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Flecha A., José R.-Planteamientos de La DSI para Una Praxis Ecológica

1) El documento discute la evolución de la preocupación por el medio ambiente y el desarrollo sostenible desde la década de 1970, incluidas las conferencias de Estocolmo, Río de Janeiro y Johannesburgo. 2) También explora el surgimiento de la ética ambiental y las diferentes posturas sobre el medio ambiente, señalando la responsabilidad de los cristianos de cuidar la creación de Dios. 3) Finalmente, argumenta que el dominio humano sobre la naturaleza en la fe cristiana no significa ex
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Flecha A., José R.-Planteamientos de La DSI para Una Praxis Ecológica

1) El documento discute la evolución de la preocupación por el medio ambiente y el desarrollo sostenible desde la década de 1970, incluidas las conferencias de Estocolmo, Río de Janeiro y Johannesburgo. 2) También explora el surgimiento de la ética ambiental y las diferentes posturas sobre el medio ambiente, señalando la responsabilidad de los cristianos de cuidar la creación de Dios. 3) Finalmente, argumenta que el dominio humano sobre la naturaleza en la fe cristiana no significa ex
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“El respeto por la vida y por la dignidad de la persona humana incluye también el respeto y el
cuidado de la creación, que está llamada a unirse a la humanidad para glorificar a Dios (cf. Sal
148 y 96)

JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 16

En 1972 se celebró en Estocolmo la Conferencia sobre el ambiente humano, en la que


por primera vez se unían los temas del medio ambiente y del desarrollo. A los veinte años,
esos dos temas volvieron a ocupar la agenda de la “cumbre de la Tierra”, celebrada en Rio de
Janeiro para subrayar la necesidad de situar la persona humana como centro y clave del
desarrollo. En el año 2002 la cumbre de Johannesburg trataba de asegurar, con poco éxito por
cierto, como necesidad mundial el ideal del desarrollo sostenible1.
Así pues, en el arco de treinta años, la preocupación ecológica se ha convertido en uno
de los signos de nuestro tiempo. Hoy somos conscientes de que está en juego el bienestar de
la humanidad presente y también el futuro común de la humanidad. De hecho, con motivo de
la aparición del Informe Bruntland se definió el desarrollo sostenible como un “desarrollo que
satisface las necesidades del presente sin poner en peligro las capacidades de las generaciones
futuras para satisfacer las suyas”2. Aun desde la simple constatación de los desastres
ecológicos desencadenados sobre nuestro mundo, son muchos los que abogan por un cambio
global de estrategias y, a fin de cuentas, por una nueva cultura de la verdad y del amor3.
La situación constituye una de esas interpelaciones que adquieren dimensiones
ecuménicas. Creyentes y no creyentes parecen estar de acuerdo en la necesidad de defender el
medio ambiente, ya sea para defender al mismo ser humano, ya sea para reconocer unos
pretendidos derechos autónomos de la naturaleza no-humana.
Llevamos muchos siglos reconociendo que el mundo creado es la casa (oikós) del ser
humano. Y hace mucho que habíamos tratado de encontrar un instrumento racional para
manejar sus recursos. A la ciencia que estudiaba esas medidas la llamaron Economía.
Andando el tiempo nos hemos dado cuenta de que era preciso iniciar una seria reflexión sobre
las relaciones existentes entre los seres vivos y su ambiente, así como entre ellos mismos.
Nació así la Ecología contemporánea.
Por respetables que sean, esas dos palabras comienzan ahora a adquirir unas
connotaciones un tanto novedosas. La Economía nos sugiere no sólo las estrategias que los
humanos adoptamos para sacar el mejor fruto posible a los bienes de la tierra, sino que nos
evoca le normatividad (nomos) que el medio ambiente nos impone para poder seguir siendo lo
que es y para permitir que los humanos lo seamos de verdad. La Ecología, por otra parte, nos
recuerda la necesidad de articular una reflexión coherente –es decir, un logos- sobre la casa

1 Cf. M. CZERNY, “Il Vértice di Johannesburg”, en La Civiltà Católica 3662 (2003/1) 118-131.
2Se trata del informe Our Common Future, Oxford 1987, preparado por la Comisión Mundial para el Desarrollo
medioambiental; véase también P. M. Barnes - I.G. Barnes, Environmental Policy in the European Unión,
Cheltenham 1999.
3 D.H. MEADOWS - D.L. MEADOWS - J. RANGERS, Más allá de los límites, Madrid 1992, 274-276. La
obra trata de continuar la reflexión inquietante iniciada ya por el informe del Club de Roma: D. MEADOWS,
Los límites del crecimiento, México 1972.
2

cósmica en la que se desarrolla la peripecia de la vida en general y la de la vida humana en


especial.
Pero el estudio de las relaciones del ser humano con la comunidad biótica y su
“soporte” cósmico habría de suscitar necesariamente un sentimiento nuevo y una reflexión
sobre las responsabilidades éticas que al ser humano le corresponden con relación al planeta y
a sus habitantes. Apostamos, pues, por una especie de Ecopatía, o nueva sensibilidad ante la
casa cósmica de la vida, y por una Ecoética, que incluya tanto la reflexión como las
directrices prácticas sobre los deberes morales que incumben al ser humano con relación a su
ambiente.
De hecho, ha nacido ya hace años una ética medioambiental, paradigmáticamente
reflejada en la que Aldo Leopold llamaba “ética de la tierra”4.
Como se sabe, aun admitiendo la necesidad de “salvar a la tierra”, hoy se enfrentan
diversas posturas epistemológicas y éticas con relación al medio ambiente y su significado
para el ser humano. Los postulados de la “Deep Ecology” y los ecologismos radicales se
enfrentan a las propuestas de la “Shallow Ecology” y los ambientalismos al uso5.
De una forma o de otra, la preocupación por el hogar cósmico no puede resultar
indiferente para la responsabilidad moral de los cristianos6. La teología ha tenido que
asomarse a este campo con un cierto talante apologético, para responder a los que achacan el
deterioro ambiental a un antropocentrismo de cuño bíblico. Se dice que la comprensión del
hombre como imagen de Dios lo habría convertido en un dueño despótico del medio 7.
Sin embargo, la teología no puede limitarse a hacer apologética. Corresponde a la
Antropología teológica mostrar el aprecio que el mundo, en cuanto creación de Dios, merece
para los creyentes en el Dios Creador. Y corresponde a la Teología moral subrayar la
responsabilidad que al ser humano le compete frente al mundo que es su casa. Nuestro abuso
de la naturaleza no se debe a nuestra fe, sino a nuestra falta de fe. Nuestra reciente
depredación de la naturaleza se relaciona íntimamente con nuestro habitual encogimiento en
la esperanza y nuestra incapacidad de imaginar el futuro desde la fe y el amor responsable8.
Antes de las enormes transformaciones ambientales producidas por la civilización
industrial, ni la sociedad ni las iglesias habían sentido la urgencia de educar a la humanidad

4 Parece que el autor la empleó por primera vez en su libro A San County Almanac and Sketches Here and
There, publicado en Oxford en 1949.
5 Tratando de superar las discusiones habituales sobre las posibilidades y los riesgos del antropocentrismo en el
discurso ecológico, hay quien aboga por una filosofía “ecocompatible” y pacíficamente complementaria, que
trate de extraer y actuar las mejores intuiciones existentes en ambas posturas. Así hace M. TALLACCHINI
(ed.), Etiche della Terra. Antologia di filosofia dell’ambiente, Vita e Pensiero, Milán 1998, 57.
6A. CAPRIOLI - L. VACCARO (ed.), Questione ecologica e coscienza cristiana, Brescia 1988; L. FERRY,
Le nouvel ordre écologique. L'arbre, l'animal et l'homme, París 1992; J.R. FLECHA, "La Ecología", en A.A.
CUADRON, Manual de Doctrina Social de la Iglesia, Madrid 1993, 259-274; GAFO, J. (ed.), Ética y
Ecología, Madrid 1991; A. GALINDO GARCIA (ed.), Ecología y creación. Fe cristiana y defensa del planeta,
Salamanca 1991; X. PIKAZA (ed.), El desafío ecológico. Ecología y humanismo, Salamanca 1985;
N.M.SOSA, Ética ecológica, Madrid 1990; VV.AA., O cristão e o desafio ecológico, Coimbra 1993.
7Estas acusaciones de L.WHITE, "The historical Roots of our Ecological Crisis", en Science 155 (1967) 1203
ss., han sido continuadas por J.W.FORRESTER, World Dynamics, Cambridge 1971 y C. AMERY, Das Ende
der Vorsehung. Die ganadenlosen Folgen des Christentums, Hamburgo 1972. A propósito de estas acusaciones,
véase J. BARR, “Uomo e natura. La controversia ecologica e l’Antico Testamento”, en M. TALLACCHINI,
o.c., 61-84. Ver también R. ATTFIELD, “Gli atteggiamenti cristiani verso la natura”, en o.c. 103-127, donde
concluye que, mal que les pese a Lynn White, a Passmore y a Coleman, la postura cristiana no ha estado
habitualmente orientada a la explotación de los recursos naturales (p. 125).
8Cf. J. CARMODY, Ecology and Religion. Toward a New Christian Theology of Nature, Nueva York-Ramsey
1983, 136.
3

