábamos esperando; y reemprendimos nuestro camino en dirección
opuesta con la mayor celeridad. Nos habíamos adentrado en el bosque como una
milla cuando oímos el tañido de la campana del castillo, que se difundía en el aire. Y
al darme la vuelta, divisé claramente una luz que, pálida al principio, y como
recortada por una ventana, se volvió de repente brillante, y derramó un amplio
resplandor por encima de la oscuridad de los árboles. Pensé que indicaba que la
persona que se había cruzado con nosotros había llegado al castillo, y que esa luz era
el farol del que le había abierto; pero Filippo, que temía seriamente que hubieran
emprendido nuestra búsqueda, me convenció de que nos escondiéramos en un paraje
intrincado del bosque, ya que no íbamos a poder llegar a Nápoles antes de que nos
dieran alcance. Resignado, pero no convencido, accedí a ocultarme en una cavidad
cuya entrada tapaban unas zarzas. El resultado ha sido un día perdido en vigilias,
alarmas y hambre. Nadie pasó cerca de donde estábamos; ni advertimos ningún ruido
ni señal de persecución en el bosque. Hacia el anochecer abandonamos el escondite, y
llegamos sin novedad a Nápoles, de donde creo que podré marcharme sin sobresaltos,
puesto que no he notado que me anden buscando, ni que corra ningún peligro
»De todos modos, desconfío de esta calma. No es normal; aunque mientras siga
así, pienso aprovecharla para escapar del peligro, ahora teórico y distante. Me iré
mañana mismo.
—¿Estáis decidido a dirigiros a Francia?
—Sí, pero antes pasaré por Capua. Allí tengo a un tío de mi madre, un rico
eclesiástico del que confío recibir ayuda y protección, ya que está enemistado con mi
padre. Con lo que llevo en la bolsa en este momento no podría llegar a Francia; y
además, un aventurero debe causar buena impresión con su apariencia, dado que mis
especiales circunstancias excluyen otra clase de recomendación. ¡Pobre Ippolito!
Ojalá estuviese conmigo. Pero el tumulto de mis sentimientos y mi situación no me
han permitido dedicarle mucho tiempo. Cuando le escribas, Cyprian, háblale de lo
infortunado de mi situación; pero no le cuentes mi desencanto al no encontrarlo aquí,
porque eso no haría sino agravar el suyo.
—Y esa investigación empezada e interrumpida de manera tan extraordinaria,
¿pensáis abandonarla? —dijo Cyprian, tímidamente.
—No me hables de eso; su sola mención me resulta odiosa y terrible. Repudio la
sola idea de espectros, misterios y revelaciones. Huiré de las ruinas y las
tenebrosidades antiguas como huiría de la boca del infierno si se abriese a mis pies.
Escogeré el edificio más aéreo como morada, y el asunto más alegre como
conversación. Tomaré por compañeros a los que me traigan fácil alegría, y a los que
pueda divertir el aturdimiento. Quien se entrega a sueños visionarios, y con limpia o
impura intención comulga con el mundo prohibido, se señala como blanco de la

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reprobación humana, y de la malevolencia de los seres infernales; él mismo se ofrece
a las maquinaciones del Malo, a las que es abandonado por el Poder al que ofende
buscándolas. A Satanás se le conoce, estoy seguro, más grande latitud de tentación,
acoso y ferocidad con esa persona; a la que intentará pervertirle el alma y
corromperle la razón. No, no: sea lo que sea lo que haya visto, o lo que haya
investigado, verdadero o falso, grave o baladí, aquí mismo lo repudio. Que busquen a
otro agente para sus fines espantosos; que endurezcan con asiduas tentaciones, y
asimilen a sus propias naturalezas demoníacas, con frecuentes comunicaciones, el
alma extraña y apóstata que se empeña en conocer sus secretos o evocar su presencia.
Yo sanaré y sosegaré mi alma trastornada con imágenes de belleza y de dulzura; con
acciones humanitarias, y deleites que procedan de la naturaleza y de la vida.
Mientras hablaba, sacó el retrato que siempre llevaba guardado en su pecho; lo
besó, y lo miró con arrobamiento. Cyprian, que también lo vio, le rogó emocionado
que se lo dejase para contemplarlo mejor; y mientras lo tenía en las manos, le
resbalaron unas lágrimas que cayeron sobre el papel.
—Así que sabes quién es esta dama —dijo Annibal con asombro—. ¿Cómo es
eso?
—No me preguntéis; me es imposible hablar, Pero sí: lo sé.
—¿Qué misterio envuelve este retrato? Todos los que lo han visto la conocen al
parecer; pero nadie quiere hablar de ella.
—Es un misterio; un misterio impenetrable.
—¿Vive, entonces, el original? ¿La conoces? Dime al menos su nombre; no te
pido que me digas por qué medio has llegado a conocerla, ni pretendo resolver el
misterio del parecido entre alguien que murió hace tiempo, y alguien que aún vive; de
un parecido donde no hay posible relación.
—El original de este retrato vive; pero no para vos. Si la amáis, no intentéis turbar
su paz, y la de vos mismo, con una búsqueda que está condenada al fracaso. Jamás
será vuestra.
—Todo esto escapa a mi comprensión. Aún me persigue el misterio; su influjo
ensombrece mi vida entera.
Tras una noche de infructuosas preguntas e invocaciones, Annibal se despidió de
Cyprian y, acompañado de Filippo, emprendió el viaje a Capua.

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CAPÍTULO XVII
Esos hombres, ¿son hombres o demonios,
con los que topé anoche?, se han pegado a mí,
me asalta el recelo, aunque lo desecho,
de que me están siguiendo.
“RAYNER”, de MISS BAILIE

Entretanto, Ippolito, sin otra pretensión que la de huir de lo inevitable, había


abandonado Nápoles con un único criado, y sin más preparación para el viaje que una
total indiferencia a sus vicisitudes y adversidades. Al atardecer del primer día, sin
haber seguido conscientemente una dirección determinada, llegó a orillas del lago
Celano. Se acercaba el otoño, y el viento soplaba sobre sus aguas oscuras, y las
brumas se desplazaban en fantásticos jirones hacia la lejana orilla rocosa, unas veces
dando forma de edificios antiguos a los peñascos y los acantilados, y otras haciendo
más insólitas las cabañas diseminadas de los pescadores y las casas de los
promontorios. Ippolito miró maquinalmente a su alrededor en busca de algún sitio
donde poder cobijarse para pasar la noche, aunque no esperaba descansar.
—Estos caminos sinuosos, signor —dijo el criado—, son muy solitarios y
apartados; el pueblo más cercano al que podemos dirigirnos es Celano, que está a más
de una milla.
Ippolito, con el ánimo demasiado cansado para charlar con su sirviente, tomó sin
decir nada la dirección que este le indicaba de Celano, adonde llegaron al anochecer.
Entraron en una posada miserable; Ippolito no hizo caso de sus incomodidades y
carencias, dado que le proporcionaba el único lujo del que podía gozar: un aposento
independiente, al pie de cuya ventana rompían las olas del lago.
Aquí, por primera vez, pensó en qué dirección debía proseguir. Muchas se le
ocurrieron, y otras tantas rechazó, hasta que, asombrado de su propia escrupulosidad,
empezó a analizar las razones; y descubrió, con un sentimiento casi rayano en el
horror, que estaba dominado por una sensación de persecución invisible y general que
impelía sus pensamientos de lugar en lugar, con la misma premura que el ser que se
la infundía habría perseguido sus pasos. Al llegar a esta convicción, se levantó
súbitamente de la silla con angustia indecible, y se quedó vacilando un instante entre
el impulso del miedo y el estupor de la desesperación. No era soportable que tal
influjo hubiera llegado a un dominio tan absoluto de su espíritu, e hiciese valer ese
dominio en el instante mismo en que el cambio de lugar le sabía a una victoria
parcial. Su consternación casi concordaba con las tremendas palabras del salmista,
cuando exclama: «¿Adónde iré para esconderme de tu presencia?» Sentía la
contundente verdad de esta frase: «Si bajo al Infierno, estás allí también». Mientras
daba zancadas por su habitación, en la de al lado unas cuantas personas hablaban tan
alto que no tenía más remedio que oírlas sin prestar atención. Y por lo que decían,

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dedujo que era un grupo de vendimiadores y labriegos de regreso a su tierra natal, los
Abruzzos, desde los campos de Nápoles, adonde habían acudido durante el verano en
busca de mejor jornal. Ahora estaban bebiendo en el aposento vecino en compañía
del posadero.
—Es un asunto muy raro —dijo uno, llamado Borio, dirigiéndose al posadero—
del que no me gusta hablar; no me hace gracia nombrar a cada paso a Satanás;
porque, Christo benedetto, eso te predispone a pensar en él cuando estás solo. Si
tengo que cruzar de noche la montaña que hay cerca de nuestra aldea, o vigilar la uva
solo en el chozo, no quiero historias de esas. Prefiero llenarme la cabeza con cantos a
nuestro Señor; pero si nos juntamos unos cuantos como ahora, tengo tanto valor
como el que más. Así que, como iba diciendo, camaradas, en Nápoles no se habla de
otra cosa. Unos dicen que el caballero se ha vendido en cuerpo y alma a Satanás; y
que se reúne con él todas las noches en un paraje bajo tierra, donde nadie puede
verlo; que sus criados no son capaces de seguirle el rastro más allá de la puerta del
palacio; y que a los que intentaron ir tras él los envolvió un fuego azul, y una pezuña
de hierro al rojo vivo les arrancó la antorcha de la mano.
»Otros dicen que no es culpa del joven caballero, sino de su bisabuelo, que
vendió a su posteridad por un gran tesoro a la vieja serpiente; pero que esta no debía
reclamar la mercancía hasta la presente generación, y que se la llevaría durante el
pasado carnaval; así que el demonio se apareció al desventurado joven vestido de
juglar, y tocando un arpa de cuerdas hechas con tripas de nigromantes. «¡Tu hora ha
llegado: ponte ya en camino!» Y todas las arboledas por las que pasaba se han ido
secando, y ninguna ha vuelto a reverdecer desde entonces.
—Pues, por lo que yo he oído —dijo el posadero—, el demonio tiene algo de
caridad, y trata al caballero como hombre de honor; porque dicen que le ha dado
permiso para pasearse por Italia durante el plazo de un año y un día; y que si
encuentra a un cura que le dé la absolución, puede librarse para siempre del derecho
que tiene sobre él.
—¡No, no! —exclamó otro, en tono de suficiencia—. ¿Te crees que el diablo es
tonto? No, no; estate seguro de que si lo perdona por el lado de la simple brujería, le
echará la zarpa por el de su ligadura y pacto con él. Me sorprende, vecinos, lo simples
que sois; el mundo de abajo es igual que el de aquí; la brujería es como contraer una
deuda; en cambio el pacto es como firmar un pagaré; y si Satanás puede presentarlo
ante los tribunales contra el demandado, la misma Inquisición está obligada a
reconocer su validez; más aún —alzando la voz con el argumento—, su santidad el
Papa en persona deberá firmar como testigo.
Todos debieron de quedarse impresionados ante la fuerza de este argumento, ya
que siguió un silencio general como de meditación; hasta que una voz anciana expuso
con aparente timidez lo que pensaba:
—Si queréis mi opinión, os digo que el caballero ni se ha ofrecido él a Satanás, ni
lo ofrecieron sus mayores. ¡Ah, vecinos! Si hubierais visto la nobleza y apostura de

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ese joven, jamás creeríais que haya hecho ningún pacto con el demonio. No, no; por
todo lo que yo recuerdo, y lo que mi padre podía recordar, los Montorio han sido
siempre una familia grande, orgullosa y malvada; cometieron suficientes fechorías
ellos mismos sin necesitar la ayuda de Satanás; siempre vivieron bajo la amenaza de
ser desenmascarados, y dicen que los asesinos por ellos contratados confesaron cosas
terribles en el momento de morir. Ahora, tal vez, algo de eso esté a punto de salir a la
luz, y al noble caballero le parte el corazón semejante pensamiento, y no soporta
seguir en Nápoles para presenciar la ruina de su familia.
Ante esta benévola interpretación de la huida de Ippolito todos dejaron escapar un
murmullo de desaprobación. El amor a lo maravilloso es demasiado celoso de sus
gratificaciones, y demasiado irritable cuando ve atacado su crédito, para rendirse
fácilmente a la incredulidad; y el primero que había intervenido, exaltado por su
éxito, estaba deseoso de preservar la popularidad que había conquistado.
—Anciano —dijo—, estás muy equivocado; si se le permite al caballero recorrer
Italia, ten por seguro que es para que acarree a otros al servicio de su amo, y así poder
escapar él; porque esa es la manera de engañar Satanás a esos desdichados. Promete
recompensa y honor a los que se muestran celosos de su servicio; y una vez que han
seducido un buen número de almas, y han perdido finalmente la propia, entonces
premia a su manera, como todo el mundo ha visto que hizo una vez en la pintura que
hay junto al altar de San Antonio, de la iglesia de Miroli, vecina a Nápoles. Allí se
practican con huestes de los espíritus descarriados toda suerte y grados de castigos
que se hayan podido idear. Le hacen pensar a uno que todos esos demonios han
pasado por la Inquisición, tan ingeniosos son en aplicarlos; hasta juraría uno que
huele a azufre, y siente un calor como el aliento de un horno. Os contaré solo lo que
hace un grupo: hay tres figuras…
Aquí Ippolito oyó cómo los oyentes se acercaban al que hablaba. La angustia se le
hizo súbitamente insoportable, y profirió un gemido. Aterrados todos al oírlo, dejaron
de hablar y de escuchar: y sin hacer ningún comentario sobre el origen de la
interrupción, murmuró el último con voz asustada:
—Será mejor que no hablemos de estas cosas, ya que no tenemos con nosotros a
ningún religioso.
—Aquí cerca hay un convento de dominicos —dijo el posadero, que estaba
deseoso de oír el final.
—¿Cómo de cerca? —dijo el otro, cuyo deseo de asombrar luchaba con su propio
temor.
—El toque de vísperas se oye desde aquí —dijo el posadero, evasivo.
—Pero dime exactamente, ¿a qué distancia está, amigo Borio?
—A una milla —dijo el posadero de mala gana.
El orador, tras esta seguridad, se negó a terminar su historia.
—Cosa del diablo será —dijo el posadero con desencanto—, si el tañido de la
campana y el cántico de los monjes no bastan para ahuyentar al demonio si estuviera

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en este aposento.
Sus compañeros reprobaron este comentario impío; así que el posadero, a fin de
recuperar el crédito de su beatería, dijo:
—Cualquiera que sea el propósito del caballero al emprender su viaje, no lo
acogería yo ni por todas las riquezas del Vaticano. A buen seguro que el olor a azufre
no se iría jamás del aposento donde durmiese; y si aceptara una sola moneda suya,
seguro que se me iba a convertir en un carbón ardiendo en la mano.
—Convendría que estuvieses sobre aviso, amigo Borio —dijo otro, abundando en
sesudez—; he oído decir que lo han visto tomar esta dirección.
—Por todos los santos; pues esta misma tarde ha llegado a mi casa un caballero.
Se produjo una conmoción general, seguida de un intercambio de susurros. El
primer impulso de Ippolito fue abandonar la posada; pero pensó que eso no haría sino
confirmar las sospechas de esta gente, y quizá hacer más difícil su viaje. Se le ocurrió
otro expediente, aunque su corazón orgulloso se negaba a recurrir al engaño. En ese
momento oyó pasar a su criado bajo la ventana; lo llamó, y sin explicarle el motivo,
le ordenó que bajo ningún concepto mencionase su nombre ni su rango en la casa, ni
durante el resto del viaje; y que estuviese preparado para reanudarlo en cualquier
momento. El hombre, ufano ante esta petición que parecía acercarse a una
confidencia, prometió de muy buen grado hacerlo así. Y para que su fidelidad no
careciese del mérito de haber resistido la tentación, volvió inmediatamente a la sala
donde los vendimiadores se hallaban sentados con el posadero.
Justamente acababan de decidir llamarlo, a fin de averiguar si su amo era el conde
Montorio; así que lo acogieron con una bienvenida exageradamente cálida.
—Dinos, amigo —dijo el posadero cuando ya llevaban un rato bebiendo—,
¿cómo se llama el caballero, tu amo?
—Se llama… se llama… —dijo el hombre que, pese a su determinación de
ocultar el nombre, había olvidado tener alguno preparado.
—Sí; ¿cómo se llama? —insistió el posadero—. ¿Llevas poco tiempo viviendo
con él?
—Hace varios años que vivo con el señor —dijo el hombre, deseoso de demostrar
que estaba dispuesto a satisfacer cualquier pregunta; y a recuperar el terreno que su
embarazo le había hecho perder.
—¿Hace varios años que vives con él y aún no sabes cómo se llama? Eso suena
muy extraño; lo más extraño que he oído en mi vida.
—¿Por qué, qué habéis oído contar del signor? —dijo el hombre, aliviado de ser
él quien preguntaba ahora.
—He oído decir que suele salir de noche —dijo el otro de manera significativa.
—Desde luego, así lo hace; como todos los caballeros de Nápoles —dijo el criado
con una sonrisa de triunfo.
—Sí, pero ¿sabes tú adónde va? —dijo el posadero bajando la voz.
—No; ni yo ni nadie —dijo el criado, revelando una parte importante de su

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información, en su deseo de demostrar que nadie era más listo que él.
—¿Nunca lo has acompañado en esas ocasiones? —continuó el posadero.
—Virgen santa, no —dijo el criado, estremeciéndose.
—¿Qué pedirías a cambio de acompañarlo en una de sus salidas nocturnas? —
preguntó el posadero, prosiguiendo su victoria.
—No lo haría ni por todas las riquezas de Loreto —dijo el hombre, que recordaba
las historias terribles que había oído sobre su amo en Nápoles, y respondiendo a sus
propios pensamientos más que a las preguntas que le hacían.
—Entonces es cierto todo —dijo el anciano.
—¡Dios santo, qué pena!
—¿Por qué, qué pena? —dijo el lacayo, saliendo de su ensimismamiento ante esta
exclamación.
—Lo que acabas de confesar sobre tu amo —dijo el posadero.
—¿Confesar yo? Yo no confieso nada, así me despedacen con tenazas. Yo no he
confesado nada.
—Bueno; no ha sido mucho, es verdad —dijo uno, un individuo astuto—. Solo
has reconocido que tu amo es de la familia Montorio.
—Antes me harían en mil pedazos —exclamó el criado con multiplicada
vehemencia—; sois unos bellacos repugnantes y asquerosos por decir que he
confesado lo que no he confesado ni jamás confesaré.
—Vamos, vamos —dijo su taimado adversario—. No hay por qué enfurecerse;
puede que te hayamos interpretado mal; pero debes reconocer que si no es miembro
de esa familia, se parece bastante a ellos.
—Desde luego —dijo el criado, sacrificando otra vez su causa a su capacidad de
contestar a una objeción parcial—. Desde luego, todos tienen un gran parecido de
familia.
Aquí hubo un grito general de triunfo que ahogó las furiosas exclamaciones del
criado. Ippolito, consternado ante las consecuencias de su estupidez y de la
superstición de los otros, abandonó sigilosamente el aposento, montó en su caballo, y
tomando el primer camino que encontró todo lo deprisa que la oscuridad y la cautela
le permitieron, puso varias millas entre él y Celano antes de que el grupo hubiera
decidido llamar a los dominicos en su ayuda, o enviar un expreso a la Inquisición de
Nápoles.
Las vicisitudes de los vagabundeos, más que el viaje, quedaron relegadas frente a
cuestiones de más dolorosa meditación: el secreto de su alma, ese secreto profundo y
eterno que él creía sepultado en las entrañas de la tierra, era de dominio general. Pero
el tumulto de sus pensamientos le impedía dilucidar por qué medios había llegado a
saberse, y cómo impedir que siguiera difundiéndose.
La única impresión que prevalecía en su interior era la de una confusión
indefinible y desasosegada, ya que no podía identificar las formas del peligro, ni
saber qué camino seguir para huir de él. Temblaba, aunque ya ni recordaba qué había

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ocurrido. Deprecaba, aunque no sabía qué auxilio le podía llegar; huía sin una meta, y
su celeridad aumentaba conforme lo que motivaba sus miedos se volvía más borroso
en su cerebro. La reserva y el alejamiento de toda observación humana que habían
presidido las transacciones de Nápoles fueron la causa de que no recelara que
pudiesen ser conocidas por nadie, salvo por él mismo. Pero era tal la abstracción y la
concentración con que se había entregado a ellas que, de haberle asaltado una
sospecha de ese género, no habría suspendido un solo instante su persecución. Tanto
lo que hacía como sus consecuencias inmediatas y remotas se le escapaba por igual.
Así que cuando le llegó inopinadamente al cerebro el hecho mismo, con todo el
cortejo de imputaciones que la suspicacia de la ignorancia y el furor de la
superstición le endosaban, el golpe fue tan tremendo que se tambaleó fulminado,
anonadado. Durante unos momentos, los terrores inminentes y reales le hicieron
olvidar los quiméricos y lejanos. La angustia del miedo que no puede nombrar su
causa, y de la culpa que no puede identificar su peligro, le anegaban el alma. Le
torturaba la sensación de una rara influencia, esa sensación de que se anticipan a
nuestras medidas; de que calculan y arruinan nuestro progreso; de que miden y
ensombrecen el borde exacto de nuestros confines; de que asolan y violan el reducto
más íntimo de nuestro ser; de que la Omnisciencia se ha coligado con el bando de
nuestros enemigos para destruirnos. Ningún asesino a cuyos pies arrojara un súbito
torbellino la prueba de su culpa ante miles de testigos; ningún viajero, a cuyo pecho
desnudo apuntaran los rayos que acumula una nube del cielo, habrían mirado en
derredor tan consternados.
Su impulso inmediato fue huir. Daba espuelas al caballo haciéndolo correr cuanto
podía; sin embargo, toda esta carrera era lenta comparada con la celeridad a la que
pensaba. El tumulto del movimiento le irritaba en vez de sosegarle. Una línea
imaginaria que no podía medir ni rebasar avanzaba a la vez que él. Su carrera solo
dejaba espacio atrás; y su progreso solo parecía acercarle a la perdición.
Hacia el amanecer se encontró en un paraje agreste y salvaje, y esto le apaciguó
insensiblemente el ánimo. Eran los hombres los que le daban miedo; aquí no había el
menor vestigio humano. Los peñascos, las aguas cuyas trenzadas y fantásticas
ondulaciones casi se parecían a las nubes que diluían en ellas sus tonos y formas
inconsistentes de brumosa ligereza ofrecían un panorama más apto para morada de un
genio aéreo que para un habitante mortal.
A lo lejos, a la izquierda, donde las franjas intensas de la madrugada definían y
destacaban los rasgos sombríos del paisaje montañoso, divisó Ippolito unas casitas
apiñadas en el hueco abierto entre dos cerros, con cimas antiguas y afiladas que
parecía que se habían separado para dejar un paso. Los accidentes situados enfrente
de esta aldea ofrecían un contraste que inspiraba temor y deleite. Ippolito pensó que
podría pedir techo y comida sin peligro a los habitantes de tan aislado lugar.
Así que se dirigió hacia allí, y descubrió que lo único que les asombraba era que
hubiese llegado un forastero a tan remota región. Aquí descansó unos días, como el

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ave que, acosada y herida, vuelve a su nido en las rocas inaccesibles, y extiende su
plumaje destrozado a los vientos de la libertad. Optó por el ejercicio físico para hacer
la existencia soportable. Aquí no había recursos artificiosos, ni expedientes con que
entretener el tiempo y renovar el gozo. Se inclinó por los esfuerzos vigorosos, al
principio para sofocar los latidos de un dolor íntimo, y después para satisfacer una
renovada sensación de placer. Los hábitos de la montaña le devolvieron una fuerza
física que la voluptuosa indolencia de Nápoles le había debilitado; y con el paso de
los días, el cambio llegó también a su espíritu. Al principio le sosegaban las cascadas,
el ulular de los vientos en las cavernas y en los peñascos abruptos, aislados,
enhiestos, que a menudo adoptaban el porte de un antiguo edificio gótico; sus planos
marcados y estratificados y cimas altísimas que dibujaban fantásticas siluetas de
arquitectura; y los rayos del sol poniente que, reflejados en una superficie sus
espléndidos tonos verdes y manchas marmóreas, simulaban cabalmente ventanales
iluminados, gloriosos, de colores heráldicos.
Este escenario le sosegó al principio, y le apartó de los recuerdos dolorosos; pero
al poco tiempo los visitó con sincero placer, no por lo que alejaban de él, sino por lo
que le traían.
Es imposible, si no se tienen grandes crímenes en la conciencia, no sentir la
poderosa y balsámica influencia de la naturaleza cuando se entra en contacto con ella.
La magia serena de sus soledades, la calma profunda de las cosas inertes, la amable
agitación del movimiento inanimado inundaban los rincones profundos de su alma, y
los sanaban.
Al principio, cuando acudía a esos parajes, se dedicaba a meditar sobre su
situación, y a discurrir algún esfuerzo intrépido y gigantesco que le liberase
finalmente de su esclavitud; pero como el único resultado de estas meditaciones eran
el cansancio y la desesperación, dejaba que dichos cuidados se le fueran yendo poco a
poco de la cabeza, y lo compensaba con reproches a su indolencia y al solaz de la
tranquilidad.
Y en este aislamiento se entretenía con algunos papeles de Cyprian que al salir
precipitadamente de Nápoles se había llevado sin darse cuenta. Se relacionaban con
aquella historia misteriosa que había dejado inacabada. Ippolito casi había olvidado
que el objeto de esta composición tenía que ver con él. En cuanto a las demás
circunstancias de la narración, aunque remotas y extrañas, el entusiasmo de Cyprian
había arrojado sobre ellas una sombra de incredulidad; así que Ippolito los tenía por
la relación de unos sucesos que nunca habían ocurrido.
En las hojas que ahora leía, la autora parecía cansada del lenguaje corriente y del
progreso ordinario de la narración. Había seleccionado distintas etapas de su triste
historia, y había escrito unas líneas sobre cada una en la lengua de la poesía.
Eran unos versos monótonamente melancólicos. Reflejaban una pasión sin un
solo intervalo de tranquilidad; sin un solo rayo de esperanza. Había amado como
nadie amó nunca, y había sufrido como pocos han sufrido. Ippolito jamás habría

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comprendido la razón o posibilidad de tal desesperación de no haber oído comentar a
Cyprian que la joven infortunada había vivido en un convento; que solo vio al ser que
la subyugaba cuando ya había pronunciado unos votos irrevocables que la habían
hecho prisionera; y que aunque su «amor, más fuerte que la muerte», había
sobrevivido a estas lamentaciones postreras, no tenía el poder de hacerla transgredir
la barrera de la religión revelándolo, mientras viviese. El primero lo había escrito
cuando su pasión se había dilatado lo bastante para comprender que era desesperada;
cuando las primeras nubes de melancolía empezaron a acumularse sobre sus
sentimientos; lo había escrito después de ver por segunda vez, casualmente, a la
persona que acaparaba todos sus afectos.

Otra vez he visto tu figura: un instante.


En un instante la pasión puede vivir un siglo entero,
el sentimiento recorrer la esfera ilimitada del ser,
los abismos del pensamiento, los laberintos de la imaginación.
Las rosaledas del gozo, y las celdas acotadas de la memoria,
recordar el pasado, vislumbrar el futuro,
agotar las formas de la vida y las quimeras del sueño.
En el lapso fugaz de un instante.
Así, el profeta de la Meca, cuenta la leyenda,
se elevó con las alas de la visión;
exploró las sendas estrelladas del Paraíso,
aspiró los vientos que baten las perladas puertas,
y recorrió los siete círculos del cielo
antes que los mortales observasen su ausencia de un instante.
Así, luminosa y fugaz, he visto tu figura;
brevemente, antes que te perdieras.
Azar, eres tú quien determina
la hora de verlo,
la hora que atesora la memoria; pero tengo,
más allá de tu tedio o tu solaz, una alegría,
un último consuelo: ¡ay!, cuando el crepúsculo
extiende su velo de rocío, y nadie espía
mis mejillas, mi paso lento, mi sobresalto
(signos de mi pasión, algas que aprisionan mi fantasía),
vagar, y meditar a solas, ignorada,
trazar pensamientos que ningún pecho ha concebido,
exhalar un suspiro que nadie nunca ha oído,
y ser tuya, tuya únicamente… ¡Ah, no puede ser;
eso es pedir imposibles!
Pensar que sean reales, es trazar

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mi historia en la arena mientras la esperanza sin objeto
señala tu proximidad en la hora imaginada,
atrae a la historia escrita tu mirada errante,
para revelarlo todo. ¡Ay, entonces vuelo!
Bórralos, dispérsalos deprisa, no sea que un mero rasgo
la revele. Un mundo daría por que tú la supieras.
Es derramar el secreto no contado,
en versos desesperados de un amor que espera,
romper luego el papel, dar al viento los trozos,
temer que alguno llegue a tus manos,
mientras sueño la esperanza inextinguible: «ojalá».
¡Es consumir mi vida en plegarias por verte!,
y cuando mis ojos te descubren a lo lejos,
esconderme para, cuando has pasado,
besar el suelo que apenas has pisado, el sitio
que tu sombra al cruzar santifica… Cuántas veces,
embargada, mi alma se resigna
a dejarse llevar por las aguas de la imaginación
(ajena y olvidada de su plazo).
¡Ah, entonces!, ¡qué radiante, el sueño!; sus mágicos colores
hacen posible la pasión, amable la naturaleza.
Y a ti, a ti te veo; te oigo, te toco… ¡Pero, atención!:
la campana llama a vísperas: habla de desesperación.

El asunto del siguiente, fuera cual fuese la calidad de su ejecución, es quizá el


más interesante de cuantos puede abordar la poesía; trataba de describir a un espíritu
profundamente inmerso en la pasión, pero consciente a la vez del sentimiento más
doloroso y hostil a esa pasión que se pueda concebir: la convicción de que la persona
amada no era digna de ese amor. Las luchas de una convicción poco firme, y la
angustia de una inclinación involuntaria, eran descritas como en un relato. Pero
Ippolito no tuvo ninguna dificultad en descubrir los sentimientos y la situación de la
desventurada monja:

——————Murió; murió sin haber muerto;


murió para ella, cuyo trabajo incesante
por sacarlo de la senda fatigada del pecado
fue una lucha vana; pero no hallando
en espíritu tan débil, ningún alto precepto
de virtud, labrado con estímulo,
viendo que la semilla del bien en suelo tan liviano
no germinaba; como Agar la desterrada

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(que vagando en los desiertos de Beer-Sheba,
consumido su último alimento,
gastada la última gota en los labios del bebé,
dijo, desgarrada por la angustia:
¡No lo vea yo morir!, y lo abandonó)
se retiró a un lugar remoto
a llorar su desconsuelo; ningún destello
de trémula luz titiló en su anochecer,
ningún espectro de resplandor matinal
tejió ante sus ojos visiones de color gozoso
ni pulsó su arpa aérea y lejana. Solitaria fue su vida
extraño su propósito; pero, incólume,
levantó una estructura singular y extravagante,
cual tumba de ermitaño, y a él la dedicó.
Y ante ella veló, pálida y paciente,
secos los ojos, murmurando entre labios
una plegaria por quien juzgaba muerto
para lo valioso de la vida; y adornaba la tumba
con guirnaldas trenzadas, de colores borrosos;
silvestres como un canto de espíritus,
que de las reglas se reían y del arte.
Nadie de sincero sentimiento podía ver esas guirnaldas,
ni avivar con lágrimas sus colores desvaídos.
Un destino diferente esperaba para ellas:
sembrar el camino del amado, adornar su frente,
engalanar las horas bruñidas de vida virtuosa.
Poco cultivaba él la virtud,
ni nada que no fueran danzas y canciones,
y orgías nocturnas… para gran tristeza de ella,
que velaba con constancia consumida;
transida de un sufrimiento natural
(una angustia intensa laceraba su vida),
pensaba en sus últimas esperanzas, en su corazón marchito,
en su juventud perdida, en su espíritu acabado.
Pero aún amaba; sí: sin esperanza.
Una pasión brillaba todavía
en el fondo de sus ojos, y daba calor a sus labios:
el recuerdo de su amor primero, como una rica música
sonaba en sus oídos cautivados. Condenada
a sobrevivir al amado, nunca sobreviviría a su pasión.

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La autora conocía, al parecer, la desdichada vida del joven del que estaba
enamorada, más de lo preciso para proporcionar adorno a esta lamentación poética.
Ella, a lo que se veía, sentía profundamente, y lamentaba con un celo que era mezcla
de amor y de religión, los hábitos perniciosos que habían infectado y degradado ese
noble corazón. Y esos eran los sentimientos que pretendían describir los siguientes
versos:

I
Qué tentador cuelga el fruto
qué dulce madura en lo alto;
adonde tiendo la mano en vano,
de donde no puedo apartar los ojos.

II
¡Ah, no es para mí ese color encendido
que su tersa mejilla adorna!;
no es para mí su fragancia,
rival del perfume de la mañana.

III
¡Ojalá pudiese probar ese néctar
y ser una simple avecilla;
ojalá fuera como la brisa
que libre sopla y te acaricia!

IV
Cómo en tu mejilla luminosa
cantaría yo mi historia entera,
qué tenue aventaría la dulzura
con alas de armonía y de rosa.

V
¿Qué hacer para ahuyentar a los reptiles
que minan tu ajada lozanía?
Cómo quisiera agitar mis alas susurrantes,
despertar la fragancia que te adorna.

VI
Bastante gozo para mí es ver
el esplendor de tu belleza más pura
que, libre de embarazo, emana fragancias
cuya dulzura nunca voy a conocer.

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En estos versos Ippolito vio un intento de expresar ese sentimiento extraño y
complejo que a menudo acompaña al amor real cuando surge en circunstancias
adversas; ese sentimiento resultante de la degradación moral y el esplendor y honor
mundanos, cuyo efecto es en parte abrumar con la magnificencia y en parte suscitar
interés por la vía de la compasión.
A la infortunada vestal parecían traicionarle los mismos sentimientos en los que
confiaba para defenderse: le fascinaba evidentemente el rango, el espíritu y los
excesos del hombre que amaba, así como las cualidades que dan más propiamente
origen al amor; le deslumbrada el esplendor de los mismos vicios que fingía reprobar;
y estaba dominada por una admiración involuntaria a la espléndida disipación y la
grandeza tumultuosa. Sin embargo, estos versos reflejaban meramente los suspiros
del deseo, como suele brotar involuntariamente del exceso del espíritu, y sin
referencia a la esperanza o a la desesperación.
Es lo que ocurría en estos otros:

I
Ojalá fuera brisa vernal
para rozar sus mejillas delicadas;
podría así respirar sin temor;
suspirar sin sombras en tu ceño.

II
Ojalá fuese insecto luminoso,
para jugar con el centelleo de tus ojos;
dejar volar así mis horas en transporte,
consumirme deslumbrada y morir inadvertida.

III
Ojalá fuese flor arrebolada,
reinar una hora dentro de tu pecho;
para vivir así sin un crimen;
y poder morir sin sufrimiento.

A veces, en estos arrebatos desbordantes se entremezclaba una nube súbita de


remordimiento y horror, como en estos otros versos:

I
¡Ven a mis brazos, cuyas fuerzas desmayadas
estrechan tu fantasma en el aire!
¡Visita mis ojos, cuyo mágico hechizo
aún evoca tu figura en esta esfera!

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II
¡Deja que apoye en tu pecho la cabeza,
que no tengo refugio ni descanso!
¡Deja que mi corazón se funda con el tuyo
y terminen sus latidos y tumultos!

III
Y perderé, mientras flota en mis ojos tu figura,
todos los pensamientos salvo uno;
y apagaré en tus labios encendidos
la fiebre abrasadora de los míos.

IV
Y envuelta en ese sueño, olvidaré la voz
que llama, el temor que me reprueba…
Hasta que alcanzada por el rayo,
me pregunte si hay culpa en este amor.

A las luchas alternativas de una pasión que la conciencia no podía sofocar, y unos
principios demasiado débiles para contender con la pasión, se sumaban muchas otras.
Una llamó la atención de Ippolito, porque llevaba antepuesta la siguiente frase en
prosa: «El disfraz que he adoptado me proporciona muchas horas de débil
gratificación. Unas veces paso casi junto a él, oigo su voz, me demoro por las noches
cerca de su casa: gotas de lento veneno… ¡Pero qué fatal dulzura! Anoche toqué la
balaustrada donde lo vi apoyarse una hora antes al bajar la escalinata. ¡La toqué!
Ildefonsa me lo reprochó; pero he resistido reproches más severos que el suyo. ¿Por
qué ceder a reprobaciones humanas cuando he rechazado las de mi corazón y las del
cielo?»

I
Es inútil que mis labios murmuren,
como lo sería quedarme sin brazos;
eres el dueño de mi amor perpetuo,
y nunca dejarás de serlo.

II
¡Ay, por qué tentar mi fe dudosa,
tomar prestados estos versos temerosos!
¡Sabe que quien a vivir se atreve,
no teme una muerte dolorosa!

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III
¿Por qué contar la pena de unos votos,
la aflicción de una esperanza fracasada?
Llorar es lo que esos votos merecieron;
lo único que ganaron fueron lágrimas.

IV
Pedí ver la luz celeste de tus ojos,
hasta que estos míos se apagaran;
pedí ver tus labios húmedos, venturosos,
hasta que los míos de deseo se secaran.

V
Ninguna recompensa de amor puro
alivió mi plegaria no escuchada;
una mirada fue inflamada llama,
un roce fue la perdición.

VI
No está en mí amar con arte florido,
no he trenzado ninguna corona de poeta;
las lágrimas ahogan mi corazón,
los suspiros abrasan mi almohada.

VII
Ninguna esperanza de regreso
me alivió con prometido gozo;
el amor arrasó a su paso mis reservas,
no dejó a cambio su tesoro.

VIII
La lágrima que oculto cuando cae,
el suspiro que alimento de silencio,
el dolor incontrolado del momento:
eso es lo que el amor me trae.

IX
Impasible emblema de cruel destino,
inocente, puedo, sin embargo, sujetarte;
pedirte sin rubor un beso frío,
y abrazarte loca y tiernamente.

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X
Acepta, pues, este beso arrebatado
que en vano busca ardores en tus labios;
toma, también, este suspiro sofocado
que no pide respuesta de tu parte.

XI
Aplasta, aplasta este atormentado pecho,
que ya a ninguna esperanza se despierta,
y toma (ojalá fuesen postreros)
los latidos de este corazón deshecho.

XII
Antes quiero exhalar estos suspiros
que los votos de un deber ya sancionado;
antes quiero que se pierdan estos besos
que besar la belleza de sus labios.

XIII
Pero, ¡ay, qué amargo pensamiento,
que mi vida así deba ser siempre,
buscar tu sombra, espiar tu paso,
pero nunca tenerte a ti presente!

XIV
Notar cómo mis labios modulan
palabras que nunca han de decir;
sentir que, fijos, mis ojos
mirando se consumen poco a poco.

XV
En días de visión y noches de tormento
tengo un largo y cansado recorrido
con la pasión en mis labios febriles
y la angustia del alma en un momento.

XVI
Pero es consuelo llorar y prometer,
lo que el tiempo jamás puede frustrar,
a ti te doy mi amor entero,
y solo eternamente tuyo será.

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Ippolito leyó estos versos tumbado entre las raíces musgosas de un fresno en un
pequeño valle apartado. Cuando terminó el último, se dio cuenta de que las sombras
del atardecer se habían extendido a su alrededor. Se levantó, montó en su caballo, que
había atado a un árbol cercano, y regresó a la casa de la aldea.
Se demoró por el camino, porque las imágenes tristes se aliaban con la luz del
atardecer para inundarle el alma de voluptuosa melancolía. A un octavo de milla de la
aldea, se adentró por un desfiladero boscoso en el que los árboles espesos
entremezclaban sus ramas en lo alto impidiendo el paso de la luz aun en pleno día, y
ahora hacían más profunda la oscuridad de la noche inminente. Las raíces formaban
un millar de surcos caprichosos en las laderas empinadas y el intrincado sendero de
esta hondonada, mientras que arriba el follaje frondoso apenas permitía que el viento
susurrase en las hojas, ni que los pájaros encontrasen el camino de sus nidos; al
extremo de que las copas formaban una especie de muro verde. Ippolito se detuvo en
la entrada a observar el rico resplandor de la luz de poniente, al otro extremo. Y en
ese instante surgió un rostro junto a él, que le preguntó sentenciario: «¿Qué haces
aquí? Puede que olvides tu destino, pero no va a tardar en cumplirse».
Era la voz y el rostro del desconocido; lo habría podido reconocer en la oscuridad,
en mitad de la noche. No se detuvo a pensar: la misma fuerza de su miedo le dio el
ímpetu del torbellino; y gritándole, ordenándole que volviese o se detuviese, se
internó en el bosque; y mientras pudo imaginar su sombra, o su movimiento, o el
ruido de su marcha, lo siguió con una celeridad que parecía hacer infructuoso
cualquier intento humano de huir. Fue inútil: una hora después estaba a muchas
millas de la hondonada, pero sin haber conseguido divisar siquiera fugazmente al que
perseguía. Sus sentimientos eran demasiado tumultuosos para sopesar los detalles o
analizar sus dudas. En el pensamiento solo tenía una meta: averiguar si este ser
temible era capaz de traspasar cualquier espacio y recorrer cualquier distancia; si él,
Ippolito, había pedido en vano a las montañas que le diesen cobijo y lo ocultasen
donde la rabia celosa de la superstición no pudiera encontrarlo. Se detuvo en un
terreno ascendente a contemplar los últimos vestigios de claridad que se apagaban en
el ancho panorama que tenía delante. A cierta distancia vio lo que parecía un árbol
joven, cuyas ramas agitaba el viento; pero sus ojos, aguzados por el miedo, no
tardaron en descubrir el engaño: era una figura humana, alta, oscura, que caminaba
asombrosamente veloz, y cuyas ropas holgadas y flotantes se agitaban como el follaje
de un árbol. Lo llamó otra vez; otra vez corrió tras él, pero su voz solo obtuvo
respuesta del viento y de las ramas, y su carrera solo le llevó a parajes más agrestes y
apartados.
Toda la noche cabalgó con ansiosa impaciencia; y, hacia el amanecer, su
confianza flaqueó de pronto al descubrir ante sí una población de la que salían
multitud de caminos en distintas direcciones. Nada satisfecho, cedió al cansancio del
noble animal que le llevaba, y entró en la primera posada que le salió al paso; llamó
al camariere, y le preguntó si había pasado por allí alguien con el aspecto del

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desconocido, del que dio detalles que a él mismo le hicieron estremecer. El hombre le
escuchó con una expresión que Ippolito atribuyó a la seriedad de la suya; pero
contestó sin vacilación que no. Lo despidió luego, y, cansado por la carrera de la
noche, se sumió en un sueño inquieto y discontinuo.
Al despertar, descubrió que había dormido más horas de las que debía haberse
permitido. El día estaba avanzado, así que pidió inmediatamente su caballo. No había
pensado ningún plan, pero decidió seguir el camino que atravesaba el campo abierto
y los principales pueblos, y preguntar en todas partes por el desconocido.
Al salir de la posada apareció un criado con su caballo; un gañán estaba recostado
ociosamente en un poste del cobertizo del que acababa de salir. Ippolito observó, en
el momento de saltar sobre la silla, que el criado no dejaba de mirarlo, y le preguntó
el motivo.
—Os parecéis a un caballero que he visto en Nápoles, signor —dijo el hombre.
—¿Y qué pasa con ese caballero? —dijo Ippolito, deteniéndose.
—Nada, signor; pero no me gustaría verlo en esta casa; no creo que volviera yo a
dormir tranquilo después.
—¿Tiene ese caballero el poder de desterrar el sueño de las posadas que visita?
—Dicen que no duerme nunca, signor. Que dedica las noches a otras cosas.
—¿A cuáles? —dijo Ippolito.
—Perdonad, signor, que no hable de él, ni de lo que hace —se santiguó con
muestras de gran temor.
—Pero me gustaría saber algún detalle más —dijo Ippolito, que en seguida
comprendió a quién se refería, y quería saber el alcance del peligro que corría y la
naturaleza de su amenaza—. Me gustaría poder reconocerlo si topase con él por
casualidad.
—Lo reconoceréis fácilmente, signor —dijo el hombre retirándose—; tiene
exactamente vuestra estatura y vuestro aspecto.
Esta comparación le sugirió a Ippolito otra idea; el desconocido y él tenían la
misma estatura; siguió preguntando al criado, y añadió:
—Sería de gran ayuda para mí contar con una descripción de ese individuo. Voy
persiguiendo a uno, y puede que sea el mismo.
—La persona detrás de la que vais —dijo el gañán que no había hablado aún— se
ha ido ya, signor. A estas horas debe de estar en Bellano.
Sorprendido ante esta noticia repentina, y aunque no quería perder más tiempo
preguntando, le pidió que le dijera la dirección y distancia a Bellano. El gañán se lo
dijo. Iba a salir Ippolito al galope, cuando se le ocurrió súbitamente una idea, e hizo
una seña al gañán de que se acercara. Este, con aire renuente, se hizo el desentendido.
Ippolito volvió a indicarle que quería hablar con él; así que el hombre se le acercó
despacio, indeciso.
—¿Quién te ha dado esa información? —dijo Ippolito.
—No lo sé, signor.

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—¡Cómo! ¿No lo sabes? ¿Has hablado con un ser humano, y no sabes quién es?
—No sé si era humano —dijo el hombre.
—¿Qué dices? ¿Con qué clase de hombre has hablado?
—¿Por qué lo preguntáis? A la Virgen le pido que no vuelva a verlo nunca más.
Ni a vos tampoco. Bastante bien lo conocéis, y yo diría que en este momento está a
vuestro lado, aunque no puedan verlo los ojos de un cristiano.
—¿Qué significa esa insolencia? ¿O es delirio tal vez?
—Esclavo —repitió el hombre con enojo—; sois esclavo, y del peor de los amos.
No me cambiaría por vos, aunque sea este cobertizo mi único refugio, así vivierais en
un trono de oro. ¡Pobre, desdichada e ilusa criatura!; gozáis de una grandeza prestada
con rigurosas condiciones, ¡y por un mísero plazo! Incluso ahora veo una pobre
apariencia detrás de esa noble y hermosa cara que mostráis. Me asombra que esos
dorados atavíos no ardan en llamas de azufre mientras hablo con vos. Pero ya he
descargado mi conciencia. No me atrevo a desearos buen viaje; sino que confío en
veros pronto en las mazmorras de la Inquisición. Ese es el mejor deseo que un buen
católico os puede expresar.
Ippolito, abrumado por el tono apasionado con que el hombre manifestaba su
horror y su aversión, y ante la posibilidad de una persecución más grave y general,
dio media vuelta sin decir palabra, y emprendió el camino de Bellano sin más
dilación. Demasiado bien comprendía las alusiones de sospecha del mozo, y la ira
declarada del gañán.
No hay en el mundo un país donde se persiga con más saña ni se abomine con
«un odio más consumado» un caso como el de Ippolito que Italia. Ippolito vio todo el
horror de su destino, y maldijo demasiado tarde su imprudencia visionaria. De nada
servía repetirse que sus intenciones eran inocentes, y que no había cometido ninguna
de las transgresiones a las que pretendían inducirlo. ¿Quién le iba a creer? Haber
indagado en los secretos del otro mundo como una manera de veleidad, ser versado
en ellos sin menoscabo de nuestra salud espiritual, era algo que no resultaba
fácilmente ni probablemente creíble. Pero toda excusa y justificación llegaba tarde.
La sospecha le pisaba los talones. La superstición, vigilante implacable, tenía los ojos
puestos en él para su desgracia; y una vez despertada, su persecución era despiadada,
y su rencor mortal.
Sus pruebas tenebrosas y secretas eran conocidas; pero en vez de inspirar
compasión y granjearse la protección y el amparo, solo despertaban odio y pavor.
Poco consuelo le traía pensar que los comentarios escuchados provenían de gente
rústica de una aldea perdida. La rabia del vulgo es más indiscriminada, menos fácil
de aplacar con argumentos, menos sensible a una exculpación razonada, y más
propensa a desfogarse con violencia sanguinaria que la de los estados superiores.
Además, la noticia que había llegado hasta ellos sin duda se había difundido antes
entre los demás rangos de la sociedad.
Una espantosa sensación de desamparo y proscripción empezaba a ensombrecerle

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el alma. Lo inhóspito del escenario —peñascos y torrentes que contemplaba en un
crepúsculo poblado de nubes— alimentaba el tenebroso tumulto de sus pensamientos.
Según le aumentaba la conciencia del odio de la humanidad, le aumentaba el odio a la
humanidad. Deseó, dada la ocasión de la hora, que algún bandido o habitante de las
montañas le saliese al paso, o surgiese de entre las rocas y saltase sobre él, con su
figura alta y oscura, blandiendo un sable, como los pinos que bajaban sus ramas casi
hasta el arzón de su silla al pasar junto a ellos. Deseó enfrentarse con algún enemigo,
ejecutar alguna violencia, agotar los latidos ansiosos de su furia; aplacar el rencor a la
humanidad que su persecución le había encendido en el alma.
Ansioso de soledad, luchaba con la naturaleza y los elementos; espoleaba al
caballo para que salvara pasos que parecían inaccesibles; se deleitaba saltando
precipicios, vadeando ríos, orillando crestas de roca puntiaguda donde la garza y la
grulla se sobresaltaban ante la aparición del hombre; siguió contra el viento cuando
sopló con fuerza; y mantuvo el paso donde, en espacio de una milla, las olas del lago
mojaban con su espuma las crines del caballo.
Se avecinaba ya la noche cuando divisó Bellano. Unas cuantas cabañas
entremezcladas con construcciones más grandes ahora en ruinas se desplegaban en el
paisaje a cierta distancia. Ippolito se preguntó cuál habría sido la causa de esta
desolación. El suelo era fértil, aunque estaba abandonado; pero los habitantes, como
sus viviendas, mostraban un aspecto de primitivismo y de miserable dejadez como
nunca había visto. Miró a su alrededor buscando en vano una posada, o un lugar
donde descansar esa noche, u obtener al menos información sobre el individuo que
perseguía.
Cada vez que recorría despacio una calle desconocida, imaginaba todas las
miradas puestas en su persona, y que llevaba escritos en la frente su nombre y su
destino. Fuera cual fuese la noticia que hubiese corrido sobre él, se la pasaban con
señas y susurros; se la confiaban tímidamente, y la cuchicheaban hasta que se perdía
en la voz temerosa de los chismosos. Pero ahora sentía que un espíritu general de
inquisición se cerraba a su alrededor; que todos lo seguían recelosos, o huían de él
con espanto.
Cansado, frustrado, y vencido por el desaliento, llegó a las afueras del pueblo.
Estaba oscuro y no se veía a nadie. Arrojó las riendas sobre el cuello del caballo, y
continuó avanzando despacio sin rumbo. Y en ese momento se cruzó con él, visible,
la figura del desconocido. Ippolito se detuvo instantáneamente; y saltando del
caballo, le imploró, con las súplicas más vehementes y solemnes, que volviese, y le
informase con palabras audibles por qué lo perseguía y atormentaba de esa manera.
Ni una palabra respondió el desconocido a sus exhortaciones, ni un paso dio para
acercarse.
Después de seguir un rato su rastro imaginario, llegó a una cuesta empinada, con
un ancho edificio arriba, poco visible en la oscuridad de la noche. Los cuerpos que lo
componían se desplegaban formando una fila de sombras densas, negras, solitarias.

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No se apreciaba ningún signo de que estuviera habitado; no salía humo de la
techumbre; no sonaba ningún ruido junto a sus muros. Ippolito se quedó mirándolo
indeciso, aunque sentía deseos de entrar. Desde luego, era el final del camino que
acababa de recorrer; el mismo que había seguido el desconocido, si es que andaba
como un ser humano.
Vio, a cierta distancia, que se acercaba un campesino. Como él, se detuvo
indeciso ante el edificio. Por su ademán, parecía un hombre sencillo, y quizá
comunicativo. Ippolito juzgó conveniente, antes de preguntarle nada, hacer algún
comentario vago sobre lo desolado del lugar.
—Sí, signor —dijo el campesino—. Han ocurrido cosas aquí. Es como si
estuviese maldito.
—Pero ¿cuál es la causa de la pobreza y la soledad que reina no solo en esas
ruinas, sino también en el pueblo?
—Se sienten infelices y oprimidos, signor. Sobre este lugar pesa una extraña
sospecha. Se cuenta una historia horrible de la que prefiero no hablar; he oído
contarla de muy diferentes maneras; pero desde entonces, la gente se ha ido
marchando, y el pueblo, antes floreciente, se ha quedado abandonado y desierto.
—¿Qué hechos extraños han podido despoblar el lugar, y dejar estas huellas de
ruina detrás? —dijo Ippolito, alegrándose del alivio que suponía esta curiosidad
circunstancial.
—Unos relacionados con el asesinato, o supuesto asesinato, de un hombre al que
habían encomendado una misión de grandísima importancia. Nunca descubrieron al
asesino, ni se llegó a saber cuál fue la causa de ese crimen; y aunque los detalles se
han contado de mil maneras, las personas discretas suelen dar a entender que nada se
sabe de cierto.
—Pero ¿no se tomaron las medidas necesarias para investigar el caso?
—No lo sé, signor. Dicen que en el asunto estaba envuelta una gran familia, rica y
malvada. Disponía de toda la influencia para sofocar cualquier investigación.
Ninguna demanda presentada contra esa casa prosperó. No les falta poder para
emplear los medios legales, ni maldad para emplear los ilegales. Así que cualquiera
que se enfrente a ellos puede acabar con los habitantes de Bellano.
—¿Estuvo el pueblo implicado en ese extraño asunto?
—Fueron castigados como si lo hubiesen estado, signor. Buenas noches, signor.
No me gusta entretenerme aquí a estas horas. Esa es la casa donde se cometió.
Se fue el campesino. Ippolito examinó el edificio. Era un lugar seguro, por lo
desierto que estaba y el temor que inspiraba. En el pueblo, aunque parecía
deshabitado, alguien le podía descubrir; y temía alguna maquinación del
desconocido. Cansado de seguirle, e impaciente por encontrar un poco de descanso,
pensó con placer en tumbarse en algún cuarto, del que la superstición que le acosaba
en todas partes retrocedería estremecida.
Echó otra ojeada al edificio, subió la cuesta, y cruzó el muro que lo cercaba; era

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un recinto amplio y ruinoso. Su negra silueta se recortaba nítidamente sobre el azul
profundo de un cielo otoñal en el que las estrellas, que empezaban a insinuarse
débilmente, bañaban de plata, aquí y allá, una almena o una torrecilla. Encontró
cerradas las puertas principales; y al mirar detenidamente, buscando algún acceso, le
pareció ver asomarse y desaparecer inmediatamente una figura detrás de una esquina.
Corrió hacia allí; pero no había nadie. Sin embargo, al dar la vuelta, le llegó como un
ruido del interior. Prestó atención; todo estaba en silencio. Reanudó la búsqueda, y no
tardó en dar con una poterna que consiguió abrir sin mucho esfuerzo, y que daba a un
pasadizo mal iluminado. Lo condujo a la sala principal, que tenía puertas y corredores
en sus cuatro lados. Todo estaba igual de oscuro y desierto. Parecía que hacía años
que no pisaban allí pies humanos; y sus largas perspectivas orientaban la mirada
hacia oscuras profundidades que el ojo temía penetrar.
Y aún estaba mirando cuando una sombra cruzó por el lado opuesto de la sala.
Pensó que era una de esas manchas de oscuridad que semejan figuras; pero un
instante después oyó un rumor, demasiado claro para atribuirlo a la imaginación, que
se alejaba.
Echó a correr hacia allí, y llegó al pie de una escalera amplia y con los peldaños
rotos que la oscuridad le obligó a subir despacio. Y mientras subía, llamaba insistente
a la persona que creía haber visto, asegurándole que no debía temer ningún daño ni
violencia; que era el mismo viajero solitario que pretendía unírsele para mutua
seguridad en esta mansión deshabitada, y que era por tanto lo más conveniente para él
dejarse ver. Ninguna respuesta obtuvo a estas razones, sino el estampido de un
portazo en una región remota del edificio que se las cortó en seco. Estaba claro, pues,
que en el edificio había gente. Decidió averiguar quiénes eran y qué hacían, con una
audacia hija de la desesperación. Le animó esta especie de desafío que parecía estar a
la altura de sus fuerzas y no amenazaba infectarlo con la culpa ni fulminarlo con la
infamia. No estaba el desconocido aquí para exigirle la energía del héroe y vaticinarle
luego el destino del malvado. Este lance quizá le ayudaría a ejercitar la imaginación o
a fortalecer el valor; pero no afectaría en nada a su tranquilidad, a sus principios ni a
su carácter.
Llegado al final de la escalera, se detuvo unos momentos en una galería a la que
daban varias cámaras. De una de ellas salían resplandores de cuando en cuando.
Entró, y le sorprendió descubrir un fuego de leña que ardía en la chimenea. Las
llamas, que se avivaban y se apagaban de manera intermitente cuando el viento
entraba silbando por la ventana rota, le permitieron observar que era un aposento,
como los demás, espacioso y lúgubre. Ningún mueble, ningún detalle salvo el fuego,
delataba la presencia de seres humanos en el edificio. Sus ojos recorrieron las
paredes, el techo y el piso. No había nada; solo la humedad y la oscuridad propias de
las ruinas. La pieza era fría, así que se acercó al fuego; ganaron fuerza las llamas, y al
aumentar el resplandor descubrió una reja estrecha en la pared que tenía enfrente: los
barrotes negros brillaron con el reflejo del fuego. Y mientras los miraba, un

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semblante humano surgió distintamente al otro lado. Ippolito dio un respingo. Se
acercó a la reja; el rostro había desaparecido. Y entonces brotó del otro lado un grito
lastimero. Ippolito, ahora, en tono vehemente, preguntó quién se ocultaba allí dentro,
amenazando con castigar al que descubriese si no se daba a conocer en el acto y
confesaba por qué motivo se escondía.
Se abrió entonces la reja, y el criado que con su imprudencia le había delatado en
Celano, se arrojó a sus pies.
—¡Oh, signor! —dijo tras una larga e ininteligible exculpación—, ¿por qué me
abandonasteis en Celano?
—Porque me obligaste a hacerlo con tu estupidez, al revelar mi nombre —dijo
Ippolito.
—No fue culpa mía, signor; no fue culpa mía. Yo nunca había viajado con un
hechicero; así que no podía saber nada.
—¿Con un hechicero, idiota? ¡Acabarás por volverme loco!
—¡Ilustre señor, beso vuestros pies, no os enojéis conmigo en este lugar solitario
y horrible! ¡Ay, bastante he sufrido por vos desde que me dejasteis!; esos demonios
de Celano estuvieron a punto de despedazarme; y cuando escapé de ellos, me perdí en
mi intento de regresar a Nápoles; y después de vagar por esta región salvaje, sin
atreverme a preguntar, no fuera que me descubriesen y me mandasen a la Inquisición,
me he metido aquí a pasar la noche en uno de estos aposentos desolados, y dispuesto
a proseguir el viaje mañana, sin pensar que iba a tener la mala pata (la suerte, quiero
decir) de topar con vos otra vez.
—Pero ¿por qué huías de mí en la escalera? —dijo Ippolito—. Me has oído
decirte que no tenías nada que temer.
—Yo no he huido —dijo el hombre—. Yo no estaba en la escalera.
—Pues yo he perseguido a alguien ahora mismo hasta este aposento —dijo
Ippolito.
—¡Por todos los santos del cielo, que yo no he abandonado este aposento desde
que he entrado en el edificio! —dijo el hombre.
—¡Qué extraño! —dijo Ippolito pensativo—. Me persigue un poder que posee
recursos más que humanos… Es inútil resistir; estoy exhausto de tanto esfuerzo. Pero
¿cómo es que te escondes si no huyes de mí?
—La puerta por la que habéis entrado, signor, está debajo de las ventanas de este
aposento, y al veros entrar me he escondido. Pero yo no he abandonado este aposento
desde que habéis entrado por esa puerta de ahí abajo.
—¿Y por qué te has escondido? —dijo Ippolito—. En tu situación, la llegada de
un ser humano habría supuesto la mayor alegría. Me conoces, y sabías que no tenías
nada que temer de mí.
—Os conozco, efectivamente —dijo el criado, con un estremecimiento—; y por
eso me he escondido. ¡Ah, signor, es bien sabido con qué propósitos buscáis estos
lugares solitarios, y con quién soléis reuniros en ellos! Creí que el techo se me venía

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encima al veros entrar —se santiguó con vivas muestras de terror.
—¡Madre de Dios! —exclamó Ippolito con angustia—; ¿es posible esto? ¿Tan
perdido estoy? ¿Mi propia especie tiembla solo con verme? Escúchame bien,
camarada: ¿cómo conociéndome, y habiendo vivido conmigo, y sin faltarte nunca
nada de cuanto se puede esperar de un amo generoso, eres capaz de creer las patrañas
repugnantes que se cuentan de mí? A la Virgen y a todos los santos del cielo pongo
por testigos de que soy tan inocente como tú. No he firmado ningún pacto con el
Enemigo del alma, ni practico la hechicería. Soy un hombre atormentado por los
cuidados; dentro de mí hay un espíritu devorado por la zozobra. Me han expulsado de
mi casa; y en vez de sanarme esta herida con el alivio y el bálsamo de la compasión
humana, me la agravan y enconan con la rabia brutal de la ignorancia hasta hacerme
odiosa la existencia.
Con el calor de esta apelación, Ippolito posó una mano en el hombro del criado, y
este se retrajo. Ippolito lo sintió en todos sus nervios. Y estaba a punto de
reconvenirle cuando sonó a lo lejos un ruido profundo, y empezó a acercarse hacia
donde estaban ellos.
—Lo creo; lo creo todo, signor —dijo impaciente—; pero no habléis ahora. No es
momento ni lugar para estos asuntos.
—Puede que haya aquí alguien más —dijo Ippolito, deteniéndose en mitad de su
amonestación para escuchar.
—Seguro que sí —dijo el criado.
—¿Has oído o visto a alguien desde que has entrado aquí; alguna figura, o algún
ruido como ese?
—Desde luego, signor. Justo antes de entrar vos, la sombra de una figura oscura
ha cruzado la puerta, y diría que después he oído pasos en la escalera; pero en estas
viejas mansiones, el viento produce ruidos extraños que, a menos que los ojos de uno
mismo los confirmen…
Aquí la cara del hombre experimentó una convulsión de terror, y corriendo hacia
Ippolito, se agarró a él con el abrazo del miedo.
—¿Qué has visto —dijo Ippolito sujetándolo—; de qué tienes miedo?
—Una mano me ha hecho señas desde esa reja —murmuró el hombre en voz baja
y ahogada.
—Es este resplandor vacilante que te engaña —dijo Ippolito removiendo las
brasas con la espada, y mirando hacia la reja—; la luz que arroja sobre estas paredes
mohosas.
—No, no, signor; conozco bien este lugar, y su historia. Me maravilla que sus
moradores hayan hecho hasta ahora tan poco caso de nuestra intrusión; pero no
tardarán en ocuparse de nosotros.
—¿Así que sabes que este lugar está habitado? ¿Y por quién? —dijo Ippolito.
—Por el espíritu de un asesino, y el de quienes lo castigaron —dijo el hombre
mirando atemorizado a su alrededor.

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—¿Por qué te interrumpes con tantos aspavientos? —dijo Ippolito—. Explícame
claramente qué has oído sobre este lugar, y por qué motivo lo han abandonado.
—Seguramente lo sabéis vos mejor que yo, signor —dijo el criado.
—¿Cómo voy a saberlo si no hace ni una hora que he entrado?
—Porque tiene que ver con vuestra familia.
—¿Con mi familia? —dijo Ippolito, al tiempo que un recuerdo fluctuaba en su
cerebro; a continuación añadió en tono evasivo—: Hay muchas cosas relacionadas
con mi familia que desconozco.
—¿Queréis saber lo que dicen de esta mansión, signor? —dijo el hombre
siguiendo su discurso.
—Sí, si has recobrado suficiente valor para contarlo —dijo Ippolito brindándole
la posibilidad de excusarse. El hombre prosiguió:
—Hace años, signor, esto era una posada; y como el pueblo era floreciente y
gozaba de buena reputación, supongo que la posada también. Y ocurrió que una
noche estaba llena de parroquianos, y no paraban de comentar que en poco tiempo
saldría a la luz cierto asunto turbio y misterioso que salpicaría a la primera familia de
Nápoles, según decían. No recuerdo si era un monje o un asesino el que lo iba a
destapar; pero fuera quien fuese, las consecuencias que se esperaban serían singulares
y de lo más terribles. Conque estaba todo el mundo comentándolo y dando su opinión
y su parecer, cuando entró un sujeto con una guardia de soldados, que no lo
acompañaba como prisionero, sino para darle protección en el viaje. Habló poco; y
parecía encogido y asustado como el que es portador de un gran secreto.
»En seguida corrió el rumor por toda la posada de que era el emisario encargado
de llevar dicha revelación; y lo acosaron con preguntas y conjeturas para sacarle de
qué se trataba. Pero el hombre se mantuvo tan distante que, uno tras otro, los
parroquianos se fueron batiendo en retirada, y hacia la medianoche dejaron que se
recogiese a descansar. Subió a su aposento, y ya no lo vieron salir, signor; ni
encontraron el menor rastro de él por la mañana. Ni nunca.
»Registraron la casa, prendieron a los parroquianos, y el posadero y su familia
fueron a prisión, de donde no volvieron a salir. Entonces la ira de la ley cayó sobre el
pueblo; los desventurados habitantes fueron enviados unos a galeras y otros a la
Inquisición. Pero no obtuvieron noticia ninguna del emisario; y desde aquella noche,
este lugar ha sido escenario de extrañas apariciones. La casa la fueron abandonando
sus ocupantes uno tras otro; quedó finalmente desierta, y dejaron que se convirtiese
en ruinas, como veis. Su último habitante me dijo que una noche de finales de otoño,
estando sentado puede que en esta misma habitación…
—¡Atención! ¡Atención! —se dijeron a la vez el uno al otro.
Contuvieron el aliento en el silencio profundo que siguió.
—¿Has oído un ruido? —dijo Ippolito con voz contenida.
—Sí, signor; parece, creo…
—Allí hay alguien —dijo Ippolito, echando a correr—. Se ha escabullido por la

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puerta; lo he visto con mis propios ojos. He visto el revuelo de una sombra que se
alejaba por la galería —hizo ademán de salir en su persecución.
—¡Por todos los santos —exclamó el criado sujetándolo—, no iréis a seguirla!
—Aparta, gallina —dijo, cogiendo del fuego una rama encendida para
alumbrarse.
—Si me quedo aquí solo me muero —dijo el criado.
—Entonces sígueme —dijo Ippolito, que había llegado ya a la escalera. Miró
alrededor. Todo estaba oscuro y callado. La luz inquieta y llameante de la tea
temblaba y arrojaba extraños parpadeos sobre las paredes. Miró hacia la galería, y le
pareció que las sombras del fondo adquirían consistencia, y adoptaban algo así como
la silueta de una figura humana. Alzó la luz Ippolito, y la vio desvanecerse con
visible movimiento; así que echó a correr hacia allí. La galería terminaba al pie de
una estrecha escalera de caracol. Mientras subía, oyó arriba, claramente, el eco de
otros pasos. Y una especie de aleteo, un roce de ropas en la rota balaustrada casi le
apagó la tea.
Animado, subió deprisa y llegó arriba en un instante. Vio a cierta distancia una
figura perfectamente discernible, aunque oscura; hizo un gesto vago hacia él, y
desapareció a la izquierda sin ningún ruido.
En ese momento se agitó la llama de la tea, y se apagó. Ippolito se quedó
indeciso. Oyó que subían pasos: era el criado que, juntando dos ascuas, avanzaba con
una luz más fuerte.
—Ven deprisa —dijo Ippolito—; ha desaparecido por ahí; a la izquierda.
El criado se acercó, asustado y de mala gana, pero con más miedo a quedarse solo
que a la aparición que perseguían; entraron en una estancia, la única que había a la
izquierda. La figura que Ippolito había visto parecía haberse filtrado a través de la
pared. Ippolito inspeccionó el enmaderado y las ventanas; estas dominaban una vista
tan amplia que comprendió que la habitación se hallaba situada en una de las
torrecillas del edificio. Todo era silencio y desolación.
—¿Por qué medio misterioso —dijo Ippolito— esa forma camina en el espacio
sin someterse a sus leyes?
Un ruido como la caída de algo muy pesado, ruido que retumbó en las paredes y
se perdió en las profundidades inferiores, le sacó de su ensimismamiento. La
conmoción fue tan violenta que hizo que se abriera una puerta baja en el enmaderado
que hasta este momento no había notado.
Ippolito se acercó. Dentro había un aposento cuya oscuridad disipó
momentáneamente una luz pálida y azulenca que desapareció en seguida.
Ippolito le cogió la tea a su sirviente; este, con la desesperación del terror pintada
en la cara, entró también.
—Este —dijo, agitando la llama por encima de su cabeza, lo que abrió una
cavidad extraña en la densa negrura— debe de ser el sitio donde se realizan
actividades prodigiosas. Reina una sombra espesa, una atmósfera tenebrosa y

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horrenda… Aquí me detengo; aquí descansa esa sombra huidiza que he visto… y
aquí volverá, si es que vuelve a aparecer.
—¿Qué es ese bulto negro del rincón? —dijo el criado, que había entrado
cautamente detrás de él.
Ippolito se acercó a donde señalaba, y descubrió los restos de un antiguo lecho.
—Deprisa, signor, salgamos de aquí; la tea se está apagando —dijo el criado.
—Baja y enciéndela otra vez; yo no salgo de este lugar en toda la noche —
contestó Ippolito.
—¿Bajar yo solo? ¡Virgen santa, no! No bajaría aunque me lo pidiese el Papa en
persona —dijo el hombre.
—¿No has subido solo?
—Sí; pero, signor, venía a reunirme con vos; oía vuestros pasos, y pensaba en vos
todo el tiempo. ¡Pero ir a un aposento vacío, saber que cada paso que doy me aleja de
vos, para al final meterme en la mismísima madriguera y refugio de quién sabe qué!
No, signor; aunque me diesen por esa hazaña un capelo de cardenal.
—Entonces estaremos aquí a oscuras hasta que amanezca. No dejo este lugar por
nada del mundo.
—Entonces, signor, me envolveré en mi capa y me tumbaré a vuestros pies. Y por
lo que más queráis, no habléis hasta que podáis anunciarme que está amaneciendo, y
que no habéis visto nada en toda la noche.
—Accedo a lo primero. Lo otro, sin duda no depende de mí.
El criado se tumbó a los pies de Ippolito; y este, contento de tener ocasión de
meditar en silencio, se apoyó en la pared, con la mirada puesta en las llamas agónicas
de la tea que había dejado en el fogón de la chimenea; su resplandor danzaba en el
techo, transformando los caracteres de la humedad y la ruina en trazos de una
escritura mágica; luego, reducido a un punto, apenas reveló las piedras toscas y
ennegrecidas sobre las que se consumía. Con esta luz cambiante, Ippolito creyó ver
una silueta en el fondo de la cámara; muy poco después se apagó también este
resplandor, dejando mil formas imaginadas en la oscuridad.
En ese momento, el criado, medio incorporándose, susurró;
—Signor, oigo la respiración de alguien cerca de mí.
—Es la mía —dijo Ippolito.
—No, signor, no; es el aliento de alguien que respira con dificultad; como si
tratase de contener el aliento. Aquí, aquí: acaba de pasar por aquí. ¡Por todos los
santos, qué cerca! Signor, como estoy vivo, que he notado un roce de ropas que ha
pasado por mi lado en este mismo instante.
—Chist —dijo Ippolito—; no me dejas oír nada —callaron un rato; no se oía
ningún ruido.
—Estoy casi asfixiado de tanto aguantar la respiración —dijo el hombre.
—Puedes respirar tranquilo —dijo Ippolito—. No parece que nadie quiera
molestarnos. Si lo hacen, frente a asaltantes ultramundanos tengo mi inocencia, y

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frente a los que son materiales tengo una espada.
Esta última frase la dijo en voz alta; porque todo lo que había visto eran cosas que
podían proceder de la industria humana; y se resistía a dar una explicación
sobrenatural a cada accidente de la vida ordinaria. Poco rato después, el sirviente
había olvidado sus miedos y se había dormido. Ippolito, agotado por el cansancio, se
quedó traspuesto, recostado en el enmaderado. Las visiones de su sueño fueron
insensatas y agitadas como el ánimo del que procedían.
Soñó que estaba arrodillado ante el altar de una iglesia, iluminado para una misa
de medianoche. No había nadie a su lado ni cerca de él que asistiese o que oficiase.
Al cabo, surgió una figura de un rincón del altar y se le acercó; en ese mismo instante
se dio cuenta de que su padre y su hermano estaban arrodillados a su lado. Una
profunda calma le invadió mientras miraba alrededor; experimentó esa sensación que
es habitual cuando uno duerme: la conciencia de un misterio que somos incapaces de
penetrar, pero cuya manifestación esperamos en silencio. La figura distribuyó el pan
consagrado. Su padre, en el instante de tomarlo, exclamó con voz horrorizada: «¡Es
veneno!», se desplomó y expiró. Entonces la figura se despojó de sus hábitos
monacales y se reveló como un desconocido ataviado con una vestimenta lujosa y
marcial.
Observó con horrible alborozo las contorsiones del que agonizaba, y se inclinó
sobre él para escuchar sus gemidos; y cada vez que el moribundo apartaba de él sus
ojos desorbitados, se situaba de manera que la víctima lo viese, al tiempo que le
gritaba: «¡Mírame!» De repente, la escena y las circunstancias cambiaron: se
encontraba en un corredor abovedado, iluminado por unas cuantas lámparas
sepulcrales; junto a él estaba Annibal. Y el desconocido, con una antorcha en la mano
y vestido de luto, avanzó hasta ellos.
Al recobrar Ippolito poco a poco su capacidad de observación, se dio cuenta de
que estaba en un lugar del castillo de Muralto por el que recordaba haber pasado
antes. El desconocido le indicó con una seña que lo siguiese, y entró por una puerta
encima de la cual colgaba el signo de la muerte; recordaba bien este aposento: era la
última cámara, y comunicaba con la torre que llevaba tanto tiempo cerrada. En el
centro de la estancia había un féretro cubierto con un crespón negro; el desconocido
retiró el paño, y señaló a Ippolito y Annibal el cadáver del padre. Ippolito, que en el
sueño conservaba su natural impetuosidad, le arrebató la antorcha al desconocido y la
acercó al semblante del muerto; inmóvil, parecía sumido en una especie de sueño
visionario. Y mientras lo miraba, los labios del cadáver empezaron a moverse, y
finalmente pronunciaron unas palabras de enorme trascendencia, que Ippolito intentó
en vano recordar cuando despertó. Aún seguía mirándolo, cuando el muerto extendió
una mano hacia él, y la otra hacia Annibal, agarró a los dos, los atrajo bajo el paño
mortuorio, y los envolvió una completa oscuridad. Ippolito, sobresaltado, se despertó.
Miró a su alrededor para disipar las imágenes que aún flotaban ante sus ojos. En
una parte del piso que la llama alcanzaba a iluminar distinguió una mancha que antes

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le había pasado inadvertida, y cuya negrura parecía penetrar el suelo. Se acercó, y vio
que se trataba de un vacío que no sabía hasta dónde llegaba. Lo sondeó con la espada,
y encontró que había escalones; los tanteó, pero continuaban más abajo de lo que él
alcanzaba. Se quedó dudando unos momentos, pero en seguida resolvió bajar y
explorarlo.
En todos los incidentes que le habían acontecido parecía haber algo destinado a
tentarle y confundirle, a excitar tanto su valor como su imaginación; eran incidentes,
además, que el poder y el ingenio humanos eran capaces de causar fácilmente, y que
la firmeza de un hombre podía desbaratar. La sospecha de impostura pesaba en su
espíritu cultivado más incluso que su apetencia de lo maravilloso. Y de esto último
poseía una dosis soterrada que espoleaba su resolución.
Su criado dormía aún, pero no quiso despertarlo, ya que se pondría a vociferar
tanto si decidía bajar con él como si se quedaba a esperarlo; probablemente no se
despertaría hasta el amanecer. Entonces, que se fuese en paz si quería. Conque se
encomendó a todos los santos, y empezó a bajar. Era una escalera de caracol, aunque
irregular. No tardó en dejar atrás la débil claridad de la luna, y durante unos
momentos descendió completamente a oscuras. Se detuvo; porque continuar de este
modo era ir al encuentro de peligros superfluos, cuando un súbito resplandor,
procedente de abajo, hizo brillar las paredes húmedas y negras, y le permitió observar
la tosca escalera, que giraba y giraba hasta unas profundidades de vértigo. La palidez
y fluctuante lejanía de la luz sugerían una gran distancia; y a medida que bajaba,
animado e impaciente por este dudoso anuncio, los destellos le hicieron comprender
que dicha luz estaba inmóvil, y que se acercaba a ella. Siguió bajando; la luz iba en
aumento; parecía provenir de una lámpara que luchaba con la oscuridad. Unos
momentos después la vio centellear claramente; emitía un resplandor crudo hacia la
oscuridad de arriba. Unos peldaños más abajo llegó a un piso llano; se internó por un
pasadizo abovedado, bajo y negro, de frías y antiguas humedades; en la entrada ardía
débilmente un farol. Lo desenganchó trabajosamente de la pared (era de hierro, un
trasto viejo y tosco), y continuó despacio, con la espada extendida ante sí. Ningún
objeto cercano ni remoto se distinguía en las tinieblas que tenía delante; el aire
parecía casi materialmente espeso y negro. Un halo tenue y azulenco envolvía la
llama, que temblaba casi hasta extinguirse, aunque Ippolito avanzaba con la mayor
cautela por temor, si se apagaba, a quedarse vagando para siempre en esta oscuridad,
o a que su movimiento prendiese los vapores encerrados y peligrosos, cuya explosión
sería fatal. Y mientras marchaba así, le llegó un rumor que le hizo detenerse. Había
sido un gemido humano. Prestó atención, y se repitió. Procedía de una agonía del
espíritu más que del cuerpo; y parecía llegarle de una distancia enorme. Ippolito gritó
unas palabras de ánimo; y cesaron los gemidos. En el momento de dirigirse hacia allí,
su pie tropezó con algo. Se inclinó a recogerlo: era un rosario con un crucifijo de
madera; estaba podrido por la humedad, pero aún era distinguible.
Mientras lo examinaba con la disposición de ánimo del que quiere encontrar

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pruebas en hechos casuales, otra luz parpadeó como una estrella en el pasadizo que
tenía delante, y una figura mal definida surgió y desapareció con la fugacidad de una
sombra. Ippolito, con gritos alternos de amenaza y de súplica, le rogó que se
detuviese o se acercase. La figura vaciló un momento en el límite de la oscuridad,
como dudando si obedecer o no; pero al correr él para seguir porfiando, desapareció.
Su movimiento fue tan evidentemente humano que Ippolito confió en darle alcance,
hasta que tropezó con algo que había en el suelo. Impaciente, trató de apartarlo con la
mano: era un lío de ropas oscuras y revueltas imposible de identificar. Y al barrerlas,
resonó en todo el sótano el golpe hueco de un hueso humano.
Paralizado, bajó el farol, y trató de averiguar si estaba ante algún vestigio
horrendo que debía sortear. Con un estremecimiento, descubrió los restos de un
esqueleto humano esparcido a cierta distancia; la calavera había salido rodando de las
ropas que acababan de enredársele en un pie. Miró alrededor, impaciente por alejarse
de allí, cuando la llama del farol chisporroteó, luego disminuyó, y tembló como si
fuera a apagarse.
Por un momento creyó que estos parpadeos de la luz se debían al influjo de lo que
tenía a los pies; pero al mirar hacia arriba, descubrió una abertura en la bóveda, a una
altura que no podía determinar a simple vista, y por la cual entraba la corriente de aire
que había estado a punto de apagar la luz. Relacionando esta abertura con la escena
que tenía delante, en seguida adivinó que la infortunada persona se había precipitado
por dicho hueco y su cuerpo se había esparcido al estrellarse contra el suelo, dado que
los huesos se hallaban diseminados.
Ippolito desechó de momento la idea de continuar la persecución. Entretanto,
mientras apartaba los ojos con fascinada lentitud de los restos que tenía delante, la
otra luz pareció que se acercaba desde cierta distancia. A través de los densos vapores
del sótano, Ippolito no conseguía distinguir si lo que la sostenía en alto era una mano
visible. Pero cuando estuvo a unos pasos, ¡descubrió que era el desconocido quien la
llevaba! Aún no había logrado recobrarse cuando lo tuvo ante él. Los dos se miraron
sin decir palabra, mientras la luz del uno revelaba el rostro del otro, con la palidez y
la inmovilidad de los muertos. Por fin, dijo el desconocido:
—¿Por qué estáis aquí?
—¿Que por qué estoy aquí? —repitió Ippolito—. ¿Es esa una pregunta? ¿Qué
otro refugio me queda? ¿Adónde puedo huir que no me persigan o corra peligro? He
sido expulsado de la vida, de la sociedad, de las metas y ocupaciones propias de mis
años, de mi espíritu y de mi fortuna. He sido desterrado de la presencia y la simpatía
de mi especie; no oigo a mi alrededor otra cosa que siseos, recelos o murmullos de
odio. Me habéis escrito en la frente caracteres de horror que mis propios sirvientes
pueden leer y rehuir. Me habéis envuelto en un halo ponzoñoso que marchita y seca
los sentimientos de todo ser humano que se acerca a mí, me habéis arrancado de mi
tierra y mi casa con el torbellino de vuestra carrera pestilente, y me habéis arrojado a
un precipicio desierto donde me encuentro presa de todas las tormentas, y temblando

