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El Otro Amor de Diana Abril Alonso Cueto

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Título

Alonso Cueto

EL OTRO AMOR DE DIANA ABRIL


Créditos legales

Título: El otro amor de Diana Abril


Texto: © Alonso Cueto
ISBN: 978-84-15767-45-9
Edita: Leer-e (www.leer-e.es) c/ Monasterio de Irache 74 trasera. 31011 Pamplona (Navarra)
Cubierta: Leer-e
Created in the European Union.
Reservados los derechos de edición en lengua castellana para todo el mundo. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización
escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier
medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler
o préstamo públicos.
Capítulo I
Mientras el avión se elevaba en la calma voluminosa del cielo, Diana sintió que ese movimiento
era el inicio de un gesto del destino. Alguien le había organizado el teatro de su historia final, la
cortina infinita del aire, los personajes blancos de las nubes, la trama de felicidad azul en la que
estaba levitando. En la parálisis del cielo sólo se movía la mano tibia de Alex, su esposo (¿de veras
esa palabra?), apretando la suya. Podía anticiparla las imágenes de su luna de miel: las líneas del
horizonte azul, la declarada felicidad del sol en la ventana, el descanso de los anteojos oscuros hacia
arriba, la frescura de sus muslos rociados de perlas de agua. Luego de ese viaje volverían a la rutina
hilvanada de certezas. La gran casa en Monterrico, el trabajo de Alex en la fábrica de telas de su
familia, las dos empleadas, la cocinera, el chofer y el jardinero, palacio y séquito de su pequeña
corte, una tarjeta postal que le llegaba del futuro.
Su casa de seiscientos metros era la suma de un garage para dos autos, una sala grande, dos
pequeñas, una biblioteca, un jardín interior bajo la escalera, afuera otro jardín con piscina, tres
dormitorios. Al regreso iba a hacer pintar la sala y a conseguir un nuevo juego de muebles
(demasiado grandes, demasiado oscuros los de regalo). Podía aprovechar las salidas de compras con
su madre los días de semana, a las nueve y media o diez después de despedir a Alejandro. A esa hora
podía recogerla, llevarla a un paseo por las vitrinas de muebles del Jockey Plaza, invitarle un café
cortado en el «Espresso», escuchar de paso sus historias familiares, la tía Rita era muy guapa de
joven, tenía tantos novios pero se enamoró de Foncho que resultó un sinvergüenza, oye. Tu tío Polo
que iba para bien se casó pésimo con tu tía Dora, míralo ahora. En cambio a tu tía Anita que nadie
daba medio por ella se casó con Alfredo y le fue regio. Dichosa está.
Diana la había escuchado siempre con la esmerada curiosidad de poder reconstruir a sus tías
cuando eran jóvenes y románticas (¿alguna vez así de veras?). Su madre y sus tías y ahora ella. Algún
día iba a contarle a sus hijos de este viaje a Miami. El avión con la elegancia de un cisne tocado por
la gracia, las nubes sosteniendo el viento inmóvil, el susurro en el corazón de los motores.
Una aeromoza se acercó a ofrecerles un refresco. Alejandro, junto a ella, le pasó su vaso.
Brindaron; el roce de los dedos.
Siempre la había confortado el sabor de la comida de avión. Las porciones de carne, puré,
legumbres, dulces y jugos empaquetados. El gusto profesional dictado desde la certeza de alguna
receta madre, una cocina central en las oficinas de Atlanta o de New Jersey emitida a las bocas de
todos los aviones. Un carrito de licores y bebidas la interrumpió, y después, la película de Robin
Williams, la placidez flotante, el anuncio del piloto sobre la altura y el clima en Miami, la estructura
de vidrios tras la puerta de salida del aeropuerto. Las escenas que la habían llevado hasta allí: la
primera tarde que lo besó, el rostro tierno y sorpresivo en la puerta de su casa, el desvelo de la
primera noche de noviazgo, las confesiones telefónicas a sus amigas, «¿de verdad?, ay, qué lindo»,
las rutinas de los almuerzos en familia, el secreto compartido en la alcoba de su madre, «me ha dicho
que me quiere, mami, estoy tan contenta, quiere casarse, ¿no es un chico buenísimo, no te encanta?»
En la aduana del aeropuerto de Miami los esperaba un cubano blanco y gordo, los bigotes sonrientes
como cepillos de morza mientras sellaba los pasaportes, «que tengan una feliz estadía, son recién
casados, ¿verdad?, muy bien».
Casados. Casada. Con Alejandro.
Un hombre bueno y dulce y fuerte. Unido a ella. Una misa, una palabras de la Biblia, una salida
del brazo y de pronto la recepción en la casa con los besos de las amigas, las tías, las hermanas
haciéndole el honor de haberse vestido bien por ella. Una ceremonia larga y de pronto casada, unida,
lo había programado todo durante meses y aún así ahora no salía de su estupor. La última de las
hijas. Por fin. Casada. Veinticinco años y recién casada. Era una edad perfecta.
Y ahora Miami, una bocanada de aire caliente, unos pilotes de cemento, los contornos cristalinos,
la luz encendida del mar. El chofer haitiano en el carro amarillo de aletas, la cinta de asfalto entre las
palmeras, la mano de Alejandro en la suya hasta que llegaron al hotel.
Aquí el hotel Palace: una ventana a la playa, la comida de carne y papas (con helado de vainilla y
vino californiano) y unos cuantos boleros de Luis Miguel en la discoteca del último piso, «No me
platiques más...», «Esperaré...», el sabor del gin and tonic con la mano de Alejandro en la cintura. En
el restaurante se habían sentado uno junto al otro, abrazados de espaldas a la pared, la arrogancia
natural de la felicidad. Por fin volvieron al cuarto, ella entró al baño, se peinó y salió a la enorme
penumbra de la suite para estrechar su cuerpo sobre la carne dura y tibia. El oleaje de músculos
enardecidos en silencio, los ojos con el brillo hondo de un ángel, la maleza cálida en la piel.

***
Acostó la cabeza. Esta noche, este cuarto, este hombre que es Alejandro y a quien ella piensa
dedicarle su vida, para quien va a hacer todos los esfuerzos, todo lo necesario para que él pueda ser
feliz, «Alex, de verdad, yo te prometo».
La felicidad no era un regalo sino un premio. La dicha era la consecuencia de una rutina, la
estabilidad como una recompensa al edificio de precauciones, la rutina paciente de trabajo en la
fábrica de Alejandro, la abundancia ordenada. En el momento justo, perdida en la liberación y la paz
de los músculos, sintió que su esposo se apartaba de ella y que se instalaba en el sueño justo de esa
primera noche de casados para siempre.
Cuando despertó, el teléfono martillaba junto a su cara. Miró hacia el fondo del cuarto. Un
resplandor esquivado en las cortinas. Un ruido de agua. Alex duchándose.
Habría entrado a la ducha con él. Si no fuera por el teléfono... Diana levantó el aparato. Una voz
emergió con su nombre.
—¿Aló? ¿Diana? —insistió.
—Aló. Sí, mami. Hola, dime, ¿pasa algo?
—Diana, hijita, ¿estás bien?
—Sí, claro que estoy bien, qué pasa.
—Escúchame, escúchame, hijita, tengo que decirte algo muy importante.
—¿Qué pasa? ¿Está bien mi papá?
—Sí, sí. Está bien. Todos estamos bien aquí. Pero, mira, hijita, tengo que decirte una cosa.
—Pero dime de una vez, mami.
—Escúchame, ayer en la recepción, cuando estábamos en la iglesia, hablé con Patty Gómez
Sánchez. Me quedé hablando largo con ella y no sabes, me quedé muy mortificada. Me contó algo
que tienes que saber, hija.
—Qué...
—Esto te lo tengo que decir por tu bien, Diana. Patty me habló de cuando había conocido a
Alejandro, en la época en que él estaba terminando de estudiar. Conoció también a su mamá, a su
papá y a sus hermanas.
—¿Y qué te dijo?
—Tengo un poco de miedo, hijita.
—Dime qué te dijo.
Durante la pausa que siguió, el ruido de la ducha se detuvo. Alejandro se estaba secando, y
canturreaba aceleradamente. «No me platiques más».
—Me dijo que Alejandro había tenido problemas. Tengo miedo —siguió la mamá.
—¿Problemas? ¿Qué problemas?
—Problemas mentales, hijita. Alteraciones.
—¿Problemas mentales? Pero qué tontería, mami. ¿Por eso me llamas?
Hubo un silencio al otro lado. Alejandro cantaba en voz alta. En cualquier momento podía salir
del baño.
—Es una enfermedad que se llama insania temporal —silbó la mamá.
—¿Insania temporal?
—Dice que es cuando una persona tiene ataques de agresión —silbó—, ataques inesperados que
no tienen relación con nada. Que se vuelve loco de repente. Eso es lo que tiene Alex, hijita.
—Pero qué tonterías son ésas, mamá. Dime, ¿has dormido mal o qué te pasa?
Diana se dio cuenta que estaba hablando en voz baja.
—No lo digo yo, hijita.
—¿Qué te pasa entonces?
—Dicen que se le ve tranquilo, parece que está bien, y de pronto, algo se mueve en su cerebro, y
empieza a portarse como un loco. Patty estaba preocupadísima por ti. A ella le contaron que
Alejandro había tenido ataques. Se puso mal hace varios años, dice. Después nadie ha querido hablar
del asunto. Pero algunas personas en Lima saben.
—¿Y cómo nadie nos había contado?
—Su familia quiso ocultar todo. Pero con la boda volvieron los comentarios, hijita.
—Ay, mamá. Pero qué tonterías las que hablas con tus amigas oye. Y todo para malograrme mi
viaje. Lo que pasa es que a ustedes nunca les gustó Alejandro pues. ¿Mi papá ya sabe lo que me estás
diciendo?
—No, ni hablar. El no sabe nada. Si él supiera a lo mejor ya se habría ido para allá a traerte.
—Pero ni se te ocurra decirle nada. Los chismes de tus amigas ya los conocemos, ¿me entiendes?
Una cotorra como la Patty Gómez Sánchez puede armar revuelo en cualquier sitio, oye. Si tú ya sabes
eso, no sé para qué le haces caso.
—Le hago caso porque eres mi hija —gritó la mamá—. Patty me lo dijo por tu bien. Imagínate si
está diciendo la verdad.
—Ya basta, mami.
—Por favor, hijita. Mira, si quieres no vengas pero por lo menos vigílalo. Ay, Dios mío. Es muy
peligroso, me dicen. Por eso tienes que estar atenta, Dianita. No creas que no pensé antes de
llamarte. Dije, a lo mejor voy a malograrle su viaje. Pero, ¿y si te hace algo? Prométeme que vas a
tomar el primer avión a Lima si ves algo raro, ¿me oyes? Pon cualquier pretexto y ándate al
aeropuerto.
—Alex es el hombre más bueno que puede haber, tú lo conoces.
—Dice que sus ataques de locura pueden ocurrir en cualquier momento, Dianita. Se pone muy
agresivo, se vuelve muy violento, una vez empezó a golpear a un mensajero de la farmacia, sin
razón... Ay, dicen que casi lo mata. El chico fue a la Asistencia, imagínate. Otra vez gritó a un
empleado de su fábrica. Se puso como un energúmeno. Eso me han dicho. Qué horror, hijita.
La puerta se abrió y Alejandro apareció envuelto en una toalla blanca, los vapores de la ducha en
la puerta del baño. Le estaba sonriendo, una sonrisa larga y estirada.
—Hola, mi amor. ¿Qué tal dormistes?
—Bien.
—¿Con quién hablas?
—Es mi mamá —sonrió Diana—. Todos están sin novedad. Le estoy contando que está lindo el
hotel.
—¿Tu mamá llamando tan temprano? Caray, no se resignan a perderte. Qué buena madre, Dianita.
—Regrésate ahorita por favor. Regrésate —la voz se cortó en una ronquera.
—Estamos pasando un rato lindo, mamá. Ya te contaré a mi regreso. Vamos a tomar desayuno.
Después ya bajamos a la playa. Ya nos vemos.
—Por favor. Dice que él tuvo que tomar un remedio. Lo toma siempre, hasta ahora. Se llama
Zofotil o algo así. Con eso controla sus ataques, pero si deja de tomar es muy peligroso. Es lo único
que tiene para curarse. Es una caja azul y blanca, Dianita. Búscala para que veas. Zofotil es lo que
toma. Acuérdate.
—Sí, sí, gracias mamá. Cariños a papá. En una semana te veo.
—Por favor, hijita. Hazme caso. Yo sé lo que te digo.
Alejandro empezó a vestirse.
—Nos vemos la próxima semana. Y gracias por llamar.
Diana colgó.
Alejandro le dio un beso en la mejilla y se sentó a su lado.
—¿Cómo está mi gatita esta mañana? —dijo.
Diana sonrió. Le removió el pelo y le dio un beso.
—Voy a ducharme.
—Espérate. Espérate —dijo Alejandro sacándose la bata de toalla—. Cuando me agarras la
cabeza así, me la levantas.
Diana lo vio abrazarla, sintió su piel caliente, vio más allá la luz amarilla abriéndose en el cielo.
No tenía ganas de hacer el amor pero puso su mejor sonrisa y se colgó del cuello. Lo sintió algo
brusco.

***
La luz perfilaba las suaves ondas de los muebles, la lámpara maciza se acercaba.
—Hace un día lindo —lo oyó decir—. ¿Por qué no te duchas? Vamos a la playa.
—Ya, pero primero vamos a tomar desayuno, amor.
—Si, claro. Un buen desayuno de todas maneras.
Diana entró al baño. La frescura violenta y tibia, el agua suavizando los hombros, la voz de su
madre, un solo disparo blanco, el gran estruendo de gotas, la voz asordinada de la loza. Alejandro, la
insania temporal, tengo miedo hijita. Ese remedio, Zofotil. ¿Una droga contra las explosiones de su
cuerpo? Era absurdo. La señora Gómez Sánchez tenía un apodo, «Buenos días, Perú», por su fama de
producir noticias, generalmente falsas, todos los días. Sus llamadas telefónicas a veces despertaban a
las familias pues su rutina consistía en ir por las noches a todas las reuniones sociales que podía con
el fin de enterarse de alguna historia (qué amante del muerto fue a su entierro era una de sus
preferidas, si alguno de los hijos la reconoció o si la esposa del occiso se dignó voltear a mirar y si
el ex-yerno o la ex-nuera se dignó aparecerse, mientras que el hermano que no le había hablado en
treinta años, fíjate, sí estaba alli, qué te parece). Diana había aprendido que los chismes de la señora
Gómez Sánchez por lo general no eran totalmente fiables y en algunos casos resultaban totalmente
infundados. Los chismes eran para Patty Gómez Sánchez un pasaporte temporal al territorio más
necesario para su vida de señora sola: el de la atención de sus amigas. Incluso las risas y burlas a su
condición de chismosa oficial eran una forma de atención que no rechazaba. Por lo general, su madre
no le creía del todo y acostumbraba cotejar sus versiones con las de otras señoras. Como si fueran
detectores de billetes, había algunas personas en Lima que sabían clasificar un rumor como cierto o
falso. Aún así, las historias de Patty habían resultado ciertas, celebradas y hasta famosas alguna vez.
La historia de la amante mulata que le servía calata el desayuno a su tío Aurelio, por ejemplo, había
sido comprobada con pelos y señales cuando su esposa la vio después de un retorno repentino.
¿Podía estar diciendo algo cierto esta vez? ¿De veras salir del baño, coger el pasaporte, uno de los
pasajes y huir hacia el aeropuerto? Ridículo. Imposible. Alex le había contado algunos episodios
duros de su vida, las presiones del padre, la dureza de la rutina de un empresario. Pero Diana estaba
segura de que su esposo había confrontado todos los obstáculos con una determinación religiosa y
con una lucidez flexible a sus lecciones. Habían hablado muchas horas. Iban juntos a misa los
domingos, habían leído pasajes de la Biblia, asistido a las charlas de preparación para el
matrimonio. Alex se levantaba todas las mañanas a hacer gimnasia y natación en el Club, llegaba a la
oficina a las nueve, le daba una moneda a los niños mendigos que se acercaban a la ventanilla del
auto. Era cortés, cariñoso, tímidamente atento cuando conocía a alguien nuevo. Manejaba con
cuidado, siempre respetando todas las reglas y la única vez que un policía le había puesto una
papeleta por ir contra el tráfico en una calle secundaria, no-señalizada, él la había aceptado sin
reservas, pidiendo disculpas. Ella no podía creer que lo de su mamá fuera cierto.
Llamarla así, otra intromisión materna a la que ella había tenido que resignarse, pero esta vez...
El ruido líquido esparciendo los pelos por la cara, purificando la piel, corrigiendo las líneas tensas
de la frente, los ojos cerrados de la huida. Sintió que debía jabonarse otra vez, otra vez, otra vez,
jabonarse más, todo el cuerpo, limpiarse. Se lavó la cara, el pelo y las piernas. Oyó golpes en la
puerta.
—Diana, Diana, amor, ¿qué esperas? Vamos abajo, no te demores.
—Ya voy —dijo ella.
La voz ahogada.
Movió la llave, el silencio de las gotas, el regreso, envuelta en la bata blanca de toalla. Se
secaba lentamente, tapándose como si la bata fuera un vestido que la protegía, entre las sombras
blancas que le devolvían el espejo. Empezó a vestirse. Todo iba a resultar bien, la felicidad la
seguía esperando en el sol de la playa y en los salones de su casa en Lima. Era cuestión de que ella
siguiera avanzando, como siempre. Las intromisiones de su madre. Atreverse a llamarla. Decirle
todo eso. El colmo, el colmo.
Él la estaba esperando sentado en la cama, las dos manos atrás, los ojos fijos en la cara neutra de
una mujer en el noticiero.
—Dice que va a hacer un día lindo. Somos full playa, Dianita.

***
La cabina del ascensor era lo suficientemente grande. Estaba tapiada por dentro con una tela roja
gruesa y por bandas finas de plata. Un espejo los reflejaba ligeramente deformados.
Diana se puso junto a Alex, mirando de frente las puertas corredizas, asimilando la entrada de los
dos intrusos que entraron en el piso cuatro, un gordo en shorts con su hijo, una tos masiva en el padre,
hasta que la puerta se abrió al sonido cristalino de una fuente de agua y de un piano en el comedor.
La galería de mesas, manteles rociados con jarras de jugo, fresas, manzanas, cereal, yogurt,
panecillos, quesos, jamones, mermeladas. Ambos se sirvieron en silencio.
—Jugo de naranja natural. Qué rico. Se ven las pulpitas —dijo Alejandro, sosteniendo el vaso en
el aire.
Junto a ellos una familia devoraba torres de panqueques. Un mozo alto apareció de pronto, la
barba rala, los duros ojos risueños, la voz atenta: ¿Más café, señora? ¿Toma con leche?
Era un hombre de ademanes retardados, una servilleta siempre colgando de la mano,
ceremonioso y ligeramente siniestro.
—En Lima casi nunca puedo tomar un desayuno así.
—¿No tienes tiempo?
—Y además no tengo ganas. Siempre estoy pensando en algún asunto del trabajo.
Diana sorbió el café.
—¿Y cómo anda todo con el trabajo? —dijo por fin—. ¿Arreglaron lo de los almacenes?
Alejandro la miró.
—Ah, no hablemos ahora de eso ahora.
—¿Por qué?
—Hemos venido de luna de miel, amor. Mejor no hablemos de trabajo, ni de obligaciones, ni
de...
—Yo no quería hablar de trabajo. Sólo te pregunté si arreglaron lo de los almacenes.
Alejandro tomó el vaso de jugo. Una vena vertical le había aparecido en la frente.
—Van bien —sonrió—. Ya creo que hemos superado los problemas. Pero ya te digo que no
quiero pensar en eso.
—Ya. Está bien. Disculpa si te molesté.
Diana terminó de masticar. Alejandro le había dicho poco antes que iban a tener que alquilar
nuevos locales para los almacenes.
Lo vio cortar los huevos con jamón. Lo hacía con cuidado, el cuchillo y el tenedor dispuestos con
una precisión experta, las manos fluidas.
—¿Te dijo tu mamá si siguieron celebrando después que nos fuimos?
—No me dijo.
—¿Hasta qué hora se habrán quedado?
—No sé, tus amigos son bien jaranistas. Seguro que se quedaron hasta tarde.
—Bueno, Paco y Pedro son jaranistas pero también trabajan un montón. Tienen derecho a
jaranearse.
—Deberían ahorrar un poco más, oye. Así como ganan un sueldazo, igualito se lo tiran.
—Bueno, ya ahorrarán.
—No quiero hablar mal de tus amigos.
—No te preocupes.
—Lo siento.
—Nada.
De pronto Diana lo cogió de la mano. Se la apretaba mientras la mesa empezaba a nublarse.
—Alex, dime, todo va a salir bien, ¿no? Vamos a estar siempre juntos y vamos a ser muy felices,
¿no va a ser así?
—Pero claro, mi amor, por supuesto. Vamos a tener muchos hijos y a ser muy felices.
—Porque lo que yo más quiero es que tú seas feliz.
—Y dime, ¿por qué de repente estás así? ¿Te dijo algo tu mamá que te hizo sentir mal?
—No, nada. Nada.
—De repente otro cafecito va a hacerte bien.
Terminaron de comer. Un pianista se sentó en una esquina. Empezó a tocar «Close to you».
—Ay, cómo me gusta esa canción —dijo Diana.

***
Volvieron al cuarto. Diana se encerró en el baño y se calzó el traje azul de lycra y las sandalias,
una revista, una toalla, la crema para los hombros y la espalda.
Al salir, vio a su esposo en polo y ropa de baño.

