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01 - La Mandioca - Leyenda Guaraní

1) Ñasaindí, una niña huérfana, viaja sola a recolectar cogollos de palma pero no puede alcanzarlos. 2) Encuentra a Catupirí, un cazador que amablemente le ayuda a recolectar los cogollos. 3) Catupirí se enamora de Ñasaindí y la invita a vivir con su tribu y su madre, quien la acogerá como hija, aunque una bruja malvada los observa.
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01 - La Mandioca - Leyenda Guaraní

1) Ñasaindí, una niña huérfana, viaja sola a recolectar cogollos de palma pero no puede alcanzarlos. 2) Encuentra a Catupirí, un cazador que amablemente le ayuda a recolectar los cogollos. 3) Catupirí se enamora de Ñasaindí y la invita a vivir con su tribu y su madre, quien la acogerá como hija, aunque una bruja malvada los observa.
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La Mandioca (Leyenda Guaraní)

Ñasaindí debía tener quince años. Esbelta, graciosa y muy bonita,


sus ojos negros y grandes miraban siempre con temor. Tenía los
cabellos lacios adornados con flores de piquillín. Cubría su cuerpo
con un tipoy tejido con fibras de caraguatá, ajustado en la cintura
con una chumbé de algodón de vistosos colores.

Sus pies descalzos parecían no tocar la tierra al caminar: tan suave


y liviana era.

Con el propósito de recoger tiernos cogollos de palmera, venía


desde muy lejos, trayendo una cesta fabricada con
tacuarembó. Muy dispuesta llegó al lugar donde crecían con
profusión los pindós, confiada en que sola podría alcanzar los
ansiados cogollos; pero al verlos tan altos comprendió que le iba a
ser imposible realizar la tarea.

Trató de llegar, subiendo por el tallo, pero se vio obligada a desistir.


Un poco decepcionada, miró desde abajo el penacho verde de las
palmeras tratando de hallar un medio que le permitiera conseguir
los cogollos buscados.

Ya desistía de su intento, cuando vio a un muchacho medio oculto


por una cascada de isipós y de helechos. Sus manos recias
empuñaban el arco y la flecha. Sus ojos miraban con atención hacia
un lugar cercano.

Dirigió Ñasaindí su vista hacia el mismo sitio y pudo divisar a la


víctima a la que estaba destinada la flecha del desconocido: era un
hermoso maracaná que, tranquilamente posado en la rama de un
ñandubay, estaba completamente ajeno a su próximo fin.

Sintió la niña una pena grande por el espléndido animal, cuyo


intenso y brillante colorido era una nota de alegría y de luz entre los
verdes del bosque, y sin darse cuenta dio un grito que desvió la
atención del cazador hacia el lugar de donde él había partido. El
maracaná, puesto sobre aviso, con vuelo un tanto pesado, se
internó en la espesura.

Salió el cazador de su escondite y ante la presencia de la niña


quedó atónito, mirándola. Su belleza y su expresión lo hechizaron,
haciéndole olvidar la pieza de caza que perdiera por su culpa.
-¡Ma-era! -sólo atinó a decirle.

Bajó la vista la muchacha, temerosa de merecer el reproche del


cazador, cuando oyó que continuaba con su suave acento:

-¿Quién eres, cuñataí?


-Ñasaindí... -respondió apenas la niña.
-¿De dónde vienes?
-De la tribu del ruvichá Sagua-á...
-¿A qué has venido a los dominios de mi padre, Ñasaindí?
Miró la niña los penachos de las palmeras que la brisa convertía en
grandes abanicos y el muchacho, adivinando la intención de la
mirada, preguntó:
-¿Querías alcanzar cogollos de palmera?
-Neí... -respondió a media voz la niña.
-Y... no alcanzas... -agregó intencionado el joven con expresión
risueña.
-Aní... ¿Tú me ayudarás? -preguntó esperanzada, levantando hacia
él los ojos.
-Nuné... -respondióle el muchacho divertido.

Al tiempo que así decía, dejando en el suelo el arco y la flecha que


aún conservaba en la mano, trepó al tallo de una de las palmeras y
con movimientos rápidos de sus piernas ágiles acostumbradas a
esos ejercicios, pronto llegó al lugar donde lños cogollos tiernos se
ofrecían generosos y frescos. Desde arriba se los ajorraba a
Ñasaindí que, plena de dicha, no dejaba de reír. En pocos minutos
la cesta estuvo llena.