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ante mi propia desolación. Todo eso habéis hecho conmigo, ¿y osáis preguntarme por
qué os sigo hasta aquí? ¿Por qué os persigo hasta el borde mismo del ser para
preguntaros por mí?
—Hacéis bien en refugiaros en estos parajes —dijo el desconocido—; así son los
lugares a los que va a conduciros vuestro destino; bien está, entonces, que os
acostumbréis a ellos. Estáis en una morada apropiada para vos: bienvenido seáis, hijo
de la desesperación. ¿Veis estos muros? Pronto se cerrarán sobre vos. En breve seréis
eso mismo que yace a vuestros pies.
—¡Terminad con esa horrible palabrería —gritó Ippolito—; no volveréis a
embaucarme! Me he doblegado hasta el último grado del sufrimiento y la sumisión.
Mis esfuerzos de ahora no son de desesperación, sino de resistencia. He huido, no
para evitaros sino para perseguiros. Misterioso e inescrutable torturador, demasiado
tiempo me habéis tenido como vasallo. Vuestro poder era ilusorio e imaginario; lo
tomasteis prestado de mi debilidad; mi locura visionaria os adornó con los atributos
de un terror imaginado, pero voy a despojaros de ellos, y a burlarme de vos por su
irrisión. Ha llegado el momento de mi triunfo. En un instante cambiaremos los
papeles que mi abyecta insensatez nos había asignado; ahora seréis vos quien huya y
yo el que persiga. Sí; os acosaré como me habéis acosado a mí. Os desenmascararé
ante la gente, os denunciaré ante los hombres; vuestros movimientos tenebrosos,
vuestra misteriosa dignidad, serán el cotilleo de las comadres. El conoceros disipará
ese horror que inspiráis, y el menosprecio acabará con vuestro engaño y vuestra
impostura. Os acosaré con un ejército de maldiciones y de burlas, con el horror de los
virtuosos, el odio de los villanos, la furia celosa de la superstición y la ira terrible de
la justicia. Sabréis lo que es empujar un alma a la desesperación. Os acosaré y
perseguiré de un lugar a otro, os haré vagar por toda la faz de la tierra; en ningún
lugar encontraréis descanso; en ninguna cavidad estaréis a salvo. Los poderes
humanos os empujarán hasta los confines de este mundo, y la venganza de la religión
os perseguirá hasta los del otro. ¡Ah, qué idiota he sido! ¡Sí! Es un pensamiento
espléndido sentirme vengado de vos; arrancaros de la mano vuestro cetro de hierro,
vuestro látigo de escorpiones, y esgrimirlos contra vos; liberarme, librar al mundo,
servir al cielo. Siento respirar un elemento nuevo. El suelo que piso se me ha vuelto
firme desde que he concebido esta idea. La misma actividad del movimiento, la
energía de perseguir, será un beneficio para mi naturaleza y un bálsamo para mi
espíritu.
El desconocido escuchó sin resentimiento, y guardó un largo silencio antes de
contestar:
—¡Joven desdichado! Estáis aherrojado con una cadena tan dura como el
diamante. Podéis correr a donde queráis; ¿de qué os valdrá? Yo la sigo sujetando con
mi mano; tengo medida su longitud, y contados sus eslabones. Si fuerais capaz de
razonar, habríais comprendido que esa inquietud de espíritu, ese apetito de lucha
vehemente y de impaciente persecución no son sino la comezón opresiva de un

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destino aún no cumplido. Sentís que tenéis por delante una empresa, e imagináis que
inventándoos otra destruiréis el recuerdo y la responsabilidad de la primera. Os vais
acercando a un precipicio con callada pero gradual celeridad; e imagináis que
pequeñas desviaciones y momentáneos cambios de sentido modificarán la trayectoria
o impedirán la caída. ¿No notáis cómo disminuye vuestra resistencia? ¿No os habéis
dado cuenta de que son más cortas vuestras excursiones, y más perceptible vuestro
avance? Recordad cuando hablar de este asunto solamente servía para desataros una
tormenta de furia y de maldición. Ahora podéis hablar claramente de esta enormidad;
el paso siguiente será considerar que la enormidad ha cambiado y se ha atenuado, y
después dejaréis de contemplarla con horror. Recordad que antes, cuando teñía
vuestros sueños, os despertabais con la fuerza horrible del envanecimiento, y acudíais
esa noche a todos los expedientes del miedo pueril para no seguir durmiendo. Hoy
habéis soñado con lo mismo; sin embargo, ninguna conciencia vigil de horror ha
interrumpido vuestros sueños; ningún sudor frío ha cubierto vuestra frente; los
dientes no os han rechinado, las piernas no os han temblado; vuestro despertar ha sido
efecto del accidente, de un extraordinario accidente. Recordad (y reconoced el poder
que lee en vuestro corazón) que vuestro propósito de perseguirme deriva del deseo
irresistible de descubrir el motivo que me mueve a sugeriros tal acción; los medios a
los que habrá que recurrir para llevarla a cabo; y más aún, de conocer su misma
ejecución y sus pormenores, por horribles que sean. Ese es el propósito con que me
perseguís; ¡qué absurdo es reprobar la contemplación de lo que arde dentro de vos y
vuestra alma ansia apagar con el conocimiento! No tardamos en acostumbrarnos a lo
que deseamos ver por curiosidad o por temor; y no tarda en dejar de repugnarnos
aquello a lo que nos acostumbramos. Así os engañáis a vos mismo con los mismos
medios que empleáis para evitar el engaño. Vuestra huida del mal es circular, y os
conduce al punto de partida. El impulso en cuya creciente de orgullo navegáis tan
triunfal ha empezado a menguar, y os hará retroceder a una profundidad y una
distancia más grande incluso que aquella de la que habéis salido.
—¡Madre de Dios —exclamó Ippolito—, estoy perdido! —se tambaleó, y aspiró
con dificultad—. Las fuerzas humanas no pueden contender con este enemigo. Sois
algo a lo que el pensamiento es incapaz de llegar. Sumáis el saber de la tentación
humana a las fuerzas oscuras del demonio. Soy débil y no puedo luchar; estoy
cansado, y perplejo, y me fallan las fuerzas. Aunque tuviese el poder de un ángel en
mi brazo y mi cerebro, ¿de qué me valdría? Me encuentro desnudo e impotente como
un niño ante él. Pienso, y él responde a mi pensamiento. Delibero, y se anticipa a mis
conclusiones. Me muevo, y mide y calcula mis movimientos. Huyo, y me adelanta y
detiene mi huida. La noche no puede velarme, ni las entrañas de la tierra ocultarme.
Miro arriba, y veo encima de mí la sombra de su mano. Miro abajo, y me descubro
arrojado a sus pies.
Se quedó meditando, y murmuró, estupefacto de horror, para sus adentros: «Si el
golpe tremendo que me empujan a dar me librase de esto, si al asestarlo concluyera

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con él este asedio terrible que sufre mi alma, ¿no sería bienvenido?»
Una sonrisa enigmática asomó al rostro del desconocido mientras sonaban las
últimas palabras. Ippolito volvió a estallar en un arrebato de furia al darse cuenta.
—¡Demonio, veo vuestro triunfo! Creéis que negocio con la culpa; creéis ver la
balanza sostenida con mano temblorosa; esperáis que la desesperación consiga que la
naturaleza la suelte, y que clave su bandera negra en el centro mismo de su obra. No;
vuestra sabiduría infernal os engaña. Sois versado en los misterios de la iniquidad;
pero vuestros conocimientos se vuelven estupidez cuando deben tratar con el corazón
humano. Podríais predecir los forcejeos de un alma con principios elevados hostigada
hasta el frenesí, tanto como las sacudidas de un terremoto. Me siento acorralado. El
enemigo ha adquirido un poder sobre mí como rara vez le ha sido concedido a nadie.
Y eso es algo que no se me va del pensamiento. Mis fuerzas están a meced de mil
impulsos que las inclinan al mal. Pero, por ahora, siento que mi actual aversión no ha
menguado. Ese es mi convencimiento. Y si pienso en esa acción con más asiduidad y
paciencia, no es porque me haya reconciliado con ella, sino porque… No importa;
prefiero no indagar en la causa. Estoy seguro de que encontraré apoyo. En eso confío;
aunque estoy solo y a oscuras. El mal se condensa a mi alrededor como la noche;
como una noche que no rasga un solo rayo de luz. De buen grado apelaría a la
naturaleza y a mis semejantes. Les pediría consuelo; me cogería de sus manos para
que me ayudasen. Pero me rechazan y me aborrecen. Es uno de los ardides más
sutiles del demonio; es el último grado de su tenebroso poder. Aun así, no me ha
doblegado. Sigo en pie, aunque tiemblo terriblemente. Pero ¿cuándo podré
maldecirlo, y obligarlo a que se vaya?
—No hace falta. Me voy; pero ¿de qué os valdrá? El poder que os amedrenta, y al
que suplicáis, está en vuestro interior, donde su influjo gradual os llevará a ejecutar la
empresa por cuya sola mención me maldecís y proscribís. Pongo por testigos a la
noche y a este subterráneo, que han presenciado hechos inconfesables; pongo por
testigos a estos huesos disgregados y a esta daga todavía manchada con la sangre que
los animaba, de que antes que pasen tres meses ejecutaréis la acción cuyos horrores
visionarios os fueron revelados en la cámara de nuestras confidencias. Aquí termina
mi misión, y cesa mi cometido. La próxima vez que me veáis será bajo otra
personalidad; no para predecir vuestro destino, sino para dar fe de él.
Y tras estas palabras, dichas con solemne tristeza y humano sentimiento, se retiró
despacio. El desventurado joven se sintió lacerado hasta la locura. Durante un
momento todo fue niebla y tiniebla a su alrededor. Cuando alzó los ojos, el
desconocido era una mancha borrosa a lo lejos. Con un grito de desesperación,
Ippolito corrió tras él. Un momento después había llegado al final del sótano. De aquí
salían varios corredores que se perdían en la oscuridad. En ninguno logró ver ni oír al
desconocido. La luz que llevaba había desaparecido. Era imposible que hubiera
podido recorrer tanta distancia en unos segundos; pero hacía tiempo que Ippolito
había dejado de juzgarlo con la medida del hombre; escogió el corredor que tenía

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enfrente, y siguió por él a ciegas. Nada había visible, aparte de los arcos vetustos y
severos de la bóveda; ningún ruido sonaba tampoco, salvo el eco de sus pasos,
apagados por el denso y húmedo ambiente.
Caminaba tan deprisa que no se daba cuenta del trecho que iba dejando atrás,
hasta que el cansancio le obligó a detenerse; entonces se percató, por primera vez, de
que estos corredores parecían no tener fin. Estaba demasiado trastornado para admitir
ningún detalle que se opusiera a la persecución. Era como el que despierta de una
pesadilla y cree que aún está en comunicación con el fruto de la fantasía, puebla la
oscuridad y el vacío de criaturas quiméricas y, apenas vuelto a la realidad, descubre
que todo se halla desierto y en silencio. Esa quietud profunda, esa oscuridad
interminable, fue lo que primero detuvo a Ippolito. El desconocido, su apariencia, sus
palabras, le parecieron una visión, una imagen espectral que flotaba en los vapores
del subterráneo. Que hubiese desaparecido tan súbita y enteramente estaba en
contradicción con su presencia material; e Ippolito, casi desconfiando de sus sentidos,
miró despacio a su alrededor, en busca de algún medio de salir del laberinto.
Con esta nueva preocupación, la oscuridad y las dimensiones del subterráneo se le
volvieron insoportables. Le habría alegrado descubrir alguna variación en su
recorrido; le habría gustado notar las paredes más toscas o desmoronadas, o el suelo
más irregular.
Por fin, comenzó a notar diferencias. Enormes y toscas piedras sobresalían de las
paredes y el techo, como a punto de aplastar al que pasaba. Junto a algunas de ellas
observó Ippolito que crecían yerbajos oscuros y raquíticos. Una de las veces le
pareció ver oscilar un reflejo pálido en el aire, como si una luz descendiese del
mundo exterior, encima de él. La marcha se le estaba haciendo interminable.
Empezó a andar deprisa, sin permitir que la hora ni el sitio le hiciesen titubear ni
le infundieran desánimo. Yendo con la ligereza del que se acerca a su meta definitiva,
con los ojos inútilmente fijos en la oscuridad de delante para descubrirla, a veces
sentía deseos de retroceder y se detenía; hasta que la maraña de corredores le
confundían el cerebro al tratar de distinguirlos. Así avanzaba, temiendo mirar atrás,
sin esperanza apenas, y mirando hacia delante. En ese estado de ánimo se encontraba
cuando de pronto le cortó el paso un muro que parecía ser el final. No se veía ventana
ni puerta en él. Lo examinó con el farol; y por último descubrió una reja que,
completamente herrumbrosa, abarcaba una extensión considerable de pared, y corría
cerca del suelo. Por su forma y dirección, Ippolito supuso que había sido parte de una
puerta del muro, ahora condenada.
Aquí tenía algo así como un medio de escapar, aunque en otras circunstancias
habría parecido un impedimento; pero Ippolito, con su natural impetuosidad, creía
que nada resistiría a su fuerza, estimulada por el peligro, y se sentía ya liberado de
esta mazmorra de hambre y de tinieblas. Al dejar el farol en el suelo para examinar
los barrotes, observó a través de ellos una luz tan débil y remota que casi parecía una
estrella. La observó con detenimiento, observó que se volvía más definida y,

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finalmente, que se movía, aunque era imposible distinguir si la llevaba alguien, ni en
qué lugar estaba. Dado que difundía un resplandor brumoso en el aire denso, pudo
distinguir, al cabo de un momento, muy lejos, una escalera que giraba y se perdía de
vista, y de la que aparecían tramos parciales a través de vacíos abiertos, débilmente
alumbrados por la luz que se desplazaba; a continuación la luz empezó a bajar la
escalera, y entonces se dio cuenta Ippolito de que la llevaba una figura alta, y que esta
precedía a otra más oscura que cargaba en sus brazos algo envuelto en un paño
blanco. Bajaban desde una altura inmensa, en el extremo de una galería, en la que la
antorcha, al acercarse, extendía su resplandor pasajero sin iluminarla del todo. Según
variaban las sombras con el movimiento de la antorcha, Ippolito creyó descubrir lo
que parecían sepulturas y elementos funerarios; pero la luz era demasiado débil y
reducida para destacarlos. En el otro extremo, las dos figuras habían terminado de
bajar y estaban en la cripta. La que iba cargada apoyó el bulto en el suelo para
acomodárselo, y al acercar la otra antorcha para ayudar, ¡la luz le alumbró el rostro, y
reveló al desconocido! El otro vestía un hábito de monje.
Volvió a cargar con el bulto; e iba a continuar, cuando el desconocido sacó una
daga, le puso la punta al monje en la cintura, señaló con gesto significativo el bulto
blanco y, dándole la antorcha que llevaba, regresó a la escalera, donde Ippolito pudo
verlo subir en los giros, y a veces asomarse como para observar qué hada el de abajo.
Ippolito se preguntó, lleno de nuevo asombro, por qué medios este misterioso ser
estaba presente en todos los escenarios de horror, y tomaba parte en todos los planes
siniestros (porque eso era lo que parecía el de ahora); se desplazaba de un lugar a otro
como el mismo genio del mal, con una instigación tenebrosa para cada alma, y una
daga para cada corazón.
El monje siguió avanzando con paso lento, hasta que llegó casi al pie de la reja
donde estaba Ippolito. Su rostro tenía la palidez de la culpa y del miedo. Bajó la
antorcha para alumbrar los obstáculos del pavimento, e Ippolito lo descubrió
sembrado de sepulcros y lápidas. Se detuvo en un sitio recién removido, del que
habían levantado una losa; dejó la antorcha encendida a un lado, se sentó, y quitó al
bulto el paño que lo cubría. Entonces vio Ippolito que era una mujer, envuelta en un
sudario, con los miembros exánimes y la cara blanca como un cadáver. El monje
escrutó a su alrededor, aunque todo estaba en silencio; seguidamente desenvainó la
daga, y miró a la mujer con ferocidad.
Ippolito ya no tuvo duda de que la mujer aún estaba con vida, aunque parecía
destinada a dejar de estarlo pronto. El monje levantó su mano temblorosa, medio
apartando los ojos, decidido a descargar el golpe. Ippolito, en una agonía de furia y
horror, sacudió los barrotes que los separaban, y profirió un grito tan terrible que el
asesino soltó la daga y se quedó paralizado, sin atreverse a buscar con los ojos la
dirección de la que había surgido la voz.
Ippolito sacudía los barrotes frenéticamente; se fueron aflojando uno tras otro
debido a la herrumbre y, sometidos a esa fuerza sobrehumana, acabaron soltándose.

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Las piedras en las que estaban fijados se desprendieron también, lo que dejó un
boquete por el que Ippolito pudo deslizarse. Y bajando por una pendiente sin
distinguir nada, fue a parar al cementerio. El monje, fuera por confusión, por temor, o
porque decidió cumplir su propósito antes de que Ippolito se lo impidiese, descargó a
la mujer una cuchillada, aunque con mano tan insegura que apenas le arañó la piel; y
acto seguido huyó, llevándose la antorcha; se le apagó con la precipitación, y subió
veloz la escalera con sus negras vestiduras revoloteando en los tramos abiertos.
Ippolito cogió en brazos a la dama, y notó que respiraba. Los sentimientos que su
belleza podía haber despertado los anuló su desvalimiento y su peligro, e Ippolito se
inclinó sobre ella con solicitud fraternal. Salir del cementerio era lo primero para su
seguridad; pero antes debía reanimar a la dama, y obtener de ella alguna información
sobre el lugar; porque no sabía dónde estaba, ni adónde conducía la escalera. Pero
todos sus intentos fueron inútiles. «Este sueño no es natural —se dijo—; sin duda han
empleado un medio maligno para reducirla a este estado». Miró a su alrededor con
consternación; la escalera del fondo de la cripta parecía ser la única salida; lo demás
se hallaba sumido en total oscuridad. El farol que había dejado arriba, en el lugar del
que había bajado, arrojaba una luz desmayada que a cada instante amenazaba con
apagarse. No había tiempo para pensar. Levantó en brazos a la dama y, siguiendo la
dirección que el monje había tomado, empezó a subir. Miró en vano en busca de
ayuda; la escalera tenía partes rotas y era irregular; y de no haber sido por la luz
mortecina que aún emitía el farol desde el otro extremo, habría subido totalmente a
ciegas.
Ippolito ignoraba dónde terminaba; quizá en el centro mismo del peligro; pero no
había ninguna referencia que le orientase, ni veía ninguna otra salida de la cripta.
Mientras subía, preocupado por su propia seguridad, oyó claramente los pasos del
asesino, que huía delante de él; a veces se perdían en el eco de unas puertas al
cerrarse, o en las ráfagas de viento que irrumpían al abrirlas. La luz que aún ardía en
la cripta estaba ahora demasiado lejos para serle de ninguna ayuda; la veía parpadear
al otro extremo cuando pasaba por los espacios vacíos; pero encima de él, de una
abertura, salía una luz casi igual de débil. Le quedaban por subir unos escalones;
reunió sus escasas fuerzas, y con un impulso vigoroso llegó arriba del todo.
Se detuvo a tomar aliento, y miró hacia arriba; la luz salía de una trampa que
había en el techo, y que el monje, en su huida, había dejado sin cerrar. Un jirón de su
hábito que se le había enganchado con la precipitación le sirvió a Ippolito para
ayudarse a subir hasta ella con el único brazo que tenía libre, ya que con el otro
sujetaba su carga todavía inconsciente.
Al salir miró en torno suyo: estaba en un corredor abovedado, perteneciente sin
duda a un edificio religioso. A través de sus ventanales, pocos y sucios, una luna
débil iluminaba el suelo ajedrezado, los pilares de columnas adosadas, y los arcos
apuntados de la bóveda. A lo lejos, hacia la izquierda, Ippolito creyó distinguir la
figura oscura del monje que se alejaba a toda prisa, aunque no oía sus pasos; y más

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lejos aún, un resplandor de lámparas lejanas temblaba en la oscuridad, advirtiéndole
que no debía tomar esa dirección, ya que, si había alguien, probablemente correría
peligro. Con esta única referencia como orientación, torció a la derecha. El corredor
terminaba en una puerta con los cerrojos pasados. Ippolito dejó a la dama en el suelo
para descorrerlos; miró hacia atrás, precavido, y comprobó que nadie le seguía.
Estaba exhausto, de manera que le costó trabajo accionar los cerrojos; abrió la puerta
y vio que daba acceso a una galería cubierta, entre cuyos pilares, que aún señalaban el
trazado de un claustro, vio un jardín que la luna iluminaba con luz rica y trémula.
Nada habría podido producir en Ippolito (que jadeaba a causa de los vapores
subterráneos y las antorchas) un efecto tan inesperadamente fresco y vivificante como
la luz de la luna y la brisa de la noche.
Aún llevaba en brazos a la dama cuando notó con alegría que la corriente de aire
la había reanimado. No habló; simplemente alzó los brazos y abrió los ojos, aunque
sin un rayo de inteligencia. Mientras avanzaba deprisa con ella al hombro por la
galería, distinguió la silueta del edificio con el que comunicaban los subterráneos; las
copas de unos pinos, alerces y cipreses ocultaban la parte baja de la fábrica; pero por
encima de ellas asomaba una hilera de ventanas monacales, con, arriba, las siluetas
caprichosas de las almenas; en un extremo, el gran ventanal de la escalera, con sus
vidrios de colores, prestaba ricos y románticos matices a la luz de la luna, en tanto los
árboles se mecían a su alrededor. Más allá, destacaban elementos aún más
característicos del edificio: fachadas con hornacinas y relieves, hastiales coronados
con cruces de mármol gris y, más lejos aún, el campanario del convento con gran
profusión de ornamentos góticos de naturaleza fantástica.
Mientras miraba, sin dejar de caminar, vio velas encendidas en diferentes partes
del edificio, y una de las veces le pareció distinguir una figura que cruzaba presurosa,
en la sombra, al otro lado del jardín. A todo esto, el paseo que acababa de recorrer
terminaba en un pórtico cuyos delgados pilares conectaban con un dosel de
lujuriantes enredaderas; lo cruzó, y descubrió ante sí una abertura en el muro del
jardín, con fragmentos esparcidos alrededor, a través de la cual vio el campo abierto
con toda la magia de la luna. La cruzó deprisa con un impulso que anuló el cansancio
y el temor, y se encontró en un terreno en cuesta, bordeado de madroños y magnolios,
que llegaba hasta el borde de un riachuelo cuyas aguas reflejaban las torrecillas del
convento. Ippolito se dirigió deprisa a la orilla, depositó su carga cerca del borde, le
roció la cara con agua y le abrió el vestido.
Mientras la dama recobraba la conciencia y el habla, Ippolito contemplaba su
hermosa figura, todavía con la apariencia de la muerte. Sus cabellos largos y negros
derramados sobre el rostro y el pecho como el follaje de un ciprés sobre un mármol
monumental indicaban que no era religiosa; sin embargo, el edificio del que acababa
de sacarla era evidentemente un convento. Sus primeras reacciones al volver en sí
fueron de terror y asombro, tal como esperaba Ippolito; así que se esforzó en
tranquilizarla, ofreciéndole con gran respeto seguridad y protección en un tono tan

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modesto y amable que en seguida le inspiró una confianza que la extrañeza de las
circunstancias no pudo anular. Cuando por fin fue completamente dueña de sus
sentidos, y pudo hablar con sosiego, Ippolito le rogó que le contase cómo había
llegado a una situación tan insólita como esta de la que acababa de rescatarla, aunque
tuvo cuidado de no aludir a los detalles más horribles.
Al mencionar la cripta del convento, la dama se estremeció y, demasiado
trastornada para contestar a ninguna pregunta, cayó a los pies de Ippolito; y con un
torrente de lágrimas, confesó su inocencia y su desamparo, y le imploró que la
protegiese de los horrores que habían dispuesto contra ella ciertos enemigos
misteriosos que la perseguían, y que tenían que ver con las opresiones de crueldad
religiosa.
Hizo esta súplica en un lenguaje hoy poco comprendido: el lenguaje de la
caballería. Ningún otro tuvo jamás el poder de este cuando una dama hermosa y
desamparada se dirigía con él a un joven noble y esforzado. Incluso en esa época,
dicho lenguaje había caído en desuso; y aunque Ippolito sintió que su poder llegaba a
todas las fibras de su corazón, sin embargo pudo observar fácilmente que las maneras
y nociones de la dama estaban muy alejadas de las de la vida ordinaria. Se levantó
Ippolito, y le aseguró con encendido fervor que mientras él tuviese un arma y un
brazo para esgrimirla, nadie la importunaría, la defendería con el celo de un amante, y
la protegería con la pureza de un hermano.
Seguidamente, mientras la conducía por la orilla del riachuelo, buscando con la
mirada algún medio de escapar, protegerse, o esconderse, le suplicó que le contase las
circunstancias por las que la había encontrado allí.
La dama evitó toda familiaridad en la conversación. La timidez hacía que
balbuceara cada palabra y le temblara cada miembro. Apenas aceptó la ayuda
necesaria para caminar, y no se atrevió a mirar a Ippolito a los ojos para averiguar si
confirmaban la confianza que sus palabras inspiraban.
—Debería confiar en vos —dijo—. O mejor: debo confiar en vos. Porque me
encuentro sin amparo ni defensa. Pero si sois efectivamente un caballero de honor,
como vuestra conducta y vuestras palabras proclaman, ponedme bajo la protección de
alguna matrona pariente vuestra. Entretanto, apiadaos, y perdonad los miedos de una
mujer tímida por naturaleza y hábito; miedos que apenas me dejan aliento para
agradeceros haberme salvado la vida.
Ippolito se sintió turbado ante esta apelación, a la que no podía responder ni
resistir.
—Señora —dijo—, soy muy desdichado al daros tan deficiente protección. Yo
también soy fugitivo, y la única seguridad que puedo prometeros es la que me presta
vuestra inocencia y mi valor. Soy, como vos, un ser solitario y desventurado, sin
amigos a los que recurrir, ni ayuda que reclamar.
La dama lloró otra vez con estas palabras de Ippolito; aunque sus lágrimas tenían
una causa muy distinta de las anteriores.

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—Es su voz —dijo con embargada emoción—; son sus mismas palabras. ¿Son
todos los hombres desdichados? ¿O solo sufren persecución los nobles y los
valerosos? Señor, sois el segundo caballero que veo en mi vida, y vuestro lenguaje es
el mismo que el de él aunque nunca, nunca lo hubiera querido conocer.
—¿Y por qué, signora? —dijo Ippolito—. ¿Es infortunado?
—Eso decía.
—¿Cómo se llama?
—No me reveló su nombre, pero era noble. Sé poco de títulos y rangos. ¿Sois
noble vos, caballero?
—En Italia hay pocos apellidos más ilustres que el de Montorio —dijo Ippolito,
olvidando su habitual cautela con el orgullo del momento.
—¡Montorio! —exclamó la dama en un exceso de alegría—. ¡Ah, entonces estoy
a salvo! Sin duda estoy a salvo con vos. Él es un Montorio también; y aunque es
desventurado, es el más valeroso, el más noble y el más gallardo.
—¿Cómo, cómo se llama? —dijo Ippolito ansioso.
—Se llama Annibal.
—¿Annibal? ¿Cómo ha llegado aquí? Estaba en el castillo de Muralto. ¿Dónde
está ahora? ¿Por qué ha venido, y adónde ha ido?
—No lo sé —dijo la dama con pesar—; pero se ha ido a donde no lo veré más.
Los que nos han separado jamás permitirán que nos volvamos a ver. ¡Ah, ojalá
supiera dónde se encuentra! Creo, casi creo que podría volar hasta él.
—Señora, todo lo que decís es un completo misterio; pero me temo que no hay
tiempo para más deliberaciones que las de nuestra propia seguridad; si es que
tenemos alguna. La luna está baja, y veo cirios que desfilan a lo largo de las ventanas
del convento.
—Escuchad, con ese toque de campanas llamarán a maitines dentro de una hora.
Cantan los maitines una hora antes de la salida del sol. Veo la lámpara de vigilia
ardiendo en la torrecilla de la madre Mónica. ¡Oh, signor!, ¿adónde y cómo
huiremos?
Ippolito meditaba inútilmente (si puede llamarse meditar a la tumultuosa ansiedad
que le dominaba) qué podían hacer. Había dejado su caballo en Bellano, lugar que no
sabía siquiera en qué dirección quedaba. Del paraje al que había salido después de
abandonar el subterráneo no podía saber nada tampoco; y su compañera, aunque
había vivido aquí, era igualmente ignorante; lo único que pudo decirle fue que había
oído en el convento que Pozzuoli estaba a no mucha distancia. Esto, aunque era
contrario a lo que Ippolito suponía, le dio cierta orientación; pero carecían de medios
para llegar hasta allí.
Echaron a andar a lo largo de la orilla, buscando algún sendero que los llevase al
camino que pretendían tomar, cuando divisaron un pequeño bote amarrado en un
espeso banco de juncos y algas que la corriente mecía ligeramente.
—¡Tenemos suerte! —exclamó Ippolito—. En el agua correremos menos peligro

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de que nos descubran, y probablemente podremos llegar a alguna cabaña de
pescadores, donde nos será más fácil encontrar ayuda sin sospechas ni demoras.
La dama dejó su renuencia a aventurarse en una barquita con un solo remo ante
un temor más inmediato; porque en ese instante oyó un alboroto que salía del
convento que parecía anunciar su persecución. Ippolito pensó que era otra cosa, pero
no dijo nada por miedo a que, paralizada de terror, fuera incapaz de seguir. Se
metieron apresuradamente entre los sauces y mimbres que poblaban la orilla, contra
los que golpeaba el bote; pero cuando Ippolito estiró el brazo para alcanzar el remo,
su compañera le llamó la atención sobre el extraño movimiento de los árboles, que de
repente se inclinaban hacia el agua, y luego se retiraban, mientras sus ramas se
agitaban de manera singular. Ippolito alzó los ojos para confirmar su temor. Y en ese
instante, las campanas del convento empezaron a tocar de manera arrebatada, y un
tumulto perceptible en los reflejos del agua invadió el campanario y las torrecillas.
La dama, con un grito de horror, se agarró a Ippolito, el cual, sereno en ese trance
pero consciente del peligro, insistió en que estarían más seguros en el agua.
Como aún la veía dudar aturdida, Ippolito saltó al bote y le tendió los brazos,
suplicándole que embarcase mientras el suelo aún era firme. Pero en ese instante, las
aguas se detuvieron de pronto, y tomaron la dirección contraria tan súbitamente que
cuando Ippolito se recobró ya no reconoció las orillas entre las que navegaba. Todo se
movía a su alrededor: los arbustos, los árboles, las rocas ondulaban con la facilidad
de un fluido, en tanto las aguas que le arrastraban, separándose del río, dejaban el
lecho negro y vacío, y se levantaban como si ascendiesen, coronadas de masas de
espuma que arrojaban en grandes rociones sobre las meteóricas y brumosas visiones
que poblaban la escena.
En medio del estruendo sobrecogedor que ahora surgía de todas partes, Ippolito
escuchaba angustiado, atento a oír la voz de la infortunada de la que se había visto
separado; pero otra crecida repentina, que imprimió a la anterior tal celeridad que
dejó atrás todo escenario reconocible, le impidió discernir nada.
Mientras era arrastrado, Ippolito pudo ver las torres del convento, sin comprender
si la impresión de que temblaban y se abrían era efecto de la vibración del aire, o se
trataba de un daño real que acababan de sufrir. En cuanto a su compañera, la había
perdido definitivamente. El lugar donde acababa de estar se había convertido en un
pantano en el que solo se veían raíces desenterradas de sauces y mimbreras,
agitándose en el aire donde momentos antes habían estado las ramas.
La confusión era ahora general. En medio del entrechocar de rocas, el
derrumbamiento de edificios, y el atronador resquebrajamiento de la tierra, Ippolito
oía mil voces penetrantes proclamando la aflicción humana. No veía a los que las
proferían, pero cada gemido de terror lo asociaba en su imaginación con imágenes de
una tragedia individual y colectiva. Aún era arrastrado con impetuosa rapidez cuando
un tercer temblor detuvo la corriente con tal violencia que Ippolito tuvo que agarrarse
a la popa del bote para no caer. El río iba de un lado a otro con movimientos

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imprevisibles, en tanto debajo de sus aguas se propagaba un rumor profundo, y en la
superficie hervían negros remolinos, produciendo burbujas de espuma y arena, y
sacando de abajo cadáveres que luego se hundían y desaparecían; poco después
recobró su curso y nivel naturales, y la pequeña embarcación se deslizó sin peligro
entre las orillas, cuya sólida y firme configuración había cambiado con la levedad de
los átomos agitados por el viento. Ippolito, haciendo ahora uso del remo, gobernaba
el bote con toda la destreza de que era capaz; pero eran tales los cambios del agua que
no lograba acercarse a la orilla, y la corriente seguía arrastrando el bote con una
fuerza contra la que le era imposible luchar.
Pese al espantoso cataclismo que acababa de presenciar, Ippolito no dejaba de
pensar en su propia situación, tan extraña y desesperada. De todos los que luchaban
con los terrores de los elementos, ¿quién temía al peligro menos que él? Porque,
¿quién esperaba menos de este mundo, ni le pedía menos que él? Las hendiduras de
la tierra y las aguas desbordadas se habían tragado esa noche multitud de seres
humanos que se aferraban a la vida con todas las fuerzas de la esperanza y del deseo,
y en cambio habían perdonado a uno que habría querido proteger su cerebro del
conflicto que lo asediaba en la tumba que ofrecían sus abismos.
La inacabable persecución del desconocido, la celosa malevolencia de la
sociedad, los lúgubres presagios de una fatalidad inexorable, y esa desconfianza de
nuestras propias fuerzas, ese hundimiento del alma que anticipa el resultado de una
larga y despiadada tentación, empezaban a adueñarse de su espíritu, y a extender la
noche en su interior. Había huido de Nápoles para evitar la presencia de su misterioso
tentador, había topado con él en la soledad de los desiertos; lo había perseguido, y lo
había vuelto a encontrar en circunstancias que ninguna hipótesis era capaz de
explicar; se habían separado una vez más; pero ¿dónde no se le podía aparecer tan
súbitamente como en los sótanos de Bellano o en la cripta del convento? La distancia
del espacio y lo insólito de la hora no eran obstáculos para él; podía emerger en
Pozzuoli después de un viaje bajo tierra, o volver a aparecer en Nápoles. Pero se le
ofrecía una solución; la misma que en circunstancias parecidas se le había ocurrido a
Annibal: huir a otro país. No soportaba imaginar siquiera los ataques incansables y
perpetuos del desconocido, ya que si continuaban no solo le expondrían a mayores
sospechas y peligros, sino al daño más grande de familiarizarle con un crimen ante el
que se estremecía porque sentía ya su influjo.
El alba empezaba ahora a derramar una claridad pálida a través de la niebla del
paisaje, e Ippolito repasó los sucesos de la noche como si se tratara de un asunto de
hacía años. Que hubieran transcurrido unas horas desde su llegada a Bellano, y que
en esas pocas horas se hubieran comprimido tantos hechos, era algo que casi excedía
a su capacidad de reflexión. Cuando los objetos se volvieron más nítidos con el
avance de la luz, descubrió que los estragos de la última sacudida no eran generales, y
que casi se reducían a la parte de la comarca que él había abandonado. Todo parecía
tranquilo e incólume alrededor. A cierta distancia, a lo largo de las orillas, divisó las

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cabañas de los pescadores. Apenas asomaban entre las copas espesas de árboles que
buscan suelo húmedo; y a lo lejos, aquí y allá, las velas de sus barcas madrugadoras,
como alas de aves blancas volando a ras de la superficie.
Trataba de llevar el bote a la orilla opuesta a la que había embarcado; finalmente
lo consiguió, aunque no era hábil manejando el remo. Desembarcó cerca de un grupo
de cabañas, allí le dijeron la distancia que había a Pozzuoli, de donde regresaría a
Nápoles, a fin de hacer los arreglos necesarios para pasar a Francia. Pensaba hablarle
de este proyecto a su hermano Annibal, que, como él, parecía sometido a un destino
porfiado; aunque no sabía nada de sus vagabundeos, salvo que ya no estaba en el
castillo de Muralto.
En esta aldea consiguió, con gran trabajo, un caballo. Su ropas espléndidas,
aunque sucias, y su ademán, que combinaba la nobleza y el aturrullamiento,
despertaron una curiosidad que tuvo que satisfacer con una historia convincente; y
mientras se esforzaba en contarla con naturalidad, una espina de angustia y de
orgullosa vergüenza le traspasaba el ser entero. Recordaba el vaticinio del
desconocido, sobre su gradual hundimiento en la falsedad y el disimulo, y maldijo el
poder que hacía que la violación de la verdad se convirtiese en parte habitual de su
existencia.
Un millar de veces, movido por un impulso espontáneo de su corazón, estuvo a
punto de confesar la verdad; pero recordó que podían sobrevenirle multitud de males
sin ninguna ventaja, y que en su actual situación, debía consultar menos a su corazón
que a su seguridad. Para evitar preguntas, empezó por preguntar él, y le informaron
de que aquí habían sentido los temblores de tierra de la noche anterior solo de manera
parcial; que el río se había desviado considerablemente, pero que vivían con el terror
de que hubiese un gran terremoto, que los habidos hacía poco podían ser el anticipo;
y que tenían entendido que el Vesubio llevaba algún tiempo más activo de lo normal.
—Son presagios de mi regreso —se dijo Ippolito al partir para Pozzuoli.
El día estaba ahora avanzado, y caminaba con la decisión precavida y alerta del
que va preparado para un súbito peligro o intento de cortarle el paso. Miraba en torno
suyo con ojos ensombrecidos por el miedo, buscando constantemente la figura del
desconocido, o esperando ver salir al camino o escabullirse oscuramente alguna otra
forma portentosa. Se había hecho el ánimo para este último esfuerzo, con paciente y
resignada energía, dispuesto a resistir sin violencia, y a someterse sin desesperación.
El cansancio corporal se combinaba con el agotamiento de los cuidados para
infundirle esa quietud profunda y contenida del alma en la que sus capacidades no se
han extinguido, sino que se hallan en reposo; era esa disposición en la que se sume
uno después de sostener luchas violentas y de sufrir repetidas derrotas, y que suele
preceder al último conflicto que aún es capaz de sostener; esa disposición en la que
sientes que tu fuerza es efectivamente grande pero de dudosa duración, y que la
derrota, si se produce, será total y definitiva. Es demasiado simple y absoluto para
pensar en más de un recurso, o en más de un enfrentamiento; su impulso es único y

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tranquilo; si fracasa, fracasa sin esperanza y sin esfuerzo; era esa disposición de
ánimo en la que el que busca embaucar no siente deseos de acosar a su víctima; en la
que uno resiste las visiones de la imaginación, cuestiona el testimonio de los sentidos,
pero su abatimiento anula su fuerza y su capacidad; duda, resiste, pero desespera.
No topó en el camino de Pozzuoli con ningún detalle digno de mención; los que
surgieron en las afueras de la ciudad concordaban con su ánimo: constituyen un
espléndido teatro de ruinas. La antigüedad ha impreso su sello en el carácter
gigantesco de sus restos, sobre los que parece presidir como una soberana a cuyos
pies siglos pretéritos y naciones desaparecidas depositan el tributo de su antigua
grandeza en forma de palacios, tumbas y templos. Vestigios como esos se hallaban
diseminados alrededor de su escabel en confuso colorido e informe grandeza. La
calzada de Domiciano, cuando avanzó por ella, le llenó de reverente admiración;
sintió que las inquietudes que traía se desvanecían con la fugacidad de un efémero
ante el solo pensamiento de los millares de seres humanos que habían pisado estas
mismas piedras desde su construcción, absortos en pensamientos tan atormentados
como los suyos, y habían desaparecido sin dejar una sola huella en la historia de la
humanidad.
Se entretuvo en el templo de Júpiter Serapis y en las ruinas de alrededor, hasta
que el aumento del calor del día, sumado al agotamiento de la noche anterior, durante
la cual apenas había dormitado unos momentos en la torre de Bellano, le apremió a
meterse ansiosamente en la primera posada que le salió al paso; y tras un ligero
refrigerio, se tumbó en la cama, y trató de reponer fuerzas para posibles encuentros.
Cuando despertó estaba anocheciendo. Un miedo secreto y semiinconsciente le
desaconsejaba regresar a Nápoles esa misma noche, y le inclinaba a pasarla en
Pozzuoli. Quería, además, averiguar si los rumores que corrían sobre él habían
llegado hasta aquí, si había un lugar donde pudiera dejarse ver sin peligro y con total
despreocupación, si los hábitos educados y cultos de una ciudad podían protegerlo de
esa malevolencia supersticiosa a la que había estado expuesto en los lugares más
remotos y salvajes de la región. Así que se levantó y salió, aunque con el desaliento
en el semblante y la desconfianza en el corazón. Sus ojos vagaban por la multitud de
objetos curiosos y amables que encontraba a su paso sin fijarse en ninguno, aunque
llenos de suplicante solicitud hacia cada rostro humano que pasaba junto a él.
En una ciudad italiana, los sitios más concurridos suelen ser la catedral y los
paseos; e iba Ippolito por uno de estos, despacio y con mal disimulado nerviosismo,
cuando se le antojaron sospechosas dos personas de aspecto normal que caminaban a
poca distancia detrás de él, hasta que oyó que conversaban sobre asuntos
intrascendentes. «Es verdad —decía uno de ellos—; jamás había ocurrido una cosa
tan extraordinaria dentro de los muros de Pozzuoli; y no lo habría creído si no llego a
ser testigo yo mismo. Supera a todos los milagros conocidos de la iglesia y del
convento… Está a unos pasos del confesonario, en la nave principal, justo debajo de
la vidriera con el escudo de la familia Mirolo». El otro asintió, rubricando la

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singularidad del hecho, y añadió que ningún forastero podía marcharse de Pozzuoli
sin haber visitado la catedral, y visto con sus propios ojos tan notable objeto de culto.
Ippolito, picado por la curiosidad ante la mención de algo maravilloso, y contento
por la distracción que le brindaba la supuesta rareza, se dirigió inmediatamente a la
catedral. No se entretuvo en admirar la antigüedad y vastas dimensiones de este
edificio, sino que se encaminó a la nave principal, donde vio un grupo de gente
alrededor del lugar que habían dicho los dos de la calle. Un súbito presentimiento de
algo espantoso, de algún mal inmenso y desconocido, le cruzó oscuramente por el
cerebro mientras se acercaba. Resistió su efecto con la firmeza del que es consciente
de que se le viene encima algo terrible y, decidido a hacerle frente, acoge ese anuncio
como su lógica y natural anticipación, y se reafirma y no lo rehúye.
Mientras caminaba, observó que miraban desde distintos ángulos una leyenda de
la pared que parecía escrita con sangre. El grupo se apartó al llegar él. Ippolito alzó
los ojos. Los caracteres eran grandes y legibles; y descubrió con horror que eran las
mismas palabras que había sobre la puerta de la cámara subterránea de Nápoles,
rodeadas de una terrible imaginería en la que entonces apenas se fijó, pero de la que
ahora le acudieron los detalles con una fuerza que parecía haber tenido aletargada en
el cerebro hasta ese momento. Toda cautela, todo poder de reflexión lo abandonó
instantáneamente. Era como si los caracteres materiales de esta leyenda solo fueran
visibles para él… como si hubiesen sido escritos para él, con una luz que cegaba. En
un exceso de horror irreprimible, se volvió, y preguntó con fiereza:
—¿Quién ha escrito esto, y por qué medios está ahí?
Los presentes se quedaron mirándolo asustados, hasta que se adelantó uno
conciliador, y le preguntó qué era lo que le turbaba. Ippolito, con voz ronca y
ahogada por la pasión, repitió la pregunta.
—Esa inscripción —dijo el que le había preguntado— no es reciente.
—Tiene que serlo —dijo Ippolito embargado de emoción—; hace muy poco la he
visto en otro lugar. Cada acción que observo a mi alrededor me parece cosa de
brujería; ¿cómo la han escrito?
—El lugar donde la visteis, o imaginasteis verla —dijo el otro con gravedad—, si
lo conocéis, podrá ayudaros probablemente a haceros una idea de cómo ha llegado
aquí.
Medio recobrado por estas palabras, aunque todavía confundido y nervioso por
este inesperado testigo de sus secretos, Ippolito murmuró una excusa por su
impaciencia, y añadió que «el haber tropezado con circunstancias tan extraordinarias
le había alterado».
—Desde luego, son extraordinarias —dijo el desconocido.
—¿Las conocéis, entonces? —dijo Ippolito reincidiendo, y mirando al hombre
con furia—. ¿Acaso soy conocido también aquí?
—Las circunstancias de esa inscripción son sin duda extraordinarias —dijo el
individuo—, pero no se me ocurre en qué os pueden afectar a vos.

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—Os suplico que me las contéis —dijo Ippolito—. No tengáis en cuenta mis
palabras, y disculpad mi interrupción; soy un ser frenético y desdichado; la fiebre del
agotamiento me devora el cuerpo y el espíritu; excusad lo que pueda decir, o cuál sea
mi reacción a lo que contéis. Soy inocente. A pesar de esa leyenda condenatoria, soy
inocente.
El otro, medio evitando sus ojos suplicantes y enajenados, empezó a contar su
historia:
—Esta catedral, signor, es de gran antigüedad, y dentro de sus muros se han
descubierto a menudo testimonios de los tiempos clásicos, y quizá de otros más
remotos. La inscripción que tenéis delante (el individuo no necesitaba señalarla
porque Ippolito no apartaba los ojos de ella) es tan antigua que calculan que fue
tallada antes de la construcción del edificio, puesto que no hay constancia de ninguna
tradición sobre tal suceso; así que han concluido que se trata de un fragmento de
piedra que utilizaron casualmente en la construcción de la catedral. Se han hecho
muchas conjeturas sobre su significado; pero por desgracia está en una lengua que los
letterati europeos son incapaces de identificar. Las palabras que veis son bárbaras,
aunque los caracteres son griegos. La hipótesis más probable hasta ahora se basa en
las dos últimas palabras, kots omphets. Los autores antiguos coinciden en que fueron
utilizadas en los misterios de Eleusis; también admiten que son términos bárbaros y
desconocidos incluso para los que los utilizaron, aunque suponían que hacen cierta
secreta referencia a los fines misteriosos de dicho culto. ¿No es probable, por tanto,
que la inscripción entera fuera la fórmula admonitoria de los misterios, de la que está
admitido que las palabras eran extranjeras, pero los caracteres griegos, como los que
tenemos delante? Pero igual que los eruditos tienen sus teorías, los supersticiosos
tienen las suyas también. Hay una tradición relacionada con esta inscripción, según la
cual cada vez que se acercaba la extinción de una familia distinguida de Nápoles, la
pared de esta nave rezumaba sangre. Es una leyenda que se ha ido transmitiendo de
generación en generación, sin que se le diera mucha credibilidad, hasta hace poco, en
que se ha repetido el fenómeno, dando lugar a que reviva su recuerdo.
»Hace un mes llegó a Pozzuoli un desconocido, alto, embozado en unos hábitos
negros; vino directamente a la catedral, y se detuvo delante de la inscripción. Era la
hora de vísperas. Acudieron los feligreses, se cantaron las vísperas, y se marcharon
todos. Pero el desconocido seguía de pie, inmóvil —mientras contaba esto, el
individuo no quitaba ojo a Ippolito—. Era la vigilia de san Juan el Menor; los oficios
se renovaron cada hora de la noche, y se dijo misa a las doce: varios sacerdotes
habían acudido de otras iglesias a concelebrar, y los fieles estuvieron yendo y
viniendo en las diferentes horas del servicio a lo largo de la noche, de manera que
todos los habitantes de Pozzuoli tuvieron ocasión de ver a este extraordinario
personaje, en la misma postura todo el tiempo, inmóvil, callado, con los ojos fijos en
la inscripción. Ya de madrugada, un hermano lego fue a apagar las lámparas que
ardían sin fuerza por la claridad del alba, y al cruzar la nave se dio cuenta de que el

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desconocido ya no estaba; y al ir a reponer los cirios consumidos de esta capilla, le
oyeron proferir un grito de horror, ¡y exclamar que del muro rezumaba sangre! Varios
monjes acudieron corriendo. No sé si confirmaron las palabras del hermano lego;
pero lo cierto es que esas letras, que antes eran del mismo color que la piedra, tienen
desde entonces el aspecto de sangre.
»Esos son los hechos, signor. Tendréis que reconocer que son de lo más
extraordinarios.
—Perdonad —dijo Ippolito en un tono súbitamente amable—; a mí nada de eso
me parece extraordinario.
—Entonces es que estáis familiarizado con cosas de ese género —dijo el
individuo.
—Totalmente familiarizado… ¡Ah, no sabéis hasta qué punto! —dijo Ippolito con
una risa espantosa.
—¿Podríais darme, entonces, alguna teoría sobre a qué puede deberse tan singular
fenómeno? —dijo el individuo.
—Más que una teoría —dijo Ippolito, contestando a sus propios pensamientos.
—¿Habéis visto alguna vez al singular personaje que os he descrito? —prosiguió
el individuo; Ippolito guardó silencio—. ¿Tenéis alguna idea de dónde puede estar
ahora? —continuó.
—Está aquí —contestó Ippolito en un tono enajenado.
—¿Aquí? —repitió el otro, con un estremecimiento, y mirando a su alrededor.
—Sí, aquí —replicó Ippolito, todavía sin apartar los ojos de la inscripción—. Lo
veo —murmuró—; sí, lo veo siempre. Lo veo ahora, lo oigo. La ceguera no podría
borrarme su imagen… Me he perdido a mí mismo; pero a él no lo puedo perder.
El otro, que al principio había alzado los ojos con asombro ante las confesiones
sin reserva de Ippolito, estudió ahora su semblante, y vio que tenía la mirada fija y
febril del demente. Atribuyendo estos signos, de acuerdo con sus convicciones, a la
posesión diabólica, se escabulló sin que el desdichado joven se percatara, ajeno como
estaba a esta tergiversación de su desventura.
Ippolito continuó durante un rato mirando el muro con ojos ausentes, hasta que se
derrumbó contra él, presa de un súbito estupor. Pero era un estupor meramente de los
sentidos; su cerebro estaba lúcido y activo: registraba cada gota de la tempestad que
se abatía sobre él; y cuando el relámpago fulguraba en el aire, descomponía sus
fuegos con un prisma, concentraba su calor, y medía la intensidad de su furia.
Aplicaba la predicción a su familia, cuya paz y honor arruinaría definitivamente
con la acción que le incitaban a ejecutar. La aparición del desconocido (porque solo
tenía un arquetipo en la cabeza para todos los personajes de aspecto y actitud
misteriosos), y la evidente aunque inescrutable relación entre los caracteres del muro
y los que había visto en el escenario sangriento de Nápoles, se agolparon en su
cerebro con fuerza concentrada y multiplicada; y durante un rato le anularon toda
capacidad de resistencia.

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Los miraba con las facultades intelectuales embotadas e insensibles; los veía, por
así decir, con los ojos de la mente vidriosos y opacos, como cuando uno se toca una
parte del cuerpo y no la siente. El entendimiento, sacudido por la violencia, había
replegado su fina textura, y ningún nuevo ataque podría imponerle un solo
sufrimiento más. Se había quedado sin capacidad de raciocinio; las formas corpóreas
se habían disuelto ante sus ojos. Pensó que otra vez tenía a su lado al desconocido
tratando de obligarlo a coger con sus manos una daga que él se esforzaba en rechazar.
El desconocido desistió con terrible sonrisa, retrocedió unos pasos, alzó la daga, y se
la mostró manchada de sangre; la blandió por encima de él. La costra de sangre se
licuó con el movimiento del arma, y le cayó a Ippolito lentamente sobre la cara y las
manos; se estremeció ante esta visión, y pugnó por despertar para librarse de tan
terribles imágenes. Abrió los ojos, y se dio cuenta de que seguía en la catedral. Se
levantó; miró a su alrededor; tenía las manos salpicadas de gotas de sangre. La tocó,
estaba caliente; le manaba de las sienes: al caer se había golpeado contra el borde de
un sepulcro, y se dio cuenta de que sangraba. Se la secó sin una queja. Abandonó la
iglesia, y regresó deprisa a su cuarto de la posada.
Aquí estuvo un rato paseando, sumido en angustiosas reflexiones. Sus propios
sentimientos y su carácter agravaban la persecución de que era objeto. De espíritu
demasiado noble para aceptar el pensamiento de un crimen, y demasiado impetuoso
para reprimir el más ligero impulso o reacción, se veía a sí mismo revestido con los
rasgos del criminal, y veía sus movimientos coartados por su implacable perseguidor.
Había luchado, y lo único que había conseguido era cansarse. Había huido, y su huida
había sido medida y vigilada; había intentado retirarse de la lucha en silencio, y había
sido hostigado hasta el frenesí con nuevas apariciones del insensible torturador.
Abandonarse a una lúgubre desesperación era igualmente desesperado. Su enemigo
no se contentaba con una maldad negativa; luchaba con él cuando resistía, lo excitaba
y acosaba cuando lo encontraba pasivo, le seguía en sus desplazamientos, y estaba
junto a él cuando descansaba. No hay pensamiento más devastador que ese: despoja
al alma de toda capacidad de resistencia, pero no deja que espere nada de la sumisión.
«¡Ojalá fuese humano —exclamó Ippolito con amargura—; ojalá fuese un asesino, y
yo un viajero solitario y desarmado caminando por la espesura de un bosque de
montaña; ojalá fuese un inquisidor, y yo un prisionero tras las rejas de su mazmorra;
ojalá fuese un tirano terrenal, y yo el más miserable de sus esclavos, me hubiese
ganado su enojo, y estuviese ante su presencia y rodeado por los sayones encargados
de administrarme el castigo! Entonces mediría el poder al que debía enfrentarme, y
prepararía el mío para resistirlo; entonces sabría exactamente hasta dónde llegaba, y
dónde debía terminar. Podría imaginar ese punto en el que la crueldad, agotada, es
incapaz de arrancar un gemido más; en el que la naturaleza se burla de la impotencia
del poder. ¡Ojalá perteneciese, al menos, a un orden de seres superior a mí, cuyos
poderes fueran conocidos y limitados! Entonces sabría hasta dónde se le ha
concedido castigar, y echarle en cara su imbecilidad. La desgracia concreta nunca es

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insoportable para un ser inmortal. Aunque me persiguiera con la furia de un dragón,
yo sabría que un ángel custodiaba la llave de su caverna; aunque su comisión fuese a
durar mil años, esos mil años serían para mí el término de un día. Pero ¿cómo puedo
contender con un enemigo inaccesible, cuyos poderes no son definidos, y cuya
duración es inimaginable? Aún no sé si es hombre o demonio. Sus instigaciones me
empujan al frenesí; resistirlas se me está volviendo imposible, y obedecerlas significa
entregar mi cuerpo y mi alma a la destrucción».
Le llegó el eco agitado de su propia voz, y calló; y en ese intervalo, le pareció oír
otras que susurraban junto a su puerta. Se quedó en suspenso, atento, porque el temor
le había vuelto receloso de cualquier insignificancia. Entonces dijo una voz: «Este
debe de ser su aposento: era su voz». Tras un momento de silencio, susurró otra: «Ha
callado; ¿habéis oído lo que decía?» Sonaron varias otras frases en tono contenido; y
luego oyó pasos que se alejaban por el pasillo.
Corrió a la ventana, y vio salir a tres figuras vestidas con hábitos corrientes. Era
un anochecer de finales de otoño. No logró distinguir sus personas ni sus caras. Lo
sacó de sus reflexiones la voz del posadero, que al pasar junto a su puerta, exclamó:
—No se me ocurre quiénes son; puede que ministros de la Inquisición. ¡Santiago
me proteja! La visión de esa gente me hace temblar de pies a cabeza.
Seguidamente entró en una cámara contigua al aposento de Ippolito, donde al
parecer había otros reunidos; y les repitió nervioso sus sospechas y temores.
Hubo una conmoción entre la compañía. El nombre de la Inquisición obró como
una pestilencia o una espada entre ellos.
—¡Ay! —dijo el posadero—, ¿qué he hecho yo para merecer el honor de
semejante visita?
—Quizá la visita era para uno de vuestros huéspedes —dijo una voz extraña—;
¿sabéis a quién tenéis en este momento bajo vuestro techo?
—Vos sois el único desconocido —dijo el posadero—; y os parecéis demasiado a
ellos, signor, para que su visita os asuste.
—¿Estáis seguro? —dijo la otra voz—. ¿No hay aquí más desconocido que yo?
—¡Santo Padrone! —dijo el posadero—. Es verdad; hay un caballero en la casa.
Pero lleva encerrado en su cámara desde que llegó, y lo había olvidado por completo.
—¿Y no sale? Eso parece sospechoso; deberíais vigilarlo.
—¿Vigilarlo? ¡Por nada del mundo; ni aunque me dieran toda esta habitación
llena de oro! ¿Yo vigilar a un hereje, a un criminal de la Inquisición? ¿Cómo sé que
su sola visión no me va a volver tan malvado como él?
El otro asintió a tan prudente comentario, tal vez con intención de agravar los
miedos del posadero, a quien habían vuelto extremos y opresivos.
—¡Ay —dijo—, qué época esta para mantener una posada un honrado católico!
Hace poco, un posadero de Celano, una persona inocente como yo, dio habitación a
un caballero de Nápoles, un individuo extraño que a lo que dicen no duerme de
noche; y del que se cuentan cosas que pondrían los pelos de punta a cualquier

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católico.
—Andad con cuidado —repitió el desconocido—, no vaya a ser que esa misma
persona esté en vuestra casa en este momento.
—No quieran Jesús y María —dijo el posadero santiguándose.
—Si estuviese bajo vuestro techo, seríais responsable de su presencia —dijo el
desconocido.
—No puede ser él —dijo el posadero con ansiedad, defendiéndose de esta
imputación—; por varias razones…
Aquí contó algunas circunstancias relacionadas con la llegada de Ippolito; cada
una de las cuales tendía a confirmar lo que pretendía rebatir.
—Os digo —dijo el desconocido, alzando la voz— que está entre estos muros.
Buscadlo, ya que tendréis que responder ante la Santa Inquisición.
Tras esta terrible sentencia, los presentes se quedaron unos momentos mudos de
estupor. Ippolito, que compartía ese mismo sentimiento, siguió escuchando, más
porque era incapaz de reaccionar que porque hiciera ningún esfuerzo.
—¿Quién era ese? —dijo el posadero finalmente, con voz asustada.
Todos negaron conocerlo. Unos se apartaron del sitio que el desconocido acababa
de dejar, otros miraron con temor hacia la puerta; y todos coincidieron en que había
entrado sin ser visto, había terciado en la conversación antes de que nadie se diera
cuenta de su presencia, y se había ido sin un ruido y sin que lo viesen desaparecer.
Seguidamente se pusieron a comentar lo que había dicho, a comparar las distintas
descripciones de su aspecto, y qué pensaban de su actitud y su propósito; hasta que,
casi petrificados de pavor, apenas se atrevieron a alzar los ojos para mirarse a la cara,
o a avivar la llama de la lámpara que la imaginación les hacía ver intensamente azul.
Por último, las deliberaciones tomaron un giro menos abstracto, y decidieron al
unísono dar parte al Santo Oficio de la presencia del huésped. En ese instante,
Ippolito, obedeciendo al impulso de la naturaleza y la desesperación, con gesto rápido
y decidido, abrió la puerta que comunicaba las dos habitaciones y se plantó entre
ellos. El grupo lo formaban ahora las mujeres de la familia del posadero, su confesor,
el monje de un monasterio vecino y unos cuantos viajeros de Campania.
—Soy Ippolito di Montorio —dijo con gran naturalidad—, pero no soy el
monstruo que teméis.
Con el ímpetu del momento, había decidido hacer una apelación con elocuencia
irresistible; pero le falló la elocución. En vano intentaba aunar imágenes dispersas:
flotaban oscuramente ante él; su misma fuerza le oprimía y asfixiaba. Al final se
quedó con los brazos extendidos, y su figura, entre las mujeres al menos, sustituyó
ampliamente a sus palabras.
Los presentes, asombrados, aterrados, mudos, le lanzaban de cuando en cuando
miradas furtivas de duda y de temor; y su silencio enfrió y desarmó al infortunado
Ippolito. Contra la violencia habría podido luchar; y con las reprobaciones habría
podido razonar; pero ¿qué podía hacer ante un silencio inatacable?

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Finalmente, perdido su ardor inicial, se le desinfló el ánimo, y con voz
balbuciente suplicó al posadero que no diese crédito a las falsas y disparatadas
sospechas de la gente, ni admitiese con ligereza tan terrible acusación contra una
persona a la que no se concedía ningún medio de expiación, y contra la que no se
podía aducir ninguna prueba concreta.
Su ardor aumentó con el silencio de todos, que él interpretó como de atención, y
pidió al Cielo que confirmase su inocencia. Puso a todos los santos por testigos de
que era firme creyente y buen católico.
—Me ha llegado, efectivamente —dijo—, el momento de apelar a Dios, ya que
sus criaturas me abandonan y abominan de mí.
Les habló de sus sufrimientos, que provenían de una causa inconfesable y oscura
que encerraba en su pecho.
—Pero a los que no suplican confianza —dijo—, no se les debe negar por eso la
compasión.
Así proseguía, con ese ardor rampante que rara vez deja de inspirar nuestra
defensa, cuando le interrumpió un murmullo profundo y general de execración.
«Brujo», «infiel» y «eretico damnabile» brotaban de todas las bocas.
—Os ruego —dijo Ippolito luchando con emociones que le hacían doloroso
hablar— que retiréis esas palabras horribles; o al menos, que no las repitáis. No seáis
tan inhumanamente incoherentes, ni tan atropellados en la persecución. Si yo
poseyese los poderes que me atribuís, ¿estaría aquí defendiendo la reputación y el
honor de semejante tribunal? ¿Suplicaría yo a gentes de quienes nunca he esperado
oír otra cosa que palabras de súplica? ¿No os reduciría a átomos mi enojo? ¿No os
dispersaría, para mi diversión, a los cuatro vientos? ¿No montaría sobre sus alas, y
volaría a regiones donde ninguna persecución me alcanzara?
—¡No le escuchéis! —gritó el posadero horrorizado—; está recitando algún
hechizo. Habla de vientos como si fuesen caballos. Signor, quienquiera que seáis, os
suplico que abandonéis mi casa. Salid de ella, antes de que el techo se derrumbe
sobre nosotros, y montad sobre el primer viento que encontréis, o cabalgad sobre el
demonio si os place más, con mis mejores votos por que tengáis una pronta llegada.
—¡Ah! —dijo Ippolito, bajando desolado al más llano de los lenguajes—; os
suplico que no me echéis. Muchas veces he dado yo cobijo, pero jamás lo había
pedido. La protección de vuestro techo es muy poca cosa para un hijo de la casa de
Montorio. Presiento que si soy arrojado de vuestra puerta, ninguna otra se abrirá para
mí. Se habrá sellado mi destino. Se me habrán acabado las fuerzas para afrontar
ningún conflicto, y el ánimo para suplicar. ¿Queréis ser el primero en dar el grito de
persecución, acabar con la víctima de una infección imaginaria? Reclamo los
derechos comunes a todo viajero. Estoy exhausto y no puedo más de agotamiento.
Muchos días han pasado desde la última vez que estuve ante una mesa servida, y
descansé en un lecho apacible. Mis vagabundeos son agitados e incesantes.
—Así han debido de ser —dijo el monje, quien consideró llegado el momento de

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intervenir—: Fac, ut illi similes sint rotæ. Sit via corum cæca ac periculosa, angelus
autem Domini profliget eos.
—No me agobiéis con tan ciega y embrutecida severidad —dijo Ippolito con la
paciencia casi al límite—. Solo tenéis un modelo por el que juzgar a los criminales, y
lo convertís en lecho de Procrustes: igual para todos. Solo tenéis una fórmula de
execración, y la usáis para fulminar indiscriminadamente. ¿No hay diferencias entre
los malhechores? ¿No hay grados en el mal? ¿Debe la sospecha operar como la
convicción, y debe la convicción excluir la benevolencia? ¿Juzgáis culpables por
igual al malvado recalcitrante, en cuya coraza rebotan vuestras flechas como lo harían
sobre una roca, y a un hermano equivocado para el que una simple mirada de
reprobación es un hierro que le traspasa el alma? ¿Consideráis igualmente
irrecuperable al que se halla tan hundido en el abismo que para seguirlo habría que
arrojarse con él, y al que se tambalea en el borde del precipicio y puede hacerle
perder pie la desesperación?
—Si os arrepentís, y expiáis vuestras enormidades —dijo el monje—, la Iglesia
será una madre indulgente, y os absolverá con vuestra confesión y penitencia.
—¿Es imposible, entonces, obtener el beneficio de la comprensión humana, si no
es al precio de poner el alma en manos de quien no es capaz de juzgar sus
sufrimientos ni de curar sus heridas; que os absolverá con la mirada fría y profesional
del levita, pero no derramará óleo ni vino sobre vos? ¿No le es posible a un hombre
conservar su integridad, y no obstante guardar un secreto que no puede revelar? ¿No
podéis creerle dotado de resolución para resistir una dolorosa prueba interior, a
menos que la pierda detallando su ejercicio? ¿No hay compasión para el que siente
pudor en el sufrimiento? ¿No hay vestido para el espíritu desnudo, al que hieren
incluso el aire y la luz del día, y se siente expuesto no a la compasión, sino a la
curiosidad? Quejarse es para mí ingrato y odioso; pero ¿debe uno desahogar sus
quejas en el incrédulo, en el que no conoce la compasión, en el que delibera si eres un
criminal o un loco mientras te está escuchando?… ¿Debe hacerlo? De lo contrario,
¿no puedo ser considerado un semejante?
—Por las sagradas órdenes que he recibido —dijo el monje—, que este hombre
blasfema contra la Iglesia y los sacramentos.
Ippolito le dio la espalda indignado.
—Vosotras —dijo a las mujeres— tenéis ropas de mujer: ¿no tenéis también el
corazón? Juzgadme, pues, con la dulzura de vuestra naturaleza. No soy lo que os
dicen los hombres fanáticos y crueles. Soy igual que todos. Lo único que me
diferencia del resto son mis sufrimientos. No soy un brujo, ni un hechicero, ni un
hereje. ¿Cómo podéis creer esos absurdos de alguien tan desamparado, suplicante,
perseguido? Soy como vosotras. Como vosotras, tengo miedo a la persecución, tengo
odio a la opresión, y tengo una reputación que puedo perder, una paz que me pueden
destruir, y unos sentimientos que me pueden exacerbar hasta el frenesí. Tocad estas
manos que os tiendo; tienen el calor de la vida y la fiebre de la sangre. Ponedme una

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palma en el costado: notad cómo late el corazón, cómo lo acelera la agonía. Ojalá me
estallara en este instante.
Vencido por la angustia, se tambaleó y se derrumbó. Unas lágrimas ardientes le
asomaron a los ojos; pero nadie lo consoló, ni se atrevió a dirigirle la palabra.
—¡Christo benedetto —dijeron las mujeres, llorando—, qué apuesto es! ¡Ah,
madre di Dio, qué pena!
—Nada de compasión —dijo el monje—. Satanás puede transformarse en ángel
de la luz. Yo mismo lo he visto más de una vez en forma de paloma blanca.
Ippolito, tragándose las lágrimas, con un impulso convulsivo, se abrazó a las
rodillas de un anciano que hasta ahora había estado callado, y cuyo aspecto amable y
venerable parecía proclamar que carecía de resentimientos.
—Padre, padre —dijo—; vuestro aspecto me inclina a esperar vuestra confianza y
comprensión. Casi pisáis ya ese mundo libre de prejuicios y pasiones. Por vuestros
cabellos blancos os conjuro, si tenéis un hijo como yo, a que me creáis, me admitáis,
me compadezcáis. Soy inocente, soy inocente; y dejar esa impresión en un corazón
como el vuestro me resarciría de la sospecha y el odio de mil corazones como los que
nos rodean.
El anciano, que había luchado en vano por zafarse de las manos de Ippolito,
exclamó finalmente con vehemencia:
—Si yo tuviera un hijo como vos, pediría al cielo que se lo llevara. Mis cabellos
grises han quedado manchados con la apelación que habéis hecho a ellos. He vivido
sesenta y ocho años, y soñaba con cerrar los ojos en paz; pero vuestra visión me lo ha
impedido. He vivido demasiado, puesto que he vivido para veros. He oído hablar de
desdichados así; viejos, consumidos, miserables a los que casi se les podría perdonar
que buscaran recursos prohibidos para conseguir lo que la naturaleza y este mundo
les negaban. Pero a vos, tan joven, y apuesto, y exaltado, ¿con qué tentación, con qué
excusa, con qué disculpa ha podido persuadiros el destructor de almas para haceros
firmar la ruina de vuestro cuerpo y vuestro espíritu? Soltadme; el corazón se me
encoge al veros. ¿Por qué no tenéis el rostro de un demonio, igual que tenéis el
espíritu? Podría acabar hereje yo también si sigo mirándoos. Soltadme; vuestro
contacto me hiela la sangre. Digo que he vivido demasiado, pero no quisiera irme de
este mundo sin saber que vuestra horrenda existencia ha acabado en las mazmorras de
la Inquisición.
El anciano hablaba con una energía que era fruto del repudio virtuoso. Le
temblaba el cuerpo entero, y se santiguaba cada vez que Ippolito lo tocaba; aunque su
voz insegura delataba un resto de humanidad que su celo intentaba en vano sofocar.
Ippolito se retrajo. Se le había secado y sellado la fuente de su corazón. Los
centros vitales de humanidad se habían agostado y marchitado dentro de él. Extendió
los brazos y alzó los ojos.
—Entonces soy un proscrito de la naturaleza. He sido despojado de los derechos
del ser. Todo oído está sordo, todo corazón es piedra para mí. Donde piso, la suela de

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mi calzado seca cualquier manantial de humanidad. Ha sonado mi fin; pero vosotros,
vosotros, ¡ojalá conozcáis un día lo que significa llamar al corazón humano y
encontrarlo cerrado! ¡Ojalá sepáis lo que es huir de los perros de la superstición, y oír
redoblados sus ladridos, detrás de vosotros, en cada esquina! ¡Ojalá, como yo, sintáis
la malevolencia de los hombres sumada a la de los demonios, para acosaros y
ahuyentaros! ¡Y ojalá el amparo hacia el que corráis os arroje, como vosotros a mí, a
la desesperación!
Abandonó la casa precipitadamente y echó a correr por la calle sin importarle
ningún peligro, buscando solo calmar la angustia con la carrera.
—¡Loado sea el Cielo! —dijo el monje—. Su discurso zalamero no nos ha
inducido a escucharle. De todos modos, nos ha enseñado su pezuña hendida antes de
irse.
—Yo no he visto ninguna pezuña —dijo el posadero con cierto enfado—. A mí
me parece que se ha ido como un caballero enojado.
—Es verdad —dijeron las mujeres—. No se ha ido como un hechicero; no ha
habido ni llamas azules ni temblores de tierra, ni se ha llevado consigo una piedra del
muro.
—¡Cómo! —exclamó el monje—. ¿Osáis decir que se ha ido de la casa como un
católico?
—Justamente —dijo el posadero—. Y en realidad, no tendré nada que contar
mañana en el pueblo.
—Su presencia os ha inficionado —dijo el confesor—. ¿Negaréis que dejaba
detrás un rastro de azufre en el que podían verse diablillos revoloteando como motas
de polvo en un rayo de sol?
—Santo padre, no os enfadéis —dijo la esposa—. Creo que se nota efectivamente
un olor a azufre.
—Yo empiezo a notarlo también —añadió el posadero.
—Oremos —dijo el monje.
Etc… etc., etc.
Ippolito recorría las calles con paso precipitado; no había oscurecido del todo,
pero notaba en todas partes que su presencia anticipaba la soledad de la noche: por
donde pasaba, los niños dejaban de jugar y se retiraban, y el transeúnte que iba a
cruzarse con él cambiaba súbitamente de lado; el influjo del desconocido parecía
envolverle como el hechizo de un encantador, convirtiendo a todo ser humano que
veía en una sombra sigilosa, y haciendo de él una sombra para ellos.
Entonces comprendió la dimensión de su desdicha: hallarse solo en el mundo;
olvidar el lenguaje de los hombres; perder las funciones vitales de la naturaleza; verse
despojado de su propia humanidad; descubrir que un poder que no era la muerte
había cortado «esos lazos del hombre» que mantienen unida a la especie; sentir que le
habían arrancado el corazón, tabernáculo de la vida y de los sentimientos, como
hacían a las víctimas del México indígena, y se lo habían puesto ante los ojos

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palpitando todavía; morir espiritualmente, pero sentir el peso y el dolor de la carne.
Una honda y total desolación le ensombrecía el alma. Detestaba su vida, pero no
sabía cómo acabar con ella.
No obstante, la misma desesperanza de no encontrar descanso ni protección le
hacía seguir caminando. Cayó la noche. Callejeaba sin acercarse a ninguna puerta ni
dirigirse a nadie. El viento le agitaba los cabellos, y las piernas empezaban a
flojearle… cuando tres individuos lo rodearon de pronto y le ordenaron que los
acompañase en nombre de la santa Inquisición.
No fue ninguna sorpresa. Sin embargo, se quedó paralizado. Para un italiano, ese
nombre posee terribles connotaciones; su imaginación lo asocia con todo lo que tiene
que ver con el horror y la ruina, la prisión de por vida, el olvido en algún lugar
secreto, la muerte lenta y solitaria… todo eso ensombrecido por una niebla de miedo
supersticioso como la que presta la fantasía a la caverna del hechicero, y que es
sugerida por el singular misterio de los procesos de dicho tribunal.
Ippolito miró con ferocidad a los individuos, y medio desenvainó la espada; pero
tras unos instantes de debate, optó por guardar el arma y seguirlos. En esa época, la
Inquisición no estaba tan bien organizada en sus diversos departamentos e instancias.
Sus sedes principales se hallaban en Roma y en Nápoles. En las demás ciudades tenía
agentes que, con la ayuda del brazo secular, vigilaban, prendían y enviaban a los
acusados a las sedes principales del Oficio. Su actual agente en Pozzuoli era el signor
Ghiberto Angellini, hombre dotado de inteligencia y humanidad.
No había prisión oficial en la ciudad, pero el número de sospechosos de herejía
había aumentado tanto últimamente que se habían visto obligados a reparar y reforzar
un antiguo edificio que había sido fortaleza romana, y se alzaba sobre un espolón de
la playa de poniente, donde las olas rompían en sus vetustos bastiones entre los
gemidos de aflicción de los cautivos del interior.
Allí condujeron a Ippolito. A otra hora, su imaginación se habría dilatado y
estremecido al surgir a la vista, en una de las vueltas del camino que conducía hasta
ella, la negra silueta de su prisión, la puerta severa y gigantesca, de un estilo anterior
al que llamaban antiguo en otros tiempos, la larga sucesión de corredores abovedados
en los que las antorchas de sus conductores arrojaban una luz inquieta poblada de
sombras, orlando de rojo oscuro las matas de hierba que salían de las rocas, y
revelando las grietas de sus muros de piedra cruda, mientras, al pasar junto a ellas,
distinguía de cuando en cuando el mar, a lo lejos, centelleante con la luz de la luna, o
el cielo, de un azul claro, recortado por la silueta dentada de los muros, con las mellas
salpicadas de estrellitas más pequeñas que las gotas del rocío… en tanto los hábitos
negros, pasos sigilosos y rostros embozados de la guardia que lo escoltaba prestaban
una solemnidad casi visionaria a su marcha.
Llegaron finalmente a una estancia grande y regular del edificio. Ippolito observó,
hasta donde le permitía la oscuridad, ventanas enrejadas y puertas en arco con signos
de haber sido reparadas recientemente. La guardia saludó con una profunda

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inclinación a un individuo de gesto solemne que avanzó desde el extremo opuesto de
la sala, y lo entregaron a él; este encendió en silencio una antorcha en una lámpara
que colgaba del techo con una cadena, e indicó con una seña a Ippolito que lo
siguiera.
Se dirigieron a una escalera de piedra. El viento frío que entraba por mil
resquicios hacía tiritar a Ippolito, aunque no veía ninguna puerta ni ventana. La
subida parecía no acabar nunca. El guía iba sumido en hermético mutismo. Ippolito
se detuvo. El individuo se detuvo también, como inquiriendo el motivo de esta
detención.
—Quiero ver —dijo Ippolito— si me llega el alivio de algún ruido, además del
eco de mis pasos.
El individuo se quedó inmóvil unos segundos, como para que se convenciese de
que no debía esperar ese alivio, y reanudó la marcha. Llegaron ahora a un corredor
abovedado, donde una guardia completamente armada paseaba arriba y abajo también
en silencio. Saludaron con la cabeza al que conducía a Ippolito, aunque a él no le
dirigieron siquiera una mirada fugaz: la lúgubre rutina de su oficio parecía haber
extinguido en ellos todo sentimiento humano, incluso toda curiosidad, la última que
podría subsistir dentro de los muros de la Inquisición.
El guía condujo ahora a Ippolito, por una cámara oscura y estrecha, a otra más
espaciosa pero igualmente oscura; encendió una lámpara que colgaba de la pared; y
tras señalar un jergón apenas discernible en el fondo, desapareció en silencio. Ippolito
se echó en él y, pensando que aquí estaba fuera del alcance del desconocido, se
durmió.
Tres días pasó encerrado antes de comparecer ante la Inquisición. Durante ese
tiempo, la soledad y el silencio de la prisión, los pasos sigilosos y rostro impasible del
carcelero, los escasos y monótonos ruidos que le llegaban de fuera, el tañido de la
campana, los repiques de la noche, el susurro del santo y seña de la guardia, y el
áspero fragor de las olas al pie de la torre le sosegaron el espíritu y le inundaron de
una suave y paciente melancolía, no desprovista de vigor, pero totalmente distinta de
la austeridad.
Al tercer día fue conducido a la presencia del signor Angellini. Según marchaba
por los corredores, observaba que la luz del día iba disminuyendo, debido al espesor
de los muros y a lo angosto de los vanos enrejados. Casi estaba anocheciendo cuando
llegaron a una puerta baja. Uno de la guardia llamó en ella con un bastón que llevaba,
y abrieron. Ippolito fue introducido en una estancia de paredes cubiertas con paños
negros, e iluminada con una lámpara. El inquisidor y su secretario estaban sentados
detrás de una mesa, en la cabecera. La guardia se retiró. No hubo la hosca formalidad
que los interrogatorios inquisitoriales suelen observar, salvo que hicieron sentarse a
Ippolito frente al agente delegado, ya que no se permite a los acusados de ese tribunal
estar de pie durante el interrogatorio.
Cuando el inquisidor alzó los ojos, pareció sorprenderse involuntariamente ante la

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figura y ademán de Ippolito, y escrutó su semblante desencajado y afligido con una
expresión que Ippolito creía desterrada de estos muros.
—Caballero —dijo—, tened la bondad de informarme si vuestro apellido es
Montorio.
—No sabía —dijo Ippolito— que en este oficio hubiera que preguntar el nombre.
—En este caso es necesario —comentó el inquisidor—, ya que parte de las
deposiciones hechas ante nos se refieren a las acciones de cierta persona llamada
Montorio, y parte afirman que sois esa persona. Por tanto, este punto es el primero
que debe quedar claro.
Ippolito había oído hablar de la sutileza de los procedimientos del tribunal.
Decidió no hacer ninguna concesión que pudiera evitar, ni dar ninguna información
que pudiera callar.
—Si vuestra información es exacta —dijo—, no necesitáis preguntarme el
nombre; si no lo es, a vos corresponde buscar una fuente más auténtica. Así que no os
lo voy a dar.
—Entonces debo proseguir como si lo hubieseis hecho —dijo el inquisidor—; esa
es la regla de nuestro oficio para tales casos. Pero debo informaros que son pocos los
que se empeñan en ocultar su nombre si no han hecho nada que pueda deshonrarlo.
—Deshonrarlo —dijo Ippolito con dignidad— sería decirlo en semejante causa;
sería prostituirlo, si lo mezclase con acusaciones absurdas y malévolas.
—Entonces, ¿conocéis la naturaleza de los cargos presentados contra vos? —dijo
el inquisidor con sorpresa.
—¿Cómo podría ignorarlos? —dijo Ippolito—. Me asaltan desde todas las bocas
por donde voy. En vano busco protección en la soledad de los desiertos y en la
santidad de las iglesias. Me persiguen en la sociedad; me atormentan cuando estoy
solo; han envenenado mi existencia; me han arruinado la paz, y casi la razón.
—Si erais consciente de vuestra inocencia —dijo el inquisidor—, ¿por qué no
acudisteis a la Iglesia o al poder secular? Nadie inocente puede ser perseguido
impunemente en un país civilizado.
Ippolito se mordió el labio, pero no dijo nada. Se dio cuenta de que el
desconocido, con la malevolencia y el arte de un demonio, le había hecho caer en su
trampa favorita: lo había implicado en una culpa que ya no era posible ocultar, y que
confesar, en semejante país, era fatal.
—¿Habíais estado anteriormente en Pozzuoli? —dijo el inquisidor.
—No, nunca.
—¿Habéis presenciado algún hecho extraordinario a vuestra llegada aquí?
Ippolito vaciló. Le fue repetida la pregunta.
—He visto una inscripción extraordinaria en el interior de la catedral.
—¿Cuál era el motivo de la emoción que manifestasteis al verla?
—La sorpresa es algo demasiado natural y general para que se le pida a nadie que
señale un motivo; fueron muchos los que sintieron lo mismo que yo, y no los veo

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aquí.
—Os oyeron decir cosas sorprendentes.
—¿Las oyeron testigos casuales? —dijo Ippolito con súbita alarma.
—Los que había a vuestro alrededor no estaban allí por casualidad —dijo
Angellini—; desde que salisteis de Nápoles hasta hoy mismo, y desde algún tiempo
antes, vuestras andanzas y expresiones han sido seguidas de cerca por el Santo
Oficio.
Ante esta terrible revelación, Ippolito se echó hacia atrás en la silla y se cubrió la
cara con las manos. Se sentía como el que recorre esperanzado un sendero largo y
fatigoso creyendo haber dejado atrás al asesino, y cuando tiene cerca el final,
descubre que su perseguidor ha estado jugando con él: lo ha seguido paso a paso, y se
dispone a saltar sobre él en cuanto llegue a la meta. El inquisidor pareció ligeramente
impresionado por su actitud, y reanudó el interrogatorio.
—¿Habíais visto antes esa inscripción?
Ippolito, al que empezaba a fallarle todo poder e impulso a resistir, lo admitió.
—¿Cuándo, y en qué circunstancias? —dijo el inquisidor.
Ippolito vaciló, pero estaba demasiado desalentado para articular una respuesta;
hasta que le fue repetida solemnemente la pregunta.
—Preguntadlo a vuestro confidente —replicó—; y sus respuestas delatarán a otra
presa para el Santo Oficio; su confesión desvelará una historia horrible.
—Ya la ha desvelado —dijo el inquisidor.
—¡Cómo!, ¿es posible que se haya sometido al juicio de la Iglesia, que haya
revelado el secreto de su iniquidad? ¿Es posible que me aguarde un desagravio?
—¿De quién habláis? —dijo el inquisidor—. Parece que hay aquí un
malentendido.
—¿De quién? —repitió Ippolito con vehemencia—; del demonio que me persigue
y me acosa; del que ha destruido mi vida; del que ha manchado mi conciencia con
pensamientos horrendos, me ha expulsado de la sociedad, y me ha arrojado a las
garras de la Inquisición.
—Habláis entonces de alguien que me es desconocido —dijo el inquisidor—. Mi
informante es, desde luego, una persona absolutamente inocente.
—Imposible —dijo Ippolito—; no habría podido obtener esa información si lo
fuera; aparte de los agentes, nadie más había presente en el momento del suceso.
—Tened cuidado —dijo el inquisidor—. Si es imposible que un testigo sea
inocente, ¿qué debemos pensar de vos?
—Me confundís, me acorraláis —dijo Ippolito—. ¿Es esto un interrogatorio?
Pues yo afirmo que cualquiera que sea el delito que se me impute, el que os ha
informado lo comparte también; porque donde yo he sido agente, él lo ha sido
también; y si él es inocente, también habré de serlo yo.
—Me acusáis injustamente —dijo Angellini—. Yo no estoy aquí para arrancar
confesiones; yo no utilizo equívocos para sorprender la confianza de nadie; solamente

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pretendo atenerme al significado claro y directo de vuestras palabras, y convenceros
de la imparcialidad de este proceso. Quiero que entendáis que los cargos presentados
contra vos son de tal naturaleza que nada sino los documentos más incontestables los
pueden sustanciar o refutar; por tanto, he ordenado que comparezcan los principales
testigos, que aún no han llegado. Os informo de esto, no sea que os empuje a hacer
una confesión inconveniente el terror que suelen inspirar los inquisidores, que por
cierto están ya en posesión de todos los informes pertinentes al caso. Tenéis tiempo
ahora de ordenar vuestros pensamientos y preparar vuestra defensa. Solo quiero, con
estas preguntas en privado, saber si deseáis que se os ahorre la vergüenza de hacer
una confesión involuntaria, y de tener que enfrentaros a testimonios fehacientes.
Podéis retiraros. Lamento vuestra manifiesta contumacia. Os advierto que vais a
enfrentaros a un tribunal con el que la grandilocuencia os servirá tan poco como el
penoso recurso de negarlo todo.
Ablandado por esta franca alocución, y atormentado por el pensamiento de que el
único sentimiento que inspiraba incluso en una persona generosa era el de una dudosa
compasión, Ippolito habría querido seguir allí un momento más, y suplicarle… Pero
era demasiado tarde: la guardia, a una seña que solo ellos habían captado, se adelantó
para conducirlo de vuelta a su aposento. Y el inquisidor y su secretario se
desvanecieron en la oscuridad de la cámara.
Lo devolvieron a su torre solitaria, donde tuvo tiempo de sobra para preparar la
defensa que el inquisidor le había aconsejado. Pero ahora había perdido por completo
su firmeza. El ánimo mermado por la aflicción, y las fuerzas debilitadas por el
continuo sufrimiento, lo habían reducido a ese estado en el que, de los grandes
sucesos y amplios panoramas, uno se queda con los detalles más concretos y
cercanos, y se detiene en ellos con morosa predilección. De toda su agitada y variada
vida, solo tenía ahora en la cabeza la entrevista con el inquisidor. Pero en vano se
preguntaba cómo el desconocido podía revelar sus transacciones en Nápoles sin
confesarse actor principal, o si podía conocerlas algún otro. Sin embargo, ni siquiera
en ese estado de desamparo estaba totalmente huérfano de alivio: los colores del
cielo, los aspectos del mar, el impresionante escenario de rocas y ruinas que
recortaban el osado perfil de la costa, y las inacabables variaciones que
experimentaban sus formas y tonalidades en el transcurso de la mañana al mediodía,
y del ocaso a la claridad de la luna, con unas gradaciones imperceptibles, demasiado
tenues para atraparlas el pincel más avezado y el ojo más curioso… todas esas cosas
las tenía consigo en la prisión. El influjo del desconocido no podía cambiar las
formas eternas de la naturaleza, ni impedir su centelleo a través de las altas y
enrejadas ventanas de la torre. A ratos, incluso leía fragmentos de la extraña historia
de Cyprian, que le habían dejado en el registro a que lo habían sometido a su llegada
a la Inquisición.
Mientras quedase algo de luz en el mar o en tierra, Ippolito seguía en el alféizar,
con el pensamiento concentrado en objetos exteriores, contemplando las muestras de

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involuntaria simpatía que la naturaleza mandaba a la torre y a su imaginado habitante;
observando a los pescadores con los remos en suspenso mientras se deslizaban junto
a los enormes contrafuertes que descansaban en la roca sobre la que colgaba su torre,
y meneaban la cabeza cuando lanzaban una mirada de soslayo a su altura enhiesta e
inaccesible. Al anochecer, cuando la guardia le encendía en silencio la lámpara,
Ippolito sacaba los manuscritos, y leía con atención sostenida, no para procurarse
placer, sino para ahuyentar el sufrimiento.
Sin embargo, algunos despertaban su simpatía, agotada como la tenía por las
tribulaciones personales. Revelaban momentos normales y apasionados de la vida, y
por tanto conjugaban en alto grado la sinceridad de sentimientos con la profunda
convicción, no siempre lograda o buscada en tales composiciones.
En los fragmentos que ahora leía, la autora parecía apurar hasta las heces la copa
más amarga que nunca se haya llevado a los labios la aflicción humana: la pasión
desengañada. Se deleitaba expresando el último dolor que ahora se le podía infligir o
ahorrar: el de verse separada sin esperanza del ser que amaba. No quedaba claro en
estos versos si esta separación era voluntaria o forzada, imaginaria o real; pero a
Ippolito le parecían fruto de una resolución débil (como la que se supone que
albergaría el corazón de una vestal loca de amor), que se tortura dirigiendo nuevas
últimas miradas a la meta que no puede alcanzar, pero a la que no puede renunciar. El
primero de estos fragmentos parecía un intento de combinar el calor de la pasión con
el de la devoción. Sin embargo, ni la pasión era santificada, ni la devoción dulcificada
por la unión.

