Creer Es También
Pensar
pensar
La importancia de la mena vida del cristiano
John Stott
La importancia de la menteen la
vida del cristiano
Certeza
Argentina
Buenos Aires 2005Buenos Aires 2005
Stott, John
Creer es también pensar: la importancia de la mente en la vida del cristiano. –
4a. ed. – Buenos Aires: Certeza Argentina, 2005.
80 p.; 20x14 cm.
Traducción de: Adam Sosa
ISBN 950-683-118-11.
Vida Cristiana
I. Título CDD 248.4
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Las citas bíblicas corresponden a la versión Reina-Valera
1995.Traducción: Adam F. Sosa
Edición: Adriana Powell
Diseño y diagramación: Miguel Collie
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Presentación
¿Cuál es el lugar de la mente para el cristiano guiado por el Espíritu? Nadie quiere un
cristianismo frío e intelec-tual, por cierto. Pero, ¿Significa esto que hemos de evitar a
toda costa usar la razón? ¿Debemos o no desafiar al intelecto de las personas cuando
les presentamos el evangelio? ¿Desempeña el sentido común algún papel en la
conducta del cristiano? Muchos estudiantes cierran su mente junto con sus libros,
convencidos de que el intelecto debe de sem-peñar sólo una pequeña parte en la vida
cristiana. Sin embargo, el autor muestra de qué manera la razón se relaciona con todos
los aspectos de nuestra fe. John Stott, ministro y maestro de Biblia reconocido en todo
el mundo por sus libros y sus conferencias y prédicas, explica por qué es importante
para el cristiano el uso de la mente, y cómo emplearla en los aspectos prácticos de la
vida cristiana.
A través de este libro, se nos desafía a vivir una fe ‘inflamada por la verdad’. Jóvenes y
mayores encontrarán una invitación a profundizar su manera cristiana de pensar. Que
el Espíritu Santo hable a su mente y a su corazón.
Los editores
Contenido
La fe y la razón no se oponen
13
¿Por qué usar nuestra mente?
35
La mente en la vida cristiana
65
Con todo tu ser
Lafeylarazón
noseoponen
1
La fe y la razón no se oponen
LafeylarazónLo que Pablo dice acerca de los judíos incrédulos de sus días, podría
decirse tambiénde algunos creyentes cristianos en nuestros días: ‘Porque yo soy
testigo de que tienen celo por Dios, pero no conforme al verdadero conocimiento’(Romanos
10:2).
Muchos tienen celo sin conocimiento, entusiasmo sin instrucción. Es bueno el entusiasmo.
Pero Dios quiere ambas cosas: entusiasmo dirigido por conocimiento, y este, inflamado por
el entusiasmo. Como le escuché decir una vez al doctor Juan Mackay cuando era presidente
del Seminario de Princeton: ‘La entrega sin reflexión es fanatismo en acción. Pero la
reflexión sin entrega es la parálisis de toda acción.’
Hoy en día predomina el espíritu del anti-intelec-tualismo. El mundo moderno estimula el
pragmatismo. La primera pregunta acerca de cualquier idea no es: ‘¿Es verdad?’ sino: ‘¿Da
resultado?’ Los jóvenes tienden a ser activistas, sostenedores de una causa. Rara vez
averiguan con seriedad si esa causa es un fin digno de preocuparse o si su acción es
el mejor medio para lograrlo. Un estudianteaustralianoestabaenSuecia cuando oyó que había
estallado una protesta estudiantil en su universidad. Se retorcía las manos,
consternado. ‘Ojalá estuviera allá,’ exclamó. ‘Hubiera estado en la lucha. ¿Cuál es el motivo
de la protesta?’
¡Este joven tenía entusiasmo sin conocimiento!
El refugio de la ignorancia
El comentarista canadiense Mordecai Richler dijo con franqueza sobre esta cuestión: ‘Lo que
me asusta de esta generación es la medida en que se refugia en la ignorancia. Si el no saber
nada sigue mucho más, no faltará que alguien descubra… la rueda. ’
Este fantasma del anti-intelec-tualismo surge periódicamente para amenazar a la iglesia
cristiana. Considera a la teología con desagrado y desconfianza. Permítame el lector exponer
algunos ejemplos.
Los cristianos católicos han dado un fuerte énfasis a los ritos. Esta al menos ha sido una
característica tradicional del catolicismo, aunque muchos católicos contemporáneos
prefieren la sencillez, y aun la austeridad. Ahora bien, el ceremonial externo no debe
despreciarse si se trata de una expresión clara de la verdad bíblica. El peligro de los ritos
consiste en que fácilmente degeneran en ritualismo, esto es, en una mera realización en la
cual la ceremonia se ha convertido en un fin en sí mismo, un sustituto desprovisto de
significado del culto.
Unas décadas atrás, podía verse otro ejemplo en el énfasis de algunos cristianos en la acción
social y política. La preocupación de aquellos movimientos no estaba ya en el ecumenismo en
sí o en cuestiones de fe y disciplina. La prioridad era alimentar a los hambrientos, alojar a los
que carecen de hogar, combatir el racismo, asegurar la justicia para los oprimidos, promover
programas de ayuda en naciones en desarrollo y apoyar los movimientos revolucionarios del
Tercer Mundo. Aunque las cuestiones de la violencia y la intervención cristiana en la política
sean controversias, en general uno debe aceptar que la lucha por el bienestar, la dignidad y la
libertad de todos los seres humanos es una empresa cristiana. No obstante, podríamos decir
que esta preocupación debía gran parte de su fuerza a la desesperanza de alcanzar un
acuerdo ecuménico. El activismo crecía a expensas de la reflexión teológica, una tarea que no
puede evitarse si las iglesias del mundo han de ser reformadas y renovadas, no digamos
unidas.
Mi tercer ejemplo son los cristianos pentecostales, muchos de los cuales hacen de la
experiencia el principal criterio de verdad. Uno de ellos dijo que lo que importa en último
término ‘no es la doctrina sino la experiencia’.
Sin duda Dios humilla
el orgullo de los hombres,
pero no desprecia la mente que él mismo ha creado.
Esto equivale aponer nuestra experiencia por encima de la verdad revelada de Dios. Otros
dicen creer que Dios da deliberadamente a las personas manifestaciones ininteligibles a fin
de pasar por sobre su orgulloso intelecto y así humillarlo. Sin duda, Dios humilla el orgullo de
los hombres; pero no desprecia la mente que él mismo ha creado…Estos tres énfasis: el de
muchos católicos sobre el ritual, el de algunos protestantes sobre la acción social y el de
algunos pentecostales sobre la experiencia, son hasta cierto punto síntomas de la misma
enfermedad del anti-intelec-tualismo. Son vías de escape por las cuales se trata de evitar la
responsabilidad que Dios nos ha dado, como cristianos, de emplear nuestras mentes.
En términos negativos, me gustaría subtitular este ensayo: ‘La miseria y la amenaza del
cristianismo no intelectual’. Más positivamente, quiero tratar de resumir el lugar de la mente
en la vida cristiana. Trataré a continuación de describir el campo que espero cubrir.
En el segundo capítulo presentaré algunos argumentos —tanto seculares como cristianos—
en favor de la importancia del uso de nuestras mentes. En el tercero describiré seis aspectos
de la vida y responsabilidad cristianas en los cuales la mente ocupa un lugar indispensable.
