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Benitez - Monaco. La Dictadura Militar 1976-1983

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La dictadura militar argentina, 1976-1983.

Texto introductorio1

Diego Hernán Benítez


(UNGS-UNSAM)

César Mónaco
(UNGS)

Abstract

Concebido con un fin introductorio, el artículo avanza sobre los principales factores políticos, sociales,
económicos y culturales desarrollados durante la última dictadura militar argentina (1976-83). En el mismo
se destacan, por un lado, las etapas delimitadas por los principales sucesos, así como también se avanza
sobre los aspectos más significativos de la etapa iniciado a mediados de los años setenta. De esta forma, se
busca delimitar sintéticamente y señalar las consideraciones centrales en torno al consenso inicial, la
reorganización del aparato estatal, el sistema represivo implementado, la nueva política económica, y
finalmente, la transición hacia la democracia.

Palabras clave: Argentina – Dictadura – Aspectos generales

With an introductory purpose, this article advances on the main political, social, economic and cultural factors
developed during the Argentina‟s last military dictatorship (1976-83). Considered here, on the one hand the
stages defined by major events, as well as it advances on the most significant aspects of the stage started in
the mid-seventies. Thus, it seeks to define succinctly and identify the central consideration about the initial
consensus, the reorganization of the states apparatus, the repressive system implemented, the new
economic policy, and finally the transition to democracy.

Keywords: Argentina – Dictatorship – Introductory aspects

“El Cono Sur es, hoy, el ámbito de las monarquías fundadoras. Nuestro ámbito.”
(Carta Política, n° 31, mayo de 1976)

1
Publicado originalmente en: Kessler, Gabriel y Luzzi, Mariana (comp.), Problemas socioeconómicos contemporáneos,
Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento, 2007.

1
En la madrugada del 24 de marzo de 1976 el gobierno constitucional de María Estela Martínez de
Perón, Isabel, fue depuesto por un golpe de Estado. Luego de un período democrático de casi tres
años (abierto con el gobierno peronista de Cámpora el 25 de mayo de 1973) los militares
avanzaron, nuevamente, contra un régimen constitucional, tomaron el poder por la fuerza, e
implementaron una feroz y sangrienta dictadura que provocó efectos profundos y permanentes en
el país.
Durante sus últimos meses, avasallado por la dinámica misma de una crisis múltiple, el
gobierno peronista de Isabel estuvo inmerso en un proceso precipitado de desgaste y
deslegitimación, que se manifestaba en un profundo descontento social y en la permanentemente
amenaza conspirativa de los militares. A medida que los rumores avanzaban, el apoyo de la
sociedad hacia el gobierno disminuía y las chances a una salida institucional se agotaban. El país
se encontraba sumergido en una crisis económica de suma gravedad que se expresaba a través
de una inflación galopante que desvirtuaba los índices económicos. En consonancia, se
profundizaba una significativa crisis social, ocasionada por el alto grado de descontento de amplios
sectores de la sociedad que se manifestaban a través de protestas u otros tipos de movilizaciones.
A esto se sumaba un factor general más: una crisis aguda del sistema político que afectaba
directamente a los partidos. Estos eran vistos como actores incapaces de brindar una solución al
caos, lo cual provocaba, proporcionalmente, un importante descrédito en el sistema democrático.
Existía, también, un superlativo grado de violencia política, vinculada tanto a las luchas intestinas
dentro del mismo peronismo, cuanto a la acción de grupos guerrilleros de izquierda que se
enfrentaban a las fuerzas de represión estatal y paraestatal. El proceso de radicalización de grupos
políticos, iniciado a finales de los años 60, continuaba expresando su lado más extremo en la
acción armada, considerada como el estadio superior de la acción política tradicional. Y aunque
estos se encontraban en franca declinación en el último año del gobierno peronista, mantenían
cierto protagonismo en la escena pública que resaltaban con interés los militares. Los más notorios
fueron: Montoneros, proveniente de un sector del peronismo de izquierda; y el guevarista Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP), fracción armada del Partido Revolucionario de los Trabajadores
(PRT).
Por otro lado, el contexto internacional no era precisamente una expresión de buenos augurios.
El primer lustro de los años setenta estaba marcado por la clausura de un excepcional período
expansivo de la economía mundial –especialmente en el mundo capitalista desarrollado- que,
iniciado durante la posguerra de los años cincuenta, evidenciaba su final por medio de una
considerable desaceleración de los índices de crecimiento. Finalizada la etapa de auge, el sistema
capitalista comenzaría a transitar su reestructuración, y la mejor punta de lanza sería el
neoliberalismo. En el plano político, el subcontinente latinoamericano evidenciaba un claro

2
desplazamiento de gobiernos democráticos por regímenes de facto. El mapa político de América
Latina, hacia1976, se encontraba signado en gran parte de su territorio por dictaduras militares.2

I. El consenso inicial

En lo inmediato, la intervención de las Fuerzas Armadas sobre la vida institucional del país contó
con la aceptación de amplios sectores e instituciones de la sociedad. Tuvo la adhesión de la cúpula
de la iglesia, de un sector destacado de los partidos políticos (especialmente los partidos
conservadores provinciales), de las asociaciones empresarias, y de los medios de comunicación.
Pero, por sobre todo, obtuvo el consentimiento de buena parte de la sociedad.
Este fue el arco importante de consenso inicial con que contó el régimen. Para entender sus
causas es necesario tener presente, en principio, dos elementos centrales. Por un lado, cierta
“legitimidad” de origen a la intervención de los militares en la vida política del país. Esta es una
característica estructural propia del sistema político argentino gestada a partir de las mismas
intervenciones militares. Como sostiene Hugo Quiroga, a partir de 1930 se fue conformando un
sistema político “pretoriano”3, que incorporó en su interior a las Fuerzas Armadas como un
componente esencial y permanente. Se constituyó, de esta forma, una cultura política que
aceptaba la politización de las fuerzas castrenses; las cuales se desplegaban en el escenario
político como un actor singular que, debido a su fuerza militar, definía el juego institucional. Por lo
tanto, la ingerencia de éstas en la vida democrática del país se fue tornando, para la sociedad,
como una alternativa siempre posible. Esto denotaba y alimentaba, a la vez, una escasa convicción
en los valores de la democracia, y sus tiempos, reflejada en la pérdida de legitimidad del orden
constitucional.4
El segundo factor explicativo, intrínsicamente ligado al primero, se encuentra en el contexto
inmediato al golpe. Legitimada históricamente su intervención, la opción militar se hacía cada vez
más fuerte en una situación que se tornaba cada vez más crítica. Ya desde varios meses antes del
golpe eran explícitos y públicos los planteos y reuniones de los jefes militares con el poder
ejecutivo nacional. El protagonismo de las fuerzas armadas se incrementaba a medida que
aumentaba el desconcierto general que, particularmente, era estimulado y usufructuado por los
mismos sectores castrenses por medio de la exaltación de su lucha contra las organizaciones
guerrilleras, que por otra parte, se encontraban ya en un evidente proceso de declinación. De esta
2
Las había en: Brasil, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Chile, Ecuador, Perú, Nicaragua, El Salvador, Haití, Guatemala, y
Granada. En buena medida en República Dominicana y Honduras, y con una fachada civil en Colombia.
3
El pretorianismo implica la aceptación de la participación de los militares en la esfera política del país. Así, el sistema
político argentino, entre 1930 y 1983, funcionó en la realidad histórica a través de una articulación que combinó en su
estructura los gobiernos militares con los gobiernos civiles, en: Quiroga, Hugo, El tiempo del „Proceso‟. Conflictos y
coincidencias entre políticos y militares. 1976-1983, Rosario, Homo Sapiens-Fundación Ross, 2004, pp. 35-39.
4
Quiroga, Hugo, “El tiempo del „Proceso‟”, en Suriano, Juan, Dictadura y democracia, Buenos Aires, Sudamericana, p.
39, Nueva Historia Argentina, Tomo X.

3
forma, el caos general (económico, social y político) fue provocando una importante
deslegitimación, no sólo del gobierno mismo, sino también del sistema democrático en su conjunto.
Se manifestaba evidente un “vacío de poder” a llenar, que permitió gestar, cada vez más, un mayor
consentimiento sobre un “orden” militar.

II. El comienzo del Proceso

Una vez en el poder, el nuevo gobierno de facto dio inicio al denominado Proceso de
Reorganización Nacional (PRN) que tenía como meta central realizar una intensa reestructuración
del cuerpo social y del Estado. Se constituyó como una dictadura institucional –de todo el cuerpo
de las Fuerzas Armadas- superadora del carácter “ordenador” de la vida institucional del país de
las anteriores intervenciones castrenses (salvo la Revolución Argentina de 1966).5 A fines de
realizar un reparto equitativo de poder y evitar cualquier personalización del mismo se conformó un
cuerpo colegiado integrado por los comandantes en jefe de las tres armas (Ejército, Marina y
Fuerza Aérea): la Junta Militar. Por medio del artículo 1° del Estatuto del PRN se designó a la
misma como suprapoder de la nación y órgano supremo del Estado, por encima de la Constitución
Nacional. La Junta, a su vez, debía ser la encargada de designar al Presidente de la Nación,
ejecutor de las grandes políticas trazadas por el poder supremo, que tendría un mandato de tres
años. El Poder judicial fue intervenido, y las cámaras legislativas fueron suprimidas, instituyéndose
en su y en su lugar una Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL).
De la misma forma fueron intervenidas las demás instituciones de gobierno. La finalidad
determinada desde el inicio fue realizar una profunda militarización del Estado, que abarcó no sólo
la administración central, sino también, los organismos descentralizados, las provincias, los
municipios, y las empresas estatales. Y si bien se buscó desde el inicio una pretendida equidad en
la distribución de cargos para los diferentes niveles de poder, la histórica relación de fuerzas que
remarcaba el predominio del Ejército hizo que éste finalmente prevaleciera en el reparto. No
obstante, las Fuerzas Armadas se erigían como la autoridad unívoca que ostentaba el monopolio
de toda decisión política. Se dispuso la disolución de todos los partidos políticos y se estableció el
cese inmediato de toda acción política. Se determinó, también, la disolución de cualquier tipo

5
El carácter ordenador de determinadas dictaduras implicaba, una vez diagnosticado el supuesto desorden institucional,
restablecer el funcionamiento normal del sistema. Como lo indica Quiroga: "(...) las fuerzas armadas se piensan garantes
de la continuidad de lo que entienden son los principios, valores y normas constitutivas de la Nación, esto es, se reclaman
tutores tanto de la decisión colectiva que selecciona al gobernante como de la integridad del Estado justifican así su
acción golpista en aras de la defensa de la ruptura del orden constitucional. Se visualizan a sí mismas como los
vectores que indican el rumbo del Estado nacional. De esta forma, en 1930 echan por tierra un régimen democrático; en
1943 se vislumbran "nacionalistas" y derrocan a un gobierno conservador; en 1946 dan su apoyo al gobierno de Perón;
años más tarde lo derrocan; en 1962 se oponen la participación electoral del peronismo; en 1966 y 1976 procuran -desde
un nuevo tipo de golpe de Estado- reestructurar la sociedad y el Estado argentinos", en Quiroga, Hugo, El tiempo del
„Proceso‟. Conflictos y coincidencias…, op. cit., p. 42. Véase también el artículo de Marcelo Cavarozzi en la presente
compilación.

