TEMA 7.
EL TEATRO ESPAÑOL EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX. LA
DRAMATURGIA DE ANTONIO BUERO VALLEJO.
En los años de posguerra la escena española estuvo dominada por un teatro nacional, al
servicio de la dictadura. Las dos tendencias que triunfaban en los escenarios – la comedia
burguesa y el teatro de humor – tenían como rasgo común la evasión de la realidad de la
época. Mientras tanto, los dramaturgos exiliados continuaron su producción fuera de
España.
A finales de los cuarenta irrumpió el teatro realista, de denuncia de la realidad. El
detonante fue el estreno de Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo, en 1949.
En los años 50 aparece el teatro de vanguardia, de carácter innovador, cuyos máximos
exponentes son Fernando Arrabal y Francisco Nieva, que darán paso al teatro simbolista.
Los autores de este tipo de teatro tuvieron serias dificultades para llevar sus obras a escena,
las novedades venían de dos tendencias que por entonces se daban en Europa:
Teatro del absurdo, que pretendía comunicar el estado degradado del mundo
por medio del lenguaje y expresar la crisis de comunicación y el absurdo en el
que se encontraba el ser humano. Sus máximos representantes son Samuel
Beckett y Eugene Ionesco.
Teatro de la crueldad, llevaba a escena situaciones crueles que también
subrayaban la incomunicación; su iniciador fue Antonin Artaud.
En la década de los sesenta, el teatro que triunfaba en los escenarios era un teatro
heredero de la comedia burguesa, al margen del teatro experimental y vanguardista de la
década anterior.
A finales de los 60, surgen los primeros grupos de teatro independiente y continúan con
sus puestas en escena durante las décadas siguientes.
TEATRO DE POSGUERRA: AÑOS 40 Y PRINCIPIOS DE LOS 50
Cumplía dos funciones básicamente: entretener al público y transmitir la ideología de
los vencedores, para ello se negaban las novedades que intentaron mostrar autores como
Lorca o Valle-Inclán, al tiempo que ese estrenaban obras que exaltaban los valores de los
vencedores y también obras de autores clásicos.
El estado y la iglesia establecieron u férreo control sobre las obras nuevas, lo que trajo
consigo la correspondiente autocensura de los dramaturgos.
Un tipo de teatro de estos primeros años de posguerra fue la comedia burguesa, que
cumplió perfectamente la misión de entretener a las masas y educar mediante el elogio de
la virtud. Las obras, casi todas en tres actos, reflejan temas como el amor, la familia, el
matrimonio, el hogar… siempre con fines moralizadores. Los principales autores son
Jacinto Benavente, José María Pemán, Juan Ignacio Luca de Tena (con obras como
¿Dónde vas, Alfonso XII?) y Joaquín Calvo Sotelo con La muralla (en su estreno tuvo que
salir 28 veces a saludar).
También tuvo su importancia el teatro de humor, totalmente alejado de la realidad
inmediata. En él destacan autores como Jardiel Poncela y Miguel Mihura.
Jardiel Poncela, Premio Nacional de Teatro, nos muestra unas obras en las que
domina la despreocupación, su teatro no muestra ningún tipo de angustia, solo pretendía
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alejarse de una realidad que no gustaba a nadie. Sus obras incorporan lo inverosímil, con
ciertas dosis de locura. Los personajes representan una sociedad feliz cuyos objetivos son
el amor y el dinero. Su obra clave es Eloísa está debajo de un almendro, en la que se
plantea el tema de la locura a través del comportamiento disparatado de muchos personajes.
También destaca Cuatro corazones con freno y marcha atrás, muestra la desesperación de
unos personajes que consiguen el elixir de la inmortalidad y acaban rejuveneciendo.
Miguel Mihura distorsiona la realidad por medio de la fantasía; el humor que aparece
es fruto de la asociación inesperada de ideas y de la exageración. Su obra más
representativa es Tres sombreros de copa, que refleja el desencanto del personaje que, en
cierto modo, es el de toda la sociedad, al tiempo que anticipa rasgos del teatro del absurdo.
Otras obras del autor que han conseguido un éxito notable son Maribel y la extraña familia
muestra en clave de humor a una prostituta que se va haciendo un hueco en una familia, por
medio de enredos, hasta llegar a tener una nueva vida. Melocotón en almíbar, una divertida
comedia de enredo basada en la confusión, y Ninette y un señor de Murcia se basa en el
prototipo del español reprimido que sale a París y conoce la modernidad de la cultura
francesa iniciando una relación con la hija de unos emigrantes.
Hubo un teatro desde el exilio, que representaba novedades respecto del hecho en
España, ya que recogía influencias vanguardistas que se daban en toda Europa. Merece la
pena mencionar a Rafael Alberti, con El adefesio, sobre la intolerancia del poder, Max
Aub o Alejandro Casona, con obras de calidad incuestionable como La dama del alba.