***
El sol le dio en los ojos como una fulminación. Lo estaba siguiendo. La arena que le manchaba
los pies, el viento en los ojos, la caída horizontal del mar. Por fin Alejandro se detuvo, se echó y ella
se puso junto a él.
El mar tenía un tono verde esmeralda que se resolvía periódicamente en olas largas,
promontorios lentos que se inflaban, lograban una fracción de inmovilidad luminosa en las alturas, y
estallaban hacia abajo, en un derrumbe de furia, una paz de telarañas blancas, el rumor de la masa de
agua arreando el mundo.
Diana se paró y caminó hacia la orilla, un drama de arena rápida se iba fraguando a sus pies. Ella
miró a lo lejos, empezaba a perderse mientras se quedaba mirando, el sol furiosamente esparcido, un
espejo violento de ese cielo predestinado.
Olvidar, ignorar, la gente en Lima es tan mal hablada. Conocía bien a Alejandro, ¿conocía bien a
Alejandro?, la nobleza y la fuerza a las que se había acostumbrado no podían ser un sueño de su
ingenuidad, la fuerza y el cariño comprobado por los recuerdos, una serie de escenas precisas, las
noches juntos en la casa, escuchando música, frente a la T.V. las películas y series, ella se encargaba
de avisarle a Eugenia, la empleada de mandil blanco y azul, la bandeja siempre con dos platos,
comiendo frente a la televisión, una mano en el cuello, una caricia en la cintura, cuando recibía allí a
sus amigas, siempre Alex el más gracioso, la estrella de las conversaciones, el que planeaba las
expediciones a las playas en el verano, el primero en llamar a sus padres en sus cumpleaños, las
flores que traía para su madre algunas noches, los martillazos de paleta a los que ella asistía en el
club antes del gran almuerzo, esa mezcla de cuerpo aceitado y alma de inocente que no desperdiciaba
la cortesía de sus manos y las ceremonias del cortejo de su voz en las reuniones familiares, sus tías
lo habían aprobado desde el primer día, sólo su padre y su madre con más reservas, ay, no sé, si a ti
te gusta, muy bien, pues, qué vamos a hacer, su madre, no estoy seguro de que es el hombre que te
conviene, su padre. Pero ella siempre había adivinado el margen de tolerancia en la quijada de su
padre cuando hablaba, era una quijada movediza, siempre dispuesta a detenerse cuando ella lo
interrumpía para prodigarle algún cariño. Había perdido la esperanza en cambio de convencer a su
madre de que quisiera a Alejandro, pero sabía que con el tiempo iba a convertirse en una rutina
llevadera, sus padres siempre habían sido amables con él, había sido un perverso placer acostarse
con Alex en la madrugada de la sala en su propia casa.
Ahora la venganza exaltada, disfrazada de amor en las acusaciones precisas de su madre en el
teléfono, por fin te tengo, hijita, por fin eres de nuevo nuestra, siempre tuvimos razón, te casaste con
un chico enfermo por qué te pusiste tan terca, hijita, pero ahora felizmente la Sra. Gómez Sánchez y
yo vinimos a salvarte, lo mejor es que te regreses, te divorcies y esperes al elenco de muchachos que
te convienen, tú siempre tan buena y cándida, Dianita, tú siempre tan inútil para todas las cosas
prácticas, tan indefensa, tan dulce, así como no sabes manejar dinero, tampoco sabes escoger novio,
perdona que te diga, pero eres mi hija.
Diana había soportado las protestas con una paciencia risueña, pero alguna vez se había cansado
de resistir. Felizmente poco antes de la pedida de mano, ella había asimilado la lastimosa
resignación de sus padres, todo sonrisas y elogios para Alex las últimas veces, en la ceremonia su
papá parecía incluso contento, incluso complacido, es un excelente muchacho, su familia tiene mucho
mérito, había explicado, incluso somos amigos de los primos de su mamá, ese día hasta su madre le
había dado un beso a Alex de novio y le había dicho esa frase, qué bueno tenerte en la familia. La
ceremonia había sido tan vistosa y el Danubio Azul con tanto ritmo, los dos en la gran terraza de su
casa. Su mamá había sido tan cariñosa con la hermanas de Alex, los trajes chillones de las hermanas
que su padre reprochaba con los ojos fijos. En medio de esa marea de recuerdos estaba el presente
de Alex, la cara atenta de Alex que había adivinado la furiosa marea de celos y prejuicios, la familia
blanca y antigua y adinerada de Diana frente a la familia marrón de nuevos ricos de él. Pero Alex
nunca le había reprochado los silencios, las ausencias, las murallas de sus futuros suegros. Diana
había empezado a admirarlo y a pedirle perdón en silencio, pero habían hablado de eso alguna vez, y
Alex siempre, «yo me doy cuenta, no te preocupes, tus padres son encantadores, es cuestión de
tiempo». Cuando por fin estaban los dos lejos, en las playas de Miami, de todo lo que su madre le
había dicho, esto de su enfermedad seguía resonando en ella, «te lo digo por tu bien, discúlpame,
hijita».
Claro que sí.
Regresó junto a él. Echados, mirando de frente al sol. Él hablaba vagamente de un viaje anterior
a Miami, su visita a «Planet Hollywood», uno de estos días vamos a tomar el barquito de paseo en el
muelle, murmuró. Diana mantuvo los ojos cerrados. Los abrió con el ruido de Alejandro
incorporándose.
—Voy a bañarme —dijo—. Después vamos a almorzar al hotel.

***
Diana lo siguió con la mirada. La distancia lo convertía paulatinamente en un extraño, cada vez
más un hombre joven, guapo y perfectamente ajeno que entraba a una playa, un galán magnífico de
piel tostada. Lo vio correr sobre el agua, saltar hacia arriba y zambullirse contra la pared de una ola.
Su cuerpo disuelto en una explosión.
La primera vez que ella había abrazado ese cuerpo, un año antes, en la puerta de su casa, esa
misma cálida fuerza: una masa sincronizada y esbelta de músculos, una tela cálida que se abría en el
pecho, ella lo acariciaba, se restregaba contra su cuello, los brazos duros de un frontonista
consuetudinario, la placidez melancólica de unos ojos enamorados, un perro grande capaz de poner
la cabeza en su regazo.
Lo vio salir a flote. Nadaba en una dirección paralela a la playa. Esos músculos de brazadas
como aspas furiosas contra las olas, los brazos de atleta que ella había domesticado alrededor de su
cuerpo, tenían fuerza suficiente para partirla en dos como a un fósforo. Pero puesto que era incapaz
de eso, puesto que era un hombre bueno y equilibrado, puesto que estaba lejos de los chismes y
acusaciones de su madre en el teléfono, iba a volver de la playa, iba a regresar al hotel con ella y
desde entonces iban a iniciar una vida larga y feliz, sorteando los rápidos normales en el río largo de
una pareja. Iba a ser así.
Alejandro nadaba con una fuerza y una gracia prodigiosas, las clases de natación en las que su
padre lo había inscrito desde niño. Diana lo había visto nadar muchas veces como ahora, la belleza
de cada brazada cobijándose en el agua, la cabeza inclinada en la espuma, pero a diferencia de la
playa de Santa María, a donde habían ido en el verano, las brazadas de Alex le parecían ahora más
largas y violentas, había algo de desesperado en los golpes en el agua. Por fin lo vio detenerse,
estaba flotando de pie. Alejandro le hacía señales. Le indicaba con el brazo que lo siguiera mar
adentro. Ella apenas levantó la mano para saludarlo y negarse en un mismo gesto. Sonrió brevemente.
Diana se echó mirando el sol. Los pasos de otros bañistas sonaban como una amenaza. Un
hombre estaba sentado a su lado, tomando el sol. Tenía unas piernas flacas de garza, la barriga
redonda. Una señora llegó junto a él, y sin hablarle se sentó en una silla de telas y fierros. La mujer
tenía la piel albina, el pelo rubio cayendo en mechones enrulados, una mezcla de negro y dorado
artificial. Traía su propia revista que abrió con ojos de pájaro, había un brillo desaprobatorio detrás
de su fijeza, como si la revista le mostrara todo lo que ella detestaba en el mundo y aún así,
impulsada por una curiosidad morbosa, siguiera pasando las páginas y buscando nuevos motivos de
exaltación maligna. Ninguno de los dos se movía. Diana cerró los ojos, el sol se filtraba entre los
párpados. Se puso los anteojos de sol.
Vio a Alejandro que regresaba del mar. Se quedó boca abajo en la arena, apoyándose en los
codos. Sintió las gotas de agua en el hombro, volteó hacia él con el blindaje de los lentes.
—El agua estaba deliciosa, —lo oyó, la cabeza sobre la toalla doblada.
—Qué bien.
—¿No te vas a meter?
—En un ratito.
Hubo una larga pausa, marcada por los gritos de niños en las inmediaciones.
—Dime, Diana, ¿te pasa algo?
—No. Nada. ¿Por qué?
—Te veo medio rara. ¿Te sientes mal?
—Creo que me cayó un poco pesado el desayuno.
—Sí, estaba rico pero un poco pesado.
—¿Sabes qué? Voy a caminar un ratito. Eso me va a hacer sentir bien, creo. Un ratito nomás.
—Te acompañaría, pero estoy cansadísimo. Este mar es más movido que el de Lima.
—No te preocupes. Ya regreso.
Se paró.
Caminó por la orilla abierta, el fondo interminable de ese aire azul, las masas dispersas de gente,
los pies húmedos bañados por la pequeña espuma, una playa llena de turistas, el rumor de las olas
mezclado en todos los idiomas, se sentía perfectamente a gusto, segura de que nadie iba a
interrumpirla. En Lima, en sus caminatas en Santa María en cambio, cada dos o tres pasos era hola,
hija, tiempo que no se te ve, me han dicho que te casas, sí, pues, qué te parece, sólo que acá, de
pronto, entre esa familia italiana que leía con gorritos azules y ese caballero inglés que hojeaba «The
Guardian» con una pipa, como sacado de una caricatura, sintió que alguien la llamaba, Diana, Diana,
volteó ante una cara vaga pero familiar, era una chica de pelo negro y una sonrisa enorme, ¿te
acuerdas de mí?, claro, pero no, ¿dónde te he conocido?, ah, claro, en el colegio, yo soy Alejandra
Camino, pero tú, yo estaba en el salón de tu prima Margarita, qué haces acá, bueno, de luna de miel,
¿y tú?, ay, con un gringo que me trajo, pues, allí lo ves, ese rubiecito, tenemos una tienda de
artesanías, importamos de todo, cosas peruanas también, nos va bien, pero cuéntame, quién es tu
marido, Alejandro, Alejandro Torres, ah, el de las telas, qué regio, ¿y hasta cuándo te quedas?, toda
la semana, a ver si nos vemos, pues, pásame la voz si quieres, mi teléfono está en la guía con el
nombre de la tienda, Southern Craft, llámame si te provoca, les puedo enseñar algo, si, si, de todas
maneras, no te pierdas, yo te llamo, a ver, de todas maneras, chau, chau.
Regresó al lugar donde Alejandro. La esperaba echado de costado, hacia ella.
—Te demoraste un montón.
—Es que me encontré con una chica del colegio, imagínate.
—¿Ah, sí?
—Alejandra. Estaba en la misma clase que Margarita.
—¿Y qué hace aquí?
—Una tienda, dice. A lo mejor la vemos, le he dicho.
—Bueno.
Quizá podrían llamarla luego. Podrían salir juntos los cuatro. Alejandra Camino. Era bueno tener
a alguien en la ciudad. Era bueno.
—Vámonos a almorzar que me ha dado hambre tanta playa, —dijo él.
—Vamos, pues.

***
Un piano tocaba boleros en el comedor del hotel. Subieron a cambiarse y entraron al salón.
Pescado, ensalada, arroz con arverjitas. Comieron entre comentarios sobre el clima, recuerdos sobre
los trajes que sus amigas habían llevado a la boda, novedades sobre la reconciliación de sus amigos
Pacho y Tere que habían aprovechado la recepción para hablar después de su pelea. «Tere es un
poco loca. Ojalá que Pacho tenga paciencia», dijo Diana volteando hacia el mozo. «Por favor, señor,
un helado de vainilla, con fudge encima».
—¿No quieres un poco? —dijo escarbando en la bola de helado.
—No —contestó Alejandro.
—Está bien rico —añadió ella.
—No me quiero engordar.
—¿Me estás diciendo que si me lo como yo voy a engordar?
—No he dicho nada.
—Pero seguro que te parece mal. Voy a ponerme como un barril si como esto. Eso es lo que
piensas, ¿no es cierto?
—Claro que no. Estás flaca, mi amor.
—Bueno, muy flaca tampoco. Ni flaca ni gorda.
—¿Qué te pasa?
—Nada. No pasa nada.
Cuando llegó la hora de tomar el café, Diana se sirvió de la jarra de leche. El líquido desbordó
la taza y el mantel. Una mancha húmeda se esparció por la tela, amenazando los bordes de la mesa.
—Mira lo que hice —dijo ella.
Alejandro la miró sin contestarle.
—No te preocupes que ahorita vienen a limpiar.
Llamó al mozo.
El hombre se acercó con un murmullo de cortesía y con una esponja en el mantel.
—¿Quieren pasar a otra mesa, señor?
—No. Tráigame la cuenta para firmar. Creo que ya nos vamos mejor. ¿Quieres que te lleven el
café al cuarto, amor?
—No. No te preocupes.
Caminaron juntos hacia el lobby. Un regimiento de maletas estaba apostado junto al mostrador.
Un grupo de muchachos, alguna escuela en viaje de promoción, llenando los formularios del hotel,
entre risotadas.
—¿Qué estará haciendo Tati? —dijo Diana.
Tati, su mejor amiga, había estado con ella, durante casi toda la recepción, dos días antes. La
había ayudado a escoger y a probarse el vestido. Había sido su confesora desde que había conocido
a Alex. La última en despedirse en la puerta del carro, con el arroz en los zapatos.
—¿Por qué piensas en ella?
—No sé. Se me ocurrió ahorita.
—No te estás divirtiendo mucho, ¿no? Te veo muy seria, Diana. ¿Te preocupa algo o qué?
—No. Claro que me estoy divirtiendo.
—¿Tu mamá te dijo algo malo cuando te llamó? ¿Por eso estás así?
—No. Nada. Todo bien.
—Me pareció raro que llamara tan temprano.
—Ay, no te preocupes, oye.
Alejandro miró hacia un costado del lobby. Una cascada artificial bañaba una estructura de
piedras y yerbas. En el bar, alguien hablaba por teléfono en voz baja. Era un tipo flaco y sombrío,
que sonreía con crueldad de vez en cuando. «Parece un espía ese pata», rió Diana. «Míralo cómo
habla. Seguro que está en una cita clandestina aquí. ¿Tú qué dices?»
Hubo una pausa.
—Bueno, vamos arriba a descansar un rato. A lo mejor dan una película en la tele.
—Sube tú. Yo voy a comprar cigarrillos y te alcanzo.
Alejandro entró a la tienda del lobby. Tenía la cabeza ligeramente hacia un costado, como si algo
le doliera en el cuello. Diana llegó al ascensor. Se dio cuenta de que no tenía la llave del cuarto.
Volvió a la recepción y se la pidió al conserje, un murmullo de cortesía.
El hombre —algo mayor y de pelo inmaculadamente canoso—, buscó la llave en los casilleros
sin encontrarla. ¿Estaría ocultándole algo? Diana recibió por fin la llave, las luces del ascensor,
primero, segundo, tercero, por fin la puerta como una exhalación, las chapas iguales, la alfombra
roja, el número de su cuarto.
En el dormitorio, vació las maletas y empezó a mover las camisas, el saco, los anteojos. Vio un
botiquín: un rectángulo de cuero, una hebilla plateada, un cerrojo. Lo había dejado con llave pero
Diana sabía que el llavero estaba en el bolsillo de la maleta grande. Cuando lo encontró, un racimo
adicional de pequeñas llaves que no había visto antes. «Tiene un remedio para sus ataques de locura.
Tiene que tomarlo. Se llama Zofotil». Por fin encajó una de las llaves en el cerrojo del botiquín,
torció la mano hacia la derecha y oyó el breve crujido. Dentro había varias cajas. Revisó una por
una: Motrin, vitamina C, aspirinas. Al fondo, un rectángulo azul y blanco, diez pastillas, la caja azul y
blanca con una franja morada, de Zofotil.
Capítulo II
16 de Marzo
2 P.M.

Hoy es la noche del Oscar, y la gente de la oficina no habla de otra cosa. Pero no he pensado
mucho en eso. Siempre quise escribir. Escribo de vez en cuando, todos los días, un poco, a cualquier
hora y a todas horas, en mi casa, en el trabajo y a las dos de la mañana, a las cuatro de la tarde o a
las diez, un sábado, un miércoles o una Semana Santa. Estoy en el primer capítulo de mi novelita
«Luna de miel» (o «El otro amor de Diana Abril»). Una historia simple: una chica recién casada
recibe la llamada de su madre que le dice que a lo mejor su marido es un loco.
Diana es el nombre de la cazadora en la mitología. Tiene un nombre cristalino, con vocales tan
bondadosas como la «i» y las dos «a», los dos golpes saltando como una fragancia sonora, el arco
abierto de la «d» y el golpe en la «n», una campanita sonando en los oídos. «Abril», siempre el
nombre de la primavera y de las flores en la literatura europea, recuerdo la frase de un poema, «una
flor de abril». Diana Abril, cazadora, primavera, flor abierta. Yo me llamo Verónica Torres y mi
nombre me parece pobre y modesto y hasta ridículo. Pero «Diana Abril...»
Como de costumbre, no estoy segura de lo que he escrito. Quisiera enseñarle este capítulo a
alguien, a mi jefe Daniel por ejemplo, que ha publicado un libro de cuentos, o a mi amiga Roxana.
Pero Roxana es demasiado buena y me haría una crítica compasiva. Estoy harta de la gente buena. De
la buena gente.
No sé si puedo escribir bien. No sé si tengo talento. No sé si algún día publique esto. Voy a
seguir. Nunca he dejado de tener dudas y sin embargo nunca he pensado en dejar de escribir. No voy
a renunciar porque sospecho que lo hago mal. Nadie me pide escribir, no tengo que entregarle mis
páginas a ningún jefe y sin embargo escribir me parece siempre urgente. Nada de esto es una
consecuencia de una reflexión tampoco. No pienso que es una manera de protestar contra la muerte o
contra el tedio o contra la falta de espíritu en la vida moderna. No pienso nada. Solo quiero escribir.
Escribir todo el tiempo. No sé por qué. A lo mejor alguna vez quise empezar a escribir como una
fuga o como una protesta. Mi soledad, mis frustraciones, tampoco más que las de la mayoría de las
mujeres, no son una excusa. Ahora veo a todas mis amigas que trabajan o se divierten o se van de
paseo. Yo no pienso más que en tratar de traspasar algo de lo que veo y siento en las palabras. Me
aterra la idea de que todo esto, mi conciencia, mis emociones, se disuelvan así, un día, de repente. Y
sin embargo la vida me distrae tanto. Mi hijo Gonzalo tiene seis años, y estar con él es un trabajo
aparte, me levanto con él, le hago la lonchera, le saco la ropa, (lo animo a vestirse solo), lo veo
desde la ventana cuando lo recogen para el colegio, estoy con mi madre un rato, (siempre discutimos:
por qué me acabé toda el agua caliente o cómo es que Gonzalo tiene tan malos modales cuando come
o por qué no puedo encontrar novio después de lo que pasó, de lo que me pasó, mami, a ti no te pasó
nada.) Luego ayudo a limpiar un poco la casa, tiendo las camas, salgo a pagar cuentas, a hacer
compras. A las diez estoy sentada frente a mi computadora en la revista. No voy a ver a Gonzalo
hasta la noche. A ratos lo llamo por teléfono, «bien, ¿qué haces?, viendo tele, ¿y qué estás viendo?»
Regreso a las nueve o diez cuando él ya está dormido. A veces le dejo mi sortija y le digo que
cuando él se vaya a dormir y yo no esté, le dé un beso a la piedrita negra, ésa es tu mamá que está
contigo, hijito.
Lo malo de este trabajo; las horas nocturnas, sobre todo las noches de cierre, esperando alguna
novedad de última hora, o la llegada de un aviso, el canal de las estrellas. A veces hay que cambiar
textos o buscar fotos, sobre todo cuando llegan noticias como algún chisme sobre una estrella de la
tele.
Por lo demás trabajo con mis amigas Fátima que diagrama y Esther que vende avisos a comisión
y destajo. Me gusta escribir pero es desesperante tratar con las modelos y las estrellas de la
televisión, por lo general una manada de idiotas bien pintadas, chiquillas que buscan plata y foto
rápidas, me preguntan si puedo sacarlas en la página central, en la carátula, ay, no seas malita, yo les
digo que a lo mejor, nunca sé, la revista se llama «Televisando» y con ellas estamos, no hay otra.
Escribo sobre Diana Abril y sus amores, pensando en mi propio amor.

***
Él acaba de pasar.
Acaba de saludarme con una sonrisa, acaba de preguntarme «¿qué escribes?», se ha alejado por
el corredor anunciando a la secretaria que va a salir a almorzar.
Se llama Andrés, tiene treinta años, es ejecutivo de ventas de la revista, le gusta la música
criolla, el cine, el fútbol, le gusta viajar, ha estudiado en la U. del Pacífico, vive en San Borja, es
soltero y divertido, está siempre de buen humor, conversa con todos, se reúne con el director, camina
lindo, habla lindo, sonríe lindo, usa zapatos de gamuza, tiene muchas corbatas, es alto, flaco, de pelo
negro y ojos verdecitos, y a pesar de la preocupación por la falta de avisos nunca pierde el ánimo y
sigue visitando clientes. Su pelo negro de mechones ligeramente rizados, sus camisas blancas
siempre, un porte que lo hace parecer distinguido pero nunca distante. Es inteligente, afable,
educado, y acaba de irse a almorzar solo, sin mí.

22 de Marzo
9:00 A.M.

La casa es un loquerío: Mi madre despertó a Gonzalo a las siete, faltan veinte minutos para que
vengan a recogerte, corre, vuela, hijito, yo te hago el desayuno. El cuarto se había agrandado con los
gritos, a esa hora tengo una voz de pito. Le saqué su ropa, mi mamá le hacía la lonchera y yo le ponía
los libros en la mochila.
Por fin entró a la cocina con su pistola de agua en la mano y apenas hablamos mientras engullía el
pan con queso. (Pienso a veces si no debo darle vitaminas pero mi tío Quique que es doctor me dice
que una buena alimentación basta. Igual me desespero a veces por encontrarle Terragrán y minerales,
lo que mi padre me daba).
La bocina de la camioneta. Con los labios mojados de leche, Gonzalo me dio un beso, se
despidió de su abuela y corrió hacia las escaleras. Desde la ventana lo vi subir. Se sentó y me hizo
adiós con la manito. Siguió moviendo la mano hasta que el carro dobló en la esquina. Me conmueve
su gracia, me derrite su afecto. Todavía tengo que ayudarlo a terminar de vestirse, necesita a mi
madre para terminar sus tareas. Tengo un terror y una obsesión. Cuidar mi salud para poder
acompañarlo siempre. ¿Qué sería de él solo, sin mí, a esta edad, qué sería? La única señal de
curiosidad y de independencia que ha mostrado recientemente es la serie de preguntas sobre su
padre. Le he explicado lo mejor que puedo. «Tu papá y yo vivíamos juntos cuando tú naciste. Pero un
día tu papi se quiso ir de viaje y no volvió. ¿Por qué no? Porque quiso quedarse allá, donde está
ahora. Trabajando. ¿Dónde, mami? En Estados Unidos, hijito. ¿Y Estados Unidos queda lejos? Sí,
queda lejos. Cara resignada, ¿puedes darme más leche?, fin del interrogatorio. No parece muy
afectado por el asunto excepto que me dice que otros niños tienen papá y mamá y yo por qué no
tengo. Sí tienes, hijo. A lo mejor vuelve un día. Y así seguimos, él tranquilo y yo no tanto.
Algún día voy a leer esto. Voy a recordar mi relativa, trabajosa felicidad de estos años pero
sentada en una buena silla en el jardín de mi casa del futuro. Estaré casada con un hombre bueno, rico
y trabajador, que querrá a Gonzalo; tendré un nuevo trabajo y viviré con mi madre y mi marido en
una gran casa en Chacarilla. Quisiera que fuera Andrés.

