REVISTA GENERAL
DE MARINA
FUNDADA EN 1877
AGOSTO-SEPTIEMBRE 2021
450 ANIVERSARIO DE LA
BATALLA NAVAL DE LEPANTO
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA
REVISTA NAVAL DE LEPANTO
GENERAL
PRÓLOGO DEL AJEMA 191
DE Antonio Martorell Lacave, almirante general
MARINA EL ENFRENTAMIENTO ORIENTE-OCCIDENTE EN EL
MEDITERRÁNEO EN EL SIGLO XVI 193
Alejandro Klecker de Elizalde, alférez de navío (reservis-
ta voluntario honorífico)
FELIPE II Y EL ISLAM ANTES DE LEPANTO 205
Enrique Martínez Ruiz, catedrático de la Universidad
Complutense de Madrid, Instituto de Historia y
Cultura Naval
EL ASCENSO DEL IMPERIO OTOMANO 219
David García Hernán, catedrático de Historia Moderna
de la Universidad Carlos III de Madrid
FUNDADA EN 1877
LA GUERRA HISPANO-ARGELINA DE LOS 300 AÑOS 233
AÑO 2021 Mariano Juan y Ferragut, capitán de navío (Retirado)
AGOSTO-SEPT. LA SANTA LIGA Y LAS DIFERENTES RAZONES
PARA FORMARLA 259
TOMO 281 Magdalena de Pazzis Pi Corrales, catedrática de la
Universidad Complutense de Madrid
GALERAS, GALEAZAS Y GALEOTAS EN EL SIGLO
XVI 277
Marcelino González Fernández, capitán de navío (Reti-
rado)
DON JUAN DE AUSTRIA Y DON LUIS DE REQUE-
SENS: UN BINOMIO DE ÉXITO NO SIEMPRE BIEN
AVENIDO 299
Alejandro Anca Alamillo, marinero reservista voluntario
honorífico
EL PARECER DEL SEÑOR MARQUÉS 309
Juan Rodríguez Garat, almirante (Retirado)
MOVIMIENTOS PREVIOS Y CONCENTRACIÓN DE
LAS FLOTAS ANTES DE LA BATALLA 325
José Manuel Gutiérrez de la Cámara Señán, capitán de
navío (Retirado)
LAS ESCUADRAS EN ORDEN DE COMBATE EN
LEPANTO: TÁCTICAS, ARTILLERÍA Y ABOR-
DAJE 337
José María Treviño Ruiz, almirante (Retirado)
CRÓNICA DE LA BATALLA DE LEPANTO 349
Luis Mollá Ayuso, capitán de navío (Retirado)
LOS SOLDADOS DEL REY EN LEPANTO 363
José Cánovas García, coronel de Infantería de Marina
(Reserva)
RESULTADOS Y CONSECUENCIAS DE LA BATALLA
DE LEPANTO A LA LUZ DE LOS PRINCIPIOS
ESTRATÉGICOS 373
José María Blanco Núñez, capitán de navío (Retirado)
LA DECADENCIA NAVAL OTOMANA TRAS LE-
PANTO 389
Agustín R. Rodríguez González, doctor en Historia
Contemporánea, académico correspondiente de la
Real Academia de la Historia
LEPANTO EN LA CULTURA 401
Manuel Maestro López, presidente del Círculo Letras del
Mar
Nuestra portada: Fresco de la
batalla naval de Lepanto. LIBROS Y REVISTAS
Galería de Mapas en los
Museos Vaticanos
EDITA:
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PRÓLOGO DEL AJEMA
Antonio MARTORELL LACAVE
Almirante jefe de Estado Mayor de la Armada
Como viene siendo habitual, la
REVISTA GENERAL DE MARINA dedica su
número bimestral de verano a un tema
que, por su importancia y trascendencia,
reviste especial interés para la Armada.
En esta ocasión, en el año en que se
cumplen 450 años de la victoria en la
batalla naval de Lepanto, nada podía ser
más acertado que consagrar el número a
esta efeméride, «la más alta ocasión que
vieron los siglos pasados, los presentes,
ni esperan ver los venideros…».
Sin duda, la magnitud del aconteci-
miento que ocurrió aquel lejano 7 de oc-
tubre de 1571, en aguas del golfo de
Patras, merece un recuerdo especial en
su 450 aniversario. Consciente de ello, la
Armada ha querido dedicar su Jornada
Histórica de este año, el pasado 3 de
mayo, a honrar la memoria de todos
aquellos marinos y soldados, la gran
mayoría anónimos, que combatieron en
la batalla. Asimismo, a lo largo del año
se están sucediendo eventos conmemorativos, repartidos por diversos lugares de nues-
tra geografía, y promovidos tanto por la Armada como por otros estamentos e institu-
ciones, que reflejan la importancia de la victoria de Lepanto y hasta qué punto esta
efeméride es patrimonio común de todos los españoles.
Y es que, además de la extraordinaria demostración de estrategia y coraje que
supuso la propia batalla, aquella victoria trajo consigo importantes consecuencias, no
solo para España, sino para toda Europa. Ciertamente, el Mediterráneo siempre ha
sido un escenario geopolítico de gran relevancia mundial. No en vano, la mayoría de
las grandes civilizaciones de la Historia de la Humanidad se han desarrollado a orillas
del Mare Nostrum. También en el siglo XVI, el Mediterráneo jugaba un papel funda-
mental para las monarquías europeas, y la batalla de Lepanto supuso un punto de
inflexión para su control.
La primera consecuencia de la victoria, y la más evidente, fue que se consiguió
frenar el avance del Imperio otomano, que amenazaba gravemente con dominar todo
2021] 191
PRÓLOGO DEL AJEMA
el Mediterráneo. Afortunadamente, el castigo que le infligió la Santa Liga frenó en
seco el expansionismo otomano hacia el oeste, lo que permitió preservar la Europa
occidental de la que hoy somos herederos. Además, obligó a los corsarios, aliados de
los turcos, a abandonar sus ataques y saqueos en el Mediterráneo Occidental, lo que
devolvió la anhelada seguridad a las rutas marítimas comerciales europeas.
Otra de las importantes consecuencias fue la enorme victoria moral que significó
para los miembros de la Santa Liga o, visto desde la otra perspectiva, la durísima
derrota que supuso para la moral del Imperio otomano. La flota turca había perdido
190 galeras por 12 de la Santa Liga, y solo Uluch Alí con unos pocos buques había
podido huir del desastre. Esta terrible comparativa minó tan profundamente el ánimo
del «fiero turco» que a partir de entonces rehuiría combatir de nuevo en la mar.
Pero las consecuencias de Lepanto no se limitaron al entorno geopolítico, sino que
se extendieron a una gran variedad de ámbitos. Muestra de ello fue la influencia
que tuvo la batalla no solo en el cuerpo, sino también en el espíritu de aquel bisoño
soldado de mar, Miguel de Cervantes Saavedra, que combatió a bordo de la galera
Marquesa, perteneciente a la escuadra de don Álvaro de Bazán, y que con el pasar de
los años se convirtió en el escritor más universal de la Historia de nuestra Literatura.
Como bien deja entrever «el manco de Lepanto» en el prólogo de la segunda parte del
Quijote, esa vivencia forjó su carácter y su manera de ver la vida, que tan magistral-
mente plasmaría en una de las obras literarias más internacionalmente reconocidas de
la Historia.
Para no extender en demasía el prólogo, solamente citaré otra consecuencia más,
en este caso para la Armada, y es que, desde aquel domingo 7 de octubre de 1571, la
Virgen, bajo su advocación del Rosario, la «Galeona», se convirtió en su Patrona
oficial durante algo más de tres siglos. No se podría hacer un análisis completo de las
circunstancias históricas que rodearon esta gran batalla naval sin considerar también
la dimensión religiosa, ya que fue otro factor clave para la configuración de la Santa
Liga y para la consecución de la victoria.
Por último, me gustaría compartir una reflexión. Resulta cuanto menos llamativo
que la victoria en Lepanto aconteciese tan solo cuarenta y nueve años después de la
heroica gesta de Juan Sebastián de Elcano. En 1522, un marino español completa
la primera vuelta al Mundo, y en menos de diez lustros, marinos y soldados españoles
se baten en la mar para escribir con sus vidas otra página gloriosa de nuestra Historia.
Lepanto nos habla alto y claro de HONOR, VALOR, DISCIPLINA y LEALTAD.
Solo en esta clave se puede comprender e interpretar realmente la importancia de
aquella batalla, tan presente en nuestro imaginario, y hasta en nuestro propio himno.
Y es precisamente en esta misma clave en la que deberíamos interpretar lo que somos
y de dónde venimos.
A lo largo de los artículos que conforman la presente edición, se abordan temáti-
cas muy variadas que permitirán al lector profundizar en aspectos relacionados con el
contexto histórico de la batalla, con sus protagonistas y con el combate mismo, que en
su conjunto ayudarán a tener una idea clara de lo que significó, mejor dicho, de lo que
significa todavía aquella gloriosa victoria naval.
Antes de finalizar, quiero agradecer el excelente trabajo realizado por los articulis-
tas, que han hecho posible la publicación de este monográfico, así como reconocer la
dedicación y el esfuerzo constante de su director para que nuestra REVISTA continúe
siendo un referente en la divulgación de la tradición y cultura naval española.
192 [Agosto-septiembre
EL ENFRENTAMIENTO
ORIENTE-OCCIDENTE
EN EL MEDITERRÁNEO
EN EL SIGLO XVI
Alejandro KLECKER DE ELIZALDE
(Reservista voluntario
honorífico)
ARA entender el combate naval de Lepanto y las
consecuencias posteriores que se produjeron, hare-
mos una revisión de los dos bloques que lucharon
en tan señalado y definitivo enfrentamiento en la
mar (su desenlace tuvo importantes efectos en
ambos mundos, pese a lo que diga alguna historio-
grafía), cuyas fuerzas e impacto histórico tardarían
casi cuatro siglos en volver a repetirse.
En el texto hablaremos indistintamente, por no
ser reiterativos, de turcos y otomanos, que era como
los conocíamos los europeos, los otomanos al
principio solo eran uno más de los pequeños
estados que surgieron en Asia Menor durante la
decadencia del Imperio turco selyúcida desde el
siglo XIV.
Lo que llamaremos Occidente —origen de la
Liga Santa contra el Imperio otomano, impulsada por el gran papa visionario
Pío V y la decisión clave de Felipe II de no posponer más el combate decisi-
vo— era una compleja amalgama de grandes Estados (Monarquía Hispánica,
Sacro Imperio Romano Germánico, Francia, Inglaterra, Polonia y Rusia,
entre otros). Por su parte, la península italiana estaba dividida en numerosos
territorios y ciudades-estado en conflicto: Génova sería secular aliada de
España; Venecia, nuestra enemiga; los territorios pontificios, muy extensos
(el Vaticano aparecería mucho después como Estado), eran moneda de inter-
cambio entre Francia, España, Florencia… fluctuando el papado entre su
favoritismo francés o su adscripción a la Monarquía Hispánica; Sicilia,
2021] 193
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Cerdeña, Nápoles, Milán y
los presidios de la Toscana y
el Milanesado eran españoles.
En el norte de Europa,
destacan Inglaterra, los Países
Bajos españoles —divididos
entre católicos y protestan-
tes—, Polonia —cuya exten-
sión llegaría hasta el mar
Negro—, Suecia y Rusia. Al
este, los territorios de los
Habsburgo, donde Hungría y
Viena eran la frontera con los
turcos y, por tanto, del islam,
que estaba muy fraccionado y
prevalecía en sus dominios
mediante el vasallaje, la impo-
sición militar y la fuerza, la
ocupación de muchos de sus
territorios y con poblaciones
muy heterogéneas étnica y
religiosamente.
Todas estas naciones (los
habitantes de cada una se
Retrato de Pío V, pintado por El Greco consideraban nación, aunque
no en el concepto que aparece-
ría después de la Paz de West-
falia en 1648) se encontraban inmersas en un profundo cambio. Así, Francia,
España o Inglaterra iniciaban un proceso de unificación de territorios con una
religión dominante, bien fuera católica o protestante, que luchaban por la
abolición de los feudos y de la influencia de los grandes nobles. Los ejércitos
dejaban de ser grupos de civiles armados circunstancialmente para convertirse
en fuerzas casi permanentes, pagados por los monarcas; es el caso de los
otomanos que, con caballería fija y los jenízaros como tropas de élite, consti-
tuían el núcleo de un imperio que —como más adelante señalaremos—
tenía notables diferencias con el que formó la Monarquía Hispánica. En
Occidente, el Renacimiento, la Reforma protestante y la Contrarreforma cató-
lica —con el enfrentamiento contra luteranos, calvinistas y hugonotes—
marcarían el devenir casi durante dos centurias de la historia europea.
La Monarquía Hispánica se enfrentaba a la amenaza francesa, a los protes-
tantes de los Países Bajos españoles, a la piratería argelina y tunecina, así
como a la turca en Sicilia. Inglaterra, con una monarquía aliada o enemiga
según las dinastías en el trono, se posicionaría finalmente como un oponente.
194 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Adicionalmente al esfuerzo militar hispano (ibérico tras la integración
portuguesa) frente a estos varios reinos amenazantes, destaca el esfuerzo de la
expansión en ultramar. En definitiva, una agotadora situación que recayó
básicamente sobre las arcas castellanas, que pagaban los gastos de tanto
despliegue y campañas.
El mundo otomano se encontraba en su apogeo, tanto cultural como reli-
gioso y comercial, que alcanzó su cénit antes de Lepanto y que contrastaba
con la situación que vivía Europa, inmersa en guerras por doquier. Así, se
llegaría al célebre combate naval con dos bandos enfrentados, dos mundos en
los que la supremacía de uno pasaba por la derrota del otro.
En el territorio europeo cristiano, la situación política y militar estaba en
permanente cambio, con unas luchas intestinas de primer orden, en la búsque-
da de un mayor peso mediante la incorporación de territorios, donde la reli-
gión era el motivo fundamental de afinidad u odio visceral. Por otra parte, el
fin del feudalismo y del poder de la nobleza vio aparecer una burguesía fuerte,
que fue clave en la gobernanza de los Estados. Las expediciones portuguesas
por el Índico y las españolas
en América ejercieron una
influencia radical en la forma
de ver la vida, ahora mucho
más abierta respecto a las
ciencias, las artes, etc., ali-
mentando las ambiciones
francesas, inglesas y holande-
sas de expansión a ese Nuevo
Mundo y colisionando unas
contra otras y a menudo uni-
das en causa común contra los
territorios hispánicos y su mo-
narquía.
La Liga Santa es casi un
milagro revisando lo que
acontecía en Europa. La caída
de Chipre y el temor reveren-
cial a la flota otomana y su
expansión frente a las fronte-
ras de los Habsburgo llevaron
a esta alianza tras tantas trai-
ciones y luchas. Pero fue algo
circunstancial; la Guerra de
los Treinta Años (1618-1648)
sería la consecuencia de tan-
tos intereses contrapuestos. Morrió n italiano, siglo XVI. (Museo Naval de Madrid)
2021] 195
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
La poderosa ciudad de Venecia comerciaba con Oriente en alianza con los
otomanos y enfrentada a los intereses genoveses, hispánicos y del papado.
Francia, sometida por un «emparedado» territorial, con España al sur, al norte
sus territorios de Flandes y los Habsburgo en el resto de sus fronteras, se alia-
ba con los turcos, facilitándoles refugio en sus bases de Tolón y Marsella,
ocasionando la indignación hispánica y papal, sobre todo de los españoles por
la cercanía de esos puertos con las Baleares. Los Países Bajos protestantes
recibían, por su parte, ayuda económica turca. Polonia ejercía una gran
influencia en los territorios fronterizos con los turcos, constituyendo para
estos, junto con Rusia, que había conseguido cierto grado de unificación, otra
amenaza importante.
En el Mediterráneo católico, Malta y Rodas eran las dos espinas que los
otomanos intentaban tomar y someter desde principios del siglo XVI, junto a
Chipre, bajo influencia veneciana. Esta isla era, como ellos la definían, el
puñal en el estómago de su costa, y su caída precipitó la alianza católica.
El Imperio otomano comprendía un complejísimo y extenso territorio, que
ejercía su manto de poder por todo el Mediterráneo, donde era la potencia
naval hegemónica. Complejo dominio porque el islam, lejos de ser el elemento
aglutinador de los diferentes pueblos y territorios, era un factor de enfrenta-
miento y continuas luchas. Suníes y chiíes eran los principales, pero coexistían
griegos cristianos, judíos… y el caótico mundo caucásico; eran realidades
sobre las que el sultán ejercía el control mediante el sometimiento por la fuer-
za con violencia inusitada.
En el Mediterráneo, Argelia y Marruecos gozaban de una gran autonomía
que desembocaría tras el combate naval de Lepanto en la absoluta indepen-
dencia, en el caso de Marruecos con el islam como religión de hecho, pero no
absoluto y con una visión atlántica, alejada de los intereses de Estambul.
Túnez contaba con la amenaza constante hispánica tomando y perdiendo La
Goleta en varias ocasiones. Orán, en Argelia, era y sería durante doscientos
años plaza española.
Cuando hablamos de estos territorios en el norte de África, hemos de
entenderlos como dominio circunstancial hispano u otomano de sus costas, no
más allá de unos kilómetros hacia el interior, donde tribus y cabilas indepen-
dientes eran la tónica general. De hecho, cambiaban sus alianzas con cristia-
nos y otomanos según las circunstancias.
Egipto era el granero imperial turco y suponía las dos terceras partes de su
financiación, además del puente entre el Índico y Europa. Los portugueses (en
el año de Lepanto, parte integrante del imperio español) comerciaban con
ellos en paz, pero los cristianos eran otra amenaza en India, Omán, Yemen,
Somalia y, como se produjo finalmente tras Lepanto, los turcos perderían toda
influencia sobre ese lucrativo comercio.
Los Balcanes y Grecia eran otro profundo dolor de cabeza turco. Atrinche-
rados a las puertas de Viena, muchos de los dominios eran meramente vasa-
196 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
llos o estaban sometidos a la
fuerza por los otomanos. La
gran población judía y cristia-
na ortodoxa en Estambul y en
Grecia ocasionaría numerosos
problemas de convivencia,
siendo aliados peligrosos en
caso de un acercamiento de la
flota cristiana, pues podían
cambiar de bando. La mayor
queja de sus habitantes eran
los impuestos otomanos,
siempre cuestionados, y la
recluta de los ejércitos. Vene-
cia, aliado comercial turco (no
naval o militar), era un pro-
blemático socio comercial, al
tener intereses en la costa del
Adriático, mar Jónico y
Chipre, como hemos señala-
do. Croacia (Dubrovnik) sería
en algunos momentos socio
hispánico, proporcionando
galeras a Felipe II. Tema por
cierto no estudiado por los Felipe II retratado por Sofonisba Anguissola, 1565.
(Museo Nacional del Prado)
historiadores españoles y sí
por los croatas.
En el Cáucaso, el puzle era aterrador: si España se sentía amenazada por
los numerosos conflictos religiosos en Europa, existía al fin y al cabo una reli-
gión común en muchos territorios, el papado, Felipe II y su familia Habsburgo
en Centroeuropa. Los turcos sufrían otros tantos peligros y su organización
difería mucho de la europea. Allí los territorios, en manos de un visir, se divi-
dían en timares al mando de un jefe militar. Valaquia, Moldavia, Jedisan (sur
de Ucrania), Bosnia, Serbia, Montenegro, Morea y casi toda Hungría eran sus
posesiones en el continente europeo. También disponián de Crimea, Georgia,
Trebisonda, la costa sur del mar Caspio, la parte oeste de Mesopotamia (actual
Irak) hasta Baréin en el golfo Pérsico en Asia, limitando con el mayor enemi-
go, el Imperio safávida. Además contaban con Palestina, Egipto, Libia, Túnez,
Argelia y la parte costera de la península arábiga. Anatolia era un problemáti-
co territorio de Turquía.
El momento de máximo esplendor otomano coincidirá con la muerte de
Solimán II el Magnífico en 1566, y a partir de ahí irá cuestionándose el sulta-
nato por el poder de los jefes militares y sus continuas revueltas, abortadas
2021] 197
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
con dinero. Para muchos historiadores se inicia la decadencia del Imperio
otomano, aunque habrá que esperar para otros a 1648 con la llegada de la
dinastía de los albaneses Krupulu para hablar de su declive.
En el aspecto militar, el Imperio otomano disponía de su temibles jenízaros
(hijos de familias cristianas, que «aportaban» uno de cada cinco varones al
sultán), una magnífica caballería y una flota invencible en el Mediterráneo...
hasta Lepanto. La artillería era de primer orden, aunque adiestrada y con
doctrina de mercenarios europeos. El empleo de las galeazas de la Liga Santa,
verdaderas baterías flotantes, superaría en Lepanto a los turcos.
La sociedad otomana era esencialmente militar y territorial, en menor
medida religiosa (las bebidas alcohólicas eran permitidas en gran parte del
imperio, por ejemplo), y cometía atrocidades que eran el terror de los cristia-
nos, esencialmente en los ámbitos civil y religioso, pero dependiente de la
voluntad de cada aliado de proporcionar galeras y hombres para ocasiones
como la de Lepanto. Cristianos y otomanos compartían una amplia burguesía
y grandes comerciantes, principalmente egipcios y griegos en el lado turco.
La historiografía anglosajona y europea, en su afán de denostar y menos-
preciar todo lo que fue el dominio español de los mares durante casi trescien-
tos años, ha dedicado al combate naval de Lepanto obras y enseñanzas bajo
una mirada en muchos casos anticatólica, en otros de odio e incomprensión
hacía la figura de Felipe II, a lo que se suma la trágica operación de la Gran
Armada, olvidando otras decenas de hechos victoriosos de las armadas del
rey. Como colofón de una historia poco agraciada, el apresamiento posterior
del infante de Marina herido en Lepanto Miguel de Cervantes Saavedra y su
cautiverio han dejado la sensa-
ción de una batalla que no
sirvió para nada, algo así
como ocurrió en Jutlandia, y
que seguramente, ya inmersos
en el 450 aniversario, vuelva a
desbordar ríos de tinta. Desde
luego mi postura será la
opuesta, Lepanto cambió —y
¡vaya que si cambió!— la
trayectoria de la lucha contra
la Media Luna en el Medite-
rráneo. Nada volverá a ser
igual para los turcos desde
entonces.
Una vieja dicotomía pervi-
ve durante 500 años: cómo
Medalla dedicada al emperador Carlos V por la ciudad decidir si es mejor disponer de
de Nuremberg, 1521. (Museo Naval de Madrid) plazas con puerto e islas en
198 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
continua amenaza de sus fronteras o de poderosas flotas que puedan dar en un
momento decisivo un golpe fatal y final contra el enemigo. La logística,
entonces y hoy, es un factor decisivo. Las efímeras alianzas cambiantes parece
que al final —ayer y hoy— disponen que la mejor opción sea una combina-
ción de ambas —plazas y flotas—, aunque hoy olvidado el colonialismo con
el altísimo coste de sufragar esas posesiones, como les ocurrió a Francia y
Reino Unido, se basa en contar con puertos de naciones aliadas y, en el caso
estadounidense y chino, con poderosas flotas expedicionarias.
Estudiar la génesis y el desenlace de la batalla nos ilumina cuando vemos
la complejidad de las operaciones internacionales contra estados fallidos, pira-
tería o guerras como la de Irak. Uno piensa entonces que no hay nada nuevo
bajo el sol. Los Estados Unidos, si se quiere hacer un ejercicio comparativo
con la España de Felipe II, empeñados ambos en tareas titánicas, no de intento
de hegemonía imperialista sino con profundo convencimiento en un caso reli-
gioso, la Monarquía Hispánica, y por el lado estadounidense otro ideológico
de imposición de un sistema democrático, vemos que una terminó agotada en
el intento, mientras que el otro apenas puede mantener dos frentes abiertos
en el planeta. Quedan para cada lector sus reflexiones e interpretaciones.
Veamos entonces Lepanto con una lectura española de la época, no por ejem-
plo con la holandesa, ya que durante los meses de la campaña paseaban en sus
ropas una media luna, mientras que los protestantes y antifelipistas ingleses cele-
braron la victoria como si en ella les hubiera ido también su futuro. Los alemanes
no pudieron sentir más la victoria. También conviene destacar que Lepanto es
hoy en día territorio griego y se denomina Naupacto; cerrado prácticamente
por islas, es un fondeadero complicado de entrada y salida y donde en el siglo
XVI había que hacer cualesquiera de las maniobras bogando y con dificultad a
vela.
Los antecedentes de Lepanto
En 1555, Felipe II hereda por abdicación Flandes, pesadilla de la historia
de España a lo largo de 150 años. Un año después recibe el resto de los reinos
y territorios que conformaban la Monarquía Hispánica.
En el ámbito militar, las victorias españolas de San Quintín y las Gravelinas
situaron al monarca en una posición de dominio incuestionable en el mundo
cristiano. En Inglaterra, entre 1553 y 1558, impera el reinado católico de María
Tudor. Sin embargo, esto ocasiona en Francia un estado de paranoia. Rodeada
por España al sur, por los territorios de los Habsburgo en el norte y una empa-
tía entre Inglaterra y España, acude a una fórmula que tantas veces hemos visto
a lo largo de la historia, la alianza con los turcos para aliviar esta presión.
Las bases de Tolón y Marsella utilizadas por los musulmanes serán dos
espadas clavadas en el Mediterráneo, entre los territorios españoles de Italia y
2021] 199
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
la propia Península, contando además con la población morisca de la provin-
cia de Granada que, con acceso a la costa, se convertía en aliado in péctore del
Imperio turco.
Por su parte, en el Adriático los venecianos controlaban el comercio con
los turcos en una armoniosa relación. De tal suerte que el Mediterráneo queda
dividido en el lado cristiano entre españoles y venecianos. La alianza hispana
con Génova se produce para contrarrestar en la península italiana el poder
veneciano, el papel de los Estados Pontificios y la presión francesa sobre el
Milanesado.
En el campo de los musulmanes las correrías y ataques navales se sucedían
en cualquier lugar y momento, generando un complejo de inferioridad cristia-
no. Durante el período de 1520 a 1566, en el imperio otomano brillaba Soli-
mán el Magnífico, sucediéndole, y sobran los comentarios, Selim II, despecti-
vamente conocido como «el borracho».
Rusia, por su parte, con los reinados de Iván I y de Iván el Terrible verá
una unificación territorial, aunque Moscú cayó a manos de los tártaros de
Crimea en 1571, el mismo año de Lepanto.
En 1560 se produce, a causa de un temporal fortísimo, la pérdida de 25
galeras de la escuadra de Juan de Mendoza en Los Gelves. Cuatro años
después, en una audaz estrategia española de ir tomando enclaves en el norte
de África (Túnez, Orán, Melilla…), se produce la victoria española del peñón
de Vélez de la Gomera. Esta toma de plazas es casi siempre sucedida por la
pérdida y la nueva toma de las mismas en lo que constituirá a lo largo del
siglo XVI una especie de tejido de Penélope, hilando y deshilando agotadora-
mente. Las tropas y dotaciones españolas están por lo tanto curtidas y son de
una veteranía envidiable. Los temidos tercios desharán brillantemente a las
tropas de élite, los jenízaros, en diversas ocasiones.
Malta, enclave dominado por la Orden del mismo nombre, será un objetivo
de los turcos por ser una de las llaves de acceso al Mare Nostrum. En 1565 los
Caballeros de Malta resistieron heroicamente un prolongado asedio que deja a
la Orden al borde de su desaparición al morir en combate la casi totalidad de
los caballeros y quedar sin pertrechos y naves.
A la muerte de Solimán en el asedio a una plaza húngara, su heredero Selim II,
pese a la mala noticia, consigue sembrar el pánico en Venecia, pero cometió
una serie de errores, inclinándose la República decididamente contra ellos.
El 17 de febrero de 1568, Selim II firma la paz con el Imperio germánico,
que paga una cuantiosa fortuna para no verse asaltada, para enfado de la
Monarquía Hispánica. En 1569 se produjo un pavoroso incendio en el Arsenal
de Venecia, que envalentonó aún más a Selim II pero que, pese a lo aparatoso
del incendio, no tuvo trascendencia en el ámbito naval.
Por su parte, Selim II, sultán del Imperio otomano desde 1566, culmina
uno de sus principales sueños estratégicos desembarcando en 1570 en Chipre,
verdadero cuchillo veneciano en la garganta turca. Esta idea concebida en
200 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Medalla conmemorativa de la concordia religiosa en el Imperio (c. 1548).
(Museo Naval de Madrid)
1561, conllevará la ocupación parcial de Chipre en 1570, acudiendo una flota
cristiana para socorrer a la isla. La escuadra estaba integrada por parte de la
Santa Sede por 12 galeras al mando de Colonna. Los venecianos aportan el
grueso con 136 galeras, 11 galeazas y otras 14 naves, al mando de Zante. Del
lado español, la contribución fue, bajo el mando de Andrea Doria, de 50 gale-
ras. Hay que destacar que la diplomacia veneciana juega en aquel momento
todas las cartas y, mientras negocia con Selim II, apoya la creación de la Liga
Santa.
El almirante Pialí, con 150 galeras, deja al general Mustafá con un impor-
tante ejército el día 1 de julio de 1570, para iniciar el asedio formal de Nicosia
el día 22. El 14 de agosto se produce la derrota de las galeras de la Orden de
Malta, a las órdenes de San Clemente, al que por cierto alguna mano negra le
pasó factura, pues murió estrangulado y arrojado al Tíber en el propio Vati-
cano.
Unos días después, el 20, se reúnen en Otranto Colonna y Doria para
acudir a Suda, en Creta, ante la reclamación urgente del almirante veneciano
Zante, pues ya se aproxima el otoño que hará inviable el manejo de una escua-
dra de galeras a golpe de remo. Finalmente, llegan el 31. El 3 de septiembre se
produce una reunión de los mandos cristianos que, pese a disponer de una
importante flota, están muy temerosos de los turcos. Juan Andrea Doria al ver
que no es posible el acuerdo entre las fuerzas navales cristianas decide regre-
sar a Sicilia. En el regreso a sus bases, los venecianos pierden 14 galeras en
un temporal. La controvertida decisión de Andrea Doria se basó en la estima-
2021] 201
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
ción de que las fuerzas turcas eran superiores y en el hecho de que las galeras
venecianas presentaban una limitada potencia de combate, mal mantenidas,
mal armadas y con dotaciones poco preparadas. Para hacernos una idea del
volumen de la flota cristiana de socorro, su capacidad artillera era de 1.300
cañones, los soldados llegaban a 16.000 y a 30.000 los marineros. El 9 de
septiembre de 1570, tras heroica resistencia, cae Nicosia.
En octubre ambas flotas regresan a sus bases; recordemos que habitual-
mente de octubre a mayo ambas flotas invernaban por la climatología adversa
en espera de la siguiente campaña. Por ello es destacable la audacia de plan-
tear el combate naval de Lepanto un 7 de octubre, fecha que estaba al límite
del período de empleo de las galeras.
Finalmente, en agosto de 1571 cae Famagusta en Chipre, tras el largo asedio
que venía sufriendo desde septiembre de 1570. El 25 de mayo de 1571 se habían
firmado las Capitulaciones para formar la Liga Santa. La flota cristiana que
pretendía ayudar a los heroicos defensores de Famagusta conoce la caída de la
ciudad el 4 de octubre de 1571.
En el extremo occidental, en España en 1568, en el afán de la Monarquía
de quitarse de encima los peligros internos, la población musulmana empren-
dió una guerra en las Alpujarras, en Granada, enclave musulmán dentro de la
Península. La lucha durísima, con apoyo corsario por mar de los berberiscos,
tendrá un joven líder que será posteriormente nombrado para capitanear la
armada cristiana en Lepanto: Juan de Austria, hermanastro del rey.
En términos generales, al aproximarse el momento histórico que desembocó
en la batalla naval de Lepanto, las naciones europeas se posicionaron, mediante
un calculado análisis político y estratégico de sus opciones. En la época, cada
nación (término distinto al Estado-nación posterior) mantenía sus propios intere-
ses, independientemente del lado religioso en que estuvieran. Catalina de Médi-
cis, en Francia, reanuda la alianza con los turcos. Maximiliano, pese a ser Habs-
burgo y ante el peligro que supone tener en la frontera de sus dominios al
enemigo, prefiere no cargar con más obligaciones. Recordemos que Albania,
Grecia, Croacia, Hungría… ya están bajo el Imperio turco. Isabel Tudor se
mostrará en contra de la Liga por temor a que España saliese aún más reforza-
da, y por no tener el más mínimo ánimo de apoyar al papa.
En Italia la situación era muy compleja. Por ejemplo, los ducados de la
Toscana y Ferrara se muestran partidarios de España, pero más por miedo que
por convencimiento. Además de estos, España tiene como parte de sus reinos
Sicilia, Nápoles, Milán y Cerdeña. Como aliados: Florencia de los Médicis,
Mantua de los Gonzaga, Módena —que al igual que Ferrara es gobernada por
los d’Este—, Parma de los Farnesio, Saboya y Génova. Asimismo, España
controlaba y mantenía las bases navales de Orbitelo, Porto Ércole, Santo Stefa-
no, Talamone, Porto Longone, L’Ausedonia y Toscana, además de la plaza de
Melilla, pues entonces Ceuta era todavía portuguesa.
202 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Consecuencias de Lepanto
El resultado, pese a la negatividad imperante en la bibliografía tanto hispa-
na como italiana cambió y mucho el devenir de ambos bandos, aunque hubo
un período inicial posterior a la batalla de esfuerzo turco por recuperarse y
expandirse.
Hay que señalar que si se habla de un Imperio de la Monarquía Hispáni-
ca, el otomano no se parecía ni de lejos a este. Los otomanos tenían una
serie de diferencias notables para hablar propiamente de imperio. En
primer lugar, no había un idioma común, como ocurría en España. Por otra
parte, nosotros teníamos una sola religión, y los turcos y sus territorios al
menos cuatro escuelas, enfrentadas a muerte, de las cuales suníes y chiíes
son las más conocidas, pero había además cristianos ortodoxos en Grecia y
maronitas en Líbano, judíos repartidos especialmente en Grecia, y casi
todos los territorios —griegos, kurdos, egipcios, marroquíes— tenían sus
propias formas de tolerancia religiosa, conviviendo todas ellas con mayor o
menor fortuna.
Por otra parte, extenderse hacia Asia, por parte otomana, tenía el obstá-
culo del Imperio safávida, profundamente antiotomano. Los safavíes eran
musulmanes chiíes frente a la mayoría suní otomana, de lengua persa,
originarios de Azerbaiyán, y sus enemigos principales eran los uzbekos. En
paz con los otomanos durante Lepanto, fueron decayendo por luchas intes-
tinas.
El Imperio de la Monarquía Hispánica tenía un único mando en Felipe II;
los turcos, una larga serie de cabecillas locales (beys, califas, sultanes, pachás,
muftíes...), muchos de ellos con plena autonomía del Imperio otomano, lo que
ocasionaba no solo enfrentamientos, sino desafecciones graves. La Monarquía
Católica por su parte contaba con una sola moneda; los turcos con varias y
muy diferentes. El sistema de mando turco era de vasallaje, alianza o dominio,
con las dificultades de ejercicio de un mando único efectivo.
La misión y los objetivos hispanos eran claros: un ejército profesional,
la lucha contra la piratería con base en las costas de Argelia, aseguramiento
de las líneas de la península ibérica con Italia y control del norte de África.
Los enemigos: europeos y turcos. Los turcos tenían enfrente a rusos, pola-
cos, húngaros, griegos, kurdos, pueblos de origen mongol, que dificultaban
enormemente, al igual que a los españoles el establecimiento de alianzas
duraderas.
Finalizado el combate, Sokolli, aparentemente, reorganizó la flota turca de
forma rápida y tomó territorios en los Balcanes, pero el triunfo de la Liga
Santa en Lepanto había terminado con la invencibilidad turca y el complejo de
inferioridad cristiano. Los turcos habían perdido la superioridad y la moral
de victoria.
2021] 203
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
El embajador de Francia observó en 1572 que esa flota otomana, aparente-
mente poderosa y renacida, adolecía de escasez de tripulaciones, presentaba
bisoñez en las mismas, sobre todo por la desaparición de sus tropas de élite
(los jenízaros), y tenía maderas de muy mala calidad, artillería de dudosa
eficacia y problemas de suministros de todo tipo. Aunque se produjeron victo-
rias musulmanas locales, nunca hasta siglos después volvería a darse un
combate de las proporciones de Lepanto.
Los españoles podían centrarse, por fin, en Flandes y ultramar; los turcos
veían amenazas por todas partes, empleándose en el mar Negro contra los
polacos, defendiendo las fronteras contra los rusos, teniendo que someter la
amenaza persa, tomando Bagdad, luchando frente a las rebeliones de jefes
militares territoriales y de los comerciantes.
La inflación en el campo otomano se desató, la paridad con la moneda
veneciana cayó al 50 por 100 de su valor, se sustituyó la plata por el cobre,
ocasionando rebeliones en Grecia y entre varios de sus aliados.
Dejaron los turcos de controlar el Mediterráneo, que además vio aparecer
dos territorios ajenos al mando otomano, Argelia y Marruecos, quedando
Egipto en su órbita con muchas dificultades. El Índico en manos portugue-
sas fue una pérdida importante, impactando en el comercio con India,
Omán, Yemen…
Se estancaron igualmente en la frontera con Hungría, haciendo una paz
duradera, apenas consiguiendo mantener a Grecia bajo su mando.
Podemos afirmar que Lepanto cambió todo; de entrada, trajo una paz en el
Mediterráneo que duraría hasta el siglo XIX. Los turcos continuaron en parte
del Adriático e islas jónicas y no pudieron controlar el Mediterráneo Occiden-
tal. Venecianos, holandeses y franceses volvieron a las andadas y pactaron con
la Sublime Puerta acuerdos comerciales, pero los venecianos se apoderaron de
muchos territorios anulando el poder turco. A finales del siglo XVII la amenaza
turca para Europa pasaba a segundo plano.
La alianza cristiana naufragó, pero el Imperio español hasta la Paz de
Westfalia en 1648 se acrecentó y consolidó, pese a bancarrotas, la situación
de Flandes y la piratería berberisca.
En el resto de colaboraciones de este número monográfico dedicado a
los 450 años de la incuestionable victoria de la Liga Santa, veremos todos
los pormenores que aquí, como capítulo inicial, hemos resumido sucinta-
mente.
204 [Agosto-septiembre
FELIPE II Y EL ISLAM
ANTES DE LEPANTO
Enrique MARTÍNEZ RUIZ
Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid
Instituto de Historia y Cultura Naval
Introducción
A bancarrota declarada en 1557 (1) por Felipe II
mostraba las dificultades de la Hacienda real y la
necesidad de recuperar la solvencia que permitiera
cerrar la guerra con Francia y prevenir posibles
contingencias en el Mediterráneo. En esa situación,
el rey recurrió a arbitrios diversos para reunir dinero
(enajenación de oficios, incautación de los caudales
de particulares que traía la Flota de Indias y otros
expedientes fiscales) y, de abril a junio de 1557,
ordenó sobreseer las libranzas y consignaciones
para obtener los fondos necesarios. Como compen-
sación, de 1558 a 1560 se entregaron juros en pago
de los asientos de la deuda vieja y como incentivo
para negociar nuevos préstamos, refinanciar la
deuda flotante acumulada, dar confianza a los asen-
tistas y tener liquidez, si bien a costa de incrementar
el endeudamiento de la Hacienda real.
Desde 1558 se estableció un impuesto bastante alto sobre la exportación de
la lana, se cobraron aranceles en la frontera portuguesa, se aumentaron el
almojarifazgo y los impuestos en los puertos vascos, además de incorporar las
minas de sal a la Corona y establecer el monopolio sobre las barajas de cartas.
Todo ello supuso un sensible aumento de las imposiciones al margen de las
Cortes, que también incrementaron el encabezamiento de 1561, al prometerles
(1) Sobre la bancarrota y sus consecuencias, ÁLVAREZ NOGAL, Carlos, y CHAMLEY, Chris-
topher: «La crisis financiera de Castilla en 1557-1577: fiscalidad y estrategia», en Crisis finan-
cieras en la Historia. Revista de la historia de la economía y de la empresa, VII, 2013, pp. 194
y ss.; y CARLOS MORALES, Carlos Javier de: «Crisis financiera y deuda dinástica, 1557-1627»,
en Cuadernos de Historia Moderna, núm. 42.2, 2017, pp. 503-526.
2021] 205
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
el rey que no impondría ninguna otra carga sin su consentimiento. Todas estas
medidas eran necesarias para acabar la guerra con Francia (la paz se firmó en
1559 en Cateau-Cambrésis), donde el calvinismo se expandía y las luchas de
religión comenzarían en 1562 (2). Pero la inminencia del peligro estaba más
al sur, encarnado por el islam en el Mediterráneo (3).
Malta, la «prueba de fuego»
Cuando Felipe II se encontraba aún en Flandes en guerra contra Francia y
el papado, se estaba produciendo en el Mediterráneo una ofensiva turca, diri-
gida por Pialí Pachá, almirante de la flota otomana desde 1553. Atacó en 1554
las islas de Elba y Córcega, y en 1555, con ayuda francesa, asaltó varias forta-
lezas españolas, algunas de ellas en Menorca.
El duque de Medinaceli, virrey de Sicilia, preparaba en 1559 una expedi-
ción para castigar a los piratas berberiscos y tratar de recuperar Trípoli, que
había sido cedida a los caballeros de la Orden de San Juan (4) junto con Malta
en 1551, y se había perdido cuatro años antes de plantearse su reconquista.
Base de Dragut desde 1556, Trípoli tenía gran valor estratégico, pues era una
de las llaves del Mediterráneo (5). Por el lado cristiano, Malta —desde donde
los caballeros de la Orden de San Juan desarrollaban una activa «piratería»
contra las naves turcas y berberiscas (6)—, las bases de las galeras en Nápoles
y Sicilia y el presidio de La Goleta constituían una línea defensiva contra la
penetración turca en el Mediterráneo occidental.
(2) Sobre las cuestiones financieras y hacendísticas, ULLOA, Modesto: La hacienda real de
Castilla en tiempos de Felipe II, Madrid, 1963 (tercera edición revisada, 1986); RUIZ MARTÍN,
Felipe: «Finanzas españolas en el reinado de Felipe II», en Cuadernos de Historia. Anexo de la
revista Hispania, núm. 2, 1968, pp. 109-173; y CARLOS MORALES, Carlos Javier de: El precio
del dinero dinástico. Endeudamiento y crisis financieras en tiempos de los Austrias (1557-
1647), dos volúmenes, Madrid, 2016.
(3) El libro de BRAUDEL, Fernand: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempos de
Felipe II, dos volúmenes, México, 1976, un auténtico «clásico», es de cita obligada para cual-
quier tema relacionado con Felipe II. Para la dinámica meridional del reinado, MARTÍNEZ RUIZ,
Enrique: Felipe II. Hombre, rey, mito, Madrid, 2020, en concreto en lo relativo a lo que deno-
minamos «el eje mediterráneo», caps. 8 y 12; para la dinámica naval, nuestro artículo «El
Mediterráneo, un mar de galeras», en Revista de Historia Naval, vol. 110, 2010, pp. 7-24.
(4) Sobre la Orden y los caballeros, por ejemplo, SIRE, Henry J. A.: The Knights of Malta,
Londres, 1993, y SEWARD, Desmond: Monks of War. The Military Religious Orders, Londres,
1995; y, sobre todo, MERCIECA, Simón: La Orden de San Juan de Jerusalén en Malta, Floren-
cia, 2014, cuyo capítulo 5 está dedicado al asedio de 1565, pp. 35-60.
(5) Vid. al respecto tanto TABAKOĞLU, Hüseyin Serdar: Akdeniz’de Savaş: Osmanli-Ispan-
ya rekabeti, Estambul, 2019, como WILLIANS, Phillips: Empire and Holy War in the Mediterra-
nean: The Galley and Maritime Conflict between the Habsburgs and Ottomans, Londres, 2014.
(6) EARLE, Peter: Corsairs of Malta and Barbary, Malta, 1970.
206 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Felipe II consiguió la alian-
za de Génova, Roma y de la
Orden de San Juan y, auspicia-
da por el pontífice, la flota
aliada se fue concentrando en
Mesina, compuesta por 50
galeras y 66 barcos auxiliares
al mando de Juan Andrea
Doria, pero se tardó demasia-
do en prepararla y pasó el
tiempo propicio para la
empresa. Cuando la expedi-
ción salió el 1 de diciembre,
una tormenta y una epidemia
entre los soldados obligaron a
la flota a refugiarse en Malta,
donde permaneció hasta febre-
ro de 1560. Para entonces,
alarmada por el movimiento
cristiano, Trípoli se había
reforzado. Cuando la flota
aliada estuvo nuevamente en
condiciones de hacerse a la
mar, su objetivo había cambia-
do y se dirigió contra la isla de
Djerba (Yerba o Los Gelves),
que fue conquistada con facili-
dad en marzo de ese año. La
réplica turca fue fulminante,
pues Solimán el Magnífico
envió 86 galeras al mando de Ré plica de un fanal de popa de los pertenecientes a
Pialí, que destruyeron la flota don Álvaro de Bazán. (Museo Naval de Madrid)
cristiana (7). «El resultado fue
una gran victoria otomana y la captura, por parte de Pialí, de numerosas naves
españolas… a cambio de muy escasas pérdidas. Solo unos pocos buques espa-
ñoles lograron escapar a Sicilia» (8).
(7) La expedición ha sido relatada pormenorizadamente por ONALP, Ertuğrul: «La expedi-
ción española contra la isla de Gelves en 1560», donde se cita una abundante bibliografía turca.
El trabajo se puede consultar en red.
(8) TABAKOĞLU, Hüseyin Serdar: «Guerra Santa en el Mediterráneo. La cruz contra la
media luna», en El Gran Sitio de Malta, núm. 46 de Desperta Ferro, junio-julio, 2020, p. 10.
2021] 207
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
El desastre cristiano de Los Gelves, superior a cualquier otro desde el
fracaso de Argel en 1541, hace que Felipe II se decida a concentrar sus esfuer-
zos en el Mediterráneo y en la construcción naval; unos esfuerzos que son
puestos a prueba en 1564, cuando García de Toledo carga con una flota contra
el peñón de Vélez de la Gomera y lo conquista fácilmente.
La respuesta otomana no se hizo esperar. A finales de marzo de 1565, Soli-
mán el Magnífico envió contra Malta una flota de unos 240 barcos al mando
de Pialí; Dragut (Turgut Reis) se incorporaría con 45 buques procedentes de
Trípoli, y Occhiali (Uluj Alí) llegó con seis galeras de Alejandría. Las fuerzas
de tierra (unos 28.000 hombres, la mayoría assapi, es decir, soldados de fortu-
na de servicio en las galeras) iban al mando de Mustafá Pachá, que sería el
comandante general de la expedición. La posición estratégica de la isla era de
gran importancia (9). Los preparativos de la movilización turca trascendieron,
de manera que ya a finales de 1564 García de Toledo advertía a Felipe II que
en Estambul se reunían miles de remeros y marineros, más unos 40.000 solda-
dos de todas las provincias del Imperio turco. También avisó al rey del desem-
barco turco en la isla, suscitando grandes dudas en el monarca español sobre
qué hacer, pues estaba reciente lo sucedido en Los Gelves y el rearme naval
español no se había concluido. A esto había que sumar la complicada logística
que una acción de esa envergadura exigía. Finalmente, el rey decidió interve-
nir. La reunión de la flota española tendría lugar en Mesina (Sicilia); empezó
en mayo y contó con «seis mil soldados españoles… y mil quinientos italianos,
a falta de los cuatro mil florentinos que embarcaba Doria, y… cuarenta galeras
y cuarenta y cinco naves comerciales, redondas en su gran mayoría y con muy
escasas piezas de artillería, que habían sido embargadas a particulares» (10).
En la isla tuvieron que hacerse trabajos defensivos con toda rapidez y en
muchos puntos les faltó consistencia. Los fuertes de San Telmo, en la península
de Sceberras, y de San’t Angelo, en el extremo del Burgo —Birgu— sobre el
mar, los bastiones de Castilla y Aragón, en el perímetro amurallado del Burgo, y
el castillo de San Miguel en Senglea eran las claves para la defensa (11). Unas
cadenas tendidas desde San’t Angelo hasta el espolón de Senglea y, en el extre-
mo opuesto de esta, otra barrera de cadenas que enlazaba con el bastión de
Aragón en el Burgo cerraban por ambos extremos el puerto de galeras. En el
interior de este, un puente de barcas unía el Burgo con Senglea. Las fuerzas
defensoras eran 300 soldados malteses, 500 caballeros, 500 soldados de la
escuadra de galeras, 200 soldados griegos y 400 mercenarios, en su mayoría
infantería española.
(9) BROGINI, Anne: Malte, Frontière de chrétienté (1530-1670), Roma, 2006.
(10) BUNES IBARRA, Miguel Ángel de: «El gran socorro de los tercios», en El gran sitio de
Malta, ya citado, p. 45.
(11) Sobre las defensas de Malta, HOPPEN, Alison: The fortification of Malta, Edimburgo, 1979.
208 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Los turcos desembarcaron tras superar algunas dificultades meteorológi-
cas, pero su ventaja la perdieron por las discrepancias entre Mustafá Pachá y
Pialí, quien se negó a secundar los planes de su jefe hasta que sus naves no
estuvieran en una zona segura. Mustafá cedió a las pretensiones de su subordi-
nado. Los navíos turcos anclaron en la bahía de Marsamxett, lo que algunos
han considerado un gran error táctico pues, además de retrasar las operacio-
nes, el fuerte de San Telmo se convirtió en el primer objetivo a batir y resistió
más de lo previsto por los invasores. Sin embargo, otros consideran que Pialí
no andaba descaminado, pues el objetivo principal era preservar la flota (algo
común en los planteamientos militares del siglo XVI) más que la conquista de
la isla. No es necesario decir que se desataron todos los horrores de la guerra y
por ambas partes se rivalizó en dureza y crueldad. Los turcos se estrellaron en
las fortalezas sufriendo cuantiosas bajas, entre ellas la del mismo Dragut, al
que alcanzaron las esquirlas de un cañonazo cuando asediaba con 16.000
hombres el castillo de San Telmo que, reducido a escombros, se rindió el 23
de junio. Pocos días después de la caída del fuerte, llegó a la isla el «pequeño
socorro» compuesto por 600 españoles e italianos veteranos, que en dos gale-
ras de la Orden de los Caballeros enviaba el virrey de Sicilia al mando de Juan
de Cardona. Con tales contingentes tendrían que continuar la resistencia del
fuerte de San Miguel, en Senglea, y del Burgo, cuya fortificación en muchos
puntos dejaba bastante que desear.
Precedido de un nutrido fuego artillero, los turcos sometieron Senglea el
15 de julio a un doble y duro ataque; al mando de Uluj Alí por mar y de
Mustafá Pachá por tierra, 8.000 soldados se lanzaron al asalto; las empaliza-
das que se habían levantado en la playa y las cadenas impidieron que las
naves alcanzaran las orillas y los soldados tuvieron que llegar a nado al pie de
las murallas, donde fueron diezmados por los disparos de los defensores.
También sufrieron bastantes bajas los turcos en el asedio al fuerte de San
Miguel. El 2 de agosto, Mustafá ordenó el asalto, que fue rechazado. El día 7
se registran nuevos ataques al fuerte y al bastión de Castilla, muy debilitado
por el bombardeo de que estaba siendo objeto, y cuando parecía que el Burgo
iba a caer en poder de los invasores, una salida de La Valette, gran maestre de
la Orden, y un ataque a la retaguardia turca con 200 hombres que llegaban del
interior, de Medina, rechazaron a los asaltantes. El agotamiento y las numero-
sas bajas minaron la moral de los otomanos, que no volvieron a realizar una
ofensiva de importancia hasta el 20 de agosto con el fuerte de San Miguel y el
bastión de Castilla como objetivos, obteniendo un nuevo fracaso. Cuando las
fuerzas de los defensores estaban al límite, se presentó la escuadra mandada
desde Sicilia por el virrey García de Toledo. Los 8.300 soldados que compo-
nían el contingente español desembarcaron el 7 de septiembre en la bahía de
Mellieha. Mustafá Pachá ordenó una retirada escalonada, destruyendo las trin-
cheras y embarcando la artillería de sitio; las fuerzas que le quedaban, unos
10.000 hombres, se concentraron en sus campamentos de Marsa y del monte
2021] 209
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Verso, posiblemente españ ol, del siglo XVI. (Museo Naval de Madrid)
de Sceberras. Las tropas españolas derrotaron a los otomanos, que hubieron de
replegarse, con un gran desorden, y Mustafá ordenó reembarcar y zarpar (12).
La retirada turca de Malta supuso un gran alivio para Europa. La buena nueva
de la liberación se expandió por el continente con rapidez; cartas de los protago-
nistas, manuscritos, impresos, relaciones diversas llegaron a todos los rincones. A
medida que se conocía el resultado, las campanas se echaban al vuelo. En
cambio, Solimán intentó vanamente ocultar en Estambul el fracaso de su armada.
Sin embargo, la escuadra española no estaba aún en condiciones de respon-
der a las exigencias del rey, como demuestra el hecho de que para formar la
flota de socorro hubo que dejar desguarnecida la costa meridional española,
donde fueron saqueados Motril y otros lugares por barcos tetuaníes.
La historiografía italiana, siguiendo a Pío IV, atribuye el éxito de la opera-
ción a los caballeros y a los italianos, pero Braudel lo reivindicó sin paliativos
(12) El asedio de Malta ha suscitado muchos ecos historiográficos, de los que podemos
citar, entre otros: CASSOLA, Arnold: The great siege of Malta (1565) and the Istanbul State
Archives, La Valeta, 1995; y Süleyman the Magnificent and Malta 1565. Decisions, Concerns,
Consequences, Malta-Siracusa, 2017; BROGINI, Anne: 1565, Malte dans la tourmente. Le
«Grand Siège» de l’île par les Turcs, París, 2015; BRADFORD, Ernle: The Great Siege. Malta
1565. Clash of cultures, Nueva York, 2014; DESPORTES, Catherine: Le Siège de Malte. La gran-
de défaite de Soliman le Magnifique, París, 1999; CAÑETE, Hugo Álvaro: Los Tercios en el
Mediterráneo. Los sitios de Castelnuovo y Malta, Barcelona, 2015; y VARRIALE, Gennaro: Arri-
vano li Turchi. Guerra navale e spionaggio nel Mediterraneo (1532-1582), Nápoles, 2014.
210 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
para Felipe II y los españoles, considerando el episodio como una «prueba de
fuego» para el monarca, que continuó impulsando el rearme naval. Solimán
murió el 5 de agosto, y su hijo Selím II decidió en septiembre de 1569 atacar
Chipre, posesión veneciana. Estamos en el pórtico del camino que llevaría a
Lepanto; pero antes de llegar, el camino pasó por las Alpujarras granadinas.
La sublevación de los moriscos granadinos
En los inicios de la década de 1560, los moriscos en la Península consti-
tuían una amenaza, pues había serias dudas de su conversión y continuaban
apegados a sus costumbres, idioma y vestimentas, que estaban prohibidas;
muchos de los que se convertían apostataban, y existía una tolerancia permisi-
va para los que se negaban a bautizarse; además, sus contactos con los enemi-
gos de la Monarquía Hispánica suponían un peligro tal que Défourneaux los
consideró como una «quinta columna».
Carlos V les concedió en 1526 un plazo de cuarenta años para integrarse
plenamente en la sociedad cristiana, sin que se avanzara gran cosa, pues la
situación en Granada (13) se mantenía por las discrepancias entre las autorida-
des: la capitanía general fue heredada por los Mendoza; la habían ocupado
sucesivamente los tres primeros marqueses de Mondéjar, que mantenían
buenas relaciones con los moriscos y estos encontraban en ellos protección
contra la Audiencia y la Inquisición. En 1543, Íñigo López de Mendoza, cuar-
to conde de Tendilla, se convierte en capitán general cuando su padre es
nombrado virrey de Navarra y, en 1546, presidente del Consejo de Castilla;
pero la posición de los Mondéjar se debilita entre 1545 y 1560, reduciendo su
trascendencia en la Corte sus rivales, los Fajardo, liderados por el segundo
marqués de los Vélez (14).
Al mismo tiempo, la situación de los moriscos empeoraba. Su economía se
basaba sobre todo en la industria sedera, perjudicada cuando en los años de
1550 se prohibió la exportación de tejidos de seda y por la subida de impues-
tos después de 1561. Este declinar económico coincide con una actividad
creciente de la Inquisición, establecida en Granada en 1526; obstaculizada
inicialmente por los capitanes generales, cuando el poder de estos decae el
Santo Oficio incrementa su actuación a partir de 1550, sobre todo, y confisca
numerosos bienes de los moriscos, que tienen otro obstáculo en la Iglesia
(13) Acerca de los moriscos en general, DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio, y VINCENT, Bernard:
Historia de los moriscos. Vida y tragedia de una minoría, Madrid, 1978. Sobre los moriscos
granadinos, CARO BAROJA, Julio: Los moriscos del Reino de Granada: ensayo de historia
social, Madrid, 1976.
(14) Sobre el personaje, SÁNCHEZ RAMOS, Valeriano: El II marqués de los Vélez y la
guerra de los moriscos, Almería, 2002.
2021] 211
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
granadina, cuyo clero había quedado prácticamente abandonado a su propia
iniciativa por el absentismo episcopal, de forma que solo sabe ganarse el
rechazo de quienes debía convertir. En 1546, ocupa la sede el arzobispo Pedro
Guerrero (15), que comprende que es más urgente la reforma del clero que la
evangelización de los moriscos; pero, aunque lo intenta convocando un síno-
do (16) de los obispos de Málaga, Guadix y Almería, no consigue gran cosa.
No faltaron iniciáticas moriscas para tratar de aliviar la presión que se ejer-
cía sobre su comunidad. El Memorial presentado en 1567 por Francisco
Núñez Muley, noble morisco granadino, mostraba los rasgos culturales de su
etnia como típicos granadinos y sin peligro para la Corona y para la sociedad
cristiana, pero sus gestiones y otras que intentaron algunos de sus correligio-
narios no tuvieron éxito, pues en la Corte se impusieron los partidarios de actuar
con decisión, postura por la que se inclinó Felipe II (17) al publicar el Decreto
de 1 de enero de 1567 que planteaba el dilema asimilación/represión (18). Pe-
dro de Deza, presidente de la Audiencia granadina, estaba especialmente inte-
resado en la publicación del Edicto, pensando que aumentaría su autoridad en
perjuicio del capitán general, pues su familia, partidaria de Juana la Beltrane-
ja, mantenía una rivalidad con los Mendoza, incondicionales de Isabel, desde
el reinado de los Reyes Católicos. También tenía intereses en el Edicto el
presidente del Consejo de Castilla, el cardenal Espinosa, rigurosamente orto-
doxo, que desconfiaba de la complacencia del capitán general. En el caso de
Felipe II, la publicación tenía varias motivaciones, como eran el bandoleris-
mo de las Alpujarras (19), las acometidas de los berberiscos, la rivalidad con
los turcos y el temor a una sublevación morisca en contacto con los
otomanos.
La publicación del Edicto alarmó a los moriscos. En el primer año, no se
exigió un cumplimiento riguroso, pero se produjeron alborotos y ataques pirá-
ticos que el presidente de la Audiencia comunicó a Felipe II, quien ordenó la
aplicación estricta de las prohibiciones. Mondéjar fue a Madrid y advirtió al
(15) HERRERO GONZÁLEZ, Carmen, y SANTAPAU PASTOR, Mari Carmen: «La formación del
arzobispo granadino Pedro Guerrero en el siglo XVI: Teología y Humanismo», en Berceo, núm.
163, 2012, pp. 101-264.
(16) MARÍN OCETE, Antonio: El arzobispo don Pedro Guerrero y la política conciliar
española en el siglo XVI, Madrid, 1970; y del mismo autor, «El Concilio provincial de Granada
de 1565», en Archivo teológico granadino, 1962 (en red).
(17) Sobre el rey y los moriscos, BENÍTEZ SÁNCHEZ-BLANCO, Rafael: «La política de Felipe II
ante la minoría morisca», en BELENGUER CEBRIÁ, Ernest (coord.): Felipe II y el Mediterráneo,
vol. 2, Madrid, 1999, pp. 503-536.
(18) BENÍTEZ SÁNCHEZ-BLANCO, Rafael: «Felipe II y los moriscos, el intento decisivo de
asimilación, 1559-1568», en Estudios de Historia de Valencia, Valencia, 1978, pp. 183-201.
(19) Sobre esta dimensión del bandolerismo, VINCENT, Bernal: «El bandolerismo morisco
en Andalucía (siglo XVI)», en Awqraq. Estudios sobre el mundo árabe e islámico contemporá-
neo, núm. 4, 1981, pp. 167-178.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
rey de que si no se derogaba se produciría una sublevación, y no andaba
descaminado (20).
Los conspiradores moriscos se reúnen en Cádiar en septiembre de 1568 y
acuerdan elegir como jefe a Fernando de Córdoba y Valor, caballero veinti-
cuatro de Granada, que se decía descendiente de los omeyas y que cuando fue
proclamado rey pasó a llamarse Abén Humeya (21). En su entorno empieza a
formarse un ejército, formado por los gandules —milicias urbanas organiza-
das por barrios compuestas por jóvenes— y los monfíes, moriscos persegui-
dos que huían y se unían a las partidas de bandoleros en las zonas rurales. El
mando supremo recae en Farax Aben Farax, descendiente de los Abencerrajes,
nombrado alguacil mayor. Faltos de armas y mayoritariamente campesinos, su
capacidad ofensiva era limitada, pero recurrieron ampliamente a la guerrilla,
lograron el concurso de los «aventureros» berberiscos que acudían a la llama-
da de la guerra santa y, a partir de 1569, gracias a la ayuda de Argel y de
Túnez con el beneplácito y el concurso de Turquía, se incorporaron gran
número de argelinos, turcos y berberiscos, lo que permitió formar un ejército
regular (22).
El día de Navidad de 1568, Farax Aben Farax entra en el Albaicín con dos
capitanes monfíes buscando apoyos para sublevar la ciudad; pero no lo consi-
guen, y para paliar su fracaso se dividen en cuadrillas y saquean algunas
casas. En su retirada, proclaman que la Alhambra y el Albaicín están de su
parte, lo que provoca el alzamiento campesino en la vega y en las Alpujarras,
donde se cometieron crueldades y sacrilegios. En Cádiar, en la madrugada del
24 de diciembre, fueron muertos el capitán Herrera y 40 jinetes mientras
dormían. Así empezaba una guerra pródiga en crueldades por ambas partes.
Abén Humeya envió embajadas a Argel y a Constantinopla pidiendo armas
a cambio de su sumisión a Turquía. Mondéjar reunió unos precarios escuadro-
nes y salió en campaña, logrando vencer a los rebeldes, pero no resultó nada
definitivo y ha de volver a Granada, dejando en Órgiva 2.000 infantes y 100
caballos. Por su parte, el de los Vélez es atacado por Abén Humeya y unos
5.000 moriscos en Berja, pero es derrotado; el marqués llega a Adra, donde
esperaba ser reforzado para su segunda campaña; el 30 de julio penetra en la
(20) Un relato de la guerra y mapas ilustrativos de su desarrollo en CASTILLO FERNÁNDEZ,
Javier: «Las operaciones militares», en Desperta Ferro, La Guerra de las Alpujarras, núm. 25,
2016, pp. 20-29.
(21) En varias ocasiones, los sublevados tuvieron que superar sus disensiones internas,
nunca bien cerradas. Vid. SÁNCHEZ RAMOS, Valeriano: «La guerra desde dentro: los bandos
moriscos en el alzamiento de las Alpujarras, en Actas del VII Simposio Internacional de Mude-
jarismo, Teruel, 1999, pp. 507-522.
(22) Sobre el apoyo exterior, BUNES IBARRA, Miguel Ángel de: «La ayuda exterior a los
moriscos. El Magreb y el Imperio otomano», en Desperta Ferro. La guerra de las Alpujarras,
n.º 25, 2016, pp. 44-48.
2021] 213
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Alpujarra con 12.000 infantes
y 400 jinetes. Ante la falta de
coordinación en el mando,
Felipe II decidió unificarlo en
la persona de su hermanastro,
Juan de Austria, que estaría
asesorado por un consejo resi-
dente en Granada, y el mando
militar, bajo su dirección, se
repartiría entre Vélez, que
actuaría en la zona cercana a
Murcia, y Mondéjar, que lo
haría en el resto del territorio.
Luis de Requesens embarcó
con el Tercio de Nápoles, una
compañía del de Milán y otra
del de Piamonte, llegando a
Adra con unas 30 galeras de la
escuadra de Nápoles y diri-
giéndose a Baza para reunirse
con Juan de Austria. Sancho
de Leiva, con las galeras de
España, patrullaba por la cos-
ta, y en 1570 se apoderó de
Frigiliana y Castell de Ferro,
dejando a los moriscos sin la
conexión con Berbería.
