Sabatella - Capital - y - Naturaleza - Crisis - Desigualdad
Sabatella - Capital - y - Naturaleza - Crisis - Desigualdad
ECONOMÍA POLÍTICA
10 y 11 de noviembre de 2008 - Campus UNGS
Ignacio Sabbatella
INSTITUTO DE INDUSTRIA
UNIVERSIDAD NACIONAL DE GENERAL SARMIENTO
[email protected] / www.ungs.edu.ar/ecopol
(54 11) 4469-7552 o 4469-7500 int. 7160
2
IGNACIO SABBATELLA1
Abstract:
Palabras clave:
“naturaleza”, “capitalismo”, “crisis”, “desigualdad”, “conflicto”, “ecología”
1
Licenciado en Ciencia Política y docente de la cátedra “Teoría Marxista: El Capital” de Emilio
Cafassi, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires (UBA).
[email protected]
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1. Introducción
¿Es posible hablar de ecología en una Jornada de Economía Política? ¿Tiene sentido ampliar
el horizonte de las tendencias del capitalismo mundial para avizorar los nuevos problemas
ecológicos? ¿Es procedente desplegar una teoría marxista ecológica para tratar estos
problemas?
La respuesta que conduce este trabajo es necesariamente afirmativa. La problemática
ambiental pocas veces tiene lugar en las ciencias sociales y menos aún en el ámbito
académico argentino. Sin embargo, es el propio funcionamiento del modo de producción y
reproducción capitalista el que la torna un tema de acuciante interés.
Con mayor asiduidad, se alzan voces sobre una “crisis ecológica global” por parte de expertos
y empresas periodísticas que describen las consecuencias del cambio climático. Sus causas
son atribuidas abstractamente a la humanidad, a la acción del hombre, a la civilización
industrial, etc. Aquí confrontaremos esta perspectiva desde el herramental teórico del
marxismo ecológico y de la ecología política. Nos seduce la posibilidad de enriquecer la vasta
tradición marxista con una nueva mirada de la relación entre el hombre y la naturaleza y
específicamente el modo en que el régimen capitalista de producción se apropia de su entorno
natural. De esta forma, podremos develar las desigualdades subyacentes en las
responsabilidades y efectos de esta crisis. La tendencia hacia una crisis ecológica no sólo se
evidencia en la contaminación ambiental sino también en los problemas de aprovisionamiento
de bienes naturales2, debido a su agotamiento y/o encarecimiento. Entre los bienes naturales
enumeramos agua, tierra, minerales, bosques nativos, biodiversidad y fuentes de energía
(fósiles, eólica, hidroeléctrica, solar, etc). Además de contribuir a una conceptualización
crítica desde el marxismo ecológico, buscamos en este trabajo hacer un aporte al análisis de la
desigualdad ambiental como otra forma de desigualdad social, constituida a su vez por dos
grandes variantes: la desigualdad en el acceso a un medioambiente sano y la desigualdad en el
acceso y control de los bienes naturales. Asimismo, observaremos que el corolario de la
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La introducción del concepto “bien natural” no es casual ni neutral. Podríamos caracterizarla como
parte de una disputa discursiva al interior del mundo académico pero que fundamentalmente han
establecido algunos movimientos sociales contra el concepto hegemónico “recurso natural” impuesto
desde una racionalidad instrumental y economicista propia del régimen capitalista de producción.
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Galafassi (2001) afirma que junto al incremento de las preocupaciones ambientales retorna en
las últimas décadas la relación naturaleza-cultura, especialmente para las ciencias sociales.
Pero “ya no interesa cuan natural o cultural es el ser humano y por qué caminos evoluciona,
sino lo que interesa es cómo se vincula el ser humano en tanto ser cultural en su proceso de
desarrollo social y económico con el ambiente físico y natural. En tanto ser cultural, es por lo
tanto responsable e implicado en sus actos y consecuencias de los mismos en el medio natural
y social”. La relación naturaleza-sociedad se compone de dos facetas. La primera forma de
articulación tiene que ver con la apropiación de los elementos de la naturaleza para
transformarlos a través del trabajo y luego su consumo. La segunda, se refiere al dominio y
grado de control de esos elementos que dependen de la valoración estético-afectiva y las
formas de representación simbólica e ideológica de la naturaleza. Ello varía en cada
formación socio-histórica y resulta fundamental en la construcción del ambiente/entorno. El
hombre se apropia de la naturaleza a través de valores e identidades predominantes a nivel
social e histórico.
