Flecha A., José R.-Planteamientos de La DSI para Una Praxis Ecológica
Flecha A., José R.-Planteamientos de La DSI para Una Praxis Ecológica
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“El respeto por la vida y por la dignidad de la persona humana incluye también el respeto y el
cuidado de la creación, que está llamada a unirse a la humanidad para glorificar a Dios (cf. Sal
148 y 96)
1 Cf. M. CZERNY, “Il Vértice di Johannesburg”, en La Civiltà Católica 3662 (2003/1) 118-131.
2Se trata del informe Our Common Future, Oxford 1987, preparado por la Comisión Mundial para el Desarrollo
medioambiental; véase también P. M. Barnes - I.G. Barnes, Environmental Policy in the European Unión,
Cheltenham 1999.
3 D.H. MEADOWS - D.L. MEADOWS - J. RANGERS, Más allá de los límites, Madrid 1992, 274-276. La
obra trata de continuar la reflexión inquietante iniciada ya por el informe del Club de Roma: D. MEADOWS,
Los límites del crecimiento, México 1972.
2
4 Parece que el autor la empleó por primera vez en su libro A San County Almanac and Sketches Here and
There, publicado en Oxford en 1949.
5 Tratando de superar las discusiones habituales sobre las posibilidades y los riesgos del antropocentrismo en el
discurso ecológico, hay quien aboga por una filosofía “ecocompatible” y pacíficamente complementaria, que
trate de extraer y actuar las mejores intuiciones existentes en ambas posturas. Así hace M. TALLACCHINI
(ed.), Etiche della Terra. Antologia di filosofia dell’ambiente, Vita e Pensiero, Milán 1998, 57.
6A. CAPRIOLI - L. VACCARO (ed.), Questione ecologica e coscienza cristiana, Brescia 1988; L. FERRY,
Le nouvel ordre écologique. L'arbre, l'animal et l'homme, París 1992; J.R. FLECHA, "La Ecología", en A.A.
CUADRON, Manual de Doctrina Social de la Iglesia, Madrid 1993, 259-274; GAFO, J. (ed.), Ética y
Ecología, Madrid 1991; A. GALINDO GARCIA (ed.), Ecología y creación. Fe cristiana y defensa del planeta,
Salamanca 1991; X. PIKAZA (ed.), El desafío ecológico. Ecología y humanismo, Salamanca 1985;
N.M.SOSA, Ética ecológica, Madrid 1990; VV.AA., O cristão e o desafio ecológico, Coimbra 1993.
7Estas acusaciones de L.WHITE, "The historical Roots of our Ecological Crisis", en Science 155 (1967) 1203
ss., han sido continuadas por J.W.FORRESTER, World Dynamics, Cambridge 1971 y C. AMERY, Das Ende
der Vorsehung. Die ganadenlosen Folgen des Christentums, Hamburgo 1972. A propósito de estas acusaciones,
véase J. BARR, “Uomo e natura. La controversia ecologica e l’Antico Testamento”, en M. TALLACCHINI,
o.c., 61-84. Ver también R. ATTFIELD, “Gli atteggiamenti cristiani verso la natura”, en o.c. 103-127, donde
concluye que, mal que les pese a Lynn White, a Passmore y a Coleman, la postura cristiana no ha estado
habitualmente orientada a la explotación de los recursos naturales (p. 125).
8Cf. J. CARMODY, Ecology and Religion. Toward a New Christian Theology of Nature, Nueva York-Ramsey
1983, 136.
3
Aquel aliento bíblico y patrístico ha sido de alguna forma recogido por la Doctrina
Social de la Iglesia, cuyos pasos principales nos disponemos a seguir a grandes zancadas.
Más de un siglo de Doctrina Social de la Iglesia, ha ido creando un rico patrimonio de
doctrina que sustenta la reflexión y la acción de los cristianos en el campo de la ecoética.
Tales indicaciones serán sin duda útiles para el proceso de concienciación de muchas
personas no cristianas que compartan ese respeto a la creación que impregna los documentos
pontificios. En ellos descubrimos que, si no la palabra "ecología", al menos el espíritu del
respeto a la naturaleza ha estado con frecuencia presente en sus palabras y ello en virtud y por
exigencia de la misma fe cristiana.
