10.15648/Collectivus.vol7num1.2020.
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El papel de las mujeres sobrevivientes
en la construcción de paz en Colombia
The role of surviving women
in the construction of peace in Colombia
Wilman Preciado Valencia*
Heidi Smith Pulido Varon**
Resumen
El presente artículo reflexiona respecto a las contribuciones que hacen las mujeres
sobrevivientes del conflicto armado a la paz en Colombia, a partir de dos categorías: la
primera, explora la experiencia de las mujeres desde la perspectiva de la violencia patriarcal;
la segunda, recoge los aportes que han hecho ellas a la construcción de paz. Entre otras
conclusiones importantes se reconoce: cómo la violencia patriarcal contra las mujeres laceró
su dignidad y pretendió minar su liderazgo político y social; cómo la acogida entre mujeres, no
necesariamente vinculadas a estrategias institucionales de orden psicosocial, fortalecen su
recuperación; y cómo las estrategias noviolentas pretenden movilizar a la sociedad colombiana
a la solidaridad, y al reconocimiento de la otredad que representa la fragilidad de quienes han
sufrido la violencia y demandan la consolidación de la paz.
Palabras clave: construcción de paz, estrategias noviolentas, experiencias de acogida,
violencia patriarcal.
Abstract
This article reflects on the contributions that women survivors of the armed conflict make to
peace in Colombia, from two categories, the first denominated women and patriarchal violence
and the second, contributions of women to peacebuilding. The most representative conclusions
are three: 1) it is recognized that patriarchal violence against women undermines dignity and
sought to undermine their political and social leadership, 2) reception among women, not
necessarily linked to institutional strategies of a psychosocial nature, strengthen the recovery
of women, 3) non-violent strategies seek to mobilize society to solidarity, to the recognition
of the otherness that represents the fragility of those who suffered violence, demand the
consolidation of peace.
Keywords: peace building, patriarchal violence, reception experiences, non-violent strategies.
Recibido: 15 de julio de 2019 | Aprobado: 16 de octubre de 2019
Cómo citar este articulo
Preciado Valencia, W. y Pulido Varon, H. (2020). El papel de las mujeres sobrevivientes en la construcción de paz en
Colombia. Collectivus, Revista de Ciencias Sociales, 7(1), 109-120. DOI: https://doi.org/10.15648/Collectivus.vol7num1.2020.2555
*Magister en Intervenciones Psicosociales. Facultad de Ciencias Sociales y Religiosas, Fundación Universitaria Claretiana, jefatura del
Departamento de Humanidades, sede principal, Quibdó, Chocó. [email protected]
**Magister en Desarrollo. Facultad de Ciencias Sociales y Psicología, Universidad Católica Luis Amigó. Bloque 1-sala 41.
[email protected]
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1. Introducción
El 24 de noviembre de 2016 se firmó el Acuerdo final para la terminación del conflicto armado en
Colombia y para la construcción de una paz estable y duradera entre el Estado colombiano y la guerrilla de
FARC-EP. En términos formales se dio por finalizada una confrontación bélica que supera los 50 años (cfr.
Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, 2015, pp.13-14); para la sociedad colombiana esto significa
el inició un nuevo desafío por alcanzar la paz, incorporando en lo cotidiano disposiciones para el perdón y
la reconciliación, no solo hacia quienes han participado directamente del conflicto, sino también en todos
los niveles sociales en los que han calado las lógicas de la violencia.
En efecto, es imprescindible entender que la consolidación de la paz en Colombia no se sujeta
exclusivamente a la formalidad del Acuerdo o visiones que buscan el silencio de los fusiles, la búsqueda de
la justicia o el fin de la violencia estructural sino que demanda una sociedad reflexiva y en capacidad de
valorar la importancia del cuidado del otro, la no agresión, la vida misma, posiciones que se condensan en
lo que algunos teóricos identifican como Paz Negativa y Paz Positiva (cfr. Muñoz, 2014, pp. 6-7; cfr. Ramos,
2016, p.514), desde las cuales se demarca la importancia de atender los problemas que se presentan en la
vida cotidiana y la participación de los actores sociales en su resolución (cfr. Castaño, 2013, p.15; Bernardelli,
2014, p.6; Turriago, 2016, p.177).