AÑOS 50: TEATRO REALISTA
El estreno de Historia de una escalera en 1949 marcó un cambio en el teatro español, ya
que con ella nació el drama realista, mediante el que se intentaba hablar de la realidad del
momento desde el escenario, haciendo una denuncia indirecta para burlar la censura.
Posteriormente fue consolidado con Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre.
Alfonso Sastre formó el T.A.S. (Teatro de Agitación Social), que entendía el teatro como
medio de lucha y transformación social. No es extraño que sus obras encontrasen un fuerte
obstáculo para su difusión. Escuadra hacia la muerte, prohibida después de su tercera
representación, refleja la rebelión contra la autoridad de unos soldados (en una supuesta
Tercera Guerra Mundial), en clara desconfianza hacia los que inducen a una guerra que
nadie entiende. Deciden matar a su cabo y, tras esa muerte, se interrogan sobre el sentido
del crimen cometido. Refleja la lucha entre la tiranía y la libertad.
En esta misma línea, podemos citar a José Martín Recuerda, quien en Las salvajes en
Puente San Gil, reflexiona sobre la intolerancia y la hipocresía de muchos españoles de
posguerra.
También con una temática parecida de denuncia y de compromiso social tenemos a
Lauro Olmo. En La camisa, los personajes luchan impotentes contra unas estructuras
sociales cerradas.
AÑOS 60: TEATRO VANGUARDISTA
Fernando Arrabal, heredero del teatro del absurdo y de la crueldad, es uno de los más
destacados. Creó el Movimiento Pánico, caracterizado por la confusión, el humor,
identificando lo absurdo con lo cruel. Desde sus primeras obras mostró su talante
innovador, alejado del realismo. Su producción se caracteriza por la elementalidad escénica
y su humor rozando lo absurdo; se trata de un teatro que muestra seres indefensos,
víctimas de la crueldad, que se mueven en torno a temas como la sexualidad, la influencia
de la religión, la política o la muerte.
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Pic-Nic cuenta, de manera absurda, cómo un matrimonio decide ir a ver a su hijo en la
guerra y proponerle un día de campo en el frente de batalla.
El cementerio de automóviles presenta una sociedad moribunda, en desintegración, sin
valores. Los personajes, ocultos en coches inutilizados, están condenados a una
desagradable convivencia y reaccionan violentamente, solo preocupados por las funciones
vitales básicas. La llegada de un nuevo personaje, que representa el ideal cristiano de
caridad, funcionará como víctima propiciatoria.
En El Arquitecto y el Emperador de Asiria, ambos personajes viven en una isla desierta
y participan en juegos basados en la unidad y la separación. Se hacen uno (el Arquitecto se
come al Emperador) y luego se desgajan en seres autónomos.
El teatro de Francisco Nieva se caracteriza por la utilización de un lenguaje popular,
con un vocabulario espontáneo, en el que abundan las frases hechas. Tuvo serias
dificultades para ser aceptado en la escena española (las obras no tenían la denuncia social
de los autores realistas y su carga de inmoralidad perturbaba a los organismos oficiales). El
tema básico es la represión de la sociedad, que degrada al ser humano. Se puede citar Pelo
de tormenta. En ella, un dragón que vive en un pozo a las afueras de Madrid exige comerse
cada semana a una doncella, terminando por seducir a las monjas de un convento. En
realidad, se trata de un invento para someter al pueblo.
TEATRO INDEPENDIENTE
Avanzada la década de los sesenta, surge un movimiento de renovación caracterizado
por un acercamiento al teatro extranjero, una mayor valoración del teatro independiente
frente al comercial y la búsqueda de nuevas técnicas.
Las experiencias más interesantes son ofrecidas por los grupos de teatro independiente,
junto al teatro universitario, caracterizado por la independencia económica y el rechazo de
la comercialización. Se da gran importancia a aspectos como la música o la expresión
corporal. Los problemas presentados a estos grupos (surgidos, la mayor parte, en torno a
Madrid y Barcelona) fueron innumerables: económicos, de censura, etc., hasta el punto que
muchos de ellos se desintegraron. Entre los más destacados tenemos a Els Joglars,
dirigidos entonces por Albert Boadella, Els Comediants, La Fura dels Baus, TEM,
Ditirambo, Tricicle… Durante la transición, la mayor parte de ellos fueron desapareciendo
o entrando progresivamente en el teatro comercial.