con vistas a la formación de una conciencia responsable y solidaria respecto al "medio


ambiente". El ser humano se ajustaba con toda normalidad a los ritmos de la naturaleza.
Ante el panorama actual, los hombres y mujeres que creen en Dios no pueden
desentenderse de la suerte del planeta. También para ellos se abre, inquietante y urgente, la
pregunta por la naturaleza. O mejor, la pregunta por la relación entre el ser humano y la
naturaleza
De acuerdo con la fe cristiana, el mundo material es reconocido como fruto de la acción
creadora y sustentadora de Dios. La naturaleza no puede ser considerada como la divinidad
muda y armoniosa de los griegos, pero tampoco como la realidad elocuente y maligna de los
gnósticos. Para los cristianos, la naturaleza participa junto con el hombre del estado de
“creaturalidad” y con él aguarda la revelación pascual del Señor.
Evidentemente, en esta clave creacional, el señorío del hombre sobre el mundo no
significa un salvoconducto para la explotación inmoderada del mismo mundo y sus otros
habitantes no personales. Además, la revelación asocia al anuncio de la encarnación del
Verbo el anuncio complementario de la transformación final del mundo que él ha asumido
como carne y como hogar. Y, en tercer lugar, el Espíritu de Dios, que sopla donde quiere,
recrea el mundo creado por medio de la responsabilidad de aquellos que se dejan guiar por él.
Así que la fe trinitaria no tiene inconveniente en admitir el valor de la naturaleza. Es
más, encuentra en sus mismas fuentes bíblicas y patrísticas el estímulo para tal valoración y
respeto9.

1. DE LEÓN XIII A JUAN XXIII

Aquel aliento bíblico y patrístico ha sido de alguna forma recogido por la Doctrina
Social de la Iglesia, cuyos pasos principales nos disponemos a seguir a grandes zancadas.
Más de un siglo de Doctrina Social de la Iglesia, ha ido creando un rico patrimonio de
doctrina que sustenta la reflexión y la acción de los cristianos en el campo de la ecoética.
Tales indicaciones serán sin duda útiles para el proceso de concienciación de muchas
personas no cristianas que compartan ese respeto a la creación que impregna los documentos
pontificios. En ellos descubrimos que, si no la palabra "ecología", al menos el espíritu del
respeto a la naturaleza ha estado con frecuencia presente en sus palabras y ello en virtud y por
exigencia de la misma fe cristiana.

1.1. León XIII o la propiedad de los bienes

La doctrina de León XIII se mueve entre la reivindicación del derecho de propiedad


privada sobre los bienes de este mundo y la afirmación del destino social de esos mismos
bienes. Por alejadas que parezcan del tema aquellas afirmaciones, se refieren a dos aspectos
nucleares de las modernas preocupaciones.
En la encíclica Rerum Novarum, a propósito del derecho de propiedad, establece el
Papa una distinción entre los animales y los seres humanos. En virtud de la razón que le
adorna, “es de necesidad conceder al hombre no sólo el uso de los bienes, cosa común a todos
los animales, sino también el poseerlos con derecho estable y permanente, y tanto los bienes
que se consumen con el uso cuanto los que, pese al uso que se hace de ellos, perduran”10. A
continuación subraya el Papa que el hombre “tiene en su mano elegir las cosas que estimen

9 Para una ampliación de esos datos, véase J.R.FLECHA, El respeto a la creación, Madrid, BAC 2001.
10 LEON XIII, Rerum novarum, 4: trad.F.RODRÍGUEZ, Doctrina Pontificia. Documentos sociales, BAC,
Madrid 1964, 255. El mismo pensamiento fue recogido por su sucesor el papa San Pío X, Fin dalla nostra prima
encíclica (18.12.1903), 5, IV: o.c. 403.
4

más convenientes para su bienestar, no sólo en cuanto al presente, sino también para el
futuro”. Por otra parte, señala que aunque la tierra se halle repartida entre los particulares, “no
deja por ello de servir a la común utilidad de todos”. Uso permanente y razonable de los
bienes destinados a todos y con una proyección de futuro: he ahí el presupuesto antropológico
para una ética ecológica.
Del pensamiento de León XIII se deduce que el ser humano, de cualquier raza o
continente, tiene derecho a participar en los bienes que para todos ofrece el mundo creado.
Ese derecho no puede ser pisoteado por los poderosos. Pero ese derecho tampoco puede ser
enarbolado como una bula que autorizase el despojo de los bienes de la naturaleza, sin tener
en cuenta a los futuros habitantes del planeta tierra.
En efecto, ante los modernos atentados contra el medio ambiente parece necesario
redescubrir el puesto del hombre en el medio que le sirve de casa y, por otra, la continua
necesidad de un cambio de paradigma actitudinal en la relación de la humanidad con ese
mismo medio.
De su sucesor, el papa San Pío X hay que recordar la encíclica Lacrimabili statu
indorum (7.6.1912) sobre la necesidad de aliviar la mísera situación de los indios. En ella se
condena con fuerza profética la violencia que se ensaña contra los indígenas de Suramérica.
El Papa denuncia aquella violencia opresora que nace generalmente del afán de lucro de los
opresores11. Aquella denuncia habría de resultar profética. Han pasado los años, pero las
amenazas contra las poblaciones indígenas no han disminuido. Las modernas preocupaciones
por el equilibrio ecológico no pueden ignorar los derechos de los indígenas a su propio
territorio, defendidos por convenciones internacionales. Aquella página de la Doctrina Social
de la Iglesia no ha perdido nada de su valor12.

1.2. Pío XI o el amor a la naturaleza

Como se sabe, Pío XI gustaba de recordar con frecuencia su amor a la montaña. En el


curso de una audiencia concedida a jóvenes exploradores católicos, el 6 de junio de 1925, Pío
XI los invitaba a descubrir a través del mundo visible el espectáculo del mundo invisible. En
ese contexto evocaba la antigua experiencia que, desde los salmos a la contemplación de los
místicos, recorre la espiritualidad cristiana: toda la naturaleza es reflejo y lenguaje, referencia
y rastro de la presencia del Creador:
"Toda la naturaleza está animada por una doble vida y habla un doble lenguaje. Es como una
atmósfera divina que todo lo envuelve, que todo lo sublima, que todo lo impregna, que a todas las
criaturas, de las más pequeñas a las más excelsas, les da una voz y una función, esa voz y esa función que
deben de tener en el pensamiento del Creador"13.

No es éste todavía el discurso de la sociología social, pero estamos lejos de una


concepción puramente ambientalista o instrumentalista de la responsabilidad ecológica. De
las raíces más hondas de la experiencia religiosa cristiana se pasa a reconocer al mundo
creado un protagonismo, un "oficio", una voz y un cuasi-ministerio, que trasciende con
mucho la pura visión pasiva y objetual del mundo circundante.
En ese mismo año (20.5.1938) subraya Pío XI la amplia contribución que la Química
ha prestado a la vida individual, doméstica y colectiva, pero lamenta que por desgracia haya

11 PÍO X, Lacrimabili statu indorum, en AAS 4 (1912) 521-525: o.c. 438-439. Aquella carta recordaba a su
vez la encíclica Immensa Pastorum, publicada por Benedicto XIV el 22.12.1741.
12 Su sucesor, Benedicto XV volvería todavía sobre el tema de la esclavitud en su carta al cardenal Andrieu,
Quoniam Africanarum (2.2.1916): AAS 8 (1916) 57.
13 D. BERTETTO (ed.), Discorsi di Pio XI, I, Città del Vaticano 1985 (5ª ed.) 434.
5

contribuido también a la muerte, sobre todo por el apoyo que ha prestado a la guerra14 y
denunciada de paso la ambigüedad de los progresos técnicos siempre que no van
acompañados por la responsabilidad ética.
El Papa hace suya la actitud tradicional de los creyentes que descubren en la naturaleza
una referencia al Absoluto que, en lugar de motivar su degradación, la engrandece, y al
tiempo que reconocen su dignidad, renuncian tanto a idolatrarla como a despreciarla.