Abrir la comprensión respecto a la construcción de paz y asumir el rol que juega la sociedad civil, (cfr.
Rettberg, 2013, p.6) representa una apuesta hacia lo que Muñoz (2014) denomina Paz Imperfecta, puesto
que obliga a visibilizar las lógicas de poder que sostienen la violencia y el reconocimiento de los procesos
que de manera anónima se han desarrollado en los territorios locales buscando un mínimo de condiciones
para la sobrevivencia, la dignidad humana y la resistencia a la violencia en medio del conflicto (cfr. Muñoz,
2004, pp.31-32).
Las mujeres, principalmente aquellas que sobrevivieron al conflicto en condiciones complejas para la
recuperación de su proyecto de vida, constituyen un foco importante de atención, pues sus iniciativas
representan procesos de resistencia noviolentos frente a las dinámicas y actores del conflicto, así como
alternativas de acción política que de forma directa o indirecta contribuyen a la construcción de paz en el
país (cfr. Rettberg y Quishpe, 2017, p.14).
Si bien es cierto, la violencia de corte patriarcal impuesta sobre las mujeres durante el conflicto dejó
problemas de orden psicosocial que operan como limitantes del rol femenino en la construcción de paz,
se presenta como significativo el quiebre de las lógicas del dominio patriarcal generador de violencia;
primero, porque las mujeres no salieron de la violencia con sentimientos de revancha o venganza, sino
con pretensiones de reconciliar al país (Villa, Avendaño, y García, 2017; Binazzi, 2019 ), y segundo, porque
las mujeres resignifican el lugar de la víctima que perpetua estigmas y relega a lo pasivo, invisibilizando su
lugar como constructoras de nuevas realidades sociales y políticas (ob. Cit, p.41).
Esa posición de las mujeres es política en la medida que sugiere apertura, ejercicio de libertades,
transformación y reivindicación en lo cotidiano, entendiendo que la política es parte constitutiva del
quehacer humano y busca la libertad humana. De acuerdo a Tatián (2006):
Es la posibilidad de no ser esclavos (del amo, del patrón, del capitalista, del militar, del burócrata, del mercado [...]).
O también -positivamente dicho-, política es la construcción colectiva de la libertad, es la institución de la libertad
pública […] La política es lo que tiene que ver con la libertad y la dominación -y por añadidura con el poder. (p.105)
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Esa construcción colectiva de libertad está impregnada en los actos de las mujeres, que muestran un
compromiso ciudadano por transformar las estructuras de dominación y posibilitar relaciones marcadas
por la libertad de las personas.
La construcción de paz pasa por visibilizar y potenciar los actos políticos de las mujeres que sufrieron
las vehemencias del conflicto armado y esto se logra, cuando el Estado asume su responsabilidad en las
leyes y las políticas públicas (cfr. Aguilar, 2015, p.24) que permitan a ellas sanar las heridas dejadas en
el conflicto a la par que posibilita condiciones dignas para que reconstruyan su vida y tengan garantías
para la realización de propuestas que coadyuven a la consolidación de la paz. Asimismo, según el Centro
Nacional de Memoria Histórica, incluye:
Un trato equivalente en cuanto a dignidad humana; respeto a las diferencias; acceso a la justicia en condiciones de
paridad; igualdad de oportunidades para desenvolverse y ser escuchadas e incluidas en los procesos de reconstrucción
de la memoria histórica, la justicia y la reparación integral; garantías a sus derechos patrimoniales; y garantías de
respeto a sus derechos sexuales y reproductivos. (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2011, citado por Cadavid,
2014, p.315)
Si bien, el Estado ha abierto posibilidades para que las mujeres puedan sanar, encontrar nuevos sentidos
a la vida y potenciar sus capacidades para construir un mejor país, el interés de este escrito es mostrar
como por fuera de la institucionalidad, las mujeres trabajan en favor de una paz estable y duradera, desde
un encuentro con la otra donde se da acogida, compañerismo, confianza, festividad, tradición, alegría y
complicidad; elementos significativos para sus procesos de reparación, perdón y reconciliación; todos ellos
decisivos en un proceso de construcción de paz.
En consecuencia, el presente texto se estructura bajo tres apartados: el primero titulado violencia
de corte patriarcal durante el conflicto, el segundo, experiencias de acogida que sanan y restablecen la
dignidad femenina, y el tercero, estrategias noviolentas para la construcción de paz en Colombia.
