Passionata, Relatos Eroticos - Dama Beltran
Passionata, Relatos Eroticos - Dama Beltran
es un libro inmortal
D.L
Índice
Presentación de Dama Beltrán
La Esencia de Ana
Capítulo 1. Sobresalta
Capítulo 2. ¿Salvada?
Capítulo 3 Encerrona
Capítulo 4 Despertando
Metamorfosis
Prólogo.
Capítulo 1 ¡Venga ya!
Capítulo 2 Dubitativo
Capítulo 3 Metamorfosis
EL REGALO
Todos los derechos reservados.
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procedimiento así como el almacenamiento o transmisión de la totalidad o parte de su contenido por
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Corrección y maquetación: María Elena Tijeras. Diseño de portada: María Elena Tijeras.
Presentación de Dama Beltrán
Nací en San Sebastián, un 26 de Septiembre de 19...
Por motivos de trabajo, mis padres llegaron a un pueblecito granadino llamado Guadahortuna. Donde
viví mi infancia y adolescencia. A los diecinueve me marché a la capital para estudiar pero encontré
al que sigue siendo mi primer amor y nos quedamos en Armilla, lugar donde hemos formado una
preciosa familia con miles de mascotas. Pero a pesar de todo lo maravilloso que parecía, me sentía
perdida y destruída. Cogí una pequeña depresión y comencé a ver la vida desde otro punto de vista,
más yo y menos todos. Me senté frente al ordenador una noche y comencé a escribir palabras. Ya lo
hacía en la infancia y me relajaba, así que lo retomé. Sin embargo, esta vez era diferente. No se
trataba de un hobby más, sino de sentirme viva con lo que hacía. Ya era hora de sacar a la luz mi
verdadera faceta y dejar aparcada la increíble y ardua labor de ama de casa.
Mi primer bebé literario ha sido Laberinto de Engaños, editada con Editorial Universo. Una novela
donde mezclo el género erótico y el suspense. ¿Cuál de los dos me gusta más? Los dos. No concibo
una novela mía sin sexo y sin intriga. Posiblemente creo que para que un lector termine de leer un
libro hay que atraparlo desde el principio hasta el final. Cuando muchas de mis lector@s me han
dicho: «Dama, no he podido dormir por tu culpa», me ha encantado, y me da fuerzas para seguir
adelante. No quiero editar libros para que cojan polvo en una estantería. Quiero que los manoseen,
que los recomienden, que cuando miren el título les aparezca una pequeña sonrisa perversa al
recordar lo que han leído, y ese es el fin de cada palabra.
Con el tiempo, he hecho crecer la familia con otro libro que se llama Petite Morte y con esta
pequeña edición de Relatos Eróticos de Dama Beltrán. Además de tener el honor de colaborar en
cuentos infantiles, cortos eróticos o aportaciones de género negro. También estoy en un montón de
grupos de escritores como por ejemplo, El Club de las Escritoras, lugar donde un día me dieron una
gran noticia, pero tiempo al tiempo…
La Esencia de Ana
Capítulo 1. Sobresalta
La noticia de la llegada de un nuevo inquilino al bloque fue un gran acontecimiento. Pero si
además éste se paseaba por los pasillos con el torso desnudo y era terriblemente irresistible,
ocasionaba una hecatombe. El paso de mujeres era bastante fluido, salían de sus hogares por
cualquier excusa cuando escuchaban el menor ruido. Daba igual la hora que fuese, aparecían
perfectamente maqueadas, entaconadas y perfumadas. Ana hacía todo lo contrario, debido a su
extrema timidez, miraba de un lado a otro para confirmar que no se lo encontraría. ¿Cómo actuaría
ella ante un hombre semidesnudo? Fácil, se pondría colorada y muy nerviosa, apenas saldrían
palabras coherentes de su boca y el extraño llegaría a la terrible conclusión de que la mujer que
vivía frente a su puerta tendría algún trastorno mental. Así que para prevenir malos entendidos y
momentos tensos, lo evitaba. Pero era humana y mujer, además… el instinto de curiosear era
incontrolable. Cada vez que tenía ocasión lo observaba a través de la mirilla. ¡No solo iban a
disfrutar las demás! A veces, aguantaba la respiración hasta límites insospechados para no hacer
ningún ruido mientras lo contemplaba. Pero cuando se apoyaba en la puerta para deleitarse con aquel
espécimen, este hacía cosas demasiado extrañas, como estar parado mirando su puerta e inspirar con
ahínco. Como si pudiese… ¿olerla? Entonces ella se retiraba lo más rápido que podía y se escondía
en el lugar más alejado de la casa.
Como cada sábado, debía salir a comprar algo para alimentarse la semana siguiente. Con el
carrito de la compra en la mano, miró a través de la mirilla para asegurarse de que no se encontraría
a nadie por el pasillo. Una vez confirmada aquella soledad que necesitaba, cogió el bolso y abrió
lentamente la puerta. Con suaves pasitos se dirigió al ascensor, presionó al botón.
―Buenos días. ―Una voz ronca apareció de repente mientras Ana esperaba el
elevador.
―¡Ah!―Se asustó y en medio del sobresalto se tambaleó. El joven la agarró del
brazo evitando una posible caída.
―¿Te he asustado?―Ella se soltó del suave amarre―. Lo siento, no era mi intención.
―No… no te preocupes. Es que soy muy…asustadiza. ―Unos sonrojos de vergüenza llenaron las
blancas mejillas. ¡Mierda! Pensó.
―Tranquila, no quiero hacerte daño.―Le sonrió cariñosamente. Un aroma varonil inundó la nariz de
Ana. Una mezcla de perfume y sudor… ―No te había visto antes.
¿Llevas poco tiempo viviendo aquí?
―No. ―«Solo he intentado ocultarme» Meditó para sí.
―Entonces… ¿No sales mucho? ―Seguía su interrogatorio mientras las puertas
del ascensor se abrían.
―No.―Respondía como podía mientras pensaba cómo se iba a liberar de aquel
encuentro. Cogió con fuerza su carrito y se introdujo en el deseado elevador. Mantuvo
su mirada en el suelo y con cierta habilidad colocó el objeto entre ellos. ― ¿Bajas?―Continuaba
averiguando. Como ella no hablaba él se quedó mirándola a los ojos con curiosidad.
―Sí ―respondió al fin.
―¿Puedes decir algo más?―Una risa burlona apareció en el rostro masculino. ―Mis padres me
enseñaron a no hablar con desconocidos ― Musitó mirando el
suelo.
―Estarán orgullosos de ti. En fin, para que no seamos unos extraños me presento,
soy Enrique, Quique para los amigos. Encantado de conocerte. ―Esperó la respuesta.
―Ana―susurró.
―Bonito nombre.―Tendió la mano para saludarla con cortesía. Ella dudó en devolverle el saludo.
Sus palmas estaban sudadas por la ansiedad. No era miedo, sino excitación. En muchísimas
ocasiones había soñado tener un encuentro sexual con un hombre en un ascensor. Jamás le puso
rostro, pero sí alguien muy parecido a él. De repente,
el acompañante hizo algo muy extraño. Levantó la nariz como si pudiese olfatear algo
importante, al mismo tiempo soltó un gruñido. Volvió a mirarla, pero sus ojos ya no eran dulces, sino
lujuriosos. ¿Se habría dado cuenta de su necesidad? ¡Imposible! Solo ella era capaz de sentir la
humedad que la mojaba entre las piernas. Todo lo demás eran
imaginaciones suyas… ¿o no?
Las puertas del elevador se abrieron. Ana salió de allí tropezando con sus propios
pies. Antes de alejarse del edificio se giró y miró hacia el ascensor. El joven se apoyaba
en las herméticas hojas que seguían abiertas. Su pecho estaba agitado, se movía con
rapidez. Mantenía la nariz levantada mientras buscaba desesperadamente el aroma que
parecía haber perdido. Clavó sus ojos en ella y sonrió maquiavélicamente. Se había
despertado la bestia que yacía en su interior…
Capítulo 2. ¿Salvada?
La mañana de compras fue un desastre. Apenas pudo concentrarse en llenar su carrito de víveres,
la mente volaba sin control hacia la escena que había vivido horas antes, sobre todo se preguntaba
por qué aquel individuo inspiraba tan profundo cuando ella estaba cerca. ¿Olería mal? Los sonrojos
volvieron a aparecer en las mejillas cuando recordó la sensación que tuvo en el ascensor.
Demasiadas novelas románticas bajo su almohada y muchísimos sueños eróticos sobre aquel lugar.
¿Hasta dónde podía llevarle aquella perturbada imaginación? No volvería a hacerlo, ella no era de
ese tipo de mujeres. Debía controlar sus instintos y, lo que era aún peor, tenía que dominar la
excitación que le ofrecía la presencia de aquel hombre.
―¡Hola, princesa! ―El saludo de Bárbara la despertó de sus meditaciones.
― ¡Ah, hola! ¡Eres tú! ―Le respondió algo afligida, en su profundo interior se había
imaginado… otra persona.
―¡Pues claro que soy yo! ¿Quién narices creías que era?―La besó―. Oye, ¿estás enferma? Te noto
caliente.―Comenzó a tocarle la frente.
―¡No!―Se alejó―. Solo angustiada por realizar la compra. Hoy es un mal día, hay demasiada gente
a mi alrededor.
―No entiendo esa claustrofobia que tienes, chica. Lo mejor del mundo es sentir el calor humano y tú
siempre andas esquivándolo.
―No todos podemos ser tan extrovertidos como tú.―Puso las bolsas de las verduras en la cinta de
la caja.
―Pero es que ni lo intentas. ―La miró fijamente y tras unos segundos continuó hablando―. Te noto
rara, ¿qué te pasa? ¿Es del trabajo?
―¿Rara? No hay rarezas en mí salvo las habituales. ¿Y tú?―Quiso cambiar de tema.
―Me tenías preocupada, te he llamado sobre unas cinco veces al móvil y no contestabas. Así que me
puse a pensar dónde estarías y recordé que era sábado, tu día de compras.
―Con las prisas se me ha olvidado en casa. ―Se excusó.
―Pero sí recordarás que hoy comemos juntas, ¿verdad?―Frunció el ceño.
―Sí, claro. ¿Cómo lo voy a olvidar si llevas toda la semana recordándomelo? ―Sonrió falsamente.
―¿Dónde vamos a ir?―Preguntó emocionada Bárbara― ¿Chino? ¿Mexicano?
―Bueno, primero iremos a casa, dejo todo esto y lo pensamos.
―Son 38,59 ―dijo la cajera.
―Gracias ―respondió la joven mientras le ofrecía la tarjeta.
―Espero que no tardemos mucho, tengo las tripas saltando. ―Metía las bolsas en el carro.
―No creo ―musitó. Ana comenzó a pensar a gran velocidad ¿Y si volvían a encontrarse con él?
¿Qué haría Bárbara? Seguro que se lanzaría en sus brazos mientras ella se preparaba una sopa en la
casa. Le disgustó esa idea, prefería ser ella la que gimiera bajo las caricias de Quique en su
blanquecina piel.
Por el camino, mientras continuaba sus pensamientos absurdos sobre cómo sería sentir las caricias
de aquel espécimen en su cuerpo y cómo aullar de placer al ser sucumbida por el orgasmo, la amiga
no cesaba de hablar del viaje que tenía previsto. Estaba muy ilusionada y había puesto grandes
expectativas en ello. La empresa la recomendó para un puesto importante en una de las sucursales
que tenían en el extranjero y Bárbara lo había aceptado sin pensar. En cambio ella, seguía estancada
en el lugar de siempre, sin miras hacia una evolución mejor. Pero debido a su timidez, el permanecer
tanto tiempo en el mismo sitio le había generado una seguridad y una estabilidad que no podía
cambiar. Volvería a sentir náuseas, llorar, inquietud, insomnio,… Mejor quedarse donde estaba.
