familia Mumin, integrada por cuatro trols (animales que, como casi todos
la obra, se ha inventado la autora), tiene por costumbre permanecer aletargada du
del año. Sin embargo, el primogénito, por una razón mister spierta e, incapaz
nuevo el sueño, sale a descubrir el invierno, qu nocía. Cuando llegue la prima
a su familia el descubrimiento de ndo en el que, sin protección alguna, h
ingeniárselas para sobrev
udar a los demás.
Tove Jansson
La familia Mumin en invierno
Los Mumin - 06
ePub r1.0
javinintendero 24.12.14
Título original: Trollvinter
Tove Jansson, 1957 Traducción: Manuel Bartolomé Ilustraciones: Tove Jansson
Diseño de cubierta: Mariana_Detri
Editor digital: javinintendero ePub base r1.2
CAPÍTULO I
El salón cercado por la nieve
El cielo estaba casi negro, pero, a la luz de la luna, la nieve tenía un brillante respla
yacía dormido bajo el hielo y, entre las profundas raíces de la tierra, todos los anim
soñaban con la primavera. Pero la primavera se encontraba aún lo que se dice un os
acababa de quedar atrás el día de Año Nuevo.
En el punto donde el valle iniciaba su suave pendiente hacia las montañas, se erguí
ierta de nieve. Parecía muy solitaria. Muy cerca de ella se formaba una curva del rí
entre filos de hielo.
Dentro de la vivienda, el ambiente era cálido y acogedor. En la caldera de la calefa
la turba apilada ardía silenciosamente. A veces, la luna se asomaba por la ventan ón
caía sobre las blancas fundas invernales de las sillas y sobre la araña de c uelta en
También en el salón, agrupados alrededor de la enorme estu celana, los miem
Mumin dormían su largo sueño de invierno.
Permanecían dormidos desde noviembre hasta abril, porque esa era la costum
epasados, y los Mumin guardaban fidelidad a las tradiciones. Todos tenían en el es
hojas de abeto, lo mismo que la tuvieron sus antecesores y, junto a la cama, es
ocadas todas las cosas que probablemente necesitarían al empezar la primavera: pa
anemómetros, etcétera.
El silencio era profundo y expectante.
De vez en cuando, alguien suspiraba y se acurrucaba más bajo la ropa de la cama.
Un rayo de luna fue de la mecedora a la mesa del salón, se deslizó por los remates
la cama y proyectó directamente su brillo sobre la cara del trol Mumin.
Y entonces ocurrió algo que hasta aquella noche no había sucedido nunca, desde qu
min se recogió en su madriguera invernal: el trol se despertó y comprobó que no po
sueño.
Observó el resplandor de la lima y los heléchos de hielo formados en la ventana. E
producía la caldera del sótano y cada vez fue sintiéndose más desvelado y atónit m
anduvo hasta el lecho de mamá Mumin.
Le tiró de la oreja con precaución, pero mamá Mumin no se despertó. Se limitó a e
indiferente y hecha un ovillo.
“Si no se despierta ni siquiera mamá, es inútil probar con los otros”, pensó el trol M
ronda de la irreconocible y misteriosa casa. Todos los relojes se habían p los antes,
capa de polvo lo cubría todo. Encima de la mesa del salón se encon la sopera con h
dejada allí en noviembre. Y, en su envoltura de gasa, la ara tal tallado tintineaba su
De súbito, el trol Mumin se asustó y se detuvo en seco, detrás del rayo de luna, en
oscuridad. Se sentía terriblemente solo.
—¡Mamá! ¡Despierta! —gritó—. ¡Ha desaparecido todo el mundo!
Regresó hasta la cama de mamá Mumin y tiró de la colcha. Pero mamá Mumin no
se hizo un ovillo sobre la alfombra, y la larga noche de invierno continuó.
Al amanecer, el cúmulo de nieve del tejado empezó a moverse. Resbaló un
ueltamente, se deslizó por el borde del alero y cayó con blando y sordo ruido.
Todas las ventanas quedaron sepultadas, y sólo una tenue claridad grisácea lograba
a. El salón parecía más irreal que nunca, como si estuviera profundamente enterrad
El trol Mumin erizó las orejas y aguzó el oído durante un buen rato. Después encen
se acercó en silencio a la cómoda para leer la carta de primavera de Manrico. E mo
bajo el pequeño tranvía de espuma de mar, y era muy parecida a otras cart
mavera que Manrico había dejado cuando, al llegar el mes de octubre, emprendía s
.
Empezaba con la frase ‘‘¡Hasta pronto!”, trazada con la grande y rotunda caligrafía
breve:
¡HASTA PRONTO!
Dormid a gusto y conservad el ánimo. El primer día de primavera me tendréis aquí de n empec
construcción del dique.
El trol Mumin leyó la carta varias veces y, de pronto, tuvo hambre.
Se fue a la cocina, que parecía desalentadoramente limpia y despoblada; La misma
despensa. Mumin no encontró allí nada, salvo una botella de zumo de frambues ía
medio paquete de polvorientas galletas.
El trol Mumin se puso cómodo bajo la mesa de la cocina y empezó a masticar. Ley
Manrico.
Después, se tendió boca arriba y contempló los nudos rectangulares que había bajo
La cocina estaba silenciosa.
—¡Hasta pronto! —susurró Mumin—. Dormid a gusto y conservad el ánimo —pro
alto. Luego cantó a pleno pulmón—: ¡Me tendréis aquí de nuevo! ¡Me tendréis aq
el aire, el tiempo es bueno y cálido, nosotros estaremos aquí, estaremo os los años
Se interrumpió en seco al ver que dos ojos minúsculos le miraban fulgurantes desd
gadero.
Mumin devolvió la mirada, y la cocina se quedó tan silenciosa como antes. Luego,
—¡Espera! —voceó el trol Mumin en tono angustiado. Se arrastró hacia el fregade
suavemente—: Sal, ¿quieres? ¡No tengas miedo! Soy bueno. Vuelve…
Pero quienquiera que habitase debajo del fregadero no salió. El trol Mumin echó en
ea de migas de galleta y formo un charquito de zumo de frambuesa.
Cuando regresó al salón, los cristales que colgaban del techo le saludaron c
ineo.
—Me voy —anunció Mumin de modo terminante, dirigiéndose a la araña—. Estoy
me voy al Sur para reunirme con Manrico.
Se acercó a la puerta principal e intentó abrirla, pero se había helado.
Mumin corrió quejumbroso de una ventana a otra y trató de abrirlas, pero t
De modo que el desamparado trol Mumin subió corriendo a la buhardilla, forcejeó
ir el escotillón del limpiachimeneas y salió al tejado.
Le recibió un ramalazo de aire frío.
Se quedó sin aliento, resbaló y rodó por el borde del tejado.
Y así fue como el trol Mumin, sin poderlo evitar, se vio lanzado a un mundo desc
hundió hasta las orejas en el primer ventisquero de su vida. Su piel aterciop erim
desagradable picazón, pero, al mismo tiempo, su hocico percibió un nuevo e despe
todo y estimuló su interés.
El valle estaba envuelto en una especie de crepúsculo gris. Ya no era verde, sino bl
movía estaba ahora paralizado. No se producía ningún sonido que revelase la exis v
aristas y ángulos presentaban bordes redondeados.
—Esto es la nieve —murmuró para sí el trol Mumin—. He oído hablar de ella
nieve.
Sin que Mumin tuviera la más remota idea de tal cosa, su piel aterciopelada decidió
a volverse lanuda, convirtiéndose poco a poco en una piel de abrigo pa iern
algún tiempo, pero, al menos, la decisión estaba tomada y eso resultaba ctico.
Mientras tanto, Mumin caminaba trabajosamente sobre la nieve. Descendió hasta e
solía deslizarse, alegre y transparente, a través del jardín de Mumin. Ahora pa y dis
lánguido. También pertenecía a aquel mundo nuevo, en el que Mumin sideraba en
Empezaba ya a acostumbrarse al olor del invierno y dejó de sentir curiosidad.
Contempló el arbusto de jazmín, una desordenada maraña de ramitas desnudas, y p
murieron todos mientras yo dormía. Este mundo pertenece a alguien a quien no con
está hecho para múmines”.
El trol imprimó las primeras huellas en la nieve, sobre el puente y ladera a
adas muy pequeñas, pero resueltas. Avanzando entre los árboles, se encaminaba
CAPÍTULO II
La caseta de baño encantada
A bastante distancia, por el Oeste, cerca del mar, una ardilla joven saltaba sin rumb
ardillita tonta de veras, a la que le gustaba pensar en sí misma considerándo illa de
maravillosa”.
En realidad nunca pensaba en algo durante mucho tiempo. La mayor parte de las v
cosas. Simples sensaciones. La última consistió en que el colchón de su ma
apelmazarse, de modo que salió en busca de uno nuevo.
De vez en cuando, murmuraba: “Un colchón”, para no olvidarse de lo que
vidaba las cosas con mucha facilidad.
Llegó a la cueva de la colina y penetró en ella de un brinco. Pero, ya en el interior d
imposible seguir concentrándose y, por lo tanto, se olvidó completamente del colch
Detrás del gran montón de nieve situado en la entrada de la cueva, alguien había es
Y encima de la paja descansaba una gran caja de cartón, con la tapadera ligera anta
—¡Qué extraño! —comentó la ardilla en voz alta y con cierta sorpresa—. Esa caja
ahí.
Hurgó hasta levantar una esquina de la tapadera, e introdujo la cabeza en la caja.
El interior era cálido y parecía estar lleno de algo suave y agradable. La ar
entinamente de su colchón. Los dientes pequeños y afilados se hundieron en aquel
una brizna de lana.
Continuó sacando briznas y pronto tuvo las patas llenas de lana. Siguió excavando
remidades, extraordinariamente complacida y feliz.
Y entonces, de súbito, alguien trató de morder una de las patas posteriores de la ard
ella saltó zumbando fuera de la caja, vaciló un momento y luego decidió se
iosidad que miedo.
En aquel momento, por el agujero que el roedor había abierto en la lana as
peinada, cuyo rostro expresaba furor.
—¡Así que eres tú, entera y verdadera! —exclamó Mía Diminuta.
—No estoy segura —repuso la ardilla.
—¿Por qué me has despertado? —continuó Mía Diminuta, rebosando severidad—.
mitad de mi saco de dormir? ¿Qué gran idea se te ha ocurrido?
Pero la ardilla estaba tan desconcertada, que había vuelto a olvidarse del colchón.
Mía Diminuta soltó un bufido y salió de la caja de cartón. Cerró la tapadera sobre s
aún dormía, se agachó y palpó la nieve con las manos.
—De modo que así es la nieve —dijo—. ¡Qué ideas más curiosas se hace la gente!
Formó una bola de nieve y, con el primer tiro, alcanzó a la ardilla en la cabeza. Lue
de la cueva para tomar posesión del invierno.
Lo primero que consiguió fue resbalar sobre la helada superficie del risco y
las posaderas.
—Comprendo —articuló Mía Diminuta en tono amenazador—. Creen que podrán
va a salir bien.
Se le ocurrió pensar entonces en la facha de Mía yendo a parar al suelo y con las pi
rato riendo entre dientes. Examinó el risco y la ladera de la colina y meditó un poco
—Bueno, vamos allá.
Y, tras tomar impulso, dio un salto y se deslizó a lo largo de un buen trecho sobre e
seis veces la operación, hasta darse cuenta de que aquello daba frío.
Mía Diminuta entró de nuevo en la cueva y sacó a su dormida hermana de la caja d
visto un tobogán, pero eso no era óbice para que tuviese la precisa sensación d stían
razonables de utilizar una caja de cartón.
En cuanto a la ardilla, estaba sentada en el bosque y su mirada iba distraídamente d
o.
Aunque le fuese en ello la cola, no podía recordar en qué árbol vivía, ni qué salió a
El trol Mumin no se había alejado mucho en su marcha hacia el Sur, cuando la osc
bajo los árboles.
A cada paso, las patas de Mumin se hundían más en la nieve, y la nieve no era, ni m
excitante como lo fue al principio.
El silencio y la quietud del bosque eran absolutos.
“El mundo está dormido —pensó el trol Mumin—. Sólo yo estoy despierto y no te
que vagar y vagar, día tras día y semana tras semana, hasta que me convierta ntón d
nadie sabrá nunca nada.”
Y en aquel mismo instante, la arboleda aclaró y Mumin tuvo ante sí un nu
frente a sus ojos. Al otro lado estaban las montañas Solitarias. Se alejaban hacia el
otra, y nunca tuvieron un aspecto más abandonado.
eFtauseyenstuobnícaesdecuspaancdioo eelntrolrMid ecucimónin aemlapsezhóeladnaostacrrelstfarsío. .E
n ie v e r e l u c ía c o m ie de colmillos que se recortasen contra el fondo negro d
s e a r ras t r a b a fu e r a
blanco y negro, y so todas partes.
“En algún lugar, al otro lado de esa sierra, está Manrico —se dijo el trol Mumin—.
, pela una naranja. Si supiese yo que Manrico está enterado de que voy a trepar por
reunirme con él, entonces podría conseguirlo. Pero yo solo, sin más ni más,
modo que Mumin dio media vuelta y volvió despacio sobre sus pasos.
qu“Aitodealnatnetsa.rYé tpoudeodseloques reallogjueise—n speednessóp—ie.rtQe usizráomseplo garleg
qguraenldaep.”rimavera se prese
Pero en el fondo de sí mismo estaba convencido de que nadie se despertaría.
Entonces sucedió algo. Unas huellas chiquititas cruzaban la línea de las pisadas de
en seco y contempló largo rato aquel rastro. Algo vivo había pasado a travé que, qu
media hora antes. No podía haberse alejado mucho. Iba hacia el valle da era más pe
propio Mumin. Las huellas apenas estaban hundidas en la nieve.
El trol Mumin notó que le invadía una oleada de calor, desde el extremo de la cola
orejas.
—¡Espera! —gritó—. ¡No me dejes solo!
Lloriqueó un poco mientras avanzaba por la nieve, tropezando una y otra vez. De s
terrible a las tinieblas y a la soledad. Su terror debía de haber estado oculto en algu
que se despertó en la casa dormida, pero esa era la primera vez que Mum evía a sen
pánico.
Dejó de gritar, porque pensó en lo horrible que sería que nadie le contestara. Ni siq
levantar su hocico del rastro, apenas visible de la oscuridad. No hizo más que s lan
dando traspiés y gimiendo suavemente para sí.
Y entonces vislumbró la luz.
Era muy pequeña y, sin embargo, llenaba toda la arboleda con un tenue resplandor
El trol Mumin se tranquilizó. Olvidó la línea de huellas y continuó andando despac
Hasta que por último comprobó que se trataba de una vela corriente, puesta enci ni
la vela había una casita en forma de pan de azúcar, construida con bol ve. Sus pare
traslúcidas, de un tono amarillo naranja, como el de la pantalla de la lá noche que t
casa.
Al otro lado de aquella especie de quinqué, alguien había excavado un cómodo hoy
tendido, contemplando el sereno cielo invernal, y que tarareaba muy bajito.
—¿Qué canción es esa? —preguntó el trol Mumin.
—Una que he compuesto yo misma —respondió alguien desde el hoyo—. U
iqui, que ha construido un farol de nieve, pero el estribillo habla de otras cosas com
—Comprendo —dijo el trol Mumin, y se sentó en la nieve.
—No, no lo entiendes —replicó Tutiqui afablemente, al tiempo que se incorporaba
jersey de rayas blancas y rojas—. Porque el estribillo trata de cosas que u de ente
pensando en la aurora boreal. Uno no puede afirmar si existe de veras o s
ece que existe. Todas las cosas son así de inciertas, y eso es precisamente lo que ha
tranquila.
Volvió a echarse sobre la nieve y continuó mirando el cielo, que estaba ahora comp
El trol Mumin levantó también su hocico y contempló los puntos luminosos que ce
Norte, lucecitas que Mumin probablemente veía por vez primera. Eran blancas, azu
adornaban el cielo formando visillos alargados y aleteantes.
Hasta que por último comprobó que se trataba de una vela corriente, puesta enci ni
la vela había una casita en forma de pan de azúcar, construida con bol ve. Sus pare
traslúcidas, de un tono amarillo naranja, como el de la pantalla de la lá noche que t
casa.
Al otro lado de aquella especie de quinqué, alguien había excavado un cómodo hoy
tendido, contemplando el sereno cielo invernal, y que tarareaba muy bajito.
—¿Qué canción es esa? —preguntó el trol Mumin.
—Una que he compuesto yo misma —respondió alguien desde el hoyo—. U
iqui, que ha construido un farol de nieve, pero el estribillo habla de otras cosas com
—Comprendo —dijo el trol Mumin, y se sentó en la nieve.
—No, no lo entiendes —replicó Tutiqui afablemente, al tiempo que se incorporaba
jersey de rayas blancas y rojas—. Porque el estribillo trata de cosas que u de ente
pensando en la aurora boreal. Uno no puede afirmar si existe de veras o s
ece que existe. Todas las cosas son así de inciertas, y eso es precisamente lo que ha
tranquila.
Volvió a echarse sobre la nieve y continuó mirando el cielo, que estaba ahora comp
El trol Mumin levantó también su hocico y contempló los puntos luminosos que ce
Norte, lucecitas que Mumin probablemente veía por vez primera. Eran blancas, azu
adornaban el cielo formando visillos alargados y aleteantes.
—Creo que existe —dijo.
T
—uNtiqousilnleovcaorenmteostsó.esFtuoeaacrarassatr—ánddeocslearhóa—sta. Nelofasreoalqdueenvie
y s e s i e nte encima. Mumin asintió, muy serio. Había visto una vez a la Bu. Una
l a v e l a .
mucho tiempo a y gris como una masa de hielo, estaba sentada a la sombra de las m
li arle. Pero ¡qué mirada! Y cuando la Bu se marchó, cabizbaja, el suelo donde se h
cubierto de escarcha blanca.
El trol Mumin se preguntó fugazmente si el invierno no sería algo que diez mil Búe
el suelo.
Mientras avanzaban por el camino de regreso, el valle pareció aclararse un poco y e
la luna estaba en las alturas.
La casa de Mumin se alzaba, dormida, al otro lado del puente. Pero Tutiqui torció e
Oeste y atajó por el desnudo huerto de frutales.
—El otoño pasado había aquí una barbaridad de manzanas —comentó el trol Mum
—Pero ahora hay una barbaridad de nieve replicó Tutiqui, distante, sin detenerse. L
El mar era una oscuridad vasta y compacta. Avanzaron con precaución recho emba
conducía a la caseta de baño de la familia Mumin.
—Yo solía zambullirme desde aquí —susurró el trol Mumin muy bajito, y miró los
juncos que sobresalían del hielo—. El mar estaba tibio y yo daba nueve brazadas b
Tutiqui abrió la puerta de la caseta de baño. Entró primero y puso la vela encima d
Mumin había encontrado flotando en el mar, años antes.
Dentro de la octogonal caseta de baño, todo se encontraba lo mismo que siempre. L
los nudos de las amarillas tablas de la pared, los pequeños cristales de las ven des y
estrechos y el armario donde se guardaban los albornoces y el Hemu ma hinchable
poco de aire.
Todo exactamente igual que en el verano. Y, no obstante, la pieza había ca
gmático sentido.
Tutiqui se quitó la gorra, la cual ascendió pared arriba y se colgó sola de un clavo.
—Me gustaría tener una gorra como ésa —dijo el trol Mumin.
—No la necesitas —repuso Tutiqui—. Siempre puedes agitar las orejas y conserva
. Pero las patas se te han quedado frías.
Y por el suelo se deslizaron andando dos calcetines de lana, que se inmovilizaron a
mismo tiempo, se encendió el fuego en la estufa de tres patas del rincón del fondo
flauta cautelosamente debajo de la mesa.
—Es tímida —explicó Tutiqui—. Por eso toca debajo de la mesa.
—Pero ¿por qué no se deja ver? —preguntó el trol Mumin.
—Son tan tímidas que se han hecho invisibles —repuso Tutiqui—. Son och
que comparten esta casa conmigo.
—Esta es la caseta de baño de mi padre —dijo Mumin. Tutiqui le dirigió una mirad
—Puede que tengas razón y puede que estés equivocado —manifestó—. En el vera
el invierno pertenece a Tutiqui.
Una olla empezó a hervir encima de la estufa. Se levantó la tapadera y una cuchara
Otra cuchara vertió en el recipiente un poco de sal y luego se volvió ordenadame
ocarse en el alféizar de la ventana.
Afuera, el frío se frotaba contra la noche, mientras los verdes y rojos cristales de la
lejaban la luz de la luna.
—Habíame de la nieve —pidió el trol Mumin, y se sentó en la silla del jardín de pa
el sol—. No la entiendo.
—Yo tampoco —confesó Tutiqui—. Uno cree que es fría, pero si construye una ca
caliente. Uno cree que es blanca, pero unas veces parece rosada y otras, azul. más b
cualquier otra cosa y, luego, más dura que la piedra. Nada es seguro.
Un plato de sopa de pescado surcó el aire con suavidad y fue a posarse encima de l
Y por el suelo se deslizaron andando dos calcetines de lana, que se inmovilizaron a
mismo tiempo, se encendió el fuego en la estufa de tres patas del rincón del fondo
flauta cautelosamente debajo de la mesa.
—Es tímida —explicó Tutiqui—. Por eso toca debajo de la mesa.
—Pero ¿por qué no se deja ver? —preguntó el trol Mumin.
—Son tan tímidas que se han hecho invisibles —repuso Tutiqui—. Son och
que comparten esta casa conmigo.
—Esta es la caseta de baño de mi padre —dijo Mumin. Tutiqui le dirigió una mirad
—Puede que tengas razón y puede que estés equivocado —manifestó—. En el vera
el invierno pertenece a Tutiqui.
Una olla empezó a hervir encima de la estufa. Se levantó la tapadera y una cuchara
Otra cuchara vertió en el recipiente un poco de sal y luego se volvió ordenadame
ocarse en el alféizar de la ventana.
Afuera, el frío se frotaba contra la noche, mientras los verdes y rojos cristales de la
lejaban la luz de la luna.
—Habíame de la nieve —pidió el trol Mumin, y se sentó en la silla del jardín de pa
el sol—. No la entiendo.
—Yo tampoco —confesó Tutiqui—. Uno cree que es fría, pero si construye una ca
caliente. Uno cree que es blanca, pero unas veces parece rosada y otras, azul. más b
cualquier otra cosa y, luego, más dura que la piedra. Nada es seguro.
Un plato de sopa de pescado surcó el aire con suavidad y fue a posarse encima de l
rol Mumin.
—¿Dónde aprendieron las musarañas a volar? —preguntó Mumin.
—Bueno… —dijo Tutiqui—; es mejor no preguntar a la gente acerca de todo.
te guardar los secretos para sí. No hay que preocuparse por las musarañas, ni tampo
Mumin se tomó la sopa.
Miró el armario, que estaba en un rincón, y pensó en lo estupendo que sería saber q
colgaba allí dentro. Que en medio de tantos acontecimientos nuevos e inquietantes,
invariable, seguro y grato. Recordaba que el albornoz era azul, que faltaba el colga
Aprlocbaabboledme eunnterahtaob, rdíaijou:n par de gafas de sol en el bolsillo izquierdo.
—Ahí es donde solíamos guardar nuestros albornoces. El de mi madre está colgado
la puerta.
Tutiqui alargó la mano y cogió un bocadillo.
—Gracias —dijo—. No debes abrir ese armario. Tendrás que prometérmelo.
—No pienso prometerte nada —replicó el rol Mumin con hosquedad, fija la mirada
Cprompiporsenodjoiós sdieeplraolnbtornqouez cl onmtiánsuiambapoarltlaí.nte del mundo era abrir
comprob
El fuego seguía agradablemente encendido. Rugía en la chimenea de la estufa. Den
baño, la atmósfera era cálida y placentera y, debajo de la mesa, la flauta continuó c
Manos invisibles retiraron los platos. La vela se consumió y el pabilo se ahogó en u
única luz que subsistía era la que irradiaba el ojo colorado de la estufa y la tángulos
que la lima filtraba a través de los cristales, hasta el suelo.
—Voy a dormir en casa esta noche —anunció el trol Mumin con decisión.
—Estupendo —articuló Tutiqui—. La luna aún no se ha ocultado, de modo
ilmente el camino.
La puerta se abrió sola y Mumin salió a las tablas cubiertas de nieve.
—No importa —dijo—. De todas formas, mi albornoz azul está en ese armario. Gr
La puerta se cerró, deslizándose sin que nadie la tocase, y alrededor del trol Mumin
claridad de luna.
Lanzó una rápida mirada sobre el hielo y creyó vislumbrar a la enorme y t
los pies por algún punto próximo al horizonte.
Se la imaginó esperándole detrás de los peñascos de la orilla del mar. Y al pasar po
presintió también la sombra de la Bu deslizándose en silencio por detrás de cada tro
apagaba todas las luces y borraba todos los colores.
Por fin, el trol Mumin llegó a su casa dormida. Trepó despacio por el enorme venti
gateó hasta el escotillón del tejado.
En el interior de la casa el aire era cálido y estaba saturado de efluvios de los Mum
reconoció a Mumin y le saludó tintineando, cuando el sol entró en el salón. Mumin
cama y lo puso encima de la alfombra de mamá Mumin, que suspiró en sue
rmuró algo que el trol no pudo entender. Luego mamá Mumin rió para sí y se acurr
la pared.
“Este lugar ya no me corresponde —pensó el trol Mumin—. Ni tampoco mi sitio e
sé qué es estar despierto y qué estar soñando.”
Y entonces, en cuestión de segundos, se quedó dormido y las lilas estivales le cubr
amistosa.
Mía Diminuta se sentía humilladísima, acostada dentro de su roto saco de d
un viento nocturno que penetraba directamente en la cueva. La mojada caja
aba reventada por tres sitios distintos, y la mayor parte de la lana se veía impulsada
de un rincón a otro de la cueva.
—¡Eh, vieja hermana! —gritó Mía Diminuta, al tiempo que golpeaba a Mimbla en
gateó hasta el escotillón del tejado.
En el interior de la casa el aire era cálido y estaba saturado de efluvios de los Mum
reconoció a Mumin y le saludó tintineando, cuando el sol entró en el salón. Mumin
cama y lo puso encima de la alfombra de mamá Mumin, que suspiró en sue
rmuró algo que el trol no pudo entender. Luego mamá Mumin rió para sí y se acurr
la pared.
“Este lugar ya no me corresponde —pensó el trol Mumin—. Ni tampoco mi sitio e
sé qué es estar despierto y qué estar soñando.”
Y entonces, en cuestión de segundos, se quedó dormido y las lilas estivales le cubr
amistosa.
Mía Diminuta se sentía humilladísima, acostada dentro de su roto saco de d
un viento nocturno que penetraba directamente en la cueva. La mojada caja
aba reventada por tres sitios distintos, y la mayor parte de la lana se veía impulsada
de un rincón a otro de la cueva.
—¡Eh, vieja hermana! —gritó Mía Diminuta, al tiempo que golpeaba a Mimbla en
Pero Mimbla dormía. Ni siquiera se movió.
—Empiezo a ponerme furiosa —dijo Mía Diminuta—. ¿Cuándo, aunque sólo sea p
de algo a una tener una hermana?
Salió del interior del saco de dormir. Después se arrastró hasta la entrada y contem
gélida noche.
—Os daré una lección a todos —murmuró Mía Diminuta torvamente, y se deslizó
del mar estaba más solitaria que el fin del mundo (si verdaderamente alguien ha e
) y reinaba la oscuridad, porque la luna se había ocultado.
—¡Allá vamos! —dijo Mía Diminuta.
Extendió sus faldas contra el malvado viento del Norte. Empezó a resbalar
desviándose a derecha e izquierda, separando las piernas con la seguridad equilibra
te elegante que tendríais vosotros si fueseis una Mía.
Hacía mucho tiempo que la vela se había consumido en la caseta de baño, cuando M
ó por allí. Sólo pudo distinguir el puntiagudo tejado recortando su silueta contra el
un segundo pensó: “Ahí está nuestra vieja caseta de baño”. Venteó los agu
invierno e hizo un alto cerca de la playa, para escuchar. A lo lejos, aullab os en la r
las montañas Solitarias.
—A una se le hiela la sangre en las venas —murmuró Mía Diminuta, mientras son
oscuridad.
dSu olfato la informó de que allí había una senda que llevaba al valle de Mumin y a
encontrar algunas mantas de abrigo y tal vez,, incluso, un nuevo saco de dormir. D
era y se aventuró a través del bosque.
Era tan minúscula que sus pies no dejaban huella alguna en la nieve.
CAPÍTULO III
El Gran Frío
Todos los relojes volvían a funcionar. Después de haberles dado cuerda, el trol Mu
Como el tiempo se había extraviado, los puso a horas distintas. Pensó que acaso a e
Se oían sus campanadas a intervalos y, de vez en cuando, sonaba el timbre del desp
a Mumin. Pero no podía quitarse de la cabeza una cosa terrible: que el sol no volv
ir. Sí, era cierto; mañana tras mañana se producía una especie de alborada gris que
para fundirse de nuevo en la larga noche invernal. Y el sol no aparecía n n
había perdido; tal vez se alejó por el espacio y no le era posible volve
ncipio, el trol Mumin se negó a creerlo. Aguardó largo tiempo.
Todos los días iba a la playa y se sentaba a esperar allí, con el hocico encarado hac
sucedía. Luego regresaba a casa, cerraba el escotillón del tejado y encendía una f a
chimenea.
El Inquilino del Fregadero aún no había salido a comer, pero probablemente llevab
reta e importante.
La Bu deambulaba por el hielo, sumida en profundos pensamientos que nadie cono
armario de la caseta de baño algo peligroso acechaba entre los albornoces. Pero ¿qu
tales cosas?
Tales cosas están ahí, aunque uno nunca sabe por qué y se siente desesperadamente
El trol Mumin encontró en la buhardilla una gran caja de cromos y se entregó a la n
miración de su veraniega hermosura. Eran grabados que representaban flores, sali
carretas con ruedas llamativas; brillantes y apacibles cuadros que le recordaban el
había perdido.
Primero extendió los cromos en el piso del salón. Después se dedicó a pegarlos en
lenta y meticulosamente, para que durase, y los cromos más bonitos los pegó e su d
El trol Mumin había llegado en su tarea de encolar hasta el espejo, cuando observó
bandeja de plata. Siempre estuvo colgada de un rojo sujetador de bandejas
ecd.ha del espejo, y ahora sólo estaba el sujetador y un óvalo oscuro en el papel pint
sintió muy acongojado, porque sabía que mamá Mumin adoraba aquella bandej tes
se permitía a nadie utilizar, y solía ser el único objeto que se pulime a san Juan.
Distraídamente, el trol Mumin buscó por todas partes. No encontró ninguna
que faltaban también otras cosas, como almohadas y cobertores, harina, azúcar y u
cubrehuevos de la rosa bordada.
doErlmtriodlaMfaummilinia.seAlsipnrtinócpiproiofu, nsodaspmeecnhtóe dhelriIdnoq,uciloimno
dseilsFerceogasndiedreor.araPenressóptoanmsabbiélen en nlaomBub misterio del armario de la c
Pero la verdad era que el culpable podía ser cualq bablemente, el invierno estaría p
criaturas que obraban de manera enigmá richosa.
“Debo preguntar a Tutiqui —pensó el trol Mumin—. Cierto que tenía intención de
en casa hasta que volviese. Pero esto es importante.”
Cuando el trol Mumin salió al gris crepúsculo, se tropezó con un extraño caballo b
ca de la galería, que le miraba con ojos luminosos. Mumin se le acercó cau
udó, pero el caballo no hizo ningún movimiento.
Mumin se percató entonces de que estaba hecho de nieve. Su cola era la escoba de
pequeños trozos de espejo. Mumin vio allí reflejada su propia imagen y eso le asus
dio un rodeo y pasó junto a los desnudos arbustos de jazmín.
“¡Si hubiese aquí una sola criatura a la que conociese desde hace tiempo! —pensó
que no fuera misterioso, sólo corriente y normal. Alguien que también se hu
sintiera en casa. Entonces, uno podría decir: ‘¡Hola! Yaya frío más espan rdad? La
cosa tonta, ¿no? ¿Has visto los arbustos de jazmín? ¿Te acuerda ano pasado,
frases parecidas.”
Tutiqui estaba sentada en el pretil del puente. Cantaba:
—Me llamo Tutiqui y he creado un caballo.
n blanco caballo salvaje que corre al galope, a través del hielo se pierde en la n
río.
blanco y solemne caballo que corre al galope, y se lleva montado en el lomo a
Seguía el estribillo.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó el trol Mumin.
—Quiero decir que esta noche verteremos encima de él agua del río —explicó T
durante la noche y se convertirá totalmente en hielo. Y cuando llegue el Gran Río,
y no volverá nunca más.
Mumin guardó silencio. Después informó:
—Alguien se está llevando cosas de la casa de mi padre.
—Eso es estupendo, ¿verdad? —replicó Tutiqui alegremente—. Tienes demasiadas
oYcuaptacnó. Claoseags uqnudearescturoerfda.as y cosas en las que sueñas.
Mumin le dio la espalda y se alejó. ‘'No quiere entenderme”, se dijo. Tras
tonada.
a—r—C.an¡tCaatnotdaoslobrqeuetughuostrersib—le minuvrimerunroó
c ontronlegMroumhine,lofuyrioasnotipháatsitcaoselcpabunatlolosdedecansieveceh, es que no se de
e l
se esconden y son excéntricos!
Anduvo ladera arriba, pateó la nieve, heladas las lágrimas en su hocico, y de pronto
propia canción.
Cantaba a grito pelado, para que Tutiqui pudiera oírle y se incomodase. Ésta fue la
de verano del trol Mumin:
cuchad, criaturas invernales que al sol habéis raptado, que ocultas en la sombr
valle grisáceo y apagado:
Me siento abandonado, de cansancio estoy muerto, harto de ventisqueros, de tr
uiero mirar de nuevo el resplandor del mar y la terraza añil, y gritaros a todos q
no es para mí!