ANTONIO BUERO VALLEJO
Nació en Guadalajara en 1916, su interés por el arte le llevó a Madrid para estudiar en la
Escuela de Bellas Artes. Durante la Guerra Civil, militó en el bando republicano y al acabar
la contienda fue condenado a muerte por “adhesión a la rebelión”. Compartió cautiverio con
autores como Miguel Hernández. Más tarde, su condena fue conmutada por la de 30 años
en prisión; tras sucesivas rebajas de su pena, salió en 1946. Su labor teatral se ha visto
recompensada con premios como el Lope de Vega, el Nacional de Teatro o el Premio
Cervantes. También fue miembro de la RAE. Murió en el 2000.
Sus obras constituyen una síntesis de realismo y simbolismo. Pese a que buena parte de
ellas se desarrollan en una etapa concreta de la historia de España, es posible separar a los
personajes de su entorno, otorgando al drama una dimensión universal. Su teatro gira en
torno al deseo de realización humana y a sus limitaciones; la búsqueda de felicidad se ve
obstaculizada por el momento en que el hombre está viviendo.
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En muchas, plantea el fenómeno de la inmersión, que consiste en incorporar al
espectador en el mundo del protagonista, intentando que sienta su mismo punto de vista,
basándose para ello en los sentidos puramente teatrales. Consigue que el espectador perciba
la realidad a través de la conciencia de algunos personajes. Buero sorprende así al público
para que tome conciencia del mensaje trágico que pretende transmitir.
La crítica ha clasificado su obra en teatro de crítica social, simbolista y dramas
históricos.
Dentro del teatro de crítica social destaca Historia de una escalera, que supuso un
éxito total, la crítica fue pronto consciente de que había surgido un dramaturgo renovador.
En una escalera con su rellano se suceden las vivencias de tres generaciones de vecinos
durante treinta años (1919, 1929 y 1949). Allí transcurre la vida de unos personajes con sus
deseos, aspiraciones, angustias y el fracaso se sucede en cada generación, por lo que la
propia escalera, como si fuera el auténtico personaje central de la obra, se convierte en un
símbolo del devenir y la frustración de los personajes, impotentes para superar su situación,
a modo de antihéroes oprimidos por la vida y por la sociedad. Ese es el problema central:
la frustración de unos seres condenados a desarrollarse en un espacio. Cada uno de los
persones es responsable del fracaso de sus sueños y proyectos, ya que ha elegido mal.
Pero, al contrario de la tragedia, en la obra de Buero los personajes no están abocados a
un final funesto por el destino, sino que son los propios errores de elección los que
provocan el drama. El ser humano tiene libertad para elegir su destino y la última
generación, Fernando hijo y Carmina hija, tiene la opción de romper esa aparente tendencia
hacia la infelicidad, cuando manifiesta que lucharán por su amor. Ese es el resquicio para la
esperanza que deja el autor (si Carmina y Fernando son auténticos, harán realidad sus
sueños; si no lo son, fracasarán como sus padres).
También puede citarse dentro de este tipo de teatro El tragaluz, en la que a través de la
historia de una familia realiza una aguda crisis sobre el franquismo, burlando sutilmente la
censura.
Dentro de su teatro simbolista puede citarse En la ardiente oscuridad. La obra plantea
la lucha por la libertad y la verdad mediante el tema de la ceguera, auténtico eje central
en toda la obra, puesto que se convierte en símbolo de las limitaciones humanas y la
carencia de libertad. El efecto que consigue en la representación de la obra el fenómeno de
la inmersión es impresionante.
Una obra muy interesante es La fundación, refleja temas como la tortura, las delaciones
y las persecuciones por motivos políticos. La acción pasa de transcurrir en una habitación
de una fundación a una celda de una cárcel, donde viven cinco hombres condenados a
muerte, esta transformación se realiza desde la perspectiva de uno de los personajes, Tomás,
a través del cual, el espectador va conociendo la verdad de la situación que está viviendo.
Los personajes se encuentran allí porque el propio Tomás los delató bajo tortura, lo que le
hizo perder el sentido de la realidad. Al final, la escena queda vacía, retomando el aspecto
de lujosa habitación que acogerá nuevos huéspedes.
El sueño de la razón tiene tintes de drama histórico; ambientada en el Madrid de 1823,
durante la ola de terror llevada a cabo por Fernando VII en su lucha contra los liberales, el
personaje central es un Goya sordo, prisionero de su casa y de sus propias limitaciones,
desconfiando de todo cuanto le rodea. El ambiente del último periodo de la vida del pintor,
unido a la proyección de algunas de sus pinturas negras, contribuye a la creación de una
atmósfera irreal, cargada de tonos negativos.
En resumen, Buero es el autor de más peso en el teatro español de posguerra, otorga a
sus obras una nueva dimensión antes nunca vista en el teatro de su tiempo, su obra en
conjunto muestra la tragedia del individuo, analizada desde un punto de vista tanto social,
como moral.