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Asimismo, la apropiación material depende del desarrollo de las fuerzas productivas ya que, a
medida que avanza, se incrementan las mediaciones tecnológicas entre el proceso de trabajo y
la naturaleza. Con el desarrollo tecnológico los procesos de mediación se hicieron más
complejos y “la separación de la naturaleza se hizo cada vez más intensa, creándose un
ambiente humano predominantemente configurado por estructuras de origen socio-cultural”
(Galafassi, 1998).
Decíamos en la introducción que nos armaríamos con el marxismo ecológico como marco
conceptual. Vale la aclaración: Marx no fue un ecologista. Tampoco queremos que lo sea
ahora. Su obra sentó las bases críticas de la economía política y de la relación capital-trabajo.
El mundo natural no era parte de sus preocupaciones inmediatas pero su teoría del valor y la
mercancía se torna vital para una crítica de la relación capital-naturaleza. Con toda claridad,
Marx señala que la naturaleza es, junto al trabajo, punto de partida de la producción de
valores de uso. “En este trabajo de conformación, el hombre se apoya constantemente en las
fuerzas naturales. El trabajo no es, pues, la fuente única y exclusiva de los valores de uso que
produce, de la riqueza material. El trabajo es, como ha dicho William Petty, el padre de la
riqueza, y la tierra la madre” (Marx, 2000: 10).
Apartándonos de su forma histórica, en toda sociedad el trabajo es el momento de intercambio
con la naturaleza, es la actividad con la cual el hombre se apropia de su entorno y lo
transforma para encaminarse a la satisfacción de sus necesidades (alimento, vivienda,
vestimenta, etc.). En el proceso de trabajo interviene no sólo el trabajo del hombre sino
también el objeto sobre el cual se realiza y los medios de trabajo. El objeto de trabajo
primario lo brinda la naturaleza, condición ineludible para cualquier sociedad. Con los medios
de trabajo sucede algo similar: “Entre los objetos que sirven de medios para el proceso de
trabajo cuéntanse, en un sentido amplio, además de aquellos que sirven de mediadores entre
los efectos del trabajo y el objeto de éste y que, por tanto, actúan de un modo o de otro para
encauzar la actividad del trabajador, todas aquellas condiciones materiales que han de
concurrir para que el proceso de trabajo se efectúe. Trátase de condiciones que no se
identifican directamente con dicho proceso, pero sin las cuales éste no podría ejecutarse, o
sólo podría ejecutarse de un modo imperfecto” (Marx, 2000: 133).
Las condiciones de la naturaleza exterior al hombre se presentan de dos formas si a los
medios de trabajo adicionamos los medios de vida. De esas condiciones dependerá la
productividad del trabajo y la producción de plusvalía. “Si prescindimos de la forma más o
menos progresiva que presenta la producción social, veremos que la productividad del trabajo
depende de toda una serie de condiciones naturales. Condiciones que se refieren a la
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“Y se remata en la gran industria, donde la ciencia es separada del trabajo como potencia
independiente de producción y aherrojada al servicio del capital” (Marx, 2000: 294).
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“La característica general de la subsunción formal sigue siendo la directa subordinación del proceso
laboral –cualquiera que sea, tecnológicamente hablando, la forma en que se le lleve a cabo- al
capital. Sobre esta base, empero, se alza un modo de producción no sólo tecnológicamente
específico que metamorfosea la naturaleza real del proceso de trabajo y sus condiciones reales: el
modo capitalista de producción. Tan sólo cuando éste entra en escena se opera la subsunción real
del trabajo en el capital (...) Con la subsunción real del trabajo en el capital se efectúa una revolución
total (que se prosigue y repite continuamente) en el modo de producción mismo, en la productividad
del trabajo y en la relación entre el capitalista y el obrero (...) Se desarrollan las fuerzas productivas
sociales del trabajo y merced al trabajo en gran escala, se llega a la aplicación de la ciencia y la
maquinaria a la producción inmediata” (Marx, 2001:72).