—Esperad a que mi sol vuelva a salir y, cuando os mire, tendréis una facha ridicula
trol Mumin, sin preocuparse ya de rimas.
que entonces bailaré sobre el disco de un girasol, apoyaré el estómago en la ar
ierta la ventana todo el día sobre el jardín y los abejorros, y bajo el cielo azul
amarillo y anaranjado ¡SOL!
Al acabar el trol Mumin su canción de desafío, el silencio resultó opresivo. Inmóvi
rato escuchando, pero nadie se opuso.
“Algo va a ocurrir”, pensó, sacudido por un estremecimiento. Y algo ocurrió.
De las alturas, de las proximidades de la cumbre de la colina, algo llegaba deslizán
Descendía a toda velocidad, en un penacho de nieve rutilante, y avisaba a gritos:
E—l ¡tAropláMrtautme!in¡Qseíu
q u eddóepeentrmificedaido!o
t a t
Era la bandeja de plata, encima de la cual iba el desaparecido cubre huevos. “Tutiq
echarles encima agua del río —tuvo tiempo de reflexionar el trol Mumin— y ahora
al galope y no volverán jamás…”
Se produjo la colisión. El trol Mumin salió despedido, se vio hundido en la nieve e
pudo oír la carcajada de Tutiqui.
Repicó otra risa, una risa que no podía pertenecer más que a una sola persona en to
S—e¡lMevíanDtóimlainboutraio! s—amexecnltaem, lóoceol tdreolaMlegumríainy, ceospnelraabnozac.a
Sí, allí estaba, sentada en la nieve. Había perforado tres agujeros en el cubrehuevos
brazos, y la rosa bordada adornaba el centro de su vientre.
—¡Mía Diminuta! —repitió el trol Mumin—. ¡Oh, ni por asomo puedes suponer…
estaba esto tan solitario… ¿Te acuerdas del verano pasado, cuando…?
—Pero ahora estamos en invierno —le interrumpió Mía Diminuta, y alargó la man
deja de plata de entre la nieve—. Hemos dado un buen salto, ¿verdad?
—Me desperté y no conseguí dormirme otra vez —le explicó Mumin—. La
el sol se había perdido y ni siquiera el Inquilino del Fregadero hubiese…
—Basta, basta —dijo Mía Diminuta jubilosamente—. Así que empezaste a pegar c
el mismo viejo trol Mumin de siempre. Me estoy preguntando ahora si no gana
idez esta bandeja, caso de que la frotásemos con sebo de vela.
—Es una idea —terció Tutiqui.
—Creo que conseguiría hacerla volar sobre el hielo —dijo Mía Diminuta—. Todo
casa de Mumin algo con lo que fabricar un velamen.
El trol Mumin se los quedó mirando durante un momento. Después dijo sosegadam
—Siempre puedes tomar prestado mi toldo.
Aquella misma tarde, Tutiqui notó en la nariz que el Gran Frío se encontraba ya en
suNróoasavlegráteisr daegucaasdae,lproíorqsuoebryea eslecaacbearlclao —y aacdavrirretóióleTñuatiaqu
Las invisibles musarañas asintieron con la cabeza, y en el armario se produ
iescencia. Tutiqui salió a avisar a los demás.
—Hay que tomárselo con calma —dijo Mía Diminuta—. Me recogeré en cuanto no
de los pies. Siempre tendré tiempo de echar un poco de paja encima de Mimbla.
Mía Diminuta condujo su bandeja de plata por encima del hielo.
Tutiqui continuó hacia el valle. Se encontró en el sendero con la ardilla de la cola m
—QSíué—daretepuesnocalasaaerdstiallna—och. e¿,Npo rhqauseveilstGoraunaFrpíionavideeneabyaet—
d e ja d o p o r aquí, en a te?
j ó T u ti qu i .
—No, no la he visto —contestó Tutiqui—. Pero prométeme que no olvidarás lo qu
salgas de casa después del crepúsculo. Es importante.
La ardilla asintió distraídamente.
Tutiqui llegó a la casa de Mumin y subió por la escalera de cuerda que el
por fuera. Tutiqui abrió la trampilla del tejado y llamó a Mumin.
El trol estaba zurciendo con hilo rojo los trajes de baño de la familia.
—Sólo he venido a advertirte que el Gran Frío se acerca ya —manifestó Tutiqui.
—¿Es mayor que otros? —preguntó el trol Mumin—. ¿Qué proporciones pueden a
—Esta es la más peligrosa —aclaró Tutiqui—. Y se presentará al atardecer, cuando
Llegará desde el mar.
—Entonces ¿se trata de una mujer? —inquirió Mumin.
—Sí, y muy hermosa —dijo Tutiqui—. Pero si la miras a la cara, quedarás convert
galleta, y ni siquiera te desmigajarás. Por eso tienes que permanecer en cas he.
Tutiqui volvió a marcharse por el escotillón del tejado. El trol Mumin bajó al sótan
caldera de la calefacción central. Extendió también unas mantas adicionales encima
de la familia.
Luego dio cuerda a los relojes y salió de la casa. Deseaba estar acompañado cuando
su visita.
Cuando el trol Mumin llegó a la caseta de baño, el cielo estaba más claro y verdoso
había ido a descansar y los juncos muertos asomaban inmóviles por el hielo de la o
creyó percibir en el propio silencio un zumbido tenue, profundo y suave. T cediera
vez se estaba descongelando más y más abajo, en el mar.
Dentro de la caseta de baño, el ambiente era agradable y cálido. Encima de la mesa
mamá Mumin.
El trol se sentó en la silla de jardín y preguntó:
—¿Cuándo va a llegar?
—Pronto —repuso Tutiqui—, no te preocupes.
—Bueno, la Dama del Frío no me preocupa en absoluto —aseguró Mumin—. Me p
os. Esos de los que no sé nada. Como el Inquilino del Fregadero. Y el que está en e
, que sólo le mira a uno y nunca pronuncia una palabra.
Tutiqui se frotó la nariz y reflexionó.
—Verás, las cosas son así —explicó—. Hay gran cantidad de seres que no tienen s
en otoño ni en primavera. Son criaturas tímidas y un poco singulares. Algunas clas
de personas no encajan bien con los demás, y nadie confía realmente en ell
margen todo el año. Y luego, cuando todo está blanco y tranquilo, cuando las noch
mundo duerme…, entonces aparecen.
Los conoces tú? —preguntó Mumin.
—A algunos. Al Inquilino del Fregadero, por ejemplo, le conozco muy bien. Pero m
ere llevar una vida secreta, de modo que no puedo presentaros. El trol Mumin dio u
pata de la mesa y suspiró.
—Comprendo, me hago cargo —repuso—. Pero yo no quiero llevar una vida secre
con algo completamente nuevo y desconocido y no hay alma que le pregunte uiera
mundo ha vivido hasta ahora. Ni Mía Diminuta desea hablar del mundo
—¿Y cómo puede uno determinar cuál es el mundo real? —indagó Tutiqui, con la
la ventana—. Aquí viene.
Se abrió de golpe la puerta, y Mía Diminuta deslizó la bandeja de plata ruidosamen
—¿Cuándo va a llegar?
—Pronto —repuso Tutiqui—, no te preocupes.
—Bueno, la Dama del Frío no me preocupa en absoluto —aseguró Mumin—. Me p
os. Esos de los que no sé nada. Como el Inquilino del Fregadero. Y el que está en e
, que sólo le mira a uno y nunca pronuncia una palabra.
Tutiqui se frotó la nariz y reflexionó.
—Verás, las cosas son así —explicó—. Hay gran cantidad de seres que no tienen s
en otoño ni en primavera. Son criaturas tímidas y un poco singulares. Algunas clas
de personas no encajan bien con los demás, y nadie confía realmente en ell
margen todo el año. Y luego, cuando todo está blanco y tranquilo, cuando las noch
mundo duerme…, entonces aparecen.
Los conoces tú? —preguntó Mumin.
—A algunos. Al Inquilino del Fregadero, por ejemplo, le conozco muy bien. Pero m
ere llevar una vida secreta, de modo que no puedo presentaros. El trol Mumin dio u
pata de la mesa y suspiró.
—Comprendo, me hago cargo —repuso—. Pero yo no quiero llevar una vida secre
con algo completamente nuevo y desconocido y no hay alma que le pregunte uiera
mundo ha vivido hasta ahora. Ni Mía Diminuta desea hablar del mundo
—¿Y cómo puede uno determinar cuál es el mundo real? —indagó Tutiqui, con la
la ventana—. Aquí viene.
Se abrió de golpe la puerta, y Mía Diminuta deslizó la bandeja de plata ruidosamen
piso de la caseta de baño.
—La vela no está mal —dijo la recién llegada—. Pero lo que de veras me hace falt
calentador de huevos de tu madre no servirá, haga los agujeros donde los haga. Tie
que ni siquiera me atrevería a regalárselo a un erizo desahuciado[1].
—Ya lo veo —replicó el trol Mumin, tras lanzar una triste mirada al calentador de
Diminuta lo arrojó al suelo, y las manos invisibles de una musaraña lo lanzaron de
estufa.
—Bueno, ¿viene ya? —preguntó Mía Diminuta,
S—alCierreonqudelsíem—braerpcuasdoerToutyiqoulifqatueadraomn enltea—ire.,Vdaeyacmaroas al em
ci e l o d el anochecer er tinuidad verde, y el mundo entero parecía hecho de fino c
v s t a zo .
silencioso, na vía y remotas estrellas minúsculas brillaban por doquier y centelleab
Hacía u rible.
—Sí, está en camino —confirmó Tutiqui—. Será mejor que entremos.
A lo lejos, sobre el hielo, se deslizaba la Dama del Frío. Era inmaculadamente blan
uno la miraba a través del cristal de la derecha, se teñía de rojo, y vista a travé stal
color era verde claro.
El trol Mumin notó de pronto que el cristal de la ventana estaba tan frío que hacía d
sobresaltado.
Se sentaron alrededor de la estufa y esperaron.
—¡Eh! ¡Alguien está trepando por mi regazo! —exclamó Mía Diminuta en tono so
hacia su vacía falda.
—Son mis musarañas —aclaró Tutiqui—. Están asustadas. Quédate quieta y
La Dama del Frío pasaba en aquel momento por delante de la caseta de baño. Quiz
ada a través de la ventana, porque una corriente gélida barrió súbitamente la estanc
os segundos, oscureció la estufa al rojo vivo. Después, todo volvió a ser como ante
violentas, las invisibles musarañas saltaron del halda de Mía Diminuta, y tod
por la ventana.
La Dama del Frío se encontraba cerca de los juncos. Estaba de espaldas e inclinaba
—Es la ardilla —dijo Tutiqui—. Ha olvidado que debía quedarse en casa.
La Dama del Frío volvió su bonito rostro hacia la ardilla y le rascó distraídamente
Hechizada, la ardilla miró directamente al fondo de las gélidas pupilas azules de la
y continuó su camino.
Pero dejó tendida en el suelo a la imprudente ardillita, rígida y entumecida, con las
el aire.
—¡Malo! —articuló Tutiqui, torvo, y se bajó la gorra sobre las orejas.
Abrió la puerta, y una nube de blanca bruma de nieve penetró turbulenta en la estan
y, al cabo de unos instantes, estuvo de regreso y depositó la ardilla encima sa.
Las musarañas invisibles llevaron a toda prisa agua caiféEte y envolvieron a la ard
las patitas siguieron envaradas, lastimosamente rígidas en el aire, y el anim vió un
—Está completamente muerta —manifestó Mía Diminuta, sin ninguna emoción en
—Al menos ha visto algo hermoso antes de morir —observó el trol Mumin con vo
—¡Ah, vaya! —comentó Mía Diminuta—. De cualquier modo, a estas horas ya lo
voy a hacer un manguito precioso con su cola.
—¡No puedes hacer eso! —protestó el trol Mumin, alteradísimo—. Debe conserva
Porque vamos a enterrarla, ¿no es así, Tutiqui?
—Hummm —replicó Tutiqui—. Sería muy difícil saber si, después de muerta
porciona algún placer la cola.
—Por favor —rogó Mumin—. No habléis continuamente de la ardilla, considerán
—Cuando uno muere, muerto está —sentenció Tutiqui amablemente—. A su debid
convertirá en tierra. Y, después, de esa tierra brotarán y se desarrollarán árboles alr
corretearán y brincarán nuevas ardillas. ¿Te parece que eso es muy triste?[2]
—Quizá no —convino el trol Mumin, y se sonó el hocico—. Pero, de toda
erraremos mañana, con su cola, y celebraremos un bonito y apropiado funeral.
Al día siguiente, el frío era muy intenso en la caseta de baño. La estufa seguía ence
las invisibles musarañas estaban cansadas. La cafetera que el trol Mumin vado de s
delgada capa de hielo debajo de la tapa.
En consideración a la ardilla muerta, Mumin no hubiera tomado café.
—Tendrás que darme mi albornoz —dijo solemnemente—. Mi madre dice que los
fríos.
—Ponte de espaldas y cuenta hasta diez, —aleccionó Tutiqui.
rEóllatrolpueMrtuamdeinl asremvaorilovióy lheaecniatrelagóvelntaalnbaorynoezmapzeuzl.ó a contar. C
ocho, T
—¡Ah, te acordaste de que el mío era el azul! —dijo el trol Mumin, feliz.
Se apresuró a hundir las manos en los bolsillos, pero no encontró allí las gafas de s
un guijarro blanco, liso y perfectamente redondeado.
Cerró la mano en torno al guijarro. Su redondez conservaba toda la seguridad del v
inckíSfe a imaginarse que en la piedrecita quedaba todavía un poco del calo
estuvo al sol.
E—l PtraorleMceucmoimnonosilatemhirubói.eses equivocado de reunión —comentó Mía D
—¿Vais a asistir al funeral o no? —preguntó, en actitud digna.
—Pues claro que vamos —dijo Tutiqui—. A su modo, era una ardilla estupenda.
—En especial la cola —añadió Mía Diminuta.
Envolvieron a la ardilla en un viejo gorro de baño y salieron de la caseta. El frío er
crujía bajo sus pies y el aliento se transformaba en nubecillas de humo blanco. E m
hocico se le acartonaba, hasta el punto de que le fue imposible arrugarlo.
—Una marcha dura, ésta —comentó Mía Diminuta alegremente, y patinó a lo largo
—¿No puedes moderarte un poco? —preguntó el trol Mumin—. Esto es un funeral
Sólo le era posible aspirar cortas bocanadas de aquel aire gélido.
—No sabía que tuvieses cejas —observó Mía Diminuta en tono interesado—
mpletamente blancas y pareces más confundido que nunca.
—Eso es escarcha —dijo Tutiqui severamente—. Y tranquilízate ya, porque ni tú n
de funerales.
El trol Mumin se animó. Llevó la ardilla hasta la casa y la depositó ante el caballo
trepó por la escala de cuerda y descendió al cálido y apacible salón, donde to ndo c
durmiendo.
Registró todos los cajones. Buscó por todas partes, pero no dio con lo que necesitab
Se acercó a la cama de su madre y susurró una pregunta en el oído de ésta. Mamá M
se dio media vuelta. El trol Mumin repitió la pregunta.
Mamá Mumin respondió entonces, desde las profundidades de su femenino entend
conserva la tradición:
—Cintas negras… Están en mi armario…, en el estante de arriba…, a la derecha. Y
sumergirse en su sueño invernal.
El trol Mumin sacó la escalerilla de mano de debajo del primer rellano de la escale
estante superior del armario.
Allí encontró la caja con todas esas cosas superfluas que a veces son absolutamente
para el luto, cintas doradas para las celebraciones importantes, la llave de la ca o de
la porcelana y varios pomos metálicos de repuesto para los postes mas, entre otras
Cuando el trol Mumin volvió a salir de la casa, llevaba un lazo negro en la cola. Hi
idamente en la gorra de Tutiqui.
Pero Mía Diminuta se negó en redondo a que la decorasen así.
—Si estoy triste, no necesito dar tres cuartos al pregonero poniéndome un lazo —d
—Si estás triste, exacto —dijo el trol Mumin—. Pero no lo estás.
—No —manifestó Mía Diminuta—. No puedo sentir tristeza. Yo estoy siempre ale
de algo a la ardilla que yo estuviese triste? No. Pero si estoy furiosa con la Dam o,
muerda una pierna en algún momento. Y quizás entonces tenga mucho cu es de ras
ardillitas detrás de la oreja, sólo porque son suaves y vellosas.
—No deja de haber cierta lógica en eso —dictaminó Tutiqui—, pero el trol Mumin
aunque lo otro sea posible. ¿Y qué vamos a hacer ahora?
—Ahora voy a cavar un hoyo en el suelo —dijo Mumin—. Este es un buen sitio, e
montones de margaritas,
—Pero, querido —advirtió Tutiqui, apesadumbrado—, el suelo está helado y duro
enterrar ni a un saltamontes.
El trol Myxnin la miró desesperanzado, sin contestar. Nadie dijo una palabr
caballo de nieve agachó la cabeza y olíateó precavidamente a la ardilla. Los esp sus
trol Mumin con expresión interrogadora y la escoba que constituía el ra tó ligerame
Al mismo tiempo, la musaraña invisible empezó a tocar con la flauta una melodía t
inclinó la cabeza agradecido.
Entonces, el caballo de nieve cogió a la ardilla, cola y gorro de baño incluidos, y se
o. Todos emprendieron el regreso hacía la orilla del mar. Y Tutiqui entonó esta can
ardilla:
Era una pobre ardillita, una ardillita chiquitita.
Aunque no era muy despierta, tenía una piel agraciada.
Ahora está inmóvil, fría y yerta, con las patas envaradas,
pero aún es la ardilla hermosa de cola maravillosa.
Cuando el caballo notó bajo sus cascos la dureza del hielo, alzó la cabeza
ampaguearon; ejecutó una súbita cabriola y se lanzó al galope.
La musaraña invisible empezó entonces a tocar otra pieza, más rápida y vivaz. El c
alejándose a galope tendido, con la ardilla en su espalda. Por último, no fue má pun
horizonte.
—Me pregunto si esto habrá salido bien —reflexionó el trol Mumin, preocupado.
—No podía haber salido mejor —dijo Tutiqui.
—Bueno, claro que sí pudo salir mejor —intervino Mía Diminuta—. Si hubiese co
cola para hacerme un manguito…
CAPÍTULO IV
Lo solitario y lo extraño
Unos cuantos días después del funeral de la ardilla, el trol Mumin se dio cuenta de
turba de la carbonera.
Había un rastro ancho en la nieve, como si hubieran arrastrado por allí pesados sac
“nNecoespiutae.dSeinsedruMdaías”e —traptaendseólaelBtrou.”l Mumin—. Es demasiado peque
co Siguió aquel rastro, erizados los pelos de la nuca. No había nadie más que pudie
de la familia y, por lo tanto, aquella era una cuestión de honor.
La pista terminaba en lo alto de la colina, detrás de la cueva.
Había allí sacos de turba. Estaban amontonados para constituir parte de una hoguer
encontraba el sofá del jardín de los Mumin, que había perdido una pata en el mes d
—Ese sofá va a presentar un aspecto estupendo —dijo Tutiqui, saliendo detrás de l
está tan seco como polvoriento.
—Desde luego —dijo el trol Mumin—. Mi familia lo ha tenido durante mucho tiem
reparado.
—O hacer uno nuevo —repuso Tutiqui—. ¿Te gustaría escuchar la canción acerca
una gran fogata de invierno?
—¡Claro! —repuso Mumin bonachonamente.
Y Tutiqui empezó al instante a patear despacio la nieve, mientras cantaba lo siguie
Aquí viene el estupor,
lo apacible y lo feroz,
lo solitario y lo extraño. Sordo repica el tambor.
La hoguera alegre crepita y riela en la blanca nieve, sisean colas que se agitan y azo
nieve. En la negra, negra noche el grave tambor repica.
—Ya estoy harto de tu nieve y de tu noche —protestó el trol Mumin—. No, no q
¡Tengo frío! ¡Me siento solo! ¡Quiero que vuelva el sol otra vez!
—Precisamente por eso encendemos esta noche la gran hoguera de invierno —dijo
tendrás de nuevo tu sol.
—¡Mi sol! —repitió el trol Mumin con voz temblorosa. Tutiqui asintió y se frotó la
El trol Mumin guardó silencio durante unos segundos. Luego preguntó, receloso.
—¿Crees que la fogata notaría si está o no el sofá del jardín?
—Escucha —replicó Tutiqui severamente—. Esta hoguera tiene mil años más que
Deberías sentirte honrado por el hecho de que el sofá sea lo bastante bueno como a
Y el trol Mumin no dijo nada más.
“Tendré que explicar esto a la familia —pensó—. Y a lo mejor las tempestades de
playa maderos a la deriva y un nuevo sofá.”
oLnaespiproadaruidmoesn,
tvaibeaj.osSebatrrarnilsepsoyrtatabbalna,slaqdueeraladegelantceoplianraecaírarihba,betrronenccoosndte
earsaí. seres que acarreaban aquella leña nunca se dejaban ver. El trol Mumin tuvo la
rebosaba de ellos, pero no logró ver uno solo.
Se presentó Mía Diminuta, arrastrando su caja de cartón por la nieve.
—Ya no me hace falta —declaró—. La bandeja de plata es mucho mejor. Y parece
gusta dormir encima de la alfombra del salón. ¿Cuándo vamos a prender fu
—Al salir la luna —dijo Tutiqui.
El trol Mumin se sentía extraordinariamente excitado aquella noche. Iba de una hab
más velas de lo normal. De vez en cuando, se quedaba completamente inm
respiración regular de los durmientes y los leves chasquidos que se producían e ede
agudizaba.
Tenía la absoluta certeza de que todos los seres misteriosos saldrían aquella
madrigueras, todas las criaturas irreales y tímidas a la luz de las que Tutiqu
aproximarían a la gran fogata que todos los animalitos encenderían para hacer q ur
marchasen. Y entonces él los vería.
El trol Mumin encendió una lámpara de petróleo y subió a la buhardilla.
Abrió el escotillón. Aún no había salido la luna, pero el valle estaba tenuemente ilu
Por la parte del puente avanzaba una hilera de antorchas, en torno a las cua lumbra
movimiento. Iban camino de la orilla del mar y de la cumbre de la col El trol Mum
precavidamente, con la encendida lámpara de petróleo en una ma dín y la arboled
saturados de susurros y luces parpadeantes. Y todas las pl vaban hacia la coli
Cuando llegó a la playa, estaba ya bastante alta sobre el hielo la luna, de color azu
remota. Algo se movió junto al trol Mumin, que bajó la mirada para tropezarse co s
que brillaban ferozmente.
—¡Va a ser toda una hoguera! —manifestó Mía riendo—. Pondrá en ridículo la cla
a.
Alzaron la mirada al mismo tiempo hacia la cumbre de la colina, y vieron entonces
arilla que ascendía y se recortaba contra el cielo. Tutiqui había encendido la fogata
La hoguera quedó automáticamente envuelta en sus propias llamas, desde el suelo
rugido de león y lanzó sus reflejos sobre el negro hielo extendido abajo. Una m lad
junto al trol Mumin, adelantándole: era la invisible musaraña, que ll de al rito "inve
Sombras grandes y pequeñas saltaban solemnemente alrededor de la fogata d
nte. Las colas empezaban a golpear los tambores.
—Despídete de tu sofá del jardín —dijo Mía Diminuta.
—Nunca lo he necesitado —replicó el trol Mumin con impaciencia.
Dio un traspié en la helada cuesta. Resplandecía el hielo bajo la luz de las llamas. E
Mumin notó que el agua tibia humedecía sus patas.
“El sol regresará —pensó el trol Mumin, presa de gran emoción—. Se acabará la so
rá más oscuridad. Volveré a tomar el sol, sentado en la terraza, y sentiré cómo se m
Estaba ya en la cima. El aire era caluroso en torno a la hoguera. La musaraña invisi
más alegre.
Pero las sombras danzantes se alejaban ya, y los tambores resonaban en el otro lado
—¿Por qué se marchan? —preguntó el trol Mumin.
Tutiqui le miró con sus ojos azules y tranquilos. Sin embargo, Mumin no estuvo se
Tutiqui miraba su propio mundo invernal, que había seguido sus reglas particulares
, mientras el trol dormía en la cálida casa de la familia Mumin.
—¿Dónde está el que vive en el armario de la caseta de baño? —preguntó el trol M
—¿Qué dices? —inquirió Tutiqui distraído.
—¡Me gustaría conocer al que vive en el armario de la caseta de baño! —repitió M
—¡Oh!, pero si a ese no se le ha permitido salir —dijo Tutiqui—. A uno le resulta
puede ocurrírsele hacer a esa criatura.
Un grupo de pequeños seres zanquivanos llegaba zumbando, como una nubecilla d
sobre el hielo. Alguien de cuernos plateados pasó de largo junto a Mumin y, por en
negro onduló en el aire, agitó sus enormes alas y desapareció en dirección Norte o
excesiva rapidez, y el trol Mumin no tuvo tiempo para presentarse.
—Por favor, Tutiqui —rogó, tirándole del jersey.
—Está bien —concedió Tutiqui en tono amable—. Ahí tienes el Inquilino del Freg
bien pequeño, de pobladas cejas. Estaba sentado en el suelo y contemplaba la hogu
a sentarse junto a él y trató de pegar la hebra:
—Confío en que aquellas galletas no estuviesen pasadas.
El animalito le miró, pero no dijo nada.
—¿Puedo felicitarte por tus cejas extraordinariamente pobladas? —continuó e
tésmente.
El bichito de las densas cejas contestó a eso:
—Chadaf umu.
—¿Cómo? —se sorprendió el trol Mumin.
—Rédense —adujo el animalito, displicente.
—Habla un lenguaje exclusivamente suyo y cree que le has ofendido —explicó Tu
—¡Pero en absoluto fue esa mi intención! —protestó Mumin, lleno de ansiedad. Añ
Rédense, rédense.
Eso pareció poner fuera de sí a la criatura de las cejas. Se levantó precipita
—¡Caracoles! ¿Qué voy a hacer? —dijo el trol Mumin—. Ahora vivirá duran
nuestro fregadero, sin saber que yo sólo deseaba ser amigo suyo.
—Son cosas que pasan —concluyó Tutiqui.
El sofá del jardín se desmoronó, convertido en una lluvia de chispas.
Las llamas casi se habían apagado ya del todo, pero enormes rescoldos man
y el agua burbujeaba en las grietas. Pero la musaraña dejó bruscamente de to o el m
hielo.
La Bu estaba sentada allí. Sus ojillos redondos reflejaban el resplandor del fuego, p
, era una informe masa grisácea. Había crecido mucho desde el mes de agosto.
Los tambores interrumpieron su redoble, mientras la Bu echaba a andar, arra
arriba. Se encaminó a la fogata en línea recta. Y, sin pronunciar una sola palabra, s
Un agudo rumor sibilante llenó el aire, y la cumbre de la colina quedó envuelta en
aquella neblina, ya no pudo verse ascua alguna. Sólo se vio allí a una Bu enorme y
de nieve que la envolvía.
El trol Mumin había huido precipitadamente hacia la playa, lo mismo que m
a Tutiqui, que también estaba en la ribera, Mumin gritó:
—¿Qué ocurrirá ahora? ¿Ha conseguido la Bu que el sol se quede donde está?
—Tómatelo con calma —replicó Tutiqui—. La Bu no ha venido a apag
mprendes?, sólo quería calentarse, pobrecilla. Pero todo lo caliente se enfría en cua
Ahora está desilusionada una vez más.
El trol Mumin vio que la Bu se incorporaba y se ponía a husmear los carbones esca
después a la lámpara de Mumin, que aún estaba encendida sobre la nieve. El quinq
gó.
La Bu permaneció inmóvil durante unos segundos. El monte estaba desierto. Todo
Entonces, la Bu descendió nuevamente hacia el hielo y regresó a las tinieblas, tal ía
El trol Mumin volvió a su casa.
Antes de meterse en la cama, tiró con cuidado de una oreja de mamá Mumin y le d
—No fue una fiesta divertida.
—Qué le vamos a hacer, querido —murmuró mamá Mumin entre sueños—. Quizá
del fregadero estaba sentado el animalito de espesas cejas, que rezongaba para sí.
—¡Rédense! —exclamó malhumorado—. ¡Rédense!
Se encogió de hombros violentamente. Era muy probable que, en todo el valle, nad
el Inquilino del Fregadero decía.
Tutiqui estaba sentado debajo del hielo, con su caña de pescar. A Tutiqui le gustab
mar de hundirse un poco de vez en cuando. En tales ocasiones, Tutiqui podía colar
practicado en el hielo, junto al muelle, y sentarse encima de un peñasco para pesca
bonito techo verde sobre la cabeza y el mar a los pies.
Un suelo negro y un techo verde, ambos dilatándose hasta perderse en la oscuridad
Al lado de Tutiqui yacían cuatro pequeños peces. Otro más, y ya tendría la sopa.
mOiynólldaempóroanlatopuuneortsapdaesolas ciamsetpaacideenbteasñouEse.q
speearóceurncambaonmpeonrtoelyevmolbvaiórcadllaermo.aAr.llá arriba, e
—¡Eh! —voceó Tutiqui—. ¡Estoy debajo del hielo!
El eco, dormido en alguna parte, se despertó, alzó la cabeza y repitió:
—¡Eh! —vagó de un lado para otro varias veces y gritó—: ¡Debajo del hielo!
Al cabo de un momento, el hocico de trol Mumin asomó cautelosamente por la abe
aparecían adornadas con lacias cintas de oro.
Miró las empañadas y negras aguas, y los cuatro pececitos de Tutiqui.
—B¿Queuinéon, npuoehsanvoehnaidvoe?n—idopr—egduinjotó, Tcountiquuni.estremecimiento.
—¡El sol! —chilló el trol Mumin.
—¡El sol! —repitió el eco—. Sol, sol, sol… Cada vez más lejano, cada vez más dé
Tutiqui tiró del sedal.
—No tengas tanta prisa —aconsejó—. Todos los años empieza a venir tal día como
probable es que este año también lo haga. Levanta tu cara, para que pueda salir.
Tutiqui subió a la superficie y se sentó en los escalones de la entrada de la caseta d
aguzó el oído. Luego dijo:
—Pronto aparecerá. Siéntate y espera.
Mía Diminuta llegó patinando sobre el hielo y se sentó junto a ellos. Había atado a
unas tapas de hojalata para deslizarse con más rapidez.
—De forma que aquí estamos esperando a que algo maravilloso se repita —dijo—.
gustaría ver un poco de claridad diurna.
Dos viejos grajos salieron del bosque, se acercaron aleteando y fueron a posarse en
baño. Transcurrieron los minutos.
De súbito, la pelusa de la espalda de Mumin se erizó y, emocionado de veras, el tro
za que se encontraba en el cielo polvoriento, encima mismo del horizonte. Fue cob
convertirse en una grieta de fuego colorado que despedía rojos rayos de luz a lo lar
—¡Ahí está! —gritó el trol Mumin.
Cogió en brazos a Mía Diminuta, la levantó y le dio un sonoro beso en la nariz.
—¡Vaya alboroto que armas, caramba! —protestó Mía Diminuta—. ¿Qué tiene eso
organices tanto ruido?
—¡Qué pregunta! —exclamó el trol Mumin—. ¡Llega la primavera! ¡Buen ti
despertará! ¡¡Espléndido!!
Cogió los cuatro peces y los arrojó por el aire, a gran altura. Se puso cabeza abajo.
a se había sentido más feliz.
Y entonces el hielo comenzó a oscurecerse otra vez.
Los grajos despegaron y se alejaron por la orilla del mar, aleteando despacio. Tutiq
y la pequeña franja roja volvió a ocultarse bajo el horizonte.
—¿Ha cambiado de idea? —preguntó el trol Mumin, horrorizado.
—No me extraña que lo haya hecho, después de haberte visto —dijo Mía Diminuta
inando con sus tapas de hojalata.
—Volverá mañana —tranquilizó Tutiqui—. Y entonces se asomará un poquito má
zo de corteza de queso. Ten paciencia.
Y descendió por la abertura del hielo para llenar su olla con agua de mar y hacerse
Naturalmente, tenía razón. El sol no podía aparecer por completo en el cielo en un
uno no iba a sentirse menos decepcionado sólo porque otra persona tiene razón á eq
El trol Mumin permaneció sentado, con la vista fija en el hielo y, de súbito, notó qu
vtaonldaoi.mEplresesióntinmdienqtueo delga raubieian nleachiaóbeían teiml faodnod.o de su barriga
sensaciones fu
Y consideró que había hecho el ridículo al armar tanto ruido y al ponerse cintas de
jas. Eso aumentó su enojo.
Por último, llegó a la conclusión de que, para calmarse, tendría que hacer algo real
Y hacerlo en seguida.
Se puso en pie, corrió por el embarcadero y entró en la caseta de baño. Se dirigió a
en par.
Allí estaban colgados los albornoces. Allí estaba el jemulen de goma, algo fofo por
grada por cuatro trols (animales que, como casi todos los que
ora), tiene por costumbre permanecer aletargada du meses más fríos
imogénito, por una razón mister spierta e, incapaz de conciliar de
ubrir el invierno, qu nocía. Cuando llegue la primavera podrá contar
miento de ndo en el que, sin protección alguna, ha tenido que
ingeniárselas para sobrev
udar a los demás.