24 de Marzo
2:30 P.M

Mis pies se mueven taconeando el piso. Algunas caras voltean. Me miran fastidiadas. No me
importa. No lo puedo evitar. Estoy escribiendo. Quiero calmarme. Andrés acaba de pasar otra vez.
Pero no solo. Está con Leticia Santos, la secretaria de publicidad.
Leticia viene al trabajo vestida como una muñeca de caramelo, siempre en minifalda o con
pantalones ajustados, boca melosa, vedette de circo, puta almibarada, niña engreída, ya sé como son
esas mujeres, cada hombre es un trofeo a conquistar con sus ojos de gata y los arco iris de su
maquillaje, dispara sus palabritas de mermelada: «ay señor Andrés, yo le manejo sus citas, ¿qué le
parece?», está convencida de que su sonrisa es una llave que puede abrir el cierre de cualquier
pantalón.
Repelente por los cuatro costados de su bien apretado cuerpo de puta, se pasea por el corredor
convencida de que todos la miran. Todos saben en la oficina que está aquí porque es pariente del
doctor Roggero, primo del dueño, que la puso sabiendo que era una inútil y no podría conseguir
trabajo en otro sitio. Estoy reventando de la cólera. Mis piernas no dejan de moverse, los tacos
chancan la loseta. Seguro que ahorita estarán almorzando juntos en el restaurant de la esquina.
Brindando con el vino rosado que ella le recomienda y que sabe más a jarabe para los bronquios. Él
le estará contando de sus visitas a los clientes, ella lo estará escuchando con su sonrisa de pericote.
No voy a salir para no verlos. Voy a llamar a la cafetería de abajo para que me traigan un mixto y así
de repente sentirme mejor, con un jugo de algo para seguir escribiendo (el mixto engorda; un triple
sin mayonesa mejor; pero la palta tiene grasa dicen. Digamos que un par de manzanas. Una botella de
agua. No quiero ser un barril, como dice Diana).
Él la invitó a salir porque Leticia se le acercó hace un rato. Porque Leticia habla más que yo.
Porque lo obliga a esucharla. Porque le hacen gracia sus mohines. Era como si ella lo hubiera
ensayado. No me sorprendería que Leticia hubiera estudiado recetas para comerse a los hombres.
«Le echas un poco de maquillaje, una masa de muslo, una pimienta de sonrisas, un vestido rojo, lo
mezclas todo y se lo sirves. Él se lo come al toque».
Mis celos, mi cólera, me quedo callada. Se supone que los celos son el miedo a la pérdida de
alguien que una mujer posee. Pero no es así. Yo no poseo a Andrés. Mi posesión en todo caso es
dudosa, en realidad no existe. Para los efectos reales, Andrés no es sino un amigo que me conversa,
yo le llevo un café de vez en cuando; él me ha invitado a almorzar dos veces. Esas veces que salí con
él... una magia silenciosa en las manos, la gentileza de su trato, la pregunta cómo te está yendo con
los artículos, qué tal está tu hijo, piensa en mí lo suficiente para recordar que tengo a Gonzalo, el
marrón luminoso de sus ojos que parece estar leyendo mi cuerpo y mi mente, qué pensará de mí,
creerá que soy muy inestable o muy nerviosa o muy callada o muy fea. Simpática pero nada más. Y
sin embargo me ha correspondido, al menos en parte. Su amistad de compañero de trabajo justifica lo
que puedo sentir. Una emoción no necesita justificarse. Pero él me ha contado cosas suyas. Me ha
contado sobre la tragedia de la separación de sus padres cuando era un niño, sobre la mala relación
con su papá que tomaba mucho, me ha contado sus primeros trabajos como profesor de una academia
mientras estudiaba. Estudiaba y trabajaba como un loco, pobrecito, en esa época. ¿Le estará contando
todo eso también a Leticia? Rompo un lápiz que tengo cerca, lo parto en dos, me quedo viendo el
carboncillo, un palito negro en la madera.

3:30 P.M.
He ido al baño tres veces pensando en que Andrés y Leticia pasarían junto a mi sitio cuando yo
no estuviera. Por fin ahora, al volver, los he encontrado, cada uno trabajando en su escritorio.
Parecen relajados. Es horrible. Pero no digo nada. Estoy tranquila. Escribo como si estuviera
haciendo el artículo que me ha pedido Daniel. Pero no tengo cabeza para un artículo. Voy a
controlarme. A la noche o mañana voy a escribir el segundo capítulo de mi pequeña novela. Mi
pequeña novela, mi pequeña novela. ¿Le gustará a él si se la enseño? No sé. ¿Dónde me quedé?
Diana acaba de descubrir el remedio. ¿Está enfermo su esposo, realmente? No sé cómo va a
terminar. Diana, Diana, Diana en el cuarto. Olvidarme de Andrés, de Leticia y de mí.
Capítulo III
Zofotil, cincuenta miligramos, cincuenta. Cajita blanca y azul con una franja morada. Diana
sostiene el papel y lee la lista bíblica de posibles efectos secundarios: insomnio, diarrea, agitación,
el papel le tiembla brevemente, los pasos de Alex en el corredor, la manija de la puerta, el papel
apenas entra en la cajita de nuevo, revuelve los remedios y de pronto la cara brillante de Alex, ¿se lo
debía decir?, oye, ¿por qué tomas esto?, ¿qué te pasa?, ¿qué haces?, aquí buscando una pastilla para
el dolor de cabeza.
Los ojos de Alex de pronto se encendieron.
—¿Por qué estás revolviendo mis remedios? Deja eso, ándate.
Alex se acercó y Diana sintió que por primera y única vez en su vida un hombre iba a pegarle y
que las consecuencias de esa cachetada que estaba a punto de recibir iban a extenderse como un
recuerdo de vergüenza y de terror sobre el resto de su vida, no el terror y la vergüenza de que un
hombre le hiciera daño sino de descubrir de pronto quién era Alex.
Pero no le pegó ni se acercó demasiado ni la gritó. Sólo un gesto compulsivo de la voz, «deja
eso, no toques eso», y ella había soltado la bolsa de los remedios, y se había alejado, ¿por qué te
pones a buscar, Diana?, ya sabes que eso no me gusta, y ella había tocado la pared junto a la puerta,
los ojos húmedos, ¿qué te pasa?, la mano temblando en la puerta, el corredor enorme en la carrera, la
huida por las escaleras, Diana, ven aquí, regresa, ven aquí, Diana.
Bajó las escaleras de dos en dos y llegó al sótano pensando que él podría estar esperándola en el
lobby. Salió por la puerta del garage, una camioneta en la pista, un campo verde, unas casas chatas y
amarillas, camina por el cemento calcinado, llega a la esquina, una acera, más casas, no tenía un
centavo, mirando hacia atrás, ¿la estaba buscando?, el sudor le enfriaba la piel, junto a ella un
«Seven Eleven», quizá le podrían dar un vaso de agua. Entró, la cara redonda, los ojos azules de pez
muerto, hi, what can I do for you, un poco de agua, le dijo ella, sure, dijo el tipo, una mano en un vaso
de plástico, help yourself.

***
Dio vueltas alrededor del barrio hasta el atardecer.
Miami no estaba hecho para los caminantes. Los carros pasaban a toda velocidad, ella se sentó
en el sardinel. Miraba los carros pasar, la vereda bordeada de pasto, el cielo limpio con el gran
botón dorado al fondo, tenía que regresar.
Caminó hacia el edificio de lunas verdes del hotel, dio la vuelta y se encontró de pronto en el
aire acondicionado del lobby, el frío en la garganta, el pelo crispado, pensó que a lo mejor Alex
estaría en el cuarto, se acercó al conserje, ¿mi esposo salió?, dígame, la llave estaba allí, sí, señora,
salió, iba a subir a esperarlo.
En el cuarto, todo estaba revuelto, las sábanas en el piso, el sofá de costado, las almohadas en el
suelo, Alex había tenido un acceso de furia antes de tirar la puerta, Diana recogió las sábanas, hizo la
cama, enderezó el sofá y se sentó a ver televisión, afuera, la silenciosa reventazón de una ola, los
ventanales épicos a la luz anaranjada, el corte circular del océano, la lentitud sólida de un sueño o de
un espejismo. Desde la ventana lo vio llegar. Caminaba en línea recta, el ritmo retardado de las
piernas, los brazos caidos.
Diana se miró al espejo. Se lavó la cara, se secó y se maquilló rápidamente. Sintió los pasos
acolchados, la puerta lenta, la sonrisa incierta de bienvenida.
—Hola.
—Hola. Quiero hablar contigo un ratito.
—Sí.
—¿Qué es eso que tomas? El Zofotil.
—Es algo que tengo que tomar.
—¿Para qué?
—Para sentirme mejor.
—¿Qué es lo que te pasa?
—No sé.
—Pero dime por favor, Alex.
Lo acarició en la frente.
—Es una tristeza que no me deja. El remedio me ayuda. Tengo que tomarlo.
—Ay, Alejandro. ¿Qué te pasa?
Diana se sentó en la cama. Alex la observaba.
—¿Qué?
—Nada
—Perdóname, Diana. Es que no quería que supieras. Por eso me molesté.
—Ya. Está bien. Pero, ¿por qué no me contaste?
—Porque pensaba que no ibas a querer casarte conmigo.
—Qué tontería.
—No sabía pues.
—¿Y desde cuándo tomas eso?
—Desde hace un mes más o menos.
—Bueno, ya, pues. ¿Quién es tu médico?
—El doctor Fernández. Es un buen tipo.
—Bueno.
—¿Y cómo te pusiste a buscar?
—Lo encontré de casualidad. Estaba buscando una aspirina y pensé que tú tenías. Pero ya había
oído hablar del Zofotil. Para la depresión.
—No sé por qué me puse tan mal. Perdóname, amor.
—¿A dónde fuiste?
—A dar vueltas. Buscándote. ¿Y tú?
—Yo anduve por allí, atrás del edificio. Pero ya vamos a olvidarnos. Lo que te pasa no es muy
grave, me parece.
—Ya.
Un silencio largo, la inmovilidad de su cara, por fin el brazo de ella alzándose, tocarlo, recibir
sus labios en la mano.
—¿Qué dices si vamos a un cine?

***
El aire salado, el taxi de paredes anchas. Una podría vivir dentro de esos taxis, pensó Diana.
Trabajar, criar hijos, fundar una colonia, llegaron al centro comercial. Una escalera de cristales
negros, un pasadizo de alfombras hasta una boletería que parecía una cápsula espacial. Alex pidió
dos entradas.
Sentados en la oscuridad perfumada, ella le cubrió la mano. «Speed 2». Habían visto tantas
películas juntos así, tomándose y liberando la mano varias veces, sobre todo a iniciativa de ella,
persecuciones en lancha y escenas de amor en la playa. Todo muy rápido y previsible, con un lindo
final de la pareja, Sandra Bullock y otro.
—¿Cómo se llama ese actor? —le dijo ella, mientras regresaban por la calle de restaurantes y
bares.
—Ah, no sé. Yo ni tiempo tengo de ir al cine, oye.
Los postes de luces multicolores, el aire húmedo, la caminata rápida de Alex que tomaba la
dirección del hotel.
—Vamos a tomar un trago aquí un ratito, ¿qué dices? —dijo Diana.
Entraron a un restaurante de mesas redondas, manteles de cuadros blancos y anaranjados, grandes
aspas en un techo alto, el pico cristalino de loza.
El mozo les sirvió dos cervezas.
Hubo una pausa. Ella se alisaba el pelo hacia ambos lados, como masajeándose. Por fin se
atrevió.
—¿Qué te ha dicho el doctor?
—¿De qué?
—¿Cuándo cree que vas a mejorar?
Él miró hacia un costado, tomó un sorbo.
—O sea, lo que tenía era una tristeza que por las noches no me dejaba dormir. ¿Te acuerdas
cuando te contaba que no podía dormir? Además perdí el apetito y no podía concentrarme en nada.
Así que pensé en ir al médico y contarle. Y en la clínica me pusieron en un aparato y me dijeron que
tenía esto y que había esa pastilla que se llama Zofotil. Pero que como podía tener problemas de
energía sexual, en otras palabras como a lo mejor no se me paraba si tomaba esta pastilla de Zofotil,
podía también tomar Viagra. Y eso es lo que he estado haciendo, tomando Zofotil y Viagra todas
estas semanas. La verdad, me daba vergüenza. Debía haberte contado pero me daba vergüenza. Y te
pediría no hablar más de este asunto. Voy a estar bien, no te preocupes.
—Sí, está bien. Yo te apoyo y te ayudo en todo, pero también tengo que estar enterada.
—Claro que sí.
—Bueno, me gustaría hablar con tu médico en Lima, si es posible.
—Sí, creo que sería bueno. Es una vaina, Dianita. Después de todo, ahora recién te enteras que te
casaste con un loco.
—No digas eso, oye. Loco no eres. Cualquiera puede tener una depresión. Yo no sé mucho pero
dicen que es como un desbalance en el cerebro.
—Sí, me explicaron, es algo con la serotonina, así se llama. Pero me hace mucho bien hacer
ejercicio. Y tomo agua todo el tiempo, me da mucha sed. También es bueno comer plátanos. Puta, te
estoy confesando todo.
Alex se rió.
—Yo quiero lo mejor para ti, Alex. No podría vivir sin ti, ya sabes eso. No te quiero menos. Al
contrario, siento que puedo ayudarte más ahora, y eso me gusta, de verdad.
—Salud, pues —Alex alzó el vaso.
Terminaron. La camarera volvió a acercarse preguntando si todo estaba bien y si no iban a
servirse otro.
—En este país te sacan todo lo que pueden —dijo él—. Las camareras de los restaurantes son tu
mejor compañía. Te vienen a preguntar a cada ratito. Mejor vámonos.
En el lobby del hotel, pidieron la llave y mientras se acercaban al ascensor, ella se detuvo.
—Voy a quedarme aquí en la máquina de internet un ratito. A ver si le puedo mandar un correo a
la oficina de mi papá. ¿Quieres algún encargo?
—No.
—Ahorita subo.
Diana lo vio entrar al ascensor. Caminó hasta el lobby. Le preguntó desde allí al conserje.
«Puede usarlo todo el tiempo que quiera, por supuesto, sin costo alguno, parte de los servicios del
hotel, señora».
Se sentó frente a la pantalla y buscó en el Yahoo. Dudó antes de apretar el nombre Zofotil.
Una hilera de títulos y referencias. «Zofotil», «Depresion», «Distimia», «Sertraline». Revisó los
archivos uno a uno. Podía haber tratamientos prolongados pero también otros que duraban sólo de
seis a ocho semanas. La depresión podía ser consecuencia de un evento particular agravado por un
mal funcionamiento de la serotonina. El neurotransmisor serotonina en una persona normal tiene un
intercambio regular entre una célula y otra. En las personas con depresión, la serotonina no circula
adecuadamente y retorna a su célula de origen. ¿Cómo ayuda el Zofotil? Bloquea el retorno de la
serotonina y provoca por lo tanto su circulación. Eso elimina el origen de la depresión y reestablece
la sensación de bienestar. Es un medicamento mundialmente aceptado, cada vez más americanos lo
usan, etc. ¿Qué síntomas tiene la depresión? No sólo esa melancolía con insomnio y poco apetito de
los que habla Alex sino también un desorden compulsivo—obsesivo. Los pacientes pueden proceder
de acuerdo a ideas fijas y ser dominados por compulsiones. En algunos casos, pueden producirse
situaciones de suicidio y de agresión violenta.
En algunos casos suicidio y agresión violenta...
Bueno, bueno, no había que ser tan pesimistas. Los servidores de internet se ponían en todos los
casos, incluso en los más extremos por supuesto. Había pasado media hora. ¿Qué más podía
averiguar? Se quedó mirando la pantalla azul. Se apoyó en el espaldar y dio un suspiro.
Zofotil era uno de los remedios más medicados para ese tipo de situaciones. A lo mejor el
tratamiento era corto (¿seis a ocho semanas, había leído?), Alex siempre había lucido tan saludable y
sencillo, tan razonable y cortés. Nada grave, nada grave. Todos estamos un poco tristes siempre, es
así, es así, es así.
Se paró, saludó al paso al conserje y entró al ascensor. En el cuarto, lo encontró todo a oscuras,
un muchacho dormido, con un vago presagio de angustia en las comisuras. Tenía su piyama azul, las
dos manos adelante como si hubiera querido agarrar algo que se le hubiera escapado y él se hubiera
desmayado antes de seguir intentando.
Diana le dio un beso en la frente, se desvistió en silencio y se echó a su lado.
—Todo va a estar bien, como me dijiste.
Eran casi las doce. El sueño la había empezado a inmovilizar. El aire acondicionado le enfriaba
las manos pero se dio cuenta de que el agotamiento le impedía levantarse a graduarlo. Era como
rendirse sin poder hacer nada por remediar la noche.

***
La mañana siguiente bajaron a la playa temprano. Diana se echó de costado, la cabeza apoyada
en el brazo. Miraba a la gente de los alrededores: niños con balds y lampas, una pareja joven, un
grupo de chicas en bikini, señores sonrientes con sombreros de paja, una mezcla de jardín de la
infancia, desfile de modas, y casa de retiro.
Cuando volteó hacia él, encontró que la estaba mirando. Tenía una expresión grave; parecía
perdido en sus divagaciones.
—Hace calor. Me voy a meter al agua. ¿No te quieres bañar? —dijo.
—No. Prefiero tomar el sol.
Lo vio alejarse. Los gritos de gente entrando y saliendo del mar, algunos chillidos de niños y el
rumor metódico de las olas; el coro difuso de aves que parecía elevarse, la muchedumbre de
cuerpos.
De pronto, se encontró con los pies de Alejandro junto a ella. ¿Por qué había regresado?
—Vamos a meternos —dijo él—. No quiero entrar solo.
—No. No tengo ganas ahora, ya te he dicho.
—Ven —insistió él, tomándola de la mano—. Vamos.
La jalaba hacia arriba. Ella trató de sonreir. Él la seguía jalando.
—Alejandro, ¿qué te pasa?
—Vamos a bañarnos, amorcito.
—De verdad que no. Quiero tomar el sol un rato. Suéltame, oye.
—Vamos, pues. ¿Qué te pasa?
Diana sintió un nuevo tirón pero logró soltarse una mano y apoyarse en la arena. Había dejado de
sonreir.
—Alejandro, por favor. Ahora no.
—Quieres que te lleve cargada, ¿no? ¿Quieres que te cargue? Después de todo, no te cargué al
cuarto, cuando entramos al hotel. Pero ahora te puedo cargar al agua.
Diana trató de seguir la broma con una sonrisa; sólo alcanzó a dar un grito; su cuerpo acababa de
elevarse como un papel en el viento.
Alejandro la tenía entre los brazos y empezaba a avanzar hacia la orilla, los trancos lentos pero
firmes debajo, entre los desniveles de la arena. Diana dejó de gritar, mantuvo los ojos cerrados y
enmudeció de terror. Sintió que debía resignarse, entregarse a él.
Cuando los abrió, la arena corría debajo de ella. Alejandro la tenía ahora sobre un hombro, ella
doblada hacia el suelo, el gancho del brazo en su espalda; la vertiginosa maquinaria de ese cuerpo, el
dolor del pecho, el codo hundido en la espalda, la tenaza caliente de sus dedos mientras galopaba
hacia el agua para disponer de ella, algunas risas cercanas al verla levantada, Jane a punto de ser
desnucada por un Tarzán emergido de las penumbras de su mente, el caballero vuelto hombre mono
podía partirla en dos mar adentro, un movimiento rápido, como alguien que rompe una caña, ella se
ahogaría y todo podía aparecer como un accidente. En Miami nadie la conocía, nadie iba a preguntar
mucho por ella. ¿Dónde esta esa chica, Alejandra, acaso podía verla desde allí? Esa playa, escenario
perfecto para una muerte accidental. Él nadando como un pato alrededor de su cuerpo hinchado de
agua.
Cuando vio las espumas de la orilla debajo, atinó a escuchar su voz, él había estado hablando
antes pero ella no lo había oído:
—Una remojadita, nada más. No te va a hacer nada.
Una lucidez rabiosa la hizo mover las piernas que lo golpeaban en el estómago. Presintió el
cuello y hundió los dientes, la carne salada y cálida entró en la boca como una barra de chocolate.
Apretó hasta sentir que sus dientes se unían a ambos lados de la carne. Volvió a cerrar los ojos, y
sólo la despertó el choque de su espalda y su cabeza estallando en la espuma. Encima de ella
Alejandro daba un grito de dolor.
—Carajo. ¿Qué mierda te pasa? Casi me sacas la carne viva —decía, agarrándose.
Ella cayó hacia atrás. Sintió el golpe de la arena. Estaba sentada en el agua, jadeando. Se paró.
Al alejarse volteó a mirarlo.
—Te dije que no quiero bañarme. Pero no me hiciste caso.
Lo vio correr, el mar a sus pies y rodillas hasta que se zambulló sobre la cresta de una ola.
Tirarse el agua era su manera de calmarse. Se lo había dicho una vez.
Diana caminó otra vez hasta la toalla.
Se sintió sola entre la muchedumbre de bañistas. Se echó con la cabeza arriba, mirando el sol.
Resistió hasta que tuvo que cerrar los ojos. Tenía una revista pero no podía leer. Se incorporó y trató
de buscarlo con la mirada. Una multitud de cuerpos, un corredor luminoso en el agua. Esperó con las
rodillas dobladas. Por fin lo vio. Empapado y lento, atisbando hacia ella.
—¿Quieres decirme que te está pasando? —le oyó decir.
—Nada. Es que no quería bañarme, te dije.
—Pero te estás portando rarísima, Diana.
No contestó.
—Perdóname —atinó a murmurar Diana—. Creo que no me siento bien. No sé que me pasa.
Un largo silencio, él alzando las cejas, sentándose, la cabeza entre las manos.
—Perdóname tú —contestó por fin Alejandro—. Si no querías bañarte, no sé por qué te quise
obligar.
—Ya. No te preocupes.

***
Durante el almuerzo en el hotel, Diana sugirió buscar a Alejandra Camino, la chica con la que se
había encontrado en la playa.
—No tengo ganas de ver gente en este viaje, —dijo él, mientras cortaba la carne—. No es tu
amiga tampoco.
—Pero sería bacán saber qué hace acá. Cómo se las arregla.
—Llámala si quieres pero no me provoca.
—Bueno, si no te provoca, mejor no.
—Tú ve.
El mozo llegó con dos tazas de café y tortas de chocolate.
—Oye, ¿por qué no vamos a dar una vuelta por South Beach? Dicen que es divertido allí.
—Ya pues, vamos.
Un portero gigantesco con acento cubano y voz de pito giraba la puerta como una tómbola de
feria. Tenía una sonrisa de dientes grandes, que despedía programadas frases risueñas. El taxi
amarillo se acercó a recogerlos.
El carro enfilaba por una calle ancha, las palmeras lánguidas y el aire caliente.
—La verdad, no me gusta mucho esta ciudad.
—Pero, Diana, si tú estabas encantada de venir por una semana. ¿No te acuerdas que me dijiste
que hasta querías quedarte más tiempo? ¿Quién te entiende, oye?
—Sí, yo sé. Pero es que ahora... no sé. No es lo que esperaba.
—¡Pero si ya la conocías! Viniste hace dos años. ¿Tú misma no me contaste?
—Sí, pues. Pero no la vi como ahora. En esa época estaba mejor. Hay mucha delincuencia y la
gente que viene sólo le interesa ir de compras y nada más. Ay, no sé. Quiero irme.
Alejandro alejó la cara hacia la ventana.
—¿Quién te entiende, Diana?
Tenía un brillo maligno, la mano derecha sobre la rodilla, el brazo enorme de pelos largos a su
lado: los pelos del brazo de Alejandro, fibras gruesas y duras, una masa viscosa, el brazo de un
gorila.
—¿Tú me quieres, de verdad, Diana?
Alejandro la miraba de frente. Delante de ellos, el aviso en el taxi decía que el chofer tenía un
nombre castellano, Ricardo López o algo así. ¿Entendería lo que acababa de decir?
—Claro que sí.
—Te casaste conmigo para contrariar a tus padres, ¿no es cierto? Por darte el gusto.
—¿Qué te pasa, Alex? ¿Por qué dices eso?
—No. Nada.
El taxi recorrió varias cuadras de casas blancas. Por fin llegó a una esquina.
—South Beach está acá, a una cuadra —anunció en español el taxista.
Diana y Alejandro caminaron hasta la vereda junto al enorme trecho de arena. A su izquierda, una
larga serie de bares y restaurantes con mesas al aire libre, paredes verdes y amarillas, vendedores de
polos, bandejas de joyas fabricadas a mano. Caminaron en silencio.
—¿Quieres tomar una cerveza acá? —dijo Alejandro.
Entraron al «Paradise Park», un local con una barra en forma de herradura y unas cuantas mesas
sembradas sobre el suelo de cemento, las paredes rociadas de enredaderas.
Una camarera les sirvió dos cervezas. Diana vio su vaso lleno; las burbujas nacían, viajaban
hacia arriba, saltaban en la superficie, cabecitas desesperadas pidiendo auxilio.
Bebieron en silencio. Una mujer baja, morena, de falda blanca, un joven sonriente con una
guitarra. La pareja se acomodó en un escenario de madera, hope you´re having a nice time folks, ella
empezó a cantar.
Alejandro había sacado la cajetilla y el encendedor. Un chicotazo y la cara se encendió como una
fulminación.

