Entre los brazos del lobo
Christina Brune
Derechos de autor © 2023 Christina Brune
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Los personajes y eventos que se presentan en este libro son ficticios. Cualquier
similitud con personas reales, vivas o muertas, es una coincidencia y no algo
intencionado por parte del autor.
Ninguna parte de este libro puede ser reproducida ni almacenada en un sistema
de recuperación, ni transmitida de cualquier forma o por cualquier medio,
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Agradecimientos
Acerca del autor
Guerra de clanes
1
Silvia se moría. Se retorcía en el suelo, le faltaba el aire y
la sangre manaba de su cuello. Su única opción de vivir era
la sangre que manaba del antebrazo de Rainer, el maldito
vampiro que lo había destrozado todo. Su cuerpo quiso
resistirse, pero su mente no pudo. Temía a la muerte y, en
un acto desesperado, bebió aquella sangre negra.
Sabía a hierro oxidado y era espesa como el barro. Se
deslizó por su garganta quemando como si fuese alcohol.
Casi se atragantó intentando tragarla.
—¡No! —escuchó que gritaba Krimer, lo oía lejos a pesar
de estar cerca—. ¡Déjala!
—Eso es, bebe —le susurró Rainer al oído, su voz lo era
todo, un susurro de terciopelo en su oreja—. Acéptalo,
déjalo entrar.
El estómago de Silvia empezó a arder y una oleada de
dolor la dejó sin aire. Sus entrañas se retorcieron como si se
las estuviesen apretando, intentó gritar, pero solo consiguió
gimotear, se retorció por el suelo del cobertizo, presa de un
dolor inhumano.
—¡Acéptalo! —ordenó Rainer.
—¡No! —gritó Krimer—. ¡No lo aceptes!
Ella solo consiguió gruñir mientras todo su cuerpo se
retorcía, sus venas ardían como si estuviesen siendo
atravesadas por fuego. Agujas se clavaban en su cabeza, no
le dejaban pensar, ni ser consciente de lo que ocurría a su
alrededor. Solo podía sentir el dolor. La voz de Rainer se
deslizó una vez más como seda hasta sus oídos.
—Acéptalo.
Y ella quiso aceptarlo, lo que fuese con tal de acabar con
aquel sufrimiento. Cerró los ojos y dejó de luchar, el ardor
en sus venas recorrió su cuerpo entero y, por fin, un grito de
agonía, de dolor inmenso, escapó de sus labios.
—¡Silvia! —gritó Krimer.
Pero Silvia no pudo responder, su mente se nublaba, el
mundo daba vueltas a su alrededor. Hacía calor. Tanto calor.
Las venas le ardían, su sangre hervía. Intentó gritar de
nuevo, pero su voz quedó apagada por una arcada y luego
vomitó sangre. De nuevo, un golpe, como un mazo contra
su estómago, la dejó sin aire y perdió el conocimiento. Silvia
se derrumbó en aquel cobertizo abandonado, su rostro
hundido en la tierra revuelta y la sangre que acababa de
vomitar.
◆◆◆
—Voy a matarte —rugió Krimer—. Puede que no hoy,
puede que no mañana, pero te aseguro que tarde o
temprano, acabaré contigo.
Rainer sonrió ante la provocación. El vampiro alzó la
mirada del cuerpo inerte de Silvia para mirarlo a él, un brillo
febril iluminaba sus ojos.
—¿Cómo piensas hacer eso, hermanito? —preguntó
relamiendo cada instante de lo que creía ser su victoria—.
Sois tan débiles los licántropos, un poco de plata y no sois
capaces de transformaros, ¿cómo vas a detenerme?
Krimer sintió cada fibra de su cuerpo arder de rabia, una
oleada violenta y abrasadora subió desde su estómago
hasta su pecho. Tiró de las cadenas, intentando librarse de
ellas, intentando llegar a su hermanastro. Gritó de dolor
cuando la plata le quemó las muñecas, pero no dejó de
tirar, su rostro desencajado por la rabia, sus colmillos
afilados.
—Clavaré una estaca en tu podrido corazón, bastardo —
amenazó—. ¡Acabaré contigo! ¡Aunque sea lo último que
haga!
Rainer sonrió impávido ante sus amenazas. Se deleitaba
con ellas, estaba disfrutando de aquel momento que tantos
años llevaba preparando. Se acercó a él dando un paso por
encima de Silvia.
—Ay, Krimer, cuanta bravuconería, ¿sabes cuál es la
diferencia entre tú y yo? Yo no amenazo, yo actúo. Llevo
años planeando en las sombras tu final, esperando al
momento adecuado —Rainer lo cogió de las mejillas con
fuerza y le obligó a mirarle a los ojos—. Cuando se dio, todo
mi plan se puso en marcha, una maquinaria bien engrasada
para destruirte. Tú solo sabes rugir y dar golpes, pero te
falta esto de aquí.
Rainer le tocó la sien. Krimer intentó dar un cabezazo,
pero el vampiro se echó a un lado y se relamió la sangre de
Silvia que todavía manchaba su barbilla.
—Si eres tan listo —rugió Krimer—. Acaba conmigo de
una maldita vez, has ganado esta guerra estúpida en la que
solo peleabas tú.
El vampiro torció el gesto, decepcionado.
—No, no, no, hermanito —susurró con malicia—. Yo no
voy a acabar contigo. Ella lo hará.
Krimer frunció el ceño, confuso, pero entonces el plan de
su hermanastro se hizo claro. Miró a Silvia, tendida en el
suelo, su respiración se iba apagando poco a poco. La
sangre corrupta del vampiro había entrado en ella y eso… la
convertiría.
—Ella te devorará —dijo Rainer, sonriente—. En cuanto
despierte como un ghoul, sedienta de sangre, feral, incapaz
de controlarse, buscará la fuente de sangre más cercana y
acabará contigo para siempre.
Krimer retrocedió, toda su fuerza y su rabia perdida. Por
primera vez, desde que toda aquella locura había
empezado, sintió miedo. Un miedo real que le dejó con el
corazón en un puño. No por él, estaba dispuesto a aceptar
su muerte, si no por que aquel bastardo estuviese usando a
Silvia de aquella manera tan retorcida. Ella quedaría
maldita, maldita de vivir para siempre sabiendo lo que había
hecho, sabiendo que lo había matado.
Rainer notó su miedo y sonrió y esa sonrisa se convirtió
en una carcajada malvada y desquiciada.
—Os dejo solos —dijo—. No quiero quitaros la intimidad
en un momento así.
Con paso victorioso, eufórico, el vampiro abandonó el
cobertizo y dejó a Krimer allí solo, colgando de las cadenas
de plata, perdido en sus propios pensamientos. Observaba a
Silvia con un nudo en el estómago.
Si solo la hubiese escuchado antes, si solo las cosas
hubiesen sido distintas, si no se hubiese obsesionado con
reconstruir su clan y hubiese entendido que…
El cuerpo de Silvia dio un espasmo.
◆◆◆
Silvia sintió la oscuridad rodeándola, apoderándose de
ella. El frío se instaló en su pecho y se fue extendiendo
como una enfermedad. Tras un tiempo indefinido rodeada
por aquel vacío, abrió los ojos. Sentía la mente espesa, era
incapaz de pensar con claridad porque tenía… hambre. Un
hambre voraz, febril, sentía un hueco en el estómago.
Intentó incorporarse, pero los brazos le fallaron y se dio de
bruces contra el barro. Gruñó, un latigazo de rabia ardió en
su pecho y lo intentó de nuevo. Se puso en pie, con las
piernas temblando y un terrible dolor de cabeza. Miró a su
alrededor, confusa, desorientada. Entonces lo vio, Krimer,
pendía de las cadenas y la miraba con ojos llenos de
tristeza. Sus labios se movían, pero Silvia era incapaz de oír
nada. Solo podía pensar en el hambre. Sus ojos se
deslizaron al cuello de él y vio la carótida marcada, un
fogonazo de calor descendió de sus entrañas a su
entrepierna, se relamió con la boca húmeda y el hambre
rugiendo en su estómago.
—Lucha, Silvia, lucha —parecía repetir él, como un
mantra desesperado.
Ella dio un paso hacia Krimer, pudo sentir las
palpitaciones en el cuello de él, pudo sentir la sangre que
corría por aquellas venas. El hambre se agudizo, el dolor fue
casi insoportable y tuvo que encogerse sobre sí misma para
no vomitar.
—¡Lucha! —repitió él.
Pero Silvia no entendía contra qué tenía que luchar. Ella
solo tenía hambre y sed, una sed devastadora, como si
hubiese estado caminando durante días y días por un
desierto. Continuó acercándose, con cada paso trastabillaba
como si sus piernas no le perteneciesen, estaba débil, tan
débil, pero algo en su interior le aseguraba que solo
necesitaba beber para empezar a sentirse mejor.
—Sé que puedes oírme —decía él—. Puedes luchar
contra ello, Silvia, tienes mi sangre, ¿recuerdas?
Sangre, pensó ella y se pasó la lengua por los secos
labios. Sí, eso era lo que necesitaba. Sangre. Llegó hasta
Krimer y pasó la mano por el desnudo pecho de él, los
pectorales marcados, los abdominales esculpidos en
mármol, la piel llena de tatuajes negros, en otro momento
había adorado aquel cuerpo, pero ahora solo podía pensar
en lo que había debajo. En la sangre que corría detrás de
todo aquello.
—Lo siento —dijo él, de pronto, agachando la mirada,
derrotado—. Lo siento, esto es culpa mía. Si no me hubiese
obsesionado con reconstruir mi clan, quizás me habría dado
cuenta de que ese maldito chupasangre había vuelto, podría
haberte protegido, podría…
Silvia agarró a Krimer del cuello, paseó sus dedos por la
carótida y se relamió de nuevo. Algo en su interior le decía
que debía escuchar las palabras de él, pero el hambre que
sentía era mucho más apremiante, mucho más importante.
—Te perdono —continuó él, mirándola a los ojos—. No es
tu culpa, es la mía. Por lo que vas a hacer… te perdono.
Silvia abrió la boca y sintió un dolor punzante cuando sus
caninos se alargaron y afilaron, dispuestos para morder. Se
inclinó hacia el cuello dispuesta a morder. Krimer cerró los
ojos, aceptando su destino, pero en aquel momento Silvia
olisqueó el cuello y el olor de Krimer entró en ella. Un olor
familiar, el olor de un bosque en invierno, con su tierra fría y
cubierta de nieve, sus hojas caídas, descomponiéndose para
alimentar la tierra y dar nueva vida. El olor que desprendía
su sangre de licántropo, la misma sangre que ella tenía.
Algo se encendió en su interior. Un fuego lleno de rabia y
odio, un ardor en su estómago que la golpeó y la dejó sin
respiración. Silvia retrocedió como si le hubiesen pegado un
puñetazo. Se miró las manos, su piel se había tornado
grisácea y arrugada, sus uñas estaban negras y cubiertas
de tierra.
—Oh, no —murmuró.
—¡Lucha! —gritó él otra vez—. ¡Somos la misma sangre,
Silvia! ¡Déjala luchar!
Ella alzó la mirada, confusa, perdida, el dolor en su
estómago no se apagaba, pero ahora encima todas sus
venas ardían como si la sangre le estuviera hirviendo. Gritó
mientras se retorcía de dolor, todo su cuerpo temblaba, el
tatuaje en su pecho empezó a extenderse como si tuviese
vida propia. Serpenteó por debajo de sus pechos y por sus
clavículas. Las uñas se le alargaban y se caían en un
proceso que parecían años condensados en segundos, sus
caninos se alargaban y retraían. Era como si dos seres
intentasen tomar el control de su cuerpo.
—¿Qué está pasando? —consiguió balbucir entre jadeos.
—Tu sangre maldita está luchando —contestó él—. Se
resiste al vampirismo.
Vampirismo, pensó Silvia, solo entonces fue consciente
de que Rainer la había mordido y le había obligado a beber
su sangre. Lo recordó todo de golpe, como un tsunami
golpeando su cabeza. Se miró las manos de nuevo, piel gris,
como los ghouls a los que se había enfrentado aquella
misma noche. El miedo atenazó su cuerpo y mientras, su
sangre seguía hirviendo y su estómago seguía rugiendo.
Demasiado.
Gritó muerta de miedo y dolor, se agarró la cabeza
intentando acallar todo lo que ocurría en su interior.
—¡Silvia! —gritó Krimer.
—¡No! —gritó ella, no quería saber nada, solo quería huir
—. ¡No!
Buscó una salida, vio una ventana tapiada con maderos,
corrió hacia ella e intentó arrancarlos. Los maderos se
destrozaron en sus manos como si no fuesen más que
papel. Se sorprendió de su propia fuerza.
—¡Silvia!
Pero Silvia no quiso escuchar, si miraba atrás, temía que
su sed de sangre no le dejará salir corriendo y la obligase a
hacerle daño. No. Tenía que huir, tenía que esconderse.
—Silvia… —murmuró Krimer.
Ella tragó saliva. Quiso girarse y mirar a aquellos ojos
oscuros una última vez, pero no pudo. No se sentía lo
suficientemente fuerte y el sol amenazaba con salir ya. No
tenía tiempo. Saltó por la ventana y salió corriendo.
2
Bertram despertó y se incorporó rápidamente. Miró a su
alrededor, alarmado, esperando encontrarse rodeado de
vampiros. Le sorprendió la soledad en la que se encontraba.
Entonces, pensó en Silvia. La buscó con la mirada en la
pequeña habitación del pánico.
—¿Qué? —preguntó al aire.
Olisqueó el aire en busca de su rastro, era tenue y se
apagaba por momentos. Silvia ya no estaba. Entonces, se
dio cuenta de que los golpes constantes del martillo sobre la
trampilla habían cesado. Miró hacia arriba.
—Silvia… —susurró—. ¿Qué has hecho?
Se puso en pie de un salto, cogió la ropa que seguía
tendida por el suelo y se vistió todo lo rápido que pudo. Su
olfato aumentado captó atisbos de Silvia en la camisa, el
olor de ella todavía impregnado en la tela, le transportó a
hacia unas horas, cuando ambos habían compartido una
noche pasional y desesperada. Se habían amado y deseado
en un momento en el que ambos creían que era el último.
¿Habría sido así sin el martillo que golpeaba el acceso a la
habitación del pánico? ¿Habría sido así sin la amenaza del
vampiro? Demasiadas dudas. Bertram las guardó en lo más
profundo. Subió las escaleras de dos en dos y abrió la
trampilla. Al otro lado le esperaba una biblioteca vacía. El
suelo alrededor de la trampilla estaba destrozado y la
almádena descansaba abandonada. Ni rastro de vampiros.
Por las ventanas, se colaba ya la luz del sol.
Bertram olisqueó el aire una última vez. El rastro de
Silvia se esfumaba junto al del chupasangre. Tuvo muy claro
lo que había ocurrido. Ella se había entregado para salvarle
la vida a él. Aquella certeza le partió por dentro, pero no
quiso rendirse. Cojeando por la pierna mala, recorrió todas y
cada una de las estancias de la mansión, buscando un rayo
de esperanza, un solo ápice de que ella hubiese conseguido
escapar.
No encontró nada más que restos de la batalla y la
soledad de una mansión destruida y vacía. Salió de la
mansión y siguió el rastro de Silvia hasta la calle, allí
desaparecía por completo. Cayó de rodillas en el asfalto,
agotado y con calambres en la pierna.
—Te encontraré —juró al aire—. Te encontraré y te
salvaré.
Derrotado, Bertram volvió al interior de la mansión. Se
sirvió una copa de whisky y se dejó caer sobre un sofá de
cuero en uno de sus múltiples despachos. Bebió un trago,
luego la copa entera, se sirvió otra y luego una tercera. En
aquellos momentos, no solo pensaba en Silvia, pensaba en
todo su clan a los que había perdido en aquella pelea en los
túneles. Pensó en Petra que se había visto envuelta en todo
aquello y de la que ya no sabía nada.
Cuando le había tocado convertirse en el alfa después de
la muerte de su padre, no se había sentido preparado para
aquello. Después de unos meses, se había acostumbrado al
puesto y, creía, que no lo estaba haciendo mal. Ahora…
—Soy una broma de alfa —masculló después de otro
trago.
Tiró el vaso contra la pared. El cristal estalló en mil
pedazos. Gruñó de rabia e impotencia. No había podido
salvar a nadie al final, no había sido el líder que tenía que
ser. Derribó el escritorio y luego golpeó una de las
estanterías, la madera reventó sin oponer resistencia
alguna. Libros y papeles cayeron al suelo con un estruendo.
Bertram se quedó quieto, respirando con fuerza. Entonces,
escuchó algo, la puerta principal de la mansión abriéndose,
pisadas apagadas. Pensó que los vampiros habían vuelto de
alguna forma, a pesar de la luz del sol, salió a su encuentro.
Se llevó una sorpresa al ver entrar a varios de sus
hermanos de clan por la puerta. Llevaban la ropa rota y las
armas descargadas, tenían aspecto de volver de la guerra,
con las miradas hundidas y las ojeras marcadas. Bertram se
apresuró para darles la bienvenida, pero las miradas que le
recibieron fueron frías y distantes. ¿Cómo podía ser de otra
manera? Él les había ocasionado aquel dolor. Faltaban más
de la mitad de los que se habían marchado, un golpe
terrible para el clan Rot.
No supo qué decir. Por suerte, un rostro amable entró en
la mansión. Petra. Alta y esbelta, con su larga melena rubia
recogida en una coleta y el hermoso rostro lleno de pintura
de guerra desecha. Le miró con sus increíbles ojos azules y
le dedicó una sonrisa abatida.
—Tenemos que hablar —fue lo único que dijo.
◆◆◆
Una hora más tarde, duchado, vestido en condiciones y
con un bastón en el que apoyarse, Bertram se reunió con
Petra a la lumbre de una hoguera. Ella también había
pasado por la ducha y, si bien se había desecho de la
suciedad, el cansancio y el horror de aquella noche seguían
patentes en su rostro.
—¿Necesitas algo? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza. Bertram tomó asiento y los dos
se miraron durante unos segundos de más.
—Cuéntame —exigió él—. No te dejes nada.
—Ha sido horrible, Bertram —contestó ella entre cansada
y furiosa—. Los putos chupasangre salían de todas partes,
los túneles bajo el edificio estaban infestados. Sí, las luces
ultravioletas los mantenían a raya un tiempo, hasta que los
instintos salvajes los obligaban a lanzarse a por nosotros a
pesar del dolor. Tuvimos que abrirnos paso a golpe de garra
y balas. Cuando alguno caía… no… no había otro remedio.
—Dejasteis a gente atrás —dijo él con un hilo de voz,
intentando exponer los pensamientos de ella para hacerlo
más fácil.
Petra asintió.
—No había manera de salvarlos, la horda de ghouls los
devoraba.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Bertram. Se imaginó a
sus amigos, a su familia, huyendo a la desesperada por
aquellos túneles infestados. Los había mandado a aquella
muerte segura. Él que era el alfa y debía protegerlos.
—Avanzamos paso a paso, muerte a muerte —continuó
Petra agachando la mirada—. Hasta que encontramos una
pared derrumbada que conectaba con el alcantarillado.
Huimos por allí, mientras nos daban caza. Algunos más
cayeron hasta que encontramos una alcantarilla por la que
salir. En cuanto pisamos la calle, los hijos de puta se
marcharon. Supongo que ya habían tenido suficiente
sangre.
—O que Rainer no quiere que sean vistos…
Petra asintió en silencio y luego preguntó:
—¿Qué ha pasado aquí, por cierto? Parece que no somos
los únicos que han tenido una mala noche.
—¿Qué va a pasar? —escupió Bertram, furioso—. El puto
vampiro. Llenó la mansión con ghouls otra vez, me enfrenté
a él, pero tuve que huir.
El licántropo apretó los puños hasta que los nudillos se le
pusieron blancos. Le dolía la mandíbula de tanto que la
apretaba.
—Se llevó a Silvia, mató al resto de los que estaban aquí
—le dolió cada palabra como una cuchilla, sentía lo mucho
que había fallado con cada una de ellas—. Siempre parece ir
cinco pasos por delante de nosotros, no lo entiendo…
Petra se incorporó en el sofá y le acarició la rodilla. En su
mirada había un fuego incandescente lleno de odio.
—Esto no va a quedar así —aseguró—. Ojo por ojo, diente
por diente, te aseguro que le arrancaremos el corazón del
pecho a ese chupasangre.
—¿Cómo? —preguntó él, a punto de romperse—. He
perdido casi todo mi clan por esta guerra, no puedo pedirles
nada, seguro que en estos momentos están planteándose
retarme para asumir mi posición.
Petra no dijo nada, no hizo falta, su rostro delató que lo
que había dicho Bertram era una posibilidad muy real. No le
extrañaría que sus hombres hubiesen estado murmurando
sobre derrocarlo. Un alfa debía ganarse el respeto del resto
de licántropos y él lo estaba perdiendo a pasos agigantados.
Bertram hundió la cara en las manos, cansado y abatido.
—No te preocupes, voy a traer ayuda —dijo Petra, de
pronto.
Él alzó la mirada.
—Voy a volver a Finlandia —explicó la licántropa—. Le
pediré ayuda a mi padre.
—¿Por qué harías eso? —inquirió él—. Tu padre…
—Lo sé —interrumpió ella—. Me da igual. No podemos
dejar que Rainer se salga con la suya. Volveré con un
ejército para acabar con esto de una vez por todas.
—No puedo pedirte que hagas eso.
—No me lo estás pidiendo.
—Petra…
Ella le puso un dedo en los labios para no dejarle acabar.
Había una convicción férrea en sus ojos azules, una
determinación que iba más allá de la lealtad y el amor que
se tenían.
—¿Tiene esto algo que ver con Silvia? —preguntó él.
—No solo es por ella —aclaró Petra—, pero también es
por ella.
Bertram sonrió.
—¿Qué es lo que tiene? Apareció y puso todo nuestro
mundo patas arriba, y aun así, aquí estamos, intentando
cualquier cosa para salvarla… si es que aún sigue…
—No lo digas —interrumpió Petra mortalmente seria,
luego se relajó un poco, sonrió con picardía y le guiñó un ojo
—. Sobre ella, ya sabes que me educaron para compartir.
Bertram se puso un poco rojo, se dio cuenta de que el
aroma de Silvia todavía estaba impregnado en su piel y
Petra lo había notado.
—Yo…
—No tienes que darme ninguna explicación —aseguró
ella riéndose—. Si supieses lo que te hicimos…
—¿Lo que me hicisteis?
Petra se puso en pie de un salto y se estiró.
—Voy a prepararme para el viaje —comentó
despreocupada—. Tenemos un vampiro que matar.
Empezó a caminar hacia la salida.
—¿Qué querías decir? —preguntó Bertram confuso—.
¿Qué me hicisteis?
Petra siguió riéndose, se giró en el umbral para guiñarle
el ojo.
—No quieres saberlo, cariño —contestó—. Pero las dos
nos lo pasamos muy bien.
Bertram abrió mucho los ojos y se sonrojó. Petra, risueña
a pesar de todo lo que había pasado aquella noche, se
despidió con la mano y se marchó.
3
No pudo huir demasiado lejos. El sol había tardado pocos
minutos en despuntar y, sus nuevos instintos la alejaban de
la luz como si se tratase de fuego. Silvia acabó en una
cabaña abandonada a menos de un kilómetro de la guarida
de Rainer. Las ventanas estaban rotas y el lugar lucía
cubierto de polvo, la madera de las paredes estaba podrida
y húmeda, todo el lugar crujía como huesos viejos. Silvia
encontró la trampilla del sótano y descendió a aquel lugar
húmedo y oscuro donde pudo resguardarse. Estaba
cansada, agotada, su cuerpo todavía parecía pelear consigo
mismo, su mente estaba dividida en dos. Se tumbó en una
esquina, encogida sobre sí misma y allí durmió.
Despertó unas horas después. El hambre voraz todavía le
retorcía el estómago. El dolor era tal que Silvia se echó a
llorar en el suelo. Pasó largos minutos así, hasta que un
ruido captó su atención. Todos sus sentidos se despertaron y
olisqueó en el aire el dulce olor de la sangre. Se arrastró por
el suelo en busca de la promesa de algo que beber.
Encontró un agujero en una de las paredes, se oían ruidos
detrás. Ratas. La boca se le hizo agua solo de pensarlo.
Esperó, agazapada en silencio como un depredador, hasta
que uno de los roedores tuvo el valor de asomarse. A una
velocidad inhumana, Silvia agarró a su presa y se la llevó a
la boca. Sus colmillos se afilaron y desgarraron la carne del
animal con facilidad. Bebió de aquella sangre que, en vez de
saberle fatal, se le antojó dulce y deliciosa. Por fin, su
estómago dejó de arder y el hambre se calmó. Silvia se
relamió los labios, extasiada, tranquila al fin, libre del dolor.
Entonces, se dio cuenta de lo que había hecho. Gritó
asustada, soltó al pobre animal y volvió corriendo a la
esquina donde se recogió y se echó a llorar.
Eres un monstruo, era lo único que podía pensar.
Se miró las manos de nuevo para ver su piel agrietada y
gris. Muerta de miedo, pero necesitando saberlo, se puso en
pie y registró el sótano en busca de un espejo. Encontró uno
de cuerpo entero, el cristal estaba roto y el marco casi
desecho, pero serviría. Lo apoyó en una pared y se alejó.
Dudó durante varios minutos, pensando en si de verdad
quería ver lo que se mostraría en el reflejo.
Debes saber, se decía, debes asumirlo. Sé fuerte. Es la
única manera de luchar.
Dio un paso para colocarse frente al cristal. Lo que vio la
horrorizó. Su perfil se veía desdibujado, como si el cristal
estuviese empañado. Entonces recordó que se decía que los
vampiros no se reflejaban en los cristales. Aquello le hizo un
nudo en el estómago, pero no permitió que el miedo la
paralizase de nuevo, caminó hasta estar frente al cristal. A
pesar de que le costaba verse, pudo intuir la barbilla
manchada de sangre, la piel grisácea de los ghouls y… los
mechones de pelo que se le caían a trozos. Asustada,
retrocedió de nuevo hasta la esquina. Intentaba respirar,
pero el aire no le entraba.
Eres un monstruo, se repitió entre lágrimas. Gritó, arañó
las paredes y tiró las estanterías en un ataque de rabia.
Cuando acabó, se sentía tan agotada que cayó rendida de
nuevo y la oscuridad vino a por ella.
Cuando volvió a despertar, el sol ya se había escondido y
la oscuridad reinaba en el sótano. De nuevo, el hambre le
provocaba un vacío en el estómago que dolía como fuego.
Se arrastró como una sombra hasta el hueco en la pared y
cazó a otra rata. El momento de beber sangre fue glorioso,
un espasmo de placer recorrió su cuerpo mientras se
alimentaba, pero luego se dio asco a sí misma y quiso
vomitar.
Envuelta en aquella miseria, escuchó una voz amable
que la llamaba.
Silvia, ¿dónde estás?, era Isabelle. La voz de su mejor
amiga fue como un baño de agua caliente, buscó en todas
partes, pero se dio cuenta de que la voz no provenía de
ningún lugar en ese sótano. Venía de su cabeza.
Silvia, déjame encontrarte, decía Isabelle con dulzura,
puedo ayudarte.
¿Isabelle? Pensó ella.
Sí, cariño, soy yo.
¿Cómo?
Me transformó también, como a ti.
Silvia sollozó. Por un lado, le alegraba oír de nuevo la voz
de su amiga a la que había dado por muerta después del
asalto a la mansión Rot, por otro lado, le partía el corazón
que ella también se hubiese transformado en un monstruo…
por su culpa.
Lo siento, pensó.
No te preocupes por eso, dime donde estás para que
pueda ayudarte.
Estoy en el sótano de una cabaña abandonada, contestó
al fin, por favor, ayúdame.
En seguida estoy ahí, no te muevas.
Silvia se sintió aliviada, se agazapó contra una esquina
del sótano y esperó. Apenas unos minutos después, escuchó
unas pisadas bajando por las escaleras. Se puso en pie y
corrió al encuentro de su amiga, pero se detuvo en seco
cuando la vio. Isabelle estaba… cambiada. Su piel se había
tornado pálida y mortecina como la luna, sus ojos habían
cambiado de color al amarillo y sus labios rojizos
enmarcaban dos afilados colmillos. La mayor parte del pelo
se le había caído dejando solo parches lacios. Era un
monstruo, como ella.
—Isabelle…
—Silvia.
Silvia corrió y abrazó a su amiga. Su piel estaba fría y
daba la sensación de estar cubierta por rocío.
—Lo siento, lo siento, lo siento —repitió una y otra vez.
Isabelle la apartó con suavidad y sonrió.
—No tienes nada que sentir, cariño —dijo.
—Sí, todo esto es mi culpa, yo traje a Rainer a nuestras
vidas y ahora somos… —las palabras se atascaron en la
garganta de Silvia, dolorosas como cristales—. Ahora somos
monstruos.
—¿Monstruos? —Isabelle la miró confusa—. No somos
monstruos, Silvia, somos mucho más de lo que éramos
antes.
Silvia frunció el ceño y dio un paso atrás. Se dio cuenta
entonces de que Isabelle no parecía asustada ni perturbada
por su cambio físico, andaba con la cabeza bien alta.
—¿Qué quieres decir?
—Rainer nos ha entregado un regalo, Silvia —contestó
Isabelle, abriendo mucho los ojos y sonriendo de oreja a
oreja—. Ahora somos eternas y poderosas, ¿no lo ves?
—No, Rainer no nos ha entregado ningún regalo —Silvia
cogió a su amiga del brazo y la arrastró hasta el espejo, la
puso delante, su reflejo tampoco podía verse con claridad—.
¡Mírate!
Isabelle dio un par de pasos para examinar
detenidamente su reflejo, pareció deleitarse con lo que veía,
pasó sus manos por la tersa piel blanca y se examinó los
colmillos.
—Nos ha hecho preciosas —susurró antes de darse la
vuelta y clavar sus peligrosos ojos en Silvia—. Nos ha
entregado un don, nos ha hecho formar parte de algo más,
¿no lo sientes? ¿No lo escuchas?
—¿Escuchar? —preguntó Silvia retrocediendo, asustada.
Entonces fue consciente de a qué se refería Isabelle,
había voces en el fondo de su cabeza, un rumor constante
de lamentos que imploraban sangre, que clamaban tener
hambre y sed. Una mente colmena. Silvia quedó aterrada al
sentirse conectada a aquellas voces, intentó sacarlas de su
cabeza, su sangre hirvió y, tras un pinchazo de dolor,
consiguió acallarlas.
—¿Por qué te resistes? —preguntó Isabelle, dando un
paso hacia ella—. Debes aceptar este regalo, Silvia,
debemos volver con él.
—No, no pienso volver.
La expresión de Isabelle cambió por completo, la sonrisa
desapareció de sus labios y torció el gesto con asco. Dio
otro paso hacia ella.
—Deja de resistirte —insistió en voz baja—. Él quiere que
vuelvas, tu ausencia provoca dolor al enjambre, deja de ser
una egoísta y ven conmigo.
—¿Por qué haces esto? —escupió Silvia, dando un paso
atrás.
Isabelle torció el rostro y la miró como si no fuese capaz
de entender la pregunta. Aquella cosa no era su amiga, era
solo un cascarón vacío, una sombra de lo que había sido
Isabelle. Saber aquello, le provocó un pinchazo en el pecho.
—Ven conmigo —insistió.
—Jamás.
Isabelle rugió y se abalanzó sobre ella. Silvia gritó,
asustada, intentó retroceder, pero se tropezó y acabó
rodando por el suelo. La vampira se echó sobre ella y la
retuvo de las muñecas.
—¡Suéltame! —gritaba asustada.
—¡Cállate! —le escupió Isabelle—. Acepta el regalo que
se te ha entregado, puta. Él te quiere por algún motivo, así
que asume tu lugar.
—¿Él me quiere?
—Serás su consorte, lo quieras o no —Isabelle escupió
aquellas palabras con asco, como si estuviese llena de celos
—. Así que deja de resistirte.