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de valores de uso sino también que adquiere un precio mediante el cual puede ser enajenado
y apropiado. En la subsunción real la naturaleza se presenta como una fuerza productiva del
capital. En términos similares, Enrique Leff plantea que “la naturaleza es cosificada,
desnaturalizada de su complejidad ecológica y convertida en materia prima de un proceso
económico; los recursos naturales se vuelven simples objetos para la explotación del capital”
(Leff, 2005: 264).
El proceso de producción y reproducción capitalista se organiza a partir de “una cadena de
procesos de trabajo sucesivos y/o simultáneos, en donde los componentes de la naturaleza
intervienen como tales solo en algunos eslabones de la cadena, generalmente en el inicio.
Pudiendo participar como objetos o medios de trabajo, continúan el ciclo bajo la forma de
productos elaborados (cosas a las cuales se les ha aplicado trabajo) que siempre provienen de
algún elemento natural. Estos productos, bajo distintos grados de transformación, circulan en
la dinámica social regresando en la mayoría de los casos al medio natural como desperdicios”
(Galafassi, 1998). En la continuidad del ciclo de producción y reproducción capitalista, el
origen natural de las mercancías y su destino, una vez desgastadas, suele ser desconocido para
millones de consumidores. La propiedad privada establece la cosificación del objeto natural y
la alienación respecto a la naturaleza que se transforman en fundamentos del agotamiento de
los bienes naturales y de la contaminación ambiental. La naturaleza es fetichizada por obra y
gracia del capital. James O`Connor esgrime una metáfora en la cual la naturaleza “es un punto
de partida para el capital, pero no suele ser un punto de regreso. La naturaleza es un grifo
económico y también un sumidero, pero un grifo que puede secarse y un sumidero que puede
taparse (...) El grifo es casi siempre propiedad privada; el sumidero suele ser propiedad
común” (O´Connor, 2001:221).
Retomando las mencionadas condiciones que brinda la naturaleza ¿qué sucede con ellas
cuando son degradadas o alcanzan un límite físico dada su sobreexplotación?
El marxismo ecológico es una corriente teórica y política que se propone explorar las
relaciones entre economía y naturaleza, más exactamente, analizar la contradicción entre el
capitalismo como sistema autoexpansivo y la naturaleza, inherentemente no autoexpansiva.
Uno de los mayores exponentes de esta vertiente del marxismo es O`Connor, quien parte del
concepto “condiciones de producción” del capital, que rastrea en los Grundrisse de Marx. Se
trata de todo aquello que compone el marco de la producción capitalista y que no es
producido como una mercancía aunque es tratado como si lo fuera. Quiere decir que no son
productos del trabajo ni reglados bajo la ley del valor, con lo cual no tienen valor pero sí
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precio5, dada la lógica mercantilista del capital y la apropiación privada. Es lo que Polanyi
(1989) denominó “mercancías ficticias”6. El problema es que no se encuentran disponibles en
la cantidad, momento y lugar requeridos por el capital.
Las condiciones de producción se componen de tres partes: las condiciones externas o
medioambiente (capital natural), aquellos elementos naturales que intervienen en el capital
constante y variable. Anteriormente, hemos denominado a éstas como las condiciones
materiales o naturales, según se expresa Marx en el primer tomo de El Capital, y haremos
hincapié en ellas. Los otros componentes son las condiciones personales (capital humano), o
sea, la fuerza de trabajo; y las condiciones comunales generales (capital comunitario), la
infraestructura y espacio urbano.
Por tratarse de mercancías ficticias, el Estado cumple un rol destacado como mediador entre
el capital y la naturaleza, regulando el acceso a las condiciones de producción. Hasta
mediados de los años setenta, los Estados nacionales valoraban el petróleo, el gas, las minas,
la tierra, el agua como recursos geopolíticamente estratégicos y los mantenían bajo propiedad
estatal o ejercían un riguroso control sobre ellos (Giarracca, 2006). Pero este modelo sufrió
una “gran transformación” a partir de las políticas de desregulación y liberalización de los
mercados de bienes naturales y la privatización de empresas públicas que administraban
aquellos7. De esta manera, el Estado traspasa al mercado funciones clave en la regulación de
las condiciones de producción, al tiempo que omite controles para la protección del
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“Cabe, por tanto, que una cosa tenga formalmente un precio sin tener un valor. Aquí, la expresión en
dinero es algo puramente imaginario, como ciertas magnitudes matemáticas. Por otra parte, puede
también ocurrir que esta forma imaginaria de precio encierre una proporción real de valor o una
relación derivada de ella, como sucede, por ejemplo, con el precio de la tierra no cultivada, que no
tiene ningún valor, porque en ella no se materializa trabajo humano alguno” (Marx, 2000:64).