Por último, presentaré algunas advertencias sobre el riesgo de ‘saltar de la sartén al fuego’, es
decir, el riesgo de renunciar al anti-intelec-tualismo superficial para abrazar un árido super-
intelectualismo. No propongo un cristianismo seco, malhumorado, académico, sino una
cálida devoción inflamada por la verdad. Anhelo este equilibrio bíblico y desearía que se
eviten los extremos del fanatismo. Procuraré demostrar que el remedio para un concepto
exagerado del intelecto no está ni en desacreditarlo ni en descuidarlo, sino en conservarlo en
el lugar que Dios le ha destinado. Así cumplirá el papel que él le ha asignado.
2
¿Por qué usar nuestra mente?
D os mujeres conversaban en el super -mercado. Una le decía a la otra: ¿Qué te pasa? Te
noto preocupada. Sí, estoy muy preocupada, no puedo dejar de pensar en la situación
mundial. respondió la otra. Bueno, tendrías que tomarte las cosas más filosóficamente y
dejar de pensar tanto.
¡Es una idea extraordinaria! Para ser más filosófico hay que pensar menos. Para no caer en
este error popular, es preciso preguntarnos: ¿por qué los cristianos debemos usar nuestra
mente?
La primera razón que daré seguramente apelará a todo creyente que quiera ver el evangelio
de Jesucristo difundirse y ser reconocido en todo el mundo. Mi argumento tiene que ver con
el poder de los pensamientos de los seres humanos para plasmar sus acciones. La historia
está llena de ejemplos de la influencia de las grandes ideas. En todo movimiento poderoso
hubo una filosofía que se apoderó de la mente, inflamó la imaginación y captó la devoción de
sus seguidores. Basta pensar en los manifiestos comunistas y fascistas de este siglo: en Mi
lucha de Hitler, El capital de Marx o los Pensamientos de Mao. Escribe A. N. Whitehead:
Los grandes conquistadores, desde Alejandro hasta César y desde César hasta
Napoleón, influyeron poderosamente en la vida de las generaciones subsiguientes.
Pero el efecto total de esa influencia se encoge hasta la insignificancia, si se compara
con la transformación total de los hábitos y la mentalidad humana operada por la
larga línea de pensadores desde Tales hasta el día de hoy, personas individual-mente
desprovistas de poder, pero que en último término gobiernan al mundo.
Gran parte del mundo está hoy dominado por ideologías que, si no totalmente falsas, son
extrañas al evangelio de Cristo. Podemos hablar de ‘conquistar’ el mundo para Cristo. Pero ¿a
qué clase de ‘conquista’ nos referimos? No a una victoria por la fuerza de las armas. Nuestra
cruzada es muy diferente de las bochornosas cruzadas de la Edad Media. Observen la
descripción que Pablo hace de la batalla: ‘¡No!, las armas de nuestro combate no son carnales,
antes bien, para la causa de Dios, son capaces de arrasar fortalezas. Deshacemos sofismas y
toda altanería que se subleve contra el conocimiento de Dios y reducimos a cautiverio todo
entendimiento para obediencia de Cristo’ (2 Corintios 10:4-5, Biblia de Jerusalén). Esta es
una batalla de ideas, en la que la verdad de Dios derrota a las mentiras de los seres humanos.
¿Creemos en el poder de la verdad?
El premier Krushchev se refirió, no mucho después de la brutal represión soviética del
levantamiento húngaro en 1956, al ejemplo del Zar Nicolás I, cuyas fuerzas rusas habían
reprimido la rebelión húngara de 1848. En un debate sobre Hungría en la Asamblea General
de las Naciones Unidas, Sir Leslie Munro citó las observaciones de Krushchev y terminó su
discurso recordando una declaración hecha por Palmerston en la Sala de los Comunes, en
Londres, el 21 de julio de 1849, sobre el mismo tema. Este dijo:
Las opiniones son más fuertes que las armas. Si están fundadas en la verdad y la
justicia, las opiniones finalmente prevalecerán contralas bayonetas de la infantería, el
fuego de la artillería y las cargas de la caballería …
Pasemos ahora de los ejemplos no cristianos del poder del pensamiento a algunas razones
más específicamente cristianas para el empleo de nuestra mente. Mi argumento es ahora que
las grandes doctrinas de la creación, la revelación, la redención y el juicio implican, todas, que
el ser humano tiene el deber de pensar y actuar según lo que piensa y sabe.
Creados para pensar
Comencemos con la creación. Dios hizo al ser humano a su imagen, y una de las
características más nobles de la semejanza divina en el ser humano es su capacidad para
pensar. Es cierto que todas las criaturas infrahumanas tienen cerebro, algunas rudimentario,
otras más desarrollado. Ya en 1957, W. S. Anthony, del Instituto de Psicología Experimental,
de Oxford, leyó ante la Asociación Británica un trabajo en el que describía ciertos
experimentos con ratas. Había puesto, en el camino hacia sus comederos, obstáculos que
frustraban sus intentos de hallar el camino correcto en medio de un laberinto. Descubrió que,
enfrentadas con barreras complicadas, las ratas mostraban señales de lo que llamó ‘duda
intelectual primitiva’. Puede ser. Pero si algunas criaturas tienen dudas, sólo el ser humano
tiene lo que la Biblia llama ‘entendimiento’, como expresa el Salmo 32:9.
La Escritura lo da por sentado, y así lo demuestra desde el principio de la creación del
hombre y la mujer. En Génesis 2-3, vemos a Dios comunicándose con el ser humano de una
forma en que no lo hace con los animales
El Creador espera que el ser humano colabore con él, de manera consciente e inteligente,
para labrar y mantener el huerto en que lo ha colocado; espera que discrimine —tanto
racional como moral-mente— entre lo que está permitido hacer y lo que está prohibido.
Además, Dios invita al ser humano a poner nombre a los animales, simbolizando así el
señorío que le ha sido dado. Crea a la mujer de tal forma que el hombre reconoce
inmediatamente que es una compañía idónea para su vida, y como resultado prorrumpe en
el primer poema de amor que se haya compuesto.
Esta racionalidad básica del ser humano, por creación, se da por sentado en toda la Biblia. En
realidad, sobre ella basa la Escritura el argumento normal de que, puesto que el ser humano
es diferente de los animales, debe comportarse en forma diferente:
No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados
con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti. Salmo 32:9
El ser humano es reprendido cuando su conducta resulta más bestial que humana (‘Tan
torpe era yo, que no entendía; ¡era como una bestia delante de ti!’, Salmo 73:22), y cuando la
conducta de los animales es más humana que la de algunos humanos. A veces los animales
eclipsan a los humanos. Las hormigas son más laboriosas y más prudentes que el holgazán.
Los bueyes y los asnos tienden a dar a sus amos un reconocimiento más obediente que el
pueblo de Dios. Y las aves migratorias, aunque se van lejos, siempre retornan, mientras que
algunos seres humanos se alejan de Dios y nunca regresan (Proverbios 6:6-11; Isaías 1:3;
Jeremías 8:7).
El tema es claro y contundente. Hay muchas similitudes entre el ser humano y los animales.
Pero los animales fueron creados para proceder por instinto, y los seres humanos por
decisión inteligente. De modo que cuando los seres humanos no hacen por su razón y
consentimiento lo que los animales hacen por instinto, se contradicen a sí mismos,
contradicen su creación y su humanidad característica, y debieran avergonzarse de sí
mismos.
Aunque caída, debemos usar la mente
Es cierto que la mente del hombre ha sufrido los devasta-dores resultados de la caída.
