1.
El papel de
las mujeres en los procesos
de construcción de paz
MAGDALA VELÁSQUEZ TORO
A U T O RA MAGDALA VELÁSQUEZ TORO
Es historiadora de la Universidad Nacional y abogada de la Uni-
versidad Pontificia Bolivariana. Es pedagoga de derechos humanos
con perspectiva de género. Fue merecedora de la orden Policarpa
Salavarrieta en el Grado de Comendador, por la labor de investiga-
ción académica en el tema de las mujeres en la historia de Colom-
bia. Es docente e investigadora, asesora nacional e internacional,
autora de varios libros en temas de género e integrante de la Red
Nacional de Mujeres. Se desempeña como directora de la Corpo-
ración Humanizar.
1
21
PRESENTACIÓN
Colombia tiene un conflicto armado sin resolver hace 50 años y en 26 de
ellos con procesos para lograr la paz y acerca de los cuales es preocupante
la escasa producción historiográfica al respecto. Sin embargo, se encuentra
una importante producción documental oficial del Estado y de los grupos
que han negociado, así como de documentos de analistas políticos. Se
podría afirmar, sin temor a equivocaciones, que ninguno de ellos tiene una
perspectiva incluyente de las diversidades y sobre todo de la condición de
las mujeres, tanto de las guerreras como de las de la población civil y mucho
menos el enfoque de género.
También es importante destacar que en los últimos años, desde la academia
feminista se realizan investigaciones sobre historias de vida y testimonios de
mujeres ex combatientes, y trabajos que han incursionado en la historia de
organizaciones guerrilleras, desde la mirada de mujeres que la integraron.
Sin embargo, todavía no se han producido en el país trabajos de investigación
sobre la temática que nos ocupa, por tanto este texto es producto de esfuerzos
particulares que he realizado, desde la perspectiva de las necesidades de
la incidencia política en escenarios de paz y negociación, que realizamos
desde la Red Nacional de Mujeres en el movimiento ciudadano de paz,
como en los escenarios gubernamentales, internacionales y de la guerrilla
involucrados en conversaciones o acercamientos.
1 22
Por eso abordar este tema del género y la justicia transicional desde la pers-
pectiva histórica y feminista, es un compromiso demasiado fuerte, sin em-
bargo, es una oportunidad para presentar algunas reflexiones al respecto.
1. Concertar un proyecto de país
Durante todos estos años de procesos de paz, que han resultado ser
parciales, nos hemos preguntado y continuamos haciéndolo, si es la
última oportunidad que tenemos sobre la tierra para sobrevivir como
seres humanos y como comunidad política, es decir como nación, mas
no como patria, ya que las patrias son las madres de todas las guerras y
trincheras.
La sociedad civil, de la que formamos parte las poblaciones históricamen-
te discriminadas, entre ellas las mujeres, es múltiple, compleja, diversa y
cambiante con su variado tejido de intereses y expresiones organizativas,
de clase social, de género, gremiales, étnicas, políticas, religiosas, cultu-
rales, regionales y generacionales, etcétera. Está ubicada en el marco de
un conflicto armado cuyas características estructurales y contextuales
han ido cambiando a lo largo de estos años. En cuanto expresión de la
civilidad tiene la necesidad de trabajar a profundidad múltiples aspectos
que le permitan posicionarse como interlocutora válida en los procesos
de búsqueda de la paz, frente a proyectos guerreros que desprecian sus
necesidades, sus propuestas y sus acciones.
Así, desde esa perspectiva, en los últimos veinte años, la sociedad civil ha
buscado contribuir a la superación de las dificultades que históricamente
se han presentado para lograr conversaciones fructíferas que conduzcan
a parar la maquinaria de la guerra y a darnos la oportunidad de concertar
un proyecto de país en el que sean posibles la vida digna, el pleno
disfrute y desarrollo de las posibilidades humanas de mujeres y hombres,
con capacidad para vivir en paz con los demás seres humanos y con la
naturaleza.
¿J US TIC IA D ES I GUAL ?
Las mujeres, al igual que el resto de la sociedad civil colombiana, sufrimos
la carencia histórica de una educación para la democracia, de una
formación para resolver pacíficamente los conflictos y para construir la paz
y sobre todo de una ética civil que permita sortear desde una perspectiva
humanista los dilemas que nos plantea el devenir social y personal.
Los imaginarios sociales que desde la derecha y la izquierda han rendido
culto a la fuerza son reforzados por imperativos religiosos y dogmatismos
políticos que creen que la violencia es la partera de la historia, que la
sangre redime y es semilla, que los héroes son los personajes que por su
1 23
disposición a matar y a morir han merecido y siguen mereciendo pasar a
la historia y que además quienes no están en esa categoría guerrera son
personajes de segunda, cuya palabra es desmerecida.
