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Robin de Texas - Ases Del Oeste 327 Ed B - Keith Luger

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Ediciones B, S. A.

Titularidad y derechos reservados a favor de la propia


editorial.

Prohibida la reproducci€n total o parcial de este libro por


cualquier forma o medio sin la autorizaci€n expresa de los
titulares de los derechos.

Distribuye: Distribuciones Peri€dicas Bail•n, 84 - 08009


Barcelona (Espa‚a)

Tel. 484 66 34 - Fax 232 60 15

Distribucl€n en Argentina: Capital: Brihet e hijos SRL.


Interior: Dipu SRL. Distribuidores exclusivos para M•xico y
Centroam•rica: Grupo Editorial Zeta S.A. de C.V y Ediciones y
Publicaciones Zeta S.A. de C.V.

1.ƒ edici€n en Espa‚a: enero, 1997 „ Keith Luger

Ilustraci€n cubierta: Josep Triay

Impreso en Espa‚a - Printed in Spaln ISBN: 84-406-6930-5

Imprime: BIGSA

Dep€sito legal: B. 44.516-96


CAPITULO PRIMERO

El juez Teodoro Master se cal€ los anteojos y desparram€ la


mirada por los ocupantes de la oficina.

—En vista de que ya son las ocho, vamos a proceder a la


lectura de la †ltima voluntad de Geoffrey Meredith Gussman
Evans, conocido vulgarmente por Geo Evans.

La joven de agradable presencia que estaba situada frente al


juez Master emiti€ un ligero carraspeo.

— ‡No cree que deberˆamos esperar a los dem‰s, juez?

—Son las ocho, se‚orita Calvery. Y, en esta clase de asuntos,


no tolero la menor falta de puntualidad.

En eso las vidrieras saltaron en mil pedazos, y un estruendo


acompa‚€ a la lluvia de vidrios.

Un cuerpo humano atraves€ el despacho, rebot€ contra un


perchero y, tras hacerlo polvo, cay€ en el centro de la estancia,
los brazos abiertos en cruz completamente inconsciente.

Los ocupantes del despacho respingaron a una, excepto la


se‚orita Calvery que puso como fondo un agudo grito escapado a
trav•s de sus dedos.

Por el hueco de la vidriera entr€ un joven alto, moreno, de


unos veintiocho a‚os, facciones correctas y ojos negros que
estudiaron a los presentes.

Sonri€ con unos dientes muy blancos y se desposey€ del


sombrero.
—Dispensen el retraso.

— ‡Qui•n es usted? —grit€ el juez Master.

—Me llamo Jim Leigh y tengo una cita con ustedes.

— ‡Eh? —el juez tosi€ con violencia—. ‡Ha dicho Jim


Leighton...? ‡James Oliver Leighton?

—El mismo, juez. En cuanto a este despojo humano, dispense,


v lo pondr• inmediatamente en la calle.

Mientras decˆa aquello, se aproxim€ al caˆdo.

Lo tom€ con cuidado por los sobacos, lo levanto en vilo y de


repente lo arroj€ a trav•s de la estancia.

Jim se volvi€ hacia el juez.

—Otra vez dispensen el desorden —sonri€.

— ŠJames Oliver Leighton! —grit€ su se‚orˆa.

— ‡Diga?

— ŠLe conmino para que explique esta falta de respeto ante los
presuntos herederos del se‚or Evans!

Jim pesta‚e€ y despu•s sacudi€ la cabeza contrariado.

—Soy de los tipos que no toleran que se moleste a una dama.


Ver‰n, iba yo a entrar ac‰ cuando vi a ese tipo que les he
ense‚ado un poco. Estaba a punto de cerrar sus brazos sobre una
pobre joven que, por fortuna, ha resultado inc€lume.
El sheriff Brander se despeg€ desde la ventana y dijo en tono
seco v sarc‰stico:

—Es Doris ‹La TrepadoraŒ, una fulana...

— ŠSheriff Brander! —exclam€ el juez cortante.

—Oh, perd€n, querˆa decir que es una de las pupilas de Lola


‹La CaucasianaŒ...

— ŠSheriff!

—Infiernos, ya corto otra vez, juez. Lo que quiero decir es que


aquˆ, el hombrecito, ha quedado de acuerdo con Doris para recibir
toda su gratitud.

—Ser‰ mejor que se calle, sheriff —interrumpi€ el juez.

—Ande sheriff —sonri€ Jim palmeando su hombro—, hace


falta que se ponga celoso. Todo Bay City sabe que ella es su
chica...

El sheriff prorrumpi€ a toser violentamente.

— ‡Quiere cerrar el pico de una vez y atender debidamente al


juez Master?

—Est‰ bien, sheriff. Pero no se preocupe por Doris porque


s€lo brind€ por mi salud en el mostrador del ‹tortugaŒ.

La se‚orita Calvery se puso de pie, evidentemente indignada.

—Juez Master, ‡quiere hacer el favor de proceder a la lectura


del testamento antes de que este se‚or siga diciendo
inconveniencias?
Jim se lij€ de prurito en la chica v puso cara de asombro.

A continuaci€n peg€ un corto silbido.

—Caramba, usted debe ser la sobrina del viejo.

Ella alz€ la barbilla.

—Sˆ, se‚or Leigh. Soy la sobrina, ‡Tiene algo que alegar?

Jim sonri€.

—El viejo Geo me habl€ de usted. Pero se qued€ corto al


descubrir lo hermosa que es.

—Gracias —dijo ella, todavˆa la barbilla alzada.

Sin embargo, tiene un gran parecido con Geo... Infiernos, sˆ.


Aquel vejete pillastre tenˆa la manˆa de darse importancia hasta
que alguien le cantaba las cuarenta.

—Se‚or Leigh... ŠSe‚or Leigh!

Jim se aproxim€ a ella aunque recibˆa las descargas asesinas


de los hermosos ojos negros.

— ‡Por qu• no empezamos por ser amigos, Celinde

—No tengo ning†n inter•s, se‚or Leigh. Primero escuchar• el


testamento de mi tˆo Geoffrey. Y despu•s tomar• el primer tren
hacia Saint Louis. Falta agregar que no acostumbro a
familiarizarme con el primer desconocido, aunque •ste sea
coheredero. ‡He hablado claro se‚or Leigh?

—Igual que el viejo Geo —sonri€ Jim, dando un suspiro.


La muchacha se puso otra vez de pie de un salto para replicar a
Jim Leigh.

Pero fue entonces cuando el juez Master consider€ que ya les


habˆa dado suficiente cuerda para que se conocieran e
interrumpi€:

—Procedamos a los requisitos de formalizaci€n.

Nadie supo lo que querˆa decir, pero todos prestaron atenci€n.

Los tres hermanos de los sombreros hongos se envararon en


sus respectivas sillas. El rubio adopt€ una actitud entre risue‚a y
fastidiada. El moreno, que estaba detr‰s de •l, entorn€ los ojos y,
a trav•s de los p‰rpados lanzo una especie de fuego codicioso.

El juez Master se volvi€ a calar los lentes, que no tuvieron


dificultad en cabalgar sobre su nariz ganchuda.

Despu•s de consultar brevemente los documentos extendidos


sobre la mesa, dedic€ una sonrisa de protocolo a Leigh y a la
se‚orita Calvery.

—Seg†n les han comunicado los albaceas testamentarios —


se‚al€ a los hermanos de los hongos, ya saben anticipadamente
que el difunto Geoffrey Meredith Gussman Evans los ha
nombrado herederos de su rancho en las afueras de esta ciudad.
Un rancho valorado en cien mil d€lares.

—Juez Master —carraspe€ Jim—. Todo eso lo sanemos de


sobra la se‚orita Calvery y yo.

—Leigh...
—Esa divisi€n de la herencia en dos partes ha sido la
comidilla de Sun City en estas †ltimas semanas Conque, si hace
el favor, abrevie y todos se los agradeceremos.

La cara del juez Master qued€ muy torcida, la nariz m‰s


ganchuda que de costumbre.

—El difunto se‚or Evans me habl€ mucho de usted, Leigh.

—Dijo que usted era un sujeto muy dedicado a la aventura, un


aficionado al gatillo, un hombre que estaba muy habituado a
duelos, peleas y cosas por el estilo.

—Lo dirˆa por fanfarronear —replic€ Jim.

El juez Master ense‚€ la parte superior de la dentadura postiza


y, a partir de entonces, se dedic€ al repaso de legajos y escrituras.

La se‚orita Calvery esboz€ una sonrisa ir€nica.

—Su se‚orˆa se pregunta si no habr‰ sido un error de mi tˆo el


darle la mitad de sus bienes. Pero tengo que decir en favor del
se‚or Leigh que mi tˆo tambi•n era un hombre algo inquieto. Los
dos se entendieron muy bien durante cierta •poca y por eso se
explica que tˆo Geo se acordara de su joven amigo. Eran tal para
cual.

—Por lo visto, no le gustamos ni su tˆo ni yo, ‡eh, mu‚eca?...

La se‚orita Calvery movi€ las aletas de su nariz.

—Lo †nico que tenˆa contra tˆo Geo era su detestable afici€n
al deporte del arco.

—E] mejor arquero del ‹Club Robˆn HoodŒ, Celinde.


—Una afici€n bastante primitiva. Recuerda demasiado a los
indios. Pero esas reminiscencias salvajes de tˆo Geo tambi•n se
debˆan a las malas compa‚ˆas.

—Oh, sˆ, debido a la azarosa vida de tˆo Geo, usted va a recibir


cincuenta mil d€lares. Le duelen mucho ‡eh, Celinde?

— ŠNo voy a tolerar m‰s groserˆas, se‚or Leigh!

—Usted empez€.

— ŠBasta! —exclam€ el juez Master. Y cuando se restableci€


el silencio agreg€ fijando los ojos en Jim—: Lo que m‰s siento en
estos instantes es ver c€mo los dos †nicos herederos del difunto
Evans son antagonistas desde el primer momento. Ahora es
cuando estoy m‰s seguro de que la obra del difunto Evans, el
rancho ‹El Arco y la FlechaŒ, ser‰ dividida, vendida y
finiquitada.

—Eso es lo que queremos —dijeron Jim y Celinde a coro.

Y se miraron con asombro al ver que, por primera vez,


andaban de acuerdo.

El juez Master hizo una mueca de pesar y atrap€ un


documento amarillento.

—Voy a proceder a la lectura del testamento del difunto se‚or


Evans —se ajust€ los lentes y tras un fuerte carraspeo empez€ a
leer—: ‹Yo, Geoffrey Meredith Gussman Evans, en pleno uso de
mis facultades lego otorgo y...Œ

—Juez Master —interrumpi€ Jim—, ‡No serˆa mejor pasar


por alto las formalidades e ir derechos al grano?
Master lanz€ una mirada a Leigh, que result€ bastante
corrosiva a pesar de los gruesos cristales de las gafas.

—Muy bien. ‡Es de la misma opini€n la se‚orita Calvery?

—Por mi parte —dijo Celinde con cierto •nfasis—, prefiero


abreviar esta situaci€n lo m‰s pronto posible, juez Master.

De acuerdo —cabece€ su se‚orˆa y busc€ las cl‰usulas del


testamento que iban al grano—, ‹Lego mi rancho El Arco y la
Flecha” con todos sus bienes, pertenencias y bestias, am•n de las
cabezas de ganado que en este dˆa del Se‚or alcanzan a veinte
mil, a mi amigo Jim Leigh y a mi sobrina Celinde Calvery,
quienes dividir‰n el inventario de mis bienes en partes igualesŒ.

Jim sonri€ ampliamente y tendi€ la mano al juez.

—Gracias de todo, juez Master. ‡Se encargar‰ usted de vender


el rancho y remitirme el dinero a ‹El Nido de IreneŒ, Jacoma
City?...

— ‡C€mo?

—Ver‰, estar• allˆ unos dˆas planeando el programa de


vacaciones. Creo interpretar los deseos del viejo Geo d‰ndome
buena vida.

—Pero, si usted nunca hizo nada, Leigh...

Jim gui‚€ un ojo.

—Ahora me tocar‰ cavilar de lo lindo, para saber c€mo


desprenderme de ese dinero. Abur, se‚orˆa.

Master peg€ una fuerte palmada en el escritorio.


— ŠUn momento, se‚or Leigh!

— ‡Decˆa algo?... —Jim volvi€se a medias, debido a que


Doris, ‹La TrepadoraŒ, le hacˆa se‚as desde la acera de enfrente.

—Tengo que leerle una cl‰usula condicional.

— ‡Eh?

Master sonri€ un poco siniestramente.

—Usted recibir‰ la parte que le corresponde si se cumplen las


condiciones del testamento.

El timbre de alarma situado en el cerebro de Jim campanille€


furiosamente.

— ‡Quiere explicarse?

El juez Master retrep€ en el asiento y se le vio feliz.

—Existen un par de cl‰usulas en el testamento del difunto


se‚or Evans que tendr‰n que cumplir usted y la se‚orita Calvery,
antes de que el rancho pase a manos de ustedes.

La bella sobrina de Geo Evans tambi•n se movi€ inquieta en el


asiento.

— ‡Qu• condiciones son •sas, juez Master? —pregunto.

Master suspir€ satisfecho y su nariz ganchuda brill€ al ser


herida por la luz del exterior.

—Permˆtame que les lea la cl‰usula textualmente.


—Adelante —dijo Jim, y agreg€ unas se‚as de
apaciguamiento a ‹La TrepadoraŒ.

La voz del juez Master son€ deliberadamente t•trica.

—‹Los citados bienes pasar‰n a propiedad de Leigh y Calvery


cuando ambos cumplimenten lo que sigue abajoŒ. —Master ley€
con fruicci€n—: ‹Jim Leigh tendr‰ que permanecer tres dˆas, a
partir de la lectura de este testamento, sin su ‹ColtŒ 45, con el
que dice se siente mucho mejor. Y tampoco cualquier otra arma
de fuego para su defensa personal. Con lo cual s€lo quiero
convencerlo de su propia valˆa y cerciorarlo de que es un tipo
suficiente con sus dotes naturalesŒ.

Jim dio vuelta en redondo hacia el juez.

—Oiga, ‡no es una broma, juez Master?

—No, Leigh. Y ahora no interrumpa y deje que lea la parte


que interesa a la se‚orita Calvery.

La joven sonri€ mordaz.

Por lo visto, el se‚or Leigh ya puede despedirse de su parte,


dada la afici€n que tiene a las armas.

—‹En cuanto a mi sobrina Celinde Calvery, deber‰ ganar el


Premio ‹Robin HoodŒ para arqueros que se celebrar‰ en los tres
dˆas siguientes al que se ha elegido para la lectura de este
testamento...Œ

Celinde abri€ la boca y exclam€:

— Š Eso es imposible!
La voz cargada de malicia del juez Master prosigui€:

—Con esto s€lo quiero inculcar a mi sobrina Celinde la afici€n


a tan noble deporte que me ha proporcionado los mejores ratosŒ.

— ŠNo! —dijo Celinde con un hilo de voz. Y se dej€ caer en


el asiento.

La voz del juez Master continu€ implacable:

—‹Si cualquiera de estos dos requisitos no se llevara a buen


t•rmino, el importe de la venta del rancho “El Arco y la Flecha”
pasar‰ a incrementar los Clubs de Arqueros de todo el paˆs en un
cincuenta por ciento y el resto ser‰ destinado a las entidades
ben•ficas cuya lista detallo...Œ

Jim chasc€ la lengua.

—Escuche, juez Master. Eso es un disparate.

— ‡El qu•, Leigh?

—Todo ese rollo, ese mamotreto.

— ‡C€mo dice, Leigh?

—Est‰ claro que el viejo Geo redact€ ese testamento con un


par de botellas en el cuerpo.

— ‡Se da cuenta de lo que dice, Leigh?

—Cada vez lo veo m‰s claro. Geo debi€ tener alguien al lado
que lo indujo a meter esa chifladura de las condiciones.
B‰sicamente, se ven las buenas intenciones de Geo. Deseaba que
medio rancho fuera para su †nico pariente, Celinde, y que el otro
medio fuese para mˆ porque era lo que m‰s querˆa en el mundo.

—No nos har‰ llorar, Leigh —repuso el juez en tono agrio—.


Y, aunque lo consiguiera, nada m nadie podr‰ variar las
condiciones.

— ŠEstoy de acuerdo con el se‚or Leigh! —exclamo


Celinde—. Es imposible que yo gane ese concurso. En primer
lugar, porque odio con toda el alma esa afici€n de desocupados.
Adem‰s, debo recordarle que, de ni‚a, los indios asaltaron la
agencia de vˆveres donde trabajaba mi padre y me pas• toda la
noche escuchando el silbido de las flechas. Nunca se me olvidar‰.

—Y adem‰s —agreg€ Jim—, la chica no podrˆa ejercitarse lo


suficiente en unas horas. ŠEse condenado concurso ya est‰ en
marcha!

—Lo siento, se‚ores —sacudi€ Master la cabeza—. Si las


cl‰usulas no se cumplen, procederemos a la venta del rancho y
ser‰ dividido, seg†n los deseos del difunto Evans.

Se trataba de un hombre moreno, muy membrudo. Sus ojos


lanzaban ahora un fuego especial. Carraspe€ algo emocionado y
dijo:

—Creo interpretar la voluntad del se‚or Evans, amigos. El


se‚or Evans se hacˆa lenguas hablando de dos personas en este
mundo: Jim Leigh, el hombre que vivˆa de la aventura y del
gatillo, y Celinde Calvery, la muchacha educada en el Este,
modelo de exquisitez y belleza.
—Gracias, se‚or Cravenor —dijo Celinde—. Pero todo eso no
resuelve el problema.

—He querido manifestar lo que sentˆa su difunto tˆo —agreg€


con una mirada que envolvi€ a la chipa—. Y tambi•n manifestar
lo que siento yo. Como administrador del rancho ‹El Arco y la
FlechaŒ quiero decirles que me sentirˆa muy apenado si pasara a
otras manos que no fueran las de ustedes. ŠTrabaj€ tanto el se‚or
Evans por levantar su imperio!

Todos vieron c€mo Cravenor se interrumpˆa mirando al techo,


presa de emociones y recuerdos.

Jim lade€ la cabeza.

— ‡Est‰ seguro de que no fue usted el que asesor€ al viejo


Geo en lo de las condiciones, Cravenor?

— ‡Eh?

—Geo le tenˆa mucha confianza. Tal vez demasiada.

— Š Se‚or Leigh !

—No me ha gustado el tono de tragicomedia conque nos ha


saludado. Asˆ que, desde ahora, ahorre los mon€logos tristes,
hermano.

Cravenor enrojeci€ de ira, pero se le vio buena voluntad para


transformar la c€lera en un gesto apenado.

— ŠEl se‚or Evans que est‰ all‰ arriba sabe la verdad de todo!

— ‡Sˆ?
Cravenor cambi€ la expresi€n por otra ir€nica.

—Ahora me pregunto si lo que le escuece a usted no es andar


por el mundo sin m‰s armas que las manos.

—Hombre, ahora que toca el tema...

Cravenor lanz€ una carcajada de triunfo, que no pudo reprimir


a tiempo.

—Opino como el se‚or Evans, que en paz descanse. Usted


tiene muchos medios para sobrevivir, Leigh. Podr‰ cumplir con
su parte. Jim se acarici€ la barbilla.

Mir€ a la joven.

—Muy bien —dijo—. La se‚orita Calverv tiene la palabra. Si


ella es capaz de tirar al arco, tambi•n ser• capaz de andar
descalzo por el mundo.

—No trate de escudarse en la se‚orita Calvery —dijo


Cravenor ce‚udo.

Jim se acarici€ el pu‚o, que ya le escocˆa de ganas por


estrellarlo en el rostro de Cravenor.

—Lo que quiero decir es que no abandonar• el rev€lver, a


menos que sepa seguro que la se‚orita Calvery har‰ lo posible
por ganar ese Premio de Arco y Flecha. No puedo jugarme el
tipo, si no estoy seguro que se cumplir‰ la otra parte.

El juez Master se arrellan€ en el asiento.

Alz€ una ceja y asegur€ la dentadura postiza antes de


preguntar:
— ‡Se decide, se‚orita Calvery?

Celinde se mordisque€ el labio inferior, denotando una sorda


lucha interior.

Por fin, dijo con un hilo de voz:

—Har• lo que pueda.

Todas las miradas se volvieron hacia Jim Leigh.

Jim se despas€ la hebilla de la canana y el peso de la munici€n


hizo que resbalara por sus piernas debajo de un golpe.

Luego, tom€ la funda con el rev€lver y los deposit€ sobre la


mesa del juez Master.

CAPITULO II

En la oficina del juez se hizo un largo silencio.

El juez Master ensanch€ los labios en una sonrisa que puso de


manifiesto los cincuenta d€lares del postizo.

—Les doy la enhorabuena por su decisi€n.

Celinde dirigi€ una mirada amarga a Leigh.

—Espero que colabore para ganar la herencia y se abstenga de


tocar un rev€lver.

—Y usted trate de afinar la punterˆa, Celinde —replic€ Jim.

El juez emiti€ una risita y se frot€ las manos.


—Para el mejor desarroll€ de la prueba, les aconsejo que
ustedes dos vayan juntos a Crow Hull, la ciudad donde se celebra
el Concurso de Arqueros.

—Prefiero arreglarme sola —dijo Celinde con retintˆn—. Sin


embargo, facilitar‰n la tarea de los albaceas testamentarios que
tienen que vigilarles de cerca para garantizar el cumplimiento de
las cl‰usulas.

—Entiendo —dijo Jim—. ‡D€nde est‰n esos muchachos?

El juez Master apunt€ a los tres hermanos de los sombreros


hongos.

—Los hermanos Bull les acompa‚ar‰n durante estos tres dˆas.


Fueron escogidos por el se‚or Evans, que en paz descanse, como
los adecuados albaceas por tratarse de personas honorables de
esta ciudad.

En eso, el mediano de los Bull, un sujeto rubio, de ojos azules


y expresi€n angelical carraspe€ con un gallo en la voz.

—Mire, juez Master. Acabo de hablarlo con Mac y Orrin —


se‚al€ a sus hermanos—. Y hemos llegado al acuerdo de
renunciar.

— ‡C€mo? —se inclin€ el juez hacia adelante—. ŠNo pueden


renunciar!

El sheriff los mir€ de lado.

—Hace rato que se quieren rajar, se‚orˆa. Desde que


empezamos la reuni€n s€lo han hecho que comunicarme sus
temores. Por fin, ha sido el menor de los Bull, Terry, el que ha
salido con la canci€n.

— ‡Ha dicho temores, sheriff?

—Sˆ —repuso Terry Bull con gesto decidido—. Estamos


muertos de miedo. Y lo declaramos tan claramente para que nadie
se llame a enga‚o.

— ‡Qu• quieres decir, Terry? —achic€ el juez los ojos.

—Lo que nos preocupa de veras es el se‚or Leigh.

— ‡Qu• le pasa a Leigh?

—No es muy sano andar a su lado.

— ‡Qu• le pasa? ‡Tiene paperas?

—No, se‚orˆa. Lo que pasa es que Jim Leigh es una especie de


gun-man.

—A nadie se nos oculta, Terry. ‡Tiene algo que alegar?

Terry Bull sacudi€ la cabeza.