9 Para una ampliación de esos datos, véase J.R.FLECHA, El respeto a la creación, Madrid, BAC 2001.
10 LEON XIII, Rerum novarum, 4: trad.F.RODRÍGUEZ, Doctrina Pontificia. Documentos sociales, BAC,
Madrid 1964, 255. El mismo pensamiento fue recogido por su sucesor el papa San Pío X, Fin dalla nostra prima
encíclica (18.12.1903), 5, IV: o.c. 403.
4
más convenientes para su bienestar, no sólo en cuanto al presente, sino también para el
futuro”. Por otra parte, señala que aunque la tierra se halle repartida entre los particulares, “no
deja por ello de servir a la común utilidad de todos”. Uso permanente y razonable de los
bienes destinados a todos y con una proyección de futuro: he ahí el presupuesto antropológico
para una ética ecológica.
Del pensamiento de León XIII se deduce que el ser humano, de cualquier raza o
continente, tiene derecho a participar en los bienes que para todos ofrece el mundo creado.
Ese derecho no puede ser pisoteado por los poderosos. Pero ese derecho tampoco puede ser
enarbolado como una bula que autorizase el despojo de los bienes de la naturaleza, sin tener
en cuenta a los futuros habitantes del planeta tierra.
En efecto, ante los modernos atentados contra el medio ambiente parece necesario
redescubrir el puesto del hombre en el medio que le sirve de casa y, por otra, la continua
necesidad de un cambio de paradigma actitudinal en la relación de la humanidad con ese
mismo medio.
De su sucesor, el papa San Pío X hay que recordar la encíclica Lacrimabili statu
indorum (7.6.1912) sobre la necesidad de aliviar la mísera situación de los indios. En ella se
condena con fuerza profética la violencia que se ensaña contra los indígenas de Suramérica.
El Papa denuncia aquella violencia opresora que nace generalmente del afán de lucro de los
opresores11. Aquella denuncia habría de resultar profética. Han pasado los años, pero las
amenazas contra las poblaciones indígenas no han disminuido. Las modernas preocupaciones
por el equilibrio ecológico no pueden ignorar los derechos de los indígenas a su propio
territorio, defendidos por convenciones internacionales. Aquella página de la Doctrina Social
de la Iglesia no ha perdido nada de su valor12.
11 PÍO X, Lacrimabili statu indorum, en AAS 4 (1912) 521-525: o.c. 438-439. Aquella carta recordaba a su
vez la encíclica Immensa Pastorum, publicada por Benedicto XIV el 22.12.1741.
12 Su sucesor, Benedicto XV volvería todavía sobre el tema de la esclavitud en su carta al cardenal Andrieu,
Quoniam Africanarum (2.2.1916): AAS 8 (1916) 57.
13 D. BERTETTO (ed.), Discorsi di Pio XI, I, Città del Vaticano 1985 (5ª ed.) 434.
5
contribuido también a la muerte, sobre todo por el apoyo que ha prestado a la guerra14 y
denunciada de paso la ambigüedad de los progresos técnicos siempre que no van
acompañados por la responsabilidad ética.
El Papa hace suya la actitud tradicional de los creyentes que descubren en la naturaleza
una referencia al Absoluto que, en lugar de motivar su degradación, la engrandece, y al
tiempo que reconocen su dignidad, renuncian tanto a idolatrarla como a despreciarla.
Juan XXIII evocaba de buena gana los trabajos agrícolas de su familia. Le interesaba
el mundo rural. A la X Conferencia Internacional de Servicio Social, Juan XXIII le recuerda
(14.1.1961) que este mundo se halla en plena transformación. "Una tendencia acentuada a la
industrialización -dice- provoca un fenómeno de urbanización creciente en numerosos países.
Se desarrollan nuevas comunidades industriales, a pesar de que una mecanización acrecentada
suscita profundos trastornos en los modos de vida y de trabajo hasta ahora tradicionales en el
mundo rural"18.
En su encíclica Mater et Magistra (15.5.1961), sin mencionar todavía la palabra
"ecología", dedica gran atención a los problemas del campo y del respeto a la naturaleza en
una era de industrialización desmesurada. Situándose en el marco de lo que se ha venido en
llamar una ecología social, se mencionan los graves problemas que al equilibrio biológico del
planeta podría plantearle la explosión demográfica acaecida en los últimos tiempos.
