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Orlando Figes La Historia de Rusia

Este documento resume el libro 'La historia de Rusia' de Orlando Figes, en el que traza el recorrido de la historia de Rusia y analiza cómo el país ha construido sus relatos y mitos sobre el pasado que han configurado su identidad.
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Orlando Figes La Historia de Rusia

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Orlando Figes, La historia de Rusia, Barcelona, Taurus, 2022,

474 págs.
Reseña de acceso abierto distribuida bajo una Licencia Creative Commons Atribución
4.0 Internacional (CC-BY 4.0). / Open access review under a Creative Commons
Attribution 4.0 International License (CC-BY 4.0).
DOI: https://doi.org/10.24197/ihemc.43.2023.988-991

A la sombra de la guerra surgida por el intento ruso de invadir Ucrania,


han sido publicados numerosos estudios con el propósito de comprender
dicho suceso, así como la realidad rusa y las motivaciones de Putin como
su máximo dirigente. Entre tales publicaciones destaca La historia de
Rusia de Orlando Figes. Recientemente nombrado doctor honoris causa
por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, el historiador británico
es, probablemente, uno de los mayores especialistas sobre ese país, como
ya evidenció a través de obras de obligada referencia como La revolución
rusa: la tragedia de un pueblo, El baile de Natacha: Una historia cultural
rusa, Los que susurran: La represión en la Rusia de Stalin o Una palabra
tuya...: Amor y muerte en el gulag. En su último libro, publicado en España
por la editorial Taurus en 2022, Figes traza un recorrido por toda la historia
de Rusia a través de un relato que trasciende la mera narrativa factual de
acontecimientos para analizar, de forma simultánea, el modo en que dicho
país ha construido sus relatos y mitos sobre el pasado y cómo esto ha
configurado la identidad rusa. Como apuntaba un chiste de época
comunista, “el futuro de Rusia como país es indudable; lo que resulta
impredecible es su pasado”. Y es que, según Figes, “no hay otro país que
haya reinventado su pasado con tanta frecuencia; ninguno tiene una
historia tan sujeta a las vicisitudes de las ideologías dominantes. En Rusia,
la historia es política”. Este es un país que, como queda de manifiesto en
la obra, se mantiene unido por unos relatos sobre el pasado “continuamente
reconfigurados y redactados para ajustarlos a las necesidades del presente
y para dar una imagen del futuro”, triunfando unas narrativas sometidas a
la autocracia definidora del sistema ruso. De este modo, para comprender
la Rusia actual, debemos partir de una máxima expuesta por Figes: “la
historia y el mito -y el uso que el régimen de Putin ha dado de ambos-
deben tenerse en cuenta si queremos entender hacia dónde se dirige la
historia de Rusia”. A todo ello ayuda el recorrido trazado por Figes a través
de los once capítulos que componen su libro.

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Las bases de la identidad rusa son situadas por el autor en la Rusia


medieval a través de dos períodos: la Rus de Kiev y la Horda de Oro
mongola, empleados de forma diferente en los relatos nacionales de Rusia.
La Rus de Kiev -con sus principados y repúblicas- es para los rusos el
cimiento de sus orígenes míticos desde los relatos de La crónica de Néstor
y la proyección del príncipe Vladimir como “padre fundador” de un
territorio que muy pronto se sintió la “tercera Roma”. Más allá de estos
orígenes míticos, Figes deriva de ello una importancia no menor: la
influencia bizantina con la consecuente sacralización de la autoridad y el
poder de la religión ortodoxa en la esfera política -ningún otro país del
mundo ha convertido en santos a tantos de sus gobernantes-. La otra
influencia medieval sería la derivada de las invasiones mongolas con la
llegada de la Horda de Oro. Igualmente, aquí se contrapone el uso que lo
conceden los rusos en su historia nacional del que apunta Figes. Para el
pueblo de Rusia esta época fue el origen de relatos nacionales que a través
de figuras como Alejandro Nevski o sucesos como la Batalla de Kulikovo
cimentaron el mito del sacrificio ruso como salvadora de la cristiandad
frente al avance mongol, algo que nunca les habrían agradecido sus aliados
occidentales. Así, “el profundo rencor hacia Occidente que se siente en el
país hunde sus raíces en este mito nacional”. Sin embargo, el autor señala
una importancia mayor del mundo mongol al considerarlo la auténtica base
de su tradición autocrática, con unos kanes que habrían exigido un
completo sometimiento a su voluntad, principio que los zares rusos
perpetuaron. Este poder despótico conllevaría también la idea de que toda
la tierra era de su propiedad, lo que sostendría el principio patrimonial de
los futuros zares y el sistema de dependencia y obligada lealtad de la
aristocracia rusa.
Si Figes encuentra las raíces de la autocracia rusa en su época
medieval, su consagración llegaría en época moderna con el nacimiento en
torno al Principado de Moscovia del Zarato Ruso en 1547, convertido en
Imperio Ruso en 1721. Durante esta época, las figuras que aparecen más
destacadas en el libro son Iván IV, Miguel I y Pedro el Grande, tres zares
constantemente rememorados en la historia nacional de dicho país por las
percepciones que de ellos se derivan: tres figuras poderosas que asentaron
la influencia y dominio ruso. Sin embargo, para Figes, la selección
realizada por Rusia de sus “grandes figuras históricas” acaba modulando
una determinada idea de su historia clave para comprender su actual
modelo social y político. En primer lugar, Iván IV es señalado por su
relevancia como primer zar, figura con la que encarnaba en su ser, al igual