Tove Jansson
amilia Mumin en invierno
Los Mumin - 06
ePub r1.0
javinintendero 24.12.14
l Bartolomé Ilustraciones: Tove Jansson
r1.2
A Viv
CAPÍTULO I
El salón cercado por la nieve
o, a la luz de la luna, la nieve tenía un brillante resplandor azu El mar
entre las profundas raíces de la tierra, todos los anim cansaban y
o la primavera se encontraba aún lo que se dice un os, porque apenas
de Año Nuevo.
iaba su suave pendiente hacia las montañas, se erguía una
itaria. Muy cerca de ella se formaba una curva del río, negro arbón
ente era cálido y acogedor. En la caldera de la calefacción ce el sótano,
amente. A veces, la luna se asomaba por la ventan ón, y su claridad
nvernales de las sillas y sobre la araña de c uelta en su bolsa de gasa.
ados alrededor de la enorme estu celana, los miembros de la familia
o de invierno.
noviembre hasta abril, porque esa era la costumbre d
ban fidelidad a las tradiciones. Todos tenían en el estómag na ración de
a tuvieron sus antecesores y, junto a la cama, es
bablemente necesitarían al empezar la primavera: palas, l uloide,
ectante.
piraba y se acurrucaba más bajo la ropa de la cama.
edora a la mesa del salón, se deslizó por los remates metálic abecera de
te su brillo sobre la cara del trol Mumin.
asta aquella noche no había sucedido nunca, desde que el p
ra invernal: el trol se despertó y comprobó que no podía vo ciliar el
ma y los heléchos de hielo formados en la ventana. Escuc mbido que
y cada vez fue sintiéndose más desvelado y atónit mo, se levantó y
á Mumin.
ión, pero mamá Mumin no se despertó. Se limitó a encogerse misma,
mamá, es inútil probar con los otros”, pensó el trol Mu prendió solo la
steriosa casa. Todos los relojes se habían p los antes, y una delgada
Encima de la mesa del salón se encon la sopera con hojas de abeto,
n su envoltura de gasa, la ara tal tallado tintineaba suavemente.
ustó y se detuvo en seco, detrás del rayo de luna, en medio ida
nte solo.
—. ¡Ha desaparecido todo el mundo!
á Mumin y tiró de la colcha. Pero mamá Mumin no se desper Mumin
mbra, y la larga noche de invierno continuó.
nieve del tejado empezó a moverse. Resbaló un poco y l
orde del alero y cayó con blando y sordo ruido.
epultadas, y sólo una tenue claridad grisácea lograba penetrar
ue nunca, como si estuviera profundamente enterrado.
y aguzó el oído durante un buen rato. Después encendió la lá noche y
da para leer la carta de primavera de Manrico. E mo de costumbre,
uma de mar, y era muy parecida a otras cart
ado cuando, al llegar el mes de octubre, emprendía su anual vi
a pronto!”, trazada con la grande y rotunda caligrafía de Ma carta era
mo. El primer día de primavera me tendréis aquí de n empecéis sin mí la
MAN
ias veces y, de pronto, tuvo hambre.
desalentadoramente limpia y despoblada; La misma desol naba en la
allí nada, salvo una botella de zumo de frambues ía fermentado, y
galletas.
o bajo la mesa de la cocina y empezó a masticar. Leyó otra ta de
y contempló los nudos rectangulares que había bajo las esq la mesa.
umin—. Dormid a gusto y conservad el ánimo —prosiguió, e poco más
món—: ¡Me tendréis aquí de nuevo! ¡Me tendréis aq mavera flotará en
lido, nosotros estaremos aquí, estaremo os los años igual…!
que dos ojos minúsculos le miraban fulgurantes desde deba
a cocina se quedó tan silenciosa como antes. Luego, los aparecieron.
min en tono angustiado. Se arrastró hacia el fregadero, mi aba
No tengas miedo! Soy bueno. Vuelve…
debajo del fregadero no salió. El trol Mumin echó en el suel
un charquito de zumo de frambuesa.
cristales que colgaban del techo le saludaron con melanc
de modo terminante, dirigiéndose a la araña—. Estoy harto de otros y
on Manrico.
e intentó abrirla, pero se había helado.
de una ventana a otra y trató de abrirlas, pero todas es scadas.
trol Mumin subió corriendo a la buhardilla, forcejeó
eneas y salió al tejado.
frío.
rodó por el borde del tejado.
sin poderlo evitar, se vio lanzado a un mundo desconoc igroso y se
primer ventisquero de su vida. Su piel aterciop erimentó una
mismo tiempo, su hocico percibió un nuevo e despertó a Mumin del
especie de crepúsculo gris. Ya no era verde, sino blanco. To antes se
No se producía ningún sonido que revelase la exis vida. Las cosas con
bordes redondeados.
ó para sí el trol Mumin—. He oído hablar de ella a mamá maba
remota idea de tal cosa, su piel aterciopelada decidió en tante empezar
ndose poco a poco en una piel de abrigo pa ierno. Eso llevaría
a decisión estaba tomada y eso resultaba ctico.
ba trabajosamente sobre la nieve. Descendió hasta el río. smo río que
parente, a través del jardín de Mumin. Ahora pa y distinto. Era negro y
a aquel mundo nuevo, en el que Mumin sideraba en su casa.
al olor del invierno y dejó de sentir curiosidad.
n, una desordenada maraña de ramitas desnudas, y pensó: erto. Se
rmía. Este mundo pertenece a alguien a quien no con vez a la Bu. No
huellas en la nieve, sobre el puente y ladera arriba. Eran
eltas. Avanzando entre los árboles, se encaminaban directa ia el Sur.
CAPÍTULO II
La caseta de baño encantada
ste, cerca del mar, una ardilla joven saltaba sin rumbo fijo ve. Era una
e le gustaba pensar en sí misma considerándo illa de la cola
algo durante mucho tiempo. La mayor parte de las veces uía las
La última consistió en que el colchón de su madri pezaba a
ó en busca de uno nuevo.
ba: “Un colchón”, para no olvidarse de lo que andaba busc
cilidad.
penetró en ella de un brinco. Pero, ya en el interior de la cue
se y, por lo tanto, se olvidó completamente del colchón.
ve situado en la entrada de la cueva, alguien había esparcid re el suelo.
a una gran caja de cartón, con la tapadera ligera antada.
ardilla en voz alta y con cierta sorpresa—. Esa caja de cart aba antes
na de la tapadera, e introdujo la cabeza en la caja.
cía estar lleno de algo suave y agradable. La ardilla se a
s dientes pequeños y afilados se hundieron en aquel blando r acaron
onto tuvo las patas llenas de lana. Siguió excavando con las c
e complacida y feliz.
trató de morder una de las patas posteriores de la ardilla. Co ámpago,
e la caja, vaciló un momento y luego decidió senti
gujero que el roedor había abierto en la lana asomó una c
furor.
rdadera! —exclamó Mía Diminuta.
ardilla.
? —continuó Mía Diminuta, rebosando severidad—. ¿Por comido la
Qué gran idea se te ha ocurrido?
ncertada, que había vuelto a olvidarse del colchón.
y salió de la caja de cartón. Cerró la tapadera sobre su her
la nieve con las manos.
—dijo—. ¡Qué ideas más curiosas se hace la gente!
n el primer tiro, alcanzó a la ardilla en la cabeza. Luego, minuta salió
n del invierno.
ue resbalar sobre la helada superficie del risco y darse un razo en
Diminuta en tono amenazador—. Creen que podrán irse de ro todo les
en la facha de Mía yendo a parar al suelo y con las piernas al uvo un
minó el risco y la ladera de la colina y meditó un poco. o:
alto y se deslizó a lo largo de un buen trecho sobre el hielo li Repitió
darse cuenta de que aquello daba frío.
en la cueva y sacó a su dormida hermana de la caja de cartón nca había
era óbice para que tuviese la precisa sensación d stían muchos modos
de cartón.
entada en el bosque y su mirada iba distraídamente de un ár
, no podía recordar en qué árbol vivía, ni qué salió a buscar.
ado mucho en su marcha hacia el Sur, cuando la oscuridad e filtrándose
min se hundían más en la nieve, y la nieve no era, ni mucho m
pio.
que eran absolutos.
nsó el trol Mumin—. Sólo yo estoy despierto y no tengo s o yo tendré
y semana tras semana, hasta que me convierta ntón de nieve del que
la arboleda aclaró y Mumin tuvo ante sí un nuevo valle q ataba
estaban las montañas Solitarias. Se alejaban hacia el Su dulación tras
cto más abandonado.
e n r id ecucimónin aemlapsezhóeladnaostacrrelstfarsío. .ELna looscaultroid, alda
e l trol M
e colmillos que se recortasen contra el fondo negro de la montaña:
es.
e esa sierra, está Manrico —se dijo el trol Mumin—. Senta
o que Manrico está enterado de que voy a trepar por esas mo a
odría conseguirlo. Pero yo solo, sin más ni más, nun seguiré.” De
uelta y volvió despacio sobre sus pasos.
ques reallogjueise—n speednessóp—ie.rtQe usizráomseplo garlegucnoanceossoa
staba convencido de que nadie se despertaría.
uellas chiquititas cruzaban la línea de las pisadas de Mum l se detuvo
aquel rastro. Algo vivo había pasado a travé que, quizá menos de
berse alejado mucho. Iba hacia el valle da era más pequeño que el
enas estaban hundidas en la nieve.
día una oleada de calor, desde el extremo de la cola has ntas de las
dejes solo!
anzaba por la nieve, tropezando una y otra vez. De súbito, le miedo
edad. Su terror debía de haber estado oculto en alguna su ser, desde
mida, pero esa era la primera vez que Mum evía a sentir auténtico
n lo horrible que sería que nadie le contestara. Ni siquie nturaba a
penas visible de la oscuridad. No hizo más que s lante, arrastrándose,
vemente para sí.
go, llenaba toda la arboleda con un tenue resplandor rojo.
Olvidó la línea de huellas y continuó andando despacio, con la en la luz.
ó que se trataba de una vela corriente, puesta enci nieve. Alrededor de
ma de pan de azúcar, construida con bol ve. Sus paredes eran
o naranja, como el de la pantalla de la lá noche que tenía Mumin en su
de quinqué, alguien había excavado un cómodo hoyo, alguie aba
no cielo invernal, y que tarareaba muy bajito.
guntó el trol Mumin.
misma —respondió alguien desde el hoyo—. Una canci
l de nieve, pero el estribillo habla de otras cosas completa tintas.
umin, y se sentó en la nieve.
ó Tutiqui afablemente, al tiempo que se incorporaba lo ba a mostrar su
—. Porque el estribillo trata de cosas que u de entender. Estoy
Uno no puede afirmar si existe de veras o s
son así de inciertas, y eso es precisamente lo que hace q nta más
e y continuó mirando el cielo, que estaba ahora completa ro.
su hocico y contempló los puntos luminosos que centelleaba
obablemente veía por vez primera. Eran blancas, azules y un des, y
isillos alargados y aleteantes.
ó que se trataba de una vela corriente, puesta enci nieve. Alrededor de
ma de pan de azúcar, construida con bol ve. Sus paredes eran
o naranja, como el de la pantalla de la lá noche que tenía Mumin en su
de quinqué, alguien había excavado un cómodo hoyo, alguie aba
no cielo invernal, y que tarareaba muy bajito.
guntó el trol Mumin.
misma —respondió alguien desde el hoyo—. Una canci
l de nieve, pero el estribillo habla de otras cosas completa tintas.
umin, y se sentó en la nieve.
ó Tutiqui afablemente, al tiempo que se incorporaba lo ba a mostrar su
—. Porque el estribillo trata de cosas que u de entender. Estoy
Uno no puede afirmar si existe de veras o s
son así de inciertas, y eso es precisamente lo que hace q nta más
e y continuó mirando el cielo, que estaba ahora completa ro.
su hocico y contempló los puntos luminosos que centelleaba
obablemente veía por vez primera. Eran blancas, azules y un des, y
isillos alargados y aleteantes.
t o a c a s a —ánddeocslearhóa—sta. NelofasreoalqdueenvievngeaylasaBcóu
F u e a r ra s tr
asintió, muy serio. Había visto una vez a la Bu. Una noche de agosto,
na masa de hielo, estaba sentada a la sombra de las matas de lilas y se
ando la Bu se marchó, cabizbaja, el suelo donde se había se aba
azmente si el invierno no sería algo que diez mil Búes hic tándose en
mino de regreso, el valle pareció aclararse un poco y el trol M ervó que
ormida, al otro lado del puente. Pero Tutiqui torció entonces
uerto de frutales.
una barbaridad de manzanas —comentó el trol Mumin, sociab
ad de nieve replicó Tutiqui, distante, sin detenerse. Llegaron a la playa.
y compacta. Avanzaron con precaución recho embarcadero que
e la familia Mumin.
aquí —susurró el trol Mumin muy bajito, y miró los amarille brados
o—. El mar estaba tibio y yo daba nueve brazadas b a.
seta de baño. Entró primero y puso la vela encima de la re sa que papá
ndo en el mar, años antes.
de baño, todo se encontraba lo mismo que siempre. Los agu ados por
as de la pared, los pequeños cristales de las ven des y rojos, los bancos
e guardaban los albornoces y el Hemu ma hinchable, que perdía un
en el verano. Y, no obstante, la pieza había cambiado en
al ascendió pared arriba y se colgó sola de un clavo.
como ésa —dijo el trol Mumin.
tiqui—. Siempre puedes agitar las orejas y conservarlas cal
do frías.
dando dos calcetines de lana, que se inmovilizaron ante Mum Al
fuego en la estufa de tres patas del rincón del fondo y al pezó a tocar la
e la mesa.
—. Por eso toca debajo de la mesa.
? —preguntó el trol Mumin.
an hecho invisibles —repuso Tutiqui—. Son ocho musa ueñísimas
igo.
mi padre —dijo Mumin. Tutiqui le dirigió una mirada grave.
uede que estés equivocado —manifestó—. En el verano perte padre. En
.
ma de la estufa. Se levantó la tapadera y una cuchara dio vue sopa.
ente un poco de sal y luego se volvió ordenadame
ana.
a la noche, mientras los verdes y rojos cristales de las ven
ó el trol Mumin, y se sentó en la silla del jardín de papá M nqueada por
qui—. Uno cree que es fría, pero si construye una casa de n ulta que es
ca, pero unas veces parece rosada y otras, azul. más blanda que
ás dura que la piedra. Nada es seguro.
urcó el aire con suavidad y fue a posarse encima de la mesa
dando dos calcetines de lana, que se inmovilizaron ante Mum Al
fuego en la estufa de tres patas del rincón del fondo y al pezó a tocar la
e la mesa.
—. Por eso toca debajo de la mesa.
? —preguntó el trol Mumin.
an hecho invisibles —repuso Tutiqui—. Son ocho musa ueñísimas
igo.
mi padre —dijo Mumin. Tutiqui le dirigió una mirada grave.
uede que estés equivocado —manifestó—. En el verano perte padre. En
.
ma de la estufa. Se levantó la tapadera y una cuchara dio vue sopa.
ente un poco de sal y luego se volvió ordenadame
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a la noche, mientras los verdes y rojos cristales de las ven
ó el trol Mumin, y se sentó en la silla del jardín de papá M nqueada por
qui—. Uno cree que es fría, pero si construye una casa de n ulta que es
ca, pero unas veces parece rosada y otras, azul. más blanda que
ás dura que la piedra. Nada es seguro.
urcó el aire con suavidad y fue a posarse encima de la mesa
sarañas a volar? —preguntó Mumin.
es mejor no preguntar a la gente acerca de todo. Puede q
No hay que preocuparse por las musarañas, ni tampoco ve.
un rincón, y pensó en lo estupendo que sería saber que su ornoz
dio de tantos acontecimientos nuevos e inquietantes, al ntenía
ordaba que el albornoz era azul, que faltaba el colga
íaijou:n par de gafas de sol en el bolsillo izquierdo.
dar nuestros albornoces. El de mi madre está colgado en la s alejada de
un bocadillo.
abrir ese armario. Tendrás que prometérmelo.
—replicó el rol Mumin con hosquedad, fija la mirada en el sopa.
rnqouez cl onmtiánsuiambapoarltlaí.nte del mundo era abrir aquella puerta y
e encendido. Rugía en la chimenea de la estufa. Dentro de la c
placentera y, debajo de la mesa, la flauta continuó con su re lodía.
platos. La vela se consumió y el pabilo se ahogó en un la o fundido. La
ue irradiaba el ojo colorado de la estufa y la tángulos verdes y rojos
los cristales, hasta el suelo.
oche —anunció el trol Mumin con decisión.
qui—. La luna aún no se ha ocultado, de modo que encon
in salió a las tablas cubiertas de nieve.
das formas, mi albornoz azul está en ese armario. Gracias a.
e sin que nadie la tocase, y alrededor del trol Mumin no hub silencio y
bre el hielo y creyó vislumbrar a la enorme y torpona Bu astraba
mo al horizonte.
ás de los peñascos de la orilla del mar. Y al pasar por el bo min
la Bu deslizándose en silencio por detrás de cada tron ol. La Bu
aba todos los colores.
u casa dormida. Trepó despacio por el enorme ventisquer o Norte y
ado.
era cálido y estaba saturado de efluvios de los Mumin. La cristal
ó tintineando, cuando el sol entró en el salón. Mumin co chón de su
fombra de mamá Mumin, que suspiró en sue
entender. Luego mamá Mumin rió para sí y se acurrucó un s cerca de
nde —pensó el trol Mumin—. Ni tampoco mi sitio está en el siquiera
estar soñando.”
undos, se quedó dormido y las lilas estivales le cubrían c de sombra
illadísima, acostada dentro de su roto saco de dormir. Se antado
traba directamente en la cueva. La mojada caja de
stintos, y la mayor parte de la lana se veía impulsada confusa el aire,
.
Mía Diminuta, al tiempo que golpeaba a Mimbla en la espald
ado.
era cálido y estaba saturado de efluvios de los Mumin. La cristal
ó tintineando, cuando el sol entró en el salón. Mumin co chón de su
fombra de mamá Mumin, que suspiró en sue
entender. Luego mamá Mumin rió para sí y se acurrucó un s cerca de
nde —pensó el trol Mumin—. Ni tampoco mi sitio está en el siquiera
estar soñando.”
undos, se quedó dormido y las lilas estivales le cubrían c de sombra
illadísima, acostada dentro de su roto saco de dormir. Se antado
traba directamente en la cueva. La mojada caja de
stintos, y la mayor parte de la lana se veía impulsada confusa el aire,
.
Mía Diminuta, al tiempo que golpeaba a Mimbla en la espald
era se movió.
—dijo Mía Diminuta—. ¿Cuándo, aunque sólo sea por una v a servir
na?
ormir. Después se arrastró hasta la entrada y contempló con cer la
—murmuró Mía Diminuta torvamente, y se deslizó cuesta aba La orilla
e el fin del mundo (si verdaderamente alguien ha e
e la luna se había ocultado.
minuta.
l malvado viento del Norte. Empezó a resbalar entre los p ados,
rda, separando las piernas con la seguridad equilibrad
ros si fueseis una Mía.
la se había consumido en la caseta de baño, cuando Mía Dim
el puntiagudo tejado recortando su silueta contra el cielo noc o ni por
á nuestra vieja caseta de baño”. Venteó los agu igrosos olores del
e la playa, para escuchar. A lo lejos, aullab os en la remota distancia de
n las venas —murmuró Mía Diminuta, mientras sonreía para
lí había una senda que llevaba al valle de Mumin y a la casa d ría
brigo y tal vez,, incluso, un nuevo saco de dormir. Dejó at
osque.
no dejaban huella alguna en la nieve.
CAPÍTULO III
El Gran Frío
cionar. Después de haberles dado cuerda, el trol Mumin se nos solo.
viado, los puso a horas distintas. Pensó que acaso a ellos fuese bien.
valos y, de vez en cuando, sonaba el timbre del despertador onfortaba
se de la cabeza una cosa terrible: que el sol no volv
mañana se producía una especie de alborada gris que no tarda aparecer,
a larga noche invernal. Y el sol no aparecía n ncillamente, se
jó por el espacio y no le era posible volve
a creerlo. Aguardó largo tiempo.
se sentaba a esperar allí, con el hocico encarado hacia el Su o nada
a, cerraba el escotillón del tejado y encendía una f as en la repisa de la
no había salido a comer, pero probablemente llevaba una
, sumida en profundos pensamientos que nadie conocería jam el
go peligroso acechaba entre los albornoces. Pero ¿qué er uno ante
no nunca sabe por qué y se siente desesperadamente apartad
uhardilla una gran caja de cromos y se entregó a la nost
osura. Eran grabados que representaban flores, salidas de ueñas
brillantes y apacibles cuadros que le recordaban el
n el piso del salón. Después se dedicó a pegarlos en las par o el trabajo
que durase, y los cromos más bonitos los pegó e su dormida mamá.
n su tarea de encolar hasta el espejo, cuando observó que aparecido la
vo colgada de un rojo sujetador de bandejas
estaba el sujetador y un óvalo oscuro en el papel pintado Mumin se
sabía que mamá Mumin adoraba aquella bandej tesoro familiar que no
olía ser el único objeto que se pulime a san Juan.
in buscó por todas partes. No encontró ninguna bandeja. cubrió
as, como almohadas y cobertores, harina, azúcar y un sta el
a.
rtinócpiproiofu, nsodaspmeecnhtóe dhelriIdnoq,uciloimno
t a m b ié n en nlaomBub misterio del armario de la caseta de baño.
p o n sa b le
ble podía ser cualq bablemente, el invierno estaría poblado de extrañas
ra enigmá richosa.
ensó el trol Mumin—. Cierto que tenía intención de castigar dándome
o esto es importante.”
gris crepúsculo, se tropezó con un extraño caballo blanco er
aba con ojos luminosos. Mumin se le acercó cautelosamente
ngún movimiento.
que estaba hecho de nieve. Su cola era la escoba de la leñera s,
min vio allí reflejada su propia imagen y eso le asustó un modo que
desnudos arbustos de jazmín.
tura a la que conociese desde hace tiempo! —pensó el tro! M Alguien,
o corriente y normal. Alguien que también se hu pertado y no se
podría decir: ‘¡Hola! Yaya frío más espan rdad? La nieve es una
los arbustos de jazmín? ¿Te acuerda ano pasado, cuando…?’ O
etil del puente. Cantaba:
do un caballo.
ue corre al galope, a través del hielo se pierde en la noche, más all
río.
que corre al galope, y se lleva montado en el lomo al mustio Gran
—preguntó el trol Mumin.
e verteremos encima de él agua del río —explicó Tutiqui gelará
á totalmente en hielo. Y cuando llegue el Gran Río, s parado al galope
és informó:
as de la casa de mi padre.
—replicó Tutiqui alegremente—. Tienes demasiadas cosas
uroerfda.as y cosas en las que sueñas.
se alejó. ‘'No quiere entenderme”, se dijo. Tras él, proseg ilosa
huostrersib—le minuvrimerunroó
pháatsitcaoselcpabunatlolosdedecansieveceh, es que no se dejan ver, sino que
nieve, heladas las lágrimas en su hocico, y de pronto come onar su
ue Tutiqui pudiera oírle y se incomodase. Ésta fue la enojada canción
es que al sol habéis raptado, que ocultas en la sombra mantenéis to
valle grisáceo y apagado:
cansancio estoy muerto, harto de ventisqueros, de tristeza y lamen
splandor del mar y la terraza añil, y gritaros a todos que vuestro inv
no es para mí!
a salir y, cuando os mire, tendréis una facha ridicula de ver iferó el
a de rimas.
e el disco de un girasol, apoyaré el estómago en la arena caliente, t
a sobre el jardín y los abejorros, y bajo el cielo azul cielo y mi gra
amarillo y anaranjado ¡SOL!
nción de desafío, el silencio resultó opresivo. Inmóvil, permaneció un
opuso.
udido por un estremecimiento. Y algo ocurrió.
ades de la cumbre de la colina, algo llegaba deslizándose era.
un penacho de nieve rutilante, y avisaba a gritos:
mirando aquello.
a de la cual iba el desaparecido cubre huevos. “Tutiqui ha d
—tuvo tiempo de reflexionar el trol Mumin— y ahora están viv lanzado
…”
Mumin salió despedido, se vio hundido en la nieve e, inclus uperficie,
ui.
no podía pertenecer más que a una sola persona en todo el mu
mexecnltaem, lóoceol tdreolaMlegumríainy, ceospnelraabnozac.a llena de nieve.
eve. Había perforado tres agujeros en el cubrehuevos, p eza y los
naba el centro de su vientre.
trol Mumin—. ¡Oh, ni por asomo puedes suponer…! Ha si raño,
acuerdas del verano pasado, cuando…?
rno —le interrumpió Mía Diminuta, y alargó la mano para sa
—. Hemos dado un buen salto, ¿verdad?
uí dormirme otra vez —le explicó Mumin—. La puerta e ancada,
uiera el Inquilino del Fregadero hubiese…
minuta jubilosamente—. Así que empezaste a pegar cromos edes. Eres
siempre. Me estoy preguntando ahora si no gana
la frotásemos con sebo de vela.
.
a volar sobre el hielo —dijo Mía Diminuta—. Todo es cuesti ontrar en
e fabricar un velamen.
rando durante un momento. Después dijo sosegadamente:
ado mi toldo.
notó en la nariz que el Gran Frío se encontraba ya en camin e—
roíorqsuoebryea eslecaacbearlclao —y aacdavrirretóióleTñuatiaqulia. caseta de baño.
ntieron con la cabeza, y en el armario se produjo un rum
r a los demás.
ma —dijo Mía Diminuta—. Me recogeré en cuanto note el pin la punta
mpo de echar un poco de paja encima de Mimbla.
deja de plata por encima del hielo.
. Se encontró en el sendero con la ardilla de la cola maravillo
llna—och. e¿,Npo rhqauseveilstGoraunaFrpíionavideeneabyaet—o qaucoenhse
ó Tutiqui—. Pero prométeme que no olvidarás lo que aca irte. No
púsculo. Es importante.
te.
Mumin y subió por la escalera de cuerda que el trol Mumin gada
mpilla del tejado y llamó a Mumin.
lo rojo los trajes de baño de la familia.
que el Gran Frío se acerca ya —manifestó Tutiqui.
guntó el trol Mumin—. ¿Qué proporciones pueden alcanzar?
claró Tutiqui—. Y se presentará al atardecer, cuando el cie na verde.
ujer? —inquirió Mumin.
utiqui—. Pero si la miras a la cara, quedarás convertido en ro como una
ajarás. Por eso tienes que permanecer en cas he.
el escotillón del tejado. El trol Mumin bajó al sótano y ech ba a la
al. Extendió también unas mantas adicionales encima midos miembros
y salió de la casa. Deseaba estar acompañado cuando la Dam o hiciera
a caseta de baño, el cielo estaba más claro y verdoso que n viento se
cos muertos asomaban inmóviles por el hielo de la o Aguzó el oído y
ncio un zumbido tenue, profundo y suave. T cediera del hielo que cada
más y más abajo, en el mar.
ambiente era agradable y cálido. Encima de la mesa esta ra azul de
rdín y preguntó:
no te preocupes.
me preocupa en absoluto —aseguró Mumin—. Me preocup
Como el Inquilino del Fregadero. Y el que está en el armario
a pronuncia una palabra.
xionó.
xplicó—. Hay gran cantidad de seres que no tienen sitio en v
criaturas tímidas y un poco singulares. Algunas clases de ani turnos y
con los demás, y nadie confía realmente en ello ntienen al
uando todo está blanco y tranquilo, cuando las noche gas y casi todo el
arecen.
umin.
Fregadero, por ejemplo, le conozco muy bien. Pero me parec
modo que no puedo presentaros. El trol Mumin dio un puntapié a la
—repuso—. Pero yo no quiero llevar una vida secreta. A pieza uno
o y desconocido y no hay alma que le pregunte uiera en qué clase de
Ni Mía Diminuta desea hablar del mundo
nar cuál es el mundo real? —indagó Tutiqui, con la nariz peg cristal de
Mía Diminuta deslizó la bandeja de plata ruidosamente a lo
no te preocupes.
me preocupa en absoluto —aseguró Mumin—. Me preocup
Como el Inquilino del Fregadero. Y el que está en el armario
a pronuncia una palabra.
xionó.
xplicó—. Hay gran cantidad de seres que no tienen sitio en v
criaturas tímidas y un poco singulares. Algunas clases de ani turnos y
con los demás, y nadie confía realmente en ello ntienen al
uando todo está blanco y tranquilo, cuando las noche gas y casi todo el
arecen.
umin.
Fregadero, por ejemplo, le conozco muy bien. Pero me parec
modo que no puedo presentaros. El trol Mumin dio un puntapié a la
—repuso—. Pero yo no quiero llevar una vida secreta. A pieza uno
o y desconocido y no hay alma que le pregunte uiera en qué clase de
Ni Mía Diminuta desea hablar del mundo
nar cuál es el mundo real? —indagó Tutiqui, con la nariz peg cristal de
Mía Diminuta deslizó la bandeja de plata ruidosamente a lo
a recién llegada—. Pero lo que de veras me hace falta ahora nguito. El
dre no servirá, haga los agujeros donde los haga. Tie ecto tan astroso
egalárselo a un erizo desahuciado[1].
Mumin, tras lanzar una triste mirada al calentador de huevos. Mía
as manos invisibles de una musaraña lo lanzaron de inm tro de la
tó Mía Diminuta,
doerToutyiqoulifqatueadraomn enltea—ire.,Vdaeyacmaroas al emchaarr. uEnl
dad verde, y el mundo entero parecía hecho de fino cristal. Todo estaba
trellas minúsculas brillaban por doquier y centelleaban en el hielo.
mó Tutiqui—. Será mejor que entremos.
slizaba la Dama del Frío. Era inmaculadamente blanca, com as, pero si
al de la derecha, se teñía de rojo, y vista a travé stal de la izquierda, su
que el cristal de la ventana estaba tan frío que hacía daño, y hocico,
ufa y esperaron.
por mi regazo! —exclamó Mía Diminuta en tono sorprend ó la mirada
ró Tutiqui—. Están asustadas. Quédate quieta y no tardar rcharse.
quel momento por delante de la caseta de baño. Quizá proye
que una corriente gélida barrió súbitamente la estancia y, du
a al rojo vivo. Después, todo volvió a ser como antes. Sintié poco
arañas saltaron del halda de Mía Diminuta, y tod cipitaron a mirar
a cerca de los juncos. Estaba de espaldas e inclinaba el c re la nieve.
—. Ha olvidado que debía quedarse en casa.
nito rostro hacia la ardilla y le rascó distraídamente detrás d ja.
ctamente al fondo de las gélidas pupilas azules de la Dam o, que sonrió
la imprudente ardillita, rígida y entumecida, con las cuatro antadas en
orvo, y se bajó la gorra sobre las orejas.
blanca bruma de nieve penetró turbulenta en la estancia. T ió corriendo
tuvo de regreso y depositó la ardilla encima sa.
ron a toda prisa agua caiféEte y envolvieron a la ardilla e lla tibia. Pero
, lastimosamente rígidas en el aire, y el anim vió un pelo.
—manifestó Mía Diminuta, sin ninguna emoción en el tono.
moso antes de morir —observó el trol Mumin con voz temblor
Diminuta—. De cualquier modo, a estas horas ya lo habrá olvi Y me
oso con su cola.
otestó el trol Mumin, alteradísimo—. Debe conservar la cola ba.
o es así, Tutiqui?
—. Sería muy difícil saber si, después de muerta, a la ge
No habléis continuamente de la ardilla, considerándola m tan triste!
está —sentenció Tutiqui amablemente—. A su debido tiempo illa se
s, de esa tierra brotarán y se desarrollarán árboles alred los cuales
ardillas. ¿Te parece que eso es muy triste?[2]
ol Mumin, y se sonó el hocico—. Pero, de todas form
, y celebraremos un bonito y apropiado funeral.
y intenso en la caseta de baño. La estufa seguía encendida evidente que
n cansadas. La cafetera que el trol Mumin vado de su casa tenía una
e la tapa.
uerta, Mumin no hubiera tomado café.
noz —dijo solemnemente—. Mi madre dice que los funerale mpre
hasta diez, —aleccionó Tutiqui.
vióy lheaecniatrelagóvelntaalnbaorynoezmapzeuzl.ó a contar. Cuando iba por el
mío era el azul! —dijo el trol Mumin, feliz.
s en los bolsillos, pero no encontró allí las gafas de sol; só o de arena y
ctamente redondeado.
arro. Su redondez conservaba toda la seguridad del verano. M gó
n la piedrecita quedaba todavía un poco del calor que re entras
hirubói.eses equivocado de reunión —comentó Mía Diminuta.
o? —preguntó, en actitud digna.
o Tutiqui—. A su modo, era una ardilla estupenda.
Mía Diminuta.
viejo gorro de baño y salieron de la caseta. El frío era crudísi La nieve
se transformaba en nubecillas de humo blanco. E min notó que el
el punto de que le fue imposible arrugarlo.
mentó Mía Diminuta alegremente, y patinó a lo largo de la h era.
oco? —preguntó el trol Mumin—. Esto es un funeral.
as bocanadas de aquel aire gélido.
as —observó Mía Diminuta en tono interesado—. Ahora
más confundido que nunca.
qui severamente—. Y tranquilízate ya, porque ni tú ni yo sab a acerca
la ardilla hasta la casa y la depositó ante el caballo de nieve. Después
descendió al cálido y apacible salón, donde to ndo continuaba
scó por todas partes, pero no dio con lo que necesitaba.
re y susurró una pregunta en el oído de ésta. Mamá Mumin e suspiro y
umin repitió la pregunta.
nces, desde las profundidades de su femenino entendimiento d que
armario…, en el estante de arriba…, a la derecha. Y volvió a
al.
la de mano de debajo del primer rellano de la escalera, y ta alcanzar el
esas cosas superfluas que a veces son absolutamente neces tas negras
a las celebraciones importantes, la llave de la ca o de pegamento para
etálicos de repuesto para los postes mas, entre otras cosas.
a salir de la casa, llevaba un lazo negro en la cola. Hizo
i.
redondo a que la decorasen así.
ar tres cuartos al pregonero poniéndome un lazo —declaró.
el trol Mumin—. Pero no lo estás.
uta—. No puedo sentir tristeza. Yo estoy siempre alegre o fu e serviría
viese triste? No. Pero si estoy furiosa con la Dam o, puede que le
omento. Y quizás entonces tenga mucho cu es de rascar a otras
o porque son suaves y vellosas.
ca en eso —dictaminó Tutiqui—, pero el trol Mumin también ón,
qué vamos a hacer ahora?
en el suelo —dijo Mumin—. Este es un buen sitio, en el v cen aquí
iqui, apesadumbrado—, el suelo está helado y duro como p podrías
speranzado, sin contestar. Nadie dijo una palabra. Y en mento, el
eza y olíateó precavidamente a la ardilla. Los esp sus ojos miraron al
rrogadora y la escoba que constituía el ra tó ligeramente.
invisible empezó a tocar con la flauta una melodía triste. E min
ogió a la ardilla, cola y gorro de baño incluidos, y se la p
eso hacía la orilla del mar. Y Tutiqui entonó esta canción alusiva a la
a una pobre ardillita, una ardillita chiquitita.
e no era muy despierta, tenía una piel agraciada.
stá inmóvil, fría y yerta, con las patas envaradas,
aún es la ardilla hermosa de cola maravillosa.
sus cascos la dureza del hielo, alzó la cabeza y sus
ta cabriola y se lanzó al galope.
entonces a tocar otra pieza, más rápida y vivaz. El cabal ve continuó
on la ardilla en su espalda. Por último, no fue má puntito en el
alido bien —reflexionó el trol Mumin, preocupado.