Silvia gritó y le pegó una patada a la vampira, salió
corriendo, pero no llegó ni al primer escalón antes de que
Isabelle se colgase a su espalda. Forcejearon por toda la
habitación, golpeándose contra las paredes y revolcándose
en el suelo de barro.
—¡Suéltame engendro!
—Acepta su voluntad.
—¡Jamás!
Isabelle le mordió el cuello y Silvia gritó de dolor al sentir
los afilados colmillos rajando su delicada piel. Intentó
devolver los golpes, pero Isabelle estaba agarrada como
una lapa a su espalda. Tras varios minutos de forcejeo,
empezó a sentir el cuerpo pesado y sus músculos
agarrotados. El estómago le ardía, pidiendo sustento.
Estoy tan débil, pensó abatida, mientras sus piernas
fallaban y caía al suelo. Ni siquiera la rabia y el asco que
sentía por los ghouls le ayudaron en aquel momento. El
hambre era más fuerte, estaba débil y no pudo hacer otra
cosa que cerrar los ojos y rendirse.
—Isabelle —susurró con un hilo de voz—. No hagas esto,
por favor.
—Ingrata —escupió lo que una vez hubiese sido su amiga
—. Él te confiere el mayor regalo que existe y tú lo
desprecias.
—Sé tú su consorte.
Isabelle torció los morros en un gesto de asco y la miró
con un odio visceral.
—Asume tu papel —le increpó antes de agarrarla de la
camisa y empezar a arrastrarla hacia las escaleras.
Silvia quiso luchar, patalear, gritar y resistirse, pero no
podía más. Estaba drenada, solo podía pensar en la
oscuridad y en el hambre que sentía.
4
Bertram se sentía solo en su propia mansión, solo a
pesar de estar rodeado por su clan. Los pocos licántropos
que habían vuelto de la batalla lo evitaban, no le dirigían la
palabra a no ser que fuese totalmente necesario y notaba
como solían evitar las zonas de la mansión que él
frecuentaba. Lo peor era que no podía culparlos. Se sentía
solo, sin Petra para cubrirle las espaldas, sin Silvia para
poder hablar sobre lo que había ocurrido aquella última
noche.
Tienes que espabilar, se recriminaba a sí mismo cuando
se encontraba perdiendo el tiempo. Tenía que pensar en
alguna forma de recuperar la confianza perdida de su gente,
pero no se le ocurría nada.
Y entonces las voces disidentes empezaron a murmurar,
como ratas en las paredes. Notaba la tensión creciente con
cada día que pasaba. Su mansión ya no era un lugar seguro.
Los licántropos querían venganza por sus hermanos caídos
y no le veían a él como un líder capaz. Los saludos por los
pasillos se volvieron secos y cada vez menos respetuosos y,
sin darse cuenta, Bertram empezó a perder poder.
Abatido, como un lobo que se lame las heridas, empezó a
pasar horas de más encerrado en su despacho,
acompañado por una botella de alcohol. Contemplaba el
fuego de la chimenea mientras se machacaba a sí mismo.
Una de aquellas solitarias noches en las que había
bebido de más, se encontró a sí mismo tirado en un sofá,
sujetando una foto de su padre y observándola como si
pudiese obtener alguna respuesta de ella.
—Siempre sabías qué hacer —le decía—. Siempre tenías
una respuesta, nunca, en toda tu vida, dejaste que el clan
dudase de tus acciones. ¿Cómo lo hacías, padre?
El silencio que siguió a sus palabras fue atronador.
—Tienes que tomar una decisión —se dijo a sí mismo—.
Tienes que elegir.
Quería poner a sus hombres a buscar a Rainer, quería
vengarse del vampiro, encontrar a Silvia, quizás, si no era
demasiado tarde, podía salvarla, pero no encontraba las
fuerzas en su interior para mandar sobre sus hombres. Por
otro lado, algo en su interior le decía que tenía que ser
paciente, esperar a Petra y sus refuerzos, pero no le
gustaba escuchar a esa parte. Esa parte estaba llena de
miedo y él no quería tener miedo. Su padre hubiese cargado
contra Rainer y hubiese ganado la guerra. No hubiese
permitido que un maldito chupasangre invadiese su hogar.
Sumido en aquellos oscuros pensamientos, no fue
consciente de los pasos que se acercaron a la puerta.
Escuchó como alguien llamaba y se sobresaltó.
—Bertram —la voz de Valkrem sonaba seria al otro lado
—. Tenemos que hablar.
No me ha llamado alfa, pensó él con un nudo en la
garganta. Así que el momento había llegado. Los lobos se
habían cansado de esperar, se habían cansado de ver a su
alfa vencido y herido lamiéndose las heridas. Bertram dejó
la copa a un lado y se puso en pie. Avanzó hacia la puerta
marcando cada paso con el bastón. Abrió. Al otro lado le
esperaba Valkrem, un licántropo joven, un muchacho de
veintitrés años, alto, bien parecido, con el pelo castaño
rizado y unos bonitos ojos verdes.
—¿Querías algo? —preguntó Bertram, poniéndose recto e
intentando sonar lo más confiado posible.
—El clan necesita respuestas —contestó Valkrem—. No
podemos seguir así.
El muchacho le mantuvo la mirada a Bertram, de nuevo
había pasado por alto llamarlo alfa. Dejó de tener dudas
sobre lo que ocurría. Iban a retarlo. Quiso odiar al
muchacho, pero él también había sido joven y había tenido
ganas de comerse el mundo, él también había pensado más
de una vez que su padre se equivocaba, que él lo haría
mejor.
—Te dirigirás a mí como alfa —ordenó torciendo el gesto
—. Al menos mientras lo sea, si quieres retarme en duelo,
aceptaré, pero mantén las formas.
Valkrem pareció sorprendido por la sinceridad de
Bertram, agachó la mirada.
—Sí, alfa —contestó entre dientes—. ¿Qué le digo a los
muchachos?
—Diles que acudiré en un momento.
Bertram cerró la puerta sin darle tiempo al muchacho a
decir nada más. Aguantó la respiración durante unos
segundos hasta que escuchó los pasos del licántropo
marcharse. Soltó el aire en un suspiro desesperado, apoyó
la frente en la puerta y cerró los ojos.
Estaba solo y rodeado de enemigos. Apretó con fuerza el
bastón.
—Un duelo será —susurró.
◆◆◆
Petra bajó del tren en la estación central de Uppsala. Al
salir por los arcos de piedra, sintió la fresca brisa de su
tierra natal, el olor salvaje de los árboles que crecían en el
linde del enorme río de aguas casi congeladas. Paseó por
aquellas calles que conocía como la palma de su mano, con
una sonrisa en los labios y deleitándose con el aliento
helado de la ciudad y pisoteando las hojas caídas de los
árboles. Sentaba bien estar de vuelta después de tanto
tiempo fuera. Alegre, pero sin olvidar que había viajado con
un propósito, pidió un taxi y lo usó para salir de la ciudad.
—¿Aquí? —preguntó el taxista—. ¿Está segura? Aquí no
hay nada.
A Petra le gustó escuchar sueco de nuevo, siempre había
dicho que había una musicalidad especial en su lengua
natal.
—No se preocupe, es aquí —contestó.
El taxista se encogió de hombros, aceptó el dinero y se
marchó. Petra, todavía sonriente, se internó en el bosque.
Las hojas de los árboles cubrían el suelo como un manto
rojizo y pardo y crujían con cada una de sus pisadas. La
hierba estaba casi congelada y restos de nieve de la noche
anterior se derretían bajo el pobre contacto de un sol que
parecía no calentar. Hogar. Estaba en casa. Se acercó a un
árbol y dejó la mochila con la que había viajado escondida
entre las raíces. Se quitó la ropa hasta quedar
completamente desnuda. Cualquiera que la hubiese visto,
pensaría que estaba loca o que quería morir de hipotermia.
Lo cierto era que, a pesar del frío reinante, para ella era
como una caricia suave. Petra cerró los ojos y aulló con
fuerza, entonces empezó a transformarse. Su cuerpo se
llenó de pelaje blanco, sus brazos se alargaron, sus manos
se convirtieron en garras, su rostro se alargó y sus dientes
cambiaron para convertirse en colmillos. Una loba grande,
pero esbelta y de porte elegante, blanca como la nieve,
imponente, ocupó su lugar.
Escuchó atentamente y pudo oír aullidos lejanos que
contestaban a su llamada. Su clan. Hacía tanto tiempo que
no los veía. No pudo contener más la felicidad que la
envolvía. Echó a correr. Allí, corriendo entre la nieve y las
hojas congeladas del bosque, se sintió libre. Las
preocupaciones de lo que ocurría en Berlín quedaban lejos,
casi olvidadas. Corrió y corrió. Los árboles pasaban a toda
velocidad a su lado, pronto, empezó a escuchar otras
pisadas y pudo ver por el rabillo del ojo como otros
licántropos se unían a ella. Pudo reconocer a Elias, de pelaje
gris oscuro y ojos negros como el azabache. Aulló y él
respondió.
Petra se detuvo en seco al ver que Elias cambiaba de
rumbo y se dirigía hacia ella como un tren sin frenos. Los
dos licántropos chocaron y rodaron por el suelo. Petra no
pudo evitar reír cuando quedó tendida en el frío suelo,
contemplando el cielo que se veía entre las ramas
desnudas.
—Te he echado de menos —dijo Elias, tumbado a su lado.
—Y yo a ti —contestó ella.
—Creía que no volverías.
—¿Por qué?
—Bueno… ya sabes…
Petra se incorporó y miró al que era su mejor amigo. La
sonrisa desapareció de sus fauces.
—¿Mi padre sigue empeñado en casarme? —preguntó,
enfadada.
Elias asintió.
—Maldito vejestorio —masculló ella—. Dos años llevo sin
aparecer por aquí y no se le ocurre que, a lo mejor, el
problema es que no quiero casarme.
—Ya sabes cómo es —replicó él encogiéndose de
hombros—. Está muy preocupado con la continuidad del
clan. Cree que tu marcha ha sido una rabieta infantil, pero
estaba seguro de que volverías.
—Rabieta infantil —suspiró ella, incrédula.
—¿Por qué has vuelto? Si no quieres casarte…
Y así el momento se esfumó. La felicidad que había
sentido por estar de vuelta se deshizo como un cristal roto.
—Tengo mis motivos —contestó—. Tengo algo que pedirle
a padre.
—Esto va a ponerse tenso —masculló él.
Petra quiso decir algo más, pero otros licántropos del
clan empezaron a llegar. Lobos de pelajes blancos y grises.
Sonreían, alegres de ver de vuelta a la hija del alfa. Petra se
preguntó cuantos se alegraban de verla realmente y
cuantos estaban pensando en aprovechar el momento para
ofrecerse como marido.
Todo aquello le revolvió el estómago. Se puso en pie de
un salto y salió corriendo.
—¡Petra! —escuchó que gritaba Elias.
No se detuvo.
◆◆◆
Bertram salió de su despacho con la cabeza bien alta.
Aunque aquella fuese su última noche como alfa, no
pensaba ponerlo fácil. Caminó por los silenciosos pasillos de
la mansión, preguntándose qué sería de él después del
duelo. El licántropo que lo retase podía dejarlo vivo, en
parte por respeto las viejas tradiciones, en parte para
recordar a todo el mundo que se había ganado el derecho
de mando con sangre. Otra opción sería acabar con su vida
para que no existiese la posibilidad de una revancha. Todas
las propiedades de la familia Rot pasarían al ganador del
desafío, adoptaría el apellido del clan y, a todos los efectos,
sería como si hubiese nacido bajo el mismo apellido, a pesar
de que fuese un primo lejano. Así eran las leyes de los
lobos.
Ensimismado, Bertram no se dio cuenta de lo rápido que
había llegado hasta el salón principal. Era una de las
habitaciones que más había sufrido por la batalla, las
marcas de guerra seguían en las paredes y columnas, la
sangre no había podido limpiarse del todo todavía. En lo que
quedaba de la balconada superior se reunían todos los
hombres del clan, observaban a su alfa envueltos en un
silencio sepulcral. En el centro de la estancia estaba
Valkrem, ya transformado en lobo, era fuerte y poderoso,
joven, de pelaje pardo oscuro.
Bertram se plantó a tres metros de su oponente y golpeó
el suelo de mármol con el bastón.
—Así que esto es lo que queréis —dijo mirando a la
balconada, sus hombres apartaron la vista—. Creéis que un
lobo joven os gobernará mejor que yo que me he sido
educado desde pequeño para ser el alfa, ¡esta es vuestra
lealtad! Vale menos que el papel mojado. Me decepcionáis
clan. Me decepcionáis.
Dio un segundo para que sus palabras calasen en la
estancia, luego señaló a Valkrem con la punta del bastón.
—Solo espero que si ganas, lideres a este clan con
nobleza.
—Lo gobernaré como debe gobernarse —rugió el
licántropo—. Protegeré a los nuestros y no los sacrificaré en
una guerra estúpida por una mujer.
Bertram sonrió con tristeza.
—Aunque me venzas —dijo—. La amenaza del vampiro
seguirá creciendo en Berlín, como líder del clan deberás
encargarte de ello antes de que…
—¡Ya basta! —le interrumpió Valkrem, furioso—.
¡Transfórmate y empecemos!
Bertram asintió con los labios apretados, dejó caer el
bastón que revotó contra el suelo y cerró los ojos.
Empezó a transformarse.
5
Silvia recuperó la consciencia cuando el sabor a hierro
inundó su boca. Se deleitó en el sabroso manjar que bajaba
por su garganta, cálido como un alcohol dulce, suave como
la miel. Luego abrió los ojos y vio a un hombre al pie de su
cama, tenía una herida abierta en la mano, le había dado de
beber su sangre. Silvia se horrorizó, pero a la vez no pudo
apartar la vista de la herida abierta. Quería más. Necesitaba
más. El hambre voraz le pedía que bebiese solo unas pocas
gotas más.
—Bebe, lo necesitas —la susurrante voz de Rainer la pilló
por sorpresa.
El vampiro estaba en una esquina de la habitación,
observándola con una sonrisa socarrona. Aquello fue
suficiente para quitarle el apetito. Silvia se recostó en la
cama y luchó contra todos sus impulsos para no seguir
bebiendo.
—Vete —ordenó Rainer.
El hombre se marchó sin hacer gesto alguno, como un
robot siguiendo órdenes.
—Isabelle me ha dicho que has presentado batalla —
comentó Rainer una vez se quedaron solos—. No entiendo
por qué te resistes tanto, querida, te he entregado un regalo
que muchos matarían por tener.
—Me has convertido en un monstruo —contestó ella,
mirándolo con desprecio—. ¿Y ahora quieres convertirme en
tu consorte? Estás loco, me atravesaré con una estaca antes
que rozarte.
Rainer sonrió con calma impasible.
—Fiera como una neófita… —empezó a andar por la
habitación, rodeando la cama—…o quizás es tu sangre
maldita lo que te hace resistirte a la colmena, no lo tengo
claro.
Silvia se intentó poner en pie de un salto, pero las
fuerzas le fallaron y acabó en el suelo. Rainer se detuvo
frente a ella, se arrodilló y la agarró del pelo para obligarla a
mirarle a los ojos.
—Desde luego eres única —continuó—. Y a mí me gustan
las cosas exclusivas, puede que no lo quieras ahora, pero te
rendirás. Tengo una eternidad para someterte.
Silvia le escupió en la cara. Rainer apartó la mirada y
suspiró decepcionado.
—Empecemos ya —susurró molesto.
La levantó como si pesase menos que una pluma y la
arrastró fuera de la habitación y escaleras abajo. Silvia se
resistía dando patadas y gritos, pero solo consiguió atraer la
atención de ghouls que se ocultaban en la oscuridad. Pudo
ver los ojos de Isabelle entre aquellos vampiros recién
creados.
—¡Suéltame! —gritaba una y otra vez.
Rainer la ignoró, la sacó de la casa y la arrastró hasta
una furgoneta junto a un camino de tierra. La tiró dentro.
Silvia intentó salir corriendo, pero él la golpeó en la cabeza,
un golpe seco y duro que casi la dejó inconsciente. Luego la
ató de manos y piernas.
—No te muevas, preciosa —murmuró con malicia
mientras cerraba la puerta.
Silvia se quedó sola, con la cabeza dando vueltas por el
golpe. Al poco, escuchó el tintineo de unas cadenas y unos
pies arrastrándose. Las puertas volvieron a abrirse, unos
cuantos ghouls metieron a un débil y casi inconsciente
Krimer envuelto en cadenas de plata. Él se desplomó, no
parecía saber dónde estaba ni qué ocurría. Silvia intentó
acercarse, pero los ghouls subieron también a la furgoneta,
entre ellos estaba Isabelle.
—Quédate quieta —le ordenó poniéndole el pie en el
hombro.
El motor de la furgoneta se encendió con un rugido, sus
luces alumbraron el camino de tierra y se puso en marcha.
—¿A dónde nos lleváis? —preguntó Silvia, todavía
mareada.
—Lo verás muy pronto, ahora cállate.
◆◆◆
El viaje fue largo, o al menos a Silvia se le antojó eterno,
pero al fin la furgoneta se detuvo. Rainer abrió las puertas
traseras con una sonrisa en los labios y examinó a sus dos
prisioneros. Krimer seguía inconsciente debido al dolor que
le ocasionaban las cadenas de plata, Silvia ya no estaba tan
mareada, pero seguía dolorida y el hambre había vuelto.
—Traedlos —ordenó el vampiro.
Isabelle levantó a Silvia de un tirón y la empujó,
trastabilló hasta el borde de la furgoneta y se cayó al suelo.
El golpe debió dolerle, pero estaba tan agotada que apenas
lo sintió. Era de noche, la brisa era fresca y olía a rocío.
—Por aquí —insistió Rainer.
Los ghouls se encargaron de arrastrar a Krimer, Isabelle,
con la misma delicadeza que un elefante, llevó a Silvia. No
tardó mucho en darse cuenta de dónde estaban. Era la
mansión Schwarz, el hogar ancestral del clan de Krimer.
Sintió un nudo en el estómago al darse cuenta. La casa
parecía abandonada con todas las luces apagadas.
Los vampiros los arrastraron hacia el interior de la
mansión y luego hasta las escaleras que daban al sótano.
Silvia supo al instante a dónde estaba yendo Rainer. La
piedra del clan. Se le cerró la garganta y el miedo le encogió
el estómago.
Llegaron hasta la antigua habitación de piedra llena de
grabados que se ocultaba bajo la mansión. Un lugar antiguo
lleno de poder, el lugar en el que Krimer le había salvado la
vida ofreciéndole parte de su sangre maldita. Rainer se
tomó un momento para encender las lámparas de gas que
pendían de las paredes.
—Al suelo —dijo mientras se acercaba a sus prisioneros.
Isabelle le dio una patada detrás de la rodilla a Silvia
para hacerla caer.
—Desatadlo —ordenó después.
Los ghouls desataron a Krimer. Cuando las cadenas de
plata abandonaron su cuerpo, su piel dejó de sisear y Silvia
pudo ver la multitud de quemaduras y heridas que la plata
había abierto en su cuerpo. Quiso correr hacia él, quiso
abrazarlo y cuidarlo hasta que se recuperase, pero no podía
moverse.
Rainer se agachó ante Krimer y le dio una torta. El
licántropo empezó a despertar poco a poco, al principio
perdido, poco a poco más consciente de dónde estaba.
—¿Qué…? —murmuró con apenas un hilo de voz.
—¡Hermanito! —exclamó Rainer con alegría, se puso en
pie y paseó ante sus dos prisioneros como si fuese un mago
a punto de hacer un truco—. Que alegría tenerte con
nosotros, esta noche tengo un truco preparado, un truco
que os va a dejar boquiabiertos.
—Ra… Rainer… —masculló Krimer mirando a todas
partes, confundido—. ¿Qué… hacemos…?
—¿En casa? —interrumpió el vampiro—. Estaba buscando
esto.
Rainer se colocó junto a la piedra del clan, el altar que
era necesario para crear nuevos licántropos, Silvia no
entendía del todo cómo funcionaba, pero tenía claro que era
de vital importancia para la supervivencia de un clan.
—Deja el altar —dijo Krimer sin fuerzas, intentó ponerse
en pie, pero un ghoul se le echó encima y lo retuvo contra la
fría piedra—. Esto es demasiado, incluso para ti.
—¿Demasiado? Oh, no hemos hecho nada más que
empezar —contestó Rainer, dando unas palmaditas sobre el
altar—. Esto es un mero trámite, para asegurarme de que
nunca, jamás, aunque por alguna razón escapases de mí,
puedas rehacer este clan podrido. Aquí termina la
enfermedad de los Schwarz y quiero que lo veas.
—¡Detente! —Krimer se impulsó hacia arriba, derribando
al ghoul que lo sujetaba, sacó fuerzas de la nada para dar
un par de pasos hacia su hermanastro antes de que cinco
vampiros se echasen sobre él—. ¡Soltadme!
A pesar de las heridas y las quemaduras, luchó y rugió,
consiguió deshacerse de dos ghouls. Sus ojos se volvieron
rojos, sus músculos empezaron a hincharse.
Transfórmate, pensó Silvia, desesperada.
El pelo empezó a crecer por todo su cuerpo, pero
entonces la transformación se detuvo de golpe y Krimer
aulló de dolor. Uno de los ghouls había vuelto con la cadena
de plata y se la había echado por encima. La pequeña
rebelión de Krimer acabó así, de nuevo en el suelo, con la
piel burbujeando.
—No lo hagas —imploró.
Rainer sonrió con malicia.
—Mira cómo lo hago —dijo con placer.
Y entonces Rainer pareció invadido por una furia
homicida. Sus uñas se convirtieron en garras, sus ojos se
volvieron rojos por completo y sus dientes se alargaron
todavía más. Agarró el altar con sus manos y, gruñendo, tiró
de él hasta que lo arrancó del propio suelo.
—¡No! —gritó Krimer.
—¡Sí! —gritó el vampiro, victorioso.
Levantó el altar por encima de su cabeza y lo reventó
contra una pared. La piedra del clan se deshizo en mil
pedazos en un estallido de rocas y polvo. El grito
desgarrado de Krimer se convirtió en un eco en la estancia.
Y así, el futuro del clan Schwarz desapareció, entre polvo
y piedras desechas.
◆◆◆
Silvia despertó muerta de hambre. Estaba en una
habitación de la cabaña en mitad del bosque que era el
escondrijo de Rainer. No tenía ventanas y la puerta estaba
atrancada, de todas maneras, no había intentado huir, por
un lado, porque no tenía fuerzas, por otro porque sabía que
la estaban vigilando continuamente. Habían pasado un par
de días desde la visita a la mansión Schwarz y no había
podido volver a ver a Krimer. Quería abrazarlo y decirle que
todo saldría bien, que existía un futuro posible, pero estaba
a merced del desquiciado vampiro.
La puerta de la estancia se abrió. Silvia corrió hasta la
esquina contraria, muerta de miedo. Isabelle entró
acompañada del hombre que le había dado de beber su
sangre, el tipo se movía de forma automática. Isabelle cerró
la puerta tras de sí y miró a Silvia con desprecio, dejó un
vestido sobre la cama.
—Aliméntate, necesitas fuerzas —ordenó—. Luego ponte
esto.
—Ni lo sueñes.
Isabelle hizo un amago violento, pero se controló en el
último momento, aunque su gesto denotaba el odio que
destilaba hacia ella. A Silvia se le partió el corazón al pensar
en lo que se había convertido su amiga por su culpa.
Yo le he hecho esto, se recriminó abatida.
—Obedece y agradece que el maestro quiera tu sucia
presencia.
—Soy yo la que no tiene ninguna intención de contentar
al “maestro” con mi presencia —escupió Silvia—. Dile que
se olvide.
Isabelle puso los ojos en blanco e, ignorándola, sacó un
cuchillo y se lo puso en el cuello al hombre que ni se
inmutó.
—Es muy sencillo —siseó la ghoul—. O le abres una
pequeña herida en la muñeca y bebes de ella o le rajo el
puto cuello y se desangra en el suelo como un cerdo.
—¡No!
Isabelle apretó el cuchillo contra la piel.
—¡Pues obedece!
—¡Está bien! ¡Baja el cuchillo!
La ghoul sonrió victoriosa y bajó el arma.
—Cuando vuelva espero que hayas bebido y te hayas
vestido. No habrá una segunda oportunidad.
6
Bertram completó su transformación. Era más grande
que Valkrem, más ancho de hombres, más musculoso, pero
la pierna rota le impediría luchar en condiciones. Su rival no
le dio ni un momento, saltó a la carrera sobre él. El primer
zarpazo le abrió tres heridas en el pecho, el segundo, cortes
en el brazo. Bertram se echó para atrás y empezó a jugar a
la defensiva, retrocediendo, protegiéndose del incesante
asalto de Valkrem.
—¡¿Lo ves?! —gritó el rival—. ¡Eres débil!
Aquellas palabras hirieron a Bertram en lo más profundo
de su ser y le hicieron perder la concentración. Valkrem lo
rodeó con sus brazos y lo tiró al suelo, luego se echó sobre
él dando zarpazos. Bertram se protegió el rostro mientras
recibía arañazos y cortes por todas partes. Intentó
levantarse aprovechándose de que pesaba más que su rival,
pero la pierna le falló y acabó golpeándose contra el
mármol.
—¡Ríndete! —gritó Valkrem—. ¡Tu tiempo ha acabado!
De nuevo, palabras dolorosas que se clavaban en su
pecho y lo hacían dudar. Corte, tras corte, la sangre empezó
a manar por su pelaje rojizo.
—¡Débil!
—¡No soy débil! —rugió Bertram, harto.
Sintió una oleada de rabia invadiendo su cuerpo y,
usando toda su fuerza, embistió contra Valkrem y le propinó
dos zarpazos. El aspirante a alfa retrocedió llevándose una
garra al rostro y aullando de dolor. Bertram se puso en pie,
a pesar del temblor de su pierna, y aprovechó para tomar
aire. Cuando Valkrem volvió a mirarlo, tenía un corte en el
ojo izquierdo, la sangre manaba profusamente de él.
—Eso no tiene buena pinta —rugió Bertram.
Valkrem gritó y se lanzó a por él. Los dos licántropos
chocaron con la fuerza de dos trenes. Rodaron por el suelo
envueltos en zarpazos y dentelladas. La sangre cubrió el
suelo mientras las dos bestias luchaban por destripar a su
rival y sobrevivir al duelo. En el palco superior, el resto del
clan guardaba un silencio que oscilaba entre el respeto y el
temor.
Bertram consiguió colocarse sobre Valkrem, lo retuvo de
las muñecas y le dio una dentellada en el hombro, sintió el
sabor del hierro inundando su boca y después aulló con
fuerza. Valkrem estaba lejos de rendirse, sin embargo, el
joven licántropo le pegó una patada en la rodilla mala. El
aullido de Bertram se convirtió en uno de dolor y cayó al
suelo mientras un rayo recorría toda su pierna y le subía por
la espalda.
Valkrem no tardó ni un segundo en ponerse en pie y
recomponerse.
—Has jugado sucio —rugió Bertram.
—Un licántropo que no puede mantenerse en pie por sí
mismo —escupió su rival junto a un esputo de sangre—. No
merece ser líder de ningún clan.
Bertram intentó ponerse en pie, pero Valkrem corrió a
toda velocidad y le pisó la rodilla con todas sus fuerzas. Un
aullido de dolor recorrió el salón. Las decenas de ojos que
observaban se desviaron, molestos, pero silenciosos.
Valkrem apretó hasta que el hueso crujió.
—¡Gana con honra! —gritó Bertram—. ¡No así!
Valkrem se acercó a su oído y susurró:
—Ganaré de una manera o de otra.
—No mereces ser el alfa.
—Ni tú.
Valkrem alzó el pie dispuesto a dar un pisotón final,
quería partirle la rodilla y acabar con aquella confrontación.
Bertram le agarró el pie a tiempo y se lanzó a morderlo, su
potente mandíbula se cerró sobre los dedos de su rival. La
sangre inundó su boca. Valkrem gritó de dolor y cayó al
suelo perdiendo el equilibrio. Bertram escupió dos dedos
amputados, la sangre caía por su morro, mezclándose con el
pelaje y manchando sus dientes. Se alzó impulsándose con
una sola pierna, la otra le dolía demasiado incluso para
apoyarla. A pesar de ello, era una visión imponente, un
enorme lobo rojo cubierto de sangre.
Valkrem se retorcía por el suelo, cogiéndose el pie que no
dejaba de sangrar.
—¡Estás acabado! —gritaba mientras retrocedía
arrastrándose patéticamente—. ¡Estás acabado!
—Crees que podías enfrentarte al alfa —escupió Bertram
mientras cojeaba hacia su rival—. Crees que estás listo para
asumir el mando, para librar una guerra.
—¡No! ¡Me he equivocado! —sus gritos se convirtieron en
súplicas, cada vez que se arrastraba dejaba un surco de
sangre en el mármol.
—Sí, te has equivocado —dijo Bertram ominosamente.
Valkrem llegó hasta una pared y se recostó contra ella,
temblaba de miedo mientras Bertram se acercaba, lento,
pero inevitable. Toda su bravuconería juvenil se había
esfumado.
—No, por favor —murmuró cuando Bertram llegó frente a
él—. Me he equivocado, alfa, yo…
—Sí, te has equivocado —gritó Bertram, para que todos
lo oyesen—. Pero yo también.
Sus palabras fueron acompañadas de un rumor leve.
Bertram miró arriba, para mirar directamente a los ojos de
su clan.
—Os he fallado como alfa —confesó—. Hemos perdido a
muchos de los nuestros, a amigos, a familia. No hay nada
que pueda hacer para traerlos de vuelta, pero si lo que
queréis es que abandone mi puesto como alfa…
Bertram tomó forma humana de nuevo. Decenas de
cortes creaban un mapa de heridas en su piel, su rodilla
estaba torcida, pero su mirada llena de determinación.
—Me rindo —dijo.
El rumor en la sala se alzó. Los licántropos
intercambiaron miradas confusas.
—Elegid a un nuevo alfa —continuó Bertram mientras se
dirigía a la puerta—. Yo ya no soy un Rot.
Abandonó el salón, dejando atrás un clan roto.
◆◆◆
Petra estaba sentada sobre un tocón en el interior de una
de las tiendas de piel que usaba el clan al montar
campamento. Una hoguera en el centro caldeaba el
ambiente a pesar de que el exterior estaba cubierto de
nieve y un viento helado mecía la tienda. Sobre el fuego, un
caldero de hierro calentaba un estofado en su interior. Las
pieles de la entrada se movieron y un hombre adusto,
encorvado por el peso de la edad, pero de fuertes brazos
peludos, pasó al interior. El padre de Petra caminó en
silencio hasta un tronco al otro lado del fuego. Se dejó caer
con un gruñido, cogió un cucharón de madera y empezó a
remover el estofado.
—Alfa —saludó Petra.
Su padre tenía arrugas muy marcadas, estaba calvo y su
larga barba era completamente blanca. Los tatuajes
azulados de su clan podían verse por su cráneo y bajándole
por la espalda y los brazos. Era la clase de hombre que
había sido fuerte y poderoso en otro momento de su vida.
—Hija —su voz era rasgada y profunda.
Se quedaron un rato en silencio, solo se escuchaba el
burbujeo de la cazuela y el aire soplando en el exterior.
Petra se meció incómoda en su asiento, no sabía muy bien
cómo abordar el tema que la había traído hasta allí.
—¿Has decidido casarte? —inquirió su padre.
—No, no he vuelto por eso.
Marduk, que así se llamaba el viejo alfa, dejó de remover
el cocido y alzó la mirada, contrariado.
—Entonces no tenemos nada que hablar —sentenció—.
Hasta que no asumas tu responsabilidad con el clan no…
—¿Puedes dejarme hablar?
El alfa se detuvo y la observó desafiante, sin embargo,
asintió.
—Un clan amigo tiene un problema —explicó ella—. Un
problema con un chupasangre y su ejército de ghouls. Yo
misma me enfrenté a la horda y acabé herida.
—Un clan que no puede cuidar de sus propias tierras, no
merece esas tierras.
—Padre…
—Es la verdad.
—Le prometí al alfa de ese clan que volvería con ayuda,
no puedo faltar a mi palabra.