En ese contexto Juan XXIII responde a las acusaciones que se vienen haciendo a la
tradición judeo-cristiana desde una superficial interpretación del texto bíblico:
"Como se recuerda en el Génesis, el Creador dio a la primera pareja humana dos mandamientos,
que se complementan mutuamente: el primero, propagar la vida: Creced y multiplicaos; el segundo,
dominar la naturaleza: Llenad la tierra y enseñoreaos de ella (Gen 1,28). El segundo de estos preceptos
no se dio para destruir los bienes materiales, sino para satisfacer con ellos las necesidades de la vida
humana" (MM 196-197).
2. EL CONCILIO VATICANO II
El texto de LG 48, trata de superar una pretendida dualidad entre la esperanza terrena y
la esperanza trascendente. Ya en el primer párrafo, nos encontramos con una afirmación
sorprendente. Ya en su primer párrafo afirma la solidaridad del universo cósmico en la
esperanza y en la renovación final de la humanidad. Esta renovación es fundamentalmente
antropocéntrica, puesto que en el ser humano adquiere sentido el universo, como repetidamente
afirmará la Gaudium et Spes.
En el párrafo siguiente se afirma que en Cristo ha comenzado ya la restauración que
esperamos y que la fe da sentido a la vida temporal. Este concepto, ya proclamado por León
XIII, será varias veces repetido en la GS, al enseñar que “la esperanza escatológica no merma
la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de
apoyo para su ejercicio” (GS 21). Unas líneas más adelante, el Concilio profesa la solidaridad
de la esperanza personal con las instituciones humanas, así como con todo el cosmos, que
aguarda la manifestación gloriosa de los hijos de Dios. Con estas leves alusiones se adelanta ya
la doctrina que vendrá expuesta en GS 39 y 43.
Así pues, la esperanza, en cuanto dinamismo humano y en cuanto virtud cristiana, en
modo alguno puede dar pie para una vida irresponsable. La esperanza pone en marcha la
libertad y ésta se orienta a la felicidad. “Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la
humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir
y razones para esperar” (GS 31). Como hemos escrito en otras ocasiones, esta última frase ha
sido tomada, casi al pie de la letra, de un artículo de P. Teilhard de Chardin 20.
Pero, más importante aún es la preciosa conclusión con que se cierra el capítulo 3 de la
primera parte de la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo de hoy. Dedicado a la
meditación sobre la tierra nueva y el cielo nuevo, este número 39 constituye un excelente
resumen de la doctrina cristiana sobre el valor del mundo creado y el respeto que merece a los
creyentes:
“La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de
perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera
anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso
temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar
mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (GS 39).
20 Cf. P. TEILHARD DE CHARDIN, “La crise présente. Réflexions d’un naturaliste”, en Etudes 233 (1937)
165. Nos atrevemos a sugerir que la introducción de estas palabras en la GS puede deberse al P. B. Häring: cf. su
obrita C’è ancora speranza, Milán 1971, 23.
8
Poco más adelante, el mismo documento aludía a un tiempo a las causas y a los
previsibles efectos de esa nueva situación. El Sínodo menciona el lamentable protagonismo de
las naciones más ricas, tanto las pertenecientes al sistema capitalista cuanto las inscritas en el
bloque socialista. Una verdadera preocupación se percibe en su afirmación de que “la
demanda de recursos y de energías por parte de las naciones más ricas -capitalistas o
socialistas-, así como los efectos de su uso en la atmósfera o en el mar, son tales que los
elementos esenciales de la vida terrestre, cuales son el aire y el agua, serían irreparablemente
destruidos, si los altos niveles de consumo y de contaminación se extendiesen a toda la
humanidad en continuo crecimiento” (n.2).
Inmediatamente después, el documento sinodal dedicaba un breve espacio a la reflexión
antropológica y a las demandas éticas que la situación exigía ya por entonces: “El fuerte
impulso hacia la unidad mundial, la desigual distribución que pone en manos de un tercio de
la humanidad, es decir, de la que goza un mayor desarrollo, el control de tres cuartas partes de
la renta, de las inversiones y del comercio; el mismo fracaso del progreso meramente
económico y la nueva percepción de los límites materiales de la ‘biosfera’, nos hacen tomar
conciencia del hecho de que en el mundo actual están naciendo nuevas formas de concebir la
dignidad humana” (n.2).