4
actividad gremial de trabajadores, empresarios y profesionales. En fin, se suprimieron las libertades
públicas de los ciudadanos, permaneció activo el estado de sitio, instituido por el gobierno anterior,
y se promulgó la pena de muerte para las acciones contra la patria –que nunca llegó a aplicarse-.
La Junta Militar, integrada por el teniente general Jorge Rafael Videla, el brigadier Orlando
Agosti y el almirante Emilio Massera, emprendió el reordenamiento. Luego de cinco días de tener
en sus manos el poder ejecutivo, el 29 de marzo nombró como presidente de la nación a uno de
sus miembros, Videla, que retuvo a su vez la comandancia sobre el Ejército. También se dio a
conocer públicamente el Acta que precisaba a través de sus ejes centrales los objetivos básicos
para el iniciado PRN: a) restituir los valores esenciales del Estado; b) erradicar la subversión; c)
promover el desarrollo económico de la vida nacional basado en el equilibrio y participación de los
distintos sectores; d) posteriormente, instaurar una democracia, republicana, representativa y
federal, adecuada a la realidad y exigencias de solución y progreso del Pueblo Argentino. Es
necesario aclarar, que los mismos no poseían ningún tipo de límite temporal –plazos o etapas-
para su concreción.
Para el gobierno militar la finalidad última era cerrar un “ciclo histórico” abierto con el peronismo
en 1946. Reorganizar una “nueva Argentina” por medio de una intervención radical que modifique
profundamente un sistema político corrompido, que elimine al Estado demagógico, y que discipline
a una sociedad descarriada. Un “Nuevo Orden” era necesario, y esto sólo lo podría efectuar un
agente de cambio, que aunque parte institucional de Argentina, se veía a sí misma, y por gran
parte de la sociedad, como un organismo inmaculado del germen populista. Como se observa, una
retórica del ordenamiento institucional encubría objetivos siniestros. Las Fuerzas Armadas, en fin,
debían reencausar a la Argentina por la senda “occidental y cristiana”, y el costo para tal cometido
se aseguraba elevado.
En este sentido, se articulaban el disciplinamiento social, que incluía la reestructuración del
sistema político, con una trasformación económica que permitiera reforzar, según sus términos, el
liderazgo de los sectores económicos más competitivos, que en realidad resultaron ser los que
poseían un mayor poder de vinculación con el Estado, y por lo tanto, los más concentrados de la
economía. Pero, aunque lo pareciera, esto no era la expresión de un plan homogéneo,
unánimemente aceptado por las tres fuerzas, sino más bien las líneas básicas de un acuerdo. El
mismo devenir del proceso manifestará la carencia de un proyecto orgánico de acción,
especialmente, por medio de los múltiples conflictos entre, y dentro, de las armas, que expresaban
los diversos posicionamientos respecto a la política a seguir. El gran elemento aglutinador, que
unía frentes ante un enemigo común, era la lucha contra la subversión. Por esta razón, los
primeros años del Proceso estuvieron marcados por el avance de políticas radicales de
transformación. Que como muestra el caso de la economía, no debieron enfrentar demasiados
conflictos internos. En cambio, cuando comenzó a disminuir la represión, las divisiones hacia el
interior de las propias armas comenzaron a manifestarse públicamente.

5
Al margen de las diferencias, durante los primeros años de gobierno las Fuerzas Armadas se
propusieron gestar y garantizar, según afirmaban, una nueva república donde el desarrollo
institucional se realizaría a través de una verdadera democracia. El proyecto de fondo implicaba, en
el largo plazo, la construcción y consolidación de un orden estable sobre el cual el poder militar
ejerciera una permanente tutoría política sobre la nación. En fin, lo necesario era “fundar una nueva
etapa en la vida argentina que diera término al ciclo de disputas sectoriales sobre la base de
afianzar una nueva hegemonía sobre la sociedad”.6 De esta forma, y en especial desde el sector
más afín a Videla, se pretendió generar, en colaboración con sectores civiles, al actor político
encargado de mantener en el futuro la continuidad original del proyecto. Así, el Movimiento de
Opinión Nacional (MON), una convergencia cívico-militar, sería la descendencia del régimen. Este
garantizaría la renovación necesaria de la clase política, y oficiaría de heredero legítimo y
continuador de un sistema de dominio a largo plazo donde las Fuerzas Armadas contaran con la
centralidad.

III. El terrorismo de Estado

En febrero de 1975, un año antes del golpe militar, el gobierno constitucional realizó de forma
oficial el ingreso de una de las Fuerzas Armadas en la lucha contra la insurgencia. A través del
decreto presidencial N° 261/75, que propugnaba la “aniquilación de la subversión”, se encomendó
al Comando General del Ejército la función de reprimir el foco guerrillero del ERP instalado en la
selva tucumana un año antes. Comenzó así, al mando del general Antonio Bussi, quien remplazó al
filoperonista Adel Vilas al breve tiempo de haber asumido, la denominada “Operación
Independencia” que inauguraría las tácticas de la desatada “guerra sucia” contra la insurgencia
guerrillera. Se inició de esta manera, previo al golpe militar, una intensa acción represiva por medio
de las fuerzas del Estado –especialmente el Ejército y la policía- y comandos paramilitares de
extrema derecha nucleados en la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Estos últimos eran
“escuadrones de la muerte” organizados clandestinamente desde un sector del Estado, la
Secretaría de Bienestar Social a cargo de José López Rega. Como introducción a lo que vendría
después, esta ofensiva oficial, y paraoficial, propiciaría, ya como método garantizado, el asesinato
y la desaparición de una importantísima cantidad de personas (800 es el número aproximado).
El asalto al poder por parte de los militares implicó inmediatamente una profunda radicalización
de sus acciones violentas. La represión, convertida en un objetivo central del gobierno, mutó hacia
una acción sistemática desde el Estado. Por su parte, el ERP y Montoneros, que estaban
diezmados desde el inicio mismo de la dictadura, durante los dos primeros años conservaron cierta

6
Ibíd., p. 66.

6
capacidad para desarrollar acciones armadas contra el gobierno. Pero violentamente se desplegó
una ofensiva que abarcó no solo a las organizaciones armadas, sino también, y sobre todo, a
cualquier individuo o grupo sospechado de insurgente. En palabras de un general: “primero
mataremos a los subversivos, luego a sus colaboradores, luego a sus simpatizantes, a los
indiferentes y, por último, a los tímidos”7. La violencia desplegada se tornó implacable y avanzó
hacia la sociedad en su conjunto por medio de prácticas ilegales que tenían la finalidad inmediata
de procurar, según las metáforas utilizadas por los propios militares, la “extirpación” del “cáncer”
alojado en lo más profundo del “tejido” social. Y en este sentido, “los campos de concentración
fueron el quirófano donde se llevó a cabo dicha cirugía”8. La violencia por parte del Estado no era
una novedad en la historia argentina, y esto puede ser rastreado fácilmente, pero lo inédito fue la
fuerza descomunal que desplegó a partir de marzo del 76, que, como sostiene Pilar Calveiro, se
constituyó en un poder desaparecedor que avanzó sobre lo material y lo simbólico, sobre los
cuerpos y las ideas.
Más allá de los objetivos particulares o colectivos la verdadero destinataria del terror fue la
sociedad. Desde el primer momento esta fue el blanco donde pretendió calar el miedo extremo que
–como afirma Juan Corradi- no sólo tuvo el objetivo de controlar, sino también de cambiar a los
actores sociales. De este modo, el terror se vuelve “esencialmente una técnica de desorientación,
que apunta a privar a los sujetos de la oportunidad de calcular y prever las consecuencias de sus
acciones. Es una forma de poder en la cual la conformidad no garantiza la seguridad. Su efecto
principal es la generación de una atmósfera de ansiedad –una „cultura de miedo‟”.9 Que se
desplegaba más allá de los espacios comunes y lograba insertarse en lo más profundo de la
intimidad, para permitir así, que cualquier comportamiento “no normal” sea señalado
inmediatamente como sospechoso; en definitiva, al espacio público clausurado se adicionaba el
control microsocial. Y esto sólo pudo ocurrir, en gran parte, gracias a la pasividad o inmovilidad
producida por el mismo terror, cuanto a la adhesión de algunos sectores sociales que se
encontraban atraídos por los postulados básicos del régimen. En este marco, el control dictatorial
pudo ser desarrollado –según O‟Donnell- por la existencia de “una sociedad que se patrulló a sí
misma”, refiriéndose a un grupo amplio de personas que voluntariamente “se ocuparon activa y
celosamente de ejercer su propio pathos autoritario. Fueron kapos* a los que, asumiendo los
valores de su (negado) agresor, muchas veces los vemos yendo más allá de los que el régimen les
demandaba”10.

7
Declaraciones del gobernador de facto de Buenos Aires, Ibérico Saint Jean, el 28 de mayo de 1977.
8
Calveiro, Pilar, Poder y desaparición. Los campos de concentración en la Argentina, Buenos Aires, Colihue, 2006, p. 11.
9
Corradi, Juan, “El método de destrucción. El terror en la Argentina”, en Quiroga, Hugo y Tcach, César (comps.), A veinte
años del golpe. Con memoria democrática, Rosario, Homo Sapiens, 1996.
*
Kapos: prisioneros de los campos de concentración nazi que colaboraban con la „disciplina‟ en los mismos.
10
O‟Donnell, Guillermo, “Democracia en la Argentina. Micro y macro”, en, Oszlak, Oscar (comp.), „Proceso‟, crisis y
transición democrática /1, Buenos Aires, CEAL, 1984, p. 17.