—No puedes faltar a tu palabra, pero sí a tu compromiso
con el clan —gruñó el viejo.
Petra se puso en pie envarada.
—¡No te pertenezco para que puedas decidir cuándo y
cómo me caso!
Marduk empuñó la cuchara y le apuntó con ella.
—¡No tienes derecho a pedir la ayuda del clan, a pedir
los guerreros del clan, si no perteneces al clan! —escupió,
poniéndose rojo—. Decidiste vivir lejos, decidiste viajar por
el mundo, lo que sea con tal de estar lejos de tu clan y…
—¡No quería estar lejos de mi clan! —gritó ella—. ¡Quería
estar lejos de ti!
Su padre guardó silencio. Petra se mordió la lengua, ardía
de rabia, pero sabía que así no conseguiría ayudar a
Bertram. Se marchó corriendo de la tienda de campaña,
imaginándose una decena de formas en las que la
conversación podría haber ido de manera distinta.
Fuera, el frío le mordió la piel, pero no le importó.
Atravesó a grandes zancadas el campamento hasta el linde
del nevado bosque.
—¡Petra! —escuchó a su espalda.
Elias corría hacia ella. Petra corrió hacia el bosque.
—¡Petra!
No se detuvo, corrió entre raíces y ramas bajas con su
amigo siguiéndola muy de cerca. Corrió porque era lo único
que podía ahogar la rabia en su pecho.
—¡Espérame! —siguió gritando Elias.
Ella no esperó, aumentó el ritmo, pero no consiguió
deshacerse de su amigo. Cuando se hubieron perdido en el
bosque, rodeados de nieve y árboles secos, Petra se detuvo
a tomar aire. Elias la alcanzó.
—¿¡Qué quieres!? —le increpó ella, perdiendo los
papeles.
Elias retrocedió un paso.
—Solo quería saber cómo ha ido —explicó con voz
conciliadora—. Entiendo que no muy bien.
Petra respiró hondo antes de contestar, intentó apagar la
rabia de su pecho con el frío aire del bosque.
No es su culpa, pensó, no es su culpa.
Pero no podía evitar sentirse furiosa y decepcionada. No
quería casarse, no en aquellos términos, no porque su padre
se lo exigiese. Y eso no significaba que quisiese menos a su
clan, solo que quería ser libre. No era tan difícil de entender.
Elias se acercó a ella y puso una mano en su hombro.
Ella se apartó bruscamente.
—¿Qué hago? —preguntó—. No quiero casarme.
—Según lo veo yo —dijo él despacio—. O puedes volver a
Berlín y huir de todo esto, o puedes quedarte y no casarte,
no al menos todavía, por mucho que se haga el duro, tu
padre estará contento de tenerte cerca.
—Sí, porque así podrá controlarme mejor.
—Puede ser.
—No lo entiendes, Elias —rugió ella—. Mi gente en Berlín
me espera, necesito volver con guerreros o…
—Eso cambia mucho las cosas —murmuró él, pensativo
—. Solo veo una salida.
—Y yo.
—¿Vas a casarte?
—No todavía —Petra dio una patada furiosa a la nieve y
apretó el puño—. Pero creo que no tengo más remedio que
ofrecer mi mano a cambio de lo que quiero.
—Si ofreces tu mano y no vuelves para cumplir tu
promesa…
—Perderé cualquier opción a liderar el clan —acabó ella
—. Lo sé, pero mis amigos dependen de mí.
—¿Vas a ofrecer tu mano en matrimonio, pues? —él casi
se rio mientras lo decía.
—No tiene gracia —espetó ella dándole un puñetazo en
el hombro.
—Sí que la tiene.
—Me estoy metiendo en un lío bien gordo —murmuró
Petra, abatida.
—No estás sola —le aseguró Elias.
7
Silvia intentó beber con cuidado. Sus colmillos salieron
como aguijones y le ayudaron a desgarrar la piel de la
muñeca de aquel hombre.
—Lo siento —le dijo—. Es por tu propio bien.
Cuando las primeras gotas de sangre rozaron su lengua,
un placer inhumano hizo que le temblasen las piernas. El
cálido líquido bajo por su garganta como si fuese néctar, su
estómago dejó de doler y sus ojos se pusieron en blanco por
el placer. Cuando quiso darse cuenta, las fuerzas le estaban
fallando al pobre hombre y ella había bebido demasiado,
horrorizada, se apartó de él de un salto. Tenía la boca llena
de sangre. Él temblaba, pero seguía quieto en su sitio, con
la herida abierta y ofreciéndole el brazo para que siguiese.
—Vete —ordenó Silvia.
Él no le hizo caso.
—¡Vete! —repitió y su voz sonó como un trueno de seda.
El hombre asintió y se marchó. Silvia usó las mantas de
la cama para limpiarse la barbilla y los labios. Cuando
acabó, miró el vestido. Aquello le recordó a cuando conoció
a Krimer, también presa en una habitación, el licántropo
había pedido cenar con ella y le había hecho ponerse un
vestido bonito. Al final, ambos eran hermanos, aunque
había aprendido a querer a uno y a odiar al otro. Sabiendo
que no tenía opciones, se puso el vestido, era negro, con
mangas de encaje y escotado. Si hubiese podido mirarse en
un espejo, lo habría hecho, pero no quería ni intentarlo.
Isabelle volvió a buscarla unos minutos después, le pidió
que la acompañase y la llevó al piso de abajo. Allí, la
hoguera encendida desprendía una agradable luz
anaranjada y la mesa estaba cubierta de comida y vino.
Silvia se preguntó a qué venía aquel despliegue, ya que
desde que se había transformado no podía comer nada.
Rainer estaba allí, sentado a la mesa, esperando con una
sonrisa taimada en los labios.
—Gracias, Isabelle, puedes retirarte —dijo.
Isabelle asintió en silencio y se marchó fuera de la
cabaña.
—¿Me acompañas? —preguntó él señalando la mesa.
Silvia se sentó, cansada de los juegos del vampiro,
cansada de discutir, solo quería que aquella pantomima
acabase de una vez.
—Estás hermosa con ese vestido —comentó él,
despreocupado.
—¿Qué nueva forma de tortura has ideado hoy? —
escupió ella.
Rainer alzó una ceja y la observó con curiosidad.
—Lo digo en serio —contestó—. La transformación te ha
sentado realmente bien, me alegro de que estés bebiendo
sangre.
—Me has convertido en un monstruo asqueroso, ¿y dices
que me ha sentado bien? —Silvia tuvo que apretar los puños
y morderse los labios para no explotar—. Despreciable hijo
de…
—Cuida esa lengua —interrumpió él, amenazante, pero
suave—. Primero, soy tu maestro y me debes respeto y
obediencia.
—Ya te gustaría.
—Segundo, no has podido mirarte en un espejo, sé que la
fase de ghoul es terrible y, normalmente dura unos meses,
mínimo unas semanas si el convertido posee una fuerza de
voluntad encomiable… pero tú —Rainer se relamió—. Tú la
has superado en un suspiro.
Silvia frunció el ceño, sin entender.
—No me crees, mírate a un espejo.
—No puedo.
—Podrás si así lo deseas, tú tienes el control.
Rainer chasqueó un dedo y un ghoul entró en el salón
cargando un espejo de pie, lo colocó a un lado de la
habitación y se marchó. Silvia dudó, Rainer le indicó con un
gesto que se levantase. Ella se debatió, no quería obedecer
a aquel demente, pero también sentía curiosidad por verse.
Al final, ignoró las dudas y se puso en pie. Se colocó frente
al espejo y solo consiguió ver su figura distorsionada, como
sacada de una foto mal hecha.
—No me veo, mentiroso.
—Concéntrate —susurró Rainer—. Tú tienes el control.
Silvia volvió a mirar en el espejo y se concentró en su
reflejo. Lo vio cambiar de forma, pero no aclararse. Deseó
que se aclarase, poder verse, y la forma empezó a cambiar
de nuevo. Poco a poco, su reflejo obedeció a sus deseos y,
finalmente, se vio. Se asustó por un momento. No porque lo
que viese fuera horrible, todo lo contrario.
Le costó reconocerse en aquella belleza. Sus facciones
estaban más marcadas, sus pómulos más altos, su nariz
más estilizada. Sus labios lucían como si llevase carmín y
sus ojos parecían más grandes y brillantes. El vestido se
ajustaba a sus curvas de forma sugerente y, había otra
cosa, algo que llamó su atención. El tatuaje que crecía entre
sus pechos, el creado por la sangre maldita de lobo, se
había extendido y ahora rodeaba sus pechos de forma
elegante y subía por sus clavículas hasta los hombros.
Imaginó que también debía ser así por su estómago, pero el
vestido le impedía verlo.
¿Qué significa? Pensó.
—Es una lástima —comentó Rainer como si le leyese el
pensamiento—. Que mi hermano te marcase con esa
asquerosa sangre corrupta.
Silvia se giró envarada.
—Habrías sido una concubina espectacular.
—Ni en mil años —escupió—. Ni en todas las vidas que
puedas vivir. Solo me acercaría para clavarte una estaca en
el pecho.
Rainer sonrió, como si la amenaza le hubiese hecho
gracia.
—Debe tener algo que ver con la sangre de lobo —
comentó—. Tu incapacidad para conocer tu lugar. Es
interesante, no escuchas al enjambre, ¿verdad?
Al escuchar esa palabra, Silvia fue consciente de cientos
de voces en su cabeza por un solo instante, como un ruido
de fondo.
—Lo imaginaba —continuó Rainer—. Tampoco te sometes
a mi voluntad, a pesar de que te he creado, no puedo
acceder a ti. Muy interesante.
—¿Te das cuenta como sin tus poderes no eres nada?
Solo un pobre hombre acomplejado y patético.
—Y sí, la mala educación desde luego viene por la
licantropía.
—Me he cansado de esta “cena” —suspiró ella con
desgana—. Espero que te hayas divertido, me voy.
Silvia se dio la vuelta sobre los tacones y empezó a
caminar hacia la puerta.
—Detente —ordenó él.
Y ella se detuvo. No fue cosa de magia sobrenatural. Fue
la forma en la que él lo dijo, la amenaza que subyacía bajo
aquella sola palabra, lo que hizo que se detuviese.
—Está claro que no tienes salvación —murmuró él,
poniéndose en pie—. He intentado hacerte ver las ventajas
de trabajar conmigo, de ser algo más que rivales.
—Solo me has mostrado que eres un psicópata enfermo.
Él apretó los labios y una trémula sonrisa se le escapó.
—No puedo permitirme que algo así —continuó—. Que
una criatura errática y rebelde como tú siga viva.
Silvia se dio la vuelta para encarar al vampiro, le
temblaban los puños, estaba dispuesta a luchar, aunque
supiese que no tenía posibilidad alguna.
—Pero todavía quiero usarte para torturar a mi hermano
una última vez.
Rainer llegó hasta ella, sus pasos suaves como la seda,
su mirada llena de malicia.
—Tu obsesión es enfermiza —dijo ella con el poco valor
que pudo reunir—. Estás loco.
Rainer sonrió, alzó una mano e intentó acariciar su
mejilla, pero ella le apartó de un manotazo.
—Está bien —murmuró.
Y no dijo nada más, pero Silvia pudo escuchar las pisadas
acercándose por el pasillo. Las puertas del salón se abrieron
y una decena de ghouls aparecieron dispuestos a cumplir
las órdenes silenciosas de su amo.
◆◆◆
—Será divertido ver quién acaba con quién antes —dijo
Rainer por encima del ruido de las cadenas.
—Estás loco si crees que le haré daño —contestó Silvia.
Le habían llevado al cobertizo lleno de cadenas de plata
en el que languidecía Krimer y la estaban atando a su lado.
Intentó resistirse, pero eran demasiados ghouls como para
hacer algo. Toda la operación era supervisada por Isabelle.
—Cuando el hambre llegue —susurró Rainer—. El dolor
será tan insoportable que no te quedará otro remedio,
enloquecerás y, entonces, le devorarás.
—Nunca.
—Lo harás… o él te matará para sobrevivir —el vampiro
enseñó los dientes, encantando por sus propias ideas—. ¿Te
imaginas? Vivir sabiendo que su clan no tiene futuro, que ha
matado a su propia amante… ah, desde luego, la venganza
es un plato que se sirve frío. Bien frío.
—Trozo de mierda demente.
Isabelle le soltó un tortazo que resonó por toda la
estancia. Silvia notó el sabor de la sangre en la boca.
—Insúltame todo lo que quieras —dijo Rainer sin perder
la sonrisa—. Has servido a tu propósito como debe ser,
ahora nos despedimos mi querida vampira, ardo en deseos
de ver cuál de los dos pierde los estribos antes.
Con una carcajada maniaca, Rainer abandonó el
cobertizo y los ghouls le siguieron en silencio.
—Cumple tu parte —ordenó Isabelle antes de marcharse.
Las luces se apagaron y, al ser de noche, la habitación
quedó totalmente a oscuras, pero la vista de Silvia no tardó
en acostumbrarse a aquellas sombras. Podía ver con
normalidad. Miró a Krimer que colgaba inconsciente de unas
cadenas. Iba sin camiseta, tenía los músculos marcados y
sudorosos y el cuerpo lleno de sangre que caía desde sus
muñecas.
—Krimer —le llamó—. ¡Eh! Despierta.
El licántropo gruñó y abrió los ojos, parpadeó varias
veces, intentando centrarse.
—¿Silvia? —preguntó con voz débil.
—Soy yo.
—¡Silvia!
Krimer alzó la mirada y la clavó en ella. Todo el sopor
desvanecido.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué pasa?
Silvia tragó saliva y empezó a contarle la historia.
8
Krimer escupió y maldijo varias veces.
—Ese desgraciado —rugía—. ¡Rainer! ¡Voy a sacarte las
entrañas!
—No sigas —pidió Silvia—. Eso solo le hará disfrutar más
de todo esto.
Krimer rugió por la bajo y agachó la mirada. A pesar de
que había resucitado un poco por su presencia, seguía
cansado y herido, la plata le quitaba todas las fuerzas. El
silencio se prolongó entre ellos un buen rato. Silvia se sentía
incómoda allí colgada como un jamón y sin saber qué decir
o hacer. Krimer y ella no habían tenido la relación más
sencilla y, en los últimos tiempos, había sido más mala que
buena.
Pero en los tiempos en los que era buena… pensó. Podía
entender que él se había alejado porque sabía de la
existencia de Rainer y sabía que algún día su hermano
volvería, pero le costaba perdonarle que no hubiese
confiado en ella. Por otro lado, estaba Bertram, ya ni sabía
lo que sentía por él, le gustaba, le atraía, habían hecho el
amor, desesperados ante la certeza de la muerte… pero
¿había algo más ahí?
Menudo lío, se dijo. Estaba perdida, superada por todo
aquello. Al ver a Krimer en aquel momento, no podía evitar
sentir cierta pena. Quería ayudarlo, pero no podía hacer
nada.
—Cuando pase —comentó él, de pronto—. No dudes en
hacerlo. Muérdeme.
El estómago de Silvia dio un vuelco.
—¿Qué dices?
—Que me muerdas. No temas hacerlo, bebe todo lo que
necesites, acaba conmigo si hace falta, Silvia… yo…
—Cállate —le interrumpió ella, de pronto tenía lágrimas
en los ojos.
—No —bufó Krimer alzando la mirada y clavándola en
sus ojos—. Me he callado durante mucho tiempo, sé que no
he sido bueno, pero puedo asegurar que te he querido en
todo momento. Y lo sigo haciendo.
—Cállate —masculló ella entre lágrimas.
—No. Te quiero, Silvia. Bebe de mí todo lo que necesites.
No me importará dar mi vida por ti.
—Cálla…te…
—No. Ya me he callado demasiado tiempo y eso no ha
hecho más que provocar nuestra ruina —Krimer agachó la
cabeza—. Yo he causado esto. Lo siento, por todo lo que te
he hecho. Sé que nada de lo que diga podrá remediar el
daño, pero si al menos puedo entregar mi vida para que tú
vivas un poco más, quiero que sea así.
—No puedo —murmuró ella negando con la cabeza—. No
puedo…
—Podrás —aseguró él en voz baja—. Cuando la sed sea
insaciable, lo harás.
◆◆◆
Las horas en aquel cobertizo pasaron lentas y pesadas.
Krimer dormitaba, respirando con la fuerza de un caballo
herido. Silvia estaba presa del dolor en sus muñecas, en sus
brazos, en su espalda. Era una sensación desagradable el
estar colgando tantas horas, sabía que si no fuese por su
resistencia mejorada se habría desplomado hacía mucho. Se
hizo de día, lo supo al ver los huecos en los tablones de
madera, los rayos de sol parecían deslumbrantes al otro
lado, tanto que le provocaron dolor. Agachó la mirada,
siseando como un gato y apretando los dientes.
Las horas siguieron pasando. El dolor en todo su cuerpo
fue en aumento, pero un nuevo dolor la preocupó más. Su
estómago se retorcía, sus entrañas se peleaban,
implorándole de nuevo alimento. Sangre. Deseaba un poco
de sangre.
No, se dijo a sí misma. No podía caer en aquel juego
demente de Rainer. Tenía que soportarlo… aunque sabía
que tarde o temprano acabaría cediendo a la sed. No podía
escapar. Miró a su alrededor, buscando algo con lo que
poder liberarse, pero la poca luz del sol que se colaba entre
los tablones era suficiente para cegarla.
Y las horas siguieron pasando. Se despertó sobresaltada,
la noche había llegado y, con ella, el ruido de los ghouls
buscando presas por el bosque. Pisadas y susurros en la
oscuridad. El estómago le rugió, tenía hambre, mucha
hambre. Observó a Krimer, su torso desnudo, cada musculo
marcado y cubierto de sudor, ascendió por los pectorales y
se detuvo en el cuello. La carótida, gruesa y marcada,
palpitaba con fuerza. La boca se le hizo agua, el deseo y la
sed se mezclaron en su cuerpo de una forma extraña, se
lamió los labios y notó sus colmillos afilados como esquirlas
de hielo. Empezó a respirar con fuerza y a retorcerse en las
cadenas, notaba el calor bajar desde su vientre hasta su
entrepierna.
¿Qué me pasa?
El calor, el calor que la inundó… nunca había sentido un
calor así. Le incendiaba el vientre y el pecho, le aceleraba el
corazón, le hacía temblar las manos. La boca se le llenó de
saliva, entreabrió los labios, húmedos, y tiró de sus cadenas
para acercarse lentamente a él. Krimer despertó con el
tintineo de la plata. La miró, al principio sorprendido, pero
luego entendiendo lo que ocurría. No mostró rabia ni asco,
solo una comprensión infinita en sus oscuros ojos.
—Está bien —susurró con un hilo de voz—. Hazlo. Te
quiero.
Silvia se echó sobre él como una bailarina que se
balancease entre telas colgantes. Se agarró con sus piernas
a la cintura de él y los rostros de ambos se quedaron a
escasos centímetros. A pesar del miedo, a pesar de saber lo
que estaba por venir, él la miraba con determinación. Silvia
abrió más la boca y le lamió la cara, la piel tenía un sabor
salado por el sudor, un sabor que conocía bien, se relamió y
cerró los ojos. El calor siguió creciendo, como llamas que
abrasaban todo su ser, como un incendio desatado en su
pecho. Se fijo en el cuello de nuevo, aquella vena gruesa y
llena de sangre, sin poder evitarlo se reclinó poco a poco en
su dirección.
—Está bien —continuó murmurando él, como un mantra
—. Está bien.
Silvia le lamió el cuello y él dio un respingo de sorpresa.
—Hazlo.
Silvia abrió la boca, dejando ver sus colmillos afilados. Se
dispuso a hacerlo, la sed en su interior le decía que lo
hiciese. Necesitaba la sangre. La necesitaba. No solo para
alimentarse, si no para sentir el placer del líquido rojo
bajando por su garganta. Un placer inhumano, un placer
como ningún otro.
—Hazlo.
Silvia hincó los dientes. Krimer rugió de dolor y se
retorció un poco. La sangre empezó a manar de la herida,
Silvia la bebió como si fuese el néctar de los dioses, la mejor
bebida en el mundo. Dolor, placer, sangre, se unieron en
una sinfonía que avivó el fuego de su interior. Sus piernas
temblaron, su entrepierna se humedeció y la sintió abrirse
de par en par ante las oleadas de placer que bajaban desde
su estómago.
—Aghhh —se quejaba Krimer mientras ella seguía
chupando su sangre.
Silvia sentía cada gota pasando por su boca, el sabor a
hierro se convertía en un sabor dulce y amargo que no tenía
comparación. Era mejor que el mejor de los vinos.
Para, le dijo una vocecilla en su cabeza, para o lo
matarás. Pero no podía parar, el placer era demasiado
intenso y, si se detenía, lo perdería. Siguió chupando
sangre, deleitándose, retorciéndose, sintiendo como los
músculos de él se contraían de dolor entre sus piernas.
¡PARA!
Silvia retrajo los colmillos y se alejó del cuello. Sus labios
estaban carmesíes y brillantes, chorros de sangre le bajaban
por la barbilla, por el cuello y le manchaban los pechos.
Krimer la miró, sorprendido y un poco agotado. Ella le
observó sin entender muy bien qué había pasado.
—Lo… lo siento.
Él negó con la cabeza.
—Lo entiendo.
Silvia fue a soltarlo y alejarse, pero él bajó las cadenas
que le retenían las muñecas y la agarró del rostro con
torpeza.
—No, no te vayas.
—Soy un monstruo —susurró ella, asustada y cubierta en
sangre.
—Los dos lo somos —dijo él mirándola a los ojos.
Silvia no entendía, no entendía por qué veía amor en
aquella mirada, pasión por ella, que era una sanguijuela
cubierta de carmesí. Pero él no dudo, se lanzó a besarla, ella
quiso apartarse, pero no pudo, seguía ardiendo en deseo. El
beso fue húmedo, caliente y pasional. Sintió un pinchazo de
placer y quiso morder aquella lengua, sabía que sangraban
profusamente, pero logró contener aquellos instintos.
—¿Cómo puedes querer esto? —preguntó ella, alejándose
unos centímetros.
—Me da igual lo que seas, Silvia —rugió él, acercándose
desesperado—. Te quiero a ti.
Ella sonrió, se mordió los labios y se abalanzó sobre él
con más intensidad. Lo besó, pero esta vez con ganas. El
calor de todo su cuerpo no hacía más que aumentar, creyó
que si no se corría acabaría perdiendo la cabeza, lo
necesitaba a él, como nunca lo había necesitado.
Silvia sintió como toda la sangre del cuerpo de Krimer se
aglomeraba en un solo lugar y entonces sintió como su polla
despertaba de su letargo, furiosa, dura como una piedra,
empezó a golpear contra sus nalgas desnudas. Palpitaba,
con más fuerza que la carótida, llena de sangre y de otro
líquido aún más caliente. Silvia la miró y se relamió, presa
de una locura absoluta. Intentó deslizarse por el cuerpo de
Krimer para que el miembro entrase en ella, pero colgados
ambos de las cadenas, era imposible.
—¿Estás segura de esto? —preguntó él, jadeando.
—Como no lo he estado nunca —suspiró ella, faltándole
el aire—. Joder, te quiero dentro, pero…
—Solo se me ocurre una cosa.
—¿El qué? —rugió ella, los ojos desorbitados.
Calor, necesitaba que el calor cesase.
—¿Puedes darte la vuelta bajando un poco tus cadenas?
Silvia frunció el ceño, confusa, tardó unos segundos en
darse cuenta de lo que él pretendía. Sonrió con picardía y se
mordió los labios que todavía sabían a sangre. Sin soltarse
de él, empezó a subir lentamente con las piernas por su
espalda, se sujetó de las cadenas con fuerza, tomó impulso
y, con la destreza de una artista de circo, se balanceó y se
dio la vuelta por completo. Las cadenas tintinearon al
estirarlas. Silvia, boca abajo ahora, se chocó con Krimer.
—Cógete —le dijo él mientras a su vez la cogía de los
tobillos.
Silvia le rodeó con las cadenas, la piel siseo al contacto
con la plata, y le agarró de las nalgas para sujetarse. Krimer
se quejó un segundo por el dolor que le provocaban las
cadenas, pero por la hinchazón de su miembro era obvio
que no le había molestado demasiado. Silvia pudo
contemplarla en toda su grandeza, estaba cara a cara con el
enorme miembro de él, hinchado, las venas marcadas, la
sangre corriendo por él como si fuese un corazón jugoso. Se
relamió. No podía más, iba a volverse loca.
Y entonces, Krimer hundió su cara entre las piernas de
ella. Sintió besos en su entrepierna, sintió la lengua que se
abría paso por su húmedo interior.
—Joder —exclamó, abriendo mucho los ojos.
Él no contestó, tenía la boca muy ocupada devorándola,
lamiendo cada uno de sus pliegues, bailando en su interior.
Todo su cuerpo se tensó y apretó los dedos de los pies. No.
No quería correrse todavía, no sin probar primero lo que
más deseaba. Con sus manos encadenadas, agarró el
poderoso miembro de Krimer, apuntó a su boca y abrió los
temblorosos labios.
—Toda mía —murmuró mientras la envolvía con sus
labios carmesíes.
Notó como Krimer se estremecía, un gemido reverberó
en su boca y pasó a ella que lo sintió como una descarga de
placer. Silvia no había sentido nunca con tanta intensidad,
cada caricia, cada roce, cada beso en su entrepierna, todo
se convertía en descargas de placer que la atravesaban. Y
la polla de Krimer, palpitante, notaba la sangre que corría
por sus venas, acumulándose, moviéndose, le hacía la boca
agua y le ponía el mundo patas arriba. Lamió el capullo con
intensidad y se la metió hasta el fondo, hasta lo más
profundo de su garganta, la quería toda para ella. Sed de
sangre y placer sexual se mezclaron en una sinfonía única
que solo hacía incrementaba.
Krimer empezó a jugar con su clítoris, moviendo la
lengua en movimientos circulares. Silvia puso los ojos en
blanco y se arqueó.
Joder, joder, joder, pensaba mientras todo su cuerpo se
deshacía por el fuego que la consumía. Su mente
desaparecía fundida en luz.
Sintió el primer espasmo en la polla de él, unas gotas de
sabor salado cayeron en su boca y Krimer se retorció presa
del delicioso baile del placer. Estaba a punto de correrse, de
derramarlo todo en su boca. Su polla… llena…de sangre.
Silvia se relamió, incapaz de controlarse, sus colmillos se
afilaron mientras sus labios apretaban el capullo y su lengua
subía y bajaba por la base del miembro.
—¿Qué…? —preguntó Krimer al notar los dientes.
Silvia mordió la polla. No un mordisco voraz y violento, si
no uno juguetón, superficial, pero lo suficiente profundo
como para que la sangre manase de ella. Krimer se agitó,
presa del dolor.
—Aghhhhhh.
Pero por mucho que le hubiese dolido, no pudo
contenerse. Silvia se deleitó victoriosa cuando notó el
semen derramarse en su lengua como un torrente caliente y
espeso, se mezclaba con la sangre de la herida.
Sí, sí, sí, repetía en su interior como un mantra, ida por
completo, incapaz de pensar en otra cosa que no fuese la
sangre y el semen mezclándose en su boca. Un único
líquido ardiente bajando por su garganta, llenándola.
Se saco la polla de la boca, mientras todavía chorreaba.
—¡No pares, joder! —imploró a gritos—. ¡No pares!
Krimer, que se había detenido por el éxtasis y el dolor,
metió la cabeza entre sus nalgas y la devoró con más fuerza
que antes. Silvia notó los espasmos de placer volviendo,
todos sus músculos tensos, el momento del orgasmo
postergado por unos segundos de más, unos dolorosos
segundos.
Agarró de nuevo el miembro de él y empezó a lamerlo
con ansia, saboreando las últimas gotas de semen en la
punta, deleitándose con la sangre que manaba de la herida.
Y entonces llegó, un tsunami de placer que le hizo abrir los
ojos y ponerlos del revés. El orgasmo más placentero de
toda su vida. Gritó sin poder contenerse, se retorció y todo
su cuerpo empezó a tener espasmos sin que pudiese
controlarlo.
Por un momento, perdió la conciencia.
9
Bertram estaba sentado en la terraza de una cafetería.
Había vivido mejores momentos, se le veía abatido y vestía
con una simple chaquea vaquera y una gorra para cubrirse
el rostro. Estaba terminando de escribir una carta a Petra, la
releyó varías veces antes de meterla en un sobre.
Espero que te llegue, pensó. Se puso en pie, la pierna
mala le dio un latigazo de dolor que le recorrió hasta las
lumbares. Apretando los labios, cogió el bastón y se puso en
marcha. Buscó un buzón en el que tirar la carta y luego se
puso rumbo a “casa”. Como Rot que había sido disponía de
varios pisos francos por todo Berlín. Tenía uno en un barrio
obrero, apartado de las zonas céntricas, que le venía
perfecto para estar solo. Allí nadie lo reconocería.
Cruzó el portal lleno de grafitis, subió los tres pisos por
las escaleras y accedió a su nueva casa. El piso era
pequeño, sobre todo comparado con su mansión, pero tenía
todas las necesidades cubiertas y conservas en la despensa
por si alguna vez se necesitaba. Aunque a él, todo eso le
importaba más bien poco, estaba allí por un único motivo.
Encontrar a Silvia. El comedor se había convertido en su
sala de trabajo, tenía una vieja pantalla, un DVD antiguo y
decenas de discos apelotonados sin un orden aparente
marcados con fechas. Eran los registros de las cámaras de
seguridad de su mansión, se los había llevado antes de
desaparecer. Puso el reproductor en marcha después de
calentarse unos espaguetis en el microondas. Estaba
buscando la noche en la que habían atacado la mansión Rot
y Silvia había desaparecido, pero los últimos discos no
tenían fecha y el trabajo se hacía tedioso, pasando horas de
metraje solo para descubrir que ese día no era.
Tras varias horas de tedioso trabajo, encontró algo que le
hizo saltar del asiento. Era la noche del ataque. Silvia salía
con Rainer de la mansión a las cinco de la madrugada y se
acercaban a la carretera. Parecía haber un coche esperando,
pero desde el ángulo de esa cámara no podía ver mucho
más.
—Mierda —farfulló mientras rebuscaba entre el resto de
los discos.
Fue probando uno y otro, buscando la cámara del muro
exterior que daba a la carretera. La encontró. A pesar de la
oscuridad reinante y la mala calidad del propio vídeo, pudo
ver el coche negro que recogía a Silvia y Rainer.
—¡Sí! —gritó emocionado.
Paró la imagen y la amplió hacia la matrícula. Lo tenía. La
primera pista del paradero de ella. Con el corazón latiendo
con fuerza, se puso en pie, cogió el móvil y llamó. Tras
varios segundos de espera un viejo amigo de la policía de
Berlín le contestó.
—Necesito que me digas todo lo que sabes de una
matrícula —exigió con voz severa.
—Claro, Bertram, sin problema.
Sonrió. La noticia de que ya no era el líder de los Rot aún
no había llegado a sus viejos contactos. Perfecto.
◆◆◆
Unas horas más tarde, Bertram esperaba frente a una
casa acomodada a las afueras de la ciudad. Esperó a que
cayese la noche para colarse en el interior del jardín, a
través de las ventanas pudo ver a un hombre viendo la tele
con su familia. Era el dueño del coche. Podía trabajar para
Rainer, pero seguramente el vampiro lo habría manipulado
con sus poderes y no recordaría nada. Los vampiros eran
así, astutos, esquivos.
Pero Bertram tenía un plan mejor. Algo que los seres
atemporales tendían a pasar por alto. La tecnología sería su
delator. Bertram se acercó al garaje, buscó la puerta trasera
y la forzó convirtiendo uno de sus dedos en una garra
alargada. Se coló en el interior.
Victoria, pensó. El coche estaba allí. Se dispuso a forzarlo
también, pero se dio cuenta de que las llaves colgaban de
un gancho en la pared. Las cogió en sigilo, abrió el coche y
se sentó en el asiento del conductor. Bingo. El coche tenía
GPS. Ahora solo necesitaba encenderlo y comprobar los
últimos movimientos. Introdujo las llaves y las giró una sola
vez, la electrónica del coche se encendió, pero el motor
permaneció en silencio.
