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LA VOZ QUE ME OBSESIONA
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
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LA VOZ QUE ME OBSESIONA
Primera edición: Abril 2024
Copyright © Lena Luxe, 2024
Todos los derechos reservados. Los personajes y hechos que se relatan en esta
historia son ficticios. Cualquier similitud con personas o situaciones reales sería
totalmente casual y no intencionada por parte de la autora.
Quedan prohibidos, sin la autorización expresa y escrita del titular del copyright, la
reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya
sea eléctrico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra
forma de cesión de la obra. Si necesita reproducir algún fragmento de esta obra,
póngase en contacto con la autora.
Los relatos de Lena Luxe incluyen contenido de carácter sexual y lenguaje
explícito.
Son solo para adultos.
SINOPSIS
Rebeca escucha todas las noches el mismo programa de radio, uno de esos espacios
donde la gente llama para confesar sus secretos y todo aquello que no le deja
dormir.
Pero ella no deja de pensar en la voz de Axel, grave y profunda. Es el presentador
del programa y no tiene ni idea de qué aspecto tiene. Una noche decide llamar y eso
desata su obsesión.
Rebeca no se conforma con una breve conversación en las ondas, así que decide
visitarlo en la emisora de radio. En mitad de la noche, con muy poca ropa debajo de
su abrigo…
LA VOZ
QUE ME OBSESIONA
LENA LUXE
CAPÍTULO 1
Me encantan los rituales y ese era el mío particular. Todas las
noches me desmaquillaba con cuidado, me duchaba, me
hidrataba la piel y preparaba una infusión relajante.
Después me metía en la cama, feliz por la suavidad de las
sábanas de seda, y entonces lo escuchaba, mientras la luna se
filtraba por la ventaba. Pero mi atención no estaba en el
paisaje nocturno, sino en la voz grave y varonil que fluía de la
radio.
Desde hacía seis meses sintonizaba el mismo programa
cada noche, uno de esos espacios donde la gente llama para
confesar sus secretos más íntimos y oscuros. En tiempos de
podcasts, encontrar aquel tesoro escondido en las ondas me
colmó de felicidad. Y no exactamente por el contenido. Lo que
me alteraba era la voz de locutor.
Era profunda, grave, resonante, con un tono que me
acariciaba el alma y me envolvía en un aura de misterio y
seducción.
Se llamaba Axel Torres.
Un locutor famoso cuya voz se había convertido en mi
compañera pasadas las doce, mi refugio en la soledad de la
noche.
No sabía mucho sobre él, solo que era una figura pública,
adorado por muchos y conocido por su carisma y talento. Pero
para mí, era más que eso. Era la voz que me susurraba al oído
en la oscuridad, la voz que despertaba emociones que ni
siquiera sabía que existían dentro de mí.
Y no solo eran sus palabras. También eran sus silencios.
No debe ser fácil escuchar a los demás cuando eres una
estrella de la radio.
El público que llamaba contaba historias de amor y pasión,
de dolor y redención, y yo, al igual que Axel, las absorbía
como una esponja. Era como si los dos escuchásemos al
unísono. Como si él pudiera leer mi mente y cada una de sus
palabras de aliento, o de consejo, estuviese dirigida solo a mí.
No lo sé. Supongo que hay algo muy íntimo en una voz
que te acompaña hasta que te duermes, así que pensaba mucho
en Axel. De hecho hice algo muy extraño. Jamás puse su
nombre en Google.
No quería dar con su foto. Al menos por el momento. Por
varios motivos. Pero el más relevante era que aquella voz
grave llenaba de significado mis noches y no quería que una
imagen desafortunada me arruinase mi fantasía.
Jamás lo reconocería ante nadie pero la voz y el discurso
calmado y varonil de Axel Torres me excitaban. Era como si
se metiese conmigo en la cama. En mi cabeza estaba allí
mismo, conmigo, y estaba feliz de mantener todo eso en el
plano de mi imaginación. Me reconfortaba.