De acuerdo con la doctrina de sus predecesores, Pablo VI insiste una y otra vez en
afirmar que el mandato bíblico "Creced y multiplicaos. Llenad la tierra y enseñoreaos de ella"
(Gen 1,28), no implica una autorización divina para una explotación inmoderada de la tierra y
sus recursos naturales22.
En el discurso dirigido a la XII Conferencia de la FAO (23.11.1963) subraya el Papa
que "para solucionar el grave problema de la vida de la humanidad el camino correcto es el
aumentar las reservas de pan y de alimento, sin aniquilar ni destruir la fecundidad de la vida,
pues el Creador ordenó a sus primeras criaturas: Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra
(Gen 9,1)". Espera el Papa que la intervención de la FAO alcance objetivos de orden humano
y moral, que interesarían al progreso no sólo material, sino también espiritual, del género
humano23. Siete años más tarde, de nuevo se dirige a esa Organización para celebrar el 25º
aniversario de su fundación. En esa ocasión (16.11.1970), alaba y apoya los proyectos
internacionales para el aumento y mejora de la producción de alimentos hasta que se cumpla
la profecía de Isaías: "el desierto florecerá" (Is 35,1). Sin embargo, no deja de llamar la
atención sobre los riesgos de un progreso salvaje:
"La puesta en obra de estas posibilidades técnicas a un ritmo acelerado no se actúa sin repercutir
peligrosamente sobre el equilibrio de nuestro medio natural y el deterioro progresivo de lo que se ha
venido en llamar el medio ambiente corre el riesgo, bajo el efecto de los tropiezos de la civilización
industrial, de conducir a una verdadera catástrofe ecológica. Ya estamos viendo viciarse el aire que
respiramos, degradarse el agua que bebemos, contaminarse los ríos, los lagos y aun los océanos hasta
hacernos temer una verdadera muerte biológica en un futuro cercano, si es que no se adoptan
valientemente y no se ponen en práctica con severidad algunas enérgicas medidas. En resumen, todo se
refiere -y debéis estar atentos a ello- a las consecuencias a gran escala que implica toda intervención del
hombre en el equilibrio de la naturaleza, puesta en su riqueza armoniosa a disposición del hombre, según
el diseño de amor del Creador."24
El discurso continuaba con una expresión inolvidable según la cual, si han hecho falta
miles de años para que el hombre aprendiera a dominar la naturaleza (cf. Gen 1,28), le ha
llegado la hora de aprender a "dominar su dominación". Para Pablo VI, esta segunda tarea
requiere del hombre tanta fuerza e intrepidez como la otra tarea de conquistar la naturaleza.
Los progresos técnicos, en efecto, podrían volverse contra el hombre si no fueran
acompañados de un auténtico progreso social.
Estas palabras anticipan en un par de décadas muchas de las preocupaciones ecológicas
que hoy se presentan con aire de novedad. Por otra parte, la preocupación medioambiental es
aquí colocada en un marco más amplio que se refiere tanto a la responsabilidad moral cuanto
a la necesidad de una reorganización de la sociedad. El discurso propugna, además, la
conversión de las costumbres y de los hábitos humanos y aun de las mismas estructuras.
22 Pablo VI explica de nuevo esa cita bíblica (23.7.1963) ante el Seminario Internacional de Jóvenes de la CEE
. Allí recuerda que las cuestiones técnicas y económicas son inseparables de las condiciones morales y
religiosas de los hombres; por eso el Magisterio de la Iglesia se ocupa de ellas: Insegnamenti di Paolo VI, I,
Libreria Editrice Vaticana 1963, 76.
23Ib. I, 343.
24Ib., VIII, 1970, 1146-1147.
10
Así pues, ya a finales del pontificado de Pablo VI, el magisterio de la Iglesia Católica
había incluido la preocupación ecológica en el ámbito de su Doctrina Social y ofrecía un
marco para el estudio del problema en el ámbito de la Teología Moral. Para ello, apelaba,
sobre todo a la virtud de la caridad, que el Concilio Vaticano II había recomendado como
fundamento y norma principal de la moralidad cristiana (OT 16).
27 Véase la catequesis del miércoles 6.12.1978, en Ecclesia 1915 (23.12.1978) 1573-1575, así como la
catequesis del miércoles 13.12.1978, en Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 1 (1978) 333-336.
28JUAN PABLO II, Carta apostolica Inter sanctos: AAS 71 (1979) 1509-1510.