—No nos entiende, juez. Tenemos noticias de que tres


individuos han seguido al se‚or Leigh hasta esta ciudad.

— ‡Sˆ?

—Cuando cuchiche‰bamos con el sheriff no era otra cosa que


indicarle el prontuario de las tres fichas que han llegado tras
Leigh.

— ‡Qu• hay de estos hombres, sheriff?


El sheriff tosi€ un tanto embarazado.

—Bueno, Terry no anda falto de raz€n. Al parecer esos tres


pr€jimos son de cuidado. Pero no tengo ninguna orden de
detenci€n y no har• nada contra ellos, juez.

Jim se despeg€ de la ventana.

— ‡Me permiten que hable?

—H‰galo —dijo el juez.

—Esos tres fulanos no har‰n nada hasta el momento propicio.

— ‡Cu‰ndo ser‰ ese momento?

Jim se mordisque€ el labio inferior.

—Ser‰ cuando me encuentren.

El juez entorn€ los ojos.

—Le recuerdo que est‰ desarmado, Leigh.

—Ahˆ es donde pica, se‚orˆa. ‡Se quebrantarˆa la cl‰usula si


me dejara el ‹ColtŒ un rato? —exclam€ el

— ŠNo quiero tiroteos en la ciudad! —exclamo el sheriff.

—El sheriff tiene raz€n —replic€ Master— No queremos


disparos. Usted tendr‰ que arreglarse con la protecci€n de la
autoridad.

—Nunca confi• demasiado en las autoridades.

—Leigh...
—Lo dicho, juez. Esos tres tipos... y tal vez otros,
aprovechar‰n ahora la ocasi€n de que estoy descalzo. E intentar‰n
hacerme un recosido de artesanˆa.

Los tres hermanos Bull pegaron un triple brinco atr‰s.

— ‡Se da cuenta, juez Master? —grazn€ el rubio—. El que


vaya cerca del se‚or Leigh tiene ya un boleto para el infierno.

Master peg€ una fuerte palmada en la mesa.

—Pues tendr‰ que cumplir con su obligaci€n, quieran o no.


Ustedes contar‰n con la debida protecci€n de las autoridades all‰
donde vayan. No pueden negarse a esta misi€n que tienen como
albaceas de comisi€n ‡entienden?

Los tres hermanos se miraron compungidos.

El m‰s grandull€n, de cuello de toro y facciones anchas, trag€


saliva con dificultad.

—Se‚orˆa, le hago notar lo malo que ser‰ cuando tengamos


que andar pegados a Leigh dˆa y noche para vigilarlo en el
cumplimiento de su parte. ‡Se figura lo que ocurrirˆa si le sueltan
una andanada de plomo?

— ŠBasta! —cort€ Master—. Nada les ocurrir‰, hermanos


Bull. Ahora mismo telegrafiaremos a las autoridades de Crow
Hull para que tengan los ojos bien abiertos. No se nos pasa por
alto que el se‚or Leigh necesita una protecci€n ahora que ir‰
desarmado estos tres dˆas.

—Oh, sˆ —sonri€ secamente Leigh—. Ser‰ muy bueno estar


protegido por la autoridad.
El juez Master entorn€ los ojos.

— ‡Se le ocurre algo para ayudarse en esta situaci€n? Jim


pens€ un momento y luego asinti€.

—Sˆ —dijo—. Aprovechar• que estamos ante el juez y har• el


testamento.

Los hermanos Bull respingaron de temor.

El juez entorn€ los ojos.

—Leigh...

— ‡Sˆ, se‚orˆa?

—No exagere la situaci€n. Sospecho si tendr‰ la oculta


intenci€n de ahuyentar a los hermanos Bull y asˆ impedir que se
le vigile debidamente.

—Tiene usted ideas muy tortuosas, se‚orˆa.

Master lanz€ un gru‚ido rabioso.

Mir€ al joven por encima de las gafas.

—Leigh —dijo con la voz cargada de malhumor—. Le sugiero


que se pongan en marcha inmediatamente rumbo a Crow Hull.

—Me lo ha quitado de la boca, juez. Ma‚ana, a m‰s tardar,


debemos estar en condiciones de inscribir a la se‚orita Calvery en
el Concurso ‹Robˆn HoodŒ. Conque lo mejor ser‰ que tomemos
el pr€ximo tren. ‡Est‰ de acuerdo, Celinde?

—Sˆ, se‚or Leigh.


Jim carraspe€ y lanz€ un gui‚o disimulado a Doris, que va
daba muestras de impaciencia en la calle.

Emiti€ una tosecilla v agreg€:

—Ahora recoger• mi equipaje y me reunir• con ustedes en la


estaci€n. ‡De acuerdo?

Sali€ a la calle sacudiendo la mano para despedirse.

No vio a los tres individuos que se hallaban a unos cuantos


metros de distancia de Doris ‹La TrepadoraŒ.

Sin embargo, los individuos no pasaron inadvertidos a los


ocupantes del despacho del juez Master.

— ŠMiren eso! —exclam€ Celinde.

Los hermanos Bull lanzaron un triple alarido de espanto.

No era para menos.

Los perseguidores de Jim Leigh acababan de extraer las armas.

De repente, la calle se llen€ de estampidos.

CAPITULO III

Jim esquiv€ la primera andanada de proyectiles.

Llev€ instintivamente la mano al costado, pero la detuvo a


medio camino.
El movimiento fue captado por los tres p‰jaros, quienes
abrieron mucho los ojos.

El m‰s barbudo de los tres individuos lanz€ una exclamaci€n


de asombro.

— ŠDemonios! ŠNo lleva armas!

Jim retrocedi€ en el suelo, consciente de que allˆ mismo le


iban a hacer el relleno.

—Muchachos —sacudi€ la cabeza—. Me lo ha prohibido el


doctor.

El barbudo mavor lanz€ una carcajada.

— ‡Os dais cuenta, muchachos? El gran Jim siempre nos


reserva una sorpresa. Hemos ido detr‰s de •l durante semanas
enteras, lo hemos seguido por montes y valles. ‡Y qu• nos
encontramos de pronto? Que no lleva armas. ‡No es para
mondarse?

El delgado que estaba a la derecha del ‹BarbasŒ rio


agudamente y en sus ojos se leyeron ganas de asesinar.

Sin embargo, el m‰s grandull€n del trˆo qued€ completamente


seno, la cara torcida por la sospecha.

—A mˆ no me gusta nada, Morris.

El barbudo Morris tuvo un acceso de risa y apunt€ a Jim con el


‹ColtŒ.

— ‡Lo est‰s viendo, Jinimy? Jub est‰ m‰s receloso que si


estuvieras con un ca‚€n en la mano.
—Podrˆa ser una trampa, Morris —apunt€ el grueso Jub, y
empez€ a mirar inquietamente a todas partes.

Morris se retorcˆa presa de la hilaridad.

— ŠInfiernos, qu• bueno! Cuando los conocidos se enteren de


c€mo cazamos a Jim Leigh, se van a quedar de una pieza.

—Vais a darme el pasaporte, ‡eh?

—Hombre... Estas ocasiones no se presentan nunca. ŠJim


desnudo de artillerˆa! ‡No es increˆble?

Jim ya se estaba incorporando.

—Bueno, podrˆamos resolverlo a pu‚etazo limpio. ‡Qu• tal?

Morris entorn€ un ojo y con •l observ€ largamente al joven.

—No me gusta —dijo.

—No pod•is darme el plomo asˆ por las buenas, chicos.

—Sˆ podemos, Jim. ‡No acribillamos a aquel viejo en San


Francisco? Tampoco llevaba armas.

—Est‰ feo, Morris.

—Calla, hombre —se carcaje€ Morris—. Lo que pasa es que


nadie lo creer‰ cuando lo contemos. ‡C€mo has sido tan
descuidado, muchacho?

—Empiezo a envejecer.

Morris rio de buena gana.


Sigui€ con la boca abierta emitiendo risotadas.

Como lo hizo en demasˆa, se arrepinti€ de haber perdido el


tiempo.

Jim salt€ como si tuviera muelles en las piernas.

Jub apret€ el gatillo y la bala sali€ en busca de Jim.

Pero •ste ya iba por el aire y fren€ en seco al estrellar la


cabeza en el est€mago del riente Morris.

Morris cay€ formando bola con Jim.

Por eso los dos compinches de Morris maldijeron a coro y


bailotearon buscando un hueco para ensartar con el plomo a Jim
sin herir a Morris.

Pero cuando •ste se retorcˆa a causa del testarazo, Jim dio otro
brinco y propin€ un par de coces al grandote Jub.

El hombr€n solt€ el rev€lver y dio una arcada despachando el


desayuno.

Jim lo calm€ con un directo a la mandˆbula que lo puso en


marcha hacia el establecimiento de bebidas que habˆa en el
mismo tramo de acera.

— ŠMaldici€n! —grazn€ Ed, el delgado. Y volvi€ a hacer


fuego.

Jim escuch€ la canci€n del plomo al oˆdo y ya no demor€ m‰s


la retirada.
En vez de tratar de saltar ahora hacia Ed, lo hizo en direcci€n a
‹Apartamientos La LunaŒ.

Embisti€ la puerta con la cabeza v consigui€ abrirla de par en


par.

Se col€ con la rapidez del lagarto, siempre sintiendo el calor y


el silbido del plomo, que rebotaba por todas partes.

Ed querˆa carg‰rselo a toda costa y disparo a trav•s del tablero


de la puerta cuando Jim consigui€ cerrar.

Los proyectiles abrieron agujeros en el tablero.

Pero ya Jim iba hacia el primer piso, seguro de haber dado el


mico a los tres pistoleros.

Doris ‹La TrepadoraŒ lo acogi€ con un estridente grito de


bienvenida y se ech€ sobre •l para abrazarlo.

Lo hizo de un modo original.

Le pas€ los brazos en torno al cuerpo.

Y tambi•n se ayud€ con las piernas que enroll€ en las de Jim.

Este entr€ riendo en el apartamiento y, cargado como iba con


la muchacha, cerr€ la puerta herm•ticamente.

Doris continu€ enroscada a Jim con brazos y piernas.

Fue cuando Jim comprendi€ el sobrenombre de ‹La


TrepadoraŒ. Imitaba a la enredadera, a la hiedra, a la serpiente...

Un par de horas m‰s tarde, Jim despert€ al escuchar unos


fuertes golpes en la puerta.
Se incorpor€ poco a poco mientras buscaba un arma
contundente.

— ‡Qui•n anda ahˆ?

— ŠSoy yo, se‚or Leigh! ŠTerry Bull! ŠUno de los tres


albaceas! ŠTiene que abrir la puerta...! ŠPerderemos el tren, se‚or
Leigh!

Jim se agach€ para recoger la llave que Doris habˆa deslizado


por debajo de la puerta despu•s de cerrar.

La introdujo en la cerradura y, apenas dio vuelta, entr€ el rubio


Bull, el menor de los tres hermanos convertido en una exhalaci€n.

— ŠMi madre! ŠEl tren a punto de salir y usted en pa‚os


menores!

—En un momento me visto, Terry.

Terry trag€ saliva.

—Escuche, se‚or Leigh. No es por alarmarle, pero en el


mismo tren que tenemos que coger para ir a Crow Hull han
llegado cuatro tipos preguntando por usted... Estos tienen peor
cara, se‚or Leigh... ŠTenˆa que haberlos visto!

— ‡Qui•nes son? —La mirada de Jim se perdi€ a trav•s de la


rendija que hacˆa de ventana, pero no por eso dej€ de darse prisa
en vestirse.

Terry trataba de calmarse.

—El sheriff reconoci€ a uno de ellos como un pistolero de


mala fama. Un tipo de cejas blancas y brazos largos.
—Scott Perkins.

— ŠEse es, demonios! Se‚or Leigh.

— ‡Ocurre algo, muchacho?

Terry se movi€ como si la ropa le quedara ancha.

—Oiga, yo serˆa capaz de decir que le acompa‚• a todos lados


y que no toc€ ning†n arma de fuego en estos dˆas.

— ‡A cambio de qu•, Terry?

—A cambio de que me deje convertirme en humo. Usted va


por un lado y yo por otro. Tres dˆas m‰s tarde nos reunimos en el
despacho del juez y yo jurar• que permanecˆ a su lado todo el
tiempo.

Jim detuvo el abrochado de la camisa.

—No es mala idea.

— ‡Entonces acepta, se‚or Leigh? —exclam€ Terry


entusiasmado.

Jim sacudi€ la cabeza.

—No, muchacho. No serˆa honrado.

Terry dio un gemido.

— ŠDios mˆo! ŠAhora me result€ melindroso!

Jim puso una mano en el hombro del rubio.


—Muchacho —dijo—. El difunto Geo quiso que pas‰ramos
por esto y considero que no es mala idea. Todos necesitamos
convencernos de que no dependemos de un rev€lver.

— ŠYo no dependo!

—Pero te har‰s un hombre con estas peripecias, Terry.


‡Andando?

Terry dio otro gemido m‰s amargo v fue en pos de Jim.

Cuando llegaron a la calle, miraron a todos lados.

Son€ el silbato del tren.

Terry peg€ un brinco.

— ŠHemos de darnos prisa, se‚or Leigh! ŠMis hermanos y la


se‚orita Calvery ya habrˆan tomado asiento en el convoy!

—Vamos.

Jim comenz€ a moverse pausadamente a trav•s de la calle.

Tenˆa un sexto sentido que le advertˆa cuando iba a sonar el


estampido del rev€lver.

Ahora no le advertˆa.

Le gritaba de modo ensordecedor.

Terry salt€ a su lado.

— ‡No nota un silencio demasiado penetrante en la calle?

—Son horas laborables y cada cual est‰ en su trabajo.


—Nosotros tambi•n estamos en plena tarea, Jim —dijo
entonces una voz bronca desde un portal.

Terry dio un agudo grito.

Jim volvi€se y vio al tipo de las cejas blancas y largos brazos.

—Scott Perkins —dijo.

El tipo empez€ a descender las escaleras del portal.

—Sˆ, muchacho —sonri€—. Hemos venido a Sum City a


felicitarte por tu buena suerte.

Jim lanz€ una ojeada a la estaci€n.

Les separaban cien yardas.

Con un poco de la suerte que le atribuˆa Perkins, podrˆa


alcanzar el tren.

Pero Perkins Darecˆa poseer dotes adivinatorias porque de


repente se ech€ a reˆr.

—No, Jim Leigh. T† nunca tomar‰s ese tren.

—Tengo mi billete.

El de las cejas blancas emiti€ una risita.

—Nunca pierdes el buen humor, muchacho.

—Tomo el jarabe de la risa.

—Pero esta vez todas tus payasadas no te librar‰n. No, Jim.


Los muchachos est‰n al otro lado. Tienen las armas a punto de
sacar. Cuando yo haga una se‚al, tirar‰n al bulto y ya sabes lo
que pasar‰. No podr‰s reˆrte de nosotros como lo hiciste de esos
tres desgraciados. Me refiero a Morris, Jub y Ed.

El tren se puso en marcha al conjuro de la campana.

El de las cejas blancas sonri€ m‰s ampliamente.

— ‡Lo ves, Jim? Ya no lo tomar‰s.

— ŠQu• se le va hacer!

En eso, un mexicano de la banda de Perkins exclam€:

— ‡Le damos plomo nom‰s?

Pero la respuesta lleg€ del otro lado de la acera.

—Nadie va a disparar m‰s en esta ciudad —se oy€ la voz del


sheriff.

Leigh, Perkins, el rubio Terry y los hombres de Perkins se


volvieron hacia la oficina del juez.

En la puerta se hallaban el sheriff y a cada lado de •l Sam


Cravenor, el administrador del rancho ‹El Arco y la FlechaŒ y el
capataz Burton Shesman, el rubio de la mirada aburrida.

Los tres tenˆan las armas en la mano.

Hubo un largo silencio en la calle.

Jim suspir€ penosamente.

— ‡Te das cuenta, Scott? De pronto las cosas cambian.


Scott Perkins mascull€ una rabiosa imprecaci€n y orden€:

— ŠAsen a toda esa pandilla de mamarrachos!

Y fue la se‚al para que la calle se convirtiera en un infierno.

El sheriff, Cravenor y Shesman apretaron los gatillos sin


interrupci€n.

Pillaron con las armas a medio sacar a muchos hombres de


Perkins.

Por eso, la masacre fue en tono mayor.

Jim Leigh pas€ inc€lume a trav•s de una verdadera cortina de


balas.

Cuando todo se tranquiliz€, en la calle habˆan no menos de


cuatro hombres de Perkins patas arriba.

El mismo Perkins agonizaba en cuclillas, maldiciendo a Jim


Leigh, el tipo que tenˆa tanta suerte.

Jim sali€ por detr‰s de unas cajas de envases, a donde habˆa


ido a parar misteriosamente.

Tras lanzar una ojeada al campo de batalla, se desposey€ del


sombrero y sonri€ a los tres personajes de la oficina.

—Gracias, amigos. Nunca olvidar• este gesto de ustedes.

Y como ya habˆa perdido el primer tren a Crow Hull, se


dirigi€ a los ‹Apartamientos La LunaŒ para hacer tiempo en
espera del segundo tren. La constrictora Doris regresaba aprisa
para atenderlo.
Cuando el sherˆff empez€ a dar €rdenes para que fueran
recogidos los cad‰veres, el administrador Cravenor y el capataz
se quedaron en el mismo lugar que pisaban.

—Maldici€n —mascull€ Cravenor por el sesgo de la boca—.


‡C€mo no le dimos, Burt?

Burton Shesman, el capataz rubio tenˆa los dientes prietos.

—Ese bastardo de Leigh tiene la suerte por arrobas. Lo menos


le dediqu• tres plomos, pero pareci€ burlarlos en el aire.

—Era la gran ocasi€n para haberlo quitado de en medio y


quedar como un par de hombrecitos. Condenado me vea... La
muerte de Leigh se habrˆa explicado con una de tantas balas
perdidas.

Burton Shesman tenˆa las mandˆbulas cada vez m‰s prietas.

—Pues ya podemos despedirnos del tejemaneje del rancho ‹El


Arco y la FlechaŒ como ese hijo de perra de Leigh se esconda en
alg†n agujero y salve la piel en estos tres dˆas.

—A†n queda por ver que la fulana mosquita muerta gane el


Premio ‹Robˆn HoodŒ. Tenemos muchos tantos a favor nuestro,
Burt.

—Sˆ, muchos tantos, Sam. Veremos lo que pasa en Crow Hull.


CAPITULO IV

El campo de tiro de Crow Hull era un hervidero de p†blico


entusiasmado. La banda ‹Robin HoodŒ daba un concierto
matinal. Los gallardetes de colores flameaban al viento.

Celinde Calvery se abri€ paso a empujones entre el p†blico


que atestaba la puerta grande del campo y, por fin, alcanz€ a
subirse a una valla donde observ€ los cuatro puntos cardinales.

Tras ella llegaron Mac y Orrion Bull resoplando bajo sus


sombreros hongos.

Celinde dio una patada en el entarimado.

— ‡Qu• les dije? Seguro que el se‚or Leigh y su hermano


Terry se han conchabado y ser‰ difˆcil verles el pelo.

El grandull€n Mac se rasc€ la prominente barbilla con un


sonido a lija, que se escuch€ a pesar de la algarabˆa general.

—Eh... No diga eso, se‚orita Calvery.

—Brillan por su ausencia.

—Bueno, seguro que por un par de d€lares encontraremos a


alguien que les ense‚e el manejo de! arco.

Celinde lanz€ una ojeada al campo y se sinti€ deprimida.

Lanz€ un gemido.

—Nunca lo conseguir•.

—No diga eso, se‚orita Calvery —tosi€ Mac—, Conocˆ a un


tipo en Sum City que s€lo tenˆa ni‚as. Tambi•n decˆa lo mismo.
‹Nunca lo conseguir•Œ. Y un buen dˆa su mujer dio a luz un
hermoso ni‚o.

—Olvidaste decir que fue cuando ya tenˆan diecisiete chicas,


Mac —dijo Orrin, pero tuvo que interrumpirse porque el
grandull€n le peg€ en el tobillo con el pie.

De repente, Mac tuvo que apartarse porque un fulano que


vendˆa bocadillos le ech€ encima el carrito de dos ruedas.

—Hay salchichas calentitas... A la rica salchicha, ‡una


salchicha?...

Mac gru‚€ y lanz€ un papirotazo al gorro de cocinero del


vendedor.

De repente abri€ mucho la boca.

— ŠPor mil demonios! ŠTerry!

Terry impuso silencio chistando con fuerza. Se cal€ el gorro


blanco.

— ‡Quieres cerrar el pico? Es un camuflaje.

Orrin tambi•n estaba con la boca abierta.

—Por todos los infiernos, ‡est‰s mal de la cabeza, Terry?

El rubio trag€ saliva.

—Si yo les contara... No sab•is el plomo que he oˆdo silbar...

— ‡Plomo? —gallearon a coro los hermanos mayores.

Terry engull€ m‰s saliva.


—Por fortuna, el se‚or Leigh y yo hemos llegado enteros a
Crow Hull. ‡Sab•is que ya creo en los milagros?

Celinde habˆa bajado de la valla y sonri€ ir€nica.

— ‡De qu• se ha disfrazado el se‚or Leigh?... ‡De vendedor


de limonada?

—No. Se ha disfrazado de juez de campo.

Celinde y los otros dos hermanos respingaron a coro.

— ‡De modo que ya est‰ aquˆ? —exclam€ Celinde.

—Lo tienen en la Tribuna Presidencial. Y ahora que ya


estamos juntos, creo que ser‰ mejor abandonar los disfraces.

Acto seguido, Terry llam€ a un viejo por medio de se‚as.

El vejete se acerc€ renqueando y recuper€ su carro de


bocadillos y el gorro blanco, recibiendo un d€lar por el alquiler.

Luego, se alej€ contento como un conejillo.

Celinde y los tres hermanos Bull entraron en el campo de tiro.

Justo entonces se estaba celebrando la inscripci€n de los


concurrentes.

Desde la mesa de la tribuna, se descolg€ Jim Leigh, sonriendo


al grupo.

—Dichosos los ojos... ‡C€mo est‰, Celinde?

La chica lanz€ fuego por los ojos.


Ahora mismo doy media vuelta y regreso a Saint Louis.

—Eh, ‡qu• le pasa?

— ‡Es que no se da cuenta, se‚or Leight?... Esto es para gente


muy avezada. No podr• hacerlo.

—Vamos, Celinde. Recuerde que prometi€ hacer un esfuerzo.

— ‡C€mo quiere que gane?... ‡Sobornando al Jurado?

Jim se rasc€ la barbilla.

—No es mala idea. Pero ya vengo de intentarlo, muchacha.

La chica dio un respingo.

—Me lo figuraba.

—De todos modos no hay modo de sobornarlos, Celinde.


Tendremos que conseguirlo con nuestra destreza.

— ‡C€mo?

Jim chasc€ los dedos y un sujeto de doble papada se present€


con un meo reglamentario y un carcaj lleno de flechas met‰licas.

—El se‚or Peabody nos vende a cr•dito este magnˆfico arco,


Celinde. Vale s€lo cincuenta d€lares incluidas las flechas.

El gordo Peabody arrug€ las narices.

—Usted no me dijo que era para la se‚ora.

— ‡Ocurre algo, amigo?