Cuando hablamos de ‘depravación total’ del ser humano, Significa que todas las partes
constituyentes de su humanidad han sido corrompidas, inclusive su mente. La Escritura
describe la mente humana como ‘entenebrecida’. De hecho, como afirma el apóstol Pablo,
cuanto más rechazan hombres y mujeres la verdad de Dios que conocen, más insensatos se
tornan en su pensamiento. Pretenden ser sabios, pero son necios. Su mente es ‘la mente
carnal’, la mentalidad de una criatura caída y hostil a Dios y a su ley (Efesios 4:18; Romanos
1:18-23; 8:5-8).
Todo esto es cierto. Pero el hecho de que la mente humana sea una mente caída no es excusa
para renunciar al pensamiento y refugiarse en la emoción, porque también el aspecto
emocional del ser humano quedó afectado por el pecado. En realidad, este tiene efectos
mucho más peli-grosos sobre nuestra facultad de sentir que, sobre nuestra facultad de
pensar, debido a que nuestras opiniones son más fácilmente enfrentadas y controladas por la
verdad revelada que nuestras experiencias. Así, pues, a pesar del estado caído de la mente del
ser humano, todavía se le ordena utilizar su mente. Dios invita a la rebelde Israel: ‘Vengan,
vamos a discutir este asunto’ (Isaías 1:18, Versión Popular, 1994). Jesús acusaba a las
multitudes incrédulas, inclusive a los fariseos y saduceos, de ser capaces de interpretar las
señales del cielo y predecir el tiempo, pero totalmente incapaces de interpretar las ‘señales de
los tiempos’ y predecir el juicio de Dios. ¿Por qué no juzgan por ustedes mismos lo que es
justo?, les preguntaba (Mateo 16:1-4; Lucas 12:54-57). En otras palabras: ¿Por qué no aplican
al campo moral y espiritual el sentido común que emplean en el campo físico?
La sociedad no cristiana da por sentado lo que enseña la Escritura acerca de la racionalidad
del ser humano, constituida por la creación y no destruida del todo por su caída. Aun cuando
la publicidad apela a nuestros apetitos más bajos, da por sentado nuestra capacidad para
distinguir entre productos; en realidad, a menudo trata de adular al cliente ‘inteligente’. Por la
misma razón, cuando se da la primera noticia de un crimen casi siempre se agrega que ‘no se
ha descubierto aún el motivo’. Se supone, obviamente, que aun la conducta criminal tiene
alguna motivación. Y cuando nuestra conducta es más emocional que racional, de todos
modos, insistimos en ‘racionalizarla’. El nombre mismo de este proceso es significativo.
Indica que el ser humano ha sido constituido como ser racional de tal manera que, si no tiene
razones para su conducta, tiene que inventar alguna a fin de poder vivir en forma coherente.
Seguir los pensamientos de Dios
Pasemos ahora de la creación a la revelación. La gloriosa realidad de que Dios es un Dios que
se revela al ser humano indica la importancia de nuestra mente. Toda la revelación divina es
racional, tanto su revelación general en la naturaleza como su revelación especial en las
Escrituras y en Cristo.
Dios habla al ser humano a través del universo creado, y proclama su gloria divina, aunque el
mensaje sea sin palabras.
Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos.
Un día emite palabra a otro día y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay
lenguaje ni palabras ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz y hasta el
extremo del mundo sus palabras. Salmo 19:1-4
El mensaje es claro, y por eso las personas que apagan su verdad son culpables delante de
Dios.
Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó: Lo
invisible de él, su eterno poder y su deidad, se hace claramente visible desde la
creación del mundo y se puede discernir por medio de las cosas hechas. Por lo
tanto, no tienen excusa, ya que, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a
Dios, ni le dieron gracias. Al contrario, se envanecieron en sus razonamientos y su
necio corazón fue entenebrecido. Romanos 1:19-21
Ambos pasajes se refieren a la revelación que Dios hizo de sí mismo a través del orden
creado. Aunque es una proclamación sin palabras, una voz sin habla, como resultado de ella
todos los hombres y mujeres en algún grado ‘conocen a Dios’. Es de extrema importancia
esta capacidad humana, que se da por sentado, para leer lo que Dios ha escrito en el universo.
De ella depende la investigación científica de la correspondencia entre el carácter de lo que se
investiga y la mente del investigador. Esta correspondencia es la racionalidad.
El ser humano es capaz de comprender los procesos de la naturaleza. No son misteriosos,
sino que se pueden explicar lógicamente en términos de causa y efecto. Los cristianos
creemos que esta correspondencia racional entre la mente del ser humano y los fenómenos
observables se debe al Creador. Él expresó en ambos su propia racionalidad. Como resultado,
según el célebre dicho del astrónomo Kepler, podemos ‘pensar los pensamientos de Dios
siguiéndolo a él’.
La misma correspondencia esencial se encuentra más directamente aun entre la Biblia y el
lector. Porque en y por medio de las Escrituras, Dios ha hablado, esto es, se ha comunicado
con palabras. Quizás se podría decir que mientras en la naturaleza la revelación de Dios está
visualizada, en la Biblia está verbalizada; y en Cristo, ambas cosas, porque él es ‘la Palabra
hecha carne’. Ahora bien, la comunicación en palabras presupone una mente que puede
entenderlas e interpretarlas, porque las palabras son símbolos sin sentido hasta que son
descifradas por un ser inteligente.
En conclusión, la segunda razón por la cual la mente humana es importante es que el
cristianismo es una religión revelada. Dudo que alguien haya expresado esto mejor que
James Orr, en su libro Te Christian view of God and the world (El concepto cristiano de Dios
y del mundo):
Si hay una religión en el mundo que exalte la función de la enseñanza, se puede
afirmar con seguridad que es la religión de Jesucristo. Se ha observado con frecuencia
que en las religiones paganas el elemento doctrinal está reducido al mínimo: allí lo
principal es la realización de un ritual. Pero en esto precisamente es en lo que se
distingue el cristianismo de otras religiones: en que contiene doctrina. Llega a los
seres humanos con una enseñanza definida, positiva; reclama para sí ser la verdad;
basa la religión en el conocimiento, si bien este sólo es alcanzable bajo condiciones
morales. Una religión divorciada del pensamiento diligente y elevado ha tendido
siempre, a lo largo de la historia de la iglesia, a convertirse en una religión débil, estéril
y malsana. Por su parte, el intelecto privado de satisfacción dentro de la religión ha
buscado su satisfacción afuera, y ha desarrollado un materialismo sin Dios.
Algunas personas llegan a la conclusión opuesta. Sostienen, que el ser humano, finito y caído,
no puede descubrir a Dios con su intelecto y Dios debe revelársele; por lo tanto, la mente
carece de importancia. Pero se equivocan. La doctrina cristiana de la revelación, lejos de
hacer innecesaria la mente humana, la hace realmente indispensable y le asigna el lugar que
le corresponde. Dios se ha revelado por medio de palabras a mentes.
Su revelación es una revelación racional a criaturas racionales. Nos toca recibir su mensaje,
aceptarlo, tratar de entenderlo y relacionarlo con el mundo en que vivimos.
El hecho de que Dios tome la iniciativa para revelarse muestra que nuestra mente es finita y
caída; el que él escoja revelarse a los niños (Mateo 11:25) muestra que necesitamos humildad
para recibir su Palabra. Que Dios se revele por medio de palabras, muestra que nuestra
mente es capaz de entenderlo. Una de las funciones más elevadas y nobles de la mente
humana es escuchar la Palabra de Dios. Así podemos seguir sus pensamientos y conocer su
mente, tanto en la naturaleza como en la Escritura.