I
¡Todo ha terminado! Mi corazón declara concluida la contienda; el
silencio cuenta lo que callan las palabras; nos partimos para no vernos
más.

II
No derrames una lágrima te pido; ni un suspiro me roce la mejilla, o
mis sentidos cansados se apagarán, y estallará mi corazón oprimido.

III
Mi ánimo abatido he levantado, he logrado recobrar todo mi aliento,
¡deja, pues, que me lleve esta sonrisa, para adornar el rostro de la
muerte!

IV
No está cerca la hora deseada, en que acabe el sufrimiento de la carne
en que brillen de amor nuestras almas, y se fundan en una para siempre.

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Pero ¿quién puede cantar el último adiós de su pasión? No parecía que pudiera
apartarse de este asunto. Tenía toda la atención concentrada en un punto del que no
llegaba a desaparecer la imagen del amado. Los versos siguientes denotaban un
estado raro y extraño: aquel en el que se han evaporado los elementos materiales del
amor y solo queda el espíritu para llorar sobre sus restos; en el que lo que se lamenta
es el pudrimiento de la pasión, que no es cesación sino fuente de infelicidad; en el
que uno anticipa el declive total de los sentimientos, que ya han empezado a enfriarse
y apagarse; en el que se espera que se «suelte el cordón de plata y se rompa el vaso de
oro» con una angustia que no es capaz de inspirar ninguna pérdida desventurada,
salvo en el espíritu quimérico del amor.

I
Buenas noches; aquí termina mi jornada;
las sombras se congregan ya deprisa.
Un rayo débil todavía se derrama,
pero no durará su breve luminaria.

II
Seguiré, sin embargo, mientras dure;
vagaré con su lumbre embrujadora.
Pero la falsa senda que señala
no perderá a esta errabunda fatigada.

III
No alumbres más, hermosa luminaria;
disuélvete en las franjas de poniente;
enfría el aire como el lecho de mi alcoba,
oscurece el mundo como haces con mi alma.

IV
Cuando miro tu luz de meteoro
me parece que he vencido mi cansancio,
la esperanza acelera mis latidos,
y una fuerza me infunde nuevos bríos.

V
Ser sin nombre en quien mis ojos,
al mirarte, encuentran un rocío placentero;
eres único lucero vespertino de mi senda,
estrella solitaria de mi noche.

VI

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Tú que alumbraste temprano mi esperanza,
mira cómo se apaga el rayo demorado;
ven, escucha el suspiro postrimero
de este corazón que ya no tiene nada.

VII
Alzo los ojos a tus rasgos seductores,
que una vez transportaron mis sentidos;
entrelazo mi brazo con el tuyo,
y no me vuelve el rubor que ya he perdido.

VIII
Las palabras que embeleso destilaban
se han quedado sin su magia tan segura;
y esos ojos, a cuya luz el sol palidecía,
no despiden ya ni fuego ni locura.

IX
No es que seas ahora menos adorable,
ni es menos luciente el cenit de tu gloria,
aún podría el sentido en tus mejillas solearse,
y el alma iluminarse en tu memoria.

X
Pero siento frío, el frío de la muerte,
un frío que congela el sentimiento;
frío el caudal de mis debilidades,
y callado el más sonoro de mis sueños.

XI
La mano no despierta ya canciones,
y el son de sus acordes suena quedo;
mi pulso no puede interpretar dolores,
mi corazón camina demasiado lento.

XII
No te extrañe que se apaguen mis suspiros
que las lágrimas se hielen en mis ojos:
la naturaleza falla cuando se apaga la pasión.
Sin la vida el amor no existirá tampoco.

XIII

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He vivido, hasta que mis horas
se las ha llevado este río de pasión;
he vivido, hasta que la eterna luz del Cielo
empezó a palidecer con la intensidad de tu fulgor.

XIV
Mis días, mi salud y mi sosiego
fueron tributo a su dominio soberano;
y cuando estas ofrendas no valieron,
la vida se me fue con mis cuidados.

XV
No te asombre que pierda la esperanza,
con tan débil efímero homenaje;
tu luz a estos ojos ya no alcanza,
y el dolor se convierte en mi paisaje.

XVI
Si al final a mi lecho te acercaras
donde mi vida aún tiembla y se debate,
a dejar que mis ojos te miraran
o a pedirme una paz para llevarte.

XVII
Aplacada la ira, solo pido
al corazón que su herida no descubra;
que no exhalen mis labios ateridos
la historia dolorosa que me turba.

XVIII
Pero antes se habrá roto ese nervio,
que abriría mis ojos ya cerrados;
y el secreto que espera en el aliento,
no saldrá en el momento de exhalarlo.

Pero el apaciguamiento de la pasión que prometía este adiós era un mero


subterfugio: aún se demoraba esta mujer en el recuerdo, y se esforzaba en describir la
desolación que significaba para ella la vida después de apagarse definitivamente su
primavera y su esperanza. Comparados con sus sentimientos anteriores, los que ahora
la dominaban parecían los de un espíritu separado que flota sobre su abandonada
morada carnal y memoria de su antiguo ser. Su amor emitía un débil y gastado rayo a
través de la niebla y el vapor. Su línea seguía siendo la misma, pero había perdido

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brillantez.

I
Una luz me alumbraba a mí la vida;
y se hundió, desmayada, ante mis ojos.
Antes que verla cómo se perdía,
esperaba haber sido yo despojos.

II
Una senda seguía placentera,
por ella me llevaba un gran hechizo;
morir quería antes que perderla,
aunque fuera un desierto mi camino.

III
Una voz arrobada derramaba
dulcísimos acentos en mi oído;
hoy solo oigo la mía desolada;
hoy siento el mundo todo frío.

IV
Esa luz de mi vida se ha apagado,
ha callado la voz que me hechizaba,
la senda prohibida se ha incendiado
el Cielo la ha arrasado con sus llamas.

V
Ahora debo andar sola el camino,
probar la amarga desesperación;
llorar un sueño ya desvanecido
y vivir despojada del amor.

Pero no tardaron estos pasatiempos en dejar de distraer la monotonía de su


encierro. La inacción de la soledad degeneró pronto en apatía: desganada, desalentada
apatía: empezó a perder la costumbre de mirar por la ventana, de practicar los
ejercicios que las dimensiones del aposento le permitían, de tomar esas pequeñas
medidas contra la ociosidad total, como hace todo el mundo cuando esta aparece,
pero que abandona poco a poco a medida que aumenta su influencia.
Temeroso de caer en un completo debilitamiento del cuerpo y del espíritu con el
progreso de este hábito, casi se alegró de que le mandaran presentarse por segunda
vez ante el inquisidor. Pocos concebirían que semejante mensaje pudiera ser acogido

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con alegría; pero Ippolito ansiaba oír una voz humana, dada la animación que
siempre traen consigo las conversaciones. Estaba deseoso de ejercitar las facultades
del intelecto y los órganos del habla que el encierro casi había anquilosado. Las
sombras mudas que le traían comida y luz a horas establecidas solo tenían de
humanas la figura.
Otra vez fue conducido en silencio al mismo aposento, del que estaba desterrada
la luz del día, sustituida por antorchas que arrojaban un resplandor humeante y
fúnebre sobre las negras colgaduras, y sobre unos rostros más severos que los que
viera la primera vez.
A Angellini le habían parecido tan importantes y extraordinarias sus anteriores
deposiciones que había solicitado el concurso de auxiliares del Santo Oficio de
Nápoles, lo que le fue concedido para permitirle redactar un informe lo más completo
y detallado posible de los cargos contra el detenido, antes de ponerlo en conocimiento
del supremo tribunal de dicha ciudad. Había más formalidad en esta ocasión que en la
anterior, preparativos más pomposos, y más tenebrosa ceremonia de misterio y pavor:
vestiduras raras, auxiliares que no abrían la boca, gestos silenciosos, consultas en voz
baja… con todo lo cual el Oficio conseguía infundir en los espíritus más firmes un
sentimiento totalmente distinto del temor a su autoridad, o a la rectitud y justicia de
su proceso.
El interrogatorio, que duró seis horas, consistió enteramente en preguntas sacadas
de las diversas deposiciones efectuadas ante los inquisidores, relativas al supuesto
carácter y movimientos de Ippolito antes y después de abandonar Nápoles. Ippolito,
haciendo el mayor acopio de energía intelectual, y contento interiormente de que se le
llamase a juicio, se resistió al principio con ademán sereno pero serio a ser
interrogado. Reclamó los nombres de sus acusadores. Se le informó que era contrario
a la práctica de la institución hacerlos públicos. Entonces pidió una copia escrita de
las acusaciones, y tiempo para refutarlas. Le dijeron que tampoco era posible
satisfacer esa petición; que si los cargos presentados contra él eran infundados,
ningún plazo le haría falta para refutarlos; y si eran justos, cuantas menos evasivas y
demoras en admitirlos, mejor. Así que, en uno y otro caso, lo único que se esperaba
de él era una respuesta categórica en sentido afirmativo o negativo. Este fue el
dictamen de los asesores napolitanos; aunque, a petición de Angellini, accedieron a
que le fueran leídas las deposiciones por las que era interrogado antes de continuar.
Ippolito las escuchó con interés (con un interés que ni siquiera su peligrosa y
desventurada situación conseguía anular), a fin de conocer las opiniones y teorías que
su extraordinaria conducta había suscitado. No pudo evitar inflarse de visionaria
vanidad al oírlos referirse a él como un ser de cuyo carácter y propósitos solo tenían
temerosas suposiciones; que se movía ante los ojos de los hombres envuelto en una
bruma de misterio, a través de la cual solo captaban la visión fugaz de una figura y
unos movimientos más que humanos. La denuncia presentada ante el Santo Oficio
sobre su conducta en Nápoles parecía consistir en declaraciones de personas que lo

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habían observado con asombro y recelo, aunque sin forzar lo que les dictaba su juicio
y sus sentidos. En general, afirmaban que le habían visto andar de noche solo, a
menudo con ademán desordenado, y dirigirse a cierto paraje donde se encontraba con
un individuo de aspecto extraordinario; que casi inmediatamente después de reunirse,
desaparecían los dos; y que ni la búsqueda más minuciosa había podido descubrir
rastro ninguno de sus personas, ni averiguar la dirección que habían tomado. A estas
circunstancias excepcionales no añadieron comentario fantástico de ningún género, ni
ninguna exageración disparatada; aunque posteriormente advirtieron un cambio
notable en el carácter, hábitos e intereses del conde; que de abierto y alegre se había
convertido en un hombre agrio, sombrío y retraído. Además de todo esto, estaban las
declaraciones obtenidas del criado que le había acompañado desde su salida de
Nápoles, y del campesino con quien él había topado en Bellano, que eran todo lo
monstruosas que el miedo, la falsedad y la malevolencia supersticiosa podían
hacerlas.
El pobre idiota que lo había traicionado en Celano con su estupidez, al que más
tarde había perdonado, y con el que había tenido la condescendencia de justificarse
cuando se encontraron en la posada abandonada de Bellano, declaró ante la
Inquisición «que su amo era un hechicero, que había tratado de atraerlo a sus artes
inicuas, que había huido de él para evitar sus persecuciones, que después se habían
encontrado en un edificio vacío, adonde el conde había acudido para conferenciar con
los espíritus que lo poseían; que le habían llamado voces sobrenaturales de una
habitación a otra, y formas de un horror inimaginable habían cruzado ante él
eclipsándolo; que aterrado ante una situación que ninguna humana valentía era capaz
de sostener, se había desmayado, y en el instante de abandonarle los sentidos, había
visto a Montorio hundirse en una nube llameante que brotó de un abismo abierto en el
suelo, del que salieron un sinfín de manos enormes y negras, armadas como garras de
grifos, para recibirlo. El campesino al que había encontrado vagando cerca de la
posada vacía depuso que lo había visto adoptar diferentes formas mientras hablaba
con él; que al final de la conversación ascendió súbitamente a la torre del edificio,
donde apareció montado sobre un caballo negro que echaba fuego con el aliento,
tenía las pezuñas hendidas, y una crin que despedía chispas; que aguijando al terrible
corcel con una gran serpiente que tenía en la mano, desaparecieron los dos, dejando
un reguero de luz azulenca detrás». Si alguna cosa probaba esta acusación, era que no
había entrado en el edificio. Los inquisidores se santiguaban con devoto horror
mientras escuchaban, y Angellini no podía reprimir una sonrisa que luchaba con la
indignación y la compasión.
Ippolito observó con asombro que ni un solo concepto de esta acusación lo había
facilitado el desconocido; y que tampoco se hacía mención de las terribles
transacciones habidas en los subterráneos de Nápoles, que él creía haber revelado a la
Inquisición, y debían haber constituido la materia de su interrogatorio. Sin embargo,
puesto que sin duda las conocían, en parte al menos, dado el derrotero del primer

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interrogatorio, motivado por su reconocimiento de la inscripción, concluyó que el
hecho de omitirlas ahora era solo una estratagema inquisitorial, que ocultaba el
alcance de la denuncia a fin de llegar a ella por una cadena de pruebas que después
sería imposible desenredar, o bien de adelantarse a estas mediante confesiones
sacadas al prisionero en el curso del juicio. Así que decidió no admitir nada sino lo
que ya poseían, cuyo absurdo era de lo más fácil refutar.
Concluida la lectura de las deposiciones, el inquisidor que presidía le exhortó
solemnemente a que confesase.
—¿Qué tengo que confesar? —dijo Ippolito—. ¿Qué parodia de investigación es
esta? Incitáis a hacer acusaciones monstruosas incluso para la credulidad de un idiota;
y fingiendo creerlas, esperáis imponerlas a alguien cuya conciencia y memoria se
niega a aceptarlas, hacerle dudar del testimonio de sus sentidos y de los sucesos de su
propia vida, o inducirlo, mientras se defiende con calor de unos cargos imaginarios, a
mencionar otros reales —ante este inoportuno comentario, observó que los
inquisidores intercambiaban miradas de severa inteligencia; lo que, en lugar de
contenerle, le exasperó, y prosiguió atropelladamente—: ¿Confesión? ¿De qué me
serviría ahora una confesión? Incluso en el caso de que lograse convenceros de mi
inocencia, ¿podréis devolverme su pureza y su candor? Imposible. Quien traspone
vuestros muros, jamás vuelve a tener la estima de la sociedad; jamás recupera la
confianza en sí mismo ni la limpieza de su orgullo. Lo mismo da que sea absuelto o
declarado culpable; quedará aherrojado de por vida con los hierros de la sospecha; la
humedad y el relente de la mazmorra formarán para siempre una atmósfera de repulsa
a su alrededor; las sombras de vuestros muros se proyectarán sobre él como una
maldición. ¿De qué me valdría confesar nada? Eso no puede restablecer el pasado; no
puede hacer que no haya sido prisionero de la Inquisición. Vuestra espantosa política
no puede invertir sus procesos ni remediar sus males. Atropella a la sociedad
confundiendo, destruyendo y pisoteando, pero no puede detenerse a levantar o a
reparar; y aunque pudiese, sería inútil. Las heridas que inflige son espirituales, y por
tanto no las puede sanar; jamás se borra el estigma impreso con hierros calentados al
rojo en la fragua de la superstición, y duele cada vez que recibe un soplo del cielo.
Ninguna reputación de inocencia, ninguna prueba de integridad servirían para
proteger a vuestras víctimas; una simple sospecha, un rumor, una mirada pueden
precipitarla desde la altura de la excelencia humana a los calabozos de la Inquisición;
el malvado más abyecto puede arruinar y destruir al más encumbrado de la
humanidad. Aunque inatacable desde todos los flancos, el más insignificante de sus
movimientos, talón de su armadura moral, puede ser alcanzado por el dardo de la
malevolencia anónima; y su herida será mortal. ¿De qué le vale a tal hombre que lo
absolváis? ¿Es el mundo al que vuelve el mismo que había dejado? No: mientras
dormía en el letargo de su encierro, se ha apagado el fuego vestal de su honor que
debía guardar como la meta más excelsa de su vida y encuentra sus cenizas
pisoteadas y dispersas. ¿Cómo puede prevenir esos males ninguna confesión? La

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confesión misma es una máquina de tortura espiritual que nadie sino un inquisidor
utilizaría, el medio de que os valéis, con el nombre de autoridad religiosa, para
satisfacer una curiosidad carnal y egoísta. Es el caballo de la superstición donde os
escondéis, cuando vuestras armas de persuasión han fracasado, para penetrar de
manera deshonrosa. Los pensamientos y los actos de las vidas más puras no soportan
ese examen general. No hay un solo ser humano que sea conocido sin residuo por
otro, y esa parte que permanece oculta preserva la estima mutua en las relaciones.
Nadie se atreve a revelar todos sus pensamientos a la esposa íntima, al amigo de su
alma, ni siquiera a su propia conciencia y su memoria, y casi espera que algunos
permanezcan ocultos a la Deidad. Cuando un hombre os revela su espíritu, os muestra
una ciudad donde destacan ostentosamente los palacios y las alamedas; mientras que
sus prisiones, sus jaulas de gente inmunda, su sentina pestilente de maldad
permanecen fuera de la vista. O bien os la enseña como haría el soberano de esa
ciudad, desde el pináculo de su orgullo, mientras pasea la mirada por el amplio
panorama de su propia magnificencia, no como cuando se escabulle de los hombres y
se asocia con las bestias, como cuando pierde su poder en la degradación, y sepulta su
persona en la brutalidad.
»¿Por qué habría de confesarme a vosotros? ¿Qué derecho tenéis, por naturaleza
ni por confianza, a exigirme eso? ¿O acaso lo fundáis en la carencia de rodo?
¿Debemos revelaros intimidades que callamos a la humanidad porque tenéis menos
motivos para los cuidados, menos títulos para la confianza, menos poder y deseo de
simpatía que el resto de los hombres? ¿Sois como el océano, para sepultar en el
silencio y las tinieblas los tesoros destinados a ser compartidos con afecto y
comprensión? ¿Es la confianza, como el azabache, producto de la oscuridad
subterránea, fruto de los calabozos? No; es vuestra ávida, vuestra furtiva curiosidad
de serpiente, que anhela enroscarse en el árbol del conocimiento; es la ambición de
un demonio simulando aspiraciones de un ángel. Al igual que los sacerdotes impuros
de un ídolo pagano, os deleita cebaros en la pureza violada, nunca hasta ahora
sacrificada a la naturaleza ni a la pasión, y llamar a eso sacramento».
Habría continuado, porque los inquisidores escuchaban con tensa compostura;
pero Angellini, molesto ante una impetuosidad que ofendía sin obtener ventaja, lo
interrumpió comentando con severidad «que esta perorata rapsódica y deshilvanada
no era ninguna defensa; que se le habían leído unos cargos concretos, y que estaban
aguardando a escuchar su defensa; que en cuanto a las expresiones desaforadas que
había usado, ningún sentido se les podía dar que contribuyese a informar a quienes lo
interrogaban, ni a exculparse a sí mismo». Dijo esto con la benévola intención de
evitar que se sacasen conclusiones perniciosas de la irreflexiva vehemencia con que
descargaba sus pensamientos.
—¿Defensa de qué? —repitió Montorio—. ¿De cargos que no creéis, que no
podéis creer…? ¿De cargos que mi actual situación no puede impugnar más
radicalmente? ¿Quién cree de verdad que alguien encerrado en una mazmorra goce

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de los poderes que se me atribuyen? Si tuviera esos poderes, ¿por qué no iba a
utilizarlos para ponerme a salvo? Si puedo eliminar las barreras naturales y burlar la
oposición de los elementos, ¿por qué estoy aquí? ¿Es más grato para mí aterrorizar a
un campesino solitario que librarme de la persecución y del peligro? ¿Por qué no me
elevo envuelto en llamas? ¿Por qué no hago que se abran vuestros muros ahora
mismo? ¿Acaso esos poderes abandonan a su amo en esta hora de necesidad? No; es
imposible que os engañéis de ese modo; ningún hábito de recelo o de fanatismo
podría reducir la mente a tan bajo nivel de raciocinio; es imposible que tan débiles
instrumentos puedan conduciros a desconfiar de la experiencia de vuestros sentidos,
del curso de la naturaleza y, lo que es más indiscutible, del honor de una noble casa.
No; vuestros confidentes y vuestra información son de una clase superior; no es el
delirio de un criado fantasioso lo que me ha traído aquí.
—¿Sois consciente, pues, de que hay causas más importantes que el Santo Oficio
ha tenido en cuenta para incoar un proceso contra vos? —dijo uno de los
inquisidores.
—Yo no he dicho eso —dijo el prisionero.
—Lo habéis dado a entender —dijo el inquisidor.
Este comentario inspiró a Montorio otra idea: convertir su defensa en acusación.
Se daba cuenta de que era imposible luchar contra la evidencia de sus oscuras
andanzas, de las que estaban al corriente; lo único que le cabía intentar era que su
confesión fuese devastadora para ese ministro del mal que lo había vendido y
destruido. Los terrores y peligros del destino que probablemente acechaban a su
confesión desaparecieron cuando pensó en su enemigo temblando con él ante el
mismo tribunal: en su quimérica persona, y en sus pretensiones reducidas a materia
concreta y vulnerable, o disgregadas en sus elementos originales. Su natural
vehemencia, su curiosidad, su renuncia a una exclusiva defensa se sumaron a esta
osada posibilidad. No podía desembarazarse de las redes que lo cercaban; pero con
un salto felino, se revolvió decidido a utilizarlas.
—Sé —dijo con voz firme— que es otra denuncia más importante la que me ha
arrojado a vuestras prisiones; pero sé, también, que quien ha presentado esa denuncia
está cubierto de manchas más negras y profundas que las mías. Si hay algún delito, él
ha sido su cerebro, su promotor y su ministro. Emplazadlo aquí, si podéis.
Confrontadme con él. Que se explique de manera solemne y reposada. Cuando
comparezcamos los dos como criminales, entonces hablaré, y contaré una historia que
asombrará a vuestras almas. Hasta entonces, solo abriré la boca para denunciar la
justicia de un proceso que trata al presunto ofensor y al culpable como inocente. Él
no puede acusarme sin condenarse a sí mismo. Así que, ¿por qué no está aquí
conmigo? ¿Acaso solo él puede, como el asesino de Mesina, apuñalar sin ser visto ni
castigado? ¿Acaso puede sacudirse de la mano la víbora de la brujería sin recibir
ninguna herida? ¿Puede, como el barquero fabuloso, conducir las almas a las regiones
infernales sin entrar en ellas?

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Angellini lo volvió a interrumpir para asegurarle que la idea que se había formado
de tal persona era totalmente equivocada; que era inocente, que ni siquiera conocía
personalmente a Montorio, y que su motivo para denunciarlo al Santo Oficio era su
celo desinteresado por la fe católica. Montorio siguió insistiendo enfáticamente en
que era culpable.
—Es un hechicero —dijo.
—Es un clérigo —replicó Angellini.
—Es un asesino —prosiguió Montorio.
—Se ha salvado milagrosamente de un intento de asesinato —dijo Angellini.
—Es un demonio —repitió Montorio rechinando los dientes—; y su trabajo es
traicionar a las almas de los hombres.
—Su trabajo —dijo Angellini seriamente irritado— ha sido rescatar un alma de
sus traidores.
—Probad esa acusación —dijeron los inquisidores—. Probad que la persona que
os ha denunciado es reprobable para el poder del Santo Oficio, y aquí empeñamos
nuestra fe de que será citada ante nuestro tribunal.
—Reverendos padres, no sabe lo que dice —dijo Angellini.
—Sí sé lo que digo, signor —exclamó Montorio—; y también tengo presente lo
que he dicho: recuerdo que me he comprometido a demostrar que vuestro informador
es culpable, en caso de que lo hagáis comparecer ante este tribunal y lo confrontéis
conmigo.
—¿Y con qué acusación podemos citarlo? —dijo el inquisidor.
Otra vez Montorio enmudeció de confusión y temor. Comprendió que debía
incriminarse si quería forzar la comparecencia del desconocido. En esos momentos
de vacilación, Angellini volvió a alzar la voz.
—Reverendos padres —dijo—: Aquí hay un profundo malentendido. Como es
evidente, el acusado ignora quién es su acusador. Permitidme exponer las
circunstancias en que me ha llegado la denuncia por la que ha sido detenido este
hombre. Quizá le saquen de su error respecto al denunciante, y a nosotros nos ayuden
a conocer mejor este intrincado caso.
Los inquisidores vacilaron; hasta que uno de ellos recordó al resto que accediendo
podrían descubrir la identidad de la persona contra la que Montorio había dirigido sus
invectivas, y que tal descubrimiento proporcionaría al Santo Oficio nueva materia
enjuiciable. Así que permitieron a Angellini proseguir su discurso, que Montorio
escuchó con el aliento contenido y la atención concentrada de alguien cuya existencia
y determinaciones vitales penden de las palabras del orador.
—Hace casi un mes —dijo Angellini—, me anunciaron que un desconocido
quería hablarme de cierto asunto que competía al Santo Oficio. Ordené que lo
hiciesen pasar. Vestía hábitos eclesiales. Tenía una figura digna de atención; en
cuanto a su voz, jamás se me borrará mientras viva. El temor que inspiraba su
persona, casi rayano en la repugnancia, se desvaneció en cuanto entró en la sustancia

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del asunto, cosa que hizo con excepcional inteligencia y puntualidad.
»Su historia era sorprendente, aunque perfectamente verosímil. Me contó que
había viajado de Padua a Nápoles; que su destino era un convento de las afueras, al
oeste de esa ciudad, a la que llegó cuando anochecía. Que debido a lo tardío de la
hora, y a que no conocía las entradas por esa parte desierta, sintió cierto temor a
correr algún peligro; que el temor le aumentó cuando vio asomarse dos individuos
por los salientes de un edificio ruinoso ante el cual iba a pasar, y retroceder al darse
cuenta de que se acercaba alguien. Observó que sus ropas no eran propias de
salteadores ni, según le pareció, de ninguna región de Italia. Por supuesto, ignoraba si
en Nápoles los salteadores salían embozados; de todos modos, pensó que el gesto de
esconderse no podía obedecer a ningún motivo inocente. Su primera reacción fue
bajarse de la mula y correr a esconderse en un arco desmantelado, que pensó que no
comunicaba con la parte del edificio del que aquellos dos acababan de salir. Apenas
se había escondido, oyó acercarse pasos, y vio sus largas sombras proyectadas en la
entrada del arco. Echó a correr desesperadamente. Con el miedo y la precipitación, no
se fijó hacia dónde se internaba, ni en lo que le rodeaba; como quizá habría hecho,
incluso con minuciosidad, en otro momento.
»Confesó que solo iba pendiente de si lo seguían, como así era; de modo que
corría, con la preocupación de que le cortase el paso algún otro peligro. Las pisadas
de los perseguidores sonaban cada vez más cerca. Descubrió una escalera, y empezó
a bajar por ella sin otra idea que la de huir. Dominado por el miedo, no se daba cuenta
de lo profunda que era, hasta que se encontró rodeado de la más completa oscuridad.
Entonces le asaltó un terror tan grande como el primero, y se detuvo, dudando si
volver a subir, o intentar buscar alguna clase de refugio. Y en eso estaba cuando
divisó una lucecita a lo lejos, en medio de la oscuridad. Se dirigió hacia ella salvando
multitud de obstáculos que describió con la fuerza del sufrimiento personal, aunque
no hace falta que yo repita aquí, y finalmente descubrió que parpadeaba al otro lado
de una reja que había en la pared del pasadizo por el que iba, se acercó, y descubrió
dentro unas figuras haciendo algo que le heló la sangre. Su primer pensamiento fue
retroceder; pero tras un momento de duda, la misma emoción que al principio le
incitaba a echar a correr le paralizó. Estuvo allí, petrificado, lo bastante para observar
la extraña actividad de aquellos individuos, con ese horror que imprime en el espíritu
una huella tenaz e imborrable. Me refirió la escena con una emoción sincera y
profunda que solo los recuerdos verdaderos pueden inspirar. En consecuencia, he
procedido respecto al Santo Oficio, y a sus detenidos, como habéis visto. También he
informado de cómo logró escapar del subterráneo, y de las razones extraordinarias
que aduce para presentar ante mí su denuncia, en vez de dirigirse al tribunal de
Nápoles.
—Extraordinarias —dijo el inquisidor—; pero plenamente justificadas por los
hechos.
Montorio había escuchado con suma atención. Pero seguía sin convencerse; la

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actitud del desconocido le inspiraba un secreto recelo, le ofuscaba el espíritu como un
sortilegio de incredulidad. Se dirigió a Angellini:
—Tengo poco que alegar en apoyo de lo que digo —dijo gravemente—, salvo mi
propia convicción. Como se puede suponer, no dispongo de una refutación formal
frente a declaraciones que oigo ahora por primera vez; sin embargo, no encuentro
palabras suficientemente enérgicas para expresar mi convicción de que las
circunstancias que acabáis de exponer son solo un nuevo ejercicio de astucia y
malevolencia, a lo que veo inagotables; son incongruentes, fingidas e imposibles —
calló buscando en su memoria algún detalle que reforzase sus afirmaciones, y tras un
largo silencio, dijo con sonrisa severa—: Una idea de la firmeza de mi convicción, y
de mi buena fe al trasladárosla, os la puede dar el hecho de que haya accedido a
confesar circunstancias que ningún otro poder me habría arrancado. El subterráneo
que vuestro informador pretende haber recorrido no tenía ni rejas ni celda ninguna;
no tenía otro acceso que aquel por el que se entraba. En este punto estoy seguro de no
equivocarme. Por mucho tiempo que pase, por muchas o importantes que sean las
cosas que ocurran, no se me borrarán de la memoria los detalles que conservo de ese
lugar; he contado cada sillar de sus muros, he calculado la curva de sus arcos, el
espesor de sus sombras y la densidad de su negrura; todo ha quedado impreso en mi
alma de manera indeleble. Ved que no pretendo engañaros cuando me arriesgo a
utilizar defensas tan distintas. Reverendos padres, es imposible que nadie pueda
llegar a ese lugar desde el exterior como pretende vuestro informador. Él tiene que
haber sido instrumento de otro ministro, y canal de una inteligencia superior. Vuelvo
a repetiros mi exhortación a que obliguéis al que os ha facilitado tal información a
que se presente ante el tribunal del Santo Oficio, y me confrontéis con él en persona.
—Esa incredulidad es fingida —dijo un inquisidor—. Tenemos algo más que las
palabras escuetas del testigo sobre su extraordinaria información; tenemos pruebas
que nada sino un íntimo conocimiento podría proporcionar, y de tal naturaleza que
ninguna falsa contumacia va a poder resistir. ¿Debemos recordaros la misteriosa
inscripción sobre la entrada del subterráneo? ¿Podría haberla reconocido y
denunciado a la Inquisición alguien que no la hubiera leído? —Montorio se
estremeció; le parecía que las redes de la evidencia se cerraban sobre él—. ¿Debemos
recordaros —dijo el inquisidor con voz vibrante— la daga manchada de sangre que
ya siempre se agitará ante vuestros ojos, y la acción que su visión os recuerda y
recrimina… esa acción oculta, innominada, concebida en la más negra oscuridad,
embozada en los mismos bordes del mundo inferior? Observo que tembláis. Yo
también —se recostó en su asiento, del que se había incorporado con la vehemencia;
los auxiliares ocultaron la cara con un visible estremecimiento.
Montorio, con acento entrecortado y casi inaudible, tartamudeando, dijo:
—Renuncio a justificarme, a seguir defendiéndome; ya no me quedan fuerzas
para rebatir ni resistir. Hablo sin esperar convenceros ni que me creáis, pero digo esto
con la firmeza solemne de la desesperación: estoy preso sin haber cometido ningún

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crimen; soy visionario sin haber tenido comercio con nada prohibido; soy homicida
sin haberme manchado con sangre humana.
Calló de repente. Se oyó un golpe sordo, lúgubre. El inquisidor hizo una
indicación a los sirvientes de que bajaran más la lámpara que colgaba del techo para
poder observar el semblante del acusado. Entonces descubrieron que se había
desmayado. Lo trasladaron a su aposento, pero los inquisidores celebraron una
consulta que duró hasta la medianoche. Cuando Montorio se recobró, su cerebro
empezó a trabajar deprisa. El peligro había dejado de ser indefinido y evitable; pero
sus terrores, en la misma medida que se habían vuelto ciertos, habían disminuido o se
habían transmutado en otros sentimientos. El temple de su alma se volvió rígido y
vindicativo. Su vulnerabilidad al sufrimiento se acorazó con la esperanza de enseñar a
otro a sufrir; y los horrores de la Inquisición solo sirvieron para exaltar su perspectiva
de venganza.
Cuando vio reaparecer a la guardia, pidió que le trajesen pluma y papel, y que no
le molestasen durante un tiempo, a fin de preparar unos documentos que quería
someter al Santo Oficio. Se le concedió lo que solicitaba; y durante unos días estuvo
enfrascado en su redacción, con frecuentes interrupciones, cada vez que le asaltaba el
arrepentimiento. Suele suceder que esa impetuosa vehemencia espiritual que nos
incita a emprender una acción fuera de lo común languidece pronto si su ejecución no
es inmediata. En esta labor estuvo ocupado un tiempo, durante el cual barajó muchas
veces la posibilidad de optar por alguna otra medida intermedia, y lamentó la
necesaria violencia de gestos a que le arrastraba la situación; y solo le animó a
continuar el pensamiento de que se había prometido a sí mismo llevarla a término, y
de que el peligro de esta confesión, en cualquier caso, no era susceptible de grados ni
reducciones.
Al tercer día había terminado; y puso el escrito en manos de Angellini. Este lo
recibió con un gesto de lúgubre solicitud, que su gravedad de juez trató inútilmente
de reprimir. Montorio se lo entregó en silencio; en un silencio que la honda emoción
del otro no le permitió romper. Cuando Angellini iba a abandonar el aposento,
Montorio hizo un movimiento brusco con la mano. Angellini oyó el ruido que este
leve gesto produjo, se dio la vuelta vivamente y preguntó:
—¿Deseáis decir algo?
—No, signor —dijo el acusado—. Ya no deseo ni temo nada. Solo que el Santo
Oficio conozca cuanto antes el contenido de este escrito.
—¿Y de mí? —dijo Angellini con emoción—. ¿No deseáis nada de mí?
—Sí —dijo Montorio tras una pausa—, que meditéis sobre los horrores de ese
destino, huyendo del cual he venido a parar a las mazmorras de la Inquisición.
Se fue Angellini. Durante una hora, el acusado siguió inmóvil en su silla, con las
manos agarradas a las rodillas, la cabeza inclinada y los ojos clavados en el suelo, sin
verlo. El sol se estaba ocultando y empezaba a oscurecer; pero Montorio no notaba
los cambios de luz, ni nada en absoluto.

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Finalmente, oyó pasos en la estancia, y descubrió vagamente una figura de pie
frente a él. No distinguía si era o no humana; ni alzó los ojos hasta que oyó,
dirigiéndose a él, la voz del Desconocido.
—Mírame ahora —dijo, repitiendo las palabras que había pronunciado en Bellano
—, mírame con otra forma; no como profeta de tu destino, sino como testigo de él.
Montorio lo miró fijamente. Ahora vestía hábitos de monje con la soltura y la
libertad del que lleva su ropa acostumbrada.
«Es él —dijo el desventurado joven, hablando para sus adentros—; es él. Pero no
lo miraré».
—Ya no puedes evitarlo —dijo el desconocido—. Aquí no hay subterfugios que
simulen un engaño de los sentidos. Estamos solos; tampoco hay nadie que nos
induzca a ocultarnos el uno al otro nuestro carácter y nuestro propósito verdadero.
«No levantaré los ojos hasta que se haya ido —murmuró Montorio, hablando
todavía consigo mismo—. No tardará en desvanecerse esa sombra terrible, y seré
enteramente persona otra vez».
—Levanta los ojos; mírame —dijo el desconocido—. No es ninguna sombra lo
que tienes ante ti. Es la forma de alguien que te viene siguiendo hace tiempo; que
deberá seguirte un poco más; la forma de alguien de quien es insensato huir, porque
huyendo no has hecho otra cosa que caer en las garras de la Inquisición.
—Mil veces las prefiero a las vuestras. Prefiero caer en manos de hombres, a caer
en las de alguien como vos, a quien no llamo demonio para no ser injusto con él
atribuyéndole una depravación más grande. Sí, aquí me he refugiado; y esa es la
razón de que pueda veros y hablaros. Mirad alrededor, y decidme qué más puede
temer un habitante de esta casa. Estoy en el borde extremo de la naturaleza. No
volveré a ver ni a oír a los de mi especie. Voy a ser de por vida prisionero de la
Inquisición. He coronado la roca desolada, y el oleaje de la venganza se estrella a mis
pies. Aquí estoy a salvo, en la desesperación. No habíais calculado esta última marea
gigantesca. Ignorabais lo fácil que resulta arrojar la vida cuando ha perdido para uno
su valor. No sabíais que un alma puede luchar con sus cadenas de tinieblas; sí, y
llegar con ellas mucho más allá de donde alcanzan los instrumentos mortales.
¡Insensato, al fin os he burlado y desbaratado! ¡Y triunfo sobre vos en este instante!
¿Cómo habéis entrado en esta prisión? Por todo lo bueno del mundo, que me alegra
veros. Escuchad, tengo una noticia que daros: se lo he contado todo a la Inquisición.
¡Todo, por mi alma inmortal! Estoy prisionero de por vida, lo sé. Y me alegro.
Prefiero sus cadenas para siempre a pensar en las vuestras un instante.
—¿Por qué las llamas «mis cadenas»? Yo no las he forjado ni te he cargado con
ellas. Me he limitado a revelar su conexión hasta donde eran visibles para el hombre.
La mía es una tarea desesperada: conciliar la naturaleza con el sufrimiento, y el
orgullo con la vergüenza. Pero el cansancio no la puede excusar. Tal vez yo, a quien
crees único inspirador y autor de esta empresa, esté movido por una mano cuyas
incitaciones jamás remiten ni descansan. El escenario de nuestros misterios en

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Nápoles, las cimas solitarias de los montes, los subterráneos de Bellano, esta cámara
de la Inquisición forman parte de un progreso incesante e interminable, aunque
mantiene una trayectoria invisible para el ojo humano. Sé que has cometido la
insensatez de revelar tu secreto a la Inquisición. Lo sabía ya antes de traspasar estos
muros. ¿Y qué has ganado? Que sea pública tu culpa, que sea cierta tu condena.
Aunque se juntaran todos los ejércitos para impedir que cometas esa acción, no
conseguirían nada; únicamente presenciarían lo que no podrían impedir. Da igual que
pretendas resistir al mundo invisible con una caña, con una telaraña, con una mota de
polvo, o con toda la fuerza y la energía del planeta. A fin de conducir tus pasos en
silencio y sin estorbo, había arrojado sobre ellos un velo de misterio. Ahora lo has
rasgado; ¿y qué has conseguido con eso? Escandalizar sin obtener comprensión,
desvelar confidencias sin obtener favor.
—No dejaré que me apartéis de las pruebas con palabras —dijo Montorio—. Ha
llegado la hora del juicio; la autoridad a la que debemos enfrentarnos es objetiva e
imparcial. He luchado a oscuras contra vos; pero al fin se acerca la luz. Estos muros
son efectivamente el último lugar en el que un hombre se refugiaría, pero me
protegerán. Aquí siento una fuerza sombría, una defensa inexpugnable contra esas
estratagemas con las que habéis embaucado mis sentidos. No podéis reducir a polvo
estas torres; no podéis luchar contra una institución que tiene su fuente en el poder y
el núcleo vital en la Iglesia.
—Mejor sería para ti que pudiera. Pero tu ingratitud y tu terquedad merecen que
te abandone a tu destino.
—¿Qué queréis decir? —dijo Montorio.
—¿Tan poco sabes de la Inquisición? ¿Imaginas que van a creerse la historia que
les has contado, que no la tomarán por un intento de engañarlos y burlarlos, y a ti por
un osado y contumaz enemigo de la fe? No; aunque les reveles lo que has visto y lo
que has imaginado, jamás juzgarán completa ni sincera tu confesión; te mirarán como
repositorio inagotable de secretos oscuros; o te reclamarán sin cesar que confieses
aunque no te quede ya nada por confesar. ¿Un refugio en la Inquisición? Sí, te darán
un refugio seguro, y profundo: tu lecho será de carbones ardiendo, y de almohada te
pondrán las tenazas y los hierros de marcar. Ninguna protesta de ignorancia te valdrá;
ningún fingimiento te ahorrará su implacable persecución.
—Aún queda una salida —dijo Montorio—: Puedo morir.
—¿Morir? ¡Qué poco sabes de la Inquisición! Ellos poseen el arte espantoso de
prolongar la vida, de acelerar el pulso que vibra de dolor, de hacer que la existencia y
el sufrimiento fluyan juntos como dos ríos artificiales cuyas fuentes tienen en sus
manos. Averiguan el límite exacto hasta el que puede la naturaleza resistir el dolor
que ellos infligen; lo aplican hasta ese límite, y devuelven al prisionero a su celda
para que recobre fuerzas y poder someterlo a otra sesión. Te consumirás en sus
mazmorras como la lámpara que alumbra tu agonía. Jamás, jamás escaparás de sus
manos, a no ser que te excarcelen para que sin darte cuenta cometas la acción que en

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vano intentaste evitar acudiendo a ellos.
—Eso es imposible —dijo Montorio—; antes devolvería la tumba a sus muertos
que la Inquisición a sus víctimas. Aquí estoy a salvo. Es una inmunidad espantosa;
pero la acojo con alegría. Me acostaré sobre mi lecho de ascuas. Me agarraré a los
hierros de tortura, porque me protegerán de vos. Quizá no pueda proteger mi vida y
mi inocencia; pero al menos podré comprar la inocencia con la vida.
—Te equivocas. Por supuesto que en ti está agravar tus sufrimientos ofreciendo
una resistencia inútil, pero no conseguirás suprimir la causa que los origina. Puedes
retrasar la acción que estás destinado a ejecutar, pero no podrás dejar de ejecutarla,
como no puedes prescindir de la respiración para vivir, ni de la conciencia para
pensar. Puedes resistirte al futuro tanto como cambiar el pasado. Tus esfuerzos
podrán convertir el torrente en espuma, pero no rechazar su curso. Igual te protegen
las mazmorras de la Inquisición que la cima de una montaña. Como prueba del poder
de que estoy armado como ministro más débil de tu destino, puedo hacer en este
momento que se disuelvan estos barrotes de hierro. Puedo llevarte por los corredores
de esta prisión, bajo la mirada de tu guardia, hasta la misma presencia de los
inquisidores. ¿Serás discreto? ¿Es fuerte tu brazo? ¿Está tu corazón dispuesto y
decidido? ¿Llevarás a cabo esa acción esta misma noche? Dentro de una hora estarás
en el lugar; tu camino es secreto: ni una hoja crujirá bajo tus pisadas, y tu golpe será
tan certero que no arrancará un solo gemido. Esa será la hora… de tu liberación. Sí; y
la de la fama. Una pestilencia, un terremoto, un volcán recorren la historia de los
hombres cuando olvidan los días radiantes y la prosperidad soñolienta.
Y de este modo, mientras hablaba, su actitud fue derivando hacia terrenos
imprevisibles. Se mostraba decidido, animado, osado; aunque con una mezcla de
ferocidad que sobrecogía, con una fuerza maligna y una altivez demoníaca que
exaltaban y aterraban. Arrastró a su interlocutor hasta el borde mismo del precipicio,
lo zarandeó por encima del vacío, y se rió de sus estremecimientos. Montorio lo miró
un instante con ojos fijos e inexpresivos, y finalmente se dijo para sus adentros: «Si a
donde tengo que ir es solo allí, hay un trayecto más corto».
Mientras hablaba, se levantó con inesperada violencia; y dejando atrás al
desconocido, se arrojó contra los barrotes de la puerta. Cayó al suelo. El desconocido
lo incorporó, y observó que no respiraba. Se inclinó sobre él. Recogió en sus manos
la sangre que manaba de la frente y la boca de Montorio, y alzándolas, murmuró:
«Bebe, bebe si tienes boca, pero no me atormentes con esos ojos famélicos. Dentro de
poco cenaré contigo, y lo celebraremos».
Pronunció estas palabras con la mirada fija en un punto alejado de la oscuridad; y
luego profirió un gritó de agonía: «¡Ah!, aparta, aparta ese látigo; ya ves cómo me
flagelo yo».

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CAPÍTULO XVIII

Era un atardecer lúgubre y oscuro. Angellini y el inquisidor principal se hallaban


sentados ante un fuego pálido de leña, en una parte remota del inmenso edificio, una
torre exenta contra la que se estrellaba el oleaje de un mar otoñal. Hablaban de casos
infortunados, conocidos solo por los ministros de la Inquisición, de casos que hacían
de sus prisiones un antro espantoso de crímenes y sufrimientos a los que no había
llegado jamás la luz del día, cuando el inquisidor pidió a Angellini que le repitiese los
detalles de la confesión de Montorio.
—No tengo aquí, en el armario, todos los papeles; pero aunque los he leído por
encima, me han causado tal impresión que no me será difícil seguir contando desde
donde el manuscrito se interrumpe.
Fueron a mirar las puertas, cerraron con llave y, bajando la voz, prosiguió
Angellini.

***

Hacia mitad del verano pasado, anochecido ya, el conde Ippolito regresó de un
paseo por la playa de Nápoles. Llegó a su palacio; y cuando iba a entrar, un
desconocido, cuyos rápidos movimientos ocultaron su aspecto, le preguntó en voz
baja: «Signor, ¿alguna vez os han leído vuestro horóscopo?» Ippolito se sobresaltó.
No tuvo tiempo de fijarse en él. Los criados declararon que no habían visto a nadie,
ni habían oído ninguna voz. Cualquiera habría considerado o recordado este incidente
con pasajera sorpresa o curiosidad. Pero las palabras del desconocido eran una
llamada a la ciencia favorita de Ippolito; una llamada irresistible. Esa noche debía
asistir a una recepción en el palacio de Alberotti. Acudió con el pensamiento puesto
en la fiesta de la que ya se sentía partícipe, y casi olvidado de toda otra meditación. Y
subía la escalinata del palacio, cuando le detuvo una discusión que sostenían dos
caballeros. Entre los que la presenciaban, había un individuo que observaba
impasible. Esa actitud hizo que Ippolito se fijara en él; y de pronto se dio cuenta de
que era el mismo que lo había interpelado horas antes. Se dirigió hacia allí, y el
desconocido, anticipándose, se volvió a él y le dijo en voz baja: «Signor, recordad mi
pregunta», y se perdió entre la multitud. Durante la fiesta, Montorio estuvo abstraído
y desanimado; se fue temprano y regresó a casa. Los criados abrieron de golpe la
portezuela del coche, en la que Montorio se había apoyado meditabundo, inclinaron
la cabeza con obsequiosidad italiana, y se quedaron así, esperando a que descendiera,
cuando de repente surgió un rostro por el otro lado; y aquella voz, cuyo tono no iba a
poder olvidar jamás, repitió: «¡Signor, contestad a mi pregunta!» Ippolito, alarmado e
irritado, salió disparado del coche y, llamando a sus criados, intentó perseguir a su
atormentador: exploraron todas las direcciones sin resultado. El desconocido parecía
estar en comunión con los poderes de la tierra y el aire, y recibir su ayuda para

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desplazarse. De vuelta a su palacio, Montorio dio signos de esa perturbación y alarma
que tanto aterró a su paje, que no lo había acompañado (Montorio habla de ese joven
con gran afecto; no sé qué cualidades y virtudes le adornan; pero hay entre ellos una
amistad tan profunda como la de hermanos; y una de las cosas que más lamenta
Montorio es la aflicción que su infortunado destino causa a su paje).
Su perturbación, empero, procedía no del temor, sino de la frustración y la
curiosidad; frustración que mortificaba su orgullo, y curiosidad en la que su regalado
apetito topaba con el rechazo por primera vez. Ese día lo pasó ocupado en
infructuosas indagaciones; y por la noche encontró el siguiente billete sobre su mesa:
«Montorio, ¿recordáis a la persona que os hizo anoche una pregunta? ¿Os interesa
conocer lo que ha averiguado? ¿Os atreveríais a oírlo y confirmarlo? Si es así,
acudid sin recelos ni prejuicios a la iglesia de San Piero, a la nave norte, detrás del
confesonario junto al cuarto pilar, cuando hayan terminado las vísperas y se hayan
ido los feligreses. Allí podréis verlo si queréis; y hablar con él si os atrevéis». La
carta era anónima y la letra desconocida. Aunque hubiese hecho caso omiso de la
llamada a su curiosidad que contenía, la última línea, que tocaba su pundonor, hacía
este encuentro insoslayable; de manera que acudió a vísperas con la rara satisfacción
de saciar una curiosidad y a la vez hacer valer su firmeza. La iglesia estaba en un
lugar solitario y apartado. Despidió a sus criados, y avanzó por la nave casi desierta
(faltaba poco para que concluyera el servicio). A través de una puerta estrecha pudo
atisbar el culto, cómo los sacerdotes se inclinaban ante el altar con la grave
solemnidad de las ceremonias públicas. Siguió una pausa, y el órgano atacó unos
acordes, acompañando a los cánticos sonoros y profundos de los monjes que se
mezclaban con el tañido de una campana que llamaba a rezar en otra parte del
convento. Ippolito escuchaba conmovido, contenido; pero tratando de librarse de una
emoción que le parecía superficial, se puso a observar a los feligreses a medida que
se dispersaban, volviéndose de cuando en cuando hacia el pilar, adonde de un
momento a otro esperaba ver dirigirse a alguien. Nadie se acercó; se habían ido todos,
y al susurro y agitación del desfile habían sucedido los pasos aislados de los monjes y
auxiliares de la iglesia. Contrariado e impaciente, Ippolito se volvió otra vez hacia el
pilar; le pareció distinguir una sombra más profunda de la que antes proyectaba a su
pie. Se dirigió hacia allí; efectivamente, había una figura tan inmóvil que casi parecía
formar parte del pilar. Pese a la alegría de este descubrimiento, Montorio no pudo por
menos de recordar que, desde que había entrado en la nave, no había visto a nadie por
los alrededores. Fue hacia allí dispuesto a hablar con aquel personaje, aunque su fría
y total inmovilidad le producía rechazo. Pasó junto a él, y lo miró con atención. Los
hábitos que vestía, aunque oscuros e indefinidos; eran de varón; era alto de estatura, y
tenía la cara oculta; Montorio pasó varias veces por su lado, deteniéndose siempre un
instante, pero sin descubrir el más mínimo indicio ni muestra de que el personaje
estuviese dotado de sensibilidad o de vida. Convencido finalmente de que su mutismo
era deliberado, se detuvo finalmente y le habló en voz baja pero firme: «Me habéis

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citado aquí. ¿Qué queréis de mí?» «Nada», replicó la figura con una voz que, aunque
oída recientemente, le pareció familiar. «Entonces, ¿por qué me habéis hecho venir
aquí? ¿Qué sabéis de mí?» «Todo», replicó el desconocido. «Pues hablad —dijo
Montorio—: Aquí estoy», y apoyó la mano en la espada. «Yo no tengo poder; soy
ahora como el resto de los hombres: débil como la ola que acaba de romper. Pero se
acerca una hora que posee la fuerza de las cosas indecibles; y la aguardo en silencio y
con temor». «Entonces, ¿para qué he venido yo aquí?» «Como yo, debes aguardar esa
hora; como yo, debes referirte a ella con sumisión. Y cuando llegue, sabrás de mí».
«No saldré de esta iglesia sin una respuesta satisfactoria —dijo Montorio impetuoso
—. Seáis lo que seáis, brujo o impostor, no me iré sin averiguarlo; recordad la burla
de anoche». El desconocido se alejó en silencio; Ippolito lo siguió ansiosamente. Lo
vio entrar en el confesonario donde el prior estaba ocupado en su sagrado menester, y
decidió esperar a que terminase, a fin de ir después tras él. La impaciencia hizo esta
espera insoportablemente tediosa. Contaba los segundos que estaba tardando cuando,
para su asombro, salió solamente el prior, y se alejó como absorto en alguna oración.
Montorio, estupefacto, se dirigió a uno de los monjes que pasaban: «¿Es normal —le
preguntó— que los penitentes se demoren en el confesonario de San Piero después
que el confesor les haya dado la absolución? —y como el monje lo mirara con
sorpresa, añadió—: Ahora mismo acabo de ver entrar en ese confesonario a una
persona. He esperado a que terminara de confesarse, pero observo que únicamente
sale el prior». «Os equivocáis, caballero —dijo el monje—; yo mismo he visto irse al
último penitente, y abandonar la iglesia. Es devota costumbre de nuestro superior
quedarse a rezar en soledad un rato al terminar de confesar; y el hecho de que haya
salido significa necesariamente que estaba solo». Montorio, absolutamente perplejo,
desistió de intentar convencer al otro; sin embargo, se esforzaba en explicarle lo que
estaba seguro de haber visto, cuando sus gestos y voces llamaron la atención del
prior, que pasaba en ese momento; y se acercó y le dijo: «Caballero, en el
confesonario no hay ningún penitente, ni lo ha habido desde que ha terminado la
misa». «Reverendo padre, perdonad mi impertinencia —replicó Montorio—. Tengo
motivos para insistir; motivos muy particulares e importantes. Absorto como estabais
en la meditación de asuntos divinos, quizá no habéis oído entrar al que ahora se
oculta ahí; permitidme que eche una mirada tan solo, me iré satisfecho y convencido,
y pediré disculpas por mi equivocación». «No dudaría en rechazar vuestra petición —
dijo el prior— si creyese que alguien se oculta allí; porque la penitencia es tan
sagrada como la devoción. Pero accedo porque sé que no hay nadie». La puerta del
reclinatorio donde se arrodilla el penitente estaba completamente abierta, y no había
nadie dentro. Montorio, tras balbucear una excusa que su confusión hizo inarticulada,
se batió en retirada; y el resto de la tarde lo pasó en infructuosos intentos de sepultar
su desasosiego en la disipación. Volvió a casa perplejo y frustrado. Pero su visitante
se le había anticipado: sobre la mesa tenía la siguiente misiva:

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No estabas preparado, ni yo tampoco, para el encuentro de esta noche.
Pero ¿por qué tratas de penetrar mi retiro? Cuando quiero, soy invisible, y
donde quiero, estoy presente. Yo me burlo de los medios y poderes de los
hombres. Estoy solo en el mundo, pero frecuento sus caminos e intervengo en
sus acciones. Además, me mezclo con los hombres día tras día, aunque voy
solo, porque nadie me conoce; mi presencia no es percibida sino sentida; mis
movimientos, aunque consistentes, no arrojan sombra ninguna. No está a tu
alcance descubrirme ni perseguirme; así que no me busques, sino ven a mi
encuentro cuando yo lo diga; y no preguntes, sino escucha. Mañana, a
medianoche, habrá un funeral en la iglesia del convento de San Antonio;
acude, porque yo estaré a tu lado. ¿Te dan miedo los cirios y las campanas,
los cadáveres y los sudarios? Si no puedes reunirte conmigo, no temas
reunirte con los muertos.

Esta carta acabó de confirmar a Ippolito en su empeño de buscar al extraño ser;


los anhelos diversos que habían nutrido su fantasía con alimentos temporales se
orientaron ahora hacia un objeto claro y definido que interesaba más al sentimiento
que a la curiosidad, y cuya consecución prometía algo más que su satisfacción. A
medianoche acudió a la iglesia de San Antonio; se celebraba el funeral de una
persona de rango, y había muchos seglares y eclesiásticos. La pompa melancólica de
la ceremonia nocturna se acentuaba más con cada detalle que el genio de nuestra
iglesia y la política de sus ministros añaden tan eficazmente para embelesar a los
débiles y cautivar incluso a los espíritus fuertes. Las campanas tocaban con una
cadencia reposada; en diferentes altares se oficiaban misas que mezclaban sus
cánticos profundos con los rezos audibles y fervorosos de los devotos; los cirios
derramaban una luz pálida y constante sobre las cabezas tonsuradas, los hábitos
oscuros y los semblantes mortificados de los monjes, y aquí y allá revelaba alguna
figura espectral que lloraba de rodillas ante la capilla del santo de su devoción, en
tanto las antorchas derramaban una llama ancha, amarillenta y vacilante sobre los
sólidos elementos de la arquitectura, en los rincones oscuros del claustro, en la vaga
imaginería de la bóveda, en las vidrieras cuyas figuras resplandecían y desaparecían
con la luz vacilante, y en los muros oscuramente ornados con motivos floridos e
inscripciones, obras de un valor olvidado y monumentos de pasada superstición.
Aunque había mucha gente, nadie sentía el efecto confortador de la presencia
humana; cada cual estaba encerrado en sí mismo, solo, abatido, y cualquier
intercambio de palabras se hacía en cuchicheos. Incluso estos se suspendieron
involuntariamente ante las notas trémulas del órgano y el inicio del cántico, débil y
lejano de los monjes que se elevó con ellas como una oleada de música monótona y
confusa.
Ippolito, en un lugar apartado de la iglesia, estaba de pie con un recogimiento que

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el temor general ahondaba, pero no separaba. Era su destino que aquel a quien
buscaba apareciese siempre de repente; porque, mientras miraba a su alrededor,
alguien le rozó la capa al pasar sin decir nada. Montorio, convencido al punto de su
identidad, lo siguió. Abandonaron la iglesia, recorrieron varias galerías del convento
que el sigiloso guía parecía conocer bien, y no tardaron en hallarse fuera del alcance
de los habitantes humanos de este recinto. Sus pasos aislados y medidos habían
sucedido al murmullo profundo de la iglesia; y a los muros iluminados, la pálida y
solitaria lámpara que alumbraba desmedrada esta galería que a Ippolito se le antojaba
interminable. Bajaron unos cuantos escalones, y llegaron a una puerta baja que
parecía conducir a algún aposento subterráneo. Se abrió al tocarla el desconocido;
pero Ippolito medio retrocedió al ver una escalera que bajaba oscura, se perdía en una
vuelta, y parecía conducir a la morada de la muerte. El desconocido hizo una seña;
Ippolito no se movió; el desconocido volvió a hacerle la misma indicación. Entonces
Ippolito dijo con firmeza: «Quienquiera que seáis, y me llevéis a donde me llevéis,
procurad no exponeros a un peligro inevitable. Puedo descubrir vuestra impostura, y
resistir vuestra fuerza. Mi brazo es tan fuerte como el vuestro, y llevo espada al
costado». El desconocido se volvió y, medio descubriendo la cara por primera vez,
clavó en Montorio una mirada de melancólica convicción, el más irresistible de sus
gestos; parecía contener un profundo conocimiento y compasión por algún mal que
preveía inevitable, como jamás ha podido alcanzar ni comunicar ninguna criatura de
poderes terrenales. Montorio, reducido al silencio por esa mirada, lo siguió por la
escalera, con una oscura pero íntima sensación de estar bajo un influjo que no podía
rechazar y de un mal que no podía soslayar. La escalera conducía a la cripta del
convento. Caminaron en silencio por aquel subterráneo, hasta que vieron una luz más
fuerte que la de las lámparas húmedas y brumosas que parpadeaban entre las sombras
y el vapor. Procedía de varias antorchas que ardían en un sepulcro recién abierto,
destinado a aquel cuyo funeral se estaba celebrando. Alrededor había unos cuantos
auxiliares que esperaban la llegada del cadáver; las antorchas arrojaban un resplandor
amarillento y humeante sobre sus hábitos negros y rostros arrugados, en los que la
imaginación aterrada buscaba una semejanza. El desconocido se alejó de allí y,
encendiendo una preparación que traía en una lámpara que colgaba de un arco bajo,
entró en otra galería que, salvo su luz mortecina, estaba totalmente oscura. Montorio,
que ya no tenía posibilidad de retroceder, lo siguió: el desconocido se volvió. Su
aspecto era melancólico, aunque no lívido; su voz era hueca, pero no terrible. Se
detuvo. Se oyó claramente el eco del reloj del claustro al dar la una. «Es la una —dijo
el desconocido—; ¿tienes miedo al encuentro?» Montorio, con el valor inflamado por
la impaciencia, le indicó con la mano que continuara; reanudaron la marcha. El
desconocido se volvió otra vez; en su mirada triste había algo así como un
sentimiento humano. «Ahí está tu destino. ¿Retrocederás para no verlo?» El noble
desdén que asomó a los ojos de Ippolito fue su única respuesta. Torcieron por un
ángulo oscuro de la cripta; y el guía, cubriendo el farol que llevaba, dirigió su luz

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hacia un féretro, en el que yacía el cuerpo de un hombre que había sido sospechoso
de homicidio, y que había muerto en prisión a causa de los terrores ante el fin que le
esperaba. Montorio se acercó; conocía el suceso y a la persona. Alzó los ojos, y leyó
una revelación espantosa en el gesto y el semblante de su compañero, que estaba de
pie junto al féretro, encarnando en su mirada lo que concebimos de esos
instrumentos, de quienes se dice que incitan a los crímenes que auguran, que empujan
a ejecutar un mal dudoso sugiriendo que es inevitable, que instilan en el homicida
predestinado el primer pensamiento de sangre, y arrastran al desventurado, a través
de los horrores de la culpa anticipada, al desistimiento temerario, a la decisión
convulsa, a la comisión del delito y al abismo horrendo de la locura predeterminada.
Montorio se estremeció; durante unos momentos le dominó, dolorosamente, la
influencia de sus estudios habituales. Intentó librarse de esta opresión. No podía. Y
mientras trataba de disuadirse a sí mismo de esa impresión, desapareció la luz, y dejó
de ver al misterioso personaje que la portaba. Perdido en la oscuridad, y entre los
muertos, le asaltó un nuevo motivo de temor. Llamó a su guía, extendió los brazos en
la dirección en que lo había visto y, recordando las dimensiones de esa parte de la
cripta, avanzó explorando precavidamente a tientas, con la mano y la espada,
buscando dar con algún objeto, sin resultado; no topaba con nada, no oía nada… y
solo le sacó de esta pesadilla la aparición, en otro lado de la cripta, de los que bajaban
con el cadáver. La luz le permitió llegar hasta ellos. Les preguntó si habían visto a su
compañero, y lo describió lo más aproximadamente que la prisa y el miedo le
permitían. Los hombres se quedaron mirándolo con asombro; y tras insistirles,
declararon al unísono que no había bajado nadie visible esa noche a la cripta, salvo
ellos. «¿Acaso me ha vuelto invisible como él?», pensó Montorio mientras regresaba
perplejo y frustrado.
Otra vez encontró una carta en su aposento, escrita con la letra que ahora conocía
bien:

Tu periodo de prueba ha concluido; estás exento de miedo y de debilidad;


así que podrás gobernar mi poder y mi saber más allá de los límites de la
naturaleza y el pensamiento, más allá del sueño del entusiasmo; podrás
disponer de ambas cosas incluso cuando te invada la ira o el deseo. Digo
podrás; pero no debes. No es el mío un servicio gratuito. ¡Ah, si los mundos
pudiesen comprar lo que yo concedo! Pero no es así. Y cuando esos mundos
acaben, mi tarea no habrá hecho sino empezar. Porque no es espontáneo ese
espíritu inquisitivo que ahora te anima, y cuyos impulsos crees fortuitos y
libres. Si quieres saber más, yo ya no tengo derecho a ocultarte nada; ve,
pues, a la columnata oeste de la iglesia de San Piero, sin otra arma que la
fortaleza, ni otra compañía que la medianoche. Y en el momento del toque de
campana, estaré junto a ti.

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En los intervalos entre estas misivas, Montorio se había preguntado a menudo por
qué medios llegaban a su aposento; los criados, al interrogarlos, declararon que nadie
las había dejado en el palacio, ni se las habían dado para que las entregasen a su amo.
Pero en cuanto este les mandó retirarse tras infructuosas preguntas, hablaron entre
ellos de un individuo que veían a menudo en el aposento del amo y que, decían,
desaparecía en cuanto alguien entraba. De manera que si estaba intrigado y perplejo,
más lo estaba por este motivo; y se dispuso a esperar impaciente la hora de la cita.
Llegó… y corrió a toda prisa a la iglesia de San Piero. Hacía una noche clara y
preciosa; la luna salpicaba las columnas de manchas plateadas y recortaba los bordes
labrados y la tracería de cornisas y frisos. Montorio consultaba su reloj a cada
momento; y con el corazón acelerado y la respiración contenida, comprobaba lo poco
que faltaba para las doce. Empezaron a dar las horas… y apareció el desconocido
junto a él. «¿Estás dispuesto?», dijo en voz baja pero firme. «Es a Ippolito di
Montorio a quien habláis. No hace falta otra respuesta», dijo Montorio con orgullo.
«Muchacho —dijo el desconocido—; deja a un lado esas armas de batalla carnal.
Donde estás llamado a contender, no van a valerte el orgullo del alma y la fuerza del
brazo; así que arroja, con la espada y la daga, la fuerza de la carne y las armas de la
mortalidad; toma contigo tan solo la entereza, que te va a dejar sin luz sin exhalar un
soplo, y la firmeza, que te hará ver lo que habrás de sufrir». Una voz salida de la
tumba no habría podido dar a tal admonición un acento más lúgubre. Montorio sintió
su efecto en todos sus nervios, y siguió a su guía con un temor que preservaba su
curiosidad de cualquier ligereza, y desnudaba su expectación de toda impaciencia.
Caminaban en silencio. El desconocido se detenía de cuando en cuando a mirar
hacia arriba. Una de las veces, a Montorio le pareció sorprender una lágrima en sus
ojos al levantarlos. Llegaron a una parte poco frecuentada de la ciudad; se detuvieron,
y el desconocido se estremeció, presa de múltiples emociones al parecer, aunque no
había ningún motivo visible: la quieta soledad del lugar; la luna inmóvil derramando
esplendor; el mar, cuyas aguas centelleantes y ajedrezadas atraían la mirada y cuyo
murmullo aumentaba y disminuía con cadencia adormecedora… todo hablaba de paz
a los espíritus de natural apacible. «¡Ah, muchacho! —dijo el desconocido—; ha
llegado la hora. Ni tú ni yo podemos rehuirla más. Y estas luchas, esas gotas frías de
agonía interior, son por ti. Ha sonado la hora. Ante un poder que gobierna y subvierte
la naturaleza, soy un gusano del polvo, un ser de la nada confundido y aterrado. ¡Ah,
muchacho! Por ti he suplicado no ser yo quien tuviera que ocuparse de esta
transacción, pero la potestad que ha hecho el trueno lo entrega al que ha escogido, y
ese debe empuñarlo aunque le abrase la mano».
«Cualquiera que sea esa potestad —dijo Ippolito—, habéis despertado mi
asombro y mi admiración. Apresuraos, por tanto, que pueda saber si soy o no, como
otras veces, víctima de mi viciada debilidad por lo maravilloso, o si estas impresiones
son efectivamente, manifestación y anuncio de mi destino».
El desconocido sacó una venda.

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«Debo vendarte los ojos con esto —dijo—. Tendrás que andar con cautela; y
oigas lo que oigas, o veas lo que veas, deberás estar en silencio, y sin moverte, y no
tener ningún miedo».
Montorio se dejó vendar los ojos, y luego se dejó conducir por multitud de sitios
empedrados, cuya dirección trató en vano de retener. Después dejaron de pisar
pavimento, y notó, por el cambio del aire, que habían entrado en un edificio. Un
momento después empezaron a bajar una escalera; y mientras lo hacían, el aire volvió
a cambiar: contenía el frío de las humedades subterráneas. Había una resonancia
lúgubre, larga, ya no mezclada con el ruido de la vida que se oía en el exterior. El
descenso parecía interminable. Ippolito intentaba inútilmente hacer caso omiso de
esta ceguera transitoria, y quizá de otras incomodidades, contando escalones. El eco
se iba volviendo más lúgubre, la humead más densa; y Montorio sintió que de la luz
difusa e impalpable que la venda no conseguía anular pasaba a una oscuridad intensa.
De cuando en cuando hacía preguntas, aunque no recibía respuesta; y empezó a
cansarse del eco de su propia voz, a la que no acompañaba ruido ninguno, lo que le
producía una sensación de absoluta soledad, y casi le inclinaba a recurrir a la presión
del brazo, y al ruido de pasos de su guía, para ahuyentarla. Una hora había
transcurrido desde que dejaron el reino de los hombres; y casi imaginaba Montorio
que este descenso conducía al fondo del océano, cuando la mano de su guía lo retuvo
súbitamente. A continuación sonó un ruido, y el eco lo multiplicó de manera que se
fue perdiendo; un momento después sintió que descendían a tal velocidad, tan sin
resuello, y de manera tan aterradora que el vértigo se apoderó de él; y aspiró con
esfuerzo para recobrar el sentido. Cesó el movimiento. No sabía cómo había
descendido; otra vez se sintió guiado hacia delante; en este nuevo espacio le llegaban
muchos ruidos; unos provenían de arriba, y otros pasaban junto a él; unos
acompañados de un calor como de corrientes de llamas, otros de un frío que
quemaba, y le hacía tiritar. Seguidamente se hizo audible un fragor como de océano
encrespado, cada vez más cercano y más sonoro. Ippolito casi esperaba sentir
finalmente el golpe del agua a sus pies. Cesó todo movimiento y ruido, y notó que le
cubrían con vestiduras cuya hechura notaba diferente de la ropa normal. Tenía libres
las manos, así que se palpó esta ropa… Era un sudario. Pero no tenía posibilidad de
resistirse; y pensó que el único medio de guardarse era observar la cautela que le
había recomendado el desconocido. Combinó por una vez la prudencia con el valor, y
siguió callado. Poco después, una voz profunda y distante recitaba el oficio de
difuntos. Miles de voces multiplicaban los responsos. Montorio escuchó las palabras
solemnes que se pronunciaban sobre él, que ningún hombre vivo tiene el privilegio de
oír; sintió el sudario y el crucifijo; oyó el toque de campanas y el réquiem; recordó
las palabras de su guía, y pensó que no iba a volver a ver la luz; entonces le quitaron
la venda, y lo obligaron a proseguir deprisa.
No dice qué cosas o ceremonias presenció allí; los únicos comentarios que hace
son casuales y oscuros, debidos a una súbita explosión de dolor, o se hallan inscritos

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en el curso de otras reflexiones; pero de esas referencias deduzco que son demasiado
horribles para contarlas. Lo que sé es lo que puede extraerse principalmente de las
cartas habidas entre él y ese desconocido, de las que tengo copia. En las reuniones no
parece que se dijera una sola palabra; cualquier explicación o debate era siempre en
forma de una carta, que aparecía invariablemente en el aposento de Ippolito sin que
nadie supiera por qué medio. La primera de ellas es como sigue:

Carta del desconocido

¿Qué más puede disipar tus recelos? ¿Qué puede disolver tus dudas?
Tienes ya todas las seguridades de que no soy ningún impostor, de que no
busco engrandecimientos ni influencias, ni pretendo que estas impresiones te
conduzcan a otra cosa que al convencimiento de que su causa y objeto son
auténticos. A mí no me hace falta; no necesito pruebas ni confirmaciones
ninguna de mi comisión. Durante años he luchado en vano por librarme de
esta espantosa responsabilidad; ahora solo intento que aceptes la idea de que
soy el órgano cierto y encargado de tu destino, de que soy depositario de un
poder y un oficio que no deben languidecer ni declinar, y que no puedes
resistir ni modificar. Recuerda cómo te has quejado de la rapacidad de
anteriores farsantes, desdichados cuya ignorancia mercenaria injuria
espantosamente a los seres del otro mundo (cuya justicia castiga frecuente y
judicialmente su presunción infligiéndoles la locura y la idiotez, extremos
naturales de los cerebros agotados de tanta meditación farragosa y abstrusa),
y cuyas extravagancias se descubren tan fácilmente como su avidez indigente.
¿Por qué esta persecución a que te he sometido? ¿Qué te reclamo? La forma
y el lugar de nuestra reunión, los mismos instrumentos espantosos que la han
preparado son tales que un grupo de hombres no lo habría conseguido sin
mucho esfuerzo y dificultad, si es que consideras que todo esto puede ser
efectivamente resultado de la industria de un grupo de hombres; y si se te ha
requerido algo, no ha sido sino con tu aquiescencia y tu convicción. Esa es
una prueba, una prueba genuina, intrínseca, de la realidad de mi oficio y mi
poder, que nadie en su juicio puede negar. Que se hayan conjurado un
puñado de hombres para condenarse a infinito esfuerzo, y dolor, y horror, de
manera gratuita, superflua y sin recompensa, solo para perseguir y confundir
a otro hombre sobre el que no pretenden más que una cosa, y que nada les
puede hacer, es una hipótesis que ofende incluso a la credulidad de un
Montorio. Repito: un impostor podría quizá excitar tus sentimientos con una
dilación medida y artificial, pero se guardaría de prolongarla más allá de un
prudente término para ejecutarla, más allá de que la ansiedad del sufrimiento
se convierta en impaciente desesperación; en cambio, el que cuenta con un

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poder firme que está por encima de él aguarda sosegado y tranquilo sus
flujos y reflujos, sus desbordamientos y retrocesos, con pasiva expectación.
¿Recuerdas la última noche? Muchas veces has pisado ese lugar donde nunca
han entrado otros pies humanos. Antes de que fueras emplazado allí, te dije
que podía predecir cada acontecimiento de tu vida; sin embargo, aún no me
está permitido mostrártelos. Cuántas noches han sido testigos de esas cosas
inconfesadas y terribles que en otro tiempo fueron fuente de saber y de poder
para mí, y ahora me son inescrutablemente vedadas. Anoche, a causa del
peligro que corriste con tu impulsividad al enfrentarte a mis ministros (están
a mi servicio, pero no puedo coartar su poder ni su malevolencia), tuve que
recurrir a medidas que no creía que pudiera hacer necesarias ninguna causa
humana, ni ningún testigo mortal; pero fue inútil, la potencia que rige
nuestros movimientos no consiente imposiciones: hubo terremotos,
torbellinos, incendios; pero la potencia de la que hablo no estaba allí. Luché
con ese aparato terrible que anuncia su llegada; me retorcí presa de convulsa
y ferviente agonía; y de haber sido mi vida la de una criatura normal, los
embates de anoche me habrían aniquilado. No sirve de nada, cuando te fuiste
rabioso, que jurases no volver. ¿Crees que todo es tramoya y artificio? ¡¡Un
ser humano con solo su poder y capacidad naturales no logrará otro
resultado que un esfuerzo infructuoso y una irritante frustración!! ¿Es eso
creíble? Te expongo razones (que la ligereza de tu espíritu y tus repetidos
tropiezos con la impostura tenderán a negar o minimizar) que pueden
certificarte que mi comisión y mi poder son extrínsecos a mí, son reales, y son
ajenos a mi voluntad.

