tos» que intenta identificar con su propia vida; Duchamp, en
cambio, nos muestra lo que, en el arte y el artista, puede y
debe rechazarse.
No veo otra salida de la situación actual que no sea
intentar aprender de ese «rechazo del trabajo» y del recha
zo reivindicado por los obreros del siglo xrx y xx. Ahora
bien, en la época del capitalismo financiero, cuando el tra
bajo ha perdido su centralidad política, cuando se ha visto
reducido al empleo y condenado a no ser más que una va
riable de ajuste, ¿tiene todavía algún sentido reivindicar el
rechazo del trabajo? Para garantizar ingresos crecientes a
los inversores financieros, la disponibilidad al empleo pre
carizado, empobrecido, como también la disponibilidad al
paro mal indemnizado, a la austeridad o a las reformas, tie
ne que ser total. Rechazar el trabajo hoy es negar esa dispo
nibilidad que la financiarización querría sin límites y sin
contrapartida. Marcel Duchamp y el rechazo del trabajo
Practicar el rechazo del trabajo en las condiciones de
explotación contemporáneas significa inventar nuevas mo
dalidades de lucha y de organización que sean capaces no
solo de conservar los derechos heredados de las luchas his
tóricas contra el trabajo asalariado, sino también, y sobre
todo, imponer nuevos derechos adaptados a las nuevas mo
dalidades de explotación del tiempo mediante la construc
ción de formas de solidaridad que puedan impedir la expro
piación de los saberes y del saber-hacer; y, de esta manera,
evitar que las modalidades de producción vengan dictadas
por las necesidades de valorización financiera de la que no
escapan ni el arte ni las industrias culturales.
Solo si asumimos esta condición, podremos retomar la
radicalidad, la impertinencia, el deseo de ruptura que pare
cen perdidos tanto aquí como en otros ámbitos.
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