Pero esa noche era diferente. Sentía un palpitar inusual en
mi pecho y, sobre todo, entre mis piernas. Tenía una sensación
de urgencia que me impulsaba a actuar.
Había memorizado el número de teléfono del programa.
Hacía ya semanas. Axel lo repetía varias veces a lo largo de la
noche, así que no había sido difícil.
Tenía el teléfono móvil en la mesita de noche en modo
avión, para evitar llamadas o mensajes inoportunos cuando ya
estaba en la cama. Aún así, usaba la alarma como despertador,
así que solía tenerlo cerca. Mis dedos temblorosos marcaron el
número de la emisora. Lo hice siguiendo el impulso, sin
pensar, porque sabía que si le daba unos vueltas descartaría
aquella locura de inmediato. El corazón me martilleaba en el
pecho mientras esperaba que alguien respondiera al otro lado
de la línea.
—¿Hola? ¿En qué puedo ayudarte? —una voz amable
respondió al otro lado.
Mi garganta se cerró. Las palabras se atascaron en mi
lengua. Tuve que hacer un esfuerzo supremo para articularlas.
—Quiero…hablar con él —dije, apenas en un susurro.
—¿Con quién quieres hablar? —era una voz de hombre,
pero no era él.
—Con Axel, el locutor.
—¿Puedo saber tu nombre?
—Re…Rebeca.
—Rebeca. Creo que esta noche vas a tener suerte.
Lo decía como si hubiese intentado miles de veces aquella
comunicación, pero nada más lejos de la realidad. Hubo un
breve silencio y luego su voz, esa que me arropaba todas las
noches y se colaba por todas mis rendijas, resonó en mi oído.
Pronunciando mi nombre.
—Rebeca. Buenas noches. ¿Estás ahí?
De repente sentí el frío. Era la primera vez que me
interpelaba.
Y eso sonaba a tu canción favorita.
Asentí con la cabeza, aunque sabía que no podía verme.
—¿Qué quieres decirme? —preguntó, con un tono más
suave y cálido de lo habitual. Y eso lo sé muy bien porque
conozco cada matiz de esa voz.
Creo que tartamudeé un poco al principio, no estoy segura.
Pero a partir del segundo minuto las palabras salieron de
mí como un torrente desbocado, sin control, sin filtro.
—He estado escuchándote todas las noches —le confesé
—. Tu voz…me reconforta de una manera que no puedo
explicar.
Hubo un breve silencio en la línea, pero pareció una
eternidad.
—Gracias por compartir eso conmigo. Es un honor
acompañarte, Rebeca.
Otra vez, mi nombre.
Supongo que él se dio cuenta enseguida que era una
llamada de una simple fan. Solía pasar de vez en cuando. En
las ondas se colaba una admiradora que solo quería saludarlo
y, como yo, oír mi nombre de su garganta.
Fue correcto, pero me despachó rápido. Mi llamada no era
demasiado interesante para el resto de su audiencia.
Comentamos brevemente cuál era el testimonio que más me
había sobrecogido en los últimos días.
Supe que había hecho lo correcto al llamar, al romper el
primer hielo y tener la valentía de expresar lo que sentía.
Piénsalo un momento. No todo el mundo es capaz de hacer
algo así.
Axel siguió con su programa, pero mis mecanismos ya
estaban activados. Cuando colgué el teléfono me masturbé
furiosamente.
Cuando alcancé el orgasmo me dormí satisfecha.
Había sido un primer paso.
Ahora tenía que dar el segundo.
CAPÍTULO 2
Los días pasaron desde aquella confesión telefónica, pero mi
obsesión por Axel solo crecía.
Cada noche lo escuchaba en la radio, dejándome envolver
por su voz seductora y sus palabras reconfortantes. Pero esta
vez, algo había cambiado. Sentía un anhelo profundo, una
necesidad urgente de estar cerca de él, de conocerlo en
persona.
Nuestra breve conversación me había perturbado, eso era
evidente.
Y sabía muy bien que fue aquel orgasmo lo que había
activado mi nuevo plan.