Es decir, que como mujeres somos herederas, víctimas y en muchos aspec-
tos coartífices de una situación que nos coloca en condiciones complejas
para asumirnos en el proceso histórico de búsqueda de la paz, de la nego-
ciación política del conflicto armado y de la construcción colectiva de ese
proyecto de país en el que desde la diversidad, la diferencia y el conflicto,
soñamos colombianos y colombianas.
El historiador Malcolm Deas como analista de nuestra realidad, al referirse
a la búsqueda de la paz confiesa que una de sus limitaciones es el des-
gaste, que para contribuir a la singularidad colombiana, produce en el
investigador, la experiencia tan prolongada de esperanzas y decepciones,
de conversaciones y rompimientos, que hace que
Colombia tiene un conflicto armado sin resolver
hace 50 años y en 26 de ellos con procesos para
lograr la paz y acerca de los cuales es preocupante
la escasa producción historiográfica al respecto. Sin
embargo, se encuentra una importante producción
documental oficial del Estado y de los grupos
que han negociado, así como de documentos de
analistas políticos. Se podría afirmar, sin temor a
equivocaciones, que ninguno de ellos tiene una
M AG D A L A V E LÁS Q UE Z T OR O
perspectiva incluyente de las diversidades y sobre
todo de la condición de las mujeres, tanto de las
guerreras como de las de la población civil y mucho
menos el enfoque de género.
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(...) la paz se presente como un rompecabezas, como un
acertijo, la vía de la paz como un laberinto y el comentaris-
ta vanidoso aspira a salir de él bien librado como Teseo en
el palacio del Minotauro: él o ella va a matar al monstruo
y regresar con vida (...) (Leal, 1999).
En este sentido, es azaroso el abordaje que intentamos hacer desde este
texto sobre las mujeres en los procesos de negociación colombianos, ya
que como lo plantea Deas, existen rompecabezas “(...) sin solución alguna,
laberintos sin entrada y sin salida (...)”, y el nuestro puede ser uno de ellos
si no desarrollamos la creatividad que las circunstancias reclaman y que
hacen única la experiencia colombiana sin parangón en el mundo.
Además hoy las mujeres feministas en el mundo construimos otra es-
trategia de paz que desafía lógicas e imaginarios que nos lo prohíben,
a partir de la escritura que interpela la guerra y su devenir. Buscamos
con esto elaborar elementos para incidir, para recuperar la historia de las
mujeres en contextos de guerras y para resignificar nuestras prácticas y
concepciones en los escenarios actuales.
Estudiamos las guerras en sí mismas y sus peculiaridades históricas, los
ejercicios de negociación de la paz y sus impactos en las mujeres, de
manera que hoy en el mundo hay un importante acerbo de trabajos
feministas sobre el tema de las guerras y las negociaciones, que aportan
elementos para revelar las mutaciones y las lógicas patriarcales en la
dinámica de las guerras.
La relativa superación del esencialismo que ha caracterizado el discurso
pacifista de las mujeres es un avance en algunos escenarios de mujeres
por la paz y es además una urgencia de cara a la realidad actual de las
guerras. La vinculación significativa de las mujeres como soldadas en los
ejércitos regulares o como combatientes de los irregulares aporta más
preguntas e inquietudes sobre la incidencia del proyecto patriarcal que
deliberadamente recrea los roles femeninos para las necesidades de la
maquinaria de la guerra y las capta al amparo de la facilidad que aporta la
¿ JU STIC IA DES I GUA L ?
lógica de la igualdad (Bedregal, 2003).
Los diferentes ejércitos guerreros manifiestan su complacencia sobre este
hecho. “Uno de cada diez soldados que invadieron Irak es mujer. Una
de cada siete estaba entrenada para cualquier acción bélica; 41.000
fueron desplazadas durante la Guerra del Golfo. El 7% de los marines
estadounidenses son mujeres. De la decena de prisioneros que acepta
haber tenido Estados Unidos, tres eran mujeres. Trescientas pilotos de gue-
rra realizaron misiones de abastecimiento y apoyo a sus tropas. Afganistán
1 25
estrenó la primera mujer pilota que lanzó bombas desde su nave y los
primeros aviones de abastecimiento y apoyo totalmente tripulados por
mujeres. Ochocientas mujeres participaron en la invasión a Panamá”
(Bedregal, 2003), en Colombia se estima que las mujeres combatientes
en los ejércitos irregulares es del orden del 30%.