—dijo Tutiqui.
ir mejor —intervino Mía Diminuta—. Si hubiese conseguid upenda
o…
CAPÍTULO IV
Lo solitario y lo extraño
funeral de la ardilla, el trol Mumin se dio cuenta de que al ía robado
eve, como si hubieran arrastrado por allí pesados sacos.
—traptaendseólaelBtrou.”l Mumin—. Es demasiado pequeña. Y Tutiqui sólo
s los pelos de la nuca. No había nadie más que pudiese vigi mbustible
uella era una cuestión de honor.
e la colina, detrás de la cueva.
ban amontonados para constituir parte de una hoguera, y enci os se
e los Mumin, que había perdido una pata en el mes de ag
specto estupendo —dijo Tutiqui, saliendo detrás de la hogue viejo y
.
Mumin—. Mi familia lo ha tenido durante mucho tiempo. Pod erlo
o Tutiqui—. ¿Te gustaría escuchar la canción acerca de Tu preparó
nachonamente.
patear despacio la nieve, mientras cantaba lo siguiente:
Aquí viene el estupor,
lo apacible y lo feroz,
olitario y lo extraño. Sordo repica el tambor.
la en la blanca nieve, sisean colas que se agitan y azotan la blanca
e el grave tambor repica.
y de tu noche —protestó el trol Mumin—. No, no quiero ribillo.
Quiero que vuelva el sol otra vez!
demos esta noche la gran hoguera de invierno —dijo Tutiq ñana
min con voz temblorosa. Tutiqui asintió y se frotó la nariz.
durante unos segundos. Luego preguntó, receloso.
si está o no el sofá del jardín?
everamente—. Esta hoguera tiene mil años más que vuestro jardín.
el hecho de que el sofá sea lo bastante bueno como ar en lo alto.
más.
familia —pensó—. Y a lo mejor las tempestades de prim zan a la
nuevo sofá.”
na,slaqdueeraladegelantceoplianraecaírarihba,betrronenccoosndteraádroboelnselacorsib,
ella leña nunca se dejaban ver. El trol Mumin tuvo la sensación d olina
ó ver uno solo.
astrando su caja de cartón por la nieve.
ró—. La bandeja de plata es mucho mejor. Y parece que mana le
lfombra del salón. ¿Cuándo vamos a prender fuego uera?
ui.
rdinariamente excitado aquella noche. Iba de una habitación ncendió
vez en cuando, se quedaba completamente inm uchaba la
mientes y los leves chasquidos que se producían e edes cuando el frío se
que todos los seres misteriosos saldrían aquella noche d jeros y
ras irreales y tímidas a la luz de las que Tutiqui lado. Se
que todos los animalitos encenderían para hacer q uridad y el frío se
ería.
mpara de petróleo y subió a la buhardilla.
bía salido la luna, pero el valle estaba tenuemente iluminado ora boreal.
ba una hilera de antorchas, en torno a las cua lumbraban sombras en
a orilla del mar y de la cumbre de la col El trol Mumin descendió
ida lámpara de petróleo en una ma dín y la arboleda aparecían
s parpadeantes. Y todas las pl vaban hacia la colina.
a ya bastante alta sobre el hielo la luna, de color azul y iblemente
l trol Mumin, que bajó la mirada para tropezarse co s de Mía Diminuta,
—manifestó Mía riendo—. Pondrá en ridículo la claridad
empo hacia la cumbre de la colina, y vieron entonces una llam
ba contra el cielo. Tutiqui había encendido la fogata.
mente envuelta en sus propias llamas, desde el suelo hasta l o, emitió un
ejos sobre el negro hielo extendido abajo. Una m lada pasó velozmente
dole: era la invisible musaraña, que ll de al rito "invernal.
saltaban solemnemente alrededor de la fogata de la cumbr
lpear los tambores.
dín —dijo Mía Diminuta.
plicó el trol Mumin con impaciencia.
sta. Resplandecía el hielo bajo la luz de las llamas. El calor f ieve y
humedecía sus patas.
ol Mumin, presa de gran emoción—. Se acabará la soleda
mar el sol, sentado en la terraza, y sentiré cómo se me calie alda…”
a caluroso en torno a la hoguera. La musaraña invisible t a canción,
alejaban ya, y los tambores resonaban en el otro lado de la fo
guntó el trol Mumin.
ules y tranquilos. Sin embargo, Mumin no estuvo seguro de q se.
do invernal, que había seguido sus reglas particulares añ
cálida casa de la familia Mumin.
el armario de la caseta de baño? —preguntó el trol Mumin.
qui distraído.
vive en el armario de la caseta de baño! —repitió Mumin.
a permitido salir —dijo Tutiqui—. A uno le resulta impo vinar qué
riatura.
anquivanos llegaba zumbando, como una nubecilla de humo q lizase
nos plateados pasó de largo junto a Mumin y, por enci ogata, algo
us enormes alas y desapareció en dirección Norte o sucedió con
min no tuvo tiempo para presentarse.
rándole del jersey.
ui en tono amable—. Ahí tienes el Inquilino del Fregadero. Era más
as. Estaba sentado en el suelo y contemplaba la hogu El trol Mumin fue
pegar la hebra:
tas no estuviesen pasadas.
ijo nada.
cejas extraordinariamente pobladas? —continuó el trol M
ontestó a eso:
trol Mumin.
o, displicente.
mente suyo y cree que le has ofendido —explicó Tutiqui.
intención! —protestó Mumin, lleno de ansiedad. Añadió e plorante—:
sí a la criatura de las cejas. Se levantó precipitadame apareció.
cer? —dijo el trol Mumin—. Ahora vivirá durante todo u ajo de
e yo sólo deseaba ser amigo suyo.
luyó Tutiqui.
ó, convertido en una lluvia de chispas.
pagado ya del todo, pero enormes rescoldos mantení andescencia,
etas. Pero la musaraña dejó bruscamente de to o el mundo miró hacia el
ojillos redondos reflejaban el resplandor del fuego, pero, a
a. Había crecido mucho desde el mes de agosto.
su redoble, mientras la Bu echaba a andar, arrastrando los ina
en línea recta. Y, sin pronunciar una sola palabra, se ima.
ó el aire, y la cumbre de la colina quedó envuelta en vapor. C disolvió
rse ascua alguna. Sólo se vio allí a una Bu enorme y soplaba la bruma
precipitadamente hacia la playa, lo mismo que muchos otro ontrar
en la ribera, Mumin gritó:
onseguido la Bu que el sol se quede donde está?
plicó Tutiqui—. La Bu no ha venido a apagar la f
rse, pobrecilla. Pero todo lo caliente se enfría en cuanto e nta encima.
vez más.
e incorporaba y se ponía a husmear los carbones escarchado se acercó
n, que aún estaba encendida sobre la nieve. El quinq
ante unos segundos. El monte estaba desierto. Todo el mun ía ido.
vamente hacia el hielo y regresó a las tinieblas, tal ía venido, sola.
.
iró con cuidado de una oreja de mamá Mumin y le dijo:
do —murmuró mamá Mumin entre sueños—. Quizá la próxim Debajo
animalito de espesas cejas, que rezongaba para sí.
umorado—. ¡Rédense!
amente. Era muy probable que, en todo el valle, nadie pu ender lo que
a.
del hielo, con su caña de pescar. A Tutiqui le gustaba la costu tenía el
z en cuando. En tales ocasiones, Tutiqui podía colars agujero
muelle, y sentarse encima de un peñasco para pescar ía entonces un
beza y el mar a los pies.
de, ambos dilatándose hasta perderse en la oscuridad.
ro pequeños peces. Otro más, y ya tendría la sopa.
aesolas ciamsetpaacideenbteasñouEse.q
molbvaiórcadllaermo.aAr.llá arriba, e
stoy debajo del hielo!
e, se despertó, alzó la cabeza y repitió:
otro varias veces y gritó—: ¡Debajo del hielo!
cico de trol Mumin asomó cautelosamente por la abertura jas de Mumin
cintas de oro.
guas, y los cuatro pececitos de Tutiqui.
e?n—idopr—egduinjotó, Tcountiquuni.estremecimiento.
min.
Sol, sol, sol… Cada vez más lejano, cada vez más débil.
nsejó—. Todos los años empieza a venir tal día como hoy, as más
én lo haga. Levanta tu cara, para que pueda salir.
se sentó en los escalones de la entrada de la caseta de ateó el aire y
espera.
sobre el hielo y se sentó junto a ellos. Había atado a las suel zapatos
lizarse con más rapidez.
esperando a que algo maravilloso se repita —dijo—. No ar que me
d diurna.
bosque, se acercaron aleteando y fueron a posarse en el teja aseta de
os.
da de Mumin se erizó y, emocionado de veras, el trol vio un
o polvoriento, encima mismo del horizonte. Fue cobrando c ta
ego colorado que despedía rojos rayos de luz a lo largo del
min.
ta, la levantó y le dio un sonoro beso en la nariz.
aramba! —protestó Mía Diminuta—. ¿Qué tiene eso de part a que
el trol Mumin—. ¡Llega la primavera! ¡Buen tiempo! ¡To ndo se
rojó por el aire, a gran altura. Se puso cabeza abajo. En to
oscurecerse otra vez.
jaron por la orilla del mar, aleteando despacio. Tutiqui re cuatro peces,
a ocultarse bajo el horizonte.
eguntó el trol Mumin, horrorizado.
hecho, después de haberte visto —dijo Mía Diminuta, y se m
a.
zó Tutiqui—. Y entonces se asomará un poquito más, será com
ciencia.
l hielo para llenar su olla con agua de mar y hacerse la sopa.
ol no podía aparecer por completo en el cielo en un abrir y ojos. Pero
cepcionado sólo porque otra persona tiene razón á equivocado.
tado, con la vista fija en el hielo y, de súbito, notó que se e
delga raubieian nleachiaóbeían teiml faodnod.o de su barriga, como todas las
l ridículo al armar tanto ruido y al ponerse cintas de oro e
ón de que, para calmarse, tendría que hacer algo realmente te rohibido.
mbarcadero y entró en la caseta de baño. Se dirigió al armari ió de par
noces. Allí estaba el jemulen de goma, algo fofo por la pérdi
e
La
m . criatura cobró vida de pronto, pasó como una exhalación junto a Mumin y desap
min vio deslizarse el rabo por el resquicio de la puerta de la caseta de baño, como u
negro. El mechón que remataba la cola se atascó momentáneamente, pero se
animalito se perdió de vista.
Entró Tutiqui, con la olla en las manos, y observó:
—De modo que no pudiste resistir la tentación de abrir el armario, ¿eh?
—No había más que una especie de rata vieja —replicó Mumin, hosco.
—No es ninguna rata —dijo Tutiqui—. Es un trol. Un trol de la clase a la que perte
convertirte en un Mumin. Ese es el aspecto que tenías hace mil años.
A Mumin no se le ocurrió ninguna respuesta. Se marchó a casa y se sentó en el saló
de un rato se presentó Mía Diminuta para pedir prestadas unas cuantas velas y un a
—Me han dicho cosas terribles acerca de ti —manifestó satisfechísima—. Dicen qu
armario a tu propio antepasado. Os parecéis mucho, según he oído.
—Por favor, cállate —dijo el trol Mumin. Subió a la buhardilla y buscó el álbum fa
Página tras página de Múmines dignos, casi siempre representados de pie an
galerías celadas. Ni uno solo de ellos se parecía al trol del armario.
“Debe de tratarse de un error —pensó el trol Mumin—. No es posible que
conmigo.”
Bajó de nuevo y contempló a su padre dormido. Sólo el hocico guardaba cierta sem
Claro que, posiblemente, mil años atrás…
Tintinearon los cristales tallados de la araña. Ésta se balanceaba despacio y algo se
Algo pequeño y peludo. Un rabo largo y negro colgaba entre los prismas.
—Ahí está —murmuró el trol Mumin—. Mi antecesor se ha instalado en la araña.
Pero eso no parecía muy grave. El trol Mumin empezaba a acostumbrarse al hechiz
—¿Qué tal estás? —preguntó en tono suave.
El trol le miró a través de la gasa y meneó las orejas.
—Ten cuidado con la araña —continuó Mumin—. Es un recuerdo de familia.
El trol inclinó la cabeza y miró a Mumin atentamente. Saltaba a la vista que se esf
“Ahora va a decir algo”, pensó Mumin. Y al instante se vio asaltado por el pavoros
ascendiente tratara de comunicarle alguna cosa. ¿Y si se expresaba en un le
el animalito de las cejas? ¿Y si se enojaba y decía “rédense” o algo p
lo? En cuyo caso, quizá ya nunca fueran amigos.
—¡Chissst! —murmuró el trol Mumin—. No digas nada.
Tal vez estuviesen emparentados, después de todo. Y los familiares que van de visi
tiempo o a lo mejor un antepasado se queda para siempre. ¿Quién sabe? Si uno a co
crear un malentendido y provocar el enojo de alguien. Y entonces la fa dría que con
con un antepasado enfurecido.
—¡Chisst! —repitió el trol Mumin—. ¡Calla!
El antecesor hizo tintinear levemente los prismas, pero no dijo nada.
“Le enseñaré la casa —pensó el trol Mumin—. Eso es lo que habría hecho mamá, s
pariente.”
Tomó el quinqué y lo levantó para que iluminase un precioso cuadro que te
en la ventana”. El trol miró la pintura y se encogió de hombros.
Mumin continuó con el sofá de felpa. Mostró al trol todas las sillas, una por una, el
tranvía de espuma de mar, y cuanto de bonito y de valioso poseía la familia Mumin
El trol lo miró todo con suma atención, pero era evidente que no comprendía la fun
las cosas. Por último, Mumin suspiró y dejó la lámpara en la repisa de la chimenea
más fuerza el interés del trol.
Descendió de la araña y, como un pequeño bulto de trapos grises, se deslizó en torn
porcelana. Introdujo la cabeza por el hueco de la trampilla y olfateó las cenizas. Ma
Por la mañana, había colocado el sofá de cara a la estufa de porcelana y c
dros de nuevo. Los que no le gustaban, los había puesto al revés (o quizás eran los
¿quién sabe?)
Ni un solo mueble ocupaba el mismo sitio de antes, y el despertador yacía en el
agua sucia. El antecesor había bajado de la buhardilla una buena cantidad de trasto
amontonados alrededor de la estufa, alcanzando bastante altura.
Tutiqui acudió a echar un vistazo.
—Creo que lo ha hecho para sentirse a gusto aquí —manifestó Tutiqui, al tiempo q
Ha tratado de levantar una estupenda espesura en torno a su casa. Para que le dej
.
—¿Pero qué va a decir mi madre? —manifestó el trol Mumin, temeroso. Tutiqui se
hombros.
—Bueno, ¿y por qué tuviste que dejarle salir? —comentó—. De cualquier modo
práctico para él y para vosotros. Supongo que puede pensarse que todo esto resulta
El trol Mumin asintió. Reflexionó unos minutos, y después se arrastró al in
por sillas rotas, cajas vacías, redes de pesca, tubos de cartón, cestos viejos y herram
comprobó que era un sitio muy agradable.
Decidió dormir aquella noche en un cesto de lana que había debajo de una mecedo
verdad, nunca se sintió realmente seguro en el penumbroso, salón con las v
Y contemplar los dormidos miembros de su familia le ponía melancólico.
Pero allí, en aquel reducido espacio, entre un cajón de embalaje, la mecedora y el r
a gusto y nada solitario.
Veía una pequeña parte de la negrura interior de la estufa, pero tuvo buen cuidado
antecesor, y levantó las paredes circundantes de su nido lo más silenciosame
ible.
Por la noche, llevó la lámpara consigo y permaneció un rato allí, a la escucha de lo
antepasado al moverse en la chimenea.
“Tal vez yo vivía también así hace un millar de años”, pensó Mumin dichosamente
Medio tentado estuvo de gritar algo chimenea arriba. Sólo una palabra de concordi
pensó mejor, apagó el quinqué y se arrebujó en el fondo del cesto de lana.
CAPÍTULO V
Los nuevos invitados
Cada nuevo día, el sol se asomaba por el cielo un poco más que la semana anterior
bastante como para provocar sobre el valle unos cuantos rayos precavidos. Aquel f
importante. Notable también porque un forastero llegó al valle poco despué d
Se trataba de un perrillo delgado, con un andrajoso gorro de lana que se calaba has
se llamaba Lastimero y que en los valles del Norte no quedaba absolutamente com
pasó por ellos la Dama del Frío, la gente casi se quedó sin alimento oreaba que un
desesperado se había engullido su propia colección de escara que probableme
verdad. Sí era posible, no obstante, que se hubiese zampa ección de otro jemulen. S
multitud de criaturas se encontraban ya en camino, r alle de Mumin.
Alguien había dicho a todo el mundo que en el valle de Mumin podían encontrarse
de mermelada. Claro que lo de la despensa de mermelada sin duda era otro rumo L
en la nieve, sobre su delgada cola. Tenía el rostro surcado por innumer ugas de pre
—Aquí subsistimos a base de sopa de pescado —dijo Tutiqui—. Es la primera noti
despensa de mermelada.
El trol Mumin lanzó una súbita mirada al redondeado montón de nieve que había d
—¡Ahí está! —exclamó Mía Diminuta—. Hay tal cantidad de mermelada ah
dan a una mareos, y todos los tarros llevan su fecha y están atados con bramante ro
—Yo soy de los que cuidan de las cosas de la familia, mientras duerme —dijo el tr
poco.
—Ya —murmuró Lastimero en tono resignado.
Mumin miró hacia la derecha y luego observó el semblante arrugado de Lastimero.
—¿Te gusta la mermelada? —preguntó de mala gana.
—No lo sé —repuso Lastimero humildemente, Mumin suspiró y dijo:
—Está bien. Recuerda que se ha de empezar por los tarros más antiguos.
Pocas horas después, un tropel de minúsculos cripes cruzó despacio el puente, y un
filiyonk corría de un lado a otro por el jardín. Dijo que las plantas de tiesto que aba
Alguien se le comió todas las reservas alimentarias que tenía para el invierno. Y po
el Valle de Mumin, una gafsia insolente le dijo que el invierno no era broma, y que
preparó mejor para afrontarlo.
Al anochecer, una verdadera muchedumbre recorría las sendas abiertas hasta la de
que aún contaban con fuerzas en las piernas, se encaminaron a la ribera tal
de baño.
Pero nadie obtuvo permiso para entrar en la cueva. Mía Diminuta alegó que no se p
Frente a la casa de Mumin, algunas de las criaturas más desdichadas permanecían s
lamentándose de su cruel destino, cuando el trol Mumin apareció en el tejado, con
petróleo.
—Será mejor que entréis a pasar la noche —dijo—. Uno nunca sabe lo que puede p
rondando por ahí.
—Trepar por escalas de cuerda nunca fue mi especialidad —confesó un viejo guom
y se dispuso a excavar un agujero hacia la puerta de entrada. Escarbó, accio a y se
pronto fue un túnel alargado y estrecho que se extendía por debajo
ve, pero cuando Mumin alcanzó la pared, no encontró allí ninguna puerta. S
gelada como las otras.
“Debo de haberme equivocado de dirección —se dijo el trol Mumin—. Y si excava
posible que ni siquiera fuese a dar con la casa.”
Así que rompió el cristal de la ventana con el máximo cuidado posible, y los invita
en la casa, tras él.
—Por favor, no despertéis a la familia —rogó el trol Mumin—. Esa es mamá, e
allí es Esnorquita. Mi antepasado duerme en la estufa. Tendréis que acostaro
ombras, porque la mayoría de las otras cosas se las han llevado prestadas.
Los huéspedes se inclinaron ante la familia dormida. Luego, obedientemente, se ac
ombras y manteles, y los más pequeños se acostaron en gorros, zapatillas y cosas a
ellos estaban resfriados y algunos tenían nostalgia.
“Es terrible —pensó el trol Mumin—. La despensa de mermelada no tardará en est
cuando llegue la primavera, se despierte la familia y todos los cuadros esté gados y
gente?”
Recorrió el túnel a gatas, hacia afuera, para comprobar si alguien había quedado al
iLrea ylulnaanzearabaazuunl.auLlalisdtiomperrooloensgtaabdaosyenmtaedlaonscoóblirceol.a nieve, so
Levantaba su hoc
gelada como las otras.
“Debo de haberme equivocado de dirección —se dijo el trol Mumin—. Y si excava
posible que ni siquiera fuese a dar con la casa.”
Así que rompió el cristal de la ventana con el máximo cuidado posible, y los invita
en la casa, tras él.
—Por favor, no despertéis a la familia —rogó el trol Mumin—. Esa es mamá, e
allí es Esnorquita. Mi antepasado duerme en la estufa. Tendréis que acostaro
ombras, porque la mayoría de las otras cosas se las han llevado prestadas.
Los huéspedes se inclinaron ante la familia dormida. Luego, obedientemente, se ac
ombras y manteles, y los más pequeños se acostaron en gorros, zapatillas y cosas a
ellos estaban resfriados y algunos tenían nostalgia.
“Es terrible —pensó el trol Mumin—. La despensa de mermelada no tardará en est
cuando llegue la primavera, se despierte la familia y todos los cuadros esté gados y
gente?”
Recorrió el túnel a gatas, hacia afuera, para comprobar si alguien había quedado al
iLrea ylulnaanzearabaazuunl.auLlalisdtiomperrooloensgtaabdaosyenmtaedlaonscoóblirceol.a nieve, so
Levantaba su hoc
—¿Por qué no te vas a dormir? —le preguntó Mumin.
Lastimero le miró con unos ojos en los que se reflejaba el tono verde que les confe
oreja estaba erguida, mientras la otra escuchaba lateralmente. Todo el rostro de Las
escucha.
Oyeron, muy débil, el alarido de unos lobos que estaban de cacería. Lastimero incl
volvió a encasquetarse el gorro de lana.
—Son mis hermanos, grandes y fuertes —susurró—. ¡Cómo me gustaría estar con
—C¿Nlaoroteqauseustía—n?cpornefgeusnótóLaesl tirmolerMo—um. iEn.sa es la parte amarga.
Se marchó, cabizbajo, por el sendero que llevaba a la caseta de baño. El trol Mumi
El espejo había asustado a una eripita, la cual sollozaba sentada en el tranvía de esp
eso, reinaba el silencio.
“Cuántas calamidades sufre la gente —pensó el trol Mumin—. Quizá lo de la merm
asunto tan terrible, al fin y al cabo. Y siempre puedo apartar el tarro de los doming
momento.”
Al amanecer del día siguiente, el valle fue despertado por las notas claras y penetra
se sentó inmediatamente, de un salto, en su cueva, y empezó a marcar el ritmo co
s. Tutiqui levantó las orejas, y Lastimero se metió rápidamente debajo de uno de lo
abo entre las piernas.
El antepasado del trol Mumin agitó ruidosamente el regulador de tiro, y la
se despertaron.
Mumin se precipitó por la ventana y se arrastró por el túnel excavado bajo la nieve
El pálido sol invernal brillaba sobre un gran jemulen, que descendía con su
próxima. Sostenía una reluciente trompa, aplicada la boquilla al hocico, y parecía á
“Ese sí que va a consumir ingentes cantidades de mermelada —pensó Mumin—. ¿
s artilugios que lleva en los pies?”
El jemulen dejó su instrumento encima del tejado de la leñera y se quitó los esquíe
—Buenos descensos tenéis por estos andurriales —comentó—. ¿Hay aquí algún sl
—Lo preguntaré —dijo Mumin.
Anduvo a gatas hasta el salón e inquirió:
—¿Hay aquí alguien que se llame Slalom?
—Mi nombre es Salomé —murmuró la cripita a la que había asustado el espejo. El
regresó junto al jemulen y le comunicó:
—Casi, pero no del todo. Aquí hay una Salomé.
Pero el jemulen estaba husmeando por el campo de tabaco de papá Mumin y no le
—Este es el sitio adecuado para una vivienda —dijo—. Construiremos aquí un iglú
—Puedes alojarte en mi casa —brindó Mumin, no muy convencido.
—Gracias; de eso, nada —declinó el jemulen—. Demasiado sofocante y poco salu
todo pasto. No perdamos más tiempo, empecemos en seguida.
Los invitados del trol Mumin empezaban a salir arrastrándose. Se detenían y conte
—¿No va a tocar un poco más? —preguntó Salomé, la cripita.
—Cada cosa a su tiempo, damisela —repuso el jemulen vivamente—. Este
para trabajar.
Al cabo de un rato, los huéspedes estaban atareados construyendo un iglú en el tab
jemulen, por su parte, disfrutaba lo suyo nadando en el río, contemplado po
pareja de ateridos cripes.
El trol Mumin salió disparado, a toda velocidad, hacia la caseta de baño.
—¡Tutiqui! —gritó—. Hay un jemulen aquí… Ya a vivir en un iglú, y en este mom
ñando en el río.
—Ah, esa clase de jemulen —dijo Tutiqui, muy serio—. Adiós paz, tranquilidad y
un lado la caña de pescar.
Cuando volvían, encontraron a Mía Diminuta, radiante de excitación.
—¿Habéis visto lo que tiene? —chilló—. ¡Lo llaman esquíes! ¡Voy a agenciarme e
exactamente igual!
uEsilasigmlúo, caol mtiemnzpaobaquyea lanztoambanr mfoiradm a.s
L
anoshehlaunétsepsehdaecsiatrlabadjeasbpaenscaodmeomesrcmlaevladosa.coEnl jteo cticaba ejerci
en la orilla del río.
—¿No es maravilloso el frío? —dijo—. En invierno es cuando me encuentro en
queréis daros un chapuzón antes del desayuno?
El trol Mumin clavó la vista en el jersey del jemulen. Era negro, amarillo limón y z
preguntó, levemente turbado, por qué no acababa de parecerle jovial y simp
aquel jemulen, a pesar de que durante mucho tiempo suspiró por tener cerca a al no
distante, sino alegre y tangible, precisamente como el jemulen.
Y ahora se sentía más extraño respecto al jemulen que respecto al colérico e incom
habitaba debajo del fregadero.
Dirigió a Tutiqui una mirada de impotencia. Ella fruncía el labio inferior y
enarcadas las cejas. El trol Mumin dedujo de ello que a Tutiqui tampoco le caía b u
volvió la cara hacia éste y, con toda la amabilidad de una conciencia cul ni
—Tiene que ser maravilloso que a uno le guste el agua fría.
—La adoro —replicó el jemulen, al tiempo que le obsequiaba con una sonrisa lumi
o a todas las fantasías y pensamientos innecesarios. Créeme: no hay nada más pelig
convertirse en un calientasillas que no sale de casa.
—¿Ah, sí? —articuló Mumin.
—Sí —confirmó el jemulen—. Eso mete en la cabeza de uno toda clase de ideas. ¿
aquí?
—Cuando pesco algún pez —repuso Tutiqui, de mal talante.
—Yo no como pescado —dijo el jemulen—. Sólo bayas y hortalizas.
—¿Y mermelada de arándano? —preguntó el trol Mumin, ilusionado.
El gran tarro de arándanos agrios aplastados nunca había sido muy popular.
—No. Prefiero las fresas.
Después del desayuno, el jemulen se puso los esquíes y subió a la más alta
la que empezaba en la cumbre y sobrepasaba la cueva. En el fondo del valle, tod ita
lo alto. No sabían qué pensar. Paseaban por la nieve, pisando fuerte piaban la nariz
porque aquella mañana hacía mucho frío.
El jemulen comenzó entonces a descender como un rayo. Parecía algo aterrador. A
era, se desvió bruscamente, originando un torbellino de centelleante polvo de nieve
dirección. Luego soltó un grito y volvió a desviarse de pronto. Ora avanzaba en un
precipitaba en otro, y su jersey negro y amarillo hacía lagrimear los ojos.
El trol Mumin cerró los, párpados y pensó: “¡Qué gentes más distintas son!”
Mía Diminuta se encontraba erguida ya en lo alto del monte y gritaba de alegría y a
barril y tenía atadas dos duelas bajo las botas.
—¡Allá voy! —anunció a pleno pulmón.
Sin vacilar un segundo, Mía Diminuta se lanzó colina abajo. El trol Mumin la mira
pacato en seguida de que Mía iba a conseguirlo. La expresión feroz de su
de su dichosa confianza, y las piernas estaban tan rígidas como estaquillas.
Mumin se sintió de pronto muy orgulloso. Mía Diminuta no titubeaba, pasó a veloc
rozando un pino, se tambaleó un poco, volvió a recobrar el equilibrio y, al tiempo q
carcajada, se tiró sobre la nieve, junto a Mumin.
—Es una de mis amistades más antiguas —explicó el trol al filiyonk.
—Te creo —replicó el filiyonk agriamente—. ¿A qué hora se almuerza aquí?
El jemulen se les acercó despacio. Se había quitado los esquíes y su hocico relucía
istad cálida.
—Ahora enseñaremos a Mumin a esquiar —dijo.
—Preferiría que no os molestaseis, gracias —murmuró el trol, y se encogió hacia a
cabeza y buscó a Tutiqui con la vista, pero ésta se había ido. Quizás a pescar otr pe
—Lo principal es conservar la sangre fría, pase lo que pase —aleccionaba el jemul
aseguraba los esquíes a los pies del trol Mumin.
—Pero si yo no quiero… —murmuró Mumin lastimosamente. Mía Diminuta le est
las cejas arqueadas.
—Vamos, vamos —dijo sin compasión—. Pero no desde muy arriba de la colina.
—No, no; sólo el declive del puente —dijo el jemulen—. Dobla las rodillas.
dejes que los esquíes se separen. Mantén recta la espalda. Los brazos cerca del cu e
que te he dicho?
—No —respondió el trol Mumin.
oNtodtóo ulon qeumepulejsónfueenploasiebslpea.lDdae,spceurérsóvloolsvioejroosnyapjuarnttiaór.sPe
y se e nr e v e s a ro n c o n l o s p a lo s. E todo aquel revoltijo quedó caído el
r im er o l o s e s q uí e s s e s e p a ra ro n u
una postura de lo más extraño.
La alegría cundió entre los invitados.
—La paciencia es muy necesaria —animó el jemulen—. Arriba los corazones
—Tengo las piernas un poco débiles —murmuró el trol Mumin.
Aquello era casi peor que la soledad del invierno. Hasta el sol, que tanto h
sus rayos directamente sobre el valle, para presenciar la humillación de Mumin.
El puente se precipitaba ahora hacia él, colina arriba. El trol Mumin separó una pi
Después parloteaba acerca de lo que podría hacerse durante aquella espléndida nue
esforzaba al máximo en su búsqueda de diversiones para todos ellos, y nunca se mo
rechazaban sus propuestas. Se limitaba a palmearles la espalda y a decir:
—Está bien, está bien. Ya os daréis cuenta después de que tengo razón.
La única que le acompañaba por todas partes era Mía Diminuta. Generosamente, el
cuanto sabía acerca del arte de esquiar, y observaba satisfecho los progresos
cípula.
—Señorita Mía Diminuta —decía el jemulen—, eres una esquiadora nata. Pronto m
mi propio juego.
—Exactamente esa es la intención que tengo —replicaba Mía Diminuta con sinceri
cuanto estuvo perfectamente adiestrada, se marchó a sus propias colinas, que
por completo del jemulen.
A medida que transcurría el tiempo fue aumentando el número de invitados
bajo el hielo, hasta que, por último, el jersey negro y amarillo del jemulen era la
buja de color que animaba la ladera de la colina.
A los huéspedes no les seducía en absoluto la idea de verse complicados en nuevas
ividades. Les gustaba reunirse y charlar sentados acerca de los viejos tiempo
llegada de la Dama del Frío, después de cuya visita se quedaron sin alimento taban
cómo tenían amuebladas sus casas, con quién se relacionaban y a quién itar, y lo te
paso del Gran Frío, cuando todo cambió.
Se turnaban junto a la estufa, se escuchaban recíprocamente y cada uno aguardaba
para hacer uso de la palabra.
se v ayl aMaunmteisndoebsequrevóseqduée ceulejnemta udlenquse qlousedemba
E l t ro
ás l e re h u y enásyssoelos.ie“nHtae doeliidnoge—niápremnseóla
a ca d a v e z m
min—. Y antes de que se acabe toda la mermelada.”
Pero no era sencillo encontrar un pretexto que fuese a la vez diplomático y verosím
En ocasiones, el jemulen bajaba esquiando hasta la orilla del mar y trataba
stimero para que saliese de la caseta de baño. Pero ni el trineo de perros ni los salto
a Lastimero. Acostumbraba a pasarse toda la noche sentado al raso, aulland a, y du
soñoliento, y lo único que quería era que le dejasen en paz.