—Serˆa la primera vez que una mujer ganara el Concurso. Y
tambi•n ser‰ la primera vez que una mujer entre en •l.

— ‡Quiere dejarnos en paz, Peabody?

—De acuerdo —gru‚€ el gordo—. Pero no se olvide de


pagarme el arco y las flechas.

—Tendr‰ su dinero. Y ahora, abur. ‡Vamos, Celinde?

—‡A d€nde? —ella abri€ mucho los ojos.

—Usted va a recibir las primeras lecciones en el campo de


entrenamiento. Est‰ al otro lado.

Mac Bull tosi€ broncamente.

** *

En el campo de entrenamiento habˆa algunos concursantes


frente a las dianas, situadas a veinte yardas de distancia. Grupos
de curiosos observaban embobados los ejercicios y los
apostadores zigzagueaban de uno a otro lado recogiendo las
apuestas.

El concursante que m‰s acaparaba la atenci€n era un sujeto


alto, de anchos hombros y recia musculatura, quien se disponˆa a
disparar la octava flecha tras siete disparos muy acertados.

Cuando tensaba el arco vio por el rabillo del ojo a la hermosa


muchacha que venˆa acompa‚ada.

Dej€ de tensar y sonri€ con unos dientes muy blancos.

— ‡Usted tambi•n entra en juego, preciosidad?


—Sˆ —repuso Jim interponi•ndose—. ‡Ocurre algo, mˆster?

—Me llamo Michael Orsay.

—Jim Leigh.

—Mucho gusto, Leigh... ‡Es su hermana?

—Digamos mi discˆpula.

Orsay rio sonoramente.

—Canastos, eso es bueno, Leigh. ‡Puede presentarnos?

—Sˆ —Jim hizo las presentaciones mientras Orsay todavˆa


reˆa—. Escuche, ‡a qu• viene tanta alegrˆa?

Orsay relaj€ un poco la risa.

—Ver‰, amigo. Soy el Campe€n de arqueros 1872.

—Ya, algo asˆ como Miss Texas.

Orsay tampoco podˆa disimular la antipatˆa recˆproca que


sentˆa por Leigh. Torci€ la boca.

—Pongamos eso, Leigh. Y me extra‚a que usted, un piernas,


se atreva a dar lecciones. ‡Quiere que se las d• yo se‚orita
Valvery?

—‡De qu•, hermano? —sonri€ secamente Jim—. La se‚orita


est‰ bajo mi tutela en asuntos de arco. Tiene que ganar el premio.

—Sin implicar a la se‚orita, quiero manifestarle que me parece


mucha fanfarronerˆa, Leigh.
—Al tiempo, mˆster.

— ‡Cree que podr‰ mejorar esto, se‚or Leigh? —dijo Orsay y,


a continuaci€n, dispar€ el arco casi sin apuntar.

La flecha rasg€ el aire.

Todos contuvieron la respiraci€n durante la trayectoria.

De repente se escuch€ un respingo general.

Michael Orsay habˆa clavado la flecha en el cˆrculo vecino a la


diana.

Se volvi€ sonriente.

— ‡Decˆan algo, amigos?

Celinde estaba desolada.

— ŠLeigh! —gimi€, fijos los ojos en el blanco.

Jim respir€ con fuerza.

—Ya le daremos la respuesta adecuada al Willy Tell este...


Andando, Celinde.

La chica trag€ saliva y fue en pos de Jim.

Buscaron un lugar apartado en el campo de tiro.

Jim pas€ el arco y la flecha a la muchacha, quien tom€ los


trastos con las puntas de los dedos.

— ‡C€mo?... ‡C€mo tengo que hacerlo?


Jim le dijo c€mo y se coloc€ detr‰s de ella para guiarle la
mano.

De aquel modo la envolvi€ con sus brazos, mientras ambos


miraban al blanco.

Pero se sintieron muy turbados al encontrarse tan cerca.

—Jim...

— ‡Qu•, Celinde?

— ‡Disparo ya?

Celinde solt€ la cuerda de arco y la flecha parti€.

—Sˆ, nena.

Pas€ a cien yardas de distancia del blanco.

Cruz€ el campo.

Los tres hermanos Bull tropezaron unos con otros al ver llegar
la flecha.

Por fin la saeta arranc€ el sombrero hongo de Terry y lo clav€


en la valla.

— ŠDios Santo! —exclam€ Terry.

Puso los ojos en blanco y se desmay€ en brazos de su


hermano.

Estallaron muchas risas en el campo de entrenamiento.


Un sujeto malcarado que se hallaba de mir€n cerca de Jim y
Celinde los apunt€ con un dedo y se carcaje€ de lo lindo.

Jim sonri€ a Celinde, la dej€ sola un momento v se acerc€ al


tipo que lagrimeaba de hilaridad.

De repente, el pu‚o de Jim se escap€.

Y fue a estrellarse en la cara del fulano.

Este recul€.

Empez€ a hacer eses por el centro del campo para esquivar los
postes de tiro.

Se carg€ un par de ellos.

Al partir de aquel momento nadie os€ reˆrse de Celinde y su


adiestrador.

CAPITULO V

Habˆan transcurrido dos horas de pr‰cticas.

Las flechas de Celinde ya pasaban m‰s cerca del blanco


propuesto.

El cabello de ella rozaba el rostro de Jim cada vez que •l le


guiaba las manos y le envolvˆa con el perfume que emanaba.

Tambi•n sentˆa el suave calor del cuerpo de Celinde, to cual le


producˆa un raro cosquilleo en la nuca.
Cuando habˆan disparado juntos unas cincuenta flechas, Jim la
asi€ con fuerza y dijo:

—A ver si ahora lo consigue.

Celinde apret€ los labios con fuerza.

—Oiga, ‡no cree que cada vez aprieta m‰s el cerco?

— ‡Eh?

Celinde se volvi€.

—Me da la impresi€n de que me estrecha demasiado entre los


brazos.

—Confieso que se me ha ido la mano, Celinde. Pero insisto en


que me despepito porque consiga manejar este condenado arco.
‡Lo entiende bien?

—No hace falta que me grite.

— ‡Qui•n le grita? —chill€ Jim—. Usted es la que alz€ el


tono de voz.

— ‡Yo? —vocifer€ Celinde—. ŠYo nunca grito!

—Cree que trato de aprovecharme de la cercanˆa, que s€lo


trato de acariciarla, pero m•tase bien esto en la cabeza, mu‚eca...
ŠS€lo me interesa que gane el premio! ŠS€lo eso!

Muchos curiosos comenzaron a acercarse.

Sin embargo, Jim se dio cuenta a tiempo y los paraliz€ con una
frˆa mirada.
Respir€ entre dientes.

—Lo dicho, Celinde. Gane ese premio, aunque sea lo †ltimo


que haga en su vida. Y para que se entere de una vez, no me hace
maldita falta aprovecharme del adiestramiento para abrazarla.
‡Est‰ claro, muchacha?

Se qued€ con la boca abierta al notar que estaba mintiendo


descaradamente.

En eso, Celinde arroj€ el arco al suelo y golpe€ con el pie en


tierra.

—No podr•, Jim.

—Sˆ puede, Celinde.

Ella apret€ los pu‚os presa del nerviosismo.

— ŠNo podr• hacerlo nunca! ŠNo lo conseguir• jam‰s! ŠNo lo


har•! Š No!

Jim la tom€ por los hombros y la sacudi€ repetidas veces con


fuerza.

—Tiene que hacerlo, ‡oyes, Celinde?... ŠTienes que hacerlo!...

— ‡O qu•? —solloz€ Celinde.

—O... O nada, infiernos —mascull€ Jim.

Le pas€ la mano por el cabello, porque no se le ocurrˆa otra


cosa.

—Bueno, Celinde. Lloraremos los dos un rato y luego


empezaremos.
En aquel momento se escuch€ la voz de un mir€n.

—Escuche, hermano. ‡Quiere un consejo?

Jim alz€ el rostro dispuesto a enviar al diablo al tipo

Era un fulano de unos cuarenta a‚os, desastrado, cara


granujienta y ojos acuosos.

— ‡Qu• le duele, Excelencia?

—Me llamo Elˆas Marcomb y soy un lince para las cosas de


arco.

— ‡Sˆ?

—Ustedes est‰n luchando contra los elementos.

— ‡Quiere hablar en cristiano, Marcomb?

—La chica tiene un defecto.

—Se la va a ganar, hijo...

—Espere, Leigh.

—Conoce mi nombre, ‡eh?

—Ustedes dos se han gritado lo suficiente para que todos


sepamos quienes son.

—Bueno, vacˆe el buche, hermano.

Elˆas Marcomb dej€ errante el ojo derecho que tenˆa tendencia


a irse de lado.

—La chica es zurda.


Jim resping€ y atrap€ al sujeto por la pechera.

—Se la gan€, Presidente.

— ŠEh, su•lteme! ŠSu•lteme y se alegrar‰ toda la vida!

—Ya es tarde, Presidente. Lo voy a empotrar en la valla.

— ŠNo sea loco! ŠLe estoy diciendo la verdad! ŠLa chica es


zurda!

Jim iba a soltarle una coz al tipo cuando escuch€ la voz de


Celinde.

— ‡Es cierto, Jim?

— ‡Eh?

Celinde se miraba las manos.

—Algo me dice que tirarˆa mejor con la mano opuesta.

Jim fue bajando poco a poco al tipo llamado Elˆas Marcomb,


pero miraba perplejo a Celinde.

—‡Est‰s segura, muchacha?

Elˆas ya tocaba el suelo, y se permiti€ el lujo de carcajearse un


poco.

—Se lo dije, Leigh. La chica es zurda para este asunto. Lo he


comprobado muchas veces. El caso m‰s chocante fue el de Pat
Sanders, el campe€n de 1869. Era un tipo fall€n con la derecha.
Pero le descubrˆ el defecto y, de la noche a la ma‚ana, empez€ a
tirar con la otra mano y se coloc€.
Celinde se mordisque€ el labio inferior.

—Ver‰s, Jim. Lo que pasa es que ser zurda est‰ feo para una
chica y ya llevo muchos a‚os procurando ense‚ar a la derecha.
Pr‰cticamente, ya he superado el defecto.

Jim gimi€ dolorosamente.

— ‡Por qu• no lo has dicho antes Celinde?

—Yo...

—Toma el arco y la flecha y pon toda la buena voluntad del


mundo. ŠY tira con los pies si es necesario para hacerlo bien!

Celinde obedeci€ pausadamente.

Cambi€ la posici€n de las manos, a la inversa como le habˆa


ense‚ado Jim, y de repente dispar€.

La flecha surc€ el campo de ejercicios.

De repente se escuch€ un aullido de sorpresa general.

Celinde habˆa conseguido un blanco perfecto.

— ŠPor todos los diablos! —exclam€ Jim, y sacudi€ la cabeza


para cerciorarse de que era cierto y no un sue‚o.

Elˆas se carcajeaba de lo lindo. Pegaba saltos con las manos en


el vientre.

—ŠSiga, peque‚a ! ŠSiga!

Celinde fue sacando flechas del carcaj y las lanz€ con un estilo
muy aceptable.
A cada tiro se escuchaban exclamaciones, unas veces
ahogadas y otras a grito pelado.

Por fin la muchacha agot€ las reservas de flechas y ella misma


se qued€ boquiabierta. No habˆa fallado una.

Jim volvi€ en sˆ y peg€ un brinco.

— ŠCelinde! —exclam€.

E impulsivamente abri€ los brazos y la estrech€.

Ella tambi•n se dej€ llevar de la alegrˆa del momento y


correspondi€ al abrazo.

Siguiendo la inercia de los acontecimientos, los labios de Jim


se posaron en los de ella.

Luego, los dos se quedaron mir‰ndose a los ojos.

Alrededor de ellos se batˆan palmas de felicitaci€n.

Fueron interrumpidas bruscamente al escuchar una voz


sarc‰stica que dijo:

—Ahora le demostraremos a Jim Leigh que tambi•n tenemos


nosotros buena punterˆa.

Jim volvi€ y vio a tres tipos conocidos.

Eran Morris, Larnon y Freeman.

Los tres sonreˆan ir€nicamente.

Se les veˆan se‚ales en la cara de la pelea sostenida en Sum


City.
Esta vez tambi•n tenˆan las armas en la mano.

Morris carraspe€ con una mano delante de la boca.

—Bueno, Jim. Ya estamos aquˆ cara a cara otra vez. Pero


ahora no te concederemos ninguna oportunidad porque te vamos
a asar sin contemplaciones ni ch‰chara. ‡Ya, chicos?

—Ya —contestaron Jub y Ed a coro.

CAPITULO VI

Las detonaciones atronaron el campo de ejercicios.

Los tres fulanos habˆan apuntado bajo, esperando la misma


jugada de Jim, quien se agach€ en Sum City escapando a la
andanada.

Pero esta vez Jim cambi€ de t‰ctica, y en vez de lanzarse al


suelo, salt€ hacia arriba.

Salv€ la valla de madera y cay€ al otro lado.

Escuch€ las voces enfurecidas de los tres forajidos.

— ŠMaldici€n, burl€ el plomo! ŠQue no se escape, muchachos!

Jim lanz€ una ojeada a la derecha y comenz€ a correr.

La valla terminaba veinte yardas m‰s all‰.

Salt€ por aquel lado cuando los tres fulanos hacˆan lo que Jim
esperaba. Trepaban a lo alto de la valla para buscarlo.
Los tres pistoleros comenzaron a disparar.

Jim sabˆa que lo atraparˆan, pero antes intentarˆa frenarlos con


unos cuantos flechazos

Dej€ escapar una saeta hacia Jub quien se disponˆa a coserlo


contra la valla.

La bala lleg€ mal dirigida a Jim, porque este habˆa hecho un


blanco perfecto en la frente de Jub.

Jub bizque€ los ojos horrorizado para ver qu• era aquello que
le escocˆa de veras en la cabeza.

Y de repente se derrumb€ en el suelo. Muerto.

Morris quiso acribillar a Jim.

Pero de pronto aull€ lastimeramente y solt€ el ‹ColtŒ. No


habˆa sido Jim quien habˆa lanzado otra flecha. Era Celinde la que
habˆa evitado la muerte de Jim atravesando el brazo de Morris
con un certero dardo.

Morris chillaba como una rata y comenz€ a dar vueltas en


cˆrculo, tratando de arrancarse lo que le atravesaba el brazo.

Ed demostr€ una dosis de enorme prudencia cuando de repente


tir€ el rev€lver como si quemara y grit€:

—ŠNo me atraviesen! ŠMe rindo!

Se qued€ con los brazos en alto.

Jim se acerc€ con el arco tenso y los dientes prietos.


—Juro que me gustarˆa colocarte una de •stas hasta el
plumero.

— ŠNo!

En eso lleg€ un sujeto de grandes bigotes, recia constituci€n y


cara avinagrada.

— ŠAlto en nombre de la Ley! —rugi€.

Jim apunt€ al suelo.

—Canastos, ya es un respiro ver a un sheriff de pelo en pecho.

El representante de la Ley en Crow Hull lanz€ una mirada


muy cargada de c€lera a Jim Leigh.

— ‡Qui•n diablos ha comenzado esta ensalada de balas y


flechas?

—Ahˆ los tiene, sheriff. Son Morris Befford, Jub Lamon y Ed


Freeman... Bueno, Jub no es. ‹EraŒ.

—Maldita sea, Leigh. ŠNo me venga con agudezas!

De repente peg€ un salto virando hacia el muerto.

Jim alz€ una ceja.

— ‡Ocurre algo, sheriff?

— ‡Ha dicho Bedfford, Lamon y Freeman?

—Justo, sheriff.

— ŠEureka! ŠEso es estupendo, Leigh!


Jim sonri€ al ver el s†bito cambio de humor del sheriff.

— ‡A qu• viene tanto optimismo, sheriff?

—Estos tipos estuvieron por aquˆ el a‚o pasado y se cargaron


a uno de mis ayudantes. ‡Me deja que lo abrace, Leigh?

—Prefiero que entregue todo su amor a esa pareja de asesinos.

— ŠJojo! —hizo el sheriff y gui‚€ un ojo—. ŠEntiendo


perfectamente! Juro que los cubrir• de caricias.

Se fue hacia los dos supervivientes y agreg€:

—Andando, pajarracos. Lleg€ la hora de purgar culpas.

Los tres albaceas testamentarios llegaron dando trompicones


unos con otros.

— ŠLeigh! —exclam€ el grandote Morris—. ŠMenudo susto


nos ha pegado!

El rubito Terry se acerc€, incapaz de disimular el tembleque


que lo acometi€.

—Por un momento nos figuramos que aquˆ terminaba nuestra


supervivencia de albaceas, Leigh.

Orrin, el m‰s reneg€n de los Bull, rezong€ con la cara


arrugada.

—Lo mejor ser‰ que busquemos un lugar adecuado para que


nadie nos sorprenda. ‡Qu• les parece el ‹Hotel La MarmotaŒ?
Est‰ situado junto a la oficina del sheriff y ello nos procurar‰ la
debida protecci€n.
—Sea en el ‹MarmotaŒ —concedi€ Jim.

Y los dos herederos de Geo Evans con sus tres albaceas


testamentarios se dirigieron resueltamente al hotel.

Ninguno de ellos vio a una pareja de sujetos que no los perdˆa


de vista.

CAPITULO VII

Sam Cravenor se hallaba repantigado en una mecedora, los


ojos cerrados, disfrutando del fresquˆsimo viento que corrˆa en la
terraza del rancho ‹El Arco y la FlechaŒ.

En un momento dado abri€ los ojos al escuchar la voz de


Burton, el rubio capataz y traˆa un peri€dico en la mano.

— ŠSam! ŠMira esto...! ŠMira lo que dice la ‹Cr€nica de Crow


HullŒ!

Ley€ los grandes titulares que decˆan:

‹SORPRESA EN EL CONCURSO ‹ROBIN HOODŒ


‹CELINDE CALVERY LA REVELACION DEL NOBLE
DEPORTE DEL ARCOŒ.

— ŠMaldici€n! ŠNo es posible!

—Lo es, Sam.

— ‡C€mo demonios puede hacer todo esto la fulana?

El rubio Burton Shesman hizo una mueca.


—Conque tenˆamos ganada la partida en Crow Hull, ‡eh?

Sam tenˆa ahora los ojos abiertos de par en par.

Tir€ el peri€dico con rabia.

— ŠDime c€mo pudo hacer eso la muchacha! ŠDimelo, Burt!

—No s• m‰s que t†, Sam. Recogˆ el peri€dico en la Glicina de


Correos y desde allˆ vengo de muestra.

Sam se puso en pie con tal violencia que volc€ la mecedora.

—Estamos con el agua al cuello, muchacho. ‡Lo ves tan claro


como yo?

—Lo veo m‰s espeso.

— ‡C€mo?

— ‡Por qu• no le echas un vistazo a la p‰gina de ‹SucesosŒ?

El ojo derecho de Sam mir€ con sospecha al capataz.

— ‡Qu• dicen los sucesos, Burt?

El rubio carraspe€.

—Hablan del p‰jaro pinto.

— ‡De Jim Leigh?

—No hace falta que lo tomes otra vez —dijo Burt al ver que
Sam se lanzaba hacia el peri€dico tirando—. Es muy escueto y lo
recuerdo como si me lo hubieran grabado con un hierro de
marcar.
—Escupe... ŠHabla de una vez, demonios!

—Leigh sufri€ otra agresi€n en Crow Hull.

— ‡De veras?

—Sˆ. Pero no te entusiasmes. Leigh se enfrent€ de nuevo con


aquellos piojosos que querˆan su pˆ... Esta vez no hubo pu‚etazos.
Se puso en el aire plomo del bueno.

— ŠPlomo! ‡C€mo pudo escapar Leigh?

Burton resoll€ apenado.

—Ese tipo es un lanudo que d•jalo correr, Sam. ‡A que no


adivinas c€mo escurri€ el bulto, c€mo se libr€ de las raciones de
plomo?

—Maldito seas, Burt. ŠHabla de una vez! Cuando quiera


adivinanzas, leer• la p‰gina recreativa del ‹Cr€nica de Crow
HullŒ.

—Pues detuvo la agresi€n mandando una flecha a uno de los


tipos que le dio justo entre los cuernos.

—No.

—Y por si faltaba poco, la mansa Celinde atraves€ un brazo a


otro de los piojosos.

— ŠNo!... ŠNo, infiernos!

—Agarra el peri€dico si quieres cerciorarte.

Sam dio una patada en el suelo.


—Maldita sea. ŠLo que no entiendo es c€mo se las ingenia
para ir cumpliendo las cl‰usulas del testamento! Una vez que
Leigh tiene que defenderse, lo hace con un arco y una flecha en
vez de echar mano al rev€lver.

— ‡Te crees que es tonto? El tipo sabe que no puede tocar un


arma de fuego. Por eso atrap€ el arco y la flecha y le sali€
redondo. Para postre, la perita en dulce va y le echa un cable.
‡Qu• tal el panorama?

—Dios santo... No puede salirles todo bien.

—Pues como se presentan las cosas, ten por seguro que la pera
en dulce ganar‰ el Premio. Ahora nos salen con que es zurda y
eso le presta gran punterˆa ‡No te escuece?

Sam dio un ronco respingo, los ojos cerrados.

— ‡Zurda? —galle€, perplejo.

—Donde pone el ojo pone la flecha—asinti€ el rubio


amargamente—. Resulta que los apostadores se vuelven locos
admitiendo pasta a favor de la tiradora del dˆa.

Sam daba vueltas y vueltas por la terraza.

—Que me crucifiquen cabeza abajo. ‡Te das cuenta lo que


pasar‰ si esa pareja de suertudos llega a hacerse cargo del rancho
Burt?

—No me hace falta una bola de adivinar para verlo claro. T† y


yo nos veremos de patitas en la calle.

— ŠExactamente, Burt!
—Lo †nico que nos mantendrˆa aquˆ serˆa si la herencia pasa a
manos de establecimientos ben•ficos, Clubes de Arqueros y
monsergas por el estilo.

Sam atrap€ el brazo de su capataz y lo sacudi€.

—Has dado en el clavo. Tengo a un par de peces gordos de la


capital que conseguirˆan que t† y yo qued‰ramos al frente de este
rancho para administrarlo. Eso durarˆa tanto como tard‰ramos en
sacarle el jugo a esta magnˆfica propiedad. Desde luego, los peces
gordos exigen un diez por ciento de los trapicheos que hagamos
ac‰. ‡Pero te figuras lo que ser‰ este rancho cuando quede a
nuestro cargo?

—Ser‰ jauja, Sam. Ya lo hemos hablado muchas veces.

— ŠPor eso tenemos que conseguir que esa pareja pierda la


herencia!

—Sam —suspir€ el rubio—. Se impone que t† y yo vayamos


ahora mismo a Crow Hull para menear debidamente el caldo.

— ‡Quieres decir para actuar directamente y que la pareja


empiece a sufrir percances?

—Justo, Sam. No veo otra salida.

De repente, se volvi€ chascando los dedos hacia Burt.

—Ya lo tengo.

— ‡Eh? ‡Qu• es lo que tienes, Sam?

—Hay una persona que puede echarnos un buen cable en


Crow Hull. Una persona de confianza.
— ‡Un pistolero? Des•chalo, Sam. Es demasiado pronto para
que tomemos la decisi€n del gatillo.