Y lo hizo en tan solo cinco segundos. Lo que tardé esa
noche en saltar de la cama y ponerme un abrigo encima de la
ropa interior.
Estaba inquieta y sentía que era una de esas noches en las
que puede pasar cualquier cosa. Sabía muy bien que la emisora
de radio donde Axel trabajaba no estaba muy lejos de donde
yo vivía, en mi misma ciudad. Lo sé porque alguna tarde,
cuando volvía del trabajo, me detenía en sus instalaciones, un
bonito estudio con un ventanal que daba a la calle. Desde la
acera podía ver a los locutores, concentrados en sus
micrófonos.
Me acerqué a la esquina para llamar la atención de algún
taxista. El aire frío de la noche subía por mis piernas, cubiertas
solo por unas medias, mientras mi mente se desbordaba con
pensamientos sobre lo que estaba a punto de hacer.
En apenas diez minutos llegué a la puerta de la emisora.
Eran las tres de la madrugada y el programa de Axel estaba a
punto de terminar. Lo había escuchado con mis auriculares
durante aquel breve trayecto.
Me detuve frente al ventanal, pero en la acera de enfrente.
Mi corazón latía con fuerza. A veces había jovencitas allí de
pie, por la tarde, cuando algún músico medio famoso se dejaba
caer por la radio para alguna entrevista.
¿Había hecho yo eso alguna vez? ¿Había sido fan de
alguien hasta el punto de tratar de interceptarlo en la vida real?
Sí, pero tendría que remontarme a mis tiempos de instituto,
cuando mi grupo favorito de aquella época visitó unos grandes
almacenes para firmar discos.
Las piernas me temblaban exactamente igual que ahora.
Deliberadamente seguía sin buscar la foto de Axel en
Google. No sabía cómo era el dueño de la voz que me
obsesionaba, que me excitaba hasta el punto de coger un taxi
en ropa interior, en mitad de la noche, y presentarme en su
lugar de trabajo.
Dios mío, pensándolo así, acababa de alcanzar una nueva
cota de locura. No podría describir el placer que me daba
guardar todo aquello como uno de mis secretos más
escondidos.
Estaba al otro lado de la calle. El taxi me había dejado
justo delante de Radio Forma 23.2. Vi una silueta a lo lejos,
inclinada sobre el micrófono y supe que solo podía ser él. El
corazón me latía desbocado, como si estuviese a punto de
entrar en el restaurante en el que me espera mi cita.
Me reí ante mi ocurrencia.
Mi cita.
Dudé antes de cruzar la calle.
¿Qué estaba haciendo aquí? ¿Qué pensaría si él me viera?
Obviamente, no podía reconocerme. No podía saber que yo
era la mujer que lo había llamado hacía solo unas cuantas
noches. Tampoco pensaba que lo que estaba haciendo fuese
nada fuera de lo común. Era un programa bastante popular y él
tenía fans. De eso era muy consciente.
Miré a izquierda y derecha antes de cruzar la calle pero el
tráfico a esas horas en aquella parte de la ciudad, bastante
tranquila a pesar de que no estábamos muy lejos de una zona
de bares y restaurantes, era casi inexistente.
Vacilé un momento antes de dar aquel paso. Estuve a punto
de dar media vuelta y alejarme.
Fue entonces cuando lo vi, claramente.
Se había levantado. Estaba recogiendo sus cosas. El
programa había terminado y charlaba con el técnico de sonido
de forma distendida, ya alejado del micrófono.
Me acerqué al cristal que nos separaba, que separaba
nuestros dos mundos.
Y entonces me miró.
Me encantaría pensar que supo quién era al instante. Una
mujer atractiva bajo cuyo abrigo asomaba demasiada piel. Me
sonrió y ese gesto me heló mucho más que las bajas
temperaturas que asolaban ya la madrugada.
Era él, lo supe.
Su programa era el último del día.
Después de él solo había música suave hasta que arrancaba
el noticiero de las seis.