2. Violencia de corte patriarcal durante el conflicto
En el conflicto armado colombiano, el patriarcado se impuso con acciones violentas contra las mujeres
dejando impactos que contribuyeron a profundizar las brechas entre hombres y mujeres, sometiéndolas
en contra de su voluntad a toda clase de violencias. En efecto, “las mujeres han sufrido diferentes
vulneraciones de Derechos Humanos, como violencia sexual, desplazamientos forzados, asesinatos,
amenazas, desapariciones forzadas y otros atentados contra la integridad física” (Garrido y Vidal, 2018,
p.126).
Esta visión anquilosada del poder generó terror y toda clase de sometimiento de las mujeres hasta
establecer un orden patriarcal y despótico en los territorios que lograron controlar (cfr. Centro Nacional de
Memoria Histórica, 2011, p.18).
La misma fuente reconoce, que no solo las mujeres sufrieron la violencia de género, pero fueron las
víctimas principales durante el conflicto armado, dado que esta tiene una múltiple representación, por un
lado, humillación para la víctima, reforzamiento del poder en el victimario y zozobra para al resto de la
población:
En el interminable listado de vejaciones, humillaciones y torturas que las mujeres padecieron, la violencia sexual
ocupa un lugar destacado, por ser uno de los hechos crueles más frecuentes, y que reúne unos significados más
complejos en cuanto a lo que representa de demostración de poder para el victimario y de abuso y humillación para
quien la sufre (Informe Proyecto Interdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica, Guatemala: Nunca Más,
1998, citado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, 2011, p.19).
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Ahora bien, la violencia contra la mujer se ejerció no solo desde el acceso carnal violento, sino que se
extendió hacia dimensiones simbólicas, relacionales y afectivas que derivaron en prácticas cotidianas ligadas
a la dominación patriarcal (cfr. Andrade et al., 2017, p.296). Así, la prostitución forzada, el reclutamiento, la
violencia intrafamiliar, las violencias sexuales, entre otras, sirvieron para humillar al adversario, intimidar
a la población y coaccionar a las mujeres en su rol social, político y comunitario.
Los patrones de violencia contra las mujeres ejercidas durante el conflicto armado han estado presentes
en la sociedad, al mismo tiempo que se ha desplegado la violencia política (cfr. Castrellón y Romero, 2016,
p.77). El impulso a la dominación, el control, los sesgos de género entre otros elementos, permean la
subjetividad de las comunidades y mantienen lógicas patriarcales que operan desfavorablemente para una
paz estable y duradera.
Así las cosas, no es gratuito que el Acuerdo de paz esté permeado por una perspectiva de género, la
cual reconoce problemas derivados de la desigualdad de derechos entre hombres y mujeres que resultan
importantes atender (cfr. Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz
estable y duradera, 2016, p.231). Efectivamente, la consecución de una paz estable y duradera, además de
requerir el compromiso formal entre el Estado y las FARC-EP, demanda atender las relaciones asimétricas
de la sociedad colombiana donde confluyen injusticias que históricamente han sido caldo de cultivo para
las diversas violencias contra las mujeres.
En el Acuerdo de la Habana, la paz es considerada un derecho superior, garantista de los demás derechos
y deberes de los colombianos que requiere ahondar en asuntos como la otredad y las asimetrías de género,
que adquieren características particulares en el rostro femenino. Ejecutar los componentes del Acuerdo en
los territorios y otorgar a las mujeres un lugar privilegiado, tanto en su implementación, como en el soporte
a la construcción de paz es un paso orientado a ello. Por lo demás, el Acuerdo reconoce a la mujer como
sujeto de derecho y prioriza la protección de su integridad con el fin de evitar la repetición de la violencia
(ob. Cit, p.12).
Al considerar a las mujeres sujetos de derecho y al establecer las condiciones para un liderazgo enfocado
a la construcción de paz, se da un paso hacia el respeto y valoración del otro, denotando un Estado y una
sociedad abierta a la paz. Al fin y al cabo, el respeto a la integridad de la mujer y la garantía de sus derechos
encaminan al país por una cultura de paz que implica reconocer, reparar y desterrar los abusos permitidos
en el conflicto y perpetuados en distintos escenarios donde se entretejen las relaciones humanas, porque
no habrá paz bajo el dominio y la violencia ejercidos contra las mujeres en ámbitos públicos y privados (cfr.