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que Cristo, lo mortal y lo divino, de forma que mientras en Europa se


diferenciaba la persona del oficio del Rey, esta distinción no llegó a un
territorio en el que no se desarrolló el concepto del Estado abstracto. En
segundo lugar, en Miguel I encuentra Figes cuatro elementos asentados en
el tiempo: el mito del padrecito zar (zar-batiushka) como figura paternal
protectora de su pueblo, un sistema de responsabilidad colectiva
(krugovaya poruka) que implicaba los deberes de vigilancia y denuncia, la
expansión por un territorio llano y abierto que despertó el temor constante
a la defensa de sus fronteras, y el nacimiento de la servidumbre ante la
necesidad de anclar a los campesinos a la tierra. En tercer y último lugar,
si Pedro el Grande es rememorado por los rusos por ser el primer
imperator, en otras dimensiones aparece como una figura más polémica
para el país por el desarrollo de unas políticas de occidentalización que
serían el germen del debate entre la identidad europea o eslava.
La llegada de la contemporaneidad supone para Figes un momento de
fallida reconfiguración de Rusia. Durante esta época, el país se habría
cerrado en su tradición histórica y política ante su confrontación con
Occidente, tanto por su victoria frente a las tropas napoleónicas -que
cimentó el mito de la Santa Rusia como salvadora providencial de la
humanidad- como por su derrota en Crimea -donde nació el sentimiento
del doble rasero de las potencias occidentales, las cuales actuaban en otros
territorios, pero impedían a los rusos “proteger” a sus correligionarios-.
Mientras esta Rusia de los zares se replegaba sobre sí misma, una creciente
sociedad civil veía desaparecer el mito del padrecito zar tras la represión
de la revolución de 1905. Para Figes, estas tensiones estallaron con la
Primera Guerra Mundial, aunque muy pronto se evidenció que la
mentalidad rusa no se había transformado. El autor rescata el testimonio
de un soldado que, por entonces, apuntaba: “necesitamos una República,
pero para regirla debemos tener un buen zar”. Cuando en 1917 triunfó la
revolución, muy pronto los bolcheviques encontraron un modelo de poder
fuerte en la Unión Soviética que enlazaba el mito de la tercera Roma con
una Tercera Internacional comunista que asumía la misión de liberar al
mundo de la opresión capitalista. Si Lenin adoptó una concepción
mesiánica, Stalin recuperó el mito del padrecito zar y una apelación a las
grandezas de la historia rusa que, tras la Gran Guerra Patriótica, identificó
como un elemento que permitía mayor cohesión que las referencias
marxistas. Este modelo quedaría anclado con sus sucesores en una Unión
Soviética cada vez más rusificada en los relatos sobre su propia identidad.
Para Figes, la posibilidad de poner fin a esta tradición pudo llegar con el

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fin de la Unión Soviética, pero la reforma de Gorbachov muy pronto


devino en una realidad incapaz de romper con su pasado. Las decepciones
de Yeltsin llevaron a buscar una figura que reforzara el poder, muy pronto
encontrada en Putin, quien no dudó en mirar al pasado para identificar la
grandeza de Rusia con esa tradición de autócratas que le permitía asimilar
dicho modelo de poder con las opciones del país como gran potencia.
En conclusión, Figes escribe un detallado análisis de la realidad
histórica de Rusia en la que logra trascender las meras narrativas factuales
y descriptivas tan habituales en estos estudios de larga duración, para ser
capaz de dotar de significado a los diferentes personajes y acontecimientos
que recorren las páginas de su libro. En su obra queda claramente trazada
la forma en que los rusos vertebraron su identidad a través de una mirada
al pasado centrada en la concepción mesiánica del país, las tensiones con
Occidente y el valor de un poder fuerte paternalista. Esta tradición hace
que Figes se muestre escéptico con las posibilidades de una Rusia que se
democratice y rompa con la forma de entender su historia. Pese a su
pesimismo, rechaza cualquier determinismo en la evolución histórica de
dicho país convencido de la forma en que el uso del pasado influye en la
autopercepción que los rusos han configurado sobre sí mismos. Por eso,
como concluye su obra, cabe recordar que:

hubo capítulos de la historia en que Rusia podría haber tomado un


camino más democrático. Contaba con una firme tradición de
autogobierno en las ciudades república medievales, en las comunas
campesinas, en los hetmanatos cosacos y, sobre todo, en los zemstvos,
que podrían haber sentado las bases para una forma más inclusiva de
gobierno nacional. Hubo momentos en los que los gobernantes se
inclinaron hacia la reforma constitucional, pero sus iniciativas liberales
se vieron barridas por el curso de los acontecimientos […]. Y en el caos
de la revolución, hubo momentos en los que el pueblo fue capaz de
remodelar el Estado de acuerdo con sus viejos sueños utópicos de
libertad y justicia social. Contar de nuevo todas estas historias
contribuirá sin duda alguna a cambiar el destino de Rusia.

ADRIÁN MAGALDI
https://orcid.org/0000-0002-3241-8802
Universidad de Cantabria
[email protected]

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ISSN: 2530-6472

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