7
El terrorismo de Estado implicó una planificación precisa de las acciones. Una sistematización
de la represión por parte del poder, que posibilitó el reparto –literalmente hablando- del territorio
argentino. La división espacial del poder de acción, realizada por los militares durante el último año
del gobierno de Isabel y que comprendía la cuadriculación del país en 5 zonas, 19 subzonas y 117
áreas, se profundizó estratégicamente a partir del golpe. De esta forma, se produjo una
feudalización del poder cada fuerza tuvo su propio espacio independiente de operación, que se
conformó en parte esencial para una Matanza administrada. Así, la competencia entre las propias
fuerzas, que disputaban grados de efectividad y de acción, tuvo un rol determinante en la masacre.
El sistema represivo era llevado adelante por “grupos de tareas” constituidos generalmente por
oficiales y suboficiales, policías y también civiles. Luego de la selección del sospechoso, el modus
operandi consistía de un operativo para conseguir su detención, generalmente de noche, sobre el
domicilio, lugar de trabajo o en la misma calle. Así, en el mejor lugar y momento se producía el
secuestro, y el inmediato traslado de la víctima hacia algún centro clandestino de detención. Una
vez allí, se confeccionada una ficha o expediente donde se consignaba y evaluaba la información
obtenida del preso. A continuación comenzaban los interrogatorios, que implicaban un largo
período de torturas físicas y psicológicas a las que se sumaban como parte constantes vejaciones
y violaciones. El objetivo era quebrar la integridad de la persona, demostrarle que sus lazos con el
exterior se encontraban absolutamente cortados, que estaba completamente sola inmersa en las
fauces de un poder omnipresente que tenía la capacidad de realizar, sin reparos, lo que deseaba
sobre su persona. Finalmente el suplicio, que podía durar semanas, meses o años, cesaba y el
prisionero era, la gran parte de las veces, ejecutado -“trasferido”, en la jerga-. El paso posterior era
la desaparición del cuerpo, decisión que correspondía a los más altos rangos entre los oficiales que
se encontraban al frente de la represión. En el menos habitual de los casos, determinado por
diversas presiones o alguna circunstancia excepcional, el detenido era “blanqueado”, o sea, su
situación dejaba de ser clandestina e ilegal, y se oficializaba. Pasaba a estar a “disposición del
poder ejecutivo nacional”, que consistía en una medida de excepción prevista por la Constitución
en casos de guerra externa o conmoción interior, y que preveía la supresión de los derechos y
garantías individuales. Ser colocado a disposición equivalió, en muchas ocasiones, salvar la vida,
ya que de esta manera se hacía explícito el registro de la detención.
Otro de los finales posibles, que se dio en un porcentaje sumamente exiguo de los casos,
consistió en la liberación del detenido, que en ocasiones emprendía el camino del exilio. Se
registraron también casos de detenidos que pasaron a colaborar con las fuerzas represivas a
través de operaciones de inteligencia u otras actividades. Pero más allá de las posibilidades, una
vez detenido se volvían sumamente escasas las chances de sobrevivir. Así, la desaparición de
personas se registró como una práctica inaudita y masiva, que alcanzaba a todos los sectores de la
sociedad. Que incluía durante el operativo o la detención la sustracción de menores o recién
nacidos de las detenidas parturientas. A la acción criminal de ocultar toda información sobre el

8
paradero del “supuesto” detenido, y una vez sentenciado su destino, le continuaba la dimensión
negacionista del final: la desaparición del cuerpo, y con él del crimen. Los modos fueron múltiples y
variados: desde el entierro en fosas comunes hasta los tristemente célebres “vuelos de la muerte”.
Estos últimos eran una de las prácticas macabras de desaparición utilizada por la Marina, que
consistía en el traslado en aviones de prisioneros previamente sedados con “pentonaval” (como
denominaban al barbitúrico Pentothal) para ser arrojados al mar.
Los datos proporcionados por los organismos de derechos humanos dan cuenta de la
existencia durante la dictadura de más de 500 centros clandestinos de detención. Los más
relevantes de acuerdo a la cantidad de detenidos que alojaban fueron los siguientes: la Escuela de
Mecánica de la Armada –ESMA- (Capital Federal), Campo de Mayo –el campito-(Gran Buenos
Aires), que poseía en su interior 4 establecimientos clandestinos, La Perla (Córdoba), El Vesubio
(La Matanza) y Club Atlético (Capital Federal). Según estimaciones provistas por los organismos de
derechos humanos –en relación con las denuncias recibidas- el monto fue de 30.000 personas
detenidas-desaparecidas durante el Proceso.
La composición de las víctimas fue diversa: militantes políticos y sociales, estudiantes,
delegados gremiales, sacerdotes, intelectuales, activistas de organizaciones de derechos
humanos, y otros. De acuerdo a las estimaciones realizadas en 1984 por la Comisión Nacional
sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), la distribución del total de desaparecidos por
sectores fue la siguiente: 30,2 % de obreros, 21 % de estudiantes, 17,9 % de empleados, 10,7 %
de profesionales, 5,7 % docentes y 1,3 % de actores y artistas. Esta distribución coincide en sus
más altos índices con el desarrollo, durante los años previos a 1976, de los sectores más altamente
movilizados.
Por último, se debe mencionar que esta represión estatal traspasó las fronteras nacionales y
extendió su accionar sobre varios países de América Latina. El denominado “Plan Cóndor”, del cual
participaban las dictaduras de Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia, y de la propia Argentina,
fue un claro ejemplo de mutua colaboración represiva. Este consistió en una coordinación
contrainsurgente que posibilitó una acción represiva extra fronteras; la conformación de un espacio
común de represión. Además, las fuerzas militares argentinas tuvieron un cardinal protagonismo en
Centroamérica, al oficiar como asesores e instructores de contrainsurgencia en Nicaragua; o
participando en operaciones clandestinas contrarrevolucionarias en Honduras y El Salvador.

IV. La política económica

Desde mediados de la década del cincuenta, tras el derrocamiento del primer proyecto nacional-
popular del país, la Argentina se vio sumida en una notable agudización de su crisis institucional,
producto entre otras razones, del incremento de los desequilibrios económicos. Debido a un

9
proceso inflacionario constante se profundizó la puja distributiva entre el Estado, sectores
sindicales y empresariales, creando un clima de gran inestabilidad incapaz de sentar las premisas
mínimas de viabilidad política y un funcionamiento económico correcto para ciertos sectores del
capital. El cual debe ser entendido como la expansión o reproducción de la acumulación del capital,
especialmente por parte de grandes unidades económicas, que en tal proceso van transformando y
eliminando a otros actores del sector. Es decir, “un crecimiento desigual y desigualizante en
principal beneficio de unidades mono u oligopólicas, cuya acumulación subordina los
comportamientos económicos y la distribución general de recursos en el resto de la sociedad.”11 En
este sentido, quienes deciden si el comportamiento económico es correcto, o no, dependerá del
poder que tienen aquellos que analizan tal situación.
En los meses previos al golpe, la persistente inflación y el muy elevado déficit fiscal, cubierto en
gran medida con emisión monetaria, anticipaba medidas urgentes. El ministro de Economía de
entonces, Celestino Rodrigo, intentó poner en marcha, a principios de junio de 1975, el último plan
de mejora económica en democracia. Este consistió en producir una fuerte devaluación para
corregir el desequilibrio en la balanza de pagos, y un incremento en las tarifas públicas para
mejorar la situación fiscal. Estas medidas, que principalmente causaron una fuerte caída del salario
real, se conocerían como el “Rodrigazo”, y tuvieron un enérgico rechazo del sector sindical que
terminó con las ambiciones del ministro y su principal asesor, el banquero Ricardo Zinn, que
buscaba por medio de este proceso licuar la deuda del sector privado. A partir de aquí comenzó
una aceleración inflacionaria que dio lugar a un sistema económico lleno de incertidumbres y alto
desequilibrio, debido al uso permanente de prácticas de reajuste.
Como ya se ha mencionado, las Fuerzas Armadas que tomaron el gobierno coincidían en que
era necesario terminar definitivamente con una Argentina sumida en el caos, producto de la
creciente irrupción de conflictos sociales, provenientes de sectores radicalizados y de un
sindicalismo indisciplinado. La causa de fondo de los problemas que aquejaban al país era clara:
la existencia de un gobierno populista que produjo prácticas sectoriales sórdidas y de
entorpecimiento al desarrollo de las potencialidades nacionales, dando poder a una clase obrera,
que por sus crecientes conflictos e intervenciones, propició un Estado débil incapaz de impedir la
propagación de ideologías de izquierda. Esta visión estaba acompañada por un permanente temor
a la generalización de la violencia y evaporación de orden público, que junto a una desafección por
las prácticas democráticas, potenció en amplios sectores de la sociedad el repliegue individual y la
visión salvadora de la cruzada militar.
El diagnóstico era claro y se encontraba extensamente aceptado en los sectores oligárquicos y
empresariales de orientación librecambista, sobre los que confluían las nuevas ideas tecnocráticas

11
O‟Donnell, Guillermo, El Estado burocrático-autoritario. Triunfos, derrotas y crisis, 1966-1973, Buenos Aires, Editorial
de Belgrano, 1982, p. 36.

10
y tecnocientíficas del ámbito económico mundial.12 Cabe volver a señalar, que durante la década
del ´70 el sistema económico internacional se encontraba atravesando una crisis que dio lugar a un
cambio a nivel mundial del modelo histórico de acumulación, que se había caracterizado por su alta
tasa de ocupación, una importante cantidad de reformas sociales y ampliación del Estado, que
conformaba sistema de integración y desarrollo conocido como Estado Benefactor (o Welfare
State). Esta fracción del poder económico va a persuadir al sector militar sobre la necesidad de
imponer un nuevo modelo de orientación liberal. La nueva alianza, compuesta por el sector rural
tradicional, el capital financiero y el sector industrial concentrado de bienes de exportación, junto a
algunos mercadointernistas con capacidad de diversificación, dejará atrás a la vieja alianza de
industrialistas concentrados del gobierno de Onganía. Ahora tendrá su oportunidad de cambiar el
sistema de acumulación consolidado hasta entonces y someterlo así al tratamiento neoconservador
y a la lógica ordenadora del mercado.
El gobierno militar implementó su acción en dos frentes. Por un lado, el militar, tendiente a
barrer con los actores que dentro de la población, potencialmente o de hecho, se comportaban, en
sus palabras, “subversivamente”. Por otro lado, el económico, que implicaba terminar con el
modelo de sustitución de importaciones y así desterrar definitivamente el sistema obrero industrial
consolidado bajo el peronismo. El cambio fundamental consistió en la erradicación y modificación
absoluta de los sustentos estructurales e institucionales de los sectores populares, de tal modo que
la experiencia de activación social, pasada y presente, no vuelva a repetirse. Por lo tanto, junto al
aniquilamiento, desaparición y tortura de personas, se reubicó a la clase trabajadora, política e
institucionalmente en una posición subordinada. No sólo se coartó a las organizaciones políticas y
corporativas mediante la limitación jurídica, como veremos más adelante, sino que principalmente,
se llevó a cabo una reforma económica que suprimió las posibilidades funcionales de su posible
desarrollo a futuro. En definitiva, y siguiendo a Adolfo Canitrot, la economía sirvió a un plan político
de disciplinamiento social.13
José Alfredo Martínez de Hoz, miembro de la burguesía rural e industrial y presidente del
Consejo Empresario Argentino, asumió como jefe del equipo económico, designado por el
presidente Videla, con la firme convicción de que los sectores militares configuraban el aliado
esencial para reorganizar políticamente al país e implementar un proyecto económico de magnitud.