12
29JUAN PABLO II, Solicitudo rei socialis, 34; ver también n. 26 y 29, así como su encíclica Laborem
exercens 4 y 27. El texto siguiente de la Sollicitudo rei socialis será incluido ulteriormente en la exhortación
Christifideles laici , n.43 y en la encíclica Evangelium vitae, n. 42.
13
recuerda que el señorío del hombre no sólo no debe ser arbitrariamente ejercido, sino que sólo
puede ser rectamente ejercido cuando el ser humano se apresta a leer en la dignidad de lo
creado y su propia teleología las pautas de su diálogo con el mundo.
La explotación inmoderada de la creación revela, en el fondo, un grave error ontológico.
Al destruir la naturaleza, el hombre manifiesta desconocer su propia y profunda verdad. La de
su ontológica relación con lo otro, con los otros y con el absolutamente Otro. Cuando
renuncia a colaborar con Dios en la obra de la creación, el ser humano provoca la rebelión de
la naturaleza. Ya no es gobernada sino tiranizada por la avaricia del hombre y por su
descabellado afán de consumo. Pero también los otros hombres sufren. Los que ya hoy son
privados de su derecho de propiedad, ampliamente entendido en términos de participación. Y
los que en el futuro habrán de pagar las consecuencias de la inconsciencia de los actuales
pobladores del planeta.
No es extraño que la encíclica abogue por una ecología plenamente "humana". No sólo
la tierra es don de Dios al ser humano. También el hombre es para sí mismo un don de Dios.
En consecuencia, ha de respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado (CA
38).
Y tampoco es extraño que en esta importante manifestación de la Doctrina Social de la
Iglesia, la reflexión sobre la ecología se funda con una exhortación a superar la llamada
cultura de la muerte para propugnar una cultura de la vida.
Hay que subrayar esta nota sobre las sociedades más desarrolladas, tan marcadas por su
afán de acaparar los bienes de la tierra y de favorecer un estilo de vida basado en el
consumismo. Tampoco se ha de pasar por alto esa íntima relación entre la preocupación por
la vida del medio ambiente y la vida del hombre que de él depende. Además, hay en la
encíclica una referencia muy rica a la postura específica de los creyentes en ese proceso
universal de concienciación sobre la dignidad del medio y la responsabilidad ética ante él:
"El hombre, llamado a cultivar y custodiar el jardín del mundo (cf. Gn 2,15), tiene una
responsabilidad específica sobre el ambiente de vida, o sea, sobre la creación que Dios puso al servicio de
su dignidad personal, de su vida: respecto no sólo al presente, sino también a las generaciones futuras. Es
la cuestión ecológica - desde la preservación del 'hábitat' natural de las diversas especies animales y
formas de vida, hasta la 'ecología humana' propiamente dicha- que encuentra en la Biblia una luminosa y
fuerte indicación ética para una solución respetuosa del gran bien de la vida, de toda vida. En realidad, 'el
dominio confiado al hombre por el Creador no es un poder absoluto, ni se puede hablar de libertad de
'usar y abusar', o de disponer de las cosas como mejor parezca. La limitación impuesta por el mismo
15
Creador desde el principio, y expresada simbólicamente con la prohibición de 'comer del fruto del árbol'
(cf. Gen 2,16-17), muestra claramente que, ante la naturaleza visible, estamos sometidos a las leyes no
sólo biológicas sino también morales, cuya trasgresión no queda impune"31.
He ahí, por el momento la última palabra de una encíclica sobre la dignidad del medio
ambiente y sobre la responsabilidad de los creyentes. Si alguna vez éstos son acusados de
haber abusado de los bienes de la tierra, habrá de tenerse en cuenta que tal abuso no se debía a
su fe, sino a su deficiente comprensión y ejercicio práctico. 32
Al concluir el Jubileo del año 2000, Juan Pablo II firmaba su carta Tertio millennio
ineunte en la que invitaba a la comunidad eclesial a poner en práctica la “imaginación de la
caridad “ (NMI 50). En ese contexto enunciaba algunos de los desafíos que se presenta ante
la humanidad de hoy. Por lo que a este tema respecta, hay que recoger la enfática pregunta
con que que interpelaba a la responsabilidad cristiana: “¿Podemos quedar al margen ante las
perspectivas de un desequilibrio ecológico, que hace inhabitables y enemigas del hombre
vastas áreas del planeta?” (NMI 51). Seguramente esa pregunta no debería separarse de los
otras interpelaciones que evocan el drama de los derechos humanos conculcados en una parte
u otra del mundo.