1.3. Pío XII o el lenguaje de la naturaleza

Tal advertencia contra la idolatría ante la naturaleza se encuentra ya expresamente en un


discurso de Pío XII (3.12.1939), en que retorna la idea de la función especular de las cosas
creadas con su lenguaje epifánico y significante.
"En la escuela de la naturaleza -dice el Papa-, mientras los cielos narran la gloria de Dios, se nos
convierten en maestras las cosas corpóreas que ocultan sus últimas causas, pero con sus formas y
movimientos las dejan sentir a nuestros sentidos, como si estuvieran ansiosas de quererse dar a conocer,
puesto que ellas mismas no pueden conocer. Nos hablan con su belleza, con su orden, con su fuerza y su
grandeza desmesurada"15.

En un discurso dirigido por Pío XII (2.7.1951) al I Congreso Católico Internacional


sobre los problemas de la vida rural16 denuncia Pío XII tanto el marxismo como el
liberalismo occidental: uno y otro han considerado al "campo" como una simple extensión o
anexo de la ciudad, idea que ha sido una y otra vez subrayada por los movimientos
ecologistas posteriores. Criticaba entonces el Papa la superstición del tecnicismo y de la
industrialización indiscriminada e irrespetuosa que, con frecuencia, producía la degradación
del campo, que quedaba reducido a una depauperada reserva de mano de obra para la
producción industrial.
En varias ocasiones repite ideas semejantes, por ejemplo, al dirigirse (10.6.1953) a la
Federación Internacional de productores agrícolas. Hay allí unas palabras muy significativas
para el tema que nos ocupa:
"Aun permaneciendo en el espíritu de la Doctrina Social de la Iglesia, se puede también denunciar
un error esencial en el desarrollo económico a partir de la aparición del industrialismo moderno: el sector
agrícola se ha convertido, de forma completamente anormal, en un simple anexo del sector industrial y
sobre todo del mercado. Un cierto número de economías nacionales no han sido capaces de desarrollar
armoniosamente las posibilidades de producción que la naturaleza les ha dado"17.

1.4. Juan XXIII ante la explosión demográfica

Juan XXIII evocaba de buena gana los trabajos agrícolas de su familia. Le interesaba
el mundo rural. A la X Conferencia Internacional de Servicio Social, Juan XXIII le recuerda
(14.1.1961) que este mundo se halla en plena transformación. "Una tendencia acentuada a la
industrialización -dice- provoca un fenómeno de urbanización creciente en numerosos países.
Se desarrollan nuevas comunidades industriales, a pesar de que una mecanización acrecentada

14 Discorsi di Pio XI, III, 746.


15 Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santità Pio XII, I, Tip. Poliglotta Vaticana 1960 (3.ed) 409. El texto
continua evocando las preguntas de San Agustín a las que las cosas responden: "Non sumus Deus tuus; quaere
super nos" (Conf. X, 6, 9).
16 Discorsi e Radiomessaggi, XIII, 1961, 198-199.
17 Discorsi e Radiomessaggi, XV, 1969, 200.
6

suscita profundos trastornos en los modos de vida y de trabajo hasta ahora tradicionales en el
mundo rural"18.
En su encíclica Mater et Magistra (15.5.1961), sin mencionar todavía la palabra
"ecología", dedica gran atención a los problemas del campo y del respeto a la naturaleza en
una era de industrialización desmesurada. Situándose en el marco de lo que se ha venido en
llamar una ecología social, se mencionan los graves problemas que al equilibrio biológico del
planeta podría plantearle la explosión demográfica acaecida en los últimos tiempos.
En ese contexto Juan XXIII responde a las acusaciones que se vienen haciendo a la
tradición judeo-cristiana desde una superficial interpretación del texto bíblico:
"Como se recuerda en el Génesis, el Creador dio a la primera pareja humana dos mandamientos,
que se complementan mutuamente: el primero, propagar la vida: Creced y multiplicaos; el segundo,
dominar la naturaleza: Llenad la tierra y enseñoreaos de ella (Gen 1,28). El segundo de estos preceptos
no se dio para destruir los bienes materiales, sino para satisfacer con ellos las necesidades de la vida
humana" (MM 196-197).

Esas palabras recogen la interpretación tradicional que no ha visto el mandato bíblico


como un permiso para el expolio y la destrucción del medio ambiente, sino como una divina
llamada a la responsabilidad humana frente a la naturaleza y una vocación a la humanización
del mundo: tanto el mundo físico como el mundo estructural y social.

2. EL CONCILIO VATICANO II

Siguiendo el hilo de la historia, evocamos el acontecimiento y la experiencia del Concilio


Vaticano II. Con su profunda meditación sobre Cristo y sobre la Iglesia, trataría de establecer
también una síntesis entre dos teologías de la historia, que se situaban una en la vía de la
Encarnación y la otra en la vía de la Escatología 19.
El Concilio Vaticano II recuerda cómo el trabajo humano contribuye a mejorar la
sociedad y la misma creación (LG 41e). Afirma, además, que según la Biblia, Dios mismo
encontró muy bueno todo lo que había creado (GS 12). Creando y conservando el universo
por su Palabra, Dios ofrece a los hombres en la creación un testimonio perenne de sí mismo
(cf. Rom 1, 19-20). El Verbo de Dios, al encarnarse para habitar en la Tierra, entra como
hombre perfecto en la historia del mundo (GS 38).

2.1. Dualismo e integración

El texto de LG 48, trata de superar una pretendida dualidad entre la esperanza terrena y
la esperanza trascendente. Ya en el primer párrafo, nos encontramos con una afirmación
sorprendente. Ya en su primer párrafo afirma la solidaridad del universo cósmico en la
esperanza y en la renovación final de la humanidad. Esta renovación es fundamentalmente
antropocéntrica, puesto que en el ser humano adquiere sentido el universo, como repetidamente
afirmará la Gaudium et Spes.
En el párrafo siguiente se afirma que en Cristo ha comenzado ya la restauración que
esperamos y que la fe da sentido a la vida temporal. Este concepto, ya proclamado por León
XIII, será varias veces repetido en la GS, al enseñar que “la esperanza escatológica no merma
la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de
apoyo para su ejercicio” (GS 21). Unas líneas más adelante, el Concilio profesa la solidaridad
de la esperanza personal con las instituciones humanas, así como con todo el cosmos, que

18 Discorsi, Messaggi, Colloqui, III, 1962, 124-125


19 J. R. FLECHA, "Esperanza y Teología de la Historia", en Studium Legionense, 19 (1978), 57-82.
7

aguarda la manifestación gloriosa de los hijos de Dios. Con estas leves alusiones se adelanta ya
la doctrina que vendrá expuesta en GS 39 y 43.
Así pues, la esperanza, en cuanto dinamismo humano y en cuanto virtud cristiana, en
modo alguno puede dar pie para una vida irresponsable. La esperanza pone en marcha la
libertad y ésta se orienta a la felicidad. “Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la
humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir
y razones para esperar” (GS 31). Como hemos escrito en otras ocasiones, esta última frase ha
sido tomada, casi al pie de la letra, de un artículo de P. Teilhard de Chardin 20.

2.2. La nueva creación

Pero, más importante aún es la preciosa conclusión con que se cierra el capítulo 3 de la
primera parte de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy. Dedicado a la
meditación sobre la tierra nueva y el cielo nuevo, este número 39 constituye un excelente
resumen de la doctrina cristiana sobre el valor del mundo creado y el respeto que merece a los
creyentes:
“La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de
perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera
anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso
temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar
mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (GS 39).