Por último, una mañana, el jemulen clavó los palos en la nieve y dijo en tono implo
ú—n d¿íNaouncopmerprorepndroepsioququee atdaomrobiéfnremnéetiacparmecnie et.e¿Poa lroqus pée
erSesiejmugparre cmonemhigoa i?lusionado
—La verdad es que no lo sé —murmuró Lastimero, poniéndose colorado.
Y aprovechó la primera ocasión para volver furtivamente a la caseta de baño, dond
lobos.
Con quien quería jugar era con los lobos. Pensaba que constituiría una felicidad ilim
ellos, seguirlos a todas partes, hacer todo lo que ellos hacían y obedecerlos en todo
Lastimero, se transformaría en un ser tan libre y salvaje como ellos.
stTimodearso lsaesdneospcheretsa,bcaueanndlao claselutaz ddee blañlounyaserieinlacboarpeonralboas,
odíedoh.ieTloddaes llaass nvoecnht aba el gorro de lana, tapándose bien las orejas, y salía
Tomaba siempre la misma senda, a través de la ondulante ribera y bosque adentro.
hasta que la arboleda aclaraba y le era posible ver las montañas Solitarias. Allí, Las
nieve y esperaba a que se produjese el aullido de los lobos. Unas veces llega y lejo
más cerca. Pero lo escuchaba todas las noches.
Y cada vez que los oía, Lastimero levantaba el hocico y respondía.
Al aproximarse la mañana, regresaba a la caseta de baño y se echaba a dormir en el
Tutiqui le miró una vez y dijo:
—NAsoí qnuoielroos ollvidarláossn—unrceap.licó Lastimero—. Quiero pensar siempre en
No dejaba de ser bastante extraño el hecho de que, precisamente la más tímida de t
cripita Salomé, fuese la única que simpatizaba de veras con el jemulen. Anhelaba a
¡ay!, el jemulen era tan grande y tenía siempre tanta prisa, que casi araba e
Por mucho que la cripita corriese, el jemulen, con sus esquíes, siempre la dejaba at
alcanzaba a oír la música, el jemulen dejaba de tocar y se ponía a hacer alguna otra
ocasiones, la cripita Salomé intentó explicarle cuanto le admiraba. Per masiad
ceremoniosa, y al jemulen nunca se le dio bien escuchar al prójimo.
De modo que nada importante se dijo.
Una noche, la cripita Salomé se despertó en el tranvía de espuma de mar, en cuya p
había instalado. No era un sitio muy cómodo para dormir, por culpa de los nume on
que, en el transcurso del tiempo, los Mumin habían ido depositando en gnífico ado
naturalmente, la cripita Salomé era demasiado considerada tarlos de allí.
Al despertarse, oyó a Tutiqui y al trol Mumin, que conversaban debajo de
se percató en seguida de que estaban hablando de su querido jemulen.
—Esto no puede seguir así —decía la voz de Tutiqui en la oscuridad—. Sencillame
un poco de paz. Desde que empezó con su charanga de trompa, mi musaraña music
ado a tocar la flauta. La mayor parte de mis amigos invisibles se han marchado. Lo
hipertensión y muchos están resfriados, a causa de pasarse todo el santo día bajo el
refugia en el armario y sólo sale al caer la noche. Alguien tiene que decirle q a.
—Yo no tengo valor para eso —repuso el trol Mumin—. ¡Está tan convencido de q
i—tarEianstosoncn ems huacbhroámquáse aelntasgañyamrleej—oredsijqouTeultaisquniu—es.trPaesr.s
colinas de las mo
—En las montañas Solitarias no hay pistas para esquiar —observó el trol M
riscos afilados y desfiladeros. Ni siquiera hay nieve.
La cripita Salomé se estremeció y sus ojos se llenaron de lágrimas súbitamente.
—Los jemulen siempre saben arreglárselas —replicó Tutiqui—. ¿Crees que es
cuando su presencia no nos gusta? Piénsalo.
—¿No puedes encargarte tú de ello? —preguntó Mumin, desazonado.
t—iráVmiveejoer.nYtuéljatardmínbié, ¿nn.o? —dijo Tutiqui—. Haz acopio de valor. Des
Luego todo fue silencio. Tutiqui se había escabullido a través de la ventana.
La cripita Salomé permaneció despierta, perdida la vista en la oscuridad. De
su trompa. Deseaban que se precipitase por los abismos. Sólo había una cosa que c
en guardia al jemulen contra las montañas Solitarias. Pero con tacto. De f no se die
gente quería desembarazarse de él.
La cripita Salomé estuvo desvelada toda la noche, meditando. Su pequeña c
stumbrada a pensamientos importantes como aquellos y, hacia el amanecer, se que
rmió toda la mañana, saltándose el café matinal y el almuerzo del mediodía, sin q
rdara siquiera de su existencia.
Después del desayuno, el trol Mumin subió a la colina convertida en pista de esquí
—¡Hola! —saludó el jemulen—. ¡Qué alegría verte por aquí! ¿Me dejas que te ens
y ni tanto así de peligroso?
—Gracias, hoy no —declinó el trol Mumin, sintiéndose un gran animal—. Sólo
parrafada.
—Eso es formidable —dijo el jemulen—. Ya he notado que no sois muy parlanchi
Siempre parecéis tener prisa por ir a un sitio o a otro.
El trol Mumin le dirigió una mirada rápida, pero el jemulen daba la impres
interesado. Sonreía tan radiante como de costumbre. El trol Mumin respiró ho o:
—Me he enterado de que en las montañas Solitarias hay algunas colinas realmente
—¿De veras lo son? —preguntó el jemulen.
—¡Oh, sí! ¡Enormes! —continuó el trol Mumin nerviosamente—. Tienen los
colosales.
—Tendré que ir a probarlos —manifestó el jemulen—. Pero eso está muy lejos. Si
Solitarias, puede que no volvamos a vernos a este lado de la primavera. Y
¿verdad?
—Naturalmente —repuso el trol Mumin con hipocresía y poniéndose como la gran
—Pero la verdad es que se trata de una idea fantástica —reflexionó el jemulen—. ¡
vida al aire libre! ¡La fogata de troncos por la noche y nuevas cumbres de mo conq
mañanas! Largas faldas de barrancos, nieve intacta, crujiente y rum o los esquíes
El jemulen empezó a soñar despierto.
—Eres realmente un camarada espléndido; lo demuestras al tomarte tanto interés p
tono agradecido, al cabo de un momento.
El trol Mumin se le quedó mirando. Y luego estalló:
—¡Pero son unos montes peligrosos!
—No para mí —repuso el jemulen tranquilamente—. Es un bonito detalle ese de av
colinas. Cuanto más altas e imponentes, mejor.
—¡Pero es que esos montes son imposibles! —gritó Mumin, loco ya de inquietud
precipicios cortados a pico, en los que ni siquiera se aguanta la nieve! |Te digo que
ivocado, te lo aseguro! ¡Ahora me acuerdo de que alguien me dijo que es c
esquiar allí!
—¿Estás seguro de eso? —preguntó el jemulen, dubitativo.
—Créeme —imploró el trol Mumin—. Por favor, ¿por qué no te quedas con nosotr
tomar en serio el aprendizaje del esquí…
—Bueno, en ese caso… —dijo el jemulen—. Si de veras quieres que me quede…
Tras su conversación con el jemulen, Mumin se sintió excesivamente turbad
en cambio, tomar el camino de la orilla del mar y paseó a lo largo de la ribera. D
plio rodeo en torno a la caseta de baño.
—Pero la verdad es que se trata de una idea fantástica —reflexionó el jemulen—. ¡
vida al aire libre! ¡La fogata de troncos por la noche y nuevas cumbres de mo conq
mañanas! Largas faldas de barrancos, nieve intacta, crujiente y rum o los esquíes
El jemulen empezó a soñar despierto.
—Eres realmente un camarada espléndido; lo demuestras al tomarte tanto interés p
tono agradecido, al cabo de un momento.
El trol Mumin se le quedó mirando. Y luego estalló:
—¡Pero son unos montes peligrosos!
—No para mí —repuso el jemulen tranquilamente—. Es un bonito detalle ese de av
colinas. Cuanto más altas e imponentes, mejor.
—¡Pero es que esos montes son imposibles! —gritó Mumin, loco ya de inquietud
precipicios cortados a pico, en los que ni siquiera se aguanta la nieve! |Te digo que
ivocado, te lo aseguro! ¡Ahora me acuerdo de que alguien me dijo que es c
esquiar allí!
—¿Estás seguro de eso? —preguntó el jemulen, dubitativo.
—Créeme —imploró el trol Mumin—. Por favor, ¿por qué no te quedas con nosotr
tomar en serio el aprendizaje del esquí…
—Bueno, en ese caso… —dijo el jemulen—. Si de veras quieres que me quede…
Tras su conversación con el jemulen, Mumin se sintió excesivamente turbad
en cambio, tomar el camino de la orilla del mar y paseó a lo largo de la ribera. D
plio rodeo en torno a la caseta de baño.
Se notó cada vez más aliviado, a medida que caminaba. Al final, casi había
Empezó a silbar y propinó un puntapié a un pedazo de hielo, que después llevó con
adelante. Y entonces se puso a nevar despacio.
Era la primera nevada que caía desde antes de Año Nuevo, y el trol Mumin se sorp
tras copo, se posaban en su cálido hocico y se fundían. Cogió unos cuantos en la m
meirraorlocrsecdiuenrate,ntemuáns sfuagvazse myolimvieanntos, lqeuveanptlumó laónmdireadloas aplájc
descender sobre “Oh, llega así —pensó el trol Mumin—. Y yo creía que se formab
manera en el ada más.”
El aire era más templado. No se veía nada, salvo nieve descendente, y el trol Mumi
misma clase de emoción que a veces experimentaba al entrar en el agua, dispu ar u
albornoz y se arrojó de cabeza a un ventisquero.
“¡De modo que esto también es el invierno! —pensó—. ¡Hasta puede gustarle a un
Al anochecer, la cripita Salomé se despertó con la angustiosa sensación de que iba
Luego se acordó del jemulen.
Saltó desde la cómoda, primero a una silla y después al suelo. El salón estaba desie
había ido a la caseta de baño, para cenar. La cripita Salomé trepó hasta la ventana y
garganta recorrió a gatas el túnel.
La luna no estaba en el cielo ni resplandecían luces por el Norte. Sólo se veía una d
se adhería al rostro y al vestido de Salomé y que dificultaba los pasos de la cripi rc
al iglú del jemulen y echó una mirada al interior. Estaba oscuro y abando
Llamó a voces a su idolatrado jemulen, pero fue como chillar a través de edredones
Salomé casi eran invisibles, y la nieve que caía las ocultaba en seguida. Entrada ya
nevada se interrumpió.
Fue como si descorrieran un telón impalpable y quedase al descubierto otra vez la p
lejos, una muralla de nubes, azul oscuro, ocultaba el punto por donde se había p ol.
El trol Mumin vio acercarse aquella nueva y amenazadora tormenta. El cielo
de pronto. Como nunca había presenciado una ventisca, el trol Mumin esperab nad
para aguantar los primeros estampidos secos de las nubes, que supu darían en
Pero no llegó trueno alguno, ni tampoco hubo relámpagos.
En cambio, un pequeño remolino de nieve se levantó desde el blanco casquete de u
próximos a la orilla del mar.
Inquietas ráfagas de viento empezaron a recorrer de un lado a otro la superficie de
árboles cercanos a la ribera. La muralla azul oscuro se elevó más, y las rá tosas aum
potencia.
De pronto, como si una puerta inmensa se acabara de abrir bruscamente, la oscurid
de nieve húmeda y volandera.
Esta vez no llegaba desde las alturas, se deslizaba rauda a lo largo del suel
pujaba como algo dotado de vida.
El trol Mumin perdió el equilibrio y se llevó un gran susto. En cuestión de segundo
uvieron repletas de nieve, mientras el miedo se apoderaba de su ánimo.
El tiempo y el mundo entero se eclipsaron. Todo lo que Mumin podía ver y tocar fu
sólo quedó un embrujado torbellino de oscuridad húmeda y danzante.
Cualquier persona razonable hubiera podido decirle que en aquel preciso momento
primavera.
Pero daba la casualidad de que no había ninguna persona razonable en la orilla del
concertado Mumin, que avanzaba a cuatro patas, en una dirección completamente e
sabe cómo eres, no resultas peor que cualquier otra cosa. Ya no estás en condicione
pelo.”
Y el invierno le desplazó por la blanqueada orilla del mar, hasta que tropezó con el
trazó un surco con el hocico en un montón de nieve. Al levantar la cabeza, vislu luz
Era la ventana de la caseta de baño.
“Oh, estoy salvado —dijo el trol Mumin para sí, un poco alicaído—. Es una pena q
dejen de suceder cuando uno ya no las teme y le gustaría divertirse un poco con el
puerta, un jirón de caliente vapor de aire fue a perderse en la ventisca, y e min obse
nebuloso que la caseta de baño estaba rebosante de gente.
—¡Aquí está uno de ellos! —gritó alguien.
—¿Hay otros? —preguntó el trol Mumin, al tiempo que se secaba el rostro.
—La cripita Salomé se ha perdido en la ventisca —manifestó Tutiqui en tono grav
jarabe caliente surcó el aire.
—Gracias —dijo el trol Mumin a la invisible musaraña. Luego añadió—: Pero
ic
—iaNqouseotreonsgotadmepqouceolalocreinpitetandSeaml oms é—abaasengduornóareal lma ácsasva
guómperes—. Y, hast aine la ventisca, es inútil salir a buscarla. Puede estar en cual
más probable e nieve la haya cubierto.
—¿Dónde está el jemulen? —preguntó el trol Mumin.
—Ha ido a explorar, de todas formas —dijo Tutiqui. Esbozó una ligera sonris
le hablaste de las montañas Solitarias.
—Bueno, ¿y qué? —replicó Mumin con vehemencia. La sonrisa de Tutiqui se ensa
—Tienes grandes dotes de persuasión —dijo—. El jemulen nos ha contado que el t
ntañas Solitarias es sencillamente infame para la práctica del esquí. Y que se sentía
afecto que le tenemos todos.
—Sólo quise decirle que… —empezó Mumin.
—No te preocupes —le cortó Tutiqui—. Hasta es posible que el jemulen empiece a
Era posible que el jemulen no tuviese un sentido de la perspicacia muy desarrollad
captase lo que pensaban sobre las cosas quienes estaban a su alrededor. Pe ato era
que el de Lastimero. (Además, el olfato de Lastimero se encon
visionalmente alterado por la obsesión emocional.)
El jemulen había descubierto en la buhardilla un par de viejas raquetas de tenis, qu
raquetas para la nieve. Y en aquel momento avanzaba pesada y calmosamen
con el hocico pegado al suelo y tratando de percibir el débil efluvio de la crip más
toda su vida.
De camino, el jemulen echó una mirada a su iglú y captó allí ese efluvio.
“Vaya, el bichito vino aquí a buscarme —pensó el jemulen bonachonamente—. M
…”
De pronto, el jemulen recordó borrosamente a la cripita Salomé que, en algún mom
algo, aunque era demasiado tímida para expresarse apropiadamente.
Mientras seguía caminando bajo la ventisca, el jemulen fue revisando una serie de
su mente. La cripita aguardándole al pie de la colina… La cripita corriendo p cos d
esquíes… La cripita husmeando la trompa… Y el jemulen pensó, estupe e parece
grosero con ella”. No experimentó ningún remordimiento de conci
que los jemúlenes rara vez sienten eso. Pero aumentó un poco más su interés en en
pita Salomé.
El jemulen se arrodilló para no perder el rastro de Salomé. La emanación zigzague
como los animalitos se deslizan cuando están aturdidos por el miedo. La cripita in
vez por el puente, acercándose peligrosamente al borde. Después, el ef resab
un poco por la colina, desaparecía de súbito.
El jemulen se detuvo y pensó un poco, lo cual no era chiquito esfuerzo.
Se dispuso a excavar. Lo hizo durante un buen rato. Y, por último, tropezó con alg
—No temas —dijo el jemulen—. Sólo soy yo.
Acomodó a la cripita entre la camisa y la camiseta de felpa, se puso en pie y empr
caseta de baño.
Lo cierto es que, durante el trayecto de vuelta, casi se olvidó por completo de la cri
en un vaso de agua y jarabe caliente.
El día siguiente era domingo y la tempestad se había calmado. Reinaba una temper
cielo estaba nuboso y ia gente se hundía en la nieve hasta las orejas.
El valle tenía un extraño aspecto de paisaje lunar. Los ventisqueros eran enormes, m
redondeados o crestas serranas hermosamente curvadas o con aristas agudas como
hillo. Cada rama de árbol tenía encima su gruesa capa de nieve. Los propios árbole
pasteles elaborados por un repostero de fantástica imaginación.
Por una vez, todos los invitados hormiguearon por la nieve y se entregaron a una e
nieve. La mermelada casi se había acabado y todo el mundo estaba pletóri r
El jemulen se sentó en el tejado de la leñera y empezó a tocar la trompa, con la crip
lado, rebosante de felicidad. Interpretó Los jemúlmes del rey y remató la pieza, su favorita, c r
se volvió hacia el trol Mumim y dijo:
—Tienes que prometer que no te enfadarás conmigo, pero he tomado la decisi
Solitarias, pase lo que pase. Sin embargo, volveré el invierno próximo y te enseñ u
Las montañas Solitarias aparecían totalmente cubiertas de nieve y brillaban c
frente a Lastimero. No había luna, pero centelleaban las estrellas con inusitada lum
lejanía el sordo estruendo de un alud. Lastimero se sentó a esperar a los lobos.
Aquella noche, la espera fue larga.
Lastimero se imaginó a los lobos mientras corrían por campos nevados, gris
rtes…, y entonces interrumpirían de pronto su carrera, al oír desde el borde del bos
Lastimero les llamaba.
Quizá pensaran: “Un momento; ahí tenemos un camarada. Un primo de cuya comp
frutar…”
Esa idea emocionó a Lastimero, e hizo que su imaginación fuera todavía más lejos
adornando su sueño con detalles adicionales. Dejó que toda la manada apareciese n
Se le acercaban corriendo…, movían la cola… Lastimero recordó entonce auténtic
movían la cola.
Pero eso carecía de importancia. Llegaban a la carrera, le conocían de antes
idido llevarle con ellos…
Lastimero estaba dominado por su vivido ensueño. Levantó el hocico hacia las estr
Y los lobos le contestaron.
Se hallaban tan cerca que Lastimero se asustó. Intentó torpemente excavar una mad
Brillantes ojos le rodearon por todas partes.
Los lobos volvían a guardar silencio. Formaron un círculo alrededor de Lastimero
él.
Lastimero meneó la cola y emitió un gemido, pero nadie le contestó. Se quitó el go
aire para demostrar que le gustaría jugar. El gesto era completamente inofensivo.
Pero los lobos no se molestaron siquiera en mirar el gorro. Y, de súbito, Lastimero
cometido un error. Aquellos animales no eran de su especie, y ninguna diversión o
Uno sólo podía esperar que le devorasen y, todo lo más, disponer del tiempo justo
comportado como un estúpido. Detuvo el movimiento de la cola, que aún seguía ag
costumbre, y pensó: “¡Qué lástima! Pude haber dormido todas esas noches, e estar
anhelante como un tonto…”
Los lobos continuaban acercándosele.
Y en aquel preciso instante resonó en toda la arboleda el nítido trompetazo de un in
toque estruendoso de una trompa, que sacudió ingentes cantidades de nieve de los á
los ojos amarillentos. En cuestión de un segundo, el peligro hubo pas timero
nuevamente solo junto a su gorro de lana. Colina arriba, con sus en uetas sobre la
jemulen arrastrando los pies.
—¿Aquí sentado, perrito? —saludó a Lastimero—. ¿Llevas mucho tiempo esperán
—No —repuso Lastimero, sin faltar a la verdad.
—Esta noche se habrá formado una estupenda corteza de nieve —dijo el jemulen m
hayamos llegado a lo alto de las montañas Solitarias, compartiremos la soberbia ien
mis termos.
El jemulen siguió adelante, arrastrando los pies, sin mirar una sola vez por encima
Lastimero echó a andar tras él, sin hacer ruido. Evidentemente, era lo mejor que po
CAPÍTULO VI
La llegada de la primavera
La primera ventisca primaveral llevó al valle alteración e inquietud. Los invitados s
nostálgicos que nunca. Uno tras otro, emprendieron el regreso, por regla gen
nieve endurecida permitía caminar sin esfuerzo. Algunos se habían fabricado un p
llevaban consigo un pequeño tarro de mermelada. Los últimos tuviero artirse
arándano agrio.
Cuando el último huésped franqueó el puente, la despensa de mermelada estaba co
í
—a. Volvemos a quedar sólo nosotros —observó Tutiqui—. Mía Diminuta, tú y yo
steriosos se han ocultado hasta el invierno que viene.
—No tuve ocasión de echar una segunda mirada a aquella criatura de los cuernos p
Mumin—. Ni a los pequeñajos que se deslizaban por el hielo como montados en za
por encima de la hoguera y que tenía aquellos ojos tan grandes.
—Todos son seres del invierno —repuso Tutiqui—. ¿No notas que la primavera se
Mumin sacudió la cabeza.
P—erAoúnTuetsiqdueimlaesidaidoolparovuetn ol.taNao slau rgeocrornaozccoolo—radaij,oc. uya parte
de tono ro.
—Siempre hago esto cuando noto la primavera en mi nariz —explicó. Luego se sen
canto:
Soy Tutiqui,
¡y del revés mi gorra ya he vuelto!
Soy Tutiqui.
¡Mi olfato percibe los cálidos vientos!
¡Enormes aludes rugen a lo lejos!
¡Volando se acercan inmensas ventiscas!
La tierra se altera, el suelo se agita, la gente abandona su ropa de invierno; todo se
durante estos días.
Una noche, cuando el trol Mumin volvía a casa desde la caseta de baño, se detuvo
aguzó el oído.
Era una noche cálida, cuajada de nubes y de movimientos. Los árboles se habían sa
atrás, y Mumin pudo oír cómo agitaban las ramas en la oscuridad.
De la lejanía del Sur llegaba un fuerte ramalazo de viento. Lo oyó susurrar a través
cuando pasó junto a él, camino del valle.
Una pequeña rociada de gotas de agua cayó de los árboles a la sombría nieve, y el t
para olfatear el aire.
Verdaderamente, aquello pudo haber sido un tenue soplo de tierra. Continuó
mprendió que Tutiqui tenía razón. La primavera estaba realmente en camino.
Por primera vez en muchas semanas, Mumin contempló cuidadosamente a sus pad
nqtuuvéoartaramnbciaébna luanlápmrepcaiorasosorefbrelejEosnalorfqleuqituaillyo laed oEbsnerovróq
a criapetnusratimvau.yLdaulcu nto se despertara, correría al armario en busca de su ver
i ón
primavera.
El trol Mumin dejó la lámpara en la repisa de la chimenea y lanzó una mirada circu
panorama espantoso, a decir verdad.
Faltaba la mayor parte de las cosas: unas las tomaron prestadas y otras se las había
huéspedes.
Las restantes constituían una indescriptible mescolanza. Una cantidad enorme de p
aonnoto, nparboantoensel cfornegsuamdeiríao ddeellatocdooc,inaal. nEol hfuabegero mdeáslatucrbalad.e
ddeeslpaencasalefdaeccmióenrmcelantdraal,e ía. Y el cristal de una ventana se encontraba he
El trol Mumin reflexionó. Oía el rumor de la nieve húmeda al deslizarse por el teja
y, de pronto, Mumin pudo ver un trozo de encapotado cielo nocturno a través de la
del Sur.
El trol Mumin se acercó a la puerta de la fachada y trató de abrirla. ¿No cedía un p
la alfombra y usó toda su fuerza.
Despacio, muy despacio, la hoja de madera fue abriéndose, empujando delante de e
nieve.
El trol Mumin no abandonó su esfuerzo hasta que la puerta quedó de par en par fre
viento entraba ahora en el salón. Sacudió el polvo de la gasa que envolvía la araña
estufa de porcelana. Agitó los cromos pegados en las paredes. Uno de ell prendió y
el aire.
La habitación se llenó de olores a noche y a abetos, y el trol Mumin pensó: “Estupe
a veces ventilación”. Se llegó a los escalones de la entrada y miró la hú ur
“Ahora lo he experimentado todo —se dijo el trol Mumin—. El año comple
bién. Soy el primer Mumin que ha vivido despierto un año entero.”
La verdad es que esta historia de invierno tendría que acabar exactamente e
noche de primavera, con el viento penetrando en el salón y todo eso, representa u
uno podría pensar lo que gustase acerca de lo que sucedió después. Pero e aría bien
Porque uno no podría estar absolutamente seguro de lo que mamá Mumin d
sabría a ciencia cierta si al antepasado se le permitió instalarse definitivamente
ufa de porcelana. Ni si Manrico regresó antes de que la historia terminase. Ni cómo
su caja de cartón. Ni a dónde se trasladaría Tutiqui cuando la caseta de baño volv c
un sinfín de otras cosas.
Supongo que es mejor continuar.
Sobre todo, si se tiene en cuenta que la ruptura del hielo es un acontecimiento muy
espectacular para saltárselo sin más ni más.
Seguía ahora el enigmático mes de brillantes días soleados, de carámbanos derritié
tarrones y cielos bulliciosos… de noches bajo cero, con heladas impresionan
deslumbrante. El trol Mumin exploraba todos los rincones de su valle, aturdi
ectación y orgullo.
Llegó la primavera, pero no como Mumin supuso. Había pensado que sería como l
extraño y hostil, pero era sencillamente una continuación de sus nuevas experiencia
conquistado y hecho propio.
Confió en que fuese una primavera prolongada, para poder disfrutar de aquella sen
durante el mayor tiempo posible. Por la mañana, casi temía que pudiera suceder e
mesoovíaagrcaodnabplreec(aucniqóune puonr plaoccoasma eynsoes)eqsfuoerzespabarase ibeam: pqure
eanlgnuoietnrodpeeszuarfacmoniliaol sdoebspjeetrotassde.elM temprano, todas las mañanas
precipitadamente, para recorrer el valle, olfatea vos aromas y ver los cambios qu
desde el día anterior.
Frente a la pared Sur de la leñera empezaba a quedarse al descubierto un trozo de t
amplio. Los abedules mostraban un asomo de rojo, aunque sólo podía distinguirse
había lanzado el fuego de sus rayos contra los ventisqueros, abrasándolos, abr ellos
surcos y pasillos, convirtiéndolos en ralos haces de frágiles líneas. Y el hi
u
MreícaíaD, icmominuotsaiaeúlnmsaergcuoíampeantziansaendoa atlreajvoessdaerloal.lí. Había camb
hojalata po hillos de cocina que consiguió ajustar perfectamente a la suela de sus b
De vez en cuando, el trol Mumin pasaba junto a algún ocho trazado en el hielo por
nunca la veía a ella. Mía Diminuta poseía el don de saber divertirse por su c
pensase acerca de la primavera, no sentía necesidad de participárselo a nadie.
hojalata po hillos de cocina que consiguió ajustar perfectamente a la suela de sus b
De vez en cuando, el trol Mumin pasaba junto a algún ocho trazado en el hielo por
nunca la veía a ella. Mía Diminuta poseía el don de saber divertirse por su c
pensase acerca de la primavera, no sentía necesidad de participárselo a nadie.
Tutiqui se entregaba a la limpieza de primavera en la caseta de baño.
vFeroatnóo,locsolcgróisltoalseaslvboerdneosceys raoljosos ldye
tlraastóvedentraenpaasr,adreejlánjedmoluolesnimdepegcoambale. s para la primera
—La caseta de baño será ahora otra vez caseta de baño —dijo—. Cuando el verano
estés tumbado boca abajo encima de las tibias tablas del embarcadero, calentánd rig
chapoteo y parloteo de las olas…
—¿Por qué no hablabas así en el invierno? —le interrumpió el trol Mumin—. ¡Hub
Recuerdo que dije una vez: “Había aquí una barbaridad de manzanas”. Y tú repli ro
barbaridad de nieve”. ¿No te dabas cuenta de que me sentía melancólico?
T
—uUtiqnoiu tiseeneenqcouegidóedsceuhbormir blarossc. osas por sí mismo —repuso—. Y su
un día para otro, el sol era más ardiente.
Horadaba agujeros y canales en el hielo y podía observarse que, debajo, el
uieto.
eTnote,doestatal bcaotmamo bqiéuneduóna lpecqounecñluaircriaeltuvrearadneocoalnoterr giorirs.,
Lamcriatura
u y gricobró
s , v vida
el lodesapronto,
y hosuci c da. u una
Pe r o, se n t ad a e n el e lo y mirá
pasó como exhalación junto a Mumin y desapa
min vio deslizarse el rabo por el resquicio de la puerta de la caseta de baño, como un
negro. El mechón que remataba la cola se atascó momentáneamente, pero se s
animalito se perdió de vista.
Entró Tutiqui, con la olla en las manos, y observó:
—De modo que no pudiste resistir la tentación de abrir el armario, ¿eh?
—No había más que una especie de rata vieja —replicó Mumin, hosco.
—No es ninguna rata —dijo Tutiqui—. Es un trol. Un trol de la clase a la que pertene
convertirte en un Mumin. Ese es el aspecto que tenías hace mil años.
A Mumin no se le ocurrió ninguna respuesta. Se marchó a casa y se sentó en el salón
de un rato se presentó Mía Diminuta para pedir prestadas unas cuantas velas y un azú
—Me han dicho cosas terribles acerca de ti —manifestó satisfechísima—. Dicen que
armario a tu propio antepasado. Os parecéis mucho, según he oído.
—Por favor, cállate —dijo el trol Mumin. Subió a la buhardilla y buscó el álbum fam
Página tras página de Múmines dignos, casi siempre representados de pie ante
galerías celadas. Ni uno solo de ellos se parecía al trol del armario.
“Debe de tratarse de un error —pensó el trol Mumin—. No es posible que te
conmigo.”
Bajó de nuevo y contempló a su padre dormido. Sólo el hocico guardaba cierta semej
Claro que, posiblemente, mil años atrás…
Tintinearon los cristales tallados de la araña. Ésta se balanceaba despacio y algo se m
Algo pequeño y peludo. Un rabo largo y negro colgaba entre los prismas.
—Ahí está —murmuró el trol Mumin—. Mi antecesor se ha instalado en la araña.
Pero eso no parecía muy grave. El trol Mumin empezaba a acostumbrarse al hechizad
—¿Qué tal estás? —preguntó en tono suave.
El trol le miró a través de la gasa y meneó las orejas.
—Ten cuidado con la araña —continuó Mumin—. Es un recuerdo de familia.
El trol inclinó la cabeza y miró a Mumin atentamente. Saltaba a la vista que se esfor
“Ahora va a decir algo”, pensó Mumin. Y al instante se vio asaltado por el pavoroso
ascendiente tratara de comunicarle alguna cosa. ¿Y si se expresaba en un len
el animalito de las cejas? ¿Y si se enojaba y decía “rédense” o algo p
lo? En cuyo caso, quizá ya nunca fueran amigos.
—¡Chissst! —murmuró el trol Mumin—. No digas nada.
Tal vez estuviesen emparentados, después de todo. Y los familiares que van de visita
tiempo o a lo mejor un antepasado se queda para siempre. ¿Quién sabe? Si uno a con
crear un malentendido y provocar el enojo de alguien. Y entonces la fa dría que conv
con un antepasado enfurecido.
—¡Chisst! —repitió el trol Mumin—. ¡Calla!
El antecesor hizo tintinear levemente los prismas, pero no dijo nada.
“Le enseñaré la casa —pensó el trol Mumin—. Eso es lo que habría hecho mamá, si
pariente.”
Tomó el quinqué y lo levantó para que iluminase un precioso cuadro que ten
en la ventana”. El trol miró la pintura y se encogió de hombros.
Mumin continuó con el sofá de felpa. Mostró al trol todas las sillas, una por una, el e
tranvía de espuma de mar, y cuanto de bonito y de valioso poseía la familia Mumin.
El trol lo miró todo con suma atención, pero era evidente que no comprendía la funci
las cosas. Por último, Mumin suspiró y dejó la lámpara en la repisa de la chimenea. Q
más fuerza el interés del trol.
Descendió de la araña y, como un pequeño bulto de trapos grises, se deslizó en torno
porcelana. Introdujo la cabeza por el hueco de la trampilla y olfateó las cenizas. Man
Por la mañana, había colocado el sofá de cara a la estufa de porcelana y col
dros de nuevo. Los que no le gustaban, los había puesto al revés (o quizás eran los m
¿quién sabe?)
Ni un solo mueble ocupaba el mismo sitio de antes, y el despertador yacía en el f
agua sucia. El antecesor había bajado de la buhardilla una buena cantidad de trastos v
amontonados alrededor de la estufa, alcanzando bastante altura.
Tutiqui acudió a echar un vistazo.
—Creo que lo ha hecho para sentirse a gusto aquí —manifestó Tutiqui, al tiempo que
Ha tratado de levantar una estupenda espesura en torno a su casa. Para que le dej
.
—¿Pero qué va a decir mi madre? —manifestó el trol Mumin, temeroso. Tutiqui se e
hombros.
—Bueno, ¿y por qué tuviste que dejarle salir? —comentó—. De cualquier modo,
práctico para él y para vosotros. Supongo que puede pensarse que todo esto resulta er
El trol Mumin asintió. Reflexionó unos minutos, y después se arrastró al inter
por sillas rotas, cajas vacías, redes de pesca, tubos de cartón, cestos viejos y herram j
comprobó que era un sitio muy agradable.
Decidió dormir aquella noche en un cesto de lana que había debajo de una mecedora
verdad, nunca se sintió realmente seguro en el penumbroso, salón con las ven
Y contemplar los dormidos miembros de su familia le ponía melancólico.
Pero allí, en aquel reducido espacio, entre un cajón de embalaje, la mecedora y el res
a gusto y nada solitario.
Veía una pequeña parte de la negrura interior de la estufa, pero tuvo buen cuidado en
antecesor, y levantó las paredes circundantes de su nido lo más silenciosamen
ible.