Céspedes-Báez, 2018, p.95).
Por eso, Villa, Avendaño y García (2017) sostienen que, la eliminación del patriarcado de la sociedad
debe transformar el rol ocupado por la mujer, tradicionalmente relegado al ámbito familiar, a lo privado y
lo doméstico, en los cuales es cosificada y devaluada. De acuerdo con los autores mencionados:
Implica además el cambio en roles tradicionales que ocupaba la mujer en la sociedad patriarcal y machista de la que
hace parte, para empezar a construir escenarios que llevan de lo privado a lo público, con lo cual se movilizan también
las formas de relación en la familia y la comunidad, especialmente con los hombres. (ob. Cit, p.6)
Por consiguiente, la priorización del desmonte del patriarcado de la sociedad es uno de los focos en el
cual las mujeres vienen trabajando. Esto equivale a procesos de resistencia a la violencia, para fortalecer
en la cotidianidad el respeto y la autonomía, asuntos necesarios para esta nueva etapa del país donde se
asume la paz desde el respeto por el otro, por las mujeres (cfr. Silva, 2017, p.67).
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En cualquier caso, el desmonte del patriarcado como condición de la construcción de paz, no sólo debe
ser un trabajo impulsado por las mujeres, sino que toda la sociedad, el Estado y sus instituciones tienen la
responsabilidad de promoverlo, asunto que se complejiza, pues el patriarcado es un eje fundamental en el
sistema hegemónico de dominación y se anuda a dimensiones económicas y de poder, donde el cuerpo y la
dimensión femenina, se anula, se utiliza y degrada.
Dado lo anterior, es comprensible que los avances del enfoque de género aun tengan una introducción
mínima en diferentes áreas. En el caso particular de la jurisprudencia, el enfoque de género apunta a
garantizar el equilibrio de los derechos para toda la población y en particular, para que las mujeres
afectadas por el conflicto armado gocen de los derechos contemplados garantizados en el Acuerdo de
paz (cfr. Bustamante, 2015, p.21). En tal sentido, Bustamante (2015) plantea la reformulación del discurso
patriarcal en la jurisprudencia colombiana para establecer un orden justo y garantizar los derechos de las
mujeres:
Colombia padece el conflicto armado hace más de seis décadas; de hecho, durante mucho tiempo la violencia sobre
el cuerpo de las mujeres no fue nombrada puesto que la jerarquización, producto de la sociedad patriarcal, solo veía
como víctimas a los hombres; de hecho, la inclusión de las mujeres como víctimas de violencia sexual ha sido difundida
principalmente por la jurisprudencia de los tribunales penales internacionales en la década del noventa. (p.31)
Por tanto, en la medida que se desmonte del derecho el sistema patriarcal, se avanzará en “la reparación
de las mujeres víctimas desde una perspectiva que incluya su situación social, económica y política, para
acercarnos a una verdadera transformación de las estructuras sociales patriarcales” (Castrellón Pérez &
Romero Cristancho, 2016). Reparación que posibilitaría la sanación de las heridas y secuelas que dejó la
violencia armada, para que las mujeres sigan fortaleciendo sus capacidades y liderazgos a favor de la
implementación de los Acuerdos de paz en sus territorios.
3. Experiencias de acogida que sanan y restablecen la dignidad femenina
Este apartado presenta cuatro estrategias psicosociales enfocadas a la sanación de mujeres que sufrieron
la violencia durante el conflicto armado; las estrategias son diversas y realizadas por organizaciones de
mujeres y la Unidad de Víctimas. Ni estas organizaciones, ni la entidad gubernamental, ni muchos menos
sus estrategias agotan las iniciativas que se realizan en beneficio de ellas y de la paz en Colombia. En
Colombia como lo registra Villa (2016) hay diversas iniciativas y organizaciones donde las mujeres son
protagonistas de su propia recuperación y de los aportes que hacen para acabar el conflicto armado (cfr.
Villa, 2016, p.7).
Así pues, las estrategias que se expondrán por su diversidad de enfoque y abordaje concentran parte
de las formas como se viene asumiendo el tema de atención a las mujeres y su posterior participación en la
resolución de los problemas personales y comunitarios provenientes del conflicto armado (Magallón, 2004).