De la respuesta de Ippolito solo tenemos una parte:

… Cualquiera que fuese mi estado de ánimo cuando al principio


estudiaba estas cuestiones, ahora es totalmente diferente. Aunque siempre he
aspirado a penetrar los secretos de otra realidad y conocer sus posibles
formas y matices, recuerdo que me inspiraban más expectación que creencia,
más anhelo de descubrirlos, si es que estaban realmente dentro del alcance y
capacidad de los mortales, que buscarlos porque existieran.
Recuerdo que iba en pos de esos maestros y esperaba sus fantásticas
demostraciones en un estado de suspenso no del todo desagradable, en el que
la horrible impaciencia, de la que no está exento ningún mortal, me la
atemperaba la natural sospecha de engaño, el desencanto y la impostura de
otras veces, y sobre todo el escepticismo inherente a toda experiencia
negativa, que es quizá el único contrapeso que hace soportables, e incluso
gratos, los terrores de esa expectación. De manera que, inconscientemente,

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estaba preparado para cualquier acontecimiento que ocurriera en aquellas
sesiones, y las presenciaba con una firmeza que no nacía de lo que muchos
piensan equivocadamente. Yo tenía una curiosidad que me incitaba a
adentrarme en esos estudios, y que posiblemente me habría instado a
continuar si hubiese alcanzado algún éxito; tenía cautela, aprendida de la
experiencia, para buscar la impostura; y tenía también cierta ligereza de
espíritu, fruto de una arraigada incredulidad que me predisponía a reírme de
la estupidez y de la superchería con la misma facilidad con que habría
temblado ante terribles descubrimientos como los de esa otra sesión
preparada para mí. Sobre todo, cuando me causaban extrañeza las cosas que
algunos eran capaces de evocar o hacer surgir, las analizaba y examinaba
con una insistencia probablemente nacida de la curiosidad, pero que tenía
por meta invariable descubrir el engaño, la fuerza de una emoción
impostada, o la comparsa de unas imágenes grotescas y estrafalarias. Así
continué indagando, sin esperanza de éxito, ni certidumbre en el objeto
original de mi búsqueda; aunque calmaba mi apetito de lo maravilloso que,
habituado a la saciedad, se me había vuelto ávido, exigente y desasosegado,
con una sensación parecida a la que nos induce a frecuentar el teatro, donde
nos deleitamos con lo que vemos y oímos, pero no lo tomamos por la
realidad.
Desde mi primera entrevista con vos, mi ánimo ha cambiado totalmente.
La severidad, la simplicidad, las elevadas y distantes maneras de lenguaje y
actitud que observaba en vos me inspiraban un sentimiento complejo de
confianza y temor, de gozo irracional y miedo insensato, que no soy capaz de
describir: todo lo que he visto es distinto de cuanto había visto antes. En vez
de hablarme con la jerga de los charlatanes, me cohibíais con vuestro
profundo silencio; en vez de robarme con vulgar rapacidad, me enseñabais
que toda influencia humana, ya se valga de la fuerza o de la persuasión, es
insignificante; en vez de mandar, he pasado a ser mandado, y por una
influencia invisible, e impasible, e impenetrable. El efecto de todo esto ha
sido la irritación de mis sentimientos casi hasta la locura, la inflamación de
mi curiosidad a un grado y extremo que creo que nada sino su misma fuerza y
energía me permite soportar. Con esta terrible preparación, un espíritu débil
podría haberse desalentado y rendido, y haber renunciado a su meta antes
que enfrentarse a los horrores que la acompañan; pero el mío es elástico, y se
eleva con una fuerza y un impulso proporcionales a la presión que recibe.
Siento que todos mis anhelos y objetivos subordinados son absorbidos por
uno solo: el de conseguir ese algo misterioso que hasta ahora me ha sido
negado, que percibo con tan prolongada expectación, y que en mi
pensamiento no tiene nombre ni claridad de forma; el anhelo de saber cuanto
podáis revelarme, o hacer que conozca. Me absorbe absolutamente; no

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quiero indagar la verdad y los testimonios de vuestra comisión y vuestras
pretensiones; deseáis que las someta a examen: me son indiferentes. Si en este
instante me probasen que sois un impostor, que todo cuanto he presenciado
son figuraciones de mis miedos, continuaría persiguiéndoos con el mismo
afán para pediros ese alimento por el que desfallezco y deliro. No habléis más
de aplazamientos y de pruebas, de la fría ejercitación de mis facultades. ¡Os
aseguro que enloquezco, enloquezco hasta que no haya saciado esas ansias!
No sé por qué medios habéis obtenido este ascendiente sobre mí. Quizá es
parte de ese extraño poder que decís que se os ha concedido; pero no lo
ejerzáis para torturarme. Soy desdichado, mis días y mis noches son un sueño
delirante; mis ojos enfebrecidos no conocen el descanso desde hace bastantes
días; perpetuamente me rodean las imágenes nocturnas; muchas veces me
golpeo los brazos y el pecho, y me meso los cabellos, para amortiguar o
desviar un sufrimiento que me abrasa y corroe y parece que sobrevive a todo
cambio de tiempo o de lugar a fin de hostigarme en mi sueño precario, y
socavar todas las horas de mi vida. ¡Tened piedad de mí! Si podéis hacer
algo, hacedlo; y devolvedme la paz. MONTORIO.

Parece que intercambiaron muchas cartas de este estilo, la mayoría de las cuales
contienen repeticiones de lo que acabo de leer; el uno haciendo referencia a un poder
misterioso que no describe, y del que no da ninguna prueba expresa, mientras que el
otro sigue quejándose, y suplicando, y reprochando. Tanto si se alargaba la llegada de
ese consuelo porque no estaba en el desconocido concederlo, o si se lo negaba porque
tal medida respondía mejor a sus propósitos, lo cierto es que el objeto se cumplía
cabalmente. Montorio se hallaba en un estado de extrema agitación: todos sus
pensamientos, anhelos y objetivos eran devorados por una única obsesión; pasaba el
día entero en oscuro retiro, esperando los acontecimientos de la noche, la noche
sintiendo la frustración de esa esperanza, y el día siguiente renovando esa esperanza
calenturienta que, aunque martirizaba su existencia, parecía constituir su principio
mismo y su fuente. Los documentos que poseo de esa época amarga son
fragmentarios; sin embargo, parece ser que una noche Montorio refirió a su guía que
le agobiaban multitud de asuntos que la urgencia y la confusión le impedían confiar
al papel, que estaba deseoso de exponérselos en una conversación personal, y que si
el desconocido tenía efectivamente el poder que aseguraba, podía concertar esa
entrevista a una hora en que no corriesen ningún peligro de ser descubiertos ni
interrumpidos. «Iré —dijo el desconocido—, porque tu insistencia procede de un
recelo que yo no puedo disipar. Así que iré para convencerte de que ni la hora ni el
lugar pueden ser una traba para mí». Ippolito se maravilló; porque sabía en su interior
que ese era el verdadero motivo de su petición.
A la noche siguiente, un compromiso entretuvo a Ippolito hasta hora

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excepcionalmente tardía; regresó eufórico como el niño que ha hecho novillos. El
ayuda de cámara encendió las luces de su aposento… pero los dos dieron un respingo
al descubrir allí a un desconocido de aspecto singular, sentado de espaldas a la puerta,
y que no se levantó cuando entraron ellos. Montorio identificó en seguida al visitante;
despidió al aterrado sirviente, y avanzó, balbuceando unas palabras, supongo que de
satisfacción, pero que su sorpresa debió de volver incoherentes. «Has olvidado tu
cita. Pero como ves, yo no», dijo el desconocido con una sonrisa tensa. «Me alegro de
que no lo hayáis hecho —dijo Montorio—. Hace tiempo que quería veros aquí».
«Soy visitante asiduo —contestó el desconocido—, aunque no se me vea. Hasta
puede que no te agradara saber cuántas veces he pisado este mismo suelo, y he
descorrido tus cortinas, y te he contemplado mientras dormías en esa cama. Y más
aún: cuántas veces he pasado junto a ti a plena luz del día, casi rozándote, sin que me
vieras». «¡Ah! —dijo Montorio revolviéndose con impaciencia—; ¿siempre ha de ser
así? ¿Va a hacerme objeto de burla y engaño un poder irresistible y sin límites solo
por el gusto de atormentarme? ¿Podéis dominar la naturaleza, y sin embargo negáis a
un aspirante ese conocimiento que el más despreciable simulador de vuestro arte se
esforzaría en conceder en la primera entrevista?» «Porque son simuladores —dijo el
desconocido con gravedad—. Esa misma prontitud es la prueba; tienes el espíritu,
con sus hábitos y facultades, tan viciado por las complacencias, y tan deformado por
las apariencias, que se te hace cuesta arriba aceptar las formas desnudas de la
realidad, y la verdad fría y solemne. Lo has acostumbrado a la jerigonza de la
astrología, a las sandeces de los hechiceros, a los resplandores fosforescentes y a los
espectros de gasa; puedes aceptar la idea de unos seres capaces de galopar sobre la
nube o el fuego, de someter a los espíritus del viento, que tienen a su servicio a los
espíritus de los elementos y descubren tesoros que la naturaleza jamás poseyó; que
tales seres se ocultarían en el antro de la indigencia, que vivirían del pillaje de la
credulidad, se sustraerían a los poderes terrenos, y cuando fueran descubiertos,
necesitarían un simple familiar aliado que los salvara de la ignominia y el castigo.
Puedes admitir eso. En cambio, el que habla con la sencillez de la verdad te parece
que se burla». «Siento efectivamente que soy objeto de burla —dijo Montorio con
energía—; por mi propia timidez, por mi aturdimiento. ¡Pero por Dios vivo, que no
dejaré que nadie se vuelva a burlar! —se levantó de un salto y agarró al desconocido
salvajemente—: O me dais satisfacción ahora mismo, y me decís quién y qué sois, y
con qué propósito os habéis pegado a mí, atormentándome y haciéndome enloquecer,
o no saldréis de este aposento. Por el nombre tremendo que acabo de invocar, que no
os soltaré hasta que me hayáis dicho con quién hablo». «¿Quién soy? —dijo el
desconocido aceptando la pregunta—. ¿Quién lo sabe, y quién lo puede decir? A
veces ni yo mismo lo sé; aunque a menudo soy como los demás, y mis acciones son
como todas las acciones de la vida ordinaria. Pero cuando llega esa hora en que el
poder viene a mí, entonces… —dijo, y el rostro se le iluminó, y se le dilató el cuerpo
— el torrente y la tempestad retroceden ante mí, el océano se retira de mi presencia

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con toda su fuerza, los cimientos tiemblan bajo mis pies; entonces cabalgo sobre los
caballos de la noche, paso de una región a otra como la sombra, piso el límite de la
soledad; ese es el término de mi castigo, y es terrible su control. Después, me quedo
inmóvil, exhausto, anonadado, en lo alto de la montaña, en el desierto, en el océano.
Siento que vuelvo a respirar el aire terrenal, siento que los centelleos que dan luz al
hombre caen suaves sobre mí; entonces empiezo a vivir otra vez. Pero oigo las
pisadas de mis capataces, y prosigo antes de que se oculte la luna»… «Ser
inimaginable —dijo Ippolito con intensa emoción—, ¿debo adorarte como a una
deidad, o huir de ti como de un demonio? ¿Qué son esos trasgos que te acompañan
por las noches? ¿Y qué es lo que haces en las entrañas de la tierra?» «Unos son
agentes míos, otros son mis torturadores; somos una raza de la que han hablado
muchos, y muchos han leído, aunque nadie cree en su existencia. Solo se nos puede
conocer por nuestras manifestaciones, porque ¿quién conoce nuestra naturaleza? El
más insignificante de nosotros se ocupa en los males de la creación, el más humilde
de nosotros trabaja en la montaña y en la mina, aúlla en la tempestad, hiende y surca
las olas, afila la punta de los rayos, mezcla y hace germinar las semillas de la
pestilencia. Pero los que pertenecemos a categorías superiores, ¡ah!, ¿quién conoce la
altura de nuestro castigo? A nosotros nos incumbe velar por un ámbito un millón de
veces más corrompido y turbulento: el corazón del hombre, su vida y sus atrocidades.
No hay una hazaña sangrienta, no hay una fechoría espantosa, no hay un solo asesino,
un solo ser cuyas enormidades estremezcan a su especie, donde no haya sido tarea
nuestra instigar y guiar, endurecer e inflamar, encallecer la conciencia y fortalecer el
brazo». «¿Y es ese el propósito por el que soy perseguido de este modo? —lo
interrumpió Montorio furioso—. ¿Voy a ser yo… qué? ¿Un asesino? ¿Un ser cuyo
destino estremezca a la humanidad? Hablad —exclamó, agarrando al desconocido
otra vez, y casi gritando desaforadamente—. Decidme al menos eso, y os perdonaré».
«Sobre tu destino —dijo el desconocido—, solo puedo informarte que el anuncio que
se me hizo de él estuvo acompañado de ansiedad y gran tribulación. Fue —dijo,
irguiéndose y fijando los ojos— en el mismo corazón de la tierra donde tuvo lugar; y
por la noche estuve contigo»… «¿Y no podéis revelármelo ahora…? —calló un
momento—. ¿Supone ese aplazamiento algo más que dejar en suspenso a vuestras
víctimas?»
«No me atrevo a darte gusto. Siempre he observado que esta demora sobrenatural
precede a la revelación de un horror singular… Al menos así fue en el caso de
vuestro antepasado Muzio di Montorio, que vivió los disturbios de Masaniello».
«¿Los disturbios de Masaniello? ¡Pero si eso fue hace doscientos años!» «Eso hace».
«¿Y conocisteis a Muzio di Montorio, que vivió en esa época?»
«Así es; mi conocimiento de hechos de los que solo podrían tener noticia sus
coetáneos lo probará. Fue un hombre irritable y soberbio: un miembro de la familia
Girola se interpuso en su camino del amor y la fortuna, y Montorio concibió un odio
mortal hacia ese hombre. A partir de entonces fue mi misión asistirlo y vigilarlo. Por

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entonces yo había adoptado otra personalidad; mi augurio de su destino, que fue
brumoso pero tentador, despertó su curiosidad. Yo estaba con él día y noche, como
contigo ahora; aunque no me estaba permitido revelarle claramente su destino.
Cansado finalmente de tan prolongada expectación, y hastiado de Nápoles, donde la
presencia de su enemigo era constante, decidió abandonar Italia. Pero no podía huir
de mí. Sin embargo, creía que sí, y emprendió la marcha satisfecho. La noche le
sorprendió cerca de una pequeña posada, en la linde de un bosque, en los montes
desolados entre Pisa y Lucca, y preguntó si podía pernoctar allí. Le dijeron que todos
los cuartos estaban ocupados por el conde Girola y su séquito. Mascullando
maldiciones sobre ese nombre, se dispuso a pasar la noche en el bosque, y a soportar
la furia de la tormenta que se avecinaba, antes que albergarse bajo el mismo techo
que su enemigo, cuando el posadero, acordándose, le informó que disponía de un
aposento, ya que el conde le había comunicado que dormiría con un pariente cuyo
castillo estaba a una milla, adonde su séquito, después de descansar en la posada para
no causar molestias en el castillo, iría a reunirse con él. A Montorio le pasó por la
cabeza como un relámpago la imagen de su enemigo cruzando el bosque, sin escolta
y desprevenido. Yo estaba junto a él en ese momento. Ordenó a sus criados que se
quedasen en la posada, y se internó en el bosque ciego de furia. Llegó la tormenta.
Montorio no veía quién cabalgaba detrás; no veía qué figura lo seguía a la luz lívida
que se difundía alrededor de su caballo, mientras espesas nubes de azufre cubrían el
bosque; pero lo cierto es que otros y yo íbamos cerca… ¡muy cerca!: por encima, a
los lados… ¡y dentro de él! Se apostó en una frondosidad, tras una maraña de zarzas,
donde, a la luz de los relámpagos, vio hincada una cruz en memoria de un asesinato
allí cometido. Al verla, oí que profería un gemido, y pensé (por un momento) que mi
labor no iba a fructificar; pero al momento siguiente Montorio oyó una voz que hizo
que le rechinaran los dientes y le temblara la carne: era Girola que ordenaba a su paje,
el cual marchaba a pie y era su único asistente, que llevase más baja la antorcha, ya
que distinguía mal y muy confusamente el sendero. Les salió de repente Montorio; el
paje soltó la antorcha y huyó gritando. Más tarde encontraron a Girola cerca del
matorral, horriblemente mutilado, su cabeza tenía siete profundas heridas, como si la
mano que lo golpeó hubiera querido asegurarse de que no dejaba vida ninguna en la
víctima. El séquito de Girola y algunos mensajeros de su pariente encontraron
también a Muzio, descalzo, saltando y delirando; la rabia y el ansia de venganza le
habían privado de la razón. Lo llevaron a Nápoles, donde fue juzgado por homicidio
y condenado. Lo visité en la prisión, porque las barreras humanas no significan nada
para mí. Me reconoció, ya que había recobrado el juicio, y admitió la verdad de mis
predicciones. Lo asistí en su última hora terrible, y deseé que mi ser fuera frágil y
finito como el suyo. Pero se me ha vedado ese privilegio; en mí, el tiempo es eterno
principio, y siempre ha de haber sufrimiento. Pero no te extrañe que hable de mí;
porque cada forma de desdicha humana revive la mía, ya que participa de todas;
aunque una diferencia terrible la distingue de las demás: no tiene consuelo, ni alivio,

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ni fin». «Eso excede todo lo creíble —dijo Ippolito, que meditaba y hablaba para sus
adentros—. Si nos rendimos a estas cosas, si no despertamos nuestro espíritu y las
sometemos a prueba, corremos el riesgo de renunciar a un tiempo al poder y ejercicio
de la razón —hizo una pausa, y miró con firmeza al desconocido—. Las
circunstancias que me habéis referido son de tal naturaleza que, efectivamente, nadie
sino un coetáneo (o alguien familiarizado con secretos a los que nadie ajeno tiene
acceso) podría conocer. Sin embargo, todavía os escucho perplejo y escéptico; pero
—levantándose y avanzando decidido— si me dais una prueba, una prueba decidida,
viril, de que habéis sido testigo de transacciones ocurridas en un tiempo tan lejano,
me rendiré; creeré cuanto digáis; accederé a todo; arrojaré de mi entendimiento
cualquier argumento que pretenda resistiros o alzarse contra vos». «Puedo hacerlo —
dijo el desconocido levantándose también—: El retrato de Muzio está en el cuarto de
al lado; toma esta vela y sígueme; observa el cuadro; la mano izquierda descansa
sobre una voluta de mármol; ¿ves el anillo que lleva en el pulgar?» «Lo veo». «Bien;
pero examínalo. Es muy notable; tanto, que su dueño lo llevaba siempre, y quiso que
quedara fielmente reproducido en su retrato. Se trata de una antigüedad encontrada en
una cripta de la residencia de su amigo, el cardenal Lanucci, hombre muy influyente
en el consistorio en aquel tiempo, quien se lo regaló a Muzio; ahora que lo has visto
bien, mira —le enseñó el anillo que llevaba en el dedo índice de su mano derecha—;
habrás oído hablar muchas veces de él; y sabrás que desapareció con Muzio, y que tu
familia lamentó mucho su pérdida. Él fue quien me lo dio en sus últimos momentos,
porque estaba junto a él. Ahora —dijo con una mirada inescrutable—, ahora lo llevo
yo». Ippolito se quedó tan estupefacto de asombro ante este detalle, de una evidencia
difícilmente discutible, que incluso se olvidó del asunto que era su constante
inquietud y motivo de indagación, y dejó que se fuera sin hacerle una sola pregunta ni
intentar retenerlo. En el momento en que salía del aposento, que daba directamente a
la calle, pasaban unos monjes con el viático para un moribundo, y portaban en alto la
eucaristía. Ippolito, que apenas había vuelto en sí, se santiguó brevemente como era
costumbre. El desconocido le dio la espalda y se alejó confundido y turbado.
Ippolito se alegró de que se fuera. Esta última conversación le había inspirado ese
terror que acompaña a la presencia de algo malsano; y se acodó en la ventana medio
esperando verlo disolverse en el aire, o que se lo tragaran las llamas. Pero era ya de
día, y el extraño visitante se alejaba lento y visible por la Strada di Toledo.
Pero no tardó en revivir en Ippolito la impresión que el desconocido había
pretendido imbuirle en esta entrevista; él la describe como de lo más extraña y
singular. Cuenta en sus papeles que cuando despertó de su descanso de mediodía (el
único que se permitía), la primera sensación que tuvo fue la de ser un hombre nuevo,
con una visión nueva de la vida, una perspectiva clara y completa en la que se
desplegaban ante él las formas de vida, no como se presentan al entendimiento
humano, mezcladas, dudosas, oscuras, dotadas de una inagotable capacidad de
suscitar expectación por su novedad, y de crear inquietud por la duda, sino que todas

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eran igualmente cercanas y familiares y, por así decir, situadas en el mismo plano
ante los ojos de su mente; como si, por alguna ilusión óptica, todos los objetos que
jalonan una larga distancia se volvieran a la vez igualmente grandes, y conspicuos, y
palpables, al viajero que acaba de iniciar ese recorrido.
Pero esta extraordinaria ilusión de proximidad no hacía que la cercanía le saciase,
ni que le aburriesen los objetos con su familiaridad. No; sino que sentía el espíritu
como cercado y asediado por ellos con una fuerza a la que no podía oponer ninguna
otra. No parecía tener ágiles sino acorchadas sus facultades; no prestas a expandirse,
sino incapaces de dilatarse. Para él, solo había un camino que seguir, solo una acción
que ejecutar. Se sentía como alguien cuyo destino está escrito, y al que ningún nuevo
descubrimiento puede darle un motivo de esfuerzo o de desvelo; lo que le dominaba
era una extraña pasividad que, sin embargo, no excluía una afanosa excitación.
Presentía no que fuese a hacer algo grande, sino que debía esperar. Toda la larga y
monótona expectación quedaría anulada cuando este gran acontecimiento, entrando
en contacto con su espíritu por así decir, sustituyera a la tumultuosa preparación; por
tanto, lo de ahora era una férvida espera; y en medio de las más intensas emociones
espirituales, poseía una firme calma animal. Cuando despertó y salió al mundo, y
miró a su alrededor, la gente que veía, y sus actividades, le parecieron indeciblemente
imprecisas, y triviales, y vacías. Se preguntaba cómo podían dedicar sus energías a
metas que no sabían si iban a alcanzar, o a perspectivas que veían lejanas y dudosas.
Ese día se dijo a sí mismo un millón de veces: «¿Cómo pueden esos seres desplegar
tanta diligencia y tanto celo, si no saben para qué? No ven lo que va a suceder una
hora más tarde, pero siguen adelante con la mirada ansiosa y sin aflojar en su
actividad. ¡Qué espantosamente estéril y vacía sería para mí una ocupación así! Para
mí, es la visión clara y cierta de la revelación sobrenatural lo único que justifica el
máximo de energía y actividad, y la más paciente expectación». Pero cuando se
recobró parcialmente del deslumbramiento que esta nueva luz le producía, y de la
proximidad artificial en la que había situado los objetos que revelaba, empezó a
preguntarse qué nueva luz se derramaba sobre su espíritu, o qué nuevo objeto había
descubierto con su ayuda. ¡NINGUNO! El anuncio de su destino le había sido
transmitido en términos sumamente vagos. Algo le habían revelado, sí, pero sin
detalles ni ilación. Todo lo que puede incitar a una indagación, o a distinguir entre
nuestras propias conjeturas y las informaciones de otros quedaba oculto. Pero le
habían dicho lo bastante para llenar de orgullo al noble y romántico Ippolito cuando
lo pensaba: su destino no sería un destino vulgar (dado el agente empleado para
anunciárselo); no se hundiría en el anonimato, ni estaría entre los que no son
recordados: algo grande, terrible o trágico marcaría el fin de su carrera.
Antes de que acabara el día había repasado mentalmente, y comparado, y
estudiado, los altos y distinguidos fines de la vida que podía recordar. Calculó cuál se
ajustaba más a las circunstancias de su propia época; y vestido con los atavíos del
heroísmo visionario, contempló con indiferencia el paso de la vida y la muerte por

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delante de él. Era tal su debilidad por lo romántico y lo maravilloso, y tal su sed de
distinción que la idea de colmar estos sentimientos primitivos de su naturaleza no
solo compensaba la perspectiva de la cercana y esperada disolución, sino incluso esos
anuncios más oscuros y ominosos que el desconocido hacía sobre la naturaleza del
destino de aquellos a quienes tenía asignado predecírselo. Pero la euforia de estos
intensos y vividos sentimientos fue breve: estaba a punto de cambiar el orgullo del
cuidado satisfecho, el hormigueo de noble expectación, el sueño del alto destino y del
heroísmo quimérico por la duda que creía disuelta, y el remordimiento que pensaba
que nunca le llegaría.
No sé si vio al desconocido durante los días siguientes a esta visita. Me inclino a
creer que no, porque nuevamente gozó de la suficiente calma y sosiego de ánimo para
frecuentar la sociedad; tal es el poder del hábito sobre el espíritu incluso en los
momentos de más tribulación. Esto lo infiero de la página que sigue, la cual, aunque
bastante incoherente, me informa que participó en una fiesta celebrada en la villa de
la condesa de Verano, al pie de la montaña. La villa no era lo bastante grande para
acoger a los numerosos invitados que pensaban quedarse varios días, y la mayoría de
los caballeros fueron alojados en construcciones provisionales que se distribuyeron
por toda la propiedad, abastecidas con refrescos durante el día, y luces por la noche.
Ippolito se retiró a una de ellas; pero el aire embalsamado y la claridad de la luna, que
se combinaban en un único elemento a través de la umbrosa celosía de su cabaña, le
sosegaba más que el sueño, así que se levantó para disfrutar del silencio. No hacía
mucho que se hallaba acodado en la ventana, cuando le pareció ver una figura con
hábitos y ademán extraños: se acercaba desde los árboles y avanzaba con cautela y
temor. La vio pasar y desaparecer sin hacerle ninguna pregunta, bien porque tenía el
cerebro embotado por la disipación, bien porque no encontró que el individuo se
pareciese a nadie que le inspirara temor. Poco después se retiró a su rústico lecho. La
lámpara se había apagado ya, pero la luna llena brillaba a través del follaje de la
ventana. Y al levantar los ojos impensadamente ante un súbito oscurecimiento, le
pareció ver una cara asomada que miraba con atención. La sorpresa que esto le
produjo fue momentánea tan solo; y no tardó en dormirse. Somos totalmente criaturas
del momento y del lugar: de haber estado su dormitorio apartado del resto de los
invitados, de haber captado un atisbo de algo terrible, apariciones mucho más difusas
que esa le habrían despabilado por completo. Con todo, no durmió mucho rato: le
despertó un resplandor y una opresión en el pecho; intentó levantarse, pero no pudo;
y cuando consiguió distinguir los objetos, vio al desconocido inclinado sobre él:
había en su expresión y su gesto una fuerza salvaje, y un halo entre fantástico y
horrible en su persona, que hicieron que Ippolito se encogiera como ante un espectro.
Vestía solo una túnica larga con caracteres y símbolos, unos demasiado confusos,
otros demasiado insensatos para fijar los ojos en ellos, y un cinto con la palabra
«misterio» escrita en él. Tenía los brazos desnudos; y sus largos y negros cabellos se
le desparramaban a los lados; pero un círculo de fuego le ceñía las sienes, cuyas

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puntas deslumbraron a Ippolito cuando miró hacia arriba. «¡Despierta, Ippolito di
Montorio; levanta y ven conmigo!» «¿Quién sois, y por qué habéis venido? ¿Y
adónde debo ir?» «Ha sonado la hora; no preguntes. Un poder que es irresistible
acaba de llegar. No preguntes». Y dicho esto desapareció. ¿Qué resorte sutil acciona
nuestras reacciones? De haberse detenido a repetir su intimación, o a escuchar la
respuesta, probablemente esa demora habría contenido a Montorio, y ni siquiera se
habría levantado; pero se fue con tal aire de independencia que Montorio saltó y lo
siguió sin pensar. Se había acostado vestido, de manera que ahora se envolvió con la
capa y alcanzó en seguida a su guía; este iba tan deprisa que aquello no era caminar,
sino deslizarse. Ippolito, con todas las energías y el vigor de su juventud, a duras
penas conseguía mantener su paso. Por donde iban, todo parecía dormido; y sin
intercambiar una sola palabra, ni disminuir la marcha, llegaron a las afueras de
Nápoles. El desconocido le vendó los ojos una vez más, y lo condujo al subterráneo.
Ippolito no tuvo tiempo de analizar sus sentimientos. Un hombre que, embotado por
la disipación, es arrancado de su sueño y arrojado a una atmósfera de terror, se mueve
en un estado de confusión y de tumulto en el que, aunque todo es desagradable, no
distingue nada. La primera impresión clara no le llegará probablemente a través del
entendimiento sino de la sensibilidad. De acuerdo con eso, dice que como la venda le
evitaba toda distracción de los objetos externos, como el eco del corredor le llegaba al
oído, y el aire denso y oscuro le devolvía el aliento, empezó a disiparse la niebla que
le oscurecía el cerebro y los sentidos; y de repente fue capaz de reflexionar. Lo
primero que experimentó fue placer; un placer orgulloso, anhelante, con el que daba
la bienvenida al objeto remoto y largamente deseado, y temido, de acuerdo con su
situación en ese momento, y como gusta a los espíritus románticos. Pero aún se
hallaba embargado por este súbito gozo, cuando un sentimiento extraño, un terror
impreciso como jamás había conocido, se apoderó de él. Explica esta experiencia
como la percepción interior y sensible de un poder que estaba por encima de él, de un
poder que hacía constar su presencia imprimiéndole una conciencia irresistible, una
vivencia íntima imposible de comunicar, pero inequívoca. El desconocido se dio
cuenta de que vacilaba, y se detuvo. «Estoy sin aliento —dijo Ippolito—, y este aire
me ahoga y me marea». «Ese no es el motivo por el que te detienes», dijo su
conductor. «Es verdad, no lo es —dijo Ippolito—; tengo dentro de mí un
presentimiento como jamás me había asaltado en ningún momento ni en ningún
lugar, ni siquiera en este, con todas sus peculiaridades. Me dice que dé media vuelta;
me dice que no me adentre en estos parajes, que no siga. Me asombra este cambio
súbito de mis emociones; me asombra el abismo que se ha abierto entre mi meta más
vital y yo, este sudor y este desaliento que anega el centro de mi ser. Hace que me
asombre de mí mismo; pero creo que es la intimación de un poder que está dentro de
mí o por encima de mí; y esta vacilación no es en obedecer sino en confirmarla». El
desconocido guardó un largo silencio. «Ignoras la causa de ese sentimiento que
describes, y nada justificaría que yo la revelase; sin embargo, el hecho de que

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estemos aquí y ahora sí lo justifica. Forma parte del influjo de esta noche señalada, un
influjo que afecta a todos, al viajero que viaja solo y en este instante aviva el paso sin
saber por qué, como al que está recogido en su casa, que despabila el candil para
rechazar la sensación de soledad que le invade; incluso al niño, también, que ahora se
despierta, balbucea una oración, y esconde la cabeza debajo de la almohada. El
influjo de esta hora alcanza a todos, y todos lo tergiversan; lo explican según sus
diversas supersticiones; pero es la presencia de nuestro amo que impregna los
elementos, entenebrece la noche, y envía el miedo a las almas de los hombres. Ese es
el influjo que sientes; pero al mezclarse con tus sentimientos habituales, lo interpretas
como la admonición de un poder que no llega hasta aquí».
Esta nueva llamada a su curiosidad hizo que Ippolito olvidara en seguida sus
dudas y vacilaciones. «¿Quién es vuestro amo? ¿Lo puedo ver?» «No tiene nombre,
ni forma, ni símbolo». «Entonces, ¿cómo sabéis que está con vos?» «Por signos que
no pueden confiarse a los hombres». «¿Y es su presencia la que habéis solicitado
tanto tiempo, y la que os permite ahora revelarme mi destino clara y puntualmente?
¿Es esta la gran oportunidad que tanto tiempo me ha sido negada? ¿Lo sabré al fin
esta noche?» «Lo que deba conocerse, habrá de conocerse esta noche. Él, aunque
invisible, y sin que haya sido invocado, está presente en nosotros; de manera que
todas las posibilidades están abiertas. No he descuidado nada al preparar este
momento; me has visto rodeado de llamas, de reliquias de sepulturas y de sangre de
muertos, pero no te está permitido ver —añadió con voz profunda— qué manos me
han adornado con estas cosas». «Proceded —dijo Ippolito impaciente—; si
efectivamente tenéis tal poder, y es esta la hora de ejercerlo, alcanzaré esta noche un
conocimiento que ningún poder mortal puede revelar, culminación de mi entusiasmo,
verdadero punto y cima de mi ambición visionaria, y os seguiré, por inseguros que
sean mis pasos, y aunque mi espíritu sienta la náusea de algún presagio indecible.
Pero si va a ser esta una noche de decepción, os juro por Aquel cuyo nombre no me
atrevo a nombrar en este antro de brujería, que no entraré».
Su guía le ordenó que guardase silencio, y siguieron andando. Bajaron. Ippolito se
esforzaba en reunir todas sus fuerzas interiores ante lo que creía que era una señal,
aun cuando la lucha fuese ficticia. Pero era tan sobrecogedor el lugar, y tal la
impresión que producía, muy distinta de la impostura profesional que solía
acompañar a las palabras y gestos de su compañero, que en vano trataba de buscar
alivio en esa creencia que nos asiste en tales situaciones de que solo nos enfrentamos
a seres como nosotros. Trataba de recordar escenas aterradoras de otras experiencias
parecidas, luego desmontadas con el descubrimiento del engaño. Pero los modos y
agentes de este caso no guardaban ninguna semejanza con aquellos para que sus
emociones actuales se atenuasen con la sospecha de que eran gratuitas; y caminaba en
silencio, en ese estado de ánimo desasosegado en el que la expectación disminuye
conforme aumenta el miedo, y el recelo, habiendo llegado demasiado lejos, se agrava
con la sospecha de que puede volver. Continuaron sin detenerse, hasta que llegaron a

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ese lugar del que no da ninguna descripción, salvo súbitos sobresaltos y
exclamaciones de horror. Le quitaron la venda, e Ippolito notó que esta noche todo
tenía un aspecto muy diferente del que había observado en sus visitas anteriores; las
extrañas figuras que solían acudir a recibirlo y saludarlo se mantuvieron ahora
distantes o calladas. Al cruzar la cripta, vio tendidos en el suelo, sumidos en profundo
sueño a los que habían ejercido de ministros del miedo en otras ocasiones; y al pasar
entre ellos (los cabellos erizados y fulgentes de su guía eran su única luz), unos se
estremecían, otros gemían, otros reían, y otros farfullaban de manera inarticulada, al
tiempo que lo señalaban. «Los espíritus se hallan ahora ausentes de estas formas
materiales —dijo el desconocido—; porque antes de presentarse a su amo, gozan
siempre de un breve momento de descanso y de gracia. La imaginación se agotaría si
pretendiese seguirlos ahora mientras se enfrentan entre sí o con los elementos, o
vuelan tras del meteoro más allá de los confines del mundo, y los suspende en la
inmensidad desconocida, “amorfa y vacía”. De los que frecuenten las moradas de los
hombres, es más fácil presumir su pasatiempo: unos tejen las visiones confusas y
horribles de los enfermos, otros envenenan el sueño del culpable con recuerdos de
voces y rostros que creían poder conjurar durmiendo; otros se esconden en las ruinas
y profieren gemidos que llegan al viajero rezagado como presagios espantosos, o
fingen lumbres para atraerlo a la guarida del salteador o al borde del precipicio; otros
visitan las moradas de los muertos, donde hacen cosas que las supersticiones más
dementes jamás habrían soñado». Esta serie de evocaciones terribles no tuvieron
ningún efecto adicional en Ippolito; su espíritu había descendido a un límite
espantoso, el más repugnante incluso para aquellos de nuestros semejantes que,
dejando a un lado las dulzuras y levedades de la vida, se disponen a contemplar la
pura, entera, inmediata desnudez de la muerte. Dice que sentía en su interior una
energía oscura, una fuerza obstinada y horrible, como si estuviese determinado a
vengarse de cualesquiera terrores que la noche quisiera depararle, desafiándolos y
enfrentándose a ellos; porque era tan grande su convencimiento de la realidad y
certidumbre de lo que estaba a punto de revelársele que no tenía más idea de eludirlo
o resistirlo que si se lo hubiese anunciado una voz celestial. Así que se refugió en una
feroz hosquedad; y aunque se esforzó en cambiarla por esa resignación de la que
hablan los moralistas, que él concebía como una disposición más conforme con esta
crisis, sin embargo el rechazo natural a una fuerza opresora, la aversión innata a ver
mermada nuestra libertad, y a ver nuestro camino encajonado (aun cuando fuese
disposición de un ser superior, cuyas obras precisas deseásemos conocer ansiosa e
incesantemente), le llenaban de negras, turbulentas y rebeldes emociones. No sé cuál
fue el extraño ritual de esa noche particular, ni si el Malo sustituyó a sus ministros
que estaban en otra parte, ocupados en ejercer su oficio de duendes; pero después de
describir sus sentimientos en renglones visiblemente temblorosos, Ippolito sigue
contando que lo habían dejado solo en la oscuridad más absoluta, en alguna parte
remota de ese inmenso espacio (que él describe como un territorio del subsuelo), con

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la orden de no abrir la boca ni moverse, sino mirar y observar. No entendía cómo iba
a poder observar nada en medio de tan impenetrable negrura, hasta que divisó una
llamita azul a lo lejos, delante de él; fue aumentando y ensanchándose, al tiempo que
se elevaba gradualmente; y cuando alcanzó una altura enorme, se inmovilizó, sin los
parpadeos y temblores propios del fuego, en forma de una inmensa cortina de vapor.
Su luz, aunque fuerte y distinta, reveló solo parcialmente las dimensiones del
subterráneo, su oscuro y mal definido techo, y los flancos que limitaban los bordes de
esa cortina de llama. Ippolito prefirió no mirar hacia los huecos de oscuridad más
intensa que tenía alrededor. Entretanto, el cuerpo de la ancha llama fue disminuyendo
poco a poco, y quedó finalmente suspendida en un arco iluminado, dentro del cual
aparecía una superficie negra, reluciente, que ocupaba todo el vano, y que Ippolito
compara a un espejo de mármol negro. La observó con atención; varias figuras
imprecisas se persiguieron unas a otras en la superficie, hasta que se perdieron entre
las columnas que formaban su marco. Entonces surgió ante él una figura
completamente diferente; vestía ropas modernas, llevaba la cara oculta, y sus gestos
indicaban confusión y terror; Ippolito, aunque no sabía qué quería decir, no apartaba
los ojos de ella; de haberse valido de la voz, no habría podido transmitir con más
elocuencia la idea de un ser empujado por un poder invisible a alguna acción o meta,
de la que unas veces retrocedía con ademán de humildad y de súplica, otras con
gestos de evasión, y otras retorciéndose. Sin embargo, el poder que actuaba sobre esta
figura aumentó su influjo, de manera que la figura avanzó hacia esa acción más
deprisa; sus gestos ahora hicieron más evidente su aprensión, su indecisión (su
rechazo: como dicen que se comportan los animales cuando son fascinados),
temblaba, se debatía, retrocedía, y cada movimiento era un salto, y cada miembro un
arma de aversión que prolongaba la desdicha que inútilmente intentaba evitar. Por
último, con un impulso vehemente, sacó una daga, hacia la que se le había ido la
mano varias veces involuntariamente, y la arrojó lejos de sí con la fuerza del que trata
de apartar una tentación; y durante un rato la miró como en una tregua en esta
persecución; pero en seguida el influjo invisible se hizo palpable otra vez; otra vez
empezó a debatirse con los desesperados esfuerzos del que sabe que todo es inútil.
Con paso tembloroso, extenuado, se fue acercando a donde había ido a parar la daga;
sus pies, retrocediendo a veces, le condujeron hasta ella; y, aunque torciendo el gesto
al tocarla, su mano acabó agarrándola con fuerza. Y aquí cesó toda resistencia y
dilación. El desventurado se irguió como si cada nervio se expandiera
poderosamente, exaltado a un grado extremo de energía preternatural, y se alejó con
un movimiento que el estado de tensión de sus músculos hacía doloroso. Su ademán
era tan elocuente que Ippolito, al verlo desaparecer, exclamó: «¡Va a asesinar a
alguien!» Casi en ese instante le llegó un alarido; no como el grito de alguien en la
agonía, sino como si todos los terrores de un gemido estertoroso se mezclasen con la
exclamación del que presencia algo abominable. A Ippolito se le erizaron los
cabellos. Reapareció la figura; sus gestos expresaban ahora los desvaríos de la

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desesperación; tenía la ropa empapada de sangre, y sostenía la daga en la actitud de
alguien cuyo horror le ha hecho perder la conciencia de que sostiene la prueba que le
condena. Seguidamente se oyó un ruido confuso, y aparecieron varias figuras
borrosas en la tabla de mármol negro. Ippolito oyó un repiqueteo de cadenas
mezclado con el tañido de una campana, y el murmullo que precede a algún suceso
de importancia; el espectro redobló sus agonías, e Ippolito comprendió al punto que
se acercaba el castigo de su crimen. Un momento después, le rodeó un grupo de
figuras con vestimenta de verdugo; se zafó de sus garras forcejeando con
desesperación; cayó de rodillas, con los brazos extendidos y el ademán del que
invoca al cielo, no para suplicar, sino para acusar, y la capucha que le ocultaba el
rostro se le escurrió hacia atrás. Montorio corrió hacia él, y descubrió que era el suyo.
Desaparecieron las figuras, la sábana de fuego azul envolvió la tabla, se hundió en el
suelo con un débil siseo, y se apagó. Ippolito se quedó mudo largo rato, debido a la
lucha de sentimientos que casi le ahogaban. Finalmente, su rabia, y su asombro, y su
horror estallaron en una tormenta de execración y de furia. Es imposible imaginar con
qué repugnancia su espíritu (tan orgulloso, tan ambicioso, e incluso romántico en lo
que toca a virtud, y tan estrictamente rígido en su sentido del honor), con qué
aversión debió de luchar con la idea de sufrir el más vil de los castigos por el más vil
de los crímenes. Hay una delicadeza, también, inculcada desde tierna edad por el lujo,
la indulgencia, y la lenidad del rango, que se horroriza ante las circunstancias
degradantes que concurren en la comisión de un crimen y en su castigo, con tan
innata repugnancia como la virtud ante el crimen mismo, y que es a menudo
salvaguardia contra el mal en aquellos espíritus que carecen de principios más puros.
Ippolito se sintió ultrajado, inflamado, indignado; y la reaparición del desconocido,
cuando el subterráneo se iluminó otra vez, no hizo sino dar una dirección a su furia.
«¡Monstruo! —rugió—, ¿para esto me has traído aquí, para ser insultado con tus
mentiras de hechicero, con una maldita predicción que ningún poder celestial podría
obligarme a cumplir, y mucho menos tú con tu hueste de demonios, ni con Satanás en
persona? ¿Era para esto para lo que me has acechado y seguido; para lo que he
renunciado yo a la paz de mi existencia y a la salvación de mi alma; por lo que he
visitado lo que creo que son antros de demonios, y me he entregado a ti, archimago,
Belcebú, príncipe de los demonios; para decirme que soy, que debo ser…? ¡Ah, me
ahoga esa palabra, me abrasa los pulmones pronunciarla! ¿Qué? ¿Un asesino, un
asesino encubierto; sacado de su escondite por la mano del verdugo, que realiza su
oficio despreciable ante la bestialidad del populacho?… ¡Monstruo!»
Ardientes lágrimas de furia le brotaban sin querer. El desconocido lo miró
impasible. «¿A quién acusas? Querías ver tu destino, y lo has visto».
«¡Imposible, desdichado embaucador! ¡Imposible! ¿Acaso no me conozco? ¿No
me atravesaría mi propio corazón con la espada si albergara un pensamiento
depravado? Si se me hubiese representado luchando con un enemigo declarado y
armado, si se me hubiese representado dejándome llevar por la fiebre de la pasión

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(pero ni aun así habría sido capaz de infligir daño alguno a nadie desprevenido), de
haber sido solo eso, lo habría soportado, aunque me esperase la hoguera o el potro de
tormento. Pero esto, ¿con qué motivo, con qué disculpa, con qué pretexto? Yo no
tengo un solo enemigo en el mundo. ¡Ni uno solo, por el cielo! Estoy vacío de odio
igual que lo estoy de temor. Pero ¿por qué sigo aquí? ¡Dejad que me vaya de este
antro maldito; incluso el aire está contaminado de mentiras y brujería! Me siento
inficionado; la misma conciencia de un crimen se está abriendo camino en mí. Se me
tienta a cometer una acción ruin y culpable; pues bien: que todos los horrores,
indignidades y depravaciones con que soy amenazado caigan sobre mí si vuelvo a
pisar nunca más este lugar, o a tener ninguna relación de la clase que sea, o pretexto o
tentación para tenerla, con vos o vuestros sicarios, ya sean demonios, impostores o lo
que quieran; y más aún, si no renuncio desde ahora mismo a toda indagación y
estudio de esas artes impías, que maldicen igualmente con el suspenso o la certeza».
«Vete —dijo el desconocido, con calma severa—; vete, y que el cumplimiento de tu
maldición te acompañe. Porque a partir de ahora, será como si esta cripta te hubiera
sepultado efectivamente; como si tu visión estuviera limitada por sus sombras, y tus
pensamientos se hubieran poblado de terrores. Lo que has visto y oído esta noche
jamás se apartará de los ojos de tu mente. Donde estés, me vas a recordar». «Antes
ahogaré mi memoria en la bebida o en la locura. Beberé mandrágora y opio; mandaré
batir tambores en mi cabeza cuando piense que estáis cerca». «Todo eso será
pasajero: me tendrás presente en la hora de la culpa». «¡Falso!» «Me recordarás en la
mazmorra —Ippolito se tapó los oídos—. Me recordarás en el cadalso, y la imagen de
aquel a quien has asesinado apenas será más terrible que la imagen de aquel a quien
defraudaste y despreciaste».
«¿La imagen del que voy a asesinar? —dijo Ippolito, que se había esforzado
inútilmente en no oír la voz profunda del desconocido—. ¿Dónde está? ¿Está cerca
de mí?» «Lo está —replicó el desconocido—; junto con miríadas de otros embriones
de futuro horror; aquí se congregan formas de seres innominados, de espíritus que
tientan y de espíritus que castigan; aquí están, aguardando tarea, y reclamando su
presa en estos espacios inexplorados. No puedes ver sus formas, ni oírlos cuando
pasan a tu lado; sin embargo, ¡cuántos se agolpan a tu alrededor! Porque, en esta
noche excepcional, han acudido miles para asistir a nuestro amo y señor». Ippolito,
que abandonaba la cripta, aunque no sabía qué dirección debía tomar, vaciló; se
hallaba en ese estado de ánimo en el que la violencia de su agitación favorece las
impresiones más improbables y contradictorias, pero que busca aliviar su
sobreexcitación en los extremos, de manera que si se aparta de uno,
indefectiblemente va a dar en el otro. En ese momento, la tentación de su curiosidad
habitual, que acababan de estimularle sutilmente, y la perspectiva de satisfacerla,
unidas a la sensación de sinceridad que transmitía la calma inalterable del
desconocido, operaron un extraño y súbito cambio en sus sentimientos. Regresó
lentamente, y balbuceó: «¿Podéis de verdad mostrarme a la persona que estoy

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destinado a…?» —no consiguió decir «matar». «Eso no lo sé» —dijo el desconocido,
que durante ese tiempo no había cambiado un ápice de postura ni de expresión. «¡Ser
inflexible y sin sentimientos! —dijo Ippolito encendiéndose otra vez de pasión—, ¿es
esa la respuesta que recibo? ¿Es esa vuestra manera de aliviar al desdichado, al que
reprocháis que os deje? ¿Por qué iba a quedarme? Habéis vertido fuego en mi cerebro
y veneno en mi corazón; y ahora que vuelvo al único recurso que me dejáis, os
burláis de mí con una respuesta fría y dudosa. Sea cual sea el poder al que servís y
teméis, os exhorto, os exhorto vehementemente, terriblemente, por las convulsiones
de un alma quebrantada, por las ruinas de un espíritu que nadie sino vos puede
doblegar, os exhorto a que me concedáis esta última y desdichada merced: dejad que
me familiarice con la maldad de mi corazón, y que no sienta este repudio, como si las
agitaciones que hay dentro de mí se debieran a la posesión de un demonio».
El desconocido estaba mudo, hierático, ciego, con los brazos en alto y la cabeza
hacia atrás, lo único que destacaba de él era el blanco de sus ojos; y aunque no movió
un solo músculo, los vuelos de su vestido se desplegaron y extendieron como si
participasen de algún movimiento interior. Ippolito, casi insensible a lo que veía, y
dominado por una única idea, insistió en su demanda con multiplicada vehemencia;
una y otra vez lo agarró del brazo y tiró de su ropa, y gritó su pregunta en una agonía
de delirante impaciencia. «¡Aparta! —rugió con una voz que parecía provenir de una
lejanía incalculable—. ¡Aparta! Ahora debo estar con mi señor; ya viene; viene de
donde el espacio no tiene medida ni es alcanzable, a través de lo invisible y el vacío».
Ippolito, enardecido, no desistió; sino que alzó la voz, y redobló su petición. Su
excitación se volvió frenética; su voz, un rugido; y suplicó, amenazó, maldijo, desafió
con osadía al espíritu-señor, y juró que acabaría con el desconocido, con sus
ministros, con el antro donde se cobijaban y con todos los agentes e instrumentos de
sus odiosas fechorías. El desconocido se estremeció ante semejante ultraje, y medio
saliendo de su trance, miró alrededor con ojos vidriosos, ausentes. «¿Quién le ha
traído aquí? —murmuró—. Caiga sobre él el terror de su presencia». «Pues caiga
sobre mí —tronó Ippolito—; que tenga yo con quien enfrentarme y luchar; le desafío.
¿Me rehúye? Dejad que venga. Aunque sea más terrible que esta madriguera de
horror que hasta ahora me habéis mostrado, aunque sea capaz de fulminarme con la
mirada, aunque me ciegue los ojos con el rayo lívido del infierno, que venga; le
desafío. ¿Me oye? Le desafío, sí. Que el eco de su templo le lleve mis palabras, mi
risa de desafío»; profirió una horrenda carcajada.
Ante estas últimas voces, el desconocido soltó un alarido; un alarido salvaje y
ultraterreno que resonó en cien regiones de la cripta; y la multitud de extrañas figuras,
y muchas más que Ippolito no había notado hasta ahora, le rodearon al instante. La
caverna atronaba con sus gritos; una conmoción como de terremoto sacudió el lugar
con todo cuanto contenía, las luces se desplazaban veloces en la oscuridad; se elevó
un rumor como de gemidos de moribundos viajando en el viento de la noche, fue
aumentando hasta llenar la cripta, y el oído enloquecido buscó en vano la causa de su

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tortura en el rugido vertiginoso que lo oprimía. ¡Ah, imposible decir los terrores de
esa hora! Si imagináramos a un ser sumergiéndose un instante en Tophet,
conservando los poderes vitales y la razón, creo que así lo contaría a su regreso, de
haber tenido capacidad para hacerlo. Recuerdo algunas expresiones de Ippolito que lo
describían con la energía del sufrimiento personal: «Las mismas formas y caracteres
muertos de las paredes adquirieron en esos momentos un horrendo estado de
existencia parcial, se arrastraban y se estremecían con un remedo de vida; los mismos
reptiles, de formas y tamaños como jamás se han visto en el mundo exterior, parecían
dotados de una extraña conciencia, y unos se erguían, otros emitían sonidos, otros
miraban fijamente con espantosa inteligencia».
En este escenario, qué figura debió de ofrecer Ippolito, con su silueta osada y
hermosa en medio del fuego y la oscuridad, de las formas embrujadas de esa
asamblea, con la espada desenvainada, la capa echada hacia atrás, los ojos y las
mejillas ardiendo hasta un frenesí que intensificaba la locura del terror sobrenatural.
El desconocido volvió de su trance; se levantó; le agarró por el brazo y, mirándolo
con unos ojos que parecían ver otra realidad, dijo: «Ven. Tú que desafías a los
poderes de la noche y del mundo inferior, ven». «Juradme, entonces, que me
mostraréis a esa persona, a la persona que va a hacer de mí un miserable;
concededme eso solo, y me abandonaré con pasiva desdicha; dejaré de oponer
resistencia. Mostradme a esa persona…» «La verás».
«Llevadme entonces a donde queráis».
Otra vez fue conducido a un espacio tan remoto que parecía que el ámbito del
lugar se había vuelto doblemente inmenso, aunque iban tan deprisa que el furor y el
tumulto parecieron cesar de repente. No oían nada a su alrededor: sus pasos no
producían ningún ruido; la humedad y la pesadez neblinosa del ambiente que apenas
podría llamarse aire parecían absorber el más pequeño rumor; la simple luz que el
desconocido portaba no permitía penetrar la espesa negrura más allá de la distancia
del brazo. Caminaban en completo silencio; dentro y alrededor de ellos, la vida
parecía desterrada y lejana. Ippolito no tuvo conciencia de nada, hasta que notó que
se detenían y entraban en una cámara oscura, o más bien en otra tosca concavidad de
esas galerías interminables. Un bulto oscuro y envuelto yacía en un rincón. Pero
Ippolito, con los ojos deslumbrados por las anormales impresiones de antes, no lo
vio. «Dentro de unos momentos —dijo el desconocido—, una maldición caerá sobre
ti y sobre el resto de tu estirpe con el cumplimiento de tus mismos deseos. Lo que por
compasión hubiera querido ahorrarte, ahora es irremediable. El señor de la noche,
evocado por tu ofensa y desafío, ha venido; ha venido en la plenitud de su terrible
poder; y por su presencia, me veo forzado a no concederte ni la gracia de la reserva,
ni la del aplazamiento». «Entonces —dijo Ippolito con impaciente cansancio—, os
ruego que abreviéis. Decid pronto qué debo hacer, o sufrir. Os aseguro que estoy
desfallecido de desesperación; así que no habléis, porque ya no soy capaz de atender.
La cabeza me arde, y siento el cerebro pesado. Haced que ocurra algo, y rápido,

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mientras aún me quedan fuerzas. Creo que podría agarrar el fuego con las manos, o
beber sangre fresca, como si fuesen costumbres normales y corrientes del hombre. No
sé cuánto durará este endurecimiento del espíritu. Hacedme ahora vuestro
instrumento; estoy en vuestro poder». «Aún queda por hacer una cosa más —dijo el
desconocido pegándose a él—: Reconocer y propiciar la presencia de nuestro señor.
Es un acto que debemos cumplir, un acto que no tiene nombre, y suena inmundo a los
oídos de la naturaleza. ¿No te han dicho nunca que el poder con el que comerciamos
exige derramamiento de sangre como prueba?» «He oído hablar de eso —murmuró
Ippolito, deprisa y en voz baja, con los ojos fijos en un punto—. ¿Acaso los sueños
que me aterraban de niño se han convertido en hechos de adulto? ¿Aquellos seres
oscuros y remotos se han vuelto efectivamente cercanos a mí? Pues sea: aquí está mi
espada. ¿De qué parte he de sacar las gotas que sellen este misterio de iniquidad?» Se
desnudó el brazo y lo extendió. «No es eso, no es eso —dijo el desconocido—; el
sacrificio está ya preparado, y tú no eres la víctima, sino quien debe inmolarla.
Solemos tener abundancia de víctimas de esa clase; la credulidad y el miedo nos las
proporcionan a diario».
Mientras hablaba, se acercó al bulto oscuro, y le quitó parte del manto que lo
cubría. Ippolito vio un pecho humano desnudo; el resto del cuerpo, cabeza y brazos,
estaba envuelto en un paño negro que cubría también el tosco tajo sobre el que estaba
tendido y atado como sobre un altar.
«Aquí tienes a la víctima dispuesta —dijo el desconocido—. No puede huir ni
ofrecer resistencia; no puede delatar ni recriminar; los movimientos de los muertos no
están más lejos de la luz y del conocimiento de los hombres que lo que suceda en esta
cripta. Aquí tienes el arma —dándole una pequeña daga—. Descarga un golpe firme
y decidido; la presencia de nuestro señor exige esta acción testificante. Después, te
será revelado». «Jamás —replicó Ippolito, despertando de repente a la más exaltada
conciencia y percepción de los sentidos—; jamás. No sé qué futuros horrores puede
depararme mi destino, ni con qué espantosa preparación puede endurecer mi espíritu
acosado y mi conciencia devota; pero mientras conserve los sentidos, y pueda
sostener un arma con la mano firme del que es capaz de herir o no, jamás seré yo
quien cometa esa acción». «¡Muchacho atropellado! —dijo el desconocido—; no
sabes cuánto depende de estos instantes; no sabes qué presencia hace que estos muros
insensibles exuden un rocío ominoso, y que ese cirio arda con llama temblorosa y
azul; no sabes quién te está mirando ahora, evocado aquí por tu ofensa, y al que
pretendes despedir con la caprichosa veleidad de un mortal. Su ira será terrible; mi
poder perderá toda eficacia ante él; sus dientes esparcirán tus piltrafas como
ahechaduras, su aliento abrasará tu sustancia y la reducirá a un simple átomo; serás
llevado vivo a su horrible morada para diversión de sus duendes, que te destrozarán
con sus garras; y entre alaridos, servirás de festín viviente a los demonios…»
«Oigo vuestras palabras —dijo Ippolito—, pero tengo los oídos anegados de
cosas horrendas y no puedo distinguirlas, ni soy ya capaz de hablar ni de razonar. No

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quiero cometer esa acción abominable; no quiero infligir ningún daño a ese ser
desventurado, aunque no pueda ofrecer resistencia ni protestar; en cuanto a mí, estoy
en Sus manos, en las manos del que puede llegar incluso hasta aquí». «¡Ah, piénsalo!
—prosiguió el desconocido—; piensa en la alternativa que aguarda a tu obstinación;
si no, te alcanzará la más violenta y espantosa extremidad. No podrás salir de este
subterráneo nunca más… nunca más. Ningún poder ni ingenio humanos lograrán
encontrarte o liberarte; te quedarás aquí, en los confines de la oscuridad exterior,
alimentando tu desesperación con visiones y ruidos espantosos, tan cerca del mundo
inferior que su horrenda vecindad hará que olvides tu naturaleza; y vivo aún, y en
carne y hueso, sentirás cómo te transformas en demonio, hasta que una noche como
esta te atarán a un tajo como a él, que está ahí por una flaqueza parecida, para
infligirte una muerte contra la que no podrás luchar, ni podrás ver; después yacerás
ahí, y tus huesos podridos se volverán instrumentos de acciones tan impías que sus
jugos manarán y se coagularán para ser profanados, sin que ningún amigo llore ni
sepa de tu fin, y tu alma miserable te abandonará sin haber recibido la absolución, la
bendición, y la paz. ¡Ah, piénsalo!» «Ya lo he pensado. Es inútil; aunque uno de
vuestros ministros espectrales me aullase tentaciones al oído, mientras esos horrores
me dejen un atisbo de cordura o de voluntad, mientras pueda decidir si desenvainar o
no la daga, no seré un malvado obediente, resignado y voluntario».
«Es posible —dijo el tentador— que la malicia de la misericordia te reserve para
un destino peor; es posible que te saque de esta cámara para que vivas una vida de
horrible espera; porque así ha de ser, con la conciencia de la futura culpa. No tendrás
un conocimiento claro que te permita decidirte con firmeza y sufrir con dignidad, ni
esa aceptación relativa que una larga familiaridad debe producir con las cosas que
inspiran repudio, y que si no satisface al espíritu, al menos lo calma. No; en vez de
eso, consciente de que tarde o temprano serás culpable, probarás muchos modos de
culpa, en parte por curiosidad, y en parte con la vana esperanza de eludir la que se te
ha asignado. Así, te endurecerás en el mal y te familiarizarás con las variedades del
vicio. Tu espíritu, por las meditaciones a las que se habituará, se degradará más que el
del asesino o el del salteador. El contagio se extenderá a tus modales y costumbres; tu
ser entero se hundirá en la sórdida aflicción, en un abatimiento depravado, en una
bajeza desalentadora, en un abandono rufianesco. No sabrás, cuando te levantes, si el
sol alumbrará tu muerte vergonzosa, o arrastrarás perpetuamente la maldición y la
devastación de tu existencia, la tortura del miedo a despertar y el miedo a dormir. Por
la mañana desearás que anochezca, y al anochecer querrás que llegue la mañana,
anhelando ver transcurrir el día sin un crimen, y maldiciéndolo una vez que ha
pasado, porque te habrá acercado a la desdicha inevitable. En cada ráfaga de viento
oirás gritos de persecución, en cada mirada verás un espía o un acusador, cada rama
que encuentres a tu paso te parecerá un arma que te ofrecen, los balbuceos del niño y
del que duerme serán susurros de tentación; y, hundidos en el vicio y la desdicha tu
carácter, tus sentimientos y tu naturaleza entera, te arrastrarás con consciente

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repugnancia hasta el fin de una larga, larga vida; aullando, resistiéndote, te
precipitarás a su culpable consumación, y perecerás en el pecado sin que el horror de
la incertidumbre te conceda ningún plazo para el arrepentimiento, y tu corazón
degradado impedirá la alabanza de la fortaleza o el consuelo de la compasión. Esa
habrá de ser tu vida si abandonas esta cámara sin ver el rostro de tu víctima. Sin
embargo, en ti está ahora ordenar que se lo descubran. Si lo haces, su visión te
sugerirá tantos detalles sobre el momento, el lugar y la acción que podrás hacer
acopio de fuerzas; tu brazo será vigoroso, tu espíritu osado y atento, tus energías
unificadas, vehementes, intensas; no te turbará la rabia de la ignorancia ni las
estúpidas maldiciones de la gente vulgar; caminarás con paso firme hasta el fin de tu
vida, y la dejarás con la dignidad misteriosa del que, poseyendo un saber por encima
de la naturaleza, desempeñó un papel por encima de ella; del que, sabiendo más de lo
que el hombre corriente es capaz de dominar, obró como ningún hombre corriente
habría podido obrar nunca. ¿No vale todo eso el esfuerzo de un momento?»
Mientras hablaba, insinuante, le había tendido la daga; y en medio de los debates
inconscientes del cuerpo y del espíritu, la mano de Ippolito la agarró con gesto
convulsivo. Ante sus ojos tenía el cuadro vigoroso de una vida desdichada, sentía su
corazón ardiendo, y desesperado, y desventurado. Antes de tener conciencia de lo que
hacía su mano, saltó un borbotón de sangre hasta la empuñadura; oyó el gemido
ahogado, agónico, de muerte. Se tambaleó, cerró los ojos; y como si una fuerza le
obligara a abrirlos otra vez, miró. Pero no pudo ver nada. Había un silencio mortal.
Finalmente, tartamudeó: «¡Lo he hecho! Cumplid ahora lo que habéis prometido;
dejad que vea a esa persona». «La verás —dijo el desconocido con una voz que hacía
el instante indeciblemente más espantoso—; retira el manto que la cubre, y mira».
«¿Qué? ¿Qué decís? ¡Estoy confuso! La cabeza me da vueltas; hablad, deprisa».
«Quítale ese paño, y verás el rostro de tu víctima». «¿Estáis loco, o lo estoy yo? ¿Qué
relación puede haber entre este desdichado y el ser que yo debía ver?» «Mira bien, y
verás a ese mismo ser, y a esa misma forma; no su efigie, sino a él en persona». Con
manos que no sentían sus propios movimientos, le retiró el manto del rostro; era un
rostro desdibujado, contraído por la lucha con la muerte… Pero Ippolito lo vio: bajo
aquella luz pálida, con los ojos abrasados y centelleantes, lo reconoció.

***

—¿A quién vio? —preguntó el inquisidor.


—No lo sé; cada vez que está a punto de nombrarlo, su letra se vuelve más
ilegible y sus frases más frenéticas. Es inútil insistirle en que lo diga; tan dispuesto
estaba a cometer esa acción deliberadamente, como estaría ahora a revelar la
identidad de su víctima; ni siquiera a un hermano.
—¿Qué brujería —dijo el inquisidor—, qué transacción tenebrosa es esa? ¿Cómo
la víctima acosada de la cripta del hechicero, y el ser que estaba condenado a matar

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en un futuro, podían ser la misma persona? ¿O cómo…?
—Y más extraño aún —dijo Angellini—: De algunas alusiones que aparecen en
pasajes posteriores, infiero que el rostro agonizante que vio en la cripta era de alguien
vivo; de alguien que, aunque de este mundo, no era esperable ni probable que fuese a
morir; más aún, de alguien que se suponía que no estaba allí ni cerca de allí, de
alguien que aún vive, y es conocido por él; a pesar de sentir las manos encostradas de
sangre; de ver su rostro contraído, sus dientes apretados, sus ojos desorbitados y en
blanco, con todos los signos terribles de la muerte efectiva.
—Todo esto es un oscuro y horrible enigma. ¿Y no se le ocurrió en ningún
momento que lo de esa noche podía no ser otra cosa que una visión? ¿Que si su
supuesta víctima seguía con vida significaba que no había perecido en esa cámara
tenebrosa? ¿No se le ocurrió la posibilidad de que fuera un engaño, una impostura,
fruto de la postración de sus sentidos?
—¡Ah, no; solo era desdicha, aumentada por la anticipación y confirmada por la
certidumbre! Él había leído como yo, supongo que movidos los dos por la curiosidad,
sobre ciertos resultados asombrosos de ese arte por medio del cual se puede hacer
comparecer al espíritu de una persona viva ante el que lo evoca, con infinita angustia
para el sujeto, y allí hacerle sufrir, o aparentar sufrir, en la visión y la niebla,
cualquier cosa que pueda infligirse a un agente corpóreo real; divorcio espantoso del
alma y el cuerpo durante el que este último permanece sumido en un profundo letargo
que nada puede turbar ni interrumpir, hasta que su habitante es devuelto a él por el
poder que lo había llamado. Hemos oído hablar de estas cosas y, lo que nos pondría
los pelos de punta si nos las detallaran, de las torturas de dicho espíritu, cuya
sensibilidad se vuelve indeciblemente aguda con esta disolución antinatural, y para el
que tal estado es un sufrimiento oscuro, en el que experimenta una opresión febril,
brumosa, opresiva, como el que acompaña a las pesadillas. A esa causa insiste en
atribuir las apariciones de la cripta. Porque cree firmemente que el terrible
desconocido no es un ser de este mundo. Pero no tengo argumentos con que refutar
esa creencia. Sus acciones y su carácter, hasta donde he sido informado de ellos, me
llenan de asombro.
—¡Oh, Virgen santa! ¡Virgen santa, ten piedad de él! ¡Sana el espíritu y perdónale
los pecados! ¡Santa Ágata bendita, ten piedad! ¡Santa Rosalía bendita, ten piedad de
él! —se golpeó el pecho y se santiguó; y Angellini se sumó a sus jaculatorias.
—Estos papeles —dijo Angellini tras una pausa—, que he recibido después, son
todo accesos de dolor y de terror, sin asunto ni conexión. ¡Ved cómo están escritos;
cómo debía de temblarle la mano al que los escribió!

Fragmentos de cartas de Ippolito a Angellini

Tengo el espíritu completamente yermo y desolado. Contemplo ante mí la


existencia sin forma ni color. Soy como el hombre al que le han dado a conocer su

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destino, y no le queda de vida más que el final; sus pensamientos le transportan a
través del mundo entero, sin una fugaz mirada, y lo depositan ante la fosa. ¿Y la mía,
dónde la cavarán? ¡Sí, es el aguijón de la muerte! ¡Debo descansar en el polvo, a la
sombra de la horca y de la rueda! ¡Los malvados suplicarán al morir que no arrojen
sus huesos junto a los míos! ¡Ah; si ha de ser así, quisiera envolverme la cabeza con
la oscuridad, con un sueño profundo como la muerte, y dejar pasar el término sin un
pensamiento, hasta que me llegase la hora! ¡Y entonces, con arma ciega, descargar
un golpe impetuoso que fulminara antes de sentirlo y, en ese mismo instante, volverla
contra mi corazón, segura y decidida, sin dar tiempo a recobrarme, mientras dudo si
no se trata de una horrenda pesadilla! Antes de oír las exclamaciones de asombro, y
los gritos, y los rumores; antes de sentir las malditas miradas de la gente sobre mí,
apretujándose para ver al asesino. Y luego, yacer olvidado para siempre,
desaparecer de las miradas y de la memoria humana, ignorado mi nombre, y mi
sepultura en la arena del desierto. ¡Ah, ojalá fuera así! Porque, aunque debo perecer
por un destino de malhechor, no tengo el corazón de malhechor. No; sino que es la
misma omnipotencia del destino que se complace en frustrar, en humillar, en
aplastar, en mezclar opuestos que se odian, en disponer que el corazón orgulloso
conozca la corrupción y la abyecta vileza. Jamás ha habido un corazón que ardiera
como el mío de amor a todo lo que es valioso para un espíritu joven, fogoso y de
nobles principios. Mi carrera de placeres y de gloria parecía interminable; la
próxima primavera iba a abandonar las frivolidades de Nápoles, a ingresar como
cadete, con nombre supuesto, en la milicia de España, y no reconocer el de Montorio
hasta que el comandante preguntase por el joven que había realizado un servicio
distinguido. Ese era mi propósito. ¿Y debo morir en el cadalso, o en una mazmorra
donde las vidas se consumen en el silencio y la oscuridad? No; aquí no hay
esperanza; ninguna dignidad puede concederse a un fin así; ningún orgullo decoroso
a una muerte semejante. Morir por un arrebato de pasión, por un exceso equivocado;
ver entre la multitud a mil corazones que están contigo, que lloran y suplican por ti,
que te bendicen mientras subes con paso firme al cadalso; más aún, luchar
furiosamente con el verdugo por una posibilidad de vida, saltar de la plataforma,
abrirte paso con las cadenas entre la guardia, confiar en la muchedumbre compasiva
para escapar; hacer todo eso, y ser consciente solo de haber errado como han
errado otros muchos, sería para mí más delicioso que la vida. Pero ¡Dios
inmisericorde!: me arrastrarán con la indignidad de la culpa; con el rostro de
criminal en cuyos surcos, a mi paso, leerán los estigmas de la maldad; con mis
manos asesinas atadas a la espalda, mientras el confesor, temblando junto al
monstruo, apenas se atreverá a pedirle que no desespere. Eso… eso… ¡Santo Dios,
haz que enloquezca! ¡Acepta estas lágrimas ardientes, estos cabellos desgreñados,
este corazón deshecho; ahórrame siquiera esa acción horrible, ahórrame la
vergüenza, la maldición de la gente, las miradas del mundo, y soportaré el dolor en
silencio, profundamente, mientras la naturaleza me sostenga!

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***

¡Qué soledad la mía!; cuando me veo obligado a mezclarme con los hombres, a
menudo me descubro escrutando sus rostros con un recelo que les hace retraerse… y
a mí también, al darme cuenta. Así que estoy muy solo; porque ¿quién soporta ver
caras humanas cuando se han vuelto agresivas? ¡Mis únicos compañeros son los
pensamientos horribles! Y el peor de todos es el que me vino anoche. ¿Fue solo una
aprensión pasajera, o una de esas imitaciones oscuras que últimamente me visitan a
menudo? Como es fácil imaginar, un espíritu en el estado en que se hallaba el mío es
el instrumento idóneo para agentes de naturaleza ultraterrena. Por un momento creí
que estaba poseído; ¡por un momento creí que lo estaba de verdad! Es cierto que hay
esa clase de combates dentro de mí; pero sé que soy muy distinto de lo que me han
dicho que debo ser; mi cerebro contiene tantos pensamientos idénticos a los de mi
antiguo yo, y mi corazón tantos latidos de amor a la gracia, que casi dudo haber
cometido nunca, deliberadamente, ninguna acción antinatural… haber tenido
corazón para obrar como un desalmado. Cuando me afloran estos pensamientos,
trato de sofocarlos; grito, pateo, me golpeo la cabeza; digo con una risa espantosa:
¡Estos pensamientos no son de asesino! Tendría que ser cruel, despiadado, insensible
como la roca, bronco como la tormenta. Intento barrer esas morosidades lacerantes
de mi anterior naturaleza, ser íntegramente y sin residuo el desdichado que debo ser.
Esa fue mi batalla de anoche (que casi me arrastró a pedir que se me permitiese
consumar mi desdicha). Por un instante creí que estaba poseído; que el enemigo del
hombre aún no había vencido totalmente; que iba a sentirlo hacerse más fuerte
dentro de mí cada hora, secando las fuentes de mi naturaleza, abrasándome la
conciencia y enclaustrándome el alma, hasta… ¡Ah, las palabras no pueden
continuar ese pensamiento! Estaba de pie cuando me asaltó esa convicción, y tuve
miedo de mirarme en el espejo que tenía delante, no fuera a ver que mi aliento era de
fuego, o que mis ojos centelleaban con extraña inteligencia, o que los cabellos se me
erizaban con las puntas llameantes, o que mis pies… ¡Ah, esto no puede, no puede
durar mucho más!

***

Creía que había pasado lo peor; que esa larga anticipación me había
familiarizado con todos los horrores; que había apurado mentalmente el cáliz hasta
las heces. Me equivocaba; siempre nos engaña nuestra capacidad de sufrimiento.
¿Habría creído a quien un poco antes me hubiera dicho lo que iba a soportar?
Anoche pensé largamente en eso. Me acosté. Me dormí. Soñé que lo había hecho, que
había cometido efectivamente esa acción. Sentí claramente que se me erizaba el
cabello; que cada nervio y cada músculo se me tensaban; mis ojos eran dos carbones

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encendidos; mis dedos se habían transformado en garras; el sudor de una agonía
mortal me empapaba. Incluso dormido me di cuenta de que decía: «¡Ah, que el
tiempo retroceda siquiera un momento! ¡Que esté eso todavía por suceder, y sea yo
eternamente esclavo de una horrible expectación!» No pude seguir durmiendo. Me
desperté; me desperté presa de un paroxismo; me desperté exclamando: «¡No soy un
asesino!» Tardé en recobrar los sentidos; y cuando eso ocurrió, recordé en seguida
mi situación, e intenté despertar de ella en vano. ¡Ah, entonces, deseé fervientemente
pasar la vida inmerso en ese sueño, y no despertar nunca a semejante convicción! Mi
cerebro está confuso; los ojos me arden y me duelen; un rugido constante,
interminable, como del océano, resuena en mis oídos. La naturaleza se ha vuelto
oscura para mí, y la humanidad un espectro. Sin embargo, sin embargo… ¡mi
suplicio no ha hecho más que empezar!

***

Durante un tiempo apelé a ese recurso del que suelen echar mano los
desdichados. Incluso eso me ha fallado. Todo lo que me ha sucedido, las cosas que
me rodeaban oscuramente, tienen tan poco que ver con la realidad que a veces me
parecían imágenes de un sueño, de un sueño tenebroso y febril. ¡Durante un tiempo
me atreví a pensar que no estaba condenado a ser un asesino! Por la mañana, esas
cosas eran tan claras y palpables como cualquier acción que hubiera presenciado o
ejecutado; al anochecer, en cambio, con la ayuda del vino y el juego, a los que me
obligaba, se volvían dudosas, incluso desaparecían. ¿De qué naturaleza han de ser
para que la rabia de la embriaguez y del juego suponga un alivio? Pero anoche, y la
noche antes, se me apareció él entre la multitud en la que me había refugiado. Venía
a recordarme la hora; me enseñó la daga, asustó a los presentes, y me sacó de allí.
¡Ah, cuando lo vi romper la última barrera que me defendía de él, me sentí como el
desdichado que al oscurecer enciende una pequeña fogata para ahuyentar a las
alimañas, y a la luz de las llamas ve al tigre agazaparse antes de saltar sobre él! No
tengo fuerzas para resistir, ni esperanza de escapar; ¡soy presa de los poderes
nocturnos! ¡Ah, qué terrible es este hundimiento del alma, esta completa oscuridad
que se cierra a mi alrededor!»

***

Iba Angellini a examinar unas cuantas hojas más, cuando él y su compañero se


sobresaltaron al oír cerca un ruido insólito. Prestaron atención, no con temor, porque
dentro de los muros de la Inquisición nadie escucha sino con curiosidad. Y en ese
momento Angellini advirtió un cambio notable en el aspecto del mar que rompía al
pie de las ventanas: vio que se retiraba de pronto a enorme distancia, dejando su

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lecho al aire en un momento, levantando y volcando la pequeñas embarcaciones que
navegaban o estaban fondeadas a seguro, y esparciendo sus panzudos fragmentos por
la superficie en todo lo que dominaba la vista. Angellini y su compañero estaban
demasiado familiarizados con el clima de la región para no saber qué significaba este
tremendo fenómeno; aunque de no haber sido así, el hondo y terrible alarido que les
llegó de la ciudad y de la playa no les habría permitido seguir ignorantes mucho
tiempo: ahora pudieron ver claramente muchedumbres de gente acudiendo a la costa
desde todas partes; corrían buscando seguridad, ya que en sus casas parecía imposible
permanecer un segundo más; pero cuando vieron la playa sin agua, las embarcaciones
destrozadas, y el mar que se había retirado casi hasta perderse de vista, se miraron
unos a otros con desesperación.
Angellini, esforzándose en ocultar su terror ante esta manifestación de la
naturaleza, en el desempeño de sus deberes oficiales, comentó que a menos que las
sacudidas fuesen especialmente violentas, el edificio resistiría, y que si alguna obra
del hombre aguantaba, esta fábrica que se alzaba desde hacía siglos aguantaría
también. Y estaban deliberando en qué dirección se produciría la siguiente sacudida
cuando Angellini enmudeció ante un rumor sordo que se esforzó en creer que
procedía de la multitud de la playa: era el océano que volvía con fuerza; con una
fuerza que parecía amenazar los límites de la naturaleza. Un momento después vieron
acercarse una montaña, con la negra concavidad de sus aguas oscureciendo la vista
como una caverna. Angellini, que se retiraba deprisa del aposento, se quedó clavado
un instante, presa de una horrible expectación. Se estrelló la ola, y el edificio se
estremeció hasta los cimientos. Resistió, no obstante, y Angellini corrió a ordenar a la
guardia que sacase a los prisioneros que se hallaban en las celdas excavadas en la
roca, bajo los cimientos del edificio, donde temía que penetrase el mar, en estos
movimientos convulsivos, y pereciesen miserablemente los allí encarcelados. Se
apresuró a dar la orden al oficial correspondiente; y este, tras una profunda
inclinación, le aseguró que «los prisioneros estaban todos a salvo».
—¿A salvo? —repitió Angellini—. Desde luego; a salvo del poder del hombre.
Pero quiero tenerlos en condiciones de evitar la más desventurada de todas las
maneras de perecer.
—Con el debido respeto, signor; creo que la mejor política sería dejarlos donde
están.
—¿Política? —dijo Angellini con cierta irritación—; estos son más bien
momentos de mostrar humanidad.
—Yo en eso no pretendo ser juez —dijo el oficial—. Pero si los prisioneros
pensaran como yo, preferirían morir donde están a vivir para acabar en la hoguera.
No bien había acabado Angellini de repetir la orden cuando un segundo temblor,
y un tercero, estremecieron visiblemente los muros que le rodeaban; y abrieron en el
que tenía enfrente una grieta tan ancha que a través de ella pudo ver oscilar las torres
del edificio, y llenarse el patio interior de fragmentos de columnas y almenas. Todo

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fue ahora terror y confusión; los gritos de las víctimas de la ciudad se oían en medio
del tumulto de la destrucción. En cuanto a los ministros de la Inquisición,
endurecidos por el contacto habitual con la desdicha y fríos por la vida de monotonía
que llevaban, el efecto en ellos fue considerablemente menor, iban de un lado para
otro con el mismo silencio solemne con que normalmente recorrían las galerías. Los
prisioneros que corrían peligro fueron sacados al patio conforme a las instrucciones
de Angellini; donde, aunque custodiados, gozarían de mayor libertad de movimiento,
en caso de que fuese necesario para su seguridad. Transcurrida media hora sin que se
repitiera el peligro, Angellini procedió a inspeccionar el edificio, cuya formidable
solidez había resistido la embestida que casi había dejado en ruinas la ciudad. Solo la
torre quedó muy dañada por la conmoción; su cara interior, que daba al patio,
mostraba algún desperfecto, pero la que daba hacia fuera se había desplomado;
porque Angellini veía los caballetes apuntados y desnudos de la cubierta, y divisaba
el cielo a través de rejas que la luz jamás había traspasado. Se apresuró a preguntar si
quedaba alguien en la torre, y le informaron de que allí estaba encerrado el joven
noble de Nápoles. Mandó inmediatamente a algunos oficiales que subieran por lo que
quedaba de escalera, que ahora colgaba amenazadoramente y se veía desde fuera.
Obedecieron; pero un rato después regresaron con el estupor reflejado en sus caras,
diciendo que no había ni rastro del prisionero en todo el edificio; aseguraron también
que era imposible que hubiera escapado por medios humanos, porque ellos solo
habían conseguido subir gracias a que se había desplomado hacia dentro parte del
edificio cuando ellos ya estaban arriba, lo que les había permitido llegar, con cierta
dificultad y peligro, y encontrar su cámara vacía.
Por las miradas y gestos con que acompañaron esta información, y los murmullos
con que la continuaron, los prisioneros dedujeron que había otros detalles más
extraordinarios. Angellini, al terminar, alzó los ojos hacia las ruinas, imponentes e
inaccesibles, y pensó, con una mezcla de horror y de compasión, en el misterioso
destino de este joven infortunado; y por un momento dejó que su sólido espíritu
aceptase la creencia en las cosas portentosas que la superstición contaba de él.

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CAPÍTULO XIX
Vengo de ver una escena tremenda:
el río rugiente, de margen a margen
la gente observando desde ambas orillas,
callada y medrosa; inmóvil y atenta,
escuchando el tronar de las aguas fragosas,
y la voz afligida de una campana.

Cuando Annibal, todavía asistido por Filippo, llegó a Capua, se enteró de que su
pariente vivía ahora en Pozzuoli, adonde se había trasladado para tomar posesión de
un distinguido beneficio eclesiástico. Contrariado por el retraso que esto suponía, y
con miedo a que lo reconociesen, pero forzado por sus exiguas finanzas, no tuvo más
remedio que continuar a Pozzuoli en busca de este tío materno. Annibal había sido su
predilecto desde temprana edad; y lo que era más importante, con su padre le pasaba
al revés, a causa de una desavenencia familiar. Así que, por ese afecto y esa
desavenencia, esperaba ayuda de él; o al menos, estaba seguro de encontrar seguridad
y protección.
Así que salió inmediatamente hacia Pozzuoli, y se detuvo a descansar en un
pueblecito vecino, con intención de entrar en Pozzuoli por la mañana. En la comarca
se habían sentido ligeros temblores del terremoto anterior, y reinaba una considerable
alarma entre los habitantes que, como era costumbre, se esforzaban en conjurar con
misas y procesiones. Un río que corría cerca del pueblo había sufrido una crecida tan
violenta, para luego menguar sin causa aparente, que los del lugar no solo estaban
asustados por los posibles cambios que estos fenómenos podían anunciar, sino por el
peligro más evidente que se cernía sobre sus vidas y viviendas. Annibal, desde la
habitación a la que fue conducido en la posada, que dominaba una vista del río, vio,
no sin preocupación y temor, cómo las aguas torrenciales y turbias formaban unas
veces remolinos, y otras regolfaban en obstáculos invisibles, con un fragor que se
mezclaba a menudo con otros ruidos inexplicables, mientras su superficie reflejaba
los tonos encendidos del sol que se ocultaba entre las nubes de la tormenta que se
estaba formando.
—Ilustre signor —dijo el posadero entrando con la cena—; habéis llegado en la
hora más afortunada que cabe imaginar; hace cuatro días que llevamos sufriendo los
anuncios de un terremoto y una inundación.
—Mucho me halagáis —dijo Annibal con jocosidad.
—Que me muera si lo hago, signor —dijo el hombre muy serio—. No creo
improbable, ni mucho menos, que este techo se desplome sobre vuestra cabeza esta
noche.
—Tendréis que explicarme el misterio de mi buena estrella —dijo Annibal
sonriendo—; me confieso incapaz de comprender cómo ser sepultado por las ruinas
de vuestra casa es una ventura de la que me deba felicitar.