Por la noche, llevó la lámpara consigo y permaneció un rato allí, a la escucha de los r
antepasado al moverse en la chimenea.
“Tal vez yo vivía también así hace un millar de años”, pensó Mumin dichosamente.
Medio tentado estuvo de gritar algo chimenea arriba. Sólo una palabra de concordia s
pensó mejor, apagó el quinqué y se arrebujó en el fondo del cesto de lana.
CAPÍTULO V
Los nuevos invitados
Cada nuevo día, el sol se asomaba por el cielo un poco más que la semana anterior. P
bastante como para provocar sobre el valle unos cuantos rayos precavidos. Aquel f de
importante. Notable también porque un forastero llegó al valle poco despué dio
Se trataba de un perrillo delgado, con un andrajoso gorro de lana que se calaba hasta
se llamaba Lastimero y que en los valles del Norte no quedaba absolutamente comida
pasó por ellos la Dama del Frío, la gente casi se quedó sin alimento oreaba que un j
desesperado se había engullido su propia colección de escara que probablemente
verdad. Sí era posible, no obstante, que se hubiese zampa ección de otro jemulen. Sea
multitud de criaturas se encontraban ya en camino, r alle de Mumin.
Alguien había dicho a todo el mundo que en el valle de Mumin podían encontrarse se
de mermelada. Claro que lo de la despensa de mermelada sin duda era otro rumo Las
en la nieve, sobre su delgada cola. Tenía el rostro surcado por innumer ugas de preoc
—Aquí subsistimos a base de sopa de pescado —dijo Tutiqui—. Es la primera notici
despensa de mermelada.
El trol Mumin lanzó una súbita mirada al redondeado montón de nieve que había det
—¡Ahí está! —exclamó Mía Diminuta—. Hay tal cantidad de mermelada ahí
dan a una mareos, y todos los tarros llevan su fecha y están atados con bramante rojo
—Yo soy de los que cuidan de las cosas de la familia, mientras duerme —dijo el tról
poco.
—Ya —murmuró Lastimero en tono resignado.
Mumin miró hacia la derecha y luego observó el semblante arrugado de Lastimero.
—¿Te gusta la mermelada? —preguntó de mala gana.
—No lo sé —repuso Lastimero humildemente, Mumin suspiró y dijo:
—Está bien. Recuerda que se ha de empezar por los tarros más antiguos.
Pocas horas después, un tropel de minúsculos cripes cruzó despacio el puente, y una
filiyonk corría de un lado a otro por el jardín. Dijo que las plantas de tiesto que aban
Alguien se le comió todas las reservas alimentarias que tenía para el invierno. Y por
el Valle de Mumin, una gafsia insolente le dijo que el invierno no era broma, y que p
preparó mejor para afrontarlo.
Al anochecer, una verdadera muchedumbre recorría las sendas abiertas hasta la desp
que aún contaban con fuerzas en las piernas, se encaminaron a la ribera talaro
de baño.
Pero nadie obtuvo permiso para entrar en la cueva. Mía Diminuta alegó que no se po
Frente a la casa de Mumin, algunas de las criaturas más desdichadas permanecían sen
lamentándose de su cruel destino, cuando el trol Mumin apareció en el tejado, con su
petróleo.
—Será mejor que entréis a pasar la noche —dijo—. Uno nunca sabe lo que puede pa
rondando por ahí.
—Trepar por escalas de cuerda nunca fue mi especialidad —confesó un viejo guomp
y se dispuso a excavar un agujero hacia la puerta de entrada. Escarbó, accio a y se esf
pronto fue un túnel alargado y estrecho que se extendía por debajo
ve, pero cuando Mumin alcanzó la pared, no encontró allí ninguna puerta. Só
gelada como las otras.
“Debo de haberme equivocado de dirección —se dijo el trol Mumin—. Y si excavase
posible que ni siquiera fuese a dar con la casa.”
Así que rompió el cristal de la ventana con el máximo cuidado posible, y los invitado
en la casa, tras él.
—Por favor, no despertéis a la familia —rogó el trol Mumin—. Esa es mamá, ese
allí es Esnorquita. Mi antepasado duerme en la estufa. Tendréis que acostaros
ombras, porque la mayoría de las otras cosas se las han llevado prestadas.
Los huéspedes se inclinaron ante la familia dormida. Luego, obedientemente, se acur
ombras y manteles, y los más pequeños se acostaron en gorros, zapatillas y cosas así.
ellos estaban resfriados y algunos tenían nostalgia.
“Es terrible —pensó el trol Mumin—. La despensa de mermelada no tardará en estar
cuando llegue la primavera, se despierte la familia y todos los cuadros esté gados y la
gente?”
Recorrió el túnel a gatas, hacia afuera, para comprobar si alguien había quedado al ra
iLrea ylulnaanzearabaazuunl.auLlalisdtiomperrooloensgtaabdaosyenmtaedlaonscoóblirceol.a nieve, solo
Levantaba su hoc
gelada como las otras.
“Debo de haberme equivocado de dirección —se dijo el trol Mumin—. Y si excavase
posible que ni siquiera fuese a dar con la casa.”
Así que rompió el cristal de la ventana con el máximo cuidado posible, y los invitado
en la casa, tras él.
—Por favor, no despertéis a la familia —rogó el trol Mumin—. Esa es mamá, ese
allí es Esnorquita. Mi antepasado duerme en la estufa. Tendréis que acostaros
ombras, porque la mayoría de las otras cosas se las han llevado prestadas.
Los huéspedes se inclinaron ante la familia dormida. Luego, obedientemente, se acur
ombras y manteles, y los más pequeños se acostaron en gorros, zapatillas y cosas así.
ellos estaban resfriados y algunos tenían nostalgia.
“Es terrible —pensó el trol Mumin—. La despensa de mermelada no tardará en estar
cuando llegue la primavera, se despierte la familia y todos los cuadros esté gados y la
gente?”
Recorrió el túnel a gatas, hacia afuera, para comprobar si alguien había quedado al ra
iLrea ylulnaanzearabaazuunl.auLlalisdtiomperrooloensgtaabdaosyenmtaedlaonscoóblirceol.a nieve, solo
Levantaba su hoc
—¿Por qué no te vas a dormir? —le preguntó Mumin.
Lastimero le miró con unos ojos en los que se reflejaba el tono verde que les confería
oreja estaba erguida, mientras la otra escuchaba lateralmente. Todo el rostro de Lasti
escucha.
Oyeron, muy débil, el alarido de unos lobos que estaban de cacería. Lastimero inclinó
volvió a encasquetarse el gorro de lana.
—Son mis hermanos, grandes y fuertes —susurró—. ¡Cómo me gustaría estar con el
—C¿Nlaoroteqauseustía—n?cpornefgeusnótóLaesl tirmolerMo—um. iEn.sa es la parte amarga.
Se marchó, cabizbajo, por el sendero que llevaba a la caseta de baño. El trol Mumin r
El espejo había asustado a una eripita, la cual sollozaba sentada en el tranvía de espu
eso, reinaba el silencio.
“Cuántas calamidades sufre la gente —pensó el trol Mumin—. Quizá lo de la merme
asunto tan terrible, al fin y al cabo. Y siempre puedo apartar el tarro de los domingos
momento.”
Al amanecer del día siguiente, el valle fue despertado por las notas claras y penetrant
se sentó inmediatamente, de un salto, en su cueva, y empezó a marcar el ritmo co
s. Tutiqui levantó las orejas, y Lastimero se metió rápidamente debajo de uno de los b
abo entre las piernas.
El antepasado del trol Mumin agitó ruidosamente el regulador de tiro, y la m
se despertaron.
Mumin se precipitó por la ventana y se arrastró por el túnel excavado bajo la nieve.
El pálido sol invernal brillaba sobre un gran jemulen, que descendía con sus
próxima. Sostenía una reluciente trompa, aplicada la boquilla al hocico, y parecía ánd
“Ese sí que va a consumir ingentes cantidades de mermelada —pensó Mumin—. ¿Y
s artilugios que lleva en los pies?”
El jemulen dejó su instrumento encima del tejado de la leñera y se quitó los esquíes.
—Buenos descensos tenéis por estos andurriales —comentó—. ¿Hay aquí algún slalo
—Lo preguntaré —dijo Mumin.
Anduvo a gatas hasta el salón e inquirió:
—¿Hay aquí alguien que se llame Slalom?
—Mi nombre es Salomé —murmuró la cripita a la que había asustado el espejo. El tr
regresó junto al jemulen y le comunicó:
—Casi, pero no del todo. Aquí hay una Salomé.
Pero el jemulen estaba husmeando por el campo de tabaco de papá Mumin y no le es
—Este es el sitio adecuado para una vivienda —dijo—. Construiremos aquí un iglú.
—Puedes alojarte en mi casa —brindó Mumin, no muy convencido.
—Gracias; de eso, nada —declinó el jemulen—. Demasiado sofocante y poco saluda
todo pasto. No perdamos más tiempo, empecemos en seguida.
Los invitados del trol Mumin empezaban a salir arrastrándose. Se detenían y contemp
—¿No va a tocar un poco más? —preguntó Salomé, la cripita.
—Cada cosa a su tiempo, damisela —repuso el jemulen vivamente—. Este es
para trabajar.
Al cabo de un rato, los huéspedes estaban atareados construyendo un iglú en el tabac
jemulen, por su parte, disfrutaba lo suyo nadando en el río, contemplado po e
pareja de ateridos cripes.
El trol Mumin salió disparado, a toda velocidad, hacia la caseta de baño.
—¡Tutiqui! —gritó—. Hay un jemulen aquí… Ya a vivir en un iglú, y en este mome
ñando en el río.
—Ah, esa clase de jemulen —dijo Tutiqui, muy serio—. Adiós paz, tranquilidad y to
un lado la caña de pescar.
Cuando volvían, encontraron a Mía Diminuta, radiante de excitación.
—¿Habéis visto lo que tiene? —chilló—. ¡Lo llaman esquíes! ¡Voy a agenciarme en
exactamente igual!
uEsilasigmlúo, caol mtiemnzpaobaquyea lanztoambanr mfoiradm a.s
L
anoshehlaunétsepsehdaecsiatrlabadjeasbpaenscaodmeomesrcmlaevladosa.coEnl jteo cticaba ejercici
en la orilla del río.
—¿No es maravilloso el frío? —dijo—. En invierno es cuando me encuentro en m
queréis daros un chapuzón antes del desayuno?
El trol Mumin clavó la vista en el jersey del jemulen. Era negro, amarillo limón y zig
preguntó, levemente turbado, por qué no acababa de parecerle jovial y simpáti
aquel jemulen, a pesar de que durante mucho tiempo suspiró por tener cerca a al no f
distante, sino alegre y tangible, precisamente como el jemulen.
Y ahora se sentía más extraño respecto al jemulen que respecto al colérico e incompr
habitaba debajo del fregadero.
Dirigió a Tutiqui una mirada de impotencia. Ella fruncía el labio inferior y co
enarcadas las cejas. El trol Mumin dedujo de ello que a Tutiqui tampoco le caía b ule
volvió la cara hacia éste y, con toda la amabilidad de una conciencia cul nife
—Tiene que ser maravilloso que a uno le guste el agua fría.
—La adoro —replicó el jemulen, al tiempo que le obsequiaba con una sonrisa lumino
o a todas las fantasías y pensamientos innecesarios. Créeme: no hay nada más peligro
convertirse en un calientasillas que no sale de casa.
—¿Ah, sí? —articuló Mumin.
—Sí —confirmó el jemulen—. Eso mete en la cabeza de uno toda clase de ideas. ¿A
aquí?
—Cuando pesco algún pez —repuso Tutiqui, de mal talante.
—Yo no como pescado —dijo el jemulen—. Sólo bayas y hortalizas.
—¿Y mermelada de arándano? —preguntó el trol Mumin, ilusionado.
El gran tarro de arándanos agrios aplastados nunca había sido muy popular. P
—No. Prefiero las fresas.
Después del desayuno, el jemulen se puso los esquíes y subió a la más alta d
la que empezaba en la cumbre y sobrepasaba la cueva. En el fondo del valle, tod itad
lo alto. No sabían qué pensar. Paseaban por la nieve, pisando fuerte piaban la nariz d
porque aquella mañana hacía mucho frío.
El jemulen comenzó entonces a descender como un rayo. Parecía algo aterrador. A m
era, se desvió bruscamente, originando un torbellino de centelleante polvo de nieve, y
dirección. Luego soltó un grito y volvió a desviarse de pronto. Ora avanzaba en un se
precipitaba en otro, y su jersey negro y amarillo hacía lagrimear los ojos.
El trol Mumin cerró los, párpados y pensó: “¡Qué gentes más distintas son!”
Mía Diminuta se encontraba erguida ya en lo alto del monte y gritaba de alegría y ad
barril y tenía atadas dos duelas bajo las botas.
—¡Allá voy! —anunció a pleno pulmón.
Sin vacilar un segundo, Mía Diminuta se lanzó colina abajo. El trol Mumin la miraba
pacato en seguida de que Mía iba a conseguirlo. La expresión feroz de su ca
de su dichosa confianza, y las piernas estaban tan rígidas como estaquillas.
Mumin se sintió de pronto muy orgulloso. Mía Diminuta no titubeaba, pasó a velocid
rozando un pino, se tambaleó un poco, volvió a recobrar el equilibrio y, al tiempo qu
carcajada, se tiró sobre la nieve, junto a Mumin.
—Es una de mis amistades más antiguas —explicó el trol al filiyonk.
—Te creo —replicó el filiyonk agriamente—. ¿A qué hora se almuerza aquí?
El jemulen se les acercó despacio. Se había quitado los esquíes y su hocico relucía de
istad cálida.
—Ahora enseñaremos a Mumin a esquiar —dijo.
—Preferiría que no os molestaseis, gracias —murmuró el trol, y se encogió hacia atrá
cabeza y buscó a Tutiqui con la vista, pero ésta se había ido. Quizás a pescar otr pece
—Lo principal es conservar la sangre fría, pase lo que pase —aleccionaba el jemulen
aseguraba los esquíes a los pies del trol Mumin.
—Pero si yo no quiero… —murmuró Mumin lastimosamente. Mía Diminuta le estab
las cejas arqueadas.
—Vamos, vamos —dijo sin compasión—. Pero no desde muy arriba de la colina.
—No, no; sólo el declive del puente —dijo el jemulen—. Dobla las rodillas. In
dejes que los esquíes se separen. Mantén recta la espalda. Los brazos cerca del cu ecu
que te he dicho?
—No —respondió el trol Mumin.
oNtodtóo ulon qeumepulejsónfueenploasiebslpea.lDdae,spceurérsóvloolsvioejroosnyapjuarnttiaór.sPe
y se e nr e v e s a ro n c o n l o s p a lo s. E todo aquel revoltijo quedó caído el tr
r im er o l o s e s q uí e s s e s e p a ra ro n u
una postura de lo más extraño.
La alegría cundió entre los invitados.
—La paciencia es muy necesaria —animó el jemulen—. Arriba los corazones y
—Tengo las piernas un poco débiles —murmuró el trol Mumin.
Aquello era casi peor que la soledad del invierno. Hasta el sol, que tanto hab
sus rayos directamente sobre el valle, para presenciar la humillación de Mumin.
El puente se precipitaba ahora hacia él, colina arriba. El trol Mumin separó una pier
Después parloteaba acerca de lo que podría hacerse durante aquella espléndida nueva
esforzaba al máximo en su búsqueda de diversiones para todos ellos, y nunca se mos
rechazaban sus propuestas. Se limitaba a palmearles la espalda y a decir:
—Está bien, está bien. Ya os daréis cuenta después de que tengo razón.
La única que le acompañaba por todas partes era Mía Diminuta. Generosamente, el je
cuanto sabía acerca del arte de esquiar, y observaba satisfecho los progresos
cípula.
—Señorita Mía Diminuta —decía el jemulen—, eres una esquiadora nata. Pronto me
mi propio juego.
—Exactamente esa es la intención que tengo —replicaba Mía Diminuta con sincerida
cuanto estuvo perfectamente adiestrada, se marchó a sus propias colinas, que o
por completo del jemulen.
A medida que transcurría el tiempo fue aumentando el número de invitados c
bajo el hielo, hasta que, por último, el jersey negro y amarillo del jemulen era la
buja de color que animaba la ladera de la colina.
A los huéspedes no les seducía en absoluto la idea de verse complicados en nuevas y
ividades. Les gustaba reunirse y charlar sentados acerca de los viejos tiempos,
llegada de la Dama del Frío, después de cuya visita se quedaron sin alimento taban u
cómo tenían amuebladas sus casas, con quién se relacionaban y a quién itar, y lo terri
paso del Gran Frío, cuando todo cambió.
Se turnaban junto a la estufa, se escuchaban recíprocamente y cada uno aguardaba co
para hacer uso de la palabra.
se v ayl aMaunmteisndoebsequrevóseqduée ceulejnemta udlenquse qlousedemba
E l t ro
ás l e re h u y enásyssoelos.ie“nHtae doeliidnoge—niápremnseóla
a ca d a v e z m
min—. Y antes de que se acabe toda la mermelada.”
Pero no era sencillo encontrar un pretexto que fuese a la vez diplomático y verosímil
En ocasiones, el jemulen bajaba esquiando hasta la orilla del mar y trataba de
stimero para que saliese de la caseta de baño. Pero ni el trineo de perros ni los saltos
a Lastimero. Acostumbraba a pasarse toda la noche sentado al raso, aulland a, y dura
soñoliento, y lo único que quería era que le dejasen en paz.
Por último, una mañana, el jemulen clavó los palos en la nieve y dijo en tono implora
ú—n d¿íNaouncopmerprorepndroepsioququee atdaomrobiéfnremnéetiacparmecnie et.e¿Poa lroqus péenr
erSesiejmugparre cmonemhigoa i?lusionado
—La verdad es que no lo sé —murmuró Lastimero, poniéndose colorado.
Y aprovechó la primera ocasión para volver furtivamente a la caseta de baño, donde c
lobos.
Con quien quería jugar era con los lobos. Pensaba que constituiría una felicidad ilimi
ellos, seguirlos a todas partes, hacer todo lo que ellos hacían y obedecerlos en todo. L
Lastimero, se transformaría en un ser tan libre y salvaje como ellos.
stTimodearso lsaesdneospcheretsa,bcaueanndlao claselutaz ddee blañlounyaserieinlacboarpeonralboas, ah
odíedoh.ieTloddaes llaass nvoecnht aba el gorro de lana, tapándose bien las orejas, y salía si
Tomaba siempre la misma senda, a través de la ondulante ribera y bosque adentro. C
hasta que la arboleda aclaraba y le era posible ver las montañas Solitarias. Allí, Lasti
nieve y esperaba a que se produjese el aullido de los lobos. Unas veces llega y lejos,
más cerca. Pero lo escuchaba todas las noches.
Y cada vez que los oía, Lastimero levantaba el hocico y respondía.
Al aproximarse la mañana, regresaba a la caseta de baño y se echaba a dormir en el a
Tutiqui le miró una vez y dijo:
—NAsoí qnuoielroos ollvidarláossn—unrceap.licó Lastimero—. Quiero pensar siempre en e
No dejaba de ser bastante extraño el hecho de que, precisamente la más tímida de tod
cripita Salomé, fuese la única que simpatizaba de veras con el jemulen. Anhelaba ar
¡ay!, el jemulen era tan grande y tenía siempre tanta prisa, que casi araba en S
Por mucho que la cripita corriese, el jemulen, con sus esquíes, siempre la dejaba atrás
alcanzaba a oír la música, el jemulen dejaba de tocar y se ponía a hacer alguna otra E
ocasiones, la cripita Salomé intentó explicarle cuanto le admiraba. Per masiado
ceremoniosa, y al jemulen nunca se le dio bien escuchar al prójimo.
De modo que nada importante se dijo.
Una noche, la cripita Salomé se despertó en el tranvía de espuma de mar, en cuya pla
había instalado. No era un sitio muy cómodo para dormir, por culpa de los nume one
que, en el transcurso del tiempo, los Mumin habían ido depositando en gnífico adorn
naturalmente, la cripita Salomé era demasiado considerada tarlos de allí.
Al despertarse, oyó a Tutiqui y al trol Mumin, que conversaban debajo de la
se percató en seguida de que estaban hablando de su querido jemulen.
—Esto no puede seguir así —decía la voz de Tutiqui en la oscuridad—. Sencillamen
un poco de paz. Desde que empezó con su charanga de trompa, mi musaraña musical
ado a tocar la flauta. La mayor parte de mis amigos invisibles se han marchado. Los h
hipertensión y muchos están resfriados, a causa de pasarse todo el santo día bajo el L
refugia en el armario y sólo sale al caer la noche. Alguien tiene que decirle q a.
—Yo no tengo valor para eso —repuso el trol Mumin—. ¡Está tan convencido de qu
i—tarEianstosoncn ems huacbhroámquáse aelntasgañyamrleej—oredsijqouTeultaisquniu—es.trPaesr.sua
colinas de las mo
—En las montañas Solitarias no hay pistas para esquiar —observó el trol Mu
riscos afilados y desfiladeros. Ni siquiera hay nieve.
La cripita Salomé se estremeció y sus ojos se llenaron de lágrimas súbitamente.
—Los jemulen siempre saben arreglárselas —replicó Tutiqui—. ¿Crees que es m
cuando su presencia no nos gusta? Piénsalo.
—¿No puedes encargarte tú de ello? —preguntó Mumin, desazonado.
t—iráVmiveejoer.nYtuéljatardmínbié, ¿nn.o? —dijo Tutiqui—. Haz acopio de valor. Despu
Luego todo fue silencio. Tutiqui se había escabullido a través de la ventana.
La cripita Salomé permaneció despierta, perdida la vista en la oscuridad. Dese
su trompa. Deseaban que se precipitase por los abismos. Sólo había una cosa que cue
en guardia al jemulen contra las montañas Solitarias. Pero con tacto. De f no se diera
gente quería desembarazarse de él.
La cripita Salomé estuvo desvelada toda la noche, meditando. Su pequeña cab
stumbrada a pensamientos importantes como aquellos y, hacia el amanecer, se quedó
rmió toda la mañana, saltándose el café matinal y el almuerzo del mediodía, sin que
rdara siquiera de su existencia.
Después del desayuno, el trol Mumin subió a la colina convertida en pista de esquí.
—¡Hola! —saludó el jemulen—. ¡Qué alegría verte por aquí! ¿Me dejas que te enseñ
y ni tanto así de peligroso?
—Gracias, hoy no —declinó el trol Mumin, sintiéndose un gran animal—. Sólo m
parrafada.
—Eso es formidable —dijo el jemulen—. Ya he notado que no sois muy parlanchine
Siempre parecéis tener prisa por ir a un sitio o a otro.
El trol Mumin le dirigió una mirada rápida, pero el jemulen daba la impresió
interesado. Sonreía tan radiante como de costumbre. El trol Mumin respiró ho o:
—Me he enterado de que en las montañas Solitarias hay algunas colinas realmente m
—¿De veras lo son? —preguntó el jemulen.
—¡Oh, sí! ¡Enormes! —continuó el trol Mumin nerviosamente—. Tienen los a
colosales.
—Tendré que ir a probarlos —manifestó el jemulen—. Pero eso está muy lejos. Si m
Solitarias, puede que no volvamos a vernos a este lado de la primavera. Y se
¿verdad?
—Naturalmente —repuso el trol Mumin con hipocresía y poniéndose como la grana.
—Pero la verdad es que se trata de una idea fantástica —reflexionó el jemulen—. ¡Es
vida al aire libre! ¡La fogata de troncos por la noche y nuevas cumbres de mo conqui
mañanas! Largas faldas de barrancos, nieve intacta, crujiente y rum o los esquíes de
El jemulen empezó a soñar despierto.
—Eres realmente un camarada espléndido; lo demuestras al tomarte tanto interés por
tono agradecido, al cabo de un momento.
El trol Mumin se le quedó mirando. Y luego estalló:
—¡Pero son unos montes peligrosos!
—No para mí —repuso el jemulen tranquilamente—. Es un bonito detalle ese de avis
colinas. Cuanto más altas e imponentes, mejor.
—¡Pero es que esos montes son imposibles! —gritó Mumin, loco ya de inquietud—
precipicios cortados a pico, en los que ni siquiera se aguanta la nieve! |Te digo que
ivocado, te lo aseguro! ¡Ahora me acuerdo de que alguien me dijo que es co
esquiar allí!
—¿Estás seguro de eso? —preguntó el jemulen, dubitativo.
—Créeme —imploró el trol Mumin—. Por favor, ¿por qué no te quedas con nosotros
tomar en serio el aprendizaje del esquí…
—Bueno, en ese caso… —dijo el jemulen—. Si de veras quieres que me quede…
Tras su conversación con el jemulen, Mumin se sintió excesivamente turbado
en cambio, tomar el camino de la orilla del mar y paseó a lo largo de la ribera. D
plio rodeo en torno a la caseta de baño.
—Pero la verdad es que se trata de una idea fantástica —reflexionó el jemulen—. ¡Es
vida al aire libre! ¡La fogata de troncos por la noche y nuevas cumbres de mo conqui
mañanas! Largas faldas de barrancos, nieve intacta, crujiente y rum o los esquíes de
El jemulen empezó a soñar despierto.
—Eres realmente un camarada espléndido; lo demuestras al tomarte tanto interés por
tono agradecido, al cabo de un momento.
El trol Mumin se le quedó mirando. Y luego estalló:
—¡Pero son unos montes peligrosos!
—No para mí —repuso el jemulen tranquilamente—. Es un bonito detalle ese de avis
colinas. Cuanto más altas e imponentes, mejor.
—¡Pero es que esos montes son imposibles! —gritó Mumin, loco ya de inquietud—
precipicios cortados a pico, en los que ni siquiera se aguanta la nieve! |Te digo que
ivocado, te lo aseguro! ¡Ahora me acuerdo de que alguien me dijo que es co
esquiar allí!
—¿Estás seguro de eso? —preguntó el jemulen, dubitativo.
—Créeme —imploró el trol Mumin—. Por favor, ¿por qué no te quedas con nosotros
tomar en serio el aprendizaje del esquí…
—Bueno, en ese caso… —dijo el jemulen—. Si de veras quieres que me quede…
Tras su conversación con el jemulen, Mumin se sintió excesivamente turbado
en cambio, tomar el camino de la orilla del mar y paseó a lo largo de la ribera. D
plio rodeo en torno a la caseta de baño.
Se notó cada vez más aliviado, a medida que caminaba. Al final, casi había a
Empezó a silbar y propinó un puntapié a un pedazo de hielo, que después llevó con il
adelante. Y entonces se puso a nevar despacio.
Era la primera nevada que caía desde antes de Año Nuevo, y el trol Mumin se sorpre
tras copo, se posaban en su cálido hocico y se fundían. Cogió unos cuantos en la man
meirraorlocrsecdiuenrate,ntemuáns sfuagvazse myolimvieanntos, lqeuveanptlumó laónmdireadloas aplájcair
descender sobre “Oh, llega así —pensó el trol Mumin—. Y yo creía que se formaba d
manera en el ada más.”
El aire era más templado. No se veía nada, salvo nieve descendente, y el trol Mumin
misma clase de emoción que a veces experimentaba al entrar en el agua, dispu ar un p
albornoz y se arrojó de cabeza a un ventisquero.
“¡De modo que esto también es el invierno! —pensó—. ¡Hasta puede gustarle a uno!
Al anochecer, la cripita Salomé se despertó con la angustiosa sensación de que iba a
Luego se acordó del jemulen.
Saltó desde la cómoda, primero a una silla y después al suelo. El salón estaba desierto
había ido a la caseta de baño, para cenar. La cripita Salomé trepó hasta la ventana y n
garganta recorrió a gatas el túnel.
La luna no estaba en el cielo ni resplandecían luces por el Norte. Sólo se veía una den
se adhería al rostro y al vestido de Salomé y que dificultaba los pasos de la cripi rcó t
al iglú del jemulen y echó una mirada al interior. Estaba oscuro y abando
Llamó a voces a su idolatrado jemulen, pero fue como chillar a través de edredones. L
Salomé casi eran invisibles, y la nieve que caía las ocultaba en seguida. Entrada ya la
nevada se interrumpió.
Fue como si descorrieran un telón impalpable y quedase al descubierto otra vez la pe
lejos, una muralla de nubes, azul oscuro, ocultaba el punto por donde se había p ol.
El trol Mumin vio acercarse aquella nueva y amenazadora tormenta. El cielo
de pronto. Como nunca había presenciado una ventisca, el trol Mumin esperab nada
para aguantar los primeros estampidos secos de las nubes, que supu darían en s
Pero no llegó trueno alguno, ni tampoco hubo relámpagos.
En cambio, un pequeño remolino de nieve se levantó desde el blanco casquete de uno
próximos a la orilla del mar.
Inquietas ráfagas de viento empezaron a recorrer de un lado a otro la superficie de hie
árboles cercanos a la ribera. La muralla azul oscuro se elevó más, y las rá tosas aume
potencia.
De pronto, como si una puerta inmensa se acabara de abrir bruscamente, la oscuridad
de nieve húmeda y volandera.
Esta vez no llegaba desde las alturas, se deslizaba rauda a lo largo del suelo
pujaba como algo dotado de vida.
El trol Mumin perdió el equilibrio y se llevó un gran susto. En cuestión de segundos,
uvieron repletas de nieve, mientras el miedo se apoderaba de su ánimo.
El tiempo y el mundo entero se eclipsaron. Todo lo que Mumin podía ver y tocar fue
sólo quedó un embrujado torbellino de oscuridad húmeda y danzante.
Cualquier persona razonable hubiera podido decirle que en aquel preciso momento er
primavera.
Pero daba la casualidad de que no había ninguna persona razonable en la orilla del m
concertado Mumin, que avanzaba a cuatro patas, en una dirección completamente eq
sabe cómo eres, no resultas peor que cualquier otra cosa. Ya no estás en condiciones
pelo.”
Y el invierno le desplazó por la blanqueada orilla del mar, hasta que tropezó con el n
trazó un surco con el hocico en un montón de nieve. Al levantar la cabeza, vislu luz t
Era la ventana de la caseta de baño.
“Oh, estoy salvado —dijo el trol Mumin para sí, un poco alicaído—. Es una pena que
dejen de suceder cuando uno ya no las teme y le gustaría divertirse un poco con el Cu
puerta, un jirón de caliente vapor de aire fue a perderse en la ventisca, y e min observ
nebuloso que la caseta de baño estaba rebosante de gente.
—¡Aquí está uno de ellos! —gritó alguien.
—¿Hay otros? —preguntó el trol Mumin, al tiempo que se secaba el rostro.
—La cripita Salomé se ha perdido en la ventisca —manifestó Tutiqui en tono grave.
jarabe caliente surcó el aire.
—Gracias —dijo el trol Mumin a la invisible musaraña. Luego añadió—: Pero e
ic
—iaNqouseotreonsgotadmepqouceolalocreinpitetandSeaml oms é—abaasengduornóareal lma ácsasvai.e
guómperes—. Y, hast aine la ventisca, es inútil salir a buscarla. Puede estar en cualqu
más probable e nieve la haya cubierto.
—¿Dónde está el jemulen? —preguntó el trol Mumin.
—Ha ido a explorar, de todas formas —dijo Tutiqui. Esbozó una ligera sonrisa
le hablaste de las montañas Solitarias.
—Bueno, ¿y qué? —replicó Mumin con vehemencia. La sonrisa de Tutiqui se ensanc
—Tienes grandes dotes de persuasión —dijo—. El jemulen nos ha contado que el ter
ntañas Solitarias es sencillamente infame para la práctica del esquí. Y que se sentía m
afecto que le tenemos todos.
—Sólo quise decirle que… —empezó Mumin.
—No te preocupes —le cortó Tutiqui—. Hasta es posible que el jemulen empiece a g
Era posible que el jemulen no tuviese un sentido de la perspicacia muy desarrollado,
captase lo que pensaban sobre las cosas quienes estaban a su alrededor. Pe ato era in
que el de Lastimero. (Además, el olfato de Lastimero se encon
visionalmente alterado por la obsesión emocional.)
El jemulen había descubierto en la buhardilla un par de viejas raquetas de tenis, que t
raquetas para la nieve. Y en aquel momento avanzaba pesada y calmosamente
con el hocico pegado al suelo y tratando de percibir el débil efluvio de la crip más pe
toda su vida.
De camino, el jemulen echó una mirada a su iglú y captó allí ese efluvio.
“Vaya, el bichito vino aquí a buscarme —pensó el jemulen bonachonamente—. Me
…”
De pronto, el jemulen recordó borrosamente a la cripita Salomé que, en algún momen
algo, aunque era demasiado tímida para expresarse apropiadamente.
Mientras seguía caminando bajo la ventisca, el jemulen fue revisando una serie de im
su mente. La cripita aguardándole al pie de la colina… La cripita corriendo p cos dej
esquíes… La cripita husmeando la trompa… Y el jemulen pensó, estupe e parece qu
grosero con ella”. No experimentó ningún remordimiento de conci
que los jemúlenes rara vez sienten eso. Pero aumentó un poco más su interés en enco
pita Salomé.
El jemulen se arrodilló para no perder el rastro de Salomé. La emanación zigzagueab
como los animalitos se deslizan cuando están aturdidos por el miedo. La cripita in ía
vez por el puente, acercándose peligrosamente al borde. Después, el ef resaba y
un poco por la colina, desaparecía de súbito.
El jemulen se detuvo y pensó un poco, lo cual no era chiquito esfuerzo.
Se dispuso a excavar. Lo hizo durante un buen rato. Y, por último, tropezó con algo c
—No temas —dijo el jemulen—. Sólo soy yo.
Acomodó a la cripita entre la camisa y la camiseta de felpa, se puso en pie y empren
caseta de baño.
Lo cierto es que, durante el trayecto de vuelta, casi se olvidó por completo de la cripi
en un vaso de agua y jarabe caliente.