Me atrevo a decir que cuando dejamos de usar lamente y descendemos al nivel de los
animales, Dios se dirige a nosotros como se dirigió a Job cuando estaba hundido en la
lástima de sí mismo, en la insensatez y en la amargura:
Ahora cíñete la cintura como un hombre: yo te preguntaré y tú me contestarás.
Job 38:3; 48:7
Una mente renovada
Pasemos ahora de la doctrina de la revelación a la de la redención. La redención que Dios
logró mediante la muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo, la anuncia ahora por medio de
sus siervos. De hecho, la proclamación del evangelio (una vez más, un mensaje dirigido por
medio de palabras a la mente) es el medio principal por el cual Dios ha decidido dar la
salvación a los pecadores. Pablo lo expresa de esta manera:
Puesto que el mundo, mediante su sabiduría, no reconoció a Dios a través de las obras que
manifiestan su sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.
1 Corintios. 1:21
Observemos cuidadosamente el contraste que hace el apóstol. No contrasta una presentación
racional con una irracional, como diciendo que, puesto que la sabiduría humana no puede
descubrir a Dios, este ha dejado completamente de lado un mensaje racional. Lo que Pablo
está contrastando con la sabiduría humana es la revelación divina. Pero es una revelación
racional, “lo que predicamos’, el kerigma de Cristo crucificado y resucitado. Es cierto que la
mente del ser humano está a oscuras y sus ojos están ciegos; es cierto, también, que los que
no han sido regenerados no pueden recibir o entender por sí mismos las cosas espirituales
‘porque se han de discernir espiritualmente’ (1 Corintios 2:14; ver2 Corintios 4:3-6). No
obstante, el evangelio se dirige a sus mentes, pues es el medio divinamente ordenado para
abrirles los ojos, iluminar sus mentes y salvarlos. Tendré ocasión de volver sobre este tema
cuando desarrollemos la evangelización.
Ahora bien, la redención lleva consigo la renovación de la imagen de Dios en la persona,
distorsionada por la caída. En esta renovación se incluye la mente. Pablo decía a los creyentes
que el ‘nuevo hombre’ de que se habían
revestido se iba renovando hasta el conocimiento pleno, conforme a la imagen del que lo creó
(Colosenses 3:10) y los exhortaba a renovarse en el espíritu de su mente (Efesios 4:23). El
apóstol fue a un más lejos.
El hombre ‘espiritual’, el ser humano poseído y gobernado por el
Espíritu Santo, tiene nuevas capacidades de discernimiento
espiritual.
Pudo aun decir que tiene ‘la mente de Cristo’ (1 Corintios 2:15-16).
Esta convicción de que los cristianos tienen una mente nueva capacitó a Pablo para apelar
con confianza a sus lectores: ‘Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo’ (1
Corintios 10:15).
Me pregunto cómo reaccionaría el apóstol si visitara la sociedad cristiana occidental en el día
de hoy. Creo que lamentaría, como lo hace Harry Blamires, la falta de una mente cristiana
contemporánea. Blamires describe a esta como ‘una mente adecuada, informada, equipada
para manejar los datos de una controversia secular dentro de un marco de referencia
constituido por presuposiciones cristianas’. Este marco de referencia incluye, por ejemplo, la
aceptación de lo sobrenatural, la universalidad del mal, la verdad, la autoridad y el valor de la
persona humana.
La manera cristiana de pensar ‘desafía los prejuicios corrientes… perturba a los
complacientes… estorba a los ocupados pragmatistas… cuestiona los fundamentos de todo lo
que le rodea… y es una molestia.’ Pareciera, continúa este autor, que hoy no existen
pensadores cristianos con mentes cristianas. Por el contrario:
La mente cristiana ha sucumbido, dejándose arrastrar por lo secular con un grado
de debilidad y enervamiento sin paralelo en la historia cristiana. Es difícil hacer
justicia con palabras a la completa pérdida de intelectualidad en la iglesia del siglo
XX. No se la puede caracterizar sin recurrir a un lenguaje que parecería histérico y
melodramático. Ya no existe una mente cristiana. Hay, desde luego, una ética
cristiana… Pero como ser pensante, el cristiano moderno ha sucumbido a la
secularización.
Esta situación es una triste negación de nuestra redención por Cristo, de quien se nos dice
que ‘nos ha sido hecho por Dios sabiduría’ (1 Corintios 1.30).
Juzgados por nuestro conocimiento
La cuarta doctrina que presupone la importancia de la mente es la doctrina del juicio. Si algo
está claro en cuanto a la enseñanza bíblica sobre el juicio de Dios, es que él nos juzgará por
nuestro conocimiento: por nuestra respuesta (o falta de ella) a su revelación.
Tomemos, el libro de Jeremías en el Antiguo Testamento. Inspirado por el Señor, el profeta
predijo con gran coraje personal y una persistencia sin desmayos que, si el pueblo no
escuchaba la voz de Dios, su nación, la ciudad y el templo serían destruidos. Pero en lugar de
escuchar, ellos cerraron sus oídos y endurecieron su corazón. Estas son algunas de las frases
clave del libro, a modo de ejemplo:
Pero no escucharon … desde el día que vuestros padres salieron de la tierra de Egipto
hasta hoy. Os envié todos los profetas, mis siervos; los envié desde el principio y sin
cesar. Pero no me escucharon ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su corazón.
Jeremías 7:25-26
Mandé a vuestros padres el día que los saqué de la tierra de Egipto … diciéndoles: Oíd
mi voz y cumplid mis palabras conforme a todo lo que os mando. Entonces vosotros
seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. Porque solemnemente advertí a vuestros
padres el día que los hice subir de la tierra de Egipto, amonestándolos sin cesar, desde
el principio hasta el día de hoy, diciendo: ¡Escuchad mi voz! Pero no escucharon ni
inclinaron su oído; antes bien, se fueron cada uno tras la imaginación de su malvado
corazón. Jeremías 11:4, 7-8
Jehová, y he hablado desde el principio y sin cesar, pero no escuchasteis. Y envió Jehová
a vosotros a todos sus siervos los profetas. Los envió desde el principio y sin cesar; pero
no escuchasteis ni inclinasteis vuestro oído para escuchar … Jeremías 25:3-4
Ellos me volvieron la espalda en vez del rostro, y cuando les enseñaba desde el principio
y sin cesar, no escucharon para recibir corrección. Jeremías 32:33
Jerusalén fue destruida por Nabucodonosor y el des venturado Jeremías fue llevado a Egipto
contra su voluntad. Aun entonces, desde allí continuó advirtiendo a sus compatriotas del
juicio de Dios sobre la impiedad de su pueblo:
Envié a vosotros todos mis siervos los profetas, desde el principio y sin cesar, para
deciros: ‘¡No hagáis esta cosa abominable que yo aborrezco!’ Pero no oyeron ni
inclinaron su oído … Jeremías 44:4-5
Nuestro Señor confirmó este principio acerca del juicio:
El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo juzgue: la palabra que he
hablado, ella lo juzgará en el día final. Juan 12;48
La esencia del argumento del apóstol Pablo en los primeros capítulos de su
Carta a los Romanos es que todos los hombres y mujeres son culpables delante
de Dios porque, a pesar de que todos poseen algún cono-cimiento (los judíos a
través de la ley escrita de Dios y los gentiles por medio de la naturaleza y la ley
de Dios escrita en sus corazones), nadie ha vivido a la altura del conocimiento
que tiene.