La pantalla se iluminó y mostró un menú de opciones.
Abrió el GPS, buscó en las últimas rutas. Paseos largos por
Berlín en los últimos días, ninguna dirección o calle que le
resultase particularmente extraña. La ruta se repetía
durante varios días, del trabajo a casa y de casa al trabajo,
era lo más probable.
No, necesitaba algo distinto. Siguió tirando para atrás
hasta que se detuvo en una ruta extraña. El coche había
viajado fuera de la ciudad y se había detenido en medio de
la carretera, luego había dado la vuelta y había vuelto hasta
casa.
—Te pillé, hijo de puta —susurró Bertram.
Sacó el móvil, le hizo una foto al mapa que mostraba la
pantalla y apagó el coche. Sonriente como no había estado
en días, el licántropo escapó de allí con un destino claro y
un propósito absoluto.
Salvaría a Silvia… o al menos la vengaría.
◆◆◆
Petra pasó uno de los peores días de su vida. Los
aspirantes a marido se pasaron toda la mañana buscándola
para cortejarla, para regalarle flores, peluches y otras
idioteces que ni le gustaban, ni necesitaba. No tuvo más
remedio que mostrarse amable con todos, sonreír ante sus
chistes y fingir interés por sus anécdotas. Si iba a pedirles
que luchasen por ella, no le quedaba otra.
Si algo bueno tenía toda aquella pesadilla era que, al
menos, su padre parecía complacido por su decisión y no se
había pasado el día gruñendo y diciéndole lo mala hija que
era.
—Sería un honor para mí —dijo el tipo que caminaba a su
lado—. Sé que tengo lo necesario dentro de mí para liderar
este clan cómo hace falta.
—¿Y cómo es eso? —inquirió ella, fingiendo una sonrisa.
—Con mano dura, como un alfa, como un macho.
—Te das cuenta de que la alfa soy yo, ¿verdad?
El muchacho se detuvo y tartamudeó un par de veces
intentando encontrar una explicación a sus tonterías.
—Por supuesto —dijo al fin—. Serás la esposa del alfa, se
te tratará como te mereces y…
—Por dios —suspiró ella—. Ya he tenido suficiente.
Sin darle más oportunidad de hablar, Petra apretó el paso
y se alejó dejando a un idiota estupefacto atrás. Aquel no
sería el último incidente del día, todos creían ser el más
macho, el más duro, el más fuerte… todos querían casarse
con ella para convertirse en los líderes de la manada.
¿Podía culparlos? Había estado desaparecida durante
años. Nadie la conocía allí. Estaba en casa, pero nunca se
había sentido tan lejos del hogar. Abatida, se metió en su
tienda de pieles donde un brasero caldeaba un interior lleno
de alfombras y cojines. Se dejó caer sobre ellos y los abrazó
con fuerza. Estuvo así agazapada un buen rato, huyendo de
sus responsabilidades, en silencio e intentando mantener la
mente en blanco. Escuchó unas pisadas en la nieve del
exterior.
—¿Se lo has propuesto ya? —decía un hombre del clan.
—No, estoy esperando a que otros fracasen para saber lo
que quiere oír la princesita —contestó otro, había un
desprecio en sus palabras que le heló la sangre.
—Es exigente he oído.
—No es exigente, simplemente no tiene ni idea de lo que
quiere, pero ya se lo enseñaré yo.
Petra abrió mucho los ojos, incapaz de creer lo que
estaba oyendo. Las pisadas se alejaron hasta que las voces
se convirtieron en susurros inaudibles. Apretó los puños con
fuerza y quiso gritar, pero hizo un esfuerzo sobrehumano
para contenerse. ¿Cómo iba a casarse con aquellos
imbéciles?
No eran su familia. No eran su clan. Eran desconocidos.
La tela de la tienda se abrió y Elias pasó al interior.
Sonrió con amabilidad al verla.
—Justo donde esperaba encontrarte —comentó mientras
cerraba.
Petra se incorporó para sentarse entre los cojines y miró
a su amigo.
—¿Qué haces aquí?
—Intentar animarte —comentó él despreocupado—. Te he
visto ir de aquí para allá rodeada de pretendientes todo el
día, debe de haber sido divertido.
—Sí, vamos, increíble.
—¿Te importa que me siente?
Petra señaló la alfombra. Él tomó asiento.
—¿Cómo lo llevas?
—Mal —bufó—. ¿Desde cuándo nuestro clan se ha vuelto
tan…?
—¿Tan lleno de testosterona?
Petra se rio.
—Sí.
—Creo que la falta de hembras les ha afectado a la
cabeza —confesó Elias en voz baja—. Están todos en celo y
desesperados.
—No sé si voy a poder seguir con esto —soltó ella de
pronto, llevaba horas agarrando esas palabras y
hundiéndolas en lo más profundo de su garganta, pero no
podía contenerlas más—. Solo llevo un día escuchando a
esos imbéciles proponerse como pavos reales y quiero
vomitar. ¿Cómo voy a…?
—Eh, eh —Elias se acercó a ella y la rodeó con el brazo
para calmarla—. Lo entiendo. No tienes que hacerlo,
recuerda que siempre puedes irte lejos y no volver.
—No —murmuró ella entre sollozos, no se había dado
cuenta de cuando había empezado a llorar—. No puedo
volver sin un ejército, no puedo volver sola.
—¿Estás segura de eso?
—Sí.
—Petra, sé que quieres mucho a tus amigos de Berlín,
pero lo que haya ocurrido allí no es tu responsabilidad, no
tienes que cargar con este peso.
Petra negó con la cabeza y se encogió más sobe ella
misma, un dolor terrible en el estómago la estaba dejando
sin aliento. Empezó a hiperventilar, Elias la soltó para
dejarle espacio, estaba asustado, pero no sabía qué hacer.
—Oh, se me había olvidado —dijo de pronto.
Petra lo miró, implorando por cualquier cosa que la
distrajese. El muchacho buscó en los bolsillos de su
chaqueta y sacó una carta arrugada y húmeda.
—Fui a la ciudad hoy —comentó—. A por la mensajería
para el clan. Había una carta para ti, la oculté para que tu
padre no la confiscase.
El rostro de ella se iluminó al ver el remitente. La
pesadez en su pecho desapareció, le arrancó la carta de las
manos y la abrió como si fuese un regalo de navidad.
Distinguió la letra de Bertram, más familiar para ella que
aquel lugar nevado. Empezó a leer:
Para Petra:
No sé si esta carta te llegará, pero espero que sí. Solo
quería decirte que ya no soy el líder del clan Rot. Tras años
de vivir a la sombra de mi padre, de vivir con un destino fijo
que no se me permitía cambiar, de vivir aprendiendo
lecciones que no funcionaban conmigo, me he cansado de
luchar en contra de mi naturaleza y pretender que soy algo
que no soy. Pretender solo me ha ocasionado ansiedad y
dolor. Nunca he sido un buen líder, tú lo sabes mejor que
nadie, nunca se me dio bien el puesto y solo lo heredé por
ser hijo de un hombre estricto que seguía las tradiciones
hasta las últimas consecuencias, en cualquier otro caso otro
habría sido el alfa. Intenté ocupar el puesto, intenté
ocuparme del clan, pero no hice más que llevarlos a una
guerra que a ellos no les incumbía.
¿Por qué hice eso? Porque, me doy cuenta ahora,
valoraba más la vida de una humana que la de los hombres
que me rodeaban. Así no debería actuar un líder. Esta
guerra me ha servido para darme cuenta de que valora más
otras cosas en la vida que un liderazgo sobre hombres que
están esperando a que te caigas para sustituirte. Me doy
cuenta de que, los únicos momentos en los que he podido
ser yo mismo, de los que he disfrutado de verdad, se
cuentan con los dedos de la mano y siempre te tienen a ti
presente… y a Silvia también. No voy a mentirte porque sé
que lo entenderás. Te quiero, lo sabes, pero mi corazón
también pertenece a la humana. Creo que es porque ella
me ha enseñado que hay algo más fuera de nuestros
clanes, hay vida más allá de las mafias y las guerras que
nosotros mismos hemos creado.
¿Quién quiere luchar por territorio? ¿Quién quiere
controlar una ciudad? ¿Por qué? El único territorio que
quiero controlar es una granja lejos de todo, con ella y
contigo y con cualquier que quisiese dejar de lado este
camino que solo nos ha llevado a la destrucción.
No he encontrado felicidad en ser el alfa. No he sido un
buen líder. Y me apena que estés lejos, buscando hombres
para una guerra que no es tuya con un clan que sé que
odias.
Clan. Menuda palabra. Yo ya no tengo clan, o quizás sí,
pero desde luego nunca fueron los Rot.
Mi clan eres tú. Mi clan es Silvia. Mi clan soy yo. Por
favor, vuelve a casa.
Petra leyó la carta con el corazón en un puño. Una
sonrisa afloró en sus labios, el corazón le dio un vuelco.
Volvió a leerla y la releyó una tercera vez. Se puso en pie de
un salto, recogió cuatro cosas y salió corriendo de la tienda.
Elias la siguió.
—¿A dónde vas? —gritó, confuso.
—¡A casa! —contestó ella llegando al linde del bosque.
Dio un salto, la nieve se levantó movida por una brisa y
la rodeó, cuando cayó ya no estaba ella, si no una loba
enorme, blanca y poderosa. Aulló para que en cada rincón
del bosque la gente pudiese oír su mensaje. Se marchaba.
Y no pensaba volver. Petra corrió y corrió. Aullidos de
protesta contestaron al suyo. Quejidos. Replicas. Pero todo
se fue quedando atrás, lejos, en un lugar al que no volvería.
Porque ahora lo entendía, tal y como Bertram había dicho.
Un clan no podía ser un lugar en el que uno no quería
estar. Volvía a casa.
10
Los brazos de Silvia dolían como si tuviese todos los
huesos rotos. No aguantaba más aquella tortura. Después
del subidón que había sido beber la sangre de Krimer, había
venido un bajón de dolor y cansancio. Era de día, lo sabía
porque le dolía abrir los ojos. Krimer descansaba igual que
ella, magullado, ahora manchado de sangre y agotado. Dos
cerdos colgando en el matadero, esperando a que Rainer
decidiese que se había cansado de esperar. Silvia quiso
maldecir su suerte, pero no tenía fuerzas ni para pensar.
Se había dado por vencida, solo quería dormir y que
aquello acabase. Algo captó su atención, un crujido en la
maleza. Pensó que Rainer venía a acabar lo que había
empezado, una sensación de alivio la invadió, pero luego se
dio cuenta de que era de día y no podía ser el vampiro.
Escuchó con atención. Los pasos se acercaron al cobertizo,
luego hubo un crujido y un trozo de pared saltó por los aires
dejando entrar un rayo de sol. Silvia siseó de dolor,
apartando el rostro.
—¿Qué demonios? —preguntó una voz familiar, una voz
amable y sincera, Bertram.
El corazón se le hundió hasta el estómago. No quería que
él la viese así, transformada en aquella cosa, pero no tuvo
tiempo de preocuparse por eso. El dolor del sol fue
insoportable, como una quemadura por toda su piel, Silvia
empezó a retorcerse y sisear como un gato salvaje,
intentando alejarse del sol.
—¡Cierra eso! —gritó Krimer, saliendo de su sopor—. ¡El
sol imbécil!
Bertram corrió y la envolvió con una manta, el dolor
empezó a remitir.
—No puede ser —escuchó que murmuraba Bertram—.
Ese bastardo…
Lo ha visto, pensó Silvia, ha visto el monstruo en el que
me he convertido, va a odiarme, va a…
—No tenemos tiempo para esto —intervino Krimer—. Las
explicaciones para luego, desátanos corre.
Silvia escuchó como algo golpeaba las cadenas con
fuerza y estas se partían, un golpe seco y duro contra el
suelo, un gemido de dolor.
—¿Puedes andar? —preguntó Bertram.
—Sí —rugió Krimer, claramente dolorido, pero
haciéndose el duro.
—Silvia, voy a soltarte —continuó Bertram, susurrando
cerca de ella—. Prepárate.
Otro golpe. Silvia sintió sus cadenas retorcerse y partirse
con un sonoro chasquido, por un momento se sintió caer,
pero Bertram la agarró entre sus poderosos brazos,
sosteniéndola como una princesa de cuento. Aunque esta
princesa estaba envuelta en una manta como un fantasma.
—Tengo el coche en el camino cerca —explicó mientras
echaba a andar—. Vamos, antes de que se enteren.
Silvia notó el calor del sol a través de la fina manta, dolía
como pequeñas agujas entrando por cada poro de su piel,
pero intentó guardarse el dolor para sí misma. No quería
que Bertram la considerase un monstruo. Corrieron a través
del bosque, por el camino de tierra, hasta que la dejaron en
el asiento trasero de un coche. Krimer se derrumbó en el
asiento del copiloto y Bertram arrancó todo lo rápido que
pudo.
—¿A dónde vamos? —preguntó Krimer.
—Esa es una buena pregunta —contestó Bertram tras el
rugido del motor—. Mi casa no es lugar seguro.
—La mía tampoco, Rainer la conoce demasiado bien.
¿Tienes algún piso franco?
El coche se puso en marcha, traqueteando por el camino
irregular.
—Sí, pero todos tienen un registro de propiedad que
acaba atándolos a los Rot —explicó Bertram—. Rainer
acabará encontrándonos.
—Mierda —exclamó Krimer—. Podemos alquilar algo con
un nombre falso.
—Ahora mismo no tengo precisamente acceso a la
fortuna de mi clan —confesó Bertram.
Silvia se sorprendió, pero estaba demasiado agotada y
dolorida como para preguntar.
—¿Tienes un móvil?
Bertram le dejó el teléfono a Krimer, era todo un
espectáculo verlo desnudo en el asiento de cuero, cubierto
del polvo del granero, la sangre de las heridas y el sudor del
agotamiento que había sufrido.
—¿Cuál es la idea?
—Pedir que me devuelvan un favor —murmuró Krimer—.
Conduce dirección a la L220.
◆◆◆
El coche se detuvo una hora y pico más tarde. Silvia
estaba tan cansada que apenas notó como la sacaban del
coche y la llevaban al interior de una casa para dejarla en la
cama de una habitación con todas las ventanas cerradas.
Estaba medio inconsciente, en parte por el dolor, en parte
por el cansancio, pero todavía era capaz de escuchar la
conversación de los dos licántropos en el salón.
—¿La ha convertido?
—¿Tú que crees, Sherlock?
—Podrías mostrarte un poco más agradecido, te he
salvado la vida a pesar de que podría haberte dejado ahí
colgado, cabrón. Todo esto es culpa tuya para empezar.
Hubo una larga pausa. Krimer suspiró.
—Lo siento —dijo en voz baja—. Tienes razón.
—¿La tengo? —Bertram pareció tan sorprendido que fue
incapaz de tragarse la pregunta.
—Sí, soy un gilipollas y he estado comportándome como
tal —Krimer sonaba compungido, realmente arrepentido—.
Sí, Rainer la mordió delante de mí y le hizo beber su sangre.
—Joder.
No soy un monstruo, quiso decir Silvia, pero la voz no le
salía.
—Pero hay algo en ella que sigue siendo humano —
continuó Krimer—. O otra cosa, no sabría decirlo, creo que
la sangre maldita de mi clan le ha ayudado a resistirse al
influjo. Ya sabes que un recién transformado es poco más
que un zombi al servicio del vampiro mayor.
—¿Qué me quieres decir? ¿Tiene libre albedrio? ¿Está
bien?
—No lo sé del todo, pero no sirve a Rainer, sigue siendo
ella.
—Gracias, dios, gracias —suspiró Bertram aliviado.
Hubo un largo e incómodo silencio.
—Sigues enamorado de ella —comentó Krimer.
—Sí.
Silvia sintió como todo su pecho explotaba de calor.
Quiso decir algo, quiso levantarse y correr al salón, pero
estaba tan agotada.
—Pues tenemos un problema.
—No es momento de demostrar nada, Krimer —sentenció
Bertram—. Tu clan está acabado, el mío me ha rechazado
como alfa y Silvia tiene problemas mayores en los que
pensar ahora mismo. No convirtamos esto en una batalla
estúpida cuando tenemos un enemigo real tocando a la
puerta.
Krimer rugió por lo bajo mostrando que estaba de
acuerdo.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—No lo sé —contestó Bertram—. Descansad lo primero,
luego… ya veremos cómo arreglamos todo esto.
◆◆◆
Silvia despertó. Abrió las cortinas de la ventana de su
habitación para descubrir que era noche entrada, las
estrellas brillaban con fuerza en un cielo despejado de
contaminación lumínica. Un bosque denso y hermoso se
veía al otro lado.
¿Dónde estamos?
Salió de la habitación envuelta en una manta porque
seguía sin tener ropa. La visión ante ella hizo que su
corazón se acelerase de emoción. Había un salón
totalmente acristalado, al otro lado se veía una terraza de
madera preciosa que daba a un lago de aguas cristalinas.
Salió corriendo, abrió la ventana, en el exterior hacía un frío
que mordía la piel, pero no le importó. Se apoyó en la
barandilla y observó el lago con fascinación. El lugar era
precioso, idílico, como salido de un cuento de hadas.
La casa a su espalda era una cabaña del lago moderna,
de dos pisos, techos amplios y con lo último en tecnología.
En la terraza había un jacuzzi y unas mesas al lado de una
barbacoa. Después del infierno que había pasado, aquello
parecía el cielo en la tierra.
Alguien se acercó por su espalda, se giró para encarar a
Bertram que se acercaba tímido, intentando desviar la
mirada de su cuerpo casi desnudo.
—Perdona —dijo—. Te he oído y no he podido evitarlo,
estaba preocupado.
Ella no dijo nada. Sonrió de oreja a oreja, el corazón se le
puso caliente al verle. Se echó sobre sus brazos y él la
rodeó tras un instante de duda.
—¿Estás bien? —preguntó—. ¿Cómo ha sido…? No sé
cómo… lo siento…
Silvia le cerró los labios con un dedo.
—Irme fue mi decisión —susurró—. Ya había causado
suficiente dolor.
—Debiste quedarte.
—No habría vivido en paz.
Bertram torció el gesto, visiblemente apenado.
—Te falle.
—No —interrumpió Silvia—. Hiciste todo lo que pudiste
para protegerme.
—¿Y ahora qué? ¿Eres un…?
—No sé lo que soy —confesó ella, apartándose un poco
—. Pero siento la sed de sangre y el dolor del sol.
—Eres una vampiresa —afirmó él.
—¿Es eso un problema?
Silvia vio la duda en los ojos de él. Se echó para atrás,
hasta la barandilla de la terraza y se encogió sobre sí
misma. No podía culparlo. Era un monstruo y era normal
que la vieran como tal.
—Lo entiendo —susurró.
—¿Qué entiendes? —preguntó él.
—Que no me veas igual, que ahora solo veas el monstruo
en el que me he convertido, que las cosas no puedan ser
igual.
Bertram dio un paso hacia ella, rodeándola,
peligrosamente cerca, apretándola contra la barandilla.
Silvia alzó el rostro para mirarle, en sus brillantes ojos se
había borrado la duda. Él la cogió de la barbilla con
gentileza y la acercó hasta sus labios.
—Si algo ha cambiado es que estás más radiante que
nunca —murmuró con su voz aterciopelada y grave—. Lo
demás, no importa.
Silvia entreabrió los labios, expectante. Él se lanzó a
besarla. El beso fue pasional, pero también cargado de
expectación, de palabras que faltaban por decir, de dudas y
de miedo porque había otro licántropo en esa casa. Y los
licántropos eran muy territoriales, pero todas esas dudas se
fueron quemando en el interior del pecho de Silvia. Su
cuerpo ardió en deseo sintiendo los músculos de Bertram
apretándose contra ella, sus poderosos brazos la rodeaban
como si fuese una muñeca a su merced. Poderoso, pero
gentil, cuidadoso. Su mente voló a la última noche en el
bunker, el sexo más pasional que había tenido jamás, los
recuerdos incendiaron su vientre.
Cogió a Bertram de la camisa y lo empujó más hacia ella,
con sus piernas le rodeó la cintura. Notó el bulto que iba
creciendo en el interior de los pantalones de él y no pudo
más que sonreír con picardía mientras le devolvía los besos.
Bertram empezó a bajar por su cuello, lamiendo, besando
cada centímetro de piel, provocándole escalofríos de placer.
Siguió bajando hasta que la manta le impidió ver su piel
desnuda y la arrancó de un tirón, Silvia se quedó expuesta
por completo, con aquel nuevo cuerpo más torneado, más
poderoso, más marcado que la maldición vampírica le había
provocado. Era como si su cuerpo hubiese adoptado la
mejor versión de sí misma, una estatua de mármol labrado
con precisión. Bertram la contempló asombrado, devoción
en sus ojos, pasión en sus pantalones.
Se arrodilló, como un penitente ante la cruz, y empezó a
besarle los pies y fue subiendo por las piernas hasta los
muslos. Silvia se arqueó, sentada en la barandilla, sintiendo
la fría brisa de la noche en su piel y la humedad del lago
rodeándola. Bertram llegó hasta su entrepierna y la besó
con delicadeza, despertando poco a poco su pasión,
haciendo que todo se humedeciese bien. Sus labios se
abrieron, deseosos. Él se deleitó devorándola, poco a poco,
sin prisas, dándole besos en el clítoris y usando su lengua
para llegar a los rincones más profundos. La respiración de
Silvia se aceleraba a cada segundo, sus manos apretaban
con fuerza la barandilla, temerosa de correrse y caer de
espaldas, pero ese temor no hacía más que excitarla más. Él
siguió y siguió, sin importarle los minutos que pasó
buceando entre sus piernas. Silvia sintió un espasmo que le
advirtió de que el fin estaba cerca, todos sus músculos se
tensaron, rodeó la cara de él con sus muslos y le apretó con
fuerza. Él advirtió las señales y empezó a devorarla con más
pasión, aumentando el ritmo.
—Joder —suspiró ella, abrió los ojos y vio el cielo
estrellado, el frío acarició su piel como un fantasma—. Me
corro.
Un último y más poderoso espasmo la sacudió como una
descarga eléctrica, se arqueó, gritó y gimió mientras perdía
el control de su cuerpo. La explosión de placer fue una bola
de fuego consumiéndole las entrañas, se sintió desfallecer,
resbaló en la barandilla, pero él la cogió con gentileza y la
abrazó.
Silvia jadeaba, le faltaba el aire. Él la miró, sonriente, su
barbilla húmeda.
—No vamos a dejarte así —murmuró Silvia con un hilo de
voz mientras llevaba su mano al bulto en el pantalón—.
Sería una pena.
—Sería una pena —coincidió él.
Silvia intentó desabrocharle el pantalón con urgencia,
pero se le resistió. Él le tomó el relevo, se desnudó poco a
poco, dejando ver aquel cuerpo también esculpido por el
mármol y el cincel de un escultor experimentado. La gruesa
polla de Bertram estaba dura, lista para entrar en ella.
Rebosaba sangre y Silvia sintió una sed angustiosa
apretándole la garganta. Él se acercó, dispuesto a entrar en
ella y repetir lo ocurrido en el bunker. Silvia no podía dejar
de mirar la polla palpitante, las venas se marcaban llenas
de sangre… sangre. Sintió como sus caninos se afilaban, la
garganta se le cerró implorando algo de beber. Empezó a
perder el control.
—¿Estás bien? —preguntó él, preocupado al verle el
rostro.
—No… no —murmuró ella.
—¿Qué…?
Pero Silvia no aguantó más. Iba a hacerle daño y, la
simple idea, le dio nauseas. Toda la excitación desapareció
arrastrada por una oleada de asco. Sin decir nada más, salió
corriendo, de vuelta a su habitación.
Bertram se quedó allí pasmado, sin entender qué había
hecho mal.
11
Silvia lloró durante un par de horas, incapaz de
controlarse, incapaz de ahuyentar la sed y la angustia que
la invadían. El estómago le rugía y los colores y sonidos a su
alrededor se iban apagando, hasta que solo fue capaz de
escuchar los latidos de dos corazones en el interior de la
casa. Necesitaba sangre, tanto que tenía sudores fríos y el
cuerpo le temblaba. Intentaba apartar aquellos
pensamientos depredadores de su cabeza, pero no lo
conseguía, siempre volvía a ellos, como una adicta.
Alguien tocó a su puerta.
—Déjame —imploró.
—Soy yo —informó Krimer.
El licántropo no se esperó a que le diese permiso, abrió la
puerta y se internó en la estancia. Silvia se cubrió con las
sábanas para que no la viese en aquel estado. Sintió
vergüenza y pena, pero sobre todo sed.
—Sé por lo que estás pasando —dijo él con voz calmada
—. Rainer pasó por lo mismo cuando era joven.
—No tienes ni idea —murmuró ella, enfadada consigo
misma.
—Oh, sí que lo sé. La sangre te llama como la droga.
Aprenderás a lidiar con ello, aprenderás a controlarlo.
Silvia, temblorosa y cubierta de sudor, no pudo
imaginarse controlando nada. Solo quería beber, escuchaba
el latido del corazón de él como un tambor que resonaba
con fuerza en la habitación. Krimer tomó asiento en la cama
y ella se alejó todo lo que pudo.
—¿Cómo? —preguntó con un hilo de voz.
—Con paciencia —contestó él—. A Rainer lo tuvimos que
encerrar durante mucho tiempo, pero tú eres más fuerte.
—¿Cómo puedes decir eso cuando bebí de ti?
—Pero no me mataste, ¿verdad? Supiste parar.
Ella no contestó.
—El problema es que, lo quieras o no, necesitas beber —
continuó Krimer con voz dulce y sosegada, algo muy raro en
él—. O acabarás perdiendo el control de verdad.
—¿Y qué hacemos? ¿Mato a alguien? —inquirió ella, tan
furiosa que salió de las sábanas para encararse al
licántropo, sus dientes afilados resplandecieron.
Krimer sonrió con cierta tristeza y comprensión.
—No, beberás de mí.
—No.
—Sí.
—¡No!
—Lo necesitas —insistió él, perdiendo un poco las formas
—. No hay discusión.
—¿Cómo voy a beber tu sangre? Otra vez… quiero decir.
—Pues haciéndolo —contestó él con una convicción
férrea—. De alguna manera tienes que alimentarte hasta
que puedas controlar tus impulsos, cada vez necesitarás
menos y, al final, la sed será solo una molestia controlable.
—¿No estaré así toda mi vida?
—No.
Silvia suspiró aliviada, escuchar aquellas palabras fue
como quitarse un terrible peso de encima.
—Es lo mínimo que puedo hacer por ti —dijo Krimer—. Lo
mínimo que puedo hacer para ayudarte. Déjame hacerlo.
Silvia quiso decirle que no, pero las palabras se
atascaron en su garganta cerrada. No quería seguir
encontrándose así, no quería seguir temblando y sudando
como invadida por una fiebre. Miró al licántropo, al cuerpo
musculoso que se intuía bajo la camiseta negra, a las venas
marcadas del cuello. Las vio palpitar, vio la sangre correr
bajo la piel. Se relamió. Krimer le acercó la mano izquierda a
la boca.
—Muerde.
Silvia tragó saliva. Quería resistirse, pero no podía, no
podía más. Se acercó a la muñeca, inspiró el olor de él y
abrió la boca. Mordió y sus dientes atravesaron la piel como
si no fuese más dura que la mantequilla. Krimer ahogó un
gemido de dolor. La sangre inundó la boca de Silvia, su
sabor delicioso, el néctar de los dioses otra vez entrando en
su ser, invadiendo su mente, dejándola en blanco. El sabor
más delicioso que había probado jamás, una melodía en su
boca.
Siguió bebiendo, despacio, disfrutando de cada gota de
aquel líquido caliente que se vertía en su lengua. Su cuerpo
se llenó de fuego y la excitación volvió. Sin dejar de beber,
bajó su mano por el pecho de él hasta llegar a sus vaqueros,
él pareció sorprendido cuando ella empezó a
desabrocharlos, pero no se lo impidió.
En unos pocos movimientos tuvo la polla de Krimer fuera.
La apretó con fuerza y el licántropo se encogió un poco. Ella
sonrió sin dejar de beber y beber. Empezó a subir y bajar la
mano lentamente, hasta que el miembro se puso duro como
una roca. Acarició la parte de atrás del capullo con el pulgar
mientras su mano se deslizaba como la seda, arriba y abajo,
arriba y abajo. Krimer se recostó, suspirando de placer. El
nudo en la garganta de Silvia se deshizo, el dolor se esfumó,
un placer ardiente había sustituido todo el dolor. Ahora se
sentía segura, poderosa, pero, sobre todo, cachonda. Dejó
de beber de la muñeca. Sus labios estaban rojos, su barbilla
manchada. Miró la polla dura entre sus manos, algunas
gotas ya asomaban por la punta. Sin darse un segundo para
respirar, se lanzó sobre ella. Krimer se sobresaltó, entre
asustado y excitado. Ella se metió todo el miembro en la
boca y empezó a chuparlo como si quisiese exprimirlo,
como si fuese una botella de agua y ella un sediento en el
desierto.
—Joder —escuchó que suspiraba él.
Su suspiro, su placer, era el placer de ella. Siguió
chupándosela a toda velocidad, subiendo y bajando,
tragándosela hasta la garganta, paseando su lengua por
toda la base. Le cogió los huevos con la mano y los estrujó,
no con fuerza, pero sí con decisión.
—Ah, joder —suspiró él de nuevo.
Silvia notó las palpitaciones aumentando, como sus
huevos se encogían y todo el líquido se acumulaba en el
enorme miembro, dispuesto para descargar. Pero no, no
quería que fuese así. Dejó de chuparla y Krimer se quedó
confuso, recostado sobre la cama y dispuesto, pero
interrumpido.
Silvia se bajó de la cama y se arrodilló en el suelo. Le
hizo un gesto y él se puso en pie, todo lo enorme que era
sobre ella, su polla frente a su rostro, Silvia lo observó con
lujuria, invadida por un calor inhumano.
—Échamelo en la cara —pidió implorante.
Krimer fue a decir algo, pero la idea pareció gustarle
demasiado como para replicar. Silvia pudo sentir su
excitación. Sí, le gustaba sentirse en control, que ella fuese
sumisa. Silvia alzó el rostro y abrió la boca.
—Échamelo todo, por favor —susurró.
La respiración de él se aceleró. Sin pensárselo dos veces,
se agarró la polla y empezó a masturbarse furiosamente.
Sus ojos clavados en los de ella. La miraba con un deseo
primitivo, bestial.
—Córrete en mi carita, por favor —siguió diciendo ella—.
Venga.
No sabía porque lo hacía, nunca se había comportado
así, pero cada vez que lo hacía, él se ponía más y más
cachondo y eso a ella la excitaba más y más. Quería que
acabase encima de ella, que la manchase y que su semen
se mezclase con la sangre. No podía más.
—Córrete, córrete.
—Aghhhhh —rugió él, llevó la cabeza para atrás y se
puso de puntillas.
Su polla estalló, un chorro cargado de líquido blanco y
caliente se derramó por toda la cara de Silvia y ella lo
recibió como si fuese oro líquido.
—Más, más —imploraba.
Y más y más salía, chorro tras chorro, seguido de
convulsiones y gemidos de Krimer. Así, hasta que la última
gota se quedó colgando y Silvia la lamió. Tenía el rostro
lleno y tenía que cerrar el ojo izquierdo para que no le
entrase, pero estaba tan cachonda que no le importaba. Su
placer era el de ella. Era extraño, como si estuviesen
conectados de alguna forma.
Krimer la agarró del rostro con sus dos enormes manos y
la besó con pasión arrolladora.
—Joder, Silvia —jadeaba—. Joder.
◆◆◆
Los días siguientes fueron un poco extraños. Silvia se
pasaba el día en la cama, ocultándose del sol, cansada y
agotada. Escuchaba a los dos licántropos hablar sobre el
siguiente paso que debían tomar, sabían que no estaban
seguros, pero algo los estaba reteniendo. Por las noches,
Silvia despertaba con sed de sangre y sed de sexo. Todo su
cuerpo ardía en deseo. Krimer la visitaba para darle de
beber y ella se lo agradecía masturbándolo o chupándosela,
el placer que él sentía en aquellos momentos se transfería a
ella. Cuando él se corría, ella sentía descargas de placer por
todo su ser, electricidad sacudiéndola. Krimer no tardó en
querer más, quiso ponerla a cuatro patas y hacerla suya,
pero ella no le dejó.