El rostro de la joven reflejaba un gran placer. Gracias al servicial


desconocido, su viaje no había sido infructuoso.
Cuando el muchacho estuvo nuevamente a su lado, los ojos de
Ñasaindí brillaban de alegría y de agradecimiento.

-¿Jhoriva, yerutí? -preguntó satisfecho.


-Neí... Pero yo no me llamo Yerutí... Mi nombre es Ñasaindí...

-Ñasaindí te llamas, pero pareces una dulce yerutí, por eso te llamé
por su nombre...

Agradeció la niña con una sonrisa e intentó emprender el camino de


regreso, pues la noche no tardaría en llegar. El sol comenzaba a
hundirse en el ocaso.
El muchacho detuvo su intención, preguntándole:
-¿Tienes tanto apuro por irte? ¿Dónde queda tu roga, cuñataí?
-Debo cruzar el río...
-¿Sola?
-Sola vine y sola debo volver. Hace tiempo, ya varias lunas, que los
hijos de la mujer que me crió partieron hacia el norte con otros
cuimba-é y tardan en volver. Ella me envió... Yo no tengo padres...
Murieron en manos de los cambá, cuando yo era pequeña...
-¿Y cómo cruzaste el río?
-En una pequeña canoa que dejé amarrada en la orillla.
-Pero tú eres muy joven para atreverte a andar sola por estos
lugares...
-Me mandaron y tuve que obedecer.
-¿No eres miedosa, Ñasaindí?
-¡Claro que lo soy! Muchas veces siento un miedo muy grande; pero
debo cumplir lo que me ordenan. A nadie tengo que me pueda
defender -agrgó la niña con su vocecita triste y los ojos brillantes de
lágrimas.
-Desde este momento, y si tú quieres, seré yo quien te sirva de
amparo y de guía. ¿Aceptas, yerutí? -le ofreció el muchacho firme y
decidido.

-Ñasaindí lo miró. La alegría que le causó el ofrecimiento se


transparentó en su dulce mirar y en su sonrisa agradecida, cuando
respondió:
-¡Oh, ya lo creo! ¡Muchas gracias!
-¡Seremos amigos, Ñasaindí!
-Bueno... pero no me has dicho tu nombre, ni quién eres... ¿cómo
podría encontrarte?
-¡Tienes razón! Soy Catupirí. Mi padre es el cacique Marangatú.
¿Sabes ahora a quién debes buscar? -terminó riendo.
-Neí, Catupirí.

Después Ñasaindí, con su cesta llena de cogollos de pindó, inició la


marcha hacia la costa dispuesta a volver a su roga.
La detuvo aún Catupirí. Tenía muy buen corazón y la niña le
inspiraba una gran ternura.

El bondadoso muchacho era el menor de los hijos del cacique


Marangatú, poderoso y respetado en mucha distancia alrededor de
sus posesiones. Desde pequeño, Catupirí había sido preparado en
las artes de la guerra por un diestro guerrero de la tribu; pero su
madre, que no lo descuidaba jamás, conservó su corazón tierno y
su alma pura como cuando era pequeño y le pertenecía por entero.
Su bondad era reflejo del tierno corazón de ella.
En ese momento, Catupirí recordó a su madre. Recordó su gran
bondad y el cariño que por él sentía y pensó llevar a Ñasaindí
consigo, pues se había enamorado de ella y deseaba hacerla su
esposa.

Se detuvo un instante pensando en su padre. Él no vería con


buenos ojos que su hijo llevara a la tribu a una extranjera, a una
desconocida, y menos aún con la intención de casarse con ella.
Pensó un instante, y decidió: la llevaría; pero al principio, por lo
menos, la ocultaría a los ojos de su padre. Se la confiaría a su
madre.