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Polanyi estaba pensando en los orígenes históricos de la economía de mercado como un sistema
autorregulado. Para ello era imprescindible establecer ficticiamente al hombre y a la naturaleza como
mercancías. “La producción es interacción entre el hombre y la naturaleza; para que este proceso se
organice a través de un mecanismo autorregulador de trueque e intercambio, el hombre y la
naturaleza deberán ser atraídos a su órbita; deberán quedar sujetos a la oferta y la demanda, es
decir, deberán ser tratados como mercancías, como bienes producidos para la venta (...) El hombre
con la denominación de fuerza de trabajo, la naturaleza con la denominación de tierra, quedaban
disponibles para su venta; el uso de la fuerza de trabajo podía comprarse y venderse universalmente
a un precio llamado salario, y el uso de la tierra podía negociarse por un precio llamado renta. Había
un mercado de mano de obra y un mercado de tierra, y la oferta y la demanda de cada mercado
estaban reguladas por el nivel de los salarios y de las rentas, respectivamente: se mantenía
consistentemente la ficción de que la mano de obra y la tierra se producían para la venta” (Polanyi,
1989:137)
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Esto se verifica especialmente en los países del Sur, que tendremos oportunidad de evaluar en el
apartado 3.1. En cambio, en EEUU predomina una política de “seguridad nacional” para abastecerse
de aquellos bienes ante la evidencia de su progresivo agotamiento. Su gobierno “corrige las fallas del
mercado” en la provisión de los mismos interviniendo económica y militarmente países petroleros (por
ejemplo) con el fin de asegurar su apropiación por parte de empresas de bandera estadounidense. La
carrera por la conquista de las riquezas del Polo Sur y del Polo Norte indica la misma dirección
emprendida por las potencias mundiales.
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Hasta aquí hemos visto las características específicas del modo de producción capitalista en
lo que hace a su relación con la naturaleza. Ahora debemos responder por qué su accionar
destructivo sobre ella no afecta a todos por igual. Para ello desglosaremos la problemática de
la desigualdad ambiental con la ayuda de distintos autores y con aportes propios, haciendo
una operación analítica ya que las categorías se superponen con frecuencia. Por un lado,
existen dos formas en las que se manifiesta la desigualdad ambiental: la desigualdad en el
acceso a y control de los bienes naturales y la desigualdad en el acceso a un ambiente sano.
La primer forma se refiere a las asimetrías de poder existentes para disponer, aprovechar,
utilizar bienes esenciales para la vida, tales como agua, tierra y energía. A ellos debemos
agregar la pesca que sirve de alimentación a una multitud de comunidades que viven a la vera
de ríos, lagos o mares. También las medicinas ancestrales de pueblos originarios y
campesinos son objeto de apropiación de multinacionales que las patentan sin
reconocimiento alguno. A esta forma de apropiación se la ha denominado biopiratería. Otro
tanto ocurre con los mismísimos genes humanos.
La segunda forma está relacionada con la protección del medioambiente y con las asimetrías
de poder en la distribución de la degradación ambiental derivada de actividades productivas.
Emana de la contaminación del aire, del agua, de los alimentos provocada por industrias,
transporte, disposición de residuos o grandes obras como represas y complejos turísticos.