Mientras, el consejo en
Escultura de Miguel de Cervantes Saavedra Granada, siguiendo las órde-
(1547-1616), soldado de los tercios de Infantería nes reales, ordenó la reunión,
españ ola embarcada. (Museo Naval de Madrid) una vez desarmados, de los
moriscos de la capital en sus
parroquias para ser conducidos fuera del reino (23 de junio de 1569): 3.500
fueron sacados en una sola jornada, y los de la vega, temiendo algo parecido,
huyeron a la montaña. Al mismo tiempo, el mando morisco se dividió: mien-
tras Abén Humeya era partidario de resistir y alcanzar una paz digna, otros
querían internacionalizar el conflicto con la participación decidida de los
turcos.
Abén Humeya entró en contacto con Juan de Austria para conseguir una
negociación, pero sus correligionarios consideraron que eso era una manifes-
tación de debilidad, provocando la reacción de los oficiales turcos contra el
rey morisco, que fue asesinado. Sin embargo, el lado cristiano no pudo impul-
sar las operaciones por la rivalidad Mondéjar-Vélez; aquel es reclamado a la
214 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Corte por el rey, y el bando del 1 de octubre de 1569 proclama la reanudación
de la guerra a gran escala. El vacío de poder morisco lo cubre Abén Aboo, que
introduce en su consejo a turcos y decide probar suerte atacando Órgiva, pero
resulta un desastre.
La guerra sufrió un recrudecimiento a partir de 1570. Juan de Austria se
había quejado a su hermanastro de la lentitud con que se desarrollaba y pidió
ponerse al frente de las operaciones. Felipe II transigió, y Juan de Austria, al
mando de un contingente, se dirigió contra los moriscos de la zona del Alman-
zora, mientras otro destacamento entraría en las Alpujarras bajo las órdenes del
duque de Sessa. Con 8.000 infantes y 500 jinetes, Juan de Austria tomó el
castillo de Güéjar y marchó sobre Galera con Requesens: el 17 de febrero la
ciudad es tomada, arrasada y sembrada de sal. La conquista de Galera suponía
cortar las comunicaciones con la costa levantina y que los moriscos no pudie-
sen dominar la franja costera que permitiera un desembarco turco. Los contra-
golpes de Abén Aboo en la costa nada consiguieron y ha de iniciar unas nego-
ciaciones apremiado por el hambre, pues se puso interés en cortar sus
posibilidades de aprovisionamiento.
Al no llegar a un acuerdo con Abén Aboo, Felipe II decide que la guerra
continúe con la misma intensidad. En el mes de septiembre, Juan de Austria y
Sessa entraron con un ejército por Guadix, y Requesens con otro por la Alpu-
jarra. El 28 de octubre de 1570, el rey tomó la decisión clave: ante el peligro
de mantener concentrada a una población descontenta u hostil, ordenó que los
moriscos fueran sacados de su residencia y distribuidos por otras tierras, lo
que originó incidentes sangrientos en algunos lugares; los sometidos eran
escoltados por soldados en grupos de 1.500 y distribuidos por los pueblos
previamente establecidos, de acuerdo con las relaciones enviadas a los alcal-
des. Cumplida esta orden y guarnecida la Alpujarra, Juan de Austria y Reque-
sens se marcharon a Madrid y dejaron al duque de Arcos y a Diego Hurtado
de Mendoza, tío del marqués de Mondéjar, la tarea de pacificar los núcleos
rebeldes de la serranía de Ronda y de la Alpujarra. Abén Aboo, fracasado en
su intento de conquistar Almuñécar y Salobreña, fue asesinado el 15 de marzo
de 1571; las rendiciones de los insurgentes se sucedieron desde entonces.
La expulsión había sido considerada por Felipe II antes de la revuelta,
máxime a partir de 1566, cuando se temía que estallara al obligar a los
moriscos a abandonar sus costumbres. Con la guerra la deportación se olvi-
da, pero al alargarse el conflicto se plantea de nuevo, y desde 1570 es la
preocupación fundamental, si bien hasta el 1 de noviembre, en que se logra
controlar la situación, no se dio la marcha hacia Castilla (23). Establecido
(23) Acerca de la dispersión morisca, VINCENT, Bernard: «L’expulsion des morisques du
Royaume de Grenade et leur répartition en Castille (1570-1571)», en Mélanges de la Casa de
Velázquez, núm. 6, 1970, pp. 211-246.
2021] 215
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
el plan de dispersión en sus líneas generales, hubo que improvisar el
reagrupamiento de miles de personas y su marcha a centenares de kilóme-
tros, para lo que se necesitaban tropas de escolta y evitar el regreso de los
deportados.
Los moriscos eran reunidos en un solo edificio, preferentemente la iglesia,
y la mayoría de los comisarios tuvieron problemas, sobre todo en el este, al
producirse disturbios en las reuniones. La Corona había establecido un plan
relativamente simple: los concentrados en Ronda y Málaga se dispersarían
por Córdoba y Extremadura; los de Granada y Guadix saldrían hacia Albace-
te; los de Almería y Vera serían trasladados por mar a Sevilla; los comisarios
deberían avituallarlos por el camino y los soldados no cometer ninguna
violencia sobre ellos. Pero el plan teórico fue irrealizable por el número desi-
gual de moriscos de las diferentes zonas y por las condiciones materiales y
climatológicas. Solo los de Málaga y Guadix no sufrieron variación en su
recorrido.
Córdoba, Plasencia, Toledo, Albacete y Sevilla fueron los centros de recep-
ción por estar alejados de la zona del conflicto, evitando así la posibilidad de
vuelta, además de poder dispersar desde esas ciudades a los expulsos en todas
direcciones. En los desplazamientos se produjeron incidentes y dificultades de
avituallamiento. En Albacete no quisieron recibir a los de Vélez Blanco y
Vélez Rubio, por lo que fue necesario enviarlos a Toledo y Talavera; los de
Toledo fueron divididos en dos grupos, uno enviado a Segovia, Valladolid y
Palencia y el otro a Ávila, Salamanca y Zamora; en los demás sitios, los
moriscos fueron situados cerca del lugar designado. A partir de entonces,
los núcleos más importantes de esta etnia en Castilla estaban en el triángulo
formado por Sevilla, Murcia y Toledo.
Para corregir los defectos del reparto se preparaba una segunda distribu-
ción teniendo en cuenta el número de moriscos que podían recibir los nuevos
destinos y qué ocupación podrían darles. Las respuestas a las consultas que se
hicieron en este sentido llegaron en los primeros meses de 1571, pero el repar-
to no se realizó con el alcance deseado: los moriscos no se encontraban en
situación de un nuevo desplazamiento, la administración tampoco estaba en
condiciones de llevarlo a cabo y la coyuntura internacional desplazaba esta
cuestión a un segundo plano, por lo que fue preciso aceptar como definitiva la
situación existente en 1571.
Sobre el número de expulsos, se hicieron estimaciones fantásticas, hasta
que Lapeyre los estableció en unos 60.000, pero se pensaba que eran más.
Vincent (24) dio un cálculo más real realizado sobre las cifras de partida y
(24) VINCENT, Bernard: «Combien de Morisques on été expulsés du royaume de Grena-
de?», en Mélanges de la Casa de Velázquez, núm. 7, 1971, pp. 397-398.
216 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
estimó una cantidad entre 70.000 y 80.000; pero falta por determinar cuántos
llegaron a su destino, pues las bajas fueron numerosas, tal vez entre el 18 y el
20 por 100. El hueco que dejaron en Granada fue ocupado por 12.500 familias
cristianas, que se establecieron en 130 de las 400 villas que quedaron medio
despobladas. Muchos moriscos huyeron a la sierra y, convertidos en monfíes,
aterrorizaron a los repobladores cristianos en zonas como la sierra de Gádor y
el río Almanzora (25).
(25) SÁNCHEZ RAMOS, Valeriano: «Repoblación y defensa en el Reino de Granada: campe-
sinos-soldados y soldados-campesinos», en Chronica Nova, núm. 22, pp. 257 y ss.; y BARRIOS
AGUILERA, Manuel, y SÁNCHEZ RAMOS, Valeriano: La repoblación del Reino de Granada tras
la expulsión de los moriscos, Granada, 1986.
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Pendó n de la batalla de Lepanto. Museo de Santa Cruz. Depó sito de la Catedral Primada
de Toledo (Arzobispado de Toledo). © David Blá zquez
218 [Agosto-septiembre
EL ASCENSO DEL IMPERIO
OTOMANO
David GARCÍA HERNÁN
Catedrático de Historia Moderna
de la Universidad Carlos III de Madrid
N efecto, tal y como remarcan las fuentes, tanto de
la propia época como de lo mucho que se ha escrito
sobre el tema por los historiadores en los cuatro
siglos y medio que nos separan del hecho decisivo
de Lepanto, una gran amenaza se cernía sobre la
cristiandad con el ascenso del todopoderoso Impe-
rio otomano. De hecho, se podría decir que, en
realidad, a lo largo de la historia de todas las
épocas, ha sido el único imperio de origen asiático
que ha amenazado la Europa Occidental; algo ya,
de por sí, bastante singular.
Como singulares eran también otras característi-
cas de este gran poder que venía de Oriente y que,
en el otoño de la Edad Media, ya presagiaba una nueva época de luchas y
enfrentamientos en el Mediterráneo. No era la menor de esas singularidades
su disposición geoestratégica, tan importante o más que su creciente expan-
sión desde comienzos del siglo XIV. Estaría situado entre los tres continentes
conocidos hasta ese momento a este lado del Atlántico: Asia, África y Europa,
con todo lo que eso suponía de contacto de múltiples corrientes políticas,
económicas, sociales y culturales. Y además, tanto por su posición geográfica
como por sus fundamentos jurídicos y su idiosincrasia no se situaba, como
veremos, en la línea de los imperios islámicos.
Un imperio en expansión
El origen del Imperio turco se encuentra en el pueblo guerrero de los
turcos osmanlíes, unas tribus nómadas que se habían emplazado al noroeste de
Anatolia debido al empuje producido por la expansión de los mongoles. Los
otomanos u osmanlíes, islamizados en el siglo XIII, serán, con el tiempo, la
nueva fuerza del islam en detrimento de árabes y bereberes. Osmán fue el
fundador de la dinastía, ya que era un gazí o guerrero de la fe, de la fe suní
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
dentro del islam. En poco tiempo, la dinastía otomana pudo extender su área
de influencia política desde sus pequeñas posesiones situadas al noreste de la
península hasta gran parte del Asia Menor. Osman logró importantes conquis-
tas en Éfeso, Esmirna y Magnesia, que facilitaron a los otomanos el muy
provechoso acceso al mar Egeo.
Su sucesor, Orkhán, consolidaría la supremacía turca osmanlí en el Egeo y
en el mar de Mármara, tomando lugares tan señalados como Nicea o Nicome-
dia. El emperador bizantino Andrónico III intentó entonces contener el irresis-
tible avance turco, pero fue derrotado en la batalla de Pelecano (1329). El
sucesor de Orkhán, su hijo Murad, se apoderó de Adrianópolis e invadió
Macedonia y Bulgaria. Una invasión que completaría, a su vez, su sucesor
Bayaceto quien comenzaría una importante presión sobre Constantinopla a
través de un bloqueo de suministros (que, de momento, fue salvado gracias
a la ayuda veneciana), y quien terminaría la ocupación efectiva de toda la
península de Anatolia a finales del siglo XIV. Los reinos europeos comenza-
ron, con razón, a preocuparse ya por el peligroso y hasta ese momento impa-
rable avance del Imperio otomano.
Era evidente que la toma de Constantinopla iba a ser la prueba de fuego
para saber si los turcos, que habían logrado superar los ataques del conquista-
dor mongol Timur Lenk, seguirían siendo una temible alianza. Sería en el
reinado de Mehmet II, quien acaudillaba un ejército de 80.000 hombres, cuan-
do se daría el golpe final, a pesar de sus legendarias murallas, a la emblemáti-
ca capital bizantina. Los bizantinos no pudieron soportar el ataque terrestre y
naval, con el apoyo de una artillería pesada hasta entonces nunca vista. Se
había eliminado el último reducto del ancestral Imperio romano, y comenzaba
una nueva era. Nadie podría asegurar en aquel momento que al legendario
imperio no le sucediera, con el tiempo, esta nueva fuerza del islam. Europa
comenzaba a contener la respiración cuando miraba hacia oriente, el enemigo
turco estaba ahí…
Bayaceto II, que gobernaría como sultán entre 1481 y 1512, consolidó el
Imperio otomano y supo frustrar una rebelión safávida, pero los últimos tiem-
pos de su reinado estuvieron marcados por el enfrentamiento entre sus dos
hijos, Ahmed, el mayor, y Selim, quien finalmente le sucedería.
Con Selim I, pese a su relativamente corto reinado (1512-1520), se produ-
cen hechos fundamentales para la expansión del Imperio. Llegó al poder
después de una buena gestión como gobernador (de Trebisonda), y con la
aureola de excelente jefe guerrero que se ponía en persona al frente de sus
tropas, además de hombre de vasta cultura. Fue apodado en vida como Yavuz
el Terrible, no solo por las soluciones drásticas que daba a los problemas (en
sus dos primeros años de gobierno, después de haber derrotado y ejecutado a
Ahmed, se dedicó a exterminar a todos los miembros de la dinastía otomana
que pudieran tener algún derecho al trono), como por la violencia que
empleaba con sus subordinados.
220 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Expansión territorial otomana en los siglos XIV y XV. (Fuente: www.wikipedia.org)
Su campaña contra la Persia de los safávidas no se debe entender como
una lucha entre dos estados nacionales, los turcos otomanos contra los persas
safávidas, entre otras cosas porque estos apoyaban su potencia militar en las
tribus turcas semi-nómadas, además de que el chiísmo de los persas estaba
radicalmente en contra de la ortodoxia sunní de los otomanos. Con su afán
centralizador y queriendo acabar con el exitoso envío por parte de los safávi-
das de predicadores chiítas a la Anatolia oriental, tomó la determinación de
acabar con el sah de Persia con el envío en 1514 de uno de los ejércitos más
potentes y efectivos de su tiempo, tanto por la calidad de sus armas como
por la competencia de sus jefes. Tras la exitosa campaña, Selim ordenó
ejecutar a los prisioneros tomados, después de haber hecho exterminar a
unos 40.000 disidentes chiítas de Anatolia. Desde el punto de vista cultural,
la toma de Tabriz supuso la emigración a Estambul de muchos mercaderes y
artistas islámicos, lo que propició el esplendor cultural del reinado posterior
de Solimán.
2021] 221
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Posteriormente, las tropas de Selim se dirigieron contra el imperio de los
mamelucos del Próximo Oriente y Egipto, que, a la altura de 1516, representa-
ba la principal potencia del mundo islámico, y que no había colaborado como
se esperaba en la campaña contra Persia. Su disposición geográfica impedía
una comunicación directa entre las posesiones otomanas y suponía un obstá-
culo cara a futuras operaciones que se pudieran llevar a cabo de nuevo contra
el Irán, toda vez que se sabía que el sah de Persia había hecho proposiciones
al jefe de los mamelucos, Qanshu al-Ghuri. El ejército otomano se dirigió
entonces al sur, derrotando en Marj Dabiq, cerca de Alepo, a los mamelucos.
Y una vez que se cruzó el Sinaí, Siria y Egipto caerían fácilmente en poder de
los otomanos. Los efectos económicos y políticos fueron enormes. Los ingre-
sos de la rica tierra de Egipto harán del sultán uno de los soberanos más
potentes económicamente del mundo, a la vez que, dominando tan importan-
tes lugares santos del islam, incluyendo La Meca y Medina, se erigía en gran
líder de la esfera de influencia musulmana
(Fuente: www.wikimedia.org)
222 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
En 1519 el jerife de La Meca quiso hacer una alianza con los otomanos, y
un corsario otomano, que había llegado a ser señor de Argel, presentó su
sumisión al sultán. Se trataba de Jeredín Barbarroja, futuro gran almirante y
verdadero fundador de la gran potencia naval otomana en el Mediterráneo.
Selim, autodenominado entonces «Protector del islam», había conseguido,
a partir de un estado que estaba a punto de la desintegración, establecer un
gran imperio (con el doble de territorios de los que había recibido), sobre tres
continentes, erigiéndose en el único heredero de Bizancio y de Bagdad al
mismo tiempo, y con la vista puesta en Irán y en la desaparición del sha. Un
imperio que, a pesar de su evidente decadencia a partir del siglo XVII, se va a
mantener por cuatro siglos.
Las bases del poder otomano
El secreto para fraguar aquel inmenso imperio turco, además de los prime-
ros logros militares, era el del éxito administrativo a partir de un sistema de
impuestos que valoraba muy bien lo que cada parte del imperio podía aportar.
Un sistema que hacía tributar desde el primer momento a las tierras recién
conquistadas como base para su consolidación dentro del imperio. Ante la
enorme cantidad de etnias, culturas y religiones de su enorme imperio, los
turcos tuvieron que hacer un gran esfuerzo de centralización e integración. La
cuestión era respetar las características de todas esas variantes, manteniendo
una cierta unidad en la superestructura del imperio.
Los turcos asimilaron varias tradiciones jurídicas y, muchas de ellas
completamente ajenas al mundo del islam, lo que obligó a sus dirigentes a
hacer algunas concesiones que pusieron de manifiesto el pragmatismo de los
dirigentes del nuevo estado. Se reconoció el derecho en vigor de los territorios
conquistados, con tal de que ese derecho se considerara indispensable para el
buen funcionamiento del Estado. Con este sistema, los sultanes sabían que
iban a encontrar menos oposición entre los vencidos, además de que la econo-
mía imponía, en algunos casos, el respeto a las tradiciones jurídicas anteriores
(por ejemplo, en las minas de oro y plata de los Balcanes). Eran, pues,
también razones de tipo económico las que dictaban esta cierta tolerancia.
Todo esto limitó algo la capacidad de los soberanos otomanos para ostentar
el poder como auténticos príncipes absolutos. Los turcos constituyeron unida-
des autónomas étnico-religiosas (que mantenían su propia lengua, religión y
organización interna) denominadas millet. Su jefe, con importantes atribucio-
nes en cuestiones de educación o justicia, por ejemplo, respondía de la lealtad
de la comunidad ante la autoridad turca centralizada.
La población total del imperio se ha estimado para principios del siglo XVI
en casi ocho millones de individuos. Y en ese estado multinacional y de dife-
rentes religiones, los dirigentes y la ley fundamental eran obligatoriamente
2021] 223
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
islámicos. Ahora bien, no hubo por parte de la autoridad islámica una clara
política de islamización a la fuerza de las poblaciones judía y cristiana. El
porcentaje de jenízaros (tropas de elite reclutadas a base de cautivos cristia-
nos) era ínfimo, comparado con la población total cristiana del imperio.
Por otro lado, su efectivo sistema de administración civil se completaba
muy bien con su sistema de movilización de recursos para la guerra, incluso
por encima de los complejos métodos de asientos y de reclutamiento cristia-
nos. Hay que destacar aquí el devshirme, que gestionaba la incorporación de
jóvenes no turcos al ejército, permitiéndoles incluso que llegaran a altos pues-
tos del propio ejército o de la política.
Los más renombrados soldados turcos eran esas tropas de asalto llamadas
jenízaros, que ascendían a unos 12.000 en el siglo XVI. Cristianos cautivos en
su origen, como se ha dicho, se habían educado para la guerra en el palacio
del sultán y eran, junto con los tercios españoles, las fuerzas escogidas más
importantes de entonces en todo el mundo. Por sus servicios, podían ser
recompensados con un timar (dominio territorial) y tenían la posibilidad de
ascender a los puestos más altos de la administración.
Los llamados siphais eran también fuerzas de choque, esta vez de caballe-
ría, que tenían sus propios cuerpos de ingenieros y de artillería; y, desde
luego, muy compactas y efectivas.
Tanto los jenízaros como los siphais eran llamados los askeri (soldados y
oficiales que estaban exentos del pago de impuestos), que empuñaban armas
que nada tenían que envidiar a las de los cristianos. Incluso, los arcabuces de
los turcos eran de cañón más fino, pero mucho más alargado, lo que les hacía
tener una cierta mayor precisión en los disparos lejanos. Las armas que no
eran de fuego carecían del inmenso potencial de la pica española, pero los
alfanjes y sables turcos estaban entre los mejores aceros del mundo. Y, sobre
todo, hay que destacar a los arqueros, que se constituían en el arma más masi-
vamente empleada por el ejército otomano.
Por otro lado, los turcos comprendieron pronto la importancia de la artille-
ría y la utilizaron con profusión. Como sus conocimientos técnicos no eran lo
suficientemente avanzados, los sultanes reclutarían especialistas alemanes,
que suministraron estas terribles armas tanto al ejército como a la Armada.
Esta última, para su navegación en el Mediterráneo y mares adyacentes utili-
zaba la galera. El número de estas embarcaciones fue creciendo a lo largo del
siglo XVI hasta una cantidad verdaderamente impresionante (se podían llegar a
juntar más de 300 galeras para una operación), por los recursos que tenía el
imperio. La base naval por excelencia era Gallípoli, y su gobernador ocupaba
también el puesto de gran almirante de la Marina imperial.
De esta forma, el Imperio otomano podía presentar en los campos y mares
de batalla una máquina de guerra que, en la mayoría de las ocasiones, era muy
superior a la de sus enemigos potenciales. Y, en muchas ocasiones, cuando los
turcos habían dejado atrás los métodos medievales, sus enemigos se encontra-
224 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
ban todavía en el pasado; y es así como, por ejemplo, sucumbieron los safávi-
das de Persia y los mamelucos de Egipto, a principios del siglo XVI, a este
gran poder.
El sultán se situaba en la cúspide política de todo este conglomerado de
pueblos bajo una estructura estatal. Su poder en teoría era absoluto, tanto en lo
administrativo (aunque debía respetar las diferencias mencionadas), como en
lo religioso (califa o legítimo sucesor de Mahoma). De hecho, al sultán turco
se le va a considerar como el restaurador simbólico del califato abasí. Ahora
bien, un gran problema era su carencia de una bien definida estructura suceso-
ria, que no establecía un claro derecho de primogenitura. Las intrigas y las
conspiraciones estuvieron, entonces, a la orden del día, como podemos apre-
ciar en determinados casos en estas páginas.
Al sultán le asesoraba un consejo o diván, al que asistían los visires, una
especie de ministros. En el diván tenían entrada el juez del ejército, algunos
gobernadores de regiones importantes, el jefe de la cancillería imperial, el
comandante en jefe de la marina imperial y el de los jenízaros. El primer
ministro era el denominado gran visir, que, por supuesto, formaba parte del
diván y fue un cargo que ostentaron muchos hombres de talento. En las cues-
tiones hacendísticas tenía mucha importancia el impuesto individual que
pagaban los infieles (impuesto de tolerancia religiosa), la célebre, jyziah, así
como los derechos de aduana.
En cuanto a la administración territorial, el imperio fue dividido en más de
noventa circunscripciones o sanjaks, un tercio de ellas en Europa y los dos
tercios restantes en Asia. Al frente de cada una de estas provincias estaba un
sanjak bey, que era el jefe militar de la circunscripción y controlaba la adminis-
tración económica y la actividad urbana. También debía inspeccionar la admi-
nistración de justicia y tenía, asimismo, un pequeño diván para apoyar sus
labores de gobierno. Alrededor de estas instituciones había un cierto número de
agentes que controlaban la aplicación de las leyes, y se encargaban de que se
asegurara la presencia del Estado en todos los territorios del inmenso imperio.
Otra prueba del gran pragmatismo de la administración otomana es que,
con objeto de administrar lo mejor posible los ingresos del Estado, la elabora-
ción periódica de censos (se conoce la existencia de alguno anterior incluso al
siglo XV), permitía al gobierno seguir la evolución de la situación económica
hasta sus detalles. El arrendatario de impuestos, llamado amil, se ocupaba de
la recaudación, pero debía responder de que iba a realizar bien su misión a
través de varios avalistas. Un inspector de finanzas controlaba, a su vez, la
actividad del arrendatario de impuestos. El muhtesib controlaba, asimismo,
que todo el mundo observara las disposiciones de los reglamentos vigentes en
cuanto a impuestos.
Por su parte, la administración de justicia tenía dos dimensiones: la coráni-
ca y la civil, que se aplicaba en todas las cuestiones que no estaban previstas
en el Corán. Esta última no podía estar en contradicción con la primera. Hubo,
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
no obstante, una progresiva secularización del derecho debido en gran medida
a la abundante producción legislativa. Estos eran factores que, sin duda,
contribuyeron también a la estabilidad del Imperio otomano.
Las actividades económicas se basaban en el cultivo de la tierra. Además,
el ganado ovino era una actividad complementaria importante, que permitía el
abastecimiento de carne para la población musulmana, mientras que el porci-
no hacía lo propio para la cristiana. Los principales productos de la tierra eran
los cereales, las legumbres, las frutas, la vid, el olivo y las plantas textiles. En
las ciudades, había pequeñas manufacturas como jabonerías, fábricas de velas,
forjas, talleres de zapatería, etc., y también algunas ciudades tenían pequeñas
artesanías de armas. Además, el medio urbano solía disponer de albergues,
cabarets e incluso muchas tiendas que vendían todo tipo de artículos. Aunque,
en líneas generales, la administración otomana —también hay que decirlo—
va a ser incapaz de crear estructuras urbanas parecidas a las de Occidente.
En el medio rural, según la ley coránica, el sultán era el propietario de la
tierra y del subsuelo. Pero, para asegurar la puesta en valor de los dominios,
se cedían en usufructo a los campesinos, incluso, a veces, en dominio de
propiedad plena. Eso sí, con la posibilidad de que, llegado un determinado
momento, estas cesiones pudieran revertir otra vez, como hizo algún que otro
sultán, en el soberano. Por otra parte, para poner en cultivo una tierra el
campesino debía pagar a los funcionarios del Estado un determinado derecho,
además de la décima parte de su cosecha y otra serie de impuestos sobre los
molinos, el ganado, la pesca, etc. Incluso los matrimonios estaban sometidos
al abono de un derecho.
A pesar del pago de todos estos derechos, el campesino no estaba sujeto a
la tierra y podía abandonar su aldea cuando quisiera para buscar un futuro
mejor en otra parte. Aunque una minoría de campesinos, los ortakchï, no
disponían de esa libertad de movimientos. Además, había otra categoría social
más elevada en el campo, los llamados timariotes, a los que se cedía una tierra
con los derechos y tasas incorporados a ella, teniendo la obligación del servi-
cio militar y de la puesta en valor de su timar. El Estado se aseguraba así la
disposición de una caballería (en 1475 los efectivos de los timariotes llegaron
a alcanzar los 40.000 hombres) al tiempo que la explotación de un dominio
agrícola. Los timariotes estaban divididos en varios grupos según la importan-
cia del ingreso anual que les concedía el Estado.
La sociedad del Estado otomano no se puede considerar como la que en
Occidente se entiende por feudal. Cada trabajador no era un siervo de la
gleba, el timariote no era un propietario y no cultivaba sus tierras nada más
que de manera circunstancial y a cambio de unos ingresos en su mayoría de
carácter fiscal. Incluso se podría comparar con el simple campesino. El tima-
riote recibía los ingresos fiscales en calidad de servidor del sultán y el campe-
sino la tenencia de una tierra para asegurar, a través de los derechos debidos al
soberano, la subsistencia del primero.
226 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Palacio de Topkapi. (Fotografia facilitada por el autor)
Por otro lado, fuera ya del mundo esencialmente agrícola, los mineros
formaban una categoría socio-profesional particular, habida cuenta de las
numerosas explotaciones que, tanto en el marco rural como en las proximida-
des del urbano, abastecían al imperio de oro, plata, plomo y cobre.
La cultura va a gozar también de gran esplendor en el Imperio otomano.
Esta época es, sin duda, su edad de oro y vestigios de ella se pueden encontrar
por todas partes del imperio, especialmente en las grandes ciudades como
Bagdag, El Cairo, Sarajevo o Argel. La arquitectura es realmente impresio-
nante, como la mezquita de Al-Bakiriya, en Sanna (Yemen); o la no menos
espectacular de Damasco. Aunque lógicamente, la mayor muestra del urbanis-
mo y la arquitectura otomana es, lógicamente, la ciudad de Estambul. Una
ciudad que parece ser que tenía la impresionante cifra de 700.000 habitantes
en la primera mitad del siglo XVI, rodeada por una muralla de unos siete kiló-
metros. Dentro, destacaba el gran complejo de Süleymaniye, con su magnífica
mezquita, el palacio imperial de Topkapi (el famoso museo de hoy). La puerta
que daba entrada a este palacio (que era el alma del imperio), es también
famosa por la denominación con que los europeos conocían también a los
turcos, especialmente en el mundo diplomático, y que es utilizada hoy con
profusión por los historiadores: la Sublime Puerta o, simplemente, la Puerta.
2021] 227
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Sala del trono del Palacio de Topkapi. (Fotografia facilitada por el autor)
La época de esplendor y el miedo en Occidente
La época de mayor esplendor político del Imperio otomano será la de
Suleyman, que será conocido como Solimán el Magnífico, que gobernó el
imperio entre 1520 y 1566. Este poderoso sultán, al principio poco conocido,
pero al poco tiempo de acceder al trono respetado como soberano justo y
clemente, va a consolidar la obra de su padre, asegurando la paz interior del
imperio y extendiendo las fronteras de este a partir de los importantes medios
bélicos de que disponía.
Al contrario que su padre, la expansión de Solimán se dirigió hacia occi-
dente, contra sus enemigos más naturales, los «malhechores de Europa». A
través de negociaciones, consiguió una normalización de relaciones con el sah
de Persia y disuadirle de una posible acción contra el imperio otomano.
Poco después de ascender al trono, el sultán ofreció a Hungría el cese de
las incursiones turcas que habían comenzado a cambio de que ésta se sometie-
se a tributo. Los húngaros se negaron con la esperanza de encontrar ayuda
imperial en la Dieta de Worms, que se estaba celebrando en aquellos momen-
tos, en 1521. Desgraciadamente para ellos, toda la reunión giró entorno a la
reforma protestante y no pudieron obtener los húngaros los apoyos necesarios
para evitar que Solimán se apoderase de Belgrado en ese mismo año; pérdida
que quebraba de modo irremediable su línea defensiva meridional.
Los ingentes recursos del Imperio otomano permitían al sultán mantener
varios frentes abiertos simultáneamente. De este modo, pudo tomar con una
228 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
operación combinada naval y terrestre, la isla de Rodas, bastión de los caba-
lleros hospitalarios (que utilizaban como base de operaciones de piratería
contra las líneas marítimas de suministro del imperio), lo que confirmó el
dominio completo de los otomanos en las aguas orientales del Mediterráneo,
una especie de lago turco ya por aquel entonces.
En su vertiginoso avance, los turcos van a tomar también Belgrado. Pero
quizás el hecho más sobresaliente desde el punto de vista militar será la bata-
lla de Mohács (1526), por la que los turcos invadieron Hungría y se pusieron
en disposición de asaltar Viena. Es la llamada dirección continental o terrestre
de la expansión turca en esta época.
Por aquel entonces, henchido de poder, Solimán destacaba su sentimiento
de absoluta superioridad ante el monarca francés en sus primeros contactos
diplomáticos (que se materializaron en una alianza, como han calificado los
historiadores, contra natura). Escribía en 1526 a Francisco I:
«Yo, que soy el emperador de los emperadores poderosos, el príncipe de
los príncipes, el distribuidor de las coronas de los reyes que están sentados
sobre los tronos del mundo, la sombra de Dios sobre las dos tierras, el posee-
dor del mar Blanco y del mar Negro, el soberano de Asia y de Europa, de
Carmania, de Grecia, y de todo el país de Alejandro el Grande, el señor
de Diyarbakir, de todo el país de los kurdos…, de Persia, de Damasco, de
Alepo, de Egipto, de la Meca y de Medina, de Jerusalén y de Arabia Feliz y
religiosa y de [tantos] países conquistados por mis gloriosos ancestros…».
Solimán pondría cerco a la capital austriaca en dos ocasiones. Primero en
1529, con un potentísimo ejército de 120.000 hombres, pero abandonó tras 19
días de asedio por las imponentes murallas, la resistencia feroz de los asedia-
dos y las desfavorables condiciones climatológicas. Tres años después, en
1532, se dirigió hacia la ciudad, donde le esperaba el propio Carlos V al
mando del ejército defensor. Sin embargo, a 100 km de distancia, en la locali-
dad de Guns, la resistente guarnición allí apostada entretuvo al ejército otoma-
no durante un mes, lo suficiente para que el invierno se echase sobre ellos y se
viesen obligados, por tanto, a abortar la campaña. Las negociaciones diplomá-
ticas condujeron a una tregua y al mantenimiento del status en la zona. Pero
era un hecho que los turcos recibían ahora tributos de los príncipes cristianos
Fernando de Habsburgo y Juan Zapolyai (nuevo monarca húngaro puesto por
el propio sultán) y, sobre todo, que se habían plantado en las puertas de Viena
y amenazaban a toda la cristiandad.
Pero en realidad, cobraría todavía más importancia el frente marítimo
Mediterráneo en la pugna entre los turcos y la cristiandad. Barbarroja, con una
gran audacia, experiencia marinera y competencia táctica, había protagoniza-
do el importantísimo empuje de los turcos en el Mediterráneo occidental. En
1522, los caballeros de la Orden de San Juan deben abandonar, ante el avance
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
turco, la isla de Rodas y se establecen, gracias a la iniciativa de Carlos V, en la
semidesierta de Malta. Después de varias incursiones, Barbarroja consigue
conquistar Túnez en 1534, amenazando al propio sur de Italia, pero, un año
más tarde, es recuperado por las armas de Carlos V una vez que se tomó La
Goleta, el puerto fortificado de la ciudad. Sin embargo, los turcos van a
conservar dos bases importantísimas además de Argel: el Peñón y Djerba.
En 1538 los turcos y los berberiscos se enfrentan contra los venecianos y
otras tropas cristianas en el golfo de Arta, y les imponen su retirada dos años
más tarde del archipiélago del Egeo y de Morea. A pesar de los esfuerzos de
Carlos V por tomar la importantísima base de Argel en 1541, la empresa se
saldaría con una desastrosa retirada. Los años siguientes, con el recurrente
apoyo francés, los turcos seguirán enseñoreándose de esos mares pese a la
muerte de Barbarroja en 1546. El corsario Dragut, también diestro marino y
soldado, conquista Trípoli en 1551 y, posteriormente, el Peñón de los Vélez
(1554) y Bujía (1555).
Durante el gobierno de Selim II (1566-1574), de menor talla que su padre
Solimán como hombre de Estado, el imperio mantuvo, no obstante, su esplen-
dor territorial y organizativo. En parte gracias a los buenos oficios del jenízaro
Sokollu Mehmed Pacha, de alta talla política y que había escalado todos los
grados de la jerarquía militar y civil, quien dirigía realmente los asuntos del
Imperio.
Corte de Selim II. (Imagen facilitada por el autor)
230 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
El soberano, Selim II, con un régimen de gobierno orientado especial-
mente hacia el pragmatismo, se consideraba, no solo uno de los más impor-
tantes entre los del mundo, sino también rey de reyes, monarca supremo y
emperador. Y, de hecho, no reconocería nunca este último título al mismísi-
mo Carlos V.
Las fuerzas otomanas fracasarán en el intento de tomar Malta en 1565,
pero más tarde triunfaron en Chipre con un imponente ejército y una flota de
360 velas, arrebatando la isla a los venecianos; con lo que, junto a sus bases
en el norte de África, se reforzaba su posición dominante en el Mediterráneo e
infundía terror en los países europeos. No obstante, la conquista de Chipre en
agosto de 1571 tuvo también un efecto no calculado, particularmente por el
cruel asedio de Famagusta donde envalentonaron a las potencias cristianas por
los excesos allí cometidos. Las masacres que hicieron sobre la población cris-
tiana fueron un componente importante para el ardor con que combatieron los
soldados de la Santa Liga en la batalla de Lepanto.
Por su parte, en el otro lado del Imperio, ya lejos de Europa, se había lleva-
do a cabo también otra ambiciosa conquista, la de Mesopotamia e Iraq. Aquí
destacó con sus dotes excepcionales militares el gran visir Ibrahim Pachá,
seguramente el más capacitado de todos los grandes visires turcos.
Desde luego, la expansión había sido apabullante y, de hecho, aunque no
estuviera escrito, ahora se esperaba de cada sultán otomano, para continuar la
tradición, una conquista brillante. En el frente continental el empuje otomano
pudo contenerse gracias a las tropas de apoyo de Carlos V. Pero en el maríti-
mo, el Mediterráneo se iba a convertir en la segunda mitad del siglo XVI en un
mar terriblemente inseguro, no solo por los ataques piráticos de los propios
turcos, sino por los de sus aliados, los temibles reyezuelos de los puntos clave
del norte de África, particularmente los de Argel. Aunque también hay que
tener en cuenta que los cristianos se dedicaron con profusión semejante a la
guerra en curso. De cualquier forma, una de sus pretensiones resume muy
bien el evidente peligro para los reinos de la cristiandad. Los turcos se decían
verdaderos enemigos del Imperio romano de Oriente y hasta del antiguo
Imperio romano en su conjunto (algo que han subestimado los historiadores
occidentales durante siglos). En esa tesitura, nadie sabía a dónde eran capaces
de llegar. De momento, el tiempo de la víspera de Lepanto va a ser el de máxi-
mo apogeo del Imperio otomano. Negros nubarrones, desde luego, se vislum-
braban para los cristianos sobre el azul horizonte mediterráneo…
2021] 231
Revelació n a San Pío V de la victoria de la Santa Liga
en Lepanto, anó nimo. (Museo Naval de Madrid)
LA GUERRA HISPANO-ARGELINA
DE LOS 300 AÑOS
Mariano JUAN Y FERRAGUT
(Retirado)
Introducción
N los anales de la Historia, algunos conflictos son
conocidos por su duración en años. Así, tenemos la
Guerra de los Siete Años, otra de los Treinta Años e
incluso una de los Cien Años. Pero en el presente
trabajo nos ocuparemos de otra más larga, una de
trescientos años. Una guerra sangrienta y costosísi-
ma, a la vez poco divulgada y valorada, fue la que
España mantuvo con Argel —y en general contra
los corsarios turcos/berberiscos—, la más larga que
ha librado nuestra nación. Se inició en 1492, tras la
toma de Granada, y debía haber finalizado con el
tratado de paz hispano-argelino de 1786, pero
posteriormente, en 1822, Argel declaró la guerra a
España y hasta 1827 no se logró la paz. Y conse-
guirla fue un proceso que duró más de 60 años, lo que no nos debe extrañar,
pues es bien sabido que toda negociación con los islámicos suele estar eriza-
da de dificultades, interrupciones, silencios y afirmaciones poco claras. Son
duros compromisarios, con los que siempre se debe adoptar un tono amisto-
so, evitar cualquier tipo de enfrentamiento y tener paciencia, pues las deci-
siones no las toman apresuradamente y su concepto del tiempo es diferente al
de Occidente. En esa secular contienda, hubo un período de grandes luchas
cristiano-musulmanas o, si se prefiere, Este-Oeste, lideradas por el sultán
otomano y el rey de España. Esta gran guerra, en la que se enfrentaron
portentosas escuadras de galeras, se inició en 1538 con el desastre de Préve-
za, y su desenlace se decidió el día 7 de octubre de 1571, en aguas del golfo
de Lepanto, donde la Santa Liga, liderada por Juan de Austria, derrotó a los
otomanos.
2021] 233
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
La rendición de Granada, pintada por Francisco Pradilla y Ortiz, donde muestra al sultán Boab-
dil entregando la ciudad a los Reyes Católicos. (Foto: www.wikipedia.org)
Gracias a la rotunda victoria naval de Lepanto, Europa se salvó de los
turcos y se frenó su expansión en el mar Mediterráneo, siendo la primera de
las grandes batallas libradas tras la aparición de la imprenta, lo que propició la
rápida difusión por todos los confines del mundo. Esa gran victoria no termi-
nó con los corsarios berberiscos, en especial con los que operaban desde
Argel, ciudad que España fue incapaz de conquistar, fracasando todos los
intentos a lo largo de tres siglos.
El presente trabajo es nuestra modesta aportación en este número de la
REVISTA dedicado al 450 aniversario de la batalla de Lepanto, siendo el telón
de fondo del relato el mar Mediterráneo, cuyo significado, el «mar en medio
de las tierras», hace referencia a su carácter cerrado y proclive a la vecindad.
De hecho, desde la Antigüedad hasta avanzada la Edad Moderna ha sido el
crisol donde se gestó la mayor actividad económica, política, social y cultural,
estando las costas de sus países ribereños unidos por mar, medio que siempre
ha sido un elemento integrador y por el que no solo circulan mercancías, sino
personas que propician el cruce de culturas. En resumen, un universo entre-
mezclado y articulado pues, si bien en teoría existía una frontera entre el islam
y la cristiandad, esta era permeable gracias a las embarcaciones que lo surca-
ban, principalmente galeras, con su privativo mundo, y jabeques. Un variopin-
to crisol constituido por diversos grupos humanos con una lengua franca, que
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
fueron los actores de esa guerra de tres siglos: mercaderes y gente de mar,
cristianos y musulmanes, moriscos y judíos en ambas riberas, cautivos o
esclavos, forzados y renegados, órdenes redentoras: mercedarios y trinitarios,
y una maraña de espías, en especial en la red creada por Felipe II.
España y Portugal y sus zonas de influencia en el Magreb
Hasta el siglo XVI, la península ibérica fue prácticamente ajena a los aconteci-
mientos centroeuropeos, mientras que a través del estrecho de Gibraltar —apenas
ocho millas la separan de África— se sufrieron cuatro invasiones musulmanas.
La primera de Tarik, en el año 711, a la que siguieron la de los almorávides,
almohades y benimerines.
De los tres grandes reinos peninsulares, Aragón fue el que antes completó
la Reconquista, siguiéndole Portugal. La vía de expansión del primero fue el
Mediterráneo —Córcega, Sicilia, Nápoles, Túnez...—, y en 1311 los legenda-
rios almogávares de Roger de Flor, al grito de ¡Aragón y desperta ferro!,
marcharon en ayuda de Bizancio para frenar el avance turco en Asia Menor,
haciéndose con los ducados de Neopatria y Atenas, que mantuvieron para
aquella corona más de 70 años.
Portugal, por su parte, en 1415 se apoderó de Ceuta y se expandió por el
territorio del actual Marruecos. Tales conquistas provocaron protestas de
Castilla, como las de Alonso de Cartagena en el Concilio de Basilea, donde
argumentó que la Mauritania Tingitana debía pertenecer al rey castellano, el
sucesor de los reyes godos, de quienes en su día dependió esa región norteafri-
cana. Es decir: se veía con malos ojos que Portugal tuviera derechos de
conquista de las costas norteafricanas situadas frente a las andaluzas, cortando
a Castilla sus posibilidades expansivas hacia el sur.
En las disputas por la primacía en África, Portugal contó con el apoyo del
papa Nicolás V, que promulgó la Bula Romanus Pontifex (1454). Tal privile-
gio portugués fue sancionado en el Tratado de Alcazobas, en el que se recono-
ció a Castilla la soberanía de las islas Canarias y a Portugal la exclusividad de
la conquista del Reino de Fez. Sin embargo, en 1494 se firmó el Tratado
de Tordesillas, que autorizaba a los Reyes Católicos para hacerse con Melilla.
Al año siguiente, la Bula Ineffabilis del papa Alejandro VI reconocía a la
Corona Hispánica los territorios que pudieran conquistar del norte de África, y
así en 1497 se tomó Melilla.
Por otro lado, Portugal protestó por la toma española del peñón de Vélez
en 1508 por estar ubicado en su zona de influencia, pero tal ocupación fue
reconocida por el Tratado de Cintra de 1509.
2021] 235
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
(Mapa facilitado por el autor)
La ampliación de las fronteras de Castilla allende la mar
Castilla, el reino más potente de la Península, mantuvo la frontera con el
Reino de Granada prácticamente inalterable durante más de dos siglos. Inclu-
so se ha afirmado que si se reactivó la Reconquista para recuperar el Reino
nazarí, se debió a que tras la caída de Constantinopla (1453) resurgió en la
cristiandad el espíritu de cruzada. Sea como fuere, Castilla fue la última en
completar la Reconquista y en ampliar sus fronteras allende la mar. El papa
había reconocido a Portugal su derecho para conquistar el Reino de Fez y a
España el de Tremecén.
En 1497, fuerzas del duque de Medina Sidonia mandadas por Pedro de
Estopiñán, inicialmente preparadas para el tercer viaje de Colón, ocuparon
Melilla, que había sido abandonada por sus moradores hartos de ser raziados
por las tropas y mesnadas de los soberanos de Fez y Tremecén pues, al estar
en la zona fronteriza entre los dos reinos, ambos monarcas se la disputaban
como propia de sus dominios. La conquista española de la antigua Rusadir no
fue del agrado de Cristóbal Colón, que estaba alistando los preparativos de su
tercer viaje y haciendo frente a las dificultades para reclutar gente. Por ello,
236 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
protestó aduciendo su alto costo, su escaso provecho militar y las malas
condiciones del puerto de Melilla, neutralizado por los vientos de levante.
En 1509, apenas muerta Isabel la Católica, el cardenal Cisneros, de acuer-
do con el testamento regio —«... que no cesen de la conquista de África, e de
puñar por la fe contra los infieles»—, conquistó el puerto más importante del
Reino de Tremecén, Mazalquivir, y la ciudad aledaña de Orán. Siguió Bugía
por Pedro Navarro, quien también consiguió el vasallaje de Argel, Túnez y
Mostagán. Y después de conquistar Trípoli marchó contra Los Gelves, un
verdadero nido de piratas —entre ellos los que se convertirían en los famosos
hermanos Barbarroja—, donde esperó a ser relevado por García de Toledo,
que al frente de una importante fuerza expedicionaria sufrió el primer desca-
labro español en el norte de África, y no sería el último, pues Los Gelves
junto con Argel, fueron las dos «bestias negras» de nuestra política norteafri-
cana.
Los frentes geoestratégicos de España en el siglo XVI y la imparable ma-
rea expansionista turca
España se encontró con dos frentes, el Atlántico y el Mediterráneo, siendo
nuestro principal objetivo detener la amenaza del sultán de la Sublime Puerta,
que intentó someter a Europa mediante un doble envolvimiento o pinza, la del
eje del Danubio por tierra y la del mar Mediterráneo por el norte de África,
aliándose con la endémica piratería norteafricana, que tras la conquista de
Granada se convirtió en un pujante corsarismo berberisco. Y en el intento, el
sultán otomano incluso se vio apoyado por el rey Francisco I de Francia, perti-
naz enemigo de Carlos I.
El futuro emperador ocupó el trono de Castilla en 1516, y cuatro años
después accedió al sultanato Solimán I, que llevó al Imperio turco a su máxi-
ma expansión, abarcando desde Hungría hasta Persia y desde el Yemen hasta
las estepas rusas al oeste del mar Caspio, consiguiendo que la marea expan-
sionista otomana pareciera imparable. En 1521, el Magnífico conquistó
Belgrado y al año siguiente la isla de Rodas de los caballeros de la Orden de
San Juan. En 1529, asedió Viena y, al siguiente año, Carlos V cedió la isla
de Malta —así como Trípoli— a la Orden de San Juan, que pasó a denominar-
se Orden de Malta.
España acudió al auxilio de Viena, ciudad que, según Vicens Vives, ocupa
la situación estratégica más privilegiada de Europa, ya que el centro de nues-
tro continente es una gran llanura con dos principales cuencas hidrográficas:
la del Rin, el gran río occidental, y el Danubio, el gran río oriental. Todos los
grandes acontecimientos europeos han girado alrededor de estos ejes estraté-
gicos. Y en Viena «coinciden las dos grandes diagonales geopolíticas euro-
peas: NO. a SE., del mar del Norte al mar Negro, y NE. a SO: del mar Báltico
2021] 237
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
al Adriático». Y al mismo tiempo que fuerzas imperiales socorrían Viena,
paraban al fiero turco en Lepanto.
Argel, principal puerto de los corsarios berberiscos
A finales del siglo XV la costa de Berbería, situada en la parte del levante
del Magreb, albergaba numerosos enclaves portuarios cuyo medio de vida era
el corso. Los corsarios berberiscos, que mantenían contactos con los moriscos
de la península ibérica, asaltaban nuestras costas cautivando a sus gentes y
bienes, así como a las embarcaciones del tráfico marítimo cristiano. Tal situa-
ción quizás fue motivada como una reacción en contra del trato que recibían
los musulmanes que, tras la conclusión de la Reconquista, permanecían en
suelo español, pues las capitulaciones de la rendición del Reino nazarí solo
fueron respetadas siete años, ya que a partir de 1599 los Reyes Católicos orde-
naron a Cisneros una política más firme y el cardenal impuso unas medidas
represivas que, prácticamente, anularon la mayoría de los derechos que se les
habían garantizado.
Argel, sin duda, fue la más destacada no solo por el gran número de corsa-
rios que acogió y sus enormes pillajes a lo largo de casi tres siglos, sino
también por el modelo de sociedad que forjó, pues casi la mitad de su pobla-
ción estaba formada por esclavos.
El rey de Argel, así como el de Túnez, a raíz de las fulgurantes conquistas
de Pedro Navarro, se declaró vasallo del monarca español y en 1510 admitió
que los españoles ocuparan y fortificaran el llamado Peñón de Argel, un
pequeño islote frente a la bocana de aquel puerto guarnecido por un destaca-
mento español.
Posteriormente, en tiempos de Carlos V, Argel se convirtió en el centro
político más importante del Mediterráneo occidental gracias a los botines de
sus corsarios, cuyo número se incrementaba por la emigración a Berbería
de los moriscos peninsulares, así como por el protagonismo de una casta
peculiar: los renegados cristianos convertidos al islam. En el primer tercio del
siglo XV, a las referidas circunstancias se unieron la toma del poder por los
hermanos Barbarroja y la integración de Argel en el Imperio otomano, si bien
la soberanía de la Sublime Puerta sobre las regencias berberiscas, en la prácti-
ca, fue más nominal que efectiva.
Los hermanos Barbarroja
Los cuatro hermanos Barbarroja eran hijos de una esclava y un alfarero
albanés que, tras renegar del cristianismo, se habían asentado en la isla griega
de Lesbos. Aruj, el hermano mayor, fue el primero que se lanzó a piratear,
238 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
siendo capturado en 1503 por la Orden de San Juan, entonces asentada en
Rodas, pasando dos años como galeote hasta que logró escapar. En 1510 se
hizo con la isla de Los Gelves, frente a la costa oriental tunecina, también
conocida como Yerba o Djerba. Tras sus exitosas presas, los Barbarroja,
asociados con el dey de Túnez, atacaron las plazas españolas del norte de
África, y en la de Bujía, Aruj perdió un brazo. Pero su gran oportunidad le
llegó en 1516, cuando el rey argelino le pidió ayuda para expulsar a los solda-
dos españoles del Peñón de Argel. Aruj acudió presto pero, en vez de combatir
a los españoles a la primera oportunidad, estranguló al dey y suprimió violen-
tamente a sus opositores.
La isla de Malta: su importancia por su situación estratégica y por albe-
gar a la Orden de San Juan
Dotada de excelentes puertos naturales, situada estratégicamente al sur de
Sicilia y casi equidistante de las costas libia y tunecina, Malta controla las
rutas comerciales entre el mar Mediterráneo Occidental y el Oriental, así
como las que unen la península itálica y el norte de África.
En 1282 Malta pasó a formar parte de la Corona de Aragón. Tras la unifi-
cación de los Reyes Católicos, pasó a depender, dentro de la Monarquía
Hispánica, de la Corona de Nápoles.
En 1530, Carlos V cedió a perpetuidad el archipiélago maltés (Malta, Gozo
y Comino), a cambio del pago simbólico de un halcón anual, a la Orden de los
Caballeros de San Juan de Jerusalén, que en 1522 habían sido expulsados de
Rodas por los turcos. Esta Orden monástica militante, conocida desde enton-
ces como la Orden de Malta, estuvo gobernada por el gran maestre y el
Consejo —un régimen considerado como una república aristocrática y electi-
va— hasta 1798, cuando Napoleón Bonaparte, que se dirigía a Egipto, ocupó
Malta. La invasión francesa fue impopular y los malteses se rebelaron, reci-
biendo la ayuda de los ingleses, quienes finalmente se adueñaron del archipié-
lago en 1800.
La isla de Malta, en el centro del Mare Nostrum, ocupaba una posición de
gran importancia estratégica, sobre todo desde 1540, en que los corsarios
turco-berberiscos empezaron sus correrías contra los cristianos en el Medite-
rráneo Occidental.
En 1557 Jean P. de La Valette, caballero de la lengua de Provenza, fue
elegido 49.º gran maestre de la Orden y alentó los ataques contra embarcacio-
nes islámicas; durante el tiempo que ejerció tal cargo, sus naves apresaron
como esclavos a unos 3.000 musulmanes.
Malta pasó a desempeñar para los cristianos un papel similar al de Argel
para los musulmanes. Dichos enclaves se convirtieron en el contrapeso de
los dos poderes enfrentados y ambos resistieron los ataques enemigos. Así,
2021] 239
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
España no consiguió conquis-
tar Argel, y Malta resistió a
los ataques turco-berberiscos.
La conquista de Argel por
Aruj Barbarroja
En Argel la situación se
convirtió en explosiva al ser
su soberano tributario del Rey
Católico desde 1510, lo que
no era del agrado de una parte
de la población, en especial de
los andalusíes emigrados, que
vieron a los hermanos Barba-
rroja como sus libertadores. El
soberano argelino no tuvo más
remedio que aceptar la presen-
cia de Aruj, aunque a la vez
planeara la forma de librarse
de él con ayuda española.
Pero el mayor de los
Barbarroja fue más rápido: se
las arregló para asesinar a
Aruj Barbarroja. (Fuente: www.wikipedia.org) Selim y autoproclamarse emir
de Argel. Tal golpe de Estado
generó cierta resistencia en algunos sectores de la población, pero Aruj, bien
informado, volvió a adelantarse. Un viernes, aprovechando que tenía a todos
sus enemigos rezando en la mezquita, cerró sus puertas y mandó degollar a
veinte de los cabecillas de la oposición. Aruj se convirtió en dueño y señor de
aquella ciudad, que pasó de ser feudataria de España a convertirse en regencia
del sultán de Constantinopla. La nueva situación fue debida a que para frenar
el imperialismo castellano a los débiles enclaves magrebíes no les quedó otra
salida que entregarse al vasallaje de otro imperialismo, en este caso el turco,
sacrificando su independencia política con tal de conservar la propia identidad
religiosa y cultural.
Desde Argel —donde todavía el Peñón del puerto estaba en manos espa-
ñolas— los Barbarroja arrasaban las costas de la Península, Sicilia y Nápo-
les. Aruj, tras dejar a su hermano Jeredín al mando de la ciudad, emprendió
una carrera de conquista hacia el oeste, tomando Tenes y Tremecén —ciudad
hoy en día hermanada con Granada—, también tributarias de la Corona
Hispánica.
240 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Carlos I, tan pronto como desembarcó en España, tuvo conocimiento de la
gravedad de la situación y ordenó una expedición para recuperar Tremecén y
devolver el trono a su vasallo. Así, en 1518 Aruj fue sitiado por las tropas
españolas en la alcazaba de dicha ciudad. Consiguió evadirse, e incluso dio
otra muestra de su astucia al ir dejando caer en su huida joyas y dinero, pero
finalmente lo abatió el alférez García de Tineo, hecho que se rememora en el
escudo del concejo asturiano de Tineo, en el que figura en un cuarterón la
cabeza de un moro.
Jeredín Barbarroja, sucesor de su hermano Aruj
En Argel, Jeredín tomó el
relevo de su hermano. Y mien-
tras Carlos se coronaba empe-
rador y Solimán sitiaba Viena,
en 1529, el segundo Barbarro-
ja asaltó el Peñón de Argel,
terminando con la presencia
española. Uno de sus secuaces,
Cachidiablo, emprendió una
incursión en las costas españo-
las, haciendo multitud de
cautivos y batiendo cerca de
Formentera a la escuadra
de Portuondo (1529), capitán
general de las galeras de
Granada.
Solimán, descontento con
la actuación del almirante
turco, tras la toma cristiana de
Corón, nombró capitán-bajá
(almirante jefe) de la flota
otomana a Jeredín, quien en
1533, con una potente escua-
dra, entró en Estambul, dise- Jeredín Barbarroja. (Fuente: www.wikipedia.org)
ñando un plan para ocupar las
grandes islas del Mediterráneo
Occidental y desde ellas asaltar las penínsulas ibérica e itálica. El flamante
almirante realizó un sangriento raid contra las costas cristianas, y Francisco I,
el pertinaz enemigo de Carlos V, se unió a los planes turcos. Incluso se
proyectó un ataque conjunto contra Génova, pero al no cumplir los franceses
lo acordado, Barbarroja regresó a Argel, aunque antes saqueó Nápoles,
2021] 241
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
amenazó Roma y capturó Túnez, que después de derrocar a su dey, vasallo de
España, se convirtió en una regencia otomana. Con esa nueva conquista domi-
nó toda la costa de Berbería, desde Trípoli hasta Orán. La reacción imperial
no se hizo esperar, y Carlos V preparó la empresa marítima más brillante de
su reinado para reconquistar Túnez.
El primer fracaso español para conquistar Argel
El primer intento para tomar Argel se produjo tan pronto como Barbarroja
atacó el Peñón, que contaba con una guarnición de 200 hombres batida por la
artillería de la plaza. Su alcaide, el mallorquín Mosén Nicolau Quint, pidió
suministro de agua, pero desde España se estimó que se debía cortar de raíz
tal situación y se encargó a Diego de Vera —que había servido en Italia con el
Gran Capitán y con Pedro Navarro en África— que constituyera una armada
para apoderarse de Argel. Al poco tiempo, salió de Cartagena con cuarenta
velas y unos 8.000 hombres, en su mayoría bisoños reclutados en los campos
de Murcia.
El 30 de septiembre de 1516, se desembarcó en Argel, al abrigo del Peñón,
sin ninguna dificultad, ocupando sin oposición la ciudad. Pero fuera por exceso
de confianza o por negligencia, la caballería mora consiguió cargar, provocan-
do la huida hacia la playa de las tropas españolas, donde cundió el pánico. El
reembarco precipitado de Vera se saldó con la muerte de unos 3.000 hombres y
el cautiverio de 400. Tal triunfó convirtió a Aruj en dueño y señor de Argel.
Llamó a su lado a Jeredín, que estaba en Los Gelves, y a Mancete, otro herma-
no que permanecía en Lesbos, al que envió dinero para que reclutara una tropa
de jenízaros —niños cristianos capturados a los que convertían en fieros y
fanáticos guerreros que se inmolaban por el sultán— para que le sirviera de
guardia personal. Aruj se apropió de los reinos de Túnez y Tremecén después
de degollar sin contemplaciones a los jefes y a cuantos mandatarios le hacían
frente. También aumentó la flota de corsarios que desde Argel asolaban las
costas mediterráneas de España y desde Túnez las italianas.
Carlos V conquistó Túnez, pero no explotó el éxito y no atacó Argel
El césar Carlos era emperador y señor natural de sus dominios europeos.
Por tanto, para él las costas italianas y las españolas tenían la misma impor-
tancia. Todavía no se había «hispanizado», pero sí lo había hecho su esposa, la
bella y culta Isabel de Portugal, que tuvo un gran protagonismo político al
sustituir al emperador en sus frecuentes y largas ausencias de España. Ella fue
la principal artífice de la «hispanización» de Carlos V y se convirtió en la
abogada de los intereses españoles, por lo que no estuvo de acuerdo en
242 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
que la expedición fuera contra
Túnez en lugar de ir primero a
Argel. Pero el emperador no le
hizo caso. Así, en 1535, una
gran escuadra salió de Barce-
lona con el propio Carlos V a
la cabeza, y después de con-
quistar el fuerte de La Goleta,
tomó la ciudad de Túnez. El
botín recogido fue inmenso y
20.000 cautivos cristianos
fueron liberados. El empera-
dor entonces debió haber
explotado tal éxito marchando
contra Argel. Pero su gran
error fue dejarlo para una
mejor ocasión, que durante
siglos no se presentaría. Por su
parte, la reacción de Barbarro-
ja después de su descalabro en
Túnez fue retirarse a Argel,
después saquear Mahón y Carlos V retratado por Tiziano.
llevar a cabo razias contra (Fuente: www.wikipedia.org)
islas griegas e italianas. Segui-
damente expolió Rosas, Palamós, Cadaqués y Villajoyosa, fracasando todos
los intentos hispanos para aniquilarlo.
Formación de las Santas Ligas y el desastre de Préveza
En el período en el que se constituyeron las Ligas, calificadas de Santas
por estar alentadas por el papa, tuvieron lugar los enfrentamientos entre las
grandes escuadras de galeras cristianas y otomanas.
La primera Santa Liga moderna fue iniciativa de Pablo III, que logró poner
de acuerdo, a regañadientes, al victorioso Carlos V de Túnez y a Venecia, que
quería mantener a salvo sus rutas comerciales, si bien entre ambos reinaba la
desconfianza, mientras Francia pactaba en secreto con los turcos.
En 1537 se constituyó la Santa Liga por los Estados Pontificios, Venecia y
España; también aportaron fuerzas Génova y la Orden de Malta. Bajo el
mando de Andrea Doria se reunieron en Corfú unas 200 galeras con unos
50.000 hombres, además de numerosos transportes. Las fuerzas otomanas
comprendían unas 120 galeras y unos 12.000 hombres bajo el mando de Jere-
dín, virrey de Argel y gran almirante turco.
2021] 243
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Doria concentró su flota en Préveza —dentro del golfo de Arta, a unas 60
millas al sur de Corfú y cercana a Lepanto— y, a pesar de que tuvo noticias de
que la flota enemiga se aproximaba, mantuvo una actitud pasiva. Tardó en
salir, y cuando lo hizo sus galeras no pudieron desplegarse adecuadamente,
emitiendo una serie de órdenes confusas y contradictorias. Y ocurrió el desas-
tre, achacable a un indeciso Andrea Doria, junto a la falta de cooperación
veneciana. Entre los vencidos hubo muchas recriminaciones de unos contra
otros, pero lo cierto es que con una plena superioridad numérica de la flota
cristiana Jeredín Barbarroja le infligió una gran derrota. En Préveza se originó
el mito de que los turcos eran invencibles por mar, iniciándose el período de
máximo esplendor del Imperio otomano. Los sultanes Solimán el Magnífico y
Selim consiguieron extender su imperio por Europa, Asia y África, dominan-
do un territorio que hoy abarca a 41 países. Para su expansión se aprovecha-
ron de la lucha entre reinos cristianos, caso de España y Francia, y del terror
que aplicaban sobre sus enemigos, así como de su fuerza de choque: los
legendarios jenízaros.
El fracasado ataque a Argel de Carlos V y la «Política de Peñones»
En 1541, la reacción de Carlos V ante la derrota de Préveza fue ponerse al
frente de una gran expedición contra Argel, pues desde dicha plaza Barbarroja
continuó, a pesar de la derrota de Túnez, atacando las costas cristianas, a la
vez que contactaba con los moriscos, lo que constituía una amenaza más para
España, por lo que el emperador decidió conquistar Argel. El papa intentó
disuadirle planteándole que era primordial atacar a los turcos en el corazón de
Europa, ya que acababan de tomar Budapest. También Andrea Doria y el
marqués del Vasto trataron de que abandonara tal empeño, alegando que esta-
ban a las puertas del otoño y que se acercaba la época de los temporales. Pero
Carlos V emprendió la expedición.
La flota se concentró en Baleares, saliendo de Palma el 18 de octubre con
Carlos V y Andrea Doria, que era el almirante de la expedición, mientras que
la escuadra de Málaga, junto con los barcos del Cantábrico bajo el mando del
duque de Alba, salió con 15 galeras de Bernardino de Mendoza y unas 200
embarcaciones de todos los tamaños, llevando en ella a muchos nobles y
personajes destacados, entre ellos Hernán Cortés.
El total de la expedición eran 65 galeras y unas 300 naves de guerra y
transporte, 12.000 hombres de mar y para el desembarco 8.000 infantes espa-
ñoles, 6.000 alemanes y 6.000 italianos, además de 3.000 aventureros y 2.000
caballeros, más unos 4.000 soldados de dotación de las galeras.
Durante la travesía desde Baleares a Argel, se desató una tormenta que
hizo peligrar la flota. El 21 de octubre llegaron a las costas argelinas, pero el
mal tiempo hizo retrasar el desembarco. Los marinos más notables aconseja-
244 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
ron al emperador, sin éxito, que desistiera de la operación pues, además del
clima desfavorable, Argel había fortificado la costa.