12
Al respecto, Mariana Heredia observa que la circulación de estas nuevas ideas dentro del campo liberal comienzan a
surgir a partir de la Revolución Libertadora, en 1955. Desde esos momentos la renovación del campo del conocimiento
económico cobra fuerza mediante la imagen del erudito o experto en economía, y a través de una creciente
profesionalización del rol del economista como resultado de las nuevas ideas provenientes básicamente de los EE.UU.,
que circulaban a nivel local por medio de fundaciones y asesorías vinculadas al mundo empresario y estatal, que tomaron
impulso, especialmente, por un retroceso en la región de escuelas o corrientes económicas propias. Heredia, Mariana: “El
Proceso como bisagra. Emergencia y consolidación del liberalismo tecnocrático: FIEL, FM, CEMA, en Pucciarelli, Alfredo
(coord.), Empresarios, tecnócratas y liberales. La trama corporativa de la última dictadura, Buenos Aires, Siglo XXI, 2004.
13
Canitrot, Adolfo, “La disciplina como objetivo de la política económica. Un ensayo sobre el programa económico del
gobierno argentino desde 1976”, en Desarrollo Económico, vol. 19, N° 76, Buenos Aires, enero-marzo de 1980, pp. 453-
475.

11
Para ello, se propuso terminar definitivamente con el modelo redistribucionista que propiciaba una
fuerte presencia estatal sustentando a una organizada clase trabajadora y a un sector empresario
de orientación mercado internista. Dicho modelo, que según el discurso proveniente de diversos
sectores se encontraba sumido en una crisis terminal, de “agotamiento”, consolidaría aún más la
salida liberal-conservadora que proponía el equipo económico. En el primer año de gestión,
Martínez de Hoz y su equipo, sólo esbozaron algunas medidas de devaluación y control del gasto
público. Esto logró que la situación económica mejore levemente todavía bajo el viejo esquema, el
cual parecía estar lejos de agotarse, ya que a pesar de la inflación presentaba aún un ritmo de
crecimiento constante sostenido por el ahorro interno y una intacta capacidad industrial. A pesar de
los indicios de bonanza, en 1977 las reglas del juego económico cambiarán para siempre. Las
nuevas medidas terminaron con el período de recomposición económica, que por otro lado, podría
haber continuado con su funcionamiento por varios años más. Sin embargo, la prioridad no era el
crecimiento económico, ni su estabilidad, sino la transformación radical del sistema anterior, aún en
perjuicio, en el corto plazo, de los intereses de extensos sectores que apoyaban al gobierno.
En junio de ese mismo año se llevó a cabo la primera transformación esencial del equipo
económico. Se liberaron las tasas de interés y se puso en manos de los bancos la decisión en la
asignación de crédito, anteriormente regulada por el Banco Central, estableciendo de este modo
las primeras reglas de mercado para el sector financiero interno. Al mismo tiempo, se aplicaron
medidas monetarias restrictivas que trajeron como resultado un rápido aumento de las tasas de
interés, ahora reguladas por las entidades bancarias. Este aumento en las tasas trajo una
consecuencia devastadora para la inversión productiva ya que ahora resultaba más beneficioso
volcar el capital en la especulación y la ganancia financiera que en el sector industrial. Por otro
lado, las altas tasas encarecieron el crédito externo para las inversiones industriales, y posibilitaron
un gran endeudamiento al atraer capitales extranjeros volátiles de carácter especulativo. Tal es así,
que la existencia de “crédito fácil” disponible en los países centrales, como resultado de un largo
período de crecimiento mundial, sumado a fenómeno de los “petrodólares”, que implicó un
excedente de liquidez en las oligarquías árabes debido a la gran suba del petróleo, hizo que el
modelo de economía abierta de Martínez de Hoz adquiriera grandes préstamos en el exterior. Con
ellos se subsanó desfasajes en la balanza de pagos y se engordaron las reservas del Banco
Central. Esto implicó un gran endeudamiento por lo que momentáneamente la economía se
expandió con fondos externos a través de una política de gran gasto público. El dinero del Estado
estuvo también dirigido, entre otros destinos, a la expansión del sector privado contratista vinculado
al gobierno y a la modernización del armamento militar. Acciones que, desde el Ministerio de
Economía, tendieron a ahuyentar los fantasmas del desempleo en la sociedad, como también a
menguar las críticas internas al modelo implementado. Por su parte, en este sistema de gran
especulación y bonanza crediticia el sector privado -capaz de contraer préstamos externos-
incrementó de forma notable su deuda en el extranjero. Este dinero no sólo fue utilizado por estas

12
grandes firmas para abastecer su cadena productiva sino que en gran medida fue dirigido a la
especulación financiera para obtener millonarias ganancias. Posteriormente, la gran deuda privada
de éste sector empresario, resultado del juego especulativo vía créditos externos, será
nacionalizada.
De esta manera, gran parte del compromiso argentino se generó entre 1979 y 1980, durante el
gobierno de Videla, debido a que la política de liberalización el Estado fue sufriendo una escasez
de divisas que tuvo que saldar mediante un empréstito creciente, tomando créditos con dinero caro
y vendiendo dólares baratos por el atraso cambiario. Junto a Martínez de Hoz se encontraba el
Secretario de Estado para la Coordinación y la Programación Económica, Guillermo Klein, que fue
un gran entusiasta de la política de endeudamiento, mientras que al mismo tiempo dirigía una
oficina privada que representaba en Buenos Aires los intereses de los acreedores extranjeros. Este
ejemplo marca el carácter de lucro individual y especulativo que desde el sector privado y estatal
adquirió la economía por entonces. Por otra parte, el pedido compulsivo de crédito extranjero
también fue promovido por la banca internacional, siendo el Fondo Monetario Internacional (FMI) y
el Banco Mundial (BM) los principales representantes de este sector privado extranjero.
Los cambios tendieron en el discurso a controlar la inflación, pero esencialmente a terminar con
un Estado dirigista y así limitar su rol activo en la economía. Por otra parte, dentro del nuevo
paquete de medidas también se implementó la denominada “pauta cambiaria”, una progresiva
reevaluación de la moneda local, conocida comúnmente como la “tablita”, que se basaba en una
tabla que preveía la variación futura del tipo de cambio a tasas decrecientes, y que benefició aún
más la especulación financiera. Estas medidas causaron las primeras voces de oposición al equipo
económico, provenientes de diversos sectores, entre los que se encontraban algunos militares. El
temor a una posible recesión, causada por éstas, fue la razón por la cual en 1978 se inició la
segunda etapa del plan económico, que duró hasta la crisis de 1981. Esta nueva etapa será
conocida como la apertura financiera y conducirá a otra transformación esencial en el modelo
económico vigente hasta entonces. Consistió principalmente en una rebaja de los aranceles para
las importaciones y una acentuación en la quita de trabas a los movimientos de capitales. Estas
cruciales medidas del plan económico produjeron una competencia de productos externos con el
sector industrial interno, hasta entonces protegido. Se logró, de este modo, someter a los
formadores de precios internos y al sector asalariado al carácter subordinante del mercado e iniciar
así un proceso de desindustrialización del sector industrial medio. Al verse afectado el papel de
control del Estado, en relación al manejo del proceso de transferencia intersectoriales, y ceder
progresivamente en su acción distribucionista a favor de los empleadores, se logró un deterioro del
salario real para los trabajadores. A estos factores debe sumarse el contexto represivo funcional al
plan económico, que logró amordazar al sector obrero y llevar adelante las reformas. De esta
manera, se consumó una disminución en la participación de los asalariados en el Producto Bruto
Interno (PBI) sin antecedentes desde la irrupción del peronismo en adelante. Los asalariados

13
perdieron el equivalente a 13 puntos porcentuales del PBI en circunstancias en que este último
permaneció prácticamente constante. Esto trajo una caída del poder de compra de los asalariados
y por consiguiente una contracción del mercado interno. Más aún, en 1977 se profundizó la
distribución regresiva del ingreso a pesar de que el PBI se había incrementado, disminuyendo un
25% la participación de los asalariados en este último. Además, la tasa de desocupación tendió a
aumentar progresivamente, auque el gobierno militar se preocupó por mantener cierta legitimidad
mediante el sustento del pleno empleo.
A pesar de las medidas tomadas, el proceso inflacionario lejos de apaciguarse continúo y
produjo una sobre valoración cambiaria, es decir, un dólar barato, que trajo consigo la
consolidación de la especulación y ganancia financiera. El atraso cambiario provocó una mayor
estimulación a la invasión de artículos externos, perjudicando así a las ya golpeadas Industrias de
Sustitución de Importaciones (ISI), que despojadas de la protección estatal y sus beneficios
crediticios e impositivos debieron en un alto porcentaje cerrar sus puertas. Se produjo además el
fenómeno conocido cómo “plata dulce”, una corta bonanza de consumo para sectores de clase
media debido al fácil acceso de artículos importados y viajes al exterior. Pero por sobre todo, el
dólar barato y la facilidad de movimientos de capitales, tras la eliminación de sus controles de
ingreso y egreso del país, indujo una gran especulación conocida como “bicicleta financiera”. Ésta
consistió en la obtención de dólares mediante el pedido de créditos en el extranjero, que luego se
cambiaban por pesos y se los colocaba en un plazo fijo a un interés que oscilaba entre el 9% y el
25%, cuando en el exterior sólo se pagaba entre el 3% y el 7%. Al cabo de seis meses a un año se
retiraba el plazo fijo, se lo transformaba en dólares, se reintegraba el crédito pedido y se obtenía
una suculenta ganancia que luego se fugaba al exterior. Este mecanismo era facilitado por “la
tablita”, que aseguraba previsibilidad a la especulación, como también medidas de seguro a
posibles quiebres bancarios. Así, se fugaron del país miles de millones de dólares, producto de las
gigantescas bicicletas realizadas por capitales extranjeros golondrinas –o sea, de mero carácter
especulativo- y sectores nacionales pertenecientes a grupos empresariales ligados en gran parte a
funcionarios del gobierno.
Otro proceso esencial de carácter paradójico tuvo lugar durante el gobierno militar en el
transcurso de los años de reforma económica. Si el lema liberal era “achicar el Estado para
agrandar la Nación” la práctica económica de Martínez de Hoz no escatimó en gasto para
embarcarse en grandes obras públicas. Este proceso fue el eje central del crecimiento de un
empresariado nacional parasitario que terminó de imponerse por sobre sus pares tras un largo
período de luchas, alianzas y crecimiento inestable. La denominada “patria contratista” consistió en
un mecanismo de redirección selectiva de contratos para obras públicas y desarrollo bélico hacia
empresas privadas con estrecha vinculación al gobierno. Este mecanismo de privatización
periférica dio cuantiosos beneficios a grandes grupos locales mediante diversas prácticas
prebendarias. Estos grandes grupos formaron parte de la fracción concentrada de la burguesía