En el caso de la actividad extractiva de la minería y de los hidrocarburos se conjugan ambas
formas de desigualdad, ya que en todo el mundo son apropiadas por poderosos capitales
transnacionales en detrimento del acceso de poblaciones locales, que además sufren
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Tomamos de Tarrow el sentido de acción colectiva que “se convierte en contenciosa cuando es
utilizada por gente que carece de acceso regular a las instituciones, que actúa en nombre de
reivindicaciones nuevas o no aceptadas y que se conduce de un modo que constituye una amenaza
fundamental para otros o las autoridades” (Tarrow, 1997:24). Es la base de los movimientos sociales,
pero este término queda reservado a aquellas secuencias de acción que se apoyan en redes sociales
densas y símbolos culturales que permiten mantener desafíos frente a oponentes poderosos. “Los
movimientos sociales son desafíos colectivos planteados por personas que comparten objetivos
comunes y solidaridad en una interacción mantenida con las elites, los oponentes y las autoridades”
(1997: 26).
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mantenimiento de los recursos naturales. Aquí añadimos en la definición que también son
disputas por el acceso a un ambiente sano o por la protección del medioambiente. De manera
similar, Martínez-Alier (2005) utiliza el concepto conflictos ecológico-distributivos para
designar el desigual impacto del uso que la economía hace del ambiente natural.
Así encontramos nuevos conflictos o disputas en viejas relaciones desiguales, como el
clásico intercambio desigual entre los países del “Norte” y los países del “Sur” que,
moldeados por las dos formas de desigualdad ambiental, generan los términos imperialismo
ecológico y deuda ecológica. En segundo lugar, dentro del ámbito nacional, las
desigualdades de raza, género y clase engendran los movimientos contra el racismo
ambiental, el ecofeminismo y el ecologismo de los pobres, respectivamente.
Hablar de países del Norte y países del Sur es un tanto arbitrario y difuso. No nos podríamos
guiar por la línea del Ecuador porque encontraríamos que buena parte de lo que entendemos
por países del Sur están al norte de ella. Y a la inversa, países que están al sur de ella
desarrollan políticas similares a las del Norte. En efecto, empresas de capitales australianos
afectan a comunidades de otras naciones en su afán de obtener preciados minerales. O, a
modo de ejemplo un poco más cercano, el caso de la brasileña Petrobrás en litigio con
Bolivia por la extracción de hidrocarburos y apropiación de su renta económica.
Sin embargo, habitualmente se utiliza esta relación conceptual para abarcar las desigualdades
entre los países más ricos y los más pobres, entre los más poderosos económica y
militarmente y los más débiles. En todo caso, no debemos tomar literalmente los mapas
mundiales.
El desarrollo desigual y combinado se refiere a la distribución espacial desigual en el planeta,
históricamente producida, de la producción, comercio, consumo, etc., y a cómo se combinan
regiones enteras con formas económicas, sociales y políticas nuevas y regiones con formas
viejas (O`Connor, 2001:225). Es un proceso característico de la acumulación capitalista y
que en tiempos de globalización se ensancha y ahonda. Es de vital importancia para
comprender la distribución de las desigualdades ambientales.
El Norte “desarrollado” (EE.UU., Europa, Japón) concentra en su territorio el capital dinero
y los dividendos del capital industrial (que se asienta en países con una fuerza de trabajo
barata y disciplinada, por ejemplo China, Malasia, Taiwán). Sus niveles altísimos de
consumo lo ubican como el mayor demandante de bienes naturales y mayor productor de
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“El economista Lawrence Summers, doctorado en Harvard y elevado a las altas jerarquías del
Banco Mundial, dio su testimonio a fines de 1991. En un documento para uso interno de la institución,
que por descuido fue publicado, Summers propuso que el Banco Mundial estimulara la migración de
las industrias sucias y de los desperdicios tóxicos “hacia los países menos desarrollados”, por
razones de lógica económica que tenían que ver con las ventajas comparativas de esos países. En
resumidas cuentas, y hablando en plata, las tales ventajas resultaban ser tres: los salarios raquíticos,
los grandes espacios donde todavía queda mucho por contaminar y la escasa incidencia del cáncer
sobre los pobres, que tienen la costumbre de morir temprano y por otras causas” (Galeano, 1998:
225).