La situación de las militares en los ejércitos legales o ilegales es otro tema
que le agrega mayor complejidad al análisis del ejercicio del derecho a la
igualdad de las mujeres en el seno de las milicias y que paradójicamente
es un aspecto que necesariamente tiene que abordarse en los procesos
de negociación de paz, de verdad, justicia y reparación, para incluir las
violaciones a que son sometidas por su condición de género en estas
estructuras. Importantes indicadores presenta Ximena Bedregal en su
estudio sobre La feminización de los ejércitos regulares, al respecto registra
incrementos significativos en Estados Unidos (15%), Francia (9%) y España
(8%).
(…) Según un informe publicado por el propio ejército
estadounidense en 1997, a raíz de un escándalo de vio-
lencia sexual, el 22 por ciento de las soldadas fueron objeto
de acoso sexual durante 1996. La violencia doméstica y
sexual que viven las militares en su fuente de trabajo y
en sus hogares no se diferencia de la que viven las civiles.
En el 2001, la Asociación de mujeres militares junto a la
Fundación Miles se vieron en la necesidad de crear una
línea telefónica de emergencia ”para víctimas de violencia
interpersonal asociada a lo militar” que trabaja 24 horas los
siete días de la semana. (…) A diferencia de los veteranos
de Vietnam que se autodefinen como tal, según se lee en su
sitio en internet, la mayoría de las mujeres que participaron
M A GD AL A V E LÁ S Q UE Z T OR O
en esa guerra lo escondieron y aún hoy muchas no hablan
del tema. Costó muchos años de lucha el que se hiciera
un “memorial” de mujeres y la mayoría de las muertas ni
siquiera fueron inscritas en el memorial general (Bedregal,
2003).
1 26
En Colombia, por ejemplo, vemos que de la “historia oficial” del Ejército
de Liberación Nacional (ELN), han sido borradas las huellas de las mu-
jeres que participaron de su fundación, tal como lo recoge la reciente
investigación de la historiadora Yoana Nieto (2007) en que escudriña las
lógicas y prácticas patriarcales, a partir de historias de vida de varias ex
integrantes de este grupo.
2. Unas precisiones para comprender los procesos de paz
Cuando nos referimos a los 26 años de procesos de paz, a partir de 1982,
es necesario precisar que las características de la guerra y del conflicto
han sido variables. La forma que ha adquirido el abordaje y los procesos
mismos de negociación está relacionada tanto con las concepciones
de los gobiernos que las han impulsado, con el prototipo de los grupos
armados, como con la realidad colombiana en el contexto nacional e
internacional, y con los fenómenos estructurales sociales, económicos,
culturales, con las formas en que circulan los imaginarios de las guerras
ligados a diversas actividades ilegales y criminales, que han incidido en
la complejidad del problema y en el enfoque y manejo de cada proceso
(Pardo Rueda, 2004:652).
León Valencia afirma que
Durante todos estos años de procesos de paz, que
han resultado ser parciales, nos hemos preguntado y
continuamos haciéndolo, si es la última oportunidad
que tenemos sobre la tierra para sobrevivir como
¿ J UST IC IA DE S I GU AL ?
seres humanos y como comunidad política, es decir
como nación, mas no como patria, ya que las patrias
son las madres de todas las guerras y trincheras.
No ha habido en Colombia un proyecto para terminar la
guerra y buscar la reconciliación nacional en los últimos
cuarenta años. Por mucho tiempo se ignoró el conflicto o se
buscó un tratamiento exclusivamente militar (…) durante
veinte años se intentaron y se lograron negociaciones con
1 27
organizaciones guerrilleras, dentro de lo que se podría
llamar un Modelo paralelo de paz (…). Con la llegada del
Presidente Uribe se está gestando un Modelo residual de
paz, dentro de un proyecto de guerra orientado a producir
la derrota de la insurgencia (...) (Valencia, 2003).
En el modelo paralelo de paz se realizaron ocho acuerdos con algunos
grupos guerrilleros y se mantuvo la confrontación con los otros, es decir
con las FARC y el ELN, las más antiguas. En el modelo residual, el pulso
militar es la principal preocupación de las partes en la contienda y las
iniciativas de negociación, inclusive las de carácter humanitario son
secundarias y subordinadas a la estrategia militar.
El modelo predominante ha sido el de la paz negativa, es decir la de
la paz del triunfo militar y la derrota del adversario, una concepción
restringida y negativa de la “seguridad”, que perpetúa el conflicto,
aumenta la fragmentación y polarización ciudadana y, por supuesto, los
riesgos de violación a los derechos humanos y al Derecho Internacional
Humanitario. Un daño colateral es el incremento al arrasamiento de
la cultura de la convivencia de los imaginarios sociales, la pérdida de
la sensibilidad de la población frente al sufrimiento ocasionado por las
violaciones al DIH, de la capacidad de compasión, de discernimiento y
de acción se congela ante las razones de Estado que alegan las partes
en la confrontación, aún cuando paradójicamente se presenten marchas
multitudinarias contra la violencia de la guerrilla o de los paramilitares.