La intervención deseable en todos esos campos “tiene que realizarse con un estilo
específicamente cristiano: deben ser sobre todo los laicos, en virtud de su propia vocación,
quienes se hagan presentes en estas tareas, sin ceder nunca a la tentación de reducir las
comunidades cristianas a agencias sociales” (NMI 52). Con razón se afirma allí que “ la
cuestión social ha llegado a ser ya una cuestión planetaria” y que “esta vertiente ético-social
se propone como una dimensión imprescindible del testimonio cristiano”.
En vísperas de la celebración de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, que
ha tenido lugar en Johannesburg del 26 de agosto al 4 de septiembre de 2002, Juan Pablo II
deseaba que “se encuentren vías eficaces para un desarrollo humano integral, teniendo en
cuenta las dimensiones económicas, sociales y ambientales. En un mundo cada vez más
interdependiente –añadía- la paz, la justicia y la defensa de la creación no pueden más que ser
fruto del empeño solidario de todos para procurar juntos el bien común”33.
He ahí un buen recordatorio para comenzar la andadura del tercer milenio cristiano, en
colaboración con todos los discípulos de Cristo. La preocupación ecológica ha adquirido, en
efecto, una enorme resonancia ecuménica. Recuérdese, por ejemplo, el documento final de la
Asamblea Ecuménica Europea «Paz y Justicia» celebrada en Basilea del 15 al 21 de mayo de
1989 bajo los auspicios de la Conferencia de Iglesias Europeas y el Consejo de Conferencias
Episcopal es de Europa. El n. 87 de aquel documento ofrece un decálogo de recomendaciones
sobre el respeto al medio ambiente, al que habrá que referirse necesariamente en el futuro
31JUAN PABLO II, Evangelium vitae, 42. La última cita corresponde, como se ha dicho más arriba, a la
encíclica SRS, 34.
32 En otro nivel, recordamos aquí unas palabras que Juan Pablo II dirigía (23.4.1996) a un congreso
internacional sobre esa encíclica: "Respetando toda la creación, el valor eminente de la persona humana adquiere
una atención prevalente y primordial. La cultura de la vida está en la base y en el presupuesto ineludible para
desarrollar cualquier aspecto de una auténtica ecología de la creación": Ecclesia 2.791 (1.6.1996) 833.
33 JUAN PABLO II, Angelus 25.8.2002, en Oss. Rom, 26-27.8.2002, 5. Véase el libro preparado con este
motivo por el PONTIFICIO CONSEJO JUSTICIA Y PAZ, Da Stoccolma a Johannesburg: un Rapporto storico
sulle preoccupazioni della Santa Sede per l’ambiente: 1972-2002, Città del Vaticano, Libr. Ed. Vaticana 2002.
16
siempre que se pretenda considerar los esquemas de la virtud de la justicia en sus últimas
consecuencias. Es famoso aquel decálogo en el que se evaluaba con criterios éticos el
desarrollo tecnológico y se animaba a los europeos a asumir la Carta Mundial de la ONU
sobre la Naturaleza. En él se pedía a los cristianos «que adopten un estilo de vida que sea lo
menos nocivo posible para el medio ambiente».
Tras evocar este siglo largo de la Doctrina Social de la Iglesia, no es extraño que la
ecología se perciba hoy como un problema moral. Habrá que replantearse la actitud del
hombre ante la naturaleza, el papel de la técnica, el problema del crecimiento y el uso de los
recursos. Si ha de ser sincero, ese estudio requiere un cambio de hábitos y de estructuras. De
esas estructuras de pecado que ha denunciado Juan Pablo II en la encíclica Sollicitudo rei
socialis. La Ecología ha de convertirse al fin en Ecoética.
Por si no estaba claro, para el cristiano, la cuestión ecológica es una cuestión teológica.
En ese contexto de fe, será preciso analizar las relaciones del hombre con el ambiente a partir
de las claves del dominio, la participación y la custodia del medio por parte del ser humano
como puente entre Dios y la naturaleza34.