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—Cómo, signor, ¿es posible que viváis en Italia, y no sepáis que cuando nos
amenaza un peligro la abadesa de las Ursulinas y el prior de nuestro monasterio salen
juntos en solemne rogativa hasta el río, con todas sus reliquias, para conjurar la
inundación; y que se celebra una gran ceremonia a la que acuden multitudes, y el
pueblo se llena de gente de fuera que viene a verla, y que si la inundación arrasa
medio pueblo, la otra mitad será más feliz durante toda su vida por esa razón? Os
aseguro, signor, que es un verdadero jubileo; solo que como acontezca con más
frecuencia, como la Providencia siga privilegiándonos como viene haciendo
últimamente, creo que no va a quedar en pie una sola casa.
—Me permitiréis, entonces —dijo Annibal—, que abandone la vuestra antes de
que ocurra tan deseable acontecimiento, dado que no quisiera estropear ni compartir
tan dichosa fortuna.
Ofendido ante la insensibilidad de este posadero, y determinado a no incrementar
beneficios tan inicuamente deseados, abandonó la casa y se encaminó hacia el río.
Había anochecido ya, y el cielo nublado hacía más profunda la oscuridad. Y Annibal,
influido por el lugar y la hora, se abismó en meditaciones que participaban de esa
melancolía. Pensó en su extraño destino, en sucesos que ninguna conjetura podía
resolver, y ninguna reflexión despojar de terror; su estado de ánimo era crítico y
peligroso; más, quizá, que el de su hermano: Ippolito estaba acostumbrado a actuar
por impulso; Annibal por convicción. Pero el impulso es más variable que la
convicción; y por tanto, aunque las emociones de Ippolito eran más vehementes, su
espíritu era mucho más libre que el de su hermano. No tenía una idea clara del
carácter de su perseguidor; ni una noción concreta del influjo que ejercía sobre él;
nunca se había detenido a dilucidar si se valía de poderes humanos o sobrehumanos;
oponía resistencia meramente porque le resultaba doloroso y atroz; en vez de
centrarse en descubrir si era víctima de una impostura o de un agente del destino,
desfogaba sus energías en accesos de rabia y convulsiones de exasperación. Un
convencimiento se había abierto paso en lo más hondo de su espíritu: el de que era
visitado por un ser de otro mundo. Su huida y violentas vicisitudes le habían aliviado
de manera transitoria y furtiva esta impresión terrible; pero la impresión subsistía;
estaba aletargada; no extinguida, sino preparada para recobrar su fuerza y su carácter
en cuanto reapareciera el que la había generado. Con lo cual, aunque Ippolito estaba
casi hundido en la desesperación, su misma violencia natural constituía una defensa
contra el ser que temía, como el veneno es a menudo expulsado por las convulsiones
que provoca; en cambio Annibal, cuya tranquilidad parecía no haber sufrido merma,
adolecía de una insospechada predisposición a ejecutar la acción que se le
demandaba, si bien su lejano temor le inclinaba a confiar en una inmunidad que
estaba lejos de tener. Caminaba solo. Su debate interior, que duraba horas, podría
reducirse a las siguientes proposiciones: «He visto a un espíritu, a un habitante de
esas regiones que son invisibles al hombre; no puedo refutar las pruebas de su
aparición y su ministerio; las extraigo tanto de las circunstancias que la precedieron y

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siguieron, como de las que la acompañaban, Encuentro una regularidad en el
fenómeno, una concatenación de sus partes, y un progreso lógico, que me indican que
se trata de un ser inteligente. Inteligente, pero desde luego no humano. Me incita a un
crimen que repugna a la naturaleza y es funesto para mi vida, mi reputación, y quizá
para mis intereses inmortales. He resistido; porque no hacen falta debates para
rechazar un mal tan categórico y nefando. He resistido hasta aquí; pero ¿quién sabe
cuánto tiempo podré soportar los acosos de un ser cuyos poderes le vienen de otro
mundo? Además, ¿cómo sé que hago bien en resistir? La distancia que he puesto por
medio me ha aliviado en cierto modo su persecución; pero si continúa tras de mí,
presiento que me quedaré sin recursos, sin fuerzas para defenderme. No me sería
posible cerrarme a la evidencia de su carácter, a la verdad de su comisión. ¡Dios mío,
aleja de mí ese día! En mi actual estado, mi desventura es solitaria e incomunicable;
no tengo ningún compañero, no puedo tenerlo; no hay comprensión para la desdicha
inimaginable; solo podría tenerla de quien haya pasado por lo mismo que yo; pero
¿dónde buscarlo? ¿Quién tiene comunicación auténtica y admitida con el mundo de
los espíritus? ¡Nadie! El amigo o pariente más afectuoso me tendrá por un visionario,
un loco o un impostor; y no voy a añadir deliberadamente el menosprecio a mis otros
sufrimientos. Implorar ayuda a la Iglesia carece igualmente de sentido;
¡probablemente lo que conseguiría si confesara es que me encerrasen en las prisiones
de la Inquisición! Me escucharían no como a una persona por la que hay que hacer
algo, sino de la que hay algo que averiguar; escucharían mi historia de sufrimiento o
de culpa solo para calcular cuánto ganaría la Iglesia divulgando mi caso. A partir de
ese momento, me convertirían en objeto de vigilancia y sospecha, utilizarían mi
desdicha para someter mi entendimiento y mi libertad; macerarían mi cuerpo y
debilitarían mi espíritu. Y de todos modos, si la persecución que yo denunciase no
fuera quimérica, no podrían protegerme, y si lo es, puedo protegerme yo mismo».
Le satisfizo el resultado de estas reflexiones; porque, aunque no había llegado a
decidir nada, tenía la sensación de haber meditado con firmeza y vigor; cuando, en
realidad, había echado el ancla sin tener fondo. Pero la creciente muchedumbre y el
tumulto le habrían impedido proseguir este curso de pensamientos, de haberlo
pretendido. Como había dicho el posadero, encontró una aglomeración de gente; y
seguían acudiendo a cantidades, aunque era cerca de la medianoche, y el aspecto del
cielo y de las aguas era amenazador. Nadie parecía preocupado; el júbilo de ver a sus
santos poniendo coto a la furia del río, «que no debía pasar de ahí», les aumentaba
pensando en la riqueza e importancia que el pueblo ganaba con tanto forastero, cosas
que tenían en mucho, dado su amor al placer y su afición a lo superficial,
inclinaciones por las que se distinguen los italianos, cuanto más que el ansia de
satisfacerlas debe de ser incalculablemente grande en personas que gozan de muy
pocos espectáculos espléndidos y ocasiones de fiesta, salvo los que les brinda la
religión. Annibal se dejó arrastrar por la multitud, y se enteró de que iba a acudir la
abadesa de un convento vecino, con su comitiva, trayendo reliquias de especial

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virtud; que saldría a su encuentro, en la entrada del pueblo, la orden religiosa que allí
vivía, y que una y otra, con las fuerzas unidas, desfilarían hasta el mismo borde del
río, donde se pronunciaría una solemne interdicción de nuevas devastaciones.
Annibal, como buen católico, pensó que este acto religioso le refrescaría el espíritu y
le deleitaría los sentidos; así que se mezcló de buen grado con la multitud, divertido
con los preparativos de la ceremonia, y con los comentarios y el concurso de la gente,
en cuyos rostros, teñidos de confianza y temor, las antorchas hacían visibles
expresiones animadas y pintorescas.
Con la oscuridad de la noche, veía claramente las luces del convento, y a menudo
intentaba escuchar los cánticos de un oficio solemne, cuando las rachas de viento
soplaban en su dirección; pero solo le llegaba el fragor del río, que prestaba una
sonoridad extraña y profunda a los murmullos de la multitud; finalmente, la campana
del convento, que fue respondida por las del pueblo, anunció la salida de la procesión.
La multitud corrió a su encuentro para unirse a ella, y Annibal fue arrastrado por los
demás. La comitiva estaba revestida de todos los aditamentos de fantástico esplendor
con que las infelices moradoras de un convento tratan de distraer su desesperanzada
monotonía, y dar ocupación a aquellas habilidades cuyo ejercicio natural y social les
había sido vedado. Habían sacado todas las riquezas del convento; varias monjas
vestían los hábitos y emblemas de los santos cuyas reliquias portaban. La abadesa,
asistida por cuatro novicias, llevaba en alto un gran estandarte, con la vida de su
patrona santa Úrsula bordada en él, mientras su imagen en cera, de tamaño más
grande que el natural, centelleante de joyas, marchaba detrás de sus propias hazañas.
Pero la multitud lo olvidó todo cuando apareció la figura que cerraba la procesión;
una figura como jamás había contemplado Annibal: era una novicia, vestida como el
genio del martirio, y portando una reliquia más valiosa que todas las riquezas juntas
del convento: la cabeza de santa Catalina, que por singular providencia había logrado
llegar a Italia desde Alejandría, donde le había sido cercenada del cuerpo durante el
reinado del tirano Maximino. Esta santa tenía especial aversión a los terremotos y las
inundaciones, lo que cuidaba de manifestar de manera tan enérgica que el río, en
todas las ocasiones anteriores, había tributado el mayor respeto a su hidrofobia
retirándose puntualmente a su cauce natural. Jamás atrajo menos la atención de los
fieles esta inestimable reliquia, incrustada en oro y guardada en urna de cristal:
estaban pendientes, bendecían, casi adoraban a la hermosa novicia que personificaba
el martirio. Fue subida a un carruaje de curiosa construcción, provisto de potro, cruz e
instrumentos de tortura y de muerte, entrelazados con habilidosa complejidad, pero
perfectamente identificables, y no obstante dando la impresión de un espacioso
vehículo; de cuando en cuando unos demonios de la tentación y del tormento miraban
al genio haciéndole muecas de fea malignidad y gestos de burla. Ella estaba de pie, en
el centro de la máquina, en actitud de pisar el terrible aparato, al que lanzaba miradas
de desprecio, hasta donde su serenidad de angélica belleza era capaz de expresar. Una
túnica blanca flotaba a su alrededor como una nube; en una mano tenía la cabeza de

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la santa, y con la otra agitaba un ramo de amaranto; sus rizos se entrelazaban con una
guirnalda de palmas, y sus ojos se alzaban hacia una figura resplandeciente que,
inclinándose desde un palio púrpura, tendía hacia ella una corona de gemas, y le
señalaba el cielo. Su persona difundía inmortalidad; sus vestiduras, al moverse,
iluminaban un rostro pálido a causa de la temprana reclusión y la tristeza habitual; los
murmullos de adoración, la despertada conciencia de la belleza y el entusiasmo del
drama religioso habían encendido un resplandor que parecía tomado de las regiones a
las que ella dirigía su mirada. Los fieles sentían exaltada su devoción, y el libertino se
convertía al contemplarla. Por una singular casualidad, Annibal no pudo verle el
rostro en el momento en que el carruaje pasó ante él. Nuevamente fue arrastrado por
la multitud, que siguió presurosa hacia el río, en cuya margen se habían reunido ya
las órdenes religiosas: sus cánticos solemnes se mezclaban con el ruido de las aguas,
y la hilera de figuras oscuras, recortadas por la luz de las antorchas, se apretujaba,
aquí en tumultuosa oscuridad, allá destacando con alguna llamarada fantástica y
repentina que la gente aprovechaba para buscar algún rostro conocido, y creerse
todavía en la región de los vivos. Después de la plegaria y de los cánticos, fueron
expuestas las diversas reliquias, reservando la de santa Catalina para el final. Por
último, el genio descendió y, cruzando por entre la multitud, que se arrodillaba ante
ella con dudosa devoción, avanzó hasta la orilla. Tras una breve oración expuso la
sagrada cabeza a las aguas, y la agitó con gesto de inspirada autoridad. En ese
instante, la noche y la superficie oscura del agua fueron barridas por un repentino
rayo de luz, meteoro bajo y lívido que pasó por encima de los rostros vueltos hacia
arriba, y desapareció en la noche dejando una estela de centelleos azulencos. El
gentío, transportado de gozo y de fervor, y convencido de que era una señal de divina
aceptación, profirió un grito de triunfo; y el genio, arrebolado con el resplandor de la
inspiración, se dio la vuelta para subir nuevamente al carruaje con pasos que parecían
no tocar el suelo. Su velo flotaba detrás con el movimiento. Annibal observó su rostro
sin que ningún obstáculo ni sombra lo ocultara: era el de Erminia, era el original del
retrato que él adoraba con fantástica pasión, y esperaba encontrar sin desmayo.
Enajenado, se abrió paso entre la multitud; la llamó con una voz que el rumor de la
gente no pudo sofocar, le habló alternativamente con arrobamiento y temor, la invocó
como a un ángel de la luz, y le suplicó como a la amada de su corazón. La
muchedumbre, asombrada y molesta, se arremolinó a su alrededor, haciendo
imposible que cruzara entre ella aunque Annibal seguía forcejeando, razonando,
suplicando y, con el retrato en alto, pidiéndoles que mirasen la prueba irresistible de
la verdad de su pasión y la identidad de su amada. La gente no se apartaba, aunque no
cejaba él en hablar con la más viva elocuencia y la pasión más animada; porque se
dio cuenta, en ese momento, de que la persona a la que se dirigía, en medio de la
pompa de la procesión y el triunfo de la casi deificación, se había detenido, y lo había
mirado con una expresión de sorpresa sin mezcla ninguna de enojo. Alentado, se zafó
de la multitud con súbita violencia, y le imploró que aguardase, que le escuchase solo

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un instante. Lo que decía era extraordinario pero verdad; había visto su retrato donde
seguramente ella no había estado nunca. Había consagrado su corazón a esa imagen,
y su vida a buscar el original. Y milagrosamente, inesperadamente, lo había
encontrado; y otra vez volcó ante ella, con una voz que ninguna mujer habría podido
oír sin conmoverse, el torrente de su pasión, aumentada por un sentimiento quimérico
y el romántico descubrimiento.
Pero en ese instante los murmullos de la multitud, y la irritada intervención de los
religiosos, se perdieron en un alarido general de horror, y una avalancha de gente que,
como la avenida de la que huía, lo arrastraba todo a su paso. El río, sin una causa
física, sino por alguna convulsión subterránea e invisible, subió de pronto con la furia
de un temporal, inundando márgenes y derramando una masa inmensa de agua a cada
lado. Al miedo a perecer ahogado acompaña una angustia negra, una resistencia
desamparada, un pavor sombrío como no se encuentra siquiera en las más terribles
formas de muerte; pero aquí, donde la multitud frustraba la posibilidad de salvarse, y
donde los horrores de la devastación estaban agravados por el reciente triunfo, donde
los ojos miraban la oscuridad como amenaza y los pies no sabían en qué elemento se
iban a hundir al siguiente paso, la confusión y el espanto eran indescriptibles; y el
mismo Annibal echó a andar instintivamente, mientras sus ojos se esforzaban en
localizar a la que amaba, para perecer con ella. El torrente de gente, sin embargo, del
que le era imposible salir, no cesó hasta que llegó casi al centro del pueblo, donde los
enfermos y los impedidos lamentaban haberse perdido una ceremonia de la que no
habrían podido escapar con vida. Aquí el gentío se detuvo a comprobar que no corría
peligro; y Annibal, aprovechando esta primera ocasión de moverse con libertad, se
apresuró a regresar, con el temor de que fuera en vano. De cuando en cuando
tropezaba con grupos que huían, aunque no corrían peligro; pero cuando estuvo cerca
del agua, que ahora llegaba a las afueras del pueblo, descubrió que todo estaba
anegado, callado, oscuro, salvo el tumulto áspero de las aguas luchando con los
obstáculos que aún no se habían llevado por delante y los gritos aislados,
entrecortados, de algún rezagado al que el terror de la escena no le impedía seguir
llamando a los que no había esperanza de ver más, y deteniéndose a escrutar si lo que
oía era un grito de agonía, o solo le contestaba el fragor de la corriente. Vagó por el
borde del agua, unas veces trepando a los restos de algún edificio derrumbado, y otras
cruzando vados sembrados de cadáveres. Annibal no tenía ningún nombre que gritar;
y en el desierto negro y revuelto que se extendía ante él, no era capaz de ver nada,
salvo ocasionales manchas de luz, donde las antorchas que aún no se habían apagado
ardían en alguna eminencia, o se hallaban suspendidas de las ventanas para ayudar a
las víctimas. Finalmente, en una loma, divisó a varias personas que, olvidadas de su
situación personal, ayudaban a alguien especialmente en apuros, como comprobó al
acercarse.
Un puente que antes comunicaba las dos márgenes se había venido abajo, y sus
ruinas apenas eran visibles ahora, medio sepultadas por las aguas. Sus arcos habían

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ido cediendo uno tras otro con la fuerza del torrente, y solo quedaba en pie un trozo
del último, sobre el que el río, en cada subida, dejaba una raya de espuma más alta
que la anterior; y allí, en lo alto, se veía una Figura. Unas veces agitaba desesperada
un trozo de vestido hacia la orilla, desde la que le contestaban solo con gritos
infructuosos y brazos extendidos. Annibal se inclinó sobre el borde a escrutar. Su
vista, aguzada por el temor, no podía equivocarse; y con un grito de alegría y angustia
a la vez, se quitó la capa y se zambulló en la corriente. Sabía nadar muy bien, aunque
nunca se había enfrentado a una prueba como esta: la corriente era contraria y
turbulenta, ignoraba la profundidad, y los obstáculos (ramas de árboles, ruinas,
cadáveres humanos que pasaban flotando o sacaban los remolinos) eran tales que ni
la habilidad ni la fuerza podían sortearlos fácilmente; pero a medida que avanzaba,
cada instante estimulaba sus esfuerzos; porque la figura se iba haciendo más distinta,
y su situación más angustiosa. Con increíble trabajo, llegó al único arco que aún
quedaba en pie; se agarró a los salientes, que notó que se desprendían al agarrarse, y
con voz apenas audible, instó a la dama a que se lanzase hacia él, mientras aún podía
salvarla. Atenazada por el miedo, parecía oírlo; pero era incapaz de moverse; hasta
que, viendo que el sitio donde estaba apoyada se desmoronaba poco a poco, que cada
fragmento al caer la salpicaba hasta el pecho, y que las desesperadas exhortaciones de
Annibal casi se perdían en el estrépito de las aguas, dejó de sujetarse, más por
debilidad que por deseo, y fue a parar a sus brazos. Annibal la recibió con una mezcla
de alegría y de terror; pero cuando miró la oscura masa de agua que debía cruzar otra
vez, con sus fuerzas mermadas, su peso aumentado, y el rugido de las aguas más
ensordecedor, se le encogió el ánimo, y sus esfuerzos se convirtieron en una lucha
ciega y desesperada. Y mientras se debatía con denuedo, los obstáculos no cesaban de
multiplicarse; ya no había ningún sitio al que dirigirse; la orilla parecía haberse
alejado a una distancia inalcanzable. Siguió dando brazadas, hasta que la angustia
sucedió a la esperanza, perdió el valor ante la invencible dificultad, lo abandonó todo
recurso, y recordó vagamente, como en un sueño, que aún sujetaba a la que ya no
podía salvar… cuando las aguas se cerraron sobre sus cabezas, y lo único que esperó
fue poder perecer juntos.
Cuando volvió en sí, se creyó en la región de la muerte: todo era oscuridad, y frío,
y silencio; siguió tendido unos momentos, en extraña expectación, hasta que notó que
le volvía el calor, y comprendió que aún vivía. Se levantó; tenía las piernas y los
brazos entumecidos y mojados, aunque podía moverlos; tanteó ante sí, y sus manos
tocaron paredes de piedra; dio una voz, pero sonó hueca, como en un espacio cerrado
y de techo bajo. Al avanzar, oyó unos pasos que se alejaban; llamó, esta vez a la
persona que le pareció que tenía cerca, y le respondió un grito desmayado de terror;
grito que le hizo correr como si le hubiesen nacido alas. Llegó a una parte del
subterráneo donde había una abertura en el techo por la que penetraban los primeros
rayos de una luna menguante, entre nubes, y descubrió una figura femenina de pie,
cerca, en actitud encogida de terror. Avanzó Annibal, y la figura hizo ademán de

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echar a correr, aunque era evidente que apenas podía tenerse en pie. Annibal cayó de
rodillas, y arrojando la espada lejos de sí, le suplicó, con la palabra y el gesto, que
desechase todo temor; le pidió que no huyese de quien acababa de arriesgar la vida
para salvarla. Y mezclando la ternura de la pasión con la fuerza del razonamiento, le
dijo que era una locura huir de su protección en medio del peligro, y le susurró que
convertir esa protección en deber, y sancionar su amor con la religión, era el objeto
que había animado su búsqueda, e incluso ahora hacía deliciosos el terror y la
oscuridad, dado que ambas cosas habían hecho posible esta declaración. La dama no
contestó, sino que escuchó con gracioso silencio, más alentador para un amante que
las palabras. Annibal ahora, aventurándose a levantarse y acercarse a ella, le suplicó
que le permitiese llevarla a algún lugar seguro, y aprovechase la ocasión que se les
ofrecía, revelándole su nombre y situación.
—Por esos hermosos y largos cabellos —dijo Annibal, atreviéndose a tocarlos—,
deduzco que aún no habéis profesado; dad aliento a este atrevimiento que la ocasión
concede, y decidme que jamás lo haréis. Si vuestros votos no son irrevocables, mi
rango es alto, y mi familia tiene influencia para dispensaros de compromisos
ordinarios.
Mientras hablaba, se acercó un paso más, le escurrió el agua que le goteaba de los
cabellos y, quitándose la capa, la envolvió con ella; y como seguía tiritando, casi la
cubrió con sus brazos. La dama, aunque temblando ante su propia temeridad, no
rehuyó su contacto, ni rechazó su solicitud; y tras un momento de silencio, murmuró
con voz musical:
—No soy monja, sino solo novicia del convento de las Ursulinas; soy
infortunada, aunque no me he dado cuenta hasta esta noche. Sé que debería daros las
gracias por haberme salvado la vida, pero el embarazo de dirigirme a vos me priva de
la palabra; y aunque no lo lamento, ya que me parece que he hablado demasiado.
En el ánimo de Annibal, el efecto de estas pocas palabras, dichas
entrecortadamente, y con temor, y vacilación, fue más hondo que nada de cuanto
había oído, o imaginado, en elocuencia. Fue a contestar, y se dio cuenta de que el
temblor que la dominaba se había apoderado de él también. Sin embargo, no había
tiempo para la ternura callada de la pasión, que habría dejado transcurrir las horas sin
pronunciar una sola palabra: las aguas seguían atronadoras sobre sus cabezas, y el
lugar donde tan milagrosamente les habían depositado no era seguro; así que se
apresuraron a abandonarlo; se dieron cuenta de que estaban en los baños de las
afueras del pueblo, que habían quedado anegados al principio de la riada. Ahora que
la fuerte corriente se retiraba, seguía aterrándoles, aunque era anuncio de salvación.
Salieron de los baños con dificultad, y descubrieron, cuando ya clareaba, que estaban
en la linde de un paraje que antes había sido viñedo, pero que ahora era un pantano.
Poco más allá vieron pequeñas embarcaciones que iban y venían en medio de lo que
habían sido huertos, a menudo enredando los remos en las ropas de cadáveres de
hortelanos. Vieron cerca a un grupo de clérigos dedicados, unos a ofrecer

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recompensas por las joyas y reliquias que se habían extraviado durante la noche,
otros, con impotente superstición, exhibiendo las rescatadas para detener el progreso
del desastre. Algunos de ellos, entre los que estaba el confesor del convento de las
Ursulinas, reconocieron a la compañera de Annibal, y acudieron a reclamarla.
Exhausta de cansancio y emociones, se desvaneció en brazos de los monjes; y
Annibal intentó inútilmente ver en sus ojos una invitación a seguirla, o una promesa
de esperanza.
Agotado por los esfuerzos de la noche, Annibal regresó ahora al pueblo; pero en
las calles solo había lamentos que no era capaz de oír sin detenerse, y desgracias ante
las que no podía pasar sin intentar consolarlas. Así continuó vagando en medio de la
devastación, proporcionando toda la ayuda que sus fuerzas aún podían prestar y,
cuando no pudo más, aconsejando a los que el aturdimiento había vuelto erráticos e
ineficaces. A esto se hallaba dedicado cuando vio no lejos a un individuo que saltaba
de roca en roca, y de ruina en ruina, a una altura de vértigo, como menospreciando el
peligro, aunque sin una dirección concreta al parecer. Sus gestos eran tan vigorosos, y
tan precipitada su marcha, que Annibal creyó por un momento que era alguien a
quien el desastre había privado del juicio. No se equivocaba en esta suposición;
aunque debido a su agotamiento, no había reconocido en aquel individuo a su fiel
Filippo, el cual, desquiciado por la ausencia de su amo, había estado corriendo de un
lugar a otro toda la noche, buscándolo, al extremo de que apenas le quedaban fuerzas
para llegar a los pies de Annibal, y expresar con voz ahogada una alegría que estaba a
punto de matarle. Recorrieron juntos las calles que aún había. De la posada donde
habían parado la noche anterior no quedaba ni rastro, y mucho les costó procurarse
entre los desolados vecinos el reparo que su cansancio y debilidad necesitaban de
manera inaplazable.
En el sueño que visitó el largo y plácido descanso de Annibal, la figura angelical
de la novicia flotaba con mil luces y actitudes; unas veces pasaba majestuosa ante él,
otras lo embelesaba con una sonrisa, otras él le cogía el borde del vestido, que era
como una nube luminosa, otras un mechón del cabello, otras sus brazos blancos cuya
suavidad parecía hundirse al tocarla. Inmerso en esta visión paradisíaca, casi se
resistía a que le volviesen los sentidos; hasta que recordó la resolución que había
tomado al separarse de ella, de ir inmediatamente al convento para averiguar su
nombre y su rango, e interceder, si era posible, para que suprimiesen la barrera que
amenazaba con frustrar sus esperanzas y su pasión. Era atardecido ya cuando llegó al
convento; gran parte del día lo había pasado descansando y preparándose para una
entrevista con la abadesa; porque no tenía más aval que su educación y sus modales,
que, pese a las recientes penalidades, seguían siendo sumamente conciliadores. Pero
al llegar se encontró con que la comunidad entera estaba celebrando en esos
momentos un oficio solemne, con el fin de que acabase o no se repitiese el último
castigo terrible, e implorar el perdón de los pecados por los que les había sido
infligido. Annibal se demoró junto a los muros del edificio, con la esperanza de

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distinguir la voz de la hermosa novicia en medio de los cánticos armoniosos que se
elevaban a intervalos en el silencio del atardecer.
En el intervalo que tuvo que esperar hasta su siguiente visita al convento, amansó
la impetuosidad de sus sentimientos lo bastante para comprender que podía malograr
o retardar su propósito si alarmaba a la abadesa con preguntas atropelladas, y
revelando un afecto demasiado ardiente; así que, cuando fue recibido al otro día, se
limitó a preguntar, con mal disimulada indiferencia, el nombre, rango y familia de la
novicia que había encarnado al genio del martirio en la ceremonia celebrada la
víspera. La abadesa se removió con un gesto que indicaba que acababa de hacerle
revivir inopinadamente algún asunto importante o secreto que ella pretendía ocultar
con un embarazoso silencio. Pero comunicó a Annibal que la novicia se llamaba
Ildefonsa Mauzoli, que su cuna era humilde y vergonzante, que una autoridad a la
que ella, Ildefonsa, no podía por menos de acatar, la había destinado a la vida
monástica, y que ahora estaba en su última semana de noviciado. Annibal,
sobresaltado ante el inminente peligro de perderla, reveló ahora su propio rango y su
pasión, aunque no dijo su nombre, advirtiendo a la abadesa que no hiciese
menosprecio de sus sentimientos interpretándolos falsamente o adoptando medidas
autoritarias; le habló de sus altos contactos eclesiásticos, por los que no tenía duda de
que obtendría la dispensa de los votos de Ildefonsa, aunque fuera ya novicia;
preguntó indignado qué autoridad podía obligarla a abrazar la vida conventual,
cuando esa decisión le pertenecía únicamente a ella, y se negó a dar crédito tanto a las
referencias sobre su nacimiento y fortuna como a su elección del claustro, a menos
que ella misma las confirmara. La abadesa, irritada a su vez, preguntó con qué
derecho un desconocido irrumpía en su santuario, afrentaba su veracidad, y ponía en
duda su jurisdicción; se reprochó a sí misma el haber tenido una condescendencia de
la que abusaba, y se negó a permitirle hablar ni ver a Ildefonsa. Annibal, temeroso de
las represalias del poder y la malevolencia, empezó a balbucear excusas por su tono
vehemente, entremezclándolas con alusiones a su rango e influencias, al peligro de
proceder irreflexivamente, y a que otras autoridades podían hacerla arrepentirse, y
volverse de su decisión.
—¡Salid de aquí, caballero! —dijo la abadesa—. Y la próxima vez que vengáis a
turbar la paz de estos muros sagrados, que sea con pretensiones menos triviales que el
cuento de vuestro rango, que ni siquiera confirmáis con vuestro nombre, y la amenaza
de unas influencias que, cualquiera que sea su peso, difícilmente podrá cortar los
lazos entre una religiosa y su Dios.
Se levantó, mientras hablaba, para retirarse; y Annibal abandonó el convento
atormentado por ese miedo especial del que teme haber puesto en marcha una
perfidia y unas maquinaciones insospechadas.
Mil veces lamentó la atolondrada acritud con que había hablado a la abadesa;
aunque pensaba que, de cualquier modo, el resultado habría sido el mismo: se habría
recreado en el ejercicio de su pequeña tiranía, y en el sufrimiento arbitrario que

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infligía. No sabía qué determinación tomar; le daba miedo irse, no fuera que
aprovechasen su ausencia de alguna manera. Pero por otra parte, no servía de nada
quedarse, porque él solo no iba a conseguir nada. A todo esto, le tenía asombrado su
propia osadía de disponer de una perspectiva de vida que era cuando menos dudosa, y
hacer planes para liberar y tomar en matrimonio a una persona a la que no sabía si le
era indiferente. Pero no le desanimaba que sus esperanzas fueran románticas; tomó
como un buen augurio los sucesos extraordinarios recién vividos; pensó que en todas
las cosas extrañas y difíciles había un espíritu que se compadecía de las pasiones
verdaderas; pero no quería el premio sino a cambio de ganarlo con dificultad y
empresa, como a los hijos de cierta antigua nación no se les permitía probar alimento
hasta haberlo ganado con su esfuerzo, abatiéndolo con flechas desde la copa de un
árbol. Pero era preciso tomar una decisión inmediata sobre qué hacer, y la tomó con
todo el discernimiento de que era capaz.
Expidió a Filippo a Pozzuoli con cartas para su tío en las que le explicaba su
situación, aunque no en detalle, se disculpaba de no ir él en persona debido a sus
temores por la seguridad de la dama, y le suplicaba su intercesión con la abadesa, y
con el obispo de la diócesis o, si era necesario, con las más altas jerarquías, para
impedir que se condenase a una vida monástica a alguien de quien tenía vehemente
sospecha de que iba contra su voluntad, y cuya pérdida le hundiría a él en la
desesperación. Dejaba traslucir las singulares vicisitudes de su vida, que le habían
precipitado de la tranquilidad al peligro, y de la muerte al amor, sin revelarle lo que
recelaba sobre los crímenes de su padre, ni lo que sabía acerca de la tenebrosa
persecución de que era objeto él. Cuando se hubo marchado Filippo, aunque era ya de
noche, corrió al convento, dispuesto a vigilar los muros que tenían encerrada a
Ildefonsa, y a gozar de ese indecible deleite que la pasión concede a los que están
cerca aunque no se puedan ver. La noche era oscura; merodeó alrededor de los muros,
a cierta distancia para no llamar la atención, hasta que, seguro de que no había
peligro, se acercó; y mientras desaparecían las luces una tras otra de las estrechas
ventanas, se complació calculando cuál podía ser la celda de Ildefonsa, e imaginando
cuáles serían sus ocupaciones, entre las que se hizo ilusión de que le dedicaría algún
pensamiento sustraído a la solemnidad del culto, o a sus oraciones solitarias en la
celda. Y se hallaba aún en ese estado de ensoñación cuando le despertó el ruido de
algo que cayó suavemente a sus pies. Se inclinó, y lo recogió. Era una flor; y al
acercársela, se dio cuenta de que tenía un papelito entre los pétalos. Intentó en vano
distinguir lo que había escrito en él, aunque estaba convencido de que era más de lo
que su fantasía le había prometido hasta ahora. Así que, tras guardarse el papel con
mil precauciones superfluas, regresó apresuradamente a la posada, pidió una vela, se
encerró en su aposento, y se sentó a regalarse en soledad.
El billete, plegado de manera complicada, contenía las siguientes líneas: «No sé si
está bien que escriba esto, aunque no creo que me condene. Si he interpretado bien
vuestras palabras, soy para vos objeto de una pasión de la que hasta ahora solo

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conocía el nombre, aunque sospecho que no me será desconocida mucho tiempo. Así
pues, es peligroso veros, si bien me acechan y amenazan peligros más grandes. Estoy
rodeada de enemigos y asechanzas frente a los que no me puedo defender. Perdida y
desamparada, corro a los primeros brazos que alguien me tiende para darme
protección. Si me traicionáis, recordad que ningún honor ganáis en oprimir a los
débiles y desvalidos. Las razones que me empujan a temeros y a fiar en vos son las
mismas. ¡Que Dios me proteja; no sé lo que hago! En el extremo del muro oeste del
jardín hay una grieta causada por los últimos temblores, y que aún no han
arreglado; está casi oculta por un laurel y un madroño, pero mañana por la noche
habrá luna, y no os será difícil descubrirla. Yo estaré allí; porque aún se me permite
pasear por el jardín hasta tarde. Os escribo a escondidas; por temor a que se os
pierda esta nota, la meto en un nardo a fin de asegurarme de que caiga donde estáis.
A la misma hora, mañana por la noche, en el mismo lugar, caerá otro nardo a
vuestros pies si puedo salir al jardín. Si no, arrojaré un ramillete de violetas desde la
reja. Pero ¿es esto un sueño, como el que a veces flota en la neblina de mi celda, o
efectivamente os veo ahí, y me olvido, mientras os miro, de que soy la perseguida, la
rechazada, la oprimida Ildefonsa Mauzoli?»
Annibal hizo vanos intentos de dormir con estas líneas, que había leído y releído
mil veces, apretadas contra su corazón. Se levantó, encendió una vela que había
apagado, y se sentó a leerlas otra vez; era como si tuviese en la mano un tesoro que el
curso de los siglos no podría agotar; aunque su contenido, cada vez que lo leía, le
parecía breve y poco explícito.
Pasó el día en un perpetuo transporte de gozo anticipado; y tan pronto como salió
la luna corrió al convento. Llegó sin ser visto al pie de la torre donde había estado la
noche anterior; y no llevaba allí mucho rato cuando cayó un nardo a sus pies.
Inmediatamente, apenas profirió una exclamación de alegría, se dirigió al lugar
acordado. Es imposible decir con qué agitación estuvo Annibal atento a oír los pasos
de Ildefonsa entre el rumor del follaje, y la ansiedad con que salía cada vez que el
trémulo resplandor de la luna, filtrándose entre las hojas de una acacia, le hacía creer
que era su blanco vestido. Finalmente llegó. Es fácil imaginar el primer encuentro de
dos jóvenes amantes; los susurros inarticulados, más elocuentes que ningún lenguaje;
las miradas aún más expresivas; los suspiros de hermosa vestal exhalados en el aire
fragante bajo la luna, sus mejillas arreboladas, su mirada vagabunda pero decidida, su
paso indeciso pero moroso, su timidez convirtiéndose en confianza; y una súbita
ternura frenada por la timidez: su ser entero temblando de temor y de amor
alternativamente. Y por otro lado, un joven distinto de cuantos ella había visto,
adornado con todo el valor y todos los atractivos de la belleza, que le prometía la
liberación y le susurraba un amor que no estaba en su naturaleza resistir; la hora, el
lugar, les inspiraban pensamientos que era peligroso oír. En el amor, la confianza
arraiga pronto; y antes de separarse, Ildefonsa le contó a Annibal su historia sencilla y
singular.

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—Sin duda he tenido una memoria muy precoz —dijo—, porque recuerdo
perfectamente que, cuando casi no sabía andar, me acariciaba a diario una dama de
rostro y aspecto tan diferentes de las personas que vivían en la casa de campo donde
me crié que me inventé un nombre para ella, y también para designar los sentimientos
que su presencia siempre me suscitaba. Más tarde, otro detalle me llamó la atención:
las visitas de la dama eran siempre por la tarde; en el rato que estaba, no paraba de
llorar y lamentarse, y siempre terminaba yéndose atropelladamente. También me
daba cuenta de que mi ropa y la comida que me daban eran diferentes de las del resto
de la casa donde vivía; y que, aunque siempre eran afectuosos conmigo, su solicitud
se doblaba en presencia de la dama. Cuando tuve cinco años más o menos, empezó a
visitarme también un caballero que me prodigaba la misma afligida ternura que la
dama. Por último, me llevaron a un espléndido castillo, y durante un tiempo vagué
por sus aposentos, en los que reinaban la solemnidad y la tristeza, y donde veía al
caballero y a la dama juntos unos momentos; se sentaban en los extremos opuestos de
la habitación, y se observaban con miradas en las que la angustia se mezclaba con un
afecto turbador. Parecía que el alma les asomaba a los ojos; lo único que se permitían
era mirarse. Era como si hablar fuera para ellos la perdición; en vano corría yo del
uno al otro, esforzándome en consolar, con zalamerías infantiles, una congoja que no
comprendía y cuya visión no soportaba. A los niños les suelen impresionar las
muestras vehementes de dolor y las escenas violentas; a mí, esta de muda agonía me
afectó tanto que no se me borrará en la vida. Un tiempo después me devolvieron a la
casa de campo, donde siguieron mimándome como antes; hasta que una noche, una
noche terrible (nunca he recibido una explicación, ni se me olvidará), vino el
caballero muy excitado, me acomodó delante de él en su caballo, y nos internamos en
el bosque cuando atardecía. Mis pensamientos eran inconexos; y aunque preocupada,
no iba con miedo. Me dediqué a observar los arreos del caballero y del caballo, que
eran suntuosos y marciales. Y llegamos a la vista de las torres de un castillo, teñidas
por las últimas claridades del día, que descollaban por encima de las copas de los
árboles, cuando varios rufianes saltaron sobre el caballero desde unos matorrales que
cruzábamos. No eran vulgares bandoleros, no era una brutalidad habitual de unos
desalmados lo que brillaba en sus caras y hacía más intensos sus gritos de salvaje
exultación. No recuerdo bien qué pasó después. Me cegaban los relampagueos del
acero, me ensordecían los ruidos que en mí se convertían en estremecimientos; a mi
alrededor no se oían más que gritos sanguinarios y forcejeos de desesperación. Me
arrojaron a un lado como a quien no saben si matar o perdonar. No recuerdo con
claridad los horrores de la lucha; pero el caballero debió de caer frente a muchos
asaltantes. Cuando recobré el sentido, me encontraba de nuevo en la cabaña; miré
asustada en torno mío, y vi a uno de los desalmados junto al fuego. Cerré los ojos y
traté de volver a la inconsciencia. El resto de la noche lo pasé sumida en un delirio,
del que solo me sacaban unas voces aterradoras que ni siquiera la insensibilidad podía
resistir; eran los asesinos, que estuvieron hablando toda la noche en voz baja junto a

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mi cama. También oí pasos y voces de otros; pero no me atreví a mirarlos en la
oscuridad, no fuera a ver a los seres que la imaginación me presentaba cuando
cerraba los ojos.
»A intervalos veía por las ventanas de la cabaña relámpagos de intensísima fuerza
y resplandor, y oía truenos, y ruidos que rodaban sobre el tejado; después me enteré
de que eran explosiones de una erupción volcánica. Por la mañana, cuando
finalmente me atreví a preguntar y a quejarme, me contuvieron las palabras y la
expresión, de una tristeza profética, de la mujer a la que había sido confiada, que a
menudo empezaba a hablarme, y de repente callaba, incapaz de continuar; no sé si
desconfiaba de la ligereza de la infancia, o no se decidía a violar una confianza
depositada en ella. Unos días más tarde me llevaron a un convento, me dejaron en él,
y volvieron a sacarme, como más tarde de otros, con muchas prisas y precauciones
para ocultarme. No tenía padres, ni parientes ni amigos; mi vida, que había empezado
inmersa en la desdicha, siguió envuelta en el misterio. En todas partes donde
habitaba, me hablaban de un amigo por cuyas instrucciones cuidaban de mí, pero al
que yo nunca veía, y me exhortaban a congraciarme con esa persona mediante el
mudo respeto y la remota sumisión. A mí me inspiraba poca simpatía este benefactor
invisible que hacía que me mantuviesen casi en la indigencia, y que me trasladasen
precipitadamente de un lugar a otro sin explicaciones, ni afecto, ni confianza.
»Finalmente, hace unos años, me trajeron a este convento, donde me dijeron al
ingresar que debía prepararme para tomar el velo, y retirarme del mundo para
siempre. La soledad y la ignorancia me habían privado de la capacidad de escoger, y
de la tentación de resistir. Así que al principio la noticia no me desagradó. Pero al
hacerme mayor, comenzaron a flotar ante mí extrañas visiones del mundo al que iba a
renunciar sin haber conocido. A veces me deleitaba imaginándolo como una región
en la que los vientos transportaban felicidad, las rosas brotaban espontáneamente de
la tierra, y sus habitantes se derretían en cenadores embalsamados, o refulgían en
moradas de amatista; ¡pero otras veces se me mostraba como en los sueños oscuros
de aquella noche espantosa, con todas las manos blandiendo un arma manchada de
sangre, y todas las caras reflejando las llamas infernales! Sin embargo, una luz de
romántico esplendor y salvaje aventura iluminaba este cuadro de terrores que,
dulcificado por el tiempo y la sensibilidad infantil, despertaba en mí una mezcla de
curiosidad y pavor, desde luego, pero que no dejaba de encontrar deseable. Tanto si
eran justas o no las imágenes que me forjaba del mundo, el caso es que tomé la
determinación de no abandonarlo sin saber nada de él. Comuniqué mi decisión a la
abadesa, que me escuchó y estalló en cólera. Después de dejar que se desahogase, me
pareció que sus argumentos no eran consistentes. Así que se los rebatí respetuosa
pero firmemente. Cuando se cansó de discutir con alguien a quien no podía
convencer ni castigar, escribió a esa persona a la que representaba como árbitro de mi
destino, y por cuyo intermedio pensaba doblegarme. Su apelación tuvo como
resultado la orden imperiosa de que se me hiciese profesar sin objeciones, que solo

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servirían para hacer más clara la impotencia de mi contumacia, y el desvalimiento de
mi situación. Esto mismo me decidió a resistir; porque, ¿a quién no subleva la
opresión? Pregunté quién era el que me detenía y mandaba. Pedí que me devolviesen
a mis protectores naturales, y declaré que era imposible que hubiese ningún ser
humano tan privado de apoyo y amparo como se me hacía ver que era yo. La
respuesta fue breve pero tajante: «Vuestro nacimiento es ignominioso; vuestros
padres han muerto; habréis de tomar el velo, o morir». Son ya cuatro años los que he
consumido en esta opresión, sin derecho a decidir por mí, y resistiendo sin esperanza
de vencer. A menudo he pensado huir, pero ¿adónde, si para mí el mundo es una
selva? A veces he pensado someterme, pero ¿cómo va a someterse alguien para quien
el convento es peor que una tumba? Vuestra aparición ha infundido nuevo aliento a
mi esperanza; cuando pienso en vos, otras asociaciones me vienen con la alegría de la
liberación; el mundo, desde que me habéis dicho «os amo», ya no es un sueño de
felicidad imaginaria: esas palabras, creo, me consolarán y me sostendrán aunque no
las volváis a repetir fuera de las galerías de este claustro.
Cuando Ildefonsa terminó, Annibal, que tenía el pensamiento puesto en asuntos
remotos mientras ella hablaba, llegó a la conclusión de que era la oculta y perseguida
heredera de títulos que habían usurpado unos asesinos. El resto de la entrevista lo
pasaron recordando los terribles sucesos que habían permitido que se conocieran:
como mucha gente en los primeros momentos de pánico, Ildefonsa había pensado
llegar al pueblo por el puente, cuando este cedió mientras cruzaban cientos de
personas, y se quedó agarrada a las ruinas sin esperanza de salvación, hasta que
Annibal la rescató. Se habían desvanecido los dos cuando estaban cerca de la orilla, a
la que les habían ido empujando las fluctuaciones del agua antes de recobrarse.
Habían hecho varios planes para huir, antes de separarse, de los que Annibal había
adoptado el que parecía más prudente: utilizar la influencia de un poderoso
eclesiástico para sacar a Ildefonsa del convento, cuya opresión animó tiernamente a
Ildefonsa a soportar, aunque lamentaba lo que aconsejaba. Y se iban a despedir
cuando les sobresaltó un ruido. Los dos miraron a su alrededor temblando; ante ellos
pasó una sombra tan confusa que Ildefonsa casi no la distinguió.
—¿Qué habéis visto? —dijo Annibal con voz asustada.
—He oído un ruido débil —dijo Ildefonsa, contestando vagamente.
—Pero ¿habéis visto algo? —dijo Annibal inquieto.
—He visto la sombra de un árbol —contestó ella.
—Yo he visto la figura de un demonio —dijo Annibal lúgubremente.
—¿Qué queréis decir? —preguntó Ildefonsa más alarmada aún.
—¡Que estoy perdido! —dijo Annibal; y huyó de su lado, presa de un acceso de
desesperación.
Filippo había tenido que demorarse cuatro días en Pozzuoli por una indisposición
del prior, al que finalmente presentó las cartas. El prior, hombre de pasiones fuertes y
extenso poder, orgulloso de su patrocinio, e inclinado a hacer ostentación de su

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autoridad, asumió inmediatamente la causa de Annibal, escribió a cuantos podía
mandar e importunar, envió a Annibal un magnífico presente, y lo invitó a residir con
él en Pozzuoli. Estas nuevas alentadoras, y los progresos que había seguido haciendo
en el afecto de Ildefonsa, habrían bastado para animar a la imaginación menos
entusiasta. Sin embargo, Filippo, al regresar, encontró a su amo sumido en un
abatimiento que nada podía explicar ni disipar. En vano lo observaba con muda
asiduidad y devoción, en vano se deshacía en elocuentes alabanzas pintando su
inminente felicidad y distinción, así como la irresistible austeridad y generoso afecto
del prior, la frustración de la abadesa y del secreto personaje al que obedecía, y la
triunfal liberación de la signora Ildefonsa, cuya historia Annibal le había contado en
parte. Annibal seguía callado, o solo contestaba con monosílabos que probaban que
sus pensamientos estaban lejos de lo que el criado comentaba. No obstante, acudía
todas las noches al convento, aunque antes parecía tener alguna otra ocupación. Su
desánimo aumentaba por momentos; y Filippo, que al principio pretendió aconsejarle,
comprendió que tenía poco que hacer, aparte de vigilar su expresión durante el día y
contar sus gemidos durante la noche. Ildefonsa notó el cambio también; pero había
tantos motivos de zozobra en la precaria y angustiosa situación de los dos que,
juzgando sus sentimientos por los de ella misma, los atribuía a la misma causa; y se
esforzaba en infundirle unas esperanzas que ella apenas se atrevía a alimentar.
En una de esas horas melancólicas consagradas por igual al temor y al amor,
acudió corriendo Filippo, que vigilaba en el extremo del muro, con el miedo reflejado
en la cara, y haciendo señas a los amantes de que se separasen. Ildefonsa se escabulló
al jardín, y Annibal se retiró con Filippo, que indicaba a su amo que se apresurase
con gestos y entrecortadas interjecciones de temor, hasta que estuvieron
suficientemente lejos del convento.
—¡Signor, lo he visto! —dijo Filippo; Annibal no respondió—. Signor —dijo
deteniéndose y dirigiendo la luz de la linterna que llevaba hacia Annibal—, ¡lo he
visto!
Annibal siguió andando en silencio, hasta que llegaron a la posada. El hecho de
compartir un mismo terror envalentonó a Filippo, que entró en la habitación con él.
—¡Signor —dijo mirando a su amo a la cara; y esperó a estar lo bastante cerca
para susurrar—; signor, lo he visto esta noche!
—Yo lo veo todas las noches —dijo Annibal lúgubremente; Filippo se retrajo—.
Sí, Filippo; todas las noches. No ha muerto; el veneno no puede matarle. Se cruza en
mi camino cada vez que doy un paso, acecha en mi cámara cuando estoy sentado,
penetra todos los elementos, y me susurra al oído incluso cuando tengo cerrados los
sentidos.
—¡Signor!, ¿qué decís?
—No sé lo que digo. Hubo un tiempo en que creía que el corazón me estallaría
antes que revelar una cosa así; pero es inútil, es estéril toda resistencia humana. No lo
conozco; en vano intenta mi espíritu captarlo a través de la bruma y de la visión; pero

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siento que aunque su naturaleza es sombría, su influjo es real; siento que soy… ¿he
dicho su víctima? ¡Ah, no; todavía no!
Cayó de rodillas y rezó traspasado de agonía. Filippo se arrodilló junto a él.
—¡Oh, signor, me destrozáis el corazón! Si el ser terrible que he visto vive aún, la
culpa no es vuestra ni mía. Esperaba sinceramente que hubiera muerto; y un espectro
no me habría asustado tanto como su presencia viva esta noche. ¡Ay, signor, ese ser
no está al alcance de nuestras manos! Somos unos simples pecadores, signor;
vayamos a confesarnos con algún hombre santo, y a pedir ayuda a la Iglesia. Somos
pecadores, y nuestros pecados nos visitan con estas formas aterradoras. ¡Yo no
recuerdo haberlas visto tan claramente como esta noche!
—Filippo —dijo su desventurado amo—, por una única vez me he abandonado a
la debilidad de la naturaleza; nadie me había visto vencido de este modo hasta ahora.
Desecha tus temores; tú no estás en ningún peligro. Este asunto requiere otros
agentes; deja que me enfrente a él yo solo. Creo que he sido señalado para la hora
oscura y la empresa indecible; creo que mi ángel de la guarda me ha abandonado; una
pestilencia se ha extendido sobre mi vida, y los órganos con que miro el mundo se me
han marchitado y secado. Aléjate de mí; no quiero tener cerca a ningún ser humano.
Me debilita, ahora que mis nervios necesitan ser de hierro. Debería caminar envuelto
en el manto de la noche y armado con serpientes; ojalá fuera así, ojalá fuera
embozado en la ceguera, o sumido en el estupor. Filippo, no me hagas caso. Ya no
lucho con convicción, sino con desesperación. No me hagas caso. Dicen que el
enemigo de las almas tiene gran poder sobre los espíritus melancólicos; yo vivo
sumergido en la melancolía desde mi juventud. Pero esto es la realidad; la terrible y
abrumadora realidad. ¡Ahí está la acción y la consecuencia! ¿Por qué me miras así?
No me hagas caso.
Filippo, que ignoraba la verdadera causa de los desvaríos de Annibal, y
atribuyéndolos al miedo de que el ser que él había visto fuera el espectro del monje
envenenado, trató de consolarlo sugiriendo que había escapado a los efectos del
veneno, y aún seguía vivo e indemne.
—¡Lo sé; sé que está vivo! —dijo Annibal agitado.
—Entonces no hay nada que temer ni reprocharse, signor. Yo obtendré la
absolución por haberle dado el bebedizo, y luego iremos al santo prior graciosamente.
—¿Y quién me dará la absolución a mí? —dijo Annibal.
—¿Por qué, signor? —dijo Filippo, confundido por la pregunta.
—¡Bellaco! —dijo Annibal, fuera de sí—; no se te ocurra nombrarlo, ni siquiera
con el pensamiento. ¿O pretendes tentarme a que lo haga yo? ¿Quieres regalar tu oído
con mi ruina? Sé que eres uno de sus emisarios, comprado para atormentarme en su
ausencia; así que cierra todo canal de remisión, todo atisbo de tranquilidad.
Filippo, perplejo y desalentado, se abstuvo de hacer ningún comentario; y
Annibal le pidió que esa noche durmiese a los pies de su cama.
Obedeció Filippo, y Annibal se acostó y cerró los ojos. Filippo se levantó, y se

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inclinó sobre él para ver si dormía. Y Annibal, incorporándose con la celeridad del
que vive en constante alerta, le preguntó por qué se había levantado.
—No os enojéis, signor; esto son reliquias con poder y santidad; estos crucifijos
han tocado el relicario de Loreto. Iba a ponéroslos debajo de la almohada para que no
os venga ningún daño mientras dormís.
Annibal le dejó hacer en silencio, y otra vez trató de descansar. Pero Filippo
volvió a levantarse, y empezó a atar algo en las columnas de la cama.
—Y esas, signor, se me acaba de ocurrir, os pueden proteger de todos los
hechiceros y seres infernales que andan por el mundo con apariencia de hombres,
aunque no lo son; es un jirón del paño con que envolvieron la cabeza de san Jenaro
cuando la descubrieron; mientras lo tengáis sobre la cama, os guardará de todo
maleficio y hechicería.
—Si lo hace, será verdaderamente una reliquia con virtudes —dijo Annibal con
gravedad—. Pero ¿de dónde las has sacado?
—Me las dio mi tío Michelo en su lecho de muerte; se las compró a un dominico.
—Retíralas ahora mismo; el tormento de ese nombre no me daría tregua en toda
la noche. Que no me toque Michelo; me trae mil imágenes. Los pensamientos más
negros y funestos me asaltan cuando me lo nombran. Acuéstate, Filippo, y no hables
más hasta mañana.
Filippo obedeció; pero a lo largo de la noche se volvió a levantar dos veces
pensando que había alguien más en la habitación; tan fuertes eran las voces de
Annibal, y sus agitaciones, mientras dormía.
Después de noches así, los intereses del día le traían a veces alivio. La presencia
de Ildefonsa dulcificaba su amargura y su pasión; y la diversidad de recursos para
verse, y el espíritu de aventura con que acudía, le absorbían el espíritu y la
imaginación. Unas veces, la señal para sus encuentros eran las notas bajas que la
bandolina de Ildefonsa difundía a través del follaje iluminado por la luna; otras,
cuando no era posible, arrojaba desde la reja de su celda un puñado de flores
marchitas. Una noche la oyó entonar algo diferente, y se quedó inmóvil para no
interrumpirla. Eran unos versos:

I
Si no nos vemos más; ¡ay!, piensa en mí;
aunque pierda el sentido para siempre,
tú, memoria fiel, conserva
nuestros susurros… y seguiremos juntos.

II
¡No, sino por esos labios dulcísimos,
jamás besados por los míos!
¡No, sino por ese fuego húmedo de tus ojos;

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por todo eso debo recordarte!

III
La luz de los objetos pasajeros
revivirá a menudo su poder;
y vosotros, pálidos rayos, velad que el pensamiento
ilumine nuestra hora de separación.

IV
Entonces creeré que veo su figura,
su cálida belleza iluminada,
y una lágrima asomará ante ese pensamiento
tan tierna como esta que ahora me resbala.

Annibal salió de su escondite. Lo descubrió Ildefonsa, y dijo con voz balbuciente:


—Estos versos se me ocurrieron cuando os vi la primera vez, y creía que no iba a
veros más.
—¿Es posible —dijo Annibal— que creyeseis que una pasión como la mía podría
agotarse en el arrobamiento y el conflicto de una noche?
—¿No habría sido eso preferible a que se prolongue unas noches más para expirar
igual?
—¿Qué decís, Ildefonsa?
—Que donde no hay confianza no puede haber pasión. Annibal, Annibal, ¿son
estas las dulces horas del amor temprano? ¿Son estas las efusiones del alma y el
sentimiento de que hablabais? Vuestros ojos miran extraviados, Annibal; y vuestras
mejillas están pálidas. No me queréis revelar la causa, aunque decís que me amáis.
—Si me amáis —dijo Annibal con vehemencia—, no mencionéis eso nunca más.
¿Puedo, hablándoos de desdicha y de crimen, encarecer nuestro afecto y acrecentar
nuestra felicidad?
—¿De crimen, Annibal?
—Sí; ¿acaso no hay crímenes espirituales? ¿No puede un hombre ser asesino,
parricida, de pensamiento? ¿Acaso creéis que el desalmado cuyas manos se manchan
de sangre cada noche, sin un arrepentimiento ni una mirada atrás, sufre igual que
aquel en cuya alma se graba indeleble la imagen del crimen aún no consumado, que
el no haberlo cometido le ahorra los horrores del sentimiento y del remordimiento?
¡Ah, Ildefonsa, las angustias de un espíritu arrastrado a la depravación, agravadas por
la coacción implacable a la que está sometido, y la lucha de su propia integridad por
rebelarse, es una tortura que debía figurar como imaginada en la lista de los
sufrimientos humanos hasta que se me ha infligido a mí!
—¿Qué queréis decir? ¡Virgen santa! ¿Qué significan esas palabras?
—Nada; ni yo mismo lo sé. Hablemos de vuestra liberación. ¿Cómo hemos

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venido a hablar de esto?
—Ha sido culpa mía; y debía haberlo evitado. Porque observo que os retraéis y os
encerráis en vos mismo; es mi culpa; pero esta noche estoy desasosegada. ¡He vuelto
a ver a ese personaje agorero, al que cada vez que descubro me creo lo que he me han
contado de alguien que me espía para perjudicarme!
—¿Quién? ¿Qué personaje es ese? ¿Por qué no me lo habéis dicho antes? ¿Qué
clase de hombre es?
—Me asustáis, Annibal, con vuestra vehemencia. Es un monje. Lo vi hace unos
días hablando con la abadesa. No sé de qué convento es, ni qué le trae al nuestro,
pero siento un miedo irracional cuando pasa y me mira.
—¿Cómo se llama, habéis oído su nombre?
—Creo haber oído a la abadesa llamarle padre Schemoli, pero estaré más atenta
para averiguar…
—No, no. No os acerquéis a él. No lo toquéis; no es sano conversar con él.
Ildefonsa, inocente amor mío, cuidad de no tener ninguna relación con ese ser; no es
bueno tenerla. Una vez le estreché la mano, y su garra no me ha soltado desde
entonces.
Ildefonsa, aterrada hasta las lágrimas, aterró a Annibal con su congoja. Intentó
consolarla; pero cada esfuerzo que hacía para cambiar de asunto lo anulaba alguna
alusión involuntaria o algún lúgubre silencio.
—Hay un sortilegio sobre mí, también —dijo Annibal con penosa sonrisa—, que
me afecta extrañamente. Lo atribuyo —dijo, forzándose a seguir— a una predicción
acerca de mi vida, que arrojaron sobre mí, y que arroja una sombra que no consigo
disipar.
—¿Qué dice? —dijo Ildefonsa.
—Que seré favorecido con la posibilidad de cumplir mis deseos, pero que no se
harán realidad; que la persona que amo será arrancada de mi lado en el instante de ser
mía; y que mi vida cambiará de cariz cuando alcance su momento más brillante de
gozo y esperanza.
—La predicción es muy genérica; seguramente la hicieron cuando erais niño —
dijo Ildefonsa.
—Al parecer, bastante antes —dijo Annibal con gravedad.
—¿Hace mucho que se conoce? —replicó Ildefonsa, esforzándose en evitar su
aplicación.
—Yo la oí anoche —dijo Annibal con énfasis.
—Es un vaticinio triste —dijo Ildefonsa, dejándose ganar por el clima de la hora
y de la conversación.
—Hay una alternativa —dijo Annibal.
—Yo os apoyaría en cualquier alternativa —dijo Ildefonsa distraídamente.
—¿De verdad… lo haríais? —dijo Annibal con súbito interés.
—Por supuesto; claro —replicó ella—. A menos…

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—¿A menos… que qué?
—A menos que se tratase de un crimen… o…
—Sí, sí. Sé qué queréis decir —dijo Annibal—. ¿Importaría en ese caso el grado
del crimen? —dijo tras una pausa; luego añadió—: Pero eso carece de importancia
para mí.
Una conversación tan entrecortada no podía ser placentera para ninguno de los
dos. Se separaron sin poder prometerse un pronto reencuentro, porque Ildefonsa
informó a su amado que durante las tres noches siguientes debía asistir a una
ceremonia de especial solemnidad.
En ese intervalo, Filippo observó que su amo no salía del abatimiento, y que no
cesaba de repetirse, a solas o dormido, la ominosa profecía que le había confiado a
Ildefonsa. Al cuarto día por la mañana le llegaron de Pozzuoli cartas de la mayor
importancia. Contenían la orden del obispo de la diócesis de trasladar a la hermana
Ildefonsa Mauzoli del convento de las Ursulinas a otro de Pozzuoli. En otra carta el
prior informaba a Annibal de que esto era solo un paso previo para devolverle la
libertad de abrazar la vida monástica o renunciar a ella. La carta concluía insistiendo
a Annibal que fuese a Pozzuoli, donde amor y fortuna reclamaban su presencia. La
orden la llevó al convento uno de los mensajeros del prior, que era también oficial
eclesiástico, quien la entregó en mano a la abadesa. Filippo lo acompañó por decisión
de Annibal. La entrega de la orden se efectuó acompañada de ciertas formalidades y
en presencia de varios asistentes.
Annibal estuvo contando las horas que tardaba en regresar el mensajero con una
impaciencia que finalmente se convirtió en temor. No pudiendo desahogar la opresión
que sentía, y nervioso por otras causas, deambuló por la orilla del río, ahora invernal
y desierta, tratando de apartar del pensamiento las palabras que él mismo murmuraba
sin cesar. A última hora de la tarde, llegó Filippo jadeando, con una extraña noticia
que al principio solo consiguió comunicar con exclamaciones. La compasión que le
inspiraba su amo le hizo finalmente serenarse, y le contó lo sucedido, pero podemos
ahorrarnos aquí su peculiar manera de contar y sus numerosas interrupciones:
Se había introducido mezclándose con otros muchos criados en la sala donde el
mensajero del prior fue presentado a la abadesa. Esta había recibido el escrito con
acatamiento, aunque al cogerlo se santiguó con muestras de pesar y desaliento.
Luego, dirigiéndose al mensajero, dijo:
—Esta orden llega demasiado tarde, salvo para renovar nuestro dolor por la
pérdida de una hermana desaparecida. Ildefonsa Mauzoli no está ya bajo la
jurisdicción de ninguna autoridad terrenal: falleció ayer.
El mensajero, tras unas palabras de sentido pésame no exentas de recelo,
abandonó la cámara, donde la clamorosa aflicción de las monjas, que parecían haber
estado esperando una señal para renovar sus lamentos, contendían en vano con los
fuertes murmullos de los criados que manifestaban su sospecha y su desazón. Pero
Filippo, cuya primera emoción dejó paso en seguida a la agudeza, decidió no

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abandonar el convento inmediatamente; le preocupaba la desesperación de su amo, y
desconfiaba de la malicia de la abadesa; y cuando los sirvientes se dispersaron, se
escabulló hacia los corredores del convento y fue a meterse en la capilla, donde
distribuyó sus genuflexiones con tal unción, y se demoró tan devotamente a admirar
las reliquias, que atrajo la atención de una monja vieja, sorda y lisiada que andaba por
la capilla tasando la fe y la caridad de los devotos que entraban. Esta sibila lo guió de
la uña de un santo a la ceja de otro; le enseñó un poco de polvo de los clariones de
san Lucas, y una teja desprendida de la santa Casa de Loreto durante su aéreo
traslado de Palestina a Italia. A lo largo de sus preguntas, comprobó que estaba sorda
casi por completo y casi ciega; así que recorrió la capilla con cierta confianza. Por
entre los arcos de arriba observó que pasaban monjas con tal frecuencia que en
seguida comprendió que sus celdas se alineaban en dicha galería. A fin de confirmar
esta suposición, convenció a la monja, con la limosna de algunos cequíes, de que
rezase unas cuantas oraciones por él ante un altar que recibía esta distinción más por
lo alejado que estaba del lugar de su devoción que a la fe de Filippo en su
excepcional santidad. Una vez formalizada la transacción (después de la cual tuvo la
satisfacción de ver muy pronto amodorrada a la anciana monja), se dirigió
precavidamente a la parte de la capilla bajo la galería; no sabía cómo dar a conocer su
presencia y su propósito. Un pequeño instrumento de cuerda, que había comprado por
el camino a uno de los criados con la esperanza de distraer la triste soledad de su
amo, le brindó un medio providencial de insospechada eficacia. Lo pulsó; pero la
vieja monja, despertada por tan insólito sonido, se acercó cojeando a preguntarle el
motivo de esa acción, asegurándole al mismo tiempo que había tenido la mala suerte
de interrumpirle una visión en la que santa Úrsula iba a concederle el favor que le
pidiera para el joven visitante, a condición de que solicitase el puesto de jardinero del
convento.
—Porque el que tenemos ahora —dijo la monja— es ya demasiado viejo…
—Reverenda madre —dijo Filippo—; volved al altar; que sin duda se os
concederá la gracia de continuar con esa visión. Yo mismo he recibido una especial
aquiescencia justo en este momento que, con la ayuda de vuestras plegarias, puede
llegar a ser llamada efectiva a convertirme en jardinero de santa Úrsula. En cuanto a
este instrumento, reverenda madre, huía yo una vez por los Andes (una cordillera de
altísimas montañas que separa Alemania de la isla de África), perseguido por un
tropel de moros infieles y sanguinarios, sin otra cosa para defenderme que este
instrumento, cuando tuve la inspiración de ejecutar un himno a santa Úrsula; su
efecto fue tan sacrosanto que allí mismo abrazó nuestra fe la tropa entera, y aún
siguen siendo todos ellos, hasta hoy, muy buenos católicos. Al punto hice votos de
que con este mismo instrumento entonaría el mismo himno ante el altar de santa
Úrsula en cuanto pisase tierra italiana. Os suplico, por tanto, venerable madre, que no
me neguéis vuestro beneplácito.
—No quiera Dios —replicó la religiosa—. Jamás había oído una historia más

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gloriosa; es exactamente como las leyendas que el confesor nos cuenta en las vigilias
de los santos.
Volvió, pues, la monja a su altarcito, y no tardó en sentirse transportada por otra
visión sobre la llamada del joven jardinero. Pero aunque Filippo se libraba de la
monja sorda sin demasiada industria, no sabía cómo adormecer a las hermanas que
velaban. Era una hora de lo más oportuna: la destinada a la devoción personal, a la
que la mayoría renunciaba para dormir. Recordó una canción que había oído cantar a
Annibal con voz queda cerca del jardín mientras esperaba a Ildefonsa; era doliente, y
podía pasar muy bien por una canción de peregrino. Tocó un breve preludio con el
instrumento, y luego cantó los siguientes versos, mezza voce:

Si la que llora su queja de amante,


se demora en los muros testigos,
con el canto de amor que le llega
oirá que la llama el amigo.

Calló; todo estaba en silencio. Los repitió con voz vacilante y desanimada,
cuando le llegó al oído un leve trémolo (tenue como un suspiro) de la bandolina de
Ildefonsa, que le llenó de gozo y confianza. La señal era segura e inequívoca; porque
había oído decir a su amo que Ildefonsa era la única, allí, que tocaba la bandolina. Se
levantó eufórico, e iba a abandonar la capilla sin preguntar a la anciana monja por el
éxito de su segunda comunicación con santa Úrsula cuando le detuvo un rumor cerca
de él. No sabía en qué dirección había sonado; le había parecido una voz humana…
¡y que subía del suelo! Prestó atención.
—No ha sonado nada —dijo una voz, debajo del altar—; ha sido cosa de la
imaginación. La capilla está desierta.
—Entonces salgamos —dijo una voz femenina—, porque estoy sofocada con
estas humedades. ¿Habéis desechado ya vuestro temor a que nos descubran?
—Totalmente —respondió la primera; y Filippo reconoció en ella al padre
Schemoli—. Nadie puede llegar a ese sitio que me habéis enseñado. ¡Mañana por la
noche, reverenda madre, esa serpiente morirá aplastada en la oscuridad! ¿Puedo
contar con vuestra ayuda?
—Tan firmemente como en vuestra propia resolución, padre.
—Esa jamás ha fallado —dijo Schemoli con énfasis.
El tiempo que tardaron en subir, y entrar en la capilla por una reja oculta en el
pavimento del altar, permitió a Filippo meterse detrás de los grandes pliegues del
cortinaje que lo rodeaba; pero cuando vio al confesor y a la abadesa (porque de ella
era la voz femenina) salir de debajo del altar, y pasar por delante de donde él estaba,
pensó que se moría. Al llegar a la puerta, se dieron cuenta de la presencia de la
monja. La abadesa la despertó.
—Cómo, ¿estáis durmiendo? —dijo la abadesa.

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—No dormía —replicó la monja.
—Podían haber entrado extraños en la capilla —dijo el confesor.
—Eso es imposible estando yo aquí —comentó la monja.
—¿Estáis segura de que no ha entrado nadie? —preguntó la abadesa.
—Ha venido un joven peregrino —dijo la monja alzando la voz—; entró por esa
puerta de detrás de la cortina, a la izquierda del altar de santa Úrsula.
Filippo captó sagazmente el aviso que le mandaban, y deslizándose sigiloso por
esa puerta, que no había visto hasta ahora, se escabulló sigilosamente y desapareció
por una de las galerías.
—Sois muy minuciosa explicando por dónde se ha ido —dijo Schemoli.
—En realidad, yo misma se lo he indicado —contestó la monja.
—Es estúpida —dijo la abadesa, alejándose con Schemoli—. Pero es estricta y
fiel.
Entretanto, Filippo corrió a reunirse con su amo; le informó de las supuestas
maquinaciones de la abadesa; no le ocultó la presencia y actitud de Schemoli; dijo
que estaba convencido de que la signora Ildefonsa vivía, aunque se temía que no por
mucho tiempo. Toda intervención personal era ahora imposible, dado que no le
permitirían traspasar los muros del convento; pero como habían dispuesto celebrar su
funeral por la noche, y asistirían personas de fuera como era lógico, aconsejó a
Annibal que acudiese con el oficial que había llevado la orden del obispo, y
denunciase lo sucedido, de lo que él, Filippo, se confesaría testigo, confundiría a la
abadesa, e interesaría a los presentes y clérigos en la restitución de Ildefonsa. Los
consejos de Filippo contenían todo lo que el valor y el ingenio podían discurrir; y
Annibal estuvo dispuesto a adoptarlos con un corazón que comenzaba a latir otra vez
con las pasiones humanas.
El funeral de una monja de las Ursulinas estaba siempre rodeado de especial
solemnidad, por el deseo de la abadesa de infundir en las personas autorizadas a
asistir una alta opinión de la santidad de su convento, así como para arrojar sobre el
espíritu de las compañeras una sombra más densa de temor religioso y de sumisión.
El oficio se celebró en la capilla a medianoche; dos horas antes, las galerías se habían
llenado de personas de fuera, entre las que no tuvieron dificultad en mezclarse
Annibal y sus criados. Annibal estaba enormemente afectado; la idea de que se
relacionase a Ildefonsa con la muerte (aunque la creía suficientemente lejos de ella),
los pasos silenciosos, la luz mortecina, y el réquiem en tono contenido ahuyentaban el
tumulto de su expectación, le apaciguaban, y le entristecían. Mientras la multitud
contemplaba los ornamentos que engalanaban las naves de la capilla, Annibal, desde
un arco de arriba, se puso a estudiar a unas monjas que había junto al ataúd, en el
centro de la nave. Aún no habían encendido los cirios, pero una antorcha ardía sin
mucho resplandor al pie del féretro, recortando las siluetas de las hermanas, que de
cuando en cuando entonaban un cántico bajo, adormecedor, parte del oficio de
difuntos, y que en seguida se mezcló con el del coro y los ricos y atronadores sones

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del órgano. Annibal, de naturaleza visionaria y propensión melancólica, escuchaba
embargado de tristeza, y casi deseaba hundirse en el profundo descanso que creaban
los acordes de tan sagrada armonía; en cuanto a Ildefonsa, aunque la poseyera,
presentía que esa posesión no iba a ser larga; y aunque armado de voluntad para
liberarla, la lloraba como si ya estuviese muerta.
En tanto se acercaba la medianoche, una dignidad eclesiástica asumió la
celebración del oficio. La abadesa y las monjas se alinearon en los bancos de la
galería; abajo, la multitud, pálida de santo temor, llenaba la nave hasta el presbiterio.
La misa era cantada; cesaron los rugidos del órgano y el prior, levantándose, avanzó
hasta el féretro, extendió los brazos, y murmuró una bendición sobre el crespón que
lo cubría. Los sirvientes lo levantaron, y se dirigieron a la estrecha puerta de una
cripta precedidos por el sacristán, cuya antorcha llameó bajo el arco de la oscura
entrada. A una señal, iban las monjas a atacar nuevamente el réquiem, cuyos últimos
ecos acababan de apagarse en los oídos, cuando Annibal, estallando de furia y
entusiasmo, gritó que se detuviesen, y apelando alternativamente al prior y a los
presentes, reclamó justicia para la abadesa que los engañaba con este falso entierro de
una monja que, si estaba viva, la tenían emparedada en alguna mazmorra. El terror y
la confusión siguieron a estas voces osadas. Los sirvientes se detuvieron estupefactos,
y la multitud, dividida, aguardó las consecuencias de tan extraordinaria invocación.
Acto seguido, Annibal expuso breve pero vivamente los recientes sucesos, que
Filippo se apresuró a confirmar. Estimuló al prior, por su temor a la autoridad
episcopal, y logró interesar asimismo a los presentes en los detalles del desamparo,
persecución y belleza de Ildefonsa. Entretanto, la abadesa había bajado de la galería,
clamando a su vez contra las injurias a su reputación y a su santuario, de un fugitivo
del que no se sabía sino que era un enemigo de la fe católica, un seductor de la pureza
y un calumniador de la virginal santidad. Annibal, al darse cuenta de que los que la
oían empezaban a vacilar, se apresuró a contraatacar con una prueba rápida y
evidente: se arrojó a los pies del prior, y le suplicó que ordenase retirar el paño
mortuorio y examinase el féretro.
—Si Ildefonsa se encuentra viva —añadió—, no estará en ese féretro; y si está
muerta, la apariencia del cadáver justificará mi cargo, y señalará a sus asesinos con la
condena de culpabilidad.
El prior, movido por una gran curiosidad personal, accedió a esta sugerencia. La
abadesa tampoco pareció oponerse. Atravesaron con dificultad el presbiterio, ahora
atestado por una multitud inquieta y ansiosa. Los sirvientes rodearon el féretro; el
prior alzó un cirio al asomarse sobre él, y retiraron el paño. Con un salto de agonía,
Annibal se precipitó de pronto sobre lo que acababan de descubrir: el cadáver de
Ildefonsa.
Impulsado por una frenética esperanza, examinó la mano sobre la que caían sus
ardientes lágrimas. No era una efigie de cera; estaba fría y laxa, pero era humana.
Annibal observó el rostro con ojos tensos: no había ningún signo de violencia; los

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conocía bien, no tenía verdugones, ni moraduras, ni manchas ni hinchazones; estaba
serena y hermosa: como dormida. Un clamor sacó a Annibal de su trance; una
explosión de furia de la abadesa y de los presentes, quienes, ante esta prueba visible
de la falsedad de su acusación, lo habrían despedazado sin escuchar explicaciones, y
sin piedad por su desgracia. Pero irritado por este acoso, enardecido por el
convencimiento de que la actual ceremonia ocultaba un crimen o una impostura,
derramó tal torrente de súbita elocuencia, y puso tan arrebatada pasión en sus
palabras (describiendo cómo la superchería y la crueldad monacales le habían
despojado de la única esperanza de consuelo que tenía su existencia, y desgranando
tan espantosas historias de opresión religiosa y asesinatos conventuales) que la gente
humilde allí reunida, siempre dispuesta a alegrarse de la caída de cualquier dignidad,
volvió a apoyar su causa; y reclamó a voces que interviniese la Inquisición en el
asunto. La abadesa, furiosa, se encaró con la multitud, y les advirtió de que estaban
apoyando a un brujo, a un hechicero, a alguien confabulado con los espíritus
malignos contra la causa de la Iglesia y sus devotos; les dijo que el desconocido era
un Montorio, un miembro de esa estirpe tenebrosa cuyas abominables actividades se
extendían más allá de las fronteras del mundo y del catálogo de crímenes humanos.
Annibal, no acostumbrado a las persecuciones como Ippolito, se defendió con la
vehemencia de un horror sincero; y paseando la mirada por la multitud, preguntó
quién osaba adherirse a esas acusaciones contra él y contra su casa, cuando sus ojos,
recorriéndolos uno a uno con autoridad, se detuvieron en el rostro de Schemoli, al
que tenía delante, observándole con gesto impasible. Annibal se quedó petrificado,
con la mirada perdida, y un temblor en los labios. Dejó escapar un gemido, y se retiró
sin poder hilar un pensamiento ni decir una palabra. La abadesa profirió una
exclamación de triunfo.
—¡Ved al desdichado —dijo—, cómo el poder de la conciencia le hace callar en
el instante mismo de su falsa defensa! Miradlo. ¿Por qué no habla? ¿Por qué palidece,
y se queda con la mirada prendida en el aire?… Pero sin duda ve cosas que son
invisibles a los ojos de los creyentes.
Annibal, forcejeando para abrirse paso entre la multitud, gritaba a Schemoli,
llamándolo por su nombre, que no huyese; luego, como se alejaba sin dejar de mirar
fijamente en su dirección, murmuró para sus adentros:
—¡Ved dónde se desvanece; no es un ser de este mundo!
—¿De quién habláis? —dijo alguien cerca de él con temor o curiosidad.
—No me preguntéis —dijo Annibal frenético—; no me atrevo a decirlo. Tiene la
figura humana, pero no os dejéis engañar, no es como nosotros.
Los pocos apretujados a su alrededor se apartaron ante este insólito comentario; y
la multitud fanática, aterrada ahora, comenzó a reclamar a voces su prendimiento y
detención, igual que momentos antes había pedido silencio para escucharlo, y se
pronunciaba en su favor. El prior dio un paso adelante, y le informó que su conducta
y manifestaciones eran tan extraordinarias que él, como representante de la Iglesia,

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debía tomarlas en consideración. Seguidamente, mandó a sus auxiliares que lo
prendiesen. Ninguna reacción tuvieron estas órdenes, ni su cumplimiento, en el
desdichado prisionero: se había hundido en una indiferencia propia de un enajenado.
De cuando en cuando murmuraba: «Mirad cómo se desvanece», para indecible terror
de los que lo sujetaban, aunque no hacía ningún intento de escapar.
El terror, emoción nefasta, y la frustración le habían nublado la razón. Pero la
suya era una locura pasiva; porque se había quedado sin fuerzas. Se apresuraron a
concluir la Ceremonia, y la multitud se dispersó, todavía comentando en voz baja su
asombro y su duda. En cuanto al prior, como sabía que no había en el pueblo, ahora
en ruinas, un lugar donde encerrar al prisionero, consultó con la abadesa; y juntos
convinieron en tenerlo en algún aposento exterior del convento, con una guardia. No
hizo falta cargarlo de hierros: Annibal había caído en un estado de apatía estuporosa;
de cuando en cuando murmuraba cosas que, de haber conocido el que las oía los
últimos sucesos de su vida, las habría tenido por algo más que una ofensa al
convento. Con todo, sus guardianes, amedrentados por sus desvaríos, que unos
interpretaron como posesión diabólica, y otros como vaticinios, fueron dejándolo, con
el pretexto, cada uno, de que tenía el mismo derecho que su predecesor a no quedarse
a solas con un perturbado. Y la soledad, el silencio y el frío devolvieron el juicio a
Annibal. Estaba en un cuarto que en otro tiempo había sido sacristía; la luz pálida de
la luna, a punto de ocultarse, traspasaba la neblina y penetraba por una estrecha
ventana. Durante unos momentos le vinieron a la memoria los sucesos de la noche, y
en medio de la confusión que sentía, trató de protegerse de ellos cerrando los ojos. Su
último lapso de enajenamiento se lo había causado cierta visión imperfecta, y quería
volver a ese refugio que representaba la pérdida de la conciencia. Fue una lucha
estéril; todo le volvía con una fuerza más intensa que la realidad. Y otra vez se
levantó dispuesto a impedir que condujesen a Ildefonsa a la cripta. Descubrió que se
hallaba solo en un aposento estrecho, cuya puerta estaba cerrada con cerrojo; pero oía
fuera susurros como de personas deliberando. Les suplicó que lo soltasen, o le dijesen
al menos qué había sido de Ildefonsa, con todos los argumentos que creyó que podían
inspirarles compasión o temor, y en todos los tonos posibles de la pasión, desde los
balbuceos de la súplica a los roncos, entrecortados e inarticulados de la rabia y la
amenaza.
No consiguió que lo liberasen ni le contestasen. Finalmente, sintiendo peligrar
otra vez el equilibrio de su cerebro, y juzgando que tal pérdida equivalía a la de su
única vía de esperanza, se retiró a un rincón, se sentó y, envolviéndose la cabeza con
la capa y apretándose las sienes con las manos, trató de conjurar las formas que
aumentaban por momentos y se movían ante él, y murmurar una jaculatoria
entrecortada pidiendo a Dios que le guardase la razón. Se calmó; pero cuando se
atrevió a alzar los ojos, nuevamente creyó que le traicionaban los sentidos. Todo a su
alrededor había cobrado vida, y la luz azulenca y desmayada temblaba con tan
violentos espasmos que las paredes y el techo parecían dotados de una especie de