14
industrial de carácter transnacional diversificado e integrado, que junto al capital extranjero,
“sintetizaron sus proyectos históricos en un nuevo proyecto dominante que constituyó la base
social fundamental de la dictadura militar”.14 De tal modo, se procedió a una “desindustrialización
selectiva”, donde sólo se beneficiaron estas grandes industrias de bienes intermedios y de capital
concentrado pertenecientes a rubros como celulosa, siderurgia, aluminio o petroquímica. 15
El tipo de funcionamiento económico, constituido sobre una base crediticia externa con
sobrevaluación cambiaria, no duró mucho. Se inició así, hacia el final de la dictadura, una crisis del
modelo que provocó paulatinos intentos de reajuste entre 1981 y 1983; etapa conocida como de
“ajuste caótico”. Durante este proceso, la consolidación de la deuda externa fue el aspecto más
significativo que el proyecto militar dejó dentro del campo económico, ya sea por la magnitud de tal
hecho, así como por sus consecuencias a largo plazo. Como ya se ha comentado anteriormente,
dentro del sistema financiero internacional existía un exceso de liquidez de fácil disponibilidad para
los países en desarrollo, esto llevó a un endeudamiento masivo de los estados latinoamericanos en
general. Pero el caso argentino presentó sus propias características distinguiéndose de los demás
países de la región. Por un lado, fue el país que más tardíamente concretó su internacionalización
financiera, y el que más velozmente se endeudó. Por otro lado, fue además el país que menos
inversiones productivas tuvo dentro de ese período de endeudamiento. De tal manera, el
endeudamiento externo se constituyó como una inédita apropiación de excedentes por parte de
una minoría que posibilitó el saqueo del Estado a gran escala.
La deuda se adquirió fundamentalmente para financiar no sólo el déficit fiscal, sino en mayor
calidad, el crecimiento del sector privado bajo la “patria contratista” y la especulación financiera
externa e interna. La crisis económica iniciada ya a fines de 1980 comenzó con la inestabilidad del
sistema, que ante la primera duda de desajuste provocó la fuga de grandes cantidades de divisas.
Según Daniel Aspiazu, aunque esta fuga de capitales se originó por la inestabilidad y el miedo a
una devaluación, su causa principal se debió a que los acreedores internacionales solicitaron la
garantía de sus préstamos a los deudores privados nacionales mediante la creación de activos
financieros en el exterior. Mientras que puertas adentro la deuda contraída por los grupos privados
pasó a manos del Estado. Este punto esencial dio el inicio a otro proceso de gran endeudamiento,

14
Aspiazu, Daniel, Basualdo, Eduardo y Khavisse, Miguel, “¿Capitanes de la industria o generales de la economía?”, El
Periodista, N° 85, Buenos Aires, 1986, p.4.
15
Según las apreciaciones realizadas por Aspiazu, Basualdo y Khavisse se expresa: “El origen de muchos de estos
grupos se remonta a la época del modelo agroexportador y a la primera etapa de la industrialización sustitutiva, aunque
algunos (los menos) se integraron en la segunda etapa de sustitución de importaciones. De esta manera, estos capitales
se conformaron sobre la base de la fracción de la oligarquía que se diversificó y expandió hacia la producción industrial
(Bunge y Born, Braun, Menéndez y Garobaglio y Zorroaquín) a los que se agregaron después durante la década de 1930
y de 1940 otros grupos económicos formados en la actividad industrial o en la explotación petrolera (Celulosa Argentina,
Astra y Peréz Companc) a los cuales se le agregaron otros de reciente formación (SOCMA, Bridas y Arcor). Por otro lado,
hay empresas transnacionales (ET) que en su proceso de acumulación mundial, se expandieron en el país mediante la
instalación de múltiples firmas controladas, cuyas actividades estaban integradas y/o diversificadas. Este tipo de ET
proviene mayoritariamente de la primera o segunda sustitución de importaciones (Ford, Pirelli, Bayer o Renoult), y en
menor medida de la etapa agroexportadora (Brow Boveri y Dreyfus)”, en Aspiazu, Daniel, Basualdo, Eduardo y Khavisse,
Miguel, op. cit., p. 5.

15
ya que si bien éste era creciente y el mismo estaba dirigido a sostener las cuentas del Estado, a
partir de 1979 la deuda externa Argentina comenzó a crecer escandalosamente. Hacia febrero de
1981, el plan económico había caído ya en un proceso de profunda crisis que terminaría con el
mandato de Videla y el alejamiento definitivo de Martínez de Hoz del Ministerio de Economía.
Roberto Viola asumió la presidencia una vez finalizado la etapa de Videla. Pero llegó al poder
debilitado debido a la oposición de varios frentes internos, a lo que se sumaba, a diferencia de la
administración anterior, la ausencia en su gabinete de una figura preponderante. Esto se notó
especialmente en el área económica, donde el dominio del superministro Martínez de Hoz fue un
rasgo definitorio de la gestión videlista. Lorenzo Sigaut no compartía el estilo centralizado de la
conducción económica de su antecesor, por lo que dio autonomía a varios ministerios que antes
dependían de Economía, acción que fragmentó y debilitó el poder de su gestión aún más. En abril
de 1981, eliminó la “tablita” y estableció un tipo de cambio fijo, a la vez que produjo fuertes
devaluaciones junto a otras medidas que tendieron a desacelerar el proceso de apertura
económica. Con estas disposiciones Sigaut intentaba recomponer el panorama financiero que
emergía descontrolado y que reafirmaba a su mentor, Martínez de Hoz, como el único capaz de
dirigirlo; situación que obligó al nuevo ministro a recurrir a reiterados contactos y consejos de su
predecesor. Ya a los tres meses de su gestión, Sigaut tuvo una agudización de la crisis económica,
una fuerte oposición interna, tres grandes devaluaciones y la renuncia de las cúpulas de los bancos
Nación y Central. Un golpe interno, perpetrado en diciembre de 1981 por el sector militar
disconforme con la política dialoguista hacia sectores civiles y con el cambio económico como
producto de esta estrategia de acercamiento, alejó a Viola del gobierno, y a Sigaut del Ministerio de
Economía, para dar lugar a la fracción dura conducida por Galtieri. El tercer gobierno del Proceso
adoptó recetas económicas netamente ortodoxas, la presencia del nuevo ministro, Roberto
Alemann, significó el retorno al enfoque liberal de Martínez de Hoz, interrumpido por la
flexibilización de Sigaut durante la gestión de Viola.
A la adversidad económica, que continuó, se le sumó la crisis política iniciada tras la derrota en
Malvinas. En medio de este escenario caótico se produjo otro hecho importante dentro de las
transformaciones económicas efectuadas durante la dictadura militar. Como amigo del general
Horacio Liendo, y con José María Dagnino Pastore ahora al frente del Ministerio de Economía,
asumió la dirección del Banco Central Domingo Cavallo. Este, en medio de un descalabro
económico y político, puso en marcha una medida que tendió a la licuación de pasivos, conocida
como la estatización de la deuda privada. Y que consistió, en suma, en beneficiar a las empresas
privadas mediante un “seguro de cambio”. Es decir, el Estado se hacía cargo de la diferencia de
sus deudas en moneda extranjera que habían adquirido tras el auge inflacionario. El gobierno
pagó, de esta manera, la deuda contraída por varias empresas privadas que poseían sus gruesos
capitales en el exterior, tras haberlos fugado en el momento álgido de la crisis. Entre las empresas
beneficiadas se encontraban las filiales argentinas de sociedades multinacionales como Renault

16
Argentina, Mercedes-Benz Argentina, Ford Motor Argentina, IBM Argentina, City Bank, el First
National Bank of Boston, el Chase Manhattan Bank, el Bank of America, el Deustsche Bank. Por
consiguiente, la deuda privada que rondaba los 15.000 millones de dólares se estatizó en un 90 %;
por lo que la deuda externa pasó de 8.500 millones de dólares en 1976, a 25.000 millones en 1981,
para terminar a principios de 1984 en 45.000 millones.
En definitiva, la política económica de la dictadura puede sintetizarse entonces en un decidido
cambio de rumbo tendiente a eliminar las bases estructurales que posibilitaron una sociedad con
un importante grado de integración, debido, especialmente, al alto grado de equidad en la
distribución del ingreso y la riqueza. Los rasgos más sobresalientes que operaron sobre esta
realidad fueron: una desindustrialización selectiva que condujo a una desocupación estructural y a
un incremento de la precariedad laboral; una importante concentración de capital en pocos actores
económicos, vinculados centralmente a la “patria contratista”; la hegemonía del capital financiero
por sobre las actividades productivas; y un sustancial endeudamiento externo, vinculado
estrechamente al nuevo sistema de dominación. El éxito radicó en la creación de un nuevo modelo
de acumulación en manos del capital concentrado trasnacional, que en conjunción con los nuevos
acreedores externos conformó un bloque de poder disciplinante y distributivo que pervivirá hasta la
actualidad. Dentro del campo social, se produjo un vasto proceso de reestructuración con el fin de
fortalecer las bases de dominación, fragmentar al sector medio e individualizar las conductas
sociales. Fundamentalmente, se tendió a la destrucción de las bases económicas de sustentación
social mediante modificaciones que posibilitaron la descomposición y el surgimiento de nuevos
grupos de trabajadores asalariados no obreros, de mayor precariedad y escaso poder organizativo,
y por lo tanto, de mayor vulnerabilidad a las imposiciones del mercado.

V. Propaganda interna y descrédito externo

De una manera u otra, la dictadura militar buscó durante gran parte de su período de gobierno
generar un alto grado de apoyo de la sociedad hacia sus planes y acciones. A pocos meses de
instalado el gobierno de facto, el presidente Videla, como también algunos funcionarios y
gobernadores, instaban al acompañamiento y la participación del Proceso. La intención era, en lo
posible, no quedar aislados de la sociedad. En parte, la convergencia cívico-militar que pretendía
ser el Movimiento de Opinión Nacional, impulsado por Ibérico Saint-Jean y Jorge Aguado, titular de
la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (CARBAP), implicaba el
desarrollo de canales de diálogo para fomentar la continuidad del Proceso. A partir del segundo
año, el MON quedó desestimado. Pero el intento de propiciar el diálogo y la búsqueda de consenso
permaneció, aunque tuviera poca significación para la sociedad.