De acuerdo con el Concilio, un día volveremos a encontrar, limpios de toda mancha,


iluminados y transformados, los mejores frutos de la naturaleza y de nuestro esfuerzo.
En los textos conciliares se puede advertir claramente la afirmación de una continuidad
del mundo actual en el mundo futuro, aunque se hace notar la distinción cuidadosa entre
progreso temporal y crecimiento del Reino de Dios, o, si se prefiere, la no coincidencia de la
final transformación de las cosas y el progreso humano del mundo. El más fuerte argumento
para defender la continuidad se descubre en la última frase de este número: “El reino está ya
presente en nuestra tierra, bajo la forma de misterio; cuando venga el Señor, se consumará su
perfección” (GS 39 c). Con ello se indica que esta tierra nuestra es como un signo y una
realización, progresiva y velada, de la tierra nueva y del cielo nuevo.
La continuidad se vería iluminada desde el punto de vista de una cierta permanencia
cuasi-sacramental del orden de la creación. Pero aún más se descubre desde el punto de vista de
la unidad del Logos, creador y redentor, en virtud de su encarnación en Jesús de Nazaret, que lo
acerca a esta realidad terrena. Él es, quien entregará al Padre el reino eterno y universal (GS 39
c).
Se podría decir que, al crear el mundo, Dios decide ya llevarlo a su plena consumación en
Cristo, a través del esfuerzo con-creador del hombre (cf. GS 34-39; AA 7). En ese sentido se
comprende que tanto las esperanzas humanas como el esfuerzo por construir esta tierra
pertenezcan al dinamismo de la esperanza cristiana, que vive aguardando un nuevo cielo y una
nueva tierra, que, bajo el impulso renovador del Cristo Glorioso, constituirán al mismo tiempo
el último don del Espíritu y el fruto más precioso de la tierra de los hombres.
El respeto hacia lo creado se convierte necesariamente en responsabilidad creadora.

3. PABLO VI Y EL SURGIR DE LA ECOLOGÍA

20 Cf. P. TEILHARD DE CHARDIN, “La crise présente. Réflexions d’un naturaliste”, en Etudes 233 (1937)
165. Nos atrevemos a sugerir que la introducción de estas palabras en la GS puede deberse al P. B. Häring: cf. su
obrita C’è ancora speranza, Milán 1971, 23.
8

A muchos llama la atención el optimismo expresado por el Concilio Vaticano II ante la


ciencia y el progreso humano, cuando ya era posible percibir señales de alarma ante el
deterioro medioambiental. Sin embargo, es posible reconocer en los documentos conciliares
algunas huellas de esa preocupación ante las posibilidades destructoras de un progreso menos
humano.
El optimismo que rezuman los textos del Concilio Vaticano II iba a dejar muy pronto un
espacio para la preocupación. La fe laica en el progreso, que animaba también a los cristianos,
se plantearía algunas dudas ante sus innegables logros. Era preciso preguntarse a qué coste se
estaban promoviendo. El coste humano era más que evidente. Pero cada vez se hacía más
fácilmente observable el coste “natural”. Si muchas personas eran sacrificadas en aras de un
bienestar idolatrado, la misma naturaleza estaba siendo maltratada con la falsa justificación de
promover ese bienestar.
Los problemas del abuso de la naturaleza se plantearon con claridad en el Sínodo de
Obispos de 1971, y con más contundencia aún, en la doctrina del Papa Pablo VI.

3.1. El Sínodo de 1971

Resulta verdaderamente sorprendente el énfasis que el Sínodo de Obispos de 1971, ha


puesto sobre la cuestión de la degradación de la naturaleza. Véase uno de sus párrafos más
significativos:
“Las últimas posibilidades tecnológicas están basadas en la unidad de la ciencia, en la globalidad y
la simultaneidad de las comunicaciones, y en el nacimiento de un universo económico completamente
independiente. Por otra parte, los hombres comienzan a percibir una dimensión nueva y más radical de la
unidad, porque se dan cuenta de que los recursos - como los preciosísimos tesoros del aire y del agua,
imprescindibles para la vida, y la limitada y frágil ‘biosfera’ de todo el conjunto de los seres vivientes -
no son infinitos, sino que, por el contrario, deben ser cuidados y protegidos como un patrimonio único de
toda la humanidad”21.

Poco más adelante, el mismo documento aludía a un tiempo a las causas y a los
previsibles efectos de esa nueva situación. El Sínodo menciona el lamentable protagonismo de
las naciones más ricas, tanto las pertenecientes al sistema capitalista cuanto las inscritas en el
bloque socialista. Una verdadera preocupación se percibe en su afirmación de que “la
demanda de recursos y de energías por parte de las naciones más ricas -capitalistas o
socialistas-, así como los efectos de su uso en la atmósfera o en el mar, son tales que los
elementos esenciales de la vida terrestre, cuales son el aire y el agua, serían irreparablemente
destruidos, si los altos niveles de consumo y de contaminación se extendiesen a toda la
humanidad en continuo crecimiento” (n.2).
Inmediatamente después, el documento sinodal dedicaba un breve espacio a la reflexión
antropológica y a las demandas éticas que la situación exigía ya por entonces: “El fuerte
impulso hacia la unidad mundial, la desigual distribución que pone en manos de un tercio de
la humanidad, es decir, de la que goza un mayor desarrollo, el control de tres cuartas partes de
la renta, de las inversiones y del comercio; el mismo fracaso del progreso meramente
económico y la nueva percepción de los límites materiales de la ‘biosfera’, nos hacen tomar
conciencia del hecho de que en el mundo actual están naciendo nuevas formas de concebir la
dignidad humana” (n.2).

21 SINODO DE LOS OBISPOS 1971, La justicia en el mundo, 2b.


9

No se debería olvidar la importancia que aquellas consideraciones sinodales habrían de


tener para la reflexión teológica y para la nueva conciencia ecológica que comenzaba a
formarse en la comunidad cristiana.

3.2. Pablo VI ante el cuadro humano

De acuerdo con la doctrina de sus predecesores, Pablo VI insiste una y otra vez en
afirmar que el mandato bíblico "Creced y multiplicaos. Llenad la tierra y enseñoreaos de ella"
(Gen 1,28), no implica una autorización divina para una explotación inmoderada de la tierra y
sus recursos naturales22.
En el discurso dirigido a la XII Conferencia de la FAO (23.11.1963) subraya el Papa
que "para solucionar el grave problema de la vida de la humanidad el camino correcto es el
aumentar las reservas de pan y de alimento, sin aniquilar ni destruir la fecundidad de la vida,
pues el Creador ordenó a sus primeras criaturas: Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra
(Gen 9,1)". Espera el Papa que la intervención de la FAO alcance objetivos de orden humano
y moral, que interesarían al progreso no sólo material, sino también espiritual, del género
humano23. Siete años más tarde, de nuevo se dirige a esa Organización para celebrar el 25º
aniversario de su fundación. En esa ocasión (16.11.1970), alaba y apoya los proyectos
internacionales para el aumento y mejora de la producción de alimentos hasta que se cumpla
la profecía de Isaías: "el desierto florecerá" (Is 35,1). Sin embargo, no deja de llamar la
atención sobre los riesgos de un progreso salvaje:
"La puesta en obra de estas posibilidades técnicas a un ritmo acelerado no se actúa sin repercutir
peligrosamente sobre el equilibrio de nuestro medio natural y el deterioro progresivo de lo que se ha
venido en llamar el medio ambiente corre el riesgo, bajo el efecto de los tropiezos de la civilización
industrial, de conducir a una verdadera catástrofe ecológica. Ya estamos viendo viciarse el aire que
respiramos, degradarse el agua que bebemos, contaminarse los ríos, los lagos y aun los océanos hasta
hacernos temer una verdadera muerte biológica en un futuro cercano, si es que no se adoptan
valientemente y no se ponen en práctica con severidad algunas enérgicas medidas. En resumen, todo se
refiere -y debéis estar atentos a ello- a las consecuencias a gran escala que implica toda intervención del
hombre en el equilibrio de la naturaleza, puesta en su riqueza armoniosa a disposición del hombre, según
el diseño de amor del Creador."24

El discurso continuaba con una expresión inolvidable según la cual, si han hecho falta
miles de años para que el hombre aprendiera a dominar la naturaleza (cf. Gen 1,28), le ha
llegado la hora de aprender a "dominar su dominación". Para Pablo VI, esta segunda tarea
requiere del hombre tanta fuerza e intrepidez como la otra tarea de conquistar la naturaleza.
Los progresos técnicos, en efecto, podrían volverse contra el hombre si no fueran
acompañados de un auténtico progreso social.
Estas palabras anticipan en un par de décadas muchas de las preocupaciones ecológicas
que hoy se presentan con aire de novedad. Por otra parte, la preocupación medioambiental es
aquí colocada en un marco más amplio que se refiere tanto a la responsabilidad moral cuanto
a la necesidad de una reorganización de la sociedad. El discurso propugna, además, la
conversión de las costumbres y de los hábitos humanos y aun de las mismas estructuras.