―Y como te iba diciendo, no me falta mucho. Lo quiero todo muy controladito. ¿Estás ahí? ¡Joder!
¿Qué te ocurre hoy?
―Nada. ―Se paró en el portal de su bloque, las manos volvían a sudar y el corazón le palpitaba.
Buscó como pudo las llaves en el bolso y miró hacia el ascensor. ¿Estará?
Pero no parecía que hubiera nadie. Respiró con tranquilidad y abrió la puerta.
―Tú puedes decir lo que quieras pero a ti te pasa… ―Se quedó muda y a los tres segundos sonrió
con gran placer y dijo muy sensual. ―Hola…
―Buenas tardes, señoritas ―Quique se encontraba escondido en un muro del hall.
Como siempre, andaba con el torso descubierto. Deleitando con su fornido cuerpo a toda persona que
lo observaba. Frunció el ceño, sabía que su amiga lo asaltaría. ¿Qué pasaría después? ¿Se tomaría la
sopa? Entre aquel tumulto de pensamientos repentinos, no contestó al saludo del hombre pero
observó cómo su amiga se acercaba a él sin poner límite de distancia.
―Buenas… ¿Vives aquí o trabajas de fontanero? ―Lo observaba detenidamente de arriba abajo―.
Te digo esto porque tengo una gran avería en el baño de mi casa y comentaba a mi amiga que
necesitaba a alguien que me echara una mano. ―Aquella impetuosa mujer se acercó muy sensual
hacia Quique. Sin embargo, éste no le hizo caso.
―Hola Ana. ―Se apartó y se dirigió hacia ella― ¿Han ido bien las compras? ¿Te ayudo?―Antes
de que pudiera contestar, la mano del hombre había atrapado el asa del carrito y lo dirigía hacia el
ascensor.
―Sí ―respondió con tímidez.
Bárbara se quedó atónita, los observaba y disfrutaba de aquella divertida situación. Ana volvía a
tener en su angelical rostro unos sonrojados coloretes y miraba con nerviosismo al suelo. Por otro
lado, el hombre tenía clavada su mirada en ella y la devoraba lentamente. ¿Acaso Ana no se había
dado cuenta de que aquel hombretón buscaba algo con ella? Arrugó la frente y se enojó, por primera
vez desde que la conocía un hombre se interesaba por ella y ni se inmutaba. Tenía que ser de piedra
porque un semental como él no tenía desperdicio. O quizás, no le interesaban los hombres…
―Segunda planta ―dijo Bárbara para entablar conversación.
―Lo sé.―Le sonrió y volvió a clavar los ojos en Ana―. Entonces… ¿has comprado mucho?
―Solo comida ―susurró mientras se frotaba las manos. Había regresado el sudor. ―Bien, eso está
bien, debemos alimentarnos ―respondió con una sonrisa cautivadora.
―Ana es de pocas palabras. ―La excusó su amiga―. Es bastante tímida pero a mí puedes
preguntarme lo que quieras.―Se colocó entre ambos.
―¿Te has agobiado en la compra?―Quique torció la cara para ver el semblante de la mujer
escondida.
―Ella siempre se agobia en esas cosa. ―Se colocó otra vez entre las miradas―. Tiene un grado
bastante alto de timidez.
―¿Necesitas que te ayude?―Se movió como pudo para dejar a un lado a la mujer que no paraba de
cotillear y se puso cerca de Ana. Levantó su rostro con un dedo y le hizo mirarlo a la cara―.
¿Necesitas que te ayude?―insistió con dulzura.
―No ―respondió al fin.
―Ok. Te llevaré esto hasta la puerta y luego me marcharé, ¿bien?―Seguía manteniendo una bonita
sonrisa y unos ojos devoradores.
―No hace falta, ella me ayudará.―Señaló a su amiga con la mirada.
―¡Por supuesto! ―Se acercó Bárbara hacia ella y la rodeó con un brazo mientras que con el otro
atrapaba el asa del carro―. Para eso estamos las amigas.
―Bien. Gracias.―Miró por primera vez a la charlatana.―. Por cierto, me llamo Quique.―Extendió
la mano para saludarla.
―Yo Bárbara, pero todos me llaman Barby. ―Soltó el amarre hacia Ana y le devolvió el saludo.
Las puertas del ascensor se abrieron y comenzaron a salir. El hombre fue el último y desde una
distancia prudencial observaba a las dos mujeres dirigirse hacia la puerta. La tal Barby llevaba el
carrillo mientras que Ana metía la mano en su bolso para encontrar las llaves de su hogar. Seguía con
la cara agachada y apenas hablaba.
―Yo me quedo aquí. ―Informó Quique mientras abría su puerta.
―¿Vives ahí?―Preguntó Bárbara alucinada.
―Sí, desde hace unas semanas. Observó cómo Ana abría con torpeza la puerta.
―Pues tenemos pensado comer en casa, si te parece bien te pasas para el café. Viviendo en frente no
llegarás tarde.―Esbozó una maquiavélica sonrisa.
―Si no os importa, podría invitaros a comer. Soy un cocinero estupendo. Ana mandó una mirada
fulminante a su amiga, sabía que aceptaría pero debía impedirlo. No estaba preparada para tenerlo
tanto tiempo a su lado. Si unos instantes la volvían loca de lujuria, ¿cómo reaccionaría su cuerpo si
permanecía a su lado mucho más?
―Por supuesto ―respondió sin hacer caso a las miradas asesinas de la joven―. Será un placer
disfrutar de tu comida.
―Ok, pues cuando todo esté preparado os llamo. Nos vemos en un rato, chicas. ―Abrió la puerta y
se metió dentro.
Bárbara sonreía viendo los gestos de la muchacha. Mientras entraban en el piso sabía que
comenzarían un gran debate sobre cómo entender las muecas de una cara, pero lo soportaría por tal
de volver a ver aquel hombre y la actuación de su tímida amiga.
Capítulo 3 Encerrona
Ana cerró tras de sí la puerta y se apoyó en ella. Su amiga había cometido una enorme locura
aceptando aquella inesperada cita. No tenía ni idea de las repercusiones que tenía aquel hombre
sobre ella y claro está, tampoco quería dejarlas expuestas. Siempre había sido muy recatada en temas
amorosos, quizás por eso llevaba una vida tan puritana.
― ¿Qué piensas?―Preguntó Bárbara cuando la observó algo alejada de aquel lugar.
―Que no deberías haber aceptado la proposición.―Comenzó a andar hacia la cocina con las bolsas
de la compra en la mano.
―No me ha parecido mala idea, además, eso de que nos hagan una buena comida…
―¡Siempre pensando en lo mismo! ―le espetó mientras posaba la mercancía sobre la encimera.
―Eres una mal pensada. ―Sonrió―. Bueno, cuéntame, ¿quién es el macizón?
―No hay nada que contar, es el nuevo vecino, que como has podido observar tiene a todo el patio
femenino revolucionado porque anda semidesnudo por el bloque.
―¡Uff! ¡Déjalo que siga así! Es bueno para la vista. Seguro que a más de una vieja le alegra la vista.
―Comenzó a ayudarle.
―En eso tienes razón.―Esbozó una sonrisa al recordar cómo la anciana del tercero bajaba la basura
cuando hace apenas unas semanas era incapaz de levantarse de la cama.
―Bueno, ¿qué vas a hacer?―Levantó con la mano un pepino.
―¿Meterlo en el frigorífico?―respondió ilusa creyendo que le preguntaba por la verdura.
―¡No es eso! ―Se carcajeó Bárbara―. Me refiero al personaje. Anda buscando estar entre tus
piernas como perro detrás de una hembra en celo.
―¡No digas tonterías! Ese busca a cualquier mujer que se le ofrezca. Ese tipo de hombres no quieren
mujeres como yo.
―Mi instinto femenino me chilla todo lo contrario, pero tú sabrás. Eso sí, yo no perdería la
oportunidad de sentir ese cuerpo sobre el mío.
De pronto, un móvil comenzó a sonar. Bárbara corrió hacia su bolso y contestó la llamada. Tras unos
segundos de acalorada conversación, regresó a la cocina donde estaba Ana encaprichada en meter la
caja de café en una lata. La amiga puso una mano en el marco de la puerta y le dijo:
―Tengo que irme―comentó alterada.
―¡Ni se te ocurra dejarme sola!―Abrió tan fuerte la caja de plástico que todo el café quedó
esparcido en el suelo.
―Ha sucedido algo que no debo dejar pasar. ―Se giró y buscó su abrigo.
―¡No me hagas esto!―suplicó al ver que su amiga se marchaba.
―Ana, una zorra quiere apartarme de mi trabajo, y he chupado muchas pollas como para que ahora
me aparten de lo que estoy a punto de conseguir. Lo siento, de verdad.
―¿Qué hago yo ahora?―preguntaba sin saber qué hacer mientras caminaba tras ella.
―Llama a su puerta y dile que se cancela la cita. Es tan fácil como eso.―Le dio un beso en la
mejilla y salió sin mirar atrás.
Ana se quedó parada viendo a su amiga marcharse. Aquello había sido una putada del destino y no
tenía ni idea de cómo solucionarlo. Inmóvil frente a la entrada, empezó a respirar agitada. Debía
encontrar algo de sensatez para tener valor y enfrentarse al atractivo y sensual Quique. Necesitaba
hallar las palabras adecuadas para eliminar la cita y no caer en sus brazos rendida diciendo:
«Tómame» Puso la mano en el pomo y lo giró con lentitud, pero se detuvo, quizás sería mejor
escribirle una nota y dejársela debajo de la entrada. Sin embargo, cuando se dio la vuelta para ir en
busca del papel, su puerta se abrió con fuerza.
―¿Te ha pasado algo?―preguntó alterado.
Como siempre, estaba medio desnudo y dejaba al descubierto aquel magnífico torso que subía y
bajaba fruto de la posible intranquilidad que sufría.
―¿Siempre estás al acecho? Entrecerró sus ojos e intentó clavar la mirada al suelo. No podía dejar
que Quique descubriera que aquella desnudez le hacía hervir la sangre hasta tal punto, que sus
entrañas deseaban ser frotadas sin parar en aquella perfecta piel nacarada.
―Me he alterado cuando he escuchado voces, pensé que te había pasado algo. ―La observó de
arriba abajo como si tuviese que comprobar por él mismo, que no tenía ningún daño visible.
―No ha pasado nada. Bárbara se ha tenido que marchar y se anula la comida ―musitó.
―¿Por qué ella no está?―Frunció el ceño―. Eso no es un problema.
―No deberíamos…―comentó en voz baja.
―¿Qué, Ana? ¿Qué no deberíamos?―Se acercó a ella y la dejó pegada sobre la pared de su pasillo.
Ella empezó a agitarse cuando él puso sobre su cabeza los fuertes brazos. Apenas los separaban unos
milímetros, por allí no podía pasar ni el aire. Sentía los pezones masculinos acariciar su camiseta y
sus caderas fueron sutilmente atrapadas por las piernas varoniles. Un delicioso aroma comenzó a
entrar en sus alteradas inspiraciones. Si seguía así estaba perdida, ya comenzaba a notar la excitación
en sus bajos y eso no era correcto. Sacando fuerzas de donde no las tenía, le empujó para poner
distancia entre ambos.
―¡Vete!―le gritó.
―¿Por qué?―Volvió a acercarse a ella. De repente el hombre respiró el aroma que ella desprendía
con fuerza y echó la cabeza hacia atrás.
Ana se quedó atónita ante la reacción que estaba teniendo el hombre. Parecía que algo le había
alterado de tal manera que cuando la volvió a mirar ya no tenía un rostro amable y cálido, sino
hirviente y lujurioso.
―¡Te he dicho que te vayas! ―Volvió a empujarle.
―¿Y dejarte así?―gruñó.
―No me haces falta para hacerme la comida―respondió entre balbuceos.