Era atractivo. Demasiado. Alto, rubio, con una mandíbula
contundente y rugosa por la barba incipiente. Me fijé
enseguida en sus manos y en sus uñas, perfectamente limpias y
recortadas. Vestía con un polo negro y un pantalón vaquero
gris oscuro. Tenía el pelo rubio oscuro y corto. Dejó las gafas
sobre la mesa en cuanto fue consciente de mi presencia, como
si tanto vidrio fuese una barrera infranqueable.
Me pregunté si ya había saciado mi curiosidad. Si ya podía
darme media vuelta y alejarme, y volver a donde debería estar,
en la cama, tratando de conciliar el sueño. Pero antes de que
pudiese reaccionar él se acercó a la puerta que comunicaba
con la calle y la abrió.
Allí estaba, el mismísimo Axel Torres, frente a mí. No
podía creer que fuese tan fácil acercarme a él, y tampoco que
no lo hubiese hecho antes.
—¿Puedo ayudarte? —me preguntó, mirándome de arriba
a abajo. Fui muy consciente de mi desnudez, de las braguitas
de seda que empezaban a pegarse entre mis piernas.
No supe qué decir, cómo explicarle quién era y por qué
estaba allí. Pero antes de que pudiese encontrar las palabras
adecuadas, él habló de nuevo:
—Pasa, por favor. No quiero que te congeles.
Él lo sabía. Sabía que estaba casi desnuda debajo del
abrigo.
Su imaginación había volado o yo le había dejado entrever
las rendijas adecuadas. Pasamos al estudio de grabación. El
técnico de sonido que le había acompañado ya había recogido
todas sus cosas, se había colocado su chaqueta y me miraba
con cara de circunstancias.
—¿Cierras tú, Axel? —le preguntó. Diría que fue el tipo
que atendió mi llamada en un principio.
—Sí, no te preocupes. Yo me ocupo.
No me sorprendió que aquella especie de emperador de las
ondas de la madrugada tuviese las llaves de la emisora. Axel
volvió a ponerse las gafas. Era muy atractivo y no podía creer
mi suerte. Me sentía como una intrusa en aquel pequeño
mundo, pero también como si finalmente estuviese en el lugar
que me pertenecía.
—Siéntate, por favor —me invitó.
—Disculpa esta intrusión, por favor. Soy Rebeca.
Hablamos la otra noche.
Me sonrió.
—Lo sé. He reconocido tu voz.
—¿Cómo es posible…?
—Esa es mi herramienta de trabajo. Soy bueno con las
voces, eso es todo. Y la tuya me llamó la atención. No por lo
que me dijiste exactamente, sino por lo que transmitía…
Observé sus labios. ¿Era posible que yo…le gustase?
—¿Y qué te transmitía? —le pregunté, curiosa.
—Deseo.
No sentamos en el estudio de radio. Él en su silla habitual,
y yo en la que había utilizado el técnico, que Axel acercó para
mí. Alguien había bajado la intensidad de las luces, pero no las
había apagado del todo.
—Te escucho todas las noches —le dije—. Tu voz me
acompaña antes de dormir. Me encanta. Me hace sentir cosas
que nunca había sentido.
Él me prestó atención, en silencio, con sus ojos fijos en los
míos. Era intimidante. Sabía muy bien que era un experto en
escuchar a los demás. No podía leer aquella expresión, no
sabía qué estaba pensando.
—Esto no parece real —continué—. Sé que es surrealista
levantarse de la cama en mitad de la noche y venir hasta aquí.
Pero no sé qué pasó por mi cabeza. De repente necesitaba
verte. Necesitaba…saber que eres real.
Hubo un momento de silencio. El mundo entero pareció
detenerse a nuestro alrededor. Me pregunté si, al margen de
aquella ventana que comunicaba directamente con la calle,
estábamos solos en la emisora. Tenía la sensación de que así
era. Sé que no se sentía así, pero en el fondo estaba sola con
un desconocido, con solo un abrigo encima de mi ropa
interior.
