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Gor, Gennadiy - Un Caso Poco Casual

Este documento narra la historia de un androide creado por un científico llamado Jack Peters. El androide se siente confundido sobre su identidad y le pregunta a Peters si es su padre, hermano o amigo. Aunque Peters intenta explicar que solo es su creador, el androide lo ve como una figura paterna. El androide demuestra una gran capacidad de aprendizaje y le hace preguntas filosóficas a Peters. Sin embargo, una delegación viene a recoger al androide porque fue un encargo financiado,

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Gor, Gennadiy - Un Caso Poco Casual

Este documento narra la historia de un androide creado por un científico llamado Jack Peters. El androide se siente confundido sobre su identidad y le pregunta a Peters si es su padre, hermano o amigo. Aunque Peters intenta explicar que solo es su creador, el androide lo ve como una figura paterna. El androide demuestra una gran capacidad de aprendizaje y le hace preguntas filosóficas a Peters. Sin embargo, una delegación viene a recoger al androide porque fue un encargo financiado,

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UN CASO POCO USUAL

Gennadiy Gor

—¿Quién eres? —le pregunté. Y él me respondió con voz triste:


—¿Sé yo en realidad quien soy? Me parezco demasiado a ti como para poder insistir
sobre la independencia de mi propio yo. Aún no sé quien soy, pero espero saberlo pronto.
¿Quién eres tú?
—Jack Peters, tu creador.
—¿Dios?
—¿Quién, te ha hablado a tí de Dios? De todas maneras, ¿me parezco yo a Dios?
—¿Quién eres pues? —insistió.
—Tu creador.
—¿Mi padre?
Había una sombra de incertidumbre en su voz.
—Directamente, no. Indirectamente, sí. Tú no has nacido, has sido construido como se
construyen...
No pude terminar la frase. Tenía intención de decir: como se construyen las cosas,
pero me dio pena, era tan sensible, tan orgulloso.
—Padre —dijo cariñosamente—. Padre —repitió aquella palabra que resultaba tan rara
salida de sus labios—. Padre...
Había tanta emoción en el acento de su voz que quedé conmovido.
—Está claro que no puedo ser tu padre —dije—. Tienes la misma edad que yo.
—¿Entonces eres mi hermano?
—No —respondí.
—¿Quién pues?
No contesté a su pregunta. No podía decirle que yo era su constructor, su inventor.
—¿Un amigo?
—Probablemente, nos haremos amigos algún día —dije.
¿Sería aquello posible? Yo solo podía verlo como a un objeto; un objetó inteligente,
desde luego, pero objeto.
—¿No tienes bastante por hoy? Debes estar cansado. Descansa. Mira lo que te rodea.
Volveré a verte mañana.
Era evidente que no quería que lo dejara. Temía la soledad.
—Padre —me llamó— ¡Padre!

Le enseñé a mirar el mundo. Quería que viese las cosas con más claridad y sutileza
que la gente común, atrofiada ya de ver lo mismo que les ha rodeado desde niños. Él no
había tenido ni niñez ni juventud. Había nacido adulto.
Puse una manzana sobre la mesa.
—¿Qué es esto? —le pregunté.
Me respondió como lo hubiera hecho Cezanne o los grandes maestros flamencos, de
haber podido expresar con palabras toda la capacidad de su visión artística total. Me dijo
todo lo que descubrían sus ojos al penetrar en la manzana, al incorporarse a su suave
redondez, su frescor y su aroma.
Mientras le enseñaba, me enseñaba a mí mismo.
—Padre... —insistía Padre—. ¿No crees que la naturaleza es sabia y hábil?
No le corregí, no le dije que yo no era su padre. Le expliqué:
—El hortelano ayuda a que se produzcan las manzanas tanto como lo hace la
naturaleza. En realidad, puede que él haya hecho mayor esfuerzo que la naturaleza.