Es un solemne pensamiento el que, si nos negamos a usar nuestra mente y
rehusamos escuchar la Palabra de Dios con todo nuestro ser, podríamos estar
preparando para nosotros el juicio del Dios omnipotente.
He tratado de mostrar cuán fundamental es la racionalidad del ser humano
para las grandes doctrinas de la creación, la revelación, la redención y el juicio.
Dios nos ha hecho seres pensantes; nos ha tratado como tales al comunicarse
con nosotros por la Palabra; nos ha renovado en Cristo y nos ha dado la mente
de Cristo; y finalmente, nos considerará responsables por el conocimiento que
tenemos.
Tal vez se advierte ahora lo malo que es el rechazo de la mente en algunos
grupos cristianos. Negar la importancia de la capacidad racional del ser humano
es un modo de pensar negativo que hace daño al trabajo de la iglesia en todo el
mundo. Insulta a Dios, que nos hizo a su propia imagen como seres racionales;
empobrece nuestro discipulado cristiano y debilita nuestro testimonio. No es
una verdadera piedad, sino parte de la moda del mundo, y por consiguiente una
forma de mundanalidad. Denigrar la mente es socavar doctrinas cristianas
fundamentales. Dios nos ha creado seres racionales: ¿negaremos la humanidad
que nos ha dado? Dios ha hablado. ¿Nos negaremos a escuchar su mensaje?
Dios ha renovado nuestra mente por medio de Cristo. ¿Por qué no habremos de
pensar con ella? Finalmente, Dios nos juzgará por su Palabra. ¿No tendremos la
sabiduría de construir nuestra casa sobre esta roca?
En vista de estas doctrinas, no es sorprendente descubrir cuánto énfasis pone la
Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, sobre la
adquisición de conocimiento y sabiduría. En el Antiguo Testamento,
Dios se queja de que su pueblo se comporta como ‘hijos ignorantes’ (Jeremías
4:22; Proverbios 30:2) y declara que ‘fue destruido, porque le faltó
conocimiento’ (Oseas4:6; ver Isaías 5:13). Toda la literatura del Antiguo
Testamento enfatiza que ‘los insensatos aborrecen la ciencia’ y que sólo el sabio
es verdaderamente feliz, puesto que al obtener sabiduría ha obtenido algo
‘mejor que el oro fino’ y ‘más precioso que las piedras preciosas’ (Proverbios
1:22; 3:13-15) De la misma manera, en el Nuevo Testamento “gran parte de
la instrucción de los apóstoles está dirigida a la adquisición de una
sabiduría divina y su aplicación a la vida en santidad”.
El apóstol Pedro aconseja: ‘Por esto mismo, poned toda diligencia en añadir a vuestra fe
virtud; a la virtud, conocimiento’ (2 Pedro 1:5). Pablo escribe: ‘Hablamos sabiduría entre los
que han alcanzado madurez’, y continúa increpando a los corintios por su inmadurez. Son
todavía como niños, dice, que necesitan leche y no pueden digerir el alimento sólido de la
sabiduría celestial (1 Corintios 2:6; 3:2, 13; ver Hebreos 5:11-6:3)
Las grandes oraciones de Pablo por las jóvenes iglesias y sus miembros se centraron sobre
todo en que crecieran en conocimiento y que el Espíritu Santo ejerciera su ministerio entre y
dentro de ellos como el Espíritu de verdad. Por los efesios oraba:
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de
revelación en el conocimiento de él; que él alumbre los ojos de vuestro entendimiento, para
que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, cuáles las riquezas de la gloria de su
herencia en los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los
que creemos, según la acción de su fuerza poderosa. Efesios 1:17-19
Más adelante, en la misma carta, oraba que ‘el Padre de nuestro Señor Jesucristo … os dé …
el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por
la fe en vuestros corazones.’ ¿Paraqué? He aquí la razón:
A fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de
comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la
altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis
llenos de toda la plenitud de Dios. Efesios 3:17-19
Por los filipenses, rogaba:
Que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento y en toda comprensión, para
que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprochables para el día de Cristo,
llenos de frutos de justicia. Filipenses 1:9-11
Por los colosenses:
Que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia
espiritual. Así podréis andar como es digno del Señor, agradándolo en todo, llevando
fruto en todabuena obra y creciendo en el conocimiento de Dios. Colosenses 1:9-10
La repetición de las palabras ‘conocimiento’, ‘sabiduría’, ‘inteligencia’ es notable. No cabe
duda de que el apóstol las consideraba esenciales para la vida cristiana. Dios, se revela a todo
nuestro ser y espera que le respondamos de la misma manera.
3
La mente en la vida cristiana
E estamos ahora en condiciones de considerar de qué maneras espera Dios que usemos
nuestra mente. No pretendo aquí defender la adquisición de conocimientos o de una cultura
no cristiana, sino más bien bosquejar seis esferas de la vida cristiana, cada una de las cuales
no podría existir sin el empleo adecuado de la mente. Examinaremos sucesivamente el culto
cristiano, la fe cristiana, la santidad cristiana, la dirección de Dios u orientación cristiana, la
evangelización cristiana y el ministerio cristiano.
El culto verdadero
Me gusta recordar la historia (que he citado en Las controversias de Jesús) que
acostumbraba relatar el clérigo norteamericano Rufus M. Jones. Él creía en la importancia
del intelecto en la predicación. Pero alguien en su congregación objetaba ese énfasis y le
escribió, quejándose: ‘Cuando voy a la iglesia quisiera desatornillarme la cabeza y colocarla
debajo del banco, porque en una reunión religiosa no necesito nada que esté más arriba que
el botón del cuello de mi camisa.’
Un culto igualmente insensato era el que se ofrecía en la pagana Atenas, donde Pablo
encontró un altar dedicado ‘al Dios desconocido’. Esto no es propio del os cristianos. El
apóstol no se contentó con dejar a los atenienses en su ignorancia, sino que les proclamó la
naturaleza de las obras del Dios a quien adoraban sin conocerlo. Pablo sabía que el único
culto aceptable a Dios es el culto inteligente, el culto ‘verdadero’, el culto ofrecido por quienes
saben a quién están adorando y a quien aman ‘con toda su mente’. Los Salmos eran el
himnario de la iglesia del Antiguo Testamento, y todavía se cantan en el culto cristiano. Es
instructivo, pues, aprender en esa fuente qué es el culto verdadero. La definición básica del
culto en los Salmos es ‘alabar el nombre del Señor’ o ‘dar al Señor la gloria debida a su
nombre’. Y cuando empezamos a averiguar qué significa su ‘nombre’, hallamos que es la
suma total de todo lo que él es y ha hecho. En particular, en los Salmos se lo adora como el
Creador del mundo y el Redentor de Israel, y los salmistas se deleitan, en sus alabanzas,
dando largas enumeraciones de las obras divinas de creación y redención.
El Salmo 104, por ejemplo, expresa el asombro ante la sabiduría de las múltiples obras de
Dios, en el cielo y en la tierra, en la vida animal y vegetal, entre las aves y los mamíferos y los
‘seres innumerables’ que se agitanen el grande y ancho mar.
El Salmo 105, por su parte, celebra un conjunto diferente de las ‘maravillas’ de Dios, a saber,
su especial relación con su pueblo escogido. Repasa la historia de siglos: las promesas de Dios
a Abraham, Isaac y Jacob; el cuidado hacia José en Egipto, exaltándolo de la cárcel al
principado; los poderosos actos por medio de Moisés y Aarón para rescatar al pueblo; la
forma como los sostuvo en el desierto y el poder con que les hizo heredar la tierra prometida.