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Si la degradación ambiental cada vez más profunda queda a merced de que las empresas
internalicen los costos del daño ecológico o que el Estado se haga cargo de ellos elevando los
impuestos, cae la acumulación de capital. “No hay salida” en palabras de Wallerstein. No hay
salida dentro de los términos de lo que él llama economía-mundo capitalista, que requiere
acumular y expandirse sin tropiezos. No obstante, gobiernos y empresas pueden “comprar
tiempo”, o sea, desplazar el problema desde el Norte hacia el Sur, desde los países más ricos
a los más pobres. Las vías para lograr esto son dos: la primera es la descarga de todos los
residuos en el Sur; la segunda consiste en forzar a los países del Sur a aceptar severas
limitaciones a la producción industrial o la utilización de formas de producción
ecológicamente más saludables (pero más caras), imponiéndole la posposición de su
“desarrollo” (Wallerstein, 1998).
Un concepto que resulta muy útil para graficar las desigualdades ambientales es la huella
ecológica. Es un indicador que mide la cantidad de superficie biológicamente productiva que
es necesaria para mantener el nivel de consumo de bienes naturales en un país determinado, y
para absorber sus desechos, utilizando la tecnología actual. Se basa en el consumo medio per
cápita de alimentos, productos forestales, combustibles, producción oceánica y capacidad de
absorción de dióxido de carbono en un área geográfica determinada (Dillon, 2000).
En la actualidad, los estudios de huella ecológica indican que la humanidad consume más
bienes de los que la naturaleza puede regenerar cada año. Pero aquí reaparecen las
desigualdades globales y el peso de las economías más poderosas. Afirma Dillon (2000) que
“cuando la huella ecológica de un país es mayor que su capacidad ecológica de carga, ese
país tiene que “importar” capacidad de carga de algún otro sitio y/o consumir su capital
natural a un ritmo mayor que el de la regeneración de la naturaleza. Esto se logra importando
alimentos, combustible o productos forestales o agotando su provisión de recursos renovables
y no renovables (por ejemplo, combustibles fósiles). También puede “exportar” desechos,
como el exceso de emisiones de dióxido de carbono que su masa forestal o los océanos
circundantes no pueden absorber”.
La excesiva emisión de gases por parte de los países del Norte ha afectado a la capa de
ozono, provoca el aumento del efecto invernadero y el cambio climático e implica la
apropiación desproporcionada de la capacidad de absorción de dióxido de carbono que tienen
los océanos y bosques del planeta.
Algunos autores incorporan el término comercio ecológicamente desigual ya que las
mercancías son exportadas a precios que no tienen en cuenta los costos sociales y ambientales
de su extracción o producción.
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Tania Pacheco (2006) narra que el concepto de racismo ambiental surge entre los negros de
la región sudeste de Estados Unidos, al final de la década de 1970. Se descubrió que gran
parte de los depósitos de residuos tóxicos estaban localizados en barrios habitados por
negros, a pesar de que en la región sumaban apenas el 25% de la población.
Para Alfredo Seguel (2005) el racismo ambiental “es una forma de discriminación ocasionada
por las políticas públicas o privadas, que se manifiesta en la intención de que los costos
ambientales sean asumidos por un grupo determinado de la población o en la exclusión
manifiesta de este grupo en la toma de decisiones que afectan sus vidas”. Como podemos
apreciar, la definición no se restringe al impacto sobre grupos o comunidades de raza o color.
Coinciden tanto Pacheco, Seguel, como Bullard (2004) que el racismo ambiental afecta
también a poblaciones indígenas, regiones pobres y, en el caso de EEUU, a inmigrantes
latinos, afro-americanos, afrocaribeños y asiáticos.
Además del traspaso inequitativo de los costos ambientales a ciertos grupos y la exclusión de
estos grupos en la toma decisiones que los afectan, los Equipos de Trabajo del Observatorio
de Derechos de los Pueblos Indígenas y la Red de Acción por los Derechos Ambientales
(2006) agregan como un elemento más del racismo ambiental “la discriminación en el
seguimiento y la fiscalización de las regulaciones y leyes relativas al medioambiente y a la
participación para ubicar depósitos tóxicos y establecer industrias contaminantes en torno a
comunidades determinadas por su condición social, étnica, religiosa o de cualquier tipo”.