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fantástica animación. Volvió a cerrar los ojos. Pero el movimiento era palpable;
porque aunque no veía nada, sentía que la silla se sacudía debajo de él. Fue a
levantarse otra vez, cuando las campanas del convento comenzaron a repicar de esa
manera confusa y arrebatada que los desventurados habitantes de las regiones
expuestas a los terremotos conocen demasiado bien. La idea de perecer sin
posibilidad de hacer nada era horrible. Corrió de nuevo a la puerta y suplicó que le
concediesen una oportunidad de salvarse, quien esa hora angustiosa no se le niega
siquiera al convicto más abandonado en su mazmorra. Suplicó en vano; sus gritos se
perdían, incluso para sus propios oídos, en el creciente tumulto y confusión del
convento. Oía efectivamente voces, pero ninguna le contestaba; oía pasos que
pasaban por delante de su puerta; algunos incluso vacilaron, pero era una vacilación
del terror de la propia huida, y aunque repetían con impulso involuntario sus mismos
gritos, no lo oían al parecer. Finalmente, se oyó un estrépito como si se derrumbase el
edificio entero; un instante después un gran trozo de albañilería cayó sobre la puerta
de la celda de Annibal haciéndola astillas; y a través de ese boquete pudo ver temblar
los muros del convento, personas dominadas por el miedo que se agarraban a los
salientes, mientras un cielo empedrado de color cobrizo asomaba a través de la
techumbre destrozada, cuyos lomos y surcos teñían los resplandores, esculpiendo en
la mole figuras portentosas que para los que huían abajo semejaban dragones
encaramados en sus torres, e hipogrifos exhalando azufre por los ollares. Annibal
abandonó su prisión, y un instante después vio cómo sus muros rodaban juntos como
rollos de pergamino y una nube de polvo, chispas, y humo sulfúreo sepultaban el
lugar. Medio a ciegas, medio ahogado, siguió avanzando, y descubrió que el
derrumbamiento de la torre principal, que había reducido a polvo los muros de su
prisión, había abierto también un vacío en el piso de la galería del claustro desde la
que se bajaba, y que ahora solo mostraba varios precipicios que la oscuridad no
permitía calcular; sus bordes eran visibles gracias a las lámparas humeantes que
siempre había encendidas en el claustro durante la noche; algunas no se habían
apagado con el derrumbamiento, e iluminaban una parte de esos abismos, mostrando
sus salientes, y jugando inútilmente en la densa negrura en la que se perdían sus
profundidades. Observó todo esto sobrecogido. Pero el ansia de escapar era
irresistible en alguien que acababa de librarse del encierro; así que siguió avanzando.
Estaba en el borde del agujero; en el otro lado había una puerta a través de la cual
brillaba una luz, como si esa parte del edificio no hubiese sufrido daño. Intentó saltar;
pero ya fuese porque calculó mal la distancia, o porque le fallaron las fuerzas, se
precipitó en el vacío, se le cortó el aliento y al instante siguiente perdió el
conocimiento. Cuando volvió en sí, no supo cuánto tiempo había estado inconsciente.
Se sentía confuso y dolorido, pero no se había roto nada. Se levantó, e intentó
averiguar dónde había caído. El suelo era húmedo y de piedra; evidentemente, era el
enlosado de un subterráneo; pero, aunque extendía los brazos, no conseguía dar con
las paredes, ni topar con objeto ninguno. Prosiguió a tientas, cautamente, conteniendo

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el aliento, hasta que el miedo a estar dando vueltas en tenebroso círculo, el miedo a
haber caído en un abismo cerrado por una montaña de escombros que nadie apartaría,
el miedo a tener que vagar a oscuras, profiriendo gritos que nadie oiría e implorando
una ayuda que jamás llegaría hasta que, enloquecido por la sed, se viera obligado a
chupar la humedad del suelo, y a roer su propia carne marchita para alimentarse… el
miedo a todo esto le subió como una oleada de abrasadora agonía hasta la garganta; y
profiriendo un grito para hacerse oír, incluso en medio del fragor de la noche, se
desplomó en el suelo. Volvió a levantarse; porque oyó unas voces, no el eco, que
repetían su grito. Gritó una vez más; y Annibal, para quien incluso un imaginario
habitante de la oscuridad sería bienvenido, llamó repetidamente y, tras dar un paso,
prestó atención con todos los sentidos alerta. De nuevo oyó una voz; tan distinta, tan
conocida, y tan inesperada que, perplejo, y exultante de convulsiva alegría, se dijo a
sí mismo: «¡No puede ser verdad; sin duda se trata de una ilusión, un ardid del
enemigo! ¡Ah, se desvanecerá cuando llegue la fría claridad de la madrugada!» Le
contestó una voz que ya no era posible confundir.
—Sí lo es; soy yo. No os mováis, no deis un paso; tengo que acercarme a oscuras;
pero no os atreváis a mover un pie; ni siquiera un pensamiento, hasta que sintáis mi
mano en la vuestra.
Creyendo que los sentidos le abandonaban de nuevo, cerró los ojos. Y fue
providencial que lo hiciera: un instante después sintió la mano suave de Ildefonsa
sobre la suya. Con una sensación de indecible felicidad, se dejó conducir por ella a
oscuras. Aún no se atrevía a creerlo. Era como si tuviese cerca un tesoro, cuyo
descubrimiento prematuro pudiera destruirlo. Tenía miedo de que al abrir los ojos se
desvaneciera el sueño delicioso de su voz. Por último, una luz intensa cayó sobre
ellos; Annibal miró a su alrededor; tenía a Ildefonsa a su lado; una antorcha ardía en
el suelo, junto a un pilar en el que se apoyaba ella, al parecer sin fuerzas a causa de la
emoción.
Durante unos momentos se interrogaron mutuamente con la mirada, con un
temblor en los labios que no conseguían convertir en palabras, limpiándose las
lágrimas que les enturbiaban la visión del otro.
—¡Ay, Annibal —exclamó Ildefonsa hablando primero, aunque débilmente—, mi
protector! ¡También yo acabo de salvaros! Cuando os he descubierto, estabais a un
pie del borde de un agujero de una profundidad… ¡Oh, Virgen santa, a mis pies se
abre cuando lo pienso; un paso más, y habríais muerto! Si os hubiese gritado, os
habríais movido; si me hubiese acercado, os habríais movido; si hubiese levantado la
antorcha, deslumbrado por el súbito resplandor, os habríais movido. Y ese
movimiento habría significado la muerte. Así que he escondido la luz; os he gritado
que no os movierais, me he ido acercando muy poco a poco para no hacer ruido con
los pies, y os he salvado. Ahora salvadme vos a mí, porque ya no puedo tenerme en
pie.
Se tambaleó, y la herida (que Ippolito le había lavado en el río y le había

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vendado) volvió a sangrarle abundantemente por la violencia de las emociones.
Annibal, cogiéndola en brazos, miró a su alrededor con angustia. En una cripta
inmensa, apenas iluminada por las lámparas de una capilla lejana, y sembrada de
restos y símbolos de la muerte, buscó vanamente con los ojos ayuda y esperanza.
Ildefonsa tenía la mirada perdida, los labios pálidos; sin embargo, aún era capaz de
valerse de los gestos; y ahora, señalando con vehemencia hacia la izquierda, orientó a
Annibal, la llevó en esa dirección, con la antorcha encendida todavía, y todavía
mirando a su alrededor sin encontrar un atisbo de liberación.
El lugar hacia donde ella señalaba parecía más oscuro y accidentado que el que
dejaban atrás; pero poco más adelante (la antorcha ardía con poca llama a causa de la
humedad), Annibal divisó una luz azulenca que oscilaba a lo lejos. Se detuvo, y miró
con atención; Ildefonsa murmuró unas palabras de aliento apenas audibles. La luz
pareció volverse más distante; se filtraba por una abertura del techo, que aquí era tan
bajo que Annibal se veía obligado a caminar encorvado. Algo semejante a un trozo de
colgadura flotaba en el centro; y una voz, al principio tímida y débil, que llamaba
desde arriba, prorrumpió de pronto en un torrente de bendiciones, alabanzas, y
palabras de aliento y de súplica, al tiempo que descubrieron inclinada en lo alto del
agujero la figura ansiosa de Filippo. No era momento de preguntas, aunque la ocasión
sugería un millar. Filippo, con igual fuerza que destreza, hizo tiras su capa, ató un
extremo en el borde de la cavidad, y así subió a Ildefonsa con ayuda de Annibal, que
trepó detrás agarrándose a los salientes, y contempló con los sentidos y el ánimo
revividos el sol de la mañana sobre el curso plácido del río: la noche antes había
reflejado las torres y arboledas del convento, ahora sus aguas corrían junto a los
muros derruidos, y sus márgenes estaban sembradas de árboles arrancados, rocas
peladas, y bancos de arena y de limo depositados en mitad de los huertos. En un
súbito transporte de liberación, casi se olvidaron de las zozobras que aún les
acechaban, hasta que vino a recordárselas la necesidad perentoria de buscar un
refugio para Ildefonsa. Celebraron una indecisa deliberación: era peligroso demorarse
en las proximidades del convento aunque estuviese en ruinas, y era peligroso volver
al pueblo; Annibal y su criado no conocían ningún lugar seguro más próximo que
Pozzuoli, y era imposible ponerse en camino en el estado de agotamiento en que se
hallaba Ildefonsa. La misma Ildefonsa los sacó del apuro al recordar un retiro donde
no era probable que los descubriesen ni la persecución ni el azar. Hacia allí la llevó
Annibal, que, viendo sus ojos nublados y oyendo su respiración jadeante, sentía una
congoja como jamás había conocido en los grandes y difíciles trances por los que
recientemente había pasado.
Era una cabaña con toscas paredes de turba mezclada con raíces y ramas, y
techumbre de mimbre, sobre la que los árboles extendían una densa cubierta de hojas.
No les sorprendió verla en pie, porque sabían que las estructuras endebles sobreviven
a menudo a temblores que derriban palacios.
—Esta cabaña —dijo Ildefonsa mientras la ayudaban a entrar, y extendían sus

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propias ropas sobre un lecho de musgo en el que la iban a depositar— fue morada de
un ermitaño, una persona retraída y de costumbres solitarias; los campesinos
pensaban que vivía así en penitencia por algún gran crimen, o quizá porque se
dedicaba a alguna oscura actividad. Evitaban acercarse por aquí. Murió hace unos
días. Ahora, el temor de la gente es probablemente más grande. Así que estaremos a
salvo; la superstición nos protegerá de los curiosos.
Annibal dejó escapar un gemido de incredulidad. Delegó todos los arreglos en
Filippo, que los planeó con su habilidad habitual, y ejecutó con la discreción y el
ánimo de siempre. Decidió volver al pueblo en cuanto se apaciguara un poco la
confusión del desastre, y llorar allí a su amo, con las clamorosas lamentaciones
propias de un criado, fingiendo que había perecido bajo las ruinas del convento; al
mismo tiempo se enteraría de qué rumores circulaban sobre la desaparición de la
signora Ildefonsa y de él mismo. Se llevaría de la casa donde estuvieron alojados
cualquier cosa que se hubiesen dejado y pudiese dar una pista sobre el nombre de su
amo, o contribuyese a su comodidad en el bosque. Y lo que necesitasen en esta
situación, iría a obtenerlo a un pueblo vecino, que se proponía visitar disfrazado.
Annibal, satisfecho de su ingenio y de su fidelidad, dejó que hiciera lo que quisiese
sin objeción, mientras él seguía pendiente de su pálida amada, y observaba con más
inquietud sus forzadas y pacientes sonrisas que la expresión de dolor y debilidad que
ellos trataban infructuosamente de reprimir.
Una hora después, Filippo se puso en camino, y Annibal se quedó solo con
Ildefonsa. Durante este tiempo experimentó un sentimiento nuevo y particular. Le
daba la impresión de que había comenzado una nueva página de la desdicha humana.
Era de linaje elevado, y había pasado su juventud rodeado de las blanduras del lujo:
un centenar de criados estaban prestos a adelantarse diligentes a sus deseos, y tenía
una idea de sus necesidades tan clara como los habitantes de una zona tórrida pueden
tenerla del frío y los horrores invernales de Groenlandia. Sus zozobras habían sido sin
excepción inmateriales y teóricas; ignoraba lo que era el frío, y el hambre, y las
privaciones; y este día tuvo que aprender esos extremos en toda su crudeza.
Poner en el lecho de Ildefonsa toda la ropa de la que podía prescindir; tapar las
grietas de la cabaña con las hojas y el musgo que pudo recoger; cambiar mil veces de
sitio los escasos objetos para mayor comodidad de ella, y seguir encontrando que no
estaba a gusto, intentar despertarle su perdido apetito con los frutos más insípidos del
bosque… todo esto podía hacerlo. Pero leer en sus ojos necesidades que le era
imposible satisfacer, saber que tenían muy cerca la ayuda que necesitaban y no poder
ir a pedirla; conocer mil remedios para el dolor y la debilidad que la tenían postrada,
y darse cuenta de que su afecto no podía proporcionarle uno solo; que había
menospreciado y malgastado a menudo lo que ahora aceptaría como un tesoro… eso
era más de lo que podía resistir. Casi acusaba a los elementos de ser ministros
deliberados de este infortunio, y solo le contenía de exteriorizar violentamente su
queja el miedo a alarmar a la mujer por la que temblaba.

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Filippo regresó tambaleándose bajo el peso de tantas cosas como su imaginativa
solicitud había juzgado oportuno llevar. Preparó una abundante comida, y encendió
un buen fuego, que en caso de que los campesinos lo vieran les confirmaría en su
miedo supersticioso, y haría más efectivo el hechizo que envolvía la rústica morada.
Las noticias de Filippo coincidían con lo que habían imaginado: creían que Annibal
había muerto en el providencial derrumbamiento de la torre, y nadie sospechaba que
hubiera escapado. De Ildefonsa no había oído decir nada; aunque en el convento, la
opinión general era que había corrido la misma suerte; porque el monje encargado de
acabar con su vida, temiendo el enojo de Schemoli y de la abadesa, dijo que la había
matado de un golpe y había huido; y como los temblores de tierra habían derruido
incluso los aposentos subterráneos del convento, agrietando las criptas y reduciendo a
escombros las capillas, la no aparición de su cadáver no despertó ninguna sospecha ni
recelo. Y sentados ahora ante una mesa relativamente abundante, mientras Annibal
veía o esperaba ver encenderse las pálidas mejillas de Ildefonsa con el resplandor de
las llamas, y Filippo, con la vivacidad que le caracterizaba, reía, parloteaba, y saltaba
alrededor de su amo y de la signora (porque nada era capaz de hacer que se estuviera
sentado compartiendo la comida con ellos), cada uno contó una vez más las
extraordinarias circunstancias que los habían vuelto a reunir, después que los más
brutales cataclismos naturales y morales los hubiesen separado.
Hemos visto ya cómo fue la evasión de Annibal; la de Ildefonsa (que después de
salvarla Ippolito de ser asesinada, los separó la sacudida de un terremoto), se debió a
los numerosos subterráneos del convento que llegaban hasta el río, en uno de los
cuales cayó al hundirse, bajo sus pies, parte del techo, y cerrarse tan deprisa que
Ippolito no la volvió a ver. No sufrió mucho daño, y en seguida descubrió dónde
estaba por las lámparas que ardían en una capilla subterránea dedicada a santa Úrsula.
Y se había postrado ante la santa para implorarle protección, cuando se abrió otro
gran boquete sobre su cabeza, y vio a través de él, pasado el primer terror, a Filippo,
que le tendía los brazos y la llamaba con palabras de aliento. Ildefonsa se dispuso a
hacer lo que le decía; pero de repente oyó la voz de Annibal, al que las vueltas del
subterráneo impedían que le llegara ninguna luz; encendió la antorcha apagada que su
asesino había soltado, siguió la dirección de la voz, y le descubrió, como le había
contado, en el borde de un gran agujero, donde si hubiese dado un paso más se habría
matado. Concluidas sus respectivas historias, se volvieron hacia Filippo. La
explicación de este fue breve y simple: al enterarse de que habían encarcelado a su
amo, había suplicado en vano que le permitiesen compartir su encierro. Lo echaron
violentamente del convento; «pero nadie —como dijo— pudo impedirle que se
quedara sentado al pie de sus muros». Porque, si bien sabía que su presencia no era
ninguna protección, temía que su ausencia supusiera algún peligro; así que allí se
estuvo, lamentándose, hasta que, con no poco asombro, vio aparecer dos figuras, en
una de las cuales reconoció a Ildefonsa, que bajaban de los jardines del convento y se
alejaban por el borde del río. Al principio le ofuscó un terror fantástico; pero cuando

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ya no tuvo duda de que la figura que veía era «la mismísima signora en persona», se
dispuso a seguirla, encomendándose al mismo poder que la amparaba a ella. Justo en
ese instante, un temblor separó a las personas que seguía; a la dama se la tragó la
tierra, y al caballero se lo llevó la corriente con una celeridad que desafiaba a la vista.
Pero la dama era el principal interés de Filippo. La sacudida había sido muy fuerte,
aunque el convento, situado en una eminencia, minado de corredores y flanqueado
por un tramo de río, se había desmoronado. Una vez disipado el peligro, examinó el
lugar por donde Ildefonsa había desaparecido. El ruido hueco de sus pasos le
convenció de que debajo había una cavidad. Las aberturas ocasionadas por el
terremoto habían quedado tapadas por una capa ligera e irregular de piedras y barro;
así que apartó con las manos el material que obstruía aquella por la que la había visto
caer, y gracias a las luces que parpadeaban en la cripta, muy abajo, descubrió a
Ildefonsa arrodillada ante la capilla de santa Úrsula. De allí fue fácil liberar a la
signora.
Pasaron la noche congratulándose de haber escapado tan milagrosamente,
hablando de su seguridad y felicidad futuras y, por parte de Annibal, lamentando
haber tenido cerca a su hermano sin haber podido verlo, y pensando que
probablemente habría muerto en la devastadora convulsión de la noche. Aumentaba
este pesar la frustración de no haber podido hablar con él sobre las persecuciones que
uno y otro sufrían, en las que empezaba a notar cierto parecido y multitud de detalles
sospechosos. Filippo prometió traerle noticias de él, si podía, en la siguiente visita al
pueblo; y Annibal salió al porche de la cabaña para dejar a Ildefonsa, con espontánea
delicadeza, dueña exclusiva del humilde aposento.
Como la herida de Ildefonsa era superficial, y su debilidad transitoria, no tardó en
recuperarse, ayudada por las asiduas atenciones de Annibal y la colaboración del
diligente Filippo, que les contaba con humor las conjeturas de los supersticiosos
lugareños sobre Annibal e Ildefonsa: imaginaban que las dos figuras que habían
vislumbrado oscuramente en la orilla del río eran una representación de su pasión
desdichada; y elogiaban no poco el valor nada común de quien pasase de noche por el
lugar donde el espectro de la infortunada novicia buscaba el lugar sagrado de eterno
descanso, y el de su tentador era llevado corriente abajo en una barca, a la que este la
invitaba a subir, y que surcaba las aguas entre llamas.
Filippo no logró averiguar nada sobre Ippolito, ya que había sido apresado al
llegar a Pozzuoli por orden de la Inquisición; y el secreto que distingue a los procesos
de ese tribunal raramente permite que traspase sus muros el más ligero indicio de sus
víctimas. No tenía nada de sorprendente que los hermanos hubieran estado cerca el
uno del otro sin encontrarse; Bellano, y el pueblo donde Annibal se había alojado,
aunque cercanos al convento, estaban en direcciones opuestas, e Ippolito se había
detenido en el primero solo para pasar una noche.
Ildefonsa se hallaba tan restablecida que ahora era ella la que se dedicaba a cuidar
de Annibal, temerosa de que sus infinitas atenciones le hubiesen mermado las fuerzas

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y el ánimo, y le instaba a pasear por el bosque, cuyo «escenario primitivo y silvestre
devolvería la frescura a su cuerpo y a su espíritu». Él solía rechazar estas sugerencias;
o cuando accedía, se limitaba a dar un paseo corto y desganado.
—¿Por qué no queréis salir a caminar por el bosque una hora? —dijo ella
gravemente.
—¿Por qué me presionáis así? —dijo Annibal, que parecía tener razones que no
le podía confesar.
—Porque es ya la hora…
—¿La hora? ¿-Quién os ha dicho que es la hora? —dijo Annibal frenético.
—¿Acaso no sé que es mejor que salgáis de noche?
—¿Por qué de noche? ¿Qué queréis decir? ¿Por qué insistís en que sea de noche?
—Porque es peligroso salir de día; nos expondríamos a que nos descubriesen.
—Es verdad, es verdad. ¿Solo era eso? —dijo él vagamente.
—Solo eso, claro.
—Pudiera ser —dijo él, tras un hosco silencio— que la noche fuera menos segura
que el día.
—No os comprendo.
—Mejor —dijo él con impaciencia.
—Pero ¿por qué? —dijo Ildefonsa con afectuosa tenacidad—. ¿Por qué no
queréis andar una hora por el sendero que tan detalladamente me describisteis la otra
tarde, donde los troncos de los árboles y las hojas que aún quedan exhiben unos
colores más ricos que los del verano, y el cielo asoma pálido entre los huecos que
dejan las ramas semejando, decíais, la luz tamizada de las galerías de un claustro? Lo
describisteis con tal fuerza que me pareció veros allí
—¿Que me visteis allí? —dijo Annibal sobresaltado—. ¡Dios no lo quiera! No,
no; imposible; no me visteis allí.
—Me habría gustado haber podido —dijo Ildefonsa, volviéndole el malestar.
—Os aseguro que no habríais podido —dijo Annibal con énfasis.
—¿Y no queréis salir a andar esta tarde?
—No; me temo que me perdería si lo hiciese.
—Yo creo que os encontraría si os perdierais.
—¿Me descubriríais?
—Sí, os descubriría. ¿Hay ahí acaso algún antro o laberinto?
—Lo hay; y es oscuro y horrible.
—Vos sí me habéis sacado de uno oscuro y horrible; y me habéis cuidado tan bien
que creo que me siento con fuerzas para sacaros yo de ese otro.
—Me temo que no —dijo Annibal con voz hueca—; ningún poder puede valeros
para alcanzarme y levantarme.
—¡Dios mío! Habláis y miráis como si hubieseis caído ya en él.
—Todavía no, todavía no —dijo con expresión ausente—, pero no me apremiéis
para que salga a vagar por el bosque.

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Ildefonsa guardó silencio; se dio cuenta de que Annibal contestaba a sus propios
pensamientos, y no se atrevió a hablar más del asunto. Porque aunque en todo lo
demás Annibal hablaba con el fervor de un amante y la casta solicitud de un esposo,
sin embargo, la más ligera alusión al bosque, o a salir a pasear por la noche, arrojaba
sobre él una sombra de melancolía de la que solo le sacaba algún acceso de abstraído
malhumor.
No obstante, ella observaba que solía salir de manera espontánea, y volver con el
paso presuroso y la nerviosa ansiedad del que temía o huía de una persecución.
Finalmente Ildefonsa se encontró lo bastante fuerte para no retrasar más el viaje a
Pozzuoli, y Filippo salió a prepararlo. La alegría de esta noticia animó muy
especialmente a Ildefonsa.
A pesar de la mucha y fundada confianza que tenía en el amor inmaculado de
Annibal y en la nobleza de sus sentimientos, su timidez se aterraba ante la perspectiva
de los peligros y azares que tenían delante, y su sensibilidad se retraía con este
constante estar entre hombres que, aunque generosos y deferentes, la tenían en menos
por la mera razón de su sexo. Y hacía todos los esfuerzos para alejar la confianza y
situarla fuera de la zona de una virgen. Sus sentimientos, delicados, vividos,
evanescentes, eran como los de una pairikâ de la mitología oriental, genio que se
sustentaba de perfumes, al que cualquier alimento más grosero que la fragancia de
una flor podía destruir.
La víspera de la marcha, Filippo, que había estado más diligente de lo habitual,
llegó a la cabaña del bosque con todo lo necesario para el viaje. Había alquilado
caballos y un guía, con el que debían reunirse por la mañana en la linde. Y con la
alegría natural del sirviente que cree que donde hay esplendor necesariamente ha de
haber seguridad, describió el afecto generoso y el soberbio palacio del prior,
añadiendo que allí esperaba verlos pronto radiantes de magnificencia y recobrados de
poder, olvidados de los sinsabores causados por la maledicencia del vulgo, y
dispensando el perdón o el castigo a los desdichados de cuyas mazmorras habían
salido ellos hacía poco. Ildefonsa y Annibal escuchaban sus entusiastas augurios con
una confianza atemperada por el recuerdo del sufrimiento, y una satisfacción exaltada
por la generosidad de su mutua pasión.
—¿Recordaremos —dijo Ildefonsa— la cabaña que nos cobijó en el bosque, y los
pinos bajo los que nos veíamos en el jardín del convento?
—Yo sí —dijo Annibal—, porque allí me confesasteis por primera vez que me
amabais.
—Y yo —dijo Ildefonsa—, porque allí pasaba todos los momentos que podía en
vuestra ausencia. ¿Me perdonáis, Annibal? Esas horas eran más gratas que las que me
deleitaba en recordar. Hay un encanto inefable en los lugares de nuestra cita con el
ser amado que procede precisamente de su ausencia; un encanto en el que me puedo
deleitar, pero que me es imposible definir. Es la corona marchita, las luces indecisas
del banquete que ha terminado pero cuyos lujos aún perduran en los sentidos, el

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círculo mágico de verde brillante que queda marcado en el campo cuando el baile de
los elfos ha concluido y su música ya solo es un murmullo.
—¡Sois un amor entusiasta!
—Lo soy, y me alegro de serlo, porque vos en cambio sois melancólico; la vida y
la realidad no tienen suficientes alegrías para vos, y yo puedo traéroslas de otra
esfera; incluso de aquella en la que las buscaba antes de conoceros. Cuando os invada
el abatimiento, extenderé las alas que no habéis visto aún, volaré a otras regiones; y
allí, como los silfos que he imaginado ver, un mediodía de verano, pintando con mil
lápices diminutos los pétalos de las rosas, y agitando su plumaje mágico para dar
frescura a la brisa o difundir la fragancia de los lirios, así revolotearé, recogiendo
provisiones de belleza y de néctar espiritual para derramarlas sobre vuestra cabeza
como bálsamo encantador que disuelva el lúgubre hechizo de vuestro sueño. He oído
decir que hay fiestas de disfraces en el mundo; disfrazaré mi espíritu para vos;
evocaré a los seres aéreos de existencias pasadas, futuras e imposibles; les haré
adoptar formas unas veces juguetonas, otras solemnes, otras salvajes; os festejaré con
apariencias de quimérica belleza, más espléndidas por ser invisibles a los ojos de los
hombres; les mandaré que viertan en vuestro oído una música singular que os será
más dulce por no haberla oído nunca.
—¡Dulce, dulce amor! —exclamó Annibal besándole las manos con rendido
fervor—; me embrujáis con vuestros halagos; ¿seréis así de encantadora en el
mundo? ¿Revolotearéis así, gorjeando dulcemente en la atmósfera grosera que pronto
lo encerrará?
—No lo sé; he oído decir que el mundo es funesto para los goces del espíritu; que
de los que se sumergen en él, son pocos los que conservan intacta la imaginación, y
menos los que conservan la sensibilidad. Pero concediendo que mis sentimientos
hayan caído alguna vez en el engaño o en el desencanto, y que haya habido gente
frívola y egoísta que se ha burlado de mis sentimientos porque no los han
experimentado nunca, aunque esos sentimientos se marchiten, mi juicio madurará; y
las lágrimas que derrame sobre la primavera gastada de mi juventud las apaciguará la
lección que con ellas habrá aprendido mi corazón.
Annibal, asaltado por un «acceso de pesar», la interrumpió con suposiciones
sobre el retrato que tanto se le parecía, y sobre el misterio que envolvía su nacimiento
y su infancia, extrañamente gobernada por un perseguidor anónimo.
—Bien; pues si os gustan los romances —dijo Ildefonsa en broma—, cogeré la
bandolina de Filippo, y os recitaré la triste historia de una dama y un caballero
andante, tan profundamente enamorados y desventurados que nunca hubo otros como
ellos, salvo los Fugitivos del bosque.
En ese momento oyeron a Filippo pulsar su bandolina delante de la cabaña; y
atraídos por el insólito preludio, escucharon la balada que sin duda había aprendido
de algún juglar.

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I
¡Lejos va! Y anda deprisa.
Un peso lleva en el alma,
agua de lluvia en la piel,
y viento en el corazón.

II
¿Son relámpagos azules
la luz que alumbra las zarzas?
¿Viene de alguna ventana,
o es de algún ermitaño?

III
Lo que sea, allá corre,
lo que sea, quiere verlo.
Y entre las zarzas oscuras
descubre, danzando, un corro.

IV
Una chusma lo acompaña;
todos cantan la tonada,
furiosa, para oídos mortales,
dulce para el que viaja.

V
«¿Qué es este mágico deleite
—dice el viajero perplejo—,
que al oír vuestra canción
y ver vuestra rueda me gana?»

VI
«¿Y quién eres tú, viajero,
que aquí vienes a escuchar?
Somos los elfos nocturnos,
¿es que quieres participar?

VII
Y con un impulso loco,
entre la chusma se mete
que gira y cambia de formas;
y danza y grita de gozo.

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VIII
Cada forma, antes hermosa,
se vuelve torva y horrible;
como la niebla, inasible,
de color de los espectros.

IX
Se extinguen todas las llamas
los cantos se vuelven aullidos;
tiembla el suelo, y los danzantes
como una bruma se elevan.

X
Con el pulso galopante
cayó el viajero al suelo.
Y de pronto, con un grito,
las sombras se diluyeron.

XI
¡Guardad, guardad los que oís
el son de estas cuerdas salvajes!
Cuidad no perderos de noche
si cantan los elfos del valle.

Les encantó esta primitiva y sencilla balada; pero cuando Ildefonsa empezó su
historia de «amor y aflicción», Annibal atendió como si oyese a una habitante de otra
región: tal era el don que tenía para evocar otros tiempos, y hacer surgir alrededor de
su oyente el paisaje imaginario de su canción; parecía el genio mismo del arte
trovadoresco romántico; su voz era como el sonido que busca la fantasía entre las
ruinas; su canción despertaba un rayo de memoria para jugar con débiles imágenes, y
lejanas, como la luna que, saludada por el ruiseñor, se adelanta a derramar su luz
melancólica sobre las siluetas derruidas de la antigüedad.

LA GLORIETA DE ROSA Y ESCARAMUJO

I
Venid a esta glorieta nocturna,
glorieta de rosa y escaramujo;
pues en esta hora crepuscular,
bien se acuerda con la canción mía.

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II
Todo es luna, que orlaba los arbustos
de rica rosa, y el jardín;
la verde senda, que bañada,
mostraba un brillo de esmeralda.

III
Todo era silencio; y la dama
en su torre (enhiesta espira),
sosegaba las aguas del foso,
cantando al frío de la luna.

IV
En esta escena arrobada, ¿quién más bella
con su perlada corona?
Ella guía al caballero,
oscura figura de ébano.

V
El caballero y la bella
en la glorieta se encuentran.
Muy compungida está ella;
mucho más lo está su amante.

VI
Lo guió por el jardín
marcadas de anillos sus lindes,
donde una luz opalescente
brillaba como una flor oriental.

VII
Lo condujo hasta una fuente
donde la luna jugaba
en las hojas, en las ramas
y en el sueño de las flores.
Niebla mágica parecía,
que se prendía en los arcos.

VIII
Pero una vez en la glorieta,
de rosa y escaramujo,
¡qué tristes fueron mis notas,

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qué triste tú, caballero pálido!

IX
La malla sacudió de su loriga;
también su cimera y penacho,
no osaba mirar a la dama,
que descansaba en su brazo.

X
Radiante la dama estaba
como nunca en la glorieta,
pálida pero hermosa
con dos lirios en la cara.

XI
Porque amó al buen caballero,
en la glorieta de rosa y escaramujo,
y lo dejó por un amor real,
que su cuello adornó con un collar.

XII
Indigno orgullo, a la dama veleidosa
lágrimas arrancó, que corrieron por sus mejillas.
Pena y vergüenza ajaron su lozanía
y todos los encantos que tanto la encarecían.

XIII
Y siempre el recuerdo de su amor primero
le hería el alma con dulce enojo,
iluminaba un sueño más claro que el cielo,
y despertaba un pesar más caro que el gozo.

XIV
No era esperanza ni gozo,
el fuego de su rostro yerto;
era una sombra de amor antiguo,
era el pesar de un deseo muerto.

XV
Y se sumergía en la glorieta,
glorieta de hermosos reflejos;
las rosas a sus mejillas,

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daban una palidez de invierno.

XVI
«Ay, acude conmigo a la glorieta,
glorieta de rosa y escaramujo;
sé al menos amante de mi espíritu
y dime aquí que: aún soy tuya».

XVII
No pienso en la luz de tus ojos,
ni pienso en tus rizos castaños,
ni en el ébano de tus cejas,
ni en tus mejillas doradas.
Todo eso se disuelve en mi memoria;
salvo tú, todo se desvanece.

XVIII
Como espíritus que se encuentran,
hablamos de la dicha del amor perdido,
de dulces sombras de recuerdos,
del beso frío del adiós.

XIX
Leves, lejanas cual celajes
demoradas en la hora del ocaso,
vago blasón del día que se ha ido,
las formas de la dicha, olvidadas, volarán.

XX
Ven conmigo, pues, a la glorieta,
glorieta de rosa y escaramujo,
sé al menos amante de mi espíritu,
y dime aquí que aún soy tuya.

XXI
La luna estaba en sus ojos húmedos,
daba al pecho una blancura de nieve,
él, no obstante, se retrajo,
balbuceó en voz baja y muy tenue:

XXII
«No puedo entrar en tu glorieta,

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no siento ternura entre flores;
ya está oscuro ese escenario,
y yo, señora, ya no tengo amor.

XXIII
Pero veo que aún eres hermosa;
tu belleza encierra ese misterio
del errante en el instante de partir,
que se vuelve a saludar desde el ocaso.
Hace mucho que mi amor dejó tu altar,
si mis ojos lo anhelan cuando paso.

XXIV
Sería peligroso que yo en esa glorieta
me encontrara contigo nuevamente,
que escuchase los susurros de tu hechizo
en la magia de tus rosas silvestres.

XXV
Yo soy caballero leal y sin tacha,
y tú, una dama muy alta y muy real,
no podemos amarnos como pajes de cámara,
ni arriesgar una deshonra indigna e inmoral.

XXVI
¡Ah, señora excelsamente amada,
devota y fielmente defendida!
¿Por qué tu corazón fue tan liviano?
¿Por qué olvidó la llama de mi vida?

XXVII
Cuando mi brazo luchó por vez primera,
cuando a la noble ancianidad yo veneraba,
cuando el honor coronaba mi cimera,
y amaban las damas y los guerreros suspiraban…

XXVIII
Entonces, como helada destructora,
sorprendiste mi lozana mocedad,
derribaste mi arrojo y valentía,
secaste los brotes de mi vernal sinceridad.

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XIX
Ahora se acerca el ocaso de mi vida,
ya no se oye mi voz en los castillos;
la lanza se enmohece en mi costado,
mi esplendor de caballero ya se ha ido.

XXX
¿Y tú quieres ahora?… ¡Ah!, cesa,
no tientes un descanso oscuro,
mi carga de aflicción llevo en silencio,
que seas bendecida yo procuro.

XXXI
El fulgor de los diamantes de tu frente,
lo borran esas nubes de tristeza;
las lágrimas lo empañan nuevamente
para mí más preciadas que las gemas.

XXXII
No fue con bendición como te fuiste;
pero a cambio de mi gozo no quiero
que un falso amor empañe tu tersura,
y tarde ya, lamentes ese yerro.

XXIII
Me quitaré la cota del orgullo,
llevaré este rosario en tu memoria,
me pondré en vez de yelmo la cogulla
mi aliento rezará para tu gloria.

XXXIV
Por morada tu amor agonizante
tomará un retiro de ermitaño,
tumba ignorada será para el amante
lecho modesto en ese valle extraño.

XXXV
Pero esas tus mejillas consumidas
piden que el deseo sea vano,
el deseo espontáneo y generoso
que llena de alegría, y anega de desmayo.

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XXXVI
¡Sal, sibila, de tu mágico aposento,
que no puedo ni debo hablar contigo,
cuéntame tú lo que yo siento…
y si es gozo o agonía lo que digo!

XXXVII
De su luz, sin embargo, como gotas del alba,
cálidas mis lágrimas se suspenden,
y esas rosas fragantes que parecen
tan dulces como el día en que la amaba.

XXXVIII
¡Ven, encantadora, y deja tu glorieta,
que no puedo ni debo hablar contigo,
pero sí contarte lo que siento,
el contento y la agonía como amigo!»

XXXIX
Dulcemente la sacó de la glorieta;
una lágrima resbalaba de sus ojos,
regresaron, morosos, al palacio.
Nadie oyó su suspiro silencioso.

XL
Pero huyó la vestal; y probó su penitencia:
la aflicción se cebó en la hermosa dama,
cuando un tañido anunció la muerte
del gallardo caballero que la amaba.

A la canción sucedió otra vez el «dulce coloquio»; y Annibal, que había tenido el
pensamiento puesto en los portentos de la reciente huida y salvación, le preguntó
ahora cómo y por qué medio se había llevado a cabo el fingimiento del entierro (en el
que él la había creído efectivamente muerta).
—De ese extraño asunto sé muy poco —dijo Ildefonsa—, pero creo que como mi
enemigo invisible y la abadesa tenían decidida mi muerte, quisieron engañar a los que
suponían que podían hacer indagaciones con la farsa de un funeral en el que yo debía
ofrecer el aspecto de una muerte natural. De haber recurrido a la violencia, les habría
sido imposible. Imagino, por el efecto, que me adormecieron con un hipnótico que
me sumió en una muerte aparente; y en ese estado me mostraron como cadáver. Y así
(en cuanto se calmó el tumulto de vuestra intervención) fui trasladada a la cripta del

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convento, donde vuestro hermano me salvó cuando iban a asesinarme.
Probablemente, el efecto del bebedizo debía de ser por tiempo limitado, y en ese
plazo ninguna violencia que me infligieran podría despertarme. Porque no tengo el
más pequeño recuerdo del tumulto en la capilla, ni de la herida recibida en la cripta,
aunque cuando desperté me sentí completamente normal. Es todo lo que puedo decir
y suponer. Salvo que creo que mis enemigos adelantaron sus planes al saber de
vuestro intento de liberarme; y por tanto mi vida tiene más importancia de lo que
pretendían hacerme creer.
Iba Annibal a decir que se adhería a esa conclusión, cuando Filippo, agarrándole
el brazo, le señaló mudo y expectante la chimenea, por la que bajaba despacio un
bulto oscuro. Lo cogieron al caer sobre las llamas, y lo examinaron con ojos
incrédulos: ¡era una cogulla de monje! Reaccionando instantáneamente, Annibal
salió como un relámpago, gritando a Filippo que le llevase la carabina. Corrió a
buscarla Filippo, y al salir descubrió que su amo ya se había internado en el bosque.
Ildefonsa, con infructuosa precaución, apagó la luz y esperó el regreso de uno y otro,
dominada por un terror que le hacía contener el aliento. Volvieron al cabo de un rato,
pálidos y agotados; Filippo no pudo contar nada, y Annibal no quiso. Este, con voz
alterada, rogó a Ildefonsa que no le preguntase, y a cada momento expresaba el deseo
de que amaneciera. Todavía faltaba mucho, sin embargo, para que empezara a
clarear; así que comprobó que la carabina estaba cargada, y salió al porche a vigilar.
Al cabo como de una hora, un grito de Ildefonsa le hizo entrar. Esta le contó asustada
que acababa de ver el rostro y parte de la figura de un hombre alto, vestido de negro,
que se había asomado un momento por la ventana, y se había quedado mirándola.
Confesó que, debido al susto, no estaba segura; pero se incorporó, y suplicó a
Annibal que no la dejase sola el resto de la noche.
Atrancaron la puerta con un gran tronco de pino que había servido de mesa al
ermitaño, e intentaron descansar los tres todo lo que les permitiera esta alarma. Poco
después, sin embargo, Ildefonsa, demasiado nerviosa para conciliar el sueño, observó
que Annibal se levantaba y se acercaba a la ventana. Y por los gestos que hacía,
parecía hablar con alguien que había fuera. Lo estuvo observando, hasta que no pudo
más.
—Annibal —dijo suavemente—, ¿por qué no dormís?
—Prefiero velar a tener esos sueños.
—Es verdad; me temo que son demasiado horribles.
—¿Cómo lo sabéis? ¿Qué habéis oído, o creéis haber oído?
—Tres veces os he oído repetir en sueños esas lúgubres palabras que dijisteis en
el jardín del convento.
—¿Qué palabras son?
—No me atrevo a repetirlas; eran sobre una predicción.
—¡Ah, es cierto, es cierto! ¿No he dicho nada más?
—Nada más.

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—Me oigáis lo que me oigáis, no le deis ningún crédito. Tened en cuenta que es
la voz de la fantasía; no penséis que sale de mí. Los hombres no son responsables de
lo que hablan en sueños. De todos modos, recordad que debéis decírmelo, y luego
olvidarlo en cuanto podáis.
—Lo haré.
—No me engañéis.
—¿Engañaros?
—Sí; ¿en quién puedo confiar si mis propios sentidos son falsos?
—Confiad en mí.
—¡Ah, muchos han sido traicionados por quienes vigilaban su sueño! No volveré
a dormirme. ¡Ojalá amaneciese ya!
Durante el resto de la noche Ildefonsa fingió dormir. Por la mañana, Filippo los
guió al otro lado del bosque, donde aguardaba el guía con caballos y mulas. Filippo
había sugerido la conveniencia de dar un rodeo (a fin de no pasar cerca del convento),
por lo que no llegarían a Pozzuoli hasta el anochecer. Hacia mediodía se detuvieron
en un pueblecito, y reanudaron el viaje cuando declinaba el suave día de invierno.
Estaban tan cerca ahora de la seguridad y de la dicha que era perverso desconfiar.
El haber salido de las mazmorras y de la muerte, de las devastaciones de la
naturaleza, del tosco refugio de las entrañas del bosque, para correr a abrazar el
esplendor de la riqueza, los lujos del arte y el regalo de los afectos, todo iluminado
por la luz radiante que la juventud y el amor derramaba sobre el paisaje de la vida,
era una visión capaz de deslumbrar a espíritus más fuertes y más acostumbrados a los
vaivenes de la fortuna que los suyos. Se alegraban interiormente de la distancia que
habían puesto entre ellos y unos peligros de los que ahora no querían hacer mención,
y escuchaban con complacencia la locuaz alegría de Filippo y la jactanciosa
prolijidad del guía, quien, según él mismo, se había enfrentado y había escapado de
más peligros que Annibal en los Alpes y Cambises en el desierto.
—No me gusta este hombre —dijo Ildefonsa—. Hay una mezcla de debilidad y
de fiereza en su rostro que nunca había visto.
—Yo no he visto más rostro que el vuestro desde que hemos dejado la cabaña —
dijo Annibal.
En ese momento, el guía torció de repente en la dirección opuesta a la que ellos
esperaban.
—¿Adónde vas? —dijo Filippo.
—A donde se me paga para que vaya —dijo el hombre.
—Pero esa no es la dirección de Pozzuoli —dijo Annibal.
—¿No aceptáis que conozca el camino mejor que vos, signor? —replicó el
hombre.
—Lo que no acepto es que conozcas los puntos cardinales mejor que yo —dijo
Annibal.
—Pero… pero olvidáis, signor, que debemos dar un rodeo.

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—No hace falta —dijo Annibal—, ya que hemos dejado atrás el bosque.
—Razón de más —dijo el hombre.
—Te repito que ya no tiene importancia —dijo Annibal.
—Para mí tiene tanta importancia como mi propia vida —replicó el hombre.
Annibal, creyendo que se refería a que debía llevarles por sitio seguro como guía
fiel, dejó de discutir. Y dejando el camino real, siguieron por una senda cubierta de
maleza que bordeaba un bosque a lo lejos.
—¿Guiáis a muchos por este camino? —dijo Ildefonsa.
—Últimamente no, signora —dijo el hombre—, pero en mis tiempos llevé a
mucha gente.
—Al menos es un camino secreto —dijo Filippo.
—No hay ninguno más secreto —replicó el guía.
—¿Y es seguro? —dijo Annibal.
—Completamente seguro, signor.
—Esta lobreguez me encoge —dijo Ildefonsa.
—Yo nunca he oído quejarse a ningún viajero al final —comentó el hombre.
El sendero terminaba en el bosque, donde no se veía que continuara, ni había
ningún camino. No obstante, el guía se internó sin vacilar, y ellos lo siguieron.
Caminaron largo rato por entre la maleza, cuando el guía se detuvo de pronto.
—Creo que me he perdido —dijo, palideciendo tan visiblemente que no podía ser
fingimiento.
—¿Cómo es eso? —exclamaron los viajeros.
—No están aquí —dijo el hombre, con irreprimible terror—. Y estoy perdido.
—¡Bellaco; desde luego que estás perdido! —dijo Filippo apuntándole con la
carabina.
—Alto —dijo Annibal que, aunque desesperado, todavía razonaba; se situó junto
al hombre y, sin bajarse del caballo, lo agarró por el cuello—. Canalla; nos has
traicionado, y te has traicionado a ti mismo. Has malvendido tu vida y tu alma.
Óyeme; solo tienes una posibilidad de seguir con vida: sacarnos de este bosque y
guiarnos sin peligro. Mi criado y yo te iremos vigilando (ven aquí, Filippo); cada uno
a un lado, y con la carabina apuntándote a la cabeza; y por mi alma inmortal que si te
veo titubear, o parpadear, o pensar alguna turbiedad (porque veo hasta tus
pensamientos), ¡te desparramo los sesos en mitad del camino y mando tu alma al que
te ha tentado a asesinarnos!
El hombre oyó estas amenazas medio muerto de miedo y, temblando, dio la vuelta
para salir del bosque. Pero en ese instante un agudo silbido les traspasó los oídos; y
surgieron alrededor varios hombres contra los que era imposible luchar. Annibal y
Filippo se volvieron hacia ellos con la osadía de la desesperación; y la banda,
enfurecida ante este gesto de resistencia, se dispuso a disparar. Annibal, sin una
vacilación, disparó la carabina y se lanzó con la espada; pero uno de los bandidos, el
que él había herido, le disparó a su vez, le rozó la muñeca, y lo obligó a soltar el

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arma. Trató de recogerla con la mano izquierda; pero trastabilló, se cayó, y recibió un
golpe del caballo de uno de los asesinos, que se había asustado al caer de pronto a sus
pies, con lo que Annibal perdió el conocimiento. Entretanto Filippo, que en un
arrebato de justa rabia había disparado contra el miserable que los había traicionado,
antes de poder volver a cargar el arma fue atacado con tan determinada furia que no
tuvo duda de que pretendían despacharlo. Se defendió con coraje; pero cuando vio
caer a su amo, que la dama se había desmayado, y que le rodeaba toda la banda, su
brazo perdió fuerza, y cayó sin dar un solo golpe más.

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CAPÍTULO XX
Dime lo que, en la hora tenebrosa,
en el vértigo final y más extremo,
llega a los desesperados,
y tendré que oír.
«RAYNER», DE MISS BAILY

Cuando Annibal volvió en sí, se descubrió tendido en un lecho. Miró alrededor;


se encontraba en un mísero aposento de techo bajo, mal iluminado, y era de noche.
Un candil ardía cerca de él, lo que le permitió distinguir los objetos. Le pareció ver
moverse una figura a cierta distancia. Nada le llegaba claro a los sentidos y al
cerebro; le daba la sensación de que un gesto, un soplo, fueran a disolver cuanto le
rodeaba y a hundirle de nuevo en la inconsciencia, o en la oscuridad y las imágenes
espantosas del bosque. Y cuando reconoció a la figura que se acercaba y oyó sus
pasos, y se detuvo ante él y se quedó mirándolo, volvió la cabeza, y se tapó con todo
el embozo que fue capaz de subirse, exclamando:
—¡Dejad que vuelva a la insensibilidad!
Pero su perseguidor no lo consintió; le administró cordiales; y cuando estos
fallaron, recurrió al estimulante más irresistible: pronunció el nombre de Ildefonsa. Y
Annibal se incorporó instantáneamente, devuelto a la conciencia más intensa y aguda
de su desdicha. Pero el propósito del tentador no era despertarlo para darle nuevas de
Ildefonsa. Solo la mencionó para recordarle el vaticinio de su amor desventurado
(que ya le había revelado en el jardín del convento de las Ursulinas), y hacerle ver
cómo se cumplía.
—Te han arrebatado a tu amada cuando ya la creías tuya —dijo—; y tu vida se
ha apagado en el instante en que se iluminaba de esperanza y felicidad. Di ahora:
¿soy un impostor?
—Sois un demonio —dijo Annibal.
—Todavía deliras —dijo Schemoli.
—No; tengo muy despiertas mis facultades; ahora es de noche, estamos solos; vos
sois Lucifer y yo vuestra presa.
—Mi ministro más bien; y es inútil que intentes eludirme. Aunque volases con las
alas de la madrugada, te seguiría de cerca. No te dejaré hasta que hayas consumado la
acción que estoy destinado a hacerte cumplir; sé que tu mano humana tiembla en el
momento de romper las cadenas que atan a un alma en pena. Sé que no estás
dispuesto a socorrerme; pero piensa en ti mismo, piensa en tus vagabundeos, en tus
persecuciones, en tu vida sumida en el miedo y acosada por los espectros. La mano
que disuelva mi cadena disolverá igualmente la que ata en unión antinatural a un ser
humano y un espíritu difunto. Líbrame del peligro, y te librarás de mí; niégate, y
llevarás contigo a un errabundo cuya sombra te oscurecerá la luz del día, y cuyos pies

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se pasearán por tu lecho cuando duermas —Annibal no abrió la boca—. ¿Qué
significa ese ademán de aversión? ¿Puedes, con él, invertir las leyes del mundo
inferior? Has resistido a ellas, ¿y qué eres ahora? Un huido, un exiliado, un siervo, un
repudiado de tu familia; las imprecaciones de tu padre te persiguen; tu esperanza se
ha secado; y tu amor; y tu fortuna. ¿Y qué eres ahora?
—¡UN SER INOCENTE! —exclamó Annibal.
—Sí —dijo el tentador—; si es inocencia resistir a las leyes del destino.
Así continuó la entrevista toda la noche. Parecía, por algunos comentarios a lo
largo de ella, que desde sus primeras visitas al convento donde tenían a Ildefonsa,
había sido incesantemente acosado por Schemoli sin disfraz. Le salía al encuentro
cerca del convento; se cruzaba con él en sus paseos del atardecer; incluso se le
aparecía en el aposento donde descansara esa noche, siempre reprochándole el necio
empeño en rehuir lo que no podía evitar ni apartar; siempre atormentándolo con
insinuaciones sobre esa acción tenebrosa y horrible, asunto principal de sus visitas
cuando estuvo prisionero en Muralto. Su desaliento (que Ildefonsa y Filippo le
notaban claramente) había ido aumentando a la par que su aceptación de que recibía
un influjo que era inútil e impío combatir; desaliento que había aflorado
especialmente en su última entrevista con Ildefonsa en el jardín del convento, cuando
le reveló la predicción con la que lo había amenazado una hora antes su siniestro
atormentador. También lo había manifestado cuando Ildefonsa le insistió en que
saliese al bosque a caminar; porque en el bosque había visto a su perseguidor, y en el
bosque había vuelto a incitarlo a cometer el crimen cuyo peso imaginario tanto
agobiaba su alma. Todos los malos augurios se confirmaban ahora, y los intereses que
habían conseguido apartarle del pensamiento dicha obsesión ahora no estaban. Y no
le quedaban ya fuerzas para resistir ni rechazar. Ante sí veía a alguien investido (tenía
todos los motivos para creer) de un imperio y una comisión que no era posible
desobedecer. El veneno no había podido acabar con su vida, y la distancia no le
impedía actuar. Su historia era terriblemente irresistible para una mente supersticiosa
y agotada por las recientes adversidades; y sus intimaciones, aunque espantosas para
la naturaleza, estaban justificadas por esa historia.
Annibal era, desde luego, de espíritu fuerte, aunque indolente; pero su fuerza
estaba mal orientada: iba en pos de lo quimérico y fabuloso con el empeño del que
busca la verdad; y cuando lo encontraba, se adhería a él con un entusiasmo que habría
honrado a la virtud. Y de este modo, sus mismas capacidades intelectuales lo
descarriaron; las había dedicado exclusivamente a la adquisición de principios
peligrosos, y su firmeza de corazón solo garantizaba que el golpe que descargase
sería infalible, tanto si el impulso provenía del vicio o de la virtud. Así era Annibal en
sus mejores momentos; pero ahora, agotado por los sufrimientos corporales,
enloquecido por la tortura espiritual, agravada su conciencia supersticiosa, y
confirmada la íntima inclinación de su espíritu por impresiones externas a las que
cerebros más sobrios apenas habrían sido capaces de oponerse, se rindió sin

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resistencia intelectual, aunque no sin terribles combates pasionales. No debe
esperarse —y si se espera, no es posible— que expongamos aquí las últimas
convulsiones del alma, la disolución del principio moral, la completa abdicación de
la influencia de la razón que, si retiene algún poder, es para darle un uso bastardo; el
desgobierno espantoso de la pasión, aceptado como principio y exaltado al grado de
virtud. Esas terribles subversiones del orden del espíritu ocurren casi siempre en
silencio; raramente se expresan con gemidos o con gestos; y si alguna vez lo hacen
con palabras, son meras exclamaciones o gritos inarticulados de pasión que nada sino
la misma realidad puede traducir con fidelidad y, si lo hace realmente, el mundo
retrocederá horrorizado.
¡El desventurado joven se rindió! Pero en cuanto se hubo rendido, exclamó con
agonía: «Si hubiese en la historia de la naturaleza humana un solo paralelo conmigo,
un ser humano igual de atormentado que yo y perdido que yo, no saldría de mí un
solo gemido».
—Lo hay —dijo Schemoli.
—¡Imposible! —exclamó su víctima.
—Te lo voy a mostrar —dijo Schemoli.
—Es imposible —repitió Annibal.
—Sí; tu hermano —dijo Schemoli.
Un largo silencio sucedió a esta tremenda revelación, durante el cual Annibal,
repasando su memoria, llegó a la conclusión de que hacía tiempo podía haberle
proporcionado un encuentro con su hermano. Se levantó de la cama en la que se
había estado revolviendo angustiado.
—¿Quién sois? Responded, mientras tengo aliento para preguntaros…
Responded: ¿quién sois?
—¡Soy el desconocido de la cripta! ¡El espíritu de la prisión de Muralto!
—¿Y mi hermano?
—Su recorrido ha sido paralelo al tuyo; y su término será el mismo.
—¿Está también predestinado a esa acción?
—Lo está.
—¿Y consiente?
—Que te lo diga él mismo —dijo Schemoli saliendo del aposento.
Annibal no aprovechó su ausencia intentando recordar, porque ahora se hallaba en
un estado en el que la reflexión era imposible, y la soledad insoportable. De haberle
revelado un relámpago la presencia de Ippolito, o habérselo arrojado a los pies un
torbellino, no le habría arrancado una sola exclamación. Un momento después
regresó Schemoli acompañado de Ippolito. Era Ippolito; pero ¡qué cambiado!
Annibal, que lo había visto, poco antes de que se fuera a Nápoles, radiante de alegría
y hermosura, ahora contemplaba un esqueleto: flaco, anguloso, enfebrecido, era la
imagen de la consunción y la ruina de la materia, con los cabellos grises
profusamente desgreñados; un fuego inquieto y salvaje ardía en sus ojos hundidos. Se

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miraron en silencio unos momentos. Schemoli, al darse cuenta de que el alba
empezaba a Filtrarse por las estrechas ventanas, se apresuró a cerrarlas. Salió, pasó el
cerrojo, avivó la lámpara y, tras asegurarse de que ninguna luz entraba del exterior, se
alejó.
Los dos hermanos se quedaron solos. No hubo efusiones ni dramatismos; estaban
enajenados; jamás un par de hombres, hablando de asuntos comunes en los fríos
términos de la vida, deliberaron más desapasionadamente. Ahora comprendieron lo
que podían haber descubierto mucho antes: que con procedimientos y sugerencias
diferentes, la misma mano los había conducido al mismo punto. Pero este
descubrimiento no les despertó el temor, o la esperanza, de que todo fuera una farsa;
el ejercicio de uno solo de esos poderes parecía estar fuera del alcance del hombre;
sumados, eran prueba de que el ser que los ejercía era sobrehumano.
Ippolito relató a su hermano las vicisitudes que le habían acontecido desde que
saliera de Nápoles.
—El día en que el desconocido —dijo—, como he dado en llamarlo, me visitó en
la prisión de la Inquisición, en Pozzuoli, un terremoto redujo a escombros la torre en
la que me tenían encerrado, y pude huir. En aquel momento habría saltado al fuego, al
agua, al abismo, con tal de perderlo de vista para siempre. No soy tan ingenuo para
creer que los elementos pueden protegerme de él. Me descolgué al espolón de roca
que sobresale del islote donde se alza la prisión; la mitad de los supervivientes se
hacinaban allí, tratando de saltar a las barcas o a cualquier cosa que los alejase de
tierra. Me subí a la primera que pude; era un pequeño bajel que zarpaba para Sicilia.
A nadie le extrañó mi actitud de fugitivo, ni mi expresión extraviada, y no topé con
ningún impedimento en aquella hora de confusión. Llevaba dinero, además, como
descubrí después. ¡Anoche lo repartí entre un grupo de peregrinos que iban a pedir el
indulto para uno de ellos que había cometido un homicidio! En el instante de pisar la
cubierta, me llegaron al oído las últimas palabras del desconocido: «¡Escóndete bajo
una montaña, y la montaña se apartará de ti! ¡Arrójate al océano, y el océano te
devolverá a tierra! ¡Sepúltate en una tumba, y la tumba se abrirá para entregarte a tu
destino!» Salimos a la mar. Estuve toda la noche paseando por la cubierta; ignoraba
los presagios que los marineros sabían. Yo veía que estaban pálidos, que temblaban; y
les pregunté de qué tenían miedo, puesto que habíamos dejado atrás al enemigo. He
olvidado qué contestaron, o si contestaron; porque mientras intentaba hablar con
ellos, una bola de fuego cayó sobre la popa, produjo un resplandor azul, y blanco, y
rojo, perforó la cubierta, y desapareció sin chamuscar siquiera un solo cabo. Los
marineros menearon la cabeza. La superficie del agua estaba tranquila y oscura. Era
de noche, pero se podían oír distintamente los gritos de agonía que llegaban de tierra;
y muchos infelices a bordo repetían los gemidos imaginarios del padre, de la esposa,
del hijo. Yo solo oía una voz: la del que acaba de hablarnos ahora.
»Cesó el viento, y nos quedamos encalmados. Una sábana luminosa se extendió
sobre la superficie del mar, de partículas que parecían sólidas, distintas, centelleantes

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como estrellas; un cable que iba en el agua lo izaron goteando fuego líquido. Los
pasajeros, asomados a los costados, decían que veían cosas extrañas bajo la
superficie: pecios hundidos hacía muchísimo tiempo, siluetas que parecían ser
igualmente naves, y figuras como de náufragos ahogados que yacían en el fondo;
otras hacían señas con sus dedos hinchados y azulencos, y llamaban con voces como
de olas rugientes. Me asomé yo también; pero lo que veía eran las oquedades del
subterráneo, condenados que flotaban como duendes, un pecho agitado y cubierto de
sangre, y la daga eterna. No pude seguir mirando. Se produjo un ruido encima del
agua; no parecía un trueno, sino más sobrecogedor: como si su sola fuerza destrozase
el mástil y las velas; porque sus fragmentos volaron un momento por encima de
nosotros. La nave salió hacia delante como un velo arrastrado por una brisa
veraniega. Se detuvo; el océano se agitó, hinchándose y removiendo el fondo, que
comenzó a subir en forma de oleadas de arena; y los pecios, y los cuerpos que yacían
allí desde siglos, seres que soñaban su descanso mientras llegaba el día del juicio,
subieron girando por encima de nuestra nave, y se mezclaron, en la vorágine del aire,
con un caos de ira y ruina elementales para, a continuación, diluviar sobre nosotros
junto con granizadas de fuego sólido, piedras derretidas, arena hirviendo y lluvia
sulfurosa. Y la nave, medio incendiada, medio hundida, estalló en mil pedazos; la
tripulación se arrojó al agua entre alaridos para intentar alcanzar la costa, que estaba a
menos de dos millas. Fui el único que llegó vivo; el destino solo tuvo compasión de
mí: el mundo no debía perderse el espectáculo de mi castigo. Las olas me arrojaron a
una punta pelada y solitaria, a media milla de Pozzuoli. Y allí, inmóvil, estaba el
desconocido. Los rayos siseaban alrededor de su cabeza, y el océano se estrellaba a
sus pies; ninguno podía herirnos. Caí, agotado y sin aliento, ante él; entonces
exclamó: “Arrójate al océano, y el océano te devolverá a tierra”. A partir de esa hora
me he sentido enteramente en su poder. Me trajo a esta cabaña deshabitada, donde he
pasado dos días sin comer, sin dormir y sin rezar. Bebo abundantemente. Mis sueños
son terribles, y duran todo el día; pero la realidad los desterrará. Ninguna visión
diurna puede ser tan espantosa como ese sueño; mis ojos permanecen abiertos, pero
mi alma se halla sumida en un trance de tremendo desasosiego, de suspensión de la
conciencia, en el que ningún pensamiento humano puede turbarla, pero a la que la
voz humana puede alarmar.
La llegada de Schemoli interrumpió aquí la conversación. Venía a comunicarles el
plan, ante cuya mención ya no retrocedían. Les explicó cómo debían proceder;
dispuso todos los pasos con fría y siniestra precisión, sin muestras de debilidad, ni de
jactancia sanguinaria; defendió lo que era importante, y contemporizó en lo
secundario. Ya no hubo oposición ni interrupciones. Y de acuerdo con dicho plan,
Ippolito debía ir ese día a Nápoles, y Annibal dirigirse al lugar donde debía llevarse a
cabo. Se reunirían los dos por la noche.
Se levantaron para salir. Ippolito, en el que aún perduraban los anhelos de la
naturaleza, se volvió para mirar a su hermano. Annibal extendió los brazos, Ippolito

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se fundió en ellos, y lloraron el uno en el hombro del otro; se besaron, y sus lágrimas
fraternas, sus últimas lágrimas humanas, les bañaron las mejillas resecas. Pero sabían
cuál era la empresa que debían cumplir; se limpiaron las cálidas gotas, apretaron los
dientes, exhalaron con fuerza el aliento, y se dispusieron a subvertir la ley de Dios y
aparecer como malvados. Se volvieron hacia Schemoli en busca de aliento, y se
quedaron perplejos: estaba de rodillas, sumido en una agonía de oración, con la
frente llena de gotas de sudor y el cuerpo cubierto de polvo. Lo miraron en silencio;
porque ahora casi habían perdido la capacidad de asombrarse, y de asustarse.
De haberla tenido aún, la actitud de Schemoli les habría inspirado pavor: ver a
Lucifer envuelto en lívidos relámpagos es menos sobrecogedor para la imaginación
que verlo con el vestido de ángel de la luz. Se separaron, y encontraron sus
respectivos caballos dispuestos para llevarlos a Nápoles y a la vecindad de Mural to.

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CAPÍTULO XXI
Hic quos durus amor crudeli tabe peredit,
Secreti celant calles, et myrtea circum
Sylva tegit; curae non ipsa in morte relinquunt.
VIRGILIO, Eneida, VI, 442.

No lejos, se ven los campos lúgubres,


así llamados por los amantes que allí vagan.
Almas que infausta llama consume
a la sombra secreta de los mirtos,
y exhalan sus quejas, consumidas de deseo,
y lamentan, ya tarde, su fuego no extinguido.
DRYDEN

Ippolito llegó a Nápoles al anochecer. No preguntó nada ni dio ninguna orden a


los criados del palacio, que a duras penas le reconocieron. Fue directamente a su
aposento; paseó por él una mirada ausente, y se echó en la cama con tristeza; luego
bajó al jardín, donde Cyprian pasaba casi todo el tiempo en una pequeña ermita,
entregado enteramente a sus devociones. Al ver a Ippolito que se acercaba, profirió
un grito de incontenible alegría, paralizado donde estaba. Ippolito entró en la ermita;
Cyprian tendió los brazos hacia él, pero retrocedió instantáneamente y lo miró en
silencio:
—¿Tú también te estremeces al verme? —dijo Ippolito.
—¡Es su voz, es su voz! —dijo Cyprian—. Si no es por ella, no os habría
reconocido.
—Pues no has visto aún hasta qué punto he cambiado; no me has visto el corazón.
—¿Dónde habéis estado, y por qué habéis tardado tanto?
—No sé dónde he estado; mi pensamiento nunca ha abandonado Nápoles. ¡Pero
tú, Cyprian, Dios mío! ¿Qué haces aquí, contemplando tu sepultura? ¿Me engaña esa
luna que asoma? ¡Estás pálido como un muerto, consumido como una sombra!
—¿De veras? Sí, lo creo. Me he consumido esperándoos; estoy enfermo; los ojos
casi se me han secado.
—¿Y por qué estás en esta especie de cripta fría?
—Es mi única morada, Ippolito. He mandado levantar esta ermita en memoria de
alguien a quien quizá hayáis olvidado, pero jamás os olvidará a vos. Aquí he pasado
los días y las noches, pensando en vos, y rezando por ella.
—¿Y ese pequeño túmulo, con la cruz encima, es su sepulcro?
—Lo es. Sobre él pondrán esta inscripción cuando depositen sus restos.
Ippolito leyó las líneas a la luz de la luna.

La inscripción

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«Gozó desde muy joven de una gran sensibilidad, y una más grande imaginación.
Su espíritu revoloteaba en pos de la dicha ideal, la única que estaba llamada a
conocer; porque amó donde la esperanza era locura, y el desengaño perdición. Y
desde entonces, una sombra oscureció su vida, que algún destello de pasión y gozo
porfiado a veces alivió (jamás logró disipar). Vivió sumida en solitaria y anónima
desventura, suplicando al sueño que le trajese consuelo. Pero hay un lugar donde
cesan las quejas y las penas, y el pulso de la pasión se vuelve frío y mudo; allí se
dirigen esperanzados los mortales peregrinos; allí encuentra descanso el alma
fatigada de este mundo; y allí descansa ella finalmente con su amado; su corazón se
deshace junto a aquel por cuyo amor se ha roto, sus labios se secan junto a aquellos
por los que suspiraban. Allí descansa al fin con su amado; desde ahora nadie puede
separarlos, ni nadie la puede condenar. Quien repruebe sus errores, piense en lo que
sufrió; quien llore sus sufrimientos, sepa que su fin los ha recompensado».
—Es triste —dijo Ippolito—. Pero no tengo tiempo para tristezas; he venido aquí
únicamente para partir: debo irme ahora mismo.
—¿Iros? ¿Adónde? ¿Por qué? ¿Adónde debéis iros? —dijo Cyprian.
—No lo sé; a algún país oscuro y desconocido, a alguna región remota; todavía
no sé adónde voy.
—¡Oh! ¿Por qué? ¡El alma me tiembla al oíros!
—He hecho algo que las leyes castigan con todo su peso; el mundo me reprueba,
la fortuna no prepara nada bueno para mí. Debo partir esta misma noche.
—¡Dios mío! ¿Qué anuncio es ese que llega envuelto en nubes y tinieblas?
Dejadme ver; dejadme ver. ¿Qué os ha tentado a exponeros al peligro? Las leyes de
este país no son muy severas con el rico y el poderoso. ¿Qué habéis hecho?
—¿Qué puede expulsar a un hombre de su país, hacer que lo señalen con horror y
reprobación allí donde sea descubierto? ¿Qué…?
—¡Ah, no lo sé! ¡Se me agolpan pensamientos espantosos con demasiado tumulto
para poderlos formular! Pero si es lo que me temo, los hábitos de la sociedad son
indulgentes con tales ofensas, y no necesitáis huir por haber matado a un enemigo en
duelo.
—No lo he matado en duelo, y no era mi enemigo. Con toda frialdad he dado
muerte a quien nunca me había ofendido, y con la concurrencia de circunstancias tan
horribles y crueles que las mismas losas del palacio de justicia gritarían contra mí si
fuese absuelto.
Cyprian se derrumbó, desfallecido.
Ippolito corrió a levantarlo.
—Soy fuerte; estoy bien, estoy bien. De verdad —se esforzó en decir—. No ha
sido nada; un mareo nada más. Vámonos ahora mismo. Soy fuerte y estoy preparado.
—¿Que eres fuerte? ¡Ah, Cyprian, sabía que ibas a reaccionar así; sabía que soy
un maldito desdichado, un olvidado de la naturaleza y el afecto! No; no puedes venir
conmigo; no podrías soportarme; esos ojos hundidos, esas manos temblorosas, estos

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labios exangües, todo tú manifiesta un horror natural y virtuoso hacia mí. He
cometido una acción que me coloca a una distancia insalvable de la simpatía humana;
estoy tan lejos que incluso tú, que eres el último y el que más tiempo ha permanecido
en la orilla, me has perdido ya de vista.
—¡Oh, cruel, cruel! —lloró Cyprian andando tras él de rodillas—: ¡Oh, si
supierais al menos!… Y cuando lo sepáis, que ha de ser en breve, ¿no habré de
seguiros? ¿No habré de soportaros? Mostradme la mano que cometió ese asesinato, y
la besaré si no me rechazáis; os seguiré con callada aflicción, os sonreiré como en
nuestros días de inocencia, y solo lloraré cuando os vea dormido. Vagaré con vos,
pediré limosna con vos, pasaré hambre con vos.
—Dibujas todos los cuadros del infortunio. ¿Vagarás, pasarás hambre conmigo?
¿Tan perdido estoy? ¿No hay en el futuro un átomo de luz para mí? ¿Debo ser así de
desdichado?
—¡Ah, no, no! —se apresuró a corregir Cyprian—. Hay esperanza para el
penitente, hay gozos humildes, misericordiosos, desconocidos para el orgulloso que
nunca ha cometido un solo error. Vayámonos de aquí, refugiémonos en la honesta
indigencia y el retiro, en algún lugar alejado del ruido y la locura, que nunca son
necesarios para la felicidad, y siempre erosionan la virtud. Me refugiaré con vos en
los valles de Suiza o en los montes de España. Muchos goces melancólicos se me
ocurren en nuestra morada de ermitaños: el coloquio cuando estéis alegre, la música
del arpa cuando estéis meditabundo, la conciencia de vuestra seguridad cuando
sintáis deseos de quejaros, y el recuerdo de vuestros yerros cuando os tiente la pasión:
todo eso tendremos en nuestro valle de aflicción; y quien posee estas cosas, ¿cómo
podría perder el contento?
—¿Es posible, entonces, que conozca la paz un asesino?
—Rezaré por vuestra paz —dijo Cyprian temblando.
—Pero ¿es posible que un homicida tenga paz? —repitió Ippolito con
vehemencia,
—Todo es posible con Aquel a quien tenemos que rendir cuentas —respondió
Cyprian con fervor.
—¿De verdad podré ser perdonado?
—Si la penitencia a la que aquí dedico cada hora de vida que me queda puede
procuraros la paz o el perdón, lo tendréis —dijo Cyprian, cayendo de rodillas y
besando la cruz que había sobre la tumba.
—Cumple, entonces, tu promesa —dijo Ippolito con voz temerosa.
—¿Qué queréis decir?
—Has aligerado el peso de mi alma; me has enseñado que hay perdón para el
homicida. Aún no he ejecutado esa acción. Pero si puedo ser perdonado, ¿para qué
demorarme?
—¡Ay! ¿Qué palabras son esas? ¡No hundáis deliberadamente vuestra alma y la
mía en la ruina! No hay perdón para la culpa premeditada; no hay piedad para el

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presuntuoso que ofende confiando en el perdón, y convierte la caridad infinita del
cielo en instrumento de pecado.
Ippolito se había ido. Había tranquilizado su conciencia con la insensata sofistería
de la desesperación, y arrancado de los labios de la pureza un incentivo involuntario
para el crimen. Y apaciguado con esta falacia desdichada, había abandonado
precipitadamente el palacio.
De la persona que dejó atrás, no volvió a saberse. No vieron más a Cyprian. No
tenía ya que contender con sus sentimientos, y tampoco le quedaban fuerzas para
seguir sufriendo. La vida se le volvió inútil al quedarse sin la meta a la que se había
consagrado, la única que se la hacía soportable; y descubrió el espanto de no esperar,
de no encontrarle a la vida valor ni utilidad; espanto agravado por el pensamiento de
que había sido la suya una elección voluntaria, y que, por tanto, el sufrimiento era
merecido.

***

En cuanto a Annibal, Schemoli lo condujo a la vecindad de Muralto. Lo llevó a


una cabaña, donde le sirvieron un refrigerio y lo tranquilizaron con la promesa de que
nadie vendría a molestarlo. Lo escuchó todo en silencio; y Schemoli se dispuso a irse.
—¿Adónde vais? —dijo Annibal.
—Voy al castillo; volveré esta noche y traeré a tu hermano conmigo; luego os
llevaré hasta el mismo aposento.
—¿Voy a quedarme aquí solo toda la noche?
—Así es.
—¡Imposible! No me fío de mí mismo; no os fiéis de mí. Me volveré loco; no
seré capaz de ejecutar el trabajo que me encomendáis; no soy capaz de nada, y menos
aún de causar daño. ¿Y me pedís que esté seis horas solo, con unos pensamientos
como los míos? Estáis loco al proponérmelo.
Schemoli pareció desconcertado; finalmente dijo;
—Si te llevo al castillo, tendrás que quedarte solo y en silencio hasta que llegue la
hora.
—Sí; podré estar solo y callado en el castillo, porque habrá ruidos de vida a mi
alrededor; pero no me conduzcáis a ningún aposento que me sea familiar; no quiero
ver los lugares en los que he vivido cuando tenía el corazón alegre e inocente.
Schemoli lo condujo encubiertamente al castillo; era tan extenso, y tenía tantos
parajes ruinosos e inhabitables que, aunque era de día, no fue difícil. Annibal no
había estado nunca en el aposento al que fue llevado, ni lo examinó ahora. Daba
vueltas arriba y abajo, escuchando pasos y voces que sonaban a poca distancia. No
habría sido imposible que, de haber dedicado este intervalo a repasar su memoria,
hubiese comprendido lo espantoso de su resolución; pero es maldición del
desesperado considerar una especie de deber no reflexionar; y así, no tuvo ocasión de

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reconsiderarla.
Se acercaba la noche; a través de una grieta de la puerta vio parpadear una luz.
Creyó que era Schemoli que se acercaba y decidió salir, no quería que le ordenasen
hacer su trabajo. Así que corrió a la puerta, sin percatarse de que no era la misma
puerta por la que había entrado. La empujó, y desde allí vio una serie de aposentos.
En el último ardían varias luces. Movido por un impulso al que no trató de buscar
explicación, se puso a recorrerlos: todos estaban silenciosos y desiertos. Llegó al
último y examinó la extraña diversidad de objetos que contenía. Estaba amueblado
incluso con moderna elegancia, pero reinaba un olor opresivo a medicinas que le
desagradaba. La luz procedía de un candelabro de plata de varios brazos que había
sobre una mesa de mármol, en la que había también varios frascos; al lado, tendida en
un sofá, vio a una dama aparentemente dormida. Se acercó ¡Era Erminia!, su
mismísima persona, tal como la vio la primera vez en el retrato del aposento secreto.
Estaba con un vestido de terciopelo verde, sobre el que se desparramaban sus largos
cabellos, cerrado con un broche de diamantes; el velo hilado de oro que le cubría el
rostro llegaba hasta el suelo. Su sueño era inquieto, y gemía de cuando en cuando.
Finalmente, apartándole el velo con un gesto vivo, que no obstante no la despertó,
descubrió el rostro de Ildefonsa.
Su semblante ofrecía el mismo contraste extraño y horrible que el mobiliario del
aposento; el color que encendía sus mejillas era evidentemente artificial, mientras que
sus labios, de un púrpura desvaído, parecían resecos por el aliento; su pecho adornado
de perlas y cubierto por los rizos, destacaba de manera excesiva, aunque las frías
gotas que temblaban en su frente parecían deberse a la inminencia de la disolución.
Annibal estaba mudo. No sentía otra cosa que estupor; no veía otra cosa que brujería.
Habría podido seguir contemplando a la que creía perdida, con su pompa solitaria,
con esa mezcla de símbolos de muerte y de magnificencia que la rodeaban, aunque su
sueño hubiese durado hasta el día del juicio. Pero tras unos murmullos inarticulados y
angustiosos, se agitó, se despertó, y descubrió a Annibal. Ni siquiera en ese instante
fue capaz Annibal de articular una palabra; se arrodilló junto a ella, le cogió las
manos, y la miró a los ojos.
—No podía morir hasta haberte visto, amado mío —dijo Ildefonsa.
—¿Morir? —repitió Annibal en un tono indescriptible. Ildefonsa señaló uno de
los frascos, y se dejó caer en el sofá. Annibal se lo acercó en silencio; Ildefonsa tenía
el rostro convulso; se lo bebió, y luego bebió de otro.
—¿Me dará esto fuerzas para contaros cómo me han traído aquí —dijo—, y lo
que he sufrido? —calló otra vez, sin fuerzas—. ¡Ay, no; no puedo… apenas me queda
vida para deciros cómo os he amado, cómo, en estas ansias, os sigo amando! ¡No
estábamos destinados a ser felices aquí; este mundo no tiene nada bueno que
ofrecernos! La tormenta se había desatado sobre nosotros, pero ya ha pasado; su
fragor se oye lejano, y muy débil; y a donde voy dejaré de oírla definitivamente. ¡Oh,
amor mío! ¡Mi dulce amor! ¡No turbes mis momentos de agonía con esas muestras

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violentas! No os arranquéis los cabellos, ¡no rechinéis los dientes de ese modo! Yo
estaba en paz hasta que habéis venido. En esta hora, más quisiera pensar en vos que
veros.
Tuvo otra convulsión, y cayó hacia atrás. Annibal la sostuvo con esa muda y
terrible rigidez que al mismo que la sufre le parece efecto de un hechizo, y no se
atreve a respirar siquiera por miedo a su propia disolución. Durante el resto de la
noche Ildefonsa tuvo lapsos de convulsiones y de tranquilidad, aunque sin hablar ni
mostrar lucidez. Annibal, con angustia desesperada, observaba el lento abandono de
los sentidos, la larga y dolorosa contienda de la naturaleza, que en la extremidad
intentaba agarrarse espasmódicamente a la vida, pero en seguida aflojaba los dedos.
¡La estuvo viendo morir sin poder darle consuelo, y sin saber quién era su asesino!
Le había parecido a Annibal que, en medio de sus forcejeos, había pronunciado a
veces el nombre de su padre. Siguió mirando el cadáver hasta que el reloj dio las
doce; las campanadas le sonaron en el alma. Cogió la vela y salió precipitadamente
del aposento; al llegar al suyo encontró a Schemoli y a Ippolito. Los hermanos no
intercambiaron una sola palabra, una sola mirada, un solo gemido.
—Es la hora —dijo Schemoli—: Todo está tranquilo; voy a despedir a los
criados.
Salió. Estuvo ausente una hora; durante ese tiempo, sus víctimas no abrieron la
boca; ninguno de los dos habría podido oír lo que decía el otro. Había tormenta;
descargaba con tal fuerza que hacía estremecer el castillo. Pero tampoco la oían.
Reapareció Schemoli; los hermanos no vieron su expresión descompuesta hasta
que su gesto los obligó a fijarse en él. Soltó el farol que traía en la mano, se dejó caer
a los pies de los dos y se abrazó a sus rodillas; apartó las espadas que tenían sacadas,
y luego les ofreció su pecho desnudo. Insensibles a todo, excepto al terrible propósito
de la hora, apenas lo veían. Schemoli, incapaz de hablar, jadeó, se retorció, aulló,
señaló el aposento al que debía conducirlos; hasta que, creyendo los dos hermanos
que se estaba burlando con esas muecas y gestos de demonio, se desasieron de él, y lo
dejaron tendido en el suelo. Su mano había sido demasiado elocuente; y su sombra
pareció precederlos hasta la misma puerta del aposento.

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CAPÍTULO XXII
… Antes que el murciélago concluya
su vuelo claustral; que a la llamada de la negra Hécate,
el escarabajo soñoliento
cese su bordoneo adormecedor, se habrá perpetrado una acción
de espantosa consecuencia.
SHAKESPEARE, Macbeth [acto III, escena 2]

Los sentidos me arden —sé que ha llegado mi fin,


mi hora última. ¡Es prodigiosamente horrible! Ahora…
LEE, Mitrídates

Esa noche la servidumbre observó que el conde estaba especialmente


desasosegado. Llamó dos veces a su confesor; y cuando se hubo ido por segunda vez,
reclamó a la condesa; al entrar esta, el criado los dejó solos como de costumbre.
Estuvieron dos horas hablando. Su esposa solía apaciguarlo debido a su energía
severa y al ascendiente que su firme carácter ejercía sobre él; pero esta vez su
influencia no tuvo ningún efecto y, tras dos horas de escuchar argumentos falaces
para atenuar la culpa y tranquilizar la conciencia, siguió sombrío y nervioso.
—¿Por qué os paseáis por lo más oscuro de la sala, escuchando el viento y
mirando vuestra propia sombra? —dijo la condesa—. Sentaos junto a este fuego
animado; he despabilado las velas, y todo es luminoso y alegre.
—¿De veras? —dijo el conde.
—Sí; venid. Sentaos aquí junto a mí, y serenaos.
—No, no; cuando me encuentro en los sitios oscuros de la estancia, sé que no me
puede venir nada malo—, veo el resto de la cámara más iluminado que donde estoy.
En cambio cuando estoy en el círculo de luz, no me atrevo a mirar más allá; ¡veo
sombras que se mueven fuera de él!
—¿Por qué encamináis vuestros pensamientos hacia esas fantasías enfermizas?
—Son ellas las que guían mis pensamientos.
—¿Y qué os oprime esta noche?
—Lo que me oprime siempre.
—Hoy hay algo inusual en vuestra agitación; vuestra mirada, vuestro mismo
modo de hablar son diferentes.
—¿De veras? ¿De veras son diferentes? Bueno; no me extraña. La estructura de
un hombre ordinario se vendría abajo con la centésima parte de lo que yo soporto día
y noche. Sin embargo, mis fuerzas siguen inalterables; no me ha cambiado un solo
cabello. Mi espíritu parece haber concentrado toda la capacidad de sufrimiento; y su
resistencia, nos han dicho, es inmortal. Muchas son las cosas que me acosan y me
asedian con miedos presentes e inminentes. ¿Cómo saber qué daño puede estar
tramando contra mí ese fugitivo en algún lugar remoto de Italia? ¿O su hermano, que
ha huido de Nápoles no se sabe adónde?