22 Pablo VI explica de nuevo esa cita bíblica (23.7.1963) ante el Seminario Internacional de Jóvenes de la CEE
. Allí recuerda que las cuestiones técnicas y económicas son inseparables de las condiciones morales y
religiosas de los hombres; por eso el Magisterio de la Iglesia se ocupa de ellas: Insegnamenti di Paolo VI, I,
Libreria Editrice Vaticana 1963, 76.
23Ib. I, 343.
24Ib., VIII, 1970, 1146-1147.
10

Al año siguiente, ante el Congreso de Juristas reunido para estudiar la contaminación


del aire y del agua, recuerda el Papa (27.3.1971) el Cántico de las criaturas de san Francisco
de Asís y El poder espiritual de la materia de J. Teilhard de Chardin, para apelar a la
responsabilidad que también en este terreno urge a los discípulos del Evangelio:
"No podemos permanecer indiferentes ante la ansiedad ya mundial, suscitada por la
contaminación de estos elementos naturales a los que está ligada de una forma inevitable la vida física e
incluso moral del hombre. No podemos dejar de reflexionar sobre este curioso fenómeno de retorsión,
diríamos, del progreso técnico de la civilización contra ella misma, mientras que en la búsqueda, en la
conquista de una utilización limitada de la materia, esta misma civilización llega a corromper su aire y su
agua (para no hablar de los otros bienes naturales), sin los cuales resulta imposible el más elemental
bienestar físico del hombre. El deseo se hace cada vez más ardiente y urgente (cuando no es, ¡ay!,
reducido a un sueño) de tener un aire limpio y puro, un agua sana y pura, y no podemos sino aplaudir a
aquellos que tienen la preocupación de defender estos indispensables bienes naturales o de devolverles su
pureza primitiva y su virtud natural, generadora de salud física, personal y humana, para el ser
humano"25.

En el mismo año publica la carta apostólica Octogesima adveniens (14.5.1971), con


ocasión del 80º aniversario de la encíclica Rerum novarum. En ella se reconoce que el ser
humano ha adquirido bruscamente la conciencia de que "una explotación inconsiderada de la
naturaleza, corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación". A
continuación se ofrece un marco antropológico más amplio para tratar de comprender la
crisis:
"No sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: poluciones y desechos, nuevas
enfermedades, poder destructor absoluto; es el cuadro humano lo que el hombre no domina ya, creando
de este modo para mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura
que incumbe a la familia humana toda entera" (OA 21).

El texto de la carta vincula el problema de la contaminación y de los desechos con otras


formas de destrucción de la sociedad y de la vida, para acercarse así al horizonte de una
ecología social y para terminar invitando a los cristianos a hacerse responsables, en unión con
los demás hombres, del destino común de la humanidad (n. 21).
Cuatro años más tarde, Pablo VI recibiría (19.4.1975) a la Pontificia Academia de
Ciencias, que estaba estudiando el tema de "Las membranas biológicas y artificiales y la
desalinización de las aguas". Ante un tema tan especializado, el Papa alude al problema de la
disminución de las reservas de agua en el planeta, para ofrecer a continuación sus reflexiones
sobre dos actitudes que deberían siempre caracterizar a los investigadores cristianos:
"Por una parte, el sabio debe plantearse lealmente la cuestión del porvenir terrestre de la
humanidad, y en cuanto hombre responsable, colaborar para prepararlo, preservarlo y eliminar los
riesgos. Pensamos que esta solidaridad con las generaciones futuras es una forma de caridad, a la que
muchos hombres son sensibles hoy día en el marco de la ecología. Pero, al mismo tiempo, el sabio ha de
estar animado por la confianza de que la naturaleza reserva posibilidades secretas que a la inteligencia
corresponde descubrir y poner en obra para llegar al desarrollo que está en el diseño del Creador"26.

Así pues, ya a finales del pontificado de Pablo VI, el magisterio de la Iglesia Católica
había incluido la preocupación ecológica en el ámbito de su Doctrina Social y ofrecía un
marco para el estudio del problema en el ámbito de la Teología Moral. Para ello, apelaba,
sobre todo a la virtud de la caridad, que el Concilio Vaticano II había recomendado como
fundamento y norma principal de la moralidad cristiana (OT 16).

25Insegnamenti di Paolo VI, IX, 1971, 224-227.


26Insegnamenti di Paolo VI, XIII, Tipografia Poliglotta Vaticana 1976, 320.
11

4. JUAN PABLO II O EL MENSAJE ECOLÓGICO

Como bien se sabe, es durante el pontificado de Juan Pablo II cuando la preocupación


ecológica ha sido abordada más explícitamente por el magisterio de la Iglesia hasta llegar a
ser incluida formalmente en su Doctrina Social. Baste aquí mencionar algunos de los hitos
más significativos.

4. 1. Las primeras intervenciones

1. En el primer año de su pontificado Juan Pablo II orientó la catequesis de sus


audiencias semanales sobre el libro del Génesis insistiendo en la dignidad y belleza de la
creación27. Al año siguiente nombraría a san Francisco de Asís como patrono celestial de los
ecologistas. El pobre de Asís, en efecto, ofrece no sólo a los cristianos sino también a todos
los hombres y mujeres de nuestro tiempo un buen ejemplo del respeto auténtico y pleno por la
integridad de la creación. "El pobre de Asís - repetirá el Papa diez años más tarde- nos da
testimonio de que, estando en paz con Dios, podemos dedicarnos mejor a construir la paz con
toda la creación, la cual es inseparable de la paz entre los pueblos"28.

2. En su primera encíclica Redemptor hominis (4.3.1979) Juan Pablo II alude al miedo


que el hombre contemporáneo experimenta ante las obras de sus propias manos.
Ya en aquellos inicios de su pontificado afloraba la preocupación ecológica, entendida
en términos amplios. Se percibían también algunos de los presupuestos filosóficos que
habrían de aflorar una y otra vez en su magisterio, como la consideración del mundo creado
desde la clave de la significación, así como la meditación antropológica sobre la iconalidad
humana. El hombre, imagen de Dios, lo es por estar llamado a ejercer una vigilancia
responsable sobre el mundo creado:
"Parece que somos cada vez más conscientes del hecho de que la explotación de la tierra, del
planeta sobre el cual vivimos, exige una planificación racional y honesta. Al mismo tiempo, tal
explotación para fines no solamente industriales, sino también militares, el desarrollo de la técnica no
controlado ni encuadrado en un plan de radio universal y auténticamente humanístico, llevan muchas
veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la
naturaleza y lo apartan de ella. El hombre parece, a veces, no percibir otros significados de su ambiente
natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y de consumo. En cambio, era
voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como 'dueño' y 'custodio'
inteligente y noble, y no como 'explotador' y 'destructor' sin ningún reparo" (RH 15).

Inmediatamente después se refería al texto más controvertido en estos años, es decir, al


“primer mensaje del Creador, dirigido al hombre en el momento en que le daba la tierra para
que la sometiese”. Tal expresión habría de ser entendida a la luz de las enseñanzas cristianas
sobre la “realeza” del hombre, es decir, sobre su vocación a participar en el ministerio regio
de Cristo mismo (cf. LG 10. 36). En consecuencia, “El sentido esencial de esta ‘realeza’ y de
este ‘dominio’ del hombre sobre el mundo, asignado a él como cometido por el mismo
Creador, consiste en la prioridad ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las
cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materia” (RH 16a).
En el mismo contexto se denunciaba una comprensión antropológica y una situación
social que llevan a someter al hombre a las tensiones creadas por él mismo, “dilapidando a

27 Véase la catequesis del miércoles 6.12.1978, en Ecclesia 1915 (23.12.1978) 1573-1575, así como la
catequesis del miércoles 13.12.1978, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 1 (1978) 333-336.
28JUAN PABLO II, Carta apostolica Inter sanctos: AAS 71 (1979) 1509-1510.
12

ritmo acelerado los recursos materiales y energéticos, y comprometiendo el ambiente


geofísico” (RH 16e).