Al caso “fundacional” de los negros afectados en EE.UU., podemos agregar el de los negros
en Brasil. Estadísticas elaboradas por el PNUD y reunidas en el Atlas Racial Brasileño son
una muestra elocuente: el 65% de los pobres y 70% de los indigentes son negros y la tasa de
mortalidad infantil hasta un año de edad es 66% mayor entre los niños negros (Pacheco,
2006). A la discriminación racial se suma el factor ambiental: industrias contaminantes,
grandes complejos energéticos y monocultivos perjudican en mayor medida a la población
negra. Sin embargo, los esfuerzos de Pacheco se dirigen a demostrar que el racismo
ambiental en su país “trasciende el color de piel” actuando no sólo sobre los negros sino
también sobre los pobres, los pueblos originarios y los nordestinos.
El pueblo mapuche en Chile también es víctima de distintos atropellos por parte de empresas
transnacionales. Algunos ejemplos: la construcción de gigantes represas hidroeléctricas que
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3.2.2 Ecofeminismo
El ecofeminismo se propone entrelazar las luchas ambientalistas con las de género con un
denominador común: la dominación patriarcal sobre la mujer y la naturaleza. Con esta
corriente de pensamiento y acción, el problema ecológico incorpora la mirada feminista y se
desplaza del antropocentrismo hacia el androcentrismo, un “modelo cultural en el que se
imponen las visiones masculinas sobre las femeninas, consideradas inferiores, ignoradas e
incluso invisibilizadas” (Herrero, 2007).
Resulta interesante el vínculo feminismo-ecologismo en tiempos de globalización. En su
estudio sobre las bases de los movimientos sociales, Della Porta detecta que la participación
femenina está directamente ligada al activismo ambiental (Della Porta, 2006: 20) ¿Cuál es la
causa de tal vinculación?
Siguiendo a Alicia Puleo, podemos apreciar que no existe un solo ecofeminismo, sino que
muestra algunas variantes. El ecofeminismo clásico de fines de los `70 y década del `80
presenta un tinte biologicista, asociando la sensibilidad y la naturaleza orgánica de las
mujeres con el cuidado de la naturaleza. Entiende a la esencia masculina como agresiva,
competitiva y destructiva, mientras que la mujer posee un erotismo no agresivo e
igualitarista, además de una predisposición maternal hacia el pacifismo y la ecología. Entre
sus mayores exponentes se cuenta a Mary Daly.
Otras variantes abandonan este “esencialismo ingenuo” y la demonización del varón para
abocarse a teorías de raíces religiosas. Una de ellas es el ecofeminismo espiritualista del
Tercer Mundo, con Vandana Shiva entre sus referentes y el movimiento de mujeres de
Chipko10 como estandarte de lucha. El desarrollo técnico occidental equivale a un “proceso
de mal desarrollo” ya que ataca tanto a la mujer como a la naturaleza bajo el patrón patriarcal
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“Basándose en los principios de no violencia creativa de Gandhi, las mujeres rurales Chipko, en
nombre del principio femenino de la Naturaleza de la cosmología de la India, consiguieron detener la
deforestación total del Himalaya turnándose en la vigilancia de la zona y atándose a los árboles
cuando iban a talarlos. Enfrentándose a sus maridos, dispuestos a vender los bosques comunales,
las mujeres Chipko adquirieron conciencia de grupo y posteriormente continuaron luchando contra la
violencia doméstica y por la participación política” (Puleo, 2005)
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Entre las tareas que habitualmente quedan en manos de las mujeres, Martínez Alier (2003)
enumera:
“Las mujeres se preocupan por el aprovisionamiento material y energético, no porque les guste
particularmente esa tarea ni por predisposición genética, sino por un papel social que así lo
determina. Si no hay agua, si no hay combustible para cocinar, las mujeres deben buscar la solución.
Las mujeres poseen -en algunas culturas más que en otras- una parte más pequeña de la propiedad
privada. Dependen más, por tanto, de los recursos de propiedad y de gestión comunitaria, y suelen
defenderlos. Las mujeres tienen con frecuencia un conocimiento particular en la agricultura y en la
medicina popular, que queda devaluado con la irrupción del mercado o, a veces, del Estado”.