—¿Por qué?
La verdad es que no estaba lista, se sentía mal por
desear tanto a Krimer, porque también deseaba a Bertram.
No quería entregarse en aquel momento, incluso a pesar de
que apenas controlaba sus impulsos más primarios, fue
capaz de negarse una y otra vez. Él siempre se iba
enfadado, pero volvía cada noche a darle de beber y a
disfrutar de lo que ella estuviese dispuesta a hacer.
Cuando la casa se quedaba en silencio, Silvia pasaba
horas sola, un par de veces se deslizó hasta la habitación de
Bertram y se metió en sigilo entre las sábanas. El licántropo
la recibió con cariño, aceptó sus besos y sus tocamientos,
pero cuando quiso entrar en ella, ocurrió lo mismo que con
Krimer.
—¿Por qué?
—Solo disfruta —le contestó ella mientras lo masturbaba
bajo las sábanas—. Solo córrete.
Silvia no se sentía bien jugando así con los dos, pero su
deseo no había estado nunca tan despierto, tan vivo. Y su
deseo por ambos era igual de incontrolable. Después,
pasaba horas en el silencio de la noche, pensando con cuál
de los dos debería quedarse, pero no podía elegir. Intentó
hacer listas de ventajas y desventajas, intentó recordar
cómo había sido su relación con cada uno, intentó… pero
nada funcionaba. Los deseaba. A cada uno por sus cosas, a
cada uno con sus fallos.
Oh, oh, pensó. ¿Estaba enamorada de los dos? ¿O era
solo el deseo que había despertado junto a su vampirismo lo
que le llevaba a aquello? No lo sabía, pero o tomaba una
decisión o iba a acabar envuelta en un problema de verdad.
Si alguno de los dos licántropos notó lo que estaba
ocurriendo con el otro, no lo demostraban abiertamente. Sin
embargo, las miradas hostiles no tardaron en aparecer,
ambos luchaban por hacerla sentir cómoda, por cuidarla,
por cubrir cada una de sus necesidades. Silvia se dejó
cuidar, disfrutando culpablemente de aquella peleíta
territorial.
Así pasó una semana hasta que alguien tocó a la puerta.
Bertram corrió a abrir, ilusionado.
—¿Quién es? —rugió Krimer.
—Tranquilo, es de los nuestros.
Abrió la puerta y Petra le dio un abrazo enorme.
—Dios, ¡cómo te he echado de menos! —exclamó la
norteña.
La licántropa pasó al interior. Silvia la recibió con una
sonrisa en los labios, aunque su pequeño juego nocturno
llegaba a su fin con la presencia de la licántropa, se
alegraba de ver a una amiga. Petra estaba radiante, alta y
fuerte, esbelta como una guerrera, con el pelo recogido en
trenzas rubias y sus tatuajes azulados asomando por
encima de los pechos.
—Bertram me lo ha contado —dijo Petra mientras
abrazaba a Silvia—. Lo siento.
—No pasa nada.
—Vamos a encargarnos de ese bastardo, lo sabes, ¿no?
Silvia asintió. Petra sonrió, le acarició la barbilla y le
guiñó un ojo.
—Debo decir que estás radiante.
—No empecemos —se ruborizó Silvia.
Petra se rio y se giró al único que faltaba. Asintió a modo
de saludo, Krimer le devolvió un gruñido bajo.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó.
—Me llamó hace un par de días —explicó Bertram—. Está
tan dispuesta a acabar con el vampiro como nosotros y no
tenemos manos de sobra precisamente.
—Entonces, ¿esto va en serio? —inquirió Petra—. ¿Vamos
a acabar con ese hijo de puta?
—Bueno… hablando de eso… —contestó Krimer.
Un silencio pesado inundó la habitación. Todos los ojos se
posaron en Silvia que miró a los tres licántropos extrañada.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos que hablar —dijo Bertram.
12
Silvia se sentó después de la insistencia de los tres
licántropos. Petra se acercó a las cristaleras y las abrió, el
aire frío de la noche se coló en la estancia como un suspiro
agradable. Krimer y Bertram tomaron asiento frente a ella.
—¿Qué ocurre? —preguntó, asustada—. Esto parece una
intervención.
Por un momento creyó que la habían pillado jugando a
dos bandas y que iban a echárselo en cara.
—Hemos estado hablando —informó Bertram con dulzura
—. Tenemos que informarte de algo antes de tomar una
decisión.
Silvia asintió, tenía el estómago hecho un puño.
—Queremos acabar con Rainer —continuó Krimer—. Si no
acabamos con él, jamás dejará de perseguirnos. Nunca
habrá suficiente sangre para satisfacerlo.
—Pues acabemos con él —dijo Silvia.
—No es tan fácil —intervino Bertram—. Al haberte
infectado con el vampirismo, ahora él es tu “creador”.
—Creador, una mierda —escupió ella.
—El tema —continuó Krimer—. Es que, si lo matamos, tú
también morirás.
La noticia golpeó a Silvia como un martillo en el pecho. El
aire escapó de sus pulmones, la visión se le tornó blanca.
—¿Cómo? ¿Qué?
Los dos licántropos la observaban con gravedad. Petra
resopló.
—Hombres.
Se acercó al sofá, se sentó a su lado y le pasó la mano
por encima del hombro. Silvia se apoyó en la nórdica,
compungida.
—Pero tenemos un plan —se apresuró a aclarar Bertram
—. No podemos matarlo, porque obviamente no queremos
que te pase nada a ti, pero podemos desmembrarlo,
encerrar las distintas partes del cuerpo en ataúdes bien
cerrados y enterrarlos bien lejos unos de otros.
—¿Desmembrarlo? —susurró Silvia.
—Sé que todo esto suena duro —dijo Krimer—. Pero es
nuestra única opción.
—Pero… pero… —Silvia se tomó un instante para
recomponerse, carraspeó y se incorporó—. ¿No podrán sus
otros esbirros liberarlo? Con la mente colmena sabrán
dónde está, ¿no?
—Así es —contestó Bertram—. Por eso debemos
asegurarnos de que Rainer no sepa dónde lo enterramos.
Habrá que taparle los ojos y ser muy cuidadosos.
—¿Cómo vamos a hacer todo esto? ¿Tenemos refuerzos?
—preguntó, intentando contener las emociones que la
invadían.
Miró a Petra, esperanzada, pero la licántropa apretó los
labios.
—Me temo que estamos solos —dijo—. Ya no soy bien
recibida en mi clan.
—Y yo he perdido el mío —murmuró Bertram agachando
la mirada.
Krimer no dijo nada, pero el dolor en su mirada era obvio,
él no había podido ni empezar a tener un clan antes de que
se lo arrebatasen todo. Silvia vio a los tres licántropos,
abatidos, solos, todos destrozados por la falta de una
familia. Sintió su corazón hundirse en el pecho por un
segundo, todo por su culpa.
¡Ya basta! Pensó. Aquellos tres hermosos seres lo habían
dado todo por ella… no, no podía seguir lamentándose, no
les dejaría caer. Se puso en pie de un salto.
—Eh, eh, eh —dijo mientras se acercaba a los dos
hombres, los cogió a ambos de las manos y sonrió—. Ya
basta de lamentarse.
Miró a Petra y le indicó que se acercase también, la loba
la miró confusa, pero obedeció. Silvia, apoyó la frente en el
hombro de Petra.
—Ya basta de lamentarse —repitió con un optimismo que
no entendía de donde salía—. ¿No lo veis? No necesitamos
un clan. Nosotros somos nuestro propio clan, aquí estamos,
dispuestos a todo los unos por los otros.
—Dispuestos a todo por ti, Silvia —la corrigió Krimer.
—Ah, ¿sí? ¿Y por qué Bertram no te abandonó en la
cabaña cuando me rescató?
La pregunta dejó sin contestación al licántropo.
—Él sabe que me importas y te rescató para no hacerme
daño.
Krimer miró a Bertram que asintió en silencio.
—No iba a dejar a uno de los nuestros a merced de ese
chupasangre.
—Y tú, mi diosa nórdica —Silvia soltó a los dos lobos y se
encaró con Petra, alzó la mano para poder acariciarle la
mejilla—. Lo has dado todo por ayudarme y, ni siquiera he
podido darte las gracias.
—No hace… falta —Petra tragó saliva, era la primera vez
que Silvia la veía nerviosa.
—Sí hace falta, eres la mejor amiga que haya podido
soñar jamás y te quiero.
—Silvia…
—Somos nuestro propio clan —repitió ella, pasando la
mirada por cada uno de los licántropos—. Sois mi clan y no
necesitamos a nadie más para acabar con esto.
Krimer asintió y se puso en pie tan rápido que derribó la
silla.
—¡No necesitamos a nadie más! —gritó—. Tú eres mi
clan.
Se lanzó a besarla y Silvia se entregó en sus brazos,
deseosa de beber de sus labios. Aquel acto provocó
conmoción en la sala. Bertram se puso en pie, visiblemente
incómodo y carraspeó varias veces antes de intentar
marcharse.
Silvia no le dejó. Se separó de Krimer y lo sujetó de la
muñeca.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó.
Bertram la miró confuso y un poco enfadado.
—Iba a dejaros solos.
—¿Por qué?
—Porque está claro que tenéis mucho que…
Silvia no le dejó acabar, se lanzó a besarle. Bertram la
recibió con sorpresa, pero no tardó en relajarse cuando ella
la atrajo hacia sí y lo besó con intensidad. Cuando acabaron,
la habitación se quedó en silencio. Los dos licántropos
compartieron una mirada cargada de testosterona, como si
fuesen a iniciar una pelea.
—No entiendo —rugió Krimer.
—Ni yo… —murmuró Bertram.
—Soy vuestra —sentenció Silvia, arrancando de su pecho
las palabras que llevaba tiempo queriendo decir, dejando
atrás toda inhibición y duda—. Y vosotros sois míos. He
estado con ambos y no puedo decidir, con solo pensar en
sacar a uno de los dos de mi vida mi corazón se parte. Os
deseo y vosotros me deseáis a mí.
—Te deseo —reconoció Bertram, dubitativo—. Pero…
¿qué nos estás pidiendo exactamente?
—¿Quieres que te compartamos? —gruñó Krimer—. Eso
es una locura.
—¿Por qué lo es?
—Porque…
—No tiene sentido.
—No podéis hacerme elegir —declaró Silvia—. Os quiero
y sois mi clan. Estaré con ambos o no estaré con ninguno,
¿qué os retiene? Ya no pertenecéis a familias rivales,
madurad.
Krimer resopló, incrédulo y abandonó la habitación,
furioso. Silvia miró a Bertram, pero este agachó la mirada y
a paso lento se dispuso a marcharse también.
—Bertram…
—No lo sé, Silvia, no lo sé.
Y se fue.
—¡Joder! —exclamó Petra que lo observaba todo
fascinada—. Eso ha sido un movimiento con dos ovarios.
Montarse un trío con ambos en vez de elegir, eres una reina,
Silvia, toda una reina.
Petra aplaudió sin poder contener la risa.
—Por desgracia, que alguno de esos dos supere su
orgullo de machito no va a ser fácil, pero eh, mis dieces por
intentarlo. No te culpo.
Silvia se encogió de hombros.
—No es gracioso, de verdad no quiero elegir, quiero
acabar con esta tontería, las últimas noches en esta casa
han sido…
—Oh, Silvia, sabía que te iba la marcha, no me
engañaste ni por un solo segundo.
—Ten cuidado con lo que dices —Silvia miró a Petra de
reojo y se mordió el labio inferior—. Te recuerdo que tú
también eres de mi clan.
Toda la confianza que destilaba la diosa nórdica se
resquebrajó y su rostro cambió por completo a una
expresión perpleja. Tragó saliva con fuerza. Silvia sonrió y la
miró con picardía, dio un par de pasos hacia ella,
asegurándose de contonear bien las caderas.
—También quiero compartirlos contigo —le confesó
mientras la cogía de los brazos y la acercaba—. Y quiero
compartirte a ti con ellos.
—Uf.
—Me está pasando una cosa, ¿sabes? —confesó Silvia
con la voz más inocente que pudo—. Cuando bebo un poco
de la sangre de alguien, siento el placer de esa persona
como propio. La excitación, el hervir de la sangre, el calor,
todo se transfiere.
—Uf —repitió Petra, toda su bravuconería derribada,
recta y quieta como una estatua.
—Sí, uf —Silvia sonrió y se lamió los labios—. No quiero ni
imaginarme lo que sería compartir un orgasmo contigo,
todas sabemos que nuestros orgasmos son mil veces
mejores que los de ellos.
—No tienes por qué imaginarlo —replicó Petra—. Puedo
hacer tus fantasías realidad.
—Hazlas, por favor —imploró Silvia, fingiendo debilidad.
Pudo sentir el corazón acelerándose en el pecho de
Petra, la sangre ardiendo, el deseo extendiéndose por todo
el cuerpo torneado de la diosa nórdica. La licántropa la
agarró de las caderas y la levantó sin esfuerzo, entre risas,
la llevó a toda prisa a una habitación y cerró la puerta tras
ellas. La lanzó sobre la cama y la observó con un deseo que
se desbordaba por cada uno de sus poros.
Petra se arrancó la ropa, el enorme cuerpo esculpido por
la batalla de una guerrera vikinga cubierta en tatuajes
azules quedo expuesto como la obra de arte que era.
—Adoro ser libre —dijo en un susurro.
—¿Y eso?
—No sabes lo que he tenido que aguantar en mi antiguo
clan —explicó—. Una panda de machos llenos de
testosterona ofreciéndome su mano solo para liderar el
clan.
—Ven aquí que yo te cuido —murmuró Silvia.
—No sé qué te ha pasado, pero cómo has cambiado.
Silvia se encogió de hombros sonriendo.
—Diría que la transformación ha despertado partes de mí
que ya existían, pero ocultaba. Solo quiero experimentar
cosas que no he experimentado nunca, compartir el placer y
disfrutar mientras se pueda.
—Amén a eso.
—¿Vas a venir ya o vas a seguir hablando?
Petra sonrió con malicia y se echó sobre ella. Silvia se
relamió con expectación. Nunca había hecho algo así, se lo
había llegado a plantear en sus años de juventud, pero
hacerlo realidad era muy distinto. Por suerte, no había
nervios ni duda, solo una excitación que la llenaba de calor.
Petra la besó y ella se encogió bajo el poderoso cuerpo
de la nórdica, derretida en aquellos labios suaves y gruesos,
tan distintos de los de un hombre. Sus lenguas no tardaron
en encontrarse, bailaron juntas mientras sus cuerpos se
pegaban más y más. Silvia despegó las manos de la cama y
se decidió a recorrer el cuerpo de Petra con sus dedos, la
piel era suave como la seda y ardía de pasión. Por allí por
donde pasaban sus dedos, los pelitos se erizaban y los
músculos temblaban.
—Vamos a quitarte esto —dijo Petra, mientras le sacaba
la camiseta y le bajaba la falda.
La dejó en bragas, unas que Bertram le había comprado
para que pudiese cambiarse, eran lo menos sexy del
mundo. Petra se rio. Silvia le dio una patada suave.
—No tengo mucha ropa, ¿vale?
—Pues mejor fuera, ¿no?
Petra se agachó lentamente hasta que sus labios rozaron
el vientre de Silvia, a besos tan suaves como caricias fue
bajando poco a poco. Le quitó las bragas mientras seguía
bajando, un beso tras otro, hasta que se encontró con lo
que buscaba. Silvia se estremeció, nerviosa y expectante a
la vez, se abrió de piernas, esperando que Petra captase la
señal, pero la licántropa no obedeció. Volvió a subir,
sonriente.
—No tan rápido —susurró—. No tengas prisa.
—Pero…
La licántropa le cerró la boca con un beso y luego bajó
por su cuello a besos hasta llegar a los pechos, le
desabrochó el sujetador en un gesto rápido y le intentó
agarrar las tetas, pero eran demasiado grandes para sus
manos.
—Entiendo porque estos dos se pelean por ti —resopló
Petra sin quitarles ojo.
Descendió sobre ella y le besó los pezones con suavidad,
primero uno, luego el otro, metiéndolos entre sus húmedos
labios. Se pusieron duros como piedras y un cosquilleo
placentero recorrió la espalda de Silvia. Petra empezó a
lamer uno de los pechos, mientras usaba los dedos para
jugar con el pezón del otro. Lo hacía con delicadeza, pero
también firmeza, jugaba con ellos sabiendo perfectamente
hasta donde podía llegar. Silvia retorcía las piernas y
ahogaba gemidos mientras todo su cuerpo se desesperaba
implorando más.
—Ahora sí —susurró Petra.
La licántropa se tumbó a su lado, le besó el cuello y subió
hasta el lóbulo de la oreja, Silvia cerró los ojos, dejándose
llevar. Entonces sintió una mano que intentaba colarse entre
sus piernas. Se le escapó un gemido suave, placentero,
abrió las piernas y se dejó hacer.
Petra bajó por su ya húmeda entrepierna y empezó a
acariciarla con movimientos circulares, lentos, suaves,
medidos. Silvia se encogía de placer con cada movimiento,
gemidos quedos acudían a sus labios, queriendo escapar.
—¿Así te gusta? —susurró Petra en su oído.
—Sí, sí.
—Bien, ¿y si hago esto?
Dos dedos entraron en ella a la vez, Silvia se encogió un
poco y soltó aire despacio. Petra la tocó con maestría,
sabiendo como colocar los dedos para que llegasen a ese
punto delicioso que la hacía temblar.
—Sí, así, así.
Mientras sus dedos se movían con destreza por dentro,
por fuera empezó a rozarle el clítoris con el pulgar. Silvia
abrió mucho los ojos y dejó escapar aire de nuevo. Joder,
aquello era distinto. Petra sabía exactamente que
movimientos hacer, no había velocidad ni torpeza en ellos,
solo la precisión de un cirujano.
—Te veo sufrir —murmuró la nórdica.
—Joder, qué bien lo haces.
—Lo sé.
Petra aumentó la intensidad. Silvia apretó las piernas y
sintió una oleada de calor bajando por su estómago. Apretó
los labios para no gritar, mientras todo su cuerpo empezaba
a sacudirse en espasmos incontrolables. Petra le apretó
contra su pecho y ahogó sus gemidos de placer mientras se
corría. Sacó los dedos cubiertos en flujo y se los lamió
deleitándose, Silvia la observó como quien observa a una
diosa de la lujuria.
—Has durado poco.
—No será que sabes perfectamente lo que hacer.
—Oh, lo sé muy bien.
—Pero ahora me toca a mí.
Silvia se incorporó y tumbó a Petra en la cama. La
expresión de la loba cambió, la seguridad que destilaba se
esfumó.
—No sabes las veces que he pensado en esto, Silvia —
resopló—. No puedo creer que por fin vaya a ocurrir.
—No tienes que fantasear más —contestó ella mientras
le agarraba de las torneadas piernas y las separaba de par
en par.
Silvia se deslizó suavemente entre los muslos, besando
cada centímetro de piel que se ponía de gallina al paso de
sus labios. Le encantaba ver a la licántropa retorciéndose y
suspirando, la expectación era más deliciosa que incluso el
orgasmo.
—No me tortures más —gimió.
Sonriente, la vampira se dispuso a hundir el rostro entre
los muslos de Petra, pero un hambre voraz la detuvo.
—¿Puedo morderte? —las palabras escaparon de su boca
—. Solo un poco, lo suficiente para sentir lo que tú sientes.
La mera idea la quemaba por dentro y le hacía salivar.
—Muérdeme.
Silvia se relamió, sin creérselo. Abrió la boca y sus
caninos se afilaron, mordió con suavidad el muslo derecho.
Petra se revolvió un poco y acalló el dolor en su garganta.
La sangre manó suave, caliente y espesa sobre la lengua de
Silvia. Una sangre deliciosa, fresca, con un sabor dulce
afrutado. A través de ella, Silvia pudo sentir la expectación
de Petra, el calor que fundía sus entrañas, la humedad que
ya destilaba su entrepierna. Follar así, con ella, no solo era
un deseo, era una necesidad. Petra volvía a sentirse libre, se
sentía en control de su vida. Podía dejar atrás un mundo en
el que no era amada.
Silvia sintió la necesidad imperiosa de hacer disfrutar a la
licántropa, una urgencia que la impulsó a dejar de beber y
acabar de una vez lo que había empezado. Se acercó con
decisión a la entrepierna húmeda de Petra, nunca había
hecho algo así, pero la excitación de ambas se mezclaba en
su interior dándole valor, eliminando sus inhibiciones.
Empezó con besos superficiales, recorriendo todo el
perímetro hasta que los labios se abrieron para ella,
expectantes, mojados. Hundió su lengua en aquella cueva
húmeda y notó una oleada de placer en su propio cuerpo.
Gimió. Petra también.
Joder, esto va a ser complicado, pensó.
—No tengas miedo —susurró la loba agarrándola de la
nuca y empujándola suavemente de vuelta a su entrepierna
—. No muerde.
Silvia volvió al trabajo. Usando su lengua para darle
placer, para hacer que los gemidos escapasen de la boca de
la licántropa y disfrutando cada vez que las piernas se
apretaban contra sus mejillas. Paró un momento y volvió a
beber sangre, el líquido caliente bajo por su garganta e
incendió sus entrañas de un placer culpable.
—¿Te gusta lo que sientes? —preguntó Petra con un hilo
de voz.
—Me encanta —contestó Silvia.
Se metió dos dedos en la boca para humedecerlos y se
los metió a Petra que tembló un poco. Mientras la
masturbaba con los dedos, empezó a lamer el clítoris de un
lado a otro, en movimientos circulares.
—Sí, así, así… —gemía la licántropa mientras sus
músculos se tensaban más y más.
Silvia sentía el placer de la loba como propio, su cuerpo
ardía, sus pulsaciones se aceleraban y su entrepierna se
humedecía y palpitaba. Apretó los dedos de los pies,
mientras sentía una oleada de placer bajando por todo su
cuerpo.
—¡Me corro! —gritó Petra—. ¡AHHHH!
Con toda su fuerza, le hundió la cara entre sus piernas y
Silvia empezó a ahogarse entre los poderosos muslos de la
loba, pero no se detuvo, siguió lamiendo y moviendo los
dedos mientras la otra se retorcía y gemía.
El orgasmo también llegó a Silvia, como una onda en el
agua y tuvo que parar un momento cuando el golpe de
placer la sacudió. Se quedó allí tirada, lánguida, entre las
piernas desnudas de Petra, apoyada en un muslo y
jadeando como si hubiese corrido una maratón.
—Dios, Silvia… —fue lo único que pudo decir la loba—.
Dios…
—¿Te ha gustado?
—Lo sabes de sobra.
13
Al día siguiente, hubo una reunión. Krimer y Bertram se
sentaron lejos el uno del otro. Silvia y Petra compartían
miradas cómplices y sonrisas traviesas. La situación era
tensa y nadie parecía querer ser el primero en hablar.
—Bueno, hay que hablar de cómo vamos a hacerlo —
sentenció Krimer hastiado del silencio—. Si vamos a
derrocar a ese bastardo tenemos que ser infalibles. No
podemos cometer más errores.
—Estoy de acuerdo —coincidió Bertram—. Todas las
veces que he intentado luchar he acabado cayendo en una
trampa, parece que se las esperaba todas.
—Siempre fue inteligente —murmuró Krimer.
—¿Pero tanto? —inquirió Petra alzando una ceja—. Quiero
decir, uno no puede saberlo todo por mucho que se
empeñe… a no ser…
—¿Qué estás sugiriendo? —preguntó Bertram.
—¿Cuáles son las posibilidades de que tuviésemos un
topo en el clan?
—¡¿Un topo?! No eso…
—Es más que posible —interrumpió Krimer—. Un vampiro
puede ser más que convincente, siempre habrá alguien
descontento que desee más de lo que el clan le ofrece.
—¿Un topo entre los Rot? —Bertram parecía abatido—.
No puede ser.
—En cualquier caso —intervino Silvia—. Topo o no, ya no
importa, ahora estamos solos y hemos desaparecido de su
radar, no hay manera de que se espere este golpe.
—Repito entonces, ¿cómo vamos a hacerlo?
Bertram se puso en pie, caminó hasta la chimenea dando
golpecitos con el bastón, se apoyó en los ladrillos y miró el
fuego, pensativo. En aquella posición, a contraluz y con su
rostro solemne marcado por las llamas, tenía pinta de un
rey. Regio, fuerte, dominante, pero melancólico. Silvia no
puedo evitar morderse el labio inferior. Krimer pareció darse
cuenta y bufó asqueado.
—Está claro que debemos atacar de día —razonó
Bertram—. Si tiramos abajo…
—Estamos suponiendo que seguirá en la cabaña del
bosque —interrumpió Krimer, molesto—. Se habrá ido de ahí
hace días, esa rata tendrá más refugios por toda la periferia
de Berlín. Además, un ataque a plena luz es justo lo que se
esperan, quizás sería más útil atacar por la noche, cuando
los ghouls hayan salido a cazar y esté él solo.
—Eso es una locura —replicó Bertram.
—¿Lo es? —preguntó Petra—. Cuando atacamos una de
las guaridas de ghouls, se habían refugiado en el subsuelo,
allí nos rodearon y el sol de nada sirvió. Quizás no es
descabellado atacar cuando no se lo esperan y cuando la
mayoría de sus zombis hayan salido de caza.
—Los llamará mentalmente en cuanto sepa que estamos
allí, acudirán a la llamada de su señor y nos veremos
rodeados en apenas minutos.
—Entonces tenemos que asegurarnos de que no tenga
tiempo ni de convocarlos —sentenció Silvia.
—¿Y cómo hacemos eso? —inquirió Bertram—. Un
pensamiento le bastará.
—¿No tienen alguna debilidad? ¿Algo que los adormezca?
El ajo o…
Los tres licántropos se rieron ante la sugerencia.
—Cuentos de hadas —aseguró Petra—. Menos lo de la
estaca al corazón.
—Entonces necesitamos una distracción —continuó Silvia
—. Un cebo.
—¿Qué estás sugiriendo? —la voz de Krimer dejaba claro
que ya sabía lo que iba a proponer y que esa idea no le
gustaba nada.
—Puedo ceder a la mente colmena del vampiro, lo
suficiente como para que me localice y mande a todos sus
ghouls a por mí. Si estoy lejos, dará igual que los mande
volver, ya será demasiado tarde.
—No —sentenció Krimer dando un golpe en la mesa.
—No es tu elección.
—¡Cuando ese bastardo se vea entre la espada y la
pared ordenará a sus ghouls que te despedacen!
Hubo un pesado silencio tras aquellas palabras. Bertram
agachó la mirada y murmuró:
—Tiene razón.
—Es un riesgo que estoy dispuesta a correr —aseguró
Silvia—. No soy una dama en apuros que necesite ser
salvada. Soy una vampira y tengo sangre de licántropo en
mi interior. Puedo luchar.
—Yo estaré con ella —aseguró Petra, poniéndose en pie
—. La protegeré con mi vida si es necesario.
—Petra…
—¿Qué Bertram?
—No…
—¿No qué? Somos un clan, moriría por todos vosotros —
Petra miró con un poco de asco fingido a Krimer—. Incluso
por el desagradable este si hace falta.
—Gracias —masculló Krimer.
—Entonces —dijo Silvia—. ¿Tenemos un plan? Me conecto
a la mente colmena, esperamos que mande a sus ghouls a
por mí, Petra y yo resistimos y vosotros acabáis con él.
Krimer y Bertram compartieron una mirada poco
convencida.
—Primero tendríamos que saber dónde está —razonó
Bertram.
—¿Cómo lo localizamos? —preguntó Petra.
—Quizás, si me conecto a la mente colmena…
—¡No! —gritaron los tres licántropos a la vez.
—¿Por qué? Creo que podría forzar la conexión para
sacarle información.
—¿Cómo de segura estás de eso? —inquirió Krimer.
Silvia se encogió un poco y arrugó el gesto:
—No lo sé.
—No podemos arriesgarnos a algo así —razonó Bertram,
con su infinita paciencia—. En cuanto conectes, él sabrá
dónde nos ocultamos.
—Tengo otra idea, una suposición más bien —dijo Petra,
todos los ojos se posaron sobre ella—. Si hay un topo, debe
estar reuniéndose con Rainer para pasarle información,
seguro que el vampiro está más demandante que nunca
ahora que Krimer y Silvia han escapado.
—Estamos suponiendo que hay un topo —intervino
Bertram, claramente la idea le molestaba sobremanera.
—Seguro que lo hay —aclaró Krimer—. No puedes fiarte
de los Rot.
—¿Qué has dicho de mi clan?
Bertram dio un paso hacia Krimer que se levantó para
encararlo. Los dos licántropos se sostuvieron la mirada
como machos cabríos a punto de darse de cornadas. Silvia y
Petra suspiraron desganadas.
—Vale, machitos —dijo la loba—. ¿Podéis dejar el
concurso de testosterona para otra ocasión? Creo que es
bastante asumible que hay un topo.
—Está bien —concedió Bertram retrocediendo—. ¿Qué
hacemos?
—Esperamos fuera de la mansión —sugirió Krimer—. El
topo tendrá que salir en algún momento, lo seguimos y
descubrimos donde se aloja el chupasangre.
—¿Y después? ¿Volvemos y trazamos un plan mejor
sabiendo dónde se aloja?
—Lo perderemos —aseguró Krimer furioso—. Estoy
seguro de que Rainer se mueve de un lugar a otro cada
noche. Si conseguimos localizarlo… yo pondría en marcha el
plan, llamamos a Silvia, se conecta a la colmena, esperamos
a que los ghouls se marchen y entramos.
—Es una locura.
—Es lo único que tenemos —sentenció Silvia—. Cuando
los ghouls estén cerca de aquí, tendréis una hora antes de
que puedan volver hasta vosotros, tiempo de sobra para
haceros con Rainer y…
—Descuartizarlo —acabó Krimer.
—Pues parece que ya está —dijo Petra—. Tenemos un
plan.
—Tenemos un plan —coincidió Bertram.
—Mañana por la noche —murmuró Krimer con su voz
rasgada y profunda—. Acabaremos con mi hermano.
Descansad.
◆◆◆
Silvia estaba tumbada sobre la cama sin deshacer. No
tenía sueño, ni un ápice, pero todo el mundo en la casa
dormía y no sabía qué hacer. Llevaba horas dándole vueltas
al plan, no tenía claro si era una genialidad o una
temeridad, no paraba de pensar en qué ocurriría si los
ghouls llegaban hasta ella y no conseguía defenderse. Todo
lo que podía salir mal le daba vueltas en la cabeza, como
una espiral que no se detenía y cada vez le provocaba más
y más ansiedad. Harta, se levantó y salió del cuarto. Salió a
la terraza, en el exterior hacía frío, pero lo agradeció. Se
apoyó en la barandilla y paseó la vista por el precioso lago.
El agua estaba calma, quieta, tan perfecta que reflejaba con
claridad la luna y las estrellas. Era una noche preciosa, de
esas que solo hay una en mil noches.
¿Qué demonios? Pensó, si solo le quedaba una noche, iba
a disfrutarla. Miró a un lado y a otro para asegurarse de que
no había nadie, sonriendo, saltó por la barandilla. Al otro
lado había un pronunciado desnivel de maleza y tierra, pero
sus reflejos y su destreza aumentada le permitieron bajar
con la gracilidad de una bailarina. Corrió hasta perderse
entre la maleza, dejando la cabaña atrás. Al poco, emergió a
un embarcadero de madera, el enorme lago se abría ante
ella. Corrió por el embarcadero, quitándose la ropa y no
pudiendo evitar reír. Llegó al final y saltó sin pensarlo. El
agua la recibió con un mordisco helado que provocó un
escalofrío por toda su piel.