Este conflicto, al igual que otros conflictos actuales, afecta principalmente
y de manera indiscriminada a la población civil, a sus vidas, sus bienes, sus
proyectos de vida, sus derechos más fundamentales y su dignidad1.
M A GD AL A V E L Á S Q U E Z T O R O
Este modelo de paz negativa ha subordinado la búsqueda integral de la
paz o de los mínimos acuerdos humanitarios, para evitar el sufrimiento de
la población civil, a las necesidades del triunfo militar.
1 Ver las similitudes con el conflicto israelí-palestino en el seminario de Córdoba (España), marzo de
2004.
1 28
La fórmula de negociar en medio del conflicto es una de las manifestaciones
más dañinas y azarosas que han obstaculizado el logro efectivo de la
negociación por parte de los gobiernos y las guerrillas de las FARC y el
ELN, los tiempos de esta guerra no tienen prisa como tampoco políticas
humanitarias y de paz. Por esta razón no es improcedente afirmar, como
lo hace el movimiento de paz desde hace más de una década, sobre la
inexistencia de una política pública de paz que permita navegar en un
terreno tan difícil hacia la obtención de logros y para sortear las graves
dificultades.
Otro factor que ha producido un daño grave a los procesos de nego-
ciación, es el referente a meter en un mismo saco, para ser negociados
en forma simultánea los acuerdos relativos al cese de la confrontación
armada y los de las reformas sociales, económicas y culturales que el país
necesita, como si los actores del conflicto nos representaran para tomar
decisiones que nos conciernen como sociedad civil en una democracia
participativa y un Estado social de derecho.
Estos modelos de paz entre guerreros, excluyentes de la sociedad civil
de los lugares de decisiones, con variaciones entre uno y otro proceso
de paz, los caracterizan como mezquinos en inclusión y participación
de las distintas expresiones de las diversidades que nos pueblan como
especie humana y como nación. Por esto, para nosotras ha sido inadmi-
sible y causa de vergüenza nacional, la ausencia de mujeres en los lugares
de toma de decisiones en los procesos de paz que se han adelantado
históricamente en el país.
3. Los procesos2
Para efectuar el análisis habría que considerar las siguientes variables: en
primer lugar, en los escenarios políticos de negociación, la presencia de
mujeres en lugares de decisión de los procesos y la incorporación de las
necesidades de las mujeres en la negociación política. En segundo lugar,
en el seno de la sociedad civil, el papel de las mujeres en el movimiento
¿ J UST IC IA DE S I GU AL ?
ciudadano por la paz y en los lugares de representación establecidos
legalmente para asuntos de incidencia por la paz desde este proceso,
2 Véase Medina y Sánchez, 2003; Pardo Rueda, 2004 y Tirado Mejía, 1998.
la conciencia de los derechos y la importancia de las mujeres y sus rei-
vindicaciones en estos procesos de paz.
Para los efectos de este análisis se ha tomado el periodo histórico de pro-
cesos de negociación política, que arrancan con el gobierno de Belisario
1 29
Betancur (1982-1986) y llegan hasta la ruptura de negociaciones con las
FARC en 2002.
El Presidente Betancur sorprendió al país con una creativa fórmula para
tratar el conflicto armado, partía del énfasis en “las causas objetivas del
conflicto”, la pobreza y la exclusión con la cual rompía la trayectoria de
guerra a la subversión y de represión al movimiento social y a la oposición
política del anterior gobierno. Amnistía amplia por ley, apertura política
y conversaciones con las organizaciones guerrilleras fueron sus tres ejes.
Creó las figuras de la Comisión Nacional de Paz y el Alto Comisionado
para la Paz en sus inicios y luego la Comisión Nacional de Diálogo y
Negociación.
En estas comisiones y en otras creadas para atender los distintos procesos,
se encuentra por primera vez en la historia del país, la convocatoria de
mujeres en los más altos niveles de la negociación; durante su mandato,
por primera vez también, por voluntad del presidente, las mujeres pasa-
ron a ocupar varios de los viceministerios del gabinete gubernamental.
• En el Acuerdo entre la Comisión de Paz del Gobierno y las FARC, cono-
cido como el Acuerdo de La Uribe, suscrito el 28 de marzo de 1984,
aparece entre los seis delegados del gobierno la firma de Margarita
Vidal y entre los cinco de las FARC-EP no aparece ninguna mujer.
• En el Acuerdo entre la Comisión de Paz y la Autodefensa Obrera
(ADO), firmado el 23 de agosto de 1984, no aparece ninguna mujer
suscribiéndolo por las partes.