Desde la fe cristiana, ese estar-en-sí, que es propio del ser humano, y su estar-en-el-
mundo, se abre a la asombrosa dignidad de estar-ante-Alguien. La persona es alguien delante
de Dios. Esa vocación y esa teleología sitúa al ser humano en la capacidad de participar en la
dignidad y la gloria del mismo ser subsistente. La responsabilidad es responsoriedad a una
vocación.
En esa vocación humano-cristiana tienen un puesto importante los religiosos que han
sido llamados de una forma especial al seguimiento de Cristo. Ese seguimiento puede
articularse según los tres aspectos principales de la misión del mismo Jesús, venerado por los
suyos como profeta, sacerdote y rey. Tres facetas de la única misión que determinan para
siempre la presencia de la Iglesia en el mundo, así como la vocación de cada uno de los
cristianos.
34 Cf. BARBOUR, en M. TALLACCHINI (ed.), Etiche della Terra. Antologia di filosofia dell’ambiente, 98-
100.
35 Cf. Documento de Puebla, 267.
17
En unión con Cristo sacerdote y mediador de la nueva alianza, los cristianos están
llamados a vivir en un clima de oración constante. Saben que han de hacer de toda su vida
una “liturgia” de alabanza. Y han descubierto que esta dimensión vertical de la fe genera
nuevos dinamismos éticos y operativos en la vida individual y en el compromiso comunitario.
Para los creyentes en Jesucristo, la responsabilidad por la creación no está lejos de la
celebración de la eucaristía. Al encontrarse sin pan y vino, el P. Teilhard de Chardin
descubrió la posibilidad de celebrar “la misa sobre el mundo”, como nos lo comunicó en su
libro El himno del universo. A la celebración eucarística traemos el pan y el vino, “fruto de la
tierra y del trabajo de los hombres”. Esos frutos evocan la fecundidad de la tierra y la
grandeza del culto-cultivo que el ser humano le dedica. La verdad misma del significante
eucarístico celebrado en la Iglesia nos impele a descubrir la majestad, la dignidad y la belleza
del significado cósmico en el que se desarrolla la peripecia humana37.
Si esto es aplicable a la eucaristía no puede dejar de evocar el compromiso ético que
brota de todos los sacramentos. Los sacramentos de la “vida sobrenatural” son también
previamente “sacramentos de la vida natural”. La gracia no destruye la naturaleza: la supone,
la asume, la eleva y le descubre un horizonte escatológico en la herencia misma de Dios.
Cuando los signos sacramentales se sirven del agua o del aceite nos están remitiendo a los
preciosos elementos y frutos de ese mundo que el Dios Creador consideró como bueno.
Junto a los sacramentos, la fe cristiana reconoce el valor antropológico de tantos gestos
y objetos como van entretejiendo los gozos y esperanzas de los seres humanos. La riqueza de
la experiencia cristiana se manifiesta también en los “sacramentales” que enriquecen la
piedad popular. Romerías y peregrinaciones, bendición de los campos o de los animales,
plegaria por las cosechas o por la lluvia abundante constituyen momentos importantes en la
vida de los cristianos y de sus comunidades. Una cuidadosa atención pastoral puede situar
esos gestos oracionales en ese arco que une la fe en la Creación con el gozo de la Redención.
El mundo que bendecimos es un mundo que, con nosotros, bendice a su Señor.
En unión con Cristo Rey nos sabemos llamados a ejercer un responsable señorío sobre
el mundo. Pero sabemos que el reino de Cristo dista mucho de parecerse al de los poderosos
que oprimen a sus hermanos. El Rey Jesús se presenta a sí mismo como humilde pastor. Los
textos evangélicos no dudan en atribuirle los rasgos humildes y doloridos del Siervo de
36 CF. J.R.FLECHA, Vida cristiana, vida teologal. Para una moral de la virtud, Secretariado Trinitario,
Salamanca 2002, 240-245.
37 Cf. J.R.FLECHA, "Fruto de la tierra y de la vid. Eucaristía y mundo creado", en A. GALINDO - J. LOPEZ
(eds.), Eucaristía y evangelización hoy, Salamanca, Universidad Pontificia, 1994, 145-159.
18
Yahvéh. También esta función mesiánica tiene una amplia repercusión en la comprensión de
la responsabilidad cristiana ante el mundo creado.