En la amanecida del domingo 23, amainó el temporal y se desembarcó a
pocos kilómetros de Argel. Las tropas tuvieron que vadear un largo trecho con
el agua a la cintura, portando sus armas, impedimenta y víveres para tres días.
Al mediodía casi toda la tropa estaba en tierra, pero arreció el temporal, impi-
diendo el desembarco del material pesado, los caballos y los víveres.
El lunes los imperiales comenzaron su avance, hostigados por jinetes
magrebíes, divididos en tres grupos. Los españoles en vanguardia; en medio,
el propio emperador, con los alemanes mandados por el duque de Alba, y por
último los italianos, acompañados por 400 caballeros de Malta.
La ciudad estaba bien fortificada pero contaba con pocas tropas, unos 800
turcos y unos 5.000 moros y moriscos españoles. Los servicios de espionaje
habían informado de que al comenzar el ataque muchos esclavos se rebelarían
contra sus amos, pero el asalto se fue retrasando por falta de artillería de
asedio y herramientas de escalada.
Empeoró el tiempo, con lluvias torrenciales y vientos huracanados, que
derrumbaron las tiendas de campaña, embarraron el suelo y las tropas pasaron
la noche sin resguardo. Al día siguiente el clima iba a peor, y los argelinos
hicieron una salida de contraataque. Se libraron violentos combates, pero las
tropas del emperador consiguieron establecer el sitio y confiaban en asaltar la
ciudad.
El 24 y 25 de octubre se recrudeció el temporal, que originó el naufragio
de 150 naves cargadas de víveres, municiones y caballos. Las tripulaciones de
las naves naufragadas fueron pasadas a cuchillo por los argelinos. Muchas
consiguieron salvarse arrojando al agua la artillería y otros elementos pesados.
Doria reunió las embarcaciones supervivientes y las llevó al abrigo de un
fondeadero.
Un consejo de generales decidió levantar el sitio y reembarcar, lo que fue
aceptado por el emperador. Las tropas españolas protegieron la retirada. Una
vez Carlos V a bordo en las naves de Doria, Hernán Cortés le pidió que le
asignara tropas para asaltar Argel, pero este no aceptó la propuesta.
Durante el reembarque, que se terminó precipitadamente al volver a
empeorar el tiempo, se tuvieron que tirar los caballos al agua. Algunas naves
se estrellaron contra la costa y las supervivientes se dispersaron, unas a Orán,
otras a Italia, Cerdeña o España. Las galeras de Doria, en las que iba Carlos V,
recalaron en Bujía, donde permanecieron 20 días. El 23 de noviembre amainó
el tiempo y se dirigieron a Portus Magnum, actual bahía de San Antonio de
Ibiza, y posteriormente a Cartagena, donde llegaron a primeros de diciembre,
pudiéndose verificar que el emperador seguía con vida, pues se había difundi-
do el rumor de que había muerto en el ataque de Argel.
Para Carlos V el mar Mediterráneo fue secundario y la política que siguió
fue discontinua; solo se lo tomó en serio cuando se puso al frente de dos expe-
2021] 245
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
diciones navales: la que conquistó Túnez y la fracasada de Argel. Tal fiasco le
condujo a adoptar una estrategia de contención, y así se inició la denominada
«Política de Peñones», consistente en conquistar y fortificar puntos claves e
islotes en el norte de África para neutralizar los ataques berberiscos. Esos
enclaves eran muy difíciles de sostener, como lo fueron Los Gelves, el Peñón
de Argel (frente a la propia capital, perdido en 1529), La Goleta (frente a
Túnez), el peñón de Vélez de la Gomera, reconquistado definitivamente en
1564, y en la costa tunecina la isla de Tabarca, cuya población, en su mayoría
genoveses, fue trasladada a la isla Plana, frente a Santa Pola, en contra de José
de Vargas Ponce, que opinó que debía asentarse en Ibiza.
Esta «Política de Peñones» era complementada por los presidios, cuya
importancia estratégica era superior a la de aquellos. Con ocasión de la caída
de La Goleta, Cervantes en El Quijote da por buena su pérdida, ya que su
defensa suponía una sangría económica que no compensaba a la ventaja de
conservarla. Al cabo de tantos esfuerzos en hombres y en dinero, Carlos V se
encontró, al abdicar en 1555, que a levante de Orán no controlaba ningún
enclave ni territorio de la costa norteafricana.
La derrota de Préveza y la alianza franco-otomana
A raíz del descalabro argelino del emperador, el rey francés Francisco I vio
la oportunidad de batir a su odiado rival y pactó una alianza con Solimán: los
turcos atacarían por mar las costas españolas, mientras que por tierra los fran-
ceses arremeterían contra Cataluña. Pero la resistencia en Perpiñán desbarató
la operación.
Jeredín con su flota invernó en Tolón, pero no en calidad de aliado, sino
como amo y señor de aquel puerto. Exigió sueldo y alimento para sus
hombres, e incluso que se silenciaran las campanas de las iglesias para que no
les molestaran. Durante la estancia, parte de su flota realizó razias contra la
isla de Ibiza y la costa catalana y levantina. En 1544 regresó apoteósicamente
a Estambul, arrasando localidades y barcos cristianos que encontró a su paso.
Allí pasó su último año de vida dictando sus memorias y muriendo octogena-
rio en 1546. Como expresión de su gran prestigio, sirva su epitafio en el
Mausoleo Verde, en la orilla europea del Bósforo: «Esta es la tumba del
guerrero de la fe, el almirante Jeredín Barbarroja, conquistador de Túnez y
Argel. Dios lo tenga en su misericordia».
Dragut y sus fallidos ataques a Malta
El turco Dragut, que ejerció la piratería con gran ferocidad, fue un protegi-
do de Jeredín, quien en 1544 lo liberó tras permanecer cuatro años de esclavo
246 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Batalla de Préveza. (Fuente: www.wikipedia.org)
en las galeras de Juanetín Doria, después de pagar un fuerte rescate. Dos años
más tarde, tras la muerte de Barbarroja, su flota saqueó las costas de Calabria,
así como Cullera y Pollensa. En 1550, Doria le tendió una trampa en Los
Gelves, pero Dragut engrasó sus barcos y al arrastre salió al otro lado de la
isla, dirigiéndose a Constantinopla. En 1551, junto con el almirante turco
Sinán y una gran flota, invadió Malta con unos 10.000 hombres. A los pocos
días, ante la resistencia de los caballeros, detuvo el ataque y marchó a la veci-
na isla de Gozo, tomando como rehén a la práctica totalidad de la población,
unos 5.000 habitantes, para después dirigirse a Trípoli, de donde expulsó
fácilmente a la guarnición de los caballeros.
Los años siguientes fueron tranquilos para Malta y los corsarios de la Reli-
gión continuaron con sus presas. Por su parte, Dragut no cesaba en sus razias,
atacando las costas orientales de España en connivencia con los moriscos. Por
nuestra parte, si bien rechazamos un importante ataque contra Orán, fracasó
un intento para recuperar Vélez de la Gomera, lo que recrudeció el corso
berberisco, extendiéndose hasta Canarias y llegando a su cénit la hegemonía
otomana.
En España, en 1560, Felipe II proyectó la conquista de la isla de Los
Gelves con una flota de 54 naves y 14.000 hombres, entre ellos una amplia
representación de la Orden de Malta. La indecisión de Juan Andrea Doria y
del duque de Medinacelli —cabezas marítimas de la operación— permitió que
el almirante Pialí Pachá sorprendiera a la flota imperial. Los otomanos masa-
craron a 10.000 soldados que se encontraban atrincherados en tierra y otros
4.000 cristianos supervivientes fueron llevados a Estambul. Además, captura-
2021] 247
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
ron o hundieron la mitad de las galeras españolas, distinguiéndose Uchalí
—así se nombra en El Quijote al renegado calabrés Uluj Alí—, que se convir-
tió en el nuevo héroe berberisco. Por su parte, García de Toledo, que acababa
de relevar al fallecido anciano Doria, con una importante flota recuperó defi-
nitivamente el peñón de Vélez (1564), que desde entonces continúa bajo sobe-
ranía española.
En 1565, en este secular «toma y daca», los turcos acometieron el gran
sitio de Malta con una potentísima escuadra y una importante fuerza de
desembarco, a la que Felipe II, sabiéndose notablemente inferior, no se quiso
enfrentar, pues en caso de fracasar hubiera quedado todo el Mediterráneo a
merced de los turcos.
Sin que la escuadra cristiana corriera demasiado riesgo, un socorro deses-
perado de García de Toledo logró desembarcar en la isla. Con él, los turcos
fueron vencidos en tierra, con Dragut muerto, y en el asalto al castillo de San
Telmo levantaron el asedio y se retiraron. Uluj fue el encargado de transportar
su cadáver a Trípoli y se hizo cargo del gobierno de Argel.
Carlos V y Felipe II, por Antonio Arias Fernández. Óleo sobre lienzo (1639-1640).
(Museo Nacional del Prado)
248 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
El sitio de Viena y el gran asedio de Malta marcaron el fin del expansio-
nismo turco
Se esperaba que los turcos intentaran de nuevo la conquista de Malta, pero
Solimán emprendió la ofensiva terrestre atacando Hungría, donde enfermó y
murió (1566).
Mientras tanto, se iniciaba la rebelión en los Países Bajos y, dos años más
tarde, en las Alpujarras la de los moriscos. Los flamencos recibieron el apoyo
inglés, y los alpujarreños, afortunadamente, tuvieron escaso apoyo turco, a lo
que contribuyó la armada de Luis de Requesens, que protegía la costa grana-
dina para evitar la llegada de unos 4.000 turcos y berberiscos. Pero al final se
envió a Juan de Austria, que sofocó la rebelión.
Selim, el sucesor de Solimán, eligió otra vez la mar para proseguir los
ataques contra la cristiandad, pues si bien había perdido muchos hombres en
Orán, Malta y Hungría, dada la capacidad de sus atarazanas bien pronto contó
con muchas galeras, siendo su objetivo la neutral Venecia. En 1570, el almiran-
te Pialí atacó la isla de Chipre, un importante enclave de la Serenísima, mien-
tras que Uluj, rey de Argel, vio la oportunidad de reconquistar Túnez.
La constitución de la Santa Liga y la jornada de Lepanto
El papa Pío V, que desde su nombramiento venía postulando por la crea-
ción de una liga contra la expansión turca, hizo un llamamiento a las naciones
cristianas e incluso llegó hasta al sah de Persia.
Venecia, antes de la pérdida de Chipre, era reticente a formar una alianza
cristiana por ser su principal fuente de riqueza el comercio de las especias por
la Ruta de la Seda, que transcurría por territorios turcos; pero tras la pérdida
de Chipre, solicitó al papa la formación de la Liga.
España inicialmente se resistió, debido al abandono de Venecia y su firma
de paz con el sultán en la primera Liga. Si la pérdida de Chipre había inclina-
do a la Serenísima hacia la Liga, la rebelión de las Alpujarras hizo decidirse a
España, y Felipe II se avino al deseo del papa. Las demás naciones cristianas,
por diversas causas, rechazaron la oferta pontificia.
El 25 de mayo de 1571 se firmó en Roma la constitución de la Santa Liga
contra el Imperio otomano, correspondiendo el mando supremo a Juan de
Austria. Su duración era indefinida, y contaría con 200 galeras, 100 naves
de carga, 50.000 infantes y 4.500 caballos. España correría con la mitad de los
gastos, Venecia con dos sextos y Roma con uno.
El objetivo de 1571 era evitar la campaña naval turca del año siguiente;
por tanto, antes de la invernada de la flota había que destruir la del gran almi-
rante Alí Pachá. Tras la decisión de ir a su encuentro, ambas flotas se encon-
traron en Lepanto. No nos ocuparemos de la batalla, pues en otros trabajos
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
insertados en este número de la REVISTA se detallan sus pormenores bajo
varios puntos de vista. Solo mencionar que a bordo de la galera Marquesa iba
el soldado Miguel de Cervantes, de 24 años, los mismos años que Juan de
Austria. Al fragor de la batalla, el joven soldado resultó inútil de la mano
izquierda. En el prólogo a las Novelas ejemplares, Cervantes escribió: «Perdió
en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida
que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más
memorable ocasión que vieron los siglos pasados, ni esperan ver los venide-
ros, militando debajo de las banderas vencedoras del hijo del rayo de la
guerra, Carlos Quinto, de feliz memoria».
Tras la victoria de Lepanto el Mediterráneo permaneció a merced de los
corsarios
Tras Lepanto, las grandes batallas de galeras prácticamente desaparecie-
ron. Además, la apertura de nuevos frentes —en el Atlántico Norte para Espa-
ña y en Persia para la Sublime Puerta— acabó por absorber todos los recursos
disponibles.
Después de la victoria, al estar la estación muy avanzada, se dio por termi-
nada la campaña de aquel año. En 1572 murió Pío V, alma y motor de la Liga,
y aunque se temió que su sucesor Gregorio XIII no continuaría, se formó
nuevamente una gran armada que, bajo el mando de Colonna y Cardona,
mantuvo varias escaramuzas con la flota de Uluj en el cabo Matapán. Se les
unieron las galeras de Juan de Austria, consiguiendo bloquear a la armada
otomana refugiada en los puertos de Modón y Navarino. No se llegó al
enfrentamiento y, como el invierno ya estaba cerca, Juan de Austria ordenó el
regreso a sus bases. Por su parte, Venecia abandonó la Liga y firmó la paz con
el sultán.
Pareció que la victoria de Lepanto había sido inútil, pero no fue así. Los
turcos habían perdido su fama de invencibles y su expansión marítima quedó
frenada. En 1578, la Sublime Puerta aceptó una tregua con España y la paz
acabó por establecerse entre ambos imperios. Los corsarios berberiscos
perdieron el apoyo de Constantinopla, se espaciaron sus ataques a las costas
mediterráneas de España, y se inició un despegue comercial en estas tierras.
El Imperio otomano perdió su potencia naval, y su sueño de cerrar el Adriáti-
co, someter Venecia, ocupar Malta, Sicilia y Cerdeña e incluso provocar un
levantamiento generalizado de los moriscos españoles se esfumó.
Se produjo entonces el gran cambio estratégico de la política española. El
Atlántico, tanto por América como por el problema en Flandes, pasó al primer
plano en detrimento del Mediterráneo. Simultáneamente, lo mismo le ocurrió
al Imperio turco, al aplicar el esfuerzo a la India y Persia, que venían a ser el
Flandes de los otomanos, cementerio de hombres y dinero.
250 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Ese vacío de poder que dejaron las dos principales potencias mediterráneas
lo aprovecharon los corsarios, y durante un largo período dos enclaves tuvie-
ron un gran protagonismo: Argel, principal foco de los corsarios berberiscos,
y Malta, capital de los «corsarios de la Cruz».
Nuevo intento para tomar Argel
En 1601, Felipe III organizó una gran flota que se concentró en Mallorca,
formada por las galeras de España, Génova, Nápoles, Sicilia, Malta, el papado
y la Toscana, totalizando 74 naves y barcos auxiliares que transportaban más
de 10.000 soldados. Los informes proporcionados por los espías comunicaron,
una vez más, que muchos de los cautivos cristianos se rebelarían al realizarse
el ataque. La flota partió a mediados de agosto; funcionó el efecto sorpresa,
acompañó el clima y el 1 de septiembre las naves se presentaron ante la rada de
Argel, completamente desprevenida. El plan consistía en entrar directamente al
puerto (que estaba vacío) y asaltar la muralla pero, de forma inconcebible y
contra la opinión del resto de mandos, el almirante Juanetín Doria no se atrevió
a ejecutarlo. Poco después dimitió, pero el mal ya estaba hecho.
En 1603, Inglaterra proclamó el fin del corso y muchos piratas marcharon
a Berbería formando la «piratería anglo-turca», una alianza de protestantes y
musulmanes que con la excusa de combatir el catolicismo buscaban enrique-
cerse. Ese mismo año se inició el apogeo de la piratería berberisca tras la
expulsión de 300.000 moriscos de España. Destaquemos a los de Hornachos
(Extremadura), que camino al destierro engrosaron sus filas con marineros
andalusíes y fundaron la pirática República de Salé. Desde ese enclave, al
norte de Rabat, sus corsarios asolaron el tráfico marítimo que transcurría por
aquellas aguas.
El Levante español continuó despoblado por los «moros en la costa»
Con el siglo XVIII, la piratería, lejos de decrecer, se mantuvo e incluso
aumentó en algunos períodos, como en la Guerra de Sucesión en que perdi-
mos Orán, recuperado en 1732 con la expedición de Montemar.
Las tierras del Levante peninsular continuaron despobladas y sin cultivar
por el temor de los asaltos de los berberiscos. Las poblaciones costeras se
habían retirado al interior, construyendo nuevos pueblos a unos siete kilóme-
tros de la costa, para que los asaltantes no pudieran recorrer fácilmente ese
trayecto en una jornada, dar el golpe y regresar a bordo con el botín.
Testigos de aquel tiempo son las numerosas localidades asentadas tierra
adentro con el mismo nombre de sus homónimas de la costa. Por ejemplo:
Premiá de Dalt y Premiá de Mar, Arenys de Munt y de Mar, Vilassar de Dalt y
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
de Mar. Si bajamos Cataluña hacia el Sur, nos encontramos con Castellón,
Valencia y Gandía con sus respectivos graos; Pilar de la Horadada y Torre de
la Horadada; Mazarrón, Motril y Sóller con sus puertos respectivos. La isla
de Formentera, la tierra española más cercana a Argel (135 millas), estuvo
despoblada unos 200 años, e incluso Felipe II, antes de Lepanto, llegó a consi-
derar la evacuación de Baleares.
Una idea de esta intensidad hostigadora son las numerosas alarmas de
«moros en la costa» en el litoral de Cartagena, que en algunos años ascendió a
un centenar de avistamientos y donde todavía perdura una significativa conse-
cuencia: el traslado de su obispo a la ciudad de Murcia. Un cronista de la
época, Gerónimo Hurtado, nos lo explica así: «La cabeza de este obispado es
Cartagena y allí estaba la Catedral y el papa Inocencio V les dio indulgencia
para pasarla a la ciudad de Murcia donde está ahora, por el peligro de moros
de tierra y mar».
España vuelve los ojos al Mediterráneo. El ataque español contra Argel
de 1775
Con la llegada de los Borbones, España volvió los ojos al Mediterráneo,
intentando recuperar los territorios perdidos por el Tratado de Utrecht. En
1732, se reconquistaron Orán y Mazalquivir, perdidas en 1708 durante la
Guerra de Sucesión. Y a mediados del siglo XVIII, el marqués de la Ensenada,
al conocer los éxitos de mallorquines e ibicencos que por su cuenta perseguían
a los berberiscos con gran valor y eficacia utilizando las mismas embarcacio-
nes de los argelinos, introdujo el jabeque en la Armada e incorporó como
teniente de navío en el Cuerpo General al patrón Antonio Barceló, quien por
su valor y liderazgo llegaría a teniente general.
Carlos III decidió poner fin al mal endémico de la piratería. Así en 1775,
marchó contra Argel la poderosa escuadra de Castejón, transportando un cuer-
po de desembarco de 20.000 hombres del general O’Reilly que terminó en un
completo fracaso, con 5.000 bajas, incluidos cinco generales muertos y quince
heridos. Y el desastre no fue mayor por los jabeques de Barceló, que con sus
fuegos hicieron fracasar las cargas de caballería que atacaban al ejército en
retirada.
El Tratado de Paz hispano-turco
Durante el último tercio del siglo XVIII, uno de los objetivos de los sucesi-
vos gobiernos españoles fue la normalización de las relaciones con los países
musulmanes del norte de África, motivada por el deseo de una estabilidad
comercial, junto con la voluntad de acabar con el secular problema de los
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Mapa manuscrito español de la ciudad de Argel, donde se describen las acciones militares.
(Biblioteca Nacional de España). (Fuente: www.wikipedia.org)
ataques corsarios, en especial el argelino. En esa época todavía permanecían
en los emblemáticos «baños de Argel» centenares de españoles. Su número
total en los 300 años que duró el conflicto ascendió a más de un millón, (sin
incluir los muertos en tierra y en la mar), que fueron vendidos en los merca-
dos musulmanes de esclavos, o «amarrados a los duros bancos de las galeras
turquescas». El cautivo más famoso, Miguel de Cervantes, permaneció cinco
años en los baños hasta que fue liberado por la Orden de la Santísima Trinidad
y de la Redención de Cautivos tras el pago de 500 ducados.
En 1767 firmaba el Tratado de Paz con Marruecos el jefe de escuadra
Jorge Juan, nombrado embajador en aquella corte, cuyo sultán el año anterior
había tomado la iniciativa al enviar como embajador en Madrid a Sidi Ahmed
el Gazel.
Con respecto a Argel, Floridablanca decidió utilizar como intermediarios a
los trinitarios, ordenando al mandatario del Hospital Español, el padre José
Conde, que iniciara conversaciones con el diván (consejo general o de minis-
tros) sobre las posibilidades de un acuerdo de paz. El único que estaba por tal
labor era el miquilarche o ministro de Marina, pero como requisito previo
para el comienzo de las negociaciones el Gobierno español debería firmar la
paz con el sultán de Turquía. En consecuencia, España envió una embajada a
Constantinopla en un momento de gran recesión de la Sublime Puerta por su
desastrosa guerra con Rusia. Floridablanca designó como plenipotenciario al
alicantino Juan de Bouligny, que tras largas y delicadas negociaciones de casi
cinco años, llenas de dificultades y contratiempos, logró el ansiado tratado,
comprometiéndose el sultán a comunicarlo a sus súbditos de las regencias
berberiscas para que a su vez negociaran la paz con España. Argel se negó a
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
ello, aduciendo que el tratado
solo afectaba a la guerra por
tierra.
Por otro lado, en agosto de
1783 el brigadier de la Arma-
da Gabriel de Aristizábal fue
nombrado para una misión
relacionada con el tratado de
paz y amistad concertado por
primera vez entre España y la
Puerta Otomana (14 de sep-
tiembre de 1782), firmado en
Madrid y ratificado solemne-
mente en Constantinopla el
mes de abril del año siguiente.
Con tal ocasión, se aprestó
una división para ofrecer al
sultán los ricos presentes que
en demostración de amistad le
enviaba S. M. Católica, entre
ellos la magnífica tienda que
había utilizado Fernando el
Católico en la campaña de la
conquista de Granada. En abril
de 1784, salió Aristizábal de
Cartagena con los navíos
Triunfante y San Pascual, la
fragata Santa Clotilde y el
bergantín Infante. Desempeñó
El conde de Floridablanca retratado por Goya. la misión brillantemente y con
(Foto: www.wikipedia.org) todo acierto, por lo que fue
ascendido a jefe de escuadra.
Además, consiguió que sus oficiales levantasen planos y formasen derroteros
de aquellas costas tan poco frecuentadas y de todos los detalles y característi-
cas de la ciudad de Constantinopla.
Los bombardeos españoles contra Argel
Como ya hemos indicado, Argel se negó a firmar la paz. Para doblegar la
tozudez argelina, España decidió emplear la fuerza, y al año siguiente, 1783,
Antonio Barceló condujo a Argel una flota encabezada por el Terrible, con
otros tres navíos de línea, cuatro fragatas, nueve jabeques, tres bergantines,
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
veinte bombardas, diecinueve lanchas cañoneras y trece transportes. Tal flota
llevó a cabo un intenso bombardeo en ocho diferentes ataques y dejó la ciudad
en llamas y destruidos 22 barcos argelinos. A pesar de este castigo, estos no
cesaron en la actividad pirática y reconstruyeron la fortaleza de Argel. Como
se contaba que una sola acción no doblegaría a un enemigo de siglos, se
declaró rotundamente que los ataques proseguirían hasta que el enemigo
cediera. Así que en 1784 Carlos III ordenó a Floridablanca una nueva opera-
ción de represalia, que de nuevo llevó a cabo Barceló con su insignia en el
navío Rayo, acompañado por cuatro fragatas, tres bergantines, doce jabeques
y medio centenar entre cañoneras y bombardas. El primer bombardeo tuvo
lugar el 12 de julio y duró ocho horas, rechazándose los ataques de setenta
cañoneras argelinas. Después de una semana de castigo, Argel quedó devas-
tado.
En 1785, mientras se alistaba una nueva operación de castigo, el capitán
general de Baleares comunicó que, según el patrón mahonés Bartolomé Escu-
dero, los argelinos serían receptivos a una oferta de paz. Inmediatamente se
suspendieron los preparativos de la tercera expedición contra Argel. Pero el
nuevo plan de Floridablanca pecó del mismo defecto que el de la primera fase
de las negociaciones. Si entonces se había elegido al padre Conde y al portu-
gués Souza, ahora se optó, revestido del carácter de ministro plenipotenciario,
por José de Mazarredo, a la sazón capitán de la Compañía de Guardias Mari-
nas de Cartagena, y al francés conde de Expilly, al servicio de España, siendo
su misión preparar el camino y facilitar la llegada del marino para intentar
conseguir un acuerdo en el menor tiempo posible. Pero este plan fracasó debi-
do al alejamiento de Mazarredo de las instrucciones que había recibido y a las
intrigas y conspiraciones del francés.
Mazarredo salió de Cartagena con dos fragatas y dos navíos, y a los cuatro
días de su llegada a Argel fue recibido con grandes agasajos por los miembros
del diván, y en una hora se llegó a un acuerdo de paz. Mazarredo se encargó
de redactar los tres originales castellanos que debían traducirse al turco y que,
copiados al lado de los originales y una vez completado tal proceso, el dey y
el plenipotenciario español firmarían. Pero llegó tal momento y la traducción
no se había hecho y fue cuando comenzó la verdadera negociación. Pero la
ignorancia e ingenuidad no le permitieron ver a Mazarredo ni las maniobras
argelinas ni la acción de Expilly y el cónsul francés, y cegado por lo que él
creía un éxito inicial, no se ajustó a las instrucciones dadas, comprometiendo
al Gobierno español y a su hacienda. Así, a modo de ejemplo, digamos que
Mazarredo pensaba pedir una indemnización económica por los gastos ocasio-
nados en la expedición de 1775 y los bombardeos, pero aconsejado por el
cónsul francés en la primera reunión no lo mencionó y ahora se encontraba
con que el dey le solicitaba tres millones de pesos fuertes. Después de unas
prolongadas discusiones y regateos, Mazarredo aceptó el pago de un millón.
Pero el dey exigió que Expilly fuera el único interlocutor y, una vez retirado
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Mazarredo y tras cesiones por ambas partes, se firmó el ansiado Tratado de
Paz. Pero el engaño del francés había sido total, pues Carlos III había firmado
un acuerdo distinto al que rubricó el dey, siendo el cónsul español Manuel de
las Heras el que descubrió que de los 25 artículos del tratado solo 10 eran
coincidentes. Y además de lo comprometido por Mazarredo y de los regalos
ofrecidos por Expilly a los miembros del diván, hubo que pagar indemnizacio-
nes por la no entrega de municiones y otros materiales, así como por la libera-
ción de los cautivos españoles en Argel.
Pero si el coste económico fue grande —nunca sospechado por Florida-
blanca al comienzo de las negociaciones— el político también lo fue, en espe-
cial en lo referente a la situación de Orán, que años después (1792) práctica-
mente abandonaríamos debido a un terremoto y al precio que suponía
mantenerlo. En todo caso, la paz resultó positiva, consiguiéndose la normali-
zación de unas relaciones que habían sido bélicas durante trescientos años.
El 6 de junio 1822, el dey de Argel declaró de nuevo la guerra a España,
manifestando que a partir de tal fecha todo barco español sería atacado por los
corsarios argelinos y su captura considerada «buena presa». En esta ocasión,
el casus belli fueron unas supuestas deudas contraídas por españoles y unos
judíos en Orán y Argel. Y ante las capturas de un buen número de nuestros
barcos, una acción de fuerza se contempló como inviable debido a nuestra
total debilidad militar. Al respecto, recordemos que en España reinaba Fernan-
do VII en pleno trienio liberal, con el agravante de que nuestras arcas estaban
vacías. El ministro de Estado Cea Bermúdez estimó que se debía transigir a
las peticiones argelinas, enviándose en dos ocasiones negociadores españoles.
Pero al final, con el pago de 319.000 duros, en 1827 se puso fin a la guerra.
Ese mismo año se produjo un giro inesperado: el cónsul francés Deval tuvo un
serio incidente con el dey, quien llegó a golpearle el rostro con un cazamos-
cas, lo que originó un conflicto militar que, tres años después, concluyó con la
invasión francesa y el final de la regencia argelina.
Deval, indirectamente, había realizado un último servicio a España, ya que
lo más probable hubiera sido que unos años más tarde se hubiera tenido que
llegar a un nuevo acuerdo con Argel por cualquier otra excusa o desavenencia.
Es axiomático que cuando se llega a un acuerdo transigiendo con un chantaje
económico, siempre habrá pretextos para crear un nuevo conflicto.
A modo de epílogo
Sorprende que esta guerra durara tanto tiempo y que España fuera incapaz
de neutralizar esas modestas regencias que pirateaban cada una por su cuenta,
pues el poder de Constantinopla era más nominal que efectivo. Pero los berbe-
riscos contaron a su favor con los nazaríes que tras la conquista de Granada
habían engrosado sus filas, a los que se añadieron los moriscos expulsados,
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
todos ellos con un sentimiento de venganza por el perdido al-Ándalus.
Además, tenían un gran conocimiento de las costas y costumbres de las locali-
dades asaltadas y mantenían relaciones con los moros «quintacolumnistas» de
la Península.
Para España el problema de la piratería fue casi siempre marginal, al ser
su escenario el Mediterráneo, el «patio trasero» de entonces, y solamente se
le prestó atención en los momentos de respiro dejados por las guerras de
Flandes o América, además de que Berbería no despertaba el mínimo interés
económico.
La falta de un esfuerzo continuado que permitiera rentabilizar las gran-
des aventuras costosísimas que tuvieron lugar en momentos concretos y
aislados —tal como la conquista de Túnez por Carlos V— solo buscaban un
objetivo de prestigio coyuntural. Ni siquiera la gran victoria en Lepanto
tuvo consecuencias prácticas que justificaran el tremendo sacrificio ni su
enorme coste.
Los Estados marítimos europeos fueron soslayando este incómodo asunto
de diferente manera: Gran Bretaña, el más poderoso, aunque atacó Túnez en
1654 terminó pagando un tributo de 200.000 dólares al año —igual que Fran-
cia— a los sultanes piratas de la «costa bárbara» del norte de África.
Por otro lado, desde finales del siglo XVIII los buques mercantes norteame-
ricanos en el Mediterráneo sufrían los asaltos de los piratas berberiscos de
Argel, Túnez y Trípoli, capturando sus mercancías y exigiendo un tributo para
liberar a las tripulaciones. Inicialmente accedieron al chantaje para no ser
atacados, pero cuando Jefferson llegó a la Casa Blanca se opuso a tal práctica
y envió para impedirlo a la bisoña US Navy, que después de librar las dos
guerras llamadas de Berbería —la primera de 1801 a 1805 y la segunda en
1824— consiguió derrotar a los piratas con su Mediterranean Squadron y
garantizar la libre navegación por aquellas aguas. Esta agrupación naval tomó
por las buenas el puerto de Mahón como base, sin que nuestro Gobierno pudie-
ra oponerse a esta política de hechos consumados debido a la debilidad militar
que padecimos en aquella época. El Mediterranean Squadron permaneció en
Mahón hasta mediados de siglo, y a bordo de sus buques se formaron sus guar-
diamarinas hasta que en 1845 se creara la Academia Naval de Annapolis.
El último episodio de nuestro relato ocurrió en 1848, cuando España tuvo
conocimiento de que, tras la ocupación del Oranesado, el mariscal francés
MacMahon, al mando de una expedición por mar y por tierra, marchaba para
tomar posesión de las islas Chafarinas. Cuando llegaron los franceses, un
destacamento naval español al mando del general Serrano se había adelantado
por unas horas, apoderándose de aquellas islas en nombre de la reina Isabel II.
2021] 257
Galera Real. Museo Marítimo de Barcelona.
(Fotografía facilitada por el Instituto de Historia
y Cultura Naval)
LA SANTA LIGA
Y LAS DIFERENTES RAZONES
PARA FORMARLA
Magdalena DE PAZZIS PI CORRALES
Catedrática de la Universidad Complutense de Madrid
N este año se cumple el 450 aniversario de la céle-
bre batalla de Lepanto, uno de los acontecimientos
navales más extraordinarios de todos los tiempos.
Sabemos que fue un suceso que enfrentó un Imperio
turco, heredero del de Constantinopla en su prepara-
ción y desarrollo militar y naval, a una Liga, la
denominada «Santa», de potencias católicas, dividi-
das por intereses particulares y poco consistente,
que acabarían por anular los esfuerzos y los resulta-
dos de la propia victoria. De ahí que el éxito fuera
aún mayor.
Escribir hoy en día sobre este acontecimiento es
un riesgo, ya que la investigación sobre tan impor-
tante gesta parece haber tocado fondo y son cente-
nares las publicaciones que la han estudiado en su conjunto o en alguno de sus
aspectos concretos. La conmemoración de su IV Centenario, en 1971, supuso
para muchos una reactivación del interés de la historiografía por ella, pero
también, dar por zanjado un tema reconocido con anterioridad como práctica-
mente agotado. Aunque parezca que se haya acabado la cantera investigadora,
siempre queda la atractiva y novedosa interpretación que pueda hacerse sobre
ella, a fin de complementar y enriquecer las versiones existentes. Nuestra
insigne pluma, Miguel de Cervantes, la consideró la más alta ocasión que
vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros y el diri-
gente turco expresó que quien ganara la victoria sería señor del mundo, antici-
pando la realidad que vendría después. Y en estas líneas vamos a conocer las
razones de los integrantes en esa Santa Liga.
Para llegar a esta gran victoria es necesario viajar unos años atrás, a un
tiempo en el que las costas mediterráneas se teñían de sangre casi a diario, y
que fueron escenario de asedios, batallas y guerras, sufriendo miles de perso-
nas el drama del cautiverio, la esclavitud y la muerte. No podemos olvidar que
los contactos entre cristianos y musulmanes en los Estados mediterráneos
2021] 259
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
durante los siglos XVI y XVII estuvieron marcados de forma inquietante por la
acción y el enfrentamiento bélico militar, ya fuera en tierra o en la mar,
por la actividad mercantil y a causa de las profundas diferencias religiosas.
Una realidad que vivieron Portugal, España y sus posesiones italianas (Sicilia,
Cerdeña y Nápoles), de igual manera que Génova, Venecia y, por supuesto,
Malta y sus caballeros. A partir del año 1500, se enfrentaron sin reservas en
los campos de batalla: en Djerba, en el año 1512; en Túnez, en 1535-36;
en Préveza en 1538, junto a los venecianos; en Castelnuovo en 1539; en
Argel, en 1541, en Djerba otra vez en 1560; en Malta cinco años después,
en Lepanto en 1571… Venecia también combatió a los otomanos en Lepanto,
antes y después en la guerra de Chipre, que terminaron perdiendo. El monarca
portugués Sebastián, perdió la vida intentando conquistar Marruecos, en la
conocida batalla de Alcazarquivir, en 1578, combatiendo al lado de los infan-
tes lusos cuantiosos mercenarios franceses, españoles e italianos en una espe-
cie de cruzada con un claro carácter medieval. Y Génova lo hizo del lado
hispánico a partir de la década del año 1528, además por supuesto, de los
pontífices romanos, salvaguarda de la cristiandad.
Pero junto con estas célebres batallas, quizá lo más significativo fue el
conflicto periódico, concebido sobre numerosas refriegas, resueltas incursio-
nes y razzias tierra adentro. La piratería berberisca amparada desde Estambul
Batalla de Lepanto, por Juan de Toledo y Mateo Gilarte. Actualmente en la iglesia de Santo
Domingo (Murcia). (Fotografía facilitada por la autora)
260 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
causaba numerosos daños. Turcos y bereberes norteafricanos —que actuaban
en connivencia—, luchaban por posesiones cristianas y los cristianos lo
hacían por conseguir espacios musulmanes. La ventaja de los islámicos era la
ayuda prestada por cristianos renegados castellanos, catalanes, genoveses o
napolitanos, pero también con el auxilio de normandos, bretones, ingleses,
flamencos y holandeses. Tampoco puede silenciarse la profunda impresión
que las acometidas turcas causaron en la cristiandad en la Europa central: la
conquista de Hungría en el año 1526, con la pérdida de su soberano en el
campo de batalla; y el sitio de Viena de 1529 y los posteriores, que generaron
en la mentalidad europea occidental un auténtico horror. Solo la política fran-
cesa de Francisco I se mantuvo al margen porque, contra natura, llegó a un
compromiso, más o menos formal y oculto, con el sultán turco Solimán el
Magnífico, al objeto de desgarrar el marco señalado en torno a Francia por los
estados imperiales, ofreciendo incluso sus bases navales en tierras francas.
De esta manera, el trato común entre cristianos de la Europa occidental e
islámicos en el Mediterráneo fue, sin duda, un desafío continuo y mantenido
en el tiempo. La situación era, en líneas generales, insostenible. El flujo
comercial estaba literalmente colapsado por el terror de una piratería desbor-
dada al amparo de la Media Luna. Y no era eso solo. Siguieron los contactos
mercantiles, muy amenazados por las relaciones de rivalidad y enfrentamien-
tos constantes, estableciéndose un parlamento entre culturas, conflictivo es
verdad, si bien igualmente muy sugestivo. En el asunto galo, los tratos diplo-
máticos facilitaron la mejor comprensión del Imperio turco ya que una delega-
ción de Solimán se trasladó hasta París en 1534; y, al año siguiente, Francisco
I dispuso la llegada de un plenipotenciario a Estambul con la misión de obser-
var a los otomanos y estar al tanto de su vida y costumbres. En definitiva, un
conocimiento mutuo que fue difundido en Francia gracias a las crónicas de
antiguos prisioneros.
A comienzos de 1538, Carlos V, en plena guerra con Francia por los terri-
torios italianos (las conocidas «guerras de Italia») y tras el desastre de Préve-
za, solicitó la creación de una Liga Santa frente a la amenaza turca. Y a las
fuerzas hispánicas se sumaron el papa, Paulo III, y Venecia. El emperador
deseaba que el rey francés se sumara a la coalición (no en vano había sido
nombrado Rey Cristianísimo), pero Francisco I declinó la oferta siendo, por
ello, criticado entre los intelectuales de su propio país, quienes se quejaban en
sus escritos que los dos monarcas más poderosos de entonces no hubieran
aunado sus esfuerzos para rendir al Turco, que Francia no acordara sumarse a
esta primera alianza y luego a la segunda en 1570, y que tal decisión le valiera
convertirse en el gran ausente del éxito de Lepanto. La victoria sobre la Liga
Santa en Préveza confirmó la superioridad marítima de los otomanos hasta
que las dos Armadas se volvieron a encontrar, en 1571.
En 1539 se producía otro sitio, el de Castelnuovo, la actual Herzeg Novi,
en Montenegro, una nueva derrota cristiana que no permitió mantener la coali-
2021] 261
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
ción, porque no se logró reclutar un ejército suficiente para desafiar el poder
naval otomano; y la versada Venecia optó por conveniencia propia firmar una
paz con el sultán por separado. Unos meses más tarde, el emperador dejaba
igualmente la alianza, circunstancia aprovechada por los corsarios musulma-
nes para asolar Corfú y el litoral itálico, entorpeciendo, comprometidamente,
el comercio español en el Mediterráneo. La réplica cristiana, en una Armada
hispano-genovesa con refuerzos de la isla de Malta, se dispuso a patrullar con
recurrencia y con éxito distintas zonas del Mare Nostrum. Un nuevo intento
de Carlos V para volver a reunir la Liga Santa fracasó, de manera que decidió
organizar una gran expedición contra los enclaves de los corsarios argelinos.
Y lo hizo solo en lo que se conoce como la «Jornada de Argel», la «ladronera
de la Cristiandad», como era distinguida por aquel entonces. El fracaso de esta
acción arrojaría un balance negativo en la política naval hispánica contra el
infiel y ya no habría más enfrentamientos. Años más tarde, en 1556, el empe-
rador se retiraba a Yuste dejando a su hijo al frente de la Monarquía Hispánica
y a su hermano Fernando, dirigiendo el Sacro Imperio Romano Germánico.
La amenaza turca continuó a lo largo de los años posteriores. En 1569
comenzaron las primeras conversaciones para preparar una nueva Liga, inter-
locuciones que se dilataron en el tiempo. La alianza cristiana no se logró por
completo hasta 1571 porque, tras la pérdida de Chipre a manos turcas, Vene-
cia desconfió tanto de los españoles como de los otomanos y siempre buscó
antes la forma de negociar con la Sublime Puerta —en cuya área de dominio
hacía cuantiosos negocios—, que soportar una guerra larga. Al no lograr las
concesiones que pretendía del sultán turco Selim II y, ante la amenaza otoma-
na a Creta, se adhirió a la Liga, anunciándose en mayo de ese mismo año,
compuesta por Venecia, el papado y la Monarquía Hispánica. Sus integrantes,
a los que luego se sumaron Génova, Malta y Saboya, tenían sus intereses
particulares, si bien todos justificaban que era para la salvaguarda de la cris-
tiandad; por lo tanto, se consideraba que era un entendimiento temporal por
un período no inferior a tres años de duración.
Resultaba una alianza defensiva y ofensiva contra los turcos que adquiría
el compromiso de movilizar una gran armada con mando unificado, con la
premura de los venecianos que instaban a los coaligados a formalizarla, pues
se veían incapaces de hacer frente solos a la agresión turca sobre la isla de
Chipre, iniciada en 1570. Fue la chispa que colmó la paciencia cristiana, lo
que provocó la cólera y el más absoluto rechazo a las exigencias otomanas.
Era el momento adecuado para aunar fuerzas y frenar la expansión del Islam
en Europa, a fin de alcanzar una victoria absoluta. La coalición no detuvo a
los turcos, pero decidió iniciar los preparativos para acabar, de una vez por
todas, con los infieles. Entre las tropas de la Santa Liga destacaban sus solda-
dos y, pese a que el número de combatientes no era muy desigual, entre las
fuerzas otomanas sobresalían los temidos jenízaros, cristianos hechos prisio-
neros desde la infancia, que se convertían al islam y eran educados por y para
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la guerra. Del lado cristiano, los famosos tercios de diferente procedencia.
Venecia aportó uno de sus más originales proyectos, la galeaza, una galera de
grandes dimensiones, dotada de un mayor número de piezas de artillería,
mucho más potentes en su alcance y con cañones móviles situados en las
bandas. Con éxito en Lepanto, sin embargo, tras la batalla, este prototipo
náutico dejó de utilizarse en los grandes combates navales, al ser muy
compleja su maniobrabilidad y tener que recurrir con frecuencia al remolque
para ser desplazadas.
Las razones de la coalición: los Estados «implicados»
En la creación de la Santa Liga hubo motivaciones políticas, pero también
religiosas y económicas. Ya hemos referido que la amenaza turca fue una
constante y que los intereses comerciales europeos se vieron vulnerados con
la decidida presencia otomana en el Mediterráneo. Pues bien, echemos un
rápido vistazo a la historia de los Estados que intervinieron en la coalición o
Santa Liga desde 1570 para poder entender sus motivaciones, justificaciones
y, por qué no, sus pretensiones.
Venecia era ya a comienzos del siglo XII una gran potencia mediterránea
desde la perspectiva económica, militar y política, de manera que ofrecía sus
valores como estado marítimo al Imperio bizantino, obteniendo por ellos
destacadas prerrogativas en Estambul, por entonces el mayor centro comercial
de Europa. A tal objeto, utilizaba una mezcla de aguda habilidad y garantías
comerciales, una diplomacia efectiva e inteligente que convirtió a los venecia-
nos en los señores de los intercambios europeos con el Oriente Medio. Quizá
ese fue su principal éxito, anteponer sus intereses mercantiles a los religiosos y
militares, obteniendo de ese modo muchas ventajas y considerables riquezas.
En el siglo siguiente, Venecia destacó con su Armada en la cuarta cruzada
y logró la anexión de Creta y Eubea, extendiendo aún más su presencia
comercial con bases en el mar Negro y con ello alcanzando los preciosos
productos de la ruta de la seda desde China. Y en la primera mitad del siglo XV
también buscó su expansión por la península italiana ante la intimidación de
Milán, convirtiéndose el mar Adriático en «aguas venecianas», desde Corfú
hasta el delta del río Po, pasando por varias islas del mar Egeo y cuantiosas
comarcas en Albania, consiguiendo también las flotas venecianas el litoral
sirio. La República contó con las primeras entidades financieras de la Europa
de entonces y sus letras de cambio sirvieron de vehículo económico desde
Inglaterra hasta Egipto. Venecia, su capital, se convirtió en el centro del
comercio mundial y el mayor puerto del orbe conocido, con 200.000 habitan-
tes, la segunda ciudad más populosa de Europa, por detrás de París.
Sin embargo, la conquista turca de Constantinopla en 1453, señaló el
comienzo de sus complicaciones financieras y políticas y el inicio de su decli-
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ve, a lo que se sumó en los años siguientes la expansión portuguesa en el lito-
ral africano y el descubrimiento de América por España que, paulatinamente,
trasladarían la atención de las actividades mercantiles del Mediterráneo al
Atlántico. Con esta realidad, Venecia iría perdiendo su importancia y protago-
nismo en Europa de forma irrevocable. Por si no fuera grave este hecho,
además, los venecianos se vieron forzados a mantener una fatigosa disputa
contra los otomanos, transformados ya en Imperio de primer orden desde que
los turcos amenazaron los enclaves comerciales venecianos, a partir de la
década de los 70. Aunque conquistó Chipre en 1489 para lograr el bloqueo del
poderío otomano, la perdería ochenta y un años después.
En Europa, la expansión veneciana en tierras itálicas desafió a la Santa
Sede por el control de la Romaña, por lo que el pontífice Julio II había reuni-
do a una Liga (Cambrai, 1508), para hacer frente a la ambición veneciana,
logrando que los aliados —Francia (Luis XII), el Imperio (Maximiliano I) y
España (Fernando el Católico)—, le infligieran una capitulación que contuvo
de forma definitiva cualquier tentativa de Venecia de expandirse por espacio
italiano, si bien conservó una gran parte de sus pertenencias en tierra y en el
mar.
Así las cosas, a la altura de 1570 tenía razones poderosas para formar parte
de la Santa Liga cuando una vigorosa Armada otomana se acercó peligrosa-
Batalla de Lepanto. Capilla del Rosario. Parroquia San Vicente Ferrer. Castelló n.
(Fuente: www.parroquiasanvicenteferrer.com)
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mente a Chipre. Los venecianos estaban decididos a atacar a la Armada turca,
muy superior, pero Juan Andrea Doria, el genovés al servicio de España, con
una mayor experiencia, aconsejó realizar una inspección de la Armada dispo-
nible antes de iniciar la marcha. Cierto es que esta decisión retrasó la partida,
pero permitió conocer que las galeras venecianas, como se sospechaba, no
tenían las tripulaciones al completo. El asedio a Nicosia, la capital de la isla,
persistía y con la ayuda de refuerzos sacados de las dotaciones navales turcas
de bloqueo, el 9 de septiembre cayó, pasando los turcos a asediar otra ciudad,
Famagusta que, tras una feroz resistencia, también fue rendida. De hecho, se
hubo de abandonar Chipre. Más tarde caerían Creta y sus postreros territorios
en el Egeo. Por eso, decidió unirse a la Santa Liga de 1571. Pese al éxito de
Lepanto, intentó recuperar los territorios perdidos pero no lo logró. Firmó, no
obstante por su cuenta la paz con los otomanos en 1573, como veremos más
adelante.
Los Estados Pontificios, a cuyo frente estaba el papa como jefe espiritual
de la cristiandad, tenían buenas razones para unirse a la Santa Liga. Pío V,
225.º pontífice de la Iglesia Católica y soberano de ellos entre 1566 y 1572,
impulsó con ardor e ímpetu la creación de la confederación. Desde su ascenso
al solio pontificio, sus actuaciones ponen de relieve su comprometida lucha
por la fe, destacando una inusitada constancia en la reforma intelectual, moral
y espiritual de la Iglesia, al igual que un denodado esfuerzo por hacer cumplir
escrupulosamente los decretos tridentinos, destituyendo de sus oficios o
recluidos en el castillo de San’t Angelo los eclesiásticos que no los practica-
ran. En la curia romana combatió la venalidad, suprimió la simonía, examinó
con prudencia a los confesores de Roma, promovió la enseñanza del catecis-
mo en todos los niveles sociales y luchó para eliminar la inmoralidad, los
excesos festivos, el adulterio y el concubinato. Igualmente, favoreció la
censura editorial y puso en manos de la Inquisición romana la represión de
la hechicería, el ocultismo, la astrología y los sortilegios. Por la bula papal In
coena Domini, promulgó la superioridad de la Iglesia de Roma y de su prócer
visible por encima de todos los poderes civiles, declaró hereje a Isabel de
Inglaterra (bula Regnans in Excelsis) y sufragó con cargo al erario apostólico
la intervención de la Iglesia en los conflictos contra los hugonotes en Francia
y frente a los protestantes germánicos que habían abrazado la causa de Lutero.
Con todos estos compromisos, no es de extrañar que fomentara las capitu-
laciones de la Liga Santa, determinando los recursos humanos, económicos y
militares con los que habían de concurrir cada uno de los participantes. Teme-
roso del avance turco, tenía en mente el fracaso de la Liga anterior de 1538-40
y predominaba cierto escepticismo, pero actuó con una decisión y un empuje
decisivos. Logró, asimismo, el deber de los aliados de socorrer a cualquiera de
los miembros de la coalición que se viese arremetido por los otomanos, en
especial si las zonas en riesgo eran las de la Santa Sede. Como estipulación de
expiación para quien no atendiese sus compromisos de coaligado, el pontífice
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advirtió en las condiciones, la condena de excomunión latae sententiae y la
pérdida de sus posesiones.
Malta era una isla con una posición estratégica privilegiada en el Medite-
rráneo, con fluidas relaciones comerciales con su entorno. Estaba en el itine-
rario que salía de Castilla y Aragón hacia el este del mar latino y en la ruta
entre Génova y el norte de Berbería. A partir de 1282, Malta pasó a constituir
parte de la Corona de Aragón viviendo desde ese momento una actividad
comercial muy pronunciada, conformándose una estrecha relación entre los
malteses, los comerciantes aragoneses y los banqueros genoveses, que eran
quienes facilitaban cuantos créditos necesitaba la corona aragonesa. Con los
Reyes Católicos y la expansión mediterránea entre 1500 y 1510, la importan-
cia de Malta siguió siendo destacada, pero en menor medida. Después, en
1530, la isla fue cedida a perpetuidad por Carlos I a la Orden de los Caballe-
ros del Hospital de San Juan de Jerusalén, que habían sido desterrados de
Rodas por los turcos, cuando tomaron el enclave en 1522. Y empezó a ser
conocida como la orden de Malta, cuyos caballeros asistían en campaña con
valor y denuedo en cuantas operaciones navales se desarrollaron en estos
años en el Mediterráneo, defendiéndose extraordinariamente del asedio turco
a la isla en 1565.
En efecto, el episodio de ese año fue uno de los más gloriosos de la histo-
ria de la Monarquía Hispánica y el héroe de este acontecimiento fue Jean Pari-
sot de la Valette, un ilustre galo, gran maestre de la orden de Malta, que fue un
dirigente severo, frío e ingenioso. Después del gran sitio, ordenó la construc-
ción de una nueva urbe, La Valeta, hoy capital de Malta, en 1566, justo cerca
del fuerte de San Telmo, que había sido asediado por los infieles durante trein-
ta días. Felipe II le regaló una espada de acero toledano engarzada en oro y
pedrería, con un grabado que decía «más que el mismo valor vale Vallette».
No obstante, esta hazaña, pese a frenar la expansión turca en el Mediterráneo
Occidental, no se rentabilizó, al estallar tres años después la sublevación de
los Países Bajos, de manera que los recursos humanos y económicos fueron
desviados a sofocarla. Un año después, en 1569, el virrey de Argel atacó
Túnez recuperando La Goleta, tomada por Carlos V en 1535.
El relato de la Orden de San Juan es de gran interés, pues ayuda a entender
su participación en la Santa Liga. Asimismo, conocida como Orden de los
Hermanos Hospitalarios y Orden de los Caballeros Hospitalarios, fue fundada
con propósitos caritativos y meramente religiosos en 1084 por mercaderes de
Amalfi en Nápoles, que instauraron un hospital para peregrinos al lado de la
iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, bajo el amparo y protección de Juan
Bautista, de ahí su nombre, Orden de San Juan del Hospital de Jerusalén.
Cuando Saladino conquistó la ciudad en 1168, los caballeros se vieron obliga-
dos a retirarse a la isla de Rodas una vez fracasados todos los intentos de recu-
perarla, instalándose en Rodas (1310), llamándose a partir de entonces los
hospitalarios. Más tarde se desplazaron a Civitaveccia, Viterbo, Niza… hasta
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
que el gran maestre de la orden pidió a Carlos V que les concediera una here-
dad donde establecer su morada y les cedió la soberanía de la isla a eternidad.
Supuestamente, los caballeros de la Orden les habrían regalado al emperador,
a cambio, un halcón con incrustaciones de piedras preciosas de inmenso valor,
algo que jamás vio el soberano, pues el barco en el que era transportado fue
atacado por piratas y nunca se localizó. Es más probable pensar que nunca
existiera esa pieza y que, en realidad, lo que enviaban anualmente los caballe-
ros de Malta al rey de España era un verdadero y real halcón maltés, una
contribución figurada por dicha cesión. Estaban preparados para enfrentarse a
los otomanos cuando, en el verano de 1570, los turcos iniciaron una invasión
a la isla de Chipre con 60.000 hombres bajo el mando de Lala Mustafá Pachá,
bey de Damasco, desembarcando el 2 de julio y sitiando Nicosia, que cayó el 9
de septiembre. Este hecho fue sentido con estupor generalizado en toda la
cristiandad. Otra ciudad de la isla, Famagusta, resistiría casi un año más, pero
también fue rendida, como ya se ha señalado con anterioridad. Ahora más que
nunca, las negociaciones de preparación de una Santa Liga se hacían más
reales y Malta estaba dispuesta a participar en ellas.
Por su parte, la República de Génova tenía también buenas razones para
sumarse a la coalición, especialmente desde los años 30 en que se unió defi-
nitivamente al destino de la Monarquía Hispánica. Pero no siempre fue así.
Desde el siglo XIII mantenía una gran rivalidad comercial y cultural con
Venecia. Es cierto que el apoyo genovés a la recuperación de Constantinopla
en 1261, le facilitó el libre comercio en el Imperio bizantino y la renuncia de
puertos en asientos en el mar Egeo —las islas de Quíos y Lesbos—, así como
la ciudad de Esmirna. Más tarde conquistó numerosos establecimientos en
Crimea, convirtiéndose junto a Pisa en los únicos gobiernos con derechos
mercantiles en el mar Negro, aumentando Génova, de esta manera, su poder
en detrimento de Venecia y de Pisa, algo que estos estados no estaban
dispuestos a tolerar, en especial esta última. De manera que genoveses y
pisanos se prepararon para la guerra, siendo el resultado la derrota de estos
y con ella su decadencia, al no volver a rivalizar más con Génova, que prosi-
guió su expansión hacia Sicilia y el norte de Berbería, estableciendo enclaves
comerciales también en las costas del Atlántico. De hecho, el levantamiento
de los sicilianos contra la autoridad francesa de los Anjou favoreció que la
isla pasara a los aragoneses quienes, como habían sido apoyados por Génova,
recibieron la garantía de comerciar libremente en la isla y que los banqueros
genoveses obtuvieran beneficios a través de los préstamos a la nobleza sici-
liana.
Sin embargo, su otro gran enemigo, Venecia, y la larga guerra que sostu-
vieron ambos, acabó en el inicio el declive del Estado genovés, perdiendo el
ascendiente naval del que había disfrutado y dejó de ser el origen de su fuerza
y de la posición dominante en el norte de Italia. Por otro lado y, al igual que
ocurriera con Venecia, la cada vez mayor fortaleza del Imperio otomano,
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
cercó también los centros genoveses y la actividad comercial se comprimió en
los mares Egeo y Negro, una realidad a la que se sumó el desfallecimiento de
la propia República que se debilitaba con las luchas por el poder entre las
familias que la dominaban. Dicha circunstancia provocó que, entre 1396 y
1526, Génova se viera envuelta en un continuo sometimiento unas veces a
Francia y otras a España o a Milán, pasando a ser una simple peonza en la
lucha que Aragón y Francia mantenían por mantener su poder en territorio
italiano. Es más, en 1458, Génova pasó a ser un ducado sumiso a un goberna-
dor del rey de Francia, Juan de Anjou y, pese a que contó con la ayuda de
Milán para volver a ser una república dos años después, los milaneses aprove-
charon para conquistarla en 1464, pasando a ser vasallo de la corona de Fran-
cia, siendo ocupados bien por franceses, bien por milaneses de forma conti-
nuada.
En esa guerra abierta que Carlos I de España mantenía con Francisco I de
Francia por los territorios italianos, lo que se conoce con la expresión
«guerras de Italia», los españoles tomaron Génova el 30 de mayo de 1522,
sometiéndola a un constante asalto, aunque fue recuperada por el almirante
genovés Andrea Doria en 1527. Sin embargo, con el transcurrir de los meses,
Doria fue distanciándose del rey francés al no estar de acuerdo con su política,
lo que le llevó a pasarse, en 1528, al lado del emperador para quien volvió a
recuperar la ciudad, poniendo como condición la garantía y libertades de los
ciudadanos, algo que Carlos cumplió. A partir de entonces los lazos entre
Génova y España se estrecharon, abriéndose un periodo de colaboración
perdurable con el primer préstamo de la banca genovesa al emperador y la
firma entre éste y Doria de un acuerdo por el que alquilaban sus fuerzas nava-
les para asegurar la fluidez y la paz de las comunicaciones entre los territorios
de la Monarquía Hispánica.
Génova se convirtió en prestamista oficial durante el reinado de Felipe II,
tras la primera bancarrota en 1557, sufragando cuantiosas sumas a causa de
los frentes exteriores de la Corona española, lo que el hispanista francés
Fernand Braudel denominó «la edad de los genoveses». En los años siguien-
tes, ya muerto Doria, la fortaleza mercantil de Génova, se mantuvo depen-
diente en el control de las rutas marítimas mediterráneas, a pesar de ser en las
décadas centrales del siglo XVI, la segunda Armada en esa área de actuación,
solo por detrás de la veneciana. La pérdida de Quíos, desposeída por el Impe-
rio otomano, en 1566, supuso un duro revés y hasta finales de la centuria, el
mando naval genovés se centró en resistir el avance otomano, que concluyó
tras la capitulación de Lepanto, y en una actitud activa y defensiva de vigilan-
cia a los movimientos corsarios. Génova conservaba intacta y operativa una
de las escuadras que salvaguardaban el Mediterráneo hispánico, junto a las de
las galeras de España, Nápoles y Sicilia. Y en 1570 se hallaba en condiciones
de firmar la Santa Liga en la defensa de sus intereses económicos y en su
alianza con la Monarquía Hispánica en la lucha contra el infiel.
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La incorporación de Saboya a la coalición tuvo mucho que ver por su
ubicación geográfica y estratégica, que resultaba de notable importancia mili-
tar, especialmente durante las guerras entre España y Francia sobre el control
del norte de Italia. Manuel Filiberto era el duque de Saboya desde 1553, si
bien por aquel entonces la mayoría de sus tierras estaban administradas por
los franceses. No obstante, se situó al servicio de los Austrias con el propósito
de recobrarlas y a él se le debe, como comandante del ejército imperial, la
victoria de San Quintín (1557) contra los galos. No tenía duda alguna de
la alianza con España y rubricar la Santa Liga en su lucha contra el Turco.
La Monarquía Hispánica, con Felipe II al frente, tenía poderosas razones
para enfrentarse a los otomanos y unirse también a la gran coalición. Ya no
solo por lograr un éxito que su padre no había alcanzado en su política frente
al Imperio otomano, sino también por mantener las posesiones en el Norte de
África que Fernando el Católico había logrado conquistar. Cuando Carlos V
abdicó, concurrían unas zonas de tirantez dentro y fuera de la Península de
diferente grado y naturaleza, a la vez que una tensión e inquietudes religiosas
como resultado del avance de la reforma luterana que acabarían convirtiendo
a la Monarquía Hispánica en el defensor más sólido de la catolicidad y a Feli-
pe II en su mejor sostenedor.
En la década 1560-1570 tuvieron lugar los principales problemas que el
soberano hubo de afrontar de manera casi simultánea en sus años de reinado.
Por lo que se refiere al Mediterráneo, ese escenario había entrado en los años
50 del siglo XVI en una dinámica más activa en el que el enfrentamiento entre
Madrid y Estambul fue más directo. Mientras el monarca español luchaba
contra Francia y el papado, se producía al mismo tiempo una ofensiva turca en
1553 y en 1554 atacando las islas de Elba y Córcega. Un año más tarde, con la
Armada francesa, el almirante otomano Pialí Pachá, asaltó diversos baluartes
españoles, algunos en Menorca y, en 1558, los españoles no fueron capaces de
tomar Tremecén. A este fracaso siguió el descalabro de la expedición del
duque de Medinaceli, virrey de Sicilia, al objeto de acosar a los corsarios
berberiscos y tratar de recuperar Trípoli, perdida cuatro años antes. Pese a que
las derivaciones de la bancarrota de 1557 se dejaron ver, Felipe II, con la
alianza de Génova, Roma y Malta y el impulso pontificio, la armada aliada se
reunió en Mesina zarpando con destino a la isla de Djerba (Yerba o llamada
también Los Gelves), que se tomó con relativa destreza, si bien la respuesta
del sultán turco fue contundente y destruyó los barcos cristianos. En los tiem-
pos sucesivos los otomanos amenazaron las costas levantinas españolas,
además de Orán y Mazalquivir. En 1562 se produjo un desastre en las costas
granadinas al ser destruida una Armada en la Herradura por una tormenta. Dos
años después se conquistó el peñón de Vélez de la Gomera y fueron los
momentos en los que el Concilio de Trento cerró sus sesiones empezando a
difundir sus acuerdos. En 1565, se obtuvo una gran victoria liberando Malta
del asedio turco y tres años después, en 1568, comenzó la sublevación de los
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moriscos granadinos —la rebelión de las Alpujarras— que habría de prolon-
garse en el tiempo desde la víspera de Navidad de ese año hasta la primavera
de 1571, unos meses antes de la batalla de Lepanto. Este hecho no sería sino
la crónica de una muerte anunciada y la expulsión definitiva de los moriscos
de los territorios hispánicos tendría lugar durante el reinado de su hijo, Feli-
pe III.
En lo que respecta al Atlántico, en 1560 se hizo evidente el desapego de la
reina Isabel I de la Iglesia de Roma y seis años después (1566) comenzó
la insurrección flamenca que, con el ejercicio como gobernador general de los
Países Bajos del duque de Alba, se convertía en un estallido general de
sublevación contra Felipe II, iniciándose así la denominada «guerra de los
ochenta años». En una década creció la animadversión con los ingleses, que
fue inevitable al prestar estos ayuda a los rebeldes y atacar sistemáticamente
los barcos españoles que iban y venían de América, buscando romper el
monopolio español en las Indias. En definitiva, un guerrear constante que
algunos insisten en afirmar que fue fruto de una práctica política belicista y
agresiva cuando, en realidad, fue belicista, sí, pero no agresiva, pues la defen-
sa fue el elemento dominante en la política y en la conducta real.
En la relación de Felipe II con el pontificado hubo dos elementos que
contribuyeron e indujeron el choque entre ambos: el dominio español de una
buena parte de la península italiana y la independencia que de facto le propor-
cionaba el patronato real a la Iglesia española, porque el soberano podía deter-
minar o impedir la publicación de los decretos papales en los reinos peninsula-
res, además de fiscalizar en buena parte los beneficios eclesiásticos en Castilla,
ejerciendo un poder total sobre la Inquisición. Y no hay que olvidar la impor-
tancia de la Monarquía Hispánica como la gran defensora del catolicismo
aunque, a veces, su hegemonía y acciones inquietaban a la Santa Sede, que la
juzgaba más bien como prepotente. Obviamente, se buscaba la restauración
espiritual de Europa y, tras Trento, este objetivo volvió a adquirir destacada
preeminencia, porque al asunto estrictamente religioso se unieron plantea-
mientos políticos como sucedió respecto a Isabel de Inglaterra, la cuestión
sucesoria francesa y las discrepancias entre Madrid y Roma sobre cómo tratar
la sublevación flamenca. En esta realidad planeaba el poder hegemónico de
Felipe II y la idea de que el romano pontífice era cabeza espiritual del orbe
católico, pero por igual conciencia tenía el deber de posicionarse siempre y de
forma incondicional del lado hispano, por ser el principal sostén de la catoli-
cidad.
Durante su reinado se sucedieron en el solio pontificio ocho padres santos,
algunos protagonistas de efímeros papados. Sin embargo, para las relaciones
hispano-pontificias, cuestiones como la fase final del Concilio de Trento, la
lucha contra los turcos y la conversión del soberano francés Enrique IV al
catolicismo, sí tuvieron efectivas repercusiones. Paulo IV (1550-1559) siem-
pre se mostró claramente antiespañol. Pío IV (1559-1565) se manifestó conci-
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liador al principio, mas luego discreparía de Felipe II. Pío V (1566-1572) fue
el único pontífice capaz de luchar por la unión entre la Iglesia romana y la
Corona más omnipotente de la cristiandad, la Hispánica. Y con él se hizo
realidad la organización de una Liga contra el Turco formada por príncipes
cristianos y se preparó para convencer a los príncipes italianos y al rey espa-
ñol en una suerte de eficaces negociaciones en las que Francisco de Borja,
general de los jesuitas, fue un eficiente mediador.
Formación de la Santa Liga
Ya conocemos la trayectoria histórica de los Estados firmantes de la Santa
Liga y las razones para formar parte de ella. Se hace necesario recordar que
era perentoria la unión de las fuerzas y así se hizo. El papa Pío V reunió a
embajadores y plenipotenciarios para preparar medidas preventivas seguras
contra la extensión otomana por el Mediterráneo. Las polémicas se concentra-
ron en los designios de tal coalición y en la permanencia de la agrupación de
las fuerzas, con actitudes antitéticas entre venecianos y españoles. Los prime-
ros pretendían circunscribir el área al Mediterráneo oriental, en tanto que los
segundos ansiaban incorporar las costas del norte africano. El convenio para
la constitución de la Santa Liga se notificó el 25 de mayo de 1571, habiendo
sido suscrito cinco días antes en presencia de Pío V, por delegados papales, de
Felipe II, las Repúblicas de Venecia y Génova, los ducados de Toscana, Sabo-
ya, Urbino y Parma y los caballeros de Malta. Estaba escrito en unas cláusulas
precisas que afectaban a todos los signatarios, acordándose que la asociación
serviría para acometer Turquía e igualmente para arremeter contra los asientos
turcos del norte de África, siendo el objetivo fundamental la conquista de
Chipre y Tierra Santa. Las ocupaciones del norte de Berbería serían para
España (Argel, Trípoli y Túnez), el Levante para Venecia y el pontífice como
árbitro entre ambos, si bien el botín de guerra se dividiría equitativamente
entre los miembros de la Liga, según su contribución. Pese a que no todas las
fuentes coinciden en el número de barcos, señalamos el sentir de la mayoría al
afirmar que la Armada estaría constituida por 200 galeras, 100 naves, 50.000
soldados de infantería españoles, alemanes e italianos y 4.500 jinetes, y un
número conveniente de cañones y otros pertrechos. La Santa Sede se compro-
metió a contribuir con 12 galeras capacitadas y dispuestas, 3.000 infantes, 270
jinetes de caballería ligera y a sufragar una sexta parte del total del costo de la
coalición. Por su parte, España contribuiría con tres sextos de los gastos (la
mitad del total), Venecia dos sextos (un tercio) y el papado el sexto sobrante.
Si esta partición fuera exigua también quedó acordado que el descubierto sería
asumido por Venecia y España, de forma semejante.
Puesto que el acuerdo contemplaba una duración no inferior a un trienio,
cada año, en torno al mes de abril, debían congregarse en el Mediterráneo
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oriental para efectuar las acciones que los miembros integrantes hubieran
convenido al final de la acción anterior. Felipe se arrogaba el derecho a elegir
el comandante de la expedición (Juan de Austria) y cada integrante de la Liga
aportaría un capitán general, acordando entre todos ellos el plan anual de
intervenciones. Ninguno de los firmantes podría convenir tregua ni paz con el
contrario sin cooperación y alianza de los otros. Y un estandarte común a
todos sería su seña de identidad. Sancionado ya el acuerdo, Pío V intentó la
participación de Francia y Portugal, sin conseguirlo, pactando la primera
incluso con los otomanos y, como ya hemos señalado, ofreciendo implícita-
mente sus bases navales en territorio francés.
Epílogo y reflexión final
No son estas páginas el lugar para desarrollar el enfrentamiento que acae-
ció en Lepanto, pues nos hemos limitado a explicar las razones de la forma-
ción de la Santa Liga. Pero sí parece oportuno apuntar a lo que ocurrió
después. Pío V, que había regalado un estoque a Juan de Austria en recuerdo
de la victoria, moría al año siguiente. El nuevo papa, Gregorio XIII, continuó
el impulso de su antecesor con la coalición. Se reunió una nueva Armada de
tamaño inferior a la de Lepanto, dispuesta a sacar provecho de la esperada
superioridad sobre el enemigo. Sin embargo, la sorpresa fue encontrarse con
un conjunto naval otomano de dimensión parecida al año anterior, si bien sus
dotaciones estaban ocupadas por gente sin apenas adiestramiento. Su almiran-
te, Uluch Alí, el único superviviente de Lepanto, entendió que no tenía posibi-
lidades de victoria, por lo que se refugió en Modón y Navarino, en la costa sur
de Anatolia. Aunque fueron bloqueados por los cristianos, no hubo mayor
trascendencia, concluyendo así las operaciones de 1572.
La convulsión comercial provocada por el conflicto bélico le proporcionó
a Venecia un sabor agridulce: la victoria había sido un éxito para la cristian-
dad, pero si quería continuar con su tradicional comercio con Oriente, le era
necesario restablecer la buena relación con la Sublime Puerta, que era el paso
obligado en sus rutas comerciales. Por este motivo, sin informar a sus aliados
como estaba estipulado en el pacto de la Santa Liga y, con ayuda de los fran-
ceses, consiguió instaurar un acuerdo de paz con los turcos en 1573 que
sorprendió a todos, máxime al conocerse las concesiones que se hacían al
vencido: Chipre permanecería en manos otomanas y Venecia abonaría
300.000 ducados para ayudar a la reconstrucción de la armada infiel. La reac-
ción de los coaligados fue de cólera y rabia, como bien podemos observar en
los escritos de literatos españoles, entre otros los de Quevedo, que no dejaron
de criticar y satirizar el comportamiento de la Señoría, si bien y con más
calma Felipe II aseguró que en los venecianos había pesado más el aspecto
comercial que la defensa de la cristiandad. Y lo dejó pasar.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
La flota otomana atacando La Goleta (Túnez), 1574. Braun and Hogenberg.
(Fuente: www.wikipedia.org)
Con todo, aunque es cierto que Lepanto frenó el avance imparable de los
otomanos que parecían imbatibles en la mar sobre Occidente, no quebró el
espinazo infiel y los cristianos no sacaron partido del éxito por varios moti-
vos, entre ellos lo avanzado de la estación con la amenaza de temporales, los
débiles lazos de cohesión entre los participantes —con intereses muy diver-
sos— y también por la desconfianza entre dos de los principales coaligados:
España y Venecia. A partir de aquí, la contienda turco-cristiana se aplacó, si
bien habrían de protagonizar un nuevo enfrentamiento en 1574, porque para
entonces, el sultán turco ya había logrado reconstruir su Armada y poner a
flote una fuerza comparable, en número y calidad de barcos, a la que había
perdido en Lepanto. En efecto, los otomanos tomaron Túnez, conquistada por
Carlos V en 1535, que marcó el éxito del Imperio otomano sobre el hispánico
y decidió que el norte de África estaría bajo dominio musulmán en lugar de
cristiano, poniendo fin a la conquista española en el Magreb iniciada en tiem-
pos de los Reyes Católicos.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
La batalla de Lepanto, por Lucas Valdés Carasquilla. Real Parroquia Santa María Magdalena
de Sevilla
Así, pues el casi lustro de enfrentamientos navales a gran escala en el esce-
nario mediterráneo, iniciado con el ataque a Chipre y concluido con la pérdida
de Túnez, se cerró con un saldo favorable a los otomanos. La sonada victoria
cristiana de Lepanto se reveló a corto plazo decepcionante para la coalición
vencedora, si bien el poder turco no pudo resarcirse por completo de las graví-
simas pérdidas materiales y, especialmente de las humanas y morales, que le
fueron infligidas en ese día. Pese a que el conflicto entre ambos Imperios solo
duró hasta 1577, cristianos e infieles empezaron a estar cada vez más interesa-
dos en poner fin a sus duelos de grandes proporciones para poder ocuparse
cada uno, con mayor libertad, de sus asuntos en otros escenarios. Así, el Turco
iniciaba otra etapa de su historia en la que su frontera este con Persia, le recla-
maba sus hombres, recursos, atención y sus miras hacia oriente. Y Felipe II
pudo dirigir sus esfuerzos al norte, a tratar de acabar con la sublevación
flamenca iniciada tres años antes. Habrían de pasar ochenta años para que la
insurrección neerlandesa viera sus sueños cumplidos al lograr en la Paz de
Westfalia el reconocimiento de Holanda como Estado independiente.
Analizando los prolegómenos y el trascurrir de la batalla, puede decirse
que el triunfo de la Armada cristiana se logró tras superar múltiples situacio-
nes críticas y desacuerdos entre sus componentes que pudieron dar al traste
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
con la coalición. No obstante, la victoria fue clara y rotunda en defensa de la
Cruz.
Hay que reflexionar sobre el hecho de que en ningún lugar del mundo,
cualquiera de las religiones ha servido para que la humanidad se acercara con
respeto y sin temor, y que las acciones en nombre de ellas solo han traído
horror y terror por doquier. Lepanto pudo ser, probablemente, el más
sangriento enfrentamiento de la historia del ser humano, una terrible matanza
sin precedentes, pero sirvió para demostrar que el esfuerzo conjunto de los
Estados cristianos —por poco que durara—, podía detener el avance otomano.
Con el resultado, por fin, había sido destruida la armada turca y con ello el
mito de su invencibilidad: Europa había sido capaz de movilizarse al unísono
frente a un enemigo común.
Lepanto significó un punto de inflexión: no dio lugar a ninguna conquista
permanente y tal vez fue estéril en sus resultados inmediatos. Pero la cristian-
dad, que llevaba mucho tiempo conteniendo el aliento, empezó a respirar tran-
quila a medio y largo plazo.
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Estandarte de la Santa Liga en Lepanto. Acuarela sobre papel de Rafael
Monleón y Torres, firmada y fechada en 1888. (Museo Naval de Madrid)
GALERAS, GALEAZAS
Y GALEOTAS EN EL SIGLO XVI
Marcelino GONZÁLEZ FERNÁNDEZ
(Retirado)
La marina rémica
L siglo XVI fue la centuria de oro de la marina
rémica, es decir de la formada por barcos
movidos a remos. Se trataba de embarcaciones
ligeras, alargadas y estrechas, utilizadas, predo-
minantemente, para la guerra, aunque también
podían actuar como mercantes. Su gran ventaja
era que podían navegar y maniobrar con inde-
pendencia del viento al que estaban sujetos los
barcos de vela, aunque para ello tenían que
contar con remeros que ocupaban un gran
espacio. Por sus características físicas, tenían
una capacidad de carga muy reducida y necesi-
taban mucha agua y víveres para la subsisten-
cia de sus numerosas dotaciones, lo que limita-
ba de forma considerable su autonomía.
Los barcos principales de la marina de
remos eran las galeras, junto a sus hermanas
mayores, las galeazas, y menores, las galeotas,
seguidas por otras más pequeñas: fustas,
bergantines y fragatas. Sus bandas recibían los
nombres de diestra o derecha y siniestra o
izquierda; las denominaciones estribor y babor
se reservaban para la marina de vela.
Fueron los protagonistas del combate de Lepanto del 7 de octubre de 1571
—hace 450 años—, uno de los grandes enfrentamientos navales de la historia
y la última gran refriega de barcos de remos en el Mediterráneo. A continua-
ción, vamos a ver cómo eran y cómo se utilizaban.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Galera ordinaria de 24 bancos. Óleo atribuido a Manuel de Castro. (Museo Naval de Madrid)
Galera
La galera fue una embarcación diseñada especialmente para la guerra, que
durante mucho tiempo tuvo un gran protagonismo, principalmente en mares
cerrados como el Mediterráneo o el Báltico. Su origen se remonta a los barcos
fenicios, griegos, cartagineses y romanos. Su época de esplendor fue en el siglo
XVI. En la Armada española continuó prestando servicios hasta bien entrado el
XVIII, y fue baja definitiva a principios del XIX.
Era alargada y estrecha y, además de contar con uno o dos mástiles para
grandes velas, por las bandas mostraba largas filas de remos. Utilizaba las
velas en los tránsitos si había viento y también en las navegaciones de caza y
retirada si este era propicio, pero no en los ataques, en los que los mástiles
normalmente se abatían y solo se usaban los remos.
Desde tiempos muy antiguos, la galera ha surcado los mares utilizando solo
una fila de remos por banda. Fueron los fenicios los que incorporaron dos filas
en dos órdenes, uno alto y otro bajo, que sin perder maniobrabilidad la hacían
más veloz; fue la birreme. Los griegos utilizaron la galera con tres filas de
remos o trirreme. Y los cartagineses y los romanos llegaron a usar el quinque-
rreme o galera con cinco filas. Aunque las más corrientes fueron las birremes.
A lo largo de la Edad Media no hubo grandes progresos en su construc-
ción. Destacaron los dromones bizantinos con dos filas de remos, y también
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sobresalieron otros barcos de
remos, largos y estrechos, que
permitieron a diversas culturas
expandirse y desplazarse a
muy largas distancias, como
fueron los célebres drakars o
barcos-dragón de los vikingos.
Y las galeras continuaron su
lenta evolución hacia barcos
ligeros y rápidos, presentes en
toda la península ibérica,
sobre todo en el Mediterráneo.
En esta continua y lenta evolu-
ción hacia el siglo XVI, sufrie-
ron algunos cambios impor-
tantes en los remos, timón,
aparejo y armamento. Tendie-
ron a tener una sola fila de Grabado de galera española vista de proa. Se puede
remos por banda y pasaron de apreciar el espolón, las bocas de fuego de la artillería
contar con dos espadillas late- principal asomando por la corulla y, sobre esta, la
rales por las aletas a tener un arrumbada. (Museo Naval de Madrid)
timón axial a popa. Cambiaron
las velas cuadras de su aparejo por triangulares o latinas e incorporaron la arti-
llería en su armamento.
Mientras tanto, entre los barcos de vela, en el siglo XIV apareció la coca,
que en el siglo XV derivó hacia la nao y la carraca, al tiempo que surgía la
pequeña carabela. Se trataba de barcos mancos, es decir, sin remos, que para
navegar utilizaban solo la fuerza del viento y un variado aparejo de velas. En
el siglo XVI se consolidaron la galera de una fila de remos y la nao, que dieron
lugar a la galeaza y al galeón respectivamente. La galeaza era como una galera
grande, pesada, fuertemente armada y con muchas velas y remos. El galeón,
con un gran aparejo pero sin remos, derivado de la nao y la galera, era de
mayor porte que la nao. Y del galeón nació en el siglo XVII el navío de línea,
que tuvo su época de oro en el XVIII, para desaparecer totalmente en la primera
parte del XIX ante el empuje del vapor en la propulsión y el empleo del hierro
en los cascos.
Como se puede apreciar, en el siglo XVI, con las embarcaciones de remos
convivieron las mancas, que se abrieron paso en las navegaciones oceánicas
para llevar a cabo grandes empresas de exploraciones, descubrimientos, colo-
nizaciones y comercio. A modo de ejemplos, en 1492 Colón efectuó el viaje
del descubrimiento con una nao y dos carabelas. En 1519, Magallanes comen-
zó su expedición a las islas de las Especias con cinco naos, de las que solo
regresó una, la Victoria, en 1522. En el siglo XVI, la Carrera de Indias y el
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Galeón de Manila utilizaron barcos de vela, como carabelas, naos, galeones y
otros, que más adelante también fueron navíos de línea.
Y mientras tanto, la galera continuó estando operativa. Mucho del tráfico
por el Mediterráneo era con galeras. La Liga Santa —que en 1571 se organizó
para luchar contra los turcos y que tuvo su punto culminante en la batalla de
Lepanto el 7 de octubre de dicho año— se basó sobre todo en galeras, con
algunas galeazas y otras embarcaciones menores a remos. Y también estuvie-
ron presentes en otras acciones llevadas a cabo por España en la mar, como
las campañas de Portugal de 1580, los desembarcos en las Terceiras (Azores)
en 1582, las acciones de la escuadra del duque de Pastrana en la costa catalana
en 1623 o la reconquista de Orán en 1732. Y se mantuvieron en una categoría
especial dentro de la Armada Real hasta la mitad del siglo XVIII, con su propia
cadena de mando y uniformes, hasta que se dieron de baja las cuatro últimas
en 1773, aunque se trató de resucitar el Cuerpo de Galeras en 1785 con la
compra de dos a Malta y la construcción de otras dos, que en el año 1802
pasaron a ser pontones y fueron dados de baja definitivamente en 1805, sin
que volvieran a estar presentes en la Armada.
Para facilitar su estudio, se pueden considerar tres grupos atendiendo a su
porte y número de bancos: gruesa, bastarda y ordinaria. La de mayor tamaño
era la galera gruesa, donde embarcaba algún miembro de la familia real o el
almirante de una flota, y por ello podía ser la real o la capitana. La bastarda
era de un tamaño intermedio, y normalmente era la del comandante de una
escuadra dentro de la flota. Y la ordinaria, que formaba el grueso de las flotas
y escuadras, era la más corriente y de menor tamaño.
En la segunda mitad del siglo XVI, tenían una proporción de manga a eslora
de uno a ocho. Para facilitar la varada y el carenado, su quilla o carena, desde
el arranque de la roda a proa hasta la unión con el codaste a popa, era larga y
recta. La roda y el codaste iban unidos por refuerzos longitudinales o cuerdas
paralelas entre sí y separadas un metro aproximadamente, que daban consis-
tencia a la galera en el sentido longitudinal y evitaban su arrufo o quebranto,
que se podía producir con cierta facilidad si no contaba con estos refuerzos
debido a su forma alargada y estrecha.
Para hablar de sus características y dimensiones nos vamos a centrar en la
galera ordinaria, que era la más abundante y presente en todos los encuentros
de barcos de remos. El casco o buco podía medir 47 m de eslora, 41 de quilla,
seis de manga, menos de dos de calado, con un francobordo entre 0,5 y un
metro. Desplazaba de 180 a 270 toneladas y podía contar con un lastre de 15
toneladas. De la quilla salían hacia los lados las cuadernas separadas entre sí
unos 25 cm, que se cubrían con doble forro, interior y exterior, formado por
tablones unidos por los cantos a paño o a tope para definir los costados. Tenía
unos voladizos transversales que sobresalían un metro por cada banda, con el
extremo de proa a unos dos metros de la roda y el de popa a unos ocho metros
del codaste. De proa a popa, dichos voladizos iban unidos por postizas o
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maderos longitudinales para
apoyo de los remos, con lo
que la manga aumentaba un
metro o algo más por banda,
pasando a tener unos ocho
metros.
A vela, su máxima veloci-
dad no llegaba a ocho nudos.
A remo, con la dotación de
remeros completa, adiestrada
y con buen tiempo, podía
rozar los seis nudos durante 30
minutos y cuatro nudos duran- Modelo degalera.
la sección por la cuaderna maestra de una
(Museo Naval de Madrid)
te más tiempo, mientras que
con solo un tercio de remeros
no pasaba de tres nudos. En ciaboga podía girar prácticamente en un punto.
Por su escasa capacidad de transporte de víveres y agua, su autonomía era de
una semana como mucho, y por su fragilidad y dificultad de manejo con vien-
tos y mares duros, solía operar desde mediados de marzo a mediados de octu-
bre y el resto del tiempo invernaba.
En cuanto a su distribución interna, la galera tenía tres secciones: proa,
centro y popa. La proa comenzaba en el espolón, que era una prolongación del
tajamar hacia delante, sobre el agua, de unos seis metros de longitud. Servía
para embestir a una galera contraria, romperle los remos y la obra muerta,
tratar de hundirla o usarlo como pasarela durante el abordaje. También se
utilizaba para la maniobra de la vela trinquete, a modo de bauprés.
A popa del espolón estaba la tamboreta o triángulo de cubierta, limitado
por la roda y una fuerte estructura llamada corulla, que era un recinto de unos
tres metros de eslora y la manga total de la galera, incluidos los pasillos, que
protegía los cañones de la artillería principal y era el lugar de estiba de los
cables de fondeo de los rezones o anclas de cuatro uñas. Encima de la corulla
estaba la arrumbada, que era una plataforma en la que, en combate, se organi-
zaba un bastión con candeleros de 1,3 metros de alto aproximadamente, en los
que se ponían escudos defensivos de madera o pavesas, reforzados con
jarcias, colchonetas y otros materiales (en principio, solo las galeras españolas
tenían corulla y arrumbada, pero a lo largo del siglo fueron adoptadas por las
venecianas y turcas).
Hacia popa, el centro tenía la cubierta de boga, con la cámara de boga o
talar, en la que había bancos transversales, de la crujía a las bandas, para uso
de los remeros que manejaban la palamenta. A popa de los bancos, los reme-
ros tenían las banquetas para ponerse de pie, y las peañas para apoyar los pies
y hacer más fuerza. De proa a popa, la cámara de boga era recorrida por las
cuerdas o refuerzos longitudinales, que formaban mamparos verticales. El
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espacio comprendido entre ellos se
usaba como pañol y santabárbara y
se cubría con cuarteles o piezas de
madera horizontales que formaban
un pasillo por el centro del barco,
que en una galera ordinaria solía
pasar de los 30 metros. Por dicho
pasillo transitaban el cómitre y el
sotocómitre para dirigir la boga, lo
utilizaban los marineros para la
Esquema de corullas de galeras con tres maniobra, los soldados como paso y
y cinco piezas de artillería los alguaciles para vigilar a los galeo-
tes. A cada banda de la cámara de
boga, entre las bordas y las postizas,
se formaban pasillos laterales donde
desplegaban los soldados durante los
combates. En las postizas se ponían
batayolas o pavesas, consistentes en
tablas verticales dispuestas a modo
de parapetos para proteger al perso-
nal de los tiros de arcabuz, flechas y
virotes.
En la banda siniestra solía ubicar-
se el fogón para preparar las comi-
das, y en la diestra se arranchaba el
bote o esquife, de unos ocho metros
de eslora, dos de manga y de cuatro
a seis remos por banda, usado para
barqueo de personal y material, efec-
tuar aguada y víveres, en los comba-
tes y siempre que fuera necesario.
Los lugares de arranchado del bote y
el fogón se solían fortificar con
pavesas para usarlos como bastiones.
A popa de la cubierta de boga
estaba la espalda o plataforma que
daba comienzo a la sección de popa.
Iba de banda a banda, a modo de
vestíbulo de la cámara de popa, con
batayolas y a veces balaustradas a los
costados y un portalón con escala de
Esquema de la distribución interna embarque a cada banda. Tanto la
de una galera espalda como la cámara de boga so-
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lían ir cubiertas con un toldo para proteger al personal de las inclemencias del
tiempo. A popa de la espalda estaba la cámara o zona más noble del barco,
llamada carroza, que se extendía hacia el extremo de popa, se tapaba con un
gran toldo, y su cubierta presentaba un acusado arrufo, con el extremo de popa
curvado hacia arriba, lo que le daba un aspecto elegante y altanero, y solía estar
muy decorada. En la carroza se encontraba la cámara de consejos, que se cerra-
ba por proa y popa con el mismo toldo del techo, conteniendo la mesa de
consejos, varios bancos y el asiento del capitán. El nombre de carroza era
porque, con su forma y su toldo, recordaba a una carroza tirada por caballería.
En el sentido proa a popa, el centro del techo de la carroza estaba formado por
un listón ancho o «flecha», que sujetaba el toldo; en la espalda se apoyaba en
una columna vertical central llamada estanterol; el extremo de popa iba al
codaste y era capaz de aguantar el peso de marineros y soldados.
En el codaste estaban los elementos de apoyo y giro del timón de orejera,
así llamado porque sobresalía por debajo de la quilla hasta 60 centímetros. El
movimiento del timón en unos casos se conseguía con una caña o larga barra
de madera o con un freno transversal con guardines.
Bajo la carroza se guardaban las armas. A popa, también bajo la carroza, se
encontraba la cámara del capitán. Y siguiendo hacia proa estaban los aloja-
mientos de oficiales, repostería de víveres, despensa, panera, santabárbara,
taberna, pañol de velas, enfermería con botica y carbón para el fogón, usando
en parte el espacio comprendido entre los dos mamparos longitudinales. Entre
la espalda y la cámara de boga había un cubículo para la aguja de marear,
ampolletas, astrolabios, ballestillas y otros instrumentos.
La dotación de una galera estaba formada por el capitán, gente de cabo y
gente de remo. A su vez, la gente de cabo se dividía en gente de mar y gente
de guerra. La gente de mar la componían: oficiales para los mandos técni-
cos; de artillería y de servi-
cios: patrón, cómitre, sotocó-
mitre, pilotos, consejeros y
otros, que constituían el
consejo de la galera, y mari-
neros para las maniobras,
auxilios en servicios y
combate. La gente de guerra
era la infantería embarcada
para el combate o como guar-
nición. Todos tenían asigna-
dos sueldo y raciones que, a
modo de ejemplo, por día
eran: siete ducados y cinco
raciones el capitán; tres duca- Modelo de galera en una tarjeta postal.
dos y dos raciones el cómitre; (Colección de Marcelino González).
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dos escudos y una ración el marinero y el soldado (un ducado eran once
reales y un escudo diez).
La gente de remo o chusma estaba formada por los remeros, para el
manejo de remos, entenas y palos, encuadrados en tres grupos: esclavos,
forzados o penados y buenas boyas. Los esclavos constituían la categoría
más baja. Su procedencia podía ser por compra, donaciones o apresamien-
tos en combate o en incursiones en territorios enemigos. Su precio medio
oscilaba alrededor de 100 ducados y no cobraban sueldo. Los forzados o
penados lo eran por la justicia, normalmente por un mínimo de dos años y a
veces de por vida, aunque en general no pasaban de los 10 años. No cobra-
ban sueldo, pero podían obtener dinero por juego, trapicheos y otros proce-
dimientos e incluso podían comprar un esclavo y ponerlo en su lugar. Los
buenas boyas eran remeros profesionales voluntarios, cogidos en levas o
retenidos por falta de personal tras haber cumplido sus penas. Solían tener
una ración y una paga de un ducado al mes. Cuando los forzados habían
cumplido sus condenas, en ocasiones podían seguir en sus puestos como
buenas boyas para cubrir vacantes de remeros, unas veces voluntarios y
otras veces por la fuerza, cobrando la ración y el sueldo de su nueva situa-
ción, y a veces eran amarrados al banco para evitar la tentación de escapar.
En dicha época, una galera ordinaria podía llevar de 100 a 110 gentes de
cabo y más de 150 de remo, lo que suponía un total de 250, 260 o más
hombres. A mediados del siglo XVI, una galera ordinaria tenía unos 24 bancos
por banda, una bastarda de 26 a 29 y una real sobre 30 o más. En cuanto a
remeros por banco, una ordinaria solía tener tres, y la real podía llegar a siete.
El número total de remeros de una ordinaria era de 144 (24 x 2 x 3), aunque
solía llegar a unos 150 y con relevos podía ascender a 175.
En cuanto a la distribución de remos, en el siglo XVI hubo dos sistemas. En
una galera ordinaria, con tres remeros por banco, durante la primera mitad del
siglo era a tercerol o alla sensile, con un remo por remero, o sea, tres remos
por banco. Pero en la segunda mitad del siglo pasó a ser a galocha, con un
solo remo para los tres remeros. A tercerol se obtenía más maniobrabilidad,
pero a galocha se ganaba en espacio y logística al reducir los remos a un
tercio, aunque fueran más grandes.
El remo de una galera de la segunda mitad del siglo XVI podía medir unos
11 metros de largo, unos 25 centímetros de diámetro y tenía tres partes: pala,
caña y guion. Cada una de ellas medía un tercio del total. La pala era la parte
más ancha, que entraba en el agua e impulsaba el barco; la caña del remo esta-
ba comprendida entre la pala y la galera, y el guion iba dentro de la galera y
era movido por los remeros. Este solía contar con contrapesos de madera,
hierro o plomo para equilibrar el remo y ayudar en la boga, y para facilitar su
agarre podía llevar manetas, ya que era muy grueso. Los remos normalmente
eran de madera de haya y se armaban con estrobos o fuertes anillos de cabo
unidos a toletes o escálamos, que eran piezas verticales colocadas en las posti-
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zas. Seguramente el puesto del noveno remo de la siniestra, o alguno cercano
de dicha banda, iba libre para instalar el fogón.
Atendiendo al número de remeros activos, la boga podía ser de toda la
palamenta o por cuarteles. La primera era cuando bogaban todos al mismo
tiempo y era la modalidad seguida en ataques, retiradas, cazas, temporales,
pasos peligrosos y circunstancias similares. Consistía en una boga viva al
máximo ritmo y con el mayor esfuerzo posible durante poco tiempo. La boga
por cuarteles era la forma de boga descansada entre puertos y en tránsitos
normales, en la que solo lo hacía un tercio de los remeros o cuartel para que
descansara el resto. Para ello, se repartían en tres cuarteles: cuartel de proa,
con los que estaban entre la corulla y el esquife y el palo mayor; cuartel del
medio, formado por los que se encontraban entre el esquife, el palo mayor y el
fogón, y el cuartel de popa, con los remeros entre el fogón y la espalda. Solía
ser una boga normal para reducir esfuerzos y no agotar a los remeros.
Para iniciar la boga, el cómitre daba una primera pitada, los remeros se
ponían de pie sobre las banquetas y se echaban hacia delante con los brazos
extendidos hacia popa y las palas de los remos hacia proa. Con la segunda
pitada, metían las palas en el agua, se apoyaban en las peañas, se echaban
hacia atrás cayendo sobre sus asientos y llevaban los guiones hacia proa todo
lo posible. A continuación, sacaban las palas del agua, se ponían en pie y repe-
tían los movimientos, normalmente acompañados por cantos o salmodias. La
boga viva era de tres a cuatro paladas por minuto, y la normal de una a dos.
En cuanto a los estilos de boga, había tres: a pasar banco, por dentro del
banco y a tocar banco. El primero se empleaba cuando el remero de más aden-
tro tenía que llevar el guion del remo lo más a popa posible, a pasar el banco
del remero que tenía delante; era una boga viva y rápida de ataque o retirada y
solía hacerse con toda la palamenta. Por dentro del banco era cuando el guion
no llegaba a la altura del banco de delante; era una boga normal, lenta o de
descanso, y se practicaba en tránsitos y por cuarteles. Y a tocar banco era
cuando el guion debía tocar físicamente el banco de delante, lo que obligaba a
bajarlo y a levantar mucho la pala para continuar la boga en un movimiento de
mariposeo del remo; era muy vistosa para ser utilizada en paradas y revistas,
se ejecutaba con toda la palamenta y resultaba muy cansada.
Además de los remos, la galera también podía navegar a vela en las trave-
sías si el viento era favorable, pero nunca en combate. Contaba normalmente
con dos palos o árboles: trinquete a proa y mayor o maestro al centro, ambos
ligeramente inclinados hacia proa, dotados con velas latinas o triangulares,
envergadas a largas vergas llamadas entenas, que se dividían en dos piezas:
pena, la alta, y car, la baja. El trinquete iba a proa o sobre la arrumbada o en
cubierta inmediatamente a popa de la corulla y arrumbada; podía tener unos
18 m de alto y sobre 45 cm de diámetro, y su entena unos 36 metros. El
mayor, que iba en el tercio proel de la cámara de boga, oscilaba entre los 25 m
de alto y 65 cm de diámetro y su entena podía medir unos 42 metros. En la
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parte alta del mayor, y a veces
también del trinquete, llevaba
una media jaula o cesta llama-
da gata, a la que subía el vigía
o serviola para tener más hori-
zonte. El aparejo de las gale-
ras venecianas era de un solo
mástil con su entena y una
única vela triangular o latina.
La galera armaba piezas de
artillería, armas portátiles
de fuego y blancas y armas
defensivas. La artillería prin-
cipal iba a proa, en la corulla,
y normalmente contaba con
tres o cinco piezas fijas de
Galera en un sello de correos emitido por España en avancarga dirigidas hacia
1964. (Colección Marcelino González)
proa, por lo que para apuntar-
las en orientación había que
girar la galera, y la elevación se conseguía con calzos bajo las cureñas. En el
siglo XVI, normalmente las galeras cristianas llevaban cinco cañones y las
turcas tres. Los tiempos de carga variaban de cuatro a seis minutos o más,
con gente muy adiestrada, y normalmente en combate solo podían hacer un
disparo antes del abordaje. Las galeras cristianas llevaban un cañón al centro
y una culebrina y un pedrero a cada lado. El cañón, que era el de mayor cali-
bre —de unos 175 mm, con 3,5 m de longitud de caña y más de 2.000 kg de
peso—, disparaba proyectiles de 18,5 kg con un alcance máximo de 1.500
metros. Las culebrinas, de mayor alcance y precisión y menor calibre, solían
ser de 35 mm, con cinco metros de longitud de caña y 1.850 kg de peso, y
lanzaban proyectiles de 7,8 kg con un alcance máximo de 2.000 m. Los
pedreros disparaban bolaños de piedra con un alcance máximo de 600
metros. La función de la artillería principal normalmente era barrer con un
único disparo la mayor cantidad posible de personal del barco enemigo justo
antes del abordaje.
Su artillería secundaria contaba con tres esmeriles o falconetes por cada
banda, orientables a mano. La artillería ligera la componían de 10 a 40
mosquetes de posta por las bandas, con un alcance efectivo de unos 200 m. Y
la portátil era a base de arcabuces de unos 23 kg de peso, que disparaban bolas
de plomo de 28 gramos a una distancia máxima de 600 m, con un alcance
eficaz de 50 metros.
En cambio las galeras otomanas a proa solían llevar tres piezas de artille-
ría: un cañón que disparaba proyectiles de 24 a 28 kg y una lombarda o pedre-
ro a cada lado. Y por las bandas armaban hasta 12 esmeriles o falconetes.
286 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Vista del velamen de una galera del siglo XVI. (Acuarela por Marcelino González)
Es de destacar que, en el combate de Lepanto, las naos cristianas no llevaban
ni arcos ni ballestas, ya que habían sido sustituidos por arcabuces. En cambio,
las otomanas contaban con dichas armas, además de algunos arcabuces.
El resto del armamento era a base de armas blancas, como espadas, picas,
cimitarras, puñales, etc., además de piñatas de líquidos incendiarios, cal viva y
otras. Los cristianos llevaban armas defensivas, como yelmos, petos, espalda-
res, rodelas, protecciones de cuero, etc., en tanto que los musulmanes no las
utilizaban; en todo caso, podían llevar una cota de malla.
Las galeras turcas, además de portar menos cañones, tampoco tenían pave-
sas ni en las bandas ni en los bastiones, por lo que eran más ligeras, rápidas y
maniobreras que las cristianas, lo que les permitía efectuar despliegues rápi-
dos y envolventes. Pero en Lepanto, la mayor fortaleza de las galeras cristia-
nas, el hecho de que contaran con muchos más mosquetes y arcabuces y de
que su gente iba protegida hicieron que tuvieran ventajas sobre las turcas y
terminaron ganando el combate.
Los datos aportados hasta el momento corresponden a una galera ordinaria
que, como ya quedó dicho, era la más abundante. Pero podemos echar un
vistazo a la Real de Lepanto, que era una galera gruesa, para ampliar informa-
ción sobre aquellos grandes barcos de remos. Sus dimensiones pudieron haber
sido las que se aplicaron en la reconstitución de la galera que se hizo para
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
conmemorar en 1971 el IV centenario del combate de Lepanto y que hoy se
exhibe en el Museo Marítimo en las Atarazanas Reales de Barcelona. Estas
son las siguientes: 60 m de eslora con espolón y 52,5 de eslora de la cubierta;
2,08 m de puntal o distancia de la cubierta a la quilla; 6,20 m de manga del
casco y 8,4 de manga máxima o distancia entre postizas, y 30 remos por
banda. La galera bastarda se puede considerar intermedia, mayor que la ordi-
naria sin llegar a las dimensiones de la gruesa.
La vida a bordo de las galeras era de hacinamiento. Por ejemplo, una ordi-
naria que no llegaba a los 50 m de eslora de casco contaba con una dotación
de 250 o 260 hombres, aunque solía llevar hasta casi 300, muchos de ellos
remeros, que vivían a la intemperie. El que en la mar mirase una galera a vista
de pájaro, sobre todo vería un montón de cabezas de las que salían los remos.
Y en tal situación la higiene brillaba por su ausencia. Se llegó a decir que se
sabía de la presencia de una galera antes por el olor que por la vista. No tiene
por ello nada de extraño el dicho: «La vida en la galera, Dios la dé a quien la
quiera». Por otra parte, los contrastes a bordo eran enormes, desde el tufo y
mal olor de la chusma a los perfumes del mando en la carroza.
La mayor parte de los remeros vivían encadenados a sus bancos, donde
pasaban sus vidas o sus condenas, comían, descansaban, dormían y hacían sus
necesidades, con lo que lo del mal olor resulta harto comprensible. Y no era
extraño que entre ellos aparecieran infecciones y enfermedades que se podían
transmitir al resto del personal y convertirse en verdaderas plagas. Su dieta era
monótona pero completa, ya que la galera dependía de su fortaleza física:
Piezas de artillería de una galera
288 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
bizcocho o galleta, agua, habas, arroz, aceite y sal, y en navegaciones difíciles
o antes de los combates se solía reforzar con bizcocho mojado en vino.
La gente de cabo comía algo mejor, ya que su dieta incluía además carne
salada, tocino, queso, pescado, garbanzos y vino. Se alojaban de acuerdo con
sus categorías, a veces donde buenamente podían, en espacios tan reducidos que
daban origen a roces y hasta a duelos, que eran las lógicas consecuencias de
vivir en un ambiente de hacinamiento regido por un montón de normas
de protocolo y etiqueta, a veces difíciles de entender. El hacinamiento y las
duras condiciones de vida favorecían la aparición de enfermedades. En cambio,
debido a las cortas estancias en la mar, no había escorbuto, que era la plaga de
los veleros.
Las galeras contaban con elementos distintivos, como luces, banderas,
estandartes, gallardetes, etc., que se usaban de acuerdo con su rango, el mando
y el momento. Entre las luces estaba el fanal o gran farol del coronamiento de
popa. Si una galera real encendía tres fanales, las capitanas podían encender
dos, y los restantes mandos uno; las demás galeras no lo encendían. Además,
los mandos de las escuadras llevaban un gran estandarte en un asta de unos
cinco metros, desplegado a la diestra, a la altura del estanterol, y también
mostraban otras banderas y gallardetes dependiendo de las circunstancias.
Todas las galeras debían mostrar banderas de combate con las armas del rey en
las entradas y salidas de puerto, en combates y en grandes solemnidades, en las
que también se solían engalanar.
Sus nombres o denominaciones tenían diferentes orígenes y características,
y podían ser advocaciones o apelativos. La advocación era el nombre de una
virgen o un santo al que la galera encomendaba su protección, como San
Jorge o San Vicente, que a veces era doble, como San Miguel y Santa Bárba-
ra. El apelativo era como se conocía a la galera. Unas veces coincidía con la
advocación, como Santa Lucía, y otras venía de alguna circunstancia especial,
como la Quemada, por haber sufrido un incendio. En ocasiones era conocida
por su mascarón, como La Loba de Álvaro de Bazán en Lepanto, el cual
representaba a este animal. También podía venir de sus funciones o de las
insignias que transportaba, como la Real de Juan de Austria en Lepanto o la
Capitana, la Sultana, la Patrona, etc. A veces el nombre estaba relacionado
con el de su propietario o armador, como la Negrona, que pertenecía a Juan
Ambrosio Negrón. Y también se usaba como nombre el indicativo de llamada
y reconocimiento, como Dos Delfines o León con el Fénix.
Galeaza
Era esta una galera grande construida durante los siglos XVI y XVII, y fue en
la segunda parte del siglo XVI cuando más se utilizó. Su nombre viene del
término italiano galeazza, aumentativo de galea o galera en dicho idioma. Se
2021] 289
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Modelo de la galera Real. (Museo Naval de Cartagena).
trataba de un barco de grandes
dimensiones, una verdadera
fortaleza flotante, construida
para llevar más artillería y con
mayor capacidad para navegar
con mares fuertes. Su tamaño
y alto francobordo la protegían
de los abordajes. Tenía dos
castillos fuertemente armados,
uno a proa y el otro a popa.
Era muy pesada, lenta y de
muy pobres condiciones mari-
neras. Al igual que la galera,
Antonio de Guevara, eclesiástico del
siglo XVI, fue buen conocedor de la
vida en las galeras que plasmó en su
libro El arte de marear. Privilegios
de galera y saludables consejos a los
navegantes. (Dibujo a lápiz por
Marcelino González)
290 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
contaba con un gran espolón a
proa, sobre el agua.
Su origen hay que buscarlo
en la Marina de Guerra vene-
ciana, muy poderosa en el
Mediterráneo, que quería con-
trarrestar a la española. Los
venecianos querían construir
un barco que hiciese frente a
la galera bastarda, muy en
boga en la Marina española de
principios del XVI . Así que Ramal de cadena de galeote. (Museo Naval de Madrid)
decidieron ir más lejos y crear
una nave muy parecida, pero más grande y fuerte. De esta forma, aparecieron
las primeras galeazas en el Arsenal de Venecia hacia el 1530.
La proporción de manga-eslora era de uno a seis, e incluso de uno a cinco,
por lo que no era tan estilizada como una galera. Su eslora podía rozar los 60 m,
con algo más de nueve de manga, 3,35 de calado y 6,5 de puntal. Tenía una
cubierta corrida encima de la cámara de boga, por lo que los remeros iban
resguardos. Podía llegar a los 32 remos por banda, con siete u ocho hombres
por remo. También contaba con aparejo de vela, normalmente formado por
tres mástiles, trinquete, mayor y mesana, de proa a popa, con velas latinas
envergadas a sus entenas. Su dotación rondaba los 70 marineros, hasta 250
soldados y de 300 a 500 remeros.
Armaba hasta 50 piezas de artillería entre cañones, culebrinas, pedreros
y otros. A modo de ejemplo, a proa podía montar dos culebrinas que dispa-
raban proyectiles de 19 kilogramos, otras dos con proyectiles de 9,54 kilos,
dos más con proyectiles de 7,2 y dos pedreros de 12 libras. En las bandas
llevaba cañones con proyectiles de 14,3 kilogramos, cañones de 20 libras y
pedreros de 12. A popa, culebrinas de 14 libras, falcones de seis y pedreros
de 12. Y por las bandas también desplegaba mosquetes y arcabuces. En las
bordas llevaba pavesas con troneras por donde abrían fuego los mosquete-
ros y arcabuceros.
A pesar de sus muchos remeros y a su aparejo de vela, debido a su peso,
lentitud y escasa maniobrabilidad para los tránsitos y los despliegues en los
combates, las galeazas tenían que ser remolcadas por galeras. Tomaron parte
en diferentes acciones de guerra, destacando en el combate de Lepanto de
1571. Su pesadez y lentitud les restaron mucha capacidad operativa, por lo
que tuvieron una vida corta, concentrada sobre todo en la segunda parte del
siglo XVI, aunque se extendió hasta el XVII, en que fueron languideciendo poco
a poco al ser sustituidas por otros barcos.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Recreación de «La Loba», mascarón de la galera de Álvaro de Bazán en Lepanto, conservado
en el palacio-museo del Viso del Marqués. (Fotografía Marcelino González)
La galeota
Era como la mitad de una galera en porte, armamento, dotación y aparejo.
Era un barco de remos y vela, maniobrero, con buenas condiciones evolutivas,
rápido y veloz. No tenía arrumbada ni pavesas para proteger a la dotación.
Podían tener de 15 a 20 bancos por banda, con un remo por banco y dos reme-
ros por remo. Su aparejo solía ser de un solo palo con una vela latina, aunque
las había con dos palos y otras tantas velas. Las galeotas occidentales normal-
mente montaban tres piezas a proa, la mayor en crujía y una más pequeña a
cada banda. Las otomanas portaban un cañón a crujía y una lombarda a cada
lado. Y todas llevaban algunos esmeriles por las bandas. Por sus característi-
cas evolutivas, maniobrabilidad y velocidad eran útiles para atacar el tráfico o
a galeras aisladas, operar en maniobras envolventes y en aguas someras.
Otras embarcaciones menores de remos
Estas eran las fustas, bergantines y fragatas. La primera era una galeota
menor, más ligera, maniobrera y veloz, sin arrumbada ni carroza, con 15 bancos
292 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Galera y galeaza del siglo XVI en una acuarela de Rafael Monleón. La galera, a la izquierda,
muestra un solo mástil. La galeaza, a la derecha, presenta un aparejo mucho más completo
en total y dos o tres remeros por banco. Las occidentales o cristianas montaban
una o dos piezas de artillería a proa. Las otomanas solían disponer de un cañón
a crujía y cuatro esmeriles. Se usaban para el corso, incursiones a tierra y
combates.
El bergantín era más pequeño que la fusta, abierto, sin crujía ni pasarela
central. Contaba con unos 10 bancos en total, con uno o dos remeros volunta-
rios por banco. Armaba uno o dos esmeriles a proa. Se utilizaba en operacio-
nes de vigilancia, reconocimiento, aviso y corso.
La fragata era la menor de las embarcaciones a remo, abierta y muy
maniobrera. Su dotación y remeros eran voluntarios. Se utilizaba para el trans-
porte, obtención de información, barqueo de soldados y transmisión de órde-
nes y noticias.
La marina rémica en el combate
Las evoluciones de las formaciones de tropas terrestres para ocupar posi-
ciones ventajosas en el combate, junto al uso de la artillería, se trasladaron a
las fuerzas combatientes en la mar que, en el caso de embarcaciones de remos,
2021] 293
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
se tradujo en evoluciones de
formaciones en líneas de fren-
te, con unos barcos al lado de
otros, navegando hacia el
enemigo desplegados en va-
rios grupos, que podían ser:
vanguardia, ala izquierda,
centro o batalla, ala derecha y
retaguardia o socorro. El alis-
tamiento para el combate
comenzaba con la voz «al
arma» (de donde viene la pala-
bra «alarma»). El personal
acudía con presteza a sus
puestos de combate con sus
armas preparadas, se alistaban
Modelo de galeota. (Museo Naval de Madrid) los grupos de reparaciones y
enfermería y se llevaban a
cabo una serie de medidas previas al combate: alistado de la artillería, pólvora
y munición; preparación del aparejo para su arriado; alistamiento de colchone-
tas y mantas mojadas; distribución de cubos de agua para apagar incendios;
mojado de superestructura, y todo lo necesario para reducir los daños propios
e incrementar los del contrario.
En todos los casos y dentro de lo posible, cada unidad, grupo o formación
trataba de ocupar una posición de ventaja sobre su adversario, intentando
envolverlo, ponerse a barlovento, con el sol a la espalda, a favor de la corrien-
te o por la parte de mar en zonas costeras para mejorar su iniciativa y su capa-
cidad de maniobra.
El combate solía tener dos fases: a distancia y abordaje, seguidos del cuer-
po a cuerpo. A distancia consistía en fuego de artillería y uso de armas arroja-
dizas para desgastar al adversario y hundirlo si era posible. Dependiendo del
viento reinante, podía ser a vela o a remo mientras las galeras se aproximaban
al abordaje. El fuego o lanzamiento seguía una secuencia acorde con el alcan-
ce de las diferentes armas: primero las culebrinas, seguidas por el cañón
central, pedreros, artillería secundaria, mosquetes, arcabuces, flechas y balles-
tas. Antes del abordaje, normalmente solo había tiempo para un solo disparo
de la artillería de proa, mientras las galeras se lanzaban contra sus contrarias a
boga arrancada, con el aparejo aferrado y desarbolado, para abordarlas.
La galera atacante, de ser posible, embestía a su contraria por la amura con
un ángulo de 45º, rompiéndole con el espolón los remos, las postizas y la
borda, se unía a ella con arpones y ganchos y su gente pasaba por el espolón a
la atacada para llegar al cuerpo a cuerpo. Y mientras, continuaban funcionan-
do la artillería ligera y las armas arrojadizas: esmeriles, falconetes, mosquetes,
294 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
arcabuces, ballestas, arcos y
flechas, piñatas incendiarias,
etcétera.
En el cuerpo a cuerpo,
además de las armas de fuego
portátiles, entraban en acción
picas, espadas, hachas y otras
armas blancas, peleando de la
misma forma que si fuera en
tierra, con la gran diferencia
de que tenía lugar en la mar
sobre plataformas inestables y
en movimiento, donde el
personal podía caer al agua y
perecer ahogado, si antes no
habían muerto por alguna
herida de arma de fuego o
blanca.
La secuencia del cuerpo a
cuerpo seguía una organiza-
ción muy bien trazada. En la
galera atacante, la gente de
cabo se repartía en dos grupos.
El grupo de a bordo, en el que
estaba el capitán, se quedaba
en la galera listo para su
defensa. El de asalto se repar- Esquema que muestra el momento del abordaje en que
tía en dos núcleos: el de abor- la galera alta de la izquierda ocupa una situación de
daje pasaba a la proa y arrum- ventaja
bada enemiga, y continuaba
hacia popa para tomar la espalda y la carroza. Y cuando este ya había pasado a
la cámara de boga, el núcleo de socorro o defensa saltaba a la galera atacada
para consolidar la posición. A bordo de esta, su gente de cabo se repartía en
cuatro cuerpos para su defensa: vanguardia, que defendía desde la proa al palo
mayor, con gente en la corulla, arrumbada, crujía y corredores; batalla, que
protegía desde el palo mayor hasta la espalda, con hombres en los bastiones
del fogón y esquife; retaguardia, desde la espalda hasta el timón, con gente en
la crujía, portalones y carroza, y socorro, que permanecía a cubierto, listo para
actuar donde hiciera falta.
Mientras se libraba la lucha en las galeras, las galeotas, fustas y otras
embarcaciones menores de remos llevaban órdenes y personal de refresco y
refuerzo de unos lugares a otros y, junto con botes armados, con arcabuceros,
ballesteros y nadadores, trataban de atacar por la retaguardia a los barcos
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Tarjeta postal con un modelo de galera. (Colección Marcelino González)
contrarios o los saboteaban prendiéndoles fuego o abriéndoles agujeros en los
cascos. Y los mosquetes, arcabuces, flechas y ballestas continuaban funcio-
nando, al tiempo que se lanzaban estopas ardiendo, piñatas incendiarias, cal
viva y otros materiales.
En cualquier momento del combate, y dependiendo de las circunstancias
—viento, mar, armas empleadas, nivel adiestramiento, posición del barco,
estado de ánimo de las tripulaciones, etc.—, la situación podía dar un vuelco,
y la galera asaltada podía reaccionar y convertirse en asaltante, obligando a la
asaltante a pasar a la defensa.
A modo de cierre
Las galeras y demás embarcaciones de remos jugaron un gran papel en su
momento al poder navegar, maniobrar y desplazarse sin depender del viento.
Pero su fragilidad ante inclemencias duras, su escasa autonomía por su poca
capacidad de carga de víveres y agua para su numerosa dotación, la necesidad
de contar con grandes cantidades de remeros, la mayor necesidad del empleo
de la artillería y el aumento de la capacidad operativa de los barcos de vela
296 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
hicieron que desaparecieran a lo largo del siglo XVIII, y en algunos casos al
despertar el siglo XIX, sin que volvieran a resurgir. Las galeras y demás barcos
de la marina rémica se disiparon totalmente de la faz de los mares, de la
misma manera que se extinguieron los dinosaurios de la faz de la tierra. Y
hoy, aquellas largas embarcaciones de remos son solo lejanos recuerdos en la
memoria histórica naval de muchas naciones, entre ellas España.
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2021] 297
Retrato de don Álvaro de Bazá n, primer marqués de
Santa Cruz, por Rafael Tegeo, 1828. Óleo sobre lienzo.
(Museo Naval de Madrid)
DON JUAN DE AUSTRIA
Y DON LUIS DE REQUESENS:
UN BINOMIO DE ÉXITO NO
SIEMPRE BIEN AVENIDO
Alejandro ANCA ALAMILLO
Marinero reservista voluntario honorífico
UANDO el 15 de enero de 1568 Felipe II designó a
su hermano Juan de Austria «generalísimo de la
Armada del Mediterráneo y el Adriático» (tras
la dimisión de García de Toledo) con objeto de que
se pusiera al frente de las fuerzas navales que debían
dar protección al tráfico marítimo y a las poblaciones
costeras levantinas, tuvo la precaución (1) —debido
a su juventud (21 años) y al gran aprecio que le tenía
(y por qué no decirlo, buscando moderar en algo su
espíritu indomable)— de entregarle unas instruccio-
nes reservadas que, a modo de código de conducta,
tenían como fin instruirle en su nuevo cargo pues,
como bien apuntó el cronista palaciego Luis Cabre-
ra de Córdoba:
«No se nace con la experiencia, y a los que dan muestra de valerosos y
bien inteligentes [entre los príncipes] conviene ocuparlos poco a poco, para
que aprendan a ser magníficos, templados, fuertes, liberales, prudentes, con
gravedad en las palabras, fe en las promesas, discurso con advertencia,
mostrarse a sus soldados en la vista alegres, serenos, agradables, humanos,
guardando decoro y grado conveniente a su dignidad; de manera que la fami-
liaridad no los haga poco obedientes, y la severidad y dureza enemigos...» (2).
(1) No en vano fue conocido como el «Rey Prudente».
(2) CABRERA DE CÓRDOBA, Luis: Felipe Segundo. Rey de España. Madrid, 1619. Reimpre-
so por la Imprenta Estereotipia y Galvanoplastia de Aribauy C.ª, 1876-1877. Impresores de
Cámara de S. M. Madrid. Libro VII, capítulo XXIII, p. 567.
2021] 299
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Por ello el rey, entre otras
directrices de orden moral, le
advirtió en dichas instrucciones
del respeto y consideración que
debía tener con sus ayudantes y
consejeros directos:
«... las empresas más gran-
des que discurráis jamás las
pongáis en práctica sin que
pasen primero por el crisol de
sus consejos y aprobación...
deberéis... pedirle consejo en
todos los asuntos y negociados
y los... honraréis siempre...» (3).
Otra medida sensata que
tomó fue la de nombrar el 22
de marzo siguiente, en calidad
de lugarteniente general de la
Mar (4), a uno de sus genera-
les de mayor prestigio, Luis de
Requesens, para:
«... que así en su presencia
como en su ausencia o impedi-
mento, podáis proveer, dispo-
ner y ordenar, prevenir y hacer
en nombre de dicho D. Juan,
Retrato de Juan de Austria pintado en 1854 por Ramón como tal su Lugarteniente
Salvatierra y Molero. (Museo Naval de Madrid) General, representando su
persona, en todo aquello que
él, en virtud de su título y cargo, podría hacer, ordenar y proveer, bien y así
como si por su propia persona lo ordenase, proveyese y dispusiese» (5).
(3) VEGA VIGUERA, Enrique de la: Instrucciones secretas del Rey Felipe II a su hermano
Don Juan, en http://institucional.us.es/revistas/rasbl/25/art_10.pdf, pp. 132-134.
(4) Felipe II enviaría sendas cartas fechadas el 11 de abril a la Santa Sede y al duque de
Florencia informando del nombramiento.
(5) MARCH, José María: La Batalla de Lepanto y Luis de Requesens. Ministerio de Asuntos
Exteriores. Madrid, 1944, p. 23.
300 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Ese mismo día, junto con el nombramiento, recibiría dos instrucciones
particulares que especificaban con más claridad las amplias competencias de
mando que se le concedían:
«Primeramente, como quiera que el título que se os da del oficio y cargo
de Lugarteniente General para que os habemos nombrado, por lo que toca a
vuestra autoridad y por el respeto que queremos que por todos se os tenga, va
muy largo y extendido sin limitación, teniendo como habemos tenido fin a
excusar toda ocasión de dificultad ni embarazo en el cumplimiento de lo que
vos ordenarais; más juntamente con esto se entiende que en el uso de él, en lo
que toca al dicho ilustrísimo Don Juan de Austria, mi hermano, y a la autori-
dad que se ha de dar por estos y por todos, habéis de proceder con mucha
consideración y respeto, advirtiendo que todas las cosas que se hubieren de
despachar, proveer y mandar por escrito, estando él presente, vayan y se
hagan en su nombre y firmadas de él con vuestra señal... La asistencia vuestra
con la persona del dicho Ilmo. Don Juan, así por lo que toca al cargo como a
su persona y en todo lo demás, es de muy grande importancia... entendiendo
cuánto depende de esto no sólo el buen gobierno y el buen modo de proceder
en lo del dicho cargo y oficio, más para la buena dirección y progreso de su
vida y acciones que tanto deseamos; y así os encargamos mucho residáis y
asistáis con él de ordinario, estando en la mar, en su galera propia, y en tierra
en la parte y lugar que él estuviese, aconsejándole siempre y advirtiéndole,
además de lo que toca su oficio lo que vederes que conviene a su honor, y
autoridad, y buenos y honestos ejercicios y ocupaciones, y trato universal
con todos, que todo esto confiamos a vos; y con tan buen consejo, asistencia y
ayuda, esperamos que sucederá bien... (6).
»Y como quiera que, como habréis visto, por uno de los capítulos de la
Instrucción particular que habemos dado al dicho ilustrísimo Don Juan de
Austria, le habemos ordenado, y así es nuestra voluntad, que se guarde, que
todo lo que se hubiera de proveer, ordenar y hacer sea con vuestro parecer, y
que de aquel no se aparte de ninguna manera, y demás de lo que se dice por
escrito, se lo habemos advertido particularmente de palabra... Mas, si no
embargante esto en algún caso él se apartare de vuestro parecer y quisiese
proveer y ordenar otra cosa, haréis vos diestramente y con prudencia las dili-
gencias que os pareciese convenir para le desviar de ello, y no bastando esto,
no haréis otra demostración pública ni de manera que se entienda, guardado
en esto el decoro y autoridad que se debe, y excusando la ocasión de entrar
en no buena satisfacción ni otro inconveniente, y advirtiéndonos de lo que
pasare...»
(6) Ibidem, pp. 23-24.
2021] 301
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Como vemos, Felipe II
quería que Requesens no fuera
solo el segundo de su hermano
para suplirle en su ausencia o
enfermedad, que eran las atri-
buciones propias del cargo,
sino que le otorgaba facultades
de consejero y tutor. Pero
llegados a este punto, el lector
neófito se preguntará quién
era Requesens y cómo era
posible que Felipe II confiara
tanto en él.
Nacido en Barcelona en
fecha indeterminada durante la
segunda década del siglo XVI (7),
sus padres fueron Estefanía de
Requesens y Juan de Zúñiga
y Avellaneda, comendador
mayor de Castilla de la Orden
de Santiago, mayordomo ma-
yor de Carlos I y ayo y maes-
tro de Felipe II en su niñez y
Francisco Jover y Casanova. Retrato de Luis de adolescencia. De ahí que Luis,
Requesens y Zúñiga. (Museo Nacional del Prado) como vástago de aquel, com-
partiera «pupitre» con el futu-
ro rey, de donde le vino la confianza total que el monarca depositaba en él.
Lo primero que puede llamar la atención es el hecho de que sus apellidos
estuvieran invertidos. Recordar aquí que en el ámbito familiar se decidió que
llevara primero el materno con el fin de preservarlo en recuerdo a los servi-
cios realizados por sus antepasados en la Marina catalana contra los piratas.
Desde muy joven nuestro protagonista combatió por mar a los berberiscos,
acudiendo en diversas ocasiones al socorro de distintas plazas del litoral cata-
lán. En premio a sus meritorios servicios y a su «inteligencia despejada y su
tacto exquisito», Felipe II decidió designarlo en 1564 embajador en Roma (8),
donde realizó su labor a su plena satisfacción. Más tarde fue nombrado capi-
(7) Algunos historiadores señalan que fue en el año 1528.
(8) Sustituyó a Francisco de Vargas y, como hecho curioso, reseñar que cuando fue a
entregar sus credenciales al papa (Pío IV) en la primera audiencia que tuvo con él, este se pasó
todo el encuentro censurando la embajada de su predecesor. También, poco tiempo después,
fue llamado a consultas a España, como protesta por el trato protocolario recibido por el emba-
jador galo, regresando a Roma en agosto de 1565 una vez resuelto el affaire.
302 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
tán general de la Mar y volvió a demostrar su competencia profesional comba-
tiendo al moro.
Sin duda, el monarca escogió para asesorar a su hermano a un general con
la experiencia y prudencia que requería el caso, queriendo así suplir las caren-
cias que en ese sentido tenía Juan de Austria.
Pero no solo de Requesens aprendería las nociones básicas y precisas sobre
navegación, meteorología, características maniobreras de las galeras (en espe-
cial la boga y el cambio de velocidad) y tácticas navales que su cargo reque-
ría, pues al primer consejo que presidió en Cartagena el 2 de junio de 1568
concurrieron, entre otros mandos, almirantes de tanto prestigio como Álvaro
de Bazán, Juan de Cardona y Gil de Andrade.
Dos días más tarde el príncipe y su lugarteniente zarparían de Cartagena
con 33 galeras, haciendo crucero por el Mediterráneo Occidental hasta fina-
les de septiembre. La experiencia que adquirió Juan de Austria en los tres
meses y medio en los que mandó esta escuadra sentó las bases de su faceta
como marino.
Al año siguiente (9) combatirían también juntos en la campaña de Grana-
da, ya que había que sofocar la rebelión de los moriscos de ese reino a causa
de la Pragmática de 1 de enero de 1567, que había agravado en extremo las
condiciones de vida de aquellos al obligarles a renunciar a su vestimenta,
lengua, costumbres y prácticas religiosas en el plazo de un año bajo pena de
multa y cárcel. Después de rendirlos en Galera, Valle del Almanzora, Serón y
las Alpujarras, Juan de Austria entró triunfante en la ciudad andaluza en
noviembre de 1570.
No obstante, es en las postrimerías del conflicto, el 7 de junio, cuando
aparece el primer roce entre ambos. Es en una carta en la que Juan de Austria
se queja a Ruy Gómez de Andarás de la excesiva independencia en la forma
de proceder de su subordinado:
«El Comendador Mayor (se refiere, claro, a Requesens) envía a esta Corte a
D. Miguel de Moncada a sus negocios; los que son, no lo sé, pero sé bien cierto
que lleva discursos de cosas de armadas y no me ha dicho palabra. Estas son
las cosas, Sr. Ruy Gómez, que no digo que se pueden mal sufrir, porque ni
como principal en aquel ministerio debía tratar de ellas sin comunicármelas,
pues no lo es, ni como teniente mío menos, estando yo presente...» (10).
Como esta queja no llegó a oídos del rey, y debido a la exitosa campaña
naval y a la gran victoria terrestre, aquel entendió que el binomio era perfecto,
(9) Recordar que Felipe II nombraría en abril de 1569 a Juan de Austria general al mando
de todas las tropas Reales.
(10) MARCH, José María: op. cit., p. 26.
2021] 303
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
por lo que no fue extraño que, ante la «más alta ocasión que vieron los
siglos», decidiera mantenerlo pese a las reticencias del papa. Mientras se
cerraban las negociaciones del acuerdo, desde principios del año 1571 Juan de
Austria se encontraba en Madrid, y fue en la capital donde recibió la orden el
6 de junio de dirigirse a Barcelona con objeto de supervisar la preparación de
la flota española reunida allí y donde se presentaría diez días más tarde,
adelantándose a la llegada de los príncipes de Bohemia (Ernesto y Rodolfo,
hijos del emperador Maximiliano), que debía llevarles a Génova, desde donde
emprenderían, pasando por Milán, su vuelta a los Estados de Alemania. Entre-
tanto llegaban sus egregios pasajeros (11), convocó una reunión en la que,
además de Requesens, participaron Álvaro de Bazán, Sancho de Leiva y Gil
de Andrade, entre otros capitanes de mar.
El 20 de junio de 1571, Felipe II mandó una misiva a su hermano instándo-
le a formar una armada para la Liga contra el turco, tomando el mando efecti-
vo y supremo de la flota cinco días más tarde.
Pasarían aún algunas jornadas hasta que quedara lista para zarpar la expe-
dición, ya que hubo que esperar a los 4.000 soldados que se encontraban en
tránsito desde Cartagena y a los voluntarios que habían combatido contra los
moriscos.
Fue también en este ínterin (seguramente en la primera semana de julio)
cuando llegó a sus manos una nueva misiva de su hermano. Eran unas instruc-
ciones reservadas, redactadas el 26 de junio, por las que el rey le prohibía
expedir o firmar disposición alguna concerniente a la flota sin el visto bueno
de Requesens. Además, le amonestaría si aceptaba con naturalidad que algu-
nos de sus subordinados le trataran de «alteza», cuando en ningún caso tenía
esa dignidad. Recordar aquí que cuando se produjo su reconocimiento oficial,
Felipe II solo le concedió el tratamiento de «excelencia» (12).
Estos «toques de atención» enfadarían muchísimo a Juan de Austria, pues
pensaba que no era coherente que el mando supremo de la Santa Liga no reci-
biera ese tratamiento, lo que a su modo de ver le desprestigiaba ante los ojos
de sus subordinados, por lo que el 12 de julio le contestó reprochándole que
«se le iguale con muchos, cuando merecía más y todos esperaban verlo».
En privado también se quejaría a Ruy Gómez, al que llegó a insinuar que
quería dejar la carrera de las armas.
Sin duda, todas estas gotas colmarían el vaso de su paciencia en el affaire
que vamos a contar a continuación. Sin llegar a cumplir su amenaza, y
completado el alistamiento de su flota compuesta por 37 galeras, Juan de
Austria dio orden de zarpar el 20 de julio con destino a la República de Géno-
(11) No llegarían a Barcelona hasta el día 25 de junio.
(12) BENNASSAR, Bartolomé: Don Juan de Austria. Un héroe para un Imperio. Ediciones
Temas de Hoy. Madrid, 2000, p. 103.
304 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Génova en el siglo XVI. Universidad de Jerusalén
va adonde, tras una bonancible y plácida travesía, llegaron a primera hora de
la mañana del 26 de julio. Recibido por el dux, por casi todos los príncipes
de Italia y por Juan Andrea Doria —que se había adelantado días antes con
su galera para asegurarle un buen recibimiento (13), ya que había recelos
de que así fuera, pues hacía medio siglo que ningún marino genovés había
mandado una escuadra española—, Juan de Austria se puso «en cuerpo y
alma» a preparar con Requesens la expedición que debía enviar a Nápoles,
pero enseguida se encontró con dificultades logísticas y crematísticas que
aventuraban un retraso en su salida (14). Fue cinco días antes de su partida
cuando se declararía el desagradable episodio que vamos a relatar.
Efectivamente, caída la tarde del 31 de julio, Requesens recibía la visita
del secretario Juan de Soto, que le informaba que su señor había dispuesto que
en adelante no debía comer con él en la galera Real, si bien le autorizaba a
pedir a los criados que le llevaran la comida que quisiera a su barco. Aunque
aceptó la voluntad de su jefe, como no podía ser de otra manera, al día
siguiente escribió una misiva a su rey quejándose de la actitud de Juan de
Austria, de la que entresacamos estos interesantes párrafos (15):
(13) Juan de Austria se hospedaría en el palacio de Andrea Doria, que esa noche ofreció un
baile de máscaras en su honor.
(14) «Carta de 27 de julio de 1571 de Luis de Requesens, comendador mayor de Castilla,
al secretario Antonio Pérez sobre la llegada de Juan de Austria a Génova y noticias de su viaje
y estancia».
(15) «Carta de 1 de agosto de 1571 de Luis de Requesens, comendador mayor de Castilla,
a Felipe II, rey de España, sobre las disposiciones tomadas por Juan de Austria con relación a
su comida en la galera Real». Archivo General de Simancas, EST, leg. 1.401, 196. Para mejor
comprensión del lector, hemos adaptado su ortografía a los usos actuales, eliminado la escritura
continua y deshecho algunas abreviaturas.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
«Estando anoche para venirme a embarcar, me envió el Sr. D. Juan a decir
con el secretario [Juan de] Soto que me avisara [de] que yo no había de comer
con él en galera como lo había hecho ahora tres años cuando su Excelencia
navegó y que yo hiciese meter en La Real los criados y servicio que quisiese
para que me acercaran mi comida aparte, pues no era justo que comiese en su
estado (léase presencia) pareciéndome la mayor novedad del mundo, y le
respondí que su Excelencia se acordase [de] que V. M. había mandado cuando
fue servido que yo le sirviese en la mar, que comiese con su Excelencia pues en
galera no había aparejo para dos cocinas y dos servicios y que siendo esto así no
podía comer sino con él... y que así se había ejecutado tres meses que su Exce-
lencia navegó el año de 68... y que era justo decirme esto en Madrid para que yo
me quejara con licencia de V. M... pero que suplicaría a Su Excelencia conside-
rase que esta novedad haría en Italia demasiado ruido y poco conveniente al
Servicio de Su Majestad, y que si yo pudiera excusarle con obedecer lo que se
me manda, lo hiciera, pero que muy mayor ruido sería verme descompuesto en
la Galera Real y que yo lo sufriese de que quedaría tan sin reputación que
vendría a ser mayor inconveniente para el servicio de V. M. Fue Soto con esta
respuesta y díjome [que]... su Excelencia resolvió en parecerle que no me había
sin razón y... que no consentiría que yo dejase de navegar en la Real porque era
conforme a la institución de V. M., a lo cual respondí que era en la institución a
mí a dos capítulos. El primero en que manda a V. M. que se guardasen las
instrucciones pasadas en cuanto no fuesen contrarias a estas, y otro en que así
mismo mandaba V. M. que yo navegase en la Real, de la misma forma y manera
que hasta aquí lo había hecho y que mandándome está, yo no estaba obligado a
navegar allí, y que no comería bocado en la galera Real si no fuese en la mesa
de su Excelencia y que si lo había hecho desde Barcelona hasta Génova era por
venir allí los serenísimos príncipes de Bohemia con quien se había tener dife-
rente consideración y que el no consentirme navegar en otra parte, lo podía su
Excelencia hacer mandándome cortar la cabeza o echarme en cadena y no de
otra manera porque los príncipes eran señores de las vidas y haciendas de los
hombres como yo, pero no de sus honras y así me pase a comer a mi galera y
desde allí me pasaré V. M. Concediere al Real y procuraré servir esta jorna-
da...».
Es de suponer que Juan de Austria tomó la determinación de que no le
acompañara más a la mesa en la convicción de que solo debía compartir
mantel con sus iguales, como así lo había demostrado durante el tránsito
hacia Génova con los príncipes de Bohemia, entendiendo la ausencia volun-
taria de Requesens (deferencia a aquellas altas dignidades) como un hecho
consumado.
Felipe II contestó a la queja de Requesens con una misiva en la que intentó
poner «paños calientes» a su ofendido subordinado, expresándose en los
siguientes términos:
306 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
«El Rey--D. Luis de Requesens, Comendador mayor de Castilla, del nues-
tro Consejo de Estado y Lugarteniente general de la mar. Vuestra carta de 1.º
de agosto sobre lo que habíais pasado con mi hermano a la partida de Génova,
recibí a 10 del mismo, y me ha pesado mucho que se haya atravesado cosa de
disgusto entre mi hermano y vos, al cual yo escribo sobre esto y mando adver-
tir de lo que conviene; y porque el Cardenal con quien yo he comunicado este
negocio os escribirá lo que al el toca, sólo diré aquí que os agradezco mucho
lo que en vuestra carta decís que procurareis que ninguna cosa baste a que se
deje de anteponer a todo mi servicio, ni que a vos no asistáis a él con el
mismo cuidado y amor que hasta aquí, de que yo tan satisfecho, cuanto me
obliga la prueba de ello, y anqué por esto mismo entiendo que no es menester,
todavía os encargo que procuréis por vuestra parte cuanto fuera posible la
buena correspondencia en todos los negocios con mi hermano; que a él le
encargo yo mucho lo mismo, como creo que lo hará , pues hay razón para
ello, y se atraviesa también ser esta mi voluntad. En lo demás que toca a vues-
tra licencia, no hay que tratar ahora hasta que se acabe la jornada este verano,
La capitana de Génova en la batalla de Lepanto. Grabado del capitán ingeniero Juan de Ledes-
ma incluido en la obra Primera Década de las Guerras de Flandes... Colonia 1681.
(Biblioteca Nacional)
2021] 307
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
y entonces se verá lo que más convenga y lo que a vos os toca, lo cual miraré
yo siempre con la voluntad que os tengo. Madrid a 7 de septiembre de 1571.
Yo el Rey» (16).
La gran victoria en Lepanto restaría importancia a este desencuentro, sien-
do condescendiente el rey con la vanidad e impulsividad de su hermano, libe-
rándole en el mes de diciembre de la «pesada losa auditora» de Requesens,
que lo apartó de su lado al nombrarle gobernador del Milanesado.
Felipe II siguió confiando ciegamente en Requesens; tanto es así que más
tarde le nombró gobernador de los Países Bajos en un intento por recuperar el
control de aquellos territorios; pero, a pesar de todos sus esfuerzos y debido a
su frágil naturaleza, falleció en Bruselas el 5 de marzo de 1576.
BIBLIOGRAFÍA
CARLOS, Luis de: Alexander. La extraordinaria historia de Alejandro de Farnesio. Editorial Planeta.
Barcelona, 2018.
FERNÁNDEZ NAVARRETE, Martín; SALVÁ, Miguel; SAINZ DE BARANDA, Pedro: Colección de documen-
tos inéditos para la historia de España. Imprenta de la viuda de Calero. Madrid, 1843.
FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y León. Tomo
II. Museo Naval. Madrid, 1972.
GONZÁLEZ PAÑERO, Juan Antonio; PABLO GAFAS, Luis de; RODRÍGO FERNÁNDEZ, Rafael: Catálogo de
la Colección de Documentos de Sanz de Baturell que posee el Museo Naval. Ministerio de
Defensa-Museo Naval. Madrid, 1999.
Enciclopedia General del Mar. Ediciones Garriga, S. A. Barcelona, 1968.
(16) Recogida en FERNÁNDEZ NAVARRETE, Martín; SALVA, Miguel; SAINZ DE BARANDA,
Pedro: «Colección de Documentos Inéditos para la historia de España». Imprenta de la viuda de
Calero. Madrid, 1843. Tomo III, p. 194.
308 [Agosto-septiembre
EL PARECER DEL SEÑOR
MARQUÉS
Juan RODRÍGUEZ GARAT
(Retirado)
Cierto que el apellidarse una galera de un modo o de otro
no la torna invencible, pero si el nombre es autorizado y de
gloria levanta el ánimo de la gente y la fuerza a grandes cosas.
Álvaro de Bazán
El abrazo del general
MANECE el día 7 de octubre. La interminable
fila de galeras, galeotas y pequeñas fragatas y
bergantines que forma la armada de la Santa Liga
deja la isla de Oxia por estribor y, siguiendo los
planes formulados días atrás, comienza a desple-
gar en la entrada del golfo de Patras. Al fondo, el
viento de levante aligera los movimientos de la
armada otomana, que surge desde el fondeadero
de Lepanto y, con la facilidad que solo puede dar
la práctica de mar, adopta su propia formación de
combate.
Al mando de las armadas a punto de enfren-
tarse están dos generales valerosos, cuya innega-
ble autoridad no está todavía avalada por la expe-
riencia. Juan de Austria es hijo natural del
emperador Carlos V. Educado para la religión,
tiene vocación militar y talento natural, pero cuenta solo con 24 años y le
queda mucho por aprender. Enfrente, Alí Pachá es yerno de Selim II y acaba
de reemplazar al gran Pialí en el mando de la armada otomana. Sin embargo,
ambos están rodeados de expertos marinos. Hijos de su tiempo, no les corres-
ponde a ellos acertar en las decisiones tácticas, para las que cuentan con los
mejores profesionales de la época. Su papel es a la vez más sencillo y más
grande: imponer su voluntad sobre los 80.000 hombres que combaten por
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Batalla de Lepanto (I). (Gráfico del autor)
Batalla de Lepanto (II). (Gráfico del autor)
310 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
cada lado, en representación de la de sus soberanos. Esa es su responsabili-
dad histórica, y los dos, vencedor y vencido, van a estar a la altura de lo que
se espera de ellos.
La historia tiene sus razones, pero a veces las cosas son más simples de
lo que parecen. Así ocurre en Lepanto. Más que las ambiciones de la Subli-
me Puerta, más que los sueños del papa, las necesidades estratégicas del rey
de España o los miedos de la Señoría de Venecia, son las férreas voluntades
de Juan de Austria y de Alí Pachá las que conducen inexorablemente a un
enfrentamiento inusitado, lleno de contrastes que no siempre han sido apre-
ciados por los historiadores. ¿Anticuada justa medieval en la que solo está
en juego el honor, o moderna batalla decisiva en la que, como ocurriría en
Jutlandia siglos después, lo que está en disputa no es otra cosa que el domi-
nio del mar? ¿Última de las grandes batallas navales librada con tácticas y
armas de infantería, o primera, adelantándose en muchas décadas a su
propio tiempo, en la que el objetivo era puramente naval: la destrucción de
la armada enemiga? (1).
Como ha ocurrido tantas veces en la historia de la humanidad, los dos
generales llegan a la batalla mal informados. Ambos están convencidos de
que van a combatir en superioridad porque, a partir de los fragmentarios
datos que cada uno ha podido reunir, estiman las fuerzas del contrario en un
tercio menos de lo que realmente son. Pero esta confusión no resta mérito a
las decisiones de ambos líderes: cuando se dan cuenta de su error, cuando
galera tras galera de uno y otro bando van haciéndose visibles en el campo de
batalla, tanto el musulmán como el cristiano se mantienen firmes. Lo exige el
honor.
El turco tiene buenos motivos para aceptar el desafío. Tiene a su favor el
viento, que sopla de levante en esas tempranas horas del día. Pero también
está su favor —o al menos eso cree Alí Pachá— el viento de la historia. El
maridaje del Imperio otomano, que aporta como dote su poderosa energía
expansiva, con las ciudades corsarias del norte de África, cuna de excelentes
marinos, ha engendrado un formidable poder naval que, desde su victoria en
Préveza sobre el mismísimo Andrea Doria, se ha mostrado superior al de
todos sus rivales mediterráneos. Además, al contrario que su enemigo, Alí
(1) Es probable que ni Juan de Austria ni Alí Pachá fueran plenamente conscientes del
carácter de la batalla que iban a librar. La mar era entonces más frontera natural que camino.
Las escuadras eran herramientas para atravesar ese inmenso obstáculo, y tardaría todavía algu-
nos siglos en discutirse la idea estratégica —que a la postre resultaría efímera— de la «batalla
decisiva» para alcanzar el «dominio del mar». En el siglo XVI se llegaba al combate naval solo
cuando era preciso para alcanzar objetivos en tierra o evitar que lo hiciera el enemigo. De ahí
las críticas de algunos historiadores de la época que, perplejos, se preguntaban si había valido la
pena tanto esfuerzo para no ganar un palmo de terreno. Sorprendentemente, aún hay quien
piensa así.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Pachá tiene a sus órdenes una armada homogénea, que sirve a un único sultán,
y también un objetivo claro y explícito. Chipre ya ha caído y Selim II le ha
ordenado buscar y destruir la escuadra de la Santa Liga. Nada hace pensar al
marino otomano que tanto el viento como la historia están a punto de cambiar
de dirección.
El camino de Juan de Austria hasta Lepanto ha sido mucho más difícil,
plagado de obstáculos políticos y logísticos que solo su inmensa energía ha
sido capaz de superar. No teme los riesgos del combate, y ha tenido ya ocasio-
nes para demostrarlo. Pero quizá tema defraudar a su rey, de quien sabe que
no tiene toda su confianza. ¿Qué pasa por su cabeza al contar las velas del
enemigo? ¿Recuerda entonces el joven príncipe las prudentes advertencias de
su mentor, García de Toledo, un gran marino que le ha aconsejado que evite
enfrentarse con los turcos en la mar si no cuenta con superioridad numérica?
¿Valora lo que podría ocurrir en la cristiandad si su heterogénea armada, a la
que se ha esforzado por cohesionar mezclando en cada escuadra galeras espa-
ñolas, venecianas y pontificias, no está a la altura de sus expectativas? ¿Siente
Juan de Austria sobre sus hombros el peso de la historia?
No sabemos si en algún momento llega a flaquear el ánimo del príncipe.
Pero sí tenemos constancia de lo que, en las horas previas a la más alta
ocasión que vieron los siglos, sienten muchos de sus subordinados. Así nos lo
cuenta Fernández Duro: «Todos los generales fueron en los esquifes a la Real
a tentar la energía del caudillo con la expresión del semblante tanto como con
las observaciones que a cada cual ocurrían. Los más oficiosos o apocados
insinuaron la conveniencia de la retirada; los indecisos propusieron la reunión
del Consejo...».
No es el valor lo que les falta a aquellos hombres. Pronto van a demos-
trarlo cumplidamente. Si acaso, les pesa lo mucho que está en juego. Los
venecianos, aún llenos de ira por la tortura y muerte de Bragadino, el
heroico defensor de Famagusta, saben que solo sus galeras se interponen
entre los otomanos y la Serenísima República. Es su patria lo que hoy
arriesgan. Los españoles son conscientes de los sacrificios que han sido
necesarios para poner en orden de combate una armada de esas dimensio-
nes. Saben que, si se perdiera, sería difícil repetir el esfuerzo y que sin esas
galeras el Mediterráneo sería un lago otomano. Para el papa, la derrota
significaría el fin de sus sueños de resucitar la cruzada y, posiblemente, la
amenaza de la Media Luna sobre la propia Roma. Llega la hora de las vaci-
laciones y hasta los más fuertes parecen doblarse ante el peso de la enorme
responsabilidad.
¿Todos? No. Como ocurre en la ficción con cierta aldea gala donde Obélix
reparte menhires, pero sin necesidad de poción mágica alguna, hay una excep-
ción: «Don Álvaro de Bazán, que acudió a la Real con unas ricas armas dora-
das, con muchas plumas en la cimera, galán y contento, a dar la enhorabuena
a Su Alteza por haber comparecido el turco». Continúa Fernández Duro: «El
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Príncipe le abrazó, agradeciéndole lo que había hecho» (2). El resto ya es
historia. Sin duda reconfortado por la actitud de Álvaro de Bazán, el joven
general responde a los que dudan: «Señores, ya no es hora de deliberación,
sino de combate».
Tengo para mí que, de todas las hazañas de Álvaro de Bazán, es ese abrazo
lo que mejor le define, el que le humaniza, el que le hace compañero y
cómplice de su superior, el que le transmite su confianza y su apoyo, el que
con gesto humilde muestra al joven príncipe que sigue el camino correcto. Y
quizá sea ese abrazo el que, en un solo gesto, represente mejor los valores que
la Armada ha grabado con letras de oro en el Patio de Aulas de la Escuela
Naval, que no por casualidad lleva el nombre del insigne marino: honor, valor,
disciplina y lealtad.
El héroe y el hombre
Vaya por delante que el abrazo del que estamos hablando, digno prólogo
de la épica jornada de Lepanto, no es el de un cualquiera. Álvaro de Bazán
hereda de su padre —a quien hoy conocemos como «el Viejo», sin saber muy
bien si a él le gustaría que le recordáramos así— un difícil y exigente oficio,
que tiene parte de marino, parte de guerrero y parte de armador. Un oficio por
el que se obliga a combatir por su rey sobre la mar, pero también a preparar
los buques de su mando y, en ocasiones, a construirlos a sus expensas.
Álvaro «el Mozo» ha tenido un gran maestro en su padre, pero es él quien
lleva a lo más alto el nombre familiar. Con 28 años se convierte en general de
una pequeña armada de naos, galeras y galeazas, que de todo hay hasta que,
con el tiempo, concebido por el procedimiento de prueba y error, se impone el
diseño del galeón como hoy lo conocemos, un buque que llegó a dominar los
mares y cuya evolución debe mucho a la dinastía de los Bazán. Su oficio es
también su negocio: muchas de las naves bajo su mando son de su propiedad.
Con ellas se dedica con éxito a combatir el corso —sobre todo francés—
desde el Cantábrico hasta las Canarias. Mientras él está al mando, ni una sola
nao de la Carrera de Indias cae en poder de los corsarios. Al contrario, son
estos los que pierden buque tras buque, muchos de los cuales van a engrosar
la armada de Álvaro de Bazán.
Ocho años después, habiéndose labrado ya un nombre entre la gente de la
mar, consigue el joven marino su segundo mando: una escuadra de ocho gale-
ras financiada por el comercio de Sevilla para la guarda del Estrecho. Pero no
(2) FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada española desde la unión de los reinos de Castilla
y de Aragón. El hecho lo relata también José CERVERA PERY, José: Don Álvaro de Bazán. El
gran marino de España.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
es su estilo limitarse a hacer lo
preciso de su deber. Aunque
no guste a los mercaderes
sevillanos, sus galeras son
necesarias también en otros
lugares. El rey cuenta con
ellas para acciones tan nota-
bles como el socorro a Orán,
la conquista del peñón de
Vélez y el cegamiento del río
de Tetuán.
Los hechos meritorios se
suceden, pero donde se multi-
plica el prestigio de Álvaro de
Bazán es en el socorro a
Malta. Mientras otros vacilan,
el plan que él propone, simple
y audaz —elegir las 60 mejo-
res galeras para llevar a tierra
el ejército que había de levan-
tar el sitio, evitando el enfren-
tamiento con las galeras
otomanas, muy superiores en
número—, es el elegido por
Estatua de Álvaro de Bazá n en Viso del Marqués. García de Toledo para dar
(Fotografía facilitada por el autor) apoyo a los pocos caballeros
de la Orden que todavía se
defienden. A las dudas de otros grandes marinos, Álvaro de Bazán responde
con una lección que dice haber aprendido de Horacio: «En las empresas,
después que se han pesado bien las circunstancias, siempre hay que dejar algo
a la fortuna». Lección, por cierto, muchas veces olvidada.
Los repetidos éxitos de Álvaro de Bazán relanzan su carrera. En 1568, al
tiempo que Juan de Austria releva a un cansado García de Toledo como capi-
tán general de la Mar, Felipe II nombra a Bazán capitán general de la Escua-
dra de Galeras de Nápoles. Es un ascenso importante que llega en tiempos
difíciles. Por propia iniciativa, el nuevo general vuelve a la Península y apoya
a las fuerzas de tierra en la guerra contra los moriscos sublevados en las Alpu-
jarras. Es la primera ocasión en la que combate a las órdenes de Juan de
Austria y ambos se muestran satisfechos. Encajan bien el experto marino y el
bisoño príncipe.
De vuelta en Nápoles, Álvaro de Bazán aprovecha su experiencia como
armador para rehabilitar su escuadra, poniéndola a la altura de lo que en
Lepanto se va a exigir de ella. Son muchos los que piensan que las galeras
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
españolas —y en particular las de Nápoles— son las mejores de su tiempo.
Pero es el combate el que al final justifica o no las expectativas, y nunca es
posible estar seguro hasta que esto ocurre. No es momento de relajarse, y no
lo hace Álvaro de Bazán.
En 1569 el rey, agradecido por sus servicios, le nombra marqués de Santa
Cruz. Pero no cabe engañarse sobre la generosidad del monarca, no se trata
solo de un reconocimiento desinteresado de los méritos de don Álvaro. Como
los galones en la bocamanga de los marinos de hoy, en el siglo XVI los títulos
de nobleza son imprescindibles para que se reconozca la autoridad de los más
altos mandos militares. Con este nombramiento, ambos ganan. El nuevo
marqués necesita el título para poder aspirar a cargos aún más importantes.
Felipe II se lo concede para habilitar para mayores empresas a un general
cuya valía ha conseguido llamar su atención.
No defrauda Álvaro de Bazán la confianza de su rey. Pocos días antes de la
batalla de Lepanto, el general veneciano Veniero reprime con dureza un alter-
cado en una de sus galeras y manda ahorcar al capitán de las tropas que lleva a
bordo, un toscano al servicio de Felipe II. No tiene derecho a ordenar un casti-
go así y Juan de Austria no puede tolerarlo. La alianza entra en crisis. Reunido
el consejo, Requesens, Doria y Cardona recomiendan al príncipe abandonar a
los venecianos a su suerte, lo que supondría el fin de la Santa Liga. Es enton-
ces —porque también hay momentos difíciles en las mesas de los consejos—
cuando Álvaro de Bazán vuelve a marcar la diferencia. Respetuoso y sereno,
se atreve a discrepar de quienes han hablado antes que él. Con sensatas razo-
nes, recomienda aplazar el castigo a Veniero y continuar la jornada. Juan de
Austria, que comprende lo mucho que está en juego, le apoya y escoge para
cerrar la reunión las palabras que hoy, 450 años después, dan título a este ar-
tículo: «Adelante. Sigamos el parecer del señor marqués».
No es pues un cortesano cualquiera, sino un marino de impecable trayecto-
ria y ennoblecido por su rey quien, después de darle consejo, respalda con su
abrazo la decisión de Juan de Austria. Con este gesto, el marqués sin duda
contribuye a apuntalar lo que hoy llamaríamos «centro de gravedad» de la
armada cristiana: la voluntad de su capitán general.
Tiene sus horas la hazaña…
Reiteradas veces se ha publicado en la REVISTA GENERAL DE MARINA el
relato de la batalla de Lepanto tal como nos lo han contado testigos presencia-
les. La mayoría de los lectores saben que Álvaro de Bazán recibe de Juan de
Austria el mando de la escuadra de socorro —algo que hoy llamaríamos la
«reserva táctica»— constituida por 30 galeras, muchas de ellas de Nápoles,
preparadas por él. Sus órdenes son fiel reflejo de la confianza del príncipe:
«… las resoluciones que habrá de tomar, habrán de ser según las ocasiones y
2021] 315
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
necesidades remitiéndose a la prudencia y valor del dicho Marqués, solamente
se le encarga que haga lo que yo confío que por sus muchas buenas partes he
hecho elección de su persona...».
Con estas órdenes, que si hubieran de transmitirse por banderas de señales
quizá pudieran quedar resumidas en un escueto «España espera que don
Álvaro cumpla con su deber», Juan de Austria, como haría Nelson siglos
después, da la medida de su liderazgo. Teniendo en sus manos dos tareas
incompatibles —la de ponerse a la cabeza de sus hombres para darles estímu-
lo y la de retener el control de la batalla—, elige sin dudar la primera, que
cree decisiva para la moral de unos combatientes que han aprendido a temer
al turco, quizá en demasía. Con el rostro descubierto para asegurarse ser
reconocido, ensaya unos pasos de baile mientras las armadas se dirigen la
una contra la otra. Espera así demostrar que él no tiene miedo. Y en verdad
no lo tiene. Desde la Real, inconfundible por su cuidada decoración y por el
estandarte que lleva, Juan de Austria busca y encuentra la galera de Alí
Pachá. Tras la embestida, ambas se convierten en el campo de batalla donde
se decidirá el enfrentamiento.
Mientras Juan de Austria inspira a las tropas con su ejemplo, tiene que ser
Álvaro de Bazán quien toma las decisiones tácticas adecuadas para responder
a las maniobras de los otomanos. Las galeras, como es sabido, combaten de
proa, donde tienen la artillería. Sus costados son frágiles y vulnerables a la
embestida. Las españolas, más sólidas y mejor armadas, son superiores a las
turcas en el combate frontal, pero menos ágiles que sus enemigas. Cabe espe-
rar por ello que los otomanos intenten envolver por las alas la larga línea de
frente que forman las galeras cristianas.
El ala derecha turca intenta deslizarse entre la costa y el ala izquierda cris-
tiana. El espacio es pequeño. Se amontonan las embarcaciones y se crea una
oportunidad que no deja de apreciar el genio táctico de Álvaro de Bazán. Sin
dudarlo, el marqués envía 10 de sus galeras en apoyo de Barbarigo, consi-
guiendo arrinconar las naves turcas contra la costa. Marinos y soldados
enemigos, viéndose perdidos, saltan de sus galeras y huyen por tierra. Así
empieza a gestarse la victoria que el bravo general veneciano paga con su
vida.
En el centro, como suele ocurrir, la batalla pronto deja de tener sentido
táctico. El cuerpo a cuerpo nunca da la medida de la capacidad de maniobra
de los generales, sino de su voluntad de vencer y de la resolución de sus
tropas. En esta alta ocasión, todos dan la talla, cristianos y musulmanes. Como
nadie flaquea, los refuerzos se hacen imprescindibles. Y allí está Álvaro de
Bazán que, como los grandes futbolistas, tiene la rara virtud de combatir con
la cabeza levantada, mirando alrededor. De él escribe Fernández Duro:
«Arrancando contra una galera de jenízaros que se aproximaba a la popa de la
Real, la destrozó con un disparo de los cañones gruesos a boca de jarro, y
aferró la inmediata pasando a la gente a cuchillo. Sin detenerse envió entonces
316 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Jornada de Navarino. Palacio de Viso del Marqués.
(Fotografía facilitada por el Instituto de Historia y Cultura Naval)
200 hombres de refresco a su general, y se desvió para acudir a donde hiciera
falta. No se necesitaba más en aquella crisis». Se repite así, de otra manera y
en pleno combate, el abrazo que el marino y el príncipe se habían dado unas
horas antes. Otra vez brillan en el marqués los valores a los que ya hemos
aludido: honor, valor, disciplina y lealtad. Otra vez su decisión marca la dife-
rencia: muerto Alí Pachá y arriado el estandarte turco de la Sultana, el centro
otomano cede.
En el ala derecha de la formación cristiana, Uluj Alí, quizá el mejor marino
de la armada otomana, burla al genovés Juan Andrea Doria, seguramente el
menos comprometido de los generales de la Santa Liga. El bravo corsario
encuentra el hueco que necesita para el ataque de flanco al centro cristiano.
Sus galeras hacen daño a las de Malta y a las de Juan de Cardona, que trata de
cerrar la brecha. Peligra la victoria, pero don Álvaro no se hace esperar. Mien-
tras otros dudan, él siente ese «deseo de ser empleado en las ocasiones de
mayor riesgo y fatiga» que hoy forma parte explícita de nuestro código
de conducta, recogido en el artículo 19 de las Reales Ordenanzas. La rápida
llegada de su escuadra obliga a Uluj Alí a cortar las amarras de las galeras
cristianas que acaba de capturar y darse a la fuga, perseguido por el incansable
marqués, que se resiste a poner fin a la batalla.
2021] 317
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
… Y sus horas la obediencia
La victoria de 1571 no pone fin a la guerra. Los otomanos reconstruyen las
galeras perdidas y reemplazan a sus marinos. Selim II asegura que Juan de
Austria solo ha conseguido chamuscar su barba, pero se equivoca: no es tan
fácil recuperar la confianza que hacía tan temibles a sus escuadras, ni
tan sencillo recrear el miedo que antes inspiraban. La guerra se atasca. En la
campaña del año siguiente, es el marqués, ¿quién si no?, el que consigue, en
duelo individual de su galera contra la de un nieto de Barbarroja, la única
victoria cristiana frente a Navarino. Sin embargo, esta vez hay algo diferente:
son los turcos quienes no se atreven a presentar batalla.
Rota la Santa Liga cuando Venecia firma la paz por separado en 1573,
España vuelve su vista al norte de África. El rey elige Túnez como objetivo.
El marqués prefiere Argel y, seguramente, tiene razón… pero obedece y hace
cuanto está en su mano por alcanzar un éxito que acabaría siendo efímero.
Con todo, los combates ya no tienen la importancia estratégica de los de años
anteriores. La situación en el Mediterráneo ha cambiado de forma decisiva, y
la amenaza otomana nunca volvería a ser lo que había sido antes de su derrota
en Lepanto.
En cambio, otros escenarios van haciéndose más y más importantes. En
1578 muere el rey Sebastián I de Portugal en la desafortunada batalla de Alca-
zarquivir. Se abre entonces una crisis sucesoria en la que el marqués de Santa
Cruz, que desde 1576 es capitán general de las Galeras de España, juega de
nuevo un papel decisivo, que comienza cuando refuerza Ceuta y Tánger para
impedir que se pierdan a consecuencia de la derrota portuguesa.
En 1580, las tropas españolas tienen que ocupar Lisboa para hacer valer
los derechos sucesorios de Felipe II, que es nieto de Manuel I de Portugal. Los
disputa el prior de Crato, que también lo es, aunque por línea ilegítima. Pero
Crato es portugués, y por eso le respalda parte de su pueblo. En la campaña,
terrestre y naval, el marqués de Santa Cruz está a las órdenes del duque de
Alba. Son dos personalidades fuertes y hay desacuerdos y diferencias de pers-
pectiva entre el marino y el soldado. Pero don Álvaro, como ha hecho siem-
pre, obedece lealmente al duque y pone todo de su parte para que la jornada
termine como todos esperan, con la coronación del monarca español como
Felipe I de Portugal.
Dos años después, la resistencia de los partidarios de Crato se ha visto
reducida a las islas Azores. Allí, protegidos por el Atlántico, encuentran el
soterrado apoyo de ingleses y, sobre todo, de importantes contingentes navales
y terrestres al servicio de Francia. Para la Monarquía Hispánica, es imprescin-
dible eliminar toda presencia hostil en una zona que sirve de recalada a las
flotas de Indias. Álvaro de Bazán recibe el mando de las fuerzas de mar y
tierra que tienen por misión reintegrar las islas a la soberanía de Felipe II. Es
la primera gran campaña que el marqués emprende como capitán general y,
318 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
como hacen los mejores, consigue que todas las acciones lleven su sello. Así
ocurre en la batalla de la isla de San Miguel en 1582. El verano es corto en el
océano Atlántico y don Álvaro no quiere esperar a los buques que vienen de
Cádiz a las órdenes de Recalde, retrasados por el mal tiempo. Al mando
de una armada de 25 galeones y naos, el marqués se enfrenta a la escuadra
francesa de Felipe Strozzi —que le dobla en el número de navíos— y la derro-
ta infligiéndole graves pérdidas. La victoria de Álvaro de Bazán demuestra
que la decisiva ventaja que da la calidad de los tercios embarcados españoles
no se aplica solo a las galeras mediterráneas. Otras naciones aprenderían la
lección y pronto desarrollarán nuevas tácticas para compensar su desventaja.
Pero esa es otra historia. De momento, la batalla de la isla de San Miguel deja
abierta la puerta a la conquista de las Azores, conseguida en 1583 tras un
desembarco anfibio en la isla Tercera, que también lleva su sello. El marino
español sabe encontrar, una vez más, respuestas nuevas a los desafíos propios
de las operaciones. El propio marqués, que entiende como nadie el valor del
ejemplo, salta a tierra con sus tropas para darles ánimo.
Nombrado capitán general del Mar Océano y de la gente de guerra del
Reino de Portugal, y adornado su marquesado con la grandeza de España, don
Álvaro sugiere al rey que ha llegado el momento de castigar a Inglaterra por
sus desmanes. Cree que puede contar en breve tiempo con todos los medios
necesarios para cruzar el canal y poner a su ejército en tierra enemiga. Pruden-
te, el rey da largas, y el marqués, después de exponer su parecer como siem-
pre lo hace, con tanta libertad como respeto, acata con lealtad una decisión
que sin duda le duele. Años después escribiría Calderón que «la más principal
hazaña es obedecer». Sin duda lo es ya para Álvaro de Bazán.
Pronto llegan las prisas del monarca, la imposición de planes mal concebi-
dos para la jornada de Inglaterra, las órdenes a veces contradictorias que el
marqués se desvive por cumplir, las reconvenciones, el relevo y, al final, la
muerte del héroe en Lisboa, quizá perdido el favor de su rey. Pocos meses
después, el fracaso de la Grande y Felicísima Armada, que nunca logró enla-
zar en Flandes con los tercios de Alejandro Farnesio, da la razón a quien siem-
pre la tuvo. Mejor habría hecho Felipe II en seguir, como en Lepanto hizo su
hermano, «el parecer del señor marqués».
Los bolos de Drake
Son muchos los artículos sobre el marqués de Santa Cruz que se han publi-
cado en esta REVISTA, casi tantos como los escritos sobre la batalla de Lepan-
to. Sin embargo, no parecen haber sido suficientes.
Eugenio de Nora, un poeta leonés a quien inspiraban los temas históricos,
escribió hace unas pocas décadas unos versos no muy conocidos que quizá
deberían hacernos reflexionar: «Yo no canto la historia que bosteza en los
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Galeón San Martín, por Guillermo de Aledo.
(Fotografía facilitada por el Instituto de Historia y Cultura Naval)
libros, ni la gloria que arrastran las sombras de la muerte». Si a él, todo un
soñador de profesión, solo le interesaba la historia viva, la que todavía da
frutos en el presente, ¿por qué habríamos nosotros de ser diferentes? Se nos
plantea pues un debate que no conviene dejar de lado. ¿Bosteza en los libros
Álvaro de Bazán? ¿Son las sombras de la muerte las que arrastran su gloria?
Aunque siempre es posible matizar la respuesta, yo diría que, desgraciada-
mente, así es. Elogiado en su tiempo por las plumas más ilustres de la época (3),
parece que hoy solo los marinos —y ni siquiera todos— se unen a los escasos
ciudadanos del Viso del Marqués en el recuerdo de su existencia.
Quizá don Álvaro bosteza porque, al contrario de lo que les ocurre a héroes
como el Cid o al Gran Capitán, no hemos sabido humanizar sus rasgos. De
Gonzalo Fernández de Córdoba, además de sus victorias, recordamos sus
(3) Cervantes le llama «rayo de la guerra» y «padre de los soldados». Lope de Vega le
dedica numerosos poemas, entre los que destaca el que preside el Patio de Aulas de nuestra
Escuela Naval, del que, por ser conocido por todos, solo repito el verso que figura en el escudo
de la fragata que hoy lleva el nombre del insigne marino: «Rey servido y Patria honrada»..
Góngora dice de sus hazañas que son «alma del tiempo, espada del olvido». Como siempre
ocurre con Góngora, es difícil saber lo que el poeta quiere decir con sus versos, pero ¿a quién
no le gustaría verse recordado así?
320 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Socorro de Ceuta y Tánger. Palacio de Viso del Marqués.
(Fotografía facilitada por el Instituto de Historia y Cultura Naval)
ajustadas cuentas. Del Cid hemos olvidado la mayoría de sus hazañas, pero
los versos de Manuel Machado todavía son capaces de hacernos sentir «el
ciego sol, la sed y la fatiga de esa terrible estepa castellana», por la que
el Campeador, vencido por el llanto de una niña, cabalga entre «polvo, sudor
y hierro». También Rubén Darío nos sabe emocionar con esa «desnuda limos-
na de su mano», ofrecida por el Cid a un leproso «que llora y que compren-
de». Es posible que, a pesar de los esfuerzos de historiadores y novelistas, le
haya faltado empatía y calor humano a la imagen que hemos creado del invic-
to marino (4).
A Drake, audaz corsario y mediocre general, se le recuerda sobre todo por
una leyenda que, además, es poco verosímil. Dicen sus biógrafos que estaba
jugando a los bolos cuando recibió la noticia del avistamiento de la Gran
Armada y que, a pesar de la urgencia, decidió terminar la partida porque «ya
habría tiempo después para enfrentarse a los españoles».
Quizá sea el cariño de padre —no del marino, claro, pero sí de la fragata
que lleva su nombre, de la que fui comandante de quilla— el que me hace
creer que la imagen de don Álvaro, «galán y contento», dando «la enhorabue-
(4) Quizá las cosas estén cambiando. Además de las obras citadas en notas anteriores, no
puedo dejar de recomendar al lector la completa biografía recientemente publicada por Agustín
Rodríguez González, así como la novela histórica sobre el marino escrita por Luis Mollá.
2021] 321
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
na» a Juan de Austria porque «habían comparecido» más de 200 galeras turcas
en orden de combate, es bastante más épica, bastante más noble y bastante
más emocionante que la de Drake jugando a los bolos. Y encima es verdad.
¿No habrá un artista que la pinte y un poeta que la cante? ¿No seremos noso-
tros, los marinos de hoy, capaces de hacerla valer?
450 años después…
Todo lo que ha quedado apuntado en este artículo y en muchos otros pare-
cidos deja sin responder una última pregunta, quizá la más difícil: ¿por qué es
importante para la Armada de hoy recuperar una figura como la del marqués
de Santa Cruz? ¿Qué supone Álvaro de Bazán para el marino del siglo XXI?
¿Es posible en la era digital identificarse con él y con sus valores?
No son frecuentes las horas de la hazaña en la época que nos ha tocado
vivir. Las destructivas guerras mundiales del siglo pasado, el arma nuclear, el
enorme desarrollo de los medios de comunicación y el reforzado poder de la
opinión pública han cambiado las estrategias militares, en las que hoy prima
la disuasión. El combate, el terreno donde más destacó Álvaro de Bazán, no es
ya la culminación de una política, sino la constatación de su fracaso.
En estas condiciones, que hay que valorar como afortunadas, la mayoría de
los marinos hemos tenido que conformarnos con vivir las otras horas, las de la
obediencia. Pero eso no significa que la profesión se haya vuelto cómoda, al
contrario. La defensa de la relativa paz que disfrutamos tiene a muchas unida-
des de la Armada muy activas en algunas de las zonas más calientes del plane-
ta. Es probable que la mayoría de las acciones en las que participamos no se
escriban con letras de oro en la historia militar universal, pero lo cierto es que
un número creciente de marinos ha ido teniendo la oportunidad de ver las
orejas al lobo. Un lobo pequeño, quizá; pero en la esfera individual, seguro
que no es tan diferente el saberse apuntado por un arcabuz, un fusil de asalto o
un misil tierra-buque.
No son solo las operaciones. La mar sigue siendo la mar. En la carrera del
marino de hoy, hay también margen para la ocasional hazaña en la respuesta a
las emergencias médicas o de seguridad, o en la reacción a los incidentes de la
navegación o el vuelo. Y, aunque en absoluto puedan compararse con las
gestas protagonizadas por Álvaro de Bazán, también las exigencias de la
preparación de la fuerza —porque sea el combate un fracaso o no, si se llega a
él es mejor ganarlo— obligan a asumir ciertos riesgos, que van desde la sere-
na evaluación de los límites meteorológicos a la determinación del grado de
realismo que queremos aceptar en la simulación de situaciones que en vuelo,
en la mar o en las prácticas de fuego real son inherentemente peligrosas.
Es probable, por ello, que a lo largo de la carrera militar —llegado a este
punto me excluyo porque mi tiempo ya ha pasado— muchos de los lectores
322 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
de este artículo os veáis obligados a tomar decisiones difíciles. Y en momen-
tos de duda —como sabe quien los ha vivido y como mejor que nadie sabía
Álvaro de Bazán— es reconfortante dejarse abrazar por personas de autoridad
«y de gloria», si no por el propio marqués, sí por su recuerdo, que todavía nos
ofrece el doble servicio que prestan los héroes a los pueblos que no olvidan su
historia: estímulo y consejo. Está en nuestra mano aceptar el estímulo que
Álvaro de Bazán nos dio con su ejemplo, esa verdadera «poción mágica»
capaz —como él mismo escribió para justificar su deseo de darle a una galera
el nombre de Carlos V— de «levantar nuestro ánimo y forzarnos a grandes
cosas». Está también en nuestra mano aceptar que nos ilumine con su consejo.
Después de todo, no es difícil imaginar lo que él diría si, una vez más, fuera
llamado a dar su parecer: «En las empresas, después de que se han pesado
bien las circunstancias, siempre hay que dejar algo a la fortuna».
Si los héroes están para inspirarnos, para enseñarnos el camino, no está de
más que, tanto en las raras horas de la hazaña como en las más frecuentes de
la obediencia, los marinos de hoy tratemos de estar a la altura del mismísimo
Juan de Austria, diciéndonos a nosotros mismos: «Adelante. Sigamos el pare-
cer del señor marqués».
2021] 323
Episodio del combate naval de Lepanto, por Antonio de Brugada Vila.
Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado. (Foto: www.wikipedia.org)
MOVIMIENTOS PREVIOS
Y CONCENTRACIÓN DE LAS
FLOTAS ANTES DE LA BATALLA
José Manuel GUTIÉRREZ DE LA CÁMARA SEÑÁN
(Retirado)
L 20 de mayo de 1571 los venecianos accedieron a
firmar las Capitulaciones que los integraban
formalmente en la Santa Liga, elaborada por el
papa Pío V con extrema pulcritud diplomática y
significativas modificaciones respecto a la alianza
del año anterior que, pese a la buena voluntad del
pontífice, estuvo a punto de disolverse por las dife-
rencias entre venecianos y españoles. En esta
ocasión, Pío V designó como capitán general de las
escuadras aliadas a Juan de Austria (que en tan alta
ocasión se hizo tratar de alteza y príncipe), de 24
años, hermano de Felipe II, que había demostrado
su valía para la carrera de las armas y que recibió
su nombramiento mientras sofocaba la sublevación
de los moriscos en las Alpujarras.
La aproximación de Venecia a la Liga se origi-
nó a raíz de la actitud de los turcos cuando en la
noche del 13 de septiembre de 1569 una explosión
en su arsenal sembró el pánico en la ciudad y,
aunque solo se perdieron cuatro galeras, en lo que
al parecer fue un hecho fortuito, el sultán Selim II,
informado por el espionaje de que los daños eran
muy superiores, aprovechó la ocasión para reclamar a Venecia la isla de
Chipre, ultimátum que dio lugar a una guerra ante la negativa de los venecia-
nos, que para defenderse se acercaron a la Santa Liga que con tanto interés
había convocado el papa.
El 1 de julio de 1570 Chipre fue atacada por una poderosa escuadra turca
que mandaba Pialí Pachá, cuyo núcleo principal eran 150 galeras que trans-
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
portaba un ejército de 150.000 hombres. Nicosia, la capital, solo contaba con
8.000 defensores, y el asedio que dio comienzo el 22 de julio, culminando el 9
de septiembre con la rendición. Tan solo Famagusta resistió el furioso ataque
de los otomanos e impidió el dominio total de la isla. Durante la obligada
pausa invernal, Marco Antonio Quirini aprovechó la parcial retirada de los
turcos, y el 15 de enero de 1571 desembarcó en Famagusta 800 soldados,
apresó dos galeras y quemó dos naves de transporte, operación que costó el
mando de la flota turca a Pialí Pachá, que fue sustituido por Alí Pachá, que
inició la campaña de 1571 con instrucciones del sultán de destruir la escuadra
enemiga. Los turcos contaban con una gran armada, pues tenían el apoyo de
los corsarios norteafricanos al servicio de Turquía, por lo que —además del
asedio de Famagusta, que dio comienzo el día 12 de mayo— atacaron la
isla de Creta, donde se encontraba una escuadra veneciana de 60 galeras,
que buscó el amparo de las baterías de La Canea, ante las que los turcos se
detuvieron, aunque se dedicaron a saquear otros puntos de la isla. Después
de limpiar fondos en Navarino, continuaron los pillajes por las islas de
Zante y Cefalonia, hasta que tuvieron noticia de que el dux Sebastiano
Veniero se encontraba en Corfú con una parte importante de la flota vene-
ciana; pero cuando llegaron, Veniero había partido hacia Mesina, aunque la
vanguardia interceptó dos de sus galeras. Por segunda vez, Alí Pachá dejó
escapar la ocasión de acabar con una parte importante de la escuadra enemi-
ga que, de haber sido neutralizada, hubiera reducido al mínimo el potencial
de la Liga.
Las Capitulaciones de la Santa Liga establecían que España se haría cargo
de tres sextos del gasto de la expedición; Venecia correría con dos sextos y el
Vaticano con el sexto restante. Se fijó la contribución en galeras, armamento y
personal, y el papa se constituiría como árbitro inapelable para cualquier tipo
de litigio. El 24 de mayo se leyó el Tratado en Roma y lo juraron tanto Pío V
como los embajadores de España y Venecia. El 6 de junio, Juan de Austria
recibió la orden de hacerse cargo del mando de la flota cristiana, y dispuso
que las galeras encargadas de embarcar las tropas que se emplearon en la
guerra de Granada concurrieran en Barcelona.
El día 11 de julio salió de Barcelona Sancho de Leyva con once galeras
hacia Mesina, puerto en el que se había ordenado la concentración de la arma-
da. El 20 de este mes partía Juan de Austria con 37 galeras y se dirigió a
Génova para desembarcar a los hijos del emperador, Ernesto y Rodolfo;
dispuso el embarco en La Spezia de los soldados alemanes e italianos que
iban a tomar parte en la expedición y cambió la guarnición de Porto Ercole, en
la Toscana. El día 23 llegó Veniero a Mesina con 48 galeras y seis galeazas.
Poco después, Marco Antonio Colonna, con 12 galeras de la Santa Sede, tres
de Génova y seis fragatas y bergantines.
El 9 de agosto entró Juan de Austria en Nápoles, donde le esperaba el
conde Gentil Saxatelo, delegado por el virrey cardenal Granvela, para hacerle
326 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Lucha entre turcos y cristianos en el asedio a Famagusta, pintada por Tintoretto.
(Fuente: www.wikipedia.org)
entrega del estandarte e insignias de la Santa Liga, que debería arbolar cuando
las fuerzas navegaran reunidas. En el pendón figuraban las armas de las tres
naciones, tal como lo dispuso Pío V. El día 14 se celebró en la iglesia de Santa
Clara una fiesta religiosa en la que recibió Juan de Austria el bastón de mando
(conjunto de tres báculos ligados) de capitán general. Acabada la entrega, se
trasladó el estandarte a la galera Real, que fue saludada por todas las demás
con artillería y arcabucería.
Aunque el 1 de agosto cayó Famagusta y Chipre pasó a manos turcas, la
noticia tardaría bastante en llegar a los cristianos. Alí Pachá degolló a los
defensores e hizo sufrir mucho a su jefe, Marco Antonio Bragadino, al que
causó grandes humillaciones antes de matarlo. Mientras el pachá reclutaba por
la fuerza remeros y soldados, envió a Uluj Alí con su escuadra de 42 galeras
para atacar puertos de Venecia en el Adriático. A este se sumó el también
corsario Kara Khodja y entre los dos sembraron el pánico en los desguarneci-
dos puertos venecianos. Cuando Uluj Alí se enteró por una presa de la concen-
tración en Mesina, fue a reunirse con Alí Pachá, que estaba atacando Cátaro
en busca de esclavos. Ambos se dirigieron a Otranto y desde allí se destacó a
Mesina Kara Khodja para informar de la situación, donde continuaba la
concentración, y el día 15 llegaron las tres galeras de la Orden de Malta que,
al mando de Pietro Giustiniani, iban a participar en la expedición. El día 23
entró en Mesina Juan de Austria con 23 galeras, siendo recibido con salvas de
2021] 327
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Juan de Austria, Marco Antonio Colonna y Sebastiano Veniero (anónimo).
(Fuente: www.nationalgeographic.com.es/)
ordenanza. Faltaban por llegar las escuadras de Álvaro de Bazán, de Juan
Andrea Doria, de Juan de Cardona y una de Venecia, cuyo paradero se ignora-
ba. Los barcos papales se hallaban faltos de soldados y marineros, y los vene-
cianos estaban bastante desmoralizados después de perder en Calabria ocho
galeras, que vararon cuando fueron a tomar vituallas. Veniero aceptó a regaña-
dientes los 4.000 hombres que le proporcionó Juan de Austria para reforzar
sus galeras y los 500 arcabuceros para las galeazas. Aunque en otras ocasiones
había declinado los ofrecimientos de los españoles, esta vez no tuvo más
remedio que aceptar, y de este modo quedó equilibrada la escuadra veneciana
con las restantes.
A finales de agosto, los turcos se dedicaron a asaltar Corfú, aunque fueron
rechazados desde la fortaleza y tuvieron que retirarse, no sin antes quemar y
saquear la isla. Después se dirigieron hacia sus bases principales de Préveza
y Lepanto.
328 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
El día 1 de septiembre
llegaron a Mesina las 60 gale-
ras de Canale y Quirini proce-
dentes de La Canea, Creta,
donde se habían refugiado
bajo la protección de las gran-
des baterías durante el ataque
de los turcos, que no se atre-
vieron a ponerse a tiro. Cuan-
do al anochecer entraban en
Mesina, nadie se apercibió de
que con ellas marchaba una
galera pintada de negro, desde
la que Kara Khodja pudo
contar las que allí se encontra-
ban, pero erró en la informa-
ción que llevó al pachá, pues
faltaban por llegar once de
Juan Andrea Doria y 30 de Ál-
varo de Bazán, que lo hicieron
respectivamente los días 2 y 5
de septiembre.
Una vez en Lepanto, Alí
Pachá se dedicó a preparar y
reparar su flota con las nuevas Alí Pachá. (Fuente: www.wikipedia.org)
dotaciones de esclavos reclu-
tados a la fuerza, aunque, dado lo avanzado de la estación, parecía poco
probable que los cristianos emprendiesen una ofensiva, y desde allí estaría en
buena posición para defender Morea y Chipre o avanzar hacia Sicilia o Cala-
bria.
El día 13 de septiembre llegó a Mesina Gil de Andrade, enviado para hacer
una descubierta con cuatro galeras rápidas reforzadas con chusma. Traía una
carta del gobernador de Corfú para Juan de Austria, en la que le informaba de
que la flota turca, después de asolar las costas de la isla, se había retirado
hacia el sur. La fuerza principal era de 150 galeras; el resto, galeotas y fustas.
El 15 de septiembre salió hacia Tarento la escuadra de 26 naves de César
Ávalos, que llevaba a Gutierre de Arguello como almirante. Desde allí se diri-
girían a Corfú con independencia. El 16 de septiembre se hizo a la mar la
armada cristiana, 211 galeras y seis galeazas. El nuncio del papa, monseñor
Odescalchi, presenció el desfile a bordo de un bergantín y fue bendiciendo
una a una las embarcaciones. Cada capitán había recibido órdenes de marcha
y combate por lo que pudiese ocurrir, partiendo de la base de que el enemigo
podría ser avistado desde que se dejase atrás el estrecho de Mesina.
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En vanguardia iban las ocho galeras exploradoras de Juan de Cardona,
general de la escuadra de Sicilia, que debía navegar 16 millas por delante de
las demás durante el día y replegarse a ocho millas del grueso durante la
noche. La armada seguía en cuatro cuerpos, que iban en línea de fila. El
primero, que formaría el ala derecha en combate, lo mandaba Juan Andrea
Doria, con 54 galeras y grímpolas verdes. El segundo cuerpo, centro o bata-
lla, iba al mando directo de Juan de Austria, con 64 galeras con grímpolas
azules. El tercero, a las órdenes de Sebastián Veniero, formaría el ala izquier-
da en combate y estaba compuesto por 53 galeras con grímpolas amarillas.
En último lugar, iba la escuadra de socorro o reserva, que mandaba Álvaro de
Bazán, compuesta por 30 galeras que lucían grímpolas blancas. Cada uno de
los cuerpos tenía que remolcar dos galeazas, alternándose las galeras para
este desempeño.
El conjunto navegaba en una línea de fila que abarcaba 18 millas. Una vez
se ordenase formación de batalla, las galeras remolcadoras debían colocar a
las galeazas al frente de la línea, dos delante de cada una de las alas y centro,
y las galeras de cada cuerpo se debían poner en línea de frente, de forma que
entre cada dos contiguas no pudiera pasar ninguna enemiga, y entre el centro
y las alas hubiera un espacio de tres o cuatro cuerpos de galera para poder
regular los movimientos.
Avanzarían con boga larga para conservar el puesto sin embarazarse y
llevarían al menos dos piezas en cada galera listas para disparar en el momen-
to de la embestida. La línea de batalla, una vez desplegada, abarcaría unas
cinco millas. Las galeras de cada grupo iban intercaladas, de modo que todas
estuviesen expuestas a los mismos riesgos. Se procuró que las más fuertes
estuvieran en el centro. La reserva, que mandaba el marqués de Santa Cruz,
desempeñaba un papel de gran importancia, pues debía acudir con presteza a
apoyar allí donde se necesitase un refuerzo. Existe una información muy deta-
llada de la correspondencia entre Juan de Austria y García de Toledo, antiguo
capitán general de la Mar, que al no poder estar presente por motivos de salud
fue consultado por el príncipe sobre el empleo de la artillería, y le recomendó
tirar en la embestida de manera que se aprovechase la totalidad de la andana-
da. Juan de Austria ordenó cortar los espolones, pues de este modo se mejora-
ba el ángulo de tiro en depresión y serían mayores los destrozos en la primera
descarga.
A mediodía del día 16 fondearon las galeras en la fosa de San Juan, en la
costa de Calabria, cerca de Regio. Allí se incorporó Gil de Andrade, al que
después de llegar al castillo de San’t Angelo le refirieron la tentativa de los
turcos contra la fortaleza de Corfú, aunque desistieron porque la artillería del
castillo echó a pique tres galeras y, al parecer, se dirigieron a Cátaro.
Al día siguiente, 17 de septiembre, el vicario general Jerónimo Manrique
celebró una misa a la que asistieron todas las dotaciones y soldados, tras la
cual la armada continuó hacia el golfo de Tarento, con tiempo borrascoso y
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
vientos violentos del noreste
que cansaban mucho a los
remeros, situación que se
mantuvo hasta que por la
noche llegaron al cabo Sparti-
vento, donde dio fondo la
escuadra y embarcaron solda-
dos de las guarniciones.
Al día siguiente continuó el
tiempo borrascoso de compo-
nente norte, y la escuadra
siguió navegando en contra de
los elementos, hasta que al día
siguiente, al llegar a punta
Stilo o cabo de las Columnas,
la intensidad del viento era tal
que tuvieron que permanecer
tres días fondeados al socaire
de la costa, no sin hacer inten-
tos de continuar. El día 22 se
tuvieron noticias de que a
doce millas había barcos y, en
la creencia de que podía tratar-
(Fuente: www.cronicamaritima.es).
se de los de Uluj Alí que
regresaban a Argel, se puso
rumbo para interceptarlos, pero resultaron ser galeazas remolcadas, por lo que
se volvió al punto de partida.
Juan de Austria envió de nuevo en descubierta a Gil de Andrade con Juan
Bautista Contarini a explorar, y despachó a Álvaro de Bazán y a Paulo Canale
con 12 galeras a Otranto y Brindisi para que en estos puertos embarcaran más
soldados. La intención del príncipe era dirigirse a Préveza sin tocar Corfú,
pero los venecianos querían sacar de esta isla 6.000 infantes, por lo que se
modificaron las órdenes.
Por fin, el día 24 calmó el temporal, el viento tornó al tercer cuadrante y se
levaron las anclas para dirigirse a la isla de Corfú. En la noche del 25, con gran
esfuerzo, la escuadra llegó a Santa María de Casopoli, en el cabo de Corfú,
donde pasaron la noche. A la mañana siguiente se hizo aguada y leña y se pudo
comprobar que los venecianos se habían retirado a la capital fortificada.
El 27 la armada fondeó delante de Corfú, y los mandos más caracterizados
desembarcaron y pudieron ver los estragos que habían causado los turcos
doce días antes en la ciudadela, donde habían destrozado casas y templos. Las
noticias indicaban que los turcos habían pasado a Lepanto, pero Juan de
Austria necesitaba información más reciente y volvió a enviar a Gil de Andra-
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
de. Como las naves de Ávalos no se habían incorporado, faltaban repuestos,
por lo que el príncipe convocó un consejo de guerra pues, al no contarse con
armamento de sitio para atacar fuertes, había que determinar el paso siguien-
te. Hubo opiniones de asediar alguna plaza de escasa importancia, como
Sopoto, Castelnuovo o Margariti. Otra proposición fue atacar Navarino para
atraer a los turcos y hacerles salir del golfo de Lepanto, pero los belicosos
eran minoría debido a la supremacía turca y a las condiciones de los soldados
de la Liga, ya que muchos de ellos eran bisoños. Sin embargo, el propio Juan
de Austria, secundado por Marco Antonio Colonna, Agostino Barbarigo y
Álvaro de Bazán, infundió a los demás su ardor guerrero y se decidió a buscar
a la armada turca para combatirla. Como las naves seguían sin aparecer, optó
por tomar seis piezas gruesas del parque de artillería de Corfú, con municio-
nes y alguna tropa para suplir la de las rezagadas naos. El 29 se hizo de nuevo
aguada a dos millas de los castillos y se fondeó en los molinos de la isla,
donde esa misma noche llegó Gil de Andrade con la confirmación de que la
flota turca estaba fondeada en golfo de Lepanto. Juan de Austria decidió ir
hacia allí por dentro del archipiélago jónico, buscando el socaire, para dirigir-
se hacia Grecia por el estrecho de Ítaca, barajando la costa por el interior de
los islotes Cursolari.
El 30 fondeó la flota cristiana en Gomeriza, Albania, y los exploradores
informaron de que no había turcos en Préveza. También se supo que el día
23 se habían visto 60 galeras dirigiéndose hacia el sur, lo que hizo pensar
que los berberiscos se habían retirado, aunque en realidad se trataba de los
corsarios Kara Khodja y Kara Djali, que navegaban en descubierta de las
galeras de Mehmet Bey, pa-
chá de Negroponte, que se
dirigía a Coron con 60 gale-
ras y dos naves para transpor-
tar heridos y enfermos. Esto
despistó a los exploradores,
que creyeron que los berbe-
riscos se retiraban a las costas
de África.
Gomeriza era un buen
fondeadero para comprobar la
situación operativa de las
galeras, pero Juan de Austria
no podía pasar revista a la
totalidad, por lo que comisio-
nó al comendador de Castilla
y a Juan Andrea Doria. Venie-
Movimientos generales de las flotas. ro se negó a que este último
(Fuente: weaponsandwarfare.com) pusiera el pie en ninguna de
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
sus galeras, antipatía que venía de atrás y que ensombreció el ambiente entre
los aliados, por lo que Juan de Austria nombró al efecto a Luis de Requesens.
El día 2 de octubre, al levar anclas se produjo una riña entre marineros de una
galera veneciana y soldados italianos de los embarcados por orden de Juan de
Austria en las galeras venecianas, que Veniero había admitido con reticencia.
Tras un leve incidente, en un ambiente con los ánimos a flor de piel, el capitán
Muzio, que mandaba a los soldados, hizo causa con su gente contra Andrea
Calergi, capitán de la galera, llegando a correr la sangre. Ante el tumulto
acudió Veniero y ordenó ahorcar a Muzio en el acto. El suceso produjo gran
indignación, en primer lugar a Juan de Austria, ya que el irascible Veniero
debería haber puesto el hecho en conocimiento del capitán general de la Liga
para que se hiciese justicia. Se celebró un consejo de guerra de generales, en
el que el primero que asumió la palabra fue el comendador mayor, Luis de
Requesens, que expresó que el príncipe debía imponer a Veniero un castigo
ejemplar; pero hacerlo en ese momento era muy difícil, pues se hubiera desen-
cadenado un grave conflicto a bordo. Juan Andrea Doria era partidario de
hacer retornar a España la armada y dejar solos a los venecianos. Pedro Fran-
cisco Doria era de la misma opinión. Cuando le tocó el turno al marqués de
Santa Cruz, que fue el quinto en hablar, dijo que de ninguna manera convenía
regresar y suplicaba que se tuviese en consideración el trabajo que había
conducido a organizar aquella armada; además, el rey y el dux de Venecia
estaban a la espera de los acontecimientos de aquella jornada y creía que no se
cumplía la obligación encargada al príncipe regresando solo porque el general
de los venecianos hubiera hecho un disparate. El castigo se podría posponer
para más adelante y la armada se debía preparar para el día de la batalla; y con
esto no podía haber pendencias, pues si supiese el enemigo que nuestra escua-
dra se retiraba, la atacaría y sería posible que se perdiese, porque en grandes
flotas, poco desconcierto era mucho, y sería posible tenerlo. Se perdería la
reputación, y suplicaba al príncipe que siguiese adelante, pues Dios le daría
la victoria.
Cuantos le apoyaron en el voto le dieron la razón —el conde de Priego, Gil
de Andrade, Miguel de Moncada, Juan Vázquez Coronado— e hicieron mayo-
ría. A ellos se sumó Marco Antonio Colonna, general de la escuadra pontifi-
cia. A las cuatro de la madrugada acabó el consejo y Juan de Austria dijo con
gran resolución: «Adelante, sigamos el parecer del señor marqués», que
además había añadido que debían partir muy temprano, formar la línea de
batalla en las bocas de Lepanto, 15 millas afuera, esperar dos horas y, si no
salían los turcos, disparar toda la artillería y volverse. Veniero fue sustituido
por Barbarigo en el mando del ala izquierda de la escuadra veneciana.
También los turcos habían celebrado un consejo de generales una vez que
regresaron los barcos de Coron. Aunque Mehmet Bey había traído refuerzos,
ante el temor que ofrecían las noticias logradas de los exploradores sobre el
artillado de las galeras y, sobre todo, de las galeazas, Uluj Alí, Petrew-Pachá,
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Ruta de la armada desde el canal de Ítaca hasta Lepanto. (Fuente: Proyecto gutemberg.org)
Mehmet, Chuluc y otros se pronunciaron por rehuir el combate, pero Hasán
Pachá, el hijo de Barbarroja, se impuso y arrastró a los capitanes jóvenes a
favor del ataque, y al final Alí Pachá, que también era un joven impulsivo, se
decidió a atacar.
El 3 de octubre se hizo la armada a la mar, y el 4 fondeó en el canal de
Ítaca, entre esta isla y Cefalonia, delante del golfo de Patras. Cuando llegó Gil
de Andrade de su descubierta confirmó que el enemigo se encontraba en
Lepanto. Ese mismo día, el patrón de una galeota griega procedente de Lepan-
to dijo que los berberiscos se habían dirigido al norte de África, lo cual, inten-
cionado o no, era una información errónea, tal vez por el avistamiento de los
barcos que días antes habían salido para Coron. En todo caso, las cartas esta-
ban echadas, y los dos almirantes que se iban a enfrentar debían de suponer
que las fuerzas oponentes tenían menos potencial del que creían. Recordemos
que Kará Khodja había hecho recuento de la concentración en Mesina antes
de que llegasen parte de las galeras.
La mañana del 5 se levantó la niebla, pero cuando abrió el día se avistaron
las Cefalonias y, entrando por el canal que hay entre ellas, fondearon en puer-
to Ficardo, una ensenada en la mayor de las islas. Mientras estaban allí, traje-
ron los de la descubierta un bergantín de Candía que informó de la rendición
de Famagusta y del cruel fin de sus defensores, de lo que no se tenía noticia
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
en la escuadra y exasperó a todos, de manera especial a los venecianos, que
eran los más afectados. En la noche del 5 salió la armada de puerto Ficardo y
avanzó por la canal con dificultades debido al viento contrario. El día 6 se
avistaron dos galeras con bandera veneciana, que resultaron ser turcas y,
aunque se intentó darles caza, no las pudieron alcanzar y regresaron para
informar a su jefe. El 7 de octubre, dos horas antes de la amanecida, ordenó
Juan de Austria levar anclas en contra de los elementos, y cuando salió el sol
llegaron a los islotes Curzolares, en la costa albanesa. Después de recalar en la
isla de Petala, se dirigieron al golfo de Lepanto, entre la isla de Oxia y cabo
Scrofa. Juan de Cardona iba en vanguardia, pero antes de que avistase al
enemigo, desde la cofa de la Capitana de Juan Andrea Doria se gritó que se
veía una vela y poco después más voces anunciaron nuevos avistamientos. A
las 07:00, al rebasar cabo Scrofa, se avistó un enjambre de velas navegando
con brisa del este. Era la flota turca. Juan de Austria ordenó disparar una
pieza, que era la señal de preparase para la batalla.
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San Pío V. Medalla conmemorativa de la batalla
naval de Lepanto. (Museo Naval de Madrid)
LAS ESCUADRAS EN ORDEN
DE COMBATE EN LEPANTO:
TÁCTICAS, ARTILLERÍA
Y ABORDAJE
José María TREVIÑO RUIZ
(Retirado)
Es menester sacar fuerzas de flaqueza y que se haga VE Señor
de la Mar, de esta manera tendrá quietud y reposo y sus súbditos
estarán defendidos.
Carta del virrey de Sicilia a Felipe II, 9 de julio de 1560
Introducción
A campaña naval cristiana de 1570 no podía haber
ido peor, los turcos habían conquistado la isla de
Chipre, que pertenecía a Venecia y tras desembar-
car a un ejército de 100.000 otomanos al mando de
Mustafá Bajá, habían arrasado la ciudad de Nico-
sia, masacrando a sus habitantes, iniciando el
asedio de Famagusta, que caería finalmente el 5 de
agosto de 1571. La flota cristiana había llegado a
una distancia de 100 millas de la isla el 19 de
septiembre de ese año, pero se dispersó sin hacer
frente al enemigo turco que era superior y que
presentaba 150 galeras, sin poder socorrer a los
sitiados. El pontífice romano, Pío V, realizó en
julio de 1571 una conferencia convocando a todos
los reyes católicos europeos, pero encontró que
tanto el emperador de Austria y Alemania, Maximiliano II, como el rey de
Francia Carlos IX, adversario del de España, hacían oídos sordos a su llamada
de crear una Santa Liga naval. El rey de Portugal, Sebastián I, aunque era
favorable a la idea del papa, no estaba en condiciones de ofrecer ni galeras ni
soldados. La católica Polonia acababa de firmar un tratado de paz con la
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Sublime Puerta y no tenía
ninguna intención de romperlo
para enfrentarse en la mar con
los turcos. Fracasadas esas
gestiones con las naciones del
norte de europa, Pío V volvió
sus ojos hacia España y Vene-
cia, potencias marítimas del
Mediterráneo para combatir a
las galeras otomanas, siendo
además Felipe II el monarca
más poderoso de Europa,
desde 1556 hasta su muerte en
1600. El rey de España, defen-
sor del catolicismo a ultranza,
accedió a la petición de Pío V,
el 25 mayo de 1571, con la
condición de que fuese un
capitán general español el que
mandase la flota cristiana,
condición aceptada por el
papa, que no puso ningún
reparo a que Juan de Austria,
Don Juan de Austria, de Alonso Sánchez Coello. 1567. caballero del Toisón de Oro y
(Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid). hermanastro del monarca
(Foto: www.wikipedia.org) español asumiese la tremenda
responsabilidad de enfrentarse
y derrotar a la temible escuadra otomana que campeaba libremente por el
Mediterráneo Oriental, si bien su segundo en el mando sería el almirante de la
flota papal Marco Antonio Colonna.
La juventud del capitán general de la Mar español, con tan solo 24 años,
levantó alguna suspicacia, pero no hay que olvidar que a esa edad Alejandro
Magno derrotó al ejército persa al mando de Darío III, en la batalla de Arbela,
el general cartaginés Aníbal se hizo cargo de todo el ejército cartaginés de
Cartago Nova y que Napoleón derrotó al ejército italiano en la decisiva batalla
del puente de Lodi. De facto, Juan de Austria dos años antes en 1568 había
realizado una campaña de tres meses por el Mediterráneo Occidental para
acabar con los piratas berberiscos, desembarcando en Orán y Melilla para
eliminarlos.
Felizmente Felipe II, el Rey Prudente, consiguió aportar directamente de
sus diferentes territorios un total de 66 galeras, de las que 14 provenían
de España, 30 del Reino de Nápoles, tres de la República de Génova, 10 del
Reino de Sicilia, seis del Ducado de Saboya y tres de Malta, además de 24
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
galeones y 50 buques ligeros. A estas cifras hay que añadir que el almirante
genovés Juan Andrea Doria de 32 años de edad, sumó una flota compuesta por
11 galeras y armadores particulares, como Grimaldi (2), Alessandro Negroni
(4), Lomellino (4), Mari (2) y Sauli (1), sumaron otras 13 galeras, fletadas y
financiadas estas 24 galeras por Felipe II, por lo que finalmente el monarca
español aportaba, efectivamente, 90 galeras.
A su vez, la República de Venecia adicionaba a la flota cristiana 106 gale-
ras, seis galeazas, dos galeones y 20 buques de menor porte al mando de
Sebastiano Veniero de 75 años de edad. Pío V pudo añadir, bajo el mando de
Marco Antonio Colonna de 35 años de edad, 12 galeras y seis buques ligeros,
elevando el número final de navíos de la Santa Liga al mando de Juan de
Austria a 208 galeras, seis galeazas, 26 galeones y 76 embarcaciones menores
tipo fusta, totalizando una potencia artillera de 1.017 cañones de diferentes
calibres y alcances. En estos buques irían embarcados más de 92.000
hombres, de los que 13.000 eran marinos, 34.000 soldados y 45.000 galeotes
o chusma. Felipe II aportaba el grueso de los soldados, con 20.230 infantes,
de los que 8.160 eran españoles, con cuatro aguerridos tercios de Infantería: el
de Granada con Lope de Figueroa, el de Cerdeña con Miguel de Moncada,
el de Nápoles, precursor de la Infantería de Marina, con Pedro de Padilla y el
de Sicilia de Diego Enríquez. A estos habría que sumarles 5.200 soldados
italianos de sus reinos y 5.000 alemanes. Además, se unieron, voluntariamen-
te, a estos efectivos 1.876 caballeros. Juan de Austria tomó la decisión adicio-
nal de embarcar 4.000 infantes españoles e italianos en las galeras venecianas,
dada la escasez que padecían éstas de soldados combatientes con solo 50 efec-
tivos por buque, más 500 arcabuceros españoles en las seis galeazas, para
reforzarlas en el abordaje y el combate cuerpo a cuerpo, decisión que se torna-
ría decisiva en los combates posteriores, pese a la oposición inicial de los
venecianos de embarcar personal ajeno a su nacionalidad
A su vez, los turcos, bajo el mando de Alí Pachá, gran almirante (Kapudan
Bajá) del sultán Selim II, aventajaban ligeramente en número de embarcacio-
nes a la Santa Liga, pues contaba con 220 galeras y 39 galeotas, más 43
embarcaciones menores tipo fustas, totalizando 259 buques artillados frente a
los 240 cristianos, si bien su potencia de fuego era bastante inferior con tan
solo 643 piezas de artillería frente a las 1.017 de la Santa Liga.
La artillería y el armamento individual
En 1571, la instalación de artillería a bordo de los buques de guerra era
todavía incipiente y en las galeras en particular, pues esta embarcación, medi-
terránea por excelencia, al ir propulsada de forma híbrida por remos y velas,
los costados se encontraban imposibilitados de alojar las bocas de fuego que
más tarde llevarían los galeones en los que se habían eliminado definitiva-
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
mente los órdenes de remos.
Por ello, las piezas de artillería
iban encastilladas en la proa y
su número estaba limitado por
la manga del buque. Así en la
parte de proa del talar, inme-
diatamente detrás de la tambo-
reta se encontraba un compar-
timento de unos tres metros de
largo denominado corulla, que
correspondía a la batería de la
galera. En este espacio iban
montados cinco cañones, uno
más grueso en la línea de
crujía, que se denominaba
cañón de crujía y disparaba
proyectiles de 36 libras de
peso y a cada banda de éste,
una bastarda de ocho libras y
un medio cañón de seis. Todas
estas piezas de artillería iban
dispuestas en la dirección
proa-popa, es decir siguiendo
el eje longitudinal del buque,
debiendo hacerse la puntería
en el mismo sentido del rumbo
del buque, disparando en caza
Moharra de alabarda italiana, segundo tercio y además las piezas eran de
del siglo XVI. (Museo Naval de Madrid) avancarga, debiendo realizarse
la alimentación del proyectil y
la pólvora desde la tamboreta.
El manejo de estas piezas estaba a cargo de un cabo artillero denominado
bombardero y de ocho o diez artilleros.
Las galeazas, concebidas por el ingeniero naval Francesco Bressano, eran
buques mucho mayores y pesados que las galeras, ya que desplazaban en
torno a las 1.500 toneladas frente a las 400 toneladas de las galeras. Estos
grandes, la antesala de los galeones, podían embarcar hasta 30 cañones, de
ellos ocho pesados a proa y otros tantos a popa, además de siete más ligeros
contra el personal en cada banda, además de 18 pedreros en sus altos castillos
de proa y popa. Juan de Austria, para aumentar el limitado campo de tiro de
los cañones de las galeras, ordenó en el puerto de Mesina rebajar los espolo-
nes de los buques, así como serrar todas las esculturas que adornaban el
castillo de los buques. Encima de la corulla, sobre unas sólidas bitas de
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
abeto, a dos metros de altura sobre la cubierta principal, se asentaba una
plataforma de madera llamada arrumbada desde donde disparaban los arca-
buceros y de donde partían los grupos de asalto de la infantería al abordaje de
los buques enemigos. Sobre este reducto o bastión, se levantaban una serie
de candeleros de 1,3 metros de altura, batayolas, cuyos extremos se unían
con un pasamanos de madera o filarete que, en el momento del combate, se
utilizaban para colgar escudos de madera forrados con cuero duro, paveses, o
bien estachas de cáñamo, colchonetas o pacas de lana a modo de barricada
o parapeto contra las flechas de los turcos o sus disparos de arcabuz. En otras
galeras sus capitanes, para protección de la arrumbada y de los arcabuceros,
habían colocado una serie de parapetos abatibles de madera de 11 centíme-
tros de espesor con arpilleras para que pudiesen disparar los arcabuceros
propios. Esta protección que iba abatida durante la navegación, se montaba
en poco tiempo antes del combate y era más eficaz que la de colchonetas y
pacas de algodón.
A su vez, las galeras turcas de Alí Pachá, compensaban su menor número
de cañones frente a las cristianas, con bombas de fuego, ingeniosas máquinas
que arrojaban alquitrán y pez ardiendo al agua para incendiar los cascos de los
buques enemigos. Paralelamente, para paliar un menor número de arcabuces
que sus oponentes cristianos, sus arqueros y ballesteros utilizaban flechas
emponzoñadas con la savia de hierbas venenosas.
Las tácticas antes del combate
A las 10:30 horas de una soleada mañana del domingo 7 de octubre de
1571, festividad de Nuestra Señora del Rosario, dos impresionantes flotas se
aproximaban al ritmo acompasado de sus remos por las azules aguas en calma
del golfo de Lepanto o Patras como se le conoce en Grecia, frente a la actual
ciudad de Naupactos. Centenares de galeras, galeotas, galeazas y fustas, con
sus dotaciones en cubierta listas para el abordaje, armados de arcabuces, espa-
das, picas y alabardas, con sus aparejos adornados con banderas y gallardetes
que distinguen a las diferentes agrupaciones y flotas, habían alistado la artille-
ría para ser los primeros en alcanzar con sus salvas al enemigo. La táctica en
el combate era muy sencilla para las galeras cristianas, presentar aspecto proa,
nunca el costado, abrir fuego a corta distancia para barrer las cubiertas de
enemigos y destrozar los órdenes de remos de las galeras turcas para dificul-
tad su maniobrabilidad o provocar su inmovilidad y, a continuación, embestir-
las con el espolón y provocar el abordaje de la infantería, tras utilizar el fuego
granizado a no muy corta distancia de todos los arcabuceros, que tenían más
alcance y mejor precisión que los ballesteros enemigos. Por último, los infan-
tes, en su mayoría españoles, abordarían las galeras enemigas utilizando todas
sus armas blancas.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Las disposiciones relativas a derrota y navegación de toda la flota cristia-
na, que hoy irían perfectamente determinada en la Orden de Operaciones,
habían sido comunicadas a todos los capitanes de las galeras y demás embar-
caciones, en forma de memorándum escrito, donde se indicaba el puesto de
cada buque en la formación general de la Santa Liga así como los diferentes
dispositivos de navegación desde el orto al ocaso y desde la anochecida a la
amanecida, detallando el despliegue y paso a una formación de combate en
caso de avistarse el enemigo. La flota cristiana estaba organizada en seis agru-
paciones o escuadras: la de vanguardia o grupo de descubierta, era la primera
a estribor de la formación, la segunda escuadra o cuerpo de batalla ocupaba el
centro de la formación, la tercera escuadra cubría el ala izquierda de la forma-
ción, la retaguardia o agrupación de reserva, la escuadra de galeazas y la
escuadra de galeones. En cada una de estas agrupaciones navales, había
buques de todas las nacionalidades; por ello, cada galera llevaba un gallardete
que, por su color, forma e izado en el aparejo, indicaba la agrupación a la que
pertenecía.
La vanguardia, al mando de Juan de Cardona, almirante de las Galeras de
Sicilia, quedaba constituida por tres galeras de Sicilia y cuatro de Venecia. La
primera escuadra, formando el
ala derecha de la formación,
iba al mando del almirante
Juan Andrea Doria y estaba
formado por 53 galeras, de las
que 27 eran de Venecia, siete
de Nápoles, una de Sicilia,
cinco de Andrea Doria, cuatro
de Negroni, dos de Saboya,
dos del papa, dos de Lomelli-
no, dos de Génova y una de
Grimaldi. La capitana de An-
drea Doria llevaba una flámu-
la de color verde en la punta
de la pena, puño alto de la
entena mayor y las demás,
gallardetes del mismo color en
las penas. La segunda escua-
dra que ocupaba el centro de
la formación, iba al mando del
propio Juan de Austria, a
bordo de la galera Real, conta-
Las armadas de la Santa Liga y la otomana enfrenta- ba con 64 galeras: 27 de Vene-
das, por Giorgio Vasari. Fresco de la Sala Regia del cia, nueve de España, siete del
Vaticano papa, seis de Andrea Doria,
342 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
cinco de Génova, cuatro de
Nápoles, tres de Malta, una de
Saboya, una de Grimaldi y
una de Marí. La galera Real
llevaba una flámula azul en el
calcés y las demás, gallardetes
del mismo color en igual
lugar, cubriendo su popa iba la
galera de Luis de Requesens,
comendador mayor, lugarte-
niente y tutor de Juan de
Austria. La tercera escuadra,
que formaba el ala izquierda,
del dispositivo, al mando de
Agostino Barbarigo, lugarte-
niente de Veniero en el mando
de las naves venecianas,
comprendía 57 galeras de las
que 43 eran de Venecia, 10 de
Nápoles, dos de Andrea Doria,
una del papa y una de Lome-
llino. La capitana llevaba una
flámula amarilla en la pena y Felipe II ofreciendo al cielo al infante don Fernando.
las demás, gallardetes del Óleo sobre lienzo de Tiziano. (Museo Nacional
mismo color en las ostas. La del Prado)
agrupación de reserva, ubica-
do en la retaguardia, iba al mando del almirante de Álvaro de Bazán, marqués
de Santa Cruz y comprendía 30 galeras: 12 de Venecia, 11 de Nápoles, tres de
España, dos del papa y dos de Sicilia. Esta agrupación se distinguía por el
color blanco que en forma de flámula izaba la capitana de Bazán y los demás
buques en una pica ubicada sobre la timonera. Las seis galeazas estaban a las
órdenes de Juan de Cardona, marino experto con Francesco Duodo, capitán de
una de ellas, como lugarteniente. Durante la navegación, al ser más lentas que
las galeras, iban remolcadas por una de éstas que se iban relevando, dado su
escaso número y tamaño no necesitaban gallardete alguno que las distinguie-
se. Los 26 galeones, de los que 24 eran españoles y dos venecianos, constitu-
yeron una agrupación propia al mando de Carlos de Ávalos. Dado que care-
cían de remos y solo navegaban a vela, su derrota se realizaría con
independencia de las galeras. El resto de las embarcaciones, 76 en total,
compuestas por galeotas, fustas y otras unidades menores, iban escaqueadas
entre las escuadras de galeras, para actuar de estafetas y auxiliares de aquellas.
La formación de combate previa establecida era en águila, con las líneas
de frente en la dirección de la marcha, no dejando espacio entre cada dos gale-
2021] 343
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
ras de una misma escuadra, para que pudiera pasar una galera adversaria. A su
vez, la distancia entre escuadras era de tres mangas de galera para poder dar
flexibilidad a sus movimientos. A la derecha de la escuadra de Juan de Austria
debería desplegar la de Andrea Doria, quedando la capitana de éste en el
extremo más alejado de la línea de frente. En el ala izquierda de la formación,
desplegaría la escuadra de Barbarigo, quedando su capitana en el extremo
izquierdo de la línea de frente. En el centro de la escuadra de Juan de Austria,
iría su galera, la Real, con la capitana de Colonna a estribor y la de Veniero a
babor. Al costado de éstos irían la capitana de Génova de Gil de Andrade y la
capitana de Saboya respectivamente. En las aletas de la galera Real se posi-
cionarían la Patrona Real a estribor y la de don Luis de Requesens, gran
comendador de Castilla a babor, para apoyar ambos a la galera Real. La
vanguardia de Cardona maniobraría al entrar en combate para adelantarse a la
derecha del centro. En la retaguardia el marqués de Santa Cruz maniobraría
para acudir allí donde la presión otomana fuese mayor, evitando que las gale-
ras turcas pudiesen flanquear la formación cristiana. Se le dejaba así la inicia-
tiva a Bazán por su gran experiencia en combate, ojo marinero y conocimien-
tos tácticos. La concepción de la maniobra de Juan de Austria, consistía era
romper a la formación turca por el centro, sujetando con las alas para dificul-
tar la maniobra de las galeras otomanas. El mayor número de galeras de la
segunda escuadra y la fortaleza del centro con las galeazas y las mayores y
mejores galeras, indicaba que era la segunda escuadra, mandada por Juan de
Austria, la que tenía que romper la línea enemiga, debiendo la primera escua-
dra a la derecha y la tercera a la izquierda, realizar los movimientos envol-
ventes.
Es de destacar que este dispositivo naval para el combate está fuertemente
influenciado por los consejos de un veterano marino, García de Toledo, tras la
derrota sufrida por Andrea Doria almirante del emperador Carlos I de España,
en la batalla de Préveza ocurrida el 27 de septiembre de 1538, cuando la
escuadra imperial con 262 naves no pudo vencer a la del turco Barbarroja con
tan solo 122 galeras. El dispositivo táctico de Andrea Doria era excelente,
pero la falta de entendimiento de sus órdenes durante el combate propiciaron
que solo una docena de galeras cristianas pelearan rodeadas de enemigos por
los cuatro costados, pues los mandos subordinados no estaban a la altura
doctrinal de su jefe y Barbarroja supo sacar partido de esta situación, al haber
adoptado la formación en águila, con vanguardia, cuerpo principal con centro
y dos alas, más la retaguardia para socorro que, de esta forma, podía atacar y
moverse en cualquier dirección mediante sucesivas conversiones. Doria inten-
tó evolucionar las diferentes formaciones en línea de frente de su gran arma-
da, pero la confusión de unas galeras con otras le impidió alcanzar su objetivo
obligándole a retirarse pese a su superioridad. Por ello, el capitán general de la
Mar y virrey de Nápoles, García de Toledo recomendó a Juan de Austria «No
mandar poner toda su Armada en un solo escuadrón, porque del número gran-
344 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
de es cierto que nacerá confusión y embarazo de unas galeras con otras como
ocurrió en Préveza. Deben se poner tres escuadrones y otros tres en un ala, y
que los dos de las puntas sean de galeras en que VE tuviere más confianza».
Además de estos sabios consejos, Juan de Austria adelantándose a su tiem-
po, obtuvo una valiosa inteligencia de su enemigo otomano: la proximidad de
las bases navales enemigas, disponer de un dispositivo adecuado de explora-
ción en la dirección más peligrosa, información sobre la geografía local que
favoreciese su posición en el combate, el posible apoyo en la costa griega para
evitar el flanqueo del enemigo y la ubicación de cada buque en la formación
de forma que causase el máximo daño al enemigo. Por ello, la posición de las
seis galeazas, dada su gran potencia de fuego con 180 cañones, era muy
importante, por los terribles destrozos que podían ocasionar en las galeras
enemigas y Juan de Austria ordenó se ubicasen en la vanguardia, en la posi-
ción del pico de la formación águila, adoptando una línea de frente en seccio-
nes de dos galeazas por cada una de las alas y el centro del grueso, de modo
que el apoyo mutuo de fuego de cada sección fuese óptimo. El recíproco
apoyo que podían prestarse las dos galeazas de una sección quedaba favoreci-
do si se disponían en línea de marcación, para que la galera que tuviese por su
popa pudiese efectuar el fuego
más eficaz con su artillería
ubicada en el castillo, y que
con una sencilla conversión
pudiese orientar su potencia
de fuego hacia el buque
enemigo deseado. Al sobrepa-
sar la isla griega de Oxia,
Juan de Austria ordenó adop-
tar la formación en águila
descrita anteriormente, ocul-
tando la escuadra de reserva
de Álvaro de Bazán tras la
línea de costa.
La formación turca era
mucho más sencilla, en me-
dialuna con el grueso central
mandado por el propio Alí
Pachá, con Pertau Pachá como
su segundo y 91 galeras, el ala
derecha estaba capitaneada
por Mehmet Saulak llamado
Siroco, gobernador de Ale-
jandría, comprendía 56 galeras Retrato de Uluç Alì Pascià por Giuseppe Guzzi, 1837.
egipcias y, finalmente, en el Biblioteca Municipal de Trento. (www.wikipedia.org)
2021] 345
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Detalle de las escuadras en la batalla de Lepanto, 7 de octubre de 1571, por Luca Cambiaso.
(Monasterio de El Escorial)
ala izquierda se posicionó el pirata y renegado italiano Uluch Alí, virrey de
Argel, con 67 galeras argelinas y turcas. La escuadra de reserva de los otoma-
nos al mando del pirata albanés Murat Dragut era mucho más débil que la de
la Santa Liga con tan solo ocho galeras y cinco galeotas. La táctica turca esta-
ba clara y consistía en envolver con sus alas a las dos correspondientes de la
flota cristiana, tarea fácil para Uluch Alí que tenía mar abierto por su babor
para la maniobra y mayor número de galeras que Andrea Doria. Por el contra-
rio, Siroco lo tenía más difícil al carecer de superioridad numérica sobre
Barbarigo con la limitación a la navegación añadida de la línea de costa por
estribor, debiendo acercarse mucho a tierra para flanquear a su enemigo.
Completando esta maniobra envolvente turca, estaba el poderoso centro con
92 galeras al mando de Alí Pachá, formada en tres líneas de frente que preten-
día de esta forma destrozar la escuadra de Juan de Austria y con la ayuda de
sus dos alas, atenazar y destruir a la flota de la Santa Liga.
346 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Conclusiones
Los numerosos cuadros que representaron posteriormente la batalla de
Lepanto, mostraban un caos de buques combatiendo sin orden ni concierto en
el fragor del combate, pero eso se debía a la imaginación del artista que, con
seguridad, ni estuvo en el combate ni era marino, simplemente trataba de
impresionar al espectador con la dureza de las imágenes, pero la realidad no
fue así. En todo momento la Santa Liga siguió celosamente las órdenes de su
jefe supremo, Juan de Austria y de sus almirantes subordinados ejecutando
con precisión cuantos cambios de rumbo fueron ordenados y que estaban
previsto con anterioridad en el memorándum entregado a todos los capitanes.
La idea de que las formaciones tuviesen buques de diferentes nacionalidades
fue otra genial ocurrencia de Juan de Austria que, si las flotas eran homogé-
neas y uno de sus almirantes ordenaba la retirada, sus hombres le seguirían
unánimemente, algo que no ocurriría combatiendo españoles, venecianos,
genoveses, etc., costado con costado, ya que ninguno abandonará la lucha
para quedar como un cobarde frente a los otros.
En Lepanto se batieron los mejores almirantes de la cristiandad, siguiendo
a rajatabla las órdenes de su capitán general, un excelente táctico que supo
llevar su flota a la victoria conseguida, no por casualidad sino a base de la
preparación de sus dotaciones y a todas las órdenes emitidas desde la galera
Real que, en todo momento, tuvo el mando táctico de las diferentes escuadras,
para desesperación de sus oponentes otomanos. La navegación desde Mesina
hasta Lepanto, sirvió para la cohesión de las seis escuadras en que Juan de
Austria había organizado su flota para un intercambio más fluido de órdenes.
La posición del mejor almirante español, Álvaro de Bazán, en la retaguardia,
sería otro gran acierto táctico antes de la batalla, pues el almirante podría de
esta forma acudir sin dilación ni retraso, como haría, al lugar de más riesgo y
peligro. Por si esto fuese poco, minutos antes de comenzar la batalla los almi-
rantes, Doria, Colonna y Barbarigo se personaron en la galera Real, tras ver el
espectáculo del golfo de Lepanto repleto de velas turcas para manifestar su
parecer en contra de combatir en ese momento. Juan de Austria acalló sus
dudas con las siguientes palabras; «Señores, dijo fríamente, ya no es tiempo
de deliberar sino de combatir. Os ruego que volváis a vuestras naves inmedia-
tamente», ordenando, a continuación, disparar un cañonazo a la galera Sultana
de Alí Bajá, lo que daría lugar al comienzo de la batalla. Felipe II tuvo la gran
visión de dar el mando de la Santa Liga a su hermanastro sabiendo de sus
virtudes militares y de su gran visión táctica, como demostró al conseguir la
mayor victoria naval del siglo XVI para las armas españolas, «la más alta
ocasión que vieron los siglos» según palabras del infante de la galera Marque-
sa, Miguel de Cervantes, que resultaría herido en el brazo izquierdo en el
abordaje. Lepanto sería la última gran batalla en la que la galera sería la prota-
gonista, dando paso en el futuro a navíos propulsados por velas.
2021] 347
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
La fatalidad se cebaría en Juan de Austria tan solo siete años después, pues
el 1 de octubre de 1578, siendo gobernador de los Países Bajos, moriría como
resultado de unas fiebres tifoideas, cuando sitiaba la ciudad de Namur en
plena ofensiva contra Guillermo de Orange. De él escribiría Brantôme «Era
fuerte y agraciado, gentil en todas sus acciones además de cortés y afable,
pero sobre todo bravo y valiente…» Sus restos reposan en un bellísimo
mausoleo esculpido por Giuseppe Galeotti en mármol de Carrara, en el
Panteón de Infantes del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial,
ataviado con su armadura y los guanteletes quitados al no haber muerto en
combate. Posiblemente, el curso de la Historia de España hubiera sido distinto
si Felipe II, le hubiera podido dar el mando de la Grande y Felicísima Arma-
da, bautizada como «Invencible» por los ingleses, en febrero de 1588, tras la
muerte por tifus en Lisboa de Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz.
348 [Agosto-septiembre
CRÓNICA DE LA BATALLA
DE LEPANTO
Luis MOLLÁ AYUSO
(Retirado)
Antecedentes
N Turquía, la posición del sultán Selim II, sucesor
de Solimán, tras la muerte de este en 1566, se hacía
cada día más inestable debido a sus desencuentros
con el gran visir (primer ministro), Mehmed Pachá,
que criticaba su falta de decisión en el envío de
ayuda al levantamiento de los moriscos rebeldes en
las Alpujarras españolas, miles de los cuales habían
muerto al intentar recuperar lo que un día había sido
parte del islam. El sultán necesitaba un golpe de
efecto que le devolviera la confianza de su pueblo y
buscó dónde atacar a los españoles, que aún mante-
nían en el Mediterráneo enclaves en disputa tan
importantes como el peñón de Vélez, Melilla, Orán
o Mazalquivir. Sin embargo, y a pesar de su peso
estratégico, sus consejeros le desaconsejaron lanzarse sobre esos puntos de la
costa mediterránea, pues después de los fracasos de Malta por mar y Hungría
por tierra, ni el presupuesto ni el ejército estaban en disposición de acometer
una empresa de tanta envergadura, proponiéndole, por el contrario, atacar en
la prácticamente desguarnecida Ceuta, que pertenecía a los portugueses, los
cuales se la habían arrebatado a los benimerines casi cien años atrás, o asestar
un golpe de mano en Chipre, isla perteneciente a la Serenísima República de
Venecia desde 1489. A pesar de que los informes hablaban de una Ceuta esca-
samente protegida, Selim II valoró el esfuerzo de conducir una fuerza naval
hasta la otra punta del Mediterráneo y la implicación logística que supondría
el asedio de una ciudad que quedaba a tiro de piedra de la costa sur española,
lo que podía empujar a Felipe II a sumarse a su defensa desde una situación
estratégica de clara superioridad.
Así pues, el sultán mandó a su «Estado Mayor» estudiar el asedio y asalto
de la isla de Chipre sin que el tratado de paz que acababa de firmar con el
dogo de Venecia representara ningún obstáculo, justificando su ruptura en
2021] 349
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
el hecho de que se trataba de una antigua tierra del islam y, mientras sus mili-
tares preparaban los planes de campaña, sus ministros se dedicaron a recaudar
dinero mediante la confiscación y reventa de monasterios de la Iglesia ortodo-
xa griega. El antiguo tutor del sultán, el general Mustafa Pachá, fue nombrado
comandante de las fuerzas terrestres mientras Alí Pachá era elegido almirante
de las navales, asesorado por el astuto Pialí Pachá, más experimentado en la
guerra en la mar. De esta forma se eliminaba la posibilidad de relación directa
entre Mustafá Pachá y el conflictivo almirante, cuyo antagonismo era un
secreto a voces.
A pesar del tratado de paz recién firmado, el dogo de Venecia no terminaba
de confiar en Selim II y llevaba tiempo preparando la defensa de la República
ante un hipotético ataque otomano. De hecho, sus consejeros pensaban que el
objetivo inicial de Solimán, cuando finalmente atacó Malta, sería la isla de
Chipre y la preocupación se instaló en Venecia al conocer mediante informa-
dores que el nuevo sultán estaba preparando una fuerza expedicionaria en el
Mediterráneo, por lo que decidieron reforzar las defensas de la isla, aunque no
escapaba a nadie que sin ayuda exterior no podrían resistir mucho tiempo.
Antecediendo en unos pocos meses a Solimán, en 1565 moría en Roma el
papa Pío IV, recibiendo el anillo papal Antonio Michele Ghislieri, que gober-
naría la Iglesia católica con el nombre de Pío V.
Prácticamente desde su nombramiento uno de los objetivos del nuevo papa
consistió en promover la Liga Santa, una coalición sobre la que, inicialmente,
hubo muchas reticencias por parte de los distintos monarcas de la cristiandad,
aunque a la vista de la actitud agresiva de los otomanos en el Mediterráneo
que cristalizaría con el ataque a Chipre quedó finalmente constituida por
España, Venecia y los propios Estados Pontificios. Al frente de las fuerzas
combinadas situó el papa a Juan de Austria, hermanastro de Felipe II, a quien
definió, haciendo uso de la cita evangélica referida a Juan el Bautista, como
«un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan». Las capitulaciones de la
Liga, que fijaban detalladamente los recursos militares con que habría de
contribuir cada uno de los aliados, estipulaban una flota de 200 galeras
de combate, 100 auxiliares y una fuerza de socorro de 50.000 hombres. Para
asegurarse la participación española, el Tratado incluyó la promesa de Venecia
de ayudar a Felipe II en sus posesiones en el norte de África. Por su parte, el
papa asumió el compromiso de aportar doce galeras aparejadas y dispuestas,
3.000 infantes y 270 jinetes con sus monturas. Los aliados se comprometieron
a acudir en socorro de cualquiera de los miembros de la Liga que se viese
atacado por los turcos, especialmente si los territorios en peligro eran los de la
Santa Sede. Como cláusula de penalización para quien no atendiese las obli-
gaciones de los aliados, el papa impuso en las estipulaciones la pena de exco-
munión, con pérdida de sus posesiones y liberación del juramento de fidelidad
de sus súbditos. El compromiso se firmó el 15 de mayo de 1571 con la
renuencia de tres países cristianos de relevancia: el Sacro Imperio Romano
350 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Germánico, cuyo emperador acababa de firmar un tratado de paz con los
otomanos y no se mostraba inclinado a romperlo, Francia, que mantenía tradi-
cionalmente relaciones amistosas con los turcos y hostiles con los españoles e
Inglaterra, que había roto definitivamente con Roma desde la coronación de
Isabel I.
El 27 de junio de 1570, casi un año antes de la firma del acuerdo entre cris-
tianos, las fuerzas invasoras otomanas pusieron rumbo a Chipre con un dispo-
sitivo de más de 200 barcos y 60.000 soldados. Durante el tránsito a la isla los
venecianos debatieron oponerse al desembarco, pero vista la colosal máquina
de guerra enemiga decidieron resistir en las fortalezas distribuidas a lo largo
de la isla a la espera de la llegada de refuerzos.
El sitio de Nicosia se inició el 22 de julio y duró siete semanas, hasta que
el 9 de septiembre los otomanos lograron traspasar las murallas una vez
que los defensores agotaron sus municiones, pasando a cuchillo a los veinte
mil habitantes que encontraron en la ciudad, aunque respetaron la vida de
mujeres y niños que fueron vendidos como esclavos. Durante el asedio el
papa trató de acelerar la organización de la Liga, pero la lenta burocracia de
las firmas lo hizo imposible, y aunque una escuadra cristiana reunida urgente-
mente y cercana a los 200 barcos zarpó rumbo a Chipre a toda velocidad, al
saber que Nicosia había caído, su comandante, el almirante veneciano Jeróni-
mo Zanne, ordenó regresar al puerto de partida. Compuesta por unidades
venecianas, papales y españolas, por designio de Pío V mandaba la escuadra
Juan de Austria, que quedó en tierra delegando en la mar en el almirante vene-
ciano, mientras que la flota española quedó a cargo de Juan Andrea Doria,
sobrino del gran almirante homónimo, con Álvaro de Bazán como segundo
comandante. Al saber que Zanne había ordenado regresar abandonando la isla
a su suerte, el marqués de Santa Cruz trató de razonar con Doria que la retira-
da eliminaba cualquier posibilidad de supervivencia a los chipriotas, que sí se
habían visto obligados a ceder en Nicosia lo más probable era que hubieran
retrocedido para reorganizarse en cualquiera de los otros dos baluartes que
mantenían en la isla, el de Limasol en el sur o el de Famagusta en el este, y
que para comprobarlo bastaría una simple descubierta alrededor de la isla,
pero Doria se opuso y prefirió no objetar las órdenes de Zanne. La isla capitu-
ló finalmente el 1 de agosto de 1571, aunque el asedio y el ataque final
desgastaron notablemente a los otomanos que perdieron cincuenta mil efec-
tivos.
La toma de Chipre por el ejército otomano dejó muchas secuelas, sobre
todo en la parte norte del Mediterráneo, donde los cristianos más humildes,
conocedores de los horrores practicados por los turcos a los chipriotas, se
cuestionaban si el aparato militar al que tan onerosamente contribuían con sus
impuestos tenía razón de ser. Las tensiones entre españoles y venecianos que
habían contribuido en buena manera al fracaso de la coalición amenazaban
ahora con hacer saltar por los aires el proyecto de la Liga Santa. El único
2021] 351
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
En 1571 la extensión del Imperio otomano, y por ende del islam, representaba una tenaza a
punto de cerrarse sobre Europa. (Facilitado por el autor)
elemento que alimentaba la esperanza de los temerosos cristianos ante la
nueva y decidida amenaza del Imperio otomano era la enérgica figura de Juan
de Austria.
Por su parte, el almirante Alí Pachá, viendo la superioridad del ejército de
Mustafá en Famagusta, donde la caída de la ciudad era cuestión de tiempo,
decidió dejarlo maniobrar en tierra y en lugar de mantener el bloqueo de la
isla como habían acordado prefirió salir con sus barcos a buscar a la flota cris-
tiana, pues había oído que estos estaban formando una gran coalición con la
intención de disputarles el Mediterráneo. De este modo, se dirigió inicialmen-
te a Creta, isla perteneciente también a Venecia, que la había comprado en
1204 para establecer un puesto avanzado en sus correrías comerciales. Alí
Pachá encontró los fuertes cretenses bien defendidos y se limitó a dar golpes
de mano en las pequeñas poblaciones del litoral con el objetivo de secuestrar a
cualquiera que sirviera para coger un remo, aunque en cada uno de sus
ataques perdía también soldados que necesitaba reemplazar, a pesar de lo cual
repitió la operación en las islas griegas de Corfú y Cefalonia y, finalmente,
352 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
envió a sembrar el pánico en el Adriático a su lugarteniente y mano derecha
Uluch Alí, un renegado nacido y bautizado cristiano que había sido secuestra-
do de niño cuando lo llevaban a un seminario y que después de servir en el
remo durante catorce años abjuró de su fe, abrazó el islam y terminó armando
su propia flota que en esos momentos era de 52 galeras. En realidad, Uluch
Alí buscaba en aguas venecianas rastros de la gran flota que, al parecer, esta-
ban reuniendo los cristianos, hasta que el capitán de una galera veneciana
capturada en el canal de Otranto le confirmó antes de que le cortara la lengua
que la Liga Santa era un hecho y sus almirantes y unidades navales se estaban
concentrando en Mesina.
Informado, Alí Pachá envió una escuadra de galeras a la costa de Calabria
a confirmar la información del deslenguado capitán y conocer, en su caso, la
magnitud de la escuadra cristiana, permaneciendo fondeado a la espera de
noticias en el golfo de Patras, frente al pequeño puerto de Lepanto, donde
recibió del sultán la orden de buscar y destruir a la flota cristiana y la promesa
de la llegada de refuerzos y provisiones que tanto necesitaba después del enor-
me desgaste que había supuesto la toma de Chipre.
Mientras tanto, obe-
deciendo la convocato-
ria de Juan de Austria,
la Liga comenzaba a
reunirse en Mesina. El
primero en llegar fue el
veneciano Sebastián
Veniero, que se presentó
el 23 de julio a Juan de
Austria haciéndole sen-
tir su malestar por la
inacción de los países
cristianos en Chipre.
Cuatro días después se
incorporaba el almirante
pontificio Marco Anto-
nio Colonna. A partir de
ahí los días pasaron
lentamente y el coman-
dante español hubo de
esperar al 15 de agosto
para ver entrar a puerto
las tres galeras que
proporcionaba la ex-
hausta Orden de Malta.
Finalmente, el 25 de Composició n de fuerzas. (Facilitado por el autor)
2021] 353
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
agosto, más de un mes después de la llegada de las naves venecianas, entraban
en Mesina las españolas. En el momento de fondear nadie reparó en una gale-
ra de negra silueta que se mecía al compás de las olas incrustada entre las
aportadas por la República de Venecia. Se trataba de una de las exploradoras
de Alí Pachá al mando del corsario Kara Kodja, que esa misma noche abando-
nó el fondeadero aprovechando la oscuridad. Gracias a aquel gesto audaz
Kodja pudo informar a Alí Pachá de la cantidad de embarcaciones cristianas
reunidas en Mesina, aunque erró en el número ya que abandonó el fondeadero
antes de que se incorporaran las últimas cuarenta galeras cristianas, lo que
movería al jefe de la fuerza naval turca a infravalorar la magnitud de la escua-
dra de Juan de Austria, que quedó definitivamente compuesta por 204 galeras
y 32 unidades auxiliares, frente a las 216 galeras turcas a las que acompaña-
ban 64 galeotas y otras tantas fustas. De entre las de la Liga Santa las galeras
españolas eran las de mejor calidad, pues, recién construidas en las atarazanas
de Barcelona, eran fruto del plan de reconstrucción naval ordenado por Felipe
II tras el desastre de Los Gelves y también las más preparadas para el combate
barco a barco, ya que, siendo más amplias de manga, lo que por otra parte iba
en detrimento de la velocidad, constituían mejores plataformas para la artille-
ría gracias a su mayor estabilidad.
Entre soldados, marineros, artilleros y remeros, la Liga Santa embarcó
unos 55.000 hombres, tres cuartas partes de ellos españoles. Además de que
sus naves llegaron en un estado deficiente y tuvieron que ser apoyadas por
Álvaro de Bazán en Nápoles, la república de Venecia se presentó con solo 50
soldados por galera, cuando la media de sus aliados era de 150, cifra pactada
en los acuerdos. Encargado, Álvaro de Bazán, de negociar con Veniero la
forma de solventar tan grave inconveniente, el almirante veneciano argumentó
que, al contrario que otras naciones, sus remeros eran hombres libres que, en
caso de necesidad, podían constituirse en combatientes, cosa que no podían
hacer los galeotes esclavos que remaban en las naves de otros países. Cortés-
mente, Álvaro de Bazán le hizo ver la pobreza del argumento, pues la obliga-
ción de transportar un número de combatientes apropiado no podía entrar en
litigio con la necesidad de cada buque de contar con el número de remeros
necesarios para su propulsión con garantías. Finalmente, tras muchas y
prolongadas discusiones, el correoso y colérico Veniero admitió que muchos
de sus combatientes habían sido diezmados por una epidemia de tifus, por lo
que la Liga Santa no podía esperar de ningún modo la llegada de más solda-
dos venecianos. Bazán comprendió que la falta de soldados de la República de
Venecia no era una cuestión de negociación ni discusión y que la única forma
de dotar a sus barcos de los infantes necesarios pasaba por embarcarlos proce-
dentes de otras escuadras, cosa que el orgulloso Veniero rechazó reiterada-
mente hasta que las palabras del marino granadino terminaron por hacerle
entrar en razón y la infantería veneciana quedó organizada en tres regimientos
al mando de generales propios aunque con tropa mayoritariamente hispana.
354 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Por parte española, la fuerza embarcada quedó repartida en cuatro tercios:
el de Cerdeña, al mando de Miguel de Moncada; el de Nápoles, a las órdenes
de Pedro de Padilla; el de Sicilia, a las de Diego Enríquez; y el más afamado
en aquel momento, el de Granada, que mandaba Lope de Figueroa, quien tras
haber sido hecho prisionero en Los Gelves había permanecido cuatro años
remando en una galera otomana hasta ser rescatado por su padre en 1564 tras
el pago de la importante cantidad de cuatro mil ducados.
La inmensa fuerza salió a buscar a la flota otomana en el golfo de Patras.
Al frente marchaba Juan de Cardona, capitán general de la flota siciliana, con
15 galeras con misiones, principalmente de exploración, dando paso al grueso,
unas doce millas por detrás, dividido en cuatro partes en cuña: el ala derecha,
compuesta por 51 galeras señaladas con grímpolas verdes, al mando de Juan
Andrea Doria, otras 61 galeras en el centro a las órdenes de Juan de Austria,
estas con grímpolas azules, y las 50 de Sebastián Veniero, dispuestas en el ala
izquierda y a las que correspondían grímpolas amarillas. Cerrando la forma-
ción marchaba Álvaro de Bazán con 27 galeras en las que ondeaban grímpolas
blancas que las señalaban como la fuerza de reserva y en la que iban incrusta-
das las unidades logísticas y auxiliares.
La batalla
Los otomanos tenían barcos más maniobrables y veloces, pero eran más
pequeños y contaban con menos artillería e infantes. Individualmente, cada
soldado turco tenía una protección personal menor y sus armas de fuego eran
menos poderosas que las de los cristianos y aunque contaban con un número
de arqueros muy superior, el poder de sus flechas era bastante inferior al de
las armas de fuego de los infantes de la Liga.
Con estas consideraciones, al despuntar la mañana del 7 de octubre de
1571 Juan de Austria encontró a los buques otomanos listos y en orden
de combate. Las 216 galeras y galeotas y las 128 unidades auxiliares estaban
servidas por 15.000 marinos y 55.000 galeotes, en su mayoría cristianos
prisioneros. Para el combate embarcaba una fuerza de 46.000 soldados, 750
piezas de artillería y 1.000 arqueros con flechas envenenadas. Igual que la
cristiana, la escuadra otomana estaba dividida en cuatro cuerpos formados en
media luna: a la derecha el almirante Mohamed Siroco, gobernador de Alejan-
dría, con 54 galeras y dos galeotas; en el centro el comandante en jefe Alí
Pachá, con su escuadra de 87 galeras y 32 galeotas y a la izquierda el almiran-
te Uluch Alí con 61 galeras y 32 galeotas. Siguiendo al cuerpo principal nave-
gaba el almirante Murat Dragut al frente de la escuadra de reserva, compuesta
por 14 galeras y 21 galeotas y fustas.
El frente de batalla se alargaba hasta casi los siete kilómetros y por la natu-
raleza de uno y otro dispositivo era obligado que los barcos del almirante
2021] 355
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
veneciano Sebastián Veniero se enfrentaran a los del turco Siroco, los de
Andrea Doria con los de Uluch Alí y los de los comandantes de ambas flotas
entre sí. Juan de Austria era consciente de que entre la última galera de Venie-
ro por la izquierda y la costa quedaba un hueco demasiado grande por cubrir,
por donde probablemente los musulmanes tratarían de envolver a los cristia-
nos, así pues una de las claves de la batalla descansaba en el dispositivo tácti-
co que escogiera Veniero, teniendo en cuenta que había algunas diferencias
entre los diferentes tipos de barco, siendo los más poderosos las galeazas,
dotadas de 350 remeros, unos 300 infantes y la artillería pesada, mientras que
entre galeras había que distinguir entre las simples (la mayoría) y las de
mando, las primeras dotadas de 144 remos y las segundas de entre 168 y 350
en función de la autoridad embarcada. De las 210 unidades con que contaba la
Santa Liga, seis eran galeazas, 24 galeras de mando y 180 galeras ordinarias.
Las galeazas eran fortalezas flotantes de gran poder artillero. Con cerca de
quinientos metros de alcance resultaban muy destructivas en los prolegóme-
nos del combate, pero su poder se diluía cuando las flotas se mezclaban debi-
do a su escasa velocidad, su poca capacidad de maniobra y al hecho de que
una vez establecidas las correspondientes melés no podían discriminar en su
fuego las unidades amigas de las enemigas. Por esta razón el peso de la batalla
recayó sobre la infantería a bordo de las galeras y ese factor sí que fue deter-
minante en la victoria, debido al uso de los arcabuces contra las flechas turcas,
pues en las filas otomanas solo contaban con el arcabuz como arma reglamen-
taria los jenízaros embarcados y no el resto de combatientes.
Conforme las fuerzas se acercaban el planteamiento del combate iba
quedando cada vez más claro. En el ala derecha turca Mohamed Siroco había
dispuesto sus mejores unidades en el extremo más cercano a la costa con idea
de envolver a los cristianos, pero Veniero había previsto tal coyuntura y en el
límite izquierdo de su fuerza navegaba su propia galera de mando junto a una
sección compuesta por dos galeazas y sus galeras mejor armadas al mando del
almirante Agostino Barbarigo. Parecía claro que buena parte de lo que fuera a
suceder en la batalla dependería de ese choque. Por su parte, Juan de Austria
tampoco escondía sus intenciones, pues, además de colocar dos galeazas en
vanguardia para producir el mayor destrozo en las líneas enemigas antes del
choque, dispuso sus poderosas 14 galeras de mando en el centro, a proa de la
formación, siguiendo aguas a las galeazas, para, aprovechando la confusión y
destrozos producidos por estas con su artillería, adelantarlas disimuladas entre
el humo para penetrar como un ariete por el centro de la escuadra de vanguar-
dia otomana con idea de, una vez superadas las líneas enemigas, envolverlas a
derecha e izquierda la mitad de los barcos por cada banda. Sorprende el pare-
cido de esta táctica con la que empleó tan exitosamente en Trafalgar el
binomio Nelson-Collingwood, haciendo buena aquella frase que destacaba en
una de las aulas de la Escuela Naval Militar: «Europa aprendió a navegar
en libros españoles».
356 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
En realidad, el plan de combate de cada bando era bastante simple y tras-
parente, pero ambos comandantes eran conscientes de que a partir del momen-
to en que las fuerzas entraran en contacto los planes pasarían a un segundo
plano, pues los contendientes formarían una melé que solo podría resolverse
por el pulso de cada unidad con su correspondiente o correspondientes enemi-
gas en un combate ciego y sordo a las señales, pues las banderas quedarían
escondidas entre el humo de la pólvora y el de los incendios y el sonido de los
clarines y timbales por el estruendo de los cañones y el de las maderas rotas.
«Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis
ocasión a que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿Dónde está vues-
tro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos habréis de
alcanzar la inmortalidad…».
Con el sol empezando a despuntar por encima de las montañas de Levante,
un joven de apenas 24 años arengaba de esta forma a los cristianos para la que
habría de ser una de las batallas navales más grandes de la historia de la
humanidad, un combate que reunía a tres de cada cuatro de las galeras, galea-
zas, galeotas y fustas existentes en el mundo, 580 naves y cerca de 200.000
hombres que iban a dirimir el destino de dos imperios representantes de dos
civilizaciones antagonistas, el
oriente contra el occidente, el
islam contra el cristianismo.
Apenas las flotas se avista-
ron Juan de Austria supo inter-
pretar la estrategia inicial de
Alí Pachá, que no era otra que
la de flanquear la línea enemi-
ga por ambos lados mientras
él mismo fijaría las posiciones
de la vanguardia cristiana
mediante la escuadra de reser-
va que hasta ese momento
había mantenido a su retaguar-
dia. La primera orden de Juan
de Austria fue adelantar a
primera fila la fuerza de galea-
zas, donde concentraba lo
mejor de su artillería, mientras
que, a diferencia de Alí Pachá,
el comandante español mantu-
vo sus reservas a retaguardia, Disposició n de unidades para el combate.
ordenando a Álvaro de Bazán (Facilitado por el autor)
2021] 357
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
que, a su libre disposición, se dedicara a controlar las posibles brechas que se
pudieran producir en la línea de combate. En realidad, más que una batalla
se trataba de cuatro condensadas en una, pues dada la calidad de las formacio-
nes, en cuña los cristianos y en media luna los musulmanes, la propia inercia
del combate llevaba a que cada sección de cualquiera de las formaciones
acometiera a la que tenía en frente, mientras el comandante de la fuerza de
reserva cristiana, no así el turco, lanzaba sus unidades donde consideraba
necesario como el quarterback de un partido de fútbol americano.
Por el norte, las naves de Barbarigo y Siroco fueron las primeras en entrar
en combate y la batalla no pudo empezar de manera más favorable para los
cristianos, pues a las 11 de la mañana, con las flotas a punto de acometerse, la
de Barbarigo había conseguido envolver a la de Siroco merced al granado
fuego artillero previo de sus galeazas y galeras de mando del que resultó heri-
do mortalmente el almirante musulmán. Con el viento a favor, las galeras
venecianas aplastaron a las turcas contra la costa y el ala izquierda otomana
resultó completamente aniquilada. La primera batalla se había saldado con
una victoria incuestionable, que además concedía una importante ventaja a los
cristianos, que pasaron a apoyar los otros dos frentes de batalla con las naves
venecianas.
Una hora más tarde el centro de gravedad del combate había pivotado a las
vanguardias, en medio de las cuales se desenvolvían las dos naves capitanas
dirigiendo cada una sus barcos contra los correspondientes contrarios. En esta
ocasión fueron las unidades turcas las que consiguieron romper la línea cris-
tiana y avanzaron por el centro en busca de la Real, insignia de Juan de
Austria, pero la maniobra fue neutralizada por la artillería de la Liga que
causó importantes daños en las galeras enemigas, aunque fue tal el ímpetu de
las naves otomanas que después de penetrar en el interior de la vanguardia
cristiana se lanzaron al abordaje. La batalla se convirtió en una melé sin
ningún orden táctico y el humo de los disparos y los incendios dificultaba aún
más la visibilidad, aunque no lo suficiente como para que la Real y la Sultana
de Alí Pachá dejaran de verse y decidieran acometerse; el momento supremo
había llegado, se enfrentaban la espada contra el alfanje, la cruz contra la
media luna, y la situación era favorable al turco que, a modo de guardia preto-
riana, llegaba rodeado y protegido por un tupido cinturón de galeras otoma-
nas, momento providencial en que de la espesura del humo surgió la Loba,
insignia de la escuadra de Nápoles al mando de Álvaro de Bazán que daba
paso a la escuadra cristiana de reserva, la cual se lanzó directamente sobre la
Sultana, que para entonces acababa de embestir con su enorme espolón
la amura de la Real. Las dos naves quedaron unidas por los garfios dando
paso al abordaje, siendo la situación todavía favorable a los turcos, pues sobre
la galera de Alí Pachá confluían continuos refuerzos de las naves otomanas
más próximas, mientras que la Real de Juan de Austria se había quedado aisla-
da y solo contaba con el apoyo cercano de una veneciana, y aunque los arca-
358 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
buceros españoles se defendían con uñas y dientes, el mayor número de tropas
musulmanas hacía pensar que la Sultana iba, finalmente, a derrotar a la Real,
pero justo entonces, de manera providencial y como si fuera un enviado de
Dios, Álvaro de Bazán surgió al frente de sus galeras hasta llegar a la altura
de la Real y una oleada de Infantería del tercio de refresco abordó la Sulta-
na de Alí Pachá a sangre y fuego con la furia de un ciclón en el mismo momen-
to en que el disparo de un arcabucero alcanzaba en la cabeza a Alí Pachá, que
cayó fulminado sobre cubierta. Reconocido el cuerpo del comandante de la
flota otomana, su cabeza fue clavada en una pica a modo de estandarte, lo que
desconcertó a las tropas musulmanas que se desmoralizaron y cedieron rápida-
mente posiciones ante el empuje creciente de las tropas de la Liga. La batalla
estaba prácticamente decidida, aunque la escuadra otomana del ala izquierda,
comandada por Uluch Alí, intentaba flanquear las galeras de Juan Andrea
Doria y las de la Orden de Malta, pero Álvaro de Bazán, tras apoyar a la Real
en el centro del dispositivo cristiano, se dirigió con su fuerza de reserva a su
ala derecha en apoyo de Doria, haciendo huir a la escuadra de Alí.
Terminada la batalla y consolidada la victoria, Juan de Austria ordenó un
redoble de tambores que culminó con una salva general que señalaba el
momento de hincarse de rodillas ante la imagen del Santísimo Crucifijo que
ondeaba en el centro del estandarte que el papa le había entregado para que le
acompañara en la batalla. Una vez dadas las gracias a Dios las tropas cristia-
nas estallaron en vítores que se mantuvieron a lo largo de toda la jornada sin
dejar de atender a los heridos, arrojar al mar a los muertos, liberar a los reme-
ros cristianos de las naves turcas, reparar las propias, asegurar las tomadas al
enemigo y concentrar a los prisioneros. Con la caída de la noche una tormenta
azotó la flota que, jubilosa a pesar de la virulencia del temporal, puso rumbo
al vecino puerto de Petela que señala la entrada al golfo de Patras, dejando
atrás un mar enrojecido por la sangre de los combatientes en el que sobresa-
lían los terribles despojos de una de las batallas más cruentas de la historia de
la humanidad.
Los cristianos tomaron a los turcos 170 galeras y 20 galeotas. Se hicieron
4.500 prisioneros y se incautaron cerca de 400 piezas artilleras. El número de
bajas turcas se situó alrededor de los 30.000 hombres y aunque se liberaron
12.000 remeros cristianos, un número semejante murió a consecuencia de los
combates o fueron pasados a cuchillo por sus captores por temor al motín. Las
bajas cristianas ascendieron a 8.000 hombres muertos, entre ellos el almirante
Barbarigo, y 14.000 heridos, perdiéndose únicamente 16 naves.
Conclusión
La de Lepanto quedó para la historia como la batalla naval más sangrienta
de todos los tiempos. Gracias a su victoria la Liga Santa rompió con la supe-
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
rioridad naval del Imperio otomano y su vitola de invencibilidad quedó
desmitificada. Los turcos se presentaron a la batalla llenos de moral por la
reciente victoria en Chipre, pero disminuidos de efectivos por las muchas
bajas que sufrieron. Chipre supuso una victoria táctica para el sultán, pero un
grave error estratégico para el Imperio otomano. Por su parte, España, tras
impedirlo por primera vez en 1212 en la batalla de las Navas de Tolosa, volvía
a resultar determinante a la hora de neutralizar el segundo intento de penetra-
ción musulmana en Europa. Con la victoria de Juan de Austria, Occidente
recuperaba la hegemonía naval en el Mediterráneo.
Asegurado el sur de Europa, después de la batalla de Lepanto el centro de
gravedad de las preocupaciones españolas se trasladó a Flandes y al Atlántico,
debido a la presión de los protestantes primero y al incremento de la actividad
de los corsarios ingleses contra las colonias y la flota de Indias después, todo
lo cual propició la retirada de España de la Liga Santa, lo que, a su vez, dio
nuevos bríos al imperio turco que consiguió recuperarse parcialmente, aunque
su área de influencia quedó constreñida a los límites de la península de los
Por encima de otros actores fundamentales, la decidida actuación de los tercios inclinó la balan-
za de la victoria del lado español, sintetizada en este cuadro en la figura del heroico Lope
de Figueroa. En su honor, la plaza de Armas del «Tercio de Armada» lleva su nombre.
(Imagen facilitada por el autor)
360 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Balcanes. Podría decirse que la caída del Imperio otomano, que se produjo
definitivamente tras el fin de la Primera Guerra Mundial, comenzó a gestarse
en Lepanto.
En cuanto al combate naval en sí, si bien el impulsor principal de la victo-
ria cristiana fue Juan de Austria, pues suyas fueron las voces de mando que
llevaron a la Liga Santa a la victoria, las actuaciones del almirante veneciano
Veniero en el ala izquierda cristiana y de Álvaro de Bazán al frente de la
escuadra de reserva resultaron providenciales de cara al resultado final, sin
embargo, establecido el símil del fútbol americano con Álvaro de Bazán como
quarterback de las filas cristianas, si hubiera que elegir un MVP de la batalla
personalmente me inclinaría por la valiente y decidida actuación de los
tercios.
En realidad, en el aspecto táctico la batalla naval no podía tener mucho
recorrido, pues los planes originales se diluyeron a partir de las primeras
embestidas, convirtiéndose el combate en un enfrentamiento basado en el
abordaje, y en definitiva en la fuerza y bravura de unos y otros. En Lepanto la
superioridad entre la Cruz y la Media Luna se sintetizó en la pelea de las dos
fuerzas de mayor prestigio de la época: los afamados tercios españoles, que
mantenían a raya a media Europa, y los jenízaros, fuerza de élite del ejército
otomano dotada del mejor armamento y extraordinariamente adiestrada en su
papel, entre otros, de la custodia y salvaguarda personal del sultán.
A título particular, un soldado español embarcado en la Marquesa, galera
incrustada entre las de la república de Venecia, que respondía al nombre de
Miguel de Cervantes Saavedra, y que resultaría herido en un brazo, escribió
unas bellas palabras que sintetizan con extraordinario acierto lo acontecido en
el golfo de Patras el día de la Virgen del Rosario de 1571: «La más alta
ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los veni-
deros».
2021] 361
Pendón de la batalla de
Lepanto. Museo de Santa
Cruz. Depó sito de la Cate-
dral Primada de Toledo
(Arzobispado de Toledo)
LOS SOLDADOS DEL REY
EN LEPANTO
José CÁNOVAS GARCÍA
(Reserva)
N Lepanto estaba en juego la cristiandad medite-
rránea. Los soldados del rey Felipe II lucharon
contra los temibles jenízaros en un campo de bata-
lla realmente insólito, el que formaron las cubier-
tas empotradas de las galeras tras embestirse con
violencia.
Desde la galera Real, a sangre y fuego de arca-
buces, intentaron hasta tres veces conquistar el palo
mayor de la Sultana.
En aquella «gran ocasión que vieron los siglos»,
participaron los cuatro mejores tercios de España a
bordo de dos centenares de galeras, capitaneadas por los mejores marinos de
entonces.
Turcos en el Mediterráneo
Ya desde la caída de Constantinopla, el Imperio otomano era una amenaza
para la cristiandad, aunque los venecianos consideraban que las razones
comerciales eran más fuertes que las religiosas.
Venecia era aliada del sultán, manteniendo así, en exclusiva, sus rutas
mercantiles hacia India y China, mientras que Portugal y Castilla buscaban
itinerarios alternativos que permitieran llegar a Oriente sin necesidad de
enfrentarse a los turcos.
El Imperio otomano se estaba expandiendo en tres direcciones: Europa
Central, el Mediterráneo y Próximo Oriente. Pero para progresar a través del
Mediterráneo necesitaban construir una flota, y no solo lo hicieron, sino que
encontraron colaboradores entusiastas en dos hermanos piratas, los Barbarro-
ja, que se movían libremente desde Argelia y Túnez hostigando impunemente
las costas levantinas.
2021] 363
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Las incursiones berberiscas en nuestras costas de Levante eran tan frecuen-
tes que solo estábamos tranquilos cuando «no había moros en la costa». Los
cristianos capturados pasaban a engrosar las filas de remeros en sus galeras,
excepto aquellos que eran llamados «de calidad». Para estos, pedían un rescate.
Estas razias iban tras lo que se llamaba «tributo de sangre»: niños cristia-
nos que, arrancados a sus familias, eran adoctrinados de forma fanática y
entrenados para luchar. Se les llamaba jenízaros y eran la guardia personal del
sultán.
En aquellos días, la Sublime Puerta —la que separaba Oriente de Occi-
dente— tenía poder fiscal sobre el Mediterráneo, y eso afectaba al paso fran-
co para el comercio de especias, perfumes, sedas y todo lo que venía de
Oriente.
Cuando las caravanas de Oriente llegaban por fin a los puertos del Medite-
rráneo —Beirut, Alejandría, etc.—, ya venía reducida su carga por los
impuestos de los intermediarios y el precio de la mercancía se había elevado
desmesuradamente. La única beneficiada de esta situación era la República de
Venecia, que disfrutaba de una tregua negociada con los turcos desde 1538.
Para los demás, la expansión otomana continuaba, y en 1565 los jenízaros
atacan la isla de Malta. Los caballeros de la Orden rechazan el asedio bajo el
liderazgo de Jean P. de la Valette, la inestimable ayuda del virrey de Sicilia
García de Toledo y el marino Álvaro de Bazán. Este fracaso otomano encole-
riza al sultán Solimán el Magnífico que, como venganza, marcha por tierra
desde Constantinopla para atacar Hungría. En 1566 muere Solimán en campa-
ña de una apoplejía, sucediéndole Selim II. Su primera decisión es traer de
vuelta sus tropas a Constantinopla.
No se sabía cómo iba a ser la nueva política del sultán Selim II, hasta que
se despejaron las dudas cuando el 27 de marzo de 1570 su embajador turco en
Venecia exige la entrega de la isla veneciana de Chipre.
En julio de 1570 ancló en aguas de Chipre la flota turca, y el ataque se
produjo el 9 de septiembre de 1570. Murieron más de 20.000 personas. Los
supervivientes de aquella masacre engrosaron las filas de remeros en las gale-
ras turcas y algunos fueron vendidos como esclavos.
Venecia no tuvo más remedio que aceptar una guerra para la que no estaba
preparada después de treinta años de paz.
Los tercios de la Monarquía Hispánica
Realmente no sabemos cómo se estructuraba el ejército en el siglo XVI,
pero sí que en los ordenamientos de 1534 y 1536 se empieza a hablar de los
tercios, y que sus soldados guarnecían los presidios de los virreinatos de
Nápoles y Sicilia, así como las plazas conquistadas en el norte de África (lo
que se llamaba la Berbería).
364 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Con Felipe II se mantuvieron estas unidades, y es en Italia donde se adies-
traban los soldados bisoños (novatos), hasta que una vez formados se incorpo-
raban al frente, donde fuesen más necesarios.
La unidad elemental del tercio era la compañía, mandada por un capitán.
Cada compañía se distinguía por su bandera. Al frente del tercio estaba un
capitán muy distinguido, el «maestre de campo», que además mandaba su
propia compañía. El número de hombres de una compañía variaba según las
posibilidades de la leva, las necesidades del momento, la capacidad económi-
ca y la fama del capitán que la mandaba. Usaban armas blancas: las picas (una
especie de lanza que medía más de cinco metros), espadas, dagas, rodelas
(escudos), y también armas de fuego, principalmente el arcabuz.
La Monarquía Hispánica
En 1567, el Imperio de Felipe II, «en el que no se ponía el sol», tenía que
hacer frente a varias amenazas: la colonización y defensa de sus territorios en
el Nuevo Mundo, la rebelión en Flandes, la extensión de la herejía protestante
en sus Estados, las crisis económicas, la política hostil de Francia, la rebelión
morisca en Granada y la expansión turca en el Mediterráneo.
En este mar, el monarca intenta proteger la costa española de posibles
ataques de los turcos, los cuales conoce a través de sus espías, que a la vez
están apoyando a los moriscos de Granada.
Del intercambio de cartas entre el rey con su primo el conde de Benavente,
capitán general del Reino de Valencia, y con el marqués de Mondéjar, del
Reino de Granada, se deducen las intenciones de localizar espías enemigos en
Granada y proteger la costa levantina mediante la construcción de las naves de
guerra de la época: las galeras.
En 1568, Felipe II nombra a su hermano Juan de Austria capitán general de
la Mar. Sale este para Cartagena con documentos cargados de consejos e
instrucciones reales, entre las que se detallan las necesidades de incorporar en
el reclutamiento a un tipo especial de soldados que, acostumbrados al mar,
sepan combatir en las galeras. Ninguno de los dos hermanos sabía en ese
momento que aquellos hombres serían decisivos más tarde en Lepanto.
Aquel mayo de 1568, cuando va a empezar la campaña, el joven Juan de
Austria va bien escoltado, con un excelente «Estado Mayor» (Luis de Reque-
sens y Álvaro de Bazán), e inicia lo que en la Armada conocemos como «viaje
de instrucción», que finaliza a mediados de septiembre en Barcelona, donde
invernan las escuadras de galeras.
Juan de Austria eleva el parte de campaña pertinente a su hermano el rey,
informándole de la situación y del estado general de la escuadra. Fruto de ese
informe, se tomaron acciones concretas que mejoraron la operatividad de la
flota. Uno de los aspectos más destacados es la calidad del personal. El rey
2021] 365
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
quiere soldados que estén acostumbrados a trabajar en la mar, que no se
mareen, que sepan nadar, que gusten de la comida seca y salada y que sean
duros para la vida en las galeras. Se introducen también una serie de noveda-
des tácticas. Juan de Austria le pide a Felipe II que cada galera tenga un
mando único, y no un jefe de soldados y otro de marineros.
El rey, enterado de que los arcabuces en servicio están en general en muy
mal estado, así como la pólvora y los frascos que la portan, ordena adquirir en
Milán 2.000 nuevas armas.
De los informes de espionaje se sabe que los turcos son buenos tiradores y,
para contrarrestar esto, Juan de Austria solicita adquirir rodelas, petos, celadas
y todo aquello que ayude a proteger a sus soldados. Se compran ballestas para
combatir a los arqueros turcos, que eran temibles por su eficacia. Se solicita
embarcar a una docena de mosqueteros en cada galera. El mosquete, de mayor
alcance que el arcabuz, ya estaba en uso en Flandes por iniciativa del duque
de Alba, pero no habían dotado aún de estos a los tercios embarcados. El rey
también accedió a esta petición.
El 1 de enero de 1569, la rebelión de los moriscos de Granada, en lenta
gestación desde mucho tiempo atrás, estalla repentinamente, y entre marzo de
1569 y mayo de 1570 parece que tenemos un paréntesis en las obligaciones
de Juan de Austria como capitán general de la Mar, pues solicita al monarca
ser jefe y gobernador del Ejército de Granada. Y se le concede. El 13 de abril
de 1569 comienza sus operaciones, y en la primavera de 1570 ya la revuelta
es residual; pero las noticias que llegan de Europa son bastante graves: los
turcos han atacado Chipre.
La Liga Santa
El papa Pío V era plenamente consciente de los dos peligros que se cernían
sobre la cristiandad: la herejía y el turco.
Ante la petición de ayuda de Venecia, el papa intenta agrupar a los reyes y
príncipes cristianos que pudieran ayudar. No todos acuden y hay excusas de
todo tipo, y los que se prestan lo hacen por diferentes intereses.
Pío V toma las riendas de la situación mediante una serie de negociaciones
diplomáticas, y el 25 de mayo de 1571 proclama la Liga Santa, cuyo docu-
mento de capitulaciones resumido decía:
— La Liga no es solo contra los turcos, sino contra Argel, Túnez y Trípoli.
— Las fuerzas serán 250 galeras, 100 bajeles de guerra, 50.000 infantes
españoles, italianos y alemanes, 4.500 jinetes ligeros, artilleros y
servicios.
— Cada parte se obliga a defender a los demás.
366 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
— Los gastos de la guerra se dividen en seis partes: tres para la Monar-
quía Hispánica, dos para la República veneciana y una para el papado.
— El mando de la Liga será nombrado por el papa (de capitán general
Juan de Austria y de segundo el almirante Marco Antonio Colonna de
la Armada pontificia).
Embarque de los tercios
El 6 de junio de 1571, apenas diez días después de la comunicación papal,
Juan de Austria ya está camino de Barcelona y ha cursado las órdenes precisas
para el más rápido embarque en las galeras de los soldados necesarios que
deben concentrarse en Almería y Málaga.
El marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, tiene sus galeras napolitanas
en Cartagena, y Gil de Andrade ha reunido en Mallorca las del Océano, y
ambas escuadras han recibido la orden de dirigirse a Málaga y Almería,
embarcar los tercios de Lope de Figueroa y Miguel de Moncada —unos tres
mil infantes que acaban de hacer la guerra a los moriscos en Granada— y
reunirse con él en Barcelona. Llegaron el día 25.
Parte del Tercio de Moncada zarpó de Vinaroz el 9 de junio en la galera
capitana del comendador mayor de Castilla Luis de Requesens, que no llega a
Barcelona hasta el día 29.
Las bajas en Granada se reponen mediante el reclutamiento de mozos
útiles de veinte años o más y que no tuviesen la enfermedad de San Lázaro (la
lepra) ni la de San Antón (la peste). No se podían reclutar frailes ni clérigos,
excepto a un capellán, que llevaría sueldo de soldado. La paga se entregaría
una vez embarcados (en Lepanto embarcaron franciscanos enviados por Feli-
pe II, capuchinos por Pío V y jesuitas por propia iniciativa).
Salieron de Barcelona las tropas el 20 de julio de 1571 y, al llegar a Géno-
va el 26 de julio, reemplazaron a los soldados bisoños recién reclutados por
los veteranos que guarnecían los presidios (cuarteles) italianos, embarcando a
su vez dos nuevos tercios, el de Nápoles y el de Sicilia, y repartiéndose en las
galeras.
Adiestramiento en las galeras
Una galera era una embarcación de remos que medía alrededor de 40
metros de eslora y seis de manga. La proa iba armada con un espolón metálico
de casi cuatro metros, que servía para hundir a las galeras enemigas embis-
tiéndolas. En el tercio anterior de la galera (castillo de proa) se colocaban los
cañones, que se disparaban en la dirección de marcha de la embarcación y
solo podían usarse una vez, no dando tiempo a recargar, pues se producía a
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
continuación la embestida contra la galera enemiga, tras la que se pasaba al
abordaje.
El motor de la galera lo proporcionaba el impulso de veinte o treinta pares
de remos con el esfuerzo de decenas de galeotes, que remaban desnudos y
encadenados (la chusma). Como eran muy estrechas, quedaba poco más de un
metro para los bancos longitudinales del centro de la nave, que era el reserva-
do para los soldados, y tenía un pequeño espacio para preparar la comida.
Durante la aproximación de las galeras, la infantería comenzaba con tiros
de mosquete a más de cien metros de distancia y seguía con los arcabuces
cuando estaba ya muy cerca y, llegado el caso, con las picas que sobresalían
un par de metros del infante; en el abordaje se echaba mano de la espada y la
daga para un combate más cercano. Este —ya lo estarán imaginando— era
muy sencillo; se trataba simplemente de saltar, a poder ser de forma rápida, en
la anchura de un tablón ante un muro de armas enemigas que apuntaban desde
la galera contraria, evitando ser herido en el intento o de un mal paso caer al
agua.
Esta peligrosa situación la describe así Miguel de Cervantes, soldado en la
Marquesa, cuando explica la embestida entre dos galeras: «... pues los solda-
dos se ponían en la tamboreta, una tabla de apenas un metro de ancho para
abordar a la galera enemiga y tenían enfrente apuntándole un grupo de
“Ministros de la Muerte”, y cuando un soldado caía, otro inmediatamente
ocupaba su lugar, antes de que pudiesen disparar de nuevo. Sin dar tiempo al
tiempo de sus muertes».
Los soldados a bordo de las galeras se adiestraban individualmente en el
manejo de su armamento personal para reducir los tiempos de carga de los
arcabuces, y colectivamente mediante ejercicios continuos para que de forma
mecánica ocupasen su puesto en la galera en las diversas situaciones del
combate. La práctica continua era fundamental y se ensayaba absolutamente
todo: las posiciones en la galera, tanto para defenderla como para atacar a la
enemiga; dónde había que retirar a los heridos (normalmente al fondo de
la nave porque, además de estorbar, intimidaban a los demás); los muertos se
tiraban al agua para evitar el desánimo que ocasionaba su presencia, y todo el
que estuviera en cubierta tenía que estar en plena disposición de combatir.
La guarnición de la defensa de la galera se dividía en cuatro grupos:
vanguardia, batalla, retaguardia y socorro. Para repeler a los que intentaban el
abordaje eran buenas las picas engrasadas (la grasa se ponía en el extremo
superior, de forma que el enemigo no podía aferrarse a ellas ni arrebatárselas a
los que las manejaban).
El socorro lo formaban un grupo de soldados de reserva que se mantenían
bajo cubierta para atacar o defenderse cuando fuera necesario.
En la jornada de Lepanto, la defensa de la Real quedó confiada a seis
grupos que se parapetaron en el cuartel de proa, al mando de Pedro Francisco
Doria;·las arrumbadas a Lope de Figueroa y a Miguel de Moncada; el reducto
368 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Cervantes en Lepanto, por Augusto Ferrer Dalmau. (Imagen facilitada por el autor)
central o medianía a Gil de Andrade; el fogón a Pedro Zapata; el esquife a
Luis Carrillo; la popa a Bernardino Cárdenas y a otros caballeros. Juan
Vázquez Coronado, capitán de la Real, se ocupa de la timonera.
Para atacar una galera enemiga, la mitad de la fuerza defiende la propia sin
salir de ella, y la otra mitad se prepara para abordar la contraria. La fuerza que
va a asaltar se divide a su vez en dos partes: el trozo de abordaje principal y
otro grupo que, con arcabuces y mosquetes, se sitúa en los lugares altos
(empavesadas) y establece una base de fuegos para apoyar a los primeros.
Ambas agrupaciones se van relevando para avanzar hacia la galera enemiga,
es decir, lo que cuatrocientos cincuenta años después llamamos «fuego y
movimiento».
Concentración en Mesina
En Nápoles, el virrey interino, el cardenal Granvela, hace entrega en la
iglesia de Santa Clara a Juan de Austria del estandarte de la Liga Santa y el
bastón de mando, bendecidos ambos por el papa.
La concentración de las galeras en el puerto de Mesina se inicia el 23 de
julio con la llegada del veneciano Sebastián Veniero y el representante de los
Estados Pontificios Marco Antonio Colonna, y finaliza el 5 de septiembre con
la arribada de las galeras del marqués de Santa Cruz. Los tercios embarcados
que se han concentrado en Mesina son:
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
— Tercio de Lope de Figueroa, con 14 compañías:
• Ocho en las galeras de España (Gil de Andrade).
• Seis en las de Nápoles (Álvaro de Bazán).
— Tercio de Nápoles de Pedro de Padilla, con 12 compañías en las gale-
ras de Nápoles (Álvaro de Bazán).
— Tercio de Cerdeña de Miguel de Moncada, con siete compañías:
• Cinco en las galeras de Nápoles (Álvaro de Bazán).
• Dos en las galeras propiedad de Juan Andrea Doria.
— Tercio de Sicilia de Diego Enríquez, con 12 compañías:
• Diez en las galeras de Sicilia (Juan Cardona).
• Dos en las galeras propiedad de Juan Andrea Doria.
— Tercio de italianos, al mando de Ascanio de la Corna.
— Tercio de tudescos (alemanes), al mando del conde de Lodrón.
En estos días, desde su galera insignia la Real, Juan de Austria mantuvo
correspondencia con el anterior capitán general del Mar, García de Toledo,
que le recomendó tomar tres acciones que resultaron importantes en el devenir
de la batalla: reforzar con soldados las galeras venecianas (se repartieron
cuatro mil); aserrar los espolones de estas para despejar el campo de tiro y
acercar más los fuegos de los cañones de proa en la embestida y que la línea
de tiro fuera más baja, barriendo de esa forma las cubiertas enemigas (esta
acción produjo al adversario innumerables bajas), y liberar a los galeotes cris-
tianos para aumentar el número de combatientes y darles la opción de luchar
por su libertad.
La batalla
El embarque finalizó el 28 de septiembre y Juan de Austria ordenó un
ensayo general. Ya solo quedaba localizar a la flota enemiga, que por fin se
avistó el 7 de octubre de 1571.
Cuando se estaban aproximando ambas formaciones navales, los soldados
de los tercios comenzaron a despejar las cubiertas, a fortificar las empavesa-
das, a poner a punto sus arcabuces, mosquetes, alabardas, picas, espadas y
hachas de combate. Los artilleros a cargar sus cañones, y se dio suelta a los
forzados cristianos que remaban amarrados a los bancos, sustituyéndoles el
remo por las armas a cambio de su libertad.
370 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Hacia las once de la mañana de
aquel domingo 7 de octubre de 1571
ocurrió algo providencial. Del este
roló el viento al rumbo opuesto,
quedando la mar llana como un
lago, lo que obligó a los turcos a
amainar las velas y armar los remos,
retrasando su marcha, y a recibir de
cara el humo en cuanto comenzara
el fuego. Cuando ya les separan
menos de cien metros, los cañones
de las galeras de la Liga empiezan a
disparar, barriendo las cubiertas
otomanas. Los cristianos, sin estor-
bos a proa, están en condiciones de
hacer fuego en el último momento y
en ángulo bajo.
Todas las crónicas coinciden en
que la acometida de ambas galeras
capitanas fue espantosa. La nave de Alegoría de la batalla de Lepanto, por Paolo
Alí Pachá atravesó con el espolón la Veronese. Galería de la Academia de Venecia
de Juan de Austria y las dos queda-
ron entrelazadas. Hubo fuego cruza-
do de arcabuces; los soldados del rey hicieron aquello para lo que estaban entre-
nados: su trabajo.
A las cuatro de la tarde, la batalla parece llegar a su fin y el balance de
bajas es aterrador. El número preciso de muertos se desconoce, pero las cróni-
cas hablan de 30.000. Más exacta es la cifra de prisioneros, unos 8.000, que
serán convertidos en esclavos. Son liberados asimismo unos 12.000 galeotes
cristianos.
Demos gracias a Dios
Sobre las dos de la tarde de aquel 7 de octubre de 1571, en una cámara del
Vaticano, Pío V recibía el informe de su tesorero, monseñor Busotti. El papa le
interrumpe, abre una ventana y se queda absorto, como escuchando el silencio.
Se vuelve y le dice: «No es hora de tratar de negocios. Demos gracias a Dios
por la victoria sobre los turcos» (la noticia llegó al Vaticano diecinueve días
después de esta revelación del papa). Este suceso se puede admirar en el cuadro
anónimo que preside una de las salas de nuestro Museo Naval de Madrid.
2021] 371
Combate naval de Lepanto, por Juan Luna y Novicio.
Palacio del Senado. Madrid. (www.senado.es)
RESULTADOS Y CONSECUENCIAS
DE LA BATALLA DE LEPANTO
A LA LUZ DE LOS PRINCIPIOS
ESTRATÉGICOS
José María BLANCO NÚÑEZ
(Retirado)
Antecedentes
L año 1517, aquel en que Martín Lutero clavó un
documento en la puerta de la iglesia de la Universi-
dad de Wittenberg, podría marcar el inicio de los
prolegómenos de Lepanto; pero, sin tanto ciar,
quedémonos en el día 6 de agosto de 1552, en que
San Ignacio de Loyola definió la necesidad de una
clara estrategia naval:
«Los turcos, no siendo belicosos por mar hasta
agora, se comienzan a hacer prácticos y a cebarse y
comenzar, con lo poco que queda de la Cristiandad,
a usar la industria que usaron para ganar el Imperio
de Constantinopla, ayudando a un príncipe para
resistir y entretenerse con el otro y disgustarse al
uno con el otro y, después, sobreviniendo él, tomó
la del uno y lo del otro. Y así agora, usándose de este comercio con Francia,
hay peligro que después no vengan sin ser llamados, poniendo en gran aprieto
a la Cristiandad por tierra y por mar. Y este inconveniente... se quitaría con
señorear al mar S. M., con potente armada» (1).
García de Toledo Osorio, IV marqués de Villafranca del Bierzo (el cual por
la conquista del peñón de Vélez de la Gomera en 1564, que se consideraba
irrealizable, y por el socorro a Malta de 1565 recibirá del rey Felipe II el duca-
(1) LOYOLA, Ignacio de: Monumenta Ignatiana. Volumen 4 (1551-1553). Epist. 2.775 (6 de
agosto de 1752) al padre Juan de Polanco («Plan de conquista de Jerusalén»). Roma-1964, p. 355.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
do de Fernandina y el principado de Montalbán el 24 de diciembre de 1569),
escribía el 31 de mayo de 1565 al rey animándole a la búsqueda del dominio
del mar por medio de la batalla decisiva:
«Lo que se podría considerar y lo que creo que debe mover a S. M. a ir
detenido en lo del dar de la gente, es parescelle que, si perdiéramos la batalla
del mar, que poniendo en ella toda su infantería y aventurando toda su arma-
da, que quedarían todos sus reinos desnudos de dos remedios tan grandes para
su defensa, como son soldados y galeras. Por este peligro yo tengo por cierto
que un día u otro se ha de venir a pasar, porque pretendiendo V. M. el señorío
del mar y pretendiéndolo el turco, no es posible excusar que no se venga a
conceder esta superioridad por batalla de mar, de manera que por rehuir agora
lo que digo, no se ataja este inconveniente, y si a él debemos venir, más vale
que vengamos sin haber perdido Malta que después de perdida» (2).
Por tanto, el socorro a Malta propuesto por el marqués concebía, al propio
tiempo, una ofensiva de base geográfica para batir al turco en sus aguas, que
había elegido el mes de mayo de ese año para conquistar la isla, como siglos
más tarde hará Togo esperando a Rozhestvensky en Tsushima para aniquilarlo.
Por su proceder y por esos consejos al rey, García de Toledo, sin dejar de
ser el más brillante táctico de su época, ha sido calificado también como el
mejor estratega de ese tiempo de galeras. El turco evacuó Malta antes de la
llegada del socorro aportado por Villafranca, por lo que la gran batalla
pendiente quedó para «más alta ocasión». Por sus achaques, el marqués no
pudo estar presente en Lepanto, pero fue el primer consejero, estratégico y
táctico, por vía epistolar de Juan de Austria. En lo estratégico se mostró preo-
cupado con lo de buscar la batalla definitiva, y recomendó a Juan de Austria
no arriesgar en circunstancia alguna su mal conjuntada escuadra de galeras en
una batalla a menos que se viese forzado a hacerlo por una orden directa: «Por
amor de Dios —escribía García de Toledo—, considerad bien el daño que
puede causar un error» (3); consejo que por suerte no siguió Juan de Austria,
aunque en lo táctico fue él quien diseñó la formación adoptada para enfrentar-
se al turco, indicando tres divisiones separadas, con huecos entre ellas lo
bastante amplios para que pudiesen maniobrar (4), y una cuarta de reserva,
que llegado el momento sería fundamental.
Los malos momentos sufridos en Malta se reprodujeron en 1566 por toda
Italia, donde estaban convencidos de que los turcos vendrían a vengar su
(2) FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada Española desde la unión de los reinos de Catilla y
de Aragón. Tomo II. Madrid, 1896. Apéndice núm. 2, p. 417.
(3) BEECHING, Jack: Las galeras de Lepanto. Argos Vergara. Barcelona, 1984, p. 185.
(4) Ibidem, p. 199.
374 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
derrota. Fue entonces cuando el papa Pío V comenzó las gestiones para
formar la Santa Liga, pero existían problemas geopolíticos que no convencían
a las naciones mediterráneas por diversos motivos.
Problemas geopolíticos
En el año 1536, para contrarrestar el control continental del emperador
Carlos V, el rey Francisco I de Francia, el prisionero de Pavía, inició una
alianza formal con el sultán Solimán el Magnífico. Su nieto, el cristianísimo
Carlos IX, la continuó, a la vez que seguía entendiéndose con Inglaterra en la
cruel guerra flamenca, donde ambas potencias apoyaron la revuelta de las
Provincias Unidas. Carlos IX, desde 1560 y muy influenciado por su madre,
la intrigante regente Catalina de Médicis, aunque negó a su aliado turco la
utilización de puertos franceses para aparentar neutralidad, privó también a
los caballeros de Malta de lengua francesa —que eran mayoría entre los
malteses, como también era francés el maestre de la Orden, Juan Parisot de La
Valette— de los medios necesarios para acudir al socorro de Malta, teniendo
que enviarles Felipe II dos galeras para que pudieran acometerlo (5).
Venecia se veía oprimida y agobiada por el turco, pero pagaba religiosa-
mente tributos al sultán y permitía el comercio con su inmediato vecino de
Oriente, Ragusa (Dubrovnik), que era la base de su sustento. Recordemos que
este enclave permaneció siempre libre para que hubiese una puerta de entrada
al Imperio otomano, y allí funcionó muy bien el consulado de Barcelona, que
se benefició mucho con ese comercio. Esta pequeña república perjudicó a
Venecia durante el siglo XV, como lo hicieron también Inglaterra, España y
Génova. Su proximidad a los bosques de robles de Gargano favoreció la
industria de la construcción naval, compitiendo en ventaja con los venecianos
a la hora de enviar mercancías a puertos alejados del Adriático.
En 1481, Ragusa pasó a ser protegida por la Sublime Puerta, teniendo que
pagar 12.500 ducados de tributo para mantener su independencia y convertirse
en la puerta de Constantinopla para el mercado de Occidente. Tras Lepanto,
Ragusa puso su Marina Mercante a disposición de la Corona de España a
condición de que su participación en empresas militares no fuese contraria
a los intereses del Imperio otomano, consolidando así su ventaja comercial,
que permitió a los turcos importar bienes e incluso armas de Estados con los
que estaba en guerra.
El Imperio de los Habsburgo sufría en sus carnes la opresión otomana: la
frontera magiar alcanzaba el Danubio, Buda era turco y Pest del Imperio; cien
años después de Lepanto, los otomanos intentarían por segunda vez la toma
(5) FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: op. cit, pp. 79 y 80.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
de Viena, que marcó el máximo de su expansión en Europa, así como la
conquista de Argel en la orilla norte de África. El emperador se veía en el
grave dilema de acudir a la llamada del papa teniendo a sus vasallos divididos
entre luteranos y católicos, lo cual implicaba un riesgo latente de guerra civil.
Inglaterra llevaba tiempo, como Francia, ayudando a las provincias rebel-
des de Flandes y estaba encantada de ver a los que socavaban el poder impe-
rial en el Mediterráneo: «Los enemigos de mis enemigos son mis amigos»,
proverbio achacado a los árabes, pero que se ha practicado siempre, por ejem-
plo, en la incómoda alianza durante la Segunda Guerra Mundial de los aliados
con la Unión Soviética para doblegar a los nazis.
Para Felipe II, la idea de aliarse con la cristianísima Francia no era de las
más atractivas pero, retirado el turco de Malta y escuchada la primera llama-
da del papa, ordenó construir ochenta galeras (Si vis pacem, para bellum),
que serían la base de la armada que pondría, al llegar la ocasión, a las órde-
nes de su hermanastro.
La gestación de Lepanto
El 15 de enero de 1568 le fue expedido a Juan de Austria el título de capi-
tán general de la Mar y se le entregaron las instrucciones para que ejerciera el
cargo, nombramiento que, con toda inteligencia, fue acompañado de otros
dos: el 28 de febrero de 1568, se otorgaba el título de capitán general de las
Galeras de Nápoles a favor de Álvaro de Bazán (el Mozo, I marqués de Santa
Cruz) y, el 22 de marzo siguiente, el de lugarteniente general de la Mar a Luis
de Requesens y Zúñiga, comendador mayor de Castilla (y comendador de
Villarejo de Salvanés en la Orden de Santiago). Esa primera fecha marca el
comienzo de la gestación «de la más alta ocasión...».
Pero la para bellum no cejaba en su empeño y, el 3 de junio de 1568,
comenzaba el adiestramiento a flote de los nuevos mandos, zarpando de
Cartagena una armada de 33 galeras, con la insignia de Juan de Austria en la
generala, acompañado de su lugarteniente Requesens, que realizaría un cruce-
ro por el Mediterrráneo Occidental finalizándolo en la misma Cartagena a
finales de septiembre, tras haber «encerrado» a los corsarios mahometanos.
Antes de la llegada, la mar, enemiga permanente del marino, se llevó a sus
abismos cuatro galeras de Requesens durante un duro temporal sufrido en el
golfo de León (6).
(6) DE LA GUARDIA, Ricardo: Datos para un cronicón de la Marina Militar de España.
Ferrol, 1922.
376 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
(Grabado facilitado por el autor)
De Bruselas a Granada
En cuanto a Flandes, a pesar del esfuerzo del duque de Alba, las cosas
marchaban de mal en peor. Cuántas veces hemos leído en la Gran Plaza de
Bruselas: «Aquí fueron ejecutados, el día 5 de junio de 1568, los condes
Egmont y de Horn, víctimas de la tiranía de S. M. el rey de España, D. Feli-
pe II» (7). A esto se añadía ese fatídico año la peligrosísima sublevación de
los moriscos de Granada fomentada por los turcos. Entonces, el novato capi-
tán general de la Mar, al que acabamos de ver regresando de su primera
campaña marinera, será enviado a sofocarla tras los fracasos previos del
marqués de Mondéjar y del de los Vélez. El primero estableció su cuartel
general en Órgiva y el segundo en Terque. Pero ambos títulos no se llevaban
bien y fracasaron, finalizando sus campañas en marzo de 1569. Los moriscos
(7) Cito de memoria, ya que desde la entrada de España en la CEE la placa ha sido cambia-
da y «dulcificada».
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
ejecutaron terribles venganzas contra los cristianos viejos, restaurando la reli-
gión musulmana en las zonas que dominaban.
Entre marzo de 1569 y enero de 1570, la iniciativa correspondió a los
moriscos insurgentes, que contaron con nuevos apoyos de las aldeas del llano
y de otros lugares que se sumaron a la rebelión, y el que recibieron, a través
de Argelia, de la Sublime Puerta para debilitar al monarca español fue enor-
me. Los 4.000 combatientes de 1569 pasaron a ser 25.000 en 1570. Las arma-
das de Requesens y Gil de Andrade transportaron tropas para proteger la costa
granadina y así evitar la llegada de refuerzos otomanos.
En enero de 1570, Felipe II destituyó al marqués de Mondéjar como capi-
tán general de Granada, nombrando en su lugar a Juan de Austria, a cuyas
órdenes puso tropas regulares italianas y levantinas. Este comenzó por aplas-
tar Galera tras asediarla durante dos meses, asaltándola el 10 de febrero de
1570; enseguida tomó Serón, dirigiéndose a continuación al corazón de la
Alpujarra, Padules, donde incorporó las tropas mandadas por el duque de
Sessa —Gonzalo Fernández de Córdoba— y las del mando de Antonio
de Luna y Enríquez de Almansa.
Concentrado el ejército, Juan de Austria entró a sangre y fuego en las
Alpujarras, donde destruyó casi todo, provocando una escisión entre los
moriscos partidarios de continuar la lucha y los defensores de la rendición
negociada. El 20 de septiembre, alcanzados todos los objetivos, comenzó la
expulsión de los moriscos de todo el Reino de Granada (8).
Fracasos y éxitos alpujarreños fueron las lecciones aprendidas por Juan
de Austria en aquel sensible flanco sur, donde se «doctoró» en el difícil arte de
mandar. Por tanto, con él y antes de la inspiración papal que comentaremos, se
practicó lo de «a Dios rogando y con el mazo dando».
El papa, consciente de la amenaza, volvió a llamar a las potencias católicas
para formar la Liga, quizás comprendiendo también que era el momento opor-
tuno para que Felipe II se sumara con fuerza, pues ahora el rey de España esta-
ba convencido de que lo que San Ignacio había predicado y García de Toledo
recomendado era cierto y que, al igual que lo de Flandes era obra del inglés, la
paternidad de la revuelta alpujarreña era fruto de los turcos. Por fin, el acuerdo
para formar la Santa Liga se firmará el 25 de mayo de 1571 en la basílica de
San Pedro de Roma. Los Estados Pontificios, España y Venecia serían sus
columnas de apoyo. La Monarquía Hispánica sufragaría la mitad de los gastos,
Venecia la tercera parte y el papa el resto (hablando en plata: 260.000, 173.333
y 86.667 escudos respectivamente). Los demás Estados italianos aportarían
galeras en la medida de sus posibilidades. El generalísimo de la Liga sería Juan
de Austria y cada nación participante tendrían un capitán general propio.
(8) El 4 de abril de 1609, reinando Felipe III, el Consejo de Estado tomó la decisión de
expulsar a los moriscos del Reino de Valencia.
378 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
El teatro de Lepanto. (Imagen facilitada por el autor)
Un escollo difícil de evitar: la República de Venecia
Venecia, celosa de su independencia, temía que la Corona española termi-
nase por absorberla, como había hecho con Nápoles, Sicilia, Cerdeña, el Mila-
nesado y Parma, y sabía que mantener su posición neutral en el conflicto
hispano-turco continuaría favoreciendo su tráfico comercial.
Mas el turco tenía una visión estratégica de mucho más alcance que la cica-
tera República y comprendía que para sus intereses era imprescindible la
conquista de Chipre, isla que geobloqueaba la Tierra Santa y constituía la base
de partida imprescindible para terminar con la persistente obsesión de la cris-
tiandad: la recuperación de los Santos Lugares. También la necesitaban para
montar la base de operaciones avanzada contra Egipto, que se le había subleva-
do; y por si fuera poco, estaban convencidos de que Chipre les pertenecía por
su ley, aquella que impone la reincorporación de toda región que alguna vez
haya estado bajo su dependencia.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Para conquistar Chipre, la Sublime Puerta necesitaba tener una fuerza
superior a las combinadas de España y Venecia (un two power standard en
toda regla); el terrible incendio del precioso arsenal veneciano en septiembre
de 1569, unido a los dos frentes que tenía abiertos España y que acabamos de
reseñar, ofrecían al turco una ocasión única, la cual, apreciada en sentido
contrario por el gobierno del dux, indujo, esta vez sí, a los venecianos a pedir
auxilio, pero sin comprometerse en la Liga ofrecida por el papa.
El cardenal Antonio de Granvela, que será nombrado virrey de Nápoles el 4
de mayo de 1571 (21 días antes de la firma en San Pedro), advertía del peligro
de confiar en los venecianos: «A la mira siempre que el turco no ataca y ahora,
socorrerse con nuestra fuerza por ser ellos los elegidos. Mas si después [de
Chipre] viniesen contra Malta o contra La Valeta, volverían a la neutralidad».
Concentración
Con la Liga formada y reafirmada, llegamos a la ejecución de este funda-
mental principio estratégico (por desconcentrar, terminó suicidándose el almi-
rante Pareja en el Pacífico, y por concentrar, salió airoso Casto Méndez
Núñez) que costó «Dios y ayuda», ayuda política y ayuda estratégica (esta
última en su actual forma logística).
El papa, para que no decayese la letra ni el espíritu de la recién conseguida
coalición, envió a España nada menos que al «papa negro», que era por enton-
ces un viejecito ejemplar, el más tarde elevado a los altares Francisco de
Borja, ex IV duque de Gandía (9), el cual, a pesar de su mal estado de salud,
obedeció a Pío V y realizó en España una magnífica labor como predicador de
la cruzada y afianzador del lazo establecido contra el turco entre las más influ-
yentes familias aristocráticas españolas.
Por cierto, para reforzar la estrategia espiritual, el rey ordenó reclutar y
embarcar a cientos de capellanes para atender las necesidades religiosas de las
dotaciones de las galeras y erradicar juramentos y blasfemias, amén de dar la
confesión general a todos antes de entrar en combate. Algunas galeras lleva-
ban dos capellanes y todos fueron reclutados entre dominicos, jesuitas capu-
chinos y teatinos.
El punto de concentración elegido fue Mesina, puerto donde tenían que
arribar las galeras de España, Venecia, Nápoles, Malta, Estados Pontificios y
resto de italianos…
Las 47 galeras de Juan de Austria zarparon de Barcelona el día 20 de julio
de 1571, tras despedirse el joven capitán general, 24 años de edad, de La
(9) El gran trabajo de su hijo, el V duque, fue procurar «adecentarlo», pues su «pobreza»
chocaba con el esplendor de la Casa.
380 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
(Imagen facilitada por el autor)
Moreneta, y por la clásica derrota del camino imperial llegaría a Génova,
donde se incorporarían las 24 galeras de Juan Andrea Doria, otras 12 de
Toscana y 12 más de Saboya, no sin mostrar los súbditos de la Serenísima
República cierta aprensión hacia los españoles, pues temían que pudieran
adueñarse de sus destinos como lo habían hecho, desde siglos atrás, con varios
Estados italianos. En la derrota de Génova a Mesina, sin detenerse en Livorno
donde le esperaba el duque de Florencia, hizo parada en Roma para recibir la
bendición papal, que fue acompañada de estas palabras del pontífice: «Estoy
seguro de que los turcos, ensoberbecidos por sus victorias, saldrán a nuestro
encuentro y Dios, tengo el piadoso presentimiento, nos dará la victoria» (10).
El 24 de agosto arribaron a Mesina, donde los esperaba Sebastián Veniero
desde justo un mes antes, y allí se incorporaron —no sin muchas dudas por
parte del gobierno del dux— las del también veneciano Marco Antonio Quiri-
no, el cual, habiendo burlado a los turcos en Famagusta, recibió la orden de
incorporarse en Mesina a pesar del riesgo que corrían las desprotegidas islas
del Adriático; Venecia echaba esta vez toda la carne en el asador. Las papales
(10) BEECHING, Jack: op. cit., p. 181. Otros autores niegan esta escena y dicen que Juan de
Austria «… pasó de largo, a boga tendida, ante la Roma eterna e imperial…», en NÚÑEZ IGLE-
SIAS, Indalecio: conferencia «D. Juan el marino». Museo Naval de Madrid, 1971.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
de Marco Antonio Colonna habían llegado dos días antes (entre ellas, tres de
la Orden de Malta) y allí se incorporaría Juan de Cardona con las de Sicilia,
cuyo arsenal estaba en la cercana Palermo.
Finalmente, en Mesina quedaron concentradas 207 galeras, seis galeazas y
una porción de buques mancos de apoyo a la imponente escuadra, que se
distribuyeron en los cuatro cuerpos preconizados por García de Toledo y de
los que conocemos exactamente el puesto de cada uno. Se repartieron al estilo
de hoy en día: cuando los mandos orgánicos proporcionan fuerzas a los
mandos operativos, las galeras de distintas procedencias se mezclaron para
formar dichos cuerpos (11). Sus oponentes contaban con 230, pero más chicas
y peor armadas (sobre todo faltas de arcabuceros por creer los turcos que las
saetas suplían con ventaja al fuego de infantería).
Las galeras venecianas estaban escasas de infantería; Veniero, nada amigo
de los españoles, tuvo que aceptar a regañadientes que Juan de Austria le tras-
bordase a sus galeras y galeazas 4.000 infantes que, por intermediación de
Colonna, pertenecían a los que estaban a sus inmediatas órdenes y pagados
por el pontífice (12). Esta infantería de galeras o de marina sería fundamental
a la hora de abordar las del enemigo.
Una trifulca entre algunos de esos infantes italianos a bordo de una galera
veneciana estuvo a punto de desbaratar la operación, pues Veniero quería
colgar del pico de una entena al capitán que los mandaba, Mucio de Cortona,
y Juan de Austria, gracias al certero consejo de Álvaro de Bazán, lo evitó.
Unidad del mando
A pesar de la decisión papal derivada de la inspiración en el segundo Evan-
gelio —Fuit homo missus a Deo cui nomen erat Joannes—, Felipe II vulneró
este principio y ordenó —de lo que se enteró Juan de Austria al abrir los
sobres lacrados con instrucciones en alta mar— que el nombramiento de su
hermanastro como generalísimo de aquella armada estaba limitado, pues no
podría dar orden alguna sin el expreso visto bueno de Luis de Requesens; por
tanto, este último, más que en subordinado, se convertía en una especie de
jefe. Sin embargo, el tacto, el tino y la inteligencia de ambos hicieron pasar
desapercibida esta vulneración a los ojos del resto de mandos de la armada.
Llovía sobre mojado, ya que el 26 de marzo Felipe II le había negado a Juan
de Austria el tratamiento de alteza, dejándolo en excelencia y, posteriormente,
sería reacio a sus pretendidas coronas (Túnez, Albania e incluso como consor-
(11) Conocemos exactamente ese despliegue, pero rebasa el alcance de este artículo dedi-
cado a la estrategia y no a la táctica.
(12) FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: op. cit., p. 176.
382 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
te de Inglaterra, a las que aspiraba con el beneplácito del papa, y previo inten-
to de boda con María Estuardo). Su triste muerte en un humilde palomar, a la
vista de las murallas de Namur, terminará con todos sus sueños de gloria.
Caso curioso también, típico de la época, era la calidad de los mandos
subordinados, entre los que había banqueros, terratenientes, abogados, políti-
cos… pero todos formados bajo la presión de la amenaza turca y forjados en
las campañas navales precedentes; veremos después a un banquero genovés
convertirse en uno de los mejores generales españoles en Flandes, Ambrosio
de Spínola Doria… No había, stricto sensu, militares profesionales pero,
como dicen los vascos, «como si lo serían».
El proceso de la decisión
Tocaba ahora decidir qué, cómo, dónde, hacia dónde y cuándo… No todas
las opiniones eran partidarias de la destrucción de la fuerza organizada del
enemigo. El mismísimo Rey Prudente, ejerciendo de tal, había expresado
muchas veces la necesidad de «salvar galeras»; otros, con el papa, los vene-
cianos y el generalísimo al frente, consideraban que solamente una victoria
total en la mar podría salvar a la cristiandad. Vimos también a García de Tole-
do aconsejando prudencia, pero en el consejo de guerra celebrado en Mesina
se tomó la decisión de ir a buscar al enemigo donde se encontrase, lo cual se
debió al don de mando y a la actividad (otro principio estratégico) incansable
e inteligente desplegada por Juan de Austria, que se lo escribió al marqués de
Villafranca el día 16 de septiembre de 1571 en estos términos: «Teniendo en
cuenta que la flota turca, aunque más numerosa que las fuerzas de la Liga,
según las informaciones que me llegan, no es de la misma calidad, ni en naves
ni en hombres y confiando en Dios Nuestro Señor, cuya causa defendemos y
que nos ayudará, se ha tomado la decisión de salir a buscarlos» (13).
Otra cosa que se debatió en el consejo fue dónde buscarlos. Hubo partida-
rios de un ataque a la base naval turca de Negroponte (actual isla de Eubea,
Grecia), entrada sur del canal de Corinto, que obligaría a Alí Pachá a abando-
nar su refugio de Lepanto, atravesar el canal y regresar al Bósforo; pero Juan
de Austria, como hemos dicho, quería la batalla decisiva, siendo fuertemente
apoyado por Barbarigo, Colonna y el genial marqués de Santa Cruz, grupo
minoritario que se impuso al de los menos combativos, que alegaban la proxi-
midad del equinoccio, con sus temibles temporales.
(13) BEECHING, Jack: op. cit., p. 185.
2021] 383
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Los adversarios a la búsqueda de la sorpresa
Juan de Austria organizó una TU al mando de Gil de Andrade, convertido
en cuatralbo (14); con sus cuatro galeras dobladas en remeros, debía explorar
las aguas cercanas a Otranto para descubrir e informar sobre el enemigo,
pudiendo escaparse a boga arrancada de ser descubierto. Fuente inagotable de
información en la época, para unos y otros, era el tráfico pesquero. Las prime-
ras noticias anunciaban que el turco había desembarcado una semana antes en
la isla adriática de Zante, procedente del norte, lo que llevó al mando aliado a
establecer dos hipótesis: Alí Pachá había decidido invernar en Lepanto o, por
otra parte, regresar a Constantinopla, destruyendo a su paso objetivos secun-
darios.
Para esclarecer el asunto, el 27 de septiembre, la armada de la Santa Liga
entra en Corfú, que tres días antes había sido atacada por Alí Pachá, el cual
perdió en la acción tres galeras y no consiguió apoderarse del castillo portua-
rio; en su impotencia, los otomanos se dedicaron a profanar las iglesias de
manera salvaje y a apresar a los ciudadanos para incrementar el número de sus
remeros... A la vista del tristísimo espectáculo de Corfú, las dotaciones de
Juan de Austria acreditaron todo lo predicado por sus capellanes.
El 28 del mismo mes, llegó otro mensaje de Gil de Andrade que comunica-
ba que la escuadra turca, tras atacar Zante y Corfú, había llegado a Lepanto.
Los informes pecaban seguramente de lisonjeros, pero el hecho fundamental
era que el enemigo estaba localizado y que pillarlos por sorpresa era imposible.
A la hora del combate, el verdadero desconcierto producido por los cristianos
vino de la entrada en acción —aunque solo lo hicieron cuatro— de las hasta
entonces desconocidas galeazas y de la eficacia de su fuego arcabucero.
Por otro lado, un renegado apresado en Corfú y ciertos pescadores de
aquellas aguas indujeron al mando cristiano a creer que la escuadra otomana
se encontraba muy mermada en sus efectivos.
En el campo enemigo, Uluj Alí, que quería retornar a su base argelina, fue
conminado por el sultán a quedarse, incluso amenazándole con la horca. Para
intentar conocer las intenciones de Juan de Austria, el astuto renegado se diri-
gió a desembarcar en la aldea calabresa de Santa María, de donde era natural.
Allí, sus paisanos, a pesar del terror que les inspiró, le engañaron con noticias
falsas sobre la armada cristiana, y la principal y más conveniente a los intere-
ses de la Liga fue que le convencieron de que las galeras cristianas seguían en
Mesina, pues habían decidido dejar las operaciones para el siguiente año debi-
do a la llegada del otoño.
Todas esas falsedades supusieron que ambos mandos estuviesen relativa-
mente ciegos sobre la fuerza real de su oponente. El único dato cierto lo po-
(14) El que mandaba cuatro galeras.
384 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Reproducció n de la espada de don Álvaro de Bazá n, primer marqué s de Santa Cruz.
(Museo Naval de Madrid)
seía Juan de Austria: el enemigo se encontraba abrigado en su protegida base
de Lepanto, en pleno golfo de Patras.
El almirante Julio Guillén solía decir: «Las Juntas (puede leerse también
los consejos) son como las meretrices: cuanto más ayuntan, menos conciben».
Idea parecida debía de tener el Prudente, que había ordenado a su hermanas-
tro: «Cuando la batalla sea inminente, deberá reunir al Consejo» (15), sin
duda confiando en que estos no solían ser partidarios de combatir. Pero en este
caso no se siguió esta rutina, y Barbarigo, Colonna y Bazán respaldaron,
arrastrando a los demás, la convincente decisión de Juan de Austria —que, por
supuesto, recibió el visto bueno de Requesens— de no eludir el combate,
aunque hubiese excusas suficientes para evitarlo. Por tanto, tras el informe de
Andrade del día 28 de septiembre que hemos comentado, el consejo confirmó
la decisión de ir a buscar al enemigo en Lepanto.
Los turcos evaluaron mal la composición de la armada cristiana debido a
un informe falso del capitán corsario Kara Hodja, que «se olvidó» de contar
(15) BEECHING, Jack: op. cit., p. 194.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
50 embarcaciones; informe que, curiosamente, fue confirmado por tres presos
cogidos entre los observadores desembarcados en Gomeniza para tratar de
vigilar los movimientos turcos, los cuales, sometidos a tormento, tuvieron el
valor de confirmar los errores de Hodja e incluso añadir falsedades sobre las
galeazas. Si se causó sorpresa entre los turcos fue debido a la mala y deficien-
te información.
El consejo en el bando otomano. Posibilidad de encastillamiento
Siguiendo en el dominio de la estrategia, el jefe del ala izquierda de la
armada turca, Uluj Alí —o Luchalí, como por entonces se le conocía—, en el
consejo de generales (pachás) celebrado durante el fondeo en el golfo de
Lepanto, a bordo de la galera real turca insignia de Alí Pachá, aconsejó el
establecimiento en fortaleza o encastillamiento, el cual se vería favorecido por
los castillos que protegían la entrada (conocidos como los Pequeños Dardane-
los); pero, por lo avanzado de la estación (vamos, lo mismo que tenían que
haber hecho Villeneuve y Gravina en Cádiz en 1805), Alí Pachá no siguió ese
atinado consejo —tan joven y tan arrojado como Juan de Austria y llevado por
su genio—, y ordenó levar; de esta manera, Luchalí escribiría, al mando del
cuerno izquierdo, la única página brillante de táctica turca durante el combate,
tan buena como tan mala fue la de Juan Andrea Doria. La maniobra de Uluj
Alí y su impecable turn de 180º solamente fueron ensombrecidos por la
magnífica reacción de la escuadra de reserva del mando de Álvaro de Bazán.
Además de sobrevivir, Luchalí fue el único que pudo presentar trofeos ante el
sultán, el pendón de Malta entre ellos. Enseguida veremos cómo aprovechó
las lecciones aprendidas.
Una vez avistadas las armadas, se terminó la estrategia y comenzó la tácti-
ca; pero de esta última no nos ocuparemos.
No se explotó el éxito
La victoria conseguida el 7 de octubre de 1571 nadie la supo explotar. Así,
cuando en 1572 la flota aliada cristiana comenzó la nueva campaña para
medirse con la renovada escuadra turca de más de 200 galeras mandada por
Uluj Alí, ahora con el nombre de Kilic Alí Pachá, este evitó enfrentarse a la
más potente de la Santa Liga —que seguía al mando de Juan de Austria,
permaneciendo al abrigo de las fortalezas de Modón— como había pretendido
hacer en Lepanto, aunque ahora él era el responsable de la decisión. Esta vez
Juan de Austria debería haber intentado por todos los medios destruirlo, pero
las desavenencias entre sus mandos subordinados y su falta de convicción
para tomar Modón al asalto condujeron a desperdiciar la oportunidad. De
386 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
haberla acometido con éxito, hubiese sido la acción estratégica complementa-
ria e ineludible que hubiera rematado lo conseguido en Lepanto; pero ya lo
dejó escrito el Manco de Lepanto: «... el cielo lo ordenó de otra manera, no
por culpa y descuido del General que a los nuestros regía, sino por los peca-
dos de la Cristiandad. En efeto, el Uchalí se recogió a Modón, que es una isla
que está junto a Navarino, y echando la gente en tierra, fortificó la boca del
puerto y estúvose quedo hasta que el señor don Juan se volvió» (16). Para
consumar esa falta de explotación del éxito, Pío V falleció el día 1 de mayo
de 1572; enseguida Venecia firmaría la paz por separado con los turcos el 7 de
marzo de 1573. Así se arriaba, definitivamente, el pendón de la Santa Liga.
Lessons learned de los otomanos
Uluj Alí (17) había sido siempre partidario de la ballesta articulada, afir-
mando que mientras se cargaba un arcabuz se disparaban 30 flechas, blanco
seguro cuando se combatía a tan cortísima distancia (cuerpo a cuerpo, prácti-
camente); menospreciaba las armaduras y la concentración del fuego arcabu-
cero que, tras la descarga de los cañones que debía simultanearse con el
momento del abordaje, barría (como a finales del XVIII hicieron las carrona-
das) las arrumbadas y crujías enemigas, lo que permitía el asalto de la infante-
ría propia.
Al año siguiente, el obispo de Dax, embajador de Carlos IX de Francia
ante la Sublime Puerta, escribía a su rey desde Estambul (que todavía, entre
los cristianos, se llamaba Constantinopla) el 10 de junio de 1572: «En seis
meses el Gran Señor (el sultán) ha construido 200 galeras. Esperamos su sali-
da dentro de ocho o diez días. Embarcarán en ellas más de mil arcabuceros, lo
que jamás se vio en este imperio. Luchalí que es el almirante, enseñó a los
turcos a abandonar el arco por los disparos, diciendo que lo aprendió en la
última batalla de Lepanto».
Punto final
La expansión turca en el norte del Mediterráneo se quedó fijada en la fron-
tera con el reino marroquí. La guerra del corso contra los cristianos, y muy
especialmente contra España, continuó hasta la definitiva paz con Argel de
(16) CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Primera parte. Capítulo XXXIX, p. 2. Madrid, 1605.
(17) NÚÑEZ IGLESIAS, Indalecio: «Una realidad entre dos fantasías». REVISTA GENERAL DE
MARINA. Octubre, 1971, pp. 323-333.
2021] 387
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
1785. Los turcos siguieron su impulso ofensivo por tierra en dirección a
Viena, cuyos panaderos crearon los famosos croissants (crecientes o medias
lunas) cuando los otomanos levantaron definitivamente el segundo sitio, acae-
cido en el año 1683 durante el reinado del emperador Leopoldo I.
Y, aunque el éxito no se explotó, los turcos pusieron su ojo corsario en las
derrotas portuguesas desde Goa a Ciudad del Cabo, provocando descalabros
económicos en el vecino reino que, unidos al fracaso del rey Sebastián en
Alcazarquivir y a la exigencia de rescates para liberar a la nobleza portuguesa
prisionera de los marroquíes, propició la apertura de las puertas de Lisboa al
ejército del duque de Alba, embarcado y enviado por mar gracias a las órdenes
del pretendiente de mejor derecho a aquella Corona, que no era otro que Feli-
pe II.
388 [Agosto-septiembre
LA DECADENCIA NAVAL
OTOMANA TRAS LEPANTO
Agustín Ramón RODRÍGUEZ GONZÁLEZ
Doctor en Historia Contemporánea, académico correspondiente
de la Real Academia de la Historia
ON frecuencia se ha discutido en distintas épocas y
por diversos autores el carácter decisivo de la bata-
lla de Lepanto, al menos en el terreno estratégico,
pues en cuanto a los resultados tácticos del combate
no cabe la menor duda.
Y es bien cierto que, pese a la abrumadora victo-
ria de la Liga Santa, de ella no se derivó la espera-
ble explotación del éxito, traducida en la recupera-
ción de territorios conquistados más o menos
recientemente por los otomanos. En parte por las
desavenencias a la hora de formular objetivos entre
los aliados: Venecia, sus perdidas posesiones en el
Egeo y el Adriático; la Santa Sede, Tierra Santa y
España, el norte de África. Pero lo decisivo fue el
abandono prematuro y unilateral de la Liga por
Venecia, al aceptar una paz poco honrosa con Estambul, traicionando así su
compromiso con sus aliados.
Pero el hecho de que los otomanos se conformaran con retener lo conse-
guido, ya es buen síntoma de cómo había evolucionado la situación tras la
crucial victoria.
Se afirma que los arsenales otomanos y berberiscos, servidos por los grandes
recursos del gran Imperio, pudieron poner a flote una flota comparable en
número de buques a la perdida en la gran batalla en las campañas siguientes.
Pero una cosa era construir una galera, tarea relativamente sencilla y que
podía llevar menos de un año, y otra tripularla y equiparla convenientemente.
Y después de Lepanto, las galeras otomanas estuvieron faltas de remeros,
siguieron siendo inferiores a las cristianas en cañones y armas de fuego en
general y hasta tuvieron menos guarnición de soldados de la necesaria, por no
hablar de otras deficiencias.
Lo cierto es que en los dos años siguientes a Lepanto, la flota otomana
tuvo sumo cuidado en evitar un combate directo y generalizado con la cristia-
2021] 389
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
na y, en las pocas ocasiones en que el encuentro se produjo, se demostró que
su inferioridad era igual o incluso mayor que en Lepanto.
Braudel afirma en su gran trabajo que lo que arruinó verdaderamente a la
flota otomana fue el período de paz subsiguiente, con las sucesivas treguas,
preocupados ambos enemigos por crisis que reclamaban su atención en otros
frentes, sin entrar en más detalles ni discusiones.
Parece más exacto afirmar que, después de su gran fracaso, la armada
otomana requería una nueva y prolongada atención y revisión en todos sus
aspectos si quería seguir siendo lo que había sido hasta entonces. Renovación
técnica, táctica y estratégica y nuevos hombres e ideas eran el gran esfuerzo
que se imponía si quería seguir siendo un arma decisiva en el Mediterráneo, e
incluso asomarse al Atlántico, donde se dirimía por entonces la hegemonía
mundial.
Pero tal tarea resultó superior a las fuerzas y hasta a los deseos del Imperio
otomano, pues nada o muy poco se hizo del tan necesario gran esfuerzo rege-
nerador; y así, la otrora temible flota otomana se fue convirtiendo en una
fuerza cada vez más atrasada en el aspecto técnico y menos relevante en el
estratégico, confinada aún más, por su decreciente número e importancia, a
una tarea meramente defensiva.
Lepanto aparece así como una batalla decisiva para el poder naval turco,
pues aparte de las pérdidas en la batalla y de cómo se repusieron, el Imperio
otomano dejó en lo sucesivo de tener confianza en su poder naval, se negó a
realizar el esfuerzo necesario para reconstruirlo y ponerlo al día y centró toda
su estrategia en la terrestre pues, al fin y al cabo, los turcos otomanos eran un
pueblo de las estepas que solo se había hecho marinero por necesidad estraté-
gica y con la inestimable ayuda de los berberiscos.
Ya la última expedición de Uluj Alí antes de las treguas con Felipe II fue
un simple crucero de unas sesenta galeras que no hicieron nada de importan-
cia. Desde entonces, la flota anual turca, compuesta por lo general de solo
medio centenar de unidades, o poco más, se limitó normalmente a cruceros
defensivos por el Egeo, tras los cuales volvía a sus bases sin intentar nada de
relieve.
Las galeras del duque de Osuna
Si faltaran más pruebas de esa decadencia naval otomana, podemos resu-
mir rápidamente lo que lograron en el segundo decenio del siglo XVII las gale-
ras españolas de los virreinatos de Sicilia y Nápoles, sucesivamente encomen-
dados a Pedro Téllez-Girón y Velasco, duque de Osuna, entre otros títulos, y
Grande de España, gran reorganizador de dichas fuerzas navales.
Téllez-Girón consiguió tales gobiernos por sus fogosas intervenciones en
el Consejo Real, al exponer la importancia estratégica de ambos territorios.
390 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Tras estudiar en Salamanca y
luchar en Flandes, obtuvo así
el alto cargo.
El viaje para tomar pose-
sión del virreinato no empezó
bien: envió por delante parte
de su equipaje en una galera
de Sicilia, que a poco fue
apresada por dos grandes
galeotas berberiscas. Afortu-
nadamente, las diez galeras de
Nápoles se las encontraron
poco después, capturando a
las galeotas y liberando la
galera, rescatando el botín.
Encontró que las galeras de
Sicilia estaban muy desatendi-
das, pero pronto supo corregir
tan drástica como eficazmente
la situación.
Buscando más la calidad
que la cantidad, reorganizó la
escuadra de galeras dejándola
en ocho buques: la Capitana,
un buque espléndido y con
una suntuosa decoración, con
30 bancos y 360 forzados, es
decir, seis por remo, cuando lo
habitual eran cuatro, armada
con siete cañones en vez de
los cinco habituales y con la
guarnición reforzada por 170
mosqueteros, lo que le daba Pedro Téllez-Girón y Velasco, duque de Osuna, por
una formidable potencia de Bartolomé Gonzá lez y Serrano (1615).
fuego. Formaron así la escua- (Fuente: www.wikipedia.org)
dra las Capitana, Patrona,
Escalona, Gerona, San Juan, San Pedro, Fortuna y Belmonte.
Pero, aunque gran organizador y buen soldado, no tenía gran experiencia
naval y además su alto cargo de virrey le impedía hacerse cargo de la escua-
dra, por lo que delegó su mando en manos veteranas y bien probadas.
2021] 391
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Los primeros éxitos
El primer golpe lo consiguió al enviar a seis de sus galeras al mando de
don Antonio de Pimentel contra Túnez. Allí tenía su base un renegado inglés,
llamado Dancer, que había preparado diez veleros bien armados con los que
atacar el comercio de Indias.
Las galeras llegaron de noche y por sorpresa, embarcando en los esquifes
cien soldados, que se dirigieron hacia los buques fondeados, los tomaron al
abordaje, haciendo huir a los sorprendidos enemigos, quemaron siete con los
artificios de fuego que llevaban preparados, y sacaron del puerto a remolque
el mayor de ellos, un gran buque de mil toneladas, y dos más pequeños,
dando un gran golpe sin apenas pérdidas. Ocurrió la sorpresa el 23 de mayo
de 1612.
De vuelta a Sicilia, las galeras se encontraron con siete de Nápoles, acor-
dando repetir el ataque en Bizerta, que los tunecinos estaban convirtiendo en
base naval, creando entre otras cosas, una nueva atarazana. De nuevo se
consiguió la sorpresa y buques, almacenes y atarazana enemigos fueron
quemados, con pérdida de 500 muertos por apenas diez de los asaltantes.
Los turcos quisieron tomarse venganza, haciendo lo propio en Mesina.
Camuflaron el intento con dos naos bien cargadas, que simularon ser venecia-
nas deseosas de comerciar, estando apoyadas a alguna distancia por cuatro
galeras y varias galeotas de Azán Bey. Pero Osuna no se dejó engañar, tomó
las naos con dos compañías de soldados, y las galeras se apoderaron de dos de
las enemigas y de tres galeotas, haciendo huir al resto.
Tomó el mando de las de Nápoles Octavio de Aragón, también soldado
veterano de Flandes, que pronto pasó a mayores intentos, como el de Chiche-
rí, en el que asaltó el castillo, con la muerte de 800 enemigos y quemó cuatro
buques allí fondeados.
Fortalecido así el ánimo de las galeras, emprendió poco después una
empresa mucho más arriesgada, navegando por el Egeo y a la busca de las
galeras de Mahomet Bajá, que estaba por esas aguas recabando impuestos a
las poblaciones. A poco las encontró, y sin dudarlo, pese a que eran ocho
galeras españolas contra diez enemigas, se decidió al ataque. Los turcos nave-
gaban en una curiosa formación: con cinco galeras al frente, dos más retrasa-
das y tres más en retaguardia. Aquello fue aprovechado por Octavio de
Aragón para acometerlas y abrumarlas antes de que se reunieran. El resultado
fue que, tras una hora de combate, había apresado las siete primeras y hecho
huir a las tres restantes. Solo se informó de seis muertos y treinta heridos
entre los soldados españoles, aunque debió haber más bajas en tripulaciones y
chusmas. El resultado fue espectacular, pues seis de las apresadas eran gale-
ras de a 26 bancos, y de 25 la restante. Se calcula que murieron 400 enemi-
gos, entre ellos su jefe, curiosamente hijo del Alí Pachá vencido y muerto en
Lepanto, haciéndose 600 prisioneros y liberándose a mil doscientos esclavos
392 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
cristianos. Con las presas remolcadas volvieron los triunfantes españoles a
Mesina, donde fueron recibidos apoteósicamente.
Hicieron por entonces los turcos un nuevo intento contra Malta, que no fue
sino una sombra del gran asedio de 1565, tanto por la fuerza empleada como
por su escasa determinación. Apenas desembarcados hombres, artillería y
pertrechos, aparecieron por aquellas aguas las galeras de Octavio de Aragón,
ante lo cual los atacantes abandonaron en tierra cañones y pertrechos, reem-
barcaron a toda prisa y se dieron a la fuga, no sin que las galeras de Osuna
hundieran en la persecución una enemiga y apresaran otra. A tales niveles
había descendido por entonces la moral de lucha otomana.
Se nombró por entonces capitán general del Mediterráneo a Manuel Fili-
berto de Saboya, más por su alta cuna que por sus merecimientos. De nuevo y
como en Lepanto, se formó una Liga con el papado, que aportó seis galeras, y
otras tantas Toscana y la Orden de Malta, cuatro de Génova y 38 de España,
con un total de 60 y 12 naos con provisiones. Iban en vanguardia dos galeras
de Osuna, al mando de Diego Pimentel, que a cosa de nueve millas de Navari-
no se topó con otras dos otomanas. A la primera andanada española cayó la
entena de una de ellas, que se rindió en una hora de lucha, siguiendo luego la
otra. Se descubrió que eran, nada menos, las capitanas de Alejandría y de
Damieta; en ellas se produjeron 100 muertos y se hicieron 300 prisioneros,
liberándose a 400 cautivos cristianos.
Pero al oír el estruendo del combate, salieron otras tres galeras otomanas de
Navarino dispuestas a tomarse la revancha. Los soldados querían abandonar las
remolcadas presas y confiar en la huida. Diego Pimentel se negó a ello y, apro-
vechando las sombras de la noche, burló a las perseguidoras, entrando triunfan-
te en Mesina. Sin embargo, y aparte de este buen golpe, la gran expedición
logró poca cosa, seguramente por la inexperiencia del jefe supremo.
Victorias en el Egeo y ante Estambul
Por entonces, en agosto de 1613, Pedro de Aragón consiguió otra especta-
cular victoria en Chíos. Navegaba por el Egeo con sus ocho galeras cuando se
vio sorprendido por la aparición de velas enemigas. Los españoles estaban
fondeados en una cala y temieron ser atacados por la escuadra turca de 30
galeras que sabían patrullaba aquellas aguas. Pero la escuadra turca se había
dividido en tres agrupaciones iguales, y fue una de estas, la de Chipre y
Rodas, la que los atacó. De nuevo eran diez galeras turcas contra ocho espa-
ñolas, pero nadie dudó del resultado: de la primera descarga a bocajarro los
españoles hundieron la capitana enemiga, y luego tomaron siete más apresa-
das, huyendo las dos restantes.
Esta vez la victoria fue mucho más dura de obtener que las precedentes,
pues se registraron 226 muertos entre los españoles, pero se hicieron 1.300 al
2021] 393
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
enemigo, se le tomaron 458 prisioneros y se liberaron 2.220 cristianos de las
chusmas.
A todo esto, el duque de Osuna había dejado su virreinato de Sicilia por el
más importante de Nápoles. Allá acudió con muchos de sus experimentados
veteranos y con algunos de los buques de su propiedad.
Poco variaron las campañas: el 3 de septiembre de 1616, Octavio de
Aragón, con ocho galeras de Nápoles y dos de Malta, encontró en las costas
griegas a las doce del renegado calabrés Azán (o Arzán, según las crónicas),
que llevaba consigo dos presas genovesas.
Se sucedió una dura batalla de dos días: en el primero se peleó a distancia,
con la artillería y maniobrando, sufriendo los cristianos 17 muertos y 60 heri-
dos por 75 y 200 sus enemigos, con menos cañones y menos diestros en su
uso. Al segundo, viendo al enemigo ya «ablandado», se pasó al abordaje,
apresando cinco galeras, hundiendo otra y recuperando las presas genovesas;
el jefe enemigo resultó muerto y fueron apresados 250 turcos.
La audacia de los españoles no tenía límites, pues poco después el mismo
jefe, con nueve galeras, merodeó por aguas de Estambul, llegando a cañonear-
lo como desafío. Salieron en su busca treinta galeras turcas, a las que se dio
esquinazo por la noche. La argucia fue hacerlas seguir el fanal encendido de la
capitana española, mientras las otras se ponían a salvo en lugar acordado de
antemano. Cuando los turcos esperaban la amanecida para caer sobre los espa-
ñoles, la capitana apagó su fanal, cambió el rumbo despistando por completo a
sus perseguidores y a boga forzada se reunió con el resto. Aún siguió don
Octavio la correría hasta Alejandría, tomando de paso diez grandes mercantes
enemigos, los llamados «caramuzales». Y no sería la única vez que las galeras
desafiaran al enemigo en aquellas aguas y le hiciesen en ellas sustanciosas
presas.
En la primavera de 1617, Mahomat Asan, con seis galeras, se dedicaba a
recorrer las costas de Calabria, saqueándolas. Salió a su encuentro Pedro
Pimentel, con dos galeras de Nápoles y una de Malta, junto con dos fragatas
de remos, que recordemos que en ese escenario y esa época eran poco más
que grandes botes artillados de un solo palo, como minúsculas galeras. Inclu-
so contra fuerzas dobles se atrevían ya los cristianos. De nuevo el combate no
tuvo color: la de Malta rindió a la capitana enemiga, donde su jefe, con una
pierna arrancada de un cañonazo, no tardaría en morir, se hundió otra y dos
más fueron apresadas. Se liberaron 320 cautivos y se apresaron 300 enemigos.
Poco después, el duque de Osuna tuvo la humorada de enviar a tres de sus
galeras, por completo disfrazadas de turcas, con tan buena maña que llegaron
a hacer cundir el temor en las costas cristianas. Su jefe era el capitán Simón
Costa, y su gran éxito, más por lo económico que por lo militar, fue apresar la
gran galera Sultana, repleta de riquezas.
En 1618, Octavio Aragón, de vuelta de otro raid por los Dardanelos, arribó
sobre la costa levantina española, con tan buena fortuna que en varios comba-
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
tes apresó o hundió una veintena de los muchos corsarios berberiscos que las
infestaban. Al año siguiente, con seis de las suyas, acorraló y rindió a la capi-
tana turca de Santa Maura, haciendo 60 prisioneros y liberando 180 cautivos,
costándole la presa siete muertos y ocho heridos.
No era tampoco Osuna el único que se atrevía a desafiar al gran turco en
sus propias aguas. Cualquier lector de la biografía del famoso capitán Alonso
de Contreras sabe que este practicó el corso por el Egeo, costas norteafricanas
y de Oriente Medio con una o dos fragatas de remo, las más pequeñas embar-
caciones de la familia de la galera, con bastante menos de cincuenta hombres
entre soldados y marineros, un mástil y un solo cañón a proa. Tampoco era
Contreras ni el único ni el más afortunado de esos corsarios cristianos, y ya
Fernand Braudel, en su gran obra El Mediterráneo y el mundo mediterráneo
en la época de Felipe II, describe, desde Lepanto al menos y con más fuerza
luego desde comienzos de siglo XVII, la magnitud de esa oleada de corsarios
cristianos que no dudaron en recorrer esas aguas y las del Oriente Medio, de
Egipto a Chipre.
La prueba definitiva: Celidonia
Además, el duque de Osuna creó una pequeña escuadra de galeones,
puestos al mando del capitán Francisco Rivera, toledano, ya distinguido en
varios combates. Su capitana era el galeón Concepción, de 52 cañones; la
Almiranta, o buque del segundo jefe en las escuadras españolas de entonces,
iba al mando del alférez Serrano, contando con 34 cañones; el resto eran el
Buenaventura de 27, al mando del alférez Urquiza; el Carretina de 34, al
mando de Valmaseda; el San Juan Bautista de 30, al de Cereceda, y el pata-
che o pequeño galeón Santiago de 14 cañones, al mando de Garraza. Para
reforzar la pequeña escuadra se embarcaron en ella mil mosqueteros españo-
les. Como puede observarse, eran todos buques de tipo galeón y no de gran
tamaño, salvo la capitana. Abundaban entre los comandantes de los buques
los apellidos vascos, lo que prueba que Osuna pudo elegir los mandos y los
hombres a su gusto fuera de los límites del virreinato, y su relativamente
baja graduación, el hecho de que se trataba de una escuadra de nueva forma-
ción.
Dispuesto a llevar la guerra a aguas enemigas, Rivera recaló sobre Chipre,
y tras reconocer Famagusta y otros puertos, cosechando algunas presas, se
puso de crucero sobre el cabo Celidonia, esperando que el enemigo, confiado
en el escaso número de sus buques, no tardaría en atacarlo.
No tardó este en presentarse el 14 de julio en forma de una potente escua-
dra de 55 galeras, que no dudó en que aplastaría a la media docena de impru-
dentes buques cristianos. Aunque los galeones eran muy superiores en comba-
te artillero a las galeras, los turcos reunían nada menos que unas 275 piezas
2021] 395
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Combate naval entre españ oles y turcos (siglo XVII), por Juan de la Corte.
(Museo Naval de Madrid)
contra las 95 españolas de cada banda. Y las dotaciones turcas sumaban no
menos de 12.000 hombres contra los apenas 1.600 de Rivera.
Al divisar a su enemigo, Rivera ordenó a sus buques ceñir al viento con
trinquete y gavia, cuatro de ellos en línea y muy juntos entre sí, popa
con proa: la capitana Concepción, Carretina, Almiranta y Santiago, quedando
los otros dos en retaguardia como reserva.
Los turcos se acercaron en su formación tradicional de media luna, dando
por descontado que envolverían a sus temerarios enemigos. Se rompió el
fuego a eso de las 09:00, durando hasta la puesta de sol, momento en que los
turcos se retiraron con ocho galeras muy averiadas y escoradas por los tiros
españoles, y con graves daños y bajas en todas las demás. Les había sido
imposible acercarse a distancia de abordaje.
Tras una noche pasada en recriminaciones, arengas y nuevos planes, al día
siguiente volvieron al ataque, acercándose más y poniéndose a tiro de
mosquete, lo que no hizo sino agravar sus pérdidas, retirándose de nuevo al
caer la noche con diez galeras averiadas.
El 16 realizaron su último y mayor esfuerzo, llegando por dos veces a
meterse bajo los cañones de la capitana española, aprovechando su ángulo
muerto en depresión. Pero el patache Santiago, situado precisamente a proa
con esa misión, roció a las atacantes con sus piezas, haciendo que huyeran a
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
eso de las tres de la tarde, habiendo perdido una galera hundida, dos comple-
tamente desarboladas y nada menos que 17 más seriamente averiadas.
Según otros informes de la época, fueron cinco las galeras turcas perdidas
en total, aparte de otras dos que volaron. En cualquier caso, la escuadra turca
quedó virtualmente deshecha tras el combate de tres días consecutivos. Sus
bajas se estimaron en mil jenízaros y otros dos mil entre soldados, marineros y
remeros, pero con ser tan grandes las pérdidas, lo peor fue el haberse visto
vencidos por un enemigo tan inferior numéricamente.
Entre los vencedores, las bajas fueron de solo 34 muertos y 93 heridos,
causando el fuego turco serios daños en el aparejo de la capitana y del pata-
che, que tuvieron que ser remolcados por sus compañeros. Gracias a ello y a
poder navegar contra el viento con sus remos, que los galeones no tenían, la
baqueteada flota turca pudo ponerse a salvo. En cualquier caso, se trataba de
una gran victoria.
Aquel «pequeño Lepanto» del XVII mostró hasta qué punto había descendi-
do la Marina otomana en todos los aspectos, fiel a tácticas y formas de
combatir ya obsoletas o a punto de estarlo, e incapaz de imponerse con 55
unidades a los seis buques de Rivera.
Se podrá objetar que para entonces, los mejorados galeones y su potente
artillería aseguraban ya su victoria contra un número muy superior de gale-
La galera Real entrando en Barcelona, por Guillermo González Aledo.
(Fuente: www.armada.defensa.gob.es)
2021] 397
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
ras, salvo algún imprevisto o circunstancia especial. Pero nada impedía a la
flota otomana disponer de aquellos buques, de aquellos cañones y de adies-
trarse en las nuevas tácticas de lucha, nada salvo la propia decadencia del
imperio.
Lo más significativo de aquellas derrotas y hasta humillaciones turcas resi-
dió en dos hechos fundamentales: primero, que tuvieron como escenario prin-
cipal aguas que hasta hacía bien poco eran consideradas perfectamente contro-
ladas por su flota, y segundo, y no menos importante, que fueron infligidas no
por una buena parte de las inmensas fuerzas de la Monarquía Hispánica, sino
solo por la escuadra de uno de sus virreinatos. Más que los combates perdidos
o las bajas en cada uno de ellos, tales hechos muestran el grado de la decaden-
cia naval otomana.
Un significativo epílogo
En el resto del siglo XVII los marinos otomanos se limitarán a un intento
defensivo que fracasará ante la también declinante pero todavía relativamente
boyante flota veneciana, para caer en el siglo XVIII y en el mar Negro, hasta
entonces en sus manos, ante la joven Marina de los zares rusos.
Pero además hubo un episodio que recordaba viejas situaciones y reverde-
cería viejos laureles hispanos: en 1716, y en uno de sus últimos intentos de
expansión, el Imperio otomano volvió a atacar a Venecia en el Adriático.
De nuevo los plañideros venecianos suplicaron el auxilio de toda la cris-
tiandad, de nuevo medió el papa y de nuevo acudió en su ayuda España,
enviando seis navíos al mando de Esteban Mary y cinco galeras con Baltasar
de Guevara a la cabeza.
Asediaban por entonces los turcos a Corfú, con un ejército de 33.000
hombres y numerosa escuadra, todos al mando de Dianum Codgia, que
comenzó el asedio en julio de ese año.
Mucho se habla y se debate ahora sobre la memoria histórica, pero si es
cierto que tal cosa existe los otomanos demostraron tenerla excelente, pues al
avistar a los españoles el 18 de agosto decidieron no tentar de nuevo a la suer-
te y levantar inmediatamente el sitio, dejando sobre el terreno como botín
nada menos que 56 cañones y ocho morteros, aparte de tiendas, provisiones y
equipajes, tan precipitada fue su retirada.
Los jefes españoles insistieron al almirante veneciano, Andrea Pisani, que
el mejor plan para explotar el casi incruento éxito era perseguir y acabar con
el desmoralizado enemigo. Pero los siempre precavidos y sinuosos venecianos
decidieron que lo importante era recuperar las plazas de Butinto y Santa
Maura, por cierto, bien cerca de los lugares donde se libraron Préveza y
Lepanto.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Todo aquello se consiguió sin la menor dificultad, y las naves españolas
pudieron volver a sus bases con la gran satisfacción de haber reverdecido
laureles de hacía casi siglo y medio en los mismos lugares y a un precio ínfi-
mo. Y pese a tan tajantes hechos, todavía hay quienes discuten el carácter
decisivo de Lepanto.
Es cierto que los corsarios berberiscos seguirán siendo una amenaza contra
el litoral sur y levantino español e italiano, y que lo serán hasta el siglo XVIII,
cuando ya en el reinado de Carlos III se ponga fin a aquella guerra secular, y
gracias en no poca medida al gran Antonio Barceló.
Pero, y pese a todos los daños que siguieron causando, eran por entonces
una cuestión menor: una llaga molesta, no la posibilidad de una herida mortal.
Barba quemada y brazo cortado
Se ha repetido la famosa frase de Selim II al enterarse de la derrota de su
flota en Lepanto, minimizándola al afirmar que su flota perdida era como
chamuscarse la barba, y que esta volvería a rebrotar, mientras que él había
«cortado un brazo» a sus enemigos al posesionarse de Chipre.
Pero, a largo plazo, la historia mostró terminantemente que la «barba
chamuscada» fue la posesión de Chipre, asunto irrelevante en la estrategia
mundial de los siglos siguientes, y el verdadero «brazo cortado» fue el poder
naval otomano.
Y las campañas y combates navales entre comienzos del siglo XVII y
comienzos del XVIII probaron lo que había cambiado esa lucha desde los tiem-
pos anteriores a Lepanto.
BIBLIOGRAFÍA
BRAUDEL, Fernand: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Fondo
de Cultura Económica, México, 1981, 2 vols.
FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: El gran duque de Osuna y su Marina, Sucesores de Rivadeneyra,
Madrid, 1885; edición facsímil de Editorial Renacimiento, Madrid, 2006.
RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Agustín R.: Lepanto. La batalla que salvó a Europa. Sekotia, Madrid,
2013, 2.ª edición.
2021] 399
Capacete españ ol de mediados del siglo XVI.
(Museo Naval de Madrid)
LEPANTO EN LA CULTURA
Manuel MAESTRO LÓPEZ
Presidente del Círculo Letras del Mar
La pintura y las batallas
solo resultan hermosas
contempladas a distancia.
Dicho español
N mi familia más cercana, mi sobrino y ahijado,
Quique, es el único con vena marinera: gran amante
de la vela deportiva, de mi mano va adentrándose
en el mundo de la historia y cultura navales.
Recientemente ha aumentado su familia con la
entrada en su hogar de Chet, uno de los descendien-
tes de los perros de agua que tan útiles fueron en la
batalla de Lepanto, operando como embriones del
radar, labor para la que nuestros marinos los adies-
traban para localizar, con su increíble olfato, a los
turcos en el mar: razón por la que se les conoce como «turco-andaluces». Chet
como los de su raza es valiente, alegre y cariñoso e igual que los suyos perte-
nece a una casta capaz de bucear como los peces en el agua. Mi sobrino le
está enseñando a que le ayude en las maniobras de atraque y desatraque de su
barco. Algo parecido para lo que yo le estoy utilizando en estos momentos en
que encaro al folio en blanco y necesito una idea que valga para iniciar la
primera singladura literaria de la forma más original posible.
Hétenos aquí con un descendiente directo de quienes vivieron y son parte
de la estela dejada por «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasa-
dos siglos, los presentes, ni esperan ver los venideros», palabras que repite
Cervantes en el proemio de sus Novelas Ejemplares y en la segunda parte del
Quijote, resaltando que su manquedad no era fruto de alguna reyerta de taber-
na. Frase que tiene su antecedente en otra muy similar del teólogo Pedro de
Fuentidueña y Medina; dato de los varios que he descubierto rebuscando
documentación para que el presente artículo viese la luz, en esta ocasión
propiciado por un artículo del teniente vicario J. González Díez, aparecido en
esta misma REVISTA hace 50 años: el 1 de noviembre de 1571 se celebraba
en Roma, bajo la presidencia del papa y con toda pompa, la victoria contra el
turco; y el sermón se refirió a la epopeya naval como «la más esplendorosa
victoria de todos los tiempos, edades y siglos; la más preclara que el sol de
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
oriente ni de occidente haya jamás presenciado», que queda resumida en la ya
mencionada del alcalaíno: «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados,
los presentes, ni esperan ver los venideros».
Mi tarea en este número monográfico de la REVISTA GENERAL DE MARINA
será resumir los textos y figuras que suscitó el ingenio de literatos, pintores y
escultores, mostrando el fragor de la batalla, los rostros de sus principales
intérpretes, o las piezas tanto originales como reproducidas de las galeras,
estandartes y armas de todo tipo que se conservan en los museos y han sido
reproducidos en sellos, monedas u otros elementos propios del coleccionismo,
así como la música y los rezos que nos acerca al estruendo del combate o a la
alegría del triunfo, surcando el relato con barcos de nuestra Armada que
evocan con sus nombres la efeméride.
Así lo contaron los primeros
En este paseo por la cultura épica, transitaremos, primeramente, por los
distintos géneros literarios, desde la narrativa en verso ensalzando o exaltando
el hecho, a la historia pura estudiándolo y analizando sus consecuencias, o
pasando por el teatro y sus obras: conjunto de recursos que permitió divulgar
aquel momento dramático en el que el destino de Occidente se jugó a una sola
carta.
Miguel de Cervantes nos acompaña en estos primeros pasos, pues su
nombre o más bien sobrenombre está estrechamente unido a la gran batalla,
por su mal interpretado apodo: el Manco de Lepanto, pues más que manco era
tullido de la mano izquierda por un trozo de plomo que le seccionó un nervio.
Manquedad de la que da cuenta en la epístola a Mateo Vázquez, secretario de
Felipe II:
«… El pecho mío, de profunda herida
sentía llagado, y la siniestra mano
estaba por mil partes ya rompida.
Pero el contento fue tan soberano
que a mi alma llegó, viendo vencido
el crudo pueblo infiel por el cristiano,
que no echaba de ver si estaba herido,
aunque era tan mortal mi sentimiento,
que a veces me quitó todo el sentido.»
Pero la manquedad de la izquierda no disminuyó el magistral uso de la de-
recha del también mundialmente conocido como autor del Quijote de la
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Mancha, al punto de que,
cuando uno profundiza en el
personaje, Manco de Lepanto
y Quijote de la Mancha bien
puede ser Quijote de Lepanto
y Manco de la Mancha, pues
en la inmortal novela encon-
tramos numerosas referencias
a la trascendental batalla:
cabalgando con Alonso Quija-
no por cualquier lugar de la
Mancha, Miguel de Cervantes
encuentra la ocasión propicia
para engarzar la acción con el
lejano mar. Tan pronto aparece
en el relato una cuerda de
galeotes, gentes forzadas a
remar en las galeras como
pone en boca de su intérprete
un prolijo discurso sobre «Las
Armas y las Letras», en el que
nos cuenta un pasaje sobre lo
ocurrido en Lepanto: «… Y si
éste parece pequeño peligro, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616).
veamos si le iguala o hace (Foto: www.wikipedia.org)
ventaja al de embestirse dos
galeras por clavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que
le concede dos pies de tabla de espolón; y con todo esto, viendo que tiene
delante tantos ministros de la muerte que le amenazan, cuantos cañones de
artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza,
y viendo que al primer descuido de los pies irá a visitar los profundos senos
de Neptuno; y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le
incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería, y procura pasar por tan estre-
cho paso al bajel contrario».
Cervantes también alude en distintos pasajes de sus obras a su intervención
activa en el combate como lo hizo en los siguientes versos de su «Viaje al
Parnaso»:
«Del heroico don Juan la heroica hazaña,
donde con alta de soldados gloria
y con propio valor y airado pecho
tuve, aunque humilde, parte en la victoria.»
2021] 403
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Y más adelante, cuando hablando Mercurio con Cervantes le dice:
«Que en fin has respondido a ser soldado
antiguo y valeroso, cual lo muestra
la mano de que estás estropeado.
Bien sé que en la naval dura palestra
perdiste el movimiento de la mano
izquierda para gloria de la diestra.»
Lope de Vega recibió el
sobrenombre de «Fénix de los
Ingenios» no solo por ser una
auténtica máquina de escribir,
sino por la calidad de su lega-
do escrito: firmó 1.500 obras
de teatro y 3.500 sonetos. Este
saldo es una de las razones por
las que su contemporáneo
Cervantes fuese su «íntimo
enemigo»: dos gallos de seme-
jante plumaje era difícil que
conviviesen en el mismo
corral. Además, ambos fueron
soldados de Marina, si Miguel
luchó contra el turco en
Lepanto, Félix se enroló para
luchar en las islas Terceras, en
la expedición mandada por
Álvaro de Bazán, al que dedi-
có esta poesía en la que ya
hace mención al combate con
Lope de Vega. (Foto: www.wikipedia.org) los turcos:
«El fiero turco en Lepanto,
en la Tercera el francés,
y en todo mar el inglés,
tuvieron de verme espanto.
Rey servido y patria honrada
dirán mejor quien he sido
por la cruz de mi apellido
y con la cruz de mi espada.»
404 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Honra a Lope el que, una vez muerto su gran rival en las letras, al que le
dedicó frases despectivas como que «no hay poeta tan malo como Cervantes,
ni nadie tan necio que alabe a Don Quijote», plasmase en el papel el siguiente
elogio en verso resaltando su papel en Lepanto:
«En la batalla donde el rayo austrino,
hijo inmortal del águila famosa,
ganó las hojas del laurel divino
al rey de Asia en la campaña undosa,
la fortuna envidiosa
hirió la mano de Miguel de Cervantes;
pero su ingenio, en versos de diamantes,
los del plomo volvió con tanta gloria
que por dulces, sonoros y elegantes,
dieron eternidad a su memoria,
porque se diga que una mano herida
pudo dar a su dueño eterna vida.»
La batalla de Lepanto inspiró a ilustres plumas de la época como la del
pionero Juan Latino que en menos de un año, en 1572, compuso en hexáme-
tros los dos cantos de Austriadis Carmen en la que utiliza el latín humanista
de la época, repleto de evocaciones de Virgilio. En 1584 Juan Rufo, cronista
de Juan de Austria que estuvo en su misma galera le dedicó su Austriada:
«Bombas de fuego, máquinas terribles
de alquitrán, que en el agua más se enciende;
astas y flechas, llenas de empecibles;
yerbas cuyo veneno presto ofende;
arcabuces, mosquetes insufribles,
cañones, de quien nadie se defiende;
y mucha confianza en la batalla
que es la mejor confianza que se haya.»
De forma casi inmediata, también en 1572, Fernando de Herrera escribió
Relación de la Guerra de Chipre y Suceso de la Batalla Naval de Lepanto que
dedicó al duque de Medina Sidonia, en la que describe someramente la histo-
ria de la isla de Chipre, las ambiciones de los turcos sobre la misma, la de
Venecia, la constitución de la Liga Santa, y con todo lujo de detalles, el
combate naval de Lepanto de 1571. Consta de veintiocho capítulos y termina
con un bello poema:
«Cantemos al Señor, que en la llanura
Venció del ancho mar al Trace fiero;
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,
Salud y gloria nuestra.
Tú rompiste las fuerzas y la dura
Frente de Faraón, feroz guerrero;
Sus escogidos príncipes cubrieron
Los abismos del mar, y descendieron,
Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego
Los tragó, como arista seca el fuego.»
Entrando en la historia pura, en relación con Lepanto aparece la figura de
Luis Cabrera de Córdoba, cronista de Felipe II, un auténtico fanático de la
verdad y la cronología, que describe el auténtico caos en el que se convirtió el
combate:
«Jamás se vio batalla más confusa; trabadas de galeras una por una y dos o
tres, como les tocaba... El aspecto era terrible por los gritos de los turcos, por
los tiros, fuego, humo; por los lamentos de los que morían. Espantosa era la
confusión, el temor, la esperanza, el furor, la porfía, tesón, coraje, rabia, furia;
el lastimoso morir de los amigos, animar, herir, prender, quemar, echar al agua
las cabezas, brazos, piernas, cuerpos, hombres miserables, parte sin ánima,
parte que exhalaban el espíritu, parte gravemente heridos, rematándolos con
tiros los cristianos.»
En ese rebuscar de documentos y datos me encuentro con un trabajo apare-
cido en esta misma REVISTA en 1971 titulado «Hallazgo de la Crónica Inédita
de un soldado en la Batalla de Lepanto», en el que un contralmirante ignoto,
como autor del artículo hace referencia a un libro escrito por un soldado
anónimo, de nada menos que 800 páginas, titulado Batalla Naval de don Juan
de Austria. Se trata de la crónica de guerra de un participante en la que
comienza por la ruptura de los venecianos y consiguiente campaña de Chipre,
continúa con la formación de la Santa Liga y la derrota a la Marina turca, para
seguir con la jornada de Modón, finalizando con la campaña de Túnez y el
desastre de La Goleta. El relato es minucioso, aportando documentos y decla-
raciones, especialmente del campo enemigo; centrado en el combate manteni-
do el 7 de octubre de 1571, lo desarrolla con exaltado lirismo: «Venía la arma-
da turquesca tan ardida y gallarda que les parecía cada momento mil años de
juntarse y asi luego que la descubrieron comunicaron de alegría a tocar pifa-
nos y tamborinos, baylando y dando voces llamando a los cristianos gallinas
mojadas, prometiéndose el triunfo y victoria de nosotros… Duró el ímpetu de
la batalla cerca de quatro horas y fue tan sanguinosa y orrenda que parecía que
la mar y el fuego fuese todo uno…»
406 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Y así nos lo han seguido contando
Dando un gran salto en el tiempo, nos aparece el relato de Cesáreo Fernán-
dez Duro, capitán de navío, escritor, historiador y autor de una magna Histo-
ria de la Armada Española, de nueve tomos, que recogen el acontecer de
nuestra Marina de Guerra desde finales de siglo XV hasta el primer tercio del
siglo XIX. Del Boletín de la Academia de la Historia, de la que fue secretario
perpetuo desde 1898 hasta su fallecimiento en 1908, recogemos un trabajo de
su autoría en el que nos cuenta como se perpetuó la celebración del triunfo
de Lepanto cada 7 de octubre: «… Sabida la victoria por el rey D. Felipe II,
instituyó fiesta perpetua de aniversario en la catedral de Toledo el 7 de Octu-
bre, dedicado á San Marcos Papa, fiesta á que habían de asistir el Ayuntamien-
to, corregidor, regidores y jurados, celebrándose con procesión intra-ambi-
tium, Te Deum á tres coros con música de ministriles y órganos, misa mayor
con oración pro gratiarum actione y sermón panegírico de la batalla naval.
Entre las cláusulas de la escritura de institución decía una: «Que en la dicha
fiesta se saquen y cuelguen en la dicha santa iglesia las banderas é insignias
de esta victoria, que para ello se les darán, y las pongan de la manera que se
ponen las banderas en la fiesta del triunfo de la Cruz, en la victoria de las
Navas de Tolosa y la de Orán».
Dando sus primeros pasos el siglo XX, el británico Gilbert Keith Chesterton
publicó el poema «Lepanto» en la revista The Eye Witness de la que pasado el
tiempo el mismo dirigiría, y está escrita antes de su conversión al catolicismo.
Esta obra chestertoniana está considerada como la cumbre épica de este autor
e incluso del conjunto de obras de este carácter de su generación, y es una de
las más conocidas de las dedicadas a la gesta naval. El texto ha sido objeto
de varias traducciones al español:
«En los atrios del sol fluyen blancas fuentes,
y el Sultán de Bizancio las contempla riente.
Es su risa otra fuente que en tan temible faz,
agita, bosque umbrío, su barba montaraz
y tiñe en rojo sangre de sus labios el arco,
pues el mar más recóndito lo estremecen sus barcos.
A las blancas repúblicas en Italia han retado,
y al León de Venecia en su mar lo han cercado.
Inerme y angustiado, de Roma el soberano
ha llamado a cruzarse a los reyes cristianos.
La fría reina inglesa su reflejo adereza;
de los Valois la sombra en la iglesia bosteza.
Retumba hacia poniente el cañón español
Y del Bósforo el amo sigue riendo al sol…»
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
La batalla de Lepanto sigue siendo un tema recurrente entre autores
contemporáneos, que nos han transmitido con lenguaje actual y todo detalle
de aquel combate del que ahora conmemoramos el 450 aniversario; entre
otros tenemos el libro escrito por Agustín Ramón Rodríguez González que
con el título Lepanto: la batalla que salvó a Europa trata de fulminar cual-
quier controversia que suscite la importancia que tuvo el combate como freno
a la expansión del islam en nuestro continente y que, en resumen, argumenta
así: «La batalla de Lepanto ha sido considerada en ocasiones como la Salami-
na de la Edad Moderna. Si los confederados griegos salvaron su independen-
cia contra el Imperio Persa y con ella una aportación fundamental a lo que hoy
entendemos por Europa, análogo resultado lograron España, Venecia y el
papado en su lucha contra el Imperio Otomano, que ya había tomado Constan-
tinopla y se había adentrado profundamente en los Balcanes hasta el corazón
del Continente. Sin este decisivo triunfo, Italia, y con ella Roma, y todo el Sur
y el Levante de España hubieran quedado expuestos a la expansión turca, con
consecuencias fácilmente imaginables para la civilización occidental y para
nuestro propio país».
Y otra cara de la moneda
sobre la gran batalla la encon-
tramos en la obra de Alessan-
dro Barbero Lepanto, la bata-
lla de los tres imperios. Para
Barbero las raíces del conflic-
to están en el empeño venecia-
no porque perdurase su domi-
nio del mar Adriático y de la
isla de Chipre cuya invasión
fue la mecha que prendió la
guerra, en lo que España se
mantuvo reticente, más intere-
sada en defender sus intereses
en el norte de África ante los
ataques de los piratas y corsa-
rios musulmanes, lo que ralen-
tizó dos años la operación
naval. Barbero más que de la
batalla en sí, entra de lleno en
los antecedentes históricos,
negociaciones diplomáticas y
el alcance de los acuerdos
entre todos los miembros de la
Liga. Sobre las razones de
La Santa Liga de Lope de Vega la batalla, el catedrático Fran-
408 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
co Cardini, matiza en la presentación de la obra: «Barbero no rinde tributo al
habitual triunfalismo de la victoria de Occidente contra el Islam ni se apunta
al equívoco del choque de civilizaciones, sino que se atiene, con rigor y serie-
dad, a las verdaderas fuerzas en juego: el Imperio otomano, la España de los
Austrias y la República de Venecia en su lucha por la hegemonía en el Medi-
terráneo».
Así nos la mostraron en escena
La estela de Lepanto también nos ha llegado por medio del teatro y, poste-
riormente, del cine. En la escena resaltó la figura de Lope de Vega, con su
tragicomedia La Santa Liga, obra que, para quien quiera apreciar la historia,
tiene una trama que puede parecer en principio fuera de lugar, ya que la bata-
lla no se hace presente hasta el tercer acto, como el final de un drama enmar-
cado dentro del harén del sultán turco. En la obra, Lope identifica a Venus con
Rosa Sulimana y a Marte con su amante el sultán Selim que, con sus amoríos,
desatiende sus obligaciones como gobernante; y al contrario Juan de Austria y
los suyos estarían impulsados por la «Venus Caelestis» a la que implora antes
de la batalla: posturas que influyen en la trama y desenlace de la obra, en
cuyos últimos versos, en los que intervienen varios personajes cantando el
triunfo, se refiere a ella también como «la batalla naval»:
«ALONSILLO
…¡Muera el perro Solimán!
¡Vivan Felipe y don Juan!
¡Viva Felipe famoso
y el gran don Juan glorioso,
que por venir victorioso,
la palma y laurel le dan!
¡Muera el perro Solimán!...
CRUZ
…Ese estandarte real
levantad, gran general,
y arrastrad el de Selín,
que con esto damos fin
a La batalla naval.»
La obra fue un acierto, pues Lope condensó en la misma la épica de la
época y el romancero popular, para conmemorar lo que su gran rival había
bautizado como «la más grande ocasión que vieron los siglos». En la dramati-
zación de la batalla de Lepanto contaba con el precedente de Miguel de
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Cervantes, que en el «Prólogo a las ocho comedias y ocho entremeses
nuevos» de 1615 afirma que, «entre otras, se vio en los teatros de Madrid La
batalla naval que yo compuse», y de la que no se conserva ninguna copia,
aunque no se duda de su existencia, pues entre otras menciones aparece en El
viaje al Parnaso.
Cartel de la película Cervantes, el Manco de Lepanto
En cuanto a la presencia de la batalla en el cine, tras mucho rebuscar solo
he encontrado una película, y española, Cervantes, el Manco de Lepanto,
realizada en 1967 y dirigida por Vincent Sherman, con un magnifico reparto
encabezado por Horst Bucholz, Gina Lollobrígida, José Ferrer y Louis Jour-
dan, y secundados por Francisco Rabal, Antonio Casas, Ángel del Pozo y
Fernando Rey. A la escasez de producción sobre el tema se contraponen los
filmes basados en la obra cervantina por excelencia; el Quijote, cuyo persona-
je ha seducido e inspirado a numerosos directores y productores cinematográ-
ficos. Jeromín basada en la novela del padre Coloma es la única huella encon-
trada sobre los personajes de la batalla: se trata de una película basada en la
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
infancia de Juan de Austria, aun no reconocido como hijo de Carlos V y
hermano de Felipe II, en la que no faltan citas históricas como es el caso del
combate de Lepanto.
Lepanto en el pentagrama
Siguiendo el relato, para entrar en el mundo de la Música, por medio de
Cervantes tenemos que suele incluir en sus textos referencias a distintos
elementos musicales y de danzas. Cuando, el 31 de octubre de 1571, llega la
noticia de la victoria a la Corte, el pueblo de Madrid organiza todo tipo de
festejos entre los que no faltó la música de los trompeteros del rey. Más tarde,
Lepanto entró de lleno en la música con mayúsculas con la batuta de Tomás
Luis de Victoria, mediante la edición de los diez libritos de música de mil
cosas, que contiene la Misa de la Batalla de Lepanto, conocida como Pro
Victoria, una obra festiva compuesta para nueve voces al estilo concertante,
que resultó de una grandiosidad desconocida en aquellos momentos. Fue la
música elegida para iniciar el enlace matrimonial de nuestro rey Felipe VI con
la reina doña Letizia.
Juan Brudieu compuso un madrigal, titulado Oid, Oid rebosante de alegría
por el triunfo contra el turco:
«Oíd los que en la iglesia habéis nacido
y os cobijáis debajo de su manto
victoria a las buenas nuevas que nos ha traído
de allá de la morena y de Lepanto….
A Dios eterno demos todos gloria.
In manu ejus est pugne victoria.»
El cordobés Fernando de las Infantas, que participó en la reforma del canto
gregoriano, también dedicó a la batalla una parte de su producción, con una
plegaria musical: Pro victoria navali contra Turcas Sacris Foederis clase
paria que data de 1571, compuesta a seis voces. Emilio Arrieta compuso en
1876 Cervantes en Lepanto que pone música a la narración de Cervantes
en los tercetos de la Epístola a Mateo Vaz. En Venecia Andrea Gabrieli, con la
batalla como fondo, compuso su madrigal Asia Felice cantada por tres coros
en el carnaval de 1572.
Así se recordó en el IV Centenario
Un decreto de 8 de octubre de 1970 marcaba la salida a los actos a celebrar
al siguiente año, con motivo del IV Centenario de la Batalla Naval de Lepan-
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
to, que tendría como principal escenario a la mediterránea Barcelona, donde
se celebraría a modo de apertura un solemne acto en el Salón de Ciento de su
Ayuntamiento presidido por los entonces príncipes de España, acompañados
por los ministros militares y las primeras autoridades locales. Tras la bienve-
nida del alcalde tomó la palabra el ministro de Marina, almirante Baturone,
que pronunció un discurso en el que describió la situación política, militar y
religiosa del siglo XVI, y puso a Lepanto como una de las mejores lecciones de
Occidente al reaccionar ante la amenaza turca. Terminada su alocución, el
príncipe Juan Carlos dio por inaugurados los actos conmemorativos en
nombre del jefe del Estado. Al día siguiente se realizó una vista a las Reales
Atarazanas para contemplar una exposición sobre la batalla, en la que sobresa-
lió la reproducción de la galera Real y diversos cuadros, tapices, armas y obje-
tos relativos al combate y a las acciones anteriores y posteriores al mismo. La
reproducción de la galera a tamaño natural, contó con una exposición divulga-
tiva sobre su construcción, planos, bocetos y elementos decorativos. La
embarcación tiene 60 metros de eslora y 8,40 de manga, la longitud de los
remos es de 11,40 metros. La galera original tenía 237 toneladas en vacío y
una superficie vélica de 691 metros cuadrados. Su armamento constaba de tres
cañones pesados y seis ligeros, y su tripulación era de 400 marineros e infan-
tes y 290 remeros.
Dos días antes llegó al puerto barcelonés una agrupación de la Armada
compuesta por los destructores Roger de Lauria y Marqués de la Ensenada,
acompañados del transporte de ataque Castilla desde el que se desplazó una
procesión con las imágenes de la Virgen de la Victoria y el Santo Cristo de
Lepanto, que fueron depositadas en las Reales Atarazanas, para inaugurar la
réplica de la galera Real, construida en los Astilleros Cardona, cuyo proyecto
estuvo liderado por el entonces director del Museo Marítimo, capitán de
fragata José María Martínez Hidalgo.
Así nos la pintaron
La pintura y grabados de la época plasmaron imágenes del combate e idea-
lizaron a sus artífices. Felipe II encargó a Lucas Cambiaso seis grandes lien-
zos: La salida de la Liga Santa del puerto de Mesina, La armada cristiana
sale al encuentro de la turca, Disposición de las naves momentos antes de la
lucha, La batalla, Retirada de los restos de la armada turca, aprovechando
la primera oscuridad y Regreso triunfal de la armada cristiana al puerto de
Mesina. En principio se colocaron en la parte inferior del ábside de la basílica
del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, pero al deteriorarse, fueron
restaurados y colocados en la planta baja de la galería de palacio. Tiziano
pintó el cuadro Felipe II ofreciendo al cielo al infante don Fernando, que
simultáneamente conmemora la victoria de Lepanto y el nacimiento del
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
que en aquel momento era el
heredero del trono, por lo que
el lienzo se convirtió en un
exvoto por el que el monarca
da gracias por ambos aconte-
cimientos. Pertenece al Museo
del Prado procedente de la
colección del Real Alcázar
madrileño.
En el Museo Naval de
Madrid se exhibe una de las
obras más significativas de la
efeméride naval, Revelación a
san Pío V de la victoria de la
Santa Liga en Lepanto, atri-
buida a Juan de Toledo, que
representa el momento en el
que el papa tuvo una visión
Rodela italiana (c. 1585 1590 ).
sobre la victoria de la armada (Museo Naval de Madrid)
cristiana. En el mismo museo
se contemplan retratos de Juan
de Austria y Álvaro de Bazán.
En el Senado español se expone un cuadro del pintor filipino Juan Luna
Novicio recreando el momento en el que la galera Real embiste a una nave
turca, saltando al agua parte de sus tripulantes y al mando de la embarcación
cristiana se ve a Juan de Austria; también en una pequeña embarcación se
divisa la figura de Miguel de Cervantes. La Biblioteca Nacional alberga un
cuadro prolijo, obra de Mario Kataro, que aporta numerosa información como
la disposición de las naves en combate y el desarrollo del mismo. En un
cuadro de Juan de Toledo, situado en la iglesia de Santo Domingo de Murcia,
aparece la Virgen del Rosario con el Niño, y en sus esquinas las imágenes de
Pio V, Felipe II, Alí Pachá y Juan de Austria. Lucas Valdés realizó un cuadro
sobre el tema para la iglesia sevillana de la Magdalena y en la Casa de
Cervantes de Alcalá de Henares se encuentra expuesto otro de autor anónimo.
En el Vaticano se exhibe un cuadro de Giorgio Vasari titulado «Batalla de
Lepanto» en el que aparecen ambas escuadras antes de entrar en combate, y
dos grupos separados por un mapa de Lepanto aureolado de ángeles, en uno
de ellos rodeado también por querubines que pueden representar a la Iglesia,
la Religión y la Liga Santa y en otro está retratada la muerte en forma de
esqueleto, en un tercero se representa al mal expulsado por varios angelotes.
En cuadro diferente del mismo autor aparecen en la parte superior San Pedro,
San Pablo, San Marcos y Santiago aniquilando a la flota turca, ayudados por
una legión de ángeles y a su derecha unos demonios que huyen. En el centro
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
del lienzo aparecen las galeras confundidas en el fragor de la batalla y en la
esquina inferior izquierda vemos a la Fe sentada sobre los otomanos vencidos.
La Bataglia di Lepanto, de Andrea Vicentino, es uno de los cuadros más
famosos que recogen el famoso combate, aunque el héroe que aparece retrata-
do es el veneciano Sebastián Veniero.
Recuerdos en piedra, tela, metal o madera
Aunque la piedra fundacional del Monasterio de El Escorial se puso el 23
de abril de 1563 y hasta el 13 de septiembre de 1584 no se dieron por finaliza-
das las obras, el complejo recoge la memoria de la batalla de Lepanto quizás
como ninguna otra edificación. Allí descansan los restos de Felipe II quien
embarcara a España en la lid contra los otomanos y los de su hermanastro
Juan de Austria que dirigió el combate. Y el 8 de noviembre de 1571, allí reci-
biría el monarca la noticia del triunfo enviada por su hermanastro. Al día
siguiente, antes de la misa mayor, el rey ordenó que se hiciese una solemne
procesión, completada al día siguiente con una misa por el eterno descanso de
las víctimas.
En el techo del salón de honor del palacio del marqués de Santa Cruz, otro
de los artífices de aquél triunfo, construido en Viso del Marqués a finales del
siglo XVI, existió un gran fresco representando la batalla, que desapareció a
consecuencia de los daños sufridos con motivo del terremoto de Lisboa de
1755. En la actualidad el edificio alberga el «Archivo General de la Marina» y
en los jardines se encuentran ambas estatuas sepulcrales del marqués y su
esposa. En la capilla se venera una imagen de Nuestra Señora del Rosario que
acompañó a Juan de Austria en Lepanto.
Desde un principio, las Reales Atarazanas de Barcelona se destinaron a la
construcción de galeras y en ellas se compuso en 1571 la galera Real que utili-
zó Juan de Austria como buque insignia en la reiterada batalla, que se enfrentó
a la que utilizó Alí Pachá como insignia. Para conmemorar el 400 aniversario
de tal efeméride, en 1971 se construyó una réplica que se encuentra en esas
atarazanas barcelonesas, actualmente destinadas a Museo Marítimo. También
en la Ciudad Condal, y más concretamente en la capilla del Santísimo de su
catedral, se venera al Santo Cristo de Lepanto que según la creencia estuvo
presente en el combate y esquivó una bala por lo que su cuerpo está inclinado.
Felipe II en 1616 donó a la catedral primada de Toledo el pendón de
Lepanto, al instituirse el 7 de octubre la fiesta aniversario del combate, dispo-
niendo «que se saquen y cuelguen en la dicha santa iglesia… y las ponga de la
manera que se ponen las banderas de la fiesta de la Santa Cruz en la victoria
de las Navas de Tolosa y las de Orán». Tradición que se mantuvo hasta los
años sesenta del siglo pasado. El museo toledano de la Santa Cruz conserva en
la actualidad tres de esas banderas, entre ellas el pendón que se considera
414 [Agosto-septiembre
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Repostero de la casa ducal de Ferná n Nú ñ ez (c. 1690). (Museo Naval de Madrid)
perteneció a la nave capitana, que tiene 16 metros de longitud. El papa Pío V
la mandó fabricar y bendijo en una ceremonia celebrada el 14 de agosto de
1571, en la que también se le entregó a Juan de Austria el bastón de mando.
Del techo de la sacristía del Monasterio de Guadalupe pende uno de los
fanales de la galera de Alí Pachá allí enviado por el hermanastro de Felipe II
devoto de aquella Virgen desde sus tiempos de Jeromín. Una leyenda relata
que en un sueño la Virgen de Guadalupe le dijo:
«Cuando logres la victoria,
en Guadalupe te espero.
Al despertarse don Juan
no duda, sino que acepta
y está dispuesto a vencer
la flota del agareno.»
Lo que cumplió el príncipe entregando el fanal el 20 de agosto de 1573. Y
otro por mandato de Felipe II fue ofrecido al monasterio de Nuestra Señora de
Montserrat.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
En la madrileña Real Ar-
mería encontramos piezas
valiosísimas, de las que se
repartieron como trofeos entre
las armadas vencedoras. Parte
del lote español lo donó a su
muerte Juan de Austria a su
hermano Felipe II: el alfanje
de Alí Pachá en el que aparece
la leyenda: «Tus acciones sean
en buenas obras». La celada es
de acero damasquinado y fue
despojada de una parte impor-
tante de sus ornamentos como
rubíes y diamantes; en ella se
vislumbra: «No hay más divi-
nidad que Dios y Mahoma es
el enviado de Dios». También,
entre otros atuendos del turco,
se encuentra la túnica que
vistió el marino durante el
combate. En el Museo Naval
madrileño se expuso temporal-
mente un pendón de Lepanto
de los donados en su día por
Armas y traje del almirante turco Ali Pachá́ . Real Felipe II a la catedral toleda-
Armería. Madrid. Fototipia de Hauser y Menet, 1918 na. El azul de la pieza repre-
senta la posición que debía
ocupar en el combate, que fue el centro. En la sala que el museo dedica a
Lepanto se exhiben, entre otras piezas, el montante de Juan de Austria, media
culebrina, un casco turco y un morrión.
También en la capital española se encuentran la casa y la tumba del Manco
de Lepanto que pidió ser enterrado en el convento de las Trinitarias, un edifi-
cio sin terminar, lo que originó diversos cambios de lugar a su sepultura, y
obligó a una larga investigación que dio con unos restos con las iniciales M.
C., supuestamente pertenecientes al autor del Quijote. Una placa colocada en
el lugar dice:
«Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616)
El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo
esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir».
(Los trabajos de Persiles y Segismunda, 1616. Real Academia Española, 2015).
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
Recuerdos filatélicos y numismáticos
Dentro de la estela que ha dejado Lepanto en la cultura española, también
ocupa su lugar la filatelia. La primera huella plasmada en este campo la tene-
mos con cuatro sellos, emitidos en 1916 con motivo del tercer centenario de la
muerte de Miguel de Cervantes. En 1938, en plena Guerra Civil, se pusieron
en servicio dos hojas bloque de 30 y 50 céntimos mostrando un retrato de
Juan de Austria. Al celebrarse en 1960 en Barcelona el I Congreso Internacio-
nal de Filatelia, en tres de las series emitidas se reprodujo la imagen del Cristo
de Lepanto conservado en la catedral barcelonesa. En 1964 al emitirse una
serie en honor de la Marina se reprodujo una de las acuarelas conservadas en
el Museo Naval de Madrid de la que es autor Rafael Monleón. Dos años más
tarde, en 1966, una serie emitida en honor de personalidades españolas repro-
dujo el retrato de Álvaro de Bazán de autor desconocido. En 1971 con motivo
del «IV Centenario de la Batalla de Lepanto» se editó una serie conmemorati-
va. La correspondiente a dos pesetas muestra el busto de Juan de Austria,
presuntamente tomado de un cuadro de Sánchez Coello; el segundo sello es de
cinco pesetas y reproduce parte del mural pintado por Lucas Valdés sobre el
combate, que se encuentra en la iglesia sevillana de la Magdalena; y el tercero
de un nominal de ocho pesetas reproduce el pendón de la nave almiranta.
También con motivo de ese IV centenario, la Diputación Provincial y el
Museo Marítimo de Barcelona crearon una medalla conmemorativa en cuyo
anverso aparece la galera
Real. Dentro del programa
numismático para 2021, la
Fábrica Nacional de Moneda y
Timbre-Real Casa de la Mo-
neda emitirá, en el segundo
semestre del año, dos mone-
das de plata, con faciales de
10 y 50 euros, en conmemora-
ción del 450 aniversario de la
batalla naval de Lepanto.
El recuerdo en la Armada es
constante
En el ámbito de la Armada
española la famosa batalla está
muy presente. Su himno nos
lo recuerda constantemente:
(Fuente: www.todocoleccion.net)
2021] 417
450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
(Foto: www.coleccionismodemonedas.com)
«… Hay que morir o triunfar,
que nos enseña la Historia
en Lepanto la Victoria…»
Hasta el gorro que cubre la cabeza del marinero y le acompaña a todas
partes, lleva su nombre: el «lepanto». Prenda que tiene su origen en el buque
escuela Lepanto, en el que a mediados del siglo XIX se probó un modelo simi-
lar al utilizado por la Marina británica, que fue adoptado por la mayoría de las
armadas mundiales.
Pero donde sobresale esta impronta es en la «Lista Oficial de Buques de la
Armada», en donde el nombre del combate y sus protagonistas ha brotado
recurrentemente. El primer Lepanto fue un vapor de ruedas de 50 metros de
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
eslora, armado con dos piezas de artillería y botado en 1846 que pasó casi
medio siglo patrullando las costas españolas. El Lepanto II fue un crucero
protegido de primera clase, botado en 1893 estuvo en servicio hasta 1911:
desplazaba 4.826 toneladas y tenía una eslora de 93 metros; estaba artillado
con cuatro piezas de 200 milímetros. y tenía una dotación de 276 hombres. El
Lepanto III fue un buque magnífico, como todos los destructores de su clase;
fue puesto a flote en 1929; tenía 1.536 toneladas y 102 metros de eslora,
alcanzaba los 36 nudos y contaba con cuatro piezas de 120 mm; causó baja en
1959. El Lepanto IV fue un destructor perteneciente a la clase Fletcher, botado
en 1942 y cedido en 1957 a nuestra Armada por los Estados Unidos; tras parti-
cipar en la Segunda Guerra Mundial, pasó a formar parte de nuestra flota
junto con otros cuatro gemelos, componiendo una escuadrilla conocida como
los «Cinco Latinos»; desplazaban 2.050 toneladas y tenían una eslora de 115
metros; alcanzaban los 35 nudos de velocidad y su dotación era de 350
hombres, su armamento principal eran cinco piezas de 159 mm; el Lepanto en
concreto causó baja en 1985.
También aparecen en la Lista Oficial de Buques de la Armada los
nombres de protagonistas destacados de la batalla histórica, como en primer
lugar don Juan de Austria. El Don Juan de Austria I fue un vapor de ruedas
construido en los astilleros de La Habana y botado en 1849; tenía 45 metros
de eslora y alcanzaba los siete nudos, siendo su dotación de 70 hombres y su
artillería principal dos piezas de 120 mm; pasó su vida útil hasta 1882 en
aguas caribeñas. El Juan de Austria II fue un crucero protegido de segunda
que aparejaba de corbeta y estaba armado de cuatro piezas de 120 mm;
desplazaba 1.152 toneladas y tenía una eslora de 64 metros, su dotación era
de 186 hombres y la máquina de 1.500 HP le permitía una velocidad de hasta
14,5 nudos; en 1898 estaba integrado en la escuadra de Montojo y basado en
la Filipina Cavite donde fue hundido y posteriormente reflotado por los
yanquis que lo incorporaron a su flota, donde fue baja en 1919 incorporándo-
se en la Marina Mercante americana desapareciendo de la Lista de Buques en
1932.
En recuerdo de Álvaro de Bazán, además de la fragata en servicio actual-
mente, fueron bautizados tres barcos. El Álvaro de Bazán I fue un vapor de
ruedas construido en los Estados Unidos en 1840: tenía una máquina de 160
HP, estaba armado con cinco cañones y pasó toda su existencia en las Antillas,
hasta 1872 que causó baja. El gran ciclón de 1844 le pilló en La Habana
sufriendo graves daños. El segundo llevó el nombre de Bazán a secas: era un
vapor de segunda clase construido como el anterior en los Estados Unidos,
que reemplazó en 1873 al anterior Bazán; medía 50 metros de eslora y despla-
zaba 757 toneladas; su equipo propulsor tenía 115 caballos nominales y su
armamento consistía en dos cañones, uno de 130 mm y otro de 120 mm; sien-
do su dotación de 123 hombres; fue baja en 1886. El tercero de los «bazanes»
fue un cañonero de primera clase construido en Ferrol donde se botó en 1897;
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
tenía 833 toneladas de desplazamiento, 71 metros de eslora y 2.500 HP de
potencia, lo que le permitía una velocidad de 19 nudos; su armamento princi-
pal eran dos piezas de 120 mm y su dotación la componían 89 hombres; fue
baja en 1926; contribuyó eficazmente a la pacificación del Protectorado
marroquí.
El nombre del «Manco de Lepanto» ocupó un lugar destacado en la Lista
de Buques de la Armada. El crucero Miguel de Cervantes se botó en Ferrol en
1928; tenía 7.500 toneladas de desplazamiento, 177 metros de eslora y su
principal armamento lo componía ocho piezas de 152 mm; estuvo en servicio
hasta su baja en 1964.
Así se recuerda rezando
La batalla de Lepanto fue la causante de que anualmente se celebrara una
fiesta dedicada al rezo del rosario, ya que el papa Pío V atribuyó la victoria
cristiana a la intercesión de la Virgen María, instituyéndose la fiesta el 7 de
octubre. Según la tradición histórica, Juan de Austria dio la señal de batalla
enarbolando la bandera recibida del papa con la imagen de Cristo crucificado
y de la Virgen y se santiguó. Los generales cristianos animaron a sus soldados
y dieron la señal para rezar, cayendo éstos de rodillas ante el crucifijo y conti-
nuando en esa postura hasta que las flotas se aproximaron. Mientras, en el
Vaticano Pío V no paró de pedirle a Dios por el triunfo; de repente cesó y diri-
giéndose a los cardenales que le acompañaban les manifestó: No es hora de
hablar más sino de dar gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las
armas cristianas. Así, en señal de gratitud instituyó la fiesta del Rosario, y a
la letanía le añadió «Auxilio de los cristianos».
El hecho de haber donado Juan de Austria a la «Cofradía de la Piedad y
de la Caridad», constituida por los tripulantes de las galeras reales, una
imagen de Nuestra Señora del Rosario, determinó el patronato de esta advo-
cación sobre la flota de galeras, ya que en la sede de la Cofradía sita en el
Puerto de Santa María se veneraba a dicha Virgen. En la actualidad una
imagen de la conocida como la Galeona, se encuentra en la capilla del pala-
cio de Álvaro de Bazán sito en Viso del Marqués. En otras dependencias de
la Armada, como en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando o la
iglesia de la Base Naval de La Carraca existen imágenes de la Galeona o
Nuestra Señora del Rosario. Mención especial merece, por su vinculación
con la Armada y el buque escuela Juan Sebastián de Elcano la imagen de la
Galeona del convento de Nuestra Señora del Rosario y Santo Domingo en
Cádiz.
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450 ANIVERSARIO DE LA BATALLA NAVAL DE LEPANTO
También se recuerda en rincones insospechados
Aquí podíamos poner punto y final a este trabajo sobre la estela que
Lepanto ha dejado en nuestra Cultura. En él nos hemos referido a los grandes
hitos marcados por la Literatura o las Bellas Artes, pero la estela es tan exten-
sa como tupida, y pido licencia al director de la REVISTA para referirme a un
caso muy particular y cercano, donde queda demostrado lo que mantengo. San
Martín de Valdeiglesias es un pueblo de la provincia de Madrid que recibe
este nombre por encontrarse rodeado de una serie de siete ermitas con distin-
tas advocaciones: una de ellas es la de Nuestra Señora del Rosario. El azar se
alió con mi vena marinera, y hace unos años adquirí una finquita junto a la
misma, que solo abre sus puertas cada 7 de octubre para el rezo del rosario;
estaba cantado que la finca llevaría el nombre de «La Galeona» y, para que la
gente del lugar conociera el porqué, compuse el siguiente soneto con el que
rubrico el rastro de Lepanto en la cultura española:
«Si sales de Valdeiglesias por la Nava,
encuentras Nuestra Señora del Rosario,
justo, donde el paisaje tornase agrario,
en el rincón donde San Martín acaba.
Virgen que los marinos llaman Galeona:
arropó a los galeones bajo su manto;
a las galeras cristianas en Lepanto;
y aquí… cuida las olivas de la zona.
Si en el mar de Almiranta tiene honores
y la vuelta al mundo da con el Elcano,
en estos campos Reina es de labradores.
Que, celebrando la gloria del cristiano,
cada siete de octubre ofréndale flores,
como los marinos en el mar lejano.»
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Homenaje a los Caídos en la batalla naval de Lepanto.
Villarejo de Salvanés (Madrid), Plaza del Santuario de
Nuestra Señora de la Victoria de Lepanto, 7 de octubre
de 2019. (Foto: www.armada.mde.es)
RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, Agustín R.: Urdaneta y el tornaviaje.—(ISBN:
978-84-9164-987-8). Editorial La Esfera de los Libros, Madrid, 2021, 232
páginas.
Este interesante libro ha sido escrito por un doctor en historia especializa-
do en temas navales y muy conocido dentro del campo de la historia y cultura
naval.
Sus páginas aportan datos inéditos francamente interesantes, teniendo un
carácter muy divulgativo. Sus líneas destacan tanto por su sencillez en el
formato como por su facilidad de lectura. Como en textos anteriores, no es
necesario tener profundos conocimientos históricos, pues los antecedentes
necesarios se aportan de manera muy sutil.
En esta obra el autor se planteó como objetivo dar a conocer los grandes
logros conseguidos por Andrés de Urdaneta, un hombre que atravesó mares
temibles y escenarios exóticos, desde las heladas tierras del estrecho de Maga-
llanes a las islas del Pacífico. Soportó terribles navegaciones, enfermedades,
motines y traiciones y vivió heroicos hechos de armas, la pérdida, el encuen-
tro e incluso el rescate de diversos navíos, así como todo tipo de anécdotas
personales.
Este hombre, además de su valor y decisión bien probados a lo largo de su
vida, tenía otras cualidades, como su carácter racional, su sabiduría, prudencia
y no menos proverbial empatía con los indígenas.
Los primeros años de este muchacho se centrarán en estudios tan específi-
cos como la teología y la filosofía. Pero a Urdaneta lo que realmente le
2021] 423
LIBROS Y REVISTAS
apasionaba eran los estudios
de astronomía y las matemáti-
cas, y soñaba con realizar
grandes navegaciones y parti-
cipar en históricas hazañas de
armas. Contaba con unas
ilimitadas ganas de aprender y
colaborar en todo lo que fuera
nuevo.
Sobre la personalidad de
Urdaneta todo es apasionante
y atractivo, especialmente si
se analiza desde la perspectiva
de nuestros tiempos, en los
que se dice que la vida trans-
curre tan rápida, lo cual no es
comparable a la de este perso-
naje. Fue lo que hoy podría-
mos denominar seminarista,
navegante, cosmógrafo, mili-
tar, conquistador, diplomático,
leal padre, religioso, descubri-
dor naval, fiel a sus ideas y,
sobre todo, una muy buena
persona. Sirvió bajo el reinado
de Felipe II y fue injustamente
olvidado por nuestra historia
naval, a pesar de haber descubierto una de las más importantes rutas maríti-
mas de todos los tiempos. Y aquí es donde entra en juego el tornaviaje que da
título a este libro. Se cuenta que Colón pensaba que en épocas de vientos,
estos iban de este a oeste muy cercanos al ecuador, por lo que eran muy
propicios para ir en dirección a las Américas, pero impracticables para reali-
zar el viaje de regreso. Basándose en este concepto, Urdaneta ideó una ruta
para volver desde Filipinas, que consistía en subir hasta las latitudes muy
altas del Japón y cruzar entonces con vientos propicios hasta la actual Alas-
ka, de donde ya era posible descender por las costas de Norteamérica hasta
llegar a México.
Aunque son muchos los datos, anécdotas e historias interesantísimas que
se cuentan en este libro, no me resisto a reseñar, más allá de su faceta como
navegante, el cariño hacia su hija, fruto de su matrimonio con una indígena
que parece ser que murió durante el parto. Lejos de dejar abandonada a la
niña, la trajo bajo la tutela de su familia a España, donde contrajo matrimonio,
lo cual cuentan le produjo un gran gozo. En contraste a este amor de marido y
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LIBROS Y REVISTAS
padre, cabe resaltar la faceta religiosa de Urdaneta, que más tarde se internaría
en un convento, lejos de los placeres mundanos y de los honores que le pudie-
ran corresponder.
El libro, además de tratar de forma muy exhaustiva la obra de Urdaneta,
también analiza las repercusiones de su descubrimiento, como fue el Galeón
de Manila, la Hispanoasia, la expedición de Malaspina y Balmis, las primeras
universidades en Asia y los distintos emplazamientos españoles, además de
devolver del olvido los idiomas tagalo y chamorro procedentes o derivados
del castellano. Para los más curiosos, también se incluyen apéndices sobre el
escorbuto y su curación, así como cartas personales entre el monarca Felipe II
y Urdaneta. En definitiva, se trata de un interesante libro de recomendada
lectura.
Bartolomé CÁNOVAS SÁNCHEZ
(Retirado)
ZAFRA CARAMÉ, Miguel: Ciñendo el Planeta. Crónica de la octava vuelta
al mundo del Juan Sebastián de Elcano, buque escuela de la Armada
Española (1992-1993).—(ISBN: 978-84-122082-2-1). JM Ediciones,
2021, 192 páginas.
No es este el primer relato publicado sobre una circunnavegación del
buque escuela Juan Sebastián de Elcano, pero sí es de momento el último y
por tanto el más fresco contando los que le precedieron. Durante la primera
vuelta al mundo del Elcano, el repostero del segundo comandante, Cristóbal
Serrán Ortiz (el Ceuta), fue escribiendo un diario, tomando fotografías y guar-
dando recortes de prensa. En 2018 su hijo Ginés Serrán Pagán recopiló y
publicó estos documentos bajo el título La Memoria del Viento.
La quinta vuelta la recogió el entonces capitán de navío comandante Ángel
Luis Díaz del Río Martínez en su libro La V vuelta al mundo del buque escue-
la «Juan Sebastián de Elcano», publicado en 2003.
El vicealmirante Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto, siendo comandan-
dante del insigne velero, describe la sexta vuelta que realizó el buque en el
libro La vuelta al mundo en el «Juan Sebastián de Elcano»: (el testamento
náutico del almirante), en 1987.
Y es con motivo de su octava circunnavegación del globo cuando aparece
la obra que nos ocupa, escrita por el entonces capitán de corbeta tercer coman-
dante y jefe de Estudios, hoy capitán de navío en situación de retiro.
2021] 425
LIBROS Y REVISTAS
El autor nos embarca en
nuestro bergantín goleta y nos
hace vivir el día a día del
viaje, con las vicisitudes que
van teniendo lugar durante el
crucero de instrucción, tanto
en la mar como en las escalas
que hizo el buque.
La obra se compone de
dieciocho capítulos, a los que
preceden un croquis del viaje,
acompañado de una tabla con
los puertos visitados y fechas
de llegada y salida, un prólogo
y una introducción, seguidos
de los preceptivos agradeci-
mientos y de unas fotos de los
momentos o personas más
significativas del periplo.
El libro lo prologa el que
fuera su comandante, el capi-
tán de navío Ángel Tajuelo
Pardo de Andrade, hoy viceal-
mirante retirado. Y del mismo
modo en que, tradicionalmen-
te, cuando un oficial desem-
barcaba presentaba su hoja de servicios al comandante y este corroboraba la
veracidad y exactitud de lo en ella contenido con su firma, con este prólogo
queda acreditada la autenticidad de lo relatado en el libro.
El autor tiene la gentileza de explicar al lector las razones que le llevan a
escribir esta crónica y lo hace en la introducción exponiendo y analizando los
factores que influyeron en su decisión. A continuación desarrolla en diecisiete
de los dieciocho capítulos la octava vuelta al mundo del buque escuela Juan
Sebastián de Elcano, dejando el decimoctavo para resumir sus impresiones,
aclarar lo que el lector haya podido intuir que sucedió y no se escribió y filo-
sofar sobre la razón de ser del Elcano.
El primer capítulo trata de las circunstancias que condujeron a su nombra-
miento como tercer comandante y jefe de Estudios, «tercero», y del inicio de
la peculiar vuelta al mundo del autor. En los siguientes nos va narrando el
viaje del Juan Sebastián de Elcano desde su salida de Cádiz. La división en
capítulos está hecha por etapas de acuerdo con acaecimientos sobresalientes.
Es en el capítulo sexto cuando se encuentra con su barco, ve cumplido por fin
un sueño y colmada una aspiración profesional. A partir de ahí, unidos sus
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LIBROS Y REVISTAS
destinos, barco y tercero, tercero y barco, continuarán la circunnavegación
hasta que juntos rindan viaje.
El autor desarrolla la narración con un estilo directo y amable, sin adornos
superfluos ni tecnicismos innecesarios, haciendo, sin embargo, un oportuno
uso del léxico propio del habla marinera. Nos hace vivir las maniobras gene-
rales, las situaciones o sucesos jocosos, que describe con un fino y sutil senti-
do del humor, y los graves, referidos con una delicadeza que sin ocultar su
dureza los hace fáciles de leer. Durante la narración nos presenta a la dotación
e invitados sin dejar de mencionar a nadie. Resalta las buenas cualidades de
las personas que cita y evita señalar las no tan buenas.
A lo largo de la crónica y entre hechos notables, introduce pinceladas del
día a día de la vida a bordo, con aclaraciones didácticas que iluminan el signi-
ficado de alguna palabra, concepto o tradición, con lo que consigue que la
lectura del libro sea fluida y agradable, además de ilustrativa para los legos en
las cosas de la mar.
Esta obra, tejida con un gran amor a la Armada y a sus tradiciones, con la
consecución de un sueño personal y con su devoción por la mar y la vela,
resulta un relato entrañable y profundamente humano no exento de poesía.
Hace que los que de guardiamarinas embarcamos en el Elcano revivamos
aquellos recuerdos y el espíritu de aventura únicos. A los que no tuvieron esa
suerte, les transmite las inigualables sensaciones de adentrarse a vela en los
océanos, la expectante incertidumbre de las llegadas a puertos desconocidos y
las curiosidades que en ellos encuentra.
La publicación se puede encontrar en papel en https://books.quares.es, y en
digital en https://www.casadellibro.com.
Felipe JUSTE PÉREZ
(Retirado)
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