1
Me oyó no sin placer, pese a que él mismo no tenía conexión con la naturaleza. Le
enseñé a escuchar, y aprendí a hacerlo yo también.
El murmullo de las gotas de agua al caer sobre la hierba, el sonido de un torrente
primaveral formado por los deshielos, la voz del cuco mezclando sus lánguidas notas con
el amanecer, los rugidos y suspiros del piano... y él atrajo hacia sí el mundo y lo asimiló.
—Maestro —me dijo—, dime qué es el hombre. ¿Por qué está aquí en la Tierra? ¿De
dónde vino y a dónde va?
—Tendrás que responder tu mismo a esas preguntas. Estudia... ¡piensa!
Muchas de estas preguntas me pusieron en apuros. Yo era un ingeniero biólogo, nada
más. Un creador de mecanismos pensantes. Y las preguntas que me hacía solo las
podría contestar un filósofo.
Recuerdo que le llevé la famosa novela de Alejandro Dumas «Los tres mosqueteros», y
se puso a leer el último capítulo. Yo pensé que se debía a su inexperiencia, pero estaba
equivocado.
—Empiezo por el final porque es donde encuentro el principio.
—¿No te sería más fácil empezar por el primer capítulo del libro?
—No —me respondió de inmediato—. ¿Cuál es el principio, Maestro, y cuál es el fin?
¿No es todo eterno?
Me sentí cada vez más y más molesto. ¿Estaría bromeando? ¿Se reía de mí? Era
siempre tan lógico y tan preciso en sus palabras...
—Muy bien —le dije—, dejemos ese tema para otra ocasión. Tu mente, no está aún
suficientemente desarrollada para tratar asuntos tan abstractos. ¿Qué tal dormiste
anoche?
—Bien, como siempre.
—¿Soñaste algo?
—Sí, soñé sobre mi pasado.
—No tienes pasado, querido, nunca te lo he ocultado. Tú apareciste el día y la hora
previstos en el gráfico del laboratorio.
—No, yo tengo pasado —insistió—. Sueño sobre él.
—¿Qué es lo que sueñas? Cuéntamelo.
—Sueño —me dijo, mirando pensativamente a lo lejos— en un río a cuya orilla pasé mi
infancia. Allí hay un camino que conduce al bosque. Mis hermanos y hermanas están
jugando a la gallina ciega, me tapan los ojos con un pañuelo y desaparece el mundo, yo
doy vueltas y vueltas con las manos por delante intentando atrapar a alguien, luego me
quito el pañuelo, el sol me ciega, el mundo maravilloso está allí de nuevo, una montaña, el
azul transparente del arroyo, los gritos de los pájaros. ¿No viví yo eso? ¿Por qué no dices
algo? Por favor, no me lo arrebates.

Aquel día estaba excitado.


—Padre —preguntó—. ¿No vuelve a veces tu pasado?
—El pasado no puede volver... el tiempo es irrevocable.
—No me comprendes, Maestro. Estoy hablando de los recuerdos. Durante la pasada
noche los recuerdos volvieron a mí. Cuando era un joven estudiante conocí a una chica.
Se llamaba Mary, Mary Osten. ¡Que voz tan bella tenía! Cantaba. Nos veíamos siempre
en un jardín muy grande, a veces se retrasaba. ¿Comprendes cómo me latía el corazón?
Luego aparecía como surgida de la nada, siempre por el otro lado, por donde no la
esperaba. Un día no vino, estuve esperándola y mi corazón latía locamente. Esperé que
el tiempo hiciera marcha atrás y la desencadenara de su prieto abrazo, pero no vino, y al
final de aquel día supe que estaba en el hospital, y un mes después se había muerto. Aún
no comprendo la palabra «muerte» ¿Por qué me miras de ese modo? ¿No me crees?
Pero, les cierto! ¡Es cierto! ¿No lo comprendes? No me arrebates esto.

2
Él no sabía lo que todos mis asistentes de laboratorio, que me habían jurado silencio,
sabían: él no me pertenecía. El experimento había costado una enorme cantidad de
dinero, dinero asignado por la Mallory Company, y hoy esperábamos una delegación
especial de ingenieros cibernéticos y fisiólogos que venían a recoger el encargo nº 032,
de acuerdo con lo especificado en los documentos que se hallaban en una cámara
especial del Banco que había financiado nuestro trabajo.
La delegación solo se retrasó diez minutos. Mallory, jefe de la empresa, vino también.
Llegaron cuando él se encontraba sentado con un libro entre las manos, leyendo
poesía. Lo leía en voz alta con aquella voz sonora, melódica, entusiasta y sincera. Al ver a
Mallory dejó de leer y preguntó:
—Padre, ¿quién es ese?
Estoy seguro de que supo por qué no respondí.
—Padre —gritó— ¡no me entregues! ¡No, Padre!
Era imposible que comprendiera que yo no podía hacer otra cosa.
—¡Padre! —gritó.
Aún puedo oír su voz. Permanece profundamente clavada en mi conciencia, rehusando
todo intento de justificación.

FIN

Traducción: María del Carmen del Prado.


Publicado en: Revista Nueva Dimensión nº 18, ediciones Dronte.
Edición digital: Priapus.
Revisión: Sadrac.

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