―No me refiero a ese tipo de alimentación.―Alargó la pierna hacia atrás y cerró la puerta.
Ella seguía asombrada por su actuación. Quiso recriminar lo que estaba haciendo pero no le dio
tiempo, su boca fue invadida por la de él y la hizo sumergir en un apasionado y ardiente beso. Las
piernas comenzaron a temblarle, estaba a punto de perder el equilibrio. No recordaba la última vez
que la habían besado de aquella forma, mejor dicho, nunca la habían besado así. Abrió despacio sus
ojos para poder apreciar la expresión del rostro de quien la estaba poseyendo y el deseo fue lo único
que encontró. Suspiró profundamente y se dejó llevar, por una vez no pasaría nada.
Quique percibió cómo Ana se iba relajando con el paso del tiempo. Eso le hizo estar más excitado si
cabía. Desde la primera vez que la vio, supo que ella era diferente y eso era lo que andaba buscando.
Bajó su mano derecha a la pierna femenina y la subió hacia su cadera. Deseaba acariciar aquella piel
con la que había estado soñando. Ante el sollozo de placer de ella, continuó subiendo y bajando
aquel muslo hasta que se atrevió a poner su palma sobre la lencería. El calor era abrasador, le
quemaba la piel. Continuó aquel beso que cada vez era más posesivo y animal, frotó su mano en
aquella prenda caliente. Ana se apartó de sus labios y echó la cabeza hacia atrás, apoyándose en la
pared. Quique no pudo evitar llevarse aquel olor impregnado en su dorso hacia la nariz. Lo inspiró
con fuerza y volvió a exponer sus anacarados dientes.
―Este aroma lleva volviéndome loco desde que llegó a mi nariz―le susurró en el oído a la mujer
que temblaba de placer por la sensualidad de las palabras―. Me voy a dar un festín a tu costa, nena.
Ana abrió los ojos como platos, no podía estar escuchando aquello. Por fin alguien la deseaba hasta
límites insospechados. Clavó su mirada en el joven y alargó su mano para atrapar la cabeza y así,
poder besarlo de nuevo. Se dejaría llevar y aparcaría por una vez los pensamientos mojigatos que
llenaban su mente. Aunque no fuese el hombre de su vida, aunque no la llevara al altar, hoy la iba a
trasportar al mismo cielo y eso no podía perdérselo.
Quique bajó de nuevo la mano cuando el aroma desapareció. Mientras buscaba de nuevo el camino
hacia la impregnación, se vio atrapado por un hambriento beso que ella le ofreció. Con una leve
sonrisa y un aullido interior de satisfacción, abandonó la idea de buscar aquel calor sexual en aquel
lugar de la entrada. Así que la atrapó de las caderas y la alzó para posarla en algún sitio de la casa
donde estuviesen más cómodos. Echó un vistazo rápido y sopesó si disfrutar en el sillón o en la
cama, pero cuando escuchó un gemido desesperado de la mujer que seguía atrapando
desesperadamente sus labios, decidió que el sofá era lo más rápido. Con pasos agigantados llegó
hasta donde sería el nido de amor. La posó con delicadeza para no apartar ambas bocas ni separarse
de ella. Una vez colocada tal como deseaba, sus labios abandonaron los suyos para vargar sobre la
ropa de Ana. Al mismo tiempo que la besaba, inspiró con fuerza su perfume. Paró sobre sus senos,
todavía tapados con aquellas castas ropas. Sin pensárselo dos veces, mordió los pezones con fuerza.
Escuchó un gruñido de satisfacción de la mujer y vio cómo ella se arqueaba para que continuase.
Entonces no vaciló un minuto, llevó sus manos hacia la delgada cintura y comenzó a levantarle la
camiseta. Ya no le era suficiente sentirla de aquella forma, debía notar el calor de su piel y percibir
en su lengua el sabor de los traviesos pezones.
―Expuesta para mí―susurró el hombre mientras levantaba la ropa y observaba su piel.
Agachó la cabeza y comenzó a besar el vientre, después, antes de que las manos femeninas se
pudieran apoyar en su cabeza, recorrió con su lengua el camino hacia los tersos y duros botones que
le daban la bienvenida.
Ana sintió la calidez de la boca del hombre sobre sus pechos. Los lamia y absorbía a su antojo. En
ningún momento pensó en hacerle parar, ya no. Su sangre hervía deseando cada caricia y cada sorbo
que sabía que le ofrecería. Intentó cerrar las piernas al sentir un extraño dolor en su sexo, pero
Quique no le dejó. Se colocó entre ellas y cesó de saborear sus montañas. Alzó la mirada y le
susurró:
―No te cierres para mí, florecilla.
Intentó hablar, pero no lo consiguió porque notó sobre su húmeda lencería la atrevida mano del
hombre. Esta vez no deseaba frotarla, sino apartarla. Con sutiliza, la bajó por sus piernas, dejando su
sexo llorando sobre el sofá. Cuando la prenda calló al suelo, Quique acarició las piernas y bajó por
su cuerpo muy despacio. Sabía qué pretendía y en verdad, ella lo deseaba tanto que alzó las caderas
para que tuviese más espacio.
Un lobo no hubiese aullado tan fuerte como lo hizo el hombre al ver aquel sexo reclamándolo. Era
toda una locura saborear la chorreante y ardiente vagina. Apoyó sus manos sobre las rodillas de la
mujer y metió su cabeza en la cueva de su demencia. Al principio solo respiró con fuerza, necesitaba
tener dentro de su cuerpo aquella esencia que le había hecho perder la cordura.
―Uhm, deliciosa ―murmuró al primer lengüetazo. Al sentir los temblores de Ana, la agarró con más
fuerza para que no cayese al suelo―. Tranquila cielo, esto solo acaba de empezar.
Ana se llevó las manos a la cara cuando volvió a notar aquella descarada lengua sobre sus labios
mojados. No recordaba sentirse así, aquello debía ser una verdadera excitación y la estaba sintiendo
con un extraño. Debía de replantearse sus conocimientos sexuales. De pronto sus ojos se quedaron en
blanco, Quique había metido la lengua dentro de ella y comenzaba a morder aquellos hinchados y
carnosos salientes vaginales.
―¡Oh, Dios! ―exclamó extasiada.
El hombre sonrió al verla perdida en el delirio. Su ego ya no cabía dentro de su cuerpo, la estaba
haciendo perderse en el mundo del erotismo. Con una mirada traviesa, intentaba averiguar qué haría
ella si comenzara a jugar con otros participantes, llevó su mano hacia el manjar y empezó a acariciar
la entrada sexual. Levantó el rostro y al contemplar la desesperación en la cara de ella, se transformó
en el monstruo que era, ya le daba igual dejarse ver, la había sucumbido…
Absorbió aquella miel deliciosa, y empezó a invadirla con el dedo. Al principio fue muy despacio,
Ana estaba apretada y eso era signo de lo que él ya había supuesto, llevaba tiempo sin mantener
relaciones. Pero cuando sacó aquel improvisado invasor y lo vio repleto de delicioso jugo, se lo
llevó a la boca y lo saboreó con tanta ansiedad que sintió su cuerpo convulsionar de la emoción.
―Me matas, nena―gritó lleno de ansiedad lujuriosa.
Ella quiso preguntarle la razón de sus palabras, parecía desesperado, quizás herido por algo. Sin
embargo, descubrió que el motivo no era otro que la necesidad de seguir bombeándola y obtener todo
el fluido que ella emanaba. Efectivamente, se estaba dando un buen manjar.
Ayudado con la otra mano, Quique se hizo camino hacia la pequeña perlita hinchada que palpitaba
sin parar. Mientras que la invadía nuevamente con el dedo, su lengua comenzó a hacer circulitos
sobre aquel minúsculo sobresaliente que necesitaba ser saciado. El cuerpo de la mujer ser retorcía
sin parar. Sus convulsiones eran cada vez más fuertes y la expulsión de su placer era como un río sin
tope. Estaba a punto de empezar a volar.
―¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!―Gritó Ana cuando comenzó a sentir la llegada de su orgasmo.
―¡Córrete, nena! ¡Quiero que te corras en mi boca! Dame ese festín que deseo ―susurró Quique
atrapándola con fuerza y aumentando sus embestidas en ella.
―¡Oh, sí! ¡No pares! ―suplicaba mientras su cuerpo se llenaba de temblores y sus ojos veían nada
más que estrellas luminosas.
Y no paró. No pararía ni aunque le estuvieran golpeando por detrás con una bola de hierro. Abrió
bien su boca para capturar todo lo que ella expulsó de sus entrañas, una miel ácida y afrutada que
estaba colmando su estómago, y llenando su alma.
―¿Estás bien?―Quique se incorporó mientras se arrastraba por la figura femenina.
―Sí ―musitó sin fuerzas.
―Gracias ―le dijo el hombre sumergiéndola de nuevo en un apasionado beso.
―¿Ya ha terminado todo?―preguntó sorprendida cuando separaron sus bocas.
―¿Quieres más?―Levantó una ceja.
―Sí ―Sonrió picaronamente.
Quique dio un salto hacia atrás y se desabrochó el botón de su vaquero. Nunca había pensado llegar
tan lejos, pero si ella lo deseaba, él estaría loco si no se lo daba.
Ana no apartó la vista ante la desnudez masculina, quería contemplarla. Hasta aquel día siempre lo
había hecho con la luz apaga y hoy sería especial, tal como estaba ocurriendo hasta ahora. Cuando su
amante se desprendió de los boxes y vio la erección que contenía entre sus piernas se asustó. Nunca
había albergado en su interior algo tan grande.
―No te asustes, nena. Te prometo que no muerde―dijo mientras caminaba sobre su cuerpo con la
agilidad de un gato.
Sus ojos se clavaron en el rostro de ella, no perdería el tiempo en bobadas, quería grabar en su retina
todas las emociones que le proporcionarían estar dentro de su cálido y delicioso sexo. Alargó la
mano y puso en la entrada femenina la cabeza de su sexo pero no comenzó a penetrarla, sino que la
acarició con pequeños y suaves círculos. Ana gimió y apretó la cabeza sobre el cojín que la recogía.
Con temblor en las manos intentó llevarlas hasta su rostro.
―Déjame que te vea―musitó el hombre mientras apartaba las manos con la suya.
Sus labios jugaron con los de ella. La quería llevar a la locura, y mientras su pene hacía las pequeñas
travesuras en el sexo femenino, él mordía y lamía los rojos salientes de la boca. Cuando escuchó
varios clips, producto del continuado frote entre ambos sexos, levantó la cabeza y empezó a
introducirse en ella. Ana abría la boca y cerraba sus ojos, se dejaba llevar…
―Estoy dentro de ti, nena―cuchicheó en su oído cuando lo albergó por completo―. ¿Has visto
como no ha sido duro?
―No―susurró con los ojos brillantes por la emoción.
Quique bajó su cabeza hacia ella y la atrapó en un nuevo beso apasionado, mientras tanto, sus
caderas comenzaban el baile de su necesidad. Invadiéndola, bombeándola, haciéndola más suya.
Penetrándola cada vez más fuerte, con más pasión. Entre sollozos, ella empezó a expresar el placer a
la que estaba siendo conducida. El hombre estaba a punto de rasgarse la piel viendo y sintiendo la
calidez de la mujer sobre él. En décimas de segundo, el rostro angelical del macho fue cambiando.
Sus ojos azulados se transformaron en rojo, la piel nacarada cambió a morado y su calidez se
esfumó. Ana cerró sus ojos pensando que eran imaginaciones suyas debido al éxtasis que estaba
sintiendo. Cada vez su cuerpo se balanceaba con más rapidez, más fuerza, más agresividad. Sin
embargo, no podía hacer nada porque su clímax estaba colmando su ser.
―¡Córrete, nena! ―Una voz ronca se desprendió del hombre.