La Unidad de Víctimas (2018), por ejemplo, creó la Estrategia de Reparación a Mujeres Víctimas de
Violencia Sexual que pretende que las mujeres avancen hacia el reconocimiento y protección de derechos
personales y comunitarios, fortalezcan espacios para el diálogo y el fortalecimiento de proyectos de vida,
contribuyan a la reparación y construcción de paz. Al mismo tiempo, la estrategia es un vehículo para que
las mujeres se escuchen y creen redes de solidaridad.
Igualmente, (Heridas & Mujeres, 2016) implementa la estrategia La Narrada, bajo la cual, las mujeres
logran develar las atrocidades de la guerra, se animan a denunciar y a abogan por la justicia.
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Dicha estrategia destaca:
En el encuentro con otras, la escucha conmovida, la palabra acogedora, el abrazo solidario, el alimento compartido, el
conocimiento ancestral, la música y el tejido, acompasaron relatos de los dolores y horrores que dejó la violencia. Sólo
entre mujeres era posible nombrar lo innombrable, aquello que todas, a su manera, habían vivido. (p.6)
Para esta corporación las mujeres en la espontaneidad de los relatos cuentan la violencia y al contar
se produce en ellas una especie de catarsis que no se queda en el pasado doloroso, sino que cobra una
dimensión trascendental; contar, narrar, conversar, eleva el espíritu hacia fuentes renovables, para:
Recuperar la simple conversación que nace en la intimidad de las cocinas, en el frescor de los patios, alrededor de
un café. La espontánea y vital conversación entre mujeres, que adquiere una dimensión trascendental si se trata de
contar experiencias de violencia. (ob. Cit, p.8)
Así, la narración es conexión espiritual y da a quien cuenta la historia, un sentido transcendente de la
vida, puesto que, se llega a comprender que no todo se ha acabado. De hecho, el narrar conecta lo más
profundo y rompe lo efímero, es lo que (Heridas & Mujeres, 2016) nombra recuperación transformadora, ya
que devuelve la alegría, la confianza y la esperanza (cfr. Ob. Cit, p.17)
Sin embargo, la corporación enfatiza que la conexión no es efímera, sino vinculada a la realidad y a
los hechos políticos, en el sentido que ejercen actos que producen un “deseo de libertad (o, de manera
reversible, reacción contra toda forma de esclavitud); interés e intervención en lo público, orientados a
transformar estados de situación independientemente de todo beneficio privado” (Tatián, 2006, p.106).
Entonces son actos en función de poner en paz al agresor y al agredido, y al mismo sistema donde se
sostiene el conflicto.
En esa misma línea, ONU Mujer (2016) crea una experiencia de sanación basada en las representaciones
simbólicas del cuerpo, por medio de la cual las mujeres logran representar y liberarse de la violencia. A
la par, se comprenden, restablecen la confianza, se solidarizan entre ellas y mueven a la sociedad hacia la
empatía con quienes fueron afectados por la violencia del conflicto.
En esta estrategia psicosocial de sanación simbólica el cuerpo desempeña un rol importante que
transmite paz, ya que el símbolo “en lo que tiene de externo, revela una realidad interna; en lo que tiene
de corporal, una realidad espiritual; en lo que tiene de visible, lo invisible” (Lurker, 1992, citado por Solares,
2008, p.43). El cuerpo en escena remite a experiencias que no son vánales, y a veces no perceptibles a
primera vista, pero que están ahí, envían mensajes.
Para ONU Mujer (2016) en el performance, el cuerpo de las mujeres devela e invita al público a romper
el silencio, a compartir lo sucedido, la causa, hacerse solidario (ob. Cit, p.97). Bajo esta perspectiva, puede
comprenderse el cuerpo símbolo propiciador de reconciliación pues en sus actos, muestra la causa propia
para comprometer al otro. El acto, como lo expresa Butler (2016), deja de ser solitario para hacerse solidario
(Cfr. Butler, 2016, p.306), de modo que el mismo cuerpo que ha sido agredido y sometido, logra denunciar
la violencia e invita a recuperar la dignidad y la búsqueda de justicia que se necesita para que el otro sea
reconocido, no vencido ni eliminado.