***
Su padre. Cada vez que Alejandro había ido a la casa, cuando encendía el cigarrillo en el salón,
su papá con el brazo estirado, un gatillo rígido en la distancia de los celos, una maniobra cortés de la
desconfianza que manipulaba a sus sospechosos para ganar tiempo, apenas dándole la bienvenida a
ese joven galán que presentaba sus credenciales a la familia. Los primeros rituales del noviazgo, las
invitaciones a salir, las llegadas a los almuerzos dominicales en su casa. La rigidez en los labios de
su papá («no me convence ese chico, ¿estás segura?, espero que todo vaya bien, tú eres mi tesoro,
hijita...»).
Diana le había dado argumentos a su padre: Alejandro era un muchacho sencillo pero a cambio
tenía el corazón bien puesto, las emociones bien definidas garantizaban un marido estable, una
constancia y una dedicación al trabajo y a la familia. Va a ser un gran padre y esposo. Su fábrica ha
tenido problemas, me dicen. Sí, pero ya se arregló, ya está todo bien.
Diana había monitoreado con éxito los celos paternos. La desconfianza de su padre era más bien
un dato normal, una señal desviada y algo cómica de afecto. Su papá tan circunspecto siempre,
uniformado con sus ternos oscuros y sus modales y sus frases, un caballero parado sobre la
incertidumbre del mundo que trataba de aplacar o de entender; el mundo de los muchachos que
hablaban rápido y no se interesaban en carreras como el Derecho y la Medicina, que no se ponían
corbata para almorzar donde los suegros. Enfrentado a la nieve que salía del cuerpo de su suegro,
Alejandro había aprendido a hacer lo que todo joven decente en Lima: tratar de ganarse su afecto en
base a las fórmulas comunes de respeto («Buenas tardes, don Héctor», «¿Cómo ve la política?» ¿No
es terrible lo que hace Fujimori?»). ¿Su madre le habría contado de su descubrimiento, el chisme de
la Sra. Gómez Sánchez a su papá? Si Alejandro sabía de la llamada telefónica podía reaccionar
contra sus suegros. ¿Te casaste conmigo para contrariar a tus padres? Mejor no decirle. Mejor
olvidar y aceptar. En realidad, Alejandra había enfrentado la circunspección de su familia con un
decoro y una sencillez admirables. Era en cierto modo su héroe. La vida era demasiado amplia y
extraña para que no hubiera un camino, la música del bolero de pronto llenaba el aire de una
confianza de hierro, ella había leído todo sobre su enfermedad en internet, había pensado llamar a su
madre para que le explicara más, había querido encontrarse con Alejandra Camino para que hubiera
una testigo de su presencia en Miami. Sus precauciones eran cobardes y ridículas. Su miedo la
avergonzaba. Mientras pedía otro trago, se aferró al brazo de Alex.
La mujer terminó de cantar el bolero y ambos aplaudieron brevemente, las cuerdas y la voz
animando el aire y Alejandro con el vaso en alto.
***
Esa noche hicieron el amor, una dicha biológica del cuerpo inmune a los miedos, entre los
vértigos y las precipitaciones de los músculos. Se quedó felizmente dormida al voltear hacia la
cortina, los puntos de luces blancas derritiéndose.
Por la mañana lo oyó dentro del baño. Se sentó en la cama.

***
Durante el desayuno, Alejandro le contó acerca de una máquina para la fábrica que pensaba
comprar en Houston. Podía hacer el contacto por teléfono, enviar una orden y luego un técnico iría a
Lima para supervisar la instalación.
Alex dirigía la fábrica de la familia desde que su difunto padre le hizo jurar, al pie de su cama,
que heredaría no sólo su puesto de director—gerente sino también las virtudes de su cargo y nombre:
horarios largos (algunos sábados y domingos), precios bajos, nuevos diseños todos los meses.
Alejandro había estudiado ingeniería industrial en la UNI. La fábrica había sido su casa desde
niño. No había hecho sino trabajar allí: como asistente de su padre, como supervisor, finalmente en
el trono de la oficina del segundo piso, sobre la marcha de las máquinas. Diana apenas había
conocido a su suegro. El señor Torres había muerto apenas ella había empezado con Alex. (Esa
mañana, cuando Tati la llamó para ir al cine, ella tuvo que decirle: «Hoy no puedo. Tengo un
entierro»).
El ejemplo de papá: había empezado vendiendo telas de casa en casa y había terminado con una
fábrica de dos mil metros en Ate. Implacable en el trabajo, exigente en los horarios de la familia,
católico y practicante siempre, su padre solía votar por los candidatos que más hablaban de Dios. La
artillería de sus demandas había recaido en su único hijo hombre. Alejandro había escapado de vez
en cuando al círculo de restricciones de su padre. La bebida y los amigos habían sido sus pequeños
paraisos. Diana sabía que Alejandro era un tomador moderado que se procuraba una copa sólo en
grupo. La desaparición de su padre cuando él estaba en el último año de la UNI lo convirtió en
heredero justo a tiempo para sostener la predestinación de una herencia: las telas que producían
habían vestido mejor a los peruanos, así decía la propaganda, la garantía de un país bien vestido
siempre.
Diana lo había amado de la misma manera, sin explicaciones. Alex era el muchacho que venía de
otro mundo, escapado a la dureza algo resentida de su padre. Pero había sabido huir de esa dureza.
Alex despedía una tranquila magia en su trato, el modo como le hablaba sin imposiciones ni abusos,
la gentileza de sus labios, la mezcla de humor y humildad y de ingenio, eso que ella quería que sus
hijos tuvieran algún día, como él.
La madre de Diana en cambio había dispuesto un teclado y apretaba las emociones que su hija
debía sentir, cada vez, siempre: la ropa que tienes que ponerte, así te ves muy bien, así no vas a
estar, el viaje que puedes hacer, de ninguna manera, hijita, ni lo pienses, y ahora, después de los
novios que su madre había digitado. Diana odiaba a su madre y la adoraba y debía vengarse de ella
sin hacerle mucho daño. Iba a encararla y a ser feliz cuando llegara a Lima.
Alejandro salió del baño, Diana se le acercó y lo rodeó con los brazos.
—Hace tiempo que no hacemos el amor —le dijo.
—Pero anoche...
—Un día sin ti es mucho tiempo para mí contigo, Alex.
Así con él, iba a olvidarse de todo. Iba a dejar que su cuerpo decidiera.
Capítulo IV
Dejo de escribir. Casi la una. No puedo descansar, no puedo trabajar, no puedo sentarme, camino
por la casa. Gonzalito duerme. Quiero seguir. Tomo café, tomo agua, tomo limonada, fumo un
cigarrillo, lo prendo y al ratito lo apago, regreso al cuarto, la computadora prendida como un
proyector, una lámina en los bordes del sofá y los libros, pienso en mi historia, en Alex y en Andrés.
Andrés. Recuerdo el día que lo conocí. Entró a la oficina, y me dijo que era su primer día y
hablamos de lo que haría en la revista y él me dijo que sería bueno tener el índice del próximo
número para ofrecerlo a los clientes. Estaba parado junto a mi sitio, la piel deja sentir su calorcito,
su voz, sus manos. Pero me desespera lo de siempre. Siento que no tengo esa gracia de otras mujeres,
soy un poco tiesa, ¿no? Esas contorsiones que le sobran a Leticia. Ella parece una gata, con sus uñas,
con su boca, su talle, una gata, una gatúbela, minina de remilgos blandos. Camina lentamente, como si
fuera a horadar el piso con los tacos.
Si me falta gracia, debía sobrarme audacia. Me pregunto si no debo ser más atrevida, por lo
menos con él. Leticia se le acerca, sonríe comentando lo que vio en la tele anoche, le da un dato
risueño sobre un cliente que puede visitar. Se ha propuesto ronronearle, frotarse a su costado, hasta
entrar en él. Pero ella sabe que algunos hombres, a pesar de sus sonrisas, no aceptan a mujeres así.
Leticia sabe replegarse, sabe moverse, tiene el instinto, intuye el espacio que debe mantener. Camina
a su lado, busca pretextos de oficina. ¿Cómo puedo yo también? Tengo las piernas muy cortas,
tendría que ser más alta y suave y frágil, no sé. Debía ser como soy pero también debía ser como una
modelo, recluida en el misterio de una belleza original, y como no puedo, como no soy así, debo
acercarme. ¿Cómo? Invitarlo, llamarlo a su casa, proponerle vernos fuera de la revista. ¿Te provoca
ir al cine el domingo, Andrés? ¿Vamos a vernos, a tomar un café? No me atrevo.

8:00 a.m.
Apenas me levanto, mi madre ha vestido a Gonzalo y lo tiene tomando desayuno, le ha puesto
papas fritas, es lo que le gusta, pero, mamá, cómo se te ocurre, tiene que comer cosas nutritivas, dale
cereal, fruta, un pan con queso, ¿cómo va a comer papas fritas?
Debo haber estado hablando un tono más alto de lo que debía porque Gonzalito se ha echado a
llorar y mi mamá ha cogido el plato de papas y se lo ha llevado. No he dormido, siento que me arde
la piel por dentro, tengo la cara inflamada y estoy otra vez en la cama después de la escena en la
mesa, mi madre abajo seguramente explicándole a Gonzalito, «hay que entender a tu mamá que
trabaja demasiado, no te preocupes que los grandes siempre tenemos momentos difíciles, pero tú
siempre eres buena, mamama, tú siempre eres buena conmigo».
Bajo las escaleras otra vez justo a tiempo de abrazar a Gonzalo y de acompañarlo a la puerta y
de decirle que no lo hago por fastidiarlo, sólo que si comes bien vas a ser un chico fuerte y sano, ¿me
entiendes?, para eso tienes que comer bien.
Cuando Gonzalito se va, viene lo que nunca puedo terminar de hacer, decirle a mi mamá lo que
pienso. Paso de costado junto a ella, le digo casi sin mirarla, ya hemos hablado de esto, tiene que
tomar un buen desayuno, y agrego con un temblor, la cabeza volteada, papas fritas no es desayuno, ya
sabes, ya te he dicho. Está bien, hija, dispénsame.
Mi mamá recoge la mesa y yo entro al baño, a mirarme en el espejo, a quitarme la ropa, a
ducharme, a llorar un poco en el agua, no por lo que acaba de pasar, el cuerpo se escapa en llanto
por el cansancio de una noche de escribir y de no saber qué hacer con el día, faltan tantas horas, mi
madre me dice discúlpame, es su estrategia de siempre, la humildad una puerta de salida y de
superioridad sufrida. Mi madre es una experta en los silencios de la manipulación, con la culpa de
haber sido yo quien se ha alterado. Mi madre repite sus obsesiones corteses, no te preocupes, no hay
que exagerar, todo va a salir bien, pero tienes que ver lo que te conviene, el trabajo en la revista está
bien pero mejor te iría en una agencia de publicidad escribiendo, ¿por qué no buscas algo así?
Además no me lo dice pero sé lo que ella piensa. Mi madre me había advertido sobre mi esposo
Aldo, me lo había dicho, pero igual fue al matrimonio por supuesto, ese día estaba paradita en
primera fila.
Me visto, vuelvo a bajar las escaleras. Nos vemos, madre, ya te llamo, muy bien, hijita, nos
vemos, pásalo bien, no te canses, la calle mojada, me llevo un diskette para seguir en la oficina, el
cemento roto y rajado, el cielo blanco de humo, una parálisis de humedad en los pies, la esquina
junto a una pared de rejas, la gente esperando, el micro de piel de óxido, el cartel de Avenida Javier
Prado, los asientos negros, las caras de cera dentro, los golpes de la pista, media hora de camino, iba
a llegar a la revista un buen rato antes que los demás, otro café, otro vaso de agua, en la máquina con
el diskette y seguir, ya conocía el Zofotil, seguir.
Capítulo V
Al verlo dormirse, estremecida de placer y de alivio, Diana recordó el día que se conocieron, al
borde de la piscina del club Terrazas.
—No te había visto antes por aquí.
—No soy del club —le dijo ella—. He venido con una amiga.
—¿Quién te trajo?
—Mi amiga Tati del Carpio.
La sonrisa de perfil, un mechón caído sobre los ojos, todo el cuerpo iluminado de gotas de agua.
—No la conozco tampoco. La verdad es que vengo poco por la piscina. Voy a la cancha de tenis.
Soy un abusivo del tenis desde chico.
—Bueno, pero el deporte es muy bueno, oye. O así dicen.
—Te da buena salud, buen humor y uno chambea mejor también. ¿Tú haces deporte?
—Voy al gimnasio de vez en cuando —rió ella—. Pero soy un poco floja para eso.
—¿Cómo te llamas?
¿Se acordaba? La melodía fina, de su voz, un muchacho brioso saltando de la piscina, un chico
entrador que se acercaba con un recurso anticuado «no te había visto antes por aquí», y de inmediato
la conversación rápida sobre cualquier cosa cuando las palabras no importaban, lo que importaba
era la tranquilidad de sus grandes brazos, la forma atinada de sus hombros, el pelo salpicando la cara
alrededor de la luz marrón, lo que importaba era el golpe de vista que la hacía entrar en la
conversación con una ansiedad feliz, esa noche iba a imaginarse frente a él rodeándolo con sus dos
brazos hacia atrás, las piernas largas de hembra estiradas en una línea curva.
—¿Puedo llamarte un día de estos? A lo mejor podemos ir al cine, o no sé, tomar un café. ¿Qué
dices?
La manera de pedir de esa primera vez, no la orden de «te voy a llamar» o «el sábado te llamó»
de los otros sino esa mezcla de preguntas y dudas, ¿puedo llamarte un día de estos?, a lo mejor
podemos ir al cine, o no sé.
Había una magia en su vacilación, el hechizo de estarla buscando y de esperarla y de que esos
dedos largos estuvieran atentos a ella. Ese sábado Diana supo que él iba a llamar y salió de la casa
temprano esperando poder volver para que le dijeran, te llamó Alejandro, como había supuesto, y
antes de llegar junto al teléfono, gozando de la inminencia de su voz, era como si ella pudiera
predecir, controlar y ser feliz al mismo tiempo con la primera voz telefónica preguntándole si podría
recogerla esa noche, si no tienes otra cosa que hacer, o sea.
Esa noche que fueron a cenar, en la mesa de mantel rojo, un tercer cuerpo iba formándose, como
un haz de luz en el que sus voces se juntaban.
Luego las idas al cine, las fiestas, las presentaciones en cada casa, las reservas del padre de
Diana (no para ti hijita, pero si tú insistes, bueno, pues, qué vamos a hacer). Ella tratando de hacer
estallar esa burbuja que la cabeza de su papá había creado, una dimensión hecha de su cuarto, la
avenida Javier Prado hasta la universidad, las calles vacías hasta las casas de sus tías, el manojo de
rostros de amigos que su padre conocía y manejaba, los inocentes y lujosos sobornos —un carro,
viajes, una tarjeta de crédito para ella sola— a cambio de que no abandonar esa red de calles y
rostros y seguir tan limpia y hermosa para su papá, excepto ahora.

***
En la playa, Alex estaba a su lado.
—Cuando volvamos ya vamos a poder mudarnos. Linda está la nueva casa —dijo.
—Voy a tener que hacer unos arreglos en el jardín y los baños.
—Por lo menos ya están conectados la luz y el agua. Ya hacemos lo del jardín mientras estemos
allí.
Diana se paró. El agua le acarició los pies. El anillo iba trepando hasta las rodillas. Se dejó caer,
la sal líquida en los labios, una irrupción de paz helada, la sordera de chorros negros abajo, volver a
salir, la frescura atónita.
Vio a Alejandro a la derecha, llamándola. Se acercó a él, lo abrazó entre la espuma, la piel tibia
en la superficie celeste, la flotación por ahora eterna que le daba la mañana mientras el espíritu de
Alejandro se acercaba y ella, otra vez el suelo iluminado, una brisa larga que arrasaba la lámina
azul, como una corriente divina fugazmente en su auxilio. Hundida en la ola que venía contra ella, una
caída al fondo, sola y y a salvo.

***
Esa noche caminaron otra vez por South Beach. Por la noche cenaron en una mesa de velas,
regresaron al hotel temprano, subieron a la discoteca a bailar y se acostaron abrazados.
Al día siguiente Diana salió de compras, y por la tarde lo acompañó al paseo de yate del puerto.
El mar enardecido en ondas altas y agudas, el borde de madera cortando la piel líquida; Diana se
quedó junto a él en la cubierta, recibiendo el aire, los ojos cerrados de la tranquilidad de estar
juntos. Por la noche fueron al cine.
La mañana siguiente, otra vez el teléfono del cuarto. Era su madre. Diana notó el silbido de
impaciencia en su propia voz, las pausas de irritación entre cada frase.
—Si, mamá. Ya no te preocupes. Ya. Regio. Si, si, estamos bien. No gastes tanto en llamadas. Te
lo digo por tu bien. Ya nos vamos a ver, no te preocupes.
Durante los cuatro días que les quedaban en la ciudad, ella fue a comprar regalos: sus padres, sus
hermanas, su suegra, sus cuñadas, su amiga Tati.
La mañana del vuelo de regreso, Diana se empeñó en llegar temprano al aeropuerto. La manía de
la puntualidad, una de las virtudes más impopulares entre sus amigas Tati y Caro que se reían
siempre de sus exigentes apariciones a la hora exacta. Voy a tu casa ocho y media o nueve. Pero
dime, ¿ocho y media o nueve? Ay, hija, cómo fastidias. No sé qué hora, pues. Pero es que necesito
saber. «Nunca llego tarde y no me gusta que nadie llegue tarde», había sonreído ante las bromas.
«Pero es que tú no llegas puntual. Tú siempre llegas media hora antes. Pobre el Alex que se casa con
una chica tan puntual, oye. No pareces peruana.» La puntualidad, la rigidez, la inflexibilidad, las
cualidades heredadas de una casa de horarios fijos, el almuerzo a sus horas, acostarse hasta los diez
años a las ocho, y hasta los doce años a las nueve de la noche, sin discusiones, sin comentarios, con
una sonrisa de oraciones y cuentos. Una estructura de fierros, una versión risueñamente severa, una
plataforma ancha.
El aeropuerto era un corredor largo y ancho; sillas, columnas, ventanales, tiendas de revistas y
periódicos, la caminata interminable por una pampa de alfombras y losetas. En la cola del
aeropuerto, se encontró con caras conocidas. Una de ellas era una antigua compañera de colegio que
había ido a comprar ropa para su boda.
—Me caso pues, ¿qué te parece? —anunció.
Se llamaba Cecilia y era baja, pecosa y un loro histérico hablando.
Diana se sintió irritada por la secuencia de preguntas sobre el trabajo de su marido, el barrio de
su nueva casa y los hijos que pensaba tener («Ingeniero», «Monterrico», «los que Dios mande»). La
curiosidad malsana de esa amiga, el timbre de voz, la velocidad atropellada de las preguntas, todo
ese hambre ajeno sobre ella, la pasión de la curiosidad por las vidas ajenas, eso la irritaba de pronto
como si en vez de preguntas, esa chica le estuviera lanzando insultos.
Alejandro se había apartado de la cola, Cecilia lo miraba de reojo mientras seguía preguntando.
Diana la esperaba contestando con monosílabos, ensayando la cortesía de preguntas cortas (¿y tú?,
¿cuándo es la fecha?), midiendo hasta el infinito su propia paciencia frente a esa niña de plástico que
la apabullaba, hasta que la voz los llamó al avión. Diana se paró, se puso en la cola y sintió la mano
de su esposo en la suya.

***
El vuelo salió a tiempo. En seis horas más estarían en Lima y pensando en la nueva casa donde se
mudarían. Su madre le preguntaría si Alex no había dado señales de su enfermedad. Ella le diría que
no. Su madre insistiría.
Los acostumbrados rituales del viaje —las comidas envueltas en papel platinado, los audífonos
en dos idiomas, la película balanceándose en la turbulencia— apenas el silencio final. El carrito de
licores, ella que nunca había tomado demasiado, (esta vez un whisky). Alex se negó a acompañarla.
El cielo inmaculado de nubes, con una estría de cordones anaranjados al fondo, un velo de gases
envuelto en llamas, la limpieza del espacio alrededor, en las alas, la gracia del metal helado.
Alejandro parecía sumido en las revistas de la aerolínea. Las últimas dos horas lo vio dormir.

***
Las cabezas de sus padres asomaron. Su mamá, la mano alzada varias veces, desde el centro del
grupo. La madre de Alejandro cerca, el gesto corto, el traje azul. Por fin salieron. En el abrazo que le
dio, Diana adivinó el temblor en los dedos fríos de su madre.
—Estarán muy cansados —dijo la madre de Alex—. Yo me despido aquí. Ya los visito mañana.
—Pero vamos —acotó Diana.
—No, hijita. Ya vemos cualquier ratito. Están cansados ustedes. Nos vemos mañana.
Una hora después, en la gran casa de Monterrico en la que iban a vivir, Diana abría las maletas
frente a sus padres. Algunos de los paquetes envueltos fueron emergiendo entre la ropa. «Esto para
ti», «esto para la tía Carolina», «esto para mi hermana, tú se lo mandas». Después de la última
maleta, Diana vio a su madre entrando a la cocina. La vio asomarse a la puerta, llamarla con un gesto
de los dedos.
—Voy a traer más café —dijo, parándose.
En la cocina su mamá la miró con los ojos incendiados mientras la tomaba de la mano.
—Dime la verdad. ¿No pasó nada?
—Ya, mamá, pórtate bien, ¿me oyes? Ya basta.
—Ay, Dianita. ¿Qué te pasa? ¿Por qué me hablas así?
—Porque estás histérica. Mira, yo ya hablé con él. Ya estoy al tanto de todo. Ahora te pido que
vayamos afuera, que tomenos una taza de café y que después tú y mi papi se vayan porque estamos
muy cansados, ¿me entiendes?
—Bueno, hijita, si así te parece, así será.
—Voy a servir el café. Espérame afuera.
—Ya. ¿Puedo decirte algo sin que te molestes?
—¿Qué?
—Discúlpame. A lo mejor estaba exagerando. Ya me doy cuenta que no debí haberte llamado.
Pero me preocupé mucho.
—No te preocupes, mamá. La pasamos muy bien. Ya lo conoces a Alejandro. Es buenísimo.
—¿No notaste nada raro?
Su madre la miraba con una especie de tristeza.
—No. Nada raro.
—¿Alejandro no tuvo ninguna conducta sospechosa? ¿Nada?
—Pero, mamá, yo lo conozco hace tiempo. ¿No crees que me habría dado cuenta de algo así?
—No sé, hija. No sé. A lo mejor te he malogrado tu luna de miel. Pero me sentí de lo más
mortificada cuando Patty me contó eso. Te lo juro.
—No sé por qué. Ya sabes que en todas las recepciones hay chismes sobre los novios. Si no,
¿para qué va la gente a las recepciones?
—Bueno, lo siento. Creo que no debía habértelo dicho.
—¿Has hablado con papá?
—No. No le he dicho nada. Pensé decirle, pero después de hablar contigo dije que no.
—Bueno, ni se te ocurra decirle nada, ¿me oyes?
—¿Qué hacen esas mujeres allí adentro?
La puerta de la cocina se abrió y apareció la cabeza de su padre.
—¿Qué están planeando estas chicas? ¿Por qué esta encerrona, ah?
—Nada. Ahorita sirvo el café.
—Para mí ya no —dijo su papá.
—¿Y tú, Alejandro? —gritó Diana.
—Yo nada, gracias. Después ya no me duermo.
—Creo que mejor los dejamos —dijo su mamá—. Deben estar muy cansados.
—Quédese un rato, señora —dijo Alejandro.
—Mañana venimos. ¿Qué tal?
***
Diana los acompañó hasta la puerta, su padre en primer lugar, el saco agrandado por la gordura
de los últimos meses. Su madre, los hombros de tela verde, el pelo recogido en ondulaciones, «a ver
si van a almorzar a la casa mañana», mientras papá se alejaba solo al carro, voy a llevarle su regalo
a tu tía y a tu hermana o qué dices si vamos las dos, estarían encantadas, el beso rápido, la sombra en
la calle.
Diana los vio, un escozor blanco de llovizna. Volteó hacia Alejandro que la esperaba con un
cigarrillo recién encendido.
—Ay, no fumes a esta hora. Ya nos vamos a acostar.
—A ver si mañana vemos a mi madre. No pudo venir a la casa.
—Sí. Bueno, qué día tan largo, oye. Amaneces con sol en Miami y te acuestas con frío en Lima.
Estoy muerta de cansancio. ¿Nos acostamos?
—Sube tú. Yo ahorita voy.
Lo vio golpear el cigarrillo varias veces, incluso cuando se había terminado la ceniza del borde.
Alex fumaba con el cenicero cerca, emitiendo chupadas ansiosas y metódicas.
—Voy a decirle a mi mamá que me mande a Eugenia para que me ayude mañana.
La frase, una capa de normalidad. Su mamá, Eugenia la empleada de su casa, todo aquí otra vez.
Se puso el camisón, lo vio entrar al dormitorio, el silencio en los movimientos rápidos. Diana le
dijo «buenas noches» de espaldas a él y cerró los ojos, pero no pudo dormir. Media hora después,
cuando volteó, lo encontró dormido, un bulto irregular, las sábanas negras en el ritmo pronunciado
del sueño. Estaban solos, ella estaba con él en esa gran casa que todavía no era suya, donde
empezaba la normalidad aterradora de su futuro. Por primera vez sentía el temor feliz de estar de pie
en su vida cotidiana, aún con la energía intacta para enfrentarse sola a lo que venía, desempacar,
ordenar los cajones, poner la ropa, planchar, lavar, organizar la cocina con las ollas, salir a comprar,
la tiranía de la mudanza a una gran casa. Ella misma había ayudado a escoger esa casa. Pero había
algo allí que en ese momento la hacía sentirse a la intemperie.