—Calla, tarugo —sonri€ Sam misterioso—. Me estoy


refiriendo a una mujer.

— ‡Una fulana?

—Nada de fulana, Burt. Se trata de una se‚ora con toda la


barba.

—Infiernos, me est‰s tomando el pelo.

— ‡Te habl• alguna vez de Magde Blesson?

—Me has hablado de tantas...

Sam rio.

—Magde tambi•n fue mi amor... De esto hace quince a‚os.


Ahora... Bueno, ahora s€lo nos une una amistad inquebrantable a
trav•s del tiempo y del espacio.

—Oye, ahora la filosofˆa.

—Me gustarˆa que la conocieras, Burt. Sˆ que me gustarˆa. Y


de momento, le vas a mandar un telegrama utilizando la misma
clave que usamos para la venta de ganado bajo mano.

—Pero, ‡qui•n es esa Magde Blesson?

Los ojos de Sam Cravenor se iluminaron con el rescoldo de un


amor pasado. Treinta y cuatro mujeres que pasaron m‰s tarde por
sus manos no habˆan apagado el afecto.
—Magde Blesson es la mujer m‰s admirable del mundo, la
m‰s inteligente, la m‰s fuerte, la m‰s bella, la m‰s...

***

— ŠSoy la mujer m‰s importante en Crow Hull! —grit€


Magde Blesson pegando un fuerte pu‚etazo en la mesa—. ‡Lo
oyes est†pido?

—Sˆ, se‚ora Blesson.

— ŠLa persona m‰s poderosa de esta ciudad y en varias de los


contornos! ‡Te enteras, Al?

—Sˆ, se‚ora Blesson.

—Ahora dile todo eso al esperpento que me ha pedido


audiencia v, cuando se le meta en la cabeza, lo empujas a mi
despacho para que le vea la cara.

—Sˆ... sˆ, se‚ora Blesson. —Al cabece€ varias veces y se alej€


trotando hacia la puerta.

Permaneci€ unos minutos fuera.

Pasados tres m‰s, la puerta se abri€ con cierta fuerza.

En el hueco destac€ un sujeto de unos cuarenta a‚os, cara


torcida, expresi€n fanfarrona y ojos burlones.

Mastic€ ostensible un palillo sin quitar ojos de la gruesa


mujer.

—Yo soy Tadeus Morrison, princesa.


Los ojos de Magde recorrieron al tipo hasta la †ltima fibra
visible, y probablemente alguna invisible.

—Conque usted es el cerdo que pretendi€ cantarme las


cuarenta, ‡eh?

Morrison chasc€ la lengua.

Cerr€ la puerta con el pie.

—Escuche, Princesa. Dej•monos de requisitos y vayamos al


grano.

—Hale, vacˆe el buche.

—A eso voy.

—Pero tenga cuidado porque puedo olvidar que soy una dama
y eso le proporcionarˆa un buen susto.

Morrison solt€ una risita cachazuda.

—Mire, princesa. No tengo nada contra usted personalmente.


Lo †nico que me pasa es que nunca me gustaron los caciques. ‡Se
entera? Y me parece que usted es una cosa de esas aquˆ en Crow
Hull.

Magde entreabri€ la boca ante el descaro del fulano.

Se aferr€ con fuerza al canto de la mesa y ello le proporcion€


el debido control.

—Vamos —dijo entre dientes—. Escupa de una vez, p‰jaro.

Morrison se traslad€ el mondadientes al otro lado.


Tom€ asiento en el canto de la mesa.

—Usted es el principal Jurado del Premio ‹Robin HoodŒ.

— ‡Y qu•?

—Usted y sus cong•neres estar‰n encargados de la revisi€n de


flechas.

— ‡Y qu•?

—Usted har‰ la vista gorda cuando vea las flechas que yo


presente. Ir‰n con mayor plumero para tomar velocidad y
conseguir perfecta punterˆa.

— ‡Y?

Morrison sonri€ tratando de ser siniestro.

—Si no hace la vista gorda, se‚ora Blesson, yo, Tadeus


Morrison, la denunciar• a las autoridades de la capital acerca del
tr‰fico ilegal de reses, mujeres, negros y marihuana.

En el despacho se produjo un largo silencio.

Morrison observaba con inter•s a la gruesa mujer.

Ella simulaba m‰s que nunca una especie de buda benigno,


que parecˆa considerar las palabras de Morrison.

Este emiti€ su fea risita y agreg€:

— ‡Qu•? ‡Verdad que se ha quedado de piedra? ‡Verdad que


dar‰ por buenos mis dardos? ‡Qu• me contesta?
—Le dar• la respuesta inmediatamente —esboz€ una sonrisa
la se‚ora Blesson.

Y dio la vuelta a la mesa.

De repente alarg€ uno de sus s€lidos brazos.

Atrap€ la mano de Morrison como si fuera a sellar un pacto.

Morrison se dio cuenta demasiado tarde y protest€ cuando ya


estaba en pleno vuelo.

Chill€.

Cuando Magde lo solt€, lo hizo inesperadamente.

Morrison atraves€ todo el despacho, que era muy amplio.

Y peg€ de cabeza en un fichero met‰lico.

Lo tom€ ahora por el cuello e hizo molinete.

Morrison viaj€ de nuevo por el ambiente de la estancia.

Acab€ chascando la cara contra la dura pared de ladrillo y el


hueso de sus narices cruji€ siniestramente.

Magde le aplic€ un patad€n a las costillas.

Y sin usar las manos se los enderez€.

Luego, le atiz€ un tremendo rev•s semejante al coletazo de


una ballena.
Gracias a que la puerta del despacho fue abierta
oportunamente por Al, el cuerpo de Morrison no arrambl€ con la
vidriera.

Sali€ con mucha limpieza por el hueco.

Se le escuch€ rodar muy aprisa escaleras abajo.

Cuando lleg€ al rellano. Magde ya estaba sentada en el sill€n


del escritorio.

Mir€ ce‚uda a Al quien se hallaba con la boca abierta.

—S‰calo a la calle y, si est‰ en condiciones de escuchar, le


dices que meditar• la respuesta. Andando, Al.

— ŠYa le doy a las piernas! —exclam€ el tipejo a las €rdenes


de Magde movi•ndose como un mu‚eco mec‰nico.

Poco despu•s, regres€ Al sacudi•ndose las manos de polvo.

Extrajo un telegrama del bolsillo.

—Es del se‚or Cravenor, de Sun City.

El rostro de Magde se ilumin€.

— ŠSam! ŠSam Cravenor! ŠTrae que lo lea, amor mˆo!

Al se apresur€ a largarle el mensaje.

Y cuando Magde le dio lectura, se fue calmando poco a poco y


acab€ convertida en mieles.

—B†scame a un tipo llamado Jim Leigh, Al.


—‡Qu• es lo que hago? —exclam€ Al saliendo como un rayo.

Magde cerr€ los ojos y pos€ el telegrama sobre el pecho.

Creˆa notar el calor de Sam Cravenor.

CAPITULO VIII

Jim Leig y Terry, el menor de los hermanos Bull, ocupaban la


misma habitaci€n del ‹Hotel La MarmotaŒ. Jim se enjugaba el
rostro despu•s de afeitarse.

Volvi€ a mirar por tercera vez a Terry y sonri€.

El rubio dormˆa como un bendito.

Como Terry se hallaba roncando para rato, decidi€ dar un


paseo por la ciudad aprovechando la falta de vigilancia del rubio
que se le pegaba a los talones.

Lleg€ a la calle y dio un respingo.

Maldijo para su interior.

Le habrˆa gustado conocer a aquella beldad, hablar, intimar...

De repente vio a un viejo que lo miraba alelado.

Pero el viejo le se‚al€ hacia la calle mayor, y agreg€ un gui‚o.

Jim solt€ medio d€lar que el anciano recibi€ con alborozo.


Jim Leigh estaba a punto de doblar la esquina cuando la vio.
Se le hizo la boca agua porque de cerca estaba a†n mejor.

Se trataba de una suculenta rubia, bien torneada de caderas,


ojos picarescos y cargada de electricidad porque parecˆa moverse
a sacudidas.

Ella movi€ un poco m‰s el polis€n y Jim fue tras ella para
darle alcance.

—Escuche, bomb€n. ‡Todo eso es suyo o le ha prestado algo


su prima hermana?

La rubia se ech€ a reˆr y, al comp‰s de la risa, disminuy€ la


marcha.

—La verdad es que yo soy la que le presta a mi prima porque


tengo demasiado.

—Ya lo puede decir. Oiga, ‡y no queda nada para los pobres?

— ‡Es usted el pobre? —abanic€ ella las pesta‚as.

— ‡Es que no me ve la cara? Estoy de lo m‰s necesitado.

—Nadie lo dirˆa. Los tipos tan bien plantados como usted


tienen todo lo que quieren.

Jim ech€ a andar lentamente al lado de ella.

— ‡Usted cree?

—S€lo tiene que pedirlo.

—Bueno, pues deme, bomb€n.


—Ese es mi apellido. Pero ll‰meme Eva que es mi nombre.

—Y el mˆo, Jim Leigh —mir€ de pronto a su alrededor—. Eh,


‡c€mo nos hemos metido en este callej€n?

—Es que tengo mi apartamento ahˆ arriba. Seguro que le


gustarˆa tomar un trago conmigo.

—Me gustarˆa tomar varios, Eva. Conque acepto.

—Oh, ‡podrˆa ayudarme a subir? Creo que tengo el tobillo


torcido. O tal vez un hueso roto.

— ‡Usted huesos? —sonri€ Jim, quien ya la habˆa atrapado


entre sus fuertes brazos y la izaba—. Yo asegurarˆa que no tiene
ni siquiera esqueleto como el resto de la gente.

—Qu• fino...

Ella se le aferr€ al cuello con fuerza, aunque no corrˆa ning†n


peligro de caerse.

Indic€ la †nica puerta del rellano y Jim empuj€ con el pie.

— ‡Quiere depositarme en la cama, Jim? Necesito revisarme


el tobillo...

— ‡Y para qu• estoy aquˆ, Eva? De ese tobillo me encargo


yo... y del otro.

Eva rio.

—Cuidado que eres tonto.


Jim sigui€ riendo tambi•n, y de repente no le gust€ nada el
tono con que ella habˆa dicho lo de ‹tontoŒ. La palabrita tan
apropiada en ciertos casos carecˆa de la miel apropiada.

—Vaya que es tonto —dijo una voz masculina por detr‰s de


Jim.

Entonces Jim comprendi€ la falta de miel.

Volvi€se y vio a dos tipos con sendos rev€lveres en la mano.

Jim apret€ las mandˆbulas.

Solt€ una risita seca y forzada.

—Soy el tipo m‰s listo del mundo, amigos.

Eva rio tras •l.

—Muchachos, mordi€ el queso como un ratoncito.

Los dos tipos rieron broncamente.

El m‰s alto lade€ la cabeza.

—Es que cualquiera caerˆa, Eva. El hombre tiene derecho a ser


un perfecto imb•cil cuando se encuentra con un monumento
como t†.

El regordete que secundaba al alto carraspe€.

—Bueno, menos ch‰chara y procedamos a la ejecuci€n. Luego


ya habr‰ tiempo de comprobar si Eva vale tanto en la pr‰ctica.
‡Sˆ, Mitch?

El alto Mitch enderez€ la cabeza y sonri€ m‰s ampliamente.


—Procuramos hacer un trabajo con adornos. Tab. Vamos a
tratar de meter a Leigh bajo de la cama a balazo limpio. ‡Hace?

—Y, luego, le arreglaremos el tobillo a Eva.

—Eh, ‡qu• pito tocan ustedes aquˆ?

Mitch lo mir€ con fijeza.

—Bueno, se nos olvidaba, Leigh. Usted es un chico muy


revoltoso y ya es hora de que reciba lo suyo.

—Por eso me tendieron la trampa.

Eva se puso un poco nerviosa.

— ‡Para qu• le dan conversaci€n? ‡Quieren que les pegue un


susto como a los del campo de tiro?

—De modo que est‰s en el asunto, ‡eh? —dijo Jim.

Mitch ense‚€ unos dientes llenos de caries.

—Sˆ, Leigh. ‡Y qui•n no est‰ al corriente de sus haza‚as?

—No creˆ que fuese tan popular.

—Lo es, Leigh. Usted se presenta en Crow Hull, asˆ de repente


con una amazona que deja a todos de piedra con su punterˆa. Y
usted es su adiestrador misterioso. Para postre, se carga a tres
ases de la mala vida. ‡No quiere ser el hombre del dˆa?

Jim abri€ y cerr€ las manos.

El movimiento fue advertido por Mitch quien solt€ una risita


maligna.
— ‡Siente no tener armas en la mano, eh?

—Darˆa un brazo por ello.

— ‡Tambi•n darˆa su herencia?

—Ya. Lo saben todo.

Mitch chasc€ la lengua.

—Muchacho —dijo—. Nosotros estamos enterados hasta de la


cantidad de papilla que le daban de chico. Medio vaso cada hora.

—Vaya. Dos sabuesos de los buenos.

Mitch cabece€.

—Hemos recopilado su vida en unas cuantas p‰ginas de


nuestra agenda de bolsillo. Por ejemplo, usted tenˆa ciertos
disgustillos con Perkins, el hombre de las cejas blancas. Sus
chicos estaban hartos de que usted les arruinara los golpes. Por
pura afici€n, por mortificarlos, usted los asaltaba despu•s de los
asaltos y les quitaba el botˆn. ‡Lo atrapaba para usted? Nada de
eso, Leigh. Lo devolvˆa a las autoridades y luego hacˆa muecas
burlonas a los de Perkins cuando se los echaba a la cara. Usted se
carg€ a varios de ellos.

—Me estoy aburriendo, Mitch.

—Lo mismo ocurri€ con Morris, Jub y Ed. Tambi•n los


fastidiaba de lo lindo. Ellos le buscaban por todos lados pero
siempre los burl€.

—Todo eso lo s•, Mitch.


El tipo sonri€ volviendo a mostrar el detestable espect‰culo de
sus dientes a la miseria.

—Esta relaci€n es como esas im‰genes que pasan fugaces por


la mente de los moribundos. Recuerdan las cosas m‰s
prominentes de su vida.

—Ya. Usted quiere decir que voy a morir.

—En esta hermosa habitaci€n con vistas a un principal


callej€n de Crow Hull.

Eva se movˆa llena de impaciencia.

—Me voy —dijo entre dientes—. Y vosotros pod•is iros al


diablo.

Mitch la atrap€ por la mu‚eca.

— ‡Qu• prisa tienes, peque‚a? Ya hemos hablado de


divertirnos un poco los tres.

— ‡Con Leigh patas arriba?

—Tambi•n hablamos de que lo meteremos bajo la cama para


evitar el mal efecto.

—Suelta Mitch.

—Ande, d•jela, Mitch —intervino Leigh—. La muchacha no


est‰ vacunada contra la ti‚a y usted la toca demasiado.

— ‡Eh?

El rechoncho Tab lanz€ una imprecaci€n entre dientes.


—Te insult€ Mitch. Y eso no se lo hacen a un amigo mˆo ante
mis narices. Bueno, se acab€ Jim Leigh, el hombre que se los
comˆa crudos.

Eva forceje€ para librarse de la zarpa de Mitch porque tuvo


miedo de que se escapara alg†n plomo y le tocara sin n†mero.

Mitch la zarande€ un poco y entonces ella se interpuso entre


Jim y los pistoleros.

Era lo que estaba pidiendo Jim al cielo desde hacˆa rato.

Lo que hizo fue sallar sobre el somier.

Y son€ la primera andanada.

Mitch maldecˆa porque pretendˆa apartar a la chica y ensartar a


Jim, todo al mismo tiempo.

De repente, un pu‚o se encontr€ en su cara.

El chasquido son€ a coro con un estruendo del rev€lver del


rechoncho.

Mitch salt€ atr‰s, rebot€ contra la pared y perdi€ el ‹ColtŒ en


el viaje.

Jim pudo inclinarse, tomar el arma y darle al rechoncho lo que


se merecˆa.

Pero interrumpi€ el movimiento de la mano recordando la


cl‰usula del testamento.

Por eso lanz€ un patad€n al vientre del rollizo.


Este dio un brinco de rana. Incluso se puso a croar mientras su
rostro adquirˆa un feo color de batracio de laguna.

Como estaba la mar de desagradable, Jim lo sac€ de escena


con un simple derechazo que son€ a petardo.

El regordete sali€ por la ventana.

Jim se revolvi€ y lanz€ el pu‚o casi a ciegas.

Pero encontr€ otra cara.

Era la de Mitch que ya gateaba para recuperar el arma.

Mitch dio el salto de la pantera y sali€ a trav•s de la puerta.

Eva se puso a chillar desaforadamente cuando se cercior€ de


que todo aquello no era una broma.

Lo que m‰s la impresion€ fue Jim Leigh cuando le dirigi€ una


frˆa sonrisa.

—Ha llegado la hora de contarnos las penas, preciosidad.

—No.

—De modo que me tragu• el anzuelo y todo, ‡eh?

— ŠEllos me obligaron! ŠMe obligaron! ŠMe amenazaron!

Jim se rasc€ la cabeza.

—Demonios, eso lo he escuchado en un mont€n de dramas, en


los teatros de tercera categorˆa.

—Es cierto, se‚or Leigh.


Jim la tom€ por la mu‚eca y trat€ de ponerse amenazador.

— ‡Qui•n mont€ todo esto? Por †ltima vez, Eva.

Ella se derrumb€ de pronto en brazos de Jim y se puso a llorar.

—Fue Magde Blesson. Ella lo plane€ todo.

—‡Magde Blesson? ‡Qui•n diablos es?

Eva seguˆa abrazada y de pronto alz€ el rostro sonriente.

—Pong‰monos c€modos y te lo contar•.

—Te creer• por segunda vez.

—Adem‰s me duele el tobillo, ahora de verdad.

—Del tobillo me encargo yo —dijo Jim.

Y seguidamente encaj€ como pudo la puerta y se dispuso a


que Eva le hiciera confidencias.

CAPITULO IX

Magde Blesson estaba tendida en un sof‰, la cabeza en un


almohad€n, los ojos semicerrados.

Al Talbot, su esbirro, le hacˆa aire con un abanico


confeccionado con plumas de avestruz.

—No tan de prisa, Al —murmur€ Magde—. Deja que llegue a


mis pulmones cada r‰faga...

—Sˆ, jefe.
—Al, estoy volviendo a mi infancia.

—Darˆa cualquier cosa por encontrarme otra vez a Sam... ‡Me


oyes, Al?

—Sˆ, jefe.

—Tenˆas que haberlo visto con su traje y su sombrero nuevo


hace unos cuantos a‚os... Qu• buen mozo. Hombres como •l
abundan muy poco.

—Hablando de hombres extraordinarios, he oˆdo decir que ese


Jim Leigh es un tipo digno de tener en cuenta.

— ‡Qu• es lo que ha hecho?...

—Usted lo sabe tan bien como yo.

—Correr como una liebre cada vez que le envˆan una bala.

—Pero hasta ahora se libr€ de ellas.

—No se librar‰ de los plomos que le envˆen nuestros queridos


amigos Mitch y Tab.

De repente les lleg€ una voz de la puerta.

—Apuesto a que Jim Leigh se libra de los dos.

Magde dio un respingo y se incorpor€ ligeramente sobre el


sof‰ mirando hacia la puerta.

Al dej€ de abanicarla y mir€ en la misma direcci€n.

En el hueco habˆa un hombre joven que sonreˆa con los labios


y con los ojos.
— ‡No ley€ el cartel de la puerta? —dijo Magde—. Mi oficina
s€lo est‰ abierta de seis a ocho. Ahora son las cuatro y media.
Estoy durmiendo la siesta.

—Entonces despierte, Magde. Soy Jim Leigh.

Magde y Al permanecieron inm€viles como arenques.

Jim Leigh cerr€ la puerta y se adelant€ siempre sonriente hacia


el sof‰.

—Al —dijo Magde casi sin mover los labios—. Sac†dele a


este mequetrefe un pu‚etazo y emp€tralo en la secci€n de
Asuntos Varios. Me ocupar• de •l a las cinco y media, despu•s
que resuelva las reclamaciones de esos tipos que hicieron
donaci€n de sus terrenos para el nuevo hospital.

—Sˆ, jefe. Ahora mismo.

—Date prisa. Tengo que dormir.

Al dej€ caer el abanico y se enderez€.

Jim estaba frente a •l y ni siquiera habˆa levantado los brazos.

—Ser‰ como pegarle a un mu‚eco, patr€n —dijo Al y envi€ su


pu‚o derecho.

Jim dio un r‰pido salto y Talbot, al golpear en el vacˆo,


adquiri€ una terrible velocidad vendo a parar cerca de la puerta.

Jim fue tras de •l y cuando Al se volvˆa le solt€ un zurdazo en


el ment€n.

Talbot lanz€ un aullido y vol€ hacia el archivo.


Obedeci€ ciegamente la ley de la gravedad y se derrumb€
estrellando la cabeza contra un caj€n que, por un descuido, habˆa
quedado mal cerrado.

Bizque€ con los ojos v finalmente se despatarr€ quedando


inerte.

Jim se volvi€ palme‰ndose las manos.

—Magde, hubo un peque‚o error que usted sabr‰ disculpar...


Talbot no le servir‰ como se‚al para la secci€n de Asuntos
Varios. Calcul€ mal la distancia y fue a parar a la secci€n de
Robos y Asesinatos.

Magde mir€ a su visitante con la boca abierta, como si fuese


un fantasma.

— ‡C€mo lo ha hecho, se‚or l.eigh?

—Igual que siempre. Yo pongo los pu‚os y ellos hacen lo


dem‰s.

—Se‚or Leigh, voy a contar hasta cinco y, si para entonces no


se ha marchado, lo denunciar• al sheriff.

— ‡En qu• va a basar la denuncia?

—Violaci€n de domicilio.

—Oh, se‚ora Blesson, olvid• por un momento que trataba con


una dama fiel cumplidora de las leyes...

—Ya est‰ tardando demasiado en borrar sus huellas de este


apartamiento.
Jim se lleg€ junto a ella y le apunt€ a la cara con el dedo
ˆndice.

—Magde, usted es algo revoltosa.

— ‡A d€nde quiere ir a parar?

—Me envi€ dos fulanos para que me hiciesen una operaci€n


de ap•ndice con plomo candente.

—No s• nada de eso.

—Usted no es la mitad de lista que cree ser, Magde, y, por si


lo olvida, escuch• lo que decˆa a su esbirro con respecto a mˆ. Los
tipos son Mitch y Tab.

—Sigo sin saber a qu• se refiere —insisti€ ella con terquedad.

—Muy bien Magde. No vamos a discutir por eso. Si usted


fuese un hombre, la colgarˆa por las orejas de la l‰mpara a pesar
de sus ciento cincuenta kilos de peso.

—Ciento diez. —Le rectific€ Magde.

—Ciento cincuenta, porque le hubiese atado a los tobillos la


estatua de bronce que descubrˆ en la antesala.

—Usted es un salvaje, se‚or Leigh.

—No vine aquˆ a decirle lindezas a cambio de las suyas,


Magde. S€lo me llegu• para advertirle que me deje en paz. A la
pr€xima vez que me envˆe matones, no la salvar‰ su sexo ni sus
kilos. —Le palme€ en la paletina—. H‰game caso, Magde.
Dedˆquese a sus trapicheos y olvˆdese de que existo.
Magde estaba llena de furia y asombrada.