Estaba seguro de que ella sabría comprender y sin duda llegaría a


sentir gran cariño por la joven desamparada, al verla tan buena, tan
inocente y tan hermosa... Sin pensarlo más se lo propuso:
-¿Quieres venir a nuestra tribu, Ñasaindí? Mi madre te recibirá
como a una hija y te brindará el cariño que hasta ahora te ha
faltado. ¿Aceptas, yerutí?
Llenos de agradecidas lágrimas los ojos, Ñasaindí preguntó con
palabras entrecortadas por la emoción:
-¡Oh, Catupirí! ¿Es verdad lo que me propones? ¿Tu madre me
querrá?
-Sin duda... ¡Puedo asegurártelo! Hay tanta bondad en tu mirar
dulce y tanta ternura en tu voz suave, que mi madre se sentirá
atraída por ti y serás para ella la hija que no tiene. ¡Ven, vamos!

Tomaron los dos jóvenes el camino que conducía a la toldería y


riendo y conversando, llegaron al lugar donde se levantaban los
toldos de los súbditos del gran Marangatú.

Atardecía. El cielo, con los más bellos rojos y dorados, parecía


sumergirse en las tranquilas aguas del río. Los pájaros retornaban a
sus nidos y la flor del irupé cerraba sus pétalos ocultando sus galas
hasta que, al día siguiente, el sol, al alcanzarla con uno de sus
rayos, volviera a despertarla. La paz y la tranquilidad reinaban sobre
la tierra.

Catupirí, ocultando a su compañera, fue hasta su toldo donde la


dejó para ir a dar la noticia a su madre.
Nadie los había visto llegar, de modo que le sería muy fácil ocultarla
hasta que pudiera convencer a su padre.

Pero Catupirí se equivocaba. Unos ojos que brillaban con maldad lo


observaban desde muy cerca. Era Cava-Pitá, la hechicera, que,
oculta detrás de un corpulento zuiñandí, no había perdido detalle de
la llegada de los jóvenes.

Sonrió con malicia la mujer, y guiada por su espíritu mezquino, se


propuso dar cuenta de lo ocurrido al cacique. No podría hacerlo tan
pronto como deseaba, pues el cacique había salido con sus
guerreros y no volvería hasta la mañana siguiente; pero entonces,
ella lo esperaría con una noticia muy especial. ¡Y ya vería la
extranjera que su vocecita dulce y sus expresiones inocentes no
serían suficientes para engañar al cacique como lo había hecho con
el hijo!

¿Por qué pensaba tan mal la hechicera de una persona a quien no


conocía?
Es que Cava-Pitá era perversa y envidiosa y no toleraba que se
diera preferencia a nadie más que a ella.
Al día siguiente, muy de mañana, llegaron el cacique y sus
acompañantes; toda la tribu los recibió con júbilo. Habían logrado
importantes piezas de caza y traían también un hermoso guasú
vivo.

Con paciencia esperó Cava-Pitá que el cacique quedara solo, y en


el momento oportuno se acercó a él, para referirle, a su manera, la
llegada de Ñasaindí a la tribu. No conforme con esto, y gracias a la
confianza que en ella tenía Marangatú, le fue muy fácil convencerlo
de que la extranjera era una enviada de Añá, quién se valía de la
joven para provocar la desgracia de la tribu.

La sorpresa del cacique pronto se transformó en profunda


indignación. Él no podía tolerar la intromisión de una desconocida
en sus dominios y mucho menos sabiendo, gracias a los buenos
oficios de la hechicera, que se trataba de una enviada del demonio.
Poseído por una intensa cólera, Marangatú hizo llamar a su hijo a
fin de recriminarle su indigno proceder y su desobediencia.

Cuando Catupirí estuvo frente a él, lo increpó duramente:


-¿Puede saberse por qué has traído a la tribu a una extranjera que
nadie conoce y que tú encontraste por caualidad?
-Ya pensaba explicártelo, padre... -respondió sorprendido Catupirí.
Y agregó desconcertado:
-¿Cómo has llegado a saberlo?
-Eso nada importa. Sólo puedo decirte que todavía hay quien
respeta mis deseos y obedece mis órdenes.
-Yo soy el primero en hacerlo, padre mío, y pruebas te he dado en
mil oportunidades; pero en este caso, deseaba hablar contigo
primero, para explicarte lo sucedido. Sin embargo, hubo alguien, no
sé con qué intención, que se me adelantó...
-¿Dónde está la intrusa? -preguntó el padre, violento.
-Está en mi toldo, padre, esperando que la traiga a tu presencia.
-Pues ya puedes ir a buscarla. Si con malas artes se introdujo en mi
tribu, bien pronto haré que la abandone.
Catupirí quedó confundido. Su padre creía que, valiéndose de quién
sabe qué poderes maléficos, Ñasaindí lo había obligado a traerla
consigo; pero él sabía que no era así. Su padre, al verla, podría
convencerse de que estaba equivocado.