El Salmo 106 repite en gran parte el mismo relato, pero esta vez se maravilla ante la paciencia
de Dios con su pueblo, tan dado a olvidar sus obras, a no creer en sus promesas y a rebelarse
contra sus mandamientos.
El Salmo 107 alaba a Dios por la constancia de su amor que redime a gente de diferentes
grupos: viajeros perdidos en el desierto, presos que languidecen en un calabozo, enfermos
que se acercan a la muerte y nave-gantes en medio de una poderosa tempestad. Todos estos
‘clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones’. Así, pues, ‘alaben la
misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres’.
Israel no adoraba a Dios como una deidad abstracta sino como el Señor de
la creación y de las naciones, que se había revelado en actos concretos.
Mi último ejemplo es el Salmo 136. Aquí se repite en cada versículo el mismo estribillo
litúrgico: ‘Porque para siempre es su misericordia.’ La convocación a dar gracias a Dios por su
bondad empieza con su creación de los cielos, la tierra, el sol, la luna y las estrellas, y luego asa
a su redención de Egipto y de los reyes amorreos, a fin de darles como herencia su tierra.
Basten estos ejemplos para mostrar que Israel no adoraba a Dios como una deidad distante o
abstracta sino como el Señor de la creación y de las naciones, que se había revelado en actos
concretos: el Dios que creó y sostiene su mundo y que había redimido y preservado a su
pueblo. Había buenos motivos para alabarle por su bondad, por sus obras y ‘por todos sus
beneficios’.
Una respuesta inteligente
A estos poderosos hechos de Dios, los cristianos agregamos el hecho más poderoso de todos
que es el nacimiento, vida, muerte y exaltación de Jesús, su don del Espíritu y su nueva
creación: la iglesia. Tal es la historia del Nuevo Testamento, y por eso es que hoy las lecturas
del Antiguo y el Nuevo Testamento son una parte indispensable del culto. Sólo cuando
volvemos a escucharlo que Dios ha hecho podemos disponernos a responder en alabanza y
adoración. Por eso también la lectura y la meditación de la Biblia son parte esencial de la
devoción cristiana privada. Todo culto cristiano, público y priva-do, debiera ser una respuesta
inteligente a la revelación de Dios en sus palabras y sus obras registradas en la Escritura.
En este contexto, se puede hacer una referencia al ‘hablar en lenguas’. Sea cual haya sido la
glosolalia existente en los días del Nuevo Testamento, lo cierto es que las palabras eran
ininteligibles para el que las pronunciaba. Por eso Pablo dijo muy claramente que, cuando
alguien ora en una lengua desconocida, debe ser interpretado para que sus palabras sean de
edificación.
Por lo tanto, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla. Si yo
oro en lengua desconocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto
¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento.1 Corintios
14_13-15
En otras palabras, Pablo no podía imaginar una oración o un culto en el cual la mente
permaneciera inactiva. Insistía en que, en todo culto verdadero, la mente debe estar
plenamente involucrada. Con todo, el culto cristiano no se perfeccionará hasta que estemos
en el cielo, porque hasta entonces no conoceremos a Dios tal como es y, por lo tanto, no
podremos alabarle como merece.
La fe: ¿creencia ilógica?
Uno se pregunta si hay alguna cualidad cristiana peor interpretada que la fe. Empezaré con
dos declaraciones negativas.
Primero, la fe no es credulidad. El norteamericano H. L. Mencken, un crítico del cristianismo
que rechazaba todo lo sobrenatural, dijo una vez que ‘la fe puede definirse brevemente como
una creencia ilógica en la ocurrencia de lo improbable’. Estaba equivocado. Tener fe no es ser
crédulo. Ser crédulo es ser simple; es carecer por completo de espíritu crítico. Ser crédulo es
ser incapaz de discernir y es incluso ser irrazonable en lo que uno cree. Pero es un gran error
suponer que la fe y la razón son incompatibles. En la Escritura se oponen la fe y la vista, pero
no la fe y la razón. Por el contrario, la verdadera fe es esencialmente razonable, porque confía
en el carácter y las promesas de Dios. Un cristiano creyente es alguien cuya mente refleja esa
certidumbre.
En segundo lugar, la fe no es optimismo. Esta parece ser la confusión que hace Norman
Vincent Peale. Mucho de lo que él escribe es cierto. Su convicción fundamental tiene que ver
con el poder de la mente humana. Cita a William James: ‘El mayor descubrimiento de mi
generación es que los seres humanos pueden modificar sus vidas si modifican sus actitudes
mentales’, ya Ralph Waldo Emerson: ‘Un hombre es lo que piensa durante todo el día.’ Así
desarrolla Peale su tesis sobre el ‘pensamiento positivo’, que equipara a la fe. ¿Qué es
precisamente la ‘fe’ que él propugna? El primer capítulo de su libro El poder del pensamiento
positivo se titula, significativamente: ‘Cree en ti mismo’. En el capítulo siete ofrece una
sugerencia que, según afirma, da resultado. Recomienda leer el Nuevo Testamento y reunir
‘una docena de las más vigorosas declaraciones acerca de la fe’ y memorizar las. ‘Deja que
esos conceptos sobre la fe penetren en tu mente consciente. Repítelos una y otra vez…’
Gradualmente, asegura, irán descendiendo al subconsciente y ‘te transformarán en un
creyente’.
Hasta aquí esto parece promisorio. Pero cuidado: cuando la Biblia se refiere al ‘escudo de la
fe’, continúa Peale, está enseñando ‘una técnica de poder espiritual, a saber, fe, creencia,
pensamiento positivo, fe en Dios, fe en los demás, fe en ti mismo, fe en la vida. Esta es la
esencia de la técnica que ella enseña’. Continúa citando espléndidos versículos como: ‘al que
cree todo le es posible’ y ‘conforme a vuestra fe os será hecho’, pero luego lo echa todo a
perder explicando este último texto como sigue: ‘Llegarás hasta donde alcance tu fe en ti
mismo, tu fe en tu trabajo, tu fe en Dios, y no irás más allá.’
Estas citas son suficientes para mostrar que Peale aparentemente no hace ninguna distinción
entre la fe en Dios y la fe en uno mismo. En realidad, no parece preocuparle para nada el
objeto de la fe. Como parte de su ‘fórmula para romper la ansiedad’ recomienda que lo
primero que uno debe hacer cada mañana, antes de levantarse, es repetir en voz alta, tres
veces: ‘creo’, pero no dice en qué hemos de creer. Las últimas palabras de su libro son: ‘Cree,
pues, y vive con éxito.’ Pero creer ¿qué? ¿Creer en quién?
Fe, para Peale, es realmente otra manera de denominar a la confianza en uno mismo, un
optimismo en gran parte sin fundamento. Me temo que este pensamiento positivo sea,
simplemente, un sinónimo de lo que quisiéramos que fuera cierto. Peor, aún es la posición de
W. Clement Stone, el fundador norteamericano de Actitudes Mentales Positivas, que
sostiene que el ‘presidente Nixon sería un agriado expolítico de segunda clase si no se hubiera
despojado de su inmadurez emocional al descubrir el AMP.’ El mismo autor asegura
transformar a hombres comunes en ‘súper-hombres’. Pretende haber desarrollado ‘la técnica
de ventas para terminar con todas las técnicas de ventas: Puedes venderte a ti mismo
recitando todas las mañanas, como lo hacen tus vendedores: ‘¡Me siento feliz, me siento sano,
me siento formidable!