Y lo hizo, con los párpados apretados se dejó llevar… De pronto, un ruido atronador salió de la
garganta del hombre que la follaba desesperado. Era una mezcla entre el gruñido de un monstruo y
una especie de trueno de una tormenta. Pero a pesar de aquel estruendo irreconocible, ella seguía sin
mirar.
―¡Mía! ―Gritó el macho cuando notó cómo su semilla se esparcía dentro del cuerpo caliente de la
mujer.
Aunque allí no terminó su acto de goce. Antes de poder levantar sus pesados párpados, la levantó y
la giró para volverla a poseer. Estaba descontrolado, perturbado, ido mentalmente mientras invadía
el cuerpo de la mujer que deseaba. La volvió a llevar a la lujuria y al orgasmo jamás encontrado en
un mundo terrenal. Ella seguía gimiendo de placer a pesar de que su pene había eyaculado por cuarta
vez. Tras finalizar el asalto, la bestia agachó la cabeza y mordió la espalda desnuda. Ana gritó de
dolor, pero su lamento apenas se escuchó porque el cojín tapaba su boca. Un sudor frío recorrió su
cuerpo y comenzó a erizarse. Más relajado y saciado de lo que venía buscando, Quique acarició con
mimo sobre la zona que había mordido. Sonrió al ver cómo se hinchaba y expulsaba unas gotitas
negras. «Tu sangre en mi sangre» pensó.
―Te he dicho que eres mía―comentó mientras sacaba su verga del mojado sexo.
Ana no se movió, no quería mirarlo y mucho menos ver el rostro que había creído ver minutos atrás.
Escuchó cómo comenzaba a vestirse y se iba hacia la puerta. Entonces tomó fuerzas y giró lentamente
la cabeza. Quique se marchaba y dejaba expuesta aquella preciosa y curtida espalda. A priori seguía
siendo humano, quizás todo había sido producto de su terrible imaginación. Intentó fijar la vista en la
frase que tenía tatuada en aquella parte de su cuerpo y leyó: «De lo que no ves, no te creas nada»
―Descansa―le ordenó con voz ronca.
Y cerró los ojos…
Capítulo 4 Despertando
Ana se despertó alterada. Se levantó de golpe y se sentó en la cama. Estaba sudada y no dejaba
de temblar. Aquellas malditas pesadillas no la dejaban en paz. A pesar de tomarse los relajantes que
le recetaban los médicos, siempre tenía el mismo sueño. Apartó las sábanas y sacó sus pies de aquel
amasijo de ropa. Otra vez se había hecho una pelota. Se puso las zapatillas y se dirigió hacia la
cocina para prepararse un café. Con los ojos pegados fue deambulando de un lugar a otro. Entonces
escuchó un ruido en el pasillo. Se acercó a la puerta y miró por la mirilla. El corazón comenzó a
palpitar muy deprisa, tanto que casi lo podía sentir en su boca. Su cuerpo empezó a sudar y el bello
se erizó como si un viento helado la hubiese atrapado desnuda en mitad de una tormenta invernal. Se
apartó de allí y con las manos en su pecho emprendió un jadeo inconsciente. «No puede ser, no puede
ser».Se decía una y otra vez. «¿He leído bien»
Un hombre dibujaba una sonrisa pérfida mientras se adentraba en el piso de en frente. Llevaba la
espalda al descubierto y tenía tatuada en su piel una frase en la que se podía leer: De lo que no ves,
no te creas nada
Metamorfosis
Prólogo.
Ya se lo decía su madre, no podía dejarse guiar por el corazón, pero como siempre no le hizo
caso. El día que apareció en aquella empresa como becaria, se quedó prendada del hombre más
encantador del mundo, Jesús. Un cariñoso, atento, servicial y guapísimo socio de aquella enorme
sociedad. Desde aquel día, buscó mil maneras de poder trabajar allí y así hallar alguna posibilidad
de contacto con el protagonista de todos sus sueños románticos. Dicen que quien la sigue la consigue,
y el refrán tenía razón. Un anuncio en prensa indicaba que la empresa ofrecía un empleo para la
sección de correspondencia. A pesar de su gran nivel académico, aceptó el trabajo cuando fue
seleccionada. Lo había conseguido, estaba dentro y podía contemplar a diario el hombre que amaba.
Sin embargo, con el paso del tiempo, la ilusión de llegar a conseguir a aquel enigmático ser, se fue
desvaneciendo. Jesús era inalcanzable y por mucho que quisiera llamar su atención, para él siempre
sería la chica del correo. Así que sacando fuerzas de su interior, decidió abandonar toda aquella
pantomima de mundo de princesas que se había creado y comenzó a enviar currículos a otras
empresas en las cuales el cargo que se ofrecía estaba más acorde con los estudios que había
realizado. Era el momento de cambiar el rumbo de su vida…
Capítulo 1 ¡Venga ya!
Miró a través de la ventana. Hacía un día espléndido a pesar de estar en pleno invierno. Los
rayos solares proporcionaban un acogedor calorcito y se encontraba feliz bajo aquella agradable
calidez. Tenía la frente apoyada en el cristal y miraba hacia la nada mientras esperaba el ascensor. Si
todo salía según lo previsto, le quedaban pocas subidas o bajadas dentro de aquel trasto. Una
sensación de inquietud invadió su karma interior. A pesar de saber que estaba haciendo lo correcto,
seguía teniendo dudas. Por un lado, se quería dar algo más de tiempo para poder acceder hasta su
corazón, sin embargo, por otro lado se decía que dos años habían sido más que suficientes para
hacerse notar y ya estaba cansada de empujar todos los días aquel maldito carrito.
― Buenos días Amanda.―La suave voz de Jesús apareció por sorpresa―. ¿Buscando los rayos
del sol?
―Buenos días, señor.―Acertó a responder. Cuando intentó mover la cabeza para saludarle con la
sonrisa que había ensayado millones de veces en el espejo, se golpeó la frente contra el pestillo de la
ventana causándole un gran dolor.
―¿Estas bien?―Se acercó a contemplar el posible daño que se había propiciado y comenzó a
tocarle el roce de la piel. Amanda se quedó petrificada, hasta aquel momento nunca lo había tenido
así de cerca. «¡Menuda casualidad!» se dijo. «El día que comienzo mi nueva expedición laboral, él
se da cuenta que existo». ―¿Te encuentras bien?―Volvió a preguntar cuando no obtuvo respuesta de
la joven.
―Sí, no ha sido nada.―Tapaba el lugar accidentado con la mano para que no apreciase el chichón
que palpitaba con fuerza.
―Si te encuentras mareada o indispuesta, házmelo saber. Te llevaré a enfermería.
―De verdad que no ha sido nada. Un leve chichón que se calmará con agua fría. ―Necesitaba
desviar aquella conversación. No quería ser recordada como la chica del bulto en la frente por un
despiste.
―¿Subes?―Preguntó sujetando la puerta del elevador.
―Sí, claro.
Jesús se apartó para dejarla pasar primero. Tenía una educación exquisita, era de los pocos
caballeros que podían existir, por eso la volvía loca. No parecía ser el típico hombre que te
encontrabas en cualquier bar invitándote a una copa a cambio de un revolcón entre las sábanas de la
cama de alguno de los dos, sino un gentil señor que ofrecería su abrigo a cualquier dama que tuviese
frío, un noble que salvaría a una damisela en peligro, un…
―¿Amanda? ¿Estás segura que te encuentras bien?―Preguntó preocupado y volvió a acariciar el
lugar donde se había dañado―. Esto cada vez está más hinchado. ¿Te llevo a enfermería?
―Por favor, no se moleste, estoy bien. ¿Qué me decía?―Ahora no sabía qué parte de su cuerpo
estaba más roja, si el tremendo chichón o las mejillas de su rostro. Debía salir de allí, estaba dando
una imagen patética al intérprete de sus noches apasionadas―. Uff, esto no va bien, creo que utilizaré
pronto el consolador ―pensó en voz alta.
―¿Perdona?―Jesús abrió los ojos hasta el límite―. ¿Has dicho consolador?
―¡No! He dicho que voy a la dos.
«¡Mierda! ¿Ahora también deliraba en voz alta?»
―Amanda, hoy estás muy distinta. ¿Te sucede algo? Y no me refiero al enorme chichón que te está
creciendo por frente. Es que te noto alterada, esquiva, como si escondieras algo que no debo saber…
―Necesito ir a la segunda planta, señor. ―Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse y ella
empezó a inhalar aquel maravilloso aroma que desprendía.
―Sí, eso ya me lo has dicho. Sigue. ―Le ordenó mientras presionaba el botón.
―Debo recoger el correo. ―Jesús miró el reloj y frunció el ceño.
― ¿No es muy tarde para realizar esa tarea?―Preguntó dubitativo.
―He tenido que hacer otras cosas antes de venir al trabajo. ―Miró al suelo. De repente, Jesús paró
el ascensor y Amanda lo miró fijamente.
―¡Cuenta! ¿Qué has tenido que hacer? Me tienes sorprendido, Amanda. Eres una persona coherente,
sonriente, amable y muy detallista, sin embargo hoy no reconozco a la mujer que tengo en frente―.
¿Qué ocurre?
―He tenido una entrevista de trabajo. ―Se lo soltó de golpe―. Creo que merezco algo más que
trasportar un carrito de un lado hacia otro.
―¿Nos abandonas? ¿No quieres estar conmigo, digo, con la empresa?―Ante aquella confusión la
mujer abrió los ojos y se volvió a sonrojar. Por un mísero momento pensó que era importante para él.
―Estoy contenta con la empresa, pero no tengo una carrera empresarial y dos másters en comercio y
gestión para quedarme toda la vida repartiendo el correo, ¿no le parece?―Directa al grano. Ahora
comenzaba a hablar la Amanda laboral, aquella que se escondía en su interior.
―¿Y no has pensado en ascender con nosotros?―Arqueó una ceja y tras una leve pausa continuó.
―¿No te gusta trabajar aquí?
―No es eso. ―Apenas podía responder. Necesitaba que pulsara el botón para continuar y que
saliesen de allí lo antes posible. Porque lo único que deseaba en aquel momento era lanzarse sobre
él y saborear su preciosa boca.
―¿Entonces?―Continuó su interrogatorio inesperado―. ¿Alguien ha tenido algún comportamiento
inapropiado hacia ti?―Un matiz de tensión apareció en su rostro.
―¡No, no, no! ―Sus ojos se abrieron como platos ante la sorpresa de averiguar que se preocupaba
por ella.
―Llámame Jesús. ―Sonrió cariñosamente―. No estoy dispuesto a perderte.―dijo clavando su
mirada en ella―. Me parece que todavía tienes muchas alternativas aquí como para dejarnos.
El corazón de la joven comenzó a palpitar sin control. Aquellas palabras le hicieron ver notas
románticas donde posiblemente no las había, pero no le importaba, solo saber que no deseaba
perderla, le hacía sentirse especial. Levantó su rostro y comenzó a tocarse el pelo. Estaba demasiado
nerviosa para comentar algo más. Sin embargo, no hizo falta. Jesús contemplaba sus continuos
ajetreos y gestos. Con un suave movimiento se acercó a ella y le susurró en el oído.
―¿Qué haría yo sin esa preciosa sonrisa que me alegra cada mañana?―Una mano se posó en el
rostro de la joven y lo alzó hacia él. Amanda estaba en estado de shock. Aquello que estaba viviendo
debía ser un sueño, pero si era así, no deseaba despertar.
De pronto, las puertas del ascensor comenzaron a abrirse y el hombre puso distancia entre ellos. La
miró con ternura y le sonrió.
―Tú planta―dijo suavemente.
―Sí. ―balbuceó.
―Buscaré tu currículo en personal y veré qué puedo hacer. Como ya te he dicho, tienes muchas
posibilidades con nosotros y no es bueno para nadie que te alejes de nuestro lado.