17
La propaganda permanente del régimen estuvo ligada, la mayor parte de las veces, a la
construcción, en sentido público, de enemigos a la causa nacional. Esto no debe ser pensado
como una acción homogénea y coherente del conjunto de las Fuerzas Armadas, sino la gran parte
de las veces, como el producto desplegado desde algún sector interno. La única acción unívoca,
sobre la que no había disensos, fue la lucha contra la subversión. En las demás de las cuestiones
la uniformidad se perdía y las diferencias se ahondaban. La competencia entre las armas,
especialmente entre el Ejército y la Marina, fue una constante del período; como también lo fue,
dentro del Ejército, la puja entre “duros” y “moderados”.
A pesar de estas diferencias, la dictadura siempre contó con algún enemigo de turno. Esto le
servía, sin duda, para homogeneizarse tanto internamente, cuanto a mancomunar objetivos con la
sociedad. El agente de conflicto podía ser del exterior o, como las bandas insurgentes, provenir
“maliciosamente” del propio país. Sin embargo, es necesario remarcar que la misma guerrilla
estaba considerada en términos foráneos, era la “subversión apátrida”, una agresión externa
mimetizada, algo que no pertenecía a la “argentinidad”. En igual sentido, en 1978, el conflicto
limítrofe con Chile por las islas del Canal del Beagle, que fue impulsado por la Marina y llevó a la
Argentina al borde de la guerra con el país vecino, fue explotado con fines chauvinistas.
En cuanto a la imagen externa, 1977 representó un momento amargo para los conductores del
Proceso. Principalmente, debido a la asunción como presidente en los Estados Unidos del
demócrata James Carter. Que una vez en el poder alentó una política exterior estrechamente
vinculada al respeto y control de los derechos humanos. Por su parte, grupos de argentinos
exiliados, desde el momento mismo del golpe, comenzaban a hacer acusaciones públicas que
enfatizaban las acciones de una dictadura sangrienta. También eran realizadas denuncias por
organismos internacionales como Amnesty International. Ante las múltiples imputaciones, el
gobierno estadounidense optó, en 1977, por reducir los créditos hacia argentina, y en 1978 le
efectuó un embargo de armas. En este contexto se fueron incrementando las presiones
internacionales sobre el gobierno argentino, que puso en marcha una poderosa propaganda en fin
de deslegitimar las denuncias realizadas desde el exterior, como las que ya comenzaban a surgir
dentro del propio país. Así, el Campeonato Mundial de Fútbol realizado en 1978 en el país
pretendió ser el trasmisor de una imagen de gobierno equilibrado y de una sociedad comprometida
con la causa. Pero inversamente a lo planeado, la imagen “errónea” no pudo ser refutada. La
publicidad internacional, que propiciaba el mismo evento, permitió la visualización de las denuncias
que realizaban los argentinos que se encontraban fuera del país.
Septiembre de 1979 representó otro importante golpe a la omnipotencia de la dictadura. Entre
los días 6 y 20 de ese mes se realizó en el país la visita de la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA). La misma
inspeccionó y recopiló información sobre los múltiples casos denunciados de desaparición de
personas y otras violaciones a los derechos humanos. Por su parte, la propaganda oficial

18
exclamaba: “Los argentinos somos derechos y humanos”. El gobierno procuraba ocultar cualquier
indicio sospechoso y demostrar que los argentinos vivían libres y en paz, conforme a la civilidad
occidental. Una imagen sumamente ilustrativa del momento quedó reflejada cuando un grupo de
hinchas, que festejaban en las calles el triunfo del seleccionado argentino en el Mundial Juvenil de
Japón, incitados por un periodista radial fueron a demostrar su alegría y libertad de expresión frente
a la sede de la OEA, donde se hallaban los inspectores de la CIDH. Sorprendentemente, allí se
encontraron con una larga fila de centenares de personas, que esperaban para presentar sus
denuncias por la desaparición de uno o varios de sus familiares, así, “dos rostros del país se
miraron a los ojos y a partir de allí ya nada volvería a ser igual. Los desaparecidos aparecían
finalmente con un peso en la política argentina que no cesaría de crecer en los siguientes años” 16.
El 18 de abril de 1980 se dio a conocer -no en el país ya que no apareció en los medios- el informe
elaborado por la Comisión. Se condenaba al gobierno argentino por las graves y numerosas
violaciones a los derechos humanos entre 1975 y 1979. El gobierno rechazó las acusaciones de
plano.

VI. La resistencia

Buena parte de la década del setenta representó el anclaje temporal donde el discurso
internacional por los derechos humanos, propagado desde algunos países centrales y organismos
internacionales, comienza a tener vigencia efectiva. Esta cada vez mayor centralidad externa,
conjugada sustancialmente con el enrarecido clima político vivido en el país, donde la represión
estatal comenzaba a evidenciar sus excesos, propició el surgimiento de organizaciones que
conformarían, durante el Proceso, uno de los principales sujetos de resistencia.
Algunas se constituyeron durante el último gobierno peronista, meses antes del golpe: el
Servicio de Paz y Justicia (SERPAJ), el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos
(MEDH) –donde participaban varias confesiones religiosas-, y la Asamblea Permanente por los
Derechos Humanos (APDH). Posteriormente, con el ascenso de la dictadura y la radicalización de
la represión, comenzaron a surgir organismos que reunían a afectados directos del terrorismo de
Estado. En abril de 1977, las Madres de Plaza de Mayo, iniciaron el reclamo público por la
aparición de sus hijos. Luego surgieron Abuelas de plaza de Mayo, y Familiares de Detenidos
Desaparecidos por Razones Políticas. También emergieron organismos como el Centro de
Estudios Legales y Sociales (CELS) y el Movimiento Judío por los Derechos Humanos, a los que
debemos sumar la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (originariamente fundada en 1937
y vinculada al Partido Comunista)

16
Verbitsky, Horacio, Malvinas. La última batalla de la tercera guerra mundial, Buenos Aires, Sudamericana, p. 112.

19
Este conjunto de organismos conformó el denominado movimiento por los derechos humanos y
se ubicó paulatina y públicamente como la principal resistencia hacia el gobierno militar; y años
más tarde, como un sujeto político fundamental en la transición hacia la democracia. Las rondas
semanales realizadas en Plaza de Mayo por las Madres eran su más clara manifestación. Dentro
de un espacio público clausurado y una sociedad silenciada las organizaciones por los derechos
humanos comenzaron a alzar una voz denunciante del comportamiento criminal y terrorista del
Estado. “La definición de la violencia en términos de „violaciones a los derechos humanos‟ –como
afirma Elizabeth Jelin- fue el paso que permitió introducir la dimensión jurídica en el conflicto
político. En un momento en que no existía un marco de referencia interno que permitiera establecer
una noción de estado de derecho, la noción internacional de derechos humanos se tornó
especialmente significativa”17.
Lejos de ser homogéneo, el movimiento expresaba en su interior la tensión propia de
enfrentarse al poder. Divididos entre los que proponían oposición y lo que pregonaban cautela.
Pero más allá de estas diferencias, las actividades se unificaban en dos direcciones: como ya se
dijo, propiciaban la difusión y denuncia pública de las violaciones realizadas por el Estado, que
incluía una importante propagación de las mismas en el plano internacional, donde se buscaba
conseguir solidaridad y apoyo en la lucha contra el régimen dictatorial. Por otro lado, ofrecían
solidaridad y contención a las víctimas y sus familiares. Construían bases de datos recopilando
información sobre las personas detenidas, colaboraban activamente en la búsqueda, como también
asesoraban legalmente a los familiares, como por ejemplo, en la interposición de un habeas
corpus18 en la justicia.
Es necesario destacar que la iglesia católica se encontró, oficialmente, por fuera de esta
situación. Por el contrario, hasta entrado varios años brindó, de alguna manera u otra, apoyo al
gobierno, y en numerosas ocasiones defendió la situación establecida. Esta fue una evidente
ausencia –por su legitimidad y poder- que pesó sobre el movimiento y su desarrollo. Más
significativa aún si se la compara con el caso chileno. Allí la iglesia católica logró instituir una
Vicaría de la Solidaridad que colaboró activamente en la exigencia de respeto a los derechos
humanos por parte del gobierno del dictador Augusto Pinochet. En Argentina, la colaboración de
grupos católicos sólo fue a partir de acciones individuales o colectivas, por fuera de la decisión
tomada por la jerarquía. A través de esta forma lateral participaron loablemente algunos obispos y
numerosos sacerdotes, religiosas y laicos, que llegaron a tener un papel destacado en la lucha
contra el terror estatal. Por último, cabe destacar las diversas manifestaciones desarrolladas en

17
Jelin, Elizabeth, “Los derechos humanos entre el Estado y la sociedad”, en Suriano, Juan (dir.), Dictadura y democracia
(1976-2001), Nueva Historia Argentina, Tomo X, Buenos Aires, Sudamericana, 2005, p. 527.
18
El habeas copus consiste en una garantía constitucional que permite proteger la libertad de las personas frente a un
acto u omisión de autoridad pública que implique ilegítimamente: limitación de la libertad personal, amenaza actual de la
libertad, agravación de las formas o condiciones en que se cumple la privación de la libertad. Establece, ante la detención
ilegal de una persona, que un tribunal de justicia determine su situación: si debe continuar el arresto –ya legal-, o si se
procede a la liberación.