El día siguiente era domingo y la tempestad se había calmado. Reinaba una temperat
cielo estaba nuboso y ia gente se hundía en la nieve hasta las orejas.
El valle tenía un extraño aspecto de paisaje lunar. Los ventisqueros eran enormes, mo
redondeados o crestas serranas hermosamente curvadas o con aristas agudas como el
hillo. Cada rama de árbol tenía encima su gruesa capa de nieve. Los propios árboles p
pasteles elaborados por un repostero de fantástica imaginación.
Por una vez, todos los invitados hormiguearon por la nieve y se entregaron a una eno
nieve. La mermelada casi se había acabado y todo el mundo estaba pletóri rgí
El jemulen se sentó en el tejado de la leñera y empezó a tocar la trompa, con la cripit
lado, rebosante de felicidad. Interpretó Los jemúlmes del rey y remató la pieza, su favorita, c reo
se volvió hacia el trol Mumim y dijo:
—Tienes que prometer que no te enfadarás conmigo, pero he tomado la decisión
Solitarias, pase lo que pase. Sin embargo, volveré el invierno próximo y te enseñ uiar
Las montañas Solitarias aparecían totalmente cubiertas de nieve y brillaban con
frente a Lastimero. No había luna, pero centelleaban las estrellas con inusitada lumin
lejanía el sordo estruendo de un alud. Lastimero se sentó a esperar a los lobos.
Aquella noche, la espera fue larga.
Lastimero se imaginó a los lobos mientras corrían por campos nevados, grises
rtes…, y entonces interrumpirían de pronto su carrera, al oír desde el borde del bosqu
Lastimero les llamaba.
Quizá pensaran: “Un momento; ahí tenemos un camarada. Un primo de cuya compañ
frutar…”
Esa idea emocionó a Lastimero, e hizo que su imaginación fuera todavía más lejos.
adornando su sueño con detalles adicionales. Dejó que toda la manada apareciese nte
Se le acercaban corriendo…, movían la cola… Lastimero recordó entonce auténticos
movían la cola.
Pero eso carecía de importancia. Llegaban a la carrera, le conocían de antes…
idido llevarle con ellos…
Lastimero estaba dominado por su vivido ensueño. Levantó el hocico hacia las estrel
Y los lobos le contestaron.
Se hallaban tan cerca que Lastimero se asustó. Intentó torpemente excavar una madri
Brillantes ojos le rodearon por todas partes.
Los lobos volvían a guardar silencio. Formaron un círculo alrededor de Lastimero y c
él.
Lastimero meneó la cola y emitió un gemido, pero nadie le contestó. Se quitó el gorr
aire para demostrar que le gustaría jugar. El gesto era completamente inofensivo.
Pero los lobos no se molestaron siquiera en mirar el gorro. Y, de súbito, Lastimero co
cometido un error. Aquellos animales no eran de su especie, y ninguna diversión ontr
Uno sólo podía esperar que le devorasen y, todo lo más, disponer del tiempo justo pa
comportado como un estúpido. Detuvo el movimiento de la cola, que aún seguía agit
costumbre, y pensó: “¡Qué lástima! Pude haber dormido todas esas noches, e estar se
anhelante como un tonto…”
Los lobos continuaban acercándosele.
Y en aquel preciso instante resonó en toda la arboleda el nítido trompetazo de un inst
toque estruendoso de una trompa, que sacudió ingentes cantidades de nieve de los árb
los ojos amarillentos. En cuestión de un segundo, el peligro hubo pas timero s
nuevamente solo junto a su gorro de lana. Colina arriba, con sus en uetas sobre la ni
jemulen arrastrando los pies.
—¿Aquí sentado, perrito? —saludó a Lastimero—. ¿Llevas mucho tiempo esperándo
—No —repuso Lastimero, sin faltar a la verdad.
—Esta noche se habrá formado una estupenda corteza de nieve —dijo el jemulen mu
hayamos llegado a lo alto de las montañas Solitarias, compartiremos la soberbia iente
mis termos.
El jemulen siguió adelante, arrastrando los pies, sin mirar una sola vez por encima de
Lastimero echó a andar tras él, sin hacer ruido. Evidentemente, era lo mejor que podí
CAPÍTULO VI
La llegada de la primavera
La primera ventisca primaveral llevó al valle alteración e inquietud. Los invitados se
nostálgicos que nunca. Uno tras otro, emprendieron el regreso, por regla gener
nieve endurecida permitía caminar sin esfuerzo. Algunos se habían fabricado un p uíe
llevaban consigo un pequeño tarro de mermelada. Los últimos tuviero artirse la
arándano agrio.
Cuando el último huésped franqueó el puente, la despensa de mermelada estaba comp
í
—a. Volvemos a quedar sólo nosotros —observó Tutiqui—. Mía Diminuta, tú y yo. T
steriosos se han ocultado hasta el invierno que viene.
—No tuve ocasión de echar una segunda mirada a aquella criatura de los cuernos pla
Mumin—. Ni a los pequeñajos que se deslizaban por el hielo como montados en za a
por encima de la hoguera y que tenía aquellos ojos tan grandes.
—Todos son seres del invierno —repuso Tutiqui—. ¿No notas que la primavera se ac
Mumin sacudió la cabeza.
P—erAoúnTuetsiqdueimlaesidaidoolparovuetn ol.taNao slau rgeocrornaozccoolo—radaij,oc. uya parte in
de tono ro.
—Siempre hago esto cuando noto la primavera en mi nariz —explicó. Luego se sentó
canto:
Soy Tutiqui,
¡y del revés mi gorra ya he vuelto!
Soy Tutiqui.
¡Mi olfato percibe los cálidos vientos!
¡Enormes aludes rugen a lo lejos!
¡Volando se acercan inmensas ventiscas!
La tierra se altera, el suelo se agita, la gente abandona su ropa de invierno; todo se tra
durante estos días.
Una noche, cuando el trol Mumin volvía a casa desde la caseta de baño, se detuvo en
aguzó el oído.
Era una noche cálida, cuajada de nubes y de movimientos. Los árboles se habían sacu
atrás, y Mumin pudo oír cómo agitaban las ramas en la oscuridad.
De la lejanía del Sur llegaba un fuerte ramalazo de viento. Lo oyó susurrar a través d
cuando pasó junto a él, camino del valle.
Una pequeña rociada de gotas de agua cayó de los árboles a la sombría nieve, y el tro
para olfatear el aire.
Verdaderamente, aquello pudo haber sido un tenue soplo de tierra. Continuó la
mprendió que Tutiqui tenía razón. La primavera estaba realmente en camino.
Por primera vez en muchas semanas, Mumin contempló cuidadosamente a sus padres
nqtuuvéoartaramnbciaébna luanlápmrepcaiorasosorefbrelejEosnalorfqleuqituaillyo laed oEbsnerovróquc
a criapetnusratimvau.yLdaulcu nto se despertara, correría al armario en busca de su verde
i ón
primavera.
El trol Mumin dejó la lámpara en la repisa de la chimenea y lanzó una mirada circula
panorama espantoso, a decir verdad.
Faltaba la mayor parte de las cosas: unas las tomaron prestadas y otras se las habían l
huéspedes.
Las restantes constituían una indescriptible mescolanza. Una cantidad enorme de plat
aonnoto, nparboantoensel cfornegsuamdeiríao ddeellatocdooc,inaal. nEol hfuabegero mdeáslatucrbalad.eLr
ddeeslpaencasalefdaeccmióenrmcelantdraal,e ía. Y el cristal de una ventana se encontraba hech
El trol Mumin reflexionó. Oía el rumor de la nieve húmeda al deslizarse por el tejado
y, de pronto, Mumin pudo ver un trozo de encapotado cielo nocturno a través de la er
del Sur.
El trol Mumin se acercó a la puerta de la fachada y trató de abrirla. ¿No cedía un poc
la alfombra y usó toda su fuerza.
Despacio, muy despacio, la hoja de madera fue abriéndose, empujando delante de ell
nieve.
El trol Mumin no abandonó su esfuerzo hasta que la puerta quedó de par en par frent
viento entraba ahora en el salón. Sacudió el polvo de la gasa que envolvía la araña y
estufa de porcelana. Agitó los cromos pegados en las paredes. Uno de ell prendió y fu
el aire.
La habitación se llenó de olores a noche y a abetos, y el trol Mumin pensó: “Estupen
a veces ventilación”. Se llegó a los escalones de la entrada y miró la hú urida
“Ahora lo he experimentado todo —se dijo el trol Mumin—. El año completo
bién. Soy el primer Mumin que ha vivido despierto un año entero.”
La verdad es que esta historia de invierno tendría que acabar exactamente en
noche de primavera, con el viento penetrando en el salón y todo eso, representa un
uno podría pensar lo que gustase acerca de lo que sucedió después. Pero e aría bien.
Porque uno no podría estar absolutamente seguro de lo que mamá Mumin dij
sabría a ciencia cierta si al antepasado se le permitió instalarse definitivamente
ufa de porcelana. Ni si Manrico regresó antes de que la historia terminase. Ni cómo s
su caja de cartón. Ni a dónde se trasladaría Tutiqui cuando la caseta de baño volv cas
un sinfín de otras cosas.
Supongo que es mejor continuar.
Sobre todo, si se tiene en cuenta que la ruptura del hielo es un acontecimiento muy im
espectacular para saltárselo sin más ni más.
Seguía ahora el enigmático mes de brillantes días soleados, de carámbanos derritiénd
tarrones y cielos bulliciosos… de noches bajo cero, con heladas impresionante
deslumbrante. El trol Mumin exploraba todos los rincones de su valle, aturdi
ectación y orgullo.
Llegó la primavera, pero no como Mumin supuso. Había pensado que sería como lib
extraño y hostil, pero era sencillamente una continuación de sus nuevas experiencias,
conquistado y hecho propio.
Confió en que fuese una primavera prolongada, para poder disfrutar de aquella sensa
durante el mayor tiempo posible. Por la mañana, casi temía que pudiera suceder e
mesoovíaagrcaodnabplreec(aucniqóune puonr plaoccoasma eynsoes)eqsfuoerzespabarase ibeam: pquree
eanlgnuoietnrodpeeszuarfacmoniliaol sdoebspjeetrotassde.elM temprano, todas las mañanas sa
precipitadamente, para recorrer el valle, olfatea vos aromas y ver los cambios que
desde el día anterior.
Frente a la pared Sur de la leñera empezaba a quedarse al descubierto un trozo de terr
amplio. Los abedules mostraban un asomo de rojo, aunque sólo podía distinguirse a t
había lanzado el fuego de sus rayos contra los ventisqueros, abrasándolos, abr ellos u
surcos y pasillos, convirtiéndolos en ralos haces de frágiles líneas. Y el hi
u
MreícaíaD, icmominuotsaiaeúlnmsaergcuoíampeantziansaendoa atlreajvoessdaerloal.lí. Había cambia
hojalata po hillos de cocina que consiguió ajustar perfectamente a la suela de sus bota
De vez en cuando, el trol Mumin pasaba junto a algún ocho trazado en el hielo por M
nunca la veía a ella. Mía Diminuta poseía el don de saber divertirse por su cue
pensase acerca de la primavera, no sentía necesidad de participárselo a nadie.
hojalata po hillos de cocina que consiguió ajustar perfectamente a la suela de sus bota
De vez en cuando, el trol Mumin pasaba junto a algún ocho trazado en el hielo por M
nunca la veía a ella. Mía Diminuta poseía el don de saber divertirse por su cue
pensase acerca de la primavera, no sentía necesidad de participárselo a nadie.
Tutiqui se entregaba a la limpieza de primavera en la caseta de baño.
vFeroatnóo,locsolcgróisltoalseaslvboerdneosceys raoljosos ldye
tlraastóvedentraenpaasr,adreejlánjedmoluolesnimdepegcoambale. s para la primera
—La caseta de baño será ahora otra vez caseta de baño —dijo—. Cuando el verano s
estés tumbado boca abajo encima de las tibias tablas del embarcadero, calentánd riga
chapoteo y parloteo de las olas…
—¿Por qué no hablabas así en el invierno? —le interrumpió el trol Mumin—. ¡Hubie
Recuerdo que dije una vez: “Había aquí una barbaridad de manzanas”. Y tú repli ro a
barbaridad de nieve”. ¿No te dabas cuenta de que me sentía melancólico?
T
—uUtiqnoiu tiseeneenqcouegidóedsceuhbormir blarossc. osas por sí mismo —repuso—. Y supe
un día para otro, el sol era más ardiente.
Horadaba agujeros y canales en el hielo y podía observarse que, debajo, el m
uieto.
o
ón,
de
iz—.
e. Muy
mado
Pronto
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sentía
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ecesita
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Y cada
ertó. Ni
mbla sin
ño. Ni
siado
Más allá del horizonte, enormes borrascas se agitaban de un lado para otro.
El trol Mumin se pasaba las noches en blanco, escuchando los chirridos y chasquid
paredes de la dormida casa.
El antepasado se mantenía tranquilo y silencioso. Había cerrado por dentro los pos
retiró a su antigüedad de mil años antes. El cordón del regulador de tiro había desa
existente entre la estufa y la pared, con sus borlas, sus recamados y todo lo demás.
“Le gusta”, pensó el trol Mumin, que se había mudado del cesto de lana y se acosta
Por las mañanas, la luminosidad del sol se aventuraba más y más por el sa
concierto embarazo las telarañas y las bolas de pelusa y polvo. Mumin solía saca az
tamaño, pero las pequeñas gozaban de plena libertad para rodar a su gusto o a otro.
Bajo la ventana que daba al Sur, la tierra estaba cada vez más caliente. El suelo se a
d e z l a n ie,vae
e r a m e n te
los pardos bulbos y de las numerosas y pequeñas raíces que
Yf uluego,
n d id un
a . día ventoso, poco antes del crepúsculo vespertino, de la lejanía
c a u s a d e
oro, sordo y majestuoso rumor.
—Bueno —dijo Tutiqui, al tiempo que posaba su taza de té—. Empieza el
El hielo se estremeció y tronaron nuevos rumores sordos.
El trol Mumin salió corriendo de la caseta de baño para escuchar el cálido viento.
U—nMa birla,neclamoralrasdeeacolearscasiylbaa—baobsa
luidos
o le ajolos
s ,trozos
u n o de
le ahielo
j e finvernal
ur i osMoque
e rv ó T u t iq u i, d e t rá s d e
y iban
h a mponiéndosele por delante.
u m i n .
Una fisura negra se disparó a lo largo de la capa de hielo, se ramificó, entrelazó sus
mar volvió a la carga y se formaron nuevas hendiduras, que se ensancharon.
—Sé de alguien que haría muy bien en apresurarse en volver a casa —dijo Tutiqui.
Mía Diminuta, naturalmente, había notado que algo iba a suceder. Pero no l
Tenía que echar un vistazo, allí donde el mar se había liberado. De modo que dibuj
soberbio en el mismo borde del hielo, ante el mar.
Después dio media vuelta y se deslizó a toda velocidad sobre la helada pist
quebrajamiento. Al principio, las fisuras eran delgadas. “Peligro”, escribían en la s
lo, en todo lo que alcanzaba la vista de Mía Diminuta.
El hielo se arqueó, se elevó y volvió a hundirse. De vez en cuando, resonaba el ton
anunciador de regocijo y destrucción, lo que remitía deliciosos escalofríos a lo larg
Mía Diminuta.
“Espero que a esos mastuerzos no se les ocurra acudir cojeando a salvarme —pens
estropearía todo.”
Siguió adelante a toda velocidad, casi doblada del todo sobre sus cuchillos de cocin
acercarse ni tanto así.
Algunas grietas se ampliaron hasta convertirse en pasos por los que circulaba el ag
furiosa lanzó un latigazo.
Y entonces, de súbito, el mar estuvo sembrado de islas de hielo que se balanceaban
medio de una gran confusión. Encima de uno de aquellas islotes quedó Mía Dim se
rodeaba y se dijo, sin sentir ninguna alarma especial: “Bueno, esto se ete”.
El trol Mumin ya había salido a rescatarla. Tutiqui contempló la escena durante un
en la caseta de baño y puso una olla de agua en la estufa.
“Ya estamos otra vez —pensó, al tiempo que suspiraba—. Siempre le ocurre lo mi
nturas. Salvar y ser salvado. Me gustaría que alguien escribiese alguna vez un relat
calienta luego a los héroes.”
Mientras corría, el trol Mumin iba mirando una pequeña grieta que iba desplazándo
mantenía a la misma altura que Mumin.
El oleaje impulsó el hielo hacia arriba y, de pronto, el hielo se quebró y empezó a b
lentamente bajo los pies de Mumin.
Mía Diminuta estaba inmóvil, de pie en su témpano, contemplando al agitad
ecía exactamente una pelota de goma que estuviese botando, desorbitados los ojos
tensión. Sus saltos le llevaron por fin junto a Mía Diminuta. Esta alzó los brazos y
—Ponme encima de tu cabeza, ¿quieres?, para que pueda escabullirme si las cosas
agarró con fuerza a las orejas del trol Mumin y grito:
—¡Primera compañía, hacia la costa! ¡Adelante!
El trol Mumin dirigió una rápida ojeada a la caseta de baño. Salía humo de la chim
mbarcadero no se veía a nadie retorciéndose las manos a impulsos de la preocupaci
puso pesadez de plomo en sus piernas.
—¡En marcha ya! —ordenó Mía Diminuta.
Y el trol Mumin obedeció. Saltó y saltó, apretados los dientes y temblorosas las pie
aterrizaba en un nuevo témpano, una rociada de agua bañaba su barriga.
Toda la extensión helada se había fragmentado ya, y las olas bailaban en aquella pi
prolongaba hasta la orilla.
—¡Conserva el paso! —gritaba Mía Diminuta—. Ahí viene otro… Lo notarás deba
Mumin saltaba, en el momento preciso en que el oleaje empujaba suavemen
colocarlo al alcance de las piernas del trol.
—Uno, dos, tres; uno, dos tres —Mía Diminuta contaba los compases del vals—. Un
era… Uno, dos, tres… ¡Salta!
Las piernas del trol Mumin eran poco firmes y tenía el estómago frío como el hielo
por el encapotado cielo y el resplandor de las olas lastimó los ojos del trol. N or en
estómago no podía estar más gélido, y todo aquel mundo cruel g tiginosamente ant
Tutiqui había presenciado los acontecimientos a través de la ventana de la caseta de
onces que las cosas no se desarrollaban muy bien.
“Estúpida de mí —pensó—. Naturalmente, no sabe que he estado mirándole todo e
Salió al embarcadero y gritó:
—¡Oh, muy bien hecho, señor! Pero ya era demasiado tarde.
El último salto a la desesperada, fue algo excesivo para el trol Mumin, que se enco
con el agua a la altura de las orejas y un brioso témpano empeñado en propinarle g
cogote.
Mía Diminuta había abandonado la cabeza de Mumin y, después de un último y lar
firme. Resulta extraordinaria la habilidad con que las criaturas como las mía
eglárselas en la vida.
—Agárrate fuerte —aconsejó Tutiqui, al tiempo que alargaba su firme brazo.
Estaba tendida boca abajo, con el vientre sobre la tabla de lavar de mamá
ectamente a los turbados ojos del trol Mumin.
—Vamos; ¡así…!
Poco a poco, el trol Mumin fue remolcado por encima del borde del hielo y luego s
pacio hacia los peñascos próximos al agua.
era… Uno, dos, tres… ¡Salta!
Las piernas del trol Mumin eran poco firmes y tenía el estómago frío como el hielo
por el encapotado cielo y el resplandor de las olas lastimó los ojos del trol. N or en
estómago no podía estar más gélido, y todo aquel mundo cruel g tiginosamente ant
Tutiqui había presenciado los acontecimientos a través de la ventana de la caseta de
onces que las cosas no se desarrollaban muy bien.
“Estúpida de mí —pensó—. Naturalmente, no sabe que he estado mirándole todo e
Salió al embarcadero y gritó:
—¡Oh, muy bien hecho, señor! Pero ya era demasiado tarde.
El último salto a la desesperada, fue algo excesivo para el trol Mumin, que se enco
con el agua a la altura de las orejas y un brioso témpano empeñado en propinarle g
cogote.
Mía Diminuta había abandonado la cabeza de Mumin y, después de un último y lar
firme. Resulta extraordinaria la habilidad con que las criaturas como las mía
eglárselas en la vida.
—Agárrate fuerte —aconsejó Tutiqui, al tiempo que alargaba su firme brazo.
Estaba tendida boca abajo, con el vientre sobre la tabla de lavar de mamá
ectamente a los turbados ojos del trol Mumin.
—Vamos; ¡así…!
Poco a poco, el trol Mumin fue remolcado por encima del borde del hielo y luego s
pacio hacia los peñascos próximos al agua.
ir a casa…”
Y estornudó, porque, por vez primera en su vida, se había resfriado.
El fuego de la calefacción central se había apagado, y en el salón reinaba una temp
mano trémula, Mumin se echó varias alfombras encima del estómago, pero no cons
calor. Le dolían las piernas y notaba pinchazos en la garganta. De golpe, su vi nó tr
que el hocico era extraño y enorme. Trató de enrollar la cola, fría co lo, y volvió a
E
Mnamesáe Mpuunmtoi,nsenodehsapbeíratóoísduomeladersetruendo. del hielo al quebrantar
vez los au la ventisca. Su casa estuvo repleta de inquietos invitados, pero ni los hué
desper raron interrumpir el sueño de mamá Mumin.
Ahora abrió los ojos y, completamente despierta, contempló el techo. Después se in
cama y observó:
—Te has resfriado, Mumin.
—Mamá —articuló el trol Mumin, mientras los dientes le castañeteaban—, s
que se trata de la misma ardilla y no de otra…
Mamá Mumin se apresuró a ir a la cocina para calentar un poco de jarabe.
—Nadie fregó los platos —gritó el trol Mumin en tono lastimoso.
—Oh, claro que no —dijo mamá Mumin—. Todo se arreglará.
Encontró unas cuantas astillas detrás del cubo del agua. Tomó un frasco de jarabe d
el armario secreto, unos polvos y una bufanda.
Cuando el agua empezó a hervir, mamá Mumin preparó una eficaz medicina contra
jengibre y un limón que solía estar detrás del cubreteteras, en el penúltimo esta iba
No había cubreteteras ahora, ni tampoco tetera.
Pero mamá Mumin no reparó en ello. Para mayor seguridad murmuró un breve ens
contra la gripe. Era algo que le había enseñado su abuela. Luego regresó ai salón y
E—l Btroébl eMteuemstino otobdeodelociócayliennotteó qquuee puuneadcaosrarigeunatnetacár.lida fl
estómago.
—Mamá —dijo—, tengo que darte un sinfín de explicaciones que…
—Lo primero que has de hacer es descabezar un sueñecito —repuso mamá Mumin
franela en torno al cuello de Mumin.
—Sólo te pido una cosa —murmuró Mumin, soñoliento—. Prométeme que no enc
de porcelana… Es que allí vive ahora nuestro antepasado.
—Claro que no —dijo mamá Mumin.
sAuslpiinrsotayntheu,nedliótroel Mhoucmicion esne lsainatlimó ocahlaidean.teD, etrsapnuqéusilsoe yqu
cdoemrepslpetoanmsaentelib i daodrmesi.dDo,ejaól ems todo.
Mamá Mumin estaba sentada en la galería y quemaba una cinta de película con una
humeaba y refulgía, y un olor acre y agradable cosquilleaba el hocico de mamá Mu
El sol enviaba tanto calor, que los escalones de la terraza despedían nubecillas vapo
ombra hacía frío.
—La verdad es que una debería levantarse un poco antes en primavera —comentó
—Tiene usted mucha razón —convino Tutiqui—. ¿Continúa durmiendo? Mamá M
—¡Tendría que haberle visto saltar de un témpano a otro! —manifestó orgu
—. Y se pasó la mitad del invierno sentado y pegando cromos en las paredes.
—Ya los he visto. Tuvo que sentirse muy solo.
—Luego encontró una especie de antiguo antepasado de ustedes —prosiguió Mía D
—Deja que sea él quien cuente la historia cuando se despierte —pidió mamá Mum
que sucedieron una infinidad de cosas mientras yo dormía.
Al terminar con la película, mamá Mumin consiguió quemar el piso de la galería: u
redondo.
—La primavera próxima tendré que levantarme un poco antes que los demás —dij
estupendo disponer de un poco de tiempo para una, no tener que estar pendiente de
una desee.
Cuando el trol Mumin se despertó por fin, ya no le dolía la garganta.
Observó que mamá Mumin había quitado la gasa que envolvía la araña y colocado
Los muebles ocupaban sus respectivos lugares de costumbre, y el cristal roto se titu
rectángulo de cartón. Ni una bola de pelusa a la vista.
Sólo continuaba igual el montón de trastos que el antepasado puso delante d
celana. Mamá Mumin había colocado encima un pulcro letrero:
NO MOLESTEN
De la cocina llegaban los agradables ruidos que se producían al fregar los platos.
“¿Debo hablarle del Inquilino del Fregadero? —pensó el trol Mumin—. Tal vez se
nada…’
Siguió un rato acostado, mientras se preguntaba si continuaría enfermo un poco má
cuidase. Pero luego decidió que sería aún más estupendo que él cuidara de mamá M
e
—a l¡aPeocrmciínteamyepqruoeputesoe:nseñe la nieve!
Mamá Mumin dejó inmediatamente de fregar platos y salieron juntos de la casa, a
—Ya no queda mucha nieve —explicó el trol Mumin—. ¡Pero tenías que haber
¡Los ventisqueros llegaban hasta el tejado! ¡Uno no podía dar un paso sin hundirse
¿Sabes?, cuando la nieve cae del cielo es como una multitud de estrella ueñas y mu
en las altas negruras, uno ve aleteos azules y cortinas verdes.
—Eso parece muy bonito —repuso mamá Mumin.
—Sí, y aunque uno no pueda caminar por la nieve, puede deslizarse sobre ella —co
eso lo llaman esquiar. Uno avanza muy de prisa, como un relámpago, en medio oli
de tener una vista muy aguda.
—No me digas —manifestó mamá Mumin—. ¿Las bandejas las utilizabais para es
—No; son mejores para el hielo —contestó su hijo, pillado de improviso.
—Claro, claro —silabeó mamá Mumin, entornando los párpados frente al sol. Deb
encantadora. Aquí está una convencida durante toda su existencia de que las bande
una cosa, y entonces va y resulta que son todavía mejores para otr mpletam
todos los años la gente venga a decirme que me tomaba demas lestias prepar
mermelada…, y ahora, de pronto, ¡la despensa está vacía!
El trol Mumin se sonrojó.
—¿Te ha contado Mía Diminuta que…?
—Sí —dijo mamá Mumin—. Y doy gracias porque te has cuidado de tantos seres,
cayera sobre mí.
¿Y quieres que te diga una cosa? Creo de verdad que la casa ganará mucho en espa
alfombras y cacharros. Además, será mucho más sencillo hacer la limpieza.
Mamá Mumin cogió un puñado de nieve y formó una bola. La lanzó torpem
rrir con las madres, y la bola de nieve cayó en el suelo, a escasa distancia.
—No soy ninguna virtuosa en el lanzamiento de bolas de nieve —reconoció, con u
Hasta Lastimero la hubiese tirado mejor.
—Mamá, te quiero una barbaridad —dijo el trol Mumin.
Andando despacio, se acercaron al puente, pero no había llegado ninguna carta. Al
a través del valle sombras alargadas y todo estuvo tranquilo, envuelto en un
ravillosa.
Mamá Mumin se sentó en el pretil del puente y dijo:
—Y ahora me gustaría escuchar algo acerca de nuestro antepasado.
A la mañana siguiente, toda la familia se despertó al mismo tiempo. Y se despertar
oportuno: las alegres notas cantarínas de un organillo.
Tutiqui accionaba la manivela, de pie bajo el alero del tejado, que goteaba sobre la
revés. El propio cielo no tenía un azul más claro. Los adornos de plata del org ucía
Junto a Tutiqui estaba sentada Mía Diminuta, medio orgullosa y medio violenta, po
arreglar con sus propias manos el cubrehuevos y fregar con arena la bandeja. Ningu
bien librado de aquellos intentos, pero es muy probable que las intenc gan más imp
resultados.
rAe plarqeuceióduarmciieórtdaudraisnttaentcoidaolael sionñvoielriennot.a Mimbla, que se aprox
la alfo Aquel día, la primavera había decidido no manifestarse poética, sino
persó por el cielo pequeñas bandadas de nubes ligeras, barrió de los tejados los últi
formó nuevos arroyuelos por todas partes, para que jugasen en abril lo mejo
—¡Estoy despierta! —exclamó Esnorquita, expectante. Amablemente, el trol Mum
contra el de ella.
A—l¡mFeislimz oprtimemavpeor,a!se—pdregsueóntaba. si sería capaz de explicarle cómo e
form
norquita lo entendiese.
Mumin la vio dirigirse corriendo al armario para coger su verde cofia de primavera
Vio también a su padre recoger presurosamente el anemómetro y la pala y salir a la
todo ese espacio de tiempo, el organillo de Tutiqui continuó tocando, y los rayos s
derramándose sobre el valle, como si los elementos lamentasen haber permit
tan poco amistosos en el pasado.
o para otro.
hirridos y chasquidos q ducían en las
por dentro los postigos y
r de tiro había desaparee ido eta
s y todo lo demás.
de lana y se acostaba otra v cama.
y más por el salón templar
Mumin solía saca aza las de mayor
a su gusto o a otro.
aliente. El suelo se abom
equeñas raíces que absorbía
tino, de la lejanía marina lle
té—. Empieza el cañoneo mavera.
r el cálido viento.
briento que hincaba sus d
elante.
mificó, entrelazó sus gri apareció. El
nsancharon.
casa —dijo Tutiqui.
suceder. Pero no le era p rarse.
De modo que dibuj patines un ocho
bre la helada pista en
”, escribían en la superfic
do, resonaba el tonante cañ saludo,
escalofríos a lo largo nuda espalda de
a salvarme —pensó Mía—
s cuchillos de cocina. La parecía
que circulaba el agua. U ueña pero
que se balanceaban y cho re sí, en
quedó Mía Dim servó el agua que la
sto se ete”.
escena durante unos minu go entró
pre le ocurre lo mismo e
alguna vez un relato so te que cuida y
que iba desplazándose para Se
uebró y empezó a bambol
mplando al agitado Mumin.
sorbitados los ojos a causa oción y la
a alzó los brazos y
ullirme si las cosas se ponen Se
ía humo de la chimenea, p
os de la preocupación. Vac ecepción
temblorosas las piernas. que
barriga.
laban en aquella pista líquid
o… Lo notarás debajo… ¡Sa Y el trol
mpujaba suavemen pano hasta
pases del vals—. Uno, do
o frío como el hielo. Un izo asomó
os del trol. N or en la espalda, pero el
g tiginosamente ante sus ojos.
ntana de la caseta de baño,
o mirándole todo el rato.”
Mumin, que se encontró flo el mar,
ado en propinarle gol s golpes en el
s de un último y largo salto, ierra
uras como las mías
u firme brazo.
lavar de mamá Mumin, y m
del hielo y luego se ar
o frío como el hielo. Un izo asomó
os del trol. N or en la espalda, pero el
g tiginosamente ante sus ojos.
ntana de la caseta de baño,
o mirándole todo el rato.”
Mumin, que se encontró flo el mar,
ado en propinarle gol s golpes en el
s de un último y largo salto, ierra
uras como las mías
u firme brazo.
lavar de mamá Mumin, y m
del hielo y luego se ar
ado.
n reinaba una temperatura gé Con
mago, pero no consig erle entrar en
De golpe, su vi nó triste y le pareció
a co lo, y volvió a estornudar.
hielo al quebrantarse, y ni una sola
dos, pero ni los huéspedes ni el
echo. Después se incorporó en la
castañeteaban—, si pudiese uro de
de jarabe.
o.
n frasco de jarabe de grosell rdaba en
caz medicina contra la gr e de azúcar,
penúltimo esta iba.
rmuró un breve ensalmo so dicina
o regresó ai salón y min:
rigeunatnetacár.lida fluía por todo su
ue…
puso mamá Mumin, y envol anda de
méteme que no encenderás la estufa
, etrsapnuqéusilsoe yquliebdróe
de película con una lu uloide
ocico de mamá Mumin
dían nubecillas vaporosas, p
mavera —comentó mamá M
rmiendo? Mamá Mumin asintió.
—manifestó orgullosamente minuta
n las paredes.
s —prosiguió Mía Diminuta.
—pidió mamá Mumin—. Me go de
piso de la galería: un agu ro y
ue los demás —dijo mamá M Es
e estar pendiente de los acer lo que
anta.
a araña y colocado los visil ventanas.
el cristal roto se tituido por un
do puso delante de la estu
fregar los platos.
umin—. Tal vez sea mejor q iga
nfermo un poco más y que min le
cuidara de mamá M
untos de la casa, a la luz del
ro tenías que haberlo visto ierno!
n paso sin hundirse ve hasta el hocico!
estrella ueñas y muy frías. Y arriba,
arse sobre ella —continuó min—. A
pago, en medio olino de nieve, y ha
utilizabais para eso?
mproviso.
s frente al sol. Debo confes vida es
ia de que las bandeja utilizan para
para otr mpletamente distinto. Y
demas lestias preparando tarros de
do de tantos seres, para q güenza no
nará mucho en espacio y d tantas
la limpieza.
a. La lanzó torpemente, como
distancia.
—reconoció, con una carc
o ninguna carta. Al atardec proyectó
o, envuelto en un
do.
mpo. Y se despertaron media ema
ue goteaba sobre la gorra lo vuelta del
e plata del org ucían al sol.
medio violenta, porque entado
na la bandeja. Ningu dos objetos salió
intenc gan más importancia que los
mbla, que se aproximaba tirando de
arse poética, sino simplemente a
los tejados los últimos ves nieve y
n en abril lo mejo dieran.
mente, el trol Mumin frotó su hocico
e explicarle cómo era el invierno, de
cofia de primavera.
y la pala y salir a la terraza. Durante
ando, y los rayos s uieron
asen haber permitido ditos mostrarse
“Manrico llegará hoy —pensó el trol Mumin—. Es exactamente la clase de día apr
Dllesdguee.”la terraza, Mumin contempló a sus familiares. Brincaban por el ter
de puro júbilo, como todas las primaveras.