Corrió en busca de la hermosa doncella y pronto estuvieron ambos


frente al temible Marangatú.
Quedó el cacique maravillado al ver a la joven. Su hermoso rostro y
la dulzura de su mirar lo conquistaron de inmediato. Debía haber
una equivocación. Era imposible que una niña tan inocente, tan
dulce y tan tímida, tuviera las malvadas intenciones que le atribuía
Cava-Pitá.

Conversó el ruvichá con Ñasaindí. Le contó la muchacha su niñez


triste y sin afectos y su alegría al encontrar en el buen Catupirí que
deseaba hacerla su esposa, el cariño y el apoyo que le faltaron
siempre.

Comprendió el gran Marangatú el noble sentimiento que acercaba a


los jóvenes y dio su consentimiento para que unieran sus destinos
como era el deseo y la voluntad de ambos.

Y Ñasaindí fue la esposa de Catupirí, el muchacho de corazón


generoso y noble que la encontró un día en el bosque...

La maldad y la envidia de Cava-Pitá se acrecentaron al comprobar


que su intervención había sido inútil y que, en cambio, los dos
jóvenes habían llegado a realizar su deseo...

A pesar de todo, no se desanimó la hechicera, proponiéndose por


cualquier medio, conseguir que la extranjera fuera arrojada de la
tribu. ¡Ya llegaría el momento en que se cumpliera su venganza!
¡Ella sabría esperar!

Pasó el tiempo. La felicidad de Ñasaindí y de Catupirí era cada día


mayor. Ningún mal había alcanzado a la tribu y todos habían
olvidado por completo los vaticinios de la malvada Cava-Pitá.
Un niño, hijo de ambos jóvenes, llegó para hacer más grande y
efectiva la diche de que gozaban. El pequeño Chirirí era dulce y
bueno como su padre y tenaz como su padre.

Cuando tuvo edad de tener amigos, todos los niños de la tribu lo


fueron de él y diariamente se los veía jugando en el bosque o en la
costa del río, donde sentían gran placer en reunirse.
El cacique, orgulloso de su nieto, le había regalado un arco y una
flecha hechos expresamente para él, y entre los momentos más
felices de su vida se contaban aquellos en que salía con el niño a
ejercitarlo en el manejo de dichas armas.

Todos vivían contentos en la tribu. Ya nadie consideraba a Ñasaindí


como una extranjera a la que se debía despreciar, sino que, por el
contrario, la joven, gracias a su bondad, se había granjeado la
simpatía y el afecto de todos.

La única que conservaba el odio que por ella había sentido desde
un principio era Cava-Pitá, para quien la idea de venganza se
afianzaba a medida que pasaba el tiempo, y que no abandonaría
hasta ver a Ñasaindí arrojada de la aldea como se lo propusiera
desde un principio.

Tenía que convencer a la tribu de que la esposa de Catupirí bajo


ese aspecto dulce y tierno encubría a una malvada enviada de Añá
para hacer mal a la tribu y que sólo esperaba el momento oportuno
para cumplir los mandatos del demonio.

Para convencerlos, decidió ensayar una nueva acusación.


Usando de sus sentimientos mezquinos y perversos divulgó la
noticia de que el pequeño Chirirí se hallaba poseído por un mal
espíritu, por el cual todos los niños que lo acompañaban en sus
juegos estaban condenados a morir infaliblemente después de un
corto tiempo.

La noticia corrió por la tribu con la velocidad del rayo y todas las
madres, temerosas del trágico fin que podrían tener sus hijos, los
retuvieron con ellas prohibiéndoles que se acercaran al pequeño
Chirirí.
Sin embargo, esto no fue suficiente para la hechicera, ya que ella
había querido levantar a toda la tribu contra la inocente Ñasaindí.
En esa forma, considerándola culpable, la hubieran arrojado de la
aldea indígena por temor al maleficio de que estaba poseída lo
mismo que su hijo.