Jim se agach€, tom€ el abanico de plumas de avestruz del


suelo y lo puso en la mano de la mujer.

—Si se da aire con un poco de prisa, es posible que no se


desmaye.

Seguidamente, Jim Leigh dio media vuelta y sali€ de la


estancia.

Cuando la puerta se hubo cerrado, Magde se dej€ caer en el


almohad€n.

— ŠAl! ŠEl frasco de sales !

Al Talbot recuper€ el conocimiento y se levant€ aturdido.

— ‡Qu• ha pasado?

—Imb•cil, ‡es que no te acuerdas?..

—So‚• que un tipo me zumbaba.

—No fue un sue‚o, est†pido, sino realidad. Jim Leigh se lleg€


aquˆ y te dej€ fuera de combate. Lo peor de todo es que lo
consigui€ con un solo golpe.

Talbot se toc€ el maxilar inferior.

—Jefe, usted dir‰ lo que quiera, pero ahora lo recuerdo y tuve


la impresi€n de que me coceaba una muˆa.

Magde alarg€ la mano y atrap€ por el cuello a su subordinado.

—Cuidado, jefe, que me estrangula.


—Es lo que deberˆa hacer contigo por no haberme defendido
como es tu deber, Al.

— ‡Se da cuenta de lo que le dije, jefe? Jim Leigh se libr€


tambi•n de Mitch y de Tab... Y si ellos, que son unos asesinos
profesionales, no pudieron con Leigh, ‡qu• querˆa que hiciese
yo?...

—Te voy a arrancar la piel, Al... Eso es lo que voy a hacer


contigo. Fuiste t† quien me trajiste a Mitch y a Tab y han
resultado dos desgraciados.

—Ya trabajaron para usted en un par de ocasiones y qued€


muy satisfecha... Usted misma los felicit€ personalmente.

—Cierra el pico, Al, o te lo cierro yo.

—Sˆ, jefe.

—Vete a traerme un whisky, pero que sea doble. Lo necesito.

Al corri€ a la habitaci€n cercana y al poco rato regres€ con el


vaso de whisky,

Magde se habˆa sentado en el sof‰.

Estaba bebiendo un trago cuando la puerta se abri€ de golpe.

Talbot estaba de espaldas y lanz€ un grito porque pens€ que se


trataba de Jim Leigh que regresaba.

Pero Magde vio al visitante porque se encontraba frente al


hueco y sinti€ que el coraz€n le galopaba dentro de su pecho.

— ŠSam! —exclam€—. ŠSam Cravenor!...


El administrador de ‹El Arco y la FlechaŒ sonri€ abriendo los
brazos.

—Vuelva, palomita.

Magde emiti€ extra‚os sonidos por la boca, semejantes al


cloqueo de una gallina, y trat€ de correr.

Sam arrug€ el ce‚o.

—Infiernos, Magde, pero cu‰nto has engordado...

—S€lo cuarenta kilos, Sam... Te lo juro.

Fueron al encuentro uno del otro y abraz‰ronse.

—Sam deja que te vea... Demonios, el tiempo no pasa para ti...


Sigues siendo el mismo buen mozo que yo conocˆ... Eres un
pillastre, siempre has debido darte buena vida... ‡Verdad que es
eso?

—No puedo negarlo, Magde, pero el futura ha de ser mucho


mejor.

Burton Shesman, el capataz, carraspe€ desde la puerta.

—Ah, entra Burton —dijo Magde y a continuaci€n hizo las


presentaciones—. Burton es un estupendo colaborador, Magde...
‡Sabes lo que le decˆa durante el viaje?... Que cuando lleg‰semos
aquˆ nos darˆas una buena noticia con respecto al tipo que te
recomend•.

—Te refieres a Jim Leigh.


—Sˆ, desde luego. Asegur• a Burton que Jim Leigh debe llevar
muchas horas descansando el sue‚o eterno.

Magde baj€ la mirada al suelo, guardando un silencio.

Sam Cravenor arrug€ el ce‚o al no llegarle respuesta.

— ‡Qu• pasa, Magde?... ‡Me vas a decir que fracasaste?

—Sam, ‡tuviste noticia alguna vez de que Magde Bles-son


fracasase en alguna empresa?

—No, en ninguna, por eso me extra‚arˆa que ocurriese por


primera vez.

—No ocurrir‰.

—Eso quiere decir que Jim Leigh sigue vivo.

—Sˆ, pero por poco tiempo.

Burton carraspe€ llamando la atenci€n.

—Sam, creo que hemos enfocado mal este problema.

— ‡Qu• infiernos quieres decir? —rezong€ Cravenor.

—Hemos de olvidar a Jim Leigh.

— ‡Eh?

—En este asunto hay dos herederos, un hombre y una mujer.


Nosotros, instintivamente, hemos prestado atenci€n al hombre y
nos lo hemos querido cargar a las primeras de cambio... Confieso
que yo tambi•n me obsesion• con la idea de que Jim Leigh fuese
enviado al infierno cuanto antes, pero ahora me he percatado de
que estamos cometiendo la mayor de las tonterˆas... Cont•stame,
Sam, ‡qu• pasarˆa si Celinde Calvery no ganase el concurso
‹Robˆn HoodŒ?

Los ojos de Sam se iluminaron.

—Que ninguno de los dos podrˆa heredar. El rancho ‹El Arco


y la FlechaŒ pasarˆa a las asociaciones deportivas de arqueros y a
las entidades ben•ficas.

—Ahˆ lo tienes todo resuelto. La chica no gana y los dos


pierden la herencia. ‡Qu• infiernos nos importa a nosotros que
Jim Leigh siga vivo?... Adem‰s, ‡por qu• preocuparnos tamo de
•l si hay forajidos como hojas tiene una lechuga que van en su
b†squeda para carg‰rselo aprovechando que est‰ sin rev€lver?

Sam lanz€ una carcajada palmeando al capataz.

—Burton, ‡c€mo es posible que una cosa tan sencilla no la


hayamos visto a la primera?... ŠAl diablo con Jim Leigh! Ahora
de quien tenemos que ocuparnos es de Celinde Calvery. ŠElla no
ganar‰ ese concurso! ŠJuro que no!

CAPITULO X

Spencer O'Malley, el presidente del club de Arqueros de Crow


Hull, que patrocinaba el premio ‹Robin HoodŒ, se levant€.

Entre el p†blico, arqueros que iban a tomar parte en la


competici€n y espectadores que por centenares habˆan llegado
para no perderse el acontecimiento, se produjo un fuerte
cuchicheo.
—Amigos todos —dijo—; se va a iniciar el gran concurso
‹Robin HoodŒ, el de mayor prestigio en Texas y por tanto del
paˆs.

O'Malley levant€ la mano con aire modesto para acallar los


aplausos.

—Amigos, •ste es un gran dˆa para Crow Hull. Todos vosotros


lo sab•is... La fama de nuestra competici€n cada dˆa se difunde
m‰s. Llega hasta allende los mares... De Berna, Suiza, me ha
llegado una carta de un mec‰nico relojero interes‰ndose en el
concurso y aunque parezca increˆble, he recibido otra de un
presidiario que cumple condena a perpetuidad en Siberia por
orden del Zar.

Hubo nuevas risas que O'Malley esta vez cort€ con una voz
que se pareci€ al trueno.

—Pero este a‚o falta un hombre... sˆ, amigos mˆos. El hombre


a quien debemos esta maravillosa realidad. Sin •l no existirˆan los
clubs de Arqueros de Texas, sin •l no existirˆa el premio ‹Robin
HoodŒ... ŠEstoy hablando de Geoffrey Meredith Gussman Evans!

Estall€ una ovaci€n.

Cuatro nubes y un cuervo sobrevolaron la explanada.

O'Malley prosigui€:

—Este es el primer a‚o, Geo, que t† no est‰s aquˆ fˆsicamente.


Por eso quiero enviarte un mensaje, un mensaje que yo lanzo con
mi flecha, tensando mi arco para que te llegue cuanto antes y sin
ning†n tropiezo. El mensaje es el siguiente —hizo una pausa,
pero en sus manos no apareci€ arco ni flecha alguno. Hinch€ los
pulmones de aire y dijo—: Tus amigos no te olvidan.

Se produjo una fuerte ovaci€n.

El desastrado Elˆas Marcomb, uno de los m‰s entendidos en


arcos y flechas de Crow Hull, le peg€ un tiento a la botella y
code€ a su vecino, sin lijarse en •l:

—Al bueno de Geo le gustaba m‰s el whisky que los discursos


y ahora le est‰n soltando uno que lo va a volver loco...

Casualmente a quien habˆa pegado con el codo era a la se‚ora


Lucy Nelson, de la Liga Antialcoh€lica.

—Deberˆan avergonzarle esas palabras, se‚or Marcomb.

—Oh, perdone, duquesa... No sabˆa que estaba aquˆ.

—Todos los jueves lo estamos esperando, se‚or Marcomb.

— ‡Me est‰ dando una cita, se‚ora Nelson?

Ella levant€ la barbilla.

—Sˆ, en nuestro local de la Liga.

Elˆas le gui‚€ un ojo.

—Esa casa est‰ demasiado a la vista... ‡Qu• le parece el hotel


que hay al lado de la casa de ba‚os de Mc Ready?...

— ŠSe‚or Marcomb!... Yo soy una viuda... Una viuda como


deben ser las viudas.
Marcomb se dijo que la se‚ora Nelson era una mujer
estupenda con sus treinta y cinco a‚os, sus ojos en los que ardˆa
una chispa y su cuerpo escultural.

—Pi•nselo, se‚ora Nelson. Y cuando haya decidido


redimirme, p‰seme el aviso.

La se‚ora Nelson se abanic€ sofocada y dej€ de prestar


atenci€n a Elˆas para escuchar al se‚or O’Malley, quien, despu•s
de sus elocuentes palabras dedicadas al difunto Geo Evans,
anunci€:

—Va a comenzar el premio ‹Robin HoodŒ para arqueros


masculinos y femeninos... Todos ustedes saben que este concurso
consta de dos partes. En la primera se efect†a la selecci€n de los
competidores. Cada uno de ellos ha de disparar cuatro flechas
desde una distancia de veinte yardas. Todos aquellos que no
consigan un mˆnimo de 500 puntos ser‰n autom‰ticamente
eliminados. Una vez realizada esta prueba de selecci€n, los
concursantes pasar‰n a la segunda parte. Constar‰ de tres
ejercicios, lanzamiento de flechas a una distancia de treinta,
cuarenta y cincuenta yardas, respectivamente. En cada una de
ellas el concursante disparar‰ seis flechas. Al final de cada prueba
se har‰ una clasificaci€n que ir‰ variando seg†n la puntuaci€n
alcanzada... Se‚oras y caballeros, va a empezar la prueba de
selecci€n. Yo doy desde aquˆ las gracias a cuantos participan en
este magnˆfico concurso, a los forasteros, a los vecinos de Crow
Hull... y a todos les digo: ŠQue gane el mejor!

Una ovaci€n m‰s fuerte que las anteriores cerr€ el discurso de


Spencer O’Malley.
Elˆas Marcomb se sent€ a la sombra de su barril, detr‰s del
grupo de espectadores y le dio otro tiento a la botella.

Dos hombres hablaban a su espalda.

— ‡Cu‰l de ellas es, Slim?

—La del vestido verde...

— ŠDemonios, Slim! Es una mujer de campeonato.

—Por eso toma parte en •ste —dijo el llamado Slim y solt€


una carcajada.

Su compa‚ero lo core€.

— ‡D€nde le colocamos el dardo, Roger?

—Bueno, hay una parte de su cuerpo que sobresale del resto.

— ‡Por detr‰s o por delante?

—Por detr‰s.

—Sˆ, est‰ claro. No podemos fallar. La chica est‰ bien


acondicionada y no trajo polis€n para tener m‰s libertad de
movimientos.

—Canastos, apuesto a que tampoco lleva cors•... Ese vestido


verde es una segunda piel.

—No te encandiles, muchacho. Recuerda cu‰l es nuestra


obligaci€n.

—Sˆ, vamos.
Elˆas Marcomb asom€ la cabeza por el barril y vio a los dos
tipos que se alejaban. El uno era rubio. El otro pelirrojo.

Arrug€ el ce‚o porque no comprendˆa muy bien lo que iban a


hacer aquellos dos hombres, pero estaba claro que no serˆa nada
bueno.

Se puso de pie y desparram€ la mirada por los concursantes.


Ya habˆa empezado la prueba de selecci€n y el arquero que
dispar€ en aquel momento no toc€ diana.

Mir€ entre las mujeres que participaban en el concurso. Eran


cuatro y s€lo una de ellas exhibˆa un vestido verde. Justo aquella
joven, la sobrina de Geo Evans.

Al lado de Celinde se encontraba Jim Leigh, quien ahora


pregunt€:

— ‡C€mo est‰s de ‰nimos, Celinde?

—Un poco nerviosa... Siento un cosquilleo en el est€mago.

—Eso es porque desayunaste poco.

— ‡Crees que podˆa teniendo en cuenta la responsabilidad que


he de afrontar?...

—Bueno, nena, quiero decirte una cosa antes de que dispares


la primera flecha.

— ‡El qu•, Jim?

—S• que vas a hacer todo lo posible para ganar este premio,
pero hay gente muy buena... Est‰ ese Orsay, y, por si fuera poco,
esta ma‚ana a †ltima hora lleg€ un fulano desde California,
Danny Charles... Me han contado que ha ganado este a‚o seis
campeonatos de tiro con arco... De modo que no tienes que
preocuparte. Si no ganas, diremos adi€s a la herencia y se acab€.

La joven sacudi€ la cabeza en sentido afirmativo.

Habˆan pasado por la prueba de selecci€n diez concursantes,


de los cuales s€lo cuatro habˆan alcanzado la puntuaci€n exigida.

Le lleg€ el turno a una de las cuatro mujeres, una morena de


atractivo fˆsico que respondˆa al nombre de Yolanda. Los
espectadores enmudecieron cuando la muchacha sac€ la flecha de
su carcaj y tens€ el arco para disparar.

Puso en camino la flecha pero •sta pas€ muy lejos de la diana.

No obstante, los hombres aplaudieron dando lugar a fuertes


murmullos por parte de las mujeres.

Otros dos concursantes realizaron la prueba de selecci€n y


s€lo uno de ellos logr€ superar el puntaje mˆnimo.

Celinde se prepar€, ya que s€lo tenˆa delante un concursante.

—Animo, muchacha —le dijo Jim.

En aquel momento sinti€ que alguien lo tomaba por el brazo.


Al volverse vio que era Elˆas Marcomb.

—Se‚or Leigh, necesito hablar con usted.

—Muy bien, Elˆas. Espere a que act†e la se‚orita Calvery y en


seguida le dedicar• mi tiempo.
—Disculpe, se‚or Leigh, pero me temo que ser‰ mejor que me
atienda ahora.

En aquel momento el juez que tenˆa ante sˆ la lista de los


competidores pronunci€ el nombre.

— ŠSe‚orita Celinde Calvery!

Entre los asistentes al concurso deportivo se produjo una gran


expectaci€n.

—Lo siento, Elˆas —dijo Jim—, pero ahora no puedo hacer


nada por usted.

Elˆas Marcomb fue a replicar, pero en ese momento una mano


lo atrap€ por el cuello. La mano pertenecˆa al sheriff.

—Elˆas, ‡por qu• te has colado aquˆ? Ya te dije que te


autorizaba la entrada en el campo de tiro a cambio de que
estuvieses quieto entre los espectadores.

—No me amargue la existencia, sheriff. No me meto con


nadie.

Celinde dispar€ su primera flecha.

Dio en la diana, pero s€lo logr€ cincuenta puntos.

Eso la puso nerviosa.

Envi€ la segunda flecha y no toc€ el blanco.

Jim sinti€ que le flaqueaban las piernas. Con cincuenta puntos


y dos †nicas flechas para disparar. Celinde tenˆa muy pocas
probabilidades de pasar a la segunda parte de la prueba.
La joven tom€ punterˆa y dispar€ el tercer proyectil.

Esta vez consigui€ doscientos cincuenta puntos.

Leigh no se hizo muchas ilusiones.

Con la †ltima flecha debˆa conseguir un mˆnimo de doscientos


puntos para llegar a los quinientos.

La sobrina de Geo Evans se dispuso a disparar su †ltima


flecha.

Hizo unos movimientos con la mano izquierda y tens€ el arco.

De repente Celinde lanz€ un grito y casi al mismo tiempo su


flecha sali€ disparada. Pero se habˆa movido mucho porque
instintivamente habˆa llevado la mano a la cadera.

Los espectadores lanzaron una exclamaci€n.

La flecha de Celinde habˆa alcanzado el centro de la diana.


Quinientos puntos de una sola vez, con lo cual superaba con
mucho la mˆnima exigida.

Pero Celinde seguˆa gritando.

Jim se acerc€ r‰pidamente a la joven porque ya se habˆa dado


cuenta de que algo anormal habˆa ocurrido en el momento del
disparo.

— ŠAquˆ detr‰s, Jim!

Leigh llev€ su mano a la parte donde ella se referˆa.

— ŠCuidado! ŠUn momento! —dijo Jim y dio un tir€n.


La joven lanz€ otro grito.

Jim exhibi€ entre sus dedos un dardo de unas cinco pulgadas,


rematado por unas plumas de color gris.

—Dios mˆo —exclam€ Celinde—, ‡Qu• es eso?

—Un canalla quiso jug‰rnosla —Jim se volvi€ r‰pidamente y


se dirigi€ hacia donde habˆa visto a Elˆas Marcomb.

Pero ya no se encontraba allˆ. El sheriff se lo llevaba por entre


los espectadores.

— ŠEspere, sheriff! —dijo Jim.

El representante de la ley y Elˆas Marcomb se volvieron.

—Deje a Marcomb, sheriff —habl€ Leigh.

—Le voy a sacar de aquˆ.

— ‡Por qu• raz€n?

—Huele a whisky que apesta.

—No se preocupe, sheriff. Marcomb no molestar‰ a nadie. Yo


respondo por •l.

— ‡Es amigo suyo?

—Sˆ, se‚or. ‡Tiene algo en contra?

El sheriff fue a decir algo pero emiti€ un gru‚ido, dej€ libre a


Elˆas y se alej€.

—Gracias, se‚or Leigh —sonri€ Marcomb agradecido.


—Elˆas, ‡qu• querˆas decirme?

—Era respecto a dos tipos... Los oˆ hablar de que querˆan


hacerle algo a la se‚orita Calvery. S• que es ella porque se
refirieron a una concursante que llevaba un vestido verde.

— ‡Qu• dijeron?

—Bueno, el sheriff tiene raz€n con respecto al whisky. Bebˆ


un poco y no tengo mucha memoria para recordar lo que oˆ. Pero,
espere, hablaron algo de un dardo.

— ‡Viste a los tipos?

—Desde luego, uno era rubio y el otro pelirrojo.

— ‡Los reconocerˆas?

—Quiz‰ sˆ.

—Est‰ bien, Marcomb, empieza a mirar. Yo ir• detr‰s tuyo.

Marcomb hizo un gesto afirmativo y se puso en marcha.

El p†blico aplaudˆa con entusiasmo a la se‚orita Celinde


Calvery que, con su †ltimo disparo, habˆa logrado enjugar la
diferencia de puntos que le hacˆa falta para superar la prueba de
selecci€n.

De pronto Elias se detuvo y Jim lleg€ a su lado.

— ‡Ya les vistes?

—Sˆ.

— ‡D€nde est‰n?
—Son esos dos tipos que beben naranjada en el quiosco.

Jim vio al rubio y al pelirrojo. Mascullaban algo por lo bajo.

—Espera aquˆ, Marcomb.

—Cuidado, Leigh, son dos tipos muy fuertes. Le aventajan en


muchos kilos...

—Tambi•n me aventajan en otra cosa. En desverg•enza —


repuso Jim y ech€ a andar hacia la pareja.

—Buenos dˆas, caballeros —los salud€ con una sonrisa.

Los dos hombres lo miraron con seriedad.

— ‡Est‰ buena la naranjada? —pregunt€ Jim.

—Sˆ —repuso el pelirrojo—. Es una buena naranjada.

—No la beben como debe ser. Con pajita.

—Ya pedimos la pajita, pero no nos la dieron.

—En ese caso, saquen el canuto.

— ‡El canuto?... ‡A qu• canuto se refiere?

—A la cerbatana que utilizaron para disparar el dardo contra la


se‚orita Calverv.

Los dos fulanos hicieron un gesto de sorpresa.


CAPITULO XI

— ‡De qu• diablos habla? —dijo el pelirrojo.

El rubio levant€ una mano.

—Calla, Slim, esto es cuenta mˆa —hinch€ los pulmones de


aire—. Oiga, mˆster, debi€ aprender a no meterse con la gente.
Nosotros no tenemos ninguna cerbatana.

Jim hizo un movimiento r‰pido con la diestra y la introdujo en


el bolsillo del pelirrojo. Cuando la sac€ exhibi€ en ella una
cerbatana.

—Conque no, ‡eh? ‡Y qu• es esto?... ‡Se dedican a hacer


pompas de jab€n?

—Lo acert€... —repuso el rubio—. ‡Qu• pasa con eso?

—Son ustedes un par de puercos y van a hacer ahora una cosa


en mi obsequio. Romper• la cerbatana por la mitad y cada uno de
ustedes va a masticar y tragar su parte.

El rubio lanz€ una carcajada.

—Usted va a comer otra cosa, fulano... ŠPolvo!

Al tiempo que asˆ decˆa dispar€ la derecha.

Pero Jim estaba preparado y par€ el golpe con el antebrazo


replicando con la izquierda, que lleg€ limpiamente al maxilar
inferior de su antagonista.

El rubio se desplom€ y dio una vuelta de campana levantando


una ola de polvo.
El pelirrojo atac€ a Jim poniendo en marcha sus dos pu‚os.

Jim lo detuvo con un directo en el plexo solar y antes de que


su nuevo rival se repusiese, lo fulmin€ con un derechazo entre los
dos ojos.

Luego, sin perder tiempo, parti€ la cerbatana contra su muslo.

Acerc€se al rubio, que se levantaba aturdido y lo atrajo por el


cuello.

—A comer, rubiales —dijo y le meti€ la mitad de la cerbatana


en la boca.

El tipo fue a escupirla instintivamente, pero Jim le peg€ con la


palma de la mano en la boca.

—Mastica r‰pido, si no quieres que te ocurra algo peor.

El rubio se puso a darle a los dientes con celeridad.

Lo peor fue cuando lleg€ la hora de tragar el bocado.

Cerr€ los ojos e hizo un esfuerzo pero no pas€ la bola.

—Oiga, mˆster —dijo con la boca llena—. ‡No le da lo mismo


que coma un trozo de sebo?

—Si a las de tres no has echado eso al est€mago, lo tragas por


las malas.

El otro hizo un nuevo esfuerzo y por fin pudo pasar los restos
de la cerbatana.

Jim le solt€ un trallazo con la derecha, envi‰ndolo al suelo.


El pelirrojo todavˆa estaba consciente.

Un grupo de personas se habˆa detenido para contemplar la


escena.

Jim atrap€ al pelirrojo.

—Es tu turno, zanahoria. Lleg€ la hora del pienso.

