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Una Habitación Propia - Virginia Woolf - 2017 - Alianza Editorial - 9788491046295 - Anna's Archive

El documento habla sobre Virginia Woolf y su ensayo 'Una habitación propia'. Describe la reflexión de Woolf sobre cómo las mujeres necesitan dinero e independencia para dedicarse a la literatura.

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Una Habitación Propia - Virginia Woolf - 2017 - Alianza Editorial - 9788491046295 - Anna's Archive

El documento habla sobre Virginia Woolf y su ensayo 'Una habitación propia'. Describe la reflexión de Woolf sobre cómo las mujeres necesitan dinero e independencia para dedicarse a la literatura.

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Virginia Woolf

Una habitación propia


Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Créditos
Capítulo 11
Pero, me diréis, le pedimos que nos hablara de las mujeres y la literatura.
¿Qué tiene eso que ver con una habitación propia? Trataré de explicarme.
Cuando me pedisteis que hablara de las mujeres y la literatura, me senté a la
orilla de un río y me puse a pensar qué querían decir esas palabras. Quizá
significaran simplemente unas cuantas observaciones sobre Fanny Burney,
algunas más sobre Jane Austen, un tributo a las Brontë y un esbozo de
Haworth Parsonage bajo la nieve; algún comentario ingenioso sobre Mary
Russell Mitford, una alusión respetuosa a George Eliot, una referencia a
Elizabeth Gaskell, y misión cumplida. Aunque, bien pensado, esas palabras
podían entrañar un significado menos sencillo. Podían referirse, y quizá
fuera ésa vuestra intención, a las mujeres y a cómo son, o a las mujeres y la
literatura que escriben, o a las mujeres y la literatura sobre las mujeres; o
quizá significaran que las tres cosas están inextricablemente unidas, y así es
como queríais que analizara la cuestión. Sin embargo, al enfocarla de esta
manera, que parecía la más interesante, no tardé en percatarme de que tenía
un grave inconveniente. Jamás llegaría a ninguna conclusión. Jamás podría
cumplir lo que a mi juicio es el principal deber de un orador: ofreceros, tras
una hora de disertación, una semilla de verdad en estado puro que pudierais
guardar entre las hojas de vuestros cuadernos de notas y conservar para
siempre en la repisa de la chimenea. A lo sumo podría ofreceros una opinión
sobre un asunto menor: que una mujer necesita dinero y una habitación
propia para dedicarse a la literatura; y eso, como pronto se verá, deja sin
resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de las mujeres y la
verdadera naturaleza de la literatura. He eludido el deber de llegar a una
conclusión sobre ambas cuestiones: las mujeres y la literatura siguen siendo,
en lo que a mí respecta, problemas sin resolver. De todos modos, trataré de
explicaros cómo llegué a esta idea sobre la habitación y el dinero. Me
propongo desarrollar en vuestra presencia, de la manera más completa y más
libre que sea capaz, la secuencia de pensamientos que me llevaron a esta
convicción. Es posible que, si expongo al desnudo las ideas y los prejuicios
que subyacen a este aserto, comprendáis que guardan cierta relación con las
mujeres y cierta relación con la literatura. En todo caso, cuando se aborda un
tema tan controvertido –y cualquier cuestión relacionada con el sexo lo es–,
no cabe albergar la esperanza de decir la verdad. Sólo cabe explicar cómo
se ha llegado a profesar determinada creencia. Sólo cabe ofrecer al
auditorio la oportunidad de extraer sus propias conclusiones a medida que
observan las limitaciones, los prejuicios y las manías del orador. Es muy
probable que, en este caso, la literatura contenga más verdad que la realidad.
Me propongo por tanto, sirviéndome de todas las libertades y licencias del
novelista, contaros la historia de los días previos a este momento: cómo,
abrumada por el peso de la carga que me habíais encomendado, reflexioné
sobre la cuestión y fui entretejiéndola en mi vida cotidiana. No es necesario
que señale que lo que estoy a punto de describir no existe: Oxbridge es una
invención, como también lo es Fernham. «Yo» es tan sólo un término
práctico referido a alguien que carece de existencia real. Brotarán mentiras
de mis labios, pero puede que entre ellas aflore también alguna verdad. A
vosotras os corresponde encontrarla y decidir qué parte de ella merece la
pena conservar. De no ser así, naturalmente podéis tirarlo todo a la papelera
y olvidarlo por completo.
El caso es que allí estaba yo (llamadme Mary Beton, Mary Seton, Mary
Carmichael, o como queráis, pues el nombre no tiene ninguna importancia)
hace una o dos semanas, un magnífico día de octubre, a la orilla del río,
absorta en mis pensamientos. Esa carga a la que me he referido, las mujeres
y la literatura, la necesidad de llegar a alguna conclusión sobre un asunto que
suscita toda suerte de prejuicios y pasiones, me hacía agachar la cabeza. A
derecha e izquierda unas matas de arbustos, dorados y carmesíes, ardían con
el color del fuego, incluso parecían desprender su calor. En la otra orilla, los
sauces llorones se entregaban a su lamento perpetuo, derramados sus
cabellos sobre los hombros. El río reflejaba a su capricho una parte de
cielo, de puente y de aire en llamas, y, cuando un estudiante en su barca de
remos terminó de surcar los reflejos, éstos volvieron a cerrarse por
completo, como si nunca hubieran existido. Era un lugar perfecto para pasar
las horas sumida en la reflexión. El pensamiento, por darle un nombre más
noble de lo que merecía, hundió su caña en la corriente. Oscilaba de acá
para allá minuto tras minuto, entre los reflejos y las hierbas; subía y bajaba a
merced de las aguas hasta que –ya conocéis ese pequeño tirón– una idea se
concentraba en el extremo de la caña, y llegaba entonces el momento de
recoger cautamente el sedal y tender la captura con mucho cuidado sobre la
hierba. Pero qué insignificante parecía ese pensamiento mío allí tendido en
la hierba, como un pececillo que el buen pescador devuelve a las aguas para
que engorde y algún día valga la pena cocinarlo y comérselo. No voy a
importunaros con ese pensamiento, aunque si observáis con atención, quizá
lo descubráis a lo largo del camino que vamos a recorrer.
Por pequeño que fuera, no dejaba de tener la misteriosa característica de
su especie: al devolverlo a la mente, enseguida se volvió muy estimulante,
muy importante; y al verlo coletear, saltar y zambullirse aquí y allá a la
velocidad del rayo, produciendo tal chapoteo y tal tumulto de ideas, se me
hizo imposible seguir sentada. Fue así como me encontré andando a paso
ligero por un campo de hierba. La silueta de un hombre se irguió al punto
para interceptarme el paso. Tampoco reparé al principio en que las
gesticulaciones de un objeto de aspecto curioso, vestido de chaqué y camisa
de etiqueta, se dirigían a mí. Su expresión denotaba indignación y horror. El
instinto, más que la razón, acudió en mi ayuda: él era un bedel; yo era una
mujer. Eso era el césped; allí estaba el camino. Sólo los miembros del
cuerpo docente y los becarios podían pisar el césped; el camino de grava era
el lugar que me correspondía. Estos pensamientos fueron obra de un instante.
En cuanto volví al camino, los brazos del bedel dejaron de gesticular, su
rostro recobró su serenidad habitual, y aunque es más agradable caminar por
el césped que por la grava, el daño no pasó de ahí. La única queja que podía
presentar en contra de los profesores y los becarios de aquella facultad,
fuera cual fuere, es que, en su afán de proteger aquel césped que llevaban
tres siglos cuidando con tanto esmero, habían espantado a mi pececillo.
No recuerdo cuál fue la idea que me llevó a adentrarme tan audazmente
en ese espacio prohibido. El espíritu de la paz descendió como una nube de
los cielos, pues si el espíritu de la paz mora en alguna parte, es en los patios
y jardines de Oxbridge una hermosa mañana de octubre. Paseando despacio
entre aquellos edificios, con sus salas antiguas, la aspereza del presente
parecía atenuarse por completo; el cuerpo parecía contenido en una
prodigiosa vitrina de cristal que no dejaba penetrar sonido alguno, y el
pensamiento, liberado de todo contacto con la realidad (a menos que
volviera a pisar el césped), podía entregarse por entero a cualquier
meditación que estuviera en armonía con el momento. Quiso el azar que un
recuerdo perdido de un antiguo ensayo sobre una visita a Oxbridge en las
vacaciones de verano trajera a mi memoria a Charles Lamb: Saint Charles,
dijo Thackeray, llevándose a la frente una carta de Lamb. Lo cierto es que,
de todos los difuntos (os cuento mis pensamientos tal como entonces se
presentaron), Lamb es uno de los que me resultan más afines; uno a los que
me habría gustado preguntarle, cuénteme cómo escribió sus ensayos. Y es
que sus ensayos, pensé, son superiores incluso a los de Max Beerbohm, con
toda su perfección, por ese destello de imaginación desbordante, ese alarde
de genio que estalla como un relámpago y los torna defectuosos, imperfectos,
pero refulgentes de poesía. Lamb vino a Oxbridge hará cosa de un siglo.
Escribió un ensayo –no recuerdo su título– sobre el manuscrito de uno de los
poemas de Milton que aquí consultó. Quizá fuera Lícidas. Lamb refería lo
mucho que le había impresionado la idea de que alguna palabra de Lícidas
pudiera ser distinta de cómo es. Imaginar a Milton cambiando las palabras
de ese poema se le antojaba un sacrilegio. Esto me llevó a recordar cuanto
pude de Lícidas, y me entretuve tratando de adivinar qué palabras podría
haber alterado Milton y por qué razón. Se me ocurrió entonces que el
manuscrito que Lamb había consultado se encontraba muy cerca de allí, y
que podría seguir los pasos de Lamb hasta la famosa biblioteca que alberga
este tesoro. Además, recordé, mientras ejecutaba mi plan, que en esa famosa
biblioteca también se conserva el manuscrito del Henry Esmond de
Thackeray. La crítica, en general, coincide en que Henry Esmond es la
novela más perfecta de Thackeray. Creo recordar, sin embargo, que la
afectación del estilo y su imitación del lenguaje dieciochesco es un estorbo,
a menos que ese estilo le fuera natural a Thackeray, lo que podría
demostrarse consultando el manuscrito y comprobando si las alteraciones se
hacían en beneficio del estilo o del sentido. Claro que entonces habría que
determinar lo que es estilo y lo que es sentido, cuestión ésta que... Pero
había llegado a la puerta de la biblioteca. Debí de abrirla sin darme cuenta,
porque al instante, como un ángel custodio que me impedía la entrada con un
revoloteo de faldones negros en lugar de alas blancas, apareció un
disgustado y canoso aunque amable caballero, que, en voz baja, mientras me
hacía señas para que me alejara, lamentó comunicarme que las mujeres sólo
podían entrar en la biblioteca acompañadas de un profesor o provistas de
una carta de presentación.
Que una famosa biblioteca haya sido maldecida por una mujer deja del
todo indiferente a la famosa biblioteca. Venerable y serena, con todos sus
tesoros guardados a buen recaudo en su seno, duerme plácidamente, y por mí
bien puede seguir durmiendo para siempre. Jamás volveré a despertar estos
ecos, jamás volveré a solicitar su hospitalidad, me juré, mientras bajaba las
escaleras, presa de indignación. Me quedaba todavía una hora libre antes de
comer. ¿Qué podía hacer? ¿Pasear por las praderas? ¿Sentarme a la orilla
del río? Lo cierto es que la mañana de otoño era deliciosa. Las hojas de los
árboles, de un rojo muy vivo, revoloteaban hasta posarse en el suelo; ni una
cosa ni la otra entrañaban esfuerzo alguno. Pero en ese momento llegó a mis
oídos el sonido de la música. A pocos pasos de donde me encontraba se
oficiaba algún servicio religioso o alguna celebración. El órgano desgranó
su espléndido lamento cuando llegué a la puerta de la capilla. Incluso la
tristeza del cristianismo, en aquel ambiente sereno, se asemejaba en su
sonido más al recuerdo de la tristeza que a la propia tristeza; incluso los
gemidos del viejo órgano parecían sumergidos en paz. No tenía ganas de
entrar, aunque se me permitiera; quizá esta vez el sacristán me hubiera
detenido para requerirme mi fe de bautismo o una carta de presentación del
deán. De todos modos, el exterior de estos magníficos edificios suele ser tan
hermoso como su interior. Además, me pareció suficiente distracción ver
cómo se congregaban los fieles, cómo entraban y volvían a salir, atareados a
las puertas de la capilla como abejas en la entrada de una colmena. Muchos
llevaban birrete y toga; algunos se cubrían los hombros con una capa de piel;
otros llegaban en silla de ruedas; y otros, aunque no habían pasado la edad
madura, parecían arrugados y retorcidos en formas tan singulares como esos
cangrejos gigantes o esas langostas que se arrastran fatigosamente sobre la
arena de un acuario. Al apoyarme en la pared, la Universidad me pareció en
efecto una reserva natural para la conservación de especies raras, de
especies que no tardarían en extinguirse si se las abandonara a la lucha por
la supervivencia sobre el pavimento del Strand. Me vinieron a la mente
viejas historias de deanes y profesores de tiempos pasados, pero antes de
que lograra hacer acopio de valor para silbar –se decía que el anciano
profesor X se lanzaba a galope tendido en el instante en que oía un silbido–,
la venerable congregación ya había entrado en la capilla. El exterior seguía
intacto. Como sabéis, sus cúpulas y sus pináculos, semejantes a un velero
que navega eternamente y nunca llega a puerto, pueden verse de noche,
iluminados, a muchos kilómetros de distancia, incluso al otro lado de las
colinas. Es posible que antiguamente, también este patio, con su césped
impoluto, sus recios edificios y la propia capilla fuesen un pantano en el que
ondulaba la hierba y retozaban los jabalíes. Manadas de caballos y de
bueyes, pensé, habían acarreado la piedra en carretas llegadas de lugares
lejanos, y los canteros, con infinito esfuerzo, habían colocado a continuación
las hileras de sillares grises a cuya sombra me encontraba en ese momento, y
más tarde los pintores habían traído sus ventanas, y los maestros albañiles
habían pasado siglos encaramados a los tejados, provistos de cemento,
masilla, palustre y llana. Todos los sábados alguien derramaba un puñado de
monedas de oro y plata de una bolsa de cuero en sus manos envejecidas, y
esa noche disfrutaban de cerveza y bolos. Una interminable corriente de oro
y plata, pensé, debió de fluir sin tregua hasta este patio para que las piedras
siguieran llegando y los obreros trabajando, nivelando, abriendo zanjas,
cavando y drenando. Pero aquélla había sido la edad de la fe, y el dinero
manaba entonces generosamente para asentar esas piedras sobre sólidos
cimientos; y una vez levantados los muros, el dinero siguió manando de los
cofres de reyes, reinas y grandes nobles para garantizar que aquí se
entonaran himnos y que los profesores pudieran entregarse a la docencia. Se
concedieron tierras y se pagaron diezmos. Y cuando la edad de la fe dio
paso a la edad de la razón, el flujo de oro y plata no se vio interrumpido. Se
fundaron cátedras y se crearon becas; sólo que el oro y la plata llegaron
entonces, no de los cofres de la realeza, sino de las arcas de comerciantes y
fabricantes, de los bolsillos de hombres que habían hecho fortuna, por
ejemplo, en la industria, y en su última voluntad se mostraban pródigos y
deseosos de compensar con más sillas, más cátedras y más becas a las
universidades en las que habían aprendido su oficio. De ahí las bibliotecas y
los laboratorios, los observatorios y el espléndido equipamiento de
carísimos y delicados instrumentos que hoy se exhiben en vitrinas, donde
siglos atrás ondulaba la hierba y retozaban los jabalíes. Lo cierto es que,
mientras paseaba por el patio, los cimientos de oro y plata me parecieron
bien profundos y el pavimento sólidamente tendido sobre las hierbas
silvestres. Hombres con bandejas sobre la cabeza corrían muy atareados de
una escalera a otra. Las ventanas lucían en sus maceteros flores de vivos
colores. De las habitaciones llegaba el sonido estridente de un gramófono.
Era imposible sustraerse a la reflexión, pero la reflexión, fuera cual fuere, se
cortó de cuajo. Sonó el reloj. Era hora de ir a comer.
Es curiosa esa manera que tienen los novelistas de hacernos creer que las
comidas son siempre memorables, por algo muy ingenioso que en ellas se
dijo o algo muy sensato que se hizo. En cambio, rara vez dedican una
palabra a los alimentos. Forma parte de la convención del novelista no
mencionar la sopa, el salmón o el pato, como si la sopa, el salmón y el pato
carecieran por completo de importancia, como si nadie jamás fumara un
cigarro o bebiera un vaso de vino. Aquí, por el contrario, me tomaré la
libertad de desafiar esta convención para contaros que la comida, en esta
ocasión, comenzó con lenguado, servido en una fuente honda, sobre la cual el
cocinero de la facultad había extendido una colcha de nata blanquísima,
aunque salpicada aquí y allá de manchas pardas, como los flancos de una
hembra de gamo. A continuación llegaron las perdices, pero se equivocan
quienes piensen en un par de pájaros calvos, de color marrón, dispuestos en
un plato. Las perdices, muchas y variadas, iban acompañadas de un amplio
séquito de salsas y ensaladas, picantes y dulces, todas en orden; las patatas,
finas como monedas, pero no tan duras; las coles de Bruselas foliadas como
capullos de rosa, pero más suculentas. Y en cuanto hubimos dado cuenta del
asado y su séquito, el hombre silencioso que nos servía, quizá el propio
bedel en una versión más amable, presentó ante nosotros, sobre una blonda,
una confección de puro azúcar que emergía de las olas. Llamarlo pudin y
relacionarlo por tanto con el arroz y la tapioca hubiera sido un insulto. Entre
tanto, las copas de vino se habían teñido de amarillo y de granate, se habían
vaciado y vuelto a llenar. Y así, poco a poco, se fue encendiendo en el
centro de la columna vertebral, que es la morada del alma, no esa lucecita
eléctrica que llamamos brillo, que se enciende y se apaga en nuestro labios,
sino el fulgor más profundo, sutil y subterráneo que es la rica llama dorada
de la unión racional. No hay necesidad de apresurarse. No hay necesidad de
animarse. No hay necesidad de ser más que uno mismo. Todos iremos al
cielo y Vandyck nos acompañará. Dicho de otro modo, qué estupenda
parecía la vida, qué dulces sus recompensas, qué trivial esta rencilla o aquel
agravio, qué admirable la amistad y la compañía de los demás en el
momento de encender un buen cigarrillo y hundirse entre los almohadones
del asiento empotrado bajo la ventana.
Si por fortuna hubiese habido un cenicero a mano, si, a falta de él, no
hubiese tirado la ceniza por la ventana, si las cosas hubieran sido
ligeramente distintas de como eran, quizá no habría visto pasar un gato
rabón. La súbita visión del animal truncado que cruzaba el patio con sigilo,
cambió, por una carambola de la inteligencia subconsciente, mi luz
emocional. Fue como si alguien abriera una cortina. Quizá el excelente vino
del Rhin soltó sus amarras. Lo cierto es que, al ver que el gato sin rabo se
detenía en mitad del césped, como si también él se interrogara sobre el
universo, tuve la sensación de que faltaba algo, de que algo era distinto. Pero
qué faltaba, qué era distinto, me pregunté, a la vez que prestaba oídos a la
conversación. Y para responder a esta pregunta tuve que imaginarme fuera
de la sala, regresar al pasado, a un tiempo incluso anterior a la guerra, y
desplegar ante mis ojos la maqueta de otra comida celebrada en habitaciones
no muy alejadas de aquéllas, pero diferentes. Todo era diferente. La
conversación proseguía mientras tanto entre los invitados, que eran muchos y
jóvenes, de ambos sexos; fluía sin traba alguna, grata, libre y amena. Dispuse
las palabras que oía alrededor sobre el telón de fondo de aquella otra
conversación y, al compararlas, no tuve la menor duda de que la una era la
descendiente, la legítima heredera de la otra. Nada había cambiado, nada era
distinto y, sin embargo... puse toda mi atención no tanto en lo que se decía
como en el murmullo o en la corriente que detectaba detrás de las palabras.
Sí, era eso: allí estaba el cambio. Antes de la guerra, en una comida como
aquélla, los invitados habrían dicho exactamente las mismas cosas, pero
habrían sonado distintas, porque en aquel entonces habrían ido acompañadas
de una especie de rumor, no articulado, aunque estimulante y musical, que
transformaba el valor de las palabras. ¿Podría contrastar ese rumor con las
palabras? Quizá pudiera, con ayuda de los poetas. Tenía un libro al alcance
de la mano, lo abrí, y topé por casualidad con Tennyson. Y he aquí que
Tennyson cantaba:
Una espléndida lágrima ha caído
de la flor de la pasión junto a la verja.
Aquí llega, mi paloma, mi amada;
Aquí llega, mi vida, mi destino.
Grita la rosa roja: «Está cerca, está cerca».
Y solloza la blanca: «Llega tarde».
La espuela de caballero escucha y dice: «Oigo. Oigo».
Y susurra el lirio: «Espero».
¿Era eso lo que los hombres murmuraban en las comidas antes de la guerra?
¿Y las mujeres?
Mi corazón es como un ave canora
que anida en un retoño perlado de rocío.
Mi corazón es como un manzano
con las ramas rebosantes de frutos.
Mi corazón es como una concha irisada
en la orilla de un mar paradisíaco.
Mi corazón es más feliz que todos ellos,
porque mi amor ha venido a mí.
¿Era eso lo que murmuraban las mujeres en las comidas antes de la guerra?
Había algo tan absurdo en la idea de que la gente murmurase tales cosas
para sus adentros en una comida antes de la guerra que me eché a reír, y tuve
que explicar por qué me reía señalando al pobre gato, que resultaba un tanto
ridículo, sin su rabo, en mitad del césped. ¿Habría nacido así o habría
perdido el rabo en un accidente? El gato rabón, aunque se dice que hay
algunos ejemplares en la isla de Man, es más raro de lo que parece. Es un
animal extraño, pintoresco más que bonito. Es curioso lo mucho que puede
cambiar un rabo. Ya sabéis las cosas que se dicen cuando termina una
comida y los invitados van en busca de sus abrigos y sus sombreros.
Ésta en concreto, por la hospitalidad del anfitrión, se prolongó hasta bien
avanzada la tarde. El hermoso día de octubre comenzaba a declinar, y las
hojas caían de los árboles sobre la avenida por la que iba paseando. Las
verjas parecían cerrarse una tras otra a mi paso, con delicada determinación.
Innumerables bedeles introducían innumerables llaves en cerraduras bien
engrasadas; la guarida del tesoro se protegía para pasar una noche más. La
avenida termina en una carretera, no recuerdo su nombre, que conduce hasta
Fernham si se toma el oportuno desvío. Tenía tiempo de sobra. La cena no
era hasta las siete y media, y tras una comida tan opípara podía pasarme sin
cenar. Es curioso cómo una hebra de poesía empieza a tejerse en la mente y
sincroniza el avance de las piernas a su ritmo. Esas palabras...
Una espléndida lágrima ha caído
De la flor de la pasión junto a la verja.
Aquí llega, mi paloma, mi amada...
cantaban en mi sangre mientras caminaba a paso ligero en dirección a
Headingley. Y luego, cambiando de compás allí donde las aguas se
arremolinan junto a la presa, entoné:
Mi corazón es como un ave canora
que anida en un retoño perlado de rocío.
Mi corazón es como un manzano...
¡Qué poetas!, exclamé a viva voz, como suele hacerse al atardecer. ¡Qué
poetas eran!
Movida por una suerte de envidia, supongo, de esos tiempos pasados, di
en pensar, por absurdas que sean esa clase de comparaciones, si
honradamente podía nombrarse a dos poetas vivos de la altura de Tennyson y
Christina Rossetti. Y, contemplando las aguas espumosas, concluí que la
comparación era imposible. Si la poesía despierta en nosotros tal grado de
abandono, tal éxtasis, es porque celebra un sentimiento que se ha
experimentado alguna vez (en una comida antes de la guerra, quizá) y nos
permite responder a ese sentimiento fácilmente, con familiaridad, sin
molestarnos en analizarlo o en compararlo con ningún otro sentimiento
actual. No obstante, los poetas vivos expresan un sentimiento en gestación y
nos lo arrancan en el acto. Al principio no lo reconocemos; a menudo, por
alguna razón, lo tememos; lo examinamos atentamente y pasamos a
compararlo, con celo y suspicacia, con el sentimiento antiguo. En eso radica
la dificultad de la poesía moderna; de ahí que no seamos capaces de
recordar más de dos versos seguidos de ningún buen poeta moderno. Por
esta razón –que me falló la memoria– la argumentación se debilitó a falta de
material. Pero, por qué, seguí pensando, mientras reanudaba el camino a
Headingley, hemos dejado de tararear en voz baja durante las comidas. ¿Por
qué ha cesado Alfred de cantar
Aquí llega, mi paloma, mi amada?
¿Y por qué ha cesado Christina de responder
Mi corazón es más feliz que todos ellos,
porque mi amor ha venido a mí?
¿Echaremos la culpa a la guerra? Cuando comenzaron a estallar los
cañonazos, en agosto de 1914, ¿de verdad se reflejó con tanta claridad en los
semblantes de los hombres y de las mujeres, en las miradas que
intercambiaron, que el romanticismo había muerto? Sin duda fue horroroso
(principalmente para las mujeres, con sus fantasías sobre la educación y
todas esas cosas) observar los rostros de nuestros gobernantes bajo el
resplandor del fuego de artillería. Tan feos resultaban –alemanes, ingleses y
franceses–, tan estúpidos. Sin embargo, con independencia de a quién
culpemos, la ilusión que inspiró a Tennyson y a Christina Rossetti a cantar
con tanta pasión la llegada de sus amores es ahora mucho menos frecuente.
Basta con leer, con mirar, con escuchar, con recordar, para apreciarlo. Pero,
¿por qué decir «culpa»? ¿Por qué, si fue una ilusión, no ensalzar la
catástrofe, fuera cual fuese, que aniquiló la ilusión para sustituirla por la
verdad? Porque la verdad... Estos puntos suspensivos indican el lugar donde,
en busca de la verdad, olvidé tomar el desvío de Fernham. Sí, me pregunté,
¿qué era verdad y qué era ilusión? ¿Cuál era la verdad de aquellas casas,
por ejemplo, tenues y festivas, con sus ventanas rojas, a la luz del
crepúsculo, pero toscas y sórdidas, con sus dulces y sus cordones de botas, a
las nueve de la mañana? Y de los sauces y el río y los jardines que
descienden hasta sus orillas, vagos ahora, desdibujados por la bruma, pero
dorados y rojos a la luz del sol: ¿cuál era la verdad y cuál la ilusión? Os
ahorraré los vericuetos de mis cavilaciones, pues no llegué a ninguna
conclusión camino de Headingley, y os pediré que supongáis que pronto caí
en la cuenta de mi error y volví sobre mis pasos en busca del desvío.
Como ya he dicho que era un día de octubre, no me atrevo a perder
vuestro respeto y poner en peligro el buen nombre de la literatura cambiando
de estación y describiendo las lilas derramadas sobre las tapias de los
jardines, los azafranes, los tulipanes y otras flores de primavera. La
literatura debe ceñirse a los hechos, y cuanto más veraces sean los hechos,
mejor será la literatura, según nos dicen. Seguía por tanto siendo otoño y
seguían cayendo de los árboles las hojas doradas, si acaso más deprisa que
antes, porque atardecía (eran las siete y veintitrés minutos de la tarde, para
ser exactos), y se había levantado la brisa (del suroeste, para ser exactos). Y
pese a todo, algo extraño estaba ocurriendo:
Mi corazón es como un ave canora
que anida en un retoño perlado de rocío.
Mi corazón es como un manzano
Con las ramas rebosantes de frutos...
Quizá las palabras de Christina Rossetti fueran en parte responsables de
aquella fantasía delirante –pues no era sino pura fantasía– de que las flores
del lilo se estremecían en las tapias de los jardines, de que las mariposas de
azufre revoloteaban alegremente y el polen flotaba en el aire. Soplaba el
viento, de dónde, no lo sé, pero levantaba las hojas dibujando en el aire un
fogonazo gris plata. Era esa hora entre dos luces, cuando los colores se
vuelven más intensos, y los púrpuras y dorados arden en los alféizares como
el latido de un corazón impresionable; cuando, por alguna razón, la belleza
del mundo revelada y sin embargo a punto de perecer (en ese momento entré
en el jardín, pues alguien había cometido la imprudencia de no cerrar la
puerta y no había ningún bedel a la vista), la belleza del mundo a punto de
perecer, tiene dos filos, uno de risa, otro de angustia, que cortan el corazón
por la mitad. Los jardines de Fernham se tendían ante mí en el crepúsculo
primaveral, abiertos y silvestres, caprichosamente salpicados de narcisos y
campanillas entre las altas hierbas, no muy ordenados quizá en sus mejores
días, y agitados ahora por el viento que tiraba de sus raíces. Las ventanas del
edificio, redondas como las de un barco entre generosas olas de ladrillo
rojo, mudaban del limón al plata con el paso fugaz de las nubes de
primavera. Alguien estaba en una hamaca, aunque bajo esa luz tan sólo los
fantasmas, mitad vistos, mitad adivinados, surcaban la hierba veloces. ¿Es
que nadie iba a detenerme? Y entonces, en la terraza, como si se asomara a
respirar el aire, a contemplar el jardín, surgió una silueta inclinada,
formidable aunque humilde, de una mujer de frente amplia, con un vestido
raído. ¿Sería la famosa catedrática, sería la propia J___ H___? Todo era
tenue e intenso a la vez, como si una estrella o una espada rasgara el velo
que el crepúsculo había tendido sobre el jardín, como si el relámpago de una
terrible realidad estallara en el corazón de la primavera. Y es que la
juventud...
Ahí estaba mi sopa. Ya estaban sirviendo la cena en el gran comedor.
Lejos de ser primavera, era en realidad una tarde de octubre. Todo el mundo
se había congregado en el gran comedor. La cena estaba lista. Ahí estaba mi
sopa. Un simple caldo de carne. Nada en él estimulaba la fantasía. Bajo el
líquido transparente podría haberse visto cualquier dibujo en el plato. Pero
no había ningún dibujo. Era un plato liso. A continuación llegó la ternera,
con su guarnición de patatas y verduras, esa trinidad doméstica que evocaba
las ancas del ganado en un mercado fangoso, y las coles de Bruselas rizadas,
con los bordes amarillos, y el regateo y la rebaja, y a las mujeres con sus
bolsas de redecilla un lunes por la mañana. No había razón para quejarse de
la comida diaria, puesto que la cantidad era suficiente y los mineros sin duda
tenían que conformarse con menos. Le siguieron las ciruelas pasas y las
natillas. Y si alguien protesta porque las ciruelas pasas, aun mitigadas por
las natillas, son un vegetal poco caritativo (fruta no son), fibrosas como el
corazón de un avaro, que rezuman un líquido como el que podría correr por
las venas de los avaros que han pasado ochenta años privándose de vino y
de calor y tampoco han dado nada a los pobres, debería recordar que hay
personas cuya caridad abarca incluso a las ciruelas pasas. Sirvieron por
último las galletas y el queso, y la jarra de agua circuló luego con
liberalidad, pues las galletas son secas por naturaleza y ésas eran galletas
hasta la médula. Eso fue todo. La cena había concluido. Los comensales
retiraron sus sillas; las puertas batientes oscilaron con violencia; el comedor
no tardó en vaciarse de todo rastro de comida, para disponer, sin duda, el
desayuno del día siguiente. La juventud inglesa se fue dando portazos por
corredores y escaleras. ¿Podía una invitada, una extraña como yo (pues no
tenía más derecho a estar aquí, en Fernham, que en Trinity o Somerville o
Girton o Newnham o Christchurch), decir: «La cena no ha sido buena»; o
decir (en ese momento estábamos, Mary Seton y yo, en su sala de estar):
«¿No podríamos haber cenado aquí, a solas?». Decir algo semejante habría
sido como husmear y fisgar en la economía secreta de una casa que presenta
ante el extraño una fachada tan agradable de alegría y de coraje. No, no se
podía decir nada por el estilo. Lo cierto es que la conversación decayó
momentáneamente. Siendo lo que es la constitución humana, corazón, cuerpo
y cerebro mezclados en lugar de contenidos en compartimentos estancos,
como sin duda lo estarán de aquí a un millón de años, una buena cena es de
suma importancia para una buena conversación. No se puede pensar bien,
amar bien, dormir bien, si no se ha cenado bien. Esa luz que reside en la
columna vertebral no se ilumina con carne de vaca y ciruelas pasas. Es muy
probable que todos vayamos al cielo y que Vandyck, así lo esperamos, nos
salga al encuentro en la próxima esquina; tal es el dudoso y susceptible
estado de ánimo que suscitan la carne de vaca y las ciruelas pasas al término
de un día de trabajo. Por suerte, mi amiga, que daba clases de ciencias,
guardaba en un armario una botella cuadrada y unos vasos de licor (aunque
para empezar debiera haber habido lenguado y perdiz), de modo que
pudimos acercarnos al fuego y reparar algunos de los daños del día. En
cuestión de un minuto nos deslizamos libremente entre todos esos objetos de
interés y curiosidad que se forman en nuestra mente en ausencia de una
persona determinada y que resulta natural discutir cuando volvemos a verla:
que si uno se ha casado y otro no; que uno piensa esto y otro piensa aquello;
que uno ha mejorado contra todo pronóstico y otro, increíblemente, se ha
echado a perder; nos entregamos a esas especulaciones sobre la naturaleza
humana y el carácter del asombroso mundo en que vivimos, como es natural
en tales comienzos. Sin embargo, mientras hablábamos de estas cosas, tomé
conciencia, avergonzada, de que una corriente se iba formando por su propio
impulso y lo arrastraba todo deliberadamente hacia su propio fin. Tanto si
hablábamos de España como de Portugal, de libros como de carreras de
caballos, el interés real de la conversación no estaba en ninguno de estos
asuntos, sino en una escena de albañiles encaramados a un tejado cinco
siglos atrás. Reyes y nobles traían sus tesoros en grandes sacos para
derramarlos bajo la tierra. Esta escena estaba en todo momento viva en mi
mente, junto a otra de vacas enjutas y un mercado fangoso y verduras mustias
y los corazones fibrosos de hombres viejos: ambas imágenes, dispares,
inconexas y absurdas como eran, se mezclaban sin descanso, pugnaban entre
sí y me tenían enteramente a su merced. El mejor rumbo, para no distorsionar
toda la conversación, era exponer lo que tenía en la cabeza, de manera que,
con un poco de suerte, se esfumara y se convirtiera en polvo, como la cabeza
del difunto rey cuando abrieron su ataúd en Windsor. Así, brevemente, le
hablé a la señorita Seton de los albañiles que habían pasado tantos años en
los tejados de la capilla, y de los reyes y reinas y nobles cargados con sacos
repletos de oro y plata; y de cómo más tarde los magnates de nuestro tiempo
llegaron provistos de cheques y obligaciones, para derramarlos, supongo,
donde otros habían derramado en tiempos pasados lingotes y toscos pedazos
de oro. Todo eso está enterrado bajo los edificios de la Universidad, dije.
Pero ¿qué hay debajo de este edificio en el que ahora nos encontramos,
debajo de su gallardo ladrillo rojo y del césped sin cuidar de su jardín?
¿Qué fuerza se esconde tras la sencilla vajilla en la que hemos cenado y (se
me escapó sin poder evitarlo) tras la carne de vaca, las natillas y las ciruelas
pasas?
Bueno, empezó Mary Seton, allá por el año de 1860... Bah, tú ya conoces
esa historia, dijo, supongo que aburrida del recital. Y me contó que habían
alquilado habitaciones. Los comités habían deliberado. Habían escrito
sobres. Habían redactado circulares. Habían celebrado reuniones; habían
leído cartas en voz alta; fulano prometía tanto; el señor ____, por el
contrario, no quería dar ni un penique. La Saturday Review ha sido muy
grosera. ¿Cómo recaudar fondos para los despachos? ¿Deberíamos organizar
un mercadillo? ¿No podríamos encontrar a una chica guapa para sentarla en
primera fila? Veamos qué decía John Stuart Mill sobre el particular. ¿Puede
alguien persuadir al editor de ____ para que publique una carta?
¿Conseguiríamos que lady ____ la firmase? Lady ____ está fuera de la
ciudad. Así fue como, presumiblemente, se hicieron las cosas hace sesenta
años, y el esfuerzo fue prodigioso, y en él se invirtió una enorme cantidad de
tiempo. Y sólo tras una prolongada batalla y un sinfín de dificultades
lograron reunir treinta mil libras 2. Por eso, evidentemente, no tenemos ni
vino ni perdices, ni sirvientes que lleven bandejas sobre la cabeza, dijo. Por
eso no tenemos sofás ni habitaciones separadas. «Las comodidades –señaló,
citando de algún libro–, tendrán que esperar» 3.
Al pensar en todas esas mujeres que habían trabajado año tras año y
habían encontrado tantas dificultades para reunir dos mil libras, y tanto
habían tenido que esforzarse para recaudar treinta mil, estallamos de
indignación por la vergonzosa pobreza de nuestro sexo. ¿A qué se dedicaron
nuestras madres para no poder dejarnos ninguna riqueza? ¿A empolvarse la
nariz? ¿A mirar escaparates? ¿A exhibirse al sol en Monte Carlo? Había
varias fotografías en la repisa de la chimenea. La madre de Mary –si el
retrato era de ella– quizá fue una holgazana en sus ratos libres (se casó con
un ministro de la Iglesia y tuvo trece hijos), pero, en tal caso, su vida alegre
y disipada había dejado muy pocas huellas de placer en sus facciones. Era
una mujer de su casa: una señora mayor, con un chal de cuadros sujeto con un
camafeo. Sentada en una silla de enea, animaba a un spaniel a mirar a la
cámara, con la expresión divertida aunque cansada de quien sabe que el
perro se moverá inevitablemente cuando se encienda la bombilla. Ahora
bien, si hubiera montado un negocio, si se hubiera dedicado a la fabricación
de seda artificial o hubiera sido un magnate de la bolsa, si hubiera donado a
Fernham dos mil o tres mil libras, su hija y yo esa noche estaríamos
tranquilamente sentadas hablando de arqueología, de botánica, de
antropología, de física, de la naturaleza del átomo, de matemáticas, de
astronomía, de relatividad o de geografía. Si la señorita Seton, y su madre, y
su abuela hubiesen aprendido el gran arte de hacer dinero y hubiesen legado
su fortuna como hicieron sus padres y sus abuelos para crear cátedras,
premios y becas femeninas, podríamos haber cenado a solas, en sus
habitaciones, una carne de ave aceptable acompañada de una botella de
vino; podríamos haber esperado sin incurrir en un exceso de confianza una
vida agradable y digna al amparo de alguna de esas profesiones
generosamente financiadas. En ese momento podríamos haber estado
explorando o escribiendo; descubriendo los lugares venerables de la tierra;
sentadas en las escaleras del Partenón y entregadas a la contemplación, o
entrando en una oficina a las diez y volviendo cómodamente a casa a las
cuatro y media para escribir un poco de poesía. Si la señora Seton y las
mujeres como ella se hubieran dedicado a los negocios desde los quince
años, ésa era la pega del argumento, Mary no existiría. ¿Qué pensaría Mary
al respecto? La noche de octubre asomaba entre las cortinas, serena y
deliciosa, con un par de estrellas prendidas en los árboles dorados. ¿Estaba
mi amiga dispuesta a renunciar a su parte de esa noche y a los recuerdos
(pues había vivido en una familia feliz, aunque muy numerosa) de sus juegos
y sus peleas en Escocia, una tierra que nunca se cansaba de elogiar por la
pureza del aire y la calidad de su repostería, para que en Fernham hubieran
recibido cincuenta mil libras de un plumazo? Y es que las donaciones
universitarias exigían la supresión total de las familias. Hacer una fortuna y
tener trece hijos no había ser humano capaz de resistirlo. Examinemos los
hechos, dijimos. En primer lugar, pasan nueve meses antes del nacimiento. A
continuación nace el niño. Hay que amamantarlo por espacio de tres o cuatro
meses. Luego hay que pasar lo menos cinco años jugando con él. Por lo visto
no se puede dejar que los niños correteen por la calle. Quienes los han visto
corretear como salvajes en Rusia aseguran que no es un espectáculo
gratificante. Otros sostienen que la personalidad se configura en los
primeros cinco años de vida. Si la señora Seton, señalé, se hubiera dedicado
a ganar dinero, ¿qué recuerdos tendrías de los juegos y las peleas infantiles?
¿Qué sabrías hoy de Escocia, de su aire puro, de su repostería y de todo lo
demás? De todos modos, es inútil hacer estas preguntas, porque no habrías
nacido. Y es igual de inútil preguntar qué habría ocurrido si la señorita
Seton, y su madre, y su abuela hubieran amasado una gran fortuna y la
hubieran enterrado bajo los cimientos de la facultad y de la biblioteca,
porque, en primer lugar, no podían ganar dinero y, en segundo lugar, de haber
podido, la ley les negaba el derecho a poseer el dinero que hubiesen ganado.
Sólo en los últimos cuarenta y ocho años la señora Seton ha podido disfrutar
de un penique propio. En todos los siglos anteriores, su dinero habría sido
propiedad de su marido, y quizá esta idea hubiera contribuido a que tanto la
madre como la abuela de mi amiga Mary Seton jamás se acercaran a la
Bolsa. Me arrebatarán hasta el último penique que gano, se dirían, para que
mi marido disponga de él a su recto saber y entender, quizá para financiar
una beca o una cátedra en Balliol o en Kings, de manera que ganar dinero,
aun cuando pudiera, no me interesa demasiado. Mejor que de esos asuntos se
ocupe mi marido.
Ahora bien, tanto si la mujer que en la foto miraba al spaniel era culpable
como si no, a la vista estaba que por una u otra razón nuestras madres habían
administrado sus asuntos pésimamente. No ha quedado ni un penique para
«comodidades», perdices y vino, bedeles y césped, libros y cigarrillos,
bibliotecas y ocio. Levantar paredes desnudas era todo cuanto habían
logrado.
Charlamos de pie, junto a la ventana, contemplando, como tantos miles de
personas cada noche, las cúpulas y las torres de la famosa ciudad tendida a
nuestros pies. Era muy hermosa, muy misteriosa a la luz de la luna de otoño.
La piedra vieja parecía muy blanca y venerable. Pensé en todos los libros
reunidos allí; en los retratos de antiguos prelados y hombres de mérito que
colgaban en las paredes forradas de madera; en las vidrieras que quizá en
ese preciso instante estarían proyectando extraños globos y medias lunas
sobre las aceras; en las placas y las inscripciones conmemorativas; en las
fuentes y la hierba; en las habitaciones tranquilas que miraban a los patios
tranquilos. Y (disculpadme el pensamiento), pensé también en el tabaco y el
licor, en las mullidas butacas y las agradables alfombras; en el civismo, la
genialidad y la dignidad, que son vástagos del lujo, de la intimidad y del
espacio. Lo cierto es que nuestras madres no nos habían proporcionado nada
comparable a todo aquello; nuestras madres, a quienes tanto había costado
recaudar treinta mil libras; nuestras madres, que habían dado trece hijos a
ministros de la Iglesia en St. Andrews.
Así regresé a la hostería donde me alojaba, y, mientras paseaba por las
calles oscuras, reflexioné sobre esto y aquello, como es frecuente al término
de un día de trabajo. Me pregunté por qué la señora Seton no pudo dejarnos
ningún dinero, y qué consecuencias espirituales tenía la pobreza, y cuáles la
riqueza; y me acordé de los extraños caballeros a los que había visto esa
mañana, con sus capas de piel sobre los hombros; y de cómo, si alguien
silbaba, uno de ellos echaba a correr; y pensé en el estruendo del órgano en
la capilla y en las puertas cerradas de la biblioteca; y en lo desagradable que
era quedarse fuera; y en que quizá fuera peor estar encerrado dentro; y,
pensando en la seguridad y la prosperidad de un sexo y en la pobreza y la
inseguridad del otro, y en las consecuencias de la tradición y la ausencia de
tradición en el espíritu de un escritor, pensé finalmente que iba siendo hora
de enrollar la arrugada piel del día, con sus razonamientos y sus
impresiones, su rabia y su risa, y de arrojarla al seto. Un millar de estrellas
centelleaba en la azul inmensidad del cielo. Tuve la sensación de hallarme
sola, inmersa en una sociedad inescrutable. Todos los seres humanos
dormían, mudos, en posición horizontal. Las calles de Oxbridge parecían
desiertas. Hasta la puerta del hotel se abrió de golpe al roce de una mano
invisible; ni siquiera un botones me esperaba despierto para encender las
luces, tan tarde era.
1. Este ensayo está basado en el texto de dos conferencias pronunciadas en
la Arts Society de Newnham y la Odtaa de Girton, con algunas
modificaciones y ampliaciones.
2. «Nos dicen que deberíamos pedir al menos 30.000 libras... No es una
gran suma, teniendo en cuenta que sólo habrá una facultad como ésta en toda
Gran Bretaña, Irlanda y las Colonias, y a la vista de lo fácil que resulta
recaudar inmensos fondos para las facultades de los chicos. Sin embargo, si
se piensa que son muy pocos quienes desean que las mujeres reciban
educación, es muchísimo.» Lady Stephen, Life of miss Emily Davies.
3. «Hasta el último penique que pudo arañarse se reservó para la
construcción, y las comodidades tuvieron que dejarse para más adelante.» R.
Strachey, The Cause.
Capítulo 2
La escena, si tenéis la amabilidad de seguirme, ha cambiado. Las hojas
siguen cayendo de los árboles, pero ahora en Londres en lugar de Oxbridge.
Y tengo que pediros que imaginéis una habitación como miles de otras, con
una ventana que mira a los sombreros de la gente, a las furgonetas de
reparto, a los coches y a otras ventanas; y en la habitación una mesa sobre la
que reposa una hoja de papel con un título en letras mayúsculas: LAS
MUJERES Y LA LITERATURA. Nada más. El corolario de una comida y
una cena en Oxbridge parecía ser, por desgracia, una visita al Museo
Británico. Tenía que desprenderme de todo cuanto de personal y accidental
había en aquellas impresiones para extraer el fluido puro, el aceite esencial
de la verdad. Y es que esa visita a Oxbridge, con su comida y su cena, había
suscitado todo un enjambre de preguntas. ¿Por qué los hombres bebían vino
y las mujeres agua? ¿Por qué un sexo era tan próspero y el otro tan pobre?
¿Qué consecuencias tiene la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones son
necesarias para la creación de obras de arte? Miles de preguntas se
agolpaban a la vez. Pero yo necesitaba respuestas, no preguntas, y sólo
encontraría la respuesta consultando a los que saben y carecen de prejuicios,
a los que se han elevado por encima de las disputas verbales y la confusión
corporal y han ofrecido el resultado de su razonamiento y su investigación en
los libros que alberga el Museo Británico. Si la verdad no se encuentra en
los anaqueles del Museo Británico, ¿dónde, me pregunté, mientras sacaba un
lápiz y una libreta, está la verdad?
Así provista, con esta confianza y estas preguntas, salí en busca de la
verdad. El día, aunque no llovía, era lúgubre. En las calles aledañas al
Museo las carboneras estaban abiertas y por ellas se derramaba una lluvia
de sacos; varios coches de caballos se acercaron a la acera y depositaron en
el suelo unas cajas atadas con cordeles que contenían, presumiblemente, el
guardarropa completo de alguna familia suiza o italiana recién llegada a las
casas de huéspedes de Bloomsbury para pasar el invierno, en busca de
fortuna, refugio o alguna otra comodidad deseable. Hombres de voz ronca
recorrían las calles con carretillas cargadas de plantas. Unos gritaban; otros
cantaban. Londres era como una fábrica. Londres era como una máquina. A
todos nos empujaban hacia adelante o hacia atrás sobre su superficie lisa
para componer algún diseño. El Museo Británico era otro departamento de
la fábrica. Las puertas se abrieron, y, tras cruzarlas, me encontré bajo la
enorme bóveda, como si fuera tan sólo un pensamiento surgido en la
gigantesca y calva frente magníficamente ceñida por una guirnalda de
nombres famosos. Me acerqué al mostrador, cogí un papel, abrí un volumen
del catálogo y ..... los cinco puntos suspensivos indican aquí cinco minutos
de perplejidad, de sorpresa, de asombro. ¿Tenéis idea de cuántos libros han
escrito las mujeres en el curso de un año? ¿Tenéis idea de cuántos han
escrito los hombres? ¿Sois conscientes de que las mujeres quizá seamos el
animal más discutido del universo? Allí estaba, provista de un cuaderno y un
lápiz, con el propósito de pasar la mañana leyendo y la creencia de que en
cuestión de unas horas habría logrado trasvasar la verdad a mi cuaderno. Sin
embargo, tendría que ser yo una manada de elefantes, un ejército de arañas,
pensé, aferrándome a los animales que tienen fama de vivir más años y de
tener más ojos, para enfrentarme a tal empresa. Necesitaría garras de acero y
pico de bronce siquiera para penetrar ese caparazón. ¿Cómo iba a encontrar
las semillas de la verdad incrustadas en semejante masa de papel? Y,
desesperada, recorrí con la vista la interminable lista de títulos. Hasta los
títulos de los libros me proporcionaban materia de reflexión. El sexo y su
naturaleza atraen como es lógico a médicos y biólogos, pero lo sorprendente,
lo difícil de explicar era el hecho de que el sexo –es decir, las mujeres–
también atraía a amenos ensayistas, a novelistas de gráciles dedos, a varones
jóvenes que han cursado una licenciatura; a hombres sin estudios
universitarios; a hombres sin más cualificación aparente que la de no ser
mujeres. Algunos de aquellos libros eran por tanto frívolos y burlescos, pero
muchos, por el contrario, eran serios y proféticos, morales y exhortatorios.
Bastaba leer los títulos para imaginar a una multitud de directores de
escuela, a una multitud de clérigos, encaramados en tribunas y púlpitos,
disertando con una locuacidad que superaba con creces la hora de rigor
destinada a los discursos sobre esta cuestión. Era un fenómeno extrañísimo;
y, al parecer –consulté en este punto la letra H–, exclusivo del sexo
masculino. Las mujeres no escriben libros sobre los hombres, hecho que no
pude por menos que recibir con alivio, pues, si primero tenía que leer todo
lo que los hombres han escrito acerca de las mujeres, luego lo que las
mujeres han escrito sobre los hombres, el áloe que florece una vez cada cien
años habría florecido dos veces antes de que yo pudiera empezar a escribir.
Así, tras una selección completamente arbitraria de unos doce volúmenes,
deposité mis fichas de peticiones en la bandeja de alambre y aguardé en mi
asiento junto a otros buscadores del aceite esencial de la verdad.
¿Cuál podía ser la causa de tan curiosa disparidad?, me pregunté, al
tiempo que dibujaba carretillas en las hojas de papel sufragadas por los
contribuyentes británicos para otros fines. ¿Por qué las mujeres, a juzgar por
aquel catálogo, resultan mucho más interesantes para los hombres que éstos
para las mujeres? Me pareció un hecho muy singular, y me puse a imaginar
las vidas de los hombres que dedicaban su tiempo a escribir libros sobre las
mujeres; a imaginar si eran viejos o jóvenes, casados o solteros, si tendrían
la nariz roja y la espalda encorvada. De todos modos, era vagamente
halagador sentirse el objeto de tanta atención, siempre y cuando dicha
atención no procediera exclusivamente de los tullidos y los enfermos, y así
continué reflexionando hasta que tan frívolos pensamientos se vieron
interrumpidos por la avalancha de libros que se deslizó ante mí sobre el
escritorio. Entonces se presentó el problema. El estudiante que ha aprendido
a investigar en Oxbridge conoce sin duda un método para pastorear su
pregunta sin dejarse distraer por nada, hasta que ésta encuentra su respuesta
como una oveja su redil. Estaba segura de que el estudiante que se hallaba a
mi lado, sin ir más lejos, copiando sin parar de un manual científico, extraía
pepitas de mineral puro y esencial cada diez minutos aproximadamente. Así
lo indicaban sus leves gruñidos de satisfacción. Mas, por desgracia, para
quien carece de formación universitaria, la pregunta, lejos de entrar en su
redil, corre de acá para allá como un rebaño asustado, en estampida,
perseguido por una jauría. Profesores, maestros de escuela, sociólogos,
clérigos, novelistas, ensayistas, periodistas, hombres sin más cualificación
que la de no ser mujeres, salieron a la caza de mi sencilla pregunta –¿Por
qué son pobres las mujeres?– hasta que ésta se convirtió en cincuenta
preguntas; hasta que las cincuenta preguntas se arremolinaron en mitad de la
corriente y se dejaron arrastrar por ella. Había llenado el cuaderno de notas
garabateadas en todas las páginas. Para que comprendáis cuál era en ese
momento mi estado de ánimo, os leeré algunas; todas las páginas iban
encabezadas por este epígrafe en mayúsculas: MUJERES Y POBREZA. Y lo
que seguía era más o menos así:
Condición en la Edad Media de,
Hábitos en las islas Fiyi de,
Veneradas como diosas por,
Más débiles en lo moral que,
Idealismo de,
Mayor conciencia de,
Habitantes de las islas de los Mares del Sur, edad de la pubertad
entre,
Atractivo de,
Ofrecidas como sacrificio a,
Pequeño tamaño cerebral de,
Subconsciente más profundo de,
Menor vello corporal de,
Inferioridad intelectual, moral y física de,
Amor a los niños de,
Mayor longevidad de,
Musculatura más débil de,
Intensidad de los afectos de,
Vanidad de,
Educación superior de,
Opinión de Shakespeare de,
Opinión de lord Birkenhead de,
Opinión del deán Inge de,
Opinión de La Bruyère de,
Opinión del señor Oscar Browning de...
Aquí tomé aire y escribí al margen: ¿Por qué afirma Samuel Butler: «Los
hombres doctos nunca dicen lo que piensan de las mujeres»? Los hombres
doctos, por lo visto, no hablan de otra cosa. Pero, continué, reclinándome en
mi silla y contemplando la enorme bóveda en la que yo tan sólo era un
pensamiento, aunque a esas alturas un tanto acuciado: ¿Por qué es tan
lamentable que los hombres doctos nunca piensen lo mismo sobre las
mujeres? Veamos qué dice Pope:
La mayoría de las mujeres carecen por completo de personalidad.
Y La Bruyère:
Las mujeres son extremas; son mejores o peores que los hombres...
Una flagrante contradicción por parte de avezados observadores
contemporáneos. ¿Se las puede educar o no? Napoleón las juzgaba
incapaces. El doctor Johnson sostenía lo contrario 4. ¿Tienen alma o no
tienen alma? Algunos bárbaros afirman que no. Otros, por el contrario,
aseguran que las mujeres son semidivinas, y las veneran por ello 5. Ciertos
sabios declaraban que tenían el cerebro más hueco; otros que su conciencia
era más profunda. Goethe las veneraba; Mussolini las desprecia. En todas
partes, los hombres pensaban en las mujeres y pensaban de un modo distinto.
Era imposible sacar nada en claro, concluí, mirando con envidia al lector
que estaba a mi lado, haciendo pulcros resúmenes encabezados con una A,
una B o una C, mientras que mi cuaderno era una confusión de garabatos
frenéticos y observaciones contradictorias. Era descorazonador, era
desconcertante, era humillante. La verdad se había escapado entre mis
dedos; hasta la última gota.
De ningún modo podía volver a casa, me dije, y añadir como una
aportación seria al estudio de las mujeres y la literatura que las mujeres
tenían menos vello corporal que los hombres, o que las habitantes de las
islas de los mares del Sur alcanzan la edad púber a los nueve años, ¿o es a
los noventa? Hasta mi propia letra resultaba indescifrable, con tanta
distracción. Era una desgracia no tener nada más sólido o respetable que
mostrar al cabo de una mañana de trabajo. Y si no lograba dar con la verdad
sobre M (así había empezado a llamar a las mujeres, por brevedad) en el
pasado, ¿a qué molestarme por M en el futuro? Me parecía una pérdida de
tiempo consultar con esos caballeros especializados en las mujeres y sus
efectos sobre cualquier cosa –la política, los niños, los salarios, la
moralidad–, por numerosos e instruidos que fueran. Bien podía prescindir de
sus libros.
Sin embargo, mientras reflexionaba, en mi desánimo, en mi
desesperación, había ido esbozando inconscientemente un dibujo allí donde,
como mi vecino, debiera estar redactando una conclusión. Había dibujado un
rostro, una figura. Era el rostro y la figura del profesor von X embarcado en
la composición de su obra monumental, titulada La inferioridad moral,
mental y física del sexo femenino. No resultaba, en mi dibujo, un hombre
atractivo para las mujeres. Era de complexión corpulenta y mandíbula
prominente, y en compensación tenía los ojos muy pequeños y la cara muy
colorada. Su expresión traslucía que trabajaba bajo el efecto de una emoción
que le hacía acribillar el papel con la pluma, como si estuviera matando un
insecto molesto. Pero no se dio por satisfecho tras haberlo liquidado;
necesitaba seguir matando, y aun así, parecía quedarle algún motivo de rabia
e irritación. ¿Sería su mujer, pregunté, contemplando mi dibujo? ¿Se habría
enamorado de un oficial de caballería? ¿Era el oficial de caballería un
hombre apuesto y elegante, vestido de astracán? ¿Se habría burlado del
profesor alguna muchacha guapa, por adoptar la teoría freudiana, cuando aún
se encontraba en la cuna? Pues ni siquiera en la cuna, pensé, el profesor
había sido un niño guapo. Fuera cual fuere la razón, en mi dibujo aparecía
muy enfadado y muy feo, mientras redactaba su gran libro sobre la
inferioridad intelectual, moral y física de las mujeres. Hacer dibujos era una
forma ociosa de concluir una inútil mañana de trabajo. No obstante, es en
nuestros momentos de ociosidad, en nuestros sueños, cuando a veces aflora
la verdad sumergida. Un ejercicio de psicología muy elemental, que no
merecía el digno nombre de psicoanálisis, me había demostrado, al mirar mi
cuaderno, que el dibujo del airado profesor estaba hecho con ira. La ira se
había apoderado de mi lápiz mientras yo soñaba. ¿Qué hacía allí la ira?
Interés, confusión, diversión, aburrimiento..., a todas estas emociones pude
seguirles el rastro y ponerles nombre conforme se sucedieron en el
transcurso de la mañana. ¿Acechaba tras ellas la ira, esa serpiente negra? Sí,
decía el dibujo. Y esto me condujo inevitablemente al libro, a la frase que
había despertado al demonio: la afirmación del profesor sobre la
inferioridad intelectual, moral y física de las mujeres. Me dio un vuelco el
corazón. Me ardieron las mejillas. Me puse roja de ira. No había en estas
palabras nada especialmente notable, por absurdas que fueran. A una no le
gusta que le digan que es inferior por naturaleza a un hombrecillo –miré al
estudiante sentado a mi lado– que respira con dificultad, lleva una corbata
de nudo prefabricado y no se ha afeitado en dos semanas. Una tiene sus
tontas vanidades. Es la naturaleza humana, me dije, y empecé a dibujar
ruedas de carro y círculos sobre el encolerizado rostro del profesor, hasta
que pareció un arbusto ardiendo o un cometa llameante, una aparición en
cualquier caso, sin semejanza o importancia humanas. El profesor se
convirtió en un haz de leña que ardía en la cima de Hampstead Heath. Mi
rabia no tardó en quedar explicada y extinguida, pero seguía picándome la
curiosidad. ¿Cómo explicar la rabia de los profesores? ¿Por qué estaban
enfadados? Y es que, al analizar la impresión que dejaban aquellos libros,
siempre surgía un elemento de ardor. Ese ardor cobraba formas muy
diversas; se expresaba con sátira, con sentimiento, con curiosidad, con
reprobación. Pero siempre estaba presente otro elemento que no se dejaba
identificar a primera vista. Lo llamé ira. Aunque se trataba de una ira
soterrada y mezclada con multitud de emociones. A juzgar por sus extraños
efectos, era una ira disimulada y compleja, no una ira simple y manifiesta.
Con independencia de cuál fuera el motivo, todos esos libros, pensé,
examinando el montón apilado sobre la mesa, son inútiles para mis
propósitos. Eran inútiles científicamente, aunque humanamente estuvieran
llenos de instrucción, de interés, de aburrimiento y hasta de pintorescos
datos sobre las costumbres de los habitantes de las Fiji. Se habían escrito a
la roja luz de la emoción, no a la blanca luz de la verdad. Debían por tanto
regresar al escritorio central para ser restituidos a su correspondiente celda
del gigantesco panal. Lo único que había sacado en claro tras toda una
mañana de trabajo había sido el dato de la ira. Los profesores –los metí a
todos en el mismo saco– estaban muy enfadados. Pero, ¿por qué, me
pregunté, tras haber devuelto los libros, por qué, repetí, al verme bajo la
columnata, entre las palomas y las canoas prehistóricas, están enfadados? Y
formulándome esta pregunta eché a andar en busca de un lugar donde comer.
¿Cuál es la verdadera naturaleza de lo que por el momento estoy llamando su
ira?, inquirí. El enigma se prolongó hasta que llegué a un pequeño
restaurante de los alrededores del Museo Británico, hasta que me sirvieron
la comida. Algún comensal había dejado en una silla la edición del mediodía
del periódico vespertino y, mientras esperaba que me atendieran, me
entretuve leyendo los titulares, por pasar el rato. Una línea en grandes
caracteres surcaba la página. Alguien había alcanzado una puntuación muy
alta en Sudáfrica. Líneas más finas anunciaban que sir Austen Chamberlain
se encontraba en Ginebra. En un sótano se había hallado un hacha de
carnicero con restos de pelo humano. El juez ____ había señalado en el
Tribunal de Divorcios la desvergüenza de las mujeres. Otras noticias
salpicaban el periódico. En California habían descolgado a una actriz de
cine desde la cima de un monte y la habían dejado suspendida en el aire. Se
anunciaban nieblas. El más fugaz visitante de este planeta que encontrara ese
periódico no dejaría de observar, aun con este testimonio desperdigado, que
el gobierno de Inglaterra era un patriarcado. A nadie en su sano juicio se le
pasaría por alto el dominio del profesor. Suyos eran el poder, el dinero y la
influencia. Era el propietario del periódico, su editor y su subdirector. Era el
ministro de Exteriores y el juez. Era el jugador de cricket; era el dueño de
los caballos de carreras y de los yates. Era el director de la compañía que
ofrece a sus accionistas unos dividendos del doscientos por cien. Donaba
millones a obras de caridad y a universidades que él mismo dirigía.
Suspendía en el aire a la actriz de cine. Será él quien determine si los restos
de cabello hallados en el hacha son humanos; será él quien absuelva o
condene al asesino, quien lo ahorque o lo deje en libertad. Parecía
dominarlo todo menos la niebla. Y aun así estaba furioso. Supe que estaba
furioso por un detalle. Cuando leí lo que había escrito sobre las mujeres,
pensé no en lo que decía, sino en él. El disertador que diserta sin
apasionamiento se centra únicamente en la disertación, de tal modo que el
lector no puede por menos que reflexionar sobre la disertación. Si hubiera
hablado de las mujeres sin apasionamiento, si se hubiera servido de pruebas
irrefutables para exponer su razonamiento y no hubiera dado la menor
muestra de preferir un resultado a otro, yo tampoco me habría enfadado.
Habría aceptado los hechos, como se acepta el hecho de que un guisante es
verde o un canario amarillo. Así sea, habría dicho. Lo que me indignó fue su
ira. Y sin embargo, pensé, mientras hojeaba el periódico, era absurdo que un
hombre con tanto poder estuviera furioso. ¿Sería la ira el duendecillo
familiar, el ayudante del poder? La gente rica, por ejemplo, suele estar
siempre enfadada, porque sospecha que los pobres quieren arrebatarles su
riqueza. Los profesores o los patriarcas, como sería más exacto llamarlos,
podrían estar enfadados en parte por la misma razón, y en parte por otra que
no se aprecia tan fácilmente a primera vista. Quizá no estuvieran enfadados
en absoluto; lo cierto es que, en su vida y sus relaciones privadas, con
frecuencia eran hombres devotos, ejemplares y capaces de admiración.
Cuando insistía con tanto énfasis en la inferioridad de las mujeres, quizá al
profesor no le preocupara tanto la inferioridad de éstas como su propia
superioridad. Eso era lo que defendía con tanto ardor y tanto énfasis, pues se
trataba para él de una joya de incalculable valor. Para ambos sexos –y los
miré pasar por la ventana, abriéndose camino a codazos– la vida es ardua,
difícil, una lucha perpetua. Exige un coraje y una fuerza de gigante. Más que
nada, quizá, siendo como somos hijos de la ilusión, exige confianza en uno
mismo. Sin esa confianza somos como recién nacidos en la cuna. ¿Cómo
podemos desarrollar, lo más deprisa posible, esa cualidad imponderable y
sin embargo tan valiosa? Pensando que otros son inferiores a nosotros.
Sintiendo que uno tiene una superioridad innata sobre los demás, ya sea la
riqueza, el rango, una nariz recta o el retrato de un abuelo pintado por
Romney, porque los patéticos mecanismos de la imaginación humana son
infinitos. De ahí la importancia capital para el patriarca que debe conquistar,
que debe gobernar, el creer que mucha gente, la mitad de la humanidad, es
por naturaleza inferior a él. Ésa debe de ser una de las principales fuentes de
su poder. Pero ¿y si aplicáramos la luz de esta observación a la vida real?
¿Ayudaría a desentrañar algunos de esos enigmas psicológicos que
observamos en los márgenes de la vida cotidiana? ¿Ayudaría a explicar el
asombro que sentí hace unos días, cuando Z, el más humano, el más modesto
de los hombres, cogió un libro de Rebecca West, leyó un pasaje y exclamó:
«¡Esta feminista redomada! ¡Dice que los hombres son unos esnobs!»? La
exclamación, que tanto me sorprendió –¿era la señorita West una feminista
redomada por el hecho de hacer una afirmación posiblemente cierta aunque
poco halagadora sobre el otro sexo?–, no era tan sólo el aullido de la
vanidad herida; era una protesta contra la violación de su derecho a creer en
sí mismo. Las mujeres han servido durante siglos como espejos dotados del
mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre duplicando su
tamaño natural. A falta de ese poder es posible que el mundo siguiera siendo
pantano y jungla. Las glorias de todas nuestras batallas serían desconocidas.
Seguiríamos tallando la silueta de un venado en los restos de unos huesos de
cordero y trocando puntas de sílex por pieles de oveja o cualquier sencillo
ornamento que agradara a nuestro gusto poco refinado. Jamás habrían
existido los superhombres y los Dedos del Destino. El zar y el káiser nunca
habrían lucido sus coronas o las habrían perdido. Al margen de su utilidad
en las sociedades civilizadas, los espejos son esenciales para toda acción
violenta y heroica. Por eso Napoleón y Mussolini han insistido tanto en la
inferioridad de las mujeres; porque si no fueran inferiores, ellos dejarían de
agrandarse. Esto explica en parte la necesidad que los hombres tienen de las
mujeres. Y explica también por qué sus críticas les inquietan tanto; por qué
ellas no pueden decirles que tal libro es malo, tal cuadro flojo, o lo que sea,
sin causar mucho más dolor y suscitar mucho más encono del que suscitarían
las mismas críticas formuladas por un hombre. Y es que cuando las mujeres
empiezan a decir la verdad, la figura del espejo se encoge; su aptitud para la
vida disminuye. ¿Cómo va a seguir el hombre impartiendo justicia,
civilizando indígenas, redactando leyes, escribiendo libros, vistiéndose para
pronunciar discursos en los banquetes, si no se ve, al menos en el desayuno y
en la cena, duplicado en su tamaño natural? Así lo pensé, mientras
desmenuzaba el pan y removía el café, observando de vez en cuando a la
gente que pasaba por la calle. La imagen del espejo es de suma importancia,
puesto que aumenta la vitalidad y estimula el sistema nervioso. Sin ella, el
hombre puede morir, como el adicto privado de su cocaína. Bajo el hechizo
de esta ilusión, pensé, mirando por la ventana, sale a trabajar la mitad de la
gente que pasa por la calle. Se ponen sus abrigos y sus sombreros bajo la
grata luz de esa ilusión. Comienzan el día con confianza, con ánimo,
creyéndose deseados a la hora del té en casa de la señorita Smith; entran en
la sala diciéndose: soy superior a la mitad de las personas que están aquí, y
por eso hablan con ese aplomo, con esa seguridad que tan profundas
consecuencias ha tenido en la vida pública y tan curiosas notas al margen ha
suscitado en el pensamiento privado.
Estas aportaciones al peligroso y fascinante asunto de la psicología
masculina –que confío investiguéis cuando dispongáis de quinientas libras
propias al año– se vieron interrumpidas por la necesidad de pagar la cuenta.
Ascendía a cinco chelines y nueve peniques. Le di al camarero un billete de
diez chelines y esperé que me trajera el cambio. En mi bolso tenía otro
billete de diez chelines; me fijé en este detalle porque es un hecho que me
deja anonadada: la capacidad de mi bolso para generar automáticamente
billetes de diez chelines. Lo abro, y ahí están. La sociedad me ofrece pollo y
café, cama y alojamiento, a cambio de un determinado número de billetes
que me dejó mi tía, por la sencilla razón de que llevo su apellido.
Mi tía, Mary Beton, murió tras sufrir un accidente ecuestre, un día en que
salió a pasear en Bombay. La noticia de la herencia me llegó una noche, más
o menos al tiempo que se aprobaba la ley del sufragio femenino. Un abogado
la dejó en el buzón, y, al abrirla, descubrí que me había dejado quinientas
libras al año de por vida. De estas dos cosas –el voto y el dinero–, confieso
que el dinero me pareció infinitamente más importante. Hasta la fecha me
había ganado la vida mendigando colaboraciones ocasionales en los
periódicos, informando de una exposición de burros allí o de una boda allá;
había recibido unas libras por escribir sobres, leer en voz alta a mujeres
ancianas, confeccionar flores artificiales o enseñar el abecedario en jardines
de infancia. Ésas eran las principales ocupaciones a las que podían aspirar
las mujeres antes de 1918. Me temo que no es necesario que describa con
detalle la dureza del trabajo, pues es posible que conozcáis a mujeres que lo
han desempeñado; ni que me extienda tampoco sobre la dificultad de vivir
con lo que se gana, porque quizá lo hayáis intentado. Lo que sigue
pareciéndome un castigo peor que cualquiera de estas dos cosas es el veneno
del miedo y la amargura que esos días me infundieron. Para empezar, se
trataba de un trabajo que no quería hacer, y además tenía que hacerlo como
una esclava, halagando y adulando, lo cual quizá no siempre sea necesario,
pero lo parecía, y la apuesta era demasiado alta para correr riesgos; y luego
estaba el pensamiento de que ese don que era un suplicio ocultar –un don
pequeño pero muy querido para quien lo posee– se iba marchitando, y con él
me marchitaba yo, se marchitaba mi alma. Era como el óxido que corroe el
esplendor de la primavera, que destruye el corazón del árbol. Sin embargo,
como digo, mi tía murió, y cada vez que cambio un billete de diez chelines
consigo eliminar parte de ese óxido y esa corrosión; el miedo y la amargura
se esfuman. Es asombroso, pensé, mientras me guardaba las monedas en el
bolso, al recordar la amargura de aquellos días, el cambio de ánimo que trae
consigo la percepción de una renta fija. Ninguna fuerza en el mundo puede
arrebatarme mis quinientas libras. Comida, casa y vestido son míos para
siempre. Así, no sólo el esfuerzo y el trabajo cesaron para mí, sino también
el odio y la amargura. No necesito odiar a ningún hombre; no puede hacerme
daño. No necesito halagar a ningún hombre; no tiene nada que ofrecerme.
Imperceptiblemente fui adoptando una actitud distinta hacia la otra mitad de
la humanidad. Era absurdo echar la culpa a una clase social o a un sexo en su
conjunto. Las masas nunca son responsables de sus actos. Se mueven por
instintos que escapan a su control. También ellos, los patriarcas, los
profesores, afrontan un sinfín de dificultades y deben sortear numerosos
obstáculos. Su educación ha sido en ciertos aspectos tan deficiente como la
mía. Ha causado en ellos defectos igual de grandes. Cierto es que tenían
dinero y poder, pero sólo a costa de albergar en su pecho un águila, un buitre
que les arrancaba el hígado y les picoteaba los pulmones eternamente: el
instinto de posesión, el furor que los llevaba a codiciar sin descanso las
tierras y los bienes ajenos; a construir fronteras y banderas, buques de guerra
y gases venenosos; a ofrecer sus propias vidas y las vidas de sus hijos. Os
invito a que deis una vuelta por el Arco del Almirantazgo (había llegado a
ese monumento) o por cualquier otra avenida consagrada a los trofeos y el
cañón, y a que reflexionéis sobre la modalidad de gloria que allí se celebra.
O a que observéis al agente de bolsa y al gran abogado bajo el sol de
primavera, en el momento en que se disponen a entrar en algún edificio para
amasar dinero, dinero, más dinero, cuando es un hecho innegable que bastan
quinientas libras al año para vivir plácidamente al sol. Pensé que debía de
ser muy desagradable albergar tales instintos. Son fruto de las condiciones
de vida, de la falta de civilización, me dije, fijándome en la estatua del
duque de Cambridge, sobre todo en las plumas de su sombrero de tres picos,
con un interés inédito en mí. Al caer en la cuenta de estos obstáculos, el
miedo y el rencor se transformaron gradualmente en compasión y tolerancia;
y al cabo de uno o dos años, la compasión y la tolerancia también
desaparecieron y se produjo la mayor liberación de todas, que es la libertad
de pensar en las cosas tal como son. Ese edificio, sin ir más lejos, ¿me gusta
o no me gusta? Ese cuadro ¿es bonito o no lo es? Ese libro ¿es a mi juicio
bueno o no? Lo cierto es que el legado de mi tía había levantado el velo que
cubría el cielo para sustituirlo por la imponente figura de un caballero a
quien Milton me recomendaba profesar una eterna devoción, para ofrecerme
una visión del cielo abierto.
Sumida en tales pensamientos, en tales especulaciones, volví a casa por
la orilla del río. Empezaban a encenderse las farolas y un cambio
indescriptible se había operado sobre Londres desde la mañana. Parecía
como si la gigantesca máquina, al cabo de un día de trabajo, hubiera
fabricado con nuestra ayuda unos metros de un material muy emocionante y
muy hermoso: una tela de fuego en la que fulguraban multitud de ojos rojos,
un monstruo leonado que al rugir exhalaba aire caliente. Hasta el viento
ondeaba como una bandera, azotaba las casas y sacudía las vallas.
En mi pequeña calle, sin embargo, reinaba un ambiente familiar. El pintor
bajaba de su escalera; la niñera empujaba con cuidado un cochecito de
vuelta a casa para dar la merienda a los niños; el carbonero doblaba y
apilaba los sacos vacíos; la mujer que regenta la verdulería sumaba las
ganancias del día con las manos enfundadas en unos mitones rojos. Pero, tan
absorta estaba yo en la tarea que me habíais encomendado que no acertaba a
ver siquiera esas escenas tan corrientes sin relacionarlas con un tema
central. Se me ocurrió que hoy es mucho más difícil que hace un siglo
afirmar cuál de las ocupaciones anteriores es la más elevada, la más
necesaria. ¿Es mejor ser carbonero o niñera? ¿Es menos útil al mundo la
mujer de la limpieza que ha criado ocho hijos que el abogado que ha ganado
cien mil libras? De nada sirve hacer estas preguntas porque nadie puede
responderlas. El valor relativo de abogados y mujeres de la limpieza no sólo
aumenta o disminuye de década en década, sino que carecemos de reglas con
las que medirlo incluso en el presente. Había sido una estupidez por mi parte
pedirle a mi profesor que me proporcionara «pruebas irrefutables» de tal o
cual cosa en su disertación sobre las mujeres. Aun cuando fuera posible
establecer el valor de determinado talento en el presente, esos valores no
son inamovibles; es muy posible que dentro de un siglo hayan cambiado por
completo. De aquí a cien años, pensé, llegando ya a la puerta de mi casa, las
mujeres habrán dejado de ser el sexo protegido. Participarán lógicamente en
todas las actividades que en otro tiempo se les negaron. La niñera será
carbonera. La verdulera conducirá una máquina. Todas las suposiciones
fundadas en lo observado cuando las mujeres eran el sexo protegido habrán
desaparecido para entonces: por ejemplo (en ese instante una brigada de
soldados pasó desfilando por la calle), que las mujeres, los clérigos y los
jardineros viven más años. Eliminemos esa protección, expongámoslas a los
mismos esfuerzos y las mismas actividades, convirtámoslas en soldados, en
marinos, en maquinistas y en trabajadores portuarios, y las mujeres morirán
mucho más jóvenes, mucho antes que los hombres, hasta el punto de que
podrá decirse: «Hoy he visto una mujer», como antes se decía: «Hoy he
visto un avión». Todo puede ocurrir cuando el hecho de ser mujer no sea ya
una ocupación protegida, pensé abriendo la puerta. Pero ¿qué tiene todo esto
que ver con el tema de mi conferencia: Las mujeres y la literatura?, me
pregunté al cruzar el umbral.
4. «“Los hombres saben que no pueden competir con las mujeres y por tanto
eligen a las más débiles o a las más ignorantes. Si no pensaran así no
temerían que las mujeres supieran tanto como ellos.” ... En justicia al sexo
femenino, no puedo por menos que reconocer con franqueza que, en una
conversación posterior, me confesó que todo lo había dicho en serio.»
Boswell, The Journal of a Tour to the Hebrides.
5. «Los antiguos germanos creían que había algo sagrado en las mujeres, y
en consecuencia las consultaban como oráculos.» Frazer, La rama dorada.
Capítulo 3
Me decepcionaba no haber vuelto a casa por la noche con alguna afirmación
importante, con algún dato válido. Las mujeres son más pobres que los
hombres por esto o lo otro. Quizá fuera preferible renunciar a la búsqueda
de la verdad y recibir una avalancha mental de opiniones ardientes como la
lava y turbias como el agua de lavar los platos. Mejor correr las cortinas,
evitar las distracciones, encender la lámpara, limitar el ámbito de la
investigación y preguntar al historiador, que no registra opiniones sino
hechos, para describir en qué condiciones vivían las mujeres no a lo largo
de los siglos sino en la Inglaterra isabelina, pongamos por caso.
Sin duda es un eterno misterio que ninguna mujer escribiera una sola
palabra de aquella extraordinaria literatura cuando, por lo visto, uno de cada
dos hombres eran capaces de escribir canciones o sonetos. ¿En qué
condiciones vivían las mujeres? Porque la literatura, es decir, la obra de
imaginación, no cae al suelo como un guijarro, como tal vez ocurra con la
ciencia; la literatura es como la tela de una araña, muy frágil, aunque sujeta
de todos modos a las cuatro esquinas de la vida. A veces la sujeción resulta
apenas perceptible. Las obras de Shakespeare, por ejemplo, parecen
suspendidas en el aire sin ayuda de nada. Pero al estirar la tela, al colgarla
de un extremo y rasgarla por la mitad, recordamos que esas tramas no las
tejen en el aire criaturas incorpóreas, sino que son fruto del sufrimiento
humano y están sujetas a cosas tan puramente materiales como la salud, el
dinero y las casas en que vivimos.
Me acerqué así a la estantería donde guardo los libros de historia y cogí
uno de los últimos, History of England, del profesor Trevelyan. Volví a
buscar en el índice «mujeres», encontré «posición de» y fui a las páginas
correspondientes. Y leí lo siguiente: «Azotar a las mujeres era un legítimo
derecho del hombre, y tanto las clases altas como las bajas lo ejercían sin
ningún pudor ... Del mismo modo, la hija que se negaba a casarse con el
caballero elegido por sus padres se exponía a que la encerraran, la
apalearan y la arrastraran por el suelo, sin que nadie se escandalizase. El
matrimonio no era cuestión de afecto personal sino de codicia familiar,
especialmente entre las clases altas “caballerescas”... El compromiso
matrimonial a menudo se formalizaba cuando una de las partes aún estaba en
la cuna, y la boda se celebraba apenas quedaban libres de la tutela de sus
niñeras». Esto ocurría allá por 1470, poco después de la época de Chaucer.
La siguiente referencia a la situación de las mujeres correspondía a dos
siglos más tarde, en tiempos de los Estuardo. «Seguía siendo excepcional,
para las mujeres de clase media y alta, elegir a sus maridos, y una vez se les
asignaba un marido, éste se convertía en su dueño y señor, de acuerdo con la
ley y la costumbre. Sin embargo, ni las mujeres de Shakespeare ni aquellas
mencionadas en las memorias del siglo XVII, como las de Verney y las de
Hutchinson, parecían carecer de personalidad y carácter», concluye el
profesor Trevelyan. Lo cierto es que, si nos paramos a pensarlo, Cleopatra
debió de ser muy suya; lady Macbeth, cabe suponer, tenía voluntad propia;
Rosalinda, podríamos concluir, era una joven muy atractiva. El profesor
Trevelyan sólo dice la verdad cuando señala que las mujeres de Shakespeare
no parecen carecer de personalidad y carácter. No siendo historiadora,
podría yo ir más lejos y afirmar que las mujeres han ardido como faros en
todas las obras de todos los poetas desde el principio de los tiempos:
Clitemnestra, Antígona, Cleopatra, lady Macbeth, Fedra, Crésida, Rosalinda,
Desdémona o la duquesa de Malfi, entre los dramaturgos; Millamant,
Clarissa, Becky Sharp, Anna Karénina, Emma Bovary o madame de
Guermantes, entre los prosistas. Los nombres que acuden en tropel a mi
memoria no evocan a mujeres «sin personalidad y carácter». De hecho, si las
mujeres existieran únicamente en la literatura escrita por los hombres, las
imaginaríamos como personas importantísimas, variopintas, heroicas y
mezquinas, espléndidas y sórdidas, infinitamente hermosas y feas a más no
poder, tan grandes como los hombres, incluso más grandes, a decir de
algunos 6. Pero estas mujeres viven en la literatura. En la realidad, como
señala el profesor Trevelyan, las encerraban, las apaleaban y las arrastraban
por el suelo.
De todo esto emerge un ser muy extraño y controvertido. En la
imaginación es de la máxima importancia; en la práctica es del todo
insignificante. Invade por completo la poesía, mientras que está casi ausente
en los libros de historia. Domina la existencia de reyes y conquistadores en
la ficción, aunque en la vida real era la esclava de cualquier muchacho a
quien sus padres obligaran a ponerle un anillo en el dedo. De sus labios han
salido algunas de las palabras más inspiradas, algunos de los pensamientos
más profundos de la literatura; en la vida real apenas sabía leer y escribir y
era propiedad del marido.
Era sin duda un monstruo extraño el que emergía de la lectura de los
historiadores primero y de los poetas a continuación: un gusano con alas de
águila; el espíritu de la vida y de la belleza encerrado en una cocina,
cortando tocino. Estos monstruos, aunque divertidos para la imaginación,
carecen de existencia real. Para dar vida a la mujer había que pensar en
términos poéticos y prosaicos simultáneamente, sin perder el contacto con la
realidad: que es la señora Martin, de 36 años, vestida de azul, con un
sombrero negro y zapatos marrones; pero sin perder de vista tampoco la
literatura: que es un recipiente en cuyo interior circulan eternamente toda
suerte de espíritus y fuerzas. Ahora bien, cuando se trata de aplicar este
método a la mujer isabelina, una parte de la iluminación falla; la escasez de
datos interrumpe el proceso. No disponemos de conocimientos detallados,
veraces y sustanciales acerca de ella. La Historia apenas la menciona. Volví
pues al profesor Trevelyan con la intención de ver qué significado atribuía a
la Historia. Ojeando los encabezamientos de sus capítulos descubrí que
significaba:
«El Tribunal del Señorío y los métodos de cultivo en campo abierto...
Los cistercienses y la cría de ovejas... Las Cruzadas... La Universidad... La
Cámara de los Comunes... La Guerra de los Cien Años... Las guerras de las
Rosas... Los sabios del Renacimiento... La disolución de los monasterios...
Las luchas agrarias y religiosas... El origen del poder marítimo de
Inglaterra... La Armada...», y así sucesivamente. Sólo de vez en cuando se
hace mención a una mujer en concreto, a Isabel o a María, a una reina o una
gran señora. Pero en ningún caso, las mujeres de clase media que sólo
contaban con cerebro y carácter podían haber participado en alguno de los
grandes acontecimientos que, tomados en conjunto, constituyen la visión que
el historiador tiene del pasado. Tampoco la veremos en ninguna colección de
anécdotas. Aubrey rara vez la menciona. La mujer nunca relata su propia
vida y no suele llevar un diario; a lo sumo disponemos de un puñado de
cartas. No ha dejado obras de teatro o poemas que nos permitan juzgarla. Lo
que queremos, pensé –¿y por qué no nos lo proporciona alguna alumna
brillante de Newnham o de Girton?–, es una gran masa de información: a qué
edad se casó; cuántos hijos tenía por norma; cómo era su casa; si disponía de
una habitación propia; si cocinaba ella misma; si era frecuente que tuviese
una criada. Todos esos datos deben de estar en alguna parte, quizá en los
registros parroquiales y en los libros de contabilidad; la vida de la mujer
corriente en la época isabelina a buen seguro está desperdigada en distintos
lugares. ¿No podría alguien recopilarla y escribir un libro? Sería una osadía,
pensé, mientras buscaba en los estantes libros que no estaban allí, proponer
a las estudiantes de esas famosas facultades que reescriban la historia,
aunque confieso que tal como la conocemos resulta a veces un tanto extraña,
irreal y sesgada. Pero ¿por qué no pedirles que añadan un suplemento a la
Historia, dándole, claro está, un nombre mucho menos conspicuo, de tal
modo que las mujeres puedan figurar en ella sin faltar al decoro? A menudo
las vislumbramos en las vidas de los grandes hombres, apartadas, en un
segundo plano, ocultando, así me lo parece a veces, un guiño, una risa, acaso
una lágrima. A fin de cuentas, contamos con abundantes biografías de Jane
Austen; no parece necesario analizar una vez más la influencia de las
tragedias de Joanna Baillie en la poesía de Edgar Allan Poe; en lo que a mí
respecta, no me importaría que cerraran al público las casas y las
obsesiones de Mary Russell Mitford al menos durante un siglo. Lo que
encuentro deplorable, continué, buscando de nuevo en los estantes, es que no
sepamos nada de las mujeres antes del siglo XVIII. No dispongo de ningún
modelo mental para observarlo bajo distintos prismas. Aquí estoy,
preguntándome por qué las mujeres no escribían poesía en la época
isabelina, sin saber qué educación habían recibido; si las enseñaron a
escribir; si disponían de un espacio para su uso particular; cuántas mujeres
tenían hijos antes de cumplir los veintiún años; en resumidas cuentas, ¿qué
hacían desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde? Era evidente
que no tenían dinero; de acuerdo con el profesor Trevelyan, se casaban tanto
si querían como si no siendo casi unas niñas, probablemente a los quince o
dieciséis años. Habría sido rarísimo, en semejante situación, que alguna de
ellas escribiera de pronto las obras de Shakespeare, concluí; y me vino a la
cabeza la imagen de ese anciano caballero, ya fallecido, que fue obispo,
creo, y declaró que era del todo imposible para ninguna mujer, pasada,
presente o por venir, tener el genio de Shakespeare. Escribió a los
periódicos en ese sentido. A una señora que acudió a él en busca de
información le dijo que los gatos en realidad no van al cielo, aunque tienen
almas de cierta especie. ¡Cuántas cavilaciones nos ahorran estos caballeros!
¡Cómo retrocedían las fronteras de la ignorancia, al acercarse ellos! Los
gatos no van al cielo. Las mujeres no son capaces de escribir las obras de
Shakespeare.
Pese a todo, mientras recorría con la mirada las obras de Shakespeare en
los estantes, no pude dejar de pensar en que el obispo estaba en lo cierto al
menos en este punto: habría sido del todo imposible que una mujer
escribiera las obras de Shakespeare en la época de Shakespeare. Permitidme
que imagine, ya que los datos son tan escasos, qué habría ocurrido si
Shakespeare hubiese tenido una hermana prodigiosamente dotada, llamada
Judith, digamos. Es muy probable que el propio Shakespeare –su madre era
una heredera– fuese al colegio, y que allí aprendiera latín –Ovidio, Virgilio
y Horacio– además de los fundamentos de la gramática y de la lógica. Era,
sabido es, un niño indómito que cazaba ratones, incluso puede que matase
algún ciervo, y que contrajo matrimonio, bastante antes de lo aconsejable,
con una mujer del vecindario, que le dio un hijo bastante antes de lo
aconsejable. Esta aventura lo llevó a Londres en busca de fortuna. Sentía, al
parecer, inclinación por el teatro, y empezó por ocuparse de los caballos en
la entrada de los artistas. Pronto encontró trabajo en las tablas, trabó amistad
con un actor de éxito y pasó a vivir en el centro del universo: conocía a todo
el mundo, frecuentaba a todo el mundo, practicaba su arte escénico,
ejercitaba su ingenio en las calles e incluso tenía acceso al palacio de la
reina. Entretanto, su hermana prodigiosamente dotada, supongamos que se
quedaba en casa. Tenía el mismo espíritu aventurero, la misma imaginación y
las mismas ansias de ver mundo que William. Pero no fue al colegio. No
tuvo la oportunidad de aprender gramática y lógica, y mucho menos de leer a
Horacio y a Virgilio. De vez en cuando tomaba un libro, de su hermano tal
vez, y leía unas páginas. Pero entonces sus padres la ordenaban que
remendase los calcetines o se ocupara del guiso en lugar de entregarse a
ensoñaciones entre libros y papeles. Serían severos con ella, aunque
amables, pues eran personas conscientes de las condiciones de la vida para
una mujer y querían a su hija; de hecho, es probable que fuera la niña de los
ojos de su padre. Puede que Judith escribiera algunas páginas a escondidas,
en el desván donde guardaban las manzanas, pero siempre se cuidaba de
ocultarlas o quemarlas. Pronto, antes de cumplir los veinte años, estaría
prometida con el hijo de un comerciante en lanas de la vecindad. Proclamó a
gritos que ese matrimonio le resultaba odioso, y su padre le dio una paliza.
A partir de ese día dejó de castigarla. En vez de eso, le suplicó que no le
hiciera sufrir, que no lo avergonzara en ese asunto del casamiento. Con los
ojos llenos de lágrimas, le prometió un collar de perlas o unas enaguas
bonitas. ¿Cómo podía ella desobedecer? ¿Cómo podía romperle el corazón?
Sólo la fuerza de su talento la impulsó a dar el paso. Hizo un hatillo con sus
pertenencias, se descolgó por la ventana con ayuda de una cuerda una noche
de verano y tomó el camino de Londres. Aún no tenía diecisiete años. Los
pájaros que cantaban en el seto no sentían la música más que ella. Poseía la
misma imaginación desbordante, el mismo don que su hermano para captar la
melodía de las palabras. Y, como a él, le gustaba el teatro. Se detuvo en la
entrada de artistas; quería actuar, dijo. Los hombres se rieron en sus narices.
El director, un hombre gordo, de labios caídos, prorrumpió en carcajadas. Y
bramó algo sobre caniches que bailaban y mujeres que actuaban. Insinuó... ya
imagináis qué. No podía formarse en el oficio. ¿Podía siquiera cenar en una
taberna o vagar por las calles a medianoche? Pero Judith estaba tocada por
el genio de la literatura y ansiaba alimentarse de las vidas de los hombres y
las mujeres, del estudio de sus costumbres. Por fin, puesto que era muy joven
y guardaba un extraño parecido con su hermano el poeta –los mismos ojos
grises y las mismas cejas arqueadas–, por fin el director de actores, Nick
Green, se apiadó de ella; no tardó en quedar encinta de este caballero y, una
noche de invierno –¿quién puede medir el ardor y la violencia del alma del
poeta atrapado y enredado en un cuerpo de mujer?–, se quitó la vida. Hoy
yace enterrada en algún cruce de caminos, donde ahora paran los ómnibus,
junto al Elephant and Castle.
Así, más o menos, habría sido la historia, de haber tenido una mujer el
genio de Shakespeare en la época de Shakespeare. Coincido personalmente
con el difunto obispo, si en verdad lo era: es inconcebible que una mujer
hubiera podido tener el genio de Shakespeare en la época de Shakespeare.
Porque genios como el de Shakespeare no nacen entre personas trabajadoras,
incultas y serviles. No nacían en Inglaterra, entre los sajones y los britanos.
No nacen hoy entre las clases obreras. ¿Cómo podían haber nacido entre
mujeres que empezaban a trabajar siendo apenas unas niñas, obligadas por
sus padres y el poder de las leyes y las costumbres? Sin embargo, tuvo que
haber personas dotadas de alguna clase de talento entre las mujeres y entre
las clases trabajadoras, aunque no dejaran su huella sobre el papel. De vez
en cuando resplandecen una Emily Brontë o un Robert Burns que así lo
demuestran. No obstante, cuando leo sobre una bruja emplumada, sobre una
mujer poseída por los demonios, sobre una mujer sabia que vendía hierbas,
incluso sobre un hombre extraordinario que tenía una madre, tengo la
sensación de estar sobre la pista de una novelista perdida, de una poeta
silenciada, de alguna muda y anónima Jane Austen, de alguna Emily Brontë
que se machacó los sesos en los páramos o vagó por los caminos con el
rostro desencajado, enloquecida por la tortura que su talento le había
infligido. Me atrevería a decir que Anon, que escribió tantos poemas sin
firmarlos, era una mujer. Era una mujer, así lo sugirió Edward Fitzgerald
según tengo entendido, quien compuso las baladas y las canciones populares
para arrullar con ellas a sus hijos, para entretenerse mientras hilaba o
sobrellevar las largas noches de invierno.
Podría ser cierto o podría ser falso: ¿quién lo sabe? Lo que sí es cierto,
al menos así me lo pareció al repasar la historia de la hermana de
Shakespeare tal como la he imaginado, es que cualquier mujer que en el
siglo XVI naciera con un gran talento, sin duda habría enloquecido, se habría
pegado un tiro o habría terminado sus días en una casa solitaria de las
afueras del pueblo, medio bruja, medio maga, temida y convertida en el
blanco de todas las burlas. Y es que no hacen falta muchos conocimientos
psicológicos para convencerse de que una joven de grandes dotes que
hubiera tratado de aplicar su talento a la poesía se habría visto coartada y
entorpecida por los demás, torturada y dividida por sus instintos contrarios,
hasta el punto de perder la salud y la cordura con toda seguridad. Ninguna
muchacha podría haber llegado a las puertas de un teatro londinense y haber
sido recibida por el director de actores sin causarse una violencia y sin
sufrir una angustia que quizá fueran irracionales –porque la castidad bien
podría ser un fetiche inventado por ciertas sociedades por razones
desconocidas–, pero sin duda eran inevitables. La castidad tenía entonces,
como ahora, una importancia religiosa en la vida de una mujer; se halla tan
entretejida en los nervios y los instintos que, para liberarla y sacarla a la luz,
se requiere un valor de lo más insólito. Haber vivido una existencia libre en
el Londres del siglo XVI habría supuesto para una mujer que escribiera
poesía y obras de teatro una tensión nerviosa y un dilema tales que quizá la
hubiesen matado. De haber sobrevivido, cuanto hubiese podido escribir
sería retorcido y deformado, fruto de una imaginación truculenta y morbosa.
Y sin duda, pensé, mirando los estantes, donde no había ninguna obra de
teatro escrita por mujeres, no habría firmado sus obras. Ciertamente habría
buscado ese refugio. Era la reliquia de la noción de castidad lo que dictó el
anonimato de las mujeres hasta una fecha tan tardía como el siglo XIX. Currer
Bell, George Elliot, George Sand, todas las víctimas de esa lucha interior,
tal como revelan sus escritos, trataron de ocultarse infructuosamente tras un
seudónimo masculino. Honraron así la convención, si no establecida por el
otro sexo, sí ampliamente fomentada (la máxima gloria de una mujer no es
que se hable de ella, decía Pericles, un hombre del que tanto se ha hablado),
de que la publicidad es detestable para las mujeres. El anonimato corre por
sus venas. El deseo de ocultarse sigue poseyéndolas. Ni siquiera hoy se
preocupan por la salud de su fama tanto como los hombres y, en general,
pasarán junto a una lápida o un cartel sin sentir el deseo irrefrenable de
tallar sus nombres en ellos, como Alf, Bert o Chas se ven impelidos a hacer
en obediencia a ese instinto que, al ver una mujer hermosa, incluso un perro,
les hace murmurar: Ce chien est à moi. Naturalmente, puede no ser un perro,
pensé, acordándome de la plaza del Parlamento, de la avenida Sièges y de
otras vías públicas; puede ser un trozo de tierra o un hombre de pelo negro y
ensortijado. Ésa es una de las grandes ventajas de ser mujer: que una puede
toparse incluso con una negra muy guapa sin sentir el deseo de convertirla en
inglesa.
Esa mujer, nacida con un don especial para la poesía en el siglo XVI, era
una mujer infeliz, una mujer en pugna consigo misma. Sus condiciones de
vida, sus propios instintos, eran hostiles al estado de ánimo necesario para
liberar lo que uno tenga en el cerebro. Me pregunté entonces cuál era el
estado de ánimo más propicio al acto creativo. ¿Es posible formarse una
idea del estado que favorece y hace posible esa extraña actividad? En ese
punto abrí el volumen que contenía las tragedias de Shakespeare. ¿Cuál era
el estado de ánimo de Shakespeare cuando escribió, por ejemplo, El rey
Lear o Antonio y Cleopatra? Sin duda el más favorable para la poesía. Pero
el propio Shakespeare nunca habló de su estado de ánimo. Sabemos, por
azar, que «jamás tachó una línea». A decir verdad, ningún artista se refirió a
su estado de ánimo hasta llegado el siglo XVIII. Puede que el primero en
hacerlo fuera Rousseau. En todo caso, un siglo más tarde, la conciencia
individual se había desarrollado a tal extremo que se convirtió en costumbre
de los hombres de letras ofrecer una descripción de su psicología en
confesiones y autobiografías. También se escribieron sus vidas, y después de
su muerte se publicaron sus cartas. Así, aunque ignoramos qué experiencias
tuvo Shakespeare mientras escribía El rey Lear, sí conocemos las de Carlyle
cuando escribía La revolución francesa; las de Flaubert cuando escribía
Madame Bovary; las de Keats cuando intentó escribir poesía frente a la
cercanía de la muerte y la indiferencia del mundo.
A partir de esta enorme cantidad de confesiones y autoanálisis en la
literatura moderna, deduzco que escribir una obra genial es en la mayoría de
los casos una hazaña de una dificultad prodigiosa. Todo está en contra de la
probabilidad de que la obra salga entera e intacta de la mente del autor. Las
circunstancias materiales generalmente se oponen al empeño. Ladrarán los
perros; interrumpirá la gente; habrá que ganar dinero; fallará la salud. Y a
todas estas dificultades se sumará la notoria indiferencia del mundo, que las
hará más pesadas de sobrellevar. El mundo no pide a nadie que escriba
poemas, novelas o libros de historia; no los necesita. Al mundo le trae sin
cuidado que Flaubert encuentre la palabra exacta o que Carlyle verifique
escrupulosamente este o aquel dato. Y, como es natural, no paga por aquello
que no necesita. Por eso el escritor, Keats, Flaubert o Carlyle, sufre, sobre
todo en los años más creativos de su juventud, toda clase de distracciones y
desalientos. Una maldición, un grito de agonía se eleva de esos libros de
análisis y confesión. «Grandísimos poetas mueren en la miseria», tal es la
carga de su canto. Si algo se logra a pesar de todo, es un milagro, y es
probable que ningún libro nazca intacto y sin deformidades, tal como fue
concebido.
Sin embargo, me dije, contemplando los estantes vacíos, estas
dificultades fueron infinitamente más formidables para las mujeres. En
primer lugar, era impensable tener una habitación propia hasta el comienzo
del siglo XIX, y mucho menos un espacio tranquilo o a prueba de ruidos, a
menos que los padres fueran excepcionalmente ricos o muy nobles. Puesto
que su asignación, que dependía de la buena voluntad paterna, sólo
alcanzaba para vestir, la mujer se veía privada de esos pequeños desahogos
de los que disfrutaron incluso Keats, Tennyson o Carlyle, pobres todos ellos,
tales como una excursión a pie, un viaje a Francia, y una vivienda
independiente que, por modesta que fuera, los liberaba de las exigencias y la
tiranía de sus familias. Las dificultades materiales de las mujeres eran
formidables, pero mucho más lo eran las inmateriales. La indiferencia del
mundo que Keats, Flaubert y otros hombres de genio encontraron tan difícil
de soportar, era en el caso de las mujeres no ya indiferencia sino hostilidad.
El mundo no les decía, como a ellos: Escribe si es lo que quieres; a mí me
trae sin cuidado. El mundo les decía con desprecio: ¿Escribir? ¿De qué sirve
que escribas? Las psicólogas de Newnham y de Girton podrían ayudarnos en
esta cuestión, pensé, mirando una vez más los espacios vacíos en los
estantes. Porque sin duda es hora de medir el efecto del desaliento en el
ánimo del artista, tal como he visto que una empresa láctea mide el efecto de
la leche corriente y la leche de primera calidad en el cuerpo de las ratas.
Introdujeron a dos ratas en sendas jaulas, lado a lado; una de ellas se
mostraba furtiva y tímida, y no crecía, mientras que la otra era osada, grande
y tenía la piel lustrosa. Ahora bien, ¿con qué alimentamos a las mujeres
artistas?, me pregunté, recordando, supongo, el postre de natillas y ciruelas
pasas. Para responder a esta pregunta sólo tuve que abrir el periódico
vespertino y leer que lord Birkenhead sostiene que..., pero no voy a tomarme
la molestia de transcribir la opinión que a lord Birkenhead pueda merecerle
lo que escriben las mujeres. Dejaré en paz lo que diga el deán Inge. Que
despierte si quiere con sus vociferaciones el especialista de Harley Street
los ecos de Harley Street, que a mí no se me moverá ni un pelo de la cabeza.
Citaré, sin embargo, al señor Oscar Browning, porque en su día fue una gran
autoridad en Cambridge y se ocupaba de examinar a las estudiantes de
Girton y Newnham. El señor Oscar Browning tenía la costumbre de declarar
«que, tras corregir los exámenes, con independencia de las calificaciones
que pudiera poner, le quedaba la impresión de que la mejor de las mujeres
era intelectualmente inferior al peor de los hombres». Dicho esto, el señor
Browning regresó a sus habitaciones –y lo que sigue es lo que le granjea
nuestro cariño y lo convierte en un ser humano de cierta talla y
majestuosidad–, y allí encontró a un mozo de cuadras tumbado en el sofá:
«Un simple esqueleto, con las mejillas cetrinas y cavernosas, los dientes
negros, incapaz, a lo que parecía, de hacer uso de sus extremidades ... Es
Arthur [dijo el señor Browning]. Un muchacho encantador y muy
inteligente». Siempre he pensado que estas dos imágenes se completan la una
a la otra. Y, felizmente, en esta época de auge de la biografía se completan
para que podamos interpretar las opiniones de los grandes hombres no sólo a
la luz de lo que dicen, sino a la luz de lo que hacen.
De todos modos, aunque ahora es posible interpretarlas, estas opiniones
salidas de los labios de personas importantes debieron de ser tremendas
hace tan sólo cincuenta años. Supongamos que un padre, por los mejores
motivos, no quisiera permitir que su hija abandonara el hogar para
convertirse en escritora, pintora o erudita. «Veamos qué opina el señor
Oscar Browning», se diría; pero no contaba únicamente con la guía del señor
Oscar Browning; contaba con la Saturday Review; contaba con el señor
Greg: «la esencia de la mujer –señalaba con énfasis el señor Greg– reside
en que el hombre la mantiene y ella vela por él». Eran muchos los hombres
que opinaban que nada podía esperarse de las mujeres en el plano
intelectual. Aunque su padre no leyera en voz alta estas opiniones, cualquier
muchacha podía leerlas por su cuenta, y esta lectura, incluso en el siglo XIX,
debió de mermar su vitalidad y afectar profundamente a su trabajo. A todas
horas llegaría a sus oídos la misma afirmación: «no puedes hacer esto; eres
incapaz de hacer aquello», y se vería en la obligación de protestar, de
refutarla. Puede que este germen no tenga ya demasiadas consecuencias para
una novelista, puesto que ha habido muchas novelistas de mérito. En cambio,
es posible que a las pintoras aún les siga escociendo; y para las
compositoras, supongo, quizá continúe estando activo y sea venenoso hasta
el extremo. La posición de la compositora, hoy, es equiparable a la de la
actriz en tiempos de Shakespeare. Nick Greene, pensé, recordando mi
historia inventada sobre la hermana del genio, comparó a la mujer que
actuaba con un perro que bailaba. Johnson repitió la misma frase al cabo de
dos siglos para referirse a las mujeres que predicaban. Y aquí tenemos, dije,
abriendo un libro de música, las mismas palabras empleadas en este año de
gracia de 1928, aplicadas a las mujeres que intentan escribir música: «En
cuanto a mademoiselle Germaine Tailleferre, sólo cabe repetir la máxima
del doctor Johnson acerca de las mujeres que predicaban, trasladándola a
términos musicales: “Señor mío, una mujer que compone es como un perro
que anda sobre sus patas traseras. No lo hace bien, pero ya es asombroso
que lo consiga”» 7. Con tal exactitud se repite la historia.
Así, concluí, cerrando el volumen sobre la vida del señor Oscar
Browning y apartando los demás, es bastante obvio que ni siquiera en el
siglo XIX se alentaba a las mujeres a ser artistas. Por el contrario, se las
despreciaba, abofeteaba, adoctrinaba y exhortaba. Su capacidad intelectual y
su vitalidad debieron de verse mermadas por la necesidad de oponerse a tal
cosa o rebatir tal otra. Y es que en este punto volvemos a adentrarnos en la
esfera de ese oscuro complejo masculino, tan interesante, que tanto ha
influido en el movimiento feminista; ese deseo hondamente arraigado, no
tanto de que ella sea inferior como de que él sea superior, que sitúa al
hombre, se mire donde se mire, no sólo al frente de las artes, sino que
también lo lleva a bloquear el camino de la política, aun cuando el riesgo
para él sea insignificante y la peticionaria humilde y devota. Incluso lady
Bessborough, recordé, con toda su pasión por la política, tiene que
inclinarse humildemente y escribir a lord Granville Leveson-Gower: «...
pese a toda mi violencia en cuestiones políticas y lo mucho que hablo de
ellas, coincido plenamente con usted en que ninguna mujer tiene derecho a
inmiscuirse en ningún asunto serio, más allá de dar su opinión (si se le
pide)». Y pasa luego a derrochar su entusiasmo sobre un tema de inmensa
importancia: el discurso inaugural de lord Granville en la Cámara de los
Comunes. Se me antojó que el espectáculo era de lo más extraño. La historia
de la oposición masculina a la emancipación de las mujeres quizá sea más
interesante que la propia historia de la emancipación. Alguna estudiante de
Girton o Newnham podría escribir un libro entretenido y formular una teoría
a partir de los ejemplos recopilados, aunque para ello tendría que cubrirse
las manos con unos guantes bien gruesos y protegerse con barrotes de oro
macizo.
Sin embargo, pensé, cerrando el libro de lady Bessborough, lo que hoy
parece divertido fue un asunto muy grave en otro tiempo. Las opiniones que
en la actualidad recogemos en un cuaderno titulado «Quiquiriquí» para
leerlas ante un público selecto en las noches de verano, en su día arrancaron
lágrimas, os lo aseguro. Entre vuestras abuelas y bisabuelas hubo muchas
que lloraron a mares. Florence Nightingale aullaba de agonía 8. Además,
vosotras, que habéis ido a la universidad y contáis con salitas particulares –
¿o son sólo salitas-dormitorio?–, podéis decir que el genio debe pasar por
alto estas opiniones; que el genio debe estar por encima de lo que digan los
demás. Por desgracia, son precisamente los hombres y las mujeres de genio
quienes más se preocupan por lo que de ellos se diga. Recordemos a Keats.
Recordemos las palabras que hizo esculpir en su lápida. Pensemos en
Tennyson; pensemos en..., tampoco es necesario multiplicar los ejemplos del
hecho innegable, aunque muy triste, de que el artista, por naturaleza, se
preocupa en exceso por lo que se dice de él. La literatura está sembrada de
naufragios de hombres preocupados más allá de lo razonable por las
opiniones ajenas.
Esta susceptibilidad es doblemente desafortunada, reflexioné, volviendo
a mi pregunta original, a cuál es el estado de ánimo más propicio para la
obra creativa, pues para lograr el prodigioso esfuerzo de liberar entera e
intacta la obra que lleva dentro, la mente del artista debe ser incandescente
como la de Shakespeare, conjeturé, contemplando el volumen de las obras
completas abierto en Antonio y Cleopatra. No puede albergar obstáculo
alguno ni materia ajena sin consumir.
Y es que, aunque digamos que no sabemos nada del estado de ánimo de
Shakespeare, al decirlo ya estamos diciendo algo de su estado de ánimo. Si
sabemos tan poco sobre Shakespeare –en comparación con Donne o Ben
Jonson o Milton– tal vez sea porque nos esconde sus rencillas, sus rencores
y sus antipatías. No nos asalta ninguna «revelación» que nos recuerde al
escritor. Todo deseo de protestar, de predicar, de airear una ofensa, de
saldar una cuenta, de hacer al mundo testigo de un problema o una injusticia
ardió en él hasta consumirse. Por eso su poesía fluye sin trabas, con entera
libertad. Si alguna vez ha habido un ser humano capaz de dar a su obra plena
expresión, ha sido Shakespeare. Si alguna vez ha habido una mente
incandescente, libre de obstáculos, pensé, mirando de nuevo la estantería, ha
sido la de Shakespeare.
6. «Sigue siendo un hecho extraño y casi inexplicable que, en la ciudad de
Atenas, donde las mujeres vivían casi tan recluidas como en Oriente, como
odaliscas o esclavas, la escena produjera no obstante personajes como
Clitemnestra y Casandra, Atosa y Antígona, Fedra y Medea, y todas las
demás heroínas que pueblan las obras del “misógino” Eurípides. Nunca se
ha explicado satisfactoriamente la paradoja de ese mundo en el que una
mujer respetable apenas podía mostrar su rostro por la calle en la vida real,
mientras que en la escena la mujer iguala o supera al hombre. En la tragedia
moderna las mujeres siguen interpretando un papel protagonista. En todo
caso, basta un somero estudio de la obra de Shakespeare (y lo mismo cabe
decir de Webster, aunque no de Marlowe o de Jonson) para advertir cómo
este protagonismo, esta iniciativa de las mujeres, persiste desde Rosalinda a
lady Macbeth. Lo mismo sucede con el teatro de Racine: seis de sus
tragedias llevan los nombres de sus heroínas; y ¿a cuáles de sus personajes
masculinos podríamos comparar con Hermíone y Andrómaca, con Berenice
y Roxana, con Fedra y Atalía? Y lo mismo con el de Ibsen: ¿qué hombres
son comparables a Solveig y a Nora, a Hedda y Hilda Wangel o a Rebecca
West?» F. L. Lucas, Tragedy, pp. 114-115.
7. A Survey of Contemporary Music, Cecil Gray, p. 246.
8. Véase Cassandra, de Florence Nightingale, publicado en The Cause por
R. Strachey.
Capítulo 4
Dar con una mujer que tuviera la misma mentalidad en el siglo XVI era sin
duda imposible. Basta pensar en las tumbas isabelinas, en todos esos niños
arrodillados con las manos unidas, en sus muertes prematuras, en sus casas
de habitaciones oscuras y estrechas, para comprender que ninguna mujer
habría podido escribir poesía en esa época. Sí cabría esperar que, algún
tiempo después, una gran señora se sirviera de su libertad y su comodidad
relativas para publicar algún escrito con su nombre, aun a riesgo de ser
tomada por un monstruo. Los hombres, por supuesto, no son esnobs,
continué, soslayando el «feminismo consumado» de Rebecca West; pero
acogen con simpatía en la mayoría de los casos los esfuerzos poéticos de una
condesa. Es concebible que una dama con título nobiliario recibiera mucho
más aliento del que habrían recibido en esa misma época mujeres
desconocidas como la señorita Austen o la señorita Brontë. Y al mismo
tiempo, es posible que estuviera perturbada por emociones impropias, como
el miedo y el odio, y que en sus poemas se apreciaran indicios de esa
perturbación. Aquí tenemos, por ejemplo, a lady Winchilsea, pensé, abriendo
su poemario. Nació en 1661; era noble por nacimiento y por matrimonio; no
tuvo hijos; escribió poesía, y basta con abrir sus poemas para verla estallar
de indignación por la situación de las mujeres:
¡Qué bajo hemos caído! con tantas normas falsas,
necias más por cultura que por naturaleza;
excluidas de todo logro de la razón,
destinadas y condenadas a ser insustanciales.
Y si alguna se atreve a alzar el vuelo,
con fantasía más cálida y ambición pertinaz,
con tal fuerza responde la facción oponente,
que el afán de crecer muere a manos del miedo.
Salta a la vista que lady Winchilsea no ha logrado «consumir todos los
obstáculos y volverse incandescente». Por el contrario, está acosada y
distraída por odios y afrentas. La humanidad se encuentra a sus ojos dividida
en dos bandos. Los hombres son «la facción oponente»; los hombres son
odiados y temidos, pues tienen el poder de impedirle hacer lo que ella
desea, que es escribir.
A la mujer que intenta ejercitar la pluma,
se la tiene por tan presuntuosa,
que no hay virtud que su falta redima.
Dicen que erramos nuestro sexo y camino,
que debemos cifrar nuestras aspiraciones
en buena educación, moda, baile, juego y ropa.
Que escribir o leer o pensar o inquirir
podrían empañar nuestra belleza, agotar nuestro tiempo
y truncar las conquistas de nuestra juventud.
La tediosa labor de administrar un hogar con criados
es a decir de algunos nuestro máximo arte y función.
Lo cierto es que se anima a escribir creyendo que lo que escribe nunca
verá la luz; se sosiega con este canto triste:
Canta para algunos amigos y para tu tristeza,
pues no son para ti las coronas de laurel.
Sean oscuras tus sombras y en ellas vive contenta.
Sin embargo, es evidente que, de haber podido liberarse del odio y el
miedo, en vez de acumular amargura y rencor, ese fuego habría ardido dentro
de ella. De vez en cuando lanza palabras que son pura poesía:
No podrá componer con sedas desvaídas,
levemente la rosa inimitable.
El señor Murry las elogia con toda justicia, y se cree que Pope evocó
estas otras y se apropió de ellas:
Ahora el junquillo vence al cerebro inane;
el dolor aromático nos produce desmayo.
Es una lástima enorme que una mujer capaz de escribir así, inclinada a la
naturaleza y a la reflexión, se viera forzada a albergar tanta rabia y tanta
amargura. Pero ¿cómo hubiera podido evitarlo?, me pregunté, imaginando el
desprecio y las carcajadas, la adulación de los hipócritas, el escepticismo
del poeta profesional. Debió de encerrarse a escribir en una habitación, en el
campo, desgarrada por el resentimiento y acaso por los escrúpulos, aunque
su marido fuera la bondad personificada y su vida conyugal perfecta. Y digo
«debió de» porque cuando se buscan datos sobre lady Winchilsea, resulta,
como de costumbre, que apenas se sabe nada de ella. Sufrió de una
melancolía atroz, que podemos explicar en cierto modo cuando nos cuenta
cómo, presa de ella, daba en imaginar:
Mis versos censurados, mi actividad tenida
por desatino inútil o presunción culpable.
La actividad así condenada, no era otra que el inofensivo deambular por
los campos, entregada a sus ensoñaciones:
Mi mano se complace en dibujar objetos inusuales,
se aparta del camino trillado y conocido.
No podrá componer con sedas desvaídas
levemente la rosa inimitable.
Naturalmente, siendo ésa su costumbre y su fuente de felicidad, no podía
sino esperar la inevitable burla; así, parece ser que Pope o Gay se mofaron
de ella y la tildaron de «pedante con ínfulas literarias». Se cree también que
ella, a su vez, ofendió a Gay y se burló de él. Su Trivia, señaló, revelaba que
«lo suyo era caminar delante de una montura, antes que cabalgar». De todos
modos, esto son «habladurías sin fundamento» y, a decir del señor Murry,
«sin interés». Sin embargo, yo no coincido con él en este punto, pues me
hubiera gustado contar con más habladurías sin fundamento para hallar o
forjarme una imagen de esta dama, proclive a la melancolía, que se deleitaba
deambulando por los campos y pensando en objetos inusuales, de esta mujer
que con tanta imprudencia y precipitación despreció «la tediosa labor de
administrar un hogar con criados». No supo ser precisa, afirma el señor
Murry. Las malas hierbas invadieron su talento y las zarzas lo cercaron. No
tuvo la oportunidad de manifestarse como el talento exquisito que era. Y,
devolviendo su libro al anaquel, pasé a ocuparme de otra gran dama, la
duquesa a la que Lamb amó, la excéntrica y fabulosa Margaret de Newcastle,
mayor que lady Winchilsea, aunque contemporánea suya. Siendo muy
distintas, comparten algunas semejanzas: las dos eran nobles, no tenían hijos
y estaban casadas con hombres excelentes. En ambas arde la misma pasión
por la poesía, y las mismas causas desfiguran y deforman sus escritos. Al
abrir el libro de la duquesa encontramos el mismo estallido de ira: «Las
mujeres viven como murciélagos o lechuzas, trabajan como bestias y mueren
como gusanos...». También Margaret habría podido ser poetisa; en nuestros
días, toda esa actividad habría logrado poner en movimiento alguna rueda.
Pero, en su época, ¿qué habría podido amarrar, domesticar o civilizar para
el uso humano una inteligencia tan indómita, generosa y sin instruir como la
suya? Su talento se derramaba, sin orden ni concierto, en torrentes de rima y
prosa, de poesía y filosofía, solidificados en cuartillas y folios que nadie
lee. Tendrían que haberle puesto un microscopio en la mano. Tendrían que
haberle enseñado a contemplar las estrellas y a razonar científicamente. La
soledad y la libertad le hicieron perder el juicio. Nadie le puso freno. Nadie
la educó. Los profesores la adulaban. En la Corte se mofaban de ella. Sir
Egerton Brydges lamentaba su aspereza «impropia de una mujer de alto
rango y criada en la Corte». Y se encerró en Welbeck, sola.
¡Qué visión de tumulto y soledad evoca la figura de Margaret Cavendish!,
como si un pepino gigante hubiera proliferado entre las rosas y los claveles
del jardín hasta aniquilarlos por completo ¡Qué pérdida tan grande que la
mujer que escribió «las mujeres que han recibido la mejor educación tienen
la mentalidad más refinada» malgastara su tiempo garabateando frases sin
sentido y hundiéndose progresivamente en la oscuridad y en la locura, a tal
punto que la gente se arremolinaba alrededor de su coche para mirarla
cuando salía a pasear! Huelga decir que la duquesa loca se convirtió en el
coco con que asustar a las niñas listas. Aparté el libro de la duquesa y abrí
las cartas de Dorothy Osborne. Dorothy escribe a Temple, al hilo del nuevo
libro de la duquesa: «A buen seguro la pobre mujer está un poco trastornada;
de lo contrario no caería en el ridículo de aventurarse a escribir libros, y
para colmo en verso. Yo no llegaría a tales extremos aunque pasara dos
semanas sin dormir».
Y así, puesto que ninguna mujer recatada y con sentido común podía
permitirse escribir libros, Dorothy, que era sensible y melancólica, el polo
opuesto de la duquesa en cuestión de temperamento, no escribió nada. Sus
cartas no cuentan. Una mujer podía escribir cartas sentada junto al lecho de
su padre enfermo. Podía escribirlas al calor de la lumbre mientras los
hombres conversaban, sin importunarlos. Lo curioso es, pensé, pasando las
páginas de las cartas de Dorothy, el talento que tenía esa muchacha inculta y
solitaria para componer frases y dibujar escenas. Escuchadla:
«Nos sentamos a charlar después de comer, hasta que sale a colación el
asunto del señor B, y entonces me retiro. Paso las horas de calor leyendo o
trabajando, y a eso de las seis o las siete salgo a pasear por unos prados que
hay junto a la casa, donde muchas mozas que guardan sus vacas y sus ovejas
se sientan a la sombra a cantar sus baladas. Me acerco a ellas y comparo sus
voces y la belleza de algunas con las de las antiguas pastoras sobre las que
he leído, y encuentro una diferencia enorme, pero creedme si os digo que son
tan inocentes como lo fueron aquéllas. Hablo con ellas y descubro que para
ser las personas más felices del mundo tan sólo necesitan saber que lo son.
Suele ocurrir, cuando estamos enzarzadas en la conversación, que alguna
mira en torno para vigilar a su vaca, que se ha adentrado en el maizal, y
todas salen corriendo como si tuvieran alas en los pies. Yo, que no soy tan
ágil, me quedo rezagada y, al verlas regresar con el ganado, pienso que ya va
siendo hora de retirarme también. Después de la cena salgo al jardín y bajo
hasta la orilla de un riachuelo que lo surca, y allí me siento, deseándote a mi
lado...».
Yo juraría que Dorothy tenía madera de escritora. Sin embargo, cuando
afirma: «Yo no llegaría a tales extremos aunque pasara dos semanas sin
dormir», nos da la medida del rechazo que debía afrontar la mujer que se
atrevía a escribir, pues aun una mujer con grandes dotes para la escritura,
como era ella, llega a convencerse de que escribir un libro es un asunto
ridículo, cuando no un signo de perturbación mental. Y así llegamos,
continué, devolviendo al estante el breve volumen de las cartas de Dorothy
Osborne, a Aphra Behn.
Y con ella doblamos un importante recodo del camino. Dejamos atrás,
encerradas en sus jardines, entre sus cuartillas, a esas grandes damas
solitarias que escribieron sin público ni crítica, para su propio deleite.
Llegamos a la ciudad y nos codeamos en la calle con personas corrientes.
Aphra Behn era una mujer de clase media, dotada de virtudes plebeyas como
el humor, la vitalidad y la valentía; una mujer forzada por la muerte de su
marido y alguna desafortunada aventura personal a ganarse la vida con su
ingenio. Tuvo que trabajar en igualdad de condiciones con los hombres. Con
mucho esfuerzo, ganó lo suficiente para vivir. Esta situación supera en
importancia a todo lo que llegó a escribir, incluso su espléndido «Mil
mártires he hecho» o «Sentado el amor en fantástico triunfo», pues es
entonces cuando comienza la libertad mental o, mejor dicho, la posibilidad
de que, con el paso del tiempo, la mente pueda gozar de libertad para
escribir lo que se le antoje. Después de que Aphra Behn allanara el camino,
las jóvenes pudieron decirles a sus padres: No me deis dinero; puedo
ganarlo con mi pluma. Aunque la respuesta seguiría siendo por muchos
siglos: ¡Sí claro, llevando la vida de Aphra Behn! ¡La muerte sería
preferible! Y la puerta se cerraba más deprisa que nunca. Un tema de tan
hondo interés como es el valor que los hombres atribuyen a la castidad
femenina y a sus consecuencias en la educación de las mujeres, se presta
aquí a la discusión, y quizá llegara a convertirse en un buen libro si alguna
estudiante de Girton o de Newnham se interesara en explorarlo. Lady
Dudley, cubierta de diamantes y rodeada de mosquitos en un páramo de
Escocia, podría servir de frontispicio. Lord Dudley, dijo el Times hace unos
días, cuando murió lady Dudley, «un hombre de gustos cultivados y
numerosas habilidades, era benevolente y pródigo, aunque despótico y
caprichoso. Insistía en que su mujer vistiera traje largo incluso en su remoto
pabellón de caza de las Tierras Altas; y la cubrió de joyas fabulosas»,
etcétera; «le dio cuanto ella quiso, salvo alguna medida de responsabilidad».
Cuando lord Dudley sufrió un ataque, ella cuidó de él y se ocupó en lo
sucesivo de la administración de sus propiedades con suma competencia.
Ese despotismo caprichoso también existía en el siglo XIX.
Pero volvamos atrás. Aphra Behn demostró que una mujer podía ganar
dinero con la escritura, quizá a costa de sacrificar algunas cualidades
agradables; y así, muy poco a poco, escribir fue dejando de ser un signo de
locura o de trastorno mental para convertirse en un asunto de importancia
práctica. Un marido podía morir, o un desastre podía sobrevenir a la familia.
A lo largo del siglo XVIII, centenares de mujeres comenzaron a redondear la
asignación que recibían para sus gastos personales o acudieron al rescate de
sus familias haciendo traducciones o escribiendo un sinfín de pésimas
novelas que hoy ni siquiera figuran en los libros de texto, aunque pueden
comprarse por lotes al precio de cuatro peniques en los puestos de viejo de
Charing Cross Road. La desbordante actividad intelectual que desplegaron
las mujeres hacia finales del siglo XVIII –el debate, el encuentro, la
redacción de ensayos sobre Shakespeare y la traducción de los clásicos– se
fundaba en el hecho incontestable de que podían ganar dinero escribiendo.
El dinero dignifica lo que se tiene por frívolo si no se paga por ello. Es
posible que algunos siguieran burlándose de ellas y tildándolas de «pedantes
con ínfulas literarias», pero nadie podía negar que eran capaces de llevarse
dinero al bolsillo. Así, hacia finales del siglo XVIII, se produjo un cambio
que, si yo tuviera que reescribir la historia, no dudaría en describir por
extenso y en considerar de mayor importancia que las Cruzadas o las
Guerras de las Rosas. La mujer de clase media empezó a escribir. Y es que,
si algún valor tiene Orgullo y prejuicio, si algún valor tienen Middlemarch y
Villete y Cumbres borrascosas, mayor valor aún de lo que yo puedo
demostrar en una hora de conferencia tiene el hecho de que las mujeres en
general, no sólo las aristócratas solitarias encerradas en sus casas de campo
entre cuartillas y aduladores, comenzaran a escribir. Sin estas predecesoras,
ni Jane Austen ni George Eliot ni las Brontë habrían podido escribir, como
tampoco habría podido Shakespeare sin Marlowe, o Marlowe sin Chaucer, o
Chaucer sin aquellos poetas olvidados que allanaron el camino y domaron la
naturaleza salvaje de la lengua. Y es que las obras maestras no son logros
aislados y solitarios; son el resultado de muchos años de pensamiento en
común, del pensamiento colectivo de muchas personas, de tal suerte que, tras
esa voz individual, se encuentra la experiencia de la masa. Jane Austen
habría hecho bien en depositar una corona de flores en la tumba de Fanny
Burney, y George Eliot tendría que haber rendido homenaje a la densa
sombra de Eliza Carter, esa mujer valiente que ató una campanilla a la
cabecera de su cama para despertarse temprano y estudiar griego. Todas las
mujeres deberían dejar flores en la tumba de Aphra Behn, que escandalosa
aunque muy oportunamente se encuentra en la Abadía de Westminster, pues
fue ella quien conquistó para todas el derecho a expresarse. Gracias a ella –
pese a su mala fama y a sus amoríos–, esta noche puedo deciros, sin que
parezca nada del otro mundo: Ganad con vuestro ingenio quinientas libras al
año.
Así llegué a los comienzos del siglo XIX, y entonces, por primera vez,
encontré varios estantes llenos de libros escritos por mujeres. Sin embargo,
al recorrerlos con la mirada, no pude dejar de preguntarme por qué todos
ellos, con muy pocas excepciones, eran novelas. El impulso original fue la
poesía. El «jefe supremo del canto» fue una poetisa. Tanto en Francia como
en Inglaterra las poetisas preceden a las novelistas. Además, pensé,
observando los cuatro nombres famosos, ¿qué tenían en común George Eliot
y Emily Brontë? ¿No es cierto que Charlotte Brontë no entendió en absoluto
a Jane Austen? Al margen del detalle acaso relevante de que ninguna de ellas
tuvo hijos, habría sido difícil reunir en una misma habitación cuatro
personalidades más dispares, de ahí que me resultara más tentador si cabe
imaginar un encuentro y un diálogo entre ellas. Alguna fuerza extraña las
impulsó a escribir novelas. ¿Tendría algo que ver con el hecho de ser de
clase media, y con la circunstancia, brillantemente demostrada poco después
por la señorita Emily Davies, de que la familia de clase media en el siglo
XIX compartía una misma sala de estar? Si una mujer escribía, tenía que
escribir en esa sala común. Y, como tan vehementemente lamentaba Florence
Nightingale («las mujeres nunca disponen de media hora... que puedan
llamar propia»), siempre las interrumpían. Con todo, debía de ser más fácil
escribir prosa y novela que escribir poesía o teatro. Exigía menos
concentración. Jane Austen escribió hasta el final de sus días. «Es
asombroso que lograra hacer tantas cosas –escribe su sobrino–, porque no
disponía de un estudio al que retirarse, y la mayor parte de su trabajo debió
de hacerlo en la sala de estar común, expuesta a constantes interrupciones.
Se cuidaba mucho de que ni los criados ni las visitas ni otras personas
ajenas al círculo familiar sospecharan cuál era su ocupación» 9. Jane Austen
escondía sus manuscritos o los ocultaba con una hoja de papel secante. En
los primeros años del siglo XIX, la única formación literaria que tenía una
mujer seguía siendo fruto de la observación de la personalidad y el análisis
de las emociones. La sensibilidad femenina se había educado durante siglos
en la influencia de esa sala de estar común. Allí grababa en su mente los
sentimientos de los demás y observaba sus relaciones personales. Por eso,
cuando las mujeres de clase media empezaron a escribir, escribieron
naturalmente novelas, aun cuando es evidente que dos de las cuatro
escritoras más famosas no eran por naturaleza novelistas. Emily Brontë
debería haber escrito teatro poético, y la desbordante capacidad intelectual
de George Eliot debería haberse desplegado, una vez agotado el impulso
creador, en el terreno de la historia o de la biografía. Pero escribieron
novelas. Incluso cabía ir más lejos, pensé, tomando el ejemplar de Orgullo y
prejuicio, y afirmar que escribieron buenas novelas. Sin presunción alguna, y
sin herir al sexo masculino, puede decirse que Orgullo y prejuicio es un
buen libro. Al menos, nadie se avergonzaría si lo sorprendiesen leyendo
Orgullo y prejuicio. Y, sin embargo, cada vez que chirriaba una bisagra,
Jane Austen se alegraba de poder esconder su manuscrito antes de que
alguien entrase. Había para ella algo deshonroso en el hecho de escribir
Orgullo y prejuicio. Y me pregunté: ¿Habría sido Orgullo y prejuicio una
novela mejor si Jane Austen no hubiera sentido la necesidad de ocultar su
manuscrito de las visitas? Leí un par de páginas y no encontré señal alguna
de que las circunstancias hubieran afectado a su trabajo en lo más mínimo.
Quizá ése fuera el mayor milagro. Que una mujer, hacia el año 1800,
escribiera sin odio, sin amargura, sin miedo, sin quejas, sin sermonear. Así
escribía Shakespeare, pensé, dirigiendo la mirada a Antonio y Cleopatra; y
cuando se compara a Shakespeare con Jane Austen, tal vez quiera decirse
que las mentes de ambos habían quemado todos los obstáculos; por eso no
conocemos a Jane Austen ni conocemos a Shakespeare, y por eso Jane
Austen está presente en cada una de las palabras que escribió, igual que lo
está Shakespeare. Si Jane Austen sufrió en algún sentido por sus
circunstancias, fue por la estrechez de la vida que le impusieron. Una mujer
no podía salir sola. Jamás viajaba; no podía subir a un ómnibus en Londres
ni comer sola en un restaurante. Aunque quizá estuviera en la naturaleza de
Jane Austen no desear aquello que no podía alcanzar. Su talento y sus
circunstancias se acoplaron a la perfección. Dudo, de todos modos, que
pueda decirse lo mismo de Charlotte Brontë, dije, abriendo el volumen de
Jane Eyre y depositándolo junto a Orgullo y prejuicio.
Lo abrí por el capítulo doce, y una frase me llamó la atención de
inmediato: «Censúreme quien quiera». ¿Por qué censurarían a Charlotte
Brontë? Y leí que Jane Eyre tenía por costumbre subir a la azotea a
contemplar la lejanía más allá de los campos, mientras la señora Fairfax
hacía mermeladas. Y entonces anhelaba –de ahí la censura–:
«Un poder de visión capaz de sobrepasar ese límite; capaz de alcanzar el
bullicioso mundo, con sus ciudades y sus regiones rebosantes de vida, de las
que había oído hablar pero nunca había visto; deseaba más experiencia
práctica de la que poseía; más relación con mis semejantes, de
personalidades más variadas de las que se encontraban a mi alcance.
Apreciaba cuanto de bueno había en la señora Fairfax y cuanto de bueno
había en Adèle, pero creía en la existencia de otras formas de bondad más
vívidas, y deseaba contemplar aquello en lo que creía.
»¿Quién me censura? Muchos, sin duda. Y dirán que estoy descontenta.
No podía evitarlo: el desasosiego estaba en mi naturaleza, me agitaba hasta
el dolor en ocasiones...
»Es vano afirmar que los seres humanos debieran conformarse con la
tranquilidad: necesitan acción, y la fabricarán si no la encuentran. Millones
de personas viven condenadas a un destino aún más tranquilo que el mío, y
millones se sublevan en silencio contra su suerte. Nadie sabe cuántas
rebeliones fermentan en la inmensa cantidad de vida que puebla la tierra. A
las mujeres se las tiene en general por muy tranquilas, pero las mujeres
albergan los mismos sentimientos que los hombres: necesitan ejercitar sus
facultades, y un terreno de acción, tanto como sus hermanos. Sufren las
consecuencias de unas restricciones demasiado rígidas, de un estancamiento
demasiado absoluto, exactamente igual que sufrirían los hombres en tales
circunstancias. Y es cortedad de miras, por parte de sus semejantes más
privilegiados, el afirmar que debieran ceñirse a hacer budines o a tricotar, a
tocar el piano y a bordar bolsos. Es una descortesía condenarlas, o burlarse
de ellas, por el hecho de aspirar a hacer más o aprender más de lo que la
costumbre ha juzgado conveniente para su sexo.
»En esos momentos de soledad no oía las carcajadas de Grace Poole...».
Me pareció un inciso torpe sacar a colación de buenas a primeras las
carcajadas de Grace Poole. Rompía el flujo. Quizá fuera posible, pensé,
dejando el volumen junto a Orgullo y prejuicio, que la mujer que escribió
aquellas páginas tuviera más genio que Jane Austen, pero, al releerlas y
detectar esa brusca interrupción, se aprecia que nunca logrará expresar su
talento intacto y pleno. Sus libros serán deformados y retorcidos. Escribirá
movida por la ira, cuando debiera escribir con serenidad. Dirá necedades
allí donde debiera expresarse con sabiduría. Hablará de sí misma en vez de
hablar de sus personajes. Está en guerra con su destino. ¿Cómo no iba a
morir joven, frustrada y empequeñecida?
No pude por menos que jugar con la idea de qué habría sido de Charlotte
Brontë si hubiera contado con trescientas libras al año, digamos; pero la muy
insensata vendió los derechos de sus novelas por un pago único de quince
mil libras. ¿Qué habría sido de ella de haber tenido más conocimientos del
bullicioso mundo, de sus ciudades y sus regiones rebosantes de vida; más
experiencia práctica y más relación con sus semejantes, de personalidades
más variadas? Con estas palabras pone el dedo en la llaga, no sólo de sus
propios defectos como novelista, sino también de los defectos de las mujeres
de su tiempo. Sabía mejor que nadie lo mucho que se habría beneficiado su
genio de no haberse entregado a la contemplación solitaria de las lejanías;
de haber podido acumular experiencias, relaciones y viajes. Pero ninguna de
estas cosas se hallaba a su alcance; le fueron negadas, y no tenemos más
remedio que aceptar que todas esas buenas novelas –Villete, Emma,
Cumbres borrascosas o Middlemarch– fueron escritas por mujeres sin más
experiencia de la vida de la que cabía en el hogar de un clérigo respetable;
escritas, por añadidura, en la sala de estar común de ese hogar respetable,
por mujeres tan pobres que no podían permitirse comprar de una vez más
que un puñado de cuartillas para escribir Cumbres borrascosas o Jane Eyre.
Es verdad que una de ellas, George Eliot, se libró de su suerte luego de
muchas vicisitudes, pero acabó recluida en una villa de St. John’s Wood.
Allí se instaló, a la sombra de la desaprobación del mundo. Y escribió:
«Quiero que se comprenda que jamás invitaré a nadie que no me haya pedido
ser invitado». Porque, al vivir en pecado, con un hombre casado, ¿no
dañaría la castidad de la señora Smith o de quienquiera que pasara a
visitarla? Tuvo que someterse a las convenciones sociales y «alejarse de
todo cuanto se llama el mundo». Al mismo tiempo, en el extremo opuesto de
Europa, había un joven que vivía libremente con una gitana o una gran
señora, iba a la guerra, cosechaba sin trabas y sin censura de nadie una
amplia y variada experiencia de la vida humana, que tan espléndidamente le
serviría más adelante para escribir sus libros. Y pensé que, de haber vivido
Tolstói recluido en el Priorato con una mujer casada, «alejado de todo
cuanto se llama el mundo», por edificante que fuera la enseñanza moral,
difícilmente hubiera escrito nunca Guerra y paz.
Quizá fuera posible ahondar un poco más en la cuestión de la escritura de
novelas y las consecuencias que la condición sexual tiene sobre los
novelistas. Si cerramos los ojos y pensamos en la novela como un todo, ésta
se nos revela como una imagen de la vida en un espejo, bien es verdad que
con numerosas simplificaciones y distorsiones. En todo caso, es una
estructura que imprime una forma en la mente, tan pronto un bloque cuadrado
como una pagoda, tan pronto dotada de alas y arcos como compacta, sólida y
coronada por una cúpula, como la catedral de Santa Sofía de Constantinopla.
Esta forma, pensé, rememorando algunas novelas famosas, despierta en el
espíritu la emoción que le es más natural. Pero dicha emoción se mezcla al
punto con otras, porque la «forma» no viene dada por la relación de la
piedra con la piedra, sino por la relación del ser humano con el ser humano.
Por eso una novela despierta en todos nosotros tal cantidad de emociones
encontradas y antagónicas. La vida entra en conflicto con algo que no es la
vida. De ahí la dificultad de llegar a un acuerdo sobre las novelas; de ahí la
inmensa influencia que nuestros prejuicios personales ejercen sobre
nosotros. Por un lado, sentimos que Tú –Juan el héroe– tienes que vivir, de
lo contrario me sumiré en los abismos de la desesperación. Por otro lado,
¡ay!, sentimos que Tú, Juan, debes morir, porque el libro así lo exige. La
vida entra en conflicto con algo que no es la vida. Pero, al ser en parte vida,
la juzgamos como tal. Jaime es de ésa clase de hombres que me parece más
detestable. Esto es un fárrago absurdo: jamás podría sentir nada semejante.
La estructura en su conjunto, como resulta obvio cuando pensamos en
cualquier novela famosa, es de una complejidad infinita, puesto que se
compone de numerosos juicios y emociones diferentes. Lo asombroso es que
un libro así creado pueda sobrevivir más de uno o dos años, o que signifique
para el lector inglés lo mismo que significa para el ruso o el chino. Sin
embargo, a veces sobreviven extraordinariamente bien. Y lo que hace
posible esos raros ejemplos de supervivencia (pensaba en Guerra y paz) es
algo que llamamos integridad, aunque nada tenga que ver con pagar las
facturas o comportarse honrosamente en una situación de emergencia. Lo que
entendemos por integridad, en el caso del novelista, es la convicción de que
nos ofrece la verdad. Nos hace sentir que nunca habríamos creído que eso
pudiera ser cierto, que nunca hemos conocido a nadie que se comportara así.
Pero consigue convencernos de que es verdad, de que ocurre. Mientras
leemos, observamos cada frase y cada escena a contraluz, porque, de una
forma muy extraña, la naturaleza parece habernos dotado de una luz interior
que nos permite juzgar la integridad o la falta de integridad del novelista. O
quizá suceda que la naturaleza, en su faceta más irracional, ha escrito con
tinta invisible en las paredes de la mente una premonición que los grandes
artistas vienen a confirmarnos; ha trazado un dibujo que sólo necesita verse
iluminado por la llama del genio para tornarse visible. Al exponerlo a esa
llama y verlo cobrar vida, exclamamos embelesados: ¡Pero si es lo que
siempre he sentido y sabido y deseado! Y bullimos de entusiasmo. Cerramos
el volumen casi con reverencia, como si fuera un objeto muy valioso, un
lugar al que podremos regresar mientras sigamos con vida; lo dejamos en el
estante, pensé, tomando Guerra y paz para devolverlo a su lugar. Si, por el
contrario, estas pobres frases que escogemos y ponemos a prueba suscitan
primero una respuesta ávida e inmediata, por su brillante colorido y sus
gestos veloces, pero luego se detienen, como si algo les impidiera
desarrollarse, o si se limitan a iluminar un tenue garabato en un rincón, o un
borrón en otra parte, sin mostrar nada entero e intacto, entonces suspiramos
con decepción y decimos: Otro fracaso. Esta novela falla en algo.
Y es que la mayoría de las novelas, naturalmente, fallan en algo. La
imaginación titubea ante la enormidad de la empresa. La intuición se
confunde y deja de discernir entre lo verdadero y lo falso; pierde la fuerza
necesaria para prolongar el ímprobo esfuerzo que exige en cada momento el
uso de tantas facultades distintas. Pero, cómo afecta a todo esto el sexo del
novelista, me pregunté, observando el volumen de Jane Eyre y los demás.
¿Es posible que la condición sexual interfiera en la integridad de una
novelista, esa integridad que, en mi opinión, es la columna vertebral del
escritor? Los citados pasajes de Jane Eyre ponen de manifiesto que la rabia
obstaculiza la integridad de Charlotte Brontë como novelista. Charlotte
Brontë abandona su historia, en la que debía haber puesto toda su devoción,
para ocuparse de una afrenta personal. Recuerda que se ha visto privada de
una parte de la experiencia que en justicia le correspondía, que se ha visto
obligada a vivir encerrada en una rectoría, remendando medias, cuando su
deseo era deambular libremente por el mundo. Advertimos que la
indignación la desvía de su imaginación. Pero no era únicamente la rabia lo
que tiraba de su imaginación y la apartaba de su camino; había muchas más
influencias. La ignorancia, por ejemplo. El retrato de Rochester está trazado
a ciegas. Detectamos en él la influencia del miedo, lo mismo que sentimos en
todo momento una amargura que es fruto de la opresión, un sufrimiento
soterrado que arde bajo su pasión, un rencor que hace a sus libros, por
espléndidos que sean, contraerse en un espasmo de dolor.
Y, como la novela se corresponde con la vida real, sus valores son en
cierto sentido los mismos de la vida real. Es evidente, sin embargo, que los
valores femeninos difieren a menudo de los valores creados por el otro sexo;
y es natural que así sea. Son los valores masculinos los que prevalecen.
Hablando en plata, el fútbol y los deportes son «importantes»; el culto a la
moda y la compra de ropa son «triviales». Y estos valores por fuerza se
trasladan de la vida a la literatura. La crítica asegura que tal libro es
importante porque trata de la guerra. Otro, por el contrario, es insignificante
porque se ocupa de los sentimientos de las mujeres en una sala de estar. Una
escena en un campo de batalla es más relevante que una escena en una
tienda: en todas partes, y de maneras mucho más sutiles, la diferencia de
valor persiste. Así, la estructura de la novela de principios del siglo XIX
escrita por mujeres es obra de una mente ligeramente desviada de la línea
recta y forzada a alterar la claridad de su visión en obediencia a una
autoridad externa. Basta con hojear esas antiguas novelas olvidadas y prestar
atención al tono con que están escritas para adivinar que su autora era objeto
de diversas críticas; decía tal cosa con ánimo de agredir, tal otra con ánimo
de conciliar. Reconocía que era «tan sólo una mujer» o protestaba y
proclamaba que valía «tanto como un hombre». Afrontaba las críticas según
los dictados de su temperamento, bien con docilidad y recato, bien con rabia
y exaltación. Tanto da lo uno como lo otro; lo que importa es que no pensaba
en la novela, sino en otra cosa. Y el libro se nos cae de las manos.
Comprendemos que falla en lo esencial. Pensé entonces en todas las mujeres
novelistas desperdigadas, como manzanas picoteadas en un huerto, en las
librerías de viejo de Londres. Era ese defecto esencial la causa de su
podredumbre: que la autora había alterado sus valores en obediencia a la
opinión ajena.
Claro está que debió de ser imposible para estas escritoras no inclinarse
hacia uno u otro lado. ¡Cuánto talento, cuánta integridad habrían necesitado,
sometidas a tantas críticas, inmersas en aquella sociedad puramente
patriarcal, para aferrarse a lo que veían sin recular! Sólo Jane Austen y
Emily Brontë lo consiguieron. Es otra pluma, quizá la más delicada, la que
adorna sus sombreros. Escribieron como escriben las mujeres, no como
escriben los hombres. De los miles de mujeres que escribieron novelas en
esa época, sólo ellas dos ignoraron por completo las admoniciones
perpetuas del eterno pedagogo: escribe esto; piensa aquello. Sólo ellas dos
se mostraron sordas a esa voz persistente, ya refunfuñona, ya
condescendiente, ya dominante, ya ofendida, ya horrorizada, ya airada, ya
paternalista, a esa voz que no deja en paz a las mujeres, que las asedia como
una gobernanta quisquillosa, que les ordena, como sir Egerton Brydges, ser
refinadas; que introduce en la crítica de la poesía la crítica sexual 10; las
exhorta, si quieren ser buenas y ganar, supongo, algún reluciente galardón, a
no sobrepasar ciertos límites que los caballeros en cuestión consideran
oportunos: «las mujeres novelistas sólo pueden aspirar a la excelencia si
reconocen con valentía las limitaciones de su sexo» 11. Esto lo dice todo en
pocas palabras. Y si os digo que esta frase no se escribió en agosto de 1828,
sino en agosto de 1928, convendréis conmigo en que, por enternecedora que
hoy pueda parecernos, representa una opinión muy generalizada –no tengo
intención de remover las aguas de esos viejos estanques; me limito a recoger
lo que el azar ha arrastrado hasta mis pies–, mucho más vigorosa y más
voceada hace un siglo. Una mujer, en 1828, habría necesitado una fortaleza
inquebrantable para abstraerse de tanto desprecio, de tanta censura y tantas
promesas de galardones. Habría tenido que ser casi una activista para
decirse: No pueden atacar también a la literatura. La literatura es un espacio
abierto a todo el mundo. Me niego a consentirte, por muy bedel que seas, que
me expulses del césped. Puedes cerrar tus bibliotecas si te place; pero no
hay verja, ni cerradura, ni candado que puedas imponer a mi libertad de
pensamiento.
Fuera cual fuere el efecto que la disuasión y las críticas tuvieron en la
literatura de estas mujeres –y yo creo que fue un efecto muy notable–, poco
importaba en comparación con la otra dificultad que hubieron de arrostrar
(seguía pensando en las novelistas de principios del siglo XIX) cuando
decidieron verter sus pensamientos sobre el papel: el hecho de que no
contaban con ninguna tradición, o de que ésta era tan breve y parcial que
apenas les servía de nada. Y es que, si somos mujeres, pensamos a través de
nuestras madres. Es inútil acudir a los grandes escritores en busca de ayuda,
aunque los frecuentemos por placer. Lamb, Browne, Thackeray, Newman,
Sterne, Dickens, De Quincey –cualquiera– nunca han ayudado a una mujer,
aun cuando ésta haya podido aprender algunos de sus trucos y adaptarlos a
sus fines. El peso, el ritmo, la zancada del intelecto masculino son
demasiado distintos para que la mujer pueda extraer de ellos nada sustancial.
El simio se encuentra demasiado lejos para ser diligente. Tal vez lo primero
que descubría la mujer, al tomar la pluma, es que no disponía de una frase
común lista para su uso. Todos los grandes novelistas, como Thackeray,
Dickens y Balzac, escribieron una prosa natural, ágil aunque no desaliñada,
expresiva aunque no preciosista, que adoptaba sus propios matices sin dejar
de ser propiedad colectiva. Se basaron en la frase que era común en su
época. La frase común a principios del siglo XIX diría, tal vez, algo
semejante a esto: «La grandeza de sus obras era a sus ojos un argumento, no
para pararse en seco, sino para pasar a la acción. Nada les procuraba mayor
entusiasmo o satisfacción que el ejercicio de su arte y la inacabable
generación de verdad y belleza. El éxito incita al ejercicio, y la costumbre
propicia el éxito». Ésta es una frase masculina, tras la que podemos ver a
Johnson, a Gibbon y a todos los demás. Era una frase inservible para una
mujer. Charlotte Brontë, pese a sus espléndidas dotes prosísticas, tropezaba
y caía con un arma tan torpe entre las manos. George Eliot cometió con ella
atrocidades indescriptibles. Jane Austen la miró, se echó a reír, y pergeñó
una construcción que le fuera absolutamente natural, la configuró de la
manera más idónea y jamás se alejó de ella. Así, teniendo menos talento
literario que Charlotte Brontë, logró decir infinitamente más. Y, al ser la
libertad y la plenitud expresivas la misma esencia del arte, esa falta de
tradición, esa escasez de herramientas adecuadas deben de haber pesado
muchísimo en la literatura escrita por mujeres. Además, los libros no se
escriben colocando una frase detrás de otra, sino construyendo con las
oraciones, si la imagen sirve de algo, arcadas o cúpulas. Y también esta
forma la han creado los hombres al servicio de sus propias necesidades y de
sus propios fines. No hay razón para pensar que la forma de la épica o de la
obra de teatro poética conviene más a las mujeres de lo que les conviene la
frase. Todas las formas de la literatura antigua estaban definitivamente
consolidadas y endurecidas cuando las mujeres empezaron a escribir. Sólo
la novela tenía la juventud suficiente para ser moldeable en sus manos, quizá
otra de las razones por las que escribieron novelas. Ahora bien, ¿quién se
atrevería a afirmar que incluso hoy «la novela» (lo pongo entre comillas
para subrayar lo impropias que me parecen estas palabras), quién se
atrevería a afirmar que aun la más modelable de las formas literarias es la
más idónea para las mujeres? No cabe duda de que, cuando la mujer pueda
hacer uso de sus extremidades libremente, la veremos dar a la novela la
forma que desee, y también idear un nuevo vehículo, no necesariamente en
verso, para expresar la poesía que lleva dentro. Porque la poesía sigue
siendo un terreno prohibido. Y pasé a preguntarme cómo escribiría una
mujer de hoy una tragedia poética en cinco actos; si se serviría del verso o si
por el contrario emplearía la prosa.
De todos modos, éstas son preguntas difíciles de responder, puesto que
yacen en la penumbra del futuro. Más vale que me aparte de ellas, aunque
sólo sea porque me incitan a desviarme de mi objetivo hacia bosques sin
sendas, en los que me perdería y, muy probablemente, me devorarían las
alimañas. No deseo, y estoy segura de que tampoco vosotras lo deseáis,
sacar a colación un tema tan sombrío como el futuro de la novela, por lo que
sólo me detendré un momento para llamar vuestra atención sobre la
importante función que las condiciones físicas, en lo que atañe a las mujeres,
habrán de desempeñar en ese porvenir. El libro tiene que adaptarse al
cuerpo en cierto modo, y a bote pronto, yo diría que los libros de las mujeres
deberían ser más cortos, más concentrados que los de los hombres; deberían
concebirse de tal forma que no requieran largas horas de trabajo continuado
y sin interrupciones. Porque interrupciones siempre habrá. Por lo visto, los
nervios que alimentan el cerebro son distintos en el hombre y la mujer, y si
queréis que las mujeres trabajen con ahínco, que den lo mejor de sí, habrá
que dar con la fórmula más conveniente para ellas: pensar, por ejemplo, si
esas horas de estudio que los monjes establecieron hace cientos de años les
convienen a ellas; cómo alternar el tiempo de trabajo y descanso,
entendiendo por descanso no el no hacer nada, sino el hacer algo distinto; y
cuál debería ser la diferencia. Habría que discutir y averiguar todos estos
detalles, pues todos forman parte del tema de las mujeres y la literatura. Sin
embargo, continué, acercándome de nuevo a los estantes: ¿dónde voy a
encontrar ese minucioso estudio de la psicología femenina escrito por una
mujer? Si por su incapacidad para jugar al fútbol no se va a permitir que las
mujeres practiquen la medicina...
Felizmente mis pensamientos tomaron entonces un rumbo distinto.
9. Memoir of Jane Austen, escrita por su sobrino James Edward Austen-
Leigh.
10. «[Ella] tiene un propósito metafísico, y ésa es una obsesión muy
peligrosa en una mujer, por cuanto que las mujeres rara vez poseen el
saludable amor masculino por la retórica. Sorprende esta carencia en el sexo
femenino, siendo como es, en otros aspectos, más primitivo y más
materialista». New Criticism, junio de 1928.
11. «Si, como este reseñador, creen ustedes que las mujeres novelistas
únicamente debieran aspirar a la excelencia reconociendo con valentía las
limitaciones de su sexo (Jane Austen ha demostrado con mucha elegancia
que tal gesto es posible)...». Life and Letters, agosto de 1928.
Capítulo 5
Por fin, tras estas divagaciones, había llegado a los anaqueles que contienen
los libros escritos por hombres y mujeres vivos; y es que las mujeres
escriben hoy tantos libros como los hombres. O, si esto no fuera del todo
cierto, si el hombre siguiera siendo más locuaz, sí es cierto que las mujeres
han dejado de escribir exclusivamente novelas. Ahí están los libros de
arqueología griega de Jane Harrison; los de estética de Vernon Lee; los
estudios sobre Persia de Gertrude Bell. Hay toda clase de libros, de temática
diversa, que una mujer de la generación anterior jamás podría haber tocado.
Hay poemas, obras de teatro y crítica; hay historias y biografías, libros de
viaje y trabajos eruditos y de investigación; hay incluso algunos libros de
filosofía, de ciencia y de economía. Y aun cuando predominan las novelas,
es muy posible que éstas hayan cambiado al relacionarse con libros de
distinta naturaleza. La sencillez natural, los tiempos épicos de la literatura
femenina, quizá hayan quedado atrás para siempre. La lectura y la crítica
literaria quizá hayan ofrecido a las mujeres un territorio más amplio y una
mayor sutileza. El impulso hacia la autobiografía quizá se haya agotado.
Quizá las mujeres estén empezando a utilizar la literatura como arte, no
como medio de expresión. Quizá en estas nuevas novelas hallaríamos la
respuesta a algunas de estas preguntas.
Cogí uno de los volúmenes al azar. Se encontraba en un extremo del
estante y llevaba por título La aventura de la vida, o algo por el estilo; es
obra de Mary Carmichael y se ha publicado este mismo mes de octubre. Por
lo visto es su primer libro, me dije, pero hay que leerlo como si se tratara
del último volumen de una larga serie, una prolongación de todos los demás
libros que he estado hojeando: los poemas de lady Winchilsea, las obras de
teatro de Aphra Behn y las novelas de las cuatro grandes novelistas. Porque
los libros son la prolongación de libros anteriores, pese a nuestra costumbre
de juzgarlos por separado. Y también a esta mujer desconocida debemos
verla como descendiente de esas otras mujeres cuyas circunstancias he
estado analizando, y observar qué ha heredado de sus características y sus
limitaciones. Así, con un suspiro, puesto que las novelas tantas veces
proporcionan un anodino en lugar de un antídoto, nos sumergen en un sopor
letárgico en lugar de despertarnos con una tea incandescente, me senté con
lápiz y papel dispuesta a sacar el mayor provecho de la primera novela de
Mary Carmichael, La aventura de la vida.
Para empezar recorrí la página de arriba abajo con la mirada. Quería
tomar el pulso de las frases antes de que mi memoria se colmara de ojos
azules y castaños o de la relación que podía existir entre Chloe y Roger.
Tiempo habrá para eso cuando haya concluido si la autora tiene en la mano
una pluma o una piqueta. Saboreé un par de frases. No tardé en percatarme
de que algo fallaba. Algo interrumpía el suave deslizarse de la prosa. Algo
se rasgaba, algo chirriaba; sólo de vez en cuando una palabra aislada aquí o
allá encendía su antorcha ante mis ojos. La autora empezaba a «soltarse»,
como dicen en las obras de teatro antiguas. Parece como si tratara de
prender una cerilla que no se encenderá, pensé. Pero ¿por qué, la interpelé,
como si estuviera presente, la estructura de las frases de Jane Austen no te
conviene? ¿Hay que desecharlas todas por el hecho de que Emma y el señor
Woodhouse estén muertos? Lástima que así sea, suspiré. Porque mientras
Jane Austen se desliza de melodía en melodía como Mozart de canción en
canción, la lectura de aquellas frases era como navegar en alta mar en un
barco de remos a merced del oleaje. Este laconismo, esta falta de fuelle
quizá significan que tiene miedo de algo; de verse tildada de «sentimental»,
tal vez; o quizá la autora tiene en mente que el estilo femenino se ha
calificado de florido, y quiere precaverse de espinas innecesarias. Pero
hasta que no haya leído una escena con atención no podré estar segura de si
de verdad es ella misma o intenta ser otra persona. Al menos no merma la
vitalidad del lector, pensé, poniendo más atención en la lectura. Aunque
amontona demasiados datos. No podrá utilizar ni la mitad en un libro de este
tamaño. (Era más o menos la mitad de largo que Jane Eyre.) De todos
modos, consigue embarcarnos a todos –Roger, Chloe, Olivia, Tony y el
señor Bigham– en una canoa para remontar el río. Un momento, me dije,
reclinándome en el asiento, tengo que analizarlo todo con más cuidado antes
de seguir adelante.
Estoy casi segura, pensé, de que Mary Carmichael está haciendo trampas.
Porque me siento como si estuviera en una montaña rusa, y el coche, en lugar
de caer, como se espera, da una sacudida y sube. Mary está alterando la
secuencia esperada. Primero ha roto la frase y ahora ha roto la secuencia.
Muy bien, está en su pleno derecho de hacerlo, siempre y cuando lo haga con
fines creativos, no por el mero gusto de romper. No sabré por qué lo hace
hasta que haya visto cómo se enfrenta a una situación. Le daré plena libertad
para elegir la situación que mejor le parezca; que la fabrique si quiere con
latas y teteras viejas. Pero tendrá que convencerme de que ella cree que es
una situación, y una vez la haya creado tendrá que afrontarla. Tendrá que dar
el salto. Y resuelta a cumplir con mi deber como lectora si ella cumplía con
su deber como escritora, pasé la página y leí... Lamento esta brusca
interrupción. ¿No hay ningún hombre en la sala? ¿Me prometéis que detrás
de esa cortina roja no está escondido sir Chartres Biron? ¿Me garantizáis
que somos todas mujeres? En ese caso puedo contaros cuáles fueron las
siguientes palabras que leí: «A Chloe le gustaba Olivia...». No os
sobresaltéis. No os ruboricéis. Reconozcamos, en la intimidad de esta
reunión, que estas cosas ocurren a veces. Que a las mujeres a veces les
gustan otras mujeres.
«A Chloe le gustaba Olivia», leí. Y entonces caí en la cuenta de que
aquello representaba un cambio colosal. A Chloe le gustaba Olivia, quizá
por primera vez en la historia de la literatura. A Cleopatra no le gustaba
Octavia. ¡Y qué distinto habría sido Antonio y Cleopatra en tal caso! Siendo
así, pensé, alejándome un poco de La aventura de la vida, todo se
simplifica, se vuelve convencional, casi diría que absurdo. El único
sentimiento que Cleopatra alberga hacia Octavia son los celos. ¿Es más alta
que yo? ¿Cómo se peina? Puede que la obra no necesitara llegar más lejos,
pero habría sido muy interesante que la relación entre estas dos mujeres se
complicara un poco. Las relaciones entre las mujeres, me dije, evocando
rápidamente la espléndida galería de personajes literarios femeninos, son
demasiado simples. Es demasiado lo que se deja fuera, lo que no se dice. Y
traté de recordar algún caso en el que se presentara a dos mujeres como
amigas. Se intenta en Diana of the Crossways. Y hay confidentes, por
descontado, en Racine y en las tragedias griegas. De vez en cuando son
madres e hijas. Pero todos los libros, casi sin excepción, presentan a la
mujer desde el punto de vista de su relación con los hombres. Era extraño
pensar que los grandes personajes literarios femeninos, hasta los tiempos de
Jane Austen, no sólo se mostraban a través de los ojos de los hombres sino
en relación con ellos. Y eso constituye una parte muy pequeña de la vida de
la mujer; y qué poco sabe un hombre incluso de esa pequeña parte, puesto
que la observa a través de los cristales negros o rosados de la condición
sexual. De ahí, tal vez, esa naturaleza tan peculiar de las mujeres en la
literatura; los sorprendentes extremos de belleza o fealdad; la alternancia
entre una bondad celestial o una depravación diabólica. Pues así es como la
vería el amante, según su amor crecía o menguaba, según si era próspero o
infeliz. Esto no sucede en las novelas del siglo XIX. En ellas, la mujer cobra
nuevos matices, se vuelve más compleja. De hecho, puede que haya sido el
deseo de escribir sobre las mujeres lo que paulatinamente llevó a los
hombres a abandonar el drama poético en el que, por su violencia, poca
cabida tenían las mujeres, y a concebir la novela como un vehículo más
idóneo. Aun así sigue saltando a la vista, incluso en las novelas de Proust, lo
poco que conocen los hombres a las mujeres, lo difícil que les resulta
conocerlas, y lo mismo les sucede a las mujeres con los hombres.
Además, proseguí, volviendo a fijarme en la página, empieza a ponerse
de manifiesto que las mujeres, como los hombres, tienen otros intereses más
allá de la eterna dedicación que exige la vida doméstica. «A Chloe le
gustaba Olivia. Compartían un laboratorio...» Seguí leyendo, y descubrí que
estas dos jóvenes se dedicaban a triturar hígado, que por lo visto es un
remedio para la anemia. Sin embargo, una de ellas estaba casada y tenía –
creo que hago bien en señalarlo– dos hijos de corta edad. Pero estas cosas,
como es natural, no se podían decir en el pasado, por eso el espléndido
retrato de los personajes literarios femeninos es demasiado simple y
demasiado monótono. Supongamos, por ejemplo, que a los hombres sólo se
les representara en la literatura como amantes de las mujeres, que nunca
fueran amigos de otros hombres, soldados, pensadores, soñadores: ¡qué
papel tan insignificante tendrían en las obras de Shakeaspeare y cuánto se
resentiría la literatura! Quizá pudiéramos conservar la mayor parte de Otelo,
y bastante de Antonio, pero nada de César o Bruto o Hamlet o Lear o Yago.
La literatura se vería empobrecida hasta extremos increíbles, como de hecho
se ha visto empobrecida, mucho más de lo que imaginamos, por cerrar sus
puertas a las mujeres. Casadas en contra de su voluntad, encerradas en una
sala y condenadas a una única ocupación, ¿cómo podía un dramaturgo
ofrecer un relato pleno o interesante o veraz de las mujeres? El amor era el
único intérprete posible. El poeta se veía forzado a la pasión o a la
amargura, a menos que optara por «odiar a las mujeres», lo que a menudo
significaba que carecía de atractivo para ellas.
Ahora bien, si a Chloe le gusta Olivia y las dos comparten un laboratorio,
eso bastaría por sí solo para que su amistad resulte más variada y duradera,
puesto que será menos personal; y si Mary Carmichael sabe escribir (a esas
alturas ya empezaba a apreciar ciertas cualidades de su estilo); y si dispone
de una habitación propia (de lo cual no estoy segura); y si cuenta con
quinientas libras al año (aunque eso aún está por demostrar), entonces creo
que estamos ante un acontecimiento de suma importancia.
Porque si a Chloe le gusta Olivia, y si Mary Carmichael sabe expresarlo,
encenderá una antorcha con la que iluminar una cámara inmensa en la que
nadie se ha adentrado hasta la fecha. Todo es media luz y sombras profundas,
como esas cavernas sinuosas en las que nos internamos con una vela sin
saber dónde pisamos. Retomé la lectura y vi cómo Chloe miraba a Olivia
mientras ésta dejaba un frasco en un estante y decía que iba siendo hora de
volver a casa con sus hijos. Esta escena es inédita, desde que el mundo es
mundo, exclamé. Y me puse a observar a mi vez, con enorme curiosidad,
porque quería ver cómo captaba Carmichael esos gestos inadvertidos, esas
palabras silenciadas o pronunciadas a medias, que se forman, no más
palpables que las sombras de las polillas en el techo, cuando las mujeres
están a solas, cuando no las ilumina la caprichosa luz del sexo masculino.
Tendrá que contener la respiración para lograrlo, pensé. Porque las mujeres
recelan tanto de cualquier interés que no esté respaldado por motivos muy
visibles, están tan acostumbradas a ocultarse y a reprimirse, que se apagan
en el instante en que un ojo parpadea y las observa. Sólo lo lograrás, pensé,
dirigiéndome a Mary Carmichael como si estuviera allí, si hablas de otra
cosa, si miras fijamente por la ventana y señalas, no con un lápiz en un
cuaderno sino con la más breve de las taquigrafías, con palabras apenas
silabeadas, lo que sucede cuando Oliva –este organismo que lleva millones
de años a la sombra de la roca– siente que la luz la ilumina y ve que una
extraña pieza de alimento –conocimiento, aventura, arte– se aproxima. Y
trata de alcanzarla, pensé, levantando la vista de la página, y tiene que idear
una combinación enteramente inédita de sus recursos, tan altamente
desarrollados para otros fines, a fin de que lo viejo pueda asimilar lo nuevo
sin alterar el infinitamente intrincado y elaborado equilibrio del conjunto.
Había hecho, por desgracia, justo lo que no quería hacer; había caído
inconscientemente en el elogio de mi propio sexo. «Tan desarrollados»,
«infinitamente intrincado», son sin duda expresiones de alabanza, y la
alabanza del propio sexo siempre es sospechosa, cuando no absurda;
además, ¿cómo justificarlo en este caso? No podía abrir el mapa y decir que
Colón descubrió América, y que Colón era una mujer; o coger una manzana y
observar que Newton descubrió la ley de gravitación universal, y que
Newton era una mujer; o mirar el cielo y decir que los aviones que pasan
volando fueron invención de las mujeres. No hay ninguna marca en la pared
que permita medir la estatura exacta de las mujeres. No hay metros,
minuciosamente divididos en milímetros, para medir las cualidades de una
buena madre, la devoción de una hija, la fidelidad de una hermana o la
capacidad de un ama de llaves. Son muy pocas todavía las mujeres que
cuentan con un título universitario; apenas han pasado la gran prueba de
profesiones como el ejército, la marina, los negocios, la política y la
diplomacia. En su mayoría siguen sin clasificar. Pero si quiero averiguar
todo lo que un ser humano pueda decirme de sir Hawley Butts, por ejemplo,
me basta con abrir un libro de Burke o de Debrett para saber que cursó tales
o cuales estudios, que posee una casa solariega, que tiene un heredero, que
fue secretario de una comisión, que representó a Gran Bretaña en Canadá, y
que recibió cierto número de títulos, cargos, medallas y otras distinciones
que le imprimen de forma indeleble la marca de sus méritos. Sólo la
Providencia cuenta con más conocimientos acerca del señor Hawley Butts.
Por tanto, cuando digo «tan desarrollados» o «infinitamente intrincado»
para referirme a las mujeres, no puedo verificar mis palabras con ayuda de
Whitaker, de Debrett o del Almanaque de la Universidad. ¿Qué hacer en
semejante aprieto? Y volví a mirar la estantería. Allí estaban las biografías:
las de Johnson, Goethe, Carlyle, Sterne, Cowper, Shelley, Voltaire,
Browning y muchos otros. Y empecé a pensar en esos grandes hombres que
por una u otra razón admiraron a, buscaron a, convivieron con, depositaron
su confianza en, hicieron el amor a, escribieron sobre y demostraron lo que
sólo cabe describir como cierta necesidad y dependencia de determinadas
personas del sexo opuesto. Yo no me atrevería a afirmar que todas estas
relaciones eran puramente platónicas, y es muy probable que sir William
Joynson Hicks lo negara de plano. Pero cometeríamos un grave error con
estos hombres ilustres si insistiéramos en que estas alianzas sólo les
procuraron comodidad, adulación y placeres carnales. En ellas encontraron,
como es obvio, algo que su propio sexo era incapaz de proporcionarles; y tal
vez no fuera precipitado definirlas, sin necesidad de recurrir a las dudosas y
arrebatadas palabras de los poetas, como un estímulo, una renovación de la
fuerza creadora que sólo está en poder del sexo opuesto el ofrecer.
Cualquiera de estos caballeros abriría la puerta del salón o del cuarto de los
niños, pensé, y encontraría a su mujer rodeada de sus hijos, o con un
bordado en el regazo, siempre como centro de un orden y un sistema de vida
diferentes; y el contraste entre este mundo y el suyo propio, que quizá fueran
los tribunales de justicia o la Cámara de los Comunes, le infundiría al punto
una sensación renovadora y vigorizante; y la natural diferencia de opinión,
hasta en la más sencilla de las conversaciones, permitiría que en él
germinaran de nuevo las ideas marchitas; y el hecho de verla a ella creando
en un medio tan distinto del suyo aceleraría sus facultades creadoras de tal
modo que su mente estéril volvía sin darse cuenta a idear tramas y
encontraba la frase o la escena que se le escaparon cuando se puso el
sombrero para volver a casa. Todo Johnson tiene su Thrale y se aferra a ella
por razones semejantes a éstas, y cuando esa Thrale se casa con un músico
italiano, el maestro Johnson casi enloquece de ira y de contrariedad, no sólo
porque sabe que perderá esas gratas veladas en Streatham, sino porque será
como si la luz de su vida «se hubiese apagado».
Y sin ser el doctor Johnson o Goethe o Carlyle o Voltaire, cabe sentir,
aunque de una manera muy distinta a como lo sentirían esos grandes
hombres, la naturaleza de esta compleja facultad creadora tan desarrollada
entre las mujeres. Una mujer entra en una habitación... Pero habría que tensar
al máximo los recursos de la lengua inglesa, y bandadas enteras de palabras
tendrían que batir sus alas ilícitamente para abrirse camino hasta existir
antes de que una mujer pudiera decir lo que sucede cuando entra en una
habitación. Las habitaciones son muy distintas unas de otras; pueden ser
tranquilas o estruendosas; estar abiertas al mar o, por el contrario, al patio
de una cárcel; tener la colada tendida o animarse con ópalos y sedas; ser
duras como la crin de un caballo o suaves como plumas. Basta con entrar en
cualquier habitación de cualquier calle para que esa fuerza femenina de
extremada complejidad salte a la vista de inmediato. ¿Cómo podría ser de
otra manera? Y es que las mujeres llevan tantos millones de años encerradas
en sus habitaciones que incluso las paredes se han impregnado de su fuerza
creadora, una fuerza que ha sobrecargado la capacidad de los ladrillos y de
la argamasa al grado de necesitar del arnés de la pluma, del pincel, de los
negocios y de la política. Pero esta fuerza creadora difiere enormemente de
la fuerza creadora masculina. Y concluimos sin remedio que sería una
lástima tremenda que una facultad así se viera impedida o se desperdiciara,
pues se ha cosechado durante siglos de sometimiento a una severa disciplina
y no hay nada que pueda sustituirla. Sería una lástima tremenda que las
mujeres escribieran como los hombres o vivieran como ellos, o se
parecieran a ellos, pues si dos sexos no bastan para abarcar la inmensidad y
la variedad del mundo, ¿cómo podríamos arreglárnoslas con uno solo? ¿No
debería la educación sacar a la luz y fortalecer las diferencias en lugar de
las semejanzas? Porque las semejanzas ya son demasiadas, y si un
explorador nos trajera noticias de otros sexos espiados a través de las ramas
de otros árboles en otros cielos, nada prestaría mayor servicio a la
humanidad, y de paso tendríamos el inmenso placer de ver al profesor X
correr en busca de sus varas de medir para demostrar su «superioridad».
Y, examinando la página con indecisión y un punto de distancia, pensé que
bastante tenía Mary Carmichael con observar. Me temo que pueda dejarse
llevar por la tentación de convertirse en lo que, a mi juicio, es la rama
menos interesante de la especie: el novelista-naturalista, en lugar del
contemplativo. Son muchos los datos que se ofrecen a su observación. No
tendrá necesidad de limitarse a las casas respetables de clase media alta. Sin
amabilidad ni condescendencia, aunque con un espíritu de camaradería, se
adentrará en las salas perfumadas donde se sientan la cortesana, la ramera y
la señora del perrito faldero. Todavía visten las mismas ropas vulgares, de
confección industrial, con que el escritor varón por fuerza tuvo que
ataviarlas. Pero Mary Carmichael sacará sus tijeras para ajustarlas a cada
cavidad y cada ángulo. Será curioso, llegado el momento, ver a estas
mujeres tal como son, aunque tendremos que esperar todavía algún tiempo
para eso, porque Mary Carmichael sigue lastrada por ese apocamiento en
presencia del «pecado» que constituye la herencia de nuestra barbarie
sexual. Y seguirá llevando en los pies los mezquinos grilletes de su clase
social.
Sin embargo, la mayoría de las mujeres no son ni rameras ni cortesanas;
no se pasan las tardes de verano sentadas en una habitación, con sus perritos
falderos en el regazo de terciopelo polvoriento. ¿Qué hacen, entonces? Y me
vino a la memoria una de esas calles largas, al sur del río, con sus
interminables hileras de viviendas superpobladas. Imaginé a una mujer, muy
anciana, cruzando la calle del brazo de otra mujer de mediana edad, su hija
tal vez, las dos respetablemente calzadas y cubiertas de pieles, como si el
vestirse por la tarde fuera un acto ritual, y la propia ropa guardada en los
armarios con alcanfor, año tras año, durante los meses de verano. Cruzan la
calle cuando se encienden las farolas (porque el atardecer es su hora
favorita), como seguramente llevan años haciendo. La anciana se acerca a
los ochenta, pero si alguien le preguntara qué ha significado su vida para
ella, se acordaría de las calles iluminadas para la batalla de Balaclava o de
las salvas de cañones en Hyde Park con que se saludó el nacimiento del rey
Eduardo vii. Pero si, con el afán de determinar el momento exacto, con su
fecha y su estación, se le preguntara qué estaba haciendo el 5 de abril de
1868 o el 2 de noviembre de 1875, se mostraría desconcertada y diría que
no lo recuerda. Porque ya se han preparado todas las cenas, se han lavado
los platos y los vasos, los hijos han terminado sus estudios y se han abierto
camino por el mundo. No queda nada de todo eso. Todo se ha esfumado.
Ninguna historia, ninguna biografía le dedica una sola palabra. Y las
novelas, sin querer, mienten.
Todas esas vidas infinitamente anodinas están aún por registrar, pensé,
dirigiéndome a Mary Carmichael como si estuviera conmigo; y mentalmente
seguí recorriendo las calles de Londres, percibiendo la presión del mutismo,
la acumulación de vidas anónimas, ya fueran las de esas mujeres apostadas
en las esquinas, con los brazos en jarras y los dedos hinchados y repletos de
anillos, que al hablar gesticulan con un balanceo semejante a las palabras de
Shakespeare; o las de las violeteras, las cerilleras y las brujas cobijadas en
los portales; o las de las muchachas que pasean sin rumbo, reflejando en sus
rostros, como olas de sol y nubes, la proximidad de hombres y mujeres y las
luces parpadeantes de los escaparates. Tendrás que explorar todo eso, le
dije a Mary Carmichael, sosteniendo tu antorcha con firmeza. Tendrás que
iluminar sobre todo tu propia alma, sus profundidades y su superficie, sus
vanidades y su generosidad, y decir qué significa para ti tu belleza o tu
fealdad, y cuál es tu relación con ese mundo, eternamente cambiante, de
guantes y zapatos, de perifollos en auge o en declive mezclados con el tenue
perfume que se escapa de los frascos de los boticarios y se derrama sobre
los pliegues de las telas sobre un suelo que imita el mármol. Pues mi
imaginación me había llevado hasta una tienda de suelo ajedrezado; los lazos
de colores que colgaban en las paredes producían un efecto de asombrosa
belleza. Es posible que Mary Carmichael también haya entrado en esa
tienda, me dije, porque es un espectáculo que se presta a la descripción lo
mismo que una cumbre nevada o una garganta rocosa de los Andes. Y hay
una joven detrás del mostrador; preferiría leer su historia verdadera antes
que la centésima quincuagésima vida de Napoleón o el septuagésimo estudio
de Keats y su uso de la inversión miltoniana que en este momento están
redactando el viejo profesor Z y sus homólogos. Y procedí entonces, con
suma cautela, de puntillas (tan cobarde soy, tanto miedo me inspira ese látigo
que antaño casi llegó a azotar mis propios hombros), a murmurar que
también ella debería aprender a reírse, sin amargura, de las vanidades –
digamos mejor de las peculiaridades, pues es un término menos ofensivo–
del sexo opuesto. Y es que todos tenemos en la nuca un punto del tamaño de
un chelín que no podemos ver. Es uno de los favores que un sexo podría
hacerle al otro: describir ese punto del tamaño de un chelín que tenemos en
la nuca. Pensemos en lo mucho que se han beneficiado las mujeres de los
comentarios de Juvenal o de las críticas de Strindberg. ¡Con cuánta
compasión y brillantez han señalado los hombres a las mujeres ese punto
oscuro que se encuentra en la nuca! Y si Mary fuera muy valiente y muy
honesta, se colocaría detrás de los hombres para decirnos lo que ve allí.
Jamás podrá pintarse un retrato completo de un hombre hasta que una mujer
haya descrito ese punto del tamaño de un chelín. El señor Woodhouse y el
señor Casaubon son puntos de ese tamaño y esa naturaleza. Naturalmente,
nadie en su sano juicio le aconsejaría a Mary que se dedicara a despreciar y
a ridiculizar a los hombres adrede, porque la literatura ya ha demostrado la
futilidad de cuanto se escribe con ese ánimo. Sé sincera, le diríamos, y el
resultado tendrá con seguridad un interés extraordinario. La comedia se verá
con seguridad enriquecida. Con seguridad saldrán a la luz datos
desconocidos.
Sin embargo, iba siendo hora de volver a posar los ojos en la página.
Más me valdría, en vez de especular sobre lo que Mary Carmichael podría y
debería escribir, ceñirme a lo que en realidad había escrito. Reanudé por
tanto la lectura. Recordé que me había suscitado ciertas quejas. Mary
Carmichael rompía la frase de Jane Austen, negándome así la ocasión de
vanagloriarme de mi gusto impecable y mi oído quisquilloso. Porque era
inútil decir: «Sí, sí, esto está muy bien, pero Jane Austen escribía mucho
mejor que tú», cuando no tenía más remedio que reconocer que no había
ningún punto de semejanza entre ambas. Mary Carmichael iba incluso más
lejos, rompía la secuencia, el orden esperado. Quizá lo hiciera
inconscientemente, quizá se limitara a reflejar el orden natural de las cosas,
como haría una mujer que escribiera como una mujer. Pero el efecto era un
tanto desconcertante. No se veía crecer la ola, ni aparecer la crisis a la
vuelta de la esquina. Por eso no podía vanagloriarme de la hondura de mis
sentimientos ni de la profundidad de mis conocimientos del corazón humano.
Cada vez que estaba a punto de experimentar las emociones habituales en los
momentos habituales, acerca del amor o de la muerte, la dichosa escritora
tiraba de mí, como si lo importante se encontrara un poco más lejos. Y de
ese modo no me permitía desplegar mis frases rimbombantes sobre los
«sentimientos esenciales», la «materia común a toda la humanidad», las
«honduras del alma humana» y todas esas expresiones que soportan nuestra
creencia de que, por muy listos que seamos en la superficie, por debajo
somos muy serios, muy profundos y muy humanos. Me hacía sentir, por el
contrario, que en lugar de ser serios y profundos y humanos, quizá tan sólo
fuésemos –y la idea resultaba mucho menos seductora– mentalmente
perezosos y para colmo convencionales.
Seguí leyendo de todos modos y me fijé en otros detalles. Mary
Carmichael no era un «genio»; eso saltaba a la vista. Carecía del amor a la
naturaleza, la imaginación candente, la poesía salvaje, el ingenio brillante y
la sabiduría meditativa de sus predecesoras, Lady Winchilsea, Charlotte
Brontë, Emily Brontë, Jane Austen y George Eliot; no tenía la melodía y la
dignidad de Dorothy Osborne; en realidad no era más que una chica lista,
cuyos libros, sin duda alguna, quedarían convertidos en pasta de papel
pasados diez años. De todos modos, contaba con ciertas ventajas que
mujeres de mucho más talento no habían tenido hace siquiera medio siglo.
Los hombres ya no eran para ella «la facción enemiga»; no necesitaba perder
el tiempo en recriminaciones contra ellos; no necesitaba subirse al tejado y
aniquilar su paz de espíritu anhelando viajes, experiencias, conocimiento del
mundo y de las personas que no estaban a su alcance. El miedo y el odio casi
habían desaparecido por completo, como mucho se insinuaban en una ligera
exageración de la dicha de la libertad, una tendencia a la sátira y la
causticidad, más que al romanticismo, en su tratamiento del sexo masculino.
No podía dudarse de que contaba con ciertas cualidades naturales muy
destacables. Tenía una sensibilidad amplia, ávida y libre, que respondía a un
estímulo casi imperceptible. Festejaba, como una planta recién nacida, cada
imagen y cada sonido que se acercaba a ella. Y abarcaba además, de una
manera muy curiosa y sutil, un abanico de cuestiones casi desconocidas o no
documentadas hasta hoy; iluminaba las cosas pequeñas y demostraba que
quizá no fueran tan pequeñas. Sacaba a la luz cosas enterradas y obligaba al
lector a preguntarse qué necesidad había de enterrarlas. Aunque era torpe y
no estaba imbuida inconscientemente de esa larga tradición que convierte el
más leve trazo de la pluma de un Thackeray o un Lamb en un sonido
delicioso, había asimilado –empecé a pensar– la primera lección importante;
escribía como una mujer, pero como una mujer que ha olvidado que es una
mujer, de manera que sus páginas rebosaban esa singular cualidad sexual que
sólo emerge cuando el sexo no es consciente de sí mismo.
Todo esto estaba muy bien, pero de nada le servirían la abundancia de sus
sensaciones o la agudeza de su percepción si no lograba levantar con lo
fugaz y lo personal ese edificio indestructible y duradero. Me había
prometido seguir leyendo hasta ver cómo se enfrentaba a «una situación».
Hasta que con sus llamamientos, sus señas y su manera de ordenar las cosas
me demostrara que no se limitaba a rozar las superficies, sino que había
explorado también las profundidades. Ha llegado la hora, se diría en cierto
momento, de mostrar el significado de todo esto sin violencia. Y empezaría
entonces –¡qué inconfundible es ese impulso!– a llamar y hacer señas, y
despertarían en la memoria cosas medio olvidadas y acaso triviales,
aparecidas en otros capítulos y dejadas de lado. Las volvería palpables
mientras alguien cosía o fumaba una pipa, de la manera más natural posible,
haciéndonos sentir, conforme seguía escribiendo, que habíamos alcanzado la
cima del mundo para contemplarlo majestuosamente tendido a nuestros pies.
Al menos lo intentaba. Y mientras la observaba prepararse para la
prueba, vi, con la esperanza de que ella no los viera, a los obispos y los
deanes, a los médicos y los profesores, a los patriarcas y los pedagogos
gritándole advertencias y consejos. ¡No hagas eso, no hagas lo otro! ¡El
césped es sólo para los profesores y los becarios! ¡Las mujeres no pueden
entrar sin una carta de presentación! ¡Las gráciles féminas aspirantes a
novelistas por aquí! Con estas exhortaciones la obligaban a quedarse al otro
lado de la valla, como la multitud en las carreras de caballos, y su prueba
consistía en saltar el obstáculo sin mirar a derecha o izquierda. Si te detienes
para maldecir estás perdida, le dije; y si te detienes para reírte también. Si
vacilas o titubeas habrás fracasado. Piensa sólo en el salto, le imploré, como
si hubiera apostado en ella todo mi dinero. Y superó el obstáculo como un
pájaro. Pero había otra valla a continuación, y otra más adelante. No estaba
yo segura de que tuviera el aguante necesario, porque los gritos y los
aplausos ponían los nervios de punta. Sin embargo, puso en ello todo su
empeño. Teniendo en cuenta que Mary Carmichael no era un genio, sino una
joven desconocida que escribía su primera novela en su dormitorio, sin
todas esas cosas deseables –tiempo, dinero y ocio– en cantidad suficiente,
no salía mal parada, me dije.
Démosle otros cien años, concluí, mientras leía el último capítulo –
narices y hombros desnudos se mostraban sobre un cielo estrellado, pues
alguien había abierto las cortinas del salón–, démosle una habitación propia
y quinientas libras al año; permitámosla expresarse con libertad y dejar
fuera la mitad de lo que ahora incluye, y algún día escribirá un libro mejor.
Dentro de cien años, dije, depositando La aventura de la vida de Mary
Carmichael en un extremo del estante, será una poetisa.
Capítulo 6
Al día siguiente, la luz de la mañana de octubre se filtraba en haces
polvorientos a través de las ventanas sin cortinas, y de la calle llegaba el
murmullo del tráfico. Londres se daba cuerda un día más; la fábrica bullía;
las máquinas se ponían en marcha. Era tentador, después de tanta lectura,
asomarse a la ventana y ver qué estaba haciendo Londres la mañana del 26
de octubre de 1928. ¿Qué estaba haciendo Londres? Por lo visto nadie leía
Antonio y Cleopatra. Londres parecía del todo indiferente a las obras de
Shakespeare. A nadie le importaba un rábano –y con razón– el futuro de la
literatura, la muerte de la poesía o que la mujer corriente llegara a
desarrollar un estilo de prosa capaz de expresar plenamente su forma de
pensar. Si alguien hubiera escrito en la acera con tiza sus opiniones acerca
de alguna de estas cuestiones, nadie se habría inclinado para leerlas. Esos
pies despreocupados y presurosos las habrían borrado en cuestión de media
hora. Vi pasar a un recadero; a una mujer con un perro. Lo fascinante de una
calle londinense es que nunca se ven dos personas iguales: todos parecen
absortos en algún asunto personal. Había personas con aire profesional,
provistas de pequeñas carteras; había paseantes sin rumbo que deslizaban
sus bastones percutiendo sobre las verjas; había gentes afables a quienes las
calles sirven de club, hombres que saludaban desde sus carros y daban
información sin que se la pidieran. Había cortejos fúnebres y hombres que,
al verlos pasar, recordaban bruscamente que también sus cuerpos morirían y
se descubrían la cabeza. Un caballero muy distinguido bajó despacio unas
escaleras y se detuvo para no chocar con una señora muy afanosa que, por un
medio u otro, había adquirido un espléndido abrigo de pieles y un ramo de
violetas de Parma. Todos parecían aislados, enfrascados en sus asuntos.
A esa hora de la mañana, como suele ocurrir en Londres, el tráfico se
diluía en una tregua temporal. Ningún vehículo bajaba por la calle; nadie
pasaba. Una hoja se desprendió del plátano que crecía al final de la acera y,
en esa pausa, cayó al suelo. En cierto modo era una señal, una señal que
revelaba una fuerza en las cosas inadvertida hasta el momento. Parecía
señalar hacia un río que fluyera, invisible, calle abajo, a la vuelta de la
esquina, y arrastrara a la gente en un remolino, igual que el arroyo de
Oxbridge había arrastrado las hojas muertas y al estudiante que pasó en su
barca de remos. En ese momento, el río traía de un lado a otro de la calle, en
diagonal, a una muchacha con botas de cuero y a un joven con un abrigo
granate; y también arrastraba un taxi. Los empujó a los tres hasta un punto
situado justo debajo de mi ventana, donde el taxi se detuvo, la muchacha y el
joven se encontraron y subieron al taxi, que se alejó deslizándose, como
arrastrado por la corriente hacia otro lugar.
La escena era de lo más común; lo extraño era el orden rítmico que le
confería mi imaginación, y el hecho de que una imagen tan cotidiana como la
de dos personas subiendo a un taxi tuviera la capacidad de transmitir algo de
su aparente satisfacción. La visión de dos personas que se acercan por la
calle y se encuentran en una esquina parece liberarme de cierta tensión
mental, pensé, mientras el taxi giraba y se perdía de vista. Quizá el hecho de
pensar, como llevaba yo haciendo dos días, en la diferencia entre uno y otro
sexo entrañaba un esfuerzo notable. Quizá interfería con la unidad de la
mente. El esfuerzo había cesado y la unidad se había restablecido al ver a
dos personas reunirse y subir a un taxi. El cerebro es un órgano muy
misterioso, reflexioné, apartando la cabeza de la ventana, del que nada se
sabe, aun cuando dependemos de él por completo. ¿Por qué tengo la
sensación de que en la mente hay rupturas y oposiciones, tal como el cuerpo
está sometido a presiones de causas evidentes? ¿Qué significa «la unidad de
la mente»?, me pregunté; pues está claro que la mente tiene tal capacidad
para concentrarse en cualquier punto en cualquier momento que no puede
estar constituida por un estado único. Puede separarse, por ejemplo, de la
gente que pasa por la calle y pensar en sí misma separada de la gente y
observando desde una ventana. O puede sumarse espontáneamente al
pensamiento de los demás, como, por ejemplo, cuando una multitud se
congrega para recibir una noticia. Puede pensar a través de sus padres o de
sus madres, tal como ya he señalado que una mujer, cuando escribe, piensa a
través de sus madres. También, si es una mujer, a menudo puede
sorprenderse por una súbita división de la conciencia, digamos que
paseando por Whitehall, cuando deja de ser la heredera natural de esa
civilización para convertirse, por el contrario, en un ser excluido, extraño y
crítico. No cabe duda de que la mente cambia constantemente su foco de
atención y observa el mundo desde distintas perspectivas. Pero algunos de
esos estados mentales, aunque se adopten espontáneamente, resultan menos
agradables que otros. Para poder seguirlos hay que reprimir algo
inconscientemente, y la represión poco a poco se convierte en un esfuerzo.
De todos modos, podría existir algún estado mental que nos permitiera
proseguir sin fatiga, porque no es necesario reprimir nada. Y es posible,
pensé, alejándome de la ventana, que éste sea uno de ellos. Pues lo cierto es
que al ver a la pareja subir al taxi tuve la sensación de que mi mente, tras
haber estado dividida, volvía a unificarse en una fusión natural. La razón
más evidente sería que lo natural es que los sexos cooperen entre sí.
Albergamos un instinto, profundo aunque irracional, en favor de la teoría de
que la unión del hombre y la mujer posibilita la máxima satisfacción, la
felicidad más plena. Sin embargo, la imagen de la pareja subiendo al taxi y
la satisfacción que me proporcionó también me llevó a preguntarme si hay
dos sexos mentales correspondientes a los dos sexos físicos, y si también
ellos necesitan estar unidos para obtener una satisfacción y una felicidad
plenas. Y procedí a esbozar, sin ningún rigor, un plano del alma, según el
cual cada uno de nosotros está gobernado por dos fuerzas, una masculina y
otra femenina; y en el cerebro masculino predomina el hombre sobre la
mujer, mientras que en el femenino predomina la mujer sobre el hombre. El
estado normal y agradable se produce cuando ambas fuerzas conviven en
armonía y cooperan espiritualmente. Aunque uno sea un hombre, la parte
femenina de su cerebro debe seguir funcionando; lo mismo que una mujer
debe relacionarse con su parte masculina. Es posible que Coleridge se
refiriera a esto cuando afirmó que las grandes mentes son andróginas. Sólo
cuando se produce esta fusión la mente se fertiliza plenamente y hace uso de
todas sus facultades. Puede que una mente puramente masculina sea tan poco
capaz de crear como una mente puramente femenina, pensé. Pero estaría bien
poner a prueba el significado de la femineidad del hombre y la masculinidad
de la mujer consultando un par de libros.
Al decir que las grandes mentes son andróginas, Coleridge no se refería,
por supuesto, a una mente que alberga una simpatía especial por las mujeres;
a una mente que hace suya la causa de las mujeres o se entrega a su
interpretación. Quizá la mente andrógina esté menos dotada que la mente
unisexual para establecer este tipo de distinciones. Quizá se refiriera a que
la mente andrógina es resonante y porosa; a que transmite emociones sin
traba; a que es por naturaleza creativa, incandescente e indivisa. Lo cierto es
que volvemos a pensar en la mente de Shakespeare como prototipo de mente
andrógina, de masculinidad femenina, aunque sería imposible saber qué
pensaba Shakespeare de las mujeres. Y aun si fuera cierto que una de las
características de la mente plenamente desarrollada es que no piensa en el
sexo por separado o de una manera especial, hoy es mucho más difícil que
nunca alcanzar ese estado mental. Consulté los libros de autores vivos y me
detuve para preguntarme si esta circunstancia no sería la raíz del
desconcierto que me embargaba desde hacía mucho tiempo. Ninguna época
pasada ha sido tan llamativamente consciente del sexo como la nuestra;
prueba de ello es la enorme cantidad de libros sobre mujeres, escritos por
hombres, que se conservan en el Museo Británico. La culpa la tenía, sin duda
alguna, la campaña en favor del sufragio femenino. Debió de despertar en
los hombres un deseo de afirmación irrefrenable; debió de empujarlos a
subrayar su condición sexual y sus características masculinas, cuando, de no
haberse sentido amenazados, no se habrían molestado en reflexionar sobre
estas cuestiones. Pero cuando alguien se siente amenazado, aunque sea por
un puñado de mujeres con gorritos negros, ese alguien se venga de una
manera un tanto excesiva, si nunca se ha sentido amenazado anteriormente.
Eso explicaría tal vez algunas de las características que recuerdo haber
encontrado aquí, me dije, cogiendo una nueva novela del señor A, que está
en la flor de la vida y goza al parecer de una excelente opinión por parte de
la crítica. Abrí el volumen. La verdad es que me resultó delicioso volver a
leer la prosa de un hombre. Era directa y franca, a diferencia de la prosa
femenina. ¡Traslucía tanta libertad mental, tanta libertad personal, tanta
confianza en sí mismo! Experimenté una sensación de bienestar físico en
presencia de esa mente libre, bien nutrida, bien educada, de esa mente que
nunca se había sentido acobardada o censurada, sino que había disfrutado de
plena libertad para desarrollarse a su antojo desde el día en que nació. Todo
eso era admirable. No obstante, tras leer un par de capítulos una sombra
pareció tenderse sobre la página. Era una barra oscura y recta, una sombra
de forma semejante a la letra «I»*. Empecé a mirar aquí y allá con la
intención de vislumbrar el paisaje que se ocultaba tras ella. No estaba segura
de si era un árbol o una mujer andando. Ya estábamos otra vez aclamando la
letra «I». Empezaba a estar harta de tanta «I». Cierto que esta «I» era una «I»
de lo más respetable; honrada y lógica; dura como una nuez y pulida por
siglos de buena educación y buena alimentación. Esta «I» me merece una
admiración y un respeto muy profundos. Lo malo –pasé entonces un par de
páginas en busca de algo– es que a la sombra de la «I» todo se torna borroso
como en la niebla. ¿Es eso un árbol? No, es una mujer. Pero... no tiene un
solo hueso, pensé, viendo cómo Phoebe, pues así se llamaba ella, cruzaba la
playa. Alan se levantó en ese momento y su sombra borró a Phoebe de un
plumazo. Porque Alan tenía opiniones y Phoebe se ahogaba en aquel torrente
de opiniones. Además, pensé, Alan tiene pasiones. Pasé varias páginas muy
deprisa, con la sensación de que la crisis era inminente, y no me equivocaba.
Tenía lugar en la playa, bajo el sol. Con mucho descaro. Con mucho vigor.
No hubiera podido ser más indecente. Pero... había dicho «pero»
demasiadas veces. No podía seguir diciendo «pero». Tenía que terminar la
frase como fuera, me reproché. La terminaré diciendo: «¡Pero me aburro!».
Pero ¿por qué me aburría? En parte por la preponderancia de la letra «I» y
por la aridez que, como el abedul gigante, produce en el espacio que cubre
con su sombra: nada puede crecer a su alrededor. Y en parte por alguna
razón más oscura. Creí detectar cierto obstáculo, cierto impedimento mental
en el señor A que obstruía la fuente de la energía creativa y la encerraba en
un cauce muy estrecho. Y al acordarme de esa comida en Oxbridge, de la
ceniza del cigarrillo y del gato sin rabo, de Tennyson y de Christina Rossetti,
de todo al mismo tiempo, juzgué posible que ése fuera el obstáculo. Si Alan
ya no murmura «Una espléndida lágrima ha caído de la flor de la pasión que
crece junto a la verja», cuando ve a Phoebe cruzar la playa; y ella ya no
responde «Mi corazón es como un ave canora que ha anidado en un brote
perlado de rocío», cuando Alan se le acerca, ¿qué puede hacer Alan? Ser
honrado como el día y lógico como el sol es cuanto puede hacer. Y eso es lo
que hace, reconozcámoslo, una y otra vez (dije, pasando las páginas), y otra,
y otra. Y eso, añadí, consciente de lo terrible que era esta confesión, resulta
un tanto aburrido. La indecencia de Shakespeare arranca de raíz miles de
cosas en la mente de quien lo lee, y dista mucho de ser aburrida. Pero
Shakespeare lo hace por placer. El señor A, como dicen las niñeras, lo hace
adrede. Lo hace para protestar. Protesta por la igualdad del otro sexo
afirmando su superioridad. Por eso está impedido, inhibido y cohibido,
como lo hubiera estado Shakespeare de haber conocido a la señorita Clough
y a la señorita Davies. No cabe duda de que la literatura isabelina habría
sido muy distinta si el movimiento feminista hubiera comenzado en el siglo
XVI y no en el XIX.
Y esto equivale a decir, de ser válida la teoría de los dos lados de la
mente, que la virilidad ha cobrado conciencia de su propia identidad, es
decir, que los hombres escriben ahora con el lado masculino de su cerebro.
Las mujeres hacen mal en leer sus libros, pues inevitablemente buscan en
ellos algo que nunca encontrarán. Es el poder de sugestión lo que más se
echa en falta, pensé, tomando un libro del crítico B y leyendo con mucha
atención sus observaciones sobre el arte poético. Muy hábiles eran, muy
agudas y rebosantes de conocimientos; el problema estaba en que sus
sentimientos ya no comunicaban nada; su mente parecía dividida en
compartimentos estancos; ni un solo sonido podía pasar de uno a otro. Por
eso, al analizar una frase del señor B, se desploma de golpe: muerta;
mientras que al analizar una frase de Coleridge, la frase estalla y alumbra un
sinfín de ideas, y ésa es la única manera de escribir de la que puede decirse
que encierra el secreto de la vida eterna.
Sea cual fuere la razón, no podemos sino deplorarlo, porque significa –
había topado con varias hileras de libros de Galsworthy y Kipling– que
algunas de las mejores obras de nuestros más grandes autores vivos caen en
oídos sordos. Por más que se empeñen, las mujeres no encuentran en ellos
esa fuente de vida eterna que los críticos aseguran que contienen. No se trata
únicamente de que esas obras ensalcen las virtudes masculinas, impongan
los valores masculinos y describan el mundo de los hombres; se trata,
además, de que la emoción que impregna esos libros es incomprensible para
las mujeres. Se acerca, se concentra, parece a punto de estallar en la cabeza
de quien los lee, empezamos a decir mucho antes del final. Ese cuadro
terminará por caerle en la cabeza al pobre Jolyon; se morirá del susto; el
anciano clérigo pronunciará un breve obituario junto a su lecho; y todos los
cisnes del Támesis romperán a cantar al unísono. Sin embargo, corremos a
escondernos antes de que suceda; nos ocultamos entre las grosellas, porque
esa emoción que tan honda, tan sutil y tan simbólica es para un hombre, en la
mujer no causa más que asombro. Eso sucede con los oficiales del señor
Kipling que vuelven la espalda; y con sus Sembradores que siembran la
Semilla; y con sus Hombres a solas con su Trabajo; y con la Bandera.
Causan rubor tantas mayúsculas, como si nos sorprendieran espiando a
hurtadillas en una orgía exclusivamente masculina. Lo cierto es que ni
Galsworthy ni Kipling tienen una chispa de mentalidad femenina. De ahí que
sus cualidades resulten para una mujer, si se me permite generalizar, toscas e
inmaduras. Carecen de poder de sugestión, y cuando un libro carece de
poder de sugestión, por más que golpee la superficie de la mente no logra
penetrar en su interior.
Y con el desasosiego con que se coge un libro y se vuelve a dejar en el
estante sin mirarlo, comencé a imaginar un futuro de virilidad pura y
asertiva, como el que parecen augurar las cartas de los profesores (tomemos,
por ejemplo, las cartas de sir Walter Raleigh) y que los gobernantes de Italia
ya han iniciado. Porque es difícil sustraerse en Roma a esa abrumadora
sensación de masculinidad sin paliativos; y al margen de cuál pueda ser el
valor de la masculinidad sin paliativos en el Estado, cabe preguntarse cuál
sería su efecto en el arte poético. De todos modos, según los periódicos,
existe cierta preocupación por la literatura en Italia. Recientemente se ha
celebrado un encuentro de académicos con el propósito de «desarrollar la
novela italiana». «Hombres de noble linaje, financieros, industriales o
miembros de las corporaciones fascistas» se reunieron hace unos días para
debatir la cuestión y enviaron al Duce un telegrama en el que manifestaban la
esperanza «de que la era fascista no tardará en alumbrar a un poeta digno de
ella». Podemos sumarnos todos a esta esperanza infundada, aunque es poco
probable que la poesía pueda salir de una incubadora. La poesía necesita
una madre y un padre. El poema fascista, hay motivos para temerlo, será un
aborto atroz, como los que se ven en esos frascos de cristal en los museos de
una ciudad de provincias. Tales monstruos nunca viven mucho tiempo, suele
decirse; jamás se ha visto a uno de esos prodigios segando la hierba en un
campo. Un cuerpo con dos cabezas no tiene una esperanza de vida larga.
Ahora bien, la culpa de todo, si necesitamos buscar culpables, no reside
en un sexo más que en el otro. Seductores y reformistas son responsables por
igual. Lady Bessborough, por mentir a lord Granville; la señorita Davies por
contarle la verdad al señor Greg. Todos los que han fomentado esa
conciencia de la propia identidad sexual son culpables, y son ellos quienes
me empujan, cuando me propongo ampliar mis horizontes con un libro, a
buscar en sus páginas esa época feliz que precedió al momento en que
nacieron la señorita Davies y la señorita Clough, cuando los escritores
empleaban los dos lados de su mente por igual. No queda más remedio que
regresar a Shakespeare, porque Shakespeare tenía una mente andrógina,
como Keats y Sterne y Cowper y Lamb y Coleridge. Shelley tal vez fuera
asexuado. Milton y Ben Jonson tenían un exceso de masculinidad. Lo mismo
les ocurría a Wordsworth y a Tolstói. Ya en nuestro tiempo, Proust era del
todo andrógino, incluso puede que excesivamente femenino. Claro está que
se trata de un defecto demasiado infrecuente para reprochárselo, porque a
falta de esa mezcla es el intelecto lo que tiende a predominar, y las demás
facultades mentales se atrofian y se vuelven yermas. Me consolé de todos
modos pensando que quizá ésta sea una etapa de transición; mucho de cuanto
os he dicho, cumpliendo así con la promesa de revelaros el curso de mis
pensamientos, puede parecer pasado de moda; mucho de cuanto llamea ante
mis ojos os parecerá dudoso a vosotras, que aún no habéis alcanzado la
mayoría de edad.
Aun así, la primera frase que yo escribiría aquí, dije, acercándome al
escritorio y cogiendo la cuartilla que llevaba por título «Las mujeres y la
literatura», es que pensar en la propia condición sexual es una fatalidad para
quien se proponga escribir. Es letal ser lisa y llanamente un hombre o una
mujer; hay que ser un hombre femenino o una mujer masculina. Es letal que
una mujer señale sus quejas, siquiera mínimamente; que defienda una causa,
por justa que ésta sea; que se exprese conscientemente como mujer. Y
empleo la palabra «letal» en su sentido etimológico, pues todo lo que se
escribe con ese sesgo consciente está abocado a morir. Es imposible que
arraigue. Por brillante y eficaz, poderoso y magistral que pueda parecer
durante uno o dos días, se marchitará inexorablemente al atardecer; no podrá
crecer en las mentes de otros. Para que la mente pueda llevar a cabo el acto
creativo es imprescindible la colaboración entre el hombre y la mujer. Debe
consumarse alguna forma de unión entre los opuestos. La totalidad de la
mente debe estar abierta si aspiramos a experimentar la sensación de que el
escritor está comunicando su experiencia de una manera plena. Debe haber
libertad y debe haber paz. No puede chirriar ningún engranaje; temblar
ninguna luz. Las cortinas tienen que estar cerradas. El escritor, pensé, una
vez ha vivido su experiencia, debe acostarse y dejar que su mente celebre
sus nupcias en la oscuridad. No debe analizar ni cuestionar lo que está
ocurriendo. Por el contrario, debe deshojar los pétalos de una rosa o
contemplar la serenidad con que se deslizan los cisnes por el río. Y volví a
figurarme la corriente que se llevó la barca con el estudiante y las hojas
muertas; y el taxi se llevó al hombre y a la mujer, pensé, viéndolos cruzar la
calle para encontrarse, y la corriente los arrastró, pensé, oyendo a lo lejos el
rumor del tráfico de Londres, hacia aquel río tremendo.
Así, llegado este punto, Mary Beton deja de hablar. Ya os ha explicado
cómo llegó a la conclusión –a la prosaica conclusión– de que es necesario
disponer de quinientas libras al año y una habitación con llave para escribir
novela o poesía. Ha tratado de mostrar al desnudo los pensamientos y las
impresiones que la llevaron a formarse esta idea. Os ha pedido que la
siguierais volando hasta los brazos de un bedel, a una comida aquí, a una
cena allá, a hacer dibujos en el Museo Británico, a hojear libros y a mirar
por la ventana. Mientras hacía todas estas cosas, seguramente habéis
observado sus fallos y sus flaquezas, y habéis analizado su efecto en vuestras
opiniones. Le habéis llevado la contraria y habéis añadido o deducido lo que
os ha parecido más acertado. Así es como debe ser, porque en cuestiones
como la que nos ocupa, la verdad sólo se revela comparando numerosas
variedades de error. Y terminaré ahora hablando en primera persona,
anticipándome a dos críticas tan evidentes que difícilmente podríais dejar de
hacerme.
No ha formulado ninguna opinión, podríais decir, sobre los méritos
comparativos del hombre y la mujer, ni siquiera como escritores. Lo he
hecho intencionadamente, pues, aunque hubiese llegado el momento de
realizar semejante valoración –y hoy en día es mucho más importante saber
cuánto dinero y cuántas habitaciones tenían las mujeres que teorizar acerca
de sus capacidades–, aunque hubiese llegado el momento, no creo que esas
cualidades, ya sean intelectuales o psicológicas, puedan pesarse como el
azúcar y la mantequilla, ni siquiera en Cambridge, donde tan dados son a
clasificar a las personas y a ponerles birretes en la cabeza o iniciales
después del nombre. No creo que ni siquiera la Tabla de Precedencia que
encontraréis en el Almanaque de Whitaker represente el orden definitivo de
los valores, o que exista una razón fundada para suponer que un Maestro de
la Locura precederá en el comedor a un Comendador de la Orden del Baño.
Tanto enfrentamiento entre los sexos, tanta competencia de cualidades, tanta
afirmación de superioridad e imputación de inferioridad pertenecen a la
etapa de las escuelas privadas de la existencia humana, en la que hay dos
«bandos» enfrentados y uno de ellos tiene que derrotar al otro y es
importantísimo subir a una tribuna y recibir un trofeo de manos del director.
Las personas, cuando maduran, dejan de creer en bandos enfrentados, en
directores o en trofeos. Al menos, en lo que a los libros se refiere, es
sumamente difícil poner etiquetas de mérito con la certeza de que nunca se
desprenderán. ¿Acaso no son las reseñas literarias actuales una perpetua
ilustración de la dificultad que entraña la crítica? «Este gran libro», «este
libro insignificante»; el mismo libro merece ambos calificativos. Ni el
elogio ni el descrédito significan nada. Por delicioso que resulte, el
pasatiempo de medir es la más vana de las ocupaciones, y someterse a los
decretos de los medidores, la más servil de las actitudes. Lo que importa es
que escribáis lo que queréis escribir; y nadie sabe si perdurará siglos o sólo
tendrá importancia por espacio de unas horas. Pero sacrificar una pizca de
vuestra visión, un solo matiz de su color en deferencia a un director que
sostiene una copa de plata en la mano, a un profesor que oculta una vara de
medir en la manga, es la más ruin de las traiciones; en comparación con esto,
el sacrificio de la riqueza y la castidad que antiguamente se tenía por el peor
de los desastres para un ser humano es una nimiedad.
Quizá me reprochéis el haber dado demasiada importancia a las cosas
materiales. Aun concediendo un amplio margen al simbolismo de que esas
quinientas libras al año signifiquen el poder de contemplar y esa cerradura
en la puerta el poder de pensar por uno mismo, quizá podríais decir que la
mente debería estar por encima de estas cosas; y que los grandes poetas a
menudo han sido pobres. Permitidme que cite las palabras de vuestro
profesor de literatura, quien sabe mejor que yo lo que hace falta para ser
poeta. Sir Arthur Quiller-Couch dice 12:
«¿Quiénes son los grandes poetas de los últimos siglos? Coleridge,
Wordsworth, Byron, Shelley, Landor, Keats, Tennyson, Browning, Arnold,
Morris, Rossetti, Swinburne... Parémonos aquí. Todos menos Keats,
Browning y Rossetti eran universitarios; y sólo Keats, que murió joven, en la
flor de la vida, era el único que no gozaba de una posición acomodada.
Puede parecer brutal y es muy triste decirlo, pero es un hecho cierto que la
teoría según la cual el genio poético sopla donde le place, que inspira por
igual a ricos y pobres, contiene muy poca verdad. Es un hecho cierto que
nueve de esos doce poetas eran universitarios, lo que significa que, de una u
otra manera, contaban con los medios para acceder a la mejor educación que
se ofrece en Inglaterra. Es un hecho cierto que de los tres restantes,
Browning era un hombre adinerado, como es bien sabido, y me atrevo a
afirmar que de lo contrario no habría podido escribir Saúl o El anillo y el
libro, como tampoco Ruskin hubiera podido escribir sus Pintores modernos
de no haber sido su padre un próspero hombre de negocios. Rossetti contaba
con una pequeña renta personal, y además era pintor. Sólo nos queda Keats,
a quien Acherontia Atropos, la esfinge de la calavera, asesinó joven, lo
mismo que asesinó a John Clare en un manicomio, y a James Thomson con el
láudano que tomaba para mitigar su decepción. Es una realidad terrible, pero
debemos afrontarla. Por más que nos deshonre como nación, es
incuestionable que, por alguna carencia de nuestro sistema de bienestar
social, el poeta pobre no tiene hoy la más mínima oportunidad, como no la
tuvo en los doscientos años anteriores. Créanme si les digo –y he dedicado
buena parte de una década al estudio de unas trescientas veinte escuelas
primarias– que, si bien hoy se habla mucho de la democracia, lo cierto es
que un niño pobre en Inglaterra sigue teniendo en la actualidad las mismas
esperanzas de alcanzar esa libertad intelectual de la que nace la gran
literatura que tenía el hijo de un esclavo ateniense de emanciparse».
Nadie podría exponer la cuestión de una forma más clara. «El poeta pobre
no tiene hoy ninguna oportunidad, como no la tuvo en los doscientos años
anteriores. [...] Un niño pobre en Inglaterra sigue teniendo en la actualidad
las mismas esperanzas de alcanzar esa libertad intelectual de la que nace la
gran literatura que tenía el hijo de un esclavo ateniense de emanciparse.» Así
es. La libertad intelectual depende de cuestiones materiales. La poesía
depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no
sólo en los dos últimos siglos, sino desde el origen de los tiempos. Las
mujeres han gozado de menos libertad intelectual que los hijos de los
esclavos atenienses. Las mujeres no han tenido ninguna oportunidad de
escribir poesía, por eso he puesto tanto énfasis en la cuestión del dinero y la
habitación propia. De todos modos, gracias a los esfuerzos de esas mujeres
anónimas del pasado, de quienes me gustaría que supiéramos más cosas,
gracias curiosamente a dos guerras –la de Crimea que sacó a Florence
Nightingale de su sala de estar, y la Primera Guerra Mundial, que abrió las
puertas a las mujeres corrientes unos sesenta años más tarde–, estos males
están en vías de repararse. De lo contrario esta noche no estaríais aquí, y
vuestra oportunidad de ganar quinientas libras al año, aunque me temo que
siga siendo escasa, sería ínfima.
Aun así, podríais objetar, ¿por qué concede tanta importancia al hecho de
que las mujeres escriban libros, cuando, según dice usted misma requiere
tanto esfuerzo, incluso podría llevarla a una a asesinar a su tía, casi con
seguridad le hará llegar tarde a la mesa y quizá pudiera suscitar disputas
graves con personas excelentes? Mis razones, lo confieso, son en parte
egoístas. Como a la mayoría de las mujeres inglesas que no han recibido una
educación, me gusta leer, me gusta leer montones de libros. De un tiempo a
esta parte mi dieta se ha vuelto algo monótona: la historia se ocupa
demasiado de las guerras; la biografía se ocupa demasiado de los grandes
hombres; la poesía, en mi opinión, se ha mostrado proclive a la esterilidad, y
la novela... Creo que ya he expuesto suficientemente mi ineptitud para
criticar la novela moderna, por lo que no diré nada más al respecto. Os pido
por tanto que leáis toda clase de libros, sin titubear ante ningún tema, por
trivial o inabarcable que parezca. Por las buenas o por las malas, espero que
contéis con dinero suficiente para viajar y disfrutar de tiempo libre, para
contemplar el futuro o el pasado del mundo, para soñar gracias a los libros y
callejear sin rumbo y hundir la caña del pensamiento en el río. Pues no es mi
intención que os limitéis a la novela. Me complacería mucho –y hay miles
como yo– que escribierais libros de viaje y de aventura, de investigación y
erudición, de historia y biografía, de crítica, filosofía y ciencia. A buen
seguro que la novela se beneficiaría mucho con ello, porque los libros se
influyen mutuamente. La novela sería mucho mejor si conviviera con la
poesía y la filosofía. Además, si pensáis en alguna de las grandes figuras
literarias del pasado, como Safo o lady Murasaki o Emily Brontë, veréis que
todas ellas son herederas a la vez que iniciadoras, y que han cobrado vida
porque las mujeres han adquirido con naturalidad la costumbre de escribir;
por eso sería muy valioso que también vosotras desarrolléis esta actividad,
incluso como preludio a la poesía.
Cuando repaso estas notas y analizo el devenir de mis pensamientos
mientras las tomaba, caigo en la cuenta de que mis razones no eran del todo
egoístas. Estos comentarios y digresiones están animados por la convicción
–¿o es el instinto?– de que los buenos libros son deseables, y los buenos
escritores, aun cuando nos revelen toda suerte de depravaciones humanas,
siguen siendo buenos seres humanos. Por eso, cuando os pido que escribáis
más libros, os estoy instando a hacer algo beneficioso para vosotras y para
el mundo en general. Cómo justificar este instinto o esta creencia, no lo sé,
pues las palabras filosóficas, cuando uno no se ha educado en la
universidad, pueden jugarnos una mala pasada. ¿Qué se entiende por
«realidad»? La realidad parece ser muy errática, muy poco previsible: tan
pronto la encontramos en el polvo del camino como en un recorte de
periódico tirado en la calle o en un narciso al sol. La realidad ilumina a un
grupo de personas reunidas en una habitación y registra algún comentario
casual. La realidad nos desborda cuando volvemos a casa paseando bajo las
estrellas, y transforma el mundo del silencio en algo más real que el mundo
de las palabras. Y vuelve a sorprendernos en un ómnibus, en medio del
estruendo de Picadilly. A veces, también, parece habitar en formas
demasiado distantes para que podamos discernir su naturaleza. Sin embargo,
la realidad fija todo cuanto toca y lo vuelve permanente. Eso es lo que queda
cuando el día se desprende de su piel y la arroja entre los setos; es lo que
queda del pasado, de nuestros amores y nuestros odios. Creo, sin embargo,
que el escritor tiene la oportunidad de vivir con mayor intensidad que otras
personas la presencia de esta realidad. Su tarea consiste en descubrirla y
revelarla al resto del mundo. Al menos eso deduzco de la lectura de El rey
Lear, de Emma, o de En busca del tiempo perdido. Porque la lectura de
estos libros parece ejercer sobre nuestros sentidos un curioso efecto
balsámico; nos hace ver las cosas con mayor intensidad; parece despojar al
mundo de un velo y dotarlo de una vida más intensa. Las personas que viven
enemistadas con la irrealidad son envidiables, mientras que aquellas a
quienes los hechos les caen como un mazazo en la cabeza, sin darse cuenta,
son dignas de lástima. Por eso cuando os pido que ganéis dinero y
dispongáis de una habitación propia, os estoy pidiendo que viváis en
presencia de la realidad, que llevéis una vida más estimulante, tanto si sois
capaces de comunicarlo como si no.
Me gustaría detenerme aquí, pero la convención exige que todo discurso
concluya con una perorata. Y convendréis conmigo en que una perorata
dirigida a las mujeres debe contener algo especialmente exaltante y
ennoblecedor. Debería suplicaros que tengáis presentes vuestras
responsabilidades, que seáis más elevadas, más espirituales. Debería
recordaros cuántas cosas dependen de vosotras y la influencia que podéis
ejercer sobre el futuro. Creo, sin embargo, que esta clase de exhortaciones
es mejor dejarlas para el otro sexo, que sabrá expresarlas, como de hecho ya
ha demostrado, con mucha más elocuencia de la que yo soy capaz. Cuando
busco dentro de mí no encuentro esos nobles sentimientos que nos mueven a
ser compañeros e iguales y a impulsar el mundo hacia fines más elevados.
Me sorprendo diciendo breve y escuetamente que lo más importante, por
encima de todo, es ser uno mismo. No soñéis con influir en los demás, diría,
si supiera decirlo con exaltación. Pensad en las cosas tal como son.
Y una vez más, al sumergirme en periódicos, novelas y biografías,
recuerdo que cuando una mujer se dirige a otras mujeres, su tarea es por
fuerza muy ingrata. Las mujeres son severas con las mujeres. A las mujeres
no les gustan las mujeres. Las mujeres... ¿no estáis hartas de esta palabra?
Yo sí, os lo aseguro. Convengamos pues en que una conferencia pronunciada
por una mujer a otras mujeres tiene que concluir con algo particularmente
desagradable.
Pero ¿cómo se hace? ¿Qué se me ocurre? Lo cierto es que, en general, a
mí me gustan las mujeres. Me gusta su falta de convencionalismo. Me gusta
su sutileza. Me gusta su anonimato. Me gusta... aunque más vale que no siga
por ese camino. Ese armario... decís que sólo contiene servilletas limpias,
pero ¿y si sir Archibald Bodkin estuviera escondido entre ellas? Adoptaré,
si me lo permitís, un tono más severo. ¿He sido capaz de transmitiros, con
las palabras precedentes, las advertencias y la reprobación del género
masculino? Os he contado la baja estima en que os tenía el señor Oscar
Browning. He señalado lo que Napoleón pensaba de vosotras y lo que
piensa Mussolini. Además, por si alguna de vosotras aspira a escribir
novelas, he copiado para vuestro beneficio los consejos del crítico, que os
insta a reconocer con valentía las limitaciones de vuestro sexo. Me he
referido al profesor X y he destacado su afirmación de que las mujeres son
intelectual, moral y físicamente inferiores a los hombres. Os he ofrecido
cuanto ha llegado a mis manos sin buscarlo, y he aquí una última
advertencia, del señor John Langdon Davies 13. El señor Langdon Davies
advierte a las mujeres que «cuando los hijos dejen de ser deseables, las
mujeres dejarán de ser necesarias». Espero que toméis buena nota de sus
palabras.
¿Qué más puedo decir para animaros a afrontar la tarea de la vida?
Muchachas, podría deciros, y os ruego que prestéis atención, porque ahora
empieza la perorata, vuestra ignorancia, en mi opinión, es vergonzosa. Nunca
habéis realizado ningún descubrimiento de importancia. No habéis derribado
imperios ni conducido ejércitos al campo de batalla. No habéis escrito las
obras de Shakespeare, ni habéis ofrecido a los bárbaros las maravillas de la
civilización. ¿Qué excusa tenéis? Señalando las calles, las plazas y los
bosques del planeta, habitados por multitudes negras, blancas y color café,
tan atareadas en sus desplazamientos, en sus empresas, en hacer el amor, os
contentáis con decir que teníais otros asuntos entre manos. Sin nosotras,
decís, nadie habría surcado esos mares y esas tierras fértiles serían un
desierto. Hemos dado a luz, criado, lavado y enseñado, puede que hasta la
edad de seis o siete años, a los mil seiscientos veintitrés millones de seres
humanos que, según las estadísticas, pueblan el mundo, y eso, aun contando
con alguna ayuda, lleva su tiempo.
Hay algo de verdad en lo que decís, no voy a negarlo. Pero, permitidme
al mismo tiempo recordaros que existen en Inglaterra dos universidades
femeninas desde el año 1866; que a partir de 1880 la ley reconoció a las
mujeres casadas la propiedad de sus bienes; y que en 1919 –hace ya nueve
años– se otorgó a la mujer el derecho a votar. Permitidme también
recordaros que podéis acceder a la mayoría de las profesiones desde hace
casi diez años. Si reflexionáis sobre estos inmensos privilegios y el tiempo
transcurrido desde que disfrutáis de ellos, y sobre el hecho de que en este
momento debe de haber alrededor de dos mil mujeres capaces de ganar
quinientas libras al año de un modo u otro, admitiréis que la excusa de la
falta de oportunidades, de educación, de estímulo, de ocio y de dinero ya no
es válida. Además, los economistas señalan que la señora Seton ha tenido
demasiados hijos. Debéis seguir teniendo hijos, naturalmente, pero dos o
tres, no diez o doce.
Así, con un poco de tiempo en vuestras manos y algunos conocimientos
librescos –de los demás ya tenéis suficientes; además, sospecho que os
envían a la universidad en parte para deseducaros–, estoy segura de que
deberíais emprender una nueva etapa en vuestra larga, laboriosa y oscura
carrera. Un millar de plumas están preparadas para indicaros lo que tenéis
que hacer y qué efecto produciréis. Reconozco que mi sugerencia es un tanto
fantástica; prefiero por tanto presentarla como una ficción.
Ya os he dicho que Shakespeare tenía una hermana, pero no la busquéis
en la biografía de sir Sidney Lee sobre el poeta. La hermana murió joven, y
por desgracia jamás escribió una palabra. Está enterrada donde paran los
ómnibus, frente al Elephant and Castle. Ahora bien, estoy convencida de que
esta poetisa que jamás escribió una palabra y está enterrada en un cruce vive
todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no se
encuentran aquí esta noche, porque están lavando los platos y acostando a
los niños. Pero vive. Porque los grandes poetas nunca mueren; son
presencias eternas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros
como personas de carne y hueso. Y creo que pronto estaréis en condiciones
de ofrecer a la hermana de Shakespeare esa oportunidad. Porque estoy
convencida de que si vivimos otros cien años –me refiero a la vida
colectiva, que es la vida real, no a las vidas separadas que llevamos
individualmente– y disponemos de quinientas libras al año y una habitación
propia; si adquirimos la costumbre de ser libres y tenemos la valentía de
escribir exactamente lo que pensamos; si salimos de vez en cuando de la sala
de estar y vemos a los seres humanos no siempre en relación los unos con
los otros, sino en relación con la realidad; si vemos también el cielo, y los
árboles, o lo que sea, tal como son; si miramos más allá del ogro de Milton,
porque ningún ser humano debe vivir encerrado; si afrontamos el hecho, pues
es un hecho, de que no hay brazo del que asirse, y de que estamos solas, y de
que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el
mundo de los hombres y las mujeres, entonces esa oportunidad se presentará
y la poetisa muerta que fue hermana de Shakespeare recuperará el cuerpo del
que tantas veces se ha desprendido. Nacerá, extrayendo su vida de las vidas
de sus predecesoras desconocidas, como hiciera su hermano antes que ella.
Que pueda venir a este mundo sin esa preparación, sin ese esfuerzo de
nuestra parte, sin la determinación de que cuando renazca le sea posible
vivir y escribir su poesía, es algo que no podemos esperar, pues sería
imposible. Pero sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que ese
esfuerzo, aun en la pobreza y en el anonimato, bien merece la pena.
*. «Yo», en inglés. Pronombre personal sujeto de primera persona. (N. de la
T.).
12. The Art of Writing.
13. A Short History of Women.
Título original: A Room of One’s Own
Edición en formato digital: 2017
© Copyright © The Estate of Virginia Woolf, 1929
© de la traducción: Catalina Martínez Muñoz, 2012
© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2017
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15
28027 Madrid
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ISBN ebook: 978-84-9104-629-5
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