Él acercó un poco su silla y me habló:
—Cuando alguien me dice eso…lo que tú hiciste el otro
día… Llamar no solo porque algo te preocupa o no te deja
dormir, sino porque mi voz te reconforta…yo también quiero
conocer a esa persona. Me pasa mucho menos a menudo de lo
que crees. Y cuando te he visto, a través del cristal…no podía
dejar de mirarte.
Su inconfundible voz había ido bajando su volumen hasta
convertirse casi en un susurro en la oscuridad.
Ya está.
Habíamos conectado.
Me sentía mejor y podíamos levantarnos, despedirnos y
seguir con nuestras vidas, pero justo antes de que yo diera el
primer paso hacia aquella puerta, Axel se recostó en su silla,
alejó un poco más el micrófono y me preguntó:
—Dime una cosa, Rebeca. Estás desnuda debajo de ese
abrigo, ¿verdad?
CAPÍTULO 3
Sus palabras me paralizaron, aunque estaba escuchando
exactamente lo que deseaba oír.
Cerré los ojos y me concentré en su voz. La posibilidad de
que aquel discurso amable y servicial se transformara de
repente en algo depravado me electrizó de los pies a la cabeza.
Me palpitaba todo el cuerpo.
—Casi desnuda —contesté.
Respiró hondo. Se separó un poco más de la mesa,
desplazándose en su silla con ruedas.
—Perfecto. Estamos solos aquí. Lo sabes, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—Puedo darte exactamente lo que has venido a buscar,
pero tiene que ser aquí mismo, delante de esa ventana a la que
te has asomado.
Miré hacia donde señalaba, hacia la vida real, hacia el
asfalto y el edificio de enfrente. La ciudad dormía y no había
nadie en la calle a esas horas. Además, la luz en el estudio era
muy tenue; lo cual indicaba que nadie podía vernos desde
fuera…a no ser que se acercase al cristal.
Lo miré sin contemplaciones.
Observé el estudio, reconociendo el territorio, prestando
especial atención a los techos, a los rincones de aquella
habitación.
—No hay cámaras —dijo Axel.
Se acercó a mí. Se atrevió a acariciarme la rodilla.
—Te excitó oír mi voz el otro día, cuando llamaste,
¿verdad?
Me acerqué a su oído. Era como si nuestras palabras
desprendiesen calor. Así lo sentí cerca de mi piel.
—Me excito todas las noches escuchándote.
Sonrió satisfecho.
—¿Puedo acariciarte?
—Sí.
Deslizó la mano debajo de mi abrigo hasta llegar a mi
ingle. La debió notar húmeda y caliente.
—Voy a fundirme aquí debajo.
Estaba excitado, eso era evidente. Y yo ni siquiera le había
tocado. Abrí las piernas, un gesto totalmente reflexivo. Le dejé
más espacio para explorar. Él no desperdició la oportunidad.
Acarició la tela por encima de mi braguita.
—Más húmedo todavía. Parece que ya vienes preparada
para mí, Rebeca.
Asentí.
Su voz, siempre su voz.
Era exactamente eso lo que me humedecía tanto.
Empujó con la punta de su dedo, buscando mi cavidad. Mi
cadera se deslizó automáticamente hacia el borde de la silla,
poniéndoselo muy fácil. Gemí de placer en cuanto noté como
su dedo, envuelto en mis braguitas de raso, se hundía un
centímetro dentro de mi coño.
—Ahhhhhh —gemí.
Eché la cabeza hacia atrás.
No quería mirarlo. Escuché el sonido de su cremallera
bajando.
Quería solo que siguiese hablando, y avanzando dentro de
mi cuerpo.
Empezó a mover el dedo suavemente, despacio, entrando y
saliendo de mi coño. Estaba claro que en esa posición poco
más íbamos a hacer, los dos sentados el uno frente al otro. Me
puse de pie instintivamente y deseé que, de una vez, deshiciese
el nudo en la cintura que mantenía mi abrigo cruzado.
—Déjame verte.