• En el Acuerdo de Cese al Fuego y Diálogo Nacional, del 23 de agosto
de 1984, suscrito entre la Comisión de Negociación y Diálogo −in-
M A GD AL A V E L Á S Q U E Z T O R O
tegrada por miembros de la Comisión de Paz, delegados del presi-
dente, voceros de partidos políticos, dignatarios de la Iglesia Católica,
representantes de las fuerzas laborales, del arte y la cultura−, entre los
firmantes por el gobierno aparecen Rocío Vélez de Piedrahíta, Gloria
Zea y Laura Restrepo; entre los firmantes del Movimiento 19 de Abril
1 30
figura Vera Grave y por el Partido Comunista de Colombia Marxista
Leninista (PCCML) y su organización guerrillera EPL, no lo suscribe nin-
guna mujer.
En los acuerdos firmados en 1985, posteriores a la toma del Palacio de
Justicia por parte del M-19, el 6 de noviembre de ese año, la situación fue
la siguiente:
• Acuerdo del 9 de diciembre de 1985, entre la Comisión de Paz,
Diálogo y Verificación y los destacamentos Simón Bolívar y Antonio
Nariño del Ejército de Liberación Nacional (ELN), aparece la firma de
Margarita Vidal y por los destacamentos Simón Bolívar firma Manuela
González. En abril de 1986 adhirió el destacamento Gerardo Valencia
Cano y entre los cinco firmantes figura Ana María Martínez; en julio de
ese mismo año, los destacamentos José Manuel Martínez Quiroz e Inés
Vega, entre ocho firmantes aparecen Sandra Marín y Aidé.
• Acuerdo entre la Comisión de Paz, Diálogo y Verificación y diversas
organizaciones guerrilleras, suscrito el 2 de marzo de 1986, se en-
cuentra que las FARC hacen un vehemente llamado a los partidos, la
iglesia, los gremios de producción y del trabajo, los medios de comu-
nicación y “(…) a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a
sumar esfuerzos para construir una Colombia más democrática, más
justa económicamente y con iguales oportunidades para todos”. Por el
gobierno lo suscriben once personas entre las cuales están Margarita
Vidal y Rocío Vélez de Piedrahíta, no aparecen firmas de mujeres ni
por las FARC-EP ni por el ADO y por los destacamentos del ELN firman
Manuela y Ernesto González.
Las mujeres, al igual que el resto de la sociedad
civil colombiana, sufrimos la carencia histórica de una
educación para la democracia, de una formación para
¿ JU STIC IA DES I GUA L ?
resolver pacíficamente los conflictos y para construir
la paz y sobre todo de una ética civil que permita
sortear desde una perspectiva humanista los dilemas
que nos plantea el devenir social y personal.
Estos datos nos permiten concluir que las mujeres a pesar de ser integran-
tes de las guerrillas, la mayoría de ellas terminan ocupando lugares subor-
dinados en la estructura.
En efecto, en estos procesos no se incorporaron las necesidades especí-
1 31
ficas de las mujeres, el proceso de reconocimiento de sus derechos hu-
manos y aún era muy joven la Convención para la eliminación de todas
las formas de discriminación contra las mujeres. El movimiento feminista
todavía era incipiente en el país y las mujeres que participaron en este
proceso, convocadas por el gobierno provenían de actividades de la cul-
tura, una gran mayoría de ellas escritoras.
Posterior a este proceso, durante la década de los años 1990 se logran ter-
minar satisfactoriamente procesos que venían desde el gobierno de Vir-
gilio Barco, como el del EPL (mayo 23 de 1990) para vincularse al proceso
constituyente. En el gobierno de Gaviria se hicieron importantes ejercicios
de diálogos en el exterior, con la llamada Coordinadora Guerrillera Simón
Bolívar, integrada por las FARC y el ELN, en los diálogos de Caracas (junio
1991) y Tlaxcala (marzo 1992), también con una nutrida composición de
ambas partes, pero con ausencia de mujeres.
Sin embargo, a pesar de que existía, por ejemplo en el gobierno de Ga-
viria, la Consejería Presidencial para la Mujer, la Juventud y la Familia, se
encuentra de nuevo ausencia de mujeres en los lugares de decisión por
parte de los signatarios de los acuerdos. Estas situaciones nos recuerdan
los tiempos de los registros fotográficos de las paces firmadas desde prin-
cipios del siglo XX, hechos en los cuales las únicas faldas que aparecen son
las de los obispos.
Más adelante se suscribieron acuerdos para garantizar la participación en
la Asamblea Constituyente que dio a luz la Constitución de 1991, con el
M-19 (marzo 9 de 1990), con el PRT (enero 25 de 1991), con la guerrilla
indígena Quintín Lame (mayo 27 de 1991). En esta histórica Asamblea
Constituyente, que fue un gran acuerdo de paz, la ausencia de mujeres
M A GD AL A V E LÁ S Q UE Z T OR O
fue crítica, solo participaron 4 de 73 constituyentes (Aída Abello, María
Mercedes Carranza, María Teresa Garcés y Helena Herrán, a mi modo de
ver ninguna de ellas con interés específico en las necesidades, sueños y
expectativas de las mujeres).