Salió a la superficie y se quedó flotando en aquellas
aguas cristalinas que imitaban el cielo estrellado a la
perfección. Era como flotar en el espacio mismo. El frío no
importaba, la sensación de paz valía la pena. Estuvo así un
rato, flotando en la nada, escuchando los sonidos de la
naturaleza apagados por el agua, y por primera vez en
bastante tiempo se sintió en paz. Pensó en la locura que
habían sido las últimas semanas, que había sido toda su
vida desde que había decidido mudarse a Berlín. Era otra,
no solo físicamente, también mentalmente, y no cambiaría
ni un minuto de aquella locura por volver a su aburrida vida
en España, ni a sus aburridos novios de juventud, esos que
la habían “amado” sin pasión alguna.
Escuchó unas pisadas en el embarcadero. Abrió los ojos
sabiendo que sería alguno de los tres licántropos, al fin y al
cabo, no podían vivir sin ella. En efecto, Krimer estaba
sentado al borde, llevaba unos pantalones de chándal grises
que le hacían un culo espectacular y que solo usaba para
dormir, el torso lo llevaba al descubierto.
—¿Está buena el agua? —preguntó—. Tiene pinta de
estar helada.
—¿Por qué no entras y lo compruebas por ti mismo?
Krimer sonrió. Se puso en pie y se quitó los pantalones
dejando al descubierto que no llevaba nada debajo.
—Allá voy.
Saltó haciendo la bomba y cayó a pocos centímetros de
ella. El agua salpicó a Silvia que se revolvió molesta.
—Menudo idiota —dijo.
Pero él salió riéndose y el enfado se fue tan rápido como
había venido. Krimer se acercó a ella y la cogió de la cintura
para atraerla. Ella se dejó hacer, estar entre sus fuertes
brazos era una de las mejores sensaciones del mundo.
—¿No podías dormir? —preguntó.
—Me temo que soy un búho nocturno ahora.
—Bueno, siempre podemos cuadrar horarios.
—¿Con lo que te gusta madrugar? —preguntó ella con
sarcasmo.
Krimer se rio, la meció por el agua tranquilamente y
Silvia se dejó llevar.
—Escucha, he estado pensando en lo que dijiste —
confesó el licántropo al cabo de un rato.
—¿Y?
Krimer se tomó unos segundos para responder.
—Me cuesta entenderlo, no te voy a mentir —confesó—.
Siempre he sido una persona clásica, chapado a la antigua
se podría decir, pero no puedo exigirte nada después de
todo lo que has pasado por mi culpa.
—No es tu culp…
—Sí lo es, si hubiese sido más abierto podrías haber
tomado medidas de seguridad, no lo fui y ahora estás así
por mi culpa —Krimer suspiró y un gesto de tristeza inundó
su rostro—. No puedo pretender que me perdones por todo,
ni que te entregues a mí. He demostrado más de una vez
que no te merezco y aun así sigues dándome una
oportunidad, aunque sea una oportunidad extraña y que me
cuesta entender, prefiero tomarla a pensar que no podré
estar contigo.
—¿Por qué te resulta tan extraña?
—Somos licántropos, Silvia, hijos primogénitos de
nuestros clanes, competir por Berlín ha sido toda nuestra
vida. Desde pequeño se me ha enseñado a tomar lo que me
pertenece, no a compartir —Krimer bajó la voz un poco al
darse cuenta de que se estaba encendiendo—. Perdón, no
debería hablar así de ti, no eres algo que se pueda poseer.
Me cuesta entenderlo porque mi crianza ha sido la que ha
sido, pero estoy dispuesto a intentarlo porque por encima
de mi rivalidad y mi forma de ver las cosas, estás tú. No voy
a perderte.
Silvia sonreía. Era capaz de ver el esfuerzo titánico que
estaba haciendo él para pronunciar esas palabras, para
aceptar los deseos de ella. El corazón se le había acelerado
y sentía un calor agradable en el pecho. Se lanzó a darle un
beso y él la recibió sorprendido. Sus labios se encontraron,
húmedos y deseosos el uno del otro. Allí, a la luz de la luna,
bañados por la fría agua del lago, se besaron con una
pasión que los caldeaba a pesar del frío. Sus cuerpos se
rozaron, buscándose bajo el agua, mientras sus lenguas no
dejaban de bailar.
Krimer la llevó hasta el embarcadero, la tumbó sobre la
madera y se echó sobre ella. Su cuerpo perfilado a cincel
estaba perlado por el agua, su pelo húmedo chorreaba.
Silvia se relamió ansiosa, llevaba mucho deseando aquel
momento, sintió todo el cuerpo de él posándose con
delicadeza sobre ella. Sintió el calor de su piel que
contrastaba contra el frío nocturno, sintió la tensión de los
abultados músculos cubiertos de tatuajes.
Él la besó, suave, despacio. Sus pieles se rozaban y el
bulto en la entrepierna de Krimer no dejaba de crecer.
Intentó abrirle las piernas, pero Silvia sonrió juguetona:
—No, así no —susurró.
Se puso bocabajo y miró a Krimer por encima del
hombro. Él la miraba con deseo, bajando por su espalda y
llegando hasta su culo.
—Quiero que hagas una cosa.
—Dime.
—Quiero que me folles con rabia —confesó—. Quiero que
me des fuerte y sin piedad, quiero que me revientes como si
no me conocieses.
La expresión en el rostro de Krimer cambió. El deseo se
convirtió en posesión, su mirada se tornó agresiva y su
mandíbula se tensó.
—¿Estás…?
—Estoy segura, gracias por preguntar.
Krimer no necesitó volver a preguntar. La agarró de la
melena mojada y tiró de ella. Silvia alzó el rostro y gimió de
dolor. Él le abrió de piernas y empezó a rozar la punta de su
polla contra sus labios, la encontró húmeda y expectante.
Se la metió con fuerza y hasta dentro, Silvia sintió una
descargada de dolor que se mezcló con placer y le puso los
ojos en blanco.
—Dame duro.
Krimer rugió como un animal. Le tiró del pelo, se colocó
entre sus piernas y empezó a machacarla como si sus
caderas fuesen un martillo automático. No se tomó ni un
momento para asegurarse de que ella estuviese cómoda. La
empotró a golpes, cada uno más profundo y rudo que el
anterior. El corazón de Silvia se aceleró lleno de adrenalina,
cada golpe de cadera era una descarga de placer que la
sacudía de pies a cabeza. Su vista empezó a ponerse
blanca, sus tetas se rozaban contra la madera del
embarcadero, su piel estaba expuesta al frío nocturno, pero
nada importaba. Cada molestia quedaba ensordecida por
los golpes de cadera, por la polla entrando y saliendo sin
compasión, por la potencia con la que Krimer la empotraba.
Se enrolló la melena de ella entre los nudillos y tiró del
pelo para arquearle la espalda. Silvia se dejó hacer como si
fuese una muñeca de trapo. Solo quería que él desatase su
lado más oscuro, que la usase como la bestia que era.
—Ahhh— gritó ella al recibir una palmada en el culo,
estaba segura de que aquello dejaría marca.
Pero él no se contuvo y le dio otra palmada. Silvia se
mordió los labios y cerró los ojos, dejándose llevar por la
sinfonía violenta de aquel polvo. Krimer no se detenía, su
cadera se movía con la potencia de un semental, cada golpe
un martillazo que la sacudía por dentro. Podía sentir la
enorme polla palpitando y retorciéndose en su interior.
—Joder, sí, sí —gemía Silvia, el placer escapaba de su
boca jadeo tras jadeo—. Sigue, sigue.
Krimer no paraba. La empotraba como nunca la había
empotrado, con toda aquella fuerza contenida, como si
tuviese ganas reales de reventarla. Aquello no hacía más
que excitarla. Tanto tiempo anhelando una reconciliación, se
habían enquistado y ahora necesitaba sacarlo a la fuerza.
Krimer gruñó, su ritmo hipnótico empezó a tambalearse, las
fuerzas empezaron a fallarle.
—Joder —rugió.
Salió de ella a toda velocidad, con la polla en la mano se
acercó a su rostro y empezó a correrse a chorros. Silvia se
sorprendió al principio, pero pronto el susto se le pasó y la
excitación tomó el control. Dejó que la corrida de él le
llenase la cara y luego enterró la polla en su boca y se tragó
el resto, dispuesta a no dejarse nada. Krimer se retorció de
placer, mientras los espasmos lo sacudían y, chorro a
chorro, todo su semen se derramaba en ella.
—Dios… —suspiró al acabar.
—Eso ha sido inesperado —susurró ella, abriendo los
ojos, todo su rostro cubierto de la simiente de él, se pasó los
dedos por la cara y se llevó el caliente líquido a los labios.
—No hemos acabado —anunció Krimer, su rostro todavía
lleno de determinación, de esa violencia animal que le
poseía.
Sin darle ni un instante de tregua, volvió a su posición y
le abrió las nalgas.
—¿Qué haces? —preguntó Silvia relamiéndose, sabiendo
exactamente lo que él deseaba.
Era impresionante, su polla seguía erecta, venosa y
marcada, como si no se hubiese corrido hacía segundos. Sin
responder, enterró la cabeza entre sus nalgas, Silvia se
encogió un poco, sorprendida, pero no tardó en ir
relajándose al notar la lengua de él. Jugaba entre el final de
sus labios y su ano, paseando lentamente entre ambos
lugares, hasta que se dejó de disimulos y empezó a hacerle
un beso negro. Silvia nunca se había dejado hacer algo así,
pero no le importó. Aquella noche su cuerpo le pertenecía a
él y, no podía engañarse a sí misma, no estaba tan mal.
Krimer se alzó de nuevo sobre ella, le dio una palmada
fuerte en las nalgas y se las separó con todas sus fuerzas.
Puso la polla, todavía dura, entre ellas y las cerró a su
alrededor. Silvia, sonriente, empezó a mover las caderas,
dejando que la polla de él se deslizase poco a poco entre
sus nalgas. El miembro estaba lubricado por los restos de
corrida y la saliva de su boca, así que se deslizaba de forma
hipnótica.
—¿Esto te gusta? —preguntó Silvia, provocándole.
—Esto es solo el principio.
—¿Qué más quieres? Ya me has tomado.
—No entera —rugió él.
Y se dejó de tonterías. Se agarró el miembro y buscó el
ano con la punta, Silvia se relamió, expectante de la mezcla
de dolor y placer que iba a sacudirla. La polla entró con
fuerza, sin piedad alguna, como un conquistador. Silvia
arqueó la espalda y no pudo evitar que un gemido escapase
de sus labios.
—Ufff —murmuró Krimer.
Su culo estaba tan apretado, que podía sentir cada fibra
de aquella enorme polla dentro de ella, era doloroso, pero
de una forma adictiva.
—Venga, fóllame.
Krimer se enfadó por su orden. La cogió de la nuca y le
hundió el rostro en la madera del embarcadero. Silvia
sonrió, era tan fácil provocarlo, tan fácil hacer que hiciese
exactamente lo que ella quisiese. El licántropo empezó a
golpear rítmicamente con su cadera, un golpe tras otro que
penetraba a Silvia y le hacía temblar. Dolor. Placer. Dolor.
Placer. Todo se mezclaba en una única sensación que le
provocaba temblores en las piernas y le hacía poner los ojos
en blanco. La conciencia desaparecía lentamente de ella
mientras todo se volvía nebuloso a su alrededor. Solo podía
centrarse en el placer, en los golpes potentes de martillo
que la percutían, mientras él apretaba más y más su rostro
con la mano.
—Así, así —gemía en voz baja—. No pares.
Krimer la cogió del pelo y tiró de ella, arqueándola hasta
que sus rostros se juntaron.
—¿Te gusta? —le preguntó al oído—. ¿Te gusta que te
follen el culo?
—No.
—Ah, ¿no? Pues no lo parece, te tiemblan las piernas.
—Me gusta que tú me folles el culo —aclaró ella, con la
mirada perdida y las mejillas encendidas—. Es tuyo, todo
tuyo.
La polla de Krimer se endureció hasta volver a ser una
roca. Dios, era tan fácil excitarle. Silvia sentía cada
centímetro en su interior, sentía el calor del miembro y las
palpitaciones que anunciaban que quedaba poco para que
volviese a explotar. Disimuladamente, deslizó una mano
hasta su entrepierna y empezó a acariciarse mientras
Krimer la seguía empotrando.
—Más fuerte —le ordenó—. Más rápido, más duro.
El licántropo rugió, la agarró de las caderas con fuerza y
apretó el ritmo. La percutía sin piedad, sus nalgas
temblaban con cada embestida, sus piernas se deshacían
como si fuesen gelatina. Apretó los dedos de los pies al
sentir un estremecimiento recorrer todo su cuerpo. Apretó
los labios, los ojos se le fueron al cielo.
El placer llegó como un estallido repentino. Una bomba
que la desarmó por completo, la dejó sin fuerzas y sin
conocimiento por un segundo. No pudo evitar que un grito
de placer escapase de su garganta y resonase en la
oscuridad del embarcadero. Ya no sentía nada más, ni el frío
nocturno, ni la madera húmeda, ni los golpes rítmicos de
Krimer, solo podía sentir el placer que la envolvía y la
sacudía.
—Jodeeeeeeeer —resopló mientras su cuerpo se
desvanecía.
—Vuélvelo a decir —exigió Krimer cogiéndole del pelo.
—¿El qué? —preguntó ella, confusa.
—A quién perteneces.
—A ti —susurró ella, sonriendo—. Mi culo es tuyo, ¿por
qué no te corres dentro? Úsalo para tu placer.
Krimer ahogó un gemido y su polla tuvo un espasmo
repentino. Silvia sintió el caliente líquido inundarla por
dentro.
—Lléname —siguió susurrando, casi ida, agotada por el
orgasmo—. Lléname.
Krimer se corrió por segunda vez, cuando acabó, su polla
estaba flácida y húmeda. Se tumbó junto a ella en el
embarcadero. Silvia se hizo un hueco entre sus brazos y se
apoyó en sus pectorales.
—Joder, Silvia —fue lo único que dijo.
Silvia sonrió. Estos licántropos… era demasiado fácil
contentarlos.
14
Bertram miraba con nostalgia a la que había sido su
mansión. La certeza de no poder volver al hogar le
quemaba por dentro más de lo que admitiría. Ahora tenía
otro clan, era cierto, pero no podía dejar de sentir el fracaso
sobre sus hombros. Lo habían criado para ser el líder de los
Rot y ahora estaba escondido detrás de unos matojos, un
espía en sus propios terrenos.
—No le des vueltas —le sugirió Krimer como si le leyese
la mente—. Es mejor dejar el pasado atrás.
—Sabes que no es tan fácil.
—Lo sé, pero no hay nada que podamos hacer.
—Si atrapo al topo, podría volver a reclamar mi clan —
comentó Bertram, no sabía porque estaba confiando en
Krimer, pero suponía que no podía hablar de aquello con
nadie más, solo él lo entendería.
—¿Es eso lo que quieres? —inquirió Krimer alzando una
ceja y mirándolo de reojo.
—¿Por qué no iba a querer recuperar lo que es mío?
—¿Te sentías realizado trabajando como líder del clan?
Bertram fue a responder airado, como si la pregunta
hubiese sido una falta de respeto, pero antes de poder decir
nada se detuvo.
—Lo imaginaba —dijo Krimer.
—No he dicho nada.
—No hace falta.
—No asumas cosas —escupió Bertram, todavía
sintiéndose ofendido sin entender muy bien porqué.
—No asumo nada —aclaró Krimer—. Somos más
parecidos de lo que me gustaría admitir, asumimos el poder
por inercia, igual que nos odiamos el uno al otro, por la
inercia de décadas de odio entre nuestros padres.
—No… no te falta razón —reconoció Bertram—. Mi padre
podía ser un cascarrabias cabezota lleno de odio, nunca
entendí la razón de ese odio.
—Yo tampoco, por eso, te vuelvo a preguntar, ¿es ser
líder de los Rot lo que realmente quieres? ¿O es lo que
piensas que deberías hacer?
—¿Cómo distingo una cosa de la otra? —murmuró
Bertram, compungido—. Al haber perdido el mando… me
siento como un… fracaso, pero a la vez me siento aliviado,
el día que salí por esa puerta dejé un peso terrible atrás.
—Intentas honrar la memoria de tu padre —aseguró
Krimer—. Está bien, pero no puedes dejar que un hombre
muerto dicte tu vida.
Bertram miró al otro licántropo.
—¿Por qué…? Si volviese a alzarme como líder de los Rot,
probablemente Silvia no estaría contenta porque
desmontaría su idea de clan, eso te dejaría a ti solo con ella,
¿qué ganas ayudándome?
Krimer suspiró y se giró para encararle, tenía el ceño
fruncido y esa mirada peligrosa de lobo solitario.
—No voy a mentirte, ¿lo entiendes? Voy a ser
extremadamente claro contigo —Krimer se tomó un
segundo—. No me hace ninguna gracia la idea de
“compartir” a Silvia, de ser una especie de parida
poliamorosa o lo que sea que propone. Soy un tío clásico,
me han enseñado desde siempre a buscar a una mujer, ser
fiel y casarme. Esto de compartir un “clan” me resulta
alienígena.
—A mí también se me hace raro.
—Sin embargo —continuó Krimer—. Lo único que quiero
es que Silvia sea feliz. Todo lo que le ha ocurrido ha sido mi
culpa, no podrá volver a ver la luz del sol por mi culpa, la
han convertido por mi culpa. No me la merezco, sin
embargo, está dispuesta a darme una oportunidad más.
Después de todo el daño que le he hecho.
—¿Qué quieres decir?
—Que, si ella quiere tener una especie de relación
poliamorosa con mi peor enemigo, pues que así sea. Si es lo
que le hace feliz, me tragaré el orgullo y asumiré mi parte,
después de todo, la protegiste cuando yo no pude. Gracias.
Así que piensa bien en si lo que quieres es volver a liderar a
los Rot o… la prefieres a ella. Yo lo tengo claro.
Krimer se apartó, se cruzó de brazos y se apoyó en la
pared detrás del seto en el que se ocultaban. Hubo unos
instantes de incómodo silencio entre los dos licántropos.
Bertram se quedó pensativo, asumiendo aquellas palabras,
entendiendo que, quizás, volver a ser líder de su clan no era
lo que quería, era solo lo que creía que debía hacer por una
especie de deuda con su padre. Una deuda con un hombre
muerto. ¿Qué sentido tenía aquello? Era su vida y debía
vivirla como desease.
—¿Tu peor enemigo? —preguntó, rompiendo el silencio.
Krimer gruñó algo por lo bajo.
—Creo que Rainer es algo peor, eh.
—Puede ser.
—Y el enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Krimer le miró de reojo, no dijo nada, pero asintió
ligeramente. Bertram sonrió.
—Viene alguien —señaló Krimer.
La noche había caído ya hacía unas horas, la mansión
había estado en calma todo ese tiempo, pero ahora, por fin,
una figura encapuchada abandonó la casa y cruzó el jardín
a toda prisa, como si tuviese miedo de ser vista.
—Te tenemos, cabrón —murmuró Bertram—. Vamos a por
él.
Los dos licántropos salieron en sigilo de la maleza.
Siguieron al encapuchado fuera de los terrenos y calle
abajo. El encapuchado recorrió varios metros a través de la
penumbra de la noche antes de detenerse y darse la vuelta.
Krimer y Bertram se escondieron a toda velocidad en un
callejón estrecho.
—Silencio —susurró Bertram.
Se asomó un poco, lo suficiente para ver la calle. El
encapuchado olisqueó el aire y miró a su alrededor.
—¿Crees que nos ha olido?
—No nos hemos cubierto en colonia barata para nada —
contestó Krimer.
—Eso espero.
El encapuchado continuó la marcha. Los dos licántropos
le siguieron guardando una distancia prudencial. Caminaron
por espacio de diez minutos, paseando entre el entramado
de villas y mansiones a las afueras de la ciudad.
—Qué raro —comentó Bertram.
—No ha cogido un coche —coincidió Krimer como si le
leyese la mente.
—¿Crees que Rainer tiene una mansión en esta parte de
la ciudad? ¿Tan cerca de la mía?
—Podría ser, es un bastardo con recursos.
Sus sospechas se confirmaron cuando el encapuchado se
detuvo frente a la puerta enrejada de una finca grande y
moderna. Tocó al timbre y las puertas se abrieron solas tras
unos segundos. Bertram y Krimer esperaron unos segundos
antes de saltar el muro exterior y caer en un jardín cuidado
y amplio. Ni una sola luz podía verse a través de las
cristaleras de la mansión, era un lugar muerto.
El encapuchado llegó hasta la casa y una figura le abrió
la puerta. Bertram entrecerró los ojos y su visión se adaptó
con facilidad a la oscuridad reinante. Una mujer había
abierto la puerta, piel grisácea, ojos inyectados en sangre.
Era la amiga de Silvia.
—Está aquí —sentenció en un susurro quedo.
—Eso no lo sabemos todavía —replicó Krimer—. Solo
sabemos que está su concubina, es posible que él se
encuentre bien lejos de aquí.
—Mierda, ¿cómo nos aseguramos? Solo vamos a tener
una oportunidad para esto.
Krimer guardó silencio mientras observaba a la casa. Su
cerebro parecía funcionar a cien por hora, buscando una
respuesta en las sombras que se movían en el interior de la
mansión. Perdieron de vista al encapuchado y la mujer a
pesar de que el muro delantero de la casa eran todo
cristaleras.
—Tenemos que asegurarnos antes de decirle nada a
Silvia —dijo Bertram—. No quiero enviar una horda de
ghouls hacia su posición sin saber si Rainer está aquí.
—Obvio.
—Una cosa está clara, huele a chupasangre.
El aire estaba teñido de la podredumbre de la carne
muerta y la sangre seca. Una esencia exigua, que solo el
olfato de un licántropo podía captar.
—Vamos a tener que acercarnos —dijo Krimer—. Mira,
hay una balconada en el segundo piso, podemos saltar a
ella y…
—Puedes —cortó Bertram y se señaló a la pierna mala
con el bastón—. Da gracias a que he podido saltar el
murete.
—Vale, pues tu rodea la casa y comprueba la parta
trasera.
—Esto sería más fácil si tuviésemos algo de Rainer,
podríamos captar su esencia.
—Oh, te aseguro que no me hace falta —replicó Krimer
saliendo de los arbustos—. No voy a olvidar nunca el olor de
ese hijo de puta.
Bertram asintió y, envuelto en sombras, se transformó.
La transformación no era dolorosa, como muchas veces se
representaba en películas, era todo lo contrario. Una
sensación de poder placentera recorría todo tu cuerpo y
luego uno se sentía más poderoso, más fuerte, más capaz.
El cuerpo del lobo emergía de la oscuridad de la noche y las
sombras daban forma al licántropo. Bertram dejó el bastón
entre los setos y, agazapado, se pegó al muro y empezó a
deslizarse en silencio hacia la parte trasera de la mansión.
Llegó sin problemas, cubierto por la vegetación. Por la
parte de atrás solo había un par de puertas que daban a
una generosa piscina cubierta por una lona. Bertram se
acercó hasta la casa, paso a paso, silencioso como un gato
acechando a una presa. El hedor de la muerte se hacía más
intenso con cada paso. El lugar estaba infestado de ghouls,
eso estaba claro. De pronto, una de las puertas traseras se
abrió. Bertram se pegó a la pared, esperando que la
oscuridad fuese suficiente cobertura. Tres ghouls salieron,
sus ojos rojos brillando en la oscuridad, sus cuerpos
deformes y sus pieles grisáceas.
—Cazad —la voz de Isabelle desde el otro lado de la
puerta—. Traed sustento para vuestro amo.
Los tres ghouls salieron corriendo, sus gritos agudos y
espantosos llenando la noche, saltaron el muro de la finca y
desaparecieron. Bertram seguía pegado a la pared, su
corazón latía tan fuerte como un tambor, sacudiendo su
pecho. La puerta no se cerró, podía sentir la presencia de
Isabelle al otro lado, observando la noche. ¿Había captado
su olor? Bertram pensó en asaltarla, pero Rainer se daría
cuanta al instante y echaría todo el plan por la borda.
—Parece que alguien ha dejado a los perros sueltos —
murmuró Isabelle.
El corazón de Bertram dio un vuelco. Todo su cuerpo se
tensó, preparado para saltar y atacar. Isabelle dio un par de
pasos para salir, ya casi había recuperado su forma
humana, pero más esbelta, con la piel más tersa y el pelo
más brillante y largo. Se quedó quieta, mirando a la noche,
de espaldas al licántropo.
—Mi amo estaría descontento de saber que los perros
corren libres por nuestro jardín —dijo, Bertram se agazapó,
listo para saltar—. Una lástima que nadie vaya a decírselo.
El licántropo se detuvo en seco.
—Si buscáis a Rainer, está en el sótano, reunido con un
perro de los Rot.
—¿Por qué? —murmuró Bertram, confuso, rompiendo la
mascarada.
Isabelle se encogió de hombros, sin girarse dijo:
—Cuanto más recupero mi forma, más recupero mi
independencia —susurró, su voz cargada de una rabia
animal—. Quiero verlo sufrir por lo que me hizo, por lo que
me ha hecho hacerle a Silvia, por lo que le hizo a mi novio.
—Estamos aquí para hacerle pagar —aseguró Bertram.
—Pues hacedlo.
Isabelle no dijo nada más. Volvió al interior de la mansión
y cerró la puerta tras decir:
—En el sótano.
Bertram se reunió con Krimer unos minutos más tarde y
le contó la conversación que había tenido.
—¿Podemos fiarnos? —inquirió Krimer—. Puede ser otra
trampa.
—Es imposible que sepa que venimos.
—Con Rainer nada es imposible…
—No veo que tengamos muchas otras opciones.
—Está bien —asintió Krimer—. Pongámonos en contacto
con Silvia. Esta noche, ese bastardo pagará.
◆◆◆
Silvia estaba sentada en el borde de la silla. El móvil
yacía inerte sobre la mesa. El silencio en la habitación era
ensordecedor. Petra la observaba sin decir nada, igual de
nerviosa que ella. De pronto, la pantalla del móvil se iluminó
y empezó a sonar.
—¿Sí?
—Lo tenemos —dijo la voz de Bertram al otro lado—. Es
hora.
—Está bien.
—Silvia.
—¿Sí?
—Ten mucho cuidado —dijo Bertram tras un instante de
silencio—. Tenedlo las dos, no corráis riesgos innecesarios.
—Vosotros tampoco.
—Muy bien, vamos allá.
La llamada se cortó. Silvia dejó el móvil y miró a Petra
con intensidad.
—Es la hora —sentenció.
Petra asintió en silencio.
Silvia se recogió el pelo en una coleta. Se colocó bien en
la silla y tomó aire, lo dejó escapar lentamente, cerró los
ojos y se concentró. En un lugar en las profundidades de su
mente encontró la conexión con la mente colmena del
enjambre vampiro. Estaba cerrada, pero solo necesitaba la
voluntad de escuchar para abrirla de nuevo.
La abrió. Cientos de pensamientos salvajes de hambre y
dolor la asaltaron como una cascada. Los ojos se le abrieron
como platos y se encogió sobre sí misma, golpeada por un
martillo directo a su estómago. Petra se levantó y la cogió
de los hombros. Silvia la apartó.
—Lo tengo —jadeó—. Lo tengo.
Intentó centrarse, abrirse paso a través de los cientos de
voces, controlarlas, apartarlas. Al final, la cacofonía de
voces se fue convirtiendo en un rumor y pudo navegar a
través de ellas. Entonces lo encontró, una voz más poderosa
que las demás, se proyectaba como un faro en aquella
negrura. Una voz de seda que gobernaba con la fiereza de
un látigo.
—Menuda sorpresa —dijo Rainer en la oscuridad.
—¡Mierda! —Silvia fingió sorpresa—. ¡Déjame en paz!
—¿Dónde te escondes?
—¡Silencio!
—¡Revélamelo!
Silvia pensó a propósito en el camino a la cabaña, en el
cartel en la carretera que indicaba la salida, visualizó la
propia cabaña y el lago.
—Silvia, Silvia, Silvia —susurró Rainer, complacido—. Por
fin vamos a poder reunirnos de nuevo.
Silvia cortó la conexión. Abrió los ojos y miró a Petra con
intensidad.
—Ya vienen.
15
La espera se hizo eterna. Bertram y Krimer contemplaron
escondidos como los ghouls salían en tropel desde el
interior de la casa. Una horda furiosa y hambrienta. Bertram
sintió el corazón encogerse ante la visión de aquellos
monstruos despiadados que enviaban hacia Silvia.
Está con Petra, tuvo que recordarse una y otra vez, no le
pasará nada.
Pero ver cómo los monstruos desaparecían en la noche
no fue lo peor, lo peor fue la espera siguiente. Habían
acordado esperar una hora exacta, tiempo suficiente para
poder entrar y enfrentarse a Rainer sin que los ghouls
pudiesen volver para molestar, pero también tiempo de
sobra para que Silvia y Petra escapasen.
—¿Cuánto llevamos? —le preguntó a Krimer.
—Solo diez minutos, paciencia.
Bertram se movió de un lado a otro, nervioso. No se daba
cuenta, pero apretaba los dientes con tanta fuerza que su
mandíbula parecía a punto de romperse por la tensión.
Había otro asunto que le rondaba la cabeza.
El traidor. El licántropo que había vendido a su clan
seguía dentro de la casa. No podía dejar de pensar en él, en
las ganas que tenía de echarle las manos encima y
castigarlo por lo que había hecho. Decenas de vidas del clan
perdidas por el capricho de una rata traicionera.
—¿Cuánto llevamos? —volvió a preguntar.
—Los mismos diez minutos de antes, dios, relájate.
Bertram gruñó para sí mismo. Los siguientes diez
minutos fueron los más lentos de toda su vida. Oía cada
latido de su corazón golpeando en sus oídos, sentía la brisa
de la noche erizando su piel, cada olor le llegaba potenciado
por mil.
De pronto, la puerta de la casa se abrió y el licántropo
encapuchado salió. Empezó a cruzar el jardín, apresurado,
mirando a un lado y a otro. Bertram clavó sus ojos en él, sin
darse cuenta, dio un paso hacia delante. Estuvo a punto de
salir del escondite, pero Krimer lo cogió del hombro para
detenerlo.
—No es lo que hemos venido a hacer.
Bertram no contestó. Tenía los puños tan apretados que
se estaba clavando las uñas en las palmas. Vio como el
traidor se iba acercando a la puerta del jardín, a punto de
escapar de sus garras. No tendría otra oportunidad de
descubrirlo. En cuanto Rainer cayese, ¿cómo descubriría
quién era el traidor en su clan? ¿Iba a ignorarlo y a dejar
que una serpiente siguiese infiltrada entre los suyos?
Aunque ya no fuesen los suyos… no podía dejarlo correr.
—No voy a dejar que se escape —gruñó.
—Solo han pasado veinte minutos —dijo Krimer
amenazante—. Si haces algo ahora, tendremos a la horda
de vuelta.
—No tendré otra oportunidad de desenmascarar al
traidor.
—No tendremos otra oportunidad de derrotar a Rainer.
—Seamos sinceros, con mi cojera de poco te voy a servir
peleando contra un vampiro —escupió Bertram, dando otro
paso al frente—. Ve a por Rainer, yo voy a por el traidor.
—Bertram… —rugió Krimer.
—Lo siento, no puedo dejarlo escapar.
Bertram se deshizo del agarre de Krimer, se envolvió en
una capa de sombras y, de pronto, un licántropo de pelaje
rojizo salió corriendo de entre la maleza. El traidor se giró en
el último momento, para ver como un licántropo enorme se
lanzaba sobre él.
◆◆◆
—Mierda —rugió Krimer al ver a Bertram salir corriendo.
No lo pensó dos veces, se transformó y salió corriendo
hacia la casa. Por mucho que el Rot quisiese echar por la
borda el plan, él no pensaba darle una oportunidad de
victoria a Rainer. Reventó la entrada de la casa y olisqueó el
aire. El olor a muerte era denso. Arrugó el hocico y enseñó
los dientes. Captó un ligero movimiento al fondo del pasillo,
sacó las garras y con un rugido bajo empezó a avanzar.