***
Cuando se despertó otra vez, el cuarto seguía a oscuras. Paredes ajenas, que nunca la habían
visto, que no la conocían, la madrugada de los objetos muertos, el velo oscuro del piso de madera.
Se incorporó.
El lugar de Alejandro era una sábana arrugada. ¿Dónde podía haber ido?
Vio el reloj. Las cuatro.
Se paró, prendió la luz. Lo llamó. Nadie contestaba. ¿Estaba abajo o en el baño?
Se volvió a parar. Salió a la baranda de las escaleras, al corredor.
—Alejandro...
Lo llamó otra vez y se asomó. El vacío del primer piso.
Capítulo VI
Yo también estuve tomando Zofotil una época. Me lo ordenó el médico después de un mapeo de
mi cerebro con hipoperfusión, es decir poca irrigación en los lóbulos, en buen cristiano, una tristeza
de fondo todo el tiempo. El médico me dijo que si no tomaba un antidepresivo me exponía al
debilitamiento de mi sistema inmunológico y a toda clase de enfermedades, el cáncer por ejemplo. La
depresión es una llovizna ácida. No la soporto y puedo convivir muy bien con ella. Tomaba un
Zofotil diario hasta que sentí unas náuseas y como un fósforo tras otro bajo la piel. Lo dejé. La
depresión no tiene que ver necesariamente con ningún acceso de furia o de agresividad. Pero hay
casos.
Diana, en su simpleza, es una chica callada, inhibida, educadamente tímida, de buen corazón,
sentimental, razonable, restringidamente ingenua, le gusta leer pero no es una persona culta, está
segura de merecer una felicidad orgánica, un sistema de certezas apoyado en su marido, sus padres,
su casa. Diana, su dosis entrenada de cautela, sus modales, su alegría. Es capaz de tomar decisiones
sola. Quisiera ponerme en su cara, respirar con ella, escribir cómo se siente su piel al ponerse la
ropa, todos los días.
Ahora está llamando a Alejandro en la oscuridad. Oír su voz, el ruido acolchado de sus pies en la
alfombra de la escalera, ver el pliegue de su tela al bajar el muslo. Quisiera tenerla aquí, el repique
del corazón y el vacío de las piernas, los sonidos de estas palabras, el olor de su cuerpo. Mi ilusión
es ser Diana mientras escribo, la voz en una sala oscura de Diana y mirar mis pies en las gradas y
sentir el toque de la alfombra.
Va a llegar a la negrura del primer piso, no sé. Hurgar, estirar las manos, palpar, avanzar,
cuidado, no sé cómo seguir.

27 de Marzo
3:20 P.M.
Bravo, bravo, bravísimo. Hoy día Andrés me invitó a almorzar. Fuimos a la cafetería y hablamos,
claro que sólo de trabajo. Está preocupado por el descenso en las ventas de avisos. La lectoría de la
revista se mantiene pero los anuncios han bajado. Yo le digo que es por la recesión. Hay otras
revistas que están peor. Pero eso no es excusa, me contesta, y le doy la razón.
Me gusta verlo comer. A veces me demoro con disimulo para contemplarlo mientras abre la
boca. La comida me sabe mejor y a la vez no me sabe a nada, estoy pendiente de él. La posición del
brazo cuando un hombre manipula los cubiertos: una decisión crucial. Algunos tienen el brazo casi
escondido, detrás de la mesa; otros lo hacen apuntar al centro; otros lo cruzan de un modo militar, en
una línea oblicua junto al plato. La postura al comer es un síntoma, la velocidad de las mandíbulas, la
permanencia de la atención en los ojos, la pausa atinada, el pecho inclinado hacia adelante buscando
al otro.
La sincronización de energía, control y la delicadeza instintiva en Andrés, al conversar, cuando
estamos...
Tengo en mi corazón cada recuerdo del almuerzo, desde sus comentarios iniciales sobre el clima
hasta que nos paramos, tengo que acabar ahora. Me llaman. Va a empezar la reunión de redacción y
están todos en la sala. Tres y media. Siempre tan puntuales. Empezaba a las tres.

28 de marzo
8:30 A.M.
Los televisores hablan sólo del partido de anoche. Me interesa el tema sólo porque Andrés
también sigue el fútbol y yo de vez en cuando le pregunto e incluso —habiendo leído algo antes en el
periódico— le puedo comentar algo.
Enamorarse, adaptarse a la otra persona. Con Aldo, apenas nos casamos, sentí siempre un
exagerado (ahora lo veo) deseo de estar cerca de él. Lo llamaba a su oficina, me sentaba a su lado
cuando llegaba a casa, quería acariciarlo todas las mañanas, abrazarlo. Los hombres huyen de las
muestras desbordadas de afecto porque prefieren la aventura, la independencia, la cacería. La
seguridad los irrita. Quieren estar conquistando. Algo así leí alguna vez. Cuando han conquistado y la
caza se acaba, saltan sobre la maleza y desaparecen por el camino. El cariño, la bondad, el amor, las
emociones puras y buenas los irritan. ¿Todos son así? No sé, no creo que Andrés... Hay una
serenidad en sus ojos. Quizá esa tristeza disimulada yo pueda... Pero ya estoy hablando de Andrés
como si fuéramos enamorados o novios. Somos sólo amigos, formalmente hablando. Yo trato de que
él no se dé cuenta de mis sentimientos. Nada peor que desnudarse frente a un dios.

***
9:00 A.M.
Dejo mi segunda taza de café. Tengo aquí el cuaderno de Gonzalo. Se lo olvidó. No puedo hacer
nada porque está prohibido que los padres llevemos al colegio libros, cuadernos, loncheras. Voy a
llamar a la secretaria que es mi amiga a ver si me deja.
Salgo. Busco un taxi. Me subo en un Tico amarillo. Tocan una cumbia.
Pasan los baches, doy saltos, el chofer me espía con sus ojos de pez. Gonzalo estará pensando en
su cuaderno. Me preocupa que a su edad sea tan olvidadizo y distraído. Ahora tengo 34 años y él, 6.
En diez años será un joven. Habrá terminado el colegio. Para entonces yo apenas voy a poder
controlarlo. ¿Cómo serán sus primeras alegrías y sufrimientos? ¿Quiénes serán sus enamoradas y
amigos? ¿Cuál será su carrera? Todos me dicen que debo gozar de su compañía antes de que los
rencores naturales de la adolescencia le sobrevengan. «Goza esta edad, hija, que ahorita están lindos
los chicos. Después no se sabe...». Veo las puertas del colegio. De aquí me seguiré al trabajo. Entro
y hablo con Meche, la secretaria. «Por favor, a ver si puedes alcanzarle el cuaderno. Aunque sea en
el recreo, Mechita. Ya, no te preocupes, flaca».
Tomo otro taxi. A la revista. Voy a llegar temprano. Mejor. Tiempo de escribir algo más.
Es evidente que el hecho de que yo sea separada, de que tenga un hijo que va al colegio, de que
no sea tan joven, desanima a Andrés. Es normal que un hombre prefiera a una chica joven, soltera,
sin hijos. Berenice mi sobrinita dice que a los hombres les gusta estrenarse con mujeres sin pasado.
Es parte de su «inversión», tía, me dice. Llego a la revista. Vuelvo a Diana.
Capítulo VII
¿Dónde está Alex?
El miedo la paraliza en el penúltimo escalón, ¿subir otra vez, regresar al cuarto, esperar a que
vuelvan sus certezas, lejos de ella, acurrucarse en las sábanas, meter la cabeza bajo el refugio de las
telas?
Mejor seguir bajando, entrar a la negrura de la sala y pisar la alfombra que le hinca los pies. No
puede volver. El miedo no la detiene. La empuja: avanzar, llamarlo. Una masa oscura la va
cubriendo, la sombra de la pared del patio sobre los ventanales. ¿Ir hasta la cocina? A lo mejor está
allí, se acerca al interruptor. Un fogonazo y el cuarto estalla de blanco. Nadie.
Lo llama varias veces. Ahora de pronto la vibración del frigidaire nuevo, una tembladera en las
entrañas de esa caja de metal desde la cocina, apenas el zumbido grave de un motor. El miedo, una
lagartija rápida en las piernas.
—Alejandro.
Su voz le suena extraña. El suspiro de una niña debajo de ella.
Claro que aún está a tiempo de subir, encerrarse con llave
en el dormitorio y llamar a la policía. (¿Pero qué podía decirles?: «Mi esposo se levantó de la
cama y no lo encuentro en la casa» o simplemente «no sé dónde está mi marido. Tengo miedo de que
esté enfermo y venga a matarme. Ayúdeme, jefe, por favor». Se imagina a un guardia al teléfono,
pidiéndole más explicaciones sobre cómo se llama esa pastilla, ¿cómo se escribe?, y qué es eso,
señora, por favor disculpe. Llame a un médico).
Vergonzoso y ridículo llamar a la comisaría. (¿Llamar a su madre? ¿Para asustarla y darle la
razón? Su padre diría: ya me daba mala espina ese chico, yo dejé que se casara pero a mí nunca me
engañó). Retrocede. Se acerca a la escalera y coge el pasamanos.
Diana se para en el centro de la sala.
—¿Alejandro?
Sentía el silencio como si las paredes le devolvieran la voz.
De pronto, muy cerca de ella, sobre uno de los sillones, algo se movió.
—¿Diana?
Dio un salto hacia atrás. Una sombra se irguió, y la cogió del brazo.
El grito que dio en ese momento, como si hubiera sacado fuerzas de algún otro cuerpo, como si
alguien desde dentro la hubiera avasallado, hasta que una mano le cubrió la boca.

***
Cuando abrió los ojos, la lámpara le estallaba en la cara. Alejandro estaba dándole la mano. La
estaba ayudando a levantarse.
Diana cayó sobre el sofa, los cojines nuevos rodaron como pelotas. Alejandro estaba junto a ella,
la piyama manchada de negro, los ojos inflamados, el pelo revuelto, los dedos de los pies crecidos y
desamparados, como bolitas indefensas.
Se sentaron en el sofá.
—¿Qué haces aquí?
—Me desperté y ya no pude dormir. Pero creo que me quedé dormido en el suelo.
—¿Qué pasa?
—Mejor que te lo cuente. ¿O ya sabes? —lo oyó decir con un hilo de voz.
Diana no contestó.
—Seguro que por eso te has estado portando así... tan rara, ya lo sabes todo.
—¿Todo? ¿Qué?
Alejandro miraba hacia abajo.
—Quería que no supieras nada, por lo menos hasta que las cosas cambiaran. Pero nada puede
cambiar ahora. Esta misma noche, cuando llamé a la oficina, me dieron la noticia.
—¿La noticia? —susurró Diana—. ¿Qué noticia?
—No sé qué va a pasar ahora. Tantos años, tanta gente. Todo se puede derrumbar. Y nadie va a
ayudarme, Diana.
Se acercó.
—¿Qué pasa, Alejandro? No me asustes.
—¿No sabes? Yo pensé que ya te habían contado.
Se arrodilló junto a él, la mano tibia.
—Alejandro, dime qué es lo que pasa.
—¿De verdad no sabes?
Una pausa larga.
—Seguramente te habían dicho la verdad. Que soy un fracasado, que no sirvo para nada y que no
merezco lo que mi padre hizo por mí.
—Pero, Alejandro, ¿por qué hablas así?
—Vamos a tener que irnos de aquí. De esta casa, Diana.
—¿Por qué?
—Porque no podemos pagarla, no podemos, ése es el asunto.
—¿No podemos pagarla? Pero si es nuestra. Nos la regalaron.
—No, no es nuestra. Es de la oficina. Hemos pagado sólo la primera cuota al banco. Pero no
tenemos para más, mejor dicho la empresa no tiene.
—Pero Alejandro, ustedes tienen mucho dinero. La empresa es una de las más fuertes. ¿Cómo no
van a poder...?
Diana lo vio suspirar.
—Estamos arruinados, Diana.
—¿Qué?
—Ya lo sabías, ¿no es cierto? Por eso te portaste tan rara en Miami, y aquí.
—No, Alejandro. No sabía nada de eso. Pero tiene que haber una solución si...
—No. No hay solución.
—¿Qué ha pasado?
—Las ventas habían bajado mucho, y empecé con un plan para reconstituir la empresa. Nos
aconsejaron bajar los precios, pero en vez de eso, pedí un nuevo préstamo. Por fin me lo dieron. Así
que monté una gran campaña publicitaria y puse cinco locales más. Gastamos toda la plata. Y el
banco nos está cobrando con todo. No tenemos más garantía. Ahora no sé. Tantos años con la
fábrica... Mi padre felizmente que no está vivo para ver esto... No tenemos ni para pagar los intereses
del banco...
Diana puso una mano sobre él. Su frente incendiada, las gotas de sudor y el pelo húmedo. Pasó la
palma sobre sus mejillas.
—Alejandro, por favor. No te preocupes. Todo tiene una solución.
Por ahora mejor escucharlo. Perder la casa apenas le importaba. Se dio cuenta de que estaba
recuperando a Alex, la voz de una ronquera esporádica, entre grietas de pena, la caída de la voz era
un acontecimiento asombroso, el cuerpo de gigante recogido de su esposo.
—Hace unos meses, cuando las ventas empezaron a fallar, pedí nuevos préstamos para reflotarla.
Me prestó plata gente de la familia. Así seguimos durante un tiempo. Redujimos personal y
mejoraron las cosas. Pero las ventas seguían bajando. Mandamos hacer nuevos diseños para la ropa
que tampoco funcionaba. Nadie compraba. Lo único ahora es tratar de vender la empresa como
quiere un grupo de acccionistas. Unos gringos quieren comprar. Te voy a decir algo, Diana. Yo lo
quise mucho a mi papá, siempre lo quise, y creo que por eso me metí en la Universidad.
Se detuvo. Su sonrisa lenta abriéndose, una caída de la piel desapareciendo en las sombras del
cuello, la penumbra de la sala familiar, un gran confesionario.
—A mí siempre me gustó la mecánica y los motores. Pero a mi papá eso le parecía un asunto de
cholos. Eso es trabajo de otro tipo de gente, así siempre decía. Aunque él era un cholo también, eso
era lo gracioso. Yo lo quería mucho, pero le tenía miedo. Quería que pensara bien de mí.
—Tienes que descansar ahora, Alex. No puedes estar así. Vamos a dormir. Mañana
conversamos.
—Pero, ¿cómo voy a dormir? No sé que vamos a hacer ahora.
—Ya hablamos de eso mañana. Vamos a descansar, ya.
—Yo quise darte el cielo, darte todo lo que una reina como tú merece. Y mira lo que te he dado.
Un montón de preocupaciones.
Diana alzó la mano y la dejó en su mejilla. Lo acarició.
—Para mí me has dado mucho. Vamos a salir de esto, vas a ver. Yo te voy a ayudar. Alguna
solución tiene que haber.
Lo vio poner la cabeza en su hombro, una renovada calidez; la pena lo acercaba, el rostro
inesperado de Alex, la sombra que faltaba integrarse a su cuerpo para que ella terminara de
comprenderlo y de estar de veras con él, la lástima fraguada en un mal reconocible. Estaba con él por
encima de todas las reservas de la última semana, por fin la verdad realizada de lo que estaba
pasando. Se descubrió sin miedo frente a los problemas que le contaba. Podrían mudarse, ella podía
trabajar, no lo despreciaba por su sufrimiento, lo admiraba más, lo empezaba a querer de veras,
ahora ella tendría ocasión de mostrarse como una esposa de veras, no el cortejo de una alegría
orquestada por la rutina del dinero o el dictado de la felicidad sino la conciencia de los pequeños
hallazgos de la recuperación: subir desde el pozo y no vivir siempre en el resplandor de todo lo alto.
Diana se plegó a él, lo rodeó con los brazos. Vio su cara en el techo blanco, la humedad de las
mejillas derramadas, el miedo cristalino que se lo devolvía.
—Mi esposo —le dijo, acercándose.
Mientras lo besaba en la mejilla, vio que sus ojos miraban hacia abajo. Estaban fijos en un objeto
que se había quedado en la alfombra. Volteó.
Era un cuchillo plateado, de hoja ancha que terminaba en un filo blanco.
Capítulo VIII
27 de Marzo
9:00 P.M.
No sé cuantos días sin escribir la historia de Diana, puta madre. La suma de ridiculeces ante la
que uno tiene que inclinar la cabeza todos los días: una cola de cuentas atrasadas en el banco, un
reclamo ante una multa de la Municipalidad, un viaje urgente a Gamarra buscando un buzo para
Gonzalito, calles reventando de baches, el frío de los dedos en la ventanilla de la Municipalidad y yo
a cada rato mirando la hora, que voy a llegar tarde al trabajo.
Por fin a las tres me vine a la oficina. Es viernes, tengo que terminar mi artículo sobre la
situación económica de los canales, todo está revuelto, la oficina llena de gente, todas las
computadoras iluminadas.
Veo a las tres chicas en el hall principal, dos secretarias y una recepcionista. Una de las secres
apenas llega al metro y medio pero tiene una cabezota que quiere disimular recortándose el pelo
hasta las orejas, la otra es una gansa flaca con una esporádica voz de pito que mira todo el día al
gerente. La recepcionista tiene unos aretes largos y plateados que tintinean más alto que el ruido del
teléfono. Su cuerpo, un pararrayos: pulseras, un reloj metálico, sortijas. Las tres parecen ejemplos de
un fabricante esquizofrénico, un productor errático de biotipos.
Tengo que escribir sobre los canales de la televisión, sobre el cuatro, el cinco, el dos, el nueve,
todos con problemas de publicidad y personal. Me da miedo olvidarme de ella. Los ojos de Diana.
La respiración, la piel tibia, las hebras de su pelo, la súplica quebrada de su voz al llamar a
Alejandro, el sabor agridulce de los labios de Alejandro que le entra a las venas. ¿Puedo acaso...?

***
Me he salido. Me he venido sola a la cafetería de la esquina con mi cuaderno, quiero hacer unas
notas. Escribo en un block, ¿qué pasa?, ¿qué es lo que está pasando? Diana encuentra a Alex, él tiene
un cuchillo cerca. ¿Qué sigue? ¿Va a entrar en un acceso de furia y va a matarla? La cafetería en la
que estoy revienta de gente: parejitas, familias, grupos de muchachos. Hay ruido por todos lados.
(¿Quién dice que hay recesión?) Trato de crear un silencio a mi alrededor con mis papeles. Me han
servido una tortilla, mi plato preferido para adelgazar. Un café negro y una tortilla. Puta madre. Voy
a escribir sin mirar, sin sentir a mi alrededor. O a lo mejor puedo convertir todo ese ruido en parte
de lo que escribo. Otro café, otro café, señor.
Hoy me siento gorda y fea y tonta. Andrés ha pasado dos veces sin apenas saludar.
Tengo que irme. He escrito varias páginas. Puedo dejarlo. Mi jefe está al celular y yo no he
terminado mi artículo. Buscar las fotos en el archivo. Maldita sea.

28 de Marzo
9:40 A.M.
Estoy en la redacción. Acabo de pasar mi artículo, Daniel lo está revisando.
Me duele la cabeza y los huesos se me humedecen. Quisiera irme a la cama. Todos los años
reinicio mi pacto con el invierno. Las calles se nublan, la temperatura baja, y yo caigo con gripe. El
invierno cumple con su parte, y yo cumplo con la mía. Sólo que este año he traicionado al invierno y
estoy cayendo con gripe por anticipado, unos meses antes.
Alguna vez he pensado en esto. Los males se dividen en dos: las tragedias y las miserias. La
muerte de un padre es una tragedia lo mismo que perder una casa en un incendio. Un sueldo ajustado,
un dolorcito crónico en la espalda, una gripe entrañable como la que tengo, son miserias. Las
tragedias son excepcionales; las miserias son moderadas pero longevas pero moderadas. Se vuelven
un hábito. Nuestros pequeños dolores nos son fieles. Pequeños sufrimientos privados: cada vez que
conocemos a alguien que los comparte la sentimos una hermana, una cómplice en la trinchera. Esa
molestia en la cabeza, la espalda, el estómago por ejemplo. Los despertares bruscos del insomnio
como tengo yo y mi amiga Emilia con quien hablo de eso. Nadie te entiende mejor que quien
comparte tus miserias. Veo a la chica que entró a la universidad hace quince años. Llegaba siempre
puntual a mis clases, tenía tanta expectativa ante esas carpetas en la universidad. ¿Podía saber todo
lo que me esperaba? Ahora tengo la bendición de un trabajo, mi sueldito nos alcanza para los tres,
vemos televisión con mi mamá los sábados y domingos. Mi única verdadera esperanza es que
Gonzalo siempre esté bien, que no pase penurias, que no sufra por plata, o por una enfermedad, no sé
qué haría. Tengo que seguir siempre en la revista por él, y si la revista cierra, entonces salir a buscar
trabajo. A ver si algún día puedo estar segura de que va a ser feliz. Que vaya a la universidad, que
tenga algunos ahorros para la ropa por lo menos. El futuro es abrumador. A veces Gonzalo me pide
salir a comer pizzas y hamburguesas. No puedo comprarle todo aunque me pida, ni hablar.
Andrés entra a mi oficina. Me habla de las películas que ha visto, de una reunión que tiene más
tarde. Me quedo casi paralizada. Apenas le contesto, con una sonrisa forzada que esconde un gesto
de asombro. Tengo que parar. Mirarlo de frente, confrontar su bondad. Entrar a conocer su miedo,
sus deseos, sus fantasías, traspasar sus silencios, imaginarlo vistiéndose, despertando, ¿cómo se
despierta?, yo me imagino que poco a poco, recupera el último trozo sonoro y visual de sus sueños y
hace el trámite considerado a esta vida, me lo imagino. Me dice que come plátano y papaya o plátano
y melón pero toma demasiado café. Le digo que no tome tantos cafés y me contesta que si la situación
de la revista no fuera tan mala, a lo mejor él tomaría menos café y estaría más tranquilo. Pienso
entonces en terminar su frase. Estaría conmigo y no sé.
Cuando se va, recupero un poco la calma. Me tomo la cabeza con las manos. No quiero que
vuelva.