―Gracias―musitó. Sin mirar atrás caminó hacia donde le esperaba el maldito carro. Escuchó
cerrarse el ascensor tras ella. Se giró y ya no estaba, había desaparecido.
«¡Maldición!»―pensó.
―Buenos días, compañera. ―Clara le saludó desde su mesa.
―Muy buenos días ―respondió con efusividad.
―Parece que todo ha salido bien, ¿no?
―Mejor de lo que esperaba, muchísimo mejor. ―contestó con una imborrable sonrisa.
Las horas precedentes al divino acontecimiento fueron extraordinarias. Amanda seguía con aquella
sonrisa en su rostro incapaz de eliminarla. No solo había conseguido ser sorprendida por la
sensualidad de Jesús, también cabía la posibilidad de seguir a su lado sin tener que ser el último
peldaño en aquella gran empresa. Se imaginaba trabajar codo con codo con él, tocar los mismos
papeles que él rozaba, tener incontables charlas sobre proyectos… Todo aquello que había soñado,
quizás podría hacerse realidad. De pronto su teléfono comenzó a sonar.
― ¿Diga?―Preguntó intrigada al no conocer el número.
―Buenos días. ¿Puedo hablar con Amanda Fernández?
―Soy yo. ¿Quién es?
―Le llamo del departamento de recursos humanos de la empresa en la que has realizado esta mañana
la entrevista laboral. Estaremos encantados de charlar contigo sobre las condiciones que te
ofreceremos si aceptas el trabajo.
―¿He sido seleccionada?―Cuestionó con sorpresa.
―Sí, querida. Si lo deseas, mañana te pasas por aquí sobre las diez y charlamos con tranquilidad.
Pregunta por Dolores de recursos, te atenderé personalmente.
―Muchas gracias, allí estaré. ―Colgaron.
La joven miró hacia su carrito, por fin se desharía de aquel maldito chisme. Sonrió feliz y comenzó
su última jornada.
Capítulo 2 Dubitativo
Jesús había dejado de andar por la oficina como un loco. Estaba bastante inquieto. Si ahora le
tomaba su médico la tensión ¡estaría disparada! Llevaba conteniendo el deseo hacia Amanda desde
el primer día que la vio y le hizo la entrevista para el puesto en el que se encontraba. Un impulso
fuera de lo común provocó una enorme excitación bajo su pantalón desde el momento que la vio por
primera vez. Quizás fue su vestido marrón, las medias de seda o aquellos zapatos con leve tacón, lo
que creó aquella inesperada excitación. Pero con el paso del tiempo, aquellos sentimientos se
convirtieron en pasión, luego lujuria y hoy era, sin lugar a dudas, desesperación.
Día tras día la imaginaba entre sus brazos, sintiendo sus caricias sobre la piel de ella, besando
aquella tentadora boca o recorrer su esbelta figura con su lengua. Pero no era más que una locura, la
diferencia de edad sería un impedimento bastante grande. Lo supo desde el momento que investigó
sobre aquel ángel que revoloteaba las oficinas, y revolucionaba con su sonrisa a todo el personal.
Sin embargo, cuando la acarició en el ascensor, perdió la cordura y la sensatez. Quería más,
necesitaba sentirla como tantas veces había imaginado. Frunció el ceño al recordar que ella se iba a
marchar de allí. No podía permitirlo, ahora no. Cogió entre sus manos el currículo de ella y comenzó
a revisarlo con mucho cariño. Debía encontrar un lugar apropiado para ella, no la iba a dejar
escapar. De repente alzó su mirada y la vio a través de las ventanas de su oficina. Charlaba afable
con sus compañeros. Sonreía sin parar y un brillo especial brotaba en sus ojos. «¿Sería por él?», se
preguntaba. Cuando la rozó en el ascensor sintió que ella se acaloraba y se ponía nerviosa. Quizás la
asustó, sería lo más normal. Una criatura tan divina no llegaría a tener los mismos deseos que él
proyectaba en ella. Suspiró profundamente y con paso firme se dirigió hacia la puerta.
― Amanda, cuando termines de entregar el correo, ¿podrías acercarte a mi despacho? Tenemos
que hablar.―La miró inmóvil.
―Por supuesto. ―respondió con amabilidad.
Jesús entró a su oficina y cerró la puerta. Esperaba con ansiedad la presencia de
ella en aquella habitación. Pocos minutos más tarde, alguien tocó la entrada. ―Adelante.
―ordenó.
―¿Se puede?―El rostro de la joven apareció entre la abertura.
―¡Claro! Te estaba esperando. ―Se levantó de la silla y se acercó hacia ella. ―¿Qué necesitas?
―se atrevió a preguntar.
―He estado mirando ese amplio historial laboral que tienes. Me has dejado anonadado. Por un lado
he sentido rabia al no haberte valorado tal como te mereces y por otra parte, he estado buscando un
puesto adecuado para ti. A ver si así cesas en tu empeño de abandonarnos.
―¡Muchas gracias!―Llena de euforia saltó sobre los brazos del hombre.
Él la atrapó entre su cuerpo con mucho gusto. Atrayéndola todo lo posible hacia su cuerpo, quería
disfrutar cada segundo que permanecía a su lado. Colocó su nariz sobre el cabello de la mujer e
inspiró hondo. Le encantaba aquel aroma tan suave y delicado. Un movimiento involuntario apareció
en su cuerpo y la retiró de golpe. No deseaba ver el rostro asustado de la muchacha al descubrir que
lo había excitado.
― Lo siento. ―Se excusó a la vez que se sonrojaba y se tocaba el pelo. ―No debes disculparte.
Me ha gustado tenerte entre mis brazos, pero…―Se dirigió hacia la mesa e intentó ocultar aquella
excitación―. Debemos hablar sobre el nuevo trabajo, ¿no te parece?
―Sí. ―En su mente todavía seguía abrazada a él. Sintiendo el calor de su cuerpo e introduciendo en
sus entrañas la deliciosa fragancia masculina.
―Bien. He pensado que podrías ser muy buena dentro del departamento de dirección. Tengo un
posible puesto que ofrecerte. Se trata de ser consejera empresarial. ―Amanda arqueó la ceja, ¿qué
significaba eso? ¿Sería una especie de pitonisa?― Tu principal papel sería investigar sobre aquellos
proyectos que se nos ofrecen y clasificarlos como rentables o no.
―No me parece mal para comenzar. ―murmuró.
―Solo hay una pega. ―Ante la cara de sorpresa Jesús sonrió y prosiguió―. Tendrías que estar todo
el día cerca de mí.
―Lo soportaré.―Devolvió la sonrisa. «¿Eso es una pega?» Pensó. «¿Dónde he de firmar?».
Cavilaba su feliz mente.
―Bueno. Pues si te parece bien, cuando termines tu jornada te pasas por aquí y firmamos el contrato.
¿Ok?―Seguía ocultando aquella elevación inhumana.
―¡Por supuesto! ¡Aquí estaré! ―Se acercó hacia la puerta y se marchó. Hoy tenía que terminar
pronto, quería volver a estar a solas con él. Eso sí, debía controlar aquellas ganas de abrazarlo y
besarlo, no eran recomendables.
Capítulo 3 Metamorfosis
Jesús, a sus cuarenta y dos años, era un hombre increíblemente atractivo. Tenía una suave tez
oscura y un cabello negro azabache. Aquella mezcla de contrastes le hacía resaltar sus preciosos ojos
verdes esmeralda. Siempre tenía una actitud serena, confortable y apacible frente a todos los que le
rodeaban. Era el hombre perfecto para aquella mujer que lo lograse atrapar. Amanda lo observaba
cada vez que podía. Le encantaba verlo desde la distancia e imaginar la suavidad de su tacto en su
piel. Hoy lo acechaba de una manera especial. Había estado entre sus brazos y aquello fue mejor que
los pasteles que le hacía su abuela. Cuando finalizó su jornada se acercó al despacho. Estaba como
siempre, inmerso en sus papeles y absorto del mundo que lo rodeaba. Dudó si esperar a que
levantara la cabeza o interrumpir lo que estaba haciendo.
―Dile al jefe que me marcho ―le dijo la secretaria―. He terminado mi jornada.
― Ok―respondió con una sonrisa intranquila. Se giró hacia la puerta y golpeó suavemente la
superficie.
―Pasa―contestó el hombre levantando al fin su cabeza.
―Soy yo―dijo algo tímida.
―Lo sé. Entra y ponte cómoda. ―Se levantó de su silla y se posó en la mesa con sus manos y pies
cruzados.
―Dice Pilar que se marcha―Informó mientras se acercaba a su asiento.
―Me parece estupendo. ―Cogió unos papeles que tenía sobre la mesa y comenzó a mirarlos―.
Bueno, ¿aceptas seguir con nosotros?―Ahora parecía frío, distante. No se asemejaba al hombre
encantador que había dejado unas horas antes.
―Conozco bien la empresa y sé que tengo mucho que aportar.
―¿Entonces?―Parecía enfadado. Ante la cara de asombro que tenía la mujer, Jesús se relajó un
poco―. En esta oficina por suerte o por desgracia, se termina sabiendo todo.
―¿A qué te refieres? ¿Es por el abrazo?―Comenzó a sudarle las palmas de las manos―. Si es por
eso, lo siento. Fue un momento de…
―No es eso, me puedes abrazar las veces que desees. Me refiero a que no me habías comentado que
ya tenías una oferta con otra empresa. ―Frunció el ceño.
―Como ya te dije, vine de una entrevista y poco después de despedirnos me llamaron para
confirmarme que el puesto era mío.
―¿De verdad deseas marcharte?―Se inclinó hacia ella―. ¿No hay nada que te pueda detener?
―Un empleo mejor. ―balbuceó.
―Ok. ¿Qué te han propuesto? Te lo mejoraré sin condiciones. ―Sus piernas se desenlazaron y dejó
expuesta, sin querer, su virilidad. Amanda quería apartar la mirada de allí, pero no podía.
―Si se mantiene lo que hemos hablado antes, aceptaré estar en la empresa. ―Se levantó al notar que
se empezaba a sentir acalorada. Estar frente aquel hombre y proyectar mil maneras de besarlo era
demencial.
Jesús la atrapó suavemente del brazo al creer que se retiraba de su lado. Estaba enfadado porque
pensaba que se marcharía, pero escuchando aquellas palabras, la serenidad reinó su cuerpo. No
quería perderla. Llevaba mucho tiempo admirando aquella dulce figura risueña como para que se
desvaneciera porque no era capaz de expresar sus sentimientos.
Amanda dirigió su mirada hacia el amarre del hombre en ella. Se sorprendió de la actitud de Jesús.
Primero se enfada, luego se alegra y ahora…la agarraba.
―Tú eres el principal motivo para marcharme. ―Al fin se sinceraba.
―¿Yo?―Deshizo su amarre―. ¿Qué te he hecho?
―¡Nada!
―¿Y por no hacer nada, quieres marcharte?―Se levantó de la mesa y se colocó frente a ella. Quiso
acariciarla cuando observó el terror en sus ojos, pero no se atrevió.
―Llevo mucho tiempo…―Hizo una pausa, no sabía si seguir aquella conversación. Sin embargo,
tenía que hacerlo. Si le salía mal, no perdería nada salvo su autoestima.
―Dime.―Jesús posó sus manos en los hombros femeninos y la giró hacia él.
―Pensando en ti. ―Levantó la mirada y comenzaron a brotar algunas lágrimas.
―Eso no es motivo para abandonarme―susurró mientras retiraba con sus dedos aquellas minúsculas
gotas salinas―. Yo también pienso en ti y no decido abandonar mi puesto de trabajo.
―No creo que sea de la misma manera. ―Apenas salían las palabras de su boca.
―¿De qué forma piensas en mí? ¿De esta?―Se acercó a sus labios y la besó con pasión. Ambos
cuerpos se abrazaron y Amanda se dejó besar.