El pelirrojo puso menos dificultades. Mastic€ sin detenerse y


trag€ el bocado en un suspiro.

—Demonios —exclam€ despu•s—. Si lo llego a saber hago la


cerbatana con ca‚a de az†car.

—Ahora dime qui•n les pag€ para hacer la faena.

—Magde Blesson.

—Gracias —dijo Jim y lo mand€ al polvo de un pu‚etazo.

Elˆas Marcomb se frot€ las manos sonriendo cuando Leigh se


lleg€ a su lado.

—Eh, Jim, es algo serio con los pu‚os. Pens• que lo iban a
convertir en picadillo.

—Soy yo quien va a convertir en picadillo a una persona.

— ‡A qui•n se refiere?

—A Magde Blesson.

—Infiernos... ‡Tiene que ver con el incidente?

—Fue la promotora.
—La vi antes en su palco. Es el n†mero 33.

—Gracias Marcomb. Voy all‰.

—Esto no me lo pierdo. Le acompa‚o.

Echaron a andar pero habˆan recorrido cinco yardas cuando


Jim se detuvo repentinamente.

—El palco n†mero 33 est‰ m‰s adelante Jim —dijo Elˆas.

Pero Leigh no se habˆa detenido porque hubiese confundido la


numeraci€n con respecto a los palcos. Lo habˆa hecho porque
acababa de ver a lo lejos a dos hombres.

Era justamente a los †nicos que hubiese deseado tener en


trescientas millas de distancia, mientras estuviese cumpliendo las
condiciones testamentarias de no portar rev€lver.

Y ellos tambi•n lo habˆan visto a •l.

Uno era John Gruber, apodado ‹El AsesinoŒ y el otro Bob


Berstein, ‹El TartamudoŒ.

—Elˆas, ap‰rtate.

— ‡Qu• pasa, Jim?

—Fuego.

— ‡En d€nde? —dijo Elˆas dando una vuelta sobre sˆ mismo.

Gruber y Berstein echaron a andar.


Gruber era alto, de piel muy oscura, siempre usaba
indumentaria f†nebre; camisa, pantalones y sombrero negros y
pa‚uelo morado al cuello.

Berstein era m‰s bajo. Le faltaba la oreja izquierda, resultado


de una broma que le gastaron mientras dormˆa en El Paso. El
bromista lo habˆa querido degollar, pero estaba demasiado
borracho para conseguirlo. Por ello, al fallar el golpe dio tiempo a
que Berstein se despertase y le metiese un par de balas en el
est€mago.

El hecho tuvo consecuencias jocosas porque Berstein meti€ su


oreja en alcohol y fue de pueblo en pueblo buscando un m•dico
para que se la pegase.

Pero al fin se dio por vencido y en Manzanillo decidi€ enterrar


la oreja en el cementerio local, para lo cual compr€ un ata†d de
dieciocho d€lares y a punta de rev€lver oblig€ a cuatro hombres a
que lo transportaran al camposanto.

Jim vigilaba a los dos hombres mientras se acercaban. Ni por


un momento pens€ en dar media vuelta y echar a correr. Gruber y
Berstein le hubiesen seguido la pista porque eran dos buenos
rastreadores.

‹El AsesinoŒ y ‹El TartamudoŒ se detuvieron a dos yardas de


Jim.

— ‡C€mo est‰s, Jim? —pregunt€ Gruber.

—Muy bien. ‡Y vosotros?

—Vamos tirando.
—Qu• coincidencias tiene el mundo —sonri€ Jim—. No sabˆa
que estuviesen por esta parte del paˆs...

—En realidad este encuentro casi es azaroso, Jim.

— ‡Sˆ?

—Este y yo pas‰bamos ayer por Los Mimbrales, camino de


Dallas. Nos detuvimos en la peluquerˆa para cortarnos la melena
y allˆ encontramos un peri€dico. En •l se hablaba de cierto tipo,
Jim Leigh, que recibˆa en herencia un rancho muy importante, a
condici€n de que estuviese tres dˆas pase‰ndose por el mundo sin
rev€lver... Pregunt• a •ste si el Jim al que se referˆa no serˆa Jim
Leigh que nosotros conocˆamos.

Jim baj€ la mirada hacia el costado, donde debˆa de tener el


‹ColtŒ.

—Ya lo veis, muchachos. Soy ese Jim Leigh.

Gruber prosigui€ hablando con la misma lentitud de antes,


tranquilo, reposado.

—Le dije a •ste que valdrˆa la pena llegarnos hasta aquˆ para
cerciorarse. No querˆamos perder la oportunidad de darte la
enhorabuena.

—Sois muy amables, chicos.

Gruber se rasc€ la nariz con el dedo ˆndice.

— ‡Qu• tal te ha ido sin el rev€lver, Jim?

—Muchos amigos se han apresurado a felicitarme y no


llegaron con las manos vacˆas... Me trajeron ramilletes de plomo.
Pero hasta ahora tuve suerte porque no me prendieron ninguno en
el pecho.

—Se lo he dicho a •ste muchas veces... Sˆ, Jim, le he dicho


que t† eras un tipo con m‰s lana que un tren ovejero.

—No me puedo quejar.

— ‡Sabes lo que me dijo •ste hace media hora?

—No, Gruber. No puedo saberlo.

—Este me dijo: ‹Oye, Gruber, lo que m‰s deseo en el mundo


es ver a Jim Leigh echando espumarajos por la bocaŒ.

—Si eso te dijo ‹El TartamudoŒ debi€ empezar decirlo hace


un par de dˆas.

El chiste fue acogido frˆamente por los dos forajidos.

Gruber se rasc€ otra vez la nariz.

—No deberˆas burlarte de •ste, Jim. Eso est‰ feo. Si es


tartamudo es porque el destino lo quiso.

—Sˆ, Gruber. El destino quiso que •se fuese tartamudo, pero


estoy seguro que lo que no quiso es que fuese un bastardo hijo de
perra, un incendiario que se divierte peg‰ndole luego a las
ancianas por la laida.

—Es su forma de matar el tiempo cuando est‰ aburrido.

—Podˆa pegarse fuego •l mismo.

Berstein abri€ la boca para decir algo y sus labios se


estremecieron.
Gruber le puso una mano en el hombro.

—No, Berstein, no digas nada. Tenemos prisa.

‹El TartamudoŒ le hizo una se‚al con los ojos.

—Oh, sˆ —prosigui€ Gruber—. S• lo que quieres decir, que


has estado con Jim Leigh y todavˆa no le has visto la espuma en
la boca... Eso lo arreglaremos f‰cilmente, Berstein... T† le
meter‰s una bala en las tripas y yo otra en el hˆgado. Es justo la
combinaci€n con la que las gl‰ndulas segregan m‰s burbujas.

— ‡Puedo pediros un favor? —dijo Jim.

Gruber hizo un gesto de sorpresa.

Luego sonri€.

Era la tercera vez que lo hacˆa desde que inici€ su carrera de


asesino. La †ltima vez que habˆa sonreˆdo fue el 4 de octubre de
1871, cuando un tipo que le habˆa prestado quince d€lares se los
pidi€ en la calle. En aquella ocasi€n •l le dijo a su acreedor:

—‹Muchacho, nunca prestes dinero. Corres el peligro de que


no te lo devuelvan.Œ

Y a continuaci€n le meti€ una bala en la cartera, que el otro


llevaba en el pecho, y agreg€:

—‹En paz, chicoŒ.

—Jim —dijo ahora todavˆa con la sonrisa a flor de labios—.


‡Quieres pedirnos un favor?

—Es lo que he dicho.


—Eh, Berstein, ‡est‰s seguro de que •ste es el Jim Leigh que
nosotros conocimos?...

Otra vez los labios del tartamudo se estremecieron.

—No, no lo digas —dijo Gruber y su compa‚ero cerr€ de


nuevo la boca.

Hubo una pausa y Gruber pregunt€:

— ‡Qu• quieres que hagamos por ti, Jim?

—Que llev•is un recuerdo mˆo a Lilian.

Lilian era la rubia que Jim le habˆa quitado a Gruber.

El f†nebre pistolero encaj€ el golpe porque se hinch€ una


venilla en su sien izquierda.

—No la nombres, Jim... No la nombres.

—Fui muy feliz con ella y es l€gico que en el †ltimo momento


nos acordemos de aquellos seres con quienes lo pasamos en
grande.

Gruber ya habˆa dejado de sonreˆr. Ahora las aletas de su nariz


vibraban. Su respiraci€n se iba haciendo cada vez m‰s fatigosa.
Era la ira que le corrˆa el pecho.

—S• d€nde est‰ Lilian, Jim. Hace seis meses se larg€ con un
buhonero a San Francisco. Ir• allˆ dentro de un par de semanas,
en cuanto Berstein y yo peguemos un golpe que nos rinda
dinero... ‡Y sabes lo que va a pasar allˆ en San Francisco?... Yo te
lo dir•. Obligar• a Lilian a que me limpie el polvo de las botas
con la lengua... Y eso s€lo ser‰ el comienzo porque luego tendr‰
que hacer un par de cosas extra.

—Qu• maravillosa muchacha... Recuerdo siempre su risa... La


mirada ardiente de sus ojos, su piel canela que siempre estaba
tibia...

— Š Calla, Jim !...

—He echado mucho de menos su arroz con leche... Todas las


ma‚anas, mientras estuve con ella en Wichita, me traˆa un plato a
la cama... Qu• mujer m‰s fant‰stica...

Gruber lanz€ un rugido al tiempo que tiraba del rev€lver.

CAPITULO XII

Jim Leigh no se estuvo quieto.

Salt€ sobre ‹El TartamudoŒ, que se demor€ un poco en sacar


el rev€lver.

Gruber estaba tan fuera de sˆ que no pudo detener el impulso


del dedo que habˆa arqueado en el gatillo.

Sonaron dos estampidos y otras tantas balas se pusieron en


camino.

Jim ya estaba detr‰s del ‹TartamudoŒ. Fue •ste quien recibi€


los plomos.

Todo estaba ocurriendo con una gran rapidez.


‹El TartamudoŒ empez€ a decir algo, pero se le hacˆa tarde
para morir y s€lo logr€ pronunciar la primera sˆlaba.

—Gru... Gru... Gru...

Indudablemente querˆa decir: ‹Gruber, ‡por qu• lo has


hecho?Œ

Jim empuj€ a Berstein con todas sus fuerzas sobre Gruber.

El f†nebre pistolero solt€ otro rugido al recibir sobre el pecho


el cad‰ver de su compinche.

Jim dio otra prueba de su agilidad.

Borde€ el cad‰ver y a Gruber, que parecˆa haber iniciado una


extra‚a danza, y golpe€ con el filo de la mano en el cuello de
Gruber.

Son€ un crujido y Gruber retrocedi€ perdiendo el rev€lver.

El cad‰ver del tartamudo cay€ al fin al suelo.

Gruber levant€ las manos pero las dej€ quietas, a la altura del
pecho. Su cara era una amapola. Su cuello empez€ a hincharse,
como si fuese de goma y alguien le estuviese soplando por un
agujero. Sus ojos se desorbitaron.

Se estaba ahogando.

De repente, se derrumb€ en el suelo y sus piernas se


estremecieron con el estertor de la muerte.

Finalmente qued€ inm€vil.


La gente habˆa empezado a correr al oˆr los primeros disparos,
pero, ahora, los m‰s cercanos al lugar donde se habˆa desarrollado
la escena estaban inm€viles, boquiabiertos.

El sheriff de Crow Hull Durrich Kantor lleg€ al galope y


relinch€.

— ŠEsto no lo consiento! Estamos en un concurso de arco y no


de tiro al pich€n.

Jim dio un suspiro de alivio despu•s de haber pasado por el


grave peligro.

—A prop€sito, sheriff, ‡me va a decir que •stos son dos


pichones?

— ‡Qui•nes son?

— ‡No los conoce usted?

El sheriff estaba aturdido pero ahora prest€ atenci€n a los


muertos.

Hizo un gesto de sorpresa se‚alando a Berstein.

— ‡No es ese ‹El TartamudoŒ?...

—Sˆ, sheriff.

—Infiernos, entonces el otro debe ser Gruber, John Gruber.

—Ha hecho diana dos veces, sheriff.

—No haga chistes, Jim, y dˆgame de una vez a qu• vinieron


aquˆ estos dos tipos.
—A por mi piel...

—Condenaci€n, Leigh, ‡por qu• se le ocurri€ llegarse a Crow


Hull mientras estuviese pendiente esa condici€n para heredar al
se‚or Evans?

—Tenˆa que ir a alg†n sitio, ‡verdad, sheriff?

—A eso me refiero, demonios. Pudo elegir cualquier otra


ciudad... Vea la que ha armado. Apuesto a que antes de que
termine el concurso ‹Robin HoodŒ, tendr• en el pueblo a toda la
cochambre de Texas.

—Usted no debe ser injusto, sheriff. El mismo problema


crearˆa a otro representante de la ley si me fuese a su pueblo.

—Usted quiere decir que me toc€ el premio de tenerlo en mi


ciudad y que conforme...

—Har• todo lo posible para que no haya muchos muertos.

—Muchacho, d•jeme que le diga una cosa. Usted est‰


chiflado... Si yo estuviese en su lugar, me esconderˆa en la cueva
m‰s profunda hasta que hubiesen pasado esos tres dˆas para
hincarle el diente a la herencia del viejo Geo Evans.

—Sheriff, para que yo herede, no s€lo he de cumplir la


condici€n que a mˆ se me impuso. Tambi•n la se‚orita Celinde ha
de cumplir la suya, y ya sabe cu‰l es, ganar el premio ‹Robin
HoodŒ.

—Bueno, eso tambi•n va a resultar un poco difˆcil porque se


han reunido muy buenos arqueros.
—No tendr• nada que oponer si alguien que no sea la se‚orita
Celinde gana el premio, siempre que lo haga con deportividad.
Pero, desgraciadamente, desde hace tiempo estoy oliendo a
podrido.

— ‡Qu• quiere decir?

—Que hay gente interesada en que Celinde no gane.

— ‡A d€nde quiere ir a parar, Jim?

Leigh mir€ hacia el palco 33 pero lo vio vacˆo.

—M‰s tarde le dar• noticias. Ahora le dejo para que se ocupe


de los dos fiambres.

Jim fue a echar a andar pero el sheriff se interpuso en su


camino.

—Leigh, si vuelvo a oˆr otro estampido, lo detendr•.

— ‡A mˆ, autoridad?

—Sˆ.

Jim le sonri€ mostrando la pistolera vacˆa.

—No uso armas.

—Me importa un r‰bano que tenga rev€lver o no. Cualquier


disparo que se haga estar‰ relacionado con usted... Lo tendr•
encerrado en una celda hasta que expire el plazo que se‚al€ el
se‚or Evans.

—No me gustarˆa que hiciese eso, sheriff.


—Ya le he dicho que lo har• velando por su integridad
personal, porque reine la paz durante la celebraci€n del concurso.

Jim mir€ a los ojos del sheriff y finalmente ech€ a andar hacia
el lugar adonde habˆa dejado a Celinde, uni•ndosele en seguida
Elias Marcomb.

—Caramba, Jim, esto se le est‰ poniendo cada vez m‰s feo...

—Confieso que es asˆ, Elias.

—‡Va a ir en busca de Magde Evans?

—Es lo que alguien quisiera. Seguro que me est‰n esperando


con una buena artillerˆa.

— ‡Usted cree?

—Ya le hice una visita anteriormente y Magde Blesson sabe


c€mo las gasto.

Celinde corri€ a su encuentro.

—Oh, Jim, me han dicho que intentaron asesinarte.

—No ocurri€ nada, salvo que dos tipos murieron.

Se habˆa reanudado el concurso.

En aquel momento Orsay se acerc€ a la joven mientras tensaba


el arco.

—Mi enhorabuena, se‚orita Celinde. Lo hizo muy bien.

—Gracias, se‚or Orsay.


El campe€n de Arqueros sonri€ mostrando su blanca
dentadura.

—Me acaban de decir que por ahora soy el favorito. Se


apuesta por mˆ en una proporci€n de tres a uno... Pero ‡sabe una
cosa, Celinde?... Cuando me den la copa de vencedor sentir•
mucho haberla tenido como enemiga.

—Es usted muy gentil, Michael.

Orsay habˆa elegido un traje especial para tomar parte en aquel


campeonato. Se cubrˆa con pantal€n blanco, camisa verde de
manga corta con un arco dibujado en el bolsillo y calzaba zapatos
de lona.

Orsay peg€ un taconazo, dirigi€ una sonrisa de soslayo a


Leigh y se dirigi€ al lugar donde los competidores estaban
realizando la prueba de selecci€n.

Jim tom€ del brazo a la joven.

—Qu• simp‰tico.

En aquel momento se produjo un clamor entre el p†blico. Por


el camino de carros entraba un vehˆculo que exhibˆa unos grandes
cartelones. ‹Danny Charles, el campe€n de Tiro al Arco de
CaliforniaŒ. ‹El mejor del mundoŒ. ‹Vengo a por una copa m‰s.Œ

La gente empez€ a aplaudir.

—Eh, —dijo Leigh—. Ese tipo se cree que est‰ en el circo...

Dos hombres iban en el pescante con jers•is blancos en cuya


parte delantera exhibˆan una gran ‹DŒ.
Cu‰ndo el tiro de dos caballos se hubo detenido, los fulanos
del jersey blanco saltaron al suelo y corrieron hacia la parte
trasera.

Uno de ellos se agach€ y dando un tir€n arm€ una escalera de


cuatro pelda‚os. El otro abri€ una puerta.

Se habˆa hecho un silencio absoluto, hasta el punto de que los


jueces del campo habˆan ordenado la suspensi€n de los ejercicios
que se estaban realizando.

En la puerta del carruaje reci•n llegado apareci€ un tipo alto,


rubio, que se cubrˆa con smoking y sombrero de copa.

Hubo un fuerte murmullo en el campo pero todos los sonidos


brotaban de las gargantas femeninas. Danny Charles era un tipo
muy guapo, de bigote rubio y ojos verdes.

Los dos fulanos del jersey blanco se habˆan provisto de sendos


tambores. Se pusieron a darle a los palillos y entonces el hombre
del smoking abri€ los brazos mientras sonreˆa a la multitud.

La mayorˆa de las mujeres se pusieron a aplaudir y casi todos


los maridos que habˆa en el campo, coaccionados por sus esposas,
aplaudieron tambi•n.

Spencer O'Malley, es un honor para mˆ y para Crow Hull que


usted haya decidido tomar parte en nuestro concurso... Imagino
que tendr‰ que ir al vestuario para cambiarse...

— ‡Se trata de la prueba de selecci€n? —inquiri€ Charles


mir‰ndose las u‚as de la mano derecha.

—Exactamente.
—En tal caso, si el reglamento no lo impide, tirar• tal como
estoy.

—Oh, no existe ning†n precepto en contra.

El p†blico aplaudi€ otra vez mientras Danny se dirigˆa al


campo de tiro en compa‚ˆa de O'Malley.

Los dos fulanos del jersey blanco ya habˆan abandonado los


tambores. Ahora uno de ellos llevaba media docena de arcos y el
otro se habˆa colgado al hombro cuatro carcajas.

Celinde solt€ un gemido.

—Oh, Jim, ese hombre respira confianza por lodos los poros...
Ha llegado aquˆ como si ya fuese el ganador.

—He conocido muchos fanfarrones a lo largo de mi vida,


nena. Y •ste me parece que es uno de los que encabezan la lista.
Vamos a ver lo que hace y entonces sabremos a qu• atenernos.

En aquel momento Michael Orsay iba a disparar su flecha.

Sus tiros resultaron magnˆficos. Alcanz€ una puntuaci€n de


900, sin hacer aparentemente esfuerzo.

Los dos hombres que dispararon a continuaci€n lo hicieron


mal y fueron eliminados.

El hombre que manejaba el embudo para amplificar la voz


anunci€:

—Ahora, se‚oras y caballeros, va a realizar su prueba el


famoso campe€n de California, Danny Charles, que por primera
vez interviene en el premio ‹Robin HoodŒ.
Estall€ una nueva ovaci€n y Danny salud€ con su sombrero de
copa, al cual dej€, con mucha calma, en una silla.

Luego camin€ hacia sus dos empleados que esperaban a pie


firme.

Dany Charles atrap€ un arco, lo tens€ un par de veces y


finalmente arrug€ la nariz y lo devolvi€ a su subordinado. Tom€
otro arco el cual prob€, corriendo la misma suerte que el anterior.

Todos los arcos eran especiales, de brillantes coloridos, con


magnˆficas tallas por los dos extremos, siendo lisos por el centro,
justo por donde debˆan ser utilizados.

Se oy€ otra vez la voz del gracioso que habˆa hablado cuando
lo de Yolanda.

—Eh, Charles —dijo—. Si no te gusta ninguno de tus arcos


aquˆ tienes algo con que tirar... ŠPˆdele al sheriff la liga de la
alcaldesa!

La salida del tipo fue coreada por grandes carcajadas.

El sheriff se movi€ culebreante por entre los espectadores.

— ‡Qui•n ha sido, maldito sea?... ŠLe voy a arrancar la


lengua!

Danny Charles se decidi€ por el cuarto arco pero ahora tenˆa


que elegir las flechas. En esta operaci€n invirti€ otros dos
minutos.

Finalmente se dirigi€ hacia el lugar desde donde debˆa realizar


sus disparos.
Un silencio impresionante se hizo sobre el campo de tiro.

Danny Charles envi€ su primera flecha.

Fue a clavarse justo en el centro de la diana.

La certera punterˆa del campe€n de California fue seguida de


una impresionante ovaci€n.

Dispar€ el segundo dardo.

Uno de los jueves anunci€:

—Ochocientos puntos en solo dos disparos.

Entonces Danny Charles se volvi€ hacia el se‚or O'Malley.

—Perdone, se‚or Presidente, pero no dormˆ bien la †ltima


noche y me encuentro algo cansado. Reh†so disparar las restantes
flechas puesto que ya he conseguido la puntuaci€n que se exige...

—Desde luego, se‚or Charles... Est‰ usted en su derecho —


dijo O'Malley respetuosamente.

Danny Charles dio una palmada y sus dos empleados se


acercaron a •l pegando botes. Uno de ellos tenˆa ya una toalla en
la mano, con la cual empez€ a enjugarle la cara por si habˆa
sudado.

El otro sac€ una botella que contenˆa un lˆquido blanco y


escanci€ en un vaso.

Danny Charles dijo:


—Es leche, se‚or O’Malley. Acostumbro a tomar un vaso
despu•s de cada exhibici€n —Charles levant€ el vaso brindando
por el p†blico y luego lo bebi€.

La gente seguˆa aplaudiendo mientras Charles se retiraba con


sus dos empleados hacia el carromato de los canelones.

Celinde Calvery sali€ de su asombro.

—Jim, ‡c€mo quieres que gane a ese hombre?... ŠResultar‰


imposible!

A Leigh se le habˆan anudado las tripas desde que Charles


lanz€ su primera flecha.

—Ese tipo me revienta.

—A mˆ tambi•n, pero hemos de admitir que es todo un


campe€n... No tengo la menor probabilidad de ganar, Jim...
Confi•salo. Darˆa lo mismo que me retirase de la prueba.

—No har‰s eso.