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—No os dejéis vencer por el desaliento; el confesor los descubrirá sin la menor
duda, y entonces se habrá acabado nuestra inquietud.
—¿Acaso no tengo perpetuamente ante mí a un recordador, a un recordador vivo
que combina las imágenes de la fantasía con las de la realidad, que me pone delante a
los muertos y a la que aún vive? La techumbre del castillo me parece que se tambalea
sobre mí mientras ella esté debajo.
—¿Y por qué esa fantasía que habéis tenido de vestirla con semejantes galas?
Luego habéis huido como un niño de la máscara que vos mismo acababais de pintar.
Pero tanto si es real como si no, vuestros miedos pueden cesar esta noche: se ha
hundido en un sueño del que no es probable que despierte.
—¿Qué habéis hecho?
—Lo que había que hacer; y lo que, consiguientemente, cuanto antes se haga,
mejor. ¿Querríais que os arruinara la vida el parloteo petulante y los hipidos de amor
de una jovenzuela?
—Yo no habría sido capaz de matarla.
—¡Hombre débil e incoherente! ¿Qué querríais? Tembláis en el peligro y anheláis
la seguridad. ¿Qué querríais?
—No me preguntéis qué querría; querría lo que ningún poder me puede dar; que
el tiempo retrocediera, y que lo hecho se deshiciera; querría lo imposible: paz, ¡UNA
noche de sueño ininterrumpido!
—¡Eso es imposible!
—¡Yo no quiero llamarlo así! ¿Seguridad? Mi seguridad es como la fortaleza de
un gigante rodeada por un foso de sangre; es como la torre del tirano persa: una
montaña de calaveras humanas. Me he convertido en un espanto para mí mismo. En
otro tiempo, no habría soportado la idea de ser lo que ahora compruebo que soy. En la
primera etapa de mi progreso, veía la acción solo como algo necesario para conseguir
lo que quería. Al principio la rechacé con horror; pero el hábito de pensar en ella, y
sobre todo lo fácil que sería el arrepentimiento, puesto que se trataba de una única
acción culpable, me indujeron a ejecutarla. De haber comportado la más remota
relación con otro crimen, de haber vislumbrado yo la sombra de un solo eslabón más
de tan tenebrosa cadena, jamás la habría cometido. Pero esa es la estrategia de
Satanás. Apenas me sumergí en la sangre, me di cuenta de que tenía que nadar en
ella. Y una acción me condujo a la siguiente; para conservar lo adquirido necesitaba
recurrir de nuevo al medio que me lo había proporcionado. De pronto descubrí que
me hallaba vacilando en un punto que consideraba apoyo vital para mi éxito; traté de
levantarme, y noté que todavía vacilaba. Miré hacia atrás, ahora sobre una extensión
de crímenes que abrasaba la vista; miré a mi alrededor y sentí vértigo. Miré hacia
arriba, y vi más lejos que nunca el punto que me ofrecía seguridad… ¡y que me había
perdido, que me había perdido triplemente por nada! ¿Dónde terminará esto?
—Terminará en la seguridad, y en la cima final —dijo su esposa sin amilanarse
—; en una altura desde la que contemplaremos la envidia y el peligro por igual, y

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comprenderemos que ningún sacrificio es excesivo para alcanzarla.
—¿La seguridad? —dijo Montorio palideciendo—. ¿Cómo podéis hablar de
seguridad con esos aullidos del viento? ¡Escuchad cómo irrumpe furioso y horrible!
Arrancará las ventanas; ahora se aleja otra vez, y su gemido se hace débil y distante.
¡Ah, qué gemido doloroso, sollozante, cansado! ¿Es efectivamente el viento,
Zenobia? Pero ¿qué más da que lo sea?
—¡Qué vergüenza! ¿Vais a enloquecer oyendo esas ventadas? ¿Queréis convertir
los elementos inocentes en fantasmas aterradores? Escuchad: ya ha cesado. Ahora
silba sobre las casas que hay al pie del castillo, y no por eso se despiertan los que
están durmiendo en ellas. Ya ha calmado; será una noche tranquila.
—¿Eso creéis, mi buena esposa? ¿Creéis de veras que lo será? Asomaos a la
ventana, os lo ruego; y decidme la forma y movimiento de las nubes, y si van raudas,
y hacia dónde van.
—Asomaos vos mismo, ya que estáis cerca de la ventana y os divierte el paso de
las nubes.
—¿Divertirme? ¡Si supierais qué sombras flotan en la oscuridad cuando me
atrevo a mirar!; sí, y oscilan al otro lado de la ventana con movimiento palpable; y
me hacen señas cuando me acerco, llamándome desde las nubes globosas, alejándose
en silencio, pero no como ellas. ¡Ah, si vierais eso!
—¿Sois esclavo de esa fantástica locura? Antes me arrancaría los ojos que
permitir que me ofuscaran la razón de esa manera.
—Aunque yo me arrancase los ojos, las seguiría viendo.
—¡Oh!, eso son sueños de la medrosa soledad; susurros del lugar y de la sazón.
Yo misma enloquecería de miedo si me encerrase en una torre solitaria a escuchar los
gemidos del viento.
—Sí; el viento me encoge el alma. Cada vez que aúlla la tormenta alrededor del
castillo me acuerdo de la noche en que… ¡Escuchad, escuchad, qué fuerte suena
ahora! Exactamente así era el fragor, y en esta misma época del año…
—Os equivocáis; fue cerca del otoño.
—No me equivoco: la primavera, el verano, el invierno y el otoño están siempre
dentro de mí; y oigo todos los vientos que soplan.
—Vayámonos entonces a vivir a Nápoles. No sé por qué hemos venido a esta casa
de horrores. Vayámonos a Nápoles; iré con vos; y celebraremos fiestas y regocijos.
En el tumulto de la alegría olvidaréis esos pensamientos que atormentan vuestra
fantasía como las brujas de la visión; allí disfrutaréis de vuestro estado como noble
espléndido, y todo irá bien.
—No, no puedo; me perseguiría ALLÍ; ¿y cómo puedo mezclarme confiadamente
con la multitud, cuando temo que me descubran mis propios lacayos? He consumido
mi vida velando un secreto. La última vez que estuve en Nápoles me llevaron a cierta
reunión. Y allí estaba. Sí, podéis mirarme así, pero lo vi tan claramente como os veo
a vos ahora. Nada más cruzar la puerta surgió ante mí, y se me quedó mirando: ¿me

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miraba? No, no; ¡no tenía ojos! Sin embargo, era como si me viese; pero, sobre todo,
¡lo veía yo! ¿Que a quién? ¿No lo sabéis?
—No, sinceramente. Tenéis demasiadas visiones y fantasías.
—Pues no diré su nombre; se me aparecería otra vez si lo nombrara —se sentó
hoscamente, y estuvo callado un rato; luego se levantó otra vez y escuchó el viento
—. ¿No habíais dicho —dijo con reproche— que había cesado la tormenta?
—Yo no tengo la culpa de que los elementos no quieran apaciguarse.
—¿Y quién la tiene de que yo me estremezca cada vez que cambian? —dijo él,
paseando arriba y abajo lúgubremente—: Es su destino; no el mío. Si fuese yo un
conquistador, un exterminador del mundo, descansaría tranquilo; si fuese de los que
duermen plácidamente después de pasar a cuchillo a miles de personas, de los que a
una orden suya muere en un día más gente que la que han asesinado todos los
vulgares bandidos de este mundo en sus vidas; si fuese de los que arrojan a la
hoguera niños y madres preñadas, y por la noche duermen envueltos con los colores
de la victoria y aturdidos por los redobles de mil tambores; si fuese de esos, me
sentiría en paz, el mundo me vitorearía como a un héroe, y conciliaría mi sueño
definitivo arrullado por las aclamaciones de la humanidad. ¡Ah, si fuese así! Pero esa
maldita conciencia doméstica de la culpa nos vuelve cobardes; la acción que consagra
al héroe condena al hombre corriente. Estoy perdido; porque me encuentro enjaulado
entre los muros de un castillo, y me marco la frente con la señal de la cruz; la cadena
mágica del mal es el miedo.
—Nunca os había visto tan trabajado por el miedo, y con pensamientos tan
lúgubres, como esta noche.
—Es verdad; la noche trae hoy un presagio; no puedo, no puedo…
—¿Ha venido a veros el confesor?
—Dos veces.
—¿Y no os ha dado ningún consuelo como suele hacer?
—Sí, un consuelo maravilloso: hacer penitencia a solas una hora. Así que buenas
noches, Zenobia. Zenobia, ¿rezáis vos por las noches?
—Claro.
—¿De verdad? ¿Y con sinceridad, con fervor?
—Sí, pero no confío en la oración sola.
—¿Qué queréis decir?
—Mirad —dijo la condesa; y retirándose el vestido, le enseñó debajo una banda
de hierro que le rodeaba la cintura, y se cerraba bajo el pecho con un resorte cuya
punta se clavaba en él.
—¿Quién ha ideado esa horrible penitencia? —preguntó su esposo.
—Solo los que pueden cumplirla podrían idearla.
—Llevarla debe de ser de lo más atroz; pero las consecuencias pueden ser peores.
Quitaos esa faja espantosa, Zenobia; la corrosión del hierro…
—Me producirá un cáncer, lo sé.

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—Y las consecuencias pueden ser…
—Una terrible operación; ya la he soportado. Hace ocho meses me la apliqué en
el otro costado; acabó como sugerís. Me sometí a la operación sin revelar nada, y sin
un gemido; y al terminar me apliqué la punta afilada en el otro costado.
Montorio juntó de golpe las dos manos.
—¿Qué hemos hecho de nosotros? ¿En qué nos hemos convertido?
—En aquello por lo que estoy dispuesta a soportar esto, y diez veces más si
hiciera falta: en grandes y poderosos, en estar entre los notables de la tierra. Acepto
cualquier maldición menos la indigencia asociada al linaje y la altivez: los hábitos de
un noble, el espíritu de un soberano y la fortuna de un mendigo. En mi primera visión
de la vida, solo una posición encontraba apetecible; el precio era alto, y las
condiciones difíciles. Pero una vez obtenida, no quiero ofender a mi orgullo pensando
que he pagado demasiado por ella. Poseo rango y magnificencia; todo cuanto se ve de
mí es grande y espléndido. Viva este mundo engañado, y sea yo feliz. Porque soy
feliz.
—¿Engañaremos también al otro?
—No, pero lo apaciguaremos; si nuestros sacerdotes dicen la verdad. Afirman que
las llaves de san Pedro son de oro; yo llevo una de HIERRO que no puede fallar. Si la
penitencia es eficaz, ¿puede haber otra más poderosa que la que voluntariamente me
aplico yo?
—Yo sé de una más severa.
—¿Más severa? ¿Cuál?
—La que voy a sufrir yo esta noche.
—¿Y cuál es? ¿El látigo, los hierros?
—No.
—¿Os abriréis la carne con un cilicio?
—No.
—¿Entonces?
—Una hora de soledad —respondió Montorio, volviéndose hacia ella con la
expresión de un demonio en el tormento.
La condesa inició la retirada.
—¡Esperad! —dijo él—. ¿Os vais? ¿Os vais ya? ¿Me quedo solo? ¿Me obliga él a
sufrir esto para que piense menos en mi morada final? No lo soportaré; no puedo
quedarme solo. Zenobia, mandadme al confesor; me confesaré del expediente que
adoptamos para aplacar al cielo y apartar la condena de nuestra casa. Aún no me he
confesado de eso; jamás lo he dicho. Quizá eso le mueva a suavizar mi penitencia.
—Quizá; él os atenderá.
Se marchó, y entró de nuevo el confesor. La conferencia fue larga, y estuvo teñida
de emociones singulares. Y durante su desarrollo, Montorio confesó el secreto con
que durante años había alimentado una íntima y dudosa esperanza de dulcificar el
castigo. El monje estaba sentado en su silla (en la postura que adopta todo confesor)

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cuando lo oyó.
Se levantó de un salto como si le hubieran herido en el alma. Con una voz
deformada por emociones desconocidas, en un tono audible por la pura fuerza de su
significado, y casi sin articular las palabras, pidió que le repitiera la confesión. Su
penitente, abrumado sin saber por qué, vaciló. El confesor repitió su petición con voz
no humana. El conde, asustado, la balbuceó de manera maquinal. El confesor guardó
silencio como para asimilar lo que acababa de oír; la silla se estremeció debajo de él.
El conde alzó los ojos hacia su rostro con asombro; se le había caído hacia atrás la
capucha y, dominado por la agitación, no había hecho nada para volver a subírsela; y
así, su figura sombría, muda, sacudida por pensamientos ocultos, pareció más el
espectro de una pesadilla terrible que la figura real de una persona. Finalmente,
arrojando a un lado la silla, se levantó para abandonar el aposento.
—Padre —lo llamó el conde—, no me habéis dado la absolución.
—Ni os la daré —rugió el monje—; ni yo la buscaré ni la recibiré jamás —y se
fue.
Su penitente, acostumbrado a los arrebatos de pasión del confesor, que lindaban
con la insania, lo creyó abrumado por el descubrimiento de un nuevo eslabón de la
cadena de crímenes que a lo largo de cuatro años había ido exponiendo ante sus ojos,
sin perspectiva de que fuera a tener fin. Así que, puesto que esta confesión no le
había servido para suavizar la penitencia, se dispuso a afrontarla, resolviendo
interiormente, sin embargo, que si en espacio de unos momentos la soledad
comenzaba a traerle lo que temía, ordenaría a sus criados que velasen en la
antecámara; así al menos oiría sus pasos y vería luces a través de las rendijas de la
puerta mientras cumplía sus deberes religiosos. Pero no tuvo tiempo de explorar los
terrores de la soledad.
Puede adivinarse ya el resultado de las tenebrosas obsesiones que durante tanto
tiempo habían acosado a los hermanos. El crimen que les habían ido instilando en
forma de visionaria tentación, procedieron ahora a ejecutarlo bajo el influjo de un
terror visionario. Aún estaba abierta la puerta secreta por la que el monje había
irrumpido en un vano intento de evitarlo; recorrieron el pasadizo dominados por un
sentimiento que el conocedor de los estados del alma preferiría ignorar. Entraron en
el aposento de la víctima: estaba arrodillada, sumida en esa agonía de oración en la
que uno solo oye su propio murmullo. Se acercaron inadvertidos, sin atreverse a
intercambiar una mirada. Y tan determinado e instantáneo fue el impulso, ¡que sus
espadas se cruzaron a la vez en el cuerpo del padre! Expiró sin un gemido.
El ruido al caer al suelo alarmó a los criados que, habituados a velar, se
despabilaron en seguida. Entraron precipitadamente. No hubo clamor de preguntas ni
conjeturas porque los parricidas estaban allí, petrificados, insensibilizados, con las
armas goteando en sus manos. Levantaron el cuerpo para examinarlo. Y cuando
vieron que estaba sin vida reaccionaron: una explosión de horror resonó en el
aposento, y cada uno se lanzó a un cometido concreto con la precipitación que el

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tremendo descubrimiento demandaba. Los asesinos, dóciles, apáticos, se dejaron
encerrar sin resistencia; las torres del castillo se llenaron de luces y de carreras; la
campana empezó a tocar a rebato, y su repique, que el viento arrastraba con el ulular
de la tormenta, se estuvo oyendo toda la noche en Nápoles. La familia, que solo
obtenía un silencio espantoso a sus preguntas, corrió al aposento del conde; las hijas
se arrojaron sobre el cadáver presas de infinita agonía, los hijos demandaban el
porqué y el cómo de esta atrocidad, y la condesa, de pie junto al lecho en el que lo
habían depositado, se cubría el rostro con el vestido.
En esos momentos de preguntas consternadas y respuestas incoherentes, llegaron
de Nápoles varios oficiales de la justicia, entraron en el castillo y, sin revelar el
motivo de su presencia, exigieron la entrega de los criminales. La orden fue
obedecida. La familia, en medio de continuos lamentos, se había vuelto hacia los
hermanos con una expresión de angustia conmovedora; pero una nueva oleada de
dolor les ahogó la voz, y no consiguieron hacer la pregunta que probablemente
habrían hecho en vano. Los criados, cuando su pena dejó paso al asombro,
preguntaban con insistencia a los homicidas el motivo y objeto de acción tan horrible.
No obtuvieron ninguna respuesta; solo oyeron a los dos desdichados pedir un poco de
agua; aunque, por su mirada fija y sus ojos sanguinolentos, sus cabellos erizados y su
muda palidez, dedujeron que no oían nada, ni les llegaba nada de cuanto ocurría
alrededor de ellos.
Al cabo como de una hora, se restableció una especie de orden; e iban a llevarse a
los criminales, sobre cuya evidente culpabilidad había poco que indagar, cuando
entró precipitadamente el confesor. Los criados, que habían visto el cuadro terrible de
una muerte violenta sin perder la serenidad, balbucearon ahora unas palabras y
retrocedieron al verlo: no existía nadie a quien se lo pudiera comparar, ni ningún ser
superior ni inferior que guardase siquiera una remota semejanza con él. Entró a la
velocidad de un demonio; se detuvo como si hubiese llegado ante la desolación del
mundo. Miró unos instantes a su alrededor, y luego, llegándose a los oficiales, les
pidió que lo prendiesen a él como verdadero autor del crimen del que habían venido a
ocuparse. La ferocidad sobrenatural de su aspecto, en contraste con la calma de sus
palabras, dejó estupefactos a los oficiales. Lo escucharon para asegurarse de que lo
que oían provenía de la persona que tenían delante. El confesor lo repitió con una voz
que les produjo un escalofrío. Y mientras lo esposaban nerviosos, casi esperaban ver
desvanecerse los hierros con que lo inmovilizaban, o disolverse su persona en el aire.
Su requerimiento, sin embargo, era incontestable. Nadie lo había acusado; nadie lo
había nombrado siquiera; su entrega era voluntaria; y nadie le preguntó el motivo.
La familia se dispersó ahora con el mudo anonadamiento que acompaña a un
dolor demasiado grande para manifestarlo con lamentaciones. Unos pocos criados
reavivaron las luces medio apagadas, y se dispusieron a velar el cuerpo de su señor,
sobre el que extendieron un paño negro. Al alba, se fueron los oficiales con sus
prisioneros en los carruajes que los habían traído.

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El crimen de esa noche era tan espantoso y sin precedentes en todos sus detalles
que incluso los ministros de la justicia, familiarizados con la historia de la
depravación humana, iban escandalizados y atónitos. No quitaban ojo a los detenidos;
los observaban como los cazadores acecharían a un monstruo como nunca habían
visto en sus cacerías. Los hermanos estaban callados. Al llegar a Nápoles, los
descubrieron tan dormidos que los corchetes (que se estremecieron al tocarlos) los
sacaron del carruaje sin que se despertasen. Schemoli llevaba la cabeza cubierta con
la capucha, de la que de cuando en cuando brotaban audibles gemidos. Al bajar, su
rostro quedó inopinadamente al descubierto; su mirada se detuvo fugazmente en los
jóvenes, y el cambio de su expresión fue tal que los corchetes no se sintieron
tranquilos hasta que volvió a ocultárselo. Por consideración a su rango, les asignaron
aposentos en el castillo de Sant’ Elmo, donde Schemoli pidió inmediatamente
utensilios de escribir, una pequeña ración de pan y agua, y que le dejasen solo treinta
y seis horas.
Los oficiales, tras examinar el aposento, y retirar todo aquello con lo que pudiera
infligirse daño, le llevaron lo que solicitaba. También pidió que no se tomase ninguna
medida contra los detenidos hasta que él tuviese listo el documento que iba a redactar
para presentarlo al justicia de Nápoles. Respecto a esto, se le informó que al ser un
caso tan misterioso y extraordinario, probablemente el proceso tardaría muchísimo
más, dado que de otro modo la encuesta y el interrogatorio previos no podrían ser
todo lo minuciosos y satisfactorios que se requería. Sin embargo, a consecuencia de
las indicaciones del prisionero Schemoli, al tercer día de su ingreso en el castillo de
Sant’ Elmo se reunieron el justicia mayor de Nápoles y algunas de las más
distinguidas personalidades públicas, a medianoche, en un aposento subterráneo del
castillo. Se puso doble guardia en cada acceso del edificio. Y el secretario, avanzando
hasta el pie de una mesa cubierta con un paño negro, con un auxiliar a cada lado con
una antorcha, abrió y leyó ante los presentes el documento que horas antes le había
entregado el monje Schemoli, escrito por este en el tiempo de su encierro.

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CAPÍTULO XXIII

Tengan en cuenta los que reprueban el exceso de mis pasiones, que fui amante;
consideren los que se burlan de mi burlada credulidad, que fui amante celoso;
recuerden los que execran los horrores de mi venganza, que soy italiano.
Soy Orazio, conde de Montorio, largo tiempo dado por muerto, que vuelve de esa
muerte imaginaria solo para lamentar que no sea real. Soy, en verdad, Orazio, conde
de Montorio; y no se trata de ninguna impostura ni de ninguna suplantación. Tengo
testigos vivos y pruebas incontestables; testigos que pueden demostrar mi identidad;
y una historia que debe… Pero no quiero adelantar acontecimientos explicando mi
carácter; quedará suficientemente claro a lo largo de lo que me propongo relatar, sin
ocultar sus repliegues más oscuros y secretos. Tengo otro motivo, además del de mi
propia justificación, para contar todo esto.
De la numerosa familia que éramos, solo mi hermano, el difunto conde, y yo
llegamos a edad adulta.
Mi corazón tenía al principio una capacidad de afecto superior a la de la
mayoría de los hombres. Amaba a mi hermano con un amor que sobrepasaba al que
«se tributa a una mujer». Yo era para él, alternativamente, un padre y un hijo; o si
queréis, limosnero y mentor. Habría podido deshonrar mi nombre, vaciar mi bolsa,
pero no mi corazón…
Mi hermano era débil y vicioso. Yo lo sabía. Pero amar, para mí, era como una
maldición. No amaba a las personas por sus méritos, sino para satisfacer la
exuberancia de mis propios sentimientos. Mi corazón era una mina que derramaba
su incontenible abundancia a los pies de los campesinos de alrededor, enriqueciendo
al indigno y exaltando al despreciable; feracidad desdichada que no hacía
distinciones ni esperaba agradecimientos.
Había conseguido que le nombrasen oficial de alta graduación en la milicia;
pero su vida de disipación le obligó a dimitir muy pronto. Con todo, lo defendí y lo
apoyé; y di a su renuncia un cariz de dignidad ofendida, en vez de que se viese como
una deshonra. Así que hice otro plan para su progreso; y a fin de ponerlo en práctica
me trasladé a Nápoles, donde conocí a aquella cuyo nombre ni aun ahora, al borde
de la muerte como estoy, puedo escribir con mano firme: Erminia di Amaldi. La amé
como pocos hombres han amado nunca; sin saber lo que era la pasión, sin saber lo
que era el sexo. Jamás había dedicado yo un solo pensamiento al amor ni al
matrimonio. Pero en aquel momento, como siempre me ocurre, tomé la decisión. Le
hablé sin la modosidad del primer acercamiento, sin andar con insinuaciones. La
perseguí sin observar la gradual intimación de rigor, sin darle tiempo a reflexionar.
Si me hubiese amado, no le habría dejado tiempo para que lo confesase; casi ni para
que se diese cuenta. Volqué mi pasión ante ella con una violencia que la asustó y,
cuando la vi muda de terror, tomé su silencio por asentimiento. Su blando rechazo, su
tímida zozobra, su callada consternación, sus lágrimas y su angustia incluso, me

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hicieron tanta mella como el lirio al cazador que lo aplasta persiguiendo a su presa.
Mi impetuosidad, mi rango, mi riqueza, mi liberalidad allanaron todos los
obstáculos. Conduje, arrastré a Erminia al altar, donde en medio de la solemnidad,
se desmayó en mis brazos. Pasado un tiempo la llevé a mi castillo, la rodeé de todo
lo que una mujer puede desear, o el hombre conseguir, y le pedí que fuese feliz con
magnificencia y afecto.
Por entonces se casó mi hermano. Se casó sin mi consentimiento, y sin mi
conocimiento, con una mujer cuya familia era inveterada y largamente probada
enemiga mía. Se casó sin medios de procurar para su esposa otro alimento que el
que provenía de la compasión de esa familia, cuando antes me habría dejado morir
de hambre mil veces que aceptar su ayuda. Profundamente consternado, me mostré
severo, y durante un tiempo me negué a verlo o a recibirlo.
En esa misma época me surgió otro motivo de preocupación que me apartó el
pensamiento de él. Descubrí, o imaginé descubrir, que mi esposa no me amaba. Me
doy cuenta ahora que habría pensado lo mismo de cualquier otra mujer. Había
imaginado esa pasión que ningún ser humano podría jamás hacer realidad. Con una
pureza de matrona y una delicadeza de mujer, esperaba los halagos de una ramera y
los ardores de un hombre.
De haberme dado lo que yo le exigía, probablemente me habría repugnado;
cuando menos, me habría consternado. La amaba demasiado para ser feliz. Aunque
Erminia podía haber tenido más compasión, o haber simulado más. Me he pasado
horas enteras arrodillado a sus pies, sin haber conseguido al levantarme otra cosa
que un suspiro. Horas enteras la he tenido estrechada contra mi corazón, para solo
sentir sus frías lágrimas sobre mi pecho. Horas enteras le he suplicado una sonrisa, y
me ha despedido con una que destelló fugaz en sus labios, pálida, fría y sin afecto,
como una llanura nevada bajo la luna. Durante su preñez, quise creer que esa
indiferencia se debía a su estado, y cuando fue madre, que sus hijos la distanciaban
de mí. Con la cautela de los celos, que se temen a sí mismos, aunque la colmaba de
tiernos reproches, cuando estaba ausente cavilaba, inventaba recursos que me
impidieran derivar hacia ese derrotero, mientras trataba de convencerla de lo que ni
siquiera yo me atrevía a pensar. Sí, Erminia podía haber tenido más compasión, o
haber simulado más.
Por entonces, después de hacerle probar a mi hermano durante un tiempo la
privación del regalo al que estaba acostumbrado, le conseguí un puesto distinguido,
del que me ocultó que se había gastado anticipadamente su retribución sin esperar a
tomar posesión de la plaza. Hacía tiempo que me había reconciliado con él; y al
tercer año de mi matrimonio vino a pasar una temporada al castillo de Muralto.
(Aquí suelto la pluma, y la vela parece que va a apagarse… Debo proseguir.
¡Erminia! ¡Erminia! ¿Son lágrimas esto? Muchas veces he derramado sangre en tu
memoria; ¡jamás hasta ahora una lágrima!).
No tardó mi hermano en descubrir mi estado de ánimo. Un simple lo habría

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adivinado; la ocultación no fue nunca uno de mis hábitos. Tenía el espíritu tan
abierto como el océano, e igual de expuesto a las tormentas. No recuerdo bien cómo
inició sus primeras maniobras, con qué veneno impregnó su primer dardo invisible; o
más bien con cuánta cantidad de veneno. Porque desde el principio fue el verde
tósigo de los celos lo que me inoculó, que de esa sombra de infección que apenas
produce una mancha a los ojos del espíritu, acaba convirtiéndose en una negrura
que cubre el sol y sume el alma en oscuridades imposibles de traspasar. Un día, creo
que estábamos sentados; y Erminia acababa de dejarnos solos, comenté con la
mayor indiferencia que la encontraba abatida; solo para comprobar si los demás
pensaban como yo. «Cuando el desaliento proviene de una causa concreta —dijo él
—, es fácil de remediar». «Cierto», dije yo, sin saber a qué se refería. «Corre el
rumor —prosiguió él— de que el regimiento de Almoni ha recibido orden de
embarcar para España. Quizá sea ese el motivo de su desaliento». «No sé que tenga
parientes en el regimiento de Almoni». «Yo tampoco». «Entonces, ¿por qué habría de
afectarle su marcha?» «¡Cómo! ¿No sabes…?» «¿Qué quieres decir?» «Nada, nada;
una equivocación. ¿Por qué no mandas que traigan a los niños? Se parecen
muchísimo a ti». «Sobre todo el mayor». «Los dos son iguales que tú —dijo con
vehemencia—. Por mi alma que lo son; diga la gente lo que diga».
Llegaron los niños; yo me quedé dando vueltas a los pensamientos; él comentó:
«¿Por qué no les dices algo?» «En este momento prefiero hablar contigo». Se acercó
a la ventana contra la que yo me había apoyado de espaldas para que no viese mi
expresión. «¿Por qué habría de turbar a la condesa la marcha del regimiento de
ese… como se llame?» «Pues… pues no lo sé». «Sí lo sabes». «Yo solo sé lo que todo
el mundo sabe. ¿A qué viene este interrogatorio?» «¿Qué es lo que sabe todo el
mundo?» «Pues que el caballero Verdoni manda una compañía de ese regimiento».
«¿Y qué tiene eso que ver conmigo, con la condesa quiero decir?» «¿Cómo? Pero
¿es que no has oído hablar de Verdoni?» «No; nunca». «Es extraño; ¿no lo has visto
nunca en el palacio de Amaldi?» «Nunca. ¡Ah, ojalá no hubiera preguntas y
exclamaciones de esta clase en este mundo!» «Yo lo que quisiera es que no las
hubiese en este momento. Pero ahora que recuerdo, no es extraño que no lo vieras
allí; sin duda le dijeron que se fuese». «¿Que se fuera al llegar yo?» «Desde luego;
se trataba de un pretendiente rechazado; y todo el mundo alabó la discreción de la
condesa. Las mujeres tienen el privilegio de cambiar a última hora de galán, y una
mujer así de prudente tiene que resultar mejor esposa. Callar ante ti durante tanto
tiempo detalles sobre eso, de los que debe de conservar no pocos, es prueba de una
gran delicadeza también, porque es una manera de ahorrarte un sufrimiento inútil».
«Ya que piensas así, ¿por qué no terminas la historia?» «¿Terminar? Yo no sé nada.
¿Acaso quieres que repita todas las hablillas desvergonzadas que circulan por
Nápoles, y sobre la esposa de mi hermano además? Si tienes curiosidad, o paciencia,
mi criado Ascanio, que ha vivido recientemente con Verdoni, puede contarte lo que
ha oído. Pero si no tienes paciencia, te ruego por lo que más quieras que no lo

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llames».
Se refería a un pelirrojo mal encarado que lo asistía. Dicho sujeto me inspiraba
una profunda aversión. Al oír su nombre me alarmé. Dije involuntariamente: «No me
gustará nada oír lo que Ascanio tenga que decirme». «Es posible que no —murmuró
mi hermano, para sus adentros—. ¿Por qué no vamos al aposento de la condesa?
Parece que la oigo tocar el arpa». «Sí —dije, casi inconscientemente—; vamos al
aposento de… de mi… de la condesa». «Nunca te había oído llamarla condesa tan a
menudo como esta noche —dijo él despreocupadamente—; sueles llamarla Erminia».
«Y es Erminia —dije, confundido por ese comentario—. Es y debe ser mi Erminia».
Abrí la puerta; me pareció oír reír a mi hermano mientras salíamos.
Encontramos a Erminia ante su arpa; los niños estaban sentados a sus pies, y se
miraban el uno al otro a través de las cuerdas mientras ella les cantaba. Intenté
escuchar, pero cada modulación de su voz o del arpa murmuraba «Verdoni». Hice
una seña a mi hermano y abandonamos el aposento.
«Dile a tu criado que venga», le dije cuando estuvimos solos. «¿Para qué?» «Ya
se lo diré yo a él cuando esté aquí». «Antes debes decírmelo a mí». «¿Que debo
decírtelo a ti?» «Sí; además, debes prometerme, cuando venga, que lo escucharás
con calma». «A juzgar por esa condición, está claro que sabes para qué quiero que
venga». «Y si, como parece, rechazas la condición, es evidente que temes que no te
va a gustar oír lo que diga». «Empezaré a temerlo, si no lo llamas ahora mismo».
«Ese temor es lo que me hace acceder»; ¡el muy taimado! «Confío en que no revele
nada de lo que esperas». «Pues llámalo, llámalo —dije, desasosegado de
impaciencia—. Mientras tú estás ahí, hablando, yo enloquezco». Se fue. No encontró
a Ascanio por ninguna parte. Fue un golpe maestro: hizo que dispusiera de toda la
noche para pensar; de haber tenido a los dos esas mismas horas inoculándome
insidias por todos los accesos de mi corazón, no me habrían hecho tanto daño como
la soledad y las lucubraciones de mi propio cerebro. Por la mañana buscó otra vez a
Ascanio. Me encerré en mi aposento con él y con mi hermano. No detallaré sus
sinuosidades de reptil, ni su mordedura más venenosa que la de la serpiente. A cada
pregunta que le hacía, aparentaba esa perplejidad del que pretende ocultar un
secreto, y ese terror del que es consciente de la culpa; cuando me impacientaba,
fingía temor por unas revelaciones que hacía con renuencia; adoptó el papel que más
efecto podía causar de todos: el del honesto, indignado e involuntario confidente. En
resumen, la historia era que tiempo atrás Verdoni había tenido relaciones con la
condesa; que debido a estas relaciones, gozaba de cierta intimidad de la que
abusaba; que se sabía que habían tenido un hijo, aunque nadie sabía cómo se habían
deshecho de él; que él había sido expulsado por la familia, a la que la indiscreción
había acarreado su deshonra; que la pasión ilícita de ambos no había muerto, sino
que aún la satisfacían; y que el abatimiento de la condesa venía más de su forzosa
interrupción que de ningún desengaño de este amor culpable.
Todo esto escuché, contado entre simuladas interrupciones de temor y

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remordimiento. Yo escuchaba concentrado, con esa ansiedad que no pierde una
sílaba. Cada palabra, cada mirada, cada movimiento de cabeza quedaron escritos en
mi corazón con pluma de hierro. Sus caracteres perduran imborrables, y he podido
leerlos hasta esta hora; pero a esta hora le basta su propio mal. Mi hermano ordenó
a Ascanio que se retirara, y se quedó en silencio, sentado donde estaba, con la
apariencia del que ha traicionado de mala gana un secreto. Finalmente murmuró
algo sobre investigar y deliberar. «Ya estoy deliberando», dije, sin apenas darme
cuenta. «¡Ogni Santi! —dijo—, ¿qué haces?» «Pues… cortando una pluma, ¿no?»
«¿Cortando una pluma? Te estás mutilando; te estás cortando un dedo», dijo
quitándome el cortaplumas. La sangre me corría por los dedos. Me los miré; me eché
a reír.

***

No puedo, no quiero seguir la gradación de mi ruina; no quiero arrancarme la


venda que oculta las llagas supurantes de mi espíritu para contar su número,
examinar su profundidad, o sacarles con presiones frecuentes el veneno que casi se
ha solidificado en ellas, la sangre que ha cesado de manar. Se me sugirió que
vigilase a mi esposa más estrechamente; porque de noche, dijo, cuando me creía
dormido, se abandonaba a un exceso de dolor y de pasión en el que se la oía incluso
pronunciar el nombre de su amante. No necesitaba que nadie me lo sugiriese. Pero a
la noche siguiente de que me hiciera tal insinuación, fingí quedarme dormido tan
pronto como me metí en la cama.
Al poco rato empezó ella a suspirar agitadamente. Era un verano caluroso, y su
preñez estaba bastante avanzada. Yo atribuía su depresión a la causa más evidente; y
con la natural inconsecuencia del que espía para descubrir lo que daría la vida por
que fuera falso, deseé que algún poderoso sortilegio me sumiera en un completo
sopor, a fin de no averiguar que sus suspiros los originaba otra causa. Un momento
después se levantó; y envolviéndose en un vestido suelto, cogió una de las velas que
ardían en un nicho, y se dirigió a un bargueño en el que había observado yo a
menudo que ponía un cuidado exagerado. A través de los párpados entornados
observé sus movimientos: colocó la vela en un escritorio de mármol que a veces le
servía de reclinatorio, y sobre el que había un crucifijo. Abrió el bargueño, y tras
examinar unas hojas, escogió un pliego, lo colocó ante sí, y se puso a leerlo. El
corazón me palpitaba audiblemente. Al inclinarse sobre el papel me pareció que le
caía una lágrima. «¿Será capaz de llorar movida por la pasión culpable —me dije a
mí mismo—, al pie del mismo crucifijo ante el que la he visto arrodillada hace una
hora?»
Devolvió las hojas a su sitio; se apartó del escritorio, y se apoyó en el bargueño.
La luna brillaba intensa; y la celosía, trenzada de jazmín y de nardos, estaba abierta.
Se volvió hacia allí. ¡Dios mío, qué hermosa estaba! La vela nimbaba su cabello

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bruñido con un halo ligero como el de la cabeza de un santo. La luna bañaba su
pálido semblante, revelando en el centro justo de sus mejillas un color como jamás le
había encendido mi adoración; su vestido flotante revelaba la forma más atractiva de
cuantas podría haber para un marido. Murmuró unas pocas notas de una canción
que le había oído a menudo para arrullar a sus pequeñuelos. Todos los sentidos
podrían haberse deleitado en el cuadro que tenía ante mí. Pero junto a la fragancia
del jazmín, me llegó también el perfume de aquellas cartas fatales.
Lo noté claramente; recordé que los amantes, con voluptuosa galantería, suelen
perfumar sus cartas. Mientras la observaba, una lágrima brilló a la luz de la luna; la
siguió otra, y otra; y acompañando a la última, murmuró el nombre de Verdoni. Dejé
escapar un gemido audible. Erminia se sobresaltó; volvió a guardar las cartas y la
vela, y se acercó a la cama: «¿Estáis despierto, mi señor?» «¡Casi temo estarlo!»
«¿Teméis?» «¡Sí; era muy dulce soñar lo que he soñado!» «¿Tan gratos son vuestros
sueños? Me había parecido oíros gemir». «Gemía al descubrir que me habíais
dejado». «¿Que os he dejado?» «Sí; incluso lo he sentido mientras dormía. Dormido
o despierto, no pienso más que en vos —Erminia estaba de pie junto a la cama; yo
me puse de rodillas en ella. Le cogí las dos manos—: Mis sentidos, mi alma, están
llenos de vos, Erminia. ¡Os adoro tanto, con un amor tan intenso y tan delicado que
no lo llegaréis a imaginar jamás! ¡Nunca podréis amarme como yo a vos! Pero aun
así, os suplico que me sigáis queriendo siempre; el solo pensamiento de que dejéis de
hacerlo, o el imaginar desafección en vos, me volvería loco». Volcaba el torrente de
mi corazón con mi habitual impetuosidad, en el mismo momento en que me había
propuesto mantenerme cauto y vigilante.
Aún le tenía cogidas las manos cuando, sin retraerlas, se derrumbó en una silla
que había a su lado. Salté de la cama y me arrodillé a sus pies. Tenía la cabeza baja,
con la inclinación de lirio pálido y pensativo que siempre me anegaba de tristeza y
amor. Seguí mirándola sin hablar; me había quedado sin voz. «Escuchadme, mi
señor». «¡Escuchadme vos, mi señora, y mi amor, y mi vida! Me abandono a vuestra
merced; os imploro que tengáis compasión de mí, y de vos. ¿Recordáis la antigua
joya que os di el otro día? Me temo que admirasteis mucho el trabajo de orfebrería;
más que el regalo. Pero divago. ¿Recordáis el motivo que tiene tallado, Cupido
montado sobre un león que avanza mansamente con aparejo de seda? ¡Haced lo
mismo conmigo, celestial amada mía! Tomadme así. Aunque me conduzca el amor,
puede que no sea tan tierno ni tan manso; pero fuera de eso, soy efectivamente un
león; un león capaz de… ¡Ah, Erminia, salvadme de imaginar de qué!»
Me arrojé a sus pies; lloré, desvarié. Mis arrebatos produjeron su efecto
habitual: se asustó, se desmayó. Llamé a sus doncellas. Inclinado sobre ella, tendida
con toda la apariencia de la muerte, me prometí a mí mismo borrar de mi cerebro
para siempre el asunto de nuestra conversación, que ya me hacía sentir una desdicha
insoportable, aunque aún no había comprobado su veracidad. Determiné reservarme
para mí los sufrimientos que ahora no podría revocar, y contentarme con la felicidad

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que aún creía que tenía a mi alcance.
Cuando, a la mañana siguiente, mi hermano y su criado me preguntaron si había
observado algo, me sobresalté como si acabara de oír sisear una serpiente. Les
prohibí que volvieran a mencionar el asunto. Se fueron en silencio. Pero Ascanio, en
el instante de salir, dejó caer una pequeña llave. No me atreví a pensar en el
significado de ese gesto. Mi primer impulso fue recogerla y probarla en el sitio que
sospechaba que abriría. Me dominé. Llamé a Ascanio. «Se te ha caído una llave»,
saltó a recogerla con el ademán del que maldice su descuido.
La cosa podía haber quedado ahí, y haber dejado que se fuera con el rabo entre
las piernas; pero mi curiosidad, mi… había despertado al demonio que llevaba
dentro. «¿Acaso guarda un tesoro esa llave, que la recoges tan ansioso?» «No lo sé,
mi señor». «¿No sabes qué guarda tu propia llave?» «Mi señor, esta llave no es mía».
«¿No? ¿Entonces de quién es?» «Pertenecía a mi antiguo señor, el Chavelier
Verdoni. Pero no la utilizaba; la guardaba como reliquia, decía. Pertenecía a un
bargueño que había regalado a la dama que amaba».
Lo eché del aposento. Presa de confusión y temor, ¡se le volvió a caer la llave!
Me apoderé de ella; corrí al cuarto de Erminia; ella se encontraba en el parque del
castillo con sus hijos y doncellas. Cerré la puerta; de haberme visto cualquiera
temblando febrilmente, habría creído que iba a entregarme a algún festín solitario,
cuando en ese momento me habría cambiado por el que se retuerce en el potro de
tormento. Una esperanza, abrigaba aún: que la llave no fuera de ese bargueño. La
probé. Desgraciadamente, era solo el temblor de mis manos lo que hizo que
resistiera; pero lo abrió. Una niebla me borró la visión. Un suave golpecito en la
puerta me hizo reaccionar: era mi hijo mayor. «No puedes entrar, querido». «¿Por
qué, padre?» «Porque estoy ocupado». «Sé, por el tono de vuestra voz, que no estáis
rezando, padre; entonces ¿por qué no puedo entrar?» «No te puedo responder».
«Decidme qué hacéis». «No sé qué estoy haciendo», dije con angustia.
«Sea lo que sea, dejadlo, si os impide venir al parque a jugar con nosotros». Se
fue dando saltos. Sus palabras me habían dejado petrificado. Las respuestas de un
oráculo no me habrían llegado más hondo: «¡Dejadlo!» Aún no había abierto los
papeles fatales. Al darles la vuelta con mano temblorosa, se me cayeron; me agaché
a recogerlos. Y en cuanto mis ojos se fijaron en la primera línea, ya no pude
apartarlos hasta que hube leído la última.
Al terminar, los sentidos y la memoria me abandonaron. No sé a qué región
emigró mi espíritu durante un rato; pero aunque parecía la morada de la aflicción
final, fue un paraíso comparado con el retorno a la conciencia. Todo eran brumas y
nubes, como esas con las que lucha el alma por abrirse paso, hechizada, sin aliento,
en un sueño atormentado. Veía las paredes del aposento, pero no sabía dónde estaba;
oía campanas, pasos, voces, pero no sabía dónde estaba; hasta que oí la voz de la
condesa en la galería; entonces supe dónde me encontraba y quién era.
No resultaba fácil ocultar mi desesperación. Incluso los criados, creo, se daban

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cuenta. Al poco tiempo, no obstante, decidí volverme invisible para todos, salvo para
mi hermano y su criado: solo los recibía a ellos; aunque su presencia me era
insoportable.
La visión de aquel demonio de Ascanio me producía lo que a un hechicero la
presencia del genio que le sirve, consciente de que al final lo hundirá en la desdicha.
Su sagacidad y su capacidad de observación eran necesarias para mi vida, a la vez
que me la consumían. Me alimentaba de veneno. Era como el criminal que viaja a la
sombra lívida de los upas, que tiene que alimentarse para vivir, y si se alimenta
muere. Mis sentimientos hacia este hombre no eran otros que los de repugnancia y
aversión. En cuanto lo tenía delante me hervía la sangre, los ojos me ardían en las
cuencas; sin embargo, me agarraba a él para extraerle mi morboso alimento;
alimento que devoraba con la ansiedad con que se tragaría uno las promesas de
esperanza y de fortuna.
Le conté a mi hermano las confesiones de las cartas culpables. Me dio la
impresión de que escuchaba esta revelación como el que espera algo más tenebroso.
Se lo noté en la presteza con que me hacía descubrir siempre a medias los ardides
que se empleaban contra mí. Meneó la cabeza. Lo insté a que me diera una
explicación. «Lo haría si tuviese la seguridad de que eres paciente —dijo—; aunque
después de lo que he visto no tengo motivo para creer que te falte paciencia». Le
insistí frenéticamente que siguiera. «Lo que te he revelado hasta aquí —dijo— ha
sido meramente accidental, y sin ningún deseo de hacerlo; pero ahora hablo por
conciencia y sentido del deber. Cualesquiera que sean los errores de una mujer antes
del matrimonio, es de esperar que el afecto generoso del marido la induzca a
avergonzarse y arrepentirse de ellos. Pero cuando persiste en sus desviaciones, deja
de merecer compasión o perdón —calló; tendí la mano hacia él para que
prosiguiese; no me salió la voz—. Ya lo he dicho todo», dijo. Nuevamente le hice
seña de que prosiguiera, aunque ya no era capaz de distinguir las palabras. «No
tengo nada más que añadir», dijo tras una larga pausa. «Y yo no tengo nada más que
pensar», dije. «¿Has decidido algo, entonces?» «Sí; si puede decirse así. Pero no me
quedan palabras; me han abandonado». «Sé tus intenciones». «No; por mi alma que
no. Estás pensando en derramamientos de sangre y en escenas horribles. No pienso
en nada de eso. Por lo que se refiere a él, a él, si fuese yo el señor del lago sulfuroso,
delegaría todas las tareas en los demonios secundarios para dedicarme a verlo
agitarse y debatirse eternamente en las aguas infernales. En cuanto a ella, que ha
dejado de tener nombre, que viva en paz si la encuentra; que caiga mi sangre y la de
su amante sobre su cabeza; pero no soy capaz de derramar una sola gota de la suya,
aunque con ello lograra conciliar un sueño de amor otra vez». «¿La dejarás escapar,
entonces?» «Cuando haya tenido el niño, que creo que es mío, será conducida a un
convento; ¡que los santos la visiten allí, y le exijan penitencia! Porque entonces van
a ocurrir cosas de las que se hablarán durante siglos… ¡Nadie, ni uno solo de
cuantos han fraguado mi destrucción escapará!» Me dio la impresión de que

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palidecía al oírme proferir estas palabras. Yo estaba lleno de negros pensamientos;
lo agarré de un brazo, lo miré fijamente a la cara: «Júrame —dije— que lo que has
dicho es verdad». Besó un misal que había sobre la mesa. Lo vi; lo oí cómo juraba.
«Ahora, júrame que has perjurado». «¿Estás loco?» «Lo estoy; lo estaré dentro
de un instante si no lo haces. No puedo soportarlo». No sé qué pasó a continuación.
Durante unas horas permanecí en un estado que después he considerado tan solo
una pausa de alivio. Cuando me recobré, sentí que mi corazón había dejado de ser
humano; las imágenes del afecto, de la esposa, de los hijos, golpeaban con fuerza;
pero no encontraban acceso. Ya no había ocupantes en él, la lámpara se había
apagado, y sus puertas se habían cerrado para siempre. La primera sensación de la
que tuve conciencia fue de una sed inmensa. Bebía un trago tras otro, pero seguía
sediento. Era una sed espiritual, interior; únicamente me la aplacaba una imagen
que, transcurridos unos momentos, la hacía más insoportable y acuciante: la de la
sangre de Verdoni en un vaso, delante de mí. Mi hermano, desaprobando unas veces
mi desmesura y otras lamentando su deber, me informó finalmente de que aún
continuaban las relaciones culpables de Erminia y Verdoni, sin que les coartara el
temor, ni les alertara mi comportamiento trastornado.
No sé lo que le contesté. Le permití que arreglase las cosas para descubrirlos y
castigarlos. Yo era en sus manos tan pasivo como una herramienta, pero jamás
abdiqué de mi exigencia de que despachasen solamente a Verdoni.
Mi hermano se encargó de anunciar que yo iba a hacer un viaje a las islas
griegas. Me acompañaron algunos criados hasta la costa; una vez allí los despedí, y
alquilé con nombre supuesto una pequeña villa de la vecindad de Baiæ, donde debía
aguardar información de las novedades que se produjeran, que mi hermano se
encargaría de mandarme. Empezó demasiado pronto. Ascanio me traía cantidades de
cartas interceptadas que aludían a entrevistas y favores concedidos en mi ausencia.
Sus frecuentes encuentros, sus visitas a la hija de ambos, sus comentarios sobre cómo
crecía en estatura y belleza, cada expresión que parecía dudosa en las cartas del
bargueño se repetía y confirmaba en estos pliegos interceptados. Al leerlos, mi
reacción habitual era naturalmente un paroxismo tal que a los de la casa no les
tranquilizaba la experiencia de que se me acababa pasando. Estos accesos eran
seguidos de horas de soledad y abstracción, durante las cuales no soportaba la
presencia de nadie, ni nadie se atrevía a acercarse a mí. El ánimo me fue
abandonando como la resaca, llevándose consigo los desechos de furia consumida.
Yo había renunciado ya a toda distinción y preeminencia mundanas. Me había
convertido en un hombre de hábitos reservados; toda vanidad del mundo se había
vuelto insípida y repugnante para mí. Su falsedad me producía náuseas, y
despreciaba su incapacidad para suprimir o aliviar la desgracia. Execraba la
celebridad, que no hacía sino que la caída de quien la alcanzaba fuera más
estrepitosa, sus infortunios más populares entre el vulgo curioso, y su degradación
un festín más abundante para los buitres de la envidia. Comprendí que era imposible

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volver a lo que había sido; que el exterior de mi persona debía participar del cambio
de mi interior; que ya no podía seguir llevando el nombre de conde Montorio. No
puedo describir el proceso ni el efecto de este cambio tan grande y efectivo; aunque
todavía hoy siento sus consecuencias.
Yo era un hombre vano y ambicioso, orgulloso de mi rango, y amante de todo el
pomposo aparato. Lo que aquí cuento explicará en qué me convertí de repente. He
comparado mi progreso a una espléndida caravana sobre la que, en plena majestad
de su marcha, descarga un diluvio del desierto, convirtiendo en monumento de
desolación lo que había sido monumento de orgullo. El resultado de mis
meditaciones lo anticipó una carta de Muralto, con la que mi hermano continuaba su
labor de espía de los culpables. Me contaba que la pasión de estos era ya tan
desvergonzada y violenta, que Verdoni se introducía a menudo en el castillo, y que
incluso habían concertado pasar una noche allí; que la condesa se lo había
confesado, y le había implorado que le guardase el secreto, convencida de que ya no
era posible simular que las frecuentes visitas de su amante tuvieran otro objeto.
Cuando leí esto…
No hace falta que continúe, ni que me detenga en cada eslabón de la cadena que
iban arrollando a mi alrededor con arte demoníaco, cada uno de ellos al rojo, y
abrasando sin consumir. Quiero hacer mención, sin embargo, de un aspecto
sumamente típico de mi carácter, de esa parte que proviene de una inclinación
ancestral. Creo recordar que las impresiones que intentaban imbuirme eran poco
sólidas, hasta que me presentaron a un desdichado, un mendigo, un astrólogo que
hablaba de predicciones y horóscopos, de ascendientes, y del aspecto trino de cierta
hora de la noche señalada. Era un individuo flaco y analfabeto. Habría echado a
puntapiés a mi lacayo si lo hubiese sorprendido prestándole oídos. Sin embargo se
los presté yo; era como aquel a quien le ha picado una tarántula; aunque tenía las
venas llenas de veneno, me vibraban y me latían oyéndole murmurar en su jerigonza.
Llegó la noche. Si fuera posible imaginar a un ser envuelto en rayos y
relámpagos sin que le consumieran, y saliese luego sin daño en sus facultades y
funciones vitales, creo que describiría ese momento de su existencia sumergido en
ígneo fluido exactamente como yo recuerdo los sucesos de esa noche, igual de
repentinos, igual de inflamados, igual de abrasadores. Desaparecieron casi en el
instante en que los sentí, sin posibilidad de definirlos ni de olvidarlos. El tiempo de
su acción fue un instante; el de su efecto, una eternidad.
Al oscurecer salí de la casa y fui a reunirme con mi hermano en un bosque que
rodea la Campania, a unas dos millas de Muralto, cuyas torres veía recortadas en el
crepúsculo. No dijo una palabra; yo creía en la veracidad de lo que me había
contado. Nos internamos entre los árboles, descabalgamos, y atamos los caballos.
Poco después oí ruido de cascos. Al cabo de un momento cruzó un caballero, solo,
con ademán melancólico y andar lento. Pasó cerca de nosotros; mi hermano indicó
con una seña que montáramos otra vez, y así lo hicimos. A cierta distancia vi que

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entraba en una cabaña del bosque; salió a la puerta acariciando a una niñita, la
subió al caballo, delante de él, y desapareció por un sendero del bosque. «¡Bellaco
adúltero!», exclamó mi hermano. Yo no dije nada; todo era niebla y oscuridad dentro
de mí. Seguí a mi hermano maquinalmente. Entramos en la cabaña. Dentro solo
había una mujer. Me recosté en la puerta; no podía respirar el aire que él había
envenenado. Mi hermano pasó delante para impedir que la mujer se alarmase ante
mi aparición, que probablemente era aterradora. «¿Quién es el caballero que acaba
de salir de aquí?» «¿Puedo preguntar quién lo pregunta, signor?» «Somos amigos; y
tenemos importantes asuntos con él, si son ciertas nuestras conjeturas sobre su
identidad…» «Bueno, signor, se hace llamar Orsanio —dijo la mujer orgullosa de su
sagacidad—, pero yo he oído a sus criados dirigirse a él con el nombre de Verdoni».
«¿Son frecuentes sus visitas a esta cabaña?»
«¡Muy frecuentes, signor! Tiene aquí una niñita preciosa, y no deja pasar un solo
día sin venir a verla». «¿Y siempre viene solo?» «¡No signor! A menudo se reúne
aquí con una dama velada, y conversan y lloran sobre la niña hasta hacerme llorar a
mí también; aunque no sé por qué motivo». «¿Sabes de dónde viene esa dama?»
«Deja su carruaje en la linde del bosque, signor; aunque he oído decir que la han
visto regresar al castillo de Muralto, del que pueden verse las torres desde aquí.
Cuentan cosas extrañas de los señores del gran castillo. ¿Habéis oído, signor? ¿Ha
sido un gemido del caballero que está ahí fuera?» «No, no. Prosigue, prosigue».
Fue todo lo que oí. A partir de la última frase, no oí nada más. Abandonamos la
cabaña y volvimos a montar en nuestros caballos.
«¿Qué piensas hacer?», dijo mi hermano.
No pude contestar; me limité a mostrarle el estilete, y señalé hacia el castillo.
Nos internamos en el bosque. No me di cuenta de que se nos había unido Ascanio
hasta que señaló a Verdoni a poca distancia, delante de nosotros. Me lancé a la
carrera; y él trató de defenderse. Y creyendo por nuestras máscaras y armas que
éramos salteadores, suplicó que le perdonásemos la vida a su hija. Arrojé al suelo a
la bastarda. Verdoni desenvainó, pero entretanto habían llegado los otros; y Ascanio,
de un golpe, le cortó la mano que sostenía la espada. Posiblemente me salvó la vida,
porque yo estaba tan ciego e impotente de furia que me habría podido vencer con
una caña, Pero no quería ninguna carnicería; así que no quise tocarle siquiera un
cabello. Agarré las riendas de su caballo y galopamos hacia el castillo. Me
preguntaron qué iba a hacer, pero solo pude proferir: «Mi esposa».
Hay muchos senderos que, serpeando al pie de las murallas, desembocan en el
bosque. Nadie los conocía excepto yo; así que me siguieron como seguirían a un
mago que les estuviera revelando un camino entre rocas subterráneas; sabía todos
los vericuetos, y recordaba que uno de ellos conducía a una escalera oscura y secreta
que comunicaba con los aposentos de mi esposa. Atravesamos esas cavernas sin otra
luz que la que penetraba desde lo alto del precipicio o por una grieta de arriba, y sin
más ruido que los gemidos inarticulados del desventurado Verdoni.

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No quiero retardar esta historia intentando describir lo que la humanidad llama
sentimientos; porque sé que los míos encontrarían poca simpatía, ajenos como son a
los hombres: ha habido pocos en mi situación; ninguno, que yo sepa, en mi estado de
ánimo. Es fácil hablar de la caída de la ambición y la pérdida de la felicidad; pero
¿quién se ha atrevido a describir el estado de Lucifer, Hijo de la mañana, cuando
cayó de la esfera de los serafines y las armonías celestiales a las tinieblas y la
aflicción, a los lechos de fuego y grillos adamantinos? Ese era el mío: irremediable,
total, definitivo. Peor aún; porque nadie sino un mortal puede conocer el infierno del
amor.
Dejé a nuestra víctima al pie de la escalera con mi hermano; subí al aposento de
la condesa. Crucé el de los niños, que estaban durmiendo; no pude mirarlos. Su
madre estaba en la alcoba; la única sirvienta a su lado era la nodriza. Profirió un
grito al verme. Intenté apostrofarla con alguna palabra injuriosa, pero la voz se me
ahogó. Creo que comprendió instantáneamente el peligro que corría. Tuvo que ser
así, porque mi cara era la de un demonio; y aunque me fallaban las palabras, mi voz
era como el rugido del océano. «¡Ay, traicionada he sido, y perdida!», dijo; y
retrocedió tambaleándose y cayó en la cama. Entonces encontré palabras.
¿Palabras? Teas, y saetas, y muerte le arrojé llevado de mi exacerbación. La nodriza
se interpuso aterrada. La aparté a un lado. Descargué sobre ella una amenaza que la
amedrentó; saltó de la cama, se agarró a mis pies, lloró, se arrastró, me imploró que
la escuchase, que la escuchase. «¡Solo os pido que me escuchéis!» Yo veía, sentía,
saboreaba la angustia de su alma; cada dardo que ella me había lanzado al corazón
volvía a ella ahora con el hierro envenenado. «¡Soy inocente, por esta luz!»
«¡Adúltera!» «Por esta santa cruz que beso…» «¡Adúltera! ¡Adúltera!», rugía yo.
«Escuchadme un momento, un momento nada más; confrontadme con vuestro
hermano. ¡Ay, Verdoni, una traición nos ha perdido!»
Intenté apartarme de ella; seguía agarrada a mí. La arrastré por el suelo; sus
alaridos eran salvajes; sus manos eran como las garras de la muerte.
«¡Escuchadme un momento nada más! ¡Tanto es! ¿Cómo esperáis ser oído
cuando estéis en vuestro lecho de muerte?» De repente me detuve. Clavé mis ojos
desorbitados y secos en ella; sentí la quietud antinatural, sosegada, en mi voz. «No
quiero ser oído en la hora de mi muerte; no tengo ninguna esperanza, vos me habéis
privado de ella, vos me habéis perdido para siempre. Los horrores y el peso de esta
noche caen sobre mi alma gracias a vos; y a vos se os pedirán. ¡Eh, Ascanio! Trae a
ese adúltero aquí, su amante está preparada para él».
Erminia se levantó de un salto, con los ojos fijos en la puerta por la que yo había
entrado; y vio…

***

Debo continuar. Hablan de la venganza de los maridos italianos; la mía supera

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al modelo: ¡¡lo apuñalé sin prisa delante de ella!!
Con una pausa detrás de cada golpe. ¡La obligué a oír cada gemido! ¡Pobre
desdichada! Creía que los delirios de su amor me desarmarían, en vez de dar fuerza
a mis golpes. Cuando comprendió que sus súplicas desgarradas de ¡piedad! ¡piedad!
¡piedad! eran vanas, se volvió más salvaje que yo. Con el frenesí de una amante,
comenzó a saltar de un lado a otro, ciega, jadeante, repitiendo los débiles gritos de
Verdoni, y maldiciendo a sus asesinos, ante los que un momento antes se había
arrodillado. «¡Demonios! ¡Demonios! —chillaba—. ¡Ya no os suplico, ya no me
arrodillo! ¡Seguid! ¡Ah, ojalá me estallen los ojos!» El último estertor de Verdoni,
ahogado de sangre, le llegó a los oídos. «¡Ah, ese gemido ha sido de descanso! —
chilló—. ¡Ha muerto! ¡ja, ja, ja! ¡Ahora me río de vosotros, ha muerto, ha muerto!»
Tambaleándose, cayó sobre el cadáver. ¡Le reventó el corazón! Cuando me atreví
a tocarla, estaba fría como el mármol. Tenía la mirada fija e inerte, los miembros
relajados, el pulso apagado. Cuando comprendí del todo que estaba muerta, que se
había ido irrevocablemente para siempre, ¡que Erminia había muerto!… Pero no me
siento con fuerzas para seguir hablando de esa hora. Salté con la celeridad del que
huye de la destrucción; destrucción que, a decir verdad, me rodeaba por todas
partes. Y debido precisamente a esta dirección inesperada que tomaron mis pasiones,
y a lo inconcebiblemente deprisa que me fui, salvé la vida; por esa noche al menos.
Sin duda volé como una nube arrebatada por la tormenta; porque cuando sonaron
las doce me encontraba muchas millas al oeste, en las playas occidentales de
Nápoles. Mi caballo, que había encontrado en el bosque, cayó debajo de mí. Seguí
corriendo a pie, atravesé las sinuosidades de la costa como una ola. La razón no me
había abandonado, sino que había cambiado completamente: me había convertido
en una especie de salvaje intelectual; en un ser que, con la malevolencia y la
depravación de las naturalezas inferiores, conserva la inteligencia de un hombre, y
la conserva solo para su propia maldición. ¡Ah, aquella oscuridad nocturna del
alma, en la que el alma busca aquello cuya pérdida le ha anulado todos los sentidos
salvo el de la absoluta y desolada privación; en que recorre leguas con los pies y
mundos con el pensamiento sin conocer el alivio, pero con pánico a detenerse! No
tenía nada que buscar, nada que recuperar; los mundos no podían restituirme un solo
átomo, no podían mostrarme otra vez el más pequeño atisbo de lo que yo había sido
o había perdido; sin embargo, seguía corriendo como si un paso más allá fuera a
alcanzar el refugio y la paz. Mi carrera era tan salvaje y veloz que se hacía imposible
calcular su dirección. Había desaparecido mientras se llevaban los cadáveres y
borraban los rastros de sangre. Otras causas contribuyeron también a mi huida:
hubo una tormenta, dijeron, una conmoción del aire y la tierra. De eso no recuerdo
nada más que lo que se dijo. Probablemente esa sacudida disuadió de seguirme a los
que no empujaba la desesperación como a mí.
Hacia el amanecer salté a un pequeño bajel que zarpaba para Sicilia. Pero dejé
Sicilia muy pronto, y crucé a las islas griegas. Yo había concebido una aversión

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irresistible no a la figura humana, pero sí a la figura humana con cualquier
aditamento italiano; incluidas las casas, los árboles, la lengua y hasta el mismo aire;
cualquiera que hubiese sido mi aspecto, cualquier cosa que hubiese tenido relación
con él, era ahora abominable para mí; lo miraba como se supone que un espíritu
condenado mira el cuerpo en el que ha pecado, ahora oscuro, abandonado,
repugnante, a la vez que recordatorio de placeres, e incendiario de dolor. Es
sorprendente que durante ese tiempo, en medio de la desesperación, adoptara el
proceder que la cautela más activa y recelosa habría escogido de manera
deliberada; mis cambios frecuentes de residencia, mis retiros, mi soledad y mis
disfraces evitaron que fuera descubierto tan eficazmente como si obedecieran a un
plan preconcebido.
Vagaba de una isla a otra, de la playa a las rocas, sin detenerme, y sin llamar la
atención; la gente era pobre y simple; no se entretenía en fisgar; pero mi aspecto los
atemorizaba, y se alegraban de verme marchar. No me era difícil conseguir el mísero
alimento que necesitaba, mi ropa estaba harapienta, y mi lecho era la tierra desnuda.
¡Y todo había sido obra de un hermano! Sin embargo, seguí con esa vida errante,
porque encontraba en ella algo que necesitaba; ese algo era la absoluta soledad, mi
total amputación del mundo. Había oído hablar de una pequeña isla que era evitada
porque decían que la habitaba el espíritu de los naufragios y las tempestades; una
noche de calma cogí un bote y me dirigí allí. Me daba igual que fuese morada de
semejante ser; lo importante para mí era que nadie osaba visitarla. Y en ella
encontré cuanto podía necesitar: una cueva, agua y frutos silvestres; y durante el
invierno, la gente supersticiosa, para propiciarse al espíritu turbulento del lugar,
depositaba en la playa más ofrendas de las que yo era capaz de consumir.
Aquí me abandoné a una extraña especie de vida animal; me convertí en una
criatura de los elementos; mis inclinaciones y costumbres dejaron de ser las de la
humanidad, las de la humanidad social al menos. Perdí el uso de la lengua; se me
olvidó mi propio nombre. No obstante, el tiempo era para mí suficientemente diverso
gracias a los cambios de las estaciones y del cielo. Cuando había tormenta, salía
precipitadamente, aullaba y rugía con la voz de la tempestad; me descubría la
cabeza y el pecho para que la lluvia me empapase; y una vez frío y chorreando, me
retiraba a la cueva y me echaba a dormir. Cuando no la había, me sentaba en un
peñasco junto a la cueva a escuchar los vientos, cuyos gemidos furiosos y cambiantes
(a causa de la fragosidad de la costa) componían un extraño remedo de voces
humanas; y la marea, cuyas ondulaciones vacilantes sentía y oía respirar
tranquilidad. Nunca pensaba en mi yo anterior, o en aquellos con quienes había
estado. Tenía conciencia de que en mis pensamientos había algo así como un rincón
oscuro del que me parecía haber salido hacía poco, y en el que no tenía ningún deseo
de aventurarme otra vez. A veces soñaba, pero tenía las facultades tan confusas que
después solo recordaba el sueño como algo doloroso, como algo que interrumpía el
exilio tranquilo de la conciencia y el pensamiento, que parecía el menstruum de mi

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existencia actual. Creo que podía haber vivido años en ese estado, conforme al
principio de longevidad de los idiotas.
Un atardecer, estando sentado junto al mar, vi un bote a poca distancia, que
navegaba a lo largo de la orilla como observando, más que con el propósito de tocar
tierra. Alcé los ojos con apatía; pero cuando vi una indumentaria italiana en el bote
corrí a esconderme en la cueva, temblando de horror. No me atreví a salir hasta que
anocheció. Había estrellas, pero no luna; gracias a eso, y a lo silenciosos que eran
mis pies descalzos, me pude acercar sin ser descubierto a donde dos hombres
estaban sentados en la punta de una roca, conversando. Al oído me llegaba su acento
italiano; al principio escuché con un deleite maquinal. Amaba ese acento (tan
ilógicas e incoherentes son las inclinaciones de la mente humana); aunque al
principio no distinguía las palabras. Pero en seguida se alumbró en mí su pleno
significado. «Sois un demonio de osadía, Ascanio», dijo uno. «Una vez sí lo fui.
Ahora ya casi no sirvo para esta clase de trabajos. Si creyera que podía alcanzar la
absolución, me haría penitente; más aún: me haría monje, y pasaría el resto de mis
días rezando. Haber inducido al asesinato del desventurado caballero y la dama, que
eran tan inocentes como esas benditas estrellas; empujar al desdichado conde a una
vida salvaje y demente, donde no lo dejamos descansar ni en su madriguera, sino que
venimos a derramar su sangre en esta playa desolada… ¡Por todos los santos, me
asombra que esta roca nos sostenga!» «¡No digas tonterías! La mitad de los
conventos de Italia nos darían la absolución por un puñado de ducados».
Hablaron mucho más. Los estuve escuchando durante una hora. Hablaban sin
testigos, como dos asesinos, a solas y sin disimulos. ¡De Erminia, la dama
infortunada, y el caballero, inocentes! ¡Del desdichado conde, empujado a la
desesperación y al homicidio por su hermano, y por su hermano rastreado hasta la
soledad para matarlo en su madriguera!
¡Ah… no puedo, no puedo! Si escribiese el nombre de ella, lo seguiría repitiendo
durante días y días, llenando libros enteros. ¡Tardío arrepentimiento; vana
desesperación!
Quiero proseguir mi relato: me retiré a la cueva impulsado por instinto de
seguridad; sin embargo, allí no pude proveerme de un arma, ni habría podido
utilizarla de haberla habido. Me dejé caer en mi lecho de hojas a esperar la muerte.
Noté que una sombra oscurecía la entrada; uno de ellos se metió reptando como
habría entrado en la guarida de un salvaje al que temiera alertar con algún ruido. Yo
no tenía fuerzas para levantarme. Ganado por una extraña pero grata sugestión, me
sentía como forzado a esperar a mi asesino. Se internó en la cueva; una vez en la
oscuridad, ya no pude distinguirlo, aunque percibía sus movimientos; estaba tan
oscuro el rincón donde me hallaba que sentí su aliento en la cara, pero sin verlo.
Con una rapidez que no le dio tiempo a escapar ni a oponer resistencia, salté sobre
él y lo agarré por el cuello. Lo arrojé al suelo. Mi fuerza, naturalmente grande, se
había vuelto enorme con las penalidades.

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Noté cómo aspiraba con dificultad, y se agitaba con los temblores de la muerte;
le palpé la ropa en busca de su estilete; lo llevaba en el cinturón, envainado. Lo
saqué, y con pasos que no habrían ahuyentado a un murciélago de su hendidura, salí
a la boca de la cueva. El otro estaba apoyado en una roca que había delante: caí
sobre él cuando esperaba a su cómplice; saltó, y vio una figura apenas humana que
le dirigía una daga a la garganta.
Echó a correr con las alas del miedo, y yo fui detrás con las de la venganza. Para
satisfacción mía, lo descubrí trepando trabajosamente a una roca pelada que se
alzaba sobre el mar, lo que le cortada la retirada. Miró, y saltó. Me asomé al borde, y
lo vi debatirse en el agua. Regresé a la cueva; el cuerpo que yacía en el suelo estaba
negro, hinchado, tieso. Esa noche no dormí allí; desahogué mi rabia y mi angustia en
la playa, dando voces salvajes a los vientos que la barrían; voces que me parecía que
contestaban unos gritos lastimeros procedentes de la roca desde la que había
obligado a Ascanio a lanzarse a las aguas oscuras e implacables. Hacia el amanecer,
volví a la cueva y registré el cadáver. Le encontré algunas cartas; casi todas de mi
hermano y su esposa al portador, un conocido asesino, y a su hermano Ascanio.

***

Estaba a punto de describir el efecto que me produjo su lectura; pero creo que no
debo. Aún tengo tarea por delante, y voy a necesitar todo el discernimiento que me
queda. Así que, ¿para qué malgastarlo en frenéticos arrebatos que puedo evitar?
Bastará con que detalle el contenido de dichas cartas. Lo haré con toda la calma y
sangre fría de que sea capaz.

***

Al parecer, mi hermano había sido el primer pretendiente de Erminia; y su propio


matrimonio le producía una frustración que, fermentada por la ambición de su
esposa, acabó imbuyéndole la idea de trabajar mi carácter crédulo y vengativo; y
por ese medio… Pero debo continuar con calma y sin alterarme: había introducido
espías en la familia Amaldi, y sobornado a un sirviente ruin al que Verdoni había
echado. No tardó en estar al corriente de las secretas desventuras que ensombrecían
la casa Amaldi. Erminia había estado enamorada de Verdoni en su temprana
juventud; el padre de ella, persona de carácter mundano, vacilaba en dar su
consentimiento, con la esperanza de encontrar un pretendiente opulento. Pero los
jóvenes amantes desdeñaron sus fríos cálculos, y se unieron secretamente en la
iglesia de San Antonio la noche del 4 de diciembre de 1667; y al invierno siguiente,
Erminia dio a luz una niña en casa de un pariente, no lejos de Nápoles. Por ese
tiempo, el regimiento de Verdoni estaba acuartelado en la vecindad de Palermo,

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donde una poderosa banda de salteadores asolaba la comarca. Los habitantes
pidieron ayuda a la fuerza militar; la compañía de Verdoni marchó contra los
bandidos, pero, desorientados en las sinuosidades del bosque, cayeron en una
emboscada, y fueron pasados a cuchillo. Se enviaron a Nápoles los nombres de los
oficiales que habían perecido; el primero era el de Verdoni. En ese tiempo, Erminia
aún no había revelado su matrimonio; y pensó que ahora no tenía necesidad de
hacerlo. Lloró en soledad por su hijita huérfana. Entonces tuvieron lugar mis
desastrosas proposiciones. Herida y alarmada, Erminia acudió a su padre. Le contó
su historia; y la respuesta de él fue ordenarle que se casara con el conde Montorio so
pena de ganarse la maldición paterna. Le dijo que era una insensatez sacrificar su
juventud y sus esperanzas aferrándose a un nombre de viuda, y una perversidad
preferir el deber con un esposo muerto a obedecer a un padre vivo. Lloró, tembló, y
se sometió. ¡Ah, era toda dulzura, toda ternura y docilidad! ¿Impura ella? Estaba
triplemente hecha de nieve, templada con el rocío de los lirios del valle, y animada
por algún espíritu bañado en la fría sangre de la luz esferal. Debía haberla cobijado
en mi pecho, y alimentado con besos de mi corazón; ella… Pero he prometido no
volver a escribir su nombre.
Poco después de nuestro fatal matrimonio, su esposo, que había caído prisionero
de los bandidos y encerrado en una cueva, tras huir de manera peligrosa y extraña,
regresó a Italia. Lo hizo disfrazado por temor a que lo persiguieran aquellos de los
que había escapado. Y a su regreso descubrió que su esposa se había casado con
otro hombre, ¡y era madre de otros hijos! Nadie se atrevió a informarla de su
regreso; menos probable aún era que la familia de ella me desvelase a mí la
vergüenza; vergüenza en la que habían incurrido con su apresuramiento egoísta. Un
atardecer salió a pasear por el bosque con su doncella; una voz la llamó, y
retrocedió asustada. La llamó otra vez. Era una voz conocida, de reproche y amor.
Un instante después lloraban juntos los dos amantes, embargados de agonía. ¿Quién
le envidiaría el último y doloroso consuelo de verlo a menudo para llorar con él
sobre la hijita de su aflicción? Fue entonces cuando mi hermano, incitado por su
esposa, una Tulia (porque él solo habría sido incapaz), determinó usurpar mi título y
mi riqueza sin recurrir al medio incierto y siempre sospechoso del puñal o el veneno;
él sabía que ninguno de los dos podía penetrar de forma más rauda y artera hasta el
fondo de mi alma que infamando a la esposa a la que adoraba, o mancillando el
honor en el que tenía puesto yo todo el entusiasmo. Además, no corría ningún
peligro; porque nadie osaría venir a contarme que mi esposa era esposa de otro o,
aun recelando que yo lo supiera, se atreviese a hacer ningún comentario. Así que me
encontraba totalmente aislado por esos dos hombres, que no tenían siquiera la
caridad de atravesarme el corazón. Las cartas que encontré en el bargueño habían
sido escritas durante el tiempo en que se separaron después de casarse en Nápoles.
Contenían las expresiones de más íntima ternura; pero, en aras de la discreción, se
abstenían de cualquier alusión a su situación real (lo que me habría hecho

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comprender), no fuera que cayesen en manos del padre de ella. Durante mi ausencia,
mi esposa, inducida por la falsía de mi hermano, le confió su honor y sus
sufrimientos; le contó que Verdoni iba a abandonar Italia para siempre; y que ella
tenía pensado, después de su confinamiento, retirarse a un convento y tomar allí el
velo. ¡Amor mío, asesinada por mis manos! ¡En medio de tus angustias, tus
pensamientos eran tan santos como el sueño de una vestal! Reconoció ante mi
hermano mi afecto, le expresó su gratitud hacia mí, y le imploró que consolase las
frustraciones de mi orgullo y de mi pasión… ¡Los míos, cuando yo ya planeaba
destruirla!
Así, sintiéndose sola, acudió a él en la negra hora de su dolor, ¡y así la traicionó!
¡Ah!, ¿por qué su fatal deseo de ahorrarme sinsabores le impidió revelármelo? Mi
dolor habría sido grande, pero mi triunfo habría sido grande también. La habría
devuelto a su primer amor, al esposo de su juventud; y habría renunciado a ella sin
un gemido; aunque, cuando me hubieran dejado solo, a ese sacrificio habría seguido
mi fin; habría… Pero no debo decir lo que habría sido, sino lo que soy. En otros
pasajes de las cartas descubrí que mi hermano y Ascanio habían decidido una
matanza total esa noche, que nos diésemos muerte mutuamente. Desde luego hubo
dos víctimas; pero yo, como acabo de contar, me libré por un inesperado acceso, en
el que me dio por huir, sin pensar en mi seguridad ni en el peligro; y en la confusión
de la escena, no se dieron cuenta de mi desaparición hasta que estuve a muchas
millas de Muralto.
Desde ese momento, y durante unos tres años, Ascanio y su hermano me
buscaron por toda Italia, siguiendo cualquier rastro y atisbo de información con la
incansable diligencia de una caza de sangre, en tanto mi hermano, temblando en su
castillo, difundía la noticia de mi muerte y celebraba mi funeral en la capilla de la
familia. Finalmente me descubrieron, y se dispusieron a acabar conmigo sin dilación
ni ruido. Tales eran las instrucciones de esas cartas, impartidas unas veces directa,
otras indirectamente, siempre de manera confiada y familiar.
Mientras las leía, solo un nervio de mi corazón seguía inquieto e inquisitivo, los
demás se me habían secado. Leía con las ansias de la última alarma de mi
naturaleza: ¡mis hijos… seguí leyendo… habían muerto!