Llegó hasta un salón abandonado, captó otro
movimiento, suave, etéreo, que se perdió por otro pasillo. Lo
siguió, despacio, observando cada centímetro. Al otro lado
del pasillo había una figura envuelta en sombras. La
concubina de Rainer, la amiga de Silvia. Krimer suspiró y se
preparó para el combate, pero la mujer no hizo ningún gesto
agresivo, solo abrió una desvencijada puerta, se dio la
vuelta y se marchó tras susurrar:
—Suerte.
Krimer dudó unos segundos, pero luego recordó que no
tenía tiempo para andarse con sutilezas. Avanzó hasta la
puerta abierta para encontrar unas escaleras que
descendían hacia el sótano. Se transformó en humano de
nuevo para caber por el marco de la puerta y empezó a
bajar escalón a escalón.
—Ya decía yo que olía a perro mojado —la voz de Rainer
ascendió por las escaleras.
Krimer llegó al sótano. Un descuidado, pero amplio,
desastre. Las telarañas cubrían las esquinas del techo, el
suelo y los muebles acumulados estaban cubiertos de polvo.
Lo único que se veía nuevo era el ataúd que descansaba en
el centro del caos. Los ojos rojos de Rainer brillaban en la
oscuridad tras el ataúd.
—Hermano —saludó Krimer apretando los dientes—.
Hasta aquí ha llegado tu reino de locura. Es el momento de
acabar con esto.
Rainer sonrió.
—Tengo que reconocer que tu visita me pilla un poco por
sorpresa —reconoció sin mostrar preocupación alguna—. Y
que lo de hacerme enviar a mis ghouls tras Silvia ha sido
ingenioso, pero esto está lejos de acabar. ¿Qué pensabas?
¿Qué estaría solo?
Se escuchó un rugido agudo. Krimer miró a un lado y a
otro para ver como tres ghouls surgían de entre los
desvencijados muebles, rodeándolo.
Krimer miró a su hermano y se cubrió en sombras. Creció
y creció mientras su cuerpo mutaba, sus músculos se
hinchaban y su cuerpo se cubría de pelo. El lobo negro y
cubierto de cicatrices volvió a hacer acto de presencia.
—¿Eso es todo, Rainer? —preguntó con su voz gutural y
salvaje.
Los ghouls se abalanzaron sobre él.
◆◆◆
Silvia estaba sentada en el borde de la silla. Se
concentraba con todas sus fuerzas en sentir los
pensamientos del enjambre.
—Algo va mal —comentó—. Algunos se están dando la
vuelta.
—¿Por qué? —inquirió Petra.
—No lo… es una orden de Rainer. Parece que los chicos
ya se han descubierto.
—¿Por qué tan pronto? —la licántropa consultó el reloj—.
No han esperado lo acordado.
—No lo sé —murmuró Silvia—. Pero parte de la horda
vuelve hacia ellos, la otra mitad sigue hacia esta dirección.
—¿Qué hacemos?
Hubo un instante de incómodo silencio. Las dos se
miraron, indecisas, el miedo reflejado en los ojos.
—No llegaríamos a tiempo, en cualquier caso —dijo
Silvia.
Petra suspiró desganada, se puso en pie y dio un par de
vueltas por la estancia echándose las manos a la cabeza.
—Sigamos con el plan —comentó—. La mitad de la horda
sigue atraída por tu presencia, aguantamos un poco más,
cortas la conexión con el enjambre y desaparecemos.
Silvia asintió. No tenían muchas más opciones. De
pronto, se escuchó un golpe en el tejado. Un golpe seco,
como si un animal pesado hubiese aterrizado contra las
tejas. Fue acompañado de otro golpe y de un tercero. Las
dos mujeres miraron hacia el techo de la habitación, los
labios apretados, el silencio sepulcral.
Un ghoul se posó sobre la barandilla de la terraza. Iba un
poco más erguido que sus hermanos, su piel no parecía tan
consumida y sus ojos brillaban como brasas.
—¿Cómo…? —intentó decir Petra.
La criatura tenía los brazos extendidos y unas alas
membranosas y finas, como las de un murciélago, le unían
el brazo con las caderas.
—¿Desde cuándo vuelan estos bichos? —exclamó la
licántropa.
—¡Mierda! —gritó Silvia echándose a un lado.
El ghoul se abalanzó sobre la cristalera. La ventana
estalló en mil pedazos con un sonoro chasquido. Cristales
inundaron el salón, mientras la bestia se abalanzaba sobre
Petra. La licántropa se transformó rápidamente, agarró al
ghoul del cuello y lo estampó contra el suelo.
—Ni lo sueñes —gruñó la loba.
Otro ghoul alado cayó a la terraza, otro entró reventando
la puerta principal. Silvia miró a su alrededor, rodeada de
engendros alados. Su primer instinto fue huir, pero reunió el
valor suficiente para mantener la posición. No iba a dejar a
Petra sola. Ahora podía luchar.
◆◆◆
Bertram cayó sobre el traidor. Lo revolcó por el suelo
lanzando dentelladas y garrazos. El otro licántropo empezó
a transformarse, pero Bertram lo arrastró por el patio hasta
uno de los muros y lo estampó una y otra vez. El sonido de
los huesos crujiendo resonaba en el silencio de la noche. El
traidor se revolvió y le dio una patada en la rodilla mala,
Bertram fue sacudido por una punzada de dolor que le
provocó escalofríos. Aflojó su presa sobre su enemigo y el
otro licántropo tuvo un segundo para transformarse. La ropa
se fundió con su nuevo cuerpo, un lobo fuerte de tonos
pardos. Joven.
Valkrem. Aquel que le había retado en duelo. Una rabia
visceral se encendió en las entrañas de Bertram que ignoró
el dolor y se puso en pie de nuevo. Arrugó el morro y
enseñó los afilados dientes. Su aliento se convertía en vapor
frente a él.
—Tú… —rugió—. Traidor.
—He traído paz y prosperidad para mi clan —replicó
Valkrem—. Es más de lo que se puede decir de ti.
—¿¡Pactando con un vampiro!? —gritó Bertram—.
¿¡Vendiendo a nuestros hermanos!?
—Ellos nunca lo sabrán, solo sabrán que, cuando Rainer
acabe con vosotros, controlaremos la ciudad como único
clan. Los que perdimos por culpa de tu incompetencia serán
recordados con honor. Su sacrificio fue necesario para que
Berlín sea nuestra.
—¡Berlín ya era nuestra!
Bertram se abalanzó sobre su enemigo. Le agarró de la
cabeza y lo estampó contra el muero de nuevo, una y otra y
otra vez. El licántropo joven se zafó de su agarre y le lanzó
dos dentelladas directas al cuello. Bertram se apartó,
esquivando por apenas centímetros. Se notaba lento, torpe
por culpa de la pierna. En cambio, Valkrem era joven, ágil y
parecía un poco más fiero que en duelo que habían tenido.
Bertram supuso que, sin la presencia del resto del clan, ya
no se estaba conteniendo.
Los dos lobos se enzarzaron en una brutal pelea de
zarpazos y dentelladas. Las garras abrían profundos cortes
en la piel del uno y del otro, la sangre salpicaba el jardín y
sus aullidos resonaban en la noche alterando a los perros de
todo el barrio. Pronto, una cacofonía de ladridos y rugidos
estaba despertando a todo el vecindario.
—Vas a pagar muy cara tu traición —escupió Bertram
tomándose un momento de respiro.
—Hablas mucho, viejo.
Valkrem volvió a la carga, ignorando los cortes y heridas
en su cuerpo. Dio un golpe que Bertram consiguió esquivar
de milagro y después se coló bajo sus defensas y lanzó un
mordisco brutal sobre su rodilla mala.
El dolor que sacudió a Bertram fue el peor que había
sentido en su vida. Como si alguien le hubiese clavado un
clavo ardiendo en el hueso a martillazos. Aulló de dolor.
Valkrem se echó sobre él y lo sometió sin dejar de morder,
empezó a mover la cabeza de un lado a otro, tratando de
arrancarle la carne de la rodilla.
Bertram aullaba, enloquecido. El dolor a punto de dejarlo
inconsciente.
◆◆◆
Krimer agarró a uno de los ghouls y lo partió por la
mitad. La sangre negra y espesa de la aberración cayó
como lluvia sobre su pelaje oscuro. Rugió victorioso. Los
otros dos ghouls intentaron atacar, pero él era una bestia
imparable, un cazador. Agarró a uno del cuello y lo estampó
contra el suelo, el otro consiguió morderle en el hombro.
Cosquillas.
—Tus criaturas son patéticas —dijo Krimer con aquella
voz gutural y salvaje.
Usó sus enormes fauces para arrancarle la cabeza al
ghoul que tenía apresado, luego cogió al que se le había
colgado del hombro y se lo arrancó de la espalda como si no
fuese más que un piojo molesto. La criatura pataleó en el
aire, lanzando dentelladas al vacío. Krimer le partió el cuello
y luego le arrancó la cabeza para asegurarse.
—¿Por dónde íbamos, hermano? —preguntó, girándose
lentamente hacia Rainer.
El vampiro lo observaba con una amplia sonrisa en los
labios.
16
Silvia se echó a un lado esquivando el envite de los
ghouls. Sus movimientos eran veloces como el rayo, pero
los dos ghouls también eran rápidos y, golpe a golpe,
consiguieron acorralarla contra una pared. Petra luchaba en
la terraza contra el tercero, tenía a la criatura entre las
garras, pero esta no dejaba de volar y lanzar patadas.
Concéntrate, se dijo a sí misma. Los dos ghouls que
venían a por ella iban agazapados, enseñando los dientes,
sus músculos se tensaron a punto de saltar. Silvia esquivó al
primero, pero el segundo se abalanzó sobre ella y la retuvo
contra la pared. Un grito de pánico escapó de sus labios. Se
sentía más fuerte y rápida, pero no era ninguna guerrera.
El ghoul la mordió en el brazo y el otro aprovechó que
estaba apresada para morderle la pantorrilla. Silvia gritó de
dolor. Petra le abrió tres cortes en el pecho a su enemigo, se
destrabó de él y corrió en su ayuda. Le arrancó a los ghouls
como si fuesen sanguijuelas.
—¡Tenemos que salir de aquí! —gritó mientras la cogía
del brazo y la arrastraba hacia la puerta.
Las dos salieron a la fría y tranquila noche. La humedad
que subía desde el lago lo cubría todo de un manto
neblinoso. El barrio parecía abandonado en aquella época
del año, sin embargo, pequeños rugidos se escuchaban en
la oscuridad.
—Vienen más —susurró Petra.
—¿Qué hacemos?
—¡Corre!
Petra se puso a cuatro patas y empezó a correr a través
del bosque. Silvia la siguió, su velocidad mejorada le
permitía mantenerle el ritmo a la licántropa sin problemas.
Se escuchaba el aleteo cercano de más criaturas. Pronto, el
bosque empezó a llenarse de ojos rojos que las observaban.
Llegaron hasta un claro y Petra se detuvo jadeando.
—¿Por qué te detienes?
—Estamos rodeadas —contestó Petra mirando a su
alrededor.
Ojos rojos por todas partes. Ales chasqueando en la
noche, gruñidos ansiosos que se acercaban desde todas
direcciones.
—Voy a pelear —dijo Petra—. Intentaré abrirte un camino
para que puedas huir.
—Olvídate.
—Silvia…
—He dicho que te olvides —miró a Petra a los ojos—.
Luchamos juntas y, si caemos, caemos juntas.
Petra sonrió y le guiñó un ojo.
—¿Estás segura?
—Y tanto —contestó Silvia.
Las dos se pusieron espaldas contra espalda en el centro
del claro, viendo como los ghouls se iban acercando
lentamente.
◆◆◆
Bertram le dio una patada a Valkrem en la cara y
consiguió que le soltase la rodilla. Intentó ponerse en pie y
contratacar, pero el dolor en la pierna mala le hizo caer de
rodillas. Valkrem se alzó ante él, una macabra sonrisa en su
hocico cubierto de sangre.
—Es hora de que asumas que tu tiempo ha pasado —dijo
—. El clan ahora está en mis manos, descansa sabiendo que
los guiaré a la grandeza.
Bertram apretó los dientes y suspiró derrotado. Alzó la
vista para encarar al traidor. Algo captó su atención. Ojos
rojos sobrevolando el muro del jardín, el sonido de un aleteo
parecido al de los murciélagos.
Ghouls, volaban de vuelta a la mansión. Bertram nunca
se había alegrado de ver chupasangres.
◆◆◆
Krimer se abalanzó sobre Rainer, pero el vampiro se
movió a un lado evitando el golpe. El licántropo lo persiguió
por el sótano, destrozando muebles, columnas y todo lo que
sus garras pillaban a su paso mientras intentaba golpear al
vampiro. Rainer mantenía las distancias sin dejar de sonreír.
—¡Enfréntate a mí! ¿Tanto miedo tienes?
—Solo estoy ganando tiempo, hermanito —contestó
Rainer—. Un poco más y mis ghouls voladores estarán de
vuelta, listos para devorarte.
—No he venido solo, Rainer —Krimer sonrió al ver un
ápice de duda en el rostro de su hermano—. No tienes plan
de contención, no tienes refuerzos, hasta tu concubina te ha
traicionado. Tus juegos se han acabado, por una vez,
estamos solos tú y yo.
El rostro de Rainer cambió por completo. La sonrisa
desapareció y dio paso a una mueca rabiosa y visceral. Los
ojos se le encendieron como brasas en una hoguera y sus
dientes se afilaron y crecieron, sus uñas se convirtieron en
garras. Se dejó ver cómo era realmente, una criatura
horrenda de la noche.
—Por fin te muestras.
—¡No necesito a nadie para acabar contigo! —gritó el
vampiro—. ¡Te sacrificaré como el perro que eres!
Rainer se lanzó a por él, volando. Krimer lo detuvo y los
dos se revolcaron de un lado a otro del sótano, destrozando
muebles y paredes en su danza mortal. Las garras, afiladas
como cuchillos, volaban en todas direcciones, hendiendo
carne y derramando sangre.
Krimer agarró al vampiro y dio un salto que reventó el
techo. Cayeron entre cascotes en el salón de la mansión.
Golpeándose el uno al otro, mordiéndose, intentando dar un
golpe fatal. Krimer escuchó un aullido de dolor y, de reojo,
vio a Bertram enfrentándose a otro lobo en el jardín.
La distracción le costó que Rainer le hundiese las garras
en el vientre. Krimer acució el golpe dolorido, se echó para
atrás, pero el vampiro se subió sobre él e intentó morderle.
Krimer lo agarró de la boca para evitar que llegase a su
cuello. Rainer le mordió la mano.
—Hijo de puta —rugió el lobo.
—Cuida esa lengua, hablas de madre —se burló Rainer.
Krimer soltó un rugido furioso y corrió hacia una pared.
Vampiro y lobo se estamparon a toda velocidad contra la
piedra, destrozando muebles a su paso. Forcejearon hasta
acabar en el suelo y se revolvieron entre golpes y
mordiscos.
Krimer agarró de la mandíbula a Rainer para alejar sus
colmillos de él y empezó a golpearlo en la cara. Un golpe
tras otro, el vampiro empezó a flojear e intentó retirarse. El
licántropo no se lo permitió, lo agarró de la pierna, le dio
una vuelta y lo lanzó contra la chimenea. Ladrillos volaron
rotos en todas direcciones, cuadros y fotos cayeron, la
lámpara en el techo tembló.
Krimer se lanzó sobre su enemigo, pero el vampiro
esquivó a toda velocidad y esta vez fue el licántropo quien
se estampó contra la chimenea. Más ladrillos volaron, la
casa entera tembló.
Rainer saltó sobre la espalda de Krimer y le mordió el
hombro con saña y luego escupió.
—Sabes asqueroso, hermano.
—¡Deja de jugar!
Krimer se echó al suelo intentando atrapar al vampiro,
pero este se deshizo en niebla negra y apareció a unos
metros de distancia.
—Muy lento.
Krimer rugió como un animal salvaje, se puso en pie de
un salto y corrió hacia su enemigo. Rainer salto a su
encuentro, esquivó sus golpes y le lanzó un zarpazo en el
estómago. Krimer sintió una punzada de dolor que le hizo
perder las fuerzas y cayó de rodillas.
Rainer se colocó a su espalda y le agarró de la barbilla y
el cuello.
—Me estoy cansando de pelear —le susurró tan cerca
que podía oler su aliento pútrido—. Después de ti, atraparé
a Silvia y quiero que sepas que voy a destrozarle la vida.
Krimer gritó, un grito gutural lleno de rabia. Con toda la
fuerza de su cuerpo, se fue levantando poco a poco,
sobrepasando la fuerza del vampiro que intentaba retenerlo.
Rainer se sorprendió ante la fuerza del lobo.
—¡No volverás a tocarla, jamás!
Rainer intentó escaparse, pero Krimer lo atrapó y lo
estampó contra una pared, acorralándolo.
—¡Jamás! —gritó de nuevo, la rabia le poseía, le daba
fuerzas.
◆◆◆
Bertram le dio una patada a Valkrem en el pecho. El
traidor trastabilló hacia atrás cayendo justo entre las garras
de los ghouls voladores. La sangre de sus heridas atrajo a
los chupasangres que se echaron sobre él entre gritos de
éxtasis. El licántropo aulló presa del dolor, intentó zafarse,
pero decenas de manos lo retuvieron, decenas de colmillos
se clavaron en su piel, bebieron su sangre.
—Ese es el precio por juntarse con chupasangres —
escupió Bertram.
Valkrem extendió una garra hacia él, el miedo imprimido
en su rostro lobuno.
—¡Por favor! —imploró—. ¡Por favor, alfa!
Bertram se alejó un paso.
—No soy tu alfa. Traidor.
Y se marchó en dirección a la mansión. Más ghouls
llegaban volando al jardín y no se sentía con fuerzas de
enfrentarse a una horda. Mientras se alejaba pudo escuchar
los gritos de dolor de Valkrem, los chasquidos de las
mandíbulas abriéndose, los rugidos guturales de los ghouls,
el sonido de la carne desgarrándose.
Los aullidos de dolor del traidor no tardaron en apagarse.
◆◆◆
Petra apartó a Silvia de la trayectoria de unas garras. Ella
recibió el golpe que abrió dos cortes en su antebrazo, se
quejó con un gruñido bajo. Silvia miró a su alrededor,
mientras luchaban con diez ghouls, decenas de ojos rojos
seguían acercándose por la espesura. Parecía que Rainer
había enviado a toda la horda a por ella. Estaban en
problemas.
Dos ghouls se abalanzaron sobre Petra. La loba peleó con
uñas y dientes, quitándoselos de encima como si fuese
sanguijuelas. Silvia quiso ayudarla, pero tres chupasangres
la rodearon contra el tronco de un árbol. Se acercaban
lentamente, como perros de presa. Silvia enseñó los afilados
colmillos y siseó amenazante.
—Venid a por mí.
Los ghouls se lanzaron a por ella. Al primero lo cogió del
cuello y lo lanzó volando a través del claro, al segundo le
atravesó el pecho con el puño, no llegó a tiempo de detener
al tercero. La bestia sanguinaria la agarró de los hombros e
intentó morderla, Silvia se protegió con el brazo y los
dientes se le clavaron en la muñeca. Ahogó un grito de
dolor y, llena de una furia visceral, agarró al ghoul de la
mandíbula y empezó a apretar. La bestia intentó desgarrarle
la carne del brazo, pero Silvia siguió apretando hasta que
escuchó un hueso romperse. El ghoul gritó y la soltó, no
tuvo más remedio, su mandíbula estaba rota y ahora
colgaba como un pendiente. Silvia no le dio tregua, se
abalanzó sobre él y le arrancó la cabeza del cuello. Sangre
negra se derramó sobre ella, cubriéndola. Escuchó un
aullido de dolor y se giró para ver como un ghoul se había
subido a la espalda de Petra mientras otros dos la agarraban
por los brazos. Corrió a ayudarla. Consiguió apartar a uno y
la licántropa atravesó con sus garras a otro. El que tenía
encima le mordió el cuello y el rostro lobuno de Petra se
contrajo de dolor. Silvia, con la agilidad de un gato, se
encaramó a su amiga y le partió el cuello al ghoul.
Ambas compartieron un instante de paz. Se miraron,
preocupadas, cubiertas de sangre, jadeando por el
cansancio. A su alrededor, una decena de cadáveres.
Estaban cubiertas de heridas y mordiscos. Los chillidos de
más ghouls resonaba en el bosque. Otra docena de aquellas
criaturas emergía del linde y empezaba a rodearlas.
Ojos rojos. Ojos rojos por todas partes.
Compartieron una mirada con la que no hicieron falta
palabras. Las dos sabían que aquel era el final. Eran
demasiados. No podían ganar. Lo único que podían hacer
era seguir luchando y llevarse a cuantos chupasangres
pudiesen.
Petra enseñó los dientes y rugió desafiante. Silvia enseñó
lo colmillos y se agazapó dispuesta a plantar cara. Los
ghouls corrieron hacia ellas.
◆◆◆
—Jamás volverás a tocarla —repitió Krimer, furioso.
Rainer vio en sus ojos una determinación ciega. La
determinación de aquel que está dispuesto a matar. El
vampiro se encogió, asustado por primera vez en mucho,
muchísimo tiempo. Krimer alzó la garra izquierda, como el
filo de una guillotina que se alza con un único propósito.
Entonces, Rainer se convirtió en humo negro y se
escapó. Krimer, furioso, intentó agarrar el humo, pero no
había sustancia, no había nada que agarrar.
—¡Vuelve aquí! —gritó.
Rainer voló en dirección a las ventanas rotas, se iba a
escapar como la rata que era. Krimer corrió tras él, no podía
permitirlo. Había llegado demasiado lejos para que no
hubiese servido de nada.
—¡Cobarde! ¡Enfréntate a mí!
La nebulosa negra que era Rainer estaba a punto de
alcanzar la salida, su forma física estaba volviendo poco a
poco, sus poderes fallaban tras el combate. Krimer intentó
agarrarlo, pero se le escapó por escasos centímetros.
—¡Adiós hermanito! —se burló el vampiro mientras su
rostro se materializaba de nuevo.
—¡Enfréntate a mí!
Rainer salió por la ventana, una sonrisa en su rostro,
creyendo que, si la victoria no era suya, al menos
conseguiría huir, volvería a construir un ejército de ghouls y
luego se vengaría. Krimer aulló, desesperado. Si Rainer
huía, tendría que vivir toda su vida mirando a su espalda,
vigilante, sabiendo que la sombra de su hermano siempre
pendería sobre él como una espada. No podía permitirlo.
Y entonces, cuando Rainer se despedía con la mano y
una macabra sonrisa en el rostro, Bertram saltó sobre él. El
enorme lobo pardo llegó desde el jardín, saltó y agarró al
vampiro por la espalda. Cayeron de vuelta al salón de la
mansión. Rainer gritó y siseó, revolviéndose, todo atisbo de
sonrisa desaparecido de su rostro. Mordió a Bertram en el
brazo, pero el licántropo aguantó el dolor y no lo soltó.
Krimer llegó a ellos, ahora era él el que sonreía.
—¿Ibas a alguna parte, hermano? —preguntó en un
rugido amenazante.
Krimer agarró a Rainer del cuello y Bertram se hizo a un
lado para darle espacio.
—Hazlo rápido —dijo—. Vienen ghouls.
Krimer echó un vistazo al exterior. Vio los ojos rojos en el
jardín, escuchó los gritos desesperados de los ghouls y los
aullidos de un licántropo que moría. Apretó el cuello de
Rainer y el vampiro arrugó la nariz y enseñó los colmillos.
—¿No te conviertes en niebla ahora? —le preguntó
Krimer, socarrón, sabía que no podría hacerlo de nuevo tan
rápido.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Rainer, todavía
amenazante a pesar de su posición—. No tienes los cojones
de matarme hermano.
—Oh no, matarte sería demasiado piadoso. Voy a hacerte
algo peor, vas a tener todo el tiempo del mundo para
pensar en tu fracaso.
—¡Krimer, rápido! —insistió Bertram.
—¡No tienes el valor…! —intentó burlarse el vampiro.
Pero Krimer no quiso escuchar más. Le arrancó la cabeza
de cuajo. De pronto, todos los ghouls se detuvieron en el
jardín y chillaron de dolor, un coro de lamentos terrible que
parecía sacado del peor de los infiernos.
Krimer no se detuvo ahí. Le arrancó un brazo, luego otro
y por último las piernas. Convirtió al vampiro en un muñeco
roto y disfrutó de cada segundo de ello. Los ghouls se
llevaban las manos a la cabeza y sollozaban, llorando por el
dolor de su amo.
La cabeza de Rainer parpadeó, su boca se movió
intentando hablar, era una visión terrible ver la cabeza
separada del cuerpo todavía moverse.
—Es hora de marcharnos —sugirió Bertram mientras
arrancaba un trozo de tela de un cojín caído y le tapaba los
ojos a la cabeza de Rainer—. Yo me llevo las piernas y los
brazos.
Krimer asintió.
◆◆◆
Silvia y Petra estaban contra las cuerdas. Decenas de
cortes y mordiscos las hacían sangrar. Respiraban con
fuerza, apoyadas contra el tronco del enorme árbol en el
centro del claro. A pesar de que una pila de cadáveres yacía
frente a ellas, más ghouls seguían llegando, agazapados
como lobos, enseñando los dientes. Se sentían victoriosos,
normal, sus enemigas apenas podían mantenerse en pie.
Silvia miró a Petra y una sonrisa triste cruzó sus labios.
—Ha sido un honor —le dijo.
—Lo mismo digo, espero que ellos estén bien.
Silvia asintió y encaró a los ghouls, intentó levantar los
brazos para luchar, pero estaba agotada. Suspiró con
desgana y cerró los ojos esperando el final. Pasó un
segundo, luego otro y otro.
El final no llegó. De pronto, un chillido agudo y
horripilante inundó el claro. Silvia abrió los ojos para ver a
las decenas de ghouls llevarse las manos a la cabeza, se
retorcían en el suelo con los ojos clavados en el cielo.
Chillaban y chillaban. Su cántico agudo parecía un lamento
sacado de una película de terror. Silvia miró a Petra que
estaba igual de confusa que ella.
—¿Lo han conseguido? —preguntó.
—No lo sé —contestó la licántropa—. Pero no vamos a
quedarnos aquí para averiguarlo.
Le extendió una mano mientras su forma lobuna
desaparecía para dejar paso a la diosa nórdica. Aún cubierta
de barro y sangre seca, era hermosa, de hecho, el rollo
princesa guerrera le daba un punto. Silvia le cogió la mano
y, juntas, salieron de aquel claro.
◆◆◆
Krimer se dejó caer. Jadeaba, agotado tras galopar
durante una hora con la cabeza de Rainer entre las manos.
Abandonó la forma de lobo con un gesto de dolor al sentir
las heridas de la batalla más agudas. Algunas ya habían
empezado a sanar, pero los mordiscos de vampiro tardarían
en cerrar por culpa del veneno en sus colmillos.
La noche llegaba a su fin. El sol despuntaría en unos
minutos por el horizonte, por un segundo pensó en exponer
la cabeza al sol y contemplar con placer como ardía, pero el
brote de rabia se esfumó rápido cuando recordó la suerte
que correría Silvia si su hermano moría. Colocó la cabeza de
Rainer en el suelo frente a él, seguía con la venda en los
ojos, jamás sabría dónde iba a ser enterrado. Jamás sabría
que Krimer había dado vueltas durante una hora para
desorientarlo, pero en realidad estaban en el jardín de su
casa. El hogar de los Schwarz. Krimer no pensaba perder de
vista ni por un segundo a su hermano. Aquella guerra no
volvería a repetirse jamás.
—Es una lástima —susurró el lobo—. Hubo un día en el
que te quise, hermano. Lo fuiste todo para mí.
La boca de Rainer se movió, pero ni una palabra salió de
sus labios. Krimer sintió pena.
—Un día fuiste mi mejor amigo, mi confesor. Pensaba
hacerte mi segundo al mando, no soñé ni por un momento
en controlar el clan si tu ayuda —a pesar del odio que sentía
por la cosa en la que se había convertido Rainer, no podía
evitar pensar en el niño con el que se había criado, ahora
que todo había llegado a su fin, sentía el peso de haber
perdido a su hermano—. Pero tus ambiciones eran otras, te
dejaste llevar por el odio y no confiaste en mí. Has traído
fuego y sangre sobre la gente que me importa, has
condenado a Silvia a una eternidad de oscuridad sin volver
a ver el sol. Lo que me hiciste a mí, podría perdonarlo…
pero tenías que tocarla a ella.
La luna estaba a punto de desaparecer del cielo que se
tornaba morado ante la inminente llegada del sol. Krimer
suspiró, desganado, cansado, triste. Cogió una pala de su
cobertizo y cavó rápidamente un hoyo que fuese lo
suficientemente profundo como para que nadie encontrase
a Rainer jamás. Terminó cuando el sol despuntaba en el
horizonte, la piel de Rainer siseó y empezó a quemarse.
Krimer lo agarró y sin más ceremonia lo echó al hoyo.
Palada a palada, tiró arena hasta cubrirlo.
—Aquí yacerás —dijo cuando hubo terminado—, en el
hogar ancestral de nuestra familia, como un recordatorio
constante para mí de lo que trae la oscuridad. Nunca
volverás a causar dolor, solo silencio y sombras te quedan,
una vida inmortal en la que no te quedará más que el
descanso eterno. Adiós, hermano.
Tiró la pala al suelo y se puso en marcha. Todavía tenía
que volver a la cabaña, esperaba que Silvia estuviese bien,
pero no estaría tranquilo hasta averiguarlo.
17
El reencuentro fue victorioso. Silvia comprobó que
ninguno se había librado de pasar por un infierno. Los dos
licántropos estaban cubiertos de barro, sangre y heridas
todavía abiertas, igual que ellas, pero a pesar de todo, las
sonrisas iluminaron la cabaña en la que se escondían para
escapar del sol. Solo tras ver a los dos hombres volver de la
guerra, fue capaz de dejarse llevar por el cansancio y cayó
rendida en la oscuridad de su habitación. Aquella noche
tuvo un sueño extraño, un sueño en el que Isabelle se ponía
en contacto con ella y le pedía perdón por todo el mal que
le había causado.
—Estaba bajo su influencia —dijo—. Ya no. Ahora soy
libre, o todo lo libre que se puede ser siendo así.
—No pasa nada —respondió ella—. Te perdono, ¿qué
harás ahora?
—Viajar. Ver mundo. Buscar un lugar lejos de esta ciudad,
un lugar que no esté tan cargado de recuerdos.
—Mucha suerte, Isabelle.
—Hasta que nos volvamos a ver.
Silvia despertó por la noche con un sabor agridulce en la
boca y sabiendo que aquello no había sido un sueño. El hilo
que las unía a ambas nunca se desharía, monstruos creados
por el mismo amo terrible. Aquello despertó su curiosidad e
intentó vagar por su mente en busca de otra conexión, la
conexión con Rainer. La encontró, débil, como el latido de
un corazón dormido.
—Te derrotamos —pensó—. Ahora no eres más que un
mal recuerdo y así permanecerás.
—¿Eso crees? —la voz de Rainer llegó como un susurro
débil, agonizante—. En cuanto me libere, desataré los
infiernos sobre vosotros, te destruir…
—No hay nada que puedas hacer —le interrumpió Silvia,
sonriente—. Tus ghouls se dispersan sin una voz que les
guíe, no tienes aliados, hasta Isabelle te ha dado la espalda.
Estás solo y así seguirás. Adiós para siempre, monstruo.
Silvia cortó la conexión sabiendo que jamás volvería a
abrirla. Rainer viviría en la oscuridad para siempre, solo,
hasta que la locura lo consumiese. Krimer no le había dicho
donde lo había enterrado y era mejor así, aquel era un
secreto que debía llevarse a la tumba.
Por el momento, era un nuevo anochecer. Contenta, salió
de la cama y fue a encontrarse con su clan.
◆◆◆
Un año pasó desde la caída de Rainer. Un año que había
sido… complicado. Con el final de la guerra, llegaba la
vuelta a la cotidianidad, el pegamento de un enemigo en
común se deshacía y, para que el “clan” se mantuviese
unido hacía falta algo más. Por suerte, cada uno puso de su
parte para crear ese algo más. Los primeros días fueron
raros, no se conseguía nada negándolo, incluso Silvia se
sentía rara con tanta atención puesta en ella, pero todo era
cuestión de dejar los días pasar. El tiempo lo pondría todo
en su lugar.