— ‡Por qu• no? Hay dos tiradores que son mejores que yo:
Orsay y Charles. Con un poco de suerte, s€lo quedar• tercera y
eso no servir‰ para cumplir la condici€n de mi tˆo... ‡Te das
cuenta, Jim? Es mejor que nos demos por vencidos.

—No. Celinde. No haremos tal cosa. Llegaste aquˆ sin saber lo


que era una flecha y un arco. Has conseguido superar todas las
dificultades y te has convertido en una buena tiradora.

—Pero no soy lo bastante buena como para ganar este


campeonato.
Celinde, en esta vida todo se consigue por la tenacidad.

—Pero hay cosas que est‰n fuera de nuestro alcance.

—Ninguna.

—Jim, t† me quieres infundir confianza, pero en este caso


concreto no sirve de nada.

—Muchacha, no me gustarˆa presionarte para que tomases


parte en el concurso. Eso serˆa tan malo como que abandonases
porque carecerˆas de la moral del que quiere vencer. Has de
superar este momento, Celinde. S• tan bien como t† que ser‰ muy
difˆcil que triunfes, pero al menos hay que luchar... Debes
hacerlo. No por ti ni por mˆ, sino por un deseo de superaci€n.

La joven apret€ los labios con firmeza.

—Est‰ bien, Jim... Seguir• en el concurso.

—Bravo, nena. Asˆ me gusta que seas.

La se‚ora de O’Malley lleg€ en aquel momento y se llev€ a la


joven consigo.

Jim y Elˆas quedaron uno al lado del otro.

— ‡Qu• probabilidades tiene Celinde? —pregunt€ Elias.

—Una entre un mill€n —contest€ Jim con voz l†gubre.


CAPITULO XIII

—Si no lo hubiese visto con mis propios ojos no lo habrˆa


creˆdo —decˆa Sam Cravenor.

—Valiente par de est†pidos —dijo Burton Shesman, capataz


de ‹El Arco y la FlechaŒ—. Dispararon el dardo cuando ya no
hacˆa taita. Celinde se habˆa puesto muy nerviosa y habrˆa fallado
tambi•n aquel disparo.

—Es la negra suerte —terci€ Magde Blesson—. El dardo que


esa nena recibi€ donde la espalda pierde su honesto nombre, s€lo
sirvi€ para enderezarla en todos los sentidos.

—No me gustan los chistes macabros... —rezong€ Sam.

Los tres habˆan abandonado el campo de tiro despu•s de la


actuaci€n de Celinde, y por ello no habˆan tenido ocasi€n de
conocer a Danny Charles.

—Lo peor es que esa muchacha es capaz de ganar —dio


Burton.

—No lo consentiremos —exclam€ Sam.

—Entonces hemos de echar mano a un par de asesinos para


que la quiten del medio.

—No est‰ mal pensado —asinti€ Cravenor.

—Muchachos, no hay que precipitarse —intervino de nuevo


Magde.

—El tiempo est‰ contra nosotros. El concurso no se puede


suspender. Hemos de actuar r‰pidamente si queremos evitar que
el rancho pase a poder de Celinde y Jim. Creo que la idea de
Burton es la mejor. Si Celinde se convierte en cad‰ver, no podr‰
nunca cumplir la condici€n de su tˆo.

—Pero habrˆa una investigaci€n y probablemente al sheriff no


le serˆa muy difˆcil llegar hasta vosotros... ‡Por qu• crear
complicaciones innecesarias cuando las cosas se pueden hacer sin
levantar sospechas?

— ‡Se te ha ocurrido algo, Magde?

—Sˆ.

El administrador y el capataz se detuvieron frente a la enorme


mujer.

—Habla de una vez, Magde —dijo Sam Cravenor—. No nos


tengas en vilo.

—Burton, hazme un favor, abre el tercer caj€n de mi mesa, el


de la izquierda. Encontrar‰s allˆ una peque‚a caja circular de
cart€n. Tr‰ela.

Burton hizo lo que se le pedˆa.

Cuando Magde tuvo en su poder la peque‚a caja, la abri€,


mostrando su contenido a los dos hombres.

Sam Cravenor y Burton Shesman vieron unas peque‚as


pˆldoras de color rosa.

— ‡Qu• es eso?

—Me las recet€ el doctor Kleint cuando fui hace seis meses a
Austiri.
—Ya entiendo, son para adelgazar, pero... ‡qu• tiene que ver
con Celinde?

—Estos comprimidos no son para adelgazar, Sam sino pata


dormir... A veces me desvelo, soy una mujer con muchos
problemas. Con una pˆldora tengo suficiente para dormirme en
media hora. Me quedo como un le‚o... Una vez me tom• dos y
estuve durmiendo trece horas seguidas.

—Que me maten si no adivino tu plan. Quieres que la chica


trague dos o tres pˆldoras.

—Exactamente. Y cuando eso haya ocurrido, ya puedes estar


seguro de que Celinde no podr‰ tomar parte en el concurso.

Sam se ech€ a reˆr.

—Caramba, no es mala idea. ‡Qu• te parece, Burton?

—Quiero que me hagan una prueba y entonces decidir•.

—Est‰ bien, Burton —asinti€ Magde—. Dile a Talbot que


entre. Est‰ en el corredor.

Poco despu•s Al Talbot entr€ en la estancia sonriendo a todos.

Magde le tenˆa preparado un vaso de whisky, donde habˆa


introducido dos comprimidos sonrosados que ya habˆan
terminado de disolverse.

—Talbot, quiero que te bebas eso. Es whisky.

—Infiernos, se‚ora Blesson, ‡qu• es lo que se celebra?

—Mi cumplea‚os.
—Pero, jefe, su cumplea‚os no es hasta dentro de cuatro
meses... ‡Es que no lo recuerda?

—No me discutas, Talbot. He decidido trasladar la fiesta a


hoy.

—Bueno, trat‰ndose de whisky, no le hago ascos, patrona.


Brindo por usted y porque siga cumpliendo muchos m‰s.

Talbot se ech€ al coleto el whisky de una sola vez y despu•s


de haberlo pasado por la garganta, sonri€.

—Jefe, se me ocurre una cosa. ‡Por qu• no celebramos ahora


su cumplea‚os del a‚o que viene?

De pronto Talbot se tambale€.

—Eh, ‡qu• es esto?

— ‡Qu• ocurre, Al? —pregunt€ Magde.

—Me ha entrado sue‚o de repente. ŠMi madre!... —Talbot dio


un bostezo y se restreg€ los ojos—. C‰nteme una nana, jefe...

—Te la va a cantar tu abuela, Al. Yo tengo mucho que hacer.

En aquel mamento Talbot se desplom€ en el suelo y qued€


inm€vil boca arriba, roncando como la m‰quina de un tren.

Sam se volvi€ hacia Burton.

— ‡Qu• dices ahora, capataz?

—Aprobado.

***
Danny Charles, campe€n de Arqueros de California, estaba
tendido sobre la cama.

Uno de sus cuidadores le masajeaba el est€mago mientras el


otro se dedicaba a los brazos.

—Muchachos, ‡qu• os pareci€ mi exhibici€n?

—Estuvo como nunca, jefe —dijo el m‰s viejo, que respondˆa


al nombre de Shell.

—L‰stima que no tenga enemigo en este concurso, aunque han


dicho que un tal Orsay es bueno —dijo el otro cuidador.

— ‡A qui•n te refieres, Mickey?

—Al que tir€ un poco antes que usted.

—No es malo, pero lo barrer• sin ninguna dificultad...

—Desde luego, se‚or Charles —dijo Shell—. Usted es el


primero, el †nico, el mejor.

—No hay aumento de sueldo, Shell.

Shell puso una cara compungida.

En aquel momento llamaron a la puerta y Mickey acudi€ a


abrir.

Uno de los empleados del hotel le entreg€ una carta diciendo:

—Es para el se‚or Charles.

—Gracias —dijo Mickey y se dispuso a cerrar la puerta.


—Eh, ‡no hay propina? —dijo el empleado.

Mickev tenˆa todavˆa un pegote de grasa en la mano derecha.


La puso en la mano del otro.

—Toma y alˆviate.

El empleado se refiri€ a un miembro de la familia de Mickey,


pero •ste no lo escuch€ porque ya habˆa cerrado la puerta.

— ‡Qu• pasa, Mickey? —pregunt€ Danny.

—Una carta —repuso Mickey olfateando la carta—. Y huele a


rosa...

—Una mujer —dijo Danny.

Shell gir€ en su torno.

— ‡D€nde est‰?

—No seas est†pido. Me referˆa a la carta. Tr‰ela, Mickey.

—Sˆ, jefe, ahora mismo.

Danny rasg€ el sobre y extrajo su contenido que oli€ tambi•n


con fruici€n.

—Me parece perfume barato, jefe —dijo Mickey.

— ‡T† qu• entiendes, est†pido?

—Mientras usted ganaba el concurso de ‘lamo Verde, tuve


relaciones con la criada del presidente del Club El Madero. Me
mand€ un par de cartas para citarme y olˆan a demonios...
—Eh, escuchad esto, muchachos —dijo Danny Charles—.
‹Se‚or Danny Charles: Hoy, cuando lo he visto aparecer en lo
alto del carromato, me pareci€ el dios Apolo. Baj€ por la escalera
con una aureola maravillosa y tuve la impresi€n de que dos
ninfas, una a cada lado, interpretaban para usted una marcha
triunfalŒ.

Shell interrumpi€ la lectura.

—Eso de las ninfas va por nosotros, Mickey.

—Me gustarˆa atrapar por el cuello a esa fulana. No consiento


que nadie se meta conmigo.

—Sois un par de imb•ciles —repuso Danny—. Deb•is tener


en cuenta que la chica est‰ enamorada. ‡Contin†o o la leo para mˆ
s€lo?

—Contin†e —dijo Shell, que seguˆa pensando en el aumento


de sueldo—. Ya sabe que todos sus triunfos los consideramos
nuestros.

Danny Charles carraspe€ y sigui€ leyendo:

—‹No me averg•enza confesarlo, se‚or Charles. Estoy loca


por usted. Cupido me hiri€ con sus flechas. Una de ellas me hizo
diana en el coraz€n. Sˆ, se‚or Charles. Tengo traspasado el pecho.
‡Serˆa mucho pedirle que venga a retirar el dardo de la herida?
‡Va a ser tan cruel que me va a dejar morir desangrada?
Agonizante, lo espero en la habitaci€n 23. Me muero. Me
muero... me mue...Œ No hay firma.

—Se muri€ sin darle tiempo a poner su nombre... —dijo


Mickey.
—A veces me pregunto por qu• eres tan tarugo, Mickey... ‡Es
que no lo has comprendido? Esta chica ha querido terminar su
carta dando la sensaci€n de que no puede vivir sin mˆ. Pero est‰
viva, en la habitaci€n 23.

Mickey bailote€.

—Entonces lo que usted quiere es que llamemos al doctor.

— ŠCalla, animal!

Danny se incorpor€ haciendo ejercicios respiratorios.

—Aquˆ el †nico doctor que puede poner buena a esa nena soy
yo.

— ‡Va a ir, jefe?

—Seguro, Ya sabes cu‰l es mi debilidad: las nenas que se


enamoran de mˆ.

—Pero, jefe, eso le va a quitar facultades... Ya sabe que


cuando estamos de concurso no debe hacer ciertas cosas.

—No necesito tus consejos, Mickey. S• muy bien controlarme.


Esa mujer podrˆa ser la m‰s hermosa del mundo y no lograrˆa de
mˆ un beso.

—Entonces, ‡a qu• diablos va, jefe? Yo, cuando asisto a un


banquete es para comer... Demonios, no podrˆa estar todo el
tiempo allˆ tiendo una buena pechuga y sin hincar el diente.

—Por eso t† eres un cualquiera y yo soy todo un campe€n...


Fuera discusiones, Mickey. Y tr‰eme el traje gris y la camisa
mexicana.
— ‡Llevar‰ la guitarra?

— ‡Qu• te parece a ti, Shell?

—De prisa, muchachos. Vestidme sin demora. Nunca me


gust€ hacer esperar a las damas.

***

Celinde mir€ la mesa que el mozo del hotel habˆa terminado


de arreglar.

—Espero que nada falle —dijo la joven.

El mozo hizo una reverencia.

—No se preocupe, se‚orita. Ser‰ servida como es norma en


esta casa. Quedar‰ satisfecha.

—Gracias, Paul —sonri€ Celinde y le alarg€ un billete de


cinco d€lares.

Celinde, que se cubrˆa con un vestido de noche con escote que


dejaba sus hombros al descubierto, acompa‚€ al mozo hasta la
puerta.

Justamente, cuando el mozo salˆa, lleg€ Jim.

—Hola, Celinde —dijo Leigh y fue a entrar, pero ella le puso


el brazo por delante.

— ‡Qu• querˆas, Jim?

—Estar un rato contigo y decirte que ma‚ana a las ocho se


celebra la primera prueba.
—Oh, eres muy amable. Y ahora buenas noches. Necesito
descansar.

—Eh, habˆa pensado estar un rato contigo...

—El caso es que tengo una fuerte jaqueca...

— ‡Te pones siempre de tiros largos cuando te duele la


cabeza?

La joven sonri€ nerviosamente.

—Oh, me habˆa puesto asˆ para recibirte, pero lo de la jaqueca


surgi€ despu•s.

Jim trat€ de mirar por encima del hombro hacia el interior de


la habitaci€n.

Celinde dio un suspiro por haber decidido que el mozo pusiese


la mesa para dos en un lugar que no podˆa ser visto desde donde
Jim se encontraba.

—Bueno, Jim, hasta ma‚ana, ‡eh?

—Est‰ bien, si t† lo quieres... Espero que descanses...

—Gracias, Jim, lo mismo digo.

La joven cerr€ la puerta y se apoy€ en ella.

Casi estuvo a punto de dar un grito al ver en la otra parte a un


tipo con sombrero mexicano que rasg€ la guitarra con que venˆa
armado y cant€ suavemente, mientras sonreˆa.

—Amor... amor... amor...


—Oh, qu• manera m‰s deliciosa de presentarse, se‚or Charles.

Danny Charles hizo sonar otra vez las cuerdas y se despoj€ del
sombrero.

— ‡Puedo pasar, mi moribunda amiga?

—Claro que sˆ, pase. El apartamento es suyo, la mesa es suya,


las sillas son suyas...

Danny entr€ y se detuvo agitando un dedo ante la cara de


Celinde.

— ‡Dice que todo es mˆo?... ‡Esa naricilla tambi•n?

—Eso no, se‚or Charles, sirve para sonarme.

—Egoˆsmo de las mujeres —dijo Danny y haciendo chasquear


los dedos se apart€ de ella.

Celinde sabˆa que Danny era petulante, teniendo en cuenta la


forma en que se habˆa presentado en el campo de tiro, pero nunca
pudo imaginar que la estupidez del californiano llegase a un
punto tan alto.

Pero tenˆa que hacerlo... Debˆa hacerlo si querˆa ganar el


concurso.

Danny se sent€ en el sof‰ y rasg€ las cuerdas de la guitarra.

—Amor..., amor..., amor... —repiti€.

Celinde le sonri€ y dijo alargando la mano hacia la mesa:

— ‡Comemos?
—Usted no puede comer.

— ‡Por qu• no?

—Usted est‰ enamorada de mˆ y las mujeres enamoradas


pierden el apetito.

—Oh, sˆ —se apresur€ a decir Celinde—. Es que estoy


aturdida... No tengo en absoluto hambre.

Sentˆa unos ruidos terribles en el est€mago. Se dijo que de


buena gana hubiese devorado una pata de cordero.

Llamaron suavemente a la puerta y entr€ el mozo.

— ‡Puedo servir ya la bebida, se‚orita?

—Sˆ, abra el champa‚a, Paul.

La botella ya habˆa sido abierta previamente por Paul, pero eso


no lo sabˆa Celinde. Paul habˆa recibido diez d€lares de un
hombre a cambio de comprometerse a servirle a Celinde,
mezclados en el agua o en cualquier otra cosa, cuatro
comprimidos de color rosa, que se disolvˆan r‰pidamente.

El tap€n de la botella produjo un peque‚o estampido

Paul dijo sonriente:

—Se le fue un poco el gas.

Luego sirvi€ las dos copas y Celinde le hizo una se‚al para
que se retirase.

Cuando ella y Danny volvieron a quedar solos, la joven dijo:


— ‡Bebemos, Charles?

—Todavˆa no tengo sed. Primero le cantar• una canci€n... ‡Es


que no le gusta mi voz?

—Oh, sˆ, es maravillosa... aterciopelada... Cante, Danny,


cante.

El plan de Celinde era emborrachar a Danny. Tenˆa una botella


de whisky escondida en su dormitorio para servirle despu•s del
champa‚a. Obligarˆa a Danny a quedarse allˆ hasta altas horas de
la madrugada y cuando estuviese suficientemente embriagado,
ella estarˆa satisfecha porque al dˆa siguiente Charles se
encontrarˆa en muy malas condiciones para tirar con el arco.

CAPITULO XIV

Danny Charles termin€ de cantar su canci€n que llevaba por


tˆtulo: ‹Ay, ni‚a, no me digas esas cosas cuando vas por agua a la
fuenteŒ.

Celinde se puso a aplaudir.

—Oh, Danny, ha estado usted estupendo.

—Ahˆ va otra...

—Oh, no, Charles, debe tener sed...

—Creo que no la tengo.

—Da la impresi€n de que tiene los labios cortados. Ha cantado


con tanto calor que se los cort€.
En ese momento se abri€ la puerta y entr€ en el departamento
Michael Orsay.

—Me parece que llego tarde.

Celinde mir€ sorprendida a Orsay.

— ‡Usted aquˆ?

—Perdone, Celinde, pero deseaba hacerle un par de


preguntas...

—Oh, cu‰nto lo siento, pero usted ya comprender‰ que en este


momento no estoy para eso.

—Ya veo que Danny Charles sabe aprovechar sus ratos libres.

— ‡Celoso, Orsay?

—Quiero dejar las cosas bien sentadas, Charles. Yo la vi


primero.

—Pero ella me prefiri€ a mˆ, con lo cual demuestra tener muy


buen gusto.

—Usted es s€lo un fanfarr€n.

—Y usted un grosero.

— ‡Qu• dice?... ‡Yo un grosero?...

—Exactamente. Ha irrumpido en esta habitaci€n sin anunciar


su presencia.

Celinde trataba de intervenir en aquel di‰logo pero no la


dejaban.
Danny se puso de pie, esgrimiendo la guitarra.

—Orsay, no consiento que nadie se cruce en mi camino.


Quiero que sepa de una vez por todas que Celinde de est‰ loca
por mˆ.

—Eso lo ha so‚ado usted —repuso Orsay.

Charles sonri€ jactanciosamente, ense‚ando su blanca


dentadura.

—Celinde, ‡tendrˆa inconveniente en repetir a este caballero


alguna de las frases que escribi€ en su carta?

—Oh, sˆ, con mucho gusto. ‹Usted es una ninfa con dos
Apolos, uno a cada lado, tocando el tamborŒ.

Michael Orsay solt€ una carcajada y se puso a aplaudir.

—Muy bien.

Danny estaba rojo.

—Se ha equivocado, Celinde.

—Oh, perdone, estoy un poco nerviosa... Nunca me entendˆ


con dos hombres al mismo tiempo.

—Ya lo ha oˆdo, Orsay —dijo Danny—. Tome n†mero.

Se abri€ bruscamente la puerta y Jim Leigh entr€.

—Buenas noches. ‡Estorbo?

Lleg€ ante Celinde, la tom€ por la cintura y la bes€ en la boca.


—Hola, querida. Est‰s muy bonita.

—Eh, usted, no tiene derecho a besarla —dijo Danny Charles.

—Apl‰quese, amigo. Por mucho que diga, no lo besar• a


usted.

— ‡Eh?

—Estaba muy guapo usted con su smoking, su capa, sus


gorilas amaestrados con jersey blanco y sus tamborcitos, pero
ahora se va a largar de aquˆ, si no quiere que le pegue un sacud€n.

Danny levant€ la barbilla.

—Celinde, estoy terriblemente conturbado...

—B†squese un desconturbador —dijo Jim—. Los venden a


cincuenta centavos en el almac•n general.

Celinde peg€ una patadita en el suelo.

— ŠJim!... No eres nadie para inmiscuirte en mi vida privada.

—Eh, nena, ‡qu• te pasa?

—Ya lo has oˆdo. Soy due‚a de mis actos y por lo tanto puedo
recibir en mi departamento a quien me plazca. De noche, de
madrugada o de dˆa.

—Admito que puedes hacerlo, pero debˆas citarlos de uno en


uno.

Michael Orsay solt€ una risita.

—Esto se pone bueno —dijo.


Se volvi€ hacia la mesa, atrap€ la copa de champa‚a que
estaba m‰s llena y bebi€.

Al verlo beber, Celinde lanz€ un grito.

Orsay se apart€ la copa de los labios, pero la habˆa bebido


entera.

— ‡Qu• le pasa, Celinde?

—Un mareo.

—Beba, beba un traguito y se le pasar‰ —dijo Danny Charles


atrapando la otra copa de champa‚a.

La joven se puso una mano en la boca.

—Oh, no, Danny, beba usted y me sentir‰ mejor.

—Eh, recuerde que la del mareo es usted —sonri€ Charles.

De repente, Orsay se tambale€.

—Diablos, ‡qu• me pasa?

—Lleg€ aquˆ borracho, ‡eh? —dijo Jim—. Deberˆa darle


verg•enza.

—Pero si no prob• el whisky —repuso Orsay tratando de


encontrar algo en que apoyarse.

Se dej€ caer al fin en un sill€n y larg€ un bostezo.

—Tengo un sue‚o feroz.

—Entonces, v‰yase a su departamento.


—H‰game un favor, Jim. D•jeme en paz.

Orsay alarg€ las piernas, cruz€ los brazos sobre el pecho y se


durmi€.

Jim entorn€ los ojos. Una idea habˆa cruzado por su mente.
‡C€mo no lo habˆa pensado antes? Celinde habˆa llevado allˆ a
aquellos dos hombres para darles un somnˆfero. Ya habˆa caˆdo
Orsay y ahora estaba claro que la joven harˆa lo posible para que
Danny picase el anzuelo.

—Amigo Charles —dijo—, me acabo de dar cuenta de que no


debo ser un obst‰culo a un hombre y una mujer enamorados. Yo
s• perder como el que m‰s... —se dirigi€ hacia la mesa y atrap€
la botella—, Danny, brindemos por usted, por Celinde y por lo
que venga despu•s.

— ‡Va a venir m‰s gente?

—No, hombre —Jim le gui‚€ un ojo—. Ya sabe...

—Claro, claro, desde luego...

— ŠHala, a beber!

Jim levant€ la botella y Danny su copa.

Pero de pronto el californiano sacudi€ la cabeza en sentido


negativo y dej€ la copa en la mesa.

— ‡Qu• le pasa, Danny? —pregunt€ Jim.

—No debo hacer esto. El alcohol siempre resulta malo para un


deportista.
—Pero si esto casi no contiene alcohol... Es un champa‚a muy
flojo...

—Esa es otra raz€n para que no beba. Danny Charles, el


campe€n de tiro al arco, s€lo bebe lo mejor.

Jim apret€ los dientes.