29 de Marzo
6:00 P.M.
Almuerzo con Jossy en el restaurante «El Chambi».
Jossy es una amiga del colegio, soltera, sobreviviente de los naufragios de dos romances largos.
Es una de las muchas mujeres inteligentes, guapas, buenas profesionales y simpáticas que se van
quedando sin pareja y asisten con lucidez a su progresiva soledad de amor. Me atrae de ella la
inmunidad de su alegría. Pese a los sufrimientos, nostalgias y silencios que la acometen de vez en
cuando, es capaz de asomar la cabeza a la superficie, sacudirse el pelo y aspirar el aire final y
colérico de sus problemas y salir a comer y a tomar una cerveza con sus amigos. Se enamoró primero
de Paco, un profesor de literatura. Paco era un chico inestable y sabihondo, un niño autoritario que
vivía acusando al mundo por no reconocerlo como uno de los herederos poéticos de Vallejo. Era un
matón espiritual, un propagandista de su propia humildad. La principal exigencia de Paco a las
mujeres era que se colocaran a la altura de su hombro para mirar el espejo de sus frustraciones. Era
un comentarista permanente del brillo de su talento ignorado o menospreciado. «En Paris o en
Londres», suspiraba, «yo habría llegado muy lejos. Acá, en cambio...»
Por haberlo acompañado en sus lamentos narcisos, Paco le había ofrecido a Jossy el honor de su
intimidad: un tipo guapo, relativamente culto, con arranques de ternura en los brazos. Mi amiga Jossy
había aceptado el trato, coincidido con él en su espejo y pagado sus impuestos. Jossy era una madre
complaciente y como la mayor parte de las madres, mal recompensada. Tras dos años de relaciones,
él se encandiló con una alumna de su universidad, y notificó a Jossy que su relación «había cumplido
su ciclo». El sauce llorón iba en busca de un nuevo bosque donde colgar sus ramas. El muy chucha su
madre. El hijo de puta. Así le dije cuando me lo encontré una noche en Larco. El pobre hizo la
cabeza a un costado con su mohín de cordero agonizante y siguió caminando.
El segundo novio de Jossy fue un alemán llamado Wolfgang que vino para hacer un trabajo en su
ONG. Siguieron el itinerario típico en estos casos. Viajaron juntos por Cuzco y Arequipa,
recorrieron Machu Picchu, se amanecieron en Chivay para contemplar los cóndores del Colca, y
pasearon por la costa hasta que él se fue a Alemania con una sonrisa juramentada. Wolfgang volvió
al año siguiente, conoció a la familia y a los amigos de Jossy, y viajó con ella a Paracas. Luego Jossy
ahorró un buen tiempo y fue a visitarlo hasta que por fin, en una noche de Año Nuevo en Munich,
Jossy descubrió a Wolfgang abrazado de un joven vikingo, un tipo húmedo y descomunal a quien
Wolfgang consolaba con apasionados toques entre las piernas. Jossy entró al cuarto, cacheteó y
escupió al vikingo, sacó las maletas de su casa y gastó los últimos euros que le quedaban en dos
noches de hotel y cinco botellas de «Liebfraumilch» que tomó sola, entre cascadas de lágrimas
mezcladas con el brillo blanco del vino.
Ahora, sentada con un vaso de cerveza, me ha contado acerca de un amigo sociólogo con el que
sale a veces. El amigo, sin embargo, es capaz de desaparecerse una semana y luego llamarla como si
no hubiera pasado sino uno o dos días. Un viejo truco masculino: largarse y luego llamar fingiendo
que todo está bien. «¿Pero por qué estás molesta? No te pude llamar. Bueno, si quieres, moléstate
pues», le comentaba el pata. Le dije que se olvide de ese huevón. Hoy hablamos de otras cosas.
Recordamos nuestros profesores del colegio, algunas compañeras de clase y un viaje juntas a
Huaraz.

30 de Marzo
9:30 P.M.
La televisión suena al fondo mientras las teclas repican golpes secos, sordos, martillos de
plástico en el vacío. Yo me como un sandwich de pollo y una Inca Kola. A mi lado el dibujante arma
caricaturas de las actrices de telenovelas, la página de chismes y burlas, «pobrecita la Yesenia que
se quedó sin su Cachito. Claro, de tanto ponerle los cuernitos, más parecía el gran cachudo».
Acabo de hablar por teléfono con Gonzalo que me ha contado de unos juegos de laberintos que ha
hecho en el colegio. «Chau, chau», me dijo de repente. Se iba a ver televisión.
Gonzalo. Su infancia de hijo único, padre ausente, hogar de mujeres, felizmente mi mamá lo lleva
donde mis tíos a veces. No sé si tiene idea de las restricciones, de lo que puede y no puede hacer.
Trato de que aprenda algo de eso conmigo pero mi mamá es una benefactora estratégica: pasa un
heladero y sale corriendo a comprarle algo, lo deja ver T.V. desde que llega a la casa, los sábados
me pide clemencia cuando lo obligo a vestirse temprano. Resultado: mi hijo Gonzalo la quiere a ella
más que a mí. Otra vez el cariño de mi madre que se cuela con autoridad por las rendijas. Mi madre
es lo mejor que pudo haberle pasado a Gonzalito pero no deja de irritarme su complacencia
aventajada. Me hace quedar en un estado de desgracia: Me repite una frase: «Si no lo engrío yo,
¿entonces quién?»
Los anteojos de carey de mi mamá, monturas gruesas sobre ojos reflexivos y bondadosos, los
brazos anchos, las rodillas que la sostienen con precaución. Su generosidad es un motor siempre en
marcha, un cariño inteligente y cauteloso que explora el aspecto de la gente y emite permanentes
reportes de sus estados de ánimo y necesidades. La astucia instintiva de mi madre siempre parece
encontrar las palabras exactas, la paciencia y fortaleza de sus facciones, la diligencia de sus labios.
No es como yo, tan cegada por mis impulsos, tan nerviosa y sensible y con tantas dudas sobre mí
misma. Desde que se jubiló, mi madre se junta una vez por semana con sus amigas a rezar el rosario.
Siempre tuvo mucho talento para su trabajo como maestra pero nunca fue muy ambiciosa. No quiso
ser directora de su colegio, ni siquiera jefe de estudios. Era de las que prefería llevarse bien con
todos. Ahora teje y lee algo pero sobre todo cuida a Gonzalito. Ella me advirtió que no confiara en
mi esposo Aldo. Me dijo: no te metas, te lo voy a decir una sola vez, hay algo raro en ese chico, no
me gusta para ti, ella me dijo, y yo...
Cuando pasó lo que pasó, no me recriminó, no me lo reprochó, me ayudó como lo hace una madre
tan atinada. Yo soy una pobre niña dedicada a escribir novelitas, mi matrimonio fue un desastre,
como mal, duermo mal, me visto mal, no voy a misa, soy muy dura con Gonzalo. La veo con tanta
energía a sus sesenta y cinco años, como si estuviera siempre dispuesta a subir a un cerro para
rescatar a alguien o a meterse en un campo de batalla para curar a los heridos. Me atendía siempre de
niña, aquí te dejo tu desayuno, hijita, tu ropa te la puse en el cajón, te voy a comprar unas medias
gruesas ahora para el invierno, la palidez de sus mejillas, su carne de alabastro y su corazón
engastado en oro. Tiene gustos antiguos pero elegantes: trajes de estampados clásicos; flores,
círculos, encajes. Sus únicas costumbres: las sesiones de rosario los jueves con sus amigas, el té los
sábados con mis tíos. A veces, para recordar sus tiempos se peina, se arregla y se pone algún broche
cerca del hombro y así salimos los tres a comer.
Hoy apenas he visto a Andrés.

31 de Marzo.
10:30 A.M.
El temor, a veces el horror, la esclavitud de estar enamorada, que tu felicidad, tu tranquilidad, tu
bienestar dependa de otro, los caprichos de una mirada ajena, la velocidad con la que escucho, mis
pies sobre la alfombra, mis dedos en las teclas, izquierda, derecha, lo miro, bajo la cabeza, lo miro.
Es ridículo y patético. Voy a trabajar.
Quisiera que venga, que me hable de su infancia, que me revele lo desgraciado que es y que me
diga que yo puedo ayudarlo a ser feliz, que se pegue a mí y que los dos estemos así un buen rato, el
sexo de él apuntándome y yo desvistiéndome y encaramada sobre él, eso, o por lo menos parados
juntos y abrazados en una esquina, aquí cerca, abrazados en la avenida principal, los carros pasando
(el ruido de nuestros latidos será más fuerte que el de los motores y bocinas, qué tal huachafada). El
esplendor, la calidez, la inminencia de su cuerpo, sus labios nunca materializados. A veces camino
cerca de su sitio, doy vueltas, una sonámbula tensa, paso cerca. Es bochornoso. Rondarlo como una
perra. Carajo. No voy a hacer eso otra vez. Nadie va a saber.
Andrés viene por el corredor.
Escribo en la computadora. Rápido, rápido.

1ro. Abril
9:00 P.M.
Andrés me llamó por teléfono para hablarme de mi artículo sobre los canales de T.V. Lo había
leído, le había gustado y otros se lo habían comentado bien. Le dije que a lo mejor alguna de las
fotos podía servirle. La revista podrá organizar un folleto publicitario hablando de nuestro
«producto». Pero me gustaría hacerlo con él. Podemos prepararle un modelo para el cliente usando
esas fotos, qué te parece, le digo, yo puedo escribir los textos. ¿Cómo la ves? Estos folletos son una
buena estrategia. El mercado está muy duro, comenta Andrés. Ahora estamos viviendo más de las
ventas que de los avisos pero no podemos seguir así. Ustedes están sosteniéndonos. Hay rumores. Se
dice que van a bajarnos el sueldo como una medida de emergencia. Él iba a hablar sobre el folleto
con el dueño de la revista. Yo se lo hago, dile que yo se lo hago, le insistí. O lo hacemos juntos. Me
propuso almorzar en el sitio de pastas que quedaba en la esquina del parque, yo contesté con un «ya,
pues» que sonó lo suficientemente suave y hasta temeroso como para que él se sintiera, creo, bien.
En el restaurante cuando me senté, una ola de entusiasmo y de alegría que me dejó callada. Nos
sirvieron dos pisco sour, cortesía de la casa, hasta chocamos los vasos a mi iniciativa, y el fettuccini
a lo Alfredo. Hablamos mucho.
Me contó de algunos achaques de su madre, con la que vive. Me dijo que siempre le había
gustado el trabajo de vendedor pero que es muy tenso y trato de relajarme como puedo, voy al sauna
y, a veces, las pastillas para dormir. Le aconsejé que no tomara pastillas, hay otras maneras de
relajarse (mucha música, leche o manzanilla, pensar en temas agradables o agua de azahar, pues) sin
correr el peligro de volverse un adicto. Sonrió. Me dio la razón. Me dijo que muchos hombres se
arrullan con películas de acción o imaginando que disparan a un arco de fútbol y meten un gol.
También repasan la formación de la selección de fútbol. Así somos los hombres. Sonrisas.
Fue un almuerzo lindo. Tengo nuevas fuerzas. La noche es fresca y voy a subir al cuarto.
Gonzalito duerme y mi mamá está viendo su telenovela.
Me quedo parada en el dormitorio de Gonzalo. El placer secreto de las madres, ver a sus niños
durmiendo, el silencio y la quietud y la paz, flotando en esa extrañeza recogida, no las muecas y las
distensiones paralizadas de los adultos cuando duermen, los brazos cruzados, la cara absorta de
Gonzalo, la paz de mi hijito, el botoncito de sus labios, el dibujo de sus cejas, sus mejillas como dos
bizcochos. ¿Diana podrá volver a dormir?
Capítulo IX
Al ver la hoja del cuchillo, Diana cayó hacia atrás y empezó a gatear. Se paró. Corrió hacia las
escaleras, la mano de Alex en los pies. Alcanzó a desprenderse agarrada del pasamanos, golpeó
interminablemente las gradas y al llegar al final, cuando corrió hasta el cuarto, el horror de los pasos
detrás, el tambor en la oscuridad de alaridos. Alejandro la llamaba y la perseguía.
En el baño, cerró la puerta apenas evitando los dedos de Alejandro, apretó el botón del seguro y
se alejó.
Alejandro la llamaba. «Diana, Diana, por favor abre la puerta. No voy a hacerte daño», repetía.
«¿Qué te pasa, Diana?»
La ventana del baño daba a la azotea. La puerta estallaba a golpes. Diana se acercó a la ventana y
dio un golpe de puño contra el vidrio. Sintió las incrustaciones de la ventana, los nudillos
inflamados, el brazo con una energía desconocida. De pronto el vidrio le estalló en la piel, se
asombró de no ver sangre, la palma inflamada, el hueco negro, el gran polvo húmedo de la garúa.
La puerta repicaba a golpes. La chapa iba a reventar y Alex entraría. Diana puso los pies encima
del lavatorio y terminó de romper la ventana. Una lluvia de chispas blancas le mojó la cara. Las
puntas de los cristales le mordían la cintura mientras intentaba alzar las piernas que colgaban. Apretó
los dientes, dio un grito y volvió a tomar fuerzas. Se apoyó en el cemento de la azotea, las piernas la
alcanzaron arriba. De pronto, tenía el estómago raspando el piso, la mancha en el camisón. No sentía
nada.
Corrió al aire libre, la oscuridad entre chispas de agua, los pies ardiendo contra el cemento.
Llegó a una pared. Al voltear, vio que Alejandro había sacado la cabeza por los vidrios. La llamaba
con una voz débil. Ella volteó: ¿Cómo saltar a la casa vecina? ¿Cómo subir el muro? Vio una caja de
madera. Al pisar se dio cuenta de la sangre en los pies, Alejandro había asomado la cabeza en el
suelo de cemento y levantaba el brazo derecho. Parecía un náufrago ahogándose, la torcedura de la
mano que se hundía en la superficie. Diana se apoyó en la caja y saltó hacia arriba, las piernas
raspadas, al llegar al borde del muro se encontró con una ventana. La azotea vecina estaba vacía. El
ladrido de un perro. El aire mojado en los ojos, la piyama embarrada. Cayó con un grito en el
cemento del techo vecino. Sacó la cara al abismo de la calle, la pista iluminada, la leche negra de las
nubes. Un carro pasó como un fogonazo. Nadie contestaba. Dio un nuevo grito, y se acercó a la
ventana. Una luz. La cara enorme, aterrada de su vecina saliendo, mirando hacia todos lados.
—¿Qué te pasa, hijita?

***
Entró al cuarto bañada en sudor, las manchas y las líneas de sangre. La señora le decía,
tranquilízate, qué pasa, no te preocupes, le dio un vaso de agua, la rapidez cariñosa de la vecina la
aliviaba. No te preocupes que ahorita llamamos a tu casa. El aparato se le cayó, la señora se lo puso
en la mano otra vez.
—Aló, mamá.
—Sí. ¿Qué pasa?
—Ven a recogerme por favor.
—¿Pero qué ha pasado?

***
Vio el carro de su papá en la puerta. Salió corriendo. Entró al calor del asiento acolchado.
—¿Estás bien, hijita?
La sala de su casa apareció como una revelación. «Mañana le cuento, mañana les cuento. Un
problema hemos tenido».
El Dormex de la mano de su madre, la entrada a su dormitorio de soltera. Los ositos sobre el
cajón, las cortinas blancas. Había pensado mudarlos al día siguiente. Ay, hijita, qué horror, no te
preocupes, Dianita, ¿viste un cuchillo?, ya pasó, ya pasó, no te preocupes, aún en medio del ajetreo,
las frases de su mamá la irritaban, mejor vete, mami, voy a dormir, bueno como quieras.
Se despertó en un silencio excepcional, el silencio de su pasado, el cuarto en el que se había
despertado mirando la hora para no llegar tarde a sus clases en la universidad y el colegio, cuando
era otra. Se quedó sobre el colchón, se arropó y vio las sábanas humedecerse. Se asombró de no
odiar a Andrés y de sentir la extraña urgencia de saber lo que había ocurrido con él. Una sensación
de culpa se extendió en la garganta. Llegó a la cocina, su madre junto a una taza de café.
—Diana, dicen que tu suegra fue a tu casa ahora y encontró a Alejandro inconsciente. Se había
desmayado en la sala. Pero ya está bien. Preguntando por ti, dicen.
—¿Ah, si?
—Me llamó tu suegra ahorita. Quería hablar contigo pero yo le dije que estabas descansando, por
supuesto. Debían haberlo metido preso. No sé cómo no se lo llevaron a la cárcel.
—No puedes meterlo preso, mamá. Él está enfermo, no es un criminal.
—¿Cómo? Ese hombre es un peligro, Diana. Va a venir a buscarte, cualquier día.
—Ay, dame un café por favor. Y otro Dormex.
Su padre entró a abrazarla, todo saldría bien, lo importante es que estás aquí, hijita. Ya. No te
preocupes.

***
Otra vez la sala de alfombra blanca, las ventanas altas al jardín con la piscina, otra vez el retrato
de su abuelo sobre el sofá crema de dos cojines, otra vez las lámparas delgadas de base negra, una
sala elegante y ancha. Diana se sentó en la sala, y sin embargo la cara de Alejandro.

***
Ducharse, vestirse, mirarse al espejo, las escaleras otra vez, los platos puestos en la mesa del
comedor. Ya eran las dos. Bajó las escaleras lentamente. Enfrentarse.
Mariano Roggero, tío de Alejandro y amigo de la familia, estaba en la sala.
—Vine apenas supe. ¿Estás bien, hijita? No sé qué le pasa a mi sobrinito.
El tío Mariano Roggero tenía toda la apariencia de un timador sentimental. Era un tipo sonriente y
bien vestido. Hablaba con diminutivos que usaba para mostrar afecto o para burlarse de alguien
según su conveniencia. En ese momento le estaba pidiendo a su madre otra taza de café y le ofrecía a
cambio consejos y explicaciones que ratificaban su papel de ordenador e intérprete de las
situaciones. Tenía una sonrisa inexacta, demarcada por unos labios sinuosos y movedizos como dos
gusanos. Su perfil era una línea detenida en algún punto entre las facciones de un ser humano y las de
un gato. Sus ojos grandes miraban siempre de costado y a un fondo vacío, y decía sus frases cortas
con una voz de terciopelo, hecha de sílabas completas. Tenía la piel suave, como envuelta en una
ligera lámina de aceite. Toda la finura que buscaba transmitir sin embargo estaba rectificada por su
nariz larga y gruesa, a modo de pequeña trompa. Era un hombre dichoso, la felicidad parecía su
privilegio, la realidad le había dado siempre la razón. Al llegar a una reunión social, cuando
saludaba a desconocidos, tenía una manera de estrechar la mano en serie, despachando a quienes
saludaba uno tras otro, como si estuviera barajando naipes. La vida le parecía un sofá en el que se
había sentado, para acomodarse en distintas posturas de vez en cuando. Tío materno de Alejandro
pero también amigo de su mamá, Mariano había sido el único contacto verdadero en el conflicto
velado entre las dos familias.
Diana había desconfiado de sus cortesías excesivas. Sus ojos grandes y vagos le habían parecido
siempre sospechosos. Mariano estaba siempre decidido a exhibir sus suaves encantos para lograr
algún objetivo. Nunca conversaba. Siempre quería convencer, halagar o aconsejar. El tono de su voz
se mantenía en una medianía de susurros monótonos. Diana había accedido con sonrisas a su
presencia pues el tío Mariano existía en su casa desde que tenía memoria. Cuando conoció a
Alejandro se había extrañado de que fuera primo de su madre.
Hay que esperar, vamos a averiguar lo que le pasa a Alejandrito, decía Mariano en la sala. Lo
primero sería hablar con mi prima Isabelita. Debe estar preocupadísima y no la culpo. Luego, hablar
con los médicos. Si después de eso todo va mal, entonces empezar los trámites de divorcio. ¿Qué te
parece?, dijo su mamá. No me parece nada. Ustedes hagan lo que quieran. Pero si no se trata de eso,
hijita. Diana terminó de almorzar y regresó al dormitorio. Habló por teléfono con Tati y quedó en
verla al día siguiente. Hoy no; estoy dopada con las pastillas.
A las seis vio una película en la televisión. Por la noche se despertó varias veces, interrrumpida,
sentada en la cama. En sus sueños Alex aparecía con los pelos mojados en la frente y la voz grave,
extrañamente serena: «Por favor, Diana».
La mañana siguiente sonó el teléfono.
—Es tu suegra que no me hace nadita de gracia que llame a esta casa.
—Cállate, mamá, que te va a oír.
—No me importa.
Diana cogió el aparato.
—Hola, Diana.
—¿Cómo está, señora?
—¿Podemos vernos ahora?
—¿Cómo está Alex?
—Está bien. Escúchame, Diana. Él te ha estado llamando. ¿Qué ha pasado?
—Ha pasado, señora, que lo encontré con un cuchillo. Me estuvo persiguiendo por la casa.
—Pero él no iba a hacerte daño. Nunca podría hacerte nada, ¿no te das cuenta?
—Me enteré allá de lo de su problema, con esa pastilla que tiene que tomar.
—Sí, mira, ¿por qué no nos encontramos para conversar?
—A las diez. En la Tiendecita Blanca.
—Muy bien.
Diana rechazó los intentos de su madre por acompañarla a la cita. Se puso el traje celeste. Al
mirarse en el espejo recordó que Alejandro le había dicho alguna vez que ese traje parecía un
uniforme de colegio pero que ella lo hacía lucir como la túnica de una princesa. ¿De dónde habría
sacado esa frase?
Llegó a «La Tiendecita Blanca». Las camareras andinas con mandiles de campesinas suizas, los
manteles rojos, las paredes de madera, las vitrinas azucaradas de tortas y pasteles. Vio entrar a doña
Isabel, la sonrisa confiada, el arco largo de las cejas, el marrón de grandes ojos, eran los ojos de
Alejandro en su madre, el marrón claro y luminoso y húmedo de Alejandro.
—La verdad que me asusté.
—Pero él no iba a hacerte daño, Diana. ¿Cómo iba a hacer eso, pues?
—Pero vi el cuchillo, señora. Lo tenía en la mano.
La señora Isabel siempre había sido un templo. Su viudez la había favorecido con una fortaleza
diligente y una suspicacia natural hacia las apariencias. Había entendido siempre el problema entre
su hijo y su marido pero nunca había influido en él, por temor a un cataclismo familiar. «Yo siempre
le di la razón a mi esposo. Mi esposo era un tipo muy resentido. El fue muy duro con Alex, fue mi
culpa, yo quería que no hubiera problema, pero Alex tuvo que pagar». La señora Isabel se había visto
obligada a ceder la iniciativa a su marido pero había conservado la lucidez de sentirse culpable y de
entregarse a sus propias recriminaciones por abandonar el alma de su hijo a la del hombre que
amaba. Ahora trataba de recuperar la tranquilidad de saber que lo defendía, no ante la severidad de
su padre sino ante las sospechas fundadas de su mujer.
—Alejandro nunca ha querido hacerte daño, hija. Está con un montón de problemas pero no te
hubiera podido hacer daño. Él te adora.
—¿Por qué tenía el cuchillo?
—No sé. No me quiere contar eso. Pero no podría hacerte daño. Tiene una depresión muy grande.
O sea, parece que tiene un problema orgánico, algo en el cerebro. Es la serotonina, eso, no sé como
se llama. Pero no está loco. Puede tratarse y va a mejorar, Diana. Vas a ver que sí. Él me ha pedido
que hable contigo. Dice que en tu casa no te pasan sus llamadas.
—Nunca me dijo que tomaba esas pastillas, señora.
—Las pastillas no le caían muy bien. Le daban náuseas. No hablaba de eso porque le daba
vergüenza, nos daba vergüenza también a nosotros. La gente no comprende esos problemas, pues.
—Pero yo lo hubiera comprendido, señora Isabel. Y además tenía el derecho de saber.
—Tienes razón, hijita. Tienes razón. Dime una cosita. ¿No podrías verlo? Él quiere hablar
contigo.
—No. Ahora no.
—Sería muy bueno que lo vieras, Dianita.
—¿Qué le puedo decir?
—Que se cure y que se cuide.
—Prefiero no verlo, la verdad.
—Diana, él es tu esposo y está pasando un momento muy difícil.
—¿Y yo, señora Isabel?
—Yo sé que tú también. Pero tú estás sana. Él te necesita. Nunca ha querido hacerte daño.
—No me ha hecho daño. De eso no se preocupe.