La Cumbre del Milenio, organizada por la ONU en el año 2000 asignaba ocho
finalidades al ideal mundial del desarrollo: desarraigar la pobreza extrema y el hambre, dar a
todos la posibilidad de acceder a un nivel de instrucción primaria, promover la igualdad de
género y dar mayor poder a las mujeres, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud de las
madres, combatir el SIDA, la malaria y otras enfermedades, garantizar la sostenibilidad
ambiental y desarrollar la solidaridad global con vistas al desarrollo.
Ninguna de esas metas puede quedar excluida del ámbito de la caridad cristiana. De
hecho, la conciencia ecológica se traduce para el cristiano en una mayor atención a los más
pobres. No se puede defender coherentemente la dignidad del ambiente, si no se está
dispuesto a reconocer la dignidad de los seres humanos. Y, entre éstos, son precisamente los
más pobres y marginados los que se presentan a nuestros ojos como las víctimas más
frecuentes del expolio que está sufriendo la naturaleza por culpa de la voracidad de los
insatisfechos. Muchos cristianos comprometidos con la justicia han dado ya su vida por
defender los derechos de los pueblos indígenas a disfrutas de los recursos de su tierra38.
Entre los más pobres de los pobres, los organismos y convenciones internacionales han
puesto de relieve el papel de la mujer en la conservación del ambiente. Pero han recordado
también cómo y hasta que punto las mujeres y los niños son muchas veces las primeras
víctimas de los desastres ecológicos39. La fe, la esperanza y el amor han de hacerse evidentes
en los humildes gestos del servicio a los desposeídos de esta tierra y en las grandes iniciativas
para modificar las estructuras injustas que favorecen el despojo.
No quisiera terminar sin dedicar un minuto a los ancianos con los que convivo en este
momento. Ellos son para nosotros el último eslabón que nos une a una larga cadena de
antepasados que han amado y respetado a la tierra. Ellos han visto con dolor cómo un mal
entendido desarrollo los arrojaba del mundo rural y destrozaba los lugares que habían sido
para ellos los paisajes del alma. Desplazados y arrinconados en las grandes ciudades nos
suplican con ojos cansados y con una voz balbuciente que amemos esta tierra que Dios nos
dio y que ellos han conservado para nosotros y para las futuras generaciones.
CONCLUSIÓN
Quisiera terminar esta reflexión para religiosos evocando la gesta de los exploradores
enviados por Moisés a reconocer la tierra a la que Dios los encaminaba. Concluido su periplo,
diez de ellos regresaron al campamento cargados de pesimismo. La tierra era excelente, pero
no creían que el pueblo pudiera conquistarla. El futuro era oscuro e inalcanzable, así que la
mejor alternativa era la de regresar a un pasado de esclavitud.
Dos de los exploradores volvieron al campamento trayendo colgados de una pértiga los
mejores frutos de la tierra que habían recorrido. No ocultaron las dificultades que preveían
para conquistarla, pero confiaban en la ayuda de su Dios. Frente a la nostalgia, apostaban por
el valor de la esperanza. El pueblo no creyó en sus palabras, a pesar de verlas apoyadas por
los frutos.
38 Cf. Convención de la Organización Internacional del Trabajo sobre Poblaciones Indígenas y tribales
(No.169), Art. 7.
39 Véase la Convención para los Derechos del Niño, Arts 24 y 27, así como la Plataforma de Acción de
Beijing, párrafos 253 y 256.
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Josué y Caleb son como el icono de los que creen en el valor de la esperanza. El pueblo
de Israel los ha venerado durante siglos. Los cristianos podríamos evocar todavía hoy su
aventura y su mensaje40. Los religiosos y religiosas tal vez podáis veros reflejados en su
humilde y osado testimonio. Habéis sido llamaros a adentraros en el futuro de la humanidad y
de Dios para volver entre nosotros portando las promesas evidentes de su fidelidad y sus
promesas. Decid a los cristianos y a todo el que quiera escucharos que el mundo querido por
Dios merece la pena. Tan sólo hay que amarlo y esperarlo. No podemos creer en el Dios del
mundo, si despreciamos el mundo de Dios.
40 A estos dos personajes hemos dedicado sendas meditaciones en Buscadores de Dios. II. Entre el recuerdo y
la profecía, Madrid 1993, 17-22, y Buscadores de Dios. III. De la espera al encuentro, Salamanca 1998, 51-57.