3. De todas formas, es en su encíclica Sollicitudo rei socialis (30.12.1987) donde Juan


Pablo II articula un discurso más extenso y elaborado sobre el auténtico desarrollo humano,
sus posibilidades y sus riesgos (parte IV).
Comienza el Papa por referirse al sentido humano del desarrollo, así como a la
responsabilidad implicada en el mandato bíblico del dominio sobre la tierra. A continuación
recuerda que un desarrollo meramente económico no merece el nombre de tal y concluye
apelando a la solidaridad entre los hombres y los pueblos para promover un progreso que
incluya el respeto al cosmos. Para ello habría que prestar atención a algunas consideraciones
fundamentales:
a. No se pueden utilizar impunemente las diversas categorías de seres, vivos o
inanimados -animales, plantas elementos naturales-, según las propias e inmediatas exigencias
económicas. "Al contrario, conviene tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua
conexión en un sistema ordenado, que es precisamente el cosmos".
a. Es preciso convencerse de la limitación de los recursos naturales, algunos de los
cuales no son renovables o cada vez lo son más difícilmente: "Usarlos como si fueran
inagotables, con dominio absoluto, pone seriamente en peligro su futura disponibilidad, no
sólo para la generación presente, sino sobre todo para las futuras".
c. No son aceptables las consecuencias de un cierto tipo de desarrollo industrial sobre la
calidad de la vida: "Todos sabemos que el resultado directo o indirecto de la industrialización
es, cada vez más, la contaminación del ambiente, con graves consecuencias para la salud de la
población".
De tales reflexiones se deduce que "el desarrollo, así como la voluntad de planificación
que lo dirige, el uso de los recursos y el modo de utilizarlos no están exentos de respetar las
exigencias morales"29. Así pues, se puede concluir que una sociedad marcada por el
consumo y la competitividad más agresiva no es compatible con una ecología de rostro
humano.

4. 2. Respeto a la creación y defensa de la paz

Sin embargo, el texto más articulado es el mensaje de Juan Pablo II para la


celebración de la Jornada Mundial de la Paz (1.1.1990). En él se recuerda la vinculación entre
la promoción de la paz mundial y el respeto debido a la naturaleza. En rápidas pinceladas
evoca las enseñanzas bíblicas fundamentales, que van desde la afirmación de la bondad
original de la creación hasta el gemido del mundo creado que aguarda, junto con el ser
humano, su propia liberación (Rom 8,20-21), desde la dimensión cósmica de la redención
anunciada en la palabra y en los gestos de Jesucristo hasta la espera apocalíptica de una
creación renovada (Ap 21,5). Sin embargo, aunque el cristiano percibe y evalúa el presente y
el porvenir de la naturaleza a través de su experiencia creyente, no deja de reconocer que "la
experiencia de este 'sufrimiento' de la tierra es común también a aquéllos que no comparten
nuestra fe en Dios" (n.5).
El mensaje considera la crisis ecológica como un problema moral, ya sea por la falta de
responsabilidad en la aplicación indiscriminada de los adelantos científicos y tecnológicos,
como por la falta de respeto a la vida que implican muchas actuaciones sobre el medio, entre

29JUAN PABLO II, Solicitudo rei socialis, 34; ver también n. 26 y 29, así como su encíclica Laborem
exercens 4 y 27. El texto siguiente de la Sollicitudo rei socialis será incluido ulteriormente en la exhortación
Christifideles laici , n.43 y en la encíclica Evangelium vitae, n. 42.
13

las cuales empiezan a ser preocupantes las incalculables posibilidades de la investigación


biológica, la indiscriminada manipulación genética, el desarrollo irreflexivo de nuevas
especies de plantas y formas de vida animal y aun las intervenciones sobre los orígenes
mismos de la vida humana.
De todas formas, más importante que la constatación fáctica del deterioro de la
naturaleza es su reflexión sobre la necesidad de un cambio de paradigma en el
comportamiento humano:
"La sociedad actual no hallará una solución al problema ecológico si no revisa seriamente su estilo
de vida. En muchas partes del mundo esta misma sociedad se inclina al hedonismo y al consumismo, pero
permanece indiferente a los daños que éstos causan. Como ya he señalado, la gravedad de la situación
ecológica demuestra cuán profunda es la crisis moral del hombre. Si falta el sentido del valor de la
persona, aumenta el desinterés por los demás y por la tierra. La austeridad, la templanza, la autodisciplina
y el espíritu de sacrificio deben conformar la vida de cada día a fin de que la mayoría no tenga que sufrir
las consecuencias negativas de la negligencia de unos pocos. Hay, pues, una urgente necesidad de educar
en la responsabilidad ecológica: responsabilidad con nosotros mismos y con los demás, responsabilidad
con el ambiente".

En consecuencia, parece sugerir el mensaje, los problemas morales de la ecología no


están lejos de los ligados a la economía. Pero, a su vez, los problemas éticos de la ecología
tampoco están lejos de los relativos a la biología30.
Ese mismo año, una encíclica aparentemente tan alejada de estos temas, como la
Redemptoris missio, se refería a los diveros "areópagos" en los que hoy puede y debe
realizarse la evangelización. Entre ellos se cita expresamente "la salvaguardia de la creación"
entre los muchos "sectores que han de ser iluminados con la luz del Evangelio" (RMi 37m).

4.3. Cien años de Doctrina Social

Por su carácter conmemorativo de los orígenes de la Doctrina Social de la Iglesia,


merece una atención especial la encíclica Centesimus annus. A un siglo de León XIII la
llamada "cuestión social" ha adquirido dimensiones planetarias. El énfasis sobre la propiedad
privada ha de dejar paso a una reflexión urgente sobrel el destino universal de los bienes. Es
precisamente en ese contexto, al que la Centesimus annus dedica todo el capítulo IV, en el
que retorna el tema de la ecología.
Una buena ética ha de reposar sobre el fundamento de una antropología integral. Es
importante que, en esta ocasión, se subraye que "en la raíz de la insensata destrucción del
ambiente natural hay un error antropológico" (CA 37). Y es importante que no se trate de
condenar un error o de lanzar un nuevo anatema. Es cierto que la encíclica no abandona la
perspectiva de la fe y, en consecuencia, ve la naturaleza en clave de creación y la creación en
clave de donación. El mundo ambiental es, con igual derecho y dignidad, regalo y tarea,
dádiva y responsabilidad.
Pero la encíclica apela a una reflexión previa, compartible en principio por las diversas
ideologías y credos, en cuanto basada en una experiencia del ser humano y sobre el ser
humano: la de la doble dialéctica entre el ser y el tener, y entre el trabajo captativo y el trabajo
creativo.
De acuerdo con las reflexiones de la Ecología contemporánea, la encíclica no tiene
reparo en admitir que la tierra tiene una fisonomía propia y un destino anterior, dados por
Dios, y que el hombre puede desarrollar pero no debe traicionar.
La encíclica no trata de hacer apologética. Pero, como saliendo al paso de las
acusaciones que se han dirigido a la concepción antropocéntrica cristiana, la encíclica

30Puede verse en Ecclesia 2456 (30.12.1989) 1929-1933.


14

recuerda que el señorío del hombre no sólo no debe ser arbitrariamente ejercido, sino que sólo
puede ser rectamente ejercido cuando el ser humano se apresta a leer en la dignidad de lo
creado y su propia teleología las pautas de su diálogo con el mundo.
La explotación inmoderada de la creación revela, en el fondo, un grave error ontológico.
Al destruir la naturaleza, el hombre manifiesta desconocer su propia y profunda verdad. La de
su ontológica relación con lo otro, con los otros y con el absolutamente Otro. Cuando
renuncia a colaborar con Dios en la obra de la creación, el ser humano provoca la rebelión de
la naturaleza. Ya no es gobernada sino tiranizada por la avaricia del hombre y por su
descabellado afán de consumo. Pero también los otros hombres sufren. Los que ya hoy son
privados de su derecho de propiedad, ampliamente entendido en términos de participación. Y
los que en el futuro habrán de pagar las consecuencias de la inconsciencia de los actuales
pobladores del planeta.
No es extraño que la encíclica abogue por una ecología plenamente "humana". No sólo
la tierra es don de Dios al ser humano. También el hombre es para sí mismo un don de Dios.
En consecuencia, ha de respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado (CA
38).
Y tampoco es extraño que en esta importante manifestación de la Doctrina Social de la
Iglesia, la reflexión sobre la ecología se funda con una exhortación a superar la llamada
cultura de la muerte para propugnar una cultura de la vida.

4.4. El Evangelio de la vida

Por último, la encíclica Evangelium vitae (25.3.1995) menciona en tres ocasiones la


preocupación por el medio ambiente. Tras haber aludido a las amenazas para la vida humana
que, procedentes de la naturaleza, se ven agravadas por la desidia culpable y la negligencia de
los que podrían remediarlas, la encíclica denuncia, en primer lugar, la siembra de muertes que
se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios ecológicos (EV 10).
En el contexto de la observación de los movimientos culturales de la actualidad y
subrayando los esfuerzos de concienciación y de acción en favor de la vida, la encíclica
vincula significativamente la ecología con la bioética:
"Se debe considerar positivamente una mayor atención a la calidad de vida y a la ecología, que se
registra sobre todo en las sociedades más desarrolladas, en las que las expectativas de las personas no se
centran tanto en los problemas de la supervivencia cuanto más bien en la búsqueda de una mejora global
de las condiciones de vida. Particularmente significativo es el despertar de una reflexión ética sobre la
vida. Con el nacimiento y desarrollo cada vez más extendido de la bioética se favorece la reflexión y el
diálogo -entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas religiones-, sobre problemas
éticos, incluso fundamentales, que afectan a la vida del hombre" (EV 27).