Sus brazos rodearon el cuello masculino y el resto del cuerpo se quedó pegado a él. Mientras besada
pensó que debería retirarse de allí. No estaba bien. A pesar de necesitar cada roce y cada caricia, no
era lo apropiado si comenzaban a trabajar juntos. El despacho se convertiría en uno de los pasajes de
Sodoma y Gomorra. Pero antes de poder retirarse Jesús rodeó su cintura con sus fuertes brazos y
apoyó su cabeza en el hombro de ella. La respiración de los dos empezaba a entrecortarse, haciendo
perceptible la excitación que ambos estaban sintiendo. Sin embargo, el hombre desató su sujeción y
se retiró bruscamente.
―Lo siento ―dijo al girarse―. Me he dejado llevar.
Amanda miró con sigilo hacia un lado y al otro. Las persianas estaban semi cerradas y ya no había
nadie en la oficina para pillarlos infraganti. No podía dejar escapar aquella situación. Lo deseaba
tanto...
―No volverá a ocurrir
Cuando se dio la vuelta para suplicarle perdón, la muchacha se lanzó en sus brazos y lo besó con
toda la pasión de aquellos dos años contenidos.
Jesús contestó al beso con caricias y gemidos de placer. Ella lo aceptaba entre sus brazos y fue como
escuchar música celestial. Sin apartarla de su cuerpo palpó aquel suave vestido que llevaba. Si
continuaban con aquello, pronto lo lanzaría hacia algún lugar de la habitación. Bajo la fina tela notó
los pequeños pezones de la joven. Separó sus labios de los de ella e inclinó su cabeza hacia atrás. En
verdad se estaba convirtiendo en una bestia loca de deseo. Amanda lo miró asombrada. Podía
apreciar el pálpito de su corazón en las enormes venas de su garganta. «¿Está aullando?» se preguntó.
Quizás era un exagerado gemido ante la excitación que sentía bajo su pantalón. Apartando los
posibles prejuicios, acercó aún más sus caderas hacia aquella inflamación y se movió eróticamente.
Jesús agachó la cabeza y observó el pícaro rostro de su amada. Lo incitaba con aquellos
movimientos a seguir con la locura comenzada. Se acercó a su oído y le susurró.
―Has despertado a la bestia, cielo.
―¿Me morderás?―Preguntó picarona.
―Todo el cuerpo.―Comenzó a lamerle el lóbulo.
―¿Qué más vas a hacer?―Una mano femenina caminó perezosa hasta el miembro viril. Lo acarició
lentamente de arriba abajo. Apareció de nuevo el gruñido animal que había escuchado con
anterioridad. Provenía del cuerpo de Jesús.
―¿Quieres saber qué más voy a hacer contigo?―Su voz apenas se escuchaba con claridad fruto del
deseo que sentía en su interior.
―Ajá. ―balbuceó mientras la lengua del hombre comenzaba a recorrer su cuello. Ella seguía
acariciando aquel salvaje sexo y se imaginaba el placer que debía encontrar cuando lo tuviese entre
sus piernas bombeándola sin parar.
―Cuando me canse de lamer este bello cuello, te cogeré de la cintura y te llevaré hacia ese enorme
sofá. Te tumbaré y te arrancaré ese vestido al que estoy odiando cada vez más. Observaré tu ropa
interior y la saborearé despacio. Quiero tener el placer de sentir esos pezones erectos bajo el encaje
del sujetador que llevas puesto. Mientras mi boca se entretiene con tus botoncitos, mis manos
recorrerán tu cuerpo para excitarte al máximo. Luego bajaré mi boca por tu estómago, saboreando
cada centímetro de la piel hasta llegar a esas braguitas que debes de llevar puestas. No te las quitaré,
para nada. Primero abriré tus piernas y olisquearé cada hilo de esa pequeña tela. Seguramente, notaré
la humedad que estás sintiendo ahora mismo. Y la lameré hasta que no quede nada. Después, meteré
un dedo por un lado de esa minúscula prenda y acariciaré tu sexo excitado. Sólo acariciarlo, porque
necesito ver que estás tan excitada y que seas capaz de bañar con tu esencia mi dedo juguetón.
Entonces, solo entonces, lo sacaré y lo lameré para probar ese dulce néctar. Cuando me vuelva loco
porque querré alimentarme más de esa deliciosa miel, levantaré la cabeza, y dirigiré mis manos hacia
la prenda. Te la bajaré lentamente, quizás la deje caer en el suelo o tal vez la olisquee hasta que no
quede rastro de tu aroma en ella, ya pensaré qué hacer. Pero si de algo estoy seguro es que en el
momento que tenga tus piernas abiertas para mí, introduciré mi cabeza y esta boca que has besado
con tanta pasión se alimentará de ti hasta saciarme. Seguro que entrará en juego ese dedo travieso,
haciendo que entre mi lengua y él te lleven a encontrar el orgasmo que tanto necesito darte. Y
gritarás, porque tendrás las convulsiones más fuertes que jamás hayas tenido, ¿sabes por qué?
―No. ―musitó Amanda muy excitada y deseosa de ver cumplidas en su cuerpo cada una de las
palabras.
―Porque seré yo quien te regale ese placer. Porque seré yo quien siga lamiendo y absorbiendo de tu
sexo húmedo. ¿Sabes qué haré después?―Metió su mano bajo el vestido y comenzó a acariciarle por
encima de sus braguitas que, efectivamente, ya estaban mojadas ante la idea de sentirse tal como le
estaba describiendo.
―No―balbuceó reclinando la cabeza hacia atrás. Estaba perdida en sus manos y se dejaba llevar.
Notaba su gran excitación bajo las piernas, y una locura pasional sobre su cuerpo. Quería sentir
aquellas caricias con prontitud, de lo contrario se arrastraría para suplicárselas.
―Subiré de nuevo hacia esos bonitos pechos y los dejaré libres. Los contemplaré y jugaré con mis
dedos. Estoy deseando presionarlos entre ellos, eso te dará un placer desorbitante. Seguro que nadie
ha conseguido hacerte llorar de placer, ¿verdad pequeña?―Amanda asintió―. Pues yo te lo pagaré
con creces. Porque mientras mi boca disfruta mamando de tus pechos, te follaré sin parar con mis
manos. Quizás primero un dedo, luego dos, y si lo conseguimos tres… ¡Lástima que no te hayas
traído ese consolador con mi nombre!
La miró a la cara y le besó sin dejar que ella se explicase. Al final de aquella invasión precipitada le
mordió el labio.
»―No me debatas, lo entendí perfectamente en el ascensor. Sería maravilloso tenerlo entre nosotros.
Jugaríamos los dos Jesús a darle placer a una sola Amanda. ―La mujer levantó una mano y señaló al
bolso. Una perversa sonrisa apareció en el rostro del hombre―. ¿Lo tienes en el bolso?
―Sí. ―bisbiseó sonriente―. Es mi amuleto de la suerte.
Jesús la volvió a besar con pasión, le agarró de la cintura y la depositó suavemente en el sofá. Subió
despacio el vestido mientras contemplaba la figura del deseo. Su cuerpo estaba agitado y su sexo
lloraba gotas de semen. Deseaba estar dentro de aquella esbelta belleza. Pero con toda la paciencia
del mundo, fue realizando cada una de las cosas que le prometió a Amanda, sin embargo, hubo un
gran cambio cuando la dejó desnuda. Se levantó de su lado y se dirigió hacia el bolso de la mujer.
Mientras abría la cremallera la contemplaba en el sillón. Estaba simplemente adorable. Mantenía sus
piernas abiertas y las manos flácidas sobre el sillón. Su esternón subía y bajaba a gran velocidad, la
respiración intentaba encontrar un ritmo adecuado para recuperar sus fuerzas. Sintió la añoranza de
la separación. Cogió el magnífico aparato y sonrió.
―Jesús te presento al verdadero Jesús, y ahora tú y yo, vamos a enloquecer a nuestra dueña –susurró
al consolador.
―¿Lo encontraste?―Preguntó desde el sofá. De pronto, algo comenzó a tocarle la cabeza e iba
bajando por la frente y la nariz. Sabía qué era y sí, lo había encontrado.
―¿Crees que es mi tamaño real?―Preguntó mientras lo hacía caminar por la piel de la joven.
―Era el único que tenían con ese color…
―Ajá. ¿Quieres decir que te gusta el rosa?―Besó de nuevo aquellos sonrojados labios mientras
dirigía el juguete hacia el sexo de ella.
―Mucho. ―respondió cuando finalizó aquel tacto.
―Bueno, veremos qué sabe hacer.
Bajó su boca hacia los pechos de ella y comenzó estirar el pezón con sus dientes. Amanda no sabía
dónde colocar sus manos, terminó dejándolas sobre su cabeza, así evitaría un levantamiento
inoportuno.
―¿Preparada?―Preguntó el hombre jugando con el consolador en las puertas del sexo femenino.
―Mucho. ―murmuró.
Alargó una mano y atrapó un erecto pezón con los dedos. Mientras los apretaba con fuerza,
comenzaba a introducir el juguete en su interior. Amanda comenzó a gemir. No alcanzaba a
diferenciar si era por el dolor que le proporcionaba el pinzamiento en el pecho o por el placer de la
invasión de aquel pene de goma. O tal vez fuera por la mezcla de placer–dolor. No conseguía
discernilo con claridad, pero su cuerpo le indicaba que se volvía loco y que en breve volvería a
sentir convulsiones de placer. Levantó las caderas y se dejó llevar.
Jesús pudo ver las mejillas sonrojadas de la joven. Desprendían un fuego precioso. Aquello que
estaba haciendo lo estaba disfrutando hasta la saciedad. Ahora, él saborearía un poco del placer que
ella gozaba. Aferrado al pezón, e invadiéndola cada vez más fuerte, bajó su cabeza hacia el clítoris
de ella y comenzó a jugar con su lengua. Las manos de Amanda comenzaron a danzar sin control. No
sabía dónde apoyarlas para soportar el orgasmo que estaba a punto de llegar.
―¡Sí! ¡Sí! ―exclamaba sin parar―. ¡Por Dios! ¡Sigue!
―No sería justo dejarte así, cielo. Quiero escucharte gritar hasta quedarte afónica. ¿Lo harás por mí?
―Seguía presionando con la lengua su hinchada perla.
―¡Sí! ―gritó mientras el orgasmo la sacudía―. ¡Sí!
Jesús sacó lentamente el consolador del cuerpo de la mujer y se acercó a reconfortarla. Su cuerpo
estaba bañado en sudor y brillaba como una preciosa estrella en el cielo. Seguía intentado calmar su
cuerpo con respiraciones dislocadas.
―Tranquila, preciosa. Estoy aquí contigo. ―Cogió sus flácidos brazos y los echó sobre su cuerpo.
Quería abrazarla, sosegarla. Tras aquellos momentos de lujuria y desesperación ella debía ser
amada―. Has estado espectacular, preciosa. ―Acarició su alborotado pelo―. ¿Quieres agua?
―Por favor. ―suplicó mientras sus ojos permanecían cerrados debido al cansancio del placer.
El hombre se alejó, cogió un vaso de plástico transparente y se acercó a la máquina expendedora de
agua que tenía en su despacho.
―¿Fría?―Preguntó mientras la miraba con adoración.
―Sí. ―respondió afligida.
Llenó el vaso y se lo llevó. Inclinó la cabeza y le dio de beber.
―No volveré a mirar al pequeño Jesús con desprecio. ―dijo cuando encontró algo de fuerzas.
―No debes de hacerlo. Parece un buen tamaño para ti. ―Besó la frente.
Amanda lo miró de reojo. Sintió un escalofrío y pensó que el cuento no debía acabar allí, sin
embargo, Jesús no parecía barajar la idea de continuar con la historia. Incorporándose de aquel sofá
lo atrapó entre sus brazos y lo besó.