***

Al terminar de leer la última, un fuego prendió dentro de mí; un fuego oscuro,


sólido, que devoraba sin destruir. No sé cómo describir mi dolor (siempre lo sufrí a
solas; no había ninguna voz que preguntase por mí; ninguna sombra de amigo que
arrojase algún alivio sobre mi frío lecho de hojas). Pero, seguramente, nunca el
espíritu y el cuerpo actuaron tan extrañamente el uno a través del otro. El fuego del
que hablo me parecía corpóreo y visible. Recuerdo que estaba sentado en una roca,
extrañado de que no humease y se deshiciese debajo de mí. Tenía la impresión de

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vivir en el fuego. Mis músculos y mis nervios, hinchados y rígidos de agonía, eran
como barras de metal al rojo; mis cabellos siseaban y centelleaban con un fluctuar
de llamas cuando el viento los agitaba; en cuanto a mis ojos, las cuencas me
parecían de hierro candente, y al cerrarlos, largas lenguas de fuego danzaban ante
ellos, y se volvían hacia un mundo interior que contemplaban con la angustia (pero
no con la brevedad) que ocasiona la furia de los elementos.
No sé cuánto me duró ese estado; no tenía otro medio de calcular el tiempo que
el día y la noche, y no me daba cuenta de su paso; excepto que el sufrimiento se me
hacía más grande con la luz del día. Cuando me recobré, Erminia y Verdoni estaban
junto a mí; a partir de entonces, jamás, ni por un instante, he perdido la sensación de
su presencia. Ellos han sido, según el momento, mi castigo y mi consuelo, mis
cómitres y mis compañeros. Durante cuatro años de soledad entre las rocas, conversé
con ellos; unas veces me embargaban sus murmullos, otras me atormentaban sus
gritos. Hablo con la sinceridad y la sencillez del que está convencido de lo que
cuenta, y le da igual que los demás lo crean o no. Los sueños de la noche se
disuelven fácilmente, y a veces se ven temblar extrañas formas en la media luz de una
caverna; pero yo los veía en pleno día, en la playa desierta bajo el sol; en la ola
distante, cuando su seno era terso y brillante como el jaspe; en la cortina de niebla
que colgaba sobre los escollos, y en los rociones extensos de los rompientes, que se
apartaban de ellos flotando en el aire para no cubrir sus figuras con su manto de
espuma. No eran un engaño. La luz, a veces, era más radiante de lo que cabe
imaginar. Hacia la puesta del sol, veía a veces una pequeña nubecilla blanca, y la
observaba acercarse; se detenía en un punto de la roca que se alzaba junto a mi
cueva; y según aumentaba el crepúsculo, se iba ensanchando, dejaba descubierto en
el centro un trono flotante de perla, y sus bordes se extendían como alas irisadas de
mariposa y lo elevaban. Bajo la claridad de la luna, la pompa se hacía más rica, y la
visión se volvía sumamente gloriosa. Miríadas de formas luminosas eran visibles en
esa catarata de luz lunar que caía sobre la cima de la roca; miríadas que nadaban en
sus olas opalescentes, transportadas en fina red de diáfana radiación, con un dosel
de cáliz de lirio y embriagadas de líquida luminosidad. Entre ellas se hallaban
sentadas las sombras de los amantes, centelleantes de luz esferal, y entronizadas en
la majestad de la visión, pero con un vestigio de mortalidad en su palidez. Estaban,
el uno al lado del otro, con triste y sombría solemnidad, sobremanera desventurados,
fatales, efímeros, afectuosos. A veces, tendido en mi lecho frío y solitario, me llegaba
la voz de ella arrastrada por el viento, retazos de un canto dulce y melancólico, como
el que solía entonar cuando creía que estaba sola y no la escuchaba nadie. Me
levantaba, lo seguía, y lo oía alejarse flotando sobre las aguas. Escuchándola,
habría dado un mundo por llorar. De repente las inflexiones del canto se convertían
en gritos dolientes y fúnebres; y Erminia, pálida y convulsa como la última vez que la
vi, pasaba ante mí, señalando hacia una figura ensangrentada que las olas arrojaban
a mis pies. Los dos se hundían juntos en las aguas; y a lo lejos, donde la luna

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derramaba una luz pálida y brumosa sobre las olas, veía alzarse sus rostros borrosos
y tristes, mientras su grito se iba perdiendo en el desierto de las aguas.
Muchas veces, en otoño, cuando el sol se ponía entre nubes y vapores, me
sentaba a la entrada de la cueva a contemplar el desarrollo de la escena. Las nubes,
oscuras, rápidas, desgarradas, con intensas franjas de rojo, adoptaban formas
insólitas de cosas que apenas recordaba: naves, torres, bosques de juego… y figuras
de seres que jamás han existido. Otras veces eran un castillo, un edificio negro y
montañoso, con torres orladas de llamas y manchas incandescentes debajo que
semejaban un incendio asomando por ventanas y saeteras, mientras las aguas
enrojecidas que reflejaban su sombra parecían rodearlo de sangre; y huestes
vaporosas en orden de batalla, arreboladas con los tonos de un cielo tormentoso, que
parecían marchar por los aires para atacarlo. Entonces, mientras miraba, con bs
primeros relámpagos del asedio, irrumpía Erminia ante mí con un semblante de ira y
amenaza; y detrás de ella, otra forma, oscura con la furia de la tempestad. ¡Ah!,
peor que la furia de la tempestad era para mí esa visión. Huía a mi cueva, sepultaba
la cara en mi lecho de hojas. Pero ¡qué formas veía cuando los relámpagos
cegadores, traspasando las grietas y las hendiduras, llenaban La caverna de sábanas
de pálido azul!
Una de aquellas noches, de tempestad desatada, me vino de repente una idea; la
única que durante años me ha calentado el corazón con un impulso natural, y me ha
recordado que aún estaba anclado al mundo de los seres humanos. ¿Os preguntáis,
quienes leéis esto, cuál fue esa idea? Deteneos un momento, y pensad en mi estado.
Yo era un noble, representante de una ilustre casa, cuyos títulos conservaba sin
mancha, y hacían que me sintiera orgulloso. Mi riqueza era grande, y mi poder más
aún; la esfera y sombra de mi influencia alcanzaba a miles de seres, a los que
alimentaba y sostenía. Era amado por algunos, honrado por muchos, y temido por
todos. No me desagradaba inspirar ese férreo y lejano temor que emana de la
dignidad. Pero eso era solo parte de mi carácter. Yo era además, ahora puedo hablar
de mí como de alguien que ya no vive, amo generoso, amigo invencible y amante
idólatra. Era marido y era padre; la esposa y los hijos me acaparaban el alma. A
pesar de mi carácter distante y orgulloso, me volcaba en el amor doméstico con
tierno afecto y sosegada dulzura, como podría hacerlo el hombre más amable en la
intimidad de su humilde cabaña: así era. Y podía haber llegado al fin de mis días en
paz y con honor, según era. ¿Y qué habían hecho de mí? El hermano, al que quería y
al que había salvado, me convirtió en un asesino, en un salvaje, en un proscrito de
este mundo y del otro, en un habitante de las soledades con vestimenta de religioso,
¡en un demonio con alma de ser humano!
No es posible describir la perversión física y moral a la que me había reducido. A
Nabucodonosor, que habitaba entre las bestias cuando fue expulsado de entre los
hombres, no debió de turbarle el sueño el recuerdo de su perdida importancia y
dignidad, ni la angustia de la degradación moral. Mis sufrimientos, en cambio,

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comprendían los extremos de todo lo que como ser humano se puede sufrir. Amaba a
alguien que nada podía devolverme; idolatraba una reputación que había perdido
para siempre; era un malvado con la conciencia en carne viva; era un loco en
perfecto uso de razón. ¿Hay alguien tan tardo que se pregunte aún qué me quedaba?
¡¡¡LA VENGANZA!!!
Sí; del pecho desnudo de esa roca de la isla, de su famélico y harapiento y
enajenado habitante, de ese desdichado que habrían podido exhibir como un
fenómeno en las calles de Nápoles brotó la explosión de vindicativa energía que ha
reducido a polvo una de las casas más orgullosas de esa ciudad.
Este acontecimiento, del que hasta ahora he esbozado las causas, es la médula y
la sustancia de la presente confesión. Casi en el instante en que concebí la idea, se
me ocurrió también el proceso que debía seguir, los medios que debía utilizar, y los
rasgos del carácter y situación del criminal sobre los que debía ejercer presión.
Mostrarle la falacia, la insignificancia de aquello por lo que se había vendido al
pecado, no bastaba para vengarme o enconarle la conciencia; la misma obtención de
lo que codiciaba se la había hecho ver de manera espantosa. En sus cartas descubrí
que era un alma atormentada. Es corriente hablar de las pesadillas del asesino; él,
sin embargo, era un ser sustancialmente torturado; torturado por la sospecha,
torturado por el miedo, torturado por la convicción de que se había destruido a sí
mismo… a cambio de nada. En él, por tanto, la condena se había anticipado a la
apelación, y el remordimiento había sustituido al castigo. Pero ahora estaba rodeado
de numerosa familia, por cuyo bienestar quizá se esforzaba en reconciliarse con la
culpa, y en creer que los crímenes que habían beneficiado a sus hijos no podían dejar
de alcanzar el perdón. Sus hijos debían brillar en el mundo con magnificencia y sin
sospecha, y ser aclamados sin tacha; en tanto los míos, herederos natos de Muralto,
se pudrían en la tumba sangrienta de su madre, sin que nadie los llorase salvo su
padre exiliado, ¡el padre que los había enterrado allí! Cualquiera que esté al
corriente del terrible suceso habrá imaginado ya la idea que se me ocurrió: convertir
a los hijos en verdugos de su padre, y conjugar la pérdida eterna del nombre y los
títulos que me habían arrebatado con la caída de su usurpador.

***

Sé que hasta ahora nunca el pensamiento humano había maquinado semejante


atrocidad. Quien abomine de mí, repase las páginas que anteceden. No es que
pretenda justificarme; pero habrá de reconocerse que el que ha sido agraviado como
no lo ha sido nadie, puede sentir deseos de vengarse como jamás se vengó hombre
ninguno. Y es sorprendente que, desde el instante en que concebí tal idea, no solo
recobré el discernimiento y no volví a tener siquiera un breve espacio de
enajenación, sino que mis facultades se confirmaron, concentraron y exaltaron a un
grado de férrea fortaleza y firmeza único que haría posible llevar adelante semejante

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plan. Desde esa hora, no me fallaron ni el cerebro ni el corazón; ninguna fragilidad
humana, ninguna debilidad intelectual torcieron mi propósito.
Mi primera decisión fue abandonar mi modo de vida salvaje. Me habitué,
después de vencer multitud de veces mi natural aversión, a ver el rostro humano, y a
oír la voz humana. Al cabo de un tiempo crucé a una isla vecina, esta habitada. Me
esforcé en reconciliarme con la vida de los hombres: a permanecer sentado una hora
sin sobresaltos ni aspavientos; a comer sin andar buscando alimento; y (lo más
difícil de todo) a pasar la noche en una cama, donde al principio me era imposible
descansar. Allí fue donde, aplacada mi inicial vehemencia; empecé a explorar los
escollos que lo rodeaban y a comprender que eran innumerables y peligrosos. Estoy
convencido de que nadie sin una vena de locura habría podido llevarlo adelante. No
quiero perder el tiempo ahora en glorificar los prodigios de mi plan, ni satisfacer un
orgullo miserable ensalzando la fuerza sobrecogedora de unas alas de demonio en su
vuelo hacia la maldad. No tengo intención de hacer el inventario de mis luchas y
debates interiores. Me limito a exponer su resultado.
Mi primera medida fue pasar a Turquía. Recorrí la mayoría de los países de Asia
Menor; visité Siria, viajé a Persia, y crucé el Golfo Pérsico hasta Arabia. Atravesé el
continente arábigo y, recorriendo las costas del mar Rojo, pasé a Egipto. Visité sus
regiones alta y baja, regresé a El Cairo y embarqué para Europa. Un accidente me
arrojó a Candia, donde adopté el hábito de los monjes griegos, y embarqué en una
nave con destino a Rodas; pero que al final me dejó en Sicilia, donde,
reconciliándome con la comunión católica, me procuré una recomendación para el
superior de un convento de Nápoles, y regresé a mi ciudad natal.
No quiero detallar los sufrimientos de un extranjero recorriendo solo, durante
quince años, países feroces, anárquicos y sanguinarios. Admito que me hallaba casi
constantemente en situación peligrosa y difícil, a veces extrema. Si se me pregunta
qué medios empleé para escapar con vida de esa persecución, declaro solemnemente
que ninguno, salvo los de una absoluta pobreza, una constitución endurecida y un
espíritu desesperado. Mi resolución, la más tenaz que haya abrigado nunca un
espíritu vigoroso, estaba sostenida por una fuerza y una resistencia corporales
enormes, fruto de mi exilio y mi vida salvaje. Mi meta, en ese largo progreso, era que
ninguna adversidad me impidiera el estudio del carácter humano en sus facetas más
feroces y sombrías. Puesto que una mazmorra podía ofrecerme sayones, verdugos y
criminales, se me preguntará por qué quería estudiar el carácter humano donde
existe en un estado tan rudimentario y homogéneo, donde el fanatismo y la opresión
se alían para impedir el despliegue de las cualidades elementales, o la adquisición
de las transmisibles, y reducir la vida a una monotonía letárgica y estéril.
A eso contesto que mi estudio se centraba en esa parte del carácter humano
igualmente visible en todas las sociedades, y en las determinaciones de los diversos
individuos, y discernibles tanto en el salvaje como en el hombre cultivado, aunque
por lo general sus rasgos se acusan y destacan más en los estratos más groseros de

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la especie humana. Mi estudio indagaba la superstición en todas sus formas, y todos
los modos de influencia que puede ejercerse con ella, cómo puede adquirirse esa
influencia, y a qué extremos se la puede llevar mediante la astucia y el terror. De
haber intentado ese estudio en Europa, las consecuencias habrían sido sin duda
infinitamente peores que todos los sufrimientos que padecí en Asia y África: me
habrían prendido, me habrían sometido a interrogatorios, y me habrían
desenmascarado; quizá habría ido a parar a la Bastilla, en Francia, o me habrían
encerrado a perpetuidad en las mazmorras de la Inquisición española o italiana. En
Asia, si me quitaban la vida, mi nombre y mi propósito perecerían con ella; no sería
recordado como el hombre que había concebido la vasta teoría de un plan
complicado y muerto a causa de su debilidad en el empeño por ejecutarlo. Desde el
primer momento comprendí que la superstición era el único ingenio, la única
máquina capaz de llevar a término tan gran proyecto; el único en el que las partes
más pequeñas y más complejas podían funcionar coordinadamente y por igual; el
único capaz de disecar las fibras más sutiles y capilares del corazón humano y
penetrar la férrea fortaleza del poder; el único capaz de doblegar la estructura de la
naturaleza y jugar con las variaciones del carácter humano, de hacer que el virtuoso
viese la ejecución de un crimen como deber, y convertir al depravado en deidad de
un sueño. Ese era el único fundamento que podía sostener la estructura que me
proponía levantar: recordaba mis luchas, mi repugnancia, hasta que algo así como
una sombra del destino se filtró, solapada, en mi espíritu, y me acordaba del
miserable impostor que me había enviado a Baiæ.
Era más seguro para mí iniciar este plan en países cuyos habitantes incultos son
todavía profundamente sensibles a los gozos y terrores de la superstición. Así que en
Turquía fui exorcista griego; en Asia Menor y en Siria fui uno de esos derviches en
los que la posesión de un supuesto saber secreto no empaña la santidad de su
persona y su profesión. En Persia fui mago adorador del fuego, el culto más antiguo
del mundo. En Egipto fui todas esas cosas sucesivamente, porque en Egipto se
mezclan todas las supersticiones de Oriente. Entre el vulgo fui mago, pero entre los
adeptos tan solo fui un novicio; y en verdad no habría podido ser más, de haber
dominado todo el saber oscuro de Europa, de los rosacruces, de Sully, de
Nostradamus, o de Alberto Magno; aunque hubiese estudiado entre las murallas
portentosas de Salamanca, me habría inclinado ante los magos orientales y
africanos. Porque si bien desconocen la física y la antigüedad, hay en esos hombres
poderes de lo más extraordinarios. Estoy dispuesto a atribuir a causas meramente
naturales los prodigios que ellos obran; sin embargo son tales que prueban tener
unos conocimientos de la naturaleza que los más eruditos y estudiosos europeos
todavía no han alcanzado.
Cito como ejemplo el don de desarmar serpientes y reptiles venenosos que tienen
algunos de los más ignorantes y despreciables desdichados con que he topado en
Egipto; don que ellos atribuyen al hechizo y al encantamiento, pero que cuando yo lo

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adquirí, descubrí que se debía a medios puramente físicos. Menciono estas cosas
únicamente para mostrar la línea de actuación que me proponía adoptar, y los
poderes que adquirí entre los lujos de la naturaleza, los esfuerzos del arte, los
prodigios de la antigüedad y el esplendor de la ciencia reciente. En la mezquita o en
la caverna, en el desierto o en el bazar, solamente perseguía una meta; en ningún
momento aflojé mis esfuerzos, ni relajé mi tesón.
En la primavera de 1689 regresé a Nápoles; mi primer paso fue averiguar cuál
era la situación de la familia y sus miembros; el siguiente, introducirme entre ellos.
El primero no fue difícil: en seguida me enteré de que el conde era de carácter
sombrío y solitario, la familia vivía una vida de retirada magnificencia, y que los
hijos tenían muchas cualidades encomiables; aunque participaban del espíritu
oscuro y supersticioso de la casa. El segundo resultó fácil también, porque el conde
se había vuelto beato. Tal vez cause extrañeza que, habiendo llegado a mi ciudad
natal, y teniendo medios suficientes para acreditar mi identidad y mis agravios, no
prefiriese la apreciable restitución de mis títulos y mis bienes a una venganza
quimérica y sangrienta.
Dejará de extrañar si se lee mi historia con atención. En ella se puede ver que
para mí la ambición era mero ornamento de la vida; su sustancia, su alma eran la
dicha y el amor (por muy opuesto que mi carácter pueda parecer a sus dulzuras). El
nombre, la dignidad eran solo la cúpula que, aunque levantada en lo más alto,
constituía la parte menos necesaria de la fábrica de mi felicidad. Porque, ¿a quién
debía buscar para volver a ser grande? ¿Había otra Erminia en el mundo? ¿Abriría
las tumbas de mis hijos la trompeta de un heraldo? Podía vengarlos, pero jamás
podría devolverlos a la vida. No; miraba sin un gemido el palacio y el castillo
construidos por mis antepasados; veía sus joyas, sus tesoros, su magnificencia
centelleando sobre las personas que habían labrado mi destrucción, y veía todo eso
sin pensar en recuperarlo, sino con la determinación de vengarme. La ambición
había desaparecido en mí sin dejar siquiera una sombra; del amor aún me quedaba
algo en el alma; en cuanto a la venganza, la llevaba dentro como un animal vivo y
pletórico de vigor, todavía capaz de actuar con todo su poder, todavía reclamando
imperiosamente el sacrificio de los usurpadores. La experiencia me ha convencido de
que la venganza es la más duradera de Lis pasiones. De haber puesto mi hermano
sus palacios, sus tesoros, sus privilegios a mis pies; de haber unido a todo eso lo que
ya no es posible restablecer: mi honra, mi paz, mis íntimas dignidades limpias y
devueltas a su excelencia; de haber hecho eso, lo habría despreciado. Solo me
quedaba una única energía, una única pasión, un único apetito: la venganza. Mi
cuerpo era su vehículo: lo hacía funcionar en vez del alma.
Piensen los que se asombran de la osadía de mi empresa en los medios que yo
poseía para llevarla a término, y en la cantidad de tiempo que había dedicado a
ejercitarme en esos medios. Mi cuerpo había adquirido una dureza adamantina; mi
espíritu era capaz de comunicar energía a ese organismo y dirigirlo; era

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invulnerable a las fatigas del hambre, a la falta de sueño, al esfuerzo extenuante;
ninguna dificultad me doblegaba, ningún peligro me disuadía; el mundo, sus
tentaciones, sus terrores eran como polvo bajo mis pies. Poseía un conocimiento
profundo y cabal de la disposición humana, con una paciencia ante los caprichos y
originalidades que solo la experiencia puede enseñar. Ningún arrebato de furia me
intimidaba, ninguna obstinación me cansaba. Respecto a los instrumentos inmediatos
para ejecutar el plan, mi espíritu, o más bien mi memoria, era un completo
«thesaurus terrorum». Sabía confundir al reflexivo y atemorizar al audaz. Mi cuerpo
y mi alma conspiraban a ese mismo propósito. Mi estatura era enorme, mi expresión
apenas tenía semejanza humana; el tono de mi voz era como el fragor de la tormenta
y la catarata, que a menudo había imitado en mis momentos de enajenación; y sobre
todo, conocía perfectamente los corredores secretos y regiones subterráneas de
Muralto y del palacio de Nápoles, que tanto me complacía explorar en los tiempos en
que los ocupaba. Tal era la preparación. Para que no se piense que atribuía una
importancia quimérica al influjo de la superstición, referiré un detalle que no tiene
relación directa con mi propósito. Amadeo, duque de Monte Ceruli, era un libertino
al que yo había conocido en la primera mitad de mi vida, unos diez años antes de
casarme, cuando yo era un alegre noble de Nápoles. Hace unos treinta años o más,
estaba con él y otros caballeros en una reunión; hablábamos, cosa excepcional, de la
existencia de los espíritus; asunto que iba más con mi talante que la sarta de
trivialidades que solían abordar. Yo hablé con mi acostumbrada energía y seriedad;
Monte Ceruli se rió de la cuestión, y de la seriedad con que yo la tomaba. No quise
discutir con semejante frívolo; así que, dándole un giro jocoso a la conversación, le
propuse hacernos mutuamente una promesa: que el que muriese primero se
apareciese al otro, para castigar el escepticismo del uno, o confirmar la ortodoxia
del otro. Aceptó riendo. Pero no fue con risa como acogió la prueba. Cuando, en
prosecución de mi plan, me aparecí a Ippolito en Nápoles, que estaba en compañía
de otros caballeros, descubrí que se hallaba presente también Monte Ceruli. Una vez
obtenido el efecto que pretendía con mi aparición, me retiré detrás del tapiz, donde
una puerta oculta comunicaba con un corredor secreto, y escapé por allí mientras me
buscaban. Fue una estratagema que descubrieron fácilmente; pero yo había escogido
bien el momento: fue fácil desaparecer en medio de la confusión del terror y la
embriaguez. Los reunidos salieron a perseguirme en todas direcciones; cuando me
escabullía, topé con Monte Ceruli, el único del grupo que iba solo. Me detuvo; oí que
se acercaban los otros; temí que me descubrieran; temí al menos que se disolviera mi
apariencia de espíritu. Le mostré mi identidad, y le hablé con mi voz reconocible, que
desde mi regreso a Nápoles tenía el cuidado de disimular. En un tono cavernoso y
especial, le dije que era el espíritu de su desaparecido compañero. Cayó desvanecido
al suelo; luego supe que no recobró el conocimiento hasta su muerte. Con el duque
Di Pallerini, enviado por el rey (a consecuencia de la confesión de un criado, en sus
últimas horas, a un monje de Nápoles, aunque solo se trataba de una vaga sospecha)

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a investigar la misteriosa desaparición del último señor de la casa, no intenté
valerme de ningún efecto preternatural. Yo sabía que sus interrogatorios conducirían
al descubrimiento y detención de mi hermano, porque estaba seguro de que su terror
lo delataría. Pero aunque pretendía su castigo, no estaba dispuesto a consentir que
nadie se lo diera más que yo. Así que llamé al duque a otro aposento y, después de
exhortarle a que guardase el secreto, me descubrí a él, demostrando así lo infundado
de acusarlo de asesinato cuando yo seguía vivo. Debido a esta decisión de
reservarme la aplicación y manera de castigo, aconteció un misterio de lo más
ruidoso y oscuro, que únicamente yo estoy en condiciones de desvelar. Regresaba
(siendo aún monje de un convento franciscano) de una peregrinación a Roma,
cuando llegó a mis oídos una noticia que corría por todas partes, sobre cierta
revelación de un moribundo a un monje de Apulia, relativa a la familia Montorio, y
que afectaba a su honor, e incluso a su misma existencia.
Me importaba menos averiguar quién había dado con ese secreto (del que me
creía único depositario en el mundo) que impedir que se difundiese. No estaba
dispuesto a que la Inquisición, ni el Vaticano, ni el poder secular me arrebatasen a
mi víctima. El monje, me dijeron, había emprendido el camino a Roma para solicitar
una audiencia con el Papa; viajaba atemorizado, pero con la mayor inconsecuencia
en cuanto a las medidas de seguridad; porque iba aparatosamente escoltado por una
guardia, y a la vez pretendía ocultar su identidad y el motivo del viaje. En mi
peregrinación, había llegado a un pueblo llamado Bedano. Me enteré de que en la
posada paraban varios viajeros, y me dirigí allí a fin de intentar obtener alguna
información sobre ese monje. Cuando entré, los parroquianos estaban enzarzados en
una disputa, de manera que la aparición de un peregrino solitario y callado no los
interrumpió. Tampoco les importó que escuchase. Por mi parte, era lo único que
quería. Al parecer, tenían noticia de que el monje debía descansar esa noche en
Bellano; muchos habían dejado sus ocupaciones y habían acudido con la esperanza
de ver al hombre, ya que sentían una viva curiosidad. Habían acordado no moverse
de la posada hasta que llegase, así fuese de madrugada. El monje se presentó hacia
la medianoche. Llegó pálido, cansado y asustado. Miró a su alrededor con recelo y
desaliento. Yo era el único, de todos los presentes, que vestía hábito, y esa casualidad
hizo que se dirigiese a mí; gracias a lo cual pude impedir que llegara a su destino.
Me habló confiado, como cansado de tanto silencio y reserva como le imponían, y
aliviado de poder descargarse de un peso excesivo. Me confesó que estaba aterrado
por la importancia y el peligro de la comisión que se le había encomendado: la ruina
de una poderosa familia, y probablemente su venganza. «Ojalá estuviera en mi celda
otra vez —dijo—, a los pies de mi crucifijo de madera, junto a mi camastro. Pero por
esta noche estoy a salvo. Ya estuve en esta casa antes de pronunciar los votos. Sé que
hay una cámara de construcción singular; mientras duerma en ella, no tendré miedo
a asesinos, espías ni enviados de la familia Montorio. No sé por qué, pero esta noche
un peso enorme me agobia el alma». Me esforcé en darle ánimos, y le pregunté qué

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clase de construcción tenía la cámara a la que se refería. «Esta casa —me explicó—
fue en otro tiempo guarida de salteadores; en varios aposentos construyeron
artificios para escapar o esconderse. En una de esas cámaras hay una trampa que se
acciona mediante un resorte que continúa, a través del muro, hasta el aposento
contiguo; dentro del muro hay una escalera de caracol que conduce a subterráneos
cuya extensión desconozco. En caso de alguna alarma, puedo meterme por esa
trampa, y esconderme hasta que pase el peligro». Aunque me parecía pueril este
expediente, le expresé mi aprobación. Y fingiendo dudar al principio de que fuese
verdad, lo induje a enseñármelo, con miras a mi propio plan. Para conseguir este
objetivo, solo me faltaba discurrir una cosa: cómo hacer que se colocase en la parte
del aposento donde actuaba la trampa. Así que me metí sigilosamente en su cámara,
coloqué una mesita que vi, en la que había un crucifijo, en el sitio donde las tablas
estaban desunidas. Cansado, el apocado monje se retiró a su aposento; el mío (al
que se prolongaba el resorte, y que él me había rogado que ocupase para su
seguridad) era contiguo. Lo espié por una ranura de las tablas; le vi acercarse al
sitio fatal, y arrodillarse sobre él. En ese instante accioné el resorte (que consistía en
una cuerda con un peso, y formaba parte del aparejo de las colgaduras), se abrió la
trampa debajo de él, y lo oí caer al vacío tan repentinamente que impidió que su
último grito, si es que profirió alguno, lo oyera nadie. Jamás ha habido un plan que
se cumpliera tan puntualmente.
La tierra había abierto la boca y se lo había tragado; no quedó de él ni el más
pequeño rastro cuando la trampa volvió a su sitio. Se precipitó por el hueco circular
por el que bajaba la escalera de caracol hasta un subterráneo de incalculable
profundidad. Me había asegurado que no había ninguna copia escrita de la
confesión, aparte de la que él llevaba guardaba en el pecho. Su contenido, por tanto,
había desaparecido con él. También me había dicho que los dueños actuales de la
posada desconocían la existencia de la trampa, y que su secreto solo lo sabíamos él y
ahora yo. Y efectivamente, así se confirmó después; porque durante el revuelo y la
investigación a que dio lugar este extraño suceso, nadie sospechó ni inspeccionó el
piso. Por mi parte, me alegraba de seguir ignorando cómo y quién había hecho esa
extraordinaria confesión; me alegraba de que se pudriese con el cadáver del que la
llevaba, dado que así se apagaba el último destello de luz que unas manos
desconocidas habían tenido la presunción de arrojar sobre los secretos de nuestra
casa. A la pregunta de si no sentí ningún escrúpulo en asesinar a un inocente,
respondo que tanto como el que siente un gigante cuando aplasta un insecto
escalando una montaña.
Poco después de este suceso me introduje en la familia del conde como confesor,
y estudié el carácter de sus hijos. No fue esa mi primera ocupación; la primera
consistió en buscar la tumba de Erminia y de nuestros hijos, y allí… Pero no quiero
desvelar mis más íntimos sufrimientos. No lo haré; porque de hacerlo, nadie los
creería; nadie me atribuiría sentimientos humanos; nadie me consideraría capaz de

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un solo dolor. Y no habría hecho referencia a esto si no fuera porque mis aflicciones
nocturnas tienen relación con los episodios de mi historia.
Descubrí que los hermanos tenían diferente carácter. El mayor, que vivía en
Nápoles, era impetuoso y voluble; el otro, más joven, era oscuro y reflexivo. Quizá
los convencidos de que han colmado ya su capacidad de asombro con mi
depravación se asombren más aún si digo que había decidido sacrificar a los dos.
Me di cuenta de que, unidos por los lazos de la más estricta amistad, eran
inaccesibles al resto de la familia. Si intentaba asediarlos separadamente, como su
confianza mutua era ilimitada, la intromisión del otro habría frustrado mi propósito;
pero como no mantenían contacto con el resto de la familia, esa confianza no haría
sino aumentar su mutuo temor.
Ni por un mundo quisiera yo revelar de qué ardides me valí para someter la
mente y la integridad de ambos jóvenes a mis propósitos. ¡Ni por un mundo entero!
¿Qué otra cosa, pues, podría inducirme a rememorar esos ejemplos de malevolencia
y horror, sino el deseo de justificar a mis víctimas? Sí, de justificarlas. Justificación
que ahora persigo con el ahínco, mil veces multiplicado, con que busqué su ruina.
¿Qué otra cosa podría inclinarme a proclamar esos misterios de iniquidad? ¿Qué
otra cosa podría hacerme vivir para publicarlos? Quiero probar, de manera tan
clara y tan palpable como la luz del día, que no les era humanamente posible resistir
o evitar las trampas que la sutileza de mi venganza tendía alrededor de ellos. ¿De
ellos? ¿De quiénes? Pero vayamos despacio, si puede ser: no me queda mucho
tiempo.
En cuanto me familiaricé con el carácter del uno y el otro, inicié el acoso. El
hecho de vivir alejados representaba una ventaja para mí; sus distintas situaciones
requerían modos distintos de tentación. A Ippolito, que vivía inmerso en la vida de
una ciudad populosa, decidí dominarlo a fuerza de espectáculo y teatralidad, con
algo de la jerigonza astrológica a la que sabía que era aficionado. Con Annibal
utilicé el terror solitario, y el fingimiento de cierta misión que un supuesto agente
espiritual le asignaba; medio eficaz para someter al que vivía en un castillo antiguo
y poseía un alma sombría y un rígido sentido del deber.
En Annibal, mi influjo encontró el terreno abonado, debido en gran medida a su
desazón, a la inquieta efervescencia de su espíritu vigoroso, que se consumía en la
tristeza y la soledad. Le oí que interrogaba a un viejo criado llamado Michelo, al que
recordaba de otro tiempo, aunque verlo ahora no me despertó ningún afecto. Vi a
Annibal tan concentrado en sus preguntas, y al viejo, en contra de lo que me
esperaba, tan capaz de satisfacerlas, que temiendo que, con la porfía del uno y la
debilidad del otro, se me adelantaran, intervine, prohibí secretamente a Michelo que
tuviese ninguna nueva conversación con el signor. No sé si la gravedad de mi voz o
mi parecido físico le recordaron algo a Michelo, o fue su cerebro, debilitado y
quebrantado por los años y la superstición; lo cierto es que desde esa amonestación
dejó de considerarme un ser humano. Sus terrores, aunque le confirmaban en sus

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suposiciones, le fueron minando la salud, por lo que debo incluir a ese infeliz entre
mis víctimas involuntarias. Si llegó a sospechar que yo era su antiguo señor, su
perspicacia o su memoria debían ser muy superiores a las de mi propio hermano, y
de cuantos me habían conocido. Sin embargo, no creo que mis viajes, mis
penalidades, mis sufrimientos ni nada me hubieran cambiado al extremo de
transformar mi disposición de manera irreconocible.
Entretanto, mis redes se iban cerrando deprisa alrededor de Annibal: la tumba de
Erminia, que yo visitaba una noche tras otra; su ataúd, que cumpliendo una
penitencia teñía yo a diario con mi sangre, tuvieron extraños testigos: unas veces me
veían cuando me dirigía allí con mi lámpara solitaria, que ellos creían que no la
portaba una mano humana; otras me seguían hasta la cripta para luego retirarse
temblando de horror, muchas veces manchados de sangre.
Solía visitar también los aposentos de Erminia, desiertos desde su muerte, a los
que llegaba por corredores que solo yo conozco. Una noche estaba examinando las
manchas de sangre que señalaban el sitio donde cayó Verdoni, cuando oí que se
acercaba alguien. Apenas acababa de esconderme detrás de un tapiz, entraron
Annibal y Michelo. Mi primer impulso fue salir y ahuyentarlos; pero pensando que
cualquier cosa que abonase su superstición reforzaría mi influencia, se me ocurrió,
aplicando un ojo a un roto del tapiz que representaba a un personaje señalando, y
comunicando a su brazo el movimiento del mío, indicarles la dirección que los
llevaría a descubrir el cuerpo de Verdoni, que Ascanio había metido en un nicho del
muro.
En otra ocasión, al entrar en la capilla ruinosa, adonde acudía a rezar mis
terribles plegarias, descubrí que Annibal y Michelo estaban ya allí. Apagué la
linterna e intenté refugiarme en la cripta; Michelo, confuso y a oscuras, me cortó el
paso. Con mano nerviosa, lo agarré, lo arrastré conmigo, y cerré la reja. Annibal
echó a correr al castillo en busca de ayuda. Durante ese intervalo, hablé a mi
prisionero con la voz hueca de la muerte; le reproché su presunción, y le anuncié
oscuramente las calamidades que yo maquinaba para la casa de Montorio. El
anciano me escuchó paralizado, y murió al día siguiente a causa de su terror
supersticioso, y del miedo a verse implicado en el castigo de crímenes que muy
acertadamente preveía.
Por esos mismos días, el monje con quien Michelo se había confesado a punto de
morir pensó que las sospechas que le había revelado eran demasiado graves para
callarlas, y se las comunicó a su superior, el cual las expuso ante el rey; y este
despachó al duque de Pallerini, con la misión de investigar la desaparición del
anterior conde de Montorio, su esposa Erminia de Amaldi, y los hijos de ambos. Ya
se sabe cómo acabó la investigación; que, por lo que se refiere a mi víctima Annibal,
tuvo una conclusión trascendental. Me parecía que no iba a caer fácilmente en la
red; necesitaba tenerlo más sometido a mi poder, que me viese más como autor de los
prodigios que presenciaba o imaginaba. Y lo conseguí de la manera más

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insospechada: ante la inminente llegada del duque de Pallerini al castillo, mi
hermano (al que nunca oculté que conocía su culpa, y por esa razón me miraba con
oscuro temor) me encomendó la tarea de hacer desaparecer los restos de Verdoni, no
fuese que el duque dirigiese hacia allí su registro, dado que ignorábamos el alcance
de su información. Fui a los aposentos, cargué con el cadáver, y al irme dejé el
corredor abierto. Lo llevé a mi refugio, donde creo que lo vio Filippo, el criado de
Annibal; pero su curiosidad recibió al menos su justo castigo cuando topó conmigo,
ya oscurecido, con el esqueleto en brazos, en el momento en que lo trasladaba a un
sótano del final del corredor por el que iba. Me di cuenta de que el osado y curioso
lacayo me seguía: alcé la cabeza de la carroña por encima de mi capucha, y huyó
aterrado.
Esa noche, Annibal volvió a los aposentos vedados; informé al conde de la
peligrosa curiosidad de su hijo, lo llevé al lugar, y mandó encerrar a los
transgresores. Era lo que yo pretendía. Creía que mi influjo sería irresistible en un
espíritu debilitado por la soledad y el miedo. Y Annibal, que no era fácil de doblegar
ni de convencer, resistió mucho tiempo los terrores que hice desfilar ante él,
poniéndole opiáceos en la comida para entrar en su prisión sin que se diera cuenta,
gritando, con voz cavernosa, en los corredores de la torre. Le conté una historia que
se refería a cosas extrañas que él había presenciado recientemente, y terminaba en el
terrible suceso al que quería conducirlo. Todavía resistía, aunque cada vez más
débilmente. Entonces concebí otro plan: fingí obedecer una orden del conde de
envenenarlo. Preparé una droga de extraordinario poder; porque entre los
conocimientos secretos que había adquirido en Oriente, estaba el de los fármacos y
los filtros. Yo sabía que el efecto de este sería lo bastante fuerte para infundirle una
apariencia de muerte capaz de engañar a su padre; y mientras durase el letargo, lo
trasladaría a los subterráneos del castillo donde, lejos de toda influencia salvo la
mía, estaba convencido de poder vencer al fin su resistencia.
Su prisión no era suficientemente lóbrega, ni su ánimo se hallaba suficientemente
trabajado para mi propósito.
El plan fracasó por la industria de Filippo, que se las arregló para
administrarme a mí la droga que yo había preparado para su amo; y estando bajo su
efecto, me quitó las llaves del corredor por el que yo había planeado llevármelo.
Escaparon del castillo. Sin embargo, no lamenté su huida cuando me recobré.
Porque sabía que los alcanzaría; y cuando eso ocurriese, el terror que la aparición
de quien ellos creerían invulnerable al veneno compensaría más que de sobra la
breve liberación de mi influencia que les proporcionaba esa huida. Pero el conde no
aceptó fácilmente la desaparición de los fugitivos. Dedicó espías y grandes
recompensas para descubrirlos en secreto; por último, sus esfuerzos dieron resultado
cuando Annibal, camino de Pozzuoli, tuvo que detenerse en un pueblecito obligado
por las circunstancias.
Mi influencia sobre el conde era extraordinaria y contradictoria. Mi austeridad,

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mi abstinencia sobrehumana, mi menosprecio del cansancio, del dolor y de la vigilia
me habían elevado al más alto grado de su estima como devoto. Sentía una especie
de gratitud visionaria por mi intervención cuando Pallerini lo tenía acorralado; pero
había otros aspectos de mi carácter que añadían pavor y asombro al control que
ejercía sobre él. Se daba cuenta de que conocía no solo los tenebrosos sucesos que él
había creído impenetrables, sino casi todos los avatares de su existencia; aunque
evitábamos esos asuntos en nuestras conversaciones por una especie de tácito
compromiso. Yo hacía algún que otro comentario, pero nunca de manera declarada y
abierta. En cuanto al conde, podía oír una alusión sin sobresaltarse, pero era
incapaz de hacerla él. A decir verdad, me miraba como a un ser del otro mundo. Su
espíritu, atormentado por el continuo hostigamiento de la culpa y el peligro, se
refugiaba en la idea de contar con un protector visionario; y tímido y celoso de su
seguridad, pensaba con agrado que tenía a su servicio a un secreto e irresistible
ministro de la muerte. De ahí que unas veces me empleara como a un asesino sin
conciencia, y otras me pidiera consejo como a un santo, sin ningún temor
supersticioso; porque no habiendo en mí una naturaleza humana, la culpa humana se
desvanecía también. Y así, convencido de que yo lo sabía todo, dejó de tener
compungida reserva; y convencido de que lo podía casi todo, acudía a mí sin vacilar,
en busca de una ayuda que creía que le concedería sin caer en el crimen.
Esa era la influencia que había adquirido sobre un hombre agitado por los
miedos de una culpa vacilante y la angustia de una penitencia espuria, sanguinario
por temor a ser descubierto, y supersticioso por las erosiones sufridas en la
conciencia, que ansiaba conservar lo que había obtenido con sangre, pero deseaba
combinar su posesión con el perdón de la culpa. Ese era el influjo que me había
empeñado en lograr: la extensión de mi venganza debía ser máxima, llegar hasta los
límites de este mundo. Quizá alguien sonría ante esta ilusión de romántico castigo; lo
cierto es que a la vez que lo preparaba para la muerte, lo conducía a ella en santa
peregrinación; a la vez que no dejaba que ninguna fuerza me arrancase a mi víctima,
ni me privase de ninguno de sus gemidos, rezaba, velaba y lloraba con ella.
Sentenciaba al pecador, pero intentaba salvar al penitente.
Paso ahora a referir los medios, más tenebrosos y complejos, a bs que recurrí
con Ippolito. Me puse en contacto, cosa nada difícil en Nápoles, con varios de esos
desdichados que, con nombres diversos, proclaman estar en comunicación con el
otro mundo. Les conté una historia bastante plausible y, lo que era más verosímil, les
hablé de puñados de oro. El conde, con su liberalidad y superstición, me tenía bien
provisto. Mi plan requería la colaboración de cierto número de ellos, y exigía una
preparación costosa y multivaria. Y lo más difícil de todo: requería que mis
cómplices, a los que yo satisfacía en secreto, no alertasen a mi víctima movidos por
su vulgar rapacidad. La primera vez que me dirigí a Ippolito fue con la jerigonza de
su afición favorita. En esa ocasión, como en otras muchas, mi hábito negro, y la
inconcebible celeridad de mis movimientos, ayudaron a hacer más densa la

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oscuridad que yo afectaba. Después, me escondí en el confesonario de la iglesia
adonde lo había guiado, el cual tenía un nicho secreto que yo conocía, dejándolo
convencido de que me había desvanecido. Otra vez lo llevé a una cripta donde yacía
un cadáver, cuyo destino mortal le sugerí que era el suyo propio.
Dado que conocía los pasadizos del palacio, tenía posibilidad de dejarle cartas
en su aposento siempre que quería; una vez, incluso, entré estando él allí, y le infundí
no poco asombro y perplejidad enseñándole un anillo de la familia que él conocía, y
contándole una historia misteriosa sobre su último dueño. Finalmente, cuando lo
consideré suficientemente imbuido de nociones preternaturales sobre mi persona y
mis poderes, lo conduje a una cripta subterránea, donde los disfraces de mis
cómplices, la singular solemnidad de sus salmodias, la luz azulenca y vaporosa que
iluminaba objetos indescriptibles contribuyeron a crear una atmósfera hipnótica
capaz de seducir o confundir la mente y el espíritu.
Pero en los dos jóvenes descubrí que, aunque aceptaban fácilmente las
impresiones tenebrosas y fantásticas que yo les instilaba, los dos repudiaban con
igual energía de dignidad ofendida el fin al que pretendía conducirlos con ellas.
Ippolito, impetuoso y excéntrico, a la vez que puro y noble, jamás se habría dejado
embaucar, si no llega a ser porque la red de maldad era tan sutil e intrincada que
ninguna fuerza humana habría salido indemne de ella. Gracias a la habilidad de uno
de mis cómplices, obtuve una exacta reproducción en cera de los rostros de Ippolito y
el conde, e hicieron dos máscaras con ellas; la del primero se la adaptó uno de
cuerpo asombrosamente parecido a Ippolito. Este hombre, situado en una cavidad de
la cripta adonde conduje a mi víctima, representó con gestos que reflejaban en un
espejo la angustia de un espíritu empujado a cometer un homicidio. En el instante en
que Ippolito, movido por una oscura simpatía, se inclinó hacia el espejo, el hombre
se descubrió la máscara, e Ippolito vio ante sí su retrato viviente.
El sobresalto que esto le produjo fue aumentando con largas y dramáticas
ilusiones; hasta que, ofuscado, e incapaz de darse cuenta de lo que veía y oía, lo
conduje a otro sótano, y le dije que para alcanzar el conocimiento que pedía, debía
propiciarse al espíritu nocturno derramando la sangre de una víctima que yacía
desnuda y reducida sobre un altar, y que apenas era un bulto en la oscuridad.
Recuerdo cómo se resistió. Finalmente, tentado por esa sed de saber sobre las cosas
invisibles en la que fundaba el prodigio de mi influjo (instrumento con el que pude
despojarlo de toda valoración moral), hundió el puñal en el pecho de una imagen de
cera, que derramó sangre sobre sus manos; y al retirar el velo que cubría su rostro,
descubrió que era el de su padre.
Desde ese instante quedó sellado y reservado para mí. No pudo ya arrojar de su
conciencia la imaginaria mancha de sangre; no pudo expulsar el indecible horror
que le susurraba que, si lo que había apuñalado no era la persona viva y corpórea de
su padre, sin duda era un ser de ese otro mundo poblado de réplicas oscuras de este.
Dicha posibilidad le certificaba el poder visionario de quienes eran capaces de

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evocar tales apariencias, de confirmar sus propios augurios; y sus augurios
anunciaban que perecería como asesino de su padre. Desde ese instante lo perseguí
ya entre las multitudes como en la sociedad, recordándole continuamente la hora de
la medianoche, y mostrándole el arma ensangrentada. Y descubrí, al ver flaquear su
resolución, que la conciencia de la culpa puede entenebrecer y hacer aún más
profundo el influjo de la superstición.
Poco después huyó de mis persecuciones; se fue de Nápoles. Yo había previsto
esa reacción, dado su carácter impetuoso, y había tomado mis medidas. Había hecho
que se difundiera por todas partes lo que su imprudencia me ayudó a propagar:
sospechas acerca de sus desapariciones nocturnas, y de su pertenencia a cierta
horrible sociedad de almas impías. El rumor extendió a su alrededor un hálito de
pestilencia moral; todo el mundo se apartó de él, al tiempo que los terrores que la
sospecha de su presencia inspiraba daban a sus desplazamientos una notoriedad que
lo señalaban por donde iba, incluso a los habitantes de Muralto. En esos días,
merced a su huida atropellada, los dos jóvenes fueron conducidos, sin ellos saberlo,
a lugares muy cercanos el uno del otro, con lo que pude conjugar fácilmente mi doble
acción.
El conde, convencido de que mis poderes rebasaban los de un ministro mortal,
me confió ahora una misión que me obligaba a abandonar el castillo. Había recibido
de la abadesa de un convento (del que ahora no recuerdo el nombre, pero que ha
sido completamente destruido por el reciente terremoto) una carta informándole de
que la novicia Ildefonsa Mauzoli, que siempre se había resistido a tomar el velo,
había sido vista por un joven caballero (quien, según entendía ella, era su hijo)
durante la catástrofe, y que debido a la encendida y súbita pasión que habían
concebido ambos, no quería ya retrasar su profesión, sino que insistía en recobrar la
libertad. Añadía que esta resolución de Ildefonsa se La había confirmado su amante
con gran presunción, el cual, como descubrió fácilmente, le había hecho
proposiciones de amor y de liberación sobremanera aceptables para ella.
El conde, ante esta información, dio muestras de un nerviosismo que me llenó de
perplejidad; a duras penas pude tranquilizarlo con la promesa de correr a dicho
convento y desbaratar el sueño de los dos amantes. Esa era desde luego mi intención,
ya que por entonces quería convencer a mis víctimas de que ninguna distancia podía
ponerlas fuera de mi alcance.
En el espacio de mi apresurada despedida, el conde me explicó a toda prisa que
Ildefonsa Mauzoli era hija no reconocida de Erminia y Verdoni, que había crecido en
el retiro de un convento, y que él quería hacerla profesar, aunque hasta ahora no lo
había conseguido. El conde me exhortó a que impidiese con las medidas más
radicales la consagración de esta pasión desastrosa que, como era fácil adivinar, le
producía más terror del que dejaba traslucir.
Abandoné Muralto; y cuando vi a Ildefonsa me convencí de que, a menos que la
separase de Annibal, no volvería a tenerlo bajo mi poder. Ildefonsa era el vivo

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retrato de su madre; su belleza me asustó; me asustaron sus cualidades, aquella
amable y balsámica influencia que la inocencia y el amor eran capaces de comunicar
incluso al espíritu más corroído. Comprendí que, en sus brazos, Annibal despertaría
de mis persecuciones como de una visión horrenda. Decidí que Ildefonsa debía morir.
Esa era la voluntad del conde. Y la abadesa, cansada e irritada de su resistencia, dio
su consentimiento de buen grado.
En el viaje, oí que Bellano, donde el infortunado monje había desaparecido con
su confesión, y que estaba a menos de una milla del convento, era ahora un pueblo
ruinoso y casi desierto, debido a la pobreza y la superstición. Esta noticia me dio una
idea nueva y singular. Decidí visitarlo, explorar el sótano en el que el monje se había
precipitado, y recuperar los papeles que sin duda se pudrían con el cadáver. En caso
de tropezar con algún imprevisto que afectara a mis planes o a mi persona, esos
papeles podrían prestarme un servicio esencial. La proximidad a un lugar que todos
evitaban era probablemente una garantía, y como la abadesa me dijo que había
subterráneos debajo del convento que se prolongaban hacia Bellano, y que nadie
sabía hasta dónde llegaban, sospeché que comunicaban con las inmensas e
inexploradas galerías subterráneas de Bellano.
Salí del convento al atardecer y, absorto en mis pensamientos, me aparté del
camino, hasta que, al mirar a mi alrededor, descubrí una cadena de montañas y
rocas que nunca había visto. Iba a volver sobre mis pasos, cuando cerca de mí,
tumbado al pie de un árbol, descubrí a Ippolito. Resolví aprovechar esta
oportunidad; me acerqué, le hablé, y luego me interné en un pequeño valle boscoso,
tan espeso y enmarañado que desafiaba cualquier intento de penetrarlo. Al salir a
campo abierto descubrí que aún me seguía, y me vi obligado a tomar otra dirección
para perderlo; porque la eficacia de mi influjo estaba en que mis apariciones fueran
pocas y solemnes. Me detuve en un pueblo adonde supuse que me seguiría, y donde,
después de dejar caer veladas alusiones sobre la identidad de mi perseguidor,
procuré que le dijesen que me dirigía a Bellano. Hacia allí fue él. Y allí, aunque
estorbado por él y su criado, bajé a la caverna, y encontré, entre las ropas de mi
víctima, los importantes papeles que buscaba.
Ippolito me siguió al interior del subterráneo como yo había previsto. Mi
intención al atraerlo hacia Bellano era maravillarlo con una mágica y extravagante
exhibición de mis poderes, en la que pareciese que burlaba las limitaciones del
espacio y la materia, unas veces desplazándome por los aires y otras sumergiéndome
en las entrañas de la tierra. Hecho esto, desaparecí en los corredores que había
explorado antes de que él bajase, y regresé al cementerio del convento de santa
Úrsula. Entré en la capilla con tiempo suficiente para comprobar que mi plan había
tenido éxito. Ildefonsa, a la que habían administrado un fuerte narcótico, estaba
tendida en unas andas; y tras el tumulto con que se intentó impedirlo, fue conducida
todavía insensible al cementerio, donde la dejé con un malvado de mano más firme
que la mía. Aunque nunca nadie había logrado despertar un solo latido en mi

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corazón extinguido, su parecido con Erminia me hizo… No quiero decir qué; no
quiero ensuciar esta página con una lágrima humana.
Poco antes de la muerte aparente de Ildefonsa, la vuelta de Annibal al convento
me había dado ocasión de reanudar mis persecuciones de manera casi
ininterrumpida. Trastornado por un amor desdichado, aterrado por los acosos
implacables de un ser al que el (supuesto) veneno no había podido destruir, la virtud
de Annibal, o su paciencia, se tambaleaba, casi estaba a punto de rendirse. Pero el
que me interesaba en ese momento era Ippolito.
Durante las conmociones de esa noche, las aguas se lo habían llevado río abajo,
y al día siguiente entró en Pozzuoli no sé con qué propósito. Lo seguí sin que me
viera, y una tradición ridícula que contaron casualmente delante de mí, me sugirió
un plan que, si salía bien, sometería completamente a Ippolito.
Mientras le daba vueltas a ese plan, hojeé los papeles que había encontrado en
los subterráneos de Bellano. Explicaban el misterio de la confesión: Ascanio, al que
yo había perseguido en la roca, y había visto lanzarse al agua, se había arrastrado,
magullado y herido, hasta una caverna de la costa. Los pescadores, navegando
alrededor de la isla, lo descubrieron a la mañana siguiente; y medio por compasión,
medio por curiosidad, lo recogieron, y lo cuidaron hasta que se recuperó, si puede
decirse así. Mientras yacía angustiado en su lecho de paja, fue visitado, como suele
ocurrirles a muchos, por ese remordimiento que ocasiona la compunción. Decidió
descargar su conciencia de crímenes que solo le habían acarreado desventuras; y
todavía débil y lleno de contusiones, se las arregló para volver a Italia. Aquí, las
heridas exacerbadas por el cansancio, y la angustia aumentada por el pánico a una
muerte inmediata, le arruinaron la razón; y escapando de sus compañeros, vagó
enajenado por los bosques de Apulia, hasta que su naturaleza no soportó más, y
expiró en la cabaña de un campesino, después de confesar en el breve espacio en que
le volvió la lucidez. Incluyo aquí este documento, que servirá, con los otros, para
certificar mi relato. Me apresuro a continuar.
Poco queda por revelar, salvo el expediente que sometió a Ippolito finalmente a
mi poder. Adopté un disfraz de lego, y conté una historia plausible al inquisidor
principal de Pozzuoli. Le informé de una horrible sospecha que pesaba sobre un
caballero de la familia Montorio, a la sazón en Pozzuoli; circunstancia que convenía
poner en inmediato conocimiento del Santo Oficio. Le conté que, habiendo entrado
yo accidentalmente en su guarida subterránea, había descubierto allí una inscripción
que era copia de la de la catedral de Pozzuoli (lo cual era cierto; puesto que era yo
quien la había copiado para decorar nuestro escenario infernal). Le propuse, por
tanto, que lo llevasen a la catedral con cualquier pretexto, y allí, con espías
apostados a propósito, observasen sus emociones al ver dicha inscripción. Para
hacerla más llamativa, los caracteres estaban iluminados con trazos intensos que
parecían de sangre. Había un nutrido grupo de gente mirando, por lo que sus
inequívocas muestras de asombro y confusión fueron observadas y confirmadas por

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muchas personas que no tenían ningún interés en denunciarlo. El éxito de este
artificio fue total: lo encerraron en las prisiones de la Inquisición, y una vez allí,
presentándome como una persona capaz de persuadirlo para que confesase, tuve
amplio acceso a él. Inmovilizarlo de este modo fue un gran acierto. Otro fue
doblegar su resistencia con la monotonía de la soledad y el acoso continuo.
Entretanto, mis agentes estaban dedicados a descubrir el paradero de Annibal, al
que finalmente localizaron, gracias a su criado, en una cabaña situada en lo más
intrincado del bosque. Comuniqué la noticia al conde, quien, con la furia del miedo,
me ordenó que los prendiese inmediatamente y los mandase al castillo, donde
probablemente no iba a dejar que le inquietaran mucho tiempo más; el destino de
Ippolito le tenía completamente sin cuidado. Decidí cumplir sus órdenes, dado que
coincidían con mis intereses; aunque no era fácil descubrir los movimientos de
Annibal. Los rufianes que yo empleaba, aunque curtidos en bs horrores, se negaron a
visitar aquel refugio, porque decían que lo habitaba un alma en pena: así que tuve yo
que hacer a un tiempo de espía y de tentador; en lo primero creo que me descubrió al
caérseme hacia atrás b capucha.
A todo esto, tuve que interrumpir el acoso a Ippolito a causa de un temblor de
tierra que destruyó la torre donde estaba encerrado, lo que le permitió escapar. Huyó
a bordo de una nave atestada de fugitivos que se dirigía a Sicilia; la furia de los
elementos la arrojó a la costa, donde me hallaba yo previendo su naufragio. No hace
falta que cuente la frenética y convulsa sumisión de Ippolito a un poder que creía que
controlaba los elementos. Lo conduje a un lugar que había preparado, donde no
tardó en unírsele su hermano, cuya huida del bosque interceptaron los rufianes que
yo había apostado y el guía que tenía comprado. Al conde le dije que había
escapado. En cuanto a la dama, fue conducida al castillo.
En medio de estos horrores, ¿se me creerá si digo que me inspiraba compasión el
destino de esa joven dulce y desventurada? El conde, al verla, sintió renacer en él la
pasión largamente apagada por su madre. Para satisfacer un póstumo capricho, y
romántico, la vistió con fantástico esplendor. Y su esposa, para aplacar su temor y
sus celos, la envenenó.
Me apresuro a concluir. Siento como si surcase olas de sangre, como si abriese
con ambas manos rojas y torrenciales mareas para avanzar. Cuando se hizo de
noche, introduje secretamente a mis dos víctimas en el castillo. Se acercaba la hora.
Ya no eran capaces de resistir el acoso que les había degradado el juicio y devastado
la existencia. El momento, que nada podía retrasar ni soslayar, venía deprisa. El
conde, desasosegado por el peso de este último crimen y este nuevo temor, como eran
la sangre de Ildefonsa y la supuesta huida de Annibal, me había mandado llamar
varias veces en el transcurso de esos momentos espantosos. A fin de facilitar la
ejecución de mi propósito, y prepararlo para el acto final, le impuse una hora de
penitencia solitaria. Me mandó llamar una vez más. Nervioso por este imprevisto, iba
a retirarme ya, por fin, cuando me dijo que volviera.

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«Estáis al corriente de mi culpa —dijo—, pero no conocéis los atenuantes. Tengo
desde hace años una secreta reserva de expiación, un asidero de esperanza y de
refugio. En medio del cúmulo de asesinatos que manchan nuestras almas, nos hemos
abstenido de derramar la sangre inocente de la infancia: los hijos de mi hermano
fueron descubiertos en una casita de campo, adonde su fiel sirviente los llevó tras la
matanza de sus padres. Los descubrimos, pero les perdonamos la vida; decidimos
criarlos en el anonimato. Los primeros hijos de mi matrimonio murieron. Aterrados
ante una desgracia que nuestras cargadas conciencias interpretaron como un
castigo, y deseosos de comprar la seguridad de nuestros honores sangrientos con una
acción que fuera grata a la falta de amor natural, decidimos criar a los hijos de mi
hermano, y devolverles de este modo sus títulos hereditarios. Con el lógico recelo del
que ha obrado mal, se lo oculté a Ascanio. Incluso le escribí comunicándole que
habían muerto. Pero, en realidad, Ippolito y Annibal no son hijos míos; son los
huérfanos de mi hermano».
Lo oí. Oí lo que acababa de decir: era a mis hijos… ¡a mis hijos, a los que había
estado persiguiendo, corrompiendo, destruyendo, tentando para que asesinasen,
hundiendo en la infamia, acosando hasta la muerte, a mis propios hijos! ¡Pero aún
no habían consumado la acción! Corrí a arrojarme a sus pies para impedir ese
crimen. No me salió la voz; no pude decir: «¡Deteneos, sois hijos míos!» Abrí la
boca, me retorcí, aullé con muda agonía, pero no conseguí articular ningún sonido
de lenguaje humano. Se desasieron de mí; caí desvanecido; se dirigieron a la cámara
del imaginado parricida. Cuando recobré el sentido, cuando arrastré mis agotados
miembros tras ellos, ¡mis hijos eran ya dos asesinos!
No era posible ahora impedir ni ocultar a qué los había empujado su padre. Ni a
cambio de mundos enteros podría hacer volver atrás el instante en que descargaron
el golpe, pero mundos enteros se consumirán antes de que quien los empujó acabe de
expiarlo. No me quedan palabras ni voz para suplicar; no puedo humillarme, ni
gemir, ni pedir por mi alma como los demás; todos mis poderes se unen en un grito
profundo, penetrante y amargo: ¡perdonad a mis hijos!
No imploro compasión; reclamo justicia. No son criminales; el frenesí no es
ningún crimen. Tienen anulada la razón; el cansancio, el insomnio, los horrores
quiméricos y toda la maquinaria infernal que yo había puesto en marcha contra ellos
han dañado la noble estructura de sus facultades, continuamente asediadas por la
sutileza y malevolencia de demonios. No son criminales; han sido empujados más
allá de lo que es capaz de resistir el ser humano. Trabajado y acosado al extremo que
lo han sido ellos, el más justo y sabio de los que estáis ahí sentados para juzgarlos se
habría convertido en un loco o un asesino. ¡Cuántas veces, con las pasiones de un
demonio, los he observado con asombro! ¡Cuántas veces he admirado las muestras
espléndidas de su indignación, las convulsiones de su virtud! ¡Y eran mis hijos! ¡Y
entretanto, los ángeles de la guarda dormían! ¡No me llegó ni un susurro de
advertencia, ni un estremecimiento interior que me hiciera vacilar! ¡Ni su inocencia,

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ni su amistad, fuerte y exclusiva, ni su distancia y de semejanza con los hijos de mi
hermano, me llegaron a producir un sobresalto de duda, un estremecimiento de
conjetura! ¡Nada! ¡Nada!

***

Ni a cambio de ser devuelto a mi esposa, a mis hijos, a mí mismo, habría querido


yo sobrevivir a ese descubrimiento. Sin embargo, sobrevivo por ellos; para
exculparlos. Había pensado desaparecer en la nube tenebrosa de mi propósito,
burlándome de la candidez de la humanidad, y envolviendo mi retirada en el tren
eterno de temores oscuros y recuerdos sombríos. Pero no tengo más remedio que
renunciar, presentarme desnudo y encogido ante la mirada de los hombres, y decir:
soy el desdichado conde de Montorio, esposo desdichado, y el más desdichado de los
padres. Me veo constreñido a decirlo, pero al menos no lo diré como otros. No. Yo
exijo, reclamo ser castigado. Cargadme de cadenas, maceradme con vuestras
torturas; que cada hora me traiga sufrimientos más grandes que los de la muerte;
dejadme agonizar durante horas.
Mis crímenes lo merecen. Soy un monstruo; la tierra gime debajo de mí. He
sacrificado mi vida a una pasión demoníaca; por venganza maté a Verdoni, por
venganza, asesiné a mi esposa, por venganza (¡ah, no me dejéis decirlo!) he
destruido a mis hijos inocentes. Me he cebado en la venganza. Sea ahora la venganza
la que se cebe en mí.
¡Ah, mis dulces, mis nobles hijos! ¿Acaso puede la naturaleza retoñar en un
corazón abrasado como el mío? ¡Los pensamientos que de vosotros me vienen fluyen
por sus barrancos como la primera lluvia celestial en el desierto estéril y reseco!
Pensamientos tan nuevos y queridos, impulsos tan frescos, esperanzas que son como
las horas primeras de la vida vernal. Todo ha de extinguirse. ¡Aunque mis hijos sean
perdonados, no lo serán para que vuelvan a su padre! ¡Su desdichado padre no los
verá más en esta vida! Pero vivid, hijos míos, aunque no sea para mí. No me atrevo,
no quiero pensar. ¡Ah, no dejéis que me supriman de este mundo como he vivido en
él, maldiciendo, y hundido en la desesperación!

***

Este documento traía adjuntos la confesión de Ascanio y otro; documentos


igualmente válidos e importantes. Fue leído con asombro, aunque nadie lo discutió ni
lo puso en duda. El tribunal siguió reunido hasta hora tardía; pero como casi todos los
aspectos dudosos quedaban aclarados en el memorial del conde, dilataron la sesión
para desahogar su asombro en prolijo debate. Acordaron, no obstante, prender sin
dilación a la condesa, incautar las posesiones y el castillo de la familia en nombre del

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rey, y hacer venir de los Abruzzos a una mujer llamada Teresa Zanetti, hermana de la
sirvienta de la condesa Erminia. Pero la mujer se adelantó a la llamada del tribunal:
se había enterado, aunque imprecisamente, de los espantosos sucesos ocurridos en la
familia Montorio; y atribuyéndolos, con conciencia culpable, al silencio que ella
inicuamente había guardado, acudió a Nápoles a declarar mientras podía hacerlo
voluntariamente. Su deposición fue completa y clara; relató que la noche de la muerte
de la condesa Erminia, su hermana Hesperia Zanetti, pálida y atribulada, había
corrido a su cabaña, en el bosque que había a pocas millas de Muralto; que casi sin
aliento le contó que su señora había perecido de muerte violenta, y le pidió que diese
cobijo y protección a los dos niños que llevaba en brazos; y exhausta por el esfuerzo
y la intensidad de la emoción, expiró. Teresa, perpleja, aterrada, no hizo nada por
esconder a los niños; hasta que Ascanio, siguiendo el rastro de la fiel Hesperia, los
descubrió en su cabaña. La orden que traía era de perdonar la vida de los niños, pero
asegurar el silencio de la mujer, ya fuera porque sus amos estaban cansados de tanta
carnicería, o porque eran contrarios a derramar sangre inocente. No fue difícil: la
mujer temía ganarse su ira, y codiciaba su oro; y cuando, unos años más tarde, los
niños sustituyeron a dos hijos que el conde acababa de perder, pensó que la
restitución a su linaje compensaba suficientemente la ocultación de su verdadera
identidad.
Así quedó totalmente explicada esta historia espantosa de pasiones humanas; de
haberse requerido un testigo de más alta dignidad, el duque de Pallerini (cuya
comisión no tuvo éxito debido a lo celoso que era de su honor, lo que le había atraído
el desagrado de su soberano), ahora eximido de guardar secreto, estaba dispuesto a
declarar que había reconocido a Orazio, conde de Montorio, en el confesor Schemoli.

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CAPÍTULO XXIV
El mismo
………………………………………
que desde vuestro primer cambio y ruina
ha seguido vuestros tristes pasos…
………………………………………
No, ni yo ni nadie. Todo es aflicción, y muerte, y oscuridad.
El rey Lear (v, 3).

Teteneam moriens deficiente manu.


TÍBULO

Y tu querida mano con moribundo ardor aprieta.


GRAINGER

Dada la serie de hechos tremendos, complicados y misteriosos, el tribunal,


sumido en la perplejidad, no sabía qué sentencia dictar. No había precedentes que los
orientasen, ni se había promulgado ninguna ley que poder aplicar a semejante caso.
Una depravación tan multiforme los indignaba hasta la consternación, y una
compasión irresistible les privaba de impartir justicia.
Al principio, la culpabilidad era tan evidente y enorme que pronunciaron una
sentencia rigurosa y sin paliativos contra los procesados. Ante esta espantosa noticia
acudieron al palacio real las familias de Amaldi y Alberotti, acompañadas por lo más
distinguido de la nobleza; y arrojándose a los pies del rey, suplicaron que no se
enterrase en la ruina y el oprobio a una familia cuyas altas y extensas conexiones
harían que se propagase por toda Italia el luto y la aflicción. Incluso la familia de
Verdoni intercedió generosamente por su enemigo, con lo que el tribunal fue
requerido para que revisase la sentencia.
Ippolito y Annibal despertaron de su horrible sueño, y se descubrieron homicidas
sin la justificación de una necesidad inevitable, ni el aval de una comisión divina. Se
les informó de la identidad del instigador y el motivo del crimen; y lo que primero
sintieron, en su estado de estúpido embotamiento, fue alivio al saber que les habían
atenuado el cargo de parricidio.
Cayeron de rodillas, agradecidos. Desde que habían sido encerrados en Sant’
Elmo, habían estado silenciosos, salvo cuando los oficiales, al registrar a Annibal,
trataron de quitarle el retrato de Ildefonsa; entonces gritó espantosamente, y su
resistencia convulsiva se volvió tan furiosa que tuvieron que desistir. Desde ese
instante había permanecido sentado en la misma postura, con el retrato firmemente
apretado en la mano, aunque sin saber, aparentemente, qué era lo que sujetaba.
Ippolito fue el primero en recobrar el juicio; los oficiales de la prisión, que
también participaban de la profunda compasión general, dejaron que los hermanos se
viesen sin testigos, y sin imponerles ninguna de las limitaciones vejatorias habituales
en las prisiones. En ese primer encuentro, Ippolito bañó con sus lágrimas el

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semblante insensible de Annibal; pero al poco rato este pareció mostrar alegría por la
presencia de su hermano, y tendió la mano con muda amabilidad, al separarse; y
finalmente, aunque muy poco a poco, le volvieron indemnes las facultades.
Estaban juntos constantemente; el mutuo afecto iluminaba la lobreguez de la
prisión y los terrores de la culpa, pero tenían muchas horas oscuras. Annibal,
hundidas sus esperanzas de amor y destruida su existencia, era el más abatido de los
dos; el bálsamo que le traían los recuerdos de su pasión lo entenebrecía el horror del
incesto en el que había estado a punto de caer. Tenía motivos más fuertes (motivos
morales) que Ippolito para deprimirse. Este había asumido el crimen llevado de un
acceso de pasión; Annibal lo había aceptado por el convencimiento de la razón;
razón, aunque prostituida, sólidamente ejercitada. Por tanto, Ippolito sentía solo la
normal compunción de haber cometido un crimen, mientras que en Annibal, a esa
compunción se sumaba una especie de sombrío desengaño, que de supuesto agente
del cielo como llegó a creerse, descubrió que no era más que la víctima de una
monstruosa ilusión.
Estando en una de estas lúgubres entrevistas melancólicas, en las que la
melancolía busca consuelo y alimento, se abrió la puerta de golpe, y entró una figura
tan delgada, tan frágil y tan apenas visible que al estrecharla Ippolito en sus brazos
casi dudó de la evidencia de su tacto. Su rostro era de Cyprian, pero el resto era de
mujer.
—He dejado de ser Cyprian —murmuró—. Cyprian fue el guardián de vuestra
inocencia; ahora ya no tiene ninguna misión que cumplir. Dejad que recobre mi
antiguo nombre e identidad. Las dos cosas han corrido una suerte desventurada, y
concuerdan por eso mejor con esta hora. Soy Rosalía di Valozzi, que os amaba, que
vivía para vos, ¡y cuya última prueba de su amor desdichado es morir con vos!
Ippolito, deslumbrado, la creyó. Estrechó contra su corazón a esta mujer
maravillosa y excepcional que, disfrazando su sexo y arriesgando su vida, había
abandonado el convento (donde llegó a tomar el velo en una lucha agónica entre el
amor y la religión) y había entrado en la casa de Montorio, donde, como paje, había
soportado sufrimientos sin esperanza de amor, y se había consagrado al
perfeccionamiento del carácter y espíritu de Ippolito sin el consuelo siquiera de que
supiese su identidad. Y ahora que todo esfuerzo carecía de sentido, y que había
muerto toda esperanza, venía, en medio de los horrores de la prisión y con la certeza
de recibir su castigo, obedeciendo al último impulso de un amor «fuerte como la
muerte». En penitencia por su apostasía, había determinado seguir adelante con su
ardua tarea, sin recibir el aliento de la gratitud ni la recompensa del afecto de aquel
por quien luchaba y velaba y lloraba. Resolvió no revelar jamás su sexo ni su nombre,
ni profanar la pureza de su pasión de vestal nutriéndola con el alimento grosero del
amor terrenal. Vivió una vida anónima, lloró sin ser compadecida, amó sin ser
correspondida.
—El único desahogo que me he permitido —dijo— ha sido leeros a veces

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fragmentos en los que describía la vida y pasión de una amante desventurada. Eran
las mías; y la joven que describía amando y sufriendo de ese modo era yo. No podía
renunciar a la compasión que a veces mostrabais por los sufrimientos de una víctima
que teníais tan cerca y que, sin embargo, ignorabais. Ansiaba alimentar mi morbosa
imaginación con palabras que ya no podían despertar esperanzas culpables ni alentar
el deseo. Me agradaba oíros lamentar que hubiese muerto, y me complacía en la triste
resolución que solo buscaba el consuelo de una vana y póstuma piedad.
Annibal, reconociendo ahora a Rosalía, le rogó que le explicase la noche
misteriosa en que había llorado sobre el retrato de Ildefonsa, pero no quiso revelarle
el destino del original.
—Ildefonsa y yo —dijo Rosalía— fuimos educadas en el mismo convento. La
melancolía y el entusiasmo nos unieron. Ella fue la confidente de mi amor fatal; fue
la que me ayudó a huir. Cuando os vi adorar su retrato, me esforcé en disuadiros de
buscarla, porque creía que había tomado ya el velo, y que vuestra búsqueda era
desesperada.
—¡Ojalá hubiera sido así! —dijo Annibal retirándose, pero apretando el retrato
todavía.
—Pero NOSOTROS, amor mío —dijo Rosalía—, tendríamos que haber terminado
con pensamientos más dulces; esos momentos se han ido. Ahora tenemos ante
nosotros la hora oscura, ¡el valle sombrío de la muerte! ¡Ah, ojalá más allá de este
vacío brumoso que se abre ante nosotros se revele un mundo radiante y singular, una
región ultraterrena donde nada frío y oscuro frustre la pasión de los inmortales, donde
amar no sea un crimen!
—¡Ay, amor mío! —dijo Ippolito—, ¿le son lícitos esos sueños bienaventurados a
un asesino?
—¿O a una apóstata? —exclamó Rosalía.
—¡Ah!, he llegado demasiado lejos.
Lloraron el uno en brazos del otro.
—Creía que mi último instante de debilidad había pasado —dijo Rosalía—.
Presiento que nunca cesará mientras os miro. Si me atreviese a sincerarme, debería
decir que te he amado con un amor inmortal. La angustia, el miedo, el desencanto, la
muerte del amor, todo lo ha soportado mi amor; se ha reído de la desgracia, y
sobrevive a la muerte. ¡Ippolito! ¡Oh, Ippolito —exclamó ahogada por el exceso de
pasión—, cómo te amo en este instante!
—Pero ¿volveremos a estar juntos otra vez, Rosalía? —dijo Ippolito afligido—;
¿nos veremos con estos mismos ojos? ¿Volveré a contemplar tu persona, y la
reconoceré, Rosalía, o más bien Cyprian, mi ángel de la guarda, mi pequeño y
bondadoso guardián, te reconoceré en esos mundos luminosos donde todos son como
lo que tú has sido para mí?
—Ay, tus palabras —dijo Rosalía— me recuerdan que esta hora exige otros
pensamientos; pensamientos elevados, y solemnes, y sobrenaturales. Arrodíllate

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conmigo, amado mío; nos adentramos en el oscuro y terrible conflicto del alma, ¡en
las profundidades de la postración y la lucha de la plegaria! ¡Arrodíllate conmigo,
amado mío! Siento que mis fuerzas me van a sostener solo hasta que tu perdón quede
asegurado con la penitencia, y tu espíritu sea tan libre como el de quienes nunca se
descarriaron.
Iba a arrodillarse, y Annibal se había arrodillado también en su rincón, todavía
apretando contra su cansado corazón el retrato de Ildefonsa, cuando Ippolito saltó,
estrechó a Rosalía contra su pecho, y la retuvo así larga y fervientemente.
—Deja que conceda este instante al pensamiento humano —dijo—; ¡esta única
lágrima al humano recuerdo! ¡Cyprian! ¡Cyprian! Piensa en los momentos de dicha y
de inocencia… —se le ahogó la voz—. ¡Ah, piensa en algo indeciblemente tierno y
dulce en este instante único, piensa en todo lo que surge en mi corazón en este
instante, piensa pensamientos humanos, y fúndete conmigo en humana aflicción,
amor mío! ¡Mi tierno, mi fiel, mi moribundo amor! —repitió, mezclando lágrimas y
besos de éxtasis y de angustia demasiado amargos y dulces para traducirlos en
palabras. La vestal luchó en vano con la locura del momento. Siguieron abrazados
con arrebatada y muda ternura. Annibal, absorto en oración, no se atrevió a alzar los
ojos hacia ellos: no podía mirar el retrato.
En ese momento se abrió la puerta de la celda y entró el oficial al mando de la
torre donde se hallaban encarcelados los hermanos; su ademán era el de quien se
alegra de ser portador de buenas noticias. Y les anunció el cambio de sentencia del
tribunal: Ippolito y Annibal habían sido indultados; aunque debían abandonar Italia
para siempre. Orazio, conde de Montorio, era condenado a muerte. Las tierras,
castillos y palacios de la familia serían confiscados, y su título suprimido, borrado del
catálogo de la nobleza, con la prohibición de que nadie lo resucitara ni utilizara en
todo el territorio de Nápoles.
—¡Pero le han perdonado la vida! —exclamó Rosalía, cayendo a los pies de
Ippolito. Este la levantó, aunque para que viviera solo unos días de resignada
infelicidad: la conmoción de esta súbita alegría fue fatal para un cuerpo al que las
intensas emociones y una existencia trémula y precaria habían reducido a mera
sombra. Durante ese intervalo, confesó a Ippolito que se había aprovechado
inofensivamente de su carácter visionario para introducirse en su amistad: fue su
rostro lo que él vio en el espejo cuando, al quitarse la máscara, lo miró por encima del
hombro. Fue ella también la que, alarmada por las cosas que él decía en Nápoles,
había enviado a los oficiales de la justicia a Muralto, no para prenderlo, sino para
protegerlo de un peligro que ella no podía precisar. Pero estos, y todos los demás
asuntos de consideración temporal, se desvanecieron al acercarse la hora de su
disolución; llegó con la oscuridad y la duda. Se le despertó la conciencia religiosa, y
temió que su amor mortal hubiese llegado demasiado lejos. No obstante, se agarró a
la visión e imagen de Ippolito; y cuando ya no pudo verlo, tendió su mano fría hacia
él; incluso cuando ya no fue sensible al tacto, sus labios se esforzaron en murmurar

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su nombre, hasta que se apagaron la sensibilidad, y el pensamiento, y la vida; ¡y la
víctima del amor dejó de existir!

***

Una escena diferente de agonía tenía lugar en el castillo de Muralto. Los oficiales
de la justicia, con decorosa renuencia, llevaron la orden de confiscación y supresión
de títulos, nombre y bienes de la casa de Montorio a su representante superviviente.
Fueron conducidos a la suntuosa cámara donde, en medio de su familia llorosa, de los
médicos que la auscultaban y los sacerdotes que rezaban, yacía la condesa en su
lecho, con la muerte ya en el semblante, y una grave serenidad en la frente.
Los oficiales de la justicia, con muchas pausas, leyeron la sentencia de la ley. La
condesa siguió en silencio.
—Madonna —dijo el confesor—, ¿habéis oído la sentencia que los oficiales
acaban de leer?
—¿Quién me habla? —dijo la condesa.
—Vuestro confesor —dijo el sacerdote.
—¿Ha olvidado que para dirigirse a la condesa de Montorio ha de darle ese título,
y ningún otro? —dijo con una altivez que contendía con la muerte.
—Ese título, señora, ya no os pertenece —dijo uno de los oficiales.
—¿Qué dice? —preguntó la condesa débilmente.
—Dice la verdad —dijo el confesor con energía—. Señora, esta es una hora
solemne. Os exhorto a que repaséis vuestros pensamientos, y os pongáis en paz con el
Cielo.
—Vuestra riqueza y vuestros dominios os han sido confiscados —dijo un
sacerdote zafio y desagradable—. Vuestros palacios y vuestra pompa han sido
arrasados, vuestros…
—¿Y nuestro nombre, nuestro título? —dijo la condesa.
Hubo un profundo silencio.
—¿Y el nombre, el título de Montorio? —repitió, incorporándose súbitamente de
la almohada; sus ojos despedían fuego, su voz temblaba con la energía de la pasión.
—Han sido suprimidos para siempre —dijo uno de los auxiliares.
La condesa cayó hacia atrás, en su lecho. Se tapó el rostro; pero un estertor
convulso y entrecortado, en la quietud de la cámara, anunció la espantosa disolución
de la ambiciosa mujer.

***

Desde la hora en que fue encerrado el conde Montorio, no le había sido concedida
una sola indulgencia, una sola atención. Tampoco él había reclamado ninguna.

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Cuando los carceleros entraban en su celda, seguía tan absorto escribiendo que no
levantaba la cabeza, ni parecía advertir su presencia. Al terminar, observaron que
estaba desasosegado y nervioso, aunque no dijo nada; el centinela que custodiaba la
puerta le oyó pasear en su celda toda la noche. Pero en cuanto supo la sentencia del
tribunal, se quedó profundamente tranquilo.
Su única petición fue que le dejasen ver a sus hijos; y la repitió con tan
vehemente insistencia que finalmente se la concedieron. Se los llevaron la noche
antes de su ejecución. Fue una escena solemne: los hábitos negros, el cliqueteo de
cadenas, las lentas pisadas de los centinelas armados, la luz lacrimosa de las
antorchas, los pasos atropellados rompiendo el silencio nocturno de la prisión, el
silencio otra vez, en una pausa de pasión contenida, se grabaron de manera indeleble
en el espíritu de todos los presentes.
Los hijos se arrodillaron para pedir la bendición a su padre; y el desdichado se
arrodilló para pedir a sus hijos perdón. Algunos miembros de la guardia lloraron
visiblemente; los más adustos se volvieron para ocultar sus rostros.
Durante unas dos horas nadie dijo una sola frase coherente; todo fueron
exclamaciones de angustia, y palabras interrumpidas por los sollozos. El dolor del
último y vano reconocimiento se fundía con el de la inminente separación. Orazio
laceraba los sentimientos de sus hijos con su actitud perpetuamente arrodillada y su
desgarrada humillación. Estos, no pudiendo hacerlo desistir, decidieron compartirla, y
se hincaron de rodillas con él. Cuando llegó la hora de separarse, alargada por una
indulgencia que resultaba cruel, la aflicción se volvió más terrible: Orazio se negaba
a que lo arrancasen de sus hijos, a los que llamaba y abrazaba alternativamente con
todas las expresiones de infinita agonía, desde los balbuceos ahogados y trémulos que
se perdían en sollozos, hasta el largo, enloquecido alarido de dolor que aturde el oído
y solo oye su propia desesperación. Los presentes se acercaron titubeantes. Con gritos
y zarpazos propios de una madre, atrajo a sus hijos contra su pecho, los envolvió en
su capa, y se inclinó sobre ellos en un gesto instintivo de protección.
¡Los hijos, estrechados en este abrazo de la muerte, se descubrieron bañados con
la sangre de su padre! Retrocedieron. La angustia del conde era tal que le habían
reventado las venas principales, y la sangre le brotaba a torrentes de la boca. Sacaron
a los prisioneros, llamaron a los médicos de la prisión, y los monjes encargados de
asistir y exhortar a los condenados acudieron corriendo a la cámara del moribundo.
Ippolito y Annibal estaban arrodillados junto a la puerta; los gemidos del conde,
ahogados por la sangre, eran espantosos; se tapaban los oídos y volvían los ojos hacia
los asistentes que, sobrecogidos y mudos, se ausentaban a cada instante del aposento.
Por último salió santiguándose un sacerdote para ordenar que tocasen las campanas
de Sant’ Elmo, y acudir a la capilla a rezar las plegarias por los que se hallan con las
ansias de la muerte; pero los hermanos lo agarraron por el hábito, aunque no fueron
capaces de articular una palabra.
—Soltadme —dijo el monje—. Voy a rezar. Acabo de presenciar algo que me ha

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dejado sin fuerzas para nada, salvo para la oración —lo seguían sujetando—. Cuando
todo haya terminado —dijo apartándose de ellos—, oiréis el toque de una campana
anunciando que la persona por la que rezamos ya no está entre nosotros.
Se quedaron atentos. Todo estuvo callado durante unos momentos.

***

Un murmullo bajo y general brotó de la cámara mortuoria. La campana empezó a


tañer; los hermanos se arrodillaron, y rezaron por el alma que se iba. Salieron los que
habían estado presentes.
—¿Habéis oído sus últimas palabras? —dijo el superior de Sant’ Elmo al
confesor.
—No he podido atender a su confesión —dijo el sacerdote.
—No era su confesión —dijo el gobernador—. Ha dicho: «El último Montorio no
muere en el cadalso».

***

—Esa fue la caída de la familia Montorio —dijo el que lo contaba—; caída en la


que se ve una mano superior, visible incluso a los ojos más débiles y miopes: el que
pretendía su propio encumbramiento y la exaltación de sus hijos fue confundido y
destruido por aquel al que había sacrificado a su ambición. El que buscaba una
venganza tan atroz como el crimen que la motivaba halló que la descargaba sobre sus
propios hijos; y los que ansiaban el conocimiento de cosas vedadas al hombre,
hallaron su empeño asociado al delito, y solo sacaron amargura y castigo.
»Del resto de la familia hay poco que contar: las hijas se retiraron a un convento,
y los hijos se alistaron en milicias extranjeras con nombres supuestos. Pero los
desventurados cuya historia acabo de contar se distinguieron en todas partes por su
discreto arrojo, su grave melancolía, su mutuo y encantador afecto, y su retraimiento
de toda relación con las mujeres.

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Notas

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[1]El asunto de los siguientes versos se halla recogido en una nota sobre un poema,
del que es un honor tomar un esbozo, por remoto y ligero que sea. Quizá el único
mérito de esta bagatela literaria está en haber sido sugerida por la lectura de un pasaje
de «El lay del último ministril». Es de lamentar que el escenario de esta balada sea
tan local, porque quienquiera que no haya estado en Irlanda no se deleitará leyéndolo;
el que sí, no sentirá pensar otra vez en las ruinas de Melik, y en las aguas del
Shannon. Bruno-Lin (o Bryan-o-Lin, como se le llama a veces), es un jefe todavía
famoso en la memoria de la canción irlandesa. <<

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[2]Melik, abadía cuyas hermosas ruinas se alzan aún a orillas del Shannon, donde
discurre entre Galway y Leinster. <<

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[3] Los vados de Melik. <<

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[4] Este poema me ha sido comunicado por un amigo. <<

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