20
barrios periféricos del Gran Buenos Aires, como de muchos pueblos y ciudades del interior del
país, que menos evidentes y conocidos que el movimiento de derechos humanos, participaron
activamente del reclamo de personas detenidas o desaparecidas.
Uno de los sectores de la sociedad que más sufrió la represión fue la clase trabajadora.
Inmediatamente ocurrido el golpe, y debido a cierto temor a una reacción obrera, una de las
tempranas acciones de los militares fue sitiar las principales plantas fabriles del área metropolitana
de Buenos Aires y de otros grandes cinturones industriales del interior. Se intervinieron los
sindicatos y obras sociales, se suspendió de forma indefinida toda actividad sindical y quedó
suprimido el derecho a huelga. A estas medidas las acompañó una notoria persecución sobre los
trabajadores, que implicó la desaparición física de un importante número de ellos, en especial de
los militantes gremiales –gran parte delegados fabriles- provenientes del peronismo combativo o de
la izquierda. Por sobre toda esta violencia directa desplegada sobre la clase trabajadora se
adicionaron los cambios radicales implementados por el equipo económico, que tenía como uno de
sus objetivos centrales, como ya se dijo, el debilitamiento del sector laboral por medio del
congelamiento de los salarios en articulación con un notable régimen inflacionario. Se aspiraba, en
el mediano y largo plazo, a la eliminación de la plena ocupación del mercado laboral a través de un
proceso de desindustrialización. La finalidad era provocar la desestructuración del poder político y
control de instancias estatales que el movimiento obrero, a través de la dirigencia sindical, había
logrado alcanzar durante el último tramo del gobierno peronista de Isabel.
La reacción inmediata de las cúpulas sindicales fue un repentino repliegue que se expresó
durante los primeros años en un sustancial inmovilismo. El inconformismo de la situación
económica y represiva, y la ausencia de iniciativas de centralización de luchas a nivel nacional, en
gran parte, produjeron en numerosas ocasiones una multiplicidad de acciones de protestas dentro
de los mismos lugares de trabajo. Las bases obreras desarrollaron huelgas y otros tipos de luchas
novedosas –repertorios no tradicionales- que crecieron paulatinamente hasta alcanzar su pico
máximo en 1981. Se fue conformando asimismo, lentamente, un movimiento molecular de
resistencia que evidenciaba un descontento hacia el gobierno y sus políticas. Y fueron surgiendo
mecanismos inéditos que revelaban una gran capacidad de adaptación a las nuevas
circunstancias. Por ejemplo, ante la imposibilidad de elección de representantes, que era una de
las prohibiciones realizadas por el gobierno, cumplida celosamente por los empleadores, surgió el
fenómeno del “delegado provisorio” (delegado elegido al margen de los procedimientos legales,
que no era reconocido por la empresa) que tenía la función de articular los reclamos de sus
compañeros. En suma, desde los inicios mismos del proceso se fue desplegando dentro de los
ámbitos de trabajo una variedad de luchas de que tenían como finalidad, en la mayoría de los
casos, demandas de orden salarial, reivindicación de las condiciones de trabajo, y defensa y
restauración de la organización sindical fabril.

21
Por su parte, los sindicatos inicialmente se agruparon, de manera cambiante, en dos
tendencias: dialoguistas y combativos. En abril del 79, luego de la disminución de tres años de
altísima violencia estatal, el sector combativo de los sindicatos –la “Comisión de los 25”- convocó a
la primera huelga general registrada durante la dictadura. Inmediatamente el gobierno intentó
impedirla encarcelando a los organizadores, pero ésta pudo ser realizada igual e implicó el retorno
de la protesta social masiva dentro de un espacio público clausurado. A medida que el “deshielo”
avanzaba, que el miedo lentamente retrocedía, el movimiento obrero comenzó a tener mayor
protagonismo.
Por último, se debe resaltar que los militares no dejaron de lado dentro de su plan sistemático
de represión el aspecto cultural y educativo. Se practicó una estricta censura en manifestaciones
artísticas de todo tipo que incluyó la prohibición de películas, intervención de editoriales, secuestro
de revistas y persecución y censura de variados artistas populares. También se realizaron grandes
quemas de libros y publicaciones, como la realizada en Sarandí el 30 de agosto de 1980, donde se
quemaron más de un millón y medio de libros del Centro Editorial de América Latina (CEAL). A
pesar de esto, a fines de los setenta, con el denominado “deshielo”, comenzaron a observarse
indicios de oposición y resistencia a la dictadura. El rock nacional y el circuito “under” fueron claros
exponentes se esto. Como también lo fue un cine que se animaba, cada vez más, a presentar
producciones de tono político, y un movimiento teatral –Teatro Abierto- que lograba
paulatinamente enfrentar el miedo. Así, el campo cultural empezó, a partir de los ochenta, a ser
una herida cada vez más profunda e insoldable entre el régimen y la sociedad.

VII. El principio del fin

Como ya se ha afirmado, desde fines de los setenta y durante los primeros meses de la nueva
década, se inició un proceso de desgaste del gobierno militar que se que manifestaba en la
apertura paulatina de los espacios públicos, y en el surgimiento de voces disonantes desde la
sociedad. Las causas de esta lenta transformación se hallaban en el fracaso manifiesto de la
política económica y de los proyectos políticos de sucesión; pero especialmente, en la disgregación
interna del régimen. La lucha contra la subversión era un importante factor de cohesión hacia el
interior de las Fuerzas Armadas, como también fue sustancial el grado de legitimidad que
propiciaba hacia la sociedad. Una vez agotada la tarea militar comenzaron a surgir disidencias ante
la incapacidad de establecer bases mínimas de acuerdo alrededor de los objetivos del régimen.
Los ejes de oposición se centraron en distintos grupos, conformados, en primer lugar, por
Videla y Viola, que desde el ejército constituían una fracción sumamente fuerte pero no del todo
dominante. Un segundo grupo se encontraba encabezado por los generales Carlos Suárez Mason
y Luciano Benjamín Menéndez, a los que se sumaba, entre otros, el jefe de la policía de la

22
provincia de Buenos Aires, coronel Ramón J. Camps. Este sector clave en las tareas más sucias de
la represión aseveraba que ésta debía continuar hasta sus últimas consecuencias. Practicaron su
propia experiencia estatista frustrada en el Ministerio de Planeamiento y conformaron el sector
burócrata del Ejército que al frente de las principales empresas del Estado defendían intereses
propios ante al avance liberal de la economía de Martínez de Hoz. Un tercer grupo estuvo dirigido
por Emilio Massera, que desde la Armada se propuso conformar un frente político propio que
obstaculizó primero a Videla y luego a Viola, criticando las medidas económicas y oponiéndose a
toda estrategia política del sector dialoguista. Los demás oficiales de la Armada tampoco
simpatizaban con la figura de Viola, principalmente por el carácter “populista” del nuevo presidente.
Sin embargo, éste encontrará un apoyo esporádico en el almirante Armando Lambruschini –nuevo
comandante en jefe de la Armada a partir de septiembre del 78-, quien no compartía el perfil
político que Massera había otorgado a la Armada.
El 29 de marzo de 1981, en medio de una crisis económica y en medio de un desgaste
significativo de gobierno se alejó de la presidencia Videla. Lo sucedió, luego de una compleja
negociación interna iniciada seis meses antes, el hasta entonces comandante en jefe del Ejército,
general Roberto Viola. Una vez asumido el poder, el mando del ejército pasó a manos de Leopoldo
Fortunato Galtieri, un férreo opositor del novel presidente y exponente del sector “duro” de los
militares. El corto período de gobierno de Viola, de poco más de ocho meses, representó la clara
situación de crisis interna del Estado autoritario y de reconstitución y demanda de la sociedad civil
que, “atropellada culturalmente comenzaba a recomponer un espacio democrático y a reconquistar
el respeto de sí misma, luego de varios años de autoritarismo militar”19
Es así, como de hecho la prohibición política terminó en 1981. Especialmente con la
constitución de la Multipartidaria que, impulsada por el radicalismo, tenía la intención de convocar a
los partidos políticos, las entidades empresariales y los sindicatos. Ante el pretendido ensayo
político del gobierno éstos coincidieron en no acordar una salida condicionada por los militares. El
paso de los meses los fueron convirtiendo en los únicos depositarios de la legitimidad política,
principalmente al incorporar en su repertorio demandas vinculadas con los derechos humanos. Y si
bien representó un factor dinámico en el universo político, que criticó con dureza al gobierno y
configuró una oposición estructurada, no logró conformar una alianza antidictatorial que precipitara
la caída del régimen.
Este despertar político, que ligaba, aunque sutilmente, gobierno y sociedad, encontraba un
obstáculo en la dimensión económica. Conciente del problema, la introducción de cambios
económicos se tornó para Viola una estrategia de acercamiento político. Así pretendió realizar
algunos cambios sustanciales, designó como ministro del área a Lorenzo Sigaut y se convocó a
sectores empresariales a participar de la gestión. La intención era aliviar la situación de los

19
Quiroga, Hugo, “El tiempo del „Proceso‟” op. cit., p. 67.

23
empresarios locales golpeados por la crisis financiera y la devaluación; pero su designio fracasó.
No pudo conquistar el apoyo necesario de buena parte del empresariado argentino. Además, los
grupos económicos y financieros argentinos, plenamente identificados con la política económica de
Martínez de Hoz, percibieron con inquietud los cambios efectuados por el ministro Lorenzo Sigaut,
especialmente en materia de política financiera.
Las pretendidas reformas en la economía en conjunción con el fomentado “dialoguismo”
incrementó exponencialmente la difícil relación entre el gobierno y la cúpula militar. Viola contó sólo
con el respaldo de los sectores moderados del Ejército y de la Fuerza Aérea. Y a medida que
pasaban los días su poder se iba debilitando, tanto como aumentaba el de la Junta Militar, donde el
autoritarismo reaccionario, cuya principal figura era la del jefe del Ejército, Galtieri, buscaba impedir
cualquier tipo de apertura democrática. En esta interna de poder el indudable perdedor era el
presidente. Entre rumores de golpe interno y una supuesta enfermedad que lo depositó en el
Hospital Militar, Viola fue alejado de la presidencia. En los días siguientes el gobierno quedó
interinamente en las manos de Horacio Liendo, ministro del interior. Mientras tanto el sector de los
“duros” impulsaba a la presidencia a Galtieri, que poseía el apoyo de la Armada y de los Estados
Unidos. Finalmente, la Junta emplazó a Viola a presentar su renuncia y nombró al jefe del Ejército
como su sucesor. La caída de Viola cerró toda negociación y dio paso a los sectores que
pretendían restituir de algún modo la coherencia que el proceso tuvo durante sus primeros años.