Captó la mirada de Tutiqui. Esta puso punto final al vals, se echó a reír y dijo:
—¡La caseta de baño vuelve a estar desocupada!
—Opino que, después de esto, la única persona que puede vivir en la caseta de bañ
Mumin—. La verdad es que tener caseta de baño representa una comodidad
puede arreglarse uno con unos simples baúles colocados en la orilla del ma
Y—Gser aclieajsó—varlelepuasboaTjou,tipqauria—
d.eLspoeprteanrsacroén. midos.
zEosdneortiqeurirtaa cháalibdía stroti upaedzaadboajocolna veel nptrainmaeSr uarz,apferáron,aqúneu
noaseosmtaabbaavseurdvealesiqrousiaeran.ariz. Surgía
—Le pondremos un vaso encima —dijo Esnorquita—. Si hiela, estará protegido.
—No, no hagas eso —aconsejó el trol Mumin—. Déjalo que luche por la supervive
conseguirá mejor si las cosas no le resultan fáciles.
Mumin se sintió de pronto tan dichoso que tuvo la necesidad de estar solo. Se alejó
dirección a la leñera.
Y cuando nadie podía verle, echó a correr. Corrió sobre la nieve medio fun
eonltuátno.dole la espalda. Corrió simplemente porque era feliz, sin tener que
Corrió hasta la ribera, franqueó el estrecho embarcadero y atravesó la vacía y venti
Después se sentó en los escalones de la caseta de baño, con el mar de primavera a s
aguzaba el oído, podía oír la música del organillo, muy apagada, que Tutiqui tocab
alejado del valle.
El trol Mumin bajó la mirada sobre el agua y se esforzó en recordar el momento en
fundió en la oscuridad del horizonte.
FIN Y PRINCIPIO
VE JANSSON (Helsinki, 1914-2001) era la mayor de los tres hijos del
ktor «Faffan» Jansson y de la dibujante sueca Signe Hammarsten-Jansson. E
68) describe su niñez en el mundo artístico bohemio-burgués de Helsinki. La fami
skárgárd, o sea los islotes que bordean la costa cerca de la capital, un lugar q da
Jansson a la hora de crear Valle Mumin.
nto quedó claro que Tove también sería artista. Dejó la escuela a los 15 años y es
Helsinki y París. Viajó por toda Europa y participó en varias exposiciones. En los
una popular dibujante de tiras cómicas antifascistas para la revista Ga lizó una s
caricaturas políticas y acertadas imágenes de la vida cotidiana landia en tiemp
primer libro sobre los mumin, Smátrollen och den stora óversvamningen [El trollicito y el
1945. En su estreno como novelista Tove Jansson dio el papel prota
a ut i z a baprcinomcipoa«l edleMsumteibnetroleln».G«aArml p. rEincilpaiore, vpia
s o n a j e
e sc r ib i r er a u n mearboa j«uSegno»rk, »e,xpahli ocasión Tove, «pero de alguna
p e rs o n a j s e l la
siendo tan importante y tan difícil como p actividades que tuvieron que convivir
que tal vez se plasmara e
straciones de los libros». Se publicarían ocho títulos más, escritos en sueco, sobre
segundo fue Kometjakten [Caza al cometa, primera versión de La llegada del comet 46,
november [Finales de noviembre], de 1970. A la familia de Valle M o centro lógicam
Mumin, se iría sumando un variopinto grupo de vecin ñorita Snork y Snif, e
Pequeña My, los filifjonkor, los hatifnat y los hemul,
su muy particular personalidad y modo de ver la vida. Con los mumin
sson ha logrado crear un universo autónomo que inspira y cautiva por igual a los ni
ltos.
o fue Trollkarlens hatt [El sombrero del Mago , 1948] el libro que realmente lanz
autora de libros infantiles. Fue traducido al inglés y abrió el camino para la cole los
contexto internacional. Los libros se han traducido a 35 idiomas y se han ptaciones
teatro como para radio y televisión. Sin embargo, los libros mumin constituyen sól
producción artística mucho más extensa.
ve Jansson también ha escrito novelas, relatos, piezas radiofónicas y obras teatrales
bedragaren, Rent spel y Resa med latt bagage. Uno de sus libros favoritos era El libr ano
que cuenta la historia de la joven Sofía y su octogenaria abuela, para ve utilizó a su
como modelo. Tove Jansson recibió una gran cantidad de distinc remios, entre ello
Holgersson 1953, el Nacional de Literatura 1963, 1
82, la Medalla Hans Christian Andersen 1966, el Premio Márbacka 1972, la
1976 y el Gran Premio de la Academia Sueca 1994.
Tove Jansson con algunos de sus personajes
Notas
Un erizo desahuciado es un erizo al que echaron de su vivienda en contra de su vol
le tiempo siquiera para que cogiese el cepillo de dientes. (N. de la A.)<<
En caso de que el lector sienta deseos de llorar, se le agradecería que echase una rá
ágina 147. (N. de la A.)<<
umin—. Es exactamente la clase de día apropiado
ó a sus familiares. Brincaban por el terreno del j mados
as.
unto final al vals, se echó a reír y dijo:
ocupada!
persona que puede vivir en la caseta de baño es T dijo mamá
seta de baño representa una comodidad esiva. Lo mismo
aúles colocados en la orilla del ma
su organillo a todos los demás cripes y anim
colna veel nptrainmaeSr uarz,apferáron,aqúneu
ajo
urgía
Esnorquita—. Si hiela, estará protegido.
Mumin—. Déjalo que luche por la supervivencia. lo
tan fáciles.
ue tuvo la necesidad de estar solo. Se alejó rápidam
correr. Corrió sobre la nieve medio fundida, con
emente porque era feliz, sin tener que pensar en na
ho embarcadero y atravesó la vacía y ventilada cas o.
caseta de baño, con el mar de primavera a sus pies. Si
organillo, muy apagada, que Tutiqui tocaba remo más
gua y se esforzó en recordar el momento en que el alejó y se
FIN Y PRINCIPIO
01) era la mayor de los tres hijos del escultor sueco
jante sueca Signe Hammarsten-Jansson. En La hija del es
ico bohemio-burgués de Helsinki. La familia pasa anos en el
n la costa cerca de la capital, un lugar q da inspiró a Tove
la hora de crear Valle Mumin.
ía artista. Dejó la escuela a los 15 años y estudió ar ocolmo,
a y participó en varias exposiciones. En los 30 y 1940 era ya
as antifascistas para la revista Ga lizó una serie de atrevidas
ágenes de la vida cotidiana landia en tiempos de guerra.
och den stora óversvamningen [El trollicito y el uvio] se publicó en
o novelista Tove Jansson dio el papel protagoni
Msumteibnetroleln».G«aArml p. rEincilpaiore, vpiasrta, melí
»rk, »e,xpahli ocasión Tove, «pero de alguna manera terminó
p actividades que tuvieron que convivir; una convivencia
e tal vez se plasmara e
n ocho títulos más, escritos en sueco, sobre el mundo min. El
, primera versión de La llegada del comet 46, y el último Sent i
. A la familia de Valle M o centro lógicamente era Mamá
into grupo de vecin ñorita Snork y Snif, el Snusmumrik y
s filifjonkor, los hatifnat y los hemul,
modo de ver la vida. Con los mumin y sus amigos,
omo que inspira y cautiva por igual a los niños y
Mago , 1948] el libro que realmente lanzó a sson como
al inglés y abrió el camino para la cole los mumin en el
traducido a 35 idiomas y se han ptaciones de ellos tanto para
embargo, los libros mumin constituyen sólo parte de una
elatos, piezas radiofónicas y obras teatrales, com iga
e. Uno de sus libros favoritos era El libr ano (Siruela, 1996),
su octogenaria abuela, para ve utilizó a su propia madre
gran cantidad de distinc remios, entre ellos la Plaqueta Nils
ura 1963, 1
sen 1966, el Premio Márbacka 1972, la Medall landia
Sueca 1994.
on con algunos de sus personajes
Notas
echaron de su vivienda en contra de su voluntad
pillo de dientes. (N. de la A.)<<
llorar, se le agradecería que echase una rápida mir
Colección de Los Mumin
s libros de Los Mumin (del sueco Mumintroll) son historias para niños protagonizada
escandinavos cubiertos de suave pelo blanco, con aspecto redondo, gra
na cola terminada en un mechón que les hacen asemejarse remotamente a h
Los Mumin son seres dulces y delicados caracterizados por sus buenas maneras y su
Para ellos el menor gesto, el hecho más nimio, es un acontecimiento cap encaden
aventura siempre ingenua y fantástica.
Habitan en el Valle Mumin, un lugar idílico y tranquilo, donde viven en a
Su hogar está cerca del mar y rodeado de montañas. En invierno todo se
a estallar en colores cuando llega la primavera. Su casa es azul y redonda, con form
ampliaciones para alojar a las numerosas visitas.
Además de la familia Mumin, también hay varios amigos suyos que son difere
humanos: Los ordenados Hemulens, los intrépidos husmeones, los Snorks,
pegapatas, los goumpers y muchas otras pequeñas criaturas como las musa i
Aunque son dibujos y relatos hechos para niños, en el transfondo la autora
de vida: La defensa de la convivencia pacífica, la amistad y la familia, la
masa dcoesvaisdam, aytedrieanlterso, dlae leaduincdaicviiódnu,aelildaredspdetocaydacu
rpeosrpeetlompeodriloasamfobrimenatse,deposrercpuoa rañas o extravagantes que en principio
El estilo de los libros de Los Mumin fue cambiando con el paso del tiempo. Así, lo
aventuras con inundaciones, cometas y otros eventos sobrenaturales. Tien mo
amable. La familia Mumin en invierno (1957) marcó un giro important torias toman
“realista” (en el contexto del universo Mumin, naturalmente) sonajes empiezan a
profundidad psicológica. Las siguientes novelas son
ioLso
sy
Personajes de Los Mumin
ta peliminar: Debido a las numerosas traducciones que se han realizado, los nomb
ido variando con las ediciones y formatos. Esperamos haber sido capac oger
Mumintroll (también llamado el troll mumin) es un Mumin joven, amable y cu
que sinevienstteigreasra, peorrotolodoquloe qmuáeslleergodesu taa. eEsl cmoulencdcoioensatrá pllied
y c o n c h a s . C o todos los Mumin le encanta el mar. Tiene una gran confianza
e c o s a s i n t er e s
preocupa si alguno de ellos es infeliz. Es muy sensible y nada rencoroso.
ador y un pensador, y su mejor amigo es el vagabundo inconformista Snusmumrik.
piensa que el Valle Mumin es el lugar más interesante y más seguro del mundo él e
curioso. Puede llenar su deseo de entender las cosas excepcionales aturas extrañas
Lo único que le hace sentir mal es que le dejen solo.
v
proei mberte,qcuueanvolverSod náuslamVuallmreikMseumvainaellspurrimduerranteaíd dele ipnr
Pdoerjasuuncascaartapaareescpeencimalueltitln itantes, lo cual le hace muy feliz.
Ama a su familia por encima de todo. No hay problema que Mamá Mumin no pued
Mumin inventa una buena excusa para ir de aventuras, él siempre está dispu
señorita Snork empezó a ser su novia aprende que el amor a veces puede h tir nostá
francamente triste.
Mumintroll aparece desde el primer número de la colección “Los Mumin y la gran
mayoría de edad en las historias de los Mumin, pero se hace muy mayor en el os M
Es fácilmente reconocible por su forma redondeada y suave, y el pe el extremo de s
Mumins tienen ojos grandes y orejas pequeñas.
pá Mumin es un orgulloso padre de familia, aventurero y un tanto infantil. Le anta
siempre quiere estar donde esté la acción. Se considera a sí smo un erudito e
materias y siempre está dispuesto a aconsejar a demás. También es un soñador a
whisky y la compañía de igos extravagantes. Disfruta reflexionando sobre gr
vitales y a
nudo toma notas de sus observaciones, escribir es muy importante para él. Le enca
habilidoso marinero y pescador. Vivió en su juventud grandes aventuras y le d tarla
oportunidad.
Se le reconoce enseguida porque lleva sombrero de copa y bastón. Aparece desde
Mumin y la gran Inundación” y nos cuenta sus grandes hazañas de juventud
Papá Mumin”.
má Mumin es una madre tranquila y serena que nunca pierde los nervios por tonter
la casa Mumin sea siempre un lugar seguro y lleno de amor tanto para su familia co
itantes. Educa a su familia con tanta habilidad que apenas notan que están siendo e
todos sean felices y valora a cada uno por sí mismo, interviene siem alguien
otro. No se preocupa por las payasadas de los demás p cree que todos aprendemos
errores. Siempre está dispuesta ayudar y consolar, nadie puede estar triste si ella es
habitant valle de Mumin confían en ella porque nunca revela los secretos que le co
acias a ella todo va como una seda en la casa de los Mumin. Consigue solucionar in
difíciles y siempre ve el lado bueno de las cosas.
Lleva un delantal y un enorme bolso negro lleno con todo tipo de cosas importante
emergencia como alambre, pastillas para dolor de estómago y caramelos. Aparece
los Mumin.
señorita Snork, (también llamada Esnorquita / la señorita Pocavoz) es la amiga om
de Mumintroll. Se gustan mucho y les encanta pasar el rato tos. Tiene una personal
llena de energía aunque sus continuos mbios de opinión pueden irritar un poco a lo
soñadora y a menudo
ne fantasías romanticas. También es un poco coqueta y vanidosa, pero en la
aciones difíciles tiene ideas muy ingeniosas. En el libro “La llegada del cometa” se
ma de librase de un pulpo que amenaza a Mumintroll. Su manía es que su flequillo
peinado. Lleva una tobillera dorada. Tiene un hermano, Snork. Ambos son S
difiere ligeramente de los Mumins. Por ejemplo su piel cambia de color según su e
señorira Snork se siente molesta se vuelve de color verde claro. Apare i todos los li
Mumin.
(también llamado Manrico / Husmealotodo / Snufkin) es un vaga recorre el
filósofo que
y tocando la armónica. Lleva todo l
necesita en su mochila y cree que tener demasiadas cosas te complica la vid tranqu
gusta reflexionar sobre las cosas. Va y viene como le Tiene un montón de admir
Valle Mumin, especialmente entr
itantes más pequeños y tímidos. Su mejor amigo es Mumintroll. Snusmumrik
ntecimiento y cada nueva persona que conoce cálidamente y con interés. Le gusta p
Mumin en su valle pero en noviembre emigra al sur a pasar el invierno, vo
m
caa.veNroa. leEsprseoocciuabpalen, cpóemroo psreeflilearmeavnieasjaors
l ugloa.reEsxqpuloerarecluogrraeresinqouedinsofructoanr odceel yviacjoemeenl anta vagar por la
s o
sólo por la luz de la luna. Siempre lleva un sombrero de de oscuro de ala ancha
maltrecho del mismo color. La Pequeña My es su mana. Es hijo de Mimbla y
los Mumin por primera vez en el libro “La ll cometa”.
Pequeña My (también llamada Mia Diminuta / Pequeña May La-Mas-Pequeña-Qu
Mumin aunque no tiene vinculo familiar con ellos. Es muy valiente y no le teme a
dispuesta a unirse a cualquier aventura. Es positiva y sociable y aunque tie
s Hemulens (también llamados Jemulens / Melindrosos) se parecen físicamen
aunque son algo más grandes. Aman el orden y la jerarquía. Les gusta man esperan
cumplan las leyes al pie de la letra. No son muy dados a esc la opinión de los demá
sentido del humor. A menudo colecc cosas como distracción, pero se obsesionan y
tiempo para pens
a más. En cuanto empiezan a coleccionar plantas o sellos tienen la necesidad de co
antes posible. El Guardia que persigue a Stinky le gusta a todo el mundo, mientras
completamente obsesionado con coleccionar es un poco intratable. Los Hem
primer libro “Los Mumin y la gran inundación”.
Snork (también llamado Esnorque / el Pocavoz) es hermano de la señorita Snork. d
ingenioso, con un talento excepcional para inventar y construir quinas nuevas
Valle Mumin le consultan a menudo y le piden da para resolver problemas difíciles
con habilidad hasta el más gente de los proyectos. También es bueno con las mano
construye sus
pias invenciones en su taller. Fue aquí donde construyó su extraño artilugio volado
para él. Investiga por su cuenta y luego transmite sus conocimientos y observacion
más. También es un lector voraz. No duda en expresar cómo piensa que se pueden
por eso los demás lo consideran un poco un sabelotodo. Snork lleva flequillo y ga n
cuadrada. Al igual que su hermana cambia de color según su estado de ánim ontram
vez en “La llegada del cometa”.
Mymla (también llamada Mymble / Mymlan) es hermana de Pequeña My y
m a yoarnatedneta,Srneusspmonumsabrikle. yScaru miñaodsrae qtuambse eiéoncusepalldaemcaui
h e rm
suunsahehre menores. A pesar de tener los mismos padres y parecerse, Mymbla y Peq
diferentes. Mymbla es mucho más calmada y le gusta soñar con cóm
mor de su vida. Lleva un vestido rosa y se recoge el pelo en un moño idéntico al de
por primera vez en el libro “Las memorias de Papá Mumin.”
s Hatifnats (también llamados Jatifnatarnis / hatifnatas / Hattifatteners) son unos es
están siempre deambulando en grandes manadas. La única a que les interesa es
horizonte. Son pálidos, sordos, mudos, no tienen a y acumulan electricidad. No nec
dormir. Se agrupan muy juntos grandes manadas. Sólo les interesa vagar por ahí. P
delgadas con dos
ueñas manos a los lados. Sus grandes ojos cambian de color en función del paisaje
La Filifjonka (también llamada la Señora Fillyjonk): Para ella son vita
principios estrictos. No quiere que sus hijos aprendan malas costumbre
hagan demasiado ruido al jugar. Quiere que sus normas y princip
obedezcan al pie de la letra. Incluso la desgracia más insignifican
deprimirla y pierde los nervios con facilidad. Aunque es obediente hasta extr ospec
se siente un poco celosa de la libertad con la que viven los M ntiene un nivel exhau
orden en su casa y jardín. Tiene un hocico largo y vestido rojo a conjunto con la bo
sombrero. Viste a todos sus hijos exactamente ando la Filifjonka sale a pasear lleva
Vive con sus tres hijos en el valle M una casa rodeada por una valla muy cuidada. A
primera vez en el libro “Loca noc n Juan”.
Bu (también llamada La Buka / La Moran) es una criatura oscura cuya mera sencia aterroriza a todos dondequier
Aparece sin que la inviten y rara dice nada. Por lo general, simplemente se queda
amenazadoramente sus ojos redondos y desaparece tan pronto como consigue lo qu
rodea un aura gélida y congela todo lo que toca. Se sabe poco de su vida.
nque los Mumins la temen también les da mucha pena su soledad desesperada. Se e
primera vez en el libro “La llegada del cometa” y con más protagonismo en “El som
ella aparece buscando el Rubí del Rey que Tofelan y Vifelán habían robado.
de reconocer por sus ojos fijos y la larga fila de dientes brillando bajo su gran nariz
Tofelán y Vifelán son inseparables y casi siempre van cogidos de la mano. H de fo
principio sólo Hemulen logra entender. A este pequ curioso dúo les gusta esconder
donde se acumulan cosas (como d de las alfombra o dentro de los cajones). Son mu
con el otro cuando tratan con los demás son muy reservados. En el libro “La
meta” roban el bolso de Mamá Mumin para dormir en él, pero en cuanto se dan cue
hlo necesita se lo devuelven. Sin embargo, no están tan dispuestos a renunciar a Ru
quitado a La Bu. Aunque son gemelos idénticos se les puede distinguir porque To
va una gorra roja.
Tolondrón (también llamado Saltacabrillo) es un coleccionista atolondrado y
vive en una lata de café. Almacena todos los botones que uentra pero es irremedia
descuidado con su colección. Siempre está idando y perdiendo cosas. También es
lleva una cacerola en la
eazvae.nEtusrasoebnrilnaoqude lacinovmepntaoñrabFareadPikaspoánMyucmoino.cEiós eal spuadersepdo
en
Fredrikson (también llamado Hodgkins) es el primer gran amigo de Pa
inventor del maravilloso barco volador-sumergible-todoterreno “
Tranquilo e ingenioso, tiene la habilidad de serenar y convencer a rode
Bártulos y el tio de El Tolondrón. Tiene grandes orejas y una bata de c
conocemos en “La memorias de Papá Mumin”.
nky tiene una forma que recuerda a un erizo. Gasta bromas pesadas a los demás, es un
http://slidepdf.com/reader/full/tove-jansson-la-familia-mumin-en-invierno 107/107
Colección de Los Mumin
s libros de Los Mumin (del sueco Mumintroll) son historias para niños protagonizadas po i
escandinavos cubiertos de suave pelo blanco, con aspecto redondo, grandes
na cola terminada en un mechón que les hacen asemejarse remotamente a hipopó
Los Mumin son seres dulces y delicados caracterizados por sus buenas maneras y su len
Para ellos el menor gesto, el hecho más nimio, es un acontecimiento cap encadenar la
aventura siempre ingenua y fantástica.
Habitan en el Valle Mumin, un lugar idílico y tranquilo, donde viven en armon
Su hogar está cerca del mar y rodeado de montañas. En invierno todo se cubre
a estallar en colores cuando llega la primavera. Su casa es azul y redonda, con forma de
ampliaciones para alojar a las numerosas visitas.
Además de la familia Mumin, también hay varios amigos suyos que son diferentes e
humanos: Los ordenados Hemulens, los intrépidos husmeones, los Snorks, el En
pegapatas, los goumpers y muchas otras pequeñas criaturas como las musa isibles
Aunque son dibujos y relatos hechos para niños, en el transfondo la autora refle
de vida: La defensa de la convivencia pacífica, la amistad y la familia, la nece
masa dcoesvaisdam, aytedrieanlterso, dlae leaduincdaicviiódnu,aelildaredspdetocaydacunidoa,d
rpeosrpeetlompeodriloasamfobrimenatse,deposrercpuoa rañas o extravagantes que en principio pud
El estilo de los libros de Los Mumin fue cambiando con el paso del tiempo. Así, los pri h
aventuras con inundaciones, cometas y otros eventos sobrenaturales. Tien mor lig
amable. La familia Mumin en invierno (1957) marcó un giro important torias toman una
“realista” (en el contexto del universo Mumin, naturalmente) sonajes empiezan a adq
profundidad psicológica. Las siguientes novelas son
tí tunlousnayplsaicfoelcohgaíadperopfubnlicd a.ción en sueco que aparecen a continuación
c o
Personajes de Los Mumin
ta peliminar: Debido a las numerosas traducciones que se han realizado, los nombres d
ido variando con las ediciones y formatos. Esperamos haber sido capac ogerlos to
Mumintroll (también llamado el troll mumin) es un Mumin joven, amable y cu
que sinevienstteigreasra, peorrotolodoquloe qmuáeslleergodesu taa. eEsl cmoulencdcoioensatrá plliedrasdon
y c o n c h a s . C o todos los Mumin le encanta el mar. Tiene una gran confianza en su
e c o s a s i n t er e s
preocupa si alguno de ellos es infeliz. Es muy sensible y nada rencoroso.
ador y un pensador, y su mejor amigo es el vagabundo inconformista Snusmumrik. Mum
piensa que el Valle Mumin es el lugar más interesante y más seguro del mundo él es tan
curioso. Puede llenar su deseo de entender las cosas excepcionales aturas extrañas sin te
Lo único que le hace sentir mal es que le dejen solo.
v
proei mberte,qcuueanvolverSod náuslamVuallmreikMseumvainaellspurrimduerranteaíd dele ipnrvimiea
Pdoerjasuuncascaartapaareescpeencimalueltitln itantes, lo cual le hace muy feliz.
Ama a su familia por encima de todo. No hay problema que Mamá Mumin no pueda res
Mumin inventa una buena excusa para ir de aventuras, él siempre está dispue uir
señorita Snork empezó a ser su novia aprende que el amor a veces puede h tir nostálgico
francamente triste.
Mumintroll aparece desde el primer número de la colección “Los Mumin y la gran inund
mayoría de edad en las historias de los Mumin, pero se hace muy mayor en el os Mumin
Es fácilmente reconocible por su forma redondeada y suave, y el pe el extremo de su col
Mumins tienen ojos grandes y orejas pequeñas.
pá Mumin es un orgulloso padre de familia, aventurero y un tanto infantil. Le anta filos
siempre quiere estar donde esté la acción. Se considera a sí smo un erudito experto
materias y siempre está dispuesto a aconsejar a demás. También es un soñador al qu
whisky y la compañía de igos extravagantes. Disfruta reflexionando sobre grande
vitales y a
nudo toma notas de sus observaciones, escribir es muy importante para él. Le encanta el
habilidoso marinero y pescador. Vivió en su juventud grandes aventuras y le d tarlas en
oportunidad.
Se le reconoce enseguida porque lleva sombrero de copa y bastón. Aparece desde el p o
Mumin y la gran Inundación” y nos cuenta sus grandes hazañas de juventud e em
Papá Mumin”.
má Mumin es una madre tranquila y serena que nunca pierde los nervios por tonterías. C
la casa Mumin sea siempre un lugar seguro y lleno de amor tanto para su familia como p
itantes. Educa a su familia con tanta habilidad que apenas notan que están siendo educad
todos sean felices y valora a cada uno por sí mismo, interviene siem alguien le h
otro. No se preocupa por las payasadas de los demás p cree que todos aprendemos much
errores. Siempre está dispuesta ayudar y consolar, nadie puede estar triste si ella está a s
habitant valle de Mumin confían en ella porque nunca revela los secretos que le co
acias a ella todo va como una seda en la casa de los Mumin. Consigue solucionar inclus
difíciles y siempre ve el lado bueno de las cosas.
Lleva un delantal y un enorme bolso negro lleno con todo tipo de cosas importantes pa o
emergencia como alambre, pastillas para dolor de estómago y caramelos. Aparece e os l
los Mumin.
señorita Snork, (también llamada Esnorquita / la señorita Pocavoz) es la amiga ompañer
de Mumintroll. Se gustan mucho y les encanta pasar el rato tos. Tiene una personalidad
llena de energía aunque sus continuos mbios de opinión pueden irritar un poco a los dem
soñadora y a menudo
ne fantasías romanticas. También es un poco coqueta y vanidosa, pero en las
aciones difíciles tiene ideas muy ingeniosas. En el libro “La llegada del cometa” se le oc
ma de librase de un pulpo que amenaza a Mumintroll. Su manía es que su flequillo tiene
peinado. Lleva una tobillera dorada. Tiene un hermano, Snork. Ambos son Snork
difiere ligeramente de los Mumins. Por ejemplo su piel cambia de color según su e ánim
señorira Snork se siente molesta se vuelve de color verde claro. Apare i todos los libros
Mumin.
(también llamado Manrico / Husmealotodo / Snufkin) es un vaga recorre el mun
filósofo que
Snusmumrik
y tocando la armónica. Lleva todo l
necesita en su mochila y cree que tener demasiadas cosas te complica la vid tranquilo y
gusta reflexionar sobre las cosas. Va y viene como le Tiene un montón de admiradore
Valle Mumin, especialmente entr
itantes más pequeños y tímidos. Su mejor amigo es Mumintroll. Snusmumrik rec
ntecimiento y cada nueva persona que conoce cálidamente y con interés. Le gusta pasar
Mumin en su valle pero en noviembre emigra al sur a pasar el invierno, volvien
m
caa.veNroa. leEsprseoocciuabpalen, cpóemroo psreeflilearmeavnieasjaors
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s o
sólo por la luz de la luna. Siempre lleva un sombrero de de oscuro de ala ancha y un
maltrecho del mismo color. La Pequeña My es su mana. Es hijo de Mimbla y Bártu
los Mumin por primera vez en el libro “La ll cometa”.
Pequeña My (también llamada Mia Diminuta / Pequeña May La-Mas-Pequeña-Que-Ha
Mumin aunque no tiene vinculo familiar con ellos. Es muy valiente y no le teme a mpre
dispuesta a unirse a cualquier aventura. Es positiva y sociable y aunque tie
s Hemulens (también llamados Jemulens / Melindrosos) se parecen físicamente a
aunque son algo más grandes. Aman el orden y la jerarquía. Les gusta man esperan que
cumplan las leyes al pie de la letra. No son muy dados a esc la opinión de los demás y ca
sentido del humor. A menudo colecc cosas como distracción, pero se obsesionan y ya no
tiempo para pens
a más. En cuanto empiezan a coleccionar plantas o sellos tienen la necesidad de comple
antes posible. El Guardia que persigue a Stinky le gusta a todo el mundo, mientras q áni
completamente obsesionado con coleccionar es un poco intratable. Los Hem recen
primer libro “Los Mumin y la gran inundación”.
Snork (también llamado Esnorque / el Pocavoz) es hermano de la señorita Snork. diligen
ingenioso, con un talento excepcional para inventar y construir quinas nuevas. Los
Valle Mumin le consultan a menudo y le piden da para resolver problemas difíciles. Pue
con habilidad hasta el más gente de los proyectos. También es bueno con las manos y a
construye sus
pias invenciones en su taller. Fue aquí donde construyó su extraño artilugio volador. La
para él. Investiga por su cuenta y luego transmite sus conocimientos y observaciones
más. También es un lector voraz. No duda en expresar cómo piensa que se pueden resol
por eso los demás lo consideran un poco un sabelotodo. Snork lleva flequillo y ga ntura
cuadrada. Al igual que su hermana cambia de color según su estado de ánim ontramos p
vez en “La llegada del cometa”.
Mymla (también llamada Mymble / Mymlan) es hermana de Pequeña My y
m a yoarnatedneta,Srneusspmonumsabrikle. yScaru miñaodsrae qtuambse eiéoncusepalldaemcauiMdayr
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suunsahehre menores. A pesar de tener los mismos padres y parecerse, Mymbla y Pequeñ s
diferentes. Mymbla es mucho más calmada y le gusta soñar con cóm
mor de su vida. Lleva un vestido rosa y se recoge el pelo en un moño idéntico al de Pequ
por primera vez en el libro “Las memorias de Papá Mumin.”
s Hatifnats (también llamados Jatifnatarnis / hatifnatas / Hattifatteners) son unos es sile
están siempre deambulando en grandes manadas. La única a que les interesa es alca
horizonte. Son pálidos, sordos, mudos, no tienen a y acumulan electricidad. No necesita
dormir. Se agrupan muy juntos grandes manadas. Sólo les interesa vagar por ahí. Parece
delgadas con dos
ueñas manos a los lados. Sus grandes ojos cambian de color en función del paisaje que l
La Filifjonka (también llamada la Señora Fillyjonk): Para ella son vitales el
principios estrictos. No quiere que sus hijos aprendan malas costumbre disg
hagan demasiado ruido al jugar. Quiere que sus normas y princip
obedezcan al pie de la letra. Incluso la desgracia más insignificante
deprimirla y pierde los nervios con facilidad. Aunque es obediente hasta extr ospechable
se siente un poco celosa de la libertad con la que viven los M ntiene un nivel exhaustivo
orden en su casa y jardín. Tiene un hocico largo y vestido rojo a conjunto con la borla de
sombrero. Viste a todos sus hijos exactamente ando la Filifjonka sale a pasear lleva un p
Vive con sus tres hijos en el valle M una casa rodeada por una valla muy cuidada. Apare
primera vez en el libro “Loca noc n Juan”.
Bu (también llamada La Buka / La Moran) es una criatura oscura cuya mera sencia aterroriza a todos dondequiera que
Aparece sin que la inviten y rara dice nada. Por lo general, simplemente se queda miran
amenazadoramente sus ojos redondos y desaparece tan pronto como consigue lo que vin
rodea un aura gélida y congela todo lo que toca. Se sabe poco de su vida.
nque los Mumins la temen también les da mucha pena su soledad desesperada. Se encue
primera vez en el libro “La llegada del cometa” y con más protagonismo en “El som ma
ella aparece buscando el Rubí del Rey que Tofelan y Vifelán habían robado.
de reconocer por sus ojos fijos y la larga fila de dientes brillando bajo su gran nariz.
Tofelán y Vifelán son inseparables y casi siempre van cogidos de la mano. H de forma
principio sólo Hemulen logra entender. A este pequ curioso dúo les gusta esconderse en
donde se acumulan cosas (como d de las alfombra o dentro de los cajones). Son muy am
con el otro cuando tratan con los demás son muy reservados. En el libro “La Lle
meta” roban el bolso de Mamá Mumin para dormir en él, pero en cuanto se dan cuenta d
hlo necesita se lo devuelven. Sin embargo, no están tan dispuestos a renunciar a Rubí del
quitado a La Bu. Aunque son gemelos idénticos se les puede distinguir porque To
va una gorra roja.
Tolondrón (también llamado Saltacabrillo) es un coleccionista atolondrado y no de
vive en una lata de café. Almacena todos los botones que uentra pero es irremediableme
descuidado con su colección. Siempre está idando y perdiendo cosas. También es un po
lleva una cacerola en la
eazvae.nEtusrasoebnrilnaoqude lacinovmepntaoñrabFareadPikaspoánMyucmoino.cEiós eal spuadersepdoesaSnl
en
Fredrikson (también llamado Hodgkins) es el primer gran amigo de Papá M
inventor del maravilloso barco volador-sumergible-todoterreno “Cha
Tranquilo e ingenioso, tiene la habilidad de serenar y convencer a rodean. E
Bártulos y el tio de El Tolondrón. Tiene grandes orejas y una bata de científ
conocemos en “La memorias de Papá Mumin”.
nky tiene una forma que recuerda a un erizo. Gasta bromas pesadas a los demás, es un
http://slidepdf.com/reader/full/tove-jansson-la-familia-mumin-en-invierno 107/107
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