―No soy tan experta como tú, pero lo intentaré…―Sonrió―. No debes moverte, ¿ok?―Él
asintió―. Bien. Quiero ver ese cuerpo que escondes bajo una camisa impoluta. Sé que debajo de ese
casimir hay una piel suave y delicada.
Retiró la corbata y comenzó a desabrocharle los botones. En efecto, tenía un cuerpo precioso y un
tacto sedoso. Eliminó la prenda del torso y dirigió su boca hacia sus diminutos pezones. Al sentir el
calor de la lengua sobre aquellos brotes, echó la cabeza hacia atrás y sollozó. Ella se bajó del sofá y
se puso de rodillas, tal como estaba él. Bajó sus manos al cinturón y lo fue aflojando poco a poco.
Cuando tuvo una holgura suficiente para meter sus dedos entre la piel y su pantalón, lo miró con
perversión y se lamió los labios.
―¡Me vas a matar! ―Aulló el hombre mientras golpeaba el aire con la cabeza.
―Me encantaría ver cómo mueres en mi boca. ―Los dedos caminaron por el filo de la tela del
pantalón y rozaba una y otra vez la cabeza del glande que se asomaba para no ser olvidado―. Creo
que una parte de ti necesita de mi ayuda―dijo mientras acercaba sus labios a los de él. Lo besó e
hizo lo mismo que él le había hecho con anterioridad, le mordió el inferior. Pero a Jesús no le
pareció molestarle, es más, le encantó sentir ese dolor en su piel, necesitaba más.
Amanda arqueó las cejas y examinó el rostro complacido. No sabía mucho pero aprendía con
rapidez. Levantó su mano hacia el bonito cabello de Jesús y sin cuestionarse lo que iba a hacer, le
tiró del pelo. Los ojos del hombre se abrieron hasta donde pudo. Miró a la mujer que tenía en frente y
sonrió.«Perfecto», pensó la muchacha. Con el cabello en su mano, volvió a morder los labios del
hombre y este le respondió con gritos y una erección incapaz de controlar. La mano izquierda de
Amanda bajó rápidamente hasta el glande y lo apretó con fuerza. Ahora estaba sintiendo lo que
buscaba por tres puntos, cabello, boca y pene. Le miró el rostro y solo reflejaba placer, un divino y
espléndido placer.
―¿Bien?―Preguntó ella, al fin
―Divino, gracias―contestó con satisfacción.
―Pues ahora, incorpórate. quítate el resto de la ropa y te tumbas en el sofá. Mi sexo quiere sentir el
tuyo.
Sin decir ni una palabra, el hombre hizo lo que le había ordenado. Puso sus manos debajo de la
cabeza y dejó que ella actuara a sus anchas.
Amanda estaba pletórica. Nunca había tenido una sensación tan especial y tan magnífica. Observó
cómo el hombre se preparó tal como ella le había indicado y se excitó al máximo. Se giró y se puso
de pie ante aquel hombre. Llevó una mano hacia el sexo erecto y comenzó a masturbarlo. Jesús
comenzó a emitir pequeños sollozos de placer y un rubor inundó sus mejillas. Estaba a punto de
correrse pero se contenía. Ella, en agradecimiento, besó sus labios y luego lamió aquella erección.
―¡No!―gritó con ahogo Jesús―. No puedo aguantar mucho más.
―Está bien. Hoy lo dejaré pasar, sin embargo, la próxima vez te controlarás hasta que yo te lo mande
¿entendido?―comentó con autoridad.
―Sí, como desees―balbuceó el hombre.
Amanda alzó una de sus piernas y se sentó encima de aquel miembro alzado. Una vez dentro de su
cuerpo, comenzó a moverse a un ritmo pausado, necesitaba alcanzar su punto de excitación para
conseguir tener un orgasmo sincronizado.
―Te diré cuándo debes de correrte…―musitó cuando comenzaba a sentir la excitación. El varón
asintió y se mordió los labios. Entonces la mujer hizo algo que nunca había pensado. Mientras
comenzaba a llegar al orgasmo y era invadida por los espasmos, dejó que el hombre se corriera y
comenzó a propiciarle unas tremendas guantadas. Pero no fue consciente de aquella explosión
agresiva hasta que cayó rendida sobre el torso masculino y observó su cara sonrojada.
―Lo siento. ―Se disculpó mientras acariciaba el rostro―. De verdad que lo siento, no entiendo por
qué lo he hecho. ―Pero él no le recriminó nada, al contrario, cogió con ternura su mano y comenzó a
besar la palma.
―Gracias. ―Le dijo al fin. Y la atrapó entre sus brazos.
―¿Por?―Levantó las cejas con sorpresa.
―Por quedarte a mi lado. Me iba a volver loco solo de pensar que te ibas, por eso me enfadé tanto.
―Debes de comprender que no me demostrabas nada de todo lo que acabamos de sentir―acariciaba
el pecho varonil―, y ya estaba cansada de arrastrar ese maldito carrito.
―He estado mandándote señales todo el tiempo, Amanda―le dijo mientras le acariciaba el pelo y
besaba su frente.
Ella levantó el rostro para poder mirarlo mejor.
―¿Cómo?―Besó la mejilla del hombre.
―¿Crees que en los tiempos que estamos podía recibir tanto correo ordinario? ¿Cuántas veces tenías
que subir porque se te había quedado alguna carta extraviada? Por no hablar de ese café que todos
los días estaba en tu mesa esperando a que lo atraparas con tus labios.
―¿Eras tú? ¡Pensé que era el chico de ventas!
―¿Le gustas a ese chico? Mañana lo despido sin falta.
―¡No seas bobo!―Le dio una fuerte palmada en su torso.
―¿Te quedarás a mi lado?―La miró suplicante.
―¿Hablaremos de un buen sueldo?―Esbozó una perversa sonrisa.
―De lo que tú quieras mientras te tenga a mi lado. ―La besó lujurioso y la atrapó con fuerza entre
sus brazos.
Ahora no la dejaría escapar jamás.
EL REGALO
―Es solo un juego…― me susurra Alejandra mientras tapa mis ojos con seda negra―. En el
momento que desees puedes abandonar.
―¿Debo fiarme?―Pregunto algo asustada. Ella es de esas amigas a las que debes de temer cuando
quieren darte una sorpresa, nunca sabes cómo puedes acabar.
―¡Por supuesto! Te dije que te haría el mejor regalo en tu despedida de soltera y estoy segura que
nada superará esto.
―No quiero strippers, se lo he prometido. ―le comento mientras me dejo llevar.
―Nada de strippers ni tocamientos impunes. ¡Fíate!―Noto en sus palabras un tono maquiavélico.
De pronto, me posa en un asiento―. Será solo aquello que tú desees, para eso están.
―¿Están?―«¡Dios! ¿Qué me tiene preparado», pienso.
Alex retira la venda y me deja ver. Al principio no percibo nada, mis ojos intentan acostumbrarse al
nuevo ambiente. Está algo oscuro y la poca luz que se percibe es debido a la iluminación de una
velas, siete para ser exactas.
―Yo estaré en la habitación de al lado. Si tuvieses algún problema solo debes salir y llamar.
―¿Dónde estamos?―Le agarro del brazo antes de que intente alejarse.
―En un hotel.
―¿Qué debo hacer?―La miro fijamente.
―Tú solo ordena, ellos obedecerán. ―Señala hacia dos cuerpos que están sentados en la oscuridad.
―¿Ellos? ¿Qué es esto?
Intento levantarme. Quiero salir de allí. No sé qué es lo que desea que haga. Alejandra me vuelve a
sentar, me acaricia el pelo y me da un beso en la mejilla.
―Solo harán lo que les pidas. Ese es mi regalo, que alguien haga lo que tú ordenas.
―No creo que pueda hacerlo. ―Seguro que sí. ―Se retira y da unos pasos hacia las personas que
están sentadas―. Ella será quien os dirija esta noche, ¿entendido?
―Sí, señora. ―responden al unísono.
Por el grupo de voces adivino que se trata de un hombre y una mujer. Un escalofrío invade mi cuerpo,
¿qué voy a hacer con ellos?
―Nos veremos en un rato, cielo. ―dice Alex mientras se aleja―. Espero que sepas aprovechar esta
oportunidad.
Cierra la puerta y me deja allí sola con ambos personajes. Mi respiración comienza a agitarse por la
desesperación, no tengo ni idea que debo hacer, ¿jugar al parchís?
―Hola. ―Me atrevo a decir pasados más de diez minutos.
―Buenas noches, señora. ―responden a la vez.
―No tengo ni idea qué debo de hacer con vosotros así que alguno de los dos debe explicarme dónde
estoy y qué soléis hacer.
Sigo sentada en aquella silla, alejada de ambos cuerpos.
―¿Permite usted mi cercanía?―Pregunta la mujer con mucho respeto.
―Por supuesto, ven. ―respondo con ternura.
Cuando la tengo cerca, observo que solo lleva una túnica blanca cubriendo su cuerpo desnudo. Al
principio me impacta, pero después esbozo una leve sonrisa, ya entiendo de qué va esto, aun así,
deseo escucharla.
―Somos su regalo, señora. Puede hacer con nosotros lo que le plazca―dice en voz baja.
―¿Qué suelen mandaros?―Ya sé la respuesta, pero quiero confirmar mis sospechas.
―De todo.
―¿Sexo?
―También hay sexo, pero si usted lo desea.
―Bien, puedes volver a tu sitio. Debo pensar.―comento mientras mi mente calenturienta comienza a
imaginar.
―Gracias.
Se retira despacio. Apenas se pueden escuchar los pasos porque sus pies están desnudos.
Vuelvo a estar callada durante unos minutos, mientras ellos permanecen inmóviles en su lugar. En la
tranquilidad de la habitación solo se escucha la respiración de los tres. Me levanto de la silla y me
marcho de allí. Quiero pedir explicaciones sobre todo esto a la causante de este regalo.
Sin tocar a la puerta, abro y empiezo a gritar.
―¿Estás loca? ¿Qué crees que puedo hacer con esos dos?―Me cruzo de brazos en la puerta.
―Solo lo que desees―me responde Alejandra con una gran sonrisa.
―¡Esto no es un buen regalo!
―¿Tú crees?
Toma despacio un sorbo de una copa. Parece que bebe champagne. Estará celebrando su gran idea.
―No lo creo, estoy segura.
―Pues entonces ordénales que se marchen y asunto resuelto.
―¡Eso haré! ―Me giro y me marcho hacia la habitación.
Cuando abro de nuevo aquella puerta un deseo maquiavélico vuelve a mi mente pero intento
controlarlo. ¿Cómo voy a hacer eso? ¿No sería infidelidad? Mi querido Raúl no se merece una cosa
así. Es un hombre encantador, divertido, asombroso y sobre todo lo quiero tanto que no se merece
una cosa así.
―¿Señora, está usted bien?―Pregunta el hombre.
―Sí, estoy bien. Solo pienso qué debo hacer. Pronto me casaré y no quiero cometer un error.
―Si me lo permite, esto no sería ninguna traición hacia ese futuro marido. Usted puede mirar y
ordenar.
―¿Eso no es engaño?―Pregunto asombrada.
―Imagínese que está viendo una película porno. ¿Se lo tomaría como un engaño hacia él?
―Visto así…
―Es lo mismo, señora. Lo único que varía en una cosa, es usted quien realiza el guion de los
personajes.
―Déjame pensar.
Tras una leve reflexión, me siento en la silla y miro hacia ellos. Siguen inmóviles, esperando una
orden.
―Levantaros y colocaros frente a mí.
Observo cómo se levantan de sus lugares y caminan despacio.
Ahora puedo ver al hombre. Su desnudez está cubierta por una túnica blanca transparente. Por un
instante vuelvo a recapitular sobre lo que voy a comenzar a hacer, sin embargo, mi interior está loco
porque empiece…
―Quiero que os giréis y os pongáis unos frente al otro. ―Ambos lo hacen. Mi respiración se agita
por la excitación y siento cosquilleos en mi estómago―. Te llamaré H ―Señalo hacia el hombre―
Y tú M.
―Sí, señora―responden a la vez.
―Bien, H, quiero que, sin quitarle la túnica, acaricies con los dedos el cuerpo de M. Lo harás muy
despacio y cuando llegues a su sexo te paras.
H empieza a realizar mi mandato. Lo primero que toca es el pelo de ella, luego el rostro, baja por el
cuello y los hombros. Puedo ver, a pesar de la oscuridad que ella se siente bien, confortable al tacto
de él. Las manos se separan y acarician los brazos de arriba abajo. Lo hace con mucha suavidad,
como si quisiera recordar cada instante de ese momento. Luego, vuelven a los hombros e inician un
trayecto hacia los pechos. Son tocados con delicadeza, y M emite un leve gemido. Bien, ya he
advertido que le gusta ser acariciada por los pezones. H sigue su andadura por el cuerpo femenino,
deleitándose con cada centímetro que palpa, y bajapor el estómago, caderas, piernas…
―Señora, ya he tocado todo menos su sexo.
―¿Qué te ha parecido?―Le pregunto.
―Una delicia. Me ha encantado tocarla―dice con voz estrangulada.
―¿Te has excitado?
―Mucho―responde.
―Bien, ahora es el turno de M. Haz lo mismo.
La mujer inicia el mandamiento. Al igual que el hombre, empieza por el pelo, rostro, hombros,
pecho, cintura…
―No debes tocar su sexo, M. ―Le advierto cuando veo que se está acercando al lugar prohibido.
―Por supuesto―responde.
Cuando finaliza se retira de él y ambos se miran. Puedo comprender su excitación, aunque solo sea
desde otro punto de vista, yo también estoy excitada.
―H, quiero que te arrodilles frente a M y levantes su túnica un poco. ―Lo hace―. Debes saborear
la mujer que tienes frente a ti. Coge una mano y acaríciale lentamente los labios, cuando esté mojada,
introducirás un dedo y lo cubrirás con el jugo que ella desprenda. Luego lo sacarás y lo devorarás.
―Sí. ―Sigue con voz asfixiada.
Levanta levemente la prenda y se acerca hacia el sexo de la mujer. M inclina un poco la cabeza hacia
atrás mientras es acariciada por H. Puedo escuchar desde donde estoy la fluidez de su deseo. Esos
clicks entre la mano del hombre dan por sentado que todos estamos extasiados. Cuando H introduce
el dedo, M se debilita. Veo que puede perder el equilibrio, pero antes de ordenar que se siente, se
recompone.
―¿Está rico, H?―Pregunto mientras comienza a palpitar mi pequeño botón sexual.
―Mucho, señora―responde tras saborearlo varias veces.
―Es tu turno, M. Ponte de rodillas ante él y acaricia con tu boca ese sexo erecto que tiene H.
La mujer se arrodilla, levanta la túnica y con sus manos apoyadas en las piernas del hombre,
comienza a deleitarse de aquel magnífico pene.
Esta vez el que parece perder el equilibrio es él. Mientras la boca de ella sube y baja por su falo,
inclina la cabeza y comienza a temblar.
― ¡Para! ―Ordeno de repente al ver a H está perdiendo el control.
M para y se retira. Los dos agachan la cabeza y esperan una nueva orden. Intento pensar cuál será el
segundo paso. Me doy algo de tiempo, quiero calmar esta lujuria pecaminosa que me recorre el
cuerpo. Puedo sentir la humedad entre mis piernas y los pezones erectos deseando una caricia.
Quizás si me tocara…
―Bien, H quitará ese vestido a M y viceversa. ―Mis piernas se cruzan. A ver si así me concentro en
lo que estoy haciendo y dejo de fantasear.
Con sumo cuidado, H se acerca de nuevo a M y levanta la túnica. Ya nada cubre esa desnudez de la
mujer. Pone la prenda en el suelo y le da paso a M. Con la misma delicadeza, ella elimina la ropa de
H. Es un juego muy erótico. Ambos desnudos esperando una nueva orden. Pero sigo absorta en mis
sensaciones, me encantaría que se tirasen a la cama y se follaran como locos, pero el juego
terminaría pronto y mañana me arrepentiría de ello. Así que sacando fuerzas de donde no las tengo,
prosigo.
―El siguiente paso lo darás tú, H. Quiero que acaricies con tu lengua el cuerpo desnudo de M.
―¿Me paro en el sexo, señora?―Pregunta tímidamente.
―No, esta vez no.
Abre los ojos como platos y observo el placer que recibirá. Se pone tras ella y comienza a lamer el
cuello y espalda. Se arrodilla, acerca la boca hacia los cachetes y los saborea despacio. Noto que
inspira con fuerza, quizás necesite tener en sus adentros el olor sexual que ella desprende. Continúa
con las piernas y se levanta nuevamente, ahora le toca por delante. Lo escucho respirar con fuerza
mientras lame sus pechos.
―Chupa los pezones, H. Creo que a M le encanta. ―Ordeno. La mujer sonríe levemente y me mira
de reojo. Ambas estamos conectadas.
H abre la boca y deja entrar los duros botones que ella ofrece. Puedo escuchar cómo los succiona y
como emiten ambos, unos gemidos de placer. En el fondo, estoy extasiada con aquella situación,
aunque cuando salga de allí no lo demostraré.
Como veo que se está centrando demasiado en los pechos, le mando que los abandone y que continúe
el trayecto. Quiero verla disfrutar mientras es devorada por el hombre. Me voy reflejando cada vez
más en ella y siento que su placer es el mío. Aunque claro, mi sexo llora porque por mucho que desea
ser acariciado y saciado, no lo es.
―Abre bien las piernas, M. Quiero que H no tenga impedimentos para llegar a esa perlita que
palpita.
―Sí, señora. ―Y las abre. En ese instante, H entra en la cueva carnal y con su lengua empieza a
saborear la humedad de la lujuria. Vuelven a gruñir y yo me uno a esos chillidos. Estoy hirviendo.
―H. Ya que estás ahí, quiero que muerdas despacio los labios de M.―Asiente. La mujer me mira
con agradecimiento.
Escucho como se deleita con el manjar. Quizás ambos deseaban tener esta situación, el por qué no lo
sé, pero comienzo a sopesar que lo necesitaban.
―¿Has saboreado bien?―Pregunto ahogada por la excitación.
―Sí, señora. Está rico. ―retira levemente su cabeza de entre las piernas.
―Bien, pues es el turno de M. Ella debe hacer lo mismo contigo. ―Sí, señora―responde M.
Tras lamer su espalda, glúteo, piernas, hombros, vientre… llega al sexo. Al principio parece dudar,
pero tras unos segundos me mira y comienza a acariciarlo. En ese instante me deja bloqueada. ¿Por
qué clava su mirada en la mía mientras toma el pene en su boca? ¿Quiere hacerme llegar lo que
siente? Da igual las intenciones que tenga, a mí me transmite sensualidad y placer, necesitomás…
―¡Para! ―dijo a M―. Ahora toca jugar en la cama. Te tumbarás hacia arriba M, quiero ver cómo H
te folla.
Comienzo a ser más dura en mis palabras, pero es que me estoy volviendo loca. Me encantaría estar
entre ellos, es más, creo que todas las miradas que M está ofreciéndome son para que participe en el
juego. Sin embargo no puedo hacerlo, no debo hacerlo.
―¿Le parece bien así?―Pregunta M mientras se tumba.
―Quiero que te abras de piernas. Necesito ver cómo te bombea con fuerza.
―Como desee…
H se coloca encima de M y busca, con su mano la abertura en la mujer. Estoy segura que comenzará
pronto a invadirla y yo estaré deleitándome de eso. Me levanto de la silla y me siento al lado de
ellos. Mientras que H empieza a introducir su pene, M vuelve a clavar su mirada en mí.
―¿Qué quieres, M?―le digo mientras H la folla sin parar.
―No debería…―musita.
―Te estoy preguntando, ¡contesta!―Pongo la mano sobre la espalda del hombre y le hago parar.
―Quiero que participe, señora.
―No puedo, ya lo sabes.
―Lo siento. ―Entristece los ojos y mira hacia el techo.
Levanto la palma de mi mano y H continúa la intrusión en el cuerpo de la mujer. Cada gemido, cada
gesto de placer me vuelven loca. De pronto mi mente comienza a darme ideas sin parar, entre ellas la
propia masturbación. Si yo misma me consuelo, no será engaño. Lo he hecho millones de veces ante
situaciones de angustia. Mi mano derecha ya lo había pensado porque está sumergiéndose entre mis
húmedas braguitas. Debo colocarme mejor en la cama. Así que haciendo un gran esfuerzo, me siento
en la almohada y comienzo a masturbarme. M gira la cabeza para observarme. Debería sentirme
intimidada, pero no es así. Me encanta que me mire. H sigue follándola y comienza a aullar, creo que
es una indicación de que pronto llegará su orgasmo.
―¡Retírate de ella! ―Ordeno a H. Con un gran esfuerzo y con lágrimas en el rostro, lo hace―. Ponte
de pie en el suelo y mira.―No tengo ni idea qué es lo que voy a hacer, pero llegados a este punto,
cualquier cosa.
―¿Desea que mire algo en especial, señora?
No sé qué contestar.
―¿Me levanto?―M interrumpe aquella conversación.
―Dime, M. ¿Qué deseas hacer ahora?―Le pregunto con un nudo en la garganta. La perdición ya está
aquí.
―Deseo sentir su placer, señora.―Responde desde su lugar.
―¿Dónde?―Mi lujuria me responde el lugar exacto, pero quiero escucharla.
―En mi boca, si me lo permite.
―¿Quieres lamer mi sexo? ¿Por qué?
―Porque quiero hacerla disfrutar.
―Ya lo estáis haciendo. ―La miro con pánico. Más vale que esto termine pronto porque de lo
contrario me rendiría en estos placeres―. No participo, solo ordeno. H ¡fóllala!―grito con
desesperación.
H se acerca de nuevo a ella y la penetra. Mientras yo me masturbo sin parar, él sigue embistiéndola
con fuerza. Los ojos de M siguen clavados en mí. Deberían de incomodarme pero no es así. Si ella
quiere observar cómo llego a mi orgasmo, que lo haga.
―Señora, estoy apunto… ―Advierte H.
―Creo que todos estamos al límite―respondo extasiada. Y mientras que H grita por su liberación,
M y yo lo acompañamos con aullidos gatunos.
Tras unos leves instantes, me recompongo de todo aquello. Mis mejillas dejan de estar sonrojadas
para volver a la palidez. Mi respiración tiene por fin un ritmo tranquilo y he dejado de temblar. Miro
mis ropas y están desaliñadas. En algún momento la mano libre llegó hasta los pezones para
acariciarlos y satisfacerlos, pero no lo recuerdo.
―¿Señora?―Pregunta H una vez que se ha retirado del cuerpo de M―. ¿Desea algo más?
―No, podéis retiraros.
M se levanta y se marcha al lado de H. Salen por una puerta que no había percibido, una que está
situada al lado del baño. Cuando veo que estoy sola, me expando en la cama y miro al techo. ¡Ha
sido increíble! Sin embargo, me siento frustrada.
―¿Todo bien?―La voz de Alejandra me hace levantarme rápidamente de la cama.
―¡Eres una zorra! ―Le grito―. Este tipo de cosas se hace en otras circunstancias.
―¿No participaste?―Pregunta con mofa.
―¡Claro que no! ¿Recuerdas que me voy a casar?―Comienzo a caminar hacia ella.
―Bueno, seguro que lo pasarás mejor el día que te divorcies…
Echa su mano sobre mi hombro y me atrapa.
―Aceptaré el regalo completo entonces…