***
Al volver a la casa, encontró a Tati en la sala, el pelo suelto sobre los hombros, las piernas
cruzadas, el blue jean apretado, el polo con el dibujo de Minnie Mouse, las llaves jugando como una
sonaja, Tati sentada en el sillón principal, una reina de visita.
—Hola.
—¿A dónde fuiste?
—A hablar con mi suegra. Dice que Alejandro me necesita.
—Tiene razón. ¿Y qué más?
—Que tengo que regresar con él.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Vas a volver o no?
—No sé, Tati. No sé.
—Bueno, pero así en tu casita con tu papi y tu mami no vas a quedarte para siempre, hijita.
—No. Ya sé.
—Oye, ¿por qué no salimos?
—¿A qué?
—A dar una vuelta. Vamos en mi carro.
—Iba a ir a la universidad. Con todo lo de la boda y del viaje no recogí mi título.
—Qué universidad ni qué ocho cuartos, oye. Vamos a tomar unas chelas.
Diana alzó los hombros.
La mañana inesperadamente brillante, un resplandor en la carrocería, el carro en la Avenida
Pezet, luego los árboles del Golf, el muro verde hasta el fondo, hacia el centro de Miraflores.
—¿A dónde vamos?
—Vamos abajo, a la playa. Hay que aprovechar que hay solcito.

***
El mar subió de pronto en la ventana delantera, las olas descargando desde lejos, el carro a toda
velocidad, las piedras y los montes de basura al lado.
Tati frenó junto a un kiosko cerca de la arena. La brisa le alzó el traje. Las olas hacían
evoluciones largas y estallaban, una histeria del agua repetida.
Se sentaron en una mesa de metal oxidado, un mantel de cuadrados rojos y blancos, las manchas
amarillas, las patas balanceándose. Un vendedor ambulante ofrecía caramelos y gaseosas. En la
arena un grupo de niñas jugaba con una pelota de vóley. La radio de un carro soltaba indicios de un
bolero. Un mozo de polo manchado se acercó. Tati pidió dos cervezas.
—No venía aquí hace tiempo —dijo Diana.
—Yo siempre vengo. Vengo a leer a veces. Acá estás tranquila, no te encuentras con todo el
mundo.
De pronto una pelota salió por encima del grupo de niñas, se elevó en una parábola, dio un
primer bote junto al carro, y cayó junto a la mesa. Diana atinó a cogerla.
Una niñita se paró cerca. Tenía la cara redonda, ojos grandes y una boca dulce y sonriente. Su
vestido era una tela delgada.
Diana le sonrió.
—¿Cómo te llamas?
—Emilia.
—¿Y por qué no estas en el colegio?
—Hemos venido a jugar. Estamos de vacaciones, señorita.
—¿Y a qué juegan?
—A estar juntas. Estamos juntas todo el día. Y así estamos.
—Emi, ven, vamos a sacar —gritó una de las chicas.
La vio partir. Corría a una gran velocidad, el traje al viento y las zapatillas desolladas.
—¿Y dónde vivirán todos esos niños? —murmuró Diana.
—Seguro que en Chorrillos.
—¿Y bajan desde allá a jugar?
—Claro.
—Nunca había hablado con ninguna chica así.
—¿Así cómo?
—Así como ella, no sé. Tan pobre y tan feliz. Y tan fuerte, me parece increíble.
Las olas salpicaban el muelle de piedra, llegaban con un ruido furioso, volaban en un éxtasis de
trazos blancos y se deshacían en la piel de musgo.
—Tú no te enteras de muchas cosas, Diana, perdona que te diga. Salud.
Tati hizo chocar las botellas de cerveza.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque sí —dijo Tati mientras alzaba la botella—, mira, que le haces caso a tu mamá. Aunque
me digas que no, todo esto lo has hecho por tu mamá.
—No, Tati.
—Mira, en el fondo siempre le creíste a ella, no a tu marido, sino a ella. O sea, tu mamá lo que
quiere es que lo dejes a Alex y eso es lo que vas a hacer.
—Tati, pero yo vi el cuchillo.
—Bueno, no sé. Pero me revienta lo que hace tu mamá contigo. Ya te he dicho otras veces.
—No sé. Pero en este caso hay evidencias.
Tati acabó la cerveza, miró hacia el mar, el viento le alzó el pelo de pronto. Parecía que la cara
le había cambiado, los ojos achicados y la piel sucia. Diana apuró la cerveza y llamó al mozo.
«Otras dos. Muy bien, señorita».
—Mira, te voy a decir una cosa que de repente no debía decirte.
Diana sonrió. La frase era tan común, debía poner una sonrisa y estar preparada para la
acusación. Algo así como «Si no te despabilas, tu mamá va a hacer y deshacer contigo». Ya se lo
había dicho y se lo iba a repetir. Era lo esperado. Tati no tenía hijos ni hermanos y desfogaba su buen
corazón en ella, había que entenderla después de todo.
—Esto es lo que pienso... —le dijo lentamente.
Se detuvo. El mozo trajo las dos botellas y las puso con un golpe. Diana lo miró. El mozo las
destapó con un movimiento rápido como si estuviera degollando a una paloma.
—Qué tipo tan brusco éste, oye. Mira el ruido que hace para servir. Una bestia.
—¿Qué vas a decirme, Tati?
—Mira, tú tienes que ver las cosas de otra manera. Y no me refiero a Alex. Te hablo de tu mamá.
Tu mamá es, bueno, una persona también con problemas.
—¿Qué problemas?
—Problemas muy jodidos.
—¿Qué?
—Tu mamá y el tío Mariano.
—¿Qué pasa con ellos?
—Quieren que ustedes se separen.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque Mariano tiene intereses en la fábrica, es accionista y, bueno, allí hay un montón de
cosas.
—¿Qué quieres decirme, Tati?
Diana sintió como una lanza en el costado mientras veía a Tati tomar el vaso otra vez; Tati con
los ojos desviados, la mano alzada como aplacando el aire.
—¿Mi mamá y el tío Mariano? ¿Qué quieren?
Mariano. De pronto sus apariciones coincidían, como si la revelación hubiera dado una forma a
toda una historia de sus recuerdos. El tío Mariano en la cocina siguiendo a su mamá, el tío Mariano
en las noches de la casa, el tío Mariano apareciendo de tanto en tanto en los viajes de su papá.
—Tú eres demasiado buena, igual que tu papá, Diana. Dime. ¿Por qué tenía que llamarte tu mamá
a Miami para decirte lo de la enfermedad de Alex?
—No sé.
—Ella está que trama algo con Mariano, Diana.
—No voy a aceptar tus ofensas, Tati. No voy a aceptar lo que dices sobre mi mamá.
—Ya sabía que ibas a decirme eso.
—No sé, no sé si sabías. Pero mejor termina tu cerveza. Mozo, nos trae la cuenta.
El mozo asintió.
—Bueno, ya me callo.
—Sí, mejor.
Había algo de furia justiciera en el ruido de las olas, Diana tratando de retener las lágrimas de
sorpresa, las rodillas juntas y las manos abrigadas entre las piernas
—Mira —le dijo Tati—, si te he ofendido, perdóname, no quise decir nada para que te ofendas,
¿me entiendes?
—No tengo nada que perdonarte, no te preocupes, pero no quiero saber nada, llévame a mi casa
que tengo que ir a la universidad.
Al levantarse, volteó hacia la cancha de vóley. La niña Emilia saltaba junto a la net.
Durante el camino de regreso, todo transcurrió en silencio. La palanca de cambios, un
movimiento de engranajes crujiendo dulcemente, las caídas rápidas de las llantas en los huecos, los
carros que giraban por la luna, por fin la calle de su casa, gracias, ya nos veremos, la cara resignada
y colérica y asustada y lastimosa de Tati, no iba a pedir perdón otra vez, iba a hablar con ella luego,
pero...
Cuando entró a la casa, su madre no estaba. Habló con Herminia en la cocina, entró al garage y
prendió el carro, salió pisando las flores, manejó por el barrio, llegó a la puerta de su colegio, y
pensó en buscar a alguna de sus antiguas profesoras. La señorita Dora por ejemplo o la hermana
Teresa. Siguió de largo y sintió el celular sonando en la guantera. Se puso el aparato en la cabeza.
—Alo.
—Hola.
Era Mariano Roggero.
—¿Qué pasa?
—Diana, ¿tú crees que puedas venir aquí? Estoy con Alex.
—¿Dónde?
—Aquí en su casa, en la casa de tu suegra. Vente.
Una tensión en la garganta. El carro avanzaba lentamente junto al parque.
—Ya. ¿Por qué no me lo pasas?
—Quiere hablar contigo en persona. Es mejor, creo. ¿No crees? Vente.
—Ya. Ahorita voy.
Subió al carro otra vez. Ver a Alex.
Capítulo X
4:30 a.m.
Me he pasado varias horas dando vueltas por el cuarto, viendo T.V., leyendo una novela,
escuchando música muy baja.
Hoy día me ha preguntado otra vez por su papá. Le he dicho lo mismo. Nos quisimos, tú viniste
pero un día tu papá se fue. No sé por qué. Acá hay una foto suya. Está en Estados Unidos. ¿Y Estados
Unidos queda lejos?, etc.
Felizmente se olvidó del asunto pero está entrando a los años en que va a preguntar más. El
pregunta todo. Yo contesto lo que puedo. No quiero que odie a su padre.
Claro. No le voy a decir que su padre no está en Estados Unidos sino en la cárcel, aquí nomás.
Aldo. ¿Cómo se las habrá arreglado allí? Me dicen que bien. Y sin embargo... No voy a verlo pero
quizá vaya, quizá vaya, si termino de escribir mi novelita, quizá vaya a la cárcel a verlo. ¿Cómo
será? Algún día voy a tener que decirle la verdad a Gonzalo.

8:00 A.M.
Hoy se despertó temprano y me hizo leerle algunos nombres de remedios que le parecen
graciosos. Apronax, Ceclor, Coricidin, Velocef, Motrín. Hacemos rimas. El tío Max busca Apronax
pero llega Leonor y le da Ceclor. Jugamos a las manos, cantando canciones que recuerda del colegio.
Hacemos comerciales: con Motrín y Coricidín la gripe llega a su fin. Vino un chef y me dio mi
Velocef. Hay un remedio con un nombre largo y graciosísimo: Clorotrimetrón y otro bien raro con
nombre de persona: Vick Vaporub. ¿El que lo inventó se llamaba Víctor?, me dice.
La camioneta lo recoge, por fin. Hoy es viernes; no tengo trabajo tarde en la revista; voy a pasar
la noche con él.

5 de Abril
Domingo. Vamos a misa y después a almorzar un menú en el parque de Miraflores. Damos
vueltas. Vemos collares, aretes, libros usados en la rotonda. Volvemos a la casa. Primero tus
deberes, después la televisión pero sólo una hora, tú escoge qué programas ves, luego nos jugamos
una partida de damas chinas o un ludo, como tú quieras, pero me senté con él a ver Dragon Ball Z,
claro que no entiendo nada, los dibujos animados japoneses son rápidos y agudos, tienen orejas
afiladas, ojos grandes, voces de niños, luchas cuerpo a cuerpo.
—¿Tú crees que mi papá venga para fin de año? —me dijo mientras empezaba un comercial.
—No sé. ¿Por qué me preguntas eso?
—Es que a fin de año pasa todo. Navidad, Año nuevo, todo eso, pasa todo lo bueno.
—No sé, hijo. No sé cuándo vendrá. Falta mucho.
—¿Y cómo es él?
—Guapo y simpático, como tú.
—Ah... Así le voy a contar a Rodrigo. El me preguntó el otro día.
No ha heredado la naturaleza obsesiva de su padre, creo. Ha pasado a conversarme de sus clases
de karate. Allí ha conocido a su nuevo amigo Rodrigo. Cuando termina Dragon Ball, me paro a
practicar unos golpes de karate con él.

***
Lo dejo dormido.
Su papá no lo conoce. ¿Por qué los hombres no piensan, no sienten lo que hacen? ¿Por qué son
puro instinto a veces? Mi esposo siempre tan deportista, un tipo grande y bueno, un gigante con un
corazón de oro, tratando de mantenerse siempre en forma, cuarenta minutos de carreras por el parque,
veinte minutos de pesas, los negocios te obligan a estar siempre en forma, te sientes tan bien, amor,
uno libera endorfinas cuando hace ejercicio, amor, mejora el ánimo y el nivel de energía se
multiplica, bueno, pero además te ayuda a trabajar más, no te preocupes, vas a ver que todo sale
bien, nos estamos metiendo en unos proyectos buenísimos que nos van a poner arriba, vas a ver, te
quiero tanto, voy a tratar de ganar siempre mucha plata, nos vamos a mudar a una casa en Monterrico
que ya vi, vamos a tener un carrazo, lo mejor para ti, una reina necesita un palacio, vas a ver.
Yo debí haber tratado de hablar más con él, darle confianza, todo fue en parte mi culpa. Se
acabó. Regreso a Diana.
Capítulo XI
Tiene que ir. Tiene que verlo. Tratar de entender. Reconocerse en él. Salir a la calle, ¿así,
vestida como está?
Diana sube, abre la puerta, el estallido de la madera en la pared, abre el ropero, las manos que
corren entre los vestidos. Por fin uno. El traje blanco que se puso la primera salida, cuando él la
invitó a comer en el «Costa Verde». Ese. Una correa negra, la cintura con un bordado, hay algo de
señorita conservadora para quien se ponga ese traje, no me importa, está bien, el traje la rodea y le
cuelga, las medias blancas y largas, la curva de las piernas, ¿y ahora?, los zapatos blancos de punta
de taco corto, unos aretes y un collar de perlas. No; mas bien la cadenita. ¿Qué tal le quedaría? Se
miró en el espejo. Tocarse el pelo. Peinarse rápido.
Las puertas del garage, la madera abierta con el control remoto en la guantera. La pista de
árboles, las paredes rojas del vecino, la inminencia del ruido en la avenida. Avanza por Javier Prado
lentamente, y ahora acelera entre una columna de micros, el semáforo, los vendedores de discos y
libros en la ventana. Al acercarse a la avenida, a la derecha. El edificio de ladrillos rojos y
columnas de mármol. Las hojas escalonadas junto a la puerta de su suegra
Toca una vez. Por fin el portero abre, la reconoce, la saluda y vuelve a su periódico junto a las
plantas de la pared. El ascensor vacío. El tirón hacia arriba, los números rápidos hasta el veinte.
Toca la puerta del apartamento, un silencio, un ruido de voces, pasos vagos, dos golpes. Un
mayordomo nuevo le abre, nunca lo había visto, un tipo de cara ancha, un boxeador encajado en un
terno negro, los ojos enormes y el pelo como un casco. Entra. Todo está en orden, allí habían
recibido a la congregación de amigos y parientes en la fiesta de despedida. Ahora, en el silencio
sepulcral de un vigésimo piso, apenas el sonido acolchado de sus pasos. La terraza ligeramente
iluminada —las dos sillas de paja, el arbusto joven, la lámpara colgando— cubierta de losetas
enceradas de rojo. Una perfección cotidiana en el silencio, los lustrosos cojines blancos, la rutinaria
felicidad de los pequeños adornos —piedras de colores, cajitas de porcelana— en la mesa, el aire
de rugidos vagos de tráfico. El mayordomo seguía junto a ella.
—El señor Mariano ahorita viene.
—¿No está Alejandro? A Alejandro es al que quiero ver. ¿Usted es nuevo aquí?
—Sí, señora. Enseguida viene, señora.
El tipo se va. Las cortinas blancas y largas bailando. El tráfico es un rumor al fondo.
De pronto un golpe de voz. «Ya rápido, anda, apúrate», y silencio.
Se sienta a esperar.
Mira la puerta de la calle.
De pronto vio a Alex. Estaba entrando a la terraza. Tenía una barba crecida, las manos
desoladas, los ojos en ella, parecía un niño perdido.
De pronto todo era serenidad y afecto otra vez, todo como si desde siempre estuviera corrigiendo
quien había sido para ella unas noches antes. Diana se quedó en su sitio pero hubiera podido
abandonarse con certeza a esas manos, con el llanto de la sumisión en la frente.
No iba a poder estar lejos nunca. Él se paró cerca de ella y la abrazó.
—Diana, por fin. No sabes todas las veces que te he buscado.
—No sabía que me buscaste.
—¿Y cómo viniste ahora?
—Vine... porque quería saber cómo estabas. Me llamó tu tío y me dijo que ibas a estar aquí.
La cabeza de Alex iba aclarándose. Su piel tenía una consistencia suave y firme, los brazos
cobraban una solidez renovada por un solo movimiento largo hacia el pelo de Diana, el aire entre
ambos recuperaba la intimidad de sentir sus facciones cerca. Ella le cogió la mano y la besó.
—¿Por qué escapaste, Diana? Esa noche...
—Vi el cuchillo, Alejandro.
—Pero, ¿qué pensaste?
—Que ibas a hacerme daño.
—Pero, ¿cómo iba a hacerte daño?
—¿Y entonces?
—No iba a hacer nada. Pero tenía la idea de cortarme las venas.
—Alejandro...
—Pero pensé que no podía matarme teniendo a una mujer como tú.
Un brillo paralelo se había formado en las mejillas de Alex. Diana puso su cabez en el hombro y
sintió la calidez acolchada de la tela.
—Pero, Alejandro. Yo estaba segura que tú querías matarme.
—¿Pero por qué?
Lo miró de frente. Tenía los ojos atónitos, la boca abierta.
—Eso fue lo que sospeché en Miami también. Lo mismo que pensé esa noche.
Alejandro la sostuvo de los hombros
—Yo jamás podría hacerte daño, Diana. Nunca, nunca. Pero tuviste razón...
—¿Razón en qué?
—Razón en apartarte de mí, en alejarte para siempre.
—Pero yo no sabía, mi amor. ¿Cómo pudiste pensar en una cosa así?

***
La puerta se abrió.
Era el tío Mariano. Era él pero parecía otro. Lo más notorio era el modo como se le había
estirado el cuerpo. El cuello se le habia enderezado y le sostenía la cara como un periscopio. Estaba
vestido con un terno impecable, el triángulo de un pañuelo rojo sobresaliendo en el bolsillo.
Observaba a Diana y a Alejandro desde la puerta, a una distancia marcada, un trecho calculado para
hablar con ellos.
Con las manos atrás, parecía proyectar el gesto de un general pasando revista a su tropa de dos
muchachos, el mayordomo haciendo de lugarteniente a su costado. La quijada larga parecía
envilecida, un hueco agudo y unos dientes diminutos.
—Por fin juntos. La parejita de la que habla todo Lima —sonrió.
El mayordomo se puso a su lado.
—¿Quién es este señor? —dijo Alejandro, señalando al mayordomo.
—Es un amigo.
—¿Dónde está mi madre?
—No va a venir.
—¿Qué?
—Salió temprano y no va a volver hasta la noche. Tenía que hablar contigo, Alex.
—No me dijo que no iba a volver.
—Pero mejor. Porque como te digo, tenemos algo que hablar a solas, mejor dicho los tres, con
Diana.
—¿Qué pasa, Mariano?
—Tú nos has causado tantísimos problemas, Alejandro. Pero tantísimos, tantísimos problemas—
sonreía.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Mira, no tengo tiempo de escuchar tus tonterías. Vámonos de aquí, Diana

***
Alejandro le había extendido la mano. Mientras Diana se paraba junto a él, vio al mayordomo
acercarse. Lo vio golpear a su esposo en la cara. Vio a Alejandro resistir. Ambos forcejearon y
cayeron al suelo. Hasta que el hombre le dio un puñetazo en la mejilla y le apuntó con una pistola.
—Siéntate, sobrino —dijo Mariano—. Hazle caso.
Diana se acercó a Alejandro. El hombre les apuntaba a los dos.
—Qué maricón que eres, Mariano —dijo ella.
El tío Mariano se paró. Empezó a caminar, como si estuviera dando una clase a un grupo
pequeño. Sonreía.
—A lo mejor te parecerá mal lo que hago. Por eso les voy a explicar, aunque ya no les sirva de
nada, hijita. Pero quiero darme el gusto.
—¿Qué nos vas a explicar, cabrón?
La voz de Alex, la sonrisa de Mariano, la pierna derecha que se movía arriba y abajo.
—Una clasecita de economía les voy a dar. Mira, la cosa es así. Lo más importante que tiene un
hombre es su capital. O sea, su patrimonio. Para nosotros eso es nuestra empresa lógicamente, o sea
«Telas Tops» que hasta hace un tiempito nos daba a algunos accionistas unos ingresos interesantes —
movía las manos hacia ambos lados—. Pero desde que murió tu padre, Alejandro, carajo, desde que
murió tu papacito vamos de mal en peor, tú ya sabes eso. Todo ha ido muy mal. Estamos lo que se
dice en un problema. Entonces, ¿qué te dice el manual del empresario? Dice que cuando enfrentas un
problema, tienes que buscar una solución. Pero una solución adecuada al problema, naturalmente. No
cualquier solución. Una solución adecuada que corte por lo sano.
—¿Qué estás hablando, Mariano?
—Estoy preocupado, hijo. Mejor dicho, estaba preocupado. Ya no tanto. Ahora ya tengo una
salida perfecta para nuestra falta de liquidez.
El hombre que hacía de mayordomo se acercó con la pistola en alto.
—Así que te has vuelto loco, tío.
—¿Loco? Todos saben que el loco eres tú, sobrino. También Diana sabe. Su mamá sabe. Todos
saben que el loco eres tú. Lima no habla sino de eso. Por eso les pedí a los dos que vinieran.
—Bueno, mira, ¿sabes qué?, nosotros no tenemos por qué quedarnos a escuchar tus tonterías.
El mayordomo se alejó un poco. Movía la pistola hacia uno y otro.
—Pero no pueden irse. Todo está preparado. Tienen que estar aquí. Ahora que Diana ha venido,
todo se va a arreglar. La cosa va así más o menos. Ella vino a ver a su esposo, se pelearon, y él se
enfureció. Él tenía esta Beretta —dijo, sacando una pistola del bolsillo—. En un acceso de locura,
bastante normal en él, Alejandro le disparó. Todos sabrán que lo hizo por su enfermedad porque,
pobrecito, hijo, tienes el cerebro refrito por tu problema. Los padres de Diana ya saben que él está
así. Los vecinos de tu casa saben. Así que tú la asesinaste y luego, víctima de una comprensible
desesperación, te tiraste por esa ventana. Yo estaba aquí, escuché el ruido y vine a verte caer nomás.
Te dije que no te mataras pero tú por supuesto te tiraste, aquí Alan está conmigo en esto —apuntó al
mayordomo—, tú dijiste algo simpático, «no puedo vivir sin ella, soy un miserable», ¿qué te parece?,
algo así, antes de tirarte, ¿tú que dices, hijita? La pistola va a tener tus huellas naturalmente.
Alex lo miraba con los ojos incendiados. Diana bajó la cabeza. Escuchaba la conversación como
a la distancia, una pesadilla de voces conocidas.
—Todo va a salir estupendo, ¿no? —siguió Mariano—. Estás enfermo hasta las huevas así que
todos lo van a creer. Ya se sabe que quisiste matarla antes además, el otro día, en la primera noche
de tu regreso a Lima. Ahora que estén los dos muertos, las cosas van a ser más fáciles. Va a haber
junta de accionistas y las acciones pasan a manos del resto de la familia. Así tenemos mayoría
porque a tu mamá la convencemos al toque. Va a estar tan triste mi prima... pero la empresa sale a
flote sin su peor director, y formamos una nueva sociedad con los gringos que quieren invertir. Tú
hasta ahora habías convencido a los otros primos de negarse a vender pero ahora va a ser fácil.
—Así que ése es tu plan. Si mi padre te escuchara... —la voz ronca de Alex.
—Como ves, necesitamos tu colaboración, Alejandro, y la tuya, Diana. Permíteme decirte que es
una lástima que una mujer tan guapa como tú tenga que sacrificarse. Además ahora que los veo no
hacen tan mala pareja.
—Dime una cosa, Mariano.
—Si, Diana.
—¿Qué vas a decirle a mi mamá, que me mandaste matar para salvar tu empresa?
—Ah, no. Tu mamá nos ha ayudado mucho pero no sabe de esta última parte, por supuesto. Mas
bien voy a consolarla.
Alejandro se acercaba. El mayordomo le apuntó.
—Voy a salir, tío.
—¿Sabes qué, Alejandro? —dijo Mariano—. En realidad, lo que va a pasar me gusta mucho
porque yo me había cansado de recibir órdenes tuyas en las reuniones. Eras tan pero tan
incompetente, hijo. Y por más que yo te decía, eras tan terco. Pero no sabía cómo hacer. Hasta que
encontré una colaboradora —dijo señalando a Diana.
—Voy a salir de aquí.
—Por supuesto que pondremos un aviso en el periódico de defunción a nombre de la empresa.
Además, vamos a hacer un entierro con rezos y flores. El mismo cura que los casó puede decir las
oraciones. Ya la Iglesia admite entierros de los suicidas además. Claro que esto es posible gracias a
que Diana y tú aceptaron encontrarse aquí hoy día.
En este momento el mayordomo se había acercado a Diana. La pistola, un ojo negro mirándola.
—Esto es lo que llamamos en la empresa, un programa de emergencia, Alejandro.
Diana bajó la cabeza. Oyó un ruido. El teléfono había empezado a sonar.
Capítulo XII
15 de Abril
5:25 P.M.
Uno empieza a pensar en los personajes hasta que en algún momento, no sé cuándo, ellos han
empezado a distanciarse, una sigue escribiendo pero parece que ellos se han ido a vivir por su
cuenta, mientras logro delinearlos, ellos terminan poniéndome de costado, de espaldas,
inalcanzables, como cometas, una tiene los hilos en la mano, trata de no perderlos, los tiene en el
viento, no los maneja, trata de seguirlos. Harán lo que puedan, a lo mejor, si tienen suerte, si tienen
intuición, si saben lo que hacen, podrán evitar que los maten y si los matan, podrán encontrar alguna
dignidad en ese último suspiro, algún gesto que los redima. El tío sentándose en el sillón de
presidente, tomando decisiones. Lo estoy viendo: un cincuentón flaco, de pelo enrulado, ojos que se
escapan de las órbitas, dictando cátedra sobre los beneficios de la empresa, sobre la reorganización
del directorio, sobre la junta de accionistas, sus ojos felices dando vueltas, canicas viendo billete.