Por otra parte, el símbolo, que se representa con el performance del cuerpo -como lo expresa (ONU
Mujer, 2018)- “tiene un componente de liberación, de elaboración, desprendimiento, como si las mujeres
estuvieran por fin sacando de su cuerpo, de su intimidad, el poder del agresor que allí había quedado
anclado” (p.26). Así pues, no solo se liberan del pasado violento, sino que el cuerpo en performance,
“expresa un deseo de renacer, de transición del dolor y la guerra hacia la alegría y la paz” (ob. Cit, p.26). De
ahí, puede decirse que las mujeres vuelven a la vida empoderadas de su propia historia.
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Así mismo, se fortalece valores, derechos y expresiones artísticas: se recupera la confianza, la cercanía,
la ternura, la solidaridad, la expresividad, el arte, la memoria, la justicia, la política, el derecho a disentir, a
exigir y a proponer, a proponer acciones en favor de la construcción de paz, o como lo recoge el (CNMH, 2017)
por medio del siguiente relato: “sanar significa para nosotras poder sentirnos bien con nosotras mismas
y con quienes nos rodean, poder expresarnos, abandonar el resentimiento, recuperar la autoestima, la
confianza en nosotras mismas y el respeto por los demás” (p.268).
La cuarta estrategia psicosocial de sanación, el perdón y la reconciliación Villa (2016) la asume de las
experiencias de mujeres de los departamentos de Córdoba, Bolívar y Antioquia, de éste concretamente, de
la Corporación AMOR, para esta entidad al sanar por medio del perdón se corta la cadena de violencia que
se reproduce constantemente, de ahí que los protagonistas de la violencia hombres y mujeres:
En diversas regiones del país, todos en una lógica noviolenta, y la mayoría de ellos con propuestas de perdón y
reconciliación, son una prueba de los procesos y dinámicas que desarrolla la gente para construir paz desde abajo, en
contraposición a los discursos que legitiman la guerra, generando escenarios para la reconstrucción del tejido social.
(p. 43)
Villa (2016) expone la desarrollada por La asociación de mujeres del Oriente Antioqueño (AMOR), “cuyas
bases sociales son sus organizaciones y redes en los 23 municipios del Oriente y lideresas destacadas del
nivel municipal y regional, sensibles y comprometidas con los asuntos de las mujeres y la equidad de género”
(Mujeres, 2013). Para esta asociación que se dedica al cuidado de la vida, la reconciliación y participación
política, el perdón se ofrece libremente, sin cohesión, ni mucho menos como afrenta a la dignidad de las
mujeres (ob. Cit, p.7). Éstas, que, “experimentaron la ruptura del tejido social, la zozobra, el miedo, el dolor,
la rabia, la ira, el resentimiento y el odio por las pérdidas y rupturas, por las humillaciones padecidas” (ob.
Cit, p.43). Buscan con sus acciones hacer las paces por medio del perdón ofrecido libremente.
De acuerdo con el autor citado, la violencia padecida por las mujeres, sus familias y en las mismas
comunidades las movilizó a frenar la violencia con estrategias que llevaran a la reconciliación en la región.
Este proceso, según Villa (2016) propició “el reclamo de una negociación política que condujera al final de
la guerra, exigir el respeto a la vida y la generación de espacios locales de reencuentro y reconstrucción de
las relaciones cotidianas en las mismas comunidades” (p.8).
Así pues, con el apoyo de las ONG avanzaron en un proceso de sanación que condujera a la búsqueda
de la paz sin agresión, donde las mismas mujeres que habían sido agredidas se convirtieran en promotoras
psicosociales en función de orientar a otros y otras hacia la recuperación, como así lo recoge Villa (2016) al
narrar las formas como se dio el proceso:
En este proceso se formaron como promotoras psicosociales para el acompañamiento a los afectados por el conflicto
armado y se estableció una metodología de grupos de apoyo mutuo, que contaban con la presencia de 15 personas,
en promedio, durante mínimo un año de proceso. Se generó, entonces, la posibilidad del encuentro entre personas
de diferentes edades y género en las diversas localidades, que pudieron mirarse al rostro, compartir las experiencias
de dolor, rabia, miedo, deseos de venganza, en una lógica que iba más allá de la victimización, la patologización de
sus reacciones emocionales o sus comportamientos defensivos, y de los tipos de violencia sufrida según los actores
perpetradores. (p.8)
Ahora bien, como resultado de este proceso Villa (2016) rescata, a) la recuperación emocional que
concientizó a las mujeres y rompió la lógica de la victimización para integrarse con vitalidad a la comunidad
con alternativas en pro de la reconciliación. b) Dichas alternativas basadas en el restablecimiento de “lo
humano que fue roto en la gente, en las personas, en las comunidades” (p.19). C) Por el cual “se recuperaron
confianzas, se volvieron a tejer solidaridades y se generó un escenario micropolítico de reconciliación
social entre personas de la comunidad, más allá de las dinámicas macropolíticas de la guerra y la paz” (p.9).