Durante aquellos días, Krimer parecía un hombre nuevo,
se había quitado un peso enorme de los hombros y la
actitud que había mostrado aquella noche en el muelle
seguía presente. Estaba dispuesto a intentarlo con toda su
alma y eso le derretía el corazón a Silvia. Estaba más
animado, más tranquilo, era el hombre seguro de sí mismo
del que ella se había enamorado por primera vez y, aunque
a veces los celos asomaban en su rostro, siempre se los
tragaba, respiraba hondo y hacía un esfuerzo por entender.
Así, hasta que la normalidad de la relación compartida se
asentó.
Bertram tuvo unos primeros días movidos. Volvió a su
clan, pero no para reclamar el lugar de alfa, solo para
advertirles de lo que había sucedido con Valkrem. Luego, los
dejó de lado y volvió con ellos.
—Al entrar en la mansión me di cuenta de que estaba
conteniendo la respiración —le explicó a Silvia una noche
después de una buena sesión de sexo—. Solo cuando salí
volví a respirar con normalidad. Me he dado cuenta de que
solo quería ser el alfa por contentar a mi padre, pero
estando muerto… ¿a quién trato de engañar? Aquí no se
espera de mí que sea alguien que no soy, no quiero cambiar
eso por nada del mundo.
Petra, siendo como era, se adaptó con mucha facilidad al
clan. Iba y venía a su antojo, con total libertad, se compró
una moto y viajo durante unos meses por Alemania. Amaba
a Silvia algunas noches, en las que ambas disfrutaban
pasionalmente del conocimiento que solo una mujer puede
tener sorbe el cuerpo de otra. Otras noches estaba con
Bertram, otras noches los tres compartían cama e, incluso,
tuvo algún escarceo con Krimer. La primera vez que aquello
ocurrió, Silvia sintió celos, pero no tardó en entender que no
podía recriminar una exclusividad cuando ella no la daba.
Fue todo un trabajo adaptarse a compartir, pero un trabajo
que hizo con gusto. Aquel era su clan y no pensaba
perderlo.
—Tu idea me parecía una locura —le dijo Petra, una
noche mientras compartían un baño en el jacuzzi de la
mansión Schwarz—. Pero ahora no concibo las cosas de otra
manera, me encanta mi libertad, sabes que nunca he
querido renunciar a ella, pero hay una calidez en mí cada
vez que vuelvo con vosotros.
—Puedes ser libre y tener un hogar al mismo tiempo.
—Sí, eso es, un hogar en el que sé que me quieren y me
esperan, pero en el que no me intentan atar.
Silvia sonrió y se deslizó por el agua hasta acabar
apoyada en el pecho de Petra. La loba le acarició el brazo
distraídamente.
—Eres inigualable —dijo Petra tras un rato de silencio—.
Lo sabes, ¿no?
—¿Cómo de inigualable?
Petra sonrió con picardía, se movió para ponerse encima
de ella y la besó con intensidad, acorralándola contra los
límites del jacuzzi. Silvia sintió su pecho estallar y todo su
cuerpo encenderse. Petra le ofreció la muñeca.
—Bebe.
Silvia se relamió, sus caninos se afilaron y mordió con
suavidad hasta que unas gotas de sangre descendieron por
su garganta. Petra gimió de placer y dolor. Silvia pudo sentir
el calor de la licántropa, la excitación previa a la pasión, sus
deseos más oscuros. Aquella deliciosa sangre, tan cargada
de erotismo, la ponía a cien. Con una fuerza que no
aparentaba, agarró a la loba, la subió al borde del jacuzzi y
empezó a morder suavemente sus muslos mientras se
acercaba al premió que había al final de ellos.
—Inigualable —repitió Petra en un suspiro agónico
mientras enredaba los dedos con su melena.
◆◆◆
La vida transcurrió así en la mansión Schwarz. Cuando
los obreros acabaron las reparaciones necesarias, el hogar
ancestral de Krimer, se convirtió en el hogar de un nuevo
clan. Un clan de solo cuatro personas, tres lobos y una
vampira, cualquiera lo hubiese dicho. La gente de fuera no
tenía ni idea de lo que habitaba en aquella preciosa
mansión.
Allí tenían espacio de sobra para cada uno, para ser
ellos, para ser libres y para pasarlo bien. Las fronteras entre
ellos se fueron difuminando poco a poco, desdibujándose,
hasta que los celos desaparecieron y entendieron que no
había sitio para la posesión entre aquellas cuatro paredes.
Una de tantas noches, un año después del final de la
guerra, Krimer acudió a la habitación de Silvia. La encontró
tendida en la cama leyendo. Le quitó el libro de las manos,
se echó sobre ella y la besó.
—¿Tienes ganas de jugar? —preguntó ella notando el
bulto en los pantalones de él.
Krimer sonrió con picardía.
—Pero no aquí —contestó.
La cogió de la mano y la levantó de la cama. La condujo
por los pasillos silenciosos de la mansión hasta un cuarto
del que sobresalía un poco de luz. Antes de entrar, la
acorraló contra la pared y le dio otro beso.
—¿A qué estamos esperando? —preguntó Silvia entre
suspiros mientras él bajaba por su cuello a besos—. Vamos
dentro…
Entonces Silvia escuchó algo, un gemido tenue que salía
de la habitación. El corazón le dio un vuelco y el estómago
se le incendió de expectación. Vio a Krimer mordiéndose el
labio inferior. Silvia también sonrió, expectante. Otro
gemido de placer salió de la habitación. Silvia se deslizó
hasta el marco de la puerta y espió.
Petra estaba a cuatro patas sobre la cama, lucía un
conjunto de lencería blanco que le quedaba como un
guante. Tenía la espalda arqueada y se mordía los labios de
placer mientras Bertram la agarraba de las caderas y la
penetraba despacio, llegando hasta lo más profundo. Silvia
tragó saliva con fuerza. La visión de aquellos dos cuerpos
perfectos rozándose, follando despacio, tocándose y
acariciando sus pieles era una delicia. Todo su cuerpo se
incendió y el corazón empezó a latirle como las alas de un
colibrí. La diosa nórdica, ahora sumisa y entregada,
moviendo las caderas para darle placer a él. La estatua
romana que era Bertram, siendo un poco rudo, un poco más
visceral, apretaba la mandíbula y se deleitaba de placer con
cada envite que le daba a Petra. Toda la escena le recordó a
Silvia la primera vez que los había visto a los dos follando,
como los había espiado desde la puerta y se había puesto
tan cachonda que se había masturbado mirando. Como si
hubiese leído sus pensamientos, Krimer se acercó por
detrás, metió una mano por debajo de su camisa y otra por
debajo del pantalón. Le acarició los pezones con suavidad,
hasta que se pusieron duros como piedras, Silvia se dejó
hacer perdida en la visión de lo que ocurría en la habitación.
Bertram aceleró el ritmo, poseído por el placer, se convirtió
en un toro que empotraba a Petra con una determinación
lujuriosa. La loba estaba roja y gemía de placer con cada
golpe, sus gemidos se fueron convirtiendo en gritos.
—Joder, sí, joder —repetía—. Así, así, así, más duro,
más…
Bertram bufó como un animal salvaje, cogió a Petra de
las caderas con fuerza y la penetró como si le fuese la vida
en ello.
—Así, así, así joder.
El licántropo cogió el pelo a Petra y tiró, ella gimió y al
alzar el rostro, su mirada se cruzó con la de Silvia, que
observaba desde las sombras mientras los dedos de Krimer
la acariciaban con delicadeza y dedicación. Petra sonrió,
estaba roja, con la mirada casi ida de placer y los labios
húmedos. Silvia le devolvió la sonrisa, mientras las piernas
le temblaban al sentir toda la excitación acumulándose en
su entrepierna.
—Más. Duro. —exigió Petra.
Bertram agarró toda su melena, la retorció en un puño y
tiró con fuerza mientras aumentaba todavía más la potencia
de las embestidas. Los ojos de Petra se pusieron blancos y
sus piernas empezaron a temblar. Silvia conocía bien esa
sensación, ese momento en el que las pollas de los
licántropos se hinchaban tanto que parecían crecer hasta el
doble de su tamaño, ese momento en el que el instinto
animal les poseía y te follaban como una bestia salvaje. El
momento antes de que se corriesen y derramasen todo
aquel líquido caliente. Envidió a Petra, pero también disfrutó
por ella.
Bertram rugió y su vientre tembló. Todos sus músculos se
pusieron tensos como cuerdas de violín y los golpes de
cadera se detuvieron en seco. Su rostro se descompuso en
una mueca de placer y un gemido de agonía escapó de sus
labios. Se corrió, soltando todo aquel lastre, toda aquella
expectación, como una ola de placer.
—Sí, dámelo todo, vamos, hasta la última gota —le exigió
Petra.
Bertram sacó la polla que estaba cubierta por completo
por la humedad de ella y que todavía escupía borbotones.
Silvia miró a Krimer, como pidiendo permiso, quería entrar,
pero temía que él se enfadase, pero la mirada de él le dijo
todo lo que necesitaba. La soltó y Silvia entró en la
habitación. Petra, echada sobre la cama, todavía respirando
con fuerza, la recibió con una mirada llena de lujuria,
Bertram todavía estaba algo ido, agarrándose la polla dura
y con las venas marcadas. Silvia se deslizó hasta la cama
deshaciéndose de la ropa, agarró la polla de Bertram y le
exprimió las últimas gotas, no dejo que cayesen en las
sábanas, las recogió con la mano izquierda y luego se llevó
el caliente y espeso líquido a los labios. Bertram la observó,
sorprendido, pero sin decir nada.
—Espero que tengas más —susurró Silvia mientras
empezaba a mover la mano arriba y abajo por el enorme
miembro—. Porque Petra no ha terminado y yo tampoco.
Silvia le puso una mano en el pecho y lo obligó a
tumbarse sin dejar de masturbarlo. Bertram la miraba como
un animal salvaje lleno de excitación. Se echó sobre él,
besos sus labios, luego su cuello y fue bajando por sus
pectorales llenos de sudor hasta que llegó a la polla que
todavía no se había deshinchado.
—Veo que sigues con ganas.
—Podría estar toda la noche —replicó Bertram.
Ella sonrió con picardía.
—Veamos si es verdad —dijo y se metió la enorme polla
en la boca.
—Uf —Bertram se retorció como una culebra—. Cuidado,
todavía está sensible.
Silvia sonrió para sus adentros, apretó con sus labios en
la base del glande y empezó a pasar la lengua por toda la
superficie, asegurándose de no dejarse ni un centímetro.
Bertram se contorsionó soltando gemidos, debatiéndose
entre el placer y el dolor.
Krimer pasó al interior del cuarto, se había quitado la
ropa, dejando a la vista el cuerpo musculoso cubierto de
tatuajes y su generoso miembro que ya estaba duro y
dispuesto.
—Vamos a divertirnos todos, ¿no? —dijo con una sonrisa
pícara.
Petra se incorporó rápidamente y se puso al borde de la
cama abierta de piernas. Se abrió los labios con los dedos
en una clara y morbosa invitación. Krimer se acercó a ella
lentamente, paseándose su vista por el cuerpo de la diosa
nórdica y luego por el de Silvia, deleitándose. Agarró a Petra
del cuello y la levantó un poco para besarla con pasión
mientras con la mano guiaba su polla para penetrarla. Petra
soltó un gemido quedo cuando él entró por completo,
estaba tan húmeda todavía que el tamaño de él no fue un
problema. Silvia los observó de reojo. Por un momento se le
hizo tan extraño, ver a Krimer y Petra así, comiéndose a
besos mientras follaban, pero luego la excitación devoró
cualquier atisbo de celos y pudo disfrutar del espectáculo.
Paró en seco y Bertram la miró a los ojos con aquella
mirada de animal salvaje. Se sacó su enorme polla de la
boca dejando hilos de saliva y se colocó a cuatro patas
ofreciéndole el culo. Bertram la agarró de las caderas y la
atrajo hacia él, su gruesa polla encontró una resistencia que
se deshizo en húmeda excitación. Silvia se arqueó de placer
cuando lo tuvo todo dentro. Volviendo a coger el ritmo
desde donde lo había dejado, Bertram empezó a empotrarla
con fuerza, poseído por un espíritu salvaje y animal. Silvia
agarró con fuerza las sábanas y se retorció de placer
sintiendo cada golpe de cadera.
—Sí, sí, sí, fóllame fuerte, joder —empezó a repetir como
un mantra.
Petra dejó escapar un grito y los músculos del vientre se
le tensaron. Miró a Silvia, estaban a escasos centímetros la
una de la otra, con el pelo revuelto, enrojecidas y siendo
empotradas por aquellos dos licántropos salvajes. Petra le
extendió la muñeca.
—Bebe, estoy a punto de correrme.
Silvia se relamió, sus ojos se abrieron de par en par y su
boca se hizo agua. Sus colmillos ya se habían afilado para
cuando abrió la boca. Mordió y el sabor de la sangre inundó
su boca como miel pegándose al paladar. Espesa, deliciosa.
—¿Lo sientes? —le preguntó la loba.
Silvia lo sintió. Primero el calor de la sangre bajando por
su garganta, luego las pulsaciones aceleradas de Petra se
juntaron a las suyas. Como una oleada que recorriese su
cuerpo de cabeza a pies, pudo sentir el calor y la excitación
de la loba como propios. Sintió el mismo placer acumulado,
a punto de ser liberado.
—Lo siento —jadeó, tan a punto de correrse como Petra.
De pronto, su placer y el de la licántropa se mezclaron en
su interior de una manera apabullante que casi le hizo
perder el sentido. Sus ojos se pusieron blancos, sus jadeos
aumentaron en intensidad y Bertram, excitado por el pacer
que le provocaba, empezó a penetrarla fuerte y profundo.
—Me corro —jadeó Petra—. Me corro, me corro…
Silvia no pudo ni hablar, solo gemir, mientras cada
músculo de su cuerpo se tensaba como cuerdas de un
violín, la poseyó una tensión absoluta antes de que el
orgasmo llegase y la liberase de sus garras. Perdió las
fuerzas por un momento y se derrumbó sobre las sábanas,
todavía jadeando mientras las piernas le temblaban.
Petra también se había tumbado y suspiraba, estaba roja
y cubierta de sudor, el pelo lo tenía revuelto y despeinado.
—Qué polla tienes —le dijo a Krimer que sonrió socarrón.
—Y tú qué coño, estaba a punto.
—¿Te has quedado a medias? —preguntó ella, juguetona,
mientras deslizaba sus manos hasta el miembro de Krimer y
empezaba a masajearlo—. Eso no puede ser, no, no, ¿dónde
quieres acabar?
Krimer miró a Silvia, que seguía recibiendo los embistes
de Bertram con un gesto ido de placer. Silvia lo miró, sintió
un poco de vergüenza al imaginarse como la estaba viendo
él, totalmente poseída por la lujuria, pero vio en él la misma
excitación.
—¿Quieres acabar en ella? —preguntó Petra mordiéndose
los labios.
Krimer asintió. Silvia sonrió.
—Pues ven —le dijo.
Krimer se subió a la cama y se puso delante de ella.
Silvia le cogió la polla, estaba húmeda por los flujos de
Petra, dura como una piedra y recorrida por marcadas
venas. Estaba a punto de estallar, se notaba.
—Tú no pares —le ordenó a Bertram que seguía
empotrándola con fuerza.
Y se metió la polla de Krimer en la boca. Los envites de
Bertram la impulsaban para subir y bajar por toda la polla
de Krimer. De pronto, una sensación de pasión desmedida la
poseyó y todo su cuerpo empezó a arder de placer. Uno de
sus sueños húmedos se estaba haciendo realidad, follar con
los dos licántropos a la vez era una de las ideas que le había
pasado la mente más de una vez y que nunca se había
atrevido a pronunciar. Y ahora estaba así, ambos usándola,
ambos dándole placer.
Por si fuera poco, Petra se acercó.
—Yo también puedo participar —susurró mientras pasaba
sus manos por el cuerpo de Silvia, deslizó los dedos hasta
las nalgas y las abrió con cuidado.
Silvia se sintió expuesta, pero no de una forma molesta.
Sintió como Petra deslizaba sus dedos hasta su ano y
jugueteaba alrededor. Silvia paró de chupársela a Krimer por
un segundo.
—Mételos —exigió—. Sin miedo.
Petra sonrió y le metió dos dedos. Silvia nunca se había
sentido así, llena por completo, placer llegando como olas
desde todas las coordenadas de su cuerpo. Podía sentir los
golpes de cadera cada vez más desesperados de Bertram,
los largos dedos de Petra jugando en su interior, la
palpitante polla de Krimer a punto de descargar en su boca.
Incapaz de controlarse, mordió con suavidad.
—Ah —se quejó Krimer—. Tienes que dejar de hacer eso.
—No te quejes como una niña —le increpó Silvia después
beber un poco de la sangre que escapó del miembro.
Ahora sentía también el placer de Krimer, lo acelerado
que tenía el pulso, lo excitado que estaba. Podía sentir las
pulsaciones en su polla mientras todo el semen se
acumulaba a punto de estallar. Le apretó el capullo con los
labios y empezó a chuparle la punta mientras lo masturbaba
con la mano.
—Joder —murmuró él mirando al techo.
—Vas a correrte —le dijo Petra a Bertram—. Reconozco
esa cara.
—No aguanto más —confesó Bertram mientras su vientre
se tensaba.
Correros los dos, pensó Silvia sintiendo el placer bajar a
chorros entre sus muslos, correros dentro de mí.
—Me corro —gimió Krimer dando un respingo.
De pronto, la boca de Silvia se llenó de calor. El líquido
espeso la llenó a golpes de placer mientras Krimer se
retorcía y dejaba escapar un rugido de placer.
—Córrete, llénala —escuchó que decía Petra.
Y de pronto Bertram le apretó las caderas con tanta
fuerza que se asustó por un momento. Un segundo más
tarde empezó a bajar el ritmo de las envestidas y Silvia
sintió como la corrida la llenaba, el líquido caliente del
placer se derramaba en su interior con las pulsaciones de
un corazón acelerado. Silvia se dejó llenar, disfrutando de
cada segundo, disfrutando del placer de ellos, del deseo de
los dos licántropos. Cuando acabaron, los dos se
desplomaron en la cama, agotados y sudorosos, Silvia podía
escuchar las pulsaciones aceleradas de ambos.
—Qué poco aguante tenéis —bromeó.
—Dame cinco minutos —se rio Krimer—. Y seguimos.
—Yo necesito un poco más —jadeó Bertram, tenía el
miembro flácido y rojo.
—Yo puedo seguir —susurró Petra a su espalda.
Intentó girarse, pero la loba la agarró del pelo, tiró de ella
y empezó a besarle el cuello. Silvia suspiró sorprendida. La
mano de la loba se deslizó por sus pechos y pellizcó sus
pezones con la presión justa para provocarle un escalofrío.
—Ufff —jadeó ella.
Petra siguió descendiendo hasta que sus dedos llegaron
a la entrepierna de Silvia. Empezó a masturbarla con
determinación, sin darle oportunidad alguna, tocando justo
donde debía tocar para que se corriese.
—Te odio —murmuró Silvia a media voz.
—Lo sé —le susurró Petra al oído—, pero estás
chorreando, cariño.
—Cállate —gimió Silvia sintiendo su vientre tensarse.
—¿Vas a correrte para mí?
—Sí.
—¿Vas a correrte para mí?
—Sí, joder.
Silvia se tensó de nuevo, el vientre se le puso duro, los
dedos de los pies se le encogieron, toda ella se llenó de la
expectación previa al placer.
—Qué fácil eres —le susurró Petra en tono cariñoso.
—O qué buena…eres…tú —contestó ella entre jadeos.
Y entonces el placer llegó como un rayo que la sacudió,
sus piernas empezaron a temblar y olas de placer
sacudieron su bajo vientre. Se retorció en los brazos de
Petra que no la soltaba y no dejaba de masturbarla.
—Para, para, para —tuvo que suplicar cuando su
entrepierna se puso tan sensible que empezó a doler.
Petra sonrió y se detuvo, la dejó caer en la cama y se
alzó como la única que seguía en pie. Los cuatro
compartieron un instante de silencio y miradas.
—No hemos acabado —declaró Silvia todavía jadeando—.
Hay una cosa que quiero hacer.
◆◆◆
Tuvo que pasar un rato hasta que los dos licántropos
recuperaron el ahínco. Silvia había pasado esos minutos
haciendo disfrutar a Petra, acariciándola con cuidado y
devorándola allí abajo hasta que se había corrido entre
jadeos. El espectáculo pareció levantar los ánimos de los
dos lobos, que ya estaba erectos de nuevo y la observaban
con la mirada de un animal salvaje y hambriento.
—¿Qué es eso que querías probar? —preguntó Krimer.
—Puedo imaginármelo —comentó Petra con media
sonrisa.
Silvia compartió la sonrisa, pero no contestó.
—Túmbate, Bertram —ordenó.
Bertram obedeció sin rechistar y se colocó en el centro
de la enorme cama mientras empezaba a masturbarse muy
lentamente. Silvia se puso en pie, se colocó a horcajadas
sobre Bertram y, poco a poco, fue bajando las caderas hasta
que enterró la cara de Bertram entre sus muslos. Él la
devoró con pasión, paseando su lengua por cada rincón,
centrándose en el punto justo para hacerla gemir. Silvia
enterró una mano en el espeso pelo de él mientras movía
las caderas para restregarse por toda su cara.
—¿Ya la tienes bien dura?
Bertram asintió sin dejar de devorarla. Silvia lo apartó y
lo dejó caer en la cama. A horcajadas sobre él, fue
descendiendo hasta que notó la punta de su gruesa polla
rozar contra su humedad. Estaba tan cachonda que entró
sin problemas, deslizándose hacia su interior, provocándole
un escalofrío de placer. Entró hasta el fondo y entonces se
tumbó sobre Bertram, exponiendo su culo. Miro de reojo a
Krimer.
—Ahora te toca a ti —susurró con un hilo de voz.
Krimer observaba la jugada mientras Petra se la chupaba
para mantenerlo bien duro. El licántropo se mordió el labio
inferior al ver el culo de Silvia así, entregado. Silvia sabía
que le encantaba entrar por ahí.
Es tan fácil de contentar, pensó sonriendo para sus
adentros. Empezó a mover las caderas para sentir a
Bertram.
—Venga —insistió—. Quiero tener mis dos agujeros
llenos.
Petra se apartó de Krimer con los labios húmedos. El
licántropo se colocó detrás de Silvia, la agarró del pelo y se
llenó una mano de saliva que restregó entre sus nalgas.
—No lo necesito, te lo aseguro —se rio Silvia—. Estoy
jodidamente húmeda.
—Vamos a comprobarlo —susurró Krimer.
Krimer la penetró lentamente. Silvia estaba nerviosa,
aunque intentase parecer segura de sí misma. Nunca había
hecho aquello, nunca había tenido dos hombres dentro de
ella, pero desde hacía días le costaba pensar en otra cosa.
Quería dar placer a ambos a la vez y quería que ellos
pusieran sus diferencias a un lado del todo. Estaba nerviosa,
pero los nervios se diluyeron rápidamente cuando Bertram y
Krimer empezaron a moverse, fueron sustituidos por una
excitación al rojo vivo que la incendiaba por dentro.
Descargas de placer recorrían su espalda y le ponían los
pelos como escarpias cada vez que ambos embestían al
mismo tiempo. Iban despacio, tanteando el terreno.
—Ah, joder —gimió ella.
—¿Te hace daño? —preguntó Krimer.
—No —contestó ella sin voz—. No. Seguid, joder.
—Cómo te lo estás pasando —comentó Petra mientras se
deslizaba a su lado, se abría de piernas y empezaba a
masturbarse.
No, pensó Silvia, todavía podía sentir lo mismo que la
licántropa, compartía su excitación, compartía su placer. Si
se masturbaba…
Oh, no.
Silvia empezó a temblar. Demasiados estímulos a la vez,
una oleada de fuego cruzó de su pecho hasta su bajo
vientre y, antes de que pudiese abrir la boca, un orgasmo la
sacudió.
—Me corro —gritó—. Me corro.
Se tensó y sintió como su interior se agarraba con fuerza
a las dos pollas que tenía dentro, luego toda esa tensión la
abandonó de golpe y la dejó flácida y respirando con fuerza.
—¿Ya? —preguntó Krimer al borde la risa.
—Que me haya corrido no significa que no pueda
correrme otra vez —soltó Silvia—. ¿Por qué paráis?
Como si sus palabras fuesen un reto, lo eran, ella sabía
bien a qué estímulos respondían los dos licántropos,
empezaron a aumentar el ritmo. Silvia sonrió, aplastada
contra el pecho sudoroso de Bertram, mientras Krimer la
montaba como si fuese un animal y Bertram gemía cada
vez que su polla se deslizaba hasta lo más profundo de su
interior. Los dos se echaron sobre ella, empezaron a tocarla,
a agarrarle los pechos y pellizcar sus pezones. Bertram la
besó con pasión, mientras Krimer le dio un fuerte azote en
el culo.
Eso va a dejare marca, pensó.
Petra, con una sonrisa pícara en los labios, dejó de
masturbarse, se puso de rodillas y empezó a tocarla
también. De repente, seis manos estaban sobre ella,
deslizándose por cada centímetro de su piel, acariciando
cada rincón privado como si les perteneciese. Petra la
agarró del pelo y la besó, bebiendo de sus labios con lujuria,
luego Krimer la arrancó de las manos de Petra y empezó a
besarla y Bertram, celoso, empezó a besar su cuello. Seis
manos por todo su cuerpo, tres labios besándola, queriendo
beber de ella como si fuese néctar, como si fuese una droga
que no podían dejar. Silvia no había sentido algo así jamás,
las sensaciones la desbordaban, el placer se acumulaba
como fuego en su pecho.
—Así, así, así, más —repetía fuera de sí, su conciencia
deshaciéndose en olas de placer.
Sus sentidos parecieron agudizarse. Podía sentir a Krimer
follándole con fuerza, su polla palpitando de excitación, el
placer a punto de desbordarse. Podía sentir a Bertram,
retorciéndose cada vez que su polla entraba y salía de ella,
deleitándose con sus tetas. Podía sentir el calor que
emanaba de Petra, excitada, poseída por el morbo que le
daba todo aquello.
Se sentía llena como nunca se había sentido. ¿Iba a ser
así su vida a partir de ahora? No podía desear nada más,
gente que la amaba, gente que admiraba cada centímetro
de su cuerpo, gente que la deseaba. Su clan.
—Voy a correrme —anunció Krimer con un rugido gutural.
—Espera, espera —imploró Silvia, ida por completo—.
Quiero que lo hagáis a la vez.
—Yo aún no me corro —dijo Bertram.
—Eso tiene solución —dijo Petra y se sentó encima de la
cara de Bertram.
Silvia y Petra se quedaron pegadas la una a la otra, sus
tetas se rozaban y sus cuerpos se mezclaban mientras una
era penetrada con fuerza y a la otra la devoraban con
pasión.
—Dios, cómo me lo estás comiendo, ¿seguro que no
estás a punto?
Silvia sintió un espasmo en la polla de Bertram.
—Se corre —dijo y se giró a Krimer—. Lléname tú
también. Lléname, por favor.
El rostro de Krimer se endureció en cuanto hicieron
contacto visual, su mirada se tornó la de un lobo salvaje,
apretó las manos sobre sus caderas. Silvia notó cuando las
descargas de placer de ambos empezaron a llenarla. Sus
pollas se endurecieron casi al unísono, se pusieron duras
como solo pueden estarlo en el instante antes de descargar.
Chorros de placer se derramaron en su interior, llenándola
de calor, llenándola de la excitación que ellos no podían
contener.
—Me corro —gritó.
El placer la desbordaba, bajaba por su cuerpo como un
tsunami dispuesto a destrozarlo todo a su paso. Los
músculos de ellos se tensaban, las venas en sus cuellos se
marcaban duras y poderosas, mientras se corrían dentro de
ella y sentían como su coño y su culo se contraían con
fuerza por el orgasmo.
—Acaba, cariño, acaba —le repetía Petra al oído,
mientras apoyaba su cabeza en su pecho, porque Silvia
estaba flácida, casi sin vida.
Su mente se había vuelto un ruido blanco, sus ojos se
habían ido al cielo, estaba prácticamente inconsciente
mientras su cuerpo se sacudía de placer. Por un momento,
estuvo segura de que su corazón se había detenido entre un
latido y el siguiente y así, prácticamente se desvaneció.
Recuperó la conciencia unos segundo más tarde. Estaba
tumbada entre sábanas cubiertas de sudor y marcas del
sexo. Ella misma estaba tan sudada que el pelo se le había
revuelto y pegado al cráneo, su entrepierna estaba
completamente húmeda, chorreando. Se sentía en el
paraíso. Miró a su alrededor.
Krimer estaba rendido, jadeando de cansancio sobre las
sábanas, cruzó la mirada con ella, sonrió y le guiñó un ojo.
Bertram y Petra todavía seguían. El rostro del licántropo
se perdía entre los muslos de ella que se retorcía de placer
y agarraba las sábanas con fuerza. Silvia agarró la mano de
Petra y la licántropa abrió los ojos para mirarla, una sonrisa
de complicidad se cruzó entre ambas. Extendió la otra mano
hacia Krimer, que no se contentó con eso y la abrazó por
detrás. Allí entre sus fuertes y anchos brazos, acompañada
de Petra que era su mejor amiga y de Bertram que era el
otro amor de su vida, se sintió feliz, se sintió protegida, se
sintió deseada.
Pero, sobre todo, se sintió querida y pensó:
¿Qué más se puede pedir?
Agradecimientos
A ti lectora, que has llegado al final de esta trilogía, te doy
mi más sincero agradecimiento. Gracias por acompañarme
en este viaje del que espero que hayas disfrutado.
Si te ha gustado la trilogía Guerra de Clanes, me haría muy
feliz que dejases un comentario en Amazon, me ayuda a
posicionar mejor el libro y que llegue a más lectoras que
todavía están por descubrir a Bertram y Krimer.
¡Gracias!
Acerca del autor
Christina Brune
De padres de distintos países, Christina no ha conocido lo
que es echar raíces, pero tiene la suerte de haber vivido en
Alemania, Bélgica y España y haber visitado muchos otros
lugares. Estudiante de derecho por presión, pero autora por
vocación, siempre ha tenido ganas de escribir sus propias
historias donde los monstruos son pasionales y la fantasía y
la erótica se mezclan sin tapujos.
Guerra de clanes
Entre dos lobos
Cuando se mudó a Berlín, Silvia no pensaba que su vida
acabaría así... ¡envuelta en una guerra entre licántropos!
Por un lado está Bertram, heredero del clan Rot,
aristocrático y elegante, pero con una pesada carga sobre
sus hombros y con más sombras de lo que podría parecer.
Por otro lado está Krimer, único superviviente del clan
Schwarz, salvaje e indomable, pero también protector y
lleno de determinación.
Y luego está ella, Silvia, una traductora que viaja a Berlín
con la esperanza de buscarse la vida, pero que acabará
envuelta en una guerra por el control de la ciudad y
atrapada entre la pasión desbocada de dos hombres lobo
que la desean.
Entre vampiros y lobos
La vida de Silvia cambió radicalmente hace un año. Ahora
es la pareja del uno de los dos alfas que controlan Berlín,
pero las cosas... no van tan bien como deberían.
Krimer se refugia en su trabajo en vez de pasar tiempo con
Silvia, dice que debe reconstruir su clan, pero lo cierto es
que un oscuro secreto le aparta de ella.
Bertram ha rehecho su vida como nuevo alfa de los Rot y,
además, ha recibido la visita de una vieja amiga, una
licántropa norteña que le tiene muy ocupado.
Por primera vez desde que llegó a Berlín, Silvia se siente
sola, pero pronto aparecerá un desconocido buscándola. Sus
intenciones pueden parecer buenas, pero sus palabras de
seda esconden a un depredador peligroso.