Hay que subrayar esta nota sobre las sociedades más desarrolladas, tan marcadas por su
afán de acaparar los bienes de la tierra y de favorecer un estilo de vida basado en el
consumismo. Tampoco se ha de pasar por alto esa íntima relación entre la preocupación por
la vida del medio ambiente y la vida del hombre que de él depende. Además, hay en la
encíclica una referencia muy rica a la postura específica de los creyentes en ese proceso
universal de concienciación sobre la dignidad del medio y la responsabilidad ética ante él:
"El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo (cf. Gn 2,15), tiene una
responsabilidad específica sobre el ambiente de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de
su dignidad personal, de su vida: respecto no sólo al presente, sino también a las generaciones futuras. Es
la cuestión ecológica - desde la preservación del 'hábitat' natural de las diversas especies animales y
formas de vida, hasta la 'ecología humana' propiamente dicha- que encuentra en la Biblia una luminosa y
fuerte indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida, de toda vida. En realidad, 'el
dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de
'usar y abusar', o de disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo
15

Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de 'comer del fruto del árbol'
(cf. Gen 2,16-17), muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no
sólo biológicas sino también morales, cuya trasgresión no queda impune"31.

He ahí, por el momento la última palabra de una encíclica sobre la dignidad del medio
ambiente y sobre la responsabilidad de los creyentes. Si alguna vez éstos son acusados de
haber abusado de los bienes de la tierra, habrá de tenerse en cuenta que tal abuso no se debía a
su fe, sino a su deficiente comprensión y ejercicio práctico. 32

4.5. Programa para el nuevo milenio

Al concluir el Jubileo del año 2000, Juan Pablo II firmaba su carta Tertio millennio
ineunte en la que invitaba a la comunidad eclesial a poner en práctica la “imaginación de la
caridad “ (NMI 50). En ese contexto enunciaba algunos de los desafíos que se presenta ante
la humanidad de hoy. Por lo que a este tema respecta, hay que recoger la enfática pregunta
con que que interpelaba a la responsabilidad cristiana: “¿Podemos quedar al margen ante las
perspectivas de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitables y enemigas del hombre
vastas áreas del planeta?” (NMI 51). Seguramente esa pregunta no debería separarse de los
otras interpelaciones que evocan el drama de los derechos humanos conculcados en una parte
u otra del mundo.

La intervención deseable en todos esos campos “tiene que realizarse con un estilo
específicamente cristiano: deben ser sobre todo los laicos, en virtud de su propia vocación,
quienes se hagan presentes en estas tareas, sin ceder nunca a la tentación de reducir las
comunidades cristianas a agencias sociales” (NMI 52). Con razón se afirma allí que “ la
cuestión social ha llegado a ser ya una cuestión planetaria” y que “esta vertiente ético-social
se propone como una dimensión imprescindible del testimonio cristiano”.
En vísperas de la celebración de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, que
ha tenido lugar en Johannesburg del 26 de agosto al 4 de septiembre de 2002, Juan Pablo II
deseaba que “se encuentren vías eficaces para un desarrollo humano integral, teniendo en
cuenta las dimensiones económicas, sociales y ambientales. En un mundo cada vez más
interdependiente –añadía- la paz, la justicia y la defensa de la creación no pueden más que ser
fruto del empeño solidario de todos para procurar juntos el bien común”33.
He ahí un buen recordatorio para comenzar la andadura del tercer milenio cristiano, en
colaboración con todos los discípulos de Cristo. La preocupación ecológica ha adquirido, en
efecto, una enorme resonancia ecuménica. Recuérdese, por ejemplo, el documento final de la
Asamblea Ecuménica Europea «Paz y Justicia» celebrada en Basilea del 15 al 21 de mayo de
1989 bajo los auspicios de la Conferencia de Iglesias Europeas y el Consejo de Conferencias
Episcopal es de Europa. El n. 87 de aquel documento ofrece un decálogo de recomendaciones
sobre el respeto al medio ambiente, al que habrá que referirse necesariamente en el futuro

31JUAN PABLO II, Evangelium vitae, 42. La última cita corresponde, como se ha dicho más arriba, a la
encíclica SRS, 34.
32 En otro nivel, recordamos aquí unas palabras que Juan Pablo II dirigía (23.4.1996) a un congreso
internacional sobre esa encíclica: "Respetando toda la creación, el valor eminente de la persona humana adquiere
una atención prevalente y primordial. La cultura de la vida está en la base y en el presupuesto ineludible para
desarrollar cualquier aspecto de una auténtica ecología de la creación": Ecclesia 2.791 (1.6.1996) 833.
33 JUAN PABLO II, Angelus 25.8.2002, en Oss. Rom, 26-27.8.2002, 5. Véase el libro preparado con este
motivo por el PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, Da Stoccolma a Johannesburg: un Rapporto storico
sulle preoccupazioni della Santa Sede per l’ambiente: 1972-2002, Città del Vaticano, Libr. Ed. Vaticana 2002.
16

siempre que se pretenda considerar los esquemas de la virtud de la justicia en sus últimas
consecuencias. Es famoso aquel decálogo en el que se evaluaba con criterios éticos el
desarrollo tecnológico y se animaba a los europeos a asumir la Carta Mundial de la ONU
sobre la Naturaleza. En él se pedía a los cristianos «que adopten un estilo de vida que sea lo
menos nocivo posible para el medio ambiente».

5. PARA UNA PRÁCTICA CONCRETA

Tras evocar este siglo largo de la Doctrina Social de la Iglesia, no es extraño que la
ecología se perciba hoy como un problema moral. Habrá que replantearse la actitud del
hombre ante la naturaleza, el papel de la técnica, el problema del crecimiento y el uso de los
recursos. Si ha de ser sincero, ese estudio requiere un cambio de hábitos y de estructuras. De
esas estructuras de pecado que ha denunciado Juan Pablo II en la encíclica Sollicitudo rei
socialis. La Ecología ha de convertirse al fin en Ecoética.
Por si no estaba claro, para el cristiano, la cuestión ecológica es una cuestión teológica.
En ese contexto de fe, será preciso analizar las relaciones del hombre con el ambiente a partir
de las claves del dominio, la participación y la custodia del medio por parte del ser humano
como puente entre Dios y la naturaleza34.
Desde la fe cristiana, ese estar-en-sí, que es propio del ser humano, y su estar-en-el-
mundo, se abre a la asombrosa dignidad de estar-ante-Alguien. La persona es alguien delante
de Dios. Esa vocación y esa teleología sitúa al ser humano en la capacidad de participar en la
dignidad y la gloria del mismo ser subsistente. La responsabilidad es responsoriedad a una
vocación.

En esa vocación humano-cristiana tienen un puesto importante los religiosos que han
sido llamados de una forma especial al seguimiento de Cristo. Ese seguimiento puede
articularse según los tres aspectos principales de la misión del mismo Jesús, venerado por los
suyos como profeta, sacerdote y rey. Tres facetas de la única misión que determinan para
siempre la presencia de la Iglesia en el mundo, así como la vocación de cada uno de los
cristianos.

5.1. Vocación profética

El profeta no es un adivino ni tiene por qué serlo. No es un experto en cuestiones del


futuro. Pero, al igual que los profetas de antaño y siguiendo a Jesús de Nazaret, presta
atención a la palabra de Dios y la comunica con libertad. La profecía se convierte así en
anuncio y denuncia35.
El anuncio de un cielo nuevo y una tierra nueva no puede quedar desligado de la
preocupación por esta tierra en la que se desarrolla la vida creada por Dios. La voz de los
creyentes y el testimonio de la vida consagrada al seguimiento de Cristo ha de anunciar la
posibilidad de colaborar a esa tarea creadora de un mundo según el proyecto de Dios. Los
religiosos pueden transmitir este “evangelio de la creación” a través de los múltiples medios
con los que cuentan en su tarea evangelizadora.
Pero el anuncio implica también la denuncia de la anticreación que nuestros intereses
han decretado sobre el mundo cósmico, que había de ser hogar de la vida y la armonía. La
profecía cristiana sobre el mundo es una llamada de atención a los que se dejan llevar de su

34 Cf. BARBOUR, en M. TALLACCHINI (ed.), Etiche della Terra. Antologia di filosofia dell’ambiente, 98-
100.
35 Cf. Documento de Puebla, 267.
17

egoísmo y su afán de acaparar las riquezas de la tierra, desposeyendo a otros de su derecho a


disfrutar de ellas.
Ahora bien, el anuncio no será creíble ni la denuncia será coherente si no va
acompañada de la renuncia. En este contexto, el carisma de la pobreza evangélica trasciende
los hábitos individuales de austeridad para hacerse visible en la promoción de estructuras
solidarias. No se trata ahora de vivir un ascetismo hueco y orgulloso, sino de redescubrir las
dimensiones ecológicas de la antigua virtud moral de la templanza36.