2 de Junio
2:00 A.M.
Hoy no puedo escribir. Ha pasado un buen tiempo. No escribo, no pienso, camino de un lado a
otro, bajo las escaleras, prendo la televisión, me alejo, salgo a la puerta de la calle, la calle no es la
misma cuando la ves en piyama, todo está igual pero nada es lo mismo. Algunas cosas han cambiado
en estos días, problemas en la revista, todos sabemos sobre el descenso en las ventas:
recomendaciones acerca de una reducción del número de empleados. Estoy más cerca del despido,
creo, lo mismo que Fátima y Esther.
La obligación de vivir, la condena del amor a los que nos rodean, la consigna de tener dinero, los
gestos rápidos y hacia todos lados pero los ojos hacia delante.
No puedo acabar un artículo sobre los programas cómicos de los sábados. Quisiera decir que son
un asco. Pero le gustan a la gente. Escribo cojudeces: «mostraron buenas dosis de comicidad pero el
gordo Cassaretto tiene que bajar sus kilitos, parecía que iba a reventar la pantalla».
Casi nadie en la revista va a trabajar con gusto, o con interés, ni siquiera con resignación. Todos
estamos atornillados a nuestros asientos a falta de otro lugar. Voy formando parte de una manada,
siguiendo las órdenes de los lectores y marketeros y fijando un rumbo, una tiene que olvidarse de
quien es, ponerse al lado de la otra (secretaria, vendedora, diagramadora, periodista, fotógrafa), y
empezar a mugir con un ruido más o menos armónico, a lo mejor esa noche o a la mañana siguiente,
una se recupera, cuando está con la familia, o cuando escribo, cuando escribo que soy otra, que soy
Diana, si, que soy Diana, más yo misma cuando soy otra, no esta cara que pongo en la oficina, esta
piel que me pongo como un uniforme.
Los ejecutivos son tipos que andan persiguiendo un conejo que les han puesto delante, unos
perros en carrera, a ver quien llega, y todos nosotros con ellos. Hasta Andés es así y yo con él. En la
oficina de al lado trabaja un abogado con una secretaria. Los dos tienen trajes oscuros, casi
uniformes, tienen el escritorio lleno de papelitos adhesivos, clips, agendas, computadoras nuevas,
cada uno tiene una agenda electrónica, el abogado se echa esmalte transparente en las uñas, ella se
echa un toque de perfume, el abogado y su secre nunca nos saludan, siempre pasan de largo, él y la
secre, dos soldados de oficina, equipados con sus pertrechos, dos oficiales del silencio, todo el día
quietos y concentrados y vigilando los ingresos y los egresos, y contándose los botones el uno al
otro.

3 de Junio
7:30 P.M.
Lo vi en su escritorio. Hablamos un ratito. Una conversación graciosa, en medio de todas las
tribulaciones comunes. Fantaseamos sobre lo que haríamos si tuviéramos finalmente que dejar la
revista y trabajar en otro lado. El trataría de ser vendedor de una televisora o de una radio. Yo
buscaría trabajo en una agencia de noticias o un periódico. Esto último parece imposible. Ningún
periódico está aceptando a nadie. Claro que siempre queda el sueño de un negocio propio. Pero es
arriesgado. ¿O por qué no podemos una revista entre los dos? Yo escribo y tú administras, le
bromeo.
Me despedí rápidamente, fue una despedida casi violenta, casi intempestiva. Surtió efecto. Me
llamó después. Me ha invitado a almorzar para mañana.

9:00 P.M.
Sigo sola, escribiendo. No es día de cierre de ningún pliego.
Todos se han ido excepto Moisés, que está diagramando una pirámide de alimentos nutritivos
para una sección de Salud que empieza el próximo número. (Cualquier pretexto es bueno para
aumentar las ventas. Va a ser un fracaso esa sección. Todo el mundo ha leído mil veces esas tablas).
Estoy aquí, ahorita prefiero estar sola. En la casa Gonzalo está tranquilo, con mi madre.
Escribir, estar conmigo, darme seguridad, decirme cuando lea este diario...

10:00 P.M.
El silencio parece un personaje. Un conviviente.

***
Suena el teléfono. Es mi madre que me dice que está queriendo acostar a Gonzalo. Me dice que
Gonzalo no ha comido bien y que se ha vuelto inapetente desde hace un tiempo. Por fin hago grandes
pausas en la conversación. Ella se da cuenta y cuelga. ¿Soy una mala madre? Miro la pantalla.
El personaje de la madre de Diana, ¿qué busca? ¿Qué quieren madres como ella? Ocupar la vida
de sus hijas como un ejército, establecer racionamientos, fijar el toque de queda, vigilar que la
bandera del ejército invasor esté siempre ondeando... ¿Qué pasa con Alex, de qué sufren hombres
como él? Alimentar sus obsesiones en la oscuridad, refugiarse en el fondo de sí mismos, no poder
expresarse, una vergüenza barnizada de orgullo y...
Mi madre me ha llamado otra vez. Gonzalo está con mucho dolor de cabeza, no puede dormir.
Salgo volando.
20 de Junio
6:30 P.M.
Lo de Gonzalo fue un susto que nos tuvo levantados hasta tarde. El doctor vino, lo examinó y nos
preguntó si se había golpeado la cabeza. Mi madre le dijo que no. Por fin Gonzalo nos cuenta que el
dolor le está pasando. El doctor le dio una Antalgina para niños. «Con una buena Antalgina quedas
sana, guapa y fina», le bromeo. «Fino, mami. Yo soy hombre. Fino».
Me acerco, lo acaricio varias veces en la frente, le canto las canciones que le gustan, y se me
queda dormido al ratito. Hoy, Gonzalo se despierta sin dolor, preguntando por su libro de
«Escalofríos».
Mi madre me dice que Gonzalo me ve muy tensa. Se pone nervioso de verte tan cansada y de
malhumor. Sus dolores de cabeza no son sino eso, pues, hija. Por qué. Todo el mundo está así en
estos tiempos.
Escribo en la computadora. Entro en la pantalla, quisiera vivir allí dentro.
Me es difícil imponerme a los hombres. No he dejado de tenerles miedo en el fondo. No soy
como mi hermana Gloria, tan decidida, que capturó a su marido en una fiesta hace diez años, se lo
llevó a comer los domingos con mi mamá, lo ayudó con su negocio de muebles, lo hizo pensar sobre
su ropa y su aspecto, lo educó con unos cuantos libros y a los tres años de matrimonio ya había
producido a un esposo sano, cortés y bien vestido, para siempre.

27 de Junio
10:30 A.M.
Todo es un laberinto en la revista. Hay un grupo viendo el partido el fútbol en la T.V. Otros
teclean como ametralladoras.
Yo quiero irme pero tengo que revisar un cuadro sobre el rating de los noticieros. Mi amiga
Fátima está terminando una entrevista que hizo.
Andrés pasa a mi lado, se inclina junto a mí, ve lo que escribo.
—¿Qué haces?
—Tonterías. Algo sobre el rating de los programas cómicos.
Me conversa brevemente.
Ahora me da buenas noticias. Ha cerrado contrato con dos bancos para publicidad hasta fin de
año. «Les dije que o avisan hasta fin de año o no avisan nada», comenta. Tiene posibilidades con
otros clientes.
Parece muy animado. Los ojos luminosos y la piel ligeramente acanelada, ¿me atrevo a tocarlo?,
le rozo las manos, la tela del pantalón. Cómo sería pasar mis dedos una y otra vez, una y otra vez,
cómo sería. Me cuenta que hoy se fue temprano a correr por el parque cerca de su casa. Luego se
sentó a mirar el cielo. ¿Qué hombre mira el cielo hoy? Mirar el cielo a su lado, sin hablar. Cómo
sería.
Se va, lo sigo. Vamos a almorzar más tarde.
Voy a traerme otro café. Un cigarrillo.

***
No lo puedo creer. Me llamó a decir que no iba a almorzar conmigo. «Discúlpame, cualquier
otro día salimos.» Se va a ir con Leticia Santos. Estoy segura.
Se acabó.

***
No. No voy a rendirme. Voy a insistir.
Leticia es una puta. Si se ha enamorado de ella, es un huevón. Pero no creo. No voy a rendirme.
Pero además, tengo que ascender, buscar convertirme en una periodista de lujo, irme de esta revista
de mierda, de esta mierda de revista irme. Hacer algo. Salir de aquí. Buscar trabajo en un canal o en
un buen periódico. He vivido metida en mis dolores, mis recuerdos, mi inseguridad, una puede pedir
asilo en sus vacilaciones, las vacilaciones son un terreno seguro porque impiden actuar
indefinidamente, una puede regodearse en las vacilaciones. Pero yo estoy segura de que puedo irme
de esta revista, hacer mi propia publicación, trabajar en una gran empresa como editora. Estar
conmigo misma. Ya no sé lo que digo, no sé lo que pienso. Pero voy a terminar mi novela. Algún día
voy a terminar este libro. A lo mejor publicarlo. No sé.
Mientras tanto, sigo aquí. No escribo pero sigo junto a la máquina. Me caliento un café. No sé a
qué hora voy a la cama. No me importa no tener ninguna seguridad, tengo esperanzas, Gonzalito, mi
novelita, algo en el futuro. Ahora, mientras tanto...

30 de Junio
La rutina tiene una tinta negra y líquida. ¿Es buena esa frase? Una estupidez. Me voy. Quiero
encerrarme en mi casa, besar a mi hijo, buscar a alguien a quien pueda abrazar.
Vuelvo al trabajo aunque no es un trabajo exactamente. Escribir es una manera de vivir, si se
puede llamar así. ¿Es un trabajo contar historias, entender cómo es que la gente desea y se arrepiente
o se enamora y odia o siente indiferencia? ¿Escribir es una profesión? Las palabras. Como las
escenas de la vida, nunca terminan, siempre hay una palabra más. Una palabra más, una frase, una
oración.
Mi mayor ambición es escribir frases verdaderas. Frases con sangre, con pelos. Frases vaginales.
Frases que respiren, que salten, que bailen, que tengan tetas, escribir con la cabeza, el corazón y la
vagina. Eso. Escribir con la vagina húmeda, con las tetas en alto pero también con la claridad de las
sombras. Frases que sean como flechas y párrafos que reboten como pelotas. Escribir frases que sean
la vida y no que cuenten sobre la vida. No decir «Diana no sabía si buscar a Alex» o «Diana acercó
su rostro al de Alex». Buscar el modo de decir eso que Diana es de veras en lo que hace, en lo que
piensa, en lo que desea. Por ejemplo Diana encontrando por primera vez su propio cuerpo mientras
hace el amor con Alex, encontrando o entrando a su propio cuerpo, mirando su cuerpo desde dentro,
en la ferocidad, la soledad, la desesperación del amor, las entrañas quemando con la maldad de tío
Mariano. No escribir para los otros sino para una misma, para la mujer que se llama Diana que hay
en una misma. Eso quisiera, algún día. Algo así.

1ro. de Julio
Hoy me enteré de algo sobre Aldo, mi esposo. En la cárcel le permiten recibir visitas. Me llamó
su tía. Quiere verme. Voy a ir, creo. Sí voy a ir.
A pesar de lo que ocurrió. Ya me lo habían advertido. Un año después de casarnos, ¿fue un año
después de casarnos cuando pasó eso?
No lo puedo creer hasta ahora. Y lo estoy viendo. Y no lo creo. Por qué se le metió la idea de
que yo estaba acostándome con sus amigos, cuando empezó a pegarme, esa mañana, de repente así,
de buenas a primeras en la cocina, «¿por qué estás tan cariñosa?, yo sé por qué», me amenazó con
ese cuchillo y yo embarazada, me dijo que iba a hacer a la humanidad el bien de librarse de una puta
de mierda como yo, recién puedo escribirlo, su cara de ojos salidos, y en la cocina de la casa, yo en
el piso, las lágrimas mezcladas con las gotas de sangre: «mejor reza, que vamos a rezar juntos
porque me voy contigo después, puta». Y su sonrisa larga, no sé cómo pude pararme mientras se
volteaba por un ruido del teléfono. Yo me fui por un costado, y me persiguió por la sala y Aldo me
agarró del pie y me cortó, los golpes de las imágenes de ese día tienen una musculatura, llegan
siempre hasta mí, me sobrevienen, hasta cuando le pegué y quiso meterme el cuchillo pero cayó en la
alfombra. Yo me levanté y abrí la puerta. Así, en la calle, con mi barriga, corriendo. Y él se quedó.
Y salió atacando a gente y uno de ellos llamó a la policía y se lo llevaron, yo en la comisaría
primero de testigo y después tuve que acusarlo, aunque no quería pero tuve que acusarlo, así me dijo
mi madre, pero quizá hubiera podido hacer algo por él antes, si le hubiera preguntado más por sus
problemas.
Y ahora que han pasado ya siete años, y que parece que fue hoy, ahora que parece hoy, que sigo
pensando en él, y su hermana me cuenta que está bien, que come bien, que hace gimnasia, que
pregunta por mí, que todo está bien con él, y que ha llegado la hora de ir a verlo, claro que sí, me doy
cuenta de que mi vida no es tan mala, no es tan mala mi vida, es mucho mejor que la suya, sin duda, y
yo lo quise tanto, y él está tan solo, y tengo que agradecer a Dios: después de todo tengo a Gonzalo,
tengo mi trabajo, tengo a mi madre, tengo lo que escribo, tengo a Diana y a Alejandro, aquí.
Capítulo XIII
Diana mira a Mariano como si una serpiente lo hubiera paralizado. No podía creer que tanta
maldad se hubiera acumulado en alguien a quien había conocido desde siempre. Su propio pasado y
el mal…el asombro multiplicaba el miedo. Y frente a él estaba Alex. Era como si la mirada de Alex
hubiera regresado a un estado en el que nada de eso que estaba ocurriendo parecía posible.
La fuerza que había acechado desde siempre en el cuerpo de Alejandro parecía abrirse ahora en
los ojos. De pronto Diana vio a Alejandro dar algunos pasos hacia delante y derribar a Mariano de
un golpe. Entonces el mayordomo Alan se acercó por detrás. Alejandro se agachó y estrelló un codo
en el costado de Alan mientras Mariano se incorporaba. Diana vio el gatillo apretado y saltó con la
detonación, Alex tenía la camisa lavada de sangre pero seguía de pie. Diana vio un cuchillo en la
mesa. Era un cuchillo de Toledo que sus tíos habían comprado unos años antes, en una tienda de
turistas.
Mientras la espalda de Mariano se elevaba cerca de Alex, ella dio un paso hacia Mariano, y la
tela rasgada del saco, el ruido de una piel abriéndose, la hoja que le hincaba la palma de la mano,
hundida a medias en el hombro húmedo de Mariano, mientras su tío volteaba hacia ella, volteaba y le
pegaba un puñetazo que le doblaba la mejilla, todo se oscurecía contra el piso.
Entonces ocurrió algo extraordinario. Alejandro cogió al mayordomo de los brazos, lo puso de
espaldas y lo abrazó apretándolo con todas sus fuerzas. Los codos lo rodeaban como tenazas. Iba a
hacerlo reventar. Alex tenía los ojos fijos, parecía poseído por un estado salvaje. De pronto el
cuerpo de Alan sonó con un trizamiento de costillas y se desmoronó. Cuando el tío Mariano se
acercó con la pistola, Alejandro se le enfrentó. Diana vio la cara de su marido, las venas azules a
punto de salirse, el mayordomo en el suelo. El teléfono seguía sonando y de pronto todo fue silencio.
—El buen tío Mariano —dijo Alex.
Durante los segundos que siguieron Mariano no bajó la pistola pero no disparó. Le apuntaba con
el hombro goteando sangre. Alex se había acercado lentamente. Una detonación la hizo gritar, el
cuerpo perforado de Alex que apenas se movió. Mariano soltó el arma y la volvió a coger. En ese
momento, la puerta se abrió y de repente toda la casa parecía llena de gente. La madre de Alex decía
algo en voz alta.
Entonces Alex se desmoronó mientras los demás rodeaban al tío Mariano.

***
La sala de espera de la clínica tenía un gran rectángulo de luz blanca. Diana y su suegra estaban
sentadas en unas sillas de fierro negro. Un letrero con una enfermera pidiendo silencio, una serie de
ventanas de vidrio grueso y el paseo periódico de un recién operado sobre una camilla, encadenado a
una sonda. Había un olor a alcohol perfumado. Cerca de ellas, una barra mostraba a dos enfermeras
conversando en voz baja. De pronto algo se movió en la escalera y una silueta se dibujó precisa,
inapelable, una cara arrugada que venía de frente.
—Mamá.
—Ay, hijita. Qué horror. ¿Cómo está?
—¿Qué haces acá?
El doctor apareció en el corredor.
—Ya hemos parado la hemorragia. Va a estar bien, no se preocupen.
Diana cerró los ojos.
—¿Puedo verlo?
—Está dormido ahora. Le hemos sacado la bala y le hemos parado la hemorragia como le digo.
Eso era lo más importante. Es un muchacho fuerte.
La madre de Alejandro lloraba en voz baja.
—La empleada nos llamó. La habían mandado a la calle pero ella desconfiaba de Alan, el
mayordomo. Mariano le había pagado hijita. Ay, no lo puedo creer. Dios mío. Y mi hijo se pudo
morir.
—Qué horror —dijo la madre de Diana—. ¿Cómo es posible?
Diana la cogió del brazo y la apartó. Caminaron hacia el corredor.
—Es increíble cómo puede una ser tan tonta, mami, ¿no?
—Pero no fue culpa tuya, hijita. Si tu marido estaba enfermo, no fue culpa tuya.
Los ojos vidriosos, las arrugas horizontales perfilándose, el cuello se había estirado hacia atrás,
el horror de verla sonreír.
—Hija, de verdad, yo no creía…
—Tú sólo querías separarme de Alex, no pensabas que iba a terminar muerta también. Tú y
Mariano. El fue quien te dijo que me llamaras a Miami, ¿no?
—Diana, ¿cómo puedes pensar eso?
—Mariano está en el otro piso. Pero él está más grave que Alex. Y te necesita más…
—¡Diana!
—Vete a verlo. Allí arriba está tu amigo Mariano.
—Ya hablamos más tarde mejor, hijita. Estás muy alterada.
La vio alejarse.

***
Diana se acercó a la cama. Los ojos cerrados de Alejandro, la sonda en el brazo, el pelo
arrasado de humedad. Lo acarició en la frente. Los párpados le temblaron.

***
La mañana amaneció lluviosa. Desde la ventana, gente caminando con una determinación vaga,
una lentitud de hormigas hipnotizadas. Alejandro no se había despertado en toda la noche.
De pronto lo vio moverse.
Diana se acercó.
—¿Dónde estoy? —murmuró.
—No te muevas mucho. Vas a ponerte bien.
—¿Qué pasó? ¿Estoy en la clínica?
Se incorporó apoyado en los brazos, el mechón sobre los ojos.
—Nos salvaste la vida —dijo ella.
Volvió a recostarse.
—¿Y ahora? —murmuró él.
—¿Ahora?
—¿Qué vamos a hacer?
—Vivir juntos. Como todo marido y mujer.
—¿Tú crees? —dijo él.
—Sí. Claro que sí —dijo ella—, claro que sí. Y vamos a ser felices.
—Algún día.
Diana miró por la ventana. A lo lejos, en uno de los parques, unos niños estaban jugando.
Recordó a Emilia, la niña que había visto un día antes en la playa.
Una ola de emociones puras la invadía. Como si lo hubiera creído muerto mucho tiempo, y ahora
lo encontrara, para amarlo desde entonces, con todos los tropiezos y obstáculos, para siempre.
Alejandro dejó caer la cabeza. Diana se inclinó lentamente y lo abrazó.
Capítulo XIV
Andrés sale agarradito de la mano con Leticia Santos, es viernes en la noche y van a una
discoteca o a un karaoke con el grupo de la oficina, me han pedido que vaya con ellos, anímate flaca,
¿qué te vas a hacer en la casa?, si tu mamá puede cuidar a Gonzalito, me dice Fátima, y yo les digo
que no me siento bien.
Ya se fueron. Sólo estamos el de la limpieza y yo. El hombre de la limpieza tiene una cara de
piedra triste, agita el trapo sobre los muebles con un movimiento mecánico, hay una contradicción
entre su cara de morgue y la fuerza de su brazo con el trapo. Me quedo aquí, empezar de nuevo,
Diana y yo, buscando a Alex entre las nieblas de los rumores y las enfermedades, descubriendo a
Alex, Diana conmigo. Otra vez, otra vez.
Sumida en el asiento de avión, Diana vio a través de la ventana y se imaginó la protagonista de
una historia de amor en las nubes, no en las nubes, en el cielo. Siempre y juntos.

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