Lo hizo. Desprendió el nudo del cinturón y me quedé
delante de él, de espaldas a la ventana y al mundo, con mi ropa
interior de color negra. El poco encaje que me cubría era muy
revelador. Se apreciaban con claridad mis curvas
contundentes, mis pezones grandes y rosados. Aparté la poca
tela que los cubría para que Axel los admirase y, con suerte, se
decidiese a lamerlos.
En cuanto vio mis tetas se puso en pie.
—No pierdes el tiempo. Me gusta…
Se inclinó y calibró el tamaño de mi pecho con su mano.
Después lo amasó un poco y jugueteó con mi pezón.
—Lámelos, por favor —le pedí.
No tuve que repetirlo.
—Son enormes —dijo, mientras los saboreaba.
Me bajé las bragas, pero no me las quité ni me deshice del
abrigo. En realidad nadie podría ver exactamente desde fuera
qué hacíamos, aunque su imaginación volase. Me apoyé en la
mesa y le di total acceso a mi coño.
Axel lo palmeó y empezó a masajear con furia mi clítoris,
ya insensibilizado y deseoso de un contacto más directo y
rudo. Se había sacado la polla y había empezado a masturbarse
con la otra mano.
La agarré y continué yo. También estaba húmeda. Decidí
en ese momento tomar el mando de la situación. Sabía muy
bien que no aguantaría mucho sin correrme, así que todo
apuntaba a que muy pronto se desharía aquel hechizo y mi
existencia volvería a su cauce normal.
Y yo estaba deseando sentarme sobre su polla y poner mis
pezones al alcance de su boca.
Lo conduje de nuevo hacia su silla. Levanté una pierna y
dejé que mis braguitas húmedas resbalasen, no sin dificultad,
hasta el suelo.
—Siéntate —le ordené—. Voy a follarte yo.
Su rostro se iluminó.
Ya no necesitaba oír su voz para activarme, solo culminar
el plan maestro que me había arrastrado hasta allí.
—Sí. Eso es. Demuéstramelo —me dijo.
Su polla se erguía, gruesa y brillante, apuntando al techo de
la emisora. Dios mío, se le veía muy cómodo en aquel espacio,
en el que probablemente pasaba más horas que en su propia
casa.
Me encajé encima de él.
—Eso es. Ve bajando —me dijo—. Métetela hasta el
fondo.
Así lo hice. Me costó adaptarme a aquel grosor, pero mi
coño fue cediendo hasta amoldarse por completo a su
miembro. Le puse las tetas cerca de la boca y no tardó ni un
segundo en capturar de nuevo uno de mis pezones y jugar con
él entre sus dientes.
Gemí de puro éxtasis.
Empecé a moverme rápido.
Tuve un amago de orgasmo y me detuve. No quería llegar
tan rápido.
Pero él estaba impaciente. Me agarró de las caderas y me
buscó de nuevo con su polla, ensartándome hasta el fondo. Lo
sentía en mis entrañas, dueño total de mi cuerpo.
Echó la cabeza hacia atrás y susurró entre dientes:
—Sí. Oh, joder. Menudo polvo. Sí, dios…Muévete arriba y
abajo, por favor. Cabálgame más duro.
Hice lo que me pedía. Me lo follé con toda mi energía.
Íbamos a romper la silla, era evidente. Pero aquello no
podía ser un obstáculo.
Continuó el sube y baja. Cada vez más profundo. Me
recreé en la fricción, en la energía que se desprendía de
nuestros cuerpos cada vez que llegábamos al fondo. Fantaseé
con que el micrófono estaba abierto, con que su programa
había tenido aquella noche un epílogo muy especial que iba a
hacer que todos sus oyentes durmiesen mucho mejor.
Y cuando ya estaba alcanzando el clímax observé cómo
Axel se revolvía un poco en la silla, inquieto y sudoroso. Su
ropa permanecía casi intacta.
Ni siquiera había tenido tiempo de desabotonarle la camisa,
cosa que empecé a hacer en ese mismo instante, al mismo
tiempo que me concentraba en correrme como una
desesperada.
Vi cómo él trataba de mirar algo detrás de mi espalda. Me
senté del todo en su polla y me recreé de nuevo en sus
dimensiones, que parecían seguir aumentando dentro de mi
cuerpo.
Su sonrisa se ensanchó.
—Te gusta, ¿verdad?
Asentí.
—¿La sientes dentro, buscándote?
En ese momento me di cuenta de que no nos habíamos
besado ni una sola vez. Nuestros labios jamás se encontrarían,
y eso me parecía bien. Me bastaban las sucias palabras que me
estaba dedicando solo a mí.
Me giré un poco para ver qué estaba mirando.
Había alguien en la ventana, observándonos desde la calle
con mucha atención.
En ese momento, Axel se incorporó, cogiéndome en
volandas. Se salió de mi cuerpo y temí que ahí se acabaría
todo. Que tendría que volver a mi casa sola, caminando por las
calles desiertas y oscuras. Insatisfecha.
Pero lo que hizo fue colocarme tumbada encima de su
mesa de trabajo y hundirse de nuevo en mi cuerpo.
Me agarró de las caderas y las profanó una y otra vez. Me
recreé en ese perfecto y constante contacto con mi clítoris,
hinchado y agradecido, mientras el técnico de sonido que nos
había dejado solos hacía unos minutos se recreaba en nuestro
descomunal polvo desde el exterior.
Nos estaba mirando.
No se había marchado a casa.
Estaba ahí fuera, viendo cómo era poseída por el locutor de
radio.
Y la manera en la que pegó la nariz al cristal y rodeó sus
ojos con sus manos para que nada perturbase su privilegiada
visión hizo que mi orgasmo se anticipase. Me corrí entre
espasmos, incrementados con cada embestida de Axel,
mientras su técnico de sonido no nos quitaba ojo de encima.
Y él también lo había visto, por supuesto.
Y eso le catapultó hasta el éxtasis.
—Voy a inundarte —me dijo, con los ojos entrecerrados.
Noté como su polla se tensaba dentro de mi cuerpo. Ajusté
mis rodillas en sus caderas para que no se escapase ni una sola
gota de su elixir. Él acarició mis tacones mientras se dejaba ir
entre mis piernas.
—Aaaaahhhh…aaaaahhh. Dios mío. Qué intenso….
Supongo que no había una forma mejor de coronar la
noche, de relajarse antes incluso de salir del trabajo. Axel se
desplomó entre mis pechos justo después de correrse y tardó
varios segundos en recobrar la compostura.
—¿Te has corrido, verdad? —me preguntó.
—Sí.
—Perfecto.
Ninguno de los dos hizo alusión al voyeur, que ya había
desaparecido entre las sombras nocturnas de la ciudad.
—Voy a pedirte un taxi —me dijo, clausurando de un
plumazo toda aquella intimidad. Una intimidad que solo se
reencontraría mediante su voz. Yo escuchando, y él
interpelando a su fiel audiencia. Todas las noches, en mi cama.
Como siempre.
Se esperó a que yo montase en el taxi que me llevaría hasta
casa. Le extendió un billete al conductor, que luego me diría
que era él mismo quien llevaba a Axel Torres, el famoso
periodista radiofónico, todas las noches a su casa, al término
de su programa. Estuve tentada de preguntarle dónde era eso,
dónde vivía. Pero callé, desnuda y temblorosa debajo de mi
abrigo.
Al día siguiente, por la noche, volví a sintonizar su
programa.
Su voz seguía acariciando, mucho más de lo que habían
hecho sus manos, y pensé por un momento en lo fácil que sería
perder la razón y la cordura después de mi aventura nocturna.
Me concentré en conservar ambas intactas, y aunque de
vez en cuando siento la tentación de tomar otro taxi
semidesnuda en mitad de la noche, he decidido no hacerlo.
Solo escucho cómo él pronuncia de vez en cuando mi
nombre, Rebeca, a lo largo de su programa, como si yo fuese
su única oyente. Y esas noches duermo mucho mejor.
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