VIII. La guerra

Desplazado Roberto Viola, el 22 de diciembre de 1981 asumió la presidencia Leopoldo F. Galtieri,


fiel representante del ala dura del régimen que pretendía continuar con el Proceso en sus términos
originales. Su objetivo central era recomponer el dominio autoritario sobre la sociedad. Por lo que
necesitaba eliminar los enfrentamientos internos y revertir el proceso de desgaste que sufría el
gobierno frente a la sociedad. De la mano de Roberto Alemann, como vimos, la economía volvió a
ser reencausada en los términos de la ortodoxia liberal. A las acciones del nuevo gobierno se
contraponía una sociedad y sus instituciones que continuaban con su paulatino despertar. Se
incrementaban las presiones de los partidos políticos para una apertura democrática, de igual
forma que lo hacían las demandas del movimiento de derechos humanos, que reclamaba cada vez
con mayos fuerza por la suerte de los miles de desaparecidos. Otro destacable actor que ya había
comenzado a tener un notable protagonismo era el sindical. La acción gremial tendió a
normalizarse desde fines de 1980, cuando fue unificada la CGT y designado como secretario
general Saúl Ubaldini. A partir de ese momento las tensiones entre la confederación y el gobierno
fueron en aumento. Se produjo un paro en el 81, y una masiva movilización a San Cayetano

24
durante ese mismo año; y el 30 de marzo del 82 un paro nacional con movilización hacia Plaza de
Mayo, que sufriría una dura represión por parte del gobierno.
Por el contrario, el plano internacional mostraba sugestivos cambios para el régimen. Durante
este mismo año, 1981, asume como flamante presidente de los Estados Unidos el republicano
Ronald Reagan. El cambio de administración proyectó una política exterior inversamente opuesta a
la del gobierno de Carter. Apoyó los gobiernos “duros” de la región, y en el caso particular de la
Argentina levantó las sanciones provistas por el gobierno anterior a causa de las violaciones a los
derechos humanos. Este gesto, en conjunción con la “ayuda” argentina en Centroamérica, que
perpetraba el trabajo sucio que el Congreso estadounidense impedía a sus propias tropas,
fortalecieron en Galtieri la idea de una Argentina estratégicamente aliada al país del norte.
En esta coyuntura fue ideado el plan de recuperación de las islas Malvinas, que como el del
Beagle fue impulsado desde la Marina. Este, en un marco externo que se leía como altamente
favorable, propiciaba ante los conflictos internos una “fuga hacia delante” de la dictadura, que
esperaba a través de esta acción recuperar la legitimidad perdida. La recuperación materializaba
los reclamos históricos realizados por la Argentina desde 1833, momento en que las islas fueron
ocupadas por los ingleses. En 1965, la Organización de Naciones Unidas (ONU) había dispuesto la
negociación entre las partes, pero ésta había sido desoída por Gran Bretaña. De acuerdo a los
cálculos estratégicos del gobierno militar, la recuperación tendría la adhesión inmediata de los
Estados Unidos, con los cuales el país se encontraba alineado. Ante este apoyo, Gran Bretaña
cedería la soberanía, y sin necesidad de acciones bélicas, se habría recuperado el archipiélago.
Como sostiene Luis Alberto Romero, desde la perspectiva de los militares la recuperación de
las islas permitiría: unificar las Fuerzas Armadas, ganar el apoyo de la sociedad y dar por cerrado
el conflicto creado con Chile por el Canal del Beagle, ya que no se había aceptado ni rechazado la
propuesta ofrecida por el Vaticano, que oficiaba de mediador en el litigio con el país lindante. Uno
de los supuestos fue confirmado de inmediato, ya que iniciada la operación fue sumamente
extenso el apoyo brindado por la sociedad en su conjunto, incluyendo el amplio arco de los partidos
políticos, y los sindicatos, que poco después de haber efectuado una huelga se movilizaron en
apoyo a la decisión tomada por la cúpula militar.
El 2 de abril se efectivizo la ocupación de las islas, y al día siguiente se declaró la soberanía
argentina sobre las Malvinas, Georgia y Sandwich del sur. En lo sucesivo fue nombrado
gobernador del recuperado territorio Mario Benjamín Menéndez. En Gran Bretaña, la reacción del
gobierno conservador de Margareth Tatcher, que utilizó el inesperado conflicto para consolidarse
internamente, no se hizo esperar. Se alistó de inmediato a parte de la Fuerza Naval y se dispuso
una zona de exclusión marítima alrededor de las islas. La Comunidad Europea brindó su
solidaridad a la potencia insular, y el Consejo de Seguridad de la ONU declaró a Argentina como
país agresor y exigió el inmediato retiro de las islas. El país comenzaba repentinamente a estar
aislado, la pretendida aprobación de los Estados Unidos se hacía esperar. A través de su

25
secretario de Estado, Alexander Haig, el gobierno de Reagan propuso a las partes una salida
negociada que, considerada como inaceptable por los militares argentinos, fue inmediatamente
desestimada. La reacción de los EEUU implicó una sanción económica para la Argentina y la
asistencia logística para su aliada en la OTAN, Gran Bretaña. Entonces el gobierno militar fue en
busca de la solidaridad de países del tercer mundo que desearan condenar el “imperialismo”
británico. El respaldo explícito lo obtuvo de varios países latinoamericanos -incluida la socialista
Cuba- pero no el compromiso militar; como también consiguió un tibio apoyo de la Unión Soviética.
Mientras tanto los combates aéreo navales avanzaban el las islas, y el poderío británico pronto
mostró su diferencia. La rendición argentina se produjo el 14 de junio, un poco más de dos meses
de comenzada la ofensiva. El saldo fue de 650 argentinos muertos, en su mayoría soldados, y más
de un millar de heridos.

IX. La retirada

El desastre de Malvinas catapultó el régimen militar hacia su final e inició el proceso de transición
democrática sin necesidad de pactar un traspaso de poder. La derrota desató una crisis interna
profunda, y la sociedad aumentó su presión sobre un gobierno desgastado por los años y acusado,
ahora de manera masiva, de múltiples violaciones a los derechos humanos. Al fracaso militar se
sumaban el fracaso económico, que comenzó a exteriorizarse iniciada la nueva década, y el
incumplimiento de los objetivos políticos que imposibilitaron gestar la tan ansiada “descendencia” al
régimen. En este contexto es investido como presidente Reinaldo Bignone, el 1 de julio de 1982,
sucesor de Galtieri y encargado de hacer transitar al país hacia la democracia. Impuesto su
nombramiento por el Ejército, provocó la salida de la Marina y la Fuerza Aérea de la Junta y su
inmediata disolución. Por primera vez desde marzo del 76 el Ejército quedó sólo con el poder
político.
La sociedad, por su parte, comenzaba a ocupar el espacio público y vivía una visible
repolitización. La ilusión de la democracia, y su próxima realidad, empezaba a enclavarse sobre
amplios sectores. Hubo una intensa participación en política, declarada en el aumento de afiliación
a los partidos, o a través de movilizaciones que expresaban demandas o descontentos. Algunas de
las más manifiestas fueron los denominados “vecinazos” surgidos en el Gran Buenos Aires a fines
de 1982. Estos eran la acción directa de vecinos que, por medio de movilizaciones, demandaban
soluciones a determinados problemas o expresaban su descontento por el aumento de las tasas
municipales.
Por otro lado, el horror producido durante esos años se hacía cada vez más público. El
movimiento por los derechos humanos colocó el problema de los desaparecidos y la demanda de
verdad en el centro del debate. Un eje esencial para la política renacida que impregnaba de sentido

26
y valoración ética al debate público. Además, esta situación impulsó las primeras críticas claras y
evidentes de los partidos políticos hacia el régimen autoritario. La iglesia, cómplice y ajena por
mucho tiempo a los reclamos, comenzó a alejarse del gobierno y emitió sus primeras tibias críticas.
Los sindicatos continuaban con las presiones y convocaron, entre 1982 y 1983, una serie de paros
generales.
Restituida la Junta Militar tres meses después de su disolución, el soberano militar logró
rearticular parte de sus fuerzas para encarar la concertación. El objetivo era acordar el manejo del
futuro gobierno constitucional para garantizar no ser juzgados. Abierto el proceso de desintegración
del orden autoritario, sólo queda el camino de la negociación para evitar una salida humillante. De
esta forma presentaron su primera propuesta de negociación en noviembre del 82, que fue
ampliamente rechazada por los partidos políticos y por la sociedad en general. La respuesta
manifiesta fue una masiva marcha civil en defensa de la democracia; presionado, el gobierno fijó la
fecha para las elecciones. Pero los militares no cedían a una entrega del gobierno sin un convenio
previo, y en abril del 83 emitieron el Documento final de la Junta Militar, donde fijaban los puntos
básicos de negociación para la transición (lucha contra el terrorismo, desparecidos, plan
económico, deuda externa, conflicto Malvinas, diferendo Beagle, y otros). Nuevamente la clase
política remarcó su negativa. Especialmente sobre la exigencia de los militares sobre dos puntos: la
responsabilidad por los excesos de la guerra sucia, y su inserción en el futuro gobierno civil. Las
Fuerzas armadas harán su último intento en septiembre por medio de una ley de autoamnistía que
establecía: extinguidas las acciones penales emergentes de delitos cometidos con motivación o
finalidad terrorista o subversiva, desde el 25 de mayo de 1973 hasta el 17 de junio de 1982. Pero
fue impugnada por inconstitucional por la Multipartidaria. La intensa movilización de la sociedad –
como asegura Romero-, en consonancia con la propia debilidad de las Fuerzas Armadas, sumidas
en un proceso veloz de deslegitimación y conflictos internos, constituyen la más firme explicación
para el fracaso de un pacto entre la dirigencia política y los militares que implicaba correr el telón
sobre el pasado y asegurar una transformación no traumática del régimen de facto en otro civil.
En definitiva, no hubo una transferencia exitosa del poder. Para los militares ésta se realizó
dentro del más absoluto fracaso. Como asegura Quiroga, “la transición democrática en Argentina
no se abre paso mediante un pacto. No hay transición pactada; no hay un pacto fundante para la
constitución de un nuevo régimen, pero tampoco hay una ruptura total con el régimen anterior.
Algunos de los elementos del antiguo régimen prevalecerán como saldo en el nuevo orden político.
Y es aquí donde revela interés la hipótesis de “pacto postergado”, de un pacto diferido en el tiempo,
que crea una situación no clausurada, sino más bien suspendida. Los sacudones militares en
tiempo de la democracia que derivan en las leyes de “obediencia debida” y “punto final”, como en el
indulto presidencial, pueden explicarse en clave de pacto postergado”20

20
Quiroga, Hugo, El tiempo del „Proceso‟. Conflictos y coincidencias… op. cit., p. 331. (subrayado del autor).

27
En este contexto político se aprestaban los principales candidatos partidarios para encarar la
reconstitución de un gobierno democrático. La recomposición del peronismo y su aparato político
estuvo, en buena mediada, guiada por los líderes sindicales de mayor protagonismo durante esta
etapa de transición, y propugnaban como candidato al constitucionalista Ítalo Luder. Por el lado de
la Unión Cívica Radical se encontraba Raúl Alfonsín, distinguido del resto de los políticos por sus
fuertes críticas a los militares, su notable reclamo por los desaparecidos, y su compromiso de
justicia para los responsables del horror. Estos puntos fueron sustanciales para su futuro triunfo
electoral, especialmente en contraposición a las intenciones de negociación manifestadas por el
peronismo, y denunciadas por el candidato radical como un pacto cívico-militar.
Las elecciones se llevaron a cabo el 30 de octubre de 1983. La UCR logró computar el 52 % de
los votos, y el nuevo presidente asumió el 10 de diciembre de 1983. Finalizaba así la etapa más
sangrienta nunca vivida por la Argentina, donde el recurso permanente a la muerte estuvo asociado
a la imposición de transformaciones estructurales sobre la economía, la política, la cultura y la
sociedad en su conjunto.

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