5.2. Vocación celebrativa

En unión con Cristo sacerdote y mediador de la nueva alianza, los cristianos están
llamados a vivir en un clima de oración constante. Saben que han de hacer de toda su vida
una “liturgia” de alabanza. Y han descubierto que esta dimensión vertical de la fe genera
nuevos dinamismos éticos y operativos en la vida individual y en el compromiso comunitario.
Para los creyentes en Jesucristo, la responsabilidad por la creación no está lejos de la
celebración de la eucaristía. Al encontrarse sin pan y vino, el P. Teilhard de Chardin
descubrió la posibilidad de celebrar “la misa sobre el mundo”, como nos lo comunicó en su
libro El himno del universo. A la celebración eucarística traemos el pan y el vino, “fruto de la
tierra y del trabajo de los hombres”. Esos frutos evocan la fecundidad de la tierra y la
grandeza del culto-cultivo que el ser humano le dedica. La verdad misma del significante
eucarístico celebrado en la Iglesia nos impele a descubrir la majestad, la dignidad y la belleza
del significado cósmico en el que se desarrolla la peripecia humana37.
Si esto es aplicable a la eucaristía no puede dejar de evocar el compromiso ético que
brota de todos los sacramentos. Los sacramentos de la “vida sobrenatural” son también
previamente “sacramentos de la vida natural”. La gracia no destruye la naturaleza: la supone,
la asume, la eleva y le descubre un horizonte escatológico en la herencia misma de Dios.
Cuando los signos sacramentales se sirven del agua o del aceite nos están remitiendo a los
preciosos elementos y frutos de ese mundo que el Dios Creador consideró como bueno.
Junto a los sacramentos, la fe cristiana reconoce el valor antropológico de tantos gestos
y objetos como van entretejiendo los gozos y esperanzas de los seres humanos. La riqueza de
la experiencia cristiana se manifiesta también en los “sacramentales” que enriquecen la
piedad popular. Romerías y peregrinaciones, bendición de los campos o de los animales,
plegaria por las cosechas o por la lluvia abundante constituyen momentos importantes en la
vida de los cristianos y de sus comunidades. Una cuidadosa atención pastoral puede situar
esos gestos oracionales en ese arco que une la fe en la Creación con el gozo de la Redención.
El mundo que bendecimos es un mundo que, con nosotros, bendice a su Señor.

5.3. Vocación de servicio

En unión con Cristo Rey nos sabemos llamados a ejercer un responsable señorío sobre
el mundo. Pero sabemos que el reino de Cristo dista mucho de parecerse al de los poderosos
que oprimen a sus hermanos. El Rey Jesús se presenta a sí mismo como humilde pastor. Los
textos evangélicos no dudan en atribuirle los rasgos humildes y doloridos del Siervo de

36 CF. J.R.FLECHA, Vida cristiana, vida teologal. Para una moral de la virtud, Secretariado Trinitario,
Salamanca 2002, 240-245.
37 Cf. J.R.FLECHA, "Fruto de la tierra y de la vid. Eucaristía y mundo creado", en A. GALINDO - J. LOPEZ
(eds.), Eucaristía y evangelización hoy, Salamanca, Universidad Pontificia, 1994, 145-159.
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Yahvéh. También esta función mesiánica tiene una amplia repercusión en la comprensión de
la responsabilidad cristiana ante el mundo creado.

La Cumbre del Milenio, organizada por la ONU en el año 2000 asignaba ocho
finalidades al ideal mundial del desarrollo: desarraigar la pobreza extrema y el hambre, dar a
todos la posibilidad de acceder a un nivel de instrucción primaria, promover la igualdad de
género y dar mayor poder a las mujeres, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud de las
madres, combatir el SIDA, la malaria y otras enfermedades, garantizar la sostenibilidad
ambiental y desarrollar la solidaridad global con vistas al desarrollo.
Ninguna de esas metas puede quedar excluida del ámbito de la caridad cristiana. De
hecho, la conciencia ecológica se traduce para el cristiano en una mayor atención a los más
pobres. No se puede defender coherentemente la dignidad del ambiente, si no se está
dispuesto a reconocer la dignidad de los seres humanos. Y, entre éstos, son precisamente los
más pobres y marginados los que se presentan a nuestros ojos como las víctimas más
frecuentes del expolio que está sufriendo la naturaleza por culpa de la voracidad de los
insatisfechos. Muchos cristianos comprometidos con la justicia han dado ya su vida por
defender los derechos de los pueblos indígenas a disfrutas de los recursos de su tierra38.
Entre los más pobres de los pobres, los organismos y convenciones internacionales han
puesto de relieve el papel de la mujer en la conservación del ambiente. Pero han recordado
también cómo y hasta que punto las mujeres y los niños son muchas veces las primeras
víctimas de los desastres ecológicos39. La fe, la esperanza y el amor han de hacerse evidentes
en los humildes gestos del servicio a los desposeídos de esta tierra y en las grandes iniciativas
para modificar las estructuras injustas que favorecen el despojo.
No quisiera terminar sin dedicar un minuto a los ancianos con los que convivo en este
momento. Ellos son para nosotros el último eslabón que nos une a una larga cadena de
antepasados que han amado y respetado a la tierra. Ellos han visto con dolor cómo un mal
entendido desarrollo los arrojaba del mundo rural y destrozaba los lugares que habían sido
para ellos los paisajes del alma. Desplazados y arrinconados en las grandes ciudades nos
suplican con ojos cansados y con una voz balbuciente que amemos esta tierra que Dios nos
dio y que ellos han conservado para nosotros y para las futuras generaciones.

CONCLUSIÓN

Quisiera terminar esta reflexión para religiosos evocando la gesta de los exploradores
enviados por Moisés a reconocer la tierra a la que Dios los encaminaba. Concluido su periplo,
diez de ellos regresaron al campamento cargados de pesimismo. La tierra era excelente, pero
no creían que el pueblo pudiera conquistarla. El futuro era oscuro e inalcanzable, así que la
mejor alternativa era la de regresar a un pasado de esclavitud.
Dos de los exploradores volvieron al campamento trayendo colgados de una pértiga los
mejores frutos de la tierra que habían recorrido. No ocultaron las dificultades que preveían
para conquistarla, pero confiaban en la ayuda de su Dios. Frente a la nostalgia, apostaban por
el valor de la esperanza. El pueblo no creyó en sus palabras, a pesar de verlas apoyadas por
los frutos.

38 Cf. Convención de la Organización Internacional del Trabajo sobre Poblaciones Indígenas y tribales
(No.169), Art. 7.
39 Véase la Convención para los Derechos del Niño, Arts 24 y 27, así como la Plataforma de Acción de
Beijing, párrafos 253 y 256.
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Josué y Caleb son como el icono de los que creen en el valor de la esperanza. El pueblo
de Israel los ha venerado durante siglos. Los cristianos podríamos evocar todavía hoy su
aventura y su mensaje40. Los religiosos y religiosas tal vez podáis veros reflejados en su
humilde y osado testimonio. Habéis sido llamaros a adentraros en el futuro de la humanidad y
de Dios para volver entre nosotros portando las promesas evidentes de su fidelidad y sus
promesas. Decid a los cristianos y a todo el que quiera escucharos que el mundo querido por
Dios merece la pena. Tan sólo hay que amarlo y esperarlo. No podemos creer en el Dios del
mundo, si despreciamos el mundo de Dios.

José-Román Flecha Andrés


Universidad Pontificia de Salamanca

40 A estos dos personajes hemos dedicado sendas meditaciones en Buscadores de Dios. II. Entre el recuerdo y
la profecía, Madrid 1993, 17-22, y Buscadores de Dios. III. De la espera al encuentro, Salamanca 1998, 51-57.

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