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ecológicas para la vida: energía (incluyendo las calorías de la comida), agua, espacio para
albergarse. También son movimientos ecologistas porque tratan de sacar los recursos
naturales de la esfera económica, del sistema de mercado generalizado, de la racionalidad
mercantil, de la valoración crematística (reducción del valor a costos – beneficios) para
mantenerlos o devolverlos a la oikonomia (en el sentido con que Aristóteles usó la palabra,
parecido a ecología humana, opuesto a crematística)” (Martínez Alier, 1992).
Martínez Alier no niega que exista un ambientalismo de los países del norte ni de los ricos.
En todo caso, se trata de un “ecologismo de la abundancia” que expresa una correlación
directa entre riqueza y producción de desechos y agotamiento de recursos. En cambio, el
ecologismo de los pobres en su lucha por la supervivencia expresa una relación inmediata
con la conservación de la naturaleza. Las luchas por el acceso a la tierra, al agua, bosques
contra su privatización (y estatización, en los casos de propiedad comunal) apuntan a
mantener estos bienes naturales apartados de la economía mercantil. Como vimos, el capital
no está interesado en cargar con los costos ecológicos ni en conservar aquellos bienes.
Hemos visto con anterioridad el análisis que realiza el marxismo ecológico de la actual crisis
ecológica en el modo de producción capitalista. Entonces ¿es posible conjugar el movimiento
de trabajadores con el movimiento ambientalista? ¿Es posible amalgamar la acción crítica
marxista con una conciencia ecológica? El Ecosocialismo puede ser una respuesta a estos
interrogantes siempre y cuando desde el marxismo se rompa con el culto a las fuerzas
productivas y con las tendencias hacia el progreso infinito plasmados en los socialismos
reales. Siempre y cuando desde el ambientalismo se entienda la imposibilidad de un
desarrollo sostenible capitalista. Asimismo, dice Martínez Alier (1992) que “el ecosocialismo
es más propio del Sur que del Norte”, más propio del ecologismo de los pobres que del
ecologismo de la abundancia.
“Se trata de una corriente de pensamiento y de acción ecológica que integra los aportes
fundamentales del marxismo, liberándose de las escorias productivistas; una corriente que
entendió que la lógica del mercado capitalista y de la ganancia –así como la del autoritarismo
tecnoburocrático de las difuntas “democracias populares”– son incompatibles con la defensa
del medio ambiente” (Lowy, 2002).
Para Lowy, una ética ecosocialista que rompa el paradigma productivista y de expansión
ilimitada, debería ser al mismo tiempo social, humanista, igualitaria, democrática y radical.
Una ética social dirigida a satisfacer las necesidades sociales no puede restringirse a acciones
individuales sino que requiere el protagonismo de movimientos sociales, partidos políticos,
etc. para alcanzar un cambio de estructura económico-social. Humanista también, ya que
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4. Conclusiones
Hemos descrito distintos enfoques teóricos y utilizado sus herramientas conceptuales para
indagar un tema relativamente novedoso en nuestro país. El esfuerzo ha estado empeñado en
la complementación e integración de los mismos pero empleando como premisa la crítica de
la relación contradictoria entre capital-naturaleza desde las ventajas teóricas que otorga el
marxismo, ahora en su vertiente ecologista. La teoría marxista tradicional reparaba en menor
medida en la complejidad del mundo natural que en la relación capital – trabajo, pero su
herramental crítico permite desnudar las formas en que el régimen capitalista de producción
fetichiza la naturaleza. Las condiciones de producción son puestas en la órbita de la
circulación como mercancías ficticias, sumado que a partir de finales de los años setenta se
consuma el debilitamiento de la regulación estatal. Así alcanzamos el concepto de
subsunción real de la naturaleza al capital, transformándose en una fuerza productiva del
mismo. Pero dado que el capitalismo como sistema autoexpansivo colisiona con los límites
naturales, el resultado de estos procesos es una tendencia hacia la crisis de subproducción, en
la cual el camino del capital hacia la apropiación de plusvalor se dificulta ante el agotamiento
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que a su vez pueda indagar las consecuencias sociales y culturales de la subsunción real de la
naturaleza al capital. Comprender la tendencia del capital hacia la crisis de subproducción es
menos urgente que detener la destrucción de las condiciones naturales para el desarrollo de la
vida humana misma. Lo que está en juego es la evidencia cada vez más concreta del peligro
que supone para la naturaleza una determinada formación histórica de producción y
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