’Ni el ‘pensamiento positivo’ de Peale, ni las ‘actitudes mentales positivas’ de Stone son lo
mismo que la fe cristiana. Fe no es optimismo.
Fe y pensamiento van juntos
La fe es una confianza razonada, una confianza que cuenta por entero en que Dios es digno
de confianza. Por ejemplo, cuando David y sus hombres retornaron a Siclag, antes de que los
filisteos mataran a Saúl en la batalla, les aguardaba un terrible espectáculo. Durante su
ausencia los amalecitas habían saqueado la aldea, quemado sus casas y raptado a sus
mujeres y niños. David y sus hombres ‘lloraron hasta que les faltaron las fuerzas para llorar’, y
entonces, en su angustia, el pueblo habló de apedrear a David. Era una gran crisis y David
hubiera podido entregarse a la desesperación. En cambio, leemos que ‘David se fortaleció en
Jehová su Dios’. Esa era ver-dadera fe. David no cerró los ojos a la realidad. No trató de
edificar su confianza sobre sí mismo ni decirse que en realidad se sentía perfectamente bien.
Nada de eso. Recordó al Señor su Dios, el Dios de la creación y del pacto, el que había
prometido ser su Dios y colocarlo en el trono de Israel. Al recordar las promesas y la fidelidad
de Dios, David se fortaleció en su fe.
Así, pues, la fe y el pensamiento van juntos; es imposible creer sin pensar.
El doctor Lloyd-Jones nos ha dado un excelente ejemplo neotestamentario de esta verdad.
En su comentario del Sermón del Monte, explica el pasaje de Mateo 6:30: ‘Y si a la hierba del
campo, que hoy es y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más
por vosotros, hombres de poca fe?’
La fe, según la enseñanza de nuestro Señor en este párrafo, es primordialmente
pensamiento; y todo el problema del hombre de poca fe es que no piensa. Se deja golpear
por las circunstancias… Debemos dedicar más tiempo a estudiar las lecciones de nuestro
Señor sobre observación y deducción. La Biblia está llena de lógica, y nunca debemos
pensar en la fe como algo puramente místico. No nos sentamos en un sillón a esperar que
nos sucedan cosas maravillosas. Esa no es la fe cristiana. La fe cristiana es esencialmente
pensamiento. Miradlas aves, pensad en ellas, y sacad vuestras conclusiones. Mirad la
hierba, mirad los lirios del campo, consideradlos… La fe, si queréis, puede definirse así: Es
un hombre que insiste en pensar cuando todo parece determinado agolpear lo y
aplastarlo en sentido intelectual.
El problema con la persona de poca fe es que, en lugar de dominar su pensamiento, este
está siendo dominado por alguna otra cosa y, como decimos, gira y gira en círculos. Esta
es la esencia del problema… Eso no es pensamiento; es ausencia de pensamiento, es no
pensar.
Antes de concluir este análisis sobre el lugar de lamente en la fe cristiana, quisiera
mencionar las dos ordenanzas o sacramentos del evangelio: el bautismo y la cena del
Señor. Ambos son signos destinados a traer bendición al cristiano, despertando su fe en
las verdades que ellos significan. Analicemos la cena del Señor. En su aspecto más sencillo
es una dramatización visible de la muerte del Salvador por los pecadores. Es un
recordatorio racional de la misma. Nuestra mente necesita pensar en su significado y
captar la seguridad que ella ofrece. Cristo mismo nos habla a través del pan y del vino. ‘Yo
he muerto por ti’, nos dice. Recibir esa palabra debiera de volver el reposo a nuestros
corazones culpables.
Cranmer escribe que la cena del Señor ‘fue ordenada con este propósito: que todo ser
humano, al comer y beber de ella, recuerde que Cristo murió por él, y ejerza así su fe, y sea
confortado por el recuerdo de los beneficios de Cristo…’
La seguridad cristiana es la ‘plena certidumbre de fe’. Y si la seguridad es hija de la fe, la fe es
hija del conocimiento: el conocimiento cierto de Cristo y del evangelio. Como dice el obispo
Ryle: ‘La mitad de nuestras dudas y temores surgen de una débil percepción de la verdadera
naturaleza del evangelio de Cristo… La raíz de una religión feliz es un conocimiento claro y
bien definido de Jesucristo.’
La búsqueda de la santidad
Las páginas de la Biblia nos dan muchos secretos de la santidad. De hecho, un propósito
importante de la Escritura es mostrar al pueblo de Dios cómo llevar una vida digna de él y
agradable a él. Pero uno de los aspectos más descuidados de la búsqueda de la santidad es el
lugar de la mente, a pesar de que el mismo Jesús no dejó duda al respecto cuando prometió:
‘Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’. Jesús nos libera de la esclavitud del pecado
mediante su verdad. ¿Cómo se produce esto? ¿Dónde reside el poder liberador de la verdad?
Para empezar, necesitamos tener una imagen clara de la clase de personas que Dios quiere
que seamos. Debemos conocer la ley moral de Dios y sus mandamientos. Como lo expresó
John Owen, ‘el bien que la mente no puede descubrir, la voluntad no puede escoger, ni los
afectos aferrarse a él … Por consiguiente, en la Escritura el engaño de la mente comúnmente
se presenta como el principio de todo pecado.’
El mejor ejemplo de esto se puede hallar en la vida terrenal de nuestro Salvador. Tres veces
se le acercó el diablo y lo tentó en el desierto de Judea. Tres veces reconoció que la sugestión
del diablo era mala y contraria a la voluntad de Dios. Tres veces contrarrestó la tentación con
la palabra gegraptai, ‘está escrito’. No había lugar para debate o discusión. La cuestión estaba
resuelta en su mente desde el principio. Porque la Escritura había establecido qué era lo
bueno. Este claro conocimiento bíblico de la voluntad de Dios es el primer secreto de una
vida justa. Sin embargo, no basta saber lo que debemos ser. Debemos ir más allá y poner
nuestra mente en ello. La batalla casi siempre se gana en la mente. Por la renovación de
nuestra mente se transforman nuestro carácter y nuestra conducta. Por lo tanto, la Escritura
nos llama una y otra vez a la disciplina mental en este sentido.
Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo
amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de
alabanza, en esto pensad. Filipenses 4:8
Y otra vez,
Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del
Espíritu, en las cosas del Espíritu. El ocuparse de la carne es muerte, pero el
ocuparse del Espíritu es vida y paz. Romanos 8:5-6
El dominio propio es ante todo dominio de la mente. Lo que sembramos en nuestras mentes
lo cosechamos en nuestras acciones. Hablamos de ‘alimentar la mente’ y es cierto personas
que llegaremos a ser. Las mentes saludables tienen un apetito saludable. Debemos
satisfacerlo con alimento que brinde salud, y no con drogas y venenos intelectualmente
peligrosos. Hay, sin embargo, otra clase de disciplina mental a la cual se nos convoca en el
Nuevo Testamento. Hemos de considerar no sólo lo que debiéramos ser, sino lo que por la
gracia de Dios ya somos. Debemos recordar constantemente lo que Dios ha hecho por
nosotros, y decirnos:
‘Dios me ha unido con Cristo en su muerte y su resurrección, y ha borrado así mi vieja vida y
me ha dado una vida totalmente nueva en Cristo. Me ha adoptado en su familia y me ha
hecho su hijo. Ha puesto dentro de mí su Santo Espíritu y así ha hecho de mí su templo.