—Hombre, no debe ser asˆ, lo tiene todo; juventud, belleza y


una joven que sue‚a con usted a toda hora...

—Tengo que pensarlo.

— ‡Qu• es lo que tiene que pensar?

—Mi madre me tiene dicho que tenga cuidado con las


mujeres. Soy un hombre muy atractivo y me asedian por todas
partes. Mi madre ya rechaz€ a seis que quisieron casarse
conmigo... Le escribir• ma‚ana cont‰ndole lo de Celinde... Si ella
lo aprueba, vendr• a tu lado otra vez, Celinde. Te lo prometo.

— ‡Con o sin guitarra?

—Traer• conmigo a seis hombres.

Jim tosi€.

—Danny, es usted muy abus€n.

—Es el mariachi de Carmelo Due. Mientras ellos cantan, yo


trepar• por la ventana... Adi€s, Celinde, ya parto...

— ‡Se va de viaje, Danny?... Oh, dˆgame que va a consultar


con su madre.
—Partir• en cuanto me haya proclamado campe€n de concurso
—Danny tir€ un beso al aire, atrap€ la guitarra y ech€ a correr
hacia la puerta. Al llegar allˆ se detuvo, peg€ un manotazo a las
cuerdas y dijo—: Amor... amor... amor...

Celinde y Jim estaban inm€viles como estatuas mirando la


puerta que se habˆa cerrado tras el californiano.

— ‡Habr‰ una mujer que lo pueda soportar? —dijo Celinde.

—Su mam‰ —contest€ Jim.

La joven dio un suspiro y se dej€ caer en el sof‰.

Jim dirigi€ una mirada al durmiente.

—Bueno, al menos te dio resultado con uno.

— ‡Qu• quieres decir?

Jim se‚al€ a Orsay.

—Fue buena esa idea de dormirlo.

Celinde parpade€.

— ‡De qu• est‰s hablando, Jim?

—Creo que te excediste en las pastillas que le metiste al


champa‚a. Orsay cay€ como una res apuntillada.

La joven se qued€ con la boca abierta.

—Jim, ‡pero t† crees que yo he hecho eso?


—Nena, no necesitas andar con rodeos... Estamos siendo
vˆctimas de una confabulaci€n y t† has decidido utilizar tambi•n
alg†n procedimiento que no es muy legal.

—Jim, yo no metˆ ning†n narc€tico en el champa‚a.

— ‡Eh?'

—Puedes estar seguro.

—He olido la botella antes y conozco perfectamente los


somnˆferos. Trabaj• durante seis meses en Amarillo como
ayudante de un m•dico.

—Jim, es cierto que cit• a Danny Charles. Querˆa


emborracharlo, s€lo eso, pero no utilic• ninguna clase de
pastillas. Querˆa primero darle champa‚a y luego whisky.

Ahora el sorprendido fue Jim.

—Celinde, ‡est‰s segura de que no has metido nada en el


champa‚a?

— ‡C€mo no voy a estarlo?

— ‡Qui•n te sirvi€?

—Un mozo llamado Paul.

Jim oy€ un suave ruido tras la puerta.

Hizo se‚ales a Celinde para que callase y se aproxim€ de


puntillas a la pared.

Abri€ la puerta de golpe y el mozo llamado Paul se precipit€


en el interior del departamento, al faltarle el apoyo.
Jim cerr€ cuando el mozo se volvˆa.

—Perdone —dijo Paul, mirando alternativamente a Celinde y


Jim—, me llegu• aquˆ por si necesitaban algo...

— ‡Quiz‰ m‰s pastillas para dormir, Paul?

— ‡C€mo dice el se‚or?

—Lo sabes bien.

—Le aseguro que no le comprendo.

Jim atrap€ la botella de champa‚a y la alarg€ a Paul.

—Anda, debe, muchacho.

—Oh, no, gracias. No tengo ganas.

— ŠBebe, he dicho!

—La direcci€n prohˆbe a los criados beber con los clientes.

—No te preocupes. Aquˆ no hay nadie. Esto va a quedar entre


nosotros. Vas a beber un trago o te rompo la cabeza.

—Oiga, le aseguro que no me gusta el champa‚a —casi gimi€


el mozo.

—S€lo tienes una forma de evitar el trago. Que me digas antes


de que te marque la cara, qui•n te pag€ por servir esta botella de
champa‚a especial marca ‹El Sue‚oŒ.

—Oiga, tengo tres hijos...

—Y yo una tˆa en Kentucky que tiene una pata de palo.


—No habˆa ning†n peligro... Era un favor que le hacˆa a la
se‚orita... Tenˆa que dormirla...

—Todavˆa no has dicho el nombre del que te pag€. Su•ltalo


ya, Paul.

—Frank Greene.

— ‡Qui•n es Frank Greene?

—Un hombre que se gana la vida a salto de mata. Unos y otros


lo contratan para hacer trabajos de poca importancia.

— ‡Qui•n pag€ esta vez a Greene?

—No lo s•... Se lo juro.

—Debˆa darte un buen escarmiento. Paul.

—Disculpe, se‚or Leigh... Fueron diez d€lares. Yo los


necesitaba mucho.

—Anda, vete, no vaya a ser que inundes con tus l‰grimas la


habitaci€n.

Paul hizo una reverencia.

—Muy agradecido, se‚or Leigh...—se retir€ precipitadamente.

Jim se volvi€ hacia Celinde con una sonrisa ir€nica.

—Creˆ que habˆas sido t† y habˆan preparado el champa‚a


especial para ti.

—Oh, Jim, entonces no tengo ninguna responsabilidad de lo


que le ha ocurrido a Orsay.
—No, nena, pero habrˆa salido perfecto si de rebote la vˆctima
hubiese sido Danny Charles en lugar de Orsay.

—Tiene raz€n. Asˆ no hemos adelantado nada, ya que mi rival


m‰s peligroso es Charles... Todo se acab€... Oh, Jim, ya no queda
una sola esperanza de que gane el concurso...

—S€lo puedes confiar en tu punterˆa.

—Eso es absurdo, Jim. No podr• ganarle nunca a Charles.

La joven estaba consternada y Jim acudi€ a su lado y la enlaz€


por la cintura.

—Ya hemos hablado mucho de esto, Celinde, ‡y sabes una


cosa?... Me importa un r‰bano la herencia. Aunque me quede sin
un centavo de ella, tengo que dar las gracias a tu tˆo Geo.

— ‡Por qu•?

—S€lo gracias a •l he podido conocerte... Sˆ, nena... Nos


quedaremos sin la herencia, pero no debes de preocuparte.
Trabajar• para que nuestros hijos tengan un pedazo de pan que
llevarse a la boca.

—Jim, qu• hermosas palabras dices.

Los dos se apretaron fuertemente y unieron sus labios.

CAPITULO XV

Mac Orrin y Terry Bull salieron de la casa de departamentos


de Vilma Taldmage.
—Hola, muchacha —los salud€ Jim Leigh.

Los tres se volvieron de golpe y sonrieron nerviosos, sin saber


qu• decir. Al fin rompi€ el silencio Mac.

— ‡Todavˆa est‰ vivo, Jim? Oh, perd€n; no quise decir eso.

De modo que se metieron aquˆ y s€lo decidieron salir para


asistir a mi entierro.

Terry se golpe€ el pecho con el dedo.

—Yo soy un hombre incapaz de hacer tal cosa, Jim. He sido


vˆctima de la fiebre.

— ‡Su fiebre fue la del vestido azul, Terry?

—Exactamente... quise decir, no... ŠDemonios!... Me ha


atrapado. Espero que no se lo diga al juez Master.

—No se preocupen, muchachos. Sin la fiebre, las cosas no


hubiesen mejorado.

—Oˆmos decir que la se‚orita Celinde habˆa conseguido una


buena puntuaci€n en la primera prueba.

—Logr€ un cuarto puesto, pero el primero le aventaja mucho.

— ‡Qui•n es?

—Danny Charles, el californiano. Seg†n opini€n un‰nime, no


tiene enemigos.

— ‡Cu‰ndo va a ser la segunda prueba?


—Est‰ anunciada para dentro de quince minutos. Yo voy al
hotel por Celinde. Ser‰ mejor que ustedes no me acompa‚en. Me
dijo el sheriff hace un momento que hay mucha gentuza en la
ciudad y es posible que algunos de esos fulanos se hayan llegado
con la idea de enviarme al infierno.

—Bueno —dijo Mac—. No debe ofenderse Leigh, pero va


hacemos lo que est‰ en nuestra mano porque usted y Celinde
ganen la herencia.

Orrin toc€ con el codo a sus hermanos.

—Eh, chicos, en la calle de enfrente hay dos fulanos que no


me gustan nada.

Lo dijo en voz alta para que Jim tambi•n lo oyese. Jim mir€
hacia aquel lado y vio a dos tipos. Uno era rubio y el otro muy
feo. El rubio tenˆa un mondadientes en la boca y sonreˆa.

—Hola, Jim —dijo el rubio—. So‚• ayer que te morˆas.

Terry Bull dio un respingo.

—Eh, chicos, ser‰ mejor que nos apresuremos a ir al campo de


tiro o nos quitar‰n el sitio.

—Es una gran idea —asinti€ Mac.

Los tres hermanos echaron a andar dejando solo a Jim.

El rubio y el moreno estaban cruzando la calle. Se detuvieron


en el polvo, a unas yardas de Jim, que estaba inm€vil junto al
borde de la acera.
—Alan Kramer —dijo Leigh—. Me dijeron que estabas en
Oreg€n...

—Allˆ estuve pero me cans• de aquel trˆo y de tanto ‰rbol...


Este clima es m‰s saludable... ‡Conoces a Jesse McDonald?

—No. No lo habˆa visto hasta ahora, aunque me hablaron de


•l. Tira bien con la zurda.

—El mismo, Jim —Alan Kramer se pas€ el mondadientes de


un lado a otro de la boca—. Leimos la historia de esa herencia en
un diario...

—Se le ha dado mucha publicidad.

—T† debes estar loco, Jim. ‡Por qu• aceptaste? Sabes que no
llegar‰s a los tres dˆas, que te liquidar‰n sin remedio.

—Hasta ahora, duro.

—Me inform• en este pueblo de las aventuras que has corrido.


Todo ello demuestra que sigues siendo un tipo h‰bil, Jim, pero ya
sabes que la suerte termina por darnos la espalda y, entonces, se
acab€.

—Has tenido muy fil€sofo de Oreg€n, Alan.

—Pero no tengo dinero, y eso prueba la gran verdad de que la


filosofˆa est‰ re‚ida con los d€lares.

—S€lo te puedo prestar un par de pavos.

—McDonald y yo no nos llegamos aquˆ para pedir limosna.


—Siento haber herido tus sentimientos, pero no puedo hacer
m‰s por vosotros.

—Claro que puedes, Jim.

— ‡El qu•?

—Te vamos a echar una mano.

— ‡T†, Alan?

—Yo y Jesse McDonald.

—Podrˆas hacer un mal negocio, Alan.

—Eso va a ser cuenta nuestra.

— ‡Cu‰nto, Alan?

—Mil d€lares para Jesse y dos mil para mˆ si cobras la


herencia.

—Trato hecho.

La segunda prueba del concurso de tiro con arco ya se habˆa


realizado.

Celinde Calvery habˆa hecho un gran esfuerzo desbancando a


dos concursantes que le precedˆan en puntuaci€n, coloc‰ndose en
el segundo puesto.

Pero el primero seguˆa siendo Danny Charles, quien le llevaba


una ventaja de 250 puntos.

Las apuestas a favor de Danny habˆan aumentado


progresivamente. Ahora se pagaban diez a uno, especialmente
desde que se supo, al comienzo de la primera prueba, que
Michael Orsay no podˆa tomar parte en el concurso debido a que
estaba dormido como un le‚o. Lo habˆan tratado de reanimar con
duchas frˆas pero, apenas lo secaban, se volvˆa a dormir.

S€lo faltaba ahora la †ltima y decisiva prueba.

Jim estaba al lado de Celinde d‰ndole ‰nimos.

—Nena, todavˆa nos queda una oportunidad...

—Ni t† mismo apostarˆas una moneda de cincuenta centavos


por mˆ.

—Bueno, nunca se sabe.

—Hace un rato vi a los periodistas entrevistando a Danny


como si ya fuese el campe€n.

—Celinde, quedamos anoche en que el ganar no nos importaba


a ninguno de los dos.

—Pero Jim, ‡con qu• dinero nos vamos a casar?

—Con tus ahorros, naturalmente.

—Jim, yo no tengo ahorros.

—Demonios, ‡tambi•n me va a fallar la suerte por ese lado...?


‡Con qu• gato negro me habr• cruzado por el camino...?

Danny Charles, el ya casi flamante campe€n del concurso


‹Robˆn HoodŒ de Tiro al Arco, estaba tendido en un camastro en
el interior de su carromato.
Sus dos cuidadores, Shell y Mickev, echaban un vistazo a los
arcos y a las flechas.

Se abri€ la puerta de golpe y un hombre entr€ en el vehˆculo


con un rev€lver en la diestra.

Danny y sus dos empleados miraron al visitante con asombro.

— ‡Qui•n es usted? —pregunt€ Danny.

—Mi nombre es Alan Kramer y no vengo solo.

—Ya he visto, viene con un rev€lver.

—No me refiero a esto, sino a lo otro.

— ‡Qu• es lo otro?

—Mi hermana Chelo —Alan habl€ por comisura de la boca


hacia sus espaldas—. Pasa, cielito.

Se oyeron unos pesados pasos y entr€ una figura fantasmal. La


mujer en cuesti€n parecˆa ser muy alta y cubrˆa la cabeza con un
pa‚uelo que no dejaba ver su cara.

Danny arrug€ el ce‚o.

—Eh, oiga, se‚or Kramer, no entiendo una palabra de esto.

—Lo va a entender en seguida, se‚or Charles.

—Explˆquese.

—Usted estuvo en San Jacinto hace cosa de un a‚o.


—Sˆ, lo recuerdo —sonri€ Danny—, Tambi•n allˆ me llev• el
campeonato.

—Se llev€ algo m‰s que el campeonato. Se llev€ el coraz€n de


mi hermana.

— ‡Eh?... Si le hubiese robado el coraz€n a su hermana, no


continuarˆa viviendo.

—No hagas chistes, Danny.

—Hablaba en sentido po•tico.

—Mi hermana Chelo, conocida en toda la familia con el


nombre de Chelito, se enamor€ del gran campe€n Danny Charles,
‡qu• es lo que hizo •l?

— ‡Qu• es lo que hice yo?

—Usted se la llev€ al rˆo.

— ŠNo es cierto! ŠYo no me he llevado al rˆo a nadie! ŠNi


siquiera s• que en San Jacinto haya rˆo!

—No servir‰ de nada. Chelo me lo confes€ todo y usted se va


a casar con ella.

— ‡Que yo me voy a casar con su hermana?... ŠOh, no, de


ninguna manera!

Alan hizo un gesto feroz.

—Repˆtalo, amigo, y le meto una pˆldora.

—No, no lo repito.
—Gracias, querido hermano. —Alan se volvi€ hacia la figura
fantasmal—. ‡Ves, Chelo, como est‰ arreglado?... Te dije que
debˆas confiar en Alan... ’l lo arregla todo... Ahora ya puedes ver
a tu futuro marido, Chelo...

Alan tir€ del pa‚uelo e instant‰neamente Danny lanz€ un grito


de terror.

La supuesta hermana de Alan Kramer tenˆa una melena con


rizos que m‰s parecˆa un estropajo. Sus ojos eran bizcos y
asomaba por entre labios un par de dientes con los que se habrˆa
podido fabricar otras tantas bolas de billar.

—Querido Danny...

Charles dio un chillido y salt€ a los brazos del cuidador que


m‰s cercano tenˆa, Shell. Mir€ empavorecido a Alan.

—Oiga, se‚or Kramer, ‡es posible que eso hable?...

—Danny, una palabra m‰s de insulto a mi querida hermana y


le prometo que toda mi familia tendremos que guardarle luto a
usted... En estos momentos son las tres y media. Hay un tren que
sale de aquˆ a las cuatro y otro a las siete. Nos iremos en el de las
siete. Asˆ mi hermana y yo le daremos oportunidad para que se
proclame campe€n de este torneo... Y para que no se escape,
Chelo y yo nos iremos al lado de los jueces para echarle el guante
en cuanto termine. Quiero que usted y Chelo den la vuelta de
honor cogidos del brazo.

Danny Charles lanz€ un aullido.

— ŠMam‰, yo no he hecho nada malo...!


—D•jese de lloriquear, Danny. Ya est‰ advertido. Vamos,
cielito.

El espantap‰jaros de los ojos bizcos emiti€ un gru‚ido.

— ‡Quieres que Danny, te d• un beso?... —repuso Alan—.


No, hija, no. Luego podr‰s darle todos los que quieras.

Danny mir€ aquella cara aterrorizado.

Alan Kramer guard€ el rev€lver y empuj€ a su hermana fuera


del carro.

***

Jim Leigh se puso a aplaudir a Celinde cuando •sta dispar€ su


†ltima flecha. Habˆa conseguido una magnˆfica puntuaci€n. Tenˆa
el segundo puesto seguro, pero s€lo superaba al californiano en
doscientos puntos y Danny a†n tenˆa que disparar sus flechas.

Celinde acogi€ con una sonrisa las muestras de simpatˆa del


p†blico y acudi€ al lado de Jim.

—Ya termin€ la pesadilla. Quedar• segunda.

Jim se apret€ el puente de la nariz.

—Quiz‰ ocurra el milagro.

Los competidores habˆan intervenido en orden inverso a su


clasificaci€n. Asˆ, pues, el †nico que quedaba por realizar la
†ltima prueba del ejercicio del concurso era Danny Charles.

Los jueces miraron a un lado y otro en busca del californiano,


pero no estaba allˆ.
El hombre del altavoz anunci€:

—Por favor, Danny Charles, acuda al campo de tiro para


realizar su †ltima prueba... Busquen al se‚or Charles.

Algunos hombres se dirigieron hacia el carromato.

De pronto, uno de ellos que habˆa entrado en el carro, sali€


corriendo hacia el jurado exhibiendo una carta.

Spencer O'Malley atrap€ la misiva que ley€ en voz alta.

—‹Se‚or Presidente del Club de Arqueros: Acabo de recibir


noticias de mi madre. Le dio el sarampi€n. He de tomar el tren de
las cuatro, por lo que no tengo m‰s remedio que renunciar a
terminar su concurso. Si alguien pregunta por mˆ, participar• el
pr€ximo mes en el campeonato de Arco que organizan los
esquimalesŒ. Firmado Danny Charles.

Jim vio llegar junto a •l a su amigo Alan Kramer y a Jesse


McDonald, el cual estaba bizco.

— ‡Qu• le pas€ a Jesse, Alan?

—Demonios, chico —contest€ Alan dando un bufido—. Podˆa


hab•rsete ocurrido otra cosa para librarte de ese tipo... El pobre
Jesse estuvo tanto rato bizco que ahora no puede enderezar los
ojos.

El hombre del altavoz estaba diciendo:

—Se‚oras y caballeros, por renuncia del californiano Danny


Charles, queda proclamada campeona del torneo ‹Robin HoodŒ...
Šla se‚orita Celinde Calvery!
— ŠJim!... ŠEl milagro! —exclam€ la joven y se arroj€ en
brazos de Leigh.

El la estrech€ contra sˆ y la bes€ en la boca.

El p†blico se puso a vitorear a la muchacha.

Rein€ una algarabˆa indescriptible en el Campo de Tiro de los


Arqueros de Crow Hull.

Una manada de mujeres arrebat€ de brazos de Jim a Celinde y


se la llevaron casi en volandas.

Alan suspir€.

—Lo que tiene que hacer uno por ganar unos cochinos d€lares.

—No seas tan optimista, Alan, me parece que vas a tener que
hacer algo m‰s, si quieres disfrutarlo. Y de paso, di a Jesse que
deje de ponerse bizco porque va a necesitar toda su vista.

— ‡Qu• pasa, Jim?

Jim se‚al€ a un grupo de cinco hombres que se acercaba a


ellos aprovechando un claro entre los espectadores porque la
mayorˆa de •stos se habˆan puesto a seguir a Celinde.

Jim sac€ una moneda del bolsillo y la arroj€ al aire. Hizo


como si se le cayese pero, al atrapar la moneda del suelo, cogi€
tambi•n un pu‚ado de polvo.

Los cinco hombres se acercaban con las manos pegadas a sus


costados. Estaba claro que iban a sacar de un momento a otro.

Jim habl€ en voz baja.


—Quedaros aquˆ y estad listos para sacar. No os mov‰is.

—Corriente —dijeron a una Alan Kramer y Jesse McDonald.

Jim ech€ a andar al encuentro de los forajidos.

Al llegar cerca de ellos, arroj€ el pu‚ado de polvo a la cara de


los tres que estaban en el centro.

En el campo de tiro se produjo un gran estruendo.

Jim habˆa saltado hacia adelante y rod€ por la tierra.

Tropez€ con unos pies. Eran los del sheriff de Crow Hull.

El representante de la ley se qued€ tan asombrado al ver a los


hombres que se estaban baleando que dej€ caer el rifle. Jim
atrap€ el arma por el ca‚€n y salt€ hacia adelante.

Uno de los forajidos se disponˆa a disparar a mansalva sobre


Jesse, que habˆa sido tocado en un brazo y se encontraba
indefenso.

Jim le atiz€ con la culata en el cr‰neo.

Sus compa‚eros habˆan ya dado cuenta de los otros pistoleros.

— ŠCuidado, Jim! —grit€ Jesse—. ŠA tu espalda!

Jim gir€. Vio a Sam Cravenor y a Burton Shesman,


administrador y capataz, respectivamente, del rancho ‹El Arco y
la FlechaŒ, que se disponˆan a hacer uso de sus armas. Ambos
estaban muy cerca.

Jim ech€ a correr y se arroj€ al aire empu‚ando el rifle por el


ca‚€n.
Sam recibi€ el golpe de la culata en la sien y se derrumb€
como fulminado por un rayo.

Alan Kramer meti€ dos balas en el abdomen de Burton.

Jim se puso en pie y ech€ a correr hacia el palco 33.

Magde estaba inm€vil, los ojos fijos en el lugar donde habˆa


muerto Sam Cravenor.

—Sam —murmur€ y hundi€ la barbilla en el pecho.

Jim lleg€ a su lado con el ‰nimo de hacerla confesar para


entregarla al sheriff, pero al verla tan quieta, le alzo la cara y vio
sus ojos entornados. Le bast€ eso para saber que aquella mujer
habˆa muerto de un ataque al coraz€n.

Jim baj€ otra vez por la escalera.

El sheriff iba de un lado a otro como un son‰mbulo.

La multitud habˆa interrumpido el paseo triunfal de Colinde al


sobrevenir el tiroteo.

Ahora la joven lleg€ junto a Leigh y •l la abraz€ una vez m‰s.

—Nena, lo conseguimos...

Spencer O'Malley elev€ su cara al cielo y dijo:

—Geo Evans, ha terminado el campeonato de Tiro al Arco que


t† fundaste, y es para todos nosotros un honor decir que en Texas
hay un nuevo ‹RobˆnŒ femenino que se llama Celinde Calvery
por cuyas venas corre tu misma sangre.

A ‹Robin de TexasŒ estaba bes‰ndole Jim Leigh.


FIN

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