1 32
El movimiento feminista se expresaba a favor de la paz, de los derechos
humanos, pero no se proponía aún metas que tocaran las estructuras de
género de los escenarios de la paz y menos aún la incorporación de la
perspectiva de género que era aún una categoría joven en el universo de
las ciencias sociales.
Organizaciones de mujeres trabajaron por la incorporación de sus de-
rechos en la nueva Carta constitucional con importantes logros, este pro-
ceso fue el origen de la Red Nacional de Mujeres. Sin embargo, no hubo
cambios importantes en la representación política de las mujeres en el
Congreso en general, como tampoco para las desmovilizadas de estos
grupos que quedaron con el privilegio de acceder a este cuerpo por un
mecanismo especial.
En procesos de desmovilización posteriores como el de la Corriente de
Renovación Socialista del ELN (abril 9 de 1994) y con las Milicias Populares
de Medellín (mayo 26 de 1994) tampoco hay negociadoras que hayan
suscrito los pactos.
4. Las mujeres incursionan en los proceso de paz
En el escenario de la sociedad civil, en la década de los años noventa se
empiezan a dar importantes manifestaciones ciudadanas autónomas en
relación con la negociación política, la construcción de un país con justi-
cia social y la exigencia de unos mínimos humanitarios que garantizaran
la protección de la población civil de la crueldad de la guerra.
La Red de Iniciativas Ciudadanas por la Paz y contra la guerra, con el
liderazgo de Ana Teresa Bernal, convoca la realización del Mandato ciu-
dadano por la paz, la vida y la libertad, en el que se integran importantes
sectores del movimiento social, gremial, académico, cultural y en las elec-
ciones regionales y locales de 1997, diez millones de hombres y mujeres
votan el mandato.
Este hecho político coloca a la ciudadanía por la paz en un lugar impor-
¿ JU STIC IA DES I GUA L ?
tante en los escenarios de búsqueda y negociación del conflicto armado,
deslinda campos con los actores armados y reivindica la soberanía ciuda-
dana en la construcción y búsqueda de la paz y reclama cesar las atroci-
dades contra la población.
El mandato produce los siguientes cambios:
• Legislación para la paz: decretos que prohibieron el reclutamiento de
menores, leyes que reglamentaron la forma de abordar procesos de
negociación y la Ley 434 (febrero de 1998) del Consejo Nacional de
1 33
Paz, instrumento jurídico que crea espacios altamente democráticos
e incluyentes de confluencia entre Estado y sociedad civil, regiones,
organismos de control y Congreso nacional para la formulación y apli-
cación de una política de Estado para la paz.
• Inicio de aproximaciones entre sociedad civil y guerrilla del ELN en el
exterior (negociaciones conocidas como Puerta del Cielo) con acom-
pañamiento internacional.
• El inicio de conversaciones con las guerrillas en 1999, rotas desde ocho
años atrás.
En el contexto de este proceso, sectores del movimiento de mujeres
empezamos a trabajar formas de incorporación a estos escenarios ciu-
dadanos de paz y de debate con el gobierno nacional y, por tanto, de
elaborar propuestas para incluir las necesidades de las mujeres y posicio-
nar nuestro discurso feminista en este tipo de escenarios.
En la formulación del proyecto de ley que creó el Consejo Nacional de
Paz, realizamos incidencia ante el Alto Comisionado de Paz para lograr
la incorporación de organizaciones de mujeres en este consejo, así como
para ser visibilizadas como interlocutoras del Estado.
El nuevo gobernante, Andrés Pastrana llega al poder por su interés en la
paz negociada (1998-2002). Después de nueve años de la ruptura de
conversaciones en el exterior, el gobierno inició un proceso separado
con las FARC. Para establecer la fórmula metodológica que organizó el
proceso de los diálogos, el gobierno nombró una comisión encargada
para construirla en conjunto con otra comisión de las FARC. En la deleg-
ación de tres personas, María Emma Mejía fue la representante por parte
M A GD AL A V E LÁ S Q UE Z T OR O
del gobierno.
La fórmula acordada finalmente incluía una Mesa de diálogo y ne-
gociación a la que accedieron varones de ambas partes y un comité
temático encargado de realizar audiencias públicas en las que participaba
la ciudadanía para ir tratando aspectos temáticos de interés para la mesa.