Como no consiguiera su propósito, decidió poner en práctica un


plan diabólico con el que, estaba segura, se cumpliría con creces su
venganza.
Preparó un brebaje dulce, exquisito, al que agregó una pequeña
poción de activísimo veneno.
Con zalamerías llamaba a los pequeños amigos de Chirirí y les
daba a tomar el jarabe mortífero que ellos bebían golosos.
Poco les duraba el placer, porque poco tiempo más tarde morían
entre las más espantosas contorsiones, envenenados por la infame
hechicera.

Ignorantes las madres de la existencia del famoso jarabe, aceptaron


como explicación de la muerte de sus hijos el maleficio del que
suponían estaban poseídos el pequeño Chirirí y su madre, tal como
lo predijera en tantas oportunidades la famosa Cava-Pitá.
Ya no les cupo la menor duda: la extranjera era una enviada de
Añá, llegada a la comarca para causar la desgracia de la tribu de
Marangatú.

Esta vez nadie dudó. Todos estuvieron en contra de Ñasaindí y de


Catupirí, de quienes decidieron vengarse dando muerte a su hijito.
La hechicera no cabía en sí de gozo. Había pasado un tiempo muy
largo antes de lograr su propósito, pero por fin consiguió que la tribu
entera odiara a la intrusa.

Alentada por el triunfo fue levantando los ánimos de toldo en toldo,


incitando a unos y a otros a dar muerte al pequeño Chirirí, único
medio para librarse de los designios de Añá.

En un grupo encabezado por la perversa Cava-Pitá, blandiendo


palos y lanzas, hombres y mujeres se dirigieron al toldo de Catupirí.
Llegaron, y tomando por la fuerza a los padres de la criatura, los
llevaron al bosque donde los amarraron con fibras de caraguatá al
tronco de un ñandubay para que fueran testigos impotentes de la
muerte de su hijo.

La dulce Ñasaindí dejaba oír desgarradores sollozos, gritando su


inocencia y pidiendo piedad para su pequeño Chirirí, mientras el
valiente Catupirí hacía desesperados esfuerzos por librarse de las
ligaduras. Pero era en vano. Buen cuidado habían tenido sus
verdugos.

Mientras tanto, Cava-Pitá, la cruel y desalmada hechicera,


saboreando el triunfo logrado después de tanto esperar, decidió ser
ella misma quien diera muerte al pequeño, que, atado de pies y
manos, yacía en el suelo, llorando y esforzándose por dejar sus
manecitas en libertad.

Preparó el arco y la flecha envenenada, y cuando se disponía a


arrojarla al niño, que lloraba ante sus padres desesperados, un
ruido espantoso atronó el bosque y una lengua de fuego bajó desde
el cielo, que se había oscurecido de pronto, y dejó fulminada a la
perversa hechicera, que rodó por el suelo dando un grito de
espanto.

Los que presenciaban la escena vieron en esto un castigo de sus


dioses justicieros a la maldad y a la envidia y, convencidos de su
error, desataron a los padres de la criatura que aún se hallaba en el
suelo, a poca distancia de ellos.

Ñasaindí corrió a levantar a su hijito, que medio desvanecido por el


terror casi no podía moverse. Lo desató y lo abrazó estrechándolo
contra su corazón, mientras las lágrimas corrían por sus pálidas
mejillas.

Con las cabezas gachas, avergonzados, con el paso vacilante, los


que creyeron las calumnias de la perversa hechicera decidieron
retornar a sus toldos, no sin antes dirigir una mirada triste al sitio
donde el pequeño Chirirí estuviera momentos antes echadito en el
suelo esperando la muerte de manos de la falsa y alevosa Cava-
Pitá.

La sorpresa de todos fue muy grande cuando observaron que


crecía en ese mismo lugar una planta nueva, desconocida hasta
entonces.

La llamaron mandi-ó y en ella vieron la justicia de sus dioses


buenos que sabían recompensar el bien y castigaban hasta con la
muerte a los que procedían mal.

La mandi-ó, regalo de Tupá a los hombres para que les sirva de


alimento, posee el dulce corazón de Ñasaindí y de Chirirí, y da, al
que la come, fortaleza y energía, como era fuerte y enérgico el
valiente y esforzado Catupirí.

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