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De todo este proceso, Villa (2016) concluye que “emerge el perdón como un nuevo dispositivo socio-
emocional que tiene una dimensión personal, social, política, espiritual y cultural, que tiene el poder
noviolento de generar transformaciones profundas en la lógica de los conflictos atravesados por violencia”
(p.10). Lógica que, atravesada por el perdón y la reconciliación, permite el surgimiento de lo emergente,
esto es, el “compromiso para reconstruir tejidos de solidaridad y apoyo, marcados por el interés por el otro,
la preocupación por lo comunitario y el restablecimiento de relaciones donde la vida recupera su sentido”
(p.10).
Ahora bien, la Estrategia de Reparación a Mujeres Víctimas de Violencia Sexual, realizada por la Unidad
de Víctimas se lleva a cabo en las regiones donde hay mujeres que fueron afectadas por el conflicto.
La misma, está estructurada en tres momentos, cada uno incluye formación en torno a la reparación y
se realizan estrategias psicosociales de sanación: el momento uno, identificado como acercamiento y
orientación, busca restablecer la confianza entre las mujeres y el Estado; el momento dos, se conoce como
perspectiva de derechos de las mujeres, aquí conversan previo a las iniciativas psicosociales de sanación
y reflexionan sobre los derechos sexuales y reproductivos; el momento tres, implica un intercambio de
saberes y actos simbólicos, cuyo conjunto sirve para apoyar la recuperación (Víctimas, 2018; Fouskas,
Gikopoulou, Ioannidi, y Koulierakis, 2019). Algunas consecuencias positivas que salen de los encuentros la
Unidad de Víctimas los presenta como, a) la creación de lazos entre las mujeres participantes, a medida que
avanza el proceso se crean y se fortalecen lazos entre las mujeres y surge el compañerismo. b) La creación
de espacios para hablar libremente, donde se dan procesos de descarga emocional. c) El empoderamiento
de las mujeres a través de la formación en derechos, el cual también les ayuda para la reconstrucción de
su proyecto de vida. (ob. Cit, p.26)
4. Estrategias no violentas para la construcción de paz en Colombia
Las estrategias colectivas de resistencias que promueven las mujeres pretenden movilizar a la sociedad
colombiana hacia la solidaridad con quienes fueron violentados y con las comunidades que históricamente
han sufrido la violencia (Meza, 2015, p.16), pues la construcción de un país en paz pasa por el papel activo
que la sociedad civil pueda asumir y la solidaridad con quienes han sufrido durante el conflicto.
De acuerdo con Villa (2016) las acciones movilizadoras noviolentas en las que participan las mujeres
sobrevivientes del conflicto armado colombiano están en función de conseguir, a) reconocimiento social en
los contextos locales, b) reclamo de una negociación política para acabar la guerra, c) respeto a la vida, d)
creación de espacios para el reencuentro y reconstrucción de relaciones con la comunidad, e) exigencia de
derechos y desavenencia con la injusticia y explotación humana (p.8).
También, Ibarra (2015) citado por Sánchez y Rodríguez (2015) se refiere a las acciones movilizadoras
noviolentas, de las mujeres que “pretenden lograr reconocimiento, desarrollo y protección de intereses
y necesidades individuales o colectivas que ellos consideran que expresan el bienestar colectivo, la
igualdad, la libertad, la justicia, la emancipación, o, en general, la dignidad humana” (p.158). Estas acciones
noviolentas se realizan, como lo expresan los autores citados (2015) con estrategias “generalmente no
convencionales —huelgas, manifestaciones, acciones no violentas o eventualmente violentas, entre otras.