1 34
El acceso de mujeres a este escenario se logró gracias al proceso realizado
en el Consejo Nacional de Paz, que tenía un asiento en este comité y que
por proposición de la consejera por las organizaciones que trabajan por
los derechos de las mujeres, se nombró a Ana Teresa Bernal y una vez
posesionada, ella y María Emma enviaron una carta a las FARC solicitando
el nombramiento de mujeres en este escenario: respondieron con la de-
signación de la guerrillera Mariana Páez.
Con las dos mujeres en el comité temático se solicitó la programación
de la audiencia de mujeres sobre el tema de empleo. Fue un proceso de
varios meses de difícil negociación y de producción participativa de los
documentos de análisis que se presentaron, del que infortunadamente se
retiró una vertiente del movimiento feminista. Durante este proceso había
una amplia participación de mujeres del movimiento popular, campesi-
nas, sindicalistas, de organizaciones religiosas, afrodescendientes, indíge-
nas, de la academia, empresarias, feministas, pacifistas, jóvenes, de ONG
de diverso tipo, entre muchas otras. Finalmente se realizó una audiencia
con mil mujeres, en la cual se expresaron las necesidades, los sueños
y las propuestas construidas desde ese escenario por el movimiento de
mujeres.
La propuesta metodológica fue evaluada en forma positiva por la calidad
de las intervenciones y por el proceso desarrollado, incluso varios analistas
la calificaron como la mejor, ya que el proceso mismo de las audiencias
terminó convirtiéndose en un escenario lánguido y burocratizado, en el
que los esfuerzos ciudadanos por aportar parecen haberse perdido. Al
parecer ni siquiera se conservó el archivo de ese proceso en Los Pozos.
En este tortuoso proceso de paz en medio del conflicto, se apeló a la fór-
mula de crear una Comisión de Notables, integrada por tres personas del
gobierno y tres delegados de las FARC para buscar fórmulas de solución
que desbloquearan el proceso, en esta instancia representó al gobierno la
periodista Ana Mercedes Gómez.
¿ J UST IC IA DE S I GU AL ?
En el contexto de este proceso, la actividad de la sociedad civil represen-
tada en el Consejo Nacional de Paz fue intensa y en este escenario lla-
mado “Comité de Enlace” se realizó una juiciosa labor de persuasión
para incorporar lenguajes incluyentes y las necesidades de las mujeres, así
como el acceso a los lugares de decisión, en comisiones nacionales o en
el exterior para que hubiera siempre mujeres en forma equitativa.
Se participó en la organización y en la preparación de aportes de todo
tipo al ejercicio de Mesas ciudadanas de construcción de agenda de paz,
1 35
que fueron espacios plurales de sociedad civil para construir agenda de
paz, frente a los diferentes temas de la agenda de la mesa y otros propios
de la ciudadanía. Sus resultados eran entregados a los delegados del go-
bierno y a las FARC.
Se creó la Comisión facilitadora de carácter ciudadano para hacer aproxi-
maciones con el ELN y persuadirlos de la necesidad de la negociación, en
la que participaron tres mujeres: Piedad Córdoba, María Emma Mejía y
Patricia Lara.
Se realizaron ejercicios de formación para que las mujeres accedieran al
conocimiento básico sobre procesos de negociación y sobre su desarrollo.
También se hicieron reuniones consultivas de mujeres en aras de lograr
acuerdos para llevar al Congreso Nacional de Paz y hacer respetar las cuo-
tas de representación femenina en las regiones, que los “compañeros” del
movimiento social les arrebataban en forma aleve, porque no estaban de
acuerdo con las cuotas de género acordadas en la dirección del evento.
Después de la ruptura de las negociaciones y de que la opinión ciuda-
dana se ha inclinado a favor de la salida militar, el ejercicio ciudadano de
paz se ha centrado en la búsqueda infructuosa de acuerdos humanitarios
para lograr el mejoramiento de las condiciones, la atención en salud y la
liberación de los secuestrados y secuestradas principalmente.
Además desde 2005 se reactivó un ejercicio de conversaciones y encuen-
tros en el exterior con el ELN y desde este escenario se ha hecho gestión
para lograr la incorporación de mujeres de esa agrupación, como del Es-
tado en los escenarios de conversaciones en aplicación de la Resolución
1325 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el ELN respondió en
M A GD AL A V E L Á S Q U E Z T O R O
términos favorables; sin embargo, hasta la fecha no ha habido cambios.
Sin duda, en Colombia la vocería por la paz y por la humanización de la
guerra tiene timbre de mujeres. Ellas, las madres, hermanas, compañeras,
hijas, han sido las líderes del movimiento por la liberación de las víctimas
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del secuestro, por encontrar a sus seres queridos desaparecidos y por la
verdad, la justicia y la reparación.