También me ha hecho su heredero, y me ha prometido un destino eterno con él, en el cielo.
Esto, es lo que ha hecho por mí y en mí. Para esto es que estoy en Cristo.’
La clase de alimento que nuestras mentes consuman determinará la clase
de personas que llegaremos a ser.
Pablo nos urge continuamente a recordar estas cosas. ‘Quiero que sepáis…’, escribe. ‘No
quiero que seáis ignorantes.’ Y alrededor de diez veces en sus cartas a los romanos y a los
corintios pronuncia esa pregunta: ¿No sabéis…? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido
bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? ¿No sabéis que sois
esclavos de aquel a quien obedecéis? No sabéis que sois templo de Dios, y que el que las
mentes de los seres humanos necesitan ser alimentadas tanto como sus cuerpos. La clase de
alimento que nuestras mentes consuman determinará la clase de Espíritu de Dios está en
vosotros? ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? ¿No sabéis que vuestros
cuerpos son miembros de Cristo? (Romanos 6:3, 16; 1 Corintios 3:16; 6:9, 15 ; ver también 1
Corintios 5:6; 6:2-3, 16, 19).
La intención de Pablo con esta batería de preguntas no es hacernos avergonzar de nuestra
ignorancia. Más bien, quiere ayudarnos a recordar estas grandes verdades acerca de nosotros
mismos, que de hecho conocemos perfectamente. Quiere hablarnos de ellas hasta que se
apoderen de nuestras mentes y moldeen nuestro carácter. Este no es el optimismo confiado
en sí mismo que propugna Norman Vincent Peale. El Pensamiento Positivo trata de
hacernos creer que somos diferentes de lo que somos. Pablo, en cambio, nos recuerda lo que
verdadera-mente somos, porque Dios nos ha hecho de esa manera en Cristo.
La orientación de Dios
Que Dios está dispuesto y es capaz de guiar a su pueblo, es un hecho. Lo sabemos por las
Escrituras: en sus promesas, sus mandamientos y sus oraciones. Pero ¿cómo descubrimos lo
que Dios quiere?
Algunos cristianos dicen muy tranquilamente ‘el Señor me dijo que haga esto’ o ‘el Señor me
ha llamado a hacer esto’, como si tuvieran una línea directa al cielo y estuvieran en
comunicación telefónica continua con Dios, quien les envía señales que dan soluciones a sus
problemas y respuestas a sus preguntas. Me resulta difícil creerles. Otros creen que reciben
instrucciones detalladas de Dios, cuando en realidad lo que hacen es una interpretación
antojadiza de la Escritura; violentan el contexto y no tienen base ni en la exégesis sana ni en el
sentido común. Si hemos de discernir la voluntad de Dios para nosotros, debiéramos
empezar por trazar una importante distinción entre su voluntad ‘general’ y su voluntad
‘particular’.
La voluntad ‘general’ de Dios puede ser así llamada porque es su voluntad para todo su
pueblo en todos los tiempos, mientras que su voluntad ‘particular’ puede llamarse así porque
es su voluntad para determinadas personas en determinados momentos. La voluntad
general de Dios para nosotros es que nos conformemos a la imagen de su Hijo. La voluntad
particular de Dios tiene que ver con cuestiones tales como la elección de una profesión o de
un compañero o compañera para la vida, y cómo emplear nuestro tiempo, nuestro dinero y
nuestras vacaciones.
La voluntad particular de Dios
Una vez hecha esta distinción, estamos en condiciones de contestar nuestra pregunta acerca
de cómo podemos descubrir la voluntad de Dios, porque la voluntad general de Dios ha sido
revelada en la Escritura. Aun así, no siempre es fácil discernir su voluntad en las complejas
situaciones éticas modernas. Necesitamos tener sanos principios de interpretación bíblica.
Necesitamos estudiar, conversar y orar. No obstante, sigue siendo cierto, con respecto a la
voluntad general de Dios, que su voluntad para su pueblo está en su Palabra.
La voluntad particular de Dios no debe buscarse en la Escritura, porque los propósitos de
Dios pueden ser diferentes para diferentes miembros de una familia. Hallaremos en la Biblia
algunos principios generales para guiarnos en nuestras decisiones particulares. Algunos hijos
de Dios, a lo largo de su vida, han afirmado recibir una guía muy detallada en la Escritura.
Tomemos como ejemplo, la cuestión de un hombre y su matrimonio. La Escritura
proporciona una guía en términos generales. Puede decirle que el matrimonio es el propósito
de Dios para la humanidad, y que la vida
Dios nos guía por medio del empleo de nuestro propio entendimiento, alumbrado por la
Escritura, la oración y el consejo de hermanos.
de soltero es la excepción, no la regla; que uno de los propósitos primordiales del matrimonio
es el compañerismo y que esta es una de las cualidades que debe buscar en la joven con quien
espera casarse; que como cristiano uno tiene libertad sólo de casarse con una joven cristiana;
y que el matrimonio es el contexto ordenado por Dios en el cual disfrutar del amor y la unión
sexual. Estas y otras verdades vitales acerca de la voluntad general de Dios en cuanto al
matrimonio las hallaremos en la Escritura. ¡Pero no le dirá al joven si su esposa ha de ser
María, Josefa, Beatriz o Teresa!
Dios nos guía por medio del empleo de nuestro propio entendimiento,
alumbrado por la Escritura, la oración y el consejo de hermanos.
¿Cómo ha de decidir esta importante cuestión? Sólo hay una respuesta posible: el empleo de
la mente y el sentido común de que Dios nos ha dotado. Seguramente orará por la dirección
divina. Si es sabio, pedirá el consejo de sus padres y otras personas maduras a quienes
conozca bien. Pero, en último término, deberá adoptar su propia resolución con la confianza
en que Dios lo guiará mediante sus propios procesos mentales.
Para este uso de la mente hay buena garantía bíblica en el Salmo 32:8-9. Estos dos
versículos, leídos juntos, proporcionan un buen ejemplo del equilibrio de la Biblia.
Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis
ojos.
Se trata de una triple promesa: Te haré entender, te enseñaré, te guiaré. Pero el versículo 9
agrega inmediatamente:
No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser
sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti.
En otras palabras, aunque Dios promete guiarnos, no debemos esperar que lo haga de la
manera como nosotros guiamos a los caballos y a los mulos. Él no emplea con nosotros la
brida y el cabestro porque nosotros no somos caballos ni mulos: somos seres humanos.
Tenemos entendimiento, que los animales no tienen. Por consiguiente, Dios nos guiará al
conocimiento de su voluntad particular por medio del empleo de nuestro propio
entendimiento, alumbrado por la Escritura, la oración y el consejo de hermanos y amigos
Dios hizo al ser humano a su imagen,
y una de las características más nobles deesa semejanza es su
capacidad para pensar. La pregunta es: ¿Qué lugar ocupa la mente en la
vida del cristiano?
El autor explica que fuimos creados para pensar y para seguir
los pensamientos de Dios, y nos alienta a emplear nuestra mente en
todos los aspectos de la vida. Este libro nos desafía y nos invita a
profundizar y a renovar nuestra manera cristiana de pensar.
John Stott es pastor, conferencista, y uno de los
líderes evangélicos más reconocidos. Es autor de
más de 40 libros, entre ellos:
Cristianismo Básico,
La cruz de Cristo,
Señales de una iglesia viva
.Certeza
Argentina
Vida cristiana
Vida práctica
ISBN 950-683-118-17 8 9 5 0 6 8 3 1 1 8 9
9