—, con un alto nivel de integración simbólica y unas nutridas formas de organización variable” (p.158). De
hecho, el nivel de integración simbólica de las acciones noviolentas, al decir de Villa et al (2017) exaltan
“las luchas de las mujeres para la construcción de paz y sus resistencias a la propagación de la violencia y
la guerra en diferentes lugares del mundo, especialmente en el contexto del conflicto armado colombiano”
(p.3).
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Asimismo, esas luchas reflejan la evolución que ha tenido el rol de la mujer de pasar de lo privado
a lo público y en lo público a jugar un papel político en la sociedad y en particular en sus comunidades
violentadas durante el conflicto armado. Al respecto, Villa et al (2017) afirman, la mujer “pasa de ser un
bien privado, generador de vida y, susceptible de daño y control, para apropiarse de un rol político, desde
el cual, desarrollan estrategias de cambio y trasformaciones sociales distintas a la eliminación sistemática
del enemigo” (p.4). De hecho, al pasar de lo privado al campo de lo público aportan a la pacificación de la
sociedad (cfr. Urrutia, 2017, p.3). Con estos aportes, se oponen al belicismo por parte del Estado, median en
las confrontaciones bélicas, trabajan en favor de la verdad, la justicia y la reparación, hacen cabildeo ante
las instituciones políticas, participación en espacios y movimientos políticos y se solidarizan entre ellas
(cfr. Sánchez y Rodríguez, 2015, p.170).
Por supuesto, las estrategias noviolentas sobrepasan los altos niveles donde se toman decisiones a
favor de la resolución de conflictos (cfr. Mesa, 2018, p.210), influyen en la vida cotidiana donde irrumpe la
violencia, y sobre todo, en este nivel, las mujeres que sufrieron la violencia, por un lado, buscan concientizar
a la población a favor de la paz, y por otro, plantean una idea de paz abierta a la participación de la
población civil (cfr. Urrutia, 2017, p.3). Así pues, puede decirse que las estrategias de paz noviolentas hacen
parte de una metodología permeada de valores como el respeto por el otro, la solidaridad, el perdón y la
reconciliación.
5. Conclusiones
Hay muchas paces, actores y formas diversas de hacerlas. En algún punto de este artículo se mencionó
la Paz Negativa, la Paz Positiva, la Paz Imperfecta, las dos primeras son las que más atención tienen en la
academia y con las que se busca resolver los conflictos en el mundo (cfr. Paffenholz, 2013, p.5). No obstante,
la Paz Imperfecta abre la posibilidad a la población civil desde distintas contribuciones a la finalización
de los conflictos que no son solo bélicos, que han permeado la subjetividad y la vida cotidiana. Esta forma
de abordar la paz da cabida a las mujeres que han sufrido la violencia para que sus intervenciones desde
metodologías noviolentas sean tenidas en cuenta en la suma de iniciativas que se necesitan para que en
Colombia se consolide la paz.
En ese sentido, una comprensión de la paz abierta a la población civil y de condición imperfecta, vincula
a las mujeres que sufrieron la violencia y asume como prioridad los procesos de sanación necesarios para su
recuperación. Las cuatro iniciativas abordadas en este texto, consideradas como estrategias psicosociales
para la sanación, señalan que las mujeres no sólo han contribuido a su propia recuperación, sino que han
cohesionado y fortalecido el tejido social del cual hacen parte, en encuentros formales y otros espontáneos
donde tiene lugar la complicidad, la confianza, la familiaridad, la solidaridad, el perdón y la reconciliación;
valores todos ellos claves para darle solidez a relaciones deterioradas durante tantos años de conflicto
armado en el país.
Las estrategias noviolentas asumidas por las mujeres cuestionan a las formas como se ha venido
intentando resolver el conflicto, situadas desde lugares dicotómicos, que enraízan profundas brechas de
género y ubican desde allí posibilidades para vulnerar los cuerpos y amenazar la propia existencia. Las
mujeres y sus luchas recalcan que la paz no se consigue venciendo a los contrincantes, en ese sentido, las
mujeres enseñan con sus movimientos políticos y sociales, que la violencia no se promueve, sino que se
elimina y que ellas tienen un papel muy importante en dicha tarea.
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118 Wilman Preciado Valencia, Heidi Smith Pulido Varon
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