El país les debe a ellas el reconocimiento que se merecen por su labor
humanitaria, por poner sobre el tinglado de la guerra y de las arrogancias
de los guerreros de todo tipo el respeto por la vida, la dignidad, la libertad
y la justicia. Esta es otra historia de las mujeres en la lucha humanitaria
que está por escribirse.
5. Conclusiones desde lo político
Hace ya más de sesenta años que las mujeres empezamos a acceder
al proceso educativo, que participamos en las diferentes áreas del cono-
cimiento y de la transformación del país y trabajamos día tras día en los
distintos escenarios de la vida nacional, para sortear las secuelas de la
crisis económica, social y humanitaria que vive el país.
Los hechos relatados en torno a las mujeres son el resultado histórico de
la experiencia de nuestras madres y abuelas en 1957, en el que se firmó
un acuerdo para cesar la guerra fratricida entre liberales y conservadores.
Las sufragistas tenían agendas de paz y de país que difundieron y trataron
infructuosamente de llevar a los escenarios de negociación, a pesar de
que el plebiscito aprobado en ese diciembre les concedía la ciudadanía
a las mujeres, después de 24 años de lucha sistemática. Tanto en éstos,
como en los procesos de paz posteriores, han estado ausentes las necesi-
dades, las miradas, las propuestas y las apuestas de las mujeres desde su
condición de género.
Las inquietudes de las mujeres causan extrañeza, malestar e incluso cierto
tipo de ofuscación, pareciera una impertinencia, en medio de tanta con-
fusión y desesperanza. Algunos se preguntan si simplemente por ser mu-
jeres se exige llegar a los lugares de toma de decisiones del proceso de
paz. Lo hacemos por el hecho simple y llano de ser humanas, de que
somos ciudadanas, con el mismo derecho, las mismas responsabilidades,
la misma preparación y sobre todo porque precisamente por ser mujeres,
¿ J UST IC IA DE S I GU AL ?
tenemos formas diferentes de abordar los conflictos y problemas y vivi-
mos, disfrutamos y sufrimos de diferente forma nuestra humanidad.
Es preciso seguir insistiendo en los siguientes aspectos básicos:
• Identificar desde la perspectiva de género las afectaciones, necesida-
des, derechos y sueños de las mujeres, en el contexto del conflicto que
afecta al país, de cara a su solución y para que en el posconflicto, no
continúe la lógica del aplazamiento de los derechos de las mujeres.
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• Estudiar, investigar y formarse para visualizar la condición de las mu-
jeres en cada uno de los ejes de una negociación y adquirir competen-
cias para negociar, incidir y persuadir en esos escenarios.
• Realizar gestión política y de incidencia en los diferentes espacios vin-
culados al conflicto armado y soluciones humanitarias para garantizar
que las mujeres lleguen a los lugares de decisión y que se destinen
recursos humanos y técnicos para prepararlas y formarlas y así realizar
en forma adecuada sus labores con incorporación de la perspectiva de
género.
• Hacer presión para el cumplimiento de las resoluciones 1325 de 2000
y 1820 de 2008 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Sin duda, en Colombia la vocería por la paz y por la
humanización de la guerra tiene timbre de mujeres.
Ellas, las madres, hermanas, compañeras, hijas, han
sido las líderes del movimiento por la liberación de
las víctimas del secuestro, por encontrar a sus seres
queridos desaparecidos y por la verdad, la justicia y
la reparación.
El país les debe a ellas el reconocimiento que se
merecen por su labor humanitaria, por poner sobre
el tinglado de la guerra y de las arrogancias de los
M A GD AL A V E L Á S Q U E Z T O R O
guerreros de todo tipo el respeto por la vida, la dig-
nidad, la libertad y la justicia. Esta es otra historia
de las mujeres en la lucha humanitaria que está por
escribirse.
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• Trabajar en el reagrupamiento y fortalecimiento del movimiento de
mujeres por la paz como escenario de acuerdos desde las diferen-
cias, de respeto y reconocimiento de las distintas opciones para pro-
ducir propuestas conjuntas y como mecanismo de presión política e
incidencia en la toma de decisiones en el conflicto y el posconflicto.
6. Conclusiones desde lo histórico
• Impulsar la investigación histórica del conflicto y de los procesos de
negociación con perspectiva de género.
• Difundir entre las mujeres la necesidad de conservar los archivos y
memoria de lo que hacen por la paz, los acuerdos humanitarios y la
incidencia y gestión política en diversos escenarios.
• Impulsar la creación de un fondo de memoria histórica del conflicto
colombiano, con especial cuidado en la incorporación de la perspec-
tiva de género y con secciones sobre las mujeres.
• Promover en las universidades el estudio e investigación de la historia
con perspectiva de diversidades con énfasis en género, como parte
estructural de su formación académica.
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M A GD